/ Language: Español / Genre:thriller

Alguien te observa

Karen Rose

Conocida como la Reina de Hielo en los juzgados de Chicago, la joven abogada Kristen Mayhew vive por y para su trabajo. Posee el índice más alto de casos ganados en la fiscalía. Es una mujer fuerte, una profesional, incorruptible, apreciada por su tenacidad y dedicación. Pero ahora acaba de descubrir que tiene un peligroso admirador secreto. Lleva tiempo observándote. Conoce todos sus movimientos, todos sus pensamientos. Le envía cartas. Y ha empezado a asesinar, en su nombre, a los delincuentes y criminales que ella no logró meter entre rejas. Abe Reagan acaba de incorporarse al departamento de homicidios de Chicago. Este es su primer caso después de cinco años de trabajar como agente encubierto. Ahora empieza una nueva etapa de su vida, intentando dejar atrás un pasado donde perdió lo que más le importaba. Mientras Kristen y Abe empiezan a redescubrir unos sentimientos que creían olvidados, un asesino frío y calculador sigue actuando de manera implacable. Y ahora su sed de castigo ha convertido a Kristen en el blanco perfecto. En su novela más elogiada, Karen Rose, la escritora que está subiendo con más fuerza dentro del género romántico con suspense, combina admirablemente una inquietante intriga y una conmovedora historia de amor.

Karen Rose

Alguien te observa

Título original: I'm Watching You

© 2007, Laura Rins Calahorra, por la traducción

A mis amigos Kay y Marc Conterato, por el Minnesota Buzz, por vuestra creatividad, a menudo diabólica, y por estar presentes en todos los momentos importantes de la vida. Os quiero a ambos.

Y, como siempre, a Martin. Soy la mujer más afortunada del mundo al poder contar con un hombre que es a la vez mi marido y mi mejor amigo.

Agradecimientos

A Kay y Marc Conterato, por su ayuda en todas las cuestiones médicas.

A Sherry y Barry Kirkland, por invitarme tan amablemente al Tonitown Grape Festival y por responder a mis preguntas sobre balas sin arquear las cejas ni una sola vez.

A Susan Heneghan, por la información sobre la estructura y el trabajo conjunto del Departamento de Policía de Chicago y sus homólogos forenses y fiscales.

A Jimmy Hatton, Mike Koenig y Paula Linser, por representar el paradigma del trabajo en equipo. Fueron unos años estupendos.

Prólogo

Chicago, lunes, 29 de diciembre, 19.00 horas

El sol se había puesto. De todas formas, era normal que lo hiciera de vez en cuando. Tendría que levantarse y encender la luz.

Sin embargo, le gustaba la oscuridad, el silencio y la tranquilidad que proporcionaba. Permitía que un hombre pudiera ocultarse por dentro y por fuera. Ese hombre era él. Oculto por dentro y por fuera. Todo se lo guardaba para sí.

Sentado a la mesa de la cocina, miraba fijamente las brillantes balas que había fabricado. Todas hechas por él.

La luz de la luna se abrió paso a través de la cortina que cubría la ventana e iluminó de soslayo el montón reluciente. Cogió una bala y la sostuvo a contraluz; observó ambos lados dándole varias vueltas. Pensó en el daño que podría causar.

Sus labios se curvaron. Sí, sí. El daño que él podría causar.

Entrecerró los ojos en la oscuridad mientras sostenía la bala a la luz de la luna. Escrutó la impronta que su molde artesanal había reproducido en la base del proyectil, las dos letras entrelazadas. Era el signo de su padre, y antes lo había sido del padre de este; el símbolo de la familia.

La familia. Depositó con mucho cuidado la bala encima de la mesa y palpó la cadena que adornaba su cuello hasta rodear el pequeño medallón; aquello era todo cuanto le quedaba de la familia. De Leah.

Aquel medallón había sido suyo, lo llevaba engarzado en el brazalete y tintineaba con cada uno de sus movimientos. Tenía grabadas las iniciales en las cuales ella había basado su fe.

Repasó su trazo una a una. WWJD.

Exacto. What Would Jesus Do? ¿Qué haría Jesús?

Contuvo un momento la respiración; luego dejó escapar el aire. Probablemente jamás habría hecho lo que él estaba a punto de hacer.

Extendió el brazo hacia la izquierda, sin mirar, y asió el borde del marco de fotos. Incapaz de enfrentarse al rostro que lo miraba tras el cristal, cerró los ojos; pero enseguida los abrió, la imagen más reciente que albergaba su mente era demasiado angustiosa para soportarla. Nunca había creído que su corazón pudiera romperse de nuevo. Sin embargo, cada vez que la miraba a los ojos, inmortalizados para siempre en la fotografía, era consciente de su error. Un corazón podía romperse una vez y otra.

Y una mente podía reproducir imágenes lo bastante horribles para hacer enloquecer a un hombre. Una vez y otra.

Con la mano izquierda sopesó la fotografía en el sencillo marco plateado y la comparó con el ligerísimo medallón que sostenía en la derecha.

¿Estaba loco? Y si lo estaba, ¿tenía eso alguna importancia?

Evocó vívidamente el momento en que el juez de instrucción retiró la sábana que la cubría. El hombre había considerado que la imagen era demasiado horrible para verla en directo, así que la identificación tuvo que efectuarse por circuito cerrado de vídeo. Evocó vívidamente la mirada del ayudante del sheriff cuando el cadáver quedó expuesto. Expresaba compasión. Y repugnancia.

No podía culparlo. Para un sheriff de un pequeño pueblo, encontrar los restos de una mujer que había puesto fin a su vida no era algo que ocurriera todos los días. Ella había cumplido su propósito. Sin pastillas ni cortes en las muñecas. Su Leah no había dado gritos velados de auxilio. No. Había puesto fin a su vida con determinación.

Había puesto fin a su vida con un cañón del calibre 38 contra su sien.

Sus labios esbozaron una sonrisa desganada. Había puesto fin a su vida como un hombre. Y, como un hombre, él había aguantado el tipo mientras asentía. Sin embargo, la voz que brotó de su garganta le resultó ajena por completo.

– Sí, es ella. Es Leah.

El juez de instrucción asintió una vez para indicar que lo había oído. Luego volvió a cubrirla con la sábana y ella desapareció para siempre de su vista.

Sí, un corazón podía romperse una vez y otra.

Volvió a depositar el marco sobre la mesa con suavidad y cogió la bala. Con un pulgar acarició el signo estampado que había pertenecido a su padre mientras con el otro repasaba el trazo del signo de Leah. WWJD. ¿Qué haría Jesús en su lugar?

Seguía sin saberlo. Pero sí sabía lo que Él no haría.

No permitiría que un violador dos veces convicto rondara por las calles y atacara a mujeres inocentes. No permitiría que aquel monstruo volviera a violar. Y tampoco permitiría que la víctima se deprimiera hasta el punto de decidir que su única escapatoria era quitarse la vida. A buen seguro, no permitiría que aquel violador se librara por tercera vez de la justicia.

Había rezado para obtener sabiduría, la había buscado en las Sagradas Escrituras. «Dejadme a mí la venganza, dijo el Señor», leyó. A Dios correspondía dictar la última sentencia en aquel juicio.

Notó que Leah lo observaba desde el marco y tragó saliva.

Él tan solo ayudaría a Dios a dictar la sentencia final un poco antes.

Capítulo 1

Chicago, miércoles, 18 de febrero, 14.00 horas

– Tienes compañía, Kristen. -Owen Madden apuntó a la ventana que daba a la calle, donde un hombre con un grueso abrigo permanecía de pie con la cabeza ladeada, interrogante.

Kristen Mayhew le dirigió un breve gesto de asentimiento y el hombre entró en la cafetería donde ella se había resguardado de las protestas coléricas de la sala del tribunal y del aluvión de preguntas al que la prensa le había sometido al atravesar sus puertas. Bajó la mirada al plato de sopa mientras su jefe, John Alden, ayudante ejecutivo del fiscal del Estado, se sentaba en un taburete, a su lado.

– Café, por favor -dijo, y Owen le sirvió una taza.

– ¿Cómo sabías que estaba aquí? -le preguntó ella en voz muy baja.

– Lois me ha dicho que aquí es adonde sueles venir a comer.

«Y a desayunar y a cenar», pensó Kristen. Si no se llevaba comida precocinada para prepararla en el microondas, siempre acudía a la cafetería de Owen. La secretaria de John conocía bien sus hábitos.

– La emisora local ha interrumpido la retransmisión antes del veredicto y de la reacción -dijo John-, pero no te has librado de la prensa. Ni de Zoe Richardson.

Kristen se mordió la parte interior de la mejilla, la ira la corroía al recordar el micrófono que la rubia platino sostenía ante sus narices. Le habían entrado ganas de metérselo por…

– Richardson quería saber si el hecho de perder acarrearía consecuencias para la oficina.

– Sabes que un resultado no lo es todo. Tienes el mayor índice de condenas de la oficina. -John se estremeció-. Caray, qué frío. ¿Quieres explicarme qué ocurrió allí dentro?

Kristen deshizo el moño que mantenía su pelo bajo control; el dolor de cabeza era el precio que le tocaba pagar por tener sus rizos a raya. Al retirar las horquillas, sus tirabuzones brotaron como accionados por sendos resortes; de repente supo que acababa de convertirse en Annie la Huerfanita, aunque no tenía ningún perro llamado Sandy, ni tampoco ningún padre adoptivo que velara por ella. Kristen tenía que cuidarse sola.

Se masajeó el cuero cabelludo con gesto cansino.

– No ha habido unanimidad. Once miembros del jurado dicen que es culpable; uno, que es inocente. El número tres. Vendió hasta el alma por el dinero del «acaudalado industrial Jacob Conti». -Recitó literalmente la descripción que la prensa había hecho del padre de Angelo Conti, el hombre que ella sabía que había corrompido el proceso e impedido que una familia afligida obtuviera justicia.

La mirada de John se ensombreció y su mandíbula se tensó.

– ¿Estás segura?

Ella recordó cómo el hombre que ocupaba la silla número tres había evitado mirarla a los ojos cuando el jurado entró ordenadamente en la sala, tras cuatro días de deliberación, y cómo los otros miembros del jurado lo observaban con desdén.

– Sí, estoy segura. Tiene niños pequeños y un montón de facturas que pagar. Es el objetivo perfecto para un hombre como Jacob Conti. Todos sabemos que Conti estaba dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de salvar a su hijo. Si te preguntas si puedo probar que el número tres aceptó dinero de Conti a cambio de romper la unanimidad del veredicto -agitó la cabeza-, la respuesta es no; no puedo.

John apretó el puño sobre el mostrador.

– Así que, para decirlo con pocas palabras, no tenemos nada.

Kristen se encogió de hombros. El cansancio estaba empezando a hacer mella. Demasiadas noches en blanco antes de que aquel juicio llegase a su punto culminante. Y tampoco aquella noche podría dormir. Sabía que, en cuanto posara la cabeza en la almohada, en sus oídos resonarían los gritos atormentados del joven marido de Paula García mientras el jurado se disolvía y el hijo de Jacob Conti abandonaba la sala en libertad. Por lo menos hasta que lograsen volver a procesarlo.

– Haré un seguimiento de los gastos del número tres. Antes o después tendrá que liquidar las facturas. Solo es cuestión de tiempo.

– ¿Y mientras tanto?

– Iniciaré otro juicio. Angelo Conti regresará a Northwestern y volverá a la bebida y Thomas García regresará a un piso vacío y se sentará delante de una cuna vacía.

John suspiró.

– Has hecho cuanto estaba en tu mano, Kristen. A veces no podemos hacer nada más. Ojalá…

– Ojalá hubiese estampado su Mercedes contra un árbol en lugar de contra el coche de Paula García -le espetó Kristen con amargura-. Ojalá hubiese estado sobrio y no tan borracho como para considerar una buena idea obligarla a salir del vehículo destrozado y golpearla con una llave inglesa hasta matarla para evitar que hablara. -Temblaba a causa del agotamiento y de la pena que sentía por aquella mujer y por el hijo que esperaba-. Ojalá Jacob Conti dedicase sus esfuerzos a enseñarle a su hijo a ser responsable más que a librarlo de la cárcel.

– Ojalá Jacob Conti le hubiera enseñado a su hijo a ser responsable antes de entregarle las llaves de un deportivo de cien mil dólares. Kristen, vete a casa. Estás hecha una mierda.

Ella soltó una risita histérica.

– Desde luego, sabes cómo tratar a una mujer.

Él no le devolvió la sonrisa.

– Hablo en serio. Vas a quedarte dormida de pie. Y mañana te necesito aquí, lista para continuar.

Kristen lo miró e hizo una mueca irónica.

– Camelador, más que camelador.

Esta vez sí que le devolvió la sonrisa. Pero enseguida recobró la seriedad.

– Quiero a Conti, Kristen. Se ha burlado del sistema y ha roto el consenso del jurado. Quiero que pague por ello.

Kristen se forzó a levantarse del taburete y obligó a sus piernas a sostenerla luchando contra el efecto de la gravedad y el agotamiento. Clavó sus ojos en los de John con adusta determinación.

– No más que yo.

Miércoles, 18 de febrero, 18.45 horas

Abe Reagan avanzó a través del laberinto formado por las mesas de trabajo de los detectives, muy consciente de las miradas escrutadoras que lo seguían, mientras trataba de localizar al teniente Marc Spinnelli, su nuevo jefe.

Oyó la conversación cuando se encontraba a un metro de la puerta entreabierta del despacho de Spinnelli.

– ¿Por qué él? -preguntaba una voz de mujer-. ¿Por qué no Wellinski o Murphy? Caray, Marc, quiero un compañero en el que pueda confiar, no el nuevo a quien nadie conoce.

Abe esperó la respuesta de Spinnelli. Sin duda, aquella mujer, Mia Mitchell, iba a ser su nueva compañera y, después de la pérdida reciente que había sufrido, no podía culparla por adoptar aquella actitud.

– En realidad, no quieres ningún compañero, Mia -fue la franca respuesta, y Abe pensó que era bastante acertada-. Pero de todas formas lo tendrás -prosiguió Spinnelli-. Y como resulta que soy tu superior, me toca a mí elegirlo.

– Pero si nunca ha trabajado en homicidios. Necesito a alguien con experiencia.

– Tiene experiencia, Mia. -La voz de Spinnelli sonaba tranquilizadora sin resultar condescendiente. A Abe le gustó-. Ha trabajado como agente encubierto para la sección de narcóticos durante los últimos cinco años.

«Cinco años.» Se infiltró en una organización un año después de que a Debra le dispararan, con la esperanza de que el riesgo atenuara el dolor que le producía ver la vida de su esposa reducida a aquel limbo de existencia asistida que los médicos llamaban «estado vegetativo persistente». Sin embargo, no le sirvió de nada. Al cabo de un año, ella murió y él decidió seguir con su tapadera, con la esperanza de que el riesgo atenuara el dolor de haber perdido por completo a su esposa. Y en esa ocasión sí que le sirvió.

Mitchell guardaba silencio y Abe llamó a la puerta cuando volvió a oír la voz de Spinnelli, esta vez acusatoria.

– ¿Has leído alguno de los informes que te entregué?

De nuevo se hizo el silencio, seguido de una respuesta defensiva por parte de Mitchell.

– No he tenido tiempo. He tenido que ocuparme de que a Cindy y a los niños no les faltase comida en la mesa.

Cindy debía de ser la viuda de Ray Rawlston, el antiguo compañero de Mitchell, muerto en una emboscada que a ella le costó una cicatriz justo por encima de las costillas causada por una bala que erró por poco los órganos vitales. Todo parecía indicar que Mitchell era una policía con suerte. Y todo parecía indicar también que Abe sabía mucho más sobre ella que ella sobre él. Ya no tenía por qué esconderse, así que golpeó enérgicamente la puerta con los nudillos.

– Adelante. -Spinnelli estaba sentado frente a su escritorio y Mitchell se apoyaba en la pared con los brazos cruzados sobre el pecho; lo escrutó con descaro. Su metro sesenta de estatura y sus cincuenta y siete kilos de peso conformaban una masa muscular bien distribuida. Su expediente revelaba que era soltera, no se había casado nunca y tenía treinta y un años, aunque su rostro aparentaba bastantes menos. Pero sus ojos… A juzgar por su mirada bien podría ser que hubiera acudido a recoger el reloj que le correspondía por la jubilación. A Abe aquel contraste le resultaba familiar.

Spinnelli se puso en pie y le tendió la mano para saludarlo.

– Abe, me alegro de volver a verte.

Abe miró brevemente a Spinnelli mientras le estrechaba la mano y enseguida retomó el examen de su nueva compañera. Ella lo miró a los ojos, lo que la obligó a echar la cabeza hacia atrás y a alzar la vista. No pestañeó. Continuó apoyada en la pared, con los músculos en tensión.

– Yo también me alegro de verlo, teniente. -Se volvió de nuevo-. Tú debes de ser Mitchell.

Ella asintió con toda tranquilidad.

– Eso ponía en mi taquilla la última vez que lo comprobé.

«Por lo menos no me aburriré», pensó Abe. Le tendió la mano.

– Soy Abe Reagan.

Ella se la estrechó con rapidez, como si el contacto físico prolongado resultara doloroso. Y tal vez tuviera razón.

– Me lo había imaginado. -Le dedicó una mirada hostil-. ¿Por qué dejaste narcóticos?

– ¡Mia!

Abe agitó la cabeza.

– No se preocupe. Haré un resumen. Sé que la detective Mitchell ha estado demasiado ocupada para consultar mi expediente. -Mitchell entrecerró los ojos pero no dijo nada-. Cerramos una dura operación que duró cinco años, pillamos a los malos y cincuenta millones de heroína pura, pero durante la operación se descubrió mi tapadera. -Se encogió de hombros-. Era hora de cambiar de aires.

Ella no apartó la mirada ni un segundo.

– Muy bien, Reagan. Me has convencido. ¿Cuándo empiezas?

– Hoy -intervino Spinnelli-. ¿Lo has dejado todo listo en narcóticos, Abe?

– Casi todo. Tengo que atar cuatro cabos sueltos en la oficina del fiscal, así que iré hacia allí en cuanto terminemos. -Su sonrisa forzada revelaba cierta angustia-. He estado infiltrado tanto tiempo que tendré que volver a acostumbrarme a plantarme delante de la puerta de la oficina del fiscal del Estado y presentarme como detective. -Abe se puso serio-. ¿Se me ha asignado algún escritorio? -preguntó, y observó el dolor que reflejaban los ojos de Mitchell.

Mia tragó saliva.

– Sí. Todavía tengo que despejarlo pero…

– No hay problema -la interrumpió Abe-. Yo mismo me ocuparé.

Mitchell negó con la cabeza.

– ¡No! -le espetó-. Lo haré yo. Vete a atar los cabos sueltos. El escritorio estará a punto cuando vuelvas. -A continuación, se dio media vuelta y se dirigió hacia la puerta.

– Mia… -la llamó Spinnelli.

Ella lo miró y la ira sustituyó al dolor.

– He dicho que lo haré yo, Marc. -Respiró hondo mientras se esforzaba por controlarse.

– ¿Ya lo has solucionado, Mitchell? -preguntó Abe con suavidad.

Ella levantó los ojos hasta encontrarse con los de él.

– ¿El qué?

– Lo de la viuda de Ray y los niños. ¿Tienen comida?

Mia exhaló un suspiro entrecortado.

– Sí. Tienen comida.

– Estupendo. -Abe se dio cuenta de que acababa de marcarse un tanto con su nueva compañera. El gesto de asentimiento de Mitchell resultó brusco, pero recobró el control hasta tal punto que no dio ningún portazo al salir. Aun así, las persianas se agitaron ruidosamente.

Spinnelli suspiró.

– Todavía no lo ha superado. Era su mentor. -Se encogió de hombros, y Abe observó que tampoco él lo había superado-. Y su amigo.

– También era amigo de usted.

Spinnelli trató de sonreír antes de dejarse caer en la silla colocada ante su escritorio.

– Sí, también era mi amigo. Mia es una buena policía. -Spinnelli aguzó la vista y a Abe lo invadió la súbita e incómoda sensación de que estaba escrutándole directamente el alma-. Creo que os sentiréis bien trabajando juntos.

Abe fue el primero en desviar la mirada. Hizo tintinear las llaves del coche.

– Tengo que marcharme al despacho del fiscal -dijo. Y se dirigió a la puerta antes de que Spinnelli pudiera detenerlo.

– Abe, yo sí que he leído tu expediente. Tuviste suerte de salir vivo del último golpe.

Abe se encogió de hombros. A eso se limitaba su penosa vida. Suerte… No dirían lo mismo si supieran la verdad.

– Parece que, a fin de cuentas, Mitchell y yo tenemos algo en común.

Spinnelli tensó la mandíbula.

– Mia siempre guardaba las espaldas de Ray. Según tu reputación, andas por ahí jugándote el pellejo y vives al día. -Spinnelli lo miraba con expresión severa-. Te aconsejo que al mismo tiempo que abandonas narcóticos dejes atrás los impulsos suicidas. No quiero asistir a más funerales; ni al tuyo ni al de Mia.

Era más fácil decirlo que hacerlo. Pero, como se esperaba de él, Abe asintió con formalidad.

– Sí, señor.

Capítulo 2

Miércoles, 18 de febrero, 20.00 horas

Kristen pulsó con rabia el botón del ascensor. Otra vez salía tarde de la oficina.

– Vete a casa y descansa, ¡y una mierda! -murmuró para sí. John quería que estuviera en perfectas condiciones al día siguiente, pero también quería que echase un «vistazo rápido» a un caso. Y, como cada tarde, entre una cosa y otra era la última en marcharse, después incluso de que lo hiciera John. Cuando vio que las bombillas del pasillo que conectaba la oficina con los ascensores del aparcamiento estaban fundidas, su cara fue de exasperación. Echó mano al dictáfono que llevaba en el bolsillo.

– Nota para mantenimiento -musitó al aparato-. Hay dos bombillas fundidas frente a la puerta del ascensor.

Con suerte, Lois transcribiría aquella nota y las otras veinte que había grabado durante las últimas tres horas. No era que la secretaria se negara a cumplir con su tarea, el problema era conseguir que la atendiera. Todos los fiscales se enfrentaban a una cantidad de casos pasmosa y cualquier petición procedente de la unidad de investigación especial era siempre cuestión de vida o muerte. Por desgracia, las cuestiones que engrosaban la lista de casos de Kristen estaban casi siempre relacionadas con la muerte, y acababan por dejarla sin vida propia, y no es que tuviese mucha vida personal. Allí estaba ahora, esperando el ascensor para bajar al aparcamiento, sola y sin apenas fuerzas para que aquello le preocupara.

Dejó caer la cabeza hacia delante para estirar los músculos agarrotados de tanto escudriñar en los archivadores y, de pronto, notó que se le erizaba el vello de la nuca y detectó un cambio casi imperceptible en el olor a cerrado del pasillo. «Cansada, sí, pero no sola. Hay alguien más aquí.» El instinto, la experiencia y el recuerdo de vídeos antiguos la impulsaron a echar mano del espray de polvos picapica que llevaba en el bolso mientras el pulso se le aceleraba y su cerebro luchaba por recordar dónde se encontraba la salida más próxima. Muy lentamente, empezó a darse la vuelta, con el peso bien distribuido en la planta de los pies y el espray aferrado en la mano. Estaba preparada para salir corriendo pero también para defenderse.

En una fracción de segundo procesó la imagen de un hombre del tamaño de una montaña apostado detrás de ella; tenía los brazos cruzados sobre el ancho pecho y la mirada clavada en la pantalla digital situada sobre las puertas de los ascensores. De pronto, con una de sus enormes manos sujetó fuertemente el puño de Kristen y fijó sus penetrantes ojos en los de ella.

Tenía los ojos azules, brillantes como una llama y al mismo tiempo fríos como el hielo. Atraían la mirada de Kristen de forma inexplicable. Estaba temblando y, aun así, mantenía la vista fija en él, era incapaz de apartarla. Algo en aquellos ojos le resultaba familiar. Pero, aparte de ese detalle, el hombre le era completamente desconocido. Ocupaba todo el pasillo y sus anchas espaldas tapaban la poca luz que había; las sombras cubrían su rostro. Rebuscó en la memoria en un intento por recordar dónde lo había visto. No podía ser fácil olvidar a un hombre de una estatura y un empaque semejantes. Su rostro anguloso, incluso envuelto en la penumbra, expresaba una desolación inequívoca; el perfil de la mandíbula denotaba una entereza absoluta. Kristen trataba a diario con personas sumidas en el dolor y el sufrimiento e intuía que a aquel hombre le había tocado experimentar ambos sentimientos en abundancia.

Transcurrió un instante antes de que percibiera que el hombre respiraba con tanta agitación como ella. Él, renegando entre dientes, le arrebató el espray y rompió el hechizo. Luego le soltó la muñeca y ella se la frotó de inmediato mientras su corazón recobraba el ritmo normal. No la había tratado de forma ruda, solo había actuado con firmeza. Aun así, la presión de los dedos había dejado marcas en la piel incluso a través del grueso abrigo de invierno.

– ¿Está loca, señorita? -le espetó en tono suave; su voz grave retumbaba en su pecho.

Kristen tuvo un arrebato de genio.

– ¿Y usted? ¿Cómo se le ocurre acercarse a hurtadillas a una mujer en un pasillo a oscuras? Podría haberle hecho daño.

El hombre arqueó una de sus cejas oscuras, parecía divertido.

– Si piensa eso es que de verdad está loca. De haber tenido intenciones de agredirla, usted no habría podido hacer nada para impedírmelo.

Kristen sintió que palidecía mientras procesaba las palabras del hombre y las imágenes de antiguas cintas de vídeo desfilaban por su mente. Tenía razón. Se habría encontrado indefensa, a su merced.

El hombre entrecerró los ojos.

– No vaya a desmayarse, señorita.

Kristen notó que su genio se renovaba y acudía en su ayuda. Se irguió de golpe.

– Yo no me desmayo nunca -dijo, lo cual era verdad. Tendió la mano con la palma hacia arriba-. Devuélvame el espray, si no le importa.

– Sí me importa -gruñó él. No obstante, depositó el espray en su mano-. Se lo digo en serio, señorita, el espray solo habría servido para enfurecerme más, sobre todo si no hubiese acertado a la primera. Incluso podría haberlo utilizado en su contra.

Kristen frunció el entrecejo. Saber que tenía razón la sacaba de quicio.

– ¿Y qué esperaba que hiciese? -le espetó; el agotamiento hacía que se comportara con rudeza-. ¿Quedarme quieta dispuesta a ser su víctima?

– Yo no he dicho eso. -Se encogió de hombros-. Apúntese a un curso de defensa personal.

– Ya lo he hecho.

El timbre que anunciaba la llegada del ascensor sonó y ambos se volvieron de repente para ver qué puerta se abría antes. Lo hizo la de la izquierda y el hombre la invitó a entrar con un ademán exagerado.

Ella lo escrutó con la perspicacia adquirida a fuerza de pasarse horas y horas tratando con criminales que habían cometido las más horribles fechorías. Aquel hombre no era peligroso, por fin lo veía claro. Aun así, Kristen Mayhew era una mujer prudente.

– Esperaré al siguiente.

Los azules ojos del hombre emitieron un destello. Apretó la mandíbula angulosa y uno de los músculos de la mejilla empezó a temblarle. Lo había ofendido; se había pasado de la raya.

– No me dedico a agredir a mujeres inocentes -dijo con sequedad mientras aguantaba la puerta del ascensor para evitar que se cerrara. Poco a poco, su figura robusta se fue sosegando y Kristen tuvo la impresión de que se encontraba tan cansado como ella-. Vamos, señorita. No quiero pasarme así toda la noche, y no pienso dejarla aquí sola.

Ella miró con inquietud a ambos lados del pasillo desierto. No tenía ningunas ganas de permanecer allí más tiempo del imprescindible, así que entró en el ascensor. Se sentía enfadada, como siempre que topaba con la cruda realidad; a pesar de llevar diez años mentalizándose y de haber leído más de cincuenta libros de autoayuda, encontrarse sola en un pasillo lóbrego seguía atemorizándola.

– No me llame «señorita» -le espetó.

Él la siguió y la puerta se deslizó hasta cerrarse. Se la quedó mirando; ahora la expresión de sus ojos resultaba severa.

– Muy bien, señora. ¿Qué es lo primero que le enseñaron en esas clases de defensa personal?

Su tono condescendiente la sacaba de quicio.

– A tomar conciencia de cuanto me rodea. -Él arqueó una ceja con gesto arrogante y a Kristen empezó a hervirle la sangre-. Y, de hecho, me he dado cuenta de que usted estaba ahí, ¿no es así? A pesar de que se me ha acercado a hurtadillas. -Era cierto, el hombre se había aproximado con sigilo. Kristen podía jurar que no estaba allí un momento antes de que ella se apercibiera de su presencia y, al acercarse, no había hecho ningún ruido. Sin embargo, él resopló.

– Hacía más de dos minutos que estaba allí plantado.

Kristen entrecerró los ojos.

– No le creo.

El hombre se apoyó en la pared del ascensor y se cruzó de brazos.

– «Nota para mantenimiento» -la imitó-. Y lo que más me ha gustado: «Vete a casa y descansa, ¡y una mierda!».

Kristen notó que el rubor afloraba en sus mejillas.

– ¿Por qué no nos movemos? -preguntó, y enseguida alzó los ojos, exasperada. No habían apretado ningún botón. Con gesto rápido, pulsó el del segundo piso y el ascensor empezó a moverse.

– Ahora ya sé dónde ha aparcado el coche -anunció él mientras asentía satisfecho.

Estaba en lo cierto. Kristen había pasado por alto todo cuanto había aprendido para velar por su propia seguridad. Se frotó las sienes, palpitantes.

– Usted tenía razón, y yo estaba equivocada. ¿Está ahora contento el señor?

Los labios del hombre se curvaron en una sonrisa y su expresión dejó a Kristen sin respiración. Una simple sonrisa había transformado aquel semblante tremendo en uno… de tremendo atractivo. Su pobre y maltrecho corazón omitió un latido; Kristen tuvo el suficiente sentido común como para sorprenderse. No solía reaccionar ante los hombres, y menos de aquella manera. No era que no le gustaran, no se fijara en ellos o no supiera apreciar a un buen ejemplar cuando se cruzaba con él. Y aquel lo era, sin duda. Alto, ancho de espaldas y guapo como un actor de cine. Claro que se había fijado en él, no era de piedra; solo se sentía un poco herida. ¿Un poco? Lo pensó mejor y rectificó. Se sentía muy herida.

– No, señora -dijo él-. Para serle sincero, no tenía intenciones de acercarme a usted con tanto sigilo, pero parecía tan ensimismada en la conversación que mantenía consigo misma que no he querido importunarla.

A Kristen se le volvieron a encender las mejillas.

– ¿Usted nunca habla solo?

De pronto, la sonrisa se desvaneció y una mirada de desolación asomó a los ojos del hombre. Kristen se sintió culpable por el mero hecho de haber formulado aquella pregunta.

– A veces -masculló.

El timbre del ascensor volvió a sonar y la puerta se abrió a un espacio oscuro repleto de automóviles y a un penetrante olor a combustible y gases. Esta vez el ademán con el que la invitaba a salir primero fue mucho más sutil y dejó a Kristen sin saber cómo poner fin a la conversación.

– Mire, siento haber estado a punto de rociarlo con polvos picapica. Tiene razón, debería tener más cuidado.

Él la observó con detenimiento.

– Está cansada. Todos bajamos la guardia cuando estamos cansados.

Kristen esbozó una sonrisa irónica.

– ¿Tanto se me nota?

Él asintió.

– Sí. Y para quedarme más tranquilo, permítame que la acompañe hasta el coche.

Kristen entrecerró los ojos.

– ¿Quién es usted?

– Me extrañaba que no me lo preguntase. ¿Es siempre tan confiada como para mantener conversaciones con extraños en edificios desiertos?

No; no era nada confiada. Y tenía todo el derecho a no serlo.

– No, normalmente utilizo primero el espray y luego pregunto -respondió.

Él sonrió, esta vez con un triste gesto de aprobación.

– Entonces supongo que estoy de suerte -dijo-. Soy Abe Reagan.

Kristen frunció el entrecejo.

– Nos conocemos. Sé que nos conocemos.

Él meneó su cabeza morena.

– No. Me acordaría de usted.

– ¿Por qué?

– Porque nunca me olvido de una cara.

La frialdad de su tono anulaba toda posibilidad de galanteo. Y a Kristen le molestó sentirse decepcionada.

– Tengo que marcharme a casa. -Se dio media vuelta e hizo asomar la llave entre dos dedos, tal como le habían enseñado. Con la cabeza muy erguida, aguzó la vista y el oído mientras avanzaba, pero solo oyó los pasos del hombre tras ella. Al llegar junto al viejo Toyota se detuvo y él hizo lo propio. Volvió a mirar su rostro, de nuevo oculto por la penumbra-. Gracias. Ya puede irse.

– Me parece que no… señora.

Se estaba pasando de la raya.

– ¿Cómo dice?

Él señaló la rueda.

– Mírelo usted misma.

Kristen bajó la vista y de pronto sintió náuseas. Justo lo que faltaba, un pinchazo.

– Maldita sea.

– No se preocupe. Yo la cambiaré.

Cualquier otro día se habría negado, era perfectamente capaz de cambiar una rueda por sí sola. Sin embargo, dadas las circunstancias, decidió permitir que fuese él quien hiciera el trabajo.

– Gracias, es muy amable, señor Reagan.

Él se quitó el abrigo y lo dejó sobre el capó.

– Mis amigos me llaman Abe.

Ella vaciló un instante antes de encogerse de hombros. Si tuviese intención de cometer alguna fechoría, ya lo habría hecho.

– Yo soy Kristen.

– Pues abra el maletero, Kristen, y podrá irse a casa.

Mientras lo hacía, trataba de recordar cuándo lo había abierto por última vez y rezaba porque contuviese una rueda de recambio; ya se imaginaba el comentario mordaz del señor Sabelotodo en el caso contrario.

Pero al ver el interior del maletero, que creía haber dejado limpio y vacío, se detuvo en seco.

Decir que no estaba tal como ella lo había dejado sería quedarse corto. Extendió una mano para palpar el contenido pero la retiró rápido. «No toques nada», se dijo. Observaba el interior del maletero con la intención de adivinar qué eran aquellos tres grandes bultos que antes no se encontraban allí. A medida que sus ojos se acostumbraban a la tenue luz que proporcionaba la bombilla del maletero, su cerebro empezó a procesar lo que su vista captaba. Y el mensaje resultante le revolvió el estómago. Había creído que, después de la falta de unanimidad entre el jurado de Conti, el día no podría irle peor.

Sin embargo, estaba equivocada, muy equivocada.

La voz de Reagan atravesó aquella neblina mental.

– Solo me llevará unos minutos.

– Mmm, no lo creo.

Un momento después Reagan estaba detrás de ella y observaba el maletero por encima de su hombro. Lo oyó renegar entre dientes.

– Mierda.

O Abe Reagan tenía mejor vista que ella o el cansancio ralentizaba sus facultades mentales. Él no tardó más que una fracción de segundo en comprender lo que a ella le había llevado varios segundos, hasta sentirse completa y verdaderamente horrorizada.

– Tengo que llamar a la policía. -La voz le temblaba, pero no le importó. No violaban su espacio personal todos los días. Y, por descontado, no todos los días se encontraba presente en la mismísima escena del crimen. Además, esta podía calificarse de excepcional.

Tres cajas de plástico, de las que suelen utilizarse para transportar leche, se hallaban dispuestas una al lado de la otra. Cada una contenía un montón de ropa coronado por un sobre de papel manila. Cada sobre mostraba una foto de Polaroid fijada justo en el centro con cinta adhesiva. Desde donde se encontraba, era capaz de distinguir que el sujeto que aparecía en cada una de las fotografías estaba muerto y bien muerto.

– Tengo que llamar a la policía -repitió, contenta de que el sonido de su voz recobrara la normalidad.

– Acaba de hacerlo -respondió Abe con voz adusta.

Kristen se dio la vuelta.

– ¿Es usted policía?

Abe extrajo un par de guantes de látex de uno de sus bolsillos.

– Detective Abe Reagan, de homicidios, para servirla. -Se enfundó los guantes con un chasquido quirúrgico que hizo eco en el silencio del garaje-. Tal vez esta sea una buena oportunidad para completar las presentaciones, Kristen.

Ella lo observó mientras cogía el sobre de la caja más alejada.

– Soy Kristen Mayhew.

Él se volvió de repente, con expresión sorprendida.

– ¿La fiscal? Vaya, vaya -añadió al ver que ella asentía. La observó con atención-. Es el pelo -dijo, y volvió a centrarse en el sobre que sostenía en la mano.

– ¿Qué le ocurre a mi pelo?

– Lo llevaba recogido. -Acercó el sobre a la bombilla del maletero-. Ojalá tuviese una linterna.

– Llevo una en la guantera.

Él negó con la cabeza mientras mantenía la mirada fija en la fotografía.

– No se moleste. Pediré que remolquen su coche y lo cubran con talco para descubrir las huellas, así que no toque nada. Este hombre ha muerto de un disparo.

– ¿Cómo lo ha adivinado? Déjeme pensar, ¿tal vez por el agujero de bala que tiene en la cabeza? -preguntó Kristen con ironía y Abe Reagan la obsequió con una sonrisa breve pero igualmente burlona.

– Vamos a ver… ¿Qué puedo decir? -A continuación se puso serio y reanudó su examen-: Varón, caucásico, alrededor de los treinta años. Las manos atadas por delante… -Aguzó la vista-. Maravilloso -dijo en tono inexpresivo.

Kristen se estiró por encima del brazo de él para mirar.

– ¿Qué?

– Si no me equivoco, alguien ha cosido a este hombre de pies a cabeza.

Kristen lo aferró por el brazo e inclinó la fotografía hacia la luz del maletero. Podía observarse con bastante claridad una línea que partía del esternón y se prolongaba por el torso.

– ¡Dios santo! -masculló. Horrorizada ante la idea que había acudido a su mente, dirigió la mirada a las cajas de leche y luego a los ojos de Reagan-. No creerá… -Dejó la frase a medias al observar que este torcía el gesto.

– ¿Qué? ¿Que sus órganos se encuentran en esas cajas? Bueno, abogada, me parece que ya hemos averiguado bastante. ¿Reconoce a este hombre?

Ella aguzó la vista y negó con la cabeza.

– Está demasiado oscuro. Tal vez con más luz. -Levantó la cabeza para mirarlo; se sentía estúpida e impotente, y odiaba ambas sensaciones-. Lo siento.

– No se preocupe, Kristen. Resolveremos el caso. -Abrió el teléfono móvil y pulsó algunas teclas-. Soy Reagan -anunció-. Tengo…

– Un caso -apuntó Kristen mientras en lo más profundo de su ser se gestaba una risa histérica que consiguió mantener a raya. Alguien había cometido un asesinato y había ocultado las pruebas en el maletero de su coche. Podía haber corazones, bazos y Dios sabe qué más. Y ella había estado conduciendo, feliz en la ignorancia de que el maletero de su coche contenía el resultado completo de un crimen. Respiró hondo y sintió cierto alivio al percibir el olor a combustible y gases en lugar de la hediondez de los órganos putrefactos.

– Un caso -repitió Abe-. Estoy con Kristen Mayhew. Alguien ha cometido lo que parece un homicidio múltiple y ha dejado las pruebas en el maletero de su coche… Estamos en la segunda planta del aparcamiento del juzgado. Precinten las salidas, por si aún estuviera por aquí. -Se mantuvo a la escucha y luego la miró; un interés vehemente avivó aquellos ojos que ella había considerado fríos. Los posó en las manos de Kristen, quien en aquel momento se percató de que seguía aferrada a su brazo como si de una cuerda de salvamento se tratase. De forma apresurada, retrocedió, apartó la mirada y dejó caer los brazos justo cuando él decía-: Se lo diré. Sí, esperaré. -Cerró el teléfono y lo guardó en el bolsillo-. ¿Se encuentra bien? -preguntó.

Ella asintió; albergaba la esperanza de que su rostro mostrase el tono rosado propio de una peonía y no el rojo rubí que tanto desentonaba con el color de su pelo. Se esforzó por recuperar la dignidad y le preguntó:

– ¿Qué tiene que decirme? -Luego levantó la vista y la expresión de despreocupación que hasta cierto punto había conseguido labrar en su rostro se esfumó al instante.

Él mantenía la mirada penetrante y la mandíbula tensa. Kristen notó un estremecimiento que le brotaba del pecho y se expandía hasta las extremidades provocando su temblor; se avergonzó de tener que entrelazar las manos para evitar volver a aferrarse a él.

– Spinnelli me ha pedido que le diga que no es necesario que se busque tantos problemas para ser el centro de atención del departamento -anunció con voz grave y ronca-; un ramo de flores y unos dulces habrían bastado. -El sonido de su voz surtía en ella el mismo efecto que un suave masaje en la nuca. De repente se preguntó cómo se sentiría si de verdad le diera un masaje. Pero en ese momento él apartó la mirada y la posó en las otras dos cajas del maletero; y, al hacerlo, rompió el vínculo casi palpable que los unía. Kristen volvió a estremecerse-. Va a enviar a una unidad de la policía científica. Puede que aún tarde un rato.

Miércoles, 18 de febrero, 21.00 horas

«Por fin.» Se sentó en su coche y se sintió a salvo del trajín de profesionales uniformados que tenía lugar en el aparcamiento. Se veían luces de linternas y cinta amarilla por todas partes. Una de dos: o habían asesinado a algún dignatario político o Kristen Mayhew había abierto el maletero de su coche. Y estaba bastante seguro de poder descartar la primera opción.

Durante las semanas precedentes había estado muy ocupado. Ya habían caído seis. Sin embargo, aún le quedaban muchos.

Había matado al primero con discreción, sin provocarle dolor y sin hacer ruido.

Pero descubrió que con eso no tenía suficiente. No bastaba con haber hecho un bien al mundo, a las víctimas, a su Leah. No bastaba con que él lo supiera y lo celebrase en solitario.

Por eso cambió súbitamente de planes y, tras cometer el crimen, le resultó fácil decidir quién debía saber lo que había hecho. Quién más lo merecía.

Kristen Mayhew.

Llevaba un tiempo vigilándola. Sabía con cuánto esmero trabajaba para que se hiciese justicia con cada una de las víctimas que se cruzaban en su camino, y lo decepcionada que se sentía cuando fracasaba. Aquel había sido un mal día. Habían juzgado a Angelo Conti, un indeseable depravado e insensible.

Aferró el volante con las manos. Conti había asesinado a una mujer embarazada sin sentir el menor remordimiento; y aquella noche se encontraba en casa, durmiendo a pierna suelta. Al día siguiente se levantaría y seguiría viviendo tranquilo.

Esbozó una sonrisa. Al día siguiente él también se levantaría y añadiría el nombre de aquel malhechor a la pecera llena de papelitos recortados y doblados con absoluta precisión. Cada uno de ellos contenía un nombre mecanografiado que encarnaba la perversidad personificada. Todos se llevarían su merecido, cada uno a su tiempo. Y tarde o temprano le tocaría a Conti. Como todos los demás, pagaría por lo que había hecho.

Ya habían caído seis. Sin embargo, aún le quedaban muchos.

Capítulo 3

Miércoles, 18 de febrero, 21.30 horas

Spinnelli los esperaba en el laboratorio. Mientras entraban en fila, como si fuesen los Reyes Magos con presentes para el Niño Jesús, Spinnelli golpeteaba la palma de su mano con un par de guantes de látex.

– ¿Por qué habéis tardado tanto? -les espetó en cuanto Abe depositó una caja encima de la mesa de acero inoxidable que ocupaba el centro de la sala.

– Tuvimos que esperar a que Jack terminase -respondió Mia en tono igualmente seco mientras depositaba otra caja junto a la de Abe.

Jack Unger, el investigador de la escena del crimen, era el jefe de la unidad de la policía científica a la que habían encargado efectuar un minucioso examen del aparcamiento. El equipo trabajaba de forma concienzuda y profesional, y Abe se vio obligado a respetar su meticulosidad a pesar de que la inquietud lo invadía por momentos. A buen seguro las cajas contenían las pruebas de un homicidio múltiple, pero la iluminación del aparcamiento era demasiado tenue para distinguir nada. Jack había insistido en que debían finalizar el rastreo inicial antes de examinar el contenido del maletero del coche. Él fue quien depositó la última caja sobre la mesa y se dirigió a Spinnelli.

– ¿Cómo prefieres que lo hagamos, rápido o bien? -preguntó sin inmutarse.

– Rápido y bien -respondió Spinnelli-. ¿Dónde está Kristen?

– Aquí. -Kristen apareció la última y cerró la puerta-. Estaba tratando de ponerme en contacto con John Alden para explicarle lo sucedido, pero ha saltado el contestador.

– Bueno, pues ya que estáis aquí, ¿qué os parece si me lo explicáis a mí? -propuso Spinnelli mientras se embutía los guantes.

Kristen se quitó el abrigo, lo cual confirmó las sospechas de Abe. La gruesa prenda invernal ocultaba una figura menuda y delgada ataviada con un traje negro entallado que contrastaba con la piel de color marfil y el verde de aquella mirada que lo había cautivado desde el momento en que la viera junto al ascensor; tenía una voluminosa melena y los ojos grandes. Recordó la única vez que la había visto con anterioridad, hacía dos años. Aquel día también vestía de negro. Al parecer, ella también se había fijado en él, pero aún no era capaz de atar cabos. Abe se preguntó si llegaría a hacerlo, que acabara recordando aquel encuentro sería sorprendente. En el ascensor, con aquella mata de rizos de color rojizo que sobresalían en todas direcciones, no la había reconocido. Aquel día, dos años atrás, llevaba el pelo recogido en un moño muy tirante que daba toda la impresión de provocarle dolor de cabeza, igual que en ese momento.

Se quedó mirando a Kristen. Se pasaba la mano por el pelo para asegurarse de que no se había soltado el moño que se había hecho antes de que Mia y Jack llegaran al aparcamiento. No hacía falta ser detective para darse cuenta de que se estaba refugiando de nuevo en su papel de fiscal. Su reputación no le permitía llevar el pelo alborotado, sentir miedo ni aferrar el brazo de un desconocido.

– He conocido al detective Reagan mientras esperábamos el ascensor. -Se encogió ligeramente de hombros-. Era tarde y se ofreció a acompañarme al coche, pero al llegar allí vi que tenía una rueda pinchada. Y al abrir el maletero para cambiarla, encontré eso. -Señaló las tres cajas de leche y a continuación extendió la mano con la palma hacia arriba-. ¿Hay más guantes?

Jack le tendió un par y ella se los puso y se situó en un lugar frente a la mesa lo más alejado posible de Abe. Mantenía las distancias, lo había hecho durante la hora entera que había transcurrido desde que descubrieran las cajas llenas de prendas con sus sobres. Y no se había aferrado una sola vez a su brazo ni al de ninguna otra persona; Abe sabía que se sentía avergonzada por haberse mostrado vulnerable y asustada. Su actitud ya no expresaba lo uno ni lo otro; había recuperado la entereza y la cautela. Aquella transformación radical lo fascinó.

– Echemos un vistazo a lo que te ha dejado tu admirador secreto -dijo Jack-. ¿Prefieres empezar por alguna caja en concreto?

Abe observó que los ojos de Kristen se dirigían con rapidez a la última caja. La de la fotografía del torso cosido, la que le había hecho aferrarse a su brazo por el temor de que contuviese órganos humanos y la que él mismo había transportado.

– Las tres pesan lo mismo -dijo Abe. Ella alzó los ojos y los posó en los de él; por un momento, observó que denotaban gratitud y alivio. Pero al instante volvió a refugiarse en la coraza profesional.

– Entonces las abriremos por orden, tal como estaban en el maletero. De izquierda a derecha.

Jack extrajo un sobre de la primera caja y lo examinó.

– Sospecho que los sobres no van a ayudarnos mucho. Parecen corrientes, seguro que los venden en cualquier tienda de material de oficina. Aun así, lo rasgaré por la parte superior por si el asesino ha sido lo bastante estúpido como para pegarlo con la lengua y proporcionarme una muestra de ADN.

– No te hagas ilusiones -gruñó Spinnelli.

– Jack es muy optimista -dijo Mia-. Todas las temporadas se compra un abono para ir a ver a los Cubs porque piensa que van a quedar campeones.

Jack le dirigió una sonrisa de complicidad.

– Este año vamos a ganar. -Al instante se puso serio y le tendió el sobre a Kristen-. ¿Reconoces a este hombre?

Kristen vaciló.

– El aparcamiento estaba demasiado oscuro. -Dio un suspiro y extendió la mano-. Déjame ver. -Abe vio que estaba temblando; sin embargo recobró el control en cuanto puso los ojos en la fotografía granulada que había pegada al sobre-. Es Anthony Ramey -musitó.

– Mierda -masculló Mia.

– ¿Quién es Anthony Ramey? -preguntó Abe.

– Un violador en serie -respondió Kristen, y tragó saliva-. Solía sorprender a sus víctimas en los aparcamientos de Michigan Avenue. Elegía a mujeres que iban a buscar el coche solas y de noche. -Sus ojos verdes se posaron fugazmente en los de él y Abe recordó el miedo que había observado en ellos cuando ambos se encontraban frente al ascensor y el ridículo espray de polvos picapica con que ella pretendía agredirlo; estaba enfadado. No era de extrañar que la hubiera asustado. Lo extraño era que, con la cantidad de crímenes que se cometían, aún se atreviera a pisar la calle, ella y todas las demás mujeres-. Llevé su acusación hace dos años y medio -explicó-, pero el jurado lo absolvió.

– ¿Por qué?

Su rostro se cubrió de pesadumbre.

– Porque registramos el piso de Ramey sin el permiso correspondiente. El juez desestimó la única prueba con que contábamos y sus víctimas fueron incapaces de identificarlo en la rueda de reconocimiento.

– Warren y Trask fueron quienes registraron la vivienda -añadió Mia; levantó un poco el sobre para ver la fotografía y volvió a depositarlo en las manos de Kristen-. Aún no se han recuperado del disgusto.

Kristen suspiró.

– Ni yo tampoco. Ninguna de las tres víctimas quería prestar declaración, y yo las animé a hacerlo diciéndoles que así conseguiríamos deshacernos de Ramey para siempre.

– Bueno, parece que alguien se ha encargado de ello -apuntó Abe, y el comentario provocó desazón en Kristen.

– Eso parece. -Le devolvió el sobre a Jack-. No creo que me guste lo que voy a ver, pero enséñame la siguiente.

Jack le tendió el segundo sobre. En él había una fotografía igual de granulada que la anterior, pero en esta aparecían tres cuerpos alineados hombro con hombro. Kristen parpadeó y la alzó para acercarla a la bombilla.

– ¿Tienes una lupa, Jack? -Sin pronunciar palabra, Jack le tendió una pequeña lente. Ella entrecerró los ojos y escudriñó la fotografía-. Dios santo.

Mia miró por encima de su hombro y masculló un improperio.

– Son los Blade.

Abe arqueó las cejas.

– ¿Los Blade? ¿Esos tres chicos son de los Blade? -Había tratado con la banda cuando era agente encubierto. Los Blade tenían fama de traficar con armas y droga. Cuando él entró en narcóticos llevaban poco tiempo operando, pero crecieron como la espuma. Quienquiera que hubiese matado a tres miembros iba a ver que su vida se convertía en un infierno.

Desde el otro extremo de la mesa, Kristen volvió a posar los ojos en él.

– Los tatuajes de su piel lo indican. Mírelo usted mismo. -Le acercó el sobre y la lupa-. El año pasado llevé la acusación de tres de ellos por haber asesinado a dos niños que esperaban el autobús escolar. -Mientras Kristen hablaba, Abe se fijó en el tatuaje de la parte superior del brazo de uno de los cadáveres; representaba dos serpientes entrelazadas. Kristen tenía buena vista. O tal vez fuese que no había conseguido apartar aquella imagen de su mente-. Los niños quedaron atrapados en el fuego cruzado entre pandillas. Tenían solo siete años.

«Santo Dios. La vida de dos niños sesgada como si tal cosa por una pandilla de vándalos enzarzados en una pelea territorial», pensó Abe. A continuación preguntó:

– ¿Y los absolvieron?

Kristen asintió y él volvió a observar que el dolor invadía sus ojos verdes. El dolor, la ira y el temor creciente.

– Hubo cuatro testigos presenciales.

– Y los cuatro sufrieron un ataque de amnesia el día del juicio -añadió Mia con amargura-. Esa vez fue culpa mía. -Volvió la cabeza-. Y de Ray.

– Hiciste cuanto pudiste, Mia -la tranquilizó Spinnelli-. Todos hicisteis cuanto pudisteis.

Abe le devolvió el sobre a Jack.

– Vamos por el último -dijo.

– No estoy segura de querer verlo -musitó Mia.

Kristen se irguió.

– Tenemos dos de dos. Seguramente el último también será un caso mío. -Cogió ella misma el sobre-. A este hombre lo han cosido desde el esternón hasta el abdomen. -Frunció los labios-. No podrían haberle hecho algo así a un tipo mejor. -Se volvió hacia atrás para dirigirse a Spinnelli-: Es Ross King.

Los labios de Spinnelli esbozaron un mohín de aversión.

– Tendrán compañía hoy en el infierno…

Abe extendió el brazo hasta el otro lado de la mesa y le quitó el sobre de las manos. Kristen estaba en lo cierto, aunque a él le hizo falta forzar la vista para reconocerlo. El rostro maltrecho de la fotografía se parecía muy poco al que mostró la primera plana del Tribune durante las semanas precedentes al juicio de King.

– Tiene buena vista. Con todos esos moretones no lo había reconocido.

– A lo mejor es que ya me lo había imaginado así -respondió Kristen con voz severa y crispada-. Es tal como habría quedado si los padres de las víctimas la hubieran emprendido con él. -Abe la miró sorprendido y los labios de ella se curvaron en un gesto de amargura-. No somos de piedra, detective. Nosotros también vemos a las víctimas. Resulta difícil no sentir odio hacia un hombre que se aprovecha de chicos que confían en él.

– Lo leí en los periódicos cuando trabajaba de agente encubierto. -Abe le tendió el sobre a Spinnelli, quien había estado aguardando su turno-. Era entrenador de béisbol y pederasta.

– Y tenía un abogado más listo que el hambre. -Kristen tensó la mandíbula-. Hizo subir al estrado al hermano de King después de aleccionarlo para que soltase como si tal cosa que King tenía antecedentes de mala conducta sexual. El juicio resultó nulo, y eso también lo perjudicaba a él, pero nosotros nos vimos obligados a retirar los cargos de violación y acusarlo de delito menor porque los padres de los chicos se negaron a hacerlos comparecer en otro juicio.

– Menudo hijo de puta, lo tenía todo planeado -masculló Spinnelli apretando los dientes.

– Tal como he dicho, su abogado era muy listo. -Kristen se inclinó hacia delante, apoyó las manos enguantadas en la mesa y observó las cajas-. Ahora ya sabemos quiénes son los personajes. Cinco malhechores muertos. Que empiece la acción, Jack.

Todos prestaron atención mientras Jack abría el primer sobre con cuidado y vaciaba su contenido en la mesa de acero inoxidable. Puso en marcha un magnetófono.

– Este es el sobre con la instantánea de Anthony Ramey -dijo dirigiéndose al aparato-. Dentro hay cuatro fotografías más que muestran a la víctima desde distintos ángulos. Parecen haberse tomado sobre un pavimento de hormigón.

Abe examinó los retratos.

– Aquí hay un primer plano de la cabeza. Debió de utilizar una bala del calibre 22. -Miró a Kristen-. Si hubiese sido de un calibre mayor le habría destrozado el rostro casi por completo.

Jack estaba concentrado en el contenido del sobre.

– Cuatro fotos y… un plano de la ciudad con una pequeña cruz. Parece señalar el Jardín Botánico.

El bigote de Spinnelli se curvó hacia abajo.

– Ahí es donde atrapamos a Ramey.

Jack dejó el plano encima de la mesa y se quedó con un papel en la mano. Guardó silencio mientras sus ojos se movían recorriendo la página. Al fin levantó la cabeza con aire vacilante.

– También hay una carta, que empieza así: «Mi querida Kristen».

Kristen abrió los ojos como platos.

– ¿Yo?

Abe notó que estaba alarmada, lo cual era lógico. El asesino había entrado en un terreno algo más personal.

– Lee la carta, Jack -le pidió Abe en tono amable-. Léela en voz alta.

Miércoles, 18 de febrero, 22.00 horas

Jacob Conti ni siquiera miró a quienes sujetaban las puertas del club nocturno para que él entrara. Tenía más dinero que el que mucha gente era capaz de contar, y todo el mundo abría las puertas a su paso. Ya casi no se acordaba de los tiempos en que ese gesto de respeto le sorprendía. Buscó con la mirada entre los cuerpos que se movían con desenfreno en la pista de baile y entrecerró los ojos al distinguir a Angelo. Su hijo era fácil de reconocer. No podía ser otro que el que tenía a una prostituta sentada en cada rodilla y una botella en la mano. Cabía esperar que, después de haber estado a punto de ingresar en prisión, se comportarse como correspondía, aunque solo fuese una noche. En cambio, allí estaba. Celebrando su inocencia, sin duda.

Las juergas de Angelo eran legendarias; no obstante, estaban a punto de acabarse.

Jacob se plantó delante de Angelo y permaneció allí un minuto antes de que su hijo se diera cuenta de su presencia.

– Hola, padre -dijo arrastrando las palabras y alzando la botella casi vacía a modo de saludo.

– Levántate -le espetó Jacob-. Levántate y sal de aquí antes de que te saque yo a patadas.

Angelo se lo quedó mirando unos instantes y, poco a poco, se puso en pie.

– ¿Ha pasado algo?

– Pasará si te ven aquí emborrachándote.

Angelo esbozó una sonrisa burlona.

– ¿Por qué? Me han absuelto. -Se pasó la lengua por los dientes, como si le sorprendiera ser capaz incluso de pronunciar la palabra-. No pueden volver a juzgarme. Al menos por este delito.

Jacob aferró a Angelo por las solapas y lo obligó a ponerse de puntillas.

– Eres idiota. No te han absuelto. El jurado se ha disuelto por falta de unanimidad. Aún pueden volver a procesarte, y seguro que Mayhew no te quita ojo. Un paso en falso y te vas de cabeza a la cárcel.

Angelo se desembarazó de su padre y se alisó las solapas con las sudorosas palmas de las manos. Tanto coraje no era más que una efímera mezcla de bravatas y alcohol.

– No me importaría volver a ver a la señorita Mayhew. Debajo de ese traje negro hay un bonito culo. -Alzó una ceja con gesto hosco-. Pero no voy a ir a la cárcel.

Jacob apretó los puños. Si por él fuese, le daría un sopapo allí mismo, delante de todo el mundo, pero Elaine no aprobaba que le levantase la mano al niño. El problema era que el «niño» tenía veintiún años y no hacía más que meterse en líos. Aun así, Jacob se contuvo.

– ¿Por qué estás tan seguro, Angelo?

Angelo lo miró con desdén.

– Porque tú siempre estarás a punto para aflojar la mosca.

Jacob observó a su único hijo abrirse paso entre los cuerpos que bailaban; sabía que tenía razón. Lo quería y haría cualquier cosa por salvarlo.

Miércoles, 18 de febrero, 22.00 horas

– Eso es todo -exclamó Jack después de leer la última palabra de la carta.

Kristen miró el papel y se alegró de que lo sostuvieran las firmes manos de Jack, pues si de algo carecían las suyas en aquel momento era precisamente de firmeza. Sabía que todos estaban aguardando a que hablara, así que se puso los guantes de látex y cogió la carta con manos sudorosas, deseando con todas sus fuerzas que no le temblaran.

– ¿Puedo?

Jack se encogió de hombros y le tendió la carta.

– Tú eres la protagonista, abogada.

Ella le dirigió una mirada cortante.

– No me hace ninguna gracia, Jack.

– No pretendía hacerme el gracioso -replicó Jack-. ¿A qué se refiere con lo de las rayas azules?

A Kristen el corazón le iba a cien por hora. Miró la hoja con la esperanza de que Jack se hubiese saltado algo. Pero no era así. Le dio la vuelta al papel y observó el reverso confiando en que le proporcionase alguna pista sobre la identidad del remitente. Pero no encontró ninguna. Se trataba de una hoja de papel normal salida de una impresora corriente, una de las miles que podían encontrarse en la ciudad. No había ningún nombre, ninguna marca, nada de nada. Solo tres párrafos con las palabras más escalofriantes que había leído en su vida.

– Me apuesto cualquier cosa a que nunca habías recibido una carta semejante -dijo Mia, y empujó con suavidad la muñeca de Kristen hasta que esta desplazó la mano y la carta quedó plana sobre la mesa, donde también ella podía leerla.

Kristen negó con la cabeza.

– No, como esta no. -Tamborileó con los dedos en el tablero-. Nunca. -Al levantar la cabeza se topó con los ojos azules de Abe Reagan; la miraba fijamente, con una intensidad que le resultaba más desconcertante incluso que con la que le había observado cuando la había aferrado por la muñeca delante del ascensor-. ¿Qué? -le espetó.

Él torció el gesto.

– Vuelva a leer la carta -le pidió.

– Muy bien. -Kristen pronunció la primera frase-: «Mi querida Kristen».

– Es evidente que te conoce -murmuró Spinnelli, lo cual provocó que una serie de escalofríos volviera a recorrerle la espalda.

– O cree que la conoce -puntualizó Abe; luego hizo un ademán-. Continúe.

Kristen puso las manos enguantadas sobre la mesa, a ambos lados de la sencilla hoja impresa, para evitar tamborilear con los dedos.

– «Mi querida Kristen: Llega un momento en la vida de un hombre en que este debe posicionarse con respecto a sus creencias y reconocer que existe una ley más poderosa que la humana. Ese momento ha llegado. Llevo demasiado tiempo presenciando que los inocentes sufren y los culpables quedan en libertad. Ya no puedo más. Sé que tú sabrás apreciar esto de manera especial. Llevas muchos años trabajando con tesón para vengar a los inocentes y para que los culpables paguen por los crímenes que cometen. Sin embargo, ni siquiera tú eres capaz de conseguirlo siempre. Anthony Ramey se aprovechó de mujeres inocentes, las maltrató, les arrebató la seguridad y la confianza; y ellas, a pesar de afrontar a su agresor con valentía en la sala del tribunal, no lograron que se hiciera justicia. Pues bien, por fin se ha hecho la justicia que ellas merecen, y tú también. Esta noche podrás dormir tranquila sabiendo que Anthony Ramey se enfrenta a su juicio definitivo.» -Kristen respiró hondo-. Firmado: «Tu humilde servidor». -Empezó a tamborilear con los dedos, pero enseguida volvió a posar las palmas en la mesa-. Y hay una posdata. -Abrió la boca para leerla pero fue incapaz de pronunciar las palabras.

Mia, perpleja, tomó el relevo y leyó la última frase.

– «Y si por algún motivo no logras conciliar el sueño, te recomiendo que elijas el de rayas azules.»

El silencio se adueñó de la habitación, hasta que de pronto Reagan dio un suave golpe en la mesa. Kristen alzó la vista y se topó de nuevo con el mismo gesto torcido.

– ¿A qué se refiere con lo de las rayas azules, Kristen?

Ella se esforzó por ahogar la risa que a buen seguro era producto de la histeria.

– ¿Qué hace cuando no puede dormir, detective Reagan?

Él se la quedó mirando pensativo.

– Suelo levantarme y ponerme a ver la televisión o a leer.

– ¿Y tú, Mia?

Mia la observó extrañada.

– Unas veces veo la televisión y otras hago ejercicio.

Kristen se separó de la mesa dándose impulso y se quitó los guantes; se le habían quedado pegados por el sudor. Cogió un pañuelo de papel y se secó las manos.

– Pues yo me dedico a la decoración.

Las rubias cejas de Mia formaron un arco.

– ¿Cómo dices?

Los labios de Kristen esbozaron una sonrisa avergonzada.

– Hago arreglos en casa. Ya he pintado las paredes, he barnizado el parquet y he hecho obras en el cuarto de baño. El mes pasado decidí empapelar la sala de estar. Durante una semana me dediqué a pegar muestras en la pared para decidir qué papel me gustaba más. Si el de las rosas, el de la hiedra o… -espiró con fuerza y arrojó el pañuelo de papel-… el de rayas azules. -Se volvió a mirar al grupo; todos parecían turbados-. Veo que lo habéis entendido.

– El asesino te espía -dijo Mia con voz incrédula, y esta vez Kristen no logró contener la risa, aunque, por suerte, no sonó demasiado histérica.

– Jack, necesito otro par de guantes. Veamos qué más ha dejado en la caja.

Jack la complació y Kristen se puso los guantes secos mientras él removía con cautela la ropa doblada que contenía la caja y colocaba cada prenda en un cubo de plástico especialmente dispuesto para ello. Un olor fétido saturó el aire y Kristen se alegró de no haber cenado.

– La desdoblaremos en el laboratorio, buscaremos fibras y cosas de ese tipo -anunció Jack-. Hay una camiseta llena de sangre. -Dobló el cuello para mirar la etiqueta-. No es de una marca conocida. También hay un par de vaqueros, no tan manchados de sangre. Son Levi's. Y un cinturón. -Hizo una mueca-. Y unos calzoncillos, Fruit of the Loom.

– ¿Se sentiría orgullosa su madre? -preguntó Spinnelli en tono seco, y Jack se rio entre dientes.

– ¿Quieres decir si están limpios? Tal vez lo estaban cuando los llevaba puestos, ahora seguro que no. Unos calcetines, unas zapatillas Nike. Y por último… -Frunció el entrecejo al mirar el fondo de la caja-. No sé qué es esto. Parece una baldosa. Eso de ponerle un fondo a la caja ha sido todo un detalle por parte de tu humilde servidor, abogada. Así no se ha perdido nada importante. -Extrajo una piedra delgada y la volvió del revés y hacia ambos lados-. Bueno, esto es digno de mención. Creo que es mármol.

– La caja entera es digna de mención -puntualizó Kristen-. ¿Por qué no examinamos la siguiente, Jack? La de los Blade. Quiero saber si también contiene una carta.

Jack abrió el sobre correspondiente y de él extrajo más instantáneas y papeles.

– Es metódico -observó Jack mientras todos se acercaban-. Primeros planos de los tatuajes y de las heridas de bala.

Kristen apretó los puños para mantener los dedos quietos.

– ¿Hay alguna carta, Jack?

– Paciencia, paciencia…

– No dirías lo mismo si hubiese metido las narices en tu salón -le espetó Mia; Jack se lo tomó bien y puso cara de aguantar el chaparrón.

– Hay un plano marcado con una cruz… Y una carta. -Se la tendió a Kristen con sobriedad.

– Maravilloso. -Kristen escrutó la hoja y tragó saliva para tratar de deshacer el nudo que se le formó en la garganta al leer la posdata, más personal-: «Mi querida Kristen: Parece que aún no has dado con la primera muestra de mi estima.» -Levantó la vista y se encontró con que Reagan la estaba observando con tanta preocupación como antes-. Parece cabreado.

Reagan frunció las cejas.

– Siga.

– «No importa; al fin y al cabo, solo es cuestión de tiempo. Es una suerte que estemos en invierno. Así se conservan mejor.» -Al leer aquella frase, también Kristen frunció el entrecejo. Luego, al mirar el plano, comprendió lo que quería decir y la idea le revolvió el estómago-. Se refiere a los cadáveres.

– Qué suerte la nuestra, ¿verdad? -comentó Mia en tono irónico.

– «Esos tres desgraciados y los de su calaña no saben más que destruir la paz. Han arrebatado a dos inocentes su preciada vida y, aunque solo sea por eso, merecen morir; pero el horror y el sufrimiento que han causado a las personas que de buena fe se habrían prestado a testificar agravan su pecado. Libraste una buena batalla ante el tribunal, Kristen, pero el juicio estaba perdido antes de empezar. De nuevo te deseo que duermas tranquila sabiendo que esos tres asesinos despiadados se enfrentan a su juicio definitivo. Tu humilde servidor.»

– ¿Y la posdata? -preguntó Abe.

Kristen respiró con prudencia, tratando de no atorarse con las palabras.

– «Hiciste bien eligiendo el papel de rayas azules; un trabajo admirable. De todas formas, te aconsejo que la próxima vez escojas otro atuendo para trabajar. No me gustaría que alguien pensase que no eres toda una dama.»

Mia vaciló.

– ¿Cómo te vestiste para la sesión de empapelamiento, Kristen?

A Kristen le ardían las mejillas y volvía a tener las manos sudorosas.

– Con un top y unos pantalones de ciclista. Eran las tres de la madrugada, no pensé que hubiera ningún vecino despierto.

Reagan se apartó de la mesa y caminó por la habitación; todo su fornido cuerpo denotaba tensión.

– Eso no es lo que nos ocupa -se limitó a comentar-. Jack, quiero ver la última carta.

De nuevo, Jack hizo lo que se le pedía; abrió el sobre y depositó su contenido en la mesa. Obvió las instantáneas y el plano y le tendió a Reagan la carta sin pronunciar palabra. Este la ojeó mientras el color afloraba a sus pómulos y una mueca demudaba su semblante.

– «Mi querida Kristen: Estoy impaciente por compartir contigo la satisfacción que siento por mi labor. Ross King era el más rastrero de los criminales. Se aprovechó de niños, les arrebató la juventud y la inocencia, y luego se confabuló con el corrupto de su abogado para burlarse de la ley. Lo que ha recibido por mi parte es mil veces menos de lo que merecía. Esta noche podrás dormir tranquila sabiendo que los niños a quienes arruinó la vida han sido vengados y que todos los demás están a salvo. Tu humilde servidor.»

– ¿Y la posdata? -preguntó Kristen, consciente de que le temblaba la voz.

Reagan levantó la mirada con una expresión interrogante.

– «Cerezo, querida.»

Kristen cerró los ojos; el estómago vacío se le revolvió.

– He decapado la repisa de la antigua chimenea y estoy a punto de teñirla. Tengo que elegir entre roble, arce y cerezo. -Abrió los ojos-. La chimenea está en el sótano, no se ve desde la calle a no ser que te pegues a la ventana y mires abajo.

– Entonces es que se ha atrevido a entrar en tu casa. -Spinnelli mostraba un semblante adusto-. ¿Cuándo terminaste de decaparla?

– El sábado. -Kristen extendió las manos sobre sus muslos-. Durante los últimos días he estado demasiado ocupada con el caso Conti para dedicarme a la casa.

– Entonces ya tenemos un marco temporal. No debe de haberle hecho gracia que no miraras antes en el maletero. -Spinnelli posó los ojos sucesivamente en Abe, en Jack y en Mia-. ¿Habéis comprobado si alguien ha manipulado el neumático?

– Tiene un pinchazo en uno de los flancos -respondió Abe; había embutido las manos en los bolsillos de los pantalones.

– ¿Pincharon la rueda mientras el coche estaba aparcado en el garaje? -preguntó Spinnelli.

– Casi seguro -respondió Jack, y se volvió hacia Kristen-. ¿Quieres decir que llevas un mes sin abrir el maletero, Kristen? ¿Ni una vez?

Kristen se encogió de hombros.

– Nunca transporto cosas grandes. El material para las obras me lo entregaron a domicilio. Lo que yo llevo cabe en el asiento de atrás.

Mia la miró extrañada.

– ¿No compras comida?

– No, no mucha. No suelo cocinar.

– Y entonces, ¿qué comes? -preguntó Spinnelli.

Kristen volvió a encogerse de hombros.

– La mayor parte de las veces como en una cafetería que hay cerca del juzgado. -Se encontró dirigiendo la siguiente pregunta a Abe Reagan-: ¿Qué más?

Reagan observaba los planos.

– Enviaremos a algunos hombres a cada uno de estos lugares hasta que lleguen tus chicos, Jack. Quiero empezar de madrugada, en cuanto despunte el sol.

Spinnelli escrutaba las instantáneas.

– Hay cinco muertos. ¿Algún sospechoso?

Mia se mordió la parte interior de la mejilla.

– Lo primero que tendríamos que hacer es hablar con las víctimas de las… víctimas.

– ¿De cuántas víctimas hablamos, Kristen? -quiso saber Spinnelli.

Kristen se recostó en la silla.

– De Ramey hay tres, que sepamos. De los Blade, dos. De Ross King, se presentaron seis chicos de edades comprendidas entre los siete y los quince años. En total contamos con once víctimas, además de los familiares y amigos. -Volvió a alzar los ojos para fijarlos en la intensa mirada de Reagan-. Puedo conseguirle una lista de los nombres y las últimas direcciones de que disponemos.

– Pero eso significa que la víctima de un agresor habría matado a los cinco -advirtió Jack-. ¿Os parece lógico?

– A río revuelto… -Abe anotó las coordenadas de cada plano en su libreta-. Se venga, quita de en medio a unos cuantos y proporciona a la defensa argumentos razonables con los que sembrar la duda si lo atrapan. Es una forma de hacer justicia.

– Lo que me sorprende es que nuestro humilde servidor no haya liquidado de paso a un par de abogados defensores -masculló Mia.

Kristen recogió las fotografías, la ropa y los planos. Y también las cartas.

– No cantes victoria -dijo en tono quedo-. Me parece que aún no ha terminado.

Capítulo 4

Miércoles, 18 de febrero, 23.00 horas

Abe se detuvo en seco al final de la escalera. Allí estaba ella de nuevo. De pie frente a las puertas acristaladas que daban a la calle, casi oculta bajo el grueso abrigo, con el abundante pelo rojizo recogido en aquel moño tan tirante que provocaba dolor de cabeza con solo mirarlo. Su perfil parecía esculpido en piedra. Le sorprendió verla. Pensaba que se había ido hacía media hora, cuando la reunión se disolvió y cada uno se marchó por su lado. Spinnelli había regresado a su despacho para ordenar que enviaran vigilancia a los tres lugares indicados en los planos. Mia había desaparecido con una gran caja que contenía los efectos personales de Ray Rawlston.

Su nueva compañera resultó eficiente a la hora de erradicar todo rastro del hombre que había ocupado aquel escritorio durante veinte años. No le envidiaba la tarea de llevar los efectos personales a la viuda de un agente caído. A él también le había tocado hacerlo una vez, antes de meterse a detective. Se trataba de la gorra de béisbol de su compañero; abrazó a la esposa que este había dejado y, sintiéndose incómodo, le dio unas palmaditas en la espalda mientras ella sollozaba y estrechaba la gorra contra su pecho. La viuda de su compañero no había llorado en el hospital ni durante el funeral, pero por algún motivo el hecho de entregarle aquella gorra dio rienda suelta al llanto. Luego se marchó a casa y la emprendió a puñetazos con el saco de arena del garaje hasta que Debra, preocupada, acudió en su busca. Le besó las heridas de los nudillos y susurró junto a su oído las palabras reconfortantes que solo una esposa es capaz de pronunciar. Sin embargo, la suya ya no podría hacerlo nunca más. Aquello formaba parte del pasado. Debra había desaparecido para siempre.

Dios santo, cómo la echaba de menos. Por un momento, se permitió añorarla, recrearse en lo que pudo haber sido y preguntarse cómo se sentiría. Y entonces se dio cuenta de que no se había movido. Seguía allí, contemplando el perfil de Kristen Mayhew mientras ella miraba a través del cristal la calle oscura. Se preguntó qué pensamientos debían de atravesar su mente. Dio por hecho que estaba asustada. Era normal. Por mucho que Spinnelli hubiese ordenado que cada hora pasase una patrulla por delante de su casa, por mucho que tuviese los números de móvil de todos ellos, era normal que estuviese asustada.

Se acercó despacio y carraspeó.

– ¿Estoy fuera del alcance del espray?

En el reflejo del cristal, Abe observó la triste sonrisa que esbozaron sus labios.

– Está a salvo, detective Reagan -dijo en voz baja-. Creía que ya se había ido.

Abe se detuvo a pocos centímetros de su hombro derecho, más cerca de lo que se había propuesto, y, al captar el aroma de su fragancia, sus pies se negaron a retroceder. En el garaje, cuando ella lo había aferrado por el brazo, estaban a esa misma distancia, pero entonces tenía la cabeza embotada por el olor a combustible y gases. Pensó que olía bien. Muy bien. De hecho, habría preferido no notarlo.

– Me voy a casa. Pensaba que se había ido hace media hora.

– Estoy esperando un taxi.

– ¿Un taxi? ¿Por qué?

– Porque me han retenido el coche y la oficina de alquiler de vehículos está cerrada.

Abe sacudió la cabeza. Claro. No podía creer que ninguno de ellos hubiese reparado en aquello antes de separarse.

– ¿No puede llamar a un amigo?

– No. -Su respuesta no denotó amargura, simplemente fue negativa.

«¿No puedes llamarlo o no tienes amigos?» Ese pensamiento lo hizo bajar de las nubes y le provocó una necesidad imperiosa de protegerla. Pero ¿protegerla de qué? ¿Del espía asesino que la acechaba? ¿De la falta de amigos? ¿De él mismo?

– La llevaré a casa. Me pilla de camino. -Era mentira, por supuesto, pero ella no tenía por qué enterarse.

Kristen sonrió.

– ¿Cómo puede decir eso si no sabe dónde vivo?

Entonces Abe recitó su dirección y, a continuación, se encogió de hombros algo avergonzado.

– Estaba escuchando cuando le dijo a Spinnelli su dirección por lo de la patrulla. Deje que la acompañe a casa, Kristen. Echaré un vistazo y me aseguraré de que no hay ningún espía escondido en los armarios.

– La verdad es que estoy preocupada -admitió-. ¿Seguro que no le importa?

– Seguro. Pero a cambio le pediré dos favores.

Al instante, sus ojos verdes lo observaron con recelo y él se preguntó por qué. O, más bien, por culpa de quién. A una mujer como Kristen Mayhew le sería imposible eludir a los oportunistas deseosos de favores especiales.

– ¿Qué quiere? -preguntó con aspereza.

– En primer lugar, deja de llamarme detective o por mi apellido -aclaró-. Llámame Abe.

Incluso a través del grueso abrigo, Abe vio que relajaba los hombros.

– ¿Y en segundo lugar?

– Tengo hambre. Había pensado parar en algún sitio a cenar algo rápido. ¿Me acompañas?

Kristen vaciló, pero enseguida asintió.

– Nunca ceno, pero de acuerdo.

– Muy bien. Tengo el todoterreno aparcado en la otra acera.

Miércoles, 18 de febrero, 23.00 horas

Estaba preparado. Pasó un paño suave por el cañón mate de su rifle. Parecía nuevo. Tal como tenía que ser. Un hombre inteligente cuidaba bien sus herramientas de trabajo. Aquella le había prestado un buen servicio durante las semanas precedentes.

Acercó un poco más la fotografía del sencillo marco plateado. «Ya van seis, Leah. ¿Quién será el siguiente?», dijo en voz alta. Con cuidado, depositó el rifle en la mesa e introdujo una mano en la pecera que un día había albergado al pececito rojo de Leah. Desde que la conoció, Leah siempre había tenido un pececito rojo. Se llamaba Cleo. Cuando se moría uno, al día siguiente, como por arte de magia, aparecía otro cuyo nombre también era Cleo. Leah nunca reconocía que el pez había muerto, nunca se lamentaba. Se limitaba a salir y comprar otro. Él había encontrado a Cleo muerto en la pecera el día en que identificó el cadáver de Leah. No tuvo ánimo para comprar otro.

Ahora la pecera contenía los nombres de todos aquellos que habían escapado de la justicia por la que velaba Kristen Mayhew. Asesinos, violadores y pederastas andaban sueltos por la calle porque algún abogado defensor sin escrúpulos había encontrado un resquicio legal. Los abogados defensores no eran mejores personas que los propios criminales. Tan solo iban mejor vestidos.

Revolvió los papelitos y rebuscó hasta que sus dedos palparon una esquina doblada. No estaba seguro de cómo decidir qué orden debían seguir sus objetivos, qué crimen era más grave que el resto, qué víctimas merecían con mayor prioridad que se hiciera justicia. Y no tenía mucho tiempo, sobre todo ahora que la policía estaba de por medio. Contaba con que Kristen los pondría sobre aviso antes de que él tuviese tiempo de volver a meter la mano en la pecera, pero la satisfacción que le producía el hecho de que ella lo supiera justificaba el riesgo. Así que mezcló los nombres en la pecera y dejó que Dios guiara su mano. Sacó uno de los papelitos con el borde levantado y observó la esquina que él mismo había doblado. Lo único que había hecho era ayudar un poco a Dios.

Se preguntó qué castigo elegiría aquella vez. Evidentemente, algunos delitos eran peores que otros. La violación y la pederastia implicaban premeditación, una crueldad que debía ser castigada, erradicada. Por eso había doblado una esquina de todos los papelitos que contenían el nombre de un agresor sexual.

Observó el trozo de papel doblado durante un momento. La última elección había dado como resultado un objetivo excelente. Ross King merecía la muerte. Ninguna persona decente se atrevería a negarlo. No había tenido un final fácil, ni rápido. Y había acabado suplicando piedad de forma muy lastimera. Antes de iniciar todo aquello, se había preguntado en varias ocasiones si sería capaz de pegar a un hombre que implorara clemencia. Ahora sabía que sí.

Aquella noche había actuado correctamente; había librado al mundo de un parásito demasiado peligroso para vivir entre la gente decente. Dios estaría contento. Los inocentes se encontraban ahora un poco más protegidos. Así que tomó una decisión. Primero escogería los trocitos de papel con la esquina doblada. Aun así, el azar era definitivo, la elección última correspondía a Dios. Cuando no quedaran más papelitos de aquellos, pasaría a los delitos de menor importancia. Y, si no le daba tiempo de terminar, se consolaría pensando que, por el mismo precio, había realizado la parte más importante.

Desdobló el papelito y su sonrisa se tornó lúgubre. «Estoy preparado. Ya lo creo.»

Miércoles, 18 de febrero, 23.35 horas

– Está bueno.

Abe se rio.

– Pareces sorprendida.

– Lo estoy. -Kristen miró el gyro, iluminado de forma intermitente por la luz de las farolas. Se encontraban a pocos kilómetros de su casa; sin embargo, apenas un minuto después de salir del autoburguer confesó tener más hambre de la que creía y la emprendió a mordiscos con el bocadillo-. ¿Qué lleva esto?

– Cordero, ternera, cebolla, queso feta y yogur. ¿De verdad no lo habías probado nunca?

– Donde yo crecí, estas delicias no formaban parte de la comida cotidiana.

– ¿Y dónde creciste?

Kristen permaneció un buen rato con la vista fija en el bocadillo; Abe ya creía que no iba a responder.

– En Kansas -dijo al fin, y él se preguntó qué era lo que le fastidiaba tanto de Kansas.

Se esforzó por parecer despreocupado.

– ¿En serio? Te hacía de la costa Este.

– Pues no. -Kristen miró por la ventanilla-. Dobla a la izquierda después del semáforo.

Él guardó silencio mientras ella, lacónica, le indicaba cómo llegar a su casa. Cuando detuvo el todoterreno junto a la entrada, Abe se inclinó hacia delante para verle el rostro, o más bien el perfil, ya que ella mantenía la mirada fija en el infinito; no se volvió hacia él ni hacia su casa.

– Si lo prefieres, puedo llevarte a un hotel -se ofreció. Ella se puso tensa-. Lo digo en serio, Kristen. Nadie va a reírse de ti porque no quieras dormir aquí esta noche. Puedo dar una vuelta mientras recoges tus cosas.

– No. Vivo aquí. Nadie va a echarme de mi propia casa. -Envolvió lo que quedaba del bocadillo y recogió el ordenador portátil del suelo-. Te lo agradezco, pero no parece que ese hombre quiera hacerme daño. La alarma está conectada y cada hora pasará una patrulla. No me ocurrirá nada. Además, tengo que dar de comer a los gatos. Lo que sí te agradecería es que echases un vistazo a la casa. -Esbozó una media sonrisa y Abe se admiró de su valentía-. Los gatos no sirven de mucho como guardianes.

Él la siguió hasta la puerta lateral y esperó mientras entraba y desconectaba la alarma. En cuanto ella encendió la luz, Abe recorrió el interior con la mirada. Le llamaron la atención los electrodomésticos viejos, el estridente papel pintado y los armarios de formica desportillados. Al parecer, las horas de insomnio no habían dado tanto de sí como para reformar la cocina. Volvió los ojos hacia el lugar donde ella aguardaba; su tensión era evidente, ni siquiera se había quitado el abrigo. Incluso en la penumbra podía distinguir el movimiento de su garganta al tragar saliva. La necesidad de protegerla volvió a invadirlo; sin embargo, aunque la había conocido hacía pocas horas, sabía que no agradecería ningún tipo de contacto físico por muy buenas intenciones que abrigara el gesto. Así que se obligó a permanecer donde estaba, con las manos en los bolsillos.

– ¿Prefieres que encienda las luces o las dejo apagadas? -preguntó Kristen.

– Ya las iré encendiendo yo -respondió Abe. Ojalá hubiese accedido a que la llevase a un hotel. No sabía si se encontraba en peligro, pero estaba claro que tenía miedo, y la idea lo turbaba.

Avanzó por la casa y llegó a la sala de estar, encendió la luz y observó el papel de rayas azules. Kristen había hecho un buen trabajo. Annie, la hermana de Abe, que era decoradora profesional, no lo habría hecho mejor. En los dos dormitorios desocupados no encontró ningún espía asesino; ni tampoco en el cuarto de baño, en cuyos estantes aparecían bien dispuestos artículos de maquillaje y un bote de laca. Todo estaba muy ordenado, como si esperase a alguien. De pronto, Abe se preguntó a quién y se sintió irritado ante la idea de que una maquinilla y un bote de crema de afeitar tuvieran un lugar en el pulcro lavabo. Sin embargo, no vio ninguna de las dos cosas. No había rastro de ningún hombre. Se rio interiormente. Qué tonto. De haber un hombre en su vida, Kristen lo habría llamado para que fuera a recogerla en lugar de decidir tomar un taxi.

Y, de todos modos, no era asunto suyo.

Abrió la puerta del dormitorio de Kristen y lo recorrió con la mirada en busca de algún ligero movimiento. Nada. A decir verdad, tampoco lo esperaba. Accionó el interruptor y vio que el buen gusto de Kristen se extendía al mobiliario. Piezas de estilo art déco adornaban la habitación y proporcionaban solidez al ambiente. No había encajes ni puntillas, pero se respiraba un aire muy femenino. Tal vez se debiera al edredón de estilo antiguo que cubría la cama. O quizá al aroma de su perfume, todavía presente. En la almohada, un lustroso gato negro lo observaba con sus ojos verdes y cautelosos, como los de Kristen.

Abe dirigió el haz de la linterna bajo la cama y en el interior del armario ropero, lleno de trajes de color negro, azul marino y gris marengo. La habilidad de Kristen para combinar tonos no se reflejaba en el vestuario; quizá los funcionarios de tribunales dispusieran de algún código tácito en cuanto a la vestimenta. Aun así, le sorprendió la ausencia de trajes de fiesta, vestidos largos y zapatos extremados. Se entretuvo un rato acariciando al gato detrás de las orejas antes de volver a la cocina, donde Kristen se encontraba vertiendo té a granel en una tetera de porcelana decorada con grandes rosas. Aún llevaba puesto el abrigo; Abe pensó que tal vez al final hubiese decidido no quedarse en casa.

– En esta planta no hay nadie -aseguró, y ella asintió en silencio-. ¿Dónde está la puerta que conduce al sótano?

Kristen señaló la pared que quedaba detrás de Abe.

– Ten cuidado. Hay un poco de desorden ahí abajo.

Abe pensó que el desorden de casa de Kristen Mayhew resultaba más armonioso que el orden que reinaba en casa de cualquiera de sus hermanos. La repisa de la chimenea estaba lijada y desprovista de barniz. Sobre ella, apoyadas en la pared, había unas muestras de madera teñida. Abe suspiró. Su humilde servidor tenía razón. El cerezo era la mejor opción.

Kristen dio un respingo cuando la escalera que conducía al sótano crujió bajo los pasos de Reagan. No sabía qué la ponía más nerviosa, si el hecho de saber que un asesino la espiaba estando en su propia casa o que por primera vez en toda su vida hubiese un hombre en ella. Respiró hondo, el aroma del té la relajó lo bastante como para no comportarse como una loca. Abe Reagan regresó a la cocina y guardó la pistola en la funda que llevaba colgada al hombro.

La pistola. Había desenfundado el arma. Un escalofrío le recorrió la espalda.

– ¿Sin novedad?

Él asintió.

– Aquí no hay nadie más que tú, yo y el gato negro que está sobre tu almohada.

Kristen esbozó una sonrisa.

– Es Nostradamus. Me permite que duerma en su cama.

Reagan soltó una carcajada y ella notó que el corazón le daba un pequeño vuelco que nada tenía que ver con el acecho de un psicópata. Era increíblemente guapo y parecía agradable. Aun así, era un hombre.

– ¿Tu gato se llama Nostradamus? -le preguntó con una sonrisa.

Kristen asintió.

– Mefistófeles aún no ha vuelto. Ha salido a cazar ratones.

La sonrisa de Abe se hizo más amplia.

– Nostradamus y Mefistófeles. El profeta agorero y el mismísimo diablo. ¿Y por qué no Pelusa o Copo de Nieve?

– Nunca he sido capaz de ponerles nombres simpáticos -respondió Kristen con sequedad-. No va con su naturaleza. La primera semana que estuvieron en casa, destrozaron la moqueta de tres habitaciones.

– Pues si alguna vez te compras un perro, llámalo Cerbero. Así tendrás a la familia al completo.

Kristen notó un tirón en las comisuras de los labios, justo lo que él se había propuesto; de pronto, sintió una oleada de gratitud por sus esfuerzos para levantarle el ánimo.

– El guardián de tres cabezas del Hades. Lo tendré en cuenta. ¿Te apetece un poco de té? Suelo tomarlo por la noche cuando estoy muy tensa. Espero que me temple los nervios y pueda dormir.

– No, gracias. Debería marcharme a casa y recuperar unas cuantas horas de sueño. Tengo que encontrarme con Mia y Jack de madrugada en el escenario del primer crimen.

Las manos de Kristen se calmaron al posarlas en la tetera.

– ¿Por cuál empezaréis?

Él se encogió de hombros.

– Por Ramey. Iremos en el mismo orden que él.

Kristen se sirvió té. Le temblaban las manos y el té se derramó en la vieja encimera. Hizo una mueca.

– Tiene sentido. -Levantó la vista y se encontró con que Abe la miraba con la misma intensidad que en el despacho de Spinnelli. Se dio cuenta de que estaba preocupado y eso la hizo erguirse. Ella no era una mujer cobarde. Podía ser muchas cosas, pero no cobarde-. Yo también quiero ir.

Él lo pensó un momento.

– Tiene sentido -dijo repitiendo sus palabras-. Ponte calzado cómodo.

Kristen bajó la vista a la taza de té y luego volvió a alzarla.

– No tengo coche.

– Pasaré a recogerte a las seis en punto.

La partida había empezado y le tocaba a ella mover ficha.

– Gracias. Mañana alquilaré un coche, pero…

– No te preocupes, Kristen. No me importa.

Y era evidente que lo decía en serio, lo cual la inquietó.

– Entonces…

Él se dio impulso para apartarse de la pared en la que estaba apoyado.

– Me voy. -Se detuvo junto a la puerta-. Has hecho un trabajo estupendo en la casa.

Kristen rodeó con las manos la taza humeante y captó su calor. Tenía mucho frío.

– Gracias. Y gracias por acompañarme a casa. Y por el gyro.

Él escrutó su rostro con semblante impenetrable.

– ¿Estás segura de que quieres quedarte aquí?

Ella esbozó una sonrisa que aparentó mucha más seguridad de la que sentía.

– Segurísima. Vete a dormir. Quedan pocas horas para las seis.

Abe la miró poco convencido antes de volverse hacia la puerta de la cocina y salir en busca del coche. A través de las cortinas vaporosas que cubrían las ventanas la vio cerrar con llave y conectar la alarma. Por un momento, dudó si entrar y llevársela a la fuerza a algún lugar relativamente seguro, como un hotel; pero sabía que debía mantenerse al margen. Kristen Mayhew era una mujer adulta y totalmente capaz de tomar sus propias decisiones.

Cuando puso en marcha el motor y arrancó, se dio cuenta de que no lo había llamado detective Reagan. Ni tampoco Abe. Habían estado hablando durante casi una hora y no se había dirigido a él con ningún nombre. No debía permitir que aquello le molestara, que algo en ella lo molestara. Era atractiva, pero había conocido a muchas mujeres atractivas desde que no trabajaba de incógnito. Durante cinco años había evitado intimar con nadie, y encontraba tiempo para ver a su familia, a sus hermanos y hermanas, a sus padres, a Debra, siempre preocupado por si lo habían seguido, por si el simple hecho de visitarlos los ponía en peligro.

Ahora se había librado de la carga que suponían la confidencialidad y el aislamiento constantes y trabajaba en un entorno en el que las personas establecían relaciones profesionales y sociales. Era normal que se sintiese tentado el primer día que salía. Lo raro sería no encontrar tentadora a Kristen Mayhew. Se conservaba igual de guapa que la primera vez que la había visto.

Sin embargo, a diferencia de entonces, ahora se sentía libre de experimentar sin culpabilidad el deseo que se aferraba a su instinto visceral como una mano resbaladiza. Debra se había ido para siempre. Tras cinco años en los infernales confines de la existencia, por fin había alcanzado la paz. Y él debía seguir adelante con su vida. El primer paso sería conseguir que Kristen Mayhew lo llamara por su nombre de pila. A partir de ahí, todo se andaría.

Desde la ventana del salón, Kristen observó, preocupada, cómo las luces del coche de Reagan desaparecían al doblar la esquina. «Tengo que ser valiente», se dijo. Escrutó la calle preguntándose si el hombre que había asesinado a cinco personas la estaría espiando en aquellos momentos. Sin embargo, la calle estaba desierta y en las ventanas de las casas vecinas reinaba la oscuridad. No obstante, el sentimiento de inquietud persistía. Kristen no estaba segura de hasta qué punto podía atribuirlo al hombre que se hacía llamar su «humilde servidor» o a aquel que se había mostrado incapaz de dejarla desprotegida en un pasillo sin luz.

Se dirigió despacio a su dormitorio y se sentó frente al tocador. Tratándose de hombres, Abe Reagan constituía un buen ejemplar. Alto, moreno. Muy guapo. No era tan ingenua como para no darse cuenta del interés que destellaba en sus ojos azules, y era lo bastante honrada como para admitir que aquello no la dejaba indiferente. Metódicamente, extrajo las horquillas de su moño y las colocó en una bandejita de plástico mientras contemplaba su reflejo en el espejo. No era guapa, y lo sabía. Tampoco resultaba excesivamente poco atractiva, y también lo sabía. Los hombres a veces se fijaban en ella. Pero ella nunca se volvía a mirarlos, nunca les ofrecía la mínima esperanza.

Había oído los rumores. La llamaban la Reina de Hielo.

El nombre se correspondía bastante con la realidad, por lo menos en apariencia, que era lo único que permitía que los demás vieran.

Pero no era tan fría como para no reconocer a los hombres de buenas intenciones, y algunos había. No estaba tan ciega como para no darse cuenta de que Abe Reagan era uno de ellos. Sin embargo, incluso los hombres de buenas intenciones exigían más de lo que ella era capaz de dar, en muchos aspectos.

Del cajón del tocador extrajo el pequeño álbum que tal vez constituyera su mayor tesoro y su mayor pesar. Mientras lo hojeaba, sus ojos se clavaban en una fotografía detrás de otra. Luego, como siempre, cerró el álbum con decisión y lo guardó. Necesitaba dormir. Abe Reagan pasaría a recogerla a las seis y la llevaría al lugar donde deberían encontrar el cadáver de Anthony Ramey.

Le habría gustado poder lamentar su muerte, pero no podía.

Anthony Ramey era un violador, y no había recuperación posible para sus víctimas.

Ella lo sabía muy bien.

Jueves, 19 de febrero, 00.30 horas

Zoe Richardson cerró con llave la puerta después de haber enviado a su amante de vuelta a casa, junto a su esposa. Encendió el televisor; había grabado las noticias de las diez, pues durante la emisión había estado ocupada. Se estiró con gestos lánguidos; se sentía tan gratamente sorprendida como la primera vez. Se había propuesto seducirlo por ser quien era y por los contactos que tenía, pero además el hombre había resultado una maravilla en la cama. No había tenido que fingir ni una sola vez.

Pero la diversión había terminado. Era hora de ponerse a trabajar. Rebobinó la cinta hasta que aparecieron los alegres presentadores de las diez, y su buen humor se ensombreció súbitamente, como siempre que veía a otra persona ocupar el puesto que alguna vez le había pertenecido. Había cumplido con su deber, maldita sea. Había retransmitido todas las noticias insulsas y de poco interés que le habían puesto por delante. En fin, qué más daba. Con sus nuevos contactos, llegar a lanzar un bombazo, el relato que haría aparecer su rostro en todos los televisores estadounidenses, era solo cuestión de tiempo. Y una vez ahí, no tenía intenciones de desaparecer.

«Ah, ahí estamos», pensó. Su rostro aparecía en pantalla. Explicaba a los espectadores que aquella tarde había mantenido una entrevista con la señorita Mayhew, la ayudante del fiscal, quien había sido incapaz de conseguir que condenaran al hijo del adinerado industrial Jacob Conti. Se las arregló para parecer sinceramente afectada, pero la verdad era que el fracaso rotundo de Kristen Mayhew le producía un placer desmesurado. Se volvió. «Bonito perfil, Zoe», pensó, y la cámara se desplazó para volver a enfocar al famoso Jacob Conti.

«¿Puede explicarles a los espectadores cómo se siente al conocer el veredicto, señor Conti?»

El atractivo rostro de Conti adoptó una expresión de absoluto alivio.

«No puedo expresar lo aliviados y felices que nos hemos sentido mi esposa y yo al ver que los miembros del jurado no consideraban culpable a mi hijo. Esa acusación sin fundamento ha estado a punto de arruinar su juventud.»

«Algunos consideran que las vidas que han quedado arruinadas son las de Paula García y el hijo que gestaba, señor Conti.»

El semblante del hombre se demudó para dar paso a una expresión de absoluto pesar.

«Quiero expresar a la familia García mi más sentido y sincero pésame. No alcanzo a imaginar lo que deben de estar sufriendo con la pérdida. Pero la culpa no es de mi hijo.»

Zoe se vio a sí misma asentir y curvar los labios hacia abajo durante un breve instante antes de entrar a matar.

«Señor Conti, ¿puede dirigir unas palabras a quienes afirman que sobornó al jurado?»

Ajá, lo había pillado por sorpresa. Sin embargo, el hombre recobró enseguida la calma y, con admirable aplomo, arqueó una ceja.

«Tengo por costumbre hacer caso omiso de los rumores, señorita Richardson. Sobre todo si son tan ridículos como ese. -A continuación ladeó la cabeza en un gesto de asentimiento, un movimiento suave y elegante, para indicar que se disponía a marcharse-. Ahora debo volver junto a mi familia.»

Ella se volvió hacia la cámara.

«Estas han sido las palabras del industrial Jacob Conti, quien ha expresado su condolencia a la familia de Paula García y, al mismo tiempo, el alivio que siente al saber que su hijo dormirá en casa esta noche. Devolvemos la conexión.»

Zoe detuvo la cinta y la extrajo del aparato. Más tarde incorporaría aquel fragmento a la cinta maestra, aquella en la que grababa sus mejores momentos. Un currículum de lo más original. Se puso en pie y se deleitó con la sensación que le producía la seda resbalándole por las piernas a medida que la bata se colocaba en su sitio. Le encantaba la seda. Aquella prenda se la había regalado uno de los ayudantes del alcalde. Se habían hecho mutuamente unos cuantos favores políticos. Sonrió. Luego se habían entregado a otro tipo de favores. En los momentos en que se permitía sincerarse consigo misma, admitía que lo echaba de menos; pero la mayoría de las veces solo echaba de menos las prendas de seda.

Muy pronto podría comprarlas por sí misma. Muy pronto podría permitirse comprar todo lo que deseara. Porque, muy pronto, todo Estados Unidos confiaría en su rostro y en su voz a la hora de conocer las noticias. Se paseó inquieta por la pequeña sala de estar. Necesitaba una primicia. Hasta el momento le había ido bastante bien acosando a la incansable e intrépida perseguidora del mal, la fiscal Kristen Mayhew. Su intuición le decía que si algo funcionaba era mejor no tocarlo. Tabaleó en la manga de seda con una uña embellecida con la manicura francesa mientras se preguntaba qué actividad aparecía en la agenda de Kristen Mayhew para primera hora del día siguiente.

Jueves, 19 de febrero, 00.30 horas

La pantalla del ordenador relumbraba en la oscuridad de la habitación. No había duda de que internet había convertido el mundo en un pañuelo. La persona cuyo nombre había extraído de la pecera residía en la costa norte de Chicago, en una de las zonas más caras de la ciudad.

Pensó que no podría acometer a su séptima víctima en el mismo lugar donde vivía y trabajaba. Tenía que conseguir que el hombre saliera de allí, debía atraerlo hasta el lugar que había elegido para su cometido.

Miró el montón de sobres; a la luz de las farolas que se filtraba por las cortinas despedía una blancura poco natural. Pero antes tenía otra cosa que hacer.

Capítulo 5

Jueves, 19 de febrero, 6.30 horas

La policía científica tenía la zona preparada cuando Reagan detuvo su todoterreno frente al Jardín Botánico. El interior del edificio albergaba flores tropicales. En el exterior, los escasos restos de césped estaban secos y de color marrón. Caía una lluvia fina. Jack había tendido una lona tras la zona de aparcamiento, sobre un estrecho tramo de césped ensombrecido por las vías del ferrocarril elevado. La policía científica debía de haber encontrado algo.

Abrazándose a sí misma para protegerse del frío, Kristen se deslizó del alto asiento del todoterreno y, con sus zapatillas de deporte, se abrió camino por el fango cubierto de escarcha junto al fornido Abe Reagan. Él aminoró el paso para esperarla y ella se lo agradeció; su cuerpo la protegía del viento. Había detenido el coche delante de su casa cuando faltaba un minuto para las seis. En el asiento del acompañante llevaba una bolsa que contenía bagels de salmón ahumado, así que Kristen probó otro manjar local y descubrió que el salmón le gustaba casi tanto como el gyro de la noche anterior.

Cuando se aproximaron, Jack se paseaba con el semblante adusto por la parte exterior que limitaba la cinta amarilla.

– Venid a ver esto. -Fue todo cuanto dijo. Uno de sus ayudantes se arrodilló y enfocó la tierra con una linterna.

No; no era tierra. No era barro cubierto de escarcha. Horrorizada, Kristen no podía apartar la mirada mientras se le helaba la sangre. «No puede ser, no puede haber hecho esto. Es inconcebible.»

– Caray -masculló Abe con un hilo de voz-. ¿Quiénes son Sylvia Whitman, Janet Briggs y Eileen Dorsey?

– Las tres mujeres a las que Ramey violó -respondió Kristen sin apartar la vista del haz de luz, de la losa de mármol con los nombres inscritos. Y las fechas.

Se trataba de una lápida.

Kristen levantó la vista y topó con la mirada de Reagan.

– Son las fechas de su nacimiento y el día en que fueron agredidas. Él… -Tragó bilis.

Reagan sacudió la cabeza.

– No tiene sentido.

Mia se acercó corriendo; su vaho se condensaba al contacto con el aire.

– ¿Qué es lo que no tiene sentido? -Y al momento exclamó con voz queda-: Dios santo.

Kristen se estremeció.

– Tienes razón, no tiene sentido. Además, si les hubiese ocurrido algo a esas tres mujeres, o solo a una, yo me habría enterado. -Le habría informado alguno de los novios o maridos furiosos que tan implacablemente la habían culpado por arrastrar a las mujeres al infierno de declarar para acabar sufriendo de nuevo cuando Ramey resultó absuelto. Aún sentía la acritud de su rabia, de las acusaciones que ella no había intentado negar. Apartó de sí el sentimiento de culpa y se concentró en la losa que tenía a sus pies-. Es un homenaje -dijo-. A las víctimas.

Abe miró a Jack y asintió.

– Que empiecen a cavar. Cuidado con la losa; tal vez la tierra que hay pegada debajo contenga alguna pista. ¿Hay también losas en los otros lugares?

– Lo averiguaré. -Jack les hizo un gesto para que dejaran el camino libre a su equipo-. Nos llevará un rato. Hay bastante hielo.

Ellos se apartaron pero permanecieron bajo la lona que los cobijaba de la fina lluvia. El equipo empezó a cavar con cuidado.

– He confeccionado una lista con los nombres de las víctimas, de sus familias y de todas aquellas personas relacionadas con alguno de los tres casos -anunció Kristen al tiempo que una palada de tierra helada caía en el montón que iba creciendo junto a ella.

– ¿Otra noche en vela? -preguntó Mia con los ojos fijos en el lugar donde estaban cavando.

– Digamos que sí. -Había intentado dormir, pero imaginar a aquel hombre espiándola por la ventana aumentaba su tensión, y cualquier crujido o chirrido de su vieja casa empeoraba las cosas. Al final se había rendido-. También he anotado los nombres de los criminales a quienes he acusado sin éxito y he separado las absoluciones por tecnicismos jurídicos de las defensas legítimas.

– ¿Cuántos hay en total? -quiso saber Reagan.

– Tuve que cambiar el cartucho de tinta de la impresora cuando iba por la mitad -respondió Kristen con sequedad-. Estoy asombrada de mi profesionalidad.

– ¿Cuántos de esos casos crees que podrías haber ganado, más o menos? -preguntó Reagan con la intención de ser práctico.

Kristen se había hecho la misma pregunta tantas veces que al final se había entretenido en hacer el cálculo.

– Un veinticinco por ciento, aproximadamente -confesó con sinceridad.

– Solo un veinticinco por ciento, y eso contando con la ventaja de la perspectiva -dijo Reagan, y emitió un sonido gutural-. Eso quiere decir que el setenta y cinco por ciento de las veces no habrías cambiado ni una coma, lo cual me parece muy significativo.

El primer impulso de Kristen fue no conceder mayor importancia a las palabras de Reagan que la que él probablemente les había dado. Pero levantó la cabeza, vio los ojos azules clavados en su rostro y se convenció de que hablaba en serio. Se sentía incómodamente halagada y a la vez experimentaba una sensación creciente de haber vivido aquello mismo antes. Y como enfrentarse a eso último le resultaba mucho más fácil que aceptar sus palabras de admiración, lo miró con los ojos entornados.

– Sé que nos hemos visto en alguna parte. Anoche me dijiste que llevaba el pelo recogido. ¿A qué te referías?

Reagan abrió la boca para responder, pero sus primeras palabras fueron ahogadas por la exclamación de Jack.

– Venid a ver lo que hemos encontrado.

Reagan y Mia se acercaron al instante. Kristen lo hizo con mayor vacilación; incluso con las zapatillas de deporte le resultaba difícil avanzar por culpa de la falda. Rodeó el montón de tierra y se colocó con cautela junto al borde del hoyo, de un metro de profundidad. Tragó saliva.

«Tenía razón -fue lo primero que pensó-, tenemos suerte de estar en invierno.» De haber sido verano, el cadáver estaría tan descompuesto que resultaría irreconocible. Pero el frío invierno de Chicago lo había preservado bastante bien. Lo suficiente para que pudiese identificarlo sin dudar.

– Es él, Anthony Ramey. -Le temblaba la voz, pero sabía que nadie la censuraría por ello. La expresión de los hombres de Jack revelaba que habrían preferido estar tomando huellas dactilares en cualquier parte a encontrarse en aquella zanja con un cuerpo en proceso de descomposición. Mia se colocó un pañuelo en la cara y caminó por la zanja para tener otro ángulo de visión.

– O lo que queda de él -dijo Mia hablando a través del pañuelo-. Joder, Kristen, tu humilde servidor se ha ensañado a base de bien con Ramey. Se ha escudado en la Biblia para tomarse la justicia por su mano.

Era cierto. Allí descansaba el cuerpo de Anthony Ramey, desnudo y putrefacto; pero le faltaba la zona pélvica. En su lugar se abría un hueco del tamaño de una pelota de béisbol.

– «Ojo por ojo» -murmuró Kristen, que habría dado lo que fuera por un pañuelo. Incluso con la congelación natural, el hedor del cadáver le revolvía el estómago; por un momento le entraron ganas de cargar contra Reagan por haberla invitado a desayunar. Tenía los bagels de salmón ahumado en la garganta.

– ¿Le ha pegado un tiro? -preguntó Reagan a Mia, y esta asintió.

– Es lo más probable. -Mia se agachó para verlo más de cerca-. Pero seguro que no lo hizo con la misma arma que lo mató. Es muy posible que se lo hiciera después de muerto. En las instantáneas la zona pélvica no se ve dañada.

– El informe del forense lo confirmará -concluyó Reagan al tiempo que se agachaba junto a Mia-. ¿Qué es esto?

Mia aguzó la vista por encima del dobladillo del pañuelo.

– ¿El qué?

Reagan señaló la garganta de Ramey.

– Las marcas del cuello. -Se arrodilló y se inclinó hacia delante para verlo más de cerca, luego levantó la cabeza y se volvió hacia Mia-. Podrían ser marcas de estrangulamiento -aventuró-. ¿Jack?

¿Marcas de estrangulamiento? «Oh, no -fue todo cuanto Kristen pudo pensar-. No, no, no.»

Jack retiró con un cepillo la tierra que cubría el cuello de Ramey.

– Eso parece.

Mia se dio media vuelta y miró a Kristen con los ojos entrecerrados.

– Kristen, ¿verdad que Ramey…?

El presentimiento de Kristen había cobrado realidad. Lo que implicaba era demasiado inquietante para planteárselo. Pero no tenían más remedio que hacerlo.

– Se acercaba a sus víctimas por detrás y les oprimía la garganta con una cadena fina como un collar que solo cerraba el paso del aire lo imprescindible para que no pudieran gritar. Cuando ellas dejaban de forcejear, él dejaba de oprimirles la garganta. Luego las arrastraba hasta una zona oscura del aparcamiento y las violaba. La policía encontró la cadena al registrar el piso de Ramey, pero la defensa alegó que no había orden de registro. Con esa prueba habríamos conseguido que lo condenaran, pero el jurado no llegó a verla.

– Así que nuestro hombre se dedica a emular a sus víctimas -dedujo Reagan sin dejar de mirar las marcas de estrangulamiento.

Kristen sacudió la cabeza y, por la expresión que observó en Mia, supo que había interpretado el gesto correctamente. Fuera lo que fuese lo que quería decir, tenía que ser muy malo.

– Ese detalle no se lo comunicamos a la prensa.

Reagan se volvió despacio; su semblante parecía tan apagado como el de Mia.

– Entonces…

Kristen asintió.

– Tiene acceso a información confidencial.

Mia se puso en pie y se sacudió los pantalones.

– O está entre nosotros.

Reagan soltó un reniego.

– Mierda.

Jueves, 19 de febrero, 7.45 horas

Los bagels de salmón seguían en el estómago de Kristen, pero se encontraban allí más a gusto que ella junto a la tumba provisional de tres jóvenes que habían arrebatado la vida a dos niños sin importarles lo más mínimo. También esta vez el plano que había trazado su humilde servidor era exacto, y también esta vez había colocado una lápida en el lugar indicado.

Y había grabado en ella los nombres de los dos niños que no habían llegado a cumplir ocho años.

Jack se había comunicado por radio con los hombres que montaban guardia en el tercer escenario, donde se suponía que iban a encontrar el cadáver de Ross King y una lápida con los nombres de las seis víctimas a quienes había arrebatado la infancia de forma repugnante. Había traicionado su confianza. Aquellos seis chicos habían demostrado un gran valor al declarar en el juicio; a Kristen todavía se le encogía el alma al recordarlo. Habían confesado al tribunal el terror y el trauma vividos, lo habían hecho en una sala donde solo se encontraban sus padres, el juez, el abogado defensor, Ross King y ella. «Y el jurado.» Se había olvidado del jurado.

– Sus nombres no se hicieron públicos -anunció Kristen en voz alta, y tanto Mia como Reagan se volvieron a mirarla. Ella parpadeó para enfocar sus rostros-. Los nombres de las víctimas de King nunca se hicieron públicos. Eran menores. Solo los agentes de policía que efectuaron la detención, los abogados y el jurado sabían quiénes eran. Me había olvidado del jurado. -Sacó de su maletín los listados que había confeccionado durante la noche-. Esta es la lista de todos los implicados en alguno de los tres juicios. Las víctimas, sus familiares, todos aquellos que declararon. He imprimido una copia para cada uno. -Tendió sendos fajos de hojas a ambos detectives-. Pero me he olvidado de incluir a los miembros de los jurados. Claro que a lo mejor da igual. El jurado de Ramey no llegó a saber lo de la cadena, pero el de King sí conocía los nombres de las víctimas.

Mia hojeó sus papeles.

– ¡Uau! ¿Cuánto has tardado?

– En confeccionar la lista, diez minutos. Tengo una base de datos con todos los casos, así que el trabajo casi estaba hecho. Eso sí, imprimirla me ha llevado casi tres horas; mi impresora es muy antigua. -Frunció el entrecejo al ver que el rostro de Reagan se ensombrecía por momentos-. ¿Qué ocurre?

Sus ojos azules reflejaban frialdad.

– En esta lista hay policías -dijo casi sin voz.

Kristen sintió los rugidos de su estómago, señal inequívoca de que estaba nerviosa. Retuvo el aire y se tranquilizó, tal como hacía siempre. Aquella era una de sus mayores habilidades. Impávida, cruzó su mirada con la de Reagan.

– Pues claro. Participaron en la investigación.

En las mejillas bien afeitadas de Reagan aparecieron sendas manchas de rubor.

– Y llevan demasiado tiempo observando cómo los culpables quedan en libertad, ¿no? -dijo citando la carta del asesino.

Kristen apretó la mandíbula, pero no levantó la voz.

– Eso lo dices tú, no yo. Pero es cierto. Además, ahora sabemos que él tiene acceso a información interna. -Con el rabillo del ojo pudo ver que Mia escuchaba la discusión con el entrecejo fruncido.

Reagan volvió a hojear los listados con impaciencia.

– ¿Dónde están los abogados, Kristen?

– Ahí están. Todos los defensores titulares y sus ayudantes.

Él bajó la cabeza para concentrarse en los papeles; era un gesto algo amedrentador, pero Kristen no estaba segura de que fuera intencionado.

– ¿Y los de tu despacho? ¿Dónde están los fiscales? -preguntó en un tono falsamente tranquilo.

Kristen exhaló un suspiro imperceptible.

– Tiene a la fiscal delante de usted, detective Reagan.

– Pero tendrás ayudantes, ¿verdad, Kristen? -intervino Mia, neutral-. Seguro que tienes por lo menos una secretaria.

A decir verdad, ese era un punto que no había tenido en cuenta. No obstante, si quería hacer las cosas de forma correcta y justa debía incluir a todo el mundo en la lista, sobre todo ahora que sabían que el asesino tenía acceso a información confidencial.

– Revisaré las listas y os las enviaré a vuestros despachos después de comer. -Se cargó el ordenador portátil al hombro y lo recolocó para que el peso quedara bien repartido-. Hasta luego.

– ¿Adónde vas? -preguntó Reagan.

La irritación que sentía hizo que Kristen se irguiera.

– A las nueve tengo que presentar peticiones. -Lo obsequió con una mirada tan penetrante como las suyas-. Todos andamos muy ocupados, detective.

Él asintió con frialdad y agitó los listados en el aire.

– Gracias. De no haber sido por ti, habríamos tardado horas en conseguirlos. -Aquello era una invitación a firmar la paz y Kristen la aceptó con un asentimiento cortés.

– Días -lo corrigió Mia-. Empezaremos a interrogar a las víctimas de las víctimas hoy mismo.

A Kristen se le encogió el estómago.

– Así que otra vez van a verse envueltas en un proceso… -Se quedó mirando a Mia-. Me gustaría acompañaros, sobre todo cuando vayáis a ver a las víctimas de Ramey y de King.

Mia, con expresión comprensiva, abrió la boca para añadir algo, pero Reagan se le adelantó.

– ¿Por qué, abogada? -preguntó en un tono casi mordaz-. ¿Crees que las intimidaremos para que confiesen?

Mia resopló.

– Eso está fuera de lugar, Reagan. Kristen…

Kristen alzó la mano.

– No, Mia. No te preocupes. Puedo comprender que el detective Reagan se lleve una impresión equivocada, dadas las circunstancias. -Lo miró fijamente y lo desafió a hacer lo propio guardando silencio hasta que lo hubo conseguido-. Dejemos claras unas cuantas cosas, detective. En general mantengo una buena relación profesional con el equipo de Spinnelli. Cualquiera sería capaz de decirte que soy justa y meticulosa. No sé si nos enfrentamos a un policía, a un abogado o a un chiflado con buenos contactos. Lo que está claro es que en el punto de partida no podemos permitirnos descartar a ningún posible sospechoso, ni siquiera a los policías, más bien al revés, vuestra placa me merece gran respeto y no me gustaría que una oveja descarriada la empañara.

Reagan abrió la boca pero esta vez fue ella quien lo atajó.

– No he terminado -prosiguió con voz calmada. Si supieran cuánto había practicado para mantener aquel tono a pesar de que por dentro estaba como un flan-. Basándome en mi limitada experiencia personal, no te creo capaz de intimidar a una víctima de violación que ya ha tenido que pasar por un infierno; pero si me limito a lo que he visto en los últimos minutos, podría pensar que incluso el jurado fue más considerado que tú. -Él apartó la mirada, avergonzado, y ella suspiró-. Esas diez personas dependían de mí para que se hiciera justicia, y nueve de ellas me culpan por no haber sido capaz de conseguirlo. No quiero estar en deuda con ellas, pero así es como me siento. Así que me gustaría ir con vosotros. Llámame masoquista si quieres, o defensora de las causas perdidas, pero no consiento que me trates de injusta, y eso es precisamente lo que acabas de hacer.

– Lo siento -dijo Abe con un hilo de voz. Clavó en ella sus ojos azules-. Lo que he dicho estaba fuera de lugar.

Por un momento, a Kristen aquella mirada le resultó tan tangible como el contacto físico. Tragó saliva y negó con la cabeza sin saber muy bien si lo hacía para que su mirada dejase de cautivarla o para restar importancia a sus palabras.

– No te preocupes, detective. Lo comprendo.

Mia carraspeó y Kristen se volvió hacia ella. Casi se había olvidado de que Mitchell estaba allí.

– Te avisaremos cuando lo tengamos todo a punto para hablar con las víctimas, Kristen -dijo en tono seco.

A Kristen le ardían las mejillas. Por el amor de Dios. La había sorprendido mirando a un hombre como si fuera una adolescente descerebrada. Pero aquel hombre poseía unos ojos fascinantes. Y estaba segura de haberlos visto antes.

– Gracias -respondió en tono enérgico-. Ahora debo irme, si no llegaré tarde.

Estaba a medio camino del aparcamiento del Jardín Botánico cuando notó que una mano se posaba sobre su hombro. No hizo falta que Reagan pronunciara una sola palabra para que Kristen supiera que era él. A pesar de las capas de ropa que separaban aquella mano de su piel, notó en el hombro un estremecimiento anticipatorio.

– ¿Necesitas que te lleve, Kristen?

Ella negó con la cabeza.

– No -dijo, y se sintió morir de vergüenza al advertir que apenas le salía la voz. Se esforzó por mantener la mirada fija al frente-. Cogeré un taxi. Esta mañana me entregarán un coche de alquiler, así que en ese aspecto está todo solucionado. De veras tengo que marcharme, detective.

Él retiró la mano y ella siguió adelante sin volverse. Aun así, supo que su mirada la acompañó durante todo el camino.

Jueves, 19 de febrero, 8.15 horas

– Vaya, vaya, esto sí que es interesante -dijo Zoe, pensativa, y dio un sorbo a su taza de café.

El cámara con el que trabajaba respondió al tiempo que bostezaba.

– ¿El qué?

– Mayhew subiendo las escaleras del juzgado. Sácale algunos planos, ¿de acuerdo?

– ¿Por qué? -replicó el cámara con mala cara-. No te habrá entrado una de tus manías persecutorias…

– Haz lo que te pido. Y obtén un primer plano de los pies.

– Das asco -le espetó Scott, pero hizo lo que le pedía y siguió con la cámara a Kristen mientras subía por la escalera, hasta que entró en el edificio y la perdieron de vista.

Zoe le arrebató la cámara.

– Echemos un vistazo.

Rebobinó la película y observó por el visor.

– ¿Lo ves? Mírale los pies.

Scott extendió el brazo para coger su taza de café.

– Ya. Lleva unas Nike. No le quedan nada bien con el traje.

La cara de Zoe reflejaba exasperación.

– No es eso. Fíjate en las suelas, están llenas de barro.

Scott se encogió de hombros.

– ¿Y qué? Habrá salido a correr de buena mañana.

Zoe negó con la cabeza.

– No. No sale a correr. Practica aeróbic dos veces por semana en el gimnasio municipal. -Levantó la cabeza y vio que Scott iba sin afeitar y encima la miraba con una mueca de disgusto.

– La has estado espiando.

Zoe soltó un bufido.

– No seas idiota. Claro que no la he estado espiando. Me estoy familiarizando con sus costumbres, eso es todo. Así sé si está metida en algo especial, como ahora. Esta mañana ha ido a alguna parte antes de presentar las peticiones. -Zoe entrecerró los ojos y se calló de golpe. El fino vello que le cubría la nuca se le erizó. El periodismo de investigación exigía intuición y perseverancia. Y también una buena preparación. Todo el tiempo que había invertido en prepararse iba a dar por fin su fruto aquella mañana-. Nuestra abnegada funcionaría se trae algo entre manos. -Se volvió hacia Scott con una sonrisa de satisfacción-. Estamos a punto de dar con un filón de oro.

Jueves, 19 de febrero, 10.15 horas

John, con la vista fija más allá de la ventana, parecía muy tenso. Sus manos aferraban con fuerza sus brazos cruzados, y Kristen pudo ver que el blanco de los nudillos aumentaba a medida que lo ponía al corriente de la situación.

– Esta mañana, cuando he salido de la reunión para presentar peticiones, tenía en el contestador un mensaje de la detective Mitchell -dijo ella para acabar-. Han desenterrado los cadáveres de los tres miembros de la banda. Todo estaba igual, excepto el tiro en la pelvis. -Observó el reflejo de John en el cristal y lo vio fruncir los labios-. Iban de camino hacia el último escenario, el de Ross King.

– ¿Sabes qué hora es, Kristen? -preguntó John en tono cansino.

Parecía un padre enojado preguntándole a su hija si era consciente de que había regresado más tarde de la hora fijada. Ahora era ella la que se sentía molesta.

– Sí, John. Mi reloj es muy preciso.

– Entonces, ¿por qué has esperado doce horas para ponerme al corriente?

Kristen frunció el entrecejo.

– Traté de localizarte. Te dejé tres mensajes en el contestador para comunicarte que era urgente.

John se volvió, también él tenía el entrecejo fruncido.

– ¿Tres mensajes? No he oído ninguno. -Se sacó el móvil del bolsillo y empezó a teclear botones-. Le pediré a Lois que llame a la compañía. Es inaceptable que den tan mal servicio. -Su gesto de enfado se transformó en uno de preocupación-. ¿Estás bien?

Kristen se encogió de hombros.

– Estoy esperando a que alguien más de este despacho se lleve una sorpresa tan agradable como la mía; así por lo menos no seré la única. -Recordó de forma vívida todos y cada uno de los crujidos que había oído en su casa durante la noche mientras se preguntaba si él estaría allí fuera vigilándola. Se sentía aliviada de que Reagan hubiese registrado el interior de los armarios y mirado debajo de la cama; luego apartó de su mente a aquel hombre y sus ojos enigmáticos-. No creo que esté en peligro, pero esta situación me resulta inquietante.

John llamó a Lois por el interfono.

– Lois, por favor, convoca una reunión urgente del departamento a la una. La asistencia es obligatoria. Diles a los que están en el juzgado que pasen a verme antes de marcharse a casa esta noche. -Miró a Kristen-. Si lo intenta con alguien más, estaremos preparados.

Jueves, 19 de febrero, 12.00 horas

– Gracias por hacernos un hueco, Miles -dijo Mia al entrar la primera en el despacho del doctor Miles Westphalen, el psicólogo de la plantilla-. Nos enfrentamos a una situación excepcional.

– ¿Qué ha ocurrido? -Los ojos de Westphalen se centraron en Mia mientras ella lo ponía al corriente-. Enséñame las cartas -pidió, y Mia le tendió una copia de las tres. Las leyó dos veces antes de levantar la cabeza y quitarse las gafas-. Muy interesante.

– Sabía que pensarías eso -dijo Mia-. ¿Qué más?

– Es sincero -opinó Westphalen-. Y listo. O bien tiene estudios de literatura o bien es un ávido lector. Su escritura presenta… Un ritmo poético. Tiene refinamiento y… cultura. Escribe como un abuelo cultivado que trata de transmitir conocimientos a sus nietos. Es religioso, a pesar de que no menciona a Dios ni ninguna religión en particular.

Abe frunció los labios.

– Es un hipócrita, se jacta de vengar a las víctimas pero persigue a la fiscal Mayhew.

Westphalen arqueó una de sus cejas canas y se volvió hacia Mia.

– ¿Tú qué opinas, Mia?

Mia exhaló un suspiro.

– Siente un odio particular hacia los agresores sexuales. Hoy hemos encontrado cinco cadáveres. A los violadores y a los pederastas les voló la zona pélvica de un tiro, mientras que a los asesinos se limitó a dispararles en la cabeza. Y, ¿sabes? El último, King…

– El pederasta -observó Westphalen.

Mia hizo una mueca.

– Sí. O bien se pegó un leñazo contra una pared o bien nuestro humilde servidor lo hizo papilla. No lo habría reconocido ni su propia madre.

– Kristen sí lo reconoció -puntualizó Abe.

Mia frunció el entrecejo y se dio media vuelta para mirarlo.

– ¿Qué quieres decir?

Abe se encogió de hombros, intranquilo.

– Solo era un comentario. Tiene buen ojo.

Mia entornó los párpados.

– Sigues cabreado con ella.

Abe negó con la cabeza.

– No, no estoy cabreado. Lo estaba, pero ya no. -Westphalen los estaba escuchando y Abe se sintió obligado a darle explicaciones-. Elaboró un listado de todas las personas relacionadas con los crímenes iniciales, incluidos los policías. Eso… me sorprendió.

Mia hizo girar la silla para volverse hacia Westphalen.

– El asesino sabe cosas que no debería saber.

– ¿Cosas? ¿Qué cosas?

– A Ramey lo estrangularon con una cadena -explicó Mia-. Ese era precisamente su modus operandi, y esa información no se había hecho pública.

Westphalen se recostó en la silla y miró a Abe.

– Y eso te preocupa.

Abe frunció el entrecejo.

– Pues claro. Implica un fallo de seguridad.

– O que el asesino está entre nosotros. -Mia repitió las mismas palabras que había pronunciado por la mañana, cuando se encontraban junto a la tumba provisional de Ramey. «Está entre nosotros.» Abe se sintió tan irritado como entonces; le sacaba de quicio la idea de que un policía pudiera tomarse la justicia por su mano, de que se atreviera a acechar a una mujer en su propia casa. Era repugnante. Sin embargo, lo que más le preocupaba era que no tenía claro qué le molestaba más del asesino: si que espiara a Kristen o que hubiese matado a cinco personas.

– ¿Por qué nos ha dejado la ropa? -preguntó Abe cambiando de tema.

Westphalen se acarició las puntas de los dedos.

– ¿Qué otra cosa podría haber hecho con ella?

– Tirarla -intervino Mia-. ¿Por qué no la destruyó?

Abe caminaba de un lado a otro de la habitación.

– Si la hubiese tirado, alguien podría haberlo visto. Algún perro podría haber rebuscado en la basura. Si la hubiese quemado, podríamos utilizar las cenizas para dar con él. -Se volvió hacia Mia con una sonrisa irónica-. ¿Hay algo más seguro que dársela a la policía?

Mia le devolvió la sonrisa con expresión forzada.

– Es inteligente. ¿Y qué hay de la lápida?

– Me parece realmente fascinante -comentó Westphalen-. Es muy significativa, y debe de haberle costado mucho grabarla. ¿Es de mármol?

Abe se detuvo y se sentó al lado de Mia.

– En el laboratorio nos lo confirmarán. Hemos hecho unas cuantas llamadas para localizar a los marmolistas. No hay tantos.

– Queremos saber si alguien reconoce la obra -aclaró Mia-. ¿Y qué te parece lo que ha grabado?

– La segunda fecha corresponde al día de la agresión -dijo Westphalen-, como si fuese el día en que murieron. Para él, sus vidas terminaron el día en que las violaron, aunque de hecho no fuera así. Dice que lleva demasiado tiempo observando cómo los culpables quedan en libertad. Podría referirse a observarlo de lejos, por televisión; o tal vez viva en algún lugar en el que cada día muere gente. -Se encogió de hombros-. Claro que también podría referirse a observarlo de cerca, como le ocurriría a un policía. De todas formas, lo que está claro es que ha sufrido un trauma recientemente. Hay algo personal en todo esto. Yo buscaría a alguien atormentado por la pérdida reciente de un ser querido.

– Una víctima reciente -musitó Mia.

– Tal vez sí, tal vez no. -Westphalen frunció el entrecejo-. Se deja llevar por la pasión de forma esporádica, como demuestra el hecho de que le rompiera la cara a King y disparara a la pelvis de los dos delincuentes sexuales. Es como si una vez que los tiene en sus manos no pudiera evitarlo. Sin embargo, el hecho de perseguirlos y deshacerse de ellos una vez muertos, y las cartas… Está todo muy calculado. Dudo que encontréis alguna pista útil en la escena del crimen. Por lo menos de momento. Quizá más adelante, cuando se confíe. Pero puede pasar bastante tiempo.

– Pues qué bien -masculló Abe.

– Lo siento. Me reservo la percepción extrasensorial para ocasiones especiales. Bromas aparte, creo que la pérdida o el trauma que ha desencadenado la serie de asesinatos es reciente, pero no el sufrimiento de ese hombre. Labrar tanto odio lleva mucho tiempo.

– ¿Alguna pista sobre su edad? -preguntó Mia.

Westphalen se encogió de hombros.

– Ni idea. Escribe como un intelectual de edad avanzada, pero tiene que estar en buena forma física para mover los cadáveres. Yo diría que es más bien joven.

– ¿Por qué ha elegido a Kristen? -quiso saber Mia, y el rostro de Westphalen se tornó sombrío.

– Tampoco lo sé. Podría ser por algo tan sencillo como que es atractiva y a los periodistas les gusta mostrarla por televisión. Pero ese hombre es un obseso. ¿Le habéis puesto vigilancia a Kristen?

Mia miró disimuladamente a Abe.

– ¿Crees que la necesita? -preguntó Mia.

– Tal vez. Si los otros fiscales del Estado empiezan a recibir regalitos parecidos, entonces diría que no.

– Pero no te parece probable que eso suceda -intervino Abe.

La expresión algo turbada de Westphalen se tornó intranquila.

– No, no me lo parece.

– Pues qué bien -masculló Abe.

Capítulo 6

Jueves, 19 de febrero, 13.30 horas

– La próxima vez elegiré yo el restaurante -protestó Mia mientras subía de dos en dos la escalera que conducía directamente a la comisaría.

Abe la seguía.

– No ha estado mal. El mejor curry indio que he probado en mucho tiempo.

Mia se volvió con un mohín.

– Solo tenían comida vegetariana. -«Ray nunca habría…» Interrumpió el pensamiento. Ray ya no estaba, y ahora tenía un nuevo compañero. Por fin la noche anterior, antes de acostarse, había leído su expediente.

– Solo ha sido una comida, Mitchell; no te lo tomes como si fuese una hecatombe. ¿Qué es esto?

Mia cogió el montón de hojas que había sobre su escritorio, idéntico al que Abe sostenía.

– Los nuevos listados de Kristen. Cumple sus promesas.

Pasó las páginas hasta llegar a una marcada con un Post-it verde fosforescente y ahogó una carcajada. Al principio de la lista se encontraba el nombre de la propia Kristen, en negrita y en cursiva, seguido del de su secretaria, los de tres fiscales más y el de su jefe, el mismísimo John Alden, escritos con fuente normal.

– Nos llevará horas repasar todo esto -dijo Abe al hojear el listado. Mia supo cuándo Abe vio el Post-it verde porque se ruborizó-. No tenía intenciones de ofenderla -comentó-, solo estaba sorprendido.

– Creo que lo ha comprendido. -Mia levantó la vista y observó a un desconocido cruzar la oficina. No lo había visto antes, pero se parecía demasiado a Abe para tratarse de un extraño-. Parece que tienes compañía.

Abe alzó la vista y una sonrisa iluminó su rostro. Mia reprimió un suspiro involuntario. Una sonrisa de Abe Reagan era suficiente para hacerle olvidar que se había propuesto no salir con policías. Pero se había dado cuenta de cómo miraba a Kristen. Abe tenía una ardua tarea por delante. Kristen Mayhew era dura de roer.

– ¡Sean! -exclamó Abe. Los dos hombres se abrazaron con torpeza y Abe miró a Mia con una mueca para que no se tomara aquello por lo que no era-. Es mi hermano Sean.

– Lo he deducido yo solita -dijo Mia en tono seco. El hermano de Abe era igual de moreno y atractivo que este pero lucía una alianza en el dedo.

– Pasaba por aquí -dijo Sean, y Abe soltó un bufido.

– ¿Desde cuándo te dejas caer por los barrios bajos? Mi hermano es corredor de bolsa -explicó.

– Desde que mamá me recomendó que no te perdiera de vista. Quiere estar segura de que te tratan bien. Papá no la deja venir a ella.

Abe frunció los labios.

– Me lo imagino. Me alegro de verte. ¿Qué tal está Ruth?

– Mejor desde que el bebé duerme toda la noche de un tirón.

Una sombra atravesó el rostro de Abe y fue reemplazada por una sonrisa tensa pero sincera.

– Bien, bien.

La sonrisa de Sean se desvaneció.

– Abe… El próximo sábado es el bautizo.

La sombra fugaz reapareció de nuevo, seguida por una sonrisa tensa.

– Allí estaré, te lo prometo.

– Lo sé. Es que… A Ruth le parece fatal, pero sus padres han invitado a Jim y a Sharon.

La sonrisa tirante se disipó y Abe apretó la mandíbula. Mia sabía que no debía escuchar la conversación, pero pensó que si hubieran deseado hablar en privado se habrían retirado a algún otro lugar. Los nombres de Jim y Sharon no aparecían en el expediente de Reagan pero parecían muy importantes.

– Dile a Ruth que no se preocupe -lo tranquilizó Abe-. Iré de todas formas. Por mi parte no habrá ningún problema. Seguro que la iglesia es lo bastante grande para que quepamos los tres.

Sean suspiró.

– Lo siento, Abe.

– No importa. -Abe forzó una sonrisa muy artificial-. De verdad.

– La buena noticia es que mamá está preparando una pierna de cerdo para asarla el domingo. Me ha pedido que te lo diga.

– Esta noche la llamaré y le diré que allí estaré.

Se hizo otro silencio corto durante el cual la pena crispó el rostro de Sean.

– Ruth y yo estuvimos en Willowdale el fin de semana pasado. Las rosas son muy bonitas.

Abe tragó saliva y Mia comprendió por qué. Willowdale era un cementerio y, según había leído en el expediente, hacía poco que Abe se había quedado viudo.

– Es la primera vez que me atrevo a ir.

Mia se preguntó cómo debía de sentirse uno al tener que ir de incógnito y no poder siquiera visitar la tumba de su esposa. La invadió un sentimiento de compasión y de respeto. Abe Reagan había renunciado a muchas cosas para someter a unos cuantos traficantes de drogas a la justicia.

Sean estrechó el brazo de Abe con tal fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

– Lo sé. Nos vemos el domingo.

– Gracias por venir -dijo Abe con voz apagada. En cuanto su hermano se marchó, se dejó caer en la silla y cogió el nuevo listado de Kristen.

Mia lo contempló impertérrita.

– Así que él es la oveja negra de la familia, ¿no? Negra pero rica.

Abe sofocó una risita.

– Imagínatelo. Todos los demás somos policías, y él se pasa el día jugándose el dinero.

– Así que tienes sangre azul.

– Sí. Mi padre era policía. Ahora está retirado, pero lo lleva en la sangre. Mi abuelo también lo fue. Y también lo es uno de mis hermanos. -Arqueó una ceja-. Aidan está soltero.

– No salgo con policías -aclaró Mia con una sonrisa.

– Una chica lista.

Mia frunció el entrecejo.

– Lo suficiente para darme cuenta de que Ruth es la esposa de Sean y de que Debra era la tuya y está enterrada en Willowdale. ¿Quiénes son Jim y Sharon?

Abe abrió los ojos, más sorprendido por el descaro de Mia que por su capacidad deductiva.

– Los padres de Debra -respondió-. No nos llevamos del todo bien. ¿Siempre eres tan entrometida?

– Ahora eres mi compañero -aclaró Mia-. ¿Cuánto tiempo hace que murió Debra?

– Depende de cómo se mire -respondió él, y suspiró al ver que ella arrugaba el entrecejo-. Debra resultó herida hace seis años. Técnicamente, la muerte cerebral se produjo antes de que la ambulancia entrara en urgencias. Y ya no despertó.

Eso no figuraba en el expediente.

– ¿Qué le ocurrió?

Poco a poco, el semblante de Abe se tornó inexpresivo.

– Le alcanzó una bala que iba dirigida a otra persona.

– ¿A quién? -preguntó Mia, como si Abe no lo llevara escrito en el rostro. Pobre hombre.

– A mí. Fue un cabrón con cierta debilidad por la venganza; yo había detenido a su hermano. -Tragó saliva con impaciencia-. Y el maldito cabrón tenía una puntería nefasta.

La compasión suavizó la mirada de Mia.

– ¿Y cuándo murió? Técnicamente.

– ¿Técnicamente? Hace un año.

– Lo siento -dijo ella.

Abe asintió con frialdad.

– Gracias.

– ¿De cuántos meses estaba embarazada?

Abe apretó los dientes y apartó la mirada.

– De ocho. Ocho jodidos meses.

Mia suspiró.

– ¿Sabes qué mierda le cayó al que mató a Ray? Le rebajaron la pena. Si se porta bien, lo tendremos paseándose por la calle dentro de dos años.

Abe alzó los ojos.

– Pues dentro de dos años lo estaremos esperando, Mitchell.

«A Ray le habrías gustado, Abe Reagan -pensó Mia-. A pesar de tu manía de hacerte el valiente y correr riesgos innecesarios.» De todas formas, ahora comprendía por qué Abe había expuesto su vida tantas veces. El dolor puede hacer que un hombre se comporte como no lo haría en otras circunstancias.

– ¿Tienes previsto hacer alguna proeza estúpida, del estilo de las de narcóticos?

Los labios de Abe se curvaron hacia arriba.

– No.

– Bien.

Jueves, 19 de febrero, 14.30 horas

Desde la furgoneta, observó a una anciana con uniforme de criada abrir la puerta y recoger la caja que él había dejado en el peldaño de la puerta después de llamar al timbre.

Puso en marcha el vehículo y esbozó una sonrisa de satisfacción. Dobló la esquina y entró en un callejón; bajó de la furgoneta de un salto y retiró el rótulo magnético, de forma que el que había estampado debajo quedó al descubierto. Se dirigió al otro lado e hizo lo propio. Luego enrolló los rótulos magnéticos, los guardó en la furgoneta y se sentó al volante.

Tenía que volver al trabajo, al que le daba de comer. Aunque el que de verdad le importaba comenzaba en cuanto se ponía el sol.

Jueves, 19 de febrero, 15.30 horas

Kristen estaba sentada en el interior de su coche, aterrorizada ante lo que estaba a punto de hacer. Mitchell y Reagan llegarían de un momento a otro. Y ella tendría que enfrentarse una vez más a los ojos acusadores de Sylvia Whitman.

Recordaba el día del juicio de Ramey. Hacía mucho frío, como en aquel momento. Las tres mujeres, vestidas con las clásicas prendas que llevaban a diario para ir a trabajar, parecían petrificadas y al borde de la náusea. Sus maridos o novios apenas lograban contener la furia que sentían al ver a Ramey sentado junto a su abogado defensor. Cada una de aquellas mujeres se enfrentó a los hechos y volvió a contar su historia con las manos fuertemente entrelazadas. Ninguna de ellas pudo ocultar la vergüenza que sentía. No eran capaces de mirar a nadie a los ojos. «Excepto a mí», pensó Kristen. Las tres fijaron la mirada en el rostro de Kristen, como si fuese su única ancla de salvación en toda la sala.

Qué valientes habían sido. Incluso cuando el abogado defensor las bombardeó a preguntas y minó su autoestima y su compostura. Ninguna de las tres se desmoronó. Hasta que el jurado leyó el veredicto y Ramey salió en libertad. Entonces se vinieron abajo.

Kristen exhaló un suspiró tembloroso. A ella le había ocurrido lo mismo. Y el abatimiento se había agravado aquella mañana, al ver el cadáver de Anthony Ramey con la pelvis destrozada.

No sentía indignación por el daño que había sufrido Ramey, ni pena por el dolor que experimentaría su familia ante la pérdida. Había negado aquella emoción mientras permanecía frente al cadáver junto a Mitchell y Reagan, pero luego, a solas, fue capaz de admitirla. Era muy simple… sentía satisfacción. Y gratitud.

Su humilde servidor había asesinado a un hombre que no merecía vivir y cuya muerte ella se negaba a lamentar. Estaba mal, pero era un sentimiento humano. Y, a fin de cuentas, ella era un ser humano.

Mitchell detuvo su sedán oscuro frente a ella; lo aparcó junto al bordillo y Kristen observó que se abría la puerta del acompañante y Reagan salía del coche, se erguía y se alisaba la corbata. Sintió un nudo en la garganta al ver sus hombros anchos, su figura esbelta y el atisbo casi imperceptible de barba en sus mejillas. Tragó saliva. Sí, aún era un ser humano.

Reagan miró la casa que se alzaba al final de la cuesta y luego volvió su mirada hacia ella. El corazón de Kristen obvió un latido al observar que el viento le revolvía el pelo oscuro y hacía ondear el bajo de su abrigo desabrochado. Una imagen magnífica, tenía que reconocerlo.

Aquello la obligaba a admitir algo más. La sangre aún le corría por las venas, su pulso era capaz de acelerarse por algo más que por el miedo. Le parecía ridículo. En especial, el no poder apartar la vista de sus ojos. Así que abrió la puerta en el mismo instante en que él se disponía a hacerlo. Bajó del coche sin ayuda e hizo un ademán de agradecimiento con la cabeza al ver su mano extendida.

– No es necesario -dijo en voz alta-. ¿Qué hay de nuevo?

Mia aguardaba en la acera.

– Hemos avisado a los parientes más cercanos. Acudirán a identificar los cadáveres durante las próximas horas. La madre de King ha estado a punto de romperme los tímpanos con sus gemidos y su novia casi le destroza a Abe su cara bonita con las uñas.

Abe alzó la vista al oír lo de su cara bonita.

– ¿Y nuestros amigos los Blade? -preguntó Kristen.

– Hemos dado con los familiares cercanos de dos de ellos. Nadie parece saber nada del tercero. -Mia frunció el entrecejo-. La novia de uno de ellos asegura que estaba con ella el 12 de enero y que al día siguiente desapareció. El hermano del segundo afirma que el 20 de enero se encontraba en casa y que al día siguiente desapareció. Una semana de diferencia.

Abe se encogió de hombros.

– Con suerte, el examen del forense nos proporcionará una estimación razonable de la fecha de la muerte. -Volvió a mirar al final de la cuesta-. ¿Estamos a punto?

– ¿Qué le preguntaréis a la señora Whitman? -quiso saber Kristen-. No sabemos qué día murió ninguno de ellos, así que no podemos pedirle que presente una coartada.

– No importa -dijo Abe-. Me interesa más ver cómo reacciona ante la noticia.

– Yo no esperaría lágrimas -replicó Kristen en tono rotundo.

– ¿De aflicción?

– De ningún tipo. Sylvia Whitman no es una mujer de lágrima fácil. -Kristen irguió la espalda-. Acabemos de una vez con esto.

Mia y Reagan se quedaron detrás y dejaron que fuese Kristen quien llamara al timbre. Sylvia Whitman abrió la puerta y mostró una expresión de desdén pero no de sorpresa.

– No parece sorprendida de verme, señora Whitman -aventuró Kristen en tono tranquilo.

– No lo estoy. -La mujer retrocedió-. Entren.

Mientras tenían lugar los saludos de rigor, Abe pensó que, aunque no podía decirse que la mujer los hubiese recibido con los brazos abiertos, al menos no les había ordenado que se marcharan. Durante el trayecto en coche, Mia lo había puesto al corriente de las consecuencias del juicio, de las mordaces cartas que el señor Whitman había enviado al jefe de Kristen pidiéndole que la despidiera por incompetente.

El hecho de que Kristen todavía se sentía culpable por no haber conseguido que condenaran a Ramey se hizo evidente en cuanto pisó la calle; el terror que experimentó al mirar la casa casi podía palparse. Sin embargo, una vez dentro recobró la compostura y mantuvo un semblante tan sereno como el de Whitman. Abe le reconoció el mérito.

– Perdonen que no les ofrezca té -dijo la señora Whitman mientras los conducía a la sala de estar. Abe escogió un asiento desde donde podía observar bien el rostro de Whitman. Cuando la noche anterior afirmó que una de las víctimas originales podría haber asesinado a todos los hombres hablaba en serio. Con el término «originales» se refería a las once víctimas cuyos nombres aparecían inscritos en mármol. Que los cinco hombres pudieran merecer ese final, no cambiaba el hecho de que los habían asesinado. Una de sus víctimas podría haber tramado el plan: matar al agresor y de paso eliminar a unos cuantos más que también lo merecían. Menuda ironía para la acusación.

Kristen, sentada, entrelazó las manos sobre el regazo.

– Estos son los detectives Reagan y Mitchell. Señora Whitman, ¿por qué no le sorprende verme? -preguntó Kristen con serenidad, lo cual llenó a Abe de orgullo.

La señora Whitman frunció los labios, se puso en pie y cogió un sobre de un escritorio. «Más sobres», pensó Abe. Sin pronunciar palabra, le entregó el sobre a Kristen, quien extrajo la carta y, sosteniéndola por un extremo, la ojeó y suspiró.

– «Mi querida señora Whitman» -leyó en voz alta-: «Lo que ha sufrido es indescriptible, así que no intentaré buscar palabras para expresarlo. Quiero que sepa que su torturador por fin ha recibido su merecido. Está muerto. Eso no le ayudará a recuperar lo que ha perdido, pero deseo que la ayude a seguir adelante con su vida.» -Levantó la vista-. «Su humilde servidor.»

– Entonces, ¿es verdad? -preguntó Whitman-. ¿Ramey ha muerto?

Kristen asintió.

– Sí. ¿Cuándo recibió esa carta, señora Whitman? ¿Y cómo le llegó?

– La he encontrado esta mañana en el felpudo, debajo del periódico.

«Después de que Kristen encontrara los regalitos en el maletero de su coche», pensó Abe. La secuencia temporal era interesante, y el medio por el que le había llegado la carta hacía difícil el rastreo. Se apostaba cualquier cosa a que no iban a encontrar huellas en la carta ni en el sobre; pero podían preguntarle al repartidor de periódicos la hora de la entrega.

– ¿Había algo más junto con la carta? -preguntó Abe, y Whitman lo miró impávida.

– No. Solo la carta y el sobre. ¿Por qué?

Kristen introdujo la carta en el sobre y se la entregó a Mia.

– Los detectives necesitan que les explique dónde se encontraba en el momento de la muerte de Ramey, señora Whitman.

Mia guardó la carta.

– Les agradeceremos a usted y a su marido que se acerquen a la comisaría y nos permitan tomar sus huellas dactilares. Así podremos comprobar que son distintas de las de la persona que escribió la carta.

– Les ahorraré tantas molestias, detectives -dijo Whitman con excesiva suavidad-. Si Ramey fue asesinado por la noche, yo me encontraba en casa sola. Nadie puede confirmar mi coartada. Yo no lo maté pero me quito el sombrero ante quien lo hizo.

– ¿Y el señor Whitman? -preguntó Kristen.

– No está. -Por un momento Abe creyó que Whitman iba a perder la compostura, pero se recuperó tras respirar hondo-. Solicitó el divorcio un año después del juicio.

– Necesitamos su dirección, señora -dijo Abe. Los ojos de Whitman emitieron un destello de dolor, enojo y humillación, y Abe la compadeció-. Lo siento.

Jueves, 19 de febrero, 18.00 horas

Si las entrevistas con Sylvia Whitman y Janet Briggs habían sido frías y formales, la conversación con Eileen Dorsey y su marido fue todo lo contrario. Los gritos retumbaban todavía en los oídos de Kristen, su corazón aún latía salvajemente.

– Ha sido de lo más agradable -ironizó Mia mientras se frotaba la frente con desaliento.

Kristen se recostó en el asiento del coche de alquiler. No lograba controlar el temblor de su cuerpo.

Oyó la voz de Reagan detrás de ella.

– ¿Estás bien, Kristen?

Dejó que el sonido de su voz, su cercanía, la invadiera. Notó que el temblor amainaba. No se permitió pararse a pensar cómo o por qué aquel hombre le hacía sentirse tan segura. De momento se limitaría a tomar lo que le ofrecía.

– Sí -respondió con una leve sonrisa-. Pero me alegro de que estuvierais allí. El hecho de ir acompañada de dos detectives armados me ha ayudado a mantenerlos a raya. Por lo menos ya sabemos que tienen una pistola.

Mia resopló.

– Tienen cincuenta, no una. Juro que nunca había visto a un particular con tantas armas juntas.

Reagan se desplazó para apoyar la cadera en el capó del coche de Mia.

– «Sí, tengo una pistola, detective» -parodió.

Kristen soltó una risita. Su nivel de adrenalina empezaba a disminuir. Reagan había imitado a la perfección a Stan Dorsey cuando, indignado, había depositado un enorme revólver encima de la mesa del comedor y, a continuación, dos semiautomáticos, un rifle de caza pintado de camuflaje y un AK-47. Luego, había abierto la puerta de un descomunal armero hecho a medida para mostrarles cuarenta armas más al tiempo que los miraba lleno de furia.

– Y lo cierto es que todas han sido disparadas recientemente -añadió Kristen con un hilo de voz. Aún le duraba el miedo que había sentido cuando Dorsey se había plantado delante de ella y le había confesado que todas las noches soñaba que dejaba a Ramey como un colador. Aseguró que él no había matado a aquel hijo de puta, pero que, de haberlo hecho, habría rezado para que fuera ella quien llevara la acusación; dada su ineptitud, seguro que estaría de vuelta en casa a la hora de cenar. Luego se le había encarado y había lanzado el último bombazo: ojalá Ramey la hubiera seguido a ella aquella noche; así sabría lo que quería decir ser una víctima.

Entonces Kristen había notado el calor de Reagan, quien se le había acercado por detrás. No la tocó, no dijo nada, pero algo en su rostro captó la atención de Dorsey e hizo que el hombre, con movimientos lentos y comedidos, retrocediera un paso y bajara los puños cerrados. Reagan extendió el brazo por encima de su hombro para entregarle a Dorsey una tarjeta al tiempo que le indicaba que llamase si sabía algo más.

Mia sacudió la cabeza.

– Me pregunto si los vecinos saben que viven al lado de un puto arsenal. Conque coleccionista, ¿eh? Qué listo.

Reagan se encogió de hombros.

– Están todos registrados. No infringen la ley.

– También han recibido una carta.

Kristen trató de apartar de su mente la mirada salvaje de Dorsey. Estaba lo bastante fuera de sí como para haber asesinado a alguien; pero era demasiado apasionado para haberlo hecho de una forma tan metódica.

– Como Janet Briggs -apuntó Mia.

– O nuestro humilde servidor contrató un servicio de entrega a domicilio verdaderamente discreto, o se ocupó él en persona -observó Abe-. Si las otras víctimas también han recibido una carta, en total son once. Alguien tiene que haber visto algo. Haremos un sondeo por el vecindario para ver si alguien recuerda algún coche o a alguien que merodeara por allí anoche.

– Buena idea. -Se oyó el móvil de Mia, un sonido sencillo y poco melodioso-. Sí. -Entrecerró los ojos-. ¿Cuándo?… Muy bien, allí estaremos. -Se guardó el teléfono en el bolsillo y los miró-. Spinnelli dice que tiene noticias del forense. Tenemos que reunirnos en su despacho cuanto antes. ¿Vienes, Kristen?

Kristen notó el rugido de su estómago.

– Sí, pero antes iré por algo para cenar. Anoche invitaste tú, detective. Hoy me toca a mí; iré a la cafetería de Owen a comprar comida y la llevaré al despacho de Spinnelli. Encárgate de que el forense no empiece antes de que yo llegue.

– ¿Qué comida tienen en esa cafetería? -preguntó Mia-. Por favor, dime que tienen carne.

Reagan meneó la cabeza.

– El curry indio estaba buenísimo.

– Yo necesito carne, Reagan. Si no, me quedaré anémica.

– Sí, sí. Me parece que tienes una anemia de caballo -le espetó él con un bufido.

Mia pasó por alto el comentario y se volvió hacia Kristen.

– Si en la cafetería de Owen tienen carne, yo me apunto.

Kristen sonrió.

– Suelo comer allí. ¿Quieres probar el pollo frito que preparan?

Mia suspiró.

– Es la mejor propuesta que me han hecho en todo el día.

Jueves, 19 de febrero, 18.15 horas

Zoe cerró su teléfono móvil.

– Bingo.

Scott bostezó.

– Esta noche he quedado, Richardson.

– Y yo. -Zoe anotó mentalmente que debía cancelar su cita.

Si se daba prisa podría tener la noticia lista para la edición de las diez. Vio pasar dos coches; el primero lo conducía la detective Mitchell y en el asiento del acompañante viajaba un hombre a quien no conocía pero con quien se hizo el firme propósito de intimar. Al volante del otro coche vio a Kristen Mayhew; iba sola.

– Ese no es su coche.

Scott volvió a bostezar.

– A lo mejor se lo ha cambiado.

– ¿Estás de broma? Le tiene mucho cariño a su viejo Toyota; además, aún puede tirar unos años. -Cuando Scott volvió la cabeza y la miró con expresión de desagrado, Zoe se encogió de hombros-. Conozco a su mecánico. Me cuenta cosas.

– Conversaciones íntimas, ¿eh? -se mofó Scott y Zoe se mordió la lengua. Le gustase o no, necesitaba a Scott para grabar las imágenes.

Sacó un espejito del bolso. El maquillaje se mantenía impecable.

– Además, ese coche lleva una pegatina de Avis en la ventanilla. Muévete, vamos a hacer una entrevista.

– ¿A quién? Tu heroína acaba de marcharse.

Zoe se abstuvo de responder. El día en que Mayhew fuera su heroína… Tal vez se hiciera rica gracias a ella, pero admirarla… nunca.

– ¿Es que no te fijas en nada? Ha entrado en tres casas con la detective Mitchell. ¿No quieres saber por qué? ¿No te pica la curiosidad?

– Ya me lo contarás tú -dijo Scott con voz cansina.

Las uñas de Zoe se clavaron en las palmas de sus manos.

– Me consta que esta casa pertenece a Eileen Dorsey. En la última vive Janet Briggs, y en la anterior, Sylvia Whitman. Las tres víctimas de Anthony Ramey -aclaró, y vio cómo el cámara abría los ojos como platos. Scott no era estúpido, solo estaba dolido porque meses atrás habían pasado una noche juntos y él había creído tontamente que aquello se convertiría en una relación formal; cuando se dio cuenta de su error, se puso hecho una fiera-. Así que ves las noticias -dijo, disimulando una sonrisa de satisfacción.

Scott se irguió.

– Ramey no ingresó en prisión. O ha vuelto a la carga o está muerto.

Zoe bajó de la furgoneta y se alisó la falda.

– Bueno, vamos a averiguarlo.

Jueves, 19 de febrero, 18.30 horas

– Kristen, me alegro de verte. -Vincent le entregó una bolsa marrón que sacó de detrás de la barra-. Tu pedido está listo.

Vincent ya trabajaba en la cafetería de Owen cuando ella empezó a frecuentarla. Era un hombre modesto y agradable. Todo el mundo lo apreciaba.

Un súbito estrépito hizo que ambos se echasen a temblar.

– ¿Cocinero nuevo? -preguntó Kristen.

– Durará dos días, como mucho.

Owen había contratado a tantos cocineros durante el último mes que Kristen ya no se esforzaba por recordar sus nombres.

– ¿Tienes noticias de Timothy?

– No. Espero que su abuela esté mejor. Owen anda muy ocupado últimamente con tanto cocinero sin experiencia.

– Si encontrásemos a alguien que ayudase a Timothy con los cuidados de su abuela, él podría volver.

Vincent se encogió de hombros.

– Owen se lo propuso, pero Timothy se negó. Ya sabes lo que le cuesta aceptar ayuda.

Kristen asintió.

– Sí, lo sé. -Timothy era un adulto altamente funcional con síndrome de Down leve; era orgulloso e independiente, y era muy propio de él rechazar la ayuda de Owen.

– ¿Qué es lo que sabes? -Owen emergió de la cocina; avanzaba secándose las manos en el paño que llevaba atado alrededor de su prominente talle. Era serio y cumplidor y preparaba un estofado de pollo para chuparse los dedos. Una sonrisa se dibujó en su rostro al verla-. No has venido a comer.

Kristen hizo una mueca.

– Ponme unas galletas saladas con crema de cacahuete.

Owen la miró con mala cara.

– Si no te alimentas bien, te pondrás enferma.

Kristen se llevó la mano al pecho.

– No te preocupes. He encargado comida para llevarla al despacho.

Owen examinó la libreta en la que anotaban los pedidos.

– ¿Tres raciones de pollo frito y tres de estofado?

Kristen se relamió.

– Y patatas con salsa de carne.

– Está todo anotado. ¿Qué haces esta noche? -Owen unió las dos asas de la bolsa en su brazo y se dirigió a la puerta de entrada.

– Tengo una reunión. Me he ofrecido a llevar la cena. -Abrió la puerta y se retembló mientras Owen, en mangas de camisa y sin inmutarse a pesar del frío, echaba un vistazo a la calle con el entrecejo fruncido-. Tengo el coche ahí. -Kristen señaló el coche de alquiler y una sonrisa radiante transfiguró el semblante de Owen.

– Al final me has hecho caso y te has deshecho de aquel trasto.

– No es viejo. Solo tiene muchos kilómetros. -Abrió la puerta trasera y depositó la bolsa en el asiento.

– Era un montón de chatarra. Cada vez que te veía con él, Vincent se ponía a rezar. Nos preocupaba que anduvieses por ahí de noche en esa carraca oxidada.

– Este coche es de alquiler. El mío está en el taller. -Kristen se mordió el labio después de soltar aquella mentira piadosa.

Owen volvió a poner mala cara.

– Es un montón de chatarra, Kristen. Cualquier noche te dejará tirada y… -Sacudió la cabeza, indignado-. Eres muy tozuda.

– Pero no tengo que pagar la letra del coche cada mes. Vuelve dentro, Owen. Hace mucho frío y te vas a poner enfermo.

Capítulo 7

Jueves, 19 de febrero, 19.00 horas

– ¿Dónde está Spinnelli? -Mia dejó la chaqueta sobre una silla, frente a la mesa alrededor de la cual se habían sentado la noche anterior.

Abe reparó en que alguien había llevado una pizarra para que anotasen en ella la información con que contaban. Sentada a la mesa había una joven ataviada con una bata blanca, y en la silla contigua estaba colgado el abrigo de Jack, aunque él no se encontraba en la sala. La joven se levantó y les tendió la mano.

– Soy Julia VanderBeck -dijo al tiempo que estrechaba la mano de Abe-. La forense.

Tenía unos treinta y cinco años, grandes ojos castaños y el pelo de color café con leche. Abe se dijo que era guapa y que debería sentir interés por ella. Pero no podía dejar de pensar en la piel de color marfil, los ojos verdes y el pelo rizado y voluminoso.

– Yo soy Abe Reagan. ¿Están los cinco cadáveres en el laboratorio?

– Sí, pero si no te importa esperaré a que llegue todo el mundo para no tener que explicar las cosas dos veces. -Hizo aquella observación en tono amable pero cansado.

Mia se dejó caer en la silla.

– ¿Dónde está Spinnelli? -repitió-. ¿Y Jack?

– Estamos aquí -dijo Spinnelli entrando por la puerta; sostenía una cazuela-. Tenemos visita. -Parecía divertido.

– Y una visita así es siempre bienvenida -añadió Jack, que apareció cargado de fiambreras.

Abe reconoció los platos y las fiambreras antes de oír la voz de su madre y de que esta irrumpiera en la sala.

– ¡Abe! -Le tiró del cuello para obligarlo a bajar la cabeza y estamparle un sonoro beso en la mejilla.

Él pasó por alto las sonrisitas burlonas de sus compañeros y la dejó hacer.

– Hola, mamá. -Ella lo miró sonriente; se la veía tan contenta que Abe no se atrevió a amonestarla. En vez de eso, también le sonrió. Sabía que se presentaría allí en cualquier momento. Según Sean, su padre no le permitía que fuera, pero Becca Reagan solía tomar sus propias decisiones-. ¿Qué has hecho?

– No me vengas con sermones -le espetó con una risita-. Llamé al teniente Spinnelli para que me diera el número de tu extensión y muy amablemente me informó de que hoy os quedaríais trabajando hasta tarde, para que no me preocupara.

Spinnelli destapó la cazuela y Abe percibió el olor del estofado de col desde la otra punta de la sala. Era uno de sus platos favoritos.

Spinnelli respiró hondo para deleitarse con el aroma.

– Tu madre se ha ofrecido a traernos algo de cenar. -Sonrió-. No he podido negarme.

Abe se agachó para besar a su madre en la mejilla.

– Gracias, mamá. -La mujer se ruborizó y Abe pensó que seguía igual de guapa que aquel día en que, siendo él pequeño, lo envió a la escuela con pastelitos de chocolate para celebrar su cumpleaños-. Eres un encanto.

– No me vengas con zalamerías. -Se apartó a toda prisa para sacar platos y cubiertos de plástico de la enorme bolsa que llevaba siempre consigo-. ¿Acaso crees que podía dejaros pasar hambre?

Mia estaba inclinada sobre la cazuela, aspirando el aroma.

– ¿Lleva carne?

La madre de Abe la miró ofendida.

– Claro. ¿No serás vegetariana, verdad, cariño? -añadió en tono preocupado.

Mia se echó a reír.

– No. Soy la detective Mia Mitchell. La nueva compañera de Abe.

La mujer la miró aún más preocupada.

– ¿Su compañera?

Mia soltó una risita y no pareció ofenderse.

– No se apure. Conmigo está a salvo.

Spinnelli asintió en señal de confianza.

– Mia sabe cuidarse.

Poco convencida, la madre de Abe se dirigió a la puerta.

– Bueno. Os dejo con vuestra reunión.

Mia llenó un plato de plástico de estofado hasta casi rebosar y se dirigió hacia Jack, quien retrocedió con las manos en alto en señal de rendición.

– Te acompaño abajo, mamá -dijo Abe.

Su madre se detuvo al final de la escalera.

– ¿Quién es la otra? -preguntó-. La de la bata blanca.

– Es la forense. -Abe tuvo que contener la risa al ver la cara de su madre-. Estoy seguro de que se ha lavado las manos antes de salir del depósito de cadáveres.

– Caramba. -La mujer se encogió de hombros-. Bueno, supongo que alguien tiene que ocuparse de esas cosas. ¿Qué tal te va con tu nueva compañera? -Lo miró sin levantar la cabeza-. Es muy mona.

Abe se echó a reír.

– Déjalo, mamá. No te empeñes. Si me enamorase, perdería el mundo de vista y no perseguiría a los malos.

La madre de Abe sonrió.

– En eso tienes razón. ¿Me devolverás los platos?

– El domingo, cuando vaya a probar tu asado; puede que antes.

– Ah, has hablado con Sean. -Su sonrisa menguó-. Entonces ya lo sabes.

Lo sabía. Había logrado no pensar en ello, sin embargo no había conseguido librarse del malestar que sentía. La idea de ver a Jim y a Sharon adquiría de nuevo protagonismo y le atenazaba el estómago. Nunca se había llevado bien con los padres de Debra; no obstante, la relación se había deteriorado hasta tornarse hostil hacia el final de la vida de su esposa. Apretó el brazo de su madre.

– No te preocupes. Te prometo que no les amargaré el bautizo a Sean y Ruth.

– Nunca he pensado que fueses a hacerlo, Abe. Pero prefería que lo supieras antes de que llegara el día.

El apoyo que la madre de Abe ofrecía a sus hijos era incondicional. Él la adoraba por ello.

– Estoy avisado. -Le dio un beso en la mejilla-. Gracias por la cena, mamá. Iré a verte en cuanto pueda.

La mujer le posó las manos en el rostro y ejerció cierta presión, lo cual obligó a Abe a seguir con el cuerpo inclinado para mantenerse a su alcance.

– Estoy muy contenta de que hayas cambiado de trabajo. -Suspiró llena de orgullo.

– Lo sé.

– Pienso en ti cada día.

Era esposa de un ex policía y madre de dos en activo. Estaba familiarizada con el peligro y convivía con él, pero la familia no llevaba nada bien que Abe se hubiese convertido en un agente encubierto, y él lo sabía. Al principio iba a verlos una vez al mes; pero, a medida que se implicaba en el trabajo, las visitas se iban espaciando. La última vez que se había arriesgado a ir a casa de sus padres fue la noche en que Debra murió. Ya hacía un año. Había acudido en secreto, amparándose en la oscuridad. Ahora todo aquello formaba parte del pasado y podía ver a su familia cuando quisiera.

– Lo sé, mamá. Estoy bien, de verdad.

La mujer no apartaba las manos y a Abe empezaba a dolerle el cuello en aquella postura tan incómoda; sin embargo, no hizo el menor intento de erguirse.

– Espero que no te haya puesto en un compromiso al venir esta noche. No he podido resistirme a la tentación.

– Te quiero, mamá. Has hecho muy bien en venir. -A la mujer le chispeaban los ojos y Abe hizo una mueca para restar solemnidad al momento-. De todas formas, no lo tomes por costumbre. Estos son peores que los bichos que andan sueltos por la calle. Llegaría un día en que no sabrías cómo quitártelos de encima.

La madre de Abe se echó a reír con voz trémula y lo soltó. A continuación señaló hacia la ventana que daba a la calle.

– Abe, ayuda a esa chica. Es menuda y no puede con tanto peso.

Kristen trataba de abrir la puerta con una mano mientras en la otra sostenía una gran bolsa de papel; de pronto Abe recordó que había ido a la cafetería a comprar la cena. Esperaba que no le importase congelarla. Dudaba de que alguien pudiera quedarse con hambre después de acabar con todo lo que había llevado su madre. Ni siquiera se le pasó por la cabeza que alguien pudiese preferir la comida preparada. Se apresuró a abrirle la puerta y le arrancó la bolsa de las manos.

– Ya la llevo yo.

Kristen movió los hombros para desentumecerlos.

– Gracias. No creía que pesase tanto; Owen me la ha acercado al coche. -Se volvió hacia la madre de Abe, quien aguardaba expectante a que este las presentara, y luego lo miró a él con gesto interrogatorio.

– Kristen, esta es mi madre, Becca Reagan. Mamá, esta es Kristen Mayhew. Trabaja en la fiscalía.

La madre de Abe miró a Kristen de arriba abajo.

– Por televisión pareces más alta -dijo.

Kristen le sonrió por cortesía.

– Es la primera persona que me lo dice. Gracias.

– A veces me entran ganas de estamparle un bofetón a esa reportera y enseñarle modales.

La sonrisa cortés de Kristen se tornó sincera.

– Eso es muy amable por su parte, señora Reagan. A mí me entran ganas de hacer lo mismo casi todos los días.

– Mi hija quiere estudiar derecho -dijo, pensativa.

– ¿Annie? -preguntó Abe, extrañado.

– No, Annie no. -La madre de Abe se volvió con un mohín-. Annie ya tiene una carrera. Me refiero a Rachel. Despierta, Abe.

– No puede ser. Aún es una niña.

Rachel había sido una sorpresa tardía para sus padres. De hecho, más bien les había dado un susto. Abe se llevaba veintidós años con su hermana pequeña, así que todos la consideraban como una hija.

– Ya tiene trece años -puntualizó su madre con aspereza-. Haz el favor de tenerlo en cuenta en mayo, cuando llegue su cumpleaños. No se te ocurra regalarle un peluche. Ya no tiene edad para eso.

Abe se quedó pasmado. No era posible que Rachel tuviese trece años. No podía ser. Las chicas de trece años empezaban a maquillarse, y a salir con chicos, y… Con más chicos. La idea le hizo estremecerse. Tenía que hablar largo y tendido con su hermana pequeña.

– ¿Y qué quiere para su cumpleaños?

– Dinero. -La madre de Abe miró a Kristen-. Dice que quiere ser abogada, como tú.

Kristen abrió los ojos como platos.

– ¿Como yo?

– Sí. Te ha visto por televisión. ¿Te importaría hablar un día con ella?

Kristen esbozó una sonrisa de satisfacción y Abe se quedó sin aliento. Ese gesto, pícaro y divertido, no se parecía a ninguno de los que había mostrado el rostro de Kristen hasta aquel momento.

– ¿Quiere que hable con ella de mi trabajo, señora Reagan?

– No lo sé. ¿A ti te parece buena idea?

Kristen se encogió de hombros.

– Depende del día. Pero claro que me gustaría hablar con ella. Su hijo tiene el teléfono de mi despacho.

«Su hijo.» Sonaba igual de formal que la manera en que se había dirigido a él durante todo el día, y también la noche anterior. Aquello empezaba a molestarle. Tenía un nombre de pila. A Mia, a Jack y a Marc los llamaba por los suyos. A la mierda tanta cortesía.

– Tenemos que irnos, mamá. Nos esperan para empezar la reunión. Conduce con cuidado.

La madre de Abe notó la aspereza de su tono y lo miró perpleja.

– Claro. No te olvides de devolverme los platos -dijo. Se despidió con un gesto de la mano y se marchó.

Kristen miró a Abe con recelo.

– ¿Qué platos?

– Los planes de la cena han cambiado. Mamá nos ha traído un poco de comida.

Mientras subía por la escalera, Kristen se fue desabrochando el abrigo.

– ¿Solo un poco?

– ¿Te gusta el pollo frito para desayunar?

Ella se encogió de hombros.

– Si no hay más remedio…

Jueves, 19 de febrero, 19.15 horas

Spinnelli daba cuenta del último bocado de su plato cuando entraron.

– Estaba a punto de enviar a una patrulla a buscaros.

– Pues yo no. -Mia lamió el tenedor-. Si no hubieseis vuelto, habría podido repetir.

– ¿Nos habéis dejado algo? -preguntó Abe mientras echaba un vistazo a la cazuela.

Mia hizo una mueca.

– Solo quedan verduritas.

Abe dejó la bolsa de papel de Kristen sobre la mesa y extrajo de ella dos recipientes de plástico.

– Bueno, empecemos. Julia, ¿qué puedes decirnos de los cadáveres?

Julia sacó un cuaderno.

– Han traído los cinco cadáveres esta tarde, hacia las dos.

Abe tendió a Kristen uno de los recipientes y tomó asiento junto a ella. Al notar el calor de su cuerpo, Kristen recordó cómo se había colocado tras ella en la casa de los Dorsey. En aquel momento le había dado seguridad. Sin embargo, ahora tenía la sensación de que invadía su espacio. Ocupaba parte de su sitio en la mesa, además del propio; pero le pareció descortés apartar la silla siquiera unos centímetros, así que permaneció donde estaba y trató de concentrarse en el asunto por el que se habían reunido. Julia tenía cinco nuevos cadáveres en el depósito. El culpable seguía en libertad y, probablemente, planeaba el sexto asesinato.

– ¿Han muerto de un disparo en la cabeza? -preguntó.

Julia negó con la cabeza.

– Ojalá fuese tan sencillo. La cosa es complicada, así que sacad los cuadernos. Hay cinco cadáveres. Los cinco muestran heridas de bala en la cabeza; sin embargo, dichas heridas solo fueron la causa de la muerte de los tres Blade. A Ramey y a King les dispararon después de muertos y con un arma distinta.

La chica acaparaba la atención de todos los presentes.

– A Ramey lo estrangularon. Los rayos X muestran que le oprimieron la laringe. He conseguido una buena fotografía de las marcas de la cadena. El asesino tiró con fuerza, las estrías están muy marcadas. -Le tendió una fotografía a Jack, quien la examinó antes de pasarla para que la vieran los demás-. Tal vez podría hacer incluso un modelo de escayola. Os tendré al corriente. Ramey también presentaba una fractura en la base del cráneo. Parece que el asesino lo golpeó con un objeto contundente antes de estrangularlo.

– ¿Tienes idea de qué tipo de objeto contundente pudo utilizar? -preguntó Mia.

– Todavía no. Os lo diré cuando lo sepa. Ramey no presenta heridas hechas en defensa propia y no tiene ningún resto debajo de las uñas. He encontrado residuos de metralla alrededor de la herida de bala de la cabeza. También he descubierto escoriaciones en las muñecas y en los tobillos.

– Así que golpeó a Ramey, lo ató, lo estranguló, le reventó los sesos y luego se lo llevó y lo enterró. -Spinnelli anotó los detalles en la pizarra con el entrecejo fruncido-. El disparo en la cabeza significa que lo mató dos veces. -Puso cara de exasperación ante las risitas que se oyeron en la sala-. Ya sabéis a qué me refiero.

– Una vez cobrada su venganza aún no tenía suficiente -dijo Reagan, pensativo-. Por eso lo llevó al lugar de la sepultura y volvió a agredirlo. No le bastaba con verlo muerto, así que le llenó de plomo la zona pélvica.

– Hemos examinado la tierra -intervino Jack- y hemos encontrado perdigones. Son iguales que los de King.

– Eso quiere decir que no utilizó silenciador -dijo Mia-. Alguien tuvo que oír algo.

Spinnelli asintió.

– Mañana haremos un sondeo por el área. -Atravesó la sala hasta la pizarra, trazó tres columnas y las tituló Ramey, Blade y King, respectivamente-. ¿Cuándo vieron a Ramey por última vez?

Mia abrió su libreta.

– Su madre afirma que lo vio por última vez el 3 de enero. Su novia dice lo mismo. Está segura porque esa noche la dejó plantada.

Kristen suspiró mientras Spinnelli anotaba la fecha en la columna correspondiente a Ramey; el chirrido del rotulador le ponía los nervios de punta. «Rayas azules.» Esa fue la noche en que se decidió por el papel de rayas azules, pero no retiró las muestras hasta dos noches más tarde, cuando volvió a sufrir insomnio y empezó a empapelar la habitación.

– Debió de colocar la caja de Ramey en el maletero aquella misma noche o, como muy tarde, la noche siguiente. -Se quedó mirando a Spinnelli, cuyo bigote se curvaba hacia abajo en un gesto de preocupación-. Fue entonces cuando retiré las muestras. Podéis preguntarles a los vecinos, por si alguien vio algo, pero a las once de la noche suelen estar todos acostados.

– ¿Qué muestras? -preguntó Julia, extrañada.

Spinnelli inclinó la cabeza hacia Kristen para indicar que le cedía la palabra. La chica exhaló un fuerte suspiro.

– El asesino me dejó unas cartas en el maletero del coche.

– Esa parte ya la conozco. Pero ¿de qué muestras hablas? -repitió Julia.

– En una de las cartas hace referencia a unas muestras de papel pintado que había en el salón de mi casa.

Julia se recostó en la silla con el entrecejo fruncido.

– ¿Te ha estado espiando?

– Eso parece. -Kristen notó que un escalofrío volvía a recorrerle la espalda-. No me mires así, Julia.

Después de dirigirle una mirada penetrante, Julia extrajo más fotos. Una de las láminas brillantes mostraba el rostro magullado de Ross King.

– Ross King presenta fuertes traumatismos en la cabeza y la zona de los hombros. -Sostuvo en alto una fotografía y señaló con el bolígrafo-. Hay fracturas detrás de la oreja derecha y en la sien izquierda. A juzgar por la forma del cardenal, diría que le asestaron un golpe con un bate de béisbol.

– King era entrenador -dijo Kristen en voz baja-. Otra vez el «ojo por ojo».

Reagan miró de cerca una de las fotografías.

– ¿Alguna astilla?

– No; ni rastro. Creo que debió de utilizar un bate de aluminio.

– ¿Lo golpeó hasta matarlo? -preguntó Mia.

Julia meneó la cabeza.

– No lo sé. No lo sabré hasta que no lo abra, pero podría ser que King muriese de un disparo en el pecho. -Sostuvo en alto otra foto, un primer plano ampliado de las suturas que recorrían el torso de King, y señaló una zona en forma de media luna a la que le faltaba la piel.

– Podría ser una herida de bala -convino Reagan.

– Me parece que ahí no acaba todo. -Julia le tendió la foto-. En la radiografía no aparece ninguna bala, pero le falta medio pulmón izquierdo. Tampoco existe ningún agujero por donde pudiera salir la bala. Por qué el asesino quiso recuperar la bala es asunto vuestro, no mío.

– ¿Y con qué lo cosió? -preguntó Spinnelli asomándose por encima del hombro de Reagan.

– Con hilo de algodón del que se encuentra en cualquier mercería.

– Una bala en la cabeza y otra en el corazón. -Kristen fijó la mirada en Julia. La conocía lo bastante como para saber que la cosa no acababa ahí-. ¿Qué más?

Julia le devolvió una mirada de preocupación.

– Le reventó las rodillas, Kristen. -Extrajo otra foto y se la entregó a Jack, que estaba sentado a su izquierda.

– Vimos las heridas cuando lo desenterramos -dijo Jack-, pero no sabíamos qué podía haberlas causado.

– Una bala -aclaró Julia-. He obtenido la información a partir de la radiografía, aún no he podido hacerle la autopsia. La imagen muestra que las dos rótulas están destrozadas; de hecho, pulverizadas. Apuntó a ellas directamente. No sé qué arma utilizó vuestro hombre, pero seguro que era potente.

– Inmovilizó a King de manera que no pudiese escapar -murmuró Kristen. Por algún motivo, aquello la dejó más preocupada que el propio asesinato.

Julia sacó otra serie de fotos.

– Es lo que yo pensaba. Un dato más para la pizarra, Marc. A los chicos de la banda los derribaron de un solo disparo en la frente. Al contrario de los otros, no presentan restos de pólvora ni golpes en la cabeza. Tampoco hay heridas defensivas de ningún tipo. -Levantó la vista y captó la mirada de Kristen-. Seguro que querréis oír la opinión de los expertos en balística, pero a juzgar por el orificio de entrada y de salida que presentan cada una de las víctimas, diría que el asesino les disparó desde arriba. Y, si tenemos en cuenta la ausencia de restos de pólvora, desde bastante distancia.

Mia se apoyó en el extremo opuesto de la mesa y observó las fotografías con expresión penetrante.

– ¿Qué distancia?

Julia se encogió de hombros.

– Unos seis metros, tal vez nueve.

– Podría haber eliminado los restos -apuntó Mia, pero por su tono se deducía que ni ella misma creía en esa posibilidad.

Kristen resopló. Ahora entendía por qué Julia parecía tan preocupada.

– No les golpeó primero, lo que significa que estaban conscientes cuando les disparó. Y no alcanzo a imaginar que ni siquiera el más joven de los Blade permitiera que lo derribaran sin defenderse. -Levantó la vista y topó con los ojos azules de Reagan clavados en su rostro; esa vez le resultaron extrañamente reconfortantes-. No lo vieron -concluyó con un hilo de voz-. Los acechó desde un tejado.

Reagan asintió con expresión seria y dijo lo que todos estaban pensando.

– Nos enfrentamos a un francotirador.

Mia se recostó en la silla.

– Que inmoviliza a sus víctimas de forma premeditada y luego las golpea hasta dejarlas sin sentido.

Kristen se estremeció; se había quedado helada a pesar del calor que despedía el cuerpo de Reagan junto a ella.

– Y me espía -murmuró.

Spinnelli tapó el rotulador.

– Mierda.

Jueves, 19 de febrero, 19.45 horas

Spinnelli había llenado la pizarra de anotaciones, pero Kristen tenía la sensación de que no habían hecho más que descubrir la punta del iceberg con respecto a su humilde servidor.

– Sabemos que asesinó a las víctimas en un lugar y luego las trasladó al interior de otro para tomar las instantáneas y despojar los cuerpos de cualquier prueba antes de desplazarlos al tercer escenario y enterrarlos.

Kristen observó los datos anotados en la pizarra. Le había aturdido el hecho de saber que quien la espiaba poseía un fusil y puntería de francotirador, pero un pedazo de tarta de limón y merengue de la madre de Reagan ayudaron a tranquilizarla. No tuvo más remedio que reconocer que cocinaba mejor que Owen.

– Te olvidas de las amputaciones pélvicas post mortem -dijo Mia en tono irónico.

Kristen suspiró.

– No, no podemos olvidarnos de eso.

Reagan volvió a sentarse y se cruzó de brazos.

– Con los asesinos actuó de forma limpia y eficiente. Los delincuentes sexuales no tuvieron tanta suerte.

– Tal vez también él haya sido víctima de alguna agresión -apuntó Jack.

– Él o algún miembro de su familia -respondió Spinnelli.

– O ambos -añadió Kristen en voz baja. Alzó la vista y la apartó al encontrarse con la de Reagan-. Los familiares también son víctimas, aunque de otro tipo.

Abe frunció el entrecejo. Su tono y la forma de esquivar su mirada denotaban algo especial.

– Stan Dorsey lo tiene bastante claro -dijo mientras se preguntaba si aún se sentía afectada por la conducta de Dorsey. Él sí; y eso que no era la primera vez que se encontraba con alguien así. La imagen de su mirada perturbada y de todas aquellas pistolas… No le entraba en la cabeza que Kristen Mayhew pudiera enfrentarse a aquello a diario.

Ella mostraba una sonrisa distante, frágil.

– Ya lo creo. -Se volvió hacia Mia para evitar mirar a Abe. A él le habría gustado aferrarla por los hombros y darle media vuelta, pero por supuesto no lo hizo-. ¿Qué ha dicho Miles Westphalen esta mañana? -preguntó Kristen.

Mia le lanzó una mirada a Abe por encima de la cabeza de Kristen antes de contestar.

– Piensa que nuestro hombre ha sufrido alguna experiencia traumática reciente que lo ha marcado. El crimen del que él o algún familiar suyo fue víctima tuvo lugar hace tiempo. Sin embargo, algún hecho reciente ha desencadenado la reacción. -Mia se volvió hacia Spinnelli y luego de nuevo hacia Kristen-. Miles me ha preguntado si te han asignado protección.

Kristen mantuvo la compostura.

– ¿Le parece que la necesito?

– Sí -dijo Mia, impertérrita.

Kristen repiqueteó con los dedos en el tablero de la mesa y acabó posando en él la mano plana. Abe no se habría percatado del ligero temblor de su mano si no la hubiese estado observando. No cabía duda de que era muy buena ante el tribunal; Kristen Mayhew era toda una experta en autocontrol.

– No he recibido ninguna amenaza específica.

– Yo que tú pediría que me asignaran protección, Kris -dijo Julia con sinceridad-. No me hace ninguna gracia pensar que te espía un francotirador.

Kristen apretó la mandíbula.

– Me ocuparé de eso a su debido tiempo. De momento, no pienso convertirme en una prisionera ni permitiré que me echen de mi propia casa. ¿Qué más ha dicho Westphalen?

Mia sabía cuándo debía dejar de insistir.

– Se ha interesado por las lápidas.

– Pues hablemos de eso -dijo Spinnelli-. Jack, ¿hay algo que comentar?

Julia se puso en pie.

– No dispondré de más información hasta que empiece mañana con las autopsias, y la canguro me está esperando en casa. ¿Me necesitáis para algo?

Spinnelli negó con la cabeza.

– Vete a casa, Julia. ¿Quieres un poco de tarta?

– No, gracias. Empezaré las autopsias a las nueve; lo digo por si alguien quiere venir. -Cogió el bolso y la libreta-. Buenas noches a todos.

– ¿Jack? -Spinnelli tamborileó en la mesa y Jack se volvió de repente.

– ¿Eh? -Le ardía el rostro-. Lo siento, ¿qué has dicho?

Abe se había dado cuenta de que Jack había seguido cada uno de los movimientos de Julia hasta que esta abandonó la sala. Estaba enamorado de ella, y Julia o no lo sabía o no le hacía caso. Pobre hombre.

Spinnelli pasó por alto su reacción.

– Las lápidas. ¿Qué has encontrado?

Jack carraspeó.

– Son de mármol. Las inscripciones están grabadas con chorro de arena y no a mano, lo cual tiene sentido. A mano habría necesitado una semana para cada una.

– ¿Con chorro de arena? -preguntó Kristen-. ¿Cómo se hace eso?

Jack se arrellanó en el asiento.

– Normalmente, el artesano crea una plantilla de caucho o de vitela, como si fuera el negativo de una fotografía, y recorta en ella lo que quiere inscribir. Luego coloca la plantilla en la superficie y le aplica el chorro de arena. Consiste en lanzar una ráfaga de arena fina contra la piedra, la cual lo corroe todo menos la plantilla. Cuando ha terminado, retira la plantilla y ahí está la inscripción. Sin embargo, cuando la inscripción es muy profunda, como en este caso, cuesta más retirar el material de la superficie.

Mia estaba impresionada.

– ¿Tú sabes hacerlo?

Jack la miró con una mueca.

– Dejé las manualidades cuando estuve a punto de perder el pulgar en un taller del instituto. No. He buscado la información en internet. Hay unos cuantos marmolistas en la zona, pero no creo que ese hombre encargara las lápidas. Me parece más probable que hiciera él las inscripciones. Por lo que he leído, si se cuenta con el equipo apropiado no es muy difícil.

– ¿Y de dónde podría haberlo sacado? -preguntó Spinnelli.

– Hay muy pocos fabricantes capaces de comercializar un equipo así. En la inscripción de King encontramos restos de la plantilla, y en el laboratorio dicen que no es caucho. Se trata de vitela. Eso acota las posibilidades.

– Tendré en cuenta esa información -dijo Mia-. Jack, mañana te pediré los nombres de las empresas y confeccionaré una lista de los clientes que tienen en Chicago.

– Tal vez adquirió el equipo hace mucho tiempo -observó Abe.

Mia asintió, pensativa.

– Tal vez. Pero el material tuvo que comprarlo en algún sitio. Lo investigaré. No creo que se pueda comprar un mármol de la calidad suficiente para hacer una lápida en una ferretería.

Spinnelli lo anotó en la pizarra.

– ¿Qué más?

– Todavía estamos analizando la ropa que encontramos en las cajas. Mañana por la mañana tendré parte de los resultados. También analizaremos mañana las notas que recibieron las víctimas de Ramey -dijo Jack-. Aunque me extrañaría que encontráramos algo.

Kristen suspiró.

– Aún tenemos que ir a ver a las víctimas de King y a los padres de los dos chiquillos a los que asesinaron los Blade.

Abe notaba que aquello le causaba pavor.

– Puedo ir yo solo, Kristen.

Ella negó con la cabeza justo en el momento en que él pensó que iba a hacerlo.

– No. Es algo que debo hacer. ¿Puedes esperar hasta las diez? A las nueve tengo que presentar peticiones. -Una versión electrónica del Canon de Pachelbel emergió de su móvil-. ¿Diga? Hola, John. Sí, casi hemos terminado. -De pronto palideció y, tras ponerse en pie de un salto, se acercó al televisor que había en una esquina-. Maldita sea. ¿Por qué canal?

Conectó el aparato y de inmediato apareció la imagen de Zoe Richardson retransmitiendo desde una calle que le resultaba familiar.

– Joder -gruñó Mia.

– Es una cerda asquerosa -masculló Jack.

Abe escrutó a Kristen, quien permanecía plantada delante de la pantalla observando las imágenes y sostenía el mando a distancia con una mano visiblemente temblorosa. Sin embargo, esta vez su rostro no denotaba miedo sino rabia. Entendía muy bien cómo se sentía. Richardson debía de haberla acechado durante toda la tarde, oculta en la penumbra, hasta que consiguió lo que tanto codiciaba.

«Y así termina el episodio más escalofriante de la vida de tres mujeres -oyeron decir a Richardson. A pesar de la brisa vespertina, no se le movía ni un pelo. La cámara acercó la imagen hasta obtener un primer plano de la casa de Sylvia Whitman-. Primero fueron víctimas de violación; luego la justicia les dio la espalda debido a lo que muchos califican de incompetencia por parte de la fiscalía del Estado. Sin embargo, hoy por fin han sido resarcidas. Hoy estas tres mujeres inocentes han recibido la visita de Kristen Mayhew, ayudante del fiscal del Estado, acompañada de dos detectives del Departamento de Policía de Chicago; ellos les han informado de que Anthony Ramey, el hombre que presuntamente las tenía aterrorizadas y del cual fueron víctimas, ha pagado el crimen con su vida.»

A continuación intervino la presentadora en tono grave y preocupado.

«¿Qué dice de todo esto la policía y la fiscalía del Estado, Zoe?»

«No hemos logrado obtener declaraciones de la policía esta tarde. Suponemos que están trabajando para descubrir la identidad del asesino de Ramey.»

«¿Han proporcionado más información esas mujeres? ¿Han dicho algo que pueda resultar útil a la policía?»

– Qué hija de puta -masculló Jack-. Solo nos faltan ayudas de este tipo.

– Por favor, que no diga nada de las cartas -masculló Mia con desesperación-. Que no se le ocurra mencionar las cartas. -Pero Richardson abrió mucho los ojos, como si acabara de recordar algo importante, y Mia golpeó la mesa con la palma de la mano-. ¡Mierda!

Kristen levantó la mano en señal de silencio y Mia apretó los dientes.

«Sí, Andrea. Las tres mujeres han recibido hoy una carta anónima en la que se les comunica que Ramey está muerto y que por fin se ha hecho justicia. -A Zoe le refulgían los ojos-. Las cartas las firma "Su humilde servidor". Les ha informado Zoe Richardson.»

La cámara volvió a enfocar el semblante adusto de Andrea, la presentadora.

«Gracias, Zoe. Aguardaremos ansiosos a obtener más detalles sobre esta impactante noticia. -De pronto su rostro se tornó alegre hasta el punto de resultar cómico-. Les dejamos con la programación habitual.»

Kristen apagó el televisor con brusquedad y durante un buen rato nadie abrió la boca.

– ¿Cómo se ha enterado? -preguntó al final Spinnelli; era obvio que se esforzaba al máximo por mantener la calma-. ¿Cómo diablos se ha enterado?

Kristen seguía mirando la pantalla oscura; a pesar de darles la espalda, su tensión era evidente.

– Nos ha seguido. -Se la oyó tragar saliva-. Me ha seguido. -Depositó el mando a distancia sobre el televisor con meticulosidad-. No puedo creerlo.

– Ya sabes que mi madre está dispuesta a darle una tunda -dijo Abe para romper el hielo-. Y sé por experiencia que cuando se enfada pega unos bofetones de miedo. -Suspiró en silencio al ver que Kristen relajaba los hombros y se volvía a mirarlo esbozando una tensa sonrisa.

– ¿Y cuántas veces has hecho enfadar a tu madre, detective Reagan? -preguntó.

Abe forzó una sonrisa.

– Más de las que recuerdo.

El gesto tenso de Kristen se tornó irónico.

– Eso me lo creo.

Spinnelli se pasó las manos por el rostro.

– Bueno, chicos, ya se ha descubierto el pastel. Convocaré una rueda de prensa para mañana. Abe, asegúrate de obtener información sobre dónde se encontraban las víctimas en el momento de los asesinatos; lo más precisa que puedas. Y averigua si entre ellas hay algún tirador de primera.

– ¿Además de Stan Dorsey? -preguntó Abe en tono seco, y Spinnelli alzó los ojos en señal de exasperación.

– Que Dios nos coja confesados. Quiero conocer todos los movimientos de Dorsey durante esos días. Revisaré la lista de policías y abogados para ver si alguno cuenta con la destreza suficiente como para haber efectuado los disparos. Mia, averigua lo que puedas sobre lo del chorro de arena. Con un poco de suerte Julia nos proporcionará más información después de las autopsias.

– ¿Y qué hacemos respecto a la siguiente víctima? -preguntó Kristen-. ¿Esperaremos a que aparezca otra caja en la puerta de mi casa?

Spinnelli negó con la cabeza.

– Mañana haré instalar cámaras de vigilancia alrededor de tu casa. Si vuelve a acercarse, lo sabremos.

Kristen agitó la cabeza con gesto rápido y resuelto.

– No me refería a eso. Sabemos que tiene predilección por los delincuentes sexuales. Puedo confeccionar una lista de todos los autores de ese tipo de delitos de quienes he llevado la acusación. Tal vez podamos pararle los pies.

Spinnelli asintió.

– Es una buena forma de empezar. Y, Kristen…

La fiscal lo miró con recelo.

– ¿Qué?

– ¿Tienes perro?

Ella negó con la cabeza.

– No.

– Pues te aconsejo que te compres uno.

– Y que sea grande -añadió Mia-. Nada de cachorros, aunque sean monísimos.

– Que ladre mucho. -Jack mostró los dientes-. Y que tenga grandes colmillos.

Kristen se volvió hacia Abe arqueando una de sus cejas pelirrojas.

– ¿Alguna otra recomendación?

Abe hizo una mueca de suficiencia.

– Cerbero completaría tu colección y haría buenas migas con Mefistófeles y Nostradamus.

Para su sorpresa, Kristen se echó a reír, y no con disimulo sino con una sonora carcajada y lágrimas en los ojos. El sonido de aquella risa atenazó el estómago de Abe.

Jueves, 19 de febrero, 21.00 horas

Zoe tapó el vino. Se había dado un buen baño y por fin había entrado en calor. Cuando fuese famosa, se iría a vivir a algún lugar cálido. Al carajo Chicago y aquel clima invernal que lo dejaba a uno más frío que un muerto.

«Muerto.» Sus labios se curvaron. Anthony Ramey estaba muerto y el Departamento de Policía de Chicago andaba tras la pista de un espía asesino. Y ella, Zoe Richardson, había comunicado el bombazo.

«Mayhew debe de estar subiéndose por las paredes -pensó con regocijo-. Qué maravilla.» Extrajo con cuidado la cinta de vídeo del reproductor. Esa grabación merecía ser guardada. Había empezado a escribir con esmero la fecha en la etiqueta cuando la sorprendieron unos fuertes golpes en la puerta de entrada. Observó por la mirilla y se inquietó un poco, pero enseguida ahuyentó aquella sensación.

Él no podía decir nada; no lo haría. Ella sí, podía desenmascararlo y lo haría. Lo tenía en sus manos como si fuese una marioneta. Abrió la puerta y puso cara de mosquita muerta.

– No te esperaba. ¿No has recibido mi mensaje cancelando la cita de esta noche?

Él empujó la puerta y la cerró de un fuerte golpe antes de aferrar a Zoe por los hombros. Su expresión era sombría y airada, y una vena le palpitaba en la sien. La excitación recorrió el cuerpo de Zoe hasta las puntas de los pies.

– ¿A qué coño estás jugando? -la increpó, zarandeándola.

Ella parpadeó mientras la boca se le hacía agua. Quién podía imaginarse el ímpetu que aquel hombre llevaba dentro.

– ¿A qué te refieres?

– «Les ha informado Zoe Richardson» -la parodió cruelmente. Volvió a zarandearla-. ¿A qué coño crees que estás jugando?

– Me haces daño.

Él la soltó al instante, pero su pecho seguía moviéndose como un fuelle. Ella lo miró a los ojos, ya despojada de todo fingimiento.

– Hago mi trabajo. Soy periodista y me dedico a informar.

– No me trates como si fuera uno de tus estúpidos adeptos -le espetó-. Ya sé que eres periodista. Pero ¿por qué sigues a Mayhew? ¿Tienes idea de los problemas que estás causando?

Ella se encogió de hombros con actitud despreocupada y cogió la copa de vino.

– Ese no es mi problema. ¿Te apetece un poco de vino? Es un chardonnay estupendo.

Él la miraba como si estuviese a punto de enloquecer.

– No te importa nada, ¿verdad? No te importa armar revuelo aunque eso suponga arruinar mi carrera.

Zoe esperaba que su sonrisa pareciera sincera.

– No veo la relación entre tu trabajo y el mío. -Desde luego la había, y Zoe contaba con ella. Se le acercó; era perfectamente consciente de cómo la seda se ceñía a su piel perfumada por el baño, de cómo la prenda se abría y dejaba al descubierto lo suficiente para que él posara sus ojos, ardientes y centelleantes, en el escote-. No te disgustes, cielo.

Se puso de puntillas y le estampó un beso en los labios fruncidos. Notó que relajaba los hombros un poco y que otra parte de su cuerpo se ponía bastante dura. «Es como quitarle un caramelo a un niño. Es una maravilla que los hombres sean tan previsibles», pensó.

– Sabías que yo era periodista antes de que consiguieras que nos presentaran. -Era ella quien había conseguido que los presentaran, pero el hecho de que él se creyera en desventaja formaba parte de la farsa. Le rozó la comisura de los labios con la lengua y notó cómo se estremecía-. Cuando nos conocimos, yo ya llevaba años informando sobre Mayhew, y seguí haciéndolo después de que te cansaras de mí y volvieras con tu mujer. -Lo besó y le dio un ligero mordisco-. Por cierto, ¿cómo está?

Él deslizó la mano por debajo del vestido y palpó la desnudez de su espalda.

– ¿Quién? -murmuró mientras bajaba la cabeza para que ella lo siguiera besando.

– Tu esposa, cariño -susurró ella.

– Durmiendo, probablemente. -Con la otra mano jugueteaba con los extremos del lazo entre sus pechos-. Y cuando está durmiendo no se despierta hasta que se hace de día.

Zoe depositó la copa a tientas en la mesita auxiliar y pasó el brazo por encima del hombro de él para correr el cerrojo de la puerta.

– Excelente.

Capítulo 8

Jueves, 19 de febrero, 21.00 horas

Kristen ajustó el retrovisor y miró a ambos lados antes de salir del aparcamiento. Se sentía sola y muy vulnerable. Se volvió para mirar atrás mientras se preguntaba si la estaría siguiendo. Y, si no era así, ¿qué debía de estar haciendo? ¿Quién sería la siguiente víctima del espía justiciero? Aferró el volante y entrecerró los ojos ante la luz cegadora de unos faros que se aproximaban. En el mundo había gente para todo; la mayoría andaba ocupada en actividades perfectamente legales. Sin embargo, por cada veinte ciudadanos honrados había uno que no lo era.

La suma de todos esos unos bastaba para garantizarle ocupación y ganancias durante el resto de su vida. Exhaló un suspiro que vio tornarse vapor antes de disiparse. Él andaba cerca; se encontraba en alguna parte acechando al tipo de turno.

Y, por alguna razón, le había hecho llegar los frutos de su trabajo.

Los frutos de su trabajo.

– Ya hablo igual que él -murmuró-. Es la pompa y solemnidad personificadas. -Se mordió el labio mientras volvía a levantar la cabeza para mirar por el retrovisor-. Pero enseña los dientes.

Aquello le hizo pensar en la expresión divertida de Jack al recomendarle que se comprara un perro con grandes colmillos. Sonrió. El equipo trataba por todos los medios de levantarle el ánimo, de aplacar su miedo. Todos la habían acompañado hasta el coche que acababa de alquilar; Mia, Jack y Marc. Y también Reagan. No podía olvidarse de Reagan, de sus profundos ojos azules y su irónico sentido del humor. Cerbero. Soltó una risita. El guardián de tres cabezas de las puertas del infierno; qué apropiado. Tal vez se decidiese a comprarse un perro, quizá durante el fin de semana. Un perro ladrador, nada de cachorros monísimos; y que tuviera grandes colmillos. Ah, y que no se comiera a los gatos.

Se entretuvo dándole vueltas a la idea durante todo el camino. Sin embargo, cuando se disponía a entrar en el recinto de su casa los alegres pensamientos se esfumaron y se encontró observando su propia vivienda con pavor.

Podía estar en cualquier parte. Además de pavor sentía enojo; le enfurecía que el miedo la obligara a permanecer sentada en el coche en el camino de entrada a su casa. Tenía miedo en su propia casa. Mierda.

Oyó unos golpecitos en la ventanilla y del bote que pegó casi atravesó el techo. Se llevó la mano al corazón y al volverse descubrió que Reagan la miraba con el gesto torcido. Él le indicó con un movimiento rotativo de los dedos que bajara la ventanilla. Al hacerlo, una ráfaga de aire helado le provocó un escalofrío.

– Estamos a diez grados bajo cero -susurró Reagan, consciente de que todas las ventanas de las casas estaban a oscuras-. Si ese hombre no te mata antes, te morirás de frío.

Ella lo miró con expresión de disgusto.

– En el coche se está bien. Bueno, se estaba bien.

– Pues a mí se me está congelando el trasero. Déjame las llaves.

– ¿Cómo dices?

Él metió la mano enguantada, con la palma hacia arriba, por el hueco de la ventanilla.

– Déjame las llaves para que compruebe que no hay nadie escondido en los armarios. Caray, Kristen, date prisa.

Ella extrajo de un tirón las llaves del contacto y se las estampó en la mano.

– No te he pedido que vinieras -dijo, pero sintió una tremenda y repentina alegría de que lo hubiese hecho. Maldiciendo la flojera de sus piernas, se dispuso a seguirlo por la acera.

– De nada -dijo Abe-. Tendrías que instalar una luz en la entrada.

– Ya lo hice -respondió; se estremeció al ver que Reagan no acertaba en la cerradura y la llave rozaba la puerta que tanto se había esmerado en pintar el otoño anterior-. Pero los vecinos se quejaron de que les impedía dormir y recogieron firmas para que la quitara.

Él se sacó una linterna del bolsillo del abrigo, iluminó la cerradura y abrió la puerta que daba a la cocina.

– A tus vecinos lo que les hace falta es que los espabilen. -Esperó a que ella entrase tras él y cerró la puerta-. Desconecta la alarma y quédate aquí.

– Sí, señor.

Él la miró de soslayo con una sonrisa ladeada y a Kristen el corazón volvió a latirle a ritmo galopante. Esta vez no era debido al miedo, o no al mismo tipo de miedo. Sin embargo, la rapidez y la fuerza del latido eran las mismas. Observó cómo la mueca se desvanecía al tiempo que empuñaba el arma.

– Quédate aquí -repitió, esta vez con suavidad-. Lo digo en serio.

– No soy estúpida -murmuró en cuanto se quedó sola en la cocina. Para entretenerse, dio de comer a los gatos y luego preparó té, deseando que el temblor de sus manos no hiciese tintinear la porcelana.

Ya había preparado y servido la infusión y él aún no había vuelto. Caminó de puntillas hacia el arco que dividía el comedor y se asomó. Reagan había dejado todas las luces encendidas a su paso, igual que la noche anterior; pero ella, a pesar de haberse quejado de lo que subiría la factura, no accionó ningún interruptor. Sospechaba que aquella noche ocurriría más o menos lo mismo.

Detrás de ella, la puerta se abrió y se cerró de golpe. Kristen ahogó un chillido al tiempo que la voz grave de Reagan retumbó en la cocina.

– ¡Caray! ¡Qué frío hace!

Se volvió y se lo encontró dando patadas en el suelo para sacudirse la nieve de los zapatos.

– Haz el favor de no darme estos sustos.

Abe levantó la vista con expresión sombría. Ella, muda como una tumba, sostenía con tal fuerza una taza de frágil porcelana que parecía soldada a sus manos. Aún llevaba puesto el abrigo, abrochado hasta el último botón a pesar de que la cocina estaba caldeada.

– Lo siento. No pretendía asustarte. -Arrojó las llaves a la encimera y, con más cuidado, depositó al lado el maletín con el portátil-. He subido la ventanilla y he cerrado la puerta del coche con llave.

Kristen respiró hondo.

– Gracias. ¿Por qué has tardado tanto?

Abe se guardó la linterna en el bolsillo del abrigo.

– He salido al patio por la puerta del sótano y he dado una vuelta alrededor de la casa.

– ¿Y?

Abe frunció los labios.

– Alguien más ha estado aquí. He encontrado huellas recientes en la nieve, cerca de las ventanas del sótano. ¿Qué guardas en el pequeño cobertizo del patio?

– Es un garaje, pero yo lo utilizo como trastero. ¿Por qué?

Él se encogió de hombros.

– Por curiosidad. Es un poco raro cerrar un trastero con candado. Alguien podría pensar que guardas cosas de valor.

Kristen esbozó una sonrisa trémula y por completo falsa. Abe había oído la espontaneidad de su risa verdadera y era capaz de reconocer como forzados todos los otros tipos de risa.

– Lo que para unos no es más que basura para otros es un tesoro -dijo ella con voz débil. Lo cual significaba que no tenía ninguna intención de revelarle lo que guardaba allí. Él se sintió un tanto herido. Kristen dejó la taza-. ¿Quieres un té?

Abe se la quedó mirando un instante. Era evidente que intentaba ser amable. El que él estuviera en la cocina de su casa hacía que se sintiese incómoda, de eso estaba seguro. Sin embargo, hacía sinceros esfuerzos por mostrarse hospitalaria. Lo mejor que podía hacer era dejarla en paz y permitirle satisfacer su obvia necesidad de descanso. No obstante, por algún motivo no era capaz de marcharse.

Quería volver a oír su risa; lo deseaba con tal intensidad que el ansia le producía malestar físico.

– Claro. Me ayudará a entrar en calor. -Abe se sentó a la mesa y se quitó los guantes y la bufanda-. ¿No piensas quitarte el abrigo?

Ella bajó la vista y pareció sorprenderse de llevarlo puesto todavía. Se despojó de la prenda con timidez y la depositó en el respaldo de una silla, pero no hizo ademán de quitarse la chaqueta del traje gris marengo.

– Gracias por seguirme hasta casa. -Se concentró en servir el té en un gran tazón que desentonaba por completo con su delicada taza-. Me daba miedo entrar sola, y eso me estaba poniendo furiosa. Te ha tocado pagar el pato. -Levantó la cabeza y lo miró a los ojos-. Lo siento.

Abe ladeó la cabeza y la observó depositar el tazón en la mesa, frente a él. No había apartado la vista al disculparse, lo cual le pareció encomiable.

– No te preocupes. Estoy acostumbrado a que las mujeres se enfurezcan y me hagan pagar las consecuencias. Tengo dos hermanas. Por favor, siéntate.

Kristen le obedeció, cohibida. Abe se preguntaba si siempre se sentía tan a disgusto en su propia casa o si la incomodidad la provocaba el hecho de que la acechara un espía homicida.

– Annie y Rachel, ¿verdad?

Él asintió, satisfecho de que recordase sus nombres.

– Y dos hermanos, Aidan y Sean. -Sopló para enfriar el té mientras agradecía el calor que el tazón transmitía a sus manos-. Aidan también es policía. Y mi padre lo era antes de jubilarse, al igual que todos sus amigos.

Ella entrecerró los ojos con perspicacia.

– Ahora lo entiendo. Perdona si te ha parecido que insistía en presentar a los policías como posibles sospechosos. Tendría que haber incluido al equipo de John desde el principio. Lo habría hecho si se me hubiera ocurrido, pero estoy muy acostumbrada a ir a mi aire. -Se presionó la nuca con las yemas de los dedos para masajearla-. No tenía intención de ofenderte.

– Me he mostrado demasiado susceptible. -Frunció los labios en una mueca-. En mi casa decir «asuntos internos» es peor que soltar un taco.

Ella esbozó una sonrisa breve pero sincera.

– Bueno, me alegro de que no haya ningún malentendido. -Su mirada se tornó severa-. No obstante, convendrás en que, al tratarse de un francotirador, las posibilidades de que se trate de un policía aumentan.

Abe asintió.

– Lo sé. Lo comprendí esta mañana, pero no me resulta fácil admitir que puede haber policías malos. -Kristen volvió a masajearse la nuca y él aferró el tazón templado para evitar relevarla en la tarea-. Suéltatelo.

Ella abrió los ojos como platos.

– ¿Cómo dices?

Él dio un sorbo de té.

– Que te sueltes el pelo. Las horquillas te provocan dolor de cabeza. Además, no es la primera vez que te veo con el pelo suelto, y estás en tu casa.

Tras vacilar un momento, Kristen le hizo caso. Extrajo gran cantidad de horquillas y su mata de pelo cayó sobre sus hombros. «No, "caer" no es la palabra más indicada», pensó él. Los bucles brotaron de su cabeza en todas direcciones, como impulsados por muelles. Él ahogó la risita en el té imaginando que a ella no le haría ninguna gracia saber lo que le rondaba por la cabeza.

– ¿Qué estás pensando?

Mientras pasaba los dedos entre los rizos, el rostro de Kristen se relajó. Abe apretó los dedos contra el tazón; se preguntaba si aquel pelo sería suave o áspero al tacto. Estaba seguro de que si alguna vez se atrevía a averiguarlo su aroma persistiría en sus manos. Abandonó sus pensamientos y sacudió la cabeza.

– Si te lo digo te enfadarás.

Ella adoptó una expresión de suficiencia.

– ¿Por qué? Si vas a decirme que soy igual que Annie la Huerfanita o que parece que haya metido los dedos en un enchufe no te preocupes; no será la primera vez.

– Me gusta.

Ella lo miró con recelo; sospechaba que mentía pero le pareció demasiado descortés decírselo.

– Gracias.

Guardaron silencio unos minutos mientras sorbían el té en la absoluta quietud de la cocina. Abe se preguntó si alguna vez se oía algo en casa de Kristen Mayhew. En casa de sus padres había habido siempre tanto alboroto que con frecuencia anhelaba el silencio; sin embargo, el de aquella casa resultaba demasiado agobiante. A pesar de que Kristen se había esmerado en la decoración de las habitaciones, la casa parecía desierta.

– ¿Cuánto tiempo llevas viviendo aquí? -le preguntó.

– Unos dos años. -Kristen miró a su alrededor con orgullo-. He disfrutado reformando la vivienda.

– Se te da muy bien la decoración -la alabó Abe, y ella sonrió con verdadero placer-. Mi hermana Annie es interiorista y regenta un negocio propio. Seguro que le encantaría enfrentarse al reto que supone decorar una casa tan antigua como esta.

– La construyeron en 1903. Cada vez que restauro una habitación, descubro el artesonado del techo. Aún no me he decidido a arreglar la cocina. Estoy esperando a que se estropee algún electrodoméstico, así tendré una excusa para cambiarlos todos. Pero, como no suelo cocinar, no creo que el horno me dé problemas, y el frigorífico parece a prueba de bombas.

– Annie los sacaría por esa puerta en menos que canta un gallo. Mi madre se resistió durante años a hacer obras en la cocina de casa, hasta que Annie la convenció. Mi madre se pasaba el día quejándose de que nadie tenía en cuenta su opinión, pero al final le encantó el resultado.

Los labios de Kristen se curvaron; a Abe el gesto le pareció melancólico.

– Tu madre parece muy agradable. Se preocupa por su pequeño.

– La hermana pequeña es Rachel -la corrigió.

Ella arqueó las cejas.

– Ah, claro. Rachel es la que quiere ser como yo. Tiene trece años, ¿verdad?

Abe se encogió de hombros con un ademán exagerado.

– Eso parece.

– Una sorpresa tardía, ¿no?

– Más bien la campanada del siglo. -La miró con una sonrisa-. Recuerdo que a todos nos consternó descubrir que nuestros padres aún mantenían relaciones. -Kristen se rio entre dientes pero no dijo nada. Al cabo de un minuto, el silencio volvía a resultar insoportable-. ¿Y tu familia? -le preguntó Abe ante su propia sorpresa-. ¿Vive cerca?

Ella negó con la cabeza.

– No.

Abe se inclinó un poco hacia delante mientras aguardaba a que prosiguiera.

– ¿Y?

Ella se echó hacia atrás con un movimiento tan imperceptible que Abe estaba seguro de que la chica no era consciente de haberse retirado. A propósito o no, guardaba las distancias.

– No, no tengo familia en Chicago.

Abe frunció el entrecejo. El tono de Kristen se había tornado alicaído, y su mirada, vacua.

– ¿Dónde? ¿En Kansas?

Al oír mencionar el estado del que procedía, los ojos de Kristen emitieron un centelleo. Depositó la taza en la mesa poco a poco.

– No. Gracias por escoltarme hasta casa, detective Reagan. Ha sido un día muy duro para ambos. -Dicho esto, se levantó.

Él, aunque a regañadientes, habría hecho lo mismo de no haber observado el temblor de las manos de ella justo antes de que las entrelazara detrás de la espalda. Al verla allí de pie, ataviada aún con el traje oscuro y los zapatos de tacón, se dijo que aquella era la misma imagen que mostraba en los tribunales; impenetrable.

Pero le temblaban las manos, así que permaneció sentado.

El día anterior había confesado que no tenía amigos. Ahora resultaba que no tenía familia cercana. Las dos veces que había echado un vistazo a la casa, le extrañó no encontrar fotos ni recuerdos, a excepción de los diplomas de la facultad de derecho colgados en la pared del despacho.

– Siéntate, Kristen. -Abe acercó la silla adonde ella seguía de pie-. Por favor.

Ella apretó la mandíbula y apartó la mirada.

– ¿Por qué?

– Porque tienes que estar agotada.

Ella negó con la cabeza y los rizos botaron al compás.

– No. ¿Por qué tienes tantas ganas de saber cosas de mi familia?

– Porque… la familia es importante.

Ella se volvió a mirarlo. Su expresión ya no revelaba furia sino cansancio.

– ¿Te llevas bien con tu familia, detective?

«Detective.» Estaba empeñada en mantenerlo a raya. Y él estaba empeñado en derribar el muro que había construido a su alrededor.

– No nos hemos visto mucho durante los últimos años; gajes del oficio. Pero sí, nos llevamos bien. Es mi familia.

– Pues me alegro. De verdad. Pero deberías saber que la mayoría de las personas se lleva mal con sus familiares, no hay mucha unión. Casi todas las familias tienen problemas.

– Eres demasiado joven para estar tan amargada.

Kristen se abatió.

– Tengo bastantes más años de los que crees.

Abe se levantó.

– Lo que creo es que estás cansadísima. Trata de dormir un poco.

Ella torció el gesto.

– «Que duermas bien, Kristen» -recitó con amargura-. Pues me parece que no voy a dormir bien. -En cuanto vio que se disponía a abrir la boca, levantó la mano para detenerlo-. No me lo digas.

– ¿El qué?

– Que me vaya a un hotel. Estoy en mi casa. No permitiré que me eche.

Abe cogió las tazas y las depositó en el fregadero.

– No pensaba en eso. Quería proponerte ir a la farmacia a comprar algo que te ayude a conciliar el sueño.

Ella cerró los ojos y con una mano se aferró al respaldo de la silla.

– ¿Por qué eres tan amable conmigo, detective?

Aquella era una buena pregunta. Tal vez porque parecía estar muy sola. Tal vez porque había descubierto que estaba asustada y que era vulnerable a pesar de mostrarse ante todo el mundo como valiente y segura de sí misma. Quizá porque no tenía vestidos de fiesta en el armario ni fotos de su familia en la mesilla de noche. O porque la encontraba fascinante y no lograba apartarla de sus pensamientos. Tal vez porque su risa le atenazaba el estómago.

– No lo sé -respondió muy serio-. ¿Por qué no me llamas por mi nombre?

Ella abrió los ojos de forma desmesurada. La pregunta la puso en guardia.

– No lo sé.

– Pues entonces estamos en paz.

Se puso el abrigo, consciente de que ella seguía todos los movimientos de sus manos mientras se lo abrochaba. Cuando llegó al botón del cuello, ella alzó los ojos hasta topar con los de él. Abe notó que su pregunta aún la inquietaba. Y le pareció bien. A él también le inquietaba la que ella había formulado.

– Mañana por la mañana pasaré a recogerte por el juzgado. Me gustaría hacer una visita a las otras víctimas originales antes de que las familias de los cinco asesinados aten cabos gracias a la noticia de esta noche y se pongan en contacto con tu amiga Richardson.

Kristen frunció los labios al oír mencionar a Richardson.

– Allí estaré.

Jueves, 19 de febrero, 22.30 horas

Tenía frío, mucho frío; le dolían las manos. Observó con ansia los guantes forrados de pelo que sobresalían de la bolsa. Enseguida iría por ellos. De momento tenía que contentarse con los de fina piel. Los más calentitos eran tan gruesos que no le permitirían notar el tacto del gatillo.

Avanzó un poco reptando y trató de acomodarse en el duro pavimento de hormigón. Luchó contra las ganas de mirar el reloj. No podía haber transcurrido más de una hora desde que había llegado. Durante las gélidas mañanas en que salía a cazar plumíferos, el tiempo que permanecía agazapado y oculto triplicaba a aquel. Bien podía aguardar un poco más para obtener una recompensa mucho más valiosa.

Esperaba que su invitado apareciese de un momento a otro. Ni siquiera había concebido la posibilidad de que Trevor Skinner no se presentara. El anzuelo era demasiado tentador, tanto que incluso alguien como Skinner se arriesgaría a acudir en plena noche a un lugar como aquel. Hacía ya varias semanas que había delimitado el territorio con estacas. La elección del escenario era fundamental. Y aquel lugar lo tenía todo. Un callejón oscuro y desierto. Unos almacenes. Un edificio abandonado de dos plantas con acceso difícil al tejado. Y un barrio lo bastante degradado como para desalentar a quien pudiera oír algún ruido y se le ocurriera salir a investigar.

Oyó el coche antes de verlo doblar la esquina; llevaba encendidas solo las luces de cruce. Aguardó y observó en silencio mientras Skinner salía de su Cadillac. Entonces asomó un poco la cabeza y echó un vistazo para asegurarse de que era el hombre al que estaba esperando.

Era él.

Con gesto rápido bajó la vista a las rodillas de la víctima apretó el gatillo -una vez, dos- y Skinner cayó con un alarido. Exactamente igual que King. Sintió que lo invadía la emoción del triunfo, pero enseguida la apartó de sí y se concentró en la imagen, en Skinner, de forma que cuando el hombre movió la mano disparó de nuevo. La mano de Skinner describió un arco y cayó inerte en el pavimento. Había pretendido sacar algo del bolsillo del abrigo, pero ya no podía.

Esperó medio minuto más hasta convencerse de que Skinner no se movía. Recogió deprisa sus cosas, incluidos los casquillos; hizo una mueca de dolor al quemarse la mano. La policía lo atraparía tarde o temprano, pero no pensaba facilitarle las cosas más de la cuenta. Al cabo de un minuto ya había descendido hasta la calle y guardaba los bártulos en el pequeño compartimento oculto en la parte trasera de su furgoneta. Si la policía registraba a fondo el vehículo, lo descubriría; sin embargo, a simple vista no se advertía más que la caja vacía de una furgoneta de reparto. Por fin miró el reloj para calcular el tiempo que le llevaría el resto de la operación. Descargó de la furgoneta la plataforma con ruedecillas que había fabricado expresamente para la ocasión. Bajó la rampa; hizo rodar la plataforma hasta el punto señalado; deslizó por la plataforma al hombre, que se retorcía de dolor, y lo ató boca abajo. Normalmente el cinturón de seguridad servía para salvar vidas, pensó mientras hacía caso omiso de Skinner, que entre gemidos insistía en saber quién era. Sus débiles amenazas de venganza solo sirvieron para arrancarle una sonrisa.

Nada de eso. Si alguien iba a vengarse aquella noche era él. Y también la mujer cuya brutal violación había quedado impune un año atrás. Renee Dexter.

Y, por supuesto, Leah.

Hizo rodar la plataforma por la rampa para subirla hasta la furgoneta y colocarla sobre el grueso plástico que había tendido en el suelo. Las manchas de sangre eran muy difíciles de eliminar de la fibra de las alfombras, y la policía contaba con medios para detectar los restos incluso después de haberlas limpiado a conciencia.

Para terminar, palpó los bolsillos de Skinner y extrajo un juego de llaves, una agenda electrónica y una pistola que parecía de juguete.

– ¿Por qué… por qué… haces esto? -preguntó Skinner con el semblante demudado en una mueca de agonía-. Llévate… la cartera… Por favor… Deja… que me vaya.

Él se rio entre dientes, cerró las puertas de la furgoneta, se metió la agenda electrónica en el bolsillo y lanzó las llaves de Skinner al asiento delantero del Cadillac. Abandonado y con las llaves a la vista, el coche habría desaparecido antes del amanecer.

Miró el reloj por última vez. Había tardado menos de siete minutos en llevar a cabo la segunda parte de la operación. Con King había tardado ocho minutos y veinte segundos. Se estaba superando.

Jueves, 19 de febrero, 22.30 horas

Desde el coche, Abe observó el edificio donde vivía, la fachada de oscuro hormigón que parecía fundirse con el cielo. Tenía veinte pisos. Él vivía en el decimoséptimo. En casa tenía una cama, una silla reclinable y televisión por cable; sintonizaba doscientos cincuenta canales. Sin embargo, llevaba más de seis meses sin encender el aparato. Su espacio era un caparazón vacío, un lugar al que solo acudía para dormir.

Exhaló un suspiro lleno de frustración. Tampoco en su espacio había fotografías de su familia. Estaban almacenadas en cajas, en el guardamuebles. Las había llevado allí el día en que entregó las llaves de la casa a los nuevos propietarios. La casa que había comprado con Debra tenía un patio con unos balancines y una habitación destinada al bebé que ella había empezado a decorar en color azul cielo.

Kristen Mayhew contaba con el pequeño cobertizo del patio trasero.

Él utilizaba el guardamuebles de Melrose Park. «Soy el hipócrita número uno», pensó.

Miró el reloj del salpicadero y luego los platos vacíos del asiento del acompañante. Su madre a veces se acostaba tarde, sobre todo cuando Aidan o su padre patrullaban de noche. «Como cuando lo hacía yo», pensó, recordando la cantidad de veces que había aparecido a la hora del desayuno tras acabar el turno y la había encontrado dormitando en su sillón favorito, cuando ya hacía horas que había terminado la película que había empezado a ver.

Sin volverse a mirar atrás, abandonó el recinto de su casa. Veinte minutos después penetraba en el de la casa de sus padres. La luz, cómo no, estaba encendida, y su llave aún servía para abrir la puerta de entrada. Había pasado mucho tiempo desde que se fue de allí de madrugada, antes de casarse con Debra. Allí estaba su madre, dormitando en su sillón favorito. Había cosas que no cambiaban nunca. Dejó los platos en el fregadero y la tapó con una manta. Pero ella se removió un poco y enseguida se despertó; al verlo se quedó estupefacta.

– ¿Qué ocurre?

Él se puso en cuclillas.

– Nada. Vengo a devolverte los platos.

Ella lo miró con recelo.

– Eso podía esperar hasta el domingo. ¿Qué ocurre?

Abe le tomó la mano y la entrelazó con la suya.

– Nada. Te echaba de menos.

Ella sonrió y le apretó la mano.

– Yo también. ¿Cómo ha ido la reunión?

– Ha sido muy larga. El estofado de col nos ha venido de maravilla.

– Me alegro. ¿Se burló alguien de ti porque tu madre te llevara la cena?

Él esbozó una sonrisa.

– ¡Qué va! De hecho, han propuesto que te unas al equipo.

Ella le devolvió la sonrisa y su expresión se tornó pícara.

– Y… ¿qué tal con la señorita Mayhew?

Abe se hizo el tonto, pero sabía perfectamente a qué se refería.

– Llegó demasiado tarde para probar el estofado. Mia se lo había terminado todo excepto las verduritas.

Su madre negó con la cabeza.

– No, no me refiero a eso. Es muy guapa. Y también inteligente.

Tendría que haberse imaginado que su vista de lince no iba a perderse ni un detalle del intercambio de miradas con Kristen.

– Sí, lo es.

– No te ha gustado nada que no te hiciese caso.

Lo conocía muy bien.

– No, no me ha gustado.

El semblante de la mujer adquirió serenidad.

– ¿Quieres que prepare un tentempié?

Abe la obligó a levantarse.

– No. Quiero que te vayas a la cama.

Ella hizo una mueca.

– Tu padre ronca.

– No es verdad. -Kyle Reagan apareció rascándose la abultada panza.

– ¡Sí! ¡Y mucho! -La voz desdeñosa procedía de detrás de la puerta cerrada del dormitorio de Rachel.

– ¿Se puede saber qué haces despierta a estas horas de la noche? -la amonestó su padre.

Rachel asomó la cabeza por la puerta y Abe se quedó perplejo al ver a su hermana pequeña vestida tan solo con una camiseta muy holgada. Había crecido mucho. «Dios mío. Tiene trece años y parece que tenga diecisiete», pensó. Se preguntó si su padre habría limpiado últimamente la pistola. Su morena cabellera lucía un peinado distinto y se observaban restos de rímel alrededor de sus ojos azules, que en aquel momento alzaba con un exagerado gesto de exasperación.

– Como si hubiera forma de dormir con todo este ruido -protestó-. Es imposible. -Observó detenidamente a Abe-. Hola, Abe. Me alegro de que hayas vuelto.

Seguro que quería algo. No podía haber cambiado tanto en tan solo un año.

– Hola, Rach.

– ¿Me conseguirás la entrevista o no?

Abe volvió a mirarla, perplejo.

– ¿A quién?

– Querrás decir «¿Con quién?» -lo corrigió en tono de superioridad. Esta vez fue Abe quien puso cara de exasperación.

– Muy bien, pues ¿con quién?

– Con Kristen Mayhew. Mamá dice que os lleváis muy bien.

Abe se estremeció al pensarlo.

– ¿Quieres entrevistar a Kristen Mayhew? ¿Con una cámara?

– No, con una cámara no. Con un bolígrafo. Tenemos que presentar un trabajo sobre la carrera que queremos estudiar y entrevistar a alguien que ejerza esa profesión. Yo quiero ser abogada, como la señorita Mayhew.

– A la porra con los abogados -gruñó Kyle-. Los policías nos dejamos la piel para atrapar a los criminales y esos abogados presuntuosos les consiguen la libertad.

Rachel sacudió la cabeza.

– Esta abogada es diferente, papá. Es la que ha condenado a más criminales de toda la oficina. -Rachel arqueó las cejas. A Abe le pareció que las llevaba mucho más depiladas que la última vez que él había estado en casa de sus padres-. Bueno, ¿qué? ¿Me conseguirás la entrevista o no?

«Si ni siquiera he sido capaz de conseguir que me llame por mi nombre», pensó Abe.

– No lo sé -respondió con sinceridad-. Pero puedo preguntarle qué le parece.

– El año pasado leyó un discurso en la ceremonia de graduación de la facultad de derecho de la Universidad de Chicago -explicó Rachel.

Kyle se dirigió a la cocina sin dejar de despotricar contra los abogados.

A Abe le costaba imaginarse la escena.

– ¿De verdad?

Rachel asintió y el gesto hizo que sus pendientes se zarandearan.

– He buscado en internet y he encontrado el discurso en una de las páginas de la universidad. Dice que orientar a los jóvenes es una de las mejores cosas que pueden hacer los profesionales para garantizar un futuro de éxito en todos los campos.

– ¿De verdad?

Rachel volvió a poner cara de estar perdiendo la paciencia y Abe descubrió a su madre tratando de disimular una sonrisa.

– Ahora resultará que en esta casa hay eco -dijo Rachel en un tono idéntico al que había utilizado su padre-. Sí, de verdad. Por eso me imagino que estará encantada de ayudar a una joven como yo. -Su expresión se suavizó hasta convertirse en una sonrisa a la que Abe no podría resistirse-. Venga, Abe. Por favor.

Abe exhaló un suspiro de impotencia.

– Se lo preguntaré, Rachel. Pero no te lleves un mal rato si dice que no. Siempre anda muy ocupada.

Rachel ladeó la cabeza en señal de complicidad.

– Podrías invitarla a comer el domingo. Mamá va a asar una pierna de cerdo enorme. Habrá suficiente para todos.

– No, no y no -dijo Abe con el entrecejo fruncido; pero no porque no le gustase la idea de sentarse a la mesa frente a Kristen, en casa de sus padres. Eso no le costaría nada. La mueca era debida a la mirada desdeñosa con que ella lo había obsequiado al rechazar su invitación-. ¿Te ha quedado bastante claro?

La emoción se desvaneció del rostro de Rachel.

– Bueno, pregúntale lo de la entrevista. Seguro que me pondrían un diez.

– Vale.

– Me parece que hace rato que deberías haberte acostado, cielo -dijo Becca.

Rachel, aunque a regañadientes, obedeció a su madre. Pero antes se puso de puntillas para darle un beso a Abe.

– Me alegro de que hayas venido -susurró-. Aunque no me consigas la entrevista.

Él la besó en la frente. Por lo general, era una buena chica.

– Yo también, pequeñaja. Haz el favor de irte a la cama, si no mañana te dormirás en clase.

Cuando la puerta del dormitorio de Rachel se cerró, la madre de Abe lo abrazó por la cintura.

– Se ha emocionado tanto al saber que conoces en persona a la señorita Mayhew… Yo le había aconsejado que esperara un poco para pedírtelo, pero ya sabes cómo es. Si quieres quedarte a dormir, tienes la cama preparada, Abe. Para desayunar, haré gofres; y de los buenos, no de esos congelados que no valen nada.

– A mí nunca me preparas gofres de los buenos -se quejó Kyle desde la cocina.

– No te convienen -le espetó su madre-. Estás a dieta.

Abe no pudo evitar esbozar una sonrisa al oír a su padre protestar entre dientes.

– No, mamá. Mañana tengo que estar muy temprano en el despacho. Solo quería verte un momento.

Su madre exhaló un suspiro y lo acompañó hasta la puerta.

– ¿Sigue en pie lo del domingo?

– Si no surge algo verdaderamente importante sobre el caso, sí.

Viernes, 20 de febrero, 1.00 horas

– ¿Por qué?

Lo preguntó con un grito agónico; era lo mínimo que se merecía aquel loco.

Él le dedicó una mirada glacial.

– Por Renee Dexter.

Skinner volvió la cabeza para seguirlo con la mirada mientras él escogía los utensilios; tenía los ojos desorbitados de terror.

– ¿Quién?

Él se detuvo. Centró su atención en la imagen patética de Skinner, que seguía amarrado con el cinturón. Ya no sangraba tanto, pero el traje de Armani había quedado empapado. Aquella sería la prenda más cara que embutiría en una caja, hasta el momento. Skinner intentaba visualizar la respuesta en su memoria mientras hacía esfuerzos por resistir.

– No te acuerdas de ella, ¿verdad?

– No. Mierda. ¿Dónde estoy? -gritó Skinner con dificultad-. ¿Quién eres?

Él se dio media vuelta e hizo caso omiso a las preguntas de Skinner.

– Renee Dexter era una estudiante de la universidad que volvía a casa en coche después de su jornada laboral; trabajaba a tiempo parcial en la biblioteca del campus. -Abrió un cajón y examinó el contenido-. Tuvo un problema con el coche y no llevaba móvil. -Eligió un objeto y lo sostuvo en alto para que Skinner lo viera antes de depositarlo en la mesa contigua. Se regocijó al ver su mirada vidriosa llena de terror-. ¿La recuerdas ahora?

– Oh, Dios -gimió Skinner mientras se retorcía para tratar de escapar-. Estás loco. Loco.

– Tal vez. Eso será Dios quien lo juzgue. -Empujó una carretilla que contenía un torno de banco y la situó a la altura de la cabeza de Skinner. Ajustó los extremos del torno a ambos lados de su cráneo y giró la manivela. Skinner se quejó-. Renee Dexter estaba aterrorizada. Tenía diecinueve años y estaba asustadísima. Un coche se detuvo y de él emergieron dos hombres de aspecto elegante; ella suspiró aliviada. Tenía miedo de que apareciera algún gamberro o algún criminal. Sin embargo, la suerte le sonreía; el destino había enviado a dos jóvenes agradables a su encuentro. -Volvió a girar la manivela y Skinner empezó a sollozar-. Por desgracia, los jóvenes agradables no eran tales, señor Skinner. Cuando a la mañana siguiente la policía dio con Renee Dexter, la chica iba esquivando coches por la carretera con las prendas rasgadas. Creyeron que estaba bebida, pero no era así. ¿Mejora su memoria, señor Skinner?

– ¿Por qué? -dijo Skinner entre sollozos-. ¿Por qué me haces esto?

Su semblante se demudó.

– Qué ironía. Renee preguntó exactamente lo mismo a aquellos dos jóvenes cuando se abalanzaron sobre ella aquella noche para violarla por turnos. Luego contó que ellos se habían reído y le habían respondido: «Porque podemos». La policía logró detener a los dos hombres gracias a la descripción que proporcionó Renee desde la cama del hospital y a los cargos archivados en la fiscalía del Estado. -Alzó el arma que había elegido y la volvió a ambos lados para observar su brillo bajo la lámpara-. Y ahí es donde aparece usted, señor Skinner. -Se rio con escarnio mientras veía en la mirada de Skinner que el hombre había caído en la cuenta-. Veo que ya se acuerda.

– Tú… No estabas allí.

– ¿Está seguro, señor Skinner? ¿Está completamente seguro? Se sentaba en la misma mesa que aquellos dos animales. -La voz le temblaba de rabia-. Y cuando Renee subió a prestar declaración, usted se ensañó agrediéndola por segunda vez. No con los puños o con… -hizo un ademán para señalar las partes bajas de Skinner-, pero la agredió. Dijo que era una chica aficionada a las fiestas y que aquellos jóvenes la habían conocido el fin de semana anterior. No era cierto. Y que ella los había citado. Tampoco era cierto. Un análisis demostró que la muchacha había consumido marihuana durante las dos semanas anteriores, lo cual confirmaba el tipo de mujer que era. Así que usted concluyó que era ella quien había buscado que aquello ocurriera y que les había permitido que lo hicieran para después acusarlos falsamente. -Se inclinó sobre él con el cuerpo temblándole de furia-. ¿Se acuerda ahora, señor Skinner?

– Yo…

– Responda a la pregunta, señor Skinner, ¿sí o no?

Skinner gimió.

– ¡Dios mío!

Él tensó el aparato.

– Ahora no se siente tan cómodo, ¿verdad, señor Skinner? He meditado sobre esto durante mucho tiempo. Esos animales quedaron en libertad porque usted presentó a Renee Dexter como una chica de moral libertina. Cuando trató de defenderse le tendió trampas para que se contradijera una y otra vez hasta que se quedó sin habla. -Había recobrado la calma y estaba preparado para hacer lo que debía-. Pues ahora sabrá lo que es quedarse sin habla, señor Skinner.

Viernes, 20 de febrero, 3.45 horas

Zoe se quitó de encima la sábana.

– ¡Arriba! -Lo aferró por el hombro y lo agitó con impaciencia-. ¡Levántate y espabila, grandullón! Es hora de que te marches a casa.

Él se volvió boca arriba y la miró con ojos legañosos.

– ¿Qué hora es?

– Casi las cuatro. El despertador de tu mujer sonará en menos de dos horas y media.

Él abrió los ojos de golpe.

– Mierda. -Se levantó de inmediato y cogió los calzoncillos-. ¿Por qué narices has permitido que me durmiera?

Zoe apartó la mirada con la excusa de recoger los objetos que se le habían caído de los bolsillos. Cuando logró controlar el destello de sus ojos, se volvió hacia él con todas sus pertenencias en las manos.

– Porque yo también me he quedado dormida. -Le dedicó una sonrisa seductora-. Me has dejado exhausta.

Él levantó la cabeza tras remeterse la camisa en los pantalones y se la quedó mirando con expresión engreída. Se lo había ganado, así que de momento Zoe permitió que se creciera.

– Follas de maravilla.

Ella frotó sus labios contra los de él.

– Mmm, Lo sé. Pero es hora de que te marches a casa.

– Ya me voy. ¿Quieres que quedemos esta noche?

«No si puedo evitarlo», pensó. De todos modos, le sonrió.

– Me encantaría. -Si todo iba bien, al atardecer estaría enfrascadísima en aquel caso cuyo interés aumentaba con cada nuevo chisme que llegaba a sus oídos.

Él le sostuvo la barbilla entre sus dedos y le estampó un fugaz beso en los labios.

– Luego te llamo.

Ella lo acompañó a la puerta.

– Claro.

En cuanto hubo salido, cerró la puerta y corrió el cerrojo. Una sonrisa de oreja a oreja se dibujó en su rostro.

Se preguntaba si él sabía que hablaba en sueños. Imaginaba que su esposa sí.

Descolgó el teléfono.

– Scott… Pues claro que sé qué hora es. Quedamos en la estación dentro de una hora. El día promete.

Capítulo 9

Viernes, 20 de febrero, 8.30 horas

– Tienes mala cara, cariño.

Kristen levantó la vista del montón de papeles que inundaba su escritorio. Se la veía agotada. La secretaria de John la observaba desde la puerta de su despacho con cara de preocupación y una pila de carpetas en las manos.

– Muchas gracias, Lois. -Miró con recelo las carpetas-. No me digas que todo eso es para mí.

– Me temo que sí. -Lois soltó la pila en el escritorio y se llevó las manos a las caderas-. ¿Has dormido esta noche?

«No he pegado ojo.»

– Un poco. -Desenroscó la tapa del termo que Owen había llenado de café aquella mañana y se sirvió otra taza-. Pero tengo suficiente café para mantenerme despierta.

– ¿Ha habido más cartas?

Kristen negó con la cabeza mientras pensaba en las huellas que Reagan había descubierto en la nieve, alrededor de su casa.

– No, pero no tardarán en llegar. Es solo cuestión de tiempo.

Su compañero, el también fiscal Greg Wilson, asomó la cabeza por la puerta.

– ¿Se lo has preguntado, Lois?

Lois se volvió con mala cara.

– Estaba a punto de hacerlo.

Greg entró tranquilamente en el despacho. Acababa de cumplir los cuarenta, sin embargo conservaba un aspecto atractivo y juvenil que hacía que a todas las mujeres de la oficina se les cayera la baba de admiración y, al mismo tiempo, se les pusiera el pelo verde de pura envidia.

– Todos estamos preocupados por ti, Kristen.

Aquella confesión la irritó.

– Sé cuidarme, Greg.

Él agitó la mano en el aire haciendo caso omiso de sus palabras.

– Vente a casa. Desde que mi suegra se escapó con aquel hombre del bingo tenemos una habitación libre.

Kristen se quedó boquiabierta.

– ¿Qué?

– Sí, mi suegra conoció a ese tipo y…

Kristen sacudió la cabeza, tanto para aclarar sus ideas como para obligarlo a callarse.

– No… ¿Me estás diciendo que me vaya a vivir contigo?

– Todos sabemos que vives sola -se apresuró a explicar Lois-. Y nos jugamos al palito más largo quién iba a proponértelo.

Kristen los miró con recelo.

– Y perdiste tú, ¿no, Greg?

– No. Yo gané. Quiero que te vengas a casa. Por lo menos hasta que todo esto se calme.

Kristen, emocionada, logró esbozar una sonrisa.

– Creo que a tu mujer no le parecería muy bien.

– Fue ella quien tuvo la idea.

Kristen abrió los ojos como platos.

– ¿Le has contado lo de las cartas?

Greg frunció el entrecejo.

– Claro que no. Le he dicho que estabas haciendo obras en casa y que necesitabas alojarte unos días en otro sitio. -Su expresión se tornó algo tímida-. Anoche vio a Richardson por la tele, y esta mañana, durante el desayuno, me ha preguntado abiertamente si lo tuyo tenía algo que ver. Pero no le he contado nada. ¿Qué dices?

Kristen se los quedó mirando a ambos; la contemplaban con expresión de sincera preocupación, lo cual la conmovió un poco. Hacía mucho tiempo que nadie se tomaba la molestia de cuidar de ella. Bueno, en realidad no hacía tanto. Reagan lo había hecho la noche anterior.

– Digo que es un gesto muy amable.

Greg hizo un mohín.

– ¿Pero…?

– Pero no puedo permitir que me echen de mi casa. Además, el teniente Spinnelli ordenará que me instalen una cámara hoy mismo.

Greg se resignó.

– Creo que te equivocas.

Kristen les sonrió.

– Gracias. De verdad.

Lois se inclinó sobre el escritorio para darle un breve abrazo y Kristen se puso tensa. Hacía mucho tiempo que no le demostraban cariño, y aún hacía más tiempo que nadie le daba un abrazo de ningún tipo. Lois se apartó enseguida, con un ligero rubor en las mejillas, pero no se disculpó por aquel gesto espontáneo.

– Si podemos ayudarte, dínoslo, Kristen.

– Lo haré; os lo prometo. -Kristen se esforzó por que su tono sonase liviano y compensar así la negativa-. Me queda menos de una hora para revisar todos estos informes antes de marcharme al juzgado.

Lois salió meneando la cabeza. Greg se detuvo en la puerta para hacer un último comentario. Su semblante, habitualmente afable, aparecía sombrío.

– Kris, estamos realmente preocupados. No subestimes a ese tipo.

Ella lo miró a los ojos.

– No lo haré.

Luego, volvió a sentarse y se quedó mirando las carpetas que se habían sumado a su carga de trabajo. Al cabo de un momento, se espabiló y abrió la primera carpeta de la pila. Suspiró. Otro caso de violación.

Había días mejores y días peores. Todo apuntaba a que aquel iba a ser del segundo tipo.

Viernes, 20 de febrero, 11.00 horas

– Gracias por esperarme.

Abe miró a Kristen, que viajaba en el asiento del acompañante. Eran las primeras palabras que pronunciaba desde que se había subido al todoterreno con el abrigo desabrochado y las mejillas encendidas debido a una mezcla de frío y trabajo excesivo. Había bajado la escalera del juzgado tan deprisa que, teniendo en cuenta que llevaba zapatos de tacón alto, a Abe le había extrañado que no tropezase y se cayera. Durante los veinte primeros minutos de trayecto no hizo más que volverse a mirar atrás, nerviosa, hasta que se convenció de que Zoe Richardson no los seguía; aunque lo hubiese intentado, haría unos cuantos kilómetros que la habrían dejado atrás.

Ahora permanecía inmóvil, con los ojos posados en el paisaje del pequeño barrio periférico en el que vivía la primera joven víctima de Ross King.

– No te preocupes -la tranquilizó Abe-. He aprovechado para hacer unas cuantas llamadas.

Pasó medio minuto antes de que ella susurrara:

– ¿Hay novedades?

– Jack ha encontrado restos de leche en polvo en el interior de una de las cajas. Un dos por ciento.

Kristen ni siquiera pestañeó; seguía con los ojos pegados a la ventanilla.

– ¿Os extraña encontrar leche en cajas para transportar leche?

– No, pero quiere decir que las han utilizado para eso hace poco.

– Así que está en contacto con una persona o con una empresa que recibe partidas de leche.

– Sí; a no ser que las utilice para colocar encima el equipo de música.

– Podría haberlas recogido de la basura.

Abe se encogió de hombros, se sentía un poco turbado ante el poco ánimo de Kristen. Aquella mañana le había ocurrido algo, pero no tenía claro que confiara en él lo bastante como para sincerarse.

– Tal vez, pero al menos tenemos otra pieza del rompecabezas. Jack también ha encontrado trocitos de mármol en todas las cajas, lo cual no es de extrañar si tenemos en cuenta que el asesino colocó losetas de ese material en el fondo.

Aparcó el todoterreno junto al bordillo, enfrente de su primer destino.

– ¿Piensas contarme lo que ha ocurrido? -le preguntó con aspereza. Kristen se puso tensa-. ¿Alguna otra carta?

Kristen se volvió de súbito; sus ojos verdes expresaban enfado y agitación.

– No. Te lo habría dicho. No soy idiota, detective.

Él tenía ganas de acariciarla, de tranquilizarla, pero por supuesto no lo hizo.

– Entonces, ¿qué es?

Su mirada se aplacó.

– Hoy he tenido otro caso de agresión sexual. La víctima y su padre me estaban esperando en la puerta del despacho cuando he salido de la reunión para presentar peticiones.

Eso explicaba su tensión cuando lo llamó al móvil para decirle que tardaría media hora más de lo previsto. Sin embargo, él no dijo nada, aguardó a que continuara. Y ella lo hizo unos instantes después, tras relajar los hombros con gesto de agotamiento.

– La chica ha irrumpido en mi despacho; le aterrorizaba tener que declarar. Y a su padre no se le ha ocurrido nada mejor que amenazarla si no lo hacía. Ha dicho que no descansaría hasta ver a ese pedazo de escoria entre rejas.

– Su declaración no resultará muy convincente si el jurado sabe que actúa bajo coacción.

Kristen se volvió a mirar la casa al otro lado de la acera.

– No; aunque a mí me parece que dice la verdad. Por si fuera poco, no hay muchas señales físicas que lo demuestren. Me toca a mí decidir si tenemos pruebas suficientes para presentar cargos contra el hombre a quien acusa.

– Y si lo haces, tendrás que obligarla a subir al estrado. -Siguió con su mirada la de Kristen y la posó en la casa-. Como a los chicos del caso de King.

Ella exhaló un largo y profundo suspiro.

– Y como en el caso de Ramey y en todos los demás. Cada vez que una víctima de agresión sexual se presenta ante el tribunal, revive los hechos.

– Tal vez les sirva para que las heridas cicatricen, para olvidar lo ocurrido y seguir adelante con sus vidas.

Kristen se volvió y lo miró a los ojos. Su expresión, repleta de aflicción, pesar y vulnerabilidad, lo atenazó.

– No lo olvidarán nunca -dijo con un hilo de voz-. Tal vez las heridas cicatricen y ellas consigan salir adelante con sus vidas, pero nunca, nunca olvidarán lo ocurrido. -Abrió la puerta del coche y se bajó de un salto-. Vamos a terminar de una vez con esto -dijo sin volverse a mirarlo de nuevo.

Abe se quedó pasmado y no pudo hacer más que contemplarla desde su asiento mientras ella se aproximaba a la casa. Por fin reaccionó y la alcanzó.

– Kristen…

Con un ademán severo y resuelto, ella dio por terminada la conversación. De todas formas, Abe no sabía qué decir.

Kristen señaló el camino de entrada a la casa.

– Los Reston tienen compañía -observó.

Era cierto. Había coches aparcados en el camino y también junto al bordillo opuesto.

– El señor Reston fue el interlocutor. El matrimonio se mantuvo unido -explicó Kristen, y enfiló el camino de entrada a casa-. Es lo que hacen todos los padres. Imagino que las cosas siguen igual.

Ni siquiera tuvo que llamar a la puerta. Esta se abrió en el mismo momento en que llegaban al porche. Los recibió un hombre vestido con una sudadera de los Bears, unos vaqueros desgastados y calcetines. Su rostro expresaba resignación.

– Señorita Mayhew -la saludó en tono suave-. La estábamos esperando. -Abrió más la puerta y ellos entraron.

Abe paseó la mirada por la sala en la que se encontraban sentados nueve adultos más. Todos lo escrutaron con curiosidad y a continuación dedicaron una mirada hostil a Kristen.

Aquello enfureció a Abe. Respiró hondo y se esforzó por no olvidar por qué se encontraban allí. Los hijos de aquellas personas habían sido víctimas de una horrible agresión, no únicamente por parte de King sino también por culpa del sistema judicial, que no había conseguido que se hiciese justicia. Se situó detrás de Kristen y posó la mano en su hombro con suavidad. Al notar el contacto, ella se estremeció; al momento, carraspeó.

– Este es el detective Reagan. Le han asignado este caso.

No hacía falta que especificara de qué caso se trataba. Ninguno de los padres pronunció una sola palabra.

Aunque tensa, Kristen continuó:

– Ross King ha sido asesinado. Nuestra intención era ir casa por casa para informar a los familiares de sus víctimas, pero el hecho de que se encuentren todos juntos nos facilita el trabajo.

– Qué alegría facilitarle el trabajo, señorita Mayhew. -El comentario desdeñoso provino de uno de los hombres que estaban sentados en el sofá; de nuevo Abe tuvo que esforzarse para no olvidar por qué se encontraban allí.

Kristen pasó por alto el ataque.

– Es obvio que todos estaban al corriente.

Reston señaló una mesita auxiliar sobre la que había cinco sobres dispuestos en hilera.

– Todos recibimos una carta ayer por la mañana. Y luego vimos a aquella periodista en las noticias.

Kristen examinó la sala.

– ¿Dónde están los Fuller?

– Se divorciaron el año pasado -respondió Reston-. Ella regresó a Los Ángeles con el chico. A él la empresa lo trasladó a Boston. Su matrimonio no superó tantas tensiones.

Una mujer se levantó, se colocó de pie junto a Reston y le pasó la mano por la cintura como muestra de apoyo conyugal.

– Supimos que ayer fueron a ver a esas mujeres y nos imaginamos que era solo cuestión de tiempo que vinieran aquí. -Levantó una mirada retadora y la cruzó con la de Abe-. Antes éramos una familia normal, una familia feliz, detective Reagan. Hasta que apareció Ross King. Ninguno de nosotros lamenta que haya muerto.

Abe escrutó los rostros de cada uno de los familiares presentes y eligió con cuidado sus palabras.

– No dudo de su inteligencia, y por tanto no voy a comportarme como si lo hiciera. No pienso degradarme, y por tanto no voy a comportarme como si Ross King mereciera mi compasión. Sin embargo, mi trabajo consiste en investigar los crímenes al margen de mi opinión sobre la víctima. No espero que lo comprendan, pero eso no hará que lo que digo sea menos cierto.

En la sala se hizo el más absoluto silencio. Entonces una de las mujeres se echó a llorar. Su marido se puso en pie con el rostro encendido de furia e impotencia.

– Díganos, señorita Mayhew. ¿King sufrió mucho?

La mujer levantó la vista, las lágrimas le rodaban por las mejillas.

– Nos lo debe.

Kristen se volvió a mirar a Abe y, por un instante, la angustia de la madre que sollozaba se reflejó en sus propios ojos. Al momento, el sentimiento se desvaneció. Se volvió de nuevo hacia los padres que aguardaban su respuesta.

– No puedo ofrecerles detalles de una investigación en curso.

– ¡Váyase al infierno! -Otro de los padres se puso en pie-. Aquella vez le hicimos caso y fueron nuestros hijos los que pasaron por un infierno, y todo porque nos prometió que iba a meterlo entre rejas. -Se dejó caer en el asiento, hundió la barbilla en el pecho y empezó a estremecerse-. ¡Váyase al infierno! -volvió a renegar entre sollozos.

Abe la vio dudar.

– No puedo darles detalles -repitió-, pero…

El padre levantó la vista y, al mirarlo a los ojos, Abe se sintió atenazado por su suplicio.

– Pero ¿qué? -sollozó el hombre.

– Sufrió -se limitó a decir Kristen.

– Mucho -añadió Abe en tono rotundo; se preguntaba qué harían aquellas parejas a continuación. Se miraron entre ellas, sus ojos reflejaban una morbosa expresión de alivio-. Entiendo que cuando encontremos al asesino quieran enviarle una postal de agradecimiento, pero…

– Y una botella de whisky escocés de veinte años.

– Y una invitación para que pase con nosotros las vacaciones en Florida.

– Y un abono para ir a ver a los Bears.

Abe levantó la mano para apaciguarlos.

– Me lo imagino. Sin embargo, tengo que pedirles que colaboren. ¿Alguno de ustedes vio algo que pueda ayudarnos a establecer la hora de la entrega de esas notas? -Nadie abrió la boca y Abe suspiró-. Es obvio que son personas inteligentes. Saben por las noticias que King no ha sido el único asesinado. Saben que yo no puedo tolerar que nadie se tome la justicia por su mano. Si ustedes lo consienten, será como si hubiesen matado personalmente a King.

– ¿Y qué le hace suponer que no lo hemos hecho? -preguntó Reston en tono tranquilo.

– Yo no supongo nada -aclaró Abe-. Pero, tal como he dicho, me parecen personas inteligentes. Saben que todos están en mi lista de sospechosos. Y también saben que eso no va a facilitarles las cosas a sus hijos. Ya han pasado por un infierno. Creo que el único motivo por el que ustedes no mataron a King hace tres años fue que no querían que sus hijos los vieran entre rejas. -Abe observó que todos se estremecían y supo que había conseguido lo que pretendía-. Necesito saber cuándo recibieron las notas y dónde estaban la noche en que King desapareció.

– ¿Cuándo desapareció? -preguntó la señora Reston.

– Lo primero es lo primero. -Abe sacó su cuaderno-. A los Reston ya los conozco; los demás tendrán que decirme su nombre, y luego dónde encontraron la nota y cuándo la recibieron.

El señor Reston se encogió de hombros.

– Anteayer por la noche me quedé dormido en el sofá. Me desperté a las tres de la madrugada y abrí la puerta para cerrar el postigo. Entonces vi la nota colocada en el marco.

– Muy bien. -Abe lo anotó-. A ver, el siguiente.

Los demás padres declararon haber encontrado las notas cuando se despertaron; uno, a las seis; otros, a las siete. Habían respondido todos excepto el hombre que había insultado a Kristen, quien seguía sentado y cabizbajo. Abe aguardó, pero el hombre no dijo nada.

Kristen no había pronunciado palabra durante el interrogatorio. Se inclinó y posó la mano en la espalda del hombre.

– ¿A qué hora llegó a casa, señor Littleton?

El hombre levantó la cabeza y entrecerró sus ojos enrojecidos.

– ¿De qué me habla?

Su esposa suspiró con desaliento.

– Ya sabes de qué te está hablando, Les. Llegó sobre la una y media. -Miró a Abe-. Les y Nadine Littleton.

– ¿Encontró entonces la nota, señor Littleton? -preguntó Kristen.

– Sí. -Littleton apartó la mirada.

Abe sabía que había algo más.

– ¿Vio a alguien dejarla allí? -Kristen insistió con delicadeza.

Littleton vaciló un momento y luego asintió.

– Metió el sobre por la ranura del buzón.

Abe esperó, pero el hombre guardó silencio.

– ¿Y? ¿Qué aspecto tenía?

Littleton se encogió de hombros, visiblemente tenso.

– Iba vestido de negro. No era ni alto ni bajo. Eso es todo.

– ¿Llegó en coche? -Kristen volvió a posarle la mano en la espalda-. Por favor, señor Littleton.

– Tenía una furgoneta blanca. Es todo cuanto sé.

Kristen se irguió.

– ¿Puedo hablar con usted a solas un momento, señora Littleton? Puedes empezar a preguntarles dónde estaban en el momento del asesinato -susurró a Abe-. Volveremos enseguida.

En cuanto Kristen hubo conducido a la señora Littleton a la cocina, Abe se volvió hacia el grupo. Empezó por preguntar a una pareja, y ambos juraron encontrarse en casa juntos la noche en cuestión. Kristen volvió con la señora Littleton y se puso los guantes.

– La señora Littleton ya me ha informado de dónde se encontraban ellos, detective Reagan.

Abe le lanzó una mirada perpleja. A continuación, cerró el cuaderno y guardó los cinco sobres que había sobre la mesa.

– Tengo que pedirles que no hablen con la prensa.

– Y si lo hacemos, ¿qué? -preguntó Reston.

Abe suspiró.

– Están en su derecho, desde luego. Pero a Zoe Richardson solo le interesa lucrarse con el asunto. La primera vez consiguieron que no salieran a relucir los nombres de sus hijos. Espero que sigan teniendo claras las prioridades. -Los dejó con esa frase y, en silencio, se dirigió con Kristen hacia el todoterreno.

Cuando ambos se hubieron abrochado los cinturones de seguridad, puso en marcha el motor.

– Te escucho -dijo Abe.

Ella suspiró.

– El señor Littleton empezó a tener problemas con la bebida a raíz del juicio. Estuvo en prisión unos cuantos meses a causa de una pelea en un bar. La señora Littleton acudió a pedirme ayuda.

– Tuvo que costarle mucho.

Kristen arqueó una de sus cejas pelirrojas con gesto irónico.

– Ni te lo imaginas. Me puse a trabajar con el fiscal del caso para aducir un atenuante y conseguir una pena menor con libertad condicional y que así pudiera seguir un tratamiento para el alcoholismo. Supuse que ayer por la noche había estado por ahí bebiendo. La señora Littleton me dijo el nombre del bar y de la compañía de taxis con que volvió a casa. Tal vez el taxista viera algo. El señor Littleton también salió la noche de la desaparición de King. El hombre estuvo en el bar hasta que un taxi lo recogió y lo llevó a casa. -Kristen volvió la cabeza para mirar la casa de los Reston-. Me ha parecido que no era necesario airear sus problemas delante de todo el mundo.

Abe arrancó.

– Bueno, hoy nos hemos enterado de unas cuantas cosas.

Kristen seguía mirando por la ventanilla.

– Por ejemplo, ¿de qué?

– De que nuestro hombre tiene una furgoneta blanca, se oculta en la oscuridad y deja las notas entre la una y media y las tres de la madrugada. Y… -Aguardó a que lo mirara.

Al fin lo hizo, con recelo.

– ¿Y?

– Y de que tú, Kristen Mayhew, eres una gran persona.

Ella abrió los ojos como platos en un espontáneo gesto de sorpresa y se ruborizó, pero no apartó la mirada y el instante se prolongó. Abe, de pronto, se apercibió de su respiración agitada. Iba acompasada con el latido de su propio corazón. Ella tragó saliva y su voz surgió como un susurro extremadamente sensual.

– Gracias, Abe.

Él posó los ojos en los labios entreabiertos de ella, y luego más abajo, en el final de su garganta, donde el pulso se hacía evidente. Abe se dio cuenta de que el ambiente estaba indudablemente caldeado, de que ella se cubría el labio inferior con los dientes, y de que él estaba empezando a olvidarse del trabajo. Por eso se acomodó en el asiento y se concentró en la carretera.

– De nada.

Viernes, 20 de febrero, 13.00 horas

Zoe estaba furiosa. Ni siquiera la información que había sonsacado al forense le compensaba. Allí estaba, sentada junto al cámara frente al juzgado, aguardando a que la gran estrella se dejara ver.

– No puedo creer que los hayas dejado escapar.

Scott se pellizcó la nariz.

– Ya te he dicho que lo siento; me he disculpado las diez veces que me lo has repetido. Allá tú si quieres enfrentarte a un policía que no está dispuesto a que lo sigan. A partir de ahora, tú conduces. Ya me encargaré yo de enchufarle el micrófono en la epiglotis al infeliz de turno.

Zoe alzó los ojos en señal de exasperación. Por lo menos había conseguido el nombre del policía gracias a la matrícula del coche. Se trataba del detective Abe Reagan. Mediante una llamada al registro averiguó que pertenecía al Departamento de Policía de Chicago, que procedía de una familia de policías y que su esposa había muerto. Saldría muy favorecido en las imágenes. Tenía un bonito perfil y los hombros más anchos que un defensa. Mmm… Cuánto envidiaba a Mayhew por ocupar el asiento del acompañante.

– Bueno, en algún momento tendrá que salir.

Scott ya no sabía cómo ponerse; estaba harto de esperar.

– Ya tienes los nombres de las víctimas que desenterraron ayer. ¿Por qué no hablas de eso?

Tenía razón. El pequeño patinazo de un forense tras una fiesta organizada en el trabajo para celebrar las vacaciones le había proporcionado una fuente inagotable de información. Era increíble lo que un hombre podía llegar a hacer para que su esposa no supiera que tenía una aventura. Ella se había ganado la recompensa. Todavía se estremecía al pensar que las manos que la habían acariciado cortaban cadáveres en pedazos. Ahora sabía que el espía de Kristen había vengado tres crímenes y que como resultado había cinco cadáveres en el depósito, y también sabía quiénes eran las víctimas. Podría haber conseguido imágenes de las familias de los niños asesinados por los Blade, pero no quería perderse la de la cara de Mayhew cuando le soltara la pregunta del día.

– ¿Qué hacemos? -preguntó Scott-. ¿Vamos a casa de los niños asesinados o no?

– No -respondió Zoe. A continuación, se irguió en su asiento al observar que el detective Reagan aparcaba su todoterreno frente al juzgado-. Empieza el espectáculo, Scott. Vamos.

Esperó a que Kristen saliera del coche y se encontrase a media escalinata para dejarse ver. Scott le iba a la zaga con la cámara encendida. Zoe experimentó un gran placer cuando, al verla, los ojos de Kristen destellaron de ira.

– No tengo nada que decir, Richardson -le espetó de forma mecánica.

Subió un escalón más, pero Zoe la atajó con gran soltura haciendo que el ademán pareciera un gracioso paso de danza. Era una artista consumada.

– Aún no he formulado ninguna pregunta, señora fiscal.

– Pero está a punto de hacerlo.

– Claro. -Se acercó el micrófono a la boca-. ¿Es cierto que se han producido cinco asesinatos, señora Mayhew?

Kristen abrió los ojos como platos, inicialmente sorprendida. Luego los entrecerró.

– No tengo nada que decir. -Siguió caminando. Zoe la detenía a cada escalón; Scott filmó todo el espectáculo.

– ¿Es cierto que el asesino le ha enviado cartas personales y que le ha obsequiado con los restos de las víctimas?

Kristen se detuvo en seco; sus labios dibujaban una fina línea en su rostro.

– No tengo nada que decir. -Pero el gesto brusco ya lo había dicho todo. Subió la escalera deprisa y Zoe dejó que se alejara mientras se preparaba para el último ataque. Le gritó la pregunta final mientras Kristen se retiraba.

– El asesino firmó las notas que envió a las víctimas de Ramey como «Su humilde servidor». ¿Fue así como firmó también sus cartas, señora Mayhew?

Kristen se detuvo y se dio media vuelta; había recobrado la compostura por completo.

– A lo mejor es que las otras tres veces no me ha entendido. No tengo nada que decir, señorita Richardson.

– Sigue filmando -ordenó Zoe, y Scott siguió filmando a Kristen hasta que esta entró en el juzgado y la perdieron de vista.

Scott bajó la cámara.

– ¿Cómo te has enterado de que le ha enviado cartas?

Zoe sonrió con serenidad.

– Soy muy buena, Scottie. No lo olvides.

Viernes, 20 de febrero, 13.30 horas

Veía borrosas las palabras de las páginas que tenía delante. No había podido leer ni una.

«No es justo», pensó.

Kristen se mordió el labio. ¿Cuántas veces había oído aquella frase en los cinco años que habían transcurrido desde que entrara a trabajar en la fiscalía del Estado? Demasiadas y de boca de demasiadas víctimas, lo cual no les quitaba razón. ¿Cuántas veces se la había repetido a sí misma? Últimamente no muchas, tenía que admitirlo. Por lo menos en lo que respectaba a su vida privada.

En el presente, su vida privada no existía.

Pero había pasado por momentos peores. Unos cuantos, y realmente malos. Aun así, no tenía motivos para quejarse. Había conseguido que su vida privada lo fuera de verdad. «¿Por qué precisamente hoy? Maldita sea», se dijo. Apretó los dientes y se enjugó el labio con un pañuelo de papel. ¿Qué la habría impulsado a decirle semejante cosa a Reagan? «Nunca, nunca olvidarán lo ocurrido», había asegurado. «¿Me estaré volviendo loca?» Cerró los ojos y los apartó del escritorio, como si quisiese borrar de su mente la imagen de la mirada atónita de Reagan, el sonido de su voz al pronunciar su nombre. «Como si él supiera lo que significa.» Y su mirada tras la visita a casa de los Reston. La había observado con sus ojos azules y chispeantes, como el centro de una llama de gas.

Le había dicho que era una gran persona.

«Santo Dios. Si él supiera… Si supiera toda la verdad…»

Él quería ir más allá. Había visto su mirada encendida y había notado que el ambiente se caldeaba hasta ponerle la piel de gallina y causarle escalofríos.

La habían llamado muchas cosas, pero «ingenua» no era de las más frecuentes. Frígida, sí. Reina de Hielo, también. Pero ingenua, no; últimamente no. Reagan había querido besarla. Allí mismo, enfrente de la casa de los Reston.

Soltó un resoplido de tristeza y desolación. «Si él supiera… Se apartaría volando.»

Había querido besarla. Y en un instante de locura, ella había llegado a preguntarse cómo se sentiría si la acariciase, si sus labios serían firmes o mullidos, qué sentiría al rodear su ancho cuello con los brazos y aferrase a él. Con fuerza.

En ese instante de locura, también ella había querido besarlo. Tal vez por eso estaba tan alterada.

– Kristen, tienes visita.

Se volvió, sobresaltada, y vio a Lois de pie en la puerta con expresión preocupada. Kristen soltó un pequeño resoplido y miró su agenda. Le quedaban quince minutos libres.

– ¿Puedes pedirle que vuelva más tarde? -Sería mejor que la visita volviera después de la rueda de prensa. Después de que Richardson soltara el bombazo ante todos los micrófonos de Chicago. «Tendría que habérselo dicho a Reagan -pensó-. Tendría que haberlo prevenido.» Era lo mínimo que podía hacer por el hombre que la consideraba una gran persona-. Ahora estoy ocupada.

– No, no puedo esperar. -Owen apareció detrás de Lois con una gran bolsa de papel-. No has venido a la hora de comer.

Kristen se apoyó en el respaldo de la silla, aliviada. Hizo un ademán para señalar la pila de carpetas del escritorio.

– Tengo un montón de papeleo pendiente.

Owen mostró desagrado.

– El papeleo no es motivo suficiente para saltarse la comida, Kristen. Te he traído un poco de estofado de ternera. -Dejó la bolsa sobre el escritorio y arqueó sus pobladas cejas-. Y de postre, un pedazo de tarta de cereza.

Kristen le sonrió.

– No tendrías que haberte molestado.

Él le dirigió una mirada severa.

– No es ninguna molestia. He puesto un poco de estofado en un recipiente de plástico y te lo he traído. Total, estoy aquí al lado. Además, tengo que repartir más comida en este mismo edificio. -Extrajo de la bolsa un recipiente de plástico y lo depositó frente a ella-. Vi a Richardson en las noticias ayer por la noche.

Kristen suspiró.

– Ya. Yo vi el final.

Owen frunció el entrecejo.

– ¿Es verdad lo que dijo? ¿Hay un espía asesino merodeando por ahí?

Kristen retiró la tapa del recipiente. Olía muy bien.

– Owen, ya sabes que no puedo decirte nada. -Levantó la vista y lo obsequió con un intento de sonrisa que resultó de lo más inexpresiva-. Aun así, ¿puedo comerme el estofado?

El hombre no le devolvió el gesto.

– Me he pasado la mañana escuchando las noticias. No han dejado de hablar de lo que Richardson dijo anoche.

– Fantástico. ¿Y qué opina la gente?

Él frunció los labios.

– Que por fin alguien combate el crimen en esta ciudad.

Kristen puso mala cara.

– Para eso tanto trabajo… -Señaló la pila de informes-. Más me valdrá acordarme de eso cuando se me echen encima las diez de la noche y siga aún aquí.

– Las cosas pueden ponerse feas, Kristen. -Owen se abrochó el abrigo-. Vincent y yo estamos preocupados. Queremos que te andes con cuidado.

«Pues esperad a que Zoe airee la última información -pensó Kristen-. Entonces sí que van a ponerse feas.»

– Ya lo hago, Owen. Gracias por la comida.

Viernes, 20 de febrero, 13,50 horas

Abe depositó una bolsa sobre el escritorio.

– ¿Tienes hambre?

Mia levantó la cabeza y aspiró profundamente.

– Depende. ¿Qué es?

– Gyros y hamburguesas. -Echó un vistazo dentro de la bolsa-. Y baklava.

Mia se relamió.

– Retiro todo lo malo que haya dicho sobre ti.

Abe se rio.

– No me lo creo.

Mia se decidió por una hamburguesa.

– ¿Te ha contado algo interesante el taxista?

– Dice que vio una furgoneta blanca con una flor grande estampada en un lateral justo después de dejar a Littleton en su casa ayer por la mañana temprano.

Mia abrió los ojos como platos.

– ¿Una furgoneta de reparto de una floristería? ¿Cuál?

– Dice que solo vio escrito «flores» -explicó Abe muy serio mientras desenvolvía un gyro. Aspiró con fruición. Hasta aquel momento no se había percatado de lo hambriento que estaba.

– Bueno, eso nos facilita un poco las cosas.

– En Chicago hay cuatrocientas sesenta floristerías. Lo he comprobado.

– ¿Ha encontrado Jack algo que tenga que ver con las flores entre todo lo que había en el coche de Kristen?

– No, y eso le extraña. Jack cree que, si el asesino hubiese utilizado la furgoneta de una floristería para trasladar los cadáveres o las cajas de embalaje, como mínimo habríamos encontrado algún resto en las prendas. Polen o algo así. -Señaló los faxes en los que aparecían los establecimientos de Chicago que utilizaban la técnica del chorro de arena-. ¿Qué tal va con esto?

Mia apartó los papeles de mal talante.

– Si supiese qué coño estoy buscando sería un poco más fácil. Hay cientos de nombres. Le he pedido a Todd Murphy que me ayude a compararlos con los de la lista de personas con antecedentes, pero no sé por qué intuyo que nuestro hombre no ha estado metido nunca en ningún embrollo.

Abe se decantaba por lo mismo.

– Bueno, veamos si alguna de esas personas trabaja en una floristería que se llame Flores. Pásame unas cuantas hojas.

Mia le entregó un montón. El rostro se le crispó al oír un grito procedente del despacho de Spinnelli.

– No está muy contento.

Abe echó un vistazo; Spinnelli andaba de un lado a otro con el teléfono pegado a la oreja y no paraba de gesticular.

– ¿Qué ocurre? ¿Le asusta la rueda de prensa?

Estaba prevista a las tres.

– Qué va. Está tratando de explicarle al comisario cómo se hizo Richardson con la primicia. -Ladeó la cabeza y frunció el entrecejo cuando él se la quedó mirando-. Vaya, creía que lo sabías.

Abe notó un pinchazo agudo en la nuca; era un claro síntoma de estrés.

– ¿Qué tenía que saber?

– Richardson ha descubierto que Kristen recibió cartas y que tenemos cinco cadáveres en el depósito, y también sabe quiénes son las víctimas. Parece que Richardson la ha abordado cuando entraba en el juzgado. Kristen ha llamado a Spinnelli de inmediato. Pensaba que también te lo habría dicho a ti.

El hambre se le pasó de golpe.

– No, no me lo ha dicho.

Había tenido tiempo de sobra. Las horas que habían transcurrido después de salir de casa de los Reston habían resultado muy embarazosas, por no decir algo peor. Ella se había encerrado en sí misma y no había dicho nada hasta que llegaron a casa de la primera víctima del tiroteo de la banda. Luego solo habían hablado de trabajo. Y no había vuelto a llamarlo «Abe» ni una sola vez. Habían hablado con los familiares de los muertos y habían tenido que soportar más odio y más acusaciones; luego habían recogido dos cartas más de su humilde servidor y la había llevado en coche hasta el juzgado sin pronunciar palabra; en un silencio denso y violento.

No le había contado lo de Richardson. No se fiaba de él. Aquello le dolió. Sin embargo, cuando estaban sentados enfrente de la casa de los Reston, se había percatado de que sentía interés por él. Se sentía atraída por él. Había estado a punto de besarla, allí mismo, delante de la casa de los Reston, lo que habría resultado completamente inapropiado. Habría demostrado muy poca profesionalidad. Pero seguro que habría sido maravilloso.

Sin embargo, ella se había apartado. Estaba asustada, lo notaba. «Yo también estoy asustado», pensó. Pero el miedo de Kristen era más profundo, y a él le asustaba averiguar qué lo provocaba; creía saberlo y, si estaba en lo cierto, le haría falta hurgar con pico y pala para llegar hasta él.

«Debo de estar loco para plantearme hurgar en el interior de Kristen Mayhew -pensó-. ¿Por qué lo hago?» Ella tenía valor y coraje. Y también unos bonitos ojos verdes, unas curvas sensuales, una mente despierta y una elegancia discreta. Y una risa que lo dejaba sin respiración.

Tal vez fuera solo porque se trataba de una buena persona. Kristen Mayhew le gustaba porque era una mujer guapa y una buena persona.

«Y un cuerno», se dijo. Lo que sentía era bastante más complejo.

Mia se terminó la hamburguesa en silencio, pensativa. Se limpió los labios con una servilleta y la dobló formando un cuadrado.

– Hace mucho tiempo que trabajo con Kristen. La conozco tanto como el que más -dijo al fin. Abe levantó la cabeza y en los ojos azules de Mia leyó que lo había comprendido todo. Notó que le ardían las mejillas-. Aunque en realidad nadie la conoce muy bien -prosiguió ella-. Siempre ha sido muy solitaria. -Mia frunció el entrecejo-. Sus compañeros la llaman la Reina de Hielo, lo cual me parece totalmente injusto.

Abe recordó su mirada angustiada cuando aquella madre había perdido el control en casa de los Reston, recordó que Kristen no había pronunciado una sola palabra en defensa propia cuando los padres le habían proferido crueles acusaciones. Y también la forma en que había asegurado que las víctimas no olvidarían nunca lo ocurrido, justo antes de entrar. Nadie que hubiese presenciado aquello sería capaz de considerarla fría.

– Sí, es muy injusto. -Hablaba con mucha más calma de la que experimentaba. Kristen Mayhew había despertado en su interior un sentimiento que llevaba años sin emerger, un profundo deseo de protegerla, de atajar a cualquiera que se propusiera herirla.

«El asesino siente lo mismo. -El apercibimiento fue repentino y rotundo-. Por eso la ha elegido como destinataria y por eso la espía en su propia casa.»

– El asesino la conoce -dijo.

Mia lo miró perpleja.

– Eso ya lo sabemos.

– Me refiero a que la conoce bien. La ha observado interactuar con la gente, con las víctimas. -De ahí venía la compasión, la angustia-. Y no la odia.

– ¿Qué quieres decir?

Abe se inclinó hacia delante con vehemencia.

– Durante estos dos últimos días, la he visto hablar con las víctimas y con sus familias. Cuando menos, la gente se ha mostrado distante; en algunos casos, incluso hostil.

– Como Stan Dorsey.

– Sí. Ninguna de esas personas parece tenerle simpatía y, por descontado, ninguna la admira. Ni siquiera Les Littleton. Kristen se ha desvivido por ayudarla y ella, aun así, la ha humillado escudándose en su patético sufrimiento.

A Mia se le iluminó la mirada.

– Cree que no hizo bien su trabajo; de lo contrario no habría perdido el caso.

– Él perdió -dijo Abe-, lo de menos es si Kristen lo representó o no. Recuerda lo que dijo Westphalen. Y mi instinto me dice que el asesino tiene una estrecha relación con Kristen, no es alguien que la conoce solo de verla por televisión. La conoce personalmente, estoy seguro. Me pregunto si habrá alguna víctima que haya perdido el caso y que no culpe a Kristen por ello.

Mia ladeó la cabeza, pensativa.

– Nos entregó la lista de todos los casos que ha perdido. Tal vez en su base de datos anote si el cliente ha quedado o no satisfecho.

Abe descolgó el teléfono.

– Solo hay una forma de saberlo.

Viernes, 20 de febrero, 14.00 horas

El hombre que había construido la casa que ahora ocupaba él tocaba la trompeta. Su esposa no apreciaba gran cosa las dotes musicales de su marido y había insistido en que abandonara la práctica del instrumento o insonorizara el sótano.

Al bajar, cerró la puerta tras de sí.

Por suerte, a aquel hombre le gustaba mucho tocar la trompeta. Sin el aislamiento acústico, seguro que algún vecino lo habría denunciado.

Ahora ya no había ruidos. Skinner estaba muerto. La rigidez había aparecido y desaparecido y el cadáver había quedado flácido. Se acercó a él y pensó que era una pena que un hombre no pudiera morir dos veces; tratándose de Skinner, incluso cien. Aquel hijo de puta se había convertido en un experto defensor de la escoria que vivía a costa de gente inocente. La casa de ocho habitaciones que Skinner tenía en la costa norte, sus coches de lujo, las escuelas privadas a las que llevaba a sus hijos… todo lo había comprado con dinero manchado de sangre, a costa del sufrimiento de gente inocente y la vil absolución de los culpables.

Sacó la pistola del cajón, a pesar de ser consciente de que nadie podía morir dos veces y de que tendría que contentarse con el simbolismo de aquel gesto. Sin aspavientos, centró el cañón del arma en la frente de Skinner.

En cuanto ultimara algunos detalles, estaría listo para volver a meter la mano en la pecera de Leah. Se enfundó los guantes y se dispuso a despojar al señor Skinner de su traje de Armani. A fin de cuentas, el hombre iba a experimentar un calor insoportable en su último destino.

Capítulo 10

Viernes, 20 de febrero, 14.15 horas

Kristen observó junto a Jack cómo Julia descosía el torso de Ross King. La reunión había terminado, así que había decidido bajar y asistir a la autopsia. Si aquello no le quitaba las preocupaciones de la cabeza, nada podría hacerlo. De camino se había encontrado a Jack. Su expresión era sombría; no había hallado nada nuevo en las prendas ni en las cajas de embalaje, ni tampoco en la tierra extraída de las tumbas. Estaba allí para tratar de descubrir algo que orientara sus análisis y le proporcionara resultados.

«Y porque siente algo por Julia -pensó Kristen-. Es una pena que todo el mundo se dé cuenta excepto ella.»

– Quienquiera que hiciera esto sabía muy bien lo que se traía entre manos -opinó Julia-. Las puntadas son pulcras y regulares, la cicatriz está perfectamente situada y no se aprecia ningún desgarro. -Levantó la cabeza y miró a Kristen; las gafas que llevaba distorsionaban la imagen de sus ojos-. O es médico o se le da muy bien el patchwork.

– O es cazador -añadió Jack desde su posición, a la derecha de Kristen. Cuando Kristen y Julia lo miraron sorprendidas se encogió de hombros-. Solía ir a cazar con mi tío; sobre todo matábamos ciervos y patos, y luego él los cosía y los dejaba como nuevos, mejor que un cirujano.

– Eso explicaría la pulcritud de la incisión -advirtió Julia, y volvió a bajar la vista al cadáver.

Kristen se acercó y observó las manos enguantadas de Julia.

– ¿Qué quieres decir?

Julia levantó la piel de uno de los bordes de la herida de King.

– Ni rastro de vacilación.

– No se aprecian muescas -dijo Jack, y Julia asintió.

– Exacto. Y la hendidura tiene la profundidad necesaria, ni más ni menos.

Julia tiró de los dos bordes del corte y dejó al descubierto la anatomía interna.

– No ha dañado ningún órgano… Por lo menos, no con el cuchillo. Por aquí es por donde entró la bala. Quienquiera que haya hecho esto sabe cortar muy bien. No se me había ocurrido que podría tratarse de un cazador, pero a lo mejor tienes razón.

– Es una posibilidad.

La voz grave, a su espalda, hizo saltar la alarma en su cabeza; casi no le dio tiempo de serenarse antes de volverse y ver a Reagan en la puerta. Llenaba todo el vano, Mia apenas asomaba tras él. En la conciencia de ambos planeaba el recuerdo aún candente de lo ocurrido por la mañana. Kristen apartó la mirada.

– Hola, Reagan -lo saludó Julia-. ¿Traes comida de tu madre? -preguntó esperanzada.

Reagan penetró en la sala y el espacio pareció reducirse.

– Quizá la próxima vez. Así que nuestro hombre es un tirador de primera que le da bien a la aguja. ¿Ha revelado algo más la autopsia?

– De momento no. -Resuelta, Julia volvió a concentrarse en el cadáver.

– ¿Qué habéis averiguado sobre la furgoneta blanca? -preguntó Kristen.

Reagan se volvió. Sus ojos expresaban reproche y por un momento no dijo nada. Ella sabía que estaba al corriente de la llamada que había hecho a Spinnelli y que lo había ofendido al no avisarlo a él primero. Era posible que incluso se sintiera herido.

Sin embargo, no había sido capaz de llamarlo. Las heridas en las que ella misma había hurgado aquella mañana todavía le dolían, tenía presente el sentimiento de humillación. Él creía saber lo que ocurría, pero no era así. Y, aunque lo supiera, no podría comprenderlo.

– Es de una floristería -dijo al fin-. Spinnelli ha enviado a unos cuantos hombres a sondear la zona del Jardín Botánico en la que encontramos a King para ver si alguien ha visto por allí alguna furgoneta de esas características. Espero que no haya pasado tanto tiempo como para que la gente se haya olvidado.

Uno de los ayudantes de Julia entró llevando una carpeta con sujetapapeles.

– Bueno, esto no se ve todos los días -dijo Julia-. Dos de los Blade tienen los tejidos dañados. A juzgar por estas diapositivas, fueron congelados por completo.

Mia chasqueó la lengua.

– Presentarían quemaduras. A menos que utilizara film transparente.

Reagan le dedicó una mirada divertida antes de volverse hacia Julia.

– Tiene razón.

Mia asintió.

– En la foto, los tres Blade aparecen juntos, pero los vieron por última vez a horas distintas. Todos nos preguntábamos qué hizo nuestro humilde servidor con los cadáveres de las primeras víctimas. Los tres habían cometido el crimen y él quería que aparecieran juntos en la foto.

Reagan se cruzó de brazos.

– Por tanto, es probable que lleve a sus víctimas a algún lugar donde no hay peligro de que los detecten. Si no los hubiera congelado, los dos primeros cadáveres habrían empezado a apestar antes de que se hubiera cargado al tercero.

Mia torció el gesto.

– Es un perfeccionista.

– Eso cuadra con la hipótesis del cazador -observó Jack-. Los cazadores, sobre todo los que se dedican a la caza mayor, suelen tener un congelador grande para los animales.

Reagan asintió lentamente.

– Habéis dado con algo importante -concluyó, y se volvió hacia Mia-. Después de la rueda de prensa iremos al campo de tiro. Seguro que en las instalaciones hay un club de caza. Y, si no, por lo menos sabrán dónde está.

– Preguntad quién se dedica a la caza menor -les aconsejó Jack-. Los animales grandes no se cosen después de disecarlos, pero los pájaros sí. Tengo que marcharme. Adiós, Julia.

Julia levantó la vista del cadáver de King y esbozó una sonrisa ausente.

– Adiós.

Mia meneó la cabeza después de que Jack se marchara agitando la mano.

– Qué idiota -masculló.

Kristen no sabía si se refería a Jack o a Julia, pero no estaba de humor para averiguarlo. Lo único que deseaba era escapar de los ojos de Reagan, que parecían controlar todos sus movimientos. Se puso el abrigo y se disponía a salir cuando Mia alzó la mano para detenerla.

– Espera. De hecho hemos venido para preguntarte por tu base de datos, esa en la que registras todos los casos. ¿Anotas en algún sitio si la víctima queda satisfecha con la resolución del caso? -preguntó.

– Bueno, más bien si queda satisfecha con tu trabajo -añadió Reagan-. Buscamos a alguien que no te culpe por haber perdido su caso.

Kristen tragó saliva; su voz le hacía estremecerse. Se encontraba muy cerca, demasiado cerca, pero no había sitio para apartarse. Así que, en lugar de eso, exhaló un hondo suspiro para tranquilizarse y, sin quererlo, aspiró su fragancia. Olía a jabón y… a gyros. Había comido gyros.

– De una forma u otra, todos me culpabilizan. Pero revisaré la lista y trataré de recordar lo que pueda. -Miró el reloj y notó las punzadas de dolor en la nuca debidas a la tensión; esta vez lo que le preocupaba era que Zoe Richardson se había propuesto convertir la rueda de prensa de Spinnelli en un circo de tres pistas.

– La función está a punto de empezar, chicos.

Viernes, 20 de febrero, 15.00 horas

«Esto es mejor que el sexo.» A Zoe la idea se le antojó muy divertida, casi tanto como cierta, pero no sonrió. Las cámaras estaban a punto y en la tarima había micrófonos y dos sillas. Se abrió una puerta a su izquierda y dos hombres se dirigieron al podio. Uno de ellos era John Alden, el jefe de Kristen Mayhew; el otro, el teniente Marc Spinnelli.

Mientras Alden y Spinnelli se acomodaban en sus respectivas sillas, Mayhew apareció escoltada por Mitchell y Reagan. Zoe se enfadó un poco al ver a Reagan; el hombre estaba como un tren, y por la mañana se les había escapado. Escoltada por su guardia de honor, Mayhew se situó en un lado de la sala. En su expresión no se observaban signos del último altercado, hasta que divisó a Zoe sentada en primera fila. Mayhew ahogó rápidamente la reacción, pero a Zoe no le pasó inadvertido el centelleo de sus ojos verdes.

Spinnelli se acercó al micrófono y el rumor de fondo cesó.

– Habrán oído que estamos investigando una serie de crímenes encadenados -anunció Spinnelli sin preámbulos, y Zoe, más que verlo, notó que todo el mundo se volvía a mirarla.

«Gracias, gracias», pensó.

– Ayer encontramos cinco cadáveres. Los cinco corresponden a casos de homicidio. Como ya saben, los asesinados se habían enfrentado a la justicia durante los últimos tres años; todos fueron absueltos, bien por considerarlos inocentes, bien mediante algún alegato. La investigación la dirigen los detectives Mia Mitchell y Abe Reagan, de mi departamento, y cuentan con la colaboración de la fiscalía del Estado. De momento no vamos a hacer declaraciones sobre la investigación; lo único que podemos decir es que estamos haciendo todo lo posible por que el asunto se resuelva con la máxima urgencia.

Hubo una pausa y los flashes de las cámaras se sucedieron.

Junto a Zoe, un periodista de otro canal se puso en pie.

– ¿Qué pueden decirnos acerca de las cartas que recibieron las víctimas de los cinco asesinados?

– Tampoco vamos a hacer declaraciones sobre eso.

Zoe hizo caso omiso del murmullo de sus colegas y se levantó.

– Teniente, ¿puede decirnos algo de las cartas dirigidas a la fiscal Mayhew en las que el asesino explica que le dedica a ella los crímenes y se confiesa su humilde servidor?

Lo de que los crímenes iban dedicados a Mayhew se lo había inventado, pero enseguida se percató de que había dado en el blanco.

El murmullo se convirtió en agitación y, desde el lugar privilegiado que ocupaba en la primera fila, Zoe observó que Spinnelli tensaba la mandíbula; estaba furioso, si no sorprendido. El hecho de asaltar a Mayhew por la mañana había sido necesario para dejar claro quién llevaba la voz cantante, pero por desgracia también le proporcionaba a Spinnelli la oportunidad de prepararse. Aun así, el disparo había sido certero. Se dispuso a disfrutar de la emoción que había suscitado la primicia.

– No vamos a hacer ninguna declaración -repitió Spinnelli sin alterarse; no obstante, el daño ya estaba hecho.

Zoe miró a Mayhew de reojo; permanecía de pie, muy erguida, con el semblante perfectamente sereno mientras los flashes lo iluminaban. Por ella, podía irse a la mierda. Sin embargo, tenía que reconocer que sabía mantener el control cuando era necesario. Probablemente por eso era el brazo derecho de Alden. Sabía muy bien cómo comportarse en público.

– Pero la fiscal Mayhew llevó la acusación de todos los asesinados y perdió los casos -lo presionó Zoe-. ¿Podría dirigir unas palabras a todas las personas que están en libertad porque Mayhew no fue capaz de hacer que los condenaran?

Tras ella, un hombre exclamó:

– ¡Agachaos!

Los periodistas respondieron con risas ahogadas, aunque era obvio que ni a Alden ni a Spinnelli les había hecho gracia.

Spinnelli señaló a un periodista de la WGN.

– Pasemos a la siguiente pregunta.

Zoe se sentó, satisfecha. A veces, el hecho de desatender descaradamente una pregunta decía más que la respuesta.

– ¿Buscan a un asesino o a una banda? -preguntó el hombre de la WGN.

– Sin comentarios -declaró Spinnelli-. Siguiente.

– Solo ha asignado este caso a dos detectives, mientras que en otras investigaciones de asesinos en serie han trabajado equipos de cuatro personas o más. -La observación procedía de un reportero del Tribune y despertó más rumores-. ¿Debemos entender que considera menos importantes estos homicidios por tratarse las víctimas de criminales?

Spinnelli tensó más la mandíbula y Zoe observó que le palpitaba un músculo de la mejilla. El del Tribune había asestado un buen golpe. «Este punto de vista es interesante -pensó-. Este caso presenta un conflicto de intereses. ¿Cuántos policías quieren de verdad atrapar al asesino?»

Los acusados que habían ganado frente a Mayhew debían de estar asustadísimos. Pensó en el más reciente. Angelo Conti seguro que tenía algo que decir al respecto, sobre todo si lo abordaba a la salida de algún bar. No era propiamente una noticia, pero suscitaría interés. Y a veces el interés de la gente creaba las buenas noticias. Era una gran oportunidad.

Entre comentarios y flashes, Spinnelli respondió:

– Hemos asignado el caso a los detectives Reagan y Mitchell. Ambos son profesionales cualificados y tienen experiencia. Cuentan con todo el apoyo y los recursos del Departamento de Policía de Chicago. El caso está asignado correctamente.

John Alden se puso en pie. Spinnelli se hizo a un lado para cederle la palabra.

– El teniente Spinnelli y yo estamos completamente de acuerdo en el personal que se ha asignado a la investigación y en el plan a seguir. No tenemos nada más que decir por el momento.

Los dos hombres bajaron juntos del podio y Zoe se vio obligada a admitir que estaban buenísimos; eran unos magníficos especímenes del género masculino. Spinnelli llevaba el uniforme de gala; Alden, un traje elegante. Pero no era momento de tontear.

Debía tener lista la noticia antes de las seis. Esperaba que Angelo Conti estuviese borracho.

Viernes, 20 de febrero, 16.15 horas

El chico que había detrás del mostrador de cristal era más robusto que un tanque Sherman, lo cual era muy apropiado puesto que debajo del cristal se exhibía una colección formidable de armas de fuego.

– Ese tipo tiene un arsenal casi tan grande como el del idiota de Dorsey -murmuró Mia.

Abe ahogó una risita. Tenía razón. Por desgracia, tanto el idiota de Dorsey como su esposa disponían de unas coartadas solidísimas para las noches en que King y Ramey habían desaparecido y también para las tempranas horas de la mañana del jueves en las que creían que su humilde servidor había entregado las notas.

El tanque de detrás del mostrador los miró con recelo.

– ¿En qué puedo ayudarles?

Abe le mostró la placa y Mia hizo lo propio.

– Soy el detective Reagan, y esta es la detective Mitchell.

Los ojos del chico emitieron un destello y su boca se torció en un mohín de desprecio.

– Tenía que ocurrir tarde o temprano -dijo con rencor.

– ¿Por qué dice eso? -preguntó Mia.

– En cuanto un tío se carga a unos cuantos, la policía empieza a meterse con todos los que tienen permiso de armas. -Sacudió la cabeza en señal de desaprobación.

– En realidad, hemos venido a pedirle ayuda -explicó Abe, y el chico soltó un resoplido burlón.

– Muy bien. ¿Qué quieren?

Abe apoyó la cadera en el mostrador y se encogió de hombros.

– Es obvio que sabe por qué estamos aquí. Buscamos al tío que se ha cargado a unos cuantos y está a punto de cargarse a unos cuantos más. Hemos elegido su establecimiento porque patrocina una competición de tiro. Esperamos que colabore y nos proporcione la lista de los participantes sin necesidad de que tengamos que volver con una orden.

El tanque se creció.

– Vuelvan con una orden.

Abe suspiró.

– Confiaba en que sería más razonable.

– No se preocupe. Dale la lista a este señor, Ernie. -Una anciana menuda emergió de la trastienda. Llevaba el brazo en cabestrillo-. Soy Diana Givens, la propietaria de la tienda. El chico es Ernie, mi sobrino. Me ayuda con el negocio mientras yo estoy de baja. -Extendió la mano sana y Abe se la estrechó-. He visto la rueda de prensa, detective. Sé quiénes son y por qué están aquí. -Se volvió hacia Ernie-. Saca la carpeta del armario del despacho y tráela ahora mismo. -Chasqueó los dedos y el chico la obedeció, aunque de mala gana y refunfuñando-. Ese condenado se cree el próximo presidente de la Asociación Nacional del Rifle -repuso Givens-. En este establecimiento no hay gato encerrado, detectives. Cumplo la normativa de venta de armas y controlo a los compradores tal como dicta el sistema. Obedezco la ley, aunque no creo que sirva para combatir el crimen. Colaboraré con ustedes en todo lo que pueda.

– Entonces tal vez pueda decirnos algo más -añadió Mia mientras observaba la vitrina de la pared-. Esa colección es magnífica. Mi padre es coleccionista. Tiene un LeMat en perfecto estado.

Diana Givens se relajó visiblemente y la codicia se reflejó en sus ojos.

– ¿En perfecto estado?

– Sí.

– Pues si quiere venderlo, yo estoy interesada.

Mia se volvió para disimular una sonrisa.

– Algún día lo heredaré yo. De entrada, no tengo intención de desprenderme de él, pero muchas gracias. Buscamos a un cazador.

La mujer hizo una mueca de suficiencia.

– Eso facilita las cosas, cariño.

Mia sonrió.

– Lo sé. Es probable que se dedique tanto a la caza mayor como a la menor. ¿Tiene algún listado de las municiones que vende a cada cliente? Nos interesa saber quién compra de los dos tipos.

– ¿Usted caza? -le preguntó Diana Givens.

Mia la miró con expresión divertida.

– Lo he hecho. No muchas veces, pero sé abrirme camino en el bosque. Una vez mi padre y yo derribamos a un ciervo de tres puntas. Mi madre se pasó un mes entero cocinando carne de venado.

– ¿Por qué no has dicho nada en el depósito de cadáveres, cuando Jack le ha comentado a Julia lo del cazador? -preguntó Abe.

Mia hizo una mueca.

– Porque quería dejar que Jack tuviera su momento de gloria delante de Julia. Ella apenas parece percatarse de su existencia, y él lleva un año entero deshaciéndose en atenciones. -Mia se apoyó en el mostrador y miró a la diminuta señora Givens a los ojos-. ¿Podemos echar un vistazo al listado, señora Givens?

Givens vaciló un momento y acabó por asentir.

– ¿Sabe? Odio tener que decirle que sí. Ese tipo se ha cargado a unos cuantos cabrones. No me apetece nada que le paren los pies.

– Pero tenemos que hacerlo -dijo Abe en tono quedo, y Givens exhaló un profundo suspiro.

– Lo sé, pero no voy a ponerme a dar saltos de alegría. Los listados están en la trastienda.

Viernes, 20 de febrero, 16.30 horas

– Myers y su padre están aquí, Kristen.

Kristen levantó la cabeza del documento que tenía entre manos. Notaba en los ojos que se avecinaba una tremenda jaqueca. Lois miraba hacia la sala de espera con mala cara.

Myers era la víctima del nuevo caso de agresión sexual, la chica cuyo padre insistía en que declarara. Lo único que le faltaba para completar el día era que volviera a montarle un número en el despacho.

– No creo que estén dispuestos a volver más tarde.

Lois resopló disgustada.

– No, no lo creo. Kristen, ese padre me asusta. Es muy nervioso. ¿Quieres que llame a seguridad?

– Sí. Avísalos para que estén preparados. Dile a Myers que los atenderé en cinco minutos, antes quiero terminar esto.

Quería acabar por lo menos una cosa. El teléfono no había parado de sonar desde la rueda de prensa; todos y cada uno de los periodistas que había en la ciudad tenían preguntas que hacerle.

– Muy bien, Kristen. Ah, se me olvidaba. -Lois depositó en su escritorio un montón de papeles sujetos con una gran pinza negra-. Han llegado e-mails de todas partes. Algunos solicitan información; la mayoría son muestras de apoyo al asesino. -Suspiró-. No te vayas sola esta noche. Llama a seguridad para que te acompañen hasta el coche. Yo me marcharé temprano, me duele la cabeza.

«Bienvenida al club», pensó Kristen mientras contemplaba la pila de papeles. No había ni un solo medio de información que no hubiera tratado el tema desde la rueda de prensa de aquella tarde. En la CNN hablaban de ello cada media hora; incluso en la página principal de Yahoo! aparecía una foto de Spinnelli y Alden en el podio. Se frotó las sienes con hastío.

Atendería a Myers y luego se marcharía a casa. Después de todo, ¿a quién le hacía falta una fiscal agotada teniendo a un humilde servidor? Se dijo con sarcasmo que tal vez debería dejarle que se ocupara de todos los casos que ella perdiera. Así trabajaría menos horas.

Caramba, incluso podría marcharse de vacaciones.

Sus labios dibujaron una sonrisa al imaginarse a sí misma en una playa soleada, con traje de baño, gafas de sol y un libro por empezar en el regazo. Como si alguna vez hubiera disfrutado de unas vacaciones. Alden siempre insistía en que se tomara unos días libres, pero las pocas veces que se lo había pedido, él siempre encontraba alguna excusa que la retenía en la oficina. Y lo había sustituido unas cuantas veces cuando él estaba fuera. El resentimiento hizo que el dolor de cabeza se agudizara, así que respiró hondo y relajó la mente imaginándose el romper de las olas y el chillido de las gaviotas. Era lo que recomendaban los terapeutas. Lo sabía porque lo había oído unos meses atrás en un programa nocturno de televisión mientras pulía el parquet.

«Encuentra tu lugar ideal y todas tus preocupaciones desaparecerán como por arte de magia.»

Se recostó en la silla y cerró los ojos. Al cabo de un momento, los abrió en su imaginación y apoyó la cabeza en la hamaca que tenía al lado.

En ella yacía Reagan, con el cuerpo bronceado, bien musculado y… perfecto. Al notar su mirada, clavó en ella sus profundos ojos azules y en su rostro se dibujó una blanca y radiante sonrisa. Y cubrió la mano con la suya.

Kristen se incorporó de golpe y un tirón le recorrió de nuevo la nuca. Mierda. No le bastaba con no dejarla a sol ni a sombra, con revisar sus armarios, invitarla a cenar y fastidiarle la interesante asistencia a una autopsia. Además tenía que penetrar en su mente. Se frotó la mano con fuerza para borrar la sensación que le había producido la caricia imaginaria. Maldijo el latido acelerado de su corazón y apartó de sí los sentimientos que, tendría que estar loca, para considerar algo más que un anhelo vano.

No servía de nada anhelar las cosas que nunca poseería. Si permitía que Reagan se le acercara, él saldría corriendo. Vaya si lo haría.

Pero tenía un aspecto estupendo tendido al sol en la playa.

Su propia idiotez la sacaba de sus casillas. «Enfréntate a la realidad, Kristen. Nunca tendrás pareja. Y tampoco irás de vacaciones a la playa.»

Descolgó el teléfono con determinación.

– Lois, haz pasar a Myers.

Viernes, 20 de febrero, 16.30 horas

El gorro con orejeras le ocultaba el rostro. Como hacía mucho frío, a nadie le llamaría la atención. De todas formas, si era capaz de esquivar a la policía y seguir con su trabajo hasta la primavera, tendría que ingeniarse algún otro modo de pasar inadvertido.

El pensamiento le arrancó una sonrisa, tal como le había sucedido al observar la caja marrón situada con total discreción en el porche de la casa de Kristen. El recadero había hecho muy bien su trabajo. Suponía que las cámaras de vigilancia captarían bien su rostro. El hecho de seguirle la pista mantendría ocupados a Reagan y a Mitchell durante un día o dos; sin embargo, cuando consiguieran interrogarlo, solo sería capaz de describir cuatro rasgos básicos. Cualquier retrato robot que la policía obtuviera correspondería como mínimo al diez por ciento de los hombres de Chicago.

Los informativos lo retransmitirían y el chico quedaría vinculado al asesino en serie que lo había contratado. Había elegido a la persona con esmero. Si el hecho de estar relacionado con el espía asesino, tal como lo llamaban en los informativos, tenía alguna repercusión negativa, el chico en cuestión tenía que ser merecedor de ella. Si no le acarreaba consecuencias, mejor para él. Pero si se metía en líos, le estaría bien empleado.

Sin aminorar la marcha, siguió avanzando por la calle en la que vivía Kristen; se detuvo obedientemente ante un stop y puso el intermitente. No iba a cometer ninguna infracción que llamara la atención sobre su furgoneta blanca, que aquel día lucía el logotipo de una empresa de instalaciones eléctricas. Le pareció que el rostro alegre del emblema publicitario le proporcionaba un toque original.

A Leah le habría parecido divertido.

Viernes, 20 de febrero, 18.50 horas

Spinnelli recostó la cabeza en el asiento; el agobio se reflejaba en su semblante. Ninguno de ellos había tenido un buen día, pero a Spinnelli le había tocado aparecer en público.

– Así que ya tenéis unos cuantos nombres de tiradores, de cazadores de reses y de aves, de floristas y de marmolistas. -Se pasó las manos por el rostro-. Parece la letra de una cancioncilla infantil.

Con un sentimiento de total frustración, Abe se quedó mirando las listas que cubrían la mesa de la sala de conferencias. Había muchísimos cazadores en Chicago, y eso que solo habían indagado en unas cuantas tiendas de municiones.

– Nos llevará varios días investigar todo esto, aun contando con más personal. ¿Crees que el departamento de informática nos echaría una mano? Podrían registrar los nombres y buscar información relacionada.

Mia se dirigió a Spinnelli.

– Me ha parecido oír que teníamos los recursos del departamento a nuestra disposición.

Spinnelli se encogió de hombros.

– Lo preguntaré. Tantos ordenadores nuevos deberían servir para algo.

Abe apartó la silla de la mesa y se puso en pie para acercarse a la pizarra. Allí continuó anotando datos, aún inconexos.

– Hemos interrogado a todas las víctimas originales para saber dónde se encontraban las noches en que desaparecieron las nuevas víctimas. Los únicos cuyas coartadas son discutibles son Sylvia Whitman y Paulo Siempres, el padrastro de uno de los chicos asesinados.

– ¿Crees que podrían estar implicados?

Abe negó con la cabeza.

– Siempres no. No habría tenido fuerza suficiente para estrangular a Ramey. Tiene el brazo derecho atrofiado por la polio.

– ¿Y la señora Whitman?

– Qué va. -Mia cruzó los pies apoyados en el borde de la mesa-. Es una bocazas, pero no la creo capaz de algo así. Podría haber contratado a alguien para que se cargara a Ramey, pero entonces no sé de dónde sacó el dinero. Hemos comprobado los movimientos bancarios de todos. Nadie ha gastado la cifra que haría falta para pagar a un sicario.

– Es más -intervino Abe-, sabemos que el autor conocía los nombres de las seis víctimas de King porque los esculpió en la lápida, y no hay razón para pensar que Whitman o Siempres tuvieran acceso a esa información.

Spinnelli suspiró.

– Aquí está la lista de abogados y policías relacionados con los tres casos que nos ha proporcionado Kristen. Esta otra es la lista de los tiradores.

– Pobre Marc -dijo Mia compasiva-. Primero tiene que vérselas con la prensa y ahora con asuntos internos.

– Prefiero a la prensa -masculló Spinnelli-. De todas formas, echad un vistazo a esta lista y mirad si algún nombre coincide con los de los floristas, los cazadores o los marmolistas.

Abe miró la lista y soltó un silbido por lo bajo.

– Mira esto, Mia.

Mia abrió los ojos como platos.

– John Alden.

– El jefe de Kristen fue militar y se clasificó como tirador de primera. -Abe se dirigió a Spinnelli-. ¿Quieres que lo investiguemos nosotros o prefieres hacerlo tú mismo?

Spinnelli se encogió de hombros.

– Vosotros interrogad a todo el mundo para saber dónde se encontraban en el momento de los asesinatos, como medida de precaución. Yo me encargaré de Alden.

– Empezaremos mañana a primera hora -dijo Mia.

Spinnelli puso mala cara.

– ¿Por qué no ahora?

Mia miró el reloj con un gesto exagerado.

– Es viernes, tengo una cita.

– ¿Y qué? -replicó Spinnelli-. Yo llevo una semana sin ver a mi mujer ni a mis hijos.

– Entonces también deberías marcharte a casa -le soltó Mia-. Porque…

El teléfono móvil que Abe llevaba en el bolsillo vibró en ese momento, y al ver quién llamaba hizo un ademán indicando que guardaran silencio.

– ¿Qué ocurre? -Escuchó a su interlocutor mientras Spinnelli y Mia se callaban de repente-. Quédate ahí, sube las ventanillas y pon el seguro. Llegaré en diez minutos. -Cerró el móvil-. Acaban de atacar a Kristen. La han sacado de la carretera y ha chocado contra un poste. La han amenazado dos chicos armados con cuchillos que querían saber la identidad de su humilde servidor.

Mia palideció.

– Mierda. Por lo que dices deben de ser dos de los Blade. Maldita Richardson.

Spinnelli se puso en pie de un salto.

– ¿La han herido?

– ¿Dónde están ahora? -preguntó Mia.

– Me parece que no la han herido -dijo Abe en tono grave-, pero está asustada. -Tan solo por aquello, los muy gamberros iban a llevarse su merecido-. Los ha rociado con polvos picapica y se ha encerrado en el coche. Luego se ha puesto a tocar el claxon para llamar la atención de los coches que pasaban por allí y esos gilipollas se han dado a la fuga. -Cogió el abrigo-. Voy a ver cómo está. Ya os llamaré.

Viernes, 20 de febrero, 19.10 horas

Ahora que ya había pasado todo, Kristen tenía ganas de chillar.

Le dolía el hombro, del cual la habían agarrado para hacerla salir del coche, y el rostro le escocía por culpa del airbag, que se había disparado. Tenía suerte de no haberse roto la nariz. Todo su cuerpo se resentía de los nervios que había pasado hasta que logró zafarse y encerrarse en el coche. Sabía que si se relajaba se echaría a llorar, y no podía permitírselo. Imposible. Richardson y el lameculos de su cámara estarían al acecho. La sangre le hervía de rabia. Si se enteraba de que aquella tipeja lo había visto todo y se había limitado a filmarla mientras ella gritaba pidiendo auxilio… No habría un foso lo bastante profundo para aquella cerda.

Alguien tamborileó en la ventanilla y Kristen ahogó un grito. Un policía uniformado la miraba desde el otro lado de la puerta.

– ¿Se encuentra bien, señorita Mayhew? -dijo lo bastante alto como para que lo oyera a través del cristal.

Era la respuesta a su llamada al teléfono de emergencias; había marcado el número después de hablar con Reagan. En aquel preciso instante no se paró a pensar en lo que significaba el orden de sus llamadas para pedir ayuda. En vez de eso, asintió con un movimiento brusco que estuvo a punto de hacerla gemir de dolor. Sin embargo, consiguió ahogar el quejido; lo tenía todo bajo control.

– Sí.

– ¿Necesita que llame a una ambulancia?

Solo faltaba que saliera esa imagen en las noticias de las diez.

– No. ¿Los han cogido?

El agente negó con la cabeza.

– Los estamos buscando, pero me parece que han cruzado la calle y se han colado entre los edificios del parque industrial. -El policía se irguió de repente y Kristen supo sin verlo que Reagan había llegado. Habían pasado siete minutos y medio; seguro que se había saltado unos cuantos semáforos en rojo. No podía evitar estarle agradecida.

Su rostro apareció en la ventanilla con expresión angustiada e inquieta.

– Abre la puerta, Kristen.

Trató de que no le temblara la mano y disimuló una mueca al notar una punzada en el hombro. Abrió la puerta; esta crujió y Kristen puso mala cara.

– Me han golpeado por este lado -masculló-. Me parece que han estropeado la carrocería.

Él se agachó y la miró desde su misma altura con semblante adusto.

– Se ha disparado el airbag -dijo Reagan escupiendo las palabras, como si eso sirviera para describir mejor el desastre.

– Suele pasar cuando vas a cuarenta y chocas contra un poste de teléfono. -Kristen arqueó una ceja; seguía dominándose-. Los he rociado con polvos picapica; justo en los ojos.

Los labios de Abe se curvaron; de pronto Kristen se sintió muy contenta de tenerlo allí.

– Bien hecho.

– Se han marchado corriendo. -Señaló una zona en la que se veían luces y bloques de hormigón-. Han ido hacia el parque industrial. Me parece que el coche era robado. -Habían abandonado el vehículo; el guardabarros delantero seguía empotrado en el de Kristen-. Son de la familia Blade, querían saber quién ha matado a sus hermanos. Cuando les he dicho que no lo sabía, han respondido que no importaba, que me retendrían hasta que él acudiera a buscarme.

Reagan escrutó su rostro.

– No te han hecho daño.

Ella negó con la cabeza.

– Solo me duele un poco el hombro y la rodilla. Con ibuprofeno y un baño caliente, por la mañana estaré como nueva. Por favor… -Empezó a temblarle la voz; tragó saliva-. Por favor, acompáñame a casa.

Él le tendió la mano y la ayudó a salir del coche. Durante una décima de segundo, Kristen titubeó; aquellos ojos la tenían atrapada. De pronto, la situación se le escapó de las manos. Dio rienda suelta a una necesidad que era incapaz de admitir y se apoyó en él, en su cuerpo robusto. Notó cómo este se contraía y medio segundo más tarde la rodeaba con sus brazos, la atraía hacia sí, la abrazaba. Aquella sensación le hizo estremecerse, se sentía totalmente a salvo; pero al cabo de un momento el dolor del hombro la interrumpió. No consiguió ahogar el pequeño gemido y Abe se irguió.

– Sí que te han hecho daño. Tengo que llevarte a urgencias.

– No, por favor. -Respiró hondo y se apartó; la breve tregua había tocado a su fin. Él quiso sujetarle la barbilla pero ella lo disuadió-. Aquí no; nuestra amiga nos vigila.

La mirada de Reagan adquirió un brillo peligroso. Kristen se percató de que no hacía falta dar más explicaciones.

– ¿Dónde está?

Kristen señaló una pequeña furgoneta sin rotular.

– Su secuaz nos tiene dentro del ángulo óptico.

– Su secuaz va a entregarme esa puñetera película -gruñó Reagan-. ¿Puedes quedarte sola un momento?

– ¿Vas a apalear a Richardson? -preguntó Kristen; al ver que Reagan enseñaba los dientes a modo de respuesta, no pudo evitar imaginárselo en la playa. Sin embargo, por algún motivo le resultaba mucho más atractivo en aquel momento que en la imagen ficticia.

– Solo si me saca de mis casillas.

– Entonces puedo quedarme sola.

Vio cómo Reagan se alejaba del coche y acortaba la distancia que lo separaba de la unidad móvil de Richardson a pasos agigantados. Abrió la puerta corredera e interceptó la imagen que captaba la cámara con su cuerpo robusto. Richardson salió del vehículo con los brazos en jarras, pero Reagan no se movió. Un minuto después, tenía una carcasa negra en la mano.

Al momento, volvió y la ayudó a subir al todoterreno.

– Tengo que levantar acta, señor.

Reagan respiró hondo; tuvo que refrenarse antes de volverse hacia el desafortunado joven de uniforme que había respondido a la llamada de emergencia.

– ¿Sabe quién es esta señorita?

El oficial miró a Kristen por encima del hombro de Reagan.

– Sí.

– Entonces, encuéntrese con nosotros en su casa dentro de media hora. Allí podrá redactar el acta. Ah, agente, ¿podría evitar que esa víbora nos siga?

El joven miró la furgoneta de Richardson con desprecio.

– Con mucho gusto, detective. Señorita Mayhew, ¿seguro que no necesita atención médica?

Kristen le sonrió; empezaba a sentirse aliviada.

– Seguro. De todas formas, muchas gracias.

El joven se alejó y Reagan se volvió hacia Kristen. Ella se quedó sin habla al observar que su semblante expresaba auténtico cariño. Resultaba verdaderamente difícil resistirse.

– La esposa de mi hermano Sean es pediatra. Sus pacientes suelen ser un poco más jóvenes, pero seguro que accederá a hacerte una visita a domicilio.

– Te lo agradezco, pero no te preocupes, de verdad. Por favor, acompáñame a casa.

Abe cerró la puerta del acompañante y rodeó el coche para ocupar el asiento del conductor. Permaneció un momento en silencio y prosiguió en tono muy amable.

– ¿Por qué no me has avisado al salir del trabajo? Habría ido a buscarte.

Kristen se horrorizó al notar que las lágrimas asomaban a sus ojos. Él se dio cuenta pero no dijo nada; se limitó a aguardar su respuesta.

– ¿Recuerdas el nuevo caso del que te he hablado esta mañana? -dijo Kristen con voz insegura, pero Reagan no desvió la mirada ni un ápice.

– ¿El de la chica que ha sufrido una agresión sexual y que no quiere denunciarlo a pesar de que su padre insiste en que lo haga?

Ella asintió.

– Sí, ese. Esta tarde han venido a verme. El padre ha dicho… -La voz se le quebró; con un suspiro nervioso se tragó las lágrimas-. Por un momento he pensado que iba a pedir un cambio de fiscal debido a la atención mediática que recibirá su hija si llevo yo la acusación. Pero no ha sido así.

Reagan sacó un paquete de pañuelos de papel de la consola que separaba ambos asientos y se lo ofreció en silencio. Ella cogió el paquete y lo aferró.

– Me ha dicho que esperaba que perdiera porque así mi «humilde servidor» se encargaría personalmente del hijo de puta que había violado a su hija. Hace tres días yo era fiscal. Ahora no soy más que un cebo para que un espía asesino apriete el gatillo. -Soltó el paquete estrujado de pañuelos de papel y trató de devolverle su forma original-. Necesitaba estar sola. -Apartó la mirada-. Lo siento.

Abe puso el motor en marcha.

– Estás bien y eso es todo cuanto importa ahora mismo. -Se alejó del bordillo-. Hoy dormiré en el sofá.

Kristen comprendió que no se trataba de una pregunta. Por el retrovisor lateral, vio cómo el coche de alquiler desaparecía. Por primera vez se percató de que había estado verdaderamente en peligro.

«Podrían haberme hecho cualquier cosa. Podrían haberme… Me habrían…»

Aquello fue como abrir la caja de Pandora. Recuerdos que llevaban demasiado tiempo enterrados en su mente empezaron a brotar. Un tremendo escalofrío recorrió su cuerpo.

– Es un sofá cama -murmuró mientras cerraba los ojos y trataba de recuperar la imagen de la playa, el sol y las olas. Sin embargo, una vez abierta la veda, una única imagen invadía su mente y se repetía una y otra vez como si fuera el fotograma de una película de terror. Pero la protagonista no era ninguna actriz. Era ella.

Viernes, 20 de febrero, 19.30 horas

En el momento en que el vehículo de Reagan se alejó, él soltó un resoplido de enojo. Por fin Kristen estaba a salvo; pero las cosas podrían haberse torcido. Había estado a punto de tomar partido; por suerte, ella había conseguido hacerse con las riendas y rociarles los ojos con polvos picapica hasta obligarlos a largarse con el rabo entre las piernas.

No estaba herida. Pero podría haberlo estado, y todo por culpa de esos gusanos despreciables que se habían atrevido a sacar de la carretera a una mujer con Dios sabe qué propósito.

Se sobresaltó al oír que alguien golpeteaba en la ventanilla. Era un policía.

– Estamos despejando la zona, señor. ¿Le importaría marcharse?

Él sonrió. Debía mostrarse amable y colaborar para no despertar sospechas. Asintió en silencio. Puso la furgoneta en marcha y se mezcló entre la circulación. No podían detenerlo, todavía no. Aún le faltaba mucho para vaciar la pecera.

Capítulo 11

Viernes, 20 de febrero, 20.00 horas

– Dame las llaves.

Kristen no dijo nada, no movió ni un músculo; se limitó a mirar por la ventanilla, tal como llevaba haciendo todo el trayecto. Estaba en estado de shock. Al darse cuenta, Abe se arrepintió de no haber hecho caso de su primer impulso y haberla llevado directamente a urgencias.

Se acercó hasta su puerta y le alzó suavemente la barbilla.

– Kristen. -Chasqueó los dedos y ella parpadeó-. Vamos dentro. ¿Puedes caminar?

Ella asintió, confusa, y salió del coche como pudo, pero al poner los pies en el suelo hizo una mueca de dolor. Él hizo caso omiso de sus grititos de protesta y la cogió en brazos como si de uno de los hijos de Sean se tratase.

Entró con ella en la cocina, con cuidado de no lastimarle la rodilla; la había visto frotársela mientras se disponía a arrebatarle a la asquerosa de Richardson la cinta que había obtenido de forma tan poco ética. No había podido pararle los pies en la rueda de prensa, pero no pensaba permitirle que presentara ante todo Chicago la imagen de Kristen herida y asustada.

A pesar de que se hacía la valiente, la mujer que llevaba en brazos estaba herida y asustada. De hecho, estaba completamente aterrorizada. Pensó en la mirada que había observado en sus ojos esa mañana, cuando estaban sentados en el coche delante de la casa de los Reston. Parecía mentira que hubiera sido aquella misma mañana.

Sin embargo, por inverosímil que resultara, era cierto. Ella misma había dicho que las víctimas no olvidaban nunca la agresión; nunca. En aquel momento le había asaltado la sospecha de que Kristen también había sido una víctima. Y todavía lo era. Ahora estaba seguro. No estaba preparado para analizar el sentimiento que le producía el hecho de saberlo. Las circunstancias presentes lo abrumaban demasiado para pensar en el pasado.

– Voy a desconectar la alarma -murmuró Kristen.

Él la bajó hasta una altura que le permitiera accionar los botones del panel y luego la condujo al mullido sofá de la sala de estar. La tendió en él con las piernas estiradas y le colocó un cojín debajo de las rodillas.

A continuación le desabrochó el primer botón del abrigo, pero ella lo detuvo.

– No. -Se incorporó y su mirada se perdió en la penumbra.

– Muy bien. -Abe encendió la luz y la claridad repentina los obligó a pestañear-. Te prepararé un poco de té. -Esperaba que tuviese infusiones en bolsita, pues no tenía ni idea de qué cantidad de té debía poner en la tetera de porcelana con grandes rosas estampadas-. Aguarda aquí.

Estaba de suerte; preparó una infusión mientras llamaba a Spinnelli, a Mia y a su cuñada Ruth, que era médico. La voz no le temblaba. Sin embargo, sí le temblaron las manos al coger la taza de té.

Se dio media vuelta y se apoyó en el viejo frigorífico con la delicada taza entre las manos; notaba un nudo en el estómago. De pronto, acudió a su mente la imagen de aquel día. Se encontraba con Debra en el momento en que le habían disparado, permanecía atrapado en aquella escena que había reproducido mentalmente tantas veces que no era capaz de contarlas. La noche anterior había estallado una tormenta primaveral que dejó más de diez centímetros de nieve. Por la mañana, los márgenes del camino seguían cubiertos de hielo y a él le dio miedo que Debra resbalase y se cayera. Podría haber sufrido algún daño, ella o el hijo que esperaban. Qué ironía.

– Te dejaré enfrente de la tienda -se ofreció; le preocupaba que el trayecto a pie desde la zona de aparcamiento hasta la tienda de ropa de bebé fuera excesivo para Debra, embarazada de ocho meses.

Ella se había echado a reír con aquellas carcajadas que le parecían tan increíblemente excitantes.

– No me seas protector -le dijo en tono guasón-. Estoy embarazada pero no soy una inválida. Un poco de ejercicio me sentará bien. Ruth me lo ha dicho.

Por eso había continuado hasta encontrar un hueco, a dos manzanas de la tienda de bebés de Michigan Avenue. A Debra, el vale que había recibido como regalo en la fiesta que habían celebrado la noche anterior le quemaba en las manos y había saltado del coche sin que a él le diera tiempo a abrirle la puerta. A continuación, todo había ocurrido muy deprisa. Se oyó un disparo y ella se desplomó; el rostro del asesino adolescente se demudó de sorpresa y disgusto, y luego se apresuró a subirse al coche que lo esperaba. Los neumáticos chirriaron cuando se dio a la fuga.

Después, todo había ocurrido muy lentamente. La sangre de ella se derramó en la cuneta y un transeúnte empezó a gritar para pedir auxilio mientras él intentaba sin éxito detener el chorro que manaba del agujero de la sien. Suplicó una y otra vez: «Debra, por favor, cariño, abre los ojos».

Pero Debra no abrió los ojos. No volvió a hacerlo nunca más. Una hora más tarde los médicos le entregaron el bebé en el hospital; yacía inmóvil, inerte. Nunca se había sentido tan impotente.

Hasta aquella noche, cuando se dirigía al lugar del siniestro sabiendo que Kristen se encontraba encerrada en su coche por culpa de dos rufianes sedientos de sangre que la habían amenazado por algo de lo que ella no era la causante.

«Pero está bien. Ha sabido defenderse», se dijo.

Soltó una risita triste. Con un simple espray de polvos picapica. Menos mal que lo llevaba encima y había tenido agallas para emplearlo. Menos mal que no se había quedado paralizada y sin saber qué hacer.

– Abe.

Alzó la vista y la encontró en el arco de la puerta con expresión preocupada. Lo había llamado «Abe».

– No tendrías que haberte levantado -la regañó.

Ella avanzó cojeando por el desgastado suelo de linóleo y le cogió la taza de las manos.

– No estoy herida. Me encuentro bien.

Estaba mejor, lo notó enseguida. Tenía la mirada más viva y el rostro menos pálido. Pero ni con mucho estaba bien.

– Ya, por eso no te has quitado el abrigo. -Su voz resultó más áspera de lo que pretendía; aun así, ella se despojó del abrigo en silencio y dejó al descubierto el traje gris marengo y la blusa fucsia que, por extraño que resultara, no desentonaba con su pelo.

– ¿Es para mí este té? -preguntó.

– Si está bueno sí, si no me lo tomaré yo.

Ella dio un sorbo.

– Está bueno. ¿Puedo ofrecerte algo? Tienes peor aspecto que yo.

Él supuso que tenía razón.

– ¿Tienes algo un poco más fuerte que el té?

– Yo no bebo, pero es posible que tenga algún licor. -Abrió un armario y sacó una botella de whisky escocés que estaba por estrenar; era de buena marca-. Me tocó el año pasado en un sorteo que se celebró en la oficina por Navidad. Si no te gusta, échale la culpa a John.

La siguió hasta la mesa de la cocina y se sentó enfrente de ella.

– Está muy bueno -opinó después del primer trago. Alden tenía buen gusto-. ¿Por qué no bebes?

Ella lo miró por encima de la taza de té.

– Eres un entrometido.

Él siguió bebiendo whisky y notó cómo le templaba el estómago y le aplacaba los nervios que le había dejado el paseo por los caminos del recuerdo.

– Gajes del oficio.

Kristen aceptó su explicación con una mueca irónica.

– Cuando yo tenía dieciséis años mi hermana murió en un accidente de tráfico en el que el conductor iba bebido. Nunca he probado el alcohol.

– Lo siento.

– Gracias.

No dijeron nada más, se limitaron a permanecer sentados mientras cada uno se tomaba la bebida que había elegido. A Kristen aquel silencio no le resultó incómodo; observaba a Reagan al otro lado de la mesa. Tras las últimas noches, ya no le extrañaba tenerlo en la cocina; su compañía imprimía al ambiente cierta intimidad, y ella la disfrutaba a pesar de ser consciente de que solo se trataba del producto de su imaginación. Y de un deseo vano.

Sonó el timbre y Reagan se puso en pie.

– Debe de ser el agente McIntyre que viene a levantar acta de lo ocurrido.

– Hazlo entrar aquí.

Lo oyó abrir la puerta y saludar a McIntyre. Pero al momento empezó a despotricar, y antes de que entrara en la cocina Kristen ya sabía que sostenía en las manos una caja de cartón de color marrón.

– Qué hijo de puta -gruñó Reagan-. Por lo menos esta vez la cámara habrá captado las imágenes.

Kristen se quedó mirando la caja marrón; le pesaban las extremidades debido al agotamiento.

– Sabíamos que ocurriría tarde o temprano. ¿Quieres abrirla aquí o en la comisaría?

Reagan sacó el móvil.

– Que lo decida Spinnelli.

Salió de la cocina y la dejó allí con la caja, en compañía del inquieto agente McIntyre.

– Estamos pasando una mala racha, señorita Mayhew -dijo McIntyre.

No sabía por qué, pero las palabras honestas del joven agente se le antojaron a Kristen de lo más gracioso. Se echó a reír a carcajadas; no podía parar. Cuando al fin se quedó sin aliento, se dejó caer en la silla. McIntyre escrutaba su taza con recelo.

– No es más que té, agente -explicó cuando consiguió llenar de aire los pulmones-. El whisky es de Reagan.

– Claro, señorita. ¿Puedo redactar el acta ahora?

Kristen arrastró una silla y le indicó con un ademán que se sentara.

– Adelante. No estoy borracha, agente McIntyre, solo cansadísima y muy preocupada. -Se irguió en la silla-. Le ha tocado poner el remate a un día horroroso.

El chico sacó el bloc con expresión comprensiva.

– Seré breve.

Y, fiel a su promesa, no formuló preguntas estúpidas ni le hizo repetir nada. Cuando Reagan volvió, ya se había guardado el bloc en el bolsillo.

– ¿Lo tiene todo, McIntyre?

– Sí. No tengo claro que logremos atraparlos, pero de todas formas mañana enviaremos a algunos hombres a rastrear la zona. Tal vez los vecinos hayan reparado en la presencia de algún matón. Ya veremos.

Reagan hizo una mueca.

– Volverán a intentarlo.

A Kristen se le encogió el estómago.

– Maravilloso.

Reagan le apretó ligeramente el hombro sano.

– Trata de no preocuparte. -Retiró la mano antes de que ella cediera a la tentación de apoyarse en él-. Spinnelli y Jack vienen hacia aquí. McIntyre, tendrá que confirmar dónde ha encontrado exactamente la caja.

McIntyre se ajustó la gorra.

– No hay problema, detective. Señorita Mayhew, la llamaré si surge algo nuevo.

Reagan lo acompañó a la puerta. Kristen lo oyó saludar a otra persona y abrió los ojos como platos cuando lo vio aparecer con una treintañera de pelo castaño claro que llevaba un bolso negro. Había tenido más visitas en una hora que durante los últimos dos años. Reagan le dedicó una mirada cautelosa.

– Esta es mi cuñada Ruth.

La pediatra. Kristen frunció los labios.

– Te he dicho que no es nada.

– Y seguramente tiene razón, señorita Mayhew -convino la mujer-. Lo comprobaremos y así podremos irnos todos a dormir.

– Por favor, llámame Kristen. -Le lanzó una mirada feroz a Reagan, quien no parecía tener ninguna intención de disculparse-. Siento que Reagan te haya hecho salir de casa; no me pasa nada.

– Le duele el hombro y la rodilla -dijo Reagan. Kristen dio un resoplido de frustración, pero Ruth la miraba con expresión divertida.

– Llámame Ruth o doctora Reagan, pero no doctora Ruth. Es todo cuanto te pido. Abe, lárgate. -Esperó a que le hubiera obedecido y luego esbozó una sonrisa-. Quítate la chaqueta y las medias, si puedes.

Con la chaqueta lo logró, aunque le costó lo suyo. Las medias eran harina de otro costal. Kristen reconoció a regañadientes que no podía.

– Menos mal que has venido. No me imagino durmiendo con las medias puestas.

Ruth sonrió abiertamente y se arrodilló junto a la silla.

– Yo ni siquiera me imagino llevándolas. Debes de sentirte como una salchicha. Deja que te ayude. -Tras unos cuantos tirones, las piernas de Kristen quedaron desnudas, con la falda por encima de las rodillas. Ruth le dio unos cuantos golpecitos suaves y luego se puso en cuclillas-. Me parece que te has torcido la rodilla y te has hecho un esguince en el hombro. No es grave, pero mañana te dolerá.

Kristen frunció el entrecejo.

– ¿Más que ahora?

– Mucho más -aseguró Ruth en tono jovial-. Pero teniendo en cuenta lo que podría haber sido, diría que has estado de suerte. -Se puso en pie y miró al suelo. Su expresión se tornó preocupada-. Abe es una buena persona. Tenía miedo de que hubieras entrado en estado de shock. No seas excesivamente dura con él.

Kristen se bajó la falda para cubrirse las rodillas.

– Siento que hayas tenido que venir.

– No te apures. ¿Has cenado?

Kristen hizo un esfuerzo por recordarlo.

– Sí, sí. Fui a la cafetería de Owen. Volvía a casa cuando esos tipos me abordaron.

– Bueno, me parece que lo mejor será que tomes ibuprofeno y te des un buen baño.

Kristen dio un bufido.

– Eso es exactamente lo que le he dicho a Reagan que iba a hacer, pero es muy terco y no escucha.

Ruth se echó a reír.

– Es cosa de familia. Espera a conocer a su padre.

Kristen sacudió la cabeza, muy alarmada por lo que Ruth pudiera estar pensando.

– No, no… Yo no… Quiero decir que… -Se dio por vencida al observar el regocijo creciente de Ruth-. Déjalo, da igual.

– Encantada de conocerte, Kristen. -La sonrisa de Ruth se desvaneció y la chica se volvió hacia la puerta-. Déjale que te cuide, por favor. Es muy importante.

Kristen recordó la expresión del rostro de Abe cuando ella había entrado en la cocina; reflejaba desconsuelo y desesperanza. Aferraba la taza con tal fuerza que pensó que iba a hacerse añicos entre sus manos.

– ¿Por qué? -preguntó.

Pero no obtuvo respuesta. Reagan había elegido aquel preciso momento para volver.

– Kristen está bien, Abe -dijo Ruth dándole una palmadita en el hombro-. En cambio tú necesitas imperiosamente tomarte algo caliente y descansar.

Abe le dirigió a su cuñada una sonrisa que denotaba verdadero afecto. A Kristen se le encogió un poco el corazón. Se preguntaba cómo debía uno de sentirse al tener familiares tan allegados que acudían al momento de haberles pedido ayuda. De nuevo, se puso a soñar despierta.

– No te preocupes por mí -dijo Abe.

Ruth suspiró.

– Siempre me dices lo mismo, pero no puedo evitarlo. Vendrás el sábado, ¿verdad? Falta solo una semana, no te olvides.

– Ni por todo el oro del mundo me perdería el bautizo de mi nueva sobrinita.

Ruth se mordió el labio inferior.

– Siento lo de los padres de Debra, Abe. Mi madre los ha invitado y no podía decirles que no vinieran sin provocar un altercado familiar.

¿Quién era Debra? ¿Por qué al mencionar a sus padres la mirada de Abe se había endurecido?

– No te preocupes, Ruth. Seguro que podemos convivir de forma pacífica durante unas horas. -Le colocó un mechón de cabello detrás de la oreja; tenía práctica, se notaba que lo había hecho muchas veces antes-. Si veo que se avecinan problemas me iré, te lo prometo.

– No quiero que te marches, Abe. -La voz de Ruth se empañó; cerró los ojos-. Lo siento. Es que ya te has perdido muchas cosas y no quiero que te pierdas también esta.

Él, incómodo, se volvió hacia Kristen. Ella estuvo tentada de apartar la mirada, por educación, pero recordó de nuevo aquella expresión afligida y decidió dedicarle una sonrisa de apoyo. Aquel desconocido se había portado con ella como si formara parte de su familia. Se había preocupado por ella cuando no tenía ninguna obligación de hacerlo. Ruth había dicho que era importante que le permitiera cuidarla y, cualquiera que fuese el motivo, Kristen creyó que tenía razón.

– No me seas melindrosa -dijo Abe-. Ya sabes cuánto lo odio.

Ruth, con los ojos llorosos, esbozó una sonrisa.

– Es culpa de las hormonas. Encantada de haberte conocido, Kristen. Mantén la pierna en alto. -Se inclinó y besó a Reagan en la mejilla-. ¿Vendrás a cenar el domingo?

Kristen observaba la escena fascinada mientras las mejillas de barba incipiente de Reagan se enrojecían ante el pequeño gesto de su cuñada.

– ¿Crees que voy a perderme el asado? Pues te equivocas. Te acompaño al coche.

Kristen agitó la mano en señal de despedida.

– Gracias.

Los vio marcharse. Reagan rodeaba a Ruth por los hombros; la imagen la atenazó. Odiaba desear cosas que nunca tendría. Se volvió y miró la caja.

Él estaba allí por aquella maldita caja; por todas aquellas malditas cajas. Y en cuanto su humilde servidor estuviera entre rejas, desaparecería. Aspiró hondo y soltó el aire antes de concentrarse en la caja.

Se preguntaba a quién habría elegido esta vez el espía como víctima. Se esforzó por sentir su muerte, pero era muy difícil lamentarse por la desaparición de aquellos criminales. Y todavía le resultaba más difícil después de lo ocurrido aquella noche. No hacía falta ser ningún genio para adivinar lo que aquellos hombres le habrían hecho si no se hubiera librado de ellos. No hacía falta mucha imaginación para saber cómo habría terminado.

Con los recuerdos bastaba.

– Spinnelli llegará enseguida -masculló para sí. No era cuestión de que la encontrara allí sentada con las piernas desnudas. Tenía que cambiarse. Hizo acopio de toda su energía y se puso en pie.

Viernes, 20 de febrero, 21.15 horas

No llamó. Dio tal golpe en la puerta que bastaba para despertar a un muerto.

Zoe le abrió.

– ¿Es que no eres capaz de dominarte? -le espetó.

Él la empujó para abrirse paso y dio tal portazo que el edificio tembló.

– Parece que no, puesto que he sido lo bastante estúpido para liarme contigo. -El cuerpo le temblaba por la furia apenas contenida y por primera vez Zoe sintió miedo.

– Tranquilízate, por el amor de Dios. ¿Quieres tomar algo?

– No, no quiero tomar nada. -La aferró por los brazos y ella soltó un grito. Tiró de ella hasta obligarla a ponerse de puntillas-. Lo que quiero es que te retractes y dejes de hablar de Mayhew y de espías asesinos. -Tiró con más fuerza y ella ahogó un gemido-. ¿Lo entiendes?

Ella luchó por liberarse pero él la tenía inmovilizada.

– Es mi trabajo. Estoy haciendo mi trabajo.

– Pues búscate otra noticia o conseguirás que pierda el mío.

– Estás exagerando. No vas a perder el trabajo.

Él la zarandeó con ímpetu.

– Claro que no; porque tú vas a dejarlo estar.

Ella echó la cabeza hacia atrás y lo miró a los ojos.

– Y si no, ¿qué? ¿Qué harás? ¿Le contarás a todo el mundo que me acuesto contigo? Recuerda que yo no estoy casada; a mí me da igual. -Entrecerró los ojos-. ¿O piensas convertirme en un regalito para Kristen?

Él palideció de golpe, tal como ella preveía.

– ¿De qué estás hablando?

Ella se encogió de hombros con gesto despreocupado.

– Del poder de los periodistas, de la comunicación. Corre un rumor y de pronto la gente te asocia con un espía. Algo así arruinaría la carrera de cualquiera.

Se la quedó mirando un momento, luego la apartó de sí con fuerza, como si le quemara. Si por ella fuera, lo quemaría de verdad. Nadie se atrevía a amenazar a Zoe Richardson; nadie.

– Estás loca -masculló.

– Para tu desgracia, estoy perfectamente cuerda. -Se llevó las manos a las caderas, muy consciente del efecto que provocaba-. Bueno, ¿piensas quedarte o no?

El horror se plasmó en el rostro de él.

– ¿Crees que voy a acostarme contigo después de esto? ¡Santo Dios!

– Lástima. Después de la rueda de prensa y la entrevista con los Conti aún me va el corazón a mil. Lo último que me apetece es dormir.

Él la miró con recelo.

– ¿Has dicho Conti? ¿Qué tiene que ver ese hijo de puta en todo esto?

Zoe se echó a reír.

– Qué mojigato te has vuelto de repente. Vete a casa, cielo. A lo mejor aún llegas a tiempo de ver la entrevista.

Él agitó cabeza.

– Eres peor que el veneno.

– Es probable. Ah, y te aconsejo que tengas cuidado con lo que dices mientras duermes, cielo.

Él volvió a palidecer y guardó silencio un momento.

– ¿De qué hablas?

Aquello era demasiado denso para resumirlo en cuatro palabras.

– Hablas en sueños, cariño. Estoy segura de que tu mujer sabe lo nuestro. Y si no, pronto lo sabrá. -Zoe ladeó la cabeza y sonrió con expresión condescendiente-. Que duermas bien.

Viernes, 20 de febrero, 22.00 horas

Había seleccionado el siguiente nombre de la pecera. Era una buena elección. Lo miró mientras reflexionaba sobre la vileza de los crímenes de aquel sujeto. Sería un gran placer verlo muerto.

Suspiró. Debía admitirlo; al menos tenía que confesárselo a sí mismo. Había empezado la misión para vengar a Leah y a las muchas otras víctimas a quienes la justicia había dado la espalda. Tras eliminar al segundo, a Ramey, sintió satisfacción, lo cual estaba bien. Con King fue más que satisfacción, sintió casi… entusiasmo al apalear el rostro de aquel hombre hasta dejarlo como una masa sanguinolenta. Pero lo de Skinner… había sido verdadero placer.

Observó los ojos horrorizados de Skinner. Lo vio forcejear y dar boqueadas cuando ya tocaba a su fin. Y sintió placer.

¿Estaba eso mal? ¿Se habría enfadado Dios?

Se dijo que no. Los hombres de Dios se vieron a menudo obligados a matar y después fueron alabados por ello. Había precedentes. Incluso el propio Skinner habría apreciado que hubiese precedentes.

Se levantó para acercarse al ordenador cuando una imagen del televisor captó su atención. Llevaba todo el día mirándolo, primero apagado y luego encendido. Oyó que lo nombraban y observó la reacción del público. Si la opinión de la gente en el juzgado era un buen indicador, contaba con muchos adeptos. Su cuerpo se tensó cuando Zoe Richardson llenó la pantalla.

Odiaba a aquella mujer. También ella era vil; siempre pavoneándose y haciendo que Kristen pareciera incompetente. Se alegraba de que Reagan le hubiera arrebatado la cinta aquella tarde. Si no, lo habría hecho él mismo. Se sentó, cogió el mando a distancia y subió el volumen. Richardson estaba entrevistando a aquel asesino, a Angelo Conti.

– ¿Cuál fue su reacción al conocer la existencia de Humilde Servidor? -preguntó Richardson.

Conti adoptó un aire fanfarrón.

– No me sorprendió demasiado -respondió.

Richardson ladeó su cabeza rubio platino.

– ¿Y por qué no?

– Por la forma en que ella se dedicó a perseguirme, como si estuviese loca o algo parecido. Soy inocente.

– De hecho, su caso no está cerrado. La fiscal Mayhew podría volver a llevarlo ante los tribunales.

El rostro de Angelo se tornó granate.

– Sí, y volvería a perder. Es una incompetente, ¿sabe? Por eso ha contratado a ese tipo. No puede ganar por sí misma y busca otra forma de pelear.

Richardson pareció desconcertada.

– ¿Está diciendo que la fiscal Mayhew paga a Humilde Servidor para que asesine a las personas que ella no ha conseguido que condenen? ¿Se trataría, entonces, de un sicario?

El estómago se le revolvió al oír la acusación que había lanzado Richardson desde el televisor.

– No -susurró mientras aferraba con el puño cerrado el medallón que llevaba colgado al cuello-. No es cierto.

Angelo Conti se encogió de hombros.

– Llámelo como quiera. Me gustaría que alguien husmeara en su cuenta corriente como ella hizo con la mía.

– Es un punto de vista interesante. -Richardson se volvió hacia la cámara-. Les ha informado Zoe Richardson desde Chicago.

Apagó el televisor. Estaba temblando. Miró el nombre del papelito que había sacado de la pecera y decidió que tendría que esperar. Otro blanco ocupaba ahora el punto de mira.

Viernes, 20 de febrero, 22.30 horas

– ¿Dónde está Spinnelli? -se quejó Jack-. Quiero abrir la caja.

Abe hizo una mueca irónica. Jack parecía un niño el día de Navidad.

– Llegará enseguida. Mañana tendrás todo el día para analizar lo que ha dejado esta vez.

Jack gruñó.

– ¿Y dónde está Mia? Pensaba que llegaría pronto para coger sitio en primera fila.

– Tenía una cita. La he llamado para decirle que Kristen estaba bien y he hablado con ella, pero media hora más tarde tenía el teléfono desconectado.

Jack parecía enfadado.

– Bueno, por lo menos mañana alguien estará contento.

Kristen levantó por un momento la vista desde su asiento, en un extremo de la mesa de la cocina. Se había puesto un chándal pero seguía llevando aquel pingorote tirante en la cabeza y Abe tuvo que contenerse para evitar extraerle las horquillas y liberar sus rizos; probablemente aquel moño era su último recurso para aparentar control.

– ¿Por qué iba a estar Mia más contenta que los demás? -preguntó, y al momento abrió los ojos como platos y sus mejillas se tornaron de un rosa muy favorecedor al captar el significado de lo que Jack había dicho-. No importa.

Jack sonrió.

– Lo siento, Kristen -dijo, y enseguida se puso serio-. Ya sabes que no habrá gran cosa para analizar mañana. Él ni siquiera se ha acercado a la casa.

Así era. El hijo de puta debía de haber descubierto las cámaras porque en la cinta solo aparecía un jovencito en el momento de dejar la caja. Habían captado un buen plano del rostro del chico y del nombre de la escuela que llevaba bordado en la chaqueta; sería fácil localizarlo.

No obstante, el equipo de Jack estaba esparciendo talco en el porche de la casa de Kristen, para tratar de descubrir huellas, y registrando a fondo cada rincón del jardín de la entrada en busca de cualquier rastro. Una llamada a los vecinos reveló que la caja ya se encontraba allí cuando regresaron del trabajo a las cinco. Aparte de eso, nadie había visto nada más.

Jack señaló la caja.

– Vamos a abrirla, ¿de acuerdo?

Abe suspiró.

– De acuerdo. Adelante.

Jack había cubierto la mesa de la cocina de Kristen con papel de embalar de color blanco.

– No creo que encontremos ninguna huella en la caja, aunque nunca se sabe. Aquí está. -Abrió la caja y sacó de ella un sobre. Se dejó caer en la silla-. Dios santo.

Kristen se puso en pie de repente.

– ¿Qué?

Jack levantó la cabeza, su rostro había perdido el color.

– Es Trevor Skinner.

– Oh, no. -Kristen se sentó y se hundió en la silla; tenía el rostro tan blanco como el papel que cubría la mesa-. Me lo temía -suspiró-. Ha añadido a los abogados defensores en su lista de objetivos.

Abe cogió el sobre de la mano temblorosa de Jack. De aquel hombre solo conocía su reputación. Hacía un trabajo excelente.

– ¿Lo conocías bien?

Ella asintió, aturdida.

– Tuvimos unos cuantos encontronazos. Era implacable. Odiaba encontrármelo en los tribunales. Se mostraba despiadado con las víctimas y las machacaba hasta anularlas. -Se presionó los labios con las puntas de los dedos-. No puedo creerlo.

Abe rebuscó entre el contenido del sobre esparcido en la mesa y encontró la carta.

– «Mi querida Kristen: Me alegro mucho de que se haya descubierto el pastel. Espero que te haya reconfortado saber que esos monstruos han muerto. Mientras pueda seguir, seguiré. A estas alturas debes de estar preguntándote por qué lo hago, por qué me he embarcado en la misión de librar a la ciudad de la chusma inmunda que vaga por sus calles. Huelga decir que tengo mis motivos. Vi al señor Trevor Skinner en acción en los tribunales, observé la habilidad con que minaba la confianza de las víctimas y las dejaba incapaces de hablar con voz propia.»

Abe hizo una pausa y miró a Kristen.

– Sí, es cierto; yo protestaba una y otra vez, pero él nunca se daba por vencido. Estaba muy solicitado por los ricos; era capaz de hacer que una víctima pareciera peor que el acusado. Los casos de violación eran de lo más penoso. -Empezaron a temblarle los labios y los frunció-. Conseguía que las mujeres acabaran considerándose sucias y despreciables -dijo con un hilo de voz. Miró a Abe a los ojos; los suyos mostraban un brillo lloroso-. Siento que lo haya asesinado, Abe, pero me alegro mucho do que no pueda volver a hacer eso a ninguna otra mujer. -Parpadeó y dos lagrimones le resbalaron por las mejillas; Jack le cogió la mano.

– Tendríamos que haber hecho esto en el laboratorio -apuntó Jack en voz baja-. Es demasiado para ti, después de todo lo que ha pasado esta noche.

Ella espiró largamente y le soltó la mano con suavidad.

– Estoy bien, solo un poco afectada. Oigamos el resto.

– «Siguiendo la filosofía del "ojo por ojo", concebí un castigo apropiado. Ahora podrás dormir tranquila, Kristen, al saber que Skinner murió sin poder pronunciar ni una palabra en su defensa. Por favor, asegúrate de que los criminales de Chicago sepan que los acecho; estoy furioso y no pienso atenerme a las leyes de los hombres. Se despide como siempre, tu humilde servidor.»

Abe suspiró.

– «Posdata: Sería mejor que terminaras una cosa antes de empezar la siguiente.»

– ¿Qué has empezado a hacer? -preguntó Jack.

Los labios de Kristen se tensaron.

– Anoche empecé a confeccionar unas cortinas para cubrir las ventanas.

Jack hizo esfuerzos por aguantarse la risa. De pronto, estalló, y al cabo de un momento Kristen hizo lo propio. Abe pensó que tenía una risa maravillosa; de nuevo le atenazaba el estómago, y su semblante debió de manifestarlo porque Kristen se puso seria de repente y pareció sentirse culpable.

– Lo siento, de verdad. Es que… ha sido un día muy largo.

– Y lo que queda todavía -dijo Spinnelli desde el vano de la puerta-. ¿Habéis oído las noticias?

– Andamos algo ocupados, Marc -respondió Kristen con ironía-. Hemos asistido a la rueda de prensa. ¿Qué otro desastre puede haber causado esa mujer desde entonces?

Spinnelli extrajo una cinta del bolsillo de su abrigo.

– ¿Dónde tienes el vídeo?

– En la sala de estar -dijo en tono preocupado.

Spinnelli miró la caja.

– ¿A quién le ha tocado esta vez?

– A Trevor Skinner -respondió Abe.

El rostro de Spinnelli se tornó tan céreo como el del resto.

– Y yo que creía que el día no podía ir a peor.

Sábado, 21 de febrero, 2.00 horas

– Tendrías que estar durmiendo.

Sorprendida por la voz grave de Reagan procedente de la escalera del sótano, Kristen desvió la atención de la repisa de la chimenea que estaba puliendo y apartó de su mente la imagen de Zoe Richardson sumergida en miel y atada junto a un rebosante hormiguero. Las fieras hormigas rojas mordían con fuerza. Horas después, aún estaba enojada; le exasperaba que Richardson insinuara que ella había contratado al asesino, que aquella bruja teñida de rubio platino proporcionase a la comunidad criminal un nuevo motivo para cernerse sobre ella, que Angelo Conti contara con otra oportunidad de mentir ante la cámara. Y, en aquel preciso momento, le exasperó que el pulso se le acelerara con solo oír la voz de Reagan.

Pero él no tenía la culpa de los motivos de su enfado. Él había sido más que amable y se había negado a marcharse después de que lo hicieran Spinnelli y Jack, preocupado porque los hombres que la habían abordado volviesen.

– Lo siento -se disculpó Kristen-. No quería despertarte. Trataba de no hacer ruido.

– No estaba durmiendo.

Lo observó descender por la escalera despacio, con cuidado. Aún llevaba puestos los gruesos zapatos, como si esperase tener que salir corriendo en cualquier momento detrás de algún intruso. Sus pantalones conservaban la raya a pesar de la cantidad de horas que hacía que los llevaba puestos. Los únicos indicios de relajación los constituían la ausencia de corbata y el hecho de llevar la camisa por fuera de los pantalones y el botón del cuello desabrochado. Fijó los ojos en el cuello, probablemente más tiempo del que debía. Luego los posó en su rostro, cuyas mejillas oscurecía una barba incipiente, y, de allí, en sus ojos, ensombrecidos por la preocupación. «Está preocupado por mí», pensó, y trató de que la idea no calara en ella excesivamente.

– ¿No te duele el hombro haciendo eso? -preguntó Abe, y ella bajó la vista al papel de lija.

– No mucho. El que me duele es el izquierdo, y soy diestra.

– Ah, pensaba que estabas cosiendo las cortinas -dijo.

– La máquina de coser hace demasiado ruido y…

– Y no querías despertarme; ya lo he entendido. -Se dirigió a las pequeñas ventanas que se alineaban en la pared del sótano. A diferencia de ella, Reagan era lo bastante alto para mirar a través del cristal sin necesidad de encaramarse a una silla. Su estatura y su fuerza resultaban tranquilizadoras-. ¿Dónde tienes la máquina de coser?

– En la habitación libre.

– Entonces puede haberte visto desde la calle.

Kristen dejó el papel de lija; de pronto notó en las palmas de las manos un sudor frío. Se las secó en el pantalón del chándal.

– Sí. -Se levantó; al hacerlo el dolor de la rodilla la obligó a torcer el gesto-. Mira, ya sé que esto me hace parecer débil y cobarde, pero ¿podríamos no hablar de él? Me estoy volviendo loca, no dejo de preguntarme si está ahí fuera observándome. -Sintió un frío repentino y se frotó la parte superior de los brazos-. Espiándome. Es como una película de Hitchcock. Me da miedo hasta meterme en la ducha.

Abe frunció los labios. No era la primera vez que Kristen observaba lo atractivos que eran. Armonizaban con las otras facciones del rostro que en aquel momento se volvía hacia ella.

– Bueno, si quieres ducharte ahora me ofrezco a vigilar desde la puerta. Te prometo que no miraré.

Kristen se quedó muda. Todos los músculos de su cuerpo se tensaron de golpe. Lo había dicho de broma, con la intención de hacerle sonreír, pero era evidente que sus propias palabras le habían afectado. Todo en él se paralizó, a excepción del rítmico movimiento de su pecho, mientras sus ojos azules emitían un destello y capturaban la mirada de Kristen. El aire que los separaba había adquirido una carga eléctrica. Casi veía las chispas.

Chispas. Levantó la cabeza al encendérsele la luz.

– Participante en el caso Electric, ¿verdad? De eso te conozco. Fue hace dos años, en verano. Trabajabas de incógnito y te detuvieron junto con los demás acusados por posesión de drogas. Te vi en la zona de registro. -Recordó que primero lo había oído y luego lo había visto. Cómo no iba a acordarse.

Los labios de Abe se curvaron en una sonrisa casi petulante.

– Me preguntaba si te acordarías. Te ha costado bastante.

Kristen avanzó cojeando.

– Y con razón. -Soltó una risita al recordar su aspecto-. Entonces llevabas coleta, barba y un ojo morado, y tenías la lengua muy larga.

Abe sonrió abiertamente y la imagen dejó a Kristen sin aliento.

– Aquel día iba camuflado. Tendrías que haber oído lo que dije de ti en cuanto te marchaste.

Estaba sola con un hombre al que había conocido hacía tres días, que le proporcionaba seguridad y que, si no se equivocaba, flirteaba con ella. No era la primera vez que alguien lo hacía, pero todos los casos anteriores la habían dejado fría. En ese momento no podía decir lo mismo.

– Casi me da miedo preguntártelo. -Lo decía en serio.

Él arqueó una de sus cejas morenas y el gesto le confirió un aire travieso. Kristen se avergonzó al notar que la boca se le hacía agua y que el calor de sus mejillas invadía el resto de su cuerpo. «No lo desees, Kristen. Nunca será tuyo.»

– Digamos que mi personaje era muy masculino; dejémoslo así -dijo con ironía y sin apartar la mirada de sus ojos.

Kristen tragó saliva y volvió la cabeza. Retomó su tarea y se concentró en lijar bien una zona de la repisa en la que la pintura de hacía décadas estaba muy adherida.

– Aquel día llevaba documentos a la policía del distrito -explicó-. Primero te oí y luego te vi. Tú me observabas. -Lo hacía con aquellos ojos azules penetrantes que nunca había olvidado del todo-. ¿Por qué?

Lo oyó aproximarse y a continuación notó el calor de su cuerpo detrás de ella. De pronto, le pareció imposible haber sentido frío.

– No lo sé -dijo muy serio-. Levanté la vista y allí estabas tú, con el traje negro y el pelo recogido. Me quedé… anonadado.

«Anonadado.» Kristen se echó a reír.

– Vamos, detective. «Anonadado» es un poco exagerado, ¿no te parece?

– Tú has preguntado, y yo he respondido -dijo en tono seco-. No me gustó nada sentirme así.

Al oír la dureza de sus palabras, el estómago de Kristen dio un vuelco peligroso. Aquello le había dolido. Se refugió en la pintura hasta que estuvo segura de que podía hablar con voz firme.

– Es bueno saberlo. Me parece que ya estoy preparada para hablar de espías obsesos.

– Entonces mi esposa aún vivía. -Las palabras quebradas parecieron cernerse sobre ambos.

«Su esposa.» Kristen se volvió despacio. Él se encontraba muy cerca; retrocedió hasta apoyarse en la repisa de la chimenea para ganar unos centímetros de distancia. Se había fijado en ella cuando aún estaba casado. No creía que fuera de ese tipo de hombres. Aquello le dolió aún más.

– ¿Tu esposa? -preguntó con un hilo de voz.

Él la miraba con ojos penetrantes, retador.

– Sí. Debra, mi esposa.

Debra era su esposa. Y a él le molestaba que sus padres acudieran al bautizo del sábado. Kristen se humedeció los labios; de repente, los tenía resecos.

– Si lo he entendido bien, murió.

– Hace un año.

Ella aguardó un momento pero él no añadió nada más.

– ¿De qué murió?

La expresión de Abe se tornó airada.

– Me parece que la causa oficial de la muerte fue un fallo cardíaco, pero tras cinco años en estado vegetativo un fallo de cualquier órgano habría bastado.

Ella se quedó sin aliento al asimilar la magnitud de lo que acababa de decirle. «Cinco años.» Le dolió en el alma que hubiese tenido que pasar por semejante experiencia. Su primera impresión la noche en que coincidieron en el ascensor había sido acertada. Su semblante mostraba una desolación inequívoca.

– La amabas.

Los ojos de Abe emitieron un destello.

– Sí. -La intensidad con la que pronunció aquella corta palabra lo expresaba todo.

Kristen supo que si quería saber más cosas tendría que preguntárselas. Aunque no estaba segura de querer saber más. Ya le había creado bastantes problemas ocuparse de los asuntos ajenos. «Pero él se ha ocupado de los tuyos, Kristen, y lo ha hecho sin dudarlo ni un segundo.» De pronto, se dio cuenta de que él le estaba ofreciendo la oportunidad de compartir lo que pesaba sobre ambos.

Una relación. Algo con lo que llevaba años soñando, algo que la aterrorizaba tanto como la atraía.

Mientras ella reflexionaba, él la observaba, lo cual la ponía nerviosa; le parecía que podía leer sus pensamientos, y tal vez fuera así. «Quizá no le importe», se dijo. Pero casi en el mismo momento en que aquella idea, ingenua y esperanzadora, acudió a su mente la descartó. Sí le importaría. Aquello los alejaría; pero eso pasaría más adelante. En ese momento él necesitaba hablar, y ella quería escucharlo. Serían amigos.

Pero solo amigos. Así lo decidiría él, y no ella. Él sería quien se apartara de ella y no al revés. Lo sabía. A ambos les dolería. Pero aún no había llegado aquel momento. Partió el papel de lija y le ofreció la mitad.

– Háblame de ella; de Debra.

Abe cogió el trozo de papel de lija; en su mano parecía ridículamente pequeño. Se alejó para empezar por el extremo opuesto de la repisa y Kristen respiró hondo para llenar de aire los pulmones. Luego siguió lijando.

– Debra era… -su voz se tornó áspera y se quebró-. Lo era todo para mí.

Kristen notó que se le partía el corazón mientras se preguntaba qué debía significar serlo todo para alguien. Sobre todo para alguien como él. Lijó con más fuerza.

– ¿Qué ocurrió?

– Nos dirigíamos a una tienda. Ella salió del coche y le dispararon.

Kristen lo miró por el rabillo del ojo. Permanecía inmóvil, con la vista fija en el papel abrasivo.

– ¿Querían atracaros?

Abe apretó la mandíbula.

– No. Fue un desgraciado que quería vengarse del detective al que acababan de ascender por haber detenido a su hermano.

Cerró un momento los ojos. Le habían arruinado la vida por hacer su trabajo. Había un claro paralelismo entre el pasado de él y la vida actual de ella, pero de momento no pensaba tocar el tema.

– Háblame de ella.

– Tenía el pelo castaño y los ojos oscuros. -Se calló un momento y Kristen observó cómo se esforzaba por recuperar el recuerdo de la mujer que lo había sido todo para él-. Era alta -prosiguió con voz más firme-. Era maestra; le encantaban los niños.

– Debía de ser una gran mujer.

– Lo era. -Notó la tristeza en su voz y se volvió para descubrir que su sonrisa también la reflejaba. Permanecía de pie, con el papel de lija en la mano-. Tenía mucha paciencia conmigo.

Kristen sonrió.

– Me lo imagino.

La sonrisa de Abe se disipó y, con ella, toda la energía de Kristen.

– No tienes ni idea.

De pronto, Kristen reparó en que no se sostenía en pie y dejó de lijar.

– Estoy muy cansada, Abe. Creo que ya he tenido bastante por esta noche. Y a ti también te convendría irte a dormir. Haz el favor.

Él se limitó a volver la cabeza y mirarla de arriba abajo; y, luego, de abajo arriba. Tenía la mirada acalorada. El cansancio se desvaneció y fue reemplazado por un hormigueo. Él se había quedado anonadado la primera vez que la vio. A ella le estaba ocurriendo lo mismo, tenía que admitirlo.

– ¿Piensas cambiar de peinado algún día? -preguntó él; ella exhaló tal suspiro que le vació el aire de los pulmones y la cabeza empezó a darle vueltas.

«Respira, Kristen, respira.»

– ¿Por qué lo dices?

Él sacudió la cabeza y el gesto rompió el hechizo.

– No importa. Vete a dormir. Falta poco para que se haga de día.

– ¿Qué haremos mañana?

Abe arqueó una ceja.

– Desenterraremos a Trevor Skinner.

Capítulo 12

Sábado, 21 de febrero, 7.00 horas

Los periodistas formaban una horda que apenas se dominaba. Los encabezaba nada más y nada menos que Zoe Richardson, quien desafiaba al destino blandiendo un micrófono justo en las narices de Abe.

– La gente tiene derecho a conocer la identidad de la víctima -reclamó Richardson-. No pueden ocultarla.

– Lo haremos hasta que se lo hayamos notificado a la familia -afirmó Abe en tono de advertencia, consciente de que cada uno de sus movimientos estaba siendo grabado para mostrárselo a la gente que tenía derecho a saberlo todo. Se acercó al agente a quien habían asignado la tarea de controlar a la multitud-. Que no pasen de esa raya. -dijo, y volvió al escenario del crimen bajo el amparo de unos árboles que bordeaban la carretera.

Julia se encontraba de pie al lado de Jack, junto a la tumba poco profunda coronada con una lápida que rezaba Renee Dexter. Mia estaba al lado de Kristen, quien los había puesto al corriente de los detalles del caso. Todo había sucedido tal como ella lo había descrito la noche anterior, en la cocina de su casa. Dexter era una víctima de violación a quien Skinner había destrozado verbalmente en el estrado.

– Yo protesté una y otra vez -masculló mientras miraba el nombre de aquella mujer inscrito para siempre en el mármol-. Pero el juez permitió que Skinner la hiciese pedazos.

El equipo de Jack extraía el cadáver bajo la mirada atenta de Julia. Cuando los restos de Skinner fueron depositados en el suelo, los cinco se apiñaron a su alrededor y Mia se arrodilló justo al lado.

– Tiene algo en la mano -dijo-. Lleva el puño vendado. -Jack quitó la venda con cuidado y le abrió la mano. Con repugnancia, Mia levantó la vista y la cruzó con la de Abe-. Parece que Skinner no ha podido relamerse con el pastel que nuestro humilde servidor ha hecho que descubriéramos. Tanta elocuencia le ha costado la lengua.

– «Murió sin poder pronunciar ni una palabra en su defensa» -citó Kristen-. ¿Se lo habéis dicho a su esposa?

Abe asintió.

– Spinnelli llegó a casa de Skinner al mismo tiempo que nosotros llegamos aquí. No queríamos que se enterara por la prensa.

Mia, todavía arrodillada junto al cadáver, miró a Julia.

– ¿Puede morir una persona porque le corten la lengua?

Julia se arrodilló al otro lado del cuerpo de Skinner.

– No. Pero mira estas concavidades a ambos lados del cráneo, justo detrás de las orejas. Son del mismo tamaño y simétricas.

– Se las han hecho con un torno de banco -dijo Jack, y Julia le dirigió una mirada aprobatoria.

– Eso lo explicaría.

– ¿El qué? -preguntó Abe.

Julia se puso en pie.

– Tendré la confirmación después de la autopsia. Pero si vuestro hombre es consecuente y este agujero de bala que Skinner presenta en la frente resulta ser posterior a la muerte y no la causa, tendríamos que encontrar sangre en los pulmones.

Abe suspiró.

– Quieres decir que le cortó la lengua y le inmovilizó la cabeza de forma que se ahogó con su propia sangre.

Mia se levantó y se sacudió la tierra de las rodillas.

– Creo que tendríamos que proteger al hombre que fue absuelto tras la violación de Renee Dexter. Lo lógico sería que ahora fuera por él.

Todos dieron un paso atrás cuando el forense cerró la cremallera de la bolsa que contenía el cadáver de Skinner.

– Ha ido demasiado lejos -masculló Kristen-. Skinner era un hijo de puta en los tribunales, pero nunca infringió la ley.

– ¿Y quiénes serán los siguientes? -preguntó Jack con amargura-. ¿Los jueces?

– O los fiscales que pierden los casos -dijo Abe, y Kristen lo miró con los ojos muy abiertos-. Ese tipo no conoce límites, Kristen. De momento no te culpa a ti de nada, pero eso puede cambiar.

– Le hemos pedido a Spinnelli que te ponga protección las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana -agregó Mia.

Kristen abrió la boca para protestar pero enseguida la cerró.

– Gracias -dijo.

– Y hasta entonces -añadió Abe-, te quedarás en casa de uno de nosotros.

Sonó el móvil de Mia y esta lo abrió.

– Mitchell. -Sus labios se curvaron en una sonrisa desmesurada mientras escuchaba-. No me digas. Para que luego vengan con que la tecnología no es una maravilla. No cuelgues. -Miró a Abe con las cejas rubias arqueadas-. Han encontrado el coche de Skinner fuera de la ciudad; tiene GPS.

A Abe le dio un vuelco el corazón. Por fin iban a tener un respiro.

– Pregunta si pueden investigar los desplazamientos que realizó el jueves por la noche.

Mia mostró satisfacción.

– Sí que pueden, ya lo han hecho. Parece que ya saben adónde debemos dirigirnos.

Sábado, 21 de febrero, 7.00 horas

Se apoyó tambaleándose en la pared del sótano, sentía náuseas. Jadeante, se deslizó hasta el suelo. El corazón le latía de tal forma que parecía que fuera a salírsele del pecho. Las manos, los brazos, el pecho, el rostro… Estaba completamente cubierto de sangre.

«¿Qué he hecho? Dios mío… Lo he hecho… ¿Qué he hecho?»

Cerró los ojos.

«Relájate. Respira hondo y recobra el control.»

Cogió aire a grandes bocanadas y lo expulsó de la misma forma. Poco a poco sintió que recuperaba el dominio de sí mismo. Había acabado con él. Angelo Conti estaba muerto y bien muerto.

Apoyando con firmeza los pies en el suelo de cemento, se dio impulso contra la pared para ponerse en pie. Contempló la carnicería que había hecho sin proponérselo; había perdido el control. No podía permitir que aquello volviera a ocurrir.

«Pero ese cabrón engreído de Conti se lo merecía», pensó. No le había costado mucho dar con él la noche anterior. Había aguardado a que Angelo saliera del bar que frecuentaba cerca del campus de la Universidad de Northwestern; andaba haciendo eses. Se dirigía a su Corvette recién estrenado con la clara intención de sentarse al volante. Ni siquiera se daba cuenta de que estaba demasiado borracho incluso para andar. Cualquiera hubiera pensado que el chico moderaría su conducta después de salvarse por los pelos de ir a la cárcel tras el asesinato de Paula García y del hijo que gestaba. Sin embargo, Angelo se creía invulnerable.

Y se equivocaba…

«Ni siquiera vio que me acercaba.» Podría haberle asestado un golpe en la cabeza y llevárselo a la furgoneta, pero su andar zigzagueante y el flamante coche lo habían puesto a mil. Así que le había disparado a las rodillas; a ambas.

Luego le había aporreado la cabeza y lo había trasladado a la furgoneta.

Saboreaba con anticipación el momento en que recuperaría la conciencia, el miedo que le tornaría los ojos vidriosos y lo obligaría a dejar de darle a la lengua. Pero no. Angelo había vuelto en sí en un estado de alerta sorprendente y en cuestión de segundos ya sabía dónde se encontraba.

«Y me reconoció.»

No había cesado de hablar.

«Antes de que me diera cuenta, ya tenía la llave inglesa en la mano.»

Con los primeros golpes solo pretendía llamarle la atención, pero Conti no se había callado. En vez de eso, empezó a hablar de Kristen.

«Y perdí el control.»

La de cosas que había llegado a decir… Cosas crueles, infames. «¿Y qué te ha dado a cambio de que le hagas el trabajo sucio, eh? ¿Qué tal se porta? Seguro que detrás de ese aire remilgado se oculta una tigresa.» Había seguido hablando, haciendo afirmaciones viles y obscenas sobre él y sobre Kristen. Y no pensaba callarse.

«Por eso yo tampoco me detuve.»

Suspiró. Ahora nadie podría reconocer a Conti. Apenas quedaba algo de su rostro. No tenía sentido tomar una instantánea. Se dirigió a donde había dejado las pertenencias de Conti y encontró su cartera. Le habían quitado el carnet de conducir por haber cometido demasiadas infracciones, pero tenía el de la universidad. Y en él había una foto. Con eso bastaría.

Se entretuvo ocupándose de Conti. El fuerte estallido y el olor acre procedente del arma recién disparada lo aplacaron. Se había convertido en un acto rutinario.

Miró el reloj y puso mala cara.

– Llego tarde -masculló. Tenía que cambiarse y regresar al trabajo. Volvería más tarde y grabaría la lápida. Paula García y el hijo que gestaba en el momento de su muerte se merecían aquello.

Sábado, 21 de febrero, 9.30 horas

La esposa de Trevor Skinner era una mujer delgada y de piel pálida que parecía estar a punto de desmayarse de un momento a otro. No resultó de gran ayuda a la hora de responder a las preguntas sobre el paradero de su marido y las posibles visitas extrañas, algo que explicara cómo Skinner fue atraído hasta el lugar donde le habían disparado el jueves por la noche.

Gracias a la tecnología, les resultó fácil descubrir el sitio de la emboscada. Skinner había contratado uno de esos servicios telefónicos de localización de los vehículos vía satélite, de forma que el conductor puede pedir ayuda si sufre una emergencia. Afortunadamente, el servicio también puede proporcionar información sobre la ruta. Skinner había preguntado cómo dirigirse a una fábrica abandonada y una vez allí el asesino le había disparado en las rodillas y se lo había llevado a otro lugar. En apariencia, el coche había sido robado por unos adolescentes que se habían trasladado en él hasta el emplazamiento donde había sido encontrado por la mañana.

Abe estaba a punto de dar por terminada la entrevista con la histérica señora Skinner cuando una criada entrada en años le tiró de la manga de la chaqueta.

– Señor -susurró-. Dejaron un paquete.

Tras un instante de sorpresa, Abe y Mia acompañaron a la criada a la habitación contigua para que pudiera hablar sin que los comprensibles gritos histéricos de la señora Skinner ahogaran su voz.

– ¿Cuándo? -preguntó Abe.

– El jueves. -Se encogió de hombros, incómoda-. Creo que sobre las dos.

– ¿Vio a la persona que lo dejó?

– No, señor. Llamaron a la puerta y al abrir encontré el paquete.

– ¿Puede describirlo? -intervino Mia.

– Estaba envuelto en papel de embalar de color marrón. Llevaba una etiqueta escrita a máquina con el nombre del señor Skinner. Era muy ligero, como si no contuviera más que aire. De un tamaño así -dijo separando las manos.

Ligero como el aire. Una hoja de papel, probablemente otra carta. Abe se preguntó qué podría haber tentado a Skinner lo bastante como para dirigirse a aquel lugar.

– ¿Vio algún coche?

– Sí, sí. Había una furgoneta blanca. Me acuerdo porque me extrañó que fuera de una floristería y que no hubieran dejado flores.

– Sí -masculló Mia-. Una flor, sea cual sea, siempre huele bien. ¿Abrió el paquete?

La criada abrió los ojos como platos en un gesto horrorizado.

– No. Al señor Skinner no le gustaba que tocáramos sus cosas. Era muy suyo. -Se volvió a mirar a la señora Skinner, que sollozaba-. ¿De verdad está muerto?

«Ya lo creo -pensó Abe-. Muerto y bien muerto.»

– Sí, señora. Lo sentimos mucho.

Sábado, 21 de febrero, 16.00 horas

– Diana Givens no podrá ayudarnos. -Mia, sentada en el asiento trasero del todoterreno de Reagan, parecía abatida-. Nadie puede ayudarnos. La bala está hecha cisco.

La policía científica había encontrado la bala en el marco de madera de una puerta de la vieja fábrica en la que Skinner había sido secuestrado el jueves por la noche. El análisis de la sangre que habían encontrado en la calle les confirmaría si era allí donde le habían disparado, aunque ellos ya estaban casi seguros de que así había sido. La bala era un gran hallazgo, puesto que el asesino se había tomado muchas molestias para extraerla del cuerpo de King y para ello lo había abierto en canal y después lo había cosido.

Tenía la marca del fabricante, según el informe de balística. Pero por desgracia la marca estaba destrozada hasta el punto de resultar irreconocible.

– No lo sabías, Mia. -Reagan aparcó su enorme vehículo junto a una armería antigua y Mia se bajó.

– ¿Vienes, Kristen?

Kristen suspiró. Aquel día había estado en todos los lugares posibles de la ciudad. Era la séptima armería que visitaban.

– ¿Por qué no?

Reagan le dirigió una mirada comprensiva.

– Puedo llevarte a casa. A estas horas Spinnelli ya te habrá asignado un guardaespaldas.

La idea le fastidiaba tanto como la reconfortaba. Los vecinos ya estaban hartos de soportar las linternas de la policía científica durante toda la tarde. Solo faltaba que vieran un coche patrulla aparcado permanentemente delante de su casa, hasta… Bueno, suponía que hasta que las cosas cambiasen y su humilde servidor la dejase en paz; hasta que dejase de ser el punto de mira de pandillas furibundas y ávidos periodistas; hasta que ya no se sintiese como una víctima esperando a que sucediera lo inevitable. Miró el gran letrero sobre el escaparate de la armería y se decidió.

– No. Yo también voy.

Reagan la ayudó a bajar del alto asiento y ella contuvo la respiración hasta apoyarse con firmeza sobre ambos pies. La rodilla le daba unas punzadas terribles, pero no pensaba siquiera dejarlo entrever, no fuera a ser que hubiese alguna cámara al acecho.

– ¿Veis alguna cámara? -preguntó, y Reagan miró a ambos lados de la calle.

– No. Creo que están todas en la rueda de prensa de Spinnelli -dijo Reagan con ironía-. Más vale que lo graben a él y que nos dejen tranquilos, sobre todo ahora que nuestro hombre ha ampliado su abanico.

– He recibido quince llamadas de abogados defensores desde que Richardson difundió la noticia de la muerte de Skinner. -Kristen hizo una tentativa de andar y se le crispó el rostro por el dolor-. A todos les asusta salir de casa. -Sintió cierta satisfacción al imaginárselos encerrados en sus casas, temblando como flanes; pensó que estaba en su derecho. Nunca había conseguido entender la mentalidad de los abogados defensores. Sabían que la mayoría de sus clientes eran culpables y sin embargo defendían a aquellos canallas como si las víctimas fuesen ellos.

Reagan soltó un gruñido.

– Eso les pasa por ponerse al servicio de unos hijos de puta. No les irá mal pasar miedo un par de días. Tendríamos que haber cogido el coche de Mia. A tu rodilla no le va a gustar que te pases el día forzándola para subir y bajar.

Kristen alzó la cabeza para mirarlo pero no pudo ver sus ojos detrás de las gafas de sol. Encajó la desilusión; en el fondo, era mejor así. Se estaba acostumbrando a su mirada afectuosa y eso no era bueno.

– Ya has oído a Ruth. Estoy bien.

Él le ofreció el brazo y juntos entraron en la tienda, detrás de Mia.

– ¿Qué es eso? -preguntó Kristen al ver el maletín que llevaba Mia. Había insistido en que hicieran una parada en su casa antes de iniciar la ruta de las armerías y había salido de allí con él.

Reagan soltó una risita.

– Ya lo verás.

Tras el mostrador de cristal, el tanque les dirigió una mirada feroz.

– Han vuelto.

– Eso parece -dijo Mia en tono cortante-. ¿Está Diana?

– No -espetó el chico.

– Ernie, por el amor de Dios. -La anciana emergió de la trastienda con el brazo en cabestrillo-. Aquí estoy. ¿En qué puedo servirles hoy? -La mujer miró con cautela el maletín negro y a continuación hizo un comentario que demostraba abiertamente su aprecio por Kristen-. Vaya, han venido en compañía de una persona famosa.

– Sí, sí. Es toda una celebridad. -Mia se inclinó sobre el mostrador-. Se trata de lo siguiente, Diana. Durante la investigación hemos encontrado una bala. -Sacó una bolsa y la depositó en el tablero de cristal-. No es gran cosa, pero es todo cuanto tenemos por ahora. ¿Qué puede decirnos?

La anciana frunció los labios y en las comisuras se formaron varias arrugas como rayos de sol. No paraba de toquetear la bolsa que contenía la bala.

– ¿Qué me darán a cambio?

Mia tamborileó en el maletín.

– Sea buena chica, y luego ya veremos.

– ¿Qué es esto? -susurró Kristen a Reagan, pero él negó con la cabeza para acallarla.

La mirada de Diana se suavizó considerablemente.

– Hacía mucho tiempo que no me llamaban «chica».

– Considérelo parte de la recompensa -espetó Mia-. Creemos que esta bala está fabricada artesanalmente.

Diana torció la boca con gesto pensativo.

– Sí. Pero está demasiado estropeada para obtener información sobre el molde. -Cogió la bala y aguzó la vista-. Tiene la marca del fabricante.

– Lo sé. Un compañero de balística me lo ha dicho, pero no ha sido capaz de reconocerla. ¿Y usted?

Sacó una lupa y examinó la bala con detenimiento.

– No, ya le he dicho que está demasiado estropeada. Pero no hay muchas personas que fabriquen sus propias balas.

– ¿Alguno de sus clientes? -preguntó Mia-. ¿O de las personas de las listas que nos entregó?

La anciana se quedó pensativa.

– Hay unos cuantos, pero no ponen marca. -Se quedó mirando el maletín-. ¿Qué lleva ahí dentro, detective Mitchell?

Mia accionó las cerraduras del maletín.

– La pistola de mi padre. -Sonrió al ver que la mirada de Diana se tornaba reverencial-. Es un tesoro magnífico. -En cuanto Diana hizo un intento de tocar el arma, Mia cerró el maletín de golpe-. Tal vez luego.

Diana alzó una ceja.

– Es mi retribución, ¿no?

– Depende. Mi compañero y yo necesitamos información sobre la marca de la bala. Si conseguimos un esbozo decente, ¿lo colgará en el tablón de anuncios?

Diana accedió con un asentimiento solemne.

– Me gusta ayudar, detective Mitchell. De hecho, haré algo mejor. Reuniré a mis amigos aficionados a la práctica de tiro y entre todos elaboraremos una lista de todas las marcas que seamos capaces de recordar.

Kristen oyó que Reagan soltaba una risita discreta.

– Es buena, ¿verdad? -dijo.

Kristen ladeó la cabeza hacia atrás para mirarlo de perfil. Tenía los ojos fijos en Mia y su boca esbozaba una sonrisa que expresaba tanto orgullo como diversión. No era el tipo de hombre al que le asusta la destreza de otro, aunque el otro fuera una mujer. Solo eso ya lo distinguía de la mayoría de los que ella conocía.

– Sí, sí. Lo es. ¿Adónde iremos después?

– Mia y yo iremos a la escuela King. Gracias al equipo de videovigilancia hemos obtenido una imagen del chico que dejó la caja en tu casa y queremos distribuir algunas copias. Es sábado, así que durante todo el día habrá alumnos en la pista de baloncesto que hay justo enfrente.

– ¿Hay algún problema si llegáis media hora más tarde?

Abe la miró con cara de desconcierto.

– Supongo que no. ¿Por qué?

Kristen se volvió hacia el mostrador.

– Porque voy a comprarme una pistola.

Sábado, 21 de febrero, 17.00 horas

– ¿Puedo hablar contigo un momento, Jacob?

Jacob Conti levantó la cabeza y vio a Elaine de pie en la puerta de su despacho frotándose las manos.

– ¿Qué ocurre, Elaine? -preguntó, aunque ya lo sabía.

Ella se acercó con su aire tímido. La primera vez que la vio, veinticinco años atrás, le recordó a un frágil pajarillo. De hecho, aún se lo recordaba.

– Llevo todo el día tratando de localizar a Angelo. Estoy empezando a preocuparme. Había quedado con sus amigos en el club para ir a jugar al frontón pero no se ha presentado. ¿Puedes enviar a Drake a buscarlo?

Conti asintió.

– Claro, cariño. Intenta calmarte.

Ella se acercó más y lo besó en la mejilla.

– Lo procuraré. Gracias, Jacob.

Dejó que se marchara sin decirle que ya había enviado a Drake Edwards y a otros tres hombres a buscar a Angelo. De momento, no habían dado con él.

Empezó a sentir un nudo en el estómago.

«Angelo, solo faltaba que abrieras tu bocaza delante de todo el mundo. Como si no corrieras ya bastante peligro, has tenido que dar la nota en la tele, por el amor de Dios.»

Si le había ocurrido algo a su hijo… El culpable iba a pagarlo.

Y Jacob Conti no era un hombre dado a amenazar a la ligera.

Sábado, 21 de febrero, 19.00 horas

Había vuelto a sorprenderlo. Eso pensaba Abe mientras oía a Kristen pedirle al camarero la comida en italiano y seguir hablándole con fluidez. La había llevado a Rossellini's, un restaurante italiano que su familia frecuentaba desde que él era pequeño. El ambiente resultaba de lo más acogedor y la comida era estupenda. A diferencia de Mia, Kristen parecía abierta a nuevas experiencias gastronómicas.

Al verla sonreír mientras las palabras en italiano brotaban de sus labios, no pudo evitar preguntarse si también estaría abierta a nuevas experiencias en otros terrenos. Durante todo el día, mientras permanecía sentada a su lado en el todoterreno, se había deleitado con su fragancia y había contemplado los cambios que las distintas emociones reflejaban en su rostro; unos, sutiles; otros, no tanto. Había observado que se ponía tensa cada vez que sonaba su teléfono móvil; sabía que tenía que sufrir el hostigamiento de los aterrorizados abogados defensores que habían tenido la desgracia de vérselas con ella en los tribunales. La veía mirar atrás continuamente, preocupada por la posibilidad de que hubiera alguna cámara filmándola o la siguieran los miembros de alguna banda o su humilde servidor.

Durante todo el día, Abe repasó mentalmente los acontecimientos de la noche anterior, incluida la excitación que observó en sus ojos verdes en lugar del habitual recelo y la sencilla compasión que ella le había demostrado al pedirle que le hablara de Debra. Se preguntó cómo les irían las cosas.

Si estuvieran juntos.

Se preguntó cómo se sentiría al ver su rostro solemne sonreír a diario, al oír su risa sin que la preocupación apagara su sonoridad.

Y a continuación se preguntó si se estaba volviendo loco, si se estaba aferrando a la primera mujer cuerda que había encontrado desde que ya no trabajaba de incógnito. Kristen era una mujer íntegra, inteligente. Era hermosa y elegante. Había conocido a muy pocas mujeres que reunieran aquellas cualidades en los últimos cinco años. No eran habituales entre los traficantes de armas y de drogas.

Se deleitó recordando el día en que la conoció. La noche anterior no había mentido. Al principio se quedó anonadado; luego se sintió cautivado y, a continuación, excitado. Lo excitaba de un modo increíble, inconfundible. Aquel día iba camuflado, y no había parado de soltar indirectas gracias a las cuales se había ganado unas cuantas palmadas en la espalda por parte de sus cómplices del mundo del hampa. Sin embargo, la primera impresión no se había desvanecido, había permanecido fija en su mente mientras tenía lugar la detención que había sido planeada para conferir credibilidad a su falsa identidad. Había hecho ver que era uno de ellos y lo habían detenido y fichado. Poco después lo habían dejado en libertad bajo fianza y había regresado a la zona de la ciudad sombría e inmunda en la que, según su falsa identidad, vivía.

Sin embargo, en cuanto pudo se escabulló para ver a Debra en el centro de enfermos terminales; se sentó junto a su cama y le acarició las manos y los pies al tiempo que pronunciaba su nombre en voz baja. El sentimiento de culpa lo atormentaba. Mientras su esposa yacía en un silencioso infierno, él deseaba a otra mujer.

Ahora, ella por fin descansaba en paz. Y él seguía deseando a Kristen Mayhew.

El camarero interrumpió la conversación con obvio pesar y se dispuso a atender a otros clientes. Kristen se volvió hacia Abe y abrió los ojos como platos, por lo que él dedujo que debía de llevar escritos sus pensamientos en el rostro. Por un momento pensó en tomárselo a risa y quitarle importancia. No obstante, la mirada de Kristen adquirió una excitación progresiva y se le sonrosaron las mejillas. Se humedeció los labios con la punta de la lengua y Abe estuvo a punto de soltar un gemido de placer.

– Lo siento -dijo-. He sido muy grosera al desatenderte. Es que hacía mucho tiempo que no tenía oportunidad de hablar en italiano.

– No te disculpes. Me ha encantado escucharte. No sabía que hablases italiano.

Kristen se encogió de hombros sin saber muy bien qué decir.

– Pasé un año en Italia cuando estaba en la universidad. Aprendí mucho vocabulario coloquial, pero estoy segura de que la gramática la llevo fatal. La tengo oxidadísima. -Cogió la carta y jugueteó nerviosamente con el borde-. No tienes por qué invitarme a cenar. Spinnelli ha enviado un coche patrulla a mi casa. Creo que puedo apañármelas sola.

Algo se removió en su interior, sentía deseo e inquietud.

– ¿Y no se te ha ocurrido pensar que tal vez me apetezca estar contigo? ¿Que el hecho de traerte aquí no tiene nada que ver con el caso?

Ella levantó la cabeza y lo miró a los ojos.

– Sí. -Su voz se había vuelto áfona, ronca, y a él le provocó un cosquilleo por todo el cuerpo-. Sí, lo he pensado.

Abe tragó saliva. Se le ocurrían mil respuestas, pero todas eran completamente inapropiadas y la habrían ahuyentado de inmediato.

– Ah, signorina.

Abe se tragó una maldición por la interrupción mientras Kristen se volvía hacia un radiante Tony Rossellini, alma del restaurante y viejo amigo de sus padres. En su lugar, sonrió.

– Tony, me alegro mucho de verte.

Tony se llevó una gran sorpresa. A Abe la situación le hizo gracia; de pronto se dio cuenta de que el hombre no se había acercado a hablar con él.

– Abe. Abe Reagan. Mi sobrino no me ha explicado que eras tú quien acompañaba a esta bella signorina. Me alegro de verte. Tus padres vinieron la semana pasada pero no me dijeron que hubieras vuelto a la ciudad.

Era la historia que la familia contaba a todos sus amigos. Abe se había trasladado a Los Ángeles y solo volvía de vez en cuando para visitarlos. Por lo que sabía, incluso se lo habían contado a Rachel. Habría resultado demasiado peligroso que alguien mencionara sin querer su verdadera ocupación. Le dirigió una mirada a Kristen y vio que lo había entendido y que, por tanto, no iba a ponerlo en evidencia.

– Sí, señor. He vuelto. Ahora trabajo en el departamento de homicidios. Esta es Kristen Mayhew.

El rostro marchito de Tony hizo un esfuerzo por recordar dónde había oído aquel nombre. De pronto, abrió mucho los ojos.

– Bueno, esta noche no vamos a hablar de cosas de esas. Nada de trabajo; solo diversión. -Mostró una botella de vino tinto que ocultaba a su espalda. Era una marca excelente; Abe se percató a simple vista-. Mi sobrino solo me ha hablado de una atractiva joven que vivió un año en la hermosa ciudad de donde eran mi padre y mi abuelo. -Con la destreza de un experto, descorchó la botella-. Hace mucho tiempo que no voy a Florencia, pero siempre la llevo en el corazón. -Se dispuso a llenarles las copas con orgullo y entonces Abe recordó que Kristen no bebía.

Abrió la boca pero se quedó mudo y se le tensó todo el cuerpo al notar que ella deslizaba una mano sobre la suya. La miró y ella hizo un discreto movimiento de negación con la cabeza, perceptible solo por él. A continuación, retiró la mano y alzó la copa en un brindis que dirigió a Tony. Se expresó en italiano y lo que dijo hizo que Tony apareciera aún más radiante. El hombre respondió con amabilidad antes de volverse hacia Abe muy sonriente.

– Ahora que has vuelto a casa vendrás a vernos con frecuencia, ¿verdad, Abe? Y, cuando vengas, te acompañará la signorina.

– Claro. -No supo si Abe se refería a la primera afirmación o a ambas-. Tony, los periodistas llevan persiguiéndonos todo el día. Si aparece alguien sospechoso, ¿podrías…?

Tony frunció el entrecejo.

– No hace falta que digas nada más, Abe. No os molestarán -dijo, y volvió a la cocina sin esperar respuesta.

Kristen dejó la copa en la mesa y apartó la mirada.

– Qué amable.

– Sí. Tony es un viejo amigo de mis padres.

Ladeó la cabeza; quería que ella se volviese a mirarlo pero no lo hizo. Se moría de ganas de tocarla, de deslizar la mano bajo la mesa y cogerla de la mano tal como ella había hecho. Sin embargo, en vez de eso se llevó la copa a los labios.

– Pensaba que no bebías.

– No bebo, pero no he querido ofenderlo rechazando su hospitalidad. Daré solo un par de sorbos y quedará entre nosotros.

Otra vez volvía a demostrar su consideración por los sentimientos de los demás. Se acordó de la mirada que le había dirigido la noche anterior al partir en dos el papel de lija y ofrecerle la mitad. Había encontrado en ella compasión y comprensión, y también algo más. Algo que lo había mantenido en vela casi toda la noche.

– Kristen. -Aguardó, pero ella mantuvo los ojos fijos en la otra punta del restaurante-. Podrías haberte ido a casa en cuanto Spinnelli te asignó un guardaespaldas. Mia se ofreció a llevarte a casa, le quedaba de camino al lugar donde había quedado. ¿Por qué estás aquí conmigo?

Hubo un largo silencio antes de que ella se volviera a mirarlo a los ojos, y al hacerlo adivinó en ellos tanto interés como vulnerabilidad, lo cual le atenazaba el corazón y, curiosamente, le hacía hervir la sangre.

– ¿Se te ha ocurrido pensar que tal vez yo también esté aquí porque quiero estar contigo? -preguntó con voz suave.

– Tenía la esperanza de que fuera así -respondió él con sinceridad.

Los labios de Kristen se curvaron con tal discreción que si no la hubiera estado mirando fijamente no lo habría notado. Posó la mano sobre la de ella y notó un ligero retroceso. Pero no llegó a retirar la mano y él lo interpretó como una señal positiva.

– ¿Por qué te fuiste a Italia?

Ella parpadeó; era evidente que no esperaba aquella pregunta.

– ¿Cómo dices?

Él deslizó su dedo pulgar bajo la palma de la mano de ella y empezó a moverlo adelante y atrás en una suave caricia. Ella se puso rígida pero no retiró la mano.

– Que por qué pasaste un año en Italia.

Ella bajó los ojos a sus manos unidas.

– Fui a estudiar a Florencia.

– ¿Arte?

Ella alzó la cabeza, esbozaba una pequeña sonrisa. A Abe volvió a paralizársele el corazón.

– ¿Es que hay alguien que vaya a Florencia a estudiar otra cosa?

– Ya he notado que tenías una gracia especial escogiendo colores -dijo-. ¿Cómo es que estudiaste arte y acabaste siendo abogada? ¿Por qué no te dedicas a pintar o a esculpir o a cualquiera de las cosas que estudiaste?

La sonrisa de Kristen se desvaneció.

– La vida no siempre acaba siendo como uno la planea. Aunque me imagino que lo sabes por experiencia propia.

Así era.

– Sí.

Ella se estremeció visiblemente.

– Me estoy comportando como una egoísta. Me invitas a cenar en un sitio estupendo y yo me pongo sensiblera. Hablemos de otra cosa.

– Vale, hablemos de otra cosa. -Ladeó la cabeza y la escudriñó con la mirada-. Esta tarde nos has sorprendido en el campo de tiro. No nos habías dicho que supieras disparar. -Lo hacía muy bien. La había observado elegir el arma de forma metódica ante el mostrador de Diana Givens y había fantaseado sobre lo agradable que resultaría enseñarle las cuestiones básicas sobre el manejo de las armas de fuego. Qué debía de sentirse al rodearla con los brazos, al notar el contacto de su delgado cuerpo. Su fisiología había respondido instantáneamente a la fantasía y casi se había sentido aliviado al oír que rechazaba la ayuda que le habían ofrecido Mia y él. En lugar de eso, había vaciado la recámara en el objetivo de cartón con rapidez y precisión, dejándolos a todos mudos por un momento-. En todas las ocasiones has hecho diana en la cavidad torácica.

– No soy una tiradora de primera, pero acierto en una lata colocada sobre una valla.

– Así que en Kansas vivías en una granja -supuso él al unir los pocos detalles que le había ido contando sobre su vida en los últimos días.

Ella se removió en la silla, incómoda, pero asintió.

– Mi padre tenía un antiguo rifle del calibre 38 con el que nos dedicábamos a practicar.

Había tratado de eludir aquella cuestión sobre la vieja granja de la familia Mayhew.

– ¿Y quién heredó el rifle de tu padre cuando él murió?

El ánimo de Kristen se enfrió.

– Mi padre no ha muerto.

Abe frunció el entrecejo.

– Pero me habías dicho que no tenías familia.

– Porque así es. -Volvió a suspirar y a estremecerse visiblemente-. Lo siento. He vuelto a comportarme de forma grosera. Es que me pone enferma tener que esperar tres días para que me den mi pistola. Al rellenar los impresos y darme cuenta de lo difícil que resulta conseguir una licencia me he sentido como si me metieran el dedo en la llaga.

– ¿Qué quieres decir?

Ella hizo una mueca.

– Que los tipos de los que me protejo habrán comprado las armas a algún traficante que no cumple la ley. Ellos van armados y yo tengo que esperar.

– Es posible que no te hagan esperar.

– ¿Y no te parece que eso le va a ir de perlas a Zoe Richardson para su exclusiva? -Meneó la cabeza-. No; dormiré con un garrote bajo la almohada hasta que obtenga el permiso.

Reagan iba a responder pero se calló de inmediato con un gruñido cuando se abrió la puerta del restaurante. Kristen se irguió de inmediato y retiró la mano hacia su lado de la mesa.

– ¿Qué hay? -preguntó torciendo el cuello para mirar atrás con expresión alarmada-. ¿Más periodistas?

– No. Peor. Mi hermana.

Era cierto. Rachel entró seguida de un tropel de adolescentes, y el ambiente del restaurante se saturó de repente.

Era difícil que Rachel no lo viera, pero que no reconociera a Kristen era imposible. Desde la otra punta del restaurante vio cómo Rachel abría los ojos como platos. En menos de un minuto se había situado junto a su mesa.

– ¡Abe! -Se inclinó y le dio un beso rápido en la mejilla-. No sabía que estarías aquí esta noche. ¿Se lo has preguntado? ¿Eh? ¿Se lo has preguntado?

Abe suspiró. Rachel se refería a la entrevista con Kristen para el trabajo de la escuela. Entre tanta actividad lo había olvidado completamente.

– No, Rach. Hemos estado muy ocupados.

Rachel mostró disgusto.

– Pues por lo menos preséntamela y ya lo haré yo. Por favor.

Abe suspiró, esta vez con mayor elocuencia.

– Kristen, esta es mi hermana pequeña, Rachel. Rachel, esta es Kristen Mayhew, ayudante del fiscal del Estado.

Sábado, 21 de febrero, 19.30 horas

– No quiere que lo molesten.

Jacob Conti oyó las palabras de su mayordomo. En la penumbra de su despacho una voz de tenor se elevaba desde los altavoces para ofrecerle las últimas notas de su aria favorita. Solía servirle para relajarse al acabar la jornada, pero aquel día no lo conseguía. Angelo había desaparecido. Elaine no paraba de llorar y él sabía que, fuera cual fuese el desenlace, sería malo.

– Seguro que se alegrará de verme -oyó decir a Drake Edwards.

«No, no me alegro de verte», pensó Jacob. Pero bajó el volumen del aria con el mando a distancia.

– Hazlo pasar. -Se puso en pie y se sintió furioso al notar que le temblaban las piernas. Dirigió una mirada a Drake y se dejó caer en la silla. El jefe de seguridad tenía el semblante lúgubre.

– Lo siento, Jacob -empezó Drake en voz baja. Se sacó un juego de llaves del bolsillo y Jacob reconoció al instante el logotipo que pendía de la cadena-. Hemos dado con el Corvette. Unos chicos han dicho que habían encontrado las llaves tiradas en el asiento del conductor y que habían dado una vuelta con él.

– ¿Y Angelo? -Jacob había enronquecido.

Drake meneó la cabeza.

– Lo vieron por última vez en un bar de las afueras. Sus amigos dicen que había bebido mucho pero que no quiso que llamaran a un taxi.

«Qué estúpido. Qué estúpido.»

– Me lo imagino. Es normal tratándose de Angelo.

– Jacob… -Drake cerró los ojos y su semblante expresó pesadumbre-. Hemos encontrado manchas de sangre en el asiento del conductor.

Jacob exhaló un suspiro. Tenía que decírselo a Elaine, pero aquello la mataría.

– Esperaré a estar seguro para decírselo a la señora Conti. Sigue buscándolo, Drake. Y haz que vigilen a Mayhew y a esos dos detectives… Mitchell y Reagan. Según Richardson, el asesino le envía cartas a Mayhew. Si Angelo… -Se esforzó por que la palabra brotara de su boca- está herido, se lo hará saber pronto.

Drake asintió con formalidad. Jacob pensó que a él también debía de resultarle duro. Llevaba trabajando para él mucho tiempo, desde mucho antes de que se convirtiera en el actual Jacob Conti, el adinerado empresario de Chicago. Drake había sido su brazo derecho desde que empezara a estafar a ancianas solitarias y a hacer algunos trabajitos sucios. Era como de la familia. Le había cambiado los pañales a Angelo y de niño solía llevarlo al circo. Debía de tener el corazón hecho añicos.

– He ordenado a unos cuantos hombres que los sigan, y también a sus jefes y a esa Richardson -explicó Drake-. Jacob, trata de descansar. Yo no pararé hasta encontrar a Angelo.

No, Drake no pararía de buscarlo. Conti lo sabía tan bien como que se llamaba Jacob. «Pero cuando lo encuentre, ¿seguirá pareciéndose a mi hijo?»

Capítulo 13

Sábado, 21 de febrero, 21.30 horas

Reagan hizo una señal con la mano al coche patrulla y penetró en el camino de entrada a la casa de Kristen. Los faros de su coche iluminaron otro vehículo allí estacionado.

– Parece que tienes visita -dijo.

– No lo creo. -Nunca recibía visitas, a excepción de él-. Creo que la compañía de alquiler me ha traído otro coche. -Kristen aguzó la vista para ver la marca y el modelo en medio de la penumbra-. Es un Chevy. -Se volvió y lo encontró escrutándola con expresión intensa y expectante, tal como venía haciendo durante todo el trayecto. En el ambiente reinaba una esperanza que le hacía sentir a un tiempo nerviosismo y nostalgia-. A lo mejor tiene GPS, como el de Skinner.

Reagan esbozó una sonrisa.

– No estaría mal.

Se hizo un silencio violento. Los ojos de Reagan la habían atrapado. Él estaba esperando. Kristen no sabía muy bien el qué. Bueno, sí, lo sabía. El problema era que no tenía ni idea de cómo empezar.

– Gracias -dijo-. Lo he pasado bien.

Era cierto. Había conocido a su hermana y a unos cincuenta amigos suyos. Los chicos se habían comportado de forma escandalosa y alocada, pero tanto entusiasmo juvenil sirvió para disipar su desánimo. Habían mostrado curiosidad por el caso, que gracias a Rachel todos conocían, y habían formulado preguntas, en su mayoría sorprendentemente pertinentes. Rachel imitó a Zoe Richardson de un modo tan irreverente y divertido que a Kristen acabaron doliéndole los costados de tanto reír. Luego, el tropel de adolescentes se trasladó a la otra punta del restaurante y Kristen y Reagan pudieron charlar en paz.

A Reagan le gustaba el arte, según le contó, y descubrieron su afición común por los impresionistas. En cuestión de música había diferencias. Él prefería el rock de los setenta y ella había confesado que tenía todos los álbumes de los Bee Gees, a quienes él desdeñaba. Reagan le pareció un verdadero encanto y su compañía le resultó de lo más cómoda. Y tentadora.

Volvió a tomarle la mano. Hacía mucho tiempo que nadie le cogía de la mano. Le entraron ganas de ir más allá. Y la idea la asustaba tanto como la atraía.

– Siento lo de mi hermana. Puede resultar de lo más…

– ¿Adolescente?

En el rostro de Abe se dibujó una sonrisa radiante.

– Sí, me imagino que es un calificativo tan bueno como cualquier otro. No tienes por qué acceder a que te haga esa especie de entrevista mañana por la tarde, Kristen. Ya sé que te has sentido obligada a decirle que sí.

Kristen negó con la cabeza. Rachel Reagan tenía madera de comercial. Un minuto después de declinar amablemente la petición de la chica, se encontraba aceptando la invitación para la cena del domingo en casa de los Reagan; es decir, al día siguiente.

– No hay problema. -Y de verdad pensaba que no lo había-. No me importa.

«De hecho, para ser sincera, me muero de ganas de ir. Además, me servirá para tener buena prensa.»

Reagan la miró con una mueca.

– A Tony le ha sentado fatal.

– Era normal que ocurriera. Él no tiene la culpa de que los periodistas estuvieran fuera al acecho. Me pregunto cuándo duerme Richardson. Está en todas partes.

– Por lo menos, el policía apostado delante de tu casa le impedirá que te moleste aquí.

Se hizo otra pausa violenta; a Kristen le habría gustado tener más don de gentes, ser capaz de invitarlo a entrar y tomar un té sin hacer de ello una montaña. Aunque, de hecho, a ella se le hacía una montaña. Aún sentía en la palma de la mano la caricia de su dedo pulgar. Tenía ganas de volver a notar su tacto. Exhaló un profundo suspiro.

– No se me da nada bien.

Él arqueó una de sus cejas morenas y la miró con desenfado.

– ¿El qué?

Kristen alzó la vista.

– ¿Te apetece entrar y tomar un té o no?

Sus ojos centellearon en la oscuridad y a Kristen se le aceleró el corazón mientras aguardaba su respuesta.

– Sí, claro -aceptó a media voz; Kristen supo definitivamente que sus intenciones iban más allá de tomarse un té-. Tengo que hablar un momento con el policía que vigila la calle. Vuelvo enseguida.

Él dio un portazo y la dejó en la penumbra con sus pensamientos.

«Te besará, Kristen. Idiota, estúpida. Lo descubrirá.»

No era tan ingenua. Sí, intentaría besarla. Y ella no podría evitar lo inevitable. Él lo descubriría. A un hombre como Reagan le bastaría un beso para descubrirla. «Se dará cuenta. Bueno, ¿y qué? A lo mejor no le importa», pensó.

«¡No, qué va! -se burló de sí misma-. Eres una imbécil integral. A todos les importa.»

Suspiró. Incluso un hombre tan encantador como Abe Reagan buscaría algo que ella no podía ofrecerle. Con el primer beso se daría cuenta de su frialdad… De su frigidez, excesiva para darle lo que necesitaba, lo que quería. Enseguida concluiría que aquello no podía funcionar y, aunque tratara de ser amable, ambos resolverían que lo más recomendable era mantener una relación puramente profesional. Lo cual era mucho mejor. Cuanto antes atraparan al asesino, antes desaparecería Reagan de su vida y esta volvería a la normalidad.

«La normalidad es la soledad. La normalidad es lo que siempre has tenido. Olvídalo y punto.»

Él abrió la puerta del coche. Una ráfaga de aire frío puso el punto final a sus reflexiones. Lo miró con desaliento.

– ¿Ha ocurrido algo mientras he estado fuera?

– No. Esta noche le toca el turno a Charlie Truman. Es un buen policía, es amigo de mi hermano. Con él ahí afuera, estarás a salvo. ¿Te acuerdas de McIntyre, el chico que te tomó declaración ayer? A él le toca el turno de día. Lo verás por la mañana. -La miró con atención-. Kristen, ¿qué ocurre?

– Nada.

La ayudó a salir del coche en silencio, abrió la puerta de la cocina y se apresuró a encender todas las luces mientras ella desconectaba la alarma.

– Olvidemos lo del té -dijo con suavidad-. Debes de estar cansada.

– No. -La palabra brotó de sus labios con premura y ambos se sorprendieron. Ella exhaló y se desabrochó el abrigo. «Acabemos con esto cuanto antes», se dijo-. No; quédate, por favor. -Se quitó el abrigo de cualquier manera y se dedicó a preparar el té mientras oía cómo la prenda se escurría de la silla; se enfadó consigo misma al ver que la mano le temblaba y la mitad de la cucharada de té iba a parar a la encimera.

– Kristen. -La voz procedía de atrás. Era grave, profunda y tranquilizadora-. No te preocupes.

«Sí que me preocupo.» Bajó mucho la cabeza, de modo que la barbilla le rozaba el pecho.

– Puede que tengas razón. Estoy cansada.

«Y esto se me da fatal.»

Se estremeció cuando él le puso las manos en los hombros; no hacía fuerza, se limitaba a calmarla, a masajearle los hombros trazando grandes círculos que la obligaron a ahogar un suspiro y rogarle sin voz que no dejara de hacerlo. Le bajó la chaqueta y retomó la tarea; ella notó el calor de su tacto a través de la blusa y, poco a poco, su cuerpo se relajó.

«Y a ti esto se te da genial», pensó.

– Gracias -dijo él.

Kristen comprendió que había respondido en voz alta a sus pensamientos. Su voz se había vuelto más profunda, más ronca. Un gran escalofrío la recorrió de pies a cabeza. Por un momento, las manos de Abe le aferraron los hombros, pero enseguida las desplazo hasta la nuca. Le presionó con los pulgares los tensos músculos de ambos lados del cuello y ella notó que le flaqueaban las rodillas. La rodeó un brazo firme, justo por debajo del pecho, y… dejó que la sujetara, que la atrajera contra sí, contra su cuerpo robusto, recio en todas sus partes, incluidas las prohibidas. Dio un tirón hacia delante, para aumentar la distancia que los separaba; volvía a estar tensa. Él la soltó sin pronunciar palabra y puso las manos en sus hombros para empezar de nuevo. «Para tranquilizarme», pensó.

– Aja -masculló él y Kristen supo que había vuelto a pensar en voz alta-. Y a mí -añadió.

– ¿Tranquilizarte, tú?

– No eres la única que está nerviosa, Kristen.

Se volvió para mirarlo. Mostraba una expresión seria, casi adusta.

– ¿Por qué? -La pregunta brotó en un susurro y las manos de Abe se ralentizaron; permaneció un instante en silencio.

Luego respondió, también con voz susurrante.

– Porque me has dicho que no tienes familia y resulta que tu padre está vivo; porque dices haber estudiado arte en Florencia y no veo en esta casa ninguna de tus obras; porque aseguras que las víctimas no olvidan nunca. Alguien te hizo daño y temo que por algún motivo pienses que yo también te lo haré, porque no va a ser así.

Pero sí que sería así. A Kristen se le partió el corazón al reconocerlo en su fuero interno. Sin embargo, asintió.

– Ya lo sé -dijo. Sabía que él no quería herirla. Y una parte de su ser deseaba con todas sus fuerzas que tuviera razón.

Él le dirigió una mirada penetrante.

– ¿De verdad? -Deslizó las manos hasta su pelo y ella notó que buscaba algo. De pronto, extrajo una horquilla que cayó haciendo ruido en la encimera; a continuación, extrajo otra.

– ¿Qué estás haciendo? -La pregunta brotó con voz grave y áspera.

– Te suelto el pelo. Estas horquillas llevan todo el día sacándome de quicio. -Lo dijo con un hilo de voz, lo cual hizo que un escalofrío le recorriera de nuevo todo el cuerpo. A Abe le brillaban los ojos; siguió extrayendo horquillas hasta que por fin su pelo quedó suelto, entonces sumergió en él sus dedos y le masajeó el cuero cabelludo. Ella relajó los párpados al tiempo que emitía un suave gemido; sus pulmones exhalaron hasta la última gota de aire. El contacto de sus manos le hacía mucho bien, le resultaba muy necesario.

Estaba loco por ella. La simple idea le daba vértigo.

Deslizó una mano del pelo al mentón y se lo sujetó mientras con el pulgar le acariciaba la mejilla, tal como antes había hecho en la palma de su mano. Ella abrió los ojos con dificultad; se sentía adormilada por el placer. El rostro de él se encontraba ahora más cerca; mucho más cerca.

Sus labios le rozaron la sien y de repente a ella se le cortó la respiración.

– Hay otro motivo por el que estoy asustado -susurró; su cálido aliento le abrasaba la piel.

– ¿Cuál? -Movió los labios para formular la pregunta, pero la voz apenas brotó.

– Te deseé en cuanto te vi por primera vez. Y te sigo deseando.

Aquella confesión en voz baja la hizo temblar, estremecerse. Debería estar asustada, aterrorizada.

«Pero no lo estoy.» En vez de eso, se sentía fascinada. De pronto, los labios de él le rozaron la mejilla a escasos centímetros de la boca. Se sentía tan fascinada… Lo único que tenía que hacer era volver un poco la cabeza y los labios de ambos se unirían. Lo deseaba, deseaba notar el calor de su boca y saber qué se sentía al ser besada por un hombre como él.

– Abe.

Él se detuvo en seco.

– Dilo otra vez -le pidió-. Di mi nombre otra vez.

Kristen tragó saliva y de algún modo consiguió que se oyera su voz.

– Abe.

Él se estremeció y el temblor de su cuerpo alcanzó el de ella. Un agudo cosquilleo le abrasaba la piel y penetraba en ella haciendo que anhelara más. Pero los pensamientos se disiparon en cuanto él desplazó la cabeza y cubrió los escasos centímetros que separaban sus labios. Cubrió sus labios sobre las de ella, con firmeza y suavidad a un tiempo le resultaron terriblemente ardientes. Quería más. Se volvió para enfrentar su cuerpo al de él, quien, en menos tiempo del que tardaba su corazón en dar un fuerte latido, la abrazó y puso las palmas de las manos en su espalda; le abrasaban la piel. Inclinó la cabeza y puso más pasión en el beso; ella levantó los brazos y los posó en su pecho robusto hasta que él le cogió las muñecas y la alentó a rodearle el cuello. Luego volvió a posar las palmas de las manos en su espalda y la presionó con las yemas de los dedos con insistencia; con desesperación.

Y el beso se prolongó más y más.

De pronto, él lo interrumpió. La decepción estuvo a punto de arrastrarla como una ola, pero él le tomó una mano y la llevó a su corazón. Al notar el fuerte latido, lo miró a los ojos y supo que nunca en toda su vida, ocurriera lo que ocurriese al día siguiente o al siguiente minuto, olvidaría la forma en que la miraba.

«No puede obtener lo que espera de mí.»

– No, no puedo. -Sus ojos centelleaban, azules como el corazón de una llama; ella supo que había vuelto a pensar en voz alta y, sin embargo, lo último que sintió fue vergüenza-. ¿Notas lo que provocas en mí, Kristen? Por favor, no tengas miedo.

– No tengo miedo. -«De verdad que no.» Y para demostrárselo, y tal vez también para demostrárselo a sí misma, lo atrajo del cuello para besarlo; esta vez el beso fue más corto pero por iniciativa suya. A continuación lo apartó de sí y lo vio sonreír. Y su pulso se detuvo un instante antes de reanudar el ritmo acelerado. Tenía una sonrisa muy dulce, muy relajante, muy aliviadora. Y sus labios respondieron con un gesto similar.

– Me alegro -dijo él.

– Yo también.

– Tengo que irme.

Kristen, sorprendida, lo miró con los ojos muy abiertos.

– ¿Por qué?

La sonrisa de Abe se tornó compungida.

– Porque deseo mucho más que besarte.

La imagen que aquellas palabras despertaron en su mente la atenazó. Aquello superaba con creces lo que esperaba, lo que había planeado.

– Abe, yo…

Él le puso los dedos en los labios.

– No te preocupes, Kristen. Puedo esperar.

Ella le besó las yemas de los dedos y la mirada de él se tornó cálida.

«Soy capaz de despertar… su pasión.» Y vaya si era capaz. Lo había notado en el breve contacto de sus cuerpos mientras se besaban. Estaba excitado; aun así, no había insistido. No la había presionado; no la había forzado, ni la había herido. De pronto, se vio a sí misma a los veinte años, muerta de miedo. «Estate quieta, no forcejees. Eres una maldita provocadora, tú te lo has buscado.» El pavimento estaba muy duro y aquella noche hacía mucho calor; la noria no paraba de dar vueltas, las luces lo iluminaban todo.

«No, no, no.» Cerró los ojos, suspiró y se obligó a interrumpir el recuerdo. Cuando volvió a abrirlos, se dio cuenta de que él lo sabía todo. Lo había entendido. Y no había echado a correr.

– Iremos poco a poco, Kristen -susurró-. Eso es lo que haremos.

«Haremos.» Las lágrimas asomaron a sus ojos y ella parpadeó para ocultarlas.

– ¿Por qué te preocupas por mí?

Él sonrió con tal dulzura que estuvo a punto de romperle el corazón.

– Porque me gustas. Ahora tengo que irme y voy a darte un beso de buenas noches. -Lo hizo; fue un breve gesto cómplice-. Pasaré a recogerte mañana para ir a cenar. Hasta entonces, no salgas si no es acompañada de Truman, de McIntyre, de Mia o de mí.

Domingo, 22 de febrero, 9.00 horas

La mayoría de la gente opinaba que hacía demasiado frío para estar al aire libre; sin embargo, al oír los botes rítmicos de las pelotas de baloncesto, Abe supo que algunos habían optado por salir de casa. Tal vez aquel día les deparara mayor fortuna que el anterior y lograran encontrar al chico que había dejado la caja en la puerta de la casa de Kristen. Si alguna de las personas con quienes habían hablado lo conocía, lo había negado. De otro modo, tendrían que esperar a que la escuela abriera sus puertas al día siguiente para preguntar a los profesores si el rostro de la fotografía les resultaba familiar.

Mia estaba apoyada en el coche, tratando de levantar la lengüeta de la tapa de plástico que cubría su taza de café. Señaló otra taza humeante depositada en el capó.

– Es para ti.

Abe tomó la taza y le dio las gracias entre dientes.

Mia le dirigió una mirada inexpresiva.

– Vaya; pensaba que hoy tendrías una cara más alegre.

– No he dormido bien.

– ¿Por qué?

Abe hizo una mueca. «Porque cada vez que cerraba los ojos soñaba que besaba a Kristen hasta que ella era incapaz de recordar su propio nombre, hasta que lograba arrancarle de la mente lo que tanto la había herido, hasta que me suplicaba que siguiera adelante.» El sueño lo había dejado tenso y apesadumbrado; se sentía solo.

– Creo que es culpa de este caso, me está afectando demasiado. Empecemos ya. Tenemos que encontrar pronto al chico, esta noche voy a cenar a casa de mi madre.

A Mia se le iluminó el rostro.

– ¿Me guardarás las sobras?

Abe se echó a reír.

– Vamos, Mia.

Se dejaron guiar por el sonido de los botes y penetraron en el patio de la escuela King, al otro lado de la calle. Aquel era el nombre que mostraba con toda claridad la insignia de la chaqueta del chico fotografiado. En la pista de cemento había cinco jóvenes. Y los cinco se detuvieron al verlos.

– Son polis.

Abe lo oyó.

– Ayer ya vinieron a meter las narices -masculló otro.

Abe mostró su placa.

– Soy el detective Reagan y esta es la detective Mitchell. Estamos buscando a un chico de la escuela King. ¿Alguno de vosotros va a esa misma escuela? -Los cinco se miraron entre ellos. Parecían tener unos dieciséis años. «No son mucho más jóvenes que el desgraciado que disparó a Debra», pensó-. Os he hecho una pregunta -insistió Abe con voz más seria-. ¿Vais a la escuela King?

Todos asintieron de mala gana.

Mia se sacó la fotografía del bolsillo.

– Estamos buscando a este chico. Si no lo encontramos hoy, daremos con él mañana, cuando la escuela esté abierta. Si hoy decís que no lo conocéis y mañana nos enteramos de lo contrario… -Dejó la frase a medias expresamente-. Os conviene ayudarnos.

Se miraron con expresión de disgusto y se oyeron unas cuantas quejas. Observaron la foto y volvieron a mirarse unos a otros.

– Lo conocéis -afirmó Mia.

Uno de los chicos asintió.

– Sí, lo hemos visto por aquí.

Abe fijó la mirada en uno de los muchachos; sujetaba la pelota bajo el brazo. El chico le aguantó la mirada, desafiante.

– No ha hecho nada malo.

– Nosotros no hemos dicho eso -dijo Mia en tono tranquilo-. ¿Dónde podemos encontrarlo?

Los chicos bajaron la vista al suelo.

– Ni idea.

Abe suspiró.

– Muy bien. Todos contra la valla. Llamaremos a unos coches patrulla para que os lleven a la comisaría.

El chico de la pelota dio una patada en el suelo.

– No hemos hecho nada malo. ¿Por qué coño van a llevarnos a la comisaría?

Mia se encogió de hombros; tenía el móvil en la mano.

– Sois posibles testigos relacionados con la investigación de un homicidio. ¿Es que no veis pelis de polis?

– ¡Me cago en la leche! -dijo otro joven-. ¡Mi madre me matará si se entera de que se me ha vuelto a llevar la poli!

Abe siguió hablando con severidad.

– Pues decidnos dónde podemos encontrar a ese chico y os dejaremos en paz.

El chico de la pelota frunció el entrecejo.

– Se llama Aaron Jenkins y ya no va a la escuela King. Vive tres manzanas más arriba. -Señaló a lo lejos con un dedo escuálido-. Por allí.

– «Por allí» hay muchos edificios. -Mia señaló en la misma dirección que él-. Nos iría bien que precisaras un poco más tus amables indicaciones -añadió en tono seco y mordaz.

La expresión del chico se endureció.

– Es el único edificio de la manzana que tiene la entrada pintada de verde. Hay una vieja que se pasa el día allí sentada, espiándonos.

– Lleva un pañuelo de topos en la cabeza, es inconfundible -añadió otro de los chicos con cara de fastidio-. Se dedica a echar el mal de ojo a la gente.

Mia esbozó una falsa sonrisa.

– Gracias -dijo, y tendió la mano al chico de la pelota-. ¿Puedo?

Era evidente que el muchacho no la creía capaz de encestar. Le lanzó el balón y ella lo cogió con una mano. Luego, desde una distancia de tres puntos, Mia cerró un ojo, lanzó el balón y, tras describir un arco, este atravesó el aro. Los chicos la observaban boquiabiertos mientras ella se limitaba a sonreír.

– No os metáis en ningún lío, ¿de acuerdo, chicos? No me gustaría llevaros a la comisaría.

Abe los oyó refunfuñar mientras se alejaban.

– ¿Dónde aprendiste a jugar?

– Me enseñó mi padre. -Mia se encogió de hombros-. Quería un niño y solo tuvo niñas.

Abe pensó que era una pena, pero no dijo nada. Avanzaron en la dirección que les habían indicado los chicos. Abe recordó la frialdad de los ojos de Kristen la noche anterior, cuando le había revelado que su padre seguía vivo, y pensó que sus problemas debían de tener motivos bastante más complejos que el hecho de que él deseara haber tenido un niño.

– Una entrada verde, una vieja que echa el mal de ojo… -masculló Mia mientras se acercaban al edificio donde saltaba a la vista una anciana con un pañuelo moteado que los miraba con recelo. Ni siquiera la más dulce sonrisa de Mia suavizó el semblante de la mujer.

– Parece que hemos llegado -convino Abe-. Crucemos los dedos para que Aaron Jenkins esté en casa.

Encontraron la puerta y llamaron. Abrió una mujer con un niño pequeño apoyado en la cadera. Al verlos, abrió los ojos como platos.

– ¿Qué ocurre?

– Estamos buscando a un joven llamado Aaron Jenkins, señora -empezó Mia en tono amable.

La mujer se colocó bien al niño.

– Es mi hijo. ¿Por qué? ¿Se ha metido en algún lío?

Mia negó con la cabeza.

– Solo queremos hablar con él.

La mujer se volvió hacia atrás, vacilante.

– Mi marido está trabajando.

– Solo nos llevará unos minutos -la tranquilizó Abe-. Luego nos iremos.

– ¡Aaron! -llamó la mujer, y el joven de la foto salió de una de las habitaciones. Los miró brevemente y se dispuso a retroceder.

– Solo queremos hablar contigo -aclaró Mia, y el chico se detuvo.

– No he hecho nada malo.

– ¡Aaron! -gritó su madre-. ¡Ven aquí! -Y él se acercó arrastrando los pies.

– Entregaste un paquete el viernes por la tarde, ¿verdad? -dijo Abe.

Aaron frunció el entrecejo.

– ¿Y qué? Eso no es ilegal.

– No hemos dicho que lo sea. ¿De dónde lo sacaste, Aaron? -preguntó Mia.

– Me lo dio un blanco. Y también me dio cien dólares por llevarlo.

– ¿Qué aspecto tenía? -preguntó Abe.

Aaron se encogió de hombros.

– Yo qué sé. Llevaba una sudadera con capucha, no le vi la cara.

– ¿Era joven o viejo? -insistió Mia.

Aaron resopló, impaciente.

– Les he dicho que llevaba capucha. No le vi la cara.

– ¿Iba en coche? -prosiguió Abe.

– En una furgoneta. Blanca. Llevaba un dibujo al lado, un anuncio.

Abe se extrañó.

– ¿Un anuncio?

– Sí, como los de la pared. Una cara contenta. Decía algo así como «Componentes electrónicos Banner». -Aaron asintió, satisfecho de sí mismo-. No sé nada más.

Abe se extrañó aún más. No era la misma furgoneta. Mia lo miró preocupada y luego desvió la atención de nuevo hacia Aaron.

– ¿Cómo sabías dónde tenías que dejar la caja?

Aaron se encogió de hombros.

– Me apuntó la dirección en un papel y me dijo que luego lo tirara. Y eso hice. Ya les he dicho que no sé nada más. -Miró a su madre-. ¿Puedo irme?

La señora Jenkins colocó bien al niño que sujetaba.

– ¿Puede?

Mia asintió.

– Claro. -No dijo nada más hasta que estuvieron en la calle-. El equipo de chorro de arena también sirve para grabar letreros de goma.

– Que con un imán pueden sujetarse al lateral de una furgoneta. -Abe dio un resoplido que le levantó el flequillo-. Caray.

Mia alzó los ojos con gesto de exasperación.

– Me he pasado horas buscando floristerías y ahora resulta que el rótulo es falso. Por eso Jack no encontró restos de flores ni polen en la furgoneta. Puede que cada día anuncie una cosa diferente.

Sonó el móvil de Abe. Al mirar la pantalla se le erizaron los pelos de la nuca.

– ¿Qué pasa, Kristen?

La chica tenía la voz temblorosa.

– Me han dejado otra caja, Abe. McIntyre ha visto al chico que la traía y va a retenerlo hasta que llegues.

– Vamos hacia allá -dijo Abe en tono muy serio; luego se volvió hacia Mia-. Llama a Jack y dile que vaya casa de Kristen. Ya llamo yo a Spinnelli. Nuestro humilde servidor ha vuelto a atacar.

Domingo, 22 de febrero, 10.00 horas

– Dios mío. -Kristen palideció en cuanto Jack depositó el contenido del sobre en la mesa de la cocina-. Es Angelo Conti.

Mia le pasó el brazo por los hombros para reconfortarla.

– No te nos desmayes.

– No; no me desmayo nunca.

Abe recordó que se lo había dicho la noche en que se encontraron en el ascensor, después de darle aquel susto de muerte. Y ciertamente había demostrado tener unos nervios de acero; se sentía orgulloso de su fortaleza. Le costaba mantener las distancias, pero sabía que ella prefería conservar su imagen profesional. Volvía a llevar el pelo bien peinado y recogido, aunque las horquillas que le había extraído la noche anterior seguían en la encimera.

– No hay ninguna instantánea -observó Jack-. Solo el carnet de estudiante de la Universidad de Northwestern. ¿Por qué?

– No lo sé. -Abe cogió la carta-. «Mi querida Kristen: Angelo Conti está muerto. Su delito fue, inicialmente, producto de la negligencia, puesto que chocó contra el coche de Paula García mientras conducía borracho. Sin embargo, su flagrante desprecio por la vida humana lo indujo a apalear a la mujer hasta la muerte. Y el desprecio de su padre por el sistema judicial estadounidense lo llevó a comprar al jurado. Angelo Conti había quedado en libertad, por lo menos hasta que tú lograras volver a procesarlo. Pero no tenía bastante con los crímenes originales, así que agravó la situación deshonrándote públicamente, lo cual era intolerable. Espero que su muerte sirva de aviso a todo aquel que pretenda burlarse del sistema judicial y de los que están a su servicio. Como siempre, tu humilde servidor.»

Abe levantó la vista y vio que Kristen se dejaba caer en una silla.

– ¿Qué dice la posdata?

– Aparece un número de matrícula.

Abe le entregó la carta y ella lo observó perpleja.

– No es el mío. Esto no tiene ningún sentido.

– Creo que tendremos que hablar con el chico que dejó la caja -opinó Mia, y Abe se mostró de acuerdo.

Mia y él salieron de la casa y se acercaron al coche patrulla de McIntyre, donde el chico aguardaba en el asiento de atrás.

– Se llama Tyrone Yates -explicó McIntyre-. Sus padres vienen hacia aquí.

– Yo no he hecho nada -protestó Yates.

– Nadie dice lo contrario -replicó Mia.

Yates describió una escena casi calcada a la de Aaron Jenkins. Excepto que esta vez la furgoneta blanca lucía el nombre de un fabricante de alfombras. Para cuando el chico acabó con la explicación, sus padres ya habían llegado dispuestos a llevárselo a casa.

Kristen estaba preparando té cuando Abe y Mia entraron seguidos de McIntyre. Mia se acomodó en una silla y Abe se acercó a una ventana que daba al patio trasero, cubierto de hielo. McIntyre aguardó en el vano de la puerta de la cocina; su rostro juvenil expresaba preocupación.

– ¿Qué habéis descubierto? -preguntó Kristen.

Abe volvió la cabeza momentáneamente con aire abatido.

– No gran cosa, la verdad.

McIntyre se removió con inquietud.

– La furgoneta blanca…

– ¿La de la floristería? -preguntó Kristen, y Mia negó con la cabeza.

– Creemos que usa distintivos magnéticos -explicó-. El chico de la escuela King asegura que se trataba de un electricista. Este, en cambio, dice que era de un fabricante de alfombras.

– Por eso no he encontrado restos de flores ni de polen en las cajas -observó Jack con enojo dando un golpe en la mesa-. Maldita sea. Cambia de furgoneta como quien cambia de camisa.

Abe se volvió desde la ventana con expresión grave.

– ¿Qué sabemos de la furgoneta blanca, McIntyre?

– La noche en que la señorita Mayhew se salió de la carretera yo regulaba el tráfico. La gente se paraba a curiosear. Uno de los vehículos era una furgoneta blanca con el distintivo de un electricista.

A Kristen se le revolvió el estómago. Ahora entendía lo que quería decir la posdata. Cogió la carta de encima de la mesa y se la mostró a McIntyre.

– ¿Reconoce este número, agente?

McIntyre asintió.

– Es la matrícula del coche que chocó con el suyo. Lo habían robado aquel mismo día.

Kristen dejó la carta en la mesa; tenía el pulso sorprendentemente firme.

– Me lo temía.

Jack renegó entre dientes.

– Él estaba allí.

Abe sonrió con tristeza.

– Probablemente lo tuve al alcance de la mano. ¿Se acuerda de su aspecto, McIntyre?

McIntyre negó con la cabeza.

– Llevaba un gorro con orejeras que le cubría casi todo el rostro. Aquella noche hacía mucho frío y no me extrañó. Fue muy amable, eso sí que lo recuerdo.

– ¿Qué edad cree que tiene? -preguntó Mia con aspereza.

McIntyre se encogió de hombros con impotencia.

– No lo sé. Unos cuarenta tal vez. No dijo casi nada, solo asintió cuando le pedí que circulara. Me imaginé que se avergonzaba de que lo hubiera sorprendido mirando.

Durante un momento, nadie dijo nada. Entonces Jack se puso en pie.

– Tengo que avisar a mi equipo para que se dirija al lugar indicado en el mapa. Llamaré a Julia para que se reúna con nosotros allí. ¿Venís, chicos?

– No me lo perdería por nada del mundo -dijo Abe con denuedo-. Vamos.

Kristen se dispuso a seguirlos pero Abe la detuvo.

– Quédate aquí, por favor.

– Quiero ir -dijo con un hilo de voz, consciente de que los demás los estaban observando.

Abe miró a Jack, a Mia y a McIntyre.

– Dadnos un minuto, por favor.

McIntyre salió al instante.

– Saldré a vigilar.

Mia abrió mucho los ojos y los miró con patente curiosidad.

– De acuerdo.

Kristen notó que le ardían las mejillas.

– Reagan, por favor.

Jack le dirigió una mirada reprobatoria.

– Abe tiene razón. Ya has sufrido un accidente este fin de semana. No queremos que acabes herida. -A continuación, siguió a Mia hasta la cocina y los dejó solos.

Abe la miró con expresión convincente.

– Quédate aquí.

A Kristen la frustración le hacía hervir la sangre.

– No me excluyas de esto, por favor. Necesito estar presente.

Abe puso las manos sobre sus hombros y empezó a masajeárselos de forma compulsiva.

– ¿Sabes lo que ocurrirá cuando Jacob Conti descubra que han asesinado a su hijo? -Sus ojos azules centellearon-. ¿Lo sabes, Kristen? Si vienes y aparecen los periodistas, tu rostro cobrará protagonismo, sobre todo si corre el rumor de que Angelo ha sido asesinado por atacarte verbalmente. Conti te culpará, y seguro que no es precisamente la persona que quieres que ande detrás de ti. Por favor, quédate aquí; hazlo por mí.

Su mirada resultaba instigadora, pero al final fue la emoción que transmitía su voz lo que hizo que se diera por vencida.

– De acuerdo, me quedo.

El alivio que sintió Abe fue palpable. La soltó.

– Vendré a buscarte esta tarde.

– A las cuatro.

Él se inclinó y le estampó un beso en los labios que la dejó turbada.

– Llámame si me necesitas.

Kristen suspiró al oír el portazo. Se había acostumbrado a llamarlo cuando lo necesitaba. En un momento de lucidez, las palabras de la cuñada de Abe cobraron sentido. Ruth le había dicho que a él le hacía mucho bien cuidarla. No hacía falta ser psiquiatra para atar cabos. Abe había visto cómo disparaban a su esposa sin poder hacer nada por evitarlo. Él, que trabajaba por mantener el orden público, no había sido capaz de salvar la vida de su mujer.

«Así que se dedica a proteger la mía.» Y aunque la idea la reconfortó, no pudo dejar de preguntarse qué ocurriría cuando la pesadilla tocara a su fin y ya no necesitase su protección. Se llevó los dedos a los labios, aún vibrantes por el efecto del beso.

«Me conformaré con disfrutarlo mientras dure.» Por el momento lo que tenía que hacer era acabar de coser un montón de cortinas.

Domingo, 22 de febrero, 11.30 horas

El lugar marcado con una cruz resultó estar a cincuenta metros de donde el coche de Angelo Conti había chocado con el de Paula García. Muy apropiado. Encontraron una lápida de mármol en la que había inscritos los nombres de la chica y el hijo que gestaba. A Abe se le humedecieron los ojos al contemplarlos; al pensar en Thomas García experimentaba una empatía que a buen seguro los demás no alcanzaban a comprender. En el lugar de la sepultura reinaba un silencio tenso que solo interrumpían las paladas y alguna palabra ocasional de los hombres de Jack.

– Uf. -Mia torció el gesto cuando retiraron la tierra que cubría el rostro de Conti. O, más bien, lo que quedaba de él.

Julia hizo una mueca.

– Esta vez se le ha ido la mano.

El cadáver fue extraído con cuidado de la fosa. Abe le dio la vuelta con suavidad y al hacerlo quedaron expuestos una serie de moretones en la parte baja de la espalda.

– ¿Son de una llave inglesa?

Julia se arrodilló junto a él.

– Es probable. Lo tendré más claro cuando lo limpie.

– Conti golpeó a García con una llave inglesa -explicó Mia-. Esa parte de la historia no se hizo pública.

– Ha vuelto a hacer uso de información privilegiada -masculló Abe-. Perfecto.

Julia observaba el cadáver con una mueca de preocupación.

– Se ha pasado con Conti, Abe. Hacía mucho tiempo que no veía el resultado de una paliza semejante. ¿Sigue espiando a Kristen?

Abe frunció los labios.

– Sí. Y seguimos sin saber por dónde empezar.

Julia se encogió de hombros; su aliento se condensaba por el frío.

– Míralo por el lado bueno. Ha perdido el control. Quizá esta vez no haya sido tan precavido en cuanto a no dejar rastros. -Le hizo una señal con la cabeza a una ayudante, quien de forma muy eficiente colocó el cadáver en una bolsa y cerró la cremallera-. Anoche terminé la autopsia de Skinner. Encontré sangre en los pulmones.

Mia resopló.

– Así que hizo lo que pensábamos.

Julia asintió.

– Esta mañana he sacado fotos de las marcas del cráneo para entregárselas a Jack. Intentará ver si se corresponden con algún modelo concreto del aparato. Skinner tenía las rótulas reventadas, igual que King, y el agujero de bala de la cabeza se lo hicieron después de muerto. -Se quitó los guantes de goma y se colocó otros de piel-. Ah, he conseguido hacer un modelo de escayola de las marcas de estrangulamiento de Ramey. También lo tiene Jack.

– Buen trabajo, Julia -alabó Abe.

– Gracias. Haced el favor de encontrar a ese tipo antes de que me dé más trabajo. Esta noche he quedado con un niño de tres años que no entiende por qué su mamá lo deja plantado para trocear a los muertos. -dijo, y se despidió con un gesto de la mano.

Abe se volvió hacia Mia.

– ¿Tiene un hijo?

– Es una ricura. Su marido la abandonó y desde entonces hace lo imposible por ser una buena madre soltera.

– Qué duro. -Abe miró a Jack; estaba observando cómo Julia daba instrucciones a sus ayudantes para que colocaran el cadáver en la furgoneta del equipo forense-. ¿Y qué tiene que ver Jack en todo eso?

– Nada. -Mia alzó los ojos-. Está sola. -Su semblante se tornó pícaro-. No puedo decir lo mismo de otra persona.

A su pesar, Abe notó que le ardían las mejillas.

– Ya está bien, Mia. Vamos a tomar unas fotos del escenario. Yo… -Lo interrumpió un grito alarmado. Giró sobre sus talones y vio que un hombre de pelo cano empujaba a Julia contra su coche-. Mierda. Es Jacob Conti -dijo, y salió corriendo hacia allí.

Jack fue más rápido. Cuando Abe llegó al coche, seguido de muy cerca por Mia, Jack tiraba de Conti para apartarlo de Julia.

– Quítele las manos de encima -dijo con furia.

Abe los separó.

– Tranquilízate, Jack. -Este dio un paso atrás a pesar de que estaba temblando de rabia. Abe se volvió hacia Conti, quien le clavó una mirada encendida-. Estamos en el escenario del crimen, señor Conti. Me veo obligado a pedirle que se retire.

– Es su hijo, maldita sea.

Se acercó otro hombre, era corpulento y tenía un aspecto amenazador.

Mia sacó el cuaderno.

– ¿Y usted quién es, señor?

– Drake Edwards. Soy el jefe de seguridad del señor Conti. Queremos ver a Angelo.

Mia exhaló un suspiro.

– Pensábamos informarle de la muerte de su hijo en mejores circunstancias, señor Conti. Por ahora creo que es preferible que no lo vea.

Conti cerró los ojos y se encorvó. Drake Edwards le pasó el brazo por los hombros.

– Entonces, ¿es cierto? -masculló Edwards-. ¿Es Angelo?

Mia asintió.

– Sí, señor. Eso creemos.

Conti abrió los ojos como platos.

– ¿Cómo que eso creen? ¿No lo saben seguro? Son… -Abrió más los ojos al asaltarlo la cruda realidad-. Le ha hecho algo en la cara. Por eso no han podido reconocerlo. -Se abalanzó sobre la furgoneta del equipo forense, pero Edwards lo retuvo y le murmuró unas palabras al oído que consiguieron que se esforzara por recobrar la calma. La transmutación resultó fascinante. Un instante después, el señor Conti, sereno, se volvió hacia Julia, todavía pálida, y le preguntó con sangre fría-: ¿Cuándo nos entregarán el cuerpo? Su madre querrá enterrarlo.

– En cuanto terminen el examen forense -le espetó Jack, pero Julia le puso una mano en el hombro.

– Haré lo posible por terminar la investigación cuanto antes, señor Conti -dijo con voz algo trémula-. Lo siento mucho.

Conti asintió con formalidad y se dio media vuelta.

– ¿Cómo se ha enterado? -preguntó Julia, con voz temblorosa-. ¿Cómo sabía que se trataba de Angelo?

Mientras la limusina de Conti se alejaba, Abe captó la presencia de Zoe Richardson y su cámara filmándolo todo. Sin dudarlo ni un segundo, Zoe se le acercó con el micrófono en la mano.

– Menuda pájara -dijo Julia en voz baja.

– Menudo buitre -añadió Abe en tono mordaz.

– Menuda zorra -escupió Jack.

– Dios, qué sangre fría -se maravilló Mia.

Abe avanzó un poco; sabía que tenía que controlar la ira que sentía. Aquella mujer empeoraba las cosas sistemáticamente.

– Señorita Richardson, me veo obligado a pedirle que se marche. Estamos en el escenario de un crimen y no le está permitido permanecer aquí.

Ella hizo oídos sordos.

– Doctora VanderBeck, ¿la ha lastimado el señor Conti?

Julia miró a Richardson tan pasmada como si tuviese tres cabezas.

Mia se plantó delante de la cámara.

– Sin comentarios -respondió-. Váyase ahora mismo, señorita Richardson, o la detendré por interferir en la investigación policial.

– Pero…

– Ahora mismo.

Mia cogió las esposas y el cámara bajó el aparato.

– Vámonos -dijo, mirando a Richardson de reojo.

Ella parecía furiosa.

– No; nos quedamos. Son ustedes quienes no están respetando la Primera Enmienda. La gente tiene derecho a estar informada.

– Te he dicho que nos vamos -insistió el cámara, y Zoe se volvió despacio. La estupefacción afeaba sus rasgos habitualmente perfectos.

– Me parece que se iban -dijo Abe en tono seco.

Richardson se lo quedó mirando con ojos envenenados.

– Por cierto, ¿dónde está Mayhew?

– Fuera de su alcance. Si no quiere tener que entregarme una vez más la cinta, le aconsejo que siga a su compañero.

La chica se marchó dando fuertes pisotones.

– De verdad que odio a esa mujer -dijo Abe.

Julia se alisó el abrigo.

– Lo entiendo perfectamente. Me voy al depósito de cadáveres, allí se está más tranquilo. Te llamaré si descubro algo. -Miró a Jack-. Gracias -dijo en tono suave, y se alejó dejando a Jack ruborizado.

– A lo mejor no está tan sola -susurró Mia con una sonrisita-. Siempre llueve sobre mojado.

Capítulo 14

Domingo, 22 de febrero, 17.30 horas

La cena del domingo en casa de los Reagan fue como encontrarse en medio de un tornado de los de Kansas. Dos televisores se disputaban la audiencia; el de la sala de estar retransmitía un partido que tenía a todos los hombres refunfuñando; el de la cocina estaba sintonizado en el canal de teletienda QVC, cuyas existencias de collares de perlas casi se habían agotado. En la cocina, la señora Reagan preparaba un puré de patatas y vigilaba el asado. Cada vez que abría un poquito el horno, el olor que invadía la cocina conseguía que a Kristen se le hiciese la boca agua.

– Qué bien huele -dijo.

Estaba sentada junto a Rachel a la mesa de la cocina, donde la hermanita de Reagan había dispuesto en semicírculo un montón de libros y una pequeña grabadora.

– Mamá es la mejor cocinera del mundo. Todos mis amigos lo dicen. -Abrió el cuaderno por una hoja en blanco-. Gracias por acceder a que te haga la entrevista. Mi madre dice que no debería molestarte, que ya tienes bastante con todo lo que está ocurriendo.

– No te preocupes. Después de tantas horas encerrada sola en casa, estaba a punto de volverme loca. -Se oyó un clamor procedente de la sala-. Pensaba que la temporada de fútbol había terminado.

Rachel se echó hacia atrás en la silla para poder ver la sala de estar.

– Así es. Están viendo a la vez un partido de hockey y un derby interuniversitario de baloncesto. El año pasado, para Navidad, Sean le regaló a papá uno de esos televisores de pantalla doble. -Esbozó una pícara sonrisa de adolescente-. A mamá le sentó fatal. ¿Te importa si grabo la entrevista?

– ¿Tú crees que se oirá algo?

– Seguro que sí. Estoy acostumbrada al ruido que suele haber en esta casa y he desarrollado una excelente audición selectiva. -Rachel accionó la grabadora-. Estamos entrevistando a la ayudante del fiscal del Estado Kristen Mayhew. Para empezar, ¿podría decirnos por qué decidió dedicarse a la abogacía?

Kristen abrió la boca y se dispuso a soltar la respuesta habitual, aquella que no se parecía en nada a la verdad. Sin embargo, algo en los ojos azules de Rachel Reagan la disuadió.

– Al principio no pensaba dedicarme a esto -dijo con sinceridad-. Quería estudiar arte. Me dieron una beca. Pero durante el segundo año de la carrera una persona muy cercana fue víctima de una agresión.

Rachel abrió los ojos como platos.

– ¿Quién?

– Prefiero no decirlo. Ella quiere que se mantenga en secreto. La cuestión es que el autor de la agresión no recibió castigo alguno y yo pensé que aquello no era justo.

– ¿Y se hizo abogada para cambiar las cosas?

La expresión vehemente de la chica le llamó la atención. Rachel Reagan le recordaba mucho a sí misma muchos años atrás.

– Me gustaría creerlo así.

Rachel tenía una larga lista de preguntas. Kristen las respondió una a una mientras seguía los movimientos de Becca en la cocina. Le traía recuerdos de su madre; recuerdos agridulces. Becca trabajaba la masa con el rodillo cuando se abrió la puerta trasera y por ella entró un hombre vestido con una sudadera de los Bears y unos vaqueros descoloridos; era tan alto y de piel tan morena como Abe. Le dio un beso cariñoso en la mejilla a Becca, y Kristen supo que se trataba del otro hermano de Abe. Le habían presentado a Sean al llegar, así que aquel tenía que ser…

– ¡Aidan! -Rachel soltó el bolígrafo-. Pensábamos que no vendrías.

Aidan llevaba al hombro una percha con un uniforme de policía.

– He tenido que arreglármelas para que me cambiaran el turno, pero no quería perderme el asado. -Puso la gorra de policía en la cabeza de Rachel y bajó el ala con un tirón para que le cubriera los ojos-. ¿Qué hay de nuevo, pequeñaja?

Rachel se subió la gorra para poder ver.

– Estoy haciendo los deberes.

Aidan se volvió hacia Kristen y esta pudo observar la mirada crítica de sus fríos ojos azules.

– Ya lo veo -dijo-. Tú eres la fiscal Mayhew.

No estaba segura de que lo considerara algo bueno, pero le tendió la mano.

– Me llamo Kristen.

Él se la estrechó.

– Yo soy Aidan. -Entrecerró aquellos ojos tan parecidos a los de Abe-. ¿Qué haces aquí?

– ¡Aidan! -Becca hizo una mueca de desaprobación-. ¿Qué demonios te pasa?

– Lo siento -se disculpó él, pero la tensión de su mandíbula y su expresión desdeñosa dejaban claro que no era así.

– ¡Aidan!

Kristen se volvió instintivamente al oír la voz de Abe. Estaba apostado en el vano de la sala de estar. Verlo le cortó la respiración e hizo aflorar en sus labios el beso que le había dado cuando regresó del lugar en el que Conti estaba enterrado. Aún llevaba el traje, pero se había desanudado la corbata, y la camisa un poco abierta revelaba la anchura de su cuello y dejaba entrever su pecho, poblado de espeso vello.

Abe se acercó a su hermano con una expresión de cautela en los ojos.

– ¿Qué ocurre? -preguntó.

Aidan miró a Abe y luego de nuevo a Kristen. La incredulidad se mezclaba con el desdén, y Kristen se preguntó si llevaba tatuada en la frente la frágil relación que mantenía con Abe.

– Ni hablar -soltó Aidan.

Rachel quiso meter baza.

– ¿Ni hablar de qué?

– Cállate, Rachel -atajó Aidan-. Dime que no es cierto, Abe.

Abe lo analizó con serenidad.

– Nunca te habías comportado de forma insolente con un invitado. ¿Qué te ha ocurrido?

– Ah, nada. Es que a mi compañero y a tres policías más del distrito los avisaron ayer de asuntos internos. Parece ser que el fiscal del Estado está interrogando a algunos policías por los asesinatos de esos desgraciados a los que hacía tiempo que deberían habérselos cargado. -Aidan miró a Kristen-. Son buenas personas y buenos profesionales que no harían daño a nadie, ni siquiera a los que no están entre rejas por culpa de ineptos como vosotros. -Kristen estuvo a punto de protestar, pero una mirada de Abe hizo que mantuviera la boca cerrada-. Y encima tienes el valor de traerla aquí -añadió Aidan con desprecio-. Pues yo me voy.

– No se te ocurra moverte -intervino Becca-. Antes de marcharte, discúlpate ante la invitada de Rachel.

Aidan abrió los ojos como platos y se volvió hacia Abe.

– Yo pensaba que…

Abe torció el gesto.

– Esta vez la ha invitado Rachel. -Dejó a Aidan un momento en suspenso y luego añadió-: Pero la próxima vez lo haré yo.

Becca y Rachel se volvieron encantadas hacia Kristen, cuyas mejillas ardían. Ella las soslayó deliberadamente y miró a Aidan.

– Siento que hayan molestado a tus amigos, pero todas las personas relacionadas con esos casos deben dar razón de su paradero las noches de los asesinatos. Están interrogando a todas las personas de la fiscalía, también a mí. Si cuentan con una coartada, los eliminarán de la lista. Si no, tendrán que esperar un poco más. -Levantó las manos y las dejó caer-. Lo siento; de verdad.

Aidan vaciló, luego inclinó la cabeza en un único gesto de asentimiento.

– Muy bien.

– Si lo sentamos fuera, en el porche trasero, ¿puede quedarse a cenar? -preguntó Rachel con ironía.

Aidan la miró con expresión de hastío.

– Devuélveme la gorra, listilla del carajo.

– ¡Aidan! -lo reprendió Becca-. ¡En mi cocina no se dicen palabrotas!

– Vete al salón y dilas con papá -propuso Rachel con una sonrisita.

Por un momento Aidan también sonrió, pero en cuanto cruzó la mirada con Kristen se puso serio.

– Lo siento -dijo con voz queda-. A mi compañero le ha sentado muy mal que lo llamaran de asuntos internos. Todos nos tememos que esto se convierta en una caza de brujas.

– No mientras dependa de mí -prometió Kristen y Aidan frunció los labios para indicar que lo tendría en cuenta.

– Muy bien. -Arqueó una de sus cejas morenas-. Supongo que puedes quedarte.

Domingo, 22 de febrero, 20.00 horas

Abe pensó con orgullo que Kristen se había defendido bien; había sobrevivido a una cena de domingo en casa de los Reagan. La pierna de cerdo formaba parte de la tradición culinaria, y el hecho de que todos se reunieran en la sala de estar a ver una película, como en los viejos tiempos, hizo que notara un nudo en la garganta. Sean se sentó en el sofá y Ruth en el suelo, con el recién nacido en brazos y la espalda apoyada en las piernas de su marido. Tras la muerte de Debra, durante mucho tiempo Abe fue incapaz de ver a Sean y a Ruth juntos. El problema no era solo que ellas se parecían mucho (eran primas, sus madres eran hermanas), lo más difícil de soportar era la felicidad que irradiaban cuando estaban juntos. Sin embargo, al cabo de los años Abe se había acostumbrado al dolor incisivo de la pérdida. Había pasado a formar parte de la cotidianidad. Al ver a Sean y a Ruth juntos le dolía el alma.

Pero aquel día había sido distinto. No estaba solo. Había presentado a Kristen a su familia y ella había encajado bien, como si los conociera de toda la vida. En aquel momento estaba sentada junto a Rachel viendo una comedia de Steve Martin que Sean había alquilado. Desde el canapé, Abe observaba su rostro, relajado por primera vez en cinco días.

Estaba concentrada en la película cuando Rachel le susurró algo al oído. Debía de ser una de sus típicas bromas, irreverentes y divertidas, porque Kristen echó la cabeza atrás y soltó una de aquellas sonoras carcajadas que le atenazaban el estómago. Si hubiese mirado atrás se habría dado cuenta de que no era el único que se sentía así; Ruth, con el rostro desencajado por la sorpresa, torció el cuello para mirarla; sus padres también se volvieron, afligidos.

Abe habría querido congelar la escena y hacer desaparecer a Kristen de la sala antes de que se diera cuenta de la reacción familiar. Pero ya era demasiado tarde. Su sonrisa se disipó como la niebla al salir el sol.

Sus ojos verdes, de nuevo recelosos, se clavaron en los de él.

– ¿Qué ocurre? -preguntó.

– Dios santo -susurró Ruth, y a continuación agitó la cabeza con desesperación-. Lo siento, Kristen, no querría parecerte grosera; es que… tu risa se parece mucho a la de una persona que ya no está entre nosotros.

Kristen se quedó paralizada, sus ojos fijos en los de Abe.

– ¿Debra?

Había observado en sus ojos temor y valentía, vulnerabilidad y tristeza. Ahora, al deducir por sí misma la respuesta, observaba dolor, un dolor que a Abe se le clavaba en el alma como un cuchillo.

– Kristen…

Ella levantó la mano mientras una sonrisa afloraba a sus labios.

– No importa. -Pero Abe sabía que sí importaba. Se volvió hacia el televisor-. ¿Podrías rebobinar un poco el vídeo, Sean? Nos hemos perdido un par de minutos.

Sean obedeció. Ruth le envió a Abe un mensaje silencioso y sincero de disculpa. La película continuó, pero Steve Martin había dejado de parecerles gracioso.

Domingo, 22 de febrero, 22.00 horas

Abe pasó por delante del coche patrulla y penetró en el camino de la casa de Kristen. La chica había dado las gracias a sus padres por la cena, había felicitado a Sean y a Ruth por su bebé y había cruzado los dedos para desear a Rachel que le pusieran una buena nota por la entrevista. Sin embargo, en cuanto se subió al todoterreno, permaneció en silencio. Abe experimentó durante todo el trayecto una pesadumbre creciente. Casi oía el mecanismo de su cerebro dar vueltas y deseaba con desesperación que dijera algo, cualquier cosa. Al fin, lo hizo.

– No importa, Reagan -dijo. Le dolió que lo llamara por el apellido. No lo miraba a los ojos, tenía la mirada fija en las ventanas de su casa, cubiertas por las nuevas cortinas-. Lo entiendo.

Él le tomó la mano.

– ¿Qué es lo que entiendes?

– Ya había comprendido antes de esta noche que necesitas cuidarme, protegerme porque no pudiste hacerlo con Debra. Pero creo que no me había planteado el hecho de ser una sustituta en otros aspectos. -Tragó saliva y se volvió a mirar por la ventanilla-. Ha sido un pequeño golpe para mi amor propio -añadió con ironía.

– No eres la sustituta de Debra. Mierda, Kristen, mírame.

Ella agitó la cabeza con fuerza y abrió la puerta.

– Gracias, de verdad. Lo he pasado muy bien, tienes una familia estupenda. Llámame mañana si quieres, para seguir con la investigación. Esta noche tengo aquí al agente Truman. Estaré tranquila.

Y de verdad pensaba que lo estaría. Había pasado por momentos mucho peores que aquel. Había cerrado de golpe la puerta del todoterreno con la vaga esperanza de que Abe corriera tras ella, y al ver que no lo hacía no se permitió sentirse decepcionada. Él se alejó por el camino pisando a fondo el acelerador, lo cual iba a provocar las protestas de los vecinos. Entró en la cocina. No pensó que era la primera vez que lo hacía sola en cinco días. Tampoco pensó en el beso que se habían dado junto a la tetera. No pensó en él en absoluto.

Por lo menos, no había sido una completa pérdida de tiempo. Había descubierto que era capaz de tolerar, e incluso de esperar, que un hombre la rodeara con sus fuertes brazos. Podía besarlo sin después vomitar, y hasta podía anhelar sentir el contacto de sus labios en los de ella. No todo era malo.

Depositó el abrigo en la silla de la cocina, vio la tetera y pasó de largo. No creía que le sentase bien un té. Por lo menos aquel tipo ya no podría espiarla a través de las ventanas. Los cristales estaban cubiertos por gruesas cortinas.

Cerró la puerta del dormitorio y no pensó más en Abe Reagan.

Sin embargo, fue su nombre el que pronunció cuando en plena noche una mano le cubrió la boca y, ahogando su grito, tiró de ella hasta aferrarla de espaldas contra una figura alta y robusta. Ella forcejeó con ímpetu, le clavó las uñas y las arrastró por su piel. Oyó un grito entrecortado y la mano que le cubría la boca la soltó, pero al instante un brazo férreo la sujetó por el pecho y la inmovilizó. Volvió a chillar, empezó a dar patadas y topó con el talón contra algo duro. Entonces se quedó paralizada. El frío y duro metal le rozaba la sien. «Voy a morir.»

Unos labios se acercaron a su oído y tragó bilis.

– Mejor así -dijo una voz áspera-. Ahora, dime, ¿quién es?

Domingo, 22 de febrero, 22.05 horas

«Tenía derecho a sentirse herida», pensó Abe al alejarse por el camino de su casa. Una mujer lista como Kristen ataba cabos muy rápidamente; por desgracia aquella vez el resultado no había sido muy agradable. «No es una sustituta de Debra. No lo es.» Pensó en cómo debía de sentirse al entrar sola en casa; completamente sola. Tendría que haberla acompañado y mirar dentro del armario. Pero Charlie Truman estaba allí y, si hubiese entrado alguien, lo habría visto.

De pronto, Abe se quedó paralizado mientras los pelillos de la nuca se le erizaban. Truman estaba allí, ¿verdad? Había visto el coche patrulla, pero ¿había visto a Truman?

El pánico le atenazó la garganta y dio media vuelta en plena carretera. Un coche le pitó, pero Abe ya ascendía por el camino de entrada a la casa de Kristen. Dio un frenazo junto al coche patrulla y se bajó de un salto para mirar por la ventanilla. El interior del coche estaba oscuro y vacío. Accionó el tirador para abrir la puerta, pero estaba cerrada con llave. Truman se había marchado.

«Kristen.»

«Maldita sea.» Abe subió corriendo por el camino, resbalando por culpa del hielo. Se cayó, pero se puso en pie de inmediato y siguió corriendo. La puerta de la cocina estaba cerrada con llave. La emprendió a puñetazos.

– ¡Kristen!

Bordeó la casa hasta la parte trasera. La puerta del sótano no era tan resistente y podría echarla abajo. Se abalanzó contra esta una y otra vez hasta que la estructura cedió y se encontró dentro. Subió las escaleras de cuatro en cuatro e irrumpió en el dormitorio empuñando el arma; el corazón se le salía por la boca.

Ella estaba arrodillada en el suelo, cabizbaja, jadeante; tenía en la mano el teléfono inalámbrico de la mesilla. Él se apoyó sobre una rodilla y le levantó la barbilla. Tenía los ojos muy abiertos y vidriosos.

Se lo quedó mirando y luego bajó la vista al teléfono que sujetaba en la mano; el móvil de Abe empezó a vibrar en su bolsillo.

– Te estaba llamando -dijo ella en un tono distante que le resultaba desconocido-. Acaba de escaparse, por la ventana.

Abe se asomó a tiempo de ver una figura vestida de negro que destacaba sobre el blanco de la nieve que cubría el patio. El hombre puso una mano en la valla y la saltó como si se hallara en mitad de una carrera.

– Mierda -gruñó Abe.

Si se hubiese quedado fuera lo habría atrapado. Sin embargo, también cabía la posibilidad de que el hecho de irrumpir en la casa fuera lo que había ahuyentado a aquel hijo de puta. Se volvió y vio a Kristen luchando por ponerse en pie. En dos zancadas estuvo a su lado, la ayudó a levantarse y la abrazó. Se sentó en la cama sin soltarla; notaba el temblor de su cuerpo. Ella se refugió en sus brazos, con las manos asía las solapas de su abrigo. Respiraba deprisa, muy deprisa, y él la meció suavemente.

– No te preocupes. Estoy aquí contigo. -La mecía mientras con la mejilla apoyada en su cabeza ejercía una ligera presión. «Dios mío. Dios mío. He llegado a tiempo.» Exhaló un suspiro y se dio cuenta de que su respiración era casi tan irregular como la de ella. Rebuscó en el bolsillo el teléfono móvil y se dispuso a dar el aviso.

– El agente Truman ha desaparecido.

La operadora le respondió con voz calmada.

– El agente Truman ha llamado hace diez minutos para informar de que tenía que interrumpir el servicio. Una joven se acercó al coche y le dijo que su abuelo se había caído y estaba inconsciente en el patio de su casa, así que fue a ayudarla. ¿Qué ha ocurrido, detective?

– La mujer a la que tenía que proteger ha sido atacada en su propio dormitorio -masculló Abe-. Avíselo para que regrese inmediatamente.

Colgó y llamó a Mia. Esta contestó a la primera.

– ¿Qué ha pasado?

– Han atacado a Kristen.

Oía los pasos de Mia y el ruido de cajones que se abrían y cerraban.

– ¿Está bien?

– No lo sé. Llama a Jack. Quiero que venga una unidad de la policía científica cuanto antes. Yo llamaré a Spinnelli.

– De acuerdo. ¿Dónde está el agente que le ha sido asignado esta noche?

– Ha tenido que atender a otra persona. Enseguida estará de vuelta. Ven en cuanto puedas.

Colgó y, con la mano temblorosa, lanzó el teléfono móvil sobre la cama. Kristen no había pronunciado palabra desde que la había ayudado a levantarse.

– Kristen, Kristen, cariño, tienes que concentrarte. Escúchame, cielo. ¿Te ha hecho daño?

Ella negó, con la cabeza apretada contra su pecho, y respiró aliviada. Empezaba a eliminar la tensión. Su corazón recuperaba poco a poco el latido normal.

– Muy bien. ¿Te ha dicho algo?

Ella asintió.

– ¿El qué, cariño? ¿Qué te ha dicho?

Murmuró una respuesta que su abrigo ahogó. Él la echó hacia atrás con suavidad y ella trató valientemente de controlar la respiración.

– ¿Quién… es?

«Mierda.»

– ¿Quería saber quién es el asesino?

Ella asintió y cerró los ojos.

– Tenía… una pistola. Estaba muy fría. Me… la ha puesto… en la cabeza… y me ha dicho… que me dispararía… -Se estremeció y se aferró de nuevo a su abrigo-. Me ha dicho… que me volaría la cabeza. Y que… sabía que recibía cartas, así que… tenía que… conocerlo. Insinuó que… yo le pagaba.

Abe soltó una sarta de reniegos referentes a Zoe Richardson, y Kristen, por inverosímil que resultara, sonrió.

– Qué… caballerosidad -dijo mientras se sorbía la nariz.

Abe volvió a estrecharla en sus brazos, la abrazaba con fuerza.

– ¿Qué más te ha dicho?

– Me ha dicho que, si no lo sabía… más me valía que lo descubriera; si no… algunas personas cercanas morirán.

En la distancia sonó una sirena que se hacía más audible a cada segundo. Abe la ayudó a sentarse en la cama.

– Tengo que echar un vistazo alrededor de la casa. A lo mejor ha perdido algo al entrar o al salir.

– Pero no lo crees.

– No. Quédate aquí. Enseguida vuelvo.

– Abe.

Se volvió desde el vano de la puerta y la vio con la vista clavada en las manos; aún respiraba de forma entrecortada.

– Envía a uno de los… ayudantes de Jack… para que… me examine las uñas. -Levantó la cabeza, su boca describía un gesto de satisfacción-. Le he arañado la cara.

Abe esbozó una grave sonrisa.

– Esa es mi chica.

Lunes, 23 de febrero, 00.30 horas

Todo había terminado. La policía, incluso la científica, se había marchado. Los únicos que quedaban en la casa eran Abe Reagan y ella. Estaban en la sala, el uno frente al otro. Abe le tendió la mano, ella se acercó y la estrechó en sus brazos.

– ¿Cómo es que has vuelto? -le preguntó con la mejilla apoyada en su pecho.

En un abrir y cerrar de ojos, la cogió en brazos y se sentó en el sofá con ella en el regazo como si fuese un bebé. Ni siquiera se le ocurrió protestar.

Le extrajo las horquillas del pelo con movimientos rápidos y eficientes y ella suspiró mientras desaparecía la presión de la cabeza y sus rizos se liberaban.

– Me he acordado de que no había visto a Truman en el coche patrulla. -Se encogió de hombros-. Y lo he sabido.

– Gracias. -Esbozó una sonrisa ladeada-. O yo soy muy buena interpretando el papel de dama en apuros o tú eres muy bueno haciendo de caballero andante.

Él le masajeó la cabeza con la palma de su gran mano.

– ¿Una cosa excluye la otra?

Ella cerró los ojos y se limitó a disfrutar de la sensación que le producía el contacto de su mano.

– No. Te he vuelto a llamar.

– Antes de llamar al teléfono de emergencias -observó él con severidad.

Ella sonrió.

– Supongo que sí. Estaba segura de que vendrías. -Suspiró-. Gracias; por protegerme.

Él guardó silencio durante un rato.

– Has estado de suerte esta noche.

Kristen no tenía ganas de pensar en ello.

– ¿Se ha metido en un lío el agente Truman?

Abe negó con la cabeza y Kristen respiró aliviada. El agente Truman parecía tan apurado como ella cuando regresó unos minutos después de que Reagan echara la puerta abajo para salvarla.

– No. Ha hecho lo correcto. ¿Cómo iba a saber que lo estaban engañando para alejarlo de ti? La chica que se acercó al coche parecía de verdad desesperada.

– ¿Quién es?

– Truman facilitará una descripción a los dibujantes, pero no tengo claro que sirva de mucho. Ni siquiera estaba seguro de que fuera una adolescente. Le dijo que su abuelo había sacado a pasear al perro, que hacía un rato que se había dado cuenta de que no había vuelto, y que lo había encontrado boca abajo en la nieve, inconsciente. Achacó a su edad el hecho de que no hubiera llamado al teléfono de emergencias. Por supuesto, no había ningún anciano.

– ¿Por qué no se fue en coche a la casa de la chica?

– Ella le dijo que era más rápido cruzar por los patios, que su casa no estaba lejos. Estaba llorando, histérica. Y entonces desapareció. Se esfumó en cuanto él se dio la vuelta para buscar al hombre. Para cuando se dio cuenta de que le habían tendido una trampa, yo ya estaba aquí.

Kristen frotó la mejilla contra la almidonada camisa de algodón y él volvió a ahondar en sus rizos y a masajearle la nuca. Notaba cómo la tensión desaparecía poco a poco.

– Bueno, todo ha terminado y los dos estamos bien. Menudo día.

Él relajó la mano y le sostuvo en ella la cabeza.

– Kristen, lo siento.

Ella abrió los ojos y lo encontró mirándola con expresión afligida.

– ¿Por qué?

– Porque he hecho que te sintieras incómoda en presencia de mi familia. Sí, te ríes igual que Debra. Pero te juro que no eres la sustituta de mi difunta esposa.

Ella lo observó, notó los brazos fuertes que la rodeaban. Recordó cómo se había sentido al oírlo entrar dando fuertes pisadas en el sótano. Había vuelto.

– No importa.

Él la miró con los ojos muy abiertos.

– ¿De verdad?

Ella asintió.

– Abe, has acudido siempre que te he llamado. Me haces sentir cosas que nunca pensé que llegaría a sentir. Y te lo agradezco mucho. En realidad, el hecho de que me parezca a Debra no es tan importante. -Entrecerró los ojos-. Pero si me pides que me ponga su ropa o que me peine igual que ella me parecerá raro.

Él soltó una risita.

– Parecerías una niña jugando a ser mayor. Medía un metro setenta.

Kristen volvió a apoyar la cabeza en el hombro de Abe y notó que, a modo de respuesta, él la estrechaba entre sus brazos.

– Me cae bien tu familia. Incluso Aidan.

Él soltó un ligero bufido.

– A veces es un imbécil integral.

– Tú no.

Abe se apartó un poco para mirarla a los ojos.

– ¿Cómo dices?

– Tú no te pusiste histérico cuando viste que había incluido nombres de policías en la lista de sospechosos, ¿verdad?

Le tiró de un rizo.

– Haz el favor de callarte o te quedas sin masaje.

Ella abrió los ojos como platos.

– ¿Vas a darme un masaje?

– Me lo estoy pensando. Sigues estando más tensa que la piel de un tambor.

Ella lo miró fijamente; se imaginó que le acariciaba los hombros, la espalda. Se derretía. En cambio, cuando imaginó que le acariciaba otra zona…, se le puso un nudo en el estómago.

– Confío en ti, lo sabes, ¿verdad?

Los ojos de Abe ardían al pensar en lo que ella no había dicho.

– Lo sé. Me mata, pero lo sé. Solo será un masaje, nada más. Pero quiero algo a cambio.

Ella hizo una mueca de recelo.

– ¿El qué?

– Que me hables de tu familia. Yo ya te he presentado a la mía, incluido al idiota de mi hermano. Ahora te toca a ti.

Kristen suspiró. No era lo mismo, ni de lejos. Pero, de nuevo, bien mirado, no importaba tanto. Se crió en un rancho de Kansas, a más de cien kilómetros de distancia del semáforo más próximo.

– Solo éramos dos hermanas, Kara y yo.

– Ya me explicaste que tu hermana murió en un accidente de tráfico.

A Kristen la invadió aquel conocido sentimiento de pérdida; parecía que hubiese ocurrido el día anterior y no quince años atrás.

– Yo tenía dieciséis años, ella dieciocho. -Hizo una pausa para encontrar la palabra adecuada-. En nuestra casa se respiraba mucha rigidez. A mi padre le gustaban las normas; a Kara, no. Cuando cumplió dieciocho años, se fue de viaje con unos amigos. Se dirigieron a Topeka, un hervidero de pecado.

Abe sonrió y ella le devolvió el gesto con tristeza.

– Después de haber vivido en una pequeña granja rodeada de campos de trigo por todas partes, Topeka le parecía el no va más. Supongo que Kara empezó a salir de fiesta. En fin; mis padres recibieron una llamada de la policía en plena noche. Kara había muerto.

El semblante de Abe se había tornado serio.

– Lo siento.

– Yo también lo sentí. Por varios motivos. Quería a mi hermana y la echaba de menos. De hecho, todavía la añoro. Pero mis padres también cambiaron al perderla. Mi padre se volvió más estricto y mamá se deprimió. Antes, ella atemperaba la rigidez de él. Pero al morir Kara quedó sumida en una especie de… Yo qué sé. En la oscuridad. Nunca volvió a ser la misma.

– Supongo que le reprochabas que no se preocupara de ti lo bastante.

Kristen lo pensó un momento.

– Supongo que sí. Me subía por las paredes. Además, mi padre tomó enérgicas medidas con respecto a mí. Cualquiera habría pensado que era una chica díscola. Solo me dejaba salir de casa para ir al colegio. Me perdía todos los partidos de fútbol, los bailes, todo. Pero en el instituto topé con un profesor de arte que me ayudó a conseguir la beca para Florencia y me puso en contacto con una familia de allí. Incluso le pidió permiso a mi padre para que me dejara ir.

– Y dijo que no.

Kristen se lo quedó mirando. No le había quitado ojo de encima.

– Dijo que no. -Se encogió de hombros-. Así que le desobedecí y me fui de todas formas. Tenía dieciocho años y contaba con el dinero que había ganado trabajando de canguro antes de que Kara muriera. Además, Kara tenía algunos ahorros. Sabía que habría querido que yo me quedara el dinero; lo cogí y compré un billete de avión para Italia. Solo de ida. Sabía que un día u otro tendría que volver a casa, pero en aquel momento no me lo planteé.

– No te imagino improvisando -dijo Abe en tono quedo.

Kristen pensó en la persona que había sido de joven.

– La gente cambia con el tiempo. De todas formas, volví de Italia y me matriculé en la universidad. Mi padre no había cambiado nada, así que… me marché de casa. -Todo aquello solo era verdad a medias, pero de momento no podía o no quería contarle nada más. Tal vez no lo hiciera nunca.

Él escrutó su rostro y ella supo que él era consciente de que no le había contado toda la historia; sin embargo, no insistió.

– Me dijiste que tu padre todavía vive. ¿Cuándo lo viste por última vez?

– El mes pasado.

Abe la miró sorprendido.

– ¿El mes pasado?

– Sí. Mi madre está en una residencia. -Se le puso un nudo en la garganta-. Tiene Alzheimer en un estado muy avanzado. Hace tres años que no me reconoce, pero una vez al mes cojo el avión para ir a Kansas a visitarla. Mi padre estaba con ella la última vez. Los domingos no suele ir, pero mi madre había pasado mala noche y lo habían avisado. En cuanto yo llegué, él se marchó, así que puedo decir que lo vi aunque no cruzamos palabra.

– Lo siento.

– Yo también. Es muy duro ver a mi madre así. Anoche me deleité contemplando a la tuya. Antes de que muriera Kara, a mi madre le encantaba la cocina; en cambio, después de su muerte estaba demasiado deprimida para hacer nada. Ahora su vida consiste en permanecer allí tumbada, consumiéndose. Es como si me hubiese quedado sin madre a los dieciséis años.

Él guardó silencio un momento.

– Solía visitar a Debra y hablar y hablar sin saber si podía oír algo de lo que le decía.

Kristen apoyó la frente en el pecho de él.

– A veces -dijo con desaliento- deseo que mi madre se muera, y luego me siento tan culpable…

Su pecho se hinchó y se deshinchó.

– Sí, a mí me ocurría lo mismo. Y también me sentía culpable.

– El viernes por la noche me dijiste que se había pasado cinco años en coma. -Cinco años era demasiado tiempo para soportar la postración de una persona amada.

– No estaba en coma. Estaba en estado vegetativo persistente. Es distinto. A Debra le diagnosticaron muerte cerebral en el momento en que ingresó en urgencias.

Kristen vaciló, luego soltó lo que pensaba.

– ¿En algún momento te planteaste desconectarla?

El pecho macizo de Abe volvió a hincharse y a deshincharse.

– Cada vez que la veía o pensaba en ella. Pero no fui capaz. No lo logré mientras permaneció con vida. Pero sus padres querían que lo hiciera.

Kristen abrió los ojos como platos.

– Yo creía que los padres eran los que siempre querían seguir adelante.

– Los de Debra no. -Su rostro se ensombreció-. Su padre había interpuesto una querella para solicitar la custodia cuando ella murió. Decían que ella no habría querido continuar así, y yo sabía que tenían razón, pero al menos estaba viva.

– Y mientras hay vida hay esperanza.

– Sí. Entonces la madre de Debra sufrió un ataque al corazón. Su padre dijo que el hecho de ver a su hija así año tras año la estaba matando. Estaba desesperado. Yo no sabía qué hacer, pero no podía acceder a lo que me pedía. Solicitó la custodia un mes antes de que Debra muriera de una infección. Sus padres y yo no mantenemos una relación lo que se dice cordial.

– Me lo imagino.

Él suspiró.

– Debra y Ruth eran primas. Por eso nos conocimos. Sean y Ruth me prepararon una cita a ciegas.

Kristen pensó que, por algún motivo, aquel detalle era importante y rebuscó en su cabeza para atar cabos. Al lograrlo, asintió.

– De eso es de lo que hablaba Ruth la otra noche, cuando vino a casa. Su madre había invitado a los padres de Debra al bautizo.

Abe sonrió con tristeza.

– Muy bien. Si además se te ocurre qué se supone que tengo que decirles cuando los vea, quedaré realmente impresionado. Pero por esta noche ya está bien de angustia. -Se puso en pie y dejó que su cuerpo se deslizara contra el suyo hasta que sus pies también tocaron al suelo. Le estampó los labios en la frente y los mantuvo allí durante tres fuertes latidos de su corazón. A continuación la empujó con suavidad hacia el dormitorio-. Un masaje, y luego me acostaré en el sofá y dormiré fatal.

– ¿No es cómodo?

– Sí -respondió con cómico pesar mientras avanzaba tras ella-. Pero yo no me sentiré cómodo.

Ella se detuvo en seco, tenía todo el cuerpo tenso. Él se acercó y el calor que desprendía le abrasó la espalda.

– Lo siento.

De verdad lo sentía. Y él también iba a sentirlo cuando por fin llegara el momento.

Le retiró los rizos de la nuca y le rozó la piel con los labios. Ella se estremeció.

– No lo sientas -susurró-. Hablaba en serio. Iremos poco a poco. Eso es lo que haremos.

Ella hizo acopio de valor.

– No… te gustará.

Notaba su cálido aliento en la piel.

– Yo creo que sí, pero no te preocupes ahora por eso. De momento, voy a deshacerte esos nudos de la espalda y dormirás como un bebé. -Le dio otro suave empujoncito-. Te doy mi palabra.

Kristen se detuvo junto a la cama. Empezó a quitarse la blusa, vacilante. Se sentía ridícula. Por el amor de Dios, tenía treinta y un años.

– Ponte como te sientas más cómoda -murmuró él-. Has dicho que confiabas en mí.

Ella dio un hondo suspiro y se tendió boca abajo, con la ropa puesta.

– Sí. -«Más de lo que nunca he confiado en ningún hombre.»

– Apártate un poco -dijo él, y se sentó junto a su cadera-. Tengo que confesarte una cosa. Aprendí a dar masajes por Debra. Evitaban que se le atrofiaran los músculos y el hospital no tenía personal suficiente para dárselos con la frecuencia necesaria.

Cuando puso las manos en su cuerpo, ella se tensó, pero él no dijo nada; se limitó a masajearle los músculos con metódica destreza hasta que Kristen empezó a relajarse.

– Mmm, se te da muy bien.

Él permaneció en silencio; siguió masajeándole los músculos de ambos lados de la columna y ella suspiró. Se preguntaba qué sentiría si sus manos le rozaran directamente la piel.

Abe detuvo los movimientos.

– Me parece que te gustaría bastante más -susurró con voz cálida y queda-. Quítate la blusa. -Había vuelto a pensar en voz alta. Debería asustarse de que aquel hombre fuera capaz de hacer aflorar sus pensamientos, pero no era así como se sentía-. Date la vuelta.

Ella se despojó de la blusa y vaciló con el sujetador. No, el sujetador no. Volvió a colocarse boca abajo.

– Vale.

Aguardó expectante el primer contacto de sus manos en la piel desnuda. Contuvo la respiración cuando la tocó y luego exhaló un largo suspiro. Tenía razón, le gustaba bastante más.

– Tienes una espalda muy bonita -dijo bajito.

Ella sintió un escalofrío. Muy fuerte.

– ¿Tienes frío?

– No. -Ni por asomo. Sentía calidez allá donde la tocaba, y donde no lo hacía. Notaba los pechos turgentes y sensibilizados, ocultos por el sencillo sujetador de algodón, y el pulso le latía entre las piernas con una presión casi dolorosa. Arqueó la espalda y apretó la pelvis contra el colchón.

Él hizo una pausa.

– ¿Te he hecho daño?

– No. -Por lo menos, no de la forma a la que él se refería. Las punzadas que sentía no eran de dolor sino más bien de anhelo. Un anhelo que solo él podía satisfacer. «Estoy deseando que me acaricie.»

Abe se detuvo en seco. Sabía que Kristen no tenía intención de que oyera aquella frase, pero la había oído. Deseaba que la acariciara, en aquel lugar y en aquel momento; apenas era capaz de pensar en otra cosa. Sin embargo, le había prometido que solo iba a darle un masaje; nada más. A pesar de que vislumbraba la sugerente turgencia de sus senos; a pesar de que su espalda describía una atractiva curva a la altura de la cinturilla de los pantalones de lana; a pesar de que en aquel preciso momento él se sentía más erecto y preparado de lo que jamás se habría imaginado.

Hizo acopio de toda su fuerza de voluntad, cogió el edredón que cubría los pies de la cama y la tapó. Estaba casi dormida, en cambio él estaba seguro de que apenas iba a pegar ojo en toda la noche. Se puso en pie. Observó su respiración profunda y regular. Notó la forma en que sus oscuras pestañas descansaban en su claro rostro, como abanicos. Se inclinó y la besó en la mejilla.

– Que descanses -susurró. Se incorporó despacio, pero de pronto ella lo aferró por la muñeca con una fuerza asombrosa.

Se puso de lado para mirarlo con sus intensos ojos verdes.

– No te vayas.

Él bajó sus arrolladores ojos azules y los posó en sus pechos mientras en silencio se lamentaba de que aquel sujetador blanco los ocultara. Tenía que alejarse de allí, al instante.

Sacudió la cabeza.

– Dormiré en el suelo, ahí fuera. No te ocurrirá nada.