/ Language: Español / Genre:thriller

El caballero azul

Joseph Wambaugh

El caballero azul era una narración en primera persona. Bumper Morgan es un policía de la calle a punto de jubilarse. No quiere dejarlo. Tiene cincuenta y tantos. Está con una mujer espléndida. La perspectiva de un amor eterno mano a mano lo desconcierta. Está enganchado al placer mundano y a veces apasionante del trabajo policial. En el fondo del corazón, tiene miedo. El trabajo en su territorio de ronda le permite vivir en un nivel distanciado y circunscrito. Reina benévolamente en su pequeño reino. Da y recibe afecto de una forma compartimentada que nunca pone a prueba su vulnerabilidad. Le asusta amar a pecho descubierto. Sus últimos días en el cuerpo van pasando. Aumenta el rechazo a dejarlo. Interceden acontecimientos violentos. Sirven para salvarlo y condenarlo, y le procuran el único destino lógico posible". James Ellroy comentando el libro Hollywood Station del mismo autorsis. Joseph Wambaugh fue durante catorce años miembro del Departamento de Policia de Los Ángeles, del que se retiró con el grado de sargento. Neoyorquino de nacimiento, es uno de los nombres de referencia del Procedural, una corriente dentro de la novela negra que incide sobre el tratamiento literario del "procedimiento" que se emplea en la policía para la resolución de los delitos. Es autor de más de quince novelas, entre las que destacan "Los Nuevos Centuriones", "El Caballero azul", "Los chicos del coro" (no confundir con la producción francesa del mismo título), "La Estrella Delta" o "Hollywood Station" (todas ellas adaptadas al cine y la televisión), con Campo de cebollas, deja la ficción para adentrase en terrenos de la crónica y consigue un éxito editorial de primer orden y su mejor obra. Actualmente reside en California y es "Gran Maestro" de los escritores de misterio de America.

Joseph Wambaugh

El caballero azul

Título original: THE BLUE KNIGHT

Traducido por M.ª Antonia Menini

A mis padres y a Upton Birnie Brady

Recuerdo a menudo mi época de novato y a todos los que ya habían descubierto la seducción de la ronda. A la sazón se me antojaban viejos excéntricos. Ahora desearía que todos estuvieran aún aquí y que aprobaran este libro.

MIERCOLES, EL PRIMER DIA

1

El torno zumbaba y Rollo mascullaba maldiciones en yiddish mientras aplicaba colcótar sobre la reluciente superficie de bronce.

– No tiene nada estropeado esta placa -dijo.

– Pues claro que sí, Rollo -contesté yo-. Fíjate bien. Entre la s de Los y la A mayúscula de Ángeles. Me la rayé con la puerta del armario.

– No tiene nada estropeado esta placa -volvió a decir Rollo, pero empezó a pulir, y a pesar de sus protestas vi el bronce trocarse en oro y el cromo volverse plata. Las letras de esmalte azul que rezaban «Policía» y «4207» surgieron ante mí.

– Muy bien, ¿estás contento, ahora? -me preguntó él suspirando e inclinándose sobre el mostrador para entregarme la placa.

– No está mal -contesté, sopesando satisfecho el pesado escudo ovalado, pulido de forma que reflejaba la luz del sol como un espejo.

– No basta con que el negocio me vaya mal. ¡Encima tengo que aguantar a un viejo policía como tú!…

Rollo se rascó la cabeza y su cabello blanco y rígido se puso tieso como plumas de gallina desordenadas.

– ¿Qué te ocurre, viejo farsante? ¿Temes acaso que algún ladrón amigo tuyo vea aquí un uniforme azul y lleve las joyas robadas a otro ventajista?

– ¡Jo, jo! Bob Hope tendrá que ir con cuidado. Cuando dejes de fastidiar a los pobres contribuyentes vas a seguir su mismo camino.

– Bueno, tengo que descubrir algún delito. ¿Qué te debo por el cochino lustre de la placa?

– No me hagas reír; tengo una afección de riñón. Llevas veinte años aprovechándote, ¡y ahora de repente se te ocurre pagar!

– Hasta luego, Rollo. Me voy a casa de Seymour a desayunar. Me aprecia.

– ¿A Seymour también? Ya sé que los judíos tienen que sufrir en este mundo, pero todos el mismo día… ¡no!

– Adiós, tunante.

– Ten cuidado, Bumper.

Salí a la ardiente bruma que se cernía sobre Main Street. Empecé a sudar al detenerme para admirar el trabajo de Rollo. Buena parte de las acanaladuras hacía tiempo que habían quedado alisadas y veinte años de frotaciones le dieron una brillantez increíble. Girando la cara de la placa hacia el sol vi que el oro y la plata captaban la luz. Me prendí la placa a la camisa y me contemplé reflejado en el plástico azul que Rollo había extendido tras los cristales del escaparate. El plástico aparecía arrugado y mi imagen deformada me convertía en un monstruo. Me erguí y seguí mirándome, pero mi vientre colgante me daba la apariencia de un canguro azul, ¡y tenía las posaderas tan anchas como dos porras! La papada también me colgaba hasta el pecho en aquella horrible imagen, y mi ancho rostro sonrosado y mi nariz rosada presentaban una intensa coloración azul semejante al color de mi uniforme que casi no había cambiado en la imagen.

Muy desagradable; pero lo que me impulsaba a seguir mirando era la placa. La placa de diez centímetros ovalada que llevaba prendida sobre el pecho relucía de tal modo que al cabo de uno o dos segundos ni siquiera pude ver al hombre azul que había detrás. Me quedé mirando aquella placa quizás un minuto largo.

La charcutería de Seymour sólo se encuentra a media manzana de la joyería de Rollo pero decidí tomar el coche. Mi blanco-y-negro se encontraba estacionado frente al vado rojo de Rollo, pues la circulación en el centro de la ciudad es espantosa. Si no fuera por estas zonas rojas no habría sitio para aparcar ni siquiera un coche de la policía. Abrí la blanca portezuela y me senté cuidadosamente. El sol quemaba a través del parabrisas y el interior del coche parecía un horno. Llevaba seis meses conduciendo el mismo blanco-y-negro y me había hecho un cómodo hueco en el asiento, por lo que conducía a gusto como en una gastada y querida silla de montar. En realidad, no cuesta demasiado destensar los muelles de un asiento cuando se pesa ciento veinte kilos…

Me dirigí a casa de Seymour y al acercarme a la acera vi a dos individuos en el aparcamiento situado detrás del Dragón Rosa. Les estuve observando unos treinta segundos y me pareció que estaban tramando algo, probablemente venta de narcóticos. Al cabo de veinte años, sigo experimentando la emoción que siente un policía cuando ve algo que se les escapa a los ciudadanos corrientes. Pero, ¿de qué me servía? Podía bajar por Main Street cuando quisiera y ver toda clase de enredos, buscavidas, bribones y demás escoria, perder seis u ocho horas vigilando a aquellos aficionados y quizá terminar con nada. Sólo había tiempo para pillar a los seguros y limitarse a tomar notas mentales del resto.

Los dos individuos del aparcamiento me llamaron tanto la atención que decidí observarles un rato más. Eran unos drogadictos de aire estúpido. Ya debieran haberse dado cuenta de mi presencia. Cuando era joven, solía basarme exclusivamente en la verdad. Ahora, apenas lo hago. La finalidad del juego es sencilla: tengo que explicarle a un sujeto vestido de negro (Su Señoría) por qué el oficial William A. Morgan sabe que aquellos hombres están cometiendo un delito. Si el juez considera que no había causa suficiente para buscar, parar y detener al hombre, entonces pierdo el juego. Busca y captura ilegal: caso rechazado.

Normalmente suelo ganar la partida, tanto si es imaginaria como si es auténtica. Mi conducta ante los tribunales dicen que es muy buena, bastante articulada para tratarse de un viejo policía. Y un tipo tan sencillo y honrado. Grandes e inocentes ojos azules. Los jurados me adoraban. Es muy difícil explicar el por qué «se sabe». Algunos individuos no consiguen dominarlo nunca. Vamos a ver, empiezo, sé que están concertando una venta por… la ropa que llevan. Es un buen principio, la ropa. Es un día sofocante, Señoría, y el alto viste camisa de manga larga abrochada en los puños. Para ocultar las huellas de los pinchazos, claro. Uno de ellos lleva todavía «zapatos del condado». Lo cual me indica que acaba de salir de una prisión del condado, y el otro sí, el otro… sólo se adquiere este semblante pastoso en la cárcel: San Quintín, Folsom tal vez. Lleva mucho tiempo en la sombra. Y averiguaría que acaban de estar en el Dragón Rosa, y diría que aquel garito sólo lo frecuentan las prostitutas, los drogadictos, los sujetos de mala vida y los bribones. Y todo eso también se lo explicaría a mi juez, pero en forma algo más sutil, y entonces me obligarían a callar. Podría explicarle a mi jurista imaginario, pero nunca a uno de carne y hueso, lo que es el instinto, aquella fase en la que, igual que un animal, presientes que lo tienes, pero no puedes explicar por qué. Presientes la verdad y lo sabes. Pero, ¡anda y díselo a un juez!, pensé. Dile eso.

Justo en aquel momento un borracho cruzó Main Street con luz roja y un Lincoln estuvo a punto de hacerle papilla.

– ¡Maldita sea, ven aquí! -grité cuando alcanzó la acera.

– Hola, Bumper -graznó, sosteniéndose los pantalones de talla excesivamente grande alrededor de las huesudas caderas, procurando por todos los medios dar la sensación de estar sereno mientras caminaba torpemente ladeado.

– Han estado a punto de matarte, Noodles -dije.

– ¿Y qué más da? -contestó él, secándose la saliva de la barbilla con su mugrienta mano libre. La otra mano agarraba con tanta fuerza los pantalones que de entre la mugre sobresalían sus grandes nudillos blancos.

– Tú no me importas, pero no quiero que se estropee ningún Lincoln durante mi ronda.

– Muy bien, Bumper.

– Tendré que detenerte.

– Pero no estoy borracho, ¿verdad?

– No, pero te estás muriendo.

– Eso no es ningún delito.

Tosió y la saliva que se escapó de la comisura de su boca era roja y espumosa.

– Voy a detenerte, Noodles -dije, rellenando mecánicamente los casilleros del cuaderno de informes de detención de borrachos que guardaba en el bolsillo posterior del pantalón, como si todavía hiciera la ronda en lugar de conducir un blanco-y-negro.

– Vamos a ver, tu verdadero nombre es Ralph M. Milton, ¿verdad?

– Millard.

– Millard -murmuré, escribiendo el apellido. Debía haber detenido a Noodles doce veces. Antes no solía olvidarme de los apellidos ni de las caras-. Vamos a ver, ojos inyectados en sangre, andar vacilante, aire adormecido, domicilio provisional…

– ¿Tiene un cigarrillo?

– No uso, Noodles -contesté, arrancando las copias del informe de arresto-. Espera un momento, los del turno de noche han dejado media cajetilla en la guantera. Cógela mientras llamo a la furgoneta.

El borracho se introdujo en el coche-patrulla en tanto yo anduve unos quince pasos para llamar desde una caja telefónica. La abrí con la gran llave de latón y pedí que acudiera una furgoneta a la confluencia entre la Cuarta y Main. Hubiera sido más fácil utilizar la radio del coche, pero llevaba andando muchos años para acostumbrarme a otros procedimientos.

La culpa la tenía mi cuerpo; me ha hecho perder la ronda de a pie y me ha metido en un blanco-y-negro. El tobillo que me rompí hace años cuando era un primoroso novato y perseguía a un ladrón de bolsos, ha decidido finalmente que ya no puedo arrastrar mi corpachón y se hincha siempre que permanezco de pie un par de horas. Así, he perdido la ronda de a pie y me han dado un coche-radio. La ronda a pie en solitario es el mejor trabajo en cualquier departamento de policía. A los policías siempre les hace gracia ver que en las películas el personaje importante o el político poco honrado grita: «¡Te mandaré a hacer la ronda, estúpido pies planos!», cuando en realidad es el trabajo más apreciado. Hay que llevar bigote para conseguir una ronda de a pie, hay que ser corpulento y bueno. Si las piernas hubieran aguantado… Pero aunque ya no pudiera andar mucho, aún seguía siendo mi ronda. Todo el mundo sabía que me pertenecía a mí más que a nadie.

– Muy bien, Noodles, dales este informe de arresto a los policías de la furgoneta, y no pierdas las copias.

– ¿Es que no va a venir conmigo? -me preguntó, sin poder extraer un cigarrillo de la cajetilla de tanto como le temblaba la mano.

– No, quédate en la esquina y hazles una seña cuando se acerquen. Diles que quieres subir.

– Es la primera vez que me detengo a mí mismo -dijo, tosiendo mientras yo le encendía el cigarrillo y guardaba la cajetilla y el informe de arresto en el bolsillo de su camisa.

– Hasta luego.

– Me echarán seis meses. Ya me lo advirtió el juez la última vez.

– Eso espero, Noodles.

– Volveré a emborracharme en seguida en cuanto me suelten. Me asustaré y volveré a empezar. Usted no sabe lo que es asustarse por la noche cuando uno está solo.

– ¿Y tú cómo lo sabes, Noodles?

– Volveré aquí y me dejaré morir en la calle. Los gatos y las ratas se me comerán, Bumper.

– Echa a andar o perderás la furgoneta. -Le observé bajando por Main durante un minuto y le grité-: ¿No crees en los milagros?

Sacudió la cabeza. Volví a dedicar mi atención a los individuos del aparcamiento justo en el momento en que desaparecían en el interior del Dragón Rosa. Algún día mataré a este dragón y me beberé su sangre, pensé.

Estaba demasiado hambriento para poder dedicarme a mi trabajo y entré en Seymour. Por lo general me gusta desayunar inmediatamente después de haberse pasado lista, pero ya eran las diez de la mañana y aún estaba dando vueltas.

Ruthie se hallaba inclinada sobre una de las mesas recogiendo una propina. Era muy atractiva por detrás y debió pillarme admirándola por el rabillo del ojo. Supongo que «un azul», azul marino con cuero negro, debe emitir señales de alerta en algunas personas.

– Bumper -dijo ella, volviéndose-. ¿Dónde has estado toda la semana?

– Hola, Ruthie -contesté yo, turbado al comprobar lo mucho que se alegraba de verme.

Seymour, un pelirrojo pecoso de edad parecida a la mía, estaba preparando un bocadillo detrás del mostrador de la carne. Oyó a Ruthie pronunciar mi nombre y sonrió.

– ¡Mira quién está aquí! El mejor de los policías.

– Tráeme una bebida fría, viejoshlimazel.

– En seguida, campeón. -Seymour entregó el bocadillo a un cliente, le devolvió el cambio y puso una cerveza fría y un vaso helado delante de mí. Le hizo un guiño al hombre bien vestido que se encontraba sentado junto al mostrador, a mi izquierda. La cerveza no estaba abierta.

– ¿Que quieres que haga, que arranque el tapón de un mordisco? -pregunté yo siguiéndole la corriente. En mi ronda nadie me había visto beber nunca estando de servicio.

Seymour se inclinó hacia adelante riéndose. Quitó la cerveza y me llenó el vaso de crema de leche.

– ¿Dónde has estado toda la semana, Bumper?

– Por ahí. Haciendo que las calles sean seguras para las mujeres y los niños.

– ¡Aquí está Bumper! -le gritó a Henry que estaba en la parte de atrás.

Ello significaba cinco huevos revueltos, doble ración que los clientes de pago. También significaba tres empanadas de cebolla tostadas, chorreantes de mantequilla y rematadas por crema de queso. No desayuno en Seymour más de una o dos veces por semana, aunque me consta que éste me daría tres comidas gratis al día.

– El joven Slagel me contó que te vio el otro día dirigiendo la circulación en Hill Street -dijo Seymour.

– Sí, el agente de turno sufrió calambres de estómago cuando yo pasaba. Le sustituí hasta que el sargento encontró a otro.

– Dirigir la circulación allí abajo es para los jóvenes -añadió Seymour, guiñándole de nuevo el ojo al hombre de negocios que me miraba sonriendo mientras se introducía en la boca grandes bocados de «Cecina Especial Seymour», en un bocadillo de pan integral.

– ¿Encontraste por allí algo bonito, Bumper? ¿Una azafata de aviación, quizás? ¿O alguna oficinista?

– Soy demasiado viejo para que les interese, Seymour. Pero entre tantas jóvenes, tenía que dirigir el tráfico así.

Me levanté e hice una imitación de dar paso a los coches inclinándome hacia adelante con los pies cruzados.

Seymour se echó hacia atrás y soltó su estridente risotada. Ruthie, al oírle, se acercó para saber qué sucedía.

– ¡Enséñaselo, Bumper, por favor! -exclamó Seymour jadeando y secándose las lágrimas.

Ruthie esperó con aquella su prometedora sonrisa. Tiene más de cuarenta y cinco años y es firme, con el cabello rubio clorado, y muy honrada. Es la mujer de más atractivo sexual que jamás haya visto. Por su forma de comportarse siempre me ha dado a entender que está disponible… Pero yo nunca he querido. Es una de las personas habituales de mi ronda, y es debido a lo que yo les inspiro a todos ellos, a la gente de mi ronda. Algunos de los mejores chaquetas azules que conozco tienen montones de mujeres, pero no despiertan ningún sentimiento en sus rondas. Hace tiempo que decidí limitarme a admirar de lejos sus grandes bollos.

– Estoy esperando, Bumper -dijo ella con las manos apoyadas en sus curvadas caderas.

– Sucedió otra cosa graciosa mientras dirigía la circulación -repuse yo para cambiar de tema-. Estaba allí tocando el silbato y haciendo señales a los coches con la mano, y tenía la otra mano levantada con la palma hacia arriba; de pronto se acerca una señora de unos ochenta años y me deja en la palma un gran sobre muy abultado. «¿Puede indicarme el franqueo para esto, oficial?», me pregunta. Allí me tenéis intentando dirigir el intenso tráfico hacia Olive, con los brazos levantados y este sobre en la palma de una mano. ¡Qué demonios!, junto los pies, con los brazos extendidos, me inclino hacia adelante y hacia atrás como el fiel de una balanza y digo: «Serán veintiún centavos, señora, si la quiere por aéreo». «Muchas gracias, oficial», contesta ella.

Seymour volvió a soltar una carcajada y Ruthie sonrió, pero las cosas se calmaron cuando llegó mi comida y me aflojé el Sam Browne para comer más a gusto. De todos modos me molestaba tener que comprimir el estómago contra el canto del amarillo mostrador de fórmica.

Seymour tenía muchos clientes que atender y nadie me molestó por espacio de unos diez minutos, a excepción de Ruthie, que quiso saber si me habían puesto suficiente comida y si los huevos estaban en su punto. Además, me rozó con la cadera de tal forma que me costó concentrarme en la tercera empanada.

El otro cliente del mostrador se terminó la segunda taza de café y Seymour se acercó.

– ¿Más café, señor Parker?

– No, ya basta.

Nunca había visto a aquel hombre, pero tuve que admirar sus ropas. Era más corpulento y más fofo que yo, pero el traje, que ciertamente no era de saldo, lo disimulaba en buena parte.

– ¿No conoce al oficial Bumper Morgan, señor Parker? -preguntó Seymour.

Ambos sonreímos, demasiado hinchados y perezosos para levantarnos y estrecharnos la mano entre dos taburetes.

– He oído hablar de usted, oficial -dijo Parker-. Acabo de abrir una tienda en el Edificio Roaxman. Relojes de calidad. Dése una vuelta por allí cuando quiera y le haré un descuento especial.

Dejó su tarjeta encima del mostrador y la empujó hacia mí. Seymour me la acabó de acercar.

– ¡Aquí todo el mundo ha oído hablar de Bumper! -exclamó Seymour con orgullo.

– Le hacía a usted todavía más alto, oficial -dijo Parker-. Como de metro noventa y cinco y ciento cincuenta kilos de peso por las cosas que he oído contar.

– El peso casi lo ha acertado.

Estaba acostumbrado a que la gente me dijera que no era tan alto como se habían imaginado o como les había parecido a primera vista. Un policía de ronda tiene que ser alto y corpulento, de lo contrario tendrá que andar discutiendo constantemente. A veces, algún policía fuerte, pero de baja estatura, se molesta porque no puede hacer la ronda a pie pero lo cierto es que la gente no se asusta de un individuo bajito; un individuo bajito tiene que esforzarse constantemente y más tarde o más temprano es probable que alguien le quite la porra y le propine con ella una paliza en el trasero. Como es natural, ahora estaba en un coche-radio, pero, tal como he dicho, seguía siendo un policía de ronda, más o menos.

Lo malo de mi cuerpo es que mi estructura corresponde a un individuo de metro noventa o noventa y dos, y mi estatura en realidad apenas alcanza el metro ochenta. Tengo los huesos grandes y pesados, sobre todo los de las manos y los pies. Si hubiera crecido todo lo que tenía que crecer no habría tenido este maldito problema del peso. Gozaba de un apetito de gigante, y al final convencí a aquellos médicos de la policía que solían enviar «cartas de hombres gordos» a mi capitán ordenando que rebajara peso hasta los ciento diez kilos.

– Bumper es varios hombres en uno -dijo Seymour-. Le digo que ha librado unas batallas tremendas ahí fuera -añadió Seymour señalando con la mano hacia la calle para indicar el «ahí fuera».

– Por favor, Seymour -dije yo, pero era inútil.

Aquella conversación me molestaba, pero al mismo tiempo me agradaba que un recién llegado como Parker hubiera oído hablar de mí. Me pregunté hasta qué extremo sería especial el «descuento especial». Mi viejo reloj se encontraba en las últimas.

– ¿Cuánto tiempo hace que te asignaron esta ronda, Bumper? -me preguntó Seymour sin darme tiempo a contestar-. Bueno, hace casi veinte años. Lo sé porque cuando Bumper era un novato yo también era joven y trabajaba por cuenta de mi padre aquí mismo. Eran malos tiempos, entonces. Había chicas de mala reputación y montones de vividores. En aquella época eran muchos los individuos que desafiaban al policía de la ronda.

Miré a Ruthie que estaba sonriendo.

– Hace años, cuando Ruthie vino a trabajar aquí por primera vez, Bumper le salvó la vida cuando un sujeto se le echó encima en la parada del autobús de la Segunda. Te salvó, ¿verdad, Ruthie?

– Ya lo creo. Es mi héroe -contestó ella, llenándome una taza de café.

– Bumper siempre ha trabajado por aquí -prosiguió Seymour-. En rondas de a pie, y ahora con coche-radio porque ya no puede andar mucho. Va a cumplirse el veinte aniversario, pero nosotros no queremos que se retire. ¿Cómo sería todo eso sin el campeón?

Ruthie pareció que se asustaba en serio cuando Seymour lo dijo, y yo me sorprendí.

– ¿Cuándo se cumplirán los veinte años, Bumper? -inquirió ella.

– A finales de mes.

– No habrás pensado siquiera en arrancarte el broche, ¿verdad, Bumper? -me preguntó Seymour, que conocía la jerga de los policías por llevar alimentando muchos años a los de la ronda.

– ¿Tú qué crees? -le pregunté yo a mi vez.

Seymour pareció satisfecho y empezó a contarle a Parker algunos incidentes más de la leyenda de Bumper Morgan. Ruthie no dejaba de mirarme. Las mujeres son como los policías, presienten las cosas. Al final, cuando Seymour terminó, le prometí a éste regresar el viernes para el «Plato del Hombre de Negocios Deluxe», me despedí y dejé seis monedas para Ruthie. Ésta no las puso en el platillo de propinas de debajo del mostrador, sino que me miró a los ojos y las dejó caer en el interior del sujetador.

Me había olvidado del calor, y cuando éste me atacó decidí irme directamente al Elysian Park, sentarme en la hierba y fumarme un puro tras haber puesto muy alto el volumen de la radio para no perderme ninguna llamada. Quería leer algo acerca del partido de los Dodger la noche anterior, por lo que, antes de regresar al coche, me dirigí al estanco. Compré media docena de puros de cincuenta centavos y, dado que no conocía demasiado bien al dueño por haber sido traspasada la tienda recientemente, tuve que sacar del bolsillo un billete de cinco dólares.

– ¿Para usted? ¡Por favor, oficial Morgan! -dijo el viejo de cuello delgado, negándose a aceptar el dinero.

Conversé un rato con él a modo de pago, escuché sus quejas acerca del negocio y me marché dejándome olvidado el periódico. Estuve a punto de volver sobre mis pasos, pero nunca me gusta molestar a una persona por dos cosas distintas en un mismo día. Decidí comprar otro periódico al otro lado de la calle, a Frankie el enano. Éste lucía la gorra de béisbol de los Dodger echada hacia adelante y fingió no verme hasta que casi estuve detrás de él; entonces se volvió con rapidez y me golpeó el muslo con uno de sus pequeños puños deformes.

– Toma, necio. Podrías asustar a cualquiera en esta calle, pero yo te haré una llave y te romperé la rótula.

– ¿Qué te pasa, Frankie? -le pregunté yo mientras él me deslizaba un periódico doblado por debajo del brazo sin que yo se lo hubiera pedido.

– Nada, matón. ¿Qué tal soportas este calor?

– Bastante bien, creo.

Giré las páginas hasta llegar a la sección de deportes, mientras Frankie se fumaba un cigarrillo extralargo en una bonita boquilla plateada casi tan larga como su brazo. Tenía el menudo rostro como arrugado y viejo, aunque no contaba más de treinta años.

Una mujer y un niño de unos cuatro años se encontraban a mi lado esperando que cambiara la luz del semáforo.

– Mira este hombre -dijo la mujer-. Es un policía. Vendrá y te cogerá y te meterá en la cárcel si eres malo.

Me dirigió una dulce sonrisa de complacencia, porque creyó que me había impresionado su buena ciudadanía.

Frankie, que no le llevaba al niño más de media cabeza de altura, se adelantó un paso y dijo:

– Muy inteligente, señora. Hágale temeroso de la ley. Y después crecerá odiando a los policías porque usted le habrá asustado.

– Cálmate, Frankie -dije yo, un poco sorprendido.

La mujer levantó al niño en brazos y en cuanto cambió la luz huyó a toda prisa del encolerizado enano.

– Perdona, Bumper -dijo Frankie, sonriendo-. Dios sabe que no soy amigo de los policías.

– Gracias por el periódico, tunante -contesté yo, y seguí mi camino por la sombra saludando con la cabeza a varios sujetos de la zona que me iban diciendo: «Hola, Bumper».

Me dirigí lentamente hacia Broadway para ver qué tal pinta tenía hoy la gente y asustar a los rateros que pudieran estar «trabajando» a los compradores. Encendí uno de los puros de cincuenta centavos que no están mal cuando no dispongo de los otros enrollados a mano y como hechos a la medida. Al doblar la esquina de Broadway vi a seis individuos del culto de Krishna actuando en su lugar preferido de la acera Oeste. Eran todos muy jóvenes. El mayor quizá tenía veinticinco años. Eran chicos y chicas con las cabezas rapadas y una sola coleta muy larga, pies desnudos y pequeños cascabeles en los tobillos, saris color anaranjado pálido, panderetas, flautas y guitarras. Cantaban y bailaban y organizaban allí casi cada día un espectáculo tremendo y no había forma de que el viejo Hermán, el Tamborilero del Diablo, pudiera competir con ellos. Se veía que se le agitaban las mejillas y se sabía que estaba gritando, pero no se podía escuchar ni una sola de las palabras que decía una vez habían empezado ellos su representación.

Hasta hacía muy poco, aquella esquina le había pertenecido a Hermán y antes de que yo comenzara a trabajar se pasaba diez horas al día allí mismo entregando folletos y gritando acerca de los demonios y de la condenación y recogiendo quizás unos doce dólares al día de personas que sentían lástima por él. Solía ser un sujeto animado, pero ahora se le veía viejo, exangüe y polvoriento. Su brillante traje negro aparecía muy raído y el arrugado cuello blanco de la camisa era ahora gris y sucio pero parecía que a él ya le daba igual. Pensé en intentar convencerle una vez más para que se instalara unas cuantas manzanas más abajo de Broadway, donde no tuviera que competir con aquellos chiquillos y con todo su colorido y su música. Pero sabía que de nada iba a servir. Hermán llevaba demasiado tiempo allí. Me dirigí hacia el coche pensando en él, el pobre Tamborilero del Diablo.

Al sentarme en el asiento parecido a una silla de montar experimenté ardor de estómago y tuve que tragarme un par de pastillas contra la acidez. Siempre llevaba los bolsillos llenos de tabletas blancas. Pastillas contra la acidez en el bolsillo derecho y pastillas contra los ruidos de tripas en el bolsillo izquierdo. Las pastillas contra la acidez son para el exceso de ácido y las pastillas contra los ruidos de tripas son contra los gases porque suelo estar aquejado de estos dos fastidios casi siempre. Mastiqué una pastilla antiácida y cesó el ardor. Entonces pensé en Cassie, porque era algo que siempre me tranquilizaba el estómago. La decisión de retirarme al cumplir los veinte años de servicio la había tomado varias semanas antes y Cassie había elaborado muchos planes, pero lo que no sabía era que la noche anterior yo había decidido que el viernes fuera mi último día de servicio. Sería hoy, mañana y el viernes. Podría juntar mis días de vacaciones hasta fines de mes cuando terminara oficialmente el servicio.

El viernes también iba a ser el último día de Cassie en el City College. Ya había preparado los exámenes finales y tenía permiso para dejar la escuela, puesto que se encargaría de sus clases un sustituto. Había recibido una buena oferta, una «oportunidad maravillosa» decía ella, para incorporarse al cuadro docente de una elegante escuela de niñas del norte de California, cerca de San Francisco. La querían en seguida, antes de que empezaran las vacaciones de verano, para que pudiera familiarizarse un poco con los métodos seguidos. Tenía en proyecto salir el lunes y, a fines de mes, cuando yo me retirara, regresar a Los Ángeles para casarse conmigo después, ambos nos iríamos a vivir al apartamento que ella ya tenía dispuesto. Pero yo había decidido dejarlo todo el viernes y marcharme con ella. Era absurdo prolongarlo por más tiempo, pensé. Sería mejor terminar y, además, sabía que Cruz se alegraría de ello.

Cruz Segovia era mi sargento y durante veinte años había sido la persona que más cerca había estado de mí. Siempre temía que sucediera algo y me había hecho prometer que no echaría a perder el mejor negocio de mi vida. Y Cassie era el mejor negocio, no cabía duda. Profesora, divorciada y sin hijos, una mujer realmente instruida, no una simple educación superficial. Era juvenil, tenía cuarenta y cuatro años y no carecía de nada.

Por ello empecé a hacer averiguaciones para saber qué había de bueno para un policía retirado en la zona de la Bahía. Y vaya si tuve suerte, porque me indicaron un buen empleo en una gran compañía de Seguridad industrial cuyo propietario era un antiguo inspector del Departamento de Policía de Los Ángeles que yo conocí? desde hacía tiempo. Me ofrecieron el cargo de jefe de seguridad de una empresa electrónica con un importante contrato gubernamental; dispondría de despacho, coche propio y secretaria y ganaría cien dólares más al mes de lo que ganaba como policía. La razón por la que me escogió a mí en lugar de los demás aspirantes que eran capitanes e inspectores retirados fue porque decía que estaba harto de que trabajaran para él gente que no eran más que administrativos. Deseaba un verdadero policía «de la calle». Fue quizá la primera vez que obtuve una recompensa por mi trabajo de policía, y me emocionaba mucho el hecho de empezar algo nuevo y ver si las auténticas técnicas e ideas policiales podían hacer algo en bien de la seguridad industrial que por lo general dejaba bastante que desear.

El 30 de mayo, día de mi retirada oficial, era también el día en que cumpliría los cincuenta años. Me costaba creer que hubiera vivido medio siglo, pero aún me costaba más si cabe creer que había vivido en el mundo treinta años antes de conseguir la ronda. Conseguí el puesto de policía al cumplir los treinta años y fui el segundo en edad de mi promoción, detrás de Cruz Segovia, que había intentado tres veces incorporarse al Departamento y no había podido superar el examen oral. Ello se debió probablemente a que era muy tímido y poseía marcado acento español por ser un mexicano de El Paso. Pero su gramática era hermosa si se prescindía del acento y al final dio con un tribunal que se tomó la molestia de escucharle.

Estaba cruzando el Elysian Park mientras pensaba estas cosas cuando descubrí delante mío a dos policías motorizados que se dirigían a la academia de policía. El que iba delante era un muchacho que se llamaba Lefler, uno de los tantos que habré adiestrado. Había sido trasladado recientemente de Motors a Central y conducía la moto muy erguido, con sus lustrosas botas nuevas, casco blanco y tirantes a rayas. El compañero que le adiestraba en la ronda motorizada era un viejo individuo de rostro curtido llamado Crandall. Es de los que se enfurecen con los infractores del código de circulación y le echan a perder a uno el propio programa de relaciones públicas al acercarse y gritarle al muchacho:

– Arrímate al bordillo, estúpido.

El casco de Lefler era de un blanco deslumbrante y el chico lo llevaba ladeado hacia adelante con la pequeña visera tocándole casi la nariz. Me acerqué a él y le grité:

– Llevas una tapadera preciosa, chico, pero levántala un poco para que te vea estos ojos azules de niño.

Lefler sonrió e hizo brincar un poco la moto. A pesar del calor lucía guantes de cuero negro.

– Hola, Bumper -dijo Crandall quitando la mano del manillar un momento. Avanzamos lentamente juntos y yo le dirigí una sonrisa a Lefler, que se sentía cohibido.

– ¿Qué tal lo hace, Crandall? -pregunté-. Le he adiestrado en el oficio. Está bumperizado.

– No está mal para un bebé -contestó Crandall encogiéndose de hombros.

– Veo que le has quitado la bicicleta de adiestramiento -dije, y Lefler se rió de nuevo y volvió a hacer brincar la Harley.

Podía verle el borde de los remaches en herradura que llevaba en los tacones y sabía que probablemente debía llevar las suelas tachonadas con hierro.

– No andes por mi ronda con estas botas, muchacho -le grité-. Echarás chispas y provocarás incendios.

Entonces me reí al recordar a un policía motorizado que llevaba dos tazas de café en las manos enguantadas y que se cayó de culo por llevar aquellos remaches.

Saludé con la mano a Lefler y me alejé. Jóvenes novatos, pensé. Me alegré de ser mayor que los demás cuando empecé a trabajar. Pero ya sabía que nunca hubiera sido un oficial motorizado. Poner multas de tráfico era una de las facetas del trabajo de policía que no me gustaban. Lo único que tenía de bueno es que le daba a uno excusa para detener a coches sospechosos con el pretexto de anotar una multa. La mayoría de los buenos arrestos procedían de falsas infracciones de tráfico. Pero de esta manera también era más fácil que un policía fuera despanzurrado.

Llegué a la conclusión de que me sentía demasiado inquieto para sentarme en el parque a leer el periódico. Qué demonios, me sentía como un gato desde que había decidido lo del viernes. La noche anterior apenas había dormido. Volví a la ronda.

Debía estar patrullando en busca del ladrón, pensé. Ahora que sólo me quedaban dos días estaba deseando echarle el guante. Era un ladrón de hoteles que actuaba de día y que cada vez que salía a trabajar se hacía tal vez unas cuatro o seis habitaciones en los mejores hoteles del centro de la ciudad. Los investigadores nos hablaron un día que pasábamos lista y nos dijeron que los informes indicaban que prefería los días laborables, sobre todo el jueves y el viernes, aunque también solía trabajar mucho los miércoles. Este individuo abría las puertas con una ganzúa, lo cual no es muy difícil de hacer en un hotel, porque los hoteles disponen de las peores medidas de seguridad, y saqueaba la habitación tanto si estaban los ocupantes como si no. Como es natural, esperaba a que éstos estuvieran en la ducha o echando un sueñecito. Me encantaba echar el guante a los ladrones. La mayoría de policías lo califican de combate contra fantasmas y deciden desistir de pillarles, pero yo prefiero agarrar a uno de estos merodeadores que a un atracador. Y un ladrón que se atreve a robar estando la gente en casa es tan peligroso como un atracador.

Decidí que vigilaría los hoteles de la zona de la carretera del Puerto. Tenía la teoría de que este individuo debía utilizar un disfraz de mecánico, porque hasta entonces había eludido la vigilancia de los policías de paisano, y me lo imaginaba como un sujeto que fuera a reparar algo o como un repartidor. Suponía que era alguien que no vivía en la ciudad y utilizaba la carretera del Puerto para acudir al trabajo. Este ladrón se dedicaba a hacer fiorituras en algunos de sus trabajos, cortaba ropas, generalmente de mujer o niño, arrancaba la entrepierna de las bragas o calzoncillos y en uno de sus últimos trabajos había destripado a un gran oso de felpa que una niña había dejado encima de la cama tapado con una manta. Me alegré de que la gente no estuviera dentro esta vez. Estaba chiflado, pero era un ladrón inteligente y afortunado. Pensé en vigilar los hoteles, pero primero me iría a ver a Glenda. Ahora debía estar ensayando y es posible que no tuviera ocasión de volverla a ver. Era una de las personas de las que tenía que despedirme.

Entré por la puerta lateral del pequeño y ruinoso teatro. Ahora se dedicaban sobre todo a exhibir piel. Antes solían representarse espectáculos burlescos bastante buenos, con algunos cómicos de bastante categoría y chicas guapas. Glenda era entonces muy importante. La llamaban la «Chica de Oro». Salía enfundada en un estrecho traje dorado y se quedaba en bragas y sujetador de oro. Era alta y graciosa y bailaba bastante bien. Había trabajado en algunos importantes clubs; ahora tenía treinta y ocho años y tras haber dejado a sus espaldas tres maridos había vuelto a Main Street compitiendo con las películas en mitad de la programación y bailando a destajo en el salón de baile de algunas manzanas más abajo. Debía haber engordado quizá diez kilos, pero a mí me parecía guapa porque la veía como era antes.

Me quedé de pie en la oscuridad de la parte de atrás del escenario hasta acostumbrarme al silencio y las sombras. Ni siquiera había nadie en la puerta. Me parece que hasta los manoseadores y sobadores de traseros habían desistido de ocultarse en la puerta lateral de aquel cuchitril. El papel de la pared estaba húmedo y mohoso y se separaba del muro enrollándose hacia arriba. Había unos trajes muy sucios encima de unas sillas. La máquina de maíz tostado cuyo funcionamiento se activaba las noches de los fines de semana se apoyaba contra una pared con una pata rota.

– En este tugurio el maíz tostado lo sirven las cucarachas. No te apetecerá un poco, ¿verdad, Bumper? -dijo Glenda, que había salido de su camerino y me miraba en la oscuridad.

– Hola, nena -dije, sonriendo, y seguí su voz a través de la oscuridad hasta llegar a su pequeño camerino escasamente iluminado.

Me besó en la mejilla tal como hacía siempre y yo me quité la gorra y me dejé caer en el desvencijado sillón junto a la mesa de maquillaje.

– Oye, San Francisco, ¿dónde se han ido todos estos pajaritos? -me dijo ella haciéndome cosquillas en la calva de la coronilla. Cada vez que nos veíamos me gastaba miles de bromas.

Glenda lucía medias de malla con un agujero en una pierna y un portaligas adornado de lentejuelas. No llevaba nada de cintura para arriba y no se molestó en ponerse una bata. No podía reprochárselo, porque hoy hacía mucho calor, pero no tenía costumbre de andar así delante de mí y yo me sentí un poco nervioso.

– ¡Qué calor hace aquí, nene! -exclamó sentándose y retocándose el maquillaje-. ¿Cuándo volverás a trabajar por las noches?

Glenda sabía mis horarios. Trabajo de día en invierno y de noche en verano, cuando el sol de Los Ángeles empieza a trocar el pesado uniforme azul por el de arpillera.

– Ya no volveré a trabajar por las noches, Glenda -dije con aire indiferente-. Me retiro.

Ella se volvió en la silla y sus pesados melones blancos se balancearon una o dos veces. Tenía el cabello largo y rubio. Siempre decía que era una rubia auténtica, pero, ¡cualquiera sabe!

– No te irás -me dijo-. Te quedarás aquí hasta que te echen a patadas. O hasta que te mueras. Como yo.

– Todos lo dejaremos -repuse yo, sonriendo porque vi que empezaba a entristecerse-. Vendrá un buen chico y…

– Los buenos chicos ya me han sacado de aquí tres veces, Bumper. Lo malo es que yo no soy una buena chica. Me he acostado demasiado por ahí y ningún hombre me querría. Será una broma lo de que te retiras, ¿verdad?

– ¿Cómo está Sissi? -pregunté yo para cambiar de tema.

Glenda me contestó sacando un montón de fotos de su bolso y entregándomelo. Ahora tengo la vista cansada y en la oscuridad no podía ver más que el contorno de una niña pequeña abrazada a un perro. Ni siquiera podía decir si el perro era de verdad o de juguete.

– Es muy bonita -dije, sabiendo que lo era. La había visto varios meses antes una noche que acompañé a Glenda a casa cuando ésta terminó su trabajo.

– Todos los dólares que me has dado han ido a parar siempre a su cuenta del banco tal como acordamos al principio -dijo Glenda.

– Lo sé.

– También he añadido algo de mi parte.

– Algún día tendrá algo.

– Puedes estar bien seguro -dijo Glenda, encendiendo un cigarrillo.

Me pregunté cuánto dinero le habría dado a Glenda en el transcurso de los diez últimos años. Y me pregunté cuántas detenciones buenas habría practicado gracias a la información que ella me había facilitado. Ella era uno de mis grandes secretos. Los detectives disponían de informadores a los que pagaban, pero de un uniforme azul no se esperaba que se metiera en tales berenjenales. Pues bien, yo también disponía de informadores a los que pagaba. Pero no les pagaba con dinero procedente del Departamento. Les pagaba de mi bolsillo, y cuando conseguía la detención gracias a los datos que me habían facilitado, fingía que había conseguido el arresto por casualidad. O me inventaba una patraña para redactar el informe de arresto. De esta manera Glenda quedaba protegida y nadie podía decir que Bumper Morgan estaba completamente chiflado porque pagaba a los informadores de su propio bolsillo. La primera vez, Glenda me facilitó un evadido federal que salía con ella y que iba armado y hacía de atracador. Quise darle veinte dólares, pero ella los rechazó diciéndome que el tipo no valía nada y merecía estar en la cárcel y que ella no era una delatora. La obligué a aceptarlos para Sissi, que entonces era muy pequeña y no tenía padre. A partir de entonces y a lo largo de los años debía haberle entregado a Glenda como mil dólares para Sissi. Y seguramente habría practicado las mejores detenciones de la División Central.

– ¿Será una rubia como mamá? -pregunté.

– Sí -repuso ella, sonriendo-. Más rubia que yo todavía. Y diez veces más lista. Creo que ahora ya es más lista. Leo libros como una loca para estar a su altura.

– Estos colegios particulares son muy duros -dije yo, asintiendo-. Les enseñan muy bien.

– ¿Te has fijado en ésta, Bumper? -me preguntó, sonriendo, acercándose y sentándose en el brazo del sillón. Esbozaba una ancha sonrisa y pensaba en Sissi-. El perro le está tirando del pelo. Fíjate qué cara pone.

– Ya veo -contesté yo, no viendo más que una imagen borrosa y notando que uno de sus grandes pechos descansaba sobre mi hombro. Los suyos eran grandes y naturales, no hinchados de plástico como tantos hay actualmente.

– En ésta se la ve enfadada -dijo Glenda, inclinándose más. Ahora su hermoso seno me comprimía la mejilla. Al final, un tierno botón amarronado se me metió casi en la oreja.

– ¡Maldita sea, Glenda! -exclamé, levantando los ojos.

– ¿Qué? -contestó ella, echándose hacia atrás.

Lo comprendió y se echó a reír con su áspera carcajada. Después, ésta se suavizó; me sonrió, y sus grandes ojos se humedecieron. Yo observé que tenía las pestañas oscuras junto a los ojos, y no de maquillaje. Pensé que Glenda estaba más guapa que nunca.

– Te quiero muchísimo, Bumper -me dijo, besándome justo en la boca-. Tú y Sissi sois los únicos. Lo más importante eres tú, nene.

Glenda era como Ruthie. Era una de las personas que pertenecían a la ronda. Yo me había elaborado un código de leyes propio, pero ella estaba casi desnuda, y yo la veía tan guapa…

– Bueno -dijo ella, sabiendo que yo estaba a punto de estallar-. ¿Y por qué no? Nunca lo has hecho y yo siempre lo he deseado.

– Tengo que volver al coche -dije, levantándome y cruzando la estancia en tres grandes zancadas.

Después murmuré no sé qué de las llamadas de radio que podía perder y Glenda me dijo que esperara.

– Te olvidabas la gorra -dijo, entregándomela.

– Gracias -contesté, poniéndome la tapadera con mano temblorosa.

Ella me tomó la otra y me besó la palma con su boca húmeda y cálida.

– No pienses en dejarnos, Bumper -dijo, mirándome a los ojos.

– Aquí tienes unos dólares para Sissi -murmuré, rebuscando en el bolsillo un billete de diez.

– Esta vez no dispongo de información -me dijo ella sacudiendo la cabeza, pero yo se lo metí dentro del portaligas y ella me sonrió.

– Son para la niña.

Me había propuesto preguntarle algo acerca de un maleante que frecuentaba los teatruchos y tugurios de baile, pero no respondía de mí si me quedaba.

– Ya nos veremos, nena -dije, débilmente.

– Adiós, Bumper -contestó ella mientras yo me adentraba en la oscuridad en dirección a la puerta del escenario. Aparte el hccho de que Cassie ya me daba todo lo que yo podía abarcar, había otra razón por la que me aparté de ella de aquel modo. Todos los policías saben que uno no puede intimar demasiado con el informador. Porque intentas engatusar a un soplón y al final a quien engatusan es a ti…

2

Tras dejar a Glenda me pareció como si en la calle hiciera fresco. Glenda jamás había hecho nada parecido. Todo el mundo hacía tonterías cuando yo hablaba de mi retiro. No me apetecía meterme en el coche y escuchar el incesante parloteo de la radio.

Todavía era temprano y me sentía muy feliz, haciendo girar la porra al andar. Me parece que estaba fanfarroneando. La mayoría de oficiales de ronda son unos fanfarrones. La gente así lo espera. Ello les demuestra a los malhechores que uno no tiene miedo y la gente espera eso de uno. También espera que un policía mayor lleve la gorra un poco ladeada y por eso siempre me la pongo así.

Aún llevaba la tradicional gorra de ocho puntas y la porra colgada de una correa de cuero. Al Departamento le agradaban más las gorras redondas, como las de las Fuerzas Aéreas, y todos tenemos que cambiarlas. Pero yo llevaré la gorra de ocho puntas de la policía hasta el final. Entonces pensé que el viernes sería el último día y empecé a juguetear con la porra para quitarme aquel pensamiento de la cabeza. Lancé la porra al aire y volví a recogerla. Tres pequeños limpiabotas me estaban observando, dos mexicanos y un negro. El juego de la porra les causaba mucha impresión. La lanzaba también al suelo como un yo-yo, la hacía girar hacia atrás varias veces y volvía a guardarla en su anilla con un rápido movimiento.

– ¿Quieres que te limpie los zapatos, Bumper? -me preguntó uno de los chiquillos mexicanos.

– Gracias, muchacho, hoy no me hace falta.

– Te lo hago gratis -me dijo, pisándome los talones durante un minuto.

– Hoy quiero un zumo, muchacho -dije lanzando dos cuartos de dólar al aire, y uno de los chicos lo atrapó.

Corrió al bar de tres puertas más abajo, seguido de los otros dos. Las cajas de limpiabotas les colgaban del cuello atadas con cuerdas y les golpeaban las piernas mientras corrían.

Aquellos chiquillos nunca habían visto a un oficial voltear la porra de aquella manera. El Departamento nos había ordenado que nos quitáramos las correas de cuero hacía un par de años, pero yo no lo había hecho; los sargentos fingían no darse cuenta, siempre que pidiera prestada una porra de reglamento cuando había inspección.

Ahora la porra se sostiene en la anilla mediante un gran disco de goma, como el que sujeta la tubería de la parte de atrás del excusado. Hemos aprendido nuevas maneras de utilizar la porra de algunos jóvenes policías japoneses expertos en karate y aikido. Utilizamos más el extremo romo de la porra, y tengo que reconocer que se saca así mucho más partido del viejo porrazo de troglodita. En mis tiempos debo haber roto seis porras contra las cabezas, brazos y piernas de los individuos. Ahora he aprendido de estos muchachos japoneses a blandir la porra en un gran arco con todas mis fuerzas. Si quisiera podría clavársela a un sujeto dentro y sin estropearla. Además, resulta muy airoso. Ahora me parece que en el transcurso de una refriega podría hacerlo dos veces mejor. Lo malo es que han convencido a los jefes de que la correa de cuero no vale nada. Sucede que estos chicos nunca han sido auténticos hombres de ronda. En realidad, no entienden lo que significa para la gente que le ve avanzar por una calle tranquila, que el policía voltee la porra proyectando aquella su imponente sombra rematada por la gorra de ocho puntas. Sea como fuere, yo no me quitaré nunca la correa de cuero. Me asquea pensar en un disco de water alrededor de un arma de la policía.

Me detuve junto a la arcada y vi a un musculoso buscador de homosexuales allí de pie. Le miré con dureza un segundo y él se desconcertó y se escabulló a toda prisa. Después vi a dos timadores apoyados contra la pared lanzando al aire una moneda de cuarto y esperando atraer a algún incauto con su tintineo. Les miré fijamente y se pusieron nerviosos, retrocedieron y desaparecieron en el aparcamiento.

La arcada estaba casi desierta. Recuerdo cuando solía arrestarse aquí a los viciosos que esperaban presenciar las exhibiciones de desnudismo a través del visor. Aquello era entonces una gran cosa. Lo más atrevido que había. La patrulla contra el vicio solía detener constantemente a individuos por masturbarse. Por las paredes había dibujos pornográficos. Ahora puede uno entrar en cualquier bar o cine de los de por aquí y ver espectáculos de nudismo en directo o bien «juegos» con animales, y no me refiero a cosas de Walt Disney… Son mujeres con perros, asnos con afeminados, chicas y sujetos chulescos con látigos. A veces cuesta adivinar quién o qué le está haciendo qué a quién…

Entonces se me ocurrió pensar en el club fotográfico que había en la puerta de al lado, junto a la arcada, cuando el desnudismo era todavía una gran cosa. Costaba quince dólares la entrada y cinco dólares cada sesión fotográfica. Se podían tomar todas las fotos que se quisiera de una mujer desnuda, mientras uno no se acercara a más de sesenta centímetros y no tocara. Como es natural, la mayoría de «fotógrafos» ni siquiera llevaban carrete en la máquina, pero la empresa lo sabía y no se molestaba en colocar verdaderos focos; nadie se quejaba. En realidad, todo era muy inocente.

Estaba a punto de regresar al coche cuando observé a un toxicómano mirándome. No sabía si esfumarse o quedarse quieto. Al final decidió quedarse quieto, mirándolo todo indiferentemente menos a mí y deseando que se lo tragara la tierra. Ahora ya no detengo a los drogadictos por las señales, y el sujeto parecía que no se sostenía en pie, pero me pareció reconocerle.

– Ven aquí, hombre -le grité, y él se me acercó sumisamente como si todo hubiera terminado.

– Hola, Bumper.

– Hola, Wimpy -le dije al droga dicto de cara cenicienta-. He tardado un minuto en reconocerte. Estás más viejo.

– Estuve encerrado tres años la última vez.

– ¿Y por qué tanto tiempo?

– Robo a mano armada. Fui a San Quintín por culpa del robo a mano armada. La violencia no se me da bien. Es mejor que siga saqueando. San Quintín me ha hecho viejo.

– Lástima, Wimpy. Sí, ahora me acuerdo. Saqueaste algunas estaciones de servicio, ¿verdad?

Era viejo. Tenía el cabello arenoso veteado de gris y muy ralo. Y los dientes podridos y flojos. Empezaba a «volver» a mí como siempre ocurre: Hermán (Wimpy) Brovvn, drogadicto de toda la vida y un informador estupendo cuando quiere. No tendría más allá de cuarenta años, pero parecía mucho más viejo que yo.

– Ojalá no hubiera conocido nunca a ese sinvergüenza de Barty Méndez. ¿Te acuerdas de él, Bumper? Un drogado no tiene que cometer violencias. No estoy hecho para eso. Podría seguir robando cigarrillos de los mercados y vivir como Dios manda algún tiempo.

– ¿Cuánto robas ahora, Wimpy? -le pregunté encendiéndole un cigarrillo.

Estaba pegajoso y todo de piel de gallina. Si sabía algo, me lo diría. En aquellos momentos le hacía tanta falta fumar que hubiera delatado a su propia madre.

– No robo en las cercanías de tu ronda, Bumper. Me voy a la zona Oeste y robo un par de docenas de cartones al día en los supermercados grandes. Por aquí no hago nada más que esperar a algún compañero.

– ¿Aún estás en libertad bajo palabra?

– No, no estoy huyendo de mi palabra, oficial. Puedes llamar y comprobarlo.

Aspiró intensamente el cigarrillo, pero no le sirvió de mucho.

– Déjame verte los brazos, Wimpy -le dije, tomándole un huesudo brazo y subiéndole la manga.

– No vas a detenerme por unas cuantas señales, ¿verdad, Bumper?

– Siento curiosidad -repuse, viendo que la parte interior del codo aparecía casi limpia.

Hubiera tenido que ponerme las gafas para ver las señales y nunca las llevaba para trabajar. Las dejaba en el apartamento.

– Algunas señales, Bumper, no está mal -me dijo esbozando una sonrisa de negros dientes-. Las curo con ungüento de hemorroides.

Le doblé el codo y le miré la parte de atrás del antebrazo.

– ¡Madita sea, toda la Unión Pacífico podría discurrir por estas pistas!

No me hacían falta las gafas para ver aquellos hinchados abscesos.

– No me detengas, Bumper -gimió é- Puedo trabajar para ti como antes. Te di algunas cosas buenas, ¿recuerdas? Te entregué al tipo que atacó a la bailarina en una calleja. El que estuvo a punto de cortarle un pecho, ¿te acuerdas?

– Sí, es verdad -repuse yo, recordándolo. Aquello me loproporcionó Wimpy.

– ¿Pero es que no te miran los brazos en el centro de rehabilitación? -le pregunté bajándole las manos.

– Algunos son como policías y otros como asistentes sociales. Yo siempre he tenido suerte y me he tropezado con individuos honrados de los que te hablan de números y te dicen a cuántos están rehabilitando. No quieren fallar, ¿sabes? Hoy en día te dan un narcótico y te dicen que es otra cosa y que ya estás curado. Te muestran estadísticas, pero creo que los que dicen que están curados se han muerto, probablemente de una sobredosis.

– Procura no tomar ninguna sobredosis, Wimpy -le dije, apartándole de la arcada para que pudiéramos hablar a solas mientras me dirigía con él a la caja telefónica de la esquina para hacer la comprobación.

– Me gustó estar dentro cuando formaba parte del programa, Bumper. Te lo digo en serio. El Centro de Recuperación es un buen sitio. Conozco a individuos sin antecedentes que se habían hecho señales falsas en los brazos para poder ir allí en lugar de a San Quintín. Y tengo entendido que Tehachapi aún es mejor. Buena comida y apenas se trabaja, y terapia de grupo, donde puedes descansar, y después hay estas escuelas de oficios en las que se puede haraganear. Podría ganar cinco centavos en un sitio así y no me importaría. En realidad la última vez casi sentí que me echaran al cabo de trece meses. Pero tres años en San Quintín me han hecho polvo, Bumper. Cuando estás en este sitio sabes de verdad que estás en la cárcel.

– ¿Y aún piensas en drogarte estando dentro?

– Siempre pienso en eso -contestó, procurando sonreír de nuevo mientras nos deteníamos junto a la caja telefónica. Pasaba gente a nuestro lado, pero nadie se acercaba mucho-. Ahora mismo necesito una inyección, Bumper. La necesito mucho.

Pareció que iba a echarse a llorar.

– Bueno, no te apures. Es posible que no te detenga si me sirves de algo. Empieza a pensar en serio mientras yo llamo para ver si no huyes de la palabra.

– Tengo palabra de rey -me dijo, ya más animado porque pensaba que no iba a detenerle por las señales-. Tú y yo podríamos hacer un buen trabajo, Bumper. Siempre me he fiado de ti. Sabes recompensar a tus informadores. Nadie se ha perjudicado nunca por tus detenciones. Sé que tienes un ejército de informadores, pero nadie se ha perjudicado. Tú cuidas de tu gente.

– Tú tampoco te perjudicarás, Wimpy. Trabaja para mí y nadie lo sabrá. Nadie.

Wimpy estaba estornudando y tenía la boca algodonosa; me apresuré por tanto a abrir la caja telefónica para efectuar la comprobación. Le indiqué a la chica el nombre y la fecha de nacimiento y a él le encendí un cigarrillo mientras esperábamos. Él empezó a mirar a su alrededor. No temía ser sorprendido informando; buscaba simplemente algún enlace: un mendigo, un drogado, cualquiera que pudiera disponer de droga. Antes me saltaría la tapa de los sesos, pensé.

– ¿Vives en una casa aquí cerca? -le pregunté.

– Ahora, no -me contestó-. Mira, tras haber estado limpio tres años pensé que podría estarlo siempre. El segundo día me encontré tan mal que me fui a un centro de la zona Este y les pedí que me inscribieran. Lo hicieron y estuve limpio tres días más; dejé el centro, busqué un poco de droga y desde entonces me he estado pinchando en el brazo.

– ¿Conseguiste hacerlo alguna vez estando en la cárcel? -le pregunté en un intento de continuar la conversación hasta que me facilitaran los datos.

– Nunca. Nunca tuve la oportunidad. Sé que algunos individuos lo hacían. Una vez vi que dos tipos se hacían un aparato. Esperaban recibir algo de no sé dónde. No sé lo que estaban planeando, pero seguro que estaban fabricándose un aparato.

– ¿Cómo?

– Abrieron una bombilla y uno de ellos cogió el filamento con un trozo de cartón y un trapo y el otro lo calentaba con cerillas y estos tipos lo siguieron haciendo y después le hicieron un agujero con un alfiler y le aplicaron una botella de spray de plástico y no resultó un mal aparato. Yo me hubiera atrevido a aplicármelo al brazo si hubiera habido droga.

– Probablemente te hubieras roto la vena.

– Pero valía la pena. He visto a tipos sin inyección tan excitados y furiosos que se cortan el brazo con una cuchilla y se arrojan allí un puñado de droga.

Aspiraba intensamente el cigarrillo. Tenía las manos y los brazos cubiertos con los tatuajes de prisión hechos con limaduras de mina de lápiz que mezclan con saliva y se van introduciendo en el brazo con miles de pinchazos. Probablemente debía hacerlo cuando era un mozalbete que empezaba. Ahora ya era mayor y lucía tatuajes profesionales en todos los sitios donde se inyectaba droga, pero nada podía ocultar aquellas pistas.

– Antes yo era un ladrón de categoría, Bumper. No un simple ladrón de cigarrillos. «Hacía» almacenes y robaba ropa buena y perfume caro e incluso mostradores de joyería que cuestan mucho. Yo llevaba trajes de doscientos dólares en una época en que sólo lucían trajes así los tipos ricos.

– ¿Trabajabas solo?

– Completamente solo, lo juro. No necesitaba a nadie. Entonces yo era distinto. Era guapo, y honrado. Hasta hablaba mejor. Leía muchas revistas y libros. Me paseaba por estos almacenes y veía a aquellos jovenzuelos y vendedores eventuales y les obligaba a que me dieran el dinero. A que me lo dieran, te lo aseguro.

– ¿Y cómo lo conseguías?

– Les decía que el señor Freeman, el director de ventas, me enviaba a recoger los ingresos. No quería que figuraran en los registros, les decía, y yo sacaba el monedero y ellos me lo llenaban para el señor Freeman.

Wimpy se echó a reír y acabó resollando y atragantándose. Se tranquilizó al cabo de un minuto.

– Le debo mucho al señor Freeman. Tendré que compensar a este sujeto si alguna vez me lo encuentro. Este nombre lo empleé en cincuenta almacenes por lo menos. Es el apellido auténtico de mi padre. Esmi apellido auténtico, pero cuando era niño tomé el apellido del bastardo que se casó con mi madre. Siempre pensaba que mi padre hubiera hecho algo por nosotros si hubiese estado cerca, y de esta manera lo hizo. El viejo señor Freeman debe haberme dado diez de los grandes. Libres de impuestos. Mucho más de lo que la mayoría de hombres dan a sus hijos, ¿verdad, Bumper?

– Mucho más de lo que me dio el mío, Wimpy -contesté, sonriendo.

– Hice cosas muy buenas con este sistema. ¡Estaba tan guapo, con mi clavel y todo! Tenía otro truco con el que conseguía cosas estupendas, ropa de niño cara, maletas, lo que fuera. Entonces lo devolvía a la tienda y decía que había perdido el recibo, pero que, por favor, a ver si me querían devolver el dinero porque el pequeño Bobby ya no necesitaría estas cosas pues había muerto en la cuna el martes pasado. O que el viejo tío Pete había fallecido antes de poder emprender el viaje que había estado planeando y para el que había ahorrado cuarenta y ocho años y yo no podía soportar ver más aquellas maletas. En serio, Bumper, les faltaba tiempo para darme la pasta. Hasta hacía llorar a los hombres. Una mujer hasta me entregó diez dólares de su propio bolsillo para contribuir a pagar el entierro del niño. Acepté los diez dólares y me compré una bolsa de droga y cada vez que cortaba el globo y cocía la sustancia, pensaba: ¡Ay, nene. De veras eres mi nene! Tomé la aguja y cavé una pequeña fosa en mi carne y cuando introduje la cosa en el brazo y noté que entraba dije: Gracias, señora, gracias, gracias, es el mejor entierro que hubiera podido tener mi nene…

Wimpy cerró los ojos y levantó el rostro sonriendo un poco al pensar en su «nene».

– ¿Pero es que en el centro de rehabilitación no te hacen análisis de orina ni nada? -le pregunté. No podía entender que no se analizara la orina ni se examinaran los brazos de un viejo recalcitrante como él, aunque estuviera bajo palabra y por un asunto no relacionado con las drogas.

– Todavía no, Bumper. No me preocupa que lo hagan. Siempre he tenido suerte. Cuando me pusieron en el programa de orina, utilicé el truco de la botella. Conseguí que un buen amigo mío, el viejo Homer Alien, me facilitara una botella de pis reciente y me guardé la botella llena atada a una cuerda y sujeta al cinturón por la parte de dentro. El estúpido guardián se creía que era listo y pensaba que conseguiría atraparme de día o de noche y a veces por la noche me pedía una muestra de orina y yo me iba al water y él se quedaba detrás observándome; yo me desabrochaba la bragueta y llenaba la pequeña botella de vidrio que él me había dado con pis de Homer. Se creía muy listo, pero nunca consiguió atraparme. ¡Era tan honrado! Yo le quería. Me sentía como el padre de aquel muchacho.

La chica volvió al teléfono, me leyó el historial de Wimpy y me dijo que no se le buscaba.

– Bueno, veo que estás libre -le dije, colgando el teléfono y cerrando la puerta metálica de la caja telefónica.

– Ya te lo he dicho, Bumper. Estuve allí la semana pasada. Voy con regularidad.

– Muy bien, Wimpy, hablemos de negocios -le dije.

– Bumper, he estado pensando que hay un hijo de puta que una vez me hizo daño. No me importaría que le echaras el guante.

– Muy bien -repuse, para darle ocasión de racionalizar la información, cosa que todos los informadores tienen que hacer cuando empiezan o cuando llevan mucho tiempo sin informar.

– Merece ir a la cárcel -dijo Wimpy-. Todo el mundo sabe que es un inútil. Una vez me fastidió una venta. Le traigo a un tipo para que compre un poco de sustancia. Sin comisión ni nada, y le vende al tipo comida para gatos, y eso que le había dicho que le conocía bien. El sujeto me molió a palos cuando averiguó que era comida para gatos.

– Muy bien, pues cojámosle -dije-. Pero no me interesa un sujeto de poca monta.

– Ya lo sé, Bumper. Es un pez gordo. Le fastidiaremos bien. Le diré que tengo un tipo con mucha pasta y que tiene que traer tres kilos y que se reúna conmigo en un sitio determinado. Entonces vas y pasas tú por casualidad, o después, cuando lo estamos sacando del coche, y ambos echamos a correr. Pero tú, naturalmente, le persigues a él y le echas el guante.

– No puede ser. Ya no puedo correr. Tendremos que pensar otra cosa.

– Lo que tú quieras, Bumper. Por ti haré lo que sea. Te entregaré a quien sea si me concedes una tregua.

– Menos a tu mejor enlace.

– Es como si me hablaras de Dios. Pero en este mismo momento hasta a mi enlace te entregaría a cambio de un pinchazo.

– ¿Dónde vive este traficante? ¿Cerca de mi ronda?

– Sí, no muy lejos. Seis Este. Podemos pillarle en su hotel. Quizás sea la mejor manera. Tú puedes subir y dejarme escapar a mí por la ventana. Es un cobardica. Le llaman Little Rudy. Pero, sobre todo, que no se sepa que he sido yo. Mira, conoce a una mujer que es una fiera. Su casa es para algunos de nosotros como una caseta de tiro al blanco. Si sabe que has delatado, es capaz de echarte ácido en la cuchara y reírse mientras te lo tragas. Es una hija de puta.

– Muy bien, Wimpy, ¿cuándo puedes organizado?

– El sábado, Bumper, ¿podemos hacerlo el sábado?

– No me sirve -contesté rápidamente mientras me bajaban por el vientre los gases-. El viernes será el último día para todo.

– Pero, hombre, Bumper. No está en la ciudad. Lo sé seguro. Creo que se ha ido a la frontera en busca de material.

– No puedo esperar más allá del viernes. Piensa en algún otro.

– Mierda, déjame pensar -dijo, rascándose la sien con sus huesudos dedos-. Ah, sí, tengo una cosa. Un tipo del Hotel Rainbow. Un lechuguino alto, quizás de unos cuarenta o cuarenta y cinco años, cabello tirando a rubio. Está en el primer apartamento a la izquierda del segundo piso. Anoche justamente me enteré de que es un comprador de objetos robados. Compra casi todo lo que se roba. Y barato, según creo. Paga menos de diez centavos por dólar. Un verdadero cerdo. Merece caer. Creo que los drogadictos le traen radios y cosas de estas, generalmente a primeras horas de la mañana.

– Muy bien, a lo mejor lo intentaré mañana -contesté sin mostrarme demasiado interesado.

– Seguro que tiene muchos objetos robados en el apartamento. Podrías recoger el producto de toda clase de robos.

– Muy bien, Wimpy, puedes marcharte. Pero quiero verte con regularidad. Por lo menos tres veces por semana.

– Bumper, ¿no podrías hacerme un pequeño adelanto?

– ¡Estarás bromeando, Wimpy! ¿Pagar a un drogado por adelantado?

– Hoy me encuentro en muy baja forma, Bumper -dijo en un susurro y con voz cascada, casi como si rezara. Tenía muy mal aspecto. Entonces recordé que ya no volvería a ver más a ninguno de ellos. No me podría servir de nada y fue increíblemente estúpido por mi parte, pero le entregué un billete de diez dólares, lo cual es como doblar el billete y metérselo dentro del brazo. Dentro de doce horas estaría en las mismas condiciones. Se quedó mirando el billete como si no pudiera creerlo. Le dejé allí y me encaminé hacia el coche.

– Te conseguiremos este traficante de drogas -me dijo-. Es muy descuidado. Encontrarás «semilla» entre la alfombra y las molduras de la puerta del vestíbulo. Te conseguiré muchas causas probables para que puedas registrar la casa.

– Ya sé cómo se maneja un tugurio de drogas, Wimpy -le contesté por encima del hombro.

– Hasta luego, Bumper, hasta luego -me gritó, terminando con un acceso de tos.

3

Siempre procuro aprender algo de la gente de mi ronda, y mientras avanzaba con el coche traté de averiguar si efectivamente habría aprendido algo del largo parloteo de Wimpy. Todas aquellas historias las había escuchado de miles de toxicómanos. Entonces pensé en el ungüento de hemorroides para curar las señales de los pinchazos. Aquello era nuevo. Nunca me lo habían dicho. Siempre intento enseñarles a los novatos a mantener la boca cerrada y aprender a escuchar. Normalmente proporcionan más información de la que a ellos les facilitan cuando interrogan a alguien. Hasta un sujeto como Wimpy puede enseñar algo si se le da oportunidad.

Regresé al coche y miré el reloj: estaba empezando a sentir apetito. Desde luego siempre tengo apetito; mejor dicho, siempre quiero comer. Pero no lo hago entre comidas; como según un horario determinado, a no ser que algún trabajo me lo impida. Soy partidario de la rutina. Si se establecen reglas para las pequeñas cosas, reglas que se elabora uno mismo, y si se obedecen estas reglas, la vida será ordenada.

Yo sólo altero la rutina cuando no tengo más remedio.

Uno de los muchachos del turno de día, un joven llamado Wilson, pasó junto a mí en su blanco-y-negro, pero no me vio porque estaba observando a un toxicómano que cruzaba a toda prisa Broadway para entrar en el Grand Central Market, seguramente a robar. El drogado corría como si guardara oro en los pantalones. Wilson era un buen policía, pero a veces, cuando le veía como ahora, de perfil mirando hacia otro lado, su cabello revuelto y su nariz infantil y algo que no podía definir bien me hacían recordar a alguien. Durante algún tiempo esto me estuvo intrigando, hasta que una noche de la semana pasada, cuando estaba pensando en casarme y en Cassie, se me ocurrió: me recordaba un poco a Billy. Pero aparté la idea de mi pensamiento porque no me gusta pensar en niños muertos ni en personas muertas: es otra de mis reglas. Con todo, comencé a pensar en la madre de Billy y en lo malo que había sido mi primer matrimonio, y me pregunté si habría podido ser bueno si Billy hubiera vivido. Tengo que confesar que hubiera podido ser bueno y que habría durado si Billy hubiese vivido.

Después me pregunté cuántos matrimonios malos que habían empezado en los años de la guerra habrían resultado bien posteriormente. Pero no era eso únicamente; había lo otro, los muertos. Casi estuve a punto de contárselo a Cruz Segovia una vez cuando éramos compañeros y estábamos haciendo un solitario turno a las tres de la madrugada: cómo habían muerto mis padres, que mi hermano me había criado y después había muerto, y que mi hijo había muerto, y que yo admiraba mucho a Cruz porque tenía esposa y todos aquellos hijos y se entregaba a ellos sin temor. Pero nunca se lo dije, y cuando su hijo mayor, Esteban, murió en Vietnam, contemplé a Cruz con los otros, y después de aquel inmenso dolor siguió entregándose a ellos por completo. Pero ya no podía admirarle por ello. Me asombraba, pero no podía admirarle. No sé lo que sentí después de aquello.

Pensar en todas estas cosas me produjo ruido de tripas y gases y yo me imaginaba la burbuja creciendo cada vez más. Entonces extraje una pastilla contra los burbujeos, la mastiqué y me la tragué; decidí empezar a pensar en mujeres o comida; en algo bueno, vaya. Me incorpore en el asiento y dije: «Buenos días, Señoría», y me sentí mucho mejor…

4

Siempre me sentaba bien conducir sin pensar; por eso apagué la radio y lo hice. Muy pronto, sin mirar el reloj, supe que ya era hora de comer. Hoy no sabía si ir al Barrio Chino o al Pequeño Tokio. No quería comida mexicana, porque le había prometido a Cruz Segovia que iría a cenar esta noche a su casa y comería comida mexicana suficiente para toda la semana. Su mujer, Socorro, sabía lo mucho que me gustaba el chile relleno y me prepararía doce sólo para mí.

Me parecían bien unas cuantas hamburguesas. Hay un sitio en Hollywood que tiene las mejores hamburguesas de la ciudad. Siempre que voy a Hollywood pienso en Myrna, una mujer con la que estuve tonteando hace un par de años. Era un tipo de Hollywood irreal, pero desempeñaba un buen cargo en los estudios de una cadena de televisión y siempre que salíamos a alguna parte terminaba gastando más dinero del que yo hubiera querido. Le encantaba despilfarrar el dinero, pero para mí lo que ella tenía es que se parecía a Madeleine Carroll, cuyas películas nos pasaban en el cuartel durante la guerra. No es sólo que Myrna tenía estilo, elegancia y un pecho elástico; es que parecía toda una mujer y se comportaba como tal. Lástima que era adicta a las drogas y le gustaba improvisar demasiado, sexualmente. Yo estoy dispuesto a cualquier cosa que sea razonable, pero a veces Myrna era un poco extravagante en algunas cosas y también insistía en cambiarme. Al final intenté fumar con ella, pero no se me antojó tan agradable como un buen whisky. En la mesa de café tenía oculto por lo menos medio kilo de estupefaciente y eso es grave. Ya me imaginaba acabando en la cárcel con ella por culpa de las drogas. Fue una juerga y no sé si por el efecto depresivo de la droga o qué, pero al final estallé y fue como un infierno. Pensándolo bien, me parece que a Myrna debió gustarle de todos modos. Tanto si se parecía a Madeleine Carroll como si no, al final me libre de ella, y ella dejó de llamarme al cabo de un par de semanas, seguramente porque debió encontrar a un gorila amaestrado o algo parecido.

Myrna tenía algo que nunca olvidaré: era una gran bailarina, no una buena bailarina, sino una gran bailarina, porque Myrna podía dejar de pensar por completo cuando bailaba. Creo que ahí está el secreto. Bailaba un rock endemoniado y se parecía a una serpiente. Cuando se movía en una pista de baile, casi siempre todo el mundo dejaba de bailar para contemplarla. Como es natural, se reían de mí… al principio. Después comprendían que allí había dos bailarines. Es gracioso el baile: es como la comida o la sexualidad, es algo que «se hace» y en lo que uno puede olvidar que tiene cerebro. Lo sientes en lo hondo de las entrañas, sobre todo un rock endiablado. Y el rock endiablado es lo mejor que puede haber en música. Cuando Myrna y yo nos movíamos en serio en algún local de muchachos del Sunset Strip, nuestros cuerpos se juntaban. No era únicamente algo de tipo sexual, aunque también había de eso; era como si nuestros cuerpos lo hicieran juntos y ya no fuera necesario pensar siquiera.

Siempre solía probar a hacer la gallina cuando empezábamos. Ya sé que ahora resulta anticuado, pero lo hacía y todos se reían porque el vientre se me movía y se agitaba. Después siempre volvía a hacerlo hacia el final de la melodía y entonces nadie se reía. Sonreían, pero no se reían, porque entonces ya habían comprendido lo airoso que soy en realidad, a pesar de mi estructura. Nadie sabía hacer la gallina con tanta gracia como yo, por lo que siempre me quedaba de pie agitando los codos y doblando las rodillas como para comprobar su buen funcionamiento. Y a pesar de los movimientos de animal salvaje de Myrna, la gente también me miraba a mí. Nos miraban bailar a los dos. Ésa es una de las cosas que echo de menos de Myrna.

Hoy no me apetecía alejarme demasiado de mi ronda; por consiguiente decidí comer un «teriyaki» de buey y me dirigí hacia el barrio japonés. La zona comercial de los japoneses se encuentra por las calles Primera y Segunda, entre la calle Los Ángeles y Central Avenue. Hay muchas tiendas pintorescas, restaurantes y edificios comerciales. Tienen también sus bancos, en los que ingresan montones de dinero. Cuando entré en la Muñeca Geisha de la calle Primera, acababa de terminar el ajetreo de la hora del almuerzo y Mama-san se movía con sus graciosos y pequeños pasos como si tuviera veinte años y no sesenta y cinco. Siempre vestía un traje de seda con un corte en la falda y no estaba nada mal para ser mayor. Yo siempre le gastaba bromas, porque, siendo japonesa, lucía un traje chino y ella siempre me contestaba riéndose:

– Hacen más cosas chinas en Tokio que en toda China. Y mejor, mucho mejor.

El local era oscuro, todo a base de pana, bambú, cortinas de cuentas y farolillos colgados.

– Bumper san, ¿dónde te habías escondido? -me dijo ella al entrar yo a través de la cortina de cuentas.

– Hola, Mama -contesté, levantándola por debajo de los brazos y besándola en la mejilla.

Sólo debía pesar cuarenta y cinco kilos y parecía casi frágil, pero una vez que no se lo hice se puso furiosa. Lo esperaba y a todos los clientes les hacía gracia verme actuar. Los cocineros y todas las bonitas camareras y Sumi, la patrona, vestidas con llamativos kimonos anaranjados, también lo esperaban. Al entrar, observé que Sumi le estaba dando unas palmaditas en el hombro a un cliente japonés.

Yo tenía la costumbre de sostener de aquella guisa a Mama-san durante un buen minuto hasta que todos se reían, sobre todo Mama-san, y después la bajaba y dejaba que ella gritara a distancia a todo el mundo «lo fuerte que es nuestro Bumper». Los brazos los tengo fuertes, aunque las piernas ya no, pero de todos modos era como una muñeca de papel, sin peso alguno. Ella decía siempre «nuestro Bumper», y yo creía que ello significaba que se me consideraba perteneciente al barrio japonés. Esto me gustaba. Los policías de Los Ángeles se muestran muy parciales con respecto a los budistas, porque parece a veces que son las únicas personas del mundo que aún aprecian la disciplina, la limpieza y el trabajo duro. He visto incluso a policías motorizados que serían capaces de ponerle una multa a un leproso de una sola pierna, dejar infringir a un japonés las leyes del tráfico porque en realidad no contribuyen para nada al índice de delitos a pesar de ser unos notorios malos conductores. Sin embargo, en los últimos años he observado que en los informes de delitos se menciona como sospechosos a orientales. Si degeneran igual que todo el mundo, no quedará ningún grupo modélico, sólo habrá individuos aislados.

– Tenemos una mesa estupenda para ti, Bumper -dijo Sumi con una sonrisa que casi le hacía olvidarse a uno de la comida, casi… Empezaron a llegar hasta mí distintos aromas: de tempura, de vino de arroz, de bistec teriyaki. Tengo un olfato muy sensible y puedo captar distintos aromas. En este mundo, lo importante son en realidad las cosas individuales. Cuando se mezcla todo se obtiene goulash, o suey de chuletas, o un grasiento estofado. La comida de esta clase no me gusta.

– Me parece que me sentaré en el barsushi -le dije a Sumi, que en cierta ocasión me confesó que su verdadero nombre era Gloria.

La gente espera que una muñeca geisha tenga un nombre japonés, por lo que Gloria, americana de tres generaciones, la complacía. Estuve de acuerdo con su lógica. Sin ninguna necesidad no hay por qué decepcionar a la gente.

Había otros dos hombres en el barsushi, ambos japoneses, y Mako, que trabajaba en el bar sushi, me dirigió una sonrisa; pero se le veía un poco malhumorado ante aquel desafío. Una vez le dijo a Mama que servir a Bumper solo, era como servir en un bar sushi lleno de sumos. No podía evitarlo, me encantaban aquellas pelotas de arroz redondeadas a mano y envueltas en tiras de rosado salmón y pulpo, orejas marinas, atún y gamba. Me gustaban las pequeñas bolsitas llenas de rábanos picantes que le sorprenden a uno y le hacen llorar los ojos. Y me gustaba un cuenco de sopa, sobre todo de soja y algas marinas, y bebería del mismo cuenco al estilo japonés. Me lo terminaba casi antes de que Mako me lo pusiera delante y creo que debía parecer un búfalo en el bar sushi. Por mucho que intentara controlarme y utilizar la autodisciplina japonesa, no podía por menos que ingerir la comida y vaciar los pequeños platos mientras Mako sonreía y sudaba y me los iba poniendo delante. Sé que no era la forma más correcta de comportarse en el bar sushi de un restaurante fino; eso era para los gourmets, los refinados amantes de la cocina japonesa, y yo atacaba como una langosta; pero es que, Dios mío, comer sushi es como estar en el ciclo. En realidad, me decidiría por esto y me convertiría al budismo si el cielo fuera un bar sushi.

Sólo había una cosa que me salvaba de ser demasiado mal visto por un japonés: sabía manejar los palillos igual que ellos. Lo aprendí en el Japón después de la guerra y llevo frecuentando la Muñeca Geisha y todos los demás restaurantes del barrio japonés desde hace veinte años, por lo tanto, no es de extrañar. Aun sin el uniforme azul podrían verme manejar los palillos y comprender que no era un turista de paso. A veces, sin embargo, cuando no lo pensaba, comía con las dos manos. Porque de otro modo no tragaba con la suficiente rapidez.

Cuando el tiempo era más fresco siempre bebía vino de arroz o sakc caliente para acompañar la comida; hoy, en cambio, bebo agua helada. Tras terminarme lo que hubieran consumido tres japoneses de tamaño regular, empecé a beber té mientras Mama y Sumi se acercaban en repetidas ocasiones para asegurarse de que tenía suficiente y de que el té estuviera lo bastante caliente, y para convencerme a comer un poco de tempura; las tiernas gambas fritas tenían tan buen aspecto que me comí media docena. Si Sumi no hubiera tenido veinte años menos que yo, hubiese sentido unas terribles tentaciones de probarla también a ella. Pero era tan delicada y bonita y tan joven, que hasta perdía la confianza en mí mismo cuando lo pensaba. Y, además, era una de las personas de mi ronda, y hay eso, los sentimientos que yo les inspiro. No obstante, a mi apetito siempre le ha sentado bien comer en un sitio donde hubiera mujeres guapas. Pero hasta que no estoy medio lleno debo decir que no me doy cuenta ni de las mujeres ni de ninguna otra cosa. El mundo desaparece de mi vista cuando como algo que me gusta.

Lo que siempre me ha extrañado es la forma en que Mama me da las gracias por comerme la mitad de su cocina. Como es natural, nunca me ha permitido que pague la comida y siempre me da las gracias diez veces antes de que salga por la puerta. Aunque sea una oriental, hay que decir que exagera. Me hace sentir culpable, y cuando vengo pienso algunas veces que ojalá pudiera violar la costumbre y pagarle. Pero ya alimentaba a los policías antes de que yo viniera y los seguirá alimentando después, y así están las cosas. No le dije a Mama que el viernes iba a ser el último día, y no quise empezar a pensar en ello porque con un tonel de sushi en el estómago no podía permitirme el lujo de una indigestión.

Sumi se me acercó antes de marcharme y me aproximó a los labios una pequeña taza de té; mientras lo sorbía, me dijo:

– Muy bien, Bumper, cuéntame una historia divertida de guardias y ladrones.

Lo hacía con frecuencia y estoy seguro de que se daba cuenta de lo mucho que me impresionaba sentir tan cerca su dulce aliento y ver sus ojos pardo-chocolate y su suave piel.

– Muy bien, mi pequeña flor de loto -le dije como W. C. Fields, y ella se rió-. Ahí va una historia estremecedora.

Recuperé mi voz normal y le hablé del sujeto que había mandado parar por saltarse un semáforo rojo en la confluencia entre la Segunda y San Pedro, un tipo que procedía del Japón y llevaba viviendo aquí un año y tenía permiso de conducir de California pero no hablaba inglés o lo fingía para poder librarse de la multa. Decidí seguir adelante y ponérsela porque había estado a punto de hacer papilla a un individuo en el cruce, y cuando la hube escrito se negó a firmarla y me dijo en inglés chapurreado: «No culpable, no culpable», y yo intenté explicarle durante cinco minutos que la firma no era más que una promesa de comparecencia y que podría tener un juicio si así lo deseaba y que si no firmaba tendría que detenerle. Él seguía sacudiendo la cabeza sin dejarse convencer y al final giré el librito de las multas hice un dibujo en el reverso. Le hice el mismo dibujo a Sumi. Era una pequeña ventana de prisión con una porra colgando de las barras. Él tenía una boca triste con las comisuras hacia abajo y los ojos oblicuos. Le mostré el dibujo y le dije: «¿Firmará ahora?», y él escribió su nombre tan rápido y fuerte que me rompió la mina del lápiz.

Sumi se rió y volvió a repetirlo en japonés para Mama. Cuando me marché tras entregarle una propina a Mako, todos volvieron a darme las gracias hasta que mesentí culpable en serio. Era lo único que no me gustaba del barrio japonés. Hubiera deseado poder pagar la comida, si bien reconozco que este deseo no lo experimentaba en ninguna otra parte.

Francamente, no tenía nada prácticamente en qué gastarme el dinero. Comía tres veces durante la ronda. Podía comprarme bebidas alcohólicas, ropa, joyas y todo lo que sea a un precio inferior al de saldo. En realidad, todo el mundo me regalaba algo. El pan me lo facilitaban en una tienda, y una lechería me aprovisionaba de helados gratis, leche, queso de granja y todo lo que quería. Mi apartamento era muy bonito y ni siquiera pagaba alquiler, incluyendo los servicios, porque ayudaba al administrador a llevar los treinta y dos apartamentos. Por lo menos él se creía que le ayudaba. Me llamaba cuando alguien armaba alboroto en una fiesta o algo así y yo iba y les convencía de que se tranquilizaran un rato, al tiempo que me aprovechaba de sus bebidas y de sus canapés. De vez en cuando pescaba a algún mirón y como que el administrador era un cobardica creía que yo era indispensable. Exceptuando a mis amigas y a mis informadores siempre me resultaba difícil encontrar en qué gastarme el dinero. A veces pasaba semanas sin apenas gastarme un céntimo a excepción de las propinas. No doy muy buenas propinas, al igual que la mayoría de policías.

En lo concerniente a aceptar cosas de la gente de mi ronda, yo había establecido también una regla: nada de dinero. Me parecía que si aceptaba dinero, cosa que mucha gente intentaba ofrecerme por Navidad, me comprarían. Sin embargo no me daba la sensación de que me compraban si un individuo me ofrecía comida gratis o una caja de bebidas alcohólicas o una chaqueta deportiva con descuento, o si un dentista me arreglaba un diente a un precio especial o si un óptico me daba unas gafas de sol a mitad de precio. Es tas cosas no eran dinero y yo no me sentía molesto. No aceptaba nunca más de lo que pudiera utilizar personalmente o que pudiera regalar a personas como Cruz Segovia o Cassie, que últimamente se quejaba de que su apartamento empezaba a tener aspecto de destilería. Tampoco aceptaba nada de alguien a quien pudiera arrestar alguna vez. Por ejemplo, antes de que empezáramos a odiarnos de verdad el uno al otro, Marvin Heywood, el propietario del Dragón Rosa, quiso regalarme un par de cajas de whisky escoces, y del mejor, pero yo se las rechacé. Supe desde el primer día que inauguró el local que éste iba a ser un lugar de reunión de gente de mal vivir. En aquella pocilga parecía que cada día se celebraba una convención de San Quintín. Y cuanto más pensaba en ello, tanto más me dolía que el día que yo me retirara no hubiera nadie que persiguiera tan duramente al Dragón Rosa como yo. Dos veces obligué a que le aplicaran a Marvin una suspensión de la autorización de venta de bebidas alcohólicas durante un período de sesenta días, y probablemente ello debió representarle una pérdida de dos mil al mes, porque algunos de sus clientes temían acercarse por miedo a mí.

Subí al coche y decidí echarle un vistazo al Dragón por última vez. Al aparcar en la parte de atrás, me vio un toxicómano que se encontraba en la puerta y corrió adentro para decirle a todo el mundo que me acercaba. Tomé la porra, me até la correa alrededor de la mano, cosa que ahora dicen que no debe hacerse, pero que yo llevo haciéndolo veinte años, y bajé por la escalera de hormigón hasta el bar del sótano, tras cruzar la puerta encortinada. La fachada está enmarcada por una cabeza de dragón. La puerta delantera es la boca de la bestia y la puerta de atrás se encuentra situada debajo de la cola. Siempre me inquietaba ver aquella puerta en forma de estúpida boca de dragón. Me dirigí a la puerta de atrás, hacia el trasero del dragón, golpeando con la porra las sillas vacías y girando la cabeza a derecha e izquierda mientras acostumbraba los ojos a la penumbra. Los drogados se encontraban todos sentados en la parte posterior. Ahora, a primeras horas de la tarde, sólo había como unos diez clientes y Marvin, con su metro noventa y dos de estatura, estaba al fondo de la barra sonriendo a una lesbiana que estaba venciendo a un fornido negro en un combate de fuerza de brazos.

Marvin estaba sonriendo, pero no lo hacía en serio porque sabía que yo estaba allí. Le helaba la sangre verme golpear el mobiliario con la porra. Yo por eso lo hacía. Siempre que entraba me mostraba lo más odioso y ofensivo que podía. Había estado allí en el transcurso de dos alborotos y sabía que Marvin se había mojado en ambas ocasiones los calzoncillos pensando que ojalá tuviera el valor de echárseme encima, aunque había desistido de ello.

Debía pesar por lo menos ciento cuarenta kilos y era «un duro». No tenía más remedio que ser así como propietario de aquel tugurio cuyos clientes eran corredores de apuestas, prostitutas, vividores, rateros, homosexuales, buscadores de homosexuales y estafadores de ambos sexos y de todas las edades. Jamás conseguí del todo provocar a Marvin lo suficiente como para que me atacara, aunque era del dominio común que el tiro que me habían disparado una noche desde un vehículo en marcha había procedido de un maleta contratado por Marvin. Aunque jamás consiguió demostrarse nada, después de aquello empecé a seguir de cerca al Dragón. Durante un par de meses su negocio se redujo a nada por vivir yo prácticamente pegado a su puerta y él envió a dos abogados a mi capitán y a la comisión de policía para librarse de mi acoso. Cedí todo lo que me obligaron a ceder, pero seguí fastidiándole.

Si no me retirara, me las tendría que pagar todas juntas porque cuando uno ya lleva veinte años de servicio no es necesario andarse con cuidado. Me refiero a que da igual que te metas en un lío porque nadie te quitará la pensión sea cual sea el motivo, aunque te despidan. Por consiguiente, si me quedara seguiría acosando. Que se fueran al diablo los abogados y que se fuera al diablo la comisión de policía. Caería sobre el Dragón con todo mi peso. Y mientras lo pensaba, me miré los zapatos del número trece triple E. Eran zapatos de oficial de ronda, abotinados, con cordones y ojetes, que sostenían bien el tobillo, zapatos toscos y redondos, zapatos de oficial de ronda. Hace algunos años se hicieron francamente populares entre los jóvenes negros y casi volvieron a ponerse de moda. Les llamaban «comodidades de viejo» y eran suaves y cómodos, pero creo que más feos que el infierno para la mayoría de la gente. Seguramente los llevaré siempre. He hundido mis viejas comodidades en demasiados traseros que se lo merecían para que ahora me separe de ellas.

Al final, Marvin se cansó de mirar a los dos luchadores y de fingir que no me había visto.

– ¿Qué quieres, Morgan? -me preguntó.

Hasta en la oscuridad pude ver que se ponía colorado y que se le estremecía el grueso mentón.

– Me preguntaba cuánta escoria debía haber hoy por aquí -contesté en voz alta, lo cual provocó que cuatro o cinco de los clientes levantaran los ojos.

En estos tiempos se nos puede castigar por hacer observaciones brutales de esta clase, aunque aquellos cerdos se morirían de risa si yo me mostraba cortés y civilizado.

La lesbiana era la única mujer auténtica del local. En un antro así hace falta comprobar las «tuberías» de la gente para ver si es algo interior o exterior. Los dos que iban vestidos de mujer eran hombres; los otros eran buscadores de afeminados y cuentistas. Reconocí a un astuto corredor de apuestas llamado Harold Wagner. Uno de los buscadores de afeminados era un joven de unos veintidós años. Era lo suficientemente joven como para ofenderse todavía por mi observación, sobre todo teniendo en cuenta que se encontraba al lado del afeminado que vestía un mini rojo y que probablemente le pertenecía. Murmuró algo por lo bajo y Marvin le dijo que se calmara, porque no quería darme ocasión de practicar otra detención en su casa. El muchacho daba la sensación de estar muy drogado, como es la costumbre de casi todo el mundo en esta época.

– ¿Es tu nuevo compañero, Roxie? -le pregunté al afeminado del vestido rojo, cuyo verdadero nombre sabía que era John Jeffrey Alton.

– Sí -contestó el afeminado con voz de falsete, y le indicó al muchacho con un gesto que callara la boca. Me llevaría unos cinco centímetros de estatura, era ancho de espaldas, probablemente se acostaba con Roxie y ambos se repartían el fruto de sus ganancias. Roxie se acuesta con el que busca a un afeminado «mujer» y el muchacho con el que quiere a un «hombre». Siempre me dan lástima los afeminados mujer porque andan buscando con desmedido frenesí. A veces procuro extraerles alguna información, pero por lo general les dejo en paz.

Me molestaba enormemente pensar que nadie acosaría al Dragón cuando yo me hubiera ido. Ahora todos me miraban furiosos, sobre todo Marvin, con sus miserables ojos grises y su boca de cuchillo.

Un joven, demasiado joven para ser prudente, se inclinó hacia adelante en su asiento, emitió un par de gruñidos y dijo:

– Huelo a cerdo.

No le había visto nunca. Parecía un universitario que visitara los barrios bajos por curiosidad. Quizás en una cervecería universitaria no le hubiera hecho maldito el caso, pero aquí, en el Dragón Rosa, los policías de la ronda dominan a base de fuerza y terror. Si dejaban de tenerme miedo ya estaba listo y la calle sería una selva, cosa que ya es de todos modos, pero por lo menos uno puede ahora salir en busca de alguna que otra cobra o perro rabioso. Me imaginaba que si no fuera por los tipos como yo, no habría siquiera caminos por los que discurrir a través del tupido bosque.

Volvió a gruñir como un cerdo, ya más confiado porque no le había hecho caso.

– En serio que huelo a cerdo.

– ¿Y qué es lo que más les gusta a los cerdos? -le pregunté yo sonriendo y guardando la porra en la anilla-. A los cerdos les gusta comer basura y aquí veo un buen montón.

Sin dejar de sonreír, di un puntapié a las patas de la silla y el muchacho se cayó derramando sobre Roxie el contenido de un vaso de cerveza. Éste olvidó su voz de falsete y gritó: «¡Rata de mierda!», con excelente voz de barítono al deslizársele la cerveza por el escote.

Agarré al muchacho con una llave de muñeca antes de que pudiera darse cuenta y me dirigí con él caminando de espaldas hacia la puerta, pero no con excesiva rapidez, no fuera caso que alguien estuviera dispuesto a atizarme.

– ¡Bastardo! -gritó Marvin-. Has atacado a un cliente mío. ¡Bastardo! Llamaré a mi abogado.

– Ya puedes hacerlo, Marvin -contesté mientras el muchacho de elevada estatura caminaba de puntillas hacia la puerta dado que el impulso hacia arriba al que le obligaba la llave de muñeca le levantaba en alto. Tenía las ropas impregnadas de olor a droga, pero la euforia en modo alguno contribuía a disminuir el dolor de la llave de muñeca. Cuando se agarra a uno que va bien cargado no se le puede forzar mucho, porque no reacciona al dolor y se le puede romper la muñeca al intentar reducirle. Este tipo sin embargo lo notaba y se mostró dócil sin dejar de quejarse mientras salíamos a la calle. Marvin salió de detrás de la barra y nos siguió hasta la puerta.

– ¡Hay testigos! -gritó con voz estentórea-. ¡Esta vez hay testigos de tu sucia y cochina detención de un cliente mío! ¿De qué se le acusa? ¿De qué le vas a acusar?

– Está borracho, Marvin -repuse yo sonriendo y sosteniendo la llave de muñeca con una sola mano, no fuera caso que Marvin se hubiera enfadado en serio. Me sentía excitado, muy excitado, a punto de echarme a volar.

– Es una mentira. Está sereno. Está tan sereno como tú.

– Pero, Marvin -dije yo-, está borracho y salta a la vista y no puede cuidar de sí mismo. Tengo que detenerle en su propio beneficio. Tiene que haber estado borracho para decirme lo que me ha dicho, ¿no te parece? Y si no te andas con cuidado, a lo mejor pienso que quieres entrometerte en la detención. No querrás entrometerte en la detención, ¿verdad, Marvin?

– Ya te agarraremos, Morgan -murmuró Marvin, vencido-. Cualquier día te daremos tu merecido y te quitaremos el empleo.

– Si los sinvergüenzas como vosotros pudieran conseguir un empleo como el mío yo no lo querría -contesté ya más tranquilo porque todo había terminado.

El muchacho no estaba tan cargado como parecía una vez le hube sacado a la calle y al aire fresco de Los Ángeles.

– No estoy borracho -estuvo repitiendo mientras le acompañaba a la «Casa de Cristal», sacudiéndose un mechón de cabello rubio de la cara puesto que le había esposado las manos a la espalda.

La «Casa de Cristal» es como llama la gente de la calle al edificio central de la policía por la cantidad de ventanas que tiene.

– Con tus palabras te has metido en la cárcel, muchacho -le contesté mientras encendía un puro.

– Usted no puede meter en la cárcel a un hombre que está sereno por haberle llamado cerdo -dijo el muchacho y por su forma de hablar y por su aspecto, me imaginé que era un estudiante perteneciente a la alta clase media que se mezclaba con los sinvergüenzas de los barrios bajos por capricho y también porque en el fondo él también era un barriobajero.

– Hay más gente que acaba en la cárcel por hablar que por otra cosa -le contesté.

– Exijo un abogado -dijo.

– Llama a uno en cuanto estés encerrado.

– Llevaré a toda esta gente ante el tribunal. Ellos atestiguarán que estaba sereno. Le demandaré por detención ilegal.

– De nada te servirá, muchacho. Me han querido demandar docenas de veces. Y estos sinvergüenzas del Dragón Rosa ni siquiera te indicarían la hora aunque tuvieran una canasta llena de despertadores.

– ¿Cómo puede detenerme por borracho? ¿Está dispuesto a jurar ante Dios que estaba borracho?

– Aquí en la ronda no hay Dios, y de todos modos jamás asomaría la cabeza por el Dragón Rosa. Las decisiones del Tribunal Supremo de los Estados Unidos tampoco se dan demasiado bien por aquí. Como ves, muchacho, me veo obligado a escribirme mis propias leyes y tú acabas de infringir una. No tengo más remedio que declararte culpable de menosprecio de un policía.

5

Una vez hube detenido al muchacho, no supe qué hacer. Experimentaba una sensación de vacuidad que me deprimía. Volví a pensar en el ladrón de hoteles, pero sentía pereza. Era esa sensación de vacuidad…

Me sentía de mal humor mientras me dirigía a Figueroa. Vi a un cuentista llamado Zoot Lafferty junto a una cabina telefónica. Antes solía ir por Main y Broadway; ahora se había trasladado a Figueroa. Si pudiéramos desplazarle una manzana más cerca de la carretera del Puerto quizás conseguiríamos sorprender al bastardo alguna vez, pensé con ansias asesinas.

Lafferty «trabajaba» siempre a los hombres de negocios de la zona, anotando las apuestas y metiéndolas dentro de un sobre franqueado y dirigido a sí mismo. Y siempre se quedaba cerca de un buzón de correos y una cabina telefónica. Si veía a alguien que se imaginaba que podía ser un policía de paisano, corría al buzón y depositaba la carta. De esta manera no había pruebas de fichas de apuestas u hojas de deudas que la policía pudiera recuperar. Dispondría de las apuestas de los clientes cuando recibiera la correspondencia al día siguiente, a tiempo para cobrar y pagar. Al igual que todos los corredores de apuestas temía a los policías de paisano, pero hacía caso omiso de los uniformados.

Un día, pasaba yo por allí y pisé el freno, salté del blanco-y-negro y apresé al huesudo Zoot antes de que pudiera correr hacia el buzón. Le pillé con las fichas y fue acusado de dedicarse a la práctica de apuestas ilegales. Conseguí que la audiencia le declarara culpable tras haber convencido al juez de que un informante confidencial digno de crédito me había hablado de las operaciones de Zoot, lo cual era cierto, y de que yo me había ocultado detrás de unos arbustos junto a la cabina telefónica y le había oído tomar apuestas por teléfono, lo cual era mentira. Pero convencí al juez, que es lo importante. Tuvo que pagar una multa de doscientos cincuenta dólares y se le concedió un año de libertad vigilada. Aquel mismo día se trasladó a Figueroa, lejos de mi ronda, donde no hay arbustos junto a las cabinas telefónicas.

Al pasar junto a Zoot, éste me saludó con la mano y me sonrió de pie junto al buzón. Me pregunté si algunos agentes especiales de la Oficina de Correos podrían impedirle el negocio a aquel cuentista, pero hubiera sido terriblemente difícil y no valía la pena. No es fácil meterse en la correspondencia ajena. Ahora, al mirar su rostro miserable, se me acrecentó el mal humor y pensé que no habría ningún policía uniformado que se tomara la molestia de fastidiarle cuando yo me hubiese ido…

Entonces empecé a pensar en las apuestas en general y me puse más furioso, porque es un tipo de delito contra el que no se puede hacer casi nada. Veía que a mi alrededor se cosechaban los beneficios y veía a la gente que estaba mezclada en ello; conocía a algunos de ellos. Sin embargo, no podía hacer nada porque estaban muy bien organizados y sus armas eran muy buenas y las mías muy débiles. Ganaban tanto dinero que podían establecerse y crear un negocio casi legal con el que hacer la competencia, porque ganan dinero procedente del fraude que vuelve a revertir a ellos y el negocio legítimo no puede competir. Además, eran más duros y despiadados y sabían cómo impedir la competencia. Siempre me hubiera gustado echarle el guante a alguno de los gordos, a alguien como Red Scalotta, un personaje importante cuya fortuna sólo puede adivinarse. Pensaba en todas estas cosas y en lo mucho que me enfado cada vez que veo en el cine a algún corredor de apuestas simpático. A continuación, empecé a pensar en Angie Caputo y experimenté un oscuro placer al recordar que otro viejo oficial de ronda, Sam Giraldi, había conseguido humillarle. Después de lo que Sam le hizo, Angie ya no pudo levantar cabeza.

Ahora Sam Giraldi ha muerto. Murió el año pasado a los catorce meses de haberse retirado tras veinte años de servicio. Sólo tenía cuarenta y cuatro años cuando sufrió el ataque al corazón, que es una enfermedad muy propia de los policías. En un trabajo como éste en el que te ves obligado a permanecer sentado largo rato y después tienes que moverte de repente en rápidas acciones los ataques al corazón son de esperar. Sobre todo teniendo en cuenta que muchos de nosotros engordamos de mala manera a medida que nos hacemos mayores.

Cuando arruinó a Angie Caputo, Sam tenía treinta y siete años, pero por sus rasgos hubiérase dicho que tenía cuarenta y siete. No era muy alto, pero tenía anchas espaldas, un rostro carnoso y unas manos más grandes que las mías, todas cubiertas de venas muy abultadas. Era un buen jugador de balonmano y tenía el cuerpo muy duro. Había sido oficial de paisano durante varios años y después volvió al uniforme. Sam hacía la ronda por Alvarado cuando yo la hacía por el centro de la ciudad; a veces se acercaba con el coche hasta mi zona o yo iba a la suya. Comíamos juntos y hablábamos del trabajo o del béisbol, que es un juego que me gusta y a él le volvía loco. A menudo, cuando comíamos en su restaurante favorito de Alvarado, le acompañaba un rato a pie, y en una o dos ocasiones habíamos conseguido practicar juntos alguna buena detención. Conocí a Angie Caputo una maravillosa noche de verano, cuando la brisa encrespaba las aguas del estanque del parque MacArthur.

A Sam pareció que se le ocurría algo de repente. La expresión de su rostro fue como un impacto de bala. Me dijo:

– ¿Ves a este sujeto? Es Angie Caputo, el rufián y agente de apuestas.

– ¿Y qué? -contesté yo, preguntándome qué demonios pasaba, pues parecía que Sam estuviera a punto de dispararle un tiro al sujeto que acababa de salir de un bar y se disponía a subir a un Lincoln color lavanda aparcado en la calle Sexta. Subimos al coche de Sam para llegar a tiempo al espectáculo de las ocho en punto que se daba en el teatro cómico de su zona.

– Suele andar más hacia el Oeste, junto a la calle Octava -dijo Sam-. Vive allí. Bastante cerca de mi casa. Llevo varios días esperando verle. Tengo por seguro que es el que le estropeó la mandíbula al señor Rovitch, el propietario de la lavandería donde me lavan los uniformes.

Sam hablaba con voz muy poco natural y suave. Era un individuo amable que siempre charlaba en tono bajo y reposado, pero el tono que empleaba ahora era distinto.

– ¿Y por qué tendría que haberlo hecho?

– El viejo se había retrasado en el pago de intereses al prestamista Harry Stapleton. Éste encargó a Angie que le hiciera el «trabajo». Ahora Angie es un hombre importante. Ya no tiene que hacer esta clase de trabajos, pero a veces le gusta hacerlos. Tengo entendido que le agrada usar guantes de cuero con pinchos en los nudillos.

– ¿Le detuvieron?

– El viejo jura que le atizaron tres negros -repuso Sam, sacudiendo la cabeza.

– ¿Y estás seguro de que fue Caputo?

– Tengo una buena información, Bumper.

Y entonces Sam me confesó que Caputo procedía de la misma sucia ciudad de Pennsylvania de la que él era oriundo, que sus familias respectivas se conocían desde que ambos eran niños y que incluso eran parientes lejanos. Después, Sam dio la vuelta, retrocedió con el coche hasta la calle Sexta y se detuvo en la esquina.

– Entra, Angie -dijo Sam, mientras Caputo se acercaba al coche con sonrisa amistosa.

– ¿Vas a detenerme, Sam? -preguntó Caputo, ensanchando la sonrisa.

Apenas pude creer que tuviera la misma edad que Sam. Su ondulado cabello negro no presentaba ni una sola cana, su hermoso perfil era suave y su traje gris era impecable. Me volví cuando Caputo me tendió la mano sonriendo.

– Me llamo Angie -dijo, mientras me estrechaba la mano-. ¿Adonde vamos?

– Tengo entendido que fuiste tú quien trabajó al viejo -repuso Sam con voz mucho más suave que antes.

– Debes estar bromeando, Sam. Tengo otras cosas que hacer. Por esta vez tus ayudantes no han dado con el tipo.

– Te he estado buscando.

– ¿Para qué, Sam?, ¿qué quieres?, ¿es que vas a detenerme?

– No puedo detenerte. No te he podido detener en todo el tiempo que te conozco a pesar de que hubiera vendido mi alma a cambio.

– Este sujeto es gracioso -dijo Caputo, riéndose al tiempo que encendía un cigarrillo-. Puedo estar seguro de que el viejo Sam me hablará por lo menos una vez al mes para decirme lo mucho que se alegraría de poder enviarme a la cárcel. Es gracioso. ¿Qué sabes de la gente de Aliquippa, Sam? ¿Cómo están Liz y Dolly? ¿Cómo están los niños de Dolly?

– Antes de eso, jamás habías lastimado a nadie que yo conociera personalmente -dijo Sam con su extraña y suave voz-. Al viejo le conocía muy bien, ¿sabes?

– ¿Es uno de tus informadores, Sam? -preguntó Caputo-. Lástima. No es fácil encontrar delatores en estos tiempos.

– Un viejo así… Es posible que sus huesos no curen.

– Muy bien, será una pena. Ahora, dime a dónde vamos. ¿Es una especie de inspección? Quiero saberlo.

– Aquí es donde vamos. Ya hemos llegado -contestó Sam, conduciendo el coche por debajo de la rampa y saliendo a la solitaria, oscura y polvorienta carretera que se encontraba junto a la nueva autopista en construcción.

– ¿Que mierda pasa? -preguntó Caputo, ahora sin sonreír.

– Quédate en el coche, Bumper -dijo Sam-. Quiero hablar a solas con Angie…

– Ten cuidado,fratello -dijo Caputo-. No soy un tipo al que puedas asustar. Ten cuidado.

– A mí no me llamesfratello -susurró Sam-. Tú eres hermano de un perro. Pegas a los viejos. Pegas a las mujeres y vives a costa de ellas. Vives a costa de la sangre de los débiles.

– Ya te arreglaré las cuentas, estúpido sabueso -dijo Caputo, al tiempo que yo saltaba del coche al escuchar el golpe sordo del gran puño de Sam y el grito de asombro de Caputo.

Sam sostenía a Caputo por el cuello y pude ver la sangre mientras Sam le golpeaba la cara. Caputo trató de girarse de espaldas, procurando resguardarse de los golpes del pesado puño que se retiraba lentamente y volvía a descargar con rapidez y fuerza. Ahora Caputo apenas resistía y no gritó cuando Sam extrajo la pesada Smith y Wesson de dieciséis centímetros de cañón, se arrodilló sobre sus brazos y metió el arma en la boca de Caputo, entre los dientes. Éste pugnaba por levantar la cabeza del suelo mientras la boca del arma penetraba en su garganta, pero Sam le introdujo dentro todo el cañón al tiempo que murmuraba en italiano. Después, Sam se levantó y Caputo se dobló sobre el estómago al tiempo que escupía un tejido pulposo y ensangrentado.

Sam y yo nos marchamos sin hablar. Sam respiraba con dificultad y de vez en cuando abría la ventanilla para escupir. Cuando al final decidió hablar, Sam me dijo:

– No tienes por qué preocuparte, Bumper. Angie tendrá la boca cerrada. Ni siquiera la abrió cuando le golpeé, ¿no es cierto?

– No estoy preocupado.

– No dirá nada -prosiguió Sam-. Y las cosas andarán mejor en la calle. No se reirán de nosotros, ni serán tan atrevidos. Estarán asustados. Y Angie jamás volverá a ser respetado. Por la calle todo andará mejor…

– Tengo miedo de que te mate, Sam.

– No lo hará. Me tendrá terror. Tendrá miedo de que yo le mate a él. Y lo haré si intenta algo.

– Por el amor de Dios, Sam, no merece la pena complicarse tanto la vida con estos cerdos.

– Mira, Bumper, he trabajado apuestas en el departamento de represión del vicio y aquí en la Central. He detenido a corredores de apuestas y a tunantes organizados durante más de ocho años. Trabajé seis meses enteros para detener a un solo corredor de apuestas. ¡Seis meses! Inicié la investigación y logré reunir toda una serie de pruebas que ningún abogado de banda pudiera echarme por tierra, registré despachos en los que me apoderé de documentos que demostraran, demostraran, que el tipo era millonario gracias a las apuestas. Y conseguí que les declararan culpables y vi que se les imponían multas constantes, pero nunca vi que ningún corredor de apuestas fuera a parar a una prisión del Estado, a pesar de tratarse de un delito importante. Al final me dije: ¡que trabaje otro las apuestas!, y volví al uniforme. Pero Angie es distinto. Le conozco. Le conozco de toda la vida y vive por Serrano, en los apartamentos. Es mi barrio. Utilizo los servicios de la lavandería del viejo. Desde luego que él era mi informador, pero a mí me gustaba. Jamás le pagué un céntimo. Él se limitaba a contarme cosas. El viejo tiene una hija que es maestra. Después de lo que he hecho, los corredores de apuestas tendrán miedo algún tiempo. Nos respetarán durante unos meses.

Tuve que mostrarme de acuerdo con todo lo que Sam decía, pero jamás había visto lastimar de aquella manera a un tipo, y menos por parte de un policía. Me molestaba. Me sentía preocupado por nosotros, por Sam y por mí, por lo que sucedería si Caputo se quejara ante el Departamento.

Pero Sam tenía razón: Caputo mantuvo la boca cerrada y tengo que reconocer que jamás lamenté lo que Sam había hecho. Cuando todo terminó sentí algo que al principio no supe lo que era hasta que una noche en la cama lo descubrí. Era la sensación de que algo estaba bien. Por una vez en nuestra profesión vi que un intocable había sido tocado. Noté que se me saciaba un poco la sed y jamás me remordió lo que Sam había hecho.

Pero ahora Sam había muerto y yo estaba a punto de retirarme y seguro de que en la división no habría muchos uniformes azules que pudieran echar el guante a un corredor de apuestas. Hice un viraje y regresé donde se encontraba Zoot Lafferty, que aún permanecía de pie enfundado en su traje verde guisante. Aparqué el blanco-y-negro junto al bordillo, salí, y muy lentamente, con la sudorosa camisa de mi uniforme pegada a la espalda, me acerqué a Zoot, que levantó la puerta del compartimiento de paquetes del buzón azul y rojo y metió el brazo dentro. Yo me detuve a unos cinco metros de distancia y me lo quede mirando.

– Hola, Morgan -dijo él, con una falsa sonrisa torcida, dando a entender que ojalá se hubiera escabullido antes. Era un tipo pálido y nervioso, de unos cuarenta y cinco años, con una calva pecosa.

– Hola, Zoot -contesté, guardándome de nuevo la porra en la anilla y midiendo la distancia que nos separaba.

– Una vez ya te divertiste deteniéndome, Morgan. ¿Por qué no vuelves a tu ronda y te quitas de mi vista? Me desplacé aquí a Figueroa para alejarme de ti y de tu maldita ronda, ¿qué más quieres?

– ¿Cuántas operaciones tienes escritas, Zoot? -le pregunté, acercándome-. Te sentaría como un tiro tener que soltarlo en el buzón, ¿verdad?

– Maldita sea, Morgan -dijo Zoot, contrayendo los ojos nerviosamente y rascándose la calva, que parecía floja, como de goma-. ¿Por qué no dejas de fastidiar a la gente? Eres un viejo, ¿lo sabías? ¿Por qué diablos no te largas de aquí y empiezas a comportarte como tal?

Cuando el desvergonzado me dijo esto, advertí que la negrura que sentía se trocaba en rojo sangre y avancé los tres metros que nos separaban mientras él deslizaba la carta al interior del buzón. Pero no sacó la mano. Yo cerré la puerta con fuerza y me apoyé contra ella con todo mi peso. La puerta metálica le pilló la muñeca y se echó a gritar.

– Zoot, ya es hora de que tú y yo tengamos una conversación -murmuré.

Tenía la mano apoyada contra la puerta del compartimiento de paquetes del buzón y me apoyaba con todo mi peso mientras él se retorcía y se quedaba yerto de dolor, con los ojos desorbitados.

– Por favor, Morgan -dijo en un susurro. Miré a mi alrededor y vi que había mucho tráfico rodado, pero muy pocos peatones.

– Zoot, antes de retirarme me gustaría detener a un buen corredor de apuestas. No un pequeño y miserable corredor como tú, sino un auténtico jefe. ¿Y si tú me ayudaras?

Las lágrimas empezaron a rodar por las mejillas de Zoot mientras éste dejaba al descubierto sus pequeños dientes amarillentos y levantaba la cara hacia el sol en un intento de retirar el brazo. Yo apreté con más fuerza y él lanzó un alarido, pero pasaban junto a nosotros unos vehículos muy ruidosos.

– Por el amor de Dios, Morgan -me suplicó-. No sé nada. Por favor, suéltame el brazo.

– Te diré una cosa, Zoot. Me decidiré por el teléfono. ¿A quién le telefoneas las operaciones?

– Me telefonean a -repuso jadeando, mientras yo retiraba un poco de peso de la puerta.

– Eres un mentiroso -le dije, volviendo a apoyarme.

– Muy bien, muy bien, te daré el número -me dijo, berreando. Entonces me molesté y me enfadé con él y conmigo y sobre todo con el negociante en apuestas al que jamás podría atrapar porque estaba demasiado bien protegido y mis armas eran demasiado pobres.

– Te romperé el maldito brazo si me mientes -le dije, acercando mi cara a la suya. Entonces pasó junto a nosotros una mujer joven y bonita, miró el sudoroso rostro de Zoot y después el mío e inmediatamente cruzó la calle para alejarse de nosotros.

– Es el seis seis ocho dos siete tres tres -me dijo, sollozando.

– Repítelo.

– Seis seis ocho dos siete tres tres. ¡Santo cielo!

– ¿Qué es lo que dices cuando llamas para comunicar operaciones?

– Diente de León. Digo simplemente Diente de León y doy las apuestas. Te lo juro, Morgan.

– ¿Te imaginas lo que diría Red Scalotta si supiera que me has dado esta información? -le dije, sonriendo. Después le solté al adivinar por la expresión de sus ojos que mis sospechas eran fundadas y que él trabajaba con aquel apostador en particular.

Sacó el brazo y se sentó en el bordillo sosteniéndoselo como si lo tuviera roto y maldiciendo por lo bajo mientras se secaba las lágrimas.

– ¿Y si habláramos de esto con un policía del departamento de represión del vicio? -le pregunté encendiéndome otro puro mientras él se frotaba el brazo que probablemente se le estaba entumeciendo.

– ¡Estás mal de la cabeza, Morgan! -exclamó, levantando los ojos-. ¡Estás mal de la cabeza si piensas que voy a delatar a nadie!

– Mira, Zoot, habla con un policía del departamento de represión del vicio tal como te digo y nosotros te protegeremos. Pero si no lo haces, yo me encargaré personalmente de que Scalotta se entere de que me has facilitado el número y la palabra clave para que nosotros pudiéramos sorprenderle en la comunicación de una apuesta por teléfono. Me encargaré de que se entere de que eres un informador pagado, y cuando averigüe lo que me has dicho… ¿Sabes una cosa? Apuesto a que lo creerá. ¿Has visto alguna vez lo que puede hacerle un matón como Bernie Zolitch a un soplón?

– Eres el bastardo más asqueroso que he conocido -dijo Zoot, levantándose tembloroso y más blanco que la cera.

– Considéralo así, Zoot, por una vez colaboras, sorprendemos a cualquier pequeño tunante al teléfono y todo termina aquí. Ya procuraremos inventar una historia falsa acerca de cómo obtuvimos la información, como hacemos siempre para proteger al informador. Nadie lo sabrá. Podrás volver a tu sucio negocio y te doy mi palabra de que jamás volveré a importunarte. Personalmente, quiero decir. Y probablemente sabes que mantengo la palabra. Como es natural, yo no puedo garantizarte que alguna vez te molesteotro policía.

Vaciló un segundo y después me dijo:

– Lo acepto para que tú no me molestes más, Morgan. Con los del departamento de represión del vicio ya me las arreglaré.

– Vamos a dar una vuelta. ¿Cómo tienes el brazo?

– Vete al diablo, Morgan -me contestó y yo me reí para mis adentros y me encontré mejor. Nos dirigimos al departamento de represión del vicio en la Central y encontré a la persona que quería.

– ¿Por qué no has salido a detener a algún corredor de apuestas, Charlie? -le dije al joven policía del departamento, que estaba reclinado peligrosamente hacia atrás en un sillón giratorio, con sus zapatos de suela de goma apoyados sobre el escritorio y escribiendo pronósticos acerca de las carreras de caballos.

– Hola, Bumper -me dijo sonriendo.

Entonces reconoció a Zoot, al que probablemente habría detenido un par de veces.

– ¿El señor Lafferty ha decidido entregarse? -preguntó Charlie Bronski, un individuo fuerte y de rostro cuadrado que debía llevar cinco años en el Departamento. Yo le había adiestrado al salir de la academia. Le recuerdo como un muchacho inteligente y agresivo, aunque humilde. De los que a mí me gustan. A esta clase de hombres se les puede enseñar algo. No me avergonzaba decir que estaba «bumperizado».

Charlie se levantó y se puso una camisa verde a rayas de manga corta encima de la pistolera de hombro que llevaba sobre un «polo».

– Aquí el viejo Zoot, que ha decidido arrepentirse de sus pecados, Charlie -dije yo mirando a Zoot, que tenía un triste aspecto.

– Acabemos pronto, Morgan, por lo que más quieras -dijo Zoot-. Y tienes que jurarme que será confidencial.

– Júraselo, Charlie -repuse yo.

– Lo juro -dijo Charlie-. ¿De qué se trata?

– Zoot quiere regalarnos un teléfono.

– ¿Para qué? -preguntó Charlie.

– Para nada -contestó Zoot con impaciencia-. Porque soy un cochino ciudadano como es debido. ¿Quiere la información, sí o no?

– Muy bien -contestó Charlie, y yo supuse que estaba intentando adivinar cómo demonios me las habría yo apañado para obligar a Zoot. Por haber trabajado a mi lado algunos meses, Charlie estaba familiarizado con mis métodos. Yo siempre procuré enseñarle a él y a otros policías jóvenes que no se puede ser un caballero cuando se trata con estos sinvergüenzas. O también se puede ser un caballero y entonces es probable que acabe siendo uno capitán o Jefe de Policía o algo así. Pero por otra parte también son necesarios tipos como yo por las calles para que su imagen sea «buena» en su torre de marfil mientras los demás evitamos que los sinvergüenzas se apoderen de la ciudad.

– ¿Quieres indicarnos el punto de comunicación, verdad? -dijo Charlie, y Zoot asintió de muy mala gana.

– ¿Es un punto de comunicación? ¿Estás seguro? -le preguntó Charlie.

– Yo no estoy seguro de nada -gimoteó Zoot, volviendo a frotarse el brazo-. Sólo he venido porque no puedo aguantar este acoso. No puedo aguantar que me vigilen y me lastimen.

Charlie me miró, y pensé que si aquel corredor de apuestas vitalicio, si aquel cerdo estafador se echaba a llorar, le soltaría un tortazo. Me llenaba de rabia un sinvergüenza como Zoot, no porque hubiera delatado, porque cualquiera delata cuando se le retuerce bien. Lo que no podía soportar eran aquellos gemidos y lloriqueos infantiles, que empezaban a cansarme.

– ¡Maldita sea, Zoot! -estallé al final-. Has sido un cochino cuentista tota la vida, has infringido todas las leyes que te ha dado la gana y ahora te sientas aquí y te comportas como una beata. Si quieres interpretar tu propia música, será mejor que empieces a bailarla y ahora mismo vas a soltar lo que sepas, ¡maldito hemorroide!

Me adelanté un paso hacia la silla de Zoot y éste se irguió en su asiento.

– Muy bien, Morgan, muy bien. ¿Qué quieres? ¡Por el amor de Dios, te diré lo que quieras saber! ¡No tienes que ser tan duro!

– El número al que llamas, ¿es el punto de comunicación? -repitió Charlie con calma.

– Creo que sí -asintió Zoot-. Me parece que es una mujer que no sabe nada del negocio. Llevo llamando a esta misma mujer desde hace seis meses. Seguramente debe ser una estúpida ama de casa que se sienta y anota las apuestas para alguien que ni siquiera conoce.

– Normalmente se anotan sobre fórmica -me explicó Charlie-; entonces alguien llama varias veces al día y toma las operaciones que ella ha anotado. Puede borrar lo anotado sobre la fórmica si algún policía llama a la puerta. Es probable que ni siquiexa sepa quién le paga ni de dónde proceden las llamadas telefónicas.

– Maldita sea, no, ella no lo sabe -dijo Zoot, mirándome-. Esto ya es demasiado, Morgan. Es demasiado. Por atraparme a mí no conseguirás detener a nadie. No lo entiendes, Morgan. La gente nos quiere en el negocio. ¿Qué se le puede dar a un tipo por apuestas ilegales? ¿Incluso a uno que sea importante? Una maldita multa. ¿Quién va a la cárcel? ¿Has visto alguna vez que se meta a alguien en la cárcel? -le dijo Zoot a Charlie, que estaba sacudiendo la cabeza-. ¡Maldita sea! ¡No, no vais a conseguirlo! ¡Pero si todo el mundo apuesta con los apostadores! El que no lo hace es que le gusta otra clase de vicio. Déjalo, Morgan. Has sido un policía todos estos años y aún no sabes cuándo hay que dejarlo. No puedes salvar a este maldito mundo.

– Ni lo intento, Zoot -repuse yo-. ¡Pero me gusta la lucha!

Bajé al vestíbulo para irme al café, suponiendo que era mejor que Charlie permaneciera a solas con Zoot. Ahora que yo había hecho de malo, él podría hacer de bueno. Un interrogatorio nunca da resultado si no es a solas y Charlie era un buen policía. Esperaba que pudiera conseguir más cosas de Zoot, porque se lo había ablandado previamente. Siempre que alguien te empieza a echar sermones, significa que hay muy buenas probabilidades de éxito. Si es débil en algo, es posible que también lo sea en alguna otra cosa. No pensaba que se pudiera comprar a Zoot con dinero: estaba demasiado asustado de todo. Pero si también estaba asustado de nosotros, sería fácil atraparlo. Charlie ya sabría manejarle.

Cruz Segovia se encontraba en el café escribiendo en su cuaderno. Me le acerqué por detrás. No había nadie más en el salón y Cruz estaba inclinado sobre la mesa escribiendo. Era tan delgado que incluso de uniforme parecía un muchachito haciendo los deberes. Tenía casi la misma cara que cuando estábamos en la academia y, aparte del cabello gris, no había cambiado mucho. Medía apenas un metro cincuenta y cinco, y sentado de aquella guisa aparecía francamente bajito.

– Qué pasó, compadre [1] -le dije, pues él siempre repetía que hubiera deseado que yo fuese católico para poder ser el padrino del último de sus siete hijos. De todos modos sus hijos me consideraban como un padrino y me llamaban «compadre».

– Órale, panzón -me dijo como un «pachuco», cosa que hacía en mi honor. Hablaba muy bien español y también lo sabía leer y escribir, lo cual no es frecuente en un mexicano. También hablaba inglés correctamente, pero los barrios de El Paso no eran fáciles de olvidar y, cuando lo hacía, se le notaba un marcado acento.

– ¿Dónde has estado metido todo el día? -le pregunté introduciendo una moneda en la máquina y ofreciéndole a Cruz otra taza, sin leche y con doble ración de azúcar.

– Bastardo -me contestó-. Que dónde me he metidoyo. ¡En comunicaciones han estado intentando dar contigo todo el día! ¿No sabes que esta cajita tan graciosa que tienes en el coche se llama radio y que estás obligado a escuchar las llamadas y encargarte de ellas de vez en cuando?

– Chale, chale. Deja de ser un sargento -repliqué-. Deja que te explique. He estado entrando y saliendo tanto de este blanco-y-negro que no he podido oír nada.

– Serás un policía de ronda toda la vida -me dijo, sacudiendo la cabeza-. No usas la radio para nada y si tu mejor amigo no fuera sargento, ya estarías despedido.

– Sí, pero lo es -dije, sonriendo y dándole una palmada en el hombro.

– En serio, Bumper -repuso, y no hubiera hecho falta que me dijera «en serio» porque sus grandes ojos negros siempre miraban hacia abajo cuando él se ponía así-. En serio, el capitán me ha dicho que te ruegue que prestes un poco más de atención a la radio. Ha recibido quejas de los oficiales más jóvenes porque siempre tienen que encargarse de las llamadas que corresponden a tu zona, pues tú abandonas demasiado el coche y empiezas a pasear por ahí haciendotu ronda.

– ¡Malditos novatos! -exclamé, furioso-, no distinguirían siquiera a una serpiente entre la hierba aunque ésta saltara y les diera un mordisco en el trasero. Sal y verás a los novatos de hoy en día recorriendo las calles, admirando a las mujeres, sin querer ponerse las gorras para no estropearse el peinado. Mierda, ¡si hasta vi a uno de estos jovenzuelos sentado en su blanco-y-negro aplicándose laca al cabello! Te lo juro, Cruz, la mayoría de estos jovencitos no sabrían distinguir la diferencia entre sus propios traseros y un bollo quemado.

– Lo sé, Bumper -contestó Cruz, asintiendo comprensivo-. Y el capitán sabe que toda una patrulla de estos jóvenes no es capaz de efectuar la mitad del trabajo que lleváis a cabo vosotros, los antiguos. Por eso nadie te dice nada. Pero,hombre, tienes que encargarte de vez en cuando de alguna llamada en lugar de andar.

– Lo sé -repuse yo mirando la taza de café.

– Presta un poco más de atención a la radio.

– Muy bien, muy bien,macho. Tienes huevos de oro.

Cruz sonrió ahora que ya había terminado de reprenderme. Era el único que me incordiaba y que me decía lo que tenía que hacer. Si a alguien se le ocurría alguna idea, se la comunicaba a Cruz, y si éste consideraba que hacía falta decirme algo, me lo decía. Se imaginaban que a Cruz le haría caso.

– No olvides que hoy vienes a cenar,loco.

– ¿Pero crees que puedo olvidar que ceno en tu casa?

– ¿Estás seguro de que Cassie no puede venir?

– Ella lo hubiera deseado mucho. Pero ya sabes que el viernes es el último día en la escuela y le han organizado una pequeña fiesta en su honor. Tiene que ir.

– Lo comprendo -dijo Cruz-. ¿Qué día se va al Norte? ¿Ya lo ha decidido?

– La semana que viene ya habrá hecho las maletas y se marchará.

– No sé por qué no te tomas las vacaciones ahora y te vas con ella. ¿Por qué esperar hasta fines de mes? Esta paga de vacaciones no merece estar apartado de ella unas semanas, ¿verdad? Podría recuperar la cordura y preguntarse por qué demonios se casa con un viejo bastardo como Bumper Morgan.

Me pregunté por qué no le habría comunicado a Cruz que había decidido justamente hacer «aquello».

¿Á qué venía tanto secreto? EÍ viernes iba a ser ei último día. Jamás me había importado la paga de vacaciones. ¿Es que me daba miedo decirlo?

– Me resultará extraño dejarlo todo -murmuré, inclinado sobre la taza de café.

– Yo me alegro por ti, Bumper -me dijo Cruz, pasándose los delgados dedos por el abundante cabello gris-. Si no tuviera los hijos que tengo, yo también lo dejaría, te lo juro. Pero me alegro de que te vayas.

Cruz y yo nos habíamos referido a ello muchas veces en el transcurso de los últimos años, desde que llegó Cassie y fue inevitable que me casara con ella y me arrancara el broche a los veinte años de servicio en lugar de quedarme treinta tal como tenía que hacer Cruz. Pero ahora que ya se acercaba, parecía como si nunca hubiéramos hablado de ello. Me resultaba todo tan raro.

– Cruz, lo dejo el viernes -dije, de repente-. Voy a ver a Cassie para decirle que lo dejo el viernes. ¿Para qué esperar a finales de mes?

– ¡Estupendo,manol -exclamó Cruz, rebosante de felicidad y como si fuera a soltar un grito, tal como siempre hacía cuando estaba borracho.

– Se lo diré hoy-. Ahora me sentía aliviado y terminé el café que me quedaba levantándome para marchar-. Y no me importa haraganear un mes. Me lo tomaré con calma hasta que me apetezca comenzar el nuevo trabajo.

– ¡Muy bien! -exclamó Cruz, que ahora tenía los ojos alegres-. Siéntate sobre estas gruesas nalgas que tienes un año entero si quieres. Te necesitan para el cargo de jefe de seguridad. Ya esperarán. Y cada mes cobrarás el cuarenta por ciento, Cassie tiene un buen empleo y, además, tú tienes una buena cuenta en el banco, ¿verdad?

– Pues, sí -contesté yo, encaminándome hacia la salida-. Nunca he tentido que gastar demasiado dinero con eso de la ronda.

– Ssss -siseó Cruz, sonriendo-. ¿Es que no te has enterado? Nosotros somos la nueva raza de profesionales. No aceptamos dádivas…

– ¿Y quién ha hablado de cosas gratis? Yo sólo acepto «tributos».

– Ahí te huacho -asintió Cruz, sacudiendo la cabeza. Lo cual significa en la jerga de Los Ángeles «te espero» o, mejor, «nos vemos».

– Ahí te huacho -contesté yo.

Tras dejar a Cruz, regresé al despacho de represión del vicio y vi que Zoot mantenía la cabeza gacha y que Charlie se mostraba muy contento, por lo cual imaginé que habría logrado sus propósitos.

– Me gustaría hablar contigo a solas un momento, Bumper -me dijo Charlie, acompañándome al otro cuarto y cerrando la puerta mientras Zoot se quedaba sentado con aire compungido.

– Me ha dicho mucho más de lo que se imagina -explicó Charlie.

Se mostraba eufórico, como un policía cuando tiene entre manos algo que merece la pena.

– Cree que vas a ordenarme que le deje en paz, ¿no? -pregunté yo.

– Sí -repuso Charlie, sonriendo-. Sígueme la corriente. Cree que voy a librarme de ti. Déjale tranquilo un ratito, ¿de acuerdo, Bumper? Me ha dicho que tiene en proyecto trasladarse lejos de Alvarado dentro de un par de semanas, pero que, de momento, tiene que quedarse en Figueroa. Le he dicho que hablaría contigo.

– Dile a Zoot que no tendrá que preocuparse por el viejo Bumper -contesté, experimentando otro dolor de los que me producían los gases.

Me prometí no probar más la salsa de soja la próxima vez que comiera en el barrio japonés.

– Sí, y entonces va a ser un problema para la patrulla de represión del vicio de Rampart -dijo Charlie, sin haberme comprendido.

– ¿Quieres que le acompañe otra vez a Fig?

– Ya le llevaré yo -dijo Charlie-. Quiero hablar un poco más con él.

– ¿Quieres hacerme un favor?

– Pues claro, Bumper.

– ¿Crees que hay alguna posibilidad de conseguir algo gracias a lo que Zoot te ha dicho?

– Hay muy buenas posibilidades. El muy necio de Zoot me ha dicho que cree que la mujer del punto de comunicación que anota las operaciones es Reba McClain. Si es así, podríamos conseguir cosas muy buenas a través de ella.

– ¿Cómo?

– Es la amiga de Red Scalotta. Conseguimos detenerla hace cosa de seis meses en otro punto de comunicación, se demostró su culpabilidad y consiguió la libertad vigilada bajo amenaza de seis meses de prisión. Es una estafadora y una fiera. Es muy sensual. Siente fobia por la cárcel y por las lesbianas y todo eso. Es muy graciosa y zalamera. Hablábamos justamente de ella la semana pasada y si pudiéramos pillarla en sus sucios manejos es posible que llegáramos hasta Red Scalotta. Es una auténtica bruja. Creo que sería capaz de vender a su propia madre. Ha sido una suerte que nos trajeras a Zoot con este número de teléfono.

– Muy bien, entonces creo que voy a pedirte este favor.

– Pues claro.

– Píllala hoy o mañana, a lo más tardar. Si te indica algo bueno, como por ejemplo un despacho clandestino, desbarátalo todo el viernes.

– ¡Un despacho clandestino! No creo que esté informada de esto, Bumper. Y, además, para el viernes sólo faltan dos días. A veces se tardan varias semanas o meses para descubrir un despacho clandestino. Porque allí es donde se conservan los archivos de las apuestas. Antes tendríamos que disponer de una orden de registro y esto exige gran cantidad de información previa. ¿Por qué el viernes?

– Salgo de vacaciones. Quisiera estar presente, Charlie. Nunca he descubierto un despacho clandestino. Lo deseo con toda el alma y tiene que ser antes de que salga de vacaciones.

– Por ti lo haría, Bumper, si pudiera, bien lo sabes, ¡pero para el viernes sólo faltan dos días!

– Lleva a cabo el trabajo de policía tal como yo te he enseñado, con valentía y cerebro y un poco de imaginación. Es lo único que te pido. Inténtalo, ¿de acuerdo?

– De acuerdo -repuso Charlie-, lo intentaré.

Antes de marcharme, interpreté una comedia para Zoot, de tal forma que éste creyera que Charlie era su «protector». Fingí estar enfadado con Charlie y éste fingió que iba a impedirme futuros intentos de fastidiar a Zoot con el maldito buzón.

6

Al regresar al coche, recordé la amistosa reprimenda de Cruz y tomé el micrófono de mano al tiempo que decía:

– Uno-X-L-Cuarenta y cinco, libre.

– Uno-X-L-Cuarenta y cinco, encárguese de esta llamada -dijo la telefonista, y yo refunfuñé y anoté la dirección-. Reúnase con Uno-X-L-Treinta, en la confluencia entre la Novena y Broadway.

– Uno-X-L-Cuarenta y cinco, entendido -dije molesto, y pensé: esto es lo que me pasa por decir que estoy libre. Probablemente un jaleo tremendo, como redactar un cochino informe sobre robo de algún corredor de bolsa al que le habrán quitado la cartera mientras estaba leyendo revistas sucias en alguna sucia librería de Broadway.

El Uno-X-L-Treinta era un sargento novato que se llamaba Grant al que no conocía demasiado. Lucía una tira de cinco años que indicaba que llevaba de cinco a diez años de servicio. Tenía una cara colorada y tersa y un vocabulario perfecto. Jamás le escuché maldecir en ninguna de las listas que pasaba. No podía confiar en un policía que no maldice de vez en cuando. No se pueden describir algunas cosas que se ven y determinados sentimientos que uno experimenta en esta profesión sin el auxilio de un vocabulario pintoresco.

Grant se encontraba en la parte sur de la Novena, cerca de Olympic, había salido del coche y paseaba arriba y abajo cuando yo me acerqué. Sé que era estúpido, pero se me hacía difícil llamar «sargento» a un chiquillo como él. Y no quería por otra parte mostrarme descortés: por esto no llamaba a esos jóvenes sargentos por sus apellidos. No les llamaba nada. A veces me resultaba difícil y tenía que decir «Oye, compañero» o «Escucha, amigo», cuando quería dirigirme a uno de ellos. Se veía que Grant estaba muy nervioso por algo.

– ¿Qué sucede? -pregunté, descendiendo de mi coche.

– Tenemos una manifestación en el Centro de Reclutamiento del Ejército.

– ¿De veras? -dije, y vi al fondo de la calle a un grupo de unos quince manifestantes frente al edificio.

– Están entrando y saliendo muchos reclutas y podría haber jaleo. En este grupo de manifestantes parece que hay tipos agresivos.

– ¿Y qué vamos a hacer?

– Te he llamado porque necesito que me acompañe alguien y Ies mantenga vigilados. Voy a hablar con el teniente por si le parece bien convocar una alerta táctica. Me gustaría que cambiaras a frecuencia nueve y me comunicaras cualquier cambio en la situación.

– Mira, compañero, la cosa no es para tanto. ¿Una alerta táctica para una chusma de quince oledores de flores?

– Nunca se sabe en lo que puede acabar.

– Muy bien -contesté suspirando, aunque quise evitarlo-, me quedaré aquí.

– Sería conveniente que te acercaras un poco más.

Aparca al otro lado de la calle. Lo suficientemente cerca para que te vean, pero lo suficientemente lejos para que no puedan fastidiarte.

– Muy bien, compañero -murmuré, mientras Grant se metía en su coche y se dirigía a toda prisa a la comisaría para hablar con el teniente Hilliard, que era un tipo tranquilo y no se preocuparía por quince pacifistas.

Me adentré en el tráfico y un tipo que iba en un Chevrolet azul pisó los frenos a pesar de que se encontraba a unos veinticuatro metros de distancia e iba despacio. A la gente le entra fiebre cuando ve un vehículo de la policía y hace cosas estúpidas en su intento de mostrarse supercuidadosa. Les he visto concentrarse tanto en uno de los aspectos de la conducción correcta, como por ejemplo, hacer una señal con e! brazo, que acaban pasándose un semáforo rojo. Ésa es la fiebre.

Me llamaron la atención los manifestantes del otro lado de Broadway cuando dos de ellos, chico y chica, me hicieron señas de que me acercara. Daba la impresión de que estuvieran tonteando, pero pensé que era mejor acercarse. Ante todo, es posible que algo andara mal de verdad. En segundo lugar, si no iba, podía haber sido fatal que un policía tuviera miedo de aproximarse a un grupo de manifestantes. Y en tercer lugar, yo tenía la teoría de que si se empleaba la suficiente fuerza con la suficiente rapidez, no podría haber un tumulto. Aún no había visto nunca que se empleara la fuerza con la suficiente rapidez y pensé: ¡qué demonio!, ahora tengo la oportunidad de poner a prueba mi teoría. Estaba solo y no había ningún sargento a mi lado…

Estos tipos, por lo menos algunos de ellos, dos sujetos negros y uno blanco, con barba, un sucio chaleco de ante y una cinta amarilla ceñida a la frente, parecían lo bastante radicales como para actuar con violencia ante un policía de mediana edad algo grueso como yo, pero yo creía firmemente que si uno de ellos cometía el error de ponerme las manos encima y yo le descargaba la porra en el esófago y se la introducía cinco centímetros, los otros protestarían contra la brutalidad de la policía, pero se escabullirían. Claro que no estaba seguro, y observé que con los que se habían incorporado últimamente, su número ascendía ya a veintitrés. Sólo había cinco chicas. No cabe duda de que tanta gente podía hacerme picadillo, pero en realidad no estaba preocupado porque aunque agitaban los puños, la mayoría de ellos parecían tipos blancos de la clase media jugando a la revolución. Si hubiera habido varios profesionales como me figuraba yo que era el tipo blanco de la banda en la cabeza, podría haber dificultades. Algunos podían transmitir el propio valor a los demás y alborotarles, pero aquél era el único que había.

Rodeé la manzana para no hacer un viraje prohibido delante de ellos, efectué un viraje prohibido en Olympic, regresé y aparqué ante los manifestantes, que no me hicieron el menor caso y siguieron avanzando y cantando: «No, no iremos» y «Al cuerno el tío Sam y la tía Spiro» y otras obscenas expresiones dirigidas al presidente, al gobernador y al alcalde. Hace algunos años, si un tipo hubiera pronunciado una palabra obscena en público en presencia de mujeres y niños, habríamos tenido que arrastrarle a la cárcel.

– Hola, oficial, te quiero -me dijo una de las manifestantes pacifistas, una graciosa rabia de unos diecisiete años, con unas pestañas postizas de cinco centímetros que parecía que se las hubiera puesto al revés y una melena rizada artificialmente que le llegaba hasta los hombros.

– Hola, encanto, yo también te quiero -repuse sonriendo, y me apoyé contra la portezuela del coche. Doblé los brazos y me dediqué a dar chupadas al puro hasta que los dos que me habían hecho señas decidieron acercarse a mí.

Ahora estaban hablando en susurros con otra mujer y finalmente la chica más baja, que no era tal chica puesto que debía tener unos treinta y cinco años, se acercó. Vestía como una adolescente, traje mini amarillo, medias color violeta, gafas de abuelita y lápiz de labios pálido. Tenía las piernas demasiado gruesas y rechonchas y sonreía con fría arrogancia y afectación. De cerca, parecía una profesional y una de las organizadoras. Si vale para ello, una mujer puede ser a veces un detonador más rápido que un hombre. Parecía que ésta valía y yo la miré a los ojos mientras ella jugueteaba con un grueso medallón de la paz que le colgaba del cuello. Sus ojos me decían: «Eres un policía gordo e inofensivo, no estás a la altura de mi inteligencia, pero no disponemos de otra cosa y ni siquiera sé si un viejo bastardo como tú es lo bastante inteligente para enterarse de cuándo está vencido».

Eso es lo que vi en sus ojos y en su falsa sonrisa, pero se mantuvo en silencio. Entonces llegó el coche de una cadena televisiva y se apearon del mismo dos hombres con una cámara y un micrófono.

El interés de los manifestantes creció de punto al ver que iban a ser filmados y grabados, los cantos se hicieron más fuertes y los gestos más hostiles. Al final, la muchacha del traje amarillo me dijo:

– Le hemos llamado porque se le veía muy desamparado. Nosotros somos los alborotadores, ¿es usted lo único que tenemos?

– Si me pruebas a mí, nena, no vas a querer más -le dije, sonriendo, entre chupadas del puro, mirándola a los ojos y asombrándome de que ni siquiera parpadeara, aunque sabía muy bien que ella esperaba las acostumbradas respuestas profesionales que estamos adiestrados a dar en tales circunstancias. Apuesto que se sorprendió al verme apoyado contra el coche y mostrando tan poco respeto por aquel grupo amenazador.

– Usted no debería fumar en público, ¿verdad, oficial? -me preguntó ahora con una sonrisa algo menos arrogante.

No sabía con quién estaba tratando y quería tomarse con calma la situación.

– A lo mejor un policía auténtico no debe, pero este uniforme es una patraña. He alquilado este traje de payaso que tan mal me sienta para rodar una película secreta acerca de un policía gordo que roba manzanas y sorprende a los niños flor y a los cuerpos rechonchos enfundados en trajes mini y con medias que cubren sus venas varicosas delante del Centro de Reclutamiento del Ejército de los Estados Unidos.

Su sonrisa se apagó por completo y entonces ella regresó enfurecida junto al tipo de la banda en la cabeza, que era mucho mayor de lo que parecía a primera vista. Murmuraron algo, y ella me miró mientras yo daba chupadas al cigarro y les hacía señales con la mano a algunos de los manifestantes que me estaban empezando a fastidiar, la mayoría de ellos universitarios que se lo estaban pasando en grande. A un par de ellos parecía que yo les caía bien, aunque me lanzaran algunos insultos para no ir en desacuerdo con los demás.

Al final, el tipo de la banda en la cabeza se acercó a mí gritando y animando a los demás manifestantes que iban caminando en círculo frente a la entrada del edificio, guardada por dos hombres uniformados que no pertenecían a la policía y que probablemente debían ser militares. El cámara les estaba enfocando ahora y yo me guardé el puro y me asusté cuando me enfocó a mí. La chica del traje amarillo se incorporó al grupo tras haber distribuido unas cuantas insignias de los Panteras Negras y avanzó sin volverme a mirar.

– Tengo entendido que usted no se comporta como los otros policías con quienes solemos tropezamos en estas manifestaciones -me dijo el tipo de la banda en la cabeza, de pie frente a mí y sonriendo-. ¿Es que el Departamento de Policía de Los Ángeles abandona los métodos firmes, pero corteses? ¿Está usted poniendo en práctica una nueva técnica para el manejo de los alborotos? ¿Una caricatura de un cerdo gordo, de un alegre y viejo policía que no se inmuta por nada? ¿Es eso? ¿Se imaginan que no podemos considerarle a usted un símbolo de las instituciones? ¿Porque, tiene un aspecto demasiado cómico? ¿Es eso?

– Tanto si lo crees como si no,tonto -le contesté-, soy el policía del barrio. No soy un arma secreta, nada de que tengan que asustarse las piernas rechonchas. No soy más que el policía local.

Hizo una mueca cuando me referí a la chica y supuse por ello que debía ser su amiga. Me imaginé que a lo mejor eran profesores de sociología en algún colegio local de secundaria.

– ¿Es usted el único cerdo que van a enviar? -me preguntó sin sonreír tanto, lo cual me alegró.

Hasta a los profesionales les resulta difícil seguir manteniendo el tipo cuando se les golpea donde duele. Probablemente le gusta todo de ella, hasta las piernas con varices. Al diablo, pensé. Iba a adoptar una actitud ofensiva con aquellos sinvergüenzas, a ver qué pasaba.

– Escucha, Cochise -le dije con el puro entre los dientes-, soy el único cerdo viejo que hoy vais a ver. Todos los cerditos jóvenes van a quedarse en la pocilga. Por consiguiente, ¿por qué no os largáis tú y tus insignias púrpuras con vuestros manuales del Che? Dejad que estos pobres chicos hagan tranquilos su manifestación. Y llevaos a estos dos lechuguinos. -Señalé a los dos tipos negros que se encontraban a unos tres metros de distancia observándonos-. No van a venir más policías y no habrá alboroto.

– Resulta usted un poco reconfortante -me dijo, procurando sonreír, pero le salió una sonrisa torcida-. Ya me estaba empezando a hartar de estos pseudoprofesionales tan poco naturales con sus expresiones indiferentes, fingiendo atravesarnos con la mirada cuando lo que desean en realidad es llevarnos al cuarto trasero de cualquier comisaría de policía para partirnos la cabeza. Debo decirle que resulta usted reconfortante. Es usted un auténtico y vicioso fascista y no finge ser otra cosa.

Justo entonces volvió a acercarse la chica de la minifalda.

– ¿Te está amenazando, John? -preguntó en voz alta, mirando por encima del hombro. Pero los individuos de la cámara y el micrófono se encontraban al otro lado del grupo de manifestantes que gritaban.

– Guárdalo para cuando se acerquen aquí -le dije, y ahora vi que debía tener unos cuarenta años. Debía ser algo mayor que su acompañante, y el disfraz de moda resultaba de lo más cómico-. ¿Quieres un chicle, nena? -le pregunté.

– Calla tu cochina boca -me dijo él, adelantándose un paso. Yo me sentía tenso y dispuesto a actuar.

– No te muevas, Toro Sentado -le dije, sonriendo-. Toma un puro.

Le ofrecí un puro, pero él giró sobre sus talones y se marchó con la rechoncha taconeando tras él.

Los dos negros no se habían movido. También eran profesionales, ahora estaba seguro, pero eran de otra clase. Si sucedía algo, me había propuesto atizarles primero a ellos. Eran los que más me preocupaban. Ambos vestían chaquetas negras de plástico y uno de ellos lucía un gorro negro de cosaco. No apartaba los ojos de mí. Sería el primero al que atizaría, pensé. Yo seguía mostrándome indiferente y le hacía señales con la mano a cualquier chiquillo que me hiciera el signo de la paz, pero cada vez estaba menos seguro de poder controlar la situación. También había otros dos tipos del grupo que es posible que se pusieran pesados si se armaba el escándalo y yo ya había visto lo que pueden hacer dos sujetos si le atacan a uno y le ponen las botas encima, y no digamos si eran nueve o diez.

Me molestaba reconocerlo, pero estaba empezando a desear que apareciera Grant con una patrulla de chaquetas azules. No obstante, era una manifestación tranquila, todo lo tranquilas que pueden ser estas cosas, y probablemente no había motivo para que me preocupara, pensé.

La marcha prosiguió unos cuantos minutos, mientras los jóvenes gritaban, y después aparecieron el de la banda en la cabeza y la de la minifalda, seguidos de unas seis u ocho personas. No cabía duda de que se trataba de universitarios, vestidos con chaquetas brillantes y pantalones descoloridos. Algunos de los chicos lucían barbas de chuleta y bigotes; la mayoría llevaban el cabello largo hasta los hombros. Había dos muchachas bronceadas muy hermosas.

Tenían aspecto amistoso y les hice una señal con la cabeza cuando se detuvieron delante de mí.

Uno de ellos, de aire especialmente desagradable, me sonrió muy amistosamente y murmuró:

– Es usted un sucio cerdo comedor de mierda.

– Tu madre come cerdo ahumado -le contesté en un susurro, sonriéndole a mi vez.

– ¿Cómo podemos empezar un alboroto sin patrulla de represión? -dijo otro.

– Cuidado, Scott, no es que sea un simple cerdo, es un jabalí, ¿comprendes? -dijo la minifaldera, que se encontraba detrás de los chiquillos.

– A lo mejor os podría servir un pelmazo, encanto, eso es lo malo -dije yo mirando al tipo de la banda en la cabeza. Dos de los muchachos se rieron.

– Al parecer, es usted el único representante del sistema que tenemos de momento, y a lo mejor le gustaría sermonearnos -dijo Scott, un muchacho alto con cara achatada y melena rubia.

Llevaba colgada del brazo a una preciosa muchacha que, al parecer, se divertía mucho.

– Pues claro, empieza a largarte -le dije, apoyado en el coche y con aire tranquilo, mientras daba chupadas al puro. Estaba empezando a echarles un sermón. En cierta ocasión, cuando le pedí a un joven sargento si podía intervenir en el programa «Policía Bill» y hablar ante una clase de estudiantes de segunda enseñanza, me salió con una serie de excusas. Entonces comprendí que para estos menesteres quieren a jóvenes y apuestos policías de estómago llano y ojos claros, de los que figuran en los carteles publicitarios. Ahora se me presentaba la oportunidad y la idea me gustaba.

– ¿Cuál es su nombre, oficial Morgan? -preguntó Scott, mirando la chapa en la que figuraba mi apellido-, y ¿qué piensa de las manifestaciones callejeras?

Scott sonreía. Yo apenas podía escucharle sobre el trasfondo de los gritos de los manifestantes que se habían acercado seis metros más para bloquear la entrada con más efectividad, dirigidos por la gorda vestida de amarillo. Varios muchachos llamaron al cámara haciendo signos «V» a él y a mí. Un sinvergüenza, algo mayor que los demás, me dio un golpe y después hizo un gesto de desprecio mirando hacia la cámara.

– Eso es, sonríe y di cerdo, asqueroso -le murmuré yo observando que los dos cosacos negros se encontraban al otro extremo de la fila de manifestantes hablando con «piernas violeta». Entonces me volví a Scott-. Para contestar a tu pregunta, me llamo Bumper Morgan y sólo me importan las manifestaciones porque a los policías nos alejan de nuestras rondas; y, puedes creerme, no tenemos tiempo que perder. Todo el mundo sale perjudicado cuando no patrullamos.

– ¿Y tú qué patrullas, un maldito patio de granja? -dijo un pequeño imbécil con el cabello teñido que enarbolaba una pancarta en la que se veía a un oficial blanco telefoneando a una madre negra para decirle que su hijo había muerto en Vietnam. La negra aparecía en un rincón de la pancarta, donde un fornido policía blanco la estaba golpeando con una porra gigante.

– Esta pancarta no tiene sentido -dije yo-. No vale nada. Igual la hubierais podido titular: «¡Asesinado por los perros desalados del imperialismo!» Yo habría podido hacerlo mucho mejor.

– Hombre, eso es lo que yo le dije a él exactamente -dijo Scott, riéndose y ofreciéndome un cigarrillo.

– No, gracias -repuse yo, mientras él y su compañera se encendían uno-. Ésta en cambio es más inteligente -añadí, señalando una pancarta que rezaba: «Los cerdos de hoy son las chuletas de cerdo de mañana».

Ninguno de los otros muchachos tenía nada que decir todavía, a excepción del pequeño imbécil de la pancarta, que gritó:

– Pero, ¿por qué hablas con ese mierda de lacayo fascista?

– Mira -dije yo-, no voy a rendirme sólo porque sepas decir «mierda» tan bien. Hoy en día, estas cosas ya no asustan a nadie, por consiguiente, ¿por qué no hablamos correctamente? Quiero escuchar lo que tengáis que decir.

– Buena idea -dijo otro muchacho, un negro, con el cabello encrespado tremendamente ahuecado, gafas de montura metálica y un collar de dientes de tigre, que casi tenía que chillar sobre el trasfondo del griterío-. Díganos por qué quiere uno ser policía. Lo digo en serio. No le tomo el pelo, quiero saberlo.

Se estaba burlando de mí porque le hizo un guiño al muchacho rubio, pero yo pensé que iba a decirles qué es lo que a mí me gustaba de mi trabajo. Qué demonios, me gustaba tener a todos aquellos muchachos a mi alrededor, escuchándome. Alguien desplazó la fila de manifestantes de nuevo un poco hacia el Norte y yo casi pude hablar en tono normal.

– Bueno, pues me gusta barrer de las calles a los infractores de la ley -empecé.

– Un momento -dijo el muchacho negro subiéndose las gafas de montura metálica-. Por favor, oficial, déjese de eufemismos. Yo soy de Watts. -Entonces empezó a hablar deliberadamente con cadencia de negro y añadió-: Conozco a lapo-licía de toda la vida. -Los demás se rieron y él prosiguió con voz normal-: Hable como un verdadero policía y díganos cómo es eso, sin más zarandajas. Ya sabe, emplee aquella expresión tan apreciada por el Departamento de Policía de Los Ángeles, «agujero de culo», creo que es.

Volvió a sonreír tras haberlo dicho y yo sonreí también.

– ¿En qué zona de Watts vives? -le pregunté.

– Uno-O-Tres y Grape, nene -me contestó.

– Muy bien, hablaré más claro. Soy policía porque me encanta meter en la cárcel a los «agujero de culo» y a ser posible me encanta enviarles a una penitenciaría.

– Eso ya está mejor -dijo el muchacho negro-. Ahora sí que tiene buen aspecto y habla fino.

Los demás aplaudieron y se miraron sonriendo.

– ¿No le parece un trabajo un poco deprimente? -preguntó Scott-. No sé, ¿no le gustaría de vez en cuando hacer algopor alguien en lugar de contra alguien?

– Me imagino que siempre hago algopor alguien cada vez que practico una buena detención. Quiero decir que cabe suponer que todos los «agujero de culo» que detenemos en un robo o hurto, habrán desvalijado probablemente a cien personas o algo así. Me imagino que cada vez que practico una detención salvo a otras cien e incluso quizás algunas vidas. Y os diré que la mayoría de las víctimas son gente que no puede permitirse ser víctima. La gente que se lo puede permitir dispone de protección y seguros y no es vulnerable a estas cochinas hemorroides. ¿Comprendéis?

La amiga de Scott estaba deseando meter baza, pero de repente empezaron a hablar a la vez tres tipos y al final la voz de Scott se elevó por encima de las demás:

– Soy estudiante de derecho -dijo-, y tengo intención de ser contrincante suyo algún día ante los tribunales. Dígame, ¿le satisface de veras enviar a un hombre a la sombra diez años?

– Escucha, Scott -contesté-, ante todo hasta Eichmann tendría un cincuenta por ciento de posibilidades de no ser condenado a diez años en estos tiempos. Hay que ser un auténtico pez gordo para que le echen a uno tanto tiempo. En realidad, hay que proponérselo muy en serio hasta para ser enviado a una prisión del Estado. Pero hombre, si a algunos de los sinvergüenzas que pillo no les echaría diez años, por lo menos les haría una buena lobotomía si pudiera.

Tiré el cigarro porque aquellos muchachos habían empezado a interesarme. Me imaginaba que me respetaban un poco y hasta intenté unos momentos contraer el estómago, pero me resultaba incómodo y desistí de ello.

– Hace algunos años leí un artículo en una revista en el que se hacían grandes elogios de los policías -proseguí-. No son cerdos, decía el artículo, y hablaba de un policía que había ayudado a traer al mundo unos niños, y de otro que había rescatado a unas personas en el transcurso de unas inundaciones, y todavía otro que era un estupendo jefe de boy-scouts o algo así. Yo también he ayudado a traer al mundo a un par de niños. Pero no se nos paga para que seamos comadronas o salvavidas o asistentes sociales. Para estos menesteres hay otras personas. A ver si alguien honra a un policía por haber conseguido practicar treinta buenas detenciones al mes durante diez años y por haber enviado a un par de cientos de sujetos a San Quintín. Jamás se le concede una recompensa. Ni siquiera se lo apreciará su sargento, y en cambio le reprenderá si no escribe una multa de tráfico cada día porque la maldita ciudad necesita estos ingresos, y de todas formas no hay sitio en las cárceles.

Ya iba siendo hora de que empezara a darme cuenta de ciertas cosas. Hubiera debido darme cuenta por ejemplo de que el tipo de la banda en la cabeza y su amiga se habían alejado de mí y que lo mismo habían hecho los dos individuos negros de las chaquetas de plástico. En realidad, todos los que yo veía se encontraban en uno de los extremos de la fila en la que los manifestantes estaban empezando a tranquilizarse y a cansarse. Sí, tenía que haberme dado cuenta de que el muchacho que se llamaba Scott, el otro chico rubio y el muchacho negro de elevada estatura se habían acercado a mí más que los otros, al igual que la muchachita que le colgaba a Scott del brazo y que llevaba un pesado bolso de ante.

No me percaté de nada porque por una de las pocas veces en mi vida no me estaba comportando como un policía. Era un asno gordo y cómico, vestido de azul, y me imaginaba como un bateador de béisbol que les estaba echando fuera del campo. Ello se debía a que me encontraba en un sitio en el que nunca había estado. Me encontraba en una «jabonera». No en un escenario, sino en una jabonera. En un escenario hubiera podido apañármelas. Puedo representar lo que la gente quiere y espera y puedo mantener los ojos abiertos y no dejarme impresionar por la situación, pero esta maldita jabonera era otra cosa. Estaba haciendo discursos, uno tras otro, acerca de cosas que para mí eran significativas, y lo único que podía ver era la mirada cariñosa de mi auditorio y el sonido de mi propia voz que ahogaba todas las demás cosas que hubiera debido oír y ver.

– A lo mejor los departamentos de policía tendrían que reclutar exclusivamente a licenciados universitarios -dijo Scott, encogiéndose de hombros y adelantándose un paso.

– Sí, quieren que resolvamos los delitos sirviéndonos de estos métodos científicos que no sé lo que significan. ¿Y qué hacemos nosotros, los policías? Decimos que sí, asentimos con la cabeza y aprovechamos las asignaciones federales para adquirir computadoras y enviar a los policías a la universidad para que, al final, todo se reduzca a un policía de mirada penetrante y habilidad para hablar con la gente a la que tiene que arreglar cuentas.

– ¿No cree usted que en los próximos tiempos los policías van a quedar anticuados? -La amiga de Scott me dirigió esta pregunta y tenía los ojos tan abiertos que no tuve más remedio que sonreír.

– Me temo que no, encanto -contesté-. Mientras haya personas, habrá muchas malas, codiciosas o débiles.

– ¿Cómo puede pensar eso de la gente y al mismo tiempo preocuparse de ayudarla tal como usted dice cuando detiene a alguien? -preguntó ella sacudiendo la cabeza. Sonreía tristemente como si yo le diera lástima.

– Bueno, nena, no es que sea gran cosa, pero no tenemos nada más a mano. ¡Es el único juego de la ciudad! -Me imaginaba que ello resultaba muy claro, y después empecé a preguntarme si no serían demasiado jóvenes-. A propósito, ¿la mayoría de vosotros estudiáis ciencias sociales e inglés como asignatura principal?

– ¿Por qué dice eso? -me preguntó el muchacho negro que tenía constitución de jugador de rugby.

– Los estudios al respecto así lo indican. Preguntaba porque sentía curiosidad.

– Yo estudio ingeniería -me dijo el muchacho rubio que se encontraba ahora detrás de Scott. Entonces de súbito me di cuenta de lo cerca que estaban todos de mí. Me estaba dando cuenta de lo educados que se habían mostrado. Todos eran activistas y universitarios y no cabía duda de que estaban al corriente de las estadísticas y disponían de slogans y argumentos que hubieran podido arrojarme a la cara. Sin embargo, no lo habían hecho y me habían dejado hablar. Asentían, sonreían de vez en cuando y me seguían la corriente. Sabía que no era lógico y que algo debía de andar mal, pero me seguía intrigando el sonido de mi propia voz, por lo que el gordo marajá azul dijo:

– ¿Hay alguna otra cosa del trabajo de policía que os interese saber?

– ¿Estuvo usted en la «Century City»? -me preguntó la rubita.

– Sí, estuve, y no se parece nada a lo que se dijo en las publicaciones clandestinas ni en las grabaciones corregidas de televisión.

– ¿Que no? Pues yo estuve -dijo Scott.

– Bueno, no negaré que a algunas personas se las lastimó -dije, buscando hostilidad en los rostros-. Se tenía que proteger al presidente de los Estados Unidos y había miles de manifestantes antibelicistas. Os garantizo que no era una tontería porque iban armados con palos aguzados, bolsas de mierda, botellas rotas y grandes pedruscos. Apuesto a que yo podría matar a un sujeto con una piedra.

– ¿No vio usted ninguna brutalidad innecesaria?

– ¿Pero qué demonios es la brutalidad? -dije-. La mayoría de chaquetas azules son chiquillos devuestra edad. Si alguien le escupe a la cara ni toda la disciplina del mundo podrá impedirle, si es un chico normal, que las huellas de los dientes del otro le queden impresas en la porra. Hay momentos en los que es necesario un poco de movimiento. ¿Sabéis qué parecen cinco mil personas chillando? ¡Claro que atizamos de vez en cuando! Algunos cerdos lo único que respetan es la fuerza. No tenemos más remedio que atizar y anotar nombres. Cualquiera que sea normal atizaría a estos cerdos. -Entonces recordé la presencia de la muchacha-. Perdóneme la vulgaridad de la expresión -dije, como en acción refleja.

– Cerdo no es una expresión vulgar -me contestó ella, puntualizando.

De repente, el muchacho rubio que se encontraba detrás de Scott adoptó una actitud hostil.

– ¿Por qué hablamos con un marrano como éste? Habla de ayudar a la gente. ¿Qué otra cosa hace aparte de romperles la cabeza, cosa que reconoce? ¿Qué hace usted en los ghettos de Watts por los negros?

Entonces un sujeto de mediana edad vestido con alzacuello y traje negro se abrió paso entre el ruedo de jóvenes.

– Trabajo en los barrios chicanos de la zona Este -me anunció-. ¿Qué hacen ustedes por los mexicanos como no sea explotarles?

– ¿Y qué haceusted? -pregunté yo, sintiéndome incómodo ante el repentino cambio de actitud que se había producido al haberse incorporado al grupo otros manifestantes y al verme acorralado contra el coche por quince o veinte personas.

– Yo lucho por los chicanos. Por el poder negro -contestó el clérigo.

– Usted no es negro -observé yo, poniéndome nervioso.

– ¡Soy negro por dentro!

– Tómese una lavativa -murmuré irguiéndome y percatándome de que las cosas estaban yendo mal, muy mal.

Entonces vislumbré al gorro negro de cosaco a la izquierda, detrás de dos muchachas que se habían acercado para ver a qué se debían los gritos, y vi que una mano me arrojaba con todas sus fuerzas una insignia de la paz. Me dio en la cara de lleno y me produjo un rasguño justo debajo del ojo izquierdo. El negro me miró con gran frialdad y yo miré enfurecido a mi alrededor dispuesto a atacar.

– Si lo intentas de nuevo te daré tu merecido, muchacho -dije con voz lo suficientemente alta para que me escuchara.

– ¿A quién? -preguntó él, esbozando una ancha sonrisa a través de los bigotes y la perilla.

– ¿A quién? -dije-. Ati te hablo.

– El cerdo gordo -dijo despectivamente dirigiéndose a los demás-. ¡Quiere detenerme! ¿Quiere detener a un negro? ¿Así es cómo lo hace, señorpo-licía?

– Si algo sucede, primero te pillaré ati -murmuré, apoyando la mano izquierda en el mango de la porra.

– Quiere detenerme -repitió más alto-. ¿De qué se me acusa? ¿De ser negro? ¿Es que no tengo ningún derecho?

– Ya tendrás tus ritos -murmuré-. Losúltimos ritos.

– Tendría que matarle -dijo él-. Aquí estamos cincuenta valientes y tendríamos que matarle por todos los hermanos y hermanas que vosotros, cerdos, habéis asesinado.

– Adelante, gamberro, cuando quieras -le dije, fanfarroneando porque ahora estaba francamente asustado.

Me imaginaba que toda aquella gente desatada podían hacerme picadillo en tres minutos. Respiraba dificultosamente. Intentaba evitar que me temblara la mandíbula y procuraba que el cerebro me siguiera funcionando. No iban a derribarme al suelo. Teniendo un arma en la mano, no lo conseguirían. Llegué a la conclusión de que no sería muy fácil que me pisotearan la cabeza. Decidí empezar a disparar para salvarme y que les saltaría la tapa de los sesos a los dos rusos negros, a Jerónimo y a Piernas Violeta, aunque no necesariamente en este mismo orden.

Entonces una mano se extendió hacia mí y me agarró la corbata, pero era una corbata postiza y yo no seguí tras ella cuando la mano la atrajo hacia sí. Casi al mismo tiempo, el estudiante de ingeniería me agarró la placa y yo me llevé instintivamente la mano derecha al pecho sosteniéndole la suya contra el mismo y retrocediendo hasta obligarle a extender el brazo. Entonces levanté el puño izquierdo con fuerza justo por encima de su codo y él lanzó un grito y retrocedió. Varios de los demás retrocedieron también al escuchar el inconfundible grito de dolor.

– ¡Fuera el cerdo! ¡Fuera el cerdo! -gritó alguien-. ¡Destripémosle!

Extraje la porra y noté a mi espalda mi blanco-y-negro ahora que todos gritaban y me amenazaban, hasta el padre lleno de mierda.

Hubiera debido subir al coche y acomodarme en el asiento del pasajero tras cerrar la portezuela, pero me resultaba imposible. Tomé la manija: estaba cerrada; y el cristal estaba subido, y temía que si me entretenía intentando abrir alguien lo aprovechara para atizarme.

Al parecer, en el centro de reclutamiento no se habían dado cuenta de que un policía estaba en las últimas porque no salió nadie. Pude ver que el cámara pugnaba por abrirse paso entre la gente que ya se extendía por toda la calle y deseé locamente que lo consiguiera. Es la vanidad final, supongo, pero deseaba que pudieran filmar los últimos momentos de Bumper.

Durante algún rato la situación se mantuvo en suspenso y entonces se abrió la portezuela del coche golpeándome por detrás y dándome un susto de muerte.

– Mete el trasero aquí, Bumper -me dijo una voz conocida y yo obedecí. En cuanto cerré la portezuela, algo golpeó con fuerza la ventanilla y estuvo a punto de romper el cristal. Varios sujetos empezaron a dar puntapiés a la portezuela y el guardabarros de mi blanco-y-negro.

– Dame las llaves -me dijo Stan Ludlow que trabajaba en la División de Información. Se encontraba sentado al volante, tan apuesto como siempre con su traje verde oscuro y su corbata de pajarita color menta.

Me saqué las llaves del cinturón y se las entregué y él se alejó del bordillo en el momento en que algo golpeó contra el guardabarros del vehículo. Mientras nos marchábamos, se acercaron al centro de reclutamiento cuatro coches radio con tres oficiales metropolitanos en cada uno y empezaron a dispersar al grupo.

– Eres la peor víctima que jamás he visto -me dijo Stan girando hacia la Novena y aparcando detrás de un coche de la policía de paisano en el que esperaba su compañero.

– ¿A qué demonios te refieres?

– Te han cogido, hombre. Te acaban de coger.

– Ya me daba cuenta de que algo andaba mal -contesté, angustiado, porque temía escuchar lo que imaginaba que iba a decirme-. ¿Me han tomado el pelo?

– ¿Que si te han tomado el pelo? No, no les ha hecho falta. ¡Tú mismo te lo has tomado! Pero, hombre, Bumper, ya tendrías que saber que no se les puede echar discursos a grupos como ése. ¿Por qué demonios lo has hecho?

Stan llevaba unos quince años en la profesión y era sargento a pesar de que no tendría más que unos cuarenta años, y exceptuando sus sienes plateadas, se le veía muy joven. Yo en cambio me sentía como un chiquillo estúpido. Me parecía que era mucho mayor que yo, mucho más listo, y soporté la reprimenda sin mirarle a la cara.

– ¿Cómo sabes que les estaba echando un sermón, Stan?

– Uno de ellos es de los nuestros -repuso Stan-. Le equipamos con un micrófono y lo hemos escuchado todo, Bumper. Hemos llamado a los metropolitanos porque sabíamos lo que iba a suceder. Pero por poco no llegamos a tiempo.

– ¿Quiénes eran los organizadores? -pregunte en un intento de salvar un poco de orgullo-. ¿La bruja del traje amarillo y el tipo de la banda en la cabeza?

– No, hombre -contestó Stan, molesto-. Estos se llaman John y Marie French. Son un par de necios que quieren mezclarse con los muchachos. No son nada. Ella es una revolucionaria de San Pedro que se ha autoproclamado así y él es su marido. En realidad, él ha sido el que ha recogido a nuestro hombre y le ha acompañado en coche hasta la manifestación cuando el jefe le mandó llamar. French es sobre todo nuestro chico de los recados. Conduce una furgoneta y recoge a todos los que necesitan trasladarse a estas manifestaciones pacifistas. No es nada. ¿Habías creído que eran los organizadores?

– Más o menos -contesté yo en un susurro.

– Y les has querido apabullar, ¿verdad?

– Más o menos. ¿Y los de los gorros rusos?

– No son nadie -repuso Stan-. Andan por ahí constantemente con sus insignias de los Panteras y consiguen adeptos, pero no son nadie. Negros profesionales.

– Supongo que el organizador del espectáculo era un muchacho alto y bien parecido que se llama Scott… -dije, mientras las luces de las calles se iban encendiendo lentamente.

– Sí, Scott Hairston. Es de la U.C.L.A. La chica con trasero de melocotón que le colgaba del brazo es su hermana Melba. Era la fuerza que organizaba las subversiones que se producían en su escuela cuando todavía mascaba chicle. Su padre Simón Hairston es abogado y un cochino bastardo; su hermano John es antiguo activista.

– Así que la nena de ojos brillantes es toda una víbora, ¿eh? Se me ha pasado por alto, Stan.

Stan sonrió comprensivamente y me encendió un puro.

– Mira, Bumper, estos muchachos han sido destetados con esta mierda. Tú eres un principiante. No te lo tomes a mal. Pero, por el amor de Dios, la próxima vez no discutas con ellos. ¡Y nada de discursos, por favor!

– Les debo haber parecido un idiota -dije, y note que el rubor me llegaba hasta la punta de los pies.

– Eso no tiene demasiada importancia, Bumper, pero esta pequeña bruja de Melba te ha grabado en cinta. Siempre provoca comentarios casuales en los policías. A veces lleva oculto un micrófono de mano y el hilo le sube por la manga y baja hasta la caja que guarda en el bolso. ¿Llevaba un bolso muy grande no?

No tuve que contestar. Stan lo comprendió a través de la tristeza de mi rostro.

– Van a publicar tus observaciones, Bumper. He escuchado a algunos de ellos a través del micrófono que llevabanuestro muchacho. Por el amor de Dios, has hablado de atizar con la porra y de dejar marcadas las huellas de los dientes en la porra, y de atizar y de anotar nombres.

– Pero yo no quería decir todo eso, Stan.

– Pero así van a presentar tus comentarios: fuera del contexto. Lo publicarán en algún periódico clandestino o quizás en algún diario si Simón Hairston se lo propone.

– Oooooh -me lamenté yo, ladeándome la gorra sobre los ojos y hundiéndome en el asiento.

– No vaya a darte un ataque al corazón por mi culpa, Bumper -me dijo Stan-. Todo se arreglará.

– ¿Que se arreglará? ¡Seré el hazmerreír del Departamento!

– No te preocupes, las grabaciones de Melba van a desaparecer.

– ¿Vuestro hombre secreto?

Stan asintió.

– Que Dios le bendiga -dije en un susurro-. ¿Cuál era? ¿No será el muchacho al que estuve a punto de romper el brazo?

– No -contestó Stan echándose a reír-, el muchacho alto negro. Te lo digo porque vamos a utilizarle de todos modos dentro de unos días como testigo material y tendremos que revelar su identidad. Tenemos acusaciones secretas contra cuatro individuos que fabrican explosivos tremendos en el sótano de una casa de North Hollywood. Él trabaja conmigo desde que se incorporó al Departamento hace trece meses. Le tenemos matriculado en la universidad. Buen chico. Juega al baloncesto de maravilla. Está deseando ponerse un uniforme azul y empezar a trabajar en un coche radio. Ya está harto de mezclarse con estos revolucionarios.

– ¿Cómo sabes que podrá hacerse con la grabación?

– Lleva viviendo prácticamente con Melba estos seis últimos meses. Esta noche se acostará con ella y lo conseguirá.

– Menudo trabajo -comenté yo.

– Esta faceta del trabajo no le desagrada -dijo Stan, riéndose-. Está deseando ver cómo reaccionarán todos sus amigos cuando se enteren de que es de los nuestros. Dice que les ha utilizado tanto de víctimas propiciatorias y que lleva interpretando tanto tiempo el papel de negro airado que es probable que no se lo crean hasta que le vean con el uniforme azul y esta gran placa tan odiada prendida al pecho. Y espera a que Melba se entere de que ha estado acostándose con un policía. Apuesto a que no se lo dirá a nadie.

– Entonces nadie va a enterarse de lo mío, ¿verdad, Stan?

– Borraré la cinta, Bumper -dijo Stan apeándose del coche-. Mira, en cierto sentido, ha dado resultado. Scott Hairston esperaba la llegada de unos cien manifestantes dentro de unas horas. Aún no quería que se iniciara el jaleo. Tú se lo has echado a perder todo.

– Hasta luego, Stan -dije, procurando hablar con indiferencia, como si no me sintiera totalmente humillado-. Toma un puro, amigo.

Me sentía fatigado después de todo este jaleo y a pesar de que ya se estaba haciendo tarde, enfilé la carretera del Puerto y me dirigí hacia el Sur con toda la rapidez que me permitió el tráfico, con el vago propósito de ir a contemplar el océano. Estaba intentando hacer algo que normalmente me sale bastante bien, es decir, controlar mis propios pensamientos. De nada me serviría seguir pensando en todo lo que acababa de suceder, por lo que estaba procurando pensar en alguna otra cosa, quizás en comida, o en Cassie, o en el aspecto de los pechos de Glenda; en fin, en algo bueno. Pero me sentía deprimido y no sé me ocurría nada bueno, por lo cual decidí no pensar absolutamente en nada, cosa que también sé hacer muy bien.

Regresé a mi ronda y llamé al teniente contándole el barullo del centro de reclutamiento y omitiendo todos los detalles del incidente. Él me dijo que los manifestantes se estaban dispersando rápidamente y que sólo quedaban en el escenario del suceso unos pocos coches. Yo sabía que apenas se haría mención al mismo, unas cuantas escenas presentadas por la televisión en el noticiario de las seis y ahí acabaría todo. Colgué y regresé al coche esperando que el cámara no me hubiera captado fumándome el puro. Ésta es otra de las reglas tontas, la de no fumar en público, como si un policía fuera un guardia del palacio de Buckingham.

7

Me dediqué a pasear un rato con el coche para tranquilizarme, mirando el reloj a cada momento, deseando que terminara el día. El rumoroso parloteo de la radio me volvía loco y la apagué. Que se vaya al diablo la radio, pensé, jamás he conseguido practicar una buena detención a través de una llamada de radio. Las buenas detenciones proceden de hacer lo que yo hago: caminar y mirar y hablar con la gente.

Estaba sufriendo una indigestión tremenda. Saqué de la guantera cuatro pastillas contra la acidez y me las tragué de golpe, pero me sentía inquieto y me removía constantemente en el asiento. La clase de Cassie de las tres estaría terminando, por lo que subí por Vermont hasta el City College y aparqué frente a la zona roja, a pesar de que siempre que lo hago recibo reprimendas de los chiquillos o de los profesores que me dicen cosas tales como «Usted puede hacerlo, en cambio a nosotros nos ponen multas». Hoy no había nadie y no me dijeron nada, cosa que en realidad me trae sin cuidado porque a nadie, incluyéndome a mí mismo, le gustan los símbolos de la autoridad. Yo soy el primero que me rebelo cuando los jefes intentan coartar mi libertad con alguna regla estúpida.

Subí las escaleras despacio admirando el pecho de una bronceada instructora de gimnasia, de aspecto atlético y con el peinado «cola de caballo». Tenía prisa y subía los peldaños de dos en dos. Llevaba unos shorts blancos; zapatillas y camiseta blanca, y mostraba todo lo que tenía que mostrar, que era bastante… Algunos de los muchachos con quienes me tropecé en los corredores hicieron los acostumbrados comentarios llamándome detective Tracy y sheriff John, y se produjeron algunas risas y comentarios acerca de Marlene, que tenía un poco de droga, y Marlene gritó y se rió también. No era corriente escuchar comentarios acerca de la droga, pero entonces se me ocurrió el único argumento que para mí tenía cierto sentido. La droga, al igual que la borrachera, rompe las cadenas y libera a la bestia, pero lo hace con mucha mayor facilidad y rapidez. Lo he comprobado miles de veces.

Cassie se encontraba en su despacho, con la puerta abierta, hablando con una mascadora de chicle de cabello estirado, con una falda super-mini que le dejaba al descubierto las rojas bragas floreadas.

– ¡Hola! -exclamó Cassie al verme en la puerta.

La muchacha me miró a mí y después de nuevo a Cassie, preguntándose qué demonios pasaba.

– No tardamos más de un minuto -dijo Cassie, sonriéndome con su limpia y blanca sonrisa. Yo asentí y bajé por el pasillo hasta la fuente pensando lo guapa que estaba con aquel traje color naranja. Era uno de los veinte que yo le habría comprado desde que nos habíamos conocido, y al final ella se había mostrado de acuerdo conmigo en que le sentaban mejor los colores vistosos, aunque pensaba que a todos los hombres les gustaba que sus mujeres vistieran llameantes colores naranja y rojo.

Hoy llevaba el cabello recogido hacia atrás. Tanto recogido, como suelto, tenía un cabello precioso. Era abundante y castaño, veteado de hebras de plata, no grises, sino de auténtica plata, y tenía una figura maravillosa para una chica de su edad. Estaba bronceada y más parecía una profesora de gimnasia que una profesora de francés. Siempre vestía talla doce y a veces podía vestir la diez, según los modelos. Me pregunté si su buen aspecto se debería a que jugaba al tenis y al golf o a que no tuvo hijos en su matrimonio; pero Socorro, la esposa de Cruz, tenía una caterva de chiquillos y aunque quizás estaba un poco gruesa casi presentaba un aspecto tan agradable como el de Cassie. Hay personas que se mantienen muy bien, y casi me sentía orgulloso de ir al lado de aquella mujer de tanta clase cuando acudíamos juntos a los sitios. Siempre me parecía que todo el mundo pensaba: «Debe ser un tipo rico, de lo contrario no iría con él.» Pero era absurdo poner reparos a la propia suerte: había que agarrarla cuando se presentaba la ocasión, y eso había hecho yo. Y, además, a lo mejor resultaba que yo era uno de esos individuos feos, pero atractivos al mismo tiempo.

– ¿Y bien? -dijo Cassie, y yo volví la cabeza y la vi de pie en la puerta de su despacho sonriéndome mientras yo me le acercaba con la mirada. La chiquilla se había marchado.

– Es el vestido más bonito que tienes -observé, y lo decía en serio. Nunca había estado más guapa, a pesar de que algunos espesos mechones de cabello le caían sobre las mejillas y de que casi se le había borrado el carmín de los labios.

– ¿Por qué no me admiras la inteligencia alguna vez en lugar del cuerpo, tal como yo hago contigo? -me preguntó sonriendo.

La seguí al despacho y me acerqué con la intención de darle un beso en la mejilla. Me sorprendió echándome los brazos al cuello y besándome larga y apasionadamente, cosa que me hizo soltar la gorra al suelo y excitarme a pesar de que nos encontrábamos junto a una puerta abierta y era posible que de un momento a otro empezaran a pasar por delante cientos de personas. Cuando al final terminó, presentaba el aspecto aturdido de una mujer apasionada.

– ¿Vamos a llevarnos todo lo que hay en este maldito escritorio? -me preguntó con voz velada, y durante uno o dos minutos pensé que iba a hacerlo.

Entonces sonó un timbre y empezaron a abrirse puertas. Ella se echó a reír y se sentó encima del escritorio mostrándome sus bien torneadas piernas. Yo me dejé caer en un sillón de cuero con la boca pastosa y seca por haber tenido comprimido contra mí aquel cálido cuerpo.

– ¿Estás seguro de que no quieres venir a la fiesta de esta noche? -me preguntó finalmente encendiendo un cigarrillo.

– Ya sabes lo que pienso, Cassie -contesté-. Estu noche. Tus amigos y tus alumnos te quieren para ellos solos. Después yo te tendré para siempre.

– ¿Crees que podrás manejarme? -me preguntó con una sonrisa, y comprendí que se refería a la sexualidad. A menudo habíamos bromeado a este respecto, acerca de cómo la había yo «despertado», siendo así que ella había estado dormida desde que su marido la había abandonado hacía siete años, y quizás incluso desde antes, teniendo en cuenta lo que ella me había contado del pobre hombre. Era profesor como Cassie, aunque su asignatura era la química.

Suponíamos que algunos de sus alumnos de diecinueve años, con lo obsesionados que están por el sexo actualmente, es posible que hicieran el amor con más frecuencia que nosotros, aunque ella no comprendía cómo podían. Decía que ella nunca había sido así y que jamás había imaginado que fuera tan agradable. Yo, por mi parte, siempre lo había encontrado agradable. Lo he practicado asiduamente casi desde que tengo uso de razón.

– Ven al apartamento a eso de las once -me dijo-. Ya me encargaré de estar en casa a las diez.

– Dejarás muy temprano a tus amigos.

– No pensarás que me quedaré sentada bebiendo con un grupo de educadores, pudiendo «aprender» en casa con el oficial Morgan, ¿verdad?

– ¿Quieres decir que puedo enseñar a una profesora?

– Eres de primera categoría en tu especialidad…

– Mañana por la mañana tienes una clase -le recordé.

– Ven a las once.

– Muchos de estos profesores y estudiantes que no tienen clase a primera hora querrán divertirse y jaranear hasta mucho más tarde. Creo que esta noche debieras quedarte con ellos, Cassie. Ellos así lo esperan. No puedes decepcionar a la gente de tu ronda.

– Muy bien, de acuerdo -dijo ella, suspirando-. Pero tampoco te veré mañana por la noche porque voy a cenar con aquellos dos directores. Quieren echarme un vistazo final y escuchar distraídamente mi francés para asegurarse de que no voy a corromper a los ya corrompidos alumnos de su institución. Supongo que tampoco puedo escapar y dejarles plantados.

– No falta mucho para que te tenga toda para mí. Entonces seré yo el que escuche tu francés y permita que me corrompas, ¿de acuerdo?

– ¿Ya les has dicho que te retirabas?

Me dirigió la pregunta con soltura, pero me miró directamente a los ojos esperando, y yo me puse nervioso.

– Se lo he dicho a Cruz -dije-, y tengo una sorpresa para ti.

– ¿Cuál?

– He decidido que el viernes va a ser el último día. Empezaré las vacaciones el sábado y terminaré el tiempo de servicio en vacaciones. Estaré contigo.

Cassie no gritó, ni saltó ni se excitó tal como yo había imaginado. Se quedó ablandada, como si sus músculos se hubieran aflojado de repente, se deslizó del escritorio, se sentó sobre mis rodillas y, rodeándome el cuello con los brazos, empezó a besarme la cara y la boca y vi que sus ojos aparecían húmedos y suaves como sus labios y después escuché unas risas. Ocho o diez chiquillos se encontraban de pie en el pasillo observándonos a través de la puerta abierta, pero Cassie parecía que no se daba cuenta o que no le importaba. A mí sí me importaba, porque iba con mi uniforme azul y me estaban amando y abrazando en público.

– Cassie -dije, jadeando y señalándole la puerta. Ella se levantó y cerró tranquilamente la puerta en las narices de los niños como si estuviera dispuesta a reanudar la sesión.

Yo me levanté y recogí la gorra del suelo.

– Cassie, esto es un colegio. Yo voy de uniforme…

Cassie se echó a reír estrepitosamente y tuvo que sentarse en el sillón en el que previamente me había sentado yo, reclinándose en el mismo y cubriéndose el rostro con las manos mientras se reía. Pensé que hasta su cuello resultaba sexualmente excitante y eso que el cuello es el primero que denota la edad, pero el de Cassie era todavía esbelto.

– No iba a violarte -me dijo al final, riéndose entrecortadamente.

– Bueno, es que vosotros los profesores sois tan tolerantes hoy en día que pensaba que me lo ibas a hacer encima del escritorio, tal como me habías dicho.

– ¡Oh, Bumper! -exclamó ella, extendiendo los brazos. Me acerqué y me incliné y ella me dio ocho o diez cálidos besos por toda la cara.

– Ni siquiera puedo decirte lo que siento ahora que vas a hacerlo -me dijo-. Cuando me has dicho queibas a terminar este viernes y que se lo habías dicho a Cruz Segovia, me he quedado de una pieza. Ha sido alegría y felicidad lo que me has visto en la cara cuando he cerrado la puerta, Bumper, no pasión. Bueno, quizá también un poco de eso.

– Lo llevamos planeando mucho tiempo, Cassie, y ahora parece que te sorprende.

– Hasta he tenido pesadillas por eso. He soñado despierta y dormida cómo iba a ser todo cuando me marchara, que me buscaría un apartamento en San Francisco, y que una amarga noche tú me llamarías para decirme que no venías, que no podías dejar la ronda.

– ¡Cassie!

– Nunca te lo había dicho, Bumper, pero es algo que me ha estado haciendo sufrir mucho. Ahora que se lo has dicho a Cruz y que sólo faltan dos días, se que es cierto.

– No estoy casado con mi maldito trabajo, Cassie -le dije pensando qué poco sabe uno acerca de una mujer, incluso de una tan cercana como Cassie-. Debieras haber visto lo que me ha pasado hoy. Me ha tomado el pelo un chiquillo tonto. Me ha puesto en ridículo. Me ha hecho hacer un papel de idiota. Ha sido muy desagradable.

Parecía que Cassie se divertía y se mostraba interesada tal como siempre hace cuando le hablo de mi trabajo.

– ¿Qué ha sucedido? -me preguntó, y yo saqué el último puro que me quedaba y lo encendí para sentirme más tranquilo cuando la humillación se apoderara de mí.

– Una manifestación en el Centro de Reclutamiento del Ejército. Un chiquillo, un miserable chiquillo, me ha aguijoneado y yo he empezado a hablar de mi trabajo. Le he estado sermoneando en serio, y después averiguo que es un revolucionario profesional, probablemente un rojo o algo así. ¡Y yo que pensaba que lo estaba haciendo tan bien! He vivido demasiado tiempo en la ronda, Cassie. Llevo demasiado tiempo siendo el Hombre, creo. Creyendo que puedo superar en inteligencia a cualquier bastardo que se me ponga delante. Pensando que los únicos a los que no podía llegar eran los tipos organizados, como los negociantes en apuestas ilegales y los grandes traficantes de drogas. Pero,a veces, hasta podía hacer algunas cosas que les hacían daño. Ahora han venido otros nuevos. Y estan organizados. Y yo me he sentido como un niño pequeño; me han manejado como han querido.

– ¿Qué demonios hashecho, Bumper?

– Hablar. Les he hablado seriamente acerca de las cosas. De golpear a los «agujero de culo» que lo merecen. De cosas así. He hechodiscursos.

– ¿Sabes una cosa? -me dijo ella, apoyando su mano de dedos largos sobre mi rodilla-. Apuesto a que lo que has dicho allí y lo que ha sucedido no os perjudicará en lo más mínimo ni a ti ni al Departamento.

– ¿De veras, Cassie? Debieras haberme oído hablar de cuando vino el presidente y de cómo acabamos los alborotos partiendo un par o tres de cabezas. He estado magnífico.

– ¿Es que conoces una formaeducada de acabar con los alborotos?

– No, pero tenemos que ser lo suficientemente profesionales como para no hablar con la población civil de la misma manera que lo hacemos en los vestuarios de la policía.

– Me quedaría con el oficial Morgan más que con uno de esos policías de la televisión, tan aburridos y tan terriblemente enteros, y no creo que haya una forma educada de acabar con los alborotos. Por consiguiente, creo que no tendrías que preocuparte por este asunto. Piensa que muy pronto vas a dejar de tener todos estos problemas. Tendrás un cargo importante y gente trabajando a tus órdenes.

– Tengo que confesar que me emociona. Apuesto a que se me ocurrirán formas de mejorar la seguridad que esos tipos jamás han pensado.

– Pues claro que sí.

– Haga lo que haga, tú siempre me apoyas -dije, sonriendo-. Por eso quise que fueras mi chica a pesar de todos los inconvenientes que tienes.

– Bueno, es que eres mi Caballero Azul. ¿Sabes que eres un caballero? Combates como en los torneos y liberas la tierra de malandrines.

– Sí, creo que podrías decir que libero mi ronda. Claro que no tomo parte en demasiados torneos.

– ¿Te limitas a practicar detenciones?

– Sí, habré detenido a un par de millares de sinvergüenzas en todo este tiempo.

– Por eso eres mi Caballero Azul.

– Espera un momento, nena -dije-. Sólo vas a tener a unantiguo caballero si me aceptas a mí.

– ¿Qué quieres decir con este «si»?

– Está bien que me consideres una especie de héroe, pero cuando me retire no seré más que un ex.

– Bumper -dijo ella riéndose un poco y besándome la mano tal como había hecho Glenda. Era la segunda vez que hoy me besaba la mano una mujer, pensé-. No me deslumhran los símbolos de la autoridad. Es por ti mismo que te beso las manos. -Volvió a hacerlo y siempre he pensado que el hecho de que una mujer le bese a uno las manos es casi lo máximo que puede sucederle a un hombre-. Vas a ocupar un cargo importante. Serás un ejecutivo. Tienes mucho que ofrecer, sobre todo a mí. En realidad, tienes tanto que quizá yo debiera compartirlo con alguien.

– Sólo puedo encargarme de una mujer a la vez, nena.

– ¿Recuerdas a Nancy Vogler, del departamento de inglés?

– Sí, ¿quieres compartirme con ella?

– ¡Tonto! -rió Cassie-. Nancy y su marido se casaron hace doce años y no tenían niños. Hace un par de años decidieron traer un niño a casa. Ahora tiene once años.

– ¿Lo adoptaron?

– No, exactamente. Son como padres adoptivos-. La voz de Cassie tomó un tono de seriedad-. Dicen que ser padres adoptivos es lo que mayores satisfacciones les ha proporcionado. Nancy dice que no sabían lo que era vivir, y que no se dieron cuenta hasta que llegó el niño.

Parecía que Cassie me estuviera estudiando el rostro. ¿Estaría pensando en mi hijo? Yo sólo se lo había mencionado en una ocasión. ¿Es que deseaba saber algo?

– Bumper, cuando nos hayamos casado y tengamos un hogar, ¿qué te parecería si nos convirtiéramos en padres adoptivos? No tendríamos que adoptar a un niño si no quieres, sino ser simplemente padres adoptivos, compartir algo. Serías un modelo en el que un niño podría mirarse y del que podría aprender.

– ¡Un niño! ¡Pero si yo nunca he pensado en una familia!

– Yo llevo pensando en ello mucho tiempo, y tras haber visto a Nancy y haber oído lo que me ha contado acerca de su vida, pienso lo maravilloso que sería para nosotros. Aún no somos mayores, pero dentro de diez o quince años, cuandoempecemos a serlo, tendremos a alguien más con nosotros-. Me miró a los ojos y después bajó la mirada-. Es posible que pienses que estoy loca, y quizá lo esté, pero me gustaría que lo pensaras.

Me dejó tan sorprendido que no supe qué decir, por lo que esbocé una sonrisa estúpida, la besé en la mejilla y le dije:

– Dentro de quince minutos termino el turno. Adiós, compañera -y me marché.

Me pareció más joven y como un poco triste al sonreírme y saludarme con la mano cuando llegué a la escalera. Al subir al blanco-y-negro me sentí mal. Ingerí otras dos pastillas y me dirigí a Temple, hacia el Este. Maldije por lo bajo a todos los imbéciles que se interponían en mi camino en aquella hora punta del tráfico. No podía creerlo. Dejar el Departamento después de tantos años y casarme ya representaba un buen cambio, pero, ¡encima, un niño! Cassie me había preguntado en cierta ocasión acerca de mi esposa, una sola vez, cuando empezamos a salir juntos. Le dije que estaba divorciado y que mi hijo había muerto. No hice ningún otro comentario. Ella no volvió a mencionarlo y nunca habló de niños.

Maldita sea, pense, creo que todas las mujeres tendrían que parir por lo menos una vez en la vida para ser felices. Aparté a Cassie de mi mente al penetrar en el aparcamiento del edificio de la policía y descender al nivel más bajo. Estaba oscuro y bastante fresco a pesar de aquella temprana oleada de calor primaveral. Terminé el cuaderno, recogí los talonarios de multas y me dirigí al despacho para dejar el cuaderno antes de quitarme el uniforme. Nunca ponía multas de tráfico, pero siempre me facilitaban talonarios. Dado que conseguía tan buenas detenciones por otro tipo de delitos, no me reprendían por no imponer multas.

Tras dejar el cuaderno en la bandeja del turno de día me entretuve con algunos jóvenes policías del turno de noche que querían saber cuándo iba a cambiar el turno, como se solía hacer en verano. Ellos también estaban al corriente de mis horarios. Todo el mundo los sabía. Me molestaba que todo el mundo estuviera tan al corriente de ellos. Los ladrones y rateros que tienen más éxito son los que cambian de horario. No le dan a uno la oportunidad de empezar a clavar pequeños alfileres en un plano para seguir sus movimientos. Ello me recordó a un viejo policía muy simpático llamado Nails Grogan que solía vigilar la Hill Street.

Hace cosa de quince años que, así por las buenas, empezó a crear por su cuenta una oleada de delitos. Estaba furioso con un estúpido teniente llamado Wall que teníamos entonces y que cada noche nos cantaba las cuarenta a la hora de pasar lista porque no evitábamos suficientes robos. Wall afirmaba que había demasiados alfileres rojos sobre robos nocturnos, sobre todo en la zona de la ronda de Grogan. Grogan siempre me decía que no creía que Wall leyera los informes de robos y que no tenía la menor idea de cuál era la situación. Así, pues, poco a poco Nails empezó a cambiar cada noche los alfileres antes de la hora de pasar lista, eliminando los alfileres de su zona y clavándolos en la zona Este. Al cabo de un par de semanas, Wall dijo a la hora de pasar lista que Grogan estaba llevando a cabo una labor muy meritoria en el problema de robos de su zona y empezó a reprender a los policías que trabajaban en los coches de la zona Este. Yo era el único que estaba al corriente de lo que Grogan hacía y ambos nos reímos como locos, hasta que Grogan fue demasiado lejos y creó tal oleada de robos en la zona Este que el teniente Wall se vio obligado a rogarle al capitán que pidiera la intervención de los equipos metropolitanos para agarrar a los ladrones. Al final se descubrió todo el engaño al no poderse encontrar los informes de los delitos correspondientes a los alfileres.

Wall fue trasladado al turno de día, que es nuestra tumba, en la vieja prisión de Lincoln Heights. Se retiró algunos años después. Nails Grogan jamás fue descubierto, pero estoy seguro de que Wall sabía quién le había fastidiado. Nails fue otro de los que vivieron muy pocos años tras retirarse. Se disparó un tiro. Me estremecí al pensarlo, lo aparté de mi imaginación y me dirigí al vestuario. Me quité el uniforme azul y me puse mi chaqueta deportiva, los pantalones grises y la camisa amarillo limón, sin corbata. En esta ciudad puede ir uno normalmente sin corbata al sitio que sea.

Antes de salir enchufé la maquinilla de afeitar y me suavicé un poco la cara. En el vestuario aún había un par de individuos. Uno de ellos era un joven y ambicioso ratón de biblioteca llamado Wilson que, como de costumbre, estaba leyendo sentado en el banco mientras se ponía ropa de paisano. Iba a la universidad tres o cuatro noches a la semana y siempre llevaba un libro de texto oculto en su cuaderno de notas. Se le podía ver hojeándolo constantemente en el bar o en la cafetería del piso de arriba. A mí también me gusta bastante leer, pero me hubiera molestado tener que hacerlo por obligación.

– ¿Qué estás leyendo? -le pregunté a Wilson.

– Ah, un poco de derecho penal -contestó Wilson, un muchacho delgado de frente despejada y grandes ojos azules. Estaba en período de prueba y llevaba menos de un año en la profesión.

– ¿Ya estudias para sargento? -le dijo Hawk, un engreído muchacho de anchos hombros, aproximadamente de la misma edad que Wilson, con dos años de servicio y atravesando el período más difícil.

– Tomo unas clases.

– ¿Te estás especializando en ciencias policiales? -le pregunté.

– No, ahora me estoy especializando en política. Tengo intención de estudiar derecho.

A mí no me parecía adecuado para esta disciplina y no creía que lo consiguiera. Me he acostumbrado a eso con los policías jóvenes, sobre todo con los que poseen cierta instrucción, como Wilson. No saben cómo comportarse cuando se encuentran ante los veteranos. Algunos se hacen los graciosos, como Hawk, en un intento de pavonearse ante un viejo policía de ronda. Lo único que consiguen es ponerse en ridículo. Otros se comportan con más humildad de la debida pensando que un viejo león como yo les echaría un zarpazo por cometer un error propio de novatos. Otros, como Wilson, se comportan como lo que son, pero, al igual que la mayoría de los jóvenes, piensan que un vejestorio que no ha conseguido llegar a sargento en veinte años debe ser casi un analfabeto y limitan generalmente la conversación a los asuntos básicos de la labor policial. Habitualmente se sienten cohibidos, como ahora se sentía Wilson, si tienen que reconocer que leen mucho. El abismo generacional es en esta profesión tan profundo como en cualquier otra, a excepción de una cosa: los riesgos del trabajo lo cierran muy pronto. Tras rozar unas cuantas veces el peligro, un chiquillo pierde buena parte de su inocencia. Pues en eso consiste realmente el abismo: en la inocencia.

– Contéstame una pregunta legal – dijo Hawk poniéndose unos vistosos pantalones. Somos demasiado militaristas para permitir las patillas de chuleta o los bigotes, de lo contrario seguro que llevaría-. Si uno comete suicidio, ¿puede ser acusado de asesinato?

– Nunca ha sucedido tal cosa -repuso Wilson sonriendo, mientras Hawk se reía y se ponía una camisa de terciopelo color melón.

– La culpa la tiene nuestra tolerante sociedad -dije yo, y Wilson me miró sonriendo.

– ¿Qué es este libro que tienes en el armario, Wilson? -pregunté señalándole un voluminoso libro encuadernado en rústica que guardaba en la estantería de arriba.

– Cañones de Agosto.

– Ah, sí, lo he leído -dije-. He leído cientos de libros acerca de la primera guerra mundial. ¿Te gusta?

– Sí -contestó, mirándome como si hubiera descubierto el eslabón que faltaba-. Lo leo porque estoy siguiendo un curso de historia.

– LeíLas Siete Columnas de la Sabiduría de T. E. Lawrence, cuando me dio el capricho de la primera guerra mundial. Palabra por palabra. Tenía entonces mapas y libros por toda la casa. Este pequeñajo sólo pesaba unos sesenta y cinco kilos, pero quince kilos correspondían al cerebro y veinte a sus pelotas. Era un caudillo nato.

– Un solitario -dijo Wilson, asintiendo y mirándome.

– Exacto. Eso es lo que yo pienso. Me hubiera gustado todavía más si no hubiese escrito tantos detalles íntimos que todo el mundo puede leer. Pero, por otra parte, si no lo hubiera hecho, yo tampoco habría podido apreciarle. A lo mejor un tipo así al final se harta de divertirse solo y tiene que contarlo para comprenderlo y ver si tiene algún significado.

– Quizá tendrías que escribir tus memorias cuando te retires, Bumper -me dijo Wilson, sonriendo-. Eres tan conocido por aquí como lo era Lawrence en Arabia.

– ¿Por qué no te especializas en historia? -le pregunté-. Si yo fuera a la universidad, haría esto. Creo que después de algunos cursos de derecho penal, todo debe ser un rollo con tanto delito, tantos contratos y tanto lío. Yo nunca podría meterme entre el polvo y las telarañas.

– Si a uno le gusta, resulta emocionante -dijo Wilson.

Pareció que Hawk se sentía molesto al verse excluido de la conversación. Se marchó.

– Quizá -dije-. Debiste estudiar bastante tiempo en la universidad cuando te incorporaste al Departamento, ¿eh?

– Dos años -repuso Wilson, asintiendo-. Ahora ya estoy a medio camino en mis estudios. Se tarda mucho cuando se es policía con plena dedicación y estudiante a ratos perdidos.

– Pero tú lo conseguirás -le dije, encendiendo un puro y sentándome en el banco mientras una parte de mi cerebro atendía al muchacho y la otra se preocupaba por otra cosa. Experimentaba la molesta sensación, que a veces puede resultar aterradora, de haber estado allí con él en otra ocasión, hablando igual que lo estábamos haciendo, o quizá con otra persona, y entonces pensé…, sí, era eso, su cabello arremolinado me recordaba al de Billy y experimenté una sensación de vacío en el estómago.

– ¿Cuántos años tienes, Wilson?

– Veintiséis -me dijo, y sentí un dolor que me obligó a frotarme el estómago. ¡Billy también tendría veintiséis años!

– Espero que tengas bien el estómago cuando llegues a mi edad. ¿Dónde hiciste el servicio?

– En el ejército.

– ¿Vietnam?

– Sí -dijo asintiendo.

– ¿No te gustó? -le pregunté, suponiendo que eso no debía gustarle a ningún muchacho.

– Lo que no me gustó fue la guerra. Me daba un miedo de muerte, pero servir en el ejército no me molestó tanto como imaginaba.

– Eso es lo que yo pensaba también -dije, sonriendo-. Serví en Marina ocho años.

– ¿Corea?

– No, soy más viejo -repuse-. Me incorporé en el cuarenta y dos y lo dejé en el cincuenta, entonces vine al departamento de policía.

– Estuviste mucho tiempo.

– Demasiado. La guerra también me asustaba mucho, pero a veces la paz es muy desagradable para un militar.

No le dije la verdad porque es posible que se sorprendiera, pero lo cierto es que la guerra measustaba, pero no me disgustaba. No es que me gustara precisamente, pero tampoco me disgustaba. Ya sé que está de moda que a uno no le guste la guerra y hubiera querido que me desagradara, pero me resultaba imposible.

– Cuando dejé Vietnam juré que jamás volvería a disparar un arma, y ahora soy policía. Imagínate -dijo Wilson.

Pensé que era significativo que me lo hubiera dicho. De repente, se había esfumado la diferencia de edad. Me estaba contando cosas que debía haber contado probablemente a sus jóvenes compañeros en las solitarias horas posteriores a las dos de la madrugada, cuando uno se esfuerza por mantenerse despierto, o cuando uno está «en el agujero» intentando esconder el coche-radio en alguna calleja en la que se pueda dormitar cómodamente una hora, aunque en realidad no se descanse. Siempre hay el temor de que le sorprenda a uno un sargento y, además, está la radio. ¿Y si uno se duermede verdad y se produce una llamada urgente y no la atiende?

– Es posible que cumplas veinte años de servicio sin haber disparado ni una sola vez -le dije.

– ¿Tú has tenido que disparar?

– Algunas veces -repuse, y él no insistió. Únicamente los individuos pertenecientes a la población civil son capaces de preguntar: «¿Qué se siente cuando se dispara contra alguien?», y todas estas tonterías que son completamente ridiculas, porque si se hace en la guerra o en calidad de policía, no se siente nada. Si uno hace lo que tiene que hacer, ¿por qué demonios tiene que sentir algo? Yo nunca he sentido nada. Cuando se supera el temor por la propia vida y desciende la adrenalina, nada. Pero por lo general la gente no soporta la verdad, porque resulta un relato aburrido; por consiguiente suelo responder con tópicos.

– ¿Vas a seguir en la profesión cuando termines Derecho?

– Si termino es posible que la deje -contestó, riéndose-. Pero me parece que no conseguiré terminar.

– A lo mejor entonces no querrás dejarla. Es un trabajo muy raro. Es… intenso. Hay algunos que no lo dejarían ni que tuvieran millones.

– ¿Y tú?

– Ah, yo voy a arrancarme el broche -contesté-. Casi ya me he marchado. Pero este trabajo cala hondo. Ver a la gente tan expuesta al peligro y tan vulnerable… Y no hay como detener a un buen delincuente, cuando se tiene instinto.

Me miró unos momentos y después me dijo:

– Rogers y yo conseguimos detener a un buen sospechoso el mes pasado. Se le atribuían cinco robos a mano armada. Llevaba oculta una pistola del 7,65 en la parte interior del cinturón cuando le detuvimos para imponerle una multa de tráfico. Nos infundió sospechas porque sudaba y tenía la boca seca mientras hablaba con nosotros. Es estupendo detener a un tipo así, sobre todo cuando no sabes lo cerca que estás de él. Estaba allí sentado mirándonos a Rogers y a mí, midiéndonos, pensando en saltarnos la tapa de los sesos. Lo comprendimos más tarde, lo cual hace más emocionante la detención.

– Eso forma parte del trabajo. Se siente uno más vivo. Oye, hablas como si estuvieras bumperizado y eso que yo no te he adiestrado.

– Trabajamos juntos una noche, ¿recuerdas? -me dijo Wilson-. La primera noche que había salido de la academia. Tenía más miedo de ti que de los delincuentes.

– Es cierto,trabajamos juntos. Ahora recuerdo -mentí.

– Bueno, será mejor que empiece a marcharme -dijo Wilson, y yo me sentí decepcionado-. Tengo que ir a clase. He de entregar dos trabajos la semana que viene y ni siquiera los he empezado.

– Ten constancia, Wilson. Persevera -le dije mientras cerraba mi armario.

Me dirigí al aparcamiento y decidí beber un trago en el bar de mi barrio junto a Silverlake antes de ir a casa de Cruz. El propietario era un viejo amigo mío que había sido dueño de un bar decente en la zona de mi ronda del centro de la ciudad, antes de adquirir éste. Ya no pertenecía a mi ronda, claro, pero seguía invitándome, creo que por costumbre. A la mayoría de propietarios de bares no les gusta invitar a demasiados policías porque éstos se aprovechan y entonces vienen tantos al cuchitril de uno que no se tiene más remedio que cerrar las puertas. Harry sólo me invitaba a mí y a algunos detectives que conocía muy bien.

Eran las cinco en punto cuando aparqué mi Ford 1951 frente al establecimiento de Harry. Había comprado el coche por estrenar y aún lo conservaba. Casi veinte años y sólo había hecho doscientos mil kilómetros, con el mismo motor. Nunca iba a ninguna parte, excepto en vacaciones o cuando hacía alguna excursión al río para pescar. Desde que había conocido a Cassie utilizaba el coche más que antes, pero incluso con Cassie no solía ir muy lejos. Solíamos ir al cine a Hollywood o al Music Center a ver ópera ligera, o al Bowl para asistir a algún concierto, que era lo que Cassie prefería, o al estadio de los Dodger, que era lo que prefería yo. A menudo íbamos a bailar al Strip, Cassie bailaba bien. Efectuaba todos los movimientos, pero no conseguía que su cuerpo se soltara. Cassie no podía evitar pensar. Una de las cosas de las que pensaba que no iba a desprenderme cuando abandonara Los Ángeles era mi Ford. Quería ver cuánto puede vivir un coche si se le trata bien.

Harry estaba solo cuando entré en la pequeña taberna que disponía de una mesa de billar, unos cuantos reservados tristones y una docena de taburetes junto a la barra. El negocio no se le daba bien en aquella vecindad. El local aparecía silencioso, fresco y oscuro, y yo me alegré de que fuera así.

– Hola, Bumper -me dijo él sacándome una cerveza y un vaso helado.

– Buenas tardes, Harry -contesté tomando un puñado de «pretzels» [2] de una de las bandejas que tenía encima de la barra. El de Harry era uno de los pocos tugurios que quedaban en los que uno podía conseguir efectivamente algo gratis, como los «pretzels», por ejemplo.

– ¿Qué tal van las cosas, Bumper?

– Las mías siempre van bien, Harry -contesté. Es lo que siempre contestan los policías cuando se les hacen preguntas semejantes.

– ¿Ha sucedido algo emocionante en la ronda últimamente?

Harry debía tener unos setenta años, era un sujeto pequeñajo y feo, de huesudos omóplatos, que andaba como a saltitos por el bar como si fuera un viejo gorrión.

– Vamos a ver -dije, procurando pensar en algún chismorreo. Puesto que había sido propietario de un bar en el centro, Harry conocía a muchas de las personas que conocía yo-. Sí, ¿te acuerdas de Frog LaRue?

– ¿Aquel pequeño drogado que siempre caminaba encorvado?

– Ése.

– Sí -dijo Harry-. Debo haberle sacado a patadas de mi establecimiento un millón de veces tras haberme dicho tú que traficaba en la droga. Nunca pude comprender por qué le gustaba cerrar tratos en mi bar.

– Le han disparado un tiro -dije.

– ¿Qué ha hecho? ¿Intentar venderle a alguien azúcar en polvo en lugar de droga?

– No, le detuvo un policía de la sección de narcóticos.

– ¿Sí? Pero, ¿por qué disparó contra Frog? No podía hacer daño más que a sí mismo.

– Todos pueden hacer daño a alguien, Harry -contesté-. Pero en este caso fue un error. El viejo Frog siempre dejaba una navaja en el antepecho de la ventana de la habitación del hotel en que se alojaba. Y dejaba siempre la ventana abierta aunque fuera en pleno invierno. Era su costumbre. Si llamaba a la puerta alguien que él sospechaba que pudiera ser un policía, Frog hendía la persiana y arrojaba la droga y los pertrechos por la ventana. Una noche, los policías acudieron al lugar tras haberse enterado por un informador de que Frog tenía drogas y el viejo Frog arrojó una bolsa de droga por la ventana. Tuvo que hender la persiana para hacerlo y cuando entró precipitadamente el policía del departamento de narcóticos, lo hizo con tal furia que casi fue a parar a la cama de Frog. Éste se encontraba acurrucado en la misma con la navaja en la mano. El compañero que entró en segundo lugar sacó el arma y allí acabó todo: le metió dos balas casi juntas en el pecho. -Me acerqué el puño al pecho, a la derecha del corazón, para mostrar dónde le habían dado.

– Espero que al menos el pobre bastardo no sufriera.

– Vivió dos días. Les contó a los detectives el sistema de la navaja y juró que jamás se le hubiera ocurrido acuchillar a un policía.

– Pobre bastardo -dijo Harry.

– Por lo menos murió igual que vivió. Cargado de droga. Me ha dicho uno de los detectives que le dieron una buena dosis de morfina. Dicen que al final el viejo Frog, tendido allí con dos grandes agujeros en el pecho, parecía efectivamente dichoso.

– ¿Y por qué el Estado no les facilita droga a estos pobres bastardos como Frog? -dijo Harry, entristecido.

– Es el nivel que alcanzan para sentirse a gusto. Llegan a grados de tolerancia tales que se haría necesario seguir aumentando las dosis hasta darles unas cantidades capaces de convertir a un King-Kong en un gatito. Y los sustitutivos de la heroína de nada le sirven a un toxicómano empedernido. Quiere lo auténtico. Muy pronto habría que administrarle dosis que le matarían de todos modos.

– Qué demonios, pero se sentirían mejor. Algunos de ellos es probable que no lo lamentaran.

– En eso tengo que darte la razón. Es bien cierto.

– Ojalá que hubiera venido esa perra -murmuró Harry mirando el reloj del bar.

– ¿De quién hablas?

– Irma, la tonta camarera que contraté la semana pasada. ¿No la has visto todavía?

– No creo -dije, sorbiendo la cerveza. Estaba tan fría que me provocó dolor en los dientes.

– Es muy sensual -dijo Harry-, un demonio, ¿sabes? Hasta los ojos te robaría si la dejaras. Pero un buen cuerpo. Me gustaría abrirla como una escopeta y acostarme con ella.

– Pensaba que me habías dicho que ya eras viejo para estas cosas -dije, lamiéndome la espuma del labio superior y terminándome de beber el vaso, que Harry se apresuró a llenarme de nuevo.

– Y lo soy, bien lo sabe Dios, pero de vez en cuando experimento esta terrible necesidad, sabes a qué me refiero, ¿no? A veces, cuando ya voy a cerrar y estoy solo con ella… Hace un par de años que no me acuesto con mi mujer, pero te juro que cuando estoy con Irma experimento esta necesidad como si fuera un joven semental. Tan viejo no soy, ¿sabes? De ninguna manera. Pero ya conoces cómo anda mi salud. Últimamente he tenido este problema de próstata. Sin embargo, cuando estoy al lado de Irma me animo enormemente. Me parece que podría acostarme con lo que fuera, desde un burro a un vaquero.

– Tendré que ver a esa mujer -dije, sonriendo.

– ¿No me la quitarás, verdad, Bumper?

Al principio pensé que bromeaba, pero después me percaté de la expresión de desespero pintada en su rostro.

– No, claro que no, Harry.

– Creo de veras que con ella podría hacerlo, Bumper. Últimamente me he sentido muy deprimido, sobre todo con esto de la próstata, pero con Irma podría volver a serhombre.

– Pues claro, Harry.

En el transcurso del pasado año había observado el cambio gradual que se había ido produciendo en él. A veces olvidaba recoger el dinero de la barra, lo cual era insólito en él. Confundía los nombres de los clientes y a veces contaba cosas que ya te había contado la última vez. Sobre todo, repetía las cosas. Algunos clientes lo habían comentado también conmigo cuando jugábamos al billar lejos del alcance de su oído. Harry estaba envejeciendo, lo cual no sólo era triste, sino que, además, era temible. Experimenté un hormigueo que me recorría la piel. Me pregunté cuánto tiempo podría seguir regentando el establecimiento. Dejé un cuarto de dólar sobre la barra y, claro, él lo recogió sin darse cuenta. Era la primera vez que pagaba un trago en casa de Harry.

– Mi mujer no durará mucho, Bumper. ¿Te he dicho que los médicos sólo le dan un año de vida?

– Sí, ya me lo has dicho.

– Un hombre de mi edad no puede estar solo. Esta cosa de la próstata… A veces tengo que estarme de pie veinte minutos antes de poder hacer unas gotas. Y no sabes lo bonito que es sentarse a jugar un rato. ¿Sabes, Bumper?, poder jugar es una maravilla.

– Creo que sí.

– Con una mujer como Irma podría hacerlo muy bien. Irma podría hacerme joven de nuevo.

– Claro.

– Si uno está solo cuando se hace viejo acaba pudriéndose muy pronto en un ataúd antes de lo que piensa. Hay que tener a alguien que le mantenga a uno vivo. De lo contrario se puede uno morir sin darse cuenta. ¿Entiendes lo que quiero decir?

– Sí.

Me resultaba tan deprimente estar allí con Harry que decidí marcharme justo en el momento en que entraba uno de los chiflados locales.

– Hola, Freddie -dije, mientras él miraba a través de las gruesas gafas hacia la oscuridad.

– Hola, Bumper -contestó Freddie, reconociéndome la voz antes de acercarse lo suficiente para poderme ver a través de sus gafas de montura de concha y un centímetro de grosor. Resultaba inconfundible su voz gangosa que acababa atacándole a uno los nervios al cabo de un rato. Freddie se acercó cojeando y apoyó sus dos manos artríticas sobre la barra sabiendo que yo iba a invitarle a un par de tragos.

– Una de fría para Freddie -dije, temiendo de repente que Harry ni siquiera le reconociera. Pero era ridículo, pensé dejando un dólar sobre la barra: el deterioro de Harry era incipiente. Yo tenía por costumbre invitar a beber cuando había suficientes personas en la barra como para que Harry pudiera ganar un poco de dinero, pero lo malo es que ahora raras veces había más de dos o tres clientes en su local. Me parece que la gente huye de un hombre cuando éste empieza a morirse.

– ¿Cómo van las cosas, Bumper? -me preguntó Freddie sosteniendo el pichel con manos cuyos dedos parecían ramas retorcidas.

– Mis cosas van siempre bien, Freddie.

Freddie gangueó y se rió. Le miré unos segundos mientras bebía. Experimentaba ardor de estómago y Harry me tenía horrorizado. De repente Freddie también se me antojó viejo. ¡Dios mío, si por lo menos debía tener sesenta y cinco años! Nunca había considerado a Freddie un hombre mayor, pero de repente lo era. Eran unos viejecitos. Ahora yo no tenía nada en común con ellos.

– ¿Las chicas te tienen muy ocupado últimamente, Bumper? -preguntó Harry guiñándome el ojo. No estaba al corriente de lo de Cassie y tampoco sabía que había dejado de andar detrás de las mujeres desde que la había conocido.

– A este respecto he aminorado un poco la marcha, Harry -repuse.

– No lo hagas, Bumper -me dijo Harry ladeando la cabeza y asintiendo como un pájaro-. El arte amatorio es algo que se pierde si no se cultiva. Cuando los músculos del ojo se relajan, te ponen bifocales, como a Freddie. Si se relajan los músculos del amor, ¿qué puede hacerse?

– A lo mejor está haciéndose viejo, Harry -dijo Freddie apartando a un lado el pichel vacío en un intento de entregárselo a Harry con sus retorcidas manos.

– ¿Viejo? ¿Bromeas? -dije.

– ¿Y tú, Freddie? -preguntó Harry-. ¿No tendrás artritis aquí abajo, verdad? ¿Cuándo fue la última vez que te acostaste con una mujer?

– Aproximadamente por la época en que tú lo hiciste por última vez -repuso Freddie, secamente.

– Mierda, antes de que mi Flossie se pusiera enferma, yo lo hacía con ella todas las noches. Justo hasta que se puso enferma, y eso que entonces tenía sesenta y ocho años.

– ¡Jo! -exclamó Freddie derramándose un poco de cerveza por los nudosos dedos-. En los últimos veinte años no has podido hacer otra cosa más que mirar y sobar aquí y allá de vez en cuando.

– Sí, ¿verdad? -dijo Harry, asintiendo con vehemencia, como un pájaro que se estuviera muriendo de hambre frente a una bandeja de comida-. ¿Sabes lo que le hice aquí una noche a Irma? ¿Lo sabes?

– ¿Qué?

– Pues hice todo lo que un hombre puede hacer con una mujer. ¿Qué te parece, necio?

– Jo, jo, jo -rió Freddie, que ya estaba animado cuando entró y ahora lo estaba más.

– Lo único que puedes hacer tú es leerlo en estos libros sucios -dijo Harry-; yo no lo leo, ¡lo hago!

– Jo, jo, jo -volvió a reír Freddie-. No me creo nada, absolutamente nada de todo esto. En realidad, viejo, tendrías que reconocer que ya no estás para estos trotes. ¡Jo, jo, jo!

– ¿A qué viene esta discusión? -les grité a los dos. Me estaba empezando a doler la cabeza-. Dame un par de aspirinas, ¿quieres, Harry? -Éste le dirigió al sonriente Freddie una mirada despectiva y me trajo un frasco de aspirinas y un vaso de agua sin dejar de murmurar por lo bajo.

– ¿Dónde vas, Bump? ¿De jarana? -dijo Harry socarronamente, guiñándole el ojo a Freddie y olvidando que estaba enojado con él.

– Voy a cenar a casa de un amigo.

– Te está esperando un buen bocado, ¿eh? -dijo Harry volviendo a asentir.

– Esta noche, no. Será una cena tranquila.

– Cena tranquila -dijo Freddie-. Jo, jo, jo.

– ¡Vete al infierno, Freddie! -dije yo, enojándome momentáneamente mientras él sorbía su cerveza. Despues pensé: Dios mío, también me estoy volviendo loco.

Sonó el telefono y Harry entró en la trastienda para contestar. Al cabo de unos segundos empezó a disputar con alguien y Freddie me miró sacudiendo la cabeza.

– Harry está yendo cuesta abajo muy rápido, Bumper.

– Lo sé; entonces, ¿por qué enfurecerle?

– No es ésa mi intención -dijo Freddie-. A veces me hace perder los estribos porque se comporta de una forma muy desagradable. Me han dicho que los médicos esperan que Flossie se muera. Cualquier día de éstos.

Pensé en cómo era hace diez años, una mujer gruesa y ruda, llena de energía, chistosa. Preparaba unos bocadillos fríos tan buenos que yo solía cenar con ellos por lo menos una vez a la semana.

– Harry no podrá vivir sin ella -dijo Freddie-. Desde que ella ingresó en el hospital el año pasado, se ha ido infantilizando cada vez más, ¿te has dado cuenta?

Me terminé la cerveza y pensé: tengo que marcharme de aquí.

– Eso sólo les sucede a los tipos como Harry y yo. Cuando amas a alguien y le necesitas tanto, sobre todo cuando eres viejo, y le pierdes, te pasa eso. Es lo peor que puede suceder cuando el cerebro de uno se pudre, como el de Harry. Es mejor que el cuerpo se vaya como el de Flossie. La que tiene más suerte es Flossie, ¿sabes? Tú también tienes suerte. No amas a nadie y no estás casado más que con la placa. A ti nunca podrá sucederte nada, Bumper.

– Sí, pero, ¿y cuando uno se hace viejo para el trabajo, Freddie? ¿Entonces, qué?

– En eso no había pensado, Bumper. -Freddie inclinó el pichel y se le escurrió un poco de cerveza por la barbilla. Se lamió un poco de espuma que le había caído en un nudillo-. En eso no había pensado, pero creo que no tienes por qué preocuparte. Si te haces viejo y sigues andando por ahí como lo haces, alguien acabará despanzurrándote. Puede que te suene cruel, pero qué demonio, Bumper, mira a este viejo bastardo. -Agitó una retorcida garra en dirección a Harry que seguía gritando al teléfono-. Fornicando con la imaginación y un trozo de piel muerta. Mírame a mí. Qué demonio, morir en la ronda no sería lo peor, ¿no crees?

– ¿Sabes por qué vengo a este sitio, Freddie? Porque es el establecimiento de bebidas más divertido de Los Ángeles. Sí, la conversación resulta estimulante y el ambiente es de lo más alegre.

Harry regresó antes de que yo hubiera podido marcharme.

– ¿Sabes quién era, Bumper? -me dijo con los ojos vidriosos y las mejillas pálidas. Había sufrido acné de joven y ahora las cenicientas mejillas se le veían como corroídas.

– ¿Quién era? -dije, suspirando-. ¿Irma?

– No, era del hospital. He gastado hasta el último céntimo que tenía y ahora la van a poner en una gran sala junto con otros miles de viejos que se mueren. Y aún tengo que pagar dinero por una u otra cosa. ¿Sabes?, cuando Flossie muera no me quedará dinero ni para enterrarla. He tenido que cancelar el seguro. ¿Cómo podré enterrar a Flossie, Bumper?

Empecé a decir algo para tranquilizar a Harry, pero escuché unos sollozos y vi que Freddie había empezado a gimotear. Momentos después empezó también Harry. Dejé cinco dólares sobre la barra para que Freddie y Harry se emborracharan y me alejé de los dos sin ni siquiera decirles adiós. Nunca he comprendido cómo hay gente que puede trabajar en hospitales psiquiátricos, asilos de ancianos o sitios parecidos sin volverse loca. Tras haber permanecido una hora en compañía de estos dos tipos me sentía majareta perdido…

8

Diez minutos más tarde conducía mi Ford en dirección Norte por la Autopista Dorada del Estado y empecé a desear comer las enchiladas que preparaba Socorro. Llegué a Eagle Rock al anochecer y aparqué delante de la vieja casa de dos pisos con el bonito césped y jardín con flores a los lados. Me estaba preguntando si Socorro habría plantado este año verduras en la parte de atrás cuando vi a Cruz en el salón, de pie junto a la ventana. Abrió la puerta y salió al porche vestido con una camisa deportiva marrón, unos viejos pantalones y zapatillas. Cruz no tenía que vestirse para mí, y a mí me gustaba venir y ver que todos iban cómodos porque me daba la sensación de ser de la familia, cosa que era en cierto modo. La mayoría de policías solteros tienen algún sitio como la casa de Cruz al que ir de vez en cuando. Como es natural, uno puede acabar bastante mal si vive siempre en la ronda y no pasa algún rato con personas decentes. Se busca por tanto a algún amigo o pariente con familia para repostar la cantidad de fe que es necesaria para vivir.

Yo llamaba a Cruz «mi viejo patrón» porque cuando salimos de la academia de policía hace veinte años, yo me trasladé a vivir a esta casa tan grande con él y Socorro. Dolores era una niña pequeña y Esteban poco mayor. Estuve en una habitación del piso de arriba más de un año y contribuía a los gastos de la casa, hasta que terminamos de pagarnos los uniformes y las armas y pudimos ser ambos económicamente independientes. No fue un mal año y nunca olvidaré la forma de guisar de Socorro. Siempre decía que prefería guisar para un hombre como yo, que apreciaba su talento culinario, que para un tipo canijo como Cruz que nunca comía demasiado y no sabía apreciar la buena comida. Socorro era una muchacha esbelta entonces, tenía doce años menos que Cruz, es decir diecinueve, y ya con dos hijos, y el marcado acento de El Paso que es como el del mismo México. Creo que han vivido bien hasta que Esteban insistió en incorporarse al ejército y murió hace dos años. Después de esto ya no fueron los mismos. Nunca serían los mismos.

– ¿Cómo estás, oso [3] -me dijo Cruz mientras yo subía los peldaños de hormigón del porche.

Sonreí porque Socorro había sido la que había empezado a llamarme «oso» en aquella época, e incluso ahora algunos de los policías siguen llamándome «oso» según el apodo que me sacó Socorro.

– ¿Te sientes bien, Bumper? -me preguntó Cruz-. Me han dicho que estos muchachos te han hecho pasar un mal rato en la manifestación de hoy.

– Estoy bien -repuse-. ¿Qué te han dicho?

– Que te han molestado un poco. Hijos de… ¿Por qué se mete en estas cosas un hombre de tu edad? ¿Por qué no me haces caso y te limitas a encargarte de las llamadas de radio y dejas que los policías jóvenes se encarguen de los militantes y de todo el trabajo difícil?

– Contesté a una llamada de radio. Así es como empezó. Eso es lo que me pasa por tener la radio encendida.

– Entra, obstinado bastardo -me dijo Cruz sonriendo y abriéndome la puerta de madera tipo persiana. ¿Dónde podía encontrarse ahora una puerta de madera tipo persiana? Era una casa vieja, pero estaba bien conservada. Me gustaba mucho. En cierta ocasión Cruz y yo alisamos toda la madera del salón, hasta el suelo de madera dura, y lo dejamos todo como nuevo.

– ¿Qué tenemos? -me preguntó Cruz alisándose el abundante cabello gris negro y señalándome la cocina.

– Bueno, vamos a ver -dije yo, aspirando. Aspiré un poco más y después aspiré una gran bocanada. En realidad no podía decirlo porque el chile y la cebolla hacen difícil la diferenciación; adiviné por tanto fingiendo estar seguro.

– Chile relleno, carnitas y cilantro y cebolla. Y… vamos a ver… unas enchiladas y un poco de guacamole.

– Me rindo -dijo Cruz sacudiendo la cabeza-. Lo único que te has dejado es elarroz con fríjoles.

– Hombre, Cruz, elarroz con fríjoles, por descontado.

– Olfato de animal.

– ¿Sukie está en la cocina?

– Sí, los chicos están en el patio de atrás, algunos de ellos.

Atravesé el gran comedor para dirigirme a la cocina y vi a Socorro de espaldas a mí echando una gran cucharada de arroz en cada uno de los dos cuencos que se encontraban encima del escurridero. Estaba muy bien al cabo de veinte años y de haber tenido nueve hijos. Tenía el cabello tan largo, negro y brillante como siempre y aunque debía haber engordado diez kilos, seguía siendo una muchacha fuerte y alegre con la dentadura más blanca que jamás he visto. Me acerqué por detrás y le hice cosquillas en la espalda.

– ¡Ay! -exclamó ella soltando la cuchara-. ¡Bumper!

La abracé por la espalda mientras Cruz se reía y decía:

– No le has podido dar una sorpresa: lo ha olido desde la puerta y ha sabido todo lo que le habías preparado.

– Esto no es un hombre -dijo ella sonriendo-, no hay ningún hombre que tenga un olfato así.

– Eso mismo he dicho yo -repuso Cruz.

– Siéntate, Bumper -me dijo Socorro señalándome la mesa que, a pesar de lo grande y vieja que era, se veía como perdida en la inmensa cocina. Yo había visto aquella cocina cuando ni siquiera había un caminito por el que pasar el día siguiente a Navidad cuando los niños eran pequeños y yo les traía juguetes. Los niños y los juguetes cubrían literalmente todo el linóleum y ni siquiera se podía ver el suelo.

– ¿Cerveza, Bumper? -me preguntó Cruz y abrió dos de frías sin esperar mi respuesta.

Aún nos gustaba bebérnoslas directamente de la botella y casi me terminé la mía sin apartármela de la boca. Y Cruz, que conocía tan bien mis costumbres, me abrió otra.

– Cruz me ha contado la noticia, Bumper. Me he alegrado mucho -dijo Socorro con los ojos llorosos cortando una cebolla.

– Lo de que te retiras en seguida y te vas con Cassie cuando ella se marche -dijo Cruz.

– Eso está bien, Bumper -dijo Socorro-. No tiene sentido que te quedes aquí cuando Cassie se haya marchado. Eso me tenía preocupada.

– Sukie temía que tuputa volviera a seducirte estando Cassie en San Francisco y tú aquí abajo.

– ¿Puta?

– La ronda -dijo Cruz tomando un sorbo de cerveza-. Socorro siempre la llama laputa de Bumper.

– ¡Cuidado! -le dijo Socorro a Cruz-. Los niños están debajo de la ventana.

Les oí reír y entonces Nacho gritó algo y las niñas chillaron.

– Puesto que te vas, podemos hablar de ella, ¿no es cierto, Bumper? -me dijo Cruz, riéndose-. Esta ronda es una puta que te ha seducido todos estos años.

Entonces comprendí por su sonrisa y su voz que Cruz había estado bebiendo un poco antes de mi llegada. Miré a Socorro y ésta asintió, diciéndome:

– Sí, el viejoborracho lleva bebiendo desde que ha vuelto del trabajo. Quiere celebrar la última cena de soltero de Bumper, dice.

– No te enfades con él -le contesté yo, sonriendo-. No suele emborracharse con mucha frecuencia.

– ¿Quién está borracho? -preguntó Cruz, indignado.

– Vas por este camino,pendejo -le dijo Socorro, y Cruz farfulló algo en español y yo me reí y me terminé la cerveza.

– Si no hubiera sido por estaputa, Bumper sería un capitán ahora.

– Claro -contesté yo dirigiéndome al refrigerador y sacando otras dos cervezas para Cruz y para mí-. ¿Quieres una, Sukie?

– No, gracias -repuso Socorro, y Cruz eructó un par de veces.

– Creo que voy a salir a ver a los niños -dije, y entonces recordé los regalos que tenía en el coche y que había comprado el lunes tras invitarme Cruz a cenar.

– Hola, pillastres -dije al salir, y Nacho gritó «Buuuuuumper» deslizándose hacia mí colgado de una cuerda atada a una de las ramas de un gran roble que cubría casi todo el patio.

– Has crecido tanto como para comer heno y tirar de un carro, Nacho -le dije.

Cuatro de ellos corrieron hacia mí parloteando animadamente y con los ojos brillantes porque sabían muy bien que nunca venía a cenar sin traerles algo.

– ¿Dónde está Dolores? -pregunté.

Ahora era mi preferida, la mayor después de Esteban, y era el vivo retrato de su madre. Estudiaba en la universidad, quería licenciarse en física y era la novia de un compañero de clase.

– Dolores ha salido con Gordon, ¿con quién, si no? -dijo Ralph, un niño regordete de diez años, el más pequeño de la familia, que era un demonio y andaba siempre armando un terrible alboroto.

– ¿Dónde está Alice?

– En la casa de al lado jugando -volvió a contestar Ralph. Vi que los cuatro, Nacho, Ralph, María y Marta estaban a punto de reventar, y aunque me hacía gracia, me daba pena hacerles pasar aquel calvario.

– Nacho -dije con indiferencia-, ¿quieres tomar las llaves del coche y sacar unas cosas del portamaletas?

– Yo le ayudaré -gritó Marta.

– Lo haré yo -dijo María, saltando. Era una preciosa chiquilla de once años vestida con traje rosa, calcetines rosa y zapatos de charol. Era la más bonita y algún día sería una maravilla.

– Iré solo -dijo Nacho-. No necesito ayuda.

– ¡Un cuerno no necesitarás! -exclamó Ralph.

– Ten cuidado como hablas, Rafael -dijo María, y yo tuve que volverme para no reírme ante la forma en que Ralph le sacó la pequeña y regordeta lengua.

María añadió:

– Mamá, Ralph ha hecho una cosa sucia.

– Chivata -dijo Ralph corriendo hacia el coche con Nacho.

Regresé a la cocina riéndome y Cruz y Socorro me sonrieron porque sabían lo mucho que me agradaban sus hijos.

– Acompaña a Bumper al salón, Cruz -dijo Socorro-. La cena aún tardará veinte minutos.

– Vamos, Bumper -dijo Cruz sacando cuatro cervezas frías del refrigerador y un abridor de botellas-. No sé por qué tienen que ser unas tiranas las mujeres mexicanas cuando se hacen mayores. ¡Son tan buenas y obedientes de jóvenes!

– Mayores. ¡Vamos! Escucha al viejo, Bumper -dijo ella agitando una cuchara de madera en su dirección mientras ambos nos dirigíamos hacia el salón; me dejé caer en el sillón preferido de Cruz porque él insistió. Acercó la otomana y me hizo poner los pies encima.

– ¡Caramba, Cruz!

– Esta noche tenemos que darte tratamiento especial, Bumper -dijo él abriéndome otra botella de cerveza-. Pareces muy cansado y es posible que tardemos mucho tiempo en verte.

– Sólo viviré a una hora de distancia por avión. ¿Crees que Cassie y yo no vamos a venir a Los Ángeles de vez en cuando? ¿Y crees que tú y Socorro y los niños no vais a subir a vernos?

– ¿Todo el pelotón? -preguntó él, riéndose.

– Vamos a vernos muy a menudo, no te quepa duda -dije luchando contra el mal humor que experimentaba porque comprendía que probablemente no íbamos a vernos con demasiada frecuencia.

– Sí, Bumper -dijo Cruz sentado frente a mí en otro viejo sillón, casi tan gastado y cómodo como el mío-. Temía que esta perra celosa no te soltara nunca.

– ¿Te refieres a la ronda?

– Exactamente.

Ingirió varios tragos de cerveza y yo pensé en lo mucho que iba a echarle de menos.

– ¿A qué viene tanto filosofar esta noche? ¿Llamar puta a la ronda y todo eso?

– Esta noche me siento poeta.

– Y esta noche también has bebido algo más que una pequeñacerveza.

Cruz me guiñó el ojo y miró hacia la cocina donde podía escucharse trajinar a Socorro. Se acercó a una vieja arca de caoba que se encontraba en el comedor y sacó del estante del fondo una botella medio vacía demezcal.

– ¿Ésta que tiene un gusano dentro?

– Si lo tenía, me lo he bebido -murmuró él-. No quiero que Sukie me vea beberlo. Aún no estoy del todo bien del hígado y no debiera hacerlo.

– ¿Eso es lo que compraste en San Luis? ¿Cuando fuiste de vacaciones?

– Eso, lo que queda.

– Si bebes de eso no te hará falta hígado.

– Es bueno, Bumper. Toma, prueba un par de tragos.

– Lo prefiero con sal y limón.

– Traga. Eres unmacho, maldita sea. Bebe como lo que eres.

Ingerí tres buenos tragos y algunos segundos después de que me llegaran al fondo lo lamenté y tuve que vaciar la botella de cerveza mientras Cruz se reía y sorbía lentamente a su vez.

– Maldita sea -resollé, y después el fuego se extinguió y las entrañas se me desenroscaron y me sentí bien. Al poco rato me sentí mejor. Era la medicina que necesitaba mi cuerpo.

– En México no siempre tienen a mano sal y limón -dijo Cruz ofreciéndome de nuevo el mezcal-. Los verdaderos mexicanos lo mezclan simplemente con saliva.

– No me extraña que sean tan bastardos -resollé yo tomando otro sorbo, pero esta vez sólo uno, y devolviéndole la botella.

– ¿Ahora cómo te encuentras,mano? -rió Cruz, y su tonta risa de beodo me hizo reír a mí también.

– Me encuentro casi tan bien como tú -contesté, y vertí un poco de cerveza al pozo ardiente que era mi estómago. Pero era un fuego completamente distinto al que provoca la acidez de estómago, era un fuego amable y cuando se apagaba era estupendo.

– ¿Tienes apetito? -preguntó Cruz.

– ¿Es que acaso no tengo siempre?

– Ya lo creo -dijo él-, te apetece casi todo. Siempre. Muchas veces he pensado que ojalá fuera como tú.

– ¿Como yo?

– Siempre celebrándolo todo con comidas. Lástima que no puedas seguir. Pero no puedes. Me alegro mucho de que te vayas.

– Estás borracho.

– Lo estoy. Pero sé de qué estoy hablando,mano. Cassie te fue enviada. Yo recé por ello.

Entonces Cruz se metió la mano en el bolsillo para buscar el pequeño estuche de cuero. Guardaba en el mismo el rosario de negras cuentas grabadas que llevaba como amuleto. Comprimió el suave cuero y volvió a guardárselo.

– ¿Proceden realmente estas cuentas de Jerusalén?

– Ya lo creo, no es un camelo. Me lo regaló un misionero por haber quedado en primer lugar en mi colegio de El Paso. «Primer premio en ortografía a Cruz Guadalupe Segovia», dijo el padre delante de todo el mundo, y aquel día creí morir de felicidad. Apenas tenía trece años. Consiguió el rosario en Tierra Santa y lo había bendecido el papa Pío XI.

– ¿A cuántos chicos ganaste para este premio?

– Entraron seis en el concurso. En toda la escuela sólo había setenta y cinco en total. No creo que los demás concursantes hablaran inglés. Pensaban que el concurso sería en español, pero no lo fue y gané yo.

Ambos nos reímos.

– Yo nunca he ganado nada, Cruz. En eso me llevas ventaja.

Era sorprendente pensar que todo un hombre como Cruz pudiera llevar consigo aquel rosario de madera. ¡En estos tiempos!

Entonces se abrió la puerta principal y al salón se llenó de siete chiquillos que gritaban porque esta noche sólo estaba ausente Dolores, y Cruz sacudió la cabeza y se reclinó tranquilamente en su asiento bebiéndose la cerveza. Socorro entró en el salón para regañarme por haber comprado todos aquellos regalos, pero los ruidosos niños no permitían oír nada.

– ¿Son auténticas carrilleras de Liga? -preguntó Nacho mientras yo le colocaba el casco de bateador y le ajustaba las carrilleras que sabía que tiraría en cuanto los otros chiquillos le dijeran que los grandes jugadores no llevan carrilleras.

– ¡Mira! ¡Minipantalones! -gritó María sosteniéndolos sobre su cuerpo adolescente.

Eran deportivos, de tejido grueso azul, con pato y bolsillos aplicados.

– ¿Minipantalones? -preguntó Cruz-. ¡Oh, no!

– Si hasta los llevan en el colegio, papá. En serio. ¡Pregúntale a Bumper!

– Pregúntale a Bumper -masculló Cruz, y bebió un poco más de cerveza.

Los mayores también estaban allí, Linda, George y Alice, todos adolescentes, estudiantes de bachillerato y, naturalmente, les había comprado ropa. A George le había comprado una caja de camisas de manga larga en colores de moda y por la expresión de sus ojos comprendí que no hubiera podido escoger nada mejor.

Tras haberme dado los chicos las gracias una docena de veces, Socorro les ordenó que lo guardaran todo y nos llamó a cenar. Nos sentamos todos juntos en distintas clases de sillas alrededor de la gran mesa rectangular de roble que debía pesar una tonelada. Lo sé porque ayudé a Cruz a meterla en la casa hace doce años, cuando no podía preverse cuántos chicos iban a acomodarse a su alrededor.

Los más pequeños siempre decían las plegarias en voz alta. Se persignaron y Ralph pronunció la acción de gracias; volvieron a persignarse y a mí se me estaba haciendo la boca agua porque loschiles rellenos se encontraban delante de mí en una enorme bandeja. Los grandes chiles habían sido rellenados con queso y fritos posteriormente en una ligera y esponjosa pasta y, antes de que me sirviera yo, me sirvió Alice y me llenó el plato antes de que los chicos tomaran nada. Su madre y su padre jamás les decían nada y ellos hacían cosas de éstas.

– ¿Tenéiscilantro? -dije, haciéndoseme la boca agua. Olía a esta maravillosa especia.

Marta me espolvoreó con los dedos un poco más de cilantro encima de lascarnitas y yo tomé un bocado de una suave tortilla de harina rellenade carnitas y de la salsa de chile preparada por la propia Socorro.

– ¿Y bien, Bumper? -me preguntó Cruz cuando me hube terminado medio plato, labor en la que empleé unos treinta y cinco segundos.

Yo murmuré y puse los ojos en blanco y todos se echaron a reír porque conocían muy bien aquella expresión.

– ¿Ves, Marta? -dijo Socorro-. No te desagradaría tanto cocinar si pudieras hacerlo para alguien como Bumper, que sabe apreciar el trabajo de una.

Yo sonreí con sonrisa de goloso satisfecho tragándome un poco dechile relleno y enchilada junto con tres grandes sorbos de cerveza fría.

– ¡Tu madre es una artista!

Me terminé tres platos decarnitas, tiernos pedazos de carne de cerdo que cubrí con el chile, el cilantro y la cebolla. Después, cuando todos hubieron terminado y nueve pares de ojos oscuros me miraban con asombro, trasladé los últimos tres chiles rellenos a mi plato y enrollé uno de ellos con la última tortilla de harina y los últimos trozos de carnitas que quedaban en el cuenco y nueve pares de ojos oscuros se abrieron muy redondos.

– Por Dios, pensaba que había hecho suficiente para veinte personas -dijo Socorro.

– Y has hecho, Socorro -dije yo, satisfecho de constituir un espectáculo y terminándomelo todo en tres grandes bocados-. Es que esta noche tengo más apetito que de costumbre y tú lo has hecho mejor que de costumbre, y no hay por qué dejar que se eche a perder lo que quede.

Me comí mediochile relleno, ingerí un poco más de cerveza y contemplé todos los ojos que me rodeaban. Nacho eructó y se rió. Todos estallamos en carcajadas, sobre todo Ralph, que se cayó de la silla al suelo sosteniéndose el estómago y riéndose tan estrepitosamente que temí que se pusiera malo. Pensándolo bien, ¡menuda cosa divertir a la gente comiendo con glotonería, y todo por querer llamar la atención!

Después de cenar quitamos la mesa y yo me enzarcé en un juego de arrebatiña con Alice, Marta y Nacho, mientars los demás miraban. Estuve constantemente bebiendo cerveza fría con algún que otro trago ocasional demezcal que Cruz había sacado. A las nueve, cuando los chicos tuvieron que acostarse, yo estaba ya muy bien lubrificado.

Todos me dieron un beso de buenas noches, menos George y Nacho, que me estrecharon la mano. Ninguno discutió la cuestión de irse a la cama y a los quince minutos todo estaba tranquilo y en silencio en el piso de arriba. Yo nunca había visto que Cruz y Socorro les zurraran. Pero naturalmente, los mayores zurraban a los más pequeños, eso sí lo había visto con frecuencia. Al fin y al cabo, a todo el mundo le hace falta una paliza de vez en cuando.

Sacamos la hoja de tabla, sustituimos el mantel de encaje y nos fuimos los tres al salón. Cruz estaba muy cargado y, al quejarse Socorro, decidió no tomarse otra cerveza. Yo sostenía una de fría en la mano derecha y el último mezcal que quedaba en la izquierda.

Cruz se sentó en el sofá al lado de Socorro y de vez en cuando se frotaba la cara, que la debía tener completamente entumecida. Le dio a ella un beso en el cuello.

– Vete -se quejó ella-, hueles avino apestoso.

– ¿Cómo puedo apestar avino? No he bebido vino -dijo Cruz.

– ¿Recordáis cuando nos sentábamos así después de cenar en los viejos tiempos? -pregunté comprendiendo lo mucho que elmezcal me había afectado, porque ambos estaban empezando a parecerme borrosos.

– ¿Recuerdas lo pequeña y delgada que era Sukie? -dijo Cruz golpeándola con el codo.

– Que te voy a dar -dijo Socorro levantando la mano, áspera y estropeada para una mujer de su edad. Apenas tenía cuarenta años.

– Sukie era la chica más guapa que jamás he visto -dije.

– Creo que sí -dijo Cruz con una sonrisa bobalicona.

– Y aún lo es -añadí-. Y Cruz era el tipo más apuesto que jamás vi, exceptuando a Tyrone Power y quizás a Clark Gable.

– ¿Crees de veras que Tyrone Power era más guapo? -preguntó Cruz sonriendo mientras Socorro sacudía la cabeza. Sinceramente, en mi opinión apenas había cambiado, exceptuando el cabello gris. Qué suerte tiene de conservarse joven, pensé.

– Hablando de chicas guapas -dijo Socorro-, veamos qué planes tienes con Cassie.

– Bueno, tal como os he dicho, ella iba a trasladarse al Norte a un apartamento para empezar a acostumbrarse a la nueva escuela. Después, a finales de mayo, cuando Cruz y yo cumpliéramos los veinte años de servicio, regresaría en avión y nos casaríamos. Ahora he decidido abreviar. Trabajaré mañana y pasado y juntaré los días de vacaciones y los días libres que tenga hasta finales de mes cuando me retire oficialmente. De esta manera podré marcharme con Cassie, probablemente el domingo por la mañana o el lunes, pasaremos por Las Vegas y nos casaremos por el camino.

– Oh, Bumper, queríamos estar contigo cuando os casarais -dijo Socorro, decepcionada.

– Qué demonios, a nuestra edad casarse no es un gran acontecimiento -dije.

– Nosotros la queremos mucho, Bumper -dijo Socorro-. Tienes suerte, mucha suerte. Será estupenda para ti.

– Es preciosa -dijo Cruz guiñando el ojo y tratando de silbar, pero estaba demasiado bebido.

Socorro sacudió la cabeza y dijo sinvergüenza, y ambos nos reímos de Cruz.

– ¿Qué vas a hacer el viernes? -preguntó Socorro-. ¿Ir a pasar lista y levantarte y decir que vas a retirarte y que es el último día que trabajas?

– No, me esfumaré sin más. No se lo diré a nadie y espero que tú no se lo hayas dicho tampoco a nadie, Cruz.

– No he dicho nada -contestó Cruz, eructando.

– Me iré como cuando tengo días libres y después enviaré una carta certificada a la sección de personal y otra al capitán. Firmaré todos los documentos del retiro y los enviaré por correo. Puedo darle la placa y la tarjeta a Cruz antes de marcharme para que él la entregue sin necesidad de que yo tenga que volver para nada.

– Tendrás que regresar a Los Ángeles para la fiesta de tu retiro -dijo Cruz-. No te quepa duda que vamos a organizar una fiesta en ocasión de tu retiro.

– Gracias, Cruz, pero nunca me han gustado las fiestas de retiro. En realidad me parecen muy tristes. Te agradezco el detalle, pero no quiero ninguna fiesta.

– Imagínate -dijo Socorro-. ¡Empezar una nueva vida! Ojalá pudiera Cruz dejar también el trabajo.

– Tú lo has dicho -dijo Cruz con los ojos vidriosos, aunque se sentaba muy erguido-. Pero con todos los hijos que tenemos, soy un hombre de treinta años de servicio. Treinta años es toda una vida. Seré un viejo cuando me arranque el broche.

– Sí, creo que tengo suerte -dije-. ¿Te acuerdas cuando íbamos a la academia, Cruz? Pensábamos entonces que éramos mayores porque íbamos con aquellos chiquillos de veintiún y veintidós años. Tú tenías treinta y uno, eras el mayor de la clase y yo te seguía de cerca. ¿Recuerdas que Méndez siempre nos llamabaelefante y ratoncito?

– El elefante y el ratoncito -dijo Cruz, riéndose con ganas.

– Los dos viejos de la clase. Treinta años y pensaba que sabía muchas cosas. Pero si se es un crío a esta edad. Éramos dos crios.

– Éramos crios,mano -dijo Cruz-. Porque todavía no habíamos salido a todo esto -dijo Cruz haciendo como una señal hacia las calles-. Ahí fuera se crece rápido y se aprende demasiado. No es bueno que un hombre aprenda tantas cosas como se aprenden ahí fuera. Te echa a perder la forma de pensar acerca de muchas cosas y también la forma de sentir. Hay cosas en las que es necesario creer y si uno permanece por ahí fuera veinte años, ya no puede creer en ellas. Y eso no es bueno.

– Pero tú aún crees en ellas, ¿verdad, Cruz? -le pregunté, y Socorro nos miró como si fuéramos dos borrachos delirantes, cosa que éramos probablemente, pero Cruz y yo nos entendíamos.

– Aún creo en ellas, Bumper, porque quiero creer. Y tengo a Sukie y a los chicos. Cuando vuelvo a casa, lo demás deja de ser real. Tú no tenías adonde ir. Gracias a Dios que has encontrado a Cassie.

– Tengo que preparar los almuerzos para la escuela. Perdóname, Bumper -dijo Socorro y nos miró ladeando la cabeza, lo cual significaba: es hora de que deje hablar solos a estos policías borrachos. Pero Cruz casi nunca se emborrachaba y ella no le reñía aunque sabía que tenía molestias de hígado.

– No podría decirte cuánto nos alegramos cuando trajiste a Cassie a cenar aquí por primera vez, Bumper. Socorro y yo, aquella noche estuvimos en vela y hablamos de ello y de que Dios debía habértela enviado, aunque tú no creas en Dios.

– Creo en losdioses, ya lo sabes -dije sonriendo e ingiriendo unos tragos de cerveza tras haberme terminado el mezcal.

– No hay más que un solo Dios, maldita sea -dijo Cruz.

– Pero hasta tu Dios tiene tres rostros, maldita sea -repuse yo, y le dirigí una mirada por encima del borde de la botella de cerveza, provocando su risa.

– Bumper, quiero hablarte en serio -y sus ojos miraron hacia abajo, como siempre. Yo no podía gastarle más bromas cuando sus ojos hacían eso.

– Muy bien.

– Cassie es la respuesta a una plegaria.

– ¿Y por qué echaste a perder tus plegarias conmigo?

– ¿Y tú por qué crees, grandísimopendejo? Eres mi hermano.

Eso me hizo posar la botella de cerveza, me enderecé y le miré a los grandes ojos. Cruz forcejeaba con la niebla del mezcal y la cerveza porque deseaba decirme algo. Me pregunté cómo demonios habría superado el examen físico del departamento. Apenas medía metro sesenta y dos y era tremendamente delgado. No había ganado ni medio kilo de peso y a excepción de Esteban, era el rostro más hermoso que jamás había visto.

– No sabía que pensaras tanto en Cassie y en mí.

– Pues claro que sí. Al fin y al cabo, recé para que la encontraras. ¿Es que no ves hacia donde te encaminabas? Tienes cincuenta años, Bumper. Tú y algunos otros viejos policías de la ronda habéis sido los machos de las calles durante todos estos años, pero, Señor, ya te imaginaba luchando con algún tipo fornido o persiguiendo a alguien y de repente cayendo tendido en la calle para morir. ¿Sabes cuántos compañeros nuestros de promoción han sufrido ya ataques cardíacos?

– Eso forma parte del trabajo del policía -contesté encogiéndome de hombros.

– Y por no hablar de que algún sinvergüenza pudiera saltarte la tapa de los sesos -dijo Cruz-. ¿Te acuerdas de Driscoll? Sufrió un ataque al corazón el mes pasado y no está tan gordo como tú y es un poco más joven, y apuesto a que ya no podrá hacer más esfuerzos que el de levantar un lápiz. ¡Como tú hoy mismo, por ejemplo, enfrentándote con una multitud como un novato! Qué demonio, Bumper, ¿crees que quiero ser el portaféretros de un tipo que pesa ciento cuarenta kilos?

– Ciento treinta.

– Cuando vino Cassie pensé «Gracias a Dios, Bumper tiene una oportunidad». Pero me preocupé. Sabía que eras lo suficientemente listo como para comprender a la mujer que habías encontrado, pero temía que la puta te tuviera demasiado agarrado.

– ¿Fuiste tú el que me asignaba constantemente a las zonas Norte? El teniente Hilliard no hacía más que decirme que era un error cada vez que yo protestaba.

– Sí, fui yo. Quería alejarte de la ronda, pero desistí de ello. Tú seguías bajando de todos modos y eso significaba que la zona Norte se quedaba sin vigilancia, por lo que no conseguí nada. Ya me imagino lo que debía ser para ti eso de ser el campeón, que la gente te admirara tal como lo hace la de tu ronda.

– Sí, pero no es gran cosa -dije jugueteando nerviosamente con la botella vacía.

– Ya sabes lo que les sucede a los viejos policías que andan por las calles demasiado tiempo.

– ¿Qué? -pregunté yo, y laenchilada me agarró y me mordió las entrañas.

– Se hacen demasiado viejos para poder efectuar el trabajo de policías y se convierten enpersonajes. Eso es lo que me molestaría. Que te convirtieras en un viejo personaje y que te lastimaran por ahí antes de que comprendieras que eras demasiado viejo. Demasiado viejo.

– ¡Demasiado viejo! Tan viejo no soy todavía. ¡Maldita sea, Cruz!

– No para la vida de paisano. Tienes muy buenos años por delante. Pero para un guerrero es tiempo de dejarlo,mano. Me preocupaba que ella se fuera y tú te quedaras aquí unas semanas. Temía que la puta te apresara no estando Cassie. Me alegro mucho de que te vayas con Cassie.

– Y yo también, Cruz -dije bajando la voz como si temiera escucharlo yo mismo-. Tienes razón. Yo ya había pensado un poco en estas cosas. Tienes razón. Pienso que me saltaría la tapa de los sesos si alguna vez me quedara tan solo como algunos que he visto, algunos de los de mi ronda, gente errante y sin hogar, que no tienen dónde ir…

– Eso es, Bumper. No hay sitio para un hombre solo, en serio que no. Uno puede pasarse sin amor cuando es joven y fuerte. Algunos individuos pueden hacerlo, individuos como tú. Yo jamás hubiera podido. Y nadie puede prescindir de él cuando es mayor. No debieras temer el amor,mano.

– ¿Es que lo temo, Cruz? -pregunté mascando dos pastillas porque parecía como si una mano armada me golpeara las entrañas por dentro-. ¿Es por eso que me siento tan inseguro ahora que voy a marcharme? ¿Es eso?

Podía escuchar canturrear a Socorro mientras preparaba los almuerzos de toda la tribu. Después escribiría el nombre de cada uno de ellos en la bolsa y las guardaría todas en el refrigerador.

– ¿Recuerdas cuando estábamos juntos en los viejos tiempos? ¿Tú y yo y Socorro y los dos niños? ¿Y de lo poco que hablabas de tu vida pasada incluso cuando estabas borracho? Sólo hablabas un poco de tu hermano Clem, que había muerto, y de tu esposa, que te había dejado. Pero en realidad nos hablabas más, mucho más, acerca de tu hermano. A veces le llamabas en sueños. Pero muchas veces llamabas a otra persona.

Ahora me balanceaba hacia adelante y hacia atrás sosteniéndome el estómago que me pulsaba, aunque de nada me hubieran servido todas las pastillas que llevaba en el bolsillo.

– Nunca nos hablaste de tu niño. Siempre me molestó que nunca me hablaras de él, tan amigos que éramos. Sólo me hablabas de él en sueños.

– ¿Y qué decía?

– Le llamabas «Billy», y le decías cosas. A veces llorabas y yo tenía que acercarme y recogerte las mantas y la almohada del suelo y volverte a tapar porque tú las habías arrojado de la cama.

– ¡Nunca soñé con él, nunca!

– ¿Y de qué otro modo hubiera podido yo saberlo,mano? -me dijo él suavemente-. Socorro y yo solíamos hablar de eso y nos preocupábamos mucho por un hombre que había amado tanto a su hermano y a su hijo como tú. Nos preguntábamos si temerías volver a amar. Son cosas que suceden. Pero cuando uno se hace mayor, es necesario. Es necesario.

– ¡Pero si no lo hace está uno a salvo, Cruz! -dije haciendo una mueca de dolor. Cruz miraba al suelo porque no estaba acostumbrado a hablarme de aquella manera y no se dio cuenta de mi agonía.

– Estás a salvo en un sentido, Bumper. Pero en el sentido que es más importante, estás en peligro. Tu alma está en peligro si no amas.

– ¿Creíste eso cuando murió Esteban? ¿Lo creíste?

Cruz levantó los ojos, que se hicieron más suaves que de costumbre y los volvió a bajar porque se había puesto muy serio. Parpadeó dos veces y suspiró diciéndome:

– Sí. Incluso tras morir Esteban y aunque fuera el mayor y uno siempre sienta algo especial por el primogénito. Incluso tras morir Esteban pensé que eso era la verdad. Después del dolor, comprendí que era la verdad de Dios. Lo creí incluso entonces.

– Creo que voy a tomarme una taza de café. Me duele el estómago. Quizás algo caliente…

Cruz sonrió y se reclinó en su asiento. Socorro estaba terminando de preparar el último de los almuerzos y charlé con ella mientras se calentaba el café. El dolor de estómago empezó a desvanecerse.

Me bebí el café y pensé en las cosas sensatas que Cruz me había dicho, y sin embargo cada vez que te unes a alguien, sucede algo y se corta la cuerda, se corta en serio con una maldita espada.

– ¿Vamos a ver qué está haciendo el muchacho?

– Pues claro, Sukie -dije rodeándole los hombros con el brazo.

Cruz se hallaba tendido en el sofá, roncando.

– Es el sueño del borracho. No conseguiremos despertarle -me dijo ella-. Quizá sea mejor que le traiga una almohada y una manta.

– No debiera dormir en el sofá -dije yo-. Hay corriente en el salón.

Me acerqué a él y me arrodillé.

– ¿Qué vas a hacer?

– Meterle en la cama -dije, tomándolo en brazos.

– Bumper, te vas a herniar.

– Es ligero como un niño -dije, y resultaba sorprendentemente ligero-. ¿Por qué demonios no le obligas a comer más? -dije siguiendo a Socorro escaleras arriba.

– Ya sabes que no le gusta comer. Deja que te ayude, Bumper.

– Limítate a enseñarme el camino, mamá. Puedo manejarle muy bien.

Cuando llegamos al dormitorio ni siquiera se me había alterado la respiración y le deposité en la cama, sobre las sábanas. Ella ya había apartado los cobertores. Cruz ahora resollaba, y ambos nos echamos a reír.

– Ronca como un condenado -dijo ella, y yo contemplé a aquel pequeñajo.

– Es el único amigo auténtico que he tenido en veinte años. Conozco a miles de personas y les veo y como con ellos y les echaré de menos, pero no será como si hubiera perdido algo íntimo tal como me sucederá con Cruz.

– Ahora tendrás a Cassie. Con ella te sentirás diez veces más unido.

Entonces me tomó la mano. Sus dos manos eran fuertes y duras.

– Hablas como tu marido.

– Es que hablamos mucho de ti.

– Buenas noches -dije, besándola en la mejilla-. Cassie y yo vendremos a deciros adiós a todos antes de irnos.

– Buenas noches, Bumper.

– Buenas noches,compañero -le dije a Cruz en voz alta y él roncó y resopló y yo me reí mientras bajaba la escalera. Salí tras haber apagado la luz del recibidor y cerrado la puerta con llave.

Aquella noche, al acostarme, empecé a asustarme y no supe por qué. Pensé que ojalá Cassie estuviera a mi lado. Cuando concilié el sueño, dormí muy bien y no soñé.

JUEVES, EL SEGUNDO DIA

9

A la mañana siguiente me estuve cinco minutos dando brillo a la placa; llevaba, además, los zapatos relucientes. Me sentí decepcionado en cierto modo cuando el teniente Hilliard no llevó a cabo la inspección: mi aspecto era impecable. Cruz estaba horrible. Se hallaba sentado en la mesa frontal junto al teniente Hilliard y leyó muy mal los informes de los delitos. Me miró una o dos veces y giró los ojos, que esta mañana tenían una expresión realmente triste porque estaba sufriendo una resaca espantosa. Después de pasar lista tuve ocasión de hablar con él un momento.

– Tienes un aspecto un poco crudo -le dije, procurando no sonreír.

– ¡Qué bastardo eres! -se quejó él.

– No fue elmezcal. Creo que te tragaste el gusano.

– Un completo bastardo.

– ¿Podemos vernos este mediodía? Quiero invitarte a almorzar.

– Ni hablar de eso -gruñó, y no tuve más remedio que echarme a reír.

– De acuerdo, pero resérvame la hora del almuerzo de mañana. Y escoge el sitio mejor y más caro de la ciudad. Algún sitio donde no inviten a los chaquetas azules. Ahí es donde vamos a ir para mi última comida de policía.

– ¿Vas a pagar en serio la comida estando de servicio?

– Será la primera vez -repuse sonriendo, y él sonrió fingiendo que sentía dolor al sonreír.

– Ahí te huacho -le dije encaminándome hacia el coche.

– No olvides que esta tarde tienes juzgado,mano -me dijo, fastidiándome como siempre.

Antes de subir al blanco-y-negro eché un vistazo. Siempre es bueno levantar el asiento de atrás antes de marcharse, no sea que algún inocente novato del turno de noche haya permitido que uno de sus astutos detenidos ocultara allí el arma o un preservativo lleno de heroína o una maldita granada de mano. Se tarda tanto en hacer un policía de alguno de estos chiquillos que nada me sorprendería. Pero entonces recordé lo que significa tener veintidós años. Están a mitad de su crecimiento estos niños y es muy duro crecer con este uniforme azul en calidad de símbolo de veintidós años de las instituciones. No obstante, me pone enfermo ver que andan dando traspiés como si fueran paisanos durante cosa de cinco años permitiendo que los demás les tomen el pelo. Algún día, pensé, encontraré probablemente a un enanito muerto escondido detrás de este asiento.

En cuanto inicié el recorrido me puse a pensar en el caso que tenía aquella tarde. Era una vista preliminar de un tipo llamado Landry, y los detectives le habían acusado de ser un ex-estafador y de ir armado y también de estar en posesión demarihuana. Me parecía que el caso no me plantearía ningún problema. Yo le había detenido en enero tras haber recibido cierta información de un delator llamado Knobby Booker que trabajaba para mí de vez en cuando, y acudí a una habitación de un hotel de la Sexta Este con no sé qué excusa que no pude recordar por completo hasta que volví a leer el informe. Detuve a Landry en la habitación mientras estaba haciendo una siesta en mitad de la tarde. Guardaba la droga en una bolsa de bocadillos que tenía en un cajón junto a la cama para darse ánimos cuando tenía que practicar algún robo y una automática del cuarenta y cinco del Ejército, cargada, debajo del colchón. Fue a tomarla cuando entré en la habitación y estuve a punto de saltarle la tapa de los sesos. En realidad, durante unos segundos aquello pareció una escena mexicana, él con la mano metida cosa de unos cuatro centímetros debajo del colchón y yo acercándome a la cama agachado con la Smith del treinta y ocho apuntándole el labio superior y advirtiéndole de lo que iba a hacer si no sacaba la mano muy lentamente, cosa que hizo.

Landry había sido puesto en libertad bajo fianza de cinco mil dólares que le pagó una vieja. Años atrás había sido actor de cine y televisión y era una especie de gigoló de las viejas. Se fugó estando bajo fianza, fue detenido de nuevo en Denver y entregado por extradición, y ahora había cumplido cuatro meses de condena. No recordaba muy bien todos los detalles, pero naturalmente volvería a leer primero el informe de arresto para ponerme al corriente antes de declarar. Lo más importante era conseguir que él respondiera en la vista preliminar sin tener que revelar el nombre de mi informante Knobby Booker o sin permitir que nadie se enterara de que yo tenía un informante. No era muy difícil si sabía hacerse.

Estaba empezando a hacer calor y había niebla, y me comenzaron a sudar las axilas. Miré un letrero de la calle Olive que decía: «No encamine a un muchacho por la vía del delito dejando las llaves en el coche», y yo resoplé un par de veces disgustado. Son estos malditos tipos de las relaciones públicas que se sacan de la manga frases como ésta para que todo el mundo se sienta culpable menos los delincuentes, que cualquier día de estos van a eliminar a todos los policías auténticos de esta profesión.

Al acercarme al bordillo al otro lado del Grand Central Market, me vio un borracho que bajaba tambaleándose por Broadway amorrado a una botella, dio una vuelta, se cayó, soltó la botella y se levantó como si no hubiera sucedido nada. Empezó a alejarse de la botella, que rodó por la acera derramando su néctar por el suelo.

– Recoge la botella, estúpido -le grité-, no voy a detenerte.

– Gracias, Bumper -me dijo tímidamente, al tiempo que recogía la botella. Me saludó con la mano y siguió bajando por Broadway con el pringoso abrigo negro agitándose alrededor de sus huesudos costados.

Intenté recordar de dónde le conocía. Naturalmente le conocía de la ronda, pero no era una simple cara de borracho. Había algo más. Entonces pude ver a través de la confusión y el tizne, le reconocí y sonreí porque ahora siempre resulta agradable recordar y demostrarse a uno mismo que la memoria sigue siendo tan aguda como siempre.

Le llamabanJudías. Su nombre auténtico no podía recordarlo, aunque lo tenía grabado en un bonito certificado. Hace diez años estuvo a punto de hacerme pegar a otro policía, cosa que yo nunca había hecho antes ni he hecho después.

El policía era Herb Slovin y al final fue despedido. Herb fue despedido por trabajar por cuenta de un fiador y estuvo haciendo un buen negocio hasta que le descubrieron. Trabajaba en el departamento de represión del vicio y les decía a todos los detenidos que utilizaran los servicios de Laswell Brothers Bail Bonds y Slim Laswell le entregaba a Herb cierta cantidad de dólares por cada tipo que éste le enviaba. Eso está tan mal considerado como robar, y el departamento le echó en cuanto se descubrió. De no haber sido eso, hubiera hecho alguna otra cosa. Era un bastardo cruel y tan duro que se hubiera subido a una jaula para aplastar a un canario si hubiera habido uno dentro. Pensaba que más tarde o más temprano caería por culpa de las mujeres o de su brutalidad.

Fue Judías el causante de que yo y Herb estuviéramos a punto de pelearnos. Herb odiaba la furgoneta de los borrachos. «Negros y basura blanca», repetía una y otra vez cuando algo le enfurecía, lo cual sucedía casi siempre. El trabajo de la furgoneta lo llamaba «el asunto B.». Cuando se le preguntaba qué significaba decía «Bestias» y después soltaba un rebuzno. Una noche trabajábamos con la furgoneta y recibimos una llamada porque Judías se hallaba tendido en posición prona en la calle San Pedro bloqueando dos carriles de tráfico. Había vomitado y se había mojado todo y ni siquiera se despertó cuando le arrastramos a la furgoneta y le dejamos en el suelo de la misma. No hubo problema. Ambos llevábamos guantes al igual que la mayoría de policías de furgoneta y sólo había otros dos borrachos dentro. Unos diez minutos más tarde, cuando estábamos en la Sexta Este escuchamos ruidos en la parte de atrás y tuvimos que detener la furgoneta y abrirla para evitar que los otros dos borrachos molieran a puntapiés a Judías, que se despertó y estaba defendiéndose como un loco quizá por primera vez en su vida. Le habría detenido diez o veinte veces por borracho y nunca había tenido ninguna dificultad con él. Casi nunca hay que forcejear con un borracho empedernido como Judías.

Se tranquilizaron en cuanto Herb abrió la portezuela de atrás y amenazó con arrancarles las cabezas. Yo estaba a punto de subir de nuevo cuando Judías, sentado junto a la portezuela, gritó: «¡Vete al cuerno, borrico pelado!» Yo estallé en una carcajada porque Herb era calvo y con su cara alargada, los grandes dientes amarillos y la forma en que rebuznaba cuando se reía parecía de veras un borrico pelado.

Herb sin embargo masculló algo, levantó a Judías del banco, lo sacó a rastras de la camioneta y empezó a golpearle repetidamente la cara con su mano enguantada. Comprendí por el ruido que se trataba de guantes de castigo y la cara de Judías ya estaba rasgada y sangrando antes de que yo pudiera sujetar a Herb y apartarle provocando su caída al suelo.

– ¡Maldito hijo de perra! -exclamó, mirándome con una mezcla de asombro y furiosa cólera.

Casi me lo dijo en tono de pregunta por lo sorprendido que estaba.

– Es un borracho, hombre -le contesté, y eso hubiera sido suficiente para cualquier policía, sobre todo para un veterano como Herb que llevaba doce años de profesión y sabía que no debe golpearse a los beodos indefensos por dificultades que éstos puedan estarle causando a uno. Ésta era una de las primeras cosas que se aprendían de los viejos policías de ronda que nos adiestraban en nuestros tiempos. Cuando un hombre intenta atizarte o lo consigue realmente, se tiene derecho a propinarle un puntapié. No es necesario que sea ojo por ojo y diente por diente y si algún «agujero de culo» te golpea, tú puedes muy bien romperle los dientes y obligarle a tragárselos. De esta manera, podrás salvar a algún otro policía de ser atizado por el mismo sujeto si aprende de ti la lección.

Pero todo verdadero policía sabe también que no hay que golpear a los borrachos. Aunque ellos intenten pegar o le aticen a uno efectivamente. Lo más probable es que se trate de un golpe sin fuerza, y se le puede esposar muy bien y meter en la cárcel. Los policías saben muy bien que hay muchos otros policías que tienen problemas de bebida y siempre se puede pensar en el propio fuero interno que allí en la acera podría hallarse durmiendo el viejo Bumper Morgan.

De todos modos Herb había transgredido las normas policiales al golpear al borracho y él lo sabía, lo cual nos evitó probablemente que nos enzarzáramos en una pelea allí mismo en la Sexta Este. Y no estoy seguro de que no hubiera acabado cambiándome la regordeta cara con aquellos guantes de castigo, porque Herb era un ex-luchador y un bastardo muy duro.

– No se te ocurra volverlo a hacer -me dijo mientras metíamos a Judías más al fondo y cerrábamos la portezuela.

– No lo haré si no vuelves a golpear a un borracho cuando trabajes conmigo -contesté con indiferencia, pero me sentía tenso y nervioso, dispuesto a atacar e incluso pensando en la posibilidad de abrir la pistolera, porque Herb tenía un aspecto muy peligroso en aquel momento y nunca se sabe las locuras que puede cometer un hombre armado. Era uno de estos sinvergüenzas que llevaba un arma escondida de más y se jactaba de que, si alguna vez mataba a alguien que no hubiera debido, colocaría el arma junto al cadáver y afirmaría después que lo había hecho en defensa propia. La situación quedó interrumpida gracias a una llamada de radio, yo respondí a la misma y terminamos la noche en silencio. A la noche siguiente Herb pidió ser trasladado a un coche-radio porque él y yo teníamos un «conflicto de personalidades».

Cuando Herb fue trasladado poco después a la sección de represión del vicio y fue despedido, me olvidé de todo el incidente hasta que volví a recordarlo cosa de un año después en la Main Street al tropezarme de nuevo con Judías. Aquella noche me enzarcé en una pelea con dos individuos que estaban timando a un viejo. Yo me encontraba en el interior de una casa de empeño y les observé a través de los gemelos mientras le timaban quinientos dólares.

Eran dos lechuguinos jóvenes y el más alto de ellos, un tipo de cara recia y un cuello de cuarenta centímetros, me estaba haciendo pasar un mal rato a pesar de que ya le había roto un par de costillas con la porra. No podía acabarle porque el otro se me subía a la espalda, me daba puntapiés y me mordía, hasta que corrí de espaldas y fui a dar contra un coche v una pared de ladrillo teniéndole a él en mis espaldas. Lo hice un par de veces y él no se soltó, pero entonces alguien del grupo de unas veinte personas que contemplaban la escena gozando de la pelea, se acercó, agarró al más pequeño y le inmovilizó en la acera hasta que yo acabé con el más alto golpeándole la nuez con la porra.

El otro se rindió en seguida y yo les esposé juntos y vi que mi auxiliador había sido el viejo borracho de Judías que entonces se hallaba sentado en el suelo vomitando, con un ojo que le sangraba a causa del golpe que le había propinado el más bajo de los lechuguinos. A cambio le regalé a Judías un par de billetes de diez dólares y le rogué al ayudante del capitán que ordenara imprimir un bonito certificado de elogio de Judías por su buen comportamiento ciudadano. Mentí como es natural, y afirmé que Judías era un respetable hombre de negocios que vio la pelea y acudió en mi ayuda. No podía decirles que era un borracho perdido porque es posible que en este caso no hubieran querido hacerlo. Lo enmarcaron muy bien y figuraba en el mismo el verdadero nombre de Judías, que ahora mismo no hubiera podido recordar ni que me mataran. Se lo entregué la próxima vez que lo encontré en la Sexta Este y me pareció que le había gustado mucho.

Mientras lo recordaba, pensé en llamarle para preguntarle si aún lo guardaba, pero me imaginaba que habría vendido el marco para poder comprarse una botella de vino y debía haber empleado el certificado para tapar los agujeros de los zapatos. Siempre es mejor no hacerle demasiadas preguntas a la gente y no llegar a conocerla demasiado. De esta manera se evita uno decepciones. De todas maneras, Judías se encontraba ahora a media manzana de distancia y avanzaba tambaleándose calle abajo acunando la botella de vino bajo el pringoso abrigo.

Tomé las gafas de sol que guardaba detrás del visor del coche y empecé mi recorrido de vigilancia por las calles procurando tranquilizarme aunque en realidad me sentía demasiado inquieto para poder relajarme. Decidí no esperar y acercarme a la escuela para ver a Cassie, que vendría pronto tal como siempre hacía los jueves. Sentiría lo mismo que yo, que todo lo que hacía estos días en la escuela lo hacía por última vez. Pero ella por lo menos sabía que podría hacer cosas análogas en otra escuela.

Aparqué delante y recibí algunas reprimendas de los alumnos por haber aparcado el blanco-y-negro en zona prohibida, pero a bueña hora iba yo a acercarme al aparcamiento de la escuela. Cassie no se encontraba en su despacho cuando entré, pero como lo tenía abierto, me senté junto al escritorio para esperarla y encendí un puro.

El escritorio era exactamente igual que la mujer que lo manejaba: elegante y pulcro, interesante y femenino. Había en uno de los ángulos un cenicero de forma extraña que ella había comprado en no sé qué tienda de viejo del Oeste de Los Ángeles. Había también un pequeño y delicado jarrón oriental pintado con un ramillete de violetas que se estaban marchitando y que Cassie sustituiría nada más llegar. Bajo la cubierta de plástico del papel secante Cassie había colocado una selección de retratos de personajes que admiraba, sobre todo poetas franceses. Cassie era muy experta en poesía y quiso durante algún tiempo enseñarme algo al respecto, pero al final se convenció de que mi imaginación no resulta apropiada para la poesía. Mis lecturas se limitan a la historia y a los nuevos métodos de llevar a cabo la labor de policía. Me gustaba un poema que Cassie me había mostrado acerca de unos lanudos corderos, unos pastores y unos perros salvajes. Éste lo comprendí muy bien.

Se abrió la puerta y entraron riéndose Cassie y otra profesora, una curvilínea muchacha con falda mini color de rosa.

– ¡Oh! -dijo la otra-. ¿Quién es usted?

El uniforme azul la había sorprendido. Me encontraba sentado en el cómodo sillón de Cassie tapizado en cuero.

– Soy la Bonita Pastora -dije dando una chupada al puro y dirigiéndole una sonrisa a Cassie.

– A saber qué habrás querido decir -comentó Cassie sacudiendo la cabeza, posando sobre el escritorio un montón de libros y dándome un beso en 3a mejilla para asombro de su amiga.

– Usted debe ser el novio de Cassie -se rió la amiga al comprenderlo súbitamente-. Soy Maggie Carson.

– Encantado de conocerla, Maggie. Yo soy Bumper Morgan -repuse, siempre contento de conocer a una mujer, sobre todo a una joven de las que te estrechan la mano con firmeza y amabilidad.

– Ya había oído hablar del amigo policía de Cassie, pero me ha sorprendido ver aquí de repente un uniforme.

– Todo el mundo se echa a temblar, Maggie -dije yo-. Dígame, ¿qué ha hecho usted de malo que se inquieta cuando ve un uniforme?

– Vamos, Bumper -me dijo Cassie, sonriendo.

Yo me encontraba de pie y ella me había tomado del brazo.

– Les dejo solos -dijo Maggie, guiñando un ojo tal como había visto hacer en cientos de estúpidas películas de amor.

– Buena chica -dije cuando Maggie hubo cerrado la puerta y tras haber besado a Cassie cuatro o cinco veces.

– Anoche te eché de menos -dijo Cassie apretada contra mí.

Olía muy bien y el vestido amarillo sin mangas le sentaba a las mil maravillas. Tenía los brazos bronceados y llevaba el cabello suelto hasta la altura de los hombros.

– ¿Aún sigue en pie la cita que tienes para la cena de esta noche?

– Me temo que sí -murmuró ella.

– Pasado mañana dispondremos de todo el tiempo que queramos para estar juntos.

– ¿Crees que alguna vez dispondremos de todo el tiempo que queramos?

– Te hartarás de verme tanto por la casa.

– Jamás sucederá tal cosa. Además, tú estarás ocupado con la nueva profesión.

– Me preocupa mucho más la otra profesión.

– ¿Cuál?

– La de ser la clase de marido que tú esperas que sea. No sé si podré ser adecuado para ti.

– ¡Bumper¡ -exclamó ella retrocediendo y mirándome para ver si lo decía en serio. Yo esbocé entonces una sonrisa torcida.

La besé con gran ternura y la abracé.

– No quería decir lo que he dicho.

– Lo sé. Es que soy una mujer muy insegura.

Hubiera querido abofetearme por haber dicho algo que la pudiera lastimar. Pero era como si quisiera lastimarla un poco por ser lo mejor que jamás me había sucedido, por salvarme de ser un lastimoso viejo que procura hacer el trabajo de un joven, porque el trabajo duro de policía era cosa decididamente para un joven. Yo jamás hubiera podido ser un hombre del interior. Nunca hubiera podido ser un carcelero, ni un oficial de despacho, ni un tipo de la sección de suministros de los que entregan las armas a los individuos que llevan a cabo el verdadero trabajo de policía. Cassie me estaba salvando de toda aquella pesadilla. Me marchaba mientras todavía estaba vivo y con muy buenos años por delante. Y con alguien que cuidaría de mí. Experimenté justo en este momento un dolor provocado por los gases y pensé que ojalá no me encontrara allí de pie con Cassie para poder ingerir una pastilla.

– Creo que la tonta soy yo -dijo Cassie.

– Si supieras cuánto deseo marcharme, Cassie, dejarías de preocuparte.

Le di unas palmaditas en la espalda como si se hubiera atragantado; en realidad hubiera querido dármelas a mí mismo, porque notaba que la burbuja de gases se iba haciendo cada vez más grande y me flotaba por el estómago.

– Muy bien, Bumper Morgan -dijo ella-. ¿Qué día vamos a marcharnos de Los Ángeles? De verdad, de verdad. Como marido y mujer. Tenemos que hacer un montón de cosas.

– Espera a mañana por la noche, mi orgullosa belleza -contesté-. Mañana por la noche cuando dispongamos de un poco de tiempo para hablar y celebrarlo. Mañana por la noche elaboraremos todos los planes mientras cenemos juntos en algún sitio maravilloso.

– En mi apartamento.

– De acuerdo.

– Con un champán maravilloso.

– Lo traeré yo.

– ¿Te hacen descuento por ser policía?

– Naturalmente. Será el último que me hagan.

– Y mañana celebraremos que sea el último día en que tengas que ponerte este uniforme y jugarte la vida por muchas personas que no te lo agradecen.

– El último día en que me jugaré la vida -dije asintiendo-. Aunque nunca me la he jugado por nadie como no fuera por mí mismo. Estos veinte años me los he pasado bastante bien, Cassie.

– Lo sé.

– Aunque a veces sea un trabajo horrible que no le desearía a nadie, me lo he pasado bien. Y cualquier peligro era bueno para Bumper Morgan.

– Sí, cariño.

– Alegra la cara y haz lo que tengas que hacer. A mí aún me quedan casi dos días de trabajo de policía.

Me alejé de ella y recogí la gorra y el puro.

– ¿Vendrás esta tarde?

– Mañana.

– Esta noche -dijo ella-. Me escabulliré antes de medianoche. Por favor, ven a mi apartamento a medianoche.

– Esta noche procuremos dormir, nena. Mañana será nuestro último día en nuestros respectivos trabajos. Hagámoslo bien.

– Mi trabajo ya no me gusta tanto desde que entraste en mi vida, ¿lo sabías?

– ¿Qué quieres decir?

– La vida académica. Yo era como una estudiante que jamás hubiera querido dejar la escuela. Me encantaba andar por ahí con los alumnos y después viniste tú y entonces… no sé. Y ahora nada me parece igual.

– Vamos, nena, te prefiero más cuando pisas el suelo.

– Quiero que vengas esta noche -dijo ella mirándome fijamente a los ojos.

– Esta noche preferiría más estar contigo que con ninguna otra persona, bien lo sabes, pero no tengo más remedio que ir al Harén de Abd para despedirme de los amigos de allí. Y también tengo que ir a otros sitios.

– No hay que decepcionar a la gente -dijo ella, sonriendo.

– Es necesario procurar que no -dije yo, emocionándome por la forma en que me estaba mirando a los ojos.

– Está resultando difícil hacer el amor contigo últimamente.

– Otros dos días más.

– Entonces, hasta mañana -dijo ella, suspirando-. Creo que me echaré encima de ti aquí mismo, en mi despacho, en cuanto vuelva a verte…

– ¿De servicio? -pregunté frunciendo el ceño y poniéndome la gorra ladeada airosamente, porque, confesémoslo, uno se siente muy satisfecho cuando una mujer como Cassie se estremece por acostarse con uno.

– Adiós, Bumper -dijo ella, tristemente.

– Hasta luego, nena, hasta luego.

En cuanto hube indicado que estaba libre tras haber dejado a Cassie, recibí una llamada de radio.

– Uno-X-L-Cuarenta y cinco, Uno-X-L-Cuarenta y cinco -dijo la comunicadora-, vea al hombre del hotel, cuatro-veinticinco Main Sur, posible c.

– Uno-X-L-Cuarenta y cinco, entendido -dije, pensando que iba a ser mi última llamada por un cadáver.

Un viejo sujeto de una sola pierna con todas las características de un delincuente reformado se encontraba de pie en la entrada del pulgoso hotel.

– ¿Ha llamado usted? -le pregunté tras haber aparcado el blanco-y-negro enfrente al tiempo que sacaba la porra de la funda y la introducía en la anilla del cinturón.

– Sí, soy Poochie, el chico del ascensor -dijo el viejo-. Creo que es posible que arriba haya un hombre muerto.

– ¿Y por qué piensa eso? -dije con sarcasmo mientras subíamos por la escalera y empezaba a olerse desde allí el hedor del cadáver. Las tablas del suelo aparecían levantadas y podía verse la tierra.

El viejo subió la escalera muy aprisa ayudándose con una sola muleta y sin detenerse ni una sola vez para descansar. Había como unos veinte peldaños hasta el segundo piso donde el hedor hubiera podido provocarle a uno un desmayo, y lo hubiera hecho a no ser porque los clientes eran todos unos vagos y unos borrachos con los sentidos adormecidos y entumecidos. Casi me imaginaba que el segundo piso tendría pavimento de tierra porque el hotel era de lo más destartalado.

– A este tipo del número dos-doce llevo sin verle, no sé, quizás una semana -dijo Poochie, que tenía cara de hacha y una boca arrugada y sin ningún diente.

– ¿Pero es que no tiene usted olfato?

– No -me contestó mirándome asombrado-. ¿Usted huele algo?

– No importa -dije yo, dando la vuelta en el pasillo-. No se moleste en decirme dónde está el dos-doce, lo encontraría con los ojos cerrados. Tráigame un poco de café.

– ¿Con leche y azúcar?

– No. Quiero decir café seco, recién sacado de la lata. Y una sartén.

– Muy bien -dijo sin hacerme preguntas tontas, condicionado por cincuenta años de haber sido acosado por la policía. Me acerqué un pañuelo a la nariz y abrí la ventana del pasillo que daba a la escalera de incendios de la calleja. Saqué la cabeza, pero no me sirvió de gran cosa porque seguía percibiendo el hedor.

Al cabo de dos largos minutos vino Poochie cojeando con su vieja muleta y portando una sartén y el café.

– Esperemos que haya un hornillo -dije, pensando de repente que a lo mejor no lo habría, aunque en muchos hoteles los había, sobre todo en las habitaciones de los huéspedes semipermanentes.

– Él tiene uno -me dijo Poochie entregándome la llave. La llave giró, pero la puerta no se movió.

– Hubiera podido decirle que no abriría. Por eso le he llamado. Herky es un viejo asustadizo. Siempre cierra con candado cuando está dentro. Yo ya había intentado entrar.

– Retírese.

– ¿Va a romperla?

– ¿Es que se le ocurre alguna otra cosa? -pregunté sosteniéndome el pañuelo contra la cara y respirando a través de la boca.

– No; creo que ahora le huelo.

Di un puntapié por la parte de la cerradura y la puerta se abrió soltándose al mismo tiempo la jamba. Se soltó también un herrumbroso gozne y la puerta quedó colgando.

– Sí, está muerto -dijo Poochie mirando a Herky, que debía llevar muerto quizá cinco días, hinchado y apestoso en aquella habitación sin ventilar que no sólo disponía de hornillo, sino también de una pequeña estufa de gas que era insoportable porque estábamos a treinta grados.

– ¿Puedo verle? -me preguntó Poochie de pie junto a la cama examinando el hinchado estómago y la cara putrefacta de Herky. No tenía párpados, y sus ojos miraban, plateados y vacíos, al chico del ascensor que sonreía desdentado y cloqueaba al ver los gusanos que había en el rostro y los hinchados órganos sexuales de Herky.

Crucé la habitación y golpeé el marco de la ventana hasta que conseguí abrirla. Las moscas caminaban por los cristales dejando húmedas pistas debidas a la condensación del vapor. Corrí después al hornillo, lo encendí y coloqué encima la sartén. Vertí toda la lata de café en la sartén, pero el chico del ascensor se lo estaba pasando tan a lo grande que pareció que no le importaba mi extravagante conducta con el café. Al cabo de unos minutos, el café empezó a tostarse y la habitación se llenó de un punzante y humeante olor que casi neutralizó el hedor de Herky.

– ¿No le importa que le mire? -volvió a preguntarme Poochie.

– Salga fuera, amigo -dije encaminándome hacia la puerta.

– Lleva muerto bastante tiempo, ¿verdad?

– Un poco más y se hubiera hundido en el colchón.

Me dirigí al teléfono público del fondo del pasillo del segundo piso.

– Venga conmigo -le grité, suponiendo que intentaría robar al viejo Herky en cuanto yo hubiera vuelto la espalda. Bastante desgracia es que le roben a uno estando vivo.

Introduje una moneda en el teléfono público y marqué el número de la centralita.

– Departamento de policía -dije, y esperé que se me devolviera la moneda mientras ella llamaba a la comisaría. La moneda no bajó. Miré severamente a Poochie, que apartó la cabeza inocentemente.

– Alguien habrá obturado el maldito tubo -dije-. Habrá algún sinvergüenza que se quedará con la moneda cuando quite la obturación.

– Hay muchos ladrones por aquí, oficial -dijo Poochie, todo arrugado y con un color más ceniciento que antes.

Llamé a los detectives y solicité que viniera uno para redactar el informe de la muerte; después colgué y encendí un puro; no es que me apeteciera, pero, en aquellos momentos, cualquier olor era válido.

– ¿Es verdad que explotan como una bomba al cabo de algún tiempo?

– ¿Quiénes?

– Los fiambres. Como el viejo Herky.

– Sí, muy pronto hubiera ensuciado todo el papel de la pared.

– ¡Maldita sea! -dijo el chico del ascensor esbozando una amplia sonrisa y dejando al descubierto una gran cantidad de encías, superiores e inferiores-. Algunos de estos tipos como Herky tienen montones de dinero escondido -dijo guiñándome el ojo.

– Sí, dejaremos que se quede con él. Era suyo desde hacía mucho tiempo.

– Ah, yo no quería decir que lo cogiéramos.

– Claro que no.

– Es que estos tipos de la sección forense roban todo lo que encuentran a mano.

– ¿Cuánto tiempo lleva viviendo aquí el viejo Herky? -pregunté sin molestarme en averiguar su verdadero nombre.

Del informe ya se encargaría el detective.

– A intervalos, durante más de cinco años. Siempre solo. Nunca tuvo amigos. Nadie. Tendido siempre en esta habitación, bebiendo. Acostumbraba a beberse como cuatro litros al día. Creo que vivía de la seguridad social. Pagaba el alquiler, comía un poco, bebía un poco más. Yo no hubiera podido hacerlo. Por eso soy chico del ascensor. No podría vivir de la seguridad social.

– ¿Hablaba usted alguna vez con él?

– Sí, pero nunca tenía nada que decir. No tenía familia. No se había casado nunca. No tenía parientes. Estaba completamente solo, ¿sabe? Yo tengo ocho hijos repartidos por todo este maldito país. Puedo ir a vivir con alguno de ellos de vez en cuando. El viejo Poochie nunca se verá así. -Guiñó el ojo y se golpeó el pecho con un huesudo pulgar-. Los tipos como el viejo Herky no se preocupan por nadie y nadie se preocupa por ellos. Se marchan de este mundo agarrándose la garganta y con los ojos abiertos en una solitaria habitación del hotel. Éstos son los tipos que se hinchan y después estallan ensuciando las paredes. Los tipos como el viejo Herky.

El chico del ascensor se imaginó al viejo Herky reventando y estalló en una gangosa y áspera carcajada porque aquello resultaba de lo más divertido.

Me quedé en el vestíbulo esperando la llegada del detective que me relevara de la vigilancia del cadáver. Mientras esperaba, me dediqué a examinar las dos paredes que flanqueaban la escalera. Eran de tipo antiguo, con una moldura festoneada a unos dos metros de altura, y en el primer rellano había sucias huellas de dedos por debajo de la moldura mientras que el resto de las paredes a ambos lados aparecía uniformemente sucia pero sin tiznes. Me acerqué al rellano, extendí la mano hacia el anaquel y encontré un paquete envuelto en papel higiénico. Lo abrí y encontré un equipo completo: cuentagotas, aguja hipodérmica, un trozo de hilo grueso, una cuchara quemada y una cuchilla de afeitar.

Rompí el cuentagotas, doblé la aguja y arrojé todo el equipo al cubo de la basura que había detrás del desvencijado mostrador del vestíbulo.

– ¿Qué es eso? -preguntó el chico del ascensor.

– Un equipo.

– ¿Un equipo de drogado?

– Sí.

– :¿Cómo supo que estaba allí?

– Elemental, querido Poochie.

– ¡Es estupendo!

Vino el detective que llevaba un sujetapapeles lleno de informes de muertes. Era uno de los más nuevos, un joven con aire universitario. No le conocía. Hablé con él unos minutos y el chico del ascensor le acompañó hasta donde se encontraba el cadáver.

– Nunca encontrarán al viejo Poochie muriéndose solo -me dijo exhibiendo las encías-. Nunca encontrarán al viejo Poochie reventando como un globo y manchando el papel de la pared.

– Tanto mejor para usted, Poochie -le dije, aspirando hondo al salir a la calle y pensando que aún podía percibir el hedor del cadáver. Me imaginé que tenía el hedor pegado a las ropas, subí al blanco-y-negro y salí a escape en mi prisa por alejarme de allí.

Estuve un rato recorriendo las calles y empecé a preguntarme qué podía hacer. Volví a pensar en el ladrón de hoteles y me dije si podría encontrar a Link Owens, un pequeño ratero de hoteles que es posible que estuviera en condiciones de decirme algo acerca de ese tipo que nos había estado causando tantas dificultades. Todos los ladrones de hoteles se conocen entre sí. A veces, se ven tantos en los vestíbulos de los mejores hoteles, que parece una convención de ladrones. Entonces recibí la llamada en código dos que me ordenaba regresar a la comisaría.

10

El código dos significa urgencia. Siempre que los policías reciben esta llamada para dirigirse a la comisaría empiezan a preocuparse. Muchos compañeros hacen comentarios tales como: «¿Qué he hecho de malo? ¿Tendré alguna dificultad? ¿Le habrá pasado algo a mi mujer? ¿A los niños?». Yo nunca he pensado tales cosas, claro. Una llamada en código dos siempre ha significado para mí que hay algún asunto especial para el que necesitan a un hombre, dando la casualidad de que han escogido mi coche.

Cuando llegué al despacho del comandante de guardia, el teniente Hilliard se encontraba sentado junto a su escritorio leyendo los editoriales de los periódicos de la mañana, sus miles de arrugas eran más pronunciadas que de costumbre, y se le veía tan malhumorado como siempre que leía cartas al director criticando a la policía o bien chistes que atacaban a la policía. Sin embargo nunca dejaba de leerlos a pesar de que no dejara de refunfuñar.

– Hola, Bumper -dijo, levantando los ojos-. Uno de los oficiales de represión del vicio te espera en su despacho. ¿Es algo de un corredor de apuestas que detuviste?

– Ah, sí, uno de mis informantes le facilitó ayer algunos datos. Supongo que Charlie Bronski querrá hablar conmigo de eso.

– ¿Vas a detener a un negociante en apuestas, Bumper? -me preguntó Hilliard, sonriendo.

En sus tiempos había sido un policía extraordinario. Lucía siete tiras de servicio en el antebrazo izquierdo y cada una de ellas equivalía a cinco años. Sus finas manos eran nudosas y cubiertas de salientes venas azules. Ahora sufría de los huesos y caminaba con la ayuda de un bastón.

– Soy oficial de patrulla. No puedo hacer trabajo de represión de vicio. No tengo tiempo.

– Si tienes algo que hacer con Bronski, adelante y pon manos a la obra. Tanto si se trata de asunto de represión de vicio como si no, todo es trabajo de policía. Además, nunca he visto a demasiados policías uniformados que hayan conseguido detener a un negociante en apuestas ilegales. Es la única clase de detención que no me has hecho nunca, Bumper.

– Veremos qué puede hacerse, teniente -dije sonriendo, y le dejé refunfuñando con los editoriales, un viejo que ya tendría que hacer años que se hubiera arrancado el broche. Llevaba aquí demasiado tiempo. Ya no podía marcharse: se moriría. Y tampoco podía trabajar, por lo que se limitaba a permanecer sentado y a hablar del trabajo de policía con otros individuos como él que creían que aquél consiste en meter a muchos sujetos en la cárcel y que todos los restantes deberes son secundarios. A los oficiales jóvenes les daba miedo acercarse al despacho del comandante de guardia cuando él estaba dentro. He visto a algunos novatos que llaman a un sargento al pasillo para que les apruebe un informe y no tener que llevárselo al teniente Hilliard. Éste exigía perfección, sobre todo en los informes. Nadie exigía jamás tal cosa de los jóvenes policías que eran niños de televisión y que ni en toda su vida hubieran podido hacerlo. Por esta razón era evitado generalmente por parte de los hombres que mandaba.

Cuando yo entré Charlie Bronski se encontraba en su despacho con otros dos oficiales de represión.

– ¿Qué sucede, Charlie? -le pregunté.

– Hemos tenido una suerte increíble, Bumper. Hemos comprobado el número telefónico y corresponde a un apartamento de Hobart cerca de la calle Octava, y Red Scalotta anda mucho por la calle Octava cuando no está en su restaurante de Wilshire. Apuesto a que el número que le sacaste a Zoot va directamente al apartamento de Reba McClain tal como yo esperaba. Siempre está cerca de Red, aunque nunca demasiado. Red lleva treinta años felizmente casado y tiene una hija en Stanford y un hijo que estudia medicina. Es la sal de la tierra el muy cerdo.

– El año pasado entregó nueve mil dólares a dos iglesias distintas de Beverly Hills -dijo otro de los oficiales de represión del vicio que parecía un gamberro con el cabello que le llegaba hasta el cuello y una barba y un sombrero flexible con insignias de la paz y de drogas. Lucía una camisa de tejido grueso y parecía un típico buscador de homosexuales de la calle Main.

– Y Dios le devuelve el ciento por uno -dijo el otro oficial, Nick Papalous, un sujeto de aire melancólico, de pequeños y blancos dientes. Nick llevaba unos grandes bigotes a lo Zapata, y patillas, y lucía una camisa floreada en tonos anaranjados. Yo había trabajado con Nick en distintas ocasiones antes de que le trasladaran a represión del vicio. Para ser tan joven, era un buen policía.

– Parecía que te interesaba mucho detener a un negociante en apuestas, Bumper; por eso he pensado que te gustaría venir con nosotros. No va a tratarse de ningún despacho clandestino, pero es posible que nos conduzca a uno, gracias a tu amigo Zoot. ¿Qué dices, quieres venir?

– ¿Tengo que vestirme de paisano?

– Si no quieres, no. Nick y Fuzzy van a echar la puerta abajo. Tú y yo podríamos interceptar la llamada en la cabina telefónica de la esquina. El uniforme no nos molestará para nada.

– Muy bien, vamos -dije impaciente por actuar y satisfecho de no tener que quitarme el uniforme-. Nunca he intervenido en una detención de represión del vicio.

– Yo me encargaré de la puerta -dijo Nick, sonriendo-. Fuzzy mirará por la ventana y os vigilará a ti y a Bumper en la cabina telefónica de la esquina. Cuando hayáis interceptado una apuesta, Fuzzy verá vuestra señal, me hará una seña y yo echaré la puerta abajo.

– Tendrá que ser un buen puntapié, ¿verdad, Nick, con estos zapatos tan finos de suela de goma que lleváis?

– No me costará mucho, Bumper -repuso Nick, sonriendo-. Claro que podría usar estos zapatones tuyos del doce.

– Trece -dije yo.

– Ojalá pudiera echar abajo la puerta -dijo Fuzzy-. Nada me encanta más que echar una puerta abajo al estilo John Wayne.

– Dile a Bumper por qué no puedes, Fuzzy -dijo Nick, sonriendo.

– Tengo una torcedura en el tobillo y un tendón lesionado -dijo Fuzzy cojeando ante mí para demostrármelo-. He estado dos semanas fuera de servicio.

– Dile a Bumper cómo sucedió -dijo Nick sin dejar de sonreír.

– Un horrible homosexual -dijo Fuzzy quitándose el sombrero de ala ancha y echándose hacia atrás el cabello rubio-. Tuvimos una denuncia acerca de ese homosexual que suele ir a la biblioteca central y acosa a todos los jóvenes que ve.

– Un tipo fornido -dijo Charlie-. Casi tan pesado como tú, Bumper. Y fuerte.

– ¡Maldita sea! -exclamó Fuzzy sacudiendo la cabeza y poniéndose serio a pesar de que Nick no dejaba de sonreír-. ¡Debieras haber visto los brazos de ese animal! Sea como fuere, me escogieron a mí para trabajarle, claro.

– Porque eres muy guapo, Fuzzy -dijo Charlie.

– Sí. En fin, me fui para allá a eso de las dos de la tarde y estuve esperando un rato, y allí estaba él junto al roble. Durante un par de minutos casi no supe cuál era el árbol, de lo ancho que es el tipo. Y te juro que en mi vida había visto a un marica más bruto, porque lo único que hice fue acercarme y decirle «Hola». Nada más, te lo juro.

– Vamos, Fuzzy, le guiñaste el ojo -dijo Charlie guiñándomelo a mí.

– Estúpido -dijo Fuzzy-. Te juro que sólo le dije «Hola, Brucie», o algo así, y esa bestia va y me agarra. ¡Me agarra! ¡Y me abraza! ¡Me inmovilizó los brazos! ¡Me quedé de una pieza, te lo digo en serio! Después empezó a restregarme arriba y abajo contra su grueso vientre, diciéndome «Eres precioso, eres precioso, eres precioso».

Fuzzy se levantó y empezó a agacharse y levantarse con los brazos a lo largo de los costados y ladeando la cabeza.

– Así estaba yo -dijo Fuzzy-. Saltando como una maldita muñeca de trapo, y entonces le dije: «E-e-e-está u-u-u-usted de-e-e-te-nido-do» y entonces dejó de quererme y me preguntó: «¿Qué?». Y yo le contesté: «¡Que está usted detenido, marica gordo/» Y él va y me tira. ¡Me tira! Y yo bajé rodando por la pendiente y fui a dar contra los peldaños de hormigón. ¿Y sabes qué sucede entonces? ¡Aquí, mi compañero, le deja escapar! Afirma que no pudo cogerle y el tipo no podía correr más que un caimán preñado. ¡Mi valiente compañero!

– Es que Fuzzy aprecia mucho a ese tipo -dijo Charlie, sonriendo-. Intenté cogerle, en serio, Fuzzy-. Y después añadió dirigiéndose a mí-: Creo que Fuzzy se enamoró. Quería el número de teléfono del gordo.

– ¡Puá! -dijo Fuzzy estremeciéndose al pensarlo-. Tengo una orden de prisión contra ese cerdo por haber agredido a un oficial de policía. Espera cuando le coja. ¡Le haré una llave que lo asfixiaré y le lobotomizaré!

– A propósito, ¿qué señal utilizáis para entrar en la casa? -pregunté.

– Siempre hacemos eso -dijo Charlie subiendo y bajando el puño cerrado.

– Paso ligero -dije sonriendo-. Eso me recuerda mi época de soldado de infantería.

Ahora me sentía a gusto porque iba a hacer algo distinto. Quizá hubiera debido intentar trabajar en represión del vicio, pensé; pero no, he tenido mucha más acción y mucha más variedad en la ronda. De eso se trata. De eso se trata en realidad.

– Reba debe ser algo extraordinario -dijo Fuzzy dando chupadas a un puro delgado y mirando a Charlie con la cabeza ladeada.

Por el aroma podía adivinar que se trataba de un puro de diez o quince centavos. Pensé que tenía que dejar de fumar.

– Ya lleva con Red varios años -le dijo Nick a Fuzzy-. Espera cuando la veas. En las fotografías no ha salido muy favorecida. Es muy guapa.

– Vosotros los policías de represión del vicio con vuestra sangre fría -dije para pinchar a Charlie- no os preocupáis de lo guapa que pueda ser una mujer. Lo único que es una mujer para vosotros es un número de detención. Apuesto a que cuando una prostituta guapa se tiende y separa las piernas pensando que sois un plan, le colocáis encima esta fría placa.

– Justo encima de su barriguita desnuda -dijo Nick-. Pero apuesto a que Reba debe ser algo más que una mujer guapa. Un tipo como Scalotta podría tener todas las mujeres que quisiera. Además, debe ser inteligente o algo parecido.

– Eso es lo que necesito, un poco de cerebro -dijo Fuzzy reclinándose en un sillón giratorio y apoyando los zapatos de suela flexible encima del escritorio. Era un chiquillo de rostro sonrosado por encima de la barba, supongo que no debía tener más de veinticuatro años.

– Un poco de cerebro sería lo primero que tendrías, Fuzzy -dijo Nick.

– ¡Ja! -exclamó Fuzzy apretando el puro entre los dientes-. Tenía una amiga china que era go-go girl de un salón de baile y…

– Vamos, Fuzzy -dijo Charlie-, no empieces con tus mentiras de las mujeres que tuviste cuando trabajabas en Hollywood. Fuzzy se ha acostado tres veces con todas las mujeres del Sunset Boulevard. Eso es, con todas.

– Lo digo en serio -añadió Fuzzy con mirada socarrona-. Esta chica no se acostaba más que conmigo.

Fuzzy se levantó y flexionó el bíceps.

Nick, que era hombre de pocas palabras, le dijo:

– Siéntate, cebo de maricas.

– De todos modos Reba no es que sea sólo inteligente -dijo Charlie-. Scalotta no la tendría sólo por eso. Es un bárbaro y le gusta hacer el salvaje con las mujeres. Seguro que la viste con pieles y le da una paliza.

– Yo nunca he dado crédito a estos rumores -dijo Nick.

– ¿No le pega? -preguntó Fuzzy sinceramente interesado.

– Una vez un soplón nos habló de eso -dijo Charlie-. El soplón nos dijo que a Red Scalotta le gustan las lesbianas y las palizas y que Reba es su preferida. El soplón nos dijo que es lo único que puede hacer Red ahora.

– Porquees un viejo -dijo Fuzzy muy en serio-. Creo que por lo menos tiene cincuenta años.

– Os digo que Reba es una auténtica chiflada -dijo Charlie-. ¿Recuerdas cuando la detuvimos, Nick? Mientras la conducíamos a la cárcel nos estuvo diciendo que las lesbianas la perseguirían por toda la celda antes de que consiguiera salir bajo fianza.

– A esta mujer la tienen intimidada -dijo Nick.

– Ni siquiera las tiene todas consigo ahora -dijo Charlie asintiendo.

– ¿Le asustan las lesbianas y sin embargo finge serlo con Red Scalotta? -preguntó Fuzzy esbozando una sonrisa en su barbada cara de niño.

– Pongamos mano a la obra -dijo Charlie-, después podremos pasarnos el día jugando al billar en una buena cervecería y escuchando los cuentos de Fuzzy acerca de todas esas mujeres de Hollywood.

Nick y Fuzzy tomaron uno de los coches de la sección de represión del vicio y yo subí a otro con Charlie. Siempre es posible que hubiera más de una persona en la casa y quizá hiciera falta sitio para llevar a los detenidos.

– Estupenda máquina, Charlie -dije contemplando el coche, que disponía de aire acondicionado. Era todo reluciente. La radio de la policía aparecía oculta en la guantera.

– No está mal -dijo Charlie-, sobre todo el aire acondicionado. ¿Habías visto alguna vez aire acondicionado en un coche de la policía, Bumper?

– En los que yo conduzco no, Charlie -contesté encendiéndome un puro, y Charlie fue cambiando de marchas para demostrarme que el coche tenía vida.

– En represión del vicio se pasa muy bien, Bumper, pero ¿sabes una cosa?, algunos de los ratos mejores los pasé caminando contigo en la ronda.

– ¿Cuánto tiempo trabajaste conmigo, Charlie, un par de meses?

– Unos tres meses. ¿Recuerdas la noche que detuvimos a aquel ladrón? ¿El tipo que leía notas necrológicas?

– Ah, sí -dije sin recordar que Charlie había trabajado conmigo. Cuando le ordenan a uno que enseñe a novatos, éstos acaban fundiéndose todos en la memoria y no se les puede recordar muy bien individualmente.

– ¿Te acuerdas? Estábamos sacudiendo a un tipo en la puerta de la cervecería india junto a la calle Tercera y tú observaste que tenía un periódico doblado por la parte de la sección necrológica guardado en el bolsillo. Entonces me dijiste que algunos ladrones se dedican a leer la sección necrológica y después roban en las casas de los muertos después del entierro, cuando no es probable que haya nadie en la casa durante un buen rato.

– Lo recuerdo -repuse emitiendo una nube de humo contra el parabrisas y pensando que por lo general la viuda o el viudo suelen permanecer un rato en la casa en compañía de algunos parientes. Lo que no puedo soportar es el robo de tumbas. Porque la víctima siempre tiene que tener alguna oportunidad de defenderse.

– Por esta detención recibimos un elogio, Bumper.

– ¿De veras? No me acordaba.

– Claro que yo lo recibí porque trabajaba contigo. Aquel tipo había robado diez o quince casas mediante este procedimiento. ¿Lo recuerdas? Yo era tan novato que no podía entender por qué se guardaba un par de calcetines en el bolsillo de atrás, y te pregunté si muchos de estos tipos sin casa suelen llevar consigo una muda de calcetines. Entonces tú me mostraste las señales producidas por los dedos en los calcetines y me explicaste que se los ponen como si fueran guantes para no dejar huellas. No me humillaste ni siquiera cuando te pregunté una cosa tan tonta. Te estoy muy agradecido.

– Siempre me ha gustado que me hagan preguntas -contesté, empezando a desear que Charlie se callara-. Oye, Charlie -dije para cambiar de tema-, si hoy conseguimos algo a través del teléfono, ¿qué posibilidades hay de que ello nos conduzca a algo gordo?

– ¿Te refieres a algo así como un despacho clandestino?

– Sí.

– Casi ninguna posibilidad. ¿Pero por qué te interesa tanto descubrir un despacho clandestino?

– No sé. Pronto voy a dejar el trabajo y nunca he detenido a un pez gordo como Red Scalotta. Me gustaría coger a uno.

– Hombre, yo tampoco he detenido nunca a nadie tan importante como Scalotta. ¿Y qué quieres decir, es que te marchas? ¿Te arrancas el broche?

– Un día de éstos.

– No puedo hacerme a la idea de que llegues a retirarte.

– ¿No te marcharás tú cuando cumplas veinte años de servicio?

– Sí, pero, no.

– Dejémoslo -dije, y Charlie me miró un instante, abrió la guantera y ajustó el aparato a frecuencia seis para poder intercomunicarse con los demás.

– Uno-Víctor-Uno a Uno-Víctor-Dos -dijo Charlie.

– Uno-Víctor-Dos, adelante -repuso Nick.

– Uno-Víctor-Uno, creo que es mejor aparcar detrás en la siguiente calle al Este, es Harvard -dijo Charlie-. Si por casualidad alguno estuviera mirando, no os verían pasar por el aparcamiento de la parte de atrás.

– Muy bien, Charlie -dijo Nick, y al cabo de unos minutos llegamos nosotros allí. La calle Octava es toda de edificios comerciales con muchos bares y restaurantes y las calles residenciales que corren de Norte a Sur son todas de edificios de apartamentos. Les dimos tiempo de llegar al descansillo del segundo piso de la casa y Charlie condujo hasta unos sesenta metros más al sur de la Octava en dirección a Harvard. Caminamos una manzana a pie hasta la cabina telefónica que se hallaba en la confluencia Sur-Oeste con Hobart. Unos dos minutos después, Fuzzy se asomó por la barandilla de hierro forjado del segundo piso y nos hizo una seña.

– Vamos, Bumper -me dijo Charlie introduciendo una moneda en la ranura. Charlie colgó en seguida-. Comunican.

– ¿Zoot ya te dio la clave y todo eso?

– La clave es veintiocho para Diente de León -dijo Charlie, asintiendo-. Es un punto de comunicación telefónico. Si se tratara de un punto de llamada podríamos tener algunas dificultades.

– ¿Qué diferencia hay? -pregunté de pie detrás de la cabina telefónica, de tal manera que si alguien se asomara por alguna ventana del apartamento no pudiera verme el uniforme azul.

– Un punto de llamada es el lugar donde el apostante o el corredor como Zoot llama al punto de comunicación, como yo voy a hacer ahora. Entonces cada quince minutos más o menos el despacho clandestino llama al punto de comunicación y allí le indican el número del apostante y entonces llama a éste. Creo que tendríamos muy pocas posibilidades si se tratara de eso porque los administrativos de los despachos clandestinos son más listos que los estúpidos que esperan en los puntos de comunicación. La última vez que detuvimos a Reba McClain era un punto de comunicación al que llama el apostante y ella anota las apuestas encima de un tablero de Fórmica y de vez en cuando el despacho clandestino llama y ella lee las apuestas y borra la fórmica. De esta manera es mejor para nosotros, porque siempre procuramos conseguir alguna prueba material si nos movemos con la suficiente rapidez.

– ¿La fórmica?

– Sí -repuso Charlie-. Algunos tipos abren la puerta de un puntapié y le arrojan algo al individuo del punto de comunicación para distraerle, de forma que no pueda borrar las apuestas. He visto a algunos policías arrojarle al tipo una pelota de tenis.

– ¿Y por qué no una de béisbol?

– No sería mala idea. Serías un buen policía de represión del vicio, Bumper.

– ¿La persona del punto de comunicación no sabe nunca el número telefónico del despacho clandestino? -pregunté.

– Claro que no. Por eso te decía que las posibilidades son muy escasas.

Charlie introdujo de nuevo la moneda en la ranura y volvió a colgar.

– Deben estar haciendo buen negocio -dijo.

– Los puntos de comunicación de Red Scalotta siempre hacen muy buen negocio -dijo Charlie-. Conozco personalmente a dos jueces del Tribunal Supremo que apuestan con él.

– Y probablemente también debe haber algunos policías -dije yo.

– Exactamente -repuso él, asintiendo-. Todo el mundo tiene vicios.

– ¿Cómo llamáis al sitio desde el que el teléfono se comunica con otro lugar?

– Una conexión -dijo Charlie-. A veces se entra en una habitación vacía y no se ve más que un jack de teléfono y un hilo que sale por la ventana, y para cuando localizas el apartamento al que llega el hilo, el sujeto del punto de comunicación ya se ha largado hace rato. En la conexión suele haber un sistema de alarma acoplado de tal manera que el individuo se entera de cuándo se descubre el lugar de llamada. Después también hay un sistema de interrupción con el que puede pasarse la llamada a otra línea telefónica. Como por ejemplo cuando el administrativo del despacho clandestino marca el punto de llamada en el que se encuentra el interruptor y después no cuelga. Entonces el apostante llama al punto de llamada y el despacho clandestino puede anotar la apuesta directamente. Todos estos sistemas tienen sus inconvenientes. Uno de los principales es que a los apostantes no les gustan los sistemas de llamada. La mayoría de apostantes son gente que trabaja y que aprovecha las pausas de tomar café y sólo dispone de unos cuantos minutos para ponerse en contacto con el corredor; les resulta imposible esperar diez o quince minutos esperando el punto de llamada y todo este lío. El punto de comunicación normal con algún individuo o quizás un ama de casa que se gana un dinero extra sentada junto al punto telefónico resulta el sistema más cómodo para las operaciones de apuestas.

– ¿Encontráis a muchas mujeres en estos puntos telefónicos?

– Ya lo creo. Las encontramos tanto delante como detrás. Es decir, que las encontramos tanto en los puntos de comunicación como en los despachos clandestinos. Tenemos entendido que Red Scalotta le paga a un empleado de punto de comunicación ciento cincuenta dólares semanales y al de un despacho clandestino trescientos. Es un buen sueldo para una mujer, teniendo en cuenta que está libre de impuestos. Es posible que una empleada de delante tenga que ir a la cárcel de vez en cuando, pero no es mucha molestia para ella. La organización le paga la fianza y todos los gastos legales. E inmediatamente empiezan a trabajar de nuevo. Es difícil que un juez envíe a alguien a una prisión federal por delito de apuestas ilegales, sobre todo si se trata de una mujer. Y nunca se envía a nadie a una prisión del Estado. Conozco a un tipo de la zona Sur que ya ha sido detenido más de ochenta veces por apuestas ilegales. Y aún sigue en el negocio.

– Parece que es un buen negocio.

– Es una broma, Bumper. Ni siquiera sé por qué lo hago; me refiero a intentar atraparles. Tenemos entendido que los despachos clandestinos de Red Scalotta ingresan unas cantidades brutas que oscilan entre uno a dos millones al año. Y por lo menos debe tener tres despachos en marcha. Es mucho dinero, aunque él ingrese neto únicamente de un once a un dieciséis por ciento. Y cuando detenemos a estos agentes y conseguimos demostrar su culpabilidad, se les aplica una multa de doscientos cincuenta dólares. Es una broma de mal gusto.

– ¿Habéis conseguido detener alguna vez al mismo Red Scalotta?

– Nunca. Red no se acerca a los despachos clandestinos. Tiene a un encargado que lo organiza todo. De vez en cuando podemos detener a un agente de delante y en muy raras ocasiones conseguimos descubrir un despacho clandestino, pero de ahí no pasamos. Bueno, probemos a ver si podemos apostar esta vez.

Charlie introdujo la moneda y marcó el número. Entonces le vi excitado y comprendí que le habían contestado.

– Oiga -dijo Charlie-, aquí veintiocho para Diente de León. Déme número cuatro en el segundo, cinco cruzado. Déme una de dos dólares, de cuatro caballos en rueda en el segundo. El caballo número dos al número cuatro, en el tercero al número seis, en el cuarto al número siete, en el quinto…

Charlie añadió otras apuestas correspondientes a carreras del hipódromo local, el Hollywood Park, lo cual ya se sobreentiende a no ser que uno especifique algún hipódromo del Este. A media conversación Charlie se inclinó hacia adelante en la cabina telefónica y bajó el puño en dirección a Fuzzy, que desapareció en el interior de la casa. Charlie me hizo una seña y yo me quité la gorra y entré con él en la cabina telefónica. Él sonrió y me acercó el teléfono al oído.

Escuché el estruendo a través del teléfono y el grito de la aterrorizada mujer, y segundos más tarde la voz de Nick dijo a través de la línea:

– Hola, cariño, ¿te gustaría una en rueda o una de tres caballos hoy?

Charlie se echó a reír y colgó el teléfono, regresamos al coche y nos dirigimos a la casa aparcando frente a la misma.

Cuando llegamos al segundo piso, Fuzzy estaba calmando a la encolerizada propietaria que se quejaba de la rotura de la puerta, que Nick procuraba mantener cerrada para conseguir un poco de reserva. En el interior del apartamento se hallaba sentada en un sofá una muchacha agraciada de cabello oscuro llorando a lágrima viva.

– Hola, Reba -dijo Charlie sonriendo mientras entrábamos y mirábamos a nuestro alrededor.

– Hola, señor Bronski -dijo ella llorosa, sosteniendo en las manos el segundo pañuelo empapado de lágrimas.

– El juez te advirtió la última vez, Reba -dijo Charlie-. Va a ser la tercera vez que te condenan por apuestas ilegales. Te dijo que te echaría los seis meses que no te aplicaron. Es posible incluso que te apliquen, además, una sentencia consecutiva.

– Por favor, señor Bronski -gimoteó ella echándose boca abajo sobre el sofá y sollozando con tanta fuerza que temblaba todo el sofá.

Vestía una elegante blusa de punto y una falda y lucía una banda azul a juego alrededor de su cabello oscuro. Sus bonitas piernas aparecían ligeramente manchadas de pecas. Era una chica muy guapa, muy irlandesa.

Charlie me acompañó al coquetón y perfumado dormitorio en el que se encontraba el teléfono. Reba había borrado la mitad de las apuestas que había anotado en una pizarra de treinta por cuarenta centímetros, pero las demás aparecían intactas. En el suelo se observaba un paño húmedo, junto a la pizarra y al teléfono caído.

– Apuesto a que habrá vuelto a mojarse las bragas esta vez -dijo Charlie sonriendo mientras examinaba los números y las x de la pizarra que indicaban el hipódromo, las carreras, la posición de handicap, y la cantidad a ganar, colocar o invertir. La identificación del apostante aparecía escrita al lado de las apuestas. Observé que un tal K. L. había efectuado muchas apuestas, probablemente justo antes de que Charlie llamara.

– Vamos a exprimirla -me susurró Charlie-. Tú creías que Zoot era un cobarde; espera a escuchar a esta mujer. Una verdadera chiflada.

– Adelante -le estaba diciendo Nick a alguien por teléfono cuando regresamos al salón. Fuzzy le estaba diciendo educadamente que sí con la cabeza a la propietaria, al tiempo que la sacaba fuera y cerraba la puerta rota colocando una silla frente a la misma.

– Exacto. Ya lo tengo -dijo Nick, colgando.

Instantes después volvió a sonar el teléfono.

– Hola -dijo Nick-. Muy bien. Adelante-. A cada muy pocos segundos murmuraba-: Sí -y anotaba las apuestas-. Ya lo he anotado.

Después colgaba.

– Nick está tomando algunas apuestas para fastidiar a Scalotta -me explicó Charlie-. Es posible que alguno de estos tipos ganen o es posible que se enteren de que Reba ha sido descubierta y entonces afirmarán que han hecho una apuesta y no podrá demostrarse que no es verdad, por lo que Scalotta tendrá que pagarles o bien perder los clientes. Así es como conseguimos la mayoría de informaciones, a través de los apostantes descontentos. No es frecuente que se nos presente en bandeja a un corredor de apuestas como Zoot Lafferty, dispuesto a jugarse el pan.

– Señor Bronski, ¿puedo hablar con usted? -dijo Reba sollozando mientras Nick y después Fuzzy iban contestando al teléfono y anotando las apuestas.

– Vamos a la otra habitación -dijo Charlie, y ambos seguimos a Reba al dormitorio; ella se sentó en la blanda y enorme cama y se secó las lágrimas.

– No tengo tiempo para tonterías, Reba -dijo Charlie-. No estás en condiciones de hacer tratos. Tenemos la sartén por el mango.

– Ya lo sé, señor Bronski -repuso ella aspirando hondo-. No voy a decirle tonterías. Quiero trabajar para usted. Le juro que haré lo que me diga. Pero, por favor, no me detenga por tercera vez. Este juez Bowers es un bastardo. Me dijo que si infringía la libertad provisional me metería en la cárcel. Por favor, señor Bronski, usted no sabe lo que es aquello. No podría cumplir los seis meses. No podría soportar siquiera seis días. Me mataría.

– ¿Quieres trabajar para mí? ¿Y qué podrías hacer?

– Cualquier cosa. Conozco un número de teléfono. Dos números. Podría descubrir otros dos sitios igual que éste. Le daré los números.

– ¿Y cómo los sabes?

– No soy tonta, señor Bronski. Escucho y me entero de cosas. Cuando están borrachos o eufóricos me hablan, igual que todos los hombres.

– ¿Te refieres a Red Scalotta y a sus amigos?

– Por favor, señor Bronski, le daré los números pero no puede usted meterme en la cárcel.

– No es suficiente, Reba -dijo Charlie sentándose en una silla tapizada en raso color violeta al lado de un desordenado tocador. Encendió un cigarrillo mientras Reba miraba a Charlie y a mí con la frente arrugada y mordiéndose el labio-, esto no es suficiente en absoluto -dijo Charlie.

– ¿Qué quiere usted, señor Bronski? Haré todo lo que me diga.

– Quiero el despacho clandestino -dijo Charlie con soltura.

– ¿Qué?

– Quiero uno de los despachos clandestinos de Red Scalotta. Nada más. Quédate con los números de teléfono que sabes. Si tomamos demasiado de golpe, te quemarás y yo quiero que sigas trabajando por cuenta de Red. Pero quiero el despacho clandestino. Creo que tú puedes ayudarme.

– Dios mío, señor Bronski. Oh, Madre de Dios, estas cosas yo no las sé, se lo juro. ¿Cómo podría saberlas? Yo me limito a contestar llamadas telefónicas. ¿Cómo podría saberlas?

– Eres la amiga de Red.

– ¡Red tiene otras amigas!

– Pero tú eres una amigaespecial. Y eres inteligente. Escucha.

– Estas cosas no las sé, señor Bronski. Se lo juro por Dios y por Su Madre. Se lo diría si lo supiera.

– Toma un cigarrillo -dijo Charlie, y colocó uno en la temblorosa mano de Reba.

Se lo encendió y ella levantó la mirada como un conejito acorralado, se atragantó con el humo, aspiró hondo y después inhaló por el conducto apropiado. Charlie la dejó fumar unos instantes. La tenía lista, que es lo que él quería, y no hubiera debido esperar. Pero estaba claro que era una loca y cuando se trata con chiflados hay que improvisar. Dejaba que se tranquilizara y recuperara un poco la confianza. Aunque fuera durante un minuto.

– No protegerías a Red Scalotta si ello significara que tienes que acabar en la cárcel, ¿verdad, Reba?

– Pues claro que no, señor Bronski, no protegería ni a mi madre si significara eso.

– ¿Recuerdas la vez que te detuve? ¿Recuerdas que hablabas de aquellas vellosas lesbianas que te encontraste en la cárcel? ¿Recuerdas lo asustada que estabas? ¿Te molestó alguna de ellas?

– Sí.

– ¿Dormiste en la cárcel?

– No, me pagaron la fianza.

– ¿Y qué sucederá cuando te apliquen los seis meses, Reba? Entonces tendrás que dormir en la cárcel.

– Bueno, ¿y qué pasa con ello?

– Ya tendrás ocasión de verlo, muchacha. Ya verás…

– Aborrezco la cárcel, señor Bronski -dijo ella, estremeciéndose.

– Escucha, Reba, yo comprendo muy bien tus sentimientos. Y espero que sean sinceros. Siempre he creído que, en el fondo, eres una buena chica… Por esto pierdo ahora el tiempo contigo hablando. ¡Maldita sea! La cárcel no se ha hecho para según qué personas. Y una mujer como tú, allí dentro, está expuesta… Bueno, ¡ejem!, está indefensa, a la merced de toda clase de mujeres viciosas, acostumbradas a todo. ¡A todo! ¿Me entiendes? Y luego, están las drogas. Y puede llegar un día en que ya ni te soportes a ti misma. Sí, créeme, Reba. Sé buena chica y cuéntame todo lo que sepas. Esto te evitará males mayores.

– ¿Por qué me hace eso, señor Bronski? -preguntó Reba empezando a sollozar de nuevo. Arrojó el cigarrillo sobre la alfombra y yo lo recogí y lo apagué-. ¿Por qué a los hombres les gusta hacer daño? ¡Todos hacen daño!

– ¿Red te hace daño? -le preguntó Charlie tranquilamente, sudando un poco mientras encendía otro cigarrillo sirviéndose de la colilla del que acababa de fumarse.

– ¡Sí! ¡Me hace daño! -gritó ella, y Fuzzy asomó la cabeza por la puerta para ver a qué venían los gritos, pero Charlie le indicó con un gesto que se fuera mientras Reba sollozaba.

– ¿Te hace cosas horribles? -preguntó Charlie, y ella estaba demasiado histérica para comprender que le estaba hablando como si fuera una niña de diez años.

– ¡Sí, el muy bastardo! Es un bastardo monstruoso. ¡Me hace daño! ¡Le gusta hacer daño! ¡El cochino monstruo!

– Apuesto a que te obliga a hacer cosas con lesbianas -dijo Charlie mirándome, y comprendí entonces que le había adiestrado bien. No era un tipo que se quedara a la mitad de las cosas.

– Me obliga a hacerlo, señor Bronski -dijo Reba-. No me gusta, le juro que no. Aborrezco hacerlo con una mujer. No me han educado así. Es un pecado terrible hacer estas cosas.

– Apuesto a que tampoco te gusta trabajar para él. Te molesta estar sentada junto al teléfono contestando a las llamadas, ¿verdad?

– Memolesta, señor Bronski. Lo aborrezco. Es tan tacaño. No quiere darme dinero para nada. Siempre me obliga a ganármelo trabajando. Tengo que hacer esto con ellas tres noches a la semana. Y tengo que quedarme sentada en esta maldita habitación para contestar a estas malditas llamadas y sé que en cualquier momento un policía puede echar abajo la puerta y llevarme a la cárcel. Por favor, ayúdeme, señor Bronski.

– Entonces deja de protegerle -repuso Charlie.

– Me matará, señor Bronski -dijo Reba, abriendo mucho sus bonitos ojos color violeta y ensanchando las ventanas de la nariz. Se veía que estaba muy asustada.

– No te matará, Reba -dijo Charlie tranquilizándola-. No se enterará de que has sido tú. Nunca sabrá que me lo has dicho. Fingiremos que nos lo ha dicho otra persona.

– No losabe nadie más -susurró ella con la cara blanca como la cera.

– Nosotros lo arreglaremos, Reba. No te preocupes, sabemos proteger a las personas que nos ayudan. Fingiremos que lo ha hecho otra persona. Te prometo que nunca sabrá que has sido tú.

– Dígame que jura ante Dios que me protegerá.

– Juro ante Dios que te protegeré.

– Dígame que jura ante Dios que no iré a la cárcel.

– Tenemos que detenerte, Reba. Pero ya sabes que Red te pagará la fianza al cabo de una hora. Cuando llegue el momento del juicio, iré a hablar personalmente con el juez Bowers y no irás a la cárcel por haber infringido la libertad provisional.

– ¿Está completamente seguro de eso?

– Estoy casi completamente seguro, Reba. Mira, hablaré personalmente en tu favor. Los jueces siempre están dispuestos a darle a la gente otra oportunidad, tú ya lo sabes.

– ¡Pero es que este juez Bowers es un bastardo!

– Estoy completamente seguro, Reba. Podremos arreglarlo.

– ¿Tiene otro cigarrillo?

– Primero hablemos. No tengo más tiempo que perder.

– Si lo descubre, soy persona muerta. Mi sangre caerá sobre usted.

– ¿Dónde está el despacho clandestino?

– Sólo lo sé porque escuché a Red una noche. Fue después que se hubo divertido cochinamente conmigo y una chica que se llama Josie, que él se trajo consigo. Era tan morbosa y cochina como Red. Y se trajo también a un tipo, un judío que se llamaba Aaron no sé qué.

– ¿Un tipo calvo, bajo, con gafas y bigote gris?

– Sí, ése es -repuso Reba.

– Me han hablado de él -dijo Charlie, que comenzó a removerse en el asiento porque estaba empezando a comprender algo y yo también empezaba a comprenderlo, aunque no sabía quién demonios era aquel Aaron.

– Bueno, este Aaron nos estuvo mirando a Josie y a mí y cuando Red se metió en la cama con nosotras, éste le dijo a Aaron que se fuera al salón y se tomara un trago. Red estaba muy excitado aquella noche, pero no se portó mal por lo menos. No me hizo daño. ¿Puede darme un cigarrillo, señor Bronski?

– Toma -dijo Charlie con la mano no del todo firme, lo cual está bien porque significa que la buena información aún podía emocionarle.

– Sabe bien -dijo Reba dando una profunda chupada al cigarrillo-. Después Red mandó llamar un taxi para Josie y la envió a casa y él y Aaron empezaron a hablar y yo me quedé en la alcoba. Se creían que estaba dormida, pero, tal como le digo, no soy tonta, señor Bronski, y siempre escucho y procuro enterarme de cosas. Aaron no hacía más que hablar de la «lavandería», y al principio yo no le entendía, aunque sabía que Red se estaba disponiendo a trasladar uno de sus despachos clandestinos. Y aunque no lo he visto nunca, ni éste ni los otros, sabía de ellos a través de corredores y de gente del negocio. Aaron se estaba preocupando por la puerta de la lavandería y yo me imaginé que debía tratarse de que la puerta del despacho estaba demasiado próxima a la puerta de la lavandería y Aaron estaba procurando convencer a Red para que pusiera otra puerta en la parte de atrás que diera a una calleja, pero Red decía que resultaría demasiado sospechoso. Eso fue lo que escuché, y después un día Red me acompañó a cenar a su club y me dijo que tenía que pararse para recoger una ropa limpia y aparcó ante un sitio junto a la Sexta y Kenmore y entró por una puerta lateral y salió al poco rato diciéndome que la ropa no estaba lista. Entonces vi el rótulo en la ventana. Era una lavandería china.

Reba dio dos profundas chupadas al cigarrillo emitiendo el humo de una de ellas por la nariz mientras daba la segunda.

– Eres una chica lista, Reba -dijo Charlie.

– Tiene que protegerme, señor Bronski. No tengo más remedio que vivir con él, y si se entera, moriré. Moriré de mala manera, de mala manera auténtica, señor Bronski. Me contó una vez lo que le había hecho a una chica que le engañó. Fue hace treinta años, y hablaba como si hubiera sucedido ayer, de cómo gritaba y gritaba la chica. Fue tan horroroso que me hizo llorar. ¡Tiene que protegerme!

– Lo haré, Reba. Te lo prometo. ¿Sabes la dirección de la lavandería?

– La sé -dijo, asintiendo-. Había unos despachos o algo así en el segundo piso, quizás unas oficinas comerciales, y había un tercer piso, pero no figuraba ningún rótulo en las ventanas.

– Buena chica, Reba -dijo Charlie sacando por primera vez el cuaderno y el lápiz ahora que ya no tenía que temer que sus anotaciones interrumpieran la corriente del interrogatorio.

– Charlie, dame las llaves -dije-. Será mejor que vuelva a la patrulla.

– Muy bien, Bumper, me alegro de que hayas venido -me dijo Charlie arrojándome las llaves-. Déjalas debajo del visor. ¿Sabes dónde aparcamos?

– Sí, hasta luego.

– Ya te contaré lo que haya sucedido, Bumper.

– Adiós, Charlie. Adiós, nena -le dije a Reba.

– Adiós -repuso ella, agitando los dedos en dirección a mí como una niña pequeña.

11

Era estupendo regresar a la Casa de Cristal con el coche de represión del vicio por el acondicionamiento de aire de que éste disponía. Algunos de los blanco-y-negro nuevos también disponían de ello, pero yo todavía no los había visto. Encendí la radio, sintonicé una música suave y encendí un puro. Vi la temperatura que marcaba un termómetro callejero: veintiocho grados. Yo sentía más calor. Hacía un bochorno tremendo.

Tras cruzar la carretera del Puerto pasé frente a los grandes despachos de una empresa inmobiliaria y recordé que una vez le había quitado todas las máquinas a una de ellas. Un soplón me dijo que alguien de la casa había comprado varias máquinas de oficinas a un ladrón, pero el soplón no sabía quién las había comprado ni tampoco quién era el ladrón. Entré un día en el despacho a la hora del almuerzo cuando casi todo el mundo había salido y les dije que estaba efectuando comprobaciones de seguridad con vistas a un programa de prevención de robos patrocinado por el departamento de policía. Una graciosa oficinista me acompañó por todas las dependencias y yo comprobé todas las puertas y ventanas y ella me ayudó a anotar todos los números de serie de las máquinas de la empresa para que la policía pudiera anotarlas en su registro al objeto de poder localizarlas caso de que fueran robadas. En cuanto regresé a la comisaría, telefoneé a Sacramento y les indiqué los números, descubriendo que trece de las diecinueve máquinas habían sido sustraídas en distintos robos producidos en la zona del Gran Los Ángeles. Volví acompañado de los detectives del departamento de robos y me las llevé junto con el director del despacho. Las máquinas eléctricas IBM son lo que más se cotiza en este momento. La mayoría de máquinas las venden los ladrones a hombres de negocios «legítimos» que, al igual que todo el mundo, no pueden dejar pasar la ocasión de hacer una buena compra.

Se estaba acercando la hora del almuerzo y aparqué el coche de represión del vicio junto al edificio de la policía y recogí mi blanco-y-negro pensando dónde iba a almorzar. La calle Olvera estaba excluida porque ya había comido al estilo mexicano la noche anterior con Cruz y Socorro. Pensé en el barrio chino, pero ya había estado allí el martes, y estaba a punto de dirigirme a un tugurio donde hacen unas hamburguesas estupendas cuando pensé en Odell Bacon. Hacía tiempo que no comía una buena barbacoa; me dirigí por tanto hacia el sur por la Avenida Central para ir a parar a la zona de la calle Newton. Cuanto más pensaba en la barbacoa tanto mejor me parecía la idea y empezó a hacérseme la boca agua.

Vi a una negra que se apeaba del autobús y que echaba a andar por una bocacalle de la Avenida Central y yo giré a esta calle sin motivo alguno para ir a desembocar a Avalon. Entonces vi a un negro en el porche de una casa de madera pintada de blanco. Estaba observando a la mujer y casi a punto de levantarse cuando vio acercarse el blanco-y-negro. Fingió entonces que estaba mirando hacia el cielo, volvió a sentarse con excesiva indiferencia y yo pasé frente a él, giré al llegar a la siguiente manzana y después seguí bajando por la calle hasta que encontré la primera bocacalle en dirección Norte. Volví a girar en dirección Este y bajé hacia el sur por la Central; finalmente di la vuelta a toda la manzana decidiendo volver a pasar por la misma calle. Era una zona muy propicia para los ladrones de bolsos, que buscaban una casa en la que no hubiera nadie, se sentaban en las escaleras cerca de una parada de autobús como si vivieran en la casa y cuando pasaba una mujer corrían, le quitaban el bolso y después echaban a correr atravesando el patio de la casa para pasar a la calle de atrás en la que tenían estacionado el coche. La mayoría de las negras de aquí no llevan bolso. Guardan el dinero en el sujetador, razón por la cual ya no suele practicarse demasiado este tipo de robo; yo sin embargo hubiera apostado a que aquel tipo se proponía practicarlo. Y aquella mujer llevaba un gran bolso de cuero marrón. Nadie recela de un sujeto que se acerca saliendo del porche de una casa de la vecindad de uno.

Vi a la mujer a media manzana y al negro siguiéndola de cerca con paso rápido, me excité en exceso y pisé demasiado el acelerador en lugar de deslizarme suavemente a lo largo del bordillo de la acera; el tipo se volvió, me vio y torció a la derecha perdiéndose entre unas casas. Sabía que era absurdo perseguirle. Todavía no había hecho nada y, además, se ocultaría en algún patio posterior como suelen hacer siempre estos individuos y jamás conseguiría encontrarle. Pensé en dirigirme al Bar-b-que de Odell Bacon y cuando pasé junto a la mujer la miré y le dirigí una sonrisa, ella me la devolvió; era una vieja borrega de aspecto agradable. Había ovejas blancas y ovejas negras y había perros fieros y algunas Bonitas Pastoras. Pasado mañana habría un pastor menos, pensé.

Podía aspirar el aroma a humosa carne desde cien metros de distancia. La asaban en tres grandes y anticuados hornos de ladrillo. Cuando entré, Odell y su hermano Nate se hallaban detrás del mostrador. Lucían unos deslumbrantes uniformes blancos de cocinero y gorros y delantal a pesar de que atendían el mostrador y se encargaban de cobrar y ya no tenían que cocinar. El local aún no había empezado a llenarse para la hora del almuerzo. Aquí sólo comían unos cuantos blancos, porque temen bajar a lo que se considera el ghetto. Justo en este momento sólo había un par de clientes y yo era el único blanco. De todos modos, en la zona sur de Los Ángeles todo el mundo conocía el Bar-b-que de Bacon. Era el mejor restaurante de comida negra y de barbacoa de la ciudad.

– Hola, Bumper -me dijo Nate, que me vio primero-. ¿Qué hay, hombre?

Era el más joven, tendría unos cuarenta años y era de color café. Tenía unos brazos musculosos de haber trabajado muchos años en el ramo de la construcción antes de asociarse con Odell.

– Nada especial, Nate -repuse sonriendo-. Hola, Odell.

– Muy bien, Bumper -dijo Odell esbozando una ancha sonrisa. Era un hombre grueso de cara redonda-. Estoy muy bien. ¿Dónde has estado? No te hemos visto últimamente.

– Me lo tomo con calma -dije-. Estos días no he paseado demasiado.

– Ya es hora -dijo Nate, riéndose-. Si el viejo Bumper no puede conseguir algo, es que no merece la pena conseguirse.

– ¿Hoy un poco de quimgombó, Bumper? -me preguntó Odell.

– No, creo que me tomaré unas chuletas -repuse pensando que el quimgombó me gustaba, pero que, teniendo en cuenta la generosidad con que lo hacían aquellos individuos, lleno de pollo y cangrejo, es posible que no me permitiera disfrutar de la barbacoa y yo sentía deseos de saborear la gustosa salsa casera que era su especialidad y que jamás había saboreado en ningún otro sitio.

– ¿Sabes a quién vi ayer, Bumper? -preguntó Odell mientras preparaba un poco de pollo y un plato caliente de carne con patatas fritas y quimgombó para un cliente de la barra.

– ¿A quién?

– A aquel tipo que una vez metiste en la cárcel, ¿te acuerdas? Aquel que estaba discutiendo con Nate el pago de una cuenta y que empezó a arrearle y entonces entraste tú y le sacudiste muy bien. ¿Recuerdas?

– Ah, sí. Ya me acuerdo. Se llamaba Sneed. Olía a mierda de perro.

– Ése es -dijo Nate, asintiendo-. No sabes qué poco me gustaba tenerle por cliente. Ropa sucia, cuerpo sucio, todo él sucio.

– Me alegro de que no se te produjera una gangrena cuando este cerdo te dio aquella paliza, Nate -dije.

– El muy bastardo -dijo Nate, recordando el puñetazo que le había dejado sin sentido lo menos cinco minutos-. Vino el otro día. Le reconocí inmediatamente y le dije que se fuera o que llamaría a Bumper. Debió recordar el nombre porque se fue en seguida maldiciendo por lo bajo.

– Conque me recordaba, ¿eh? -sonreí mientras Odell me ponía delante un vaso de agua fría y una taza de café sin que yo se lo hubiera pedido. Como es natural, ya sabían ellos que no trabajaba en la comisaría de la calle Newton y sólo invitaban a los del coche patrulla de la calle Newton; sin embargo, después de la pelea con Sneed, siempre me daban comida gratis y en realidad siempre insistían para que fuera con más frecuencia. Pero a mí no me gustaba aprovecharme. Antes de aquello, yo iba y pagaba a mitad de precio como puede hacer cualquier policía uniformado.

– Ya viene el barullo del mediodía -dijo Nate, y oí que se cerraban varias portezuelas de coches y entonces entraron como una docena de negros hablando y riéndose y ocuparon los grandes reservados de la parte de delante. Me imaginé que debían ser profesores. Había una escuela superior y dos escuelas primarias en las cercanías y el local estaba ya muy lleno cuando Nate me puso delante el plato. Sólo que no era un plato, sino una bandeja. Siempre sucedía lo mismo. Yo pedía chuletas y me ofrecían ración doble y un montón de carne chorreante de salsa de barbacoa y un delicioso pan tierno de la panadería de al lado y un montículo de mantequilla batida en forma de helado. Yo mojaba el pan en la barbacoa y Nate o bien Odell me iban vertiendo más barbacoa en la bandeja a medida que yo me la iba comiendo. Todo ello acompañado con una gran cantidad de ensalada de col picada deliciosa y sólo unas cuantas patatas fritas, porque ya no quedaba mucho sitio para otra cosa. La carne de Odell no tenía grasa. Él era demasiado orgulloso para permitir tal cosa, porque casi tenía sesenta años y aún no había aprendido los nuevos sistemas de cortar esquinas y modelar los trozos.

Cuando hube superado el primer goce de recordar exactamente lo deliciosa que era la carne, una de las camareras empezó a servir en el mostrador porque Odell y Nate estaban agobiados de trabajo. Era una muchacha exuberante de unos treinta y cinco años quizás, un poco más oscura que Nate, con un peinado modestamente elaborado, cosa que me gusta más que los artificiosos peinados al estilo africano. Tenía una cintura muy fina para su talla y el busto le sobresalía por encima de un estómago liso. Se había percatado de que la estaba admirando y pareció que no le importaba y, como siempre, la proximidad de una mujer guapa hizo que la comida me resultara perfecta.

– Se llama Trudy -me dijo Odell guiñándome el ojo cuando la camarera se desplazó al fondo del mostrador.

Su guiño y su sonrisa significaban que era presa fácil y que no estaba casada ni nada parecido. Hubo un tiempo en que salí con una de sus camareras, una regordeta muchacha oscura que se llamaba Wilma y tenía treinta y dos años. Al final dejó a Odell y se casó por cuarta vez. Me encantaba estar con ella. Cuando empezamos a salir juntos le enseñé a nadar y a bailar el jerk y el boogaloo que me había enseñado mi amiga, la que se parecía a Madeleine Carroll.

– Gracias, Odell -dije-. Quizás la próxima vez que venga tomaré una mesa en su sección.

– ¿Ha sucedido algo divertido últimamente, Bumper? -me preguntó Nate tras pasar algunos encargos a la cocina.

– Últimamente, no… Vamos a ver, ¿os he contado alguna vez lo del lechuguino que detuve por pasarse un semáforo rojo delante de vuestro local?

– No, cuéntanoslo -dijo Odell deteniéndose con un plato en la mano.

– Bueno, tal como os digo, este sujeto se pasó un semáforo rojo y yo le perseguí y le llevé a la Cuarenta y uno. Era un gigante, quizás medía metro noventa y cinco, y más gordo que yo. Todo músculo. Mientras escribo la multa, hago una comprobación a través de la radio. Resulta que hay orden de prisión contra él por infracción del código de circulación.

– Caramba -dijo Nate, ahora todo oídos-. ¿Tuviste que luchar con él?

– Cuando le digo que hay esta orden, va y me dice: «Lo siento, hombre. Porque no voy a ir a la cárcel.» Con toda la frescura. Después retrocede como si estuviera dispuesto a abalanzarse sobre mí.

– Maldita sea -dijo Odell.

– Entonces se me ocurre una idea. Me acerco al coche de la policía y digo por radio en voz alta:

– Uno-X-L-Cuarenta y cinco solicita una ambulancia en Cuarenta y Uno y Avalon.

»El lechuguino gigante mira a su alrededor y me pregunta:

»-¿Para qué la ambulancia?

»Y yo le contesto:

»-Es para ti si no subes a este coche, sinvergüenza.

«Entonces subió al coche y a medio camino de la cárcel empieza a reírse y después estalla en carcajadas.

»-Hombre -me dice-, me has tomado el pelo. Es la primera vez que me río cuando voy a la cárcel.

– Caramba, Bumper -dijo Odell-. Eres extraordinario. Caramba.

Después ambos se alejaron riendo a atender a los clientes.

Me terminé la carne y mojé en la salsa el último pan que me quedaba, pero ahora no me sentía feliz. De hecho me sentía deprimido entre tanta gente y con la camarera trajinando y con el rumor de platos; por eso me despedí de Nate y Odell. No podía darles propina a ellos, aunque me hubieran servido personalmente, por eso le di a Nate dos dólares mientras le decía:

– Dáselos a Trudy. Dile que es una propina anticipada por lo bien que va a servirme cuando tome una mesa en su sección.

– Se lo diré, Bumper -contestó Nate sonriendo mientras yo saludaba con la mano y me dirigía hacia la puerta eructando.

Mientras estaba intentando leer la temperatura en el termómetro de una empresa de ahorros y préstamos, vi la hora que era por encima de una marquesina. Era la una y media, hora de la tarde en que siempre se reúne el tribunal. ¡Había olvidado que esta tarde tenía que asistir a una vista preliminar!

Maldije para mis adentros mientras me dirigía a las nuevas dependencias del juzgado municipal en el Sunset, cerca de la plaza de la Misión Antigua y después aminoré la marcha pensando, qué demonio, es la última vez que asisto a un juicio estando de servicio. Es posible que me llamen a declarar cuando me haya retirado, pero ésta será la última vez que lo hago estando deservicio y en veinte años nunca había llegado con retraso. Qué demonios, aminoré la marcha y me dirigí con toda tranquilidad al juzgado.

Pasé frente a uno de los bares indios de la calle Main y vi a dos chulos borrachos a punto de atizarse mientras se dirigían a una calleja de atrás empujándose el uno al otro y gritando. Conocía a muchos payutes y apaches y a muchos otros de las otras tribus del Sudoeste porque muchos de ellos iban a parar aquí, por la zona de mi ronda. Pero resultaba deprimente estar con ellos. Se les veía tan derrotados a los que acababan en la calle Main que de vez en cuando me alegraba de verles pelear. Por lo menos eso me demostraba que podían luchar un poco contra algo, aunque fuera simplemente un hermano de tribu borracho. Cuando llegaban a mi ronda estaban acabados y a veces incluso mucho antes de venir a parar aquí. Se convertían en borrachos y muchas de las mujeres en gordas prostitutas de a cinco dólares. Hubiera deseado recogerles, sacudirles, enviarles a alguna parte, pero parecía que los indios no deseaban ir a ninguna parte. Eran un pueblo desahuciado y abandonado. Un viejo policía de ronda me dijo que podían partirte el corazón si les dejabas.

Vi a una familia de gitanos que se dirigía a un viejo Pontiac herrumbroso que se encontraba en un aparcamiento cercano a la Main y la Tercera. La madre era una mujer encorvada, desaliñada y sucia, con pendientes colgantes, una blusa campesina y una falda de mucho vuelo que le colgaba más de un lado que de otro por debajo de las rodillas. El hombre la precedía. Era diez centímetros más bajo y muy delgado, debía tener aproximadamente mi edad. Un rostro muy oscuro sin afeitar se volvió hacia mí y entonces le reconocí. Solía andar por el centro y trabajar con una gitana y a veces con una bruja jamaicana. Probablemente debía ser su amante, pero en estos momentos no podía recordar qué cara tenía. Le seguían tres niños: una sucia y bonita adolescente vestida igual que su madre, un chiquillo de unos diez años y una muñequita de cabellos muy rizados que debía tener aproximadamente cuatro años y que también vestía como su madre.

Me pregunté en qué tipo de enredo debían estar trabajando en estos momentos y quise recordar su nombre, pero no pude y me pregunté si él se acordaría de mí. Aunque estaba llegando tarde al juzgado, me aproximé al bordillo.

– Oye, espera un momento -le grité.

– ¿Qué, qué, qué? -dijo el hombre-. Oficial, ¿qué pasa? Un gitano. No soy más que un gitano. Usted me conoce, ¿verdad, oficial? Hablé con usted una vez, ¿verdad? Vamos de compras, oficial. Yo y mis niños y la madre de mis niños.

– ¿Dónde están los paquetes? -le pregunté, y él cerró los ojos a causa del fuerte sol y miró al interior del coche por el lado del pasajero. Toda su familia aparecía en fila mirándome.

– No hemos visto nada que nos gustara, oficial. No tenemos mucho dinero. Tenemos que andar con cuidado.

Hablaba con las manos, las caderas, todos sus músculos, especialmente los doce que debían mover su móvil rostro, en expresiones de esperanza y desesperación y honradez. Menuda honradez.

– ¿Cómo te llamas?

– Marcos. Ben Marcos.

– ¿Pariente de George Adams?

– Claro. Era mi primo, Dios le tenga en su Gloria.

Me eché a reír en voz alta porque todos los gitanos con quienes había hablado en los veinte años que llevaba de servicio siempre afirmaban que eran primos del fallecido rey gitano.

– Le conozco a usted, ¿verdad, oficial? -me preguntó sonriendo porque yo me había reído y a mí no me apetecía marcharme porque me gustaba escuchar la curiosa cadencia del lenguaje gitano y me gustaba contemplar, sus cochambrosos hijos, que eran extraordinariamente guapos y me preguntaba por centésima vez si un gitano podía ser honrado tras varios siglos de vivir según un código que alababa el fraude y la trampería y el robo a todo el mundo excepto a los demás gitanos. Entonces me entristecí porque siempre había deseado conocer de verdad a los gitanos. Sería la amistad más difícil que jamás lograra, pero la tenía en la lista de cosas que deseaba conseguir antes de morir. Conocía a un jefe de tribu que se llamaba Frank Serna y una vez acudí a su casa de Lincoln Heights y cené en compañía de todo un tropel de parientes suyos, pero como es natural no hablaron de las cosas que suelen hablar entre ellos y pude adivinar por los nerviosos chistes que contaban que a la tribu le resultaba muy insólito tener a un forastero en casa, y especialmente a un policía. De todos modos, Frank me pidió que volviera y cuando dispusiera de tiempo procuraría romper el círculo y ganarme un poco su confianza porque había secretos de los gitanos que tenía interés en conocer. Pero jamás podría hacerlo sin ser policía, porque sólo me los contarían si pensaban que podía beneficiarles, pues todos los gitanos vivían siempre en guerra constante con la policía. Ahora ya era tarde, porque no sería policía, y jamás conseguiría enterarme de los secretos de los gitanos.

– ¿Podemos marcharnos, oficial? -me preguntó el gitano juntando las manos en gesto de plegaria-. Hace mucho calor para la mamá de mis niños aquí al sol.

Entonces miré a la gitana, le miré la cara y vi que no era una mujer desaliñada ni tan mayor como al principio me había parecido. Ahora me parecía mucho más alta, mientras me miraba enfurecida porque su hombre se estaba rebajando ante mí, y comprendí entonces que debía haber sido tan guapa como su hija y pensé que con frecuencia se me había acusado de ver cosas buenas en todas las mujeres, incluso en las que les resultan feas a mis compañeros y creo que es cierto, que exagero la belleza de todas las mujeres que conozco o veo. Me pregunté si sería cierto mientras la tristeza se apoderaba de mí.

– Por favor, señor, ¿podemos marcharnos? -me dijo él mientras el sudor le bajaba por las arrugas del rostro y por el sucio cuello.

– Sigue tu camino, gitano -repuse y me aparté del bordillo. Al cabo de unos minutos aparqué y me dirigí andando al juzgado.

12

– Te estaba esperando, Bumper -me dijo el detective de la Sección de robos, un arrugado veterano llamado Miles. Ya era detective cuando yo entré en la profesión y uno de los que todavía llevaban sombrero de fieltro de ala ancha. Solían llamarles la «patrulla del sombrero», y el de fieltro de ala ancha era su distintivo, pero como es natural en los últimos años nadie lucía en Los Ángeles sombreros de esta clase. Miles era sin embargo un viejo bastardo obstinado, seguía llevándolo y llevaba también una americana demasiado grande y de anchas hombreras; lucía una pistola en cada costado, porque era un viejo detective, la leyenda de la «patrulla del sombrero» así se lo exigía y los demás policías así lo esperaban.

– Siento llegar tarde, Miles -repuse.

– No importa, el caso acaba de ser enviado a la División Cuarenta y dos. ¿Puedes encargarte tú mismo? Yo tengo otra vista preliminar en la Cuarenta y tres y un par de oficiales novatos por testigos. Si no estoy allí para decirle a ese joven fiscal de distrito cómo plantear el caso, es posible que lo perdamos.

– Ya me encargaré yo. ¿Soy el único testigo?

– Tú y el director del hotel.

– ¿Tienes la prueba?

– Sí, aquí está.

Miles sacó un gran sobre de papel manila de su barata cartera de documentos. Reconocí la inscripción de la prueba que yo había metido allí meses atrás cuando había practicado la detención.

– Dentro hay el arma y los dos recortes.

– Lástima que no hayas podido acusarle por robo.

– Sí, pero tal como te expliqué cuando sucedió este lío, tuvimos suerte de conseguir lo que conseguimos.

– También has acusado a un once-cinco-treinta, ¿verdad?

– Ah, sí. Aquí está la droga, casi se me olvida.

Miles rebuscó en la cartera y sacó un sobre de prueba analizada que contenía la marihuana, con el resultado del análisis químico sujeto al paquete.

– ¿Cuántos trabajos imaginas que ha hecho ese tipo?

– Creo que te dije cuatro, ¿no?

– Sí.

– Ahora pensamos que son seis. Dos en Rampart y cuatro aquí, en Central.

– Lástima que no hayas podido acusarle de un robo por lo menos…

– Desde luego. Presenté en privado varias fotografías suyas y hablé, coaccioné y casi amenacé a las víctimas y testigos; lo máximo que conseguí fue una vieja que dijo que le parecía que era el ladrón.

– Debió aplicarse un buen maquillaje, ¿eh?

– Hizo un trabajo estupendo -repuso Miles, asintiendo-. Recuerda que había sido actor durante algún tiempo y realizó una buena labor con los potingues y las cremas. Pero, mierda, todo coincidía, sobre todo la forma que tenía de robar en las tiendas de barrio. Siempre pedía una caja de una determinada marca de cerveza de la que había poca, y cuando entraban en la trastienda a buscarla, sacaba la automática del cuarenta y cinco y desvalijaba el local.

– ¿Ejerció violencia alguna vez?

– En sus trabajos en la zona de la Central, no. Se cargó con la pistola a un sujeto durante un trabajo que hizo en Rampart. Un dependiente de ultramarinos de setenta años creyó que era Wyatt Earp y quiso tomar una pistola del treinta y dos que guardaba bajo el mostrador. Landry le despanzurró. Tres veces le disparó contra los ojos con la cuarenta y cinco. Le dejó ciego. El viejo aún está en el hospital.

– ¿Su agente de vigilancia no le acusará?

– Este cerdo tiene suerte. Terminó el período de libertad bajo palabra dos semanas antes de que tú le detuvieras. ¿Qué te parece? ¡Dos semanas!

– Bueno, será mejor que vaya -dije-. Algunos de estos fiscales de distrito adjuntos se asustan cuando no se les apoya. ¿Hay algún fiscal de distrito especial para este caso?

– No. Es un caso claro. Está tranquilo. No debieran plantearse dificultades de busca y captura. Y aunque sabemos que este tipo es un ladrón, hoy no tenemos contra él más que delitos de menor cuantía como ex estafador armado y en posesión de droga.

– ¿No podremos enviarle de nuevo a la sombra con este historial?

– Vamos a intentarlo. Me detendré en la sala en cuanto pueda. Si terminas antes que yo, dime si has conseguido retenerle para que comparezca de nuevo.

– ¿Es que dudas que lo consiga? -le pregunté, sonriendo, mientras me dirigía a la sala notando la misma extraña sensación que había advertido durante todo el día. La última vez que entro en una sala vestido con el uniforme azul, pensé.

La sala estaba casi vacía. Sólo había tres personas en el auditorio, dos mujeres mayores, probablemente de las que bajan al centro de la ciudad para asistir a juicios por capricho, y un individuo joven en traje de calle que evidentemente era un testigo y se le veía fastidiado por haber tenido que acudir. Dado que estas salas están reservadas únicamente a las vistas preliminares, no había estrado para el jurado, simplemente el banco del juez y el estrado de los testigos, las mesas de los abogados, el escritorio del escribano y un pequeño escritorio junto a la barandilla, destinado al alguacil.

Por lo menos me apartaré de todo este aparato legal que los policías suponen inventado por un hato de neuróticos, porque parece que rebasa en dos kilómetros el punto en el que cualquier hombre en su sano juicio se detendría, pensé. Cuando se presenta una denuncia por algún delito, el acusado es procesado y después se celebra una vista preliminar que es como un juicio. Es como si fuera el sumario de un gran jurado, y se celebra para ver si hay causa suficiente para enviarle a un tribunal superior, ser juzgado y después procesado de nuevo. Sólo que, entre tanto, se celebran otras dos vistas para establecer lo que ya se ha hecho. En casos importantes se celebra un juicio aparte para establecer la culpabilidad y otro para aplicar la sanción; de ahí que los famosos juicios de California duren tantos años, hasta que llegan a costar tanto que todo el mundo desiste o bien permite que el sujeto sea condenado por uno de los delitos de menor cuantía que haya cometido.

Tenemos un equipo muy diligente de defensores públicos que, dado que ganan un sueldo mensual y no tienen que andar a la caza de buenos clientes, te vuelven loco defendiendo una mierda de robo como si fuera el juicio de Sacco y Vanzetti. Los despachos del Fiscal del Distrito disponen de miles de delitos estupendos entre los que escoger y no aceptan una acusación si no están seguros de que van a conseguir demostrar la culpabilidad. Pero tampoco se consigue demostrar muchas culpabilidades, porque tanto los tribunales como las prisiones están demasiado llenos. Muchas veces se aceptan alegatos por delitos de menor cuantía en sujetos con graves antecedentes.

Todo ello podría hacer que Los Ángeles fuera un mal sitio para ser policía de no ser porque el Oeste en general no suele estar controlado por el club político y ello debido a que nuestras ciudades son muy jóvenes y extensas. Ello significa que en mis veinte años de servicio he podido detener a cualquier hijo de perra que se lo mereciera sin recibir reprimenda alguna, excepto cuando detuve a un odioso diplomático francés por conducir en estado de embriaguez y haberme insultado. Más tarde negué ante mis superiores que me hubiera advertido de su inmunidad diplomática.

Pero a pesar de todas las quejas de los policías hay algo que no puede negarse: es el mejor sistema que existe y aunque a un policía le resulte desagradable, ¿a quién demonios le gustaría hacer la ronda en Moscú o en Madrid o algún sitio parecido? Deseamos suscitar simpatía, pero la mayoría de nosotros sabemos que un policía no puede ser apreciado por la gente en general, y yo digo que si uno quiere despertar afecto es mejor que se incorpore al equipo de bomberos.

Empecé a escuchar un poco lo que se decía en la vista preliminar que se estaba celebrando. El acusado era un muchacho alto y apuesto, de unos veintisiete años; en la sala había una hermosa mujer que probablemente era su esposa. Él no hacía más que volverse y hacerle gestos de ánimo, cosa que no impresionaba especialmente a la juez Martha Redford, una ruda mujer adulta de aspecto severo que a mí siempre me había parecido un buen juez, tanto para el pueblo como para la defensa. Había un afeminado que estaba declarando que aquel joven de aspecto pulcro le había recogido en un bar y después le había acompañado a su casa, donde, tras un acto sexual indescriptible, el joven acusado, al que el afeminado llamaba Tommy, había estado a punto de cercenarle la cabeza con un cuchillo de cocina. Y después había saqueado la casa del afeminado y había robado trescientos dólares, que habían costado mucho de ganar y que le encontraron en el bolsillo dos policías de uniforme que le detuvieron en el cruce entre la Quinta y Main por haber aparcado indebidamente su vehículo.

El abogado defensor estaba atosigando al marica, un hombre canijo de unos cuarenta años, propietario de un estudio fotográfico, y el marica parecía que no miraba con malos ojos al acusado, su amigo Tommy, al que observaba nerviosamente, y yo pensé que todo aquello resultaba tristemente gracioso y muy típico. Los débiles necesitan tanto a los demás que están dispuestos a perdonarles lo que sea. No me parecía que el defensor estuviera consiguiendo demasiado bien minimizar el asunto reduciéndolo a un lío de maricas, dado que los papeles del hospital demostraban que había sido necesario efectuar muchas transfusiones y que se habían tenido que practicar casi cien suturas para cerrar la herida del cuello del marica.

El joven acusado se volvió de nuevo y dirigió una larga y triste mirada a la mujercita que lo soportaba todo con valentía; y cuando la juez Redford ordenó que se presentara a juicio bajo las acusaciones de intento de asesinato y de robo, su abogado intentó convencerla para que redujera la cuantía de la fianza porque el tipo jamás había sido detenido con anterioridad, exceptuando una vez en que golpeó a su esposa.

Entonces la juez Redford miró al acusado, contemplando su apuesto rostro y sus ojos tranquilos, y yo podría jurar que no estaba escuchando al fiscal del distrito adjunto que se oponía a la reducción de la fianza y estaba refiriendo de nuevo la crueldad de las heridas. Se limitaba a mirar al joven lechuguino y éste la miraba a ella. Llevaba el cabello rubio primorosamente cortado y lucía un traje a rayas de tono apagado.

Denegó la solicitud de reducción, aplicándole al muchacho la elevada fianza que se había solicitado.

Estoy seguro de que vio en el rostro de aquél lo mismo que vi yo. Era un sujeto de cuidado. En su helada expresión se adivinaba confianza e inteligencia. Y fuerza. Cuando se trata de un sujeto así es auténtica fuerza lo que se percibe, y hasta yo me estremecí. Puede calificársele de psicópata o decir que es malvado, pero sea lo que sea, se trata del enemigo mortal, y me pregunté cuántas veces sus actuaciones habrían acabado en sangre. Quizás había sido él quien destripó a la prostituta negra que habían encontrado el mes pasado bajo un montón de basura en la calle Séptima, pensé.

No hay más remedio que respetar la fuerza de hacer daño que posee un sujeto así y no hay más remedio que sentir miedo. No cabe duda de que debió asustar a Su Señoría y, tras negarse ella a reducir la fianza, él le dirigió una encantadora sonrisa de muchacho y ella le dio la espalda. Después el muchacho se volvió y miró de nuevo a su llorosa esposa y le dirigió una sonrisa; entonces advirtió que yo le miraba, y yo le miré a los ojos y me sorprendí sonriendo, y mi mirada le decía: Te conozco, te conozco muy bien. Me miró tranquilamente unos instantes; después sus ojos quedaron como vidriados y fue acompañado fuera de la sala. Ahora que sabía que merodeaba por el centro, pensé, tendría que vigilar a este muchacho.

La juez abandonó el banco y el fiscal de distrito adjunto, un joven cuya barba de chuleta y bigote no cuadraban con su cargo, empezó a leer la demanda correspondiente a mi caso.

Mi acusado, Timothy Landry, fue introducido en la sala por un representante del sheriff. Se encargaba del caso un defensor de oficio, dado que Landry carecía de ocupación a pesar de que Miles sospechaba que debía haber robado unos diez mil dólares.

Era un sujeto de cuarenta y cuatro años, de aspecto rudo y larga melena teñida de negro, que en realidad debía ser gris, y un rostro cetrino que en algunos individuos nunca se vuelve rosado otra vez tras haberse pasado algún tiempo en la cárcel. Todo él presentaba el aire de un ex estafador. Había intervenido sobre todo en películas del Oeste hacía algunos años cuando salió de Folsom.

– Muy bien, oficial -dijo el joven fiscal de distrito-, ¿dónde está el investigador?

– Está ocupado en otra sala. Soy Morgan, el oficial que le detuvo. Yo me encargaré de todo el asunto. No tendrá usted problemas.

Era probable que sólo tuviera unos cuantos meses de experiencia. Asignan a estos fiscales de distrito adjuntos a las vistas preliminares para que se acostumbren a los juicios, manejando varios casos al día; yo me imaginaba que éste no debía llevar allí más de dos meses. No le había visto nunca y yo me había pasado muchos ratos en los juicios porque siempre solía practicar muchas detenciones.

– ¿Dónde está el otro testigo? -preguntó el fiscal de distrito, y por primera vez miré a mi alrededor y descubrí a Homer Downey, al que casi había olvidado que fue citado para este caso. No me había molestado en hablar con él para asegurarme de que sabía sobre qué había sido llamado a declarar, porque su intervención en el caso había sido tan insignificante que apenas se le necesitaba como no fuera en su calidad de causa probable de mi entrada en la habitación del hotel por una orden de arresto.

– Vamos a ver -murmuró el fiscal de distrito tras haber hablado breves momentos con Downey.

Se sentó junto a la mesa destinada al abogado para leer la demanda mientras se pasaba los dedos por su abundante cabello castaño. El defensor de oficio, con su cabello bien cortado, parecía un jugador de béisbol y el fiscal de distrito, que teóricamente es el representante de la ley y el orden, era un tipo moderno. Incluso lucía gafas redondas tipo «abuelita».

– ¿Downey es el director del hotel?

– Exactamente -repuse yo mientras el fiscal de distrito leía mi informe de arresto.

– ¿El treinta y uno de enero acudió usted al Hotel Orchid del ocho-dos-siete de la calle Sexta como parte de sus obligaciones de rutina?

– Sí. Estaba comprobando en el vestíbulo la posible presencia de borrachos. Había dos durmiendo y les desperté con la intención de detenerles cuando, de repente, uno de ellos echó a correr escaleras arriba por lo que supuse que se trataba de algo más que de un simple borracho; le ordené al otro que se quedara donde estaba y subí para seguir al primero. En el tercer piso, él giró a la derecha del pasillo y oí que se cerraba una puerta. Casi estuve seguro de que se había refugiado en la habitación tres-diecinueve.

– ¿Podría decir si el hombre que persiguió era el acusado?

– No podría decirlo. Era alto y vestía de oscuro. Este hotelucho está oscuro incluso de día y él me llevaba un rellano de ventaja.

– ¿Qué hizo usted?

– Volví a bajar la escalera y descubrí que el primer individuo había desaparecido. Me dirigí a Homer Downey, el director, le pregunté quién se alojaba en la habitación tres-diecinueve y él me mostró el nombre de Timothy Landry en el registro. Me serví del teléfono público que había en el vestíbulo y llamé para efectuar la comprobación descubriendo que existía una sanción de tráfico contra Timothy Landry, ocho-dos-siete calle Sexta Este, por valor de cincuenta y dos dólares. Entonces le pedí la llave al director por si Landry no quisiera abrirme la puerta y subí a la habitación tres-diecinueve para ejecutar el auto de prisión.

– ¿En este momento pensó usted que el sujeto que había penetrado en la habitación era Landry?

– ¡Claro! -dije, completamente serio.

Me felicité a mí mismo mientras el fiscal de distrito seguía analizando la demanda, porque no era una mala historia ahora que la estaba repasando de nuevo. Creo que hubiera podido hacerlo mejor, pero no estaba mal. La verdad era que media hora antes de entrar en la habitación de Landry yo le había prometido a Knobby Booker veinte dólares si me facilitaba algo bueno y él me dijo que se había acostado la noche anterior en el Hotel Orchid con una prostituta a la que conocía muy bien y que ella le había dicho que se había acostado con un tipo del otro lado del pasillo y que había visto una pistola debajo de la almohada mientras le hacía el amor.

Con esta información yo había cruzado el vestíbulo vacío del hotel, me había dirigido al cuarto del director, había repasado el registro, tras lo cual había tomado la llave maestra y me dirigí directamente a la habitación de Landry, entrando en la misma y descubriéndole con el arma y la droga. Pero no había forma de contar la verdad y conseguir dos cosas: proteger a Knobby y demostrar la culpabilidad de un peligroso tunante que merecía volver a la cárcel. Pensé que la historia era muy buena.

– Muy bien, ¿entonces supo usted que en la habitación se alojaba un hombre contra el que se había dictado orden de arresto y tenía usted motivos para sospechar que había huido de usted y se había ocultado en la habitación?

– Exactamente. Tomé la llave maestra y me dirigí a la habitación, llamé dos veces y dije «Oficial de policía».

– ¿Obtuvo respuesta?

– Una voz de hombre dijo: «¿Qué ocurre?». Y yo contesté: «Oficial de policía. ¿Es usted Timothy Landry?». «Sí», respondió él. «¿Qué quiere?». «Abra. Traigo una orden de arresto». Después oí como si se abriera una ventana y fue cuando abrí la puerta, me abalancé sobre él y le encañoné con mi pistola.

– Entonces, ¿usted penetró en la habitación sólo después de decirle que tenía una orden de arresto y vio que pretendía huir?

– Yo no disponía de la orden -le recordé-. Sólo sabía de la existencia de la misma.

– Da igual. Después este sujeto infringió la fianza y fue arrestado de nuevo recientemente, ¿no es así?

– Sí.

– Caso sencillo.

– Sí.

Tras haber terminado el defensor de hablar con Landry me sorprendió que se dirigiera al fondo de la sala, leyera mi informe de arresto y hablara con Homer Downey, un sujeto bajito y crispado que llevaba varios años en el puesto de director del Orchid. Yo había hablado con Homer unas seis veces para repasar el registro o pedirle la llave maestra.

Tras lo que se me antojó un tiempo ilógicamente largo, me incliné hacia el fiscal del distrito que se hallaba sentado cerca de mí y le dije:

– Oiga, yo creía que Homer era un testigo de la acusación. Está sonriéndole al defensor como si fuera un testigo de la defensa.

– No se preocupe -me dijo el fiscal del distrito-. Deje que se divierta. El defensor lleva dos meses exactos haciendo este trabajo. Es un imberbe.

– ¿Y usted cuánto tiempo lleva haciéndolo?

– Cuatro meses -repuso el fiscal de distrito acariciándose el bigote, y ambos nos echamos a reír muy a gusto.

El defensor volvió a su mesa y se sentó con Landry, que vestía una camisa de seda marrón de cuello abierto y unos ajustados pantalones color chocolate. Entonces vi que entraba en la sala una vieja bruja. Llevaba el cabello teñido igual que él, vestía leotardos rojos y una falda corta que resultaba ridicula en una mujer de su edad, y hubiera apostado a que era una de sus amigas, quizás la que le pagó la fianza y estaba dispuesta a perdonarle. Estuve seguro de que era su amiga cuando él se volvió y la boca pintada de la mujer se contrajo en una sonrisa. Landry miraba fijamente hacia adelante y el alguacil de la sala no se veía tan tranquilo como suele estar con un prisionero sentado junto a la mesa de los abogados. También se imaginaba que Landry era un tipo de cuidado, estaba muy claro.

Landry se alisó dos veces el cabello y apenas se movió durante todo el rato que duró la vista.

La juez Redford volvió a ocupar el banco y todos guardamos silencio y compostura.

– ¿Su verdadero nombre es Timothy G. Landry? -le preguntó al acusado que estaba de pie al lado del defensor.

– Sí, Señoría.

Entonces ella empezó a leer monótonamente los derechos, aunque a Landry ya se los habían leído cien veces cientos de policías y una docena de jueces, y le explicó los procedimientos legales, cosa que él hubiera podido explicarle a ella. Yo miré el reloj. Finalmente ella se apartó un mechón de liso cabello gris de las gafas de montura negra y dijo:

– Procédase.

Era una juez que siempre me había gustado. Recuerdo que una vez que detuve a tres ladrones de coches en un Buick robado me elogió en la sala. Había mandado detener a aquellos tipos que avanzaban por Broadway Norte cruzando el barrio chino y supe,supe que algo andaba mal al observar que la matrícula posterior aparecía toda sucia de salpicaduras; no obstante estaban en regla tanto la matrícula, como el registro, como el permiso de conducir del sujeto. Pero yo lo presentí y lo supe. Entonces miré el rótulo de identificación, la placa de metal de la portezuela soldada eléctricamente por puntos e introduje la uña del dedo por debajo. Uno de los tipos trató de huir y se detuvo cuando extraje el revólver, le apunté a la espalda y le grité:

– Quédate quieto, sinvergüenza, o nombra a tu beneficiario.

Entonces descubrí que el rótulo no había sido soldado eléctricamente sino que estaba pegado; lo arranqué y más tarde los detectives averiguaron que se trataba de un vehículo robado en Long Beach. La juez

Redford dijo que había sido un buen trabajo de policía por mi parte.

El fiscal de distrito se estaba disponiendo a llamar al primer testigo: era Homer Downey, al que el fiscal necesitaba para atestiguar que había alquilado la habitación a Landry en el caso de que éste afirmara en el juicio subsiguiente que únicamente había querido pasar el día en el alojamiento de un amigo y no sabía por qué se encontraban allí el arma y la droga. Pero el defensor dijo:

– Señoría, solicito que se excluyan todos los testigos que no vayan a ser llamados posteriormente a declarar.

Me lo figuraba. Los defensores siempre pretenden excluir a todos los testigos. A veces da buen resultado cuando los testigos sirven para coordinar el relato, pero por lo general es una pérdida de tiempo.

– Señoría, sólo dispongo de dos testigos -dijo el fiscal de distrito levantándose-. El señor Homer Downey y el oficial Morgan que practicó la detención y que actúa en calidad de oficial de investigación. Solicito que se permita su permanencia en la sala.

– Se permite la permanencia del oficial de investigación en la sala, señor Jeffries -le dijo al defensor-. No se puede excluir a nadie, ¿no le parece?

Jeffries, el defensor, se ruborizó porque no había tenido la precaución de examinar los informes para cerciorarse de los testigos que había y el fiscal de distrito y yo sonreímos. Se disponía ya a llamar al viejo Homer cuando el defensor dijo:

– Señoría, solicito que si el oficial que practicó la detención actúa de oficial de investigación del fiscal del distrito en este caso, sea llamado a declarar primero, aunque ello no sea lo corriente, y que el otro testigo quede excluido.

El fiscal de distrito, que tenía dos meses más de experiencia, se rió en voz alta al oírle.

– No me opongo, Señoría -dijo.

– Sigamos, pues -dijo la juez, que se estaba impacientando. Pensé que a lo mejor no funcionaba bien el sistema de acondicionamiento de aire porque estaba empezando a hacer calor-. ¿El fiscal de distrito quiere llamar, por favor, a este otro testigo? -preguntó.

Tras excluirse a Downey y habérsele dicho que esperara fuera, el fiscal de distrito pudo proseguir y dijo:

– El pueblo llama al oficial Morgan.

Yo me dirigí al estrado de los testigos, y la escribano de la sala, una mujer de aspecto agradable y una edad parecida a la de la juez, me dijo:

– ¿Jura solemnemente en el caso pendiente en esta sala decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad con la ayuda de Dios?

Yo la miré con mi cara de testigo profesional y respondí:

– Sí, juro.

Esto es algo que nunca he comprendido del todo. En los casos en que no me veía obligado a añadir fiorituras, siempre decía: «Lo juro», y en los casos en que me inventaba buena parte de la causa probable, lo subrayaba más y decía: «Sí, juro». No podía explicar por qué. No es que me sintiera culpable cuando inventaba, porque si no hubiera inventado muchísimas veces habría personas que se habrían convertido en víctimas y habrían sufrido por no haber yo enviado a la cárcel a la mitad de tipos que había enviado a lo largo de los años. Tal como suele decirse, buena parte de la declaración de los testigos en caso de delito no es más que mentir y negar. En realidad, todo el mundo espera que los testigos de la defensa mientan al declarar y se sorprenderían si no lo hicieran así.

– Ocupe el estrado y díganos su nombre -me dijo la escribano.

– William A. Morgan,M-o-r-g-a-n.

– ¿Cuál es su ocupación y destino? -preguntó el fiscal de distrito.

– Soy oficial de policía de la ciudad de Los Ángeles, destinado a la División Central.

– ¿Ocupaba usted este cargo el treinta y uno de enero de este año?

– Sí.

– ¿En tal día tuvo usted ocasión de dirigirse al ocho-veinte-siete de la calle Sexta Este?

– Sí.

– ¿A qué hora del día o de la noche fue eso?

– Hacia la una y cuarto de la tarde.

– ¿Quiere explicarnos los propósitos que le llevaron a tal lugar?

– Estaba comprobando la posible presencia de borrachos que a menudo holgazanean y duermen en el vestíbulo del Hotel Orchid y dañan el mobiliario del mismo.

– Comprendo. ¿Es que dicho vestíbulo está abierto al público?

– Sí.

– ¿Había usted detenido allí a borrachos en otras ocasiones?

– Sí. Aunque por lo general suelo limitarme a echarles, por ser mi propósito proteger el lugar de posibles desperfectos.

– Comprendo -dijo el fiscal de distrito, y mis ojos azules e inocentes se fueron abriendo muy redondos, y procuré que mi aureola resplandeciera. Había pulido mucho mi comportamiento ante los tribunales y cuando era más joven solía practicar delante de un espejo. Me habían dicho muchas veces que los jurados le decían al fiscal de distrito adjunto que la razón por la que habían declarado culpable al acusado era que el oficial Morgan era muy sincero y tenía aspecto honrado.

Después expliqué cómo había perseguido al sujeto escaleras arriba y cómo le había visto correr a la habitación tres-diecinueve, que entonces empecé a sospechar y le dije a Homer que me mostrara el registro, y vi allí el nombre de Timothy Landry. Había telefoneado al departamento de policía y les había indicado el nombre de Landry, descubriendo entonces que había un auto de prisión contra él por infracción del código de circulación. No me preocupaba lo que Homer pudiera decir sobre por qué acudí a su puerta para conseguir la llave maestra y también le pedí ver el registro, y puesto que Homer estaba al corriente de todo lo demás, sería pan comido.

Cuando llegué al momento de llamar a la puerta y decir que Landry me había contestado que se llamaba Timothy Landry, temí que Landry se levantara de su asiento. Era la primera indicación de que estaba adornando un poco la historia, y lo de que oí que abría la ventana hubiera podido ser cierto, pero el bastardo lanzó un resoplido tan fuerte cuando dije que el arma sobresalía por debajo del colchón que el defensor tuvo que darle un codazo en las costillas y la juez le dirigió una severa mirada.

En estos momentos yo estaba sudando un poco porque sabía de un caso reciente en que se había declarado ilegal el registro de un lugar subsiguiente a una detención. Casi hubiera podido decir la verdad, porque era lógico que tuviera derecho a registrar la maldita habitación. ¿Quién demonios perdería cuatro horas para ir en busca del auto de prisión no disponiendo de ninguna prueba concreta y sin poderla obtener de inmediato?

Les dije por tanto que la sustancia verde que parecía marihuana se hallaba a la vista encima del tocador, y Landry puso los ojos en blanco y emitió un ruido de desagrado porque yo saqué la droga de una caja de zapatos que guardaba en el armario. El defensor no se molestó en discutir mi opinión de que la verde sustancia era droga porque imagino que supuso que yo había practicado miles de detenciones por tenencia de narcóticos, lo cual era cierto.

Es más, el defensor se mostró tan amable conmigo que de haberlo sabido no hubiera tenido por qué preocuparme. El fiscal de distrito presentó el arma y la droga, y el defensor aceptó el análisis químico de la marihuana. El fiscal de distrito presentó el arma como prueba número uno de la acusación y la droga como prueba número dos. El defensor no opuso reparos a nada y mi aureola fue agrandándose.

– Sólo unas preguntas más, oficial. ¿Leyó usted en el registro el nombre del acusado?

– Sí, señor.

– ¿Y en el informe lo hizo constar, así como el número de la orden de arresto, el juzgado correspondiente, la cuantía total de la fianza y todo lo demás?

– Sí, señor, figura todo en el informe -repuse, inclinándome un poco hacia adelante, sólo un poco. Siempre me parecía que inclinarme hacia adelante era un gesto de sinceridad.

En realidad, no descubrí la existencia de la orden de prisión más que dos horas después de haber detenido a Landry. Fue cuando me estaba disponiendo a redactar un informe verosímil. El descubrimiento de la infracción del código de circulación me hizo inventar esta historia.

– ¿Entonces llamó usted a las oficinas de la policía y averiguó que sobre Timothy Landry, que vivía en el susodicho domicilio, existía una orden de arresto?

– Sí, señor.

– ¿Utilizó usted el teléfono del señor Downey?

– No, señor, utilicé el teléfono público del pasillo.

– ¿Por qué no utilizó el teléfono del señor Downey? Hubiera usted podido ahorrarse una moneda de diez centavos -me dijo el defensor, sonriendo de nuevo.

– Si se llama a la central y se pide el número de la policía, la moneda es devuelta, abogado. No quería molestar más al señor Downey; por eso salí al pasillo y utilicé el teléfono público.

– Comprendo. ¿Después volvió a subir con la llave maestra que le había facilitado el señor Downey?.

– Sí, señor.

– ¿Llamó, se anunció y se aseguró de que la voz de dentro correspondía a Timothy Landry, contra quien sabía usted que existía un auto de prisión?

– Sí, señor. La voz de hombre me repuso que era Timothy Landry. O mejor dicho, me contestó que sí cuando yo le pregunté si era Timothy Landry.

Me volví un poco hacia la juez asintiendo levemente con la cabeza mientras lo decía. Landry volvió a poner los ojos en blanco y se hundió en el asiento.

– Entonces, cuando oyó que abría la ventana y temió que el sospechoso pudiera escapar, ¿forzó usted la puerta?

– Utilicé la llave maestra.

– Sí, ¿y vio al señor Landry en la esquina de la cama como disponiéndose a escapar por la ventana?

– Sí, exactamente.

– ¿Y vio usted un objeto metálico que sobresalía por debajo del colchón?

– Vi un objeto metálico azulado y estuve seguro de que se trataba del cañón de un arma de fuego, abogado -le corregí, amablemente.

– ¿Y miró usted a la izquierda y vio el objeto que constituye la prueba dos de la acusación, es decir, la bolsa de bocadillos que contenía varios gramos de marihuana?

– Sí, señor.

– No tengo más preguntas para este testigo -dijo el defensor, y yo empecé a preocuparme un poco porque se había limitado a repetir lo que ya había quedado aclarado con el fiscal de distrito en su interrogatorio. De esta forma había reforzado nuestra posición al darme la oportunidad de repetirlo todo de nuevo. ¿Qué demonios?, pensé yo mientras la juez me decía:

– Puede usted volver a su sitio, oficial.

Volví a sentarme junto a la mesa del fiscal de distrito y éste se encogió de hombros al advertir mi inquisitiva mirada.

– Que se llame al siguiente testigo -dijo la juez tomando un sorbo de agua mientras el alguacil mandaba llamar a Homer Downey que se encontraba esperando en el pasillo. Homer avanzó desmañadamente hacia el estrado. Se le veía tan delgado que la entrepierna de los pantalones le llegaba a la altura de las rodillas. Lucía una sucia camisa blanca y una corbata deshilachada; la caspa de su endeble cabello castaño resultaba visible incluso desde la mesa del abogado. Tenía una cara tan amarillenta y desigual como una pizza de queso.

Indicó su nombre y la dirección del Hotel Orchid y dijo que llevaba tres años dirigiéndolo. Después el fiscal de distrito le preguntó si yo me había puesto en contacto con él el día del informe y si había leído el registro y pedido la llave maestra, y si unos diez minutos más tarde acudió él a la habitación del acusado y me vio con el acusado bajo arresto, y cuánto tiempo llevaba viviendo allí el acusado y si él había alquilado la habitación al acusado y sólo al acusado, y si todos los acontecimientos declarados habían tenido lugar en la ciudad y el condado de Los Ángeles… Homer demostró ser un hablador bastante bueno y también un buen testigo, muy sincero, y terminó en seguida.

Cuando terminó el interrogatorio el defensor se levantó y empezó a pasear como en las películas de Perry Masón. La juez le dijo: «Siéntese, abogado», él se excusó y se sentó como en una sala de tribunales verdadera, donde los abogados sólo se acercan a los testigos cuando el juez se lo permite y donde no hay lugar para el teatro.

– Señor Downey, cuando el oficial Morgan acudió a su despacho el día de referencia usted ha declarado que le solicitó ver el registro, ¿es así?

– Sí.

– ¿Le preguntó a usted quién vivía en la tres-diecinueve?

– No, me pidió simplemente ver el registro.

– ¿Recuerda el nombre que figuraba en el registro?

– Desde luego. El suyo -dijo Downey señalando a Landry, que le estaba mirando.

– ¿Al decir «el suyo» se refiere usted al acusado en este caso? ¿Al hombre que se encuentra a mi izquierda?

– Sí.

– ¿Y cuál es su nombre?

– Timothy C. Landowne.

– ¿Quiere usted repetir el nombre y deletrearlo, por favor?

El corazón empezó a latirme con fuerza, empecé a sudar y dije para mis adentros: «¡No, no!».

– Timothy C. Landowne,T-i-m

– Deletree el apellido, por favor -dijo el defensor, y yo experimenté una angustia indescriptible.

– Landowne.L-a-n-d-o-w-n-e.

– ¿Y la inicial de en medio era C de Carlos?

– Sí, señor.

– ¿Está usted seguro?

– Claro que estoy seguro. Lleva viviendo en el hotel cuatro o cinco meses. Y el año pasado vivió allí dos meses.

– ¿Ha visto usted el nombre de Timothy G. Landry en algún registro del hotel? ¿Es decirL-a-n-d-r-y?

– No.

– ¿Lo ha visto en alguna otra parte?

– No.

Advertí que el fiscal de distrito sentado a mi lado se ponía tenso y al final vi que empezaba a comprender.

– ¿Le dijo usted en algún momento al oficial Morgan que el hombre de la tres-diecinueve se llamaba Timothy G. Landry?

– No, porque no se llama así, que yo sepa, y nunca había oído antes este nombre.

– Gracias, señor Downey -dijo el defensor, y yo advertí que Landry sonreía con sus grandes dientes de tiburón.

Estaba esforzándome por inventar alguna historia que me permitiera salir de aquel apuro. Comprendí entonces y reconocí de una vez por todas que hace años que debiera haber utilizado gafas y que no podía hacer el trabajo de policía ni ninguna otra cosa sin ellas, y si no hubiera sido tan estúpido y hubiera llevado gafas hubiera visto que el nombre que figuraba en el registro era una especie de alias de Landry, y aunque el auto de prisión era auténtico y correspondía a él, no hubiera sido posible que me facilitaran en la policía una información adecuada metiendo en la computadora un nombre equivocado. Y la juez se daría cuenta de eso en seguida porque pediría el expediente del acusado. Y mientras yo pensaba ella me miró y le susurró algo a la escribano de la sala, que le entregó una copia del expediente, y en ninguna parte figuraba que hubiera utilizado el alias de Landowne. Estaba atrapado y Homer me remató.

– ¿Qué hizo el oficial tras haberle entregado usted la llave?

– Salió y subió por la escalera.

– ¿Cómo sabe que subió?

– Yo tenía la puerta entreabierta. Me puse apresuradamente las zapatillas porque quería subir también, pues no quería perderme el espectáculo. Pensé que iba a suceder algo, ¿sabe?, un arresto o algo así.

– ¿Recuerda que he hablado con usted antes de que se celebrara esta vista y que le he dirigido algunas preguntas, señor Downey?

– Sí, señor.

– ¿Recuerda que le he preguntado acerca del oficial que había utilizado el teléfono público para llamar a la comisaría?

– Sí, señor -repuso él, y yo advertí un sabor amargo en la boca, me sentí lleno de gases y estaba experimentando unos terribles dolores de indigestión y no tenía pastillas a mano.

– ¿Recuerda lo que me dijo acerca del teléfono?

– Sí, señor, que no funcionaba. Llevaba averiado una semana y yo había llamado a la telefónica. En realidad estaba furioso porque pensaba que quizás habían venido la noche anterior, cuando yo no estaba, porque me habían asegurado que vendrían y yo lo había comprobado justo aquella mañana antes de que viniera el oficial y aún estaba averiado. Metía unos zumbidos de miedo cuando se introducía una moneda.

– ¿Introdujo usted en el teléfono una moneda aquella mañana?

– Sí, señor. Quise utilizarlo para llamar a la telefónica y daba igual que se marcara como que no, metía ruido y decidí utilizar el mío.

– ¿No se podía llamar con aquel teléfono?

– No, señor.

– Supongo que la compañía telefónica debe haber anotado su petición y el día en que se arregló finalmente el teléfono, ¿verdad?

– Protesto, Señoría -dijo débilmente el fiscal de distrito-. Sugiere una deducción.

– Admitida la protesta -dijo la juez, mirándome, y yo miré hacia Homer porque no sabía qué hacer con los ojos.

– ¿Siguió usted al oficial escaleras arriba? -volvió a preguntar el defensor. Ahora el fiscal de distrito se había hundido en su asiento y estaba tamborileando la mesa con un lápiz. Yo ya había superado la fase de la respiración nerviosa y del sudor. Ahora me había tranquilizado y pensaba, pensaba cómo salir del aprieto y lo que diría si volvían a llamarme al estrado, si alguno de ellos volvía a llamarme, y pensé que era posible que la defensa me llamara porque ahora era su testigo, le pertenecía.

– Subí un poco después que el oficial.

– ¿Qué vio usted cuando subió?

– El oficial se encontraba frente a la puerta del señor Landowne, como si escuchara a través de ella.

Llevaba la gorra en la mano y tenía el oído pegado a la puerta.

– ¿Pareció que le veía a usted o que miraba en su dirección?

– No, se encontraba de espaldas a mí y yo decidí atisbar desde una esquina, porque no sabía qué se proponía hacer y quizás se produciría un tiroteo o algo así, y yo podía correr escaleras abajo si sucedía algo peligroso.

– ¿Le oyó llamar a la puerta?

– No, no llamó.

– Protesto -dijo el fiscal de distrito-. Al testigo se le ha preguntado…

– Muy bien -dijo la juez volviendo a levantar la mano en señal de que aceptaba la protesta, mientras el fiscal de distrito se sentaba.

– ¿Oyó usted llamar al oficial? -le preguntó la juez al testigo.

– No, señor -le dijo Homer a la juez, y se oyeron risas en la sala. Agradecí a los dioses que sólo hubiera unos cuantos espectadores y que ninguno de ellos fuera policía.

– ¿Dijo algo el oficial mientras usted le observaba? -preguntó el defensor.

– Nada.

– ¿Cuánto rato le estuvo observando?

– Dos o tres minutos, quizás más. Se arrodilló e intentó mirar por el ojo de la cerradura, pero hacía dos años que yo los había obturado para evitar los fisgones y mirones.

– ¿Hizo usted?…, tache eso, ¿dijo el oficial algo que pudiera usted oír mientras subía la escalera?

– No le oí decir nada -contestó Homer muy aturdido y viendo por mi cara que algo andaba muy mal y que yo me sentía muy desdichado.

– Entonces, ¿qué hizo?

– Utilizó la llave. Abrió la puerta.

– ¿De qué manera? ¿Rápidamente?

– Yo diría que con cuidado. Giró la llave despacio y con cuidado, después sacó la pistola y penetró en la habitación empuñando el arma.

– ¿Pudo escuchar usted alguna conversación?

– Ah, sí -contestó riéndose a través de sus dientes separados y manchados de oscuro-, el oficial le gritó algo al señor Landowne.

– ¿Qué dijo? Las palabras exactas, si las recuerda usted.

– Dijo: «¡Quédate quieto, agujero de culo! ¡Un movimiento y serás papel de pared!»

Escuché las risas de los tres espectadores, pero a la juez no se le antojó divertido y al fiscal de distrito tampoco, porque tenía un aspecto tan apesadumbrado como debía ser el mío.

– ¿Entró usted en la habitación?

– Sí, señor, un momento.

– Vio usted algo raro en la habitación?

– No. El oficial me dijo que saliera y volviera a mi cuarto, y eso hice.

– ¿Vio alguna cosa encima del tocador?

– No vi nada.

– ¿Escuchó usted más conversación entre el oficial y el acusado?

– No.

– ¿Nada en absoluto?

– El oficial le hizo una advertencia.

– ¿Qué dijo?

– Dijo algo de que el señor Landowne no intentara ninguna tontería, algo así. Yo ya me marchaba.

– ¿Qué dijo?

– Es que no es muy decente.

– Somos personas adultas. ¿Qué dijo?

– Dijo: «Como te levantes de esta silla te meteré la pistola en el culo y habrá mierda hasta en el mango». Eso dijo. Perdone -dijo Homer enrojeciendo y riéndose nerviosamente mientras me miraba encogiéndose de hombros.

– ¿El acusado se hallaba sentado en una silla?

– Sí.

– ¿Se refería el oficial a su propia pistola?

– Protesto -dijo el fiscal de distrito.

– Modificaré la pregunta -dijo el defensor-. ¿Sostenía el oficial la pistola en la mano cuando lo dijo?

– Sí, señor.

– ¿Vio usted en aquel momento la otra arma?

– No, no vi ninguna otra arma.

El defensor dudó un largo minuto, mortalmente silencioso, mordisqueando el lápiz, y yo casi emití un suspiro cuando dijo:

– No tengo más preguntas.

Sin embargo, ya era demasiado tarde para que yo pudiera experimentar alivio.

– Tengo una pregunta -dijo la juez Redford mientras se subía las gafas por su fina nariz-. Señor Downey, ¿salió usted al vestíbulo en algún momento aquella mañana antes de que llegara el oficial Morgan?

– No.

– ¿No salió ni vio el vestíbulo?

– Bueno, sólo cuando el oficial aparcó delante. Vi un coche de la policía aparcado, sentí curiosidad y fui a salir. Entonces vi que el oficial subía los peldaños de la escalera que da acceso al hotel y volví a meterme dentro para ponerme la camisa y los zapatos al objeto de estar presentable en caso de que necesitara mi ayuda.

– ¿Miró usted hacia el vestíbulo?

– Sí, señora, está justo frente a mi puerta.

– ¿Quién había en el vestíbulo?

– Nadie.

– ¿Vio usted todo el vestíbulo? ¿Todas las sillas? ¿Toda la zona del vestíbulo?

– Pues claro. Mi puerta da al vestíbulo y éste no es muy grande.

– Piense con cuidado. ¿Vio usted a dos hombres durmiendo en alguna parte del vestíbulo?

– Allí no había nadie, juez.

– ¿Y dónde estaba el oficial cuando usted miraba hacia el vestíbulo vacío?

– Entrando por la puerta principal, señora. Segundos más tarde se acercó a mi puerta y me preguntó acerca de la habitación y miró el registro tal como ya he dicho.

Ahora el cerebro me ardía como todo el resto del cuerpo y yo ya tenía dispuesta una historia estúpida para cuando me llamaran. Diría que había penetrado en el vestíbulo y que había vuelto a salir y a entrar cuando Homer me vio creyendo que entraba por primera vez. Y estaba dispuesto a jurar que el teléfono funcionaba porque, qué demonios, con los teléfonos todo es posible. Y aunque aquel pequeñajo sucio me hubiera seguido escaleras arriba, quizás pudiera convencerles de que había llamado a Landry antes de que Downey subiera y, qué demonios, Downey no sabía si la marihuana se hallaba encima del tocador o en un armario y estaba procurando decirme a mí mismo que todo saldría bien para poder seguir ostentando en la cara la expresión de honradez que tanta falta me hacía en aquellos momentos.

Estaba esperando que me volvieran a llamar y me sentía dispuesto, aunque me temblaba la rodilla izquierda y eso me ponía furioso, pero entonces la juez les dijo al defensor y al fiscal de distrito:

– ¿Quieren acercarse al banco los abogados?

Entonces supe que todo había terminado y Landry estaba haciendo ruidos, y yo sentí su sonrisa de tiburón mientras él me miraba con la cabeza vuelta hacia mí. Yo miraba fijamente hacia adelante y me preguntaba si tendría que abandonar la sala esposado por perjurio, porque cualquiera podía comprender que aquel imbécil de Homer Downey estaba diciendo la pura verdad y ni siquiera sabía lo que me estaba haciendo a mí el defensor.

Cuando regresaron a la mesa tras hablar con la juez, el fiscal de distrito me sonrió rígidamente y me susurró:

– Ha sido el nombre del registro. Cuando el defensor ha comprendido que Homer no conocía el verdadero nombre de Landry, le ha preguntado acerca del registro. Ha sido el registro lo que le ha beneficiado. La juez va a sobreseer el caso. Nunca me había sucedido nada igual. No sé qué aconsejarle, oficial. Quizás debiera llamar a mi despacho y preguntar qué debo hacer si…

– ¿Desea usted presentar una moción de sobreseimiento, señor Jeffries? -le preguntó la juez al defensor, que se levantó y lo hizo así. Después ella sobreseyó el caso y yo apenas oía las risas de Landry, y supe que estaba estrechando la mano de aquella pequeña serpiente pitón con cara de niño que le había defendido. Landry se inclinó hacia el defensor y me dijo a mí: «Gracias, estúpido», pero el defensor le dijo que se calmara. Después el alguacil me apoyó la mano en el hombro y me dijo:

– La juez Redford desea verle en su despacho.

Vi que la juez había abandonado el banco y me dirigí como un soldado de juguete hacia la puerta abierta. Al cabo de unos segundos me encontré en el centro de aquella estancia, de cara a un escritorio junto al que se encontraba sentada la juez mirando hacia la pared, con estanterías llenas de libros legales. Respiraba hondo pensando en lo que iba a decirme.

– Siéntese -me dijo finalmente, y yo lo hice.

Se me cayó la gorra al suelo y temí agacharme a recogerla de lo aturdido que estaba.

– En todos los años de ejercicio que llevo nunca me había sucedido nada igual. Nada parecido. Me gustaría saber por qué lo ha hecho.

– Quiero decirle a usted la verdad -dije, y mi boca parecía de cuero.

Me costaba articular las palabras. Me estallaban los labios de sequedad cada vez que abría la boca. Había visto a muchos sospechosos en aquellas mismas condiciones cuando estaban nerviosos y yo les había atrapado bien, y ellos lo sabían.

– Quizás debiera advertirle de sus derechos constitucionales antes de que me diga nada -dijo la juez, y se quitó las gafas. La curva de su nariz resultó entonces más acusada.

Era una mujer sencilla y se la veía más menuda en el despacho, pero también parecía más fuerte y mayor.

– ¡Al diablo los derechos! -exclamé, de repente-. Me importan un comino los derechos, quiero decirle la verdad.

– Pero es que tengo intención de que el despacho del fiscal de distrito presente una demanda de perjurio contra usted. Voy a pedir que se me traiga este registro de hotel, se mandará llamar al técnico de la compañía telefónica y también al señor Downey, naturalmente, y creo que será usted declarado culpable.

– ¿Es que no le importa lo que tengo que decirle?

Ahora me sentía furioso y al mismo tiempo asustado. Noté que las lágrimas acudían a mis ojos y no recordaba que jamás me hubiera sucedido nada igual.

– ¿Qué puede usted decir? ¿Qué podría decir alguien? Estoy muy decepcionada. Es más, estoy asqueada.

Se frotó los ángulos de los ojos un instante y yo no pude evitar estallar.

– ¿Está decepcionada? ¿Está asqueada? ¿Qué demonios piensa usted que siento yo en estos momentos? Siento como si tuviera un soplete encendido en el interior de las entrañas y que usted no quiere apagarlo y que no se podrá apagar nunca, eso es lo que siento, Señoría. ¿Puedo decirle ahora la verdad? ¿Quiere escucharme por lo menos?

– Adelante -repuso ella. Encendió un cigarrillo y se reclinó en el sillón acolchado mientras me miraba.

– Bueno, pues, dispongo de un delator, Señoría. Y tengo que proteger a mis informadores, usted lo sabe. Por su seguridad personal y para que pueda seguir facilitándome información. Y tal como van las cosas hoy en día en los tribunales, donde todo el mundo se preocupa tanto de los derechos del acusado, hasta temo mencionar confidencialmente a mis informadores, tal como solía hacer hace algún tiempo, y temo también conseguir una orden de arresto porque los jueces son tan meticulosos que casi califican de testigos materiales a los informadores, incluso cuando no lo son. Conque en los últimos tiempos he empezado… a explorar otros sistemas.

– Ha empezado usted a mentir.

– ¡Sí, he empezado a mentir! Qué demonios, difícilmente habría conseguido demostrar la culpabilidad de todos esos tunantes si no hubiera mentido un poco. Ya sabe usted cómo son actualmente las órdenes de busca y captura y las normas de detención.

– Siga usted.

Entonces le dije cómo se había producido el arresto, exactamente cómo se había producido, y que más tarde se me había ocurrido la idea de la orden de prisión por infracción del código de circulación cuando descubrí que había una contra él.

Cuando terminé, ella se quedó fumando por espacio de dos minutos largos, sin decir palabra. Tenía las mejillas como desgastadas y parecía que hubieran sido esculpidas en una roca. Me parecía una mujer fuerte y vieja perteneciente a otro siglo, sentada allí mostrándome el perfil. Finalmente, me dijo:

– He visto a los testigos mentir miles de veces. Creo que todo acusado miente en mayor o menor medida y la mayoría de testigos de la defensa deforman enormemente la verdad. Como es natural, también he visto mentir a oficiales de policía con respecto a una causa probable. Existe la trillada historia de decir que se vio en el bolsillo del acusado algo que parecía un arma ofensiva y al meter la mano para sacar el cuchillo se descubre que es un bastón de marihuana. Ésta la han contado tantas veces tantos policías que a los jueces les entran ganas de vomitar. Y, naturalmente, también hay la historia del movimiento furtivo, como si el acusado pretendiera ocultar algo debajo del asiento del coche. Ésta siempre es una buena causa probable de busca y, al igual que la otra, también se ha repetido muchas veces. Claro que he visto mentir en otras ocasiones a los oficiales, pero en este mundo nada es completamente blanco ni completamente negro, hay grados de verdad y de falsedad, y al igual que otros jueces que consideran que actualmente los oficiales de policía no pueden proteger demasiado a la gente, he concedido a los oficiales el favor de la duda en las situaciones de causa probable. Nunca había creído que un policía de Los Ángeles falseara por completo toda su declaración tal como ha hecho usted hoy. Por eso me asquea.

– Yo no la he falseado totalmente. Tenía un arma. Estaba debajo del colchón. Tenía la marihuana. He mentido acerca del sitio en que la encontré. Señoría, es un sinvergüenza muy activo. Los detectives del departamento de robos le atribuyen seis robos. Atacó a un viejo y le dejó ciego. Es…

Ella levantó la mano y me dijo:

– No me imaginaba que utilizara el arma para remover la sopa, oficial Morgan. Tiene aspecto de sujeto peligroso.

– ¡Usted también se ha dado cuenta! -exclamé-. Bien…

– ¡Nada! -me interrumpió ella-. ¡Eso no significa nada! ¡Los más altos tribunales nos han proporcionado una ley muy difícil, pero, por Dios, es la ley!

– Señoría -dije, lentamente. Y entonces las lágrimas asomaron a mis ojos y no pude evitarlo-. No temo perder la pensión. He cumplido diecinueve años y once meses de servicio y dejo el Departamento pasado mañana. Me retiro oficialmente dentro de unas semanas, pero no temo perder el dinero. No es por eso que le pido, que le suplico que me dé una oportunidad. Y tampoco temo enfrentarme con una acusación de perjurio e ir a la cárcel, porque en este mundo no se puede ser un llorón. Pero, juez, hay personas, policías, y otras personas, personas de mi ronda que piensan que yo soy algo extraordinario. Soy alguien a quien admiran, ¿sabe? ¡No soy un simple personaje! ¡Soy un policía estupendo!

– Ya sé que lo es -dijo ella-. Le he observado a usted en mi sala muchas veces.

– ¿De veras? -Desde luego que había estado en su sala muchas veces en calidad de testigo, pero imaginaba que todos los uniformes azules les parecían iguales a las túnicas negras-. No nos haga daño, juez Redford. Algunos policías no mienten nunca y otros sólo mienten un poco tal como usted ha dicho. Muy pocos harían lo que yo he hecho.

– ¿Por qué?

– Porque yo me preocupo, Señoría, maldita sea. Otros policías cumplen las nueve horas y regresan junto a su familia a treinta kilómetros de la ciudad y ahí termina todo. Pero los tipos como yo… Mi vida es la ronda. Y tengo dentro de mí unas cosas que me impulsan a hacer todo eso muy a pesar mío. Eso demuestra que soy más estúpido que el más estúpido de los chiflados de mi ronda.

– Usted no es estúpido. Usted es un testigo inteligente. Un testigo muy inteligente.

– Nunca había mentido tanto, juez. Pensé que saldría bien parado. Sucedió que no pude leer bien el nombre que figuraba en el registro. Si hubiera leído bien el nombre, jamás hubiera podido inventarme la historia del auto de prisión y ni siquiera lo hubiera intentado. Y probablemente no me vería en este apuro. La razón por la que no pude leer bien el nombre y sólo adiviné que debía ser Landry es la de que tengo cincuenta años y soy présbita, y demasiado terco para ponerme gafas, y me engaño pensando que tengo treinta años y que puedo hacer el trabajo de un joven cuando en realidad ya no puedo. De todos modos, ya me marcho, juez. Y ello ya constituye prueba suficiente por si tuviera alguna duda al respecto. Mañana es mi último día de trabajo. Un caballero… Ayer alguien me llamó «Caballero Azul». ¿Por qué dice estas cosas la gente? Le hacen pensar a uno que es alguien, y uno sale cada vez como si fuera a ganar una batalla. ¿Por qué tendría yo que preocuparme ahora de que Landry sea o no condenado? ¿A mí qué más me da? ¿Por qué mellaman caballero?

Ella me miró y después posó el cigarrillo. Nunca en mi vida le había rogado nada a nadie, nunca me había humillado ante nadie. Me alegré de que fuera una mujer, porque no resultaba tan desagradable humillarse ante una mujer, no era tan desagradable, y ahora el estómago me ardía, se contraía espasmódicamente y me dolía como si un gran puño me golpeara por dentro a un ritmo espasmódico. Pensé que iba a doblarme de dolor de un momento a otro.

– Oficial Morgan, supongo que estará usted totalmente de acuerdo en que ya podemos despedirnos de todo el maldito juego y arrastrarnos de nuevo al estiércol primitivo si los guardianes del orden, los que tienen que obligar al cumplimiento de la ley comienzan actuando al margen de la misma, ¿no es cierto? Comprende usted que no habría civilización, ¿verdad? ¿Sabrá usted que yo, al igual que muchos otros jueces, somos tremendamente conscientes del abrumador número de criminales que andan por las calles y contra los que deben protegernos ustedes los policías? Ustedes no siempre pueden hacerlo y hay veces que les atan las manos las decisiones de los tribunales, que presumen la bondad de la gente más allá de toda presunción lógica. Pero, ¿no cree usted que hay jueces y también abogados defensores, sí, que sienten simpatía hacia ustedes? ¿No comprende usted que ustedes los policías más que nadie deben ser más de lo que son? Deben ser pacientes y, por encima de todo, honrados. ¿No ve usted que si actúa al margen de la ley, por absurdo que ello sea, en nombre del cumplimiento de la misma, todos estamos sentenciados? ¿No comprende usted estas cosas?

– Sí. Sí, lo sé, pero el viejo Knobby Booker no lo sabe. Y si yo hubiera revelado su nombre en su calidad de delator es muy posible que alguien le destripara… -Y ahora se me quebró la voz y apenas podía ver a la juez, porque todo había terminado y sabía que me sacarían de aquella sala y me trasladarían a la prisión del condado-. Cuando uno está solo efectuando la ronda y todo el mundo sabe que uno es unhombre, Señoría… la forma en que te miran… y lo que uno siente cuando te dicen «Eres un campeón, Bumper. Eres un guerrero. Eres un Caballero, un Caballero Azul…»

Y después no pude decir más. No le dije nada más a aquella mujer aquel día.

El silencio me zumbaba en los oídos, y al final ella me dijo:

– Oficial Morgan, voy a pedir que el fiscal de distrito adjunto no diga nada acerca de su declaración perjura en su informe a este despacho. Les pediré también al defensor, al alguacil, al relator y a la escribano que no revelen lo que hoy ha sucedido aquí. Ahora quiero que se marche para que yo pueda reflexionar si he hecho lo que debía. Nunca lo olvidaremos, pero no tomaremos ulteriores medidas al respecto.

No podía creerlo. Permanecí sentado unos momentos como paralizado y después me levanté, me sequé los ojos y me dirigí hacia la puerta. Me detuve y ni siquiera pensé en darle las gracias; miré hacia atrás, pero ella había girado su sillón y se hallaba sentada mirando de nuevo las estanterías de libros. Cuando crucé la sala, el defensor y el fiscal de distrito estaban conversando en voz baja y ambos me miraron. Sentí que me miraban, pero me encaminé directamente hacia la salida sosteniéndome el estómago y esperando que cesaran los espasmos para poder pensar.

Salí al vestíbulo y recordé vagamente que las pruebas del arma y la droga aún estaban en la sala y después pensé, qué demonios, tenía que subir al coche y conducir para que me diera la brisa en la cara antes de que la sangre que se agitaba en el interior de mi cráneo me hiciera estallar la tapa de los sesos.

Me fui directamente al Elysian Park rodeando la parte de atrás, salí del coche, me llené los bolsillos de pastillas contra la acidez que saqué de la guantera, y subí la colina por detrás del estanque. Aspiraba el perfume de los eucaliptus y notaba que la tierra estaba seca y suelta bajo mis zapatos. La colina era más empinada de lo que me había parecido y empecé a sudar bastante a los pocos minutos de haber empezado a subir. Entonces vi a dos mirones de parque. Uno tenía gemelos para disfrutar mejor del espectáculo. Estaban mirando la calle de abajo, en la que las parejas permanecen en sus coches a todas horas del día y de la noche haciéndose el amor.

– ¡Fuera de mi parque, sinvergüenzas! -grité, y ambos se volvieron y me vieron de pie junto a ellos. Eran sujetos de mediana edad. Uno de ellos, con la piel tan pálida como el vientre de un pescado, lucía pantalones a cuadros en tonos anaranjados y un jersey amarillo con cuello de cisne, y mantenía los gemelos a la altura de los ojos. Al oírme los dejó caer y corrió hacia los matorrales. El otro individuo daba la sensación de sentirse ofendido y empezó a caminar con las piernas rígidas, alejándose como un pequeño y engreído perro terrier. Pero al adelantarme yo unos pasos hacia él maldiciendo y gruñendo, echó también a correr. Recogí los gemelos y se los quise arrojar, pero fallé la puntería, rebotaron contra un árbol y cayeron entre los matorrales. Después seguí subiendo hasta la cima de la colina. Aunque había niebla, la vista era preciosa. Cuando me dejé caer sobre la hierba y me quité el Sam Browne y la gorra, los espasmos estomacales habían cesado. Caí dormido casi inmediatamente y así estuve más de una hora tendido sobre la fresca hierba.

13

Cuando desperté el mundo me pareció horrible. Me tragué una pastilla contra la acidez sólo para refrescarme la boca. Permanecí tendido de espaldas un buen rato y vi un pájaro saltando de una rama a otra.

– ¿Es que te has cagado en mi boca? -dije, y después me pregunté qué habría estado soñando: me sentía sudoroso a pesar de que hacía fresco. La brisa que soplaba me estaba sentando muy bien. Miré el reloj y vi que eran más de las cuatro; me fastidiaba levantarme, pero como es lógico no tenía más remedio que hacerlo. Me senté, me remetí la camisa en los pantalones, me abroché el Sam Browne y me peiné el cabello hacia atrás, lo cual me resultaba difícil porque era rebelde y erizado. Y pensé, me alegraré cuando se me caiga del todo porque entonces ya no tendré que bregar más con él. A veces era horrible cuando el cabello no quena obedecerme. Cuando uno no tiene control sobre nada, ni siquiera sobre el maldito cabello de uno… Quizá debiera utilizar laca, pensé, tal como hacen actualmente esos guapos policías jóvenes. Quizá mientras aún tenía un poco de cabello debiera hacerme un corte de cabello de los de quince dólares y pasearme con el coche-radio todo el día echándome laca en lugar de detener a los tunantes. Así no me metería en líos, ningún juez podría meterme en la cárcel por perjurio, llenarme de oprobio y echar a perder todo lo que he hecho en veinte años y todo lo que los demás piensan de mí, incluida la gente de mi ronda.

Un día más y todo habrá terminado, gracias a Dios, pensé, y bajé la colina tambaleándome para dirigirme al coche porque aún no estaba del todo despierto.

– Uno-X-L-Cuarenta y cinco, llamando a Uno-X-L-Cuarenta y cinco -dijo la locutora de comunicaciones segundos después de poner yo en marcha el coche. Parecía que estaba nerviosa, por lo que supuse que debía haber estado intentando comunicar conmigo hacía rato. Probablemente algún caso importante, como por ejemplo el robo de una bicicleta, pensé.

– Uno-X-L-Cuarenta y cinco, adelante -dije con desgana al micrófono.

– Uno-X-L-Cuarenta y cinco, reúnase con el policía de paisano en la esquina sudeste de Beverly y Vermont, división de Rampart. Esta llamada ha sido aprobada por su jefe de guardia.

Confirmé la recepción de la llamada y me pregunté qué estaría sucediendo. Después, a pesar de lo mal que me sentía, del desagrado que me producía todo y todo el mundo, y especialmente de aquel miserable trabajo mío, a pesar de todo ello, el corazón empezó a latirme con más fuerza y experimenté una sensación de alegría que burbujeaba en mi interior porque sabía que debía tratarse de Charlie Bronski. Charlie debía tener algo entre manos, y sin darme cuenta me encontré conduciendo el coche por Temple deslizándome entre el intenso tráfico. Al bajar por Vermont descubrí a Charlie Bronski en un aparcamiento próximo a un comercio. Se encontraba de pie junto a su coche y se le veía nervioso, cansado y enfurecido, pero yo sabía que debía tener algo porque de lo contrario no me hubiera sacado de mi división sin más ni más.

– Ya era hora, Bumper -dijo Charlie-. Llevo media hora intentando localizarte por radio. Me han dicho que hacía mucho rato que habías salido del juzgado.

– He estado investigando, Charlie. Cosas demasiado importantes para podértelas contar en un momento.

– A saber qué querrás decir con eso -contestó Charlie, sonriendo con su áspera sonrisa eslava de dientes quebrados-. Tengo algo tan bueno que no vas a creerlo.

– ¡Has detenido a Red Scalotta!

– No, no, tú deliras -dijo, riéndose-. Pero dispongo de una orden de registro del despacho clandestino de que nos habló Reba.

– ¿Cómo lo has conseguido tan rápido?

– Es que todavía no la tengo. La tendré dentro de un cuarto de hora, cuando Nick, Fuzzy y el equipo administrativo de represión del vicio lleguen aquí. Nick acaba de hablarme por radio. Él y Fuzzy acaban de salir del Palacio de Justicia. Tienen la orden y el equipo administrativo ya está en camino para ayudarnos.

– ¿Cómo lo has hecho, Charlie? -le pregunté, y ahora ya me había olvidado de la juez, de la humillación y de la tristeza, y Charlie y yo nos sonreíamos el uno al otro porque ambos estábamos siguiendo el rastro. Y cuando un auténtico policía hace algo importante no puede pensar en nada más. En nada más.

– Tras dejar a Reba, no pude esperar por más tiempo. Acudimos a la lavandería próxima a la Sexta y Kenmore. En realidad se trata de un moderno establecimiento de limpieza en seco y lavado. Hacen el trabajo en el mismo local y es muy espacioso. El edificio hace chaflán y el local ocupa toda la planta baja. Vi incluso a algunos empleados que subían al segundo piso, que debe ser el almacén o algo así. Yo miré desde el otro lado de la calle utilizando gemelos y Fuzzy se fue a la calleja de atrás y encontró la puerta de la que Reba dijo que Aaron había hablado.

– ¿Pero quién demonioses Aaron, Charlie?

– Es el cerebro de Scalotta. Aaron Fishman. Es contable y un organizador extraordinario, pero le falta valor; por eso es el segundo de a bordo. A este tipo nunca le he visto, pero he oído hablar de él en el departamento de represión del vicio y en Información. En cuanto Reba describió a este pequeño judío supe de quién estaba hablando. Es el enlace entre Scalotta y los despachos clandestinos. Protege los intereses de Red, contrata a los administrativos de los despachos clandestinos y lo organiza todo. Dick Reemey, de Información, dice que no cree que Red pudiera trabajar sin la ayuda de Aaron Fishman. Red se ha ido apartando cada vez más del negocio para mezclarse con la gente de Hollywood. Sea como fuere, Fuzzy, que es un entrometido, entró en la lavandería y encontró una escalera que estaba cerrada y una puerta que daba abajo. Bajó y encontró un sótano, un viejo horno y un cubo de basura. Empezó a examinarlo todo y descubrió varias cintas de máquinas calculadoras, cuyas cifras terminaban todas en cinco y cero, y hasta encontró algunos trozos carbonizados de hojas de pagarés y un trozo medio quemado de papel de apuntes. Apuesto a que Aaron prendería fuego a su empleado si supiera que es tan descuidado.

Charlie se rió un rato y yo encendí un puro y miré el reloj.

– No te preocupes por la hora, Bumper, los empleados de los despachos clandestinos no se marchan hasta una hora después de la última apuesta. Tienen que quedarse para confeccionar las hojas.

– ¿Las hojas?

– Las hojas en las que figuran las claves de cada agente, los apostantes de éste y cuánto se ha ganado y perdido.

– Me gustaría saber cuánto ha ganado hoy Zoot Laferty -dije, riendo.

– Los corredores como Zoot ganan el diez por ciento tanto si se gana como si se pierde -dijo Charlie-. Fuzzy encontró una pequeña prueba que confirmaba lo que Reba nos había contado y después tuve una suerte increíble, como jamás había tenido. Fuzzy recorría el sótano como un rata, recogiendo residuos quemados, cuando, de repente, ve a un tipo tremendo quieto y de pie en uno de los rincones del oscuro sótano. A punto estuvo Fuzzy de cagarse en los pantalones porque no llevaba ningún arma de fuego ni nada, dado que en realidad no hace falta llevar armas cuando se trabajan apuestas ilegales. Y entonces el tipo se abalanza sobre él como una aparición fantasmal. Fuzzy dice que la puerta se encontraba detrás del tipo y justo en el momento en que pensaba lanzarse contra él con la cabeza baja para tumbarle, el gigante va y empieza a hablar con vocecita de niño y le dice: «Hola, me llamo Bobby. ¿Sabe arreglar trenes eléctricos?». Y después el tipo va y acompaña a Fuzzy a una pequeña habitación en la parte de atrás en la que había una cama y una mesa, y Fuzzy se ve obligado a arreglar una rotura de raíl de un pequeño tren eléctrico que Bobby tiene sobre la mesa. Y el tipo, allí, de pie, con la cabeza que casi le llegaba al dintel de la puerta esperando que Fuzzy le arregle el tren.

– Pero, bueno, ¿qué…?

– Déjame terminar -dijo Charlie, riéndose-. Fuzzy arregla el tren y aquel buey empieza a propinarle a Fuzzy palmadas en los hombros y la espalda de tanta como era su alegría, descoyuntándole casi. Y Fuzzy descubre que ese chiflado es el encargado de la limpieza, evidentemente algún familiar del propietario del edificio que vive allí en el sótano y se encarga de la limpieza de las ventanas y los suelos y todo lo de la casa. Un retrasado mental, vamos. Fuzzy descubre entonces que en el segundo piso hay algunos despachos con una escalera distinta, y aquella puerta cerrada es el único acceso a esta zona del tercer piso, exceptuando la escalera de incendios de la parte de atrás. El gigante de Bobby dice que el tercer piso está destinado a almacén de uno de los despachos del segundo piso, exceptuando el sitio de la «señorita Terry», y después empieza a contarle a Fuzzy que quiere mucho a la señorita Terry y que ella le trae cada día empanadas y cosas buenas. Entonces Fuzzy empieza a sonsacarle y Bobby le dice que casi nunca entra en el sitio de la señorita Terry; sólo limpia de vez en cuando las ventanas y algunas veces la ayuda a hacer algo. Fuzzy insiste y él le habla de las tablas de madera en las que se encuentran todas las tarjetas amarillas con los números. Se trata de los marcadores de tipo profesional, claro, y le habla de la máquina calculadora, de dos máquinas en realidad, y cuando Fuzzy le muestra el National Daily Repórter quemado Bobby le dice que sí, que siempre están allí. En resumen, le describe completamente un magnífico despacho clandestino, hasta la forma en que se guardan y archivan los papeles.

– ¿Os habéis servido de ese Bobby en calidad de informador para la obtención de la orden de registro?

– Sí. No he tenido que decir nada acerca de Reba. De acuerdo con la orden, se especifica que se permite el registro sobre la base del informador Bobby y de nuestros propios hallazgos confirmativos.

– ¿Tendréis que utilizar a ese pobre ante el tribunal?

– No habrá más remedio que nombrarle -repuso Charlie.

– ¿Cuántos años tiene?

– No sé, cincuenta, cincuenta y cinco…

– ¿Crees que le harán daño?

– ¿Y por qué? ¡Si ni siquiera sabe lo que se hace! Ellos lo comprenderán… Han tenido mala suerte y basta. ¿Por qué iban a hacer daño a un idiota?

– Porque son unos desalmados.

– En fin, nunca se sabe -dijo Charlie, encogiéndose de hombros-, es posible que sí. Lo importante es que disponemos de la autorización, Bumper. He mantenido la promesa.

– Gracias, Charlie. Nadie hubiera podido hacerlo mejor. ¿Tenéis a alguien vigilando?

– Milburn. Trabaja en nuestro despacho. Acabaremos deteniendo a la mujer llamada Terry. Por lo que dijo el tonto, es la única mujer que viene aquí, exceptuando las veces en que viene un hombre. No pudo recordar cómo era el hombre. Hoy estamos a jueves. Debe haber mucho papel en este despacho clandestino. Si conseguimos suficientes pruebas podremos hacerles daño, Bumper.

– ¿Una multa de doscientos cincuenta dólares? -pregunté yo, despectivamente.

– Si conseguimos las pruebas adecuadas podemos aplicarles impuestos sobre rentas anteriores. Puede aplicárseles un impuesto del diez por ciento sobre los beneficios brutos de un año. Y puede hacerse con carácter retroactivo hasta cinco años. Eso hace daño, Bumper. Hace daño incluso a un tipo tan importante como Red Scalotta, pero será difícil.

– ¿Cómo entrarás?

– Al principio pensamos utilizar a Bobby. Podemos idear un subterfugio para entrar si logramos convencer al tribunal de que estábamos informados que la organización se propone destruir las pruebas. Todo el mundo lo hace. Fuzzy pensó en utilizar a Bobby para llamar a la puerta de abajo, que da a la escalera interior, y llamar a Terry para que ésta abriera la puerta, cosa que puede hacer apretando un botón. Podríamos decirle a Bobby que es un juego o algo así, pero Nick y Milburn se opusieron. Han pensado que si nos cargábamos la puerta y subíamos la escalera, penetrábamos en el despacho y sorprendíamos a Terry, el bueno de Bobby podría no querer seguir jugando. Me imagino que si dejara de jugar no sería en modo alguno peligroso. El caso es que Nick y Milburn han temido que pudiéramos perjudicar al tonto y se han opuesto.

– ¿Cómo lo haréis, entonces?

– Hemos pedido prestada una policía negra del departamento de investigación Sudoeste. La hemos vestido con una bata y un delantal de tela gruesa azul, como las negras que planchan abajo. Va a llamar a la puerta de abajo y empezará a chillar algo ininteligible en un dialecto extraño, y esperamos que Terry le abra la puerta. Entonces subirá la escalera y farfullará algo de un incendio en el sótano, se acercará todo lo que pueda a Terry y esperamos que consiga derribarla al suelo y sentársele encima, porque Nick y yo entraremos inmediatamente. Poco después vendrá el equipo administrativo de represión del vicio para ayudarnos, dado que ellos son expertos en operaciones de despachos clandestinos. Yo no he descubierto más que un solo despacho clandestino, o sea que para mí también se trata de algo importante.

– Y yo, ¿dónde estaré?

– Bueno, con el uniforme que llevas tendremos que esconderte; por lo tanto te quedarás en la parte de atrás, cerca de la calleja, junto a la gruesa valla de madera de la parte oeste. Cuando hayamos tomado el local, abriré la ventana de atrás, te llamaré y podrás entrar y ver el fruto de tu trabajo con Zoot Lafferty.

– ¿Y cómo manejaréis a vuestro testigo estrella?

– ¿Al tonto? Fuzzy está muy familiarizado con el asunto porque se ha convertido en el mejor amigo de Bobby -dijo Charlie, riéndose-. Antes de que empecemos, Fuzzy entrará en busca de Bobby, saldrá con él a la calle y le acompañará al bar para invitarle a un refresco helado.

– Uno-Víctor-Uno a Dos, dispuesto -dijo una voz en frecuencia seis.

– Es Milburn desde el despacho clandestino -dijo Charlie, acercándose a la radio-. Adelante, Lem.

– Escucha, Charlie -dijo Milburn-. Acaba de entrar un tipo por esta puerta exterior. Es posible que haya girado a la izquierda, hacia la lavandería; no podría decirlo, pero creo que se ha dirigido a la derecha, hacia la escalera que conduce al despacho.

– ¿Qué pinta tiene, Lem? -preguntó Charlie.

– Caucásico, de cincuenta y cinco a sesenta años, metro sesenta y seis, setenta kilos, calvo, bigote, gafas. Bien vestido. Creo que habrá aparcado al norte, a una manzana de distancia y habrá bajado a pie porque he visto que un Cadillac blanco rodeaba dos veces la manzana y lo conducía un sujeto calvo como buscando sitio.

– Muy bien, Lem, iremos en seguida -dijo Charlie, colgando el micrófono con el rostro arrebolado y asintiendo en dirección a mí sin decir nada.

– Fishman -dije yo.

– El hijo de puta -dijo Charlie-. El hijo de puta. ¡Está dentro!

Después Charlie tomó el micrófono y llamó a Nick y a los demás, tan excitado que a duras penas podía hablar en voz baja y tranquila; yo me emocioné también y el corazón empezó a latirme con fuerza. Charlie les dijo que se apresuraran y les preguntó cuándo calculaban que llegarían.

– Calculamos que dentro de cinco minutos -dijo Nick a través de la radio.

– ¡Santo cielo, Bumper, vamos a tener la oportunidad de descubrir el despacho y de detener a Aaron Fishman al mismo tiempo! ¡Este cerdo sinvergüenza no ha sido detenido desde la época de la depresión!

Me alegraba por Charlie, pero, bien mirado, ¿a qué venía tanta alegría? Tenían a un idiota por informador, y no es que yo quisiera quitarle importancia a la cosa, pero sabía muy bien que era fácil que se negara validez a la orden de registro, sobre todo si Bobby era conducido ante los tribunales y se comprobaba que su coeficiente intelectual era tan bajo. Y aunque no se negara y se consiguiera demostrar la culpabilidad de la empleada y de Fishman, ¿qué demonios les sucedería? ¿Una multa de doscientos cincuenta dólares? En estos momentos es posible que Fishman llevara en el bolsillo una cantidad cuatro veces superior a ésta. Tampoco me impresionaba demasiado que surgiera una causa importante y que su cuenta bancaria sufriera un buen quebranto, porque aunque se lograra eso, ¿qué significado tendría? ¿Que Scalotta no pudiera comprarse un látigo nuevo cada vez que organizaba fiestas con mujeres chifladas como Reba? ¿O quizá que Aaron Fishman tendría que conducir dos años más el Cadillac sin poder comprarse otro nuevo? Bien mirado, nada de todo aquello me resultaba interesante. Es más, me estaba sintiendo furioso y deprimido por momentos. Recé para que Red Scalotta estuviera dentro e intentara oponerse a la detención, aunque el sentido común me decía que no era posible que sucediera tal cosa…

– Deben tener algo para destruir los papeles importantes -dijo Charlie dando chupadas a un cigarrillo y moviéndose inquieto mientras esperaba la llegada de Nick y los demás.

– ¿Te refieres a papel inflamable? He oído hablar de eso -dije.

– A veces lo usan, pero sobre todo en los puntos de delante -dijo Charlie-. Se acerca una llama o un cigarrillo al mismo y se enciende en una gran llamarada sin dejar residuos. También usan un papel que se disuelve. Lo echas al agua y se disuelve sin dejar residuos que puedan analizarse bajo microscopio. Pero a veces en los despachos clandestinos disponen de unos hornos pequeños que mantienen encendidos y en los que pueden arrojar las cosas importantes. Pero, ¿dónde demonios está este Nick?

– Aquí mismo, Charlie -dije yo, al ver el coche de represión del vicio atravesando velozmente el aparcamiento. Dentro estaban Nick, Fuzzy y la policía negra, y les seguía otro coche con dos policías de la sección administrativa.

Todos se atemorizaron visiblemente al averiguar que Aaron Fishman estaba dentro y yo me asombré de que aquellos policías pudieran emocionarse tanto por algo que es tan decepcionante, deprimente e insignificante si bien se mira. Y después Charlie les explicó apresuradamente a los de la sección administrativa lo que estaba haciendo allí un policía uniformado, diciéndoles que había empezado como cosa mía.

Conocía a uno de los oficiales de la sección administrativa de cuando trabajaba en la patrulla de Central, y todos estuvimos hablando y elaborando planes durante unos cinco minutos. Finalmente, nos apiñamos todos en los coches.

Giramos al Norte por Catalina, desde la calle Sexta antes de llegar a Kenmore, y después giramos al Oeste y bajamos por Kenmore desde el Norte. La parte norte de la calle Sexta es toda de edificios de apartamentos y al sur está el Miracle Mile y el bulevar Wilshire. Casi toda la calle Sexta está constituida por edificios comerciales. Todos aparcamos al Norte, porque las ventanas del último piso del edificio estaban pintadas. Era la parte desde la que no podía verse nada, y pocos minutos después empezamos a prepararnos cuando a través de los gemelos vimos bajar a Fuzzy por la calle en compañía de Bobby, que incluso desde tanta distancia parecía un Gargantúa. Sin la presencia del gigante el fuerte no resultaba tan inexpugnable.

Inmediatamente bajamos todos y yo rodeé la manzana a pie, llegué hasta la valla de madera y me quedé solo y sudando al sol, preguntándome por qué demonios me importaba tanto todo aquello dado que la organización volvería a levantarse y habría otro despacho clandestino de Red Scalotta que se encargaría de las operaciones hasta que pudiera crearse uno nuevo, y Aaron se compraría otro Cadillac dentro de un par de años. Y él y Red quedarían libres para gozar de todo aquello y a lo mejor alguien como yo acabaría en la prisión del condado por perjurio, en la sección especial que hay para los policías acusados de delitos, porque un policía que dejaran en compañía de los delincuentes habituales no viviría más de una hora.

Este trabajo no tenía sentido. ¿Cómo podía haberme estado diciendo durante veinte años que sí tenía sentido? ¿Cómo había podido efectuar la ronda cual un estúpido payaso vestido de azul y pensar que tenía sentido? La juez Redforddebiera haberme enviado a la cárcel, pensé. El cerebro me ardía bajo el sol, el sudor se me metía en los ojos y me quemaba. Todo aquello no era más que una especie de chifladura. ¿Qué demonios estamos haciendo aquí?

De repente no pude soportar más estar solo, la valla me ocultaba el trasero sólo en parte; me dirigí a la calleja, hacia la escalera de incendios del viejo edificio. La escalera de hierro disponía de unas cadenas como un antiguo y temible puente levadizo. Las cadenas eran una norma obligatoria contra incendios, pensé, y miré a mi alrededor para ver si había algo donde poder subirme; descubrí un cubo de basura, lo vacié, lo invertí y lo coloqué debajo de la escalera de incendios. Y un minuto después me encontré colgando como un gordo y sudoroso mandril, estropeándome los pantalones que se estaban restregando contra la pared de hormigón, estropeándome los zapatos y echándome finalmente a llorar porque no podía encaramarme al reborde de una ventana desde el que pudiera saltar la barandilla a la altura del segundo piso.

Caí a la calleja. Caí dándome un golpe en el hombro y pensé que si hubiera podido leer bien el registro del hotel no hubiera tenido que sufriraquella humillación, y pensé que yo no servía para nada en aquella operación que en sí misma no servía de nada porque si no podía pillar a Red Scalotta y a Aaron Fishman ateniéndome a las normas, me meterían en la cárcel. Y me quedé sentado en la calleja, jadeando, con las manos rojas y arañadas y el hombro que me dolía, y entonces pensé: si voy a la cárcel y Fishman queda en libertad, entonces el delincuente seré yo y él será el Caballero Azul, y me pregunté la pinta que tendría enfundado en mi uniforme.

Después miré hacia la escalera y me prometí que moriría en aquella calleja si no podía subir aquella escalera de incendios. Me acerqué de nuevo al cubo de basura, subí, agarré la escalera de metal y noté que se balanceaba un poco hasta que la cadena la sujetó. Después volví a trepar por la pared jadeando y sollozando en voz alta con el sudor que parecía vinagre y se me metía en los ojos, y conseguí levantar un pie y tuve que detenerme para respirar. Estuve a punto de soltarme y pensé que me estaría bien empleado si me caía de cabeza sobre el cubo de basura y me rompía el grueso cuello. Respiré hondo y comprendí que si no lo conseguía ahora no lo conseguiría nunca; levanté mi corpachón arriba, arriba, y logré sentarme en el reborde de la ventana. Me asombré de que aún llevara puesta la gorra y de que no me hubiera caído la pistola. Y me quedé posado allí en el alféizar, encima de un montón de mierda de pájaro, y un gordo palomo gris se posó en la barandilla de la escalera, mirándome. Arrullaba y me contemplaba viéndome jadear y hacer muecas y preguntándose si sería peligroso.

– Vete de aquí, pequeño estúpido -murmuré al saltarme el palomo al hombro. Agité la gorra en su dirección y él huyó chillando.

Entonces me levanté con cuidado, apoyando casi todo el peso en el reborde de la ventana, alcancé la barandilla y después la salté y me encontré en el primer rellano de la escalera. Tuve que detenerme a descansar un momento porque me sentía aturdido. Miré el reloj y vi que la policía negra debía estar a punto de empezar la comedia, por lo que, aunque me sentía cansado, subí el segundo tramo de la escalera.

El tramo hasta el tercer piso era empinado y muy largo. Se trataba de una de esas escaleras de hierro casi verticales como las de un barco, que tienen barandillas redondas de hierro. Subí todo lo cuidadosamente que pude, respirando hondo. Cuando llegué arriba me alegré de no tener que descender de nuevo aquella escalera tan empinada. Si todo iba bien podría pasar al despacho clandestino. Cuando Charlie abriera la puerta del despacho para llamarme, yo estaría de pie mirando la puerta en lugar de permanecer agachado en la calleja. Y si oía que derribaban alguna puerta o algún otro ruido, abriría aquella puerta de un puntapié y quizásería el primero que entrara en el despacho. Quizás haría algo por lo que merecería ir a la cárcel, pero tal y como estaba de ánimos en aquel momento merecía la pena porque veinte años no significaban nada si Scalotta y Fishman podían enfundarse mi uniforme y yo vestía uniforme de recluso de tela gruesa con bolsillos a rayas aplicados y me metían en la sección de policías de la prisión del condado.

Entonces escuché un estrépito y supe que la comedia no había dado resultado, porque era una puerta que se había derribado lejos de donde yo me encontraba, lo cual significaba que habían tenido que forzar la primera puerta, subir las escaleras hasta el tercer piso y derribar la otra puerta. Entonces empecé a dar puntapiés a la puerta del despacho; en aquel momento no sabía lo fuerte que la habían construido y pensé que era una puerta corriente y casi me eché a llorar porque ya no podía derribar una puerta y ya no podíahacer nada. Pero seguí dando puntapiés y al final fui hacia la ventana que se encontraba a la izquierda y di un puntapié contra la misma y me corté en la pierna. Rompí el cristal con las manos y perdí la gorra; me corté la frente con el cristal y me sentía furioso; estaba gritando algo que no puedo recordar cuando penetré en aquella habitación y vi a una mujer muy atemorizada y a un tembloroso tipo calvo, ambos con los brazos llenos de cajas. Me miraron un instante y entonces la mujer empezó a gritar y el hombre se dirigió hacia la puerta con intención de salir por la escalera de incendios, y yo le seguí. Levantó la barra que cerraba la puerta reforzada con una plancha de acero y vio lo empinada que era la escalera. Sostenía fuertemente una gran caja de cartón llena de tarjetas y papeles y estaba a punto de intentar bajar de espaldas por la escalera de hierro cuando yo le agarré con mis malditas manos y él me gritó, mientras dos palomas volaban pasando cerca de nuestras caras agitando las alas rumorosamente.

– ¡Déjeme! -gritó. Se le veían muy hinchadas las verdosas bolsas que tenía bajo los ojos-. ¡Suélteme, maldito mono!

Y entonces no sé si le solté o si le empujé. Sinceramente no lo sé, pero en realidad da lo mismo porque, dado que se echaba hacia atrás para apartarse de mí sosteniendo aquella enorme caja como si fuera el oro del rey Midas, yo sabía exactamente lo que iba a suceder si de repente hacía lo que él estaba pidiendo.

Por lo tanto no sé muy bien si le empujé o bien si me limité a soltarle, pero, tal como ya he dicho, el resultado hubiera sido el mismo y en aquellos momentos era lo único que tenía sentido, lo único que yo podía hacer para que tuviera sentido. Jamás vestiría un uniforme azul, jamás, si yo hacía lo que él me pedía. El corazón me latía como las alas de aquellas palomas y yo le solté y dejé colgando junto a los costados mis manos sangrantes.

Entonces él cayó hacia atrás y el peso de la caja contra su pecho hizo que cayera de cabeza, rodando ruidosamente por la escalera de hierro como si se soltara un ancla. Gritaba y la caja se había abierto y los marcadores y los papeles volaban y surcaban el aire y caían.Sonaba como la cadena de un ancla que fuera bajando. En el descansillo de abajo, donde quedó detenido, vi su dentadura postiza en el primer peldaño y no se había roto, y vi sus gafas en el descansillo, rotas, y la caja de cartón encima suyo, de tal manera que apenas podía verse al hombrecillo que se encontraba doblado debajo. Se quedó quieto un instante y después empezó a gimotear y finalmente sus sollozos se parecieron al arrullo de una paloma.

– ¿Qué ha sucedido, Bumper? -me preguntó Charlie bajando sin resuello por la escalera de incendios.

– ¿Tienes todas las pruebas necesarias, Charlie?

– ¡Dios mío! ¿Qué ha sucedido?

– Ha caído.

– ¿Está muerto?

– No creo, Charlie. Está haciendo mucho ruido.

– Será mejor que avise una ambulancia -dijo Charlie-. Y será mejor que te quedes aquí.

– Eso pensaba hacer -dije, y me quedé descansando apoyado contra la barandilla durante cinco minutos observando a Fishman. Durante este espacio de tiempo Nick y Charlie bajaron, le desdoblaron y le limpiaron la cara y la calva en la que se observaban enormes laceraciones.

Charlie y yo dejamos allí a los demás y seguimos a la silbante ambulancia que conducía a Fishman al Central Receiving Hospital.

– ¿Es muy grave el corte de la pierna? -me preguntó Charlie al ver la sangre, que adquiere una coloración purpúrea de vino cuando empapa el uniforme azul de un policía.

– No es grave, Charlie -repuse frotándome los cortes de la mano.

– La cara no la tienes mal. Sólo un corte pequeño encima del ojo.

– Estoy bien.

– Había un cuarto al otro lado del despacho clandestino -dijo Charlie-. Encontramos allí un horno de gas. Estaba encendido y hubieran llegado hasta él si tú no hubieras penetrado por la ventana. Te agradezco que lo hicieras, Bumper. Así nos lo guardaste todo para nosotros.

– Me alegro de haberos servido de ayuda.

– ¿Intentó Fishman forcejear contigo o algo así?

– Forcejeó un poco. Y cayó.

– Espero que se muera el muy cerdo. Pienso en lo que significa para la organización y lo que es, y espero que el muy cerdo se muera, ¿Sabes?, llegué a pensar por un instante que tú le habías empujado.

– Se cayó él, Charlie.

– Ya estamos, vamos a que te limpien -dijo Charlie aparcando en el lado de la calle Sexta del Central Receiving en el momento en que un médico subía a la ambulancia que trasladaba a Fishman. Descendió momentos después y les indicó que se fueran al Hospital General, que dispone de mejores medios quirúrgicos.

– ¿Cómo está, doctor? -preguntó Charlie mientras franqueábamos la entrada de la sección de urgencias.

– Nada bien -repuso el médico.

– ¿Cree que morirá? -preguntó Charlie.

– No lo sé. Si no muere, es posible que llegue a desear haber muerto.

El corte de mi pierna requirió unos cuantos puntos, pero las heridas de las manos y la cara no eran graves y fue suficiente con limpiarlas y aplicarles un antiséptico. Ya eran casi las siete cuando terminé de redactar los informes en los que describía cómo se había soltado Fishman de mi presa y cómo me había herido yo.

Cuando me marché, Charlie estaba dictando su informe de arresto a una mecanógrafa.

– Bueno, ahora me voy, Charlie -dije, y él dejó de dictar, se levantó y me acompañó un rato por el pasillo. Pareció durante unos instantes que iba a estrecharme la mano.

– Gracias por todo, Bumper. Es la mejor detención que he practicado desde que trabajo en represión del vicio. Hemos conseguido más datos de lo que jamás hubiera podido soñar.

– Gracias por haberme permitido colaborar, Charlie.

– Lo empezaste.

– No sé cómo estará Fishman -dije, experimentando un agudo dolor y advirtiendo que se estaba formando una burbuja. Ingerí dos pastillas.

– Fuzzy llamó hace media hora. No ha podido averiguar mucho. Te diré una cosa: apuesto a que Red Scalotta tendrá que buscarse otro contable y asesor comercial. Apuesto a que a Fishman le va a costar sumar números de dos dígitos después de esto.

– Bueno, a lo mejor ha dado buen resultado.

– ¿Buen resultado? Mucho más que esto. Por primera vez en muchos años me parece quehay un poco de justicia en este mundo y aunque a uno le tomen el pelo y se lo restrieguen por la cara y se burlen de la ley, bueno, presiento por primera vez que en ello intervienen otras manos y que estas manos son las que hacen justicia. Me parece que ha sido la mano de Dios la que ha empujado a este hombre escaleras abajo.

– La mano de Dios, ¿eh? Sí, bueno, hasta luego, Charlie. Piénsalo así, amigo.

– Hasta la vista, Bumper -dijo Charlie Bronski con su rostro cuadrado iluminado de alegría, con los ojos contraídos y mostrando sus dientes quebrados.

Cuando entré, el vestuario estaba vacío y al sentarme en el banco para desabrocharme los zapatones, comprendí de repente lo mal parado que había salido. No por los cortes que me había hecho con el cristal, esto no era nada. Lo malo era el hombro sobre el que me había caído en aquella calleja, y los brazos y la espalda que me dolían de haber estado colgado de aquella escalera de incendios cuando no pude hacer lo que cualquier policía joven puede hacer: levantarme quince centímetros en el aire. Y tenía las manos escoriadas y ampolladas de haber permanecido colgando y de agarrarme a aquella pared de hormigón en mi intento de trepar. Hasta el trasero lo tenía dolorido, y los músculos de ambas nalgas, de tanto dar puntapiés a aquella puerta reforzada con acero y rebotar como una pelota de tenis. Me dolía todo.

Quince minutos más tarde ya me había enfundado en mi chaqueta y pantalones deportivos y peinado lo mejor que pude, lo cual equivalía a arreglar un poco lo que parece un sistema de alambrado mal hecho, me había calzado los zapatos y salía del aparcamiento en mi Ford. Los dolores producidos por los gases habían desaparecido y no tenía indigestión. Entonces pensé de nuevo en Aaron Fishman, doblado, con la cabeza torcida debajo de su menudo cuerpo canijo y con la gran caja de cartón encima. Pero dejé estas tonterías inmediatamente y me dije: no, no, no vas a fastidiarme el sueño, porque no importa que yo te hiciera caer. Yo no había sido más que el instrumento de una fuerza de este mundo que a su debido tiempo se descarga sobre casi todas las personas, buenas o malas, ricas o pobres, y que por lo general suele hacerlo cuando menos preparado está uno para sobrellevarla.

14

Ahora ya había oscurecido y la noche primaveral y la fresca brisa, incluso la neblina, todo me sabía bien. Bajé los cristales de las ventanillas para aspirar el aire y avancé por la autopista de Hollywood pensando en lo agradable que me iba a resultar encontrarme en el Harén de Abd con un grupo de alegres árabes.

Hollywood no presentaba mal aspecto para ser un jueves por la noche. Los bulevares Sunset y Hollywood aparecían atestados de vehículos, en su mayor parte ocupados por gente joven, adolescentes que se habían adueñado prácticamente de Hollywood. Éste había perdido todo su encanto de los años cuarenta y principios de los cincuenta. Ahora es una ciudad de chiquillos, y exceptuando el millón de hippies, de afeminados y de muchachos que cumplen el servicio militar, es lo único que puede verse por el Strip y demás calles. Resulta por ello un lugar muy deprimente. Los clubs son en su mayoría casas de juego y tugurios psicodélicos. Pero aún quedan sitios donde se puede ir, algunos lugares excelentes donde comer bastante arreglado.

Había conocido a Yasser Hafiz y a los otros unos diez o doce años antes, cuando hacía la ronda por la calle Main. Una noche, a eso de las dos, vi a un timador que acompañaba a un tipo por la escalera de la parte de atrás del Hotel Marlow, un mísero tugurio de la calle Main frecuentado por prostitutas, afeminados y timadores. Yo estaba solo porque mi compañero, un simulacro de policía llamado Syd Bacon, se hallaba en una habitación de hotel haciéndole el amor a una bailarina de trasero prominente con la que salía. Tenía que haberse reunido conmigo para seguir la ronda a la una y media, pero todavía no había aparecido.

Rodeé apresuradamente el hotel, subí por la otra escalera y me oculté detrás del mostrador de recepción vacío, y cuando el timador y su víctima se acercaron por el pasillo hacia el lugar donde me encontraba yo, me oculté en un pequeño cuarto que había junto al mostrador. Estuve a punto de ser descubierto porque los dos compañeros del timador salieron de una habitación del otro lado del pasillo, dos puertas más allá.

Susurraron algo y uno de ellos bajó por la escalera principal para vigilar la calle mientras el otro se colocaba detrás del mostrador, encendía la lámpara y fingía estar leyendo el periódico que llevaba consigo. Eran negros, naturalmente. El timo a los blancos lo practicaban siempre los negros, aunque últimamente he tenido ocasión de ver a algunos blancos que lo practican en las personas de otros blancos.

– Oye, hermano -dijo el timador que se encontraba en compañía del blanco.

Yo había dejado abierta una pequeña rendija y vi que el blanco era un joven bien vestido que parecía haberse embriagado y se tambaleaba mientras intentaba apartarse de los ojos un mechón de su abundante cabello negro. Debía haber perdido la corbata en algún sitio y llevaba la camisa blanca desabrochada manchada de bebida alcohólica.

– ¿Que hay, amigo? -dijo el falso recepcionista posando el periódico.

– ¿Está Alice esta noche? -dijo el primero, que actuaba de alcahuete.

Era el más corpulento de los dos, un tipo de piel muy oscura, alto y bastante joven.

– Sí, esta noche echa chispas -dijo el otro. También era joven-. ¡Aún no se ha acostado con ningún hombre y esta perra es una ninfómana!

– Desde luego -dijo el alcahuete-. Desde luego.

– Vamos, estoy dispuesto -dijo el blanco, y yo noté que tenía acento del Medio Oeste.

– Espere un momento, hombre -dijo su compañero-. Esa puta es estupenda, pero es una ladrona tremenda. Será mejor que le deje la cartera al recepcionista.

– Sí, puedo guardarla en la caja fuerte -dijo con aire aburrido el que se encontraba detrás del mostrador-. Nunca se sabe si esa puta le convencerá para que se quede con ella toda la noche y robarle después cuando caiga dormido.

– Muy bien, hermano -dijo el alcahuete.

El blanco se encogió de hombros y sacó la cartera, dejándola encima del mostrador.

– Será mejor que deje también el reloj y el anillo -le advirtió el recepcionista.

– Gracias -dijo el blanco, asintiendo y obedeciendo al recepcionista que sacó de debajo del mostrador el sobre que había dejado previamente para los objetos de valor.

– ¿Puede darme ahora los cinco dólares? -preguntó el primer hombre-. El recepcionista le cobrará los cinco de Alice y los tres de la habitación.

– Muy bien -repuso el blanco, contando dificultosamente trece dólares para los dos hombres.

– Ahora vaya usted por allí a la habitación número dos-treinta-siete -dijo el recepcionista señalándole la habitación de la que había salido el primero de ellos-. Llamaré a la habitación de Alice y vendrá dentro de cinco minutos. Y será mejor que se prepare usted porque se mueve como una fiera.

El blanco sonrió nerviosamente y avanzó tambaleándose por el pasillo, abriendo la puerta y desapareciendo en el interior de la habitación.

– ¿Listo, hermano? -preguntó sonriendo el recepcionista.

– Vamos -repuso el más alto, mientras el falso recepcionista apagaba la lámpara.

Yo había salido del cuarto sin que ellos me vieran y ahora me encontraba junto al mostrador, apuntando con la Smith al ojo derecho del recepcionista, sin que notara mi presencia.

– ¿Quieren habitación para esta noche, caballeros? -pregunté-. Nuestras habitaciones no son muy lujosas, pero son limpias y podemos ofrecerles dos comidas buenas al día.

El alcahuete fue quien primero se recuperó de la sorpresa. Estaba intentando decidir si le convenía echar a correr o probar alguna otra cosa más arriesgada. Los timadores no llevan armas de fuego encima, pero suelen llevar cuchillos o tremendas navajas. Le apunté al ojo para calmar sus agitados pensamientos.

– Quédate quieto o nombra a tu beneficiario -le dije.

– Oiga, oficial, ¿qué pasa? -preguntó el recepcionista dejando al descubierto al sonreír muchos dientes de oro-. ¿De dónde ha venido?

– He bajado por la chimenea. ¡Ahora iros hacia la pared y levantad las manos!

– Mierda, eso es una estafa, no hemos hecho nada -dijo el alcahuete.

– Cochina mierda -murmuró el recepcionista.

Esto sucedía en la época en que todavía creíamos en los cacheos junto a la pared, antes de que tantos policías recibieran un disparo o un golpe por parte de los tipos que abandonaban tal posición. Yo la había dejado algunos años antes de que el Departamento lo hiciera y prefería colocar a los sospechosos de rodillas o bien boca abajo. Pero por aquel entonces aún practicaba el cacheo contra la pared.

– ¡Atrasa las piernas, recepcionista! -le grité al más bajo, que quería pasarse de listo y se inclinaba un poco hacia adelante. Se limitó a mover los pies escasos centímetros y yo le propiné un puntapié detrás de la rodilla izquierda; él gritó e hizo lo que le ordenaba. El grito hizo salir al blanco.

– ¿Pasa algo? -preguntó el blanco, que iba a medio vestir y se esforzaba por aparentar que estaba sereno.

– Le estoy salvando de un timo, estúpido -le contesté-. Póngase la ropa y venga aquí. -Se quedó plantado mirándolo todo boquiabierto. Entonces le grité-: ¡Que se vista, estúpido!

Yo seguía apuntando con el arma a los dos timadores que se encontraban junto a la pared y sostenía en la mano derecha las esposas con las que me proponía esposarles juntos. Taladraba con los ojos a la miserable víctima que se estaba disponiendo a hacerme más preguntas tontas. No vi ni oí al tercer timador, un muchacho de aspecto impresionante que subió cautelosamente por la escalera principal al escuchar el jaleo. Si hubiera sido un timador experimentado en lugar de un muchacho, hubiera abandonado a los otros dos y se hubiera marchado. Pero, puesto que no era experimentado, fue fiel a sus dos compañeros y en el instante en que yo me disponía a propinar un puntapié al blanco para que se moviera, me cayeron cien kilos sobre la espalda y caí al suelo pugnando por conservar el arma y la vida.

– ¡Coge el arma, Tyrone! -le gritó el recepcionista al muchacho-. ¡Coge elarma!

El alcahuete maldecía y me aporreaba la cara, la cabeza y el cuello y donde podía, y el recepcionista me trabajaba las costillas mientras yo intentaba defenderme con el brazo izquierdo. Todos mis pensamientos se concentraban en el brazo derecho, en la mano y en el arma que sostenía en aquella mano que el muchacho procuraba abrir con las suyas. Durante unos instantes todo quedó tranquilo, exceptuando los gemidos, la respiración entrecortada y las maldiciones que por lo bajo proferíamos los cuatro. El muchacho estaba ganando y yo casi había soltado el arma cuando escuché un tremendo grito de guerra árabe y el blanco golpeó la cabeza del recepcionista con una pesada bandeja de metal.

El blanco la blandió después con ambas manos y yo aparté la cabeza y recibí un golpe de refilón en el hombro que me hizo gritar de dolor y me dejó una magulladura del tamaño de un puño. El cuarto o quinto golpe fue a estrellarse contra la frente del alcahuete, que quedó fuera de combate, tendido y con la cara ensangrentada, gritando: «¡Ay, ay, ay!», como si le hubieran cortado la cabeza.

En aquellos momentos el muchacho perdió el aplomo y dijo:

– Muy bien, muy bien, muy bien.

Levantó las manos en señal de rendición y se arrastró hasta la pared sentado en el suelo.

Me sentía tan asqueado y tembloroso que hubiera deseado vomitar. Sentía deseos de matarles a los tres, pero tanto el recepcionista como el alcahuete parecía que ya estaban medio muertos. El muchacho estaba incólume.

– Levántate -le dije, y al hacerlo él así, me guardé el arma en la funda, saqué la porra y le azoté la clavícula izquierda.

Empezó a chillar y berrear y no paró hasta que le llevamos al hospital, cosa que me desagradó enormemente. Hasta entonces me había infundido cierto respeto porque había sido fiel a sus amigos y había tenido el valor de abalanzarse sobre un policía que llevaba un arma en la mano. Me imaginaba que aquel llorón iba a denunciarme por brutalidad o algo así, pero no lo hizo.

– ¿Qué puedo hacer, señor? -me preguntó el blanco cuando ya casi había conseguido yo que los tres timadores se levantaran. Yo procuraba mantenerme en pie apoyado contra el mostrador y apuntándoles con el arma. Esta vez mantenía los ojos muy abiertos.

– Baje y ponga una moneda de diez centavos en el teléfono público y marque la central -le dije, jadeando, no demasiado seguro de que estuviera lo bastante sereno, aunque había estado a punto de decapitarnos a todos-. Pida que le pongan con la policía y dígales que un oficial necesita ayuda en el Hotel Marlow, Quinta y Main.

– Hotel Marlow -dijo el blanco-. Sí, señor.

Nunca supe lo que dijo por teléfono, pero debió hacerlo muy bien porque al cabo de tres minutos vinieron unidades de patrulla, policías de represión del vicio, coches de delitos e incluso algunos investigadores desde la comisaría. En el Marlow había más policías que huéspedes y la calle aparecía llena de coches-radio con las luces rojas encendidas en una hilera que llegaba hasta la calle Sexta.

El blanco resultó ser el hijo mayor de Yasser, llamado Abd, del que procedía el nombre del Harén, y así fue como les conocí. Abd permaneció conmigo varias horas aquella noche mientras yo redactaba los informes. Me pareció un buen chico una vez se hubo tomado varias tazas de café y serenado. Recordó muy mal todo el asunto cuando tuvimos que comparecer en el juzgado en la causa seguida contra los tres timadores y acabó declarando lo que yo le conté que había sucedido momentos antes de entrar en la sala. No recordaba que me hubiera salvado la vida y cuando le acompañé a su casa de Hollywood aquella noche al finalizar mi trabajo, agradeciéndole lo que había hecho por mí, me invitó a entrar y despertó a su padre, a su madre, a su tío y a tres de sus hermanas para presentarme a ellos y decirles que le había salvado de que le robaran y mataran tres bandidos. Como es natural, nunca les contó toda la verdad de que ello se había producido en una casa de prostitución, pero a mí no me importaba, y dado que creía realmente que yo le había salvado aél en lugar de él a mí, y puesto que le encantaba haber sido salvado, aunque ello no fuera cierto, y hacer de mí un héroe de la familia, qué demonios, dejé que lo contara tal como creía que sucedió por no decepcionarle.

Por aquel entonces Yasser y su familia acababan de llegar a Nueva York, donde tenían un pequeño restaurante. Habían ahorrado dinero para comprar el local de Hollywood con autorización de venta de bebidas alcohólicas, lo habían reformado y se disponían a inaugurarlo. Aquella noche nos sentamos todos en la cocina de Yasser bebiendo arak y vino y después cerveza, y todos nos alegramos bastante menos Abd, que se sentía indispuesto. Yo fui quien eligió el nombre del nuevo restaurante.

Es un nombre cursi, lo sé, pero estaba borracho cuando lo escogí y no hubiera podido pensar en otra cosa. Pero puesto que para todos ellos yo era un héroe, no lo hubieran cambiado por todo el oro del mundo. Insistieron en que fuera una especie de invitado permanente del Harén de Abd. Allí no se me permitía pagar nada: de ahí que no fuera con la frecuencia que yo hubiera deseado.

Me dirigí al aparcamiento que había en la parte de atrás del Harén de Abd sin permitir que el encargado del aparcamiento me aparcara el Ford y entré a través de la cocina.

– Al-salam' alaykum, Baba -le dije a Yasser Hafiz Hamad, un viejo achaparrado y completamente calvo, con unos gruesos mostachos grises, que se hallaba de espaldas a mí removiendo un enorme cuenco de metal lleno de kibbi con sus limpias y fuertes manos, que de vez en cuando introducía en agua helada para que el kibbi no se pegara a las mismas.

– ¡Bumper! Wa' alaykum al-salam -me dijo, sonriendo, por debajo de sus grandes mostachos. Me abrazó manteniendo las manos libres y me besó en la boca. Eso era algo que no me gustaba demasiado de los árabes. Por lo general no solían besar a las mujeres cuando saludaban, únicamente a los hombres.

– ¿Pero dónde demonios te metes, Bumper? -me preguntó metiendo una cuchara en elkibbi crudo para que lo probara-. No te vemos mucho.

– Delicioso,Baba -dije.

– Sí, pero, ¿es ber-fecto?

– Es ber-fecto, Bubba.

– Tienes apetito, ¿eh, Bumper? -me dijo volviendo alkibbi y preparándome algunas pelotas pequeñas que sabía que me comería crudas. Me gustaba tanto el kibbi crudo como el cocido, y el kibbi con yogourt más todavía.

– ¿Hacéislabaneeyee esta noche, Baba?

– Pues claro, Bumper. Ya lo creo. ¿Qué otra cosa querrás? ¿Sfeeha? ¿ Bamee? Lo que quieras. Tenemos muchos platos esta noche. Hay un grupo de libaneses y sirios en la sala de banquetes. Han encargado especialmente diez principios. Maldita sea, estoy cocinando todo el día. Cuando tenga un momento de descanso saldré a tomarme un maldito vaso de arak contigo, ¿te parece?

– De acuerdo,Baba -dije yo terminándome el kibbi y observando trabajar a Yasser. Amasaba cordero picado, trigo desmenuzado, cebolla, canela y especias, tras introducir las manos en el agua helada para mantener blanda la mezcla. Aquel kibbi iba bien provisto de piñones y la carne se cocía con mantequilla y a fuego lento. Cuando Yasser lo tuvo todo listo, extendió el kibbi en el fondo de una cazuela de metal, encima puso una capa de relleno y encima de ésta otra capa de kibbi. Cortó toda la cazuela en forma de pequeños diamantes y después lo puso a cocer. Ahora yo no sabía si decidirme por el kibbi con yogourt o por el kibbi cocido. Tomaré de los dos, pensé. Ahora tenía mucho apetito.

– Mira, Bumper -dijo Yasser Hafiz señalándome las pequeñas pelotas dekibbi en las que había estado trabajando todo el día. Les había hecho unos huecos en el centro, las rellenó con carne de cordero y las iba a cocer con salsa de yogourt.

Sí, tomaré de los dos, pensé. Decidí entrar y empezar tomándome un aperitivo. De repente me entró un gran apetito y ya no me sentía tan cansado. En lo único en que podía pensar era en la estupenda comida del Harén de Abd.

Dentro vi en seguida a Ahmed y éste me sonrió y me indicó una mesa cercana a la pequeña zona en la que una de sus bailarinas casi me restregaría el vientre contra la cara. Ahmed era alto para ser árabe, tendría unos treinta años, era el más joven de los hijos de Yasser y llevaba viviendo en los Estados Unidos desde la niñez. Había perdido muchas de las costumbres árabes y no me besaba tal como hacían su padre y sus tíos cuando los tíos ayudaban a servir las mesas o a cocinar en las ajetreadas noches de los fines de semana.

– Me alegro de que hayas podido venir, Bumper -me dijo Ahmed con cierto deje de acento neoyorquino debido a que su familia había vivido en Nueva York varios años antes de trasladarse a Los Ángeles. Sin embargo, cuando hablaba con los clientes habituales fingía un acento del Medio Oeste.

– Creo que me tomaré un aperitivo, Ahmed. Tengo apetito esta noche.

– Estupendo, Bumper, estupendo -me dijo Ahmed. Sus ojos oscuros se contraían en los ángulos cuando sonreía-. Nos gusta verte comer.

Dio unas palmadas y se acercó una guapa camarera pelirroja vestida con un atuendo propio de un harén.

El Harén de Abd era como todos los restaurantes del Medio Oeste, aunque más grande que la mayoría de ellos. Había escudos sarracenos por las paredes y cimitarras e imitaciones de tapices persas y los reservados y las mesas eran de color oscuro, tapizados en cuero y tachonados con adornos de bronce. Una suave música árabe brotaba de varios micrófonos ocultos.

– Tráele a Bumper un poco de lengua de cordero, Bárbara. ¿Qué otra cosa querrás, Bumper?

– Un poco dehumos tahini, Ahmed.

– Muy bien. Humos también, Bárbara.

– ¿Algo para beber, Bumper? -me preguntó Bárbara, sonriendo.

– Muy bien, tomaré unarak.

– Perdóname, Bumper -me dijo Ahmed-, tendré que atender el salón de banquetes durante una hora. Después me reuniré contigo y beberemos juntos.

– Vé, muchacho -repuse yo, asintiendo-. Parece que vais a tener mucha gente.

– El negocio marcha viento en popa, Bumper. Espera a ver nuestra bailarina.

Yo asentí con la cabeza y guiñé el ojo, mientras Ahmed se dirigía apresuradamente al salón de banquetes para atender al numeroso grupo de árabes. Les podía escuchar desde donde me encontraba, proponiendo brindis y riéndose. Parecía que estaban bastante bien lubrificados para ser tan temprano.

Ya me habían preparado el aperitivo y la camarera se acercó a mi mesa a los pocos minutos con las finas tajadas de lengua de cordero, hervida, pelada y condimentada con ajo y sal, y un buen plato dehumos, que es uno de los manjares más extraordinarios que hay. Me trajo más humos que a cualquiera de los clientes de pago y un gran montón de redondas rebanadas de pan sirio cubierto con una servilleta. Bañé inmediatamente un gran trozo de pan sirio en los humos y casi murmuré en voz alta de lo delicioso que estaba. Podía distinguir el sabor de las mejillas de sésamo, aunque estaban molidas junto con los garbanzos formando una cremosa mezcla, y eché por encima aceite de oliva y me eché también aceite sobre el pan. También podía distinguir el sabor del clavo y del ajo machacado, y de tanto como estaba disfrutando con el humos casi me olvidé de la lengua de cordero.

– Aquí tienes elarak, Bumper -me dijo Bárbara trayéndome la bebida y otro plato de humos un poco más pequeño que el anterior-. Yasser dice que no vayas a echar a perder la cena con la lengua y el humos.

– No hay peligro, hija -contesté tras ingerir un gran bocado de lengua y pan. Tomé un sorbo de arak para poder hablar-. Dile aBaba que estoy tan hambriento como una tribu de beduinos y que voy a comerme toda su cocina si no anda con cuidado.

– ¿Y tan cornudo como un rebaño de cabras?

– Sí, dile eso también -repuse yo, sonriendo.

Se trataba de una cuchufleta constante entre Yasser, Ahmed y yo, y todas las camareras la habían escuchado.

Ahora que había superado la fase hambrienta empecé a experimentar dolor en la pierna y el hombro. Mezclé un poco de agua con el claroarak, que adquirió un aspecto lechoso. Miré a mi alrededor para asegurarme de que nadie me miraba y me desabroché el cinturón. Sonreí al aspirar el aroma de comidas que llenaba el local. Ahora comía más pausado y procuraba no mostrarme tan ávido. Empecé a sorber arak y Bárbara, que era una camarera muy buena y rápida, me llenó tres veces el vaso. Después el dolor empezó a desaparecer.

Vi a Ahmed correr de la cocina al bar y al salón de banquetes y pensé que Yasser era afortunado porque tenía muy buenos hijos. Todos sus hijos se habían independizado y ahora el último de ellos se había quedado a trabajar con él. La música árabe llenaba suavemente el local y se mezclaba con el olor de la comida y yo empezaba ya a sentir calor. Dentro de una hora llegaría la orquesta, un terceto armenio que interpretaba música exótica para la bailarina que yo ya estaba deseando ver. Ahmed desde luego tenía buen gusto con las bailarinas.

– ¿Todo bien, Bumper? -me gritó simulando acento árabe porque había clientes cerca.

– Estupendo -dije sonriendo, y él pasó corriendo junto a mí en uno de sus viajes a la cocina.

Me estaba dejando llevar por el sensual sonido de los tambores y me sentía mucho mejor mientras me dedicaba a admirar los tapices que colgaban de las paredes y otros decorados de Las Mil y Una Noches, tales como aquellas pipas que ahora utilizaban los chicos para fumar droga, y espadas suspendidas muy alto para que ningún borracho pudiera agarrarlas e iniciar una danza con ellas. El Harén de Abd era un sitio estupendo, pensé. Un verdadero oasis en una zona de Hollywood bulliciosa y rumorosa que por lo general resultaba tan falsa que no podía soportarse.

Observé que Khalid, uno de los hermanos de Yasser, atendía esta noche la barra. Supuse que en cuanto me viera me iba a propinar otro bigotudo beso.

– ¿Dispuesto, Bumper? -me preguntó Bárbara, sonriendo y acercándose a mi mesa con una enorme bandeja sobre una mesilla de ruedas.

– Sí, sí -contesté contemplando los platos dekibbi cocido, de kibbi con yogourt, de hojas de vid rellenas y un pequeño pincho de shish kebab.

– Yaser dice que guardes sitio para el postre -dijo Bárbara al marcharse.

En momentos como aquél no podía pensar en nada más que en la mesa que tenía delante y luché conmigo mismo para comer lentamente y poder saborearlo todo, especialmente las hojas de vid, que constituían una sorpresa para mí, porque Yasser no las hace siempre. Podía distinguir el sabor de la menta, fragante y punzante, en el yogourt que vertí por encima de las hojas, rellenas de cordero y arroz, de suculento perejil y especias. Yasser había añadido la cantidad justa de zumo de limón para mi gusto.

Al cabo de un rato Bárbara regresó sonriente mientras yo sorbía el vino, en paz con el mundo.

– ¿Algún pastel, Bumper? ¿Baklawa?

– No, Bárbara -repuse levantando débilmente la mano-. Demasiado fuerte.Baklawa, no.

– Muy bien -dijo ella riéndose-. Yasser tiene una cosa especial para ti. ¿Te queda un poco de sitio?

– Oh, no -dije, afligido, mientras ella se llevaba la mesilla de ruedas llena de platos vacíos.

Los árabes son tan amables y hospitalarios y les gusta tanto verme comer que no hubiera querido despreciar el fruto de su trabajo. Tenía el vientre tan abultado que tuve que retirar la silla cinco centímetros y la camisa estaba a punto de reventar. Pensé en el Gordito de los viejos dibujos animados de «Smilin' Jack» y recordé cuánto solía reírme cuando yo era joven y delgado, del pobrecillo al que siempre le saltaban los botones.

Minutos más tarde Bárbara regresó con un vaso gigante de sorbetes.

– ¡Moosh moosh! -exclamé-. Hacía un año que no tomaba moosh moosh.

Bárbara sonrió y me dijo:

– Yasser dice que esta noche te ha enviado Alá porque ha preparado tu postre preferido pensando en ti.

– ¡Moosh moosh! -volví a exclamar mientras Bárbara se alejaba. Tomé un bocado y lo dejé sobre la lengua, saboreando el dulce albaricoque y la corteza de limón, recordando que Yasmine, la esposa de Yasser, mezclaba el albaricoque con el azúcar y la corteza de limón y el puré de albaricoque con la nata batida antes de que se enfriara. Todos sabían que era mi postre preferido. Acabé tomándome otras dos copas de moosh moosh y tuve ya suficiente. Bárbara quitó la mesa por última vez y Ahmed y Yasser se reunieron conmigo diez minutos.

Hay una oración árabe que se traduce poco más o menos así: «Dame una buena digestión, Señor, y algo que digerir». Era la única oración que para mí tenía sentido y pensé que si creyera en Dios no andaría suplicándole y haciéndole un montón de promesas falsas. Esta oración árabe decía justo lo que yo le hubiera dicho y lo que yo esperaría de Él, por lo que aunque no fuera creyente, la rezaba siempre antes y después de comer en el Harén de Abd. A veces la decía incluso en otras ocasiones. A veces la rezaba incluso en casa.

Cuando llegaron los armenios, me alegré de comprobar que el intérprete deloud era el viejo señor Kamian. Ya no actuaba con mucha frecuencia en el Harén de Abd. Le acompañaban sus nietos Berge y George y cualquiera podía adivinar que eran sus nietos porque los tres eran altos, delgados, con narices aguileñas y brillantes ojos rodeados de sombras. Berge tocaría el violín y George, el más joven, un muchacho que todavía no había cumplido los veinte años, tocaría los tambores darbuka. Para los jóvenes se trataba de un trabajo como otro cualquiera. Eran buenos músicos pero yo escuchaba al viejo Kamian rasgueando y pulsando aquellas cuerdas del oud con el cañón de una pluma de águila. Se trata de un instrumento parecido al laúd y no dispone de trastes como la guitarra. Sin embargo los dedos del viejo sabían exactamente dónde apoyarse en el mástil del oud y con una rapidez que parecía increíble. Se me ponía la piel de gallina y me costaba tragar cuando veía los finos y frágiles dedos del viejo recorrer velozmente aquellas cuerdas.

Una vez estuve allí por la tarde cuando ensayaban con unas bailarinas nuevas y el viejo Kamian narraba cuentos armenios a los hijos de Berge. Permanecí oculto detrás de una cortina de cuentas y escuché a Kamian hablarles de los salvajes caballos de Armenia y de las granadas llenas de perlas y rubíes y del bul-bul de Hazaran, el mágico ruiseñor de los mil cantos. Aquel día me hizo sentir como un niño mientras le escuchaba y desde entonces, siempre que le escucho tocar el oud, casi me parece que estoy a punto de montar uno de aquellos caballos salvajes mientras oigo al ruiseñor de los mil cantos.

Otra vez que estuve aquí escuchando tocar al señor Kamian a última hora de la noche, su hijo mayor León se sentó conmigo a beber whisky y me contó la historia de su padre, que fue el único superviviente de una numerosa familia que constituía en total, incluyendo a los primos, la mitad de una aldea en la que los soldados turcos habían llevado a cabo una matanza. El señor Kamian tenía por aquel entonces quince años y su cuerpo fue abandonado en una gran zanja junto con los de sus padres, hermanos, hermanas y todas las personas a las que amaba y que constituían su mundo.

– Lo que le salvó aquel día fue elolor de la muerte -me dijo León, que hablaba cinco idiomas, el inglés con un leve acento, y que al igual que todos los armenios gustaba de narrar historias-. Tendido allí, mi padre deseó estar muerto como los demás. No fue la contemplación ni la idea de la muerte lo que le hizo arrastrarse fuera de aquella zanja, fue el olor de los cuerpos que se pudrían lo que le resultó insoportable y le impulsó hacia la carretera, lejos de su aldea para siempre.

Vagó durante casi un año, siendo su única posesión unoud que había encontrado en una granja que había sido sometida a saqueo. Una noche, cuando vagaba por el yermo como Caín, sintiéndose como el único ser humano que quedara en la tierra, se enfadó porque Dios permitió que sucediera tal cosa y, como el niño que era, le exigió un signo y esperó y escuchó en la oscuridad; pero sólo oyó el viento que silbaba de la estepa rusa. Entonces se preguntó cómo era posible que hubiera podido creer alguna vez en un Dios que permitía que le hubiera sucedido todo aquello a Armenia, que era Su diminuta isla cristiana en un mar musulmán. No se produjo ningún signo y entonces empezó a pulsar el oud y estuvo cantando al viento valientes canciones toda la noche.

A la noche siguiente, el muchacho vagaba por una aldea muy parecida a la suya y se cruzó con cientos de refugiados hambrientos en la carretera. Se apartó de la carretera para encontrar un lugar en el que dormir entre los árboles para que nadie le matara con objeto de robarle el oud. Allí en los bosques distinguió una siniestra sombra oscura elevándose del suelo, y el muchacho pensó que se trataba de un dev, uno de aquellos temibles ogros armenios de que solía hablarle su tmny. Blandió el débil oud como si de un hacha se tratara y se dispuso a defenderse. Después la oscura silueta empezó a tomar forma y le habló en armenio desde debajo de una raída capa:

– Por favor, ¿tiene algo para comer?

El muchacho distinguió a una niña a la luz de la luna, cubierta de magulladuras, con el estómago hinchado, casi sin poder hablar. Tenía los dientes flojos, los ojos y las encías llenos de costras y la nariz que acababan de romperle le dificultaba la respiración. Examinó su rostro y vio que en ningún momento hubiera podido ser otra cosa más que vulgar, pero ahora resultaba verdaderamente espantoso. Habló con ella un poco y supo que tenía trece años, que era una refugiada que vagaba sin rumbo y él recordó entonces la orgullosa y vana súplica que le había hecho a Dios la noche anterior. Empezó a reírse y de repente se sintió más fuerte. No podía dejar de reírse y la risa le llenaba de fuerza. La niña se asustó, él se percató de ello y le dijo:

– El Dios de los armenios tiene mucho sentido del humor. ¿Cómo puede dudarse de alguien con un sentido del humor como el Suyo? Vas a venir conmigo, mi pequeña dev.

– ¿Qué desea de mí, señor? -le preguntó ella, muy asustada.

– ¿Qué deseo de ti? -le contestó él, suavemente-. Mírate. ¿Qué tienes para ofrecer? Te lo han quitado todo y te lo han hecho todo. ¿Qué podría querer alguien de ti en estos momentos? ¿No te imaginas lo qué quiero?

– No, señor.

– Sólo queda una cosa.Amarte, naturalmente. No servimos más que para eso. Ahora ven conmigo. Vamos a buscar nuestra Armenia.

Y ella se fue con el muchacho medio muerto de hambre. Juntos sobrevivieron y llegaron hasta el Mar Muerto, consiguieron cruzarlo y recorrieron Europa a pie, entre la guerra y las luchas, siempre hacía el Este, hacia el Atlántico, trabajando, teniendo hijos. Finalmente, en 1927, ellos y sus cinco hijos, tras haber recorrido medio mundo, llegaron a Nueva York y por la fuerza de la costumbre más que por otra cosa siguieron vagando hacia el Oeste, dedicándose a diversos trabajos en su camino, hasta que llegaron al océano Pacífico. Entonces mi madre dijo:

– No pasaremos de aquí. Este océano es demasiado grande.

Y se detuvieron, tuvieron otros cuatro hijos, sesenta y un nietos y así sucesivamente, diez biznietos, más de cuarenta que llevan el apellido Kamian, que no murió en la zanja de Armenia. La mayoría de sus hijos y de sus nietos se han abierto camino en la vida y a él le gusta venir aquí una vez a la semana a tocar eloud para las pocas personas que lo comprenden.

Ésta era la historia de Kamian y yo no la ponía en entredicho, aunque conocía a muchos bastardos que hubieran podido inventarse algo así, pero lo que a mí me asombraba y lo que no podía comprender era el hecho de que aquella noche hubiera tomado consigo a la niña. La hubiera podido ayudar, desde luego. Pero aquella noche seentregó deliberadamente a ella. ¡Después de lo que había sufrido, aún tuvo la fuerza de entregarse a alguien! Eso era lo increíble en el señor Kamian, eso y la forma en que sus dedos sabían moverse en aquel oud a pesar de no disponer de trastes que los guiaran.

– ¿Has comido suficiente, Bumper? -me preguntó Yasser, que se había acercado a la mesa en compañía de Ahmed. Yo le contesté con una sonrisa de gato satisfecho y le di unas palmadas en la mano al tiempo que le murmuraba «shukran» de una manera que cualquiera que no supiera árabe hubiera entendido que significabagracias.

– Si me alimentas así acabarás convirtiéndome. A lo mejor me hago musulmán -añadí.

– ¿Y qué harías durante el Ramadán, cuando hay que ayunar? -me preguntó Yasser, riéndose.

– ¿Has visto quégrandes están los niños de Abd? -me dijo Yasser levantándose el delantal para sacar la cartera y entregándome unas fotos en la suposición de que yo podía verlas.

– Sí, unos chicos muy guapos -dije, esperando que al viejo no se le ocurriera empezar a enseñarme todos sus nietos. Tenía unos treinta y, al igual que todos los árabes, se volvía loco por los niños.

Ahmed dijo en árabe algo relacionado con el salón de banquetes, y entonces pareció que Yasser recordaba algo.

– Perdóname, Bumper -dijo el viejo-, volveré luego, ahora tengo cosas que hacer en la cocina.

– Pues claro,Baba -repuse yo, y Ahmed sonrió contemplando a su padre mientras éste regresaba a la cocina, el orgulloso patriarca de una numerosa familia y el dueño de un próspero negocio, cosa que indudablemente era el Harén de Abd.

– ¿Cuántos años tiene tu padre?

– Setenta y cinco -contestó Ahmed-. ¿Está bien, verdad?

– Estupendamente. Dime, ¿puede comer todavía como hace diez o quince años?

– Come muy bien -repuso Ahmed, riéndose-. Pero no como antes. Antes comía como tú, Bumper. Era una maravilla verle comer. Dice que la comida ya no le sabe igual que antes.

Empecé a experimentar dolores, pero no ingerí ninguna pastilla porque hubiera resultado descortés que Ahmed me viera hacer eso tras terminarme una cena tan extraordinaria.

– Es terrible perder el apetito -dije yo-. Casi es tan malo como que le castren a uno.

– Entonces no quiero llegar a tan viejo, Bumper -dijo Ahmed riéndose con la fuerza y la confianza que dan los treinta años-. Pero tiene que haber una tercera cosa, ¿recuerdas? La digestión. Ésta también hace falta.

– Claro -dije yo-. Tiene que haber buena digestión de lo contrario de nada sirve el apetito.

Justo en aquel momento se amortiguaron las luces y la mancha azulada de un foco se concentró en el pequeño estrado de la orquesta al empezar a oírse los tambores. Me asombró entonces ver salir a la pista a Laila Hammad con un traje oro y blanco dispuesta a interpretar la danza del vientre. Se iniciaron los acordes de la música mientras ella permanecía de pie con el cabello que le llegaba a la altura del pecho, retorciendo los dedos y haciendo sonar loszils, aquellos pequeños y dorados címbalos de dedo, mientras sus caderas se movían a los ardientes sones de las manos de George sobre el darbuka. Ahmed me sonrió mientras yo admiraba los fuertes y dorados muslos de la muchacha.

– ¿Qué te parece nuestra nueva bailarina?

– ¿Laila es vuestra bailarina?

– Espera a verla -me dijo Ahmed, y era cierto, tenía algo. Había arte en su danza, no unas simples vueltas vigorosas, y a pesar de que no puedo juzgar bien con respecto a la danza del vientre, hasta yo podía comprenderlo.

– ¿Cuántos años tiene? -le pregunté a Ahmed, observando el movible vientre de la muchacha y su hermoso cabello castaño, que era suyo y ahora le colgaba por la espalda. Después volvió a caerle encima del maravilloso pecho.

– Tiene diecinueve años -dijo Ahmed, y yo, mientras la admiraba, me alegré de ver lo guapa que se había vuelto.

Laila había trabajado allí de camarera unos años, cuando era demasiado joven para hacerlo, pero siempre había parecido mayor y su padre Khalil Hammad era primo de Yasser. Había vivido cuatro años enfermo de cáncer, viéndose obligado a pagar elevadas facturas de hospital, hasta que al final había muerto. Laila era inteligente y trabajadora y ayudó a la manutención de sus tres hermanas menores. Ahmed me dijo en cierta ocasión que Laila no había conocido a su madre, una americana que las abandonó cuando eran pequeñas. Me habían dicho que Laila había estado trabajando en un banco los dos últimos años y que las cosas le iban bien.

Ahora podía verse en su rostro sensual la sangre árabe que Laila poseía en su nariz, un poco larga quizá, pero que a ella le sentaba bien, en su ancha boca y en sus brillantes ojos oscuros. No me extraña que sean un pueblo apasionado con estas caras, pensé. Sí, Laila era una joya, como una fina yegua medio árabe con suficiente sangre americana como para haberle proporcionado una buena estatura y aquellas tremendas caderas. Me pregunté si Ahmed tendría algo que ver con ella. Después Laila empezó a «derramar sal», tal como dicen los árabes. Fue girando lentamente sobre la punta de un pie desnudo moviendo la cadera a cada redoble deldarbuka. Y si hubiera llevado un saquito de sal atado a su pulsante cadera, se hubiera formado en el suelo un círculo perfecto de sal a su alrededor. Se trata de un movimiento cálido y lleno de gracia, nada difícil. Yo lo hago también cuando bailo el rock.

Cuando Laila terminó la danza y abandonó la pista y cesaron los aplausos, le dije a Ahmed:

– Es guapa, Ahmed. ¿Por qué no la convences a que se case contigo?

– No me interesa -dijo Ahmed, sacudiendo la cabeza. Se inclinó sobre la mesa y sorbió un trago de vino antes de hablar-. Corren rumores, Bumper. Dicen que Laila es una prostituta.

– No puedo creerlo -dije, recordándola cuando era una camarera adolescente que ni siquiera sabía pintarse bien los labios.

– Hace más de un año que dejó de trabajar en el banco. Empezó a bailar la danza del vientre como profesional. Tú no la conociste cuando era una niña pequeña. Yo recuerdo cuando tenía tres años y sus tías y tíos le enseñaron a bailar. Era la cosa más graciosa que jamás se ha visto. Era una chiquilla muy lista.

– ¿Cuándo te enteraste de que practicaba la prostitución?

– En este negocio se sabe todo de las bailarinas -repuso Ahmed-. Mira, ella es de las pocas bailarinas de vientre que hay en la ciudad y que es auténticamente árabe, o mejor dicho, medio árabe. No es barata, dado que se acuesta con los individuos que pueden pagar su tarifa. Tengo entendido que cobra doscientos dólares por noche.

– Laila ha tenido una vida muy dura, Ahmed -dije yo-. Tuvo que mantener a sus hermanas. Nunca tuvo tiempo de ser niña.

– Mira, yo no se lo reprocho, Bumper. Qué demonios, soy americano. No soy como los viejos que esperan a la mañana de la boda para asegurarse de que hay sangre en las sábanas de la desposada. Pero tengo que reconocer que la prostitución me molesta. Creo que no estoy tan americanizado como para eso. Yo pensaba que cuando Laila fuera mayor… bueno, ahora ya es tarde. No hubiera debido estar tan ocupado estos años. La dejé marcharse, y ahora… ya es demasiado tarde.

Ahmed pidió otra bebida para mí y después se disculpó diciéndome que volvería más tarde. De repente empecé a sentirme deprimido. No sé si se debió a la conversación que acabábamos de mantener acerca de Laila, pero lo cierto es que empecé a pensar en ella, que vendía su cuerpo a los ricachos de Hollywood. Después pensé en Freddie y Harry, y en Poochie y Herky y en Timothy G. en lugar del maldito Landry, pero eso me resultabademasiado deprimente. De repente y sin motivo empecé a pensar en Esteban Segovia y en lo mucho que me preocupaba que se hiciera sacerdote, tal como él quería, cuando regresara del Vietnam, en lugar de convertirse en dentista tal como yo había querido siempre. Aquel muchacho tenía una edad parecida a la de Laila cuando murió. Chiquillos. Nadie debería morir siendo un chiquillo. Absolutamente nadie.

Muy bien, Bumper, me dije a mí mismo, vamos a beber en serio. Llamé a Bárbara y le pedí un whisky doble con hielo, aunque ya había mezclado demasiado las bebidas y era más que suficiente.

Tras beberme el tercer whisky escuche una voz melosa que me decía:

– Hola, Bumper.

– ¡Laila! -exclamé yo haciendo un leve intento de levantarme mientras ella se sentaba a mi mesa, delicada y fría, con un sencillo vestido blanco, con el cabello recogido colgándole a un lado, con el rostro y los brazos de un color aceituna dorado.

– Ahmed me ha dicho que estabas aquí, Bumper -me dijo sonriendo, y yo le encendí el cigarrillo. ¡Que se fueran al diablo las mujeres emancipadas! Y llamé a Bárbara para que le trajera un trago.

– ¿Puedo invitarte a un trago, nena? -le pregunté-. Me alegro de verte tan crecida y tan guapa.

Ella pidió un bourbon con agua y se rió de mí, y yo comprendí que estaba a punto de emborracharme. Decidí no tomar más cuando me hubiera terminado el whisky que sostenía en la mano.

– Ya había crecido la última vez que me viste, Bumper -me dijo ella sonriendo ante mis ridículos esfuerzos por aparentar que estaba sereno-. Todos los hombres aprecian mejor la feminidad de una cuando la ven moviendo el vientre desnudo ante ellos.

Pensé en lo que Ahmed me había contado, y aunque no me molestaba tanto como a él, lamenté que la muchacha tuviera que hacerlo o que pensara que tenía que hacerlo.

– ¿Quieres decir que este pequeño vientre liso se movía para el viejo Bumper? -le pregunté en un intento de hablarle en tono de chanza tal como solía hacer antes con ella; pero el cerebro no me funcionaba como es debido.

– Pues claro, para ti. ¿No eres tú el héroe de esta maldita familia?

– ¿Te gusta ganarte la vida bailando?

– Es un oficio tan miserable como te puedas imaginar.

– ¿Y por qué lo haces?

– ¿Has intentado alguna vez mantener a dos hermanas con el sueldo de una empleada de banco?

– Tonterías -dije, con voz excesivamente alta, y un codo me resbaló sobre la mesa-. No me vengas con esta historia. Una chica como tú podría casarse con el tipo rico que quisiera.

– Te equivocas, Bumper. Podría acostarme con cualquier tipo rico que quisiera. Y ser muy bien pagada por ello.

– Me gustaría que no hablaras así, Laila.

– Viejo oso -me dijo, riéndose, mientras yo me frotaba la cara que tenía totalmente entumecida-. Ya sé que Ahmed te ha dicho que soy una prostituta. Estos árabes se avergüenzan de ello terriblemente. Ya sabes lo listos que son. El otro día Yasser me sugirió que me cambiara el nombre ahora que trabajo en el mundo del espectáculo. Me dijo que Hammad resultaba demasiado vulgar. Que buscara algo más americano. Son más listos que una zorra. ¿Qué te parece Feinberg o Goldstein, Bumper? Apuesto a que no les importaría nada si me llamara Laila Feinberg. Esto les explicaría a los otros árabes que yo era una prostituta, ¿verdad? Y podrían hacer correr la voz de que mi madre era judía.

– ¿Por qué demonios me estás contando todo esto? -le pregunté de repente, muy enfadado-. Ve a un médico o a un psiquiatra o vete a la maldita mezquita y habla con el Profeta, ¿por qué no lo haces? Hoy ya he tenido bastantes dificultades. Y ahora, tú…

– ¿Quieres acompañarme a casa, Bumper? Deseo hablar contigo.

– ¿Cuántas actuaciones te quedan? -le pregunté, sin estar muy seguro de que pudiera mantenerme erguido en la silla si tomaba otro trago.

– He terminado. Marsha me va a sustituir en el próximo número. Le he dicho a Ahmed que me estaban dando calambres.

Busqué a Ahmed y me despedí de él mientras Laila me esperaba en el aparcamiento. Le entregué a Bárbara quince dólares de propina, después me dirigí a la cocina tambaleándome, le di las gracias a Yasser y le besé sobre los bigotes mientras él me abrazaba y me hacía prometerle que regresaría a su casa en el transcurso de las siguientes semanas.

Laila se encontraba en el aparcamiento haciendo lo posible por no prestar atención a dos borrachos bien vestidos que iban en un Lincoln negro. Cuando vieron que me acercaba vacilante cruzando el aparcamiento en su dirección, el conductor puso en marcha el vehículo y huyeron rápidamente.

– Desde luego no se lo reprocho -dijo Laila, riéndose-. Tienes un aspecto muy severo y peligroso, Bumper. ¿Cómo te has hecho estos arañazos en la cara?

– El Ford lo tengo allí -dije, avanzando como el monstruo de Frankenstein para poder seguir una trayectoria recta.

– ¿El mismo coche de siempre? Oh, Bumper -me dijo, riéndose como una chiquilla; me hizo rodearla con mi brazo y me acompañó al Ford, pero me sentó del lado del pasajero.

Después me rozó los bolsillos, encontró las llaves, las sacó, me ayudó a subir y cerró la portezuela.

– Chica de dedos ligeros -murmuré-. ¿Has sido alguna vez una descuidera?

– ¿Qué es eso, Bumper? -me preguntó ella sentándose detrás del volante y poniendo en marcha el coche.

– Nada, nada -musité, volviéndome a frotar la cara.

Dormité mientras Laila conducía. Encendió la radio y canturreó y tenía una bonita voz. En realidad, me hizo dormir y tuvo que sacudirme para despertarme cuando llegamos a su casa.

– Te prepararé un café turco muy fuerte y vamos a hablar -dijo ella ayudándome a bajar del Ford. Durante unos instantes la acera pareció que me subía hasta los ojos, pero los cerré, me quedé quieto y todo se arregló.

– ¿Preparado para subir las escaleras?

– Todo lo que puedo estar, nena.

– Vamos -dijo ella.

Mi brazo rodeaba sus anchos hombros y ella me guió escaleras arriba. Era una chica fuerte. Ahmed estaba chillado, pensé. Sería una esposa estupenda, tanto para él como paracualquier otro muchacho.

Costó bastante, pero llegamos al tercer piso de su casa, que constaba en realidad de tres edificios en forma de L alrededor de dos piscinas de tamaño olímpico. Habitados en su mayoría por solteras de vida fácil, lo cual me hizo pensar en las hermanas menores.

– ¿Las chicas están en casa? -pregunté.

– Vivo sola durante el año escolar, Bumper. Nadia vive en la residencia de la universidad. Es estudiante de primer año. Dalal está interna en el convento Ramona. El año que viene irá a la universidad.

– ¿El convento Ramona? Creía que eras musulmana.

– No soy nada.

Entramos en el apartamento; Laila me guió y pasamos junto a un mullido sofá en el que de buena gana me hubiera echado a dormir, pero ella me sentó en una silla de respaldo rígido tras haberme quitado la chaqueta deportiva para colgarla en el armario.

– ¿Llevas arma incluso cuando no estás de servicio? -me preguntó mientras sacaba un poco de café del tarro y abría el grifo del agua caliente.

– Sí -repuse, sin saber por unos instantes a qué se refería de lo acostumbrado que estaba a ir armado-. Este trabajo le convierte a uno en cobarde. No salgo a la calle sin ella a no ser que vaya al bar de Harry o algún otro sitio del barrio.

– Si hubiera visto las cosas que tú has visto, quizá también me daría miedo salir sin ella -dijo encogiéndose de hombros.

No supe que me estaba durmiendo hasta que Laila volvió a sacudirme, dejándome delante una diminuta taza de café turco denso y oscuro sobre un platito. Aspiraba la dulzura de la muchacha y después volví a notar su fría mano y vi que su boca ancha me sonreía.

– Quizá sería mejor que te lo fuera dando a cucharadas hasta que te serenaras.

– Estoy bien -dije frotándome la cara y la cabeza.

Me bebí el café todo lo rápidamente que pude e incluso me quemé la boca y la garganta. Después ella me llenó otra y yo me excusé, me fui al cuarto de baño, hice aguas menores, me lavé la cara con agua fría y me peiné el cabello. Aún me sentía embriagado cuando volví, pero por lo menos no estaba del todo borracho.

Laila debió figurarse que me encontraba en suficiente buena forma.

– Voy a ponerte un poco de música, Bumper; después, hablaremos.

– Muy bien.

Me terminé la segunda taza casi con la misma rapidez que la primera y me llené una tercera.

El suave y conmovedor canto de una cantante árabe llenó la habitación por unos momentos, y después Laila bajó el volumen. Es una especie de lamento quejumbroso, casi como un salmo en ocasiones, pero le llega a uno al alma, a mí por lo menos, y al escucharlo siempre evocaba mentalmente el templo de Karnak y Gizé, las calles de Damasco y la fotografía que vi una vez de un beduino sobre una rosada roca de granito bajo el sol cegador mirando hacia el Valle de los Reyes. Vi en su rostro que, a pesar de que probablemente era analfabeto, sabía más historia que yo y me prometí a mí mismo que iría a morir allí cuando fuera viejo. Siempre y cuando mehiciera viejo, claro.

– Aún sigue gustándome la música antigua -dijo Laila, sonriendo y mirando el aparato estcreofónico-. A la mayoría de la gente no le gusta. Puedo poner otra cosa si quieres.

– No lo toques -dije, y Laila me miró a los ojos y pareció que se alegraba.

– Necesito que me ayudes, Bumper.

– Muy bien, ¿de qué se trata?

– Quiero que hables con mi oficial de libertad vigilada.

– ¿Estás bajo libertad vigilada? ¿Por qué?

– Prostitución. Los policías de represión del vicio de Hollywood nos pillaron a tres de nosotras en enero. Yo me declaré culpable y me concedieron libertad vigilada.

– ¿Qué quieres que haga?

– No me concedieron libertad vigilada sumaria tal como me prometió el maldito abogado de mil dólares. Tengo un juez muy severo y estoy obligada a presentarme a una oficial de policía durante dos años. Quiero irme a algún sitio y necesito permiso.

– ¿Dónde quieres ir?

– A cualquier sitio para tener un hijo. Quiero ir a cualquier sitio, tener el niño, hacer que lo adopten y regresar.

En mis ojos descubrió ella una expresión que significaba «¿Y por qué yo? ¿Por qué demonios yo?»

– Bumper, te necesito para eso. No quiero que mis hermanas sepan nada. Nada, ¿me entiendes? Querrían criar al niño y bastante difícil resulta ya abrirse camino en este cochino mundo cuando uno sabe quiénes són sus padres y éstos le pueden educar. Tengo un plan y tú eres el único al que mi maldita tribu escuchará sin rechistar. Confían en ti por entero. Quiero que les digas a Yasser y Ahmed y a todos ellos que no te parece bien que me gane la vida bailando y que tienes un amigo en Nueva Orleáns con un buen trabajo de despacho para mí. Y después que le digas lo mismo a mi oficial de policía y que la convenzas de que es cierto. Entonces desapareceré durante siete u ocho meses y volveré y diré a todo el mundo que el trabajo no me gustaba, o lo que sea. Se pondrán furiosos, pero ya se calmarán.

– ¿Y dónde demonios vas a ir?

– ¿Qué más da? -dijo encogiéndose de hombros-. A cualquier sitio para tener el niño y colocarlo. A Nueva Orleáns. Donde sea.

– No te incorporarás al gremio de la percha, ¿verdad?

– ¿Un aborto? -preguntó ella, echándose a reír-. No, yo creo que cuando uno comete un error tiene que tener el valor de arrostrar las consecuencias hasta el final. No voy a abandonarlo en un cubo de la basura. Me eduqué como árabe y no puedo cambiar.

– ¿Tienes dinero?

– Tengo mil trescientos dólares en una cuenta corriente. Me gustaría que tú la administraras y te encargaras de que las niñas tuvieran suficiente para pasar el verano aquí, en mi apartamento. Si todo va bien regresaré para una fiesta de fin de año en la que sólo estaremos tú y yo y la mejor botella de whisky que se pueda comprar.

– ¿Tendrás suficiente para vivir? -le pregunté, sabiendo cómo había ganado los mil trescientos.

– Tengo suficiente -repuso, asintiendo.

– Escúchame, maldita sea, y no me mientas. No voy a intervenir en eso si es que vas a vender tu cuerpo en una ciudad extraña con un pequeño coceando en tu vientre.

– No lo haría -me dijo ella mirándome de nuevo intensamente a los ojos-. Te lo juro. Tengo dinero suficiente en otra cuenta para poder vivir el tiempo que permanezca fuera. Te enseñaré las libretas de depósito. Y puedo permitirme tener el niño en un buen hospital. Con habitación individual si quiero.

– ¡Uf! -dije, levantándome confuso y aturdido.

Permanecí de pie unos instantes y después me dirigí tambaleándome al salón, dejándome caer en el sofá y reclinándome hacia atrás. Observé que el tubo rojo del narguile de cristal y oro de Laila aparecía desenrollado. Estas pipas resultan muy decorativas, pero nunca quedan bien a no ser que se rellenen con trapos como estaba la de Laila. Yo solía fumar tabaco turco mentolado en compañía de Yasser. Laila fumaba hachich. Junto al narguile había una caja de mosaico incrustado medio llena de picadura de alta calidad, comprimida en finas hojas oscuras como la suela de un zapato.

– He resbalado y me he caído de una escalera de incendios. ¿Que piensas de mi decisión de retirarme, Laila?

– ¿Retirarte? No seas ridículo. Estás demasiado lleno de energía.

– Tengo cuarenta y tantos años, maldita sea. No, es mejor que te diga la verdad. Cumplo cincuenta este mes. Imagínate. ¡Cuando yo nací Warren G. Harding acababa de ser elegido presidente!

– Estás demasiado vivo. No pienses en eso. Es tonto pensarlo.

– Entré en este trabajo a los treinta años, Laila. ¿Lo sabías?

– Háblame de eso -me dijo ella, acariciándome la mejilla, y yo me sentía tan a gusto que hubiera podido morir.

– Tú ni siquiera habías nacido entonces. Llevo todo este tiempo siendo policía.

– ¿Y por qué te hiciste policía?

– No lo sé.

– ¿Y qué hacías antes de convertirte en policía?

– Estuve ocho años en la Marina.

– Háblame de eso.

– Creo que quería marcharme de mi ciudad natal. No tenía a nadie más que a unos primos y una tía. A mi hermano Clem y a mí nos crió nuestra abuela y, al morir ella, Clem se encargó de mí. Era tremendo, el bastardo. Más corpulento que yo, pero no se parecía en nada a mí. Era guapo. Le gustaba la comida, la bebida y las mujeres. Era propietario de una estación de servicio y justo antes de lo de Pearl Harbor, fue en noviembre, murió al reventar el neumático de un camión y caer él al depósito de grasa. ¡Mi hermano Clem murió en un sucio depósito de grasa, muerto por un maldito neumático! Era ridículo. Ya no me importaba nadie, y me incorporé a la Marina. En aquella época los hombres seincorporaban, tanto si lo crees como si no. Fui herido dos veces, una en Saipan, y después en las rodillas, en Iwo, cosa que estuvo a punto de impedirme entrar en el Departamento. Me costó mucho convencer al cirujano de la policía. ¿Sabes una cosa? Yo no odiaba la guerra. ¿Por qué no reconocerlo? No la odiaba.

– ¿Tuviste miedo alguna vez?

– Claro, pero el peligro tiene algo que me gusta y yo estaba capacitado para combatir. Lo descubrí en seguida y después de la guerra seguí embarcado y ya nunca regresé a Indiana. Qué demonios, allí nunca había tenido muchas cosas. Billy estaba conmigo y yo tenía un trabajo que me gustaba.

– ¿Quién es Billy?

– Era mi hijó -dije, y escuché el rumor del acondicionador de aire, y supe que la temperatura debía ser agradable porque a Laila se la veía tersa y fresca. Sin embargo yo tenía la espalda empapada y el sudor me bajaba por el rostro y me resbalaba por el interior del cuello de la camisa.

– No sabía que hubieras estado casado, Bumper.

– De eso hace cien años.

– ¿Dónde está tu mujer?

– No lo sé. En Missouri, creo. O quizás haya muerto. Hace tanto tiempo… Era una chica que conocí en San Diego, una chica de granja. Muchas de ellas se trasladaban a la costa durante la guerra. Iban en busca de trabajo y algunas de ellas exageraban y se emborrachaban. Verna era una muchacha pálida y delgada. Yo había regresado a San Diego de mi primer viaje. Tenía el pecho lleno de cintas y llevaba bastón porque mi primera herida me la hicieron en el muslo. Supongo que por eso mis piernas no valen hoy para nada. La recogí en un bar y aquella noche me acosté con ella, y después empecé a verme con ella cada vez que tenía permiso. Un día, antes de que me embarcara de nuevo, va y me dice que está embarazada. Experimenté la sensación que tantos hombres experimentan de haber sido atrapados, de que todo ha terminado, y una noche nos emborrachamos los dos y yo me la llevé a un juez de paz de Arizona y me casé con ella. Yo le pasaba una asignación y me escribía siempre, pero yo no pensaba demasiado en ella, hasta que fui herido por segunda vez y me enviaron a casa para siempre. Y allí estaba ella con mi frágil y enfermizo Billy. Mi verdadero nombre es William, ¿lo sabías?

– No, no lo sabía.

– Hice de tripas corazón, porque tal como tú dices, Laila, los demás no tienen por qué sufrir; tomé conmigo a Verna y a Billy, encontré una casa decente en la que vivir y pensé, qué demonios, la vida es bella. Volví a alistarme y poco después fui ascendido a sargento de marina. Podía seguir aceptando a Verna. Quiero decir que tenía que concederle un voto de confianza, porque tras nacer Billy había dejado de emborracharse y llevaba bien la casa. No era más que una pobre y sencilla muchacha de granja, pero nos trataba a mí y a Billy como reyes, tengo que reconocerlo. Tuve suerte y fui trasladado por cinco años a la base en la que había el cuartel general y Billy era para mí como… no sé, como estar en lo alto de una roca de granito y contemplar todo el mundo desde el Principio hasta Ahora, y por primera vez todo tenía sentido para mí. ¿Comprendes?

– Sí, creo que sí.

– No lo creerás, pero cuando apenas tenía cuatro años me escribió, con una pequeña imprenta que tenía, una tarjeta para el día de San Valentín. Sabía utilizar la imprenta y escribir a los cuatro años, te lo juro. Le preguntó a su madre cómo se formaban las palabras y después las compuso él solo. Decía «Papá, te quiero. Besos, Billy Morgan». ¿No te lo crees?

– Sí te creo, Bumper.

– Pero, tal como te digo, era un niño enfermizo, igual que su madre, e incluso ahora que te estoy hablando de él no me lo puedo imaginar. Le aparté de mi pensamiento y ahora no puedo imaginarme cómo era por mucho que lo intente. Leí una vez que sólo los esquizofrénicos pueden controlar el subconsciente y a lo mejor es que soy un poco esquizofrénico, no me cabe duda. Pero puedo hacerlo. A veces, cuando sueño y veo una sombra en el sueño y la sombra es un niño pequeño con gafas o es un niño con el cabello arremolinado, me despierto. Me siento en la cama, totalmente despierto.No puedo imaginármelo ni despierto ni dormido. Haces muy bien dejando que adopten a tu niño.

– ¿Cuándo murió?

– Cuando apenas tenía cinco años. Justo después de su cumpleaños. Y en realidad no hubiera debido sorprenderme. Estaba anémico y tuvo dos veces una pulmonía cuando era más pequeño; sin embargo mesorprendió, ¿sabes? Aunque siempre había estado enfermo, me sorprendió y después de aquello Verna también pareció como muerta. Me dijo algunas semanas después de haber enterrado al niño que quería volver a su casa de Missouri, y yo pensé que era buena idea, le di todo el dinero que tenía y jamás volví a verla. Cuando se hubo marchado empecé a beber bastante, y una vez, estando de permiso un fin de semana, terminé no sé cómo en la base de la Marina de El Toro con un grupo de otros marinos borrachos en lugar de dirigirme a Camp Pendleton, que era donde debía haber ido. Los policías militares de la entrada permitieron el paso a los otros borrachos, pero a mí me detuvieron, como es natural. Estaba totalmente borracho y completamente confundido y terminé pegando a los dos policías militares. Casi no puedo recordar aquella noche en la prisión de El Toro. Lo único que recuerdo son dos guardianes de la prisión, un tipo negro y uno blanco, vestidos con pantalón color kaki y camisa, arrastrándome por el suelo de la celda y llevándome al lavabo, donde me dieron una buena paliza con las porras y después me llevaron a la ducha para lavarme la sangre. Recuerdo que me agarraba a los grifos y hundía la cabeza en la pila para protegerme y que las porras se descargaban sobre mis brazos, las costillas, los ríñones y la parte posterior de la cabeza. Fue la primera vez que me rompieron la nariz.

Laila seguía acariciándome la cara y escuchándome. El roce de sus manos frías me resultaba agradable.

– Después, me sometieron a consejo de guerra, y tras declarar los dos policías militares, mi abogado defensor presentó un grupo muy numeroso de testigos, entre los que se encontraban algunos civiles, esposas de los marinos que vivían cerca de Verna, Billy y yo. Todos hablaron de mí y de Billy y de lo listo y educado que éste era. Después, el médico que me había curado las heridas en la prisión declaró en calidad de testigo de la defensa y dijo que en el momento de la pelea yo estaba desequilibrado y no era responsable de mis actos, aunque no se trataba de un médico psiquiatra. Mi abogado defensor consiguió salvarme y cuando todo terminó no me condenaron ni siquiera a prisión. Se limitaron a degradarme. ¿Hace calor aquí, Laila?

– No, Bumper -repuso ella, acariciándome la mejilla con el reverso de los dedos.

– Bueno, sea como fuere, me licencié en la primavera de 1950 y estuve un año andando de aquí para allá hasta que me incorporé al Departamento de Policía de Los Ángeles.

– ¿Por qué lo hiciste, Bumper? ¿Por el poder que tiene la policía?

– No lo sé. Sabía pelear bien, creo que fue por eso. Pensé en volverme a incorporar a la Marina cuando estalló la guerra de Corea y entonces leí algo que decía: «Los policías son soldados que actúan en solitario», y me imaginé que era eso lo que no me gustaba de los militares, que no se pudiera actuar demasiado en solitario. Siendo policía podría hacerlo todo solo, y me convertí en policía.

– ¿Nunca volviste a saber de Verna? -me preguntó Laila suavemente, y de repente me sentí frío y húmedo y advertí escalofríos.

– Unos seis años después de haberme incorporado a la policía recibí una carta de un abogado de Joplin. No sé cómo consiguió encontrarme. Me decía que ella había solicitado el divorcio y después recibí los documentos finales. Le pagué los honorarios y a ella le envié unos quinientos dólares que había ahorrado, para que iniciara una nueva vida. Yo pensaba que a lo mejor encontraría a un buen muchacho y podría volver a la vida de una granja. Era una mujer que no sabía desenvolverse sola. Tenía que amar a alguien y sufriría si las circunstancias la separaban de este alguien o si este alguien la abandonaba. Nunca aprendería que en este mundo hay que sufrir solo. Nunca supe exactamente qué fue de ella. No intenté averiguarlo porque probablemente hubiera descubierto que era una alcohólica y una prostituta callejera, y prefiero pensar otra cosa.

– ¿Bumper?

– ¿Qué?

– Por favor, esta noche acuéstate en mi cama. Ve a ducharte y duerme en mi cama. Estás sudando y vas a ponerte enfermo si te quedas aquí en el sofá.

– Estaré bien. Debieras haber visto algunos de los sitios en que he dormido. Dame una manta.

– Por favor.

Intentó levantarme y casi me hizo reír en voz alta. Era una chica fuerte, pero no había mujer que pudiera levantar a Bumper Morgan, que pesaba ciento treinta kilos en condiciones normales y que esta noche debía pesar ciento cuarenta por culpa de la gran borrachera.

– Muy bien, muy bien -murmuré, y cuando me levanté descubrí que no estaba tan borracho. Me dirigí a su dormitorio, me desnudé y me metí en la ducha, duchándome al final con agua fría. Cuando terminé, me sequé con su toalla de baño, que olía a mujer, me quité de la pierna el vendaje de gasa húmedo y me sentí mejor de lo que me había sentido en todo el día. Me enjuagué la boca con pasta dentífrica, examiné mi rostro rojo carne y mis ojos inyectados en sangre y me metí en la cama desnudo, que es la única manera de dormir, tanto en invierno como en verano.

La cama también olía a ella o, mejor dicho, olía a mujer, dado que para mí todas las mujeres son más o menos iguales. Todas huelen y saben lo mismo. Es la esencia de la feminidad, eso es lo que necesito.

Estaba dormitando cuando Laila entró y se dirigió de puntillas hacia la ducha. Me pareció que sólo habían transcurrido segundos cuando la vi sentada en la cama con un fino camisón blanco, hablándome en susurros. Primero aspiré perfume de lilas y después de mujer. Después sentí su boca de terciopelo por toda mi cara.

– Pero, ¿qué demonios? -murmuré, incorporándome.

– Esta noche te he tocado -dijo Laila-. Me has dicho cosas. ¡Quizá por primera vez en muchos años hetocado a otra persona, Bumper!

Me apoyó la mano sobre el hombro desnudo.

– Sí, ya has tocado suficiente por esta noche -le dije, molesto conmigo mismo por haberle dicho todas aquellas cosas personales. Y aparté su mano de mi hombro.

Ahora tendría que regresar a Los Ángeles dentro de un par de semanas para solucionar el asunto de Laila y de su familia. Últimamente todo el mundo me complicaba la vida.

– Bumper -me dijo ella, sentándose con los pies debajo de su cuerpo y riéndose alegremente para aquella hora de la noche-. Bumper, eres maravilloso. Eres un viejo oso panda maravilloso. Un gran oso panda de nariz azul. ¿Sabías que tenías la nariz azul?

– Sí, se me pone así cuando bebo demasiado -dije, suponiendo que ella debía haber estado fumando hachich, y contemplé su piel a través del camisón que ahora era exactamente del color de los albaricoques-. Aquí en la nariz se me han reventado muchos vasos sanguíneos.

– Quiero meterme debajo de las sábanas contigo, Bumper.

– Mira, nena -le dije-. No me debes nada. Me alegraré de ayudarte a engañar a tu familia.

– Me has dejado tocarte, Bumper -dijo ella, y su cálida boca de terciopelo volvió a posarse encima mío, sobre el cuello y las mejillas y todo su cabello castaño me cubrió hasta que casi no pude pensar lo ridículo que resultaba todo aquello.

– Maldita sea -dije, apartándola-. Estás haciendo una cosa muy fea. Te conozco desde que eras pequeña. Maldita sea, nena, soy un vejestorio y tú para mí no eres más que una niña. ¡Es antinatural!

– No me llames nena. Y no intentes impedirme que tetenga.

– ¿Que metengas? Te impresionan los policías. Yo soy como un símbolo del padre. Hay muchas chicas jóvenes que sienten lo mismo con respecto a los policías.

– Yo odio a los policías -contestó ella, mientras sus pechos se bamboleaban contra mis brazos que ya estaban empezando a cansarse-. Te quiero a ti porque eres más hombre que cualquiera sobre quien haya puesto las manos.

– Sí, tengo un volumen de unos seis metros cúbicos -dije, tembloroso.

– No me refería a eso -dijo ella, mientras sus manos se acercaban a mí y me besaba de nuevo. Yo hacía todo lo que podía por evitar los placeres de un cuento de Las Mil y Una Noches.

– Escucha, no podría aunque quisiera -gemí-. Eres demasiado joven, no podría hacerlo con una chiquilla como tú.

– ¿Qué te apuestas?

– No lo hagas, Laila.

– ¿Cómo puede ser un hombre tan sabedor de las cosas y tan honrado? -dijo ella, sonriendo mientras se levantaba y se quitaba el camisón.

– No es más que el uniforme azul -dije yo con voz ronca y chirriante-. Debo parecerte muy interesante con el uniforme…

Laila se dejó caer sobre la cama, girando sobre su vientre y riéndose durante un minuto largo. Yo sonreí débilmente y empecé a acariciarle el trasero color albaricoque y sus maravillosos muslos pensando que todo había terminado. Pero tras dejar de reír, ella me sonrió con más dulzura que nunca, susurró algo en árabe y se deslizó bajo la sábana…

VIERNES, EL ULTIMO DIA

15

Me desperté por la mañana con una resaca tremenda. Laila se hallaba medio tendida encima de mí, una suave hembra desnuda que fue la razón de que me despertara. Tras haber vivido tantos años solo, no me gusta dormir con nadie. Cassie, a la que había hecho el amor quizás unas cien veces, nunca había dormido conmigo toda la noche. Cassie y yo tendríamos que comprarnos camas gemelas. Es que no puedo soportar permanecer demasiado cerca de alguien durante mucho rato.

Laila no se despertó y yo me llevé la ropa al salón. Me vestí, dejándole una nota en la que le decía que me pondría en contacto con ella dentro de una semana para arreglar los detalles de su cuenta bancaria y del engaño a Yasser y familia.

Antes de marcharme me dirigí cuidadosamente al dormitorio para mirarla por última vez. Se hallaba tendida boca abajo, suave y hermosa.

– Salam, Laila -murmuré-. Miles de salams, chiquilla.

Bajé despacio la escalera de la casa de Laila y me encaminé hacia el coche, que había dejado aparcado delante. Me sentí mucho mejor cuando lo puse en marcha. Con el cristal de la ventanilla bajado, me dirigí a la carretera de Hollywood. Era un día ventoso y no del todo brumoso.

Después pensé por unos momentos en lo que había sucedido con Laila y me avergoncé, porque siempre me enorgullecía de ser algo más que los miles de sinvergüenzas que se ven por Hollywood con hermosas jóvenes como ella. Ella lo había hecho por agradecimiento y porque se sentía nerviosa y confundida; y yo me había aprovechado. Toda mi vida había escogido a mujeres adecuadas para mí, y ahora no era mejor que cualquier viejo sinvergüenza de los que corrían por ahí.

Me fui a casa, tomé una ducha fría, me afeité y me sentí más o menos humano tras haber ingerido una aspirina y tres tazas de café que me provocaron ácidos para toda la jornada. Me pregunté si al cabo de unos cuantos meses de retiro se me arreglaría el estómago y, quién sabe, a lo mejor alcanzaría la paz digestiva.

Llegué a Glass House con media hora de anticipación y una vez me hube lustrado los zapatones negros, limpiado el Sam Browne y frotado la placa, empecé a sudar un poco y me sentí mucho mejor. Me puse un uniforme limpio porque el del día anterior estaba completamente sucio de sangre y mierda de pájaro. Cuando me prendí la reluciente placa e introduje la porra en la anilla cromada del Sam Browne me sentí aún mejor.

En el acto de pasar lista Cruz se hallaba sentado como de costumbre al lado del comandante de guardia, el teniente Hilliard, junto a la mesa frontal. Cruz me miró varias veces como si esperara que me levantara y anunciara solemnemente que aquel iba a ser mi último día. Naturalmente, no lo hice, y me pareció que estaba un poco decepcionado. No me gustaba decepcionar a nadie, sobre todo a Cruz, pero no me apetecía proclamarlo a toque de trompeta. Deseaba sinceramente que el teniente Hilliard llevara a cabo una inspección esta mañana, la última para mí, y así lo hizo. Se acercó a mí renqueando y me dijo que mis zapatos y mi placa brillaban más que un millón de dólares y que ojalá algunos policías jóvenes presentaran un aspecto tan impecable como el mío. Terminada la inspección, me bebí cosa de un litro de agua en la fuente y todavía me sentí mejor.

Tenía intención de hablar con Cruz de nuestra cita para almorzar, pero el teniente Hilliard estaba con él y decidí llamarle más tarde. Puse en marcha el blanco-y-negro, coloqué la porra en el soporte de la portezuela, arranqué el papel del cuaderno, sustituí la hoja vieja, comprobé que en el asiento de atrás no se ocultara ningún enanito muerto y me alejé de la comisaría. Era realmente increíble: la última vez.

Tras sentirme deprimido, me sentía ahora mucho más animado, aunque temía recibir la orden de redactar el informe de algún robo o de cualquier otra idiotez antes de meterme algo en el estómago. En estos momentos no me apetecía nada pesado, por lo que me dirigí hacia el Sur por San Pedro para llegarme hasta la lechería, un sitio muy apropiado para el tratamiento de las resacas; para mí por lo menos siempre lo había sido. Era algo más que una lechería: era la fábrica y despacho central de una empresa de productos lácteos que abastecía todo el Sur de California. Tenían unos productos estupendos, tales como queso de granja, mantequilla fresca y yogourt, todo lo cual es maravilloso para la resaca si uno no se encuentra demasiado mal. Saludé con la mano al guarda de la puerta, éste me franqueó el paso y aparqué ante la tienda de los empleados, que aún no estaba abierta.

Vi detrás del mostrador a uno de los chicos que conocía disponiendo la registradora y llamé a la ventana.

– Hola, Bumper -saludó, sonriendo. Era un joven de profundos ojos verdes y una revuelta cabellera negra-. ¿Qué necesitas?

– Plasma, amigo -le contesté-, pero me conformaré con un yogourt.

– Pues claro. Entra, Bumper -me dijo, y yo entré y me dirigí a la alta puerta de cristal que daba acceso a la fría sala en la que se conservaban los yogourts. Tomé dos y él me facilitó una cucharilla de plástico cuando los dejé encima del mostrador.

– ¿No vas a tomar nada más, Bumper? -me preguntó, y yo sacudí la cabeza, quité la tapa y empecé a tomar cucharadas de yogourt al arándano que me terminé en veinte segundos. A continuación me tomé el otro yogourt, que era a la lima. Finalmente, qué demonio, pensé, tomé otro, esta vez a la manzana, y me lo comí mientras el muchacho contaba el dinero y me decía algo una o dos veces, a lo cual yo le contesté asintiendo y sonriendo entre cucharadas de fresco y cremoso yogourt que me estaba revistiendo las paredes del estómago, me tranquilizaba y me hacía sentir bien.

– Nunca he visto a nadie tragarse el yogurt así, Bumper -me dijo cuando hube terminado.

No podía recordar el nombre de este joven y pensé que ojalá llevaran los nombres bordados en sus grises batas de trabajo, porque a mí siempre me gusta mantener conversaciones intrascendentes y llamar a la gente por su nombre cuando me alimentan. Es lo menos que puede hacerse.

– ¿Podría tomar un poco de crema de leche? -pregunté cuando él hubo arrojado los envases vacíos de los yogourts a un limpio cubo de desperdicios que había detrás del mostrador. Toda la fábrica resplandecía y olía a limpio. Resultaba agradable y refrescante.

– Pues claro, Bumper -me dijo él, dejando el mostrador y regresando con un cuartillo de crema de leche.

La mayoría de los empleados de más edad de la fábrica no me hubieran traído un envase de un cuartillo, y yo me moría de sed por culpa de la borrachera. Pero en lugar de decir nada, me limité a acercármelo a la boca y a ingerirlo de tres tragos para hacerle comprender su error.

– Creo que hubiera debido traerte un litro, ¿verdad? -me dijo cuando yo hube dejado sobre el mostrador el envase de cartón y me hube lamido los labios.

Yo sonreí y me encogí de hombros. Él se metió en la trastienda regresando con un litro.

– Gracias, amigo -le dije-. Hoy tengo mucha sed.

Me acerqué el envase a la boca y dejé que la espesa y deliciosa crema me fluyera despacio y después empecé a tragar, pero no tan aprisa como antes. Cuando terminé volví a encontrarme en forma. Ahora ya estaba en condiciones de hacer lo que fuera.

– ¿Te quieres llevar otro litro? -me preguntó él-. ¿Te apetece más yogourt o un poco de queso de granja?

– No, gracias -contesté-. No me gusta ser un tragón como muchos de los policías con quienes he trabajado. Tengo que volver a las calles. A veces los viernes por la mañana hay mucho trabajo.

Hubiera debido quedarme a hablar un rato. Sabía que sí, pero no me apetecía nada. Era la primera vez que me servía aquel muchacho, por consiguiente dije lo que todos los policías dicen cuando saben casi con toda seguridad cuál va a ser la respuesta.

– ¿Cuánto te debo?

– Por favor -me dijo sacudiendo la cabeza-. Vuelve a vernos cuando quieras, Bumper.

Mientras me dirigía a la entrada principal de la fábrica, encendí un puro, porque sabía que no me iba a provocar una indigestión dado que tenía el estómago muy bien revestido, y hasta hubiera podido comerme botes de hojalata sin notarlo.

Entonces me di cuenta de que era la última vez que iba a la lechería. Maldita sea, pensé, todo lo que haga hoy será por última vez. Después empecé a esperar de repente recibir llamadas de rutina, tales como el informe de un robo o quizás una pelea familiar, cosa que por lo general me molestaba hacer. Hoy ni siquiera me molestaría imponer una multa de tráfico.

Hubiera sido interesante, pensé, francamente interesante seguir en la profesión tras cumplir veinte años de servicio. Entonces dispone uno de la pensión y es propietario de la propia hipoteca por haberla comprado y pagado con los veinte años de servicio. E independientemente de lo que uno haga o deje de hacer, dispone del cuarenta por ciento de la pensión durante el resto de su vida a partir del momento en que abandona el Departamento. Tanto si te despachan por arrojar a un sinvergüenza por una escalera de incendios, como si te meten en prisión por mentir ante los tribunales al objeto de que un sinvergüenza acabe donde merece acabar, como si descargas la porra sobre la pequeña y melenuda cabeza de una mocosa universitaria que te tira de la placa y lleva consigo un magnetófono en una manifestación, hagas lo que hagas tienen que pagarte la pensión. En caso necesario, te enviarían los cheques a San Quintín. Nadie te puede arrebatar la pensión. Saber esto es posible que contribuya a hacer más divertido el trabajo de un policía, pensé. Te puede proporcionar un poco más de arrojo, hacerte un poco más agresivo. Me hubiera gustado trabajar de policía sabiendo que era propietario de mi hipoteca.

Mientras recorría las calles capté una voz de entre todo el parloteo de la radio. Era la chica con la voz más graciosa y sensual que he escuchado jamás. Hoy hablaba en frecuencia trece y poseía un estilo propio de comunicación. No sonaba a través del micrófono con secas frases e impersonales «entendido». Su voz subía y bajaba como una canción, y si era ella la que efectuaba una llamada por accidente de tráfico, que es lo que más odian los policías de patrulla porque resulta muy aburrido, no resultaba tan desagradable. Debía estar enamorada de algún policía de la unidad Cuatro-L-Nueve, porque su voz era cálida y ronca y me producía un estremecimiento cuando decía «Cuaatro-L-Nueeve, de acuerrrrrrrrdo!».

Así es como hay que confirmar una llamada, pensé. No me dirigía a ningún sitio concreto, me dedicaba a recorrer las calles de mi ronda mirando a la gente que conocía y a la que no conocía, procurando no pensar en todas las cosas que jamás volvería a hacer. Procuraba pensar en cosas que megustaría hacer, cosas que le gustaría hacer a cualquier hombre en sus cabales, como por ejemplo estar con Cassie e iniciar mi nueva carrera y vivir una vida civilizada normal. Era curioso que considerara como civilizada aquella clase de vida. Ésta era una de las razones por las que siempre había deseado ir a morir al Norte de África.

Siempre me imaginaba en forma vaga que si alguien no me hacía papilla antes y duraba digamos unos treinta años, entonces me arrancaría el broche porque pasados los sesenta no estaría en condiciones de llevar a cabo la labor de policía que yo quería. Creía sinceramente que podía durar todo este tiempo. Pensaba que si reducía la comida, la bebida y los puros, quizás pudiera durar en las calles hasta que cumpliera los sesenta. Entonces habría aprendido todo lo que puede aprenderse. Conocería todos los secretos que siempre he deseado conocer, y subiría a un jet, y me trasladaría al Valle de los Reyes, y lo contemplaría todo desde una rosada roca de granito, y vería los lugares en los que se había iniciado toda la civilización, y quizás si me quedaba allí el tiempo suficiente y no me emborrachaba y no me caía de una pirámide o no me mataba un camello desbocado o me eliminaba un árabe que odiara a los yankis, quizás si me quedaba por allí el tiempo suficiente, conseguiría averiguar la última cosa que deseaba saber: si de veras valía la pena lacivilización.

Entonces pensé en lo que diría Cruz si alguna vez me emborrachara lo suficiente como para contarle estas cosas. Me diría:«Mano, deja que te quieran y entrégate. Obtendrás la respuesta. No te hace falta una esfinge ni una rosada roca de granito».

– Hola, Bumper -gritó una voz. Aparté los ojos del resplandor del sol matutino y vi a Percy abriendo su casa de empeños.

– Hola, Percy -le grité yo a mi vez, y aminoré la marcha para saludarle con la mano. Era una «rara avis», un prestamista honrado. Arrojaba fuera de su tienda o los toxicómanos y otros ladrones cuando sospechaba que le traían objetos robados. Y siempre exigía la identificación del cliente que pignoraba algo. Era un prestamistahonrado.

Recordé la vez que Percy me entregó una multa de tráfico que le habían impuesto para que yo se la arreglara porque era la primera vez que le imponían una. Era por cruzar la calle en un punto peligroso. No disponía de coche. Los odiaba y cada día tomaba el autobús para dirigirse a su tienda. No podía desilusionar al viejo Percy diciéndole que no podía arreglarlo, por lo que preferí pagarla yo. En esta ciudad resulta prácticamente imposible «arreglar» una multa. Es necesario conocer al juez o al fiscal del distrito. Los abogados pueden encargarse de las multas de otros colegas, pero un policía no puede cancelar una multa. Sea como fuere, se la pagué y el viejo Percy pensó que se lo había arreglado y no se decepcionó. Pensó que yo era un hombre muy importante.

Se cruzó conmigo otro blanco-y-negro que iba en dirección Sur. El policía que lo conducía, un muchacho de cabello rizado llamado Nelson, me saludó con la mano y yo le saludé con una inclinación de cabeza. Estuvo a punto de golpear la parte posterior de un vehículo detenido ante un semáforo rojo por mirar a una muchacha vestida con shorts que estaba entrando en un edificio comercial. Era el típico policía joven. Pensando en las mujeres en lugar de en el trabajo. Y aí igual que a todos ellos, a Nelson le gustaba hacer comentarios al respecto. Me parece que actualmente les gusta más hablar de ello que hacerlo. Esto me indignaba. Creo que he tenido ocasión de hacer bastante más de lo conveniente y que para ser un tipo feo he gozado de cosas bastante buenas, pero nunca he hablado con nadie de si he hecho o he dejado de hacerle el amor a una mujer. En mi época demostraba ser muy poco hombre quien lo hiciera. Pero tu época ya habrá pasado cuando finalice este día, me recordé a mí mismo, y me dirigí hacia el Sur por Grand.

Entonces oí que un coche de Central recibía una llamada para efectuar un informe en uno de los grandes hoteles del centro y comprendí que el ladrón de hoteles debía haber dado un buen golpe. Daría cualquier cosa, pensé, por pillar hoy a ese sujeto. Esto sería marcharse tras haber efectuado la última carrera alrededor del cuadro de béisbol, igual que Ted Williams. Efectuar una carrera alrededor del cuadro por última vez. Sería bonito. Me dediqué a recorrer las calles durante veinte minutos y después me dirigí al hotel y aparqué detrás del blanco-y-negro que había recibido la llamada. Me quedé sentado en el interior del coche fumando un puro y esperé unos quince minutos hasta que salió Clarence Evans. Era un policía que llevaba quince años de servicio, un sujeto muy alto con quien yo había jugado al balonmano antes de que se me estropearan tanto los tobillos.

Nos lo habíamos pasado muy bien. Resulta muy divertido jugar cuando tienes turno de noche y llegas a la academia hacia la una de la madrugada tras finalizar el trabajo y juegas tres partidos rápidos y después te tomas un baño de vapor. Sólo que a Evans no le gustaba el baño de vapor porque estaba muy delgado. Siempre nos llevábamos media caja de botellas de cerveza y nos las bebíamos después de habernos duchado. Fue uno de los primeros negros que tuve de compañero cuando en eí Departamento de Policía de Los Ángeles se llevó a cabo una integración completa hace bastantes años. Era un buen policía y le gustaba trabajar conmigo, aunque yo siempre he preferido trabajar solo. Durante el turno de noche resulta reconfortante tener a alguien conduciendo o caminando al lado de uno. Por consiguiente había trabajado con él y con otros muchos individuos, aunque yo hubiera preferido efectuar una ronda de un solo hombre o conducir un coche «S», «S» de solo. Pero trabajaba con él porque no me gustaba decepcionar a quien deseaba tanto trabajar conmigo. Además, me resultaba cómodo para jugar al balonmano.

Entonces vi a Clarence que salía del hotel con el cuaderno de informes en la mano. Me sonrió, se acercó muy ligero a mi coche, abrió la portezuela y se sentó a mi lado.

– ¿Qué sucede, Bumper?

– Sentía curiosidad por saber si el ladrón de hoteles había vuelto a dar un golpe, Clarence.

– Ha robado tres habitaciones del quinto piso y dos del cuarto -repuso él, asintiendo.

– ¿La gente estaba durmiendo?

– En cuatro de las habitaciones, sí. En la otra habían bajado al bar.

– Eso significa que lo habrá hecho antes de las dos de la madrugada.

– Exacto.

– No acabo de comprender a este tipo -dije, tragándome una pastilla contra la acidez-. Por lo general trabaja de día, pero a veces a primeras horas de la noche. Y ahora roba por la noche cuando la gente está dentro y cuando no está. Nunca había sabido de un ladrón de hoteles tan escurridizo como éste.

– Quizás sea un chillado -dijo Evans-. ¿No quiso herir a un niño en uno de sus trabajos?

– Un oso de peluche. Acuchilló a un oso de peluche. Estaba cubierto con una manta y parecía un niño que estuviera durmiendo.

– Este tipo es un chiflado -dijo Evans.

– Y por eso los demás ladrones de hoteles no saben nada -dije, dando chupadas al puro y reflexionando-. Nunca he pensado que fuera un profesional, sino un aficionado con suerte.

– Un solitario con suerte -dijo Evans-. ¿Has hablado con todos tus soplones?

Sabía todas mis costumbres por haber trabajado conmigo. Sabía que tenía informadores, pero no sabía cuántos y tampoco sabía que además pagaba a los buenos.

– He hablado con todas las personas que conozco. He hablado con un ladrón de hotel que me dijo que ya había sido interrogado por tres detectives y que si supiera algo nos lo diría, porque este tipo estaba armando tanto revuelo en los hoteles que él desearía que le echáramos el guante.

– Bueno, Bumper, si es que alguien tiene la suerte de apresarle, apuesto a que serás tú -dijo Evans poniéndose la gorra y descendiendo del coche.

– La policía está desconcertada, pero el arresto es inminente -dije, guiñándole el ojo y poniendo en marcha el coche. Iba a ser un día muy caluroso.

Recibí una llamada correspondiente a la Pershing Square, un informe de lesiones. Probablemente algún pensionado que había resbalado y estaba procurando inventarse algo así como que había una grieta en la acera para poder demandar a la ciudad. Hice caso omiso de la llamada durante unos cuantos minutos y dejé que la asignaran a otra unidad. No me gustaba hacer esto. Siempre he creído que hay que encargarse de las llamadas que le asignen a uno, pero, maldita sea, sólo me quedaba el resto del día, y entonces pensé en Oliver Horn y me pregunté cómo era posible que no hubiera pensado antes en él. No podía perder el tiempo con la llamada del informe, dejé que se encargara de ella otra unidad y me dirigí a la barbería de la calle Cuarta.

Oliver se hallaba sentado en una silla en la acera delante de la tienda. Tenía la omnipresente escoba sobre las rodillas y dormitaba al sol.

Era la última persona a la que uno desearía parecerse si tuviera que volver a la vida después de muerto. Oliver parecía una morsa con un brazo cortado más arriba del codo. Debió hacerlo unos cuarenta años antes el peor cirujano del mundo. La piel estaba suelta y le colgaba. Tenía el cabello de un color anaranjado y un gran vientre blanco cubierto de vello también color anaranjado. Hacía tiempo que había desistido de mantenerse subidos los pantalones y por lo general los llevaba ajustados por debajo de la tripa, de tal manera que siempre le quedaba al descubierto el ombligo. Los cordones de los zapatos los llevaba desatados y gastados de tanto pisarlos, porque le costaba demasiado atárselos con una sola mano y, por si fuera poco, tenía una protuberancia en la barbilla. Daba la impresión de que si se exprimía podía romper una ventana. Pero Oliver era sorprendentemente listo. Barría la barbería y dos o tres tiendas de este lado de la calle cuarta, incluido un bar llamado Raymond's frecuentado por muchos ex estafadores. Estaba cerca de los grandes hoteles y era un buen lugar para robar a los turistas ricos. A Oliver no se le escapaba nada y durante muchos años me había facilitado informaciones muy buenas.

– ¿Estás despierto, Oliver? -pregunté.

– ¡Bumper! ¿Cómo estás? -exclamó, abriendo un párpado surcado por venas azules.

– Muy bien, Oliver. Hoy también va a ser un día caluroso.

– Sí, ya estoy empezando a sudar. Entremos en la tienda.

– No tengo tiempo. Escucha, me estaba preguntando si habías oído hablar de ese ladrón que ha estado robando en los hoteles del centro desde hace cosa de un par de meses.

– No, no he oído nada.

– Bueno, este tipo no es un ladrón de hotel comente. Quiero decir que no es ninguno de los tipos que se ven por lo general en Raymond's, pero podría ser alguien al que hubieras visto alguna vez allí. Qué demonios, hasta a un chiflado le apetece beber algo de vez en cuando y Raymond's resulta muy apropiado cuando uno se dispone a robar diez habitaciones al otro lado de la calle.

– ¿Es un chiflado?

– Sí.

– ¿Cómo es?

– No lo sé.

– ¿Entonces cómo puedo encontrarle, Bumper?

– No lo sé, Oliver. En este momento sólo tengo corazonadas. Creo que este tipo debe haber robado en otras ocasiones. Quiero decir que debe saber cómo utilizar las ganzúas para abrir puertas y todo eso. Y, tal como te digo, debe estar un poco chiflado. Creo que no tardará en acuchillar a alguien. Lleva consigo una navaja. Una navaja larga, porque atravesó con ella un colchón.

– ¿Y por qué acuchilló un colchón?

– Quería matar a un oso de peluche.

– ¿Has bebido, Bumper?

Sonreí, y entonces me pregunté qué demonios estaba haciendo allí porque no disponía de datos suficientes acerca del ladrón para que mi delator pudiera trabajar. Me agarraba a todo lo que podía para poder efectuar una carrera alrededor del cuadro por última vez. Totalmente patético y nauseabundo, pensé, avergonzado de mí mismo.

– Aquí tienes cinco dólares -le dije a Oliver-. Cómprate un bistec.

– Pero hombre, Bumper -dijo él-, si no he hecho nada para ganarlos…

– El tipo lleva una navaja de hoja larga y es un chiflado; últimamente roba en los hoteles tanto de día como de noche. Es posible que alguna vez entre a beber algo en Raymond's. Es posible que utilice el retrete mientras tú estás limpiando y a lo mejor es posible que sienta la tentación de echar un vistazo a lo que lleva en el bolsillo para ver qué ha robado. O a lo mejor se sentará junto a la barra y se sacará del bolsillo un buen fajo de billetes que acabe de robar en el hotel, o quizás uno de estos ladrones de hoteles que van al Raymond's sabrá algo o dirá algo y tú siempre estás allí. Cualquier cosa…

– Pues claro, Bumper, te llamaré en cuanto me haya enterado de algo. Inmediatamente, Bumper. Y si sabes alguna pista, me lo dirás, ¿eh, Bumper?

– Claro, Oliver. Me la sacaré del armario de las pistas.

– Esto tiene gracia -dijo Oliver, riéndose. No tenía dientes frontales, ni arriba, ni abajo. Durante mucho tiempo tuvo un solo diente delante.

– Hasta la vista, Oliver.

– Oye, Bumper, espera un momento. Hace tiempo que no me cuentas ninguna historia divertida de policías. ¿Por qué no me cuentas una?

– Creo que ya te las he contado todas.

– Anda, Bumper.

– Bueno, vamos a ver. ¿Te conté la de aquella ninfómana de setenta y cinco años que detuve una noche en la calle Main?

– Sí, sí -repuso riéndose-, cuéntamela otra vez. Era muy buena.

– Tengo que marcharme, Oliver, en serio. Pero, escucha, ¿te he contado aquella vez que sorprendí a una pareja en el asiento de atrás de un coche aparcado en el Elysian Park?

– No, cuéntamelo, Bumper.

– Bueno, pues, enciendo la linterna y les veo a los dos tendidos en el asiento, el tipo haciéndole el amor a la chica, y va mi compañero y le pregunta: «¿Qué está usted haciendo aquí?». Y el tipo da la respuesta que da el noventa por ciento de los individuos cuando les sorprendes en esta posición: «Nada, oficial».

– Sí, sí -dijo Oliver, ladeando la hirsuta cabeza.

– Entonces yo le digo al tipo: «Bueno, pues si usted no está haciendo nada, venga aquí a sostener la linterna a ver qué puedo haceryo»…

– Jo, jo, esto sí que es divertido -dijo Oliver-, jo, jo, Bumper.

Se reía tanto que casi no se percató de que me marchaba y le dejé sosteniéndose el abultado vientre y riéndose al sol.

Pensé que quizás hubiera sido conveniente decirle a Oliver que llamara al departamento de detectives de Central en lugar de llamarme a mí porque yo ya no estaría después de hoy, pero, qué demonio, entonces hubiera tenido que contarle por qué no estaría y no podía soportar que otra persona me dijera por qué tengo o no tengo que retirarme. Si Oliver llamaba, le dirían que yo ya no estaba y la información llegaría de algún modo hasta los detectives. Qué demonios, pensé, avanzando de nuevo entre el tráfico y respirando humos de escape. Pero sería estupendo atrapar a este ladrón el último día. Francamente estupendo.

Miré el reloj y pensé que Cassie debía estar en la escuela. Me dirigí por tanto al City College y aparqué delante del mismo. Me pregunté por qué no me sentía culpable por lo de Laila. Supongo que me imaginaba que yo no había tenido la culpa.

Cassie estaba sola en el despacho cuando entré. Cerré la puerta, dejé la gorra encima de una silla, me acerqué a ella y experimenté la sensación de asombro que he experimentado miles de veces al comprobar lo bien que se ajusta una mujer a los brazos de uno y qué suave resulta.

– He pensado en ti toda la noche -me dijo Cassie cuando la hube besado como unas doce veces-. Pasé una velada horrible. Eran un par de pelmazos.

– Conque has pensado en mí toda la noche, ¿eh?

– Te lo digo en serio -me dijo, volviéndome a besar-. Aún me parece como si fuera a suceder algo.

– Quienes van a entrar en batalla experimentan siempre esta sensación.

– ¿Es que nuestro matrimonio va a ser eso, una batalla?

– Si lo es, tú ganarás, nena. Yo me rendiré.

– Espera a esta noche -susurró-. Ya lo creo que te rendirás.

– Este traje verde es muy bonito.

– Pero todavía prefieres los colores vistosos, ¿verdad?

– Desde luego.

– Cuando nos hayamos casado no me pondré más que ropa de color rojo y anaranjado y amarillo…

– ¿Estás dispuesta para hablar?

– Pues claro, ¿de qué se trata?

– Cruz me estuvo hablando… de ti.

– ¿Sí?

– Cree que eres lo mejor que me ha sucedido.

– Sigue -me dijo ella, sonriendo.

– Bueno…

– ¿Sí?

– Maldita sea, no puedo seguir. Así en pleno día y sin alcohol dentro no…

– ¿De qué hablasteis, tonto?

– De ti. No, fue más acerca de mí. Acerca de las cosas que necesito y de las cosas que temo. Hace veinte años que es amigo mío y de repente descubro que es un intelectual.

– ¿Y qué necesitas? ¿De qué tienes miedo? No puedo creer que alguna vez hayas tenido miedo de algo.

– Él me conoce mejor que tú.

– Eso me entristece. No quiero que nadie te conozca mejor que yo. Dime de qué hablasteis.

– Ahora no tengo tiempo -dije notando que se me formaba dentro una burbuja de gas. Después mentí y dije-: Iba a una llamada. Me he parado sólo un momento. Ya te lo contaré todo esta noche. Vendré a tu casa a las siete y media. Saldremos a cenar, ¿de acuerdo?

– De acuerdo.

– Después nos acurrucaremos en tu sofá con una buena botella de vino.

– Me parece estupendo -dijo ella, sonriendo con aquella sonrisa suya cálida y limpia y femenina, que me impulsó a besarla.

– Hasta la noche -murmuré.

– Esta noche -dijo ella con voz entrecortada, y entonces me di cuenta de que la estaba aplastando. Se quedó en la puerta y me miró mientras bajaba la escalera.

Subí de nuevo al coche e ingerí una pastilla de cada clase. Agarré un puñado de las que guardaba en la guantera y me las guardé en los bolsillos de los pantalones para más tarde.

Mientras recorría las conocidas calles de mi ronda me pregunté por qué no podía hablar con Cassie tal como hubiera deseado. Si uno se va a casar con alguien es necesario que le diga a este alguien casi todo lo que tiene derecho a saber acerca de uno.

Me detuve junto a una cabina telefónica y llamé a Cruz a la comisaría. Me contestó el teniente Hilliard y al cabo de unos momentos oí la suave voz de Cruz:

– ¿Sargento Segovia? -dijo en tono de pregunta.

– Hola, sargento Segovia, aquí el futuro antiguo oficial Morgan, ¿qué otra cosa estás haciendo aparte de manejar un lápiz y remover papeles?

– ¿Y tú qué otra cosa estás haciendo aparte de no hacer caso de las llamadas de radio?

– Estoy recorriendo esta maldita ronda y pensando en lo estupendo que va a ser no tener que hacerlo más. ¿Ya has decidido dónde quieres que te invite a almorzar?

– No tienes por qué invitarme a ninguna parte.

– Mira, maldita sea, vamos a ir a algún sitio bueno, o sea que si no lo escoges tú, lo escogeré yo.

– Muy bien, llévame a Seymour's.

– ¿En mi ronda? Hombre, por el amor de Dios. Mira, reúnete conmigo en Seymour's hacia las once y media. Tómate una taza de café, pero no comas nada porque vamos a ir a un sitio que conozco en Beverly Hills.

– Eso está muy lejos de tu ronda.

– Te recogeré en Seymour's.

– Muy bien,mano, ahí te huacho.

Tras haber colgado, me reí del argot mexicano porque, pensándolo bien, lo que Cruz hacía siempre eravigilarme. La mayoría de ia gente dice: «Ya nos veremos», porque eso es lo que hacen, pero Cruz siempre me vigilaba. Me gustaba que aquellos viejos ojos tristes me vigilaran.

16

Regresé al coche y bajé por la calle Main, pasando frente al aparcamiento que se encontraba en la parte de atrás del Dragón Rosa. Me sentía tan harto de pasear por ahí aquel montón de hierro que me detuve para observar a algunos tipos que se encontraban en el aparcamiento.

Había tres individuos y estaban tramando algo. Hice marcha atrás hasta quedar oculto por la pared del edificio. Descendí del coche, me acerqué hasta la esquina del edificio, me quité la gorra y asomé la cabeza por la esquina para ver el aparcamiento.

Un toxicómano delgado con camisa azul de manga larga estaba hablando con otro que llevaba camisa marrón de manga larga. Con ellos había un tercero, un chiquillo con camiseta que permanecía un poco apartado de ellos. De repente Camisa Azul le hizo una seña a Camisa Marrón, que se acercó y le entregó algo al pequeño Camiseta, el cual entregó a su vez algo a Camisa Marrón y los tres se marcharon en distintas direcciones. El pequeño Camiseta se estaba acercando a mí. Miraba hacia atrás temiendo ver a algún policía y se estaba dirigiendo hacia uno. No me apetecía nada practicar una detención relacionada con los narcóticos, pero ésta era demasiado fácil. Me oculté en la puerta del hotel y cuando pasó Camiseta le agarré por el brazo y lo atraje hacia el interior. No era más que un chiquillo asustado. Le puse de cara a la pared y le metí la mano en el bolsillo de los pantalones de tela gruesa.

– ¿Qué llevas, chico? ¿Sésamo o rojas? ¿O a lo mejor es que te gusta el ácido?

– ¡Oiga, suélteme! -gritó.

Le saqué las pastillas de sésamo del bolsillo. Había seis rollos, cinco en cada rollo, sujetos con una goma. Ya había pasado la época de los rollos de diez pastillas como consecuencia de la inflación.

– ¿Cuánto te han hecho pagar, muchacho? -le pregunté agarrándole fuertemente el brazo. De cerca no resultaba tan bajo como parecía, pero era muy delgado y tenía abundante cabello castaño. Era muy joven, demasiado joven para andar por el centro de la ciudad comprando pastillas impunemente en plena mañana.

– He pagado siete dólares. Pero no volveré a hacerlo si me suelta. Por favor, suélteme.

– Ponte las manos a la espalda, muchacho -le dije abriendo la funda de las esposas.

– ¿Qué va a hacer? Por favor, no me las ponga. No le haré daño ni nada.

– No tengo miedo de que me hagas daño -me reí, mascando una húmeda colilla de puro que acabé escupiendo-. Sucede que tengo las ruedas estropeadas y el trasero demasiado grande para andar persiguiéndote por todas estas calles.

Abrí una esposa y le junté al muchacho las palmas detrás de la espalda; abrí la otra y las cerré con toda facilidad.

– ¿Cuánto dices que has pagado por las pastillas?

– Siete dólares. No volveré a hacerlo si me suelta, se lo juro.

Se movía nervioso y asustado, y me pisó el dedo gordo del pie derecho haciéndome ver las estrellas.

– ¡Ten cuidado, maldita sea!

– Perdone. Por favor, suélteme. No quería pisarle.

– Estos sinvergüenzas te han cobrado demasiado por las pastillas -le dije mientras me lo llevaba al coche-radio.

– Sé que no me creerá, pero es la primera vez que las compro. No sé qué demonios valen.

– Claro.

– ¿Lo ve?, ya sabía que no me creería. Ustedes los policías no creen a nadie.

– Y tú sabes mucho de los policías, ¿verdad?

– Ya me han detenido otras veces. Ya conozco a los policías. Todos hacen lo mismo.

– Debes ser un delincuente tremendo. Apuesto a que tu historial llena diez páginas. ¿Por qué te han detenido?

– Por escapar. Dos veces. Y no hace falta que me humille.

– ¿Cuántos años tienes?

– Catorce.

– Al coche -le dije, abriendo la portezuela delantera-. Y no fuerces las esposas porque te apretarán más.

– No se preocupe, no saltaré -me dijo mientras yo le ajustaba el cinturón del asiento sobre las rodillas.

– No me preocupo, muchacho.

– Tengo un apellido. Es Tilden -me dijo sacando la cuadrada barbilla.

– El mío es Morgan.

– Me llamo Tom de nombre.

– Yo Bumper.

– ¿Dónde me lleva?

– A la Sección Juvenil de Narcóticos.

– ¿Va a detenerme?

– Pues claro.

– No podía esperar otra cosa -dijo moviendo la cabeza asqueado-. ¿Cómo podía esperar que un policía se comportara como un ser humano?

– Tú ni siquiera tendrías que esperar que un ser humano se comportara como un ser humano. Porque te sentirías decepcionado.

Giré la llave de encendido y escuché el clic-clic de una batería acabada. Acabada sin previo aviso.

– Quédate quieto, chico -dije, bajando del coche.

– ¿Y a dónde podría ir? -me gritó mientras yo levantaba la cubierta del motor para ver si alguien había arrancado los hilos. Sucede a veces cuando se deja el coche en algún sitio donde uno no puede vigilarlo. Todo estaba bien. Me pregunté si andaría mal el condensador. Había una cabina telefónica a menos de quince metros acera abajo, me dirigí hacia ella dándome la vuelta de vez en cuando para vigilar a mi pequeño prisionero. Llamé y pedí que acudiera un mecánico con equipo eléctrico. Me dijeron que esperara veinte minutos y que me mandarían a alguien. Pensé en llamar a un sargento dado que éstos llevan cables en sus coches, pero decidí no hacerlo. Qué demonio, ¿para qué tanta prisa hoy? ¿Qué quería demostrar? ¿Y a quién? ¿A mí mismo?

Entonces empecé a sentir apetito. Había un pequeño restaurante en la acera de enfrente y podía aspirar el aroma del jamón y el tocino. El aroma se escapaba a través del tubo que había en la fachada y procedía de la cocina. Cuanto más lo aspiraba tanto más aumentaba mi apetito. Miré el reloj, volví sobre mis pasos y desaté al muchacho.

– ¿Qué pasa? ¿Adonde vamos?

– Al otro lado de la calle.

– ¿Para qué? ¿Vamos a tomar un autobús hasta la comisaría?

– No, vamos a esperar al mecánico del garaje. Vamos a cruzar la calle porque quiero comer.

– No puede llevarme allí dentro de esta manera -dijo el muchacho mientras le acompañaba cruzando la calle. Sus mejillas naturalmente rosadas estaban ahora intensamente rojas-. Quíteme las esposas.

– Ni hablar. Nunca podría dar alcance a un joven antílope como tú.

– Le juro que no echaré a correr.

– Ya sé que no si tienes esposadas las manos a la espalda y yo sostengo la cadena.

– Me moriré si me hace entrar allí como un perro atado a una correa delante de todo el mundo.

– Aquí no te conoce nadie, muchacho. Y todos los que están dentro es probable que también hayan sido esposados alguna vez. No tienes por qué avergonzarte.

– Podría demandarle por esto.

– Conque podrías, ¿eh? -le dije sosteniendo la puerta abierta y empujándole al interior.

Sólo había tres clientes junto a la barra, dos tipos con aire de estafadores y un borracho bebiendo café. Levantaron los ojos un momento y nadie se percató de que el chico iba esposado. Señalé una mesa del fondo.

– No hay camarera tan temprano, Bumper -me dijo T-Bone, el propietario, un corpulento francés que lucía un alto gorro de chef y una camiseta y pantalones blancos. Nunca le había visto vestido de otra manera.

– Necesitamos una mesa, T-Bone -dije señalándole las esposas del chico.

– Muy bien -dijo T-Bone-, ¿qué tomarás?

– No tengo demasiado apetito. Quizás un par de huevos, un poco de tocino y unas cuantas tostadas. Ah, quizás un poco de carne picada. Un vaso de jugo de tomate. Un café. Y lo que pida el chico.

– ¿Qué vas a tomar, muchacho? -le preguntó T-Bone apoyando sus enormes y velludas manos sobre el mostrador y sonriéndole al muchacho con un diente frontal de oro y otro de plata. Me pregunté por primera vez dónde demonios debieron ponerle aquella funda de plata. Curioso que no lo hubiera pensado antes. T-Bone no era un hombre muy dado a hablar.

Sólo usaba la voz en caso necesario. Alimentaba a la gente con el menor número de palabras posible.

– ¿Y cómo puedo comer? -dijo el muchacho-. Todo encadenado como un culpable.

Estaba a punto de llorar y se le veía tremendamente joven en este momento.

– Voy a abrírtelas -dije-. Y ahora, ¿qué demonios quieres? T-Bone no tiene tiempo que perder.

– No sé lo que quiero.

– Dale un par de huevos fritos en seguida, un poco de tocino y un vaso de leche. ¿Quieres carne picada, chico?

– Creo que sí.

– Tráele también un zumo de naranja y una ración de tostadas. Que sea doble. Y un poco de jamón.

T-Bone asintió y sacó un puñado de huevos de un cuenco que tenía junto al fogón. Sostuvo cuatro huevos en su manaza y los rompió los cuatro a la vez sin utilizar la otra mano. El muchacho le estaba observando.

– Es listo, ¿verdad, chico?

– Sí. Me ha dicho que me las quitaría.

– Levántate y date la vuelta -le dije, y cuando lo hizo le abrí la esposa de la derecha y la sujeté a la pata cromada de la mesa para que el chico pudiera sentarse con una mano libre.

– ¿A eso llama usted quitármelas? -me dijo-. ¡Ahora soy como el mono encadenado de un organillero!

– ¿Y dónde has visto tú a un organillero? Ya hace años que no los hay por aquí.