/ / Language: Español / Genre:thriller

El tercer gemelo

Ken Follet

Ayer acabé otra novela de Ken Follet de las que tengo por casa pendientes. El tercer gemelo habla sobre el tema de la clonación de seres humanos. Una empresa pionera en estas investigaciones decide, allá por los años setenta, lanzar sus pruebas a los seres humanos pero sin advertir a los afectados. Veintitrés años después de que se llevaran a cabo algo hará que se descubra todo el pastel, gracias a una profesora que trabaja para esa empresa sin saber el fin real de sus estudios. “Una joven científica está desarrollando una investigación sobre la formación de la personalidad y las diferencias de comportamiento entre gemelos. De pronto, cuando descubre dos gemelos absolutamente idénticos nacidos de madres distintas, se da cuenta de que alguien intenta frenar su investigación al precio que sea. ¿Es posible que se hayan hecho experimentos secretos de clonación en seres humanos sin ser ellos conscientes? ¿Y de qué forma puede estar involucrado un candidato a la presidencia de los Estados Unidos?”

Ken Follet

El tercer gemelo

Esta novela es por completo una obra de ficción. Aunque contiene referencias ocasionales a personas y lugares, éstas sirven sólo para enmarcar la ficción en un escenario verosímil.

Todos los demás nombres, personajes, lugares y hechos son producto de la imaginación del autor. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, organizaciones, acontecimientos o lugares, es una mera coincidencia.

A mis hijastros:

Jann Turner, Kim Turnery Adam Broer

DOMINGO

1

Una oleada de calor se extendía sobre Baltimore como un sudario. Cien mil aspersores refrescaban con su rocío el césped que alfombraba los exuberantes barrios residenciales, pero los vecinos ricachones permanecían dentro de sus casas con el aire acondicionado al máximo de su potencia refrigeradora. En la avenida del Norte, alicaídas busconas no se movían de la sombra y sudaban bajo los postizos y pelucas, mientras en las esquinas los mozalbetes trapicheaban la droga que extraían de los bolsillos de sus holgados pantalones cortos. Septiembre estaba en las últimas, pero el otoño parecía encontrarse muy lejos.

Un oxidado Datsun de color blanco, con el cristal de uno de los faros sujeto con dos tiras cruzadas de cinta aislante, atravesó el barrio de trabajadores blancos situado al norte del centro urbano. El coche carecía de aire acondicionado y el conductor llevaba bajado el cristal de las ventanillas. Era un individuo bien parecido, de veintidós años, ataviado con pantalones vaqueros, camiseta blanca de manga corta y una gorra roja de béisbol en cuya parte frontal figuraba la palabra SEGURIDAD en letras blancas. A causa del sudor, la tapicería de plástico resbalaba bajo sus muslos, pero el hombre no estaba dispuesto a permitir que eso le jorobase. Estaba de buen humor. La radio del automóvil sintonizaba la 92Q, «¡Veinte éxitos seguidos!». En el asiento del copiloto había una carpeta abierta. El hombre le echaba un vistazo de vez en cuando para aprenderse de memoria, con vistas a la prueba del día siguiente, las palabras técnicas de una página mecanografiada. Le resultaba fácil aprender, en cuestión de minutos habría asimilado aquel material.

En un semáforo, una rubia al volante de un Porsche descapotable se detuvo junto a él. El conductor del Datsun le dedicó una sonrisa y dijo:

– ¡Bonito coche!

La mujer desvió la mirada, sin decir palabra, pero el hombre creyó vislumbrar un conato de sonrisa en la comisura de la boca femenina. Era harto probable que, tras las enormes gafas de sol, ella le doblase la edad: ocurría así con la mayoría de mujeres que circulaban en Porsche.

– Le echo una carrera hasta el próximo semáforo -desafió el hombre.

La mujer dejó oír el musical cascabeleo de una risa matizada de coquetería un segundo antes de poner la primera con una mano fina y elegante y arrancar como un cohete.

El conductor del Datsun se encogió de hombros. Sólo estaba probando suerte.

Rodó hacia las proximidades del arbolado campus de la Universidad Jones Falls, un colegio mayor miembro de la Ivy League, la liga intercolegial de equipos deportivos universitarios, mucho más pretencioso que el colegio al que había asistido él. Al pasar por delante de la imponente puerta de acceso, se cruzó con un grupo de ocho o diez muchachas que corrían a paso ligero, vestidas con prendas de ejercicio: pantalones cortos muy ceñidos, zapatillas Nike, sudadas camisetas de manga corta y un top encima. Supuso que se trataba de un equipo de hockey sobre hierba en pleno entrenamiento y la imponente moza que iba al frente era sin duda la capitana, que las ponía en forma para la temporada.

Entraron en el campus y, de súbito, el hombre se sintió agobiado, hundido en la ciénaga de una fantasía tan impetuosa y emocionante que apenas le quedó capacidad visual para conducir. Se las imaginó en el vestuario -la regordeta enjabonándose en la ducha, la pelirroja secándose con la toalla la larga cabellera color cobre, la negra poniéndose unas braguitas de encaje blanco, el marimacho de la capitana mariposeando por allí en cueros vivos, exhibiendo su musculatura en el preciso instante en que sucedía algo que las aterrorizaba. El pánico se apoderó repentinamente de ellas, desorbitaron los ojos y prorrumpieron en histéricos sollozos y chillidos, al borde del ataque de nervios. La gordita fue a parar al suelo y allí se quedó, sumida en desconsolado llanto, mientras las demás la pisaban, distraídas, con un único y desesperado propósito: ocultarse, encontrar la puerta de salida, huir de lo que las empavorecía.

El hombre frenó al borde de la carretera y puso el automóvil en punto muerto. Respiraba entrecortadamente y percibió el martilleo de los latidos del corazón. Aquella era la mejor visión que había tenido jamás. Pero le faltaba un detalle. ¿Qué era lo que asustaba a las chicas? El hombre efectuó un minucioso reconocimiento por los reinos de su fértil imaginación y se sobresaltó al dar con lo que buscaba: fuego. Se había declarado un incendio y las llamas aterraban a las chicas. Tosían y se asfixiaban en medio de la humareda, iban de un lado para otro, medio desnudas y frenéticas.

– ¡Dios mío! -susurró el hombre, con la mirada perdida al frente, mientras veía la escena como una película que se proyectase sobre el parabrisas del Datsun.

Se calmó al cabo de un rato. La fiebre del deseo continuaba alta, pero la fantasía ya no resultaba suficiente: era como la idea de una cerveza cuando la sed le volvía loco. Se levantó los faldones de la camiseta y se secó el sudor de la frente. Se daba perfecta cuenta de que debía olvidarse de aquella quimera y reanudar la marcha; pero era demasiado maravillosa. Llevaba implícita un peligro terrible le condenarían a varios años de cárcel en el caso de que le cogieran-, pero el peligro nunca le impidió hacer lo que se le antojaba en la vida. Trató de resistir la tentación, aunque sólo durante un segundo.

– Quiero intentarlo -murmuró.

Hizo dar media vuelta al coche, franqueó la gran puerta y entró en el campus.

Había estado allí antes. El recinto de la universidad se extendía sobre una superficie de cuarenta hectáreas de espacio de césped, jardines y florestas. La mayoría de sus edificios eran de ladrillo rojo, con algunas construcciones de hormigón y cristal, todos ellos conectados entre sí mediante una maraña de estrechas carreteras flanqueadas por numerosos parquímetros.

El equipo de hockey había desaparecido, pero el automovilista encontró el gimnasio sin dificultad: era un edificio bajo, situado a continuación de una pista de atletismo, y tenía frente a la fachada la estatua de un lanzador de disco. Detuvo el coche ante un parquímetro, pero no introdujo ninguna moneda; nunca lo hacía.

De pie en la escalinata del gimnasio, la musculosa capitana del equipo de hockey hablaba con un tipo con una sudadera desgarrada. El intruso subió las escaleras con paso rápido, dedicó a la capitana una sonrisa al pasar junto a la pareja y atravesó la entrada del edificio.

Hormigueaban por el vestíbulo multitud de jóvenes de ambos sexos, que iban de aquí para allá en pantalón corto, con cinta en la cabeza, la raqueta en la mano, algunos, y la bolsa de deportes colgada del hombro, prácticamente todos. Era indudable que la mayor parte de los equipos de la universidad se entrenaban el domingo.

En medio del vestíbulo, un guardia de seguridad comprobaba desde detrás de su escritorio las tarjetas de los estudiantes; pero en aquel momento un nutrido grupo de corredores pasó por delante del vigilante, unos agitaron la tarjeta, otros se olvidaron de hacerlo y el guardia de seguridad se encogió de hombros y continuo su lectura de La zona muerta.

El extraño dio media vuelta y disimuló contemplando la colección de copas de plata expuestas en una vitrina, trofeos ganados por los atletas de la Jones Falls. Instantes después irrumpía en el vestíbulo un equipo de fútbol, diez hombres y una mujer fornida, calzados con botas de tacos, y el intruso se apresuró a mezclarse con el grupo. Cruzó la pieza como si formara parte del conjunto y descendió con ellos por la amplia escalera que llevaba al sótano.

Los futbolistas iban tan entusiasmados discutiendo los lances del partido, celebrando con risotadas un gol de suerte y manifestando su indignación por una falta que les pitaron injustamente, que no repararon en el entrometido.

Éste caminaba con andar despreocupado, pero los ojos no perdían detalle. Al pie de la escalera había un pequeño zaguán con una máquina de Coca-Cola y un teléfono público bajo una cubierta acústica. La mujer del equipo de fútbol se alejó por el largo pasillo, presumiblemente hacia el vestuario femenino, que con toda probabilidad lo habría añadido al final un arquitecto al que, allá por las fechas en las que el término ‹educación mixta› debía representar un concepto escabroso, ni por asomo se le pasaría por la cabeza la idea de que pululasen muchas jóvenes por la Jones Falls.

El intruso descolgó el teléfono y simuló buscarse en el bolsillo una moneda. Los futbolistas masculinos entraron en su vestuario. El hombre observó que la mujer empujaba una puerta y desaparecía. Seguramente aquel era el vestuario de las mujeres. Allí estarían todas, pensó el individuo, excitado, desnudas, duchándose, frotándose con la toalla. Tenerlas tan al alcance de la mano le provoco un calentón. Se enjugó la frente con el borde inferior de la camiseta.

Lo único que tenía que hacer para rematar su fantasía era darles un susto de muerte, aterrorizarlas.

Hizo un esfuerzo para tranquilizarse. No era cosa de estropearlo todo dejándose llevar por la precipitación. Necesitaba unos minutos para planearlo todo bien.

Una vez se perdieron de vista los miembros masculinos del equipo de fútbol, el invasor echó a andar por el pasillo, en pos de la mujer. Había tres puertas en el corredor, una a cada lado y otra en la pared del fondo. La mujer había entrado por la de la derecha. Al probar la del fondo descubrió que daba a una habitación de grandes proporciones, polvorienta y llena de maquinas voluminosas; supuso que se trataba de calderas y filtros para la piscina. Entró en el cuarto y cerró tras de sí. Un zumbido eléctrico, leve y uniforme, ronroneaba en el aire. Se imaginó a una de aquellas mozas delirante de pavor, en ropa íntima -nada más que el sujetador y las bragas con estampado de flores-, tendida en el suelo, mirándole con ojos aterrados mientras él se desabrochaba el cinturón. Saboreó la imagen durante unos segundos, mientras sonreía para sus adentros. Tenía a aquel pimpollo apenas a unos metros. En aquel momento, la chica puede que estuviera pensando en cómo iba a pasar la velada: quizás había quedado con el novio y tenía intención de dejarle llegar a todo aquella noche; o acaso fuese una estudiante novata de primer año, tímida y solitaria, sin otra cosa que hacer la noche del domingo más que mirar el episodio de Colombo; o tal vez tuviera que entregar al día siguiente un ejercicio y proyectaba pasarse la noche trabajando en su redacción hasta acabarlo. Nada de eso, muñeca. Ha sonado la hora de la pesadilla.

No era la primera vez que hacia esa clase de cosas, aunque nunca a tal escala. Que recordara, siempre le había encantado asustar a las chicas. En el instituto nada le gustaba más que encontrarse a solas con una muchachita, aislarla en un rincón más bien apartado y aterrorizarla hasta que rompía a llorar e imploraba clemencia. Ése era el motivo por el que se veía obligado a cambiar de colegio continuamente. A veces salía con alguna moza, sólo para ser como los demás alumnos y tener a alguien con quien entrar en el bar cogido del brazo. Si le parecía que la chavala en cuestión esperaba que se propasara, la complacía, pero eso siempre le pareció algo más bien inútil.

Se figuraba que todo el mundo tenía un capricho especial: a algunos hombres les gustaba vestir a las mujeres, otros disfrutaban obligando a la compañera a vestirse de cuero y a que les pisara con tacones de aguja. Conoció a un fulano que opinaba que la parte más sensual de una mujer eran los pies: para que se le empinara no tenia más que situarse estratégicamente en la sección de zapatería de unos grandes almacenes y dedicarse a observarlas cuando se ponían zapatos y se los volvían a quitar.

El miedo era su capricho, su aberración. Lo que hacía temblar de pánico a una mujer. Sin miedo, no había excitación.

Al examinar metódicamente el lugar observó que fija en la pared había una escala que ascendía hasta una trampilla de hierro que se cerraba por dentro. Trepó rápidamente por la escala, descorrió los pestillos del cerrojo y levantó la trampilla. Sus ojos tropezaron con los neumáticos de un Chrysler New Yorker estacionado en un aparcamiento. Se orientó: sin duda estaba en la parte de atrás del edificio. Cerró de nuevo la trampilla y bajó.

Abandonó el cuarto de máquinas de la piscina. Cuando marchaba por el pasillo, una mujer que iba en dirección contraria le dirigió una mirada hostil. Una angustia momentánea se apodero de él: la mujer podía preguntarle qué diablos estaba haciendo por las proximidades del vestuario femenino. Ponerse a discutir no entraba en el guión. Aquel punto podía tirar por tierra todo su plan. Pero los ojos de la mujer subieron hasta la gorra, tropezaron con la palabra SEGURIDAD y desviaron la mirada. La mujer, por fin, entró en el vestuario.

El intruso sonrió. Había comprado la gorra en una tienda de recuerdos; pagó por ella ocho dólares y noventa y nueve centavos. La gente estaba acostumbrada a ver guardias de seguridad vestidos con vaqueros en conciertos de rock, detectives que parecían criminales hasta que sacaban a relucir su placa, policías de aeropuerto embutidos en suéter; era demasiado trastorno solicitar la credencial a cualquier gilipollas que se llame guardia de seguridad.

Probó la puerta situada enfrente de la del vestuario de mujeres. Daba a un pequeño almacén. El hombre accionó el interruptor de la luz y cerró la puerta a su espalda. En los estantes se amontonaban piezas de equipos de gimnasia anticuados y ajados: enormes balones de color negro, raídas colchonetas de goma, mazas de gimnasia, mohosos guantes de boxeo y sillas plegables de madera astillada. También había un potro con el tapizado reventado y una pata rota. El cuarto apestaba a cerrado. Una gran tubería plateada cruzaba el techo y el hombre supuso que proporcionaría ventilación al vestuario del otro lado del pasillo.

Alzó la mano y probó las tuercas que fijaban la tubería a lo que parecía ser un ventilador. No pudo hacerlas girar con los dedos, pero en el Datsun llevaba una llave inglesa. Si lograba separar la tubería, el ventilador tomaría e impulsaría aire del pequeño almacén en vez del exterior del edificio.

Encendería su fogata justo debajo del ventilador. Se agenciaría una lata de gasolina, echaría un poco de combustible en una botella de Perrier vacía y volvería con ella, con la llave inglesa, unos cuantos fósforos y varios periódicos que utilizaría a guisa de astillas para encender la lumbre.

El fuego prendería con rapidez y originaría gran cantidad de humo. Se cubriría la boca y la nariz con un trapo húmedo y aguardaría hasta que la humareda llenase el almacén. Entonces separaría el tubo del ventilador. El conducto atraería el humo y lo llevaría al vestuario de mujeres. Al principio, nadie lo notaría. Después, una o dos olfatearían el aire y preguntarían: «¿Alguien está fumando?». Abriría la puerta del almacén y dejaría que el corredor se llenase de humo. Cuando las chicas comprendiesen que algo grave ocurría, abrirían la puerta del vestuario, pensarían que todo el edificio estaba en llamas y cundiría el pánico general.

Entonces entraría en el vestuario. Habría allí un mar de sostenes y bragas, senos, nalgas y vello púbico al aire. Algunas saldrían corriendo de las duchas, desnudas y empapadas, tantearían en busca de toallas; otras intentarían recuperar sus ropas; la mayoría tratarían de ganar la puerta, medio cegadas por el humo. Chillidos, sollozos y gritos de miedo sonarían por doquier. El continuaría fingiendo ser un guardia de seguridad y les ordenaría a voces: «¡No perdíais tiempo en vestiros! ¡Es una emergencia! ¡Fuera! ¡Todo el edificio está ardiendo! ¡Rápido! ¡Rápido!». Les daría cachetes en las posaderas, las empujaría de un lado a otro, les quitaría la ropa de las manos, las magrearía a placer. Las chicas comprenderían que algo no encajaba, pero casi todas estarían demasiado nerviosas para discernir qué podía ser. Si la fortachona de la capitana del equipo de hockey andaba todavía por allí era posible que tuviese suficiente presencia de ánimo para plantarle cara a él, pero entonces se la quitaría de en medio con un puñetazo bien dado.

Se daría una vuelta por el vestuario y elegiría a su víctima principal. Sería una chica preciosa y con aspecto vulnerable. La agarraría por un brazo, al tiempo que le diría: «Por aquí, haz el favor. Soy de seguridad». La sacaría al pasillo, para conducirla luego en la dirección equivocada: hacia la sala de máquinas de la piscina. Una vez allí dentro, cuando la chica creyera estar a salvo, él la abofetearía, le sacudiría un directo en el estomago y la arrojaría contra el suelo de cemento. La contemplaría mientras la chica rodaba sobre sí misma, se sentaba, jadeando, sollozando y mirándole con los ojos llenos de terror.

Entonces él sonreiría y se desabrocharía el cinturón.

2

La señora Ferrami dijo:

– Quiero irme a casa.

– No te preocupes, mamá -le tranquilizó su hija Jeannie-, vamos a sacarte de aquí antes de lo que crees.

Patty, la hermana menor de Jeannie le echó una mirada que significaba: ¿Cómo rayos supones que vamos a hacer tal cosa?

La Residencia Bella Vista del Ocaso era lo máximo que podía sufragar el seguro sanitario y en ella todo era pura fachada. La habitación contenía dos camas de hospital, otros tantos armarios, un sofá y un televisor. Las paredes estaban pintadas de color marrón champiñón y el suelo era de baldosas de plástico, de un tono crema surcado por vetas anaranjadas. La ventana tenía reja, pero no cortinas, y daba a una gasolinera. Había una jofaina en un rincón y los aseos estaban en el pasillo.

– Quiero irme a casa -repitió la madre.

– Pero, mamá -dijo Patty-, siempre te estás olvidando de las cosas, ya no puedes cuidar de ti misma.

– Claro que puedo, no te atrevas a hablarme de ese modo.

Jeannie se mordió el labio. Contempló la ruina humana en que había degenerado su madre y le entraron ganas de llorar. La señora tenía facciones enérgicas: cejas negras, ojos oscuros, nariz recta, boca amplia y sólido mentón. Los mismos rasgos se repetían en Jeannie y Patty, aunque la madre era de constitución menuda y ellas altas como el padre. Las tres tenían un carácter resuelto, tal como sugería su apariencia: «formidable» era la palabra con la que se solía calificar a las mujeres Ferrami. Pero la madre ya no volvería a ser formidable. Padecía el mal de Alzheimer.

No contaba aún sesenta años. Jeannie, que tenía veintinueve, y Patty, que andaba por los veintiséis, habían confiado en que podría cuidar de sí misma durante algunos años más, pero esa esperanza saltó hecha añicos aquella misma madrugada, a las cinco, cuando un agente de policía de Washington telefoneó para notificar que había encontrado a su madre en la calle Dieciocho. La mujer vagaba sin rumbo, vestida con un camisón sucio, y lloriqueaba y decía que no se acordaba de donde vivía.

Jeannie se puso al volante de su automóvil y, en aquella tranquila mañana de domingo, se dirigió a Washington, distante una hora de Baltimore. Recogió a su madre en la comisaría, la llevó a casa, la bañó, la vistió y luego llamo a Patty. Juntas, las dos hermanas tramitaron el ingreso de la señora Ferrami en el asilo de Bella Vista. La institución estaba en la ciudad de Columbia, entre Washington y Baltimore. Tía Rosa había pasado allí sus últimos años. Tía Rosa tenía la misma póliza de seguro sanitario que su madre.

– No me gusta este sitio -dijo la señora Ferrami.

– A nosotras tampoco -manifestó Jeannie-, pero en estos momentos es todo lo que podemos permitirnos.

Intentó que su voz sonara natural y razonable, pero lo cierto es que le salió un tono áspero.

Patty le dirigió una mirada de reproche.

– Vamos, mamá, hemos vivido en sitios peores -dijo.

Era verdad. Cuando su padre fue a la cárcel por segunda vez, la madre y las dos jóvenes vivieron en una habitación, con un hornillo encima del aparador y el grifo del agua en el pasillo. Fueron los años en que la asistencia social les ayudo a sobrevivir. Pero la madre fue una leona en la adversidad. En cuanto Jeannie y Patty empezaron a ir a la escuela, encontró una mujer de edad a la que no le importaba echar un vistazo a las chicas cuando volvían a casa, se buscó un empleo -había sido peluquera, y aun se mantenía en buena forma, aunque su estilo resultase algo pasado de moda- y no tardó en trasladarse con las chicas a un pisito de dos habitaciones situado en Adams-Morgan, que entonces era un respetable barrio de clase obrera.

Les preparaba tostadas para desayunar, enviaba a Jeannie y a Patty al colegio impecables con su vestidito limpio y después se peinaba y maquillaba -trabajando en un salón de belleza, una tenía que ir presentable- y siempre dejaba la cocina como los chorros del oro, con una bandeja de galletas encima de la mesa para cuando las niñas volviesen de la escuela. Los domingos hacían la colada y limpiaban a fondo el pisito entre las tres. Mamá siempre había sido tan capaz, tan segura, tan infatigable que a una le destrozaba el corazón ver en la cama a aquella mujer olvidadiza y quejumbrosa.

En aquel momento, la anciana frunció las cejas, como si algo la desorientara, y dijo:

– ¿Por que llevas ese aro en la nariz, Jeannie?

Jeannie se llevo los dedos al fino aro de plata y esbozo una triste sonrisa.

– Mamá, me perforé la ventana de la nariz cuando era niña. ¿No te acuerdas de que te pusiste hecha una furia? Creí que ibas a echarme a la calle.

– Se me olvidan las cosas -reconoció la mujer.

– Pues yo sí que me acuerdo -intervino Patty-. Pensé que aquello tuyo era la mayor hazaña de todos los tiempos. Claro que yo tenía once años y tu catorce; para mí, todo lo que hacías era audaz, elegante e inteligente.

– Quizá lo fuese -dijo Jeannie con burlona jactancia.

Patty rió entre dientes.

– Lo de la chaqueta naranja seguro que no lo fue.

– ¡Oh, Dios santo, aquella chaqueta! Mamá acabó quemándola después de que durmiese con ella puesta en un edificio abandonado y se me llenara de pulgas.

– De eso me acuerdo -tercio la madre de pronto-. ¡Pulgas! ¡Una hija mía!

Se mostraba indignadísima aún, quince años después.

De repente, la atmósfera se tornó más desenfadada. Aquellas reminiscencias llevaron a la memoria de las tres el recuerdo de lo unidas que habían estado. Era un buen momento para despedirse.

– Será mejor que me vaya -dijo Jeannie, al tiempo que se ponía en pie.

– Yo también tengo que marcharme -se sumo Patty-. He de hacer la cena.

Sin embargo, ninguna de las dos hizo el menor intento de dirigirse a la puerta. Jeannie tuvo la sensación de que abandonaba a su madre, de que la dejaba desamparada en un momento de necesidad. Allí, nadie la apreciaba. Debería contar con una familia que la atendiese. Jeannie y Patty deberían quedarse a su lado, cocinar para ella, plancharle el camisón y ponerle en la tele su programa favorito.

– ¿Cuándo volveréis a visitarme? -quiso saber la madre.

Jeannie titubeó. Deseaba decir: «Mañana te traeré el desayuno y estaré contigo todo el día». Pero eso era imposible: la esperaba una semana tremenda de trabajo. El sentimiento de culpa la anegó. «¿Cómo puedo ser tan cruel?»

Patty la rescató, le echó el cable de:

– Yo vendré mañana y traeré a los críos para que te vean, eso te gustará.

Pero la madre no estaba dispuesta a dejar que Jeannie se marchase tan fácilmente.

– ¿Vendrás tu también, Jeannie?

Jeannie apenas podía hablar.

– Tan pronto como pueda. -Sofocada por la pena que la asfixiaba, se inclinó sobre la cama y besó a su madre-. Te quiero, mamá. Procura tenerlo presente.

En el momento en que estuvieron en el lado exterior de la puerta, Patty rompió a llorar.

Jeannie también estuvo a punto de estallar en lágrimas, pero era la hermana mayor y hacía mucho tiempo que había adoptado la costumbre de dominar sus emociones mientras cuidaba de Patty. Pasó un brazo alrededor de los hombros de su hermana en tanto avanzaban por el aséptico pasillo. Patty no era débil, pero se sometía más a las circunstancias que Jeannie, la cual era combativa, tenaz y lanzada. La madre siempre criticaba a Jeannie y comentaba que, en carácter, debería parecerse más a Patty.

– Me gustaría tenerla en casa conmigo, pero no puedo -se lamentó Patty, apesadumbrada.

Jeannie asintió. Patty estaba casada con un carpintero llamado Zip. Vivían en una casita adosada de dos habitaciones. El segundo dormitorio lo compartían los tres chicos. Davey contaba seis años, Mel cuatro y Tom dos. No había sitio para la abuela.

Jeannie era soltera. Como profesora auxiliar en la Universidad Jones Falls ganaba treinta mil dólares al año -suponía que una barbaridad menos que el marido de Patty- y acababa de firmar la primera hipoteca sobre un piso de dos habitaciones recién adquirido y amueblado a crédito. Una de las habitaciones era sala de estar con cocina incorporada en un rincón, la otra era el dormitorio, con armario empotrado y baño minúsculo. Si le cedía la cama a su madre, ella tendría que dormir todas las noches en el sofá; y en casa no quedaría nadie para cuidar durante el día a una mujer con la enfermedad de Alzheimer.

– Yo tampoco puedo encargarme de ella -dijo.

Patty mostró su rabia a través de las lágrimas.

– ¿Entonces por qué le dijiste que la sacaríamos pronto de aquí? ¡No podemos!

Salieron al tórrido calor de la calle.

– Iré mañana al banco y pediré un crédito. La ingresaremos en una residencia mejor y pagaré la diferencia. Lo que le falte al seguro médico.

– ¿Y cómo devolverás el préstamo? -Patty fue a lo práctico.

– Me las arreglaré para que me asciendan a profesora adjunta, después obtendré plaza de catedrática, me encargarán la preparación de un libro de texto y conseguiré que tres multinacionales me contraten como asesora.

Patty sonrió a través de las lágrimas.

– Yo te creo, pero ¿te creerá el banco?

Patty siempre había tenido una fe ciega en Jeannie. Patty nunca había sido ambiciosa. En el colegio siempre estuvo por debajo del nivel medio, se casó a los diecinueve años y se dispuso a alumbrar y a criar hijos sin dar señales de lamentarlo. Jeannie era la otra cara de la moneda. Primera de la clase y gran figura de todos los equipos deportivos, había sido campeona de tenis y cursado todos los estudios gracias a becas deportivas. Fuera lo que fuese lo que dijera que iba a hacer, Patty nunca dudaba de que lo cumpliría.

Pero Patty también tenía razón, el banco no le concedería otro préstamo tan inmediatamente después de haberle financiado la compra del piso. Y Jeannie acababa de estrenarse en el cargo de profesora auxiliar: transcurrirían tres años antes de que consideraran la posibilidad de ascenderla. Cuando llegaban a la zona de aparcamiento, Jeannie dijo, a la desesperada:

– Está bien, venderé el coche.

Adoraba su automóvil. Era un Mercedes 230C de veinte años de antigüedad, un sedán rojo de dos puertas con asientos de cuero negro. Lo había comprado ocho años atrás con los cinco mil dólares que obtuvo al ganar el torneo de tenis del Mayfair Lites College. Cosa que ocurrió antes de que se pusiera de moda ser dueño de un viejo Mercedes.

– Probablemente vale ahora el doble de lo que pagué por él -dijo.

– Pero tendrás que comprarte otro coche -observó Patty, aún despiadadamente realista.

– Tienes razón -suspiró Jeannie-. En fin, siempre me queda el recurso de dar clases particulares. Va contra las reglas de la UJF, pero es muy posible que me gane mis buenos cuarenta dólares a la hora dando clases individuales de recuperación de estadística, a estudiantes ricos que suspendieron el examen en otras universidades. Tal vez saque trescientos dólares semanales; libres de impuestos si no los declaro. -Miró a su hermana a los ojos-. ¿Tú puedes aportar algo?

Patty desvió la vista.

– No lo sé.

– Zip gana más que yo.

– Me matará por decírtelo, pero podremos contribuir con unos setenta y cinco u ochenta a la semana. -Patty añadió por último-: Le pincharé un poco para que pida un aumento de sueldo. Es un poco cobardica a la hora de hacerlo, pero me consta que se lo merece, y el Jefe le aprecia.

Jeannie empezó a sentirse algo más optimista, aunque la perspectiva de pasarse los domingos dando clases a estudiantes que no habían logrado superar el examen de licenciatura le resultaba deprimente.

– Con cuatrocientos dólares semanales extra podremos conseguirle a mamá una habitación con cuarto de baño propio.

– En cuyo caso podría tener cerca algunas de sus cosas, adornos y quizás unos cuantos muebles de su piso.

– Preguntaremos por ahí, a ver si alguien sabe de algún lugar bonito.

– De acuerdo. -Patty parecía preocupada-. La enfermedad de mamá es hereditaria, ¿no? Vi algo de eso en la tele.

Jeannie asintió.

– Hay un defecto en el gen AD3, estrechamente relacionado con el inicio del mal de Alzheimer.

Jeannie recordaba que se localizaba en el cromosoma 14q24.3, pero eso sería chino para Patty.

– ¿Significa eso que tu y yo acabaremos igual que mamá?

– Significa que existen muchas probabilidades de que sea así.

Permanecieron en silencio durante un momento. La idea de perder las facultades mentales era algo demasiado funesto para hablar de ello.

– Me alegro de haber tenido a mis hijos siendo muy joven -dijo Patty-. Serán lo bastante mayorcitos para cuidarse por sí mismos cuando me suceda eso a mí.

Jeannie captó un punto de reproche. Lo mismo que la madre, Patty consideraba que había algo reprobable en el hecho de haber cumplido los veintinueve y no tener hijos.

– El hecho de que hayan descubierto el gen es también esperanzador. Eso significa que para cuando nosotras tengamos la edad que tiene ahora mamá, puede que estén en condiciones de inyectarnos una versión alterada de nuestro propio ADN que no tenga el gen fatal.

– Mencionaron eso en la televisión. Tecnología de recombinación del ADN, ¿verdad?

Jeannie sonrió a su hermana.

– Verdad.

– Ya ves que no soy tan tonta.

– Nunca he dicho que lo fueras.

– La cuestión es -articuló Patty pensativamente- que nuestro ADN nos hace lo que somos, de forma que si yo cambio mi ADN, ¿me convierte eso en una persona distinta?

– No es sólo el ADN lo que te hace ser como eres. También influye tu educación, el ambiente en que te has criado. En eso me ocupo.

– ¿Qué tal tu nuevo trabajo?

– Es emocionante. Se trata de mi gran oportunidad, Patty. Un sinfín de personas leyeron mi artículo sobre la criminalidad y las posibilidades de que se encuentre en nuestros genes.

Publicado el año anterior, mientras ella estaba en la Universidad de Minnesota, el artículo llevaba el nombre del profesor que lo había supervisado encima del de Jeannie, pero el trabajo lo había realizado la muchacha.

– No llegué a determinar si decías que la criminalidad se hereda o no.

– Identifiqué cuatro rasgos que conducen a la conducta criminal: impulsividad, intrepidez, agresividad e hiperactividad. Pero mi teoría consiste en que ciertos sistemas de educación infantil neutralizan esos rasgos y convierten a criminales potenciales en buenos ciudadanos.

– ¿Cómo puedes demostrar una cosa como esa?

– Mediante el estudio de gemelos que se criaron separados. Los gemelos univitelinos tienen el mismo ADN. Y cuando los adoptan al nacer o los separan por algún otro motivo, se educan de manera distinta. Así que hay parejas de gemelos en las que uno de ellos es un delincuente y el otro una persona normal. De forma que analizo la manera en que se educaron y las diferencias existentes entre los comportamientos educativos de los respectivos padres.

– Tu trabajo es realmente importante -dijo Patty.

– Eso creo.

– Tenemos que averiguar por qué hoy en día tantos estadounidenses se vuelven malos.

Jeannie asintió con la cabeza. Eso era, en pocas palabras.

Patty se dirigió a su vehículo, una vieja ranchera Ford, con la parte de atrás llena de trastos de los chicos, chatarra de llamativos colorines: un triciclo, un cochecito de niño plegable, un surtido de raquetas y pelotas y un gran camión de juguete con una rueda rota.

– Dales un besazo a los chicos de mi parte, ¿vale? -dijo Jeannie.

– Gracias. Te llamaré mañana, después de visitar a mamá.

Jeannie sacó las llaves, vaciló, se acercó luego a Patty y le dio un abrazo.

– Te quiero, hermanita.

– Yo también -repuso Patty.

Jeannie subió a su automóvil y arrancó.

Se sentía irritada e inquieta, con el ánimo rebosante de sentimientos encontrados, pendientes, respecto a su madre, a Patty y al padre que no estaba con ellas. Salió a la 170 y condujo a excesiva velocidad, cambiando de carril entre el tráfico. Se preguntó que iba a hacer con el resto del día, pero enseguida recordó que se suponía que iba a jugar al tenis a las seis y luego a tomar pizza y cerveza con un grupo de estudiantes licenciados y profesores jóvenes del departamento de psicología de la Jones Falls. Su primera idea fue cancelar todo el programa de la velada. Pero tampoco le apetecía ni tanto así quedarse en casa calentándose los cascos. Iría a jugar al tenis, decidió: el ejercicio le haría sentirse mejor. Después se dejaría caer por el bar de Andy, pasaría allí cosa de una hora y se retiraría temprano.

Pero las cosas no salieron así.

Su rival en el partido de tenis era Jack Budgen, el bibliotecario jefe de la universidad. Había jugado una vez en Wimbledon y, aunque tenía ya cincuenta años y estaba calvo, aún conservaba buena parte de su antigua destreza y estaba en buenas condiciones físicas. La cumbre de su carrera la alcanzó cuando figuró en el equipo olímpico de tenis de Estados Unidos, allá por la época en que era estudiante en busca de la licenciatura. Con todo, Jeannie era más fuerte y más rápida que Jack.

Jugaban en una de las pistas de arcilla roja del campus de la Jones Falls. Eran dos tenistas bastante igualados y el partido atrajo una pequeña multitud de espectadores. No existían normas relativas a la forma de vestir, pero Jeannie siempre llevaba pantalones cortos blancos y polo del mismo color. Tenía el pelo largo y moreno, no sedoso y liso como Patty, sino rizado y bastante rebelde, por lo que se lo recogía bajo una gorra de visera.

El servicio de Jeannie era dinamita y su mate cruzado de revés a dos manos resultaba verdaderamente asesino. Respecto al servicio, Jack poco podía hacer, pero al cabo de unos juegos tuvo buen cuidado en impedir en lo posible que Jeannie utilizase el mate de revés. El hombre recurrió a la astucia, se dedicó a reservar energías y dejar que Jeannie cometiese errores. La muchacha jugaba con excesiva agresividad, incurría en dobles faltas al sacar e iba a la red con precipitación. En un día normal, Jeannie se daba perfecta cuenta, podía vencerle; pero aquella tarde su concentración se había dispersado y no pensaba las jugadas. Ganaron un juego cada uno, en el tercero se pusieron cinco a cuatro a favor de Jack, con el servicio en poder de la muchacha; tendría que conservarlo para seguir en el partido.

Hubo dos cuarenta iguales, luego Jack ganó un punto y la ventaja fue suya. La pelota de saque de Jeannie se estrelló contra la red y de la pequeña multitud de espectadores se elevó un grito sofocado pero audible. En vez de ampararse en un segundo servicio más lento y seguro, como es normal, Jeannie tiró por la ventana toda precaución y sacó como si se tratara de un primer servicio. La raqueta de Jack conectó con la pelota y devolvió el saque sobre el revés de Jeannie. Esta conectó un mate y corrió hacia la red. Pero Jack no estaba desequilibrado como había fingido y respondió con un globo perfecto, que pasó por encima de Jeannie y al aterrizar justo sobre la línea de fondo le dio la victoria en el partido.

Jeannie se quedó mirando la pelota, con los brazos en jarras, furiosa consigo misma. Aunque llevaba varios años sin jugar en serio, conservaba un inquebrantable espíritu competitivo que hacía que le resultase muy duro perder. Calmó sus sentimientos y puso una sonrisa en su rostro. Dio media vuelta.

– ¡Bonito golpe! -gritó.

Se llegó a la red, tendió la mano y una ráfaga de aplausos surgió de los espectadores.

Se le acercó un joven.

– ¡Vaya, ha sido un partido estupendo! -acompañó el elogio con una amplia sonrisa.

Un rápido vistazo permitió a Jeannie evaluarlo. Era el típico cachas: alto y atlético, de cabello rizado, que llevaba muy corto, y bonitos ojos azules. Avanzaba hacia ella manifestando todo el interés del mundo.

Pero Jeannie no estaba de humor.

– Gracias -dijo, cortante.

El galán volvió a sonreír; la suya era una sonrisa tranquila y confiada que venía a decir que casi todas las mujeres a las que se la dedicaba se sentían felices de que él les dirigiera la palabra, al margen de si lo que les dijese merecía o no la pena.

– Verás, yo también juego un poco al tenis, y se me ha ocurrido que…

– Si sólo juegas un poco al tenis, lo más probable es que no estés en mi categoría -le interrumpió Jeannie, y pasó por su lado, desdeñosa.

Oyó que, a su espalda, el chico preguntaba en tono de buen humor:

– ¿Debo entender, pues, que no existe la más remota posibilidad de que disfrutemos de una cena romántica, seguida de una noche de loca pasión?

Jeannie no pudo por menos de sonreír, aunque sólo fuera por la insistencia del chico, y comprendió que había sido más brusca de lo necesario. Volvió la cabeza y habló por encima del hombro, sin detener el paso.

– Ni la más remota, pero gracias por la proposición -dijo.

Abandonó las pistas y se encaminó al vestuario. Se preguntó que estaría haciendo su madre en aquel momento. A aquella hora ya habría cenado: eran las siete y media y en tales instituciones servían temprano las comidas. Seguramente, estaría viendo la tele en el salón. Tal vez habría trabado amistad con alguien, con alguna mujer de su misma edad que soportaría las lagunas de amnesia y mostraría interés por las fotos de sus nietos. Mamá había tenido montones de amigas -compañeras del salón de belleza, algunas clientas, vecinas, personas que conoció durante veinticinco años-, pero era difícil para ellas mantener esa amistad cuando mamá olvidaba continuamente quienes diablos eran.

Cuando pasaba por delante del campo de hockey sobre hierba se dio de manos a boca con Lisa Hoxton. Lisa era la primera amiga de verdad que había hecho desde su llegada a Jones Falls un mes antes. Era ayudante en el laboratorio de psicología. Estaba licenciada en ciencias, pero no quería dedicarse a la enseñanza académica. Como Jeannie, procedía de una familia pobre y le intimidaba un poco la Ivy League a la que pertenecía la Jones Falls. Jeannie y Lisa simpatizaron al instante.

– Un chico intentó enrollarse conmigo hace un momento -sonrió Jeannie.

– ¿Qué tal era?

– Se parecía a Brad Pitt, pero más alto.

– ¿Le preguntaste si tenía otro amigo de su edad? -dijo Lisa.

Ella contaba veinticuatro años.

– No. -Jeannie miró por encima del hombro, pero el muchacho no estaba a la vista-. Continúa andando, por si acaso me sigue.

– ¿Tan malo sería?

– Venga ya.

– Jeannie, es el asqueroso del que huyes.

– ¡Cierra el pico!

– Podías haberle dado mi número de teléfono.

– Lo que debí haber hecho es anotarle en un papel tu talla de sujetador, con eso le habría dejado sin habla.

Lisa tenía un busto realmente voluminoso.

La muchacha se detuvo en seco. Durante unos segundos, Jeannie pensó que se había pasado y ofendido a Lisa. Empezó a darle forma mental a una disculpa. Pero Lisa exclamó:

– ¡Qué gran idea! «Uso la treinta y seis D, para más información, llame a este número de teléfono.» Es muy sutil, desde luego.

– No es más que envidia por mi parte, siempre desee tener un buen parachoques -reconoció Jeannie, y ambas se echaron a reír-. Pero es cierto, pedí a Dios que me concediera un tetamen como es debido. Prácticamente fui la última chica de la clase a la que le vino la regla, era de lo mas embarazoso.

– No me digas que te ponías de rodillas junto a la cama y rezabas: Por favor, Dios de mi alma, haz que me crezcan las tetas.

– La verdad es que a quien rezaba era a la Virgen María. Suponía que era asunto de mujeres. Y no decía tetas, naturalmente.

– ¿Qué decías? ¿Pechos?

– No, me figuraba que a la Virgen Santa no se le podía decir pechos.

– ¿Cómo los llamabas, pues?

– Globos.

Lisa soltó la carcajada.

– No sé de dónde saqué la palabra, debía de habérsela oído a algunos hombres que estuvieran hablando de ello. Me pareció un eufemismo bastante educado. Esto nunca se lo he contado a nadie en toda mi vida.

Lisa miró hacia atrás.

– Bueno, no veo ningún chico guapo lanzado en nuestra persecución. Me parece que hemos despistado a Brad Pitt.

– Buena cosa. Es exactamente mi tipo: apuesto, sexualmente atractivo, presuntuoso y absolutamente indigno de confianza.

– ¿Cómo sabes que no es de fiar? Sólo lo tuviste frente a ti veinte segundos.

– Todos los hombres son indignos de confianza.

– Es probable que tengas razón. ¿Piensas dejarte ver esta noche por el Andy's?

– Sí, sólo estaré una hora o así. Primero tengo que ducharme.

Llevaba el polo empapado de sudor.

– Yo también. -Lisa vestía pantalones cortos y calzaba zapatillas de deporte-. He estado entrenándome con el equipo de hockey. ¿Por qué sólo una hora?

– He tenido un día pesadísimo. -El partido había distraído a Jeannie, pero el agotamiento reapareció en aquel instante y provocó en ella una mueca de dolor-. He tenido que ingresar a mi madre en una residencia geriátrica.

– ¡Oh, Jeannie, cuánto lo siento!

Jeannie le contó la historia mientras entraban en el edificio del gimnasio y descendían por la escalera del sótano. En el vestuario, Jeannie vio al pasar la imagen de ambas reflejada en el espejo. Eran físicamente tan distintas que casi parecían actrices de un número cómico. Lisa tenía una estatura inferior a la talla media, Jeannie medía casi metro ochenta y cinco. Lisa era rubia y curvilínea, mientras que Jeannie era morena y musculosa. Lisa tenía una carita preciosa, salpicada de pecas a través de la coqueta naricilla y boca en forma de arco. La mayoría calificaba a Jeannie de impresionante, a algunos hombres les parecía guapa, pero nadie la había llamado nunca bonita.

Cuando se desprendían de las sudadas prendas deportivas, Lisa inquirió:

– ¿Qué hay de tu padre? Nunca hablas de él.

Jeannie suspiró. Era la pregunta que había aprendido a temer, incluso siendo niña; pero que surgía invariablemente, tarde o temprano. Durante muchos años mintió explicando que su padre estaba muerto, había desaparecido o se encontraba trabajando en Arabia Saudí. Últimamente, sin embargo, confesaba la verdad.

– Mi padre está en la cárcel -dijo.

– Oh, Dios. No debí preguntar.

– No importa. Se ha pasado en la cárcel la mayor parte de mi vida. Esta es la tercera condena que cumple.

– ¿A cuánto le sentenciaron?

– Ni me acuerdo. Carece de importancia. Cuando salga, seguirá sin servir para nada. Nunca se preocupó de cuidar de nosotras y no va a empezar a hacerlo ahora.

– ¿Nunca tuvo un empleo normal?

– Sólo cuando deseaba preparar un golpe. Se contrataba como conserje, portero o guarda de seguridad y trabajaba ocho o quince días, mientras estudiaba el terreno antes de cometer allí el robo.

Lisa le dirigió una mirada penetrante.

– ¿Por eso te interesa tanto la genética de la criminalidad?

– Puede.

– Probablemente no. -Lisa hizo un gesto como si apartara aquello a un lado-. De todas formas, no me gusta nada el psicoanálisis de aficionados.

Entraron en las duchas. Jeannie se lo tomó con calma, tardó más porque se lavaba la cabeza. Agradecía la amistad de Lisa. Esta llevaba poco más de un año en Jones Falls cuando al principio del semestre llegó Jeannie, a la que enseñó el lugar. A Jeannie le encantaba colaborar con Lisa en el laboratorio, porque Lisa era una muchacha en la que se podía confiar. También le gustaba salir con ella al finalizar el trabajo, porque se podía hablar de todo con la muchacha, sin temor a que se escandalizase.

Jeannie se estaba aplicando un acondicionador en el pelo cuando oyó ruidos extraños. Se detuvo y aguzó el oído. Sonaba como a chillidos de miedo. Un escalofrío de angustia atravesó su cuerpo, de pies a cabeza, haciéndola estremecer. De pronto, se sintió muy vulnerable: desnuda, mojada, en el subterráneo. Vaciló, luego se aclaró el pelo rápidamente y salió de la ducha para ver que estaba ocurriendo.

En cuanto salió de debajo del agua olió a quemado. No vio llamas, pero las densas nubes de humo negro grisáceo casi llegaban al techo. Parecía salir de los ventiladores. Se había declarado un incendio.

Sintió miedo. Nunca había estado en un incendio.

Las que tenían sangre fría agarraban sus bolsas y se dirigían a la puerta. Otras se entregaban a la histeria, se chillaban unas a otras con voz asustada y corrían de un lado para otro, sin rumbo. Un imbécil de seguridad, con la cara y la nariz cubiertas por un pañuelo moteado, las asustó todavía más al entrar en el vestuario, empujarlas y darles órdenes a voces.

Jeannie comprendió que no debía entretenerse allí el tiempo necesario para vestirse, pero tampoco podía decidirse a salir del edificio completamente desnuda. El miedo circulaba por sus venas como agua helada, pero se tranquilizó mediante un esfuerzo de voluntad. Encontró su taquilla. Lisa no estaba a la vista. Cogió sus ropas, se puso los vaqueros y se pasó la camiseta de manga corta por la cabeza.

Lo hizo todo en contados segundos, pero en ese espacio de tiempo la sala se quedó vacía de personas y llena de humo. Ya no veía la puerta y empezó a toser. Le aterró la idea de que le fuese imposible respirar. «Se dónde está la puerta, todo lo que tengo que hacer es conservar la calma», se dijo. Llevaba en el bolsillo de los vaqueros las llaves y el dinero. Cogió la raqueta de tenis. Contuvo la respiración, mientras atravesaba el vestuario con paso rápido, rumbo a la salida.

La densa humareda llenaba el pasillo y los ojos de Jeannie empezaron a lagrimear, acabando de cegarla. Deseó entonces haber salido desnuda y ganado así unos segundos preciosos. Los pantalones vaqueros no le ayudaban a respirar ni a ver nada en medio de aquella niebla de vapores y humos. Y si una está muerta, maldito si importa el que se encuentre desnuda.

Apoyó una mano temblorosa en la pared, a fin de orientarse mientras se apresuraba pasillo adelante, aún con la respiración contenida. Pensó que podía tropezar con otras mujeres, pero al parecer todas las demás se le habían adelantado. Al acabarse la pared, Jeannie supo que había llegado al pequeño vestíbulo, aunque no podía ver nada excepto nubes de humo. La escalera debía de estar delante. Cruzó el vestíbulo y chocó con la máquina de Coca-Cola. ¿La escalera quedaba a la izquierda o a la derecha? A la izquierda, supuso. Avanzó en esa dirección, entonces topó con la puerta del vestuario de los hombres y comprendió que había optado por la dirección equivocada.

Ya no podía contener la respiración por más tiempo. Aspiró aire con un gemido. Tragaba mas humo que oxígeno y eso la hizo toser convulsivamente. Retrocedió tambaleándose a lo largo de la pared, agitada dolorosamente por los accesos de tos, con las fosas nasales ardiendo y los ojos llenos de lágrimas, casi incapaz de verse las manos aunque se las pusiera delante de las narices. Con todo su ser anhelando una bocanada de aire a la que durante veintinueve años no había dado importancia. Siguió por la pared hasta la máquina de Coca-Cola y la rodeó. Comprendió que había encontrado la escalera en el momento en que tropezó con el primer peldaño. Se le escapó la raqueta de la mano y la perdió de vista.

Era una raqueta especial -con ella había ganado el Mayfair Lites Challenge-, pero la dejó abandonada y gateó escaleras arriba a cuatro patas.

Al llegar al espacioso vestíbulo de la planta baja comprobó que gran parte del humo se había disipado súbitamente. Vio las puertas del edificio, abiertas de par en par. Un guardia de seguridad estaba en la entrada, por la parte exterior; le hacía señas y le gritaba:

– ¡Venga!

Sin dejar de toser, medio ahogada, Jeannie cruzó el vestíbulo dando traspiés y salió al bendito aire libre.

Permaneció en la escalinata dos o tres minutos, doblada sobre sí misma, aspirando bocanadas de aire y expulsando el humo de sus pulmones. Cuando por fin la respiración alcanzó la normalidad oyó la sirena de un vehículo de emergencia que ululaba a lo lejos. Volvió la cabeza y buscó a Lisa con la mirada, pero no la localizó por parte alguna.

Seguramente ya habría salido. Estremecida todavía, Jeannie avanzó entre la muchedumbre, escudriñando los rostros. Ahora que se encontraban fuera de peligro, todo el mundo emitía risas nerviosas. Casi todos los estudiantes iban más o menos desnudos, por lo que reinaba una atmósfera curiosamente íntima. Las chicas que se las habían arreglado para salvar sus bolsas prestaban prendas de ropa a las compañeras menos afortunadas. Mujeres desnudas agradecían las sucias y sudadas camisetas que les dejaban sus amigas. Varias personas se cubrían sólo con toallas.

Lisa no estaba entre la multitud. Dominada por una creciente angustia, Jeannie volvió hasta el guardia de seguridad de la puerta.

– Temo que mi amiga pueda haberse quedado ahí dentro -dijo. Captó la vibración del miedo que matizaba su propia voz.

– No seré yo quien entre a buscarla -dijo el guardia rápidamente.

– Un hombre valiente -saltó Jeannie.

No estaba segura de haber deseado que lo hiciera, pero tampoco esperaba que aquel individuo fuera tan completamente inútil.

Apareció el resentimiento en la expresión del guardia.

– Ese trabajo les corresponde a ellos -señaló el coche de bomberos que se acercaba por la carretera.

Jeannie empezaba a temer de veras por la vida de Lisa, pero no sabía qué hacer. Observó, saturada de impotencia, a los bomberos, que se apeaban del vehículo y se ponían las máscaras respiratorias.

Le pareció que se movían tan despacio que le entraron ganas de sacudirlos y gritarles: «¡Rápido! ¡Rápido!». Llegó otro coche de bomberos y después un vehículo de la policía con la banda azul y plata del Departamento de Policía de Baltimore.

Mientras los bomberos arrastraban la manguera hacia el interior del edificio, un oficial abordó e interrogó al guardia del vestíbulo:

– ¿Dónde cree que empezó?

– En el vestuario de mujeres -le contestó el guardia.

– ¿Y dónde está eso, exactamente?

– En el sótano, al fondo.

– ¿Cuántas salidas tiene el sótano?

– Sólo una, la escalera que sube hasta el vestíbulo principal, que está ahí mismo.

Un empleado de mantenimiento que andaba por allí cerca le contradijo:

– Hay una escalerilla en la sala de máquinas de la piscina. Da a una trampilla de acceso situada en la parte trasera del edificio.

Jeannie captó la atención del oficial de bomberos.

– Creo que es posible que una persona este aún ahí dentro -dijo.

– ¿Hombre o mujer?

– Mujer. Veinticuatro años, rubia, baja de estatura.

– Si está ahí, la encontraremos.

Jeannie se tranquilizó durante un momento. Pero enseguida se dio cuenta de que no habían prometido encontrarla viva.

Al individuo de seguridad que estuvo en el vestuario no se le veía por parte alguna. Jeannie se dirigió al jefe de bomberos:

– Hay otro guardia de seguridad en el edificio. No lo veo por ninguna parte. Un hombre alto.

– El único guardia de seguridad del edificio soy yo. No hay ningún otro -intervino el guardia del vestíbulo.

– Bueno, el que yo digo llevaba una gorra con la palabra SEGURIDAD escrita en ella y ordenaba a la gente que evacuara el edificio.

– Me importa un rábano lo que llevase escrito en la gorra…

– ¡Oh, vamos, por el amor de Dios, deje de discutir! -saltó Jeannie-. ¡Tal vez me lo imaginé, pero si no es así, su vida puede estar en peligro!

Cerca de ellos, escuchándoles, había una muchacha con las vueltas del pantalón caqui arremangadas.

– Yo vi a ese tipo, un guarro asqueroso -dijo-. Me metió mano.

– Tranquilas -aconsejó el jefe de bomberos-, los encontraremos a todos. Gracias por su colaboración.

Se alejó.

Jeannie fulminó con la mirada al guardia del vestíbulo. Se daba cuenta de que el oficial de bomberos no le había hecho a ella demasiado caso porque había gritado al guardia. Se retiró, contrariada.

¿Qué iba a hacer ahora? Los hombres del servicio contra incendios entraban en el gimnasio con sus cascos y sus botazas. Ella iba descalza y se cubría con una camiseta de manga corta. Si intentaba entrar allí, la echarían inmediatamente. Apretó los puños con fuerza, consternada. «¡Piensa, piensa! ¿En qué otro sitio puede estar Lisa?»

El gimnasio se encontraba contiguo al edificio de Psicología Ruth W. Acorn, bautizado así en honor de la esposa de un benefactor, pero al que todo el personal llamaba la Loquería. ¿Era posible que Lisa se hubiese refugiado allí? Quizás estuviesen cerradas las puertas los domingos, pero también era probable que Lisa tuviera llave. Cabía la posibilidad de que se hubiese apresurado a entrar allí en busca de una bata de laboratorio con la que cubrirse o simplemente para sentarse a su mesa en tanto se recuperaba. Jeannie decidió ir a comprobarlo. Cualquier cosa era mejor que seguir allí de pie, cruzada de brazos.

Atravesó en cuatro zancadas el césped, hacia la entrada principal de la Loquería y echó un vistazo a través de los cristales de la puerta. No había nadie en el vestíbulo. Se sacó del bolsillo la tarjeta de plástico que hacía las veces de llave y la introdujo en la ranura del lector de tarjetas. Se abrió la puerta. Corrió hacia la escalera, al tiempo que llamaba:

– ¡Lisa! ¿Estás ahí?

El laboratorio se encontraba desierto. La silla de Lisa cuidadosamente colocada debajo del escritorio y la pantalla del ordenador apagada. Jeannie fue a echar una mirada en los servicios de mujeres, en el fondo del pasillo. Nada.

– ¡Maldita sea! -exclamó, frenética-. ¿Dónde diablos te has metido?

Jadeante, se apresuró a salir de nuevo de Psicología. Decidió rodear el edificio del gimnasio, por si acaso Lisa se encontrara sentada en el suelo, en algún punto, recobrando el aliento. Dobló la esquina y cruzó un patio lleno de enormes cubos de basura. En la parte posterior había un pequeño aparcamiento. Divisó una figura que corría por el camino, alejándose. Era alguien demasiado alto para tratarse de Lisa y, además, Jeannie casi tuvo la seguridad de que era un hombre. Se le ocurrió que tal vez fuese el guardia de seguridad que echaban de menos, pero la figura torció por la esquina de la Unión de Estudiantes y se perdió de vista antes de que Jeannie tuviese la certeza de ello.

Continuó rodeando el edificio del gimnasio. En el otro extremo había una pista de atletismo, desierta en aquel momento. Siguió completando el círculo y llegó a la entrada frontal.

La multitud era más numerosa que antes y había más coches de bomberos, camiones bomba y vehículos patrulla de la policía. Pero no veía a Lisa. Estaba prácticamente segura de que aún se encontraba en el edificio incendiado. Una especie de hado fatal serpenteó por el ánimo de Jeannie, que se resistió a aceptarlo. «¡No puedes permitir que esto suceda!»

Localizó al jefe de bomberos con el que había hablado antes. Lo cogió por un brazo.

– Tengo la casi absoluta certeza de que Lisa Hoxton está ahí dentro -manifestó, apremiante-. Por aquí fuera he mirado en todas partes y no la encuentro.

El hombre le dirigió una dura mirada y, finalmente, decidió que era de fiar. Sin responderle, se acercó a los labios el transmisor-receptor.

– Buscad a una joven blanca que se cree esta dentro del edificio, llamada Lisa, repito, Lisa.

– Gracias -dijo Jeannie.

Tras una seca inclinación de cabeza, el bombero se alejó de la muchacha.

Jeannie se alegró de que le hubiera hecho caso, pero aún no se sentía tranquila. Lisa podía verse atrapada allí dentro, encerrada en un lavabo o rodeada por las llamas, sin que nadie oyera sus gritos desesperados; o acaso se hubiera caído, se hubiera dado un golpe en la cabeza que la dejara inconsciente o hubiera perdido el sentido a causa del humo y yaciera en el suelo mientras el fuego crepitaba, acercándosele poco a poco, segundo a segundo.

Jeannie recordó que el hombre de mantenimiento había dicho que existía otra entrada al sótano. No la había visto cuando dio la vuelta al edificio del gimnasio por primera vez. Decidió examinar otra vez el terreno. Volvió a la parte posterior del edificio.

La encontró enseguida. Aquella entrada se abría en el suelo, cerca del muro del gimnasio y un Chrysler New Yorker de color gris medio la ocultaba. La tapa de la trampilla estaba fuera de su sitio, apoyada en la pared del edificio. Jeannie se arrodilló junto a la abertura rectangular y bajó la vista hacia el interior.

Una escalerilla descendía hacia una habitación sucia, iluminada por unos tubos fluorescentes. Jeannie distinguió diversa maquinaria y muchas tuberías. Flotaban en el aire tenues jirones de humo, nada de nubes densas; el cuarto debía de estar aislado del resto del sótano. A pesar de ello, no faltaba cierto olor a humo, lo que le recordó cómo había tosido y cómo se medio asfixió mientras tanteaba a ciegas en busca de la escalera. Notó que ese recuerdo le aceleraba el ritmo del corazón.

– ¿Hay alguien ahí? -preguntó a voces.

Le pareció oír un leve ruido, pero no podía estar segura. Aumentó el volumen de su voz.

– ¡Hola!

No hubo respuesta.

Titubeó. Lo razonable sería volver a la parte delantera del gimnasio y avisar a uno de los bomberos, pero eso podría llevar demasiado tiempo, en especial si al hombre del servicio contra incendios le daba por interrogarla. La alternativa era descender por la escalerilla y echar un vistazo.

La idea de entrar de nuevo en el edificio hizo que le temblaran las piernas. Aún tenía el pecho resentido a causa de los violentos espasmos de la tos que provocó el humo. Pero quizá Lisa estuviera allí abajo, imposibilitada para moverse, atrapada bajo alguna madera que le hubiese caído encima, o simplemente desvanecida. Tenía que hacer un reconocimiento de aquel cuarto.

Hizo acopio de valor y puso un pie en la escala. Notó que se le doblaban las rodillas y en un tris estuvo de caerse. Vaciló. Al cabo de un momento se sintió más fuerte y bajó otro peldaño. Un poco de humo se le aferró entonces a la garganta y Jeannie subió de nuevo hasta la calle.

Cuando dejó de toser volvió a intentarlo.

Bajó un escalón, luego otro. Se dijo que, si el humo la hacía toser de nuevo, saldría otra vez a la calle. El tercer escalón ya le resultó más fácil, y a partir de ahí descendió con más rapidez y acabó plantándose de un salto en el suelo de hormigón.

Se encontró en una sala bastante grande sembrada de bombas y filtros, presumiblemente de la piscina. El olor a humo era fuerte, pero podía respirar con cierta normalidad.

Vio a Lisa instantáneamente, y eso le provocó un grito sofocado.

Estaba caída de costado, encogida sobre sí misma, en posición fetal, desnuda. En el muslo se apreciaba una mancha con todos los visos de ser de sangre. No se movía.

Durante unos segundos Jeannie se quedó rígida de miedo.

Hizo un esfuerzo para recuperar el dominio de sí.

– ¡Lisa! -gritó. Percibió el tono agudo que ponía la histeria en su voz y respiró hondo para mantener la calma. «¡Por favor, Dios mío, que no le haya pasado nada grave!» Atravesó el cuarto entre la maraña de tubos y se arrodilló junto a su amiga-. ¿Lisa?

Lisa abrió los ojos.

– Gracias a Dios -murmuró Jeannie-. Pensé que habías muerto.

Despacio, Lisa se sentó. No se atrevía a mirar a Jeannie. Tenía los labios magullados.

– Me… me violó -dijo.

El alivio que había experimentado Jeannie al ver viva a Lisa se transformó en un angustioso sentimiento de horror que le oprimía el corazón.

– ¡Dios mío! ¿Aquí?

Lisa asintió con la cabeza.

– Me dijo que la salida era por aquí.

Jeannie cerró los párpados. Comprendía el dolor y la humillación de Lisa, la pesadumbre producida por verse atropellada, violada, mancillada. Las lágrimas afluyeron a sus ojos, pero las obligó a retroceder. Durante un momento se sintió demasiado débil y asqueada para pronunciar palabra. Luego trató de recobrarse.

– ¿Quién fue?

– Un tipo de seguridad.

– ¿Con la cara cubierta por un pañuelo con pintas?

– Se lo quitó. -Lisa apartó la mirada-. No paraba de sonreír.

Encajaba. La chica de los pantalones caqui había dicho que un guardia de seguridad le había metido mano. El guardia de seguridad del vestíbulo declaró que en el edificio no había más personal de seguridad que él.

– No era ningún guardia de seguridad -dijo Jeannie.

Le había visto alejarse a paso ligero pocos minutos antes. Una oleada de rabia se abatió sobre ella ante el pensamiento de que aquel individuo hubiera cometido aquella atrocidad allí mismo, en el campus, en el edificio del gimnasio, donde todo el mundo se consideraba lo suficientemente seguro como para quitarse la ropa y ducharse. Le temblaron las manos y deseó con toda el alma coger a aquel individuo y estrangularle.

Oyó ruidos bastante fuertes: hombres que gritaban, pasos resonantes y el siseo de los chorros de agua. Los bomberos abrían sus mangueras a pleno caudal.

– Escucha, aquí corremos peligro -dijo en tono acuciante-. Hemos de salir del edificio.

La voz de Lisa sonó apagada y monótona.

– No tengo ropa.

«¡Podríamos morir aquí!»

– No te preocupes por la ropa, ahí fuera todo el mundo anda medio desnudo.

Jeannie exploró el cuarto rápidamente con la vista y vio las bragas y el sujetador de encaje rojo de Lisa; formaban un confuso y sucio montón debajo de un tanque. Se apresuró a recoger las prendas.

– Ponte tu ropa interior. Esta sucia, pero es mejor que nada.

Lisa continuó sentada en el suelo, con la mirada perdida.

Jeannie combatió el sentimiento de pánico que la amenazaba.

¿Qué podía hacer si Lisa se negaba a moverse? Probablemente tendría fuerzas para levantarla, pero ¿podría trasladarla hasta la escalerilla? Alzó la voz:

– ¡Vamos, levántate!

Agarró a Lisa por las manos, tiró de ella y la obligó a ponerse en pie.

Por fin, Lisa la miró a los ojos.

– Fue horrible, Jeannie -dijo.

Jeannie le echó los brazos al cuello y la apretó con fuerza contra sí.

– Lo siento, Lisa. No sabes cuánto lo siento.

El humo empezaba a hacerse más denso, a pesar de la gruesa puerta. En el ánimo de Jeannie, el temor sustituyó a la compasión.

– Hemos de salir de aquí… el edificio está ardiendo. ¡Por el amor de Dios, ponte eso!

Lisa acabó por decidirse a entrar en acción. Se puso las bragas y se abrochó el sostén. Jeannie la tomó de la mano y la condujo hasta la escalerilla de la pared, luego le indicó que subiera primero.

Cuando Jeannie se disponía a seguirla, la puerta se vino abajo y un bombero irrumpió en el cuarto entre una nube de humo. El agua se arremolinaba alrededor de sus botas. Pareció llevarse un susto al ver a las dos mujeres.

– Estamos bien, vamos a salir por aquí -le gritó Jeannie.

Luego subió por la escalerilla, en pos de Lisa.

Instantes después estaban fuera, al aire libre.

Jeannie se sentía débil de puro alivio: había conseguido sacar a Lisa del fuego. Pero ahora Lisa necesitaba ayuda. Jeannie le pasó el brazo por los hombros y la condujo hacia la fachada del edificio. Camiones de bomberos y coches patrulla de la policía aparcados por todas partes al otro lado de la calzada. La mayor parte de las mujeres habían encontrado algo con que cubrir su desnudez y con sus prendas íntimas de color rojo, Lisa destacaba entre aquel gentío.

– ¿Le sobra a alguien un par de pantalones o cualquier otra cosa? -mendigó Jeannie mientras avanzaban entre la gente.

Todos habían prestado ya las prendas que les sobraban. Jeannie hubiese cedido su sudadera a Lisa, pero no llevaba sujetador debajo.

Por último, un hombre alto y negro se quitó la camisa y se la dio a Lisa.

– Quisiera que me la devolvieses, es una Ralph Lauren -dijo-. Soy Mitchell Waterfield, del departamento de matemáticas.

– Me acordare -prometió Jeannie, agradecida.

Lisa se puso la camisa. Ella era bajita y le llegaba a las rodillas.

Jeannie se dio cuenta de que empezaba a tener la pesadilla bajo control. Condujo a Lisa hacia los vehículos de emergencia. Tres agentes permanecían recostados en un coche patrulla, mano sobre mano. Jeannie se dirigió al de más edad, un blanco bastante gordo, con bigote gris.

– Esta mujer se llama Lisa Hoxton. La han violado.

Esperaba que la noticia de que se había cometido un delito grave los electrizase, pero la reacción de los policías fue de una displicencia sorprendente. Tardaron unos cuantos segundos en digerir la noticia y Jeannie se disponía a manifestar su impaciencia, cuando el agente del bigote se apartó de encima del capó y dijo:

– ¿Dónde ocurrió eso?

– En el sótano del edificio incendiado, en el cuarto de máquinas de la piscina, situado en la parte de atrás.

Uno de los otros, un joven de color, observó:

– Esos bomberos deben de estar ahora cargándose todas las pruebas con sus mangueras, sargento.

– Tienes razón -repuso el hombre de edad-. Será mejor que te acerques allá abajo, Lenny, y pongas a buen recaudo la escena del crimen. -Lenny se alejó presuroso. El sargento se volvió hacia Lisa y le preguntó-: ¿Conoce al hombre que lo hizo, señora Hoxton?

Lisa denegó con la cabeza.

– Es un individuo blanco, alto, con una gorra de béisbol roja en cuya parte delantera lleva la palabra SEGURIDAD. Le vi en el vestuario de mujeres poco después de que se declarase el incendio y me parece que también le vi huir corriendo poco antes de encontrar a Lisa -explicó Jeannie.

El sargento introdujo la mano en el automóvil y sacó el micrófono de la radio.

– Si es lo bastante tonto como para seguir llevando esa gorra, lo cogeremos -dijo. Se dirigió al tercer policía-. McHenty, lleva a la víctima al hospital.

McHenty era un joven blanco con gafas. Se dirigió a Lisa: -¿Quiere ocupar el asiento delantero o prefiere ir detrás?

Lisa no respondió, pero su expresión no podía ser más aprensiva. Jeannie le ayudó.

– Siéntate delante. No querrás parecer una sospechosa.

Por su rostro cruzó un gesto de terror, y habló por fin: -¿No vas a venir conmigo?

– Lo haré, si quieres -respondió Jeannie tranquilizadoramente. Claro que también puedo acercarme a mi piso, coger algunas prendas de ropa para ti y reunirme contigo en el hospital.

Lisa miró a McHenty con cara de preocupación.

– Todo irá bien, Lisa -aseguró Jeannie.

McHenty mantuvo abierta la portezuela del coche para que subiera Lisa.

– ¿A qué hospital la lleva?

– Al Santa Teresa.

El agente se puso al volante.

– Me tendrás allí dentro de unos minutos -gritó Jeannie a través del cristal de la ventanilla, mientras el coche salía disparado.

Se dirigió a paso ligero al aparcamiento de la facultad; lamentaba ya no haber ido con Lisa. Cuando se separó de ella su semblante expresaba un miedo y una angustia profundos. Naturalmente, necesitaba ropas limpias, pero acaso su necesidad más urgente fuera tener a su lado una mujer que le cogiese la mano y le proporcionara confianza. Probablemente lo último que deseaba era quedarse a solas con un macho armado de pistola. Mientras subía a su coche, Jeannie tuvo la sensación de que acababa de jorobarlo todo.

– ¡Jesús, que día! -exclamo, al tiempo que abandonaba a toda marcha la zona de aparcamiento.

Vivía a escasa distancia del campus. Su apartamento estaba en el último piso de una casita adosada. Dedicó unos minutos a pensar en las prendas que le caerían bien a la pequeña, pero rellena figura de Lisa. Seleccionó un polo que a ella le venía grande y unos pantalones de chándal con cintura elástica. La ropa interior era más difícil. Encontró un par de holgados calzones, pero ninguno de sus sostenes le serviría. Lisa tendría que pasarse sin sujetador. Añadió unas zapatillas de deporte, lo metió todo en una bolsa de lona y salió del piso a todo correr.

Mientras conducía rumbo al hospital su talante empezó a cambiar.

Desde que se declaró el incendio se había concentrado en lo que se debía hacer: ahora empezó a sentirse indignada. Lisa era una muchacha feliz, locuaz y simpática, pero la conmoción y el horror de lo sucedido la habían transformado en una especie de cadáver viviente, en un ser al que le aterraba subir sola a un coche de la policía.

Al avanzar por una calle comercial, Jeannie empezó a buscar con la mirada, inconscientemente, al individuo de la gorra roja, en tanto imaginaba que, caso de verlo, subiría a la acera y lo atropellaría.

A decir verdad, sin embargo, no lo reconocería. Desde luego, se habría quitado el pañuelo de la cara y probablemente también la gorra. ¿Qué más llevaba? La desconcertó darse cuenta de que casi no lo recordaba. Alguna especie de camiseta de manga corta, pensó, con vaqueros azules o quizá pantalones cortos. De todas formas, se habría cambiado ya de ropa, lo mismo que había hecho ella. En realidad, podía ser cualquiera de los hombres blancos que circulaban por la calle: el repartidor de pizzas, con su chaqueta colorada; el caballero calvo que iba a la iglesia acompañado de su esposa, cada uno con su cantoral bajo el brazo; el apuesto hombre de la barba cargado con un estuche de guitarra; incluso el agente de policía que hablaba a un vagabundo en la puerta de la licorería. Nada podía hacer Jeannie con toda su rabia, de modo que se limitó a apretar el volante con tal fuerza que los nudillos se le tornaron blancos.

Santa Teresa era un gigantesco hospital del extrarradio cerca del límite norte de la ciudad. Jeannie dejó el coche en el aparcamiento y se encaminó al servicio de urgencias. Lisa ya estaba en una cama, con la bata del hospital puesta y la mirada perdida en el espacio. Un televisor, con el sonido apagado, retransmitía la ceremonia de entrega de los premios Emmy: centenares de famosos de Hollywood en elegantes trajes de gala bebían champán y se felicitaban unos a otros. McHenty estaba sentado a la cabecera de la cama con un cuaderno de notas sobre las rodillas.

Jeannie se descargó de la bolsa de lona.

– Aquí tienes tu ropa. ¿Cómo van las cosas?

Lisa continuó inexpresiva y silenciosa. Jeannie supuso que aún estaba conmocionada. Ella, Jeannie, trataba de prescindir de sus sentimientos, de mantener el dominio sobre sí misma. Pero en algún punto tendría que dar vía libre a su cólera. Tarde o temprano se produciría el estallido.

– Debo tomar nota de los detalles fundamentales del caso, señorita… -dijo el policía-. ¿Nos dispensa unos minutos?

– Oh, claro que sí -respondió Jeannie en tono de disculpa. Luego echó una mirada a Lisa y dudó. Unos minutos antes se había maldecido por dejar a Lisa sola con un hombre. Ahora estaba a punto de volver a hacerlo. Dijo-: Pero quizá Lisa prefiera que me quede.

Vio confirmada su intuición cuando Lisa efectuó una casi imperceptible inclinación de cabeza. Jeannie se sentó en la cama y cogió la mano de Lisa.

McHenty pareció irritado, pero se abstuvo de discutir.

– Le estaba preguntando a la señorita Hoxton que clase de resistencia opuso a la agresión -dijo-. ¿Gritó usted, Lisa?

– Una vez, cuando me arrojó contra el suelo -respondió la muchacha-. Luego, el empuñó el cuchillo.

La voz de McHenty era normal y tenía la vista sobre el cuaderno de notas mientras hablaba.

– ¿Forcejeó con él?

Lisa dijo que no con la cabeza.

– Tuve miedo de que me hiriese con el cuchillo.

– Así que en realidad no opuso la menor resistencia después del primer grito.

Lisa volvió a denegar con la cabeza y empezó a llorar. Jeannie le apretó la mano. Deseó preguntarle a McHenty: «¿qué infiernos se supone que debía hacer?». Pero guardó silencio. Aquel día ya se mostró un tanto grosera con el chico que se parecía a Brad Pitt, pronunció una observación maliciosa acerca del tetamen de Lisa y se dirigió con muy malos modos al guardia de seguridad del gimnasio. Sabía que no era aconsejable ganarse la malquerencia de los representantes de la autoridad y estaba decidida a no convertir en enemigo suyo a aquel agente de policía, que lo único que estaba haciendo era intentar cumplir con su deber.

– Poco antes de que la penetrase -continuó McHenty-, ¿empleó la fuerza para obligarla a separar las piernas?

Jeannie dio un respingo. ¿Es que no tenían agentes femeninas para formular aquella clase de preguntas?

– Me tocó el muslo con la punta del cuchillo -articuló Lisa.

– ¿La cortó?

– No.

– Así que usted abrió las piernas voluntariamente.

Intervino Jeannie:

– Si un sospechoso encañona con su arma a un agente, por regla general ustedes le abaten a tiro limpio, ¿no? ¿Diría usted que lo hicieron voluntariamente?

McHenty la obsequió con una mirada furiosa.

– Por favor, déjeme esto a mí. -Volvió la cabeza hacia Lisa-.

¿Está usted herida?

– Estoy sangrando, sí.

– ¿Consecuencia del coito forzado?

– Sí.

– Exactamente, ¿dónde tiene la herida?

Jeannie no pudo contenerse más.

– ¿Por qué no deja que eso lo establezca el médico?

McHenty la contempló como si fuera imbécil.

– Tengo que redactar el informe preliminar.

– Digamos entonces que padece heridas internas como resultado de la violación.

– Soy yo quien dirige este interrogatorio.

– Y soy yo quien le dice que se largue, señor -replicó Jeannie, mientras se esforzaba en dominar la imperiosa necesidad de chillarle-. Mi amiga está profundamente atribulada, tiene un tremendo susto encima y no creo que le haga falta describir sus heridas internas, para que usted las anote, cuando de un momento a otro la va a examinar un médico.

McHenty pareció indignado, pero prosiguió con su interrogativo: -He observado que llevaba usted prendas interiores de color rojo. ¿Cree que eso tuvo alguna influencia para que ocurriera lo que sucedió?

Lisa miró para otro lado, llenos de lagrimas los ojos.

– Si denuncio el robo de mi Mercedes de color rojo -planteó Jeannie-, ¿me preguntaría usted si he provocado ese robo al conducir un automóvil atractivo?

McHenty pasó por alto la pregunta.

– ¿Cree haber conocido con anterioridad al autor de la agresión, Lisa?

– No.

– Pero, sin duda, el humo no le permitió a usted verle con claridad. Y el agresor se cubría la cara con un pañuelo de alguna clase.

– Al principio estaba prácticamente ciega. Pero no había mucho humo en el cuarto donde… donde lo hizo. Le vi. -Asintió con la cabeza, para sí-. Le vi.

– Eso significa que si volviera a verle le reconocería.

Lisa se estremeció.

– Oh, sí.

– Pero no le había visto antes, en algún bar o sitio por el estilo.

– No.

– ¿Suele ir a bares, Lisa?

– Claro.

– ¿A bares de solteros, esa clase de establecimientos?

A Jeannie le hervía la sangre.

– ¿qué diablos de pregunta es esa?

– La clase de pregunta que formulan los abogados -dijo McHenty.

– A Lisa no la están juzgando en un tribunal… ¡no es el delincuente, sino la victima!

– ¿Es usted virgen, Lisa?

Jeannie se levantó.

– Vale, ya basta. No puedo creer que esto esté sucediendo. No es posible que tenga derecho a formular estas preguntas que atentan contra la intimidad.

– Trato de establecer su credibilidad -alzó la voz McHenty.

– ¿Una hora después de que la hayan violado? ¡Olvídelo!

– Cumplo con mi deber…

– No creo que conozca su deber. No creo que sepa usted una mierda de su trabajo, McHenty.

Antes de que el agente tuviese tiempo de contestar, un médico entró en el cuarto sin llamar. Era joven y parecía acosado y cansado.

– ¿Ésta es la violación?

– Ésta es la señora Lisa Hoxton -repuso Jeannie en tono gélido-. Sí, la han violado.

– Necesitare hacer un frotis vaginal.

No tenía el menor encanto personal, pero al menos proporcionaba la excusa precisa para desembarazarse de McHenty. Jeannie miró al agente. Estaba allí plantado, como si considerase que tenía que supervisar la operación de oprimir el hisopo de algodón para la toma de la secreción vaginal.

– Antes de que empiece, doctor -dijo Jeannie-, tal vez el agente McHenty crea conveniente retirarse.

El médico hizo una pausa y miró a McHenty. El policía se encogió de hombros y salió de la habitación.

Con brusco ademán, el médico apartó la sábana que cubría a Lisa.

– Levántese la bata y separe las piernas -ordenó.

Lisa estalló en lágrimas.

Jeannie apenas podía creerlo. ¿Qué pasaba con aquellos hombres?

– Perdone, señor… -se dirigió al médico.

El hombre la fulminó con la mirada, impaciente.

– ¿Tiene algún problema?

– ¿No podría usted intentar ser un poco mas considerado?

Enrojeció el médico.

– Este hospital está lleno de personas que sufren lesiones traumáticas y enfermedades que amenazan su vida -dijo-. En este preciso momento hay tres niños en urgencias víctimas de un accidente automovilístico… Están a punto de morir. ¿Y usted se queja porque no soy lo bastante considerado con una joven que se fue a la cama con el hombre que no debía?

Jeannie se quedó helada.

– ¿Qué se fue a la cama con el hombre que no debía? -repitió.

Lisa se incorporó en la cama.

– Quiero irme a casa -dijo.

– Esa parece una idea infernalmente buena -opinó Jeannie.

Abrió la cremallera de la bolsa de lona y procedió a poner prendas de ropa encima de la cama.

El pasmo se apoderó momentáneamente del médico. Después dijo en tono rabioso:

– Hagan lo que les parezca. -Y abandonó la estancia.

Jeannie y Lisa intercambiaron una mirada.

– No puedo creer que esto haya sucedido -silabeó Jeannie.

– Gracias a Dios que se han marchado -dijo Lisa, y bajó de la cama.

Jeannie la ayudó a quitarse la bata del hospital. Lisa se puso rápidamente la ropa limpia y se calzó las zapatillas.

– Te llevaré a casa -declaró Jeannie.

– ¿Te importaría dormir en mi piso? -pidió Lisa-. No quiero estar sola esta noche.

– Claro. Te haré compañía de mil amores.

McHenty las esperaba fuera. Daba la impresión de haber perdido parte de su confianza en sí mismo. Tal vez había comprendido que llevó fatal el interrogatorio.

– Aún faltan unas cuantas preguntas más -apuntó.

– Nos vamos -Jeannie habló en voz baja y tranquila-. Lisa está demasiado trastornada en este momento como para contestar preguntas.

El agente casi estaba asustado.

– Tiene que hacerlo -dijo-. Ha presentado una denuncia.

– No me violaron -dijo Lisa-. Todo fue un error. Sólo quiero irme a casa ahora mismo.

– ¿Se da cuenta de que hacer una falsa alegación constituye un delito?

– Mire, esta mujer no es ninguna criminal -terció Jeannie en tono irritado-… Es la víctima de un crimen. Si su jefe le pregunta por qué retiramos la denuncia, dígale que se debe a que ha sido acosada brutalmente por el agente McHenty del Departamento de Policía de Baltimore. Ahora la voy a llevar a su casa. Disculpe, por favor.

Pasó el brazo por encima de los hombros de Lisa y la condujo hacia la salida, tras pasar junto al agente.

Cuando salían, oyeron al hombre murmurar:

– ¿Qué es lo que hice?

3

Berrington Jones miró a sus dos viejos amigos.

– No puedo creer que seamos nosotros tres -dijo-. Vamos a cumplir los sesenta dentro de nada. Ninguno ha ganado nunca más de doscientos mil dólares al año. Ahora nos ofrecen sesenta millones a cada uno… ¡y estamos aquí sentados hablando de rechazar la oferta!

– Nunca estuvimos en esto por dinero -declaró Preston Barck.

– Aún sigo sin entenderlo -dijo el senador Jim Proust-. Si soy propietario de la tercera parte de una compañía que vale ciento ochenta millones de dólares, ¿Cómo es que voy por ahí conduciendo un Crown Victoria de tres años de antigüedad?

Los tres hombres poseían una pequeña empresa particular de biotecnología, la Genético, S.A. Preston llevaba los asuntos administrativos y comerciales cotidianos de la misma; Jim se dedicaba a la política, y Berrington era una autoridad académica. A bordo de un avión en vuelo a San Francisco había conocido al director ejecutivo de Landsmann, una corporación farmacéutica alemana, y consiguió que se interesase por la empresa hasta el punto de presentar una oferta de compra. Y ahora tenía que convencer a sus socios para que la aceptaran. Cosa que le estaba resultando más ardua de lo que había previsto.

Se encontraban reunidos en el estudio de una casa de Roland Park, barrio opulento de Baltimore. La casa pertenecía a la Universidad Jones Falls, que la prestaba temporalmente a profesores visitantes. Berrington, titular de cátedra en Berkeley (California) y en Harvard, así como en Jones Falls, ocupaba la vivienda durante las seis semanas que pasaba en Baltimore. Pocos objetos personales suyos había en la habitación: un ordenador portátil, una fotografía de su ex esposa y su hijo, y un montón de ejemplares nuevos de su último libro: Heredar el futuro: la transformación de Norteamérica mediante la Ingeniería Genética. Un televisor con el sonido desconectado mostraba las imágenes de la ceremonia de los Emmy.

Preston era delgado y serio. Aunque se trataba de uno de los más extraordinarios científicos de su generación, tenía todo el aspecto de un contable.

– Las clínicas siempre han dado dinero -dijo Preston. La Genético poseía tres clínicas de fertilidad especializadas en concepción in vitro, niños probeta, un procedimiento que se hizo posible gracias a la investigación pionera realizada por Preston durante el decenio de los setenta-. La fecundación es el terreno de la medicina de mayor desarrollo en Estados Unidos. La Genético será la vía por la que la Landsmann irrumpirá en este nuevo e inmenso mercado.

Quieren que abramos anualmente cinco nuevas clínicas durante los próximos diez años.

Jim Proust era un hombre calvo, bronceado por el sol, con una nariz enorme y gafas de gruesos cristales. Su enérgico y poco agraciado rostro era todo un regalo para los caricaturistas políticos. Berrington y él eran amigos y colegas desde hacia veinticinco años.

– ¿Cómo es que nunca vemos un centavo? -preguntó Jim.

– Siempre estamos invirtiendo en investigación.

La Genético tenía sus propios laboratorios y, por otra parte, también acordaba contratos de investigación con departamentos de biología y psicología de diversas universidades. Berrington se encargaba de los contactos de la empresa con el mundo académico.

– No me explico por qué vosotros dos sois incapaces de ver que esta es nuestra gran oportunidad -reprochó Berrington, sulfurado.

Jim señaló el televisor.

– Dale volumen al sonido, Berry… Ahí apareces tú.

Los Emmy habían dado paso al programa Larry King en directo, y Berrington era el personaje invitado. Odiaba a Larry King -aquel hombre era un progresista teñido de rojo, en su opinión-, pero el programa constituía la oportunidad de dirigirse a millones de estadounidenses.

Contempló la imagen con ojo analítico y le encantó lo que veía.

En realidad, era un hombre de menguada estatura, pero la televisión lograba que todos midiesen lo mismo. Su traje era de buen corte, la camisa azul celeste hacia juego con sus ojos y la corbata color rojo borgoña no resultaba chillona en la pantalla. Como era supercrítico, pensó que su cabellera plateada era demasiado pulcra, casi como si la llevase crepada: corría el riesgo de parecer un telepredicador.

King, que lucía aquellos tirantes que eran como sus señas de identidad, estaba de un talante agresivo, y su voz de timbre grave resonaba desafiante.

– Profesor, ha vuelto usted a desatar la polémica con su último libro, pero el público opina que eso no es ciencia, sino política. ¿qué tiene que responder a tal dictamen popular?

Berrington se sintió gratificado al comprobar que su voz tenía un tono suave y razonable al contestar:

– Lo que trato de exponer es que las decisiones políticas deben fundamentarse en ciencia sólida y consistente, Larry. Si a la naturaleza se la deja obrar por sí misma, favorece a los genes buenos y extermina a los malos. Nuestra política del bienestar actúa en contra de la selección natural. Así es como estamos creando una generación de estadounidenses de segunda categoría.

Jim tomó un sorbo de whisky y encomió:

– Buena frase… Una generación de estadounidenses de segunda categoría. Toda una cita.

En el televisor, Larry King preguntaba: -Si impone usted su criterio, ¿qué ocurre con los hijos de los pobres? Se mueren de hambre, ¿no?

En la pantalla, el semblante de Berrington adoptó una expresión solemne.

– Mi padre murió en I942, cuando un submarino japonés hundió el portaaviones Wasp en Guadalcanal. Yo tenía seis años. Mi madre tuvo que luchar y sacrificarse mucho para criarme y enviarme al colegio. Soy un hijo de la pobreza, Larry.

Aquello se acercaba bastante a la verdad. Su padre, un brillante ingeniero, dejó a su madre una pequeña renta, lo suficiente como para que la mujer no se viera obligada a trabajar ni a volver a casarse. La madre llevó a Berrington a colegios particulares caros y luego a Harvard… pero le había costado un esfuerzo tremendo.

– Das una imagen estupenda, Berry… -dijo Preston-, con excepción, quizá, de ese corte de pelo estilo Oeste rural.

Barck, que a sus cincuenta y cinco años era el más joven del trío, llevaba su pelo negro muy corto y aplastado contra el cráneo como una boina calada.

Berrington emitió un gruñido irritado. Había tenido la misma idea, pero le fastidiaba oírla expresada en labios de otro. Se sirvió un poco de whisky. Bebían Springbank, de pura malta.

– Filosóficamente hablando -decía Larry King en la pantalla-, ¿en que difieren sus puntos de vista de, pongamos, los de los nazis?

Berrington cogió el mando a distancia y apagó el televisor.

– Llevo diez años haciendo esto -dijo-. Tres libros, un millón de nauseabundas entrevistas televisadas a continuación, ¿y de que ha servido? De nada. Todo sigue igual.

– Todo no sigue igual -señaló Preston-. Produces genética y tienes un programa en marcha. Lo que te pasa es que eres un impaciente.

– ¿Impaciente? -replicó Berrington, en tono irritado-. ¡Apuesta a que soy un impaciente! Cumpliré los sesenta dentro de quince días. No dispongo ya de mucho tiempo!

– Tiene razón, Preston -intervino Jim-. ¿Ya no te acuerdas de cuando éramos jóvenes? Ahora miramos a nuestro alrededor y vemos que Estados Unidos se está yendo al centro del infierno: derechos civiles para los negros, los mexicanos invadiendo nuestro país a raudales, los mejores colegios inundados por hijos de comunistas judíos, nuestros chicos fumando marihuana y dando esquinazo al servicio militar. Y, muchacho, ¡tenemos razón! ¡Mira cómo han cambiado las cosas desde nuestra juventud! Ni en nuestras peores pesadillas hubiéramos imaginado nunca que las drogas ilegales se convertirían en una de las más importantes industrias estadounidenses y que a una tercera parte de los niños que nacen en este país los alumbran madres acogidas al seguro de enfermedad. Y nosotros somos las únicas personas con agallas para plantar cara a los problemas… nosotros y unas cuantas personas que piensan como nosotros. Todos los demás cierran los ojos y esperan que las cosas mejoren solas.

No han cambiado, pensó Berrington. Preston siempre prudente y pusilánime, Jim ampulosamente seguro de sí. Los conocía desde tanto tiempo atrás que miraba sus defectos con cariño, la mayor parte de las veces, por lo menos. Y estaba acostumbrado a desempeñar el papel de moderador encargado de conducirlos por el correcto término medio.

– ¿En qué punto estamos con los alemanes, Preston? -preguntó- Ponnos al día.

– Muy cerca de cerrar el trato -dijo Preston-. Quieren anunciar la adquisición en una conferencia de prensa dentro de ocho días a partir de mañana.

– ¿De mañana en ocho? -El nerviosismo vibraba en la voz de Berrington-. ¡Eso es estupendo!

Preston meneó la cabeza. -Debo confesaros que aún tengo mis dudas.

Berrington produjo un ruido exasperado. -Hemos de pasar por un proceso llamado revelación, una especie de auditoría. Tenemos que abrir nuestros libros a los contables de Landsmann y explicarles cuanto pueda afectar a nuestros beneficios futuros, como deudores susceptibles de quebrar o pleitos pendientes.

– No tenemos nada de eso, creo -dijo Jim.

Preston le dirigió una mirada que no presagiaba nada bueno.

– Todos sabemos que esta empresa tiene secretos.

Hubo un momentáneo silencio en la estancia. Al final, Jim expuso: -Rayos, eso ocurrió hace mucho tiempo.

– ¿Y qué? La evidencia de lo que hicimos nos acompaña por dondequiera que vamos.

– Pero la Landsmann no tiene modo alguno de descubrir aquello… especialmente en una semana.

Preston se encogió de hombros, como si dijera: «Quien sabe».

– Tenemos que correr el riesgo -manifestó Berrington con firmeza-. La inyección de capital que nos proporcionará la Landsmann nos permitirá acelerar nuestro programa de investigación. En un par de años estaremos en condiciones de ofrecer a los blancos estadounidenses ricos que acudan a nuestras clínicas un niño perfecto, producto de la ingeniería genética.

– Pero ¿qué importará eso? -alegó Preston-. Los pobres seguirán criando hijos más deprisa que los ricos.

– Estas pasando por alto la plataforma política de Jim -recordó Berrington.

– Un impuesto fijo del diez por ciento sobre la renta e inyecciones anticonceptivas obligatorias para las mujeres a cuenta de la asistencia social -dijo Jim.

– Piensa en ello, Preston -recomendó Berrington-. Niños perfectos para las clases medias y esterilización para los pobres. Iniciaremos otra vez el apropiado equilibrio racial de Estados Unidos. Ese ha sido siempre nuestro objetivo, incluso desde los primeros días.

– Entonces éramos muy idealistas -comentó Preston.

– ¡Teníamos razón! -dijo Berrington.

– Sí, teníamos razón. Pero a medida que me he ido haciendo viejo he pensado cada vez con más frecuencia que el mundo probablemente se las arreglará para salir adelante aunque no se consiga cumplir todo lo que planeábamos cuando teníamos veinticinco años.

Esa forma de hablar podría sabotear grandes empresas.

– Pero podemos cumplir lo que planeamos -afirmó Berrington-. Estamos a punto de agarrar con la mano todas las cosas por las que hemos trabajado durante los últimos treinta años. Los peligros que corrimos en aquellas fechas iniciales, todos los años de investigación, el dinero que invertimos… todo va a dar sus frutos ahora. ¡Que no te de un ataque de nervios en este momento, Preston!

– A mis nervios no les pasa nada, me limito a señalar problemas prácticos reales -expresó Preston, malhumorado-. Jim puede proponer su plataforma política, pero eso no significa que se vaya a llevar a cabo.

– Ahí es donde entra la Landsmann -dijo Jim-. El efectivo que recibiremos a cambio de nuestras acciones de la compañía nos lanzará hacia nuestro objetivo máximo, el más importante de todos.

– ¿Qué quieres decir?

Preston parecía desconcertado, pero Berrington estaba enterado de lo que seguía y sonrió.

– La Casa Blanca -dijo Jim-. Voy a presentar mi candidatura para la presidencia.

4

Pocos minutos antes de la medianoche, Steve Logan aparcó su viejo y herrumbroso Datsun en la calle Lexington del barrio de Hollins Market de Baltimore, al oeste del centro urbano. Iba a pasar la noche con su primo Ricky Menzies, que cursaba la carrera de medicina en la Universidad de Maryland, en Baltimore. El domicilio de Ricky era un cuarto en un enorme y viejo edificio habitado por estudiantes.

Ricky era el más disoluto libertino que conocía Steve. Le gustaba beber, bailar y asistir a fiestas, actividades a las que también eran muy aficionados sus amigos. Steve había esperado con anticipada ilusión pasar la noche con Ricky. Pero lo malo que tenían los libertinos disolutos es que eran inherentemente informales. En el último minuto, a Ricky se le presentó una cita de las que ahora se llaman ardientes y Steve tuvo que pasarse la primera parte de la velada solo.

Se apeó del coche, cargado con una pequeña bolsa de deportes en la que llevaba ropa limpia para cambiarse al día siguiente. La noche era cálida. Cerró el coche y echó a andar hacia la esquina. Un grupo de chavales, cuatro o cinco muchachos y una chica, todos negros, remoloneaban delante de una tienda de videos. Fumaban cigarrillos. Steve no estaba nervioso, aunque era blanco; con su coche viejo y sus pantalones azules descoloridos, parecía estar en aquel barrio como en su habitat natural. Además, era cosa de cinco centímetros más alto que el más crecido del grupo. Al pasar junto a los mozos, uno ofreció en voz baja, pero perfectamente audible:

– ¿Quieres marcarte unos porritos, te molan unas papelinas de coca?

Steve dijo que no con la cabeza, sin reducir el ritmo de sus pasos.

Una mujer muy alta, de color, caminaba hacia él, vestida para matar con microminifalda y zapatos de aguja, cabellera apilada hacia las alturas, carmín bermellón y sombra de ojos azul.

– ¡Hola, guapo! -con profunda voz masculina.

Steve comprendió que era un hombre, sonrió y siguió adelante.

Oyó a los chicos de la esquina saludar con festiva familiaridad al travestido.

– ¡Eh, Dorothy!

– Hola, muchachos.

Segundos después, Steve oyó chirriar de neumáticos y volvió la cabeza. Un coche blanco de la policía con su banda azul y plata se detenía en la esquina. Unos cuantos miembros del grupo de muchachos desaparecieron engullidos por la oscuridad de las calles contiguas; otros permanecieron donde estaban. Dos agentes negros se apearon del coche, sin prisas. Steve se dio media vuelta para ver de qué iba aquello. Cuando la mirada de uno de los agentes cayó sobre el hombre llamado Dorothy, el policía soltó un salivazo que fue a estrellarse en la puntera del zapato rojo de alto tacón.

Steve se sobresaltó. Era un acto gratuito e innecesario. Sin embargo, Dorothy continuó andando como si nada.

– Que te den por culo -murmuró.

El comentario fue apenas audible, pero el agente tenía un oído agudo. Agarró a Dorothy por un brazo y lo proyectó contra la luna del escaparate de la tienda de videos. Dorothy se tambaleó encima de sus tacones de aguja.

– No se te ocurra nunca hablarme a mí así, pedazo de mierda -dijo el agente.

Steve se indignó. ¿Por el amor de Dios, que esperaba aquel fulano si andaba por ahí escupiendo a la gente?

Un timbre de alarma empezó a sonar en la parte posterior de su cerebro. «No busques camorra, Steve.»

El compañero del agente estaba apoyado en el vehículo, en plan de mero espectador, con expresión impasible.

– ¿Qué pasa contigo, hermano? -silabeó Dorothy seductoramente-. ¿Acaso te altero la sangre?

El agente le asestó un puñetazo en el estómago. Era un tipo corpulento, el policía, y puso en el golpe todo el peso de su cuerpo. Dorothy se dobló sobre sí mismo, dando un grito ahogado.

«Al diablo con todo», se dijo Steve, y echó a andar hacia la esquina.

«¿Qué rayos estás haciendo, Steve?»

Dorothy continuaba doblado por la cintura, jadeando.

– Buenas noches, agente -dijo Steve.

El policía le lanzó un vistazo.

– Piérdete, hijo de puta -ordenó.

– Ni hablar -contestó Steve.

– ¿Qué has dicho?

– He dicho que de eso, nada, agente. Deje en paz a este hombre.

«Márchate, Steve, maldito inflagaitas, lárgate.»

El desafío de su actitud envalentonó un poco a los chicos.

– Sí, tiene razón -dijo un mozalbete alto y delgado, de cabeza rapada-. No hay motivo para que jodas así a Dorothy, no ha violado ninguna ley.

El polizonte apuntó al muchacho con un dedo índice agresivo.

– Si estás loco por que te empapele por tráfico de droga, no tienes más que seguir hablándome así.

El rapaz bajó los ojos.

– Pero la cuestión es que el joven ha dicho una verdad -insistió Steve-. Dorothy no ha quebrantado ninguna ley.

El policía se acercó a Steve.

«No le sacudas, hagas lo que hagas, no le toques. Acuérdate de Tip Hendricks.»

– ¿Estás ciego?-preguntó el policía.

– ¿Qué quiere decir?

Terció el otro agente:

– Eh, Lenny, ¿a quién le importa un carajo? Olvídalo.

Parecía sentirse violento.

Lenny no le hizo caso y dirigió la palabra a Steve:

– ¿Es que no lo entiendes? Eres el único blanco de la fotografía. Este no es tu sitio.

– Pero acabo de ser testigo de un delito.

El agente se irguió muy cerca de Steve, demasiado cerca para que este pudiera sentirse cómodo.

– ¿Quieres dar un garbeo hasta la comisaría? ¿O prefieres irte ahora mismo a tomar por culo de una puta vez?

Steve no deseaba ni mucho menos que le llevasen a la comisaría. A los agentes les era muy fácil plantarle un poco de droga en los bolsillos, o arrearle una tunda y decir que se resistió a la detención. Steve estaba estudiando derecho: si le declaraban convicto de un delito nunca podría ejercer. Se arrepintió de la postura que había adoptado. No merecía la pena arrojar por la borda toda su carrera sólo porque un policía la tomaba con un travestido.

Pero era una injusticia. Ahora se estaba intimidando a dos personas, a Dorothy y a Steve. Era el poli el que violaba la ley. Steve no podía retirarse de allí como si tal cosa. Pero adoptó un tono conciliador:

– No quiero follones, Lenny -dijo-. ¿Por qué no deja que Dorothy se vaya y olvidamos que usted le agredió?

– ¿Me estás amenazando, capullo?

«Un directo al plexo solar y una tunda de golpes en la cara. Una por el dinero, dos por la escenita. El poli se derrumbará como un caballo con una pata rota.»

– Sólo hacía una sugerencia amistosa.

El agente parecía estar deseando armar jaleo. A Steve no se le ocurría ninguna forma de evitar el enfrentamiento. Deseó que Dorothy hiciese mutis silenciosamente, mientras Lenny le daba la espalda; pero el travestido seguía plantado allí: contemplaba la escena, se frotaba con una mano el dolorido estómago y disfrutaba de la furia del poli.

Intervino entonces la suerte. Cobró vida sonora la radio del coche patrulla. Los dos agentes se pusieron rígidos, todo oídos. Steve no logró desentrañar el significado de la mezcla de palabras y números de código, pero el compañero de Lenny dijo:

– Agente en apuros. Vayámonos de aquí.

Lenny vaciló, aún fulminando a Steve con la vista, pero a Steve le pareció captar un toque de alivio en los ojos del policía. Quizás a el también le rescataban de una situación comprometida. Pero en su tono sólo había malevolencia:

– Recuérdame -le dijo a Steve-. Porque yo me acordaré de ti.

Subió al vehículo, cerró la portezuela de golpe y el coche arrancó a toda velocidad.

Los chicos aplaudieron y se mofaron a gritos.

– ¡Ufff! -pronunció Steve, agradecido-. Ha sido algo espeluznante.

«También fue estúpido. Sabes perfectamente como hubiera acabado la cosa. Sabes lo que eres.»

En aquel momento apareció su primo Ricky.

– ¿Qué ha pasado? -preguntó, con la mirada en la patrulla que desaparecía en la distancia.

Se acercó Dorothy y puso las manos sobre los hombros de Steve.

– Héroe mío -dijo en tono insinuante-. Mi John Wayne.

Steve se sintió incómodo.

– Eh, vamos…

– En cualquier momento que te apetezca aventurarte por la senda del frenesí salvaje, John Wayne, acude a mí. Te llevaré gratis.

– Gracias…, a pesar de todo.

– Te besaría, pero ya veo que eres vergonzoso, así que sólo te diré adiós. Agitó en el aire sus dedos de uñas lacadas de rojo y se alejó.

– Adiós, Dorothy.

Ricky y Steve se marcharon en dirección contraria.

– Veo que ya has hecho amistades en la vecindad -comentó Ricky.

Steve soltó una carcajada en la que había más alivio que otra cosa.

– Casi me meto en un lío grave de veras -explicó-. Un pasma tonto del culo le arreó un puñetazo a ese tipo de la minifalda y yo fui lo bastante idiota como para intentar pararle los pies.

Ricky estaba atónito. -Tienes suerte de estar aquí.

– Ya lo sé.

Llegaron a casa de Ricky y entraron. Olía a queso, o acaso se tratara de leche agria. Había pintadas en las paredes de color verde.

Rodearon las bicicletas encadenadas que había en el vestíbulo y echaron escaleras arriba.

– Es que me volví loco, nada mas -dijo Steve-. ¿Por qué tenía que asestarle un puñetazo en la boca del estómago? Si al pobre fulano le gusta llevar minifalda y embadurnarse de maquillaje, ¿a quién le importa?

– Tienes razón.

– ¿Y por qué tenía Lenny que quedar impune, sólo porque lleva uniforme? Los policías deberían dar ejemplo, precisamente por su posición de privilegio.

– Cuando las ranas críen pelo.

– Esa es una de las cosas por las que quiero ser abogado. Para impedir que esta clase de mierda siga ocurriendo. ¿Tienes tu algún héroe, alguien a quién te gustaría parecerte, ser como él?

– Casanova, quizás.

– Ralph Nader. Es abogado. Ese es mi personaje modelo. Se enfrentó a las empresas más poderosas de Estados Unidos… ¡Venció!

Ricky se echó a reír, pasó los brazos en torno a los hombros de Steve y ambos entraron en su cuarto.

– Mi primo el idealista.

– Ah, rayos.

– ¿Quieres un poco de café?

– Claro.

El cuarto de Ricky era pequeño y estaba amueblado a base de trastos viejos. Sólo tenía una cama, un escritorio destartalado, un sofá hundido y un televisor enorme. En la pared, el cartel de un desnudo con los nombres de todos los huesos del esqueleto humano, desde los parietales de la cabeza hasta las falanges distales de los dedos de los pies. Había aire acondicionado, pero al parecer no estaba en marcha.

Steve se sentó en el sofá.

– ¿Qué tal tu cita?

– No tan ardiente como se anunciaba. -Ricky puso agua en la cafetera-. Melissa es mona, sí, pero yo no estaría en casa tan temprano si estuviese tan loquita por mí como se me había hecho creer. Y tú, ¿qué tal?

– Anduve por el campus de la Jones Falls. Hay bastante clase por allí. También encontré a una chica. -Se animó al recordarlo-. La vi jugar al tenis. Era una chica impresionante… alta, fuerte, un rato bien formada. Tenía un servicio que era como el disparo de un jodido lanzagranadas, te lo juro.

– Es la primera vez que oigo que alguien se cuelga por una chica por su forma de jugar al tenis -sonrió Ricky-. ¿Es guapa de cara?

– Bueno, tiene un rostro enérgico de verdad. -Steve podía verla en aquel momento-. Ojos castaño oscuro, cejas negras, masa de pelo moreno… y aquel primoroso arito de plata que le perforaba la aleta izquierda de la nariz.

– No bromeas. Algo extraordinario, ¿eh?

– Tú lo has dicho.

– ¿Cómo se llama?

– No lo sé. -La sonrisa de Steve era triste-. Pasó por mi lado me mandó a hacer gárgaras, sin alterar el paso. Es probable que no vuelva a verla en la vida.

Ricky sirvió café.

– Quizás eso sea lo mejor… Sales en serio con una chica, ¿no?

– Algo así. -Steve se había sentido un poco culpable al verse tan atraído por la jugadora de tenis-. Se llama Celine. Estudiamos juntos.

Steve iba a la universidad en Washington, D.C.

– ¿Te has acostado con ella?

– No.

– ¿Por qué no?

– Creo que no he llegado a ese nivel de compromiso.

Ricky pareció sorprenderse.

– Ese es un idioma que no se hablar. ¿Tienes que considerarte comprometido con una chavala antes de follártela?

Steve se sintió violento.

– Eso es lo que pienso, ya lo sabes.

– ¿Siempre has pensado así?

– No. Cuando estaba en el instituto llegaba hasta donde las chicas me permitían llegar, era como una especie de competición o algo por el estilo. Hacía lo mío con cualquier chica bonita que se quitara las bragas… pero eso era entonces, ahora es ahora, y ya no soy ningún mocoso. Creo.

– ¿Cuántos años tienes?, ¿veintidós?

– Exacto.

– Yo tengo veinticinco y sospecho que no soy tan maduro como tú.

Steve detectó cierta nota de resentimiento.

– ¡Eh, nada de críticas! ¿Vale?

– Está bien. -Ricky no parecía ofendido en absoluto-. Así, ¿qué hiciste después de que te mandara a paseo?

– Me fui a un bar de Charles Village y me tome un par de cervezas con una hamburguesa.

– Eso me recuerda que… tengo hambre. ¿Quieres comer algo?

– ¿Qué tienes?

Ricky abrió una alacena.

– ¿Boo Berry, Rice Krispies o Count Chocula?

– Ah, chico, Count Chocula suena de maravilla.

Ricky puso tazones y leche encima de la mesa y ambos hicieron los honores al «banquetazo».

Al terminar, limpiaron los tazones de cereales y se dispusieron a acostarse. Steve se tendió en el sofá, en calzoncillos: hacia demasiado calor para echarse encima una manta. Ricky se quedó con la cama. Antes de irse a dormir, preguntó a Steve:

– Entonces, ¿qué vas a hacer en Jones Falls?

– Me han pedido que participe en un estudio. He de someterme a pruebas psicológicas y todo eso.

– ¿Por qué tú precisamente?

– No lo sé. Dijeron que yo era un caso especial y que me lo explicarían todo cuando estuviese allí.

– ¿Qué te indujo a aceptar? Parece algo así como una pérdida de tiempo.

Steve tenía una razón especial, pero no iba a contársela a Ricky. En su respuesta sólo hubo una parte de verdad.

– Curiosidad, supongo. Quiero decir, ¿tú nunca te haces preguntas acerca de ti mismo? Como ¿qué clase de persona soy y qué quiero hacer en la vida?

– Quiero ser un cirujano de primera y ganar un millón de pavos al año haciendo implantes de pecho. Supongo que soy un alma sencilla.

– ¿Y no te preguntas el porqué de todo eso?

Ricky se echó a reír.

– No, Steve, no. Pero tú sí. Siempre has sido un pensador. Incluso cuando éramos chavales solías darle vueltas y vueltas en la cabeza al asunto de Dios y todo eso.

Era cierto. Alrededor de los trece años de edad, Steve pasó por una fase de religiosidad. Visitó varias iglesias distintas, una sinagoga y una mezquita, e interrogó a una serie de confundidos clérigos acerca de sus creencias. El asunto dejó perplejos a sus padres, ambos despreocupados agnósticos.

– Pero siempre has sido un poco raro -continuó Ricky-. No he conocido a nadie que sacara unas notas tan altas en los exámenes del instituto sin ni siquiera romper a sudar.

Eso también era verdad. Steve asimilaba las lecciones con rapidez y alcanzaba los primeros puestos de la clase sin esforzarse nada, salvo cuando los otros chicos empezaban a tomarle el pelo y el cometía errores deliberadamente para hacerse notar menos.

Pero existía otro motivo que justificaba la curiosidad hacia su propia psicología. Ricky lo ignoraba. En el colegio nadie conocía ese motivo. Sólo los padres de Steve lo conocían.

Steve casi había matado a una persona.

Contaba entonces quince años, ya era bastante alto, aunque delgado. Era el capitán del equipo de baloncesto. Aquel año, el Instituto Hillsfield alcanzó las semifinales del campeonato de la ciudad. Jugaban contra un equipo de adolescentes callejeros, que no reparaban en brusquedades, de una escuela de los barrios bajos de Washington. El jugador encargado de marcar a Steve, y viceversa, era un chico llamado Tip Hendricks que se pasó todo el partido haciéndole personales. Tip era bueno, pero empleaba sus habilidades preferentemente para hacer trampas. Y cada vez que lo hacía, le dedicaba una sonrisa, como diciéndole: «¡Has vuelto a picar, imbécil!», lo cual puso furioso a Steve. Con todo eso, jugó muy mal, su equipo perdió y se volatilizaron todas las posibilidades de seguir optando al trofeo.

Para colmo de mala suerte, Steve se tropezó con Tip en el aparcamiento donde los autobuses esperaban a los equipos para trasladarlos de vuelta a sus escuelas. La fatalidad quiso que uno de los conductores estuviese cambiando una rueda y tuviese la caja de herramientas abierta en el suelo.

Steve hizo como si no viera a Tip, pero este arrojó hacia Steve la colilla de su cigarrillo, que fue a aterrizar en la cazadora que llevaba.

Aquella maldita cazadora significaba mucho para Steve. La había comprado el día anterior, con los ahorros conseguidos trabajando los sábados en un McDonald's. Era una cazadora preciosa, de cuero suave, color mantequilla, y ahora lucía una marca de quemadura en la parte derecha de la pechera, donde era imposible no verla. Había quedado inservible. De modo que Steve le sacudió.

Tip respondió con ferocidad, lanzando patadas y topetazos con la cabeza, pero la rabia embargaba a Steve de tal modo que le hacía poco menos que insensible a los golpes de Tip. Este tenía la cara cubierta de sangre cuando sus ojos cayeron sobre la caja de herramientas del conductor del autobús y cogió una barra de hierro.

Golpeó con ella dos veces a Steve en la cara. Fueron golpes realmente dolorosos y una ira ciega se apoderó de Steve. Arrancó la herramienta de las manos de Tip… y después de eso ya no pudo recordar nada más, hasta que se encontró en pie sobre el cuerpo de Tip, con la ensangrentada barra de hierro en la mano, mientras alguien exclamaba:

– ¡Santo cielo!, creo que está muerto.

Tip no estaba muerto, aunque murió dos años después, asesinado por un importador de marihuana jamaicano al que debía ochenta y cinco dólares. Pero Steve había deseado matarle, había intentado matarle. No tenía excusa: descargó el primer golpe, y aunque fue Tip quien cogió la herramienta de hierro, Steve la había utilizado salvajemente.

Condenaron a Steve a seis meses de cárcel, pero la sentencia quedó sobreseída. Concluido el juicio fue a otro colegio y aprobó los exámenes como de costumbre. Al ser menor de edad en el momento de la pelea, su expediente criminal permaneció en secreto, por lo que nada le impidió ingresar en Derecho. Sus padres consideraban que aquello había sido una pesadilla que ya había acabado.

Pero Steve tenía sus dudas. Se daba perfecta cuenta de que sólo la suerte y la resistencia del cuerpo humano le habían salvado de un juicio por asesinato. Tip Hendricks era un ser humano y Steve casi le había matado por una cazadora. Mientras escuchaba la respiración uniforme y tranquila de Ricky, que dormía en el otro lado del cuarto, Steve yacía despierto en el sofá y pensaba: ¿qué soy?

LUNES

5

– ¿Conociste alguna vez a un hombre con el que quisieras casarte? -preguntó Lisa.

Tomaban café instantáneo sentadas a la mesa en el apartamento de Lisa. En el piso, a su alrededor, todo era bonito, a tono con Lisa: grabados de flores, adornos de porcelana y un osito de felpa con corbata de lazo de lunares.

Lisa iba a tomarse el día libre, pero Jeannie iba vestida para trabajar, con falda marinera y blusa blanca de algodón. Era un día importante y la tensión la tenía sobre ascuas. Llegaba al laboratorio, para someterse a una jornada de pruebas, el primero de los sujetos seleccionados. ¿Iba a confirmar su teoría o iba a fallarle en toda regla? Al final de la jornada ¿iba a verse ensalzada o tendría que revisar y evaluar de nuevo sus ideas?

Sin embargo, no deseaba ponerse en camino hacia el trabajo hasta el último momento. Lisa todavía tenía el ánimo demasiado frágil. Jeannie imaginaba que lo mejor que podía hacer era permanecer sentada con ella y charlar de hombres y de sexo como siempre hacían, ayudándola así a volver a la senda de la normalidad.

Le hubiera gustado poder quedarse allí toda la mañana, pero le era del todo imposible. Lamentaba de veras que Lisa no estuviese con ella en el laboratorio, echándole una mano, pero eso no podía ser.

– Sí, conocí a uno -contestó Jeannie a la pregunta-. Hubo un chico con el que desee casarme. Se llamaba Will Temple. Era antropólogo. Todavía lo es.

Jeannie aun podía verle mentalmente: un tiarrón corpulento, de barba rubia, con vaqueros azules y jersey de pescador, que circulaba por los pasillos de la universidad con una bicicleta que tenía un cambio de marchas de diez velocidades.

– Ya lo has citado otras veces -dijo Lisa-. ¿Cómo era?

– Formidable. -Jeannie suspiró-. Me hacía reír, cuidaba de mí cuando caía enferma, se planchaba sus propias camisas y tenía la capacidad sexual de un caballo.

Lisa no sonrió.

– ¿Qué fue mal?

Jeannie estaba en plan audaz, pero aún le dolía aquel recuerdo.

– Me dejó por Georgina Tinkerton Ross. -A guisa de explicación, añadió-: De los Tinkerton Ross de Pittsburgh.

– ¿Qué clase de chica era?

Lo último que Jeannie deseaba era rememorar a Georgina. Sin embargo se trataba de sacar del cerebro de Lisa la violación, de modo que se obligó a dar vida verbal a sus reminiscencias.

– Era perfecta -dijo, y no le hizo mucha gracia el amargo sarcasmo que percibió en su propia voz-. Rubia como el trigo, figura de reloj de arena, gusto impecable en jerseys de cachemir y en zapatos de piel de cocodrilo. Ni pizca de cerebro, pero podrida de dinero.

– ¿Cuándo ocurrió todo eso?

– Will y yo vivimos juntos un año mientras yo hacía el doctorado. -En su recuerdo, aquella había sido la época más feliz de su vida-. Will se trasladó cuando yo estaba escribiendo sobre si la criminalidad está latente en los genes. -«Magníficamente calculado Will. Quisiera poder odiarte más aún»

– Berrington me ofreció entonces un empleo en la Jones Falls y me lancé de cabeza.

– Los hombres son unos canallas.

– Will no es ningún canalla. Es un chico estupendo. Se enamoró de otra, eso es todo. Creo que se equivocó en su elección. No fue como si él y yo estuviésemos casados o algo así. No rompió ninguna promesa. Ni siquiera me fue nunca infiel, salvo un par de veces antes, me dijo. -Jeannie comprendió que estaba repitiendo las propias palabras de autojustificación de Will-. No sé, tal vez era un canalla después de todo.

– Quizá deberíamos volver a la época victoriana, cuando un hombre que besaba a una mujer se consideraba prometido. Al menos, las chicas conocían el terreno que pisaban.

En aquellos momentos, la perspectiva de Lisa respecto a las relaciones con el sexo opuesto estaba un tanto distorsionada, pero Jeannie no lo dijo. Le preguntó, en cambio:

– ¿Qué me dices de ti? ¿Encontraste alguna vez un hombre con el que te hubiera gustado casarte?

– Nunca. Ni uno.

– Tú y yo tenemos mucha categoría. No te preocupes, cuando el señor adecuado aparezca será un hombre maravilloso.

Sonó el interfono de la entrada y ambas se sobresaltaron. Lisa dio un respingo y tropezó con la mesa. Un jarro de porcelana fue a estrellarse contra el suelo y se hizo añicos.

– ¡Maldita sea! -exclamó Lisa.

Aún tenía los nervios de punta.

– Recogeré los trozos -se brindó Jeannie en tono tranquilizador-. Ve a ver quién está en la puerta.

Lisa cogió el telefonillo. Una arruga de preocupación surcó su rostro mientras examinaba la imagen del monitor.

– Está bien, supongo -articuló dubitativa, y apretó el botón que abría la puerta del edificio.

– ¿Quién es?-preguntó Jeannie.

– Una detective de la Unidad de Delitos Sexuales.

Jeannie ya se había temido que enviaran a alguien con la intención de inducir a Lisa a colaborar en la investigación. Estaba firmemente decidida a que no sucediera así. Sólo le faltaba a Lisa que la acosaran con preguntas indiscretas.

– ¿Por qué no le has dicho que se fuera a tomar viento?

– Tal vez porque es negra.

– ¿Te estás quedando conmigo?

Lisa denegó con la cabeza.

Muy listos, pensó Jeannie mientras recogía en el hueco de la mano los trozos de porcelana. Los polis sabían que Lisa y ella eran hostiles. De haber enviado un detective blanco y varón no hubiera pasado del umbral de la puerta. De modo que encargaron la operación a una mujer de color, sabedores de que las muchachas blancas de clase media le flanquearían el paso y se mostrarían corteses con ella. Bueno, si intentaba pasarse de la raya con Lisa, la echarían de allí sin contemplaciones, lo mismo que si fuera un hombre blanco, pensó Jeannie.

La detective resultó ser una mujer rechoncha, de alrededor de cuarenta años, elegantemente vestida con blusa color crema y multicolor pañuelo de seda. Llevaba una cartera de mano.

– Soy la sargento Michelle Delaware -se presentó-. Los compañeros me llaman Mish.

Jeannie se preguntó que llevaría en la cartera. Normalmente, los detectives llevan armas, no documentos.

– Soy la doctora Jean Ferrami -dijo Jeannie. Siempre sacaba a relucir su título al presentarse a alguien con quien suponía iba a tener trifulca-. Ella es Lisa Hoxton.

– Señora Hoxton -dijo la detective-, quiero manifestarle en primer lugar que lamento mucho lo que le sucedió ayer. A mi unidad llega un caso de violación diario, por término medio, y cada uno de ellos representa una tragedia terrible y un trauma lacerante para la víctima. Sé que se siente usted muy herida y lo comprendo.

Uff, pensó Jeannie, esto es distinto a lo de ayer.

– Trato de superarlo -respondió Lisa, desafiante, aunque la delataron las lágrimas que afluyeron a sus ojos.

– ¿Puedo sentarme?

– Faltaría más.

La detective tomó asiento ante la mesa de la cocina.

– Su actitud no se parece en nada a la del agente -comento Jeannie, mirándola atentamente.

Mish asintió con la cabeza.

– Lamento profundamente la actitud de McHenty y el modo en que las trató. Al igual que todos los agentes recibió la formación oportuna acerca del modo de atender a las víctimas de una violación, pero parece haber olvidado todo lo que le enseñaron. Me siento mortificada en nombre de todo el departamento de policía.

– Fue como si me violaran otra vez -se quejó Lisa lastimeramente.

– No creo que eso vuelva a repetirse -dijo Mish, y un deje de cólera se le deslizó en la voz-. Así es como muchos casos de violación van a parar al archivo con la nota de «Infundado». No es porque las mujeres mientan al presentar la denuncia. Es porque el sistema las trata tan brutalmente que deciden retirarla.

– No me cuesta ningún trabajo creerlo -afirmó Jeannie.

Se recomendó ir con cuidado: Mish podía hablar como una monjita, pero no dejaba de ser un miembro de la policía.

Mish sacó una tarjeta de la cartera.

– Aquí tiene el número de un centro voluntario de asistencia a víctimas de violación y malos tratos infantiles -informó-. Tarde o temprano, toda víctima necesita consejo.

Lisa miró la tarjeta, pero respondió:

– En este momento, lo único que deseo es olvidarlo.

Mish asintió con la cabeza. -Hágame caso, guarde la tarjeta en un cajón. Sus sentimientos pasarán por ciertos ciclos y es muy probable que llegue la hora en que esté preparada para buscar ayuda.

– Muy bien.

Jeannie decidió que Mish se había ganado un poco de cortesía.

– ¿Le apetece un poco de café? -ofreció.

– Me encantaría tomar una taza.

– Lo prepararé.

Jeannie se levantó y llenó la cafetera eléctrica.

– ¿Trabajan juntas? -preguntó Mish.

– Si -respondió Jeannie-. Estudiamos gemelos.

– ¿Gemelos?

– Estimamos sus similitudes y diferencias, e intentamos determinar cuánto es producto de la herencia y cuánto se debe al modo en que los educaron.

– ¿Cuál es su función en esa tarea, Lisa?

– Mi trabajo consiste en localizar gemelos para que los científicos los estudien.

– ¿Cómo desarrolla esa búsqueda?

– Empiezo a partir de los certificados de nacimiento, que constituyen información de dominio público en casi todos los estados. Aproximadamente un uno por ciento del total de nacimientos es de gemelos, de forma que encuentro una pareja de ellos cada cien partidas de nacimiento que reviso. El certificado da la fecha y lugar de nacimiento. Sacamos una copia y luego seguimos la pista a los gemelos.

– ¿Cómo?

– Tenemos en un CD-ROM todas las guías telefónicas de Estados Unidos. También podemos consultar los registros de permisos de conducir y las referencias de las agencias de créditos.

– ¿Encuentran siempre a los gemelos?

– ¡No, por Dios! Nuestro índice de éxito depende de su edad. Localizamos el noventa por ciento, aproximadamente, de los de diez años, pero sólo el cincuenta por ciento de los que cumplieron los ochenta. Las personas de edad son las que con más probabilidad se han mudado de domicilio varias veces, han cambiado de nombre o han fallecido.

Mish miró a Jeannie.

– Y luego usted los estudia.

– Mi especialidad -dijo Jeannie- son los gemelos univitelinos que se criaron separados. Son mucho más difíciles de encontrar.

Depositó la cafetera encima de la mesa y sirvió a Mish un café. Si la detective tenía intención de presionar a Lisa, se lo estaba tomando con calma.

Tras sorber un poco de café, Mish preguntó a Lisa:

– ¿Tomó algún medicamento en el hospital?

– No, no estuve allí mucho tiempo.

– Debieron facilitarle la píldora contraceptiva del día siguiente Usted no quiere quedar embarazada, ¿verdad?

Lisa se estremeció.

– Claro que no. Me estaba estrujando el cerebro preguntándome qué podía hacer respecto a eso.

– Acuda a su médico de cabecera. Él se la proporcionará, a menos que tenga alguna objeción de tipo religioso… Hay médicos católicos para los que representa un problema. En ese caso el centro voluntario le recomendará una alternativa.

– Es estupendo hablar con alguien que sabe esas cosas -dijo Lisa.

– El incendio no fue ningún accidente -continuó Mish-. He hablado con el jefe de bomberos. Alguien encendió fuego en un almacén próximo al vestuario… y desenroscó los tornillos de las tuberías de ventilación para asegurarse de que el humo iba directamente al vestuario. Ahora bien, a los violadores no les interesa en realidad el sexo: es la emoción del peligro, el miedo, lo que les impulsa. Creo, pues, que el fuego era parte de alguna fantasía de este tipo.

A Jeannie no se le había ocurrido esa posibilidad:

– Di por supuesto que ese canalla no era más que un oportunista que se aprovechó del incendio.

Mish negó con la cabeza.

– El violador que sale con una chica sí que es oportunista: se encuentra con que ella está drogada o ebria y no puede oponer resistencia. Pero los individuos que violan a desconocidas son distintos. Lo preparan mentalmente. Fantasean y trazan un plan para llevar la práctica esa fantasía. Pueden ser astutos. Lo que los hace más aterradores.

La indignación de Jeannie aumentó.

– Estuve a punto de perder la vida en ese incendio -dijo.

– ¿Tengo razón al pensar que no había visto nunca a ese hombre? -preguntó Mish a Lisa-. ¿Era un completo desconocido para usted?

– Creo que le había visto cosa de una hora antes -respondió Lisa-. Cuando iba corriendo con el equipo de hockey, un automóvil se detuvo por allí y el conductor se nos quedó mirando. Tengo el pálpito de que era él.

– ¿Qué clase de coche?

– Viejo, eso sí que lo sé. Blanco, con mucho óxido encima. Tal vez un Datsun.

Jeannie creyó que Mish anotaría aquellos datos, pero la detective continuó con la conversación.

– Mi impresión es que se trata de un pervertido inteligente y absolutamente despiadado capaz de hacer lo que sea con tal de disfrutar de la emoción, del miedo que eso le produce.

– Deberían encerrarlo para el resto de su vida -comentó Jeannie amargamente.

Mish jugó su baza.

– Pero no lo encerrarán. Está libre. Y repetirá su hazaña.

– ¿Cómo puede estar tan segura de ello? -se mostró escéptica Jeannie.

– La mayoría de los violadores son violadores en serie. La única excepción es el violador oportunista que sale con una chica y aprovecha la ocasión si se le presenta, el que he mencionado antes: ese tipo de muchacho sólo comete su delito una vez. Pero los individuos que violan a desconocidas reinciden y reinciden… hasta que los detienen. -Mish miró a Lisa-. En el plazo de siete a diez días, el hombre que la forzó a usted habrá sometido a otra mujer a la misma tortura… a menos que le atrapemos antes.

– ¡Oh, Dios mío! -exclamó Lisa.

Jeannie comprendió entonces adónde quería ir a parar Mish.

Como Jeannie había supuesto, la detective iba a intentar convencer a Lisa para que la ayudase en la investigación. Jeannie aún seguía decidida a impedir que Mish intimidase o presionara a Lisa. Pero resultaba difícil buscarle tres pies al gato a las cosas que la detective estaba diciendo.

– Necesitamos una muestra del ADN del violador -dijo Mish.

Lisa hizo una mueca de desagrado.

– Quiere decir de su esperma.

– Sí.

Lisa sacudió la cabeza.

– Me he duchado, me he bañado y me he lavado a fondo. Espero por Dios que dentro de mí no quede nada de ese tipo.

Mish insistió reposadamente.

– De cuarenta y ocho a setenta y dos horas después de la violación, se conservan rastros en el cuerpo. Necesitamos efectuar un frotis vaginal, un peinado de vello púbico y una analítica.

– El médico que vimos ayer en el Santa Teresa era un auténtico majadero -dijo Jeannie.

Mish movió verticalmente la cabeza.

– A los médicos no les gusta nada atender a las víctimas de violación. Si tienen que comparecer en los tribunales pierden tiempo y dinero. Pero a ustedes nunca debieron llevarlas al Santa Teresa. Ese fue uno de los muchos errores de McHenty. En esta ciudad hay tres hospitales con la designación de Centros de Agresiones Sexuales, y el Santa Teresa no es ninguno de ellos.

– ¿Adónde quiere que vaya? -dijo Lisa.

– El Hospital Mercy tiene un servicio de Examen Forense de Agresiones Sexuales. La llamamos unidad EFAS.

Jeannie miró a Lisa y asintió. El Mercy era el gran hospital del centro urbano.

– Le atenderá una enfermera experta en el reconocimiento de agresiones sexuales, un ayudante técnico sanitario que siempre será una mujer -continuó Mish-. Está especialmente cualificada para el examen de pruebas, cosa que no ocurre en el caso del médico que le atendió ayer… éste seguramente hubiera malogrado las pruebas que hubiese encontrado.

Era evidente que los médicos no inspiraban mucho respeto a Mish.

La detective abrió su cartera. Jeannie se inclinó hacia delante, curiosa. Dentro había un ordenador portátil. Mish alzó la tapa y presionó el pulsador de encendido.

– Tenemos un programa llamado TEIF, Técnica Electrónica de Identificación Facial. Nos gustan los acrónimos. -Esbozó una sonrisa torcida- A decir verdad, lo creó un detective de Scotland Yard. Nos permite reunir los rasgos y formar un retrato del agresor sin recurrir a los servicios de un dibujante.

Se quedó mirando a Lisa con expectación.

Lisa proyectó los ojos sobre Jeannie.

– ¿Qué opinas?

– No te dejes presionar -dijo Jeannie-. Decide por ti misma. Tienes perfecto derecho. Reflexiona y haz lo que consideres oportuno y con lo que te sientas a gusto.

Mish lanzó a Jeannie una mirada feroz, plena de hostilidad.

– No se la presiona -dijo a Lisa-. Si desean que me vaya, es como si ya estuviese fuera de aquí. Pero quiero que sepan una cosa. Deseo coger a ese violador y necesito su ayuda. Sin usted, no tengo ni la más remota posibilidad.

Jeannie se perdió en el infinito de la admiración. Mish había controlado y dominado el curso de la conversación desde que entró en el piso y, sin embargo, lo había hecho sin avasallar ni manipular. La detective sabía lo que llevaba entre manos y lo que deseaba.

– No sé -dudó Lisa.

– ¿Por qué no echa un vistazo a este programa informático? -sugirió Mish-. Si le altera el ánimo, lo dejamos y en paz. Si no le afecta, al menos tendré una imagen del sujeto tras el que voy. Luego, cuando hayamos terminado, decide usted si quiere ir o no al Mercy.

Lisa volvió a titubear; al cabo de unos segundos dijo: -Vale.

– Recuerda -terció Jeannie- que puedes suspenderlo en el momento en que empiece a trastornarte.

Lisa asintió con la cabeza.

– Empezaremos -dijo Mish- con un esbozo aproximado de su rostro. No se parecerá mucho, pero será una base. Después iremos perfeccionando los detalles. Necesito que se concentre a fondo en la cara del agresor y me haga una descripción general. Tómese el tiempo que le haga falta.

Lisa cerró los ojos.

– Es un hombre blanco, aproximadamente de mi edad. Pelo corto, sin un color particular. Ojos claros, azules, me parece. Nariz recta…

Mish accionaba un ratón. Jeannie se levantó y fue a situarse detrás de la detective de forma que pudiera ver la pantalla. Era un programa Windows. En la esquina superior derecha había un rostro dividido en ocho secciones. A medida que Lisa iba citando rasgos, Mish llevaba el cursor a un sector del rostro, pulsaba el botón del ratón y se desplegaba un menú; luego corregía las partes del menú de acuerdo con los comentarios de Lisa: pelo corto, ojos claros, nariz recta.

– Mentón más bien cuadrado -continuó Lisa-, sin barba ni bigote… ¿Qué tal?

Mish volvió a hacer clic y en la parte principal de la pantalla apareció el rostro completo. Representaba un hombre blanco, en la treintena, de facciones regulares: podía tratarse de uno entre mil individuos. Mish dio la vuelta al ordenador para que Lisa pudiera ver la pantalla.

– Ahora vamos a ir cambiando esta cara poco a poco. Primero se la iré mostrando con una serie de frentes y nacimientos del pelo distintos. No diga más que sí o no. ¿Preparada?

– Claro.

Mish pulsó el ratón. Cambió el rostro de la pantalla y la línea del nacimiento del pelo retrocedió súbitamente.

– No -dijo Lisa.

Mish hizo clic de nuevo. La cara presentó esta vez un flequillo recto como el de un anticuado corte de pelo estilo Beatle.

– No.

El siguiente fue un pelo ondulado y Lisa comentó:

– Este se parece más, pero creo que llevaba raya.

El que apareció a continuación era un pelo rizado.

– Mejor que el anterior -dijo Lisa-. Pero el pelo es demasiado oscuro.

– Cuando los hayamos repasado todos, volveremos a los que le parecieron y elegiremos el mejor. Una vez tengamos la cara completa procederemos a perfeccionar las facciones retocándolas convenientemente: oscureciendo o aclarando el pelo, desplazando la raya, rejuveneciendo o envejeciendo todo el rostro.

Jeannie se sentía fascinada, pero aquello iba a durar una hora más y ella tenía trabajo.

– He de irme -dijo-. ¿Estás bien, Lisa?

– Estupendamente -respondió Lisa, y Jeannie comprendió que era verdad.

Tal vez eso fuese lo mejor, que Lisa se comprometiera activamente en aquella caza del hombre. Lanzó una mirada a Mish y captó en su expresión un centelleo de triunfo. ¿Me equivoqué, pensó Jeannie, en mi hostilidad hacia Mish y en mi actitud defensiva respecto a Lisa? Desde luego, Mish era simpática. Siempre tenía a punto la palabra precisa. De todas formas, su prioridad no era ayudar a Lisa, sino atrapar al violador. Lisa seguía necesitando una verdadera amiga, alguien cuya preocupación primordial fuera ella, Lisa.

– Luego te llamo -le prometió Jeannie.

Lisa la abrazó.

– Nunca te agradeceré bastante el que te quedaras conmigo -dijo.

Mish tendió la mano a Jeannie.

– Celebro haberla conocido -dijo.

Jeannie le estrechó la mano.

– Buena suerte -deseó-. Confío en que lo detenga.

– Yo también -repuso Mish.

6

Steve estacionó el coche en la extensa zona de aparcamiento destinada a estudiantes, sita en la esquina sur de las cuarenta hectáreas del campus de la Jones Falls. Faltaban apenas unos minutos para las diez de la mañana y el campus era un hormiguero de alumnos vestidos con veraniegas prendas ligeras, camino de la primera clase del día. Mientras cruzaba los terrenos de la universidad, Steve buscó con la mirada a la jugadora de tenis. Las probabilidades de localizarla eran mínimas, lo sabía, pero no pudo por menos de ir escudriñando a toda chica alta y morena que se ponía al alcance de su vista, para comprobar si llevaba un aro en la nariz.

El Pabellón de Psicología Ruth W. Acorn era un moderno edificio de cuatro plantas construido del mismo ladrillo rojo que las otras facultades de la universidad, más antiguas y tradicionales. Steve dio su nombre en el vestíbulo, donde le remitieron al laboratorio.

Durante las tres horas siguientes le sometieron a muchas más pruebas de las que pudo imaginar que fuera posible. Le pesaron, lo midieron y le tomaron las huellas dactilares. Científicos, médicos, estudiantes le fotografiaron las orejas, comprobaron la fuerza que desarrollaba su mano al cerrar los puños y evaluaron sus reflejos ante el sobresalto que pudiera producirle la presentación inesperada de imágenes de víctimas calcinadas y cuerpos mutilados. Contestó a preguntas referentes a sus aficiones durante el tiempo libre, creencias religiosas, novias y aspiraciones profesionales. Tuvo que declarar si podía reparar el timbre de una puerta, si se consideraba atildado, si pegaría a sus hijos y si determinada música le sugería cuadros o dibujos de colores cambiantes. Pero nadie le informó del motivo por el que le habían seleccionado para aquel estudio.

No era el único sujeto. En el laboratorio se encontraban dos niñas y un hombre de mediana edad que llevaba botas de vaquero pantalones tejanos azules y camisa del Oeste. Al mediodía los reunieron a todos en un salón con sofás y televisor, donde almorzaron a base de pizza y Coca-Cola. Steve se dio cuenta entonces de que en realidad eran dos los hombres de edad mediana calzados con botas de vaquero: un par de gemelos que vestían exactamente igual.

Se presentó y pudo enterarse de que los vaqueros eran Benny y Arnold y las niñas Sue y Elizabeth.

– ¿Ustedes dos siempre se visten igual? -preguntó Steve a los hombres, mientras comían.

Los mellizos intercambiaron una mirada y luego Benny dijo:

– No lo sé. Acabamos de conocernos.

– ¿Son ustedes gemelos y acaban de conocerse?

– Nos adoptaron de recién nacidos… familias distintas.

– ¿Y eso de que vistan del mismo modo es una casualidad?

– Así parece, ¿no?

– Y los dos somos carpinteros -añadió Arnold-, fumamos Camel Light y tenemos dos hijos, chico y chica.

– Las dos niñas se llaman Caroline, pero mi hijo es John y el suyo Richard -explicó Benny.

– Yo quería que se llamase John -dijo, pero mi esposa se empeñó en que le pusiéramos Richard.

– ¡Fantástico! -exclamó Steve-. Pero no pueden haber heredado la preferencia por el Camel Light.

– Quién sabe.

Una de las chicas, Elizabeth, preguntó a Steve:

– ¿Dónde está tu hermano gemelo?

– No tengo -respondió Steve-. ¿Eso es lo que estudian aquí, gemelos?

– Sí. -La niña añadió en tono de orgullo-: Sue y yo somos bivitelinas.

Steve enarcó las cejas. La niña aparentaba unos once años.

– Me temo que no conozco esa palabra. ¿Qué significa?

– Que no somos idénticas. Somos mellizas fraternas, bivitelinas.

– Señaló a Benny y Arnold-. Ellos son monocigóticos. Tienen el mismo ADN. Por eso son tan iguales.

– Pareces saber un montón del asunto -comentó Steve-. Me dejas de piedra.

– Ya hemos estado aquí otras veces -dijo la niña.

Se abrió la puerta a espaldas de Steve. Elizabeth alzó la mirada y saludó:

– ¡Hola, doctora Ferrami!

Al volver la cabeza, Steve vio a la jugadora de tenis.

Ocultaba su cuerpo musculoso bajo una bata blanca de laboratorio que le llegaba a las rodillas, pero entró en la habitación caminando como una atleta. Aún conservaba el aire de intensa concentración que tanto le había impresionado en la pista de tenis. Steve se la quedó mirando, sin apenas dar crédito a su buena suerte.

La mujer correspondió al saludo de las niñas y se presentó a los demás. Cuando estrechó la mano de Steve repitió el apretón.

– ¡Así que eres Steve Logan! -articuló.

– Jugaste un partido esplendido -alabó él.

– Pero perdí.

La doctora Ferrami se sentó. Su espesa cabellera oscura le caía suelta sobre los hombros y Steve observó, a la implacable luz del laboratorio, que tenía un par de hebras grises. En vez del aro de plata, ahora llevaba en la nariz una lisa bolita de oro. Se había maquillado y los afeites se encargaban de que sus ojos oscuros resultasen todavía más fascinantes.

Agradeció a todos el que pusieran su tiempo al servicio de la investigación científica y les preguntó si las pizzas eran sabrosas. Al cabo de unos minutos de intercambiar lugares comunes envió a las niñas y a los vaqueros a los departamentos donde se iniciarían las pruebas de la tarde.

Tomó asiento cerca de Steve, el cual tuvo la impresión, sin saber por qué, de que la doctora se sentía un poco violenta. Era casi como si se dispusiera a darle una mala noticia.

– A estas alturas, te estarás preguntando a que viene todo esto -dijo la mujer.

– Supongo que me seleccionaron porque en el colegio me las arreglé bastante bien.

– No -respondió ella-. Es cierto que en el instituto alcanzaste puntuaciones altas en todas las pruebas de inteligencia. En realidad tus resultados en la escuela están por debajo de tus aptitudes. Tu cociente intelectual es desproporcionado. Lo más probable es que figurases entre los primeros de la clase sin tener que esforzarte en lo más mínimo, ¿me equivoco?

– No. ¿Y no estoy aquí por eso?

– No. El proyecto que desarrollamos consiste en averiguar hasta qué punto la herencia genética predetermina la formación del carácter de una persona. -Su incomodidad anterior se desvaneció al animarse con su tema-. ¿Es el ADN lo que decide si somos inteligentes, agresivos, románticos o atléticos? ¿O es nuestra educación? Si ambos ejercen su particular ascendiente, ¿en qué modo se influyen el uno al otro?

– Una polémica antigua -dijo Steve. En la facultad había seguido un curso de filosofía y aquel debate le hechizaba-. ¿Soy como soy porque nací como nací? ¿O soy producto de la educación recibida y el medio ambiente en que me crié? -Recordó el lema que resumía la controversia-: ¿Naturaleza o educación?

La doctora asintió con la cabeza y su larga cabellera onduló gravemente como el oleaje de un océano.

– Pero nosotros tratamos de resolver la cuestión de un modo estrictamente científico -dijo-. Verás, los gemelos univitelinos tienen los mismos genes… exactamente los mismos. Los gemelos fraternos no, pero normalmente se han criado en el mismo medio. Estudiamos ambas clases y los comparamos con los gemelos que se han educado por separado, estimando sus similitudes.

Steve se preguntaba en que podía afectarle aquello. También se preguntaba cuantos años tendría Jeannie. El día anterior, al verla en la pista de tenis con el pelo recogido y oculto bajo la gorra, dio por supuesto que sería de su misma edad; ahora le calculaba una edad próxima a la treintena. Eso no cambiaba sus sentimientos hacia ella, pero era la primera vez que se sentía atraído por alguien tan mayor.

– Si el entorno era lo más importante, los gemelos que se criaran juntos serían más parecidos, y los que se educaran separados serían completamente distintos, al margen de si se trataba de gemelos monovitelinos o fraternos. La verdad es que nos hemos encontrado con lo contrario. Los gemelos idénticos se parecen, los haya criado quien los haya criado. Realmente, los gemelos idénticos educados por separado son más semejantes que los fraternos que se criaron juntos.

– ¿Benny y Arnold representan el primer caso?

– Exacto. Ya has visto lo igualitos que son, a pesar de que se criaron en hogares distintos. Eso es típico. Este departamento ha estudiado más de un centenar de parejas de gemelos univitelinos que se educaron por separado. De esas doscientas personas, dos eran poetas con obra publicada, una pareja de gemelos. Otras dos se dedicaban profesionalmente a tareas relacionadas con animales domésticos (una era adiestradora y la otra criadora de perros), igualmente una pareja de gemelos. Hemos tenido dos músicos (un profesor de piano y un guitarrista), también pareja de gemelos. Pero estos son los ejemplos más gráficos. Como has visto esta mañana, efectuamos mediciones científicas de personalidad, cocientes intelectuales y diversas dimensiones físicas, las cuales muestran a menudo las mismas pautas: los gemelos idénticos son extraordinariamente similares, al margen de su crianza.

– Mientras que Sue y Elizabeth parecen muy distintas.

– Exacto. Sin embargo, tienen los mismos padres, el mismo hogar, van al mismo colegio, han tenido la misma dieta alimenticia toda la vida, y así sucesivamente. Supongo que Sue ha guardado silencio durante todo el almuerzo, en tanto Elizabeth te ha contado la historia de su vida.

– En realidad, lo que ha hecho ha sido explicarme la palabra «monocigótico».

La doctora Ferrami se echó a reír, con lo que mostró una dentadura perfectamente blanca y el centelleo rosado de la punta de la lengua. Steve se sintió exageradamente complacido por haber provocado su alegría.

– Pero todavía no me has aclarado que pinto yo en esto -dijo.

La mujer volvió a dar la impresión de sentirse violenta.

– Es un poco difícil -confesó-. Esto no había sucedido antes.

Steve lo comprendió de pronto. Saltaba a la vista, pero era tan sorprendente que hasta entonces no se le había ocurrido.

– ¿Creen que tengo un gemelo cuya existencia ignoro? -preguntó, incrédulo.

– No se me ha ocurrido ningún modo de explicártelo de forma gradual -reconoció Jeannie, evidentemente mortificada-. Sí, eso creemos.

– Formidable.

Steve se sentía aturdido: era duro de asumir.

– Lo lamento de verdad.

– No tienes por qué disculparte, supongo.

– Pero ahí está. Normalmente, las personas saben que son gemelos antes de venir a vernos. Sin embargo, he iniciado una nueva forma de reclutar sujetos para este estudio y tú eres el primero. A decir verdad, el hecho de que no sepas que tienes un hermano gemelo constituye una tremenda reivindicación de mi sistema. Pero no había previsto el detalle de lo difícil que es dar a alguien una noticia tan sorprendente.

– Siempre deseé tener un hermano -dijo Steve. Era hijo único, nacido cuando sus padres tenían treinta y ocho o treinta y nueve años-. ¿Es un hermano varón?

– Sí. Sois idénticos.

– Un hermano gemelo idéntico -articuló Steve-. ¿Pero cómo ha podido suceder sin que yo lo supiera?

Jeannie parecía desazonada.

– Un momento, a ver si lo adivino -murmuró Steve-. Puede que me adoptaran.

La doctora asintió.

En el cerebro de Steve surgió una idea aún más inesperada: tal vez papá y mamá no fueran sus padres.

– O puede que el adoptado fuese mi hermano gemelo.

– Sí.

– O que lo fuésemos los dos, como Benny y Arnold.

– O los dos -repitió la mujer en tono solemne. Tenía fija en Steve la intensa mirada de sus ojos oscuros.

Pese a la confusión que reinaba en su cabeza, Steve no podía por menos que recrearse en la idea de lo adorable que era la muchacha. Deseaba que le estuviese mirando así toda la vida.

– Según mi experiencia -dijo Jeannie-, incluso aunque un sujeto ignore que es miembro de una pareja de gemelos, lo normal es que sepa que lo adoptaron. Con todo, yo debería suponer que podíais ser diferentes.

– Me cuesta trabajo creerlo -silabeó Steve en tono dolorido-. No puedo creer que mis padres me hayan ocultado la adopción, que la hayan mantenido en secreto para mí. No es su estilo.

– Háblame de tus padres.

Steve se daba cuenta de que le inducía a hablar para ayudarle a superar el choque, pero eso estaba bien. Hizo acopio de sus pensamientos. -Mamá es una persona excepcional. Seguro que la conoces, aunque sólo sea de oídas, se llama Lorraine Logan.

– ¿La del consultorio sentimental?

– La misma. Cuatrocientos periódicos publican su columna y es autora de seis best-sellers sobre salud femenina. Es rica y famosa, y se lo merece.

– ¿Por qué lo dices?

– Realmente se preocupa por las personas que le escriben. Contesta a miles de cartas. Ya sabes, las personas que escriben desean básicamente que mi madre agite su varita mágica… que consiga que se disipen los embarazos no deseados, que los hijos abandonen la droga, que los hombres insultantes y brutales se transformen en maridos amables y bondadosos. Ella siempre les proporciona la información que necesitan y les aconseja sobre la decisión que deben adoptar, confiar en sus sentimientos y no permitir que nadie abuse de ellas. Es una buena filosofía.

– ¿Y tu padre?

– Papá es más bien corriente y moliente, supongo. Está en el ejército, trabaja en el Pentágono, es coronel. Relaciones públicas, redacta discursos para generales, esa clase de cosas.

– ¿Fanático de la disciplina?

Steve sonrió.

– Tiene un sentido del deber altamente desarrollado. Pero no es un hombre violento. Presenció algo de acción en Asia, antes de que yo viniera al mundo, pero nunca la puso en práctica en casa.

– ¿Tú necesitas disciplina?

Steve soltó la carcajada.

– He sido el alumno más rebelde de la clase, de todo el colegio. Constantemente metido en follones.

– ¿Por qué?

– Por quebrantar las normas. Irrumpir al galope en el vestíbulo.

Llevar calcetines rojos. Mascar chicle en clase. Besar a Wendy Prasker detrás del anaquel de biología en la biblioteca del colegio cuando yo tenía trece años.

– ¿Por qué?

– Porque era una autentica preciosidad.

Jeannie volvió a echarse a reír.

– Quiero decir que por qué rompías todas las reglas.

Steve meneó la cabeza.

– Ser obediente me resultaba imposible. Mi norma era hacer lo que me daba la gana. Las reglas me parecían memeces y eso me aburría. Me hubieran expulsado del colegio, pero mis notas eran de lo mejorcito y generalmente era el capitán de uno u otro equipo deportivo: fútbol, baloncesto, béisbol, atletismo. No me entiendo. ¿Acaso soy un bicho raro?

– Todo el mundo es raro en un sentido o en otro.

– Supongo que sí. ¿Por que llevas ese adorno en la nariz?

Jeannie enarcó sus cejas morenas como si dijera: «Aquí soy yo quien hace las preguntas», pero a pesar de todo, respondió.

– Cuando tenía catorce años o así pasé por la fase punk: pelo verde, medias rotas, todo eso. La perforación de la nariz fue parte de ello.

– Si lo hubieses dejado, el agujero se habría cerrado y curado sólo.

– Ya lo sé. Sospecho que lo mantuve abierto ahí porque considero que la respetabilidad absoluta es mortalmente aburrida.

Steve sonrió. Pensó: «Dios mío, me gusta esta mujer, aunque sea demasiado mayor para mi». Su mente regresó luego a lo que la doctora le había contado poco antes.

– ¿Qué te hace estar tan segura de que tengo un hermano gemelo?

– He desarrollado un programa informático que investiga archivos médicos y bases de datos en busca de parejas de mellizos. Los gemelos univitelinos tienen ondas cerebrales, electrocardiogramas, dibujos de la dermis de los dedos y dentaduras similares. Exploré el banco de datos de radiografías dentales de una compañía de seguros médicos y encontré alguien cuyas medidas de las piezas dentales y formas de arco son iguales que las tuyas.

– Lo cual no parece concluyente.

– Tal vez no, aunque esa persona hasta tiene las cavidades en los mismos lugares que tú.

– ¿Quién es, pues?

– Se llama Dennis Pinker.

– ¿Dónde está ahora?

– En Richmond, Virginia.

– Te has entrevistado con él.

– Voy a Richmond mañana por la mañana. Le someteré a muchas de estas mismas pruebas y le tomaré una muestra de sangre para poder comparar su ADN con el tuyo. Entonces estaremos seguros.

Steve frunció el ceño.

– ¿Estás interesada en una zona particular, dentro del terreno de la genética?

– Sí. Estoy especializada en criminalidad y en si es o no hereditaria.

Steve asintió con la cabeza.

– Comprendo. ¿Qué hizo ese muchacho?

– ¿Perdón?

– ¿Qué hizo Dennis Pinker?

– No sé qué quieres decir.

– Vas a ir a verle, en vez de convocarlo aquí, de modo que es evidente que está en la cárcel.

Jeannie se ruborizó ligeramente, como si la acabasen de coger en un engaño. Con las mejillas coloradas parecía más provocativa que nunca.

– Sí, tienes razón -concedió.

– ¿Por qué está en la cárcel?

Jeannie titubeó.

– Asesinato.

– ¡Jesús! -Steve volvió la cabeza, mientras trataba de asimilarlo-. ¡No sólo tengo un hermano gemelo idéntico, sino que encima es un asesino! ¡Cielo santo!

– Lo siento -se disculpó la doctora-. He llevado todo esto lo que se dice fatal. Eres el primer sujeto de estas condiciones que he estudiado.

– ¡Vaya! Vine con la esperanza de aprender algo acerca de mí, pero me he enterado de mucho más de lo que deseaba saber.

Jeannie ignoraba, y nunca se enteraría, de que él estuvo a punto de matar a un chico llamado Tip Hendricks.

– Eres muy importante para mí.

– ¿Ah, sí?

– La cuestión es si la criminalidad se hereda o no. Publiqué un artículo en el que señalaba que cierto tipo de personalidad es hereditaria, una combinación de impulsividad, temeridad, agresividad e hiperactividad, pero aventuraba que el hecho de que tales personas se conviertan en criminales dependía de la forma en que sus padres las hubiesen tratado. Para demostrar mi teoría he de encontrar parejas de gemelos idénticos, uno de los cuales sea un delincuente y el otro un ciudadano decente, cumplidor de la ley. Dennis y tu sois mi primera pareja, y sois perfectos: el está en la cárcel y tu, perdóname, eres el joven estadounidense ideal en todos los aspectos. Si he de serte sincera, estoy tan nerviosa que apenas puedo permanecer quieta aquí sentada.

La idea de que aquella mujer estuviera demasiado nerviosa para permanecer quieta allí sentada hizo que Steve también se sintiera nervioso. Miró para otro lado, temeroso de que le aflorase al rostro la lujuria. Pero lo que le había dicho era dolorosamente alarmante. Tenía el mismo ADN que un asesino. ¿En qué podía convertirle?

Se abrió la puerta a espaldas de Steve y la doctora levantó la vista.

– Hola, Berry -saludó-. Steve, me gustaría que conocieses al profesor Berrington Jones, director del proyecto de estudio de gemelos de la Universidad Jones Falls.

El profesor era un hombre de corta estatura, cerca de la cincuentena, apuesto y de lisa cabellera plateada. Vestía un a todas luces caro y elegante traje de tweed irlandés moteado de gris y corbata de lazo roja con pintas blancas. Su aspecto era tan pulcro como si acabara de salir de una sombrerera. Steve le había visto en televisión varias veces, siempre hablando de la forma en que Estados Unidos se estaba yendo al infierno. A Steve no le gustaban los puntos de vista de aquel hombre, pero la educación que le impartieron le obligaba a la cortesía, de modo que se levantó y estrechó la mano del profesor Berrington Jones.

Este dio un respingo hacia atrás como si viera a un fantasma.

– ¡Santo Dios! -exclamó, y se puso pálido.

– ¡Berry! ¿qué ocurre? -preguntó la doctora Ferrami.

– ¿Hice algo malo? -dijo Steve.

El profesor guardó silencio durante unos segundos. Luego pareció recuperarse.

– Lo siento, no es nada -balbuceó, pero aún parecía estremecido hasta lo más profundo-. Es que, de súbito, me ha venido a la cabeza algo… algo que tenía olvidado, un error de lo más espantoso. Os ruego me disculpéis… -Se dirigió a la puerta, sin dejar de pedir disculpas en tono de murmullo-. Perdonadme, excusadme.

Salió.

Jeannie se encogió de hombros y extendió las manos en gesto de impotencia.

– Me ha dejado de una pieza -comentó.

7

Berrington se sentó ante su escritorio, jadeante.

Tenía un despacho en ángulo, aunque por lo demás era lo que se dice monacal: suelo con baldosas de plástico, paredes blancas, archivadores funcionales, librerías baratas. No se esperaba que el personal académico disfrutase de despachos lujosos. El protector de pantalla de su ordenador mostraba el lento giro de la trenza de ADN retorcida en forma de doble hélice. Encima de la mesa escritorio, fotografías del propio Berrington acompañado de Geraldo Rivera, Newt Gingrich y Rush Limbaugh. La ventana que daba al edificio del gimnasio estaba cerrada a causa del incendio del día anterior. Al otro lado de la calle, dos muchachos utilizaban la pista de tenis, a pesar del calor.

Berrington se frotó los ojos.

– ¡Maldición, maldición, maldición! -repitió en tono saturado de disgusto.

Había convencido a Jeannie Ferrami para que fuese allí. El artículo que la doctora escribió sobre criminalidad había abierto nuevos caminos al concentrarse en los componentes de la personalidad delincuente. Era una cuestión de vital importancia para el proyecto de la Genético. Berrington deseaba que la doctora continuase su tarea bajo su tutela. El había inducido a la Jones Falls para que emplease a la joven y había realizado las gestiones oportunas para que la investigación se financiase mediante una beca de la Genético.

Con la ayuda de Berrington, Jeannie Ferrami podía hacer grandes cosas y la circunstancia de que la joven procediera de una clase social baja haría que sus logros resultasen aún más impresionantes. Las primeras cuatro semanas de Jeannie en la Jones Falls confirmaron el parecer inicial de Berrington. Aterrizó, se lanzó a la carrera y el proyecto dio con ella un tremendo salto hacia delante. Resultaba simpática a la mayor parte del personal… aunque también podía ser corrosiva: una técnica de laboratorio, que se recogía el pelo en cola de caballo y que creyó que podía salir del paso con una chapuza cumplida de cualquier manera, tuvo que aguantar un rapapolvo de los que hacen sangre cuando, en su segundo día de trabajo, Jeannie la cogió por banda y le puso los puntos sobre las íes.

El propio Berrington se sentía completamente anonadado. La muchacha era tan sensacional física como intelectualmente. Berrington se sentía entre la espada constituida por la necesidad de animarla y guiarla paternalmente y la pared representada por el impulso apremiante de seducirla.

¡Y ahora esto!

Cuando recobró el aliento, descolgó el teléfono y llamó a Preston Barck. Preston era su mejor viejo amigo: se conocieron en el Instituto Tecnológico de Massachussetts, durante el decenio de los sesenta, cuando Berrington hacía su doctorado en psicología y Preston era un sobresaliente joven embriólogo. A ambos los consideraban unos tipos raros, en aquella época de estilos de vida llamativos y excéntricos, ya que llevaban el pelo corto y vestían trajes clásicos de lana. No tardaron en descubrir que eran espíritus afines en toda clase de cosas: el jazz moderno no pasaba de ser un engañabobos, la marihuana el primer paso en el camino que conducía a la heroína, el único político honesto en Estados Unidos era Barry Goldwater. Su amistad resultó mucho más firme y robusta que sus matrimonios. Berrington ya había dejado de preocuparse de si Preston le caía bien o no: Preston simplemente estaba allí, como el Canadá.

En aquel momento, Preston estaría en la sede de la Genético, un conjunto de primorosos edificios, no muy altos, que dominaban un campo de golf del condado de Baltimore, al norte de la ciudad.

La secretaria dijo que Preston estaba reunido, pero Berrington insistió en que le pasara con él, a pesar de todo.

– Buenos días, Berry… ¿qué ocurre?

– ¿Con quién estás?

– Con Lee Ho, uno de los jefes de contabilidad de la Landsmann. Estamos repasando ya los últimos detalles de la declaración de auditoría de la Genético.

– Mándalo a hacer puñetas.

La voz se desvaneció al apartarse Preston de la cara el auricular telefónico.

– Lo siento, Lee, esto va a ser un poco largo. Luego te aviso y seguimos. -Hubo una pausa y, por último, habló de nuevo por el micrófono. Su voz sonó malhumorada-. Ese hombre es la mano derecha de Michael Madigan y acabo de ponerle de patitas en el pasillo.

Madigan es el director ejecutivo de la Landsmann, por si se te ha olvidado. Si sigues aún tan entusiasmado acerca de esta operación como estabas anoche, será mejor que no…

Berrington perdió la paciencia y le interrumpió.

– Steve Logan esta aquí.

Un momento de aturdido silencio.

– ¿En Jones Falls?

– Aquí mismo, en el edificio de psicología.

Preston olvidó automáticamente a Lee Ho.

– ¡Dios mío! ¿Cómo es eso?

– Es uno de los sujetos, lo están sometiendo a diversas pruebas en el laboratorio.

La voz de Preston se elevó una octava.

– ¿Cómo diablos ha ocurrido una cosa así?

– No tengo ni idea. Me tropecé con él hace cinco minutos. Ya puedes imaginarte mi sorpresa.

– ¿Lo reconociste?

– Claro que lo reconocí.

– ¡Por qué le están haciendo esas pruebas?

– Forman parte de nuestra investigación sobre gemelos.

– ¿Gemelos? -chilló Preston-. ¿Gemelos? ¿Y quién es el otro condenado gemelo?

– Aún no lo sé. Verás, tarde o temprano tenía que suceder algo como esto.

– ¡Pero precisamente ahora! Vamos a tener que despedirnos de la operación con la Landsmann.

– ¡Rayos, no! No voy a permitir que aproveches esto como excusa para empezar a tambalearte ante la venta, Preston. -Berrington empezó a arrepentirse de haber hecho aquella llamada. Pero necesitaba compartir el susto con alguien. Y a Preston, tan astuto él, bien podía ocurrírsele alguna estrategia-. Lo único que tenemos que hacer es dar con algún modo de controlar la situación.

– ¿Quién llevó a Steve Logan a la universidad?

– El nuevo profesor asociado, Ferrami.

– ¿El tipo que escribió aquel formidable artículo sobre criminalidad?

– Sí, salvo que no es un tipo, sino una mujer. Una mujer muy atractiva, dicho sea de paso…

– Por mí como si fuera la mismísima maldita Sharon Stone, me da lo mismo…

– Doy por supuesto que ha sido ella quien ha reclutado a Steve para el estudio. Estaba con él cuando fui a verla. De todas formas, lo comprobaré.

– Esa es la clave, Berry. -Preston había empezado a tranquilizarse y se concentraba en la solución, no en el problema-. Averigua quien lo ha reclutado. A partir de ahí calcularemos la cantidad de peligro que pueda acecharnos.

– La convocaré aquí ahora mismo.

– Llámame en cuanto sepas algo, ¿de acuerdo?

– Desde luego.

Berrington colgó.

Sin embargo, no llamó a Jeannie enseguida. Continuó sentado, reflexionando.

Encima del escritorio había una foto en blanco y negro del padre de Berrington, rutilante con su gorra y su blanco uniforme naval de subteniente. Berrington contaba seis años cuando hundieron el Wasp. Como todos los niños de Estados Unidos, había odiado a los japoneses y con la imaginación los había matado a docenas. Y su papá era un héroe invencible, alto y gallardo, valiente, hercúleo y victorioso. Aún podía sentir la furia abrumadora que se apoderó de él al enterarse de que los japoneses habían matado a su papá. Rezó a Dios pidiéndole que prolongase la guerra el tiempo suficiente para que el creciera, ingresara en la Armada y matase a un millón de japoneses y así vengar a su padre.

No llegó a matar uno solo. Pero nunca contrató a ningún empleado nipón, nunca admitió ningún estudiante japonés en la escuela y nunca ofreció a ningún japonés plaza de psicólogo.

Un sinfín de hombres, ante un problema, se preguntan que habría hecho su padre para afrontarlo. Los amigos se lo habían confesado: fue un privilegio que él nunca tendría. Había sido demasiado joven para conocer a su padre. Ignoraba de manera absoluta qué hubiera hecho el subteniente Jones en una crisis. En realidad, el nunca había tenido padre, sólo un superhéroe.

Interrogaría a Jeannie Ferrami acerca de sus métodos de reclutamiento. Luego, decidió, la invitaría a cenar.

Llamó a Jeannie por el teléfono interior. La doctora descolgó inmediatamente. Berrington bajó la voz y habló en el tono que Vivvie, su ex esposa, solía calificar de aterciopelado.

– Jeannie, aquí Berry -dijo.

La doctora Ferrami fue al grano, cosa característica de ella.

– ¡Qué demonios pasa? -preguntó.

– ¿Puedo hablar contigo un minuto, por favor?

– Faltaría más.

– ¿Te importaría venir a mi despacho?

– Ahora mismo me tienes allí.

Jeannie colgó.

Mientras llegaba la muchacha, Berrington entretuvo la espera preguntándose a cuántas mujeres se había llevado a la cama. Sería demasiado largo recordarlas una por una, pero tal vez pudiera hacer científicamente un cálculo aproximado. Desde luego, fueron más de una y también más de diez. ¿Más de cien? Eso vendría a ser algo así como dos coma cinco por año desde que cumplió los diecinueve: ciertamente se había cepillado a algunas más. ¿Un millar? ¿Veinticinco al año, una nueva cada quince días durante cuarenta años? No, no había llegado a tanto. Durante los diez años que duró su matrimonio con Vivvie Ellington no debió de tener más de quince o veinte relaciones adúlteras en total. Pero después se sacó la espina. O sea, que los ligues copulativos estarían entonces entre los cien y los mil. Pero no iba a llevarse a Jeannie al picadero. Iba a averiguar cómo diablos había entrado la muchacha en contacto con Steve Logan.

Jeannie llamó a la puerta y entró. Llevaba una bata blanca sobre la falda y la blusa. A Berrington le gustaba que las jóvenes se pusieran aquellas batas como si fuesen vestidos, sin nada debajo salvo la ropa interior. Le parecía sexualmente provocativo.

– Has sido muy amable al venir -dijo. Le acercó una silla y luego trasladó su propio sillón alrededor de la mesa para sentarse frente a Jeannie sin que los separara la barrera del escritorio.

Lo primero que pensaba hacer era darle a Jeannie una explicación más o menos convincente sobre su comportamiento cuando le presentó a Steve Logan. No sería fácil engañar a la muchacha. Lamentó no haber pensado más en la excusa, en vez de dedicarse a calcular el número de sus conquistas.

Tomó asiento y dedicó a Jeannie la sonrisa más encantadora de su repertorio.

– Debo presentarte disculpas por mi extraño comportamiento -dijo-. Estaba descargando unos archivos que me transferían desde la Universidad de Sydney, Australia. -Señaló con un gesto el ordenador-. Y en el preciso instante en que ibas a presentarme a ese joven me acordé repentinamente de que acababa de dejar en marcha la computadora y que se me había olvidado desconectar la línea telefónica. Me sentí como un idiota, ni más ni menos, pero me porté como un grosero.

La explicación estaba prendida con alfileres, pero la muchacha pareció darla por buena.

– Es un alivio -manifestó con toda sinceridad-. Creí que te había ofendido en algo.

Hasta entonces, todo iba bien.

– Precisamente iba a verte para hablar de tu trabajo -continuó Berrington con toda naturalidad-. Desde luego, has hecho un despegue magnífico. Apenas llevas aquí un mes y ya tienes en marcha el proyecto. Enhorabuena.

Jeannie asintió.

– Durante el verano, antes de empezar oficialmente -explicó-, conversé largo y tendido con Herb y Frank. -Herb Dickinson era el jefe del departamento y Frank Demidenko un profesor titular-. Establecimos previamente, por anticipado, todos los aspectos prácticos.

– Háblame un poco más del asunto. ¿Ha surgido algún problema? ¿Algo en lo que pueda ayudarte?

– El mayor problema es conseguir elementos para las pruebas -dijo la doctora-. Porque nuestros sujetos son voluntarios, la mayoría de ellos como Steve Logan, respetables estadounidenses de clase media que consideran que el buen ciudadano tiene la obligación de apoyar toda investigación científica. No se presentan muchos proxenetas ni camellos.

– Detalle que nuestros críticos progresistas no han dejado de señalar.

– Por otra parte, no es posible profundizar mucho en el estudio de la agresividad y la criminalidad examinando familias de estadounidenses medios cumplidores de la ley. Lo que significa que era absolutamente imprescindible para mí resolver el problema del reclutamiento de sujetos.

– ¿Y lo has resuelto?

– Creo que sí. Se me ocurrió que los inmensos bancos de datos de las compañías de seguros y las agencias gubernamentales albergan hoy en día los informes médicos e historiales clínicos de millones de personas. Eso incluye la clase de datos que empleamos para determinar si los gemelos son idénticos o fraternos: ondas cerebrales, electrocardiogramas, etc. Un buen sistema para identificar gemelos sería, por ejemplo, buscar parejas de electrocardiogramas similares, si pudiéramos hacerlo. Y si la base de datos fuera lo bastante considerable, los miembros de algunas de esas parejas se habrían criado separadamente. Y ahí está el detalle: es posible que los miembros de algunas de esas parejas ni siquiera sepan que tienen un hermano gemelo.

– Extraordinario -comentó Berrington-. Sencillo, pero original e ingenioso.

Lo decía con toda sinceridad. Los gemelos idénticos educados por separado eran muy importantes para la investigación genética, y los científicos recorrían grandes distancias para reclutarlos. Hasta entonces, el principal sistema para dar con ellos había sido a través de los medios de comunicación: los sujetos leían en las revistas artículos sobre el estudio de gemelos y se presentaban voluntariamente para tomar parte en tales estudios. Como Jeannie acababa de decir, ese proceso aportaba una muestra constituida de forma predominante por individuos respetables, de clase media, lo que en términos generales representaba una desventaja y un problema grave para el estudio de la criminalidad.

Pero, para Berrington, personalmente, era una catástrofe. Miró a Jeannie a los ojos y se esforzó en disimular la consternación que le abrumaba. Era peor de lo que temía. La noche anterior, sin ir más lejos, Preston Barck había dicho: «Todos sabemos que esta empresa tiene secretos». Jim Proust respondió que nadie podía descubrirlos.

No contaba con Jeannie Ferrami.

Berrington se agarró a un clavo ardiendo.

– Encontrar partidas similares en un banco de datos no es tan fácil como parece.

– Cierto. Las imágenes de Graphic ocupan espacios de una barbaridad de megabites. Examinar tales registros es infinitamente más difícil que hacer una revisión de tu tesis doctoral.

– Creo que es todo un problema de diseño de lógica. ¿qué hiciste tú, pues?

– Preparé mi propio programa.

Berrington mostró su sorpresa.

– ¿Hiciste eso?

– Claro. Hice un master de informática en la universidad de Princeton, como sabes. Durante mi estancia en Minnesota trabajé con mi profesor en programas de red neurálgica tipo para reconocimiento de patrones.

«¿Es posible que sea tan lista?»

– ¿Cómo funciona eso?

– Emplea lógica difusa para acelerar el emparejamiento de patrones. Las parejas que buscamos tienen similitudes, pero no son totalmente iguales. Ejemplo: las radiografías de dentaduras idénticas, tomadas por técnicos distintos y con aparatos diferentes, no coinciden exactamente. Pero el ojo humano puede verlas como si fuera así, y cuando se examinan, digitalizan y almacenan electrónicamente, un ordenador equipado con lógica difusa puede reconocerlas como equivalentes.

– Supongo que necesitarías un ordenador de las proporciones del Empire State Building.

– Ideé un sistema para abreviar el proceso de emparejamiento de patrones examinando una pequeña parte de la imagen digitalizada. Piensa una cosa: para reconocer a un amigo no te hace falta examinar todo su cuerpo…, con la cara tienes bastante. Los entusiastas de los automóviles son capaces de identificar la mayoría de los modelos corrientes con sólo ver la fotografía de uno de sus faros. Mi hermana puede darte el título de cualquier disco de Madonna con sólo escucharlo diez segundos.

– Eso deja la puerta abierta al error.

Jeannie se encogió de hombros.

– Al no explorar la imagen completa, uno se arriesga a pasar por alto algunas parejas, sí. Pero supuse que se podía acortar radicalmente el proceso de búsqueda con sólo un pequeño margen de error. Es una cuestión de estadística y probabilidades.

Todos los psicólogos estudiaban las estadísticas, naturalmente.

– Pero ¿cómo es posible que el mismo programa sirva para explorar radiografías, electrocardiogramas y huellas dactilares?

– Reconoce patrones electrónicos. Prescinde de lo que representan.

– ¿Y tu programa funciona?

– Parece que sí. Obtuve el correspondiente permiso para probarlo en la base de datos de los archivos de una importante compañía de seguros médicos. Me proporcionó varios centenares de parejas. Pero, naturalmente, sólo me interesan los gemelos a los que se educó por separado.

– ¿Cómo hiciste la selección?

– Eliminé todas las parejas con el mismo apellido, así como a todas las mujeres casadas, puesto que la mayoría de ellas habían tomado el apellido del esposo. El resto son gemelos sin ningún motivo aparente para tener apellido distinto.

Ingenioso, pensó Berrington. Se debatía entre la admiración hacia Jeannie y el miedo a lo que pudiese averiguar.

– ¿Cuántos quedaron?

– Tres parejas… lo que resulta un tanto decepcionante. Esperaba algunas más. En un caso, uno de los gemelos había cambiado su apellido por razones religiosas: al hacerse musulmán adoptó un nombre árabe. Otra pareja había desaparecido sin dejar rastro. Por suerte, la tercera pareja corresponde exactamente al modelo que estaba buscando: Steve Logan es un ciudadano respetuoso de la ley y Dennis Pinker es un asesino.

Berrington lo sabía. Una noche, a hora avanzada, Dennis Pinker había cortado el suministro eléctrico de un cine, en plena proyección de la película Viernes, 13. En medio del pánico subsiguiente procedió a magrear a varias mujeres. Una muchacha trató al parecer de resistirse y la mató.

Así que Jeannie había encontrado a Dennis. ¡Jesús!, pensó Berrington, es peligrosa. Podría estropearlo todo: la operación de venta, la carrera política de Jim, la Genético, incluso el prestigio académico de Berrington. El miedo le puso furioso: ¿cómo era posible que su propia protegida amenazase el fruto de tantos esfuerzos, el objetivo por el que tanto había trabajado? Pero ¿cómo iba a saber lo que sucedería? No tuvo forma de adivinarlo.

La circunstancia de que ella estuviese allí, en la Jones Falls, era una suerte, ya que le permitió enterarse a tiempo de lo que Jeannie llevaba entre manos. Sin embargo, Berrington no veía ninguna salida. Claro que un incendio podía destruir los archivos de Jeannie o la propia Jeannie podía sufrir un accidente de automóvil que acabara con su vida. Pero eso era fantasía.

¿Sería posible socavar la fe de la muchacha en su programa informático?

– ¿Sabía Logan que era hijo adoptivo? -preguntó con velada malignidad.

– No. -Una arruga de preocupación surcó la frente de Jeannie-. Sabemos que las familias suelen mentir respecto a la adopción, es algo que hacen con frecuencia, pero él cree que su madre le hubiera dicho la verdad. Sin embargo, puede haber otra explicación. Supongamos que, por algún motivo, no les fuera posible efectuar la adopción por los canales corrientes y tuvieron que comprar un niño. En tal caso muy bien podían haber mentido.

– O supongamos que tu sistema tiene fallos -sugirió Berrington-. Por sí mismo, el hecho de que dos muchachos posean dentaduras idénticas no garantiza que sean gemelos.

– No creo que mi sistema falle -replicó Jeannie como el rayo-. Pero me preocupa eso de tener que decir a docenas de personas que es posible que sean hijos adoptivos. Ni siquiera estoy segura de tener derecho a invadir su vida de esa forma. Empiezo a darme cuenta de la magnitud del problema.

Berrington consultó su reloj.

– Se me ha echado el tiempo encima, pero me encantará tratar este asunto un poco más extensamente. ¿Tienes compromiso para cenar?

– ¿Esta noche?

– Sí.

Berrington observó que titubeaba. Ya habían cenado juntos una vez, en el Congreso Internacional de Estudios sobre Gemelos, donde se conocieron. Después de que Jeannie ingresara en la UJF, también tomaron copas una vez en el bar del Club de la Facultad, en el propio campus. Una tarde se encontraron casualmente en la calle comercial de Charles Village y Berrington le enseñó el Museo de Arte de Baltimore. Jeannie no estaba enamorada de él, ni mucho menos, pero en las tres ocasiones aludidas tuvo ocasión de comprobar que le encantaba su compañía. Además, era su mentor: a ella le resultaba difícil declinar la invitación.

– Bueno -accedió.

– ¿Qué te parece Hamptons, en el Hotel Harbor Court? Lo tengo por el mejor restaurante de Baltimore.

Al menos era el más ostentoso.

– Estupendo -dijo Jeannie, al tiempo que se ponía en pie.

– ¿Paso a recogerte a las ocho?

– De acuerdo.

Cuando se alejaba de él, a Berrington le perturbó una repentina visión de la espalda de la muchacha, tersa y musculosa, de sus nalgas y de sus largas, larguísimas piernas. Durante unos segundos, el deseo le dejó la garganta seca. Luego, la puerta se cerró tras Jeannie.

Berrington sacudió la cabeza para librar su cerebro de aquella fantasía lasciva y volvió a telefonear a Preston.

– Es peor de lo que pensaba -manifestó sin preámbulos-. Ha creado un programa que explora las bases de datos clínicos y localiza parejas equiparables. En su primer intento dio con Steven y Dennis.

– ¡Mierda!

– Tenemos que decírselo a Jim.

– Hemos de reunirnos los tres y decidir qué vamos a hacer. ¿Te parece bien esta noche?

– Esta noche llevo a Jeannie a cenar.

– ¿Crees que eso solucionará el problema?

– No puede agravarlo.

– Me sigue pareciendo que al final vamos a tener que anular el acuerdo con la Landsmann.

– No estoy de acuerdo -dijo Berrington-. Jeannie es inteligente, pero una muchacha sola no va a descubrir toda la historia en una semana.

Sin embargo, una vez hubo colgado, se preguntó si debía estar tan seguro de ello.

8

Los estudiantes del Aula de Biología Humana estaban intranquilos. Su concentración dejaba mucho que desear y no paraban de agitarse nerviosos. Jeannie conocía el motivo. También ella estaba un poco alterada. La culpa la tenían el incendio y la violación. Su cómodo mundo académico se había desestabilizado de pronto. La atención de todos vagaba sin rumbo mientras los cerebros volvían una y otra vez hacia lo sucedido.

– Las variaciones observadas en la inteligencia de los seres humanos pueden explicarse mediante tres factores -manifestó Jeannie. Uno: genes distintos. Dos: entorno diferente. Tres: error de evaluación.

Hizo una pausa. Todos los estudiantes escribían en sus cuadernos.

Jeannie había notado aquel efecto. Cada vez que citaba una lista numerada, escribían. Si hubiese dicho simplemente: «Genes distintos, entorno diferente y error experimental», la mayor parte de los alumnos se habrían abstenido de tomar notas. Desde la primera vez que se percató de aquel síndrome, incluía en sus clases tantas listas numeradas como le era posible.

Era una buena profesora…, algo que la había sorprendido a ella misma. Se daba cuenta de que, en general, sus discípulos distaban mucho de ser brillantes. Ella era impaciente y a veces podía manifestarse un tanto antipática, como lo fue aquella mañana con la sargento Delaware. Pero resultaba buena comunicadora, clara y precisa, y disfrutaba explicando las cosas. No había nada mejor que la sensación estimulante que producía ver que el conocimiento alboreaba en el rostro de un estudiante.

– Podemos expresarlo como una ecuación -dijo; se volvió para escribir en el encerado, con una tiza:

Vt= Vg+ Ve+ Vm

– Vt representa la variante total, Vg el componente genético, Ve, el del entorno o ambiente y Vm el error de evaluación. -Todos los alumnos anotaron la ecuación-. Esto mismo puede aplicarse a la diferencia mensurable entre los seres humanos, desde su peso y estatura hasta su tendencia a creer en Dios. ¿Puede alguien encontrar un fallo en esto? -Nadie hizo uso de la palabra, de modo que les dio pie para que interviniesen-. La suma puede ser mayor que las partes. Pero ¿porque?

Uno de los jóvenes se decidió. Normalmente lo hacían los varones; las mujeres eran irritantemente tímidas.

– ¿Porque los genes y el entorno actúan uno sobre otro con efecto multiplicador?

– Exactamente. Tus genes te conducen hacia ciertas experiencias medioambientales y te alejan de otras. Los niños con distinto temperamento obtienen de sus padres tratos distintos. Las criaturas que empiezan a andar solas tienen entonces experiencias distintas a las que aún son sedentarias, incluso aunque vivan en el mismo hogar. En una ciudad, los adolescentes atrevidos toman más drogas que los chicos del coro. En la parte derecha de la ecuación debemos añadir el término Cge, que significa covariación gen-entorno. -Trazó en la pizarra lo que parecía la hora del reloj Swiss Army que llevaba en la muñeca. Las cuatro menos cinco-. ¿Alguna pregunta?

Para variar fue una mujer la que entonces intervino. Era Donna-Marie Dickson, una enfermera que había vuelto a la universidad a los treinta y tantos años, inteligente, pero algo apocada.

– ¿qué hay de los Osmond?

La clase soltó la carcajada y la mujer se puso como un tomate.

– Explica lo que quieres decir, Donna-Marie -invitó Jeannie sosegadamente-. Es posible que en esta clase haya algunos estudiantes demasiado jóvenes para conocer a los Osmond.

– Era un grupo pop de los años setenta, todos hermanos y hermanas. La familia Osmond constituía un mundo musical. Pero no tenían los mismos genes, no eran gemelos. Parece que el ambiente familiar fue lo que influyó para que se hicieran músicos. Lo mismo que los Jackson Five. -Los jóvenes de la clase volvieron a echarse a reír y Donna-Marie sonrió, medrosa, y añadió-: Estoy confesando mi edad aquí.

– La señora Dickson acaba de señalar un punto importante, y me sorprende que a nadie se le haya ocurrido -dijo Jeannie. No estaba en absoluto sorprendida, pero era preciso levantarle la moral a Donna-Marie-. Los padres carismáticos y que ejercen su tarea con dedicación pueden educar a sus hijos conforme a determinado ideal, al margen de los genes, de igual modo que los padres tiránicos pueden convertir a toda una familia en una pandilla de esquizofrénicos. Pero esos son casos extremos. Un niño mal nutrido será bajo de estatura, aunque sus padres y abuelos sean todos altos. Un niño sobrealimentado será gordo, aunque sus antecesores sean delgados. Pese a todo, cada nuevo estudio tiende a demostrar, de manera más concluyente que el anterior, que el predominio de la herencia genética, más que el entorno o el estilo de educación, es lo que determina la naturaleza del niño. -Hizo una pausa-. Si no hay más preguntas, tened la bondad de leer a Bouchard y otros, en el número de Science del 12 de octubre de 1990, antes del lunes próximo.

Jeannie recogió sus papeles.

Los alumnos empezaron a guardar sus libros. Jeannie se entretuvo unos instantes con objeto de brindar a los alumnos demasiado tímidos para formular preguntas en la clase la oportunidad de hacérselas particularmente, a solas. Los introvertidos a menudo acaban convirtiéndose en grandes científicos.

Fue Donna-Marie la que se le acercó. Tenía cara redonda y rubia cabellera rizada. Jeannie pensaba que debió de ser una buena enfermera, tranquila y eficiente.

– Lamento lo de la pobre Lisa -dijo Donna-Marie-. Lo sucedido fue algo terrible.

– Y la policía lo empeoró aún más -repuso Jeannie-. El agente que la acompañó al hospital era un verdadero patán, francamente.

– Ha tenido que ser espantoso. Pero es posible que atrapen al individuo que lo hizo. Están distribuyendo por todo el campus octavillas con su retrato.

– ¡Estupendo! -El retrato del que hablaba Donna-Marie debía de ser producto del programa informático de Mish Delaware-. Cuando la dejé esta mañana Lisa trabajaba en ese retrato con una detective.

– ¿Cómo se siente?

– Aún no ha reaccionado…, pero también tiene los nervios de punta.

Donna-Marie asintió. -Pasan por varias fases, lo he visto antes. La primera fase es de negativa a aceptar la situación. Dicen: «Quiero dejar esto tras de mí y seguir adelante con mi vida». Pero nunca es fácil.

– Lisa debería hablar contigo. Conocer de antemano lo que le espera puede ayudarla.

– En cualquier momento que lo desee -se ofreció Donna-Marie.

Jeannie cruzó el campus en dirección a la Loquería. Aún hacía calor. Se sorprendió a sí misma mirando en torno con aire vigilante, como un vaquero comido por los nervios en una película del Oeste, como si temiera que alguien doblara la esquina de la residencia de los estudiantes de primer curso dispuesto a atacarla. Hasta entonces, el campus de la Jones Falls pareció siempre un oasis de anticuada tranquilidad en el desierto de una ciudad estadounidense moderna. Lo cierto es que la UJF era como una pequeña ciudad, con sus tiendas y sus bancos, sus terrenos deportivos y sus parquímetros, sus bares y sus restaurantes, sus viviendas y sus oficinas. Contaba con una población de cinco mil almas, la mitad de las cuales residían en el campus. Pero se había convertido en un paisaje peligroso. «Ese fulano no tiene derecho a hacer esto -pensó Jeannie amargamente-; que sienta miedo en mi propio lugar de trabajo.»

Tal vez el delito causaba siempre el mismo efecto, conseguir que el terreno firme le pareciese a una inseguro bajo sus pies.

Al entrar en su despacho empezó a pensar en Berrington Jones. Era un hombre atractivo, muy atento con las mujeres. Siempre que salió con él había pasado un rato agradable. Además, estaba en deuda con Berrington, ya que le había proporcionado aquel empleo.

Por otra parte, era untuosamente zalamero. Jeannie sospechaba que su actitud hacia las mujeres podía resultar manipuladora. Siempre le recordaba aquel chiste en que un hombre le dice a una mujer: «Háblame de ti. Por ejemplo, ¿qué opinión tienes de mí?».

En algunos aspectos no parecía pertenecer al mundo académico. Pero Jeannie había observado que los auténticos prohombres universitarios ambiciosos carecían notablemente de ese aire distraído que caracteriza al profesor o catedrático típico. Berrington parecía y se comportaba como un hombre poderoso. Durante algunos años su labor científica no había sido importante, pero eso resultaba normal: los brillantes descubrimientos originales, como la doble espiral, los realizaban generalmente personas que aún no habían cumplido los treinta y cinco años. Cuando los científicos se hacen mayores emplean su experiencia y su intuición en ayudar y dirigir a los cerebros más jóvenes y flamantes. Berrington se las arreglaba de maravilla, con sus tres cátedras y su papel de conducto por el que llegaban los fondos para investigación procedentes de la Genético. No se le respetaba tanto como podía respetársele, sin embargo, porque a otros científicos no les gustaba su compromiso positivo. La propia Jeannie opinaba que la ciencia era beneficiosa y la política una porquería.

Al principio, se creyó la historia de la transferencia de archivos desde Australia, pero al meditar en ello dejó de sentirse tan segura. Cuando Berry miró a Steve Logan vio un fantasma, no una cuenta telefónica.

Muchas familias tenían secretos de paternidad. Una mujer casada podía tener un amante y sólo ella sabría quién era el verdadero padre de su hijo. Una joven podía alumbrar un bebé, pasárselo a su madre y aparentar que ella, la joven, era la hermana mayor del niño, mientras toda la familia conspiraba para mantener el secreto.

Los niños los adoptaban vecinos, parientes y amigos que ocultaban la verdad. Era posible que Lorraine Logan no perteneciese a la clase de persona que convierte en oscuro secreto una adopción realizada con todas las de la ley, pero podía tener una docena de otros motivos para mentirle a Steve respecto a su origen. Pero ¿qué relación tendría Berrington en eso? Podía ser el verdadero padre de Steven? La idea provocó una sonrisa en los labios de Jeannie. Berry era apuesto, pero también era lo menos quince centímetros más bajo de estatura que Steven. Aunque cualquier cosa resultaba posible, aquella particular explicación parecía improbable.

A Jeannie le preocupaba tener un misterio entre manos. En todos los demás aspectos, Steven Logan representaba un triunfo para ella. Era un ciudadano respetuoso con la ley y con un hermano gemelo univitelino que era un criminal violento. Steve acreditaba su programa informático de búsqueda y confirmaba su teoría de la criminalidad. Naturalmente, necesitaría otro centenar de pares de gemelos como Steven y Dennis antes de poder hablar de pruebas. Con todo, su programa de búsqueda no podía haber tenido mejor principio.

Iba a ver a Dennis al día siguiente. Si resultaba ser un enano de pelo oscuro, Jeannie comprendería que algo se había torcido de mala manera. Pero si estaba en el buen camino, Dennis sería el doble exacto de Steven Logan.

Le había dejado temblando la revelación de que Steve Logan ignoraba por completo que pudiese ser un hijo adoptivo. A ella no le quedaba más remedio que idear algún procedimiento para tratar ese fenómeno. En el futuro, antes de abordar a los gemelos podría entrar en contacto con los padres y comprobar qué y cuánto les contaron a los chicos. Eso retrasaría su trabajo, pero era obligado hacerlo: ella no era quién para revelar secretos de familia.

El problema tenía solución, pero Jeannie no lograba desprenderse de la sensación de zozobra que le ocasionaron las preguntas escépticas de Berrington y la incredulidad de Steven Logan; y empezó a pensar, cargada de ansiedad, en la etapa siguiente de su proyecto. Confiaba en poder utilizar su programa para analizar los archivos de huellas digitales del FBI.

Constituía la fuente perfecta para ella. Más de veintidós millones de personas sospechosas o convictas de crímenes figuraban en tales archivos. Si su programa resultaba, los registros deberían proporcionarle cientos de gemelos, incluidas numerosas parejas cuyos miembros se criaron separadamente. Podría ser un gran salto cuantitativo hacia delante en su investigación. Pero antes debía obtener el permiso del Departamento.

Su mejor amiga en la escuela había sido Ghita Sumra, un genio para las matemáticas, descendiente de indios asiáticos, que ahora desempeñaba un alto puesto directivo en el departamento de información tecnológica del FBI. Trabajaba en Washington, pero vivía en Baltimore. Ghita ya había accedido en principio a pedir a sus patronos que prestasen a Jeannie la colaboración que pudieran. Prometió informar de la decisión a finales de aquella semana, pero Jeannie deseaba apremiarla un poco. Marcó su número de teléfono.

Aunque Ghita había nacido en Washington, su voz conservaba un leve acento del subcontinente indio en la suavidad del tono y la rotundidad precisa de sus vocales.

– ¡Hola, Jeannie! ¿Qué tal tu fin de semana? -se interesó.

– Atroz -respondió Jeannie-. A mi madre le fallaron por fin las neuronas y la tuve que ingresar en una residencia.

– No sabes cómo lo siento. ¿qué hizo?

– Se olvidó de que estaba en plena noche, se levantó, no se acordó de vestirse, salió a comprar un cartón de leche y se olvidó de dónde vivía.

– ¿Qué ocurrió?

– La encontró la policía. Por suerte llevaba en el bolso un cheque mío y consiguieron localizarme.

– ¿Cómo lo ves?

Una pregunta femenina. Los hombres -Jack Budgen, Berrington Jones- le hubieran preguntado qué iba a hacer. Era preciso ser mujer para preguntar cómo lo veía.

– Mal -respondió Jeannie-. Si he de cuidar de mi madre, ¿quién va a cuidar de mí?

– ¿En qué clase de residencia está?

– Barata. Es todo lo que cubre su seguro. Tengo que sacarla de allí en cuanto encuentre el dinero que me hace falta para pagarle algo mejor. -Percibió el silencio preñado de aprensión que se produjo en el otro extremo de la línea y comprendió que Ghita estaba pensando que aquellas palabras eran el preámbulo de un sablazo. Se apresuró a añadir-: Voy a dar algunas clases particulares los fines de semana. ¿Hablaste ya a tu jefe de mi propuesta?

– Desde luego.

Jeannie contuvo la respiración.

– Aquí todo el mundo se ha interesado en tu programa -dijo Ghita.

Eso no era ni sí ni no.

– ¿No tenéis sistemas de exploración informática?

– Sí, pero tu aparato investigador es mucho más rápido que cualquiera de los que tenemos. Están hablando de comprarte los derechos del programa.

– Fantástico. Quizá no necesite dar clases particulares los fines de semana, después de todo.

Ghita dejó oír su risa.

– Antes de que descorches la botella de champán, hay que asegurarse de que el programa realmente funciona.

– ¿Cuánto vamos a tener que esperar?

– Lo probaremos de noche, porque el uso normal de la base de datos tiene entonces el mínimo de interferencias. Tendré que esperar a una noche tranquila. Dentro de una semana, dos a lo sumo.

– ¿No podría ser antes?

– ¿Tanta prisa corre?

Si, corría tanta prisa, pero Jeannie no estaba nada dispuesta a confiar a Ghita sus preocupaciones.

– Sólo estoy impaciente -se evadió.

– Lo conseguiré lo antes posible, no te inquietes. ¿Puedes transferirme el programa por módem?

– Claro. Pero ¿no crees que debería estar allí para pasarlo?

– No, no lo creo -la voz de Ghita incluía una sonrisa.

– Naturalmente, tú entiendes mucho más que yo de esa clase de material.

– Lo enviamos desde aquí. -Ghita leyó la dirección del correo electrónico y Jeannie la anotó-. Te mandaré los resultados por el mismo sistema.

– Gracias. Oye, Ghita…

– ¿Qué?

– ¿Me va a hacer falta un refugio fiscal?

– Fuera de aquí.

Ghita soltó una carcajada y colgó.

Jeannie oprimió el pulsador del ratón sobre América Online y accedió a Internet. Mientras transfería su programa al FBI sonó una llamada en la puerta y entró Steven Logan.

La muchacha le lanzó una mirada valorativa. Le había dado unas noticias inquietantes y el rostro de Steve las acusaba; pero era joven y resistente, de modo que el golpe no le había derribado. Era psicológicamente muy estable. De haber pertenecido al tipo criminal -como presumiblemente lo era su hermano, Dennis- a esas alturas ya habría provocado una pelea con alguien.

– ¿qué tal te fue? -le preguntó.

Steve cerró la puerta a su espalda, con el talón.

– Asunto concluido -dijo-. Me he sometido a todas las pruebas, he completado todos los exámenes y he rellenado todos los cuestionarios que el ingenio de la raza humana ha sido capaz de imaginar.

– Entonces eres libre de volver a casa.

– Pensaba quedarme en Baltimore esta noche. La verdad es que me preguntaba si te importaría cenar conmigo.

Jeannie estaba desprevenida.

– ¿Con qué objeto? -preguntó, con brusca descortesía.

La pregunta le desconcertó.

– Bueno, pues… porque…, no me cabe duda de que me gustaría conocer más cosas acerca de tu investigación.

– ¡Ah! Bien, por desgracia, ya tengo un compromiso para cenar.

Steve pareció muy decepcionado.

– ¿Crees que soy demasiado joven?

– ¿Demasiado joven para qué?

– Para salir contigo.

Eso la sorprendió.

– No sabía que me estabas pidiendo una cita -confesó.

Steve pareció sentirse violento.

– Pareces lenta de reflejos.

– Lo siento.

Era lenta. Lo había conocido ayer, en las pistas de tenis. Pero se había pasado el día pensando en Steve sólo como sujeto de su estudio. Sin embargo, ahora que lo meditaba más a fondo, efectivamente era demasiado joven para salir con ella. Tenía veintidós años, un estudiante; ella era siete años mayor que él, una diferencia enorme.

– ¿Cuántos años tiene el hombre con el que vas a salir?

– Cincuenta y nueve o sesenta, algo así.

– Formidable. Te gustan los viejos.

A Jeannie le entraron ganas de mandarlo a paseo. Pero pensó que, después de todo lo que le había hecho pasar, le debía alguna compensación. El ordenador produjo un timbrazo para informarle de que había concluido la transferencia del programa.

– Estoy aquí todo el día -dijo-. ¿Te gustaría tomar una copa conmigo en el Club de la Facultad?

Steve se animó automáticamente.

– De mil amores, me encantaría. ¿Voy vestido adecuadamente?

Llevaba pantalones caqui y camisa azul de hilo.

– Mucho mejor que la mayoría de los profesores que suelen frecuentarlo -sonrió Jeannie. Salió del programa y apagó el ordenador.

– He llamado a mi madre -explicó Steven-. Le he contado tu teoría.

– ¿Se enfadó?

– Se echó a reír. Dijo que ni yo era adoptado ni tenía ningún hermano gemelo que hubiesen dado en adopción.

– Qué extraño.

Para Jeannie no dejaba de ser un alivio que la familia Logan se lo tomase con tanta calma. Por otra parte, el escepticismo que anidaba en el fondo de su mente aportó la alarmante sugerencia de que, al fin y al cabo, quizá Steven y Dennis no fuesen gemelos.

– ¿Sabes?… -Jeannie vaciló. Ya le había dicho bastantes cosas inesperadas para un día. Pero se lanzó-: Hay otro modo posible de que Dennis y tú seáis gemelos.

– Sé lo que estás pensando -dijo Steve-. Cambio de recién nacidos en el hospital.

Captaba las cosas rápido. Por la mañana había observado en más de una ocasión lo deprisa que sacaba conclusiones.

– Exacto -confirmó-. La madre número uno da a luz gemelos idénticos, las madres números dos y tres alumbran un varón cada una. Los dos gemelos se entregan a las madres dos y tres, mientras sus hijos pasan a la madre número uno. Cuando los niños crecen, la madre número uno colige que ha tenido gemelos fraternos que se parecen extraordinariamente poco.

– Y si las madres dos y tres no llegan a conocerse, nadie se percata nunca del asombroso parecido de los niños dos y tres.

– Es el viejo argumento de los autores de folletín -reconoció Jeannie-. Pero no es imposible.

– ¿Hay algún libro sobre este tema de los gemelos? Me gustaría saber algo más acerca del asunto.

– Sí, aquí tengo uno… -Repasó la librería-. No, está en casa.

– ¿Dónde vives?

– Ahí al lado.

– Puedes invitarme a esa copa en tu casa.

La muchacha titubeó. Se dijo que aquel era el gemelo normal, no el psicópata.

– Desde hoy, sabes mucho de mí -comento Steve-. Y siento curiosidad por tu persona. Me gustaría ver como vives.

Jeannie se encogió de hombros.

– Claro, ¿por qué no? Vamos.

Eran las cinco de la tarde y el día empezaba a refrescar cuando salieron de la Loquería. Steve emitió un silbido al ver el Mercedes rojo.

– ¡Vaya coche guapo!

– Hace ocho años que lo tengo -dijo Jeannie-. Lo adoro.

– El mío está en el aparcamiento. Me situaré detrás de ti y daré un toque con los faros para avisarte.

Se alejó. Jeannie subió al Mercedes y encendió el motor. Al cabo de unos minutos vio reflejarse en el retrovisor el centelleo de los faros de Steve. Salió del aparcamiento, rumbo a la carretera. Cuando abandonaba el campus observó que un coche patrulla de la policía se colocaba en la estela del coche de Steve. Echó una ojeada al cuenta kilómetros y redujo la velocidad a menos de cincuenta por hora.

Parecía que Steven Logan se estaba encaprichando de ella. Aunque Jeannie no correspondiese a tal sentimiento, no dejaba de complacerla. Era halagador haberse ganado el corazón de un jovencito macizo y guaperas.

Durante todo el trayecto hasta el domicilio de Jeannie, Steve se mantuvo pegado a su cola. Ella detuvo el coche delante de la casa y el aparcó inmediatamente detrás.

Como en muchas calles de Baltimore, había una hilera de pórticos, un porche comunal que se prolongaba a lo largo de todas las casas, donde los vecinos se sentaban a tomar el fresco en los días anteriores al aire acondicionado. Jeannie cruzó el pórtico, se detuvo ante la puerta y empezó a buscar las llaves.

Dos agentes salieron del coche patrulla como si los expulsara un estallido; empuñaban sus armas de reglamento. Adoptaron posiciones de disparo, extendidos rígidamente los brazos, con los revólveres apuntando a Jeannie y Steve.

A la mujer le dio un vuelco el corazón.

– ¡Joder!… -exclamó Steve.

– ¡Policía! -chilló a voz en cuello uno de los hombres-. ¡Quietos!

Jeannie y Steve levantaron los brazos.

Pero los policías no se relajaron.

– ¡Al suelo, hijo de puta! -chilló uno de ellos-. ¡Boca abajo, las manos a la espalda!

Jeannie y Steve se tendieron de cara al suelo.

El agente se les acercó con las mismas precauciones que si ambos fueran dos bombas de relojería.

– ¿No cree que sería mejor que nos explicase a que viene todo esto? -sugirió Jeannie.

– Usted puede levantarse, señora -permitió uno de los agentes.

– Por Dios, gracias. -Jeannie se puso en pie. Le latía el corazón aceleradamente, pero todo indicaba que los polis habían cometido un error estúpido.

– Ahora que ya me han dejado medio muerta del susto, ¿pueden decirme que infiernos está pasando?

Siguieron sin dar explicaciones. Mantuvieron las armas apuntadas sobre Steve. Uno de ellos se arrodilló junto al muchacho y, con rápido y experto movimiento, le puso las esposas.

– Quedas arrestado, soplapollas -dijo el policía.

– Soy mujer de mentalidad abierta -aseguró Jeannie-, pero ¿considera imprescindible emplear ese lenguaje soez? -Nadie le hizo maldito caso. Lo intentó de nuevo-: De todas formas, ¿qué se supone que ha hecho este chico?

Un Dodge Colt azul claro frenó chirriante detrás del coche patrulla de la policía. Dos personas se apearon de é. Una era Mish Delaware, la detective de la Unidad de Delitos Sexuales. Llevaba la misma falda y la misma blusa que vistiera por la mañana, pero se había puesto encima una chaqueta de algodón que sólo en parte ocultaba el arma enfundada en la cadera.

– Habéis perdido el culo para venir -comentó uno de los agentes.

– Estábamos en el barrio -replico Mish Delaware. Miró a Steve, tendido en el suelo, y ordenó-: Levántalo.

El agente agarró a Steve por un brazo y le ayudó a ponerse en pie.

– Es él, desde luego -dijo Mish-. Este es el pájaro que violó a Lisa Hoxton.

– ¿Steve? -articuló Jeannie en tono incrédulo. «Jesús, he estado a punto de llevarlo a mi piso.»

– ¿Violado? -pregunto Steve.

– El agente localizó su coche cuando salía del campus -informó Mish.

Jeannie se fijó bien por primera vez en el automóvil de Steve.

Era un Datsun castaño, de unos quince años de antigüedad. Lisa había creído ver al violador al volante de un viejo Datsun blanco.

Su sobresalto y alarma iniciales empezaban a ceder ante la recapacitación racional. La policía le consideraba sospechoso: eso no le convertía en culpable. ¿Cuál era la prueba?

– Si vais a detener a todo hombre que veáis conduciendo un Datsun herrumbroso…

Mish tendió a Jeannie una hoja de papel. Era una octavilla con el retrato en blanco y negro de un hombre, una imagen generada por ordenador. Jeannie la contempló. El retrato guardaba cierto parecido con el rostro de Steve.

– Puede que sea él y puede que no lo sea -manifestó Jeannie.

– ¿Qué estás haciendo en su compañía?

– Es un sujeto de mis investigaciones. Le sometimos a determinadas pruebas en el laboratorio. ¡No puedo creer que sea el violador!

Sus pruebas demostraban que Steven tenía la personalidad heredada de un delincuente en potencia…, pero también demostraban que no había desarrollado las inclinaciones de un verdadero criminal.

– ¿Puedes dar cuenta de tus movimientos entre las siete y las ocho de la tarde de ayer? -se dirigió Mish a Steven.

– Bueno, estuve en la UJF -respondió Steven.

– ¿Qué hiciste?

– No gran cosa. Tenía pensado salir con mi primo Ricky, pero el canceló el encuentro. Me vine aquí para orientarme acerca del lugar donde tenía que presentarme esta mañana. No tenía otra cosa que hacer.

Hasta a Jeannie le pareció bastante pobre aquella explicación. Pensó, abatida, que tal vez fuese Steve el violador. Pero, sí lo era, toda la teoría de la doctora Jeannie Ferrami se vendría abajo.

– ¿Cómo mataste el tiempo? -pregunto Mish.

– Miré el tenis un rato. Después me fui a un bar de Charles Village y pasé allí un par de horas. Me perdí el gran incendio.

– ¿Puede alguien confirmar lo que dices?

– Bueno, intercambié unas palabras con la doctora Ferrami, aunque en aquel momento no sabía que era ella.

Mish se encaró con Jeannie. Ésta vio hostilidad en los ojos de la detective y recordó el conato de enfrentamiento de aquella mañana, cuando Mish trataba de convencer a Lisa para que colaborase.

– Fue después de mi partido de tenis -dijo Jeannie-, minutos antes de que el fuego se declarase.

– De modo que no puedes precisarnos donde estaba en el momento en que se produjo la violación -determinó Mish.

– No, pero yo puedo añadir algo más -terció Jeannie-. Me he pasado todo el día sometiendo a este hombre a test psicológicos, y su perfil psicológico no es el de un violador.

La expresión de Mish denotó menosprecio.

– Eso no es ninguna evidencia.

– Ni esto tampoco -subrayó Jeannie que aún tenía la octavilla en la mano.

Hizo una pelota con el papel y la dejó caer en la acera.

Mish hizo una señal con la cabeza a los agentes.

– Adelante.

– Aguardad un momento -dijo Steve con voz clara y tranquila.

Los agentes vacilaron.

– Jeannie, estos tipos me tienen sin cuidado, pero quiero decirte que yo no lo hice y que nunca haría una cosa de esa clase.

Jeannie le creyó. Se preguntó por qué. ¿Sólo porque necesitaba que fuese inocente en beneficio de su teoría? No: contaba con las pruebas psicológicas demostrativas de que el muchacho no presentaba ninguna de las características asociadas con los delincuentes. Pero había algo más: su intuición. Se sentía a salvo con él. Steve no ofreció ningún indicio peligroso. Escuchó cuando ella hablaba, en ningún momento trato de amilanarla, no la tocó inapropiadamente, no manifestó enojo ni hostilidad. Le gustaban las mujeres y las respetaba. No era un violador.

– ¿Quieres que avise a alguien? -se brindó-. ¿A tus padres?

– No -declinó él en tono resuelto-. Se preocuparían. Y todo esto habrá acabado en cuestión de horas. Se lo contaré entonces.

– ¿No te estarán esperando esta noche?

– Les advertí que era posible que volviera a quedarme con Ricky.

– En fin, si tan seguro estás… -articuló Jeannie, dubitativa.

– Segurísimo.

– Venga ya -dijo Mish con impaciencia.

– ¿A qué viene tanta prisa? -saltó Jeannie-. ¿Te queda alguna otra persona inocente por arrestar?

Mish la fulminó con la mirada.

– ¿Y tú tienes alguna cosa más que decirme?

– ¿Qué viene ahora?

– Habrá una rueda de reconocimiento. Dejaremos que sea Lisa Hoxton quien decida si éste es el hombre que la forzó. -Con irónica deferencia, Mish añadió-: ¿Le parece a usted bien, doctora Ferrami?

– Por mí, de acuerdo -repuso Jeannie.

9

Condujeron a Steve al cuartelillo en el Dodge Colt azul claro. La mujer iba al volante y el otro policía, un corpulento y bigotudo hombre blanco, ocupaba el asiento contiguo, encogido en la estrechez del pequeño vehículo. Nadie despegó los labios.

Steve hervía de rabia resentida. ¿Por qué infiernos tenía que ir en aquel incómodo coche, con las muñecas esposadas, cuando debía estar sentado en el piso de Jeannie Ferrami con una bebida fría en la mano? Lo mejor que podían hacer era acabar aquel desdichado asunto cuanto antes, ni más ni menos.

La comisaría de policía era un edificio de granito gris, en el barrio chino de Baltimore, entre bares de top less y sex shops. Ascendieron por una rampa y aparcaron en un garaje interior. Estaba repleto de coches patrulla y compactos utilitarios como el Dodge Colt.

Subieron a Steve en un ascensor y lo llevaron a una habitación de paredes amarillas y carente de ventanas. Le quitaron las esposas y lo dejaron allí solo. Dio por supuesto que habían cerrado con llave la puerta: no lo comprobó.

Había una mesa y dos sillas de plástico duro. Encima de la mesa, un cenicero con dos colillas de cigarrillo con filtro, una de ellas manchada de carmín. La puerta tenía una hoja de cristal opaco: Steve no podía ver el exterior, pero supuso que los polis si podían ver el interior del cuarto.

Al mirar el cenicero le entraron ganas de fumar. Así haría algo en aquella celda amarilla. Pero tuvo que conformarse con pasearse de un extremo a otro de la habitación.

Se dijo que no era posible que se encontrase en apuros. Se las había arreglado para echar un vistazo al retrato de la octavilla, y aunque la imagen era más o menos como él, no era él. Sin duda se parecía al violador, pero cuando estuviese alineado en la rueda de reconocimiento con otros jóvenes, la víctima no le señalaría a él. Después de todo, aquella pobre mujer habría mirado largo y tendido al hijo de mala madre que lo hizo; el rostro del violador estaría grabado a fuego en la memoria de la víctima. No se equivocaría.

Pero los polis no tenían derecho a hacerle esperar encerrado allí. De acuerdo con que debían eliminarle como sospechoso, pero no podían tenerlo allí toda la noche. El era un ciudadano que respetaba la ley.

Se esforzó en ver el lado positivo. Estaba contemplando un primer plano del sistema judicial estadounidense. Sería su propio abogado: sería un buen ejercicio práctico. Cuando actuase en el futuro, representando a un cliente acusado de algún delito, conocería de primera mano lo que iba a pasar el reo durante el período de custodia en manos de la policía.

En una ocasión ya había visto el interior de una comisaría, pero aquello había sido muy distinto. Entonces sólo contaba dieciséis años. Se había presentado a la policía acompañado de uno de sus profesores. Se confesó autor del crimen inmediatamente después de cometido y refirió a las autoridades sinceramente todo lo que había pasado. Los agentes pudieron ver sus heridas: era evidente que la pelea no había sido unilateral. Acudieron sus padres y se lo llevaron a casa.

Fue el momento más vergonzoso de su vida. Cuando su madre y su padre entraron en aquella sala, Steve deseo estar muerto. Papá parecía mortificado, como si estuviese sufriendo una gran humillación; la expresión de mamá era de profundo sufrimiento; ambos se mostraban desconcertados y heridos. En aquel instante, lo que él no pudo hacer fue estallar en lágrimas, y aún sentía en la garganta un nudo que le asfixiaba cada vez que aquella escena acudía a su memoria.

Pero esta vez era distinto. Esta vez era inocente.

Entro la mujer detective con una carpeta de cartulina. Se había quitado la chaqueta, pero aún llevaba el arma al cinto. Era una atractiva mujer negra que andaría por los cuarenta años, tirando a robusta y con aire de aquí mando yo.

Steve la miró aliviado.

– Gracias a Dios -dijo Steve.

– ¿Por qué?

– Porque al fin sucede algo. Malditas las ganas que tengo de pasarme aquí toda la noche.

– ¿Quieres sentarte, por favor?

Steve se sentó.

– Soy la sargento Michelle Delaware. -Sacó de la carpeta una hoja de papel y la puso encima de la mesa-. ¿Tu nombre y dirección completos?

Steve se los dio y la detective los anotó en el formulario.

– ¿Edad?

– Veintidós años.

– ¿Estudios?

– Soy titulado superior.

La mujer lo escribió en el impreso y se lo pasó a Steve a través de la mesa. Su encabezamiento decía:

DEPARTAMENTO DE POLICÍA

BALTIMORE (MARYLAND)

EXPOSICIÓN DE DERECHOS

FORMULARIO 69

Le rogamos lea las cinco frases del formulario y, a continuación, ponga sus iniciales en los espacios habilitados al lado de cada frase.

La sargento le pasó una pluma.

Steve leyó el impreso y puso las primeras iniciales.

– Tienes que leerlo en voz alta -aleccionó la mujer.

Steve meditó unos segundos.

– ¿Para que te convenzas de que se leer? -preguntó.

– No. Para que más adelante no simules ser analfabeto y alegues que no se te informó de tus derechos.

Aquella era la clase de cosa que no le enseñaban a uno en la escuela de leyes.

– Por la presente -leyó Steve en voz alta- se le notifica que: Primero: tiene derecho a guardar silencio. -Steve escribió SÍ en el espacio que quedaba al final de la línea y luego siguió leyendo las frases y poniendo sus iniciales al final de cada una de ellas-.

Segundo: lo que diga o escriba puede utilizarse en su contra ante un tribunal de justicia. Tercero: tiene derecho a hablar con un abogado en cualquier momento, antes de cualquier interrogatorio, antes de responder a cualquier pregunta o en el curso de cualquier interrogatorio. Cuarto: si desea contar con los servicios de un abogado y no puede permitirse contratarlo, no se le formulará ninguna pregunta y se solicitará al tribunal el nombramiento de un abogado de oficio para que le represente. Quinto: si accede a responder a las preguntas, puede dejar de hacerlo en cualquier momento y pedir un abogado, y no se le formulará ninguna pregunta más.

– Ahora firme aquí, por favor. -La sargento Delaware indicó el impreso-. Aquí y aquí.

El primer espacio destinado a la firma estaba debajo de la frase:

HE LEÍDO LA EXPOSICIÓN DE MIS DERECHOS,

QUE HE ENTENDIDO POR COMPLETO

Firma

Steve firmó.

– Y ahí debajo -dijo la detective.

Estoy dispuesto a responder voluntariamente a las preguntas y no deseo tener abogado en este momento. Mi decisión de responder a las preguntas sin que un abogado esté presente la tomo libre y voluntariamente.

Firma

Steve firmó y dijo:

– ¿Cómo rayos consiguen que los culpables firmen esto?

Mish Delaware no contestó. Puso su nombre y estampó su firma en el impreso.

Guardó el formulario en la carpeta y miró a Steve.

– Estás en un buen aprieto, Steve -dijo-. Pero pareces un chico normal. ¿Por qué no me cuentas lo que sucedió?

– No puedo -repuso Steve-. No estaba allí. Supongo que me parezco al sinvergüenza que lo hizo.

La detective se echo hacia atrás en el asiento, cruzó las piernas y le sonrió amistosamente.

– Conozco a los hombres -confesó en tono íntimo-. Tienen sus arrebatos.

Si no fuese un enterado, pensó Steve, leería su lenguaje corporal y pensaría que se me iba a echar encima.

– Te explicaré lo que creo -continuo ella-. Eres un hombre atractivo, la chica se quedo encandilada.

– En la vida he visto a esa mujer, sargento.

Mish Delaware no se dio por enterada. Se inclinó por encima de la mesa y cubrió con su mano la de Steve.

– Creo incluso que te provocó.

Steve miro la mano de la detective. Tenía buenas uñas, arregladas, no demasiado largas, pintadas con un esmalte de uñas transparente. Pero había arrugas en sus manos: la mujer rebasaba los cuarenta, quizá llegase a los cuarenta y cinco.

La detective habló en tono de conspiración, como si estuviera diciéndole: «Esto va a quedar entre tú y yo».

– Te pidió guerra, así que se la diste. ¿Me equivoco?

– ¿Qué infiernos le ha hecho pensar tal cosa? -replicó Steve en tono irritado.

– Se como son las chicas. Te puso a cien y luego, en el último momento, cambio de idea. Pero era demasiado tarde. Un hombre no puede frenar en seco, así como así, un hombre de verdad, no.

– Eh, un momento, ya lo capto -dijo Steve-. El sospechoso se muestra de acuerdo contigo, imagina que está haciendo lo mejor, lo más beneficioso para él; pero en realidad lo que está es reconociendo que hubo coito, y entonces la mitad de tu trabajo ya está cumplido.

La sargento Delaware se recostó en la silla, con cara de fastidio, y Steve comprendió que su suposición había sido acertada.

La mujer se levantó.

– Está bien, espabilado, acompáñame.

– ¿Adónde vamos?

– A las celdas.

– Un momento. ¿Cuándo se va a celebrar la rueda de reconocimiento?

– En cuanto demos con la víctima y la traigamos a la comisaría.

– No podéis retenerme aquí indefinidamente sin ponerme a disposición judicial.

– Podemos retenerte veinticuatro horas sin procedimiento judicial alguno, así que punto en boca y en marcha.

Le llevó abajo en un ascensor y luego cruzaron una puerta y entraron en un vestíbulo pintado de color naranja oscuro. Un aviso en la pared recordaba a los agentes la obligación de mantener esposados a los sospechosos mientras procedían a registrarlos. El carcelero, un policía negro de unos cincuenta y tantos años, permanecía de pie tras un alto mostrador.

– ¡Eh, Spike! -saludó la sargento Delaware-. Te traigo un listillo universitario para ti solo.

El guardia sonrió.

– Si es tan listo, ¿cómo es que está aquí?

Rieron a coro. Steve tomo nota mental de abstenerse en el futuro de intentar enmendar la plana a los polis. Era un defecto suyo: también se había ganado la enemistad de los profesores tratando de dárselas de listo. A nadie le cae bien un sabelotodo.

El agente llamado Spike era un tipo menudo, enjuto y fuerte, de pelo gris y bigotito. Adoptaba un aire desenfadado, pero la expresión de sus ojos era fría. Abrió una puerta de acero.

– ¿Vas a pasar a las celdas, Mish? -preguntó-. Si es así, debo pedirte que nos dejes examinar tu arma.

– No voy a entrar, de momento he acabado con él -repuso la sargento-. Más tarde tendrá una rueda de reconocimiento.

Dio media vuelta y se fue.

– Por aquí, muchacho -indicó a Steve el carcelero.

Steve cruzó la puerta.

Estaba en el bloque de celdas. El piso y las paredes tenían el mismo color sucio. Steve calculaba que el ascensor se detuvo en la segunda planta, pero no había ventanas, y tuvo la impresión de encontrarse en una cueva subterránea profunda y que le costaría una eternidad ascender de nuevo a la superficie.

En una pequeña antesala había un escritorio y una cámara fotográfica en un soporte. Spike cogió un impreso de un casillero. Steve lo leyó al revés y vio que su encabezamiento rezaba:

DEPARTAMENTO DE POLICÍA

BALTIMORE (MARYLAND)

INFORME DE ACTIVIDAD DE PRISIONERO

FORMULARIO 92/l2

El hombre quitó el capuchón a un bolígrafo y empezó a rellenar el impreso.

Cuando hubo terminado, señaló un punto en el suelo y dijo:

– Ponte ahí.

Steve se colocó frente a la cámara. Spike pulso un botón produjo un destello.

– Vuélvete y colócate de perfil.

Otro destello del flash.

Acto seguido, Spike tomó una tarjeta cuadriculada impresa en tinta rosa y con el membrete:

OFICINA FEDERAL DE INVESTIGACIÓN,

DEPARTAMENTO DE JUSTICIA DE ESTADOS UNIDOS

WASHINGTON, D.C. 20537

Spike entintó los dedos de Steve en un tampón y los oprimió sobre las cuadriculas de la tarjeta marcadas: 1. PULGAR DERECHO, 2. ÍNDICE DERECHO, y así sucesivamente. Steve observó que, aunque era bajito, Spike tenía unas manazas enormes, de venas prominentes. Al tiempo que cumplía su tarea, Spike dijo en tono de conversación normal:

– Tenemos un nuevo Servicio Central de Ficheros sobre la cárcel municipal, en la avenida Greenmount, y allí disponen de una computadora que toma las huellas dactilares sin tinta. Es como una fotocopiadora gigante: no tienes más que apretar la mano contra el cristal. Pero aquí seguimos haciéndolo a la antigua usanza.

Steve se dio cuenta de que empezaba a sentirse avergonzado, a pesar de que no había cometido ningún delito. Se debía en parte a aquel entorno siniestro, pero sobre todo a la sensación de impotencia. Desde que los agentes saltaron fuera del coche patrulla, delante de la casa de Jeannie, había ido de un lado para otro como un trozo de carne, sin ningún control sobre su propia persona. Eso rebajaba velozmente la autoestima de un hombre hasta ponerla a la altura del barro.

Después de tomarle las huellas dactilares le permitieron lavarse las manos.

– Permíteme que te muestre tu suite -dijo Spike jovialmente.

Condujo a Steve por un pasillo con celdas a derecha e izquierda. Cada celda era un tosco cubículo. En el lado que daba al pasillo no había pared, sólo barrotes, por lo que hasta el último centímetro cuadrado de la celda era visible desde el exterior. A través de los barrotes, Steve observó que cada uno de aquellos calabozos tenía una litera metálica fijada a la pared, así como un lavabo y una taza de retrete de acero inoxidable. Las paredes y las literas eran de color naranja oscuro y estaban cubiertas de pintadas. Las tazas de los retretes carecían de tapadera. En tres o cuatro celdas vio hombres tendidos apáticamente en las literas, pero la mayoría de éstas se encontraban libres.

– Es lunes, es un día tranquilo aquí, en el Holiday Inn de la calle Lafayete -bromeó Spike.

Steve no se hubiera reído ni aunque le fuese la vida en ello.

Spike se detuvo delante de una celda vacía. Steve echó un vistazo al interior mientras el celador abría la puerta. Ni tanto así de intimidad. Comprendió que si tenía que usar el retrete no iba a quedarle más remedio que hacerlo a la vista de todo el que, hombre o mujer, pasara en aquel momento por el corredor. De un modo u otro, aquello era más humillante que cualquier otra cosa.

Spike abrió una puerta en el enrejado e hizo pasar a Steve a la celda. La puerta se cerró de golpe y Spike echó la llave.

Steve se sentó en la litera -Dios Todopoderoso, qué lugar -exclamó.

– Te acostumbrarás a él- dijo Spike alentadoramente, y se retiró.

Al cabo de un minuto volvía cargado con un envase de polietileno.

– Me queda una cena -ofreció-, pollo frito. ¿Quieres un poco?

Steve miró el paquete, luego dirigió la vista hacia el retrete y denegó con la cabeza.

– De todas formas, muchas gracias. Pero me parece que no tengo apetito.

10

Berrington pidió champán.

Después de la jornada de prueba que había vivido, a Jeannie le hubiese gustado más un trago de Stolichnaya con hielo, pero beber licor fuerte no era el mejor sistema para impresionar al jefe, de modo que se guardó para sí aquel deseo.

Champán significaba devaneo romántico. En las ocasiones anteriores en que alternaron socialmente, Berrington se había mostrado más encantador que conquistador. ¿Acaso iba ahora a insinuársele? Tal idea hizo que Jeannie se sintiera incómoda. No había conocido un solo hombre que se tomase por las buenas unas calabazas. Y aquel hombre era su jefe.

Jeannie tampoco le habló de Steve. Estuvo a punto de hacerlo varias veces en el transcurso de la cena, pero algo la contuvo. Si, contra todas sus expectativas, resultaba que, al final, Steve era un delincuente, su teoría iba a empezar a tambalearse. Pero no le gustaba adelantar malas noticias. Antes de que eso quedara demostrado, ella no tenía por qué dudar. Aparte de que albergaba la absoluta certeza de que al final iba a quedar claro que la detención de Steve fue un espantoso error.

Había hablado con Lisa.

– ¡Han arrestado a Brad Pitt! -le dijo.

A Lisa le horrorizó pensar que aquel hombre había pasado toda la jornada en la Loquería, su lugar de trabajo, y que Jeannie estuvo a punto de llevarlo a su casa. Jeannie le había explicado que estaba segura de que Steve no era el agresor. Después comprendió que probablemente se equivocó al hacer aquella llamada; podía interpretarse como interferencia con una testigo. No es que cambiase mucho las cosas. Lisa examinaría una hilera de hombres blancos jóvenes y reconocería o no reconocería al individuo que la había violado. No se trataba de la clase de asunto en el que Lisa pudiera cometer una equivocación así como así.

Jeannie también habló con su madre. Patty había ido a verla, con sus tres hijos, y mamá se animó mucho al contarle la forma en que los niños corretearon por los pasillos de la residencia. Afortunadamente, parecía no acordarse ya de que había ingresado en Bella Vista sólo el día anterior. Hablaba como si llevase varios años en el hogar para ancianos y reprochó a Jeannie el que no la visitara más a menudo. Después de la conversación, ésta se sintió un poco mejor en lo que se refería a su madre.

– ¿Qué tal la lubina? -Con su pregunta, Berrington interrumpió el hilo de los pensamientos de Jeannie.

– Deliciosa. Finísima.

El hombre se alisó las cejas con la yema del índice de la mano derecha. Por alguna razón el gesto le pareció a Jeannie algo así como una felicitación que Berrington se dedicaba a sí mismo.

– Ahora voy a hacerte una pregunta a la que debes responder sinceramente.

Berrington sonrió, para que ella no le tomara demasiado en serio.

– Conforme.

– ¿Quieres postre?

– Sí. ¿Crees que soy la clase de mujer capaz de fingir en una cuestión como esa?

El sacudió negativamente la cabeza.

– Supongo que no hay mucho de que fingir.

– Es probable que no lo suficiente. A mí me han acusado de poco diplomática.

– ¿Es tu peor defecto?

– Seguramente me iría mejor si pensara un poco las cosas. ¿Cuál es tu peor defecto?

Berrington contesto sin vacilar.

– Enamorarme.

– ¿Eso es un defecto?

– Si uno lo hace con demasiada frecuencia, sí.

– O si se enamora de más de una persona al mismo tiempo, supongo.

– Tal vez debería escribir a Lorraine Logan y pedirle consejo.

Jeannie se echo a reír, pero no deseaba que la conversación derivase hacia Steven.

– ¿Cuál es tu pintor favorito? -Cambió de tema.

– A ver si lo adivinas.

Berrington era un patriota, así que se figuró que también debería ser un sentimental.

– ¿Norman Rockwell?

– ¡Por Dios, no! -Pareció sinceramente horrorizado-. ¡Un vulgar ilustrador! No, si pudiera permitirme el lujo de coleccionar pintura, compraría impresionistas norteamericanos. Paisajes invernales de John Henry Twachtman. Me encantaría poseer El puente blanco. ¿Qué me dices de ti?

– Ahora te toca a ti adivinarlo.

Berrington reflexionó unos segundos.

– Joan Miró.

– ¿Por qué?

– Imagino que te gustan los fogonazos de colores vivos.

Jeannie asintió.

– Muy perspicaz. Pero no del todo certero. Miró es demasiado turbulento. Prefiero a Mondrian.

– Ah, sí, claro. Las líneas rectas.

– Exactamente. Eres bueno en esto.

Berrington se encogió de hombros y Jeannie comprendió que probablemente jugaría a las adivinanzas con muchas mujeres.

La muchacha hundió la cucharilla en el sorbete de mango. Decididamente aquel no era asunto de una simple cena. Pronto tendría que adoptar una decisión firme acerca de cómo iba a ser y a desarrollarse su relación con Berrington.

Hacía año y medio que no besaba a un hombre. Desde que Will Temple se alejó de ella, ni siquiera había salido con nadie hasta aquella noche. No estaba enamorada de Will: había dejado de quererle. Pero Jeannie era cautelosa.

Sin embargo, como continuara viviendo como una monja acabaría volviéndose loca. Echaba de menos tener en la cama con ella a alguien velludo; echaba de menos los olores masculinos -el de la grasa de bicicleta, el de las sudadas camisetas de fútbol y el del whisky- y sobre todo echaba de menos el sexo. Cuando las feministas radicales decían que el pene era el enemigo, Jeannie deseaba responder: «Habla por ti, hermana».

Alzó la mirada hacia Berrington, que comía con delicados ademanes manzanas caramelizadas. Le gustaba aquel sujeto, a pesar de sus nauseabundas ideas políticas. Era listo -los hombres de la doctora Ferrami tenían que ser inteligentes- y tenía modales de triunfador. Le respetaba por sus trabajos científicos. Era esbelto y bien parecido, probablemente también sería un amante experto y hábil, y poseía unos bonitos ojos azules.

A pesar de todo, era demasiado viejo. A ella le gustaban los hombres maduros, pero no tan maduros.

¿Cómo podía rechazarlo sin tirar por la borda su propio futuro profesional? Quizás el mejor procedimiento consistiera en simular que interpretaba sus atenciones como algo paternal y bondadoso. Eso tal vez le permitiera evitar la desagradable medida de rechazarlo lisa y llanamente.

Jeannie tomo un sorbo de champán. El camarero aguardaba para volver a llenarle la copa y ella no estaba muy segura acerca de cuánto había bebido ya, pero se sentía alegre y no tenia que conducir.

Pidieron café. Jeannie, un express doble para que la serenase un poco. Cuando Berrington hubo pagado la cuenta, tomaron el ascensor hacia el aparcamiento y subieron al plateado Lincoln Town Car de Berrington.

Berrington condujo el vehículo a lo largo de la línea del puerto y luego desemboco en la autopista de Jones Falls.

– Ahí está la cárcel municipal -indicó el edificio, semejante a una fortaleza, que ocupaba una manzana de la ciudad-. La escoria de la Tierra está ahí.

Jeannie pensó que era posible que Steve se encontrase dentro.

¿Cómo podía habérsele ocurrido la posibilidad de acostarse con Berrington? No sentía el menor asomo de afecto por él. Le avergonzó haber jugueteado siquiera con la idea. Cuando el hombre detuvo el coche junto al bordillo, delante de la casa, Jeannie dijo en tono firme y decidido:

– Bueno, Berry, gracias por esta encantadora velada.

¿Le estrecharía la mano, pensó la muchacha, o intentaría besarla? En este último caso, ella le ofrecería la mejilla.

Pero Berrington no hizo ni una cosa ni otra.

– Tengo el teléfono de casa estropeado y necesito hacer una llamada antes de irme a la cama -dijo-. ¿Puedo utilizar el tuyo?

Difícilmente podía ella decir: «Rayos, no, haz un alto en el primer teléfono público que encuentres por el camino». Parecía que no iba a tener más remedio que afrontar algo más que la insinuación.

– Claro -dijo, tras contener un suspiro-. Sube.

Se preguntó si podría evitar ofrecerle un café.

Se apeó de un salto del coche y cruzó el pórtico en primer lugar. La puerta de la fachada se abría a un pequeño vestíbulo con otras dos puertas. Una era la del piso de la planta baja, habitado por el señor Oliver, un estibador jubilado. La otra, la de Jeannie, daba a una escalera que conducía al apartamento del primer piso.

Jeannie frunció el entrecejo, desconcertada. Su puerta estaba abierta.

La franqueó y encabezó la marcha escaleras arriba. Había luz en el piso. Curioso: antes de marcharse había apagado la luz. La escalera llevaba directamente a la sala de estar. Entró en el cuarto y soltó un grito.

Él estaba de pie ante el frigorífico, con una botella de vodka en la mano. Iba sin afeitar, desaliñado y parecía un poco bebido.

Detrás de Jeannie, Berrington preguntó:

– ¿Qué ocurre?

– Necesitarías un sistema de seguridad más eficaz, Jeannie -comentó el intruso-. No me costó ni diez segundos dar con el truco de tu cerradura.

– ¿Quién diablos es? -preguntó Berrington.

Jeannie dijo en tono sobresaltado:

– ¿Cuándo saliste de la cárcel, papá?

11

El cuarto de reconocimiento y la sección de celdas estaban en la misma planta.

En la antesala había otros seis hombres de aproximadamente la misma edad y constitución física que Steve. Evitaron su mirada y se abstuvieron de dirigirle la palabra. Le trataban como si fuese un criminal. Quiso decirles: «Eh, chicos, estoy en el mismo bando que vosotros, no soy ningún violador, soy inocente».

Todos tuvieron que quitarse el reloj y la bisutería y ponerse una especie de bata de papel blanco encima de la ropa de calle. Mientras se preparaban entró en la estancia un joven vestido con traje y pregunto:

– Por favor, ¿quién de vosotros es el sospechoso?

– Ese soy yo -dijo Steve.

– Pues yo soy Lew Tanner, el defensor de oficio -se presentó el hombre-. Estoy aquí para comprobar que la rueda de reconocimiento se realiza correctamente. ¿Alguna pregunta?

– ¿Cuánto tiempo tardaré en salir de aquí, después de eso? -quiso saber Steve.

– Dando por sentado que no seas el elegido en la rueda de reconocimiento, un par de horas.

– ¡Dos horas! -exclamo Steve, indignado-. ¿Tengo que volver a esa jodida celda?

– Me temo que sí.

– ¡Por Dios!

– Les pediré que tramiten tu libertad lo antes posible -dijo Lew-. ¿Algo más?

– No, gracias.

– Muy bien.

Salió.

Un celador hizo pasar a los siete hombres a través de la puerta que daba a un estrado. Había un telón de fondo con una escala graduada que mostraba la estatura y la posición de los hombres, numerados de uno a diez. La luz de un potente foco se proyectó sobre ellos, y una cortina separó el estrado del resto de la sala. Los hombres no podían ver nada a través de aquella pantalla, pero sí llegaba a sus oídos lo que ocurría al otro lado de la misma.

Durante unos minutos sólo se produjo rumor de pasos y el murmullo de alguna que otra voz en tono bajo. Todas las voces eran masculinas. Luego Steve distinguió el sonido inconfundible de unos pasos de mujer. Al cabo de unos instantes se oyó una voz masculina, que sonaba como si estuviese leyendo algo de una tarjeta o repitiéndolo tras habérselo aprendido de memoria.

– De pie ante usted hay siete personas. Sólo las conocerá por el número. Si alguno de esos individuos le ha hecho algo a usted o ha hecho algo en presencia de usted, quiero que pronuncie su número y nada más que su número. Si desea que algunos de ellos digan determinadas palabras específicas, les pediremos que digan esas palabras. Si quiere que den media vuelta o se coloquen de perfil, lo harán todos en grupo. (Reconoce entre ellos a alguno que le haya hecho a usted algo o que haya hecho algo en presencia de usted?

Silencio. Los nervios de Steve se tensaron como cuerdas de guitarra, aunque estaba seguro de que no se citaría su número.

Una voz femenina dijo muy bajo: -Llevaba la cabeza cubierta.

A Steve le sonó como la voz de una mujer educada, de clase media y de su misma edad, más o menos.

– Tenemos sombreros -dijo la voz masculina-. ¿Quiere usted que se pongan sombrero?

– Era más bien una gorra. Una gorra de béisbol.

Steve percibió angustia y tensión en la voz femenina, pero también determinación. Ni asomo de falsedad. Parecía la clase de mujer que diría la verdad, por muy atribulada que estuviese. Se sintió un poco mejor.

– Dave, mira a ver si hay gorras de béisbol en ese armario.

Hubo una pausa de varios minutos. Steve apretó los dientes con impaciencia. Una voz musitó:

– Santo Dios, no sabía que tuviésemos aquí todo este material… gafas, bigotes…

– Nada de murmuraciones, Dave -reprochó el primer hombre-. Esto es un procedimiento legal.

Finalmente, un detective entró en el estrado por una parte lateral y tendió una gorra de béisbol a cada uno de los integrantes de la rueda de reconocimiento. Todos se la pusieron y el detective se retiró.

Del otro lado de la cortina llegó el llanto de una mujer.

La voz masculina repitió la fórmula verbal empleada antes:

– ¿Reconoce entre ellos a alguno que le haya hecho a usted algo o que haya hecho algo en presencia de usted? Si es así, pronuncie su número y nada más que su número.

– El número cuatro -dijo la mujer, con un sollozo en la voz.

Steve volvió la cabeza y miró el telón de fondo.

El numero cuatro era él.

– ¡No! -gritó-. ¡Eso no puede ser verdad! ¡No era yo!

– Número cuatro, ¿ha oído eso? -habló la voz masculina.

– Claro que lo he oído, ¡pero yo no lo hice!

Los demás hombres de la hilera de reconocimiento abandonaban ya el estrado.

– ¡Por el amor de Cristo! -Steve se quedó mirando la opaca cortina, extendidos los brazos en gesto de súplica-. ¿Cómo puede haberme señalado a mí? ¡Ni siquiera sé qué aspecto tiene usted!

La voz del otro lado aconsejó:

– No diga nada, señora, por favor. Muchas gracias por su colaboración. La salida es por aquí.

– ¡Tiene que haber alguna equivocación! ¿No lo comprenden? -chilló Steve.

Apareció el carcelero.

– Todo ha terminado, hijo, vamos -instó.

La mirada de Steve se clavó en él. Por unos segundos estuvo tentado de romperle los dientes a aquel hombrecillo y mandárselos garganta abajo.

Spike observó la expresión de sus ojos y endureció el gesto.

– Tengamos la fiesta en paz -aconsejó-. No tienes escapatoria. Su mano se cerró en torno al brazo de Steve, que tuvo la impresión de que le apretaba un cepo de acero. Era inútil protestar.

Steve se sentía como si le hubieran sacudido por la espalda con una cachiporra. Aquel golpe le había llegado de la nada. Se le hundieron los hombros y una furia estéril se apodero de él.

– ¿Cómo ocurrió esto? -articuló-. ¿Cómo es posible?

12

– ¿Papá? -se sorprendió Berrington.

Jeannie deseó haberse mordido la lengua. Decir: «¿Cuándo saliste de la cárcel, papá?», fue lo más estúpido que pudo habérsele ocurrido. Apenas unos minutos antes Berrington había calificado a los moradores de la cárcel municipal de “Escoria de la Tierra ”.

Se sentía mortificada. Ya era bastante grave que su jefe se enterara de que su padre era un ladrón profesional. Pero que Berrington lo conociese personalmente resultaba incluso peor. Posiblemente, a consecuencia de una caída el intruso tenía el rostro magullado, además de cubierto por una barba de varios días. Sus ropas estaban sucias y despedía un leve pero desagradable olor. Jeannie sintió tal bochorno que no pudo mirar a Berrington a la cara.

Hubo un tiempo, muchos años atrás, en que no se avergonzaba de él. Por el contrario, su padre hacía que los de sus amigas le pareciesen aburridos y pelmas. Era un hombre guapo y al que le encantaba divertirse, que solía volver de sus viajes con traje nuevo y los bolsillos llenos de dinero. Entonces iban al cine, estrenaban vestidos, se tomaban helados de frutas y mamá se compraba un camisón bonito y se ponía a régimen. Pero el volvía a marcharse y, a la edad de nueve años, Jeannie se enteró del motivo. Se lo dijo Tammy Fontane. Jeannie no olvidaría nunca aquella conversación.

– Tu vestido es una birria -había dicho Tammy.

– Más birria es tu nariz -replicó Jeannie vivamente, y las otras niñas se apresuraron a meter la cuchara.

– Tu mamá te compra vestidos que son algo así como verdaderos adefesios.

– Tu mamá es gorda.

– Tu papá está en la cárcel.

– No es verdad.

– Sí.

– ¡No!

– He oído que papá se lo decía a mamá. Estaba leyendo el periódico. «Aquí dice que han vuelto a meter otra vez en la cárcel a Pete Ferrami», dijo.

– Mentira, mentira, alza el rabo y tira -había cantado Jeannie, pero en el fondo de su corazón creyó a Tammy.

Aquello lo explicaba todo: la súbita prosperidad económica, la igualmente repentina desaparición, las prolongadas ausencias.

Jeannie nunca volvió a mantener otro intercambio de provocaciones verbales con las compañeras de clase. Cualquiera podía hacerla callar con sólo citar a su padre. A los nueve años, eso era como estar lisiada de por vida. Cada vez que en el colegio se extraviaba algo, Jeannie tenía la impresión de que todos la miraban acusadoramente. Nunca consiguió desterrar de su ánimo aquella sensación de culpabilidad. Si alguna mujer echaba un vistazo al interior de su bolso y comentaba: «Maldita sea, creí que llevaba un billete de diez dólares», Jeannie se ponía como la grana. Se convirtió en una persona obsesivamente honrada: recorría kilómetro y medio para devolver un bolígrafo barato, le aterraba la idea de que, si lo conservaba, su dueño dijera que ella era una ladrona como su padre.

Y ahora su padre estaba allí, de pie ante Berrington, su jefe, sucio, sin afeitar y probablemente sin un centavo.

– Aquí, el profesor Berrington Jones -dijo Jeannie-. Berry, te presento a mi padre, Pete Ferrami.

Berrington se mostró amable. Estrechó la mano del padre.

– Celebro conocerle, señor Ferrami -dijo-. Su hija es una mujer muy especial.

– ¿Verdad que sí? -repuso el padre, con una sonrisa complacida.

– Bueno, Berry, ya conoces el secreto de la familia -dijo Jeannie en tono resignado-. Enviaron a papa a la cárcel el mismo día en que me licencié cum laude por Princeton. Se ha pasado en prisión los últimos ocho años.

– Pudieron ser quince -añadió Pete Ferrami-. Íbamos armados en aquel golpe.

– Gracias por compartir con nosotros ese dato, papá. Seguro que impresiona a mi Jefe.

El padre pareció dolido y desconcertado y, a pesar de su resentimiento, Jeannie sintió un ramalazo de compasión por él. A Pete Ferrami su punto flaco le hería tanto como a su familia. Era uno de sus defectos naturales. El fabuloso sistema de reproducción de la raza humana -el profundamente complejo mecanismo del ADN que Jeannie estudiaba- estaba programado para operar de forma que cada individuo fuese un poco distinto a los demás. Era como una fotocopiadora con un error de fabricación. A veces, el resultado era bueno: un Einstein, un Louis Armstrong, un Andrew Carnegie. Y a veces producía un Pete Ferrami.

Jeannie debía desembarazarse de Berrington enseguida.

– Si quieres hacer esa llamada, Berry, puedes utilizar el teléfono del dormitorio.

– Ah, la haré luego -dijo Berrington.

«A Dios gracias.»

– Muy bien, gracias por una velada tan estupenda.

Jeannie tendió la mano para estrechar la de Berrington.

– Fue un placer. Buenas noches.

Estrecho desmañadamente la mano de Jeannie y se fue. Jeannie se encaró con su padre.

– ¿Qué ha pasado?

– Me soltaron antes de tiempo por buena conducta. Estoy libre. Y, naturalmente, mi primer deseo fue venir a ver a mi hijita.

– Inmediatamente después de una borrachera de tres días.

Era de una hipocresía tan diáfana que resultaba insultante. Jeannie sintió crecer en su interior la cólera que tan bien conocía. (Por qué no podía tener un padre como el de otras personas?

– Vamos, se buena -pidió Pete Ferrami.

La rabia se transformó en tristeza. Nunca había tenido un verdadero padre y jamás lo tendría.

– Dame esa botella -ordenó-. Haré café.

A regañadientes, el hombre le entregó el vodka y Jeannie lo puso en el frigorífico. Echó agua a la cafetera y la puso al fuego.

– Pareces algo mayor -dijo Pete-. Veo un poco de gris en tu pelo.

– ¡Caramba, muchas gracias!

Jeannie sacó tazas, crema y azúcar.

– Tu madre encaneció temprano.

– Siempre creí que fue por culpa tuya.

– He ido a su casa -informó Pete Ferrami en tono de suave indignación-. Ya no vive allí.

– Ahora está en Bella Vista.

– Eso es lo que me dijo su vecina, la señora Mendoza. Ella me dio tu dirección. No me hace ninguna gracia pensar que tu madre está en un sitio como ese.

– ¡Sácala de allí entonces! -conminó Jeannie, irritada-. Todavía sigue siendo tu esposa. Consíguete un trabajo y un piso decente y empieza a cuidar de ella.

– Sabes que no puedo hacer eso. Nunca podría.

– Entonces no me critiques a mí por no hacerlo.

El hombre adoptó un tono zalamero.

– No he dicho nada de ti, tesoro. Sólo dije que no me gusta pensar que tu madre está en un asilo de esos, ni más ni menos.

– A mí tampoco me gusta, ni a Patty. Estamos intentando recaudar el dinero preciso para sacarla de allí. -Jeannie experimentó una súbita oleada de emoción y tuvo que esforzarse para contener las lágrimas-. Maldita sea, papá, ya es bastante duro todo esto, sin necesidad de tenerte ahí en plan quejica.

– Vale, vale -dijo Pete Ferrami.

Jeannie tragó saliva. «No debería dejarle que me sacara de quicio así.» Cambió de tema.

– ¿Qué vas a hacer ahora? ¿Tienes algún plan?

– Pasaré unos días echando un vistazo por ahí.

Lo que significaba que exploraría el terreno en busca de un sitio que robar. Jeannie no dijo nada. Era un ladrón y ella no podía cambiarle.

Pete Ferrami tosió.

– Tal vez pudieras dejarme unos cuantos pavos para tener algo con qué empezar.

La petición volvió a sulfurar a Jeannie.

– Te diré lo que voy a hacer -pronunció, tensa la voz-. Te permitiré tomar una ducha y afeitarte mientras te lavo la ropa. Si mantienes las manos apartadas de la botella de vodka, te prepararé unos huevos y te haré unas tostadas. Te prestaré un pijama y podrás dormir en el sofá. Pero no voy a darte ni cinco. Estoy esforzándome desesperadamente en conseguir dinero para que mamá pueda quedarse en algún sitio en el que la traten como a un ser humano y no tengo un solo dólar de sobra.

– Está bien, cariño. -El hombre adoptó aire de mártir-. Lo comprendo.

Al final, cuando perdió fuerza el confuso torbellino de bochorno, rabia y compasión, Jeannie se encontró con que todo lo que sentía era melancolía. Deseaba con toda el alma que su padre pudiera cuidar de sí mismo, que fuese capaz de permanecer en un sitio más de unas pocas semanas, que le fuera posible conservar un empleo normal, que pudiera ser cariñoso, compasivo y estable. Anhelaba un padre que fuera un padre. Y sabía que nunca, jamás, vería cumplido su deseo. En su corazón había un lugar destinado a un padre, pero ese lugar estaría siempre vacío.

Sonó el teléfono.

Jeannie descolgó.

– ¡Diga!

Era Lisa, parecía alterada.

– ¡Jeannie, era él!

– ¿Quién? ¿Qué?

– Ese chico al que arrestaron cuando estaba contigo. Lo reconocí en la rueda. Es el que me violó. Steve Logan.

– ¿Que es el violador? -articuló Jeannie, incrédula-. ¿Estás segura?

– No cabe la menor duda, Jeannie -insistió Lisa-. ¡Oh, Dios mío, fue horrible ver su cara otra vez! Al principio no dije nada, porque parecía distinto, con la cabeza descubierta. Luego el detective hizo que todos se pusieran gorra de béisbol y lo conocí con absoluta certeza.

– No es posible que sea él, Lisa -dijo Jeannie.

– ¿Qué quieres decir?

– Sus pruebas demuestran lo contrario. Y pase algún tiempo con él, tengo un pálpito.

– Pero yo le reconocí. -Lisa parecía molesta.

– Estoy atónita. No lo entiendo.

– Esto tira por tierra tu teoría, ¿no es cierto? Tú querías un gemelo que fuese bueno y otro que fuese malo.

– Sí, pero un contraejemplo, una excepción no refuta una teoría.

– Lamento que esto amenace tu proyecto.

– Esa no es la razón por la que digo que no es él -suspiró Jeannie-. Rayos, tal vez lo sea. Ya no sé nada. ¿Dónde estás ahora?

– En casa.

– ¿Te encuentras bien?

– Sí, ahora que él está entre rejas, me encuentro estupendamente.

– Parece tan simpático…

– Esos son los peores, me lo dijo Mish. Los que en la superficie parecen perfectamente normales son los más arteros y los más despiadados, y disfrutan haciendo sufrir a las mujeres.

– Dios mío.

– Me voy a la cama, estoy agotada. Sólo quería decírtelo. ¿Qué tal tu velada?

– Así, así. Mañana te lo cuento.

– Sigo queriendo ir contigo a Richmond.

Jeannie quería llevarse a Lisa para que le ayudara en la entrevista a Dennis Pinker.

– ¿Te sientes con ánimos?

– Sí, realmente quiero continuar llevando una vida normal. No estoy enferma, no necesito ningún periodo de convalecencia.

– Dennis Pinker será probablemente un doble de Steve Logan.

– Lo sé. Puedo arreglármelas.

– Si estás tan segura…

– Te llamaré temprano.

– De acuerdo. Buenas noches.

Jeannie se dejó caer pesadamente en la silla. ¿Sería posible que la seductora naturaleza de Steve no fuera más que una máscara? Jeannie pensó que en tal caso ella debía de ser una mala juez de personas. Y quizá también una científica igualmente mala: acaso todos los gemelos idénticos resultaban igualmente criminales. Suspiró.

Su propio progenitor delincuente se sentó junto a ella.

– Ese profesor es un tipo agradable, ¡pero seguramente es más viejo que yo! -dijo-. ¿Tienes con él una aventura o qué?

Jeannie arrugó la nariz.

– Al cuarto de baño se va por ahí, papá -dijo.

13

Steve se encontraba de nuevo entre las paredes amarillas de la sala de interrogatorios. En el cenicero seguían las mismas dos colillas de cigarrillo. La habitación no había cambiado, pero el sí. Tres horas antes era un ciudadano respetuoso de la ley, inocente y cuyo delito más grave había sido conducir a noventa y cinco kilómetros por hora en una zona de noventa. Ahora era un violador, arrestado, identificado por la víctima y acusado formalmente. Ahora estaba atrapado por la máquina de la justicia, en la cinta transportadora. Era un criminal. Por mucho y por muy repetidamente que se recordase que no había hecho nada malo, le resultaba imposible sacudirse de encima el complejo de infamia e ignominia.

Un poco antes había visto a la mujer detective, la sargento Delaware. Ahora el otro policía, el hombre, entró en el cuarto, también cargado con una carpeta azul. Era de la misma estatura que Steve, pero mucho más corpulento y ancho de espaldas. Llevaba muy corto el pelo gris acero y lucía un bigote hirsuto. Tomo asiento y sacó un paquete de cigarrillos. Sin pronunciar palabra, sacó un pitillo, lo encendió y dejó caer la cerilla en el cenicero. Luego abrió la carpeta. Dentro había otro formulario más. El encabezamiento de este rezaba:

TRIBUNAL FEDERAL DE MARYLAND

POR…(CIUDAD/CONDADO)

La mitad superior estaba dividida en dos columnas tituladas DEMANDANTE y ACUSADO. Un poco más abajo decía:

Pliego de cargos

El detective empezó a rellenar el impreso, sin abrir la boca. Tras escribir unas cuantas palabras levantó la hoja blanca de arriba y comprobó cada una de las cuatro hojas para copias con papel carbón: verde, amarillo, rosa y marrón.

Leyéndolo al revés, Steve vio que el nombre de la víctima era Lisa Hoxton.

– ¿Cómo es? -preguntó.

El detective le miró.

– El cabrón se calla -dijo.

Dio una chupada al cigarrillo y continuó escribiendo.

Steve se sintió denigrado. Aquel hombre se complacía en ultrajarle y él no podía hacer nada para impedirlo. Era otra fase en el proceso destinado a humillarle, de hacerle sentirse insignificante e impotente. Hijo de puta, pensó, me gustaría encontrarte fuera de este edificio, sin esa maldita pistola que llevas.

El detective empezó a especificar las acusaciones. En la casilla número uno anotó la fecha del domingo, luego, «en el gimnasio de la Universidad Jones Falls, Baltimore (Maryland)». Un poco más abajo escribió: «Violación, primer grado». En la casilla siguiente puso el lugar, repitió la fecha y, a continuación: «Asalto e intento de violación».

Cogió una hoja suplementaria y añadió dos cargos más: «agresión» y «sodomía».

– ¿Sodomía?-dijo Steve en tono cargado de sorpresa.

– El cabrón se calla.

Steve estuvo en un tris de asestarle un puñetazo. Esto es deliberado, se dijo. El tipo trata de provocarme. Si le sacudo, tendrá una excusa para llamar a otros tres fulanos que me sujetarán mientras él me muele a patadas. No, no lo hagas.

Cuando hubo terminado de escribir, el detective volvió los dos formularios y los empujo a través de la mesa, hacia Steve.

– Te has metido en un buen lío, Steve. Pegaste, violaste y sodomizaste a una chica…

– No hice nada de eso.

– El cabrón se calla.

Steve se mordió el labio y guardó silencio.

– Eres basura. Eres mierda. Las personas decentes ni siquiera querrán estar en la misma habitación que tú. Has pegado, violado y sodomizado a una muchacha. Sé que no es la primera vez. Llevas haciendo lo mismo una temporada. Eres astuto, lo planeas con anticipación y hasta ahora siempre te salió bien. Pero esta vez te han echado el guante. Tu víctima te ha identificado. Otros testigos te sitúan en las proximidades de la escena del crimen. Dentro de una hora, más o menos, en cuanto el comisario de guardia haya firmado y de a la sargento Delaware la orden de busca y captura, te llevaremos al hospital Mercy, te haremos un análisis de sangre, te pasaremos el peine por tu vello púbico y demostraremos que tu ADN coincide con el que se encontró en la vagina de la víctima.

– ¿Cuánto tardará esa… prueba del ADN?

– El cabrón se calla. Estás atrapado, Steve. ¿Sabes lo que te espera?

Steve guardó silencio.

– La sentencia por una violación en primer grado es cadena perpetua. Vas a ir a la cárcel. ¿Y sabes lo que te va a pasar allí? Vas a comprobar a que sabe la medicina que estuviste administrando. ¿Un jovencito tan agraciado como tú? Miel sobre hojuelas. Te van a sacudir, violar y sodomizar. Vas a descubrir cómo se sintió Lisa. Sólo que en tu caso será durante años y años y años.

Hizo una pausa, cogió el paquete de tabaco y ofreció un cigarrillo a Steve.

Sorprendido, Steve denegó con la cabeza.

– A propósito, soy el detective Brian Allaston. -Encendió un pitillo-. En realidad no sé por qué te cuento esto, pero hay un modo de que la cosa mejore algo para ti.

Steve enmarcó las cejas, curioso. ¿Qué venía ahora?

El detective Allaston se puso en pie, anduvo en torno a la mesa y se sentó en el borde de su superficie, con un pie en el suelo y muy cerca de Steve. Se inclinó hacia delante y habló en voz un poco más baja.

– Deja que te eche una mano. La violación es coito vaginal con empleo o amenaza de empleo de la fuerza, contra la voluntad o sin el consentimiento de la mujer. Para que sea violación en primer grado ha de existir un factor agravante como secuestro, desfiguración o violación por parte de dos o más personas. Las penas por violación en segundo grado son menores. Es decir, que si consigues convencerme de que lo tuyo sólo fue violación en segundo grado, podrías hacerte un inmenso favor.

Steve no dijo nada.

– ¿Quieres contarme lo que sucedió?

Por fin, Steve habló:

– El cabrón se calla -dijo.

Allaston entró en acción con celeridad. Quitó la nalga de encima de la mesa, agarró a Steve por la pechera de la camisa, lo levantó de la silla y lo proyectó contra la cenicienta pared del bloque. La cabeza de Steve salió despedida hacia atrás, chocó contra el muro y produjo un angustioso repique. Fue un impacto muy duro. Al detective Allaston le sobraban algunos kilos y su condición física era bastante deficiente: Steve sabía que tumbar a aquel hijo de puta sólo le llevaría unos segundos. Pero tenía que controlarse. Todo lo que podía esgrimir era su inocencia. Si golpeaba a un policía, al margen de si este le había provocado, sería culpable de un delito. Y entonces lo mismo podía rendirse ya. De no contar con aquel sentido de justa indignación que lo mantenía a flote, podría darse por perdido. De modo que permaneció allí derecho, rígido, con los dientes apretados, mientras Allaston lo separaba de la pared y lo volvía a golpear contra ella, dos, tres, cuatro veces.

– Ni se te ocurra hablarme así otra vez, capullo -advirtió Allaston.

La cólera de Steve empezó a diluirse. Allaston ni siquiera le estaba haciendo daño físico. Comprendió que todo aquello era teatro. Allaston interpretaba un papel y lo estaba haciendo fatal. Era el tipo duro, en tanto que Mish era la detective buena. Pero ambos tenían el mismo objetivo: convencer a Steve para que confesara haber violado a una mujer a la que nunca llegó a conocer y que se llamaba Lisa Margaret Hoxton.

– Corta ese mal rollo, detective -dijo Steve-. Ya sé que eres un violento hijo de perra al que le crecen cerdas en las fosas nasales, del mismo modo que sabes también que si estuviéramos en cualquier otro sitio y no llevases al cinto ese pistolón, te iba a sacudir una paliza de muerte, así que vamos a dejar de ponernos a prueba.

Allaston puso cara de sorpresa. Sin duda había supuesto que Steve estaría demasiado asustado para hablar. Le soltó la pechera de la camisa y se encaminó a la puerta.

– Me dijeron que eras un enterado -declaró-. Bueno, permíteme decirte lo que voy a hacer para que tu educación sea un poco más completa. Vas a volver a las celdas y te vas a pasar allí cierto tiempo, pero esta vez vas a tener compañía. Verás, las cuarenta y una celdas vacías de ahí abajo están todas fuera de servicio, así que vas a tener que compartir la tuya con un prójimo llamado Rupert Butcher, conocido por el apodo de Gordinflas. Tú te consideras un hijo de puta de pronóstico, pero te garantizo que él es mucho peor.

Se ha caído de una juerga de alucine que ha durado tres días, así que no veas cómo le duele el coco. Anoche, aproximadamente a la misma hora en que tú te entretenías prendiendo fuego al gimnasio y colándole a la pobre Lisa Hoxton tu asqueroso cipote, Gordinflas Butcher acuchillaba a su amante por el procedimiento de clavarle repetidamente una horca de jardinero. Disfrutaréis con vuestra mutua compañía. Vamos.

A Steve no le llegaba la camisa al cuerpo. Todo su valor se había derramado como si acabasen de quitar un tapón y se sentía indefenso y vencido. El detective le había humillado pero en ningún momento le amenazó con lesionarle gravemente; pero una noche con un psicópata era algo realmente peligroso. El tal Butcher (Butcher significa «carnicero») ya había cometido un asesinato: si sus meninges tenían capacidad para pensar racionalmente comprendería que poco iba a perder cometiendo otro.

– Aguarda un momento -pidió Steve con voz temblona.

Allaston dio media vuelta, muy despacio.

– ¿Y bien?

– Si confieso, tendré una celda para mí solo.

En la expresión del detective se hizo patente el alivio.

– Desde luego -su voz se había hecho amistosa de pronto.

El cambio de tono encendió el resentimiento de Steve.

– Pero si no confieso, Gordinflas Butcher me asesinará.

Allaston extendió las manos en gesto de impotencia. Steve notó que su miedo se transformaba en odio.

– En ese caso, detective -silabeó-, que te den por culo.

La expresión de sorpresa volvió al rostro de Allaston.

– Hijo de mala madre -insultó-. Veremos si estás tan animado dentro de un par de horas. En marcha.

Llevó a Steve al ascensor y lo acompañó hasta el bloque de celdas. Allí estaba Spike.

– Mete a este borde con Gordinflas -le encargo Allaston.

Spike enarcó las cejas.

– Tan mal fue la cosa, ¿eh?

– Sí. Y a propósito… Steve tiene pesadillas.

– ¿Ah sí?

– Si le oyes gritar… no te preocupes, sólo es que está soñando.

– Comprendo -repuso Spike.

Allaston se retiró y Spike condujo a Steve a la celda.

Gordinflas estaba acostado en la litera. Era de la misma estatura que Steve, pero mucho más robusto. Parecía un culturista que hubiera sufrido un accidente automovilístico: el tejido de su ensangrentada camiseta se tensaba sobre los abultados músculos. Yacía tendido de espaldas, con la cabeza hacia el fondo del calabozo y los pies colgando por el extremo del camastro. Abrió los ojos cuando Spike abrió la puerta y entró Steve. El carcelero cerró de golpe, con estrépito, y echó la llave. Gordinflas abrió los ojos y echó un vistazo a Steve.

Steve sostuvo la mirada durante un momento.

– Dulces sueños -deseó Spike.

Gordinflas volvió a cerrar los párpados.

Steve se sentó en el suelo, con la espalda apoyada en la pared, y se dedicó a observar al dormido Gordinflas.

14

Berrington Jones condujo despacio rumbo a su casa. Se sentía decepcionado y aliviado al mismo tiempo. Como una persona a régimen que se pasa todo el camino hacia la heladería luchando a brazo partido con la tentación y luego se encuentra el local cerrado, Berrington tuvo la sensación de que acababa de librarse de algo que le constaba no debía hacer.

Sin embargo, no se encontraba más cerca que antes de resolver el problema del proyecto de Jeannie y seguía subsistiendo el peligro de que se descubriera el pastel. Quizá debió de dedicar más tiempo a interrogar a Jeannie y menos a pasárselo bien. Enmarcó las cejas, perplejo, mientras aparcaba el vehículo y entraba en la casa.

Dentro reinaba el silencio; sin duda Marianne, el ama de llaves, se había ido a dormir. Pasó al estudio y comprobó el contestador automático. Sólo había un mensaje.

«Profesor, aquí la sargento Delaware de la Unidad de Delitos Sexuales, que llama en la noche del lunes. Le agradezco su colaboración.»

Berrington se encogió de hombros. Apenas se había molestado en confirmar si Lisa trabajaba o no en la Loquería. La cinta prosiguió:

«Como quiera que usted es el patrono de la señora Hoxton y la violación tuvo lugar en el campus, me considero obligada a informarle de que esta tarde hemos arrestado a un hombre. La verdad es que se trataba de una persona a la que durante el día de hoy estuvieron sometiendo a diversas pruebas en sus laboratorios. Se llama Steve Logan.»

– ¿Jesús! -estalló Berrington.

«La víctima lo señaló en la rueda de reconocimiento, de modo que estoy segura de que la prueba de ADN confirmará que se trata del violador. Le ruego transmita esta información a cuantos miembros de la universidad considere usted oportuno. Gracias.»

– ¡No! -exclamo Berrington. Se dejó caer pesadamente en una silla. Repitió, en tono más bajo-: No.

Luego rompió a llorar.

Se levantó al cabo de un momento, todavía llorando, y cerró la puerta del estudio por temor a que la doncella apareciese por allí. Después regresó al escritorio y enterró la cabeza entre las manos.

Permaneció así un buen rato.

Cuando por fin suspendió el llanto, tomó el teléfono y marcó un número que se sabía de memoria.

– Que no responda el contestador automático, por favor, Dios mío -dijo en voz alta, mientras escuchaba la señal.

– ¡Diga! -sonó la voz de un joven.

– Soy yo -dijo Berrington.

– ¡Hombre! ¿Cómo estás?

– Desolado.

– ¡Oh! -el tono era de culpabilidad.

Si Berrington albergaba alguna duda, aquella nota la barrió definitivamente.

– Cuéntame.

– No trates de quedarte conmigo, por favor. Hablo del domingo por la noche.

El joven suspiró.

– Vale.

– Maldito estúpido. Fuiste al campus, ¿verdad? Lo… -Se dio cuenta de que por teléfono no debía hablar más de la cuenta-. Volviste a las andadas.

– Lo siento…

– ¡Lo sientes!

– ¿Cómo lo supiste?

– Al principio no se me ocurrió sospechar de ti… pensé que habías abandonado la ciudad. Luego arrestaron a alguien que tiene la misma apariencia que tú.

– ¡Vaya! Eso significa que estoy…

– Fuera del anzuelo.

– ¡Anda! ¡Qué potra! Escucha…

– ¿Qué?

– No irás a decir nada, ¿eh? A la policía o a alguien.

– No, no diré una palabra -dijo Berrington, abatido-. Puedes confiar en mí.

MARTES

15

La ciudad de Richmond tenía un aire de perdido esplendor, y Jeannie pensó que los padres de Dennis Pinker estaban perfectamente a tono con él. Charlotte Pinker, pecosa pelirroja embutida en un susurrante vestido de seda, conservaba el aura de una gran dama de Virginia, a pesar de que vivía en una casa de madera levantada en un solar de reducidas dimensiones. Confesó cincuenta y cinco años, pero Jeannie sospechó que andaba muy cerca de los sesenta.

Su esposo, al que siempre se refería llamándole «el comandante», sería aproximadamente de la misma edad, pero se ataviaba con cierto descuido y tenía el aire parsimonioso del hombre que lleva mucho tiempo jubilado. Dirigió un guiño pícaro a Jeannie y Lisa, al tiempo que ofrecía:

– ¿No os apetecería un cóctel, muchachas?

Su esposa tenía un refinado acento del sur y hablaba en un tono un poco alto, como si estuviese dirigiendo continuamente la palabra a los asistentes a un mitin.

– ¡Por el amor de Dios, comandante, son las diez de la mañana!

El comandante se encogió de hombros.

– Sólo pretendía que esta reunión empezase con buen pie.

– Esto no es ninguna reunión… estas damas están aquí para estudiarnos. Han venido porque nuestro hijo es un asesino.

Jeannie observó que había dicho «nuestro hijo»; pero eso no significaba gran cosa. Aún podía ser un hijo adoptado. Anhelaba desesperadamente hacer preguntas acerca de la ascendencia de Dennis Pinker. Si los Pinker reconocían que el chico era adoptado, quedaría resuelta la mitad del rompecabezas. Pero Jeannie tenía que andar con ojo. Era una cuestión delicada. Si formulaba las preguntas con excesiva brusquedad, era más que probable que le mintieran.

Se obligó a esperar la llegada del momento oportuno.

Estaba también sobre ascuas respecto a la apariencia física de Dennis. ¿Sería o no sería el doble de Steve Logan? Miró con impaciencia las fotos colocadas en marcos baratos y distribuidas por la pequeña sala de estar. Todas se habían tomado años atrás. El pequeño Dennis en un cochecito infantil, pedaleando en un triciclo, vestido con equipo de béisbol y estrechando la mano a Mickey Mouse en Disneylandia. No había ningún retrato suyo en el que se le viera de adulto. Sin duda los padres querían recordar al niño inocente, antes de que se convirtiera en un asesino convicto. En consecuencia, Jeannie no se enteró de nada a través de las fotos. Aquel chaval rubio de doce años puede que ahora tuviese exactamente el mismo aspecto que Steve Logan, pero igualmente podía haberse desarrollado como un chico feo, achaparrado y moreno.

Charlotte y el comandante habían rellenado previamente diversos cuestionarios y ahora se trataba de entrevistarlos personalmente a cada uno de ellos durante cosa de una hora.

Lisa se llevo al comandante a la cocina y Jeannie se encargó de interrogar a Charlotte.

A Jeannie le costaba concentrarse en las preguntas de rutina. Su mente vagaba de continuo hacia la idea de que Steve se encontraba en la cárcel. Seguía pareciéndole imposible de creer que fuese un violador. Y no sólo porque eso echaría a perder su hipótesis. Le caía bien el muchacho: era inteligente y simpático, y parecía buen chico. También tenía su lado vulnerable: la perplejidad y angustia que le produjo la noticia de que tenía un hermano psicópata le hizo a Jeannie desear echarle los brazos al cuello y consolarle.

Cuando Jeannie preguntó a Charlotte si algún otro miembro de su familia había tenido conflictos con la ley, Charlotte le lanzo una mirada altanera y respondió, arrastrando las sílabas:

– Los hombres de mi familia siempre han sido terriblemente violentos. -Respiró expulsando el aire por las fosas nasales como si lanzase llamaradas-. Soy una Marlowe por nacimiento, y somos una familia que nos hierve la sangre.

Lo cual sugería que Dennis no era adoptado ni tampoco que su adopción no estuviese reconocida. Jeannie disimuló su decepción. ¿Iba a negar Charlotte que Dennis pudiera tener un hermano gemelo?

Era una pregunta de obligada formalidad. Jeannie dijo:

– Señora Pinker, ¿existe alguna posibilidad de que Dennis tenga un hermano gemelo?

– No.

La respuesta fue tajante: ni indignación ni jactancia, sólo exposición de un hecho.

– Está usted segura…

Charlotte se echó a reír.

– Querida mía, ¿eso es algo en lo que difícilmente podría equivocarse una madre!

– Decididamente no es un niño adoptado.

– Llevé a ese chico en mi vientre, y que Dios me perdone.

A Jeannie se le cayó el alma a los pies. Charlotte Pinker podía mentir con la misma facilidad que Lorraine Logan, consideró Jeannie, pero, con todo, no dejaba de ser extraño y preocupante que ambas coincidiesen en negar que sus hijos fueran gemelos.

Al despedirse de los Pinker se sentía pesimista. Albergaba la impresión de que cuando conociese personalmente a Dennis se encontraría con que no guardaba ninguna semejanza física con Steve.

Tenían aparcado en la calle el Ford Aspire que alquilaron. Era un día caluroso. Jeannie llevaba un vestido sin mangas, sobre el que se había puesto una chaqueta para que le confiriese un aire de respetabilidad. El aire acondicionado del Ford expulsó aire tibio. Jeannie se quitó los pantis y colgó la chaqueta en la percha del asiento trasero.

Se puso al volante. Cuando salieron a la autopista v tomaron la dirección de la cárcel, Lisa comentó:

– Realmente me inquieta pensar que señalé en la rueda al individuo que no era.

– También a mí -dijo Jeannie-. Pero sé que no lo hubieras hecho de no tener una certeza absoluta.

– ¿Cómo puedes estar tan segura de que me equivoco?

– No estoy segura de nada. Sólo tengo un acusado presentimiento acerca de Steve Logan.

– A mí me parece que deberías comparar ese presentimiento con la certeza de un testigo ocular, y creer a dicho testigo ocular.

– Ya lo sé. Pero ¿viste alguna vez la serie de Alfred Hitchcock? Es en blanco y negro, pero de vez en cuando la reponen por cable.

– Sé lo que vas a decir. Se trata de aquel episodio en el que cuatro testigos presencian un accidente de carretera y cada uno de ellos da una versión del suceso algo distinta.

– ¿Te sientes ofendida?

– Debería estarlo -suspiró Lisa-, pero te aprecio demasiado para enfadarme contigo por este asunto.

Jeannie alargó el brazo y apretó la mano de Lisa.

– Gracias.

Se produjo un largo silencio, al cabo del cual Lisa dijo:

– Me fastidian las personas que creen que soy débil.

Jeannie frunció el ceño.

– No creo que seas débil.

– La mayoría de la gente si que lo cree. Porque soy menuda, tengo una naricilla mona y estoy llena de pecas.

– Bueno, no das la imagen de chica fortachona, eso es cierto.

– Pero soy fuerte. Vivo sola, cuido de mí misma, cumplo con mi trabajo y nadie me folla. Mejor dicho, creía serlo… hasta el domingo. Ahora pienso que la gente tiene razón: soy débil. ¡En absoluto puedo cuidar de mí misma! Cualquier psicópata que pase por la calle puede echarme mano, ponerme un cuchillo delante de los ojos y hacer lo que le plazca con mi cuerpo y dejar su esperma dentro de mí.

Jeannie le lanzó una mirada. El rostro de Lisa estaba blanco de pasión. Jeannie confió en obrar adecuadamente al hacer que Lisa se desfogara.

– No eres débil -aseveró.

– Tú eres dura -replicó Lisa.

– Yo tengo el problema contrario… La gente cree que soy invulnerable. Porque mido metro ochenta y tres, llevo perforada la aleta de la nariz y adopto una actitud malvada, se imaginan que no se me puede hacer daño.

– No tienes una actitud malvada.

– Debo estar en un error.

– ¿Quién cree que eres invulnerable? Yo no.

– La mujer que dirige Bella Vista, la residencia donde está mi madre. Me dijo claramente: «Su madre no cumplirá los sesenta y cinco». Así como suena. «Se que usted prefiere que le sea sincera», añadió. Me quedé con las ganas de soltarle que el que yo lleve un aro en la nariz no significa que no tenga sentimientos.

– Mish Delaware dice que a los violadores no les interesa realmente el sexo. Que disfrutan ejerciendo su poder sobre una mujer, dominándola, asustándola y lastimándola. Eligió a alguien que supuso se asustaría fácilmente.

– ¿Quién no se asustaría?

– Sin embargo, no te eligió a ti. Tú probablemente le hubieras zurrado.

– Me gustaría tener la oportunidad de hacerlo.

– De todas formas, tú le habrías plantado cara con más energía que yo y, desde luego, no te habrías sentido tan impotente y aterrada. Así que él no te eligió a ti.

Jeannie vio adonde conducía todo aquello.

– Lisa, eso puede que sea cierto, pero no hace que la violación sea culpa tuya, conforme? No tienes ninguna culpa, ni un ápice. Te viste involucrada: podía haberle pasado a cualquiera.

– Tienes razón -convino Lisa.

Dieciséis kilómetros después de haber abandonado la ciudad se desviaron de la interestatal al llegar a un indicador que rezaba: «Penitenciaría Greenwood». Era una prisión anticuada, un conjunto de edificios de piedra gris rodeado por altos muros con alambrada de espino. Dejaron el coche a la sombra de un árbol, en la zona de aparcamiento destinada a los visitantes. Jeannie volvió a ponerse la chaqueta, pero no los pantis.

– ¿Estás preparada para esto? -preguntó Jeannie-. Dennis tendrá el mismo aspecto que el individuo que te violó, a menos que mi metodología esté equivocada de medio a medio.

Lisa asintió con gesto grave.

– Estoy lista.

Se abrió la puerta principal para dejar paso a un camión de reparto y ambas entraron sin que nadie les diera el alto. Jeannie sacó la conclusión de que, a pesar de la alambrada de espino, la vigilancia no era nada estricta. Las estaban esperando. Un guardia comprobó sus tarjetas de identificación y las acompañó a través de un patio en el que reinaba un calor de horno y donde un puñado de jóvenes negros jugaban al baloncesto. El edificio de la administración tenía aire acondicionado. Las anunciaron en el despacho del alcaide, John Temoigne. Vestía camisa de manga corta y corbata; en su cenicero había dos colillas de puro. Jeannie le estrechó la mano.

– Soy la doctora Jean Ferrami, de la Universidad Jones Falls.

– ¿Cómo estás, Jean?

Evidentemente, Temoigne era el tipo de hombre al que le resulta difícil tratar de usted y dirigirse a una mujer por el apellido. Jeannie se abstuvo deliberadamente de citar el nombre de Lisa.

– Aquí, mi ayudante, la señora Hoxton.

– Hola, encanto.

– En la carta que te escribí ya explicaba en qué consiste nuestro trabajo, alcaide, pero si tienes alguna pregunta, la contestaré con sumo gusto.

Jeannie tuvo que decirlo, aunque le consumía la impaciencia por ver a Dennis Pinker.

– Es preciso que comprendáis que Pinker es un sujeto violento y peligroso -advirtió Temoigne-. ¡Conocéis los detalles de su delito!

– Creo que agredió sexualmente a una mujer en una sala cinematográfica y que la mató cuando ella intentó resistirse.

– Estás muy cerca. Fue en el cine Eldorado, en Greensburg. Proyectaban una película de terror. Pinker bajó al sótano y cortó la corriente eléctrica. A continuación, cuando los espectadores eran presa del pánico en la oscuridad, Pinker se dedicó a sobar a las chicas.

Jeannie intercambió con Lisa una mirada sobrecogida. Se parecía mucho a lo sucedido el domingo en la Universidad Jones Falls. Una maniobra de diversión creó el desconcierto y el pánico y proporcionó al agresor su oportunidad. También había un toque similar de fantasía adolescente en las dos escenas del crimen: manoseo de jóvenes en la sala del cine sumida en la oscuridad y observación de mujeres corriendo desnudas de un lado para otro en el vestuario del gimnasio. Si Steve Logan y Dennis Pinker eran gemelos idénticos, al parecer habían cometido delitos muy semejantes.

– Una mujer cometió la imprudencia de resistírsele -prosiguió Temoigne- y la estranguló.

Jeannie se picó. -Si te hubieran metido mano a ti, alcaide, ¿hubieras cometido la imprudencia de resistirte?

– Yo no soy una chica -replicó Temoigne con el aire del que pone sobre la mesa el as del triunfo.

Intervino Lisa, diplomática: -Debemos poner manos a la obra, doctora Ferrami… Nos queda un montón de trabajo por hacer.

– Tienes razón.

– Normalmente -dijo Temoigne-, tendríais que entrevistar al recluso a través de una reja. Habéis solicitado de modo especial estar con él en la misma habitación y desde las alturas me han ordenado que os lo permita. A pesar de todo insisto en que volváis a pensarlo. Ese hombre es un criminal peligroso y violento.

Un estremecimiento de angustia sacudió a Jeannie, pero se mantuvo exteriormente fría.

– Habrá un guardia armado en la estancia durante todo el tiempo que estemos con Dennis.

– Claro que sí. Pero me sentiría mucho más cómodo si hubiese una rejilla de acero entre vosotras y el preso. -Temoigne le dedicó una sonrisa zalamera-. Un hombre ni siquiera tiene que ser un psicópata para que le acose la tentación al verse ante dos jóvenes atractivas.

Jeannie se puso en pie bruscamente.

– Te agradezco tu preocupación, alcaide, de veras. Pero tenemos que cumplir determinados pasos, tales como tomar una muestra de sangre, fotografiar al sujeto y etc., cosas que no pueden realizarse a través de los barrotes. Además, ciertas partes de la entrevista tratan de temas íntimos y pensamos que, si una barrera artificial se interpusiera entre nosotras y el sujeto, eso comprometería nuestros resultados.

Temoigne se encogió de hombros.

– Bueno, supongo que sabréis lo que hacéis. -Se levantó-. Os acompañaré al bloque de celdas.

Abandonaron el despacho y cruzaron un patio de tierra batida hacia una especie de bloque de hormigón de dos plantas. Un guardia abrió la puerta de hierro y les franqueó el paso. En el interior reinaba el mismo calor de horno que fuera.

– Robinson se encargará de vosotras a partir de ahora -dijo el alcaide-. Cualquier cosa que necesitéis, chicas, dadme un grito.

– Gracias, alcaide -dijo Jeannie-. Apreciamos tu colaboración.

Robinson era un negro tranquilizadoramente alto, de unos treinta años. Llevaba pistola en una funda abotonada y una porra de aspecto impresionante. Las introdujo en un locutorio de reducidas dimensiones, con una mesa y media docena de sillas amontonadas. Había un cenicero encima de la mesa y un refrigerador de agua en un rincón. El suelo estaba embaldosado en plástico gris y las paredes pintadas de un color similar. No había ventanas.

– Pinker estará aquí dentro de un minuto -dijo Robinson.

Ayudo a Jeannie y a Lisa a disponer la mesa y las sillas. Luego se sentaron.

Al cabo de un momento se abrió la puerta.

16

Berrington Jones se reunió con Jim Proust y Preston Barck en el Monóculo, un restaurante próximo al edificio que albergaba los despachos del Senado, en Washington. Era un local donde solían almorzar personas relacionadas con el poder y que estaba lleno de gente que conocían: congresistas, asesores políticos, periodistas, ayudantes de confianza. Berrington había llegado a la conclusión de que era una tontería tratar de ser discreto. Todos eran bastante conocidos, en especial el senador Proust, con su calva y su enorme nariz. De haberse reunido en algún local más o menos disimulado, no faltaría un reportero que los viese y se apresurara a publicar un comentario en plan chismoso preguntando por qué celebraban conciliábulos secretos. Era mejor ir a un sitio en el que varias personas les reconociesen y dieran por supuesto que celebraban una reunión acerca de sus legítimos intereses mutuos.

El objetivo de Berrington consistía en mantener sobre los raíles el trato con la Landsmann. Aquel negocio siempre había sido una aventura arriesgada, y ahora Jeannie Ferrami la había convertido en verdaderamente peligrosa. Pero la disyuntiva era renunciar a sus sueños. A su única oportunidad de hacer dar media vuelta a Norteamérica y situarla de nuevo en el camino de la integridad racial. No suponía que fuera demasiado tarde, no del todo. La visión de unos Estados Unidos blancos, cumplidores de la ley, practicantes de la religión y orientados hacia la familia podía convertirse en realidad. Pero ellos se encontraban ya cerca de los sesenta años de edad: si perdían aquella, no iban a tener otra oportunidad.

Jim Proust era el gran personaje, estentóreo y jactancioso; pero aunque a menudo hastiaba a Berrington, este sabía cómo buscarle las vueltas y convencerle. Preston, con sus modales suaves, era mucho más amable, pero también obstinado.

Berrington les llevaba malas noticias, y las expuso en cuanto el camarero hubo tomado nota de lo que deseaban tomar. -Jeannie Ferrami ha ido hoy a Richmond, a ver a Dennis Pinker.

Jim frunció el entrecejo.

– ¿Por qué infiernos no se lo impediste?

La voz de Proust era profunda y áspera, resultado de años y años de aullar órdenes.

Como siempre, la actitud dominante de Jim irritó a Berrington.

– ¿Qué se supone que tenía que hacer, atarla?

– Tú eres su jefe, ¿no?

– Estamos en una universidad, Jim, no en el jodido ejército.

– Bajemos el volumen, compañeros -dijo Preston nerviosamente. Llevaba unas gafas de montura negra y delgada: las había estado llevando de ese estilo desde I959, y Berrington no dejó de observar que ahora volvían a estar de moda-. Sabíamos que esto podía ocurrir en cualquier momento. Propongo que tomemos la iniciativa y lo confesemos todo inmediatamente.

– ¿Confesar? -observó Jim, incrédulo-. ¿Acaso se supone que hemos hecho algo malo?

– Puede que la gente lo considere así…

– Permíteme recordarte que cuando la CIA sacó a relucir el informe que inició todo esto, «Nuevos avances de la ciencia soviética», el mismísimo presidente Nixon declaró que era la noticia más alarmante llegada de Moscú desde que los soviéticos dividieron el átomo.

– Puede que el informe no dijese la verdad… -apuntó Preston.

– Pero creímos que era verídico. Y lo que es más importante, nuestro presidente lo dio por bueno. ¿No os acordáis del maldito miedo que nos entró entonces?

Desde luego, Berrington se acordaba. La CIA había dicho que los soviéticos contaban con un programa de procreación de seres humanos. Mediante el mismo planeaban crear científicos perfectos, ajedrecistas perfectos, atletas perfectos… y soldados perfectos. Nixon ordenó a la Unidad de Investigación Clínica del ejército de Estados Unidos, como se denominaba entonces, que concibiera un programa paralelo y descubriese el modo de engendrar soldados norteamericanos perfectos. A Jim Proust se le encargó la tarea de llevarlo a la práctica.

Recurrió de inmediato a Berrington en busca de ayuda. Unos cuantos años antes, Berrington había dejado estupefactos a todos, en especial a su esposa, Vivvie, al alistarse en el ejército precisamente cuando el sentimiento antibélico hervía entre los hombres de su edad. Fue a trabajar a Fort Detrick, en Frederick (Maryland), donde emprendió una investigación sobre el cansancio en los soldados. A principios de los setenta era la máxima autoridad mundial en características hereditarias del personal castrense, tales como agresividad y resistencia física. Mientras tanto, Preston, que permaneció en Harvard, llevó a cabo una serie de avances en el terreno de la fertilización humana. Berrington le persuadió para que dejase la universidad y pasara a formar parte del gran experimento, junto con él y con Proust.

Había sido el momento más glorioso de Berrington.

– También me acuerdo de lo emocionante que era -dijo-. Estábamos en la primera línea de la ciencia, situando a Estados Unidos en el buen camino, y nuestro presidente nos había pedido que continuáramos trabajando.

Preston jugueteó con su ensalada.

– Los tiempos han cambiado. Ahora ya no constituye ninguna excusa decir: «Lo hice porque el presidente de Estados Unidos me pidió que lo hiciera». Hay hombres que fueron a la cárcel por hacer lo que el presidente les encargó.

– ¿Qué tuvo aquello de malo? -preguntó Jim malhumoradamente-. Era secreto, si. Pero ¿qué hay que confesar, por el amor de Dios?

– Estábamos en la clandestinidad -especificó Preston.

Jim se sonrojó bajo su bronceado.

– Transferimos nuestro proyecto al sector privado.

Eso no dejaba de ser un sofisma, pensó Berrington, aunque se abstuvo de crear polémica expresándolo en voz alta. Aquellos payasos del Comité para la Reelección del Presidente se dejaron atrapar dentro del hotel Watergate y todo Washington corrió asustado. Preston creó la Genético como empresa particular limitada y Jim aportó suficientes contratos militares tipo «pan y mantequilla» para hacerla financieramente viable. Al cabo de una temporada, las clínicas de fertilidad se convirtieron en un negocio tan lucrativo que sus beneficios sufragaban los gastos del programa de investigación sin necesidad de la ayuda del estamento militar. Berrington regresó al mundo académico y Jim pasó del ejército a la CIA y después ingresó en el Senado.

– Yo no digo que estuviésemos equivocados… -dijo Preston-, aunque algunas de las cosas que hicimos eran contrarias a la ley. Berrington no deseaba que sus dos compañeros adoptasen posiciones concentradas exclusivamente en aquel asunto. Intervino, manifestando en tono tranquilo: -Lo irónico es que se demostró que era imposible procrear ciudadanos perfectos. Todo el proyecto circulaba por una vía errónea. La procreación natural era demasiado inexacta. Pero fuimos lo bastante inteligentes como para ver las posibilidades de la ingeniería geneático.

– En aquellas fechas nadie había oído hablar siquiera de esas malditas palabras -rezongó Jim mientras cortaba un trozo de filete.

Berrington asintió.

– Jim tiene razón, Preston. Debemos estar orgullosos, no avergonzados, de lo que hicimos. Si piensas en ello, te das cuenta de que realizamos un milagro. Nos asignamos la tarea de averiguar si determinados rasgos, como inteligencia y agresividad, son genéticos; acto seguido, llevamos a cabo la identificación de los genes responsables de esos rasgos; y, por último, los convertimos en embriones en tubos de ensayo… ¡y estuvimos a dos dedos del éxito!

Preston se encogió de hombros.

– Toda la comunidad de la biología humana ha estado trabajando con la misma agenda…

– No del todo. Nosotros teníamos nuestro punto de mira bien enfocado y colocábamos nuestras apuestas lo que se dice cuidadosamente.

– Eso es verdad.

Los dos amigos de Berrington, cada uno a su modo particular, se estaban desahogando. Eran muy previsibles, pensó Berrington con afecto: quizá todos los viejos amigos siempre lo son. Jim había vociferado y Preston había gimoteado. Ahora estaban ya lo bastante tranquilos como para echar una mirada objetiva a la situación.

– Esto nos envía de nuevo a Jeannie Ferrami -dijo Berrington-. En cuestión de uno o dos años, esa mujer puede decirnos cómo crear personas agresivas sin que se conviertan en criminales. Las últimas piezas del rompecabezas empiezan a encajar en su sitio. El traspaso a la Landsmann nos brinda la oportunidad de acelerar el programa, así como también la ocasión de implantar a Jim en la Casa Blanca. Este no es el momento de echarnos atrás.

– Todo eso está muy bien -dijo Preston-. Pero ¿qué vamos a hacer? La organización Landsmann tiene un maldito código ético, ya lo sabes.

Berrington se tragó un par de brusquedades.

– Lo primero es meternos en la cabeza la idea de que aquí no tenemos una crisis, sólo un problema -dijo-. Y ese problema no es la Landsmann. Sus contables no descubrirán la verdad ni aunque se pasen cien años examinando nuestros libros. Nuestro problema es Jeannie Ferrami. Hemos de impedir que averigüe más detalles, al menos hasta el lunes que viene, cuando firmemos los documentos del traspaso.

– Pero no puedes ordenárselo -articuló Jim sarcásticamente- porque estamos en una universidad, no en el jodido ejército.

Berrington asintió. Ahora los había inducido ya a pensar del modo que quería.

– Cierto -dijo en tono sosegado-. No puedo darle órdenes. Pero hay formas más sutiles de manipular a las personas que las que utilizan los militares, Jim. Si vosotros dos dejáis este asunto en mis manos, arreglaré las cosas con ella.

Preston no estaba muy convencido.

– ¿Cómo?

Berrington ya le había dado vueltas en la cabeza a aquella cuestión. No tenía ningún plan, pero sí una idea.

– Creo que hay un problema en torno a la utilización por su parte de bases clínicas de datos. Suscita cuestiones éticas. Me parece que puedo obligarla a suspender esa utilización.

– Sin duda ha debido cubrirse.

– No necesito una razón válida, me basta con un pretexto.

– ¿Cómo es la chica? -preguntó Jim.

– Unos treinta años. Alta, muy atlética. Pelo oscuro, un aro en la nariz, conduce un viejo Mercedes rojo. Durante mucho tiempo tuve una opinión muy alta de ella. Anoche me enteré de que hay sangre infecta en la familia. Su padre es un individuo del tipo criminal. Pero la muchacha es también inteligente, luchadora y tenaz.

– ¿Casada, divorciada?

– Soltera y sin compromiso.

– ¿Un cardo?

– No. Es guapa. Pero difícil de manipular.

Jim asintió pensativamente.

– Aun contamos con un sinfín de amigos leales en la comunidad del contraespionaje. No costaría mucho conseguir que una mujer así desapareciera.

Preston puso cara de susto.

– Nada de violencia, Jim, por el amor de Dios.

Un camarero empezó a llevarse los platos y guardaron silencio hasta que se retiró. Berrington sabía que no le quedaba más remedio que participarles las noticias que la noche anterior le contó la sargento Delaware.

– Hay algo que es preciso que sepáis -dijo, apesadumbrado-. El domingo violaron a una muchacha en el gimnasio. La policía ha detenido a Steve Logan. La víctima lo señaló en una rueda de reconocimiento.

– ¿Lo hizo él? -preguntó Jim.

– No.

– ¿Sabes quién lo hizo?

Berrington le miró a los ojos.

– Sí, Jim, lo sé.

– ¡Oh, mierda! -exclamó Preston.

– Quizá deberíamos hacer que los chicos desaparecieran.

A Berrington se le formó en la garganta un nudo tan tenso que amenazaba con asfixiarle y comprendió que se estaba poniendo rojo. Se inclinó a través de la mesa y apuntó con el dedo índice al rostro de Jim.

– ¡Ni se te ocurra volver a decir eso otra vez! -amenazó Berrington, al tiempo que agitaba el índice tan cerca de los ojos de Jim que este se encogió acobardado, a pesar de que era un hombre mucho más corpulento que su compañero.

– ¡Acabad de una vez con eso, pareja! -siseó Preston-. ¡Vais a llamar la atención de la gente!

Berrington retiró el dedo, pero no había terminado. Si hubiesen estado en un lugar menos público habría echado las manos a la garganta de Jim. Pero se limitó a agarrarle la solapa.

– Dimos la vida a esos chicos. Los trajimos al mundo. Para mal o para bien, son responsabilidad nuestra.

– ¡Está bien, está bien! -dijo Jim.

– Entendedme. Si uno de esos chicos sufre el menor daño, te volaré la cabeza, Jim, y que Cristo me perdone.

Se presentó un camarero, con la pregunta:

– ¿Los señores van a tomar postre?

Berrington soltó la solapa de Jim.

Jim se alisó la chaqueta del traje con furiosos ademanes.

– ¡Maldita sea! -murmuró Berrington-. ¡Maldita sea!

Preston dijo al camarero:

– Tráigame la cuenta, por favor.

17

Steve Logan no había pegado ojo en toda la noche.

Gordinflas Butcher durmió como un tronco, dejando escapar de vez en cuando algún que otro suave ronquido. Sentado en el suelo, sin apartar la vista de su compañero de celda, Steve observaba temerosamente todos sus movimientos, todas las contracciones de su cuerpo, mientras se preguntaba qué sucedería cuando aquel individuo se despertara. ¿Buscaría camorra Gordinflas? ¿Intentaría violarle? ¡Le sacudiría una paliza sin más?

Steve tenía buenos motivos para temblar. En la cárcel, las somantas a los reclusos eran el pan nuestro de cada día. Muchos resultaban heridos, unos cuantos morían. A la gente que gozaba de libertad en el exterior aquello le tenía sin cuidado: pensaban que si los presidiarios se tullían o se mataban entre sí quedarían menos malhechores en condiciones de robar y asesinar a los ciudadanos decentes.

Steve no cesaba de decirse, entre temblores, que por nada del mundo debía dar la impresión de víctima. Sabía que al prójimo le iba a resultar fácil equivocarse con él. Tip Hendricks cometió ese error. Steve tenía aire de buena persona. Pese a su corpulencia, cualquiera diría, por su aspecto, que era incapaz de hacer daño a una mosca.

Y ahora tenía que parecer dispuesto a liarse a golpes con quien le provocara, aunque sin dar la nota de pendenciero. Sobre todo, debía evitar que Gordinflas viese en él a un universitario de vida sana y decente. Eso le convertiría en blanco perfecto de burlas, golpes accidentales, atropellos y, al final, la somanta. A ser posible tenía que dar la impresión de que era un delincuente endurecido. En el caso de que no lo consiguiera, sería cuestión de desconcertar y confundir a Gordinflas enviándole señales que le resultasen poco familiares.

¿Y si nada de eso funcionaba?

Gordinflas era más alto y robusto que Steve y posiblemente fuese también un experto en peleas callejeras. Steve poseía un cuerpo más proporcionado y tal vez se moviera con mayor rapidez, pero llevaba siete años sin pegarse enconadamente con nadie. En un espacio amplio, puede que hubiese mantenido a raya a Gordinflas y que hubiera salido sin lesiones graves. Pero allí, en la celda, la lucha sería sangrienta, ganara quien ganase. Si el detective Allaston dijo la verdad, Gordinflas había demostrado, en el curso de las últimas veinticuatro horas, tener instinto asesino. ¿Tengo yo instinto asesino?, se preguntó Steve. ¿Existe eso que se llama instinto asesino? Me faltó muy poco para matar a Tip Hendricks. ¿Me convierte eso en alguien como Gordinflas?

Al pensar en lo que significaría salir victorioso en una trifulca a brazo partido con Gordinflas, Steve se estremeció. Se imaginó al hombretón tendido en el piso de la celda, desangrándose, mientras él, Steve, se erguía sobre él como lo hizo sobre Tip Hendricks, y Spike, el carcelero, exclamaba mientras: «¡Por Jesucristo Todopoderoso, creo que esta muerto!». Más bien sería él quien acabase machacado a golpes.

Quizá debería mostrarse pasivo. Puede que se encontrara más seguro y a salvo permaneciendo hecho un ovillo en el suelo y dejando que Gordinflas le pateara hasta cansarse. Pero Steve no sabía si le iba a ser posible hacer eso. De modo que permaneció allí sentado, con la garganta seca y el corazón desbocado, con la mirada fija en el dormido psicópata e imaginando peleas, combates que siempre perdía.

Supuso que era un truco que los polis practicaban a menudo. A Spike el carcelero no le parecía nada fuera de lo habitual. Quizás, en vez de zurrar la badana a los detenidos en una sala de interrogatorio, para arrancarles la confesión, su táctica consistía en dejar que otros sospechosos les hicieran ese trabajo. Steve se preguntó cuántas personas confesarían delitos que no cometieron sólo para evitar pasar una noche en una celda con alguien como Gordinflas.

No olvidaría aquel trago, se lo juró a sí mismo. Cuando obtuviera el título de abogado y se encargara de la defensa de personas acusadas de crímenes nunca aceptaría como prueba una confesión. Diría: «Una vez me acusaron de un delito que no había cometido, pero que estuve a punto de confesar. Me he visto en tal circunstancia y sé lo que es». Luego recordó que si le declaraban culpable de aquel crimen lo expulsarían de la facultad de Derecho y jamás defendería a nadie.

Se repitió una y otra vez que no le declararían culpable. La prueba del ADN le libraría de la acusación. Hacia la medianoche le sacaron de la celda, le esposaron y lo condujeron al hospital Mercy, situado a escasas manzanas del cuartelillo de policía. Le extrajeron una muestra de sangre, de la que sacarían su ADN. Steve había preguntado a una enfermera cuanto tardarían en saber el resultado de la analítica y la consternación se apoderó de él cuando se enteró de que no lo tendrían antes de tres días. Regresó a la celda sumido en un abatimiento profundo. Volvieron a alojarle con Gordinflas, que, misericordiosamente, continuaba dormido.

Supuso que él podría aguantar despierto veinticuatro horas. Ese era el plazo de tiempo máximo que la ley permitía tenerle retenido sin pasar a disposición judicial. Le arrestaron hacia las seis de la tarde, de modo que tal vez permanecería allí hasta la misma hora del día siguiente. Entonces, si no antes, debían concederle la ocasión de solicitar la fijación de una fianza. Esa sería su oportunidad de salir de allí.

Se estrujó las neuronas tratando de recordar la lección sobre fianza. «La única cuestión que el tribunal puede considerar es si la persona acusada comparecerá o dejará de comparecer en el juicio», salmodió el profesor Rexam. En aquel momento, a Steve le pareció aquello tan aburrido como un sermón; ahora lo significaba todo. Los detalles empezaron a afluir a su mente. Tomó en cuenta dos factores. Uno era la posible sentencia. El riesgo que se corría al conceder la fianza era mayor si el cargo era grave: existían más probabilidades de fuga en el caso de una acusación de asesinato que en el de una de hurto de poca importancia. Lo mismo se aplicaba si el acusado tenía antecedentes penales y, en consecuencia, se enfrentaba a una larga condena. Steve no tenía antecedentes; aunque una vez estuvo convicto de agresión con agravantes eso ocurrió antes de que hubiese cumplido los dieciocho años y no podía emplearse en su contra. Compadecería ante el tribunal como un hombre sin historial delictivo. Sin embargo, los cargos a los que se enfrentaba eran muy graves.

El segundo factor, recordó, eran los «lazos del prisionero con la comunidad»: familia, hogar y empleo. Un hombre que hubiera vivido durante cinco años en el mismo domicilio, con su esposa e hijos, y que trabajase a la vuelta de la esquina, conseguiría el beneficio de la fianza, en tanto que a otro que no tuviese familia en la ciudad, que hubiera ocupado su piso mes y medio antes y que declarase ser músico en paro lo más probable es que le denegasen la fianza. En ese aspecto, pues, Steve estaba confiado. Vivía con sus padres, estudiaba segundo curso en la facultad de Derecho: tenía mucho que perder si se fugaba.

En teoría, los tribunales no consideraban la posibilidad de que el acusado constituyese un peligro para la comunidad. Eso prejuzgaría su culpabilidad. Sin embargo, en la práctica si lo hacían. Oficiosamente, a un hombre que se hubiese enzarzado en diversas reyertas a lo largo del tiempo tenía más probabilidades de que le rechazasen la petición de fianza que alguien que hubiese cometido una agresión. Si a Steve le hubiesen acusado de una serie de violaciones, en vez de un incidente aislado, sus oportunidades de conseguir la fianza quedarían reducidas prácticamente a cero.

Pensó que tal como estaban las cosas el resultado podía decantarse en uno u otro sentido. Mientras observaba a Gordinflas ensayó con la imaginación discursos cada vez más elocuentes destinados al juez.

Estaba decidido a actuar como su propio abogado. No hizo la llamada telefónica a la que tenía derecho. Deseaba desesperadamente no contar nada de aquello a sus padres hasta estar en condiciones de comunicarles que le habían dejado en libertad. La idea de decirles que estaba en la cárcel era demasiado fuerte como para soportarlo; representaría para ellos un enorme y doloroso sobresalto. Sería reconfortante compartir con ellos aquella prueba, pero cada vez que acudía a su ánimo la tentación de hacerlo recordaba la expresión de sus rostros cuando, siete años atrás, a raíz de la pelea con Tip Hendricks, entraron en la comisaría de policía, y se daba cuenta de que decírselo les lastimaría más de lo que pudiera hacerlo Gordinflas Butcher.

En el transcurso de la noche encerraron en las celdas a varios hombres más. Algunos eran apáticos y dóciles, otros manifestaban a voces su inocencia y uno forcejeó con los agentes y como resultado de ello obtuvo una paliza administrada con profesional eficacia.

Hacia las cinco de la mañana las cosas se habían aquietado. Alrededor de las ocho, el sustituto de Spike llevó los desayunos en envases de polietileno procedentes de un restaurante llamado Madre Hubbard. La llegada de la comida despabiló a los reclusos de las otras celdas y el alboroto que armaron despertó a Gordinflas.

Steve no se movió de donde estaba, sentado en el suelo, con la mirada perdida en el vacío, pero sin dejar de espiar angustiosamente a Gordinflas por el rabillo del ojo. Mostrarse cordial se hubiera considerado síntoma de debilidad, supuso. La actitud que convenía adoptar era la de hostilidad pasiva.

Gordinflas se sentó en la litera, se sostuvo la cabeza con las manos y clavó la mirada en Steve, pero no pronunció palabra. Steve sospechó que le estaba evaluando.

Al cabo de un par de minutos, Gordinflas rompió el silencio:

– ¿Qué leches estás haciendo aquí?

Steve decoró su rostro con una expresión de obtuso resentimiento y a continuación dejó que sus ojos se deslizaran por el espacio hasta tropezarse con los de Gordinflas. Mantuvo allí la mirada durante unos segundos. Gordinflas era bien parecido, con un semblante carnoso y mofletudo que denotaba sombría agresividad. Sus ojos sanguinolentos observaron a Steve especulativamente. A Steve le pareció un tipo degradado, un perdedor, aunque peligroso. Apartó la mirada con fingida indiferencia. No respondió a la pregunta. Cuánto más tardase Gordinflas en clasificarle, más seguro se encontraría él.

Cuando el carcelero pasó el desayuno por el hueco de los barrotes, Steve no le hizo ni caso.

Gordinflas cogió una bandeja. Se lo engulló todo, el beicon, los huevos y la tostada. Se bebió el café y luego se sentó en la taza del retrete y evacuó ruidosamente, sin sentirse incómodo.

Cuando hubo terminado, se subió los pantalones, se sentó en la litera, miró a Steve y quiso saber:

– ¿Por qué te han encerrado aquí, muchacho blanco?

Aquel era el momento de mayor peligro. Gordinflas le estaba tanteando, tomándole la medida. Steve tenía que aparentar ser cualquier cosa menos lo que era, un vulnerable estudiante de clase media que no se había visto metido en una pelea desde su adolescencia.

Volvió la cabeza y miró a Gordinflas como si lo viese por primera vez. Puso en sus ojos toda la dureza que pudo y dejó transcurrir largos segundos antes de contestar. Procuró no vocalizar correctamente las palabras.

– Un hijo de mala madre empezó a darme la lata hasta que me cabreé y le jodí vivo, pero bien.

Gordinflas sostuvo su mirada. A Steve le resultó imposible determinar si le creía o no. Al cabo de un momento bastante prolongado, Gordinflas preguntó:

– ¿Asesinato?

– ¡A ver!

– Estoy en las mismas condiciones.

Al parecer, Gordinflas se había tragado el cuento de Steve. Temerariamente, Steve añadió:

– El hijo de puta que andaba buscándome las cosquillas ya no volverá a tocarme los huevos.

– Ya…-dijo Gordinflas.

Sucedió un largo silencio. Gordinflas parecía meditar. Por último, expresó una duda:

– ¿Por qué nos habrán puesto juntos?

– No tienen ninguna puta acusación en firme que cargarme -explicó Steve-. Se figurarán que si la lío y acabo contigo aquí dentro, me habrán pillado.

Gordinflas se sintió herido en su amor propio.

– ¿Y si soy yo el que te escabecha?

Steve se encogió de hombros.

– Entonces te habrán pescado a ti.

Gordinflas asintió cachazudamente.

– Sí -convino-. Supongo.

Pareció quedarse sin conversación. Al cabo de un instante volvió a tenderse en el camastro.

Steve aguardó. ¿Se había acabado el asunto?

Pocos minutos después, Gordinflas se durmió de nuevo.

Cuando empezó a roncar, Steve se dejó caer pesadamente contra la pared, como si el alivio le debilitase.

Transcurrieron varias horas sin que sucediera nada.

No se presentó nadie para hablar con Steve, nadie le informó de lo que estaba pasando. No había servicio alguno de información donde pudiera obtener noticias. Deseaba saber cuándo tendría ocasión de solicitar la fianza, pero nadie se lo dijo. Intentó entablar conversación con el nuevo carcelero, pero el hombre se limitó a hacer caso omiso de él.

Gordinflas seguía dormido cuando el carcelero llegó y abrió la puerta de la celda. Puso a Steve las esposas en las muñecas y unos grilletes en las piernas, despertó luego a Gordinflas y repitió la operación con él. Los encadenaron a otros dos hombres, los hicieron avanzar a todos hasta el extremo del bloque de celdas y los introdujeron en un pequeño despacho.

Dentro había dos mesas escritorio, cada una de ellas con un ordenador y una impresora de láser. Delante de las mesas, hileras de sillas de plástico gris. Una de las mesas estaba ocupada por una mujer negra, de unos treinta años, vestida con elegancia. Alzó la vista hacia ellos, dijo:

– Sentaos, por favor.

Y continuó tecleando con unos dedos que la manicura había trabajado esmeradamente.

Arrastraron los pies a lo largo de la fila de sillas y se sentaron. Steve miró a su alrededor. Era una oficina normal, con sus archivadores metálicos, sus tablones de anuncios, un extintor de incendios y una anticuada arca de caudales. Después de ver las celdas, aquello hasta parecía bonito.

Gordinflas cerró los párpados y pareció quedarse dormido otra vez. De los otros dos hombres, uno se quedó mirando con expresión incrédula su pierna derecha, que llevaba enyesada, mientras el otro sonreía distante, evidentemente sin tener la más remota idea de dónde se encontraba: lo mismo podía estar en las alturas espaciales, como una cometa, que tener la cabeza igual que una espuerta de grillos. O las dos cosas.

Por fin, la mujer apartó los ojos de la pantalla del monitor.

– Diga su nombre -pidió.

Steve era el primero de la fila, así que contestó:

– Steven Logan.

– Señor Logan. Soy la comisaria Williams.

Naturalmente, era una comisaria judicial. Steve recordó entonces aquella parte del curso de un procedimiento criminal. Un comisario era un funcionario de los tribunales, de categoría muy inferior a la de un juez. Se encargaba de las órdenes de prisión y otros trámites legales de menor cuantía. Recordó que tenía atribuciones para conceder fianzas y eso le levantó la moral. Tal vez estaba a punto de salir en libertad.

– Estoy aquí- prosiguió la mujer- para informarle de la acusación formulada contra usted, de la fecha, hora y lugar en que se celebrará el juicio, de si se fijará una fianza o si se le dejará en libertad bajo palabra y, en este caso, bajo qué condiciones.

La mujer hablaba muy deprisa, pero Steve captó la alusión a la fianza que confirmaba su recuerdo. Aquella era la persona a la que debía convencer de que él iba a presentarse ante el tribunal en el momento del juicio. De que se podía confiar en él.

– Comparece ante mí bajo las acusaciones de violación en primer grado, asalto con intento de violación, agresión y sodomía.

El redondo semblante de la comisaria se mantuvo impasible mientras detallaba los graves delitos de que se le acusaba. A continuación, le asignó una fecha para la vista, tres semanas después, y Steve recordó que a todo sospechoso debía fijársele una fecha de juicio que no rebasara los treinta días.

– Por el cargo de violación se enfrenta usted a la condena de cadena perpetua. Por el de asalto con intento de violación, de dos a quince años de privación de libertad. Ambas son felonías.

Steve estaba enterado de lo que significaba felonía: delito mayor, pero se preguntó si Gordinflas Butcher lo sabría.

Se acordó de que el violador también había prendido fuego al gimnasio. ¿Por qué no figuraba allí ninguna acusación de incendio premeditado? Quizá porque la policía no contaba con ninguna prueba que le relacionase directamente con el fuego.

La mujer le tendió dos hojas de papel. Una de ellas expresaba que le había sido notificado su derecho a que se le representase, la segunda le informaba acerca del modo de ponerse en contacto con un defensor de oficio. Tuvo que firmar sendas copias de ambas.

La comisaria le formuló una serie de preguntas, a ritmo de tableteo de ametralladora, y tecleó las respuestas en el ordenador.

– Diga su nombre completo. ¿Dónde vive? Y su número de teléfono. ¿Cuánto tiempo lleva viviendo en su actual domicilio? ¿Cuál era su dirección anterior?

Steve empezó a sentirse mas esperanzado y dijo a la comisaría que vivía con sus padres, que estaba en su segundo año en la facultad de Derecho y que no tenía antecedentes penales como adulto. Ella le preguntó si consumía habitualmente drogas o alcohol, a lo que Steve pudo responder negativamente, sin faltar a la verdad. El muchacho se preguntó si se le presentaría la oportunidad de exponer alguna clase de apelación de fianza, pero la funcionaria hablaba a toda velocidad y parecía obligada a seguir al pie de la letra un guión preestablecido.

– No encuentro causa probable para la acusación de sodomía -dijo la comisaria Williams. Apartó la vista de la pantalla de su ordenador y le miró-. Eso no significa que no cometiese usted el delito, sino que en el apartado de «causa probable» de la declaración del detective no figura información suficiente para que yo ratifique el cargo.

Steve se preguntó qué induciría a los detectives a incluir aquella acusación. Tal vez esperaban que el la negase indignado y se traicionara diciendo: «Eso es repugnante, me la follé, pero de sodomizarla, nada de nada, ¿por quién me habéis tomado?».

La comisaria siguió adelante:

– A pesar de todo, hay que procesarle por ese cargo.

Steve estaba hecho un lío. ¿De qué servía la resolución de la comisaria si pese a todo iban a procesarle? Y si a un estudiante de leyes que estaba en su segundo año de carrera le resultaba difícil comprender aquello, ¿cómo iba a entenderlo una persona corriente?

– ¿Alguna pregunta? -dijo la comisaria.

Steve respiró hondo.

– Deseo solicitar una fianza -empezó-. Soy inocente…

– Señor Logan -le interrumpió la mujer-, está usted ante mí acusado de varios cargos de delitos mayores incluidos en el articulo 638B del reglamento del tribunal. Lo que significa que yo, como comisaria, no estoy capacitada para, en su caso, adoptar una decisión respecto a la fianza. Eso sólo lo puede hacer un juez.

Fue como un puñetazo en pleno rostro. La decepción fue tan intensa que Steve se sintió enfermo. Se la quedó mirando, incrédulo.

– ¿A qué viene entonces toda esta farsa? -preguntó Steve en tono furioso.

– En este momento su detención no está acogida a ninguna clase de fianza.

– Así pues, ¿por qué me ha hecho todas esas preguntas y ha alimentado mis esperanzas? -alzó Steve la voz-. ¡Pensé que podía salir de aquí!

La mujer se mostró impasible.

– Los datos que me ha proporcionado relativos a su dirección y demás los comprobará un investigador preproceso, el cual informará al tribunal -dijo sosegadamente-. Mañana se presentará su solicitud de fianza y será el juez quien tome la decisión pertinente.

– ¡Me mantienen en una celda con éste! -Steve señaló al dormido Gordinflas.

– Las celdas no están bajo mi responsabilidad…

– ¡EI tipo es un asesino! ¡Si no me ha matado ya es porque no puede mantenerse despierto, esa es la única razón! Ahora me quejo formalmente ante usted, como funcionaria judicial, de que se me está torturando mentalmente y de que mi vida corre peligro.

– Cuando están ocupadas todas las celdas, se han de compartir…

– Todas las celdas no están ocupadas, no tiene usted más que asomarse a la puerta y comprobarlo. La mayoría de ellas están vacías. Me han puesto con él para que me muela a golpes. Y si ese individuo lo hace, emprenderé una acción judicial contra usted, personalmente, comisaria Williams, por permitir que eso suceda.

– Echaré un vistazo. -La comisaria se suavizó un poco-. Ahora le paso estos documentos. -Le entregó el sumario de los cargos la declaración de causa probable y otros varios papeles-. Tenga la bondad de firmar cada uno de ellos y quédese con una copia.

Frustrado y abatido, Steve tomó el bolígrafo que le ofrecía y firmó los documentos. Mientras lo hacía, el carcelero sacudió a Gordinflas hasta despertarlo. Steve devolvió los papeles a la comisaría. Ella los guardó en una carpeta. Luego se encaró con Gordinflas.

– Diga su nombre.

Steve enterró la cabeza entre las manos.

18

Jeannie fijó la mirada en la puerta de la sala de entrevistas, que se abría lentamente.

El hombre que entró era el doble exacto de Steve Logan.

Junto a sí, Jeannie oyó el grito sofocado de Lisa.

Dennis Pinker era físicamente tan idéntico a Steve que Jeannie no hubiera sido capaz de distinguir a uno de otro.

El sistema funcionaba, pensó triunfalmente. Se había reivindicado. Aunque los padres negaran con toda la vehemencia del mundo que cualquiera de aquellos dos jóvenes pudiese tener un hermano gemelo, ambos eran tan iguales como dos gotas de agua.

El rizado pelo rubio peinado del mismo modo: lo llevaban muy corto y con raya. Dennis se arremangaba los puños de la camisa del penal de manera idéntica a como lo hacía Steve con los de su camisa azul de hilo. Dennis cerró la puerta tras de sí con el tacón, tal como lo hiciera Steve cuando entró en el despacho de Jeannie en la Loquería. Al sentarse dedicó a la doctora una sonrisa atractiva y juvenil, exactamente igual a las de Steve. Jeannie a duras penas podía creer que aquel muchacho no fuera Steve.

Miró a Lisa. Ésta contemplaba a Dennis con los ojos desorbitados, redondos como platos, y con una expresión aterrada en su pálido semblante.

– Es el -jadeó.

Dennis miró a Jeannie y aseguró:

– Vas a darme tus braguitas.

La fría seguridad con que lo dijo dejó a Jeannie helada, pero también intelectualmente excitada. Steve jamás hubiera pronunciado una cosa así. Allí estaba, el mismo material genético transformado en dos individuos radicalmente distintos: uno convertido en un encantador universitario, el otro, en un psicópata. Pero ¿la diferencia era sólo superficial?

Robinson, el guardia, advirtió en tono suave:

– Vamos, Pinker, repórtate y se buen chico, si no quieres verte en un apuro muy serio.

Dennis repitió su sonrisa juvenil, pero sus palabras tenían una inflexión escalofriante.

– Robinson ni siquiera sabrá que ocurrió, pero tu sí -dijo a Jeannie-. Cuando salgas de aquí, sentirás el aire sobre tu culito desnudo.

Jeannie se tranquilizó. Aquello era pura fanfarronada. Ella era inteligente y dura: a Dennis no le resultaría nada fácil atacarla, incluso aunque se encontrara sola. Con un alto y robusto guardia de prisiones cerca, provisto de porra y arma de fuego, estaba perfectamente a salvo.

– ¿Te encuentras bien? -le murmuró a Lisa.

Lisa estaba blanca como el papel, pero sus labios apretados trazaban una línea de determinación.

– Me encuentro estupendamente -dijo, torva la voz.

Al igual que sus padres, Dennis había rellenado previamente varios impresos. Lisa empezó ahora con unos cuestionarios más complicados, que no podían cumplimentarse marcando simplemente con una cruz las casillas. Durante la operación, Jeannie pasaba revista a los resultados y comparaba a Dennis con Steve. Las semejanzas eran asombrosas: perfil psicológico, intereses, aficiones y pasatiempos, gustos, habilidades físicas… todo era idéntico. Dennis tenía incluso el mismo cociente intelectual, sorprendentemente alto, del que estaba dotado Steve.

Que despilfarro, pensó Jeannie. Este joven podría llegar a ser un científico, un cirujano, un ingeniero, un diseñador de programas informáticos. Y en cambio está aquí, vegetando.

La gran diferencia entre Dennis y Steve estribaba en su mundología. Steve era un hombre maduro, cuya capacidad para alternar con la gente superaba el nivel medio, sabía comportarse cuando le presentaban a alguien desconocido, estaba preparado para aceptar a la autoridad legítima, se sentía a gusto entre amigos, le encantaba formar parte de un equipo. Dennis tenía las aptitudes interpersonales de un chiquillo de tres años. Se apoderaba de lo que quería, le costaba trabajo compartir algo con los demás, temía a los desconocidos y cuando no lograba salirse con la suya perdía los estribos y se tornaba violento.

Jeannie se acordaba de cuando tenía tres años. Era su recuerdo más antiguo. Se veía a sí misma asomándose por el borde de la cuna en la que dormía su hermana recién nacida. Patty llevaba un pijamita rosa con flores de color azul claro bordadas en el cuello. Jeannie aún tenía presente la inquina que le había embargado mientras miraba aquel rostro diminuto. Patty le había robado a mamá y a papá. Jeannie deseó con toda el alma matar a aquella intrusa que le arrebató gran parte del cariño y de las atenciones reservadas hasta entonces en exclusiva para Jeannie. Tía Rosa le había dicho: «Quieres mucho a tu hermanita, ¿verdad?», y Jeannie replicó: «La odio, me gustaría que se muriese» Tía Rosa la había abofeteado y Jeannie se sintió doblemente maltratada.

Jeannie creció, lo mismo que lo hizo Steve, pero Dennis no había madurado. ¿Por qué era Steve distinto a Dennis? ¿Le salvó su educación? ¿O la diferencia era sólo aparente? La sociabilidad de Steve, sus aptitudes para alternar con el prójimo ¿no eran más que una máscara que ocultaba al psicópata que había debajo?

Mientras observaba y escuchaba, Jeannie percibió otra diferencia. A ella, Dennis le asustaba. No podía poner el dedo sobre la causa precisa, pero alrededor de Dennis flotaba un aire de amenaza. La doctora tuvo la sensación de que Dennis era capaz de hacer cualquier cosa que se le antojase, sin tener en cuenta para nada las consecuencias de su acto. En ningún momento le transmitió Steve esa sensación.

Jeannie fotografió a Dennis y le tomó primeros planos de ambas orejas. En los gemelos idénticos estas tienen normalmente altura similar, sobre todo en la unión del lóbulo.

Cuando la sesión fotográfica estaba a punto de concluir, Lisa tomó una muestra de la sangre de Dennis, algo para lo que la habían formado. Jeannie apenas podía esperar a ver la confrontación del ADN. Estaba segura de que Steve y Dennis tenían los mismos genes. Lo que demostraría sin el menor género de duda que eran gemelos univitelinos.

Con gestos rutinarios, Lisa selló el frasco y firmó la etiqueta; luego salió para poner la muestra en el frigorífico portátil que llevaban en el maletero del automóvil. Dejó a Jeannie que terminara sola la entrevista.

Mientras completaba la última serie de preguntas del cuestionario, Jeannie deseó poder tener a Steve y Dennis juntos en el laboratorio durante una semana. Pero eso no iba a ser posible en el caso de muchas de sus parejas de gemelos. En su estudio de delincuentes se encontraría frecuentemente con el problema de que algunos de sus sujetos estaban en la cárcel. Las pruebas más complejas, que necesitaban instrumentos de laboratorio, no se le podrían hacer a Dennis hasta que estuviera fuera de la prisión, si es que salía alguna vez. Jeannie tendría que resignarse. Necesitaría una enorme cantidad de datos adicionales con los que trabajar.

Terminó el último cuestionario.

– Gracias por su paciencia, señor Pinker -dijo.

– Aún no me has dado tus bragas -repuso el presidiario fríamente.

– Vamos, Pinker -dijo Robinson-, has sido bueno toda la tarde, no lo estropees ahora.

Dennis lanzó al guardia una mirada de absoluto desprecio. Luego se dirigió a Jeannie:

– Robinson tiene un pánico cerval a las ratas, ¿no lo sabías, dama psicóloga?

Una súbita angustia se apoderó de Jeannie. Allí había algo que se le escapaba. Procedió a ordenar apresuradamente sus papeles.

Robinson parecía incómodo.

– Odio las ratas, es verdad, pero no me asustan.

– ¿Ni siquiera esa tan enorme de color gris que hay en el rincón? -señaló Dennis.

Robinson giró en redondo. No había ninguna rata en el rincón, pero en cuanto Robinson les dio la espalda, Dennis se llevó la mano al bolsillo y sacó un apretado envoltorio. Actuó con tal rapidez que Jeannie ni siquiera sospechó lo que estaba haciendo hasta que fue demasiado tarde. Dennis desplegó un manchado pañuelo de color azul en cuyo interior apareció una gorda rata gris de larga cola rosada. Jeannie se estremeció. No era aprensiva, pero había algo profundamente horripilante en la contemplación de aquella rata amorosamente acogida en el hueco de las manos que habían estrangulado a una mujer.

Antes de que Robinson hubiese vuelto de nuevo la cabeza, Dennis ya había soltado la rata.

El roedor corrió a través del cuarto.

– ¡Allí, Robinson, allí! -gritó Dennis.

Robinson se revolvió, avistó a la rata y palideció.

– ¡Mierda! -rezongó, al tiempo que tiraba de la porra.

La rata corrió a lo largo del zócalo, buscando un lugar donde esconderse. Robinson la persiguió, tratando de golpearla con la porra. Ocasionó una serie de señales negras en la pared, pero no alcanzó a la rata.

Un timbre de alarma se disparó en el cerebro de Jeannie mientras observaba a Robinson. Allí había algo que no encajaba, algo que no tenía sentido. Se trataba de una broma. Pero Dennis no tenía nada de bromista, era un pervertido sexual y un asesino. Lo que acababa de hacer no era propio de su personalidad. A menos, comprendió con un temblor de pánico, que se tratara de una maniobra de diversión y Dennis tuviese otro objetivo…

Jeannie notó que algo le tocaba el pelo. Dio media vuelta en la silla y su corazón pareció interrumpir los latidos.

Dennis se había movido y estaba allí de pie, muy cerca de ella. Mantenía ante los ojos de Jeannie lo que parecía un cuchillo de fabricación casera: una cuchara de hojalata cuya pala se había aplanado y afilado hasta terminar en punta.

Jeannie quiso gritar, pero la voz se le estranguló en la garganta. Un segundo antes creía estar completamente a salvo; ahora, un asesino la amenazaba con un cuchillo. ¿Cómo pudo ocurrir aquello con tal rapidez? La sangre parecía haber desaparecido de su cerebro y a duras penas podía pensar.

Dennis la cogió del pelo con la mano izquierda y agitó la punta del cuchillo tan cerca de sus ojos que no pudo enfocar la vista sobre el arma. El recluso se inclinó para hablarle al oído. Dennis olía a sudor y su aliento se proyectó cálido contra la mejilla de Jeannie.

La voz era baja hasta el punto de que la doctora casi no podía oírla por encima del ruido que producía Robinson.

– Haz lo que te digo si no quieres que te rebane el globo de los ojos.

Jeannie se disolvió en terror.

– ¡Oh, Dios, no, que no me quede ciega! -suplicó.

Oír su propia voz en aquel extraño tono de rendición humillante la hizo recobrar en cierta medida los sentidos. Trató desesperadamente de concentrarlos y pensar. Robinson seguía persiguiendo a la rata: estaba ajeno por completo a lo que tramaba Dennis. Se encontraban en el corazón de una cárcel estatal y ella disponía de un guardia armado; sin embargo, estaba a merced de Dennis. ¡Qué convencida estaba, equivocadamente, unas horas antes, de que podría hacérselas pasar muy negras si la atacaba! Empezó a temblar de miedo.

Dennis le dio un doloroso tirón del pelo, hacia arriba, obligándola a ponerse en pie.

– ¡Por favor! -articuló Jeannie. Antes de acabar la frase ya estaba odiándose a si misma por implorar de aquella forma tan denigrante, pero se sentía demasiado aterrada para interrumpir su súplica-. Haré cualquier cosa!

Notó en su oreja el roce de los labios de Dennis.

– ¡Quítate las bragas! -le susurró.

Jeannie se quedó helada. Estaba dispuesta a hacer lo que él quisiera, por vergonzoso que fuese, con tal de escapar. No sabía cómo reaccionar. Trató de localizar a Robinson. El guardia estaba fuera de su campo visual, detrás de ella, pero Jeannie no se atrevió a volver la cabeza porque tenía la punta del cuchillo casi pegada al ojo.

Sin embargo, le oía maldecir a la rata y descargar golpes con la porra, por lo que resultaba evidente que aún no se había percatado de lo que estaba haciendo Dennis.

– No tengo mucho tiempo -murmuró Dennis con voz que parecía un soplo de viento gélido-. Si no haces lo que quiero, jamás volverás a ver brillar el sol.

Le creyó. Acababa de concluir el examen psicológico de tres horas al que le había sometido y estaba perfectamente enterada de la clase de individuo que era. Carecía de conciencia, era incapaz de sentir culpabilidad o remordimiento. Si ella no cumplía los deseos de Dennis, este la mutilaría sin vacilar.

Pero ¿qué iba a hacer Dennis después de que ella se quitara las bragas?, pensó desesperadamente. ¿Se daría por satisfecho y apartaría de su cara la hoja del cuchillo? ¿La rajaría de todas formas? ¿O querría algo más?

¿Por qué no podía Robinson matar de una vez a aquella maldita rata?

– ¿Rápido! -siseó Dennis.

¿Qué podía ser peor que la ceguera?

– Está bien -gimió Jeannie.

Se agachó torpemente, con Dennis aún agarrándola del pelo y apuntándola con el cuchillo. A tientas, se levantó las faldas de su vestido de hilo y se bajó las minúsculas braguitas blancas de algodón. Se sentía llena de vergüenza, aunque la razón le decía que aquello no era culpa suya. Volvió a bajarse las faldas del vestido apresuradamente y cubrió su desnudez. Luego levantó los pies alternativamente para desprenderse de las bragas y, de una patada, las envió a través del piso de baldosas grises de plástico.

Se sintió espantosamente vulnerable.

Dennis la soltó, recogió las bragas, las oprimió contra su rostro y respiró a través de ellas con los ojos cerrados en éxtasis.

Jeannie le contempló, horrorizada ante aquella intimidad forzosa. Incluso, aunque Dennis ni siquiera la tocaba, se estremeció asqueada.

¿Qué pensaba hacer Dennis a continuación?

La porra de Robinson produjo un repugnante chasquido de aplastamiento. Jeannie volvió la cabeza y vio que por fin había alcanzado a la rata. El palo había golpeado la mitad posterior del rollizo cuerpo y las baldosas grises presentaban una mancha roja. El roedor ya no corría pero aún estaba vivo, con los ojos abiertos y la parte delantera moviéndose al ritmo de la respiración. Robinson descargó otro golpe, destrozándole la cabeza. La rata dejó de moverse y una especie de légamo grisáceo rezumó del destrozado cráneo.

La mirada de Jeannie fue de nuevo a Dennis. Vio, sorprendida, que estaba sentado a la mesa, como había estado toda la tarde, como si en ningún momento se hubiera movido. Su rostro era la pura imagen de la inocencia. El cuchillo y las bragas habían desaparecido.

Robinson jadeaba a causa del esfuerzo. Dirigió a Dennis una mirada recelosa y dijo:

– No habrás traído tu aquí ese bicho, ¿verdad, Pinker?

– No, señor -respondió Dennis con engañosa sinceridad.

– Desde luego -continuó Robinson-, si pensara que semejante faena es cosa tuya te haría… -El guardia lanzó a Jeannie una mirada de soslayo y decidió abstenerse de precisar lo que le iba a hacer a Dennis-. Creo que sabes muy bien que me encargaría de que te arrepintieras bien arrepentido de haberlo hecho.

– Sí, señor.

Jeannie comprendió que estaba a salvo. Pero la indignación sucedió inmediatamente al alivio. Miró fijamente a Dennis, ultrajada. ¿Iba a fingir aquel tipo que no había ocurrido nada?

– Bueno -dijo Robinson-, de todas maneras, coge un cubo de agua y limpia a fondo esta sala.

– Al instante, señor.

– Es decir, si la doctora Ferrami ha terminado contigo.

Jeannie trató de decir: «Mientras usted se dedicaba a matar la rata, Dennis me robó las bragas», pero no le salieron las palabras. Parecían muy tontas. Y pudo imaginarse las consecuencias que tendría pronunciarlas. La retendrían allí lo menos una hora, mientras se investigaba su acusación. Registrarían a Dennis y encontrarían las bragas. Las cuales se presentarían como prueba al alcaide Temoigne. Se imaginó al hombre examinando la prueba del delito, poniendo las bragas del revés y del derecho, con una expresión extraña en la cara…

No. Ella no diría nada.

Experimentó un ramalazo de culpabilidad. Siempre se había burlado de las mujeres que sufrían una agresión y no la denunciaban, permitiendo así que el asaltante quedara impune. Ahora, ella estaba haciendo lo mismo.

Comprendió que Dennis contaba con eso. Había previsto cómo se sentiría Jeannie y jugó con la casi certeza de que saldría bien librado. La idea puso a Jeannie tan furiosa que por un momento consideró tirar de la manta sólo para impedir que Dennis se saliera con la suya. Luego vio mentalmente a Temoigne, a Robinson y a todos los demás hombres de la cárcel, que la contemplarían y pensarían «No lleva bragas», y se dio cuenta de que le resultaría demasiado humillante para soportarlo.

Que inteligente era Dennis: tan inteligente como el hombre que había provocado el incendio en el gimnasio y violó a Lisa, tan inteligente como Steve…

– Parece usted un poco agitada -le comentó Robinson-. Supongo que no le gustan las ratas más que a mí.

Jeannie se rehízo. El mal trago estaba superado. Había sobrevivido, no sólo conservando la vida, sino también la vista. Lo ocurrido, ¿era malo?, se preguntó. He podido acabar mutilada o violada. En cambio, sólo perdí una prenda interior. He de sentirme agradecida.

– Me encuentro perfectamente, gracias -respondió.

– En ese caso, la sacaré de aquí.

Abandonaron los tres el locutorio.

Una vez fuera, Robinson ordenó:

– Ve a buscar una fregona, Pinker.

Dennis sonrió a Jeannie: una sonrisa larga y cómplice, como si fueran amantes que hubiesen pasado la tarde juntos en la cama. Luego desapareció en el interior de la cárcel. La muchacha sintió un alivio inmenso al verle alejarse, pero seguía sufriendo los pinchazos de una repugnancia insistente, porque Dennis se llevaba su prenda íntima en el bolsillo. ¿Dormiría con aquellas bragas oprimidas contra la mejilla, como un niño con su osito de felpa? ¿O se envolvería el pene con ellas mientras se masturbaba, imaginándose que le estaba echando un polvo? Hiciera lo que hiciese, Jeannie se sentía participante obligada, nada voluntaria, con su intimidad violada y su libertad personal comprometida.

Robinson la acompañó hasta la puerta principal y le estrechó la mano. Jeannie atravesó la abrasada zona de aparcamiento, hacia el Chevrolet, mientras se decía: ¡Cómo me alegraré de salir de este lugar! Había conseguido la muestra del ADN de Dennis y eso era lo más importante.

Al volante del vehículo, Lisa estaba poniendo en marcha el aire acondicionado. Jeannie se dejó caer pesadamente en el asiento del pasajero.

– Pareces deshecha -observó Lisa, al tiempo que arrancaba.

– Para en la primera zona comercial que encontremos -pidió Jeannie.

– Claro. ¿Qué te hace falta?

– Ahora te lo digo -replicó Jeannie-. Pero no te lo vas a creer.

19

Después del almuerzo, Berrington se dirigió a un bar situado en un barrio tranquilo y pidió un martini.

La sugerencia que Jim Proust soltó como si tal cosa le había dejado estremecido. Berrington se daba cuenta de que cometió una estupidez al agarrar a Jim por la solapa y levantarle la voz. Pero no lamentaba aquel desahogo. Al menos podía tener la certeza de que Jim conocía con exactitud lo que pensaba el del asunto.

Las peleas entre ellos no eran ninguna novedad. Recordaba su primera gran crisis, al principio de los setenta, cuando estalló el escándalo Watergate. Fue una época terrible: el conservadurismo estaba desacreditado, los políticos paladines de la ley y el orden resultaron ser unos corruptos maleantes y cualquier actividad clandestina, por muy bien intencionada que fuese, empezó de pronto a considerarse como una conspiración anticonstitucional. El pánico se apoderó de Preston Barck, que votó por abandonar el proyecto en pleno. Jim Proust le tildó de cobarde, argumentó coléricamente que no existía ningún peligro y propuso seguir adelante como una empresa conjunta CIA-ejército, tal vez extremando las medidas de seguridad, haciéndolas más estrictas. Sin duda estaría presto a asesinar a cualquier periodista investigador que fisgoneara en lo que llevaban entre manos. Fue Berrington quien sugirió la creación de una firma privada e indicó que debían distanciarse del gobierno. Ahora, de nuevo, volvía a tocarle a él encontrar una vía de escape por la que salir de las dificultades.

En el local reinaba la penumbra y la temperatura era fresca. El televisor de encima de la barra mostraba las imágenes de un culebrón, pero el sonido estaba apagado. La ginebra fría sosegó a Berrington. La irritación que en el había despertado Jim fue evaporándose gradualmente, hasta que sus pensamientos acabaron por centrarse en Jeannie Ferrami.

La alarma le había impulsado a hacer una promesa temeraria. Les dijo irreflexivamente a Jim y a Preston que haría un trato con Jeannie. Ahora tenía que cumplir aquel imprudente compromiso. Debía impedir que Jeannie continuase haciendo preguntas acerca de Steve Logan y Dennis Pinker.

Era un problema peliagudo. Aunque la había contratado y había tramitado la concesión de su beca, no podía darle órdenes sin más ni más; como ya le dijo a Jim, la universidad no era el ejército. Jeannie era una colaboradora de la UJF, y la Genético ya había abonado los fondos correspondientes a un año. A la larga, naturalmente, si se dispusiera de tiempo, podría ponerle una mordaza sin grandes problemas; pero eso ahora no bastaba. Había que pararle los pies de inmediato, antes de que descubriera lo suficiente como para estropearles todo el proyecto.

Tranquilo, se aconsejó, tranquilo.

El punto débil de la tarea de Jeannie era su utilización de bases de datos clínicos sin el permiso de los pacientes. Era la clase de asunto que los periódicos podían convertir en escándalo, al margen de si verdaderamente se había invadido o no la intimidad de alguien. Y a las universidades les aterraban los escándalos: causaban estragos en el capítulo de la recaudación de fondos.

Era una tragedia que aquel prometedor plan científico acabase en la ruina. Iba contra todo lo que representaba y defendía Berrington. Había alentado a Jeannie y ahora tenía que socavar su labor. Aquello la descorazonaría, y con razón. Berrington se dijo que la muchacha tenía genes perniciosos y que tarde o temprano se encontraría en dificultades; pero, con todo, hubiera deseado no tener que ser él la causa de su hundimiento.

Se esforzó en apartar de su mente el cuerpo de la joven. Las mujeres siempre habían sido su debilidad. No le tentaba ningún otro vicio: bebía con moderación, nunca jugaba y no entendía por qué la gente tomaba drogas. Quería a su esposa, Vivvie, pero a pesar de ello fue incapaz de resistirse al tentador encanto de otras mujeres, por lo que Vivvie acabó por dejarle, harta de verle mariposear con unas y con otras. Ahora, cuando pensaba en Jeannie se la imaginaba acariciándola, deslizando los dedos por su cabellera mientras le susurraba: «Has sido muy bueno conmigo, te debo tanto… ¿Cómo podré pagártelo alguna vez?».

Tales pensamientos le avergonzaban. Se suponía que era su patrocinador y su mentor, no su seductor. Al mismo tiempo que el deseo, le abrasaba un ardiente resentimiento. Jeannie no era más que una muchacha, por el amor de Dios; ¿cómo podía constituir tal amenaza? ¿Cómo podía una jovencita con un aro en la nariz representar un peligro para él, para Preston y para Jim, precisamente cuando estaban a dos pasos de materializar la ambición de toda su vida? Era inconcebible que aquello se viniera abajo ahora; la idea le produjo un vértigo empavorecedor. Cuando no se imaginaba a sí mismo haciéndole el amor a Jeannie, sus fantasías le llevaban al acto de estrangularla.

Sin embargo, no estaba nada dispuesto a provocar un escándalo público que la pusiera en la picota. Controlar a la prensa era difícil. Existía la posibilidad de que empezasen investigando a Jeannie y terminasen investigándole a él. Esa sería una estrategia peligrosa Pero no se le ocurría ninguna otra solución, aparte de la barbaridad del asesinato propuesta por Jim.

Apuró la consumición. El camarero le ofreció otro martini, pero Berrington la declinó. Barrió el establecimiento con la mirada y localizó un teléfono público junto a la puerta de los servicios de caballeros. Introdujo su tarjeta American Express en la ranura y marcó el número de la oficina de Proust. Descolgó uno de los insolentes paniaguados de Jim.

– Despacho del senador Proust.

– Aquí, Berrington Jones…

– Me temo que en estos momentos el senador esté reunido.

Berrington pensó que realmente Jim debería aleccionar a sus secuaces para que se mostrasen un poco más amables.

– Vamos a ver, entonces, si podemos evitar interrumpirle -dijo-. ¿Tiene programada para esta tarde alguna cita con los medios de comunicación?

– No estoy seguro. ¿Me permite preguntarle por qué necesita usted saberlo, señor?

– No, joven, no se lo permito -replicó Berrington en tono irritado. Los ayudantes presuntuosos eran la maldición de la Colina del Capitolio-. Puede usted responder a mi pregunta, puede avisar a Jim Proust para que se ponga al aparato o puede usted perder su maldito empleo, ahora dígame, ¿qué prefiere?

– No se retire, por favor.

Hubo una larga pausa. Berrington pensó que desear que Jim enseñara a sus ayudantes a mostrarse cordiales era como esperar que un chimpancé instruyese a sus descendientes en el arte de comportarse correctamente en la mesa. El estilo del jefe suele extenderse a los miembros de su equipo: una persona de modales groseros siempre tiene empleados que se distinguen por su mala educación.

Por el teléfono llegó una nueva voz:

– Profesor Jones, el senador tiene previsto asistir dentro de quince minutos a la conferencia de prensa que va a celebrarse con motivo de la presentación del libro Nueva esperanza para Norteamérica, del congresista Dinkey.

Aquello era perfecto.

– ¿Dónde?

– En el hotel Watergate.

– Dígale a Jim que estaré allí y asegúrese de que mi nombre figure en la lista de invitados, por favor.

Berrington colgó sin darle tiempo a responder.

Salió del bar y tomó un taxi para trasladarse al hotel. Era preciso tratar aquel asunto con delicadeza. Manipular a los medios de comunicación era bastante arriesgado: un buen reportero es muy capaz de percibir lo que hay debajo de la evidencia de una historia y empezar a hacer preguntas acerca de por qué se plantó allí. Pero cada vez que pensaba en los riesgos, Berrington se remitía a las recompensas y eso vigorizaba su ánimo.

Dio con el salón donde iba a celebrarse la conferencia de prensa. Su nombre no figuraba en la lista de invitados -los secretarios engreídos nunca son eficientes-, pero el publicista encargado de la promoción del libro reconoció su rostro y le dio la bienvenida, considerándole un aliciente adicional para las cámaras. Berrington se alegró de vestir la camisa a rayas Turnbull amp; Asser que tan distinguida aparecía en las fotos.

Tomó un vaso de Perrier y echó una ojeada al salón. Había un atril delante de una monumental ampliación de la cubierta del libro, así como una pila de folletos de prensa encima de una mesa lateral. Los equipos de televisión ponían a punto sus focos. Berrington divisó un par de periodistas a los que conocía, pero ninguno de ellos le mereció suficiente confianza.

No obstante, no cesaban de llegar más. Deambuló por la sala, intercambió frases insustanciales con otros asistentes y siguió vigilando la puerta de entrada. La mayor parte de los periodistas le conocía: aunque secundaria, no dejaba de ser una celebridad. Berrington no había leído el libro, pero Dinkey suscribía un programa del ala derecha tradicional que era una versión suavizada de las ideas que Berrington compartía con Jim y Preston, por lo que tuvo la feliz satisfacción de declarar a los periodistas que avalaba sin reservas el mensaje de la obra de Dinkey.

Jim y Dinkey llegaron minutos después de las tres. Inmediatamente detrás de ellos iba Hank Stone, un veterano del New York Times. Calvo, de nariz roja, con el prominente barrigón desparramándose por encima de la cintura de los pantalones, desabrochado el cuello de la camisa, aflojado el nudo de la corbata, desgastadísimos los zapatos marrones, sin duda era el individuo de peor pinta de todo el cuerpo de prensa de la Casa Blanca.

Berrington se preguntó si Hank se plegaría a sus deseos.

Hank no tenía el menor conocimiento de creencias políticas. Berrington lo había conocido quince o veinte años atrás, cuando el periodista preparó un artículo sobre la Genético. Desde que obtuvo el empleo en Washington, había escrito una o dos veces acerca de las ideas de Berrington y en numerosas ocasiones respecto a las de Jim Proust. Daba a las mismas un enfoque más sensacionalista que intelectual, como inevitablemente acostumbran a hacer los reporteros, pero nunca moralizaba al modo santurrón que suelen emplear los periodistas progresistas.

Hank trataría la información conforme a su valor: si pensaba que era una buena historia, la escribiría. Pero ¿podía confiarse en que no iba a profundizar más de la cuenta? Berrington no estaba seguro.

Saludó a Jim y estrechó la mano de Dinkey. Charlaron unos minutos, mientras Berrington oteaba el panorama con la esperanza de descubrir alguna perspectiva más prometedora. Pero ante su vista no apareció nadie mejor y dio comienzo la conferencia de prensa.

Sentado, mientras los oradores pronunciaban sus parlamentos, Berrington contuvo su impaciencia. La verdad es que era muy poco el tiempo con que contaba. De tener unas cuantas fechas de margen es posible que encontrase alguien más apropiado que Hank, pero no sólo no contaba con unas fechas, sino que apenas disponía de unas pocas horas. Y un encuentro aparentemente fortuito como aquel era mucho menos sospechoso que concertar una cita e invitar a un periodista a almorzar.

Cuando concluyeron las disertaciones, Berrington seguía sin haber echado el ojo a alguien mejor que Hank. Cuando los periodistas se dispersaban, Berrington le abordó.

– Hank, me alegro de haber tropezado contigo. Puede que tenga una buena crónica para ti.

– ¡Estupendo!

– Trata del uso indebido de cierta información médica sacada de bases de datos.

Hank hizo una mueca.

– No es precisamente la clase de asunto que trabajo, Berry, pero sigue.

Berrington gruñó para sus adentros: Hank no parecía estar de talante receptivo. Sacó a relucir todo su encanto y tiró adelante:

– Creo que si es un asunto de los que entran en tu terreno, porque eres capaz de ver el potencial que contiene, cosa que se le escaparía a un reportero corriente.

– Está bien, probemos.

– Primero, no estamos manteniendo esta conversación.

– Eso es un poco más prometedor.

– Segundo, puedes preguntarte por qué te estoy proporcionando la historia, pero no formularás ninguna pregunta de labios afuera.

– Cada vez mejor -dijo Hank, pero no hizo ninguna promesa.

Berrington decidió no seguir andándose por las ramas.

– En el departamento de psicología de la Universidad Jones Falls hay una joven investigadora llamada doctora Jean Ferrami. En la búsqueda de sujetos idóneos para su estudio, explora grandes bases de datos médicos sin permiso de las personas cuyos historiales figuran en los archivos.

Hank se pellizcó la colorada nariz.

– ¿Es un asunto sobre ordenadores o sobre ética científica?

– No lo sé, el periodista eres tú.

El entusiasmo de Hank brillaba por su ausencia.

– No es lo que se dice una gran exclusiva sensacional.

«No empieces a hacerte el remolón, hijo de mala madre.» Berrington tocó el brazo de Hank en gesto amistoso.

– Hazme un favor, pregunta por ahí -dijo en tono persuasivo-. Ve a ver al presidente de la universidad, se llama Maurice Obell. Telefonea a la doctora Ferrami. Diles que se trata de un gran reportaje y veremos cómo responden. Creo que tendrás unas reacciones interesantes.

– No sé, no sé.

– Te prometo, Hank, que no perderás el tiempo.

«¡Di que sí, so cabrón, di que sí!»

– Está bien -accedió Hank, tras un breve titubeo.

Berrington trató de disimular su complacencia tras una expresión grave, pero no pudo evitar que en sus labios apareciera un leve sonrisita de triunfo.

Hank la captó y por su rostro cruzó un fruncimiento de recelo.

– No estarás utilizándome, ¿eh, Berry? ¿Estás tratando de valerte de mí para asustar a alguien, quizá?

Berrington sonrió jovialmente y pasó el brazo por los hombros del reportero.

– Confía en mí, Hank -dijo.

20

Jeannie compró un estuche de tres bragas blancas de algodón en un centro comercial de Walgren, en las afueras de Richmond. Se puso unas en los servicios de mujeres del Burger King contiguo. Se encontró entonces mucho mejor.

Era extraño lo indefensa que se había sentido sin aquella prenda íntima. Apenas podía pensar en otra cosa. Sin embargo, durante la época en que estuvo enamorada de Will Temple le encantaba ir de un lado para otro sin bragas. Le hacía sentirse eróticamente provocativa todo el día. Sentada en la biblioteca, trabajando en el laboratorio o simplemente mientras caminaba por la calle solía fantasear pensando en que Will iba a aparecer de pronto, de forma inopinada, enfebrecido por la pasión, y que le diría: «No disponemos de mucho tiempo, pero tengo que poseerte, ahora mismo, aquí mismo», y ella estaría dispuesta para él. Pero al no haber ningún hombre en su vida, necesitaba llevar ropa interior lo mismo que necesitaba llevar zapatos.

De nuevo convenientemente vestida, volvió al coche. Lisa condujo hasta el aeropuerto de Richmond-Williamsburg, donde devolvieron el automóvil de alquiler y cogieron el avión de regreso a Baltimore.

La clave del misterio debía de residir en el hospital donde nacieron Dennis y Steve, musitó Jeannie mientras despegaban. De una manera o de otra, dos gemelos idénticos habían acabado alumbrados por madres distintas. Era un argumento propio de cuento fantástico, pero algo así tenía que haber sucedido.

Repasó los papeles que llevaba en la cartera y comprobó los datos relativos al nacimiento de los dos sujetos. La fecha de nacimiento de Steve era el 25 de agosto. Con horror descubrió que la de Dennis era el 7 de septiembre, casi dos semanas después.

– Debe de haber un error -dijo-. No sé por qué no se me ocurrió cotejarlas antes. Mostró a Lisa los contradictorios documentos.

– Podemos hacer una doble verificación -repuso Lisa.

– ¿Se pregunta en alguno de los formularios en que hospital nació el sujeto?

Lisa emitió una amarga risita.

– Creo que esa es una pregunta que no incluimos en los impresos.

– En estos casos, sin duda fue en un hospital militar. El coronel Logan está en el ejército y cabe imaginar que «el comandante» era soldado en la época en que Dennis vino al mundo.

– Lo comprobaremos.

Lisa no compartía la impaciencia de Jeannie. Para ella no se trataba más que de otro proyecto de investigación. Para Jeannie, sin embargo, lo era todo.

– Quisiera hacer una llamada ahora -exclamó impaciente-. ¿Lleva teléfono este avión?

Lisa enarcó las cejas.

– ¿Estás pensando en llamar a la madre de Steve?

Jeannie percibió una nota de reproche en la voz de Lisa.

– Sí. ¿Por qué no debería hacerlo?

– ¿Sabe ella que Steve está en la cárcel?

– Buen tanto. Lo ignoro. Maldita sea. No voy a ser yo quien le de la mala noticia.

– Es posible que Steve haya telefoneado ya a su casa.

– Tal vez me acerque a la cárcel a ver a Steve. Eso está permitido, ¿no?

– Supongo que sí. Pero tendrán un horario de visitas, como los hospitales.

– Me presentaré allí, a ver si hay suerte. De cualquier modo, siempre puedo llamar a los Pinker. -Hizo una seña a la azafata que se acercaba por el pasillo-. ¿Hay teléfono en el avión?

– No, lo siento.

– Mala suerte.

La azafata sonrió.

– ¿No te acuerdas de mí, Jeannie?

Jeannie la miró a la cara por primera vez y la reconoció inmediatamente.

– ¡Penny Watermeadow! -exclamó. Penny se había doctorado en lengua inglesa en Minnesota el mismo curso que Jeannie-. ¿Qué tal te va?

– Formidable. ¿Y tú qué haces?

– Estoy en la Jones Falls, enzarzada en un programa de investigación con algunos problemas. Tenía entendido que buscabas un trabajo académico.

– Lo buscaba, pero no lo encontré.

Jeannie se sintió un poco incómoda por el hecho de haber conseguido algo que su amiga no logró.

– Mal asunto.

– Ahora me alegro. Disfruto con este trabajo y pagan mejor que en la mayoría de las universidades.

Jeannie no la creyó. Le impresionaba desagradablemente ver a toda una doctora en lengua inglesa trabajando de azafata.

– Siempre creí que serías una profesora estupenda.

– Estuve dando clases una temporada en un instituto de enseñanza media. Hasta que me pegó un navajazo un alumno que discrepaba conmigo respecto a Macbeth. Me pregunté por qué lo hacía, por qué arriesgaba la vida por meter a Shakespeare en la cabeza de unos chicos que no veían la hora de volver a las calles para seguir con sus atracos y sacar dinero con el que comprarse crack.

Jeannie recordó el nombre del marido de Penny.

– ¿Cómo esta Danny?

– Se las arregla de maravilla, ahora es director de ventas. Lo que significa que tiene que viajar un montón, pero le compensa.

– Bien, que alegría volver a verte. ¿Tu base está en Baltimore?

– En Washington, D.C.

– Dame tu número de teléfono. Te llamaré.

Jeannie le paso un bolígrafo y Penny anotó su número de teléfono en una de las carpetas de Jeannie.

– Almorzaremos juntas -dijo Penny-. Será divertido.

– Apuesta a que sí.

Penny siguió adelante.

– Parece lista -comentó Lisa.

– Es muy inteligente. Estoy horrorizada. Ser azafata no tiene nada de malo, pero en el caso de Penny es como tirar por la ventana veinticinco años de estudios.

– ¿La llamarás?

– Rayos, no. Sería negativo. Sólo serviría para recordarle las ilusiones y esperanzas que la animaban en aquellos tiempos. Resultaría muy penoso.

– Eso creo. Lo siento por ella.

– Yo también.

En cuanto tomaron tierra, Jeannie se encaminó a un teléfono público y llamó a los Pinker, a Richmond, pero comunicaban.

– Maldita sea -lamentó en tono quejumbroso. Esperó cinco minutos, lo intentó otra vez, pero continuaba sonando aquel enloquecedor zumbido de línea ocupada. Comentó-: Charlotte debe de estar llamando a su violenta familia para contarles todo lo referente a nuestra visita. Probaré más tarde.

El coche de Lisa estaba en el aparcamiento. Se dirigieron a la ciudad y Lisa dejó a Jeannie a la puerta de su casa. Antes de apearse, Jeannie preguntó:

– ¿Puedo pedirte un gran favor?

– Claro. Aunque eso no significa que te lo vaya a conceder -sonrió Lisa.

– Empieza esta noche la extracción del ADN.

Lisa puso cara larga.

– Oh, Jeannie, hemos estado fuera todo el día. Tengo que comprar la cena…

– Ya lo sé. Y yo tengo que visitar la cárcel. Luego nos encontraremos en el laboratorio, digamos a… ¿te parece bien a las nueve?

– Vale -Lisa volvió a sonreír-. Siento curiosidad por saber que sale de los análisis.

– Si empezamos esta noche, podríamos tener los resultados pasado mañana.

Lisa pareció dubitativa.

– Si tomamos algunos atajos, si.

– ¡Así me gusta!

Jeannie se apeó del coche y Lisa se alejó.

A Jeannie le hubiera gustado subir a su automóvil y dirigirse enseguida al cuartelillo de policía, pero decidió echar antes un vistazo a su padre, así que entró en la casa.

El hombre estaba viendo el programa La rueda de la fortuna.

– ¡Hola, Jeannie, sí que vuelves tarde a casa! -saludó.

– He estado trabajando y aún no he terminado -dijo la muchacha-. ¿Qué tal día pasaste?

– Un poco aburrido, aquí solo.

A Jeannie le inspiró cierta lástima. Parecía no tener amigos. Sin embargo, su aspecto había mejorado respecto a la noche anterior. Había descansado, iba limpio y se había afeitado. Para almorzar sacó una pizza del frigorífico y se la calentó: los platos sucios estaban aún en el mostrador de la cocina. A punto de preguntarle quién se creía que iba a ponerlos en el lavavajillas, Jeannie se mordió la lengua.

Dejó la cartera y empezó a limpiar. Su padre no apagó la tele.

– He estado en Richmond, Virginia -informó.

– Estupendo, cariño. ¿Qué hay para cenar?

No, pensó Jeannie, esto no puede continuar. No voy a aguantar que me trate como trataba a mamá.

– ¿Por qué no preparas algo?

Eso atrajo su atención. Apartó los ojos del televisor y miró a Jeannie.

– ¡No se cocinar!

– Yo tampoco, papá.

El padre frunció el ceño, pero al instante sonrió.

– ¡Entonces saldremos a cenar fuera!

La expresión de su rostro era inolvidablemente familiar. Jeannie retrocedió veinte años con la imaginación. Patty y ella llevaban pantalones vaqueros acampanados, ambas a juego. Vio a su padre, que entonces tenía el pelo oscuro y lucía patillas. Estaba diciendo: «¡Vamos al parque de atracciones! ¿Queréis algodón de azúcar? ¡Subid al coche!». Había sido el hombre más maravilloso del mundo. Los recuerdos de Jeannie dieron un salto de diez años. Ella vestía vaqueros de color negro y calzaba botas Doc Marten; el pelo de su padre era más corto y canoso. Decía: «Te llevaré a Boston con tus cosas, me agenciaré una furgoneta y aprovecharemos la ocasión para pasar un rato juntos; por el camino tomaremos unos de esos platos combinados de comida rápida, ¡será divertido! ¡Pasaré a buscarte a las diez en punto!». Le estuvo esperando todo el día, pero no apareció y, a la mañana siguiente, Jeannie tomó un autocar para Greyhound.

Ahora, al ver en los ojos de su padre el mismo brillo de «¡será divertido!», Jeannie deseó con toda el alma poder regresar a los nueve años y creer todo lo que decía su padre. Pero ahora era una persona adulta y sin ningún remordimiento le preguntó:

– ¿Cuánto dinero tienes?

El hombre se entristeció.

– Ni cinco, ya te lo dije.

– Yo tampoco. Así que no podemos ir a comer fuera.

Abrió el frigorífico. Tenía allí un repollo, unas cuantas mazorcas de maíz, un limón, un paquete de chuletas de cordero, un tomate y una caja medio vacía de arroz Uncle Ben. Lo sacó todo y lo puso encima del mostrador.

– Te diré lo que vamos a hacer -declaró-. Como aperitivo, tomaremos un poco de maíz fresco mezclado con mantequilla; después, chuletas de cordero sazonadas con cáscara de limón para darles gusto y acompañadas de ensalada y arroz. De postre, helado.

– ¡Muy bien, eso es fantástico!

– Puedes empezar a prepararlo mientras estoy fuera.

El hombre se puso en pie y contempló los alimentos que Jeannie había sacado del frigorífico. Jeannie cogió la cartera.

– Estaré de vuelta poco después de las diez.

– ¡Yo no sé guisar esto! -El hombre cogió una mazorca.

Del estante de encima del frigorífico Jeannie cogió el ejemplar de Un Menú para cada día del año, del Reader's Digest. Se lo tendió a su padre.

– No tienes más que leerlo -dijo. Le dio un beso en la mejilla y se marchó.

Mientras subía al coche y ponía rumbo al centro urbano confió en no haber sido demasiado cruel. Su padre pertenecía a una generación anterior; en su época, las normas eran distintas. Sin embargo, ella no podía ser su ama de casa, incluso aunque quisiera, porque tenía que conservar su empleo. Al proporcionarle un lugar en el que cobijarse durante la noche había hecho por él más de lo que él hiciera por ella durante la mayor parte de su vida. A pesar de todo, deseaba haberse marchado dejándole con mejor sabor de boca. Era un negado, pero era el único padre que tenía.

Aparcó el coche en un garaje y marchó a pie por el barrio chino hacia la comisaría de policía. El ostentoso vestíbulo tenía bancos de mármol y un mural con escenas de la historia de Baltimore. Comunicó al recepcionista que estaba allí para ver a Steve Logan, que se encontraba bajo custodia. Temía verse obligada a entablar una discusión, pero al cabo de unos minutos de espera una joven de uniforme la hizo pasar y la acompañó en el ascensor.

Le mostraron un cuarto del tamaño de una alacena. Paredes mondas y lirondas, con una ventanilla en la del fondo y un panel auditivo debajo de la misma. La ventanilla parecía dar a otra cabina semejante. No había forma de pasar algo de una habitación a otra sin hacer un agujero en la pared.

Jeannie miró por la ventanilla. Transcurridos cinco minutos llevaron a Steve. Cuando el muchacho entró en la cabina, Jeannie observó que iba esposado y con las piernas encadenadas una a la otra como si fuera peligroso. Al reconocerla, sonrió de oreja a oreja.

– ¡Ésta sí que es una sorpresa agradable! -exclamó-. La verdad es que es lo único bonito que me ha sucedido en todo el día.

A pesar de su talante alegre presentaba un aspecto terrible: tenso y cansino.

– ¿Cómo estás? -preguntó Jeannie.

– Un poco fastidiado. Me han metido en una celda con un asesino que tiene resaca de crack. No me atrevo a dormir.

Toda su compasión se volcó sobre él. Tuvo que recordarse que se suponía que era el individuo que violó a Lisa. Pero Jeannie no podía creerlo.

– ¿Cuánto tiempo crees que te retendrán aquí?

– Un juez examinará mañana la solicitud de libertad bajo fianza. Si eso falla, puede que permanezca encerrado hasta que se conozca el resultado de la prueba de ADN. Al parecer eso lleva tres días.

La mención del ADN recordó a Jeannie su objetivo.

– Hoy he visto a tu hermano gemelo.

– ¿Y?…

– No hay duda. Es tu vivo retrato.

– Tal vez fue él quien violó a Lisa Hoxton.

Jeannie movió la cabeza negativamente.

– Si se hubiese fugado de la cárcel el fin de semana, probablemente. Pero todavía está allí.

– ¿No crees que pueda haber escapado y vuelto? Para hacerse con una coartada.

– Demasiado fantástico. Si Dennis se hubiera visto fuera de la cárcel, nada le habría inducido a volver.

– Me parece que tienes razón -concedió Steve, sombrío.

– He de hacerte un par de preguntas.

– Dispara.

– Primero, necesito confirmar tu fecha de nacimiento.

– Veinticinco de agosto.

Esa era la que Jeannie había anotado. Quizá tenía equivocada la de Dennis.

– ¿Sabes por casualidad dónde naciste?

– Sí. En aquellos días, papá estaba destinado en Fort Lee, Virginia, y yo nací en el hospital militar de allí.

– ¿Estás seguro?

– Segurísimo. Mamá habló de ello en su libro Tener un Hijo. -Entornó los párpados para mirarla de una manera que a Jeannie le pareció familiar. Significaba que intentaba adivinarle el pensamiento-. ¿Dónde nació Dennis?

– Aún no lo sé.

– ¿Pero nacimos a la vez?

– Por desgracia, la fecha de nacimiento que dio es el siete de septiembre. Pero puede que se trate de un error. Voy a confirmarlo. En cuanto vaya a mi despacho telefonearé a su madre. ¿Hablaste ya con tus padres?

– No.

– ¿Prefieres que los llame yo?

– ¡No! No quiero que sepan nada de esto hasta que el asunto se haya aclarado.

Jeannie arrugó el entrecejo.

– A juzgar por todas las noticias que tengo de ellos, parecen pertenecer a la clase de personas que te apoyarían.

– Claro que sí. Pero no quiero que pasen por toda esta angustia.

– Desde luego, sería bastante penoso para ellos. Pero tal vez prefiriesen estar enterados y así poder ayudarte.

– No, por favor, no les digas nada.

Jeannie se encogió de hombros. Allí había algo oculto que no le confesaba. Pero era una decisión de Steve.

– Jeannie… ¿cómo es?

– ¿Dennis? A primera vista, igual que tú.

– ¿Lleva el pelo largo o corto? ¿Tiene bigote, uñas mugrientas, acné, cojea?…

– Lleva el pelo corto como tú, es barbilampiño, tiene las manos limpias, su piel es clara. Podría haber sido tú.

– ¡Vaya! -Steve pareció profundamente incómodo.

– La gran diferencia está en su comportamiento. Está incapacitado para relacionarse con el resto de la raza humana. No sabe.

– Es muy extraño.

– A mí no me lo parece. En realidad, confirma mi teoría. Ambos sois lo que yo llamo «pequeños salvajes». Tomé la expresión de una película francesa. La empleo para aplicarla a los chicos intrépidos, incontrolables, hiperactivos. Tales chicos son muy difíciles de integrar en la sociedad. Charlotte Pinker y su marido fracasaron con Dennis. Tus padres lo consiguieron contigo.

Eso no le tranquilizó.

– Pero interiormente, Dennis y yo somos iguales.

– Ambos habéis nacido salvajes.

– Pero yo tengo un tenue barniz de civilización.

Jeannie se dio cuenta de que estaba profundamente preocupado.

– ¿Por qué te inquieta tanto?

– Quiero pensar que soy un ser humano, no un gorila domesticado.

La muchacha se echó a reír, pese a la expresión solemne de Steve. -Los gorilas también tienen que aprender a ser sociables. Así lo hacen todos los animales que viven en grupo. De ahí es de donde procede el crimen.

Steve parecía interesado.

– ¿De la vida en grupo?

– Claro. El delito es la ruptura de una regla social importante. Los animales solitarios no tienen reglas. Un oso invadirá la cueva de otro oso, robará su alimento y matará a sus oseznos. Los lobos no hacen esas cosas; si las hicieran, no vivirían en manadas. Los lobos son monógamos, unos cuidan los cachorros de los otros y respetan el espacio particular ajeno. Si un individuo quebranta las reglas, lo castigan; si reincide, lo expulsan de la manada o lo condenan a muerte.

– ¿Y si viola normas sociales poco importantes?

– ¿Cómo soltar una ventosidad en un ascensor? Eso lo llamamos faltas de educación. El único castigo es el reproche de los demás. Es asombroso lo efectivo que resulta.

– ¿Por qué te interesan tanto las personas que violan las reglas?

Jeannie pensó en su padre. Ignoraba si ella llevaba o no sus genes criminales. Quizás ayudara a Steve saber que también a ella le preocupaba su herencia genética. Pero llevaba tanto tiempo mintiendo acerca de su padre que no le resultó fácil hablar de él ahora.

– Es un gran problema -dijo evasivamente-. A todo el mundo le interesa el crimen.

A su espalda se abrió la puerta y la joven funcionaria de policía miró al interior del cuarto.

– Se ha acabado el tiempo, doctora Ferrami.

– Muy bien -repuso Jeannie por encima del hombro-. Steve, ¿sabías que Lisa Hoxton es la mejor amiga que tengo en Baltimore?

– No, no lo sabía.

– Trabajamos juntas; es una experta.

– ¿Cómo es?

– No es la clase de persona que formularía una acusación al buen tuntún.

Steve asintió con la cabeza.

– Pese a todo, quiero que sepas que no creo que lo hicieras tú.

Durante unos segundos Jeannie pensó que iban a saltársele las lágrimas a Steve.

– Gracias -articuló el muchacho bruscamente-. No tengo palabras para decirte lo mucho que eso significa para mí.

– Llámame cuando salgas. -Le dio su número de teléfono-. ¿Te acordarás?

– No hay problema.

A Jeannie le costaba trabajo retirarse. Dedicó a Steve lo que confió fuese una sonrisa de ánimo.

– Buena suerte.

– Gracias, aquí dentro la necesito.

Jeannie dio media vuelta y abandono el minúsculo locutorio.

La mujer policía la acompañó hasta el vestíbulo. Caía la noche cuando Jeannie regresaba al garaje donde tenía el coche aparcado. Al desembocar en la autopista Jones Falls encendió los faros del viejo Mercedes. Aceleró rumbo al norte, deseosa de llegar cuanto antes a la universidad. Siempre conducía demasiado deprisa. Era hábil al volante, pero un tanto imprudente. Aunque se daba cuenta de ello, carecía de paciencia para ir sólo a noventa por hora.

El Honda Accord de Lisa ya estaba aparcado delante de la Loquería. Jeannie estacionó su vehículo junto a él y entró en el edificio. Lisa encendía en aquel momento las luces del laboratorio. El estuche frigorífico que contenía la muestra de sangre de Dennis Pinker estaba encima del banco.

El despacho de Jeannie se abría justo enfrente, al otro lado del pasillo. Abrió la puerta por el procedimiento de pasar su tarjeta por la ranura del lector de identificaciones y entró. Sentada ante el escritorio, llamó al domicilio de los Pinker, en Richmond.

– ¡Por fin! -exclamó al oír la señal de tono al otro extremo de la línea.

Contestó Charlotte. -¿Cómo está mi hijo? -quiso saber.

– De salud, muy bien -repuso Jeannie. Pensó que a duras penas le hubiera parecido un psicópata, hasta que sacó el cuchillo y me robó las bragas. Hizo un esfuerzo para pensar algo positivo y dijo-: Se mostró dispuesto a colaborar.

– Siempre ha tenido unos modales exquisitos -repuso Charlotte con el deje sureño que usaba en sus manifestaciones mas ofensivas.

– Señora Pinker, ¿puede usted confirmarme la fecha de nacimiento de Dennis?

– Nació el día siete de septiembre -lo dijo como si debiera ser una fiesta nacional.

No era la respuesta que le hubiera gustado a Jeannie.

– ¿En qué hospital?

– En aquella época estábamos en Fort Bragg, Carolina del Norte.

Jeannie contuvo una decepcionada maldición.

– El comandante estaba entrenando reclutas para Vietnam -declaró Charlotte orgullosamente-. La Comandancia Médica Militar tiene un hospital en Bragg. En el vino Dennis al mundo.

A Jeannie no se le ocurrió nada más que decir. El misterio seguía tan insondable como siempre.

– Señora Pinker, quiero repetirle mi agradecimiento por su amable colaboración.

– Ya sabe donde me tiene, para lo que guste.

Jeannie volvió al laboratorio.

– Aparentemente -dijo a Lisa-, Steve y Dennis nacieron con trece días de diferencia, en distintos estados. La verdad, no lo entiendo.

Lisa abrió una caja nueva de probetas.

– Bueno, hay una prueba incontrovertible. Si tienen el mismo ADN, son gemelos idénticos, digan lo que digan los demás respecto a su nacimiento.

Sacó dos tubitos de cristal de dentro de la caja. Tenían una longitud de poco más de cinco centímetros. Su fondo era cónico y una tapa cubría la boca de los tubos. Abrió un paquete de etiquetas, escribió «Dennis Pinker» en una y «Steve Logan» en otra, las pegó en los tubos y los colocó en un estante.

Rompió el sello del recipiente de la sangre de Dennis y vertió una gota en una de las probetas. Después cogió del refrigerador un frasquito de sangre de Steve e hizo lo propio. Mediante una graduada pipeta de precisión -un tubo con ampolleta en un extremo- añadió una ínfima cantidad de cloroformo a cada probeta. Después tomó una nueva pipeta y añadió una similar cantidad exacta de fenol.

Cerró las dos probetas y las puso en la batidora, donde se agitaron durante unos segundos. El cloroformo disolvería la grasa y el fenol facturaría las proteínas, pero las largas moléculas en doble hélice del ácido desoxirribonucleico se mantendrían intactas.

Lisa volvió a poner los tubos en el estante.

– Es todo lo que podemos hacer de momento, hasta dentro de unas horas -dijo.

El fenol disuelto en agua se disgregaría del cloroformo despacio. Se formaría un menisco dentro del tubo, en el límite. El ADN sería la parte acuosa, que se podría retirar de la pipeta para la siguiente fase de la prueba. Pero habría que esperar hasta la mañana.

Sonó un teléfono en alguna parte. Jeannie frunció el entrecejo; parecía repicar en su despacho. Cruzó el pasillo y descolgó el auricular.

– ¿Sí?

– ¿Doctora Ferrami?

Jeannie odiaba a las personas que lo primero que hacían al llamar por teléfono era enterarse de quién estaba al aparato, antes de presentarse. Era como llamar a la puerta de una casa y preguntar al que la abre: «¿Quién diablos es usted?». Hizo retroceder garganta abajo las ganas de soltar una respuesta sarcástica y dijo:

– Soy Jeannie Ferrami. ¿Quién llama, por favor?

– Naomi Freelander, del New York Times. -Sonaba como una fumadora empedernida, entrada ya en la cincuentena-. Tengo unas preguntas que formularle.

– ¿A estas horas de la noche?

– Trabajo las veinticuatro horas del día. Y parece que usted también.

– ¿Cuál es el motivo de su llamada?

– Investigo con vistas a un artículo sobre ética científica.

– ¡Ah! -Jeannie pensó de inmediato en la circunstancia de que Steve ignorase que pudiera ser un hijo adoptivo. Era un problema ético, aunque no insoluble… pero seguramente el Times no sabría nada del asunto-. ¿Qué es lo que le interesa?

– Tengo entendido que ha explorado usted bases de datos clínicas en busca de sujetos apropiados para su estudio.

– Oh, sí, vale -Jeannie se tranquilizó. Por aquel lado no tenía motivo alguno de preocupación-. Bueno, he ideado un mecanismo de búsqueda que explora los datos informáticos y localiza parejas cuyos miembros se corresponden. Mi propósito es encontrar gemelos idénticos. Mi programa informático puede utilizarse en cualquier clase de banco de datos.

– Pero usted ha tenido acceso a archivos médicos con el fin de utilizar ese programa.

– Es importante definir qué entiende usted por acceso. He puesto un cuidado especial en no invadir la intimidad de nadie. Jamás he llegado a ver los detalles médicos de ninguna persona. El programa no imprime los historiales.

– ¿Qué imprime?

– Los nombres de los dos individuos, su dirección y número de teléfono.

– Pero imprime los nombres por parejas.

– Naturalmente, ese es el quid.

– De modo que si usted usara, digamos, una base de datos de electroencefalogramas, ésta le informaría de que las ondas cerebrales de John Smith son las mismas que las de Jim Fitz.

– Las mismas o similares. Pero no me daría ningún otro dato relativo a la salud del hombre.

– Sin embargo, en el caso de que usted supiese previamente que John Smith era un esquizofrénico paranoide, llegaría a la conclusión de que Jim Fitz también lo era.

– Jamás sabríamos una cosa así.

– Puede que conozcan a John Smith.

– ¿Cómo?

– Podría ser su conserje o algo por el estilo.

– ¡Oh, venga ya!

– Cabe esa posibilidad.

– ¿Por ahí van a ir los tiros de su reportaje?

– Quizás.

– Muy bien, eso es teóricamente posible, pero las probabilidades son tan ínfimas que cualquier persona razonable lo podría descartar.

– Eso es discutible.

Jeannie pensó que la periodista estaba firmemente decidida a ver un atropello, a pesar de los hechos; empezó a preocuparse. Ya tenía suficientes problemas sin que los malditos profesionales de la noticia se le echaran encima.

– ¿Hasta qué punto es real todo esto? -dijo-. ¿Ha tropezado usted con alguien que considere que se ha violado su intimidad?

– Me interesa la potencialidad.

Una sospecha asaltó a Jeannie.

– De todas formas, ¿quién le ha indicado que me llame?

– ¿Por qué lo pregunta?

– Tiene que haber alguna razón para que me formule esas preguntas. Me gustaría saber la verdad.

– No puedo decírselo.

– Eso es muy interesante -repuso Jeannie-. Le he hablado con cierta amplitud de mi investigación y de mis métodos. No tengo nada que ocultar. Pero usted no puede decir lo mismo. Parece sentirse, bueno, avergonzada, sospecho. ¿Se avergüenza del procedimiento que ha empleado para enterarse de lo referente a mi proyecto?

– No me avergüenzo de nada -replicó, brusca, la periodista.

Jeannie se dio cuenta de que empezaba a enojarse. ¿Quién se creía que era aquella mujer?

– Bueno, pues alguien está avergonzado. De no ser así, ¿por qué no quiere decirme quién es ese hombre? O esa mujer.

– Debo proteger mis fuentes.

– ¿De qué? -Jeannie comprendía que lo mejor era dejarlo correr. Nada se ganaba enemistándose con la prensa. Pero la actitud de aquella mujer era insufrible-. Como ya le he dicho, mis métodos no tienen nada de incorrecto y no amenazan la intimidad de nadie. ¿Porqué, pues, ha de mantenerse en secreto la identidad de su informante?

– La gente tiene motivos…

– Da la impresión de que las intenciones de su informador eran perversas, ¿no le parece?

Al tiempo que lo decía, Jeannie estaba pensando: ¿por qué iba a querer alguien hacerme esta jugada?

– Sobre eso no puedo hacer ningún comentario.

– Nada de comentarios, ¿eh? -la voz de Jeannie rezumaba sarcasmo-. Recordaré esa frase.

– Doctora Ferrami, quisiera darle las gracias por su colaboración.

– De nada -replicó Jeannie, y colgó.

Permaneció un buen rato contemplando el teléfono.

– Y ahora, ¿a qué infiernos viene todo esto? -articuló.

MIÉRCOLES

21

Berrington durmió mal.

Pasó la noche con Pippa Harpenden. Pippa era una secretaria del departamento de Física. Un sinfín de profesores, incluidos varios casados, le habían propuesto salir, pero Berrington fue el único al que no dio calabazas. Berrington se había vestido de punta en blanco, la llevó a un restaurante discreto y pidió un vino de calidad exquisita. Disfrutó de las envidiosas miradas de hombres de su edad que cenaban allí acompañados de sus viejas y nada agraciadas esposas. Se la llevó después a casa, encendió unas velas, se puso un pijama de seda y le hizo el amor despacio, hasta que Pippa jadeó de placer.

Pero Berrington se despertó a las cuatro de la madrugada y empezó a pensar en todas las cosas que podían torcerse y hundir su plan. Hank Stone se había pasado la tarde anterior trasegando copa tras copa del vino barato que ofrecía el editor; lo mismo podía haberse olvidado por completo de la conversación mantenida con Berrington. Si la recordaba, era posible que los jefes de redacción del New York Times decidiesen que no valía la pena cubrir la historia. Acaso efectuaran algunas indagaciones y llegaran a la conclusión de que no había nada malo en lo que Jeannie estaba haciendo. O simplemente podían actuar con excesiva lentitud y echar una mirada al asunto al cabo de una semana, cuando ya fuese demasiado tarde.

Cuando Berrington llevaba un buen rato dando vueltas en la cama, agitándose y removiéndose, Pippa murmuró:

– ¿Te encuentras bien, Berry?

Acarició la larga cabellera rubia de la joven y emitió unos alentadores y soñolientos ruidillos. Hacer el amor a una mujer hermosa constituía normalmente un consuelo para cualquier cantidad de preocupaciones, pero adivinaba que aquella noche no iba a funcionar. Tenía demasiadas cosas en la cabeza. Hubiera sido un alivio contar a Pippa sus problemas -era una chica inteligente, se mostraría tierna y comprensiva-, pero él no podía revelar a nadie tales secretos.

Al cabo de unos minutos, se levantó y fue a correr un poco. A su regreso, Pippa se había ido, no sin dejarle una nota de agradecimiento, envuelta en una media negra de nailon.

El ama de llaves llegó unos minutos antes de las ocho de la mañana y le preparó una tortilla a la francesa. Marianne era una joven delgada y nerviosa, oriunda de la francesa isla caribeña de Martinica. Apenas hablaba inglés y le aterraba la posibilidad de que la repatriasen, temor que la hacía extraordinariamente sumisa. Era bonita y Berrington suponía que, en el caso de que le dijera que se la chupara, la chica creería que aquello formaba parte de sus obligaciones de criada para todo. Berrington no haría tal cosa, naturalmente; acostarse con el servicio no era su estilo.

Tomó una ducha, se afeitó y eligió para su representación de alta autoridad un traje gris marengo con rayas casi inapreciables, camisa blanca y corbata negra con pintitas rojas. Se puso en los puños de la camisa unos gemelos de oro con monograma, adornó el bolsillo de la pechera con un pañuelo blanco, de hilo, adecuadamente doblado, y se cepilló las punteras de los zapatos hasta dejarlas rutilantes.

Condujo hasta el campus, fue a su despacho y encendió el ordenador. Como la mayoría de las superestrellas académicas, daba pocas clases. Allí, en la Jones Falls, una lección magistral al año. Su tarea consistía en dirigir y supervisar la labor investigadora de los científicos del departamento y aportar el prestigio de su nombre a los artículos que escribían. Pero aquella mañana le era imposible concentrarse en nada, así que, mientras aguardaba a que sonase el teléfono, se dedicó a mirar por la ventana y ser simple espectador del reñido partido de dobles que cuatro jóvenes disputaban en la pista de tenis.

No tuvo que esperar mucho. A las nueve y media llamó el presidente de la Universidad Jones Falls, Maurice Obell.

– Tenemos un problema -anunció.

Berrington se puso tenso.

– ¿De qué se trata, Maurice?

– Acaba de telefonearme una lagarta del New York Times. Dice que alguien de tu departamento está violando la intimidad de las personas. Una tal doctora Ferrami.

Gracias a Dios, pensó alborozadamente Berrington; ¡Hank Stone ha tirado adelante! Imprimió a su voz un tono solemne:

– Ya me temía que surgiese algo así -respondió-. En un minuto estoy contigo.

Colgó y continuó sentado unos instantes, entregado a la meditación. Era demasiado pronto para cantar victoria. El proceso no había hecho más que empezar. De lo que se trataba ahora era de conseguir que Maurice y Jeannie se condujesen tal como él deseaba.

Maurice parecía preocupado. Buen principio. Berrington tenía que encargarse de que siguiera así: preocupado. Era imprescindible que Maurice creyera que se produciría una catástrofe si Jeannie no dejaba inmediatamente de utilizar su programa de búsqueda en las bases de datos. Una vez decidiera Maurice que era preciso tomar medidas drásticas, Berrington tenía que asegurarse de que se mantuviera firme en su resolución.

Por encima de todo, debía impedir cualquier clase de compromiso. Por naturaleza, Jeannie no era muy dada a los compromisos, el lo sabía muy bien, pero con su futuro en juego, la muchacha probablemente intentaría cualquier cosa. Berrington tendría que echar leña al fuego del agravio de Jeannie y mantenerla en estado de combatividad.

Además, debía hacerlo sin dejar en ningún momento de parecer bien intencionado. Caso de que resultara evidente que intentaba ponerle la zancadilla a Jeannie, se despertarían las sospechas de Maurice. Tenía que dar la impresión de que apoyaba a la doctora.

Salió de la Loquería y cruzó el campus. Dejó atrás el Teatro Barrymore y la Facultad de Bellas Artes, camino de la Hillside Hall. En otro tiempo casa solariega del primer benefactor de la universidad, era actualmente el edificio administrativo. El despacho del presidente del centro universitario ocupaba el antiguo salón de la vieja casona. Berrington dedicó una amable inclinación de cabeza a la secretaria del doctor Obell y manifestó:

– Me espera.

– Pase, profesor, tenga la bondad -indicó la mujer.

Maurice estaba sentado ante el ventanal que dominaba el césped. Era un hombre de escasa estatura y pecho abombado, que volvió de Vietnam en una silla de ruedas, paralítico de cintura para abajo.

A Berrington le resultaba fácil tratar con él, acaso porque ambos tenían un historial de servicio castrense común. También compartían la pasión por la música de Mahler.

A menudo, Maurice ofrecía el aire de persona abrumada. Para mantener en funcionamiento la UJF, debía sacar un millón de dólares anuales a benefactores particulares y empresas comerciales y, en consecuencia, le aterraba la publicidad negativa.

Dio la vuelta a la silla y rodó hasta su escritorio.

– Dijo que están preparando un gran reportaje sobre ética científica. Berry, no puedo permitir que la Jones Falls sea la primera que figure en ese trabajo con un ejemplo de ciencia poco ética. La mitad de los que nos otorgan donativos importantes se echarían atrás. Tenemos que hacer algo.

– ¿Quién es esa individua?

Maurice consultó un cuaderno de notas.

– Naomi Freelander. Es la responsable de ética. ¿Sabías que los periódicos tienen responsables de ética? Yo no.

– No me sorprende que el New York Times lo tenga.

– No dejarán de actuar como la maldita Gestapo. Estaban a punto de mandar el reportaje a máquinas, dicen, pero ayer recibieron un soplo acerca de esa doctora Ferrami.

– Me gustaría saber de dónde les llegó ese aviso -dijo Berrington.

– Debe de haber por aquí más de un bastardo hijo de Satanás.

– Supongo.

Maurice suspiró.

– Dime que no es cierto, Berry. Dime que la doctora Ferrami no invade la intimidad de la gente.

Berrington cruzó las piernas e intentó parecer relajado, aunque lo cierto era que estaba sobre ascuas. Allí era donde tenía que avanzar por la cuerda floja.

– No creo que haga nada incorrecto -dijo-. Explora bases de datos clínicos y localiza a personas que ignoran que tienen hermanos gemelos. Es una muchacha muy inteligente, la verdad…

– ¿Examina historiales médicos de personas sin su permiso?

Berrington fingió que respondía a regañadientes.

– Bueno… algo así.

– Entonces tendrá que dejarlo.

– Lo malo es que realmente necesita esa información para llevar a cabo su proyecto investigador.

– Quizá podamos ofrecerle alguna compensación.

Sobornarla era algo que a Berrington no se le había ocurrido. Dudaba de que diera resultado, pero nada se perdía con intentarlo.

– Buena idea.

– ¿Es numeraria?

– Ingresó este semestre, como profesora auxiliar. Le faltan seis años al menos para alcanzar la permanencia. Pero podemos ofrecerle un aumento de sueldo. Sé que necesita el dinero, ella misma me lo dijo.

– ¿Cuánto gana ahora?

– Treinta mil dólares al año.

– ¿Cuánto crees que deberíamos ofrecerle?

– Tendría que ser una cantidad sustancial. Ocho o diez mil.

– ¿Hay fondos para eso?

Berrington sonrió.

– Creo que podría convencer a la Genético.

– Entonces eso es lo que haremos. Llámala ahora mismo, Berry. Si está en el campus, que se presente aquí enseguida. Zanjaremos este asunto antes de que la policía ética llame otra vez a nuestra puerta.

Berrington descolgó el auricular del teléfono de Maurice y marcó el número del despacho de Jeannie. Contestaron al instante.

– Jeannie Ferrami.

– Aquí Berrington.

– Buenos días.

El tono de Jeannie era cauteloso. ¿Acaso adivinó su intención de seducirla la noche del lunes? Tal vez se estaba preguntando si planeaba intentarlo de nuevo. O quizá se había enterado ya del problema que estaba planteando el New York Times.

– ¿Puedo verte ahora mismo?

– ¿En tu despacho?

– Estoy en el del doctor Obell, en Hillside Hall.

Jeannie dejó escapar un suspiro de indignación.

– ¿Es acerca de esa mujer llamada Naomi Freelander?

– Sí.

– Es una tontería absurda, supongo que lo sabes.

– Lo sé, pero hay que afrontarlo.

– Voy para allá.

Berrington colgó.

– Estará aquí dentro de un momento -transmitió a Maurice-. Parece que ya ha tenido noticias del Times.

Los minutos inmediatos iban a ser cruciales. Si Jeannie se defendía con eficacia, era posible que Maurice cambiase de estrategia. Berrington tendría que ingeniárselas para, sin parecer hostil a Jeannie, lograr que Maurice se mantuviera firme. Era una muchacha de temperamento fogoso, enérgica y segura, no del tipo conciliador, especialmente cuando consideraba que le asistía la razón. Era muy probable que se ganase la enemistad de Maurice sin la ayuda de Berrington. Pero, por si se daba el caso de que Jeannie se manifestase suave y persuasiva, Berrington necesitaba un plan de retirada.

Un golpe de inspiración le indujo a proponer:

– Mientras esperamos a que venga, podemos redactar un borrador de comunicado de prensa.

– Esa es una buena idea.

Berrington tomó un cuaderno de notas y empezó a escribir. Necesitaba algo que Jeannie no pudiera aceptar, algo que hiriese su amor propio y la sacara de sus casillas. Escribió que la Universidad Jones Falls reconocía haber cometido errores. Presentaba sus excusas a todas aquellas personas cuya intimidad hubiera sido violada. Y prometía interrumpir el programa a partir de la fecha de hoy.

Tendió la nota a la secretaria de Maurice y le encargó que la pasara enseguida por el procesador de textos.

Jeannie llegó rebosante de efervescente indignación. Vestía una holgada camiseta verde esmeralda, ceñidos vaqueros negros y la clase de calzado al que tiempo atrás llamaban botas de mecánico y que ahora volvían a estar de moda. Llevaba su aro en la perforada nariz y la espesa cabellera negra recogida detrás de la cabeza. A Berrington le pareció guapísima, pero su indumentaria no impresionaría al presidente de la universidad. A los ojos de este, Jeannie parecería la clase de irresponsable subalterna académica susceptible de crear dificultades a la UJF.

Maurice la invitó a tomar asiento y le informó de la llamada del periódico. Sus modales eran rígidos. Berrington pensó que Maurice se sentía cómodo con los hombres maduros; pero las jóvenes con pantalones vaqueros ceñidos eran algo extraño para él.

– La misma mujer me llamó a mí -dijo Jeannie, sulfurada-. Esto es un disparate.

– Pero usted accede a bases de datos médicos -señaló Maurice.

– Yo no miro las bases de datos, eso lo hace el ordenador. Ningún ser humano ve historial clínico alguno. Mi programa se limita a sacar una relación de nombres y direcciones, agrupados por parejas.

– A pesar de todo…

– No vamos mas allá sin antes pedir permiso a los sujetos potenciales. Ni siquiera les decimos que son gemelos hasta que han aceptado ser parte de nuestro estudio. ¿Qué intimidad se invade, pues?

Berrington simuló que la respaldaba.

– Ya te lo dije, Maurice -terció-. El Times está equivocado de medio a medio.

– Ellos no lo ven así. Y debo pensar en la reputación de la universidad.

– Créame si le digo que mi trabajo acrecentará esa reputación -aseveró Jeannie. Se había inclinado hacia delante y Berrington captó en su voz la pasión por los descubrimientos que impulsa a todos los buenos científicos-. Este es un proyecto de importancia trascendental. Soy la única persona que ha encontrado el modo de estudiar la genética de la criminalidad. Cuando publiquemos los resultados, será algo sensacional.

– Tiene razón -confirmó Berrington.

Era cierto. El estudio de Jeannie hubiera sido fascinante. Destruirlo constituía un acto desgarrador. Pero él no tenía otra opción.

Maurice denegó con la cabeza.

– Mi obligación es proteger del escándalo a la universidad.

– También es su obligación defender la libertad académica -replicó Jeannie con insensata temeridad.

Era una táctica equivocada. De pascuas a ramos, en otra época, sin duda hubo algunos presidentes de universidad que combatieron en defensa del derecho a difundir libremente la cultura, pero aquellos tiempos habían concluido. Ahora, los presidentes de universidad eran recaudadores de fondos, pura y simplemente. Lo único que conseguiría Jeannie mencionando la libertad académica era ofender a Maurice.

El doctor Obell se erizó.

– Jovencita, no necesito que me dé usted ninguna lección respecto a mis deberes presidenciales -dijo, sofocado.

Con gran satisfacción por parte de Berrington, Jeannie pasó por alto la puntada.

– ¿Ah, no? -contestó a Maurice, sin apartarse del tema-. Aquí tenemos un conflicto directo. De una parte, una periodista al parecer con una historia mal orientada; de otra, una científica en pos de la verdad. Si un presidente universitario va a plegarse a esa clase de presión, ¿qué esperanza hay?

Berrington exultaba de júbilo. Jeannie estaba maravillosa, arreboladas las mejillas y fulgurantes las pupilas, pero cavaba su propia tumba. Cada palabra hacía aumentar la inquina de Maurice.

Luego, Jeannie pareció percatarse de lo que estaba haciendo, porque, de pronto, cambió de táctica.

– Por otra parte, ninguno de nosotros desea publicidad perniciosa para la universidad -observó en tono más apacible-. Comprendo perfectamente su preocupación, doctor Obell.

Maurice se suavizó automáticamente, al tiempo que crecía la disgustada desilusión de Berrington.

– Me hago cargo de que esto la sitúa en una posición difícil -dijo el presidente- La universidad está dispuesta a ofrecerle una compensación, en forma de una subida de salario de diez mil dólares anuales.

La sorpresa apareció en el rostro de Jeannie.

– Eso te permitirá -intervino Berrington- sacar a tu madre de esa residencia que tanto te preocupaba.

Jeannie titubeó sólo unos segundos.

– Se lo agradezco profundamente -dijo-, pero eso no resolvería el problema. Subsiste el hecho de que debo conseguir gemelos para mi investigación. De no ser así, no habrá nada que estudiar.

Berrington ya pensaba que Jeannie no iba a dejarse comprar.

– Seguramente habrá algún otro sistema para encontrar sujetos convenientes para su estudio, ¿no? -aventuró Maurice.

– No, no lo hay. Necesito gemelos idénticos, que se hayan criado separadamente y uno de los cuales sea un delincuente. Lo cual parece demasiado pedir. Mi programa informático localiza personas que ni siquiera saben que tienen un hermano gemelo. No existe otro método para hacerlo.

– No lo había comprendido -dijo Maurice.

El tono era ya peligrosamente amistoso. En aquel momento entró la secretaria de Maurice y entregó a su jefe una hoja de papel. Era la nota de prensa que Berrington había esbozado. Maurice se la pasó a Jeannie, a la vez que manifestaba:

– Es preciso que formulemos hoy mismo una declaración de este tipo, si queremos eliminar el reportaje.

Jeannie leyó la nota y su cólera se reavivo.

– ¡Pero esto es una barbaridad! -estalló-. No se ha cometido ningún error. No se ha violado la intimidad de nadie. ¡Hasta el momento nadie se ha quejado!

Berrington disimuló su delectación. No dejaba de ser paradójico que fuese tan apasionada y, sin embargo, tuviese la infinita paciencia y perseverancia que se requería para llevar a cabo la tediosa investigación científica que estaba desarrollando. La había visto trabajar con los sujetos seleccionados: nunca parecían irritarla ni fatigarla, ni siquiera se mostraba molesta cuando embrollaban las pruebas. Con ellos, las malas conductas le parecían tan interesantes como las buenas. Jeannie tomaba nota de cuanto decían y al final les daba sinceramente las gracias. Sin embargo, fuera del laboratorio, la menor provocación la convertía en una traca.

Berrington interpretó el papel de pacificador desasosegado.

– Pero, Jeannie, el doctor Obell considera que debemos hacer una declaración firme.

– No pueden decir que se interrumpe mi programa de ordenador -dijo Jeannie-. ¡Eso equivaldría a cancelar todo mi proyecto!

La expresión de Maurice se endureció.

– No puedo permitir que el New York Times publique un reportaje en el que se afirme que los científicos de la Jones Falls invaden la intimidad de las personas -dijo-. Nos costaría millones de dólares en donativos perdidos.

– Dé con un camino intermedio -rogó Jeannie-. Diga que está estudiando el problema. Nombre un comité. Si es necesario, crearemos un sistema de seguridad perfeccionado que garantice la intimidad.

Oh, no, pensó Berrington. Eso era alarmantemente razonable.

– Tenemos un comité de ética, naturalmente -dijo. Trataba de ganar tiempo-. Es un subcomité del claustro. -El claustro era la junta rectora de la universidad y la formaban todos los profesores numerarios, pero el trabajo lo realizaban los comités-. No puedes anunciar que les traspasas a ellos el problema.

– No vale -dijo Maurice bruscamente-. Todo el mundo sabrá que es un subterfugio.

– ¡No quiere darse cuenta -protestó Jeannie- de que al insistir en la acción inmediata está descartando prácticamente cualquier debate reflexivo!

Berrington decidió que aquel era un buen momento para dar por concluida la reunión. Maurice y Jeannie estaban a matar, ambos atrincherados en sus posiciones. Había que cortarlo antes de que empezaran a pensar de nuevo en un compromiso.

– Buen punto, Jeannie -dijo Berrington-. Déjame hacer una proposición… Si me lo permites, Maurice.

– Claro, oigámosla.

– Tenemos dos problemas independientes. Uno consiste en dar con el modo de que siga adelante la investigación de Jeannie sin que el escándalo caiga sobre la universidad. Eso es algo que tiene que resolver Jeannie, y que debatiremos luego largo y tendido. El segundo es como presentarán esto al mundo el departamento y la universidad. Ese es un asunto del que tenemos que tratar tú y yo, Maurice.

– Muy razonable -dijo Maurice, aparentemente aliviado.

– Gracias por reunirte con nosotros tan deprisa, Jeannie -manifestó Berrington.

La muchacha comprendió que aquello era una despedida. Se puso en pie, fruncido el ceño con perplejidad. Se daba cuenta de que le habían tendido una trampa, pero no conseguía imaginar en qué consistió.

– ¿Me llamarás? -preguntó a Berrington.

– Desde luego.

– Muy bien. -Jeannie titubeó unos segundos antes de salir.

– Una mujer difícil -comentó Maurice.

Berrington se inclinó hacia delante, entrelazadas las manos y, baja la mirada en actitud humilde.

– Creo que la culpa es mía, Maurice. -Maurice denegó con la cabeza, pero Berrington continuó-: Yo contraté a Jeannie Ferrami. Naturalmente, no tenía idea de que iba a desarrollar ese método de trabajo… pero, no obstante, la responsabilidad es mía y creo que soy yo el que tiene que sacarte de ésta.

– ¿Qué propones?

– No puedo pedirte que te abstengas de difundir ese comunicado de prensa. No tengo derecho a hacerlo. No puedes poner un proyecto de investigación por encima del bienestar de toda la universidad. Eso lo comprendo. Alzó la cabeza.

Maurice vaciló. Durante una fracción de segundo Berrington temió que sospechara que le estaba manipulando, arrinconando mediante una maniobra. Pero si tal idea cruzó por la mente del doctor Obell, no se asentó allí.

– Agradezco tus palabras, Berry. Pero ¡qué harás respecto a Jeannie?

Berrington se relajó. Parecía haberlo conseguido.

– Me parece que Jeannie es mi problema -confesó-. Déjamelo, pues, a mí.

22

Steve se desplomó en brazos del sueño durante las primeras horas de la madrugada del miércoles.

La sección de celdas estaba tranquila, Gordinflas roncaba y Steve llevaba ya veinticuatro horas sin pegar ojo. Hizo cuanto pudo por mantenerse despierto, pero todo lo que consiguió fue una duermevela en cuyo transcurso soñó que un juez benévolo le sonreía y decretaba: «Solicitud de fianza concedida, pongan en libertad a este hombre». Y el salía del tribunal a una calle inundada de sol. Sentado en el suelo de la celda, en su postura de costumbre, apoyada la espalda en la pared, se sorprendió varias veces dando cabezadas y despertándose bruscamente, hasta que, por último, la naturaleza se impuso a la fuerza de voluntad.

Dormía profundamente cuando un doloroso golpe en las costillas le obligó a despertarse sobresaltado. Jadeó y abrió los párpados. Gordinflas le había propinado un puntapié y se inclinaba sobre él, rezumantes de locura los ojos, mientras vociferaba:

– ¡Me birlaste la droga, hijoputa! ¿Dónde la escondiste, dónde? Si no me la sueltas enseguida, date por fiambre!

Steve reaccionó sin pensar. Se levantó del suelo como impulsado por un resorte, extendido y rígido el brazo derecho, e introdujo dos dedos en los ojos de Gordinflas. Éste soltó un grito de dolor y retrocedió. Steve siguió con su acoso, intentando atravesar con los dedos el cerebro de Gordinflas hasta llegar a la nuca. En alguna parte, muy lejos, sonó una voz que le pareció era la suya y que profería insultos.

Gordinflas retrocedió un paso más y cayó sentado violentamente sobre la taza del retrete. Se cubrió los ojos con las manos.

Steve pasó ambas manos por detrás del cuello de Gordinflas, le empujó la cabeza hacia delante y le asestó un rodillazo en la cara. Brotó la sangre por la boca de Gordinflas. Steve le agarró por la camisa, lo levantó de la taza del retrete y lo dejó caer contra el suelo. Se disponía a patearle, cuando la cordura volvió a él. Vaciló, con la vista sobre el sangrante Gordinflas tendido en el piso de la celda, y la roja neblina de la cólera empezó a aclararse.

– ¡Oh, no! -articuló-. ¿Qué es lo que he hecho?

Se abrió de golpe la puerta de la celda e irrumpieron dos guardias, enarboladas las porras.

Steve alzo las manos frente a sí.

– Tranquilízate -dijo uno de los agentes.

– Ahora ya estoy tranquilo -respondió Steve.

Los policías lo esposaron y sacaron de la celda. Uno de ellos le propinó un puñetazo en el estómago, con todas sus fuerzas. Steve se dobló sobre sí mismo, boqueante.

– Eso es por si acaso tuvieras la insensata idea de querer armar más follón -explicó el policía.

Steve oyó el ruido que produjo la puerta de la celda al cerrarse y luego la voz de Spike, el carcelero, con su habitual talante burlón.

– ¿Necesitas cuidados médicos, Gordinflas? Te lo digo porque hay un veterinario en la calle Baltimore Este.

Rió su propia broma.

Steve se enderezó, en tanto se recuperaba del puñetazo. No dejaba de dolerle, pero podía respirar. Miró a Gordinflas a través de los barrotes. El herido se frotaba los ojos, sentado en el suelo. La respuesta a Spike surgió de entre sus labios ensangrentados:

– Que te den por culo, mamón.

Steve se sintió aliviado: Gordinflas no estaba malherido.

– De todas formas, era hora de sacarte de aquí, jovencito universitario -se dirigió Spike a Steve-. Estos caballeros han venido para acompañarte al tribunal. -Consultó una hoja de papel-. Veamos a quién más le toca ir al Juzgado del Distrito Norte. Señor don Robert Sandiland, conocido por Sniff…

Sacó de las celdas a otros tres hombres y los encadenó junto con Steve. Luego, los dos policías los llevaron al aparcamiento y los hicieron subir a un autobús celular.

Steve confió en no volver nunca más a aquel sitio.

Aún estaba oscuro en la calle. Steve calculó que deberían ser las seis de la madrugada. Los juzgados no iniciaban sus sesiones hasta las nueve o las diez de la mañana, así que tendrían que esperar un buen rato. Estuvieron cruzando la ciudad cosa de quince o veinte minutos y luego franquearon la puerta del garaje del edificio de los juzgados. Se apearon del autobús celular y entraron en un sótano. En torno de una zona central había ocho compartimentos enrejados. Cada celda de aquellas tenía un banco y un lavabo, pero eran más amplias que las de la comisaría de policía y metieron a los cuatro prisioneros en una que ya ocupaban otros seis hombres. Les quitaron las cadenas y las echaron encima de una mesa colocada en medio del cuarto. Había allí varios celadores, presididos por una mujer de color, alta, con uniforme de sargento y expresión desagradable.

Llegaron treinta prisioneros, o más, en el curso de la hora siguiente. Los acomodaron en las celdas, de doce en doce. Al presentarse un pequeño grupo de mujeres empezaron a sonar gritos y silbidos. Las alojaron en una celda del extremo de la sala.

Después de eso, no sucedió gran cosa durante varias horas. Llevaron los desayunos, pero Steve rechazó el suyo; no podía acostumbrarse a la idea de comer con el retrete a la vista. Algunos reclusos hablaban a voces, pero la mayor parte se mantenían silenciosos, con cara de pocos amigos. Las bromas y burlas entre presos y guardianes no eran tan obscenas como las del encierro anterior y Steve se preguntó ociosamente si ello no se debería a que el mando lo tenía allí una mujer.

Se dijo que las celdas aquellas no tenían nada que ver con las que se mostraban en la tele. Las prisiones de los telefilmes y de las películas solían parecer hoteles de segunda: nunca se veían retretes sin cortinas o mamparas, no se oían insultos o abusos verbales ni se reflejaban los vapuleos con que solía premiarse a quienes no se portaban como era debido.

Puede que aquel fuese su último día de cárcel. De creer en Dios, habría rezado con todo su fervor para que así fuera.

Se figuró que debían de ser las doce del mediodía cuando empezaron a sacar presos de las celdas.

A Steve le tocó en la segunda remesa. Volvieron a esposar y a encadenar juntos a diez hombres. Luego subieron al juzgado.

La sala era como una capilla metodista. Las paredes estaban pintadas de verde hasta el nivel de la cintura; a partir de ahí, de color crema. En el suelo, una alfombra verde. Había nueve filas de bancos de madera amarilla, bancos como los de una iglesia.

En el de la última fila estaban sentados los padres de Steve.

El sobresalto le dejó boquiabierto.

El padre llevaba su uniforme de coronel, con la gorra bajo el brazo. Permanecía con el busto erguido, recto como si estuviese de pie en posición de firmes. Tenía los ojos del típico color azul celta, pelo oscuro y la sombra de una barba cerrada sobre las mejillas recién rasuradas. Su rostro permanecía rígidamente inexpresivo, estrictamente contenida toda emoción. Sentada a su lado, la madre, menuda y regordeta, tenía la bonita y redonda cara hinchada a causa del llanto.

Steve deseó que se lo tragara la tierra. Para escapar de aquella situación hubiera vuelto de buen grado a la celda con Gordinflas. Se detuvo en seco, interrumpiendo el avance de toda la cuerda de presos, y contempló con aturdida angustia a sus padres, hasta que el guardia le dio un empujón y le obligó a seguir adelante, dando traspiés hasta el primer banco.

Una funcionaria estaba sentada en la parte delantera del tribunal, de cara a los reclusos. Un celador masculino montaba guardia en la puerta. Sólo había otro funcionario presente, un negro de unos cuarenta años, con gafas, chaqueta, corbata y pantalones azules. Preguntó su nombre a cada uno de los presos y fue comprobándolos con la lista que tenía en la mano.

Steve volvió la cabeza para mirar por encima del hombro. Todos los bancos destinados al público estaban vacíos, salvo el de sus padres. Agradeció el que su familia se preocupara lo suficiente como para hacer acto de presencia; ningún pariente de los demás presos lo hizo. Con todo, hubiese preferido pasar por aquella humillación sin testigo alguno.

Su padre se puso en pie y se adelantó hacia el estrado. El hombre de los pantalones azules le habló en tono oficial.

– ¿Sí, señor?

– Soy el padre de Steve Logan. Quisiera hablar con él. -Lo dijo con un tono de voz autoritario-. ¿Puedo saber quién es usted?

– David Purdy, soy el encargado de la investigación preliminar.

Steve comprendió que fue así como sus padres se enteraron del asunto. Debía haberlo supuesto. La comisaría judicial le había dicho que un investigador comprobaría sus datos personales. El modo más sencillo de hacerlo consistía en ponerse en contacto con sus padres. Sintió una punzada de dolor al imaginarse aquella llamada telefónica.

¿Qué les había dicho el investigador?: «Tengo que comprobar la dirección de Steve Logan, que se encuentra bajo arresto en Baltimore, acusado de violación. ¿Es usted su madre?».

El padre estrechó la mano del funcionario y le saludó:

– ¿Cómo está usted, señor Purdy?

Pero Steve sabía que su padre odiaba a aquel hombre.

– Adelante, puede usted hablar con su hijo, no hay inconveniente -concedió Purdy.

El padre asintió secamente. Pasó por el banco situado a espaldas de los presos y se sentó inmediatamente detrás de Steve. Apoyó la mano en el hombro del muchacho y lo apretó suavemente. Los ojos de Steve se llenaron de lágrimas.

– Yo no lo hice, papá -dijo.

– Ya lo sé, Steve -respondió su padre.

Su sencilla fe fue demasiado para Steve, que estalló en llanto. Una vez hubo empezado a llorar le resultó imposible dejarlo. El hambre y la falta de sueño le habían debilitado. Le agobiaba toda la tensión y los sufrimientos de los dos últimos días y las lágrimas fluyeron libre y copiosamente. Continuó sollozando y secándose el rostro con las manos esposadas.

Al cabo de unos instantes, el padre dijo: -Hubiéramos querido traer un abogado, pero no tuvimos tiempo…, sólo el justo para venir aquí.

Steve inclinó la cabeza. Sólo con que pudiera dominarse, sería su propio abogado.

Entraron dos chicas, acompañadas de una celadora. No iban esposadas. Se sentaron y rompieron a reír como tontas. Aparentaban unos dieciocho años.

– ¿Cómo diablos sucedió todo esto? -preguntó a Steve su padre.

El intento de responder a la pregunta formulada ayudó a Steve a dejar de llorar.

– Debo parecerme al individuo que lo hizo -dijo. Se sorbió la nariz y tragó saliva-. La víctima me señaló en una rueda de reconocimiento. Y me encontraba por las cercanías cuando ocurrieron los hechos, eso ya se lo dije a la policía. La prueba de ADN demostrará mi inocencia, pero tarda tres días. Confío en obtener la libertad bajo fianza hoy.

– Hay que decirle al juez que estamos aquí -expresó el padre-. Eso probablemente sea algo a tu favor.

Steve se sintió como un chiquillo al que consolaba su padre. Llevó a su mente el recuerdo del día en que dispuso de su primera bicicleta. Debió de ser cuando cumplió los cinco años. Era una bici de dos ruedas, que llevaba en la trasera otras dos más pequeñas, estabilizadoras, para evitar las caídas. La casa tenía un amplio jardín con una escalera de dos peldaños que llevaba al patio, situado a un nivel más bajo. «Ve por el césped y no te acerques a los escalones», le había dicho papá; pero lo primero que hizo el pequeño Stevie fue precisamente tratar de bajar aquellos peldaños montado en la bicicleta. Fue a parar al suelo, lastimándose y estropeando la bici. Tuvo la plena certeza de que papá se enfadaría mucho con él por haber desobedecido una orden directa. Papá le levantó del suelo, le curó las heridas con cuidado y aunque Stevie esperaba un estallido de indignación, este no se produjo. Papá nunca decía: «Ya te lo advertí». Sucediera lo que sucediese, los padres de Steve siempre estaban de su parte.

Entró el juez.

Era una atractiva mujer blanca, de unos cincuenta años, menuda y pulcra. Vestía toga negra y llevaba una lata de Coca-Cola baja en calorías, que, al sentarse, depositó encima de la mesa.

Steve trató de leer en su expresión. ¿Era una mujer cruel o benévola? ¿Una señora de carácter afectuoso y mentalidad liberal, un alma de Dios, o una sargentona ordenancista que anhelaba en secreto enviarlos a todos a la silla eléctrica? Steve observó atentamente las azules pupilas de la juez, su nariz aguda, su cabellera morena veteada de hebras grises. ¿Tenía esposo con la barriga propia del bebedor de cerveza, un hijo crecido del que preocuparse y unos nietos a los que adoraba y con los que solía jugar revolcándose con ellos encima de la alfombra? ¿O vivía sola en un piso caro lleno de muebles modernos con agudas esquinas? Las clases de derecho que había recibido le informaron de las razones teóricas existentes para conceder o denegar las peticiones de fianza, pero ahora le parecían poco menos que improcedentes. Lo único que en realidad tenía importancia era si aquella mujer era bondadosa o no.

La juez recorrió con la vista la hilera de presos y saludó:

– Buenas tardes. Voy a examinar sus solicitudes de fianza.

Su voz era baja, pero clara, su dicción, precisa. A su alrededor, todo parecía exacto y ordenado…, salvo aquella lata de Coca-Cola, un toque humano que despertó las esperanzas de Steve.

– ¿Han recibido todos ustedes sus respectivos pliegos de cargos?

Todos los tenían. La juez recitó un escrito relativo a los derechos de los acusados y el modo de conseguir abogado.

Una vez concluido ese trámite, indicó: -Cuando mencione su nombre, tengan la bondad de levantar la mano derecha… Ian Thompson.

Un preso levantó la mano. La juez leyó las acusaciones y las condenas que podían corresponderle. A Ian Thompson se le acusaba de haber desvalijado tres casas de un lujoso barrio de Roland Park. Era un joven hispano que llevaba el brazo en cabestrillo, que no manifestó el menor interés por su destino y al que parecía aburrirle todo el proceso.

Cuando la juez le dijo que tenía derecho a una vista preliminar y a un juicio con jurado, Steve aguardó con impaciencia si concedía o no la fianza a Ian Thompson.

Se puso en pie el encargado de la investigación preliminar. Expuso, hablando apresuradamente, que Thompson llevaba un año viviendo en el mismo domicilio, tenía esposa y un hijo, pero carecía de trabajo. También era heroinómano y tenía antecedentes delictivos. Steve no habría enviado a la calle a un hombre como aquel.

Sin embargo, la juez fijó una fianza de veinticinco mil dólares. El ánimo de Steve se elevó. Sabía que normalmente el acusado sólo ha de depositar el diez por ciento, en efectivo, de la fianza que se le establezca, así que Thompson se vería libre si lograba reunir dos mil quinientos dólares. Eso parecía indulgente de veras.

A continuación le toco el turno a una de las chicas. Se había peleado con otra y se le acusaba de agresión. El investigador preliminar explicó a la juez que la joven vivía con sus padres y trabajaba en la sección de control de un supermercado próximo. Evidentemente no era en absoluto peligrosa y la juez declaró que salía fiadora bajo su propia responsabilidad, lo que significaba que no tenía que pagar cantidad alguna.

Era otra decisión benévola, y la moral de Steve subió un grado más.

A la demandada, por otra parte, se le ordenó que no se acercara al domicilio de la muchacha con la que tuvo la trifulca. Eso recordó a Steve que un juez podía añadir condiciones a la fianza. El no tendría el menor reparo en mantenerse a distancia de Lisa Hoxton. Ignoraba por completo donde vivía y el aspecto que pudiera tener, pero estaba dispuesto a aceptar cualquier condición que le facilitara la salida de la cárcel.

El siguiente acusado era un hombre blanco de mediana edad cuyo crimen consistía en haber enseñado el pene en plan exhibicionista a las clientes de la sección de artículos para la salud e higiene femenina de un drugstore RiteAid. Contaba con un largo historial de delitos similares. Vivía solo, pero llevaba cinco años residiendo en el mismo domicilio. Ante la sorpresa y desaliento de Steve, la juez le denegó la libertad bajo fianza. El hombre era bajito y delgado; a Steve le pareció un chiflado inofensivo. Pero quizá la juez, mujer al fin y al cabo, era particularmente implacable cuando se trataba de delitos sexuales.

La magistrada miro su papel y convocó:

– Steven Charles Logan.

Steve alzó la mano. «Por favor, déjame salir de aquí, por favor.»

– Se le acusa de violación en primer grado, lo que lleva implícita una posible condena a cadena perpetua.

Steve oyó a su espalda el grito sofocado de su madre.

La juez continuó leyendo los demás cargos y penas; luego, el encargado de la investigación preliminar se puso en pie. Recitó la edad de Steve, su domicilio y ocupación, y declaró que carecía de antecedentes penales y de adicciones a los estupefacientes. Steve pensó que parecía un ciudadano modelo en comparación con los acusados anteriores. Seguramente, la juez tenía que tomar nota de eso, ¿no?

Cuando Purdy terminó, Steve dijo:

– ¿Puedo hacer uso de la palabra, señoría?

– Sí, pero tenga presente que puede ser perjudicial para usted contarme determinados datos acerca del crimen.

Steve se levantó.

– Soy inocente, señoría, aunque al parecer guardo cierta semejanza física con el violador, de manera que si usted me concede la libertad bajo fianza prometo no acercarme a la víctima, si lo estipulara usted como condición de tal fianza.

– Desde luego que lo estipularía.

Deseó pronunciar un buen alegato en petición de la libertad, pero todos los elocuentes discursos que había preparado mientras estaba en la celda habían desaparecido de su cabeza y no se le ocurría nada que decir. Dominado por la frustración, se sentó.

Detrás de él, su padre se puso en pie.

– Señoría, soy el padre de Steve, el coronel Charles Logan. Tendré mucho gusto en responder a cualquier pregunta que desee usted formularme.

La juez le dedicó una mirada glacial.

– No será necesario.

Steve se preguntó porqué la intervención de su padre parecía incomodar a la juez. Acaso sólo pretendía dejar bien claro que no iba a permitir que le impresionara su graduación militar. Puede que deseara decir: «En mi tribunal, todos son iguales, al margen de lo respetables y de clase media que puedan ser».

El padre de Steve volvió a sentarse.

La juez miró a Steve.

– Señor Logan, ¿conocía usted a la mujer con anterioridad al momento en que tuvo efecto el presunto delito?

– Nunca la he visto -respondió Steve.

– ¿No la había visto antes?

Steve supuso que la juez se estaría preguntando si no habría estado el acechando a Lisa Hoxton durante algún tiempo, antes de atacarla.

– Eso no podría asegurarlo, no sé qué aspecto físico tiene -repuso Steve.

La juez pareció reflexionar durante unos segundos, sopesando aquella respuesta. Steve tuvo la impresión de estar aferrado a un saliente con la punta de los dedos. Una palabra de la juez, le salvaría de la caída. Pero si ella le denegaba la fianza, sería como desplomarse en el abismo.

Por fin, la mujer decretó:

– Se concede la libertad bajo una fianza que se fija en la suma de doscientos mil dólares.

El alivio inundó a Steve como una ola que se abatiera sobre él y todo su cuerpo se relajó.

– Gracias a Dios -murmuró.

– No se acercará a Lisa Hoxton, ni irá al 132I de la avenida Vine.

Steve notó de nuevo la mano de su padre apretándole el hombro. Levantó sus manos esposadas y rozó los dedos huesudos del hombre.

Aún iban a transcurrir un par de horas antes de que se viera libre, lo sabía; pero eso ya no le importaba, ahora estaba seguro de que había conseguido la libertad. Se comería seis hamburguesas Big Mac y dormiría veinticuatro horas seguidas. Estaba loco por tomar un baño caliente, ponerse ropa limpia y recuperar su reloj de pulsera. Deseaba disfrutar de la compañía de personas que no dijeran «hijoputa» en cada frase.

Y se dio cuenta, no sin cierta sorpresa, que lo que anhelaba por encima de todo era llamar a Jeannie Ferrami.

23

Jeannie estaba de un humor de perros mientras volvía a su despacho. Maurice Obell era un cobarde. Una reportera agresiva había dejado caer unas cuantas insinuaciones carentes de base, nada más que eso, y el hombre se desmoronó. Y Berrington había resultado demasiado débil para defenderla con eficacia.

El programa informático de búsqueda constituía su creación más importante. Había empezado a desarrollarlo en cuanto se percató de que no llegaría muy lejos en su investigación del mundo de la criminalidad sin un sistema nuevo de localizar sujetos para el estudio. Le había dedicado tres años. Era su único éxito notable, aparte los campeonatos de tenis. Si estaba dotada de algún talento intelectual particular era su extraordinaria aptitud para la programación informática. Aunque estudiaba la psicología de los imprevisibles e irracionales seres humanos, lo realizaba mediante la manipulación de masas ingentes de datos sobre centenares de miles de individuos: era una tarea estadística y matemática. Pensaba que, si su mecanismo de búsqueda no era útil, ella resultaría ser también una calamidad. Lo mismo podía abandonar y pedir plaza de azafata, como Penny Watermeadow.

Le sorprendió encontrar a Annette Bigelov esperándola en la puerta del despacho. Annette era una graduada cuya tarea supervisaba Jeannie como parte de sus funciones pedagógicas. La doctora recordó en aquel momento que la semana anterior Annette había presentado su propuesta de trabajo anual y concertaron una cita para aquella mañana con objeto de tratar el tema. Jeannie decidió en principio cancelar la reunión; tenía cosas más importantes que hacer. Pero al ver la expresión ilusionada del rostro de la joven pensó en lo trascendentales que resultaban esas reuniones cuando una era estudiante, por lo que se obligó a sonreír a la chica.

– Lamento haberte hecho esperar -dijo-. Pongamos manos a la obra inmediatamente.

Por suerte, había leído la propuesta meticulosamente y tenía tomadas unas notas. Annette tenía la intención de rastrear los datos existentes sobre gemelos, con vistas a descubrir correlaciones en las zonas de los puntos de vista políticos y las actitudes morales. Se trataba de una idea interesante y el plan de Annette era científicamente sólido. Jeannie sugirió algunas mejoras de menor cuantía y dio el visto bueno para que la muchacha tirara adelante.

Cuando Annette se marchaba, Ted Ransome asomó la cabeza por el hueco de la puerta.

– Tienes cara de estar a punto de cortarle los cataplines a alguien -comentó.

– A ti no -sonrío Jeannie-. Entra y toma una taza de café.

Handsome Ransome (Ransome el Hermoso) era su favorito entre los varones del departamento. Profesor adjunto que estudiaba la psicología de la percepción, estaba felizmente casado y tenía dos hijos pequeños. Jeannie sabía que la encontraba atractiva, pero Ransome nunca se le insinuó. Entre ellos se producía una agradable vibración sexual que en ningún momento amenazó con convertirse en problema.

Jeannie accionó el interruptor de la cafetera situada junto al escritorio y le contó el asunto planteado por el New York Times y Maurice Obell.

– Pero queda en el aire la gran cuestión -concluyó-. ¿Quién le fue con el cuento al Times?

– Tiene que haber sido Sophie -apuntó Ransome.

Sophie Chapple era la única otra mujer del departamento de psicología de la facultad. Aunque se acercaba a la cincuentena y era profesora titular, consideraba a Jeannie una especie de rival y desde el principio del semestre no dejó de manifestar su envidia ni de quejarse de todo lo relacionado con Jeannie, desde sus minifaldas hasta la forma en que aparcaba el coche.

– ¿Sería capaz de una faena así? -preguntó Jeannie.

– Y sin dudarlo.

– Supongo que tienes razón. -A Jeannie no cesaba de maravillarle la mezquindad de los científicos de primera fila. En cierta ocasión había visto a un admirado matemático propinar un puñetazo al físico más brillante de Estados Unidos por colarse en la cola de la cafetería-. Tal vez se lo pregunte.

Ransome enarcó las cejas.

– Te mentirá.

– Pero su culpabilidad puede delatarla.

– Habrá bronca.

– Ya hay bronca.

Sonó el teléfono. Jeannie descolgó e hizo una seña a Ted, indicándole que sirviera el café.

– Hola.

– Aquí, Naomi Freelander.

Jeannie vaciló.

– No sé si me apetece hablar con usted

– Tengo entendido que ha dejado de utilizar bases de datos médicos en su proyecto de búsqueda.

– No es así.

– ¿Qué significa eso de que no es así?

– Significa que no lo he dejado. Su llamada telefónica provocó cierto debate, pero no se ha adoptado ninguna decisión.

– Tengo aquí un fax de la oficina del presidente de la universidad. En él, la universidad pide disculpas a las personas cuya intimidad haya sido violada y les asegura que el programa se ha interrumpido.

Jeannie se quedó de piedra.

– ¿Enviaron ese comunicado?

– ¿No lo sabía usted?

– Vi un borrador y manifesté mi desacuerdo.

– Parece que han cancelado su programa sin decírselo.

– No pueden hacerlo.

– ¿Qué quiere decir?

– Tengo un contrato con esta universidad. No pueden hacer lo que les salga de sus malditas narices.

– ¿Me está diciendo que va a continuar usted con el proyecto, en franco desafío a las autoridades universitarias?

– Aquí no entra el desafío. No tienen potestad para darme órdenes. -Se percato de que Ted la estaba mirando. El hombre alzo una mano y la movió de derecha a izquierda en gesto negativo. Jeannie comprendió que Ted tenía razón; aquel no era modo de hablar a la prensa. Cambio de táctica. En tono más moderado, dijo-: Usted misma dijo que la violación de intimidad, en este caso, es potencial.

– Sí.

– Y ha fracasado rotundamente en su intento de encontrar una sola persona dispuesta a quejarse de mi programa. Pese a todo, no tiene escrúpulos en seguir intentando que se cancele mi proyecto.

– Yo no juzgo, informo.

– ¿Sabe de qué va mi investigación? Intento descubrir qué es lo que convierte a la gente en criminales. Soy la primera persona que ha creado un método realmente prometedor para estudiar este problema. Si las cosas salen como espero, mi descubrimiento podría hacer de nuestro país un lugar mucho mejor para que crezcan en el sus nietos.

– No tengo nietos.

– ¿Esa es su excusa?

– No necesito excusas…

– Tal vez no, pero ¿no obraría usted mucho mejor procurando descubrir un caso de violación de intimidad que realmente preocupase a alguien? ¿No sería ese, incluso, un reportaje mucho mejor para su periódico?

– Seré yo quien juzgue eso.

Jeannie suspiró. Se había esforzado al máximo. Rechinó los dientes y procuró poner fin a la conversación con un toque amistoso.

– En fin, le deseo suerte.

– Agradezco su colaboración, doctora Ferrami.

– Adiós. -Jeannie colgó y dijo-: ¡zorra!

Ted le tendió una taza de café.

– Deduzco que han anunciado la cancelación de tu programa.

– No lo entiendo. Berrington me dijo que hablaríamos acerca de lo que íbamos a hacer.

Ted bajo la voz:

– No conoces a Berry tan bien como yo. Créeme, es una serpiente. Yo no lo perdería de vista.

– Tal vez fue un error -dijo Jeannie, deseosa de agarrarse a un clavo ardiendo-. Quizá la secretaria del doctor Obell envió el comunicado por equivocación.

– Es posible -concedió Ted-. Pero yo apuesto mi dinero sobre la teoría de la serpiente.

– ¿Crees que debería llamar al Times y decir que la persona que contestó en mi teléfono era un impostor?

Ted se echó a reír.

– Lo que creo es que deberías presentarte en el despacho de Berry y preguntarle si tenía intención de enviar el comunicado antes de hablar contigo.

– Buena idea.

Jeannie se bebió el café y se levantó.

Ted fue hacia la puerta.

– Buena suerte. Estoy contigo.

– Gracias.

Jeannie pensó en darle un beso en la mejilla, pero decidió no hacerlo. Se alejó pasillo adelante y subió el tramo de escaleras que conducía al despacho de Berrington. La puerta estaba cerrada con llave. Continuó su camino, rumbo a la oficina de la secretaria que estaba al servicio de todos los profesores.

– ¡Hola, Julie! ¿Dónde esta Berry?

– Se marchó y dijo que hoy ya no volvería, pero me pidió que te diese cita para mañana.

Maldición. El hijo de mala madre le daba esquinazo. La teoría de Ted era acertada.

– ¿A qué hora?

– A las nueve y media.

– Aquí estaré.

Bajó a su planta y entró en el laboratorio. Sentada ante el banco de trabajo, Lisa verificaba la concentración de los ADN de Steven y Dennis que tenía en las probetas. Había mezclado dos microlitros de cada muestra con dos mililitros de tintura fluorescente. La tintura brillaba en contacto con el ADN y la intensidad del brillo indicaba la cantidad de ADN, que medía un fluorímetro dotado de un cuadrante que daba el resultado en nanogramos de ADN por microlito de muestra.

– ¿Cómo estás? -preguntó Jeannie.

– Muy bien.

Jeannie observó con atención el semblante de Lisa. Seguía en negativo, eso saltaba a la vista. Concentrada en la tarea, su expresión era impasible, pero se la apreciaba tensa bajo la superficie.

– ¿Hablaste ya con tu madre?

Los padres de Lisa vivían en Pittsburgh.

– No quiero preocuparla.

– Para eso está. Llámala.

– Quizás esta noche.

Jeannie le contó la historia de la reportera del New York Times mientras Lisa seguía con su trabajo: mezcló muestras de ADN con una enzima denominada endonucleasa de restricción. Estas enzimas destruyen el ADN extraño que pueda introducirse en el cuerpo. Actúan cortando la molécula larga de ADN en miles de fragmentos. Lo que las hacía tan útiles para los ingenieros genéticos era que las endonucleasas siempre seccionan el ADN en el mismo punto específico. Así que los fragmentos de dos muestras de sangre se podían comparar. Caso de corresponderse, la sangre era de un solo individuo o de gemelos idénticos. Si los fragmentos eran distintos, debían proceder de individuos diferentes.

Era como cortar dos centímetros de la cinta de casete de una ópera. Se toma un corte de cinco minutos del principio de dos cintas distintas: si la música de ambas piezas de cinta es un dúo que canta Se a caso madama, los trozos de cinta son de Las bodas de Fígaro. Para eludir la posibilidad de que dos óperas completamente distintas pudieran tener la misma secuencia de notas, era necesario comparar varios fragmentos, no sólo uno.

El proceso de fragmentación llevaba varias horas y no podía apresurarse: si el ADN no se fragmentaba en su totalidad, la prueba no resultaría.

A Lisa le causó bastante impacto el relato que le hizo Jeannie, pero no se mostró tan compasiva como la doctora esperaba. Tal vez era porque Lisa había sufrido un trauma devastador sólo tres días antes y, en comparación, la crisis de Jeannie parecía ser menos grave.

– Si hubieses de decir adiós a tu proyecto -dijo Lisa-, ¿qué otro estudio emprenderías?

– No tengo ni idea -replicó Jeannie-. No puedo imaginar que tenga que despedirme de este.

Jeannie se daba cuenta de que Lisa era incapaz de identificarse afectivamente, de comprender ese anhelo que impulsa a los científicos. Para Lisa, ayudante de laboratorio, un proyecto de investigación era más o menos igual que otro.

Jeannie volvió a su despacho y telefoneó a la Residencia Bella Vista del Ocaso. Con todo lo que le estaba ocurriendo a ella, se le había pasado por alto hablar con su madre.

– ¿Podría ponerme con la señora Ferrami, por favor? -pidió.

– Están almorzando. -La respuesta fue brusca.

Jeannie vaciló.

– Bueno. ¿Tendría usted la bondad de decirle que ha llamado su hija y que volverá a hacerlo dentro de un rato?

– Sí.

Jeannie tuvo la sensación de que la mujer no estaba tomando nota del recado.

– Soy J-e-a-n-n-i-e -dijo-. Su hija.

– Sí, vale.

– Gracias, muy amable.

– De nada.

Jeannie colgó. Tenía que sacar a su madre de allí. Aún no había realizado ninguna gestión para conseguir clases que dar durante los fines de semana.

Consultó su reloj: poco más de las doce del mediodía. Cogió el ratón y miró la pantalla, pero parecía inútil seguir trabajando en un proyecto que podían cancelar. Dominada por una sensación de rabia e impotencia, decidió dar por concluida la jornada laboral.

Apagó el ordenador, cerró el despacho y abandonó el edificio. Aún tenía su Mercedes rojo. Subió al coche y palmeó el volante con una agradable sensación de familiaridad.

Trató de animarse. Tenía padre; lo cual no dejaba de ser un raro privilegio. Tal vez debiera pasar tiempo con él, disfrutar de la novedad de su compañía. Podrían darse un paseo hasta el puerto y caminar un poco juntos. Le compraría una chaqueta deportiva nueva en Brooks Brothers. Ella no tenía dinero, pero se la cargarían en cuenta. Qué diablos, para cuatro días que va a vivir una…

Se sentía mucho mejor al aparcar el automóvil ante su domicilio.

– Papá, ya estoy en casa -avisó mientras subía las escaleras. Al entrar en el salón notó que algo no encajaba. Al cabo de un momento reparó en que el televisor no estaba en su sitio. Quizá su padre lo trasladó al dormitorio para ver algún programa. Miró en el cuarto contiguo; su padre no estaba allí. Volvió a la sala de estar-. ¡Oh, no! -exclamó. La videograbadora también había desaparecido-. ¡No es posible que me hayas hecho esto, papá! -El estero había volado, lo mismo que el ordenador de encima del escritorio-. ¡No! ¡No puedo creerlo! -Corrió a su alcoba y abrió el joyero. El pendiente nasal con el diamante de un quilate que le había regalado Will Temple brillaba por su ausencia.

Repicó el teléfono y Jeannie descolgó con gesto estómago.

– Aquí, Steve Logan -dijo la voz-. ¿Cómo estás?

– Este es el día más espantoso de mi vida -dijo Jeannie, y rompió a llorar.

24

Steve Logan colgó el teléfono.

Se había duchado, afeitado y puesto ropa limpia. Tenía el estómago lleno de la lasaña que le preparó su madre. Había contado a sus padres, con todo detalle, minuto a minuto, la prueba por la que pasó. Y aunque el muchacho les dijo que estaba seguro de que retirarían los cargos en cuanto se conociera el resultado de las pruebas de ADN, los padres insistieron en la conveniencia de que dispusiera de asesoría jurídica, y Steve iba a ir a ver a un abogado a la mañana siguiente. Todo el trayecto de Baltimore a Washington se lo pasó durmiendo en el asiento trasero del Lincoln Mark de su padre, y pese a que eso difícilmente podía compensar la noche y media que permaneció despierto, ahora se encontraba en perfectas condiciones.

Y quería ver a Jeannie.

Era un deseo que le acuciaba antes de telefonearla. Y ahora que conocía el apuro en que se encontraba la muchacha, el anhelo de verla era mucho más intenso. Se moría por abrazarla y asegurarle que todo iba a arreglarse.

También barruntaba que entre los problemas de Jeannie y los suyos existía una relación. A Steve le parecía que todo empezó a ir mal para ambos a partir del momento en que Jeannie le presentó a su jefe y Berrington reaccionó de aquel extraño modo.

Steve deseaba saber más respecto al misterio de sus orígenes. No había hablado a sus padres de aquella parte. Era demasiado singular e inquietante. Pero sentía la imperiosa necesidad de tratar el tema con Jeannie.

Volvió a coger el teléfono para llamarla otra vez, pero luego cambió de idea. Seguro que ella iba a decirle que no deseaba hablar con nadie. Las víctimas de la depresión suelen comportarse así, aunque necesiten de veras un hombro sobre el que llorar. Tal vez lo que podía hacer era presentarse sin más en la puerta de su casa y decirle:

– ¡Ea, vamos a intentar animarnos mutuamente!

Se trasladó a la cocina. La madre estaba frotando el plato de la lasaña con un cepillo de alambre. El padre había ido a pasar una hora en el despacho. Steve empezó a poner cacharros en el lavavajillas.

– Mamá -dijo-, te va a parecer un poco extraño, pero…

– Vas a ir a ver a una chica -se le adelantó la madre.

Steve sonrió.

– ¿Cómo lo sabías?

– Soy tu madre, soy telepática. ¿Cómo se llama?

– Jeannie Ferrami. Doctora Ferrami.

– ¿Ahora soy una madre judía? ¿Se supone que he de sentirme impresionada por el hecho de que sea médico?

– Es doctora en ciencias, no en medicina.

– Si ya tiene el doctorado, debe de ser mayor que tú.

– Veintinueve años.

– Hummm. ¿Cómo es?

– Bueno, tirando a impresionante, ya sabes, alta y muy bien dotada, juega al tenis endiabladamente, pelo negro, ojos oscuros, nariz perforada con un delicado aro de plata, y es, en fin, fuerte, no tiene pelos en la lengua a la hora de decir de manera directa lo que cree que tiene que decir, pero también se ríe mucho, a gusto, yo le hice soltar carcajadas un par de veces, pero sobre todo es -busco la palabra adecuada-, es pura presencia, cuando está delante, uno no puede mirar a otro sitio…

Se interrumpió.

Su madre se le quedó mirando y luego dijo:

– ¡Ay, muchacho!… Te ha dado fuerte.

– Bueno, no necesariamente… -Se cortó-. Si, tienes razón. Estoy loco por esa chica.

– ¡Ella siente lo mismo por ti?

– Aún no.

Su madre le sonrió cariñosamente.

– Anda, ve a verla. Confío en que te merezca.

Steve la besó.

– ¿Cómo te las arreglas para ser tan buena persona?

– Práctica -respondió la madre.

El coche de Steve estaba aparcado en la puerta; lo habían ido a recoger al campus de la Jones Falls y su madre lo condujo de vuelta a Washington. Desembocó en la I-95 y se dirigió de nuevo a Baltimore.

A Jeannie le vendría bien un poco de afectuosa solicitud. Cuando la llamó por teléfono, ella le contó que el presidente de la universidad la había traicionado y su padre le había robado. Necesitaba que alguien derrochase cariño sobre ella y esa era una labor que él estaba cualificado y deseoso de cumplir.

Mientras conducía se la imaginó sentada a su lado, riendo y diciendo cosas como: «Me alegro de que hayas vuelto a verme, haces que me sienta mucho mejor, ¿por qué no nos desnudamos y nos metemos en la cama?».

Hizo un alto en un centro comercial de un barrio de Mount Washington, donde compró una pizza de marisco, una botella de vino blanco de diez dólares, un recipiente de helado Ben amp; Jerry -sabor Rainforest Crunch- y diez claveles amarillos. Captó su atención un titular acerca de la Genético, S. A. que destacaba en la primera plana del The Wall Street Journal. Recordó que era la empresa que había financiado la investigación de Jeannie sobre los gemelos. Al parecer estaba a punto de hacerse cargo de ella la Landsmann, una corporación alemana. Compró el periódico.

El deleite de sus fantasías se vio ensombrecido por la intranquilidad que le produjo de pronto la idea de que tal vez Jeannie hubiese salido después de haber hablado con él. O quizás estuviera en casa, pero se negase a abrir la puerta. O tal vez tuviera visita.

Se alegró al ver un Mercedes 230C rojo estacionado cerca del edificio. Luego se dijo que Jeannie podía haberse ido a pie. O en taxi. O en el coche de alguna amiga.

Tenía portero automático. Pulsó el timbre del interfono y miró el altavoz, deseando que emitiese algún ruido. No ocurrió así. Volvió a tocar el timbre. Se oyó un chasquido. El corazón le dio un salto en el pecho. Una voz irritada preguntó:

– ¿Quién es?

– Steve Logan. He venido a levantarte el ánimo.

Una pausa prolongada.

– No tengo ganas de recibir visitas, Steve.

– Déjame al menos entregarte unas flores.

Jeannie no contestó. Está asustada, pensó Steve, y se sintió amargamente desilusionado. Ella le había dicho que le creía inocente, pero eso fue cuando se encontraba segura al otro lado de los barrotes. Ahora que él se encontraba ante su puerta y Jeannie estaba sola, la cosa ya no era tan fácil.

– No habrás cambiado de idea acerca de mí, ¿verdad? -dijo. Steve-. ¿Aún crees que soy inocente? Si no es así, me iré.

Sonó un zumbido y se abrió la puerta.

Steve se dijo que no era mujer que resistiese un desafío.

El muchacho entró en un pequeño vestíbulo en el que había dos puertas. Una estaba abierta de par en par y conducía a una escalera. En lo alto de la misma se erguía Jeannie, con una camiseta de manga corta y luminoso color verde.

– Supongo que es mejor que subas -invitó.

No era la más entusiasta de las bienvenidas, pero Steve sonrió y subió la escalera con los regalos en una bolsa de papel. Jeannie le introdujo en una sala de estar con cocina americana. Steve observó que a la muchacha le gustaba el blanco y negro con salpicaduras de colores vivos. Tenía un sofá negro con cojines anaranjados, un reloj azul eléctrico en una pared blanca, pantallas de color amarillo brillante, y un blanco mostrador de cocina con tazas de café rojas.

Dejó la bolsa encima del mostrador.

– Verás -dijo-, lo que te hace falta es comer algo. En cuanto lo hagas, te sentirás mejor. -Sacó la pizza-. Y un vaso de vino te rebajará la tensión. Luego, cuando estés preparada para concederte un tratamiento especial, puedes tomarte este helado directamente del envase de cartón, no tienes por qué ponerlo en un plato. Y cuando toda la comida y la bebida se haya acabado, aún te quedarán las flores. ¿Vale?

Le contempló como si fuera una criatura llegada de Marte.

– Y de todas formas -continuó Steve-, se me ocurrió que necesitabas además que viniese alguien aquí y te dijera que eres una persona maravillosa y especial.

A Jeannie se le llenaron los ojos de lágrimas.

– ¡Vete a hacer puñetas! -exclamó-. ¡Yo nunca lloro!

Steve apoyó las manos en los hombros de Jeannie. Era la primera vez que la tocaba. Probó a acercársela. Ella no opuso resistencia. Casi sin atreverse a creer en su buena suerte, la abrazó. Era casi tan alta como él. Jeannie apoyó la cabeza en el hombro de Steve y los sollozos sacudieron su cuerpo. Él le acarició los cabellos. Era un pelo suave y espeso. Steve tuvo una erección y se retiró un poco, confiando en que ella no lo hubiera notado.

– Todo se arreglará -dijo, abrazándola nuevamente-. Ya verás como las cosas se solucionan.

Jeannie permaneció en sus brazos durante un largo y delicioso momento. Steve notó la cálida tibieza de su cuerpo e inhaló su perfume. Se preguntó si debía atreverse a besarla. Vaciló, temeroso de que si precipitaba los acontecimientos, ella le rechazase. Luego, el instante pasó y Jeannie se apartó.

Se limpió la nariz con el faldón de la holgada camiseta y al hacerlo brindó a Steve un sensual vistazo al estómago liso y atezado por el sol.

– Gracias -articuló Jeannie-. Necesitaba un hombro sobre el que llorar.

Le descorazonó el tono un tanto despreocupado. Para él fue un instante de intensa emoción; para ella, solo un alivio de la tensión.

– Es parte del servicio -dijo Steve, irónico, y al instante se dijo que había perdido una magnífica ocasión de quedarse callado.

Jeannie abrió un aparador y sacó platos.

– Ya me siento mejor -dijo-. Comamos.

Steve se encaramó a un taburete ante el mostrador de la cocina. Cortó la pizza y descorchó la botella de vino. Disfrutó de la contemplación de los movimientos de la mujer por la casa: viéndola cerrar un cajón con un golpe de cadera, mirar con los párpados entrecerrados la tonalidad del vino que contenía la copa, coger el sacacorchos con sus dedos largos y hábiles. Recordó la primera chica de la que se había enamorado. Se llamaba Bonnie y tenía siete años, los mismos que él entonces; y Steve se había quedado mirando aquellos bucles rubio fresa y aquellos ojos verdes y pensó que era un milagro que pudiera existir alguien tan perfecto en el patio de la Escuela Primaria de Spiller Road. Durante una temporada albergó la idea de que pudiera ser realmente un ángel.

No creía que Jeannie fuese un ángel, pero parecía envolverla una fluida gracia física que le hacía sentir la misma portentosa sensación.

– Tienes una tremenda capacidad de recuperación -comentó Jeannie-. La última vez que te vi, tu aspecto era horrible. De eso hace sólo veinticuatro horas, pero pareces nuevo.

– Salí bastante bien librado. Sólo me duele un poco en el punto donde el detective Allaston me golpeó la cabeza contra la pared y la contusión que me produjo Gordinflas Butcher al patearme las costillas a las cinco de esta mañana, pero se me pasará enseguida, siempre y cuando no vuelvan a meterme en chirona.

Apartó esa idea de la cabeza. No iba a volver a la celda; la prueba de ADN lo eliminaría como sospechoso.

Le dio un repaso visual a la librería de Jeannie. Había muchos títulos ajenos a la narrativa. Biografías de Darwin, Einstein y Francis Bacon; unas cuantas mujeres novelistas que él no había leído: Erica Jong y Joyce Carol Oates; cinco o seis Edith Wharton, algunos clásicos modernos.

– ¡Vaya, veo que tienes mi novela favorita de toda la vida! -comentó.

– Deja que adivine: Matar un ruiseñor.

Steve se quedó atónito.

– ¿Cómo lo sabes?

– Vamos. El protagonista es un abogado que se enfrenta a los prejuicios sociales para defender a un hombre inocente. ¿No es ese tu gran sueño? Además, no creo que hubieses elegido The Women's Room.

Steve sacudió la cabeza, resignado.

– Sabes muchas cosas acerca de mí. Le acobardas a uno.

– ¿Cuál crees que es mi libro preferido?

– ¿Se trata de una prueba?

– Apuesta algo.

– Ah… ejem, Middlemarch.

– ¿Por qué?

– La protagonista es una mujer fuerte, independiente.

– ¡Pero no hace nada! De cualquier modo, el libro que tenía en la cabeza no es ninguna novela. Te doy otra oportunidad.

Steve meneó la cabeza.

– No es novela. -Tuvo un golpe de inspiración-. Ya sé. La historia de un brillante y distinguido descubrimiento que explicaba algo crucial para la existencia del hombre. Apuesto a que es La doble hélice.

– ¡Eh, muy bien!

Empezaron a comer. La pizza aún estaba caliente. Jeannie permaneció pensativamente silenciosa durante unos minutos, al cabo de los cuales comentó:

– Hoy realmente la he fastidiado Ahora me doy cuenta. Tenía que haber mantenido toda la crisis en tono menor. Tenía que haber repetido: «Bueno, quizá, podemos discutirlo, no me obliguen a tomar una decisión precipitada». En vez de hacer eso, desafié a la universidad y luego empeoré las cosas hablando con la prensa.

– La impresión que tengo de ti es que eres una persona nada inclinada al compromiso -dijo Steve.

Jeannie asintió.

– Una cosa es no ser dada al compromiso y otra es ser estúpida.

Le enseñó el The Wall Street Journal.

– Esto puede explicar por qué en estos instantes tu departamento es hipersensible a la publicidad negativa. Tu patrocinador está a punto de traspasar la empresa.

Jeannie leyó el primer párrafo.

– Ciento ochenta millones de dólares, ¡caray! -Siguió leyendo mientras masticaba un trozo de pizza. Cuando acabó el artículo sacudió la cabeza-. Tu teoría es interesante, pero no me convence.

– ¿Por qué no?

– Era Maurice Obell, no Berrington, quien parecía estar contra mí. Aunque Berrington pueda ser rastrero como una serpiente, según dicen. De todas formas, no soy tan importante. Para los patrocinadores de la Genético no soy más que una parte ínfima de sus proyectos de investigación. Ni siquiera aunque mi trabajo violase verdaderamente la intimidad de las personas, sería eso suficiente escándalo para poner en peligro una operación de compraventa multimillonaria.

Steve se limpió los dedos con una servilleta de papel y cogió la fotografía enmarcada de una mujer con un niño de pecho. La mujer se parecía un poco a Jeannie, aunque tenía el pelo liso.

– ¿Es tu hermana? -preguntó.

– Sí. Patty. Ya tiene tres hijos… todos varones.

– Yo no tengo hermanos ni hermanas -dijo Steve. Luego se acordó-. A menos que se cuente a Dennis Pinker. -Cambió la expresión de Jeannie y Steve dijo-: Me miras como a un espécimen.

– Perdona. ¿Probamos el helado?

– Pues claro.

Jeannie puso la cubeta encima de la mesa y sacó dos cucharas. Eso le pareció a Steve de perlas. Comer del mismo recipiente era un paso más hacia el beso. Jeannie comía con delectación. El muchacho se preguntó si haría el amor con el mismo glotón entusiasmo.

Steve tragó una cucharada de Rainforest Crunch y dijo:

– Me alegra infinito que creas en mí. Seguro que a los polis no les ocurre lo mismo.

– Si fueras un violador, mi teoría saltaría hecha pedazos.

– A pesar de todo, pocas mujeres me hubieran abierto la puerta de su casa por la noche. En especial si creyesen que tengo los mismos genes que Dennis Pinker.

– Yo dudé antes de hacerlo -confesó Jeannie-. Pero me has demostrado que tenía razón.

– ¿Cómo?

Jeannie indicó los restos de la cena.

– Si una mujer atrae a Dennis Pinker, este tira de cuchillo y le ordena que se quite las bragas. Tú trajiste una pizza.

Steve se echo a reír.

– Puede parecer divertido -dijo Jeannie-, pero existe un mundo de diferencia.

– Hay una cosa que debes saber acerca de mí -advirtió Steve-. Un secreto.

Ella dejó la cuchara.

– ¿Qué?

– Una vez casi maté a alguien.

– ¿Cómo?

Steve le contó la historia de su pelea con Tip Hendricks.

– Por eso me preocupaba tanto todo ese asunto acerca de mis orígenes -dijo-. No puedes imaginar lo inquietante que resulta que le digan a uno que es posible que papá y mamá no sean sus padres. ¿Y si resulta que mi verdadero padre es un asesino?

Jeannie denegó con la cabeza.

– Entablaste una pelea escolar que se te fue de las manos. Eso no te convierte en un psicópata. ¿Y qué me dices del otro chico? Ese tal Tip.

– Alguien lo mató cosa de un par de años después. Por entonces se dedicaba al tráfico de drogas. Tuvo una discusión con su proveedor y el individuo le descerrajó un tiro en la cabeza y lo dejó seco.

– El psicópata era él, supongo -dijo Jeannie-. Eso es lo que les suele ocurrir. Les es imposible evitar los jaleos. Un chicarrón fuertote como tú puede tener un encontronazo con la ley, pero sobrevive al incidente y sigue adelante, llevando una vida normal. En cambio Dennis estará entrando y saliendo de la cárcel hasta que alguien lo mate.

– ¿Cuántos años tienes, Jeannie?

– No te ha gustado que te llame chicarrón fuertote.

– Tengo veintidós años.

– Yo veintinueve. Una gran diferencia de edad.

– ¿Te parezco un crío?

– Verás, no lo sé, un hombre de treinta años probablemente no se habría pegado la paliza de venir desde Washington sólo para traerme una pizza. Eso es algo impulsivo.

– ¿Lamentas que lo haya hecho?

– No. -Le tocó la mano-. Me alegra de verdad.

Steve ignoraba hasta dónde iba a llegar con ella. Pero Jeannie había llorado sobre su hombro. Pensó que una mujer no utiliza a un chico para eso.

– ¿Cuándo sabrás algo seguro sobre mis genes? -preguntó.

Jeannie consultó su reloj.

– Es probable que el borrador ya esté terminado. Lisa hará la película por la mañana.

– ¿Quieres decir que la prueba está concluida ya?

– Más o menos.

– ¿No podemos echar un vistazo al resultado ahora? Se me hace muy duro esperar a ver si tengo o no el mismo ADN que Dennis Pinker.

– Supongo que sí que podemos -dijo Jeannie-. También a mi me corroe la curiosidad.

– ¿A qué esperamos, pues?

25

Berrington Jones disponía de una tarjeta de plástico que le facultaba para abrir cualquier puerta de la Loquería.

Nadie más estaba enterado de ello. Con toda su inocencia los profesores numerarios imaginaban que sus cuartos eran privados. Sabían que los integrantes del personal de limpieza tenían llaves maestras. Lo mismo que los guardias de seguridad. Pero al profesorado nunca se le ocurrió que pudiera no ser muy difícil echar mano a una llave que se les proporcionaba incluso a los encargados de limpiar las instalaciones.

Con todo, Berrington no había utilizado nunca su llave maestra. Husmear era indigno: algo ajeno a su estilo. Pete Watlingson seguramente tendría fotos de chicos desnudos en el cajón de su escritorio; Ted Ransome indudablemente guardaría un poco de marihuana en alguna parte; era harto posible que Sophie Chapple tuviera un vibrador para consolarse durante las largas tardes solitarias, pero Berrington no quería saber nada de todo aquello. La llave maestra era sólo para las emergencias.

Aquella era una emergencia.

La universidad había ordenado a Jeannie que dejase de utilizar su programa informático de búsqueda y habían anunciado al mundo que se había suspendido el empleo de dicho programa, pero ¿cómo podía el tener la seguridad de que era así? No estaba en situación de ver los mensajes electrónicos que volaban por las líneas telefónicas de una terminal a otra. Durante toda la jornada no cesó de atormentarle la idea de que Jeannie pudiese estar examinando otra base de datos. Y a saber lo que podía encontrar.

De modo que Berrington había vuelto a su despacho y ahora estaba sentado ante su mesa, mientras el cálido crepúsculo se condensaba sobre los edificios de ladrillo rojo del campus. Golpeteaba con la tarjeta de plástico el ratón del ordenador, dispuesto a hacer algo que iba contra su instinto y contra todos sus principios. Su dignidad era algo precioso. La había ido alimentando desde edad muy temprana. Ya de niño, en el colegio, sin un padre que le aleccionara acerca del modo de hacer frente a las riñas infantiles y con una madre excesivamente preocupada por la felicidad del chico, Berrington había ido creándose poco a poco un aire de superioridad, un aislamiento que le protegía. En Harvard había observado furtivamente a un compañero de clase perteneciente a una familia adinerada desde varias generaciones atrás. Tomó buena nota de los detalles de sus cinturones de cuero y pañuelos de hilo, de sus trajes de tweed y sus fulares de cachemira: aprendió la forma elegante de desdoblar la servilleta y manejar la silla ofreciendo asiento a una dama; se maravilló de la mezcla de naturalidad y deferencia con la que el muchacho trataba a los profesores, del encanto superficial y la frialdad subyacente en sus relaciones con los socialmente inferiores. Cuando Berrington inició su master ya estaba ampliamente preparado para convertirse en un brahmán.

Y era difícil desembarazarse de la capa de dignidad. Algunos profesores podían quitarse la chaqueta y saltar al campo para jugar un partido informal de fútbol americano, mezclándose con los estudiantes, pero Berrington era incapaz de ello. Los alumnos nunca le contaban chistes ni le invitaban a sus fiestas, pero tampoco se insolentaban con él, hablaban en clase o cuestionaban sus lecciones.

En cierto sentido, toda su vida, desde la fundación de la Genético, había sido un engaño, pero el la llevaba con audacia y airosa arrogancia. Sin embargo, no era propio de él introducirse subrepticiamente en la habitación de otra persona y dedicarse a registrarla.

Consultó su reloj. El laboratorio ya estaría cerrado. La mayor parte de sus colegas se habrían ido ya, hacia sus casas o hacia el bar del Club de la Facultad. Era un momento tan bueno como cualquier otro. No existía hora alguna que garantizase que el edificio se encontrase totalmente vacío; los científicos trabajaban según su talante y a cualquier hora. De sorprenderle alguien, Berrington tendría que aguantar el tipo y echarle descaro.

Abandonó su despacho, bajó por la escalera y anduvo pasillo adelante hasta la puerta de Jeannie. No se veía a nadie. Introdujo la tarjeta en la ranura del lector y se abrió la puerta. Entró, encendió la luz y cerró tras de sí.

Era el despacho más pequeño del edificio. En realidad, se trataba de un pequeño almacén, pero Sophie Chapple insistió pérfidamente en asignárselo a Jeannie como despacho, sobre la base falaz de que para guardar las cajas de cuestionarios impresos que usaba el departamento se necesitaba una habitación más espaciosa. Era una estancia estrecha con una ventana insignificante. Sin embargo, Jeannie la había animado extraordinariamente con sólo dotarla de un par de sillas de madera pintadas de rojo brillante, una maceta con una palma larguirucha y la reproducción de un grabado de Picasso: una escena taurina con vívidos toques de amarillo y naranja.

Berrington cogió el retrato enmarcado de encima del escritorio. Era la fotografía en blanco y negro de un hombre bien parecido, con patillas y corbata ancha, junto a una joven de expresión decidida; los padres de Jeannie, allá por los setenta, supuso. Aparte la foto, el escritorio estaba completamente limpio de objetos. Chica ordenada.

Berrington se sentó y encendió el ordenador. Mientras el aparato cargaba, el hombre procedió a registrar los cajones. El de arriba contenía bolígrafos y cuadernos de notas. En otro encontró una caja de compresas y un par de pantis dentro de un paquete por abrir. Berrington odiaba los pantis. Le encantaba acariciar recuerdos adolescentes de ligueros y medias con costura. Además, los pantis eran malsanos, como los calzoncillos de nailon. Si el presidente Proust le nombrara jefe de sanidad, ordenaría incluir en los envoltorios de pantis una advertencia indicando que eran peligrosos para la salud. En el cajón siguiente había un espejo de mano y un cepillo con unos cuantos cabellos oscuros de Jeannie entre sus cerdas; en el último cajón, un diccionario de bolsillo y un libro en rústica titulado A Thousand Acres. Ningún secreto hasta entonces.

En la pantalla apareció el menú de Jeannie. Berrington cogió el ratón e hizo clic sobre la Agenda. Las citas eran previsibles: clases y conferencias, horas de laboratorio, partidos de tenis, salidas para ir de copas o al cine. Tenía previsto ir el sábado al Parque Oriole, de Camden Yards, para presenciar el partido de béisbol; Ted Ransome y su esposa la habían invitado a un desayuno almuerzo el domingo a media mañana; el lunes debía pasar la revisión del coche. Berrington no encontró ninguna referencia que dijese: «Explorar los archivos médicos de la Acme Insurance». Su lista personal de «varios» era igualmente vulgarísima: «Comprar vitaminas, llamar a Ghita, regalo de cumpleaños de Lisa, repasar el modem».

Salió del diario y empezó a mirar los archivos. Había ingentes cantidades de estadísticas y hojas de cálculo. Los archivos del procesador de textos eran más reducidos; algo de correspondencia, esbozos de cuestionarios, el borrador de un artículo. Recurrió a la utilidad de «Buscar palabra» para revisar todos los directorios de WP en busca del termino «base de datos». Salió varias veces en el artículo, así como en las copias archivadas de tres cartas expedidas, pero ninguna de las referencias le informó del lugar donde Jeannie tenía intención de utilizar su programa de localización de sujetos.

– Vamos -dijo en voz alta-, tiene que haber algo, por el amor de Dios.

Jeannie contaba con un archivador, pero no contenía gran cosa; la doctora sólo llevaba allí unas semanas: Al cabo de un año o dos, el archivador estaría lleno de impresos rellenos, de datos de investigación psicológica. Ahora sólo había en un archivo unas pocas cartas, algunos memorándums en otro y fotocopias de artículos en un tercero.

En un armario encontró, boca abajo, una foto enmarcada de la propia Jeannie con un hombre alto y barbudo, ambos montados en bicicleta, junto a un lago. Berrington dedujo que se trataría de una aventura amorosa que había concluido.

Se sentía ahora aún más preocupado. Aquél era el despacho de una persona organizada, del tipo que lo planeaba todo por anticipado. Archivaba las cartas que recibía y copias de todas las que enviaba. Por fuerza debía haber allí algún indicio de lo que pensaba hacer en el futuro inmediato. No tenía motivo alguno para llevarlo en secreto; hasta aquel mismo día no surgió la menor sugerencia de que hubiese algo de lo que avergonzarse. Sin duda debía estar proyectando otro barrido de alguna base de datos. La única explicación posible para la ausencia de pistas consistía en suponer que efectuó los convenios por teléfono o personalmente, acaso con alguna amistad íntima. Y si tal era el caso, difícilmente iba él a encontrar algo escudriñando el despacho de Jeannie.

Oyó pasos en el corredor y se puso tenso. Se produjo el chasquido de una tarjeta al introducirse en el lector. La mirada impotente de Berrington fue a clavarse en la puerta. Nada podía hacer: le habían cogido con las manos en la masa, sentado ante el escritorio de la doctora Ferrami, con el ordenador encendido. No podía alegar que había entrado allí accidentalmente. Se abrió la puerta. Esperaba ver a Jeannie, pero el que apareció en la entrada fue un guardia de seguridad.

El hombre le conocía.

– Ah, hola, profesor -dijo-. Vi la luz encendida y pensé que debía echar un vistazo. La doctora Ferrami acostumbra a tener la puerta abierta cuando esta aquí.

A Berrington le costó un esfuerzo ímprobo no sonrojarse.

– Todo va bien -tranquilizó. «Nada de disculpas, nada de justificaciones»-. Me aseguraré de que dejo bien cerrada la puerta cuando haya terminado.

– Estupendo.

El guardia se quedó en silencio, a la espera de una explicación.

Berrington apretó las mandíbulas. Transcurridos unos segundos, el hombre dijo:

– Bien, buenas noches, profesor.

– Buenas noches.

El guardia se marchó.

Berrington se relajó. «Ningún problema.»

Se cercioró de que el modem estaba conectado, pulsó el ratón sobre América Online y accedió al buzón de Jeannie. La terminal estaba programada para facilitarle automáticamente la contraseña. Jeannie tenía allí tres objetos postales. Los transfirió a la pantalla. El primero era una nota acerca del aumento de tarifas para la utilización de Internet. El segundo procedía de la Universidad de Minnesota y decía:

Estaré el viernes en Baltimore y me gustaría tomar una copa contigo en honor de los viejos tiempos. Un beso, Will.

Berrington se preguntó si Will sería el muchacho de la barba que aparecía en la foto de la bicicleta. Pasó a la tercera carta.

Le electrizó.

Te tranquilizará saber que esta noche voy a explorar nuestro archivo de huellas digitales. Llámame. Ghita.

Era del FBI.

– Hija de puta -murmuró Berrington-. Nos vas a matar.

26

Berrington no se atrevió a contar por teléfono el asunto de Jeannie y el archivo de huellas dactilares del FBI. Los servicios de inteligencia controlaban infinidad de llamadas telefónicas. La vigilancia se hacía actualmente mediante ordenadores programados para proceder a la toma inmediata de la conversación en cuanto sonasen determinadas palabras y frases clave. Si alguien decía «plutonio», «heroína» o «matar al presidente», la computadora grabaría el diálogo y alertaría al oyente humano. Lo que menos necesitaba Berrington era que un escucha de la CIA empezara a preguntarse por qué el senador Proust se sentía tan interesado por los archivos de huellas dactilares del FBI.

De modo que subió a su plateado Lincoln Town Car y se lanzó por la carretera Baltimore -Washington a ciento cuarenta y cinco kilómetros por hora. Rebasaba con frecuencia el límite de velocidad. Lo cierto era que a Berrington le sacaban de sus casillas toda clase de reglas. Era una contradicción en su persona, lo reconocía. Odiaba a los participantes en las marchas por la paz y a los drogadictos, a los homosexuales y a las feministas, a los músicos de rock y a todos los inconformistas que se burlaban de las tradiciones estadounidenses. Sin embargo, al mismo tiempo, le ofendía toda persona que tratara de decirle dónde debía aparcar su coche, cuánto tenía que pagar a sus empleados o el número de extintores que estaba obligado a poner en su laboratorio.

Al volante de su automóvil, se preguntó qué tal serían los contactos de Jim Proust en los servicios de inteligencia. ¿Se trataba simplemente de un puñado de viejos soldados sentados en corro y dedicados a contar batallitas acerca de sus hazañas extorsionando a manifestantes antibélicos y asesinando a presidentes sudamericanos? ¿O estaban todavía en primera línea de fuego? ¿Continuaban ayudando a otros, como la Mafia, y consideraban la devolución de un favor como un deber poco menos que religioso? ¿O, ya se habían acabado aquellos tiempos? Había transcurrido una eternidad desde que Jim dejo la CIA; incluso era posible que estuviese ya completamente desconectado.

Era tarde, pero Jim se encontraba en su despacho del edificio del Capitolio, esperando a Berrington.

– ¿Qué diablos ha pasado que no podías decirme por teléfono? -le preguntó.

– Esa chica está a punto de meter su programa informático en el archivo de huellas dactilares del FBI.

Jim se puso pálido.

– ¿Le resultará?

– Le resultó con los historiales odontológicos, ¿por qué no va a funcionarle con las huellas dactilares?

– ¿Santo Dios! -exclamó Jim, consternado.

– ¿Cuántas huellas tienen en archivo?

– Más de veinte millones de juegos, me parece recordar. No es posible que todos sean criminales. ¿Cuántos delincuentes hay en Estados Unidos?

– No lo sé, quizá conservan también las huellas de los que han muerto. Mira, Jim, por el amor de Dios. ¿No puedes cortar de raíz lo que esta sucediendo?

– ¿Quién es su contacto en el FBI?

Berrington le tendió la salida impresa tomada del correo electrónico de Jeannie. Mientras Jim lo examinaba, Berrington miró a su alrededor. En las paredes de su despacho, Jim tenía fotos de sí mismo con todos y cada uno de los presidentes de Estados Unidos posteriores a Kennedy. Allí estaba el uniformado capitán Proust saludando a