/ Language: Español / Genre:thriller

Grita Para Mi

Karen Rose

Daniel Vartarian es el agente del FBI asignado al caso del asesinato de una joven en la localidad de Dutton, pueblo donde Daniel nació. El asesinato es exactamente igual a uno que ocurrió en el mismo lugar trece años atrás. Al investigarlo, Daniel reconocerá a aquella adolescente del pasado… Ha visto su rostro en una de las fotos que pertenecían al asesino en serie más cruel que haya conocido: su propio hermano Simon. Así, Daniel tendrá que enfrentarse a sus propios vecinos, a sus fantasmas familiares y a sus conflictos de adolescencia mientras investiga los viejos y nuevos crímenes con la ayuda de Alexandra, la hermosa hermana gemela de una de las víctimas del asesino.

Karen Rose

Grita Para Mi

A Martin, porque el sol brilla más cuando estás a mi lado.

Claro que el hecho de vivir en un estado soleado ayuda, pero tú ya me entiendes.

Te amo.

A Kay y Marc.

Vuestra amistad no tiene precio.

A mi editora, Karen Kosztolnyik, y a mi agente, Robin Rue.

Gracias.

Prólogo

Hospital de Mansfield, Dutton, Georgia, trece años atrás

Sonó un timbre. Había llegado otro ascensor. Alex agachó la cabeza y deseó volverse invisible en cuanto percibió el fuerte perfume.

– Violet Drummond, date prisa. Todavía nos quedan dos pacientes por visitar. ¿Qué haces? Oh. -La última palabra fue una exclamación ahogada.

«Marchaos», pensó Alex.

– ¿No es… ella? -El susurro procedía de la izquierda de Alex-. ¿ La Tre maine que sobrevivió?

Alex no apartó la mirada de sus puños, que cerraba con fuerza sobre el regazo. «Marchaos.»

– Lo parece -respondió la primera mujer, bajando la voz-. Santo Dios, es igual que su hermana. Vi su foto en el periódico. Son como dos gotas de agua.

– Claro, son mellizas. De hecho, son gemelas idénticas. Bueno, lo eran. Descanse en paz.

«Alicia.» Alex sintió una opresión en el pecho que le impedía respirar.

– Qué lástima que encontraran a una chica tan preciosa muerta en una zanja tal como vino al mundo. Solo Dios sabe qué le hizo ese hombre antes de matarla.

– Ese vagabundo asqueroso. Ojalá lo pillen vivo y acaben con él. He oído que… ya sabes.

«Gritos. Gritos.» Un millón de gritos resonaban en su cabeza. «Tápate las orejas. Deja de oírlos.» Pero las manos de Alex permanecían apretadas con fuerza sobre su regazo. «Cierra la puerta. Cierra la puerta.» La puerta de sus recuerdos se cerró y los gritos cesaron de repente. Volvía a reinar el silencio. Alex tomó aire. Tenía el corazón desbocado.

– Bueno, esa de la silla de ruedas trató de suicidarse después de encontrar a su madre tendida muerta en el suelo. Se tomó todos los tranquilizantes que el doctor Fabares había recetado a su madre. Por suerte, su tía llegó a tiempo. A tiempo de salvar a la chica, claro; a la madre, no.

– Por supuesto que no. No es posible sobrevivir tras pegarse un tiro en la cabeza.

Alex se estremeció. El estruendo del único disparo resonó en su cabeza, una vez, y otra, y otra más. Y la sangre. «Cuánta sangre. Mamá.»

«Te odio te odio ojalá te mueras.»

Alex cerró los ojos. Intentó que los gritos cesaran, pero no lo consiguió. «Te odio te odio ojalá te mueras.»

«Cierra la puerta.»

– ¿De dónde es la tía?

– Según Delia, la del banco, es enfermera en Ohio. La madre de la chica y ella son hermanas. Bueno, lo eran. Delia dice que cuando vio a la tía asomarse a la ventanilla casi le da un infarto. Al verla le pareció estar viendo a Kathy. Menudo susto se llevó.

– Bueno, he oído que Kathy Tremaine se mató con la pistola que pertenecía al hombre con quien convivía. Menudo ejemplo para sus hijas, irse a vivir con un hombre, y a su edad.

El pánico empezó a invadirla. «Cierra la puerta.»

– Para las hijas de ella y para la de él, porque también tiene una. Se llama Bailey.

– Eran incontrolables, las tres. Era de prever que acabaría pasando algo así.

– Wanda, por favor. La chica no tuvo la culpa de que un vagabundo la violara y la matara.

Los pulmones de Alex se negaban a soltar el aire. «Marchaos. Id al infierno. Al infierno las dos. Al infierno todos. Dejadme sola, dejadme terminar lo que empecé.»

– ¿Has visto cómo visten las chicas de hoy día? -se burló Wanda-. Parece que estén pidiendo a gritos que los hombres las fuercen y les hagan Dios sabe qué. Me alegro de que se vaya.

– ¿Se va? ¿Su tía se la lleva a Ohio?

– Eso es lo que Delia, la del banco, me ha dicho. Yo doy gracias de que no vuelva al instituto. Mi nieta estudia allí, está en décimo curso y es de la misma edad que las Tremaine. Alexandra Tremaine habría sido una compañía terrible.

– Terrible -convino Violet-. Vaya, mira qué hora es, y aún tenemos que visitar a Gracie y a Estelle Johnson. Llama tú al ascensor, Wanda. Yo tengo las manos ocupadas con las violetas.

El timbre sonó y las dos ancianas se marcharon. Alex estaba temblando por dentro y por fuera. Kim iba a llevársela a Ohio. Claro que, en realidad, a Alex eso le daba igual. No pensaba vivir en Ohio. Lo que quería era terminar lo que había empezado.

– ¿Alex? -Oyó un ruido de pasos sobre las baldosas y notó un perfume distinto, fresco y dulce-. ¿Qué ocurre? Estás temblando como un flan. Meredith, ¿qué ha pasado? Se supone que debías estar pendiente de ella, no sentarte en ese banco y enfrascarte en el libro.

Kim le tocó la frente y Alex se retiró de golpe, sin apartar la vista de sus manos. «No me toques.» Pretendía ser un gruñido, pero las palabras solo resonaron en su cabeza.

– ¿Está bien, mamá?

Era Meredith. Alex conservaba un vago recuerdo de su prima, una niña corpulenta de siete años que jugaba a Barbies con otras dos niñas de cinco. «Dos niñas pequeñas. Alicia.» Alex ya no formaba parte de un dúo. «Estoy sola.» El pánico empezó a invadirla de nuevo. «Por el amor de Dios, cierra la puerta.» Alex respiró hondo. Se concentró en la oscuridad de su mente. La oscuridad y el silencio.

– Creo que sí, Merry.

Kim se arrodilló frente a la silla y tiró de la barbilla de Alex hasta que esta alzó la cabeza. Sus miradas se cruzaron y Alex la apartó de inmediato. Con un suspiro, Kim se puso en pie y Alex volvió a respirar hondo.

– La llevaremos al coche. Papá lo acercará hasta la puerta.

El timbre del ascensor volvió a sonar y, de espaldas, arrastraron dentro la silla de Alex.

– Me pregunto qué es lo que le ha molestado. Solo me he marchado unos minutos.

– Me parece que han sido las dos ancianas. Creo que se han puesto a hablar de Alicia y de la tía Kathy.

– ¿Qué? Meredith, ¿por qué no les has dicho nada?

– De hecho no las oía bien, y tampoco creo que Alex las haya oído. Casi todo el rato han estado cuchicheando.

– Me lo imagino. Esas viejas metomentodo. La próxima vez, avísame.

El timbre del ascensor sonó y empujaron la silla hacia el vestíbulo.

– Mamá. -La voz de Meredith adquirió un tono de advertencia-. Es el señor Crighton. Y lo acompañan Bailey y Wade.

– Esperaba que se comportara por una vez. Meredith, ve corriendo al coche y avisa a tu padre. Dile que llame al sheriff, no sea que el señor Crighton nos cause problemas.

– Muy bien, mamá. No le enojes, por favor.

– No te preocupes. Vete.

La silla de ruedas se detuvo y Alex fijó la vista en las manos sobre su regazo. Eran sus manos. Pestañeó con fuerza. Parecían distintas. ¿Habían tenido siempre ese aspecto?

– Papá, va a llevársela. No puedes dejar que se lleve a Alex.

Bailey. Le pareció que lloraba. «No llores, Bailey. Es mejor así.»

– No se la llevará a ninguna parte. -Se detuvo arrastrando las suelas de sus botas sobre las baldosas.

Kim suspiró.

– Craig, por favor. No hagas una escena. No es bueno para Alex ni para tus propios hijos. Lleva a Wade y a Bailey a casa. Yo me llevaré a Alex conmigo.

– Alex es mi hija. No puedes quedártela.

– No es tu hija, Craig. No llegaste a casarte con mi hermana, ni adoptaste a sus hijas. Alex es mía y vivirá conmigo desde hoy mismo. Lo siento, Bailey. -En tono más amable, Kim añadió-: Pero tú puedes venir a visitarla siempre que quieras, tal como debe ser.

Las gastadas botas negras se detuvieron junto a los pies de Alex, que los echó hacia atrás. Seguía cabizbaja. «Respira.»

– No. Esta chica ha vivido en mi casa durante cinco años, Kim. Me llamaba «papá».

No. Eso Alex no lo había hecho nunca. Lo llamaba «señor».

Ahora Bailey lloraba con amargura.

– Por favor, Kim, no nos hagas esto.

– No puedes llevártela. Ni siquiera es capaz de mirarte a la cara. -La voz de Craig era desesperada y sus palabras, del todo ciertas. Alex no era capaz de mirar a Kim, ni siquiera después de que hubiera cambiado de peinado. Era un bonito gesto, y Alex sabía que debía agradecer a Kim el sacrificio que había hecho. Pero Kim no podía cambiar sus ojos-. Te has cortado y teñido el pelo, pero sigues pareciéndote a Kathy. Cada vez que Alex te mira, ve a su madre en ti. ¿Es eso lo que quieres?

– Si se queda contigo, verá a su madre muerta en la sala de estar cada vez que baje la escalera -le espetó Kim-. ¿En qué estabas pensando cuando las dejaste solas?

– Tuve que marcharme a trabajar -gruñó Craig-. Así es como me gano el pan todos los días.

«Te odio. Ojalá te mueras.» Los gritos resonaban en su cabeza, fuertes, prolongados y airados. Alex agachó más la cabeza y Kim le acarició la nuca. «No me toques.» Trató de apartarse, pero Craig estaba demasiado cerca, así que permaneció inmóvil.

– A la mierda tú y tu trabajo -soltó Kim con amargura-. Dejaste a Kathy sola el peor día de su vida. Si te hubieras quedado en casa, ella seguiría viva y Alex no estaría aquí.

Las botas se aproximaron y Alex apartó más los pies.

– ¿Me estás diciendo que tuve yo la culpa? ¿Que yo fui el causante de que Kathy se suicidara? ¿Que yo hice que Alex se tomara un bote de pastillas? ¿Es eso lo que me estás diciendo?

El silencio que siguió resultó tenso y Alex contuvo la respiración mientras aguardaba. Kim no lo negaba y Craig cerraba los puños con tanta fuerza como Alex.

Las puertas correderas se abrieron y se cerraron, y se oyeron más pasos sobre el suelo embaldosado.

– Kim, ¿hay algún problema?

Era el marido de Kim, Steve.

Alex dejó escapar el aire que había estado conteniendo. Steve era un hombre alto de rostro afable. A él Alex sí que podía mirarlo, pero no en ese momento.

– No lo sé. -A Kim le temblaba la voz-. Craig, ¿hay algún problema?

Otra pausa de silencio y, poco a poco, Craig fue relajando los puños.

– No. ¿Dejarás que al menos los chicos y yo nos despidamos de ella?

– Supongo que no hay problema por eso.

El perfume de Kim se fue disipando a medida que ella se alejaba.

Craig se estaba acercando. «Cierra la puerta.» Alex cerró con fuerza los ojos y contuvo la respiración mientras él le susurraba al oído. Se esforzó mucho por mantenerlo alejado de sus pensamientos y al fin, al fin, él retrocedió.

Permaneció encorvada mientras Bailey la abrazaba.

– Te echaré de menos, Alex. ¿A quién le robaré ahora la ropa? -Bailey trató de reír, pero acabó sollozando-. Escríbeme, por favor.

El último fue Wade. «Cierra la puerta.» Alex permaneció otra vez rígida mientras el chico se despedía con un abrazo. Los gritos se hicieron más estridentes. Le dolía. «Por favor. Acaba con esto.» Se concentró en tirar de la puerta para mantenerla cerrada. Al fin Wade retrocedió y ella pudo respirar de nuevo.

– Ahora nos vamos -dijo Kim-. Por favor, déjanos salir. -Alex volvió a contener el aire hasta que llegaron a un coche blanco. Steve la ayudó a subir y a acomodarse en el asiento.

Clic. Steve le abrochó el cinturón de seguridad y luego le sujetó el rostro con la mano.

– Nosotros cuidaremos de ti, Alex. Te lo prometo -dijo con suavidad.

Luego cerró la puerta del coche y solo entonces Alex se permitió relajar uno de los puños. Un poco nada más. Lo suficiente para ver la bolsa que escondía. Pastillas. Un montón de diminutas pastillas de color blanco. ¿Dónde? ¿Cuándo? No importaba dónde ni cuándo. Lo que importaba era que por fin podría terminar lo que había empezado. Se pasó la lengua por el labio inferior y se esforzó por levantar la cabeza.

– Por favor. -El sonido de su propia voz la estremeció. Estaba ronca de no hablar.

Tanto Steve como Kim, que ocupaban los asientos delanteros, se volvieron a mirarla.

– ¡Mamá! ¡Alex ha hablado! -Meredith sonreía.

Pero Alex no.

– ¿Qué ocurre, cariño? -preguntó Kim-. ¿Qué quieres?

Alex bajó los ojos.

– Agua, por favor.

Capítulo 1

Arcadia, Georgia, en la actualidad, viernes, 26 de enero, 1.25 horas

La había elegido con esmero y había disfrutado poseyéndola. La había hecho gritar, unos gritos fuertes y prolongados.

Mack O'Brien se estremeció. Aún se le ponía la carne de gallina al pensarlo. Aún le hervía la sangre y se le ensanchaban las ventanas de la nariz al recordar su aspecto, su voz, su sabor. El sabor del terror puro no tenía parangón. Lo sabía muy bien. Ella había sido su primera víctima mortal, pero no sería la última.

Había elegido su última morada con igual esmero. Había dejado que su cuerpo cayera rodando a la cuneta húmeda con un ruido sordo. Se agachó a su lado y arregló la basta manta de color marrón con que la había amortajado, mientras disfrutaba de la expectativa. El domingo se celebraría la vuelta ciclista anual a la provincia. Un centenar de ciclistas pasarían por ese lugar. La había colocado de forma que resultara bien visible desde la carretera.

Pronto la encontrarían. Ellos pronto sabrían que había muerto.

«Se harán preguntas, y sospecharán del resto. Los invadirá el miedo.»

Se puso en pie, satisfecho de sus actos. Quería atemorizarlos. Quería que se echaran a temblar como criaturas. Quería que descubrieran lo que era el auténtico miedo.

Él lo sabía muy bien, como sabía lo que eran el hambre y la cólera. Y si conocía tan bien todas esas sensaciones, era gracias a ellos.

Bajó la cabeza y retiró la manta marrón con la punta del pie.

Ella ya lo había pagado. Pronto todos ellos sufrirían y lo pagarían. Pronto sabrían que había regresado.

«Hola, Dutton. Mack ha vuelto.» Y no pensaba descansar hasta arruinarles la vida.

Cincinnati, Ohio, viernes, 26 de enero, 14.55 horas

– ¡Ay! Eso duele.

Alex Fallon miró a la hosca y pálida adolescente.

– Me lo imagino. -Rápidamente, Alex colocó el esparadrapo sobre la aguja intravenosa-. Puede que lo pienses mejor la próxima vez que sientas tentaciones de hacer novillos, comerte una enorme copa de helado con nata y chocolate, y acabar en urgencias. Vonnie, eres diabética y el hecho de comportarte como si no lo fueras no cambiará las cosas. Tienes que seguir…

– Una dieta -soltó Vonnie-. Ya lo sé. ¿Por qué no me dejáis todos en paz?

Las palabras resonaron en la mente de Alex, tal como siempre le ocurría. La gratitud hacia su familia se mezclaba con la compasión que sentía por su paciente, tal como siempre le ocurría.

– Un día de estos comerás lo que no debes y acabarás… ahí abajo.

Vonnie le lanzó su mirada más desafiante.

– ¿Y qué hay ahí abajo?

– El depósito de cadáveres. -Alex no apartó la vista de la asustada expresión de la chica-. A lo mejor es eso lo que quieres.

De repente, a Vonnie se le humedecieron los ojos.

– A veces sí.

– Te comprendo muy bien, cariño. -Y, de hecho, la comprendía mucho mejor de lo que cualquier persona ajena a su familia podía imaginar-. Pero tendrás que decidir qué es lo que verdaderamente quieres, si vivir o morir.

– ¿Alex? -Letta, la enfermera jefe, asomó la cabeza por la puerta de la consulta-. Tienes una llamada urgente por la línea dos. Ya sigo yo con esto.

Alex apretó con afecto el hombro de Vonnie.

– De momento, ya está. -Dirigió a la chica una mirada de advertencia-. No quiero volver a verte por aquí. -Le entregó el expediente médico a Letta-. ¿Quién es?

– Nancy Barker, del Departamento de Servicios Sociales de Fulton, en Georgia.

El corazón de Alex dio un vuelco.

– Es donde vive mi hermanastra.

Letta arqueó las cejas.

– No sabía que tuvieras una hermanastra.

En sentido estricto Alex no tenía ninguna hermanastra, pero la historia era muy larga y su relación con Bailey, demasiado enrevesada.

– Hace mucho tiempo que no la veo.

Cinco años, para ser exactos, desde que Bailey se presentara completamente colocada en la puerta de su casa de Cincinnati. Alex había tratado de que Bailey siguiera un programa de rehabilitación, pero ella había desaparecido llevándose las tarjetas de crédito de Alex.

Letta frunció el entrecejo, preocupada.

– Espero que todo vaya bien.

Alex se había pasado años enteros esperando, y a la vez temiendo, esa llamada.

– Yo también.

Era una de las tristes ironías del destino, pensó Alex mientras se apresuraba a ponerse al teléfono. Ella había intentado suicidarse hacía años, y en cambio quien había acabado cayendo en la adicción era Bailey. La gran diferencia la marcaba la familia. Alex había tenido a Kim, Steve y Meredith para ayudarla a sobreponerse. En cambio, Bailey… no tenía a nadie.

Respondió a la llamada de la línea dos.

– Alex Fallon al aparato.

– Soy Nancy Barker. Trabajo en el Departamento de Servicios Sociales de Fulton.

Alex suspiró.

– Dígame, ¿está viva?

Hubo una larga pausa.

– ¿Quién, señorita Fallon?

A Alex le chocó lo de «señorita». Aún no se había acostumbrado a no ser más la señora Preville. Su prima Meredith decía que era cuestión de tiempo, pero ya llevaba un año divorciada y Alex no sentía que la herida se estuviera cerrando. Tal vez fuera porque su ex marido y ella se cruzaban varias veces todas las semanas. En ese preciso instante, por ejemplo. Alex observó al doctor Richard Preville acercarse al teléfono para comprobar sus mensajes. Evitando su mirada, la saludó con un torpe movimiento de cabeza. No; trabajar en el mismo turno que su ex marido no iba a ayudarla a superar el fracaso de la relación.

– ¿Señorita Fallon? -la instó la mujer.

Alex se esforzó por concentrarse.

– Bailey. Llama por ella, ¿no?

– Llamo por Hope.

– Hope -repitió Alex sin comprender nada-. No lo entiendo. ¿Hope qué más?

– Hope Crighton, la hija de Bailey. Su sobrina.

Alex se sentó con aturdimiento.

– No sabía que Bailey tuviera una hija.

«Pobre niña.»

– Ah, así no sabe que en la ficha del parvulario consta usted como persona de contacto en caso de urgencia.

– No. -Alex suspiró para reponerse-. ¿Ha muerto Bailey, señorita Barker?

– Espero que no, pero no sabemos dónde está. Hoy no se ha presentado a trabajar y una de sus compañeras ha ido a su casa para comprobar que estuviera bien. Ha encontrado a la niña dentro de un armario, hecha un ovillo.

El miedo atenazó el vientre de Alex, pero conservó la voz serena.

– Y Bailey ha desaparecido.

– La última vez que la vieron fue ayer por la tarde, cuando fue a recoger a Hope al parvulario.

Al parvulario. La niña ya iba al colegio y Alex no tenía ni idea de su existencia. «Bailey, Bailey, ¿qué has hecho?»

– ¿Y Hope? ¿Está herida?

– Físicamente no, pero está asustada, muy asustada. No quiere hablar con nadie.

– ¿Dónde está?

– Ahora mismo está con una familia de acogida provisional. -Nancy Barker suspiró-. Si no quiere quedársela, tramitaré la acogida definitiva.

– Se quedará conmigo. -Las palabras brotaron de la boca de Alex antes de que pensara en pronunciarlas. Sin embargo, una vez dichas, tuvo la certeza de que eso era lo que debía hacer.

– Hace cinco minutos ni siquiera sabía que la niña existía -repuso Barker.

– No importa. Soy su tía. Se quedará conmigo. -«Kim también me acogió a mí, y me salvó la vida»-. Iré a buscarla en cuanto pida permiso en el trabajo y compre un billete de avión.

Alex colgó el teléfono y al volverse tropezó con Letta, que la miraba con expresión interrogante. Alex sabía que había estado escuchando la conversación.

– ¿Qué dices? ¿Me concedes el permiso?

Los ojos de Letta estaban cargados de preocupación.

– ¿Te quedan vacaciones?

– Seis semanas. No he pedido ni un solo día desde hace más de tres años. -No había habido motivos para hacerlo. Richard nunca tenía tiempo de ir a ninguna parte, siempre estaba trabajando.

– Pues empieza por ahí -dijo Letta-. Buscaré a alguien que te sustituya. Pero escucha, Alex, no sabes nada de esa niña. Puede que tenga alguna discapacidad o necesidades especiales.

– Lo afrontaré -respondió Alex-. No tiene a nadie, y es de la familia. No pienso abandonarla.

– Como ha hecho su madre. -Letta ladeó la cabeza-. Y como tu madre hizo contigo.

Alex evitó la mueca de dolor y conservó el semblante impasible. Pulsando unas cuantas veces el ratón cualquiera podía encontrar su historia en Google. Pero Letta se lo decía con buena intención, así que Alex se esforzó por sonreír.

– Te llamaré en cuanto llegue allí y averigüe más cosas. Gracias, Letta.

Arcadia, Georgia, domingo, 28 de enero, 16.05 horas.

– Bienvenido a casa, chico -se dijo el agente especial Daniel Vartanian al apearse del coche e inspeccionar el escenario. Solo había estado fuera dos semanas, pero en ellas habían ocurrido muchas cosas. Era hora de volver al trabajo y de reanudar su vida, lo cual en el caso de Daniel eran una sola cosa. Su trabajo era su vida, y la muerte su trabajo.

Vengarla, claro, no causarla. Pensó en las últimas dos semanas, en todos los muertos, en todas las vidas destrozadas. Era suficiente para volver loco a un hombre, si este lo permitía. Pero Daniel no pensaba permitirlo. Reanudaría su vida y lograría que se hiciera justicia a cada víctima a su debido tiempo. Él cambiaría las cosas. Era la única forma que conocía de… reparar los daños.

Ese día la víctima era una mujer. La habían encontrado en una zanja, al borde de la carretera donde ahora se alineaban vehículos de las fuerzas públicas, de todas las formas y los tipos posibles.

Los técnicos del laboratorio criminológico también se encontraban allí, además de la forense. Daniel se detuvo junto a la cuneta, donde habían tendido la cinta amarilla que delimitaba el escenario del crimen, y echó un vistazo. Allí yacía el cadáver, y un técnico del equipo forense se encontraba en cuclillas a su lado. La chica estaba envuelta con una manta marrón que los técnicos habían retirado un poco para poder examinarla. Daniel se fijó que tenía el pelo moreno; debía de medir poco menos de un metro setenta. Estaba desnuda y su rostro aparecía… destrozado. Ya había levantado una pierna para cruzar la cinta cuando una voz lo hizo detenerse.

– Alto, señor. La zona es de acceso restringido.

Con un pie a cada lado de la cinta, Daniel se volvió a mirar al joven agente de aspecto formal que se disponía a desenfundar el arma.

– Soy el agente especial Daniel Vartanian, de la Agen cia de Investigación de Georgia.

El joven abrió los ojos como platos.

– ¿Vartanian? ¿Quiere decir…? Quiero decir… -Respiró hondo y se irguió de inmediato-. Lo siento, señor. Me he sorprendido, eso es todo.

Daniel asintió y dirigió al joven una amable sonrisa.

– Lo comprendo.

No le hacía gracia, pero lo comprendía. El apellido Vartanian se había hecho bastante famoso en la semana transcurrida desde la muerte de su hermano Simon. Nada de lo que se decía era bueno, y con razón. Simon Vartanian había asesinado a diecisiete personas en Filadelfia, y dos de las víctimas eran sus propios padres. La historia había aparecido en todos los periódicos del país. Pasaría mucho tiempo antes de que pudiera nombrarse el apellido Vartanian sin que el interlocutor respondiera con un gesto de estupefacción.

– ¿Dónde puedo encontrar al sheriff?

El agente señaló a unos cien metros de distancia hacia la carretera.

– Ese es el sheriff Corchran.

– Gracias, agente. -Daniel volvió a saltar la cinta y echó a andar, consciente de que el agente lo seguía con la mirada. Al cabo de un par de minutos, todo el mundo sabría que en el escenario había un Vartanian. Daniel esperaba que el barullo fuera mínimo, ya no por él o por nadie de la familia sino por la mujer que yacía en la cuneta envuelta en una manta marrón. Esa chica también tenía familiares, personas que la echarían de menos. Personas que necesitarían que se hiciera justicia y se cerrara el caso antes de poder seguir adelante con sus vidas.

Antes Daniel creía que hacer justicia y cerrar un caso eran la misma cosa, que el hecho de saber que el autor de un crimen había sido detenido y castigado por sus actos bastaba para que las víctimas y sus familiares pasaran la página de aquel doloroso episodio de sus vidas. Ahora, después de haber visto cientos de asesinatos, víctimas y familias, comprendía que cada crimen provocaba una reacción en cadena y alteraba varias vidas de un modo inmensurable. No por el mero hecho de saber que el daño causado había recibido castigo se era siempre capaz de seguir adelante. Ahora Daniel lo comprendía muy bien.

– ¡Daniel! -Ed Randall, el jefe del equipo criminológico, lo saludó sorprendido-. No sabía que habías vuelto.

– Hoy mismo. -Tendría que haber sido al día siguiente pero, tras dos semanas de permiso, Daniel era el siguiente candidato en la lista de asignación de casos. Tendió la mano al sheriff-. Sheriff Corchran, soy el agente especial Vartanian, del GBI. Le prestaremos toda la ayuda que solicite.

El sheriff observó a Daniel con los ojos muy abiertos mientras le estrechaba la mano.

– ¿Tiene algún parentesco con…?

«Sálveme Dios, pues claro.» Se esforzó por sonreír.

– Me temo que sí.

Corchran lo escrutó con perspicacia.

– ¿Se encuentra en condiciones de volver al trabajo?

«No.» Sin embargo, Daniel no alteró el tono cuando respondió:

– Sí. Aunque si eso le supone un problema, puedo pedir que envíen a otra persona.

Corchran pareció pensárselo y Daniel aguardó mientras se esforzaba por mantener el temperamento a raya. No era correcto ni justo, pero la realidad era que lo juzgaban por los actos cometidos por su familia. Al fin Corchran negó con la cabeza.

– No, no será necesario. Nos va bien así.

Daniel se tranquilizó y de nuevo se esforzó por sonreír.

– Muy bien. ¿Puede explicarme qué ha ocurrido? ¿Quién ha descubierto el cadáver y cuándo?

– Hoy se ha celebrado la vuelta ciclista anual y esta carretera forma parte del recorrido. Uno de los ciclistas ha reparado en la manta. Como no quería perder la carrera, ha llamado al 911 mientras seguía pedaleando. Si quiere hablar con él, está esperando en la línea de meta.

– Sí que quiero hablar con él. ¿Se ha detenido alguien más?

– No, hemos tenido suerte -intervino Ed Randall-. Cuando hemos llegado el escenario estaba intacto y no había mirones. Todos estaban en la línea de meta.

– No es frecuente que eso suceda. ¿Quién ha sido la primera persona de su departamento en llegar al escenario, sheriff? -preguntó Daniel.

– Larkin. Solo ha levantado una esquina de la manta para ver el rostro de la víctima. -El hierático semblante de Corchran se demudó, lo cual resultaba revelador-. Enseguida les hemos avisado a ustedes. Nosotros no disponemos de recursos para investigar un crimen así.

Daniel respondió a la última declaración con un gesto de asentimiento. Apreciaba a los sheriffs que, como Corchran, estaban dispuestos a contar con la Agen cia de Investigación de Georgia. Muchos defendían con uñas y dientes su territorio y consideraban cualquier intervención del GBI… una plaga que infestaba su territorio. Sí, así mismo lo había descrito el sheriff de la ciudad natal de Daniel hacía tan solo dos semanas.

– Colaboraremos con ustedes en lo que decidan, sheriff.

– Por el momento, colaboren en todo -dijo Corchran-. Pongo mi departamento a su disposición. -Apretó la mandíbula-. No se había cometido ningún asesinato en Arcadia durante los diez años que llevo en este cargo. Nos gustaría quitar de en medio durante una buena temporada a quienquiera que haya hecho una cosa así.

– A nosotros también. -Daniel se volvió hacia Ed-. ¿Qué sabéis?

– La mataron en otro lugar y luego la dejaron aquí tirada. Hemos encontrado su cadáver envuelto en una manta marrón.

– Como si fuera una mortaja -masculló Daniel, y Ed asintió.

– Igual. La manta parece nueva, es de lana. La chica ha recibido muchos golpes en el rostro y tiene contusiones alrededor de la boca. La forense te proporcionará más información sobre eso. Ahí abajo no hay señales de ningún forcejeo y en la pendiente de tierra no se observan huellas.

Daniel frunció el entrecejo y miró la zanja. Era un canal de drenaje que conducía el agua de lluvia hasta el desagüe situado a unos cien metros. En los laterales el barro estaba intacto.

– Eso quiere decir que debe de haber caminado por el agua hasta el desagüe, y desde allí habrá vuelto a salir a la carretera. -Se quedó pensativo unos instantes-. ¿Se ha hecho mucha publicidad de la carrera?

Corchran asintió.

– Para los jóvenes de los clubs locales es una buena ocasión de recaudar fondos, así que los socios colocan carteles en las ciudades de ochenta kilómetros a la redonda. Además, hace más de diez años que el último domingo de enero se celebra la carrera. Hay ciclistas del norte que tienen ganas de correr en un lugar más cálido. Es una celebración bastante importante.

– Eso significa que quería que la encontráramos -concluyó Daniel.

– Daniel. -Los técnicos forenses se acercaron a la cinta que delimitaba el escenario del crimen. Uno de ellos fue directo a la camioneta y el otro se detuvo junto a Ed-. Me alegro de volver a verte.

– Yo también me alegro de haber vuelto, Malcolm. ¿Qué habéis averiguado?

Malcolm Zuckerman se irguió.

– No resultará fácil sacar el cadáver de la zanja. La pendiente es pronunciada y el barro resbala. Trey va a improvisar una especie de grúa.

– Malcolm -dijo Daniel, exagerando el tono paciente; Malcolm siempre se quejaba de dolor de espalda, de las condiciones atmosféricas o de cualquier otra cosa-, ¿qué sabéis de la víctima?

– Mujer, blanca, probablemente de unos veinticinco años. Lleva muerta un par de días, al parecer murió asfixiada. Los cardenales en las nalgas y en la parte interior de los muslos indican que sufrió agresiones sexuales. Le golpearon el rostro con un objeto contundente. Aún no sabemos cuál, pero le ha causado daños importantes en la estructura facial. Tiene rotos la nariz, los pómulos y la mandíbula. -Frunció el entrecejo-. Es posible que los golpes se los produjeran después de muerta.

Daniel arqueó una ceja.

– Así que quería que la encontráramos, pero no que la identificáramos.

– Eso mismo pienso yo. Seguro que no encontramos sus huellas en el sistema. Tiene una serie de marcas junto a la boca, podrían ser de los dedos del agresor.

– Le tapó la boca con la mano hasta que se asfixió -musitó Corchran entre dientes-. Luego le puso la cara como un mapa. Menudo cabrón.

– Eso es lo que parece -observó Malcolm con la voz llena de compasión, aunque sus ojos expresaban un hastío que Daniel comprendía muy bien. Demasiadas víctimas y demasiados cabrones-. Obtendremos más información cuando el doctor haya completado el examen. ¿Has terminado por lo que a mí respecta, Daniel?

– Sí. Avísame cuando practiquéis la autopsia. Quiero estar presente.

Malcolm se encogió de hombros.

– Tú mismo. Seguramente la doctora Berg empezará después de la RMM.

– ¿Qué es la RMM? -preguntó Corchran mientras Malcolm se dirigía a la camioneta para esperarlo.

– La reunión matutina en la morgue -explicó Daniel-. La doctora Berg empezará la autopsia sobre las nueve y media o las diez. Si quiere asistir, está invitado.

Corchran tragó saliva.

– Gracias. Si puedo, allí estaré.

A Corchran se le veía un poco pálido y Daniel no podía culparlo por ello. No resultaba fácil presenciar el trabajo de los forenses. A Daniel, el sonido de los huesos al serrarlos aún le producía náuseas tras años presenciando autopsias.

– De acuerdo. ¿Qué más, Ed?

– Hemos tomado imágenes de toda el área que rodea al cadáver y de ambos lados de la zanja -respondió Ed-. En vídeo y en foto. Primero exploraremos este lado de la cuneta, antes de que Malcolm destruya las posibles pistas al sacar a la chica. Luego colocaremos los focos y examinaremos el resto.

Agitó la mano para avisar a los miembros de su equipo y estos se dirigieron hacia la cinta. Ed se dispuso a seguirlos; entonces vaciló unos instantes antes de apartar a Daniel hacia un lado.

– Siento lo de tus padres, Daniel -musitó-. Sé que lo que yo pueda decir no sirve de nada, pero quería que lo supieras.

Daniel bajó los ojos. Ed lo había pillado desprevenido. El chico se sentía apenado de que Arthur y Carol Vartanian hubieran muerto, en cambio Daniel no estaba seguro de poder decir lo mismo. Había momentos en que no estaba seguro de que sus padres no se hubieran condenado a sí mismos en gran medida. Simon era malvado, pero ellos, a su manera, se lo habían consentido.

Por quienes Daniel sí que se sentía verdaderamente apenado era por las otras víctimas de Simon. Con todo… Arthur y Carol eran sus padres. Aún podía verlos tendidos en aquel depósito de cadáveres de Filadelfia, muertos a manos de su propio hijo. La espantosa imagen se mezclaba con todas las otras que lo perseguían tanto despierto como dormido. Cuántas muertes. Cuántas vidas destrozadas. «La reacción en cadena.»

Daniel se aclaró la garganta.

– Te vi en el funeral. Gracias, Ed. Para mí significa mucho.

– Si necesitas algo, ya sabes dónde encontrarme. -Ed dio una fuerte palmada en el hombro a Daniel y luego se marchó detrás de su equipo.

Daniel se volvió hacia Corchran, que los había estado observando.

– Sheriff, me gustaría hablar con el agente Larkin y pedirle que me acompañe a examinar el cadáver del mismo modo que lo hizo antes. Sé que redactará un informe minucioso, pero me gustaría conocer de primera mano sus recuerdos e impresiones.

– Claro. Ha aparcado su coche un poco más abajo, para disuadir a los mirones. -Corchran llamó por radio a Larkin y en menos de cinco minutos el agente se personó allí. Aún se le veía algo pálido, pero sus ojos aparecían nítidos. Llevaba una hoja de papel en la mano.

– Este es el informe, agente Vartanian. Pero me gustaría comentarle una cosa que acabo de recordar mientras venía hacia aquí. No muy lejos de este lugar se cometió un crimen parecido.

Las cejas de Corchran se dispararon hacia arriba.

– ¿Dónde? ¿Cuándo?

– Antes de que usted llegara -respondió Larkin-. En abril hará trece años. Encontramos a una chica tirada en una cuneta igual que esta vez. Estaba envuelta en una manta marrón y la habían violado y asfixiado. -Tragó saliva-. Y también le habían destrozado la cara, como esta vez.

Daniel sintió que un escalofrío le recorría la espalda.

– Sí que se acuerda bien, agente.

Larkin parecía afectado.

– La chica tenía dieciséis años, la misma edad que tenía entonces mi hija. No recuerdo su nombre, pero el crimen ocurrió a las afueras de Dutton, a unos cuarenta kilómetros hacia el este de aquí.

El escalofrío se intensificó y Daniel tensó el cuerpo para no echarse a temblar.

– Sé dónde está Dutton -dijo.

Lo sabía bien. Había paseado por sus calles, comprado en sus establecimientos y jugado la liga infantil con su equipo de béisbol. También sabía que en Dutton había vivido el mal personificado, y que llevaba el apellido Vartanian. Dutton, en el estado de Georgia, era la ciudad natal de Daniel Vartanian.

Larkin asintió mientras anotaba el nombre de Daniel junto a los recientes sucesos.

– Lo suponía.

– Gracias, agente -dijo Daniel, consiguiendo mantener serena la voz-. Me encargaré de investigarlo lo antes posible. De momento, vamos a echar un vistazo a la víctima.

Dutton, Georgia, domingo, 28 de enero, 21.05 horas.

Alex cerró la puerta del dormitorio y luego se apoyó en ella, exhausta.

– Por fin se ha dormido -susurró a su prima Meredith, sentada en un sofá de la sala de la suite del hotel donde se alojaba Alex.

Meredith levantó la cabeza de las páginas y páginas de cuadernos para colorear que la niña de cuatro años llamada Hope Crighton había llenado desde que Alex la tomara en custodia de manos de la asistente social hacía treinta y seis horas.

– Pues es momento de que hablemos -dijo en voz baja.

Los ojos de Meredith expresaban preocupación. Al tratarse de una psicóloga infantil especializada en niños con traumas emocionales, el temor de Alex se intensificó.

Tomó asiento.

– Te agradezco que hayas venido. Sé que andas muy ocupada con tus pacientes.

– Puedo arreglármelas para que otra persona se encargue de mis pacientes un día o dos. Si me hubieras avisado de que pensabas venir, ayer mismo habría estado aquí; habría ocupado un asiento a tu lado en el avión. -La voz de Meredith denotaba que se sentía frustrada y dolida-. ¿En qué estabas pensando, Alex? ¿Cómo se te ocurrió venir sola? Y precisamente aquí.

«Aquí.» A Dutton, en Georgia. Con solo pensar en el nombre de la población a Alex le entraban náuseas. Era el último lugar al que habría querido volver. Pero las náuseas no eran nada comparadas con el miedo que la había invadido al mirar por primera vez los inexpresivos ojos grises de Hope.

– No lo sé -admitió Alex-. Tendría que haberlo pensado mejor, Mer. Claro que no tenía ni idea de que fuera a ser tan horrible. Pero, tal como me temo, lo es, ¿verdad?

– ¿A juzgar por lo que he visto en las últimas tres horas? Sí. Lo que no puedo decirte es si la niña está traumatizada por el hecho de que el viernes al despertar su madre hubiera desaparecido o por lo sucedido durante los años precedentes. No sé cómo era Hope antes de que Bailey desapareciera. -Meredith frunció el entrecejo-. Sin embargo, no tiene nada que ver con lo que me esperaba.

– Ya. Yo esperaba encontrarme con una niña sucia y desnutrida. La última vez que vi a Bailey estaba fatal, Meredith. Se la veía embotada y descuidada. Tenía marcas en los dos brazos. Siempre me pregunto si podría haber hecho algo más.

Meredith enarcó una de sus cejas rojizas.

– ¿Por eso estás aquí?

– No. Bueno, puede que eso fuera lo que me hiciera venir, pero en cuanto vi a Hope la cosa cambió. -Pensó en la niña de rizos rubios y rostro de ángel de Botticelli. Y en sus ojos grises de mirada vacía-. Por un momento pensé que se habían equivocado de niña. Se la ve limpia y bien alimentada. La ropa y los zapatos parecen nuevos.

– Se los habrá dado la asistente social.

– No, los tenía en el parvulario cuando ella fue a recogerla. La maestra de Hope dice que Bailey siempre guardaba una muda limpia en la taquilla de la niña. Dicen que era una buena madre, Mer. Se extrañaron mucho cuando la asistente social les explicó que había desaparecido. La directora no cree que Bailey haya sido capaz de abandonar así a Hope.

Meredith volvió a arquear las cejas.

– ¿Creen que puede haberle ocurrido algo malo?

– Sí, al menos la directora del parvulario. Es lo que le ha dicho a la policía.

– ¿Y la policía qué dice?

Alex apretó los dientes.

– Que están investigando las pistas posibles, pero que todos los días hay yonquis que abandonan sus casas. Más o menos me han dicho que les deje en paz. No he llegado a ninguna conclusión hablando con ellos por teléfono, se han limitado a ignorarme. Bailey lleva ausente tres días y aún no la consideran una persona desaparecida.

– Es cierto que todos los días hay yonquis que se marchan de casa, Alex.

– Ya lo sé, pero ¿por qué iba a mentir la directora del parvulario?

– A lo mejor no miente. Puede que Bailey finja muy bien, o puede que tras una temporada de abstinencia haya vuelto a caer. De momento, centrémonos en Hope. ¿Dices que la asistente social te ha comentado que se había pasado toda la noche pintando?

– Sí. Nancy Barker, la asistente, dice que es la única cosa que la niña ha hecho desde que la sacaron del armario. -El armario de casa de Bailey. El pánico empezó a invadirla, tal como le ocurría siempre que recordaba aquella casa-. Bailey sigue viviendo en la misma casa.

Meredith abrió los ojos como platos.

– ¿De verdad? Creía que la habían vendido hace años.

– No. He consultado por internet el registro de la propiedad. La escritura sigue estando a nombre de Craig.

La opresión que Alex sentía en el pecho se intensificó. Cerró los ojos y se concentró en relajar la mente. Meredith posó una mano sobre la suya y se la estrechó.

– ¿Estás bien, cielo?

– Sí. -Alex se sacudió para espabilarse-. Qué ataques de pánico más tontos. Tendría que tenerlo superado.

– Claro, como tienes poderes sobrehumanos… -dijo Meredith en tono inexpresivo-. En ese lugar ocurrió la peor desgracia de tu vida; deja ya de fustigarte por sentir lo mismo que sentiría cualquier ser humano, Alex.

Alex se encogió de hombros; luego frunció el entrecejo.

– Según Nancy Barker, la casa estaba hecha un desastre, había montones de basura por el suelo. Los colchones estaban viejos y rotos y en la nevera encontró comida en mal estado.

– Así es como me imagino yo la casa de un yonqui.

– Sí. Pero no encontraron ropa de Hope ni de Bailey. Ni una prenda, ni limpia ni sucia.

Meredith frunció el entrecejo.

– A juzgar por lo que dice la directora del parvulario, resulta extraño. -Vaciló-. ¿Tú has estado en la casa?

– No. -La palabra brotó de los labios de Alex con tanta brusquedad como un estallido de bala-. No -repitió más serena-. Aún no.

– Cuando lo hagas, te acompañaré, y no me lo discutas. ¿Sigue viviendo allí Craig?

«Concéntrate en el silencio.»

– No. Nancy Barker dice que han tratado de localizarlo, pero nadie sabe nada de él desde hace mucho tiempo. En los papeles del parvulario aparezco yo como persona de contacto en caso de urgencia.

– ¿Cómo sabía la asistente social a qué parvulario iba Hope?

– Se lo dijo la compañera de Bailey. Así fue como encontraron a la niña. Bailey no se había presentado en el trabajo y su compañera, preocupada por ella, aprovechó el descanso para ir a verla y comprobar si estaba bien.

– ¿Dónde trabaja Bailey?

– Es peluquera y, según parece, trabaja en un salón de los buenos.

Meredith se quedó perpleja.

– ¿En Dutton hay un salón de categoría?

– No. En Dutton está Angie's. -Su madre solía ir a Angie's los lunes cada dos semanas-. Bailey trabajaba en Atlanta. Tengo el teléfono de su compañera, pero ninguna de las veces que la he llamado estaba en casa. Le he dejado algunos mensajes en el contestador.

Meredith tomó uno de los cuadernos para colorear.

– ¿De dónde han salido todos esos cuadernos?

Alex ojeó la pila.

– Nancy Barker encontró uno en la mochila de Hope. Dijo que Hope tenía la mirada vacía, pero que cuando le acercó el cuaderno y los lápices de colores la niña empezó a pintar. Nancy intentó que Hope dibujara en una hoja en blanco con la esperanza de que expresara algo por medio de sus dibujos, pero Hope siguió aferrada al cuaderno. Ayer a última hora de la tarde se quedó sin cuadernos para pintar y tuve que pagar al botones para que fuera a la tienda a comprar más. Y también más colores.

Alex observó la caja que originalmente contenía sesenta y cuatro lápices. Ahora quedaban cincuenta y siete; estaban todos los colores excepto el rojo. Todos los lápices de esa gama habían quedado reducidos por el uso a poco más de un centímetro.

– Le gusta el rojo -apuntó Meredith.

Alex tragó saliva.

– No quiero ni pensar lo que eso supone.

Meredith se encogió de hombros.

– Puede que solo signifique que le gusta el rojo.

– Pero tú no lo crees.

– No.

– Aún tiene un lápiz rojo en la mano. Al final he desistido y he dejado que se fuera a la cama con él.

– ¿Qué pasó anoche cuando se le acabaron los lápices rojos?

– Se echó a llorar, pero en ningún momento dijo nada.

Alex se estremeció.

– He visto miles de niños llorar en las salas de urgencias, de dolor, de miedo… pero nunca de ese modo. Era como… el llanto frío de un robot, inexpresivo. No emitió ni un sonido, ni una palabra. Luego entró en lo que parecía un estado catatónico. Me asusté tanto que decidí llevarla al ambulatorio de la ciudad. El doctor Granville la examinó y dijo que no era más que un shock.

– ¿Le hizo alguna prueba?

– No. La asistente social me dijo que había llevado a la niña a urgencias el viernes al encontrarla escondida en el armario. Le hicieron análisis de tóxicos y anticuerpos para comprobar los niveles inmunológicos. Tenía puestas las vacunas correspondientes y todo lo demás estaba en regla.

– ¿Quién es su médico de cabecera?

– No lo sé. Granville, el médico del centro sanitario de la localidad, dijo que nunca había visitado a Bailey ni a Hope por motivos de salud. Parecía sorprendido de que Hope estuviera tan limpia y bien cuidada, como si alguna otra vez la hubiera visto sucia. Quería medicarla, sedarla.

Meredith arqueó las cejas sorprendida.

– ¿Se lo permitiste?

– No. Se molestó un poco y me preguntó por qué había llevado a la niña si no quería que la tratara. Pero a mí no me hizo gracia la idea de medicar a una niña pequeña si no era absolutamente necesario. Hope no se mostraba violenta y no parecía que hubiera peligro de autolesión, así que no acepté que la medicara.

– Estoy de acuerdo. ¿Así que en todo este tiempo Hope no ha pronunciado palabra? ¿Seguro que puede hablar?

– La directora del parvulario dice que es muy parlanchina, que tiene mucho vocabulario. De hecho ya sabe leer.

Meredith se sorprendió.

– Ahí va, ¿cuántos años tiene? ¿Cuatro?

– Recién cumplidos. La directora me explicó que Bailey le leía todas las noches. Meredith, nada de todo eso es propio de una drogadicta dispuesta a abandonar a su hija.

– Tú también piensas lo peor.

Algo en la voz de Meredith chocó a Alex.

– ¿Tú no? -preguntó.

Meredith se quedó impasible.

– No lo sé. Solo sé que tú siempre has disculpado a Bailey. Pero ahora no se trata solo de Bailey, sino de Hope y de qué es lo mejor para ella. ¿Vas a llevártela a casa? A tu casa, me refiero.

Alex pensó en el pequeño piso donde vivía sola. Richard se había quedado con la casa, Alex no la quería. Sin embargo, su piso era lo bastante grande para ella y una niña.

– Sí, esa es mi intención. Pero Meredith, si a Bailey le ha ocurrido algo malo… Quiero decir que si ha cambiado y resulta que está en peligro…

– ¿Qué harás entonces?

– Aún no lo sé. No llegué a ninguna conclusión hablando por teléfono con la policía y no podía dejar sola a Hope para acudir en persona. ¿Puedes quedarte conmigo unos días y ayudarme a cuidar de Hope mientras lo averiguo?

– Todas las visitas de los pacientes más graves me las han trasladado al miércoles, me lo dijeron justo antes de venir. Tengo que volver el martes por la noche. Es todo cuanto puedo hacer por ti de momento.

– Es mucho. Gracias.

Meredith le estrechó la mano.

– Ahora acuéstate un rato, yo dormiré en el sofá. Si me necesitas, despiértame.

– Yo dormiré con Hope. Rezo para que descanse toda la noche. Hasta ahora ha conseguido dormir muy pocas horas de un tirón, enseguida se despierta y se pone a colorear. Si te necesita, te avisaré.

– No me refería a Hope, me refería a ti. Ahora vete a dormir.

Capítulo 2

Atlanta, domingo, 28 de enero, 22.45 horas.

– Daniel, creo que tu perro la ha palmado.

La voz procedía de la sala de estar de Daniel y pertenecía a su compañero del GBI Luke Papadopoulos. Luke era probablemente el mejor amigo de Daniel, a pesar de que, para empezar, también era el culpable de que Daniel tuviera un perro.

Daniel colocó el último plato en el lavavajillas y luego se dirigió a la sala de estar. Luke estaba sentado en el sofá y veía el canal de deportes mientras Riley, el basset, estaba tendido a sus pies, tal como tenía por costumbre. Daniel tenía que reconocer que daba la impresión de haber ascendido al séptimo cielo.

– Ofrécele una chuleta de cerdo y verás cómo se espabila.

Al oír lo de la chuleta, Riley abrió un ojo, pero volvió a cerrarlo consciente de que lo más seguro era que no se la diesen. Riley era realista, tirando a pesimista. Daniel y él se llevaban bastante bien.

– Y un pimiento; acabo de ofrecerle un poco de musaka y sigue sin levantarse -soltó Luke.

Daniel sabía perfectamente qué resultados podía tener una acción tan irresponsable.

– Riley no puede comer lo que cocina tu madre. Son platos demasiado pesados y le van mal para el estómago.

– Ya lo sé. Comió algunas sobras mientras tú estabas de viaje y yo me encargaba de cuidarlo -dijo Luke con una mueca-. No fue agradable, créeme.

Daniel alzó los ojos en señal de exasperación.

– No pienso pagar lo que te cueste limpiar la alfombra.

– No te preocupes. Mi primo tiene una tintorería, él se encargará.

– Por el amor de Dios. Si ya lo sabes, ¿por qué has estado a punto de volver a darle comida esta noche?

Luke propinó al perro un cariñoso puntapié en el trasero.

– Se le ve siempre tan triste…

En la familia de Luke la tristeza se curaba comiendo, lo cual explicaba por qué Luke se había presentado esa noche en casa de Daniel con un menú completo de comida griega. Daniel sabía perfectamente que para ello su amigo había tenido que renunciar a una cita con su novia, que era azafata de vuelo y con la que mantenía una relación intermitente. Mamá Papadopoulos se había mostrado preocupada por Daniel desde que este regresara de Filadelfia la semana anterior. La mujer tenía un gran corazón, pero la comida de mamá Papa no era la más adecuada para Riley, y Daniel no tenía ningún primo tintorero.

– Es un basset. Todos los basset tienen ese aspecto, no es que Riley esté triste. Deja ya de darle comida.

Daniel se sentó en su sillón reclinable y dio un silbido. Riley se acercó al trote y se dejó caer a sus pies con un hondo suspiro, como si el recorrido de poco más de un metro lo hubiera dejado exhausto.

– Sé cómo te sientes, chico.

Luke guardó silencio unos instantes.

– He oído que esta tarde habéis tenido un caso difícil.

En la mente de Daniel apareció de inmediato la imagen de la víctima tirada en la cuneta.

– Por así decir. -De repente, frunció el entrecejo-. ¿Cómo te has enterado tan pronto?

Luke pareció incómodo.

– Me ha llamado Ed Randall. Estaba preocupado por ti. El mismo día que te incorporas va y te toca un caso como el de la mujer de Arcadia.

Daniel se tragó el enfado. Todos lo hacían por su bien.

– Por eso me has traído comida.

– No, qué va. Mamá ya la había preparado antes de que llamara Ed. También ella estaba preocupada. Le diré que has repetido dos veces y que estás bien. Porque ¿estás bien, verdad?

– Debo estarlo. Hay trabajo que hacer.

– Podrías haberte tomado más días libres. Una semana no es mucho tiempo, teniendo en cuenta lo ocurrido.

Lo ocurrido era que había tenido que enterrar a sus padres.

– Si sumas la semana que me pasé en Filadelfia buscándolos, han sido dos. Es bastante tiempo. -Se inclinó para rascar las orejas a Riley-. Si no trabajo, me volveré loco -añadió en tono quedo.

– No ha sido culpa tuya, Daniel.

– No, directamente no. Pero yo ya sabía cómo era Simon desde hace mucho.

– Y creías que llevaba muerto doce años.

Daniel lo admitió.

– En eso tienes razón.

– Si me preguntas, te diré que creo que la mayor parte de culpa la tuvo tu padre. Después del propio Simon, claro.

«Diecisiete personas.» Simon había matado a diecisiete personas, y una anciana seguía en cuidados intensivos coronarios en Filadelfia. Pero el padre de Daniel no solo sabía que Simon era malvado, también sabía que estaba vivo. Doce años atrás, Arthur Vartanian había hecho desaparecer a su hijo menor y había contado a todo el mundo que estaba muerto. Incluso había enterrado a un extraño en el panteón familiar y colocado una lápida en memoria de Simon, de modo que este quedara libre para vagar por el mundo y hacer lo que le viniera en gana, siempre que no utilizase el apellido Vartanian.

– Diecisiete personas -masculló Daniel, y se preguntó si eso no sería únicamente la punta del iceberg. Pensó en aquellas fotografías que siempre tenía muy presentes, las que Simon había dejado en casa. Los rostros fueron apareciendo ante sus ojos como si de un pase de diapositivas se tratara. Todos eran de mujeres. Víctimas anónimas de violación.

«Igual que la víctima de hoy.» Tenía que ocuparse de que la víctima de Arcadia tuviera nombre. De que se le hiciera justicia. Era el único modo posible de conservar la cordura.

– Uno de los agentes de Arcadia ha mencionado un crimen parecido que se cometió hace trece años. Cuando has llegado estaba buscando información sobre eso. Fue en Dutton.

Luke lo miró con un marcado ceño.

– ¿En Dutton? Daniel, tú te criaste en Dutton.

– Gracias, se me había olvidado ese detalle -respondió Daniel con ironía-. Lo he estado buscando en la base de datos de la oficina esta tarde, después de redactar el informe, pero el GBI no intervino en la investigación, así que no he encontrado nada. He telefoneado a Frank Loomis, el sheriff de Dutton, pero no estaba y todavía no me ha devuelto la llamada. No he querido hablar con ningún ayudante. Si no existe ninguna relación, solo serviría para echar más leña al fuego, y los putos periodistas no paran de husmear por la zona.

– Pero has encontrado alguna relación -lo presionó Luke-. ¿Cuál es?

– He encontrado un artículo en internet. -Dio unas palmaditas sobre el portátil que acababa de depositar sobre la mesa auxiliar cuando llegó Luke con la cena-. Alicia Tremaine fue descubierta en una cuneta de las afueras de Dutton un 2 de abril, hace trece años. Estaba envuelta en una manta de lana marrón y le habían roto los huesos de la cara. La habían violado. Tenía dieciséis años.

– ¿Un asesino que imita a otro?

– Yo he pensado lo mismo. Con todo lo que se habló de Dutton en las noticias la semana pasada, es posible que alguien encontrara ese artículo y decidiera emular el crimen. Es una posibilidad. El problema es que esos viejos artículos publicados en internet no tienen fotografías. He intentado encontrar una foto de Alicia.

Luke le lanzó una mirada llena de resignación. Al ser experto en informática, a Luke le horrorizaba el hecho de que Daniel careciera de unos conocimientos que él consideraba básicos.

– Pásame el portátil.

En menos de tres minutos Luke se arrellanó en el asiento con aire de satisfacción.

– Ya la tengo. A ver qué te parece.

A Daniel se le paró el corazón de repente. No era posible. Sus cansados ojos le estaban jugando una mala pasada. Poco a poco, se inclinó hacia delante y pestañeó con fuerza. Sin embargo ella seguía estando allí.

– Dios mío.

– ¿Quién es?

Daniel se volvió de golpe a mirar a Luke, tenía el pulso acelerado.

– La conozco, eso es todo.

Pero su voz denotaba desesperación. Sí, Daniel la conocía. El rostro de esa chica lo atormentaba en sueños desde hacía años, al igual que los de las demás víctimas. Durante años había albergado la esperanza de que las imágenes fueran falsas, fotografías retocadas. Durante años había temido que fueran reales. Que estuvieran muertas. Ahora tenía la certeza de que lo estaban. Ahora una de las víctimas anónimas tenía nombre: Alicia Tremaine.

– ¿De qué la conoces? -El tono de Luke no permitía eludir la respuesta-. ¿Daniel?

Daniel se calmó.

– Los dos vivíamos en Dutton. Es lógico que la conociera.

Luke apretó la mandíbula.

– Antes has dicho «la conozco»; en presente, no en pasado.

Una oleada de ira anuló en parte la sorpresa inicial.

– ¿Dudas de mi palabra, Luke?

– Sí, porque no estás siendo sincero conmigo. Parece que hayas visto un fantasma.

– Lo he visto.

Daniel observó el rostro de la chica. Era guapa. La espesa melena color caramelo caía suelta sobre sus hombros y en sus ojos chispeaba un brillo entre travieso y juguetón. Ahora estaba muerta.

– ¿Quién es, Daniel? -volvió a preguntar Luke con voz más calmada-. ¿Una antigua novia?

– No. -Daniel dejó caer los hombros y su barbilla bajó hasta el pecho-. No llegué a conocerla en persona.

– Sin embargo sabes quién es -replicó Luke con cautela-. ¿Cómo es eso?

Daniel se irguió y se situó tras la barra de la esquina de su sala de estar. A continuación descolgó de la pared la réplica del cuadro Perros jugando al póquer, de Coolidge, y dejó al descubierto la caja fuerte. Con el rabillo del ojo, vio que Luke arqueaba las cejas.

– ¿Tienes una caja fuerte? -preguntó Luke.

– Cosas de la familia Vartanian -dijo Daniel con humor negro; tenía la esperanza de que esa fuera la única tendencia heredada de su padre. Marcó la combinación y extrajo el sobre que había guardado al volver de Filadelfia la semana anterior. De entre el montón de fotografías, separó la de Alicia Tremaine y se la entregó a Luke.

Luke se estremeció.

– Dios mío, es ella. -Levantó la cabeza, horrorizado-. ¿Quién es el hombre?

Daniel sacudió la cabeza.

– No lo sé.

A Luke se le encendió la mirada.

– Esto es de muy mal gusto, Daniel. ¿De dónde lo has sacado?

– De mi madre -dijo Daniel con amargura.

Luke abrió la boca y volvió a cerrarla.

– De tu madre -repitió Luke con prudencia.

Daniel se sentó con aire cansino.

– Las fotos vienen de mi madre, que las…

Luke levantó la mano.

– Espera. ¿Has dicho «fotos»? ¿Qué más hay en ese sobre?

– Más de lo mismo. Otras chicas, otros hombres.

– A esta parece que la hayan drogado.

– A todas. No hay ni una despierta. Son quince en total, eso sin contar las fotos que a todas luces son recortes de revistas.

– Quince. -Luke exhaló un suspiro-. Cuéntame, ¿cómo te las dio tu madre?

– Más bien me las dejó. Antes las tenía mi padre y…

Luke abrió mucho los ojos y Daniel suspiró.

– Tal vez debería empezar por el principio.

– Sería lo mejor, creo yo.

– Yo sabía algunas cosas, mi hermana Susannah sabía otras. No las pusimos en común hasta la semana pasada, después de la muerte de Simon.

– ¿Tu hermana también sabe lo de las fotos?

Daniel recordó la mirada angustiada de Susannah.

– Eso es.

Susannah sabía muchas más cosas de las que le había contado, de eso Daniel estaba seguro, igual que estaba seguro de que su hermana había sufrido a manos de Simon. Esperaba que se lo contara a su debido tiempo.

– ¿Quién más lo sabe?

– La policía de Filadelfia. Entregué unas copias al detective Vito Ciccotelli. En ese momento pensé que formaban parte del caso que llevaba. -Daniel se inclinó hacia delante con los codos sobre las rodillas y fijó la mirada en el rostro de Alicia Tremaine-. Las fotos pertenecían originalmente a Simon, por lo menos que yo sepa. Supe que eran suyas antes de que él muriera. -Dirigió una mirada a Luke-. La primera vez que murió.

– Hace doce años -añadió Luke, luego se encogió de hombros-. Mi madre lo leyó en el periódico.

Daniel apretó los labios.

– Mamá Papa y muchas de sus mejores amigas. No importa. Mi padre encontró esas fotografías, luego echó a Simon de casa y le dijo que si algún día volvía por allí lo denunciaría a la policía. Simon acababa de cumplir dieciocho años.

– Tu padre. El juez. Lo dejó marcharse como si tal cosa.

– El bueno de papá. Le preocupaba perder las elecciones si las fotografías salían a la luz.

– Sin embargo las guardó. ¿Por qué?

– Papá no quería que Simon regresara jamás, así que se quedó las fotos como garantía, para chantajearlo. Pocos días después mi padre le contó a mi madre que había recibido una llamada y que Simon había muerto en un accidente de coche en México. Mi padre viajó hasta allí, trasladó el cuerpo de Simon a casa y lo enterró en el panteón familiar.

– Pero el cadáver era de un hombre sin identificar que medía casi treinta centímetros menos que Simon. -Luke volvió a encogerse de hombros-. El artículo estaba muy bien, era muy minucioso. Así, ¿cómo llegaron las fotos a manos de tu madre?

– La primera vez las encontró en la caja fuerte de mi padre. Eso fue hace once años, un año después de la supuesta muerte de Simon. Descubrió las fotografías y unos cuantos dibujos que Simon había hecho a partir de ellas. Mi madre rara vez lloraba, pero esas fotos le arrancaron lágrimas. Así me la encontré.

– Y viste las fotos.

– Solo las vi de pasada, lo justo para sospechar que al menos algunas eran reales. Pero entonces llegó mi padre, se enfadó mucho. Tuvo que reconocer que hacía un año que las guardaba. Yo propuse entregarlas a la policía, pero mi padre se negó. Dijo que eso mancharía el nombre de la familia y que de todos modos Simon ya estaba muerto, así que ¿de qué iba a servir?

Luke frunció el entrecejo.

– ¿Que de qué iba a servir? Tal vez para hacer justicia a las víctimas. Para eso, ¿no te parece?

– Pues claro. Pero cuando intenté llevárselas a la policía, nos las tuvimos. -Daniel cerró los puños mientras lo recordaba-. Estuve a punto de pegarle, me puse muy furioso.

– ¿Qué hiciste después? -preguntó Luke en tono quedo.

– Me fui de casa para tranquilizarme, pero cuando volví mi padre había quemado las fotografías en la chimenea. No quedó ninguna.

– Está claro que sí que quedó alguna -dijo Luke señalando el sobre.

– Debía de guardar copias en alguna otra parte. Yo me quedé atónito. Mi madre me dijo que era lo mejor y mi padre se limitó a quedarse allí plantado con aire de superioridad. Perdí los nervios y le pegué. Lo tiré al suelo. Tuvimos una pelea horrible. Yo estaba saliendo por la puerta principal cuando Susannah entró por detrás. Se había perdido el motivo de nuestra pelea y no quise contárselo, solo tenía diecisiete años. Pero al parecer sabía más de lo que yo imaginaba. Si hubiéramos hablado entonces… -Daniel recordó los diecisiete cadáveres que Simon había dejado en Filadelfia-. Quién sabe lo que podríamos haber evitado.

– ¿Se lo contaste a alguien?

Daniel se encogió de hombros, indignado consigo mismo.

– ¿Qué iba a contar? No tenía ninguna prueba y se trataba de mi palabra contra la de un juez. Mi hermana no había visto ninguna de las fotos y mi madre nunca se hubiera puesto en contra de mi padre. Así que no dije nada y desde entonces siempre lo he lamentado.

– De modo que te fuiste de casa y nunca volviste.

– Hasta que recibí la llamada del sheriff de Dutton hace dos semanas explicándome que mis padres habían desaparecido. Ese mismo día supe que mi madre estaba enferma de cáncer. Solo quería verla una vez más, pero resultó que llevaba muerta dos meses.

Simon la había asesinado.

– Entonces, ¿de dónde has sacado ahora las fotografías?

– El pasado día de Acción de Gracias mis padres se enteraron de que Simon aún estaba vivo.

– Porque el chantajista de Filadelfia se había puesto en contacto con tu padre.

Daniel abrió los ojos exasperado.

– Vaya, sí que es bueno el artículo.

– Eso lo he sacado de internet. Tu familia está de moda, tío.

Daniel alzó los ojos en señal de exasperación.

– Genial. Bueno, mis padres fueron a Filadelfia a buscar a Simon. Mi madre quería que volviera a casa, estaba segura de que sufría amnesia o algo así. Mi padre quería hacer hincapié en el chantaje y por eso se llevó las fotos a Filadelfia. Al final mi madre se percató de que mi padre no pensaba dejar que viera a Simon.

– Simon le habría explicado que tu padre sabía desde el principio que estaba vivo.

– Exacto. Entonces mi padre desapareció. Debió de encontrar a Simon porque este lo mató y lo enterró en un campo aislado junto con sus otras víctimas. Luego Simon se puso en contacto con mi madre y esta decidió ir a encontrarse con él. Sabía que podía tratarse de una trampa, pero no le importó.

– Porque de todos modos iba a morir de cáncer y no tenía nada más que perder.

– Eso. Pero antes abrió un apartado de correos a mi nombre. En el buzón encontré las fotografías. Las había dejado allí por si Simon la mataba.

– Antes has dicho que un tal Ciccotelli de Filadelfia tenía copias de las fotos. ¿Sabe que guardas los originales?

– No. Yo mismo hice las copias que le entregué.

Luke lo miró atónito.

– ¿Llevaste esas fotos a una copistería?

– No. -A Daniel se le escapaba la risa-. Cuando retiré las fotos del apartado de correos me compré una impresora multifunción. Aún quedaban unas horas para que Susannah llegara de Nueva York y aproveché para volver a la habitación del hotel, conectar la impresora al portátil y hacer las copias.

– ¿Conectaste la impresora tú solo?

– No soy un completo inútil -soltó Daniel en tono seco-. El vendedor me enseñó cómo hacerlo. -Se volvió a mirar la fotografía de la agresión de Alicia-. Durante años he tenido pesadillas inspiradas por esas chicas. En la semana transcurrida desde que encontré las fotografías he memorizado sus caras. Me había prometido a mí mismo que descubriría cuánto tuvo que ver Simon con las imágenes y luego buscaría a las chicas y les explicaría que está muerto. No imaginaba que la primera víctima se cruzaría en mi camino de esta manera.

– O sea que no conocías de nada a Alicia Tremaine.

– No. Era cinco años más joven que yo y por eso no coincidimos en la escuela, y cuando la asesinaron yo ya me había marchado a estudiar a la universidad.

– ¿Y ninguno de los tipos de la foto es Simon?

– No. Todos esos hombres tienen dos piernas y Simon era cojo. Además era bastante más alto que cualquiera de ellos. No he observado tatuajes ni cualquier otra característica o marca distintiva en ninguna de las fotos.

– Sin embargo ahora conoces el nombre de una de las víctimas, lo cual es mucho más de lo que tenías antes.

– Es cierto. Me pregunto si debería contarle a Chase lo de las fotos. -Chase Wharton era el superior de Daniel-. Claro que, si lo hago, puede que me aparte del caso de Arcadia y también de toda investigación que tenga que ver con las fotos. La verdad es que quiero resolver esos dos casos, necesito hacerlo.

– Es tu forma de reparar los daños -musitó Luke, y Daniel asintió.

– Sí.

Luke arqueó una ceja.

– Das por sentado que no arrestaron a nadie por el asesinato de Alicia.

Daniel se irguió de repente.

– ¿Podrías comprobarlo?

Luke ya tecleaba en el portátil.

– La policía arrestó a un tal Gary Fulmore pocas horas después de encontrar el cadáver de Alicia. -Volvió a teclear, lo hacía muy rápido-. Gary Fulmore fue declarado culpable de agresión sexual y asesinato en segundo grado el mes de enero siguiente.

– Ahora también estamos en enero -observó Daniel-. ¿Será casualidad?

Luke se encogió de hombros.

– Eso es lo que tienes que averiguar. Mira, Danny, lo que está claro es que no ha sido Simon quien ha asesinado a la chica de Arcadia. Lleva muerto una semana.

– Y esta vez lo he visto morir con mis propios ojos -afirmó Daniel con decisión. «De hecho, yo intervine en su muerte.» Y estaba satisfecho de ello. Había hecho un bien al mundo asegurándose de que Simon muriera.

Luke lo miró comprensivo.

– Y al asesino de Alicia lo detuvieron. Quién sabe, tal vez ese sea Fulmore. -Señaló al violador de la fotografía-. Y lo más importante, ten en cuenta que no estás resolviendo el asesinato de Alicia Tremaine, sino el de la mujer de Arcadia. Si yo fuera tú, de momento no mencionaría las fotos.

Desde un punto de vista lógico, el razonamiento de Luke tenía perfecto sentido. O tal vez simplemente necesitaba que lo tuviera. Daba igual; Daniel exhaló un suspiro que sobre todo era de alivio.

– Gracias. Te debo una.

Luke arqueó una ceja.

– Por una cosa así me debes más de una.

Daniel bajó la cabeza para mirar a Riley, que no había movido ni un músculo en todo el rato.

– He cuidado de tu perro y he salvado tu vida sexual. Eso vale por muchas, Papa.

– Oye, no es culpa mía que Denise no quisiera convivir con el perro de Brandi.

– Pero si Brandi compró un perro fue por tu culpa.

– A Brandi se le antojó que un detective debía tener un sabueso.

Daniel alzó los ojos en señal de exasperación.

– Está claro que el mejor atributo de Brandi no es su inteligencia.

Luke sonrió.

– Para nada. Pero en su defensa diré que mi piso tiene un límite de peso y un sabueso habría sido demasiado grande, por eso elegimos a Riley.

– Tendría que habértelo devuelto cuando Denise te dejó -protestó Daniel.

– De eso hace dos años y seis novias -observó Luke-. Me parece que te has encariñado con el bueno de Riley.

Era cierto, por supuesto.

– Lo único que sé es que será mejor que no vuelva a probar la comida de tu madre, si no te lo devolveré y tú rezarás para que a tu próxima novia le gusten los basset y para que ella le caiga bien a tu madre.

Para mamá Papa, el hecho de que Luke cambiara continuamente de pareja era motivo de angustia permanente. En general las chicas en sí le traían sin cuidado, pero no dejaba de albergar la esperanza de que Luke se comprometiera por fin con una y le diera nietos.

– Yo me encargaré de recordarle que tú hace años que no sales con nadie -replicó Luke, levantándose del sofá con aire de suficiencia-. Estará tan ocupada buscándote una belleza griega que no tendrá tiempo de preocuparse por mí. -Abrió la puerta y se volvió con semblante serio-. No has hecho nada malo, Daniel. Aunque hubieras denunciado la existencia de esas fotos hace diez años, sin pruebas nadie podría haber hecho nada.

– Gracias, tío. Me tranquiliza oír eso.

Y de veras lo hacía.

– ¿Qué vas a hacer ahora?

– De momento, voy a sacar a pasear a Riley. Mañana me ocuparé de las pruebas del homicidio de Arcadia como de costumbre. Y buscaré información sobre Alicia Tremaine, a ver si su familia o sus amigos recuerdan algo. Quién sabe, tal vez descubra cosas nuevas. Dale a mamá Papa las gracias por la comida.

Dutton, domingo, 28 de enero, 23.30 horas.

– Siento no haber venido antes -musitó Mack mientras se sentaba en el frío suelo. El mármol en que apoyaba la espalda era todavía más frío. Ojalá hubiera podido ir de día, con sol y calor. Pero no podía permitir que lo vieran sentado junto a la tumba, no quería que nadie supiera que había regresado, porque en cuanto lo supieran lo comprenderían todo… y aún no estaba preparado para eso.

Pero necesitaba estar junto a ella, solo una vez más. Le debía mucho más de lo que le había dado; eso era lo que más lamentaba. Le había fallado en casi todo. Y ella había muerto sin tenerlo a su lado. Eso era lo que le daba más rabia.

La última vez que estuvo allí había sido bajo el sol ardiente de pleno verano, tres años y medio atrás. Llevaba grilletes y un traje que no le sentaba bien. No le habían permitido acompañarla en su lecho de muerte; en cambio, lo habían dejado salir una tarde para asistir a su funeral.

– Una asquerosa tarde -dijo en voz baja-. No llegué a tiempo.

Se lo habían robado todo: la casa, el negocio familiar, la libertad, y por último a su madre; y todo cuanto le habían ofrecido era una asquerosa tarde en que no había llegado a tiempo de nada excepto de sumirse en la rabia y jurar venganza.

Apostada al otro lado de la tumba de su madre, su cuñada había llorado mientras tomaba de la mano a uno de sus hijos pequeños y sostenía al otro sobre su cadera. Su mandíbula se tensó de inmediato al pensar en Annette. Ella había cuidado de su madre los últimos días de su vida mientras él permanecía encerrado como un animal, y por eso siempre había tenido que mostrarse agradecido. Sin embargo la esposa de su hermano Jared había guardado durante años un secreto que habría supuesto la ruina a quienes habían arruinado a su familia. Hacía años que Annette sabía la verdad, pero nunca había dicho nada de nada.

Recordó con claridad la explosión de furia que había experimentado nueve días atrás, al descubrir y leer los diarios que ella escondía con tanta cautela. Al principio la había odiado, y la había añadido a su lista de enemigos. No obstante había cuidado de su madre, y una de las cosas que había aprendido durante los cuatro años transcurridos entre rejas era el valor de la lealtad y las consecuencias positivas que conllevaba toda buena acción. Por eso había perdonado a Annette y le había permitido vivir su miserable vida en aquella miserable casucha.

Además, tenía que cuidar de sus sobrinos. El apellido de su familia perduraría gracias a los hijos de su hermano, tal como tenía que ser.

Su propio apellido pronto quedaría vinculado sin remedio al crimen y a la venganza.

Llevaría a cabo minuciosamente su venganza y luego desaparecería. Cómo desaparecer era otra de las cosas que había aprendido en prisión. Ahora no resultaba tan fácil como antes, pero aún era posible si se contaba con los contactos apropiados y se tenía paciencia.

La paciencia era lo más importante de todo lo que había aprendido allí dentro. Si un hombre aguardaba el momento propicio, siempre acababa hallando la solución. Mack había aguardado cuatro largos años. Durante ese tiempo había seguido las noticias sobre Dutton mientras pensaba, tramaba su plan y preparaba el terreno. Había fortalecido los músculos y el cerebro. Y la rabia que continuaba invadiéndolo se había avivado.

Al atravesar la puerta exterior del centro penitenciario como hombre libre un mes atrás, sabía más cosas sobre Dutton que cualquiera de sus habitantes. Sin embargo, aún no había encontrado la mejor forma de castigar a aquellos que le habían arruinado la vida. Matarlos de un disparo en la cabeza era demasiado rápido y demasiado piadoso. Quería una muerte lenta y dolorosa, así que había aguardado un poco más mientras merodeaba por la localidad como una sombra, observándolos y tomando nota de sus movimientos, de sus hábitos, de sus secretos.

Y entonces, nueve días atrás, su paciencia se había visto recompensada. Tras cuatro años concomiéndose, en cuestión de minutos su plan había tomado forma. Por fin se había levantado el telón y él había salido a escena.

– Hay tantas cosas que no llegaste a saber, mamá -dijo en voz baja-. Hay tanta gente en quien confiabas que te traicionó. Los pilares de esta ciudad están mucho más podridos de lo que nunca llegaste a imaginar. Las cosas que hicieron son mucho peores de las que yo nunca he soñado con hacer. -Hasta el momento-. Ojalá pudieras ver lo que estoy a punto de emprender. Estoy a punto de sacar a la luz los trapos sucios de esta ciudad y todo el mundo sabrá lo que te hicieron, lo que me hicieron a mí e incluso lo que le hicieron a Jared. Quedarán arruinados y humillados, y las personas a quienes aman morirán.

Ese día, durante la carrera ciclista, habían encontrado a la primera víctima, tal como él había planeado. Y quien dirigía la investigación era nada más y nada menos que el mismísimo Daniel Vartanian. Eso hacía que el juego cobrara aún más sentido.

Levantó la cabeza y se esforzó por vislumbrar en la penumbra el panteón de los Vartanian. Ya habían quitado el precinto policial y habían llenado la tumba que hasta hacía nueve días todo el mundo creía que contenía los restos de Simon Vartanian. Ahora el panteón familiar tenía dos ocupantes más.

– El juez y su mujer están muertos. La ciudad en pleno salió a la calle el viernes por la tarde para el doble funeral, hace justo dos días. -La ciudad en pleno, contra el triste grupo que se había reunido junto a la tumba de su madre. «Annette, sus hijos, el pastor y yo.» Y los guardias de la prisión, por supuesto; no iba a olvidarlos-. Pero no sufras, no hubo mucha gente que acudiera por consideración hacia el juez y la señora Vartanian. La mayoría vino en realidad para contemplar a Daniel y a Susannah.

Mack, en cambio, había observado el doble funeral desde una distancia que le permitiera ver a todo el mundo. No tenían ni idea de la que se avecinaba.

– Hoy Daniel ha vuelto al trabajo. -Lo cual él esperaba con fervor-. Creía que se tomaría más días libres.

Acarició el manto de hierba que la cubría.

– Supongo que para algunos la familia significa más que para otros. Yo no podría haber vuelto al trabajo tan deprisa después de tu funeral. Claro que tampoco me dieron la opción -añadió con amargura.

Volvió a mirar hacia el panteón de los Vartanian.

– Simon asesinó al juez y su mujer. Durante todos estos años pensábamos que estaba muerto. Tú nos trajiste a Jared y a mí al entierro, ¿te acuerdas? Entonces solo tenía diez años, pero me dijiste que teníamos que mostrar respeto por los muertos. Claro que Simon no estaba muerto. Hace nueve días exhumaron el cadáver y no era el de Simon. Ese día supimos que había matado a sus padres.

Ese día también había dado por fin con la forma de llevar a cabo su venganza, el mismo día en que encontró los diarios que Annette había escondido durante tanto tiempo. Mirándolo bien, nueve días atrás la suerte le había sonreído.

– Ahora Simon sí que está muerto. -Era una verdadera lástima que Daniel Vartanian lo hubiera golpeado hasta matarlo-. Pero no te apures, las otras tumbas no quedarán vacías. Pronto enterrarán a uno de los hijos en el panteón de los Vartanian. -Sonrió-. Pronto tendrán que enterrar a mucha gente en Dutton.

Lo rápido que se llenara el cementerio dependería de lo listo que fuera en realidad Daniel Vartanian. Sí todavía no había asociado a la víctima con Alicia Tremaine pronto lo haría. Un chivatazo anónimo al Dutton Review y a la mañana siguiente toda la ciudad sabría lo que había hecho. Y lo más importante, lo sabrían quienes quería que lo supieran. Se harían preguntas. Les entrarían sudores. «Se echarán a temblar.»

– Muy pronto todos lo pagarán. -Se puso en pie y dio un último vistazo a la lápida en que aparecía inscrito el nombre de su madre. Si todo salía bien, nunca más podría volver a ese lugar-. Lograré que se haga justicia por los dos aunque sea lo último de que sea capaz.

Lunes, 29 de enero, 7.15 horas.

– Alex, despiértate.

Alex abrió la puerta del dormitorio al oír el susurro de Meredith.

– No hace falta que hables en voz baja. Las dos estamos despiertas. -Señaló a Hope, sentada frente al escritorio de la habitación; se mordía el labio inferior, concentrada, y los pies descalzos le colgaban a varios centímetros del suelo-. Está pintando. -Alex suspiró-. Con el color rojo. He conseguido que comiera unos cuantos cereales.

Meredith se quedó en la puerta. Llevaba puesto el equipo de footing y sostenía el periódico en la mano.

– Buenos días, Hope. Alex, ¿puedes salir?

– Claro. Estaré justo al otro lado de la puerta, Hope. -Pero Hope no dio señales de haberla oído. Alex siguió a Meredith hasta la salita-. Cuando me he despertado ya estaba sentada en el escritorio. No tengo ni idea que cuántas horas lleva levantada. No ha hecho nada de ruido.

– Preferiría no tener que enseñarte esto. -Meredith le mostró el periódico.

Alex dio un vistazo al titular y luego se dejó caer en el sofá al fallarle las piernas. El ruido de fondo se desvaneció hasta que todo cuanto pudo oír fue el martilleo de su propio pulso. Una mujer aparece asesinada en una zanja de arcadia.

– Oh, Mer. Oh, no.

Meredith se puso en cuclillas y la miró a los ojos.

– Puede que no sea Bailey.

Alex sacudió la cabeza.

– Pero la fecha coincide. La encontraron ayer y llevaba muerta dos días.

Se esforzó por respirar y concentrarse en leer el resto del artículo. «Por favor, que no sea Bailey. Que sea más alta o más baja. Que sea morena o pelirroja, pero que no sea Bailey.» Sin embargo, a medida que avanzaba en la lectura, su agitado corazón se iba acelerando.

– Meredith. -Levantó la mirada mientras el pánico se abría paso corno la lava de un volcán-. Esa mujer estaba envuelta en una manta marrón.

Meredith aferró el periódico.

– Solo he leído el titular. -Iba moviendo los labios al tiempo que leía. Luego levantó la cabeza. Las pecas de su rostro contrastaban con su pálida tez-. La cara.

Alex asintió aturdida.

– Ya lo sé. -Tenía la voz débil. A la mujer le habían aporreado el rostro hasta dejárselo irreconocible-. Igual que… «Igual que a Alicia.»

– Dios mío. -Meredith tragó saliva-. La han… -Se volvió hacia el lugar en que Hope permanecía sentada, pintando tan frenéticamente como antes-. Alex.

«La han violado. Igual que a Alicia.»

– Ya lo sé. -Alex se puso en pie, esperaba que no le flaquearan las rodillas-. Le dije a la policía de Dutton que había ocurrido algo horrible, pero no me escucharon. -Irguió la espalda-. ¿Puedes quedarte con Hope?

– Claro. Pero ¿tú adónde vas?

Tomó el periódico.

– En el artículo pone que la investigación la dirige el agente especial Daniel Vartanian, del GBI. El GBI es la agencia de investigación estatal y se encuentra en Atlanta. Ahí es adónde voy. -Entornó los ojos y recuperó de nuevo el control-. Y te juro por Dios que será mejor que al tal Vartanian no se le ocurra ignorarme.

Lunes, 29 de enero, 7.50 horas.

Llevaba esperando aquella llamada desde que recogiera el periódico del porche de entrada por la mañana. Aun así, cuando sonó el teléfono se sintió molesto. Molesto y asustado. Aferró el auricular con mano trémula pero conservó la voz neutra, incluso con cierto tono de aburrimiento.

– Sí.

– ¿Lo has visto? -La voz del otro lado del teléfono era tan inestable como su pulso, pero no pensaba permitir que los demás se percataran de que tenía miedo. El menor signo de debilidad y los demás caerían como fichas de dominó, empezando por el que asumía un riesgo estúpido al llamarlo.

– Lo estoy viendo ahora mismo. -El titular lo había obligado a prestar atención. El contenido del artículo lo había obligado a respirar hondo para contrarrestar las náuseas-. No tiene nada que ver con nosotros. No digas nada y pasará como si tal cosa.

– ¿Y si alguien empieza a hacer preguntas?

– No diremos nada, igual que entonces. Alguien se ha inspirado en aquel crimen, eso es todo. Actúa con naturalidad y todo saldrá bien.

– Pero… esto es muy gordo, tío. No creo que sea capaz de actuar con naturalidad.

– Sí que puedes, y lo harás. Esto no tiene nada que ver con nosotros. Deja ya de quejarte y ponte a trabajar. Y no vuelvas a llamarme.

Colgó; luego volvió a leer el artículo. Seguía molesto y asustado. Se preguntaba cómo podía haber sido tan estúpido. «No eras más que un niño, y los niños se equivocan.» Tomó la foto de su escritorio y se fijó en el rostro sonriente de su esposa junto a sus dos hijos. Ya no era ningún niño, sino un adulto con muchas cosas que perder.

«Si alguno se derrumba y lo cuenta…» Se dio impulso para apartar la silla del escritorio, se dirigió al lavabo y vomitó. Luego recobró la compostura y se dispuso a emprender el día.

Atlanta, lunes, 29 de enero, 7.55 horas.

– Toma. Da la impresión de que lo necesitas más que yo.

Daniel notó el olor del café, levantó la cabeza y vio a Chase Wharton sentado en una esquina de su escritorio.

– Gracias. Llevo una hora consultando los listados de personas desaparecidas y empiezo a ver doble. -Dio un trago y se estremeció al notar el amargo poso que se deslizaba por su garganta-. Gracias -repitió, con mucha menos sinceridad, y su jefe se echó a reír.

– Lo siento. Tenía que limpiar la cafetera antes de hacer más y parecías necesitarlo mucho. -Chase se quedó mirando la pila de listados impresos-. ¿No hay suerte?

– No. No sacamos nada en claro de las huellas. La chica lleva muerta dos días, pero eso no significa que fuera entonces cuando desapareció. He retrocedido dos meses y no he dado con nadie en particular.

– Puede que no sea de por aquí, Daniel.

– Ya lo sé. Leigh ha pedido informes de personas desaparecidas a todos los departamentos en un radio de ochenta kilómetros. -Pero la secretaria tampoco había encontrado nada-. Tengo la esperanza de que solo lleve desaparecida dos días y que todavía no hayan tenido tiempo de echarla en falta, ya que ha coincidido con el fin de semana. Estamos a lunes por la mañana. Puede que hoy, al no haber acudido al trabajo, denuncien su desaparición.

– Cruzaremos los dedos. ¿Vas a convocar alguna reunión informativa?

– Esta tarde, a las seis. Para entonces la doctora Berg habrá completado la autopsia y la científica habrá terminado de examinar el escenario del crimen. -Exhaló un suspiro-. Hasta entonces, tenemos otros problemas de que ocuparnos. -De debajo de la pila de listados sacó tres hojas que había encontrado en el fax al llegar al despacho por la mañana.

El semblante de Chase se ensombreció.

– Qué cabrón. ¿Quién hizo la foto? ¿Qué periódico es?

– El fotógrafo es la misma persona que ha escrito el artículo. Se llama Jim Woolf y es el propietario del Dutton Review. Lo que ves es el titular de hoy.

Chase pareció sobresaltarse.

– ¿Dutton? Pensaba que habían encontrado a la víctima en Arcadia.

– Así es. Será mejor que te sientes, puede que tengamos para un ratito.

Chase se sentó.

– Muy bien. ¿Qué está pasando, Daniel? ¿De dónde has sacado ese fax?

– Me lo ha enviado el sheriff de Arcadia. Lo ha visto esta mañana, al salir a tomarse un café. A las seis me ha telefoneado para decírmelo y luego me ha enviado el artículo por fax. Por el ángulo de la foto, cree que Jim Woolf estuvo todo el rato subido a un árbol, espiándonos.

Daniel examinó la fotografía granulosa y la ira volvió a invadirlo.

– Woolf revela todos los detalles que yo habría mantenido en secreto: que la víctima tiene los huesos de la cara rotos, que estaba envuelta en una manta marrón. Ni siquiera tuvo la decencia de esperar a que cerraran la cremallera de la bolsa. Por suerte, Malcolm tapa la mayor parte de la imagen. -El cuerpo de la víctima quedaba oculto, pero se le veían los pies.

Chase estaba muy serio.

– ¿Cómo narices consiguió atravesar vuestra barrera?

– No creo que la atravesara; es imposible si se encontraba en el árbol que Corchran cree. Lo habríamos visto trepar, seguro.

– O sea que llegó allí antes que vosotros.

Daniel asintió.

– Lo que como mínimo significa que alguien le fue con el soplo. En el peor de los casos, podría significar que alteró el escenario antes de que nosotros llegáramos.

– ¿Quién dio el aviso? En primer lugar, quiero decir.

– Un ciclista que participaba en una carrera. Dice que llamó al 911 sin siquiera bajarse de la bicicleta. Ya he pedido una orden para registrar las llamadas de su móvil por si antes telefoneó a alguien más.

– Menudos buitres -masculló Chase-. Llama a ese tal Woolf. Oblígalo a decirte quién se lo contó.

– Lo he llamado ya cuatro veces durante la mañana, pero no responde. Más tarde viajaré hasta Dutton para interrogarlo, pero me temo que se escudará en la Pri mera Enmienda y no revelará la fuente.

– Es probable. Joder. -Chase apartó el fax de un manotazo como si de una cucaracha se tratara-. Puede que fuera el tal Woolf quien la dejase ahí.

– Yo también lo he pensado, aunque lo dudo. Jim Woolf y yo fuimos juntos al instituto y conozco a su familia. Sus hermanos y él siempre fueron chicos buenos y calladitos.

Chase se quedó mirando la fotografía.

– Me parece que puede decirse que ha cambiado.

Daniel suspiró. ¿Acaso no cambiaba todo el mundo? En Dutton había algo que hacía aflorar lo peor de las personas.

– Supongo que sí.

Chase levantó la mano.

– Espera. Todavía no sé qué tiene que ver Dutton en todo esto. El crimen ocurrió en Arcadia. ¿A qué viene irle con el soplo a ese tío de Dutton?

– A la víctima de ayer la encontraron en Arcadia. Estaba tirada en una zanja, envuelta en una manta marrón. Hace trece años en Dutton hubo un crimen similar. -Daniel le mostró el artículo sobre el asesinato de Alicia Tremaine-. El asesino está cumpliendo condena perpetua en la prisión del estado en Macon.

Chase hizo una mueca.

– Dios, odio a los asesinos que imitan a otros.

– A mí los originales tampoco me gustan mucho. Apostaría a que alguien vio el cadáver, recordó el caso Tremaine y le sopló la noticia de Arcadia a Jim Woolf. Podría tratarse del mismo ciclista o de cualquier otra persona relacionada con la carrera. Hablé con los comisarios de la carrera cuando trataba de averiguar en qué momento dejaron el cadáver en la zanja, por empezar por algún sitio, y uno de ellos me dijo que había efectuado el mismo recorrido el sábado y no había visto nada. Lo creí porque el tío lleva unas gafas de culo de botella.

– Pero si él pasó por allí antes, puede que otros también lo hicieran. Investiga más a fondo. -Chase frunció el entrecejo-. ¿Qué es eso del caso Tremaine? No me gusta que trabajes en un caso que tiene que ver con Dutton. Al menos de momento.

Daniel ya estaba preparado para aquella discusión. Aun así, notó que le sudaban las palmas de las manos.

– Simon no mató a esa mujer, Chase. No hay conflicto que valga.

Chase alzó los ojos en señal de exasperación.

– Joder, Daniel, ya lo sé. Y también sé que a los jefazos los pone nerviosos ver el nombre de Dutton y el de Vartanian juntos.

– Eso no es problema mío. Yo no he hecho nada malo. -Tal vez algún día creyera sus propias palabras. De momento le bastaba con que las creyera Chase.

– De acuerdo. Pero a la mínima que oigas un comentario sobre el malo de los Vartanian, te largarás, ¿entendido?

Daniel sonrió con gesto irónico.

– Entendido.

– ¿Qué vas a hacer ahora?

– Identificar a esa mujer. -Tamborileó sobre la fotografía de la víctima-. Averiguar quién le dijo qué a Jim Woolf y cuándo, y… seguir investigando el caso de Alicia Tremaine. He dejado unos cuantos mensajes al sheriff de Dutton. Quiero una copia del expediente policial del caso Tremaine. Puede que contenga algo que ahora me ayude.

Capítulo 3

Atlanta, lunes, 29 de enero, 8.45 horas.

Alex se detuvo frente a la puerta de entrada de la Di visión de Investigación del GBI y rezó por que el agente Daniel Vartanian resultara de más ayuda que el sheriff Loomis de Dutton. «Diríjase a Peachtree-Pine», le había espetado Loomis cuando ella lo había telefoneado por quinta vez al despacho el domingo por la mañana en un intento por conseguir que alguien le facilitara información sobre Bailey. Al buscar en Google descubrió que Peachtree-Pine era un centro de acogida para muchas personas sin hogar de Atlanta. Si estaba equivocada… «Por favor, Dios mío, haz que esté equivocada.» Si estaba equivocada y la víctima no era Bailey, Peachtree-Pine sería el siguiente lugar al que se dirigiría.

Sin embargo, con los años Alex se había vuelto realista y sabía que había muchas posibilidades de que la mujer hallada en Arcadia fuera Bailey. El hecho de que la hubieran encontrado en el mismo estado que a Alicia… Ante el temor, un escalofrío le recorrió la espalda y se tomó un momento para tranquilizarse antes de abrir la puerta del edificio. «Concéntrate en la oscuridad. Sé fuerte.»

Al menos se sentía cómoda con la ropa que llevaba puesta. Lucía el traje negro que había incluido en la maleta por si tenía que presentarse en el juzgado para conseguir la custodia de Hope. O por si encontraban a Bailey. El traje le había servido para unos cuantos funerales a lo largo de los años. Mientras rezaba para no tener que asistir a otro, se preparó para lo peor y abrió la puerta.

Sobre el mostrador había una placa que rezaba Leigh Smithson, secretaria. La joven rubia de detrás del mostrador levantó la cabeza del ordenador y esbozó una amable sonrisa.

– ¿En qué puedo ayudarla?

– He venido a ver al agente Vartanian. -Alex alzó la barbilla, como desafiando a la mujer a prohibírselo.

La sonrisa de la joven se desvaneció.

– ¿Ha concertado una cita?

– No, pero es importante. Se trata de un artículo de un periódico. -Extrajo el Dutton Review de su maletín cuando la joven la miró con ojos que echaban chispas.

– El agente Vartanian no tiene ningún comentario para su periódico. Ustedes los periodistas… -masculló.

– No soy periodista y no quiero información sobre el agente Vartanian -soltó Alex a su vez-. Quiero información sobre la investigación. -Tragó saliva, consternada al comprobar que se le quebraba la voz. Se controló y alzó la barbilla-. Creo que la víctima es mi hermanastra.

La mujer cambió de cara al instante y estuvo a punto de caerse de la silla.

– Lo siento. Daba por sentado que… ¿Cómo se llama, señora?

– Alex Fallon. Mi hermanastra es Bailey Crighton. Desapareció hace dos días.

– Le diré al agente Vartanian que está aquí, señora Fallon. Por favor, tome asiento. -Señaló una hilera de sillas de plástico y descolgó el teléfono-. La atenderá enseguida.

Alex estaba demasiado nerviosa para sentarse. Caminó de un lado para otro mientras contemplaba la pared cubierta de dibujos de policías, ladrones y cárceles hechos por colegiales. Pensó en Hope y sus lápices rojos. ¿Qué habría visto aquella criatura? «¿Serías tú, a tu edad, capaz de afrontarlo si lo supieras?»

Omitió un paso; el pensamiento la había pillado desprevenida. ¿Sería capaz de afrontarlo? Tenía que hacerlo, por el bien de Hope. La pequeña no tenía a nadie. «Esta vez tienes que ser capaz de afrontarlo, Alex.» Claro que en su fuero interno era consciente de que de momento no lo estaba llevando nada bien.

La noche anterior había soñado lo de siempre. Todo estaba oscuro y el grito desgarrador era tan fuerte y prolongado que se había despertado empapada en sudor frío y temblando con tal fuerza que incluso había temido despertar a Hope. Sin embargo la niña no se inmutó. Alex se había preguntado si Hope soñaba, y qué veía.

– ¿Señorita Fallon? Soy el agente especial Vartanian.

La voz era sonora, profunda y apacible, pero aun así se le desbocó el corazón. «Ya está. Te dirá que se trata de Bailey. Tendrás que afrontarlo.»

Se dio la vuelta despacio y durante una fracción de segundo se encontró mirando un atractivo y anguloso rostro de frente ancha, labios serios y ojos de un azul tan intenso que la dejaron sin respiración. Entonces esos ojos se abrieron mucho y Alex vislumbró en ellos un destello de sorpresa antes de que la boca se entreabriera y el rostro perdiera su color.

«Así que se trata de Bailey.» Alex frunció los labios; esperaba que no le fallaran las piernas. Sabía cuál sería la respuesta. Aun así, había acudido allí con la esperanza…

– ¿Agente Vartanian? -musitó-. ¿Es esa mujer mi hermanastra?

Él escrutó su rostro mientras, poco a poco, recobraba el color.

– Por favor -dijo, con voz ahora baja y tensa. Extendió el brazo y le indicó que pasara delante de él. Alex se esforzó por mover los pies e hizo lo que le indicaba-. Mi despacho está por aquí -dijo-, a la izquierda.

Se trataba un espacio austero, con un escritorio y unas sillas propias de un organismo oficial. En la pared había colgados mapas, además de unas cuantas placas. No se veía ni una foto, en ninguna parte. Alex tomó el asiento que el agente le ofrecía y él ocupó el propio, detrás del escritorio.

– Tengo que disculparme, señorita Fallon. Me ha recordado a otra persona y me he… sobresaltado. Por favor, hábleme de su hermanastra. La señorita Smithson me ha dicho que se llama Bailey Crighton y que lleva dos días desaparecida.

El agente la miraba con tal intensidad que Alex se sentía desconcertada. Decidió mirarlo con igual fijeza y descubrió que eso la ayudaba a concentrarse.

– El viernes por la tarde recibí una llamada del Departamento de Servicios Sociales. Bailey no había acudido a trabajar y una compañera encontró a su hija en casa sola.

– Así que ha venido para hacerse cargo de la hija.

Alex asintió.

– Sí. Se llama Hope y tiene cuatro años. He intentado hablar con el sheriff de Dutton pero insiste en que es probable que Bailey se haya marchado de casa.

La mandíbula de él se tensó con tal sutileza que a Alex el gesto le habría pasado desapercibido de no haber estado mirándolo con tanta intensidad como él la miraba a ella.

– Así, ¿vivía en Dutton?

– Siempre ha vivido allí.

– Ya. ¿Podría describirla, señorita Fallon?

Alex entrelazó con fuerza los dedos en su regazo.

– Hace cinco años que no la veo. La última vez consumía drogas y estaba demacrada y envejecida. Pero me han dicho que las dejó al nacer su hija y que no ha vuelto a consumirlas. No sé qué aspecto tiene ahora y no tengo ninguna fotografía suya. -No se las había llevado consigo cuando se marchó con Kim y Steve hacía trece años, y luego… Alex no quiso ninguna foto de la drogadicta Bailey. Resultaba demasiado doloroso ver su imagen, por no hablar de las grabaciones en vídeo-. Tiene más o menos mi misma estatura, un metro setenta. La última vez que la vi estaba muy delgada, puede que pesara unos cincuenta y cinco kilos. Tiene los ojos grises. Entonces llevaba el pelo rubio, pero es peluquera, o sea que es muy posible que ahora lo lleve de cualquier otro color.

Vartanian tomaba notas. Levantó la cabeza.

– ¿Rubio qué? ¿Platino? ¿Panocha?

– Bueno, no tan claro como el suyo. -Vartanian tenía el pelo del color del trigo y tan grueso que todavía se apreciaban los surcos por donde se había pasado los dedos. La miró y sus labios esbozaron una leve sonrisa, y ella notó el rubor en las mejillas-. Lo siento.

– No se disculpe -respondió él con amabilidad. Aunque seguía mirándola con la misma intensidad de antes algo había cambiado en su conducta, y por primera vez Alex dio rienda suelta a la esperanza.

– ¿Es rubia la víctima, agente Vartanian?

Él negó con la cabeza.

– No. ¿Se le ocurre algo que permita identificar a su hermanastra?

– Llevaba un tatuaje en el tobillo derecho. Una oveja.

Vartanian pareció sorprenderse.

– ¿Una oveja?

Alex volvió a ruborizarse.

– De hecho es un corderito. Se trataba de una broma que compartíamos Bailey, mi hermana y yo. Las tres… -Se interrumpió. Se estaba yendo por las ramas.

Él volvió a pestañear, muy sutilmente.

– ¿Su hermana?

– Sí. -Alex bajó la vista al escritorio de Vartanian y descubrió la copia del artículo publicado esa mañana en el Dutton Review. De repente comprendió la exagerada reacción del agente al verla por primera vez, y no sabía muy bien si debía sentirse aliviada o enfadada-. Ya ha leído el artículo, así que conoce el paralelismo entre la muerte de mi hermana y la de la mujer que encontraron ayer. -Él no respondió y Alex se decidió por el enfado-. Por favor, agente Vartanian, estoy cansadísima y muy asustada. No me engañe.

– Lo siento, señorita Fallon, no tenía ninguna intención de engañarla. Hábleme de su hermana. ¿Cómo se llamaba?

Alex se mordió la parte interior de las mejillas.

– Alicia Tremaine. Por el amor de Dios, seguro que ha visto alguna fotografía suya. Al verme ha reaccionado como si hubiera visto un fantasma.

Él volvió a pestañear, esa vez molesto consigo mismo.

– Se parecen mucho -dijo con voz débil.

– Si se tiene en cuenta que éramos gemelas idénticas, a mí no me resulta nada extraño. -Alex consiguió no alterar el tono, pero le costó bastante-. Dígame, agente Vartanian, ¿esa mujer es Bailey o no?

Él se puso a juguetear con el lápiz y a Alex le entraron ganas de saltar sobre el escritorio y arrancárselo de la mano. Por fin él se decidió a hablar.

– No es rubia y no tiene ningún tatuaje.

Alex se sintió mareada de puro alivio y tuvo que esforzarse por contener las lágrimas que de pronto amenazaban con arrasarle los ojos. Cuando hubo recobrado el control, exhaló un lento suspiro y lo miró. Él, sin embargo, no parecía tan aliviado como ella.

– Entonces no puede ser Bailey -respondió en tono tranquilo.

– Los tatuajes pueden eliminarse.

– Pero eso tiene que dejar algún tipo de marca. El forense podría comprobarlo.

– Y me encargaré personalmente de que lo haga -repuso él, y por su tono Alex supo que lo siguiente que haría sería prometerle que la avisaría en cuanto supieran algo. No estaba dispuesta a esperar, así que reaccionó con decisión.

– Quiero ver a la víctima. Necesito saberlo. Bailey tiene una hija, Hope, y ella también necesita saberlo. Necesita saber que su madre no la ha abandonado.

Alex sospechaba que Hope sabía perfectamente qué había sucedido pero se guardó esa información para sí.

Vartanian negó con la cabeza; sin embargo su mirada se había suavizado hasta tornarse casi compasiva.

– No puede verla. Le dieron una paliza y está irreconocible.

– Soy enfermera, agente Vartanian. He visto otros cadáveres. Si se trata de Bailey, lo sabré. Por favor, de una u otra forma tengo que saberlo.

Él vaciló unos instantes y acabó por asentir.

– Llamaré a la forense. Tenía previsto ponerse con la autopsia a las diez, así que supongo que aún estamos a tiempo de avisarla antes de que empiece.

– Gracias.

Lunes, 29 de enero, 9.45 horas.

– Esta es la sala de identificación de cadáveres. -La doctora Felicity Berg se hizo a un lado cuando Daniel entró detrás de Alex Fallon-. Si le apetece sentarse, hágalo, por favor.

Daniel observó a Alex Fallon peinar la sala con la mirada y luego sacudir la cabeza.

– Gracias pero prefiero quedarme de pie -respondió-. ¿Está la víctima a punto?

Era una tipa dura, la tal Alex Fallon. Y le había dado el mayor susto de su vida.

«Es ella» fue todo cuanto Daniel pudo pensar cuando Alex levantó la cabeza y lo miró. Se sintió afortunado de no haberse puesto más en evidencia. Al decirle que parecía haber visto un fantasma, Alex había dado en el clavo. Daniel aún notaba el pulso alterado cada vez que la miraba, pero no parecía poder remediarlo.

Cuando la observó mejor se dio cuenta de que su rostro era distinto al de la sonriente imagen de su hermana. Claro que tenía trece años más, pero no se trataba de eso. Algo en sus ojos era distinto. Los tenía de color whisky, idéntico al de los de su hermana, por supuesto. Sin embargo, los ojos de Alex Fallon carecían del brillo risueño que había observado en los de Alicia Tremaine.

Había sufrido dos traumas, uno trece años atrás y otro ahora; tal vez en otro tiempo su mirada también fuera traviesa y juguetona. Pero en la actualidad Alex Fallon era una persona fría y circunspecta. Había descubierto en ella fugaces atisbos de emoción: miedo, enfado y alivio; todos controlados con rapidez. Al observarla de pie frente al cristal cubierto por la cortina, se preguntó qué estaría pasando por su mente.

– Lo comprobaré -respondió Felicity. Y cerró la puerta tras de sí dejándolos solos.

Alex permaneció quieta y en silencio, con los brazos pegados al cuerpo. No obstante, tenía los puños cerrados con fuerza y Daniel se sintió impulsado a separarle los dedos.

Era una mujer muy bella, pensó. Por fin podía mirarla sin que ella lo mirara a su vez. Sus ojos lo habían atravesado; parecía haber visto en él más de lo que a él le habría gustado. Tenía unos labios carnosos, aunque de gesto serio. Estaba delgada pero su traje negro, a pesar de ser discreto, revelaba ciertas curvas. Su pelo era del mismo color caramelo oscuro que el de su hermana y le caía suelto hasta media espalda formando unas ondas gruesas y sedosas.

Ante la idea de tocarle el pelo, de acariciarle la mejilla… Ante la idea que ya había cruzado su mente, Daniel introdujo las manos en los bolsillos. En cuanto se movió, ella dio un respingo. Estaba pendiente de él a pesar de no mirarlo.

– ¿Dónde vive, señorita Fallon?

Ella se volvió, lo imprescindible para poder verlo por encima del hombro.

– En Cincinnati.

– ¿Y allí hace de enfermera?

– Sí, trabajo en urgencias.

– Un trabajo difícil.

– Como el suyo.

– No usa el apellido Tremaine.

Un músculo de su garganta se movió al tragar saliva.

– No. Me lo cambié.

– ¿Al casarse? -preguntó él, y se percató de que estaba conteniendo la respiración.

– No estoy casada. Mis tíos me adoptaron cuando murió mi hermana. -Su tono le indicaba que no se atreviera a ir más allá, así que dio un giro a la conversación.

No estaba casada. Eso daba igual. Sin embargo, a él le importaba. En el fondo sabía que le importaba mucho.

– Ha dicho que su hermanastra tenía una hija. La ha llamado Hope.

– Sí. Tiene cuatro años. La asistente social la encontró escondida en un armario el viernes por la mañana.

– ¿La policía de su localidad cree que Bailey abandonó a su hija?

Ella apretó la mandíbula, igual que los puños. Incluso en la penumbra Daniel vio sus nudillos tornarse blancos.

– Eso creen. Los maestros de Hope en cambio opinan que Bailey nunca la habría dejado.

– Así que ha venido de inmediato para hacerse cargo de la niña.

Esa vez sí que lo miró, con una mirada fija y prolongada. Daniel era consciente de que no podría apartar sus ojos de ella aunque lo intentara. Alex Fallon tenía una fuerza interior, una resolución… Fuera por el motivo que fuese, exigía su atención.

– Sí. Hasta que encuentren a Bailey. En uno u otro estado.

Daniel sabía que no era una buena idea; aun así tomó la mano de Alex y le estiró los dedos. Sus uñas pulcras y sin esmaltar habían dejado profundas marcas en la delicada piel de su palma. Él las frotó suavemente con los pulgares.

– ¿Y si no la encuentran? -musitó.

Ella bajó la vista a las manos que él tomaba con las suyas y luego volvió a mirarlo a los ojos, y entonces él sintió un impulso nervioso que se propagaba en cadena y le abrasaba la piel. Allí había una conexión, un lazo, una afinidad que nunca antes había experimentado.

– Entonces Hope se convertirá en mi hija y nunca más volverá a quedarse sola ni a pasar miedo -dijo en tono suave pero decidido, sin que a él le quedara la menor duda de que cumpliría su promesa.

De pronto se sorprendió tragando saliva.

– Espero que pronto pueda dar el asunto por concluido, señorita Fallon.

La adusta línea que formaban los labios de ella se suavizó, aunque no llegaron a dibujar una sonrisa.

– Gracias.

Él sostuvo su mano unos segundos más y la soltó en el momento en que Felicity regresaba a la sala.

Felicity paseó la mirada de Daniel a Alex Fallon y entornó ligeramente los ojos.

– Estamos a punto, señorita Fallon. No le mostraremos su rostro, ¿de acuerdo?

Alex Fallon asintió.

– Lo comprendo.

Felicity retiró la cortina unos dos tercios del recorrido. Malcolm Zuckerman se encontraba al otro lado del cristal. Felicity se inclinó sobre el altavoz.

– Empezamos.

Malcolm retiró la sábana hacia un lado, dejando al descubierto la parte derecha del cuerpo de la víctima.

– El agente Vartanian me ha dicho que su hermanastra tiene un tatuaje -dijo Felicity en tono quedo-. Lo he comprobado con mis propios ojos y no he visto ninguna cicatriz. No hay nada que indique que en ese tobillo hubiera un tatuaje.

Ella volvió a asentir.

– Gracias. ¿Pueden mostrarme la parte interior del brazo?

– Tampoco he visto ninguna señal de aguja -dijo Felicity a la vez que Malcolm hacía lo que pedía.

Por fin relajó los hombros y se estremeció de forma visible.

– No es Bailey. -Miró a Daniel a los ojos y él vio en los suyos una explosiva mezcla de compasión, arrepentimiento y alivio-. Sigue teniendo una víctima sin identificar, agente Vartanian. Lo siento.

Él sonrió, aunque con tristeza.

– Me alegro de que no sea su hermanastra.

Felicity corrió la cortina sobre el cristal.

– En unos minutos empezaré la autopsia, Daniel. ¿Te espero?

– Si no te importa, sí. Gracias, doctora. -Aguardó a que Felicity se hubiera marchado y se puso en pie con las manos en los bolsillos. Alex Fallon seguía temblando y se sintió tentado de atraerla hacia sí y abrazarla hasta que volviera a estar en condiciones de presentarse en público-. ¿Se encuentra bien, señorita Fallon?

Ella asintió sin convicción.

– Sí, pero Bailey sigue desaparecida.

Daniel comprendió lo que le estaba pidiendo.

– Yo no puedo ayudarle a buscarla.

Ella lo miró con ojos centelleantes.

– ¿Por qué no?

– Porque el GBI no puede hacerse cargo de casos que competen a la policía local. Tienen que solicitarlo ellos.

Ella apretó la mandíbula y su mirada se tornó fría.

– Ya. Bueno, ¿podría al menos indicarme cómo llegar a Peachtree-Pine?

Daniel la miró perplejo.

– ¿Cómo dice?

– He dicho Peachtree-Pine. -Subrayó las palabras-. El sheriff Loomis de Dutton me ha dicho que la busque allí.

«Joder, Frank -pensó Daniel-, eso es una falta de delicadeza y de responsabilidad.»

– Estaré encantado de indicarle el camino, pero es posible que tenga más suerte si acude al caer la tarde, aunque no se lo recomiendo. No es de la ciudad y no conoce qué zonas son seguras.

Ella alzó la barbilla.

– No me queda alternativa. El sheriff Loomis no quiere ayudarme y usted no puede hacerlo.

Él tenía otra opinión, pero decidió guardársela para sí. Bajó la vista a sus pies y luego volvió a mirarla.

– Si espera a las siete, yo la llevaré.

Ella entornó los ojos.

– ¿Por qué?

– Porque a las seis tengo una reunión que no acabará hasta las siete.

Ella sacudió la cabeza.

– No me engañe, Vartanian. ¿Por qué?

Daniel decidió contarle una pequeña parte de la verdad.

– Porque a la víctima la encontraron exactamente igual que a su hermana, y el mismo día en que ella murió su hermanastra desapareció. Se trate o no de un asesino que imita a otro, la coincidencia es demasiado grande para desestimarla. Y… ahora usted está aquí, señorita Fallon. ¿Se le ha ocurrido pensar que podría ser también uno de los objetivos del asesino?

El rostro de Alex palideció.

– No.

– No quiero asustarla, pero lo prefiero a verla ahí tendida.

Ella asintió con gesto trémulo y Daniel vio que había logrado su objetivo.

– Se lo agradezco -musitó-. ¿Dónde quiere que lo espere a las siete?

– ¿Qué le parece aquí mismo? No se ponga ese traje, ¿de acuerdo? Es demasiado elegante.

– De acuerdo.

Volvieron a invadirlo las ganas de rodearla con el brazo, pero las apartó de sí.

– Venga, la acompañaré a la puerta principal.

Lunes, 29 de enero, 10.45 horas.

«Estoy viva.» Hizo un esfuerzo por despertarse y levantó un poco los párpados, incapaz de abrir los ojos del todo. Daba igual, estaba tan oscuro que, en cualquier caso, no habría podido ver nada. Era de día, lo sabía únicamente porque oía el canto de los pájaros.

Trató de moverse y soltó un gemido ante el latigazo que recorrió todo su cuerpo. Le dolía muchísimo.

Ni siquiera sabía por qué. Bueno, para ser exactos lo sabía en parte, tal vez del todo, pero no permitía que su cerebro reconociera que contenía esa información. En los momentos de debilidad podría revelársela, y entonces él la mataría.

No quería morir. «Quiero marcharme a casa, quiero estar con mi niña.» Se permitió pensar en Hope y se estremeció ante el escozor producido por la lágrima que rodó por su mejilla. «Por favor, Dios mío, cuida de mi pequeña.» Rezó por que alguien se hubiera percatado de su desaparición, por que alguien hubiera acudido en busca de Hope. «Que alguien me busque.» Rezó por que alguien la considerara importante.

Fuera quien fuese. «Por favor.»

Oyó un ruido de pasos y dio un pequeño suspiro. Se estaba acercando. «Dios mío, ayúdame. Ya viene. No permitas que me asuste.» Y se obligó a dejar la mente en blanco, a no pensar en nada. «En nada.»

La puerta se abrió de golpe y ella crispó el rostro ante la tenue luz procedente del vestíbulo.

– Muy bien -dijo él arrastrando las palabras-. ¿Estás dispuesta a contarme dónde está?

Ella apretó los dientes y se preparó para el golpe. Aun así soltó un grito cuando la punta de su bota le alcanzó la cadera. Miró aquellos ojos negros que en otro tiempo le ofrecieron confianza.

– Bailey, cariño, llevas todas las de perder. Dime dónde está la llave y te dejaré marchar.

Dutton, lunes, 29 de enero, 11.15 horas.

Seguía allí, pensó Alex al mirar la casa de Bailey desde la calle.

«Vamos, entra. Compruébalo. No seas tan cobarde.» No obstante, se quedó sentada, mirando hacia arriba, mientras su corazón latía con fuerza y rapidez. Antes temía por Bailey. La aterrorizaba entrar en su casa. Ahora, gracias a Vartanian, temía también por su propia vida.

Tal vez estuviera del todo equivocado, pero si estaba en lo cierto… Necesitaba protección. Necesitaba un perro, un perro grande. Y una pistola. Entró en el coche de alquiler y estaba a punto de ponerse en marcha cuando un golpecito en la ventanilla la hizo gritar.

Clavó los ojos en el cristal, desde el que le sonreía un joven vestido con uniforme militar. No había oído el grito. Nadie los oía nunca. Sus gritos solo se producían en sus pensamientos. Dio un suspiro trémulo, y bajó un dedo la ventanilla.

– ¿Sí?

– Siento molestarla -dijo él en tono agradable-. Soy el capitán Beardsley, del ejército estadounidense. Estoy buscando a Bailey Crighton. He pensado que tal vez usted sepa dónde puedo encontrarla.

– ¿Por qué la busca?

Él volvió a sonreír con amabilidad.

– Eso es algo entre la señorita Crighton y yo. Si la ve, ¿podría decirle que el padre Beardsley ha pasado por aquí?

Alex frunció el entrecejo.

– ¿Es sacerdote o militar?

– Las dos cosas. Soy capellán del ejército. -Sonrió-. Que tenga un buen día.

– Espere. -Alex aferró su teléfono móvil y marcó el número de Meredith mientras el hombre aguardaba junto a la ventanilla. Llevaba una cruz en la solapa. Tal vez fuera realmente un sacerdote.

O tal vez no. Vartanian la tenía obsesionada. Claro que lo cierto era que Bailey había desaparecido y que una mujer había muerto.

– ¿Qué? -preguntó Meredith sin preámbulos.

– No es Bailey.

Meredith exhaló un suspiro.

– Por una parte me alegra oírlo y por otra… no.

– Ya lo sé. Escucha, he pasado por casa de Bailey para ver si encontraba algo…

– Alex. Me habías prometido que esperarías a que yo fuera contigo.

– No he entrado. Solo quería saber si era capaz de hacerlo. -Miró hacia la casa y empezaron a revolvérsele las tripas-. No puedo. Pero mientras estaba sentada se me ha acercado un tipo.

– ¿Qué tipo?

– El padre Beardsley. Dice que está buscando a Bailey. Es capellán del ejército.

– ¿Un capellán del ejército busca a Bailey? ¿Para qué?

– Eso es lo que pienso averiguar. Solo quería que alguien supiera que he estado hablando con él. Si en diez minutos no vuelvo a llamarte, avisa al 911, ¿de acuerdo?

– Alex, me estás asustando.

– Estupendo. Empezaba a acumular demasiado miedo y necesitaba compartirlo. ¿Cómo está Hope?

– Igual. Tenemos que sacarla de esta habitación, Alex.

– Veré lo que puedo hacer. -Colgó y salió del coche. El capitán Beardsley la miró preocupado.

– ¿Le ha ocurrido algo a Bailey?

– Sí. Ha desaparecido.

La preocupación de Beardsley se tornó estupefacción.

– ¿Cuándo desapareció?

– El pasado jueves por la noche, hace cuatro días.

– Santo Dios. ¿Quién es usted?

– Me llamo Alex Fallon. Soy la hermanastra de Bailey.

El hombre arqueó las cejas.

– ¿Alex Tremaine?

Alex tragó saliva.

– Ese es mi antiguo apellido, sí. ¿Cómo lo sabe?

– Me lo dijo Wade.

– ¿Wade?

– El hermano mayor de Bailey.

– Ya sé quién es Wade. ¿A qué viene que le hablara de mí?

Beardsley ladeó la cabeza para escrutar el rostro de Alex.

– Murió.

Alex pestañeó, perpleja.

– ¿Murió?

– Sí. Lo siento. Creía que se lo habrían comunicado. El teniente Wade Crighton cayó mientras se encontraba de servicio en Iraq, hace aproximadamente un mes.

– No éramos consanguíneos, imagino que por eso el gobierno no se ha puesto en contacto conmigo. ¿Para qué busca a Bailey?

– Le envié una carta que me dictó su hermano justo antes de morir. El teniente Crighton resultó herido durante el bombardeo de un poblado de las afueras de Bagdad. Algunos lo consideraban una misión suicida.

Un sentimiento de satisfacción invadió a Alex y la hizo avergonzarse.

– ¿Llegó a buen puerto la misión? -preguntó con mucha prudencia.

– En parte. La cuestión es que a Wade lo hirieron durante un bombardeo con morteros y cuando los médicos llegaron ya era demasiado tarde. Me pidió que escuchara su confesión.

Alex frunció el entrecejo.

– Wade no era católico.

– Yo tampoco. Soy pastor luterano. Muchos de los hombres que me piden que escuche su última confesión no son católicos, y de hecho cualquier sacerdote puede hacerlo, no es necesario que sea católico.

– Lo siento, ya lo sabía. En urgencias hemos tenido todo tipo de sacerdotes. Solo es que me ha sorprendido que Wade se confesara. ¿Suele visitar a las familias de los fallecidos?

– No siempre. Me dirigía a casa para disfrutar de unos días de permiso y he pasado por Fort Benning. Me pillaba de camino, así que he decidido parar. Todavía llevo encima una de las cartas de Wade. Me pidió que escribiera tres, una para su hermana, una para su padre y otra para usted.

El grito empezó a formarse de nuevo en su mente y Alex cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos, Beardsley la estaba observando con una preocupación de que ella hizo caso omiso.

– ¿Wade me escribió? ¿A mí?

– Sí. Envié por correo las cartas de Bailey y de su padre a esta dirección, pero no sabía dónde encontrarla a usted. Buscaba a Alex Tremaine.

De la carpeta que llevaba bajo el brazo, Beardsley extrajo un sobre y su tarjeta de visita.

– Llámeme si necesita hablar.

Alex tomó el sobre y Beardsley se dispuso a alejarse.

– Espere. Wade envía una carta a Bailey y ella desaparece el mismo día en que encuentran a una mujer asesinada y tirada en una zanja.

Él la miró perplejo.

– ¿Han asesinado a una mujer?

– Sí. Yo creía que se trataba de Bailey, pero no es ella. -Abrió el sobre y ojeó la carta dictada por Wade. Luego levantó la cabeza-. En esta carta no hay nada que me diga adónde ha ido Bailey. Solo pide que le perdone. Ni siquiera explica por qué pide perdón. -Aunque Alex estaba bastante segura de saberlo. Sin embargo, aquello no tenía nada que ver con el secuestro de Bailey-. ¿A usted se lo contó?

– En la carta no decía nada de eso.

Alex reparó en la tensa mandíbula de Beardsley.

– Pero se lo contó en su confesión. Le será fiel a Wade hasta el final y no me dirá lo que le contó, ¿verdad?

Beardsley negó con la cabeza.

– No puedo. Y no me venga con que no soy católico, para mí una confesión es igualmente sagrada. No se lo diré, señorita Fallon. No puedo.

Primero Vartanian y ahora Beardsley. «No puedo.»

– Bailey tiene una hija pequeña, Hope.

– Ya lo sé. Wade me habló de ella. Adoraba a esa niña.

A Alex le costaba trabajo creerlo, pero no pensaba discutir.

– Pues entonces cuénteme algo que me ayude a devolverle a Hope a su madre. Por favor. La policía no va a ayudarme, dicen que Bailey no es más que una drogadicta y que es probable que se haya marchado de casa. ¿Dijo Wade algo que no estuviera dentro de su confesión?

Beardsley bajó la cabeza y luego la miró a los ojos.

– «Simon.»

Alex sacudió la cabeza, frustrada.

– ¿«Simon»? ¿Qué se supone que quiere decir eso?

– Es un nombre. Lo dijo justo en el momento de morir. «Te veré en el infierno, Simon.» Lo siento, señorita Fallon. Tendrá que contentarse con eso, no puedo decirle nada más.

Capítulo 4

Atlanta, lunes, 29 de enero, 12.15 horas.

La doctora Felicity Berg levantó la cabeza para mirar a Daniel a través de sus gafas. Se encontraba de pie al otro lado de la mesa de autopsias, inclinada sobre los restos de la víctima desconocida.

– ¿Quieres primero la buena noticia o la mala?

Daniel había observado a Felicity en silencio mientras abría en canal a la víctima con sumo cuidado. La había visto practicar más de una docena de autopsias, pero nunca dejaba de preguntarse cómo se las arreglaba para mantener el pulso tan firme.

– Supongo que la mala.

La mascarilla que cubría el rostro de la doctora se desplazó y Daniel imaginó su sonrisa irónica. A él siempre le había caído bien, a pesar de que la mayoría de los hombres la llamaban el Iceberg. Nunca le había parecido tan fría, simplemente era… prudente. Las dos cosas eran bastante distintas, y Daniel lo sabía muy bien.

– Decididamente, no puedo identificarla. Tenía unos veinte años. No hay restos de alcohol en la sangre y tampoco evidencia de enfermedad o defecto alguno. La muerte se produjo por asfixia.

– ¿Y los golpes de la cara? ¿Son anteriores o posteriores a su muerte?

– Posteriores, igual que las marcas de alrededor de la boca. -Señaló cuatro cardenales del tamaño de la yema de un dedo. Daniel puso mala cara.

– ¿No se los produjo la mano que la mató?

Ella arqueó las cejas.

– Eso es lo que el asesino quiere haceros creer. ¿Recuerdas los restos de tejido que observé en los pulmones y en la parte interior de las mejillas?

– Es algodón -dijo Daniel-, del pañuelo que le metió en la boca.

– Exacto. Imagino que no quería que le mordiera, para no dejar restos de ADN en sus dientes. Tiene marcas de golpes en la nariz, producidos antes de la muerte. No los habéis visto a causa de la paliza. Sin embargo, después de morir alguien le presionó la zona cercana a la boca con los dedos. La distancia entre las marcas indica que la mano es de un hombre, más bien pequeña. El asesino se tomó muchas molestias para cometer el crimen, Daniel. Al golpearle la cara tuvo cuidado de dejar intacta la zona de alrededor de la boca. Da la impresión de que quería que se vieran las marcas de los dedos.

– Me pregunto si Alicia Tremaine también presentaba marcas alrededor de la boca.

– Eso te toca averiguarlo a ti. Por mi parte puedo decirte que lo último que comió esta mujer fue comida italiana, con salchicha, pasta y algún queso fuerte.

– Solo hay un millón de restaurantes italianos en la ciudad -repuso él con aire sombrío.

Ella tomó la mano izquierda de la mujer.

– Tiene callos importantes en las yemas de los dedos.

Daniel se inclinó más para verlos.

– Debía de tocar algún instrumento. ¿El violín, tal vez?

– Algún instrumento de cuerda, supongo que con arco. La piel de la otra mano es suave, no tiene callos, por lo que probablemente no se trate del arpa ni de la guitarra.

– ¿Esa es la buena noticia?

Los ojos de ella centellearon con cierto regocijo.

– No. La buena noticia es que, aunque no puedo decirte quién es, creo que sí puedo decirte dónde estuvo veinticuatro horas antes de que la mataran. Ven, acércate a este lado de la mesa.

Felicity pasó un lector óptico por la mano de la víctima y reveló los restos de un sello fluorescente.

Él levantó la cabeza y sus ojos se cruzaron con la mirada de satisfacción de Felicity.

– Estuvo en Fun-N-Sun -dijo él. El parque acuático usaba un tampón para marcar la mano de todo aquel que quisiera salir y regresar el mismo día-. Miles de personas acuden allí todos los días, pero puede que tengamos suerte.

Felicity depositó el brazo de la mujer junto a su cuerpo con delicadeza y respeto, lo cual aumentó la estima que Daniel le tenía.

– O puede que por fin alguien la eche de menos -repuso ella en tono quedo.

– ¿Doctora Berg? -Uno de sus ayudantes entró en la sala con una hoja de papel-. En el análisis de orina ha dado positivo el flunitrazepam, cien microgramos.

Daniel frunció el entrecejo.

– ¿Rohipnol? ¿Utilizó un fármaco para violarla? Esa dosis no es letal, ¿verdad?

– Ni siquiera basta para dejarla inconsciente, apenas puede detectarse en el análisis. Jackie, ¿podrías repetir la prueba? Si me citan ante un jurado de acusación necesitaré la verificación de los resultados. No te lo tomes a mal.

Jackie asintió sin inmutarse.

– Para nada. Lo haré de inmediato.

– Quería que encontráramos el fármaco, pero no quería dejarla completamente incapacitada -musitó Daniel-. La quería consciente y bien despierta.

– Y tiene conocimientos de farmacología. No debe de resultar sencillo obtener ese nivel mínimo de flunitrazepam. De nuevo indica que se tomó unas cuantas molestias.

– Así que también tengo que comprobar si en el asesinato de Alicia Tremaine utilizaron Rohipnol. Necesito ese expediente policial. -Y el sheriff Frank Loomis de Dutton seguía sin responder a su llamada. Aquello sobrepasaba la cortesía profesional. Daniel decidió ir a Dutton a buscar el expediente en persona-. Gracias, Felicity. Como siempre, ha sido un placer.

– Daniel. -Felicity se había apartado del cadáver y se estaba retirando la mascarilla-. Quería decirte que siento lo de tus padres.

Daniel exhaló un suspiro.

– Gracias.

– Me habría gustado asistir al funeral, pero… -Una mueca de autodesaprobación asomó a sus labios-. Fui a la iglesia pero me sentí incapaz de entrar. Lo creas o no, los funerales me ponen enferma.

Él le sonrió.

– Te creo, Felicity. Gracias por intentarlo.

Ella asintió con gesto enérgico.

– Cuando la señorita Fallon se ha marchado, le he pedido a Malcom que solicitara el informe de la autopsia de Alicia Tremaine. En cuanto lo tengamos te lo haré saber.

– De nuevo te estoy agradecido.

Al alejarse notó que ella lo seguía con la mirada.

Atlanta, lunes, 29 de enero, 13.15 horas.

Cuando Daniel regresó al despacho encontró a Luke sentado en una de las sillas con un portátil en el regazo y los pies sobre su escritorio. El chico levantó la cabeza, escrutó el semblante de Daniel y se encogió de hombros.

– No sé si conseguiré engañar a mi madre; me lo estás poniendo muy difícil, Daniel. Puedo repetirle tantas veces como quiera que estás bien, pero las marcas oscuras que tienes debajo de los ojos indican algo muy distinto.

Daniel colgó la chaqueta detrás de la puerta.

– ¿No tienes trabajo?

– Oye, estoy trabajando. -Luke levantó el portátil-. Estoy efectuando un diagnóstico del ordenador del jefe. Últimamente parece que tenga algún tornillo flojo. -Dibujó un tirabuzón en el aire con los dedos, sonriente, pero Daniel notó la tensión en la voz de su amigo.

Se sentó tras su escritorio y lo observó. Bajo los ojos de Luke no aparecían marcas oscuras, pero en su mirada había una desolación que pocos conseguían ver.

– ¿Un mal día?

La sonrisa de Luke se desvaneció. Cerró los ojos y se le oyó tragar saliva.

– Sí.

La única palabra que pronunció sonó áspera y teñida de un sufrimiento que pocos comprendían de verdad. Luke formaba parte del equipo operativo contra el crimen cibernético y durante el último año se había ocupado de los delitos que afectaban a niños. Daniel prefería presenciar mil autopsias antes que ver las obscenidades a las que Luke tenía que enfrentarse a diario. El chico dio un suspiro y abrió los ojos. Había recobrado el control, que no la serenidad.

Daniel se preguntó si algún policía hallaba alguna vez la serenidad.

– Necesitaba un respiro -se limitó a decir Luke, y Daniel asintió.

– Vengo del depósito de cadáveres, mi víctima estuvo el jueves en Fun-N-Sun y toca el violín.

– Bueno, lo del violín reduce las posibilidades. Tengo una cosa para ti. -Luke extrajo una gruesa pila de hojas del maletín de su ordenador-. He buscado más a fondo sobre Alicia Tremaine y he encontrado todos estos artículos. Tenía una hermana gemela.

– Ya lo sé -repuso Daniel con ironía-. Lástima que no me lo dijeras antes de que se personara aquí esta mañana y me diera un susto de muerte.

Las morenas cejas de Luke se dispararon hacia arriba.

– ¿Ha estado aquí? ¿Alexandra Tremaine?

– Ahora se hace llamar Fallon. Alex Fallon. Es enfermera en una unidad de urgencias de Cincinnati.

– Así que sobrevivió -dijo Luke pensativo, y Daniel frunció el entrecejo.

– ¿Qué quieres decir?

Luke depositó la pila de papeles sobre la mesa.

– Bueno, la historia no termina con el asesinato de Alicia. El día que encontraron su cadáver, Kathy Tremaine, la madre, se pegó un tiro en la cabeza. Parece que fue su hija Alexandra quien la encontró, y que luego se tomó todas las pastillas que el médico había recetado a su madre para el ataque de histeria que sufrió al tener que identificar el cadáver de su hija.

Daniel pensó en la víctima desconocida, tendida en la mesa del depósito de cadáveres, y en la madre que tuviera que identificar a una hija con aquel aspecto. De todos modos, el suicidio era una solución de cobardes… y para Alex la forma de olvidar que había encontrado a su madre de aquel modo.

– Dios mío -musitó.

– La hermana de Kathy Tremaine, que vivía en Ohio, fue a buscar a Alicia y las encontró a las dos. Su nombre es Kim Fallon.

– Alex me ha dicho que la habían adoptado sus tíos, o sea que cuadra.

– Aún hay más cosas; necrológicas y artículos sobre el juicio de Gary Fulmore, el hombre a quien culparon del asesinato. Sin embargo, no aparece mención alguna de Alexandra después del artículo sobre la detención de Fulmore. Imagino que fue cuando Kim Fallon se la llevó a Ohio.

Daniel hojeó las páginas.

– ¿Has visto si hablan de Bailey Crighton?

– De Craig Crighton sí, pero de Bailey no. Craig era el hombre con quien Kathy Tremaine convivía en el momento de su muerte. ¿Por qué lo preguntas?

– Porque por eso ha venido a verme hoy Alex Fallon. Su hermanastra Bailey desapareció el jueves por la noche y ella creía que se trataba de la mujer de Arcadia.

Luke dio un silbido quedo.

– Vaya, menuda impresión.

Daniel pensó en los puños casi exangües de tanto como Alex los apretaba, y en la sensación que le produjo el tacto de su mano en la propia.

– Imagino que sí, pero se ha controlado muy bien.

– No, si me refería a ti. -Luke bajó los pies del escritorio y se levantó-. Tengo que volver al trabajo. Se acabó el descanso.

Daniel entrecerró los ojos.

– ¿Estás bien?

Luke asintió.

– Claro. -Pero su voz traslucía poca convicción-. Te veré luego.

Daniel alzó los papeles.

– Gracias, Luke.

– No hay de qué.

«La reacción en cadena», pensó Daniel al observarlo marcharse. Cambiaba la vida de las víctimas y de sus familias. «A veces también nos cambia la vida a nosotros. Casi siempre.» Con un suspiro, se volvió hacia su ordenador para buscar el teléfono de Fun-N-Sun. Tenía una víctima por identificar.

Dutton, lunes, 29 de enero, 13.00 horas.

– Aquí está todo. -Alex lo depositó en el sofá de su habitación del hotel-. Play-Doh, bloques Lego, un Mr. Potato, más colores, papel y más cuadernos para pintar.

Meredith se encontraba sentada junto a Hope, en la pequeña mesa que hacía las veces de comedor.

– ¿Y la Bar bie Peinados?

– Hay una muñeca en la bolsa, pero no les quedaban Barbies. He traído a la princesa Fiona de Shrek.

– ¿Se le pueden hacer peinados? Supongo que como Bailey era peluquera debían de jugar a eso juntas.

– Sí, lo he preguntado. Y también he comprado algo de ropa para Hope. Dios, qué cara es la ropa de niños.

– Vete acostumbrando, tiíta.

– La has traído aquí en lugar de dejarla pintando en el escritorio de la habitación.

– No he tenido más remedio. Allí no había espacio para que pintáramos las dos a la vez; además, necesitaba cambiar de ambiente. -Meredith tomó un color azul de una pila de lápices-. Hope, esta vez he elegido el añil. Lo encuentro divertido, me suena a guiño.

Meredith siguió charlando mientras pintaba y Alex se percató de que habían pasado así un buen rato mientras ella estaba fuera. Había un montón de hojas con el borde irregular que Meredith había arrancado del cuaderno de colorear de Hope. Todos los dibujos estaban pintados de azul.

– ¿Podemos hablar mientras pintáis?

Meredith sonrió.

– Claro. También puedes sentarte y pintar con nosotras. A Hope y a mí no nos importa, ¿verdad, Hope?

Hope no pareció siquiera haberla oído. Alex trasladó la silla del escritorio a la mesa y se sentó. Luego se volvió y miró a Meredith a los ojos por encima de Hope.

– ¿Alguna novedad?

– No -respondió Meredith en tono alegre-. No tengo una varita mágica, Alex.

Hope se detuvo en seco, sin dejar de aferrar el color rojo con su pequeño puño. Mantuvo la mirada fija en el cuaderno de colorear pero se quedó completamente quieta. Alex abrió la boca, pero Meredith le lanzó una mirada de advertencia y guardó silencio.

– Por lo menos en la bolsa de la tienda de juguetes no hay ninguna -prosiguió Meredith-. A mí me encantan las varitas mágicas. -Hope no movió un músculo-. Cuando era pequeña, jugaba con ramas de apio como si fueran varitas mágicas. Mi madre se ponía hecha una furia cada vez que quería preparar una ensalada y no tenía apio. -Meredith soltó una risita y siguió pintando con el añil-. Hacía muchos aspavientos pero luego jugaba conmigo. Siempre decía que el apio era barato y que, en cambio, las horas de juego no tenían precio.

Alex tragó saliva.

– Mi madre decía lo mismo. «Las horas de juego no tienen precio.»

– Eso debe de ser porque eran hermanas. ¿Tu madre también lo decía, Hope?

Poco a poco, Hope empezó a mover de nuevo el lápiz, cada vez más rápido, hasta que siguió pintando con la misma concentración de antes. Alex sintió ganas de respirar hondo; sin embargo, Meredith sonreía.

– Pasito a pasito -musitó-. A veces el mejor remedio consiste en permanecer a su lado, Alex. -Arrancó una página del cuaderno de colorear-. Pruébalo. Es muy relajante, en serio.

Alex exhaló un gran suspiro para tranquilizarse.

– Tú hiciste eso conmigo. Cuando fui a vivir con vosotros pasabas muchos ratos sentada a mi lado. Lo hacías todos los días después del colegio, y durante el verano. Entrabas en mi habitación y te ponías a leer. Nunca decías nada.

– No sabía qué decir -repuso Meredith-. Estabas triste y parecías más contenta cuando yo estaba allí. Un día me dijiste «hola». Pasaron días enteros antes de que volvieras a decir nada más, y semanas antes de que mantuviéramos una conversación.

– Creo que me salvasteis la vida -musitó Alex-. Kim, Steve y tú. -Los Fallon habían sido su salvación-. Los echo de menos. -Sus tíos habían muerto el año anterior cuando la pequeña avioneta de Steve se estrelló contra un maizal en Ohio.

A Meredith le flaqueó la mano y le costó tragar saliva.

– Yo también los echo de menos. -Posó un instante la mejilla en los bellos rizos de Hope-. Qué oruga tan bonita, Hope. Voy a pintar de añil la mariposa. -Siguió charlando unos minutos más y, de repente, cambió de tema-. Me encantaría ver mariposas. ¿Sabes si hay algún parque adónde podamos llevar a Hope, Alex?

– Sí, hay uno bastante cerca de la escuela primaria. Al salir he tomado una revista de una inmobiliaria. Cerca del parque hay una casa amueblada que podríamos alquilar durante un tiempo.

«Hasta que encuentre a Bailey.»

Meredith asintió.

– Entendido. Ah, ¿sabes qué? De camino al parque podemos jugar al «Simon dice». -Arqueó las cejas rojizas con intención-. He encontrado las reglas en internet, seguro que te parecerá fascinante. He dejado la página abierta en el portátil, está en el dormitorio.

Alex se puso en pie, empezaba a acelerársele el corazón.

– Voy a mirarlo. -Había telefoneado a Meredith en cuanto el capitán y reverendo Beardsley se hubo alejado en su coche. Le contó la conversación y puso especial énfasis en la frase «Te veré en el infierno, Simon». Al parecer, Meredith había efectuado una búsqueda mientras Alex vaciaba la sección de juguetes de los almacenes Wal-Mart para que su prima pudiera compartir con Hope juegos terapéuticos.

Alex maximizó la página que Meredith había estado leyendo y ahogó un grito de espanto al empezar a atar cabos. «Simon Vartanian.»

Vartanian. El apellido de Daniel le sonaba muchísimo, pero estaba demasiado preocupada por Bailey para pensar en ello. Luego, mientras aguardaba para ver el cadáver de aquella mujer… él la había tomado de la mano, y Alex notó una sensación familiar cuya calidez la invadió desde lo más profundo. Claro que aún había más cosas. Una cercanía, una complicidad, una… comodidad; era como si lo conociera de antes. Tal vez fuera así.

Vartanian. Ahora recordaba a la familia, con vaguedad. Eran ricos. El padre era un hombre importante; era juez. Recordaba a Simon, también con vaguedad. Era un chico alto y grandote, una bestia. Iba a la misma clase que Wade.

Se sentó a leer el artículo y enseguida se enfrascó en una historia de lo más horripilante. Simon Vartanian había muerto hacía una semana, después de asesinar a sus padres y a muchas otras personas. Simon murió en Filadelfia a manos de un detective llamado Vito Ciccotelli.

La hermana de Simon, Susannah Vartanian, seguía viva. «Ya me acuerdo de ella.» Era una chica cultivada que vestía ropa cara. Susannah era de la misma edad que Alex, pero había estudiado en una cara escuela privada. Ahora ejercía de ayudante del fiscal en Nueva York.

Alex exhaló poco a poco el aire que había estado conteniendo. Simon también tenía un hermano con vida, Daniel Vartanian, que era agente especial del GBI. Alex repasó mentalmente el momento de su encuentro, la completa estupefacción que traslucía el semblante de Daniel. Sabía lo de Alicia y ella pensó que la sorpresa se debía a eso. Sin embargo… «Te veré en el infierno, Simon.»

Se presionó los labios con los nudillos mientras observaba la fotografía de Simon Vartanian en la pantalla del ordenador de Meredith. Los dos hermanos guardaban un ligero parecido. Los dos tenían la misma figura, alta y corpulenta, y ambos poseían la misma mirada penetrante. Sin embargo, la de Simon era cruel, mientras que la de Daniel era… triste. Cansada y muy triste. Sus padres habían muerto asesinados; eso explicaba la tristeza. Pero ¿qué explicaba tal estupefacción al ver su rostro? ¿Qué sabía Daniel Vartanian?

«Te veré en el infierno, Simon.» ¿Qué habría hecho Simon? Alex podía leer lo que había hecho últimamente, y era de lo más inhumano. Pero ¿qué habría hecho en el pasado?

Y ¿qué habría hecho Wade? «Sé lo que me hizo a mí… pero ¿qué hizo junto con Simon?» ¿Qué relación había entre Wade y Simon Vartanian? Y ¿qué tenía que ver eso con Bailey? ¿Y con Alicia? ¿Qué había de la pobre mujer a quien habían encontrado abandonada en una zanja la tarde anterior, asesinada igual que Alicia? ¿Era posible que Wade…?

A Alex el pulso empezó a aporrearle los oídos y de pronto le pareció que la habitación se quedaba sin aire. «Tranquila. Concéntrate en el silencio.» Poco a poco volvió a respirar y a pensar con lógica. El asesino de Alicia se estaba pudriendo en la cárcel, donde tenía que estar. Y Wade… No. No se trataba de un asesinato. No. Fuera lo que fuese, sabía que no se trataba de eso.

También sabía que esa noche iba a ver al agente especial Daniel Vartanian, y que lo obligaría a decirle todo cuanto sabía. Hasta entonces, tenía cosas que hacer.

Atlanta, lunes, 29 de enero, 14.15 horas.

Daniel levantó la cabeza del ordenador cuando Ed Randall entró en su despacho con un aire de descontento.

– Hola, Ed. ¿Qué has averiguado?

– Ese tipo es muy cauteloso. De momento solo hemos encontrado un pelo. Hemos tomado barro de la entrada del desagüe y ahora lo están analizando en el laboratorio. Si bajó de la carretera a la cuneta a esa altura es posible que se le cayera algo.

– ¿Qué hay de la manta marrón? -preguntó Daniel.

– Le han cortado las dos etiquetas -respondió Ed-. Vamos a tratar de encontrar al fabricante del tejido. Es posible que tengamos suerte y logremos averiguar el punto de venta. ¿Algún progreso con la identidad de la víctima?

– Sí. De hecho Felicity ha encontrado en su mano un sello de Fun-N-Sun.

– Así que tú te vas al parque acuático y a mí me toca conformarme y jugar con barro. No es justo.

Daniel sonrió.

– No creo que me haga falta ir al parque acuático. He pasado casi toda la tarde hablando por teléfono con los vigilantes. Han podido darme acceso a su red para que compruebe las grabaciones de las cámaras de seguridad desde mi ordenador.

Ed pareció impresionado.

– Qué grande es la tecnología. ¿Y?

– Hemos visto a una mujer en la cola del quiosco de comida italiana. Lo último que la víctima comió fue pasta. Llevaba una camiseta en la que ponía los violoncelistas no aflojamos la cuerda. La víctima tiene callos en los dedos. En el parque van a revisar los tíquets para comprobar si pagó la comida con alguna tarjeta de crédito. Estoy esperando a que vuelvan a telefonearme. Cruza los dedos.

Daniel echó un vistazo al titular que Corchran había enviado por fax esa mañana.

– ¿El periodista?

– Eso creemos. Si localizas a ese tal Jim Woolf, es posible que estuviera en el escenario antes de que nosotros llegáramos.

– ¿Cómo consiguió marcharse sin ser visto?

– Mi equipo estuvo allí ayer hasta pasadas las once de la noche y esta mañana ha vuelto. Entre las once y las seis ha habido un coche patrulla. Hemos encontrado huellas de zapatos en la carretera, a unos cuatrocientos metros de aquí. Supongo que el periodista aguardó a que todos nos hubiéramos marchado, bajó del árbol y se agazapó hasta que nos hubimos alejado esa distancia, y luego echó a correr.

– Junto a la carretera no hay nada que pudiera ocultarlo. Tuvo que reptar para conseguir escabullirse.

Ed apretó la mandíbula.

– Lo de reptar es muy propio de él. El tipo es una víbora. En ese artículo ha mencionado todo cuanto sabemos. Me han dicho que fuisteis juntos a la escuela.

El tono de Ed sonaba un poco acusatorio, como si Daniel fuera responsable de los actos de Jim Woolf.

– Mi apellido empieza por V y el suyo por W, así que siempre se sentaba detrás de mí. Entonces parecía agradable. Claro que, tal como ha observado Chase con gran perspicacia, debe de haber cambiado. Creo que estoy a punto de averiguar cuánto. -Señaló la pantalla de su ordenador-. Justo estaba buscando información sobre él. Trabajó como contable hasta que su padre murió hace un año y le dejó el Review. Jim es bastante nuevo en el mundo periodístico. A lo mejor podemos conseguir que hable.

– ¿Tienes una flauta? -preguntó Ed con acritud.

– ¿Por qué?

– ¿No es eso lo que usan los encantadores de serpientes?

Daniel hizo una mueca al imaginar la escena.

– Aborrezco las serpientes casi tanto como a los periodistas.

En el rostro de Ed se dibujó una amplia y afable sonrisa.

– Entonces esta tarde vas a pasarlo muy bien.

Dutton, lunes, 29 de enero, 14.15 horas.

– Son mil al mes -anunció la agente inmobiliaria con cierto brillo en la mirada, como si intuyera que acababa de cerrar un trato. Delia Anderson llevaba el pelo tan crespo que no habría podido despeinarla ni una explosión de dinamita-. El primer mes y el último tienen que abonarse al firmar el contrato.

Alex dio un vistazo a la casa de una planta. Resultaba acogedora, tenía dos dormitorios y una cocina en condiciones. Además, estaba a menos de una manzana de un parque muy agradable donde Hope podría jugar… si conseguían que soltara los colores.

– ¿Con todos los muebles?

Delia asintió.

– Incluido el órgano. -Era uno antiguo, de los que reproducían todos los instrumentos de la orquesta-. Puede mudarse mañana.

– Esta noche. -Alex miró los ojos de rapaz de la mujer-. Necesito mudarme esta noche.

Delia sonrió con cautela.

– Supongo que podremos arreglarlo.

– ¿Hay alguna alarma?

– Imagino que no. -Delia pareció inquietarse-. No, no hay ninguna alarma.

Alex frunció el entrecejo al acordarse de la advertencia de Vartanian justo antes de salir de la sala de reconocimiento del depósito de cadáveres. No le gustaban mucho las pistolas, pero el miedo motivaba lo suyo. Había intentado comprar una pistola en la sección de deportes de los almacenes en los que había adquirido los juguetes para las sesiones terapéuticas de Hope, pero el dependiente le había explicado que en Georgia no podía comprarse una pistola si no se era residente. Podía demostrar que lo era con un permiso de conducir expedido en Georgia. Y podía conseguir un permiso de conducir con un contrato de alquiler. «Solucionemos esto de una vez.»

Seguía siendo práctica.

– Ya que no hay alarma, ¿me permitirán tener un perro? -Los perros eran una maravilla a la hora de disuadir a un agresor. Arqueó una ceja-. La alarma costaría dinero al propietario. Si me permiten tener un perro, abonaré una derrama extraordinaria de seguridad.

Delia se mordió el labio.

– Uno pequeño, tal vez. Lo preguntaré a los propietarios.

Alex omitió la sonrisa.

– Hágalo. Si me permiten tener un perro, firmaré ahora mismo.

Delia salió con su móvil y al cabo de dos minutos regresó, de nuevo con su cautelosa sonrisa.

– Trato hecho, guapa. Ya tiene casa.

Dutton, lunes, 29 de enero, 16.15 horas.

Daniel se sentía como si fuera Clint Eastwood al avanzar por Main Street. A su paso las conversaciones se interrumpían y la gente se volvía a mirarlo. Solo le faltaban el poncho y la música inquietante. La semana anterior había estado en pompas fúnebres, en el cementerio y en la casa que sus padres poseían a las afueras de la ciudad. A excepción del funeral y del entierro, se las había arreglado para mantenerse alejado de las miradas ajenas.

Ahora en cambio miraba directamente a los ojos a todo aquel que lo observaba. La mayoría eran personas a quienes conocía, todas habían envejecido. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que estuvo allí. Hacía once años que se había peleado con su padre a causa de las fotografías y se había marchado de Dutton con intención de no volver; claro que emocionalmente había dejado la ciudad el día en que se marchó para estudiar en la universidad, siete años antes de aquello. En todos esos años había cambiado mucho.

Al contrario que Main Street. Pasó ante los curiosos ojos de quienes lo observaban a través de los cristales de la panadería, de la floristería y de la barbería. En el banco de la puerta de la barbería había sentados tres ancianos. Siempre había habido tres ancianos sentados en ese banco, que Daniel recordara. Cuando uno partía al más allá otro ocupaba su lugar. Daniel siempre se había preguntado si existiría una especie de lista de espera oficial para ocupar el banco, como la de las localidades para presenciar los partidos de los Bravos.

Le sorprendió que uno de los tres ancianos se levantara. No recordaba haber visto antes a ninguno que lo hiciera. Sin embargo, el hombre se puso en pie y se encorvó sobre su bastón mientras aguardaba a que Daniel se acercara.

– Daniel Vartanian.

Daniel reconoció la voz al instante y le pareció gracioso sorprenderse a sí mismo irguiendo la espalda al detenerse ante su antiguo profesor de lengua y literatura del instituto.

– Señor Grant.

Uno de los extremos del poblado bigote blanco del hombre se curvó hacia arriba.

– Así que te acuerdas de mí.

Daniel lo miró a los ojos.

– «No te envanezcas, Muerte; algunos te han llamado poderosa y temible, pero no eres así.»

Qué raro que esa fuera la primera cita que acudió a su mente. Daniel pensó en la mujer tendida en el depósito de cadáveres; seguía sin identificar y nadie había denunciado todavía su desaparición.

Tal vez no fuera tan raro.

El otro extremo del bigote de Grant se curvó hacia arriba y el hombre inclinó la cana cabeza a modo de saludo.

– John Donne. Creo recordar que era uno de tus favoritos.

– Ya no tanto. Supongo que he visto demasiados muertos.

– Imagino que sí, Daniel. Todos sentimos mucho lo de tus padres.

– Gracias. Para nosotros han sido momentos difíciles.

– Estuve en el funeral y en el entierro. A Susannah se la veía muy pálida.

Daniel tragó saliva. Ciertamente, su hermana estaba pálida, y tenía buenos motivos.

– Lo superará.

– Claro que sí. Tus padres se encargaron de criar buena descendencia. -Grant hizo una mueca al percatarse de lo que acababa de afirmar-. Joder. Ya sabes a qué me refiero.

Para su propia sorpresa, Daniel esbozó una sonrisa.

– Sé a qué se refiere, señor.

– Simon siempre fue problemático. -Grant se inclinó hacia delante y bajó la voz, aunque Daniel estaba seguro de que todos los ojos de la ciudad estaban posados en ellos-. Leí lo que hiciste, Daniel. Tuviste mucho valor. Te felicito, hijo. Me siento orgulloso de ti.

La sonrisa de Daniel se desvaneció y este volvió a tragar saliva, y esa vez sus ojos se empañaron.

– Gracias. -Se aclaró la garganta-. Veo que ha conseguido ocupar un lugar en el banco de la barbería.

Grant asintió.

– Solo he tenido que esperar a que Jeff Orwell muriera. -Frunció el entrecejo-. El viejo Jeff; aguantó dos años enteros solo porque sabía que yo estaba esperando.

Daniel sacudió la cabeza.

– Hay que ver la cara que tienen algunos.

Grant sonrió.

– Me alegro de verte, Daniel. Fuiste uno de mis mejores alumnos.

– Usted siempre fue uno de mis profesores favoritos, junto con la señorita Agreen. -Arqueó las cejas-. ¿Siguen juntos?

Grant sufrió un arranque de tos y Daniel creyó que tendría que acabar practicándole un masaje cardíaco.

– ¿Lo sabías?

– Todo el mundo lo sabía, señor Grant. Siempre creímos que usted era consciente de ello, y que le daba igual.

Grant exhaló un hondo suspiro.

– La gente tiende a pensar que sus secretos están a salvo -musitó en voz tan baja que a Daniel le costó trabajo oírlo-. La gente es tonta. -Y prosiguió sin apenas voz-. Tú no seas tonto, hijo. -Luego alzó la cabeza, de nuevo sonriente, y retrocedió tambaleándose sobre su bastón-. Me alegro de verte. No te comportes como un extraño, Daniel Vartanian.

Daniel escrutó los ojos de su antiguo profesor; sin embargo, no vio en ellos rastro de lo que segundos antes le había parecido una seria advertencia.

– Lo intentaré. Cuídese, señor Grant. Y haga esperar muchos años al siguiente candidato a ocupar el banco.

– Claro que sí.

Daniel entró en las oficinas del Dutton Review, el verdadero motivo de su visita. Se encontraban justo enfrente de la comisaría, que sería su siguiente destino. En el interior de las oficinas del periódico olía a cerrado y se veían cajas apiladas hasta el techo. Habían despejado una pequeña zona para colocar un escritorio, un ordenador y un teléfono. Detrás del escritorio se sentaba un hombre regordete cuyas gafas reposaban sobre su calva.

Cuatro largas tiras de esparadrapo le cubrían el antebrazo izquierdo como si fueran los galones de un sargento y por encima del cuello de la camisa se entreveía un verdugón de un rojo vivo. Daba la impresión de que el hombre se había enredado con algún objeto y no había salido precisamente airoso. A lo mejor se trataba de un árbol. «Qué casualidad», pensó Daniel.

El hombre levantó la cabeza y Daniel reconoció al chico que se había sentado detrás de él desde el parvulario hasta el último año de instituto. La boca de Jim Woolf esbozó algo muy parecido a una sonrisa de desdén.

– Bueno, bueno. El mismísimo agente especial Daniel Vartanian, en persona.

– ¿Qué tal, Jim?

– Ahora mismo mejor que tú, imagino. Claro que tengo que confesarte que me siento halagado, creía que enviarías a uno de tus esbirros a hacer el trabajo sucio. Sin embargo, aquí estás, de vuelta en el viejo Dutton.

Daniel se sentó en una esquina del escritorio de Woolf.

– No me has devuelto las llamadas, Jim.

Jim posó con cuidado los dedos sobre su abultada barriga.

– No tenía nada que decir.

– Un periodista que no tiene nada que decir. Debe de ser un caso sin precedentes.

– No voy a decirte lo que quieres saber, Daniel.

Daniel abandonó las buenas maneras.

– Entonces te detendré por poner trabas a una investigación.

Jim hizo una mueca.

– Uau. Has lanzado el guante muy deprisa.

– Me he pasado la mañana en el depósito de cadáveres presenciando la autopsia de esa mujer. Eso le arruina el día a cualquiera. ¿Has presenciado alguna vez una autopsia, Jim?

Jim apretó la mandíbula.

– No. Pero no voy a decirte lo que quieres saber.

– Muy bien. Ponte el abrigo.

Jim se irguió en el asiento.

– Estás bromeando.

– En absoluto. Alguien te coló en el escenario del crimen antes de que llegara la policía. Por no hablar del tiempo que estuviste merodeando cerca del cadáver. Y por no hablar de lo que pudiste tocar. O llevarte. -Daniel miró a Jim a los ojos-. Tal vez fuiste tú quien la dejó allí tirada.

Jim se sonrojó.

– No tengo nada que ver con eso y tú lo sabes.

– Yo no sé nada, no estaba allí. En cambio tú sí.

– Tú no sabes dónde he estado. Puede que las fotografías me las diera otra persona.

Daniel se inclinó sobre el escritorio y señaló las tiras de esparadrapo del antebrazo del hombre.

– Perdiste algo por el camino, Jim. La policía científica ha encontrado restos de tu piel en la corteza del árbol. -Jim palideció un poco-. Ahora, o bien me acompañas a la comisaría y pido una orden para realizar una prueba de ADN, o bien me dices cómo supiste que debías trepar a ese árbol ayer por la tarde.

– No puedo decírtelo. Aparte de violar el secreto profesional, si te lo dijera no volverían a soplarme información.

– Así que fue un soplo.

Jim suspiró.

– Daniel… Si supiera quién fue, te lo diría, pero no lo sé.

– Una llamada anónima; qué casualidad.

– Es la pura verdad. Me telefonearon a casa, fue una llamada con identidad oculta. No sabía qué me encontraría cuando llegara allí.

– ¿Quien te llamó era un hombre o una mujer?

Jim negó con la cabeza.

– No, no voy a decírtelo.

Daniel reflexionó. Ya había obtenido más información de la que esperaba.

– Entonces dime cuándo llegaste y qué viste.

Jim ladeó la cabeza.

– ¿Y yo qué gano con eso?

– Una entrevista, en exclusiva. Puedes incluso vendérsela a algún pez gordo de Atlanta.

A Jim se le iluminó la mirada y Daniel supo que había dado en el clavo.

– Muy bien, no es muy complicado. Recibí la llamada ayer, al mediodía. Llegué allí sobre la una, me subí al árbol y esperé. Hacia las dos llegaron los ciclistas y media hora más tarde apareció el agente Larkin. Bajó a la cuneta para dar un vistazo al cadáver, regresó a la carretera y vomitó. Vosotros llegasteis enseguida. Cuando todos os hubisteis marchado, bajé del árbol y volví a casa.

– Después de bajar, ¿cómo volviste a casa?

Jim apretó los labios.

– Con mi mujer, Marianne.

Daniel pestañeó.

– ¿Marianne? ¿Marianne Murphy? ¿Te casaste con Marianne Murphy?

Jim se mostró petulante.

– Sí.

Marianne Murphy era la chica a quien la mayoría consideraban más dispuesta… a hacérselo con cualquiera.

– Muy bien. -Daniel se aclaró la garganta, no tenía ganas de imaginarse a Jim Woolf con la exuberante y pechugona Marianne Murphy-. ¿Cómo llegaste hasta allí?

– También me acompañó ella.

– Quiero verla para confirmar las horas. Y quiero las fotografías que tomaste desde el árbol. Todas.

Con una mirada feroz, Jim extrajo la tarjeta de memoria de su cámara y se la lanzó a Daniel.

Éste la cazó con una mano y se la guardó en el bolsillo a la vez que se ponía en pie.

– Estaremos en contacto.

Jim lo siguió hasta la puerta.

– ¿Cuándo?

– Cuando sepa más cosas. -Daniel abrió la puerta y se detuvo en seco con la mano en el tirador. No daba crédito a lo que veía. Oyó el grito ahogado de Jim tras de sí.

– Santo Dios, si es…

Alex Fallon. Se encontraba al pie de la escalera que conducía a la comisaría con un bolso en la mano. Aún llevaba puesto el traje chaqueta negro. De inmediato irguió la espalda y se volvió despacio hasta que sus miradas se cruzaron. Durante un buen rato se limitaron a mirarse desde ambos lados de Main Street. Alex no sonreía. De hecho, incluso desde la distancia Daniel percibió cómo apretaba los carnosos labios. Estaba furiosa.

Daniel cruzó la calle sin dejar de mirarla a los ojos. Cuando se le plantó delante, ella alzó la barbilla, igual que había hecho por la mañana.

– Agente Vartanian.

A él se le secó la boca.

– No esperaba verla aquí.

– He venido a entregar al sheriff una solicitud para que investiguen la desaparición de Bailey. -Se volvió a mirar a Jim-. ¿Quién es usted?

Jim Woolf avanzó un paso y se colocó junto a Daniel.

– Soy Jim Woolf, del Dutton Review. ¿He oído que va a entregar una solicitud para que investiguen una desaparición? A lo mejor puedo ayudarla. Podríamos imprimir una fotografía de… ¿Ha dicho Bailey? ¿Bailey Crighton ha desaparecido?

Daniel miró a Jim y frunció el entrecejo.

– Márchate.

Pero Alex ladeó la cabeza.

– Déme una tarjeta. Puede que quiera hablar con usted.

De nuevo con petulancia, Jim le entregó una tarjeta.

– Cuando guste, señorita Tremaine.

Alex se estremeció como si acabara de darle un puñetazo en el estómago.

– Fallon. Me llamo Alex Fallon.

– Pues cuando guste, señorita Fallon.

Jim dedicó un saludo a Daniel y se marchó.

Algo había cambiado y a Daniel no le gustó.

– Yo también voy a la estación. ¿Le llevo el bolso?

La forma en que Alex le escrutó el rostro incomodó a Daniel.

– No, gracias.

Empezó a subir la escalera y él no tuvo más remedio que seguirla. Tenía la espalda torcida de tanto como pesaba el bolso, pero ello no le impedía cimbrar las delgadas caderas mientras apresuraba el paso. A Daniel le pareció más sensato centrar sus pensamientos en el bolso. No le costó alcanzarla.

– Va a caerse. ¿Qué lleva ahí? ¿Ladrillos?

– Una pistola y muchas balas, si quiere saberlo.

Se dispuso a seguir subiendo, pero Daniel la aferró por el brazo y la obligó a darse la vuelta.

– ¿Cómo dice?

La mirada de sus ojos color whisky era fría.

– Me ha dicho que corría peligro y lo he tomado en serio. Hay una niña a quien debo proteger.

La hija de su hermanastra. Hope.

– ¿Cómo ha conseguido comprar una pistola? No es residente.

– Ahora sí. ¿Quiere ver mi nuevo permiso de conducir?

– ¿Tiene un permiso de conducir? ¿De dónde lo ha sacado? No vive aquí.

– Ahora sí. ¿Quiere ver mi contrato de alquiler?

Daniel pestañeó, desconcertado.

– ¿Ha alquilado un piso?

– Una casa.

Pensaba quedarse allí bastante tiempo.

– ¿En Dutton?

Ella asintió.

– No me iré hasta que encuentren a Bailey, y Hope no puede vivir en un hotel.

– Ya. ¿Nos vemos a las siete?

– Eso es lo que tenía pensado. Ahora, si no le importa, tengo muchas cosas que hacer hasta entonces.

Subió unos cuantos escalones más antes de que él pronunciara su nombre:

– Alex.

Aguardó hasta que ella se detuvo y se volvió de nuevo.

– ¿Sí, agente Vartanian? ¿Qué desea?

Él hizo caso omiso del tono glacial.

– Alex, no puede entrar en la comisaría con una pistola. Ni siquiera en Dutton. Es un organismo oficial.

Los hombros de Alex se hundieron y su gélida expresión desapareció y dio paso a otra que denotaba agotamiento y vulnerabilidad. Tenía miedo y hacía lo imposible por ocultarlo.

– Lo había olvidado. Tendría que haber venido aquí primero pero quería conseguir el permiso de conducir antes de que cerraran el Departamento de Vehículos Motorizados. No puedo dejar la pistola en el coche y arriesgarme a que me la roben. -Un amago de sonrisa asomó a sus labios sin maquillar y llegó al corazón de Daniel-. Ni siquiera en Dutton.

– Parece cansada. Yo hablaré con el sheriff sobre Bailey. Vuelva a casa y duerma un poco. Nos encontraremos a las siete frente al edificio del GBI. -Bajó la vista al bolso-. Y, por el amor de Dios, asegúrese de que eso lleva puesto el dispositivo de seguridad y guárdelo bajo llave en una caja, donde Hope no pueda encontrarlo.

– He comprado una caja con llave. -Alzó la barbilla, gesto que Daniel empezaba a anticipar-. En urgencias he tenido que tratar a bastantes niños que habían jugado con pistolas, no pienso consentir que mi sobrina corra ningún peligro más. Por favor, llámeme si Loomis se niega a incluir a Bailey en la lista de personas desaparecidas.

– No se negará -aseguró Daniel-. De todos modos, deme su número de móvil.

Alex lo hizo y Daniel se lo aprendió de memoria mientras ella empezaba a bajar la escalera con paso cansino. Cuando llegó a la calle, se volvió a mirarlo.

– A las siete, agente Vartanian.

Algo en su forma de decirlo hizo que, más que confirmar una cita, pareciera que lo estaba amenazando.

– A las siete. Y no se olvide de cambiarse de ropa.

Dutton, lunes, 29 de enero, 16.55 horas.

Mack se retiró el auricular del oído. «La cosa se complica», pensó al ver que Daniel Vartanian seguía con la mirada a Alexandra Tremaine cuando se marchaba en su coche. Un momento; Alex… Fallon. Se había cambiado el nombre.

Le sorprendió oír que había regresado. Esa era una de las ventajas de que Dutton fuera una población pequeña. En cuanto puso un pie en la inmobiliaria de Delia Anderson empezó a correr la voz. «Alexandra Tremaine ha vuelto. La gemela que sobrevivió.»

Su hermanastra, Bailey Crighton, había desaparecido. Él creía estar bastante seguro de adónde se habrían llevado a Bailey, y por qué, pero de momento eso no era asunto suyo. Si era necesario, entraría en acción. Hasta entonces se limitaría a observar y escuchar.

Alex Tremaine había vuelto. Y Daniel Vartanian se interesaba por ella. También tenía que estar atento a eso. Más tarde podría servirle. Menudo comienzo habría supuesto asesinar a la gemela y dejarla exactamente en el mismo lugar. «Ojalá se me hubiera ocurrido antes.» Sin embargo, había empezado por la víctima que él mismo había elegido. Se merecía todo lo que le había ocurrido. Claro que Alex Tremaine habría supuesto una apertura más solemne, pero ya era demasiado tarde para pensarlo.

La primera víctima ya había caído. Arqueó las cejas mientras reflexionaba. «Y ¿qué tal la última?» Sería el broche de oro y el círculo quedaría cerrado. Se lo plantearía.

Por el momento tenía otras cosas que hacer, tenía que ocuparse de otra preciosidad. Ya la había elegido. Muy pronto la policía encontraría otra víctima en una zanja y los «pilares de la ciudad» se encontrarían con más mierda en el portal. Sabía de buena tinta que llevaban todo el día cagados. ¿Quién se vendría abajo primero? ¿Quién confesaría? ¿Quién se cargaría aquel mundo de ensueño en el que vivían?

Se echó a reír al imaginarlo. Pronto sus dos primeros destinatarios recibirían las cartas. Empezaba a divertirse.

Capítulo 5

Dutton, lunes, 29 de enero, 17.35 horas.

– ¡Es preciosa! -Meredith se paseó entusiasmada por la casa.

Hope se encontraba sentada a la mesa. Alex consideró una buena señal que llevara plastilina roja pegada en las uñas.

– Es muy bonita -convino Alex-. Y a menos de una manzana hay un parque con un tiovivo.

Meredith pareció impresionada.

– ¿Un tiovivo de los auténticos? ¿Con caballitos?

– Con caballitos. Lleva allí desde que yo era pequeña. -Alex se sentó en el brazo del sofá-. Esta casa también estaba. Siempre pasaba por delante cuando volvía de la escuela.

Meredith se sentó junto a Hope sin dejar de mirar a Alex.

– Lo dices en tono triste.

– Entonces estaba triste. Siempre pensaba que esto era como una casa de muñecas y que quienes vivían aquí eran muy afortunados, podían montarse en el tiovivo siempre que querían.

– ¿Y tú no?

– No. Cuando mi padre murió dejamos de tener dinero para esas cosas. A mi madre le costaba trabajo reunir lo suficiente para comer.

– Hasta que se fue a vivir con Craig.

Alex hizo una mueca y cerró la puerta de sus recuerdos antes de empezar a oír el primer grito.

– Voy a cambiarme y saldré a comprar comida. Después tengo que marcharme.

Meredith frunció el entrecejo.

– ¿Adónde?

– Voy a investigar. Tengo que intentarlo, Mer; nadie más lo hará.

No era del todo cierto. Daniel Vartanian se había ofrecido a ayudarla. «Veremos lo útil que resulta.»

– Mañana por la noche vuelvo a Cincinnati, Alex.

– Ya lo sé. Por eso trato de resolver todo esto ahora. Cuando vuelva me contarás todas las maravillas a las que Hope y tú habéis jugado para que mañana pueda tomarte el relevo.

Alex entró en el dormitorio, cerró la puerta y extrajo la pistola del bolso. Seguía dentro de la caja. Deseando que dejaran de temblarle las manos, Alex la sacó y volvió mirarla. Había llenado el cargador tal como le enseñó el propietario del establecimiento y había colocado con cuidado el dispositivo de seguridad. Necesitaba un bolso más grande, porque pensaba llevarla siempre encima. No le serviría de nada que estuviera guardada bajo llave en su caja si se encontraba fuera. De momento, tendría que arreglárselas con el bolso.

– ¡Santo Dios, Alex! -Alex se volvió a tiempo de ver a la furiosa Meredith cerrar de un violento portazo la puerta del dormitorio-. ¿Se puede saber qué es eso? -susurró.

Alex se llevó la mano al corazón, que latía acelerado.

– No vuelvas a hacer eso.

– ¿Que no vuelva a hacer eso? -soltó Meredith en voz baja pero aguda-. ¿Me estás diciendo que no vuelva a hacer eso mientras sigues ahí plantada con una puta pistola en la mano? ¿En qué demonios estás pensando?

– En que Bailey ha desaparecido y hay una mujer muerta. -Alex se sentó en el borde de la cama, volvía a respirar-. No quiero acabar igual que ella.

– Joder, tía, no tienes ni idea de cómo manejar una pistola.

– Tampoco tengo ni idea de cómo buscar a personas desaparecidas, ni de cómo cuidar de niñas traumatizadas. Pienso aprenderlo sobre la marcha, Mer. Y no me grites.

– No estoy gritando. -Meredith respiró hondo-. Susurro en voz alta, que es muy distinto. -Se apoyó en la puerta cerrada-. Lo siento, no tendría que haber reaccionado así, pero me he llevado un buen susto al verte con eso. Dime por qué has comprado la pistola.

– He ido al depósito de cadáveres para ver a esa mujer.

– Ya lo sé. Te ha acompañado el agente Vartanian.

Él no le había contado toda la verdad, de eso Alex estaba segura. Sin embargo, sus ojos albergaban una ternura y su tacto le producía una sensación de confort que no podía pasar por alto.

– Él no cree que la desaparición de Bailey sea pura coincidencia. Si quienquiera que haya matado a esa mujer piensa emular el asesinato de Alicia, yo soy la otra actriz que ha regresado al escenario original.

Meredith palideció.

– ¿Adónde irás esta noche, Alex?

– El sheriff de Dutton me envió a buscar a Bailey al centro para personas sin hogar de Atlanta. A Vartanian le parece arriesgado que vaya sola y se ha ofrecido a acompañarme.

Meredith entornó los ojos.

– ¿Por qué? ¿Qué saca él con acompañarte?

– Eso es lo que quiero averiguar.

– ¿Vas a contarle lo que Wade le dijo al capellán del ejército? «Te veré el infierno, Simon.»

– Todavía no lo he decidido. Lo improvisaré sobre la marcha.

– Llámame mientras estés fuera -le ordenó Meredith-. Cada media hora.

Alex deslizó la pistola dentro del bolso.

– He visto la plastilina en las uñas de Hope.

Alex alzó y bajó rápidamente las cejas, como si con el gesto se encogiera de hombros.

– Yo misma le he metido los dedos en la bola para animarla, pero qué va. Podrías comprar más lápices rojos, ya que vas por comida.

Alex suspiró.

– ¿Qué le ha pasado a esa niña, Meredith?

– No lo sé. Alguien tendrá que ir a casa de Bailey a inspeccionar. Si la policía no lo hace, puede ser que Vartanian esté dispuesto.

– No lo creo. Dijo que no podía implicarse si no se lo pedía el sheriff, y de momento Frank Loomis no está resultando de mucha ayuda.

– Puede que la muerte de esa chica cambie las cosas.

Alex se encogió de hombros bajo la chaqueta de su traje.

– Puede. Pero yo no esperaría gran cosa.

Atlanta, lunes, 29 de enero, 18.15 horas.

Daniel seguía con el entrecejo fruncido al salir del ascensor y dirigirse a la sala de reuniones. Frank Loomis estaba demasiado ocupado para recibirlo y al final había tenido que marcharse.

Se sentó a la mesa junto a la que aguardaban Chase y Ed.

– Siento llegar tarde.

– ¿Dónde has estado? -preguntó Chase.

– He tratado de avisarte por el camino, Chase, pero Leigh me ha dicho que estabas en una reunión. Te lo explicaré, lo prometo. -Sacó su cuaderno de anotaciones-. Antes vamos con la reunión. ¿Ed?

Con expresión triunfal, Ed alzó la bolsa de plástico que contenía una prueba. -Una llave.

Daniel aguzó la vista. Medía unos dos centímetros y medio, era plateada y presentaba una capa de barro alrededor del orificio.

– ¿Dónde la has encontrado?

– En el barro que recogimos junto al desagüe. Es nueva, aún se ven las imperfecciones del cerrajero. No creo siquiera que la hayan usado.

– ¿Hay huellas? -quiso saber Chase.

Ed soltó un resoplido.

– Ojalá. No hay ni una.

– Podría haberla perdido cualquiera antes de que dejaran allí el cadáver -observó Chase.

Ed no se inmutó.

– También podría haberla perdido él.

– ¿Qué hay de la manta? -preguntó Daniel-. ¿Sabéis de dónde procede?

– Todavía no. Es una manta de camping, la venden en tiendas de deportes. Es resistente al agua, mantuvo a la víctima bastante seca a pesar de la fuerte lluvia que cayó el sábado.

– ¿Y qué hay del crimen de hace trece años, el de la chica de Dutton? -preguntó Chase-. ¿También estaba envuelta en una manta de camping?

Daniel se frotó la frente.

– No lo sé. Todavía no he conseguido siquiera el expediente policial. Estoy topando contra un muro y no entiendo por qué. -Resultaba preocupante-. Tenemos una pista sobre la víctima, puede que incluso sepamos qué aspecto tenía. -Daniel le contó a Chase en lo que había estado trabajando junto con los vigilantes de Fun-N-Sun-. El vigilante me ha enviado esta fotografía, está un poco granulosa pero se ve bien el rostro. Tiene la altura y tipo apropiados.

– Impresionante -musitó Chase-. ¿Procede de la grabación de seguridad del parque?

– Sí. Me llamó la atención el eslogan de la sudadera. Los vigilantes de seguridad del parque me han telefoneado mientras venía hacia aquí. No han encontrado ningún pago hecho con tarjeta de crédito, así que creen que pagó la comida en efectivo. Van a comprobar las grabaciones de las cámaras de la puerta principal y también nos enviarán copias. Puede que pagara la entrada con tarjeta de crédito. Si mañana por la mañana no hemos conseguido saber quién es, enviaré la foto a los servicios informativos.

– Parece un buen plan -opinó Chase-. Así ¿has perdido el tiempo yendo a Dutton?

– No del todo.

Daniel colocó la tarjeta de la cámara de Jim Woolf sobre la mesa.

– El periodista recibió una llamada anónima en la que le dijeron adónde debía ir y cuándo.

– ¿No le crees? -preguntó Chase.

– No del todo. Me ha mentido sobre unas cuantas cosas y ha omitido otras. Woolf dice que recibió la llamada al mediodía, que llegó allí a la una y que los ciclistas pasaron a las dos.

– De Dutton a Arcadia solo se tarda media hora -observó Ed-. Tuvo tiempo de sobra.

– Normalmente solo se tarda media hora -convino Daniel-. Pero ayer por la mañana cortaron un tramo de ocho kilómetros de la carretera. Solo permitían el paso a los vecinos y para ello comprobaban su identidad y anotaban las matrículas. Woolf me contó que lo había acompañado su mujer, pero por el camino he llamado al sheriff Corchran y su coche no se encuentra entre los que pasaron por el control.

Chase asintió.

– O sea que o bien Woolf llegó antes de las nueve de la mañana o su mujer lo dejó a tres o cuatro kilómetros del escenario del crimen y llegó caminando. Aún pudo subir al árbol antes de las dos, pero para eso tuvo que ir corriendo todo el rato y debió de llegar con el tiempo justo.

– Jim no parece estar muy en forma. Joder, ni siquiera me lo imagino subiéndose al árbol. A eso hay que añadir que llamaron al 911 a las dos y tres minutos -dijo Daniel-. El ciclista que telefoneó ocupaba el puesto sesenta y tres, o sea que era de los últimos. Lo he comprobado con los comisarios de la carrera. El primer ciclista pasó a las dos menos cuarto.

Ed frunció el entrecejo.

– ¿Por qué iba a mentirte el periodista sobre un dato comprobable?

– Creo que no quiere admitir que llegó allí mucho antes y que le dio tiempo de contaminar el escenario. Y si me dijera lo que quiero saber, yo desaparecería. De camino también he llamado a Chloe Hathaway, de la fiscalía. Intentará conseguir una orden para rastrear las llamadas que Jim recibió tanto en el teléfono del Review como en el de su casa y en el móvil. Me apuesto cualquier cosa a que recibió una llamada el domingo temprano. -Daniel suspiró-. Cuando he terminado con Jim Woolf, he ido a la comisaría. Alex Fallon estaba a punto de entrar.

Chase arqueó las cejas.

– Qué interesante.

– Me ha dicho que trataba de que incluyeran a su hermanastra en el archivo de personas desaparecidas. Ha telefoneado varias veces durante el fin de semana pero le dijeron que era probable que la chica se hubiera largado por ahí. Ella está convencida de que la desaparición de su hermanastra y el crimen de Arcadia están relacionados, y yo tiendo a pensar lo mismo.

– Yo no tiendo a pensar lo contrario -repuso Chase-. ¿Y?

– Le he dicho que yo me encargaría de hablar con el sheriff. -Daniel quiso que se lo tragara la tierra cuando Chase arqueó aún más las cejas-. De todos modos iba a entrar, Chase. He pensado que podía hablar con Frank Loomis y averiguar si han obviado contarle algo a Alex, si hay algún motivo para que estén tan seguros de que Bailey se ha marchado de casa por voluntad propia.

– ¿Pero? -preguntó Chase.

– Pero la secretaria no paraba de decirme que me atendería en unos minutos. Al final me he marchado. O Frank no estaba o se ha negado a recibirme y la secretaria no ha querido decírmelo abiertamente. De cualquier forma me estaban dando largas, y no me gusta que me hagan eso.

– ¿Has solicitado el expediente policial del caso Tremaine? -preguntó Ed.

– Al final sí. Wanda, la secretaria de Frank, me ha dicho que estaba archivado y que le llevaría bastante tiempo encontrarlo. Ha dicho que me llamaría dentro de unos días.

– Hombre, el expediente es de hace trece años -observó Chase, pero Daniel sacudió la cabeza.

– Estamos hablando de Dutton, los expedientes no ocupan naves enteras. Todo cuanto Wanda tenía que hacer era bajar al sótano y encontrar la caja en la que está guardado. Se me ha quitado de encima.

– ¿Qué piensas hacer, Daniel? -quiso saber Chase.

– Cuando he hablado con Chloe sobre la orden para rastrear las llamadas de Jim Woolf le he pedido si había alguna forma rápida de conseguir ese expediente. Me ha dicho que si el miércoles no había recibido respuesta se encargaría del tema. Sé que a Frank Loomis no le gusta que nadie se entrometa en sus asuntos, pero no es propio de él darme largas de esta forma. Estoy empezando a preocuparme de verdad, a ver si el que ha desaparecido es él.

– ¿Y la hermanastra de Fallon? -preguntó Ed-. ¿La han incluido en el archivo?

– Sí, aunque Wanda me ha dicho que no van a dedicar recursos a buscarla. Dice que Bailey Crighton está fichada por posesión de drogas y consumo en vía pública. Ha estado varias veces en programas de rehabilitación. Es una drogadicta.

– Entonces es posible que se haya largado de casa -apuntó Chase en tono amable-. De momento, centrémonos en la víctima.

– Ya. -Daniel no pensaba mencionar que tenía previsto acompañar a Alex Fallon a Peachtree-Pine-. Según Felicity las contusiones junto a la boca fueron producidas tras la muerte, por lo que creo que se las hicieron expresamente para que las viéramos. Se han encontrado pruebas de agresión sexual pero nada de fluidos. Murió en algún momento comprendido entre las diez de la noche del jueves y las dos de la madrugada del viernes, y tenía bastante Rohipnol en el cuerpo para dar positivo en el análisis. En los viejos artículos sobre el asesinato de Alicia Tremaine pone que dio positivo de GHB, o sea que a las dos víctimas les administraron fármacos para violarlas.

Chase soltó un resoplido.

– Mierda. Lo copia en todo.

– Sí, ya lo sé. -Daniel miró el reloj. Alex llegaría de un momento a otro. No podía quitarse de encima la sensación de que la habían hecho viajar hasta allí por algún motivo. Por lo menos podía encargarse de protegerla mientras buscaba a Bailey en un antro como Peachtree-Pine-. Es todo cuanto tengo por el momento. Nos reuniremos mañana a la misma hora.

Atlanta, lunes, 29 de enero, 19.25 horas.

Alex no había llegado a aparcar frente al pequeño edificio de dos plantas en un tranquilo barrio de Atlanta cuando Daniel Vartanian se asomó a la ventanilla de su coche. Bajó el cristal y él se agachó para situarse a su altura.

– No tardaré -dijo-. Gracias por seguirme hasta mi casa. Puede dejar el coche aquí, así luego la vuelta no será tan larga.

Tenía los ojos de un azul intenso y la mirada centrada en el rostro de Alex, y esta se descubrió mirándolo demasiado de cerca. Tenía la nariz afilada y una boca de gesto firme; con todo, en conjunto sus marcados rasgos le conferían un aspecto atractivo. Recordó cómo la había tomado de la mano, y luego recordó que era probable que supiera más cosas de las que le había contado.

– Le agradezco que se haya ofrecido a acompañarme.

Una de las comisuras de los labios de él se arqueó y suavizó la dureza de sus facciones.

– Tengo que cambiarme de ropa y sacar al perro. Puede entrar o bien esperarme sentada fuera, pero está refrescando.

Era cierto. El sol se había ocultado y el ambiente era bastante frío. Aun así, pudo más la prudencia.

– No se preocupe, le esperaré aquí.

Él arqueó una de sus cejas rubias.

– Alex, si se fía de mí para que la acompañe a Peachtree-Pine, le garantizo que mi sala de estar es bastante más segura. De todos modos, haga lo que guste.

– Mirándolo así… -Cerró la ventanilla, cogió el bolso y cerró el coche. Cuando levantó la cabeza vio que Vartanian miraba el bolso con recelo.

– No quiero saber si ahí dentro hay algo peligroso porque, a menos que tenga permiso para llevar un arma oculta, estaría infringiendo la ley.

– No sería muy acertado por mi parte -respondió Alex con un parpadeo, y a él estuvo a punto de escapársele la risa.

– Claro que si quiere dejar el bolso en mi residencia privada… estoy de acuerdo.

– ¿En su casa no hay niños?

Él la tomó por el codo y la guió hacia la acera.

– Conmigo solo vive Riley, pero como no tiene pulgares, no hay peligro. -Abrió la puerta de entrada y desconectó la alarma-. Aquí está.

Alex se echó a reír al ver al basset de aspecto alicaído sentado, bostezando.

– ¡Qué monada!

– Sí, bueno, tiene momentos de todo. No le dé nada de comer.

Y, con esa extraña advertencia, Vartanian echó a correr escalera arriba y dejó a Alex sola en la sala de estar. Era una estancia bastante agradable, más confortable que la que había dejado en Cincinnati; claro que para eso no hacía falta gran cosa. El enorme televisor de pantalla plana ocupaba la posición central. En el comedor predominaba la mesa de billar, y en una esquina había un brillante mueble bar de caoba con sus taburetes y un cuadro de la serie Perros jugando al póquer colgado en la pared.

Alex se echó a reír de nuevo, y se asustó al notar que algo le rozaba la pantorrilla. No lo había oído acercarse; Riley se encontraba junto a ella y la miraba de forma conmovedora. Acababa de agacharse para rascarle las orejas cuando apareció Vartanian con un aspecto completamente distinto: vestía unos tejanos desteñidos y una sudadera de los Bravos de Atlanta. En la mano llevaba una correa.

– Le cae bien -dijo-. No cruza de un lado a otro de la habitación por cualquiera.

Alex se puso en pie cuando Vartanian se inclinó para insertar la correa en el collar del perro.

– Voy a comprarme un perro -anunció-. Está en la lista de cosas que tengo que hacer mañana.

– Eso me tranquiliza mucho más que pensar que su seguridad depende de una pistola.

Ella alzó la barbilla.

– No soy estúpida, agente Vartanian. Sé muy bien que un perro ladrador es más disuasivo que una pistola mal empuñada. Con todo, la protección nunca está de más.

Él sonrió. Luego se levantó y tiró de la correa para conducir a Riley hacia la puerta.

– En eso tiene razón, Alex. ¿Quiere venir con nosotros? Me parece que a Riley le apetece.

Riley se había tumbado boca abajo en el suelo, arrastraba las orejas y señalaba a Alex con la nariz. La miró con ojos soñolientos Alex no pudo evitar echarse a reír de nuevo.

– Menudo comediante. Claro que yo estaba pensando en un perro más activo. Un perro guardián.

– Lo crea o no, el tío se mueve cuando le da la gana.

Riley se deslizó entre los dos cuando Vartanian los guió hacia la puerta y por el camino de entrada a la casa.

– Ahora se mueve -convino Alex-. Aun así, no es precisamente un perro guardián.

– No, es cazador. Ha ganado varios premios. -Caminaron en agradable silencio durante un rato. Luego Vartanian le hizo una pregunta-: ¿Le gustan los perros a su sobrina?

– No lo sé. Tan solo hace dos días que la conozco y de momento no se ha mostrado muy… sociable. -Alex frunció el entrecejo-. No sé si le dan miedo los perros; ni siquiera sé si es alérgica a algo. No tengo su historial médico. Mierda, también tengo que añadir eso a la lista.

– Antes de comprarse un perro observe cómo reacciona con Riley. Si se asusta de este perro, cualquier otro la asustará aún más.

– Espero que le gusten los perros. Tengo ganas de lograr que se interese por algo. -Alex suspiró-. Maldita sea; quiero ver que hace algo más que pasarse el día pintando.

– ¿Pinta?

– Está obsesionada. -Antes de que se diera cuenta, Alex le había contado toda la historia y se encontraban de nuevo en la sala de estar-. Ojalá supiera al menos qué vio esa niña. Me horroriza pensarlo.

Riley se dejó caer en el suelo con un exagerado suspiro y los dos se agacharon a rascarle las orejas a la vez.

– No suena demasiado bien -opinó él-. ¿Qué va a hacer cuando su prima vuelva a casa mañana?

– No lo sé. -Alex miró los amables ojos de Daniel Vartanian y de nuevo sintió que estaban en contacto a pesar de que esta vez él no la tocó-. No tengo ni idea.

– Y eso le asusta -añadió él con suavidad.

Ella asintió con tirantez.

– Parece que últimamente hay muchas cosas que me asustan.

– Estoy seguro de que el psicólogo del departamento podrá recomendarle un especialista para la niña.

– Gracias -musitó ella, y al mirarlo notó que algo había cambiado en la relación; algo se había asentado. Y Alex respiró tranquila por primera vez en todo el día.

Vartanian tragó saliva. Luego se levantó y puso fin al mágico instante.

– Sigue llevando una chaqueta demasiado elegante para ir a donde vamos. -Daniel se dirigió al ropero y empezó a mover perchas con más fuerza de la que probablemente era necesaria. Al final sacó una cazadora de piel de cuando iba al instituto-. Entonces estaba más delgado. Puede que no la tape del todo.

La sostuvo en alto y Alex se despojó de su chaqueta para colocarse aquella. Olía igual que él, y ella sintió el impulso de husmear la manga con tanta delicadeza como Riley.

– Gracias.

Él asintió pero no dijo nada. Conectó la alarma y cuando hubieron salido cerró la puerta con llave. Al llegar al coche volvió a mirarla y ella contuvo la respiración. Su mirada era tan penetrante como de costumbre; no obstante, en ella se veía ahora algo más, un anhelo que debería asustarla pero que en lugar de eso la fascinaba.

– Ha sido muy amable conmigo, agente Vartanian, mucho más de lo que tiene obligación de ser. ¿Por qué?

– No lo sé -respondió él, en voz tan baja que ella se estremeció-. No tengo ni idea.

– Y… ¿eso le asusta? -preguntó ella, repitiendo intencionadamente sus palabras.

Una de las comisuras de los labios de él se curvó en una extraña mueca que ella empezaba a comprender.

– Digamos qué… piso un terreno poco conocido. -Le abrió la puerta del coche-. Vamos a Peachtree-Pine. Todavía hace bastante frío por las noches y muchos vagabundos de la ciudad se resguardan en los centros de acogida. Hacia las seis ya suelen estar llenos; a la hora que nosotros lleguemos habrán terminado de servir la cena. Así será más fácil buscar a Bailey.

Ella aguardó a que él se hubiera sentado ante el volante.

– Ojalá tuviera una foto reciente. Sé que en la peluquería donde trabaja hay una, la del título de esteticista. He estado tan ocupada que se me ha olvidado llamar, y ahora ya está cerrada.

Él se sacó un papel doblado del bolsillo de la camisa.

– He buscado su permiso de conducir antes de salir del despacho. No tiene mucho glamour pero al menos es reciente.

A Alex se le formó un nudo en la garganta. En la foto se veía a Bailey, con sus ojos claros, sonriente.

– Oh, Bailey.

Vartanian le lanzó una perpleja mirada de soslayo.

– No pensaba que se la viera tan mal.

– No, se la ve bien. Me siento al mismo tiempo tan aliviada y tan… triste. La última vez que la vi estaba muy fuera de sí. No he dejado de desear poder volver a verla tal como está ahí. -Alex frunció los labios-. Puede que ahora esté muerta.

Vartanian le oprimió ligeramente el hombro.

– No piense eso. Sea positiva.

Alex exhaló un hondo suspiro, notaba un hormigueo en el hombro debido al contacto con él. Eso era algo positivo en lo que podía pensar.

– De acuerdo. Lo intentaré.

Atlanta, lunes, 29 de enero, 19.30 horas.

Ahora estaba casada con un corrector de bolsa a quien había conocido en la universidad. Ella había estudiado en la universidad mientras él… «Mientras yo me pudría en la cárcel.» La lista negra se había hecho un poco más extensa durante su injusta condena. Ella ocupaba una de las primeras posiciones.

Oyó su taconeo en el suelo de hormigón al salir del ascensor y penetrar en el aparcamiento. Esa noche iba de punta en blanco. Llevaba un abrigo de visón y un perfume de los que probablemente treinta mililitros costaban cuatrocientos dólares. Las perlas que adornaban su cuello brillaban bajo la luz de la claraboya mientras se situaba ante el volante.

Aguardó con paciencia a que hubiera cerrado la puerta y el motor estuviera en marcha. Entonces, como una exhalación, le colocó el cuchillo en la garganta y le introdujo un pañuelo en la boca.

– Conduce -le ordenó en voz baja, y se echó a reír cuando ella, con los ojos como platos, lo obedeció. Le dijo adónde debía ir, dónde debía torcer, regocijándose al observar el terror en su mirada cada vez que la dirigía al retrovisor. No lo había reconocido y, aunque en la vida cotidiana eso le resultaba muy útil, quería que supiera con exactitud quién decidía sobre su vida. Y sobre su muerte.

– No me digas que no me conoces, Claudia. Piensa en la noche de tu fiesta de graduación. No hace tanto tiempo. -Su mirada se desbocó y él supo que había comprendido lo que le aguardaba. Se rió en silencio-. Ya sabes que no puedo dejarte con vida. De todos modos, si te sirve de consuelo, no lo habría hecho.

Lunes, 29 de enero, 19.45 horas.

Bailey pestañeó; se estaba despertando. Notaba el frío suelo contra la mejilla. Oyó los pasos en el vestíbulo. Se estaba acercando. «Otra vez no.»

Se cubrió con los brazos anticipando la luz. Y el dolor. Sin embargo la puerta no se abrió. En vez de eso, oyó abrirse otra puerta y el ruido sordo de un peso muerto cuando otra persona fue arrojada dentro de la celda contigua. Oyó un gemido de dolor. Parecía la voz de un hombre.

Entonces él habló desde el vestíbulo, la voz le temblaba de ira.

– Volveré dentro de unas horas. Piensa en lo que te he dicho. En lo que te he hecho. En lo mal que te sientes ahora. Y piensa en la forma correcta de contestar a mis preguntas la próxima vez.

Bailey apretó la mandíbula, temerosa de echarse a gritar, de atraer de algún modo su atención. Sin embargo, la puerta de la celda de al lado se cerró y todo quedó en silencio.

Esa vez se había librado. De momento no la golpearía ni la castigaría por negarse con insolencia a decirle lo que quería saber. La persona de la celda contigua volvió a gemir, su voz era muy lastimera. Al parecer otra presa había caído en sus redes.

Nadie iba a acudir en su busca. Nadie la echaba de menos. «Nunca volveré a ver a mi hija.» Las lágrimas le arrasaron los ojos y empezaron a rodarle por las mejillas. No le serviría de nada gritar. La única persona que podía oírla también estaba encerrada.

Atlanta, lunes, 29 de enero, 21.15 horas.

– ¿Bailey Crighton? -La mujer que se había presentado como la hermana Anne depositó una bandeja llena de platos sucios sobre la encimera de la cocina-. ¿Qué quiere de ella?

Frente a ella se encontraba Alex Fallon, aferrando la fotografía del permiso de conducir de Bailey que ya había mostrado en otros cuatro centros de acogida.

– La estoy buscando. ¿La ha visto?

– Depende. ¿Es usted policía?

Alex sacudió la cabeza.

– No -respondió, y Daniel reparó en que había obviado referirse a él.

Ver a Alex Fallon en acción resultaba una experiencia de lo más instructiva. No había mentido en ninguno de los lugares donde habían estado; sin embargo, tendía a decir solo lo estrictamente necesario y dejaba que la gente creyera lo que quisiera. No obstante, ahora se sentía cansada y desanimada, y Daniel percibió un temblor en su voz que le hizo desear que las cosas fueran mejor. Quería arreglarlo de algún modo.

– Soy enfermera. Bailey es mi hermanastra y ha desaparecido. ¿La ha visto?

La hermana Anne dirigió una recelosa mirada a Daniel.

– Por favor -articuló él en silencio, y la mirada de la hermana se suavizó.

– Viene todos los domingos. Ayer faltó por primera vez en años enteros. Estaba preocupada.

Era la primera vez que alguien afirmaba haber visto a Bailey, aunque Daniel creía que varias personas la habían visto y tenían demasiado miedo para admitirlo.

– ¿Viene aquí los domingos? -se extrañó Alex-. ¿Por qué?

La hermana Anne sonrió.

– Hace las mejores tortitas de toda la ciudad.

– Suele hacer tortitas con forma de cara sonriente para los niños -terció una mujer al entrar con otra bandeja llena de platos sucios-. ¿Qué le pasa a Bailey?

– Ha desaparecido -explicó la hermana Anne.

– Así, ¿trabaja aquí como voluntaria? -preguntó Daniel, y la hermana Anne meneó la cabeza.

– Lleva haciéndolo cinco años, desde que dejó las drogas. ¿Cuántos días hace que desapareció?

– Desde el jueves por la noche. -Alex irguió la espalda-. ¿Conocen a Hope?

– Claro. Esa muñeca habla de maravilla, me encanta escucharla. -De repente, frunció el entrecejo y los miró con los ojos entornados-. ¿Hope también ha desaparecido?

– No. Vive conmigo y con mi prima -se apresuró a aclarar Alex-. Pero no está bien. No ha pronunciado una sola palabra desde el sábado, que fue cuando yo llegué.

La hermana Anne la miró, perpleja.

– Es rarísimo. Explíqueme qué ha ocurrido.

Alex lo hizo y la hermana Anne empezó a sacudir la cabeza.

– Es imposible que Bailey haya abandonado a la niña. Hope era toda su vida. -Suspiró-. Hope le salvó la vida.

– Así, ¿Bailey empezó a acudir aquí con regularidad cuando dejó las drogas? -quiso saber Daniel.

– Sí. Aquí y al centro de metadona que hay más arriba, en esta misma calle. Claro que eso ya ha pasado a la historia. Llevo treinta años viendo a drogadictos que van y vienen. Sé reconocer quién es capaz de dejarlo y quién no, y Bailey era capaz. Venir aquí todas las semanas era su forma de conservar la sensatez, de hacerle recordar quién era para no volver a caer. Estaba forjando un porvenir para ella y para su hija. Por nada del mundo habría abandonado a Hope. -Se mordió el labio, indecisa-. ¿Ha hablado con el padre?

– ¿Con el padre de Hope? -preguntó Alex, vacilante.

– No. -La hermana Anne miró a Alex con perspicacia-. Con el de Bailey.

Alex se puso tensa y Daniel notó que el desánimo que sentía se había convertido en miedo.

– ¿Alex? -musitó tras ella-. ¿Se encuentra bien?

Ella hizo un brusco gesto de asentimiento.

– No, no he hablado con su padre. -Su tono era frío, cauteloso, y Daniel ya sabía que eso significaba que tenía miedo-. ¿Sabe dónde está?

La hermana Anne exhaló un profundo suspiro.

– Por ahí, en alguna parte. Bailey no tira la toalla y sigue esperando que cambie y regrese a casa. Sé que pasa horas y horas buscándolo por todos los rincones de la ciudad. -Dirigió a Alex una mirada de soslayo-. Aún vive en la antigua casa de Dutton, aguardando a que regrese.

Alex se puso aún más tensa; se sentía más asustada. Daniel dio rienda suelta a las ganas de tocarla que había estado reprimiendo desde que la mirara a los ojos en la sala de estar de su casa. Necesitaba volver a conectar con ella, hacerle saber que estaba allí, que no estaba sola y que no tenía nada que temer. Posó las manos en sus hombros y la atrajo hacia sí con suavidad hasta que ella se apoyó en él.

– Odio esa casa -susurró.

– Ya lo sé -susurró él a su vez. Y de verdad lo sabía. Sabía a lo que se refería al decir «esa casa» y lo que allí había ocurrido. Daniel había leído los artículos que Luke había impreso y sabía lo de la madre de Alex; que había puesto fin a su vida disparándose en la cabeza con un 38, que Alex había encontrado su cadáver. Todo el mismo día en que descubrieron el cuerpo de Alicia.

La hermana Anne escrutaba a Alex.

– Bailey también la odia, querida. Pero sigue esperando que su padre regrese.

Alex se había echado a temblar y Daniel la aferró con más fuerza.

– ¿Ha regresado alguna vez?

– No. Por lo menos a mí no me lo ha dicho.

Alex irguió los hombros y se apartó lo suficiente para dejar de apoyarse en él.

– Gracias, hermana. Si tiene noticias, ¿me avisará? -Rasgó una esquina de la hoja en la que aparecía impresa la fotografía de Bailey y anotó en ella su nombre y su número de móvil-. Ah, y ¿puede hablar con Hope? Nosotras no hemos sido capaces de hacerla reaccionar.

La sonrisa de la hermana Anne denotaba compasión y tristeza.

– No deseo hacer otra cosa. Claro que yo ya no conduzco, me resultará difícil llegar a Dutton.

– La traeremos aquí -se ofreció Daniel, y Alex se volvió a mirarlo con una sorprendida expresión de gratitud-. Si no era recomendable que usted viniera sola, menos lo es que venga sola con Hope.

– Bailey venía sola con Hope -protestó ella.

– Bailey conocía bien la zona, usted no. ¿Cuándo le iría bien, hermana?

– Cuando quieran. Yo estoy siempre aquí.

– Entonces vendremos mañana por la noche. -Daniel oprimió ligeramente los hombros de Alex-. Vamos.

Se dirigieron a la puerta, donde una joven los detuvo. No debía de tener más de veinte años pero sus ojos, como los de todas las demás mujeres del lugar, aparentaban mucha más edad.

– Disculpe -dijo-. Le han oído decir en la cocina que es usted enfermera.

Daniel observó en ella un cambio. Dejó de lado el miedo y al instante se centró en la mujer que tenía enfrente. Asintió mientras la examinaba con la mirada.

– Sí. ¿Se encuentra mal?

– Yo no, mi hija pequeña. -La mujer señaló una cuna entre una miríada de ellas, en la que había una niña ovillada-. Tiene una especie de erupción en el pie y le duele mucho. Me he pasado todo el día en el hospital pero hay que estar aquí antes de las seis, si no las camas se llenan.

Alex posó una mano en su espalda.

– Voy a echarle un vistazo. -Daniel la siguió, sentía curiosidad por verla en acción-. ¿Cómo se llama usted? -preguntó a la madre.

– Sarah. Sarah Jenkins. Esta es Tamara.

Alex sonrió a la niña, que aparentaba unos cuatro o cinco años.

– Hola, Tamara. ¿Me dejas ver el pie? -Actuó con eficacia y dulzura al examinar a la niña-. No es importante -diagnosticó, y la madre se quedó tranquila-. Es un exantema. De todos modos, parece originado por un corte. ¿Le han puesto la antitetánica hace poco?

Tamara la miró con horror.

– ¿Tienen que ponerme una inyección?

Alex pestañeó.

– Eres muy lista, Tamara. ¿Qué dice mamá? ¿Se la han puesto hace poco?

Sarah asintió.

– Justo antes de Navidad.

– Entonces no hace falta -dijo a Tamara, que pareció aliviada. Alex miró a la hermana Anne-. ¿Tienen alguna pomada?

– Solo Neosporín.

– Tiene el pie bastante inflamado, el Neosporín no le hará gran cosa. Cuando vuelva traeré algo más fuerte; mientras, lávenle la herida con regularidad y manténganla tapada. ¿Tienen gasas?

La monja asintió.

– Unas pocas.

– Úselas, le traeré más. Y nada de rascarte, Tamara.

Tamara se mordió el labio con un mohín.

– Me pica.

– Ya lo sé -respondió Alex con amabilidad-. Es cuestión de que te convenzas de que no te pica.

– ¿Tengo que mentir? -preguntó Tamara, y Alex puso mala cara.

– Bueno… Más bien es un truco. ¿Has visto alguna vez a un mago meter a alguien en un armario y hacerlo desaparecer?

Tamara asintió.

– En los dibujos.

– Pues eso mismo es lo que tienes que hacer tú. Tienes que imaginarte que metes todo el picor en un armario y… cieeerras la pueeerta. -Imitó el gesto con las manos-. Así quedará atrapado dentro y ya no lo tendrás tú. Una chica lo bastante lista para pronunciar «inyección» tiene que ser capaz de encerrar el picor en un armario.

– Lo intentaré.

– Puede que tengas que intentarlo varias veces. Al picor no le gusta nada que lo encierren en un armario. Tendrás que concentrarte. -Daba la impresión de hablar por propia experiencia-. Y no te frotes los ojos con los dedos. Eso también es importante.

– Gracias -dijo la madre cuando Alex se puso en pie.

– No tiene importancia. Es una niña muy lista.

Sin embargo, Alex había conseguido tranquilizar a la madre y a Daniel le pareció que eso sí era importante. Además, al ayudar a la mujer había apartado de sí el miedo.

– Hasta mañana, hermana.

La hermana Anne asintió.

– Aquí estaré. Yo siempre estoy aquí.

Dutton, lunes, 29 de enero, 22.00 horas.

Los caballitos se veían preciosos bajo la luz de la luna. De niño le gustaba mucho ir a ese parque. Claro que ya no era ningún niño, y sentado en aquel banco sintió que la idea de inocencia asociada al parque se burlaba de él, de la errada dirección que había tomado su vida.

El banco se tambaleó un instante y volvió a recuperar la estabilidad bajo el peso de la otra persona que se había sentado en él.

– Tú eres tonto -musitó, con los ojos fijos en el tiovivo-. Una cosa es que esta mañana me hayas llamado por teléfono, pero lo de presentarte aquí… Si alguien nos ve…

– Mierda. -El susurro denotaba miedo-. Me han mandado una llave.

Él dio un respingo.

– ¿Una llave de verdad?

– No, es un dibujo. Pero da la impresión de encajar.

Era cierto. Posó la vista en el dibujo. Encajaba a la perfección.

– Así que alguien lo sabe.

– Estamos acabados. -Esta vez fue un susurro estridente-. Iremos a la cárcel. Yo no puedo ir a la cárcel.

Ni él ni los demás. «Antes la muerte.» No obstante, infundió a sus palabras un tono seguro y tranquilizador.

– Nadie va a ir a la cárcel. Todo saldrá bien. Es probable que solo quieran dinero.

– Tenemos que decírselo a los demás, necesitamos un plan.

– No, no vamos a decir nada a nadie. No levantes la cabeza ni abras la boca, saldremos de esta. -Hablar no era bueno. Uno de ellos había hablado y él lo había obligado a callar; para siempre. Podía volver a hacerlo, y lo haría-. De momento que no cunda el pánico. Y mantente alejado de mí. Si te cagas, nos matarán a todos.

Capítulo 6

Atlanta, lunes, 29 de enero, 22.15 horas.

Daniel Vartanian detuvo el coche en el camino de entrada de su casa.

– ¿Se encuentra bien? -En la oscuridad de la cabina, su voz sonó profunda y sosegada-. Ha estado muy callada.

Era cierto; había estado muy callada mientras se esforzaba por procesar los pensamientos y los miedos en los que su mente se debatía.

– Estoy bien, he estado pensando. -Se acordó de sus modales-. Gracias por acompañarme esta noche -dijo-. Ha sido muy amable.

Daniel tenía la mandíbula tensa cuando, tras rodear el coche, abrió la puerta del acompañante. Ella lo siguió hasta la casa y aguardó a que desconectara la alarma.

– Entre. Le devolveré la chaqueta.

– Y el bolso.

Él sonrió con desánimo.

– Ya sabía yo que no se le iba a olvidar.

Riley se irguió y volvió a bostezar. Cruzó la habitación con paso cansino y se dejó caer a los pies de Alex. A Vartanian estuvo a punto de escapársele la risa.

– Y eso que no es una chuleta de cerdo -musitó.

Alex se agachó para rascar las orejas a Riley.

– ¿Ha dicho «chuleta de cerdo»?

– Es una broma entre Riley y yo. Voy por el abrigo. -Suspiró-. Y el bolso.

Alex lo observó marcharse y sacudió la cabeza. Nunca había comprendido del todo a esas criaturas llamadas hombres. Claro que tampoco tenía mucha práctica. Richard había sido su primera pareja sin contar a Wade, y a este nunca lo tenía en cuenta. Eso sumaba… una. Y ¿no era Richard todo un ejemplo de delicadeza para con el sexo opuesto? Más bien… no.

Al pensar en Richard siempre se desanimaba. Le había fallado casándose con él, nunca había logrado comportarse como la persona que él necesitaba ni ser la clase de esposa que ella misma habría deseado.

A Hope no le fallaría. La hija de Bailey tendría como mínimo una vida digna, con o sin su madre. Ahora, además de asustada se sentía alicaída. Miró alrededor buscando en la sala de estar de Vartanian algo que la distrajera y se fijó en el cuadro colgado detrás del mueble bar. Le pareció gracioso.

– ¿Qué pasa? -preguntó él mientras aguardaba con la chaqueta de Alex doblada sobre el brazo, como si fuera un maître.

– El cuadro.

Él sonrió; el gesto lo rejuvenecía.

– Eh, Perros jugando al póquer es un clásico.

– No lo sabía. Lo hacía un hombre de gustos artísticos más sofisticados.

La sonrisa de Daniel se desvaneció.

– No me tomo el arte muy en serio.

– A causa de Simon -dijo ella en tono quedo. El hermano de Daniel había sido artista.

Lo poco que quedaba de su sonrisa terminó de extinguirse e hizo que su semblante se tornara serio y angustiado.

– Lo sabe.

– He leído los artículos en internet. -Leyó que Simon había asesinado a varias personas, entre las que se encontraban los padres de Daniel. Leyó cómo Daniel contribuyó a la captura y la muerte de Simon.

«Te veré en el infierno, Simon.» Tenía que decírselo.

– Agente Vartanian, tengo cierta información que debe conocer. Esta mañana, al salir del depósito de cadáveres, he ido a casa de Bailey. Allí he conocido a un hombre, un pastor, y también un militar.

Él se sentó en un taburete del mueble bar, depositó la chaqueta y el bolso sobre la barra y centró sus intensos ojos azules en el rostro de Alex.

– ¿Un pastor y un militar han ido a casa de Bailey?

– No. El pastor es militar, es capellán del ejército. Bailey tenía un hermano mayor. Se llamaba Wade. Murió hace un mes en Iraq.

– Lo siento.

Ella frunció el entrecejo.

– Yo no estoy segura de sentirlo. Supongo que lo considerará muy feo por mi parte.

Algo en su mirada se tornó compasivo.

– No, en absoluto. ¿Qué le ha dicho el capellán?

– El padre Beardsley estaba con Wade cuando murió. Escuchó su última confesión y escribió tres cartas que él le dictó, una dirigida a mí, otra a su padre y la última a Bailey. Beardsley envió las cartas para Bailey y para su padre a la casa donde Bailey aún vive. No envió la mía porque no tenía mi dirección. Me la ha dado hoy.

– Bailey debió de recibir las cartas hace unas semanas. Resulta interesante la coincidencia de fechas.

– Le dije a Beardsley que Bailey había desaparecido pero él no quiso revelar lo que Wade le había dicho en su última confesión. Le rogué que me contara algo, cualquier cosa que pudiera ayudarme a encontrar a Bailey, algo que no considerara confidencial. Antes de morir, Wade dijo: «Te veré en el infierno, Simon».

Exhaló un suspiro y observó que Vartanian palidecía.

– ¿Wade conocía a Simon?

– Eso parece. Usted también sabe más cosas de las que me ha dicho, agente Vartanian, se le nota en la cara. Quiero saber qué es.

– Hace una semana asesiné a mi hermano, si eso no se me notara en la cara no sería humano.

Alex frunció el ceño.

– No lo mató usted, en el artículo ponía que lo hizo otro detective.

Él parpadeó.

– Los dos disparamos a la vez. El otro tío tuvo más suerte, eso fue todo.

– O sea que no piensa contármelo.

– No hay nada que contar. ¿Por qué está tan segura de que sé más cosas?

Alex entrecerró los ojos.

– Porque ha sido demasiado amable conmigo.

– Y un hombre siempre lleva segundas intenciones -soltó él en tono sombrío.

Ella se despojó de la chaqueta de piel.

– Según mi experiencia, así es.

Él descendió del taburete y se situó delante de Alex, casi pegado a ella, de manera que se vio forzada a levantar mucho la cabeza.

– He sido amable con usted porque creía que necesitaba un amigo.

Ella alzó los ojos en señal de exasperación.

– Qué bien. Parece que llevo tatuada la palabra «imbécil» en la frente.

Los ojos azules de Daniel emitieron un centelleo.

– De acuerdo. He sido amable con usted porque creo que tiene razón; la desaparición de Bailey guarda algún tipo de relación con la mujer a quien ayer encontramos muerta, y me avergüenza que el sheriff de Dutton, a quien consideraba mi amigo, no haya levantado un puto dedo para ayudar a ninguno de los dos. Esa es la verdad, Alex, lo acepte o no.

«No puedes aceptar la verdad.» Igual que le había ocurrido por la mañana, la sentencia surgió de la nada, y Alex cerró los ojos para disipar el pánico. Cuando volvió a abrirlos vio que Daniel todavía la miraba, con idéntica intensidad que antes.

– Muy bien -musitó-. Le creo.

Él se le acercó más. Demasiado.

– Me alegro, porque también hay otra razón.

– Dígamela -ordenó ella con voz glacial a pesar de la velocidad a la que su corazón había empezado a latir.

– Me gustas. Quiero seguir contigo cuando ya no estés muerta de miedo ni te sientas vulnerable. Además, te admiro por cómo llevas la situación… y por cómo la llevaste entonces.

Ella alzó la barbilla.

– ¿Entonces?

– Tú has leído los artículos que hablan de mí, Alex, y yo he leído los que hablan de ti.

Un súbito rubor encendió las mejillas de Alex. Sabía lo de su crisis nerviosa, lo de su intento de suicidio. Tenía ganas de apartar la mirada, pero no quería ser la primera en hacerlo.

– Ya lo comprendo.

Él buscó el contacto con sus ojos, luego sacudió la cabeza.

– No, no creo que lo comprendas, y tal vez de momento sea lo mejor. -Se irguió y retrocedió un paso, y ella respiró hondo-. Así que Wade conocía a Simon -prosiguió él-. ¿Tenían la misma edad?

– Estudiaron juntos en el instituto Jefferson, iban a la misma clase. -Frunció el entrecejo-. Sé que tienes una hermana de mi misma edad, sin embargo ella estudió en la academia Bryson.

– Igual que yo, e igual que Simon al principio. Mi padre también estudió allí, y el padre de mi padre.

– Bryson era una escuela cara. Supongo que todavía lo es.

Daniel se encogió de hombros.

– Nos sentíamos cómodos allí.

Alex sonrió con ironía.

– Claro, porque erais ricos. Esa escuela costaba más que muchas universidades. Mi madre trató de matricularnos allí con una beca, pero nuestros antepasados no lucharon junto a Lee y Stonewall.

Alex pronunció las palabras con acento del sur, y Daniel también sonrió con ironía.

– Tienes razón, nuestra posición económica era buena. Simon no llegó a graduarse en Bryson -explicó-. Lo expulsaron y tuvo que seguir estudiando en Jefferson.

En una escuela pública.

– Menuda suerte tuvimos -soltó Alex-. Así fue como Wade y Simon se conocieron.

– Supongo que sí. Para entonces yo ya me había marchado a estudiar a la universidad. ¿Qué decía la carta que te escribió Wade?

Ella se encogió de hombros.

– Me pedía perdón y me deseaba suerte en la vida.

– ¿Por qué te pedía perdón?

Alex sacudió la cabeza.

– Puede ser por varias cosas, no lo especificaba.

– Pero tú te inclinas por una -repuso él, y Alex arqueó las cejas.

– Recuérdame que nunca juegue al póquer contigo. Me parece que los congéneres de Riley llevan una velocidad más parecida a la mía.

– Alex.

Ella soltó un resoplido.

– De acuerdo. Alicia y yo éramos gemelas, idénticas.

– Sí -dijo él en tono burlón-, lo he descubierto esta mañana.

Ella sonrió con compasión.

– Te prometo que no tenía ninguna intención de asustarte. -Daniel ocultaba algo, pero de momento le seguiría el juego-. ¿Te han contado alguna vez historias sobre gemelas que se hacen pasar la una por la otra? Alicia y yo lo pusimos en práctica unas cuantas veces. Creo que mi madre siempre nos distinguía. Alicia era más de la fiesta; yo siempre fui más sensata.

– No me digas -le espetó en tono impasible, y a su pesar Alex se echó a reír.

– A veces nos cambiábamos de sitio en los exámenes, hasta que los profesores se dieron cuenta. A mí me sabía muy mal engañarlos, me sentía culpable, así que acabé confesando. Alicia se puso frenética. Yo era un muermo, las fiestas me parecían un palo, así que Alicia decidió empezar a salir sola. La cola de sus pretendientes llegaba de Dutton a Atlanta, ida y vuelta. A veces quedaba en dos sitios a la vez. En una ocasión acudí yo en su lugar.

Daniel se puso serio de repente.

– No me gusta nada el cariz que está tomando esto.

– Fui a la fiesta que menos le gustaba; ella prefería ir a la otra pero no quería que la excluyeran de la siguiente celebración. Wade estaba allí. A él no lo invitaban a las fiestas de categoría, pero siempre lo deseó. Se lanzó a por Alicia. A por mí.

Daniel hizo una mueca.

– Qué desagradable.

Era cierto; había resultado muy desagradable. Hasta ese momento nadie la había tocado y Wade no se comportó precisamente con delicadeza. Aún se le revolvía el estómago al recordarlo.

– Sí. Claro que no éramos parientes en sentido estricto, mi madre no llegó a casarse con su padre. Aun así fue soez. -Y aterrador.

– Y tú, ¿qué hiciste?

– Mi primera reacción fue darle un puñetazo. Le rompí la nariz. Luego le pegué un rodillazo en… ya sabes.

Vartanian se estremeció.

– Sí, ya sé.

Alex aún podía ver a Wade en el suelo hecho un ovillo, insultándola y sangrando.

– Los dos estábamos horrorizados. Luego su horror se convirtió en humillación; yo seguía horrorizada.

– ¿Qué ocurrió? ¿Tuvo problemas?

– No. A Alicia y a mí nos castigaron sin salir durante un tiempo pero Wade se fue de rositas.

– No es justo.

– Así era la vida en casa. -Alex examinó el rostro de Daniel. Seguía habiendo algo… No obstante, él jugaba mejor al póquer-. No esperaba que fuera a disculparse en el lecho de muerte. Supongo que uno nunca sabe cómo va a reaccionar cuando La Par ca llama a su puerta.

– Imagino que no. Oye, ¿tienes la dirección del capitán capellán?

– Claro. -Alex la buscó en su bolso-. ¿Por qué?

– Porque quiero hablar con él. Me parece demasiada casualidad que apareciera en el momento oportuno. En cuanto a mañana…

– ¿Mañana?

– Sí. Tu prima se marcha mañana, ¿verdad? ¿Qué te parece si voy por la noche a tu casa con Riley para que tu sobrina lo conozca? Podría encargar una pizza o algo para picar, así sabremos si a Hope le gustan los perros antes de llevarla a ver a la hermana Anne.

Ella pestañeó, algo perpleja. No pensaba que hablara en serio. Luego recordó el tacto de aquellas manos sobre sus hombros, dándole apoyo cuando las rodillas le flaqueaban. Tal vez después de todo Daniel Vartanian fuera un caballero.

– Me parece bien. Gracias, Daniel. Es una cita, ¿no?

Él negó con la cabeza y su semblante se demudó; casi parecía estar advirtiéndole que no se atreviera a llevarle la contraria.

– De eso nada. En las citas no hay niños, ni perros. -Su mirada era seria e hizo que un escalofrío recorriera la espalda de Alex. Claro que había sido un escalofrío muy agradable, pensó; como aquellos que hacía mucho tiempo que no sentía-. Y mucho menos monjas.

Alex tragó saliva, convencida de que tenía las mejillas más rojas que un tomate.

– Ya.

Él llevó la mano hacia su rostro y vaciló un momento antes de acariciarle el labio inferior con el pulgar. Alex volvió a estremecerse, esta vez con mayor intensidad.

– Creo que ahora empiezas a comprender -musitó él, y de pronto su expresión cambió. Sacó el teléfono móvil del bolsillo. Al parecer lo había notado vibrar y eso había disipado un clima que se estaba poniendo interesante.

– Vartanian. -Su semblante se tornó inexpresivo. Se trataba de su caso. Alex recordó a la mujer del depósito de cadáveres y se preguntó quién sería y si al fin alguien la había echado en falta-. ¿Cuántas entradas compró? -preguntó, luego negó con la cabeza-. No, no hace falta que lo deletrees. Conozco a la familia. Gracias, me has ayudado mucho.

Colgó y volvió a asombrarla al quitarse la sudadera y dirigirse corriendo a la escalera. Por el camino formó un ovillo con la prenda y la lanzó cual pelota de baloncesto al orificio de la pared que conectaba con la cesta de la ropa sucia. Falló, pero no se detuvo para volver a intentarlo.

– Quédate aquí -dijo y volvió la cabeza-. Enseguida vuelvo.

Con los ojos como platos y la boca abierta, lo observó desaparecer por la escalera. Aquel hombre tenía una bonita espalda, ancha y musculosa, de piel suave y bronceada. El fugaz vistazo que había dado a su pecho tampoco le produjo mala impresión. «Joder.» No había nada de aquel hombre que le produjera mala impresión. Alex se percató de que acababa de estirar el brazo como si quisiera tocarlo. «Qué ridículo.» Pensó en la mirada de sus ojos en el instante anterior a que sonara el móvil. «Puede que no sea tan ridículo al fin y al cabo.»

Exhaló un suspiro trémulo y recogió la sudadera, y cedió al impulso de olería antes de arrojarla a la cesta de la ropa sucia. «Ten cuidado, Alex.» ¿Cómo lo había llamado él? «Un terreno poco conocido.» Cariacontecida, dio una ojeada a la escalera, consciente de que era probable que al llegar arriba él se hubiera quitado los pantalones. «Poco conocido, sí; pero, joder, qué apasionante.»

En menos de dos minutos él bajó saltando los escalones, vestido con su traje oscuro y colocándose bien la corbata. Sin aminorar la marcha, recogió el bolso de Alex y siguió avanzando.

– Ponte la chaqueta y ven. Te seguiré hasta Dutton.

– No hace falta -empezó ella, pero él ya se encontraba en la puerta.

– Lo haré de todos modos. Mañana iré con Riley a tu casa sobre las seis y media. -Le abrió la puerta del coche y aguardó a que ella se hubiera abrochado el cinturón de seguridad antes de cerrarla.

Ella bajó la ventanilla.

– Daniel -lo llamó.

Él se volvió a mirarla mientras seguía caminando.

¿Qué?

– Gracias.

Estuvieron a punto de fallarle las piernas.

– De nada. Hasta mañana por la noche.

Dutton, lunes, 29 de enero, 23.35 horas.

Daniel se apeó del coche y miró la casa de la colina con una mueca. Aquello no pintaba bien. Janet Bowie había utilizado una tarjeta de crédito para pagar su entrada a Fun-N-Sun y siete más, las de un grupo de niños.

Ahora tenía que decirle a Robert Bowie, congresista del estado, que creían que su hija había muerto. Subió con paso cansino la empinada escalera que conducía a la mansión de los Bowie y llamó al timbre.

Un joven sudoroso vestido con un pantalón corto de deporte abrió la puerta. ¿Sí?

Daniel le mostró la placa.

– Soy el agente especial Vartanian, de la Agen cia de Investigación de Georgia. Necesito hablar con el congresista Bowie y su esposa.

El hombre entrecerró los ojos.

– Mis padres están durmiendo.

Daniel pestañeó.

– ¿Michael? -Habían pasado casi dieciséis años desde la última vez que lo viera. Cuando Daniel se marchó a estudiar a la universidad, Michael Bowie era un escuálido chico de catorce años. Ahora, en cambio, no estaba precisamente delgado-. Lo siento, no te había reconocido.

– En cambio tú no has cambiado en absoluto. -Por el tono en que pronunció las palabras, podían ser consideradas tanto un cumplido como un insulto-. Tendrás que volver mañana.

Daniel colocó la mano en la puerta cuando Michael se dispuso a cerrarla.

– Tengo que hablar con tus padres -repitió con voz queda pero decidida-. Si no fuera importante, no estaría aquí.

– Michael, ¿quién se atreve a llamar a la puerta a estas horas? -dijo alguien con voz potente.

– La policía del estado. -Michael retrocedió y Daniel entró en el gran recibidor de casa de los Bowie, una de las pocas mansiones de antes de la guerra de Secesión que los yanquis no habían llegado a incendiar.

El congresista se estaba atando el cinturón del batín. Tenía el semblante impertérrito, pero en sus ojos Daniel entrevió cierto temor.

– Daniel Vartanian. Me habían dicho que hoy estabas en la ciudad. ¿En qué puedo ayudarte?

– Siento importunarle a estas horas de la noche, congresista -empezó Daniel-. Estoy investigando el asesinato de una mujer a quien ayer encontraron en Arcadia.

– Donde la carrera ciclista. -Bowie asintió-. Lo he leído hoy en el Review.

Daniel exhaló un quedo suspiro.

– Creo que la víctima podría ser su hija, señor.

Bowie retrocedió, sacudiendo la cabeza.

– No, no es posible. Janet está en Atlanta.

– ¿Cuándo vio por última vez a su hija, señor?

Bowie apretó la mandíbula.

– La semana pasada, pero su hermana habló con ella ayer por la mañana.

– ¿Puedo hablar con su otra hija, señor Bowie? -preguntó Daniel.

– Es tarde, Patricia está durmiendo.

– Ya sé que es tarde, pero si estamos equivocados tenemos que saberlo cuanto antes para seguir investigando la identidad de esa mujer. Alguien está esperando a que regrese a casa, señor.

– Lo comprendo. ¡Patricia! Baja. Y vístete decentemente.

Arriba se abrieron dos puertas. La señora Bowie y una joven bajaron la escalera, esta última con aire vacilante.

– ¿De qué va todo esto, Bob? -preguntó la señora Bowie. Frunció el entrecejo al reconocer a Daniel-. ¿Por qué ha venido? ¿Bob?

– Tranquilízate, Rose. Se trata de un error y vamos a aclararlo ahora mismo. -Bowie se volvió hacia la joven-. Patricia, me dijiste que habías hablado con Janet ayer por la mañana. Dijiste que estaba enferma y que no iba a venir a cenar.

Patricia pestañeó con cara de inocente y Daniel suspiró para sus adentros. «Las hermanas se encubren entre sí.»

– Janet me dijo que tenía la gripe. -Patricia sonrió con aire experimentado-. ¿Qué pasa? ¿Le han puesto una multa? Eso es muy típico de Janet.

Bowie se puso tan pálido como su esposa.

– Patricia -dijo con voz quebrada-, el agente Vartanian está investigando un asesinato. Cree que la víctima es Janet. No nos ocultes información.

Patricia se quedó boquiabierta.

– ¿Qué?

– ¿De verdad hablaste con tu hermana, Patricia? -preguntó Daniel en tono amable.

Los horrorizados ojos de la chica se llenaron de lágrimas.

– No, me pidió que le contara a todo el mundo que estaba enferma, que tenía otro compromiso. Pero no puede ser ella. No puede ser.

La señora Bowie, presa de pánico, emitió una especie de grito.

– Bob.

Bowie rodeó a su esposa con el brazo.

– Michael, trae una silla para tu madre.

Michael ya había hecho lo propio y ayudó a su madre a sentarse mientras Daniel se centraba en Patricia.

– ¿Cuándo te pidió que mintieras por ella?

– El miércoles por la noche. Dijo que iba a pasar el fin de semana con… unos amigos.

– Esto es importante, Patricia. ¿Qué amigos? -la presionó Daniel. Por el rabillo del ojo vio a la señora Bowie hundirse en la silla con evidente temblor.

Patricia miró a sus padres con abatimiento mientras las lágrimas le rodaban por las mejillas.

– Tiene novio y sabía que a vosotros no os parecería bien. Lo siento.

Bowie, con el rostro céreo, miró a Daniel.

– ¿Qué necesitas de nosotros, Daniel?

– Me hace falta un poco de pelo de su cepillo. Tendremos que registrar el dormitorio que ocupa cuando se aloja aquí, para tomar las huellas. -Vaciló-. También necesito el nombre de su dentista.

Bowie palideció aún más; no obstante, tragó saliva y asintió.

– Lo tendrás.

– Dios mío. No debimos permitir que alquilara ese piso en Atlanta. -La señora Bowie estaba llorando y se balanceaba mientras se cubría el rostro con las manos.

– ¿Alquiló un piso en Atlanta? -preguntó Daniel.

Bowie asintió con un gesto casi imperceptible.

– Toca en una orquesta.

– Es violoncelista -afirmó Daniel en voz baja-. Y ¿vuelve a casa los fines de semana?

– Casi siempre llega el domingo por la noche. Suele venir a cenar a casa. -Bowie apretó la mandíbula; se esforzaba por mantener la compostura-. Bueno, últimamente no tanto. Se está haciendo mayor, y se está distanciando, pero solo tiene veintidós años. -Se derrumbó y bajó la barbilla al pecho. Daniel apartó la mirada y le concedió intimidad para expresar su pena.

– Su dormitorio está arriba -musitó Michael.

– Gracias. Pediré que envíen una furgoneta de la policía científica lo antes posible. Patricia, necesito que me cuentes todo lo que sabes sobre Janet y su novio. -Daniel posó la mano en el brazo de Bob Bowie-. Lo siento, señor.

Bowie hizo un brusco gesto afirmativo sin pronunciar palabra.

Dutton, martes, 30 de enero, 00.55 horas.

– ¿Qué está pasando aquí?

Daniel se detuvo en seco. Una oleada de ira empezó a invadirlo, pero se contuvo.

– Vaya, vaya, usted debe de ser el esquivo sheriff Loomis. Deje que me presente, soy el agente especial Daniel Vartanian. Le he dejado seis mensajes desde el domingo.

– No me hables con sarcasmo, Daniel. -Frank torció el gesto al ver el pequeño despliegue en el vestíbulo de casa de los Bowie-. El puto GBI me ha infestado el municipio, como una plaga de langostas.

En realidad solo un coche y una furgoneta pertenecían al GBI. Tres de los coches patrulla eran de la pequeña comisaría de Dutton y otro era de Arcadia. El mismísimo sheriff Corchran se había personado en el lugar para dar el pésame a la familia Bowie y ofrecer ayuda a Daniel.

Mansfield, el ayudante del sheriff Loomis, había llegado poco después de que la furgoneta de la policía científica, ocupada por el equipo de Ed, enfilara el camino de entrada a la casa. Estaba indignado por no haber sido quien se ocupara de examinar el dormitorio de Janet, actitud que contrastaba con la predisposición a ayudar de Corchran.

De los otros vehículos que se alineaban en el camino de entrada, uno pertenecía al alcalde de Dutton y dos a los ayudantes del congresista Bowie. También estaba el coche del doctor Granville, que en ese momento se encontraba visitando a la señora Bowie, quien estaba al borde de la histeria.

Otro de los coches pertenecía a Jim Woolf. Los Bowie no habían querido hacer comentarios y Daniel lo mantuvo al margen con la promesa de concederle una declaración cuando confirmaran la identidad de la víctima.

Acababan de hacerlo, justo unos minutos antes. Uno de los técnicos del equipo de Ed llevó al lugar una cartulina con las huellas dactilares de la víctima, y casi al instante consiguieron casarlas con las de un jarrón de cristal situado juntó a la cama de Janet Bowie. El propio Daniel confirmó la noticia a Bob Bowie, y este acababa de subir la escalera rumbo al dormitorio en que se encontraba su esposa.

Los gritos procedentes de la planta superior indicaron a Daniel que Bowie ya se lo había dicho. Él y Frank volvieron la vista hacia la escalera y luego se miraron uno a otro.

– ¿Tienes algo que decir, Frank? -preguntó Daniel con frialdad-. Es que justo ahora estoy un poquito ocupado.

El semblante de Frank se ensombreció.

– Este es mi territorio, Daniel Vartanian, no el tuyo. Tú te marchaste de la ciudad.

Una vez más Daniel contuvo el acceso de ira y cuando habló lo hizo en tono sereno.

– Puede que no sea mi territorio, Frank, pero es mi caso. Si de verdad quieres ayudar, podrías haber respondido a los mensajes que te he dejado en el contestador.

La mirada de Frank no se ablandó, más bien se tornó agresiva.

– Ayer y hoy he estado fuera de la ciudad. No he oído tus mensajes hasta esta noche.

– Hoy he estado sentado en la puerta de tu despacho veinticinco minutos -repuso Daniel en tono quedo-. Wanda me ha dicho que no se te podía molestar. Me trae sin cuidado que necesitaras huir, lo que me molesta es que me hagas perder el tiempo, un tiempo que podría haber dedicado a buscar al asesino de Janet Bowie.

Al fin Frank apartó la mirada.

– Lo siento, Daniel. -Sin embargo, la disculpa fue una pura formalidad-. La última semana ha sido difícil. Tus padres… eran amigos míos. El funeral fue duro, solo faltaban los medios de comunicación. Llevo toda la semana hablando con periodistas y necesitaba un poco de espacio. Le pedí a Wanda que no le dijera a nadie que me había marchado. Tendría que haberte llamado.

Parte de la ira de Daniel se desvaneció.

– No pasa nada, Frank. Pero necesito sin falta ese expediente policial, el del asesinato de Alicia Tremaine. Por favor, consíguemelo.

– Será lo primero que haga mañana -prometió Frank-, en cuanto llegue Wanda. Ella sabe cómo está archivado todo en el sótano. ¿Estás seguro de que se trata de Janet?

– Las huellas coinciden.

– Mierda. ¿Quién habrá hecho una cosa así?

– Bueno, ahora que sabemos quién es la víctima podemos empezar a investigarlo. Frank, si necesitabas ayuda, ¿por qué no me llamaste?

Frank apretó la mandíbula.

– No he dicho que necesitara ayuda, he dicho que necesitaba espacio. Me fui a mi casa de campo para estar solo. -Se dio media vuelta y se dirigió a la puerta.

– De acuerdo -musitó Daniel, tratando de no sentirse herido-. ¿Frank?

Frank se volvió a mirarlo.

– ¿Qué? -casi le espetó.

– Bailey Crighton. Creo que es cierto que ha desaparecido.

Los labios de Frank dibujaron una mueca.

– Gracias por tu opinión, agente especial Daniel Vartanian. Buenas noches.

Daniel apartó de sí la pesadumbre. Tenía trabajo y no podía permitirse estar preocupado por Frank Loomis. Era adulto. Cuando necesitara ayuda, si es que la necesitaba, él estaría allí para prestársela.

Ed apareció tras él.

– Estamos esparciendo talco por su dormitorio. He encontrado diarios antiguos en un cajón, y también unas cuantas cajas de cerillas. No mucho más. ¿Habéis averiguado algo del novio?

– Se llama Lamar Washington, es afroamericano. Toca en un club de jazz, Patricia no sabe cuál.

Ed le mostró una bolsa llena de cajas de cerillas.

– Podría ser uno de estos.

Daniel tomó la bolsa.

– Anotaré los nombres y te las devolveré. Patricia dice que Janet lo consideraba una aventura, que no pensaba presentar al chico en casa.

– Eso puede ser motivo suficiente para que un hombre se exaspere y le rompa la cara a una mujer -opinó Ed-. Claro que no explica el hecho de que copiara el caso Tremaine.

– Ya lo sé -dijo Daniel-, pero de momento es todo lo que sabemos. En cuanto acabe el trabajo aquí iré a visitar los clubs de jazz.

– Nosotros iremos a registrar el piso de Janet. -Ed alzó un llavero-. Michael, su hermano, nos ha proporcionado la llave.

Cuando Ed se hubo marchado Daniel entró en la sala de estar, donde no había asientos. Michael Bowie era el único miembro de la familia que se encontraba allí. Se había ataviado con un traje negro y tenía el rostro demacrado a causa de la tristeza; aun así, era hijo de un político.

– ¿Podría hacer ya su declaración para que se marchen? -musitó Michael-. Solo quiero que se marchen.

– Lo haré enseguida -musitó Daniel a su vez, y se aclaró la garganta-. Perdón. -Se había presentado el día en que les tomaron declaración y les preguntaron dónde se encontraban el jueves por la noche, en el momento de la muerte de Janet. Unos cuantos adoptaron una postura afectada pero todos accedieron a hacer lo que se les pedía-. Creemos conocer la identidad de la víctima encontrada en Arcadia el domingo por la noche; se trata de Janet Bowie. -A esas alturas nadie se mostró sorprendido-. Le practicaremos análisis de ADN para confirmarlo y convocaré una conferencia de prensa cuando dispongamos de datos definitivos.

Jim Woolf se puso en pie.

– ¿Cuál es oficialmente la causa de la muerte?

– Tendremos la confirmación mañana. -Daniel miró el reloj-. Quiero decir hoy, dentro de unas horas. Es probable que sea por la tarde.

El alcalde se colocó bien la corbata.

– Agente Vartanian, ¿tienen a algún sospechoso?

– Tenemos unas cuantas pistas, señor alcalde -respondió Daniel. El tratamiento le resultaba extraño. Había jugado al fútbol con Garth Davis en el instituto, entonces estaba loco por los deportes y era una de las últimas personas a quien Daniel habría imaginado presentándose para el cargo de alcalde, y mucho menos ocupando el puesto. Sin embargo, Garth procedía de un extenso linaje de políticos, su padre había sido el alcalde de Dutton durante muchos años.

– Mañana haré una declaración oficial.

– Toby, ¿cómo se encuentra la señora Bowie? -quiso saber Woolf.

Había dirigido la pregunta al médico de la ciudad.

– Está descansando -explicó Toby Granville, pero todo el mundo comprendió que quería decir que estaba sedada. Todo el mundo había oído los gritos de la pobre mujer cuando su marido le dijo que la identidad era oficial.

Daniel señaló hacia la puerta.

– Es muy tarde. Estoy seguro de que todos están aquí con la intención de ofrecer ayuda, pero tienen que marcharse a casa. Por favor.

Cuando todos se marcharon, el alcalde se quedó un poco atrás.

– Daniel, ¿tenéis a algún sospechoso?

Daniel suspiró. El día se le estaba haciendo interminable.

– Garth…

Davis se le acercó más.

– Todos los habitantes de Dutton me llamarán en cuanto el Review caiga en la puerta de sus casas. Se sentirán preocupados por la seguridad de sus familias. Por favor, haz que pueda decirles algo aparte de que tenéis pistas.

– Eso es todo cuanto puedo decirte porque es todo cuanto sabemos. Solo hace dos horas que la hemos identificado. Danos un día al menos.

Davis asintió con el entrecejo fruncido.

– ¿Me llamarás al despacho?

– Te lo prometo.

Al fin todos se marcharon y Daniel, Michael y Toby Granville se quedaron solos.

– Creía que no se irían nunca -exclamó Daniel, y dejó caer los hombros con aire cansino.

Granville se arregló la corbata.

– Voy a ver cómo está tu madre antes de marcharme. Llámame si durante la noche necesita atención.

Daniel estrechó la mano a los dos hombres.

– Si hay algo que tú o tu familia necesitéis, llámame, por favor, Michael. -Atravesó la puerta de entrada de casa de los Bowie y de inmediato lo atizó un fuerte viento racheado. Se acercaba una tormenta, pensó al mirar desde la elevada colina hacia la calle, en la que se habían congregado tres furgonetas más. Los periodistas se alejaron rápidamente de los vehículos en cuanto lo divisaron en lo alto de la colina. «Parecen una plaga de langostas», pensó Daniel, y se estremeció por dentro. Casi comprendía el punto de vista de Frank, aunque de modo muy vago.

Se preparó para la avalancha mientras, de camino a su coche patrulla, pasaba junto a un Mercedes, dos BMW, un Rolls-Royce, un Jaguar y un Lincoln Town Car. Los periodistas procedentes de las unidades móviles habían entrevistado a Garth pero también se arremolinaron a su alrededor en cuanto pasó por su lado.

– Agente Vartanian, ¿podría decirnos…?

Daniel alzó la mano para acallarlos.

– Hemos identificado a la víctima de Arcadia como Janet Bowie. -Los flashes de las cámaras se sucedían a medida que le tomaban fotos y lo grababan en vídeo, y Daniel trató de salir favorecido.

– ¿Le han dado la noticia al congresista?

Daniel reprimió las ganas de mirarlos con exasperación.

– Claro; si no, no se lo diría a ustedes. No haré más comentarios esta noche, mañana convocaré una conferencia de prensa. Llamen al departamento de relaciones públicas del GBI para conocer la hora y el lugar. Buenas noches.

Empezó a caminar y uno de los periodistas lo siguió.

– Agente Vartanian, ¿qué siente al tener que investigar un asesinato en su ciudad natal justo una semana después que asesinaran a su propio hermano?

Daniel se detuvo en seco y miró perplejo al joven que sostenía el micrófono. A Simon no lo habían asesinado. Utilizar esa palabra implicaba ofender a las víctimas y a todos los miembros de sus familias. A Simon lo habían exterminado, pero ese término resultaba demasiado subversivo, así que Daniel se limitó a responder que no tenía ningún comentario. El hombre abrió la boca para insistir y Daniel lo obsequió con una mirada tan glacial que el periodista se echó atrás literalmente.

– No tengo más preguntas -dijo el hombre en respuesta a la amenaza sin palabras de Daniel.

Daniel había heredado ese gesto de su padre. Saber petrificar con la mirada era una de las muchas habilidades de Arthur Vartanian. Daniel no utilizaba esa arma a menudo, pero siempre que lo hacía surtía efecto.

– Buenas noches.

Cuando llegó al coche, Daniel cerró los ojos. Llevaba años tratando con los familiares de las víctimas, pero no por ello le resultaba más fácil. Sin embargo, lo que más le molestaba era la conducta de Frank Loomis. Frank era lo más parecido a un padre que Daniel había tenido en su vida, pues bien sabía Dios que Arthur Vartanian nunca se había comportado como tal. Le dolía mucho ser objeto de burla por parte de Frank.

Claro que el hombre también era humano, y debía de resultarle difícil aceptar que Arthur Vartanian había fingido la primera vez que dieron a Simon por muerto. Había hecho quedar a Frank como un idiota, y los periodistas no hacían más que empeorar las cosas. Daba la impresión de que Frank era un sheriff de pacotilla que no sabía ni siquiera atarse los zapatos sin ayuda. No era de extrañar que estuviera enfadado. «Yo también lo estaría.»

Se alejó de las unidades móviles y se dirigió a Main Street. Se sentía agotado, y aún tenía que encontrar el club de jazz donde tocaba Lamar Washington antes de poder retirarse a descansar.

Dutton, martes, 30 de enero, 1.40 horas.

Se marchaban, pensó Alex mientras, de pie frente a la ventana de su casa, observaba los coches bajar por la colina. A saber de qué casa procedían. Se arropó con su bata en un intento de evitar un escalofrío, que no tenía nada que ver con la temperatura del termostato.

Había vuelto a soñar, con relámpagos y truenos. Y gritos, gritos agudos y desgarradores. Estaba en el depósito de cadáveres y la mujer tendida sobre la mesa se sentó y la miró con sus ojos inertes. Claro que aquellos ojos eran los de Bailey, y también era de Bailey la mano que extendió, una mano de aspecto céreo y… cadavérico. «Por favor, ayúdame», le dijo.

Alex se había despertado envuelta en sudor frío y temblando con tanta violencia que estaba segura de que acabaría despertando a Hope. Con todo, la niña seguía profundamente dormida. Alex, inquieta, salió a la sala para caminar un poco.

Y para pensar. «¿Dónde estás, Bailey? ¿Cómo tengo que cuidar de tu hijita?»

– Por favor, Dios mío -susurró-, no permitas que estropee las cosas.

Sin embargo, la oscuridad no le devolvió respuesta alguna y Alex permaneció allí plantada, observando la hilera de coches descender por la colina. Uno de ellos aminoró la marcha y se detuvo frente a la casa.

El miedo le atenazó el estómago y se acordó de la pistola guardada en la caja, hasta que reconoció el coche y al conductor.

El coche de Daniel avanzó por Main Street, pasó junto al tiovivo y se detuvo enfrente de la casa que Alex había alquilado. Esa noche le había mentido y la conciencia le remordía.

Ella le había preguntado sin rodeos qué era lo que sabía y él le había respondido que no tenía nada que contarle. Lo cual, por otra parte, no era del todo mentira; no tenía nada que contarle, de momento. De ningún modo pensaba mostrarle las imágenes de la violación de su hermana. Alex Fallon ya había soportado bastante.

Pensó en Wade Crighton. «Te veré en el infierno.» El hermanastro de Alex conocía a Simon, y las consecuencias de eso nunca podían ser buenas. Wade había tratado de violar a Alex. Solo por ese motivo Daniel ya se alegraba de que hubiera muerto. Alex había tratado de suavizar la historia pero Daniel adivinó la verdad en sus ojos.

Si su hermanastro había tratado de acosarla una vez creyendo que se trataba de Alicia era posible que hubiera vuelto a hacerlo. Tal vez fuera Wade quien aparecía en la foto con Alicia Tremaine. Aquel hombre tenía dos piernas, por lo que Daniel estaba seguro de que no se trataba de Simon. Claro que si se conocían…

¿Quiénes serían las otras chicas? La duda lo reconcomía. Tal vez vivieran en Dutton. Tal vez fueran a la escuela pública. Daniel no las conocía pero era posible que Simon sí. Se preguntó si habría más crímenes cometidos en poblaciones pequeñas de los cuales no hubieran oído hablar todavía. Se preguntó si las otras chicas que aparecían en las fotos también estarían muertas.

«Enséñale las fotos a Chase.» Llevaba una semana dándole vueltas a la idea. Había entregado las fotografías a la policía de Filadelfia, y eso era lo único que le permitía conciliar algo el sueño. No obstante, Daniel estaba seguro de que Vito Ciccotelli no habría tenido tiempo material de hacer nada con el sobre lleno de fotos que le había dado hacía menos de dos semanas. Vito y su compañero todavía estaban liados hasta la médula limpiando toda la mierda que Simon había dejado a su paso.

«Te veré en el infierno, Simon.» Daniel se preguntó cuánta mierda habrían dejado Wade y Simon juntos. Claro que sus crímenes habrían tenido lugar más de diez años atrás. Ahora tenía entre manos un crimen reciente y tenía que concentrarse en él, se lo debía a Janet Bowie. Tenía que descubrir quién la odiaba lo suficiente para asesinarla de semejante manera.

Con todo, cabía la posibilidad de que Janet Bowie fuera una víctima de conveniencia y no objeto del odio o de una venganza. O bien… Daniel pensó en el congresista Bowie. El hombre había adoptado una actitud inflexible con respecto a algunas cuestiones comprometidas. Era posible que a él sí que lo odiaran, lo suficiente para asesinar a su hija. Pero ¿y la relación con la muerte de Alicia?

¿Por qué en ese preciso momento? Y ¿por qué habían dejado una llave?

Acababa de poner en marcha el motor de su coche cuando la puerta de la casa se abrió y Alex salió al porche de entrada con el corazón en un puño. Llevaba una delgada bata que le cubría el cuerpo de la barbilla a los pies. Lo normal sería que así vestida tuviera un aspecto mediocre y desfasado, en cambio Daniel solo podía pensar en lo que la prenda ocultaba. El viento la azotaba y agitaba su brillante pelo, y ella se lo retiró de la cara con la mano para contemplarlo desde el lado opuesto del pequeño patio de entrada a la casa.

Su rostro no aparecía sonriente. Pensó en ello mientras apagaba el motor del coche y cruzaba el patio con un claro propósito. Ni siquiera pasaba por su cabeza dejarla allí, pasar de largo. Quería retomar lo que antes había dejado a medias, lo que la llamada del jefe de seguridad de Fun-N-Sun le había impedido disfrutar. Necesitaba volver a ver aquella expresión de asombro, la mirada de sus ojos al comprender por fin qué quería de ella. Necesitaba ver que ella también lo deseaba.

Sin pararse a saludarla, salvó los escalones de la entrada de una sola zancada, le rodeó el rostro con las manos, le cubrió los labios con los suyos e hizo lo que tanto deseaba. Ella emitió un anhelante sonido gutural, se puso de puntillas para acercarse más, y el beso se convirtió en una explosión de ardor y movimiento.

Ella soltó el pelo y la bata, y se aferró a las solapas del abrigo de él, introduciéndose en su boca. Daniel apartó las manos del rostro de ella y le rodeó el cuello con los brazos. Luego extendió las palmas sobre su delgada espalda y la atrajo hacia sí hasta que notó el ardor de su cuerpo contra el suyo y pudo disfrutar de lo que tanto anhelaba mientras el viento silbaba y ululaba en derredor.

Hacía demasiado tiempo de la última vez, fue todo cuanto podía pensar, todo cuanto podía oír más allá del viento y de su propio pulso en los oídos. Hacía demasiado tiempo de la última vez que había sentido una cosa así. Se sentía vivo, inquebrantable. Hacía demasiado tiempo, joder. O tal vez no hubiera sentido aquello nunca.

Ella retrocedió y bajó los talones al suelo demasiado pronto, poniendo fin al beso y llevándose consigo su calor. Daniel necesitaba más, así que le acarició el mentón con los labios y enterró el rostro en el hueco de su cuello. Se estremeció y respiró hondo mientras le pasaba las manos por el pelo con lentitud. Y a medida que su pulso se normalizaba, fue recobrando la lucidez y, avergonzado, se sonrojó ante la intensidad de su deseo.

– Lo siento -musitó, levantando la cabeza-. No suelo hacer cosas como esta.

Ella le perfiló los labios con los dedos.

– Yo tampoco. Pero esta noche lo necesitaba. Gracias.

Daniel sintió la irritación hervir en su interior.

– Deja de darme las gracias por todo. -Sonó casi como un gruñido, y ella dio un respingo como si le hubiera propinado un puñetazo. Él sintió que había quedado como un necio; bajó la cabeza, le tomó la mano y acercó los dedos a sus labios cuando ella trató de retirarla-. Lo siento, es que no quiero que pienses que no he hecho esto porque lo deseara sino por algún otro motivo. -«Necesitaba hacerlo»-. Deseaba hacerlo -insistió-. Te deseaba a ti, te sigo deseando.

Ella exhaló un suspiro y él observó el movimiento de su pulso en el hueco de su garganta. El viento le agitaba el pelo y volvió a retirárselo de la cara.

– Ya. -Sus labios se curvaron y suavizaron la palabra, pero su airada denotaba malestar. Angustia, incluso.

– ¿Qué ha ocurrido?-preguntó él.

Ella negó con la cabeza.

– Nada.

Daniel apretó la mandíbula.

– Alex.

Ella apartó la mirada.

– Nada. He tenido una pesadilla, eso es todo. -Lo miró de nuevo, a los ojos-. He tenido una pesadilla y me he levantado. Y ahí estabas tú.

Le presionó la mano con los labios.

– Me he detenido aquí porque pensaba en ti, Alex. Y ahí estabas. No he podido reprimirme.

Ella se estremeció, y al ver que se balanceaba Daniel bajó la mirada y vio que se iba cubriendo un pie descalzo con el otro. Frunció el entrecejo.

– Alex, no llevas zapatos.

Ella esbozó una sonrisa, esta vez sincera.

– No esperaba tener que salir al porche a besarte. -Se inclinó y se introdujo en su boca, y lo besó con mucha más suavidad de la que lo había hecho él-. Pero me ha gustado.

Y, de pronto, todo resultó así de sencillo. Él le devolvió la sonrisa.

– Entra en casa, cierra la puerta con llave y cálzate. Te veré mañana por la tarde, a las seis y media.

Capítulo 7

Dutton, martes, 30 de enero, 01.55 horas.

Alex cerró la puerta y se apoyó en ella con los ojos cerrados. Aún tenía el corazón acelerado. Se acercó las manos a la cara y se deleitó con el olor que le impregnaba las manos. Casi se le había olvidado lo bien que podía llegar a oler un hombre. Abrió los ojos con un suspiro y se tapó la boca para ahogar un grito de sorpresa.

Meredith se encontraba sentada junto a la mesa, eligiendo un sombrero para Mr. Potato. Sonrió mientras insertaba el sombrero en el orificio destinado a los pies, pues de la coronilla sobresalían unos labios.

– Creía que tendría que acabar por llevarte unos zapatos.

Alex se pasó la lengua por los dientes.

– ¿Has estado aquí sentada todo el tiempo?

– Casi todo. -Su sonrisa se acentuó-. He oído detenerse un coche, luego he oído que abrías la puerta. Temía que decidieras probar tu nuevo… juguetito. -Arqueó una ceja.

– Hope está durmiendo. Puedes llamarlo «pistola».

– Ah -exclamó Meredith, con un inocente parpadeo-. Ese también.

Alex se echó a reír.

– Eres mala.

– Ya lo sé. -Meneó las cejas-. ¿Y él? ¿Es malo? Me ha parecido que sí.

Alex le lanzó una discreta mirada de advertencia.

– Es muy agradable.

– Lo agradable no es que sea agradable. Lo agradable es que sea malo -dijo, dirigiéndose a Mr. Potato, que más bien parecía una escultura de Picasso, con todas las facciones cambiadas de sitio.

– A veces me das miedo, Mer. ¿Qué haces jugando con eso? Hope está durmiendo.

– Me gusta jugar. Tú también deberías probarlo, Alex. Te serviría para tranquilizarte un poco.

Alex se sentó junto a la mesa.

– Estoy tranquila.

– Miente. Su cabeza da más vueltas que la hélice de un sacacorchos -dijo Meredith, dirigiéndose a Mr. Potato. Entonces su expresión se tornó grave-. ¿Con qué sueñas, Alex? ¿Sigues oyendo los gritos?

– Sí. -Alex tomó el juguete y le enroscó una oreja con aire distraído-, También he soñado con el cadáver que he visto en el depósito.

– Tendría que haber ido yo en tu lugar.

– No, necesitaba comprobar personalmente que no era Bailey. Pero en mis sueños sí que es ella. Se incorpora y me dice: «Por favor, ayúdame».

– Tu subconsciente es muy poderoso. Quieres creer que está viva, y yo también, pero tienes que hacerte a la idea de que quizá no sea así, o de que quizá no la encuentres nunca. O, aún peor, de que quizá la encuentres y no puedas hacer nada por enderezarla.

Alex apretó los dientes.

– Ni que yo fuera el perfeccionismo personificado. -Alex miró la cabeza de juguete que tenía en las manos. Mr. Potato ya no parecía un Picasso; había colocado todas las facciones en el sitio correcto-. Esto no es más que un juego.

– No, no lo es -repuso Meredith con tristeza-. Pero sigue engañándote si así te sientes mejor.

– De acuerdo. Soy perfeccionista. Necesito que todo esté controlado y poder llamar a cada cosa por su nombre. Eso no es malo.

– Qué va. Además a veces te permites un desliz y vas y te compras un juguetito.

– O beso a un hombre a quien acabo de conocer, ¿no?

– Eso también. Así que aún hay esperanza. -Meredith dio un pequeño respingo al percatarse de lo que acababa de decir-. Lo siento, no pretendía hacerme la graciosa.

– Ya lo sé. Seguro que Bailey decidió llamar Hope a su hija precisamente por ese mismo motivo. Porque Hope significa «esperanza».

– Yo también lo creo. Los juguetes son importantes, Alex. No los menosprecies. El juego hace que nuestra conciencia baje la guardia. Recuérdalo cuando juegues con Hope.

– Daniel traerá mañana a su perro para ver si a la niña le gustan los animales.

– Qué agradable.

Alex arqueó una ceja.

– Pensaba que no era agradable que fuera agradable.

– Eso es solo en lo referente al sexo, pequeña. Me voy a dormir, y tú deberías intentar hacer lo mismo.

Martes, 30 de enero, 4.00 horas.

Alguien estaba llorando. Bailey escuchó con atención. No se trataba del hombre de la celda contigua, ni siquiera podía asegurar que conservara la conciencia. No; el llanto procedía de más lejos. Miró al techo, pensando encontrar altavoces, pero no vio ninguno. Claro que eso no significaba que no los hubiera. Tal vez tratara de lavarle el cerebro.

Todo porque no le había dicho lo que quería saber. No se lo diría nunca.

Cerró los ojos. «Puede que me esté volviendo loca.» El llanto cesó de repente y Bailey volvió a mirar al techo. Pensó en Hope. «No te estás volviendo loca, Bailey. No puedes permitírtelo. Hope te necesita.»

Esa era la cancioncilla que no dejaba de repetirse cuando Hope era un bebé, cuando tenía el mono y se sentía tan mal que creía que iba a morir. «Hope te necesita.» Eso le había permitido salir adelante, y lo seguiría haciendo. «Si él no me mata antes.» Lo cual era bastante probable.

Entonces oyó un ruido; eso sí que procedía de la celda contigua. Contuvo la respiración y escuchó hasta reconocer de qué ruido se trataba. Alguien estaba escarbando en la pared que separaba las dos celdas.

Se colocó a cuatro patas e hizo una mueca cuando la celda empezó a dar vueltas a su alrededor. Gateó hasta la pared, avanzando pocos centímetros con cada movimiento; luego respiró hondo. Y aguardó.

El ruido cesó, pero en su lugar empezó a oírse un golpeteo, el mismo ritmo una y otra vez. ¿Sería una contraseña? Mierda, no conocía ninguna contraseña, no se había formado como girlscout.

Podía tratarse de una trampa. Podía tratarse de él, intentando engañarla.

También podía tratarse de otro ser humano. Extendió el brazo a tientas en la oscuridad y respondió con otro golpeteo. El sonido procedente del otro lado cesó y volvió a oír que escarbaban en la pared. Se equivocaba. No escarbaban en la pared, escarbaban en el suelo. Con una mueca al notar el dolor en los dedos, Bailey empujó el viejo pavimento de hormigón y notó que cedía.

Contuvo unos instantes la respiración; luego exhaló un suspiro. Se sentía mareada de pura decepción. No importaba. Quien fuera estaba excavando un túnel hacia otra celda, hacia ninguna parte.

El ruido volvió a cesar y Bailey oyó pasos en el vestíbulo. Era él. Rogó para que Dios la ayudara, para que hubiera ido en busca de la persona de la otra celda, la que escarbaba. «Que no venga por mí, por favor. Que no venga por mí.» Pero Dios no escuchó sus plegarias y la puerta de su celda se abrió de par en par.

Entrecerró los ojos ante la deslumbrante luz y con gesto débil alzó una mano para cubrirse el rostro.

Él se echó a reír.

– Es hora de jugar, Bailey.

Martes, 30 de enero, 4.00 horas.

Tenía suerte de vivir en una provincia con una buena red de canalización de lluvia. Se venció hacia un lado y dejó que el cadáver envuelto en la manta cayera al suelo. Su muerte había sido preciosa; imploraba clemencia mientras él le hacía las peores cosas. Se había mostrado muy remilgada y desdeñosa cuando tenía la sartén por el mango. Ahora quien dominaba la situación era él, y le había hecho pagar todos sus pecados.

A los cuatro «pilares de la ciudad» que quedaban en pie les ocurriría lo mismo. Había atraído la atención de sus dos primeras víctimas con el primer mensaje, con el dibujo de la llave que casaba exactamente con las que ellos poseían. Con el segundo, obtendría parte de su dinero; el mensaje iba dirigido a las mismas dos personas y llegaría a su destino en algún momento del día. Había llegado la hora de empezar a dividir para vencer. Ya habían caído dos, y para cuando hubiera terminado con todas y cada una de sus víctimas estas estarían en la ruina. «¿Y yo? -Sonrió-. Yo observaré cómo todo se desmorona.»

Retiró un poco la manta para descubrir los pies de la víctima e hizo un último gesto de asentimiento. Allí estaba la llave. En la fotografía de Janet que había aparecido en el Review, la chica no llevaba la llave, así que debía de haberse caído por ahí. Era una lástima. Se aseguró de que esa vez hubiera quedado bien atada. La amenaza estaba servida. «Chúpate esa, Vartanian.»

Dutton, martes, 30 de enero, 5.30 horas.

Un fuerte crujido despertó a Alex, quien levantó de golpe la cabeza para prestar atención. Se había quedado dormida en el sofá después de que Meredith se acostara. Volvió a oír el crujido y supo que no se trataba de un sueño. Había alguien, o algo, en el porche de entrada. Se acordó de la pistola guardada en la caja y en su lugar aferró en silencio el teléfono móvil de la mesita auxiliar.

¡Menudo servicio le reportaba una pistola guardada bajo llave! Suerte que por lo menos podía llamar al 911. Claro que eso tampoco iba a servirle de gran ayuda si la respuesta del sheriff Loomis con respecto a la desaparición de Bailey era la tónica habitual. Entró con sigilo en la cocina y cogió el cuchillo de mayor tamaño del cajón; luego se dirigió a la ventana y echó un vistazo al exterior.

Y de un bufido soltó el aire que había estado conteniendo. Se trataba tan solo del repartidor de periódicos, un chico que más bien daba la impresión de encontrarse en edad escolar. En esos instantes rellenaba un formulario sujeto en una tablilla y, su rostro, a la luz de la linterna que sujetaba entre los dientes, tenía cierto aspecto sobrenatural. Entonces levantó la cabeza y la vio. De puro estupor, dejó caer la linterna al suelo con estrépito. Se la quedó mirando con los ojos como platos y Alex se percató de que había visto el cuchillo.

Ella bajó la mano con que lo sostenía y abrió un poco la ventana.

– Me has asustado.

En el silencio de la noche pudo oírse cómo el chico tragaba saliva.

– Más me ha asustado usted a mí, señora.

Los labios de Alex dibujaron una especie de sonrisa y el chico trató de devolverle el gesto.

– No estoy suscrita al periódico -dijo ella.

– Ya lo sé, pero la señorita Delia nos ha explicado que había alquilado la casa, y el Review ofrece una semana de suscripción gratuita a los nuevos habitantes del barrio.

Ella arqueó las cejas.

– ¿Suele haber mucha gente nueva en este barrio?

El chico sonrió con timidez.

– No, señora. -Le tendió el periódico y el formulario que había estado rellenando, y Alex tuvo que abrir un poco más la ventana para recogerlos.

– Gracias -susurró-. No te olvides la linterna.

Él la recogió.

– Bienvenida a Dutton, señorita Fallon. Que tenga un buen día.

Alex cerró la ventana en cuanto el chico subió a su furgoneta para dirigirse a la siguiente vivienda de la ruta. Con el pulso casi normalizado, desdobló la publicación y echó un vistazo a la portada.

Y el corazón volvió a desbocársele.

– Jane Bowie -musitó. Alex tenía un vago recuerdo del congresista Bowie pero se acordaba bien de su esposa. Rose Bowie, con su desaprobación pública de la conducta de la madre de Alex, había sido la causante de que dejaran de asistir a misa los domingos. La mayoría de las mujeres de Dutton dieron la espalda a Kathy Tremaine por haberse ido a vivir con Craig Crighton.

Alex se frotó las sienes al notar un dolor repentino y apartó a Craig de sus pensamientos. El recuerdo de su madre no era tan fácil de ignorar. Habían pasado años dichosos, cuando su padre aún estaba vivo y su madre era feliz. Luego vinieron los años duros, cuando en casa vivían las tres solas. «Mamá, Alicia y yo.» Andaban justas de dinero y su madre siempre estaba preocupada; no obstante, sus ojos todavía albergaban cierta felicidad. Sin embargo, después de irse a vivir con Craig, la felicidad se extinguió por completo.

Los últimos recuerdos que guardaba de su madre no eran precisamente buenos. Se había mudado a casa de Craig con la intención de darles un hogar y comida que llevarse a la boca. Pero las mujeres como Rose Bowie la rechazaron por ello y la hicieron llorar. Costaba mucho perdonar una cosa así. Durante años Alex había odiado a todas aquellas viejas chismosas. Ahora, mientras leía el titular, se preguntó quién podía detestar tanto a Janet Bowie para asesinarla de un modo semejante.

Y por qué el asesino había desenterrado el fantasma de Alicia después de tantos años.

Dutton, martes, 30 de enero, 5.35 horas.

Mack subió a la furgoneta y se dirigió a la siguiente casa. La anciana Violet Drummond salió a la puerta tambaleándose para recoger el periódico, tal como hacía todos los días. La primera vez que Mack la vio estuvo a punto de darle un ataque, pero la mujer no lo reconoció. Había cambiado mucho desde que se marchara de Dutton, en más de un sentido. La anciana Violet no representaba ninguna amenaza; sin embargo la mujer era un pozo de información y la compartió con gusto. Además era amiga de Wanda, la secretaria del sheriff, por lo que la información procedía de buena fuente.

Le entregó el periódico a través de la ventana.

– Buenos días, señorita Drummond.

La mujer asintió con gesto enérgico.

– Buenos días, Jack.

Mack se volvió hacia la casa donde vivía Alex.

– Parece que tiene vecinos nuevos.

Violet entornó sus ojos surcados de arrugas.

– La chica Tremaine ha vuelto.

– No la conozco -mintió.

– Esa chica no puede traer nada bueno. Acaba de llegar a la ciudad y ya ha vuelto a suceder lo mismo. -Violet señaló con el pulgar la portada del periódico, donde Jim Woolf había escrito con profusión sobre la muerte de Janet Bowie-. Ni siquiera es capaz de comportarse como es debido.

Él arqueó las cejas.

– ¿Qué ha hecho? -Sus espías le habían contado que Alex Fallon estaba decidida a encontrar a su hermanastra, pero no le habían dicho que hubiera hecho nada indecoroso.

– Ha besado a Daniel Vartanian, en el porche de entrada, ¡para que lo viera todo el mundo!

– Qué vergüenza. -«Qué interesante»-. Hay gente que no tiene decencia.

Violet soltó un resoplido.

– No, verdaderamente. Bueno, Jack, no quiero entretenerte.

Mack sonrió.

– Siempre es un placer hablar con usted, señorita Drummond. Hasta mañana.

Atlanta, martes, 30 de enero, 8.00 horas.

Daniel se sentó junto a Chase y Ed ante la mesa de reuniones y reprimió un bostezo.

– La identidad está confirmada. Según Felicity, el registro dental de Janet coincide con el de la víctima. Es increíble lo rápido que se solucionan las cosas cuando el afectado es un congresista -añadió en tono irónico-. El odontólogo ha venido a verme con las radiografías a las cinco de la madrugada.

– Buen trabajo -aprobó Chase-. ¿Qué hay del novio? El cantante de jazz.

– Lamar tiene una coartada, diez testigos y las grabaciones de las cámaras de seguridad del club de jazz que lo confirman.

– ¿Estaba actuando cuando mataron a Janet? -preguntó Ed.

– Con la sala llena. El chico está apenado de veras. Cuando le he dicho que Janet estaba muerta, se ha dejado caer en una silla y ha empezado a sollozar. Dice que había oído lo del crimen pero que no tenía ni idea de que la víctima fuera Janet.

Ed frunció el entrecejo.

– ¿Qué pensó al ver que no aparecía a la hora de su cita?

– Le había dejado un mensaje en el contestador, le decía que su padre tenía un acto político y que esperaba que ella asistiera. La llamada se produjo el jueves a las ocho de la tarde.

– O sea que a esa hora aún estaba viva, y probablemente murió hacia la medianoche -observó Chase-. Pasó el día en Fun-N-Sun, pero ¿cuándo se marchó?

– Todavía no lo sé. Lamar dice que fue con un grupo de adolescentes de la escuela Lee.

– ¿Era profesora? -se extrañó Chase.

– No, era voluntaria. Parece que a Janet le impusieron una pena de servicio comunitario el año pasado, a causa de una pelea con otra violoncelista de la orquesta.

Chase soltó una risotada.

– ¿Una pelea de violoncelistas? ¿Qué hicieron? ¿Cruzar los arcos?

Daniel alzó los ojos en señal de exasperación ante el chiste fácil.

– No he dormido lo suficiente para que me parezca gracioso. La otra violoncelista acusó a Janet de estropearle el instrumento para ocupar ella el puesto de solista. Las dos mujeres se enzarzaron en una vergonzosa pelea, se tiraron del pelo y se clavaron las uñas. La otra violoncelista acusó a Janet de agresión y daños a la propiedad ajena. Parece que la chica aparecía en una grabación con el instrumento entre manos, así que tuvo que prestar declaración. Su hermano Michael dice que el trabajo como voluntaria caló en ella, que consideraba muy importante a ese grupo de adolescentes.

– ¿Fueron a un parque acuático un día de escuela? -preguntó Ed en tono escéptico.

– Lamar dice que quiso premiar a los alumnos con una media de sobresaliente, y que al director le pareció bien.

– Del parque acuático a Atlanta hay cuatro horas de camino en coche -observó Chase-. Si telefoneó a Lamar a las ocho bajo coacción quiere decir que a esa hora el asesino ya la había atrapado. Tenemos que averiguar a qué hora se marchó del parque con los chicos. Es posible que eso nos ofrezca una pista valiosísima.

– He llamado a la escuela pero todavía no había llegado nadie. Cuando acabemos iré para allá.

– Con un poco de suerte obtendrás más información de la que nosotros hemos conseguido en su piso -dijo Ed con desánimo-. Hemos tomado las huellas y hemos examinado el contestador automático y el ordenador. De momento no hay nada destacable.

– Estamos dando por supuesto que llamó a Lamar bajo coacción -dijo Chase-. ¿Y si tuviera dos citas a la vez? ¿Y si hubiera quedado con otro tío para pasar el fin de semana?

– Hemos pedido que comprueben sus llamadas -explicó Daniel-. Si telefoneó a otra persona, lo sabremos. Por cierto, hablando de llamadas, hemos obtenido la orden para registrar las de Jim Woolf. Recibiremos la información de un momento a otro.

– Woolf estuvo allí anoche, en casa de los Bowie -musitó Ed-. ¿Cómo se enteró?

– Dijo que había seguido los coches que desfilaban colina arriba -respondió Daniel, y Ed se irguió en la silla.

– Hablando de coches, Janet Bowie tenía un BMW Z4 que no está en el aparcamiento de su casa ni en casa de los Bowie, en Dutton.

– No pudo llevar a todos los chicos al parque en su coche -observó Chase-. El modelo es de dos plazas.

– Le preguntaré al director. Puede que los acompañara algún padre; los chicos son demasiado jóvenes para conducir.

– ¿Chase? -Leigh abrió la puerta-. Tienes una llamada del sheriff Thomas, de Volusia.

– Dile que ya lo llamaré yo. La chica frunció el entrecejo.

– Dice que es urgente. Danny, aquí tienes el fax, las llamadas de Woolf.

Daniel le echó un vistazo mientras Chase respondía al teléfono.

– Jim Woolf recibió una llamada el domingo a las seis de la mañana en el teléfono de su casa. -Hojeó el informe-. Dos minutos antes había recibido una llamada del mismo número en el teléfono del despacho. Y… también hay otra llamada del mismo número… Joder. -Levantó la cabeza con mala cara-. Es de esta mañana, a las seis.

– Mierda -masculló Ed.

– Bien dicho; mierda -terció Chase, colgando el teléfono.

Daniel suspiró.

– ¿Dónde ha sido?

– En Tylersville. Es una chica envuelta en una manta marrón, tiene una llave atada a un dedo del pie.

– Has acertado, Ed -musitó Daniel. Se preguntaba si podía tratarse de Bailey. La mera idea de tener que darle la noticia a Alex lo hacía sentirse fatal. Claro que la crudeza de la situación lo hacía sentirse peor-. Caballeros, nos enfrentamos a un asesino en serie.

Martes, 30 de enero, 8.00 horas.

Volvió a oír que alguien escarbaba. Bailey pestañeó; aquel dolor de cabeza era casi insufrible. La noche anterior, cuando la sacó de la celda, se había comportado como un bárbaro, pero ella había resistido. No le dijo nada. Claro que a esas alturas no estaba segura de que importara mucho si lo hacía. Él disfrutaba torturándola, se reía de su dolor. Era un animal, un monstruo.

Trató de concentrarse en el ruido. Era rítmico, como el tictac de un reloj. El tiempo iba pasando. ¿Cuántos días debía de llevar allí? ¿Con quién estaría Hope? «Por favor, me da igual que me mate, pero haz que mi niña esté bien.»

Cerró los ojos y el ruido se desvaneció. Todo se desvaneció.

Volusia, Georgia, martes, 30 de enero, 9.30 horas.

– ¿Quién la ha encontrado? -preguntó Daniel al sheriff Thomas.

Thomas apretó la mandíbula.

– Dos hermanos, de catorce y dieciséis años. El mayor nos llamó desde su móvil. Todos los chicos suelen tomar este atajo para llegar a la escuela.

– O sea que esta vez también quería que la encontráramos. -Daniel echó un vistazo a la zona poblada de árboles-. La última vez un periodista se subió a un árbol para esconderse y fotografiar la escena. ¿Puede pedir a sus hombres que registren la zona?

– Cuando el chico nos ha llamado hemos venido de inmediato, ningún periodista ha podido tener acceso.

– Si es el mismo, habrá llegado antes de que los chicos encontraran a la víctima.

Thomas entornó los ojos.

– ¿Quiere decir que ese psicópata le pasa información?

– Eso creemos -respondió Daniel, y Thomas hizo una mueca de repugnancia.

– Iré con ellos, así me aseguraré de que no toquen nada que pueda servirles.

Daniel observó a Thomas dirigir a un par de sus hombres hacia los árboles y se volvió hacia Felicity Berg en el momento en que esta salía de la zanja.

– Lo mismo, Daniel -anunció, quitándose los guantes-. La muerte se produjo entre las nueve y las once de anoche, y la han dejado aquí antes de las cuatro de la madrugada.

– El rocío -observó Daniel-. La manta está húmeda. ¿Hubo agresión sexual?

– Sí. Y tiene los huesos de la cara rotos, igual que Janet Bowie. También presenta contusiones alrededor de la boca. Supongo que cuando practique la autopsia descubriré que fueron producidas después de la muerte. Ah, en cuanto a la llave, está atada y bien atada. De haber estado viva se le habría gangrenado todo el pie. El asesino quería que la encontrarais.

– ¿Has visto marcas en los brazos, Felicity?

– No, y en el tobillo no tiene ningún cordero tatuado. Puedes decirle a la señorita Fallon que esta víctima tampoco es su hermanastra.

Daniel exhaló un suspiro de alivio.

– Gracias.

Felicity se irguió un poco más cuando los técnicos forenses sacaron el cadáver de la zanja.

– Me la llevaré directamente al depósito y trataré de averiguar quién es.

En el momento en que los vehículos del equipo forense se alejaban, Daniel oyó un disparo y cuando se giró vio que el sheriff Thomas y uno de sus ayudantes obligaban a Jim Woolf a bajarse de un árbol, y no con buenos modos.

– Woolf -lo llamó Daniel cuando Thomas se acercó con él-, ¿puede saberse a qué estás jugando?

– Hago mi trabajo -le espetó él.

El ayudante del sheriff llevaba consigo la cámara de fotos de Woolf.

– Estaba haciendo fotos.

Woolf le lanzó una mirada feroz.

– Estaba fuera del escenario del crimen y en territorio público. No podéis llevaros la cámara ni las fotos sin una orden judicial. Las otras te las di por cortesía.

– Las otras me las diste porque ya las habías utilizado -lo corrigió Daniel-. Jim, míralo desde mi punto de vista. Recibes una llamada el domingo a las seis de la mañana y otra hoy a la misma hora, del mismo número. Los dos días te presentas en el escenario del crimen antes que nosotros. Es lógico pensar que tienes algo que ver con todo esto.

– No tengo nada que ver -dijo Woolf entre dientes.

– Entonces demuéstranos tus buenas intenciones. Descarga la memoria de la cámara en uno de nuestros ordenadores. Tú podrás marcharte con las fotos y yo me daré por satisfecho.

Woolf sacudió la cabeza, enojado.

– Como quieras. Acabemos con esto de una vez, tengo trabajo.

– Me has quitado las palabras de la boca -repuso Daniel en tono amable-. Voy por mi ordenador.

Dutton, martes, 30 de enero, 10.00 horas.

Meredith cerró la puerta de entrada tras de sí. Iba vestida con el equipo de footing y estaba temblando de frío.

– Esta mañana la temperatura ha bajado veinte grados con respecto ayer.

Alex levantó la mano sin apartar la mirada del televisor. Había quitado el sonido y había vuelto la silla de Hope de modo que la niña no pudiera ver la pantalla.

– ¡Chis!

– ¿Qué ha ocurrido? -preguntó Meredith con impaciencia.

Alex se esforzó mucho para que su voz no denotara un ápice de miedo.

– Noticias de última hora.

Meredith tragó saliva.

– ¿Otro asesinato?

– Sí. Aún no se sabe nada, y no han enseñado ninguna foto.

– Vartanian te habría llamado -dijo Meredith en tono tranquilizador.

Justo al terminar la frase sonó el teléfono, y a Alex le dio un brinco el corazón al ver en la pantalla de identificación de llamadas que se trataba de Daniel.

– Es él. ¿Daniel? -respondió, incapaz de controlar el temblor de su voz.

– No es Bailey -la informó él sin preámbulos.

Alex se estremeció, aliviada.

– Gracias.

– De nada. Supongo que ya te habías enterado.

– En las noticias no han dado mucha información. Solo han dicho que ha habido otro asesinato.

– Yo tampoco sé gran cosa más.

– ¿Otro igual?

– Otro igual -confirmó él en tono quedo. Alex oyó que cerraba la puerta del coche y ponía el motor en marcha-. No quiero que salgas de casa sola. Por favor.

Un desagradable e inoportuno escalofrío recorrió el cuerpo de Alex.

– Hoy pensaba salir, tengo cosas que hacer. He de hablar con unas cuantas personas. No tendré otra oportunidad para hacerlo hasta que Meredith consiga volver.

Él emitió un ruido que denotaba impaciencia.

– Muy bien. No te apartes de la gente y no aparques el coche en un lugar alejado. De hecho será mejor que le pidas a algún mozo que te aparque el coche, y no vuelvas a acercarte a casa de Bailey sola. Y… llámame de vez en cuando para que sepa que estás bien. ¿De acuerdo?

– De acuerdo -musitó ella, y se aclaró la garganta cuando Meredith le dirigió una mirada de complicidad-. ¿Registrará Loomis la casa de Bailey, ahora que por fin la han dado por desaparecida?

– Voy de camino a Dutton, a ver a Frank Loomis. Se lo preguntaré.

– Gracias. Por cierto, Daniel, si esta noche no puedes venir, lo entenderé.

– Haré todo lo posible por ir. Tengo que colgar, he de llamar a unas cuantas personas más. Adiós.

Y colgó. Alex cerró el móvil con cuidado.

– Adiós -musitó.

Meredith se sentó junto a Hope y ladeó la cabeza mientras miraba el dibujo de Alex y el de la niña sucesivamente.

– Utilizáis una técnica parecida, ninguna de las dos se sale de las líneas.

Alex alzó los ojos en señal de exasperación.

– Vale, soy perfeccionista.

– Sí, pero pintas muy bien. -Meredith rodeó a la niña por los hombros-. Tu tía Alex necesita un poco de diversión. Juega con ella mientras estoy fuera.

Hope levantó de golpe la barbilla y sus ojos grises se llenaron de pánico.

Meredith se limitó a acariciarle la mejilla con el pulgar.

– Volveré, te lo prometo.

A Hope empezó a temblarle el labio inferior. A Alex le partía el corazón verla así.

– No te dejaré sola, cariño -musitó-. Mientras Meredith esté fuera, no me separaré de ti ni un minuto. Te lo prometo.

Hope tragó saliva, luego bajó la vista al dibujo.

Alex se recostó en la silla.

– Menos mal.

Meredith posó la mejilla en los rizos de Hope.

– No te pasará nada, Hope. -Miró a Alex a los ojos-. Repíteselo de vez en cuando, necesita oírlo. Necesita creérselo.

«Yo también», pensó Alex, pero asintió con convencimiento.

– Lo haré. Hoy tengo que ir a un montón de sitios, el primero es el juzgado provincial. Necesito una licencia para poder llevar encima… el juguetito.

– ¿Cuánto tardan en concederla?

– En la página web pone que unas semanas.

– Y mientras, ¿qué? -preguntó Meredith con énfasis.

Alex miró el cuaderno de colorear de Hope. «Cuánto rojo.»

– Estrictamente hablando, tengo permiso para llevarlo en el maletero del coche.

Meredith se mordió la parte interior de las mejillas.

– Ya sabes que una verdad a medias equivale a una mentira.

Alex alzó la barbilla.

– ¿Piensas llamar a la policía?

Meredith alzó los ojos en señal de exasperación.

– Ya sabes que no. Pero tú sí que lo harás, se lo has prometido a Vartanian. Y esta noche, después de llamarlo a él, me llamarás a mí.

– Te llamaré de vez en cuando. -Apartó la silla de la mesa y se dirigió al dormitorio.

– Para no perder el avión, tengo que salir de aquí a las cinco -dijo Meredith tras ella.

– Estaré de vuelta. -Solo disponía de siete horas y media para solicitar un permiso para llevar armas ocultas y hablar con algunas personas que conocieran las costumbres de Bailey, fueran sus amigos o sus enemigos. Tendría que apañárselas con eso.

Martes, 30 de enero, 11.00 horas.

– Hola.

Era un sueño, ¿verdad?

– Hola.

Bailey levantó la cabeza unos milímetros y se tambaleó al notar que la habitación daba vueltas a su alrededor. No era un sueño. El susurro era real y procedía del otro lado del muro. Con esfuerzo se puso a cuatro patas, y un repentino malestar le azotó el estómago y le produjo arcadas. Sin embargo, no vomitó, porque no le habían dado nada para comer. Ni para beber.

«¿Cuánto tiempo hace ya?» ¿Cuánto tiempo llevaba allí?

– Hola. -Volvió a oír el susurro a través de la pared.

Era real. Bailey gateó hasta allí y se dejó caer de bruces mientras observaba cómo el suelo se movía, un poco. Muy poquito. Apretó los dientes y hurgó en los escombros.

Hasta que tocó algo sólido; un dedo. Ahogó un grito al notar que el dedo daba vueltas y se retraía dentro del agujero, y al hacerlo arrastraba consigo parte de los escombros de su lado del muro.

– Hola -susurró ella en respuesta.

El dedo volvió a aparecer y Bailey lo tocó mientras en su pecho sentía formarse un sollozo.

– No llores -susurró el otro recluso-. Él te oiría. ¿Quién eres?

– Bailey.

– ¿Bailey Crighton?

Bailey se quedó sin respiración.

– ¿Me conoce?

– Soy el padre Beardsley.

«La carta de Wade.» La carta que contenía la llave que él le pedía cada vez que la sacaba de la celda. Cada vez que…

– ¿Por qué está aquí?

– Por el mismo motivo que tú, supongo.

– Pero yo no se lo he dicho, no le he dicho nada, lo juro. -Su voz se quebró.

– Chis. Bien hecho, Bailey. Eres más fuerte de lo que cree. Y yo también.

– ¿Cómo se ha enterado de lo suyo?

– No lo sé. Fui a tu casa… ayer por la mañana. Tu hermanastra estaba allí.

– ¿Alex? -Bailey volvió a sentir el incipiente sollozo y lo reprimió-. ¿De verdad? ¿De verdad ha venido?

– Te está buscando, Bailey. Hope está con ella, está a salvo.

– ¿Mi niña? -El llanto afloró, silencioso pero continuo-. No se lo ha dicho, ¿verdad? -Percibía el sentimiento de culpa en su propia voz, y no pudo hacer nada por ocultarlo.

Él guardó silencio unos instantes.

– No, no se lo he dicho. No he sido capaz. Lo siento.

Ella debería haber respondido: «Lo comprendo», pero no pensaba mentirle a un sacerdote.

– ¿Y a él?

– No.

Bailey notó que la escueta respuesta estaba teñida de dolor. Vaciló.

– ¿Qué le ha hecho?

Lo oyó exhalar un hondo suspiro.

– Nada que no pueda soportar. ¿Y a ti?

Ella cerró los ojos.

– Lo mismo. Pero no estoy segura de poder soportarlo mucho tiempo más.

– Sé fuerte, Bailey. Hazlo por Hope.

«Hope me necesita.» Tendría que repetirse la cancioncilla por algún tiempo más.

– ¿Hay alguna forma de salir de aquí?

– Si se me ocurre algo, te lo diré.

Luego el dedo desapareció y Bailey oyó que él rellenaba el agujero desde su lado del muro.

Ella hizo lo propio y volvió a arrastrarse hasta el lugar que ocupaba antes en la celda.

«Hope está con Alex. Mi niña está a salvo.» Eso era todo cuanto importaba de veras. Lo demás… «Lo demás está todo en mi mente.»

Capítulo 8

Dutton, martes, 30 de enero, 11.15 horas.

Wanda Pettijohn miró a Daniel por encima de las gafas.

– Frank no está.

– ¿Ha salido de servicio o está enfermo?

Randy Mansfield, el ayudante del sheriff, salió del despacho de Frank.

– No está y punto, Danny. -Mansfield habló en tono tranquilo pero el mensaje estaba claro: «No es asunto tuyo, o sea que no preguntes nada». Randy deslizó una fina carpeta por encima del mostrador-. Me ha pedido que te dé esto.

Daniel echó un vistazo a las pocas hojas que había dentro.

– Es el expediente de Alicia Tremaine. Esperaba que contuviera más información. ¿Dónde están las fotos del escenario del crimen, las declaraciones y las fotos de la víctima?

Randy encogió un hombro.

– Eso es todo cuanto Frank me ha dado.

Daniel levantó la cabeza y lo miró con los ojos entornados.

– Tiene que haber más información.

La sonrisa de Randy se desvaneció.

– Si no está ahí es que no la hay.

– ¿Nadie tomó una instantánea del escenario del crimen ni hizo un esbozo? ¿Dónde encontraron a la chica?

Con una mueca, Randy tomó la carpeta y repasó la hoja que constituía el primer informe policial.

– En Five Mile Road. -Levantó la cabeza-. En la cuneta.

Daniel se mordió la lengua.

– ¿En qué punto de Five Mile Road? ¿Cuál era el cruce más próximo? ¿Quiénes fueron los primeros interrogados? ¿Dónde está la copia del informe forense?

– El expediente es de hace trece años -respondió Randy-. Antes las cosas se hacían de otra manera.

Wanda se acercó al mostrador.

– Yo ya trabajaba aquí, Daniel. Puedo contarte lo que ocurrió.

Daniel notó un principio de migraña.

– Muy bien, de acuerdo. ¿Qué ocurrió, Wanda?

– Era el primer sábado de abril. Tremaine no estaba en la cama cuando su madre fue a despertarla. No había vuelto a casa por la noche. La tal Alicia era bastante caradura y su madre pensó que debía de estar con algún amigo, pero cuando los telefoneó resultó que nadie la había visto.

– ¿Quién descubrió el cadáver?

– Los hermanos Porter, Davy y John. Habían salido a dar una vuelta con sus bicicletas destartaladas.

Daniel lo anotó en su cuaderno.

– Davy y John eran el tercero y el cuarto de seis hermanos, si no recuerdo mal.

Wanda asintió con consideración.

– Recuerdas bien. Davy tenía unos once años y John, trece. Tenían dos hermanos mayores y dos menores.

A la sazón, Davy y John debían de tener veinticuatro y veintiséis años respectivamente.

– ¿Qué hicieron?

– Después de vomitar, John se acercó con la bicicleta hasta la granja de la familia Monroe. Di Monroe llamó al 911.

– ¿Quién fue el primer policía en llegar al escenario del crimen?

– Nolan Quinn. Falleció -añadió Wanda con sobriedad.

– No volvió a ser el mismo después de encontrar a Alicia -dijo Randy en tono quedo, y Daniel cayó en la cuenta de que para ellos aquello no era un simple expediente. Tal vez fuera el peor crimen que había tenido lugar en Dutton hasta el pasado fin de semana-. Al año siguiente yo terminé la universidad y entré en el cuerpo, y Nolan no volvió a ser el mismo.

– Me parece imposible que alguien que descubre una cosa así no quede afectado -musitó Daniel, pensando en los hermanos Porter-. ¿Quién se encargó de la autopsia, Wanda?

– El doctor Fabares.

– También falleció -explicó Randy, y se encogió de hombros-. Casi toda esa generación ha desaparecido. Los que quedan están sentados en el banco de la barbería.

– Pero el doctor Fabares debió de redactar algún informe -observó Daniel.

– Debe de estar en alguna parte -repuso Randy, como si «alguna parte» fuera un lugar fácil de averiguar.

– ¿Qué encontraron en el cadáver? -preguntó Daniel.

Wanda frunció el entrecejo.

– ¿Qué quieres decir? La chica estaba desnuda, envuelta en una manta.

– ¿No llevaba ningún anillo? ¿Ninguna joya? -«¿Ninguna llave?». Pero Daniel se guardó ese pensamiento para sí.

– Nada -respondió Wanda-. El vagabundo se lo robó todo.

Daniel encontró el informe de la detención.

– Gary Fulmore. -El informe llevaba grapada una fotografía. Fulmore tenía la mirada enajenada y el rostro macilento-. Parece que esté colocado.

– Lo estaba -confirmó Randy-. Eso sí que lo recuerdo. Tenía niveles altos de fenciclidina cuando lo encontraron. Hicieron falta tres hombres para reducirlo y que Frank pudiera ponerle las esposas.

– Así, ¿lo arrestó Frank?

Randy asintió.

– Fulmore había destrozado el taller de chapa y pintura de Jacko, rompió un cristal y empezó a agitar una llanta. Lo detuvieron y encontraron el anillo de Alicia en su bolsillo.

– ¿Eso es todo? ¿No encontraron semen ni ninguna otra prueba física?

– No, no recuerdo que encontraran semen en la víctima. Lo normal sería que constara en el expediente de Fabares. De todos modos para dejarle la cara tal como la tenía… Solo alguien con un subidón de fenciclidina podría haberle causado un daño semejante. Además llevaba una llanta.

– Lo encontraron en un taller de chapa y pintura. Claro que llevaba una llanta.

– Solo te estoy contando lo que recuerdo -replicó Randy, molesto-. ¿Quieres saberlo o no?

– Lo siento. Continúa, por favor.

– En la llanta había sangre de Alicia, y también encontraron sangre en los bajos de sus pantalones.

– Son pruebas bastante sólidas -comentó Daniel.

Randy lo miró con ganas de mandarlo a la mierda.

– Me alegro de que dé su aprobación, agente Vartanian.

Daniel cerró la carpeta. Dentro no había nada más.

– ¿Quién le tomó declaración?

– Fue Frank -respondió Wanda-. Fulmore lo negó todo, claro. Pero también recuerdo que decía ser cantante de rock.

– Dijo que era Jimi Hendrix. -Randy sacudió la cabeza-. Dijo muchas cosas.

– El padre de Randy fue el abogado de la acusación -dijo Wanda con orgullo, y cerró la boca de golpe-. También falleció, sufrió un paro cardíaco hace doce años. Tenía solo cuarenta y cinco.

Daniel había leído que el padre de Mansfield había sido el abogado de la acusación en uno de los artículos que Luke le había bajado de internet, pero no sabía que el hombre hubiera muerto. Era un puto fastidio no poder hablar con ninguna de las personas directamente implicadas en el caso.

– Siento lo de tu padre, Randy -dijo, porque era lo que se esperaba de él.

– Yo también siento lo del tuyo -respondió Randy en un tono que denotaba que sus palabras no eran sinceras.

Daniel lo dejó estar.

– El juez Borenson llevó el caso de Fulmore. ¿Él sí que vive?

– Sí -respondió Wanda-. Está retirado y tiene una casa en la montaña.

– Es un pobre ermitaño -aclaró Randy-. Ni siquiera creo que tenga teléfono.

– Sí que lo tiene -repuso Wanda-. Lo que pasa es que nunca contesta.

– ¿Tenéis su número? -preguntó Daniel, y Wanda pasó las hojas de su Rolodex.

Lo anotó y se lo entregó.

– Te deseo suerte, el hombre es difícil de localizar.

– ¿Qué pasó con la manta en la que encontraron envuelta a Alicia?

Wanda hizo una mueca.

– Con el Dennis se inundó la oficina y perdimos todo lo que quedaba por debajo de un metro veinte. El expediente estaba archivado más arriba, si no también se habría perdido.

Daniel suspiró. El huracán Dennis había provocado grandes inundaciones en Atlanta y las provincias cercanas unos años atrás.

– Mierda -masculló, y torció el gesto ante la feroz mirada de Wanda-. Lo siento -musitó.

La mirada de Wanda se tornó preocupada.

– El asesino de Janet ha vuelto a matar.

– Anoche. Parece imitar con todo detalle ese viejo crimen.

– A excepción de lo de la llave -observó Wanda, y Daniel tuvo que hacer uso de todo su autocontrol para no pestañear.

– ¿Cómo dices?

– La llave -repitió Wanda-. La que han encontrado atada en el pie de la última víctima.

– Han colgado fotos en internet -explicó Randy-. Se ve claramente la llave atada al dedo del pie.

Daniel dominó su ira.

– Gracias, aún no he visto las noticias.

El serio semblante de Randy dio paso a una expresión más bien petulante.

– Diría que tenéis un correveidile.

«Un puto cerdo llamado Woolf.»

– Gracias por vuestro tiempo. -Se volvió para marcharse y entonces recordó lo que le había prometido a Alex-. Ah, una cosa más. Bailey Crighton.

Wanda hizo una mueca y Randy exageró una mirada de exasperación.

– Danny…

– Su hermanastra está preocupada -dijo Daniel forzando un tono de disculpa-. Por favor.

– Mira, Alex no conocía bien a Bailey. -Randy sacudió la cabeza-. Bailey Crighton era una puta; así de claro. -Se volvió hacia Wanda-. Lo siento.

– Es la pura verdad -soltó Wanda, y un rubor le tiñó las mejillas-. Bailey era mala hierba. No ha desaparecido, lo que pasa es que se ha marchado, ha huido, que es lo propio de una yonqui asquerosa como ella.

Daniel pestañeó ante el viperino tono de Wanda.

– ¡Wanda!

Wanda apuntó a Daniel y agitó el dedo.

– Y a ti más te vale tener cuidado con su hermanastra. Es posible que a la luz de la luna te parezca un encanto, pero también tiene un pasado tortuoso.

Randy posó una mano en el hombro de Wanda y se lo apretó con afecto.

– Ya está bien, cariño -susurró a la anciana. Luego se volvió hacia Daniel, cabizbajo y señalando hacia atrás con la mirada-. El hijo de Wanda tuvo… una relación con Bailey hace algunos años.

Los ojos de Wanda echaban chispas.

– Tal como lo dices parece que mi Zane tuviera intenciones de irse a vivir con esa zorra. -Se echó a temblar de pura furia-. Ella lo engatusó y estuvo a punto de romper su matrimonio.

Daniel hizo un esfuerzo por recordar. Zane Pettijohn tenía su misma edad y jugaba al béisbol con el equipo de la escuela pública. El chico sentía debilidad por las mujeres con curvas y las bebidas fuertes.

– ¿Él está bien?

Wanda seguía temblando de rabia.

– Sí, y no precisamente gracias a esa yonqui.

– Ya.

Daniel aguardó unos instantes y Wanda se sentó en la silla y cruzó los esqueléticos brazos sobre su pecho, aún más esquelético.

– De todos modos, ¿qué habéis hecho para buscar a Bailey? ¿Habéis registrado su casa? ¿Dónde está su coche?

– Tiene la casa hecha una pocilga -soltó Randy con desdén-. Hay porquería por todas partes. Agujas… Joder, Danny, tendrías que haber visto la cara de la pobre niña encerrada en el armario. Estaba aterrada. Si Bailey se ha ido, o bien lo ha hecho por voluntad propia o bien se la ha llevado algún putero.

Daniel abrió los ojos como platos.

– ¿Seguía haciendo de prostituta?

– Sí. Si buscas su historial, descubrirás que tiene una larguísima lista de cargos.

Daniel ya lo había hecho, y descubrió que el último arresto de Bailey había tenido lugar cinco años atrás. Antes la habían detenido varias veces por ejercer la prostitución callejera y por posesión de drogas. Sin embargo, estaba limpia por lo que respectaba a los últimos cinco años y nada de lo que Randy había dicho sobre su casa cuadraba con lo que la hermana Anne le había explicado la noche anterior. O Bailey era un hacha y no se dejaba atrapar o algo no marchaba como era debido, y Daniel se inclinaba más por lo segundo.

– Buscaré su historial cuando vuelva al despacho. Gracias a los dos. Me habéis ayudado mucho.

Ya había subido al coche cuando recordó las palabras y cayó en la cuenta. «… más te vale tener cuidado con su hermanastra. Es posible que a la luz de la luna te parezca un encanto…» La noche anterior había besado a Alex en el porche de su casa, a la luz de la luna. Alguien los había estado observando. La casa quedaba apartada de Main Street, o sea que solo pudo tratarse de alguna viejecita entrometida. De todos modos, la idea lo incomodaba y Daniel era un hombre que hacía caso de su intuición.

Por eso había besado a Alex Fallon la noche anterior, a la luz de la luna. La piel le ardía al evocar el recuerdo. Por eso pensaba volver a hacerlo, muy pronto. Sin embargo, la incomodidad persistía y se estaba transformando en preocupación. Alguien los había estado observando. Marcó el número de Alex y oyó la fría voz del contestador automático.

– Soy Daniel. Llámame en cuanto puedas.

Se dispuso a guardar el teléfono en el bolsillo, pero se interrumpió con mala cara. «Woolf.» Llamó a Ed.

– ¿Has visto las noticias?

– Sí -respondió él en tono sombrío-. Chase está hablando por teléfono con los mandamases, les está explicando cómo se las ha apañado Woolf para difundir tan rápidamente la información.

– ¿Y cómo lo ha hecho?

– Con la Black Berry. Tomó la foto y tal cual la colgó en internet.

– Mierda. No he incluido la Black Berry en la orden de registro. Tendré que llamar a Chloe y modificarla.

– Ya lo he hecho yo, solo que la Black Berry no está a su nombre. Está a nombre de su mujer.

– Marianne -dijo Daniel con un suspiro-. ¿Podrá Chloe solucionarlo pronto?

– Eso dice. Oye, ¿has conseguido alguna de las pruebas del caso Tremaine?

– No -respondió Daniel, indignado-. Las inundaciones destruyeron las pruebas y el expediente es patético. Lo único que puedo decirte es que no había ninguna llave. Eso es nuevo en el modus operandi del asesino.

– Las dos llaves son iguales -anunció Ed-. Tienen los mismos dientes, claro que eso no es nada sorprendente. ¿Has hablado con el director de la escuela?

– Sí, he pasado por allí de camino a la comisaría, tras marcharme del escenario del crimen. Me ha explicado que Janet alquiló una furgoneta para llevar a los chicos a Fun-N-Sun. He telefoneado a los padres y todos dicen que Janet volvió con los chicos a las siete y cuarto. Leigh está tratando de averiguar a qué compañía alquiló el vehículo a partir de sus tarjetas de crédito. Si alguien te pregunta por mí, di que estoy en el depósito de cadáveres. Te llamaré más tarde.

Atlanta, martes, 30 de enero, 12.55 horas.

Alex dio un último vistazo a la fotografía en que Bailey aparecía sonriente antes de guardarla en el bolso, combado por el peso de la pistola. Meredith la había mirado con mala cara cuando la vio sacarla del estuche, pero Alex no pensaba jugársela. Se colocó bien el asa en el hombro y miró al jefe de Bailey.

– Gracias por todo, Desmond.

– Me siento tan impotente… Bailey llevaba con nosotros tres años y se había convertido en parte de la familia. Queremos hacer algo.

Alex jugueteó con la cinta amarilla atada alrededor del puesto que Bailey ocupaba en el salón de belleza más elegante de Atlanta.

– Ya han hecho mucho. -Señaló el cartel que habían colgado en la puerta. Había visto docenas de ellos mientras paseaba por el centro comercial Underground de Atlanta. Se trataba de una fotografía de Bailey y un texto que ofrecía una recompensa por facilitar información sobre su paradero.

– Ojalá los habitantes de su ciudad fueran tan generosos.

Desmond tensó la mandíbula.

– Nunca le perdonarán sus errores. Le pedimos que se trasladara, que viniera a vivir aquí, pero ella no quiso.

– ¿Se desplazaba todos los días? -De un sitio al otro había una hora de camino.

– Excepto los sábados por la noche. -Señaló un puesto vacío-. Sissy y Bailey eran buenas amigas. Los sábados, la hija de Sissy cuidaba de Hope mientras Bailey trabajaba y luego se quedaban a dormir en casa de Sissy. Bailey ejercía de voluntaria en un centro de acogida los domingos por la mañana. Era su religión particular.

– Ojalá hubiera hablado con usted ayer por la tarde. Me llevó horas dar con el centro de acogida.

Desmond abrió los ojos como platos.

– Así, ¿estuvo allí?

– Ayer por la noche. Parece que adoraban a Bailey.

– Todo el mundo adora a Bailey. -Entrecerró los ojos-. Excepto la gente de esa ciudad. Si quiere saber mi opinión, alguien tendría que investigar a la purria que vive allí.

Alex comprendía su punto de vista.

– ¿Puedo hablar con Sissy?

– Hoy libra, pero le daré su número de teléfono. Déjeme el tíquet del aparcamiento, de paso se lo sellaré.

Alex buscó el tíquet en su bolso y al hacerlo sacó el móvil y vio que la luz parpadeaba.

– Qué raro. He recibido un mensaje pero no he oído sonar el móvil.

– Unas veces hay buena cobertura y otras se pierde la señal y no hay forma de recuperarla. -Se estremeció ante sus propias palabras-. No pretendía hacerme el gracioso. Lo siento.

– No se preocupe, tenemos que pensar que la encontraremos.

Desmond se alejó, cabizbajo, y Alex comprobó el registro del móvil. Daniel la había llamado cuatro veces. El pulso se le desbocó.

«Es posible que solo haya llamado para comprobar que estoy bien.» Pero ¿y si estaba equivocado? ¿Y si la mujer a quien habían encontrado por la mañana fuera Bailey? Se reunió con Desmond en el mostrador de la entrada, recogió el tíquet y le estrechó la mano.

– Tengo que marcharme. Gracias -dijo volviendo la cabeza mientras se dirigía a toda prisa hacia la escalera mecánica que daba a la calle y a la zona de aparcamiento del centro comercial.

Atlanta, martes, 30 de enero, 13.00 horas.

– Un solo pelo, largo y moreno. -Felicity Berg sostenía en alto la pequeña bolsa de plástico que contenía el pelo enroscado como un lazo-. Quería que lo encontrarais.

Daniel se agachó para examinar el dedo del pie de la última víctima.

– Le ató el pelo al dedo gordo del pie izquierdo y luego lo rodeó con la cuerda de la llave. -Se puso en pie y pestañeó al notar que la intensidad del dolor de cabeza era cada vez mayor-. O sea que es importante. ¿Es de hombre o de mujer?

– Creo que hay bastantes probabilidades de que sea de mujer. Además, el asesino ha sido tan amable que nos lo ha dejado con el folículo completo. No me costará mucho obtener el ADN.

– ¿Puedo verlo? -Lo sostuvo a contraluz-. Es difícil adivinar el color con un solo pelo.

– Ed podría comparar el color y ofrecerte una muestra.

– Aparte de eso, ¿qué más podéis decirme de esa mujer?

– Que tenía poco más de veinte años. Llevaba la manicura recién hecha. Hay filamentos de algodón en el interior de las mejillas y pruebas de agresión sexual. Vamos a practicarle un análisis de sangre para comprobar si existen restos de Rohipnol, he pedido resultados urgentes. Ven a ver esto. -Orientó la lámpara de modo que iluminara el cuello de la víctima-. Mira las marcas circulares del cuello. Son bastante débiles pero se ven.

Daniel tomó la lupa que Felicity le tendía y miró a donde ella señalaba.

– ¿Perlas?

– Muy grandes. No la estranguló con el collar, si no las marcas serían más intensas. He pensado que pudo aferrarla por el collar en algún momento, tal vez para ejercer cierta opresión en la tráquea. Y mira aquí. ¿Ves ese pequeño corte?

– Le puso un cuchillo contra la garganta.

Felicity asintió.

– Una cosa más. Llevaba Forevermore. Es un perfume -añadió cuando Daniel la miró con extrañeza-. La botella de treinta mililitros cuesta cuatrocientos dólares.

Daniel la miró con ojos desorbitados.

– ¿Cómo lo sabes?

– Conozco la fragancia porque mi madre la usa. Sé el precio porque lo pregunté cuando buscaba un regalo de cumpleaños para ella.

– ¿Le regalaste ese perfume a tu madre?

– No, se salía de mi presupuesto. -Las comisuras de sus ojos se fruncieron y Daniel adivinó la sonrisa bajo su mascarilla-. En vez de eso le regalé un molde para gofres.

Daniel también sonrió.

– Un regalo mucho más práctico. -Le devolvió la lupa y se irguió con sobriedad al mirar el rostro de la segunda víctima-. Perlas y perfume. O era rica o recibía regalos de alguien que lo era. -Sonó su móvil y al mirar la pantalla el pulso se le disparó un poco más.

Alex tendió el tíquet al mozo encargado de aparcar los vehículos mientras escuchaba la señal de llamada del teléfono de Daniel.

– Vartanian.

– Daniel, soy Alex.

– Perdona -lo oyó decir-, tengo que atender la llamada. -Al cabo de unos instantes volvía a estar al habla hecho una fiera-. ¿Dónde te habías metido? -le preguntó-. Te he llamado tres veces.

– Han sido cuatro -lo corrigió ella-. Estaba hablando con el propietario de la peluquería donde Bailey trabaja. Han colgado carteles por todo el centro comercial, ofrecen una recompensa a quien facilite información.

– Qué bonito gesto -comentó él en tono más amable-. Lo siento, estaba preocupado.

– ¿Por qué? ¿Qué ha ocurrido?

– De hecho, nada. -Bajó la voz-. Solo que… nos estaban observando. Anoche.

– ¿Qué? -Alex frunció el entrecejo mientras bajaba de la acera-. Eso es…

Pero no pronunció ninguna palabra más. Se oyó un chirrido de neumáticos y el grito de un extraño. Luego, más gritos y su propio gemido de dolor cuando alguien la embistió por detrás y la arrojó a cierta distancia sobre la acera. Notó el escozor en las palmas de las manos y en las rodillas mientras resbalaba, hasta que se paró.

El tiempo pareció haberse detenido. Levantó la cabeza, todavía a cuatro patas. Oyó un sordo alboroto y un hombre apareció en su campo de visión. Sus labios se movían y Alex frunció el entrecejo mientras aguzaba el oído. Varias personas la aferraban por los brazos y la ayudaban a ponerse en pie. Un hombre sujetaba su bolso y una mujer, su monedero.

Aturdida, Alex pestañeó y se volvió despacio hacia la calzada. El mozo encargado de aparcar los vehículos salía de su coche de alquiler, pálido y estupefacto.

– ¿Qué ha ocurrido? -preguntó Alex, con voz débil y arrastrando las palabras. Le flaqueaban las rodillas-. Necesito sentarme.

Las manos que la sujetaban por los brazos la guiaron hasta una enorme jardinera de cemento y ella se sentó en el borde con cuidado. Frente a ella apareció otro rostro, esa vez con expresión tranquila. La persona en cuestión llevaba gorra de policía.

– ¿Se encuentra bien? ¿Quiere que avisemos a una ambulancia?

– No. -Alex sacudió la cabeza y se estremeció-. Solo estoy un poco magullada.

– No lo sé. -El rostro que había visto en primer lugar apareció por encima del del policía, como si las dos cabezas formaran una pila-. Ha sufrido una mala caída.

– Soy enfermera -repuso Alex con determinación-. No necesito ninguna ambulancia. -Miró las rascadas de las palmas de sus manos y frunció el entrecejo-. Bastará con una cura.

– ¿Qué ha ocurrido? -quiso saber el policía.

– Ha bajado de la acera para subirse a su coche y ese otro coche ha doblado la esquina zumbando como alma que lleva el diablo -explicó el primer hombre-. Yo la he quitado de en medio. Espero no haberle hecho mucho daño, señora -añadió.

Alex le sonrió, un poco mareada.

– No, estoy bien. Me ha salvado la vida. Gracias.

«Me ha salvado la vida.» La gravedad de la situación la azotó y Alex sintió náuseas. Alguien había intentado matarla. Daniel; estaba hablando con Daniel. Él le había dicho que la noche anterior alguien los observaba. «Alguien acaba de intentar matarme.»

Dio una gran bocanada de aire con la esperanza de que le asentara el estómago.

– ¿Dónde está mi móvil?

– ¿Alex? -Daniel gritó su nombre por el teléfono pero solo oyó el sonido del aire. Se volvió y observó que Felicity lo miraba a través de las gafas con expresión indescifrable.

– ¿Qué ha ocurrido? -preguntó ella.

– Estaba hablando y de repente he oído un chirrido de neumáticos y gente que gritaba. Luego ya no he oído nada más. Permíteme que utilice tu teléfono.

Al cabo de un minuto, Daniel estaba hablando con el departamento de policía de Atlanta.

– Acaba de salir del Underground -dijo, esforzándose por mantener la voz calmada-. Se llama Alex Fallon. Mide un metro setenta; es delgada, morena.

– Ahora mismo vamos a buscarla, agente Vartanian.

– Gracias. -Daniel se volvió hacia Felicity, que seguía mirándolo.

– Siéntate, Daniel -le aconsejó con calma-. Estás pálido.

Él la obedeció y se esforzó por respirar hondo. Se esforzó por pensar. Entonces notó la vibración del móvil en la mano. Era el número de Alex. Respondió con el corazón en un puño.

– Vartanian.

– Daniel, soy Alex.

Era su voz, su tono frío. Estaba asustada.

– ¿Qué ha ocurrido?

– Estoy bien, Daniel. Alguien ha tratado de atropellarme.

Él encogido corazón de Daniel se aceleró.

– ¿Estás herida?

– Solo me he hecho unos rasguños. A mi lado hay un policía, quiere hablar contigo. No cuelgues.

– Soy el agente Jones, del departamento de policía de Atlanta. ¿Quién es usted?

– Soy el agente especial Vartanian, de la Agen cia de Investigación de Georgia. ¿Está herida?

– No se ha hecho gran cosa. Está un poco desorientada y algo magullada. Dice que es enfermera y que no quiere que la llevemos a urgencias. ¿Está implicada en alguna investigación?

– Sí. -Daniel se acordó demasiado tarde del bolso de Alex. Se habría apostado cualquier cosa a que llevaba la pistola encima. Si ponía un pie en la comisaría, la multarían por llevar armas ocultas-. Pero no es la sospechosa, así que no es necesario que la trasladen en coche patrulla. ¿Se encuentran en el centro comercial Underground?

– En el aparcamiento. ¿Vendrá usted mismo a buscarla o enviará a otra persona?

Ni siquiera se había planteado lo de enviar a otra persona a buscarla.

– Iré yo. ¿Le hará compañía hasta que llegue?

– Sí. Mi compañero ha salido corriendo detrás del coche que ha intentado atropellarla, pero lo ha perdido de vista. Estamos tomando declaración a los transeúntes. Cuando tengamos la descripción del coche, daremos una orden de busca y captura.

– Gracias. -Daniel cerró el teléfono móvil-. Felicity, tengo que marcharme. -Le tendió la bolsa con el pelo que el asesino les había servido en bandeja-. ¿Puedes hacer que alguien le lleve esto a Ed? Pídele que nos consiga una muestra del color.

Felicity asintió con la misma expresión indescifrable, y Daniel tuvo la desagradable sensación de que estaba haciendo un gran esfuerzo por mantenerla así.

– Claro. Te llamaré en cuanto tenga más información.

Martes, 30 de enero, 13.15 horas.

– Mira, Bailey, eres un coñazo.

Bailey lo miró con los ojos empañados a causa del dolor y del miedo. Él estaba de pie sobre ella y respiraba con agitación. Esta vez le había roto unas cuantas costillas y Bailey no estaba segura de poder soportar muchos más golpes antes de perder la conciencia. Otra vez.

– Sí que lo siento. -Pronunció la frase con la intención de que resultara sarcástica y desafiante; sin embargo, lo que emitió fue un débil graznido.

– ¿Piensas hablar delante de ese pequeño gran invento o no?

Ella miró la grabadora con desdén.

– No.

Entonces él lució su sonrisa de cobra. Al principio el gesto había aterrorizado a Bailey, pero ya había superado esa fase. ¿Qué más podía hacerle? «Lo único que le falta es matarme.» Por lo menos entonces dejaría de sentir dolor.

– Muy bien, Bailey, querida, no me dejas elección. No me cuentas lo que quiere saber y no dices lo que quiero que digas. Tendré que poner en práctica el plan B.

«Ya está. Ahora me matará.»

– Ah, y no creas que voy a matarte -dijo, con regocijo en la voz-. Claro que luego desearás que lo hubiera hecho. -Se volvió y extrajo algo de un cajón, y cuando se dio la vuelta…

– No. -A Bailey se le heló el corazón-. No, por favor, eso no.

Él se limitó a sonreír.

– Pues habla delante de la grabadora, si no… -Dio unos golpecitos en el extremo de la jeringa y empujo el émbolo lo imprescindible para que unas cuantas gotas de líquido salieran de la aguja-. Es mercancía de la buena, Bailey. Seguro que te acuerdas de ella.

Su garganta reseca emitió un quebrado sollozo.

– Por favor, no.

Él exhaló un suspiro teatral.

– Este es el plan B. Una yonqui es siempre una yonqui.

Ella forcejeó pero sus intentos resultaron tan patéticos como su voz. A él le costó poco reducirla, le clavó una rodilla en la espalda y le aferró el brazo. Ella trató de apartarlo, pero ni siquiera de haber estado en plena forma habría podido contrarrestar su fuerza.

Rápidamente él le sujetó el brazo con la goma y tiró de ella con la pericia de quien posee años de experiencia. Le pasó el pulgar por la parte interior del brazo.

– ¿Tienes buenas venas, Bailey? -se mofó-. Esta me irá muy bien.

Notó un breve pinchazo y oyó el ruido del émbolo al deslizarse. Luego… se sintió flotar. Estaba en las nubes.

– Vete a la mierda -gañó-. Vete a la puta mierda.

– Eso es lo que dicen todos. Unos picos más y te arrastrarás por hacer todo lo que yo te pida.

Atlanta, martes, 30 de enero, 13.30 horas.

Alex hizo una mueca de dolor cuando Desmond le limpió la palma de la mano con desinfectante. Seguía sentada en el borde de la jardinera y él se encontraba a su lado, arrodillado sobre la acera. En el centro comercial Underground la voz corría como la pólvora, y Desmond había acudido enseguida.

– Me duele.

Él la miró con expresión seria.

– Tendría que ir al hospital.

Ella tamborileó en su hombro, la única parte de la mano que no le escocía como un demonio.

– Estoy bien, en serio. Lo que pasa es que soy muy mala paciente.

– Primero Bailey y ahora esto -masculló Desmond. Le limpió la otra mano y Alex volvió a crispar el rostro mientras se proponía mostrar un poco más de empatía la siguiente vez que tuviera que atender a un paciente en urgencias. Aquello dolía de veras. «Claro que podría haber sido mucho peor.»

Desmond sacó un rollo de venda elástica de la bolsa de la parafarmacia.

– Extienda las manos con las palmas hacia arriba. -Le aplicó sendas gasas y luego le vendó las manos con delicadeza.

– Tendría que ser enfermero, Desmond.

Él le dirigió otra mirada severa.

– Todo esto es una pesadilla. -Se incorporó y se sentó a su lado-. Podrían haberla matado, como a Bailey.

– Bailey no está muerta -replicó Alex sin alterar el tono-. No me lo creo.

Él no dijo nada más, se limitó a permanecer sentado a su lado hasta que el coche de Daniel se detuvo junto al bordillo. «Está aquí. Ha venido.»

Daniel se le acercó igual que la noche anterior, con expresión adusta, mirada penetrante y aire resuelto. Ella se levantó, quería recibirlo sosteniéndose en pie, aunque el mero hecho de verlo la hacía sentirse mareada de puro alivio.

Él la examinó de arriba abajo y detuvo la mirada en sus manos vendadas. Entonces la atrajo con suavidad hacia sí, le pasó la mano por el pelo y le apoyó la cabeza en su pecho, donde su corazón latía con fuerza y rapidez. Luego posó el rostro en su coronilla y exhaló un suspiro trémulo, como si se hubiera estado conteniendo.

– Estoy bien -dijo ella, y levantó las manos mientras trataba de sonreír-. Ya me han curado.

– También tiene rasguños en las rodillas -le advirtió Desmond por detrás de Alex.

Daniel trasladó la mirada al rostro de Desmond.

– ¿Quién es usted?

– Desmond Warriner, el jefe de Bailey Crighton.

– Él me ha vendado las manos -explicó Alex.

– Gracias -dijo Daniel con voz opaca.

– ¿Se encarga usted de buscar a Bailey? -preguntó Desmond en tono tenso-. Por favor, dígame que alguien la está buscando.

– Yo me encargo. -Daniel tomó el monedero y el bolso de Alex con una mano y le pasó la otra por la cintura. Luego se volvió hacia su coche, en el que se apoyaba un hombre alto y de pelo moreno que miraba a Alex con detenimiento-. Este es mi amigo Luke. Él conducirá tu coche; tú vendrás conmigo.

Luke la saludó con un cortés movimiento de cabeza.

Alex dio un breve abrazo a Desmond.

– Gracias de nuevo.

– Cuídese -le recalcó Desmond, y se sacó una tarjeta del bolsillo-. Este es el número de teléfono de Sissy, la amiga de Bailey -añadió-. Se ha marchado sin darme tiempo de entregársela. Intentaba alcanzarla cuando he oído… Llámeme en cuanto sepa algo.

– Lo haré. -Ella miró a Daniel, cuya expresión seguía siendo severa-. Podemos irnos. -Dejó que la ayudara a subir al coche pero lo contuvo cuando trató de abrocharle el cinturón de seguridad-. Puedo hacerlo sola. De verdad que no ha sido gran cosa, Daniel.

Él agachó la cabeza y le miró manos. Cuando volvió a mirarla a los ojos su expresión ya no era severa sino dura.

– Cuando me has llamado estaba en el depósito de cadáveres, con la segunda víctima.

A ella se le encogió el corazón.

– Lo siento. Debes de haberte asustado mucho.

Una de las comisuras de los labios de Daniel se curvó con gesto irónico.

– Por no decir algo peor. -Depositó el bolso y el monedero junto a los pies de Alex-. Quédate aquí y trata de descansar. Volveré enseguida.

Daniel se apeó del coche. Como le temblaban las manos, las guardó en los bolsillos y se dio media vuelta antes de darse tiempo de hacer algo que los pusiera a ambos en evidencia. Luke caminaba hacia él con un juego de llaves en la mano.

– Tengo las llaves -dijo-. ¿Necesitas que me quede por aquí?

– No. Aparca el coche en el aparcamiento reservado a las visitas y deja las llaves encima de mi mesa. Gracias, Luke.

– Relájate, ella está bien. -Escrutó a Alex, quien permanecía sentada con la cabeza recostada y los ojos cerrados-. Es igual que Alicia. No me extraña que te impresionara. -Luke arqueó las cejas-. Me parece que va a seguir impresionándote en otro sentido. A mi madre le encantará saberlo; claro que ahora vuelve a estar pendiente de mí.

Daniel sonrió, que era lo que Luke pretendía.

– Te lo mereces. ¿Dónde está Jones?

– Está hablando con el mozo. Lo acompaña Harvey, que está hablando con el hombre de la camisa azul. Por lo que he oído, ha sido él quien ha quitado a Alex de en medio. Es posible que haya visto la cara del conductor. Me voy, te veré luego.

Los agentes Harvey y Jones explicaron a Daniel que el coche era un sedán oscuro de último modelo, probablemente un Ford Taurus. Llevaba matrícula de Carolina del Sur. El conductor era un joven de origen africano, delgado y con barba. Había aparecido de detrás de una esquina en la que los testigos que recordaban haber visto el vehículo decían que llevaba esperando una hora. Desde ese punto estratégico era lógico que hubiera observado a Alex cuando salía del Underground.

Eso último era lo que ponía a Daniel más frenético. El muy cerdo la había estado esperando y se había lanzado sobre ella. De no haber sido por un desconocido con buenos reflejos, Alex estaría muerta. Daniel pensó en las dos víctimas y en la desaparecida Bailey, y se prometió que Alex no sería la siguiente. Él se encargaría de protegerla.

«¿Por qué?», le había preguntado ella la noche anterior. En ese momento no tenía respuesta, pero ahora sí. «Porque es mía.» Era una respuesta primaria y quizá muy prematura pero… no importaba. «De momento, es mía. Luego… ya veremos cómo nos va.»

Dio las gracias a los agentes y al hombre que la había apartado de la trayectoria del coche. Avanzó cinco manzanas antes de detener el vehículo junto a la acera, inclinarse hacia Alex y besarla con toda la pasión que había estado conteniendo. Cuando apartó la cabeza, ella exhaló un suspiro.

– Se te da bien -musitó.

– A ti también. -Y volvió a besarla, profundizando más en el beso y prolongándolo. Cuando se incorporó, ella se volvió a mirarlo con los ojos llenos de deseo y de temor.

– ¿Qué quieres de mí, Daniel?

«Todo», quiso decir, pero no lo hizo porque la noche anterior ella había dudado de sus intenciones. En vez de eso le pasó el dedo por los labios, y la sintió temblar.

– No lo sé. Lo que sí sé es que no será nada que tú no quieras y… estés deseosa de ofrecer.

Ella sonrió con tristeza.

– Ya -fue toda su respuesta.

– Te llevaré conmigo a la comisaría. A las dos y media tengo una conferencia de prensa; luego puedo tomarme la tarde libre y acompañarte a casa.

– Detesto que tengas que hacer eso.

– Haz el favor de callarte, Alex. -Imprimió suavidad a sus palabras para que no resultaran hirientes.

Ella se estremeció con un movimiento casi imperceptible. -¿Qué pasa? -quiso saber él-. ¿Alex?

Ella suspiró.

– En mis sueños oigo gritos. Y también los oigo cuando me pongo nerviosa, como hace un momento. -Lo miró con temor-. Seguro que piensas que estoy loca.

– Qué dices, no estás loca. Además, algunos gritos eran reales. Yo también los he oído antes de perder la conexión de tu móvil.

– Gracias. -Su sonrisa denotaba que desaprobaba su propia conducta-. Necesitaba oír eso.

Ella le había explicado que la noche anterior había estado soñando. «O sea que estabas allí.»

– Cuando oyes los gritos, ¿qué haces?

Ella encogió un hombro y apartó la mirada.

– Me concentro y hago que paren.

Daniel recordó el consejo que había dado a la niña en el centro de acogida.

– ¿Los encierras en el armario?

– Sí -admitió avergonzada.

Él le sujetó el rostro con la mano y le acarició la sonrojada mejilla con el pulgar.

– Debe de necesitarse mucho poder mental para hacer eso. Yo me sentiría agotado.

– No te imaginas lo que cansa. -Su voz se tornó más serena-. Tenemos que marcharnos. A ti te reclama el trabajo y yo tengo demasiadas cosas que hacer para quedarme aquí sentada y compadecerme. -Alzó la barbilla para apartarse de él-. Por favor.

Estaba aterrorizada, y era lógico que lo estuviera. Alguien había intentado matarla. La certeza atenazaba las entrañas de Daniel. No pensaba permitir que se desplazara sola de aquí para allá, no mientras a él le quedara aliento. Sin embargo, decidió posponer esa discusión. Se la veía frágil, por mucho que alzara la barbilla como si fuera un boxeador profesional desafiando a su contrincante.

Sin decir nada más, Daniel puso en marcha el motor del coche y se incorporó a la circulación.

Capítulo 9

Atlanta, martes, 30 de enero, 14.15 horas.

Había guardado su bolso en el maletero del coche y se había llevado las llaves. Alex se removió en la silla de la sala de espera de la oficina del GBI mientras trataba de no enfadarse ante los torpes intentos de Daniel por protegerla, consciente de que se le estaba acabando el tiempo.

Meredith se marcharía al cabo de pocas horas y ella todavía no había podido ir al parvulario de Hope ni hablar con Sissy, la amiga de Bailey. Al día siguiente no tendría ninguna posibilidad de buscar a su hermanastra. De momento no había llegado a ninguna conclusión, excepto que la gente de Atlanta adoraba a Bailey. En cambio la gente de Dutton la odiaba. La última persona que la había visto era Hope, y no hablaba.

El último lugar donde habían visto a Bailey era su antigua casa. «Tienes que entrar, Alex -se dijo-. Da igual lo que te cueste. Eres idiota por no haber entrado antes.»

Claro que alguien había tratado de matarla y no pensaba desatender la advertencia de Daniel en cuanto a no acudir sola a casa de los Crighton. «No soy una cobarde obsesiva pero tampoco soy imbécil.»

Sin embargo, llegaba tarde.

– Perdón -dijo a Leigh, la secretaria-. ¿Sabe cuánto tardará el agente Vartanian? Tiene las llaves de mi coche.

– No lo sé. Había tres personas esperándolo cuando ha llegado y dentro de unos minutos está prevista una conferencia de prensa. ¿Quiere que le traiga un vaso de agua o algo de comer?

A Alex le sonaron las tripas al oír mencionar la comida y recordó que no había tomado nada desde primera hora de la mañana.

– La verdad es que me muero de hambre. ¿Hay alguna cafetería cerca?

– A estas horas está cerrada, hace más de una hora que ya no sirven comida. Tengo unas barritas de queso y unos cuantos botellines de agua en mi escritorio. No es gran cosa, pero vale más eso que nada.

Alex estuvo a punto de rechazar el ofrecimiento, pero la sensación del estómago vacío pudo más que su intención.

– Gracias.

Leigh deslizó el agua y las barritas por encima del mostrador con una sonrisa.

– No vaya diciendo por ahí que la tenemos a pan y agua, ¿de acuerdo?

Alex le devolvió la sonrisa.

– Prometido.

La puerta se abrió tras ella y un hombre alto y delgado con gafas de montura metálica se dirigió a los despachos sin detenerse.

– ¿Ha vuelto Daniel?

– Sí, pero… Espera, Ed. -Leigh lo interrumpió-. Está con Chase y -dirigió una mirada a Alex-… unas cuantas personas más. Tienes que esperarte aquí.

– Esto no puede esperar. Yo… -dejó la frase sin terminar-. Usted es Alex Fallon -dijo, extrañado.

Alex asintió mientras tenía la impresión de ser la última adquisición del zoológico.

– Sí.

– Yo soy Ed Randall, de la policía científica. -Se estiró por encima del mostrador para estrecharle la mano y entonces se percató del vendaje-. Por lo que se ve ha tenido un accidente.

– A la señorita Fallon ha estado a punto de atropellada un coche esta tarde -explicó Leigh en tono quedo, y la expresión de Ed Randall cambió de repente.

– Dios mío. -Apretó la mandíbula-. Pero no está herida, ¿no? Aparte de lo de las manos, quiero decir.

– No. Un desconocido con buenos reflejos me apartó de en medio de un empujón.

Leigh desenroscó el tapón de la botella de agua para Alex.

– No tardarán en terminar, Ed. Tienen una conferencia de prensa en menos de veinte minutos. Si yo fuera tú, esperaría; en serio.

Alex tomó las barritas y el agua, y volvió a sentarse para dejar que aquel par se despachara a sus anchas. No había reconocido al hombre que estaba esperando cuando entraron. No paraba de andar de un lado a otro, nervioso, y estuvo a punto de abalanzarse sobre Daniel exigiendo «respuestas».

Se abrió una puerta por detrás del mostrador y por ella salieron Daniel y su jefe con el hombre nervioso y dos más. El hombre nervioso tenía un aspecto ceniciento, de lo que se deducía que las noticias no eran precisamente buenas.

– Lo siento, señor -dijo Daniel-. Lo llamaremos en cuanto tengamos más información. Ya sé que en estos momentos eso no le sirve de consuelo, pero estamos haciendo todo cuanto podemos.

– Gracias. ¿Cuándo podré…? -La voz del hombre se quebró y por primera vez en todo el día las lágrimas afloraron a los ojos de Alex. Apretó los labios y se esforzó por ocultar la súbita oleada de compasión que la invadía.

– Les entregaremos el cuerpo en cuanto nos sea posible -dijo con amabilidad el jefe de Daniel-. Lo sentimos mucho, señor Barnes.

El señor Barnes se dirigía a la puerta cuando se detuvo en seco y se quedó mirando a Alex, y el poco color que quedaba en sus mejillas desapareció.

– Es usted -apenas musitó.

Alex miró a Daniel con el rabillo del ojo. No tenía ni idea de qué decir.

– Señor Barnes -dijo Daniel avanzando hacia él-. ¿Qué ocurre?

– Ayer su foto estaba en los periódicos, mi Claudia la vio.

«Alicia.» La noticia del caso de Arcadia se había difundido con mucha rapidez, y también su conexión con el asesinato de Alicia. «La foto que vio ese hombre fue la de Alicia, no la mía.» A Alex empezaron a temblarle las rodillas y abrió la boca para contestar sin tener ni idea de qué decir.

– ¿Qué le explicó su esposa de la foto? -preguntó el jefe de Daniel.

– Que conocía a la chica, que recordaba el caso. Claudia era pequeña cuando sucedió, pero lo recordaba. Le afectó mucho. Anoche estuvo a punto de quedarse en casa, pero no, tuvo que ir a esa jodida fiesta. Tendría que haberla acompañado, tendría que haber estado con ella. -Barnes miró a Alex; sus ojos denotaban horror e incredulidad-. Y usted, ¿quién es? Se supone que está muerta.

Alex alzó la barbilla.

– La foto que vio es de mi hermana, Alicia. -Los labios le temblaban y los tensó-. Su esposa, ¿conocía a mi hermana? ¿Era de Dutton?

El hombre asintió.

– Sí. Su apellido de soltera era Silva.

Alex se llevó una mano vendada a la boca.

– ¿Claudia Silva?

– ¿La conocías, Alex? -preguntó Daniel con amabilidad.

– Hice de canguro a Claudia y a su hermana pequeña. -Cerró los ojos y se concentró en acallar los gritos que se abrían paso en su mente. «Me estoy volviendo loca.» Abrió los ojos y se situó más allá del ruido para concentrarse en aquel hombre y su dolor-. Lo siento muchísimo.

Él asintió con torpeza, luego se volvió hacia el jefe de Daniel.

– Quiero en este caso a todos los hombres que pueda dedicar, Wharton. Conozco a gente…

– Rafe -musitó uno de los otros hombres-. Dejemos que hagan su trabajo.

Se llevaron a Barnes de la sala y tras de sí dejaron un profundo silencio.

Alex miró a Daniel a los ojos.

– Dos mujeres de Dutton han muerto y Bailey sigue sin aparecer -dijo con aspereza-. ¿Qué narices está pasando aquí?

– No lo sé -respondió Daniel con expresión severa-. Pero te juro por lo que más quieras que lo averiguaremos.

Ed Randall se aclaró la garganta.

– Daniel, tenemos que hablar. Ahora mismo.

Daniel asintió.

– De acuerdo. Espera un poquito más, Alex; te acompañaré a casa.

Los dos hombres se dirigieron a los despachos del fondo de la sala y dejaron solas a Alex y a Leigh.

Alex se hundió en la silla.

– De algún modo me siento… responsable.

– Implicada -la corrigió Leigh-. Responsable, no. Usted también es una víctima en todo esto, señorita Fallon. Debería pensar en solicitar protección.

Alex pensó en Hope.

– Lo haré. -Entonces se acordó de Meredith. Hacía bastante rato que no llamaba a su prima. Imaginó que estaría pasando por una especie de infierno tras enterarse de la última desaparición-. Tengo que hacer una llamada. Estaré en el vestíbulo.

Ed se apoyó en el borde del escritorio de Daniel.

– Es posible que hayamos averiguado la procedencia de las mantas.

Daniel revolvió el cajón en busca de un bote de aspirinas. ¿Y?

– Las compraron en una tienda de deportes que hay a tres manzanas de aquí.

– En nuestras propias narices -observó Daniel-. ¿Expresamente?

– No podemos descartarlo -dijo Chase-. ¿Tienen cámaras de seguridad en la tienda?

Ed asintió.

– Sí. Las compró un chico, de unos dieciocho años. Es de raza blanca, mide un metro setenta y cinco, y pesa setenta kilos. Miró hacia la cámara, o sea que sabemos qué cara tiene. Pagó en metálico. La cajera lo recuerda porque era mucho dinero.

Daniel se tragó dos aspirinas a palo seco.

– Claro que pagó en metálico. -Guardó el bote en el cajón-. Temo preguntártelo pero ¿cuántas mantas compró, Ed?

– Diez.

Chase dio un silbido.

– ¿Diez?

Daniel notó el sabor de la bilis en la garganta.

– Tenemos que pasar su retrato a todas las unidades.

– Ya lo hemos hecho -explicó Ed-. Sin embargo, no parece que ese chico tenga nada que esconder. Me da la impresión de que es un simple recadero, es probable que le pagaran para comprar las mantas. No hizo nada ilegal.

– Pero puede decirnos quién se lo encargó -concluyó Chase con firmeza-. ¿Es todo? La conferencia de prensa empieza dentro de cinco minutos.

– No, hay más. -Ed colocó la bolsa de plástico que contenía el pelo sobre el escritorio de Daniel-. Este es el pelo que habéis obtenido de la víctima esta mañana.

– De Claudia Barnes -aclaró Chase.

– No es suyo.

– Ya lo sabemos -dijo Daniel-. Claudia era rubia y el pelo es castaño.

– Lo he comparado con el colorímetro. -Ed extrajo una cola de caballo postiza recogida en forma de lágrima de una bolsa de papel-. He traído la muestra que más se parece de las que tenemos.

Daniel tomó la muestra de pelo con mala cara al haber adivinado enseguida adónde quería ir a parar Ed. Era de color caramelo, como el de Alex.

– Mierda.

– Lo juro por Dios, Danny. He echado un vistazo a Alex Fallon ahí afuera y he vuelto a comprobarlo. El asesino ha dejado un pelo que, si no es suyo, se le parece mucho.

Daniel entregó la muestra a Chase mientras se esforzaba por contener la ira.

– Ese tipo está jugando con nosotros. -Y con Alex.

Chase sostuvo el pelo a contraluz.

– ¿Podría ser que el pelo fuera de un postizo, como tu coleta? Es parecido a los que tienen en las tiendas donde venden tinte.

– No. Es auténtico, y sin duda es de una persona -afirmó Ed-. Y es de hace unos cuantos años.

El miedo se instaló en el estómago de Daniel.

– ¿Cuántos?

– Uno de los técnicos del laboratorio es experto en análisis capilares y cree que este pelo tiene al menos cinco años, puede que incluso diez.

– ¿O trece? -preguntó Daniel, y Ed se estremeció.

– Puede ser. Tendría que analizarlo, pero si lo hago no quedará gran cosa para la prueba de ADN.

– Pues haz primero la prueba de ADN -dijo Chase con determinación-. Daniel, pídele una muestra de pelo a Alex, quiero que los analicen a la vez.

– Tendré que explicarle para qué lo necesitamos.

– No. Dile lo que quieras pero no le expliques el motivo. Todavía no.

Daniel frunció el entrecejo.

– No es sospechosa, Chase.

– No, pero tiene relación con el caso. Ya se lo dirás, si el resultado confirma las sospechas. Si no, ¿para qué preocuparla?

A Daniel le pareció lógico.

– De acuerdo.

Chase se arregló el nudo de la corbata.

– La función está a punto de empezar. Yo me encargo de sortear las preguntas.

– Espera un momento -protestó Daniel-. El caso lo llevo yo. Yo sortearé las preguntas.

– Ya sé que es tu caso, pero recuerda lo que ocurre cuando en la misma frase aparecen «Vartanian» y «Dutton». El jefe quiere que lidie yo con la prensa. Eso no afecta en nada a todo lo demás.

– Muy bien -musitó Daniel, y se detuvo al llegar al escritorio de Leigh. Alex no estaba-. ¿Adónde ha ido? -Se llevó la mano al bolsillo, las llaves de su coche seguían allí. Podría haber tomado un taxi pero seguro que no era tan estúpida. Si…

– Tranquilízate, Danny -lo interrumpió Leigh-. Está en el vestíbulo, haciendo una llamada.

Daniel notó un latigazo en la base del cuello.

– Gracias.

– Daniel. -Chase sujetaba la puerta abierta-. Vamos.

Daniel vio a Alex al fondo del vestíbulo mientras él avanzaba junto con Chase y Ed en sentido opuesto. Estaba hablando por el móvil, encorvada, con un brazo cruzado sobre el pecho como si quisiera protegerse con él. Sus hombros se agitaban y Daniel se sobresaltó al percatarse de que estaba llorando.

Se detuvo en seco; la opresión que sentía en el pecho casi le impedía respirar. A pesar de todo lo que le había ocurrido en los últimos dos días, hasta ese momento no la había visto llorar. Ni una sola vez.

– Daniel. -Chase lo aferró por el hombro y tiró de él-. Llegamos tarde. Vamos. Necesito que te concentres, ya hablarás con ella después. No puede marcharse, tú tienes sus llaves.

Ed le dirigió a Daniel una mirada llena de sorpresa y compasión, y este se dio cuenta de que todo lo que sentía debía de reflejarse en su semblante. Se esmeró por adoptar una expresión hierática y dejó a Alex llorando en el vestíbulo.

Haría su trabajo. Encontraría al asesino que pretendía burlarse de ellos dejando llaves y pistas varias. Tenía que asegurarse de que ninguna otra mujer acabara tirada en una zanja. Tenía que proteger a Alex.

Atlanta, martes, 30 de enero, 14.30 horas.

– Lo siento, señorita Fallon -se disculpó Nancy Barker. La asistente social parecía tan deshecha como la propia Alex-. No sé qué más decirle.

– ¿Está segura? -insistió Alex. Se enjugó las mejillas con el dorso de su mano vendada. Detestaba la flaqueza de las lágrimas, no servían de nada. Llevaba días preparándose para recibir la noticia de la muerte de Bailey, pero no estaba preparada para… eso. No lo esperaba. Además, si lo sumaba a todo lo ocurrido durante el día… Alex supuso que todo el mundo tenía un límite, y ella había llegado al suyo.

– Sé que es duro, pero ya sabía que Bailey era drogadicta. Los adictos a la heroína tienen muchas más probabilidades de reincidir. Usted es enfermera, no le estoy diciendo nada que no supiera ya.

– Lo sé, solo que a juzgar por la vida que llevaba Bailey últimamente todo parecía indicar que había superado la adicción.

– Tal vez se encontrara en una situación tensa y no pudiera soportarlo más. Hay motivos muy diversos por los que los drogadictos vuelven a las andadas. Todo cuanto sé es que ha llamado al departamento y ha dejado un mensaje para, literalmente, «Quien tenga a mi hija, Hope Crighton». La compañera que lo ha recibido sabía que Hope era uno de mis casos y ha enviado el mensaje a mi extensión.

– O sea que, de hecho, nadie ha llegado a hablar con Bailey. -La impresión inicial empezaba a remitir y la mente de Alex volvía a estar activa-. ¿Cuándo ha dejado el mensaje?

– Hace una hora.

Una hora. Alex miró sus manos vendadas. Daniel había dicho que no creía en la casualidad.

– ¿Podría hacer llegar el mensaje a mi teléfono?

– No lo sé. Tenemos un sistema de llamadas internas.

Alex percibió el tono de desaprobación de la asistente social.

– Señorita Barker, no estoy tratando de poner trabas ni de negar la realidad, pero dos mujeres han muerto en la ciudad de Bailey. No puede culparme por dudar de una llamada que supuestamente ha hecho Bailey en la que dice que se ha marchado de casa y que deja a Hope en manos de los servicios sociales.

– ¿Dos mujeres? -se extrañó Barker-. Leí que habían matado a una chica de Dutton, la hija del congresista. Así, ¿hay otra?

Alex se mordió el labio.

– Todavía no se ha hecho público. -Aunque a la sazón Daniel estaba dando una conferencia de prensa, o sea que no tardaría en saberse-. Espero que comprenda mis reservas.

– Supongo que la cosa tiene su lógica -accedió Barker, pensativa-. La cuestión es que no sé cómo enviar un mensaje a un teléfono externo, pero puedo grabárselo.

– Me haría un gran favor. ¿Puedo tener la cinta hoy mismo?

– Mañana, tal vez. La burocracia es la burocracia, ya sabe.

La mujer habló sin demasiada convicción, así que Alex la presionó más.

– Señorita Barker, justo antes de que recibieran esa llamada alguien ha tratado de atropellarme en la calle. Si no fuera porque un hombre me ha apartado, a estas horas estaría muerta.

– Dios mío.

– Por fin lo comprende.

– Dios mío -repitió Barker, anonadada-. Hope podría estar en peligro.

La idea de que alguien pudiera tocar a Hope dejó a Alex helada. Aun así, habló con confianza.

– Voy a pedir protección policial, y, si es necesario, me llevaré a Hope de la ciudad.

– ¿Con quién está Hope ahora?

– Con mi prima. -Meredith había quedado afectada en extremo por la noticia del intento de atropello. Alex estaba hablando con ella por teléfono cuando vio la llamada en espera de Barker-. Ejerce de psicóloga infantil en Cincinnati. Hope está en buenas manos.

– Muy bien. La llamaré en cuanto tenga grabado el mensaje.

Alex volvió a telefonear a Meredith mientras se preparaba para la invectiva, y no hizo mal.

– Vendrás conmigo -le ordenó Meredith saltándose el saludo.

– No, no iré contigo. Mer, la llamada era de la asistente social. Alguien que se hace pasar por Bailey ha telefoneado para decir que acababa de salir de un colocón y que quería asegurarse de que alguien se estaba haciendo cargo de Hope. También ha dicho que podían quedársela, que no pensaba volver.

– Puede que de verdad sea Bailey, Alex.

– La llamada es de hace una hora, justo cuando ese coche ha tratado de acabar con mi vida. Alguien quiere que deje de buscar a Bailey.

Meredith guardó silencio unos instantes, luego suspiró.

– ¿Se lo has dicho a Vartanian?

– Todavía no. Está en una conferencia de prensa. Voy a pedir protección pero no sé si me la concederán. Puede que tengas que llevarte a Hope a Ohio.

– No, aún no. Es posible que hayamos conseguido algo. Tenía miedo de encender el televisor porque siguen hablando de los crímenes, así que he conectado el órgano y he tocado el «brilla, brilla, linda estrella». No me he puesto en serio, solo lo he tocado con un dedo para evitar darle vueltas a la cabeza.

¿Y?

– Y Hope me ha mirado de una forma muy extraña. Me han entrado escalofríos, Alex.

– ¿Dónde está ahora?

– Tocando el maldito órgano, lleva así dos horas. Yo he salido al porche; necesitaba un descanso, de lo contrario me habría puesto a chillar. Toca una melodía de seis notas y la repite una y otra vez, sin parar. Casi preferiría que hiciera montañitas de puré de patata.

– ¿Qué canción es? -Alex escuchó con concentración mientras Meredith tarareaba-. No la había oído nunca. ¿Y tú?

– No, pero si hace con el órgano lo mismo que con los colores, me parece que tenemos canción para rato.

Alex se quedó pensativa unos instantes.

– Hazme un favor, llama al parvulario y pregunta si conocen la canción. A lo mejor la cantaban allí.

– Buena idea. ¿Te han dicho algo en el parvulario del autismo de Hope?

– Todavía no he llamado. Lo tengo en la lista de tareas para esta tarde.

– Les preguntaré yo cuando llame. Si las conductas repetitivas son inherentes a Hope en lugar de haber sido producidas por el trauma, estoy actuando de forma incorrecta. ¿Cuándo piensas volver?

– En cuanto Daniel acabe. Tiene las llaves de mi coche.

Meredith ahogó una risita.

– Supongo que ha encontrado la forma de que le hagas caso.

– Yo siempre le hago caso -protestó Alex.

– Pues entonces házmelo a mí también y ve a donde tengas que ir. -Exhaló un suspiro-. No puedo marcharme.

– ¿Qué quieres decir? ¿Te quedas?

– Unos días más. Si me voy y te sucede algo, no me lo perdonaría nunca.

– Sé cuidarme sola, Meredith -dijo Alex, que se debatía entre la gratitud y el enojo-. Llevo años haciéndolo.

– No, no es cierto -repuso Meredith en tono quedo-. Llevas años cuidando de otra persona, no de Alex. Vuelve pronto, necesito dejar de oír esa cancioncilla.

Martes, 30 de enero, 14.30 horas.

El Jaguar se detuvo a su lado y al bajarse el cristal de la ventanilla apareció el semblante enojado del conductor.

– ¿Qué coño ha pasado?

Supo que se encontraba en apuros desde el momento en que recibió la llamada para reunirse en pleno día. El punto de encuentro era un lugar apartado y no estaba previsto que ninguno de los dos bajara del vehículo, pero la mera posibilidad de que los vieran juntos…

– Me aseguraste que dejaría de preguntar por Bailey. En cambio mi hombre dice que hoy ha ido al juzgado provincial. Le había ordenado que le parara los pies si se acercaba demasiado.

– ¿Y dejaste en manos de «tu hombre» la decisión de cuándo y cómo hacerlo?

Sin duda, se le había ido la mano.

– Tienes razón.

– Pues claro que tengo razón, joder. ¿Sabes al menos qué ha ido a hacer al juzgado?

– No. Mi hombre no ha podido seguirla. Lo habrían… reconocido.

Alzó sus ojos oscuros en señal de exasperación.

– Por el amor de Dios, ¿quieres decir que has contratado a un animal cuya foto aparece colgada en el juzgado provincial porque la policía lo está buscando? Joder, esta ciudad está plagada de capullos. Ya te dije que me encargaba yo de Bailey.

Él alzó la barbilla, no estaba dispuesto a que lo tacharan de capullo.

– Hace casi una semana que la tienes. Dijiste que conseguirías la puta llave en un par de días. Si hubieras cumplido tu misión, la hermanastra no habría empezado a meter las narices porque yo también habría cumplido la mía y a estas horas ya habrían encontrado a Bailey Crighton tirada en un contenedor de las afueras de Savannah.

Sus ojos oscuros emitieron un peligroso destello.

– Lo que has hecho podría costarle un gran disgusto a alguien, y te aseguro que no será a mí. Joder. Si pensabas contratar a un criminal, ¿por qué no has buscado a uno más hábil? ¿Te parece normal pretender atropellar a alguien y darse a la fuga en pleno día? Tu hombre raya en la imbecilidad supina. Ahora pueden seguirle la pista, así que deshazte de él.

– ¿Cómo?

– Eso me da igual. Hazlo y punto. Y no la cagues. Luego averigua por qué Alex Fallon ha ido al juzgado. Solo nos falta que empiece a pedir actas judiciales.

– En las actas judiciales no encontrará nada.

– Sí, claro, también se suponía que iba a creerse que su hermanastra no era más que una colgada que se había largado de la ciudad, pero no se lo ha tragado. No me fío de que no encuentre nada.

Como él tampoco estaba seguro de lo que Alex Fallon podría encontrar, se centró en lo que consideraba un error mayor.

– ¿Qué piensas hacer con Bailey Crighton?

La sonrisa de cobra del hombre le erizó el pelo de la nuca.

– Ha vuelto a beber del néctar.

Eso le sorprendió. Bailey llevaba cinco años sin consumir.

– ¿Por voluntad propia?

Su siniestra sonrisa se acentuó.

– ¿Dónde estaría entonces la diversión? Mañana suplicará el próximo chute, como en los viejos tiempos. Me dirá lo que quiero saber. Pero Bailey y su hermanastra no son el motivo de mi llamada. Quiero saber de qué va lo de la muerte de esa mujer.

Él pestañeó.

– Yo creía…

– ¿Creías que había sido yo? Mierda, eres más idiota de lo que pensaba.

Sus mejillas se sonrojaron.

– Pues yo no he sido, ni los demás tampoco.

– ¿Y por qué estás tan seguro?

– Bluto no tiene huevos para matar a nadie y en cuanto a Igor no es más que un puto gallina. Se le va la fuerza por la boca; no para de llamar a Bluto, lo cita en el parque a todas horas y a la vista de media ciudad. Ese tío va a joderlo todo.

– Tendrías que habérmelo dicho antes.

Pronunció las palabras en voz baja, maliciosa.

El estómago se le encogió al percatarse con exactitud de lo que acababa de hacer.

– Espera un momento.

Sus ojos oscuros pasaron a denotar regocijo.

– Estás metido en esto hasta el cuello, Arvejilla. Ya no puedes echarte atrás.

Era cierto, estaba de mierda hasta el cuello. Se pasó la lengua por los labios.

– No me llames así.

– Lo de los motes fue idea tuya, yo no tengo la culpa de que el tuyo no te guste. -La sonrisa burlona desapareció-. Eres tonto. Mira que preocuparte por un mote cuando no sabes quién se ha cargado a esas mujeres… Así que crees que Igor lo joderá todo, y que Alex Fallon es un peligro con sus preguntas. Pues todo eso no es nada comparado con el daño que pueden hacernos esos asesinatos. La prensa ha empezado a relacionar los casos y anoche todos los canales difundieron la foto de Tremaine. ¿Qué es lo que sabes?

La boca se le secó de golpe.

– Al principio pensé que alguien se dedicaba a imitarnos, tal vez algún chalado que se había enterado del caso después de todo lo que pasó con Simon en el norte.

– No me importa lo que pienses. Te he preguntado qué es lo que sabes.

– La segunda víctima es Claudia Silva. La encontraron con una llave atada al pie.

Él dio un respingo. Encendió una cerilla y empezaron a salir nubes de humo del Jaguar.

– ¿Ha encontrado Daniel la llave de Simon?

La llave de Simon. El acicate con que Simon Vartanian los tentaba, incluso desde la tumba; esta vez, la auténtica tumba. Al menos Daniel había hecho bien una cosa.

– Si la tiene, no ha dicho nada.

– No va a decírtelo a ti. ¿Ha vuelto a su casa?

– Después del funeral, no.

– Y tú, ¿la has registrado?

– He ido a casa de los Vartanian diez veces.

– Pues que sean once.

– Ya sabes que sin la llave también puede abrir la caja.

– Claro, pero puede que ni siquiera sepa que existe. En el momento en que encuentre la llave, empezará a buscar la caja. Eso si no lo ha hecho ya. El cabrón que ha matado a esas mujeres sabe lo de la llave, y quiere que la policía lo descubra, así que asegúrate de que Daniel no encuentre la llave de Simon.

– No ha estado en el banco, eso lo sé seguro. Pero sale con Fallon. Anoche media ciudad lo vio morrearla en el porche de su casa, le metió la lengua hasta el cuello.

Otra vez la sonrisa de cobra.

– Encárgate de eso. Después de acabar con Igor.

La sangre se le heló en las venas.

– No voy a matar a Rhett Porter. -Llamó a Igor por su auténtico nombre con la esperanza de que, con el impacto, el curso de la conversación recobrara la lógica. Pero su esfuerzo fue en vano porque la sonrisa de cobra volvió a acentuarse.

– Pues claro que lo harás, Arvejilla. -La ventanilla se cerró y el jaguar empezó a alejarse.

Él se quedó mirándolo. Claro que lo haría, como la última vez que le habían ordenado que matara a alguien, porque estaba de mierda hasta el cuello. Tenía que matar a Rhett Porter. Obligó a su estómago revuelto a asentarse. Después de todo, ¿qué importaba uno más?

Atlanta, martes, 30 de enero, 15.25 horas.

– Así que la asistente social me está grabando el mensaje -concluyó Alex. Sentada en la silla frente al escritorio de Daniel paseó la mirada de este a Chase Wharton, cuyo lenguaje corporal indicaba que estaba tenso pero cuyo semblante mostraba una esmerada falta de expresión. Con el rabillo del ojo miró a Ed Randall, quien la observaba con tal minuciosidad que la hizo sentir como si estuviera expuesta en un escaparate. Chase se volvió hacia Daniel.

– Llama a Papadopoulos. Asegúrate de que la grabación esté bien hecha para que podamos eliminar todo el ruido de fondo.

– ¿Quién es Papadopoulos? -preguntó Alex mientras entrelazaba las manos. El hecho de que ni siquiera llegaran a insinuar que Bailey podría haber efectuado la llamada la puso nerviosa.

– Luke -respondió Daniel-. Lo has conocido antes, es quien ha conducido tu coche.

– Ya que sacas el tema -empezó Alex, y ante la mirada de advertencia que Daniel lanzó en su dirección casi sintió ganas de que se la tragara la tierra-, necesito que me devuelvas las llaves. No puedo quedarme aquí todo el día. Tengo que hablar con el personal del parvulario de Hope; se comporta de forma extraña y hace cosas que no comprendemos. Y en algún momento necesito pasar por casa de Bailey. Si Loomis y su equipo no se encargan de ello, tendré que hacerlo yo.

Chase se volvió hacia Ed.

– Envía un equipo a casa de Bailey Crighton. Que lo registren todo. Alex, si quiere puede ir con ellos.

Alex posó las manos sobre su regazo al notar que sus pulmones se negaban a expulsar el aire y que empezaba a oír los gritos. Esta vez eran más fuertes. Seguro que se debía a los nervios que había pasado durante toda la tarde. «Silencio. Silencio. -Cerró los ojos y se concentró-. Haz el favor de comportarte como una adulta, Alex. No es más que una casa.» Miró a Chase Wharton con aire resuelto.

– Gracias, sí que iré.

– Me encargaré de reunir al equipo -dijo Ed-. ¿Quiere venir en mi coche, señorita Fallon?

Observó la severa mirada de Daniel. Aún tenía miedo, pensó.

– Preferiría ir en mi coche, pero me sentiré más segura si me sigue hasta que salgamos de Dutton. Y creo que el agente Vartanian también se quedará más tranquilo, ¿verdad?

Vio que Ed se aguantaba la risa y pensó que el hombre le caía bien a pesar de la extraña forma en que la miraba.

– La avisaré cuando esté a punto -dijo, y al salir cerró la puerta tras de sí.

– Daniel me ha contado lo de la niña. ¿Qué son esas cosas tan raras que hace? -quiso saber Chase.

– Toca una melodía en el viejo órgano de la casa que he alquilado. Son seis notas y las repite una y otra vez. A nosotras no nos suena de nada.

– Puede que la hermana Anne la conozca -dijo Daniel, pensativo-. Podemos preguntárselo esta noche, cuando vayamos con Hope al centro de acogida.

Alex abrió los ojos como platos.

– Creía que estarías demasiado ocupado.

Él le dirigió una mirada que expresaba a la vez fastidio y tolerancia.

– Puede que no llegue a tu casa a la hora de cenar pero tenemos que llevar a Hope a ver a la hermana Anne. Si la niña vio algo, tenemos que saberlo. Bailey guarda relación con todo esto, es posible que incluso fuera una testigo presencial.

– Estoy de acuerdo -convino Chase-. Señorita Fallon, estamos tramitando la protección policial para usted y su sobrina. No la tendrá las veinticuatro horas del día porque no contamos con recursos suficientes, pero la acompañarán en coche a donde haga falta. Además, le facilitaremos una lista con todos nuestros móviles por si hay alguna emergencia. No dude en llamarnos si cree que está en peligro.

– Así lo haré. Gracias. -Se puso en pie y extendió la mano-. ¿Y mis llaves?

Con una mueca de fastidio, Daniel se sacó las llaves del bolsillo.

– Llámame. Y no te separes de Ed.

– No soy estúpida, Daniel. Tendré cuidado. -Se volvió hacia la puerta del despacho-. ¿Y mi bolso?

Él entrecerró sus ojos azules.

– No corras riesgos inútiles, Alex.

– ¿Me lo traerás luego?

– Claro. Luego -casi gruñó.

– ¿Traerás también a Riley?

Una de las comisuras de sus labios se arqueó.

– También llevaré a Riley.

Ella le sonrió.

– Gracias.

– Te acompañaré hasta la salida. Es por aquí. -La guió hasta un pequeño y oscuro vestíbulo; luego le levantó la barbilla y escrutó su rostro-. Antes te he visto llorar. ¿De verdad estás bien?

A Alex se le encendieron las mejillas y tuvo que esforzarse para no ceder al impulso de apartarse de su perspicaz mirada.

– Lo he pasado mal hablando con la asistente social. Ya sabes, hay momentos en que la adrenalina se dispara y no puedes pensar con claridad. Pero ahora estoy bien, en serio.

Él le acarició el labio inferior con el pulgar. De repente, le cubrió la boca con la suya, y una natural sensación de tranquilidad invadió a Alex a pesar de la súbita fuerza con que había empezado a latirle el corazón.

Él apartó la cabeza lo justo para permitirle tomar aire.

– ¿Hay alguna cámara? -preguntó ella, y notó los labios de él curvarse contra los suyos.

– Es probable. Bueno, así les daremos de qué hablar. -Y ella se olvidó de la cámara e incluso de respirar cuando él la besó con más intensidad y más pasión que nadie en toda su vida. De repente, él se apartó y tragó saliva-. Me parece que tienes que marcharte.

Ella asintió con vacilación.

– Me parece que sí. Te veré luego. -Cuando se volvió para marcharse, su rostro se crispó de dolor-. ¡Ay! -Se frotó la cabeza y bajó la vista a la manga de él-. Qué daño.

Él recogió los cabellos que se habían enredado en el botón y la besó en la coronilla.

– Qué mujer, un coche ha estado a punto de atropellada y se queja por un tirón de pelo.

Ella se echó a reír.

– Te veré esta noche. Llámame si las cosas se complican y no puedes venir.

Chase se encontraba todavía en su despacho cuando Daniel regresó. Se sentó y se hundió en la silla, consciente de la mirada con que Chase lo estaba evaluando abiertamente.

– Va, suéltalo ya -dijo.

– ¿Que suelte ya el qué? -El tono de Chase expresaba cierto regocijo.

– Que me estoy implicando demasiado, que me estoy dejando llevar por las emociones, que voy demasiado deprisa… Suelta el sermón.

– Lo deprisa que vayas en tu vida personal es asunto tuyo, Daniel. Lo que todo el mundo dice es que cuando ciertos sentimientos se despiertan, no puede hacerse gran cosa por evitarlo. ¿Tú crees que te estás implicando demasiado?

– No tengo ni idea. De momento lo que me importa es que ella siga con vida. -Con la sensación de no estar a la altura, Daniel depositó los cabellos de Alex junto al postizo-. Mierda, se parecen mucho.

Chase ocupó una de las sillas del despacho de Daniel.

– ¿Qué le has dicho?

Daniel hizo una mueca.

– No le he dicho nada.

Chase lo miró con los ojos desorbitados.

– ¿Se los has arrancado sin más?

– No exactamente, he sido un poco más hábil. -Si ella llegaba a descubrir el motivo, le dolería más que un simple tirón de pelo. Pero ya se ocuparía de salvar la situación cuando fuera necesario.

Chase se encogió de hombros, inquieto.

– Ya encontrarás la manera de decirle la verdad cuando llegue el momento. Por ahora, como bien has dicho, vamos a centrarnos en que siga con vida, y para eso tenemos que encontrar al asesino que se ha cargado a esas dos mujeres y que se dedica a imitar un crimen de hace trece años. Quiero saber a qué viene eso. ¿Será simplemente por lo que se ha llegado a hablar de Dutton durante la última semana?

«Te veré en el infierno, Simon.» Daniel se mordió el labio inferior, consciente de que debía contar lo que sabía.

– Tiene que ver con Simon.

Chase lo miró con los ojos entornados.

– Me parece que no me va a gustar, ¿verdad?

– No, pero es posible que sea importante. -Le contó a Chase lo de las cartas que había escrito el hermano de Bailey y lo de la visita del capellán del ejército. «Te veré en el infierno, Simon.»

Chase frunció el entrecejo.

– ¿Cuánto tiempo hace que lo sabes, Daniel?

«Diez años.» No, no era cierto. Tal vez las fotos no tuvieran nada que ver con los crímenes, ni con el de trece años atrás ni con los de esa semana. «Te estás engañando a ti mismo.»

– Me enteré anoche -respondió-. Lo que no sé es qué relación guardan Simon y Wade con esos dos crímenes.

«Díselo.» Pero en cuanto lo hiciera, lo apartarían del caso. No quería correr ese riesgo, así que contó solo aquello de lo que tenía absoluta certeza.

– Lo que sí sé es que Simon no ha asesinado a Janet ni a Claudia, y que tampoco ha raptado a Bailey ni ha intentado matar a Alex.

Chase dio un resoplido.

– Joder, qué listo. Te daré más cuerda, a ver si averiguas algo interesante. Pero no se te ocurra colgarte, ¿eh?

El alivio resultó palpable.

– Voy a casa de los Barnes. El vigilante del aparcamiento le ha dicho al señor Barnes que había visto a Claudia salir ayer por la noche en su Mercedes, pero que no regresó. Puede que la acometiera allí mismo.

– Y ¿qué hay del coche de Janet Bowie?

– No hemos obtenido resultados con la orden de busca. Leigh ha investigado la tarjeta de crédito de Janet y ha descubierto a qué empresa alquiló la furgoneta en la que el jueves fue a Fun-N-Sun. No la devolvió. Dejó a los chicos en la escuela a las siete y cuarto y llamó a su novio a las ocho y seis minutos.

– O sea que el asesino solo contó con un margen de cincuenta minutos para secuestrarla. ¿Dónde estaba ella cuando ocurrió?

Daniel examinó los faxes que Leigh le había dejado sobre el escritorio mientras se encontraba en la conferencia de prensa.

– Aquí hay algo de la compañía de telefonía móvil. Les he pedido que investigaran la llamada de Janet a Lamar. Lo telefoneó desde el aparcamiento que hay aproximadamente a un kilómetro y medio de la empresa de alquiler de vehículos, que a su vez está a una media hora en coche de la escuela.

– Eso le dejó un margen de veinte minutos para raptarla. ¿Dónde y cuándo fue? ¿Dónde está la furgoneta? ¿La despeñó? ¿La escondió?

– Y ¿dónde está el coche de Janet? -musitó Daniel-. ¿Lo dejó en el aparcamiento de la compañía de alquiler de vehículos al ir a recoger la furgoneta? ¿Entregaría la furgoneta en algún otro sitio? Llamaré para averiguarlo.

Chase se puso en pie y se estiró.

– Necesito un café. ¿Quieres uno tú también?

– Sí, gracias. Esta noche solo he dormido una hora.

Daniel buscó el teléfono de la empresa de alquiler de vehículos, habló con el responsable y ya colgaba cuando Chase regresó con los cafés y unos paquetes de galletas de la máquina expendedora.

– ¿Avena o chocolate? -preguntó.

– Chocolate.

Daniel cogió el paquete y al abrirlo hizo una mueca.

– Tengo restos de comida de la madre de Luke en la nevera pero nunca me acuerdo de traerlos.

– Podríamos robarle la comida a Luke.

– Ya ha comido. Vale, Janet dejó el Z4 frente a la compañía de alquiler a primera hora del jueves y cuando el personal entró a trabajar el viernes por la mañana ya no estaba. En el aparcamiento hay una cámara de seguridad. Pasaré por allí y pediré las grabaciones desde el jueves por la tarde hasta el viernes por la mañana.

– Comprueba también la zona que cubre la señal. A lo mejor tenemos suerte y descubrimos que donde la atacó también hay una cámara.

– Lo haré. -Masticó la galleta mientras pensaba-. Janet llama a su novio, casi seguro que bajo coacción. Hoy Bailey llama para decir que se ha largado de la ciudad y que abandona a su hija.

– ¿Podrá Alex identificar la voz de Bailey cuando recibamos la grabación de Servicios Sociales?

– Hace cinco años que no habla con ella, así que lo dudo. Preguntaré en la peluquería donde trabajaba Bailey. Ellos están más familiarizados con su voz.

– La cosa no pinta bien para Bailey -opinó Chase-. Ya hace cinco días que desapareció.

– Lo sé. Pero ella es el vínculo. Con suerte Ed encontrará algo en su casa. He telefoneado al pastor que fue a verla ayer, pero no me ha devuelto la llamada.

– No conseguirás nada del capellán y lo sabes. Preocúpate de hacer hablar a la niña, tráela y preséntasela a Mary McCrady. Si vio algo, cuanto antes nos enteremos, mejor.

Daniel se estremeció. Mary era la psicóloga del departamento.

– No podemos tratar a la niña como si fuera una delincuente, Chase.

Chase alzó los ojos en señal de exasperación.

– Ya sabes lo que quiero decir. Suavízalo para Fallon, pero quiero a la niña en el despacho de Mary mañana por la mañana. -Se dirigió a la puerta y se volvió, turbado-. Cuando supe lo ocurrido en Filadelfia, pensaba que por fin los fantasmas que te asaltan desde que te conozco habían desaparecido, pero no es así, ¿verdad?

Daniel negó con la cabeza, despacio.

– No.

– ¿Te he dado bastante cuerda para que al menos los mantengas a raya?

Daniel se echó a reír a pesar suyo.

– O lo consigo, o me cuelgo.

Chase no sonrió.

– No permitiré que te cuelgues. No sé qué crees que tienes que demostrar, pero eres un buen agente y no permitiré que eches a perder tu carrera.

Dicho esto se marchó y dejó a Daniel con un montón de papeles y unos cuantos cabellos de Alex Fallon.

«Ponte manos a la obra, Vartanian.» Los fantasmas le llevaban ventaja.

Capítulo 10

Martes, 30 de enero, 15.45 horas.

– Bailey. -La voz de Beardsley sonaba amortiguada-. Bailey, ¿estás ahí?

Bailey abrió un ojo y volvió a cerrarlo cuando la habitación empezó a darle vueltas y más vueltas.

– Estoy aquí.

– ¿Te encuentras bien?

Un sollozo se abrió paso a través de su garganta.

– No.

– ¿Qué te ha hecho?

– Me ha pinchado -respondió, tratando de que no le castañetearan los dientes. Temblaba con tanta fuerza que creyó que los huesos iban a partírsele y a atravesarle la piel-. Heroína.

Se hizo un silencio y luego se oyó una exclamación ahogada.

– Santo Dios.

O sea que lo sabía, pensó.

– Me esforcé tanto para superarlo… la primera vez.

– Lo sé. Wade me lo contó. Saldrás de aquí y volverás a superarlo.

«No -pensó Bailey-, estoy demasiado cansada para pasar por eso otra vez.»

– ¿Bailey? -El susurro de Beardsley denotaba apremio-. ¿Sigues conmigo? Necesito que conserves la claridad mental. Es posible que haya encontrado una forma de salir de aquí. ¿Me entiendes?

– Sí. -Pero sabía que era inútil. «Yo no saldré.» Había luchado contra los fantasmas todos los días durante cinco años. «Danos de comer, danos de comer. Solo un poco, para poder seguir adelante.» Sin embargo, se había resistido. Por Hope, y por ella. Y, con simplemente empujar el émbolo, él lo había echado todo por tierra.

Martes, 30 de enero, 15.45 horas.

El teléfono de su escritorio estaba sonando. No hizo caso y se quedó mirando la última carta. «Cómo no, tiene que llamarme a mí.» Aquello era peor de lo que nunca había imaginado.

El teléfono de su escritorio dejó de sonar y de inmediato empezó a vibrar el móvil. Lo aferró con furia.

– ¿Qué pasa? -espetó-. ¿Qué demonios quieres?

– He recibido otra. -Estaba sin aliento, aterrado.

– Ya lo sé.

– Quieren cien mil. Yo no tengo tanto dinero. Tienes que hacerme un préstamo.

Junto con las instrucciones sobre cómo debía entregarse el dinero había una hoja fotocopiada. Él la había arrugado con sus propias manos, había sido su reacción instintiva ante lo que parecía una inocente hoja con fotos, pero en realidad eran fotos obscenas.

– ¿Qué más has recibido?

– Una hoja con fotos del anuario. Son de Janet y de Claudia. ¿Tú también la has recibido?

– Sí. -Una hoja con fotos extraídas de su anuario y pegadas en orden alfabético. Diez chicas en total. Y sobre los rostros de Janet y Claudia había sendas cruces-. También aparece la foto de Kate -dijo con voz quebrada. «Mi hermanita.»

– Ya lo sé. ¿Qué voy a hacer?

«¿Qué voy a hacer?» Esa frase describía bien a Rhett Porter. Por el amor de Dios, la foto de Kate aparecía en esa hoja y Rhett solo se preocupaba por sí mismo. Qué egoísta era el llorón gilipollas.

– ¿Has recibido algo más? -preguntó.

– No. ¿Por qué? -El pánico agudizó media octava la voz de Rhett Porter-. ¿Qué más has recibido tú?

«Como si la foto de Kate no fuera suficiente.»

– Nada. -Pero no pudo disimular el tono de desprecio.

– Mierda, dímelo. -Ahora Rhett sollozaba.

– No vuelvas a llamarme. -Cerró el móvil que, de inmediato, empezó a vibrar de nuevo. Lo apagó y lo lanzó con tanta fuerza como pudo contra la pared.

Sacó un viejo cenicero del cajón de su escritorio. Nadie estaba autorizado a fumar en aquel despacho; ya no. Pero el cenicero había sido el regalo de su hijo con motivo del día del padre, un cenicero hecho por las inexpertas manitas de un niño de cinco años. Era un tesoro del que nunca se desharía. Su familia lo era todo para él. Tenía que protegerlos, costara lo que costase. No debían enterarse nunca.

«Eres un cobarde. Tienes que decir algo. Tienes que advertir a esas mujeres.»

Pero no lo haría, porque, si las advertía, tendría que explicar por qué lo sabía, y no estaba dispuesto a hacer eso. Encendió el mechero y rozó con la llama una esquina de la fotocopia, que poco a poco fue ardiendo y enroscándose hasta que dejó de ver la fotografía de su hermana, señalada con un círculo. Kate había terminado el bachillerato el mismo año que Janet Bowie y Claudia Silva Barnes. La amenaza estaba clara: paga o Kate será la próxima.

La última fotografía en arder fue la número once, la única que al parecer solo estaba en su fotocopia. Observó cómo el rostro de Rhett Porter se desfiguraba y se consumía hasta quedar reducido a cenizas.

«Rhett, imbécil de mierda. Eres hombre muerto, y todo por no saber mantener la puta boca cerrada.» Cuando la fotocopia hubo ardido por completo, vertió las cenizas en el café que llevaba sin probar desde la mañana. Se puso en pie y se arregló la corbata.

«Yo, en cambio, aprendo rápido.» Se esmeró en doblar la hoja con las instrucciones sobre el depósito bancario y la guardó en la cartera. Conocía a un tipo que podía hacer una transferencia y era capaz de mantener la boca cerrada. Limpió el cenicero con un pañuelo de papel y volvió a guardarlo con cuidado en el cajón. Tenía que ir al banco.

Dutton, martes, 30 de enero, 15.45 horas.

Santo Dios. Alex. El corazón de Daniel se disparó al enfilar la calle de casa de Bailey Crighton. Junto a la acera había estacionada una ambulancia cuyas luces parpadeaban.

Se acercó corriendo hasta allí. Alex se encontraba en el asiento trasero, con la cabeza entre las rodillas.

Se esforzó por serenar la voz a pesar de que el corazón le atoraba la garganta.

– Hola.

Ella levantó la cabeza; estaba pálida.

– No es más que una casa -susurró-. ¿Por qué no puedo superarlo?

– ¿Qué ha ocurrido?

El médico apareció por el lado opuesto del vehículo.

– Ha sufrido un simple ataque de pánico -dijo en tono condescendiente. Alex alzó de golpe la barbilla y quiso fulminarlo con la mirada, pero no dijo nada y el médico no se disculpó.

Daniel la rodeó con el brazo.

– ¿Qué ha ocurrido con exactitud, cariño? -musitó mientras se fijaba en el maletín del médico. P. Bledsoe. Recordaba a la familia con vaguedad.

Alex se apoyó en él.

– He intentado entrar, y al llegar al porche de la entrada he empezado a encontrarme mal.

Bledsoe se encogió de hombros.

– La hemos examinado. Tiene la tensión un poco alta, pero nada fuera de lo común. Lo más seguro es que con unos tranquilizantes baste -dijo lo último en un tono irónico que Daniel no comprendió hasta que Alex dio un respingo.

«Qué hijo de puta.» Daniel se puso en pie, la ira nublaba su visión.

– ¿Qué ha dicho?

Alex le tiró con suavidad de la chaqueta.

– Daniel, por favor.

Pero su voz expresaba vergüenza y Daniel explotó.

– No, eso es imperdonable.

Bledsoe pestañeó con aire inocente.

– Solo he sugerido que a la señorita Tremaine le conviene tranquilizarse.

Daniel entornó los ojos.

– Sí, y una mierda. Vaya mentalizándose para rellenar unos cincuenta formularios, amigo, porque le aseguro que su responsable va a enterarse de esto.

Bledsoe se sonrojó.

– No pretendía ser desagradable.

– Cuéntele eso a su responsable. -Daniel tomó a Alex por la barbilla y le alzó la cabeza-. ¿Puedes caminar?

Ella apartó la mirada.

– Sí.

– Pues vámonos. Puedes sentarte en mi coche.

Ella guardó silencio hasta que llegaron. Él le abrió la puerta del acompañante pero ella se apartó cuando trató de ayudarla a entrar.

– No tendrías que haberle dicho nada. Solo me falta tener más enemigos en esta ciudad.

– Nadie tiene derecho a hablarte así, Alex.

Los labios de Alex dibujaron una mueca.

– Eso ya lo sé yo, ¿no crees? ¿No te parece que ya resulta bastante humillante no poder entrar ahí? -Su tono era frío-. Lo que ha insinuado es cierto. Me tomé un bote entero de tranquilizantes y estuve a punto de acabar con mi vida.

– Eso ahora no importa.

– Claro que no importa. Lo que importa es tener a la gente de esta ciudad de mi parte hasta que descubra qué le ha ocurrido a Bailey. Después me dará igual. No pienso quedarme a vivir aquí.

Daniel pestañeó. Por primera vez cayó en la cuenta de que ella había retomado en cierto modo la vida que en su día abandonó de forma tan abrupta.

Los hombros de Alex se hundieron y la apariencia de frialdad se desvaneció.

– Lo siento, sé que tratabas de ayudarme. Olvidémoslo y ya está. -Se agachó para entrar en el coche y entonces su expresión se relajó-. Riley.

Riley estaba sentado ante el volante, muy atento y husmeando.

– Le gusta el coche -dijo Daniel.

– Ya lo veo. Hola, Riley. -Mientras le rascaba las orejas se volvió para mirar la casa de Bailey a través de la ventanilla del conductor-. Una mujer adulta no debería tener miedo de una casa.

– ¿Quieres volver a intentarlo? -la animó Daniel.

– Sí. -Salió del coche y Riley pisó el cambio de marchas para saltar al asiento del acompañante, dispuesto a seguirla. Alex mostraba una expresión severa-. No permitas que huya, hazme entrar.

– A Ed no le gustaría que vomitaras en el escenario del crimen -dijo él con ligereza. La tomó del brazo y estampó la puerta del coche en las narices de Riley.

Ella ahogó una risita.

– Si me pongo verde, sal corriendo.

No obstante, el tono risueño desapareció en cuanto se aproximaron a la casa. Alex aminoró el paso y todo su cuerpo empezó a temblar. Daniel constató que se trataba de una reacción física.

– TEPT. Estrés postraumático -musitó. Tenía todos los síntomas.

– Ya me lo imaginaba -masculló ella-. No permitas que huya, prométemelo.

– Te lo prometo. Pero estaré todo el rato pegado a ti. -La empujó ligeramente hacia la escalera del porche de entrada.

– Antes he llegado hasta aquí -dijo ella entre dientes. Tenía el rostro muy pálido.

– Antes yo no estaba contigo -dijo él.

Al llegar ante la puerta abierta ella se echó atrás y Daniel la empujó hacia delante con gesto suave pero firme. Ella se tambaleó y él la sujetó y la ayudó a sostenerse en pie. Ahora temblaba con violencia y la oyó hablar para sí.

– Silencio, silencio.

– ¿Oyes los gritos? -preguntó, y ella asintió. Daniel estiró la cabeza por encima del hombro de ella. Tenía los brazos cruzados con fuerza sobre el pecho, el rostro crispado y los ojos cerrados, también con fuerza. Sus labios se movían como si repitiera «silencio, silencio.» Daniel la rodeó por la cintura y la atrajo hacia sí-. Lo estás haciendo muy bien. Ya estás en el salón, Alex.

Ella se limitó a asentir; mantenía los ojos cerrados con fuerza.

– Dime qué hay.

Daniel resopló.

– Bueno, está todo revuelto. Hay basura tirada por el suelo.

– Noto la peste.

– También hay un viejo colchón, sin sábanas. Está manchado.

– ¿De sangre? -preguntó ella entre dientes.

– No, lo más probable es que sea de sudor. -Ella seguía temblando, pero no con tanta violencia. La resguardó bajo su barbilla, encajaba en el hueco a la perfección-. Hay un antiguo cuadro colgado en la pared, está torcido. Es un paisaje de playa, con dunas. Se ve viejo y descolorido.

La notó relajarse contra sí, un poco más a cada minuto que pasaba.

– Antes ese cuadro no estaba. -Abrió los ojos y ahogó una exclamación-. Las paredes están pintadas. -Su voz expresaba alivio y Daniel se preguntó cómo debía de aparecer la casa en sus sueños.

En esa estancia fue donde encontró a su madre muerta. A lo largo de su carrera Daniel había descubierto a más de un suicida que se había pegado un tiro en la cabeza. Al menos una de las paredes debía de haber quedado cubierta de sangre, sesos y esquirlas de hueso. Qué horrible recuerdo debía de haber soportado durante todos esos años.

– La alfombra es azul -dijo él.

– Antes era marrón. -Miró alrededor, lo observó todo-. Todo está diferente.

– Han pasado trece años, Alex. Es normal que hayan limpiado y pintado. Nadie podría vivir en esta casa tal como tú la recuerdas.

Ella rió denotando reprobación hacia sí misma.

– Ya lo sé. Bueno, se supone que debería saberlo.

– Chis. -La besó en la coronilla-. Lo estás haciendo muy bien.

Ella asintió y se la oyó tragar saliva.

– Gracias. Uau, la policía tenía razón, esto parece una pocilga. -Apartó el colchón con la punta del pie-. ¿En qué estabas pensando, Bailey?

– ¿Quieres venir conmigo a buscar a Ed?

Ella asintió con apremio.

– Sí -dijo enseguida-. No…

«No me dejes sola.»

– No te dejaré, Alex. ¿Sabes cómo caminaban en los viejos vodeviles? Nosotros haremos igual.

Ella se echó a reír, pero su risa traslucía dolor.

– Todo esto es ridículo, Daniel.

Él empezó a andar sin apartarse de ella.

– ¿Ed? -llamó.

La puerta trasera se cerró y Ed entró en la casa a través de la cocina. Su seriedad se transformó en sorpresa cuando vio a Alex.

– ¿Qué ha dicho el médico? ¿Está bien?

– ¿Lo has avisado tú? -preguntó Daniel.

– Sí. Estaba blanca como la pared y tenía el pulso por las nubes.

– Gracias, agente Randall -dijo Alex, y Daniel notó su voz teñida de vergüenza-. Ya estoy bien.

– Me alegro. -Miró a Daniel con expresión ligeramente divertida-. Me he ofrecido a abrazarla, pero se ha negado en redondo.

Daniel le lanzó una mirada que parecía decir «ni se te ocurra», y Ed tuvo que aguantarse la risa. Luego se puso serio y, con los brazos en jarras, observó la habitación.

– Esto está preparado -afirmó Ed, y Daniel notó cómo Alex erguía la cabeza bajo su barbilla.

– ¿Qué?-exclamó.

– Sí, señorita. Alguien tiene interés en que la casa parezca hecha un desastre. La alfombra está sucia, pero las manchas no han traspasado al suelo. La base está limpia, lo que quiere decir que la han aspirado a menudo y hasta hace poco. Es cierto que está todo cubierto de polvo. Hemos tomado muestras y las examinaremos en el laboratorio, pero me temo que la composición será la misma en todas. Parece una mezcla de ceniza y suciedad. Los lavabos están tan limpios que podría beberse en la taza del váter. -Sus labios se curvaron-. No es que le esté sugiriendo que lo haga, ¿eh?

– La asistente social dice que encontraron a Hope dentro de un armario. -Lo señaló con el dedo-. De ese.

– Lo examinaremos.

Daniel conocía a Ed lo suficiente para saber que la cosa no quedaba ahí.

– ¿Qué más has encontrado?

Alex se tensó contra él.

– Dígamelo, por favor.

– En el terreno de detrás de la casa tuvo lugar una pelea. Hemos encontrado sangre.

– ¿Cuánta? -preguntó Alex, en voz muy baja.

– Mucha. Cubrieron la zona con hojas, pero anoche el viento las arrastró. Hemos visto muchas hojas manchadas de sangre. Lo siento.

Ella asintió con vacilación. De nuevo estaba temblando.

– Lo comprendo.

Daniel la abrazó con más fuerza.

– ¿Habéis encontrado sangre dentro de la casa, Ed?

– Todavía no, pero acabamos de empezar. ¿Por qué?

– Porque Hope no para de pintar con lápices de color rojo -respondió Alex por Daniel-. Si estuvo todo el tiempo escondida en el armario, no pudo ver la sangre.

– O sea que o bien lo vio a través de la ventana o bien estaba fuera -concluyó Daniel.

– Lo comprobaremos -prometió Ed.

Daniel tiró de Alex.

– Venga, Alex. Vamos fuera. Ya has visto bastante.

Ella alzó la barbilla.

– Todavía no. ¿Puedo subir a la planta superior, agente Randall?

– Si no toca nada, sí.

Sin embargo, Alex no se movió. Daniel se inclinó y le susurró al oído.

– ¿Qué prefieres? ¿Caminamos tipo vodevil o te cargo sobre mi hombro, tipo troglodita?

Ella cerró los ojos y apretó los puños vendados.

– Tengo que hacerlo, Daniel. -Pero la voz le temblaba. Aquella situación superaba su capacidad de serenarse, incluso de sentir miedo.

Daniel no tenía muy claro que fuera una buena idea. Vio cómo cambiaba de semblante. Estaba pálida y tenía la frente cubierta de sudor frío. Aun así, la estrechó para alentarla.

– Si eso es lo que quieres, te acompañaré.

Ella se dirigió a la escalera y se detuvo en seco. Temblaba de pies a cabeza y su respiración era rápida y superficial. Se aferró al pasamanos, cerrando los dedos alrededor como si fueran garras.

– No es más que una puta casa -masculló, y subió dos escalones antes de detenerse de nuevo.

Daniel le volvió la cabeza de modo que pudiera mirarlo. Tenía los ojos vidriosos y llenos de terror.

– No puedo -musitó.

– Pues no lo hagas -musitó él.

– Tengo que hacerlo.

– ¿Por qué?

– No lo sé, pero tengo que hacerlo. -Cerró los ojos y se estremeció de dolor-. Los gritos son muy fuertes -dijo. Parecía una niña.

– ¿Qué dicen? -preguntó él, y ella abrió los ojos de golpe. ¿Qué?

– ¿Qué dicen cuando gritan?

– «No.» Y ella dice: «Te odio. Te odio. Ojalá te mueras.» -Las lágrimas rodaban por sus mejillas cenicientas. Daniel se las enjugó con el pulgar.

– ¿Quién lo dice?

Ella sollozaba en silencio.

– Mi madre. Es mi madre.

Daniel le dio la vuelta y la abrazó, y ella se aferró a las solapas de su chaqueta mientras todo su cuerpo se agitaba con la fuerza de su llanto silencioso. Daniel bajó los pocos escalones que habían subido y la arrastró consigo.

Cuando salieron el médico estaba colocándolo todo en la ambulancia para marcharse. Bledsoe miró a Alex; estaba encorvado y se movía con paso vacilante. Se dispuso a acercarse a ellos, pero Daniel le lanzó su mirada más glacial y Bledsoe se detuvo en seco.

– ¿Qué ha ocurrido? -preguntó Bledsoe.

– No es un simple ataque de pánico -le espetó Daniel-. Quítese de en medio.

Bledsoe empezó a retroceder.

– Lo siento, no creía que…

– Me da lo mismo lo que usted creyera o dejase de creer. Le he dicho que se mueva, joder.

Bledsoe retrocedió hasta el bordillo con aire afligido.

– ¿Ya está bien?

Ella seguía sollozando entre los brazos de Daniel, y a él se le partió el corazón.

– No, pero lo estará.

Dutton, martes, 30 de enero, 18.45 horas.

Una esbelta pelirroja aguardaba sentada en la escalera de entrada a casa de Alex, con la cabeza apoyada en las manos. La puerta estaba abierta y en cuanto Daniel puso un pie fuera del coche oyó las seis notas de las que le había hablado Alex. Sonaban una vez, y otra, y otra más.

La pelirroja levantó la cabeza y en el la Da niel vio a una mujer frustrada y al límite de su capacidad de control. Entonces ella reparó en Alex y se puso en pie sin dejar de mirarla.

– Dios mío. ¿Qué ha ocurrido?

– Está bien -dijo Daniel. Rodeó el coche y ayudó a Alex a levantarse-. Vamos, Riley. -El basset saltó a la calle con aire holgazán. Alex hizo una mueca al oír la música. -¿Todavía sigue tocando?

La pelirroja asintió.

– Sí.

– ¿Y por qué no desenchufa el órgano? -preguntó Daniel, y la mujer le lanzó una mirada tan llena de ira que estuvo a punto de hacerlo retroceder-. Lo siento.

– He intentado desenchufar el órgano -soltó entre dientes-, y se ha puesto a gritar, muy fuerte. -Miró a Alex con frustración e impotencia-. Alguien ha llamado a la policía.

– Bromeas -le espetó Alex-. ¿Quién ha venido?

– Un agente llamado Cowell. Ha dicho que si no conseguíamos que la niña dejara de gritar, tendría que avisar a los Servicios Sociales, pues los vecinos se habían quejado. He vuelto a enchufar el órgano hasta que decidamos qué hacer. Alex, es posible que tengamos que sedarla.

Alex dejó caer los hombros.

– Joder. Daniel, esta es mi prima, la doctora Meredith Fallon. Meredith, este es el agente Daniel Vartanian. -Bajó la vista a sus pies-. Y este es Riley.

Meredith asintió.

– Me lo imaginaba. Entra, Alex. Tienes un aspecto horrible. Por favor, agente Vartanian, disculpe mi grosería. Tengo los nervios a flor de piel.

A él también empezaba a cargarlo la musiquita, y eso que solo llevaba oyéndola unos minutos. No podía imaginarse lo que debía de suponer oírla durante horas. Las siguió al interior de la casa, donde una pequeña de rizos rubios estaba sentada frente al órgano y tocaba todo el rato las mismas seis notas con un solo dedo. Ni siquiera pareció darse cuenta de que ellos estaban allí.

Alex apretó la mandíbula.

– Esto ya ha durado bastante. Tenemos que conseguir que Hope hable. -Se dirigió a la pared y desenchufó el órgano. De inmediato la música cesó y Hope levantó la cabeza con gesto airado. Abrió la boca y su pecho se hinchió a medida que iba llenando de aire los pulmones, pero antes de que pudiera emitir un solo ruido Alex se había plantado frente a ella-. No lo hagas. No grites. -Posó las manos en los hombros de la niña-. Mírame, Hope. Ahora.

Hope, sobresaltada, levantó la cabeza para mirar a Alex. Meredith, apostada junto a Daniel, soltó un resoplido de frustración.

– «No grites» -masculló con sarcasmo-. ¿Cómo no se me ha ocurrido antes?

– Chis -la advirtió Daniel.

– Vengo de tu casa, Hope -dijo Alex-. Mira, cariño, sé lo que viste. Sé que alguien hizo daño a tu mamá.

Meredith se quedó mirando a Daniel.

– ¿Ha estado en la casa? -preguntó moviendo los labios en silencio, y él asintió.

Hope miraba a Alex; su pequeño rostro expresaba tormento. Sin embargo, en vez de gritar dejó que las lágrimas rodaran en silencio por sus mejillas.

– Estás asustada -dijo Alex-. Yo también. Pero escucha, Hope, tu mamá te quiere, y tú lo sabes. Nunca te abandonaría por voluntad propia.

Daniel se preguntó si Alex estaba tratando de convencer a Hope o a sí misma. «Te odio. Ojalá te mueras.» Tanto si su madre había pronunciado realmente aquellas palabras como si no, lo cierto era que en la mente de Alex lo hacía. La carga que suponía vivir con eso era tremenda, Daniel lo sabía muy bien.

Todavía con lágrimas en las mejillas, Hope empezó a mecerse en la banqueta del órgano. Alex ocupó un lugar a su lado, estrechó a la niña entre sus brazos y se meció con ella.

– Chis, yo estoy aquí, y Meredith también. No te dejaremos, no te pasará nada.

Riley se acercó con sigilo hasta donde Alex se encontraba abrazada a Hope y le tocó el muslo con el hocico.

Alex tomó el puño cerrado de Hope, le extendió los dedos y le colocó la mano sobre la cabeza de Riley. Este soltó uno de sus profundos suspiros y posó el hocico en la rodilla de Hope. La niña empezó a acariciar la cabeza del perro.

Meredith Fallon exhaló un suspiro entrecortado y se dirigió a Daniel.

– Espero que no haga con su perro como con los colores y con el órgano. Si no, para esta noche Riley se habrá quedado calvo.

– Le pondré un crecepelo en la comida -dijo Daniel.

Meredith ahogó una carcajada que más bien sonó a sollozo.

– Así que ha entrado en la casa.

Daniel suspiró.

– Sí.

– Y usted ha entrado con ella.

– Sí.

– Gracias. -Se aclaró la garganta-. Alex, tengo hambre y necesito salir de esta casa. Esta mañana, mientras hacía footing, he visto una pizzería cerca de correos.

– ¿Presto's Pizza? -preguntó Daniel, sorprendido.

– ¿La conoce? -se extrañó Meredith, y él asintió.

– De niño me alimentaba a base de sus rodajas de salchichón. No sabía que todavía existiera.

– Pues entonces iremos ahí. Alex, maquíllate un poco, hoy cenamos fuera.

Alex levantó la cabeza y la miró con mala cara.

– No puede ser. Tenemos que ir a ver a la hermana Anne.

– Iremos después, a Hope también le conviene salir. Yo me he pasado el día llevándola entre algodones y observando todas sus reacciones. Tú has conseguido un cambio cualitativo, no quiero que retroceda.

– Nosotros también tenemos que cenar, Alex -terció Daniel, y ello le valió una agradecida mirada de Meredith-. No tardaremos mucho y luego iremos al centro de acogida. Además, nunca se sabe quién puede aparecer mientras cenamos. El tipo que ha intentado atropellarte te había estado espiando. Si no es él quien se llevó a Bailey, al menos puede que sepa quién lo hizo.

Ella asintió.

– Tienes razón, y no se trata solo de Bailey. También están las otras mujeres. Lo siento, Daniel, he sido una egoísta. Supongo que no pienso con demasiada claridad.

– No te preocupes, ha sido un día muy ajetreado. -Y como le pareció que lo necesitaba, se le acercó y la estrechó entre sus brazos. Ella posó la mejilla en su pecho y entonces Daniel se dio cuenta de que también él lo necesitaba-. Ve a cambiarte de ropa. -Miró a Hope, que seguía acariciando la cabeza de Riley. El perro le dirigió una sentida mirada y Daniel soltó una risita-. Date prisa, si no tendremos que ponerle una peluca a Riley.

Martes, 30 de enero, 19.00 horas.

Aferró el volante y miró por el retrovisor. Se pasó la lengua por los labios, nervioso. Todavía lo tenía detrás. El coche lo había estado siguiendo desde que entrara en la US-19.

Rhett Porter no tenía ni idea de adónde iba. Todo cuanto sabía era que tenía que huir. «Tengo que huir.» Lo tenían fichado. Lo supo en cuanto oyó a su amigo decir «nada» en aquel tono de desprecio. Su amigo. ¡Ja! Menudo amigo, que lo dejaba tirado como a un trapo sucio en cuanto las cosas se ponían feas.

Huiría. Sabía cosas; cosas de las que a cualquier fiscal que se preciara le encantaría enterarse, y pagaría por ello. Él a cambio pediría que lo protegieran como a un testigo.

Se mudaría a un lugar apartado, cambiaría de acento. Desaparecería.

Oyó acelerar el coche tras de sí un instante antes de sentir el golpe. El volante le saltó de las manos a la vez que los neumáticos se salían de la carretera. Se esforzó por hacerse con el control, pero era demasiado tarde. Vio que dejaba atrás la carretera, vio los árboles pasar a toda velocidad junto a la ventanilla. Oyó el crujido metálico contra la madera.

Notó el tremendo golpe en la cabeza, el dolor punzante en el pecho, la sensación de mareo cuando el coche empezó a rodar. Le llegó el olor férreo de la sangre. La suya. «Estoy sangrando.»

Cuando todo dejó de dar vueltas a su alrededor levantó la cabeza, aturdido. Estaba boca abajo, todavía sujeto al asiento. Oyó pasos y vio las rodillas de quien se agachó para mirar dentro de la chatarra que antes era su coche. Sus esperanzas se desvanecieron en cuanto los ojos que conocía bien y en los que un día confió lo observaron a través del cristal resquebrajado del parabrisas.

Aun así, lo intentó.

– Ayúdame -gimió.

Los ojos alzaron la mirada en señal de exasperación.

– Tenías que llevar puesto el cinturón de seguridad. Ni siquiera eres capaz de morirte en condiciones.

La mirada desapareció. Los pasos se alejaron, luego volvieron a oírse cerca.

– Ayúdame, por favor.

– Eres un capullo, Porter. -Terminó de romper el cristal con el codo, introdujo la mano por el hueco y retiró las llaves del contacto. Instantes después devolvió las llaves a su sitio. Rhett sabía que faltaba una. Estuvo a punto de sonreír; ojalá pudiera estar allí para observar sus caras de estupefacción cuando vieran qué era lo que encerraba esa llave.

Luego percibió olor de gasolina y la emanación acre de la yesca al quemarse, y supo lo que le iba a ocurrir.

«Voy a morir.» Cerró los ojos y maldijo al hombre a quien durante tanto tiempo había encubierto. Le había guardado el secreto trece años, y ahora… «Os veré en el infierno.»

De pie en la carretera, con los brazos en jarras, contempló cómo las llamas engullían el coche que yacía allí abajo. Incluso desde donde él estaba notaba el calor. No tardaría en aparecer alguien. Guardó el bidón de gasolina en el maletero y se puso en marcha. «Adiós, Igor. Cabrón imbécil.»

Mientras se alejaba tragó saliva. Un día habían sido once. Ahora solo quedaban tres.

Él había eliminado a dos. Nunca llegaron a encontrar el cadáver de DJ. Recordó el olor sulfúreo de la marisma, el ruido del agua al arrojar el cadáver de DJ por la borda de su embarcación. Imaginó que aquella noche algún caimán se habría dado un buen festín.

DJ suponía un lastre. El juego, la bebida, las mujeres. Cuántas mujeres. No sin motivo habían apodado a Jared O'Brien «Don Juan». Cuando se emborrachaba, Jared se liaba a dar voces y en cuestión de poco tiempo los habría puesto a todos en un compromiso. O se salvaba Jared o se salvaba el resto. No resultaba difícil elegir.

Por algún motivo le había costado más matar a Igor. Cuando el fuego acabara con Rhett Porter, no quedaría gran cosa de él, así que materialmente no había una gran diferencia, excepto que esa noche algún caimán tendría que irse a dormir con el estómago vacío.

Pensó en los otros dos desaparecidos. Daniel Vartanian se había cargado a Ahab. Claro que nunca habían llamado así a Simon cuando él estaba delante. El muy cabrón daba miedo, su pierna ortopédica no era más que una de las muchas cosas que resultaban intocables. Recordaba el día del primer entierro de Simon. Todos se habían sentido aliviados, solo que ninguno se atrevió a decirlo.

¿Y el otro? Fue cuestión de relajarse y esperar. Le sorprendió de veras que El Oficial viviera tanto tiempo, que consiguiera esquivar tantos balazos en todos los confines en guerra del planeta. Al fin un rebelde iraquí había eliminado a Wade. Lo primero que sintió fue alivio al enterarse de que el héroe de guerra de Dutton regresaba a casa dentro de un ataúd. Durante años Wade Crighton había sido un cabo suelto que hacía falta cortar. Era el único que había abandonado la ciudad, el único que estaba lejos de la vista y del control de los demás.

«Excepto Simon, claro», pensó. Durante todos esos años creyeron que estaban a salvo con él muerto. Debería de estarle agradecido a Daniel Vartanian por haber acabado con el cabrón de una vez por todas, pero la simple idea de agradecer algo a Daniel le provocaba arcadas. Simon daba miedo, pero Daniel era un engreído y eso lo ponía de muy mal humor.

Ahora tanto Simon como Wade habían desaparecido, igual que Rhett y Jared.

Ahora solo quedaban tres. Tanto Simon como Wade habían muerto sin que él tuviera nada que ver, y habían dejado la incógnita del paradero de sus llaves. Una semana atrás creía que el hecho de encontrar las llaves resolvería todos sus problemas, pero ahora eso se le antojaba una nimiedad.

Janet y Claudia habían muerto; las habían encontrado en las mismas condiciones que a Alicia Tremaine. «Y no las he matado yo.» Tampoco había sido su jefe. «Fui idiota al pensar que podría haber sido él.» Harvard era morboso y retorcido pero no idiota.

De jóvenes, todos se habían comportado como idiotas, pero ahora eran hombres hechos y derechos, modelos a seguir para la sociedad. Se habían concedido aquella frágil tregua que duró varios años, ya que ninguno de ellos quería echar a perder la vida que se había labrado, el respeto que se había ganado.

Alguna otra persona había matado a Janet y a Claudia, alguien que había recreado el asesinato de Alicia hasta el último detalle. Podría tratarse de un simple imitador.

De no ser por que sabía lo de las llaves. Alguien los estaba provocando. Pensó en Rhett Porter. Alguien quería aterrorizarlos. Rhett había sucumbido al terror y ahora estaba muerto.

Quedaban solo tres. Si ninguno más sucumbía, no habría forma de que nadie descubriera nada; no podrían relacionarlos con el asesinato de Alicia Tremaine.

A fin de cuentas no la habían matado ellos. Ellos la habían violado, pero no la mataron ni la arrojaron a la cuneta envuelta en una manta. El hombre que había matado a Alicia Tremaine llevaba trece años pudriéndose en la cárcel. Nadie podía tacharlos de nada mientras conservaran la calma. Lo único que hacía falta era conservar la calma.

«Conservar la calma, y pensar.» Tenían que descubrir quién había matado a esas mujeres antes de que lo hiciera Vartanian, porque si él daba primero con ese hijo de puta… Quien había matado a Janet y Claudia sabía lo del club, y el muy cabrón lo contaría. Entonces toda la vida que se habían labrado se vendría abajo. Acabaría destrozada.

«Tengo que averiguar qué demonios sabe Daniel Vartanian.» ¿Por qué entre tantos agentes tenían que haberle asignado el caso a Vartanian? ¿Es que él sabía algo? ¿Sabía lo de Simon? «¿Sabrá lo nuestro?» ¿Habría encontrado Vartanian la llave de Simon?

Apretó los dientes y tamborileó sobre el freno de mano. El coche que precedía al suyo iba a paso de tortuga, no tenía ninguna prisa. Le hizo luces y el coche cambió inmediatamente de carril y le dejó el paso libre. «Más te vale.»

Centró la mente en la carretera despejada. Eso le ayudaría a aclarar las ideas, a pensar. Si Vartanian sospechaba algo, no había soltado prenda. Claro que Daniel siempre había sido más bien hermético. Él, a su manera y con aquellos ojos, también daba miedo.

Además, se había enredado con Alex Fallon, que en sí ya representaba un gran problema. Aunque descubrieran quién había matado a Janet y a Claudia, el daño ya estaba hecho. Todo el mundo hablaba de Alicia Tremaine, de cómo había muerto. Solo faltaba tener a Alex Fallon, la viva imagen de Alicia, merodeando por la ciudad para excitar los ánimos.

Alex Fallon seguía merodeando por la ciudad porque Bailey no había aparecido. Ya no ejercía ningún tipo de control sobre lo que pudiera ocurrirle a Bailey Crighton, pero sí sobre lo que pudiera ocurrirle a Alex Fallon. Esa tarde su hombre la había cagado bien. Se suponía que tenía que espiar a Fallon, informarlo y evitar que hablara con quien no debía. No esperaba que fuera a atropellarla en medio de la calle. Había otras formas, más discretas, de quitar a las personas de en medio.

Eso él lo sabía bien. Se libraría de Alex Fallon con discreción y luego averiguaría quién los estaba provocando con los asesinatos y las llaves. Lo haría antes de que Vartanian diera con aquel cabrón.

Si Daniel descubría qué había ocurrido en realidad, todo lo demás dejaría de tener importancia. Irían a la cárcel. «Antes la muerte.» Pisó a fondo el acelerador y regresó a la ciudad. No pensaba permitir que lo metieran en la cárcel, y no pensaba morir para evitarlo. Tenía muchas cosas que hacer.

Mack bajó la cámara mientras una lúgubre sonrisa se dibujaba en su rostro. Sabía que acabarían matándose entre ellos, solo que no esperaba que empezaran tan rápido. Durante el último mes, cada vez que alguno de los cuatro salía de la ciudad Mack lo seguía. Casi siempre lo obsequiaban con algún maravilloso secreto que ninguno de ellos querría que se supiera, y desde luego esa noche no había sido una excepción.

Ahora, de los cuatro quedaban solo tres y Mack estaba un paso más cerca de ver realizado su sueño. Revisó las fotografías que acababa de tomar. Su plan para los tres restantes era sólido, pero esas fotos le servirían como plan B por si el primero fracasaba. Siempre había que contar con un posible imprevisto, siempre había que tener una salida de emergencia, una escapatoria. Un plan B. Era otra de las cosas que había aprendido en la cárcel y nunca olvidaría.

Hablando de aprender, tenía que dar otra lección. Al cabo de pocas horas se habría convertido en el dueño de otra chica y de un precioso Corvette.

Capítulo 11

Dutton, martes, 30 de enero, 19.30 horas.

– Bien.

Meredith dio un sorbo mientras miraba a ambos lados de reojo como si fuera una espía.

– No hay como ser el objeto de atención.

Alex le dirigió una triste mirada desde el otro lado de la mesa que ocupaban en Presto's Pizza.

– He tratado de advertirte de que podía pasar esto. Llevo unos cuantos días teniendo que soportar que la gente me mire. -Se volvió hacia Daniel, quien en cuanto se sentaron a la mesa la había rodeado por los hombros de forma exagerada-. Y tú no ayudas nada.

Él se encogió de hombros.

– Total, ya saben que anoche te besé.

– Y que ha entrado contigo en casa de Bailey -añadió Meredith.

Alex se estremeció.

– ¿Cómo es posible? De eso hace solo unas horas.

– Lo han dicho por la radio. Te has desmayado y Daniel te ha sacado de la casa en brazos.

– No me he desmayado. Y he salido de la casa por mi propio pie. -Frunció los labios-. Lo juro por Dios. Esa gente tendría que buscarse algo en que pensar.

– Ya lo han hecho -musitó Daniel-. Piensan en nosotros. No todos los días dos hijos pródigos regresan a casa a la vez.

– Y encima se acuestan juntos. -Meredith levantó la mano-. Son sus palabras, no las mías. Lo juro.

Alex entornó los ojos.

– ¿Las palabras de quién?

Daniel la abrazó más.

– Eso da igual -dijo-. La cuestión es que estamos aquí y seremos pasto de la murmuración hasta que surja algo más interesante.

Meredith miró el dibujo que Hope había hecho en el mantel.

– Qué bonito, Hope.

Alex suspiró.

– Y qué rojo -dijo en voz tan baja que solo Daniel pudo oírla. Le estrechó el hombro a modo de respuesta y ella lo miró-. ¿Ha encontrado el agente Randall algo que te sirva para los casos de esas mujeres? -susurró.

Él le colocó un dedo sobre los labios y negó con la cabeza.

– Aquí no -susurró. Miró alrededor y se fijó en los rostros que los observaban. Su mirada se tornó fría y circunspecta, y Alex supo que se estaba preguntando si la persona responsable de los dos crímenes y de la desaparición de Bailey se encontraba allí, espiándolos.

«Espiándome», pensó, tratando de dominar la desagradable sensación que notaba en la boca del estómago. Se miró los rasguños de las palmas de las manos. Había retirado el aparatoso vendaje pero con solo echar un vistazo a sus manos revivía toda la agitación de la tarde. El ruido de neumáticos, los gritos… tanto los de los transeúntes como los que oía en su cabeza.

Alguien había intentado matarla. No terminaba de hacerse a la idea.

Alguien había matado a dos mujeres. Tampoco de eso terminaba de hacerse a la idea.

Alguien había raptado a Bailey. Aunque ya lo sabía, enterarse de que se había derramado sangre hizo que el hecho le pareciera más real. Pensó en la casa. Ahora que ya no estaba allí, podía pensar en lo sucedido con un poco más de objetividad.

– Nadie me lo había preguntado nunca -masculló, y entonces se dio cuenta de que había pronunciado las palabras en voz alta.

Daniel se apartó para mirarla.

– ¿Preguntarte, el qué?

Ella lo miró a los ojos.

– Qué dicen cuando gritan.

Él entrecerró un poco sus ojos azules.

– ¿En serio? Eso me sorprende. Entonces… ¿ya sabías lo que decían o lo has recordado esta tarde?

«Te odio. Ojalá te mueras.»

Alex apartó la mirada.

– Ya lo sabía, pero al estar allí… lo he recordado con más claridad. He vuelto a oír su voz, como si hubiera sido ayer.

Él entrelazó la mano en su pelo para rodearle la parte alta de la nuca y con el dedo le presionó el lugar exacto donde notaba las punzadas.

– ¿Quién dice «no»?

Ella tragó saliva.

– Soy yo, creo. No estoy segura.

Él siguió haciéndole maravillas en el cuello con el pulgar y una pequeña parte de la tensión que notaba en los hombros desapareció. Bajó la barbilla al pecho y… se relajó.

– Esto también lo haces muy bien.

La risa de Daniel le resultó acogedora.

– Es bueno saberlo. -Se detuvo demasiado pronto y retiró la mano-. Ya está aquí la pizza.

Alex vio la plancha deslizarse sobre la mesa y miró a la camarera, una mujer de facciones duras y un exceso de carmín en los labios. Le resultaba familiar pero no conseguía ubicar su rostro. Llevaba demasiado maquillaje y tenía la mirada severa. Debía de tener entre veinticinco y treinta y cinco años. En su placa se leía Sheila. No despegaba los ojos del rostro de Daniel, y no precisamente para seducirlo. Daba la impresión de estar sopesando sus palabras.

– Usted es Daniel Vartanian -dijo al fin en tono neutral.

Él escrutó su semblante.

– El mismo -respondió-. A usted no la recuerdo, lo siento.

Ella apretó los labios.

– No, es normal que no me recuerde, nos movíamos en círculos algo distintos. Mi padre trabajaba en la fábrica de papel.

Alex tensó los hombros. La fábrica de papel había proporcionado empleo a media ciudad en un momento u otro. El padre de Bailey también había trabajado allí. Allí era donde se encontraba Craig Crighton aquella noche, la noche en que su madre lo necesitaba. «La noche en que yo necesitaba a mi madre. -Cerró los ojos-. Silencio. Silencio.» Daniel volvió a presionarle la nuca con el pulgar y de nuevo la tensión disminuyó y permitió que emergieran otros recuerdos.

– Usted es Sheila Cunningham -dijo Alex-. Nos sentábamos juntas en la clase de biología. -«El año en que no terminé los estudios. El año en que murió Alicia.»

Sheila asintió.

– No creía que me recordara.

Alex frunció el entrecejo.

– Hay muchas cosas que no recuerdo.

Sheila volvió a asentir.

– Pasa muchas veces.

– ¿Qué podemos hacer por usted, Sheila? -preguntó Daniel.

Sheila apretó la mandíbula.

– Hoy han estado en casa de Bailey.

Meredith levantó la cabeza y escuchó con atención. Las personas que ocupaban la mesa contigua se volvieron; era evidente que también estaban escuchando. Sheila no pareció darse cuenta. Sus ojos se entrecerraron y una vena del cuello empezó a palpitarle.

– La gente de esta ciudad querrá hacerles creer que Bailey era una golfa, pura chusma, pero no es cierto. -Sheila dirigió una mirada a Hope-. Era una buena madre.

– ¿Por qué dice «era»? -preguntó Daniel en tono quedo-. ¿Sabe qué le ha ocurrido?

– No, si lo supiera se lo diría. Lo que sé es que no ha abandonado a esa niña por voluntad propia. -Se mordió la parte interior de las mejillas, era obvio que se esforzaba por callar lo que verdaderamente quería decir-. Todo el mundo está ofendido porque esas ricachonas han muerto, pero nadie se preocupó de las mujeres normales. Nadie se preocupa por Bailey. -Miró a Alex-. Excepto usted.

– ¡Sheila! -El grito procedía de la ventanilla que daba a la cocina-. Haz el favor de volver aquí.

Sheila sacudió la cabeza con una sonrisa burlona en los labios.

– Vaya, parece que tengo que marcharme. He hablado demasiado. No pretendas sabotear el barco que los jefes se enfadarán.

– ¿Por qué? -preguntó Daniel-. ¿Qué pasará si sabotea el barco?

Sus labios carmín dibujaron una mueca.

– Pregúntele a Bailey. Ay, claro, no puede. -Se dio media vuelta y regresó a la cocina dando un fuerte golpe con la mano a la puerta de vaivén.

Alex se recostó en el banco.

– Vaya.

Daniel miraba la puerta de la cocina, que seguía oscilando.

– Pues sí; vaya. -Dirigió su atención a la pizza y la sirvió en los platos; sin embargo, su rostro mostraba una expresión preocupada-. Vamos a comer.

Meredith colocó un plato ante la cabizbaja Hope, pero la pequeña no hizo más que mirar la comida.

– Vamos, Hope -la animó-. Come.

– ¿Ha comido estos días? -preguntó Daniel.

– Acaba haciéndolo si tiene la comida delante bastante rato -respondió Meredith-. Pero hasta ahora solo hemos tomado bocadillos. Esta es nuestra primera comida en condiciones desde que llegué.

– Lo siento -se disculpó Alex-. No he sido muy buena anfitriona.

– Yo no pensaba quejarme. -Meredith dio un bocado a la pizza y cerró un ojo, evaluándola-. Está buena, Daniel. Tenía razón.

Daniel hizo lo propio y asintió.

– Supongo que hay cosas que no cambian con el tiempo. -Suspiró a la vez que la puerta exterior se abría-. Deliciosa.

Un hombre corpulento con un traje caro cruzó el restaurante con mala cara.

– Es el alcalde -susurró Alex a Meredith-. Garth Davis.

– Ya lo sé -susurró Meredith a su vez-. He visto su fotografía en el periódico esta mañana.

– Daniel. -El alcalde se detuvo junto a su mesa-. Me prometiste que me llamarías.

– Cuando tuviera algo que decirte. De momento, no lo tengo.

El alcalde se apoyó en la mesa con las dos manos y se inclinó hacia delante hasta situar su rostro frente al de Daniel.

– Me pediste que te diera un día, que te estabas ocupando de ello, y estás aquí sentado.

– Y estoy aquí sentado -repitió Daniel sin alterarse-. Apártate de mi vista, Garth.

El alcalde no se movió.

– Quiero que me pongas al corriente. -Hablaba en voz alta, para atraer a la audiencia, pensó Alex. Al electorado. Político tenía que ser.

Daniel se le acercó más.

– Apártate de mi vista, Garth -masculló, y le lanzó una mirada tan glacial que incluso Alex se estremeció-. Ahora mismo. -El alcalde se incorporó despacio y Daniel tomó aire-. Gracias, alcalde Davis. Comprendo que quieras conocer los últimos detalles. Pero tú también deberías comprender que, aunque tuviera algo que decirte, este no es el lugar apropiado para hablar. Esta tarde te he llamado al despacho para ponerte al corriente, pero nadie ha descolgado el teléfono.

Davis entornó los ojos.

– He ido a casa del congresista Bowie. No he recibido ningún mensaje. Lo siento, Daniel. -Sin embargo, sus ojos denotaban que no lo sentía en absoluto-. Me encargaré de hablar con mi ayudante y averiguaré por qué no ha contestado a la llamada.

– Hazlo. Y si todavía quieres que te ponga al corriente, estoy dispuesto a hacerlo siempre que no sea en un lugar público.

El alcalde se ruborizó.

– Claro. Ha sido un día horrible, con todo lo de Janet y Claudia.

– Y Bailey Crighton -soltó Alex con frialdad.

El alcalde Davis tuvo la decencia de aparentar turbación.

– Y Bailey, claro. Daniel, estaré en mi despacho hasta tarde. Llámame si te parece bien.

– Es para hacerle perder el apetito a cualquiera -comentó Alex cuando el alcalde se hubo marchado.

– Alex. -La voz de Meredith denotaba tensión, Alex enseguida comprendió por qué.

Hope había apartado el queso de la pizza y se había untado las manos y el rostro con salsa. Parecía estar cubierta de sangre. Además se mecía de una forma que hizo que a Alex se le helara la sangre en las venas.

Daniel reaccionó con rapidez. Se puso en pie y retiró la salsa de las manos y el rostro de Hope con una servilleta.

– Hope, cariño -dijo, imprimiendo a su voz un tono risueño que Alex sabía que no se correspondía con su estado de ánimo-. Mira qué desastre. Y encima te has manchado el vestido nuevo.

La pareja que ocupaba la mesa contigua se volvió y Alex reconoció a Toby Granville y a su esposa.

– ¿Podemos ayudar? -preguntó Toby con cara de preocupación.

– No, gracias -respondió Daniel en tono relajado-. Nos la llevaremos a casa y la lavaremos. Ya saben cómo son los niños. -Sacó la cartera del bolsillo en el momento en que Sheila salía de la cocina con un paño en las manos.

Era obvio que los estaba observando, igual que el resto de personas del local.

Daniel le entregó la cuenta doblada con el dinero dentro y Alex vio que una esquina blanca de su tarjeta de visita sobresalía por encima de la tinta verde.

– Quédese con el cambio.

Daniel ayudó a Alex a levantarse del banco y ella hizo una mueca de dolor al notar las rodillas entumecidas. No obstante, se obligó a mover las piernas y a seguir a Meredith hasta la puerta. Daniel tomó a Hope en brazos.

– Vamos, guapísima. Te llevaremos a casa.

Alex dirigió a Sheila una última mirada antes de seguir a Daniel hasta el coche.

Al cabo de menos de cinco minutos volvían a encontrarse en casa. Meredith se adelantó y cuando Alex, cojeando, cruzó el umbral, ya había dejado sobre la mesa la cabeza de la princesa Fiona. Tomó a Hope de los brazos de Daniel y la colocó frente a la muñeca. Luego se agachó a su lado y la miró a los ojos.

– Enséñanos lo que le ocurrió a tu mamá, Hope -dijo con apremio. Alcanzó el bote de plastilina roja y lo volcó sobre su mano-. Enséñanoslo.

Hope colocó un pegote en la cabeza de Fiona. Fue repitiendo la acción hasta que el rostro y el pelo de la princesa Fiona quedaron por completo cubiertos de plastilina roja. Cuando hubo terminado, miró a Meredith con impotencia.

Alex notó que el aire se escapaba de sus pulmones.

– Lo vio todo.

– Lo que quiere decir que también debió de ver a quien lo hizo -observó Daniel en tono tenso-. Iremos al centro de acogida mañana, Alex. Esta noche quiero llevar a Hope a ver a un retratista forense. Meredith, mi jefe me ha pedido que mañana llevara a Hope para que la psicóloga del departamento la examinara, pero me parece que será mejor hacerlo también esta noche.

A Alex se le pusieron los pelos de punta.

– Meredith es una buena psicóloga infantil, y Hope confía en ella.

Pero Meredith asentía.

– Me he implicado demasiado, Alex. Llama a la psicóloga, Daniel. La ayudaré en todo lo que pueda.

Atlanta, martes, 30 de enero, 21.00 horas.

En el bar había una docena de chicas guapas, pero Mack sabía muy bien a quién quería llevarse a casa. Había estado esperando ese momento nada menos que cinco años, desde la noche en que ella y sus dos amiguitos le gastaron la bromita que le había arruinado la vida. Se creían muy listos, muy espabilados. Claudia y Janet ya estaban muertas, y Gemma lo estaría pronto. Un suave cosquilleo anticipatorio le erizó la piel cuando se le acercó. No importaba cómo reaccionara, para ella la velada terminaría de la misma manera.

Destrozada, muerta y envuelta en una manta de lana marrón. Un caso más que haría temblar los pilares de Dutton. Se apoyó en la barra, ignorando las protestas de la mujer a quien acababa de quitar el taburete. Solo tenía ojos para su presa.

Gemma Martin. Era la primera con quien había echado un polvo. Él sería el último con quien ella lo hiciera. Entonces tenían dieciséis años y ella se ganó conducir su Corvette durante una hora. Estaba borracha y le dejó una marca en la parte izquierda del guardabarros. Esa noche también iba camino de emborracharse, pero sería él quien la marcara a ella. Mack pensaba disfrutar mucho de su venganza.

– Perdone -gritó para vencer el ruido de la música.

Ella se volvió para mirarlo de pies a cabeza, examinándolo con descaro, y entornó los ojos con aire de interés. Cinco años atrás se había reído de él. Esa noche, en cambio, mostraba interés y un total desconocimiento de quién era él.

Ella ladeó la cabeza.

– ¿Sí?

– No he podido evitar fijarme en su espléndido Corvette rojo. Estoy planteándome comprar uno. ¿Qué tal va?

Ella sonrió con aire de tigresa y Mack pensó que no iba a hacerle falta el bote de Rohipnol que escondía en el bolsillo para llevársela de allí. Se iría con él por voluntad propia, y eso haría el final mucho más exquisito.

– Es perfecto. Excitante, rápido y peligroso.

– Me parece que eso es exactamente lo que estoy buscando.

Atlanta, martes, 30 de enero, 21.00 horas.

– Por favor, llámeme si sabe algo más -dijo Daniel al teléfono, y colgó justo en el momento en que Chase entraba en su despacho con aspecto de sentirse igual de cansado que él. Chase acababa de salir de una reunión con los jefazos y la expresión de sus ojos denotaba que no había ido precisamente bien.

– ¿Con quién hablabas? -preguntó Chase.

– Con Fort Benning. He dejado un montón de mensajes para el capellán.

– El que fue ayer por la mañana a casa de Bailey y terminó hablando con Alex, ¿no?

– Sí. Se trasladó en avión a Benning para disfrutar de un descanso. Se suponía que iba a seguir el viaje hasta el sur de Albany para ir a casa de sus padres, pero todavía no ha aparecido por allí. Aun efectuando una parada en Dutton, podría haber llegado a Albany sin esfuerzo para la hora de cenar. Van a declararlo desaparecido.

– Joder, Daniel. Dame alguna buena noticia.

– Creo que sé dónde raptaron a Janet. He sondeado la zona cercana al lugar desde donde llamó a su novio y he encontrado a un tipo de una tienda de comida preparada que la recuerda; compró albóndigas. Tienen una grabación en la que aparece pidiendo la comida. Felicity no ha encontrado restos en su estómago, o sea que no llegó a comérsela. Imagino que el tipo se colaría en la furgoneta y la atacaría cuando salió del establecimiento.

– ¿Aparece la furgoneta en la grabación?

– No. En el aparcamiento no hay ninguna cámara, solo las hay dentro de la tienda. Y ningún otro establecimiento cercano tiene cámaras, lo he comprobado.

Chase le lanzó una mirada feroz.

– Por lo menos dime que el retratista ha hecho algún progreso con la niña.

– No habrá ninguno disponible hasta mañana por la mañana -anunció Daniel, y levantó la mano con aire cansino al ver que Chase estaba a punto de explotar-. No la tomes conmigo. Los dos retratistas están con víctimas. Nosotros somos los siguientes de la lista.

– ¿Con quién está ahora la niña? -quiso saber Chase.

– Chase. -Mary McCrady entró en el despacho de Daniel y dirigió a Chase una mirada de amonestación-. La niña se llama Hope.

A Daniel siempre le había caído bien Mary McCrady. Era un poco mayor que él y un poco más joven que Chase. Mostraba una actitud sensata ante la vida y nunca permitía que nadie la intimidara, ni a ella ni a ninguno de los pacientes de quienes se ocupaba.

Chase alzó los ojos en señal de exasperación.

– Estoy cansado, Mary. Llevo una hora aguantando que mi jefe y el jefe de mi jefe me machaquen. Dime que tú sí que has hecho algún progreso con… Hope.

Mary encogió un hombro.

– Tienes mucho aguante, Chase. Puedes permitirte que te machaquen un poquito. Hope en cambio es una niña traumatizada y no lo resistiría.

Chase empezó a despotricar pero Daniel lo interrumpió:

– ¿Qué has averiguado, Mary? -preguntó con calma, y Mary se sentó en una de sus sillas.

– No mucho. La doctora Fallon ha hecho exactamente lo que habría hecho yo. Ha utilizado el juego como terapia y ha conseguido que Hope se sintiera segura. No puedo obtener de Hope nada que ella no esté dispuesta a dejar salir.

– O sea que no sabes nada. -Chase dio un cabezazo contra la pared-. Estupendo.

Mary se volvió a mirarlo, enojada.

– No he dicho que no sepa nada, he dicho que no he averiguado mucho. -Sacó una hoja de papel de su carpeta-. Ha dibujado esto.

Daniel examinó la hoja. Era un dibujo de simples trazos infantiles en el que aparecía una figura tendida boca abajo con la cabeza teñida de garabatos rojos. La otra figura era masculina y estaba de pie; ocupaba casi toda la página.

– Es más de lo que habíamos conseguido hasta ahora. Desde que el viernes la encontraron encerrada en el armario no ha hecho más que pintar los dibujos de un cuaderno de colorear.

Mary se levantó y rodeó el escritorio para situarse a su lado.

– Por lo que nos imaginamos, esta es Bailey. -Señaló la figura tendida en el suelo.

– Sí, ya lo suponía. El rojo lo dice todo. -La miró con el rabillo del ojo-. Meredith Fallon te habrá contado lo de la salsa de tomate de la pizza y la plastilina, ¿no?

– Sí. -Mary frunció el entrecejo-. Detesto tener que presionar tanto a la pequeña, pero necesitamos averiguar qué vio exactamente. -Señaló la figura de pie-. Este es el agresor de Bailey.

– Sí, eso también lo suponía. Es enorme, mide tres veces más que Bailey.

– No es su estatura real -puntualizó Mary.

– Representa la amenaza, la fuerza -terció Chase desde la puerta, y pareció avergonzarse un poco cuando Mary levantó la cabeza, sorprendida-. No soy un monstruo, Mary. Sé que esa niña está pasando por un infierno, pero cuanto antes lo saque, antes podrás empezar a… arreglarla.

Mary exhaló un suspiro que denotaba afecto.

– A tratarla, Chase, no a arreglarla. -Volvió a mirar el dibujo-. El hombre lleva una gorra.

– ¿Una gorra de béisbol? -preguntó Daniel.

– Es difícil de decir. Los niños de la edad de Hope solo pueden dibujar un número limitado de imágenes. Todos los sombreros son iguales, y las figuras también. Pero mírale la mano.

Daniel se frotó los ojos y se acercó más el dibujo.

– Es un palo, está lleno de sangre.

– ¿Encontraron Ed y su equipo algún palo con sangre? -preguntó Mary.

– Aún están registrando el escenario -explicó Daniel-. Han colocado focos en el bosque para buscar el lugar en el que Hope pudo haberse escondido. ¿Por qué es tan pequeño el palo?

– Porque lo reprime -dijo Chase-. La aterroriza y por eso en su mente lo representa lo más pequeño posible.

Mary asintió.

– Más o menos. Pensaba que os gustaría verlo. La hemos dejado descansar por esta noche; después de esto nos ha dado miedo presionarla más. Mañana continuaremos. Descansa un poco, Daniel. -Una de las comisuras de sus labios se curvó hacia arriba-. Es una recomendación de la doctora.

– Lo intentaré. Buenas noches, Mary.

Cuando se hubo marchado, Daniel miró el dibujo de Hope y se sintió culpable y deshecho.

– Una parte de mí quiere que estén las tres a salvo: Alex, Hope y Meredith. Pero Hope y Alex son nuestro único vínculo con quienquiera que haya tramado esto. Si las escondemos…

Chase asintió.

– Ya lo sé. He aumentado la presencia policial. Veinte, cuatro y siete. Era uno de los puntos de la última reunión.

– Eso tranquilizará a Alex, y a mí también me tranquiliza. Gracias, Chase.

– Mary tiene razón. Duerme un poco, Daniel. Te veré por la mañana.

– Le he pedido a Ed que se reúna con nosotros a las ocho -dijo Daniel mientras calculaba mentalmente cuánto tardaría en desplazarse desde Dutton hasta el edificio del GBI con el tráfico matutino. Por mucha policía que hubiera, Daniel no pensaba correr riesgos. En la sala de estar de la casa había un sofá. Esa noche dormiría allí.

Martes, 30 de enero, 21.00 horas.

Oyó sonar el móvil, el que no estaba registrado a su nombre. No tuvo que mirar la pantalla. Solo él lo llamaba a aquel número.

– Diga.

Incluso él mismo notó el cansancio en su propia voz; la verdad era que estaba agotado. Tenía el cuerpo destrozado… y también el alma. Eso suponiendo que aún tuviera alma. Recordó la mirada de los ojos de Rhett Porter. «Ayúdame.»

– ¿Lo has hecho? -Su voz era fría y nunca denotaba debilidad.

Por eso irguió la espalda.

– Sí, Rhett ha sido pasto de la ardiente gloria.

Él gruñó.

– Tendrías que haberlo arrojado a los caimanes, como hiciste con DJ.

– Ya, bueno, esta vez no lo he hecho. No tenía tiempo de ir al pantano y volver. Mira, estoy cansado, me marcharé a casa y…

– No, no te marcharás.

Sintió ganas de suspirar, pero se reprimió.

– ¿Por qué no?

– Porque aún no has terminado.

– Me encargaré de Fallon, ya tengo planeado qué hacer. Y esta vez seré discreto.

– Muy bien, pero han surgido más cosas. Esta noche Vartanian ha salido a cenar con Alex Fallon y la hija de Bailey.

– ¿La niña ya habla?

– No. -Hubo un silencio airado-. Pero se ha embadurnado la cara de salsa de tomate, como si fuera sangre.

Él se quedó helado mientras su mente buscaba a toda velocidad una explicación.

– Es imposible. Estaba en el armario, no vio nada.

– Entonces es que es adivina. -Su tono sonaba áspero y mordaz-. La hija de Bailey vio algo, Arvejilla.

El estómago se le encogió.

– No. -«No es más que una niña.» Él nunca…- No es más que una niña.

– Si te vio, estás listo.

– No me vio. -La desesperación le atoraba la garganta-. Lo hice fuera.

– Y luego entraste.

– Pero solo pudo verme revolver la casa. Me llevé a Bailey fuera.

– Y yo te digo que todo el restaurante ha visto a la niña manchada de salsa.

– Los niños suelen hacer esas cosas. Nadie sospechará nada por eso.

– Si solo fuera eso, tal vez no.

– ¿Qué más han visto? -preguntó con un hilo de voz.

– A Sheila Cunningham.

Él cerró los ojos.

– ¿Qué ha dicho?

– En resumen, que Bailey no es la puta barata que todo el mundo dice que es. Y que todo el mundo se siente ofendido por la muerte de esas mujeres ricas pero que nadie se preocupó de las mujeres normales, que nadie se preocupa por Bailey.

– ¿Eso es todo? -Se sintió un poco mejor-. O sea que no ha contado nada.

– ¿Es que no me escuchas?

– Sí, sí que te escucho -dijo, ahora a la defensiva-. ¿De qué me estás hablando?

En el otro extremo de la línea se hizo un silencio absoluto, y en el silencio las palabras cobraron sentido.

– Joder.

– Sí. Seguro que el bueno de Danny también lo ha captado. Él sí que es listo, no como otros.

Se tragó la pulla.

– ¿Ha dicho algo más?

– De momento, no. Se ha llevado a la hija de Bailey de allí con tanta rapidez que un poco más y marea a todo el mundo. Pero le ha dado a Sheila su tarjeta.

– Mierda. ¿Tú estabas allí?

– Sí. Lo he visto todo. Y en la ciudad la gente no habla de otra cosa.

– ¿Ha vuelto Vartanian a hablar con Sheila?

– De momento, no. Se han llevado a la niña a la casa que Fallon ha alquilado. Al cabo de un cuarto de hora los cuatro han subido al coche de Vartanian y se han marchado de la ciudad.

– Espera, creía que habías dicho que eran tres.

– Ni siquiera te enteras de lo que pasa en tu propia ciudad, ¿verdad? Tremaine se ha traído a su prima para que la ayude a cuidar de la niña. Es psiquiatra infantil.

La poca esperanza que le quedaba de convencerlo para evitar lo que vendría a continuación se esfumó.

– ¿Quieres que desaparezcan todos?

– Con discreción. Si Vartanian se entera de que han muerto, no parará hasta encontrar al responsable. Haz que parezca que han vuelto a casa.

– Tarde o temprano lo descubrirá.

– Para entonces ya nos habremos ocupado de él. Primero encárgate de Sheila, y luego de los otros tres. Llámame cuando hayas terminado.

Martes, 30 de enero, 23.30 horas.

Mack levantó la cabeza del motor del Corvette y miró al suelo de su garaje improvisado, donde Gemma Martin yacía con los ojos desorbitados, inmovilizada y aterrada.

– Has conservado bien el motor -dijo él en tono aprobatorio-. Me parece que este me lo quedaré yo. -Ya tenía compradores en lista de espera para el BMW Z4 y el Mercedes. Era una de las ventajas de conocer el mundillo, uno acababa relacionándose con todo tipo de gente que podía resultar útil.

– ¿Quién eres? -preguntó ella con voz quebrada, y Mack se echó a reír.

– Ya sabes quién soy.

Ella negó con la cabeza.

– Por favor, si lo que quieres es dinero…

– Ah, sí que quiero dinero. Ya te he quitado un buen pellizco. -Alzó los billetes que había encontrado en su monedero-. En otros tiempos yo también andaba por el mundo con fajos así, pero los tiempos cambian y las tornas se vuelven. -Sintiéndose como uno de los viejos agentes de Misión imposible, retiró la fina capa de látex que le cubría el rostro. Entre eso y el maquillaje, había conseguido ocultar el rasgo que lo identificaba.

Los ojos de Gemma se abrieron aún más.

– No. Estás en la cárcel.

Él se echó a reír.

– Es evidente que ya no, pero la lógica nunca fue tu punto fuerte.

– Tú has matado a Claudia y a Janet.

– ¿Acaso no lo merecían? -dijo en tono liviano. Se sentó en el suelo, junto a ella-. ¿Y tú?

– No éramos más que unas niñas.

– Lo que erais es unas zorras, y tú esta noche vas a morir. -Sacó la navaja de su bolsillo y empezó a cortarle las prendas-. Las tres os creíais muy listas.

– No pretendíamos causar ningún daño -gritó.

– ¿Y qué creíais que ocurriría, Gemma? -dijo, sin alterar el tono-. Te propuse ser tu pareja en el baile de la escuela; tú accediste, pero en realidad no querías ir. Yo ya no pertenecía a tu círculo.

– Lo siento. -Ahora estaba llorando, sus enormes lágrimas denotaban pavor.

– Ya es demasiado tarde para eso, incluso aunque estuviera dispuesto a aceptar tus disculpas. Que no lo estoy. ¿Recuerdas esa noche, Gemma? Yo sí. Recuerdo que fui a buscarte con el viejo coche de mi cuñada porque era el único que teníamos. Esperaba que me ofrecieras ir en el tuyo, y debí sospechar al ver que no lo hacías. Recuerdo que nos encontramos con tus amigas. Y ya no recuerdo nada más, excepto que horas más tarde me desperté desnudo en un área de descanso a cientos de kilómetros de distancia. Mi coche había desaparecido y tus amigas y tú también.

– No pretendíamos hacer nada malo -dijo ella, ahogándose con sus propios sollozos.

– Sí, sí que lo pretendíais. Pretendíais humillarme, y lo conseguisteis. Recuerdo lo que pasó después. Recuerdo que aguardé entre la maleza hasta que un hombre de mi misma estatura se paró para ir al váter. Quise robarle el coche para poder volver a casa, pero él salió mientras yo intentaba hacerle el puente. Nos peleamos. Y yo estaba tan enfadado con vosotras que lo golpeé y lo dejé inconsciente. No había recorrido ni doce kilómetros cuando la policía me paró. Me multaron por asalto con violencia y robo. Estuve cuatro años en la cárcel porque en Dutton nadie me ayudó. Nadie ayudó a mi madre a pagar la fianza. Nadie me consiguió un abogado decente.

»No pretendíais hacer nada malo -terminó en tono glacial-. Pero os quedasteis con todo. Ahora seré yo quien me quede con todo lo que tienes.

– Por favor -sollozó ella-. Por favor, no me mates.

Él se echó a reír.

– Cuando no puedas soportar más el dolor, me lo pedirás a gritos, corazón.

Dutton, martes, 30 de enero, 23.30 horas.

Daniel penetró en el camino de entrada a la casa. En el coche había reinado el silencio desde que salieran de Atlanta. Hope y Meredith dormían profundamente en el asiento trasero. Alex, sentada junto a él, había permanecido despierta y sumida en pensamientos turbulentos. Daniel había estado varias veces a punto de preguntarle cuál era el problema, pero la pregunta resultaba absurda. ¿Qué no era un problema? La vida de Alex ya se había desmoronado una vez, y estaba volviendo a hacerlo. «Y encima yo voy a ponerle las cosas mucho más difíciles.»

Porque el silencio le había concedido por fin tiempo para pensar, para empezar a atar cabos, y había una frase que no lo dejaba tranquilo. La había apartado de su mente, primero al aparecer Garth Davis y luego debido a los progresos de Hope. La frase la había pronunciado Sheila en la pizzería, sus labios carmín la habían escupido con amargura.

«Nadie se preocupó de las mujeres normales.» «Se preocupó.» Al referirse a las mujeres ricas y a Bailey, Sheila, la camarera, había utilizado el presente. «Todo el mundo está ofendido porque esas ricachonas han muerto. Nadie se preocupa por Bailey.»

Sin embargo, «nadie se preocupó de las mujeres normales». Empezaba a comprenderlo. La primera vez que miró a Sheila a la cara, había observado en ella algo que le resultaba familiar. Al principio creyó que la conocía de la escuela, pero no era allí donde la había visto.

Apagó el motor y el silencio fue completo, exceptuando las respiraciones rítmicas procedentes del asiento trasero. Alex desplazó la mirada al coche de policía camuflado aparcado junto a la acera, cuya silueta brillaba bajo la pálida luz de la luna. Delicada, así la había descrito él en sus pensamientos el día anterior. Ahora se la veía frágil. Claro que Daniel sabía que no lo era; tal vez Alex Fallon fuera más fuerte que ninguno de ellos. Esperaba que fuera lo bastante fuerte para soportar lo que él no podía mantener en secreto durante más tiempo.

Aguardaría mientras Meredith y Hope dormían. Luego se lo diría y aceptaría su reacción, fuera cual fuese. Aceptaría la penitencia que ella le impusiera. Tenía derecho a saberlo.

– Tu jefe se ha dado prisa -musitó, refiriéndose al coche de policía camuflado.

– O esto o te mudas a una casa de incógnito. ¿Quieres vivir de incógnito, Alex?

Ella miró el asiento trasero.

– Para ellas sería mejor, pero para mí no. Si me escondo, no podré buscar a Bailey, y tengo la impresión de estar cerca de la verdad. -Bajó la vista a las palmas de sus manos-. Está claro que alguien quiere que deje de buscarla y, a menos que yo haya visto demasiada televisión, eso quiere decir que lo estoy poniendo nervioso.

Hablaba en tono frío. Estaba asustada. Sin embargo, no podía mentirle.

– Me parece que es una deducción lógica. Alex… -Suspiró en silencio-. Vamos dentro. Hay cosas que deberías saber.

– ¿Como qué?

– Vamos dentro.

Ella lo aferró por el brazo, pero enseguida apartó la mano herida con una mueca de dolor.

– Dímelo.

Lo miraba con los ojos muy abiertos y en ellos Daniel observó miedo. No tendría que haberle dicho nada hasta que no estuvieran dentro los dos solos. Pero ya había empezado, así que le diría lo que pudiera hasta conseguir que entrara en la casa.

– Beardsley ha desaparecido.

Ella se quedó boquiabierta.

– Si lo vi ayer. -Su mirada se tiñó de aflicción al comprenderlo todo-. Alguien me ha estado observando desde entonces.

– Me parece que esa también es una deducción lógica.

Ella frunció los labios.

– También hay algo que tú deberías saber. Mientras la doctora McCrady estaba con Hope, he llamado a una amiga de Bailey, la compañera de trabajo con quien tiene más trato. Se llama Sissy. Llevaba todo el día tratando de localizarla pero no lo había conseguido. Todas las veces saltaba el contestador automático. Entonces la he llamado desde uno de los teléfonos de tu oficina. Ha respondido enseguida.

– ¿Crees que trataba de evitar tu llamada?

– No lo creo, lo sé. Cuando le he dicho quién era, se ha puesto a la defensiva. Le he preguntado si podía ir a hablar con ella sobre Bailey y me ha dicho que no la conocía muy bien, que sería mejor que hablara con alguna de sus otras compañeras.

– Pero el dueño de la peluquería te había dicho que ella era con quien tenía más trato.

– Me ha dicho que todos los sábados por la noche Bailey se quedaba a dormir en su casa. Y la asistente social dice que los viernes era Sissy quien se quedaba a dormir en casa de Bailey.

– Entonces es que alguien se ha puesto en contacto con ella -dijo Daniel.

– Sissy tiene una hija lo bastante mayor para cuidar de Hope los sábados mientras Bailey trabaja. -Alex se mordió el labio inferior-. Si alguien ha amenazado a Sissy y Beardsley ha desaparecido, puede que la hermana Anne y Desmond también estén en peligro.

Daniel extendió el brazo y le presionó el labio con el pulgar para suavizar las marcas que sus dientes habían dejado.

– Enviaré una unidad al centro de acogida y otra a casa de Desmond. -Apartó la mano. Llevaba todo el día deseando abrazarla y el silencio solo había servido para intensificar el deseo-. Vamos a llevar a Hope a la cama. Es tarde.

Alex había abierto la puerta trasera y se disponía a tomar a Hope en brazos, pero Daniel la hizo a un lado con suavidad.

– Tú abre la puerta, yo entraré a Hope. -Sacudió ligeramente el hombro de Meredith y esta se despertó de golpe, pestañeando. Él quitó el seguro del asiento de la niña y la tomó en brazos. Ella se apoyó en su hombro; estaba demasiado cansada para asustarse.

Daniel siguió a Alex hasta la casa, consciente de que los agentes que Chase había enviado los estaban observando. Conocía a Hatton y a Koenig desde hacía años y confiaba en ellos. Los saludó con un gesto de cabeza al pasar. En unos minutos saldría a hablar con ellos.

Riley se incorporó en cuanto entraron en la casa y enseguida los siguió en silencio.

Alex condujo a Daniel hasta el dormitorio que quedaba a la izquierda. Él dejó a Hope con suavidad sobre la cama y le quitó los zapatos.

– ¿Quieres que le pongamos el pijama? -susurró.

Ella negó con la cabeza.

– No le hará ningún daño dormir vestida -susurró ella en respuesta.

Daniel cubrió a Hope con la manta y luego le apartó un rizo rubio de su rostro, sonrosado a causa del sueño. Tragó saliva. La salsa de la pizza le había manchado la piel y los cabellos; aún parecía sangre. Con cuidado, volvió a colocarle el rizo sobre el rostro para ocultar la mancha.

Todavía lo asaltaban muchas imágenes perturbadoras. Solo le faltaba añadir la de una niña de cuatro años cubierta de sangre.

– Yo también dormiré aquí -musitó Alex, que permanecía de pie al otro lado de la cama. Daniel posó los ojos en las sábanas blancas y almidonadas, y luego en Alex, quien lo obsequió con una mirada penetrante.

Él frunció el entrecejo.

– ¿Piensas irte a dormir ahora mismo? -preguntó.

– Supongo que no. Vamos. -Se volvió hacia la puerta y arqueó las cejas-. Vaya, mira.

Riley se había subido a una maleta y se esforzaba por trepar hasta la silla que se encontraba junto al lado de la cama donde Hope dormía.

– Riley -lo llamó Daniel-. Baja de ahí.

Pero Alex lo empujó para que pudiera acabar de subir. De allí, el basset saltó a la cama, avanzó hasta situarse junto a Hope y se dejó caer sobre el vientre de la niña con uno de sus hondos suspiros.

– Riley, baja de la cama -musitó Daniel, pero Alex negó con la cabeza.

– Déjalo. Si alguna pesadilla la despierta, al menos no estará sola.

Dutton, martes, 30 de enero, 23.30 horas.

Se arregló la corbata y se arrellanó en el asiento. Un hombre importante solo podía sentirse así de cómodo vigilando desde su coche. Su hermana Kate había regresado del trabajo, el sobrio Volvo estaba bien aparcado en el garaje. La vio desplazarse por el interior de la casa de una ventana a otra, dar comida al gato, colgar el abrigo…

Pensaba hacer guardia delante de su casa todas las noches, hasta que aquello terminara. La había seguido desde la ciudad con cuidado de guardar la suficiente distancia para que no lo viera. Si lo veía, tendría que admitir que le preocupaba su seguridad. Claro que no podía confesarle que ella estaba en el punto de mira; si lo hacía, querría saber por qué estaba tan seguro.

Ella no podía enterarse. Nadie podía enterarse. Y nadie se enteraría si mantenía la cabeza gacha y la boca cerrada. A las dos mujeres las habían matado entre las ocho de la tarde y las dos de la madrugada. A las dos las habían atacado en el coche, así que se pegaría a Kate como una lapa cada vez que regresara en coche del trabajo y la vigilaría durante toda la noche. Durante el día estaba bastante segura, pensó; en el trabajo se encontraba rodeada de gente.

Los recuerdos de las fotos del anuario irrumpieron en su mente. Diez fotos en total, y dos ya habían sido marcadas con una cruz. Llevaba toda la noche tratando de quitárselas de la cabeza. La amenaza era clara. Siete mujeres, además de Kate, aparecían en la hoja. Siete mujeres más estaban en el punto de mira. Podría haberle entregado la fotocopia a Vartanian y salvarlas, pero pensó en su hermana Kate, en su esposa, en sus hijos, y supo que volvería a quemar la hoja si se le ofreciera la oportunidad. Ellos no podían enterarse.

De haberle entregado la fotocopia a Vartanian, Daniel se habría preguntado por qué le habían hecho llegar la amenaza precisamente a él. Aunque se la enviara de forma anónima, Daniel vería el círculo trazado alrededor de la foto de Kate y se preguntaría por qué habían elegido a su hermana.

«Podrías haber recortado la foto de Kate y haber enviado el resto. Podrías haber protegido a esas siete mujeres. Tendrías que haberlas protegido.»

¿Y arriesgarse a que los técnicos del GBI descubrieran sus huellas en el papel? No; era exponerse demasiado. Además, Vartanian habría empezado a investigar y solo Dios sabía qué habría encontrado.

«Si alguna de esas siete mujeres muere, tus manos estarán manchadas con su sangre.»

Mala suerte. Él tenía su propia familia que proteger. Si las familias de las otras siete mujeres que habían estudiado con Janet y Claudia eran lo bastante listas, también las protegerían. «Pero ellos no saben lo que sabes tú.»

Había hecho cosas en la vida. Cosas horribles, perversas. Pero nunca hasta entonces había tenido las manos manchadas de sangre. «Sí, sí que las tenías.» De Alicia Tremaine. El rostro de Alicia apareció en su mente junto con el recuerdo de aquella noche de hacía trece años.

«Nosotros no la matamos.» Ellos la habían violado. Todos la habían violado, excepto Simon, que se había limitado a tomar las fotografías. Simon siempre había sido un cabrón morboso.

«¿Y vosotros no? Violasteis a la chica, y ¿a cuántas más?»

Cerró los ojos. Había violado a Alicia Tremaine y a catorce chicas más. Todos lo habían hecho. Excepto Simon. Él solo había tomado las fotografías.

«Y ¿dónde están las fotografías?»

La idea llevaba torturándolo trece años. Las habían escondido para asegurarse de que ninguno de ellos contara lo que habían hecho. Qué idiotas eran de jóvenes. Ahora, nada de lo que él hiciera podría borrar lo que todos hicieron en su día. «Lo que yo también hice.»

Todas las cosas horrendas que habían hecho y que quedaron inmortalizadas en las fotografías. Tras la primera muerte de Simon todos se habían sentido a la vez aliviados y aterrados de que alguien pudiera encontrarlas. Sin embargo, no había sido así, y los años habían transcurrido. Con inquietud.

Nunca habían vuelto a nombrar las fotografías, ni el club, ni las cosas que habían hecho. Hasta que DJ se dio a la bebida, y desapareció.

Igual que esa noche había desaparecido Rhett. Él sabía que estaba muerto. Había estado a punto de hablar y se habían deshecho de él, igual que de DJ.

«En cambio yo soy lo bastante listo para mantener la boca cerrada y la cabeza gacha hasta que todo esto termine.» En otro momento las fotografías habían servido como garantía de su silencio. Si uno caía, caerían todos. Sin embargo, ahora, después de tantos años… Ya no eran jóvenes ni estúpidos. Eran hombres hechos y derechos con carreras respetables. Y familias a las que proteger.

Sin embargo ahora, después de tantos años… alguien estaba matando a sus mujeres. A mujeres que trece años atrás no eran más que inocentes chiquillas. «Aquellas a quienes tú violaste también eran chiquillas inocentes. Inocentes. Inocentes.»

– Ya lo sé -pronunció las palabras en voz alta, y luego susurró-: Dios, ¿no crees que ya lo sé?

Ahora, después de tantos años, alguien más lo sabía. Sabían lo de la llave, o sea que también sabían lo del club y debían de saber lo de las fotos de Simon. No era ninguno de ellos, ninguno de los cuatro que quedaban. No, ya no eran cuatro. Pensó en Rhett Porter. Rhett estaba muerto. «De los tres.» Ninguno de ellos haría una cosa así.

El hecho de que toda esa pesadilla hubiera empezado una semana después de la verdadera muerte de Simon Vartanian no podía ser fruto de la casualidad. ¿Habría encontrado Daniel las fotos de Simon?

«No. No es posible.» Si Daniel Vartanian tuviera las fotos, las estaría investigando.

«Pues claro que las está investigando, idiota.»

«No, lo que está investigando son los asesinatos de Janet y Claudia.»

O sea que Daniel no lo sabía. Eso quería decir que quien lo sabía era otra persona. Alguien que quería dinero. Alguien que había matado a dos mujeres para demostrarles de lo que era capaz. Alguien que los amenazaba con matar a más si no lo escuchaban.

Así que lo escucharía. Seguiría las instrucciones que acompañaban a la fotocopia con las fotos del anuario. Efectuaría una transferencia de cien mil dólares a una cuenta corriente de un paraíso fiscal. Pensó que luego vendría otra petición de dinero. Y él seguiría pagando todo lo necesario para asegurarse de que su secreto siguiera siendo precisamente eso, un secreto.

Capítulo 12

Dutton, martes, 30 de enero, 23.55 horas.

Meredith tenía la cabeza metida en la nevera cuando Alex cerró la puerta de la habitación en la que dormían Hope y Riley.

– Me muero de hambre -se quejó Meredith-. Solo le he dado dos bocados a la pizza.

– No creo que ninguno hayamos comido mucho más -dijo Daniel, frotándose con la palma de la mano su barriga igual de vacía-. Gracias por recordármelo -añadió en tono irónico.

Alex apartó la vista del esbelto torso de Daniel Vartanian, sorprendida ante el repentino deseo que la abrasaba. Después de todo lo ocurrido, lo último que le convenía era pensar en acariciar el vientre liso de Daniel. O cualquier otra parte de su cuerpo.

Meredith colocó un tarro de mayonesa y unas lonchas de jamón sobre la barra que separaba la cocina de la sala de estar. Su mirada se cruzó con la de Alex y sus labios esbozaron una sonrisa de complicidad. Alex le clavó los ojos, como retándola a decir algo.

Meredith se aclaró la garganta.

– Daniel, ¿te preparo un sándwich?

Daniel asintió.

– Por favor. -Se inclinó sobre el mostrador y apoyó los brazos, doblados por los codos, en el granito. Al oírlo suspirar, Meredith soltó una risita.

– Te pareces a tu perro cuando haces eso -soltó mientras colocaba las lonchas de jamón sobre rebanadas de pan.

Daniel rió con cansancio.

– Dicen que el dueño de un perro siempre se parece a él. Yo espero parecerme a Riley solo en eso; tiene cara de bobo.

– Ah, no lo sabía. A mí me parece monísimo -opinó Meredith, y dirigió otra sonrisa burlona a Alex mientras deslizaba el plato de Daniel sobre la barra-. ¿A ti no, Alex?

Alex alzó los ojos en señal de exasperación. Se sentía demasiado cansada para reírse.

– Come y calla, Mer. -Se acercó a la ventana y retiró la cortina para mirar el coche de policía camuflado.

– ¿Les llevamos café o algo?

– Seguro que lo agradecerán -opinó Daniel-. Si lo preparas, se lo llevaré. No quiero que salgas a menos que sea estrictamente necesario.

Meredith llevó el plato a la mesa. Retiró la cabeza de la princesa Fiona y al sentarse ella también suspiró.

– ¿Estamos bajo arresto domiciliario, Daniel?

– Ya sabes que no. Pero sería una negligencia por nuestra parte no asegurarnos de que estáis a salvo.

Alex ocupó la mente en preparar el café para los agentes.

– O esto o nos mudamos a una casa de incógnito.

Meredith frunció el entrecejo.

– A mí me parece que Hope y tú deberíais hacerlo.

Alex levantó la cabeza.

– Yo había pensado que lo hicierais Hope y tú.

– Claro, cómo no -dijo Meredith-. Mierda, Alex, mira que eres cabezota. A mí no han intentado matarme. Eres tú quien está en peligro.

– De momento -repuso Alex-. El capellán ha desaparecido, Mer. Y tengo la impresión de que han amenazado a la amiga de Bailey. Tú eres amiga mía, no creas que no se habrán fijado en ti.

Meredith abrió la boca, pero volvió a cerrarla y apretó los labios.

– Mierda.

– Bien dicho -terció Daniel-. Pensad en ello durante la noche. Podéis decidir mudaros mañana si queréis. Ese coche no se moverá de ahí al menos durante un día entero. -Se frotó la frente-. ¿Tenéis una aspirina, señoritas?

Alex extendió el brazo hasta el otro lado de la barra y alzó la barbilla. Podía ver el dolor en la mirada de Daniel.

– ¿Qué te duele?

– La cabeza -dijo él con irritación.

Ella sonrió.

– Acércate.

Él entornó los ojos con aire suspicaz y obedeció.

– Y cierra los ojos -musitó ella.

Tras dirigirle una última mirada, él hizo lo que le pedía. Entonces ella le presionó las sienes con los pulgares hasta que la sorpresa lo obligó a abrir los ojos.

– Estoy mucho mejor -dijo, perplejo.

– Estupendo. Fui a clases de digitopuntura con intención de aplicarme el remedio, pero nunca he conseguido hacer desaparecer mi propio dolor de cabeza.

Él rodeó la barra y deslizó la mano por debajo de su pelo.

– ¿Todavía te duele aquí?

Ella asintió y dejó caer la cabeza hacia delante mientras él presionaba con el pulgar el lugar exacto de la nuca donde sentía el dolor. Un escalofrío le recorrió la espalda.

– Es justo ahí. -Pero su voz sonó ahogada y de pronto notó que le faltaba el aire.

Se hizo el silencio en la habitación mientras él desplazaba las manos hasta sus hombros y los masajeaba a través del grueso paño de su chaqueta. Todo cuanto Alex podía oír era el goteo de la cafetera y el tamborileo de su propio pulso en la cabeza.

Meredith se aclaró la garganta.

– Creo que me voy a dormir -dijo.

La puerta del dormitorio de Meredith se cerró y se quedaron solos. Alex volvió a estremecerse cuando él retiró la chaqueta de sus hombros, pero la calidez de sus manos venció el escalofrío.

– Mmm. -Ella emitió un débil sonido gutural al apoyar los brazos en la barra tal como había hecho él.