/ Language: Español / Genre:thriller

No te escondas

Karen Rose

Una mujer se suicida una gélida noche en Chicago. Sin embargo, cuando el detective Aidan Reagan entra en el apartamento de la víctima, todas las evidencias muestran que ha sido un homicidio y apuntan a una sola persona: la psiquiatra Tess Ciccotelli. Tess no puede evitar que Aidan la juzgue culpable antes siquiera de escucharla. Pero ella no puede facilitarle la información que la exculparía. Alguien ha atrapado a Tess en una red de desconfianza, engaños y traiciones. Y el cerco sobre ella se estrecha cada vez más.

Karen Rose

No te escondas

Título original: Yon Can't Hide

© 2008, Laura Rins Calahorra, por la traducción.

Serie Suspense, 05

A Martin, por quererme tal como soy y por comprarme M &M's cuando más los he necesitado. Te amo.

A mis hijos, que me comprenden cuando me encierro

en el despacho a escribir y que se inventan historias

de lo más increíble. Os estoy muy agradecida

y me siento muy, muy orgullosa de ambos.

A Karen Kosztolnyik y a Karen Solem, por seguir

haciendo mis sueños realidad cuando ya creía haber cumplido todos mis anhelos.

Agradecimientos

A Carleton Hafer, por el asesoramiento técnico sobre sistemas informáticos y de vigilancia. Y por todo lo demás.

A Marc y Kay Conterato, por su ayuda en todas las cuestiones médicas y farmacológicas y por el Minnesota Buzz. Os quiero.

A Niki Ciccotelli, por compartir conmigo su maravillosa familia y también por hacer que me pasara el día salibando con tantas conversaciones sobre ziti y esos deliciosos bocadillos con pan de pita.

A Shannon Armstrong, por las vividas descripciones de Chicago y su ambiente chic.

A Danny Agan, por responder a todas mis preguntas sobre detectives e investigaciones de homicidios.

A Sam Basso, por ayudarme a crear a Dolly, el rottweiler.

A todos mis amigos -Terri Bolyard, Martha Wile, Kathy Caskie, Jean Mason y Lani Rich-, ¡por aguantarme! Gracias. Ah, y a Lani por ayudarme a recordar que «la pieza metálica» del horno se llama «parrilla».

A la SPCA, por darme a mi preciosa gatita, Bella. Y a Bella, por encargarse de que nunca siga durmiendo pasadas las seis de la mañana. (Es broma.)

A Megan Scott, por enseñarme los fundamentos del periodismo escrito.

Al Florida Department of Law Enforcement Crime Lab, por responder a todas mis preguntas sobre las huellas dactilares y la investigación del escenario del crimen.

A Frank Ahearn, por enseñarme cómo ocultarse tras las corporaciones. Dondequiera que estés.

A todas esas personas (y animales de compañía): gracias por la magnífica y rigurosa información. Cualquier error que aparezca en este libro será únicamente culpa mía.

Prólogo

Chicago, sábado, 11 de marzo, 23.45 horas.

– Cynthia.

Era un susurro apenas perceptible, pero lo oyó.

«No.» Cynthia Adams cerró los ojos con fuerza y apretó la cabeza contra la almohada, cuya suavidad parecía un insulto a la rigidez de su tenso cuerpo. Clavó los dedos en las sábanas y las retorció hasta hacer una mueca de dolor. «Otra vez no.» Un sollozo afluyó a su garganta, incontrolable y desesperado. «Por favor, no puedo volver a hacerlo.»

– Vete -musitó con aspereza-. Por favor, vete y déjame en paz.

Sin embargo, sabía que estaba hablando sola. Si abría los ojos no vería nada excepto la oscuridad de su dormitorio. Allí no había nadie. Aun así el espantoso susurro la mortificaba desde hacía semanas. Cada noche se acostaba… y aguardaba, aguardaba la voz que era su peor pesadilla. Algunas noches se dejaba oír; otras, acostada en la cama, nerviosa, Cynthia se limitaba a esperarla. Eran el viento y las sombras. No era nada.

Pero era real. Sabía que era real.

– ¿Cynthia? Ayúdame. -Era la voz de una niña que pedía cobijo en plena noche. Una pequeña asustada, que estaba muerta.

«Está muerta, sé que está muerta.» Llevaba lirios a la tumba de Melanie cada domingo. Melanie estaba muerta.

Sin embargo, allí la tenía. «Viene a por mí.» Buscó a tientas el bote en la mesilla de noche y se tomó dos píldoras sin agua. «Vete. Por favor, vete.»

– ¿Cynthia?

Era real, muy real. «Ayúdame. Dios mío, por favor. Voy a perder la cabeza.»

– ¿Por qué lo hiciste? -El susurro se volvió más quedo-. Necesito saber por qué.

¿Por qué? Cynthia no sabía por qué. Caray, no lo sabía. Se dio la vuelta y enterró el rostro en la almohada mientras encogía el cuerpo para ocupar el menor espacio posible. Contuvo la respiración y aguardó.

Silencio. Melanie se había ido. Cynthia se atrevió a respirar de nuevo, pero enseguida se incorporó de un salto al notar aquel olor que lo invadía todo. Eran lirios. «No.» Retrocedió sin poder apartar la vista de la almohada, de la cual asomaba un único lirio.

– Tendrías que haber muerto tú, Cynthia. -Ahora el susurro era más áspero-. Tendría que ser yo quien llevara lirios a tu tumba.

Cynthia respiró hondo. Se obligó a repetirse lo que su psiquiatra le había recomendado que dijera cuando estuviera asustada:

No es real. Esto no es real.

– Sí que es real, Cynthia. Yo soy real. -Melanie ya no era una niña. Ahora la voz correspondía a la de una adulta furiosa. «Fui una cobarde.»

– Aquella vez huiste, Cynthia. Te escondiste. Pero no volverás a esconderte. Nunca, nunca más me dejarás sola.

Cynthia retrocedió poco a poco hasta topar con la puerta del dormitorio. Cerró los ojos con fuerza a la vez que asía la manilla, cuya rigidez y materialidad le resultaban tranquilizadoras.

– No eres real, no lo eres.

– Tendrías que haber muerto tú, Cynthia. ¿Por qué me abandonaste? ¿Por qué me dejaste con él? ¿Cómo fuiste capaz de hacerlo? Decías que me querías, pero me dejaste allí, con él. Nunca me quisiste. -Un sollozo hizo temblar la voz de Melanie y las lágrimas anegaron los ojos de Cynthia.

– No es cierto. Yo te quería -musitó desesperada-. Te quería mucho.

– Nunca me quisiste. -Ahora Melanie volvía a ser una niña, una niña inocente-. Me hizo daño, Cyn, y tú se lo permitiste. Le permitiste que me hiciera daño… una y otra vez. ¿Por qué?

Cynthia tiró de la manilla de la puerta y, tambaleándose, salió de espaldas al distribuidor en el que estaba encendida una única luz. Se detuvo en seco. Más lirios. Estaban por todas partes. Se dio media vuelta despacio y sus ojos se clavaron en las flores. Se burlaban de ella, de su cordura.

– Ven conmigo, Cyn -la coaccionaba Melanie-. Ven. No es tan malo como parece. Estaremos juntas y podrás cuidar de mí, tal como me prometiste.

– No. -Cynthia se tapó los oídos y corrió hacia la puerta-. «No.»

– No te escondas, Cyn. Ven conmigo. Sabes que en el fondo lo deseas.

Ahora la voz era dulce, muy dulce. Melanie tenía un carácter dulce, pero eso era cuando vivía. Ahora estaba muerta. «Por mi culpa.»

Cynthia abrió rápidamente la puerta de la entrada y ahogó un grito. Entonces se inclinó despacio y recogió del suelo una fotografía. Observó horrorizada el cuerpo sin vida que colgaba de la soga y recordó el día en que la había encontrado. Melanie estaba… allí colgada, dando vueltas…

– Tú me impulsaste a hacerlo -dijo Melanie con frialdad-. No mereces vivir.

A Cynthia le temblaban las manos al observar la imagen.

– No merezco vivir -susurró.

– Pues ven conmigo. Por favor, Cyn.

Cynthia retrocedió de nuevo y buscó a tientas el teléfono.

– Llama a la doctora Ciccotelli, llámala -se dijo. «Ella me dirá que no estoy loca.» Pero en ese momento sonó el teléfono y Cynthia, sobresaltada, soltó el auricular. Se quedó mirando el aparato como si estuviera vivo, esperaba que de un momento a otro le enseñara los dientes y empezara a gruñir; pero solo sonaba.

– Responde, Cynthia -dijo Melanie con frialdad-. Responde ya.

Con manos temblorosas, Cynthia se inclinó y cogió el teléfono.

– ¿Di… diga?

– Cynthia, soy la doctora Ciccotelli.

Cynthia relajó los hombros a la vez que exhalaba un suspiro de alivio ante la voz firme, familiar y… ¡real!

– La oigo, doctora Ciccotelli. Es Melanie. Está aquí, la estoy oyendo.

– Pues claro. Te está llamando, Cynthia. Es lo que te mereces. Ve con ella y acaba ya con todo esto.

– Pero… -Las lágrimas asomaron a los ojos de Cynthia y empezaron a rodar por sus mejillas-. Pero… -musitó.

– Hazlo, Cynthia. Melanie está muerta y la culpa es tuya. Ve con ella. Haz lo que deberías haber hecho hace años: cuidarla.

– Ven -le ordenó Melanie; su voz era de nuevo adulta y denotaba autoridad-. Ven.

Cynthia soltó el teléfono y retrocedió, esta vez con desaliento.

«Estoy cansada, muy cansada.»

– Déjame descansar -susurró-. Por favor, déjame descansar.

– Ven conmigo y podrás descansar -le respondió Melanie.

Se lo había prometido muchas veces, muchas noches. Cynthia se dio media vuelta y miró el cristal del balcón. Al otro lado reinaba la oscuridad, pero también el descanso, la paz.

«Paz.»

El salón estaba vacío. Cynthia Adams había desaparecido del ángulo de la cámara. En la pantalla del portátil ya no se veía a la mujer andando de un lado a otro, desesperada. Iba a hacerlo. La emoción crecía por momentos. Cynthia Adams iba a hacerlo por fin, después de cuatro semanas, cuatro semanas de intensos esfuerzos que la habían llevado al borde de la locura. Un empujoncito más y se vendría literalmente abajo.

– Está junto a la ventana. -La joven que ocupaba el asiento del acompañante palideció al musitar las palabras. Las manos le temblaron al depositar despacio el micrófono en su regazo-. No puedo seguir.

– Seguirás hasta que yo te ordene lo contrario.

La mujer se estremeció.

– Va a saltar. Déjeme que la detenga.

¿Detenerla? Aquella joven estaba tan loca como Cynthia Adams.

– Dile que vaya contigo.

La joven no hizo nada, tenía los nervios destrozados.

– Dile que vaya contigo o tu hermano morirá. A estas alturas ya tendrías que saber que no bromeo. Dile que vaya. Dile que la necesitas, que la echas de menos, que te lo debe. Dile que cuando estéis juntas todo irá mejor. Díselo ahora mismo y pon sentimiento.

La joven permaneció allí sentada, inmóvil.

«¡Ahora!»

La joven asió el micrófono con las manos temblorosas.

– Cyn -susurró-, te necesito. Estoy asustada. -Y de verdad lo estaba. No había nada como sentir realmente miedo para imprimir dramatismo a sus palabras-. Ven, por favor. -La voz se le quebró-. Es mejor así. Por favor. -Acabó con una queda súplica.

El asiento del conductor ofrecía una magnífica vista del balcón de Adams. La hoja se deslizó poco a poco hasta que en la abertura apareció Cynthia Adams; el frío viento de marzo agitaba su ligero camisón. Tenía una bonita figura, se parecía a Gloria Swanson. Sunset Boulevard, qué gran película. Hollywood ya no producía películas así. Sería una buena manera de celebrarlo: una película antigua y palomitas. Pero mientras Adams siguiera en el balcón no habría nada que celebrar. «Tírate ya, caray.»

– Dile que vaya contigo. Haz que se tire. Vamos, cariño, muéstrame tu talento.

La joven tragó saliva ante la ironía de las amables palabras; no obstante, obedeció.

– Un paso más, Cynthia. Solo uno más. Te estoy esperando.

– Ahora pon voz de niña, de niña pequeña.

– Por favor, Cynthia, tengo miedo. -La muchacha imitaba muy bien las voces; pasaba de niña a adulta: de la difunta Melanie a la doctora Ciccotelli, en un abrir y cerrar de ojos-. Ven, por favor. -Exhaló un hondo y trémulo suspiro-. Te necesito.

Y entonces… lo consiguió. Un horrible grito brotó de su garganta cuando Adams se arrojó al vacío. Veintidós pisos. Oyeron el ruido sordo del cuerpo contra el pavimento a pesar de que las ventanillas del coche estaban cerradas. A buen seguro, su figura ya no resultaba tan atractiva; pero la belleza reside en los ojos de quien la contempla y ver a Cynthia Adams tendida en el suelo, muerta, era… espectacular. La joven que ocupaba el asiento del acompañante estaba histérica.

– Haz el favor de calmarte, tienes que hacer otra llamada.

– Dios mío, Dios mío. -Apartó el rostro de la ventanilla cuando el coche pasó a escasa distancia del cadáver de Adams-. No puedo creerlo… Dios, voy a vomitar.

– En el coche no. Coge el teléfono, cógelo.

La joven obedeció con estremecimiento.

– No puedo.

– Sí que puedes. Pulsa el uno. Tengo grabado el teléfono particular de Ciccotelli. Cuando te responda, dile que eres una vecina de Cynthia Adams y que estás preocupada porque está de pie en la barandilla del balcón y amenaza con arrojarse al vacío. Hazlo.

La joven pulsó la tecla y esperó.

– No contesta. Estará durmiendo.

– Prueba otra vez. Deja que el teléfono suene hasta que la princesa responda. Ah, y conecta el altavoz. Quiero oír la conversación.

El tercer intento dio resultado.

– ¿Diga?

Estaba durmiendo sola en casa un sábado por la noche. Resultaba agradable tener controlado también aquel aspecto de la vida de Ciccotelli. Dio un codazo a la joven y eso hizo que pronunciara su frase tartamudeando.

– ¿Doctora Ciccotelli? ¿Es la doctora Tess Ciccotelli?

– ¿Quién es?

– Soy… la vecina de una de sus pacientes, de Cynthia Adams. Algo le pasa. Está de pie en la barandilla del balcón y amenaza con arrojarse al vacío. -La joven, con los ojos cerrados, colgó y soltó el teléfono sobre su regazo-. He terminado.

– Por hoy.

– Pero… -Se volvió con brusquedad, atónita-. Me había dicho…

– Te dije que tu hermano seguiría con vida si me ayudabas, aún necesito tu ayuda. Sigue practicando la voz de Ciccotelli. Tendrás que volver a imitarla dentro de unos días. Por hoy, hemos terminado. Atrévete a abrir la boca y tu hermano morirá.

Ciccotelli estaba de camino. «Que empiece la función.»

Capítulo 1

Domingo, 12 de marzo, 00.30 horas.

Un suicidio solía atraer a más gente, incluso en un barrio tan caro como aquel, pensó el detective Aidan Reagan con gravedad mientras cerraba de golpe la puerta del coche y se estremecía ante el frío y penetrante viento procedente del lago. Pero cualquiera con un poco de sentido común se mantendría a buen recaudo en una noche así. Aidan, en cambio, no podía permitírselo. Había habido un aviso y a su compañero y a él les tocaba acudir. Todo por un jodido suicidio.

Aquello lo distraía del infanticidio en el que llevaba trabajando dos días enteros. Detestaba los infanticidios, pero aún detestaba más los suicidios. Solo esperaba poder quitarse de encima el caso cuanto antes y centrarse en investigar quién le había partido el cuello a un niño de seis años como si de una rama seca se tratara.

La multitud que presenciaba la escena pegada al bordillo estaba formada por veinteañeros con pinta de regresar a casa después de haber salido de noche. Guardaban silencio y mantenían los ojos pegados al escenario con una morbosa mezcla de horror, fascinación y compasión. Aidan comprendía el horror. Ningún cadáver resultaba agradable a la vista, y una caída desde un vigésimo segundo piso superaba la truculencia habitual. En cuanto a la compasión… Aidan reservaba la suya para las verdaderas víctimas. Era obvio que quienes decían que un suicidio era un crimen sin víctimas no habían tenido que comunicar nunca la muerte a los familiares.

Él sí.

Ojalá aquellos fisgones morbosos cayeran en la cuenta, tal vez así la escena dejaría de parecerles tan fascinante. Aunque por lo menos se comportaban bien y permanecían calladitos detrás de la cinta amarilla que los primeros agentes en llegar al lugar de los hechos habían atado a dos farolas. De vez en cuando, alguien daba patadas en el suelo para calentarse los pies y el extraño silencio se rompía. Un agente se apostaba junto a la cinta amarilla por el lado de la calzada y otro, por el de la acera, de espaldas al cadáver.

Aidan se aproximó con la placa en la mano. Después de cuatro meses aún se sentía extraño al acercarse a los policías de uniforme vestido de paisano.

– Reagan, de homicidios -dijo con concisión, y se detuvo en seco, primero al notar el hedor y luego al ver el panorama. Después de trabajar doce años en el cuerpo habría jurado que estaba curado de espanto, pero el estómago se le revolvió-. Santo Dios.

El policía de uniforme asintió con la mandíbula tensa.

– Eso mismo hemos dicho nosotros.

Aidan desplazó rápidamente la vista por la hilera de balcones idénticos y luego volvió a bajarla hasta el hierro que atravesaba lo que había sido el pecho de una mujer, el pecho que había quedado abierto en canal y dejaba al descubierto los huesos hechos añicos y… las entrañas. Clavó en ella la mirada solo un momento, recordando la vez anterior que había presenciado una escena semejante. Hizo de tripas corazón; la situación presente no tenía nada que ver con aquella. La otra víctima era inocente, en cambio la mujer que allí yacía… había perecido por voluntad propia. «Nada de compasión», se dijo.

Aquella mujer se había arrojado desde un vigésimo segundo piso… y había caído sobre una decorativa valla de hierro forjado. La valla no tenía más de treinta centímetros de altura y consistía en una hilera de «úes» invertidas entre las que de vez en cuando sobresalía un hierro más largo acabado en punta. El impacto la había partido literalmente por la mitad y un surtidor de sangre había teñido el sucio montículo de nieve que se encontraba a casi un metro de distancia.

– Ha dado en el clavo -masculló.

El policía de uniforme se estremeció.

– Nunca mejor dicho.

Aidan posó la mirada en el demacrado rostro del agente.

– ¿Cómo se llama?

– Forbes, y ese de ahí es mi compañero, DiBello; está controlando a la gente. -Forbes hizo una mueca-. Nos lo hemos jugado a cara o cruz y yo he perdido.

Aidan escrutó los rostros de la multitud silenciosa que no necesitaba ningún control, pero un pacto era un pacto. A él le había tocado perder más de una vez durante sus años de uniforme.

– ¿Alguien ha visto algo?

– Hay una pareja de adolescentes que dice haberla visto tirarse del vigésimo segundo piso a medianoche más o menos. -Forbes extendió hacia arriba un dedo enfundado en un guante negro-. Es ese balcón de ahí, donde el viento agita las cortinas, el tercero empezando por la izquierda.

– ¿No le han empujado?

– Los chicos no han visto a nadie. Dicen que daba la impresión de que estaba levitando cuando se ha subido a la barandilla. Aidan frunció el entrecejo.

– ¿Levitando? ¿Como un fantasma?

Forbes se encogió de hombros.

– Eso dicen. No paran de repetirlo, una y otra vez. Los he hecho subir al coche patrulla hasta que ustedes llegaran. Están bastante afectados.

– Pobrecillos. -Ellos sí que merecían compasión. El recuerdo los perseguiría durante mucho tiempo. Solo tenían diecisiete años, uno más que su hermana. La mera idea de que Rachel pudiera presenciar un horror semejante lo hizo estremecerse. Pero al momento señaló a la multitud con un movimiento de cabeza-. ¿Alguien la conocía?

– DiBello lo ha preguntado y parece ser que no.

Aidan observó el rostro de la mujer, fofo y deslavazado. Le salía sangre de los oídos, de la nariz y de la boca abierta. La valla de hierro había amortiguado un poco la caída, pero era imposible que un impacto desde semejante altura no le hubiera pulverizado el cráneo, así que lo que quedaba unido por el cuero cabelludo era una pura carnicería. Los rasgos se habían desdibujado y conferían a su rostro un macabro aspecto de figura de cera derretida.

– Nadie podría identificarla aunque la conociera. Tendremos que entrar en el piso desde el que saltó. ¿Vive cerca el portero?

– Me he acercado hasta su casa pero no estaba. Un vecino me ha dicho que había ido a ver jugar a los Bulls.

– Pero si el partido terminó hace dos horas. ¿Dónde está ahora?

– He hecho que lo llamaran por megafonía. Veré si puedo averiguar dónde anda.

– Gracias. ¿Podrían trasladar a la gente a la otra acera? Y asegúrense de que nadie haga fotografías. Dígale a su compañero que esté atento a las cámaras de los móviles. -Aidan sacó el suyo y llamó para pedir una orden de registro y un forense. Luego se puso en cuclillas para observar el cadáver de cerca. Llevaba un vestido negro de seda y encaje, y Aidan se preguntó si se habría arreglado expresamente para la ocasión. De todos modos el hierro había estropeado el efecto; y también las vísceras esparcidas por el pavimento. Tragó saliva. Qué mierda para quien tuviera que limpiarlo. Ese era el problema de los suicidios, pensó con amargura. Los suicidas querían desaparecer con mucho efectismo pero no se paraban a pensar en los demás, en las personas a quienes dejaban, en quienes tenían que limpiar los restos.

Qué egoístas, pudiendo evitarlo. «Cabrones.»

Se dio cuenta de que tenía los puños apretados y se esforzó por relajarse. «Contrólate, Reagan.» Al respirar hondo, su olfato percibió el olor férreo de la sangre caliente y el asqueroso hedor de las vísceras reventadas, pero también notó un ligero aroma a canela a la vez que tras de sí unos pasos hacían crujir la nieve. Había llegado su compañero.

– Qué mierda acabar así -opinó Murphy con su habitual tono tranquilo.

Aidan se volvió y le lanzó una dura mirada.

– Qué mierda para la familia, querrás decir. Imagínate las ganas que tengo de ir a decírselo.

– Cada cosa a su tiempo, Aidan -dijo Murphy sin alterarse, pero su mirada era amable y comprensiva e hizo que Aidan se sintiera insignificante-. ¿Qué sabemos?

– Que se tiró del vigésimo segundo piso. Hay dos testigos que dicen que «levitó» hasta la barandilla, pero no sé a qué demonios se refieren; todavía no he hablado con ellos. En cuanto a la víctima, era joven. Tenía los brazos firmes. -Se fijó en las extremidades, las únicas partes del cuerpo que habían quedado relativamente intactas-. Debía de tener veintitantos años, treinta como mucho. -Señaló la mano que había ido a parar encima de una de las «úes» de la valla ornamental-. Lleva un buen pedrusco en la mano derecha, en cambio en la izquierda no hay rastros de ninguna alianza; lo más probable es que no estuviera casada. Tenía que tener dinero porque ese anillo cuesta un buen pico. No parece que haya estado forcejeando porque no le veo señales en los brazos ni en las piernas.

Murphy se acuclilló a su lado.

– Menudo colorido.

Llevaba las uñas pintadas de un rojo intenso.

– Ya lo he notado. El rojo combinado con el encaje negro resulta muy llamativo.

Murphy se encogió de hombros.

– No sería la primera vez que alguien se suicida para dejar huella. ¿No hay nadie que la conozca?

Aidan se puso en pie.

– No. Espero que el piso desde donde se tiró fuera el suyo. He pedido una orden de registro y el forense está en camino. Vamos a hablar con la pareja que…

– Déjenme pasar. -La voz se abrió paso en medio de la noche; era suave pero denotaba autoridad.

– Señora, usted no puede pasar ahí. Por favor, manténgase detrás de la cinta.

Aidan levantó la cabeza y vio que el agente DiBello impedía con el brazo el paso a una mujer que llevaba un abrigo de lana de color tabaco; el oscuro cabello agitado por el viento le cubría el rostro.

La mujer volvió a hablar con voz queda y tranquila, pero firme.

– Soy su doctora. Déjeme pasar, agente.

– Déjela pasar -repitió Murphy, y DiBello le hizo caso, pero Aidan se interpuso en su camino y le impidió el paso antes de que pudiera contaminarle la escena.

La mujer se puso de puntillas, pero aun así no alcanzaba a ver por encima del hombro de Aidan. Él le puso la mano en el hombro y la empujó hacia atrás con suavidad. Ella dio un respingo, pero cooperó.

– Señora, estamos esperando al forense. No hay nada que usted pueda hacer.

Ella retrocedió un paso en completo silencio.

– ¿Se ha arrojado por el balcón?

Aidan asintió.

– Lo siento, doctora. Tal vez usted pueda explicarnos… -Pero la frase quedó en el aire cuando la mujer se retiró el pelo de la cara; Aidan la reconoció al instante y una oleada de ira le hizo hervir la sangre-. Pero si es Ciccotelli. -Se trataba de Tess Ciccotelli. Valiente doctora; esa mujer no era más que una loquera. Eso en sí ya era malo, pero encima la señorita Ciccotelli se había ganado a pulso la pésima fama que tenía.

No era una simple loquera de esas que andan por ahí preguntándole a la gente si odia a su madre. Se trataba de una de esas «almas caritativas» que tiran alegremente por la borda semanas enteras de duro trabajo policial al subir al estrado y declarar con una tranquilidad pasmosa que un conocido asesino que ha «confesado» haber matado a tres niñas y a un policía no está en su sano juicio y, por tanto, no puede ser juzgado. Cuatro familias destrozadas no habían podido ver que se hiciera justicia porque una medicucha había dicho que el asesino estaba loco.

Pues claro que aquel hijo de puta estaba loco. Confesó que había asesinado brutalmente a tres niñas pequeñas, casi unos bebés. Había estrangulado con sus propias manos a un veterano policía cuando este trataba de detenerlo. El hecho de que estuviera loco no lo hacía menos culpable. Ahora el muy cabrón estaba tan tranquilo en un hospital psiquiátrico de Chicago pintando macetas en lugar de pudrirse en una celda de dos metros cuadrados hasta que le clavaran una aguja en el brazo. No era justo ni estaba bien. Pero eso era lo que había ocurrido y aquella mujer era quien lo había permitido.

Aidan había asistido al juicio junto con otros policías, y esperaba en vano que Ciccotelli cambiara de idea, que hiciera lo que debía hacer. Recordaba cómo los padres de las niñas lloraban en silencio, conscientes de que no se haría justicia; cómo la esposa del agente muerto escuchaba sentada en primera fila, rodeada y apoyada por una multitud de policías uniformados. Ciccotelli no pestañeó, mantuvo fija la mirada de sus fríos ojos castaños.

Una mirada como la que ahora le dirigía a él.

– ¿Y usted quién es? -le preguntó.

– Soy el detective Aidan Reagan. Este es mi compañero, el detective Todd Murphy.

La mujer aguzó la vista para examinar su rostro y él hizo todo lo que pudo para no desviar la mirada. Desde el asiento que había ocupado durante el juicio le había parecido elegante, sofisticada. Inaccesible. Aidan también aguzó la vista cuando ella se volvió hacia Murphy.

– Todd, por favor, pídele a tu compañero que se aparte. Por lo menos identificaré a la víctima.

Murphy la tomó suavemente por el brazo.

– Tess, no lo hagas. Está… Está destrozada.

Aidan se apartó y la invitó a pasar con un ademán exagerado.

– Si ella quiere verlo…

Murphy lanzó a su compañero una mirada de advertencia.

– Aidan.

– Tranquilo, Todd -susurró ella dando un paso hacia delante sin inmutarse. La mujer miró el cadáver durante más de un minuto y luego se volvió hacia ellos con el rostro perfectamente compuesto y la mirada igual de fría que antes.

– Se llamaba Cynthia Adams. No tiene parientes cercanos.

Extrajo una tarjeta de visita del bolsillo de su abrigo y se la tendió a Murphy sin el menor titubeo.

– Llámame si tenéis alguna pregunta -se brindó-. Responderé a todo lo que pueda.

Y, sin más, se volvió y se dirigió a un Mercedes de color plata aparcado detrás del sencillo Ford de Murphy. Aidan se subía por las paredes.

– ¿Eso es todo?

– Aidan -le advirtió Murphy-. No es el momento.

– ¿Pues cuándo, sino ahora? -Controló su tono de voz, consciente de la multitud que se había instalado allí cerca-. Se presenta aquí, identifica a la víctima y se queda más fresca que una lechuga. Y luego se marcha tan campante. ¿Por qué se ha tirado por el balcón, «doctora»? Usted debería saberlo, ¿no le parece? -«Y debería preocuparle, joder», pensó furioso. «Debería preocuparse por algo.»- ¿Qué clase de doctora es? -masculló para terminar. Y observó que ella se detenía, con las manos hundidas en los bolsillos.

De uno de ellos extrajo un guante y se lo puso sin dejar de darles la espalda.

– Si me necesitas, llámame, Todd -fue todo cuanto dijo antes de alejarse.

Murphy se mordió la parte interior de las mejillas; estaba que echaba chispas.

– Te he dicho que ahora no, Aidan.

Aidan se dio media vuelta, despreciando a Ciccotelli.

– ¿Y qué más da? Total, le importa un carajo.

– No sabes lo que dices, no la conoces.

Aidan volvió la cabeza. Murphy observaba a Ciccotelli cruzar la calle con una expresión ceñuda nada propia de él.

– ¿Y tú sí? -No se lo esperaba; el venerable Todd Murphy había sucumbido a los esculturales encantos de una tiparraca como Ciccotelli. «No seré yo quien caiga en sus garras.»

Murphy exhaló un suspiro de enojo que se transformó en vaho y formó una barrera que se interpuso entre ambos un instante. Luego tanto la barrera como la expresión ceñuda se desvanecieron y Murphy se quedó mirando a Ciccotelli con tal tristeza que a Aidan le dio en qué pensar.

– Pues sí, mira por dónde. Ve a hablar con los chicos, Aidan. Yo iré enseguida.

Aidan se encogió de hombros y dejó de hacer cábalas. Que se las entendiera Murphy con el carámbano; él tenía cosas mejores que hacer, como por ejemplo ocuparse del escenario del crimen para que el forense recogiera los restos de Cynthia Adams y todos pudieran marcharse a sus casas. Tomaría declaración a los adolescentes, registraría el piso en busca de algún documento de identificación y se largaría de allí cuanto antes.

«Un minuto más, aguanta un minuto más.» Tess Ciccotelli se repetía las palabras a modo de mantra para conservar la calma hasta que estuviera a solas. Cynthia había muerto. Santo Dios. Yacía en plena calle, abierta en canal…

«No pienses en ella. No pienses en ella muerta y reventada. Limítate a salir corriendo, muy rápido. Aguanta un minuto más; luego podrás desmoronarte, Tess, pero no antes.»

Trató de introducir a tientas la llave en la cerradura del coche, consciente de que Todd Murphy y su compañero la observaban desde la retaguardia. Todd y su airado compañero, quienquiera que fuera. Había dicho que se llamaba Aidan Reagan, recordó; por fin logró hacer coincidir la llave con la cerradura y abrir la puerta. Se concentró en la imagen de los fríos ojos azules del hombre. Estaba enfadadísimo, hecho una furia. «Aguanta un…»

– ¿Tess?

«Mierda.» Del respingo que dio las llaves cayeron al suelo y fueron a parar debajo del coche. Respiró hondo. Murphy estaba muy cerca.

– Estoy bien, Todd. Ve a hacer tu trabajo.

– Ya lo hago. Tess, estás temblando.

– Todd, por favor. -Su voz sonó entrecortada. Era humillante-. Tengo que alejarme de aquí.

Él la asió por el brazo y la ayudó a acomodarse en el asiento del conductor.

– No deberías conducir, Tess. Deja que alguien te acompañe a casa.

– Nadie puede -respondió ella como en una nube-. Por eso he tardado tanto en venir. He llamado a mis compañeros, a mis amigos. Nunca voy sola a casa de un paciente; no está bien, no es ético. -Se estaba yendo por las ramas, pero no era capaz de controlarse-. No he encontrado a nadie en casa, así que he venido de todos modos. -Cerró los ojos y volvió a abrirlos enseguida porque solo veía la imagen de Cynthia… muerta-. Pero he llegado tarde.

– No es culpa tuya, y lo sabes, Tess -dijo Murphy en tono amable.

Tess notó que estaba a punto de echarse a llorar, pero se contuvo.

– Está muerta, Todd. -Qué sinsentido: Cynthia Adams estaba espachurrada en la calle, con la cabeza tan blanda como una gominola y las tripas a la vista de todo el mundo. Sí, estaba bien muerta.

– Ya lo sé. -Le tomó la mano y se la apretó-. ¿Por qué has venido, Tess? ¿Te ha llamado ella? Tess negó con la cabeza.

– No. He recibido una llamada anónima, de una vecina.

– ¿Por qué se ha tirado del balcón?

Él hablaba con una voz tranquila, dulce, que iba socavando el muro que contenía las lágrimas de Tess.

– Joder, Todd, deja que me marche. Por favor. Hablaremos mañana, te lo prometo.

– No dejaré que te vayas sin asegurarme de que estás bien.

Tess volvió a respirar hondo y luego exhaló lentamente. Aferró el volante con ambas manos y miró por encima del hombro de Murphy a su compañero, que estaba apostado junto a un coche patrulla, con el duro semblante iluminado por los potentes faros. Los estaba mirando; la observaba. Incluso desde la distancia que los separaba sentía la penetrante mirada del hombre, su animadversión. Tenía los intensos ojos azules entrecerrados y la mandíbula tensa.

– Veo que has cambiado de compañero -murmuró sin dejar de mirar fijamente a Reagan, igual que hacía él.

– Sí. Es Aidan Reagan.

Aidan Reagan.

– ¿Tiene algo que ver con Abe? -Conocía a Abe Reagan y le merecía confianza. También confiaba en su esposa, Kristen. Ambos eran buenas personas.

– Aidan y Abe son hermanos.

– Ahora lo entiendo. -Aidan Reagan se parecía a su hermano. Tenían el mismo pelo castaño oscuro y los mismos ojos azules, aunque la mirada de Aidan resultaba más dura, más seria que la de su hermano. Su rostro era más anguloso y su mandíbula un poco más cuadrada. En cuanto a su boca… era más dulce hasta que se dio cuenta de quién era ella. Demostraba que era compasivo. «Pero no conmigo.»

– No le caigo bien -aseguró en tono ecuánime-. No te preocupes, Todd. La mayoría piensa como él.

Él exhaló un profundo y triste suspiro.

– Estuvo en el juicio, Tess.

No hizo falta que especificara en cuál, ambos lo sabían bien. Harold Green había asesinado brutalmente a tres niñas. Pero el hombre no veía en ellas a criaturas de seis años con coletas rubias y sonrisas melladas. En su lugar veía a demonios de dientes ensangrentados que acudían a devorarlo. Al principio Tess se había mostrado escéptica, pero tras observarlo durante horas enteras y consultar con los médicos de la clínica donde llevaban años tratando su grave esquizofrenia, acabó creyéndolo. Estaba verdaderamente loco. Y por tanto, según la ley, no era responsable de sus actos. Y eso era lo que ella había declarado, consiguiendo a duras penas mantener la mirada y la voz serenas a pesar de la cantidad de rostros que la observaban con desdén.

Todos los policías que aquel día llenaban la sala la consideraban fría. Pensaban que se había dejado engañar fácilmente por un asesino y se limitaba a permanecer allí sentada, indiferente, mientras las madres de las niñas lloraban desconsoladas.

Se equivocaban de medio a medio.

El hecho de que el detective Aidan Reagan se contara entre ellos lo explicaba todo. El hombre seguía apostado al otro lado de la calle mirándola con una expresión desdeñosa que no se esforzaba por disimular. Tess fue la primera en apartar la vista para posarla en el rostro preocupado de Murphy.

– Lo entiendo.

– No, no lo entiendes; por lo menos no del todo. Él fue quien encontró a la tercera niña.

Tess aferró el volante con más fuerza. Aquel día ella estaba con Green, intentando sonsacarle en qué lugar se encontraba la tercera niña. El hombre decía que estaba viva, pero cuando la policía llegó descubrieron que no era así. Ella no sabía quién la había encontrado; de hecho, no quería saberlo. Resultaba demasiado amargo aceptar que no había llegado a tiempo de salvarla.

Y si para ella resultaba amargo, mucho más debía de serlo para el hombre que había hallado el cuerpecito sin vida de la criatura.

– Eso sí que lo explica todo. Tiene todo el derecho del mundo a sentirse furioso.

– Es un buen hombre, Tess. Y un buen policía.

Ella asintió.

– No te apures, Todd, de verdad que lo entiendo. -Y así era, lo comprendía mucho mejor de lo que nadie creía-. ¿Me alcanzas las llaves? Se han caído debajo del coche.

Murphy suspiró.

– Muy bien. Te llamaré mañana. Me hará falta consultar el historial de Cynthia Adams. -El hombre palpó el suelo por debajo del coche y se alzó con el llavero de Tess en la mano.

Tess asintió, y en cierta medida se sintió aliviada al oír que el motor del coche se ponía en marcha a la primera. Se dispuso a cerrar la puerta, pero se detuvo antes de hacerlo.

– Dile a tu compañero… -Dijera lo que dijese, no cambiaría las cosas-. No importa. Te estoy muy agradecida, Todd, como siempre.

Al apartarse del bordillo, le temblaban las manos. Se alejó tres manzanas y luego aparcó en un callejón, apoyó la cabeza en el volante y dejó que brotaran las lágrimas. «Mierda, Cynthia. ¿Por qué no me has llamado? ¿Por qué te has hecho a ti misma una cosa así?»

Sin embargo, ya sabía cuál era la respuesta. Y también sabía que no podría haber hecho nada para disuadirla. Ella solo era capaz de ayudar a los pacientes que así lo deseaban; el resto acababa haciendo lo que quería hacer. Lo sabía muy bien. Aun así, no podía evitar lamentarlo.

Cynthia Adams había vivido con mucho dolor y un terrible sentimiento de culpa por motivos que escapaban a su control. En cambio sí que había controlado su propia muerte, lo cual resultaba muy irónico.

Desanimada y exhausta, Tess salió del callejón y se dirigió a su casa. Esa noche no iba a poder descansar. El historial de Cynthia Adams era extensísimo. Le llevaría muchas horas seleccionar la información importante para Todd Murphy y su airado compañero. Era lo menos que podía hacer por Aidan Reagan y por Cynthia Adams.

Y tal vez también por sí misma.

Domingo, 12 de marzo, 1.15 horas.

Aidan había observado a Murphy seguir con la mirada el coche de Ciccotelli antes de volver a ponerse manos a la obra con la mayor profesionalidad. Murphy había hablado con el forense y la unidad de la policía científica mientras Aidan interrogaba a los adolescentes.

Estos no aportaron nada nuevo; solo le explicaron que habían visto levitar a Adams hasta la barandilla, luego se había quedado quieta un momento y se había dado media vuelta, y con los brazos extendidos se había arrojado al vacío. Aidan envió a los chicos a sus casas, con sus padres; sabía que tras presenciar una escena así nunca volverían a ser los mismos.

Ahora Murphy y él delante de la puerta del piso de Cynthia Adams observaban cómo el portero, borracho, hacía cuanto podía por introducir la llave maestra en la cerradura. Parecía ser que Jim McNulty había celebrado la victoria de los Bulls bebiendo como un cosaco en su bar favorito. Ya daban por hecho que esa noche no regresaría cuando apareció tambaleándose, llave maestra en mano, justo en el momento en que los forenses colocaban el cuerpo de Cynthia Adams sobre una camilla. No habían conseguido desclavarla de la verja, por lo que habían tenido que llevarse medio metro de hierro forjado. El portero, al ver que faltaba un tramo de verja, la emprendió a gritos hasta que reparó en el cadáver de Adams.

Desde ese instante no había vuelto a pronunciar palabra.

– ¿Cuánto tiempo hacía que conocía a la señorita Adams? -le preguntó Aidan, frunciendo el rostro ante el hediondo aliento del hombre. Por suerte, no había fuego cerca. McNulty estaba borracho como una cuba.

– Tres años. Se mudó aquí hace tres años. -Abrió la puerta y Aidan enseguida reparó en dos cosas. En primer lugar, en el piso hacía un frío polar, lo cual era previsible; la puerta del balcón llevaba abierta más de una hora. Lo segundo, sin embargo, un penetrante olor a flores, lo dejó perplejo. El suelo del piso de Cynthia Adams estaba cubierto por más flores de las que jamás había visto en ninguna floristería.

Murphy frunció el entrecejo.

– ¿Qué coño es esto?

– Son lirios. -Aidan entró en el piso de Adams y tomó con cuidado una de las flores-. Las flores de los muertos.

– Santo Dios -dijo Murphy mientras escrutaba el salón-. Todas estas flores deben de costar por lo menos cien dólares.

Aidan arqueó una ceja.

– Y trescientos también. -Cuando Murphy le dirigió una mirada inquisitiva, Aidan se encogió de hombros-. Hice una asignatura de horticultura cuando me estaba sacando la carrera. -Tomó el primer sobre de un montón de correo desordenado de varios centímetros de altura que cubría el mueble del recibidor.

– Qué cantidad de correo. -Se volvió hacia el portero-. ¿Ha estado fuera de la ciudad?

El portero negó con la cabeza. Un hilo de sudor perlaba su labio superior y su mirada se paseaba de un lado a otro.

– No, pero debía un mes de alquiler. Era la primera vez que se retrasaba en el pago en los tres años que llevaba viviendo aquí. El administrador me había pedido que vigilara el piso para estar seguro de que no pensaba largarse sin decir nada.

Aidan hizo cuanto pudo por sortear las flores y salió al balcón.

– Hay una pequeña escalera de mano -le gritó a Murphy-. Los chicos me han contado que parecía que levitara, pero lo que ha hecho ha sido subirse a la escalera.

– Qué oportuna.

El portero se dirigió tambaleándose a la vidriera.

– Antes no estaba. Vine hace una semana para reparar un grifo que goteaba y ahí no había ninguna escalera.

– Si vino para reparar un grifo, ¿cómo es que se fijó en lo que había en el balcón? -preguntó Murphy sin acritud.

El portero palideció.

– Salí a fumar.

– Debió de ponerla expresamente para la ocasión -masculló Murphy, y de repente levantó la voz-. Aidan.

Este volvió la cabeza al instante. Murphy sostenía entre dos dedos enguantados una hoja impresa y sus labios dibujaban una mueca. Era una fotografía en papel brillante. En ella se veía a una chica colgada de una soga, con los pies a una distancia considerable del suelo. Su semblante resultaba grotesco, tenía los ojos fuera de las órbitas y la boca muy abierta, como si tratara por todos los medios de tomar aire.

– ¿Quién es? -preguntó Murphy al portero.

El hombre dio un paso atrás y su rostro palideció aún más.

– No lo sé, no la había visto nunca. Tengo que irme.

– Enseguida, señor McNulty. -Aidan le interceptó el paso-. Por favor. Dice que ha estado vigilando el piso a petición del administrador. ¿Sabe quién trajo todas estas flores? ¿Fue la propia señorita Adams?

– No lo sé. Lo siento -dijo entre dientes.

– No importa. Revisaremos las grabaciones de las cámaras de seguridad. -Había reparado en la cámara dirigida hacia el ascensor en cuanto se habían abierto las puertas.

McNulty sacudió la cabeza.

– No, no es posible. La cámara está estropeada.

– Qué casualidad -masculló Murphy-. ¿Cuánto tiempo lleva sin funcionar?

McNulty se removió en el sitio.

– Unas cuantas semanas.

Aidan lo miró fijamente.

– ¿Semanas?

McNulty apartó la vista, a sus pálidas mejillas asomaron unas manchas de rubor.

– Bueno, más bien meses.

Aidan estaba seguro de que McNulty sabía bastante más de lo que decía.

– ¿Había recibido la señorita Adams alguna visita últimamente?

McNulty parecía abatido.

– Siempre tenía muchas visitas.

Aidan aguzó el oído. Con el rabillo del ojo vio que Murphy también había captado el sentido de la frase.

– ¿A qué tipo de visitas se refiere, señor?

El intento de McNulty por hacerse el desentendido no surtió efecto.

– Cynthia le gustaba a mucha gente.

– ¿A muchos hombres, quiere decir? -preguntó Aidan con aspereza.

McNulty cerró los ojos, la culpabilidad se hizo patente en su rostro. Aidan pensó que si hubiera estado sobrio, no habría sido ni mucho menos tan transparente. Ni habría colaborado tanto. Bien por los Bulls.

– Sí, a unos cuantos.

– ¿Sí o a unos cuantos?

El hombre abrió los ojos, preso de pánico.

– Escuchen, si mi esposa lo descubre… me matará.

Murphy lo miró perplejo.

– ¿Está diciendo que tenía una aventura con la señorita Adams?

– No. -McNulty sacudió la cabeza con fuerza-. No teníamos ninguna aventura, pasó solo una vez. Aidan arqueó una ceja.

– Una vez.

McNulty dio otro paso atrás.

– O dos. Tres como máximo.

– ¿Le… cobraba, señor McNulty? -preguntó Murphy con delicadeza.

Aidan no creía que la mirada de puro horror que observó en el rostro del hombre pudiera fingirse.

– ¡No! Por Dios, no. Lo hizo porque me estaba… agradecida. Eso es todo.

La cosa se ponía interesante, pensó Aidan.

– ¿Agradecida? ¿Por qué?

– Porque desconecté la cámara de su planta, ¿de acuerdo? Algunos de sus amiguitos no querían que los vieran. No sé sus nombres, nunca me ha interesado saberlos. Ella hacía su vida y yo hacía la vista gorda, lo juro por Dios. Por favor, dejen que me vaya.

Aidan dirigió una mirada a Murphy.

– ¿Hemos terminado con él?

– Por ahora sí -se limitó a responder Murphy, y ambos observaron cómo McNulty se marchaba caminando con torpeza entre las flores que tapizaban el suelo, ansioso por alejarse cuanto antes-. Estaremos en contacto, señor McNulty -añadió. Este asintió una vez más con gesto trémulo y desapareció.

Aidan cerró la puerta.

– Me pregunto qué tipo de amigos eran esos.

– Y yo me pregunto si esto fue un obsequio de alguno de ellos. -Murphy alzó la fotografía de la muerta pendiente de la soga-. ¿Asfixia autoerótica?

Aidan hizo una mueca.

– No lo sé, hasta ahora no me he encontrado con ningún caso.

– Yo sí -respondió Murphy, y entró en el dormitorio-. Cuando las cosas se tuercen, no es nada agradable. Mira a ver si encuentras alguna foto de Adams, por lo menos veremos qué cara tenía; yo entretanto echaré un vistazo por aquí.

Aidan oyó cómo Murphy abría los cajones del dormitorio de Adams mientras él rebuscaba en el bolso y extraía el carnet de conducir del monedero. La compasión que le inspiró el melancólico rostro de la fotografía lo sorprendió ingratamente. La mujer parecía muy íntegra. Muy escrupulosa, muy comedida.

Minutos antes, en cambio, yacía en mitad de la acera, veintidós pisos más abajo. Estaba bien muerta. ¿Por qué lo habría hecho? ¿Qué habría ocurrido durante el último mes para que se retrasara en el pago del alquiler y, en definitiva, se deprimiera tanto que creyera que quitarse la vida era la única solución a sus problemas? Ahora los problemas los tenían los demás, pensó con amargura. Una vez muertos los suicidas no podían responder a las preguntas que se hacían sus seres queridos.

– Tenía treinta y cuatro años, Murphy. Llevaba lentillas y era donante de órganos.

Murphy se asomó a la puerta del dormitorio, con unas esposas forradas en una mano y un pequeño látigo de cuero en la otra.

– Y estaba metida en algún asuntillo poco decoroso. En la esquina hay una polea. Parece que se ha colgado más de una vez.

Aidan miró perplejo la parafernalia que Murphy llevaba en las manos y luego volvió a observar a la digna mujer del carnet de conducir.

– Por su aspecto, nadie lo diría.

– A veces las apariencias engañan. ¿Qué hay en el bolso?

Aidan echó un vistazo rápido al contenido.

– Cuatro tarjetas de crédito, un móvil, varios pintalabios distintos y unas llaves. -Las alzó-. La llave de un Honda, la del piso y otra muy pequeña.

– ¿De una caja fuerte?

Aidan introdujo las llaves en una bolsa de plástico mientras Murphy hacía lo propio con el látigo y las esposas.

– Es posible. ¿Hay alguna carta del banco entre la correspondencia?

Murphy se acercó a la mesa y hurgó entre el montón de cartas.

– No parece que haya abierto ninguna. Aquí hay una del banco. Vamos a echarle un vistazo… Caray. -Murphy frunció el entrecejo ante el sobre que tenía en la mano-. Esta sí que está abierta. No tiene sello, ni tampoco remitente. -Del sobre extrajo una fotografía, y su expresión se tornó lúgubre-. Otra mujer muerta. Esta está dentro de un ataúd. -Le entregó la foto a Aidan-. Mira lo que tiene en las manos.

Aidan sintió que un ligero escalofrío le recorría la espalda.

– Un lirio. Parece la chica de la soga. -Cogió la mitad del correo y empezó a rebuscar. Al cabo de diez minutos habían encontrado diez fotografías, todas igual de truculentas. Y todas de la misma chica. En ninguna aparecía el nombre ni la dirección del remitente-. Alguien ha estado jugando con los sentimientos de Cynthia.

Murphy tomó una fotografía enmarcada de encima del escritorio de Adams. Tras el cristal había una joven con el pelo cubriéndole los ojos.

– Esta es la chica. Es obvio que Adams la conocía. -Extrajo la fotografía del marco-. En el reverso no aparece ningún nombre.

– En esa foto era más joven que en estas. Debía de tener… ¿unos dieciséis años? Me da la impresión de que se la hicieron en la escuela. Las que mi hermana Rachel trae a casa tienen el mismo fondo grisáceo. -Se inclinó y sacó una caja estrecha y alargada de debajo de la mesa. Tenía la medida correspondiente a una docena de rosas, aunque no era eso lo que esperaba encontrar dentro.

– Ábrela -lo instó Murphy.

Aidan levantó la tapa con cautela.

– Mierda. -Una cuerda con un nudo corredizo se encontraba dispuesta sobre un grueso de papel de seda blanco, y una tarjetita dorada colgaba del extremo que formaba el lazo-. «Ven conmigo. Encontrarás la paz» -leyó, y al levantar la cabeza vio la sombría mirada de Murphy-. Tenemos que avisar a la científica.

Murphy los llamó por teléfono, y al guardarse el aparato en el bolsillo exhaló un suspiro.

– Me parece que mañana Tess va a tener que contestar a unas cuantas preguntas.

Aidan tensó la mandíbula ante la idea.

– Creo que tienes razón.

Capítulo 2

Domingo, 12 de marzo, 10.30 horas.

Joanna Carmichael aguardó a que el director editorial del Bulletin de Chicago examinara metódicamente sus fotografías y leyera con mucha atención el texto que había estado retocando hasta altas horas de la madrugada. Tras lo que le pareció una eternidad, el hombre levantó la cabeza.

– ¿Cómo las ha conseguido? -preguntó Reese Schmidt señalando las imágenes.

– Estando en el sitio adecuado en el momento adecuado -respondió Joanna, encogiéndose de hombros. «Es mi karma», pensó, pero le pareció que Schmidt no compartiría su parecer-. La víctima vivía en el mismo edificio que yo. Estaba doblando la esquina para entrar en casa justo cuando se tiró por el balcón. Oí un grito y entonces eché a correr junto con tres personas más. Una pareja vio la caída. -Posó el dedo en la esquina de la primera fotografía: la cruda imagen de una mujer abierta en canal, desangrándose, junto a la cual había dos jóvenes; el blanco y negro captaba por completo su estupefacción-. Empecé a hacer fotos aquí y allá.

El hombre la miraba con escepticismo.

– ¿Delante de la policía?

– Aún no habían llegado -respondió con calma-. Después seguí haciendo fotos, pero con más discreción.

– ¿No utilizó el flash?

– Tengo una buena cámara, no hace falta flash. -Arqueó una ceja-. Me gusta conservar las fotos que hago.

En el rostro del hombre se dibujó una sonrisa irónica.

– Claro. ¿Qué me dice del texto?

– Lo he escrito yo.

El hombre sacudió la cabeza.

– No me refiero a eso. ¿De dónde ha sacado la información? «Según una fuente anónima, la policía ha encontrado pruebas que indican que alguien coaccionó a la víctima para que se tirara desde un vigésimo segundo piso.» ¿Quién es esa fuente anónima?

Al ver que la chica no respondía, Schmidt entornó los ojos.

– No hay ninguna fuente anónima. O se lo ha inventado o bien oyó alguna conversación entre los policías. Dígame, ¿lo primero o lo segundo?

Joanna, contrariada, se mordió la parte interior de la mejilla.

– Lo segundo.

– Me lo imaginaba. -El hombre se sentó en su silla, tenía los dedos algo crispados-. Consiga que el Departamento de Policía de Chicago lo confirme, busque a alguien con quien pueda ponerme en contacto para comprobar los hechos y le publicaré el artículo.

«Por fin.» Eran las palabras que llevaba dos años enteros esperando oír.

– ¿Dónde?

La sonrisa de él fue breve y algo burlona.

– No sea codiciosa, señorita… Carmichael. Consiga una declaración que pueda comprobar y ya hablaremos.

A ella le pareció un trato justo. No era lo ideal, pero era justo. Por una fracción de segundo se planteó echar mano de su otra baza: su padre. Pero eso no sería justo, ni para Schmidt ni para ella. Se dispuso a recoger las fotografías y frunció el entrecejo cuando el hombre posó la mano sobre la primera, aquella en la que aparecían los adolescentes y el cadáver tan solo unos instantes después del impacto.

– No quiero que me demanden por difundir información falsa -dijo él en tono suave-, pero siempre puedo utilizar las fotos. Las imágenes no mienten.

Joanna apretó los dientes.

– Yo tampoco. Volveré. -Salió a la calle con paso brioso y se dirigió a la comisaría. No tenía ni idea de cómo hacer que le confirmaran la información, pero lo conseguiría. El destino le había servido un artículo en bandeja, por así decirlo. Ahora le tocaba sacarle partido.

Domingo, 12 de marzo, 12.30 horas.

Aidan detestaba la sala de autopsias. Incluso en los mejores días, solo el olor ya le revolvía el estómago, y ese día no era uno de los mejores para ninguno de los implicados.

Se detuvo nada más traspasar la puerta y miró el cuerpo tendido en la mesa. La que había salido peor parada era Cynthia Adams. Si se había suicidado, había sido con ayuda. Alguien la había estado torturando sistemáticamente con fotos y obsequios. En todas partes donde aparecía alguna firma, esta era «Melanie». Murphy pensó que probablemente se trataba de la chica del ataúd y Aidan era de la misma opinión.

La forense no lo oyó entrar de tan absorta como estaba examinando las manos de Cynthia Adams. Por suerte había cubierto el torso de la chica con una sábana. Aidan carraspeó y Julia VanderBeck levantó los ojos, protegidos con unas gafas de plástico. No entendía cómo la mujer podía soportar el olor, sobre todo ahora que estaba en avanzado estado de gestación. La admiración que sentía por Julia creció un poco más.

– ¿Me has llamado? -le preguntó, y los labios de ella dibujaron una mueca.

– Sí. ¿Dónde está Murphy?

– Escuchando los mensajes del contestador de la víctima y viendo la grabación de la cámara de seguridad del vestíbulo del edificio donde vivía. -Al parecer, la gratitud que sentía el portero, el señor McNulty, no implicaba haber desconectado todas las cámaras del edificio-. Trata de averiguar quién le llevó todos esos lirios.

Julia asintió con gesto enérgico.

– Recuérdame lo de los lirios antes de marcharte -dijo-. Pero antes seguro que querrás saber lo que he encontrado en el análisis de tóxicos.

– ¿Qué? -preguntó Aidan, y tomó la carpeta que ella le tendía por encima del cadáver de Adams. En el piso de la mujer habían encontrado diecisiete botes de medicamentos distintos. Cuatro de ellos se los había recetado la doctora Tess Ciccotelli. En los otros trece aparecían los nombres de otros médicos, las fechas se remontaban a más de cinco años atrás.

Julia se estiró y se llevó las manos a la parte baja de la espalda.

– Estás de suerte, le debo un favor a Murphy. No habría venido en plena noche por cualquiera. -Exhaló un suspiro y se sentó en un taburete, junto a la mesa donde llevaba a cabo las autopsias-. En el análisis de orina no ha aparecido ninguno de los medicamentos. La última receta la hizo Ciccotelli y era de Xanax. Se utiliza para tratar la ansiedad y la depresión. Eso es lo que debería haber encontrado en la orina, pero en su lugar han aparecido niveles altos de fenciclidina.

Aidan frunció el ceño.

– A lo mejor la consumía.

Julia se puso en pie.

– Ven aquí. Quiero enseñarte una cosa.

Salieron de la morgue y lo guió hasta el laboratorio. Allí olía mejor. Aidan respiró hondo sin hacer caso de la risita que soltó ella.

– Enséñame lo que tengas que enseñarme.

Ella vertió unas cuantas cápsulas procedentes de dos botes distintos en una hoja de papel blanco. Aidan recordaba haber visto uno de los botes en el piso de Adams. El otro llevaba una etiqueta del hospital.

– Lo de la izquierda es el Xanax del hospital y lo de la derecha, las cápsulas que encontrasteis en la mesilla de noche de Adams -explicó ella.

Aidan miró las cápsulas con suma atención.

– Parecen iguales.

– Eso es lo que querían que pensara ella. Alguien vació las cápsulas y las rellenó con fenciclidina.

Aidan posó los ojos en la mirada de preocupación de ella.

– Quienquiera que fuera se buscó un trabajo de la hostia.

– Quienquiera que fuera quería que perdiera la cabeza y se volviera completamente loca.

Aidan pensó en las fotografías; en la soga que contenía la caja de regalo; en la pistola cargada que habían encontrado en otra caja, dentro de un armario; en la escalera que la semana anterior no estaba en el balcón. En los lirios.

– Qué mierda.

– Bien expresado -soltó Julia-. Volvamos a la sala de autopsias, quiero enseñarte otra cosa. -Él la siguió y la observó alzar el brazo derecho de Adams. En la parte interior de sus muñecas había sendas cicatrices verticales, profundas e irregulares.

– Ya había intentado suicidarse antes -concluyó él.

– Por lo menos una vez.

– En su piso hemos encontrado una pistola cargada y una soga. Las dos cosas estaban guardadas en cajas de regalo y llevaban una etiqueta dorada. En las dos etiquetas ponía: «Ven conmigo».

Julia suspiró.

– Alguien quería de verdad que se quitara la vida.

– Eso parece. Me has dicho que te recordara lo de los lirios.

– Sí. Tenía polen en los orificios nasales.

– Encontramos una flor debajo de su almohada.

– Entonces es lógico. No he encontrado polen en las manos.

– ¿Es posible que desapareciera al lavárselas?

– Tal vez, pero con tantos lirios como dices que encontrasteis es poco probable que no se le quedara un poco de polen en las uñas si los hubiera tocado. Y más con esas uñas.

Aidan miró las largas uñas pintadas de rojo de Adams.

– Así que no tocó los lirios.

– Es lo más probable.

– Por lo tanto, quien los llevó al piso fue otra persona. -Sonó su móvil y lo sacó del bolsillo.

Era Murphy, y parecía… furioso.

– ¿Dónde estás, Aidan?

– En la morgue. ¿Qué ocurre?

– Ha venido Latent a decirme a quién pertenecen las huellas que la científica ha encontrado en el piso de Adams. Aidan aguardó pero Murphy no proseguía.

– ¿Y? Murphy, ¿qué es lo que ha descubierto Latent?

– Haz el favor de venir -le espetó Murphy-. Y date prisa, joder.

Domingo, 12 de marzo, 12.30 horas.

Tess examinó su rostro reflejado en el espejo que había junto a la puerta de entrada a su casa. Necesitaría un buen corrector para disimular las ojeras. Era el segundo domingo del mes, día en que solía comer con sus amigos en la taberna Blue Lemon. Después de pasarse horas enteras examinando el historial de Cynthia Adams y dormir poco y mal, se sentía tentada de telefonear a sus amigos y poner una excusa, pero se resistió. No podía permitir que la muerte de una paciente le desbaratara la vida, a esas alturas ya debería saberlo. Su amigo Jon, un cirujano acostumbrado a perder pacientes en el quirófano, siempre le repetía el mismo sermón. Con suerte, no tendría que aplicarse el cuento muy a menudo.

Decidió animarse y ponerse de punta en blanco. Dedicó más tiempo del habitual a arreglarse el pelo y maquillarse, e incluso decidió estrenar la chaqueta de cuero de color rojo que había estado reservando para una ocasión especial. Amy se quedaría sin habla cuando la viera, pensó. Le suplicaría que se la prestara y Tess, como siempre, acabaría cediendo. Y, como si fuera la hermana que nunca había tenido, Amy se la quedaría hasta que Tess decidiera asaltar su ropero en busca de las prendas perdidas. Así había sido siempre desde que Amy pasara una temporada viviendo con la familia Ciccotelli hacía casi veinte años.

Tess cerró los ojos. El mero hecho de pensar en su familia le causaba desazón, sobre todo siendo domingo. A esas horas debían de estar todos sentados a la mesa en la vieja casa que sus padres poseían al sur de Filadelfia. Debía de haber un ruido y un jaleo entrañables en la sala llena a rebosar, salvo por la silla de la esquina del comedor en la que siempre se sentaba ella. Según la tradición familiar en recuerdo de los parientes muertos, su asiento permanecería vacío. Y es que, según su padre, para la familia ella estaba muerta.

Normalmente era capaz de olvidar pronto su pesar, pero ese día parecía costarle más, tal vez porque durante la noche había estado dando vueltas en la cabeza a la solitaria existencia de Cynthia Adams. No tenía familia, ni salía con nadie en particular. Nadie la echaría de menos ahora que ya no estaba. Eso le recordó a Tess que, a excepción de su hermano Vito, que se había atrevido a desacatar la sentencia de su padre, ella tampoco tenía familia. Y Vito vivía muy lejos, en el sur de Filadelfia. Además, ella tampoco salía con nadie en particular, pues Phillip, el muy cabrón, era un cerdo traicionero.

Por suerte, tenía a sus amigos. Apartó la vista del espejo y miró la última foto que se habían hecho en el Lemon. Amy y Jon, Robin, a quien pertenecía el local, y Jim, que los había dejado hacía poco para realizar trabajos humanitarios en África. Se le encogió el corazón al observar su rostro; esperaba que se encontrara sano y salvo. También estaban Gen y Rhonda y todos los demás que, probablemente, debían de hallarse ya reunidos en la taberna, preguntándose dónde cono se había metido ella.

Enderezó la fotografía colgada en la pared, volvió a mirarse en el espejo y se dio un rápido retoque de Rojo Pasión en los labios. Hacía juego con la chaqueta y daba el toque final a la imagen que esperaba que atrajera unas cuantas miradas. A lo mejor salía algún hombre de debajo de las piedras. Su vida amorosa necesitaba cierta reanimación. Qué coño, lo que le hacía falta era una transfusión, o más bien un médium para resucitarla. Jon siempre se lo decía, era otro de sus clásicos sermones. Agradecía mucho los consejos de sus amigos, solo que a veces preferiría que se quedaran calladitos.

Pasó junto al ascensor y, como de costumbre, bajó a saltos los diez pisos hasta llegar al vestíbulo, donde el señor Hughes montaba guardia detrás del mostrador igual que siempre. Al verlo le pareció que todo había vuelto a la normalidad.

– Buenos días, doctora Ciccotelli.

Tess le sonrió.

– Buenos días, señor Hughes. ¿Qué tal está?

El anciano la obsequió con su risa cantarina.

– No puedo quejarme. Bueno, sí que podría pero Ethel dice que a nadie le gusta oír mis quejas. -El señor Hughes la observó con los ojos entrecerrados-. No tiene buen aspecto, doctora. ¿Se encuentra mal otra vez?

Ella se colocó bien el maletín que llevaba colgado al hombro. Ese día pesaba más de lo habitual, pues dentro guardaba el historial de Cynthia Adams.

– Es cansancio nada más.

– Riggin me ha dicho que anoche volvió tarde. Y que había estado llorando.

Riggin era el portero de noche. Le fastidiaba que hubieran estado hablando de ella. A nadie le importaba un carajo a qué hora volvía ni su estado de ánimo. Sin embargo, valía la pena perder un poco de intimidad a cambio de protección, lo sabía muy bien. En un abrir y cerrar de ojos, su enfado se disipó.

– Estoy bien, señor Hughes. ¿Puede pararme un taxi? Llego tarde.

Llegaría antes al Lemon en taxi que si cogía el coche y tenía que buscar aparcamiento.

El señor Hughes aún parecía preocupado.

– ¿Adónde va, doctora Ciccotelli? Espere, no me lo diga. Es el segundo domingo del mes, así que debe de ir a comer al Blue Lemon.

Ella frunció las cejas al atravesar la puerta que el hombre sostenía abierta.

– Pues sí que soy previsible.

– No siempre había sido así.

– Podría poner en hora el reloj con solo fijarme en usted -comentó Hughes en tono jovial mientras le hacía señas al taxi para que parara-. El segundo domingo del mes toca Blue Lemon; los lunes, hospital; los miércoles, cena con el doc… -Se interrumpió de golpe y se puso tenso. La miró a los ojos con cara de arrepentimiento-. Lo siento.

Ella se esforzó por esbozar una sonrisa.

– No se preocupe, señor Hughes.

Las cenas de los miércoles con el doctor habían pasado a la historia. De hecho el doctor en sí había pasado a la historia. Al pensar en Phillip aún se sentía herida, y eso la ponía de mal humor; sin embargo, se olvidó del dolor y del enfado en cuanto el taxi se detuvo junto al bordillo. Ninguno de los dos sentimientos le hacía bien, y tampoco servía para cambiar las cosas.

– No le hará falta ningún taxi -dijo una áspera voz tras ella. Tess se dio media vuelta y se encontró ante los mismos ojos azules de expresión fría que la noche anterior se habían mostrado tan desdeñosos. Unos ojos cuya mirada no suavizaba la luz del día.

– Detective Reagan -dijo, molesta por el hecho de que hubiera acudido allí, de que hubiera invadido su espacio como si fuera el amo del mundo, de que a plena luz del día resultara incluso más atractivo y de haber reparado en ello-. ¿En qué puedo ayudarle?

Murphy apareció al lado de Reagan. Los dos juntos formaban una barrera que le impedía ver la calle.

– Tenemos que hablar contigo de Cynthia Adams, Tess.

– Tengo aquí su historial -respondió ella en tono tranquilo, dando unos golpecitos en el maletín-. Tenía pensado avisarles hace horas, de veras. -Paseó la mirada del rostro de Reagan al semblante cautelosamente inexpresivo de Murphy y su enfado pronto se tornó temor. Estaba pasando algo grave. Con todo, consiguió mantener la voz serena-. En estos momentos tengo más bien prisa, caballeros. He quedado para comer. ¿Les parece bien que les llame en cuanto termine?

Con la mandíbula tensa, Reagan le tendió su móvil.

– Cancele la cita.

Los ojos de Tess se posaron en el rostro de Murphy, pero en su mirada no observó una pizca de confianza ni de amabilidad.

– ¿Qué ocurre, Todd?

– Necesitamos que nos acompañes, Tess -le explicó en voz baja-. Por favor.

Ella lo miró con la cabeza ladeada.

– ¿Vas a ponerme las esposas, Todd? -musitó.

Reagan abrió la boca pero, ante la severa mirada que le lanzó Murphy, la cerró de golpe.

– Tess, acabemos de una vez con esto, ¿de acuerdo? Luego todos podremos seguir haciendo nuestra vida. -Murphy la asió por el hombro y la condujo hasta su viejo y cochambroso Ford-. Por favor.

Ella entró en el vehículo, consciente de que el señor Hughes seguía plantado en la acera, boquiabierto. Sabía que la cosa llegaría a oídos de Ethel antes de que hubieran tenido tiempo de alcanzar la siguiente manzana.

– ¿Puedo llamar por teléfono? -preguntó con sequedad mientras Murphy se incorporaba a la circulación.

Él la miró a los ojos por el retrovisor.

– Llama a quien haigas de llamar, pero dime a quién.

«Será "a quien hayas de llamar"», pensó ella, pero se mordió la lengua, pues la corrección no venía al caso.

– Quiero cancelar la cita, tal como el detective Reagan me ha sugerido muy amablemente.

Reagan se volvió y clavó en ella sus ojos de mirada dura, más azules aún a plena luz del día.

– Que sea solo una llamada. -Arqueó una ceja con aire burlón-. Gracias por colaborar, doctora Ciccotelli.

Ella asió con fuerza el teléfono móvil para evitar la tentación de tirárselo a la cabeza, alterada como estaba por el arrebato de pura furia que le hacía hervir la sangre y la sacudía por dentro.

– A mandar, detective Reagan. -Trató de concentrarse mientras pulsaba con fuerza las teclas del teléfono, pero muy a su pesar no podía evitar imaginarse a sí misma golpeando el rostro de cemento armado de Reagan. La noche anterior había sentido compasión por el hombre a quien el hecho de encontrar a la última víctima de Harold Green había dejado tan afectado. Claro que eso había sido antes de que practicara con ella sus artes de policía malo. «Por mí, él y sus asuntos pueden irse al carajo.» Notó que la observaba mientras el tono de llamada empezaba a sonar.

Por suerte, Amy respondió al tercer tono.

– ¿Dónde te has metido? -le preguntó sin preámbulos-. Llegas tarde. -Tess oyó de fondo el bullicio del Blue Lemon además de la voz preocupada de Jon preguntando qué ocurría.

– No puedo reunirme con vosotros -dijo con fría formalidad-. Tengo que atender un asunto urgente.

– Tess. -Amy se interrumpió justo antes de la consabida reprimenda-. Prometimos que la comida de los domingos sería sagrada. Todos tenemos cosas urgentes que hacer.

Los ojos de Tess se cruzaron con los de Reagan en una mirada cargada de desafío.

– Tan urgentes como esta no -respondió ella-. Si puedo iré, pero no me esperéis.

– Un momento, Tess. -Jon se había puesto al teléfono-. Anoche recibí tu mensaje pero había salido y llegué a casa pasadas las tres. ¿Estás bien?

Tess lo había llamado para que la acompañara, para que fuera testigo de lo que esperaba que fuera una visita a una paciente con vida.

– Sí, estoy bien. El asunto de anoche ya está resuelto.

La misma Cynthia Adams le había puesto fin. La fría mirada de Reagan le ayudó a controlar el escalofrío que sintió al recordar el cadáver de Cynthia tendido en la acera. Ahora debía de estar en la morgue, sobre una plancha helada, con una etiqueta colgando de un dedo del pie. Por lo menos habría encontrado un poco de paz, Tess así lo esperaba.

– Escucha, Jon. Tengo que dejarte. Te llamaré más tarde, ¿de acuerdo? -Cerró el teléfono móvil-. Solo una llamada, detective, tal como me ha pedido.

Los ojos de él centellearon ante el tono sarcástico.

– Gracias.

– ¿Cuándo piensan contarme de qué va todo esto?

– Hablaremos en la comisaría, doctora. -Reagan se removió en el asiento con desprecio.

«En la comisaría.» Sonaba a mal presagio, lo cual era precisamente lo que él pretendía. Al policía malo le gustaban los juegos psicológicos. «Pues ha dado con la horma de su zapato.» Se dirigió al policía bueno.

– ¿Murphy?

Pero Murphy se limitó a mantener la vista fija hacia el frente, sin mirarla a los ojos, y por primera vez la asaltó la alarma.

– Tenemos que seguir el protocolo, Tess. Hablaremos en la comisaría.

Domingo, 12 de marzo, 13.25 horas.

Aidan escrutó a Ciccotelli a través del cristal de la sala de interrogatorios. Permanecía sentada, mirándolo fijamente, aunque él sabía que lo único que ella veía era su propia imagen reflejada. Tess había estado suficientes veces a ambos lados del cristal para saber que la observaban. Sabía qué ocurriría a continuación, pero no flaqueó. No apartó la mirada ni por un momento. Sin duda, tenía mucha sangre fría. Claro que hacía falta tenerla para hacer lo que había hecho.

Si es que lo había hecho ella. Todas las pruebas indicaban que así era.

Aunque, por otra parte, parecía muy improbable; muy poco factible. Prácticamente imposible.

Murphy estaba seguro de que no había sido ella. Pero el hombre no parecía ser muy objetivo en lo que a la doctora Tess Ciccotelli respectaba, y Aidan tenía que admitir que no se le podía culpar por ello. Al otro lado del cristal había un auténtico bombón, iba vestida de negro con unos téjanos ajustados de cintura baja y un jersey de cuello alto que se ceñía a sus curvas como un guante. Su pelo moreno lucía unos rizos rebeldes. Parecía una buscavidas moderna disfrazada de respetable doctora. Decía que había quedado para comer. «Vamos, anda. Nadie sale a comer vestido de esa manera.»

Qué coño; nadie que conociera vestía de esa manera, pero aunque se lo hubiera propuesto no habría conseguido tener ese aspecto. Apretó los dientes, enfadado consigo mismo por su reacción corporal al ver lo que Ciccotelli escondía bajo la chaqueta de cuero rojo sobre la que llevaba el clásico abrigo de color tabaco. Era sospechosa, daba igual cuan improbable resultara su culpabilidad. Y aunque no lo fuera, seguiría siendo una mujer fría y calculadora. El hecho de que fuera muy sexy no era más que una de esas ironías del destino a las que los hombres decentes tenían que enfrentarse.

Junto a él, Murphy se frotaba el rostro con las manos.

– Tiene ojeras, parece que se ha pasado la noche en blanco.

– Pues ya somos tres -le espetó Aidan sin alterarse. Se volvió hacia el fondo de la pequeña sala de observación; el teniente estaba allí apoyado en la pared con una mueca que curvaba hacia abajo el bigote salpicado de canas-. Sigues sin verlo claro.

El teniente Marc Spinnelli sacudió la cabeza.

– Hace años que conozco a Tess Ciccotelli. Es una buena persona y una buena psiquiatra. Sus diagnósticos no siempre resultan ser como nos gustaría, pero es incapaz de haber llevado a esa mujer al borde del abismo.

– Y empujarla -masculló Murphy-. Acabemos con esto de una vez.

Aidan observó a Murphy entrar en la sala de interrogatorios y tomar asiento lo más lejos posible de Ciccotelli. Ella le dirigió una breve mirada y volvió a mirar hacia el cristal. Su mirada ya no resultaba fría. Sus ojos de color marrón oscuro centelleaban de ira. Muy bien. Siempre era mejor verla furiosa que fría y serena.

– Es culpable -masculló Aidan, con la mano en el pomo de la puerta y los ojos puestos en el semblante hierático de Murphy.

– Todos lo somos -le espetó Spinnelli en tono frustrado-. Todos los policías de la ciudad lo son. Hay pocos que no sepan quién es Harold Green, pero la mayoría no conoce a Tess. Entra y haz tu trabajo, Aidan. Murphy también lo hará.

– ¿Y si no?

Spinnelli resopló.

– Entonces intervendré yo.

Ante la amenaza, Aidan entró en la sala de interrogatorios. Ella lo siguió con la mirada, entornada y… peligrosa.

– Aquí me tiene, detective Reagan, tal como quería. Lleva un cuarto de hora observándome. ¿Cuándo piensa decirme qué coño está pasando?

Él se sentó junto a ella, a un extremo de la mesa.

– Hábleme de Cynthia Adams.

Ella lo miró perpleja y exhaló un suspiro, era evidente que se esforzaba por recobrar el control. Y, poco a poco, lo consiguió mientras Aidan presenciaba la escena totalmente fascinado.

– Cynthia Adams era una mujer difícil -respondió al fin, mirando a Aidan fijamente y sin prestarle atención a Murphy-. Aunque si han estado en su casa ya deben de saberlo.

– ¿Y usted? -preguntó Aidan-. ¿Ha estado en su casa?

– No. No he pasado nunca de la puerta.

La mujer era capaz de mentir sin pestañear. Con el rabillo del ojo, Aidan vio que a Murphy le temblaba la mandíbula de tanto como apretaba los dientes. Aidan sintió lástima por él, y también por Spinnelli. Era obvio que a ambos les importaba Ciccotelli. Sabía que la cosa les resultaría difícil. «Bueno, pues lo haré yo», se dijo.

– Eso quiere decir que sí que ha estado allí, ¿no, doctora? -la presionó-. Ha estado en la puerta. Ella lo miró con recelo.

– Fui una vez. No acudió a la visita y estaba preocupada. La llamé por teléfono, pero todo el rato saltaba el contestador así que mi colega, el doctor Ernst, y yo fuimos a ver qué ocurría.

Llevaba cinco años trabajando con el doctor Harrison Ernst. El hombre, que estaba a punto de jubilarse, era muy respetado. Aidan lo sabía porque había estado buscando información sobre Ciccotelli antes de detenerla para interrogarla.

– ¿Suele hacerlo? ¿Suele llamar por teléfono a sus pacientes?

– No, normalmente no. Cynthia era un caso especial.

– ¿Por qué?

Ella ladeó ligeramente la boca y entrelazó las manos con fuerza sobre su regazo. Su expresión resultaba indescifrable.

– Me preocupaba.

– ¿Cuándo fue? A su casa -le aclaró, y la observó apretar la mandíbula con gesto de autocontrol. Eso de que primero formulara la pregunta y luego aclarara a qué se refería la sacaba de quicio. Bien.

– Hace más o menos tres semanas.

– ¿Le devolvió ella la llamada?

– Al final, sí.

– ¿Y?

– Concertamos otra visita. -Ahora era ella quien ponía a prueba su paciencia, y lo hacía muy bien. Respondía estrictamente a lo que le preguntaba sin añadir absolutamente nada más.

– ¿Acudió? A la siguiente visita.

– No. -Tess dejó de protegerse. La mirada de profunda tristeza que asomó a sus ojos durante una fracción de segundo obligó a Aidan a replantearse las cosas. Si era inocente, lo cierto era que la chica le preocupaba. Si era culpable, lo estaba haciendo muy bien-. No acudió a la visita -dijo-. Volví a telefonearla y le dejé otro mensaje en el contestador, pero esa vez no me devolvió la llamada. No volví a hablar con ella.

Aidan se sacó el cuaderno del bolsillo.

– ¿Por qué iba la señorita Adams a su consulta, doctora?

La mirada de preocupación volvió a asomar a sus ojos.

– Tenía una depresión.

– ¿Por qué?

Ciccotelli cerró los ojos.

– Si ella estuviera viva no podría contarle nada de todo esto. Lo entiende, ¿no? Es información confidencial.

– Pero no está viva -dijo Aidan en tono almibarado-. Está en la mesa de autopsias, destripada por obra suya.

Ella abrió los ojos como platos y en ellos Aidan observó una gran indignación que enseguida ocultó.

– Empecé a tratar a Cynthia hace un año. Había consultado a varios médicos, tal vez a una docena, antes de acudir a mí.

Aidan pensó en todos los medicamentos que habían encontrado en el botiquín de su casa. Tantos doctores, y aun así Cynthia Adams estaba muerta.

– Pues la ayudó tanto que se ha suicidado -soltó él con acritud. Ella lo miró echando chispas por los ojos, pero se calmó al ver que Murphy dirigía a su compañero una mirada de advertencia.

Tess extrajo de su maletín una carpeta y la depositó en la mesa, entre ambos.

– Cynthia tenía una grave depresión causada por los abusos que sufrió de niña. Su padre estuvo abusando sexualmente de ella desde los diez años hasta que abandonó el hogar a los diecisiete. -Lo miró fijamente-. Supongo que en su piso han encontrado pruebas de… su extravagante conducta sexual, detective.

– Hemos encontrado esposas y látigos, sí. Y también algunas fotos.

Ella siguió sin apartar la mirada.

– Cynthia se odiaba a sí misma, y también odiaba a su padre por haber abusado de ella. A veces las víctimas de abusos acaban volcándose en aquello que más odian, permiten que eso acabe marcando su conducta. Las víctimas de abusos sexuales a veces desarrollan una adicción al sexo. Ese fue el caso de Cynthia. Tenía relaciones con tantos hombres como podía en una sola noche y al día siguiente se despreciaba por ello. Se proponía cambiar, pero las cosas iban cada vez peor.

– Así que estaba en tratamiento por su adicción al sexo -dedujo Aidan, pero ella negó con la cabeza.

– No. Estaba en tratamiento por la depresión. Conocí a Cynthia hace casi un año. Estaba ingresada en un hospital, recuperándose de un intento de suicidio. Había tratado de cortarse las venas, tal como lo haría una persona que de verdad deseara morir. En sus muñecas podrán observar unas cicatrices muy profundas, si es que no las han visto ya.

Aidan se acordó de los cortes irregulares en las muñecas de Adams, curiosamente una de las únicas marcas que permitió su identificación tras la caída.

– ¿Por qué había tratado de suicidarse hace un año, doctora?

– Ya se lo he dicho. Se detestaba.

– Pero eso era así desde hacía tiempo. ¿Qué ocurrió para que decidiera cortarse las venas justo entonces?

– Sufrió otro trauma.

Aidan estaba empezando a perder la paciencia.

– ¿Cuál?

– Su hermana se ahorcó y Cynthia encontró el cadáver.

Él logró disimular la repentina curiosidad que lo invadía.

– ¿Por qué se ahorcó? La hermana.

– Era más joven que Cynthia. Cuando ella se marchó de casa, el padre empezó a abusar de la hermana, y esta al hacerse mayor no pudo soportarlo y se ahorcó. Cynthia se sentía muy culpable por haber dejado a su hermana sola con su padre. El hecho de que ella se suicidara fue lo que la llevó al borde del abismo.

– ¿Cómo se llamaba la hermana de Cynthia, doctora?

Ella abrió la carpeta y hojeó el contenido. La mayor parte eran papeles impresos, pero en unos cuantos se observaba una caligrafía pulcra y regular. Extrajo una de las hojas manuscritas y le echó un vistazo. Del revés, Aidan vio que la fecha del encabezamiento correspondía a abril del año anterior.

– Su nombre era Melanie. Se suicidó… -Tess se interrumpió; tenía los ojos muy abiertos, fijos en el papel-. Hoy hace justo un año. Santo Dios. Tendría que haberlo previsto. -Aidan vio el movimiento de su garganta al esforzarse por tragar saliva y por un momento estuvo a punto de dar la razón a Murphy.

Murphy se frotó la boca con el dorso de la mano.

– En su casa encontramos medicamentos. Muchos. Ella alzó los ojos y posó en él la mirada, franca y desprovista por completo de ira o agresividad.

– Yo le receté Xanax.

– La forense encontró fenciclidina en el análisis de tóxicos, Tess.

Ciccotelli, desconcertada, sacudió enérgicamente la cabeza con los ojos entrecerrados.

– ¿Tomaba fenciclidina? No sabía que consumiera ninguna sustancia ilegal.

– Solo tomaba los fármacos que usted le recetaba -dijo Aidan en tono excesivamente amable.

Ella se volvió de golpe a mirarlo; dos manchas de rubor afluyeron a sus pómulos.

– ¿Qué coño está insinuando?

Aidan no respondió. En vez de eso, empezó a disponer sobre la mesa las fotografías que habían encontrado en casa de Adams la noche anterior.

Y la escrutó hasta que su rostro hubo perdido por completo el color.

– Santo Dios -musitó ella; las manos le temblaban al tomar una a una las fotografías y observarlas horrorizada. Cuando llegó a la última, aquella en la que Melanie aparecía colgada de la soga, muerta, sus labios, cuyo tono carmín desentonaba con la repentina palidez de su rostro, dejaron escapar un grito ahogado-. ¿De dónde las han sacado? -preguntó con voz entrecortada.

Murphy clavó sus ojos en los de Aidan; con la mirada le estaba diciendo claramente: «Te lo advertí». Puso el dedo en la esquina de la fotografía de la soga.

– Ésta la encontré anoche junto a la puerta del balcón. Algunas de su hermana en el ataúd le llegaron por correo, pero sin remitente.

Tess estaba concentrada en las fotografías y seguía hablando en tono quedo y angustiado.

– ¿Quién habrá sido capaz de hacer una cosa así?

Aidan arqueó una ceja. De nuevo pensó que si Tess era inocente, la chica le importaba de veras. Si era culpable, era la mejor impostora que había conocido jamás. Y puesto que Murphy estaba convencido de lo primero, a él le tocaba plantearse lo segundo.

– Otras le llegaron por correo electrónico. ¿Sabe qué dirección tenía Cynthia Adams, doctora?

Ella se volvió a mirarlo despacio, ahora sus ojos oscuros denotaban recelo.

– La tengo por ahí apuntada. Es una de las preguntas del nuevo cuestionario que pido a mis pacientes que rellenen. -Se volvió de nuevo hacia Murphy-. ¿A qué viene esa pregunta?

Murphy frunció los labios.

– Pon la cinta.

Aidan se ausentó de la habitación el tiempo necesario para recuperar el magnetofón que había dejado fuera, en el suelo. Lo situó al lado de Ciccotelli y esperó a que ella lo mirara a los ojos antes de pulsar el play.

– Cynthia. -Era una quejumbrosa voz infantil, extrañamente inquietante. Ciccotelli se estremeció mientras seguía escuchando el mensaje-. No regresaste. Me prometiste que no me dejarías sola. Mira el e-mail, Cynthia.

Aidan detuvo la cinta y separó una de las fotografías del ataúd de las del montón que había sobre la mesa.

– Esta foto estaba en su e-mail. Le llegó como un archivo adjunto. Ayer por la noche el suelo del piso de Cynthia estaba cubierto de flores iguales a la que el cadáver tiene entre las manos.

– Alguien la obligó a revivir la muerte de Melanie -dijo Ciccotelli despacio, y cerró los ojos-. Por efecto de la fenciclidina debió de creer que era cierto, que lo que oía era un fantasma. ¿Quién habrá sido capaz de hacer una cosa así? -repitió.

«¿Cómo que quién?» Aidan puso de nuevo la cinta, dispuesto a observar todos y cada uno de los matices de su semblante. No tuvo que esperar mucho. Ante las primeras palabras abrió los ojos como platos. Estaba… verdaderamente afectada. El horror hacía que sus ojos aparecieran vidriosos mientras escuchaba.

– Cynthia, soy la doctora Ciccotelli. Te echo de menos. Melanie también te echaba de menos. Hoy hace justo un año; es su aniversario, Cynthia. Melanie te ha traído unos cuantos regalos. ¿No crees que ya es hora de darle lo que pide? ¿No te parece que ha llegado el momento de cumplir tu palabra? Cumple tu palabra, Cynthia.

Aidan detuvo la cinta y la sala de interrogatorios quedó de pronto sumida en el silencio. Tess no dijo nada, se limitó a permanecer sentada mirando el magnetofón como si fuera una cobra a punto de atacarle. El dispuso dos fotografías más en la mesa, frente a ella, la de la soga y la de la pistola.

– Estos eran los regalos que Melanie tenía para Cynthia -dijo en tono inexpresivo.

La observó bajar la vista a las fotografías.

Y empezó a creer que verdaderamente Murphy tenía razón. Su absoluta estupefacción resultaba realmente convincente. Sin embargo la mujer conocía la mente humana y debía de saber muy bien cómo fingir en una situación como aquella, ¿no era así?

– Tess -empezó Murphy con voz ronca-, en las grabaciones de la cámara de seguridad del vestíbulo del edificio donde vivía Cynthia aparece una mujer morena con un abrigo de color tabaco que sube al ascensor con una bolsa enorme. -Vaciló un momento antes de añadir el resto-. Encontramos huellas en las cajas que contenían la soga y la pistola. Y también en el bote de Xanax.

Poco a poco ella levantó la mirada hasta posarla en el rostro de Murphy.

– ¿De quién son? -Pero la mirada de espanto que asomó a sus ojos indicaba que había adivinado la respuesta. Murphy tragó saliva.

– Tuyas, Tess. Son tus huellas las que aparecen en el medicamento, la soga y la pistola. Coinciden con las que extrajimos de la tarjeta que me diste.

Ella se recostó en el asiento despacio. Luego miró a Aidan con la misma serenidad que este había observado en ella la noche anterior, al volverse tras ver el cuerpo deshecho de Adams tendido en la calle.

– Creo que ha llegado el momento de llamar a mi abogado, detective. El interrogatorio ha terminado.

Capítulo 3

Domingo, 12 de marzo, 14.43 horas.

Era sencillamente increíble. Sin embargo, era cierto. «Y me está ocurriendo a mí.»

Cynthia estaba muerta. «Y yo estoy en el lado equivocado del cristal, y por primera vez en toda mi vida necesito un abogado que me defienda.» No tenía más que una opción, solo había un abogado en quien Tess confiara lo bastante como para avisarlo. Su mejor amiga, Amy, se dedicaba al derecho civil, pero Tess sabía que de vez en cuando realizaba trabajos voluntarios en el tribunal penal. ¿Dónde coño se habría metido? El Blue Lemon se encontraba a menos de veinte minutos de la comisaría de policía, sin embargo Tess estaba convencida de que llevaba allí sola el doble de tiempo. Aguardaba mientras iban pasando los minutos. Aun así hizo caso omiso de la necesidad imperiosa de mirar el reloj y mantuvo la mirada fija hacia el frente.

La estaban observando desde el otro lado del cristal; estaba tan segura de eso como de que el rostro que veía reflejado en el espejo era el suyo propio. Todd Murphy y el gilipollas arrogante que ahora tenía por compañero, con su cara de cemento armado y sus ojos azules de mirada fría. Ella no rompió el contacto visual, no apartó la mirada. «Deja que ese hijo de puta te observe, que se estruje los sesos.»

Pensaban que había sido ella quien había impulsado a Cynthia Adams a quitarse la vida; de verdad lo pensaban. La idea la dejó hecha polvo y a la vez furiosa.

Murphy también lo creía así. El corazón se le encogió mientras sus ojos permanecían fijos en su propio reflejo y, por ende, en los policías que se encontraban tras el cristal. Seguro que Reagan esperaba que diera rienda suelta a la agresividad ante semejante prueba. Pero ¿y Todd Murphy? Con solo pensar que la creía capaz de hacer una cosa así se sentía… herida.

Eran amigos. Una falta de confianza semejante… sería irreparable. Lo sabía por propia experiencia. La confianza era un bien escaso, solo los idiotas la depositaban en alguien a ciegas. Y solo los más idiotas aún trataban de restituirla cuando se desmoronaba. Pero Tess Ciccotelli no tenía un pelo de idiota.

«Además, aún no me he desmoronado.» Miró hacia el cristal con los ojos entrecerrados mientras se imaginaba a Reagan de pie al otro lado, con los brazos cruzados sobre sus anchos pectorales. La estaría mirando con el entrecejo fruncido. Había sabido sacar partido a su estatura, inclinando el cuerpo hacia ella y escrutándola mientras ponía en marcha aquel puto magnetofón. Tess había supuesto que trataría de intimidarla, y así había sido, aunque no lo había logrado.

No obstante, sí que había conseguido desconcertarla; era capaz de admitirlo sin problemas. Eso de oír su propia voz diciendo cosas tan soeces, de saber que habían encontrado sus huellas en instrumentos que habían servido para torturar mentalmente a Cynthia… En el fondo, seguía sin poder creerlo. Pero la oleada de rabia superó el desconcierto y le devolvió el sentido común.

Todo aquello era obra de alguien, de la persona que había perpetrado nada más y nada menos que el asesinato de Cynthia Adams. «Y quienquiera que haya sido me ha tendido una trampa.»

Y lo había hecho con suma destreza, eso también era capaz de admitirlo. Ella no había entrado nunca en casa de Cynthia y no había tocado sus pertenencias. Tampoco había llegado nunca a tocar sus botes de medicamentos, ni le había enviado regalos que la abocaran a un final semejante. Sin embargo, habían encontrado sus huellas, así como un mensaje con su voz.

Reagan iba muy en serio. Creía que era ella quien había hecho una cosa tan terrible y vil. No había llegado a acusarla verbalmente, pero sus ojos decían todo lo que no había expresado con palabras.

Y, al hacerlo, había actuado en defensa de Cynthia Adams.

El quedo suspiro de Tess resultó atronador en la silenciosa sala. Aidan Reagan había salido en defensa de Cynthia Adams a pesar de haber visto su cuerpo sin vida tendido en la calle. «¿Qué clase de doctora es?», la había increpado. La ira que había mostrado la noche anterior escondía angustia. Se preocupaba por Cynthia, y en cambio creía que ella no lo hacía. Era un buen hombre, había dicho Murphy. Y un buen policía.

Tess esperaba de veras que así fuera. Esperaba que fuera la clase de policía que sabía ver más allá de lo que parecía una obviedad incuestionable, que fuera capaz de superar sus propias ideas preconcebidas acerca del tipo de doctora que era.

La ira de Tess se había aplacado lo suficiente para permitirle concentrarse. Dejó de mirar el espejo y se fijó en las fotografías que Reagan había dispuesto convenientemente en la mesa. Era probable que esperara que ella se derrumbara bajo el peso de su propia culpa y que confesara lo que había hecho.

«Pues lo siento, detective. Hoy no va a ser así.» Tess tomó la fotografía que Murphy había encontrado en el suelo del piso de Cynthia, la última que la chica había recibido en el momento más oportuno. Por supuesto, Cynthia le había contado lo del suicidio de su hermana. Habían hablado de ello muchas veces. Melanie había amenazado con suicidarse, pero Cynthia no acababa de creerse que lo llevara a cabo. Sin embargo, ese día hacía justamente un año que Cynthia había ido al piso de Melanie para recogerlas; iban a cenar y a celebrar su cumpleaños, y al entrar la había encontrado muerta. Se había colgado de una soga y tenía una nota prendida en la blusa blanca. Tess se acercó la fotografía y la inclinó un poco para evitar que las luces del techo se reflejaran en el brillante papel.

Ah, allí estaba la nota prendida en la blusa de Melanie. Eso quería decir que habían tomado la fotografía antes de que la policía descolgara el cadáver, dedujo Tess. Pero ¿quién había sido? ¿La misma policía? No parecía una de esas fotos. ¿La propia Cynthia? Era poco probable. En el informe ponía que cuando la policía llegó al escenario la encontraron en plena crisis nerviosa. ¿La propia Melanie, a modo de escarnio póstumo? Podría ser, sobre todo teniendo en cuenta que había insistido mucho en la hora a la que Cynthia debía presentarse en su casa aquella noche. Parecía haber planeado que su hermana la encontrara en aquel estado, así que no sería de extrañar que hubiera preparado una cámara para que esta disparara una fotografía momentos después de su muerte.

Pero ¿quién se habría apoderado de aquella foto? ¿Quién podía saber tantas cosas acerca del pasado de Cynthia? La chica había sido muy clara al decirle que quería absoluta confidencialidad, pues le preocupaba que la noticia de su obsesión por el sexo se filtrara y acabara costándole su puesto de trabajo en una asesoría financiera de prestigio. Cynthia no habría compartido aquella información por voluntad propia.

¿Quién podía desear que Cynthia muriera? ¿Y por qué? No obstante, la pregunta que más la obsesionaba seguía rondándole por la mente.

– ¿Por qué me utilizan? -musitó.

Tess exhaló un suspiro y cedió a las ganas de mirar el reloj. Llevaba esperando sola sesenta y tres minutos. Mierda. ¿Dónde se había metido Amy?

Aidan se encontraba al otro lado del cristal, observándola. Tras un primer momento de estupor, Tess había recobrado la compostura y no había vuelto a perderla.

La puerta que había detrás de él se abrió y volvió a cerrarse. Aidan notó un suave aroma a canela y un penetrante olor a tabaco. Pobre Murphy. Se había pasado los cuatro meses que llevaban trabajando juntos masticando chicle de canela para dejar de fumar y ahora parecía que la presión de las últimas horas había echado por tierra su esfuerzo.

– Joder, Murphy, ¿te has fumado todo el paquete?

– La mitad. -Murphy carraspeó fuerte-. ¿Cómo está?

– Parece haberlo asimilado bastante bien.

Llevaba prácticamente una hora mirando al espejo con un aire entre impasible y retador. Él podría haberla dejado marchar; en realidad, debería haberlo hecho y lo sabía. No tenían suficientes pruebas para retenerla, eso estaba más que claro. Sin embargo se limitó a permanecer allí, petrificado.

La observaba mientras ella lo observaba a él.

La chica lo atraía, tenía que reconocerlo. No creía que hubiera un hombre vivo capaz de mirar aquel rostro y aquel cuerpo y no sentirse atraído, y Aidan estaba lleno de vida. Con todo, su reacción se debía a algo más que a su aspecto exterior. Su forma de esperar denotaba sobria dignidad.

«Es psiquiatra», se dijo. Estaba acostumbrada a ocultar sus emociones, a guardar silencio durante largo rato. Igual que los policías. Tenía algo en común con la doctora Tess Ciccotelli, y eso no le hacía ninguna gracia.

Al otro lado del cristal observó un repentino movimiento: Tess suspiró y por un brevísimo instante sus hombros se hundieron. Bajó la vista a las fotografías que él había dispuesto sobre la mesa y tranquilamente dejó a un lado las que correspondían al cadáver empalado de Cynthia Adams tomadas por la policía. Luego se acercó la foto del ahorcamiento de la hermana de Cynthia para examinarla mejor, y al hacerlo sus cejas morenas se unieron en el centro.

– ¿Por qué me utilizan? -murmuró en tono tan quedo que Aidan apenas pudo oírla.

– Es una buena pregunta -musitó él a modo de respuesta.

– Sabes que no ha sido ella -dijo Murphy en voz baja.

Aidan se mordió la parte interior de la mejilla.

– De momento no sé nada de nada, Murphy. Y tú tampoco. De todos modos, te agradeceré que me permitas llegar a mis propias conclusiones. Podrías haber hecho uso de tu autoridad y dejar que se fuera. -Probablemente Aidan así lo habría hecho de haber sido él el experimentado y Murphy el novato-. ¿Por qué no la has dejado marchar?

Murphy exhaló un suspiro.

– Tal vez porque no estaba del todo seguro, a pesar de la cara que ha puesto cuando le has hecho escuchar la cinta. Está enfadada con los dos pero yo la he defraudado y no será fácil que me perdone. ¿Qué le pasa a su abogada? ¿Es que viene de otro planeta?

– Calculaba que habría llegado hace media hora. Se llama Amy Miller. -Murphy dio un respingo apenas perceptible-. ¿La conoces?

– La vi en una ocasión -se limitó a responder Murphy-. No he trabajado nunca con ella.

Aidan volvió a prestar atención a Ciccotelli, concentrada en examinar una a una las fotos. Había dejado las fotografías en la sala expresamente por si eso la hacía derrumbarse, pero ya se imaginaba que no sería así.

– Tengo que admitir que no tiene pinta de asesina, Murphy. Pero también es posible que su cara de horror se debiera a que la hemos descubierto.

– ¿Eso crees?

– No. Me parece que es demasiado lista para eso. De hecho, es demasiado lista para ser culpable, pero las pruebas indican otra cosa y no podemos pasarlas por alto. ¿Qué diría el fiscal del estado?

Murphy se había ausentado con la excusa de ir a avisar a Patrick Hurst, el fiscal del estado, aunque Aidan sospechaba que la verdadera razón era que necesitaba librarse de la despiadada mirada de Tess Ciccotelli. Y fumarse medio paquete de tabaco.

– Se ha quedado hecho polvo. -Murphy soltó una risa amarga-. Patrick también la conoce y no puede creer lo que está ocurriendo. Dice que quiere que le demos razones más convincentes; de hecho, quiere más pruebas del homicidio.

Aidan frunció el entrecejo.

– Hay una mujer muerta. ¿Desde cuándo eso no es un homicidio?

La puerta que había detrás de ellos se abrió y notaron una brisa y el embriagador aroma de un perfume caro antes de ver a una treintañera con un traje chaqueta azul marino de aspecto profesional. Llevaba el pelo rubio pulcramente recogido en un moño y en sus orejas brillaban unos pequeños diamantes. La mirada de sus ojos verdes era dura y el gesto de su boca, serio, lo que en conjunto le confería un aspecto adusto.

– Puesto que nadie la empujó, no hay homicidio que valga -espetó-. Soy Amy Miller, la abogada de la doctora Ciccotelli, y voy a llevármela de aquí ahora mismo. -Entonces se detuvo ante Murphy y lo miró con extrañeza.

– Me parece que ya nos conocemos.

Murphy hizo un gesto de asentimiento.

– Soy el detective Murphy. Este es mi compañero, el detective Reagan. Coincidimos en el hospital el año pasado, señorita Miller.

Ella entrecerró los ojos tratando de recordar y enseguida los abrió de golpe.

– Estaba sentado junto a su cama. -Sacudió la cabeza con gesto de incredulidad-. Usted conoce a Tess. ¿Cómo puede creer que tiene algo que ver en todo esto? Debería darle vergüenza. No entiendo por qué no se dedican a descubrir quién impulsó a esa mujer a arrojarse por el balcón, porque les aseguro que no fue Tess Ciccotelli. Ahora si me disculpan, me gustaría hablar con mi cliente. -Posó la mirada en el interruptor de la pared-. En privado.

Murphy desconectó el micrófono.

– ¿Por qué no se me habrá ocurrido antes? -murmuró con aire sarcástico-. Lo único que tenemos que hacer es encontrar al auténtico asesino. Joder.

Aidan observó a Miller sentarse a un extremo de la mesa y vio que Ciccotelli daba golpecitos en su reloj de pulsera; sus ojos oscuros echaban chispas. Luego se volvió hacia Murphy; quería que su compañero le explicara qué hacía él en el hospital, en la habitación de Ciccotelli, pero este se limitó a sacudir la cabeza con desaliento.

– Ahora no. Me voy a casa a dormir un rato. Mañana iremos a ver qué hay en la caja de seguridad y haremos algunas indagaciones para averiguar quién podía desear la muerte de Cynthia Adams.

Aidan se quedó un momento más observando a Ciccotelli y a su abogada. Miller estaba hablando, formulaba preguntas, pero Ciccotelli se limitaba a mirar el espejo. Miller se volvió hacia atrás y se colocó de modo que Aidan no pudiera ver nada. Era lógico que una abogada defendiera a su cliente. Eso no le extrañaba, pero sí el que aparentemente Murphy tuviera con Tess una relación mucho más estrecha de lo que estaba dispuesto a admitir. Aidan se preguntó si estarían liados. Nunca había oído una palabra acerca de la vida amorosa de Murphy; que él supiera, no salía, ni había salido, con ninguna chica.

Sí, era posible que estuvieran liados. La idea le afectó. A pesar de su apariencia relajada, Murphy se preocupaba mucho por la gente, por las víctimas a quienes representaba. «Del agua mansa líbreme Dios», solía decir la madre de Aidan. Era posible que algunas mujeres encontraran aquella mansedumbre… atractiva.

Aidan apretó los dientes mientras observaba a Ciccotelli recoger las fotos y hacer con ellas un pulcro montón. Trató de imaginarse cómo encajarían todas aquellas curvas en las manos de un hombre, en las de su compañero. La idea no le gustó nada.

La observó recoger sus cosas y salir de la sala, acompañada por su abogada. A ella no pareció sorprenderle encontrarlo todavía allí fuera. Eso tampoco le gustó.

– Detective -dijo con tanta serenidad como la noche anterior-, sé que estuvo en el juicio de Green y también sé lo que piensa de mí. En estos momentos, intentar convencerlo de que está equivocado no serviría de nada.

La templanza de su voz hizo que se le erizara el vello del pescuezo. Él sostuvo la mirada y asintió.

– Debo reconocer que tiene razón, doctora Ciccotelli. No serviría de nada. Tenemos que tener en cuenta las pruebas que hemos encontrado; tenemos que hacerlo por Cynthia Adams.

– Vámonos, Tess. -La abogada la tomó del brazo.

– No, Amy, espera. -Apartó la vista un momento y luego volvió a mirarlo con ojos penetrantes y… tristes. Eso le afectó, pero solo un poco-. Detective Reagan, alguien quería que Cynthia muriera y no soy yo. Por favor. -Luego, hizo una cosa inesperada. Aferró su brazo y lo sacudió. Aidan notó que su corazón se disparaba y de pronto tuvo la sensación de que en la sala faltaba aire. Pero no podía apartar la vista de los oscuros ojos de ella-. Descubra quién lo hizo -susurró con vehemencia-. Me han utilizado para hacer daño a una paciente mía. Cynthia murió convencida de que había perdido la razón y de que yo la había dejado en la estacada. Sé lo que piensa de mí, pero ayer se preocupó por ella. Por favor, consiga que el culpable pague por lo que hizo.

Luego retiró la mano y salió; y él se quedó mirando cómo se marchaba, pensativo.

Domingo, 12 de marzo, 15.30 horas.

«Un minuto más.» El timbre del ascensor sonó y antes de que las puertas se abrieran del todo, Tess se coló entre ambas y salió al vestíbulo de la comisaría de policía con la respiración agitada. Amy la seguía sin tantas prisas. Verse encerrada en un claustrofóbico ascensor era lo que le faltaba en un día de mierda como aquel. Tess dirigió la vista hacia las puertas acristaladas que daban a la calle. «Un minuto más.» Un minuto más y estaría fuera de la comisaría, y…

Y seguiría encontrándose en una situación insólita. Tess apartó la mano que Amy le ofrecía y embutió las manos en los bolsillos de su abrigo sin dejar de caminar.

– ¿Me estás diciendo que me has tenido una hora entera esperando en esa sala porque querías pasar por casa para cambiarte de ropa? -le gritó enfadada.

Amy arqueó una ceja y se las arregló para mostrarse al mismo tiempo digna y ofendida.

– Me ha parecido más apropiado acudir vestida como una profesional que como una putilla.

Tess se abotonó el abrigo con movimientos bruscos.

– Yo no parezco ninguna putilla -soltó entre dientes, y al ver que Amy esbozaba una sonrisa ladeada comprendió que su amiga había conseguido lo que pretendía. Durante unos segundos había dejado de pensar en aquella sala inhóspita con el cristal de efecto espejo y en la mirada acusatoria de Aidan Reagan. Y en que Cynthia Adams yacía en la morgue. Incluso se había olvidado de que sus huellas habían aparecido en un lugar en el que no había estado nunca. Soltó un suspiro de exasperación-. Lo que pasa es que te da rabia que viera la chaqueta roja antes que tú.

Amy soltó una risita.

– Tienes razón. ¿Es de Macy’s?

– De Marshall Fields. Tenía un sesenta por ciento de descuento.

La expresión de Amy se tornó cautelosa.

– ¿Me la prestarás?

– Claro, ¿por qué no? Te la cambio por tu jersey negro.

Tess pasó frente al mostrador de la entrada e hizo caso omiso de la franca mirada de curiosidad del oficial. Había llegado acompañada por dos serios detectives y se marchaba con una conocida abogada defensora. Joder. No hacía falta ser un genio para atar cabos. Antes de que finalizara el turno la noticia habría llegado a oídos de todos los policías del distrito, y sabía que ninguno derramaría una sola lágrima. Al contrario, felicitarían a Reagan y a Murphy por darle a aquella medicucha su merecido.

Amy la tomó suavemente por el hombro y la empujó hacia la puerta principal.

– ¿Mi nuevo jersey de cachemir? -preguntó, pero el tono jovial de su voz sonaba forzado y Tess se dio cuenta de que solo le seguía la corriente por si alguien las estaba escuchando-. Tú tienes las tetas más grandes y me lo ensancharías.

El hecho de notar que su mejor amiga se esforzaba por mostrarse alegre solo sirvió para que Tess se abatiera más. La situación era muy seria. Cuando todo se supiera su reputación como psiquiatra se vería afectada, y eso perjudicaría a su trabajo y a sus pacientes. De que acabaría sabiéndose, no le cabía la menor duda. No existía un solo policía de la zona a quien el hecho de ver que su práctica profesional se iba a pique no le hiciera dar saltos de alegría. Después de lo de Harold Green se habían encargado de que no le renovaran el contrato que tenía con el fiscal del estado. Si llegaban a acusarla y a juzgarla, sería la guinda del pastel.

– No seas egoísta, Amy -dijo Tess en tono irónico-. Tu jersey, aparte de ser calentito, hará conjunto con las rayas negras del traje de presidiaria. Gracias a Dios, por lo menos estilizan.

– Cállate, Tess -masculló Amy-. Ahora te parece difícil, pero conseguiremos que todo salga bien, ya lo verás. Lo primero que tienes que hacer es comer; porque hoy no has comido, ¿verdad?

– No. -Murphy se había ofrecido a llevarle un sándwich mientras esperaba a Amy pero ella lo había rehusado. Tenía el estómago demasiado revuelto para comer algo, y, de todos modos, no habría aceptado ayuda de Todd Murphy. No lo haría nunca más.

– Bueno, iremos a mi casa y te prepararé un poco de sopa.

Al pensar en la sopa de Amy volvió a revolvérsele el estómago.

– No, gracias. Llévame a casa, estoy bien.

Amy se mordió el labio.

– Tess, si no comes, volverás a caer enferma.

Tess notó que se le alteraba la sangre y se refrenó. Amy lo decía por su bien, siempre hacía las cosas por su bien.

– Comeré, te lo prometo, pero deja el tema ya.

– ¿Doctora? ¿Doctora Ciccotelli?

Tess se detuvo, no porque quisiera hablar con la mujer que la había llamado por su nombre, sino porque esta se plantó en medio de la puerta acristalada y le impidió el paso. Era joven, de unos veinticinco años. Tenía aspecto de aplicada con sus grandes ojos grises y las pequeñas gafas. Una larga trenza rubia le colgaba por el hombro y un pequeño hoyuelo dividía su mentón. Por su acento se deducía que era del sur y por su mirada, que era periodista. «Ya estamos», pensó Tess, y se preguntó cuál de los policías de la comisaría había dejado de lado su aversión por los periodistas y le había echado aquella piraña.

– Me llamo Joanna Carmichael. Me encargo de escribir sobre el caso de Adams en el Bulletin. Usted estuvo ayer en el escenario de su muerte, llegó justo después de medianoche. ¿Coincide con la policía en que el suicidio de la señorita Adams fue provocado?

El brazo de Amy se interpuso entre la periodista y Tess.

– No haremos ningún comentario -gruñó su amiga-. Haga el favor de apartarse, ahora mismo.

Tess observó pensativa los ojos de la joven y tomó una decisión al instante. Joanna Carmichael no sabía que la habían interrogado; de haberlo sabido, habría formulado la pregunta de otro modo. No veía nada malo en contar con una portavoz para cuando todo saliera a la luz.

– Déme una tarjeta -le pidió-. Si tengo algo que explicar, la llamaré.

Carmichael hurgó en su bolsillo y sacó una tarjeta.

– Gracias.

Una vez en la calle, Tess respiró hondo el aire fresco. El gris del cielo era casi igual al de los ojos de la periodista. Al pensar en ellos le vinieron a la mente los de Aidan Reagan, de un azul intenso y mirada acusatoria.

Era libre. En ningún momento, mientras había permanecido en la sala de interrogatorios, se había permitido pensar que podría no serlo. Había encauzado sus emociones transformándolas en la fría furia que la había ayudado a resistir durante el tiempo que había estado allí sabiendo que Reagan la observaba desde el otro lado del cristal. Era mejor sentir ira que miedo. Sin embargo, ahora que se encontraba al aire libre el pánico la atenazó e hizo que un escalofrío recorriera su rígida espalda.

La pesadilla no había terminado aún. Ni mucho menos.

– Necesito irme a casa -musitó. «Tengo trabajo.»

Capítulo 4

Domingo, 12 de marzo, 18.30 horas.

Aidan se refugió de la fría tarde lluviosa entrando en el cálido lavadero de casa de sus padres. Sintió un escalofrío a la vez que le llegaba el aroma de algún plato delicioso. Olía al estofado que su madre hacía los domingos para cenar y… volvió a olfatear con gusto. A pastel.

«Ojalá sea de cerezas», pensó mientras se despojaba del abrigo empapado. Tomó de una cesta una toalla deslucida y se secó enérgicamente la cabeza antes de entrar en la cocina, donde su madre se encontraba enfrente del fregadero cargando el lavavajillas. A juzgar por la pila de platos la casa debía de estar llena de gente, pensó Aidan con melancolía; le gustaría haber estado allí. Hacía mucho tiempo que no se reunía la familia al completo un domingo por la tarde. Todos andaban muy ocupados.

Becca Reagan levantó la cabeza, y, por algún motivo, la sonrisa que iluminó su mirada despertó en Aidan una profunda emoción. La imagen de Cynthia Adams muerta sobre la acera acudió a su mente junto con la voz de Ciccotelli. «No tiene parientes cercanos», había dicho. No tenía una madre que le sonriera al llegar a casa. Solo la acompañaba el monstruoso recuerdo de un padre que abusaba de ella. En lo siguiente que pensó fue en el infanticidio en el que estaba trabajando antes de recibir la llamada sobre el caso de Adams. Un niño de seis años había sido asesinado por su propio padre. Después de que Ciccotelli y su abogada se marcharan, Aidan había ido a ver a la madre del chico. La mujer sabía dónde se escondía el animal del padre pero, a diferencia de lo que había hecho con su hijo, lo protegía.

Si se esforzaba por comprenderlo, tenía la impresión de que se volvería loco, así que centró su atención en la cálida acogida que le dispensaba la voz de su madre.

– ¡Aidan! Me preguntaba cuándo te dejarías caer por aquí.

Aidan la besó en la mejilla.

– Hola, mamá. ¿Ha quedado algo de comida?

Ella lo miró de arriba abajo, escrutándolo con detalle. A Aidan aquel gesto le resultaba familiar; lo miraba del mismo modo que solía hacer con su padre todos los días cuando este regresaba a casa tras haberse pasado la jornada patrullando por la calle. Después de toda una vida al servicio del Departamento de Policía de Chicago, ahora Kyle Reagan disfrutaba de su jubilación. La mujer se secó las manos y acarició la mejilla de Aidan, mirándolo con ojos comprensivos. No haría preguntas a menos que él le diera pie. Era una de las cosas que más apreciaba de ella; una de las cosas que no había encontrado en ninguna otra mujer, y sabía Dios que lo había intentado. Suponía que ese era el motivo por el que a sus treinta y tres años seguía soltero.

– En la nevera hay un plato con las sobras. El pastel aún se está enfriando. -Arqueó una ceja-. Llegas a punto, como siempre.

Él consiguió esbozar una sonrisa cansina.

– Estupendo.

– Estás chorreando, chico. Vas a pillar una pulmonía.

Aidan abrió el frigorífico.

– Es que está lloviendo, mamá, y por la capota del Camaro ha empezado a entrar agua cuando ya estaba de camino hacia casa.

Ella exhaló un suspiro.

– No servirá de nada que insista en que te compres un coche en condiciones.

Él se limitó a sonreír y se sentó ante la gran mesa de la cocina.

– El Camaro tiene doscientos noventa caballos.

La mujer, habituada a su respuesta, alzó los ojos en señal de exasperación.

– Tu padre tiene un poco de cinta de sellado por el garaje. Primero cena y luego ve a arreglar tu tartana.

– Ya lo he hecho -dijo él con la boca llena-. Por el camino he parado en una tienda y he comprado un rollo de cinta. -Cuando hubo dejado el plato limpio, su madre lo retiró y le sirvió otro con un gran pedazo de pastel.

– Sean, Ruth y los niños ya se han marchado, pero Abe y Kristen aún están aquí -explicó ella-. Tu padre le está enseñando a la niña a unir puntos para formar figuras.

Hablaba de Kara, la sobrina de quince meses de Aidan. Su ahijada. Se alegró al pensar en la felicidad que por fin su hermano Abe había encontrado.

– Ya. El todoterreno de Abe está aparcado en medio del camino de entrada, he tenido que dejar mi coche en la calle. ¿Dónde está Rachel? -Su hermana de dieciséis años estaba creciendo demasiado deprisa para su gusto.

– Está en casa de una amiga. Llegará sobre las nueve. Me parece que tiene problemas con algún chico, pero no me ha contado nada. -La mujer arqueó una ceja-. Puedes intentar hablar con ella.

Aidan soltó un gruñido.

– ¿De chicos? No, gracias. Si yo fuera papá la encerraría en su habitación hasta que cumpliera veinticinco años, así nadie tendría que preocuparse por todos esos chicos.

– Tú también fuiste uno de «esos chicos».

– Precisamente por eso.

Ella dio un sorbo de café y se puso seria.

– La semana pasada me encontré a la madre de Shelley en la esteticista.

Aidan apretó la mandíbula. Shelley St. John era un tema prohibido.

– Mamá, hoy no estoy de humor para hablar de eso.

Becca asintió.

– Ya lo sé. Pero no quiero que lo sepas por otra persona sin estar prevenido. Va a casarse.

En otro tiempo eso le habría afectado. Ahora solo sentía repugnancia.

– Ya lo sé.

Su madre abrió los ojos de golpe.

– ¿Ya lo sabes? ¿Y cómo es eso?

– Me envió una invitación. -Un último y estudiado golpe para añadir a la larga lista. Shelley era muy ducha en la traición y el apuñalamiento por la espalda-. Déjalo correr, por favor.

Becca exhaló un suspiro.

– Cómete el pastel antes de que tu hermano vea que te he cortado un pedazo.

– Demasiado tarde -gruñó Abe desde la puerta-. Joder, Aidan, te lo estás comiendo todo.

– Oveja que bala, bocado que pierde -repuso Aidan con prontitud.

Renegando, su hermano cogió un plato y se sentó a la mesa.

– ¿Qué te ha ocurrido? Estás empapado.

Becca colocó la cafetera entre ambos.

– Está lloviendo, Abe -dijo, y Aidan esbozó una sonrisa lastimera.

Pero Abe no sonrió.

– No has dormido, ¿verdad? ¿Sigues trabajando en el caso del pequeño Morris?

Aidan negó con la cabeza.

– Ayer Murphy y yo nos pasamos toda la tarde tratando de localizar al cabrón embustero del padre, pero ha desaparecido. Justo después de medianoche nos llegó un nuevo caso que nos ha tenido ocupados todo el día.

Abe frunció el entrecejo.

– El único caso que se conoce desde ayer por la noche es un suicidio.

Aidan fijó la vista en el pastel.

– En realidad no fue un suicidio.

– ¿Cómo que en realidad no fue un suicidio? -quiso saber Becca-. Suena igual que decir que se está un poco embarazada.

– ¿Quién está embarazada? -Kristen, la cuñada de Aidan, entró en la cocina con un bebé de rizos pelirrojos en brazos. Miró la porción de pastel que quedaba y luego a Abe-: ¡Eh!

– Pregúntale a mamá -dijo él encogiéndose de hombros y extendiendo los brazos para coger al bebé.

– ¿Quién está embarazada? -repitió Kristen, sentándose junto a ellos.

Abe sentó a Kara en sus rodillas y le hizo el caballito.

– Nadie. Aidan tuvo un caso de suicidio anoche.

Kristen hizo una mueca.

– Una noche dura. -Su cuñada sabía mucho acerca de esos casos. Era abogada y trabajaba para el fiscal del estado, de modo que veía cadáveres a diario.

Aidan exhaló un suspiro.

– No sabes de la misa la mitad. La mujer estaba en tratamiento con una psiquiatra que… -Se interrumpió al ver que Abe y Kristen cruzaban una mirada.

– Tess Ciccotelli -dijo Kristen con desánimo-. Así que tú eres quien la ha detenido para interrogarla esta tarde. Joder, Aidan.

Aidan miró sucesivamente a Kristen y a Abe. Kristen parecía furiosa y Abe estaba absolutamente concentrado en arreglar el lazo que adornaba el rizado pelo de Kara. Se había quedado solo ante el peligro.

– ¿Cómo lo has sabido?

– Esta tarde me ha llamado mi jefe para explicarme cuatro cosas sobre el caso y pedirme que me ocupe de él. Me ha encargado que hable con los policías que la han detenido para interrogarla. Yo le he dicho que no podía hacerlo porque Tess y yo llevamos años trabajando juntas. Somos amigas.

– Pues menuda amiga. -Aidan, molesto, clavó el tenedor en el pastel. Aquella mujer tenía más aliados que la OTAN-. ¿Acaso no había nadie más en la sala cuando declaró que Harold Green no era responsable del asesinato de tres niñas y un policía?

Kristen guardó silencio un momento.

– Ella no dijo que no fuera responsable, Aidan.

– Tú no estuviste presente, Kristen -le espetó Aidan en tono de advertencia-. Yo sí.

– No, no estuve en el juicio. Pero hablé con ella antes y después. Acudió a mí, Aidan, porque lo que tenía que hacer la angustiaba. Sabía que la reacción sería violenta. Nunca habría declarado que Green estaba incapacitado para someterse al juicio si no lo creyera de veras. Ella no es así. Esta tarde has pasado con ella muchas horas, seguro que te has dado cuenta.

Aidan se removió en la silla, incómodo porque aún no sabía cómo tomarse lo que había visto y oído.

– Es psiquiatra, Kristen. Sabe mostrarse ante la gente tal como le interesa que la vean.

Kristen apartó el plato de un empujón.

– Es psiquiatra, no bruja. Estás perdiendo el tiempo, Aidan. Descubre quién quería que esa chica muriera y quién odia a Tess lo bastante para meterla en medio. -Se puso en pie con la respiración agitada-. Descubrirás que la lista es muchísimo más larga de lo que piensas.

Aidan se pasó la mano por la cansada cabeza.

– Kristen, por favor.

– ¿Por favor, qué, Aidan? ¿Me pides que haga la vista gorda mientras tú te recreas en tus puñeteros prejuicios? Pues me parece que no voy a hacerlo. ¿Sabes que Tess Ciccotelli perdió el contrato con la fiscalía porque el sindicato de policías presentó una queja?

Aidan pensó en el Mercedes que Tess conducía la noche anterior.

– No, pero me parece que no le faltan ingresos.

Kristen entornó los ojos peligrosamente.

– Muy bien, ¿y sabes que estuvo a punto de morir porque un policía no actuó con suficiente rapidez para defenderla de un chiflado a quien tenía que examinar?

Aidan se estremeció.

– No, no lo sabía.

– Pues pregúntale a Murphy. Él te contará lo que ocurrió. Tess Ciccotelli ya ha pagado bastante por cumplir con su deber. No pienso quedarme cruzada de brazos mientras se la acusa. No puede haber sido ella, coño, y tú lo sabes tan bien como yo.

Becca ahogó un grito y Aidan miró a Kristen perplejo al oír el taco tan insólito en su cuñada. Aidan cubrió con las manos los oídos de Kara.

– Has dicho «coño», Kristen -observó Aidan despacio-. Delante de la niña.

Kristen frunció los labios visiblemente temblorosos. Tenía las mejillas encendidas.

– Lo siento, Abe, pero no siento haber dicho ninguna de las otras cosas. Habla con Murphy, Aidan. Después, haz una lista de todos los criminales a quienes hemos metido entre rejas gracias a Tess. A ver si luego eres capaz de mirarme a los ojos y decirme que no hay nadie que le desee tanto mal como para tenderle una trampa así.

– Tranquilízate, Kristen -musitó Abe-. Aidan llegará al fondo de la cuestión. -Suspiró y siguió haciéndole el caballito a la niña-. Vas a ocuparte personalmente del caso, ¿no?

Kristen negó con la cabeza.

– No, no puedo ser objetiva. Todo junto me parece una gran injusticia. Patrick sí que cree poder ser objetivo, así que a partir de ahora se ocupará él. -Dirigió a Aidan una severa mirada-. A menos que durante la investigación se descargue a Tess de toda responsabilidad.

Aidan también la miró a los ojos. Que supiera, su cuñada no se equivocaba nunca con respecto a alguien a quien defendía con tanta vehemencia. Ella más que nadie se aferraba a la inocencia de Ciccotelli.

– Hoy antes de salir de la comisaría he pedido al personal del archivo una lista de todos los delincuentes contra los que ha declarado. Supongo que la tendré mañana por la mañana.

Ella respiró hondo.

– Gracias.

– Le preguntaré a Murphy por ese… chiflado que trató de herirla.

– Y que lo consiguió -repuso ella en tono quedo-. Averigua más cosas sobre Tess, Aidan. Descubrirás que te equivocas con ella.

– Eso espero, Kristen. De todos modos, tengo que hacer mi trabajo.

Ella arqueó una ceja.

– Cuento con ello.

Domingo, 12 de marzo, 20.30 horas.

Ahora Ciccotelli estaba en su casa, sana y salva. A través de la ventana se la veía claramente. Gracias a los prismáticos, por supuesto. Qué herramienta tan importante. No había que salir nunca de casa sin ellos. Los cuchillos y las pistolas llamaban la atención, pero nadie se fijaba en alguien que andaba por la calle con unos prismáticos colgados del cuello, y, de todos modos, si alguien preguntaba, siempre podía decir que le fascinaban los pájaros.

Venga ya. Cómo le fastidiaban esas criaturas de mala muerte que piaban sin cesar. Salvo las aves rapaces que observaban en silencio desde las alturas y que se lanzaban en picado sobre las desprevenidas víctimas, con las garras a punto de rasgar la carne como si fuera papel. Las aves rapaces eran criaturas dignas de ser admiradas. E imitadas.

Su desprevenida víctima estaba sentada ante la mesa del comedor, trabajando con su portátil. Llevaba tapones en las orejas y de vez en cuando levantaba la cabeza para mirar por la ventana que ponía Chicago a sus pies. Resultaba verdaderamente curioso que las personas que gozaban de una ventana situada a cierta altura no cayeran en la cuenta de que, igual que ellas veían el exterior, desde fuera se veía el interior. De hecho, resultaba igual de fácil. Y en esos momentos incluso aburrido.

No estaba en la cárcel, lo cual por muy decepcionante que resultara era de esperar. Aún había bastantes personas con una opinión de Tess Ciccotelli lo bastante buena para defenderla ante unos cargos que parecían absurdos. ¿Qué motivo tendría para hacer una cosa así?, preguntarían. Una respetable psiquiatra, merecedora de muchas menciones… Una risa rompió el silencio. Al día siguiente a esas horas la policía habría dado con el motivo, y el grupo de sus leales defensores pronto empezaría a menguar.

Pero, por si acaso, tenía que haber más víctimas. Y las habría.

Tenía memorizado el número de Nicole, con solo pulsar una tecla el teléfono empezó a sonar; y, como era una chica muy diligente, respondió a la primera llamada.

– ¿Diga? -Su voz sonaba ronca.

– ¿Qué coño has hecho con la voz? -Lo normal era que una actriz cuidara su voz, pero parecía que Nicole había estado llorando. Era una debilucha. Tendría que vigilarla de cerca. Tal vez hiciera falta otra visita a su hermano pequeño para asegurarse de que continuara cumpliendo-. Más vale que estés preparada para otra interpretación.

Nicole se aclaró la garganta.

– No es nada, estoy bien.

– Mejor para ti. He invertido mucho tiempo y mucho dinero en tu voz, Nicole. Por favor, no olvides que la salud de tu hermano depende de ti y solo de ti.

– ¿Qué quiere? -preguntó Nicole, y sus palabras sonaron como si las pronunciara entre dientes.

– Que estés en la esquina de Michigan Avenue con la calle Ocho a las once en punto. Ponte la peluca.

Hubo un instante de silencio y luego volvió a oírse la voz de Nicole, asustada y sin apenas fuerza.

– Me dijo que no tendría que volver a hacer nada hasta dentro de unos días.

– He cambiado de idea. A las once, Nicole. -«Tú y yo vamos a hacer una visita, al señor Avery Winslow.» El rostro de Winslow, con su triste y abatido aspecto de basset, aparecía en la primera fotografía del montón. La siguiente foto mostraba el rostro del pequeño Avery. Pobre señor Winslow, qué forma tan horrible de perder a su hijito. Era perfectamente comprensible que el padre se sintiera culpable, y era normal que hubiera buscado la ayuda de un psiquiatra. Lo imperdonable era que su psiquiatra fuera Tess Ciccotelli.

Lo de Avery Winslow llevaba tres semanas cociéndose. En su piso estaba todo preparado. Había llegado el momento de pasar al segundo acto.

Pobre señor Winslow. Lo cierto era que no se trataba de nada personal. No tenía nada contra él. Pero Ciccotelli… era harina de otro costal. Lo suyo sí que era personal.

Muy pronto estaría muerta. Pero antes aún tenía que sufrir lo suyo.

Domingo, 12 de marzo, 23.30 horas.

«Demasiado tarde, demasiado tarde. Llego demasiado tarde.» La frase se repetía en la mente de Tess una y otra vez mientras se abría paso entre la multitud. No podía ver nada entre tantos hombres; todos eran altísimos y morenos. Y todos estaban muy enfadados.

«Están enfadados conmigo.» Consiguió pasar delante del primer hombre y se detuvo en seco. A sus pies yacía Cynthia Adams. Muerta. «Demasiado tarde.» Uno de los hombres se agachó, metió la mano en el destripado cadáver de Cynthia y le arrancó el corazón; lo sostenía en la mano, y seguía latiendo.

– Cógelo -le ordenó. Los ojos azules del hombre brillaban en la oscuridad de la noche.

– No, no. -Ella retrocedió. El corazón aún palpitaba. La sangre chorreaba entre los dedos del hombre y caía sobre el pálido rostro de Cynthia. Y mientras la sangre iba salpicando su rostro, los ojos de Cynthia se abrieron de golpe y la miraron. Una mirada apagada y vacía.

Tess se dio media vuelta con un grito contenido en la garganta. Pero se quedó petrificada. La policía. «Vienen a por mí.» Los hombres uniformados llegaban hasta donde su mirada podía alcanzar. Ojos acusadores. «Corre. Despiértate. Mierda, despiértate y corre.»

– Tess. Mierda, Tess, despierta.

Oyó un grito; era muy agudo y denotaba terror. Se percató de que procedía de su propia boca. Tess levantó la cabeza de la mesa del comedor y abrió los ojos de golpe; aún lo veía todo borroso. Pestañeó varias veces y sus ojos enfocaron la imagen de un rostro. Le resultaba familiar. Ojos castaños; cabello bermejo, muy corto. Unos dedos le retiraron los tapones de los oídos. Unas manos fuertes agarraron su rostro. Su tacto era real, cálido.

«Jon.» Jon estaba allí. Estaba a salvo. No se la llevarían. Ese día no.

Seguía teniendo el pulso desbocado, pero volvía a respirar.

– Dios, Jon.

Jon Carter sostenía su rostro entre sus manos de cirujano; sus hábiles dedos le rodeaban el cráneo mientras con el pulgar le acariciaba las mejillas, aguardando a que se recobrara. Tess asintió con gesto trémulo y se recostó en la silla. Él tomó otra silla y se sentó a horcajadas mientras la observaba con detenimiento.

– Estoy bien. He tenido una pesadilla, eso es todo.

– Ya. -Él bajó los dedos hasta su carótida y los mantuvo allí mientras le tomaba el pulso.

– Te he dicho que estoy bien. -Se retiró el pelo del rostro-. Solo ha sido una pesadilla.

– Gritabas tan fuerte que te he oído desde el rellano. Mierda, Tess, me has dado un susto de muerte. Menos mal que tenía la llave, si no habría tenido que avisar a la policía. -Se estremeció-. Parecía que te estuvieran arrancando las entrañas.

Ella dio un respingo al recordar vívidamente el corazón del sueño.

– No tiene gracia, Jon.

– No pretendía hacer ningún chiste. -Sus cejas rojizas se unieron en un ceño de preocupación y desconcierto-. Menudo sueño. ¿Qué ha pasado?

Tess se puso en pie, y le fastidió notar que las rodillas se le doblaban como si fueran de goma.

– ¿Cómo es que has venido?

– Estaba preocupado por ti. Has avisado a Amy de que no ibas a venir a comer y no me has llamado para decirme que estabas bien. He estado llamándote toda la tarde pero no contestabas, así que me he acercado hasta aquí al terminar el turno.

– He desconectado el teléfono para poder dormir.

– No estabas durmiendo -observó él.

Lo había intentado, varias veces, pero el maldito sueño la despertaba una y otra vez. Aunque no había gritado ninguna vez más, que supiera.

– Ahora sí.

– Ya. En la mesa, con la cara encima del teclado del ordenador. Pues me parece que a esos chismes electrónicos no les van muy bien las babas. ¿Qué está pasando, Tess?

Él la siguió con la mirada mientras ella probaba a dar un paso en dirección a la cocina y luego otro.

– ¿No te lo ha contado Amy?

– No. Solo me ha dicho que tenías un problemilla y se ha marchado para recogerte, acompañarte a casa, ayudarte a meterte en la cama y arroparte bien. Pero me parece que la cosa es un poco más grave.

– Vaya con el secreto profesional. Así que Amy sabe ser discreta. Bueno es saberlo. -Tess llegó hasta el frigorífico y se apoyó en la puerta, aún temblorosa-. Voy a servirme un vaso de vino. ¿Quieres otro?

Él la había seguido y ahora estaba apoyado en la puerta de la cocina con el entrecejo fruncido.

– No. ¿De qué secreto profesional hablas? Amy me ha dicho que se te había estropeado el coche.

– Pues lo ha dicho para no contarte que he solicitado sus servicios. -Tess dio con el sacacorchos y se alegró de tener algo entre las manos para no temblar tanto-. Soy sospechosa.

Jon frunció el entrecejo aún más.

– ¿Cómo? ¿De un crimen?

Tess soltó una risa nerviosa mientras extraía el tapón de corcho de la botella.

– Y menudo crimen. Sírvelo tú, ¿quieres? Todavía me tiemblan las manos. -Él le sirvió un vaso y Tess lo vació de tres ruidosos tragos-. Más.

Jon obedeció en silencio y ella se llevó el vaso al comedor y volvió a sentarse cómodamente en la silla.

– Anoche se suicidó una paciente mía.

– ¿Tiene que ver con la llamada que recibiste? ¿Por eso me pediste que te acompañara?

Ella sacudió la mano.

– Sí, pero habría acabado pasando de todos modos, así que no tengas remordimientos. Siéntate, cariño. Voy a contarte una cosa.

Él se sentó y ella se lo contó todo, desde la mirada acusadora de los ojos de Reagan hasta el encuentro con la joven periodista al salir de la comisaría.

Jon permaneció unos momentos sin decir absolutamente nada.

– Menuda locura -soltó al fin.

Tess se echó a reír.

– Supongo que es una palabra tan apropiada como cualquier otra. -Empujó su vaso hasta que chocó con la botella que él había depositado en la mesa-. Más, por favor.

Él le sirvió el que ya era el cuarto vaso.

– ¿Te han acusado?

– Aún no. Estaría bien que te quedaras en la ciudad. Tal vez te necesite para que testifiques en mi favor.

Él frunció el entrecejo.

– No le encuentro la gracia, Tess.

Ella ladeó la cabeza.

– No tenía intención de hacerme la graciosa. Tengo problemas serios. -Señaló las cintas magnetofónicas apiladas junto a su radiocasete-. Y en ninguna cinta he encontrado nada que me dé una pista. Cynthia no mencionó a nadie en concreto en ninguna de las sesiones, y eso que hay grabadas cinco horas. Lo he transcrito todo palabra por palabra.

Jon respiró hondo, pensativo.

– ¿Y ahora qué?

Tess se encogió de hombros.

– Lo primero es terminarme el vino. Luego tengo que dormir, en condiciones. Espero que tanto vino me deje grogui y no vuelva a tener ese puñetero sueño. Mañana le llevaré las transcripciones a Reagan. Después, si durante la noche no ha dado con nada que le sirva para arrestarme, iré al hospital y pasaré consulta. -Volvió a encogerse de hombros-. A partir de ahí, todo son conjeturas.

– ¿Estás segura de que es eso lo que quieres hacer?

Ella esbozó una sonrisa ladeada y empezó a dar golpecitos con una uña en la botella casi vacía; había bebido lo bastante para sentirse contentilla.

– Ya lo he hecho. Llevo cuatro vasos.

– Tess -Jon le dirigió una mirada de advertencia-, me refiero a si te parece sensato darle al detective esa información. Puede que fuera uno de los que te fastidió el contrato.

– Es posible. De hecho, es probable. Aun así, Murphy y él son mi única oportunidad de que todo esto se resuelva, por ahora. Si ellos la cagan, hablaré con su jefe. A Spinnelli sigo cayéndole bien. De momento será mejor que colabore con los detectives. -Apoyó la cabeza en el respaldo de la silla y cerró los ojos-. Jon, a Cynthia Adams la mataron; está tan claro como si la hubieran empujado literalmente por el balcón. Si tengo oportunidad de ayudar a Reagan a descubrir quién ha sido, todo esto se terminará y yo podré retomar mi vida. -Se esforzó por ponerse en pie, y esa vez agradeció que él la ayudara-. Ahora necesito dormir. -Se apoyó en el hombro de Jon y regresó al dormitorio.

Ella soltó una risita cuando él la empujó para meterla en la cama y le quitó los calcetines. Tess se apoyó sobre los codos y le sonrió. Jon era muy atractivo, y había oído más de un rumor sobre lo hábil que era con las manos al margen de la cirugía. Pero ellos no eran más que amigos, entre ambos no había nada de química. Después de Amy, Jon era el mejor amigo de Tess; además, estaba comprometido y era hombre de una sola relación. Aun así, no pudo resistir la tentación de provocarlo.

– Hace mucho tiempo que no me acuesto con un hombre, Jon. ¿Seguro que no quieres quedarte?

Él le sonrió.

– Es una proposición tentadora, Tess. Pero ¿qué diría Robin?

Ella cerró los ojos.

– No tiene de qué preocuparse, estás a salvo de mis terribles garras. -Soltó otra risita. Se sentía lo bastante reconfortada y relajada para encontrarse a gusto-. Dile a Robin que no te he puesto un dedo encima. -Se acurrucó en la almohada, y exhaló un suspiro cuando él le retiró el pelo de la cara. Empezaba a adormilarse-. Otra vez me toca dormir sola.

Jon vaciló.

– Tess.

Ella abrió un ojo. La expresión de él le transmitió a Tess pesadumbre y a la vez hizo que, inesperadamente, una profunda nostalgia invadiera su corazón. Era el vino, se dijo. «Porque lo de ese hijo de puta lo tengo superadísimo.» Hacía más de un año que no se acostaba con Phillip Parks, y no lo echaba de menos. Por lo que a ella respectaba, podía irse al carajo. Sin embargo, sí que echaba de menos… estar con alguien, suponía. Se removió un poco y aquel pensamiento se esfumó. Al día siguiente tendría tiempo de sobras para reflexionar sobre su vida. «Sobre todo si Reagan consigue detenerme.»

– Estoy bien, Jon. Ve a casa con Robin. Cierra la puerta con llave y no dejes que Bella salga. -Como si hubiera oído su nombre, la gatita parda de Tess se subió a la cama de un salto, se enroscó junto a ella en la almohada y empezó a emitir un fuerte ronroneo.

– Llámame mañana, Tess.

El sueño la estaba venciendo. Por fin. Menos mal.

– De acuerdo.

Capítulo 5

Lunes, 13 de marzo, 7.40 horas.

«Daniel Morris, seis años y dos meses de edad. Causa de la muerte: asfixia. En los pulmones se han encontrado restos de fibra correspondientes a una almohada de espuma.»

«Mierda.»

Aidan soltó el informe del forense sobre su mesa de trabajo y se tragó la bilis que se le había subido a la garganta. El cabrón del padre había ahogado a su hijo con una almohada, luego le había roto el cuello y lo había tirado por la escalera para ocultar el crimen. Aidan apretó los dientes. Encima, la madre del pequeño le había seguido la corriente, y eso aún empeoraba las cosas. Cerró los ojos y tomó aire por la nariz. «Cálmate. No conseguirás hacerle justicia al niño si pierdes los nervios.» Oía la voz de Murphy en su cabeza, firme y tranquilizadora, igual que cuando ambos, codo con codo, habían presenciado cómo el forense cerraba la cremallera de la bolsa que contenía el pequeño cadáver el viernes por la noche.

«Caray.» Tragó saliva y frunció los labios; detestaba notar que se le humedecían los ojos. «Piensa en otra cosa, en cualquier otra cosa.» Pensó en Cynthia Adams y en Tess Ciccotelli. Había cumplido la promesa que le había hecho a Kristen y se había centrado solo en Adams, en descubrir quién deseaba su muerte. Se había presentado en la asesoría financiera en la que trabajaba la chica para averiguar por dónde solía dejarse caer en su tiempo libre. Se estremeció al reparar en lo inapropiada que resultaba la expresión.

Decidió seguir la pista de los lirios. Seguro que en la tienda recordarían quién había comprado tantas flores, y…

– ¿Detective?

La voz que irrumpió sin previo aviso hizo que se levantara de un salto. Al alzar la mirada vio a Tess Ciccotelli de pie junto a su mesa con cara de preocupación. El pulso, que había empezado a recuperar su ritmo normal, volvió a acelerársele de golpe y por unos instantes todo cuanto pudo oír fue el bombeo de su propia sangre. El martilleo persistía mientras miraba a la chica de arriba abajo.

Ese día iba vestida como una profesional y llevaba un abrigo de color tabaco en el brazo. Había sustituido los vaqueros ajustados y la chaqueta roja de piel por un entallado traje pantalón gris marengo que le confería un aspecto más formal. Ya no lucía los rizos rebeldes; se había alisado el pelo y lo llevaba recogido en la nuca, aunque había dejado unos cuantos mechones sueltos para suavizar sus facciones. El maquillaje era más discreto, nada de pintalabios carmín. La única nota de color la proporcionaba una bufanda de seda roja anudada al cuello con holgura. En lugar de las botas de tacón de aguja lucía unos prácticos mocasines planos muy brillantes. Parecía una modelo de portada vestida de Empresaria del Año; de no haber visto el aspecto tan extremado del día anterior no creería posible tal transformación.

La cuestión era que llevara o no indumentaria formal, fuera o no una lagarta calculadora, resultara o no sospechosa… al mirarla se le hacía la boca agua, lo que la convertía en una mujer peligrosa, de las que se miran pero no se tocan, daba igual quiénes fueran sus devotos. Aidan volvió a levantar la vista hasta cruzarla con la de ella.

– Doctora Ciccotelli, no he oído el timbre del ascensor.

Ella había soportado el escrutinio sin pronunciar palabra.

– Es que he subido por la escalera. Detective Reagan, siento molestarle tan temprano -dijo en tono suave-. Esta mañana tengo que pasar consulta y antes quería dejarle esto. No iba a subir, pero el oficial de guardia me ha dicho que estaba en el despacho y me ha hecho pasar.

Alzó un hombro y con expresión irónica añadió:

– Supongo que no ha oído las noticias.

Aidan señaló la silla que había junto a su mesa.

– ¿Le apetece un café?

– ¿De su cafetera? -La chica esbozó una sonrisa ladeada y Aidan se sintió atraído por ella a la vez que trataba con todas sus fuerzas de evitarlo-. Seguro que quiere envenenarme. No, gracias, detective. -Volvió a ponerse seria y sacó de su maletín un sobre de papel manila-. Me quedé hasta tarde transcribiendo las cinco últimas visitas que hice a Cynthia Adams. He pensado que podrían servir para… arrojar un poco de luz mientras investigan su muerte.

No era eso lo que esperaba que dijera, pero de todos modos tomó el sobre y vació su contenido en la mesa. Había un montón de hojas mecanografiadas y cinco cintas magnetofónicas.

– ¿Graba las visitas?

– No todas, solo las de algunos pacientes, y siempre con su permiso.

– Así que Cynthia Adams le dio permiso para grabarla.

– Al principio, no. Cuando empezó a acudir a la consulta negaba los aspectos más desviados de su conducta. Me contó lo de las citas.

– Lo de los amantes.

– Lo de las relaciones de una sola noche -lo corrigió-. Pero en la siguiente visita lo negó todo. Por eso la convencí de que me permitiera grabar la conversación, para que luego pudiera oír lo que me había contado. -Su expresión se tornó sombría-. Se quedó… destrozada. Pero al menos nos sirvió para tratar el verdadero problema.

Aquella mujer no era para nada tal como esperaba. Supuso que Kristen no se hubiera sorprendido, ni tampoco Murphy, ni Spinnelli.

– Se refiere a la depresión.

– Sí. Tenía que controlarla porque influía en el resto de su conducta.

– Como en el intento de suicidio de hace un año.

– Y en su parafilia… su adicción al sexo -aclaró-. Para Cynthia era una compulsión, posiblemente se tratara de una forma de controlar a los hombres y a su propio cuerpo al mismo tiempo.

– Porque su padre había abusado de ella.

– Sí. Casi nunca invitaba a su casa dos veces al mismo hombre, por mucho que él insistiera.

Aidan tomó el montón de papeles y empezó a hojearlos.

– ¿Quién insistió?

– Unos cuantos. He subrayado los nombres de los que sé que lo hicieron, pero Cynthia no me facilitó los apellidos, y creo que la mitad de las veces se inventaba los nombres.

– Entonces, ¿cómo sabe que el resto era verdad?

Ciccotelli exhaló un suspiro, parecía cansada.

– Uno de los medicamentos que tomaba puede causar hepatotoxicidad, así que tenía que hacerse análisis de sangre con frecuencia. El hígado no estaba afectado, pero le encontraron gonorrea, la había contraído una de esas noches. Quién sabe a cuántos hombres contagió. Por ley, me vi obligada a denunciarlo al Departamento de Sanidad. Hablé con una tal señorita Tuttle, ella se ocupó del caso de Cynthia. Acordamos que le contaría a mi paciente lo de la enfermedad de transmisión sexual y también que había dado parte de ello. -Respiró hondo-. Cynthia se enfadó muchísimo conmigo por haber vulnerado su privacidad. Me aseguró a grito pelado que eso le costaría el puesto de trabajo. Fue la penúltima vez que la vi. Me juró que no volvería.

– Pero la visitó una vez más, o sea que sí que volvió.

– Sí. Se había despertado junto a un hombre y no recordaba haber estado flirteando con él.

– Es decir que no controlaba qué había pasado.

– Exacto. Se asustó tanto que fue a verme. Le cambié la medicación y le dije que volviera a visitarse al cabo de una semana, pero no apareció por la consulta.

– Por eso fue a su casa.

– Sí, pero no estaba, o no me contestó. -Entrecerró un poco los ojos-. Es normal que encontraran mis huellas dactilares en el timbre, es posible que las hubiera incluso en el marco de la puerta de entrada, pero ni siquiera llegué a tocar la manilla esa noche, detective. Le pedí a un colega que me acompañara por si había algún problema.

Era lo mismo que había dicho el día anterior durante el interrogatorio.

– ¿Suele hacerlo? Lo de pedirle a alguien que la acompañe.

– Sí, siempre. O voy acompañada o no voy. -Cerró los ojos-. El sábado pasado fue una excepción, ninguna de las personas a quienes suelo avisar estaba disponible.

Aidan sacó su cuaderno.

– ¿A quién avisó el sábado, doctora?

Ella abrió los ojos.

– Primero llamé a Harrison Ernst, mi compañero de trabajo, pero no lo encontré en casa. Luego probé con Jonathan Carter, pero tampoco estaba. Es cirujano, trabaja en el County. No querrá hablar con ustedes. Es un buen amigo y está bastante molesto por todo lo ocurrido.

Aidan anotó el nombre y trató de no pensar en los celos que lo atenazaban. Así que había estado liada con Murphy y ahora salía con el tal Carter. Bueno, daba igual.

– Cuénteme lo de la llamada que recibió el sábado.

– Llegué a casa a las doce y seis minutos. Anoche miré los números de teléfono grabados en el contestador, pero la llamada aparecía con identidad oculta. Puede comprobarlo si quiere. Por el sonido, parecía hecha desde un móvil, se oía ruido de fondo. La voz era de mujer, joven.

– ¿De qué edad?

– No era una adolescente pero tampoco de mediana edad, al menos no me lo pareció. No me dijo cómo se llamaba, solo dijo que era vecina de Cynthia Adams y me aconsejó que fuera a su casa porque la chica estaba de pie en la barandilla del balcón y amenazaba con arrojarse al vacío.

Aidan arrugó la frente mientras lo anotaba.

– ¿Dijo que Adams amenazaba con arrojarse al vacío?

– Sí, creo que esas fueron sus palabras exactas. ¿Por qué?

– Porque hay testigos que dicen que no habló con nadie. Se limitó a acercarse a la barandilla, volverse de espaldas y dejarse caer.

El rostro de Ciccotelli se tensó de forma apenas perceptible. Si Aidan no hubiera estado pendiente de su gesto, no lo habría notado. El sábado no le había prestado suficiente atención. Estaba demasiado enfadado por varios motivos y dio por hecho que su fría expresión traslucía sus sentimientos. No tendría que haberse dejado engañar por las apariencias; normalmente no lo hacía, mierda. Pero existían pruebas.

– ¿Cómo cree que fueron a parar sus huellas dactilares a casa de Adams, doctora?

Ella sacudió la cabeza, despacio.

– No lo sé. Me he estrujado los sesos tratando de encontrar una explicación. -Miró su reloj-. Tengo que marcharme, detective. Aquí tiene mi tarjeta, he anotado el móvil detrás, pero no lo llevo nunca encima mientras paso consulta. Si necesita hablar conmigo, mi secretaria sabrá cómo localizarme. -Se puso en pie y se arregló la bufanda. Vaciló un instante y luego volvió a fijar la mirada en él-. No tenía intención de husmear en su mesa, detective, pero he visto el informe forense que estaba leyendo cuando he entrado, el del niño.

Aidan entrecerró los ojos. Notó afluir la sangre a sus mejillas.

– No era asunto suyo, doctora. Y sigue sin serlo.

– Ya lo sé. Solo quiero decirle que… lo siento. En su trabajo le toca ver de todo, y supongo que a veces se pone de mal humor aunque no quiera.

Lo estaba absolviendo. Qué ironía.

– A usted también le toca ver de todo.

La sonrisa de ella denotaba tristeza y menosprecio por sí misma.

– No es lo mismo, yo no trato a niños pequeños. Cuando empecé a ejercer intenté trabajar con niños maltratados y no fui capaz. -Ladeó la cabeza sin apartar la mirada-. Le sorprende.

A Aidan no le hacía ninguna gracia ser tan transparente.

– Un poco, sí.

– No confía en los psiquiatras.

– Usted hace su trabajo, doctora, y yo el mío.

Los labios de ella se curvaron.

– Que me ocupe de los pacientes y le deje en paz, vaya. Tiene razón, detective. -Se puso el abrigo mientras él la observaba; se moría de ganas de ayudarla, pero su cerebro le ordenaba que se estuviera quieto-. Si recuerdo algo más, me pondré en contacto con usted. ¿Me avisará si encuentran mis huellas dactilares en alguna otra parte?

Él sonrió aun sin quererlo.

– Lo haré. Gracias por venir. Ah… mi cuñada le manda recuerdos.

La chica asintió.

– Kristen es una buena amiga. Dele también los míos.

Se dirigió a la puerta que daba a la escalera, pero se detuvo en seco. Allí estaba Murphy, con las manos en los bolsillos y el entrecejo fruncido.

– Tess, no esperaba encontrarte aquí.

– No pensaba subir. -Se abrió paso, pero Murphy se volvió para seguirla; la asió del brazo y le dirigió una mirada penetrante.

– Lo siento, Tess. No tendría siquiera que habérseme pasado por la cabeza una cosa así.

Incluso desde la otra punta del despacho, Aidan se estremeció al observar que ella cerraba los ojos y que su voz recobraba la serenidad. De nuevo era la mujer que había pronunciado ante el tribunal las palabras que habían servido para dejar en libertad a un asesino. Poco a poco, ella apartó el brazo para librarse de Murphy.

– No, no tendría que habérsete pasado por la cabeza. Ahí he dejado un poco de información para que le echéis un vistazo. Que tengas un buen día, Todd.

Dicho eso, se marchó y dejó a Murphy con la mano extendida y la expresión sombría.

El hombre se dio media vuelta, se dejó caer en la silla y se quedó mirando la mesa de trabajo un rato antes de ver el informe forense del pequeño Danny Morris. Tragó saliva.

– Joder, sí que empezamos bien el día.

Aidan sirvió café para ambos y se sentó en el borde de la mesa de Murphy, situada justo frente a la suya.

– Murphy, cuéntame qué pasó entre Ciccotelli y tú. Kristen me ha dicho que sabes que el año pasado sufrió una agresión.

Murphy rodeó la taza con ambas manos.

– Hace frío fuera.

– Hace un momento aquí también se respiraba bastante frialdad.

– Joder -repitió Murphy. Pero dio un resoplido y se arrellanó en la silla-. Unas dos semanas antes del juicio de Green, a Tess le pidieron que examinara a otro sospechoso.

– Debió de ser antes de que le rescindieran el contrato con la fiscalía.

Murphy levantó la cabeza al instante.

– Sí, ocurrió antes. El tipo al que tenía que examinar era muy mal actor. Había asesinado a su casera y al marido inválido de esta. El hombre decía padecer esquizofrenia, pero en opinión del fiscal del estado solo llevaba un colocón. El abogado defensor pensaba alegar que no estaba en su sano juicio. Era una mole. -Murphy guardó silencio durante unos segundos, luego sacudió la cabeza-. Cuando entró llevaba grilletes y esposas. Tess se sentó lo más lejos posible de él. Lo había arrestado yo, así que tuve que quedarme al otro lado del cristal, con el fiscal… Patrick Hurst. Pero en la sala había un guardia. El tipo miró a Tess de arriba abajo. -Murphy volvió la cabeza y sus labios se fruncieron en una mueca de disgusto-. El muy cabrón, parecía que la odiara, ¿te lo imaginas?

– Sí. -De hecho, Aidan se avergonzaba un poco de ello-. ¿Qué hizo el sospechoso?

– Esperó el momento apropiado para saltar al otro lado de la mesa y agredirla. -Murphy dejó la taza en la mesa-. Le rodeó la garganta con la cadena de las esposas y estuvo a punto de romperle el cuello.

Aidan se estremeció.

– ¿Y qué hizo el guardia?

Murphy se mordió la parte interior de la mejilla.

– Actuó enseguida, pero ese bruto tenía a Tess. Yo tardé menos de quince segundos en entrar y ya la había agredido. Le dio la vuelta y le golpeó la cabeza contra la pared de hormigón, la arrinconó y empezó a asfixiarla. Nunca olvidaré la expresión de los ojos de Tess, creía que aquel día iba a morir.

– ¿Fuiste tú quien le quitó de encima al tipo?

– Entre el forense y yo, y dos guardias. Para entonces, ya había perdido el conocimiento. Tenía un brazo roto y una fisura en el cráneo. Aún tiene la marca de la cadena en el cuello.

Aidan recordó la vistosa bufanda que llevaba puesta por la mañana y comprendió el motivo. La idea de que un asesino la hubiera agarrado por el cuello lo puso furioso.

– Así que la acompañaste al hospital y te quedaste un rato con ella.

– Sí. Avisé a su hermano, y esa misma noche tomó un avión desde Filadelfia. Al día siguiente me acerqué para ver cómo estaba y empezamos a charlar. Bueno, de hecho ella no podía hablar; tenía que anotar las frases en un cuaderno porque le habían quedado afectadas las cuerdas vocales. Al cabo de unos cuantos días recobró la voz. -Murphy esbozó una sonrisa-. Me recordaba a mi hermana pequeña, descarada como ella sola. Nos hicimos… amigos.

– ¿Aún te la recuerda?

Murphy arqueó las cejas.

– ¿A mi hermana? Sí. -Se recostó en el respaldo de la silla y observó el rostro de Aidan con detenimiento-. ¿A ti también te recuerda a la tuya, Aidan?

Se le pasó por la cabeza mentir, pero al final decidió no hacerlo.

– No.

Murphy soltó una risita.

– Vaya, vaya.

– Vuelve a decirlo y te la ganarás.

– ¿Por qué? Sabes muy bien que no ha sido ella. Aclararemos el asunto y tendrás el campo libre.

– Déjalo correr, Murphy. -Las mujeres como Tess Ciccotelli costaban muchísimo de mantener. Aidan extendió el brazo hacia atrás y alcanzó una hoja de la impresora-. Tengo una lista de todas las floristerías en un radio de ocho kilómetros desde casa de Cynthia Adams. He pensado que podríamos averiguar si alguien ha comprado muchos lirios hace poco.

– Dame la mitad. -Murphy aguardó a que Aidan volviera a su mesa antes de añadir-: No tiene pareja.

Aidan, que estaba a punto de marcar el primer número, se detuvo en seco.

– ¿Qué?

– Que no tiene pareja. La tuvo, pero se acabó.

«Déjalo estar, Reagan», le dictaba la parte sensata de su cerebro, pero la parte más estúpida no estaba de acuerdo. Se removió en la silla y miró a Murphy, que no le prestaba ninguna atención y había marcado ya el primer número de la lista. Excitado, y molesto por ello, Aidan llamó a cinco floristerías; cuando hubo terminado colgó de golpe el teléfono.

– ¿Por qué?

– ¿Por qué, qué?

– Sabes muy bien a qué me refiero -dijo Aidan entre dientes-. No seas gilipollas.

Murphy lo miró sonriente. Qué engreído.

– Rompió con su novio dos semanas antes de la boda. -La sonrisa de Murphy se desvaneció-. La gente decía que él la engañaba.

Aidan sacudió la cabeza sin saber qué contestar. Según parecía, tenía más cosas en común con Tess Ciccotelli de las que se imaginaba en un principio.

– Pues menudo idiota.

– En eso estamos de acuerdo. ¿Has averiguado algo de los lirios?

– Han vendido rosas, claveles… pero lirios no. Por lo menos no tantos como vimos en el piso.

– Es probable que los comprara en varios sitios. Vamos a llamar a diez establecimientos y luego nos acercaremos hasta la asesoría financiera donde Adams trabajaba.

– Ya veo que tienes un plan.

Lunes, 13 de marzo, 8.30 horas.

Tess gruñó al dejar el paraguas y sacarse el móvil del bolsillo después de oírlo sonar por tercera vez en pocos minutos. Qué insistente. Al mirar la pantalla descubrió que se trataba de su secretaria.

– Dime, Denise -respondió con más brusquedad de la que pretendía, y torció el gesto al pisar un charco y mojarse el pie hasta el tobillo. Se cobijó bajo la marquesina que había frente al hospital psiquiátrico y notó un escalofrío mientras sacudía el zapato, probablemente deteriorado sin remedio, para eliminar el agua sucia y helada. Hacía una mañana horrible, fría y lluviosa, en total sintonía con su estado de ánimo.

– ¿Qué ocurre? -preguntó más calmada.

– Esta mañana ha recibido unas cuantas llamadas, doctora.

Otro escalofrío recorrió la espalda de Tess, pero esta vez no tenía nada que ver con la fría lluvia; reprimió lo que a buen seguro habría sido una palabra malsonante.

– ¿De quién?

– De periodistas. Uno llamaba del Tribune y otro del Channel Eight. Querían saber qué opina del artículo que sobre el caso ha publicado el Bulletin esta mañana.

Un dolor agudo se propagó por su cabeza. «El Bulletin.» Le vino a la mente la imagen de la joven de ojos grises con la larga trenza rubia.

– Déjame adivinarlo. Es cosa de Joanna Carmichael.

– No, quien firma el artículo es Cyrus Bremin; pero… sí, el nombre de Carmichael aparece en las fotos. Así, ¿no ha visto el artículo?

«Fotos.» El dolor se volvió tres veces más intenso.

– No. ¿Habla muy mal del caso?

– Fatal. También ha recibido dos llamadas de un tal doctor Fenwick, del consejo de cualificaciones profesionales. Quiere que se ponga en contacto con él de inmediato. -Denise le dictó el número de un tirón-. Le he explicado que esta mañana tenía que pasar consulta en el hospital, pero ha insistido.

A Tess se le revolvió el estómago mientras grababa el número.

– ¿Ha llamado alguien más?

– La señora Brown sufre ataques de pánico. Le he pedido que lo consultara con el doctor Gryce. El señor Winslow ha llamado tres veces; no ha querido hablar con nadie que no fuera usted. Se ha puesto histérico, así que le he dado visita para las tres.

– Gracias. -Guardó el teléfono en el bolsillo. Tenía el corazón tan acelerado que pensaba que iba a salírsele del pecho. Echó un rápido vistazo a su alrededor. Al otro lado de la calle había una serie de máquinas expendedoras de periódicos.

Cruzó el semáforo en rojo, lo que le valió unos cuantos bocinazos y gritos airados. Al recoger el periódico de la máquina le temblaban las manos. «En portada.» Aparecía en portada.

La lluvia caía sobre su cabeza y le estaba empapando el abrigo, pero era incapaz de moverse. Su propio rostro la miraba desde la portada del periódico junto a una espantosa fotografía de Cynthia Adams, en la que esta yacía ensartada en un hierro en una calle de Chicago. Solo faltaba el titular que estaba a punto de hacer que se le desbocara el corazón: PSIQUIATRA DE PRESTIGIO IMPLICADA EN EL SUICIDIO DE UNA PACIENTE.

Volvió a sonar el móvil y respondió con voz acartonada.

– Ciccotelli.

– Soy Amy. ¿Has visto el Bulletin de esta mañana?

– Sí.

Ambas guardaron silencio mientras la lluvia seguía cayendo a cántaros.

– ¿Dónde estás, Tess?

De algún modo la realidad volvió a poner en funcionamiento la mente de Tess; impulsada por otro arrebato de furia sofocante, se espabiló y tiró el periódico a la papelera más próxima. Tenía pacientes a quienes visitar y no podía perder el tiempo plantada bajo la lluvia como una insensata. Volvió a cruzar la calle con paso enérgico, pero esta vez aguardó a que el semáforo se pusiera verde. La lluvia la traía sin cuidado; total, ya estaba calada hasta los huesos.

– Ahora tengo que pasar consulta, Amy, pero parece que luego me esperan en el consejo de cualificaciones profesionales, y creo que mi abogada tendrá que acompañarme.

– Dime el lugar y la hora y allí estaré.

Tess notó cierta tirantez en la garganta y se la aclaró con decisión.

– Gracias.

Lunes, 13 de marzo, 8.30 horas.

– Ya estoy en casa.

Joanna Carmichael levantó la vista de la página de deportes y casi se atragantó con los Choco Krispies. Su novio estaba plantado en medio del salón, empapado por la lluvia; en una mano llevaba un montón de periódicos y en la otra un enorme ramo de flores amarillas. Exhibía una de esas sonrisas amplias y sensibleras que solo solía lucir tras una sesión de sexo.

– ¿Qué has hecho, Keith?

– Te traigo un regalito.

El montón de periódicos aterrizó en la mesa con un golpe sordo que agitó la leche del bol. Debía de haber comprado por lo menos veinte ejemplares del Bulletin, cada uno de los cuales constituía una patente muestra de la traición de su editor. En todos ellos era Cyrus Bremin quien firmaba su artículo. «Mi artículo.» Schmidt le había prometido que publicaría un artículo suyo, pero no que aparecería su firma, pensó Joanna con amargura.

Keith se sacudió el agua como un perro y luego le tendió el ramo de flores con un ademán majestuoso.

– He pensado que te gustaría enviar unos cuantos recortes a tu familia.

Y una mierda. Apretó los dientes.

– Keith, ese no es mi artículo.

La sonrisa del chico se desvaneció mientras permanecía allí plantado, sosteniendo las flores que ella se negaba a aceptar.

– Pues claro que sí. Y aparece en portada.

– Es de Bremin -le espetó-. Lo firma él por ser el jefe del departamento de investigación periodística. El asqueroso de Schmidt le cedió mi artículo.

– Tu nombre aparece junto a las fotografías -dijo él en tono tranquilo mientras dejaba a un lado las flores. La alegría se había borrado por completo de su rostro.

– Las fotografías… -repitió ella con desdén-. Yo no soy fotógrafa, soy periodista, y si tuvieras un ápice de sentido común verías la diferencia.

Él se alisó el pelo mojado.

– Me parece que tengo bastante sentido común, Jo. Veo la diferencia, pero también veo que tu nombre aparece en la portada de un periódico de prestigio. Eso era cuanto querías, cuanto necesitabas para demostrarle a tu padre de qué eras capaz por ti misma. Ya podemos marcharnos a casa.

Joanna arrojó los periódicos al suelo. La alusión a su padre y la actitud condescendiente que tanto la exasperaba la puso a cien.

– No estoy ni mucho menos preparada para marcharme a casa, Keith. No lo estaré hasta que mi nombre destaque en portada.

Durante unos instantes, el chico permaneció quieto y se limitó a mirarla con aquel gesto que siempre la avergonzaba.

– Has hecho algo bueno, Jo. Has desenmascarado a una doctora que perjudicaba a sus propios pacientes. Si fueras capaz de dejar a un lado tu ego, tal vez te darías cuenta de que tengo razón. He tenido mucha paciencia contigo. Por fin tu nombre aparece en portada; me prometiste que en cuanto lo lograras regresaríamos a Atlanta. Jo, quiero irme a casa.

– Pues vete. -Indignada, se levantó para depositar el bol en el fregadero-. Pero te marcharás solo. No pienso abandonar esta ciudad hasta que mi nombre destaque. -Se fijó en el nombre de Cyrus Bremin, que parecía hacerle burla desde la pila de periódicos del suelo-. Tengo que ganarme la confianza de Schmidt. En medio de su airada ebullición, una idea empezó a tomar forma. Una exclusiva con Ciccotelli me servirá. Me dijo que la llamara. -Al levantar la mirada vio a Keith retirarse al dormitorio y la invadió un súbito sentimiento de culpa-. Keith, siento haberte contestado mal. Es que estoy muy cabreada.

Él asintió sin volverse.

– No te olvides de poner las flores en agua. Siempre se te olvida y se mueren.

Joanna se sacudió de encima el malestar. Keith acabaría volviendo a su lado; en los seis años que llevaban de relación, siempre lo había hecho. Ahora tenía que centrarse en lo que realmente importaba. Tenía que convencer a Ciccotelli para que le concediera una exclusiva. No resultaría fácil tras haberse publicado aquel artículo, pero siempre podía echarle la culpa a Bremin y limpiar así su reputación. Tal vez surtiera efecto. Además, así le demostraría a su padre que estaba equivocado. Era capaz de abrirse camino en el mundo periodístico sin su ayuda, y también sería capaz de ocupar el puesto que le correspondía en el negocio familiar gracias a los méritos que se había ganado a pulso.

Lunes, 13 de marzo, 9.15 horas.

Aidan se quedó perplejo al ver aterrizar un periódico en su mesa mientras llamaba a la décima floristería. Levantó la cabeza y observó el rostro de su teniente, con los labios tensos y la expresión severa; luego volvió a bajarla al ejemplar. Clavó en él los ojos mientras la voz de la florista se iba desvaneciendo hasta convertirse en un mero zumbido.

– Este… Lo siento, señora, volveré a llamar más tarde.

Colgó el auricular y tomó el periódico. Se trataba del Bulletin, algo más serio que la prensa amarilla.

El rostro de Ciccotelli lo miraba desde la portada.

– Murphy, fíjate en esto.

Murphy se puso en pie tambaleándose, su expresión era fría y grave.

– ¿Quién ha publicado esa mierda?

– Cyrus Bremin -soltó Spinnelli, y la rabia contenida hizo que le temblara el bigote-. Dice que tiene un confidente anónimo dentro del Departamento de Policía de Chicago. Descubrid quién es, lo quiero en mi despacho lo antes posible.

La puerta se cerró de golpe e hizo traquetear las persianas.

Murphy seguía escrutando la página en blanco y negro.

– Hablaré con Bremin -dijo en voz muy baja-. Él nos contará sin problemas quién le reveló la noticia.

– Eso, y así nos veremos en más líos con la prensa. Siempre me estás aconsejando que sea sensato, ¿no? Pues aplícate el cuento, Murphy.

Aidan examinó la fotografía de Adams.

– Debieron de tomarla antes de que yo llegara, porque envié a los mirones a la otra acera y les pedí a Forbes y a DiBello que prestaran atención a las cámaras. -Aguzó la vista para leer el pie de foto-. Aquí pone que la fotografía es de Joanna Carmichael. -Tecleó el nombre en su ordenador-. Bien, bien. Mira dónde vive la señorita Carmichael.

Murphy volvió la cabeza.

– Es el edificio de Cynthia Adams. Pues sí que le costó poco conseguirla. Qué suerte tiene la muy bruja.

– Bueno, no sé si se puede llamar suerte a tener que vérselas con nosotros. -Aidan imprimió la dirección justo en el momento en que Spinnelli abría la puerta.

– Os quiero en la sala de reuniones dentro de treinta minutos -les gritó-. Avisad también a Jack Unger, de la científica. El fiscal quiere hablar con nosotros.

Lunes, 13 de marzo, 9.30 horas.

Suponía que habría testigos, pero no fotógrafos.

«Tanto mejor.» Cynthia Adams aparecía en portada abriéndole el corazón al mundo entero, por así decirlo. Pero aún más gratificante resultaba la imagen de la popularísima Tess Ciccotelli preocupada y exhausta. Semejante campaña publicitaria no tenía precio. El día no le estaba yendo nada mal.

El señor Avery Winslow también estaba progresando según lo previsto. Se había pasado toda la tarde yendo y viniendo de un lado a otro del salón de su casa, observando conmocionado la habitación del bebé y tratando frenéticamente de ponerse en contacto con su psiquiatra de confianza.

Era mucho más inestable emocionalmente que Cynthia Adams. Ella había aguantado bien el tipo, era toda una experta en negar la existencia de lo que más temía. El proceso había resultado muy irritante; cada vez que Adams estaba cerca de su objetivo, acababa negándose a creer lo que había oído y retrocedía. A veces incluso negaba haber tenido una hermana. Fue necesario aumentarle tres veces la dosis de «medicación» para que se trastocara lo suficiente, y al final había tenido que utilizar sustancias poco corrientes. La fenciclidina era lo que la había hecho venirse abajo.

Los lirios habían dado un toque de gracia, y la fotografía de su hermana con la soga al cuello había sido la guinda del pastel. Del pastel de cumpleaños. El calendario había desempeñado un papel muy importante en el derrumbe psicológico de la señorita Adams.

Y el calendario también sería la clave para derribar al señor Avery Winslow.

Eso y el llanto constante de un bebé. Magistral.

Si la pequeña y encantadora Nicole estaba cumpliendo con su deber, en ese mismo instante el pobre señor Winslow estaría recibiendo una más de las oportunas fotografías que lo llevarían a la perdición.

Y con él arrastraría a la doctora en quien tanto confiaba, Tess Ciccotelli.

Lunes, 13 de marzo, 9.45 horas.

Patrick Hurst, el fiscal del estado, arrojó el periódico sobre la mesa con indignación.

– Mierda. Esto es horroroso, Marc, verdaderamente horroroso.

Jack Unger, de la policía científica, arrastró el periódico hasta su lado de la mesa y lo estudió.

– ¿Quién es el confidente anónimo de Bremin?

Murphy frunció el entrecejo.

– No lo sabemos, no estuvo allí la otra noche. En cambio la fotógrafa sí. Los dos agentes que llegaron primero al lugar de los hechos recuerdan haber visto a Carmichael entre la multitud, pero aseguran que no le dirigieron la palabra.

– Cualquier persona que ayer estuviera de servicio pudo vernos entrar con Ciccotelli. -Aidan se encogió de hombros con incomodidad al recordar lo furioso que se había puesto. Bastaba con observar su mala cara para comprender lo que ocurría-. Su abogada firmó la hoja de registro al entrar, así que cualquiera que la consulte sabrá que estuvo aquí. Muchas personas debieron de verlas salir juntas, pero nadie admitirá haber avisado a la prensa, Marc, aunque sabemos que cualquiera lo habría hecho con gusto.

Spinnelli dobló el periódico de modo que el rostro de Ciccotelli quedara oculto.

– Es cierto. Investigaremos la filtración al mismo tiempo que lo demás, como siempre hemos hecho. ¿Cuál es, pues, la verdadera razón de que te tengamos aquí, Patrick? Tu visita me parece un poco… prematura.

El fiscal suspiró.

– He venido porque lo ocurrido tiene implicaciones que van mucho más allá del hecho de que Tess Ciccotelli sea inocente o culpable, incluso de descubrir quién hizo una cosa así a esa pobre mujer.

– Cynthia Adams -dijo Aidan con suavidad, y arqueó las cejas al ver que Patrick lo miraba con extrañeza-. Así es como se llamaba esa pobre mujer.

La mirada del fiscal se llenó de compasión.

– Ya lo sé, detective, pero de momento no podemos siquiera asegurar que la muerte de la señorita Adams fuera un homicidio. -Levantó la mano antes de que Aidan pudiera protestar-. Lo investigaréis y descubriréis quién lo hizo. No estoy diciendo que debáis abandonar el caso. De hecho, quiero que os apliquéis. El gran problema es que está en juego la credibilidad de la doctora Ciccotelli en la resolución de casos pasados. Gracias a Bremin y al Bulletin, ya es del dominio público que la detuvieron para interrogarla. Todos los abogados defensores que han perdido casos en los que Ciccotelli ha declarado pedirán la apelación, y para mi despacho eso será desastroso. ¿Sabéis en cuántos casos ha intervenido en los últimos cinco años?

«Sí», pensó Aidan. Lo sabía con exactitud. Y Kristen tenía razón, Harold Green era una excepción. Tess Ciccotelli había hecho todo lo posible y más para quitar de en medio a unos cuantos malhechores. Al descubrirlo se le habían bajado los humos.

– En cuarenta y seis -masculló.

El bigote de Spinnelli se frunció siguiendo la forma de sus labios.

– ¿Cómo?

Aidan se aclaró la garganta.

– La doctora Ciccotelli ha declarado en cuarenta y seis casos. Ayer fui al archivo y pedí que me imprimieran la lista; la he recogido de camino hacia aquí. -Arrojó la lista en el centro de la mesa.

– ¿Cuántas condenas, Aidan? -le preguntó Spinnelli.

– Treinta y una de los cuarenta y seis casos.

Murphy apoyó la cabeza en el respaldo de la silla.

– Santo Dios.

Patrick tomó la lista con mala cara.

– Treinta y una apelaciones posibles. ¿Sabéis cuánto tiempo robará eso al personal de mi oficina?

– No quiero ni pensarlo -respondió Spinnelli-. Vamos a desvincular cuanto antes a Tess de todo esto y así tus hombres podrán dedicarse a hacer que condenen a unos cuantos gilipollas más. ¿Qué tenemos, aparte de las huellas dactilares que encontraron en el piso de Adams?

– Su voz grabada en el contestador -respondió Aidan.

– Enviaré la cinta al departamento técnico para que dibujen una gráfica -sugirió Jack.

Patrick negó con la cabeza.

– No servirá para probar nada.

– Pero si las gráficas son distintas, Ciccotelli quedará libre de sospechas -arguyo Jack-. Ese tipo es muy bueno, Pat. Vale la pena invertir un poco de tiempo.

– Entonces de acuerdo -convino Patrick.

– Entonces necesitamos que la doctora Ciccotelli venga y nos proporcione una muestra de su voz para poder comparar las gráficas. -Aidan lo anotó-. Hasta ahora ha colaborado, así que no creo que ponga ninguna pega. ¿Qué hay de la pistola que enviaron a Adams?

– La limpiaron para no dejar huellas, y también han lijado el número de serie pero creo que podré conseguir que se lea. -Jack miró a Spinnelli-. Supongo que el caso es de alta prioridad.

– Supones bien. ¿Qué más?

– Estamos siguiendo la pista de los lirios -añadió Murphy-. Hasta ahora hemos encontrado tres floristerías que vendieron muchos el sábado. Esta tarde pasaremos por allí, pero antes tenemos que ir a la asesoría donde trabajaba Adams. Está claro que alguien la odiaba lo suficiente como para desear su muerte. Sabemos que tuvo muchos amantes y es probable que varios se llevaran un regalo de despedida bastante desagradable. Puede ser que alguno de ellos se cabreara y quisiera matarla.

Aidan echó un vistazo a la lista de casos en los que Ciccotelli cabía declarado y la recordó sentada sola en la sala de interrogatorios el día anterior. «¿Por qué me utilizan?», se había preguntado. Tal vez el objetivo final fuera ella.

– También puede ser que Cynthia Adams no fuera más que un medio para conseguir una apelación.

Patrick arqueó las cejas sorprendido.

– Me parece que hay formas más sencillas.

– Estamos haciendo demasiadas conjeturas -soltó Spinnelli-. Volvamos a los hechos. ¿Qué hay de los correos electrónicos? ¿Habéis podido seguirles la pista?

– Lo he dejado en manos del departamento técnico, les pediré que se den prisa con eso también. -Jack frunció el entrecejo y desdobló el periódico-. Esta foto fue tomada después de que la mujer cayera al suelo; inmediatamente después, quiero decir, tal vez hubieran pasado unos treinta segundos, o como mucho un minuto.

Aidan se inclinó para verla más de cerca.

– ¿Cómo lo sabes?

– Mira la zona del pavimento alrededor de su cabeza. No se ve ningún charco de sangre todavía. A Aidan se le aceleró el pulso.

– Ciccotelli aseguró que recibió una llamada anónima diciendo que Adams estaba a punto de tirarse por el balcón a las doce y seis minutos. Los dos testigos, en cambio, dicen que eran las doce y cinco cuando se tiró.

– Qué precisión -observó Patrick, pero sus ojos también habían adquirido cierto brillo.

– Llegaban tarde a casa. La chica explicó que tenía que estar allí a las doce en punto y que acababa de mirar el reloj preocupada por la bronca de sus padres. -Aidan se volvió hacia Murphy-. Ciccotelli dijo que la llamada parecía hecha desde un móvil.

Murphy entrecerró los ojos.

– Así que el autor estaba presenciando la caída, qué hijo de puta.

– Ciccotelli también dijo que quien la llamó era una mujer, una vecina de Adams, y…

– Carmichael era vecina de Adams -concluyó Murphy-. No sería la primera vez que el propio periodista provoca la noticia. -Se encogió de hombros-. Vale la pena añadirla a la lista.

– Lo que está claro es que vale la pena averiguar si tomó más fotografías -agregó Jack-. Si el asesino estaba allí, tal vez Carmichael lo viera. O «la» viera.

Aidan se recostó en el asiento.

– Así que por ahora tenemos como sospechosos a treinta y un prisioneros potenciales que quieren que se apele su sentencia, a unos cuantos promiscuos con una enfermedad de transmisión sexual, a una periodista aficionada a la fotografía y, por desgracia, a Tess Ciccotelli.

Patrick se puso en pie.

– Encargaos de descartar a Tess lo primero. No quiero vérmelas con las apelaciones.

– Entendido -convino Spinnelli-. Señores. -Y señaló la puerta-. Quiero resultados hoy mismo. Y también quiero saber quién es el confidente anónimo. A trabajar.

Murphy hizo un saludo.

– Nos vamos a visitar las floristerías. ¿Has tenido alguna bronca con tu mujer, Marc? Si quieres podemos comprarle un ramo, te cobraremos los portes baratos. A las mujeres les encanta que les regalen flores.

Spinnelli curvó los labios.

– Las broncas con mi mujer son continuas, pero a ella le gustan más los brillantes. Marchaos.

Aidan miró a Murphy de reojo al salir de la sala de reuniones.

– ¿Estás casado, Murphy?

– Lo estuve, pero me separé. ¿Cuál es la primera floristería?

Era obvio que tenía ganas de cambiar de tema.

– Josie's Posies. Vendieron unos cuantos lirios el sábado. -Mientras caminaba, Aidan examinó la lista de los casos en que había intervenido Ciccotelli-. Conduce tú, quiero echar un vistazo a estos nombres. Algunos prisioneros han quedado en libertad. -Miró el reloj-. Antes de pasar por la asesoría donde trabajaba Adams, vamos al Departamento de Sanidad para ver si ella y Tess Ciccotelli tienen enemigos comunes.

Lunes, 13 de marzo, 10.30 horas.

La señorita Tuttle, una mujer de mediana edad, los miró con mala cara desde el gran mostrador de madera.

– La información que nos facilitan nuestros pacientes es confidencial, detectives, y lo saben.

– Estamos investigando un asesinato, señora -respondió Murphy con suavidad-. Una de sus pacientes ha muerto, así que su privacidad ya no importa.

– Pero la de sus compañeros sí. No puedo ayudarles.

Aidan extrajo una fotografía de su cuaderno.

– Esta es Cynthia Adams, señora. Así es como quedó después de caer desde un vigésimo segundo piso.

La señorita Tuttle observó la fotografía y luego volvió la cabeza con los ojos cerrados y su enjuto rostro desvaído.

– Márchense, detectives. No estoy autorizada a ayudarles, y no pienso hacerlo.

– Alguien la obligó a arrojarse al vacío, señora -insistió Aidan con calma; conseguido su objetivo, guardó la fotografía-. Ese alguien podría haber sido uno de sus compañeros sexuales, alguien que le guardara rencor. ¿Recuerda que alguien amenazara a la señorita Adams cuando le notificaron que era posible que hubiera contraído una enfermedad?

– Detective -empezó la mujer, mirándolo fijamente a los ojos-, si me dedicara a contar cosas de los pacientes que acuden aquí, no vendría nadie. Protegerlos forma parte de mi trabajo. Su mera presencia ya supone un problema. Si les contestara a lo que me preguntan, estaría incumpliendo mi deber.

– No queremos que incumpla su deber, en serio. -Aidan le dirigió una mirada que se esforzó por que fuera de lo más persuasiva. No esperaba que la empresa resultara fácil; de hecho, Tuttle estaba colaborando más de lo que había imaginado-. Según el historial de la psiquiatra de la señorita Adams, usted era su persona de contacto aquí. ¿Puede por lo menos decirnos si la recuerda? -Extrajo otra fotografía de Cynthia del cuaderno, esta vez la del carnet de conducir-. Tenía este aspecto. Debió de acudir aquí hace unas seis semanas.

Tuttle se mordió el labio.

– Sí, sí que la recuerdo.

– ¿Puede decirnos si alguno de sus compañeros amenazó con hacerle algo o se mostró furioso con ella cuando le comunicaron la noticia? No hace falta que nos diga nombres, solo queremos saber si estamos sobre la pista correcta.

– ¿No me preguntarán ningún nombre, detective?

Aidan negó con la cabeza.

– No, señora.

La mujer exhaló un suspiro.

– Hubo uno que se quedó blanco como el papel y dijo que se lo haría pagar.

Aidan dio un paso atrás.

– Gracias, señorita Tuttle. Ya nos vamos.

Murphy aguardó a estar en la calle para sacar un chicle de canela del bolsillo.

– No nos ha dicho ningún nombre.

– No esperaba que lo hiciera. -Aidan ocupó el asiento del acompañante del coche de Murphy y aguardó a que su compañero se sentara al volante-. Pero ahora sabemos que vale la pena molestarse en reclamar la lista de pacientes; es todo cuanto quería.

Murphy se incorporó al tráfico.

– Pues entonces lo has hecho muy bien. Primero vamos a comer algo; luego iremos a la asesoría y a Josie's Posies.

Capítulo 6

Lunes, 13 de marzo, 15.15 horas.

Amy cerró la puerta del despacho de Tess.

– Podría haber ido peor, Tess.

Tess se hundió en la silla. Su reunión con el doctor Fenwick, el jefe del consejo de cualificaciones profesionales, no había ido muy bien.

– También podría haber ido mejor.

– No te han impuesto ninguna sanción, Tess. Puedes seguir ejerciendo.

– Porque no he hecho nada malo, joder -le espetó Tess, y se pasó la mano por la frente al barruntar un ataque de migraña-. Lo siento, gracias por venir. Tenerte aquí me ha ayudado a llevarlo mejor. -Tess sospechaba que si su abogada no hubiera estado presente, el doctor Fenwick habría hecho algo más que mirarla mal. El consejo no veía con buenos ojos que un profesional estuviera acusado de un delito, y tampoco les había gustado que no les hubiera devuelto la llamada al terminar de visitar a sus pacientes. De hecho, pensaban seguir de cerca la investigación, y vigilarla. Cuando las autoridades confirmaran que era inocente, Tess tendría que presentar una declaración jurada al consejo afirmando lo mismo.

– Por mí pueden irse a tomar por el culo -masculló.

– A su edad no creo que les convenga. Además sin una buena dosis de Viagra harán bien poca cosa -bromeó Amy.

Tess le lanzó una mirada feroz.

– No le encuentro la gracia, está en juego mi carrera.

Amy se apoyó en el sofá, se cruzó de brazos y adoptó una actitud más seria.

– ¿Qué piensas hacer, Tess?

– ¿Sobre qué?

– No puedes permitir que te acusen así como así, tu carrera podría irse al garete.

– No me digas.

– Tess, hablo muy en serio.

Tess se levantó y empezó a guardar la documentación en el maletín.

– Voy a colaborar con la policía para descubrir quién lo ha hecho.

Amy se inclinó hacia delante con las cejas arqueadas y expresión sarcástica.

– Qué inteligente por tu parte. Como si no supieras que la policía cree que lo has hecho tú.

Tess examinó el contenido de una carpeta y luego la guardó en el maletín junto con el resto.

– Pues a mí me parece que no es eso lo que creen.

– Tal vez Todd Murphy no, pero ese tal Reagan lo tiene clarísimo.

Tess pensó en Reagan, en la forma en que le había planteado las preguntas por la mañana.

– Me parece que él tampoco me cree culpable. De todos modos, no podrán acusarme porque no he hecho nada.

La carcajada que soltó Amy no le resultó precisamente agradable.

– Como si eso tuviera algo que ver. Despierta de una vez, Tess. Todos los días me dedico a defender a gentes que piensan que no podrán acusarlas porque no han hecho nada. ¿Qué te hace pensar que tú eres distinta?

Tess cerró de golpe el maletín, un repentino ataque de pánico hizo que el pulso se le acelerara vertiginosamente.

– Que yo no pienso que soy inocente, lo soy.

La ofensa hizo centellear los ojos de Amy.

– No represento a alguien si creo que es culpable, Tess.

Los hombros de Tess se hundieron.

– Lo siento, no pretendía herir tus sentimientos. -Posó la mano en el brazo de Amy y notó que su amiga estaba tensa-. Sé que para ti la ética profesional es tan importante como para mí.

Amy asintió con gesto forzado.

– No tiene importancia. -Pero sí que la tenía, y no resultaba difícil darse cuenta. De todos modos, Amy irguió la espalda y prosiguió-. Mira, yo opino que tienes que atacar el problema de frente. Llama al periódico y cuéntales tu versión. Haz que Bremin se muera de ganas de adelantarse a los acontecimientos.

Todo el día, Tess había estado pensando en un plan similar.

– De acuerdo. ¿Conoces a alguien que trabaje en un periódico? ¿Alguien que te merezca confianza?

– Sí. Yo me encargo de concertar la cita. Ya te diré con quién tienes que encontrarte y cuándo. -Amy levantó un dedo en señal de advertencia-. No hables con nadie excepto con quien yo te diga. Prométemelo.

– De acuerdo. -Tess miró el reloj y frunció el entrecejo-. Tenía que ver a un paciente a las tres. ¿Quién era? -Se mordió el labio tratando de recordarlo. Se trataba del señor Winslow, un hombre muy triste. Al oír su caso se le había partido el corazón-. Amy, tengo que ver a un paciente. Te llamaré al despacho cuando termine.

Amy se estaba abrochando el abrigo cuando alguien llamó flojito a la puerta. Denise asomó la cabeza.

– Doctora, tengo unos veinte mensajes para usted. La mayoría son de periodistas, pero también han llamado seis pacientes. -Frunció el entrecejo-. Tres han cancelado la visita de mañana.

Tess suspiró, tomó el montón de notas que le tendía Denise y les echó un vistazo.

– Supongo que es normal que haya bajas.

– Un tal detective Reagan ha llamado dos veces. Ha dicho que se pusiera en contacto con él en cuanto estuviera libre, que se trataba de algo urgente. Me ha dejado su número de móvil. Ah, y tiene una llamada por la línea uno; se trata de una vecina del señor Winslow. Insiste mucho en hablar con usted y no quiere dejar ningún mensaje.

Tess dio un respingo, la palabra «vecina» hizo que se le cayera el alma a los pies.

– ¿Cómo?

– Una vecina del señor Wins…

Tess se abalanzó sobre el teléfono.

– Mierda, mierda.

Descolgó el auricular con manos temblorosas.

– ¿Diga?

– ¿Doctora Ciccotelli?

No era la misma mujer, esta parecía mayor que la que decía ser vecina de Cynthia Adams. «Joder.» Con un gesto de la mano, indicó a Denise y a Amy que guardaran silencio. Respiró hondo y se esforzó por hablar con voz serena.

– Sí, soy yo. ¿Qué quiere?

– Soy vecina de uno de sus pacientes, Avery Winslow. Estoy preocupada por él, lleva todo el día encerrado en el piso, llorando. He llamado a la puerta para ver qué ocurría pero me ha pedido que me marchara. Tenía… Tenía una pistola en la mano, doctora.

«Santo Dios.»

– ¿Ha llamado a la policía?

– No, solo a usted. Dios mío, tendría que haber llamado al 911. Ahora mismo lo haré.

– No, ya llamo yo. Gracias, señora… -Pero oyó cómo colgaba-. Mierda. -Temblando, hojeó las notas hasta dar con la de Reagan-. Joder, qué mierda. Denise, llama al 911. Tenemos que enviar a la policía a casa del señor Winslow, diles que va a suicidarse. Consígueme la dirección; te llamaré desde el coche para pedírtela. ¡Muévete, Denise!

Blanca como el papel, Denise desapareció dispuesta a hacer lo que le pedía.

– Mierda. ¿Dónde tengo el móvil?

Amy metió la mano en el bolsillo de la chaqueta de Tess.

– Está aquí. Tranquilízate, Tess.

– No puedo.

Un sollozo de terror afloraba a la garganta de la psiquiatra, pero consiguió ahogarlo mientras marcaba el número de Reagan. Cuando él respondió, ya había cogido su abrigo y había salido del despacho.

– Reagan.

– Detective Reagan, soy Tess Ciccotelli.

– Doctora Ciccotelli, llevo toda la tarde tratando de hablar con usted. -Su voz denotaba otra vez tensión, enfado-. Hemos…

– Sea lo que sea, tendrá que esperar. -Pasó por delante del ascensor y bajó corriendo la escalera sin apenas prestar atención a Amy, que le pisaba los talones-. Necesito su ayuda. He recibido otra llamada.

– ¿De quién?

– Está relacionada con Avery Winslow. En este mismo momento mi secretaria está llamando al 911. Llámela a ella si necesita la dirección de Winslow. Yo estoy de camino. Me gustaría que nos encontráramos allí.

– Ahora mismo voy.

– Dese prisa, detective. -Colgó de golpe el teléfono e irrumpió en el aparcamiento-. Tengo el coche allí.

– Iremos con el mío. -Amy la asió del brazo y la obligó a cambiar de sentido-. No estás en condiciones de conducir.

Tardaron solo unos instantes en llegar hasta el Lexus de Amy, pero les parecieron siglos. Tess aún temblaba cuando esta salió del aparcamiento y se incorporó al tráfico.

Dio un respingo cuando su amiga le oprimió la mano con suavidad.

– Respira, Tess, respira. Me daré toda la prisa que pueda.

Lunes, 13 de marzo, 15.45 horas.

– ¿Ves alguna tarjetita de regalo? -preguntó Murphy.

Aidan se puso de pie, sostenía el Colt 45 del señor Avery Winslow entre dos dedos enguantados.

Al hombre ya no le hacía ninguna falta.

– No. -En el salón de casa del señor Winslow solo se observaban sesos y fragmentos de huesos del cráneo esparcidos por toda la estancia. La pared más cercana al ordenador había quedado cubierta de despojos, también la pantalla estaba llena, y el teclado aparecía pringoso y teñido de rojo y gris. Del impacto la pantalla se había inclinado y entre la sangre y los restos de tejido se veían iluminarse y oscurecerse mientras se sucedían las diapositivas de una presentación.

Murphy se acercó lo bastante para poder distinguir las imágenes entre el revoltijo.

– Son fotografías de un bebé. Es un niño.

Junto al cadáver de Winslow había una silla con ruedas volcada.

– Estaba sentado en la silla del despacho, de espaldas a la pantalla -dijo Aidan.

Murphy resopló.

– El impacto del disparo debió de empotrarlo en el monitor.

Aidan se agachó junto al cadáver.

– Sostiene un oso. -Se le hizo un nudo en la garganta. Tragó saliva y miró a Murphy-. Un oso de peluche con una tarjetita dorada. Igual que en el caso anterior. «Feliz cumpleaños, Avery, Jr.»

Murphy lo miró con resignación.

– Pero no hay flores -observó.

– Es obvio que no apretó el gatillo por voluntad propia.

– Aquí está la caja del oso de peluche. -Murphy la recogió de la mesita auxiliar junto con un bloc de notas-. Había quedado con Tess a las tres.

– Pues parece ser que se le olvidó -comentó Jack Unger desde la puerta-. Spinnelli me ha pedido que viniera, por si acaso. -Examinó el escenario con ojo clínico-. Avisaré a mi equipo y empezaremos.

Aidan señaló el cuarto de baño.

– Mira si hay medicamentos. Si es así, mételos en bolsas y ponles etiquetas de identificación a todas, incluso a las aspirinas.

Jack volvió la cabeza y lo miró un poco irritado.

– No te preocupes, lo cogeremos todo con pinzas.

Murphy se acercó a la mesa del ordenador y pulsó el botón del ratón con un dedo enguantado.

– El ordenador se ha quedado colgado en esta presentación. Aunque pulse el ratón, no desaparece.

– Tal vez se haya estropeado al ensuciarse.

– No lo dirás en serio, ¿no?

Aidan negó con la cabeza.

– No. Será mejor que nos llevemos también el disco duro.

¿Qué prefieres, el dormitorio o la cocina?

– Voy al dormitorio.

Aidan registró la cocina. Se veía sucia y los platos se amontonaban en el fregadero. Tocó el horno; estaba caliente y habían accionado el mando de la temperatura al máximo. Pero lo que no esperaba era el panorama que observó al abrir la portezuela. Al comprender de pronto la situación, le entraron arcadas y dio un gran paso atrás.

– ¡Murphy! ¡Ven a ver esto!

Murphy no tardó; al cabo de un instante se asomaba por encima de su hombro.

– ¿Qué coño…?

– No es de verdad -dijo Aidan en tono grave. Sacó su pañuelo y tiró de la parrilla hasta extraerla del horno-. Es solo un muñeco, pero tiene un aspecto muy real. -Los dedos y la nariz del muñeco se habían derretido y el fuerte olor del pelo quemado hizo que a Aidan le escocieran los ojos y la nariz-. Incluso el pelo parece de verdad.

– Cierra la puerta -le ordenó Jack desde detrás, y Aidan le obedeció de inmediato-. La única forma de saber cuánto tiempo lleva eso ahí es la temperatura interior. -Jack encendió la luz del horno y miró a través del cristal-. Es… -Sacudió la cabeza-. Inhumano. En fin, ¿cuál era el drama de este hombre?

– Tess nos lo explicará -dijo Murphy mientras abría un cajón-. Mira, Aidan.

Aidan miró con repugnancia el revólver colocado sobre una pila de manoplas de cocina.

– Alguien lo preparó todo para que al ver el muñeco en el horno se desquiciara y luego encontrara esto.

Se oyó una voz procedente del salón.

– ¿Detectives? -Aidan regresó al salón, donde el forense examinaba el cadáver de Winslow con el entrecejo fruncido-. Soy Johnson, del equipo de VanderBeck. Julia me ha avisado de que este hombre ha pasado a mejor vida. ¿Qué se supone que tengo que averiguar?

– De entrada, la hora de la muerte -respondió Aidan-. También habrá que realizar un análisis de tóxicos.

Johnson se agachó junto al cadáver.

– Aún está tibio, la sangre no ha empezado a coagularse. Diría que apretó el gatillo hace una hora como máximo. ¿Qué hace ahí ese oso? Anda, miren eso -prosiguió sin aguardar la respuesta. Levantó la cabeza, su semblante denotaba asombro-. Mi madre siempre nos decía que acabaría tirándose de los pelos de pura desesperación, pero nunca había visto a nadie que de verdad llegara a hacerlo.

Aidan se inclinó para observar el cadáver de cerca. Con la mano izquierda, Winslow aferraba un manojo de pelo castaño oscuro con algunas canas, el mechón que le faltaba en el cuero cabelludo y que, en parte, aún le colgaba suelto por encima de la nuca.

Johnson retiró con suavidad el oso que sostenía Winslow, lo alzó y le dio la vuelta lentamente para examinarlo.

– En el oso también hay pelo. Debió de arrancárselo con las dos manos antes de asir el peluche.

– ¿Qué le han hecho a usted, Winslow? -masculló Aidan.

– Lo siento, detective, necesito un poco de espacio libre. ¿Puede retirarse?

Cuidadosamente, Aidan se hizo a un lado. Tenía todos los sentidos puestos en los movimientos del forense hasta que un grito ahogado lo obligó a volverse de golpe hacia la puerta abierta.

Allí estaba Tess Ciccotelli, sin abrigo, con el pelo y la chaqueta empapados de sudor y el rostro blanco como el papel. Con una mano se cubría la boca y tenía los ojos oscuros abiertos como platos del horror. Vacilante, puso un pie en el salón y se detuvo en seco.

– ¡Oh, no! -musitó-. ¡Avery!

Un agente que estaba apostado en el rellano la tomó por el brazo.

– Lo siento, detective, se me ha escapado.

Tiró de ella, pero Tess forcejeó sin apartar la vista del cadáver de Avery Winslow. El policía volvió a tirar de ella, esta vez con más fuerza.

– Vamos, «doctora». -Pronunció la palabra sin ningún respeto, y eso, junto con el hecho de que le tirara del brazo, hizo que a Aidan le hirviera la sangre.

– Suéltela, agente. -A pesar de los esfuerzos por mantener la calma, sonó como un gruñido.

El policía parpadeó, muy sorprendido.

– Es Tess Ciccotelli, detective. Es…

– Ya sé quién es -repuso Aidan con acritud-. Déjela.

Con el rostro ensombrecido, el agente le obedeció y se hizo atrás a la vez que miraba a Ciccotelli con absoluto desdén, pero ella ni se dio cuenta. Murphy se quitó un guante, le puso la mano en el hombro y la atrajo hacia sí.

– Vamos, Tess -susurró-. Ya no puedes hacer nada. Llamaré a alguien para que te acompañe a casa.

Ella se liberó del abrazo de Murphy.

– Perdió a su hijo -soltó, como si no hubiera oído a nadie pronunciar palabra-. Solo era un bebé. -Posó los ojos en los de Aidan y en ese momento todo vestigio de duda acerca de su inocencia… desapareció. Su mirada era angustiada. Y sincera.

– ¿Cómo murió? -preguntó Aidan en voz baja. A través de la vistosa bufanda de seda de Tess, notó el movimiento de su garganta al tragar saliva. La había juzgado mal, ahora se daba cuenta.

– Ocurrió el verano pasado -susurró ella-. Hacía mucho calor, ¿se acuerda? Salía de casa a toda pastilla para ir a trabajar cuando su esposa le recordó que ese día le tocaba a él dejar al niño en la guardería. -Sus ojos se posaron en el cadáver de Winslow y al notar que le temblaban los labios, se los mordió.

Con el rabillo del ojo, Aidan vio que Johnson no movía un dedo y que Jack observaba la escena desde la puerta de la cocina. Ciccotelli prosiguió, ajena a todos ellos. Su voz adoptó un tono etéreo que hizo que a él se le erizara el vello de la nuca.

– Él no quería llevarlo, tenía mucho que hacer y llegaba tarde. Tenía la mente ocupada con reuniones, pero hizo lo que le pedía su esposa porque ambos compartían las obligaciones en igual medida y… -Volvió a tragar saliva-. Y porque amaba a su hijo. Sentó al niño en el coche, le colocó el cinturón de seguridad y se puso en marcha. Había mucho tráfico y eso aún lo retrasó más. Para tranquilizarse, puso un CD. Al fin llegó a la oficina y entró a toda prisa. Los clientes lo estaban esperando. En algún punto del trayecto se había olvidado de su hijo, y no volvió a acordarse de él hasta que al cabo de unas cuantas horas oyó alboroto en la calle. En el aparcamiento había un coche de la policía, y también una ambulancia. Un agente se disponía a romper el cristal de la ventanilla.

Tess cerró los ojos.

– Era su monovolumen, y el niño estaba dentro. Dijeron que la temperatura del habitáculo había ascendido hasta los cuarenta y cuatro grados. El cerebro de su hijo estaba… -Se interrumpió a la vez que sacudía la cabeza, incapaz de continuar. De hecho, no hizo falta. La escena que describía era lo bastante vivida. Aidan se lo figuró todo: la frenética desesperación del padre, allí plantado, consciente de haber cometido un terrible error. Y la imagen de aquel padre al descubrir que había un muñeco derritiéndose en el horno se le antojó aún más espantosa.

– Trataron de reanimar al bebé mientras Avery lo presenciaba todo, pero era demasiado tarde -terminó de forma brusca-: Su hijo ya llevaba al menos dos horas muerto.

Aidan exhaló un suspiro. No era el momento de ponerse a pensar en todos sus sobrinos, ni en lo ocupados que solían estar sus hermanos, ni en cómo una tragedia semejante podía ocurrirles incluso a los mejores padres. Sin embargo, no pudo evitarlo; por eso tuvo que carraspear con brusquedad.

– ¿Cuándo acudió a la consulta?

– Después de tratar de suicidarse por primera vez. Para entonces, su mujer ya lo había dejado. Él… se odiaba. Todo el mundo le echaba la culpa de lo ocurrido. -Tess abrió los ojos y cruzó la mirada con la de Aidan-. Fue un accidente, detective. No fue más que un horrible accidente.

Johnson, en silencio, se había puesto a trabajar de nuevo.

– Detectives, debajo del cadáver hay algo -observó mientras tiraba de una caja plana del tamaño de un plato de postre.

Murphy tomó la caja y levantó la tapa. Alzó la cabeza con expresión de desconcierto a la vez que inclinaba la caja para que todos pudieran ver el contenido.

– Hay un CD. Es la banda sonora de El fantasma de la ópera. ¿Por qué?

Tess reaccionó igual que si acabara de recibir una descarga de cuarenta voltios. Se presionó los labios con los dedos mientras miraba fijamente el CD que la caja contenía.

– Es la música que Winslow iba escuchando en el coche. Dijo que se había distraído cantando «Música en la noche». -Volvió a tragar saliva-. Después de ese día no pudo quitarse nunca esa pieza de la cabeza, ni el llanto de su bebé. No podía dormir; no podía hacer nada de nada. Perdió el trabajo y a su mujer, y el remordimiento lo llevó al borde de la desesperación.

– Pues alguien le ha dado un empujón para que acabara de desesperarse -dijo Aidan, y ella asintió con un gesto rígido.

– Sí.

Murphy tapó la caja y se la entregó a Jack.

– Métela en una bolsa, por favor.

– Detectives. -Johnson colocó el cadáver de lado y dejó al descubierto una fotografía en color: veintiuno por veintisiete, brillo. Aún era más horrible que la de Melanie colgando de la soga. A Aidan se le revolvió el estómago; quería apartar la mirada de la imagen pero algo se lo impedía. Era la fotografía de un bebé en una sillita de coche; llevaba puesto un pelele azul y tenía el rostro enrojecido y abotargado, sus facciones apenas resultaban reconocibles.

Con movimientos yertos, Tess Ciccotelli avanzó desde la puerta hasta situarse al lado de Aidan y una vez allí miró al suelo.

– Es su hijo. -Tenía la voz enronquecida y temblaba de furia-. Así es como la policía lo encontró aquella mañana. -Cerró los ojos y frunció los labios con amargura-. ¿Quiere saber lo mejor? Quienquiera que haya enviado esto no tenía necesidad de hacerlo. Esa imagen es la que veía Avery Winslow cada vez que cerraba los ojos.

Durante unos instantes, nadie pronunció palabra. Al final Murphy suspiró.

– En el escritorio hay un sobre del mismo tamaño de la foto. -Con una mueca lo asió por el único extremo que no estaba manchado de sangre y sesos. Entre dientes, leyó el remite-: «Dra. T. Ciccotelli, psiquiatra». Está timbrado, Tess. Es uno de tus sobres.

Tess se quedó boquiabierta, paralizada. Miró horrorizada el sobre, la fotografía y el cadáver de Avery Winslow hasta encolerizarse.

– Lo siento, tengo que marcharme. -Se dio media vuelta y se dirigió a la puerta a toda prisa.

Murphy se dispuso a salir tras ella pero Aidan negó con la cabeza mientras se quitaba los guantes.

– Ya voy yo.

Tess se dirigió a la puerta de la escalera.

– Espere, doctora Ciccotelli.

Ella siguió su camino con paso decidido y sin volver la cabeza.

Aidan atravesó la puerta mientras ella desaparecía en el primer tramo de la escalera.

– Aguarde, doctora.

Ella vaciló un brevísimo instante y luego aceleró, asiéndose a la barandilla para guardar el equilibrio cuando dio la vuelta al rellano y emprendió el siguiente tramo.

Tess corría, y la escalera se desdibujaba bajo sus pies. Reagan aún la seguía, oía retumbar sus pasos detrás de ella, cada vez más cercanos. Pero no podía parar, no podía siquiera respirar. Necesitaba un momento, solo un momento para recobrar el aliento y la serenidad.

«Esa foto… Santo Dios. ¿Quién habrá hecho una cosa así? ¿Quién ha podido ser tan cruel?» Esa foto… Esa imagen espantosa había salido de uno de sus sobres. «Y mi nombre aparecía estampado en una esquina.» Avery había abierto el sobre porque confiaba en ella. Se le atrancó la garganta. Qué debía de haber pensado… qué debía de haber sentido. «Un gran sufrimiento al ver a su hijo en ese estado… y al pensar que la foto la había enviado yo.» Luego se había llevado la pistola a la boca y había apretado el gatillo.

Estaba muerto. Avery estaba muerto. Y por malo que eso fuera, el motivo de su muerte era incluso peor. Una hora antes aún era capaz de decirse a sí misma que no tenía la culpa de nada, que alguien que deseaba la muerte de Cynthia Adams la había utilizado.

Ahora sabía que eso no era cierto. La verdad era que alguien había utilizado a Cynthia y a Avery. El verdadero objetivo… «soy yo.» Dos personas inocentes habían muerto. «Por mi culpa.»

Exhaló un suspiro entrecortado y se detuvo de golpe, aferrada a la barandilla mientras el latido del corazón le aporreaba los oídos y las rodillas le flaqueaban. Se agachó para sentarse en un peldaño; cada vez que inspiraba tenía que hacerlo con más fuerza.

El sonido de los pasos de Reagan se volvió más espaciado y al fin cesó. Lo tenía justo detrás. Ahora lo único que se oía en la escalera era su propia respiración acelerada.

– Tess -dijo. Nada más. Solo eso.

Pero el monosílabo pareció envolverlos y adquirir vida propia. Ella fijó la vista en la pared que tenía enfrente.

– No saldré de la ciudad -dijo, y se puso en pie-. Le doy mi palabra. Colaboraré en todo lo que pueda. -Con paso envarado, se puso en marcha de nuevo, y ya había bajado medio tramo más cuando Aidan la adelantó por la izquierda. Él se plantó en medio del rellano y le bloqueó el paso con su figura corpulenta. Tess se detuvo en el último escalón, le temblaban las rodillas.

«No puede arrestarte -se dijo-. No has hecho nada.»

Pero sabía que si quería, podía hacerlo, y que en cambio no había nada en absoluto que ella pudiera hacer para evitarlo.

– Lo siento, detective. -Su voz se quebró y se odió por ser tan débil y tener miedo. Podría haberse dicho que aquello iba dirigido a Avery y a Cynthia, pero era lo bastante realista para admitir que no era así. Iba dirigido a ella-. Llevaba toda la tarde tratando de localizarme. ¿Qué ha descubierto?

Estaban tan cerca que Tess notaba el aliento de él en la mejilla. Era fuerte y robusto; su mirada, penetrante y orgullosa, pero en ella también podía ver compasión. Compasión por Cynthia, por Avery. Y por un instante se preguntó cómo se sentiría si en lugar de acusarla la protegiera. Fue un pensamiento fugaz.

– Hemos encontrado tres floristerías donde el sábado vendieron lirios a una joven -dijo en tono grave-. Las pagó todas con una tarjeta de crédito.

Tess no tuvo que preguntar nada, sabía la respuesta de antemano. Hizo acopio de valor y lo miró a los ojos. Su mirada era seria pero no acusatoria.

– Con la mía -dijo ella con voz inexpresiva.

Él inclinó una vez la cabeza en señal de asentimiento.

– Sí.

Tess apretó los labios.

– Yo no fui, detective. Yo no he hecho nada. -Apartó la mirada-. Imagino que no me cree.

– Yo también pensaba que no podría creerla.

Atónita, Tess posó de inmediato la vista en el serio semblante de él y volvió a notar el pulso alterado.

– ¿Me cree?

Él arqueó las cejas como si desconociera por completo qué razones lo habían llevado hasta aquella conclusión.

– Sí.

– Entonces… -Casi tenía miedo de pronunciar las palabras en voz alta-. Entonces, ¿no piensa arrestarme?

– No. -Él se asió al final de la barandilla y retrocedió un paso hasta el rellano; su intensa mirada expresaba tribulación-. Pero necesito saber por qué la han implicado en esto.

– No lo sé. Pensaba que me habían utilizado como mero instrumento, pero no es así.

– Esta mañana se me ha ocurrido que tal vez el verdadero objetivo fuera usted, ahora tengo la certeza.

Ella ladeó la cabeza.

– ¿Qué ha ocurrido esta mañana? ¿Qué lo ha hecho cambiar de opinión?

Él desvió la mirada unos instantes. Cuando volvió a ponerla en ella, se había apagado.

– Ayer por la tarde pedí una lista de los casos en los que ha declarado como testigo de cargo. Es muy larga. Hay muchas personas que se beneficiarían si resultara inculpada. Le debo una disculpa, doctora Ciccotelli. Me he equivocado con usted.

El hecho de llamarla «doctora» sirvió para volver a marcar las distancias entre ambos. En cualquier caso, siempre era mejor el trato formal que una mirada acusatoria.

– Gracias.

– Ahora tenemos que decidir cómo continuar. -Miró el reloj-. Me he entretenido demasiado, debo volver arriba y acabar de revisar el escenario del crimen. Vamos, la ayudaré a subir hasta la siguiente planta; luego ya tomará el ascensor para bajar.

Tess negó con la cabeza, la idea le revolvía el estómago.

– No se preocupe, iré por la escalera.

Él la miró como si estuviera loca.

– Son nueve pisos.

A Tess le daba igual que fueran nueve o diecinueve. Solo tomaba el ascensor cuando no tenía más remedio, y eso implicaba como mínimo tener que subir veinte plantas. En su estado actual, no quería ni siquiera pensar en quedarse encerrada en una cabina de dos metros cuadrados, y menos tratándose solo de nueve pisos.

– Ya he bajado un piso y medio, así que solo quedan siete y medio más. Suba y termine su trabajo, detective. Es lo mínimo que podemos hacer por Avery Winslow. No se preocupe por mí, llámeme cuando podamos hablar. Yo me dedicaré a revisar las notas de mis exámenes psiquiátricos para los juicios, tal vez eso me ayude a señalar algún nombre de los que aparecen en su lista. -Bajó la vista al suelo y luego volvió a mirarlo a los ojos-. Gracias por creerme, detective.

Él asintió con una inclinación de cabeza y subió dos peldaños a la vez que ella bajaba otros dos. Un escalofrío recorrió la nuca de Tess y se volvió para descubrir que él se había detenido y la estaba mirando. Sus labios dibujaban una línea adusta y sus brillantes ojos azules estaban fijos en el rostro de ella, que ante el escrutinio, se sonrojó. La mirada no tenía nada que ver con el anterior gesto acusatorio, pero resultaba exactamente igual de intensa. Tess notó que se le aceleraba el pulso.

– De nada, doctora -respondió él al fin, muy serio. Luego, empezó a subir los escalones de dos en dos y en menos de un minuto ella oyó que una puerta se abría y se cerraba; el sonido retumbó en la escalera.

Tess exhaló un profundo suspiro, se sentía un poco aturdida. El detective Aidan Reagan emanaba fuerza. Aún tenía la piel de gallina debido a la larga mirada que ni siquiera se atrevía a calificar. «Puedes darte por satisfecha de que no te haya arrestado, Tess», se dijo. Se dispuso a bajar la escalera sintiéndose aliviada y culpable al mismo tiempo. No iban a arrestarla.

Pero dos personas habían muerto, y eso no cambiaría.

Las piernas le flaqueaban y se sentía aturdida, aun así consiguió bajar los siete pisos y medio y alcanzar el rellano de la planta baja en el instante en que Amy salía del ascensor con su abrigo marrón en el brazo. Su amiga la miró con los ojos entornados.

– ¿Qué ha pasado ahí arriba? He encontrado aparcamiento y he subido a buscarte pero un policía me ha impedido que saliera del ascensor. El mocoso me ha dicho que el detective Reagan había bajado a por ti. Ya creía que tendría que ir a buscarte otra vez a la comisaría.

– No es eso. Avery Winslow ha muerto.

– Me lo temía -repuso Amy-. Hay agentes y policía científica por todas partes.

– Han encontrado otra fotografía. -Al recordarlo se le revolvió el estómago-. Llegó dentro de un sobre con mi membrete, Amy.

La abogada arrugó la frente.

– Bueno, no resulta muy agradable, pero cualquiera podría robar un sobre; no es el fin del mundo.

– Iba dirigido a Avery Winslow.

– No ha sido culpa tuya y no puedes hacer nada por cambiar las cosas. Ponte el abrigo, te acompañaré a casa.

Tess cogió el abrigo y esbozó una sonrisa de agradecimiento. Había salido disparada del coche de Amy media manzana antes de llegar y se había olvidado el abrigo en el asiento de atrás.

– Gracias. Lo único bueno es que Reagan está convencido de que no lo he hecho yo.

– ¿De verdad? ¿El superdetective te lo ha confesado?

Tess se removió incómoda ante el tono de burla de su amiga.

– Sí.

La risa de Amy denotaba cierto desdén.

– ¿Y tú te lo has creído?

Tess asintió.

– Sí.

– Caray, no seas idiota, Tess.

Tess se irguió, ofendida.

– No soy idiota.

Amy empujó la puerta y salió a la calle.

– Si te crees todo lo que te diga la policía es que eres idiota. Tengo el coche aparcado a dos manzanas. -Escrutó el rostro de Tess con ojo crítico-. Estás pálida. Si quieres espérame aquí mientras voy a buscarlo.

Tess negó con la cabeza, seguía dolida por el insulto.

– Me sentará bien caminar.

Amy se encogió de hombros y empezó a andar.

– Muy bien. Mira, siento haberte llamado idiota, pero me estás asustando. La policía quiere que te confíes, forma parte de su estrategia. Estoy segura de que, con esos ojazos azules, Reagan parece absolutamente sincero, pero el hecho es que es policía. Lo único que quieren es que te confíes. -La miró con ojos penetrantes-. Habéis hablado en la escalera, ¿verdad?

Tess mantuvo la mirada fija hacia el frente.

– Solo le he dicho que yo no he sido.

– Y te ha pedido que os reunáis más tarde para hablar.

Ella alzó la barbilla, el tono agresivo de Amy la confundía.

– De hecho, se lo he pedido yo.

La despectiva carcajada de su amiga le puso los pelos de punta.

– ¿Cuánto te dije que te cobraría? Voy a tener que duplicar el precio.

Tess apretó los dientes y no dijo nada.

Amy resopló impaciente.

– Estás enfadada conmigo porque soy la única persona que te habla con franqueza. Tess, no te fíes de la policía. Reagan utilizará su pestañeo seductor y su sonrisa de estrella de cine para conseguir que se lo cuentes todo; pero ¿sabes qué, querida? Que todo lo que digas será utilizado en tu contra. No me hagas trabajar más de la cuenta, caray. Cierra la boca y todo irá bien. No hables con ningún policía sin que tu abogada esté presente, es decir, sin que esté yo. ¿Me das tu palabra?

Tess embutió las frías manos en los bolsillos. No sabía qué le molestaba más, si la amonestación de Amy o lo poco que esta confiaba en su capacidad para juzgar a las personas.

«Resulta que la psiquiatra soy yo», pensó con ironía. Colaborar con la policía no tenía nada de malo. De hecho, era posible que constituyera el único medio de terminar con todo aquello antes de que muriera alguien más.

– ¿Y qué pasa si me niego, abogada?

Amy se detuvo en medio de la acera y obligó a Tess a hacer lo mismo. Su amiga hablaba totalmente en serio, su mirada era tan cortante como una cuchilla de afeitar y tenía las mejillas enrojecidas de ira.

– Pues que tendrá que buscarse quien la defienda, doctora, porque yo no pienso representarla. -Y dicho eso, echó a andar y dejó a Tess plantada en la acera, mirándola boquiabierta. Mientras su amiga desaparecía entre la multitud, Tess cayó en la cuenta de que era la segunda vez en tan solo una hora que alguien la llamaba «doctora» en aquel tono tan desagradable.

La primera persona había sido el policía apostado en la puerta del piso de Avery Winslow, que probablemente al asirla por el brazo le había dejado un moretón. Por suerte Aidan Reagan le había parado los pies, le había ordenado que la soltara y no precisamente en un tono amable. Reagan la había respaldado, pero Tess se dijo que él era así; lo había hecho porque formaba parte de su carácter.

Daba qué pensar, aunque también tenía que pensar en un modo de volver a casa. Amy se había marchado hacía rato, no podría alcanzarla por mucho que corriera y tampoco pensaba hacerlo. No obstante, había salido del despacho sin maletín y sin monedero. En el bolsillo llevaba un dólar y medio, un poco de pelusilla y el móvil. «Si estuviera en casa, avisaría a Vito y vendría a buscarme en menos que canta un gallo.»

El pensamiento la sorprendió tanto que la obligó a pestañear. Y a apretar los dientes. Ahora su hogar estaba en Chicago, no en el sur de Filadelfia. Y su hermano Vito se encontraba a cientos de kilómetros de distancia. «Lo echo de menos.» Era capaz de admitirlo. «Los echo de menos a todos.» Sabía que Vito acudiría a su lado si lo llamara, pero eso le crearía problemas con su padre y no quería que eso sucediera. Pero si la hubieran arrestado… «Sí, entonces lo habría llamado.» No era ese el caso, así que descartó la idea.

En ese momento Jon debía de estar en el quirófano y Denise se habría marchado a casa. Levantó la vista hasta el piso de Avery. Murphy y Reagan seguían allí.

Y también los restos de Avery Winslow. Cerró los ojos para apartar de la memoria aquella escena, pero los abrió de inmediato ante las imágenes que se proyectaban en sus párpados. Avery yacía con la cabeza medio reventada y Cynthia tenía el cuerpo abierto en canal. También acudió a su mente su propia voz incitando a Cynthia a suicidarse. El recuerdo la perseguiría siempre.

No podía volver a subir, volver a enfrentarse a todo ello.

El hecho le daba rabia, y además la advertencia de Amy no cesaba de rondarle por la cabeza. Reagan era una buena persona y un buen policía. Murphy se lo había dicho. Por otra parte, Murphy había permitido que la arrestaran y la interrogaran. La razón le decía que lo había hecho para cumplir con su deber, pero aun así se sentía dolida. Además eso demostraba que la confianza depositada en un policía podía esfumarse de la noche a la mañana.

Ayudaría a Reagan y a Murphy, pero se andaría con cuidado. De momento lo que necesitaba era encontrar un lugar donde descansar y resguardarse del frío. Echó un vistazo alrededor para tratar de orientarse. Estaba a solo unas manzanas del Lemon, el local donde sabía que la acogerían aunque no llevara un centavo encima.

Lunes, 13 de marzo, 16.45 horas.

Joanna dio sin querer un empujón a una dama que paseaba a un lento basset y masculló una disculpa sin dejar de correr. Tess Ciccotelli, igual que todo el mundo, caminaba con la cabeza gacha para protegerse del viento y de la lluvia, lo cual le venía de perlas para pisarle los talones. Llevaba toda la tarde siguiendo a Ciccotelli y sabía que otro de sus pacientes había muerto. La noticia volvería a aparecer en portada.

Y volvería a firmarla Cy Bremin. «Antes tendrá que pasar por encima de mi cadáver», pensó sin intención de hacer ningún juego de palabras.

Entrecerró los ojos que mantenía fijos en la persona que acababa de doblar la esquina y se dirigía hacia el oeste. Le hacía falta una exclusiva para asegurarse de que el cabrón de Schmidt no le cedería la noticia a Bremin.

Necesitaba hablar con Tess Ciccotelli sin trabas y parecía que sus deseos iban a hacerse realidad pues, en un arrebato que había dejado a Joanna estupefacta, la joven había despedido a su abogada; nada más y nada menos. Allí mismo, en plena calle. Y todo porque a la medicucha se le había metido en la cabeza, cooperar con la policía.

Personalmente, ella estaba de acuerdo con la abogada. Ciccotelli era idiota. O tal vez -y no era más que una simple suposición- fuera cierto que no había hecho nada malo y todo formara parte de un plan verdaderamente enrevesado. Francamente, eso era lo de menos; lo importante era que la firma del artículo rezara «Joanna Carmichael».

Capítulo 7

Lunes, 13 de marzo, 16.45 horas.

Aidan llegó justo en el momento en que Johnson, el forense, cerraba la cremallera de la bolsa que contenía el cadáver de Winslow. Se apartó para que pasaran con la camilla y se situó al lado de Murphy.

– Tess está bien -anunció Aidan en voz baja-. Le he contado lo de las tarjetas de crédito. No ha hecho falta decirle que eran suyas, ya se lo imaginaba.

– Mientras estabas con ella me ha llamado Spinnelli. -Murphy le mostró el cuaderno donde había apuntado la dirección de una oficina bancaria del otro extremo de la ciudad-. Ha averiguado que la cuenta donde se efectuaron los cargos de la tarjeta de crédito es de esa oficina. Está abierta hasta las seis.

Aidan miró el reloj.

– Tenemos el tiempo justo.

– Spinnelli también me ha dicho que tiene noticias de Patrick. Hay cinco abogados que están preparando recursos de apelación.

– Se va a armar.

– La gorda -añadió Murphy-. ¿Dónde está Tess?

– Se ha marchado a su casa a revisar los informes psiquiátricos de los juicios. Le he dicho que la llamaría más tarde.

– ¡Murphy! -Jack apareció en el vestíbulo donde confluían los dormitorios y les hizo señales para que se aproximaran-. Ven tú también, Aidan. Te gustará ver esto.

Siguieron a Jack hasta la habitación que había sido el dormitorio del bebé. La cuna seguía estando en una esquina y en el cambiador se apilaban pañales desechables y polvos de talco, todo cubierto por una gruesa capa de polvo. Uno de los ayudantes de Jack se encontraba de pie sobre un taburete con el rostro contra un conducto de ventilación destapado cuya rejilla estaba apoyada en la pared.

– Este es Rick Simms. Muéstrales lo que has encontrado, Rick.

Rick se volvió; entre el índice y el pulgar sostenía un pequeño receptáculo negro, de dos centímetros y medio de ancho por uno veinticinco de largo.

Aidan se subió a un extremo del taburete para verlo mejor. Un cable de dos centímetros y medio de largo sobresalía de una de las esquinas del receptáculo y Aidan supo de inmediato qué era lo que había encontrado Rick Simms. Miró a Murphy; ambos estaban atónitos y enojados. Le sorprendía que todavía les afectara algo después de todo lo que habían visto esa tarde.

– Es una cámara.

– Tienes buena vista -comentó Rick-. Es una cámara inalámbrica de alta resolución. -Inclinó ligeramente el receptáculo-. Y además puede reproducir sonidos. Aquí está el micrófono.

– Al muy hijo de puta le gusta mirar -masculló Murphy-. ¿Cómo habéis sabido que estaba ahí?

– Rick se ha fijado en que no había polvo en la rejilla -dijo Jack con cierto orgullo en la voz-. Buen trabajo.

En el rostro de Rick se dibujó una sonrisa deslumbrante.

– Gracias.

– ¿Cuántas cámaras más hay? -preguntó Aidan, bajándose del taburete.

– Eso mismo nos preguntamos. -Jack los condujo de nuevo al salón-. Seguro que no han querido perderse el gran final -dijo, y señaló la rejilla de ventilación que había sobre el escritorio, cuya superficie había quedado despejada al trasladar el ordenador al laboratorio.

– Prueba con esa.

Rick hizo una mueca al esforzarse por alcanzar el conducto de ventilación salpicado de sangre y sesos.

– Qué asco, Jack -exclamó.

Jack soltó una risita sardónica.

– No te irá mal mancharte las manos para variar. Rick es uno de los expertos en electrónica del equipo -explicó dirigiéndose a Aidan-. No suele salir del laboratorio, pero esta vez he pedido que vinieran todos.

Rick entregó la rejilla a Jack, quien la depositó en el suelo con cuidado.

– Tenías razón -dijo Rick-. Hay otra cámara con micrófono y… -Enfocó el oscuro hueco con la linterna y luego se volvió, turbado-. Y un altavoz instalado en la pared. -Lo descolgó para que todos pudieran verlo. Consistía en una cajita del tamaño de una ciruela-. ¿Para qué le hacía falta un altavoz?

– Mientras estabas con Tess ha venido un vecino, Aidan -explicó Murphy-. Nos ha dicho que llevaba todo el día oyendo llorar a un bebé. Yo creía que el hombre había estado viendo algún vídeo, pero ahora ya sabemos de dónde salía el llanto.

Rick miró con repugnancia el altavoz que sostenía.

– Nos enfrentamos a un gran hijo de puta.

– ¿Adónde va a parar la señal del vídeo? -preguntó Aidan.

– Aún no lo sé -respondió Rick-. Pero de entrada sospecho que al receptor Ethernet. Y luego… -Hizo una señal con la mano-. Sale por ahí.

Murphy pestañeó extrañado.

– ¿Al receptor Ethernet?

– Es un medio de conectarse a internet -dijo Aidan; la mente le bullía, las repercusiones eran demasiado abrumadoras.

Rick asintió.

– Es un vídeo de esos a los que se puede acceder sin necesidad de descargárselos; el último grito, chicos. Las cámaras que normalmente encuentro están situadas en el suelo o en los zapatos de alguna mujer, hay pervertidos que las utilizan para verlas en ropa interior. Esa la han colocado para vigilar al tipo.

Murphy sacudía la cabeza.

– Así, ¿las imágenes aparecen en internet? -repitió-. ¿En una página web o algo similar? ¿Nos estás diciendo que cualquiera podría haber visto a Winslow volarse los sesos?

– Es posible. -Rick encogió un hombro-. Depende de lo que pretenda el autor de todo esto. Si el espectáculo es privado, no aparecerá en una búsqueda de Google. -Arqueó las cejas-. Si no…

A Aidan se le revolvió el estómago al captar el significado de las palabras de Rick.

– Santo Dios. ¿Podría ser una de esas páginas en que la gente paga por entrar? -Miró a Murphy y vio que ambos habían llegado a la misma conclusión.

– Es el snuff del siglo veintiuno. -A Murphy empezó a temblarle un músculo de la tensa mandíbula-. Parece increíble.

– ¿Tenéis idea del tiempo que lleva eso ahí? -preguntó Aidan.

Jack se acuclilló para examinar la rejilla.

– En las rendijas se ve suciedad, pero en los tornillos no hay apenas polvo. Tal vez una semana o dos.

– Tenemos que averiguar quién ha accedido a este piso durante las últimas dos semanas -concluyó Murphy-. ¿Qué tipo de persona buscamos? ¿Hace falta tener conocimientos de algún programa en especial?

Rick se bajó del taburete.

– En realidad podría haberlo hecho cualquier adolescente ducho en piratería informática.

Aidan dio un resoplido cansino.

– Jack, tendremos que volver a registrar el piso de Cynthia Adams para ver si hay algún aparato semejante.

Jack miró a Rick.

– ¿Puedes hacerlo hoy?

Rick asintió.

– ¿Agarrar a ese tío? Claro.

– Primero tenemos que seguir la pista de las flores del piso de Adams -explicó Murphy-. ¿Puedes encargarte de terminar con esto, Jack?

Jack agitó la mano para indicarles que podían irse.

– Marchaos. Nos encontraremos en el despacho de Spinnelli a las ocho. Decidle que encargue comida china, la noche será larga.

Lunes, 13 de marzo, 20.30 horas.

Seguía allí. Sentada en el comedor de su casa con una bata de seda roja y gruesos calcetines blancos. A su lado, encima de la mesa, había medio vaso de vino tinto. Consultaba ficheros y más ficheros.

Seguía allí. No estaba donde tenía que estar, encerrada en una celda, muerta de miedo, rodeada de chusma, aguardando a que uno de esos tipos a quienes llamaba «amigos» pagara la fianza; o bien delante de un juez.

Pero la paciencia era una virtud, y el rostro de Ciccotelli empezaba a denotar estrés. La mano le temblaba cada vez que asía el vaso de vino y de vez en cuando en su rostro se dibujaba una expresión de puro horror que le tornaba las mejillas pálidas y los ojos vidriosos. Estaba recordando el aspecto de los cadáveres, imaginando cómo debían de haberse sentido las víctimas justo antes de morir al creer que las había traicionado, preguntándose cuál sería la siguiente.

Era suficiente por el momento.

En cuanto a la policía, de momento podían darse por satisfechos si al ir a mear se encontraban la polla. Con el tiempo, acabarían consultando las cuentas corrientes de las víctimas y paso a paso irían acortando la distancia que separaba a Ciccotelli de su bonita fosa. Mientras tanto, quedaba por ver cuál era la decisión del consejo de cualificaciones profesionales. Habían entrado en acción antes de lo esperado, y todo gracias a Cy Bremin y la noticia que había ocupado una portada entera. Se lo había pasado en grande.

Tenía ganas de volver a oírlo. Un simple clic del ratón sobre el archivo de sonido sería suficiente para que la áspera voz del doctor Fenwick cobrara vida. «El consejo considera que las imputaciones son graves e inaceptables.»

No. «¿En serio?» Las imputaciones no eran graves e inaceptables. Aquel era uno de los comentarios más necios que su micrófono había recogido durante las semanas que llevaba oculto tras uno de los archivadores del despacho de Ciccotelli. El consejo no tenía ninguna prueba en su contra y todos los presentes en la sala lo sabían: Fenwick, Ciccotelli y su abogada, que rápidamente había despachado el asunto con amenazas farragosas.

Sin embargo, la visita había sentado las bases sobre las que podría construir algo interesante. Era probable que el imperioso doctor Fenwick considerara la muerte de Avery Winslow más inaceptable aún. Segundo delito grave. El tercer ataque iría dirigido al consejo de cualificaciones profesionales, no a la policía. No sería el toque final, pero le serviría para matar el aburrimiento mientras la policía daba palos de ciego.

Y sobre todo sería muy divertido verlo.

Lunes, 13 de marzo, 20.30 horas.

– ¿Y bien?

Spinnelli ocupaba un extremo de la mesa y fruncía la cara mientras masticaba. Los otros asientos estaban ocupados por Aidan, Murphy, Jack, Rick y Patrick, quien acababa de informarles de que el número de recursos de apelación había ascendido a ocho.

– Déjanos cenar tranquilos, Marc -protestó Jack-. No he tomado nada desde la hora de comer.

– Nosotros ni siquiera hemos comido -agregó Aidan. Habían empleado mucho tiempo en las floristerías-. Si queréis mientras cenamos podemos mostraros un vídeo. -Se puso en pie y tomó el disco que habían extraído de la cámara de seguridad de la oficina bancaria; luego aferró la bandeja de General Tso's al ver que Murphy le dirigía una mirada voraz a su comida-. No tendremos que rebobinar mucho. -Insertó el disco, oprimió el play y se apartó para que el grupo pudiera ver la pantalla del televisor-. Ocurrió el jueves pasado por la tarde. -En la pantalla apareció una mujer con un abrigo de color tabaco. El ondulado pelo moreno le caía suelto por encima de los hombros. Era más o menos de la misma estatura que Tess Ciccotelli y el grueso abrigo ocultaba sus formas.

La mujer parecía latina. Su rostro, aunque algo más delgado que el de Ciccotelli, tenía unas facciones lo bastante parecidas a las de esta como para pasar por italiana ante los ojos del atribulado empleado del mostrador, o en el vídeo de pésima calidad grabado por la cámara de seguridad.

– El abrigo de Tess es del mismo color -dijo Murphy-. Esta parte me ha puesto los nervios de punta -añadió-. Mirad cómo se desabrocha el abrigo, lo justo y necesario para mostrar la bufanda enrollada al cuello. Quería asegurarse de que el empleado del mostrador la viera porque Tess siempre lleva bufanda.

«Excepto cuando lleva un jersey negro de cuello alto tan ceñido que parece una segunda piel», pensó Aidan, pero borró de inmediato aquella imagen de su mente.

Spinnelli apretó la mandíbula.

– Es por la marca que le dejó la agresión que sufrió el año pasado.

Ahora la imagen que Aidan trataba de borrar de su mente era la de él rodeando con las manos el cuello del desgraciado que había estado a punto de matarla.

– Hostia -masculló Patrick mientras observaba las imágenes-. Se parece mucho a Tess.

– ¿Estás ciego o qué? No se le parece en nada -le espetó Murphy.

Patrick negó con la cabeza.

– No, no estoy ciego. Seguro que un juez opina que se le parece lo bastante como para aceptar los recursos de apelación, sobre todo teniendo en cuenta que cada vez hay más indicios que la acusan. Sin tener pruebas no es posible imputarle ningún delito -añadió-, pero las aguas están revueltas, y eso no la ayuda en nada. Mierda.

Aidan observó a la mujer dirigirse al casillero, inclinarse e introducir la llave en la cerradura.

– Ninguna persona en su sano juicio las confundiría, los movimientos de esa mujer no se parecen a los de Tess Ciccotelli.

– No me imagino alegando eso ante un juez, Aidan -dijo Patrick en tono irónico-. Aunque pienso lo mismo; seguro que hay muy pocas mujeres que se muevan como Tess.

Aidan se volvió para mirar a Patrick, en cuyo rostro se dibujaba lo más parecido a una sonrisa que le había visto esbozar jamás. Murphy, de pronto, estaba enfrascadísimo rebañando la bandeja de filete de cerdo recalentado. Jack sonreía abiertamente y Rick parecía estar a punto de hacer lo mismo. Al notar que se sonrojaba, Aidan alzó los ojos en señal de exasperación.

– Quiero decir que… Da igual.

Spinnelli frunció el bigote.

– Todos sabemos lo que quieres decir, Aidan. -Carraspeó y se puso serio-. Si dejamos a un lado la forma de moverse, Patrick tiene razón. Tendremos que demostrar que no se trata de Tess. ¿Es posible obtener alguna huella del casillero?

– Enviaré allí a un equipo, Marc -se ofreció Jack-. Pero parece que no se ha quitado los guantes en todo el rato.

La mujer del vídeo introdujo el correo del casillero en el bolsillo lateral de su maletín.

– ¿Es posible que sea el cerebro de la operación? -preguntó Patrick.

– No lo sé -respondió Aidan-. A mí me da la impresión de que está… demasiado nerviosa. Parece muy alterada.

Patrick se encogió de hombros.

– Yo también estaría nervioso si planeara asesinar a dos personas. Pero tienes razón, hay algo que no cuadra. Se deja ver demasiado. Sabe que la están grabando y representa su papel. Tenemos que averiguar quién es.

Murphy se cruzó de brazos y arrugó la frente.

– También aparece en la grabación del vestíbulo de casa de Adams. El portero desconectó la cámara que enfoca el ascensor en el piso en el que ella vivía, pero no en la planta baja. Veremos si alguien vio a la mujer entrar en casa de Winslow.

Spinnelli se presionó la barbilla con los dedos.

– ¿Qué hay de las cámaras del interior de los pisos?

Rick apartó los restos de comida de su bandeja.

– En el apartamento de Adams había instalado un sistema similar. He encontrado una cámara encima de la cama y otra en el salón. También había una en el baño -añadió, perplejo.

– En el primer intento de suicidio trató de cortarse las venas -dijo Aidan, extrayendo el disco del reproductor. Se sentó junto a Rick-. La gente suele hacerlo en la bañera. Tal vez nuestro hombre creyera que volvería a utilizar el mismo método.

– Tal vez. De todas formas, he descubierto que hay una relación entre los dos escenarios. En ambos había cámaras inalámbricas y altavoces. Todo estaba limpísimo y quienquiera que instalara los aparatos ni siquiera dejó huellas en las rejillas de ventilación. Antes de que me lo preguntéis, os diré que será casi imposible saber dónde compraron los dispositivos; se trata de un sistema de vigilancia de buena calidad, muy corriente. Puede adquirirse en cualquier tienda de material eléctrico o por internet. Se venden a montones. Sería como buscar una aguja en un pajar.

– ¿Qué hay de las transmisiones? -preguntó Aidan-. ¿Podemos seguirles la pista?

– Podemos intentarlo mientras el sistema de alimentación esté activado. El de Adams ya no funciona, pero las cámaras del piso de Winslow siguen conectadas. He encontrado el router al que está conectada la cámara inalámbrica. Puedo instalar un rastreador en la red y ver a qué dirección IP está dirigida.

Patrick pestañeó perplejo.

– Habla en nuestro idioma, Rick.

Rick soltó una risita.

– Lo siento. Las transmisiones de internet se dividen en paquetes y se envían a un destino donde vuelven a reunirse. Los rastreadores dividen cada paquete en sus componentes. Uno de ellos es la dirección IP, es decir, el destino. Yo puedo detectar las direcciones IP en la pantalla a medida que los mensajes son enviados a través de la red. Con todo, hay dos problemas. El primero tiene que ver con vosotros -dijo dirigiéndose a Patrick-. Es como intervenir un teléfono. Para empezar, necesito una orden judicial.

– Ya me lo imaginaba. -Patrick tamborileó con los dedos en la mesa-. ¿Qué más?

– El segundo problema es el mayor. Una vez obtenga la dirección IP, no tendré ninguna garantía de que sea la verdadera. Ningún hacker con dos dedos de frente se enviaría un vídeo así a sí mismo. Lo lógico sería que lo enviara a un ordenador zombi, y si es listo el primero debería enviarlo a un segundo. -Se encogió de hombros-. Y una vez llegue al destino final, aún me quedará relacionar la dirección IP con una persona, y los proveedores de internet no suelen colaborar. Para eso me hará falta otra orden judicial.

– Rastreadores y zombis -masculló Spinnelli-. ¿Cuánto tiempo te llevará, Rick?

– Puede que unos cuantos días. También tenéis que saber que muchos proveedores de internet dependen de holdings extranjeros, sobre todo los más importantes.

– Y seguro que este es uno de esos -gruñó Patrick-. Si depende de un holding extranjero, el esfuerzo habrá sido en balde.

Aidan se frotó las sienes.

– Tú has hecho eso muchas veces, Rick.

– Sí, por desgracia. Una de las mayores áreas que estamos investigando son los delitos a través de la red, y el que encabeza la lista es la pornografía infantil. Los pederastas conocen el sistema y te hacen dar vueltas y más vueltas hasta que pierdes el norte. Y cuando consigues llegar al final te encuentras con que han desaparecido y han vuelto a empezar en otra parte. Haré todo lo que pueda, de eso podéis estar seguros.

– Pero no tienes muchas esperanzas -adivinó Aidan.

Rick sacudió la cabeza.

– No. Me gustaría poder deciros otra cosa.

Patrick exhaló un suspiro.

– Para empezar, es todo cuanto tenemos. Te conseguiré la orden judicial en menos de una hora, Rick. Vuelve al piso de Winslow y espera allí.

Rick recogió sus cosas y se despidió.

– Gracias por la cena, teniente. Ah, otra cosa. Ese tipo desconectó la señal de las cámaras de Adams y supongo que pronto hará lo mismo con las de Winslow. Si eso ocurre, no tendremos nada de nada.

Spinnelli soltó un bufido de desesperación en cuanto Rick abandonó la sala.

– ¿Siempre es tan optimista?

Jack se encogió de hombros.

– Se pasa casi todo el día investigando el tráfico de pornografía infantil. ¿Cómo quieres que sea optimista?

Patrick se retiró de la mesa.

– Tengo que conseguir la orden judicial -dijo-. Mantenme informado, Marc. Llámame en cuanto sepas algo que pueda servirme para rebatir los argumentos y quitarme de encima las putas apelaciones.

Cuando el fiscal se hubo marchado, Spinnelli miró a Aidan, Murphy y Jack con hastío.

– Tenemos dos posibilidades: tratar de demostrar que Tess no lo ha hecho o descubrir quién está detrás de todo esto. Hasta ahora no nos ha ido muy bien con la primera opción, así que será mejor que nos centremos en la segunda. ¿Quién podría ser?

Murphy se volvió hacia Aidan.

– Creíamos que podría tratarse de uno de los indignados amantes de Adams, pero después de lo de Winslow me parece que no tiene sentido reclamar como prueba los informes del Departamento de Sanidad.

– No -convino Aidan-. Tienes razón. Podemos enfocar esto desde dos ángulos. Opción A: alguien trata de desacreditar a Tess Ciccotelli.

– ¿Por qué? -preguntó Spinnelli-. ¿Cuál es el motivo? El plan está muy bien trazado. Se necesita guardarle mucho rencor a Tess y ser muy inteligente para poner en práctica una cosa así.

– Una apelación es motivo suficiente -opinó Murphy-. Esa gente tiene familia.

Aidan extrajo de entre las hojas de su cuaderno la lista de procesados.

– Tendremos que empezar por uno de los nombres de esta lista. No he tenido tiempo de revisarla, pero Tess me ha dicho que esta noche revisaría sus archivos. Tal vez haya encontrado algo. -Miró el listado y sacudió la cabeza por la que aún rondaban las palabras de Rick Simms-. De todos modos, no puedo dejar de darle vueltas a la opción B. ¿Qué pasa si no se trata de algo personal? Es posible que alguien la haya elegido por tener contacto con personas lo bastante influenciables como para suicidarse. Su especialidad es precisamente los suicidas. Es posible que alguien se haya dedicado a seleccionar víctimas de su lista de pacientes y luego utilizar su propio sentimiento de culpa para atormentarlas hasta que se suicidan.

– Y a grabarlo todo en un vídeo para colgarlo en internet -concluyó Jack con gravedad.

Spinnelli no estaba convencido.

– Me parecen demasiadas molestias.

– A lo mejor el tipo disfruta con lo que hace, Marc -le espetó Aidan-. Y si encuentra clientes dispuestos a pagar lo que pide… el motivo podría ser tan simple como la avaricia.

– Esto no tiene nada de simple -repuso Spinnelli-. Pero lo que dices tiene sentido, Aidan. Todos hemos topado alguna vez con un sociópata que no dudaría un instante en aprovecharse de otra persona. ¿De quién estaríamos hablando en ese caso?

– Si Tess no es más que un medio y lo que verdaderamente importa son sus pacientes… -Aidan se encogió de hombros-. No tenemos ninguna pista. Podría tratarse de cualquiera.

Spinnelli dejó escapar un suspiro.

– Veo que eres igual de optimista que Rick Simms. Haced el favor de darme alguna buena noticia o el que acabará suicidándose seré yo.

Jack lanzó una hoja de papel al centro de la mesa.

– De camino hacia aquí, he pasado a ver a Julia y me ha dicho que tenía el informe de tóxicos de Winslow. -Julia VanderBeck además de forense era la esposa de Jack-. Ha encontrado fenciclidina en la sangre, igual que con Adams -prosiguió Jack.

– ¿La sustancia de las píldoras cambiadas? -preguntó Murphy, y Jack asintió.

– Sí. En el bote de Xanax aparece el nombre de Tess, ella prescribió el medicamento, y también tiene sus huellas dactilares, como en el caso de Adams.

Spinnelli puso mala cara.

– Había dicho que quería buenas noticias, Jack.

– Ten paciencia, Marc. Lo que hemos encontrado dentro del bote es más interesante que lo de fuera. He pedido que hagan un análisis espectral de los residuos del fondo, un poco de polvo acumulado en la hendidura imposible de distinguir a simple vista. La buena noticia, Marc, es que la sustancia no es ni Xanax ni fenciclidina sino Soma, un relajante muscular según Julia. Ambos botes contienen lo mismo.

Spinnelli asintió despacio.

– Eso quiere decir que los botes han sido reutilizados.

– Y, puesto que tienen las huellas de Tess, es posible que inicialmente fueran suyos -observó Murphy-. Pero eso no sirve para exculparla, Jack. De hecho es incluso peor.

Jack arqueó las cejas.

– A menos que los hayan robado.

Spinnelli sacudió la cabeza.

– Demasiadas conjeturas, chicos. Averiguad si Tess ha tomado Soma y cuándo. Lo tendremos en cuenta, igual que el resto de suposiciones. ¿Qué más sabes, Jack?

– Estamos tratando de averiguar cuánto tiempo permaneció el muñeco en el horno basándonos en la parte derretida, y también hemos aspirado los dos pisos. Queremos saber si en ambos pisos hay restos del mismo material, y así, podríamos relacionar al autor con los dos escenarios.

– Si es que es el mismo -observó Aidan-. Tess ha dicho que la voz de la persona que la ha llamado hoy sonaba distinta a la del sábado; parecía mayor.

– ¿Habéis hecho un rastreo de las llamadas? -preguntó Spinnelli.

– De las del teléfono de su casa, sí. Parece que la llamada del sábado por la noche corresponde a un móvil desechable. Hoy le han telefoneado a la consulta, así que también he pedido que rastreen las llamadas de ese teléfono. El informe aún no está listo. Cuando esté terminado, te lo diré. ¿Qué hay de los números de serie de las pistolas, Jack?

– Mi equipo no ha podido descifrar el número de la pistola de Adams, así que lo he enviado al laboratorio central. Tienen mejores herramientas, pero tardarán unos días. El de Winslow también está borrado; la historia se repite. Lo siento… -Jack deslizó otra hoja de papel y un montón de fotografías hacia Spinnelli-. Aquí está el inventario de lo que nos hemos llevado de los dos pisos. El oso de peluche de Winslow es un modelo estándar, no tiene nada de especial. Lo venden en Wal-Mart y en Toys"R"Us. Según parece, estamos en un callejón sin salida.

Aidan se inclinó hacia la mesa, inquieto al recordar cómo el muerto aferraba el oso de peluche.

– Déjame ver la foto del oso. -Cuando Spinnelli se la entregó, Aidan abrió la carpeta que había recogido en archivos de camino a la reunión.

– Mierda, está muy bien buscado. Este es el informe que la policía hizo de la muerte del hijo de Winslow. -Extrajo una fotografía de la carpeta y la colocó junto a la del oso para que todos pudieran verla. Era una vista general del escenario de la muerte, en ella aparecía todo el asiento del monovolumen. En el lado izquierdo había un paquete de pañales y en el derecho, un oso de peluche-. Es el que encontraron junto al bebé el día en que murió.

– Ese cabrón no se pierde una -masculló Murphy. Levantó la vista de las fotografías con expresión indignada-. ¿Tienes el informe de Melanie Adams?

– Sí, he traído los dos. -Aidan deslizó hasta el centro de la mesa la foto que la policía tomó de la muerte de Melanie mientras Murphy buscaba en el montón de Jack una copia de la que había encontrado en el piso de Cynthia Adams.

– Son iguales -observó Murphy-. La misma posición, la misma ropa, los mismos zapatos. Solo cambia el fondo. El de la foto que tomó la policía parece más neutro; en cambio, este -dijo, señalando la otra foto- es más llamativo, destaca más.

– Puede que lo hayan retocado con el Photoshop -sugirió Aidan, y miró el rostro perplejo de Murphy-. Hice una asignatura de diseño gráfico cuando me estaba sacando la carrera. El Photoshop es un programa para retocar fotografías; puedes recortarlas, incluso cambiar los colores. Alguien con suficientes conocimientos podría hacer ver que Melanie se colgó de la Torre Eiffel.

– Así que quien sea tiene acceso a nuestros archivos -musitó Spinnelli-. Qué hijo de puta. -Se recostó en la silla con el semblante tenso, era obvio que la deducción no le hacía ninguna gracia.

Durante un buen rato reinó un silencio absoluto en la sala. Al final, las palabras que nadie más se atrevía a pronunciar salieron de la boca de Aidan.

– Hay otro gran colectivo que tiene sus razones para detestar a Tess Ciccotelli.

Spinnelli miró a Aidan a los ojos y este supo que su jefe había llegado a la misma conclusión que él.

Aidan asintió.

– Nosotros.

Spinnelli apartó la vista y cerró los ojos mientras sacudía ligeramente la cabeza.

– Murphy, ve a Archivos y, con el pretexto de que Aidan y tú tenéis problemas de comunicación, pídeles que te dejen examinar los informes. Diles que te dejen ver el listado de control de las consultas. Tenemos que descubrir quién ha consultado esos informes. -Miró a los tres con expresión penetrante-. De momento, no le contaremos nada de esto a nadie. Ya avisaré a los de Asuntos Internos cuando llegue el momento.

– Puede que la cosa no termine aquí -aventuró Murphy en voz baja-. Independientemente de quién sea el autor, el resto de pacientes de Tess corre peligro. Tendremos que saber quiénes son.

Jack puso mala cara.

– No querrá decírnoslo, es secreto profesional.

– Por cortesía, primero se lo preguntaremos -decidió Spinnelli-. Si se niega, obtendremos una orden judicial. De momento sabemos que la persona a quien buscamos tiene conocimientos de medicina y de informática; puede que sea la mujer del vídeo o puede que no. Ahora marchaos y volved con algo sobre lo que podamos trabajar. Nos encontraremos aquí mañana a las ocho en punto.

Y sin más, se despidieron. Murphy miró a Aidan de reojo cuando ambos se dirigían a sus respectivas mesas de trabajo.

– Avísame cuando hayas terminado de hablar con ella.

– ¿Cómo que cuando haya terminado de hablar con ella? Tú te vienes conmigo.

Murphy negó con la cabeza.

– Ya has oído a Spinnelli, tengo que ir a Archivos.

– Eres un cobarde asqueroso -gruñó Aidan-. Lo que pasa es que no te atreves a enfrentarte a ella.

– No querrá hablar conmigo, aún está dolida. Además, a ti te gusta ver cómo se mueve.

– Cierra la boca, Murphy. -Llegaron a sus mesas y Aidan recogió el abrigo que estaba sobre la silla-. No he tocado el caso de Danny Morris en todo el día, y el asqueroso de su padre sigue libre mientras él está en la morgue.

– Pues, de camino a casa de Tess, déjate caer por su bar favorito. A lo mejor tienes suerte y lo encuentras tomándose una cerveza.

– Mientras tú vas Archivos, ¿no? No es justo, Murphy.

– De algo tiene que servirme la antigüedad, Reagan. Hasta mañana.

Lunes, 13 de marzo, 23.15 horas.

Tess estaba inclinada sobre la pila de carpetas de la mesa del comedor sirviendo a Jon un buen merlot.

– Ya sabes que no hace falta que vengas cada dos por tres a ver cómo estoy. Sé cuidarme.

Aunque después de pasarse horas revisando los informes solicitados por el tribunal sabiendo que uno de los nombres que aparecían podía corresponder al responsable de la muerte de dos de sus pacientes… agradecía tanto el descanso como la compañía de Jon. En su piso había demasiado silencio. Habitualmente se sentía cómoda en silencio, a veces incluso lo disfrutaba. Esa noche, sin embargo, cualquier pequeño crujido o golpe, o el traqueteo del cristal debido al viento la sobresaltaban.

Jon la miró por encima de la copa de vino con el ceño fruncido.

– Pues claro que sabes cuidarte, lo que pasa es que no quieres. Has recorrido a pie las diez manzanas hasta el Lemon bajo una lluvia helada. Mierda, Tess. Robin me ha dicho que cuando has llegado estabas congelada. No llevabas sombrero, ni paraguas.

Se había dirigido a la taberna Blue Lemon de Robin después de que Amy desapareciera, y tal como esperaba allí la habían recibido con los brazos abiertos.

– Me había dejado el paraguas y el bolso en el despacho. Mira, llevo todo el invierno soportando días peores. En la calle hacía frío, pero allí he entrado en calor. Robin me ha arropado y me ha dado sopa. Me ha ido bien. -Dirigió a Jon una pícara sonrisa con la esperanza de que sirviera para borrar el ceño de su rostro-. Y luego Thomas me ha dado un masaje en los hombros. Robin está desperdiciando el talento de ese hombre en la cocina. Tiene unas manos increíbles.

Jon frunció los labios.

– Eso dicen. -Sacudió la cabeza a la vez que exhalaba un suspiro de resignación-. La próxima vez que te encuentres en la calle sin dinero, llámame, ¿entendido? Tengo derecho a preocuparme por ti.

– Bueno, por esta noche ya lo has hecho bastante. Robin me ha prestado dinero para el taxi y he vuelto al despacho a por mis cosas. Luego he venido hasta casa en coche. Me he dado un baño fantástico y me he puesto cómoda. ¿Lo ves? -Le mostró los pies, abrigados con unos gruesos calcetines.

Jon se echó a reír.

– Solo tú eres capaz de combinar con acierto un pijama de seda y unos calcetines de lana. -Pero la expresión risueña pronto se desvaneció de sus ojos-. ¿En qué lío andas metida, Tess? Llevo todo el día pensando en ti. Cuando he oído la noticia del segundo suicidio… Han hablado de ello en todos los telediarios y no hay ni un periodista que no haya mencionado tu nombre.

Tess tragó saliva; el tono frívolo de la conversación se esfumó y ocupó su lugar el horror vivido durante la tarde.

– La policía ya no me considera sospechosa.

– Eso está muy bien. ¿Y?

– Ha sido horrible. Estaba allí, tendido, aferrado al oso de peluche. Se había volado media cabeza, Jon.

Él posó la mano sobre la de ella.

– No es culpa tuya, Tess.

Ella bajó la vista a la mano.

– Todos aquellos que formaban parte de su vida habían desaparecido. Su esposa no era capaz de perdonarlo. Ni él mismo podía perdonarse. La mayoría de sus amigos ni siquiera lo miraba a la cara. Yo era la única persona con quien podía hablar. -La mano de Jon empezó a desdibujarse a medida que sus ojos se llenaban de lágrimas; era la primera vez en todo el día que se permitía desahogarse. No podía dejar de pensar cómo se habría sentido el hombre al ver la fotografía-. Es repugnante -concluyó, sin apenas voz-. Espantoso.

– Tess, mírame. -El tono de Jon resultaba tan extrañamente imperioso que lo obedeció. En su semblante se mezclaban la lealtad incondicional, la ira y la preocupación. Le enjugó suavemente los ojos con el dedo pulgar-. No puedes hacerte a ti misma una cosa así, cariño. ¿Cuántas veces hemos hablado de que te implicas demasiado en los problemas de tus pacientes?

Ella recobró un poco el ánimo, lo justo y necesario para hablar con cierta crispación.

– Para ti es muy fácil. Te relacionas con tus pacientes de una forma muy fría; lo mismo da que sean personas o filetes de ternera.

Jon encajó la crítica con ecuanimidad.

– Porque es lo que quiero. No puedo pensar en ellos tal como lo haces tú, Tess. Acabaría destrozado. La siguiente vez que tuviera en las manos un bisturí, vacilaría, y eso podría costarle la vida al paciente.

Tess suspiró.

– Ya; distancia profesional. Tú eres capaz de marcarla, yo no lo he logrado nunca. Has ganado.

Él sonrió con tristeza.

– Hay mucha gente que consideraría que quien ha ganado eres tú. Lo que quiero decir es que cada uno tiene que saber cuáles son sus límites, querida. Eres una buena doctora porque te preocupas por tus pacientes, pero ¿a cambio de qué? En mi opinión, el coste es demasiado elevado. Tal vez deberías plantearte a qué tipo de pacientes debes tratar, los suicidas te acarrean demasiados disgustos. -Tess pensó que, de repente, el rostro de Jon se había iluminado de una forma encantadora; hasta que prosiguió-: ¿Qué te parecería tratar algunas fobias para variar?

Ella lo miró con los ojos entornados. Él era una de las pocas personas que conocía su fastidiosa fobia.

– ¿Como la claustrofobia, por ejemplo?

Él esbozó una sonrisa ladeada y Tess se dio cuenta de que no se atrevía a sonreír más abiertamente.

– Por ejemplo. Necesitas unas vacaciones, caray. ¿Cuánto tiempo hace que no te tomas unos días libres?

La mandíbula de ella se tensó de inmediato.

– Desde mi luna de miel. -Se refería al crucero que había hecho con Amy, porque habría sido capaz de llegar andando hasta la China antes de permitir que el cabrón de Phillip llevara de viaje a su fulana y porque, evidentemente, no podía pedir que le devolvieran el dinero de los billetes.

Jon hizo una mueca.

– Lo siento. Robin y yo iremos a Cancún el mes que viene. Vente con nosotros.

Ella soltó una carcajada.

– No, gracias. Solo hay una cosa peor que un viaje de luna de miel con tu mejor amiga: un trío amoroso.

Jon sonrió y elevó las cejas.

– Vamos, Tess, cede un poco. A Robin no le importará, y siempre podemos buscarte compañía.

Ella le devolvió la sonrisa compadeciéndose de sí misma.

– Vete a casa, Jon. Estoy agotada.

Él dejó la copa en la mesa y se levantó, obligando a Tess a hacer lo mismo.

– Acompáñame a la puerta y…

– Echa el pestillo. -Ella abrió la puerta-. Eres mucho peor que Vito.

Jon se detuvo en el zaguán y la miró con los ojos muy abiertos.

– ¿Has llamado a tu familia?

La sonrisa de Tess se desvaneció.

– No.

– Tess…

– Vete a casa, Jon -repitió, esta vez en tono serio.

Él bajó la vista al suelo, vacilante.

– Hay otro motivo por el cual he venido a verte, aparte de la preocupación de Robin.

Ella suspiró y lo miró a través de aquellas largas pestañas que muchas mujeres darían cualquier cosa por tener. Las de Aidan Reagan eran más largas aún. Y más oscuras. Y sus ojos, mucho más azules.

Tess pestañeó varias veces y volvió a centrarse en el rostro de Jon. «Ya estaba bien. ¿A qué venía eso?» Pocas horas de sueño y demasiado estrés, concluyó. Y demasiadas noches sola, con la única compañía y el único calor del gato.

Jon se le acercó.

– Tess, ¿qué te ocurre? Te has quedado pálida.

– No es nada. Es que estoy más cansada de lo que creía. ¿Qué ibas a decirme?

– Hace unas horas me ha llamado Amy.

Los labios de Tess dibujaron una fina línea.

– Ah, ¿y te ha dicho que ya no quiere ser mi abogada?

– Me ha contado que te había dicho cosas que preferiría no haberte dicho. Le preocupaba tanto que ese detective te metiera entre rejas que era incapaz de pensar con claridad. Me ha pedido que averiguara si seguías enfadada con ella.

Tess sacudió la cabeza. Parecía que tuvieran dieciséis años y aún vivieran con sus padres.

– ¿Y por qué no me llama ella?

– Pensaba que le colgarías el teléfono.

– Es posible.

– También me ha dicho que te había llamado para asegurarse de que habías llegado bien a casa y no le habías respondido. No quiero ser el tercero en discordia, así que llámala, ¿de acuerdo? Dile que quieres darle un beso y hacer las paces. Y escúchala, Tess. Ella sabe más de todo esto que tú y, aunque se comporte como una imbécil, lo hace con buena intención porque no quiere verte entre rejas.

Jon tenía razón. Amy lo hacía por su bien. Ella había llegado a la misma conclusión mientras recorría las diez manzanas que la separaban de la taberna de Robin.

– De acuerdo, haremos las paces y te dejaremos tranquilo. -Pero no pensaba comprometerse a hacer lo que Amy le pedía. Lo había pensado mucho durante las horas que habían transcurrido desde que saliera del piso de Winslow y estaba más convencida que nunca de que colaborar con la policía era esencial. Aunque a Jon le preocuparía que lo hiciera. En un impulso, se puso de puntillas y lo besó en la mejilla-. Gracias.

Justo en el instante en que los labios de Tess rozaron su mejilla, Jon se irguió y le rodeó los hombros con el brazo en un gesto protector. Ella siguió su mirada y su corazón omitió un latido.

El detective Reagan se encontraba de pie en el rellano, frente al ascensor. No parecía muy contento. Ella se llevó las manos a los bordes de la bata de seda y tiró de ambos extremos para cubrirse el cuello. Lo hacía de manera instintiva. Jon era una de las pocas personas que habían visto su cicatriz.

Poco a poco, Reagan se acercó. Tenía la vista fija en el hombro de ella, justo en el lugar en que Jon aún tenía la mano; hundió las suyas en los bolsillos del abrigo. Se detuvo a una distancia prudencial para ser respetuoso, lo bastante cerca para que ella notara la fragancia de su aftershave. Se había, afeitado antes de acudir, las mejillas en las que esa misma tarde se observaba una barba incipiente aparecían ahora suaves y satinadas.

– Doctora Ciccotelli.

– Detective Reagan. Este es Jonathan Carter, el colega del que le hablé.

Saludó a Jon con una brusca inclinación de cabeza.

– Me gustaría intercambiar unas palabras con usted, doctora.

Jon clavó los dedos en el brazo de Tess; su gesto de advertencia resultó tan sutil como feroz su ceño.

– No sin que esté presente su abogada.

Reagan posó los ojos en los de ella, su expresión era indescifrable.

– Podemos avisarla si así lo quiere, doctora.

Habló con la suficiente frialdad como para que un escalofrío de temor recorriera la espalda de Tess.

– Pero necesito que responda a algunas preguntas esta misma noche.

Tess le dio unas palmadas en el pecho a Jon.

– No te preocupes, Jon. Llamaré a Amy, te lo prometo. Vete a casa.

– No sé…

– Te llamaré en cuanto el detective se marche para que sepas que sigo vivita y coleando -lo interrumpió, quitándole importancia al asunto expresamente-. No diré nada que pueda ser utilizado en mi contra en un juicio. -Se libró de la mano de Jon y le dio un codazo sin dejar de sujetarse fuertemente la bata alrededor del cuello-. Vete a casa, Jon.

La mirada con que Jon la obsequió al marcharse resultó tan cortante como uno de sus bisturís. Sin embargo no dijo nada, y al cabo de un momento ya se encontraba en el ascensor.

Se había quedado sola con Aidan Reagan y sus largas pestañas.

– ¿Dónde está Todd?

– Está siguiendo otras pistas.

– Ya. Bueno, ¿le parece bien que hablemos dentro de casa o prefiere quedarse en la escalera?

– Como usted prefiera, señora.

«Así que ahora soy una señora.» El tratamiento en boca de Reagan sonaba a insulto.

– Entonces entremos. Prefiero no andar en bata por la escalera.

Aidan entró y cerró la puerta.

– Disculpe por la hora -dijo en tono formal-. Tenía la esperanza de que aún estuviera despierta.

Ella señaló con la mano libre el montón de carpetas apiladas sobre la mesa del comedor.

– Estaba repasando los informes. Si no le importa, me cambiaré. Solo me llevará unos minutos.

Tardó menos de tres; en lugar de la bata llevaba puesto un ajustado jersey de cuello alto y unos tejanos, pero los calcetines eran los mismos. Encontró a Aidan de pie en el salón, examinando los dibujos a pluma colgados en la pared.

– ¿Quiere quitarse el abrigo, detective?

Él negó con la cabeza.

– No, gracias.

– Entonces le serviré un vaso de vino. ¿O aún está de servicio?

Él se dio media vuelta y sus ojos se posaron en los dos vasos vacíos de la mesa del comedor antes de hacerlo en el rostro de Tess.

– No, gracias. -Su tono era amable, pero la frialdad de su voz marcaba las distancias-. ¿Quiere llamar a su abogada? Me gustaría terminar cuanto antes.

– No. Adelante, detective, formule sus preguntas. Si puedo responder, lo haré.

La expresión de sorpresa de sus ojos duró tan poco que Tess se preguntó si habrían sido imaginaciones suyas.

– Le ha dicho a su novio que la llamaría.

– Y lo haré. En cuanto se marche. Mi abogada y yo no compartimos el mismo punto de vista sobre la colaboración con la policía, detective. -Sus labios se curvaron en una triste sonrisa-. Además, no creo que quiera seguir siendo mi abogada. Hemos tenido una especie de disputa. -Arqueó las cejas mientras observaba fijamente el semblante de Aidan-. Ah, y el doctor Carter no es mi novio.

Esa vez, lo que emitieron sus azules ojos fue un destello inconfundible, intensísimo. Su mirada atrapó la de Tess y durante un prolongado instante le pareció que volvían a encontrarse en la escalera. Pero el instante se desvaneció enseguida.

Él apartó la mirada y la posó en las carpetas apiladas sobre la mesa.

– ¿Ha encontrado algo? -preguntó con la voz algo quebrada.

Tess respiró hondo y el oxígeno sirvió para que volviera a funcionarle el cerebro. Le vino otra vez a la cabeza la advertencia de Amy: «Reagan utilizará sus miradas para que bajes la guardia». Era cierto que por un momento había bajado por completo la guardia, y la idea la hizo estremecerse.

– Antes de responder, detective, yo también tengo que hacerle una pregunta. -Esperó a que la mirara de nuevo a los ojos; él arqueó las cejas, a la espera de la cuestión-. ¿Necesito un abogado?

Él contestó sin inmutarse.

– No.

Tess evaluó el riesgo y decidió seguir con su plan original.

– Muy bien. He repasado los informes. En primer lugar, he revisado los juicios en los que la condena dependía de mi declaración. Son cinco de un total de treinta y uno. Todos los inculpados son hombres. Cuatro fueron acusados de homicidio y uno de violación. -Sacudió la cabeza con pragmático escepticismo-. Pero ninguno me dio la impresión de ser capaz de organizar algo así. Esos tipos son criminales, pero por mucha imaginación que le ponga al asunto no los considero unos ases del crimen. Además, los cinco están en prisión, a menos que alguna junta de libertad condicional haya jod… estropeado las cosas.

Le pareció que Aidan reprimía una sonrisa ante el desliz.

– Hablaremos con sus familiares -dijo-. Así veremos si realmente alguno está moviéndose para que se repita el juicio.

A Tess se le encogió el estómago.

– ¿Se espera que haya apelaciones?

– Sí.

Tess suspiró.

– Me apostaría cualquier cosa a que Patrick Hurst no está precisamente contento esta noche.

– Pues ganaría la apuesta, doctora. ¿Ha oído hablar del Soma?

El repentino cambio de tema la dejó perpleja.

– Sí, es un relajante muscular.

– ¿Lo ha tomado alguna vez?

Ella asintió lentamente.

– Sí; el año pasado tuve un accidente. -Un desgraciado la había herido con una cadena y el mero recuerdo aún le revolvía las tripas. Se concentró en los ojos de Reagan mientras trataba con todas sus fuerzas de alejar de sí el pánico que sentía-. Me lastimé la espalda y el médico me lo recetó.

– ¿Cuánto tiempo lo estuvo tomando?

La expresión de Aidan volvía a ser indescifrable, y de nuevo la voz de Amy se dejó oír en la mente de Tess. «No seas idiota, Tess.»

– Unos seis meses, con interrupciones. ¿Por qué?

– ¿Guarda todavía la receta?

– No. No quería tomarlo más, iba a trabajar medio grogui. -A pesar del insoportable dolor que a veces aún sentía-. ¿Qué tiene que ver el Soma con todo esto?

El vaciló y acabó encogiéndose de hombros.

– Hay huellas dactilares en los botes que encontramos en casa de las dos víctimas.

A Tess le flaquearon las rodillas. Se aferró al borde de la mesa del comedor y se dejó caer despacio en la silla, incapaz de apartar la mirada del rostro de Aidan.

– Mis huellas dactilares.

– ¿Han entrado alguna vez a robar en su casa?

Ella negó con la cabeza al mismo tiempo que abría los ojos como platos ante la mera idea de que aquel sádico pudiera haber entrado en su casa, en su espacio privado.

– No, no. Lo habría denunciado.

– ¿Qué hizo con los botes?

Tess se puso en pie, de pronto se sentía inquieta y tenía frío. Paseó de la mesa a la ventana frotándose los brazos y se quedó mirando, aunque sin verlo, el tráfico que circulaba por la calle.

– No lo recuerdo, supongo que los tiré.

Lo oyó moverse y, de pronto, lo tenía detrás; le había puesto las manos en los hombros, sentía su calor, su fuerza. El calor le recorrió los brazos y la espalda, y en un momento de debilidad deseó volverse y que él la abrazara. Deseó poder reposar la cabeza en su ancho hombro. Pero los deseos no eran más que deseos, y la realidad era… una pesadilla que empeoraba con cada nueva noticia.

– Siéntese -musitó él-. Está pálida. -La empujó suavemente hasta la silla y se acuclilló enfrente, con los ojos azules entornados-. ¿Se encuentra bien?

Ella asintió, aturdida.

– Con esto se refuerza la idea de que lo haya hecho yo.

Él se levantó sin pronunciar palabra.

Ella tragó saliva y lo miró a los ojos.

– No he sido yo.

Él no pestañeó siquiera.

– ¿Ha recibido alguna amenaza, doctora?

– ¿Cuándo? ¿En general, quiere decir?

– Durante el último… año.

La frase le cayó a Tess como un jarro de agua fría.

– Quiere decir desde el juicio de Green. Se refiere… a la policía. -La idea le revolvió las tripas-. Santo Dios.

Aidan tampoco respondió esta vez, lo que en sí resultaba más elocuente que si hubiera asentido.

– He recibido algunas cartas -confesó-. Ninguna está firmada. La mayoría contienen ofensas, insultos: «asesina de bebés», «asesina de policías». -En su momento, las injurias le habían dolido; aún le dolían-. Hay una persona que me envió varias. Primero decía que me arrepentiría. Un mes más tarde recibí una carta explicando que no iban a renovarme el contrato en la fiscalía. Pensaba que se refería a eso, pero luego me rompieron la ventanilla del coche mientras estaba de compras en el centro comercial. Nunca llegué a saber quién lo hizo. Pensaba que todo formaba parte de lo mismo.

Reagan parecía enojado.

– ¿Denunció algo de eso?

– El cristal roto. De las cartas no dije nada. No contenían ninguna amenaza física.

– ¿Las guarda todavía?

– En algún sitio, sí. Lo siento, ahora mismo me cuesta demasiado trabajo pensar.

– No se preocupe -dijo él en tono quedo-. Tómese su tiempo. -Alcanzó la botella de vino-. ¿Quiere un poco?

– No. -Estaba enfrascada en sus pensamientos, trataba de reflexionar con tranquilidad. Recordó cuando recibió las cartas y que las había guardado en el archivador del despacho-. Espere aquí, ya sé lo que hice con ellas.

Aidan la observó abandonar la sala. Cerró los puños con fuerza sabiendo que el aroma de ella impregnaría las palmas de sus manos si daba rienda suelta al impulso de acariciarle el rostro. Tras el último cuarto de hora no le cabía duda alguna acerca de su autocontrol. Al salir del ascensor y verla vestida con la bata de seda roja lo había asaltado una repentina punzada de puro deseo en la entrepierna. Al verla ponerse de puntillas y besar al rubio doctor en la mejilla lo había invadido una corrosiva oleada de celos que le había dejado el cerebro paralizado durante fracciones de segundo.

Al oírla decir que el rubiales no era su novio le habían entrado ganas de atraerla hacia sí y averiguar si la prolongada mirada de la escalera le había calado tan hondo como a él.

Al ponerle las manos en los hombros había sentido deseos de continuar. Si la hubiera tocado tal como quería…

Pero no lo había hecho, y nunca lo haría. Dio un vistazo al piso. Estaba situado en uno de los barrios más lujosos de Michigan Avenue. Solo el piso ya valía una millonada, sin contar los muebles y las obras de arte que harían las delicias de Annie, su hermana interiorista. Una mujer acostumbrada a llevar una vida así querría más de lo que Aidan podía ofrecerle. Lo sabía por amarga experiencia; y con una vez bastaba.

El pensamiento se esfumó junto con el deleite que sentía.

– Las he encontrado. -Ciccotelli apareció lamiendo la tira adhesiva de un gran sobre y los impulsos fisiológicos de Aidan se dispararon.

Tratando con todas sus fuerzas de tocar solo el sobre, extendió la mano… pero algo lo detuvo.

La exclamación de Tess lo sorprendió tanto como el hecho de que le hubiera asido la mano.

– ¿Qué le ha pasado?

Aidan exhaló un suspiro. Tenía los nudillos pelados y llenos de rasguños por gentileza de uno de los barriobajeros amigos del padre de Danny Morris, el hombre de quien sospechaban que había asfixiado a su hijo y luego lo había echado escalera abajo. Al salir de la comisaría, Aidan se había detenido en uno de los locales que el hombre frecuentaba. El amigo estaba borracho y le propinó un puñetazo a Aidan, en ese momento recluido en una celda. Morris había desaparecido del mapa. Su esposa lucía un ojo morado pero seguía negando que su marido tuviera implicación alguna en la muerte de su hijo.

Y Tess Ciccotelli seguía asiéndole la mano.

– Le he dado un puñetazo a una pared -explicó, sorprendido de que no se le hubiera quebrado la voz. No podía decir lo mismo de su corazón. Trató de liberarse pero ella lo sujetaba con fuerza. Tess levantó la vista; sus ojos oscuros expresaban preocupación.

– ¿No tendría esa pared forma de rostro humano?

– No, era una pared de verdad. Un sospechoso se ha resistido y me he herido la mano al tratar de ponerle las esposas.

Aidan volvió a retirar la mano y Tess lo soltó.

– ¿Tiene el sospechoso algo que ver con este caso?

– No, también estoy trabajando en otro caso.

Ella asintió, más tranquila.

– El niño del informe de autopsia que he visto esta mañana.

– Sí. -Aidan consiguió que la palabra atravesara el nudo que se le había formado en la garganta.

Los labios de Tess se curvaron hacia abajo y Aidan apretó los dientes. Los labios de aquella mujer parecían suplicarle que descubriera si eran tan suaves como parecía.

– Lo siento -dijo con voz queda-. ¿Me permite que lo cure? Ese corte tiene mal aspecto. -Al ver que Aidan vacilaba, Tess se esforzó porque sus labios carnosos esbozaran una sonrisa-. Ya sabe que soy médico.

Tenía que marcharse de allí en ese mismo instante. Sin embargo, sus pies no le obedecían.

– Claro. Siempre olvido que los psiquiatras son médicos.

– Le pasa a la mayoría de la gente. -Entró en la cocina y salió con un botiquín-. Estudié en la facultad de medicina, como el resto de médicos. De hecho, allí fue donde conocí a Jonathan Carter. Somos amigos desde hace mucho tiempo. -Se había inclinado sobre la mano de Aidan y su melena formaba una ondulada cortina que le ocultaba el rostro. En la zona de la nuca donde se dividía, el pelo aún se veía húmedo, y la fragancia que despedía el champú lo atormentaba. No hacía falta tener la perspicacia de un detective para darse cuenta de que se había duchado, lo que significaba que probablemente la bata de seda roja cubría su cuerpo desnudo. Apretó los dientes al imaginarse sus curvas húmedas y cubiertas de jabón.

»Jon me protege mucho -prosiguió, y al alzar la cabeza el pelo cayó hacia atrás y le descubrió el rostro. Sus mejillas se sonrojaron y se le olvidó por completo lo que iba a decir. Al instante, bajó de golpe la cabeza y se aclaró la garganta-. Bueno… -Sus hombros ascendieron y descendieron con una honda respiración-. Por lo menos la herida no se ve sucia. Es posible que esto le escueza un poco.

Aidan notó una punzada, pero en otra parte.

– Ese tipo me ha arrojado una cerveza a la cara, así que después de arrestarlo he tenido que darme una ducha. Por eso está limpia.

La risa sofocada de Tess hizo que Aidan se estremeciera y su mano se movió en un acto reflejo. Ella se quedó callada y continuó frotándole los nudillos.

– Bueno, dicen que la cerveza es buena para la piel. -Le enrolló una venda en la mano y pegó el extremo con esparadrapo. Luego retrocedió y levantó la cabeza. Su mirada era serena. Hacía dos días que Aidan había confundido aquella serenidad con insensibilidad. Ahora sabía que era una coraza, y la idea de que la necesitara despertó en él ganas de hacer todo lo que no debía-. No se la moje -musitó-. Creo que saldrá de esta.

Aidan alzó el sobre que tenía en la mano.

– Examinaré las cartas. ¿Ha recibido más llamadas?

– No.

– ¿Nos permitiría que le interviniéramos el teléfono para poder escuchar en caso de que reciba alguna otra?

Tess se quedó callada unos instantes.

– De acuerdo, hagan lo que tengan que hacer. Le firmaré un permiso, pero solo para la línea de casa, la de la consulta no.

Era más de lo que Aidan esperaba.

– También nos hará falta una grabación de su voz para compararla con el mensaje del contestador de Adams.

– Pasaré por la comisaría mañana por la mañana. Han cancelado las dos primeras visitas.

– Lo siento.

Ella se encogió de hombros.

– Es normal después del artículo que apareció en el Bulletin.

Ya había dejado pasar bastante tiempo sin pedirle la lista de pacientes. Con un suspiro volvió a mandar mentalmente al cuerno a Todd Murphy.

– Es posible que vuelva a ocurrir, ya lo sabe.

Ella levantó la barbilla pero mantuvo la mirada serena.

– Lo sé.

– Tenemos que adelantarnos a la siguiente acción. Me veo obligado a pedirle la lista de pacientes.

Ella no titubeó.

– Ya sabe que no puedo dársela. El secreto profesional no es una simple cuestión de cortesía. Su incumplimiento está penado, detective.

Su tono de voz no era airado, pensó Aidan. De hecho, sonaba a resignación, como si llevara todo el tiempo esperando a que se la pidiera.

– Pero nos ha contado cosas de Adams y Winslow.

– Está permitido violar la confidencialidad cuando es estrictamente necesario para investigar un crimen o cuando el paciente se encuentra en una situación de riesgo y no está en condiciones de dar su consentimiento. Me ha parecido que ambos casos cumplían los requisitos. Además, tampoco les he contado nada que no pudieran deducir de los informes policiales si investigan a fondo.

– Me contó que Cynthia Adams había contraído una enfermedad de transmisión sexual.

A sus ojos asomó cierta expresión de sentimiento, breve y difícil de captar.

– Porque creía que ella era el objetivo y que el saberlo les ayudaría a dar con el móvil. De todos modos, lo habrían sabido por el informe de la autopsia. -Exhaló un suspiro-. Hoy he recibido una visita del consejo de cualificaciones profesionales. No están de acuerdo con mi criterio.

Aidan frunció el entrecejo.

– ¿Cómo saben que ha hablado conmigo?

– La empleada del Departamento de Sanidad los avisó. No hace falta que se disculpe, detective -dijo en tono brusco justo en el momento en que Aidan se disponía a hacerlo-. Ya sabía a qué me arriesgaba.

Pero era otro duro golpe, Aidan lo percibía. No estaba seguro de qué tipo de sanción podía imponerle el consejo por una cosa así.

– ¿Han… hecho algo?

– Por esta vez no. Mi abogada estaba conmigo y eso sirvió para disuadirlos un poco.

– Pero mañana volverán a la carga, en cuanto las noticias sobre Winslow lleguen a sus oídos.

– Es probable. Y también los periodistas que estaban acampados en la puerta cuando he llegado a casa esta noche. -Su voz disminuyó ligeramente de volumen-. No se preocupe por mí, detective Reagan. Sé cuidarme.

Él se preguntaba si sería cierto, y también cómo encajaría la noticia de que alguien había grabado la muerte de sus pacientes, probablemente por dinero. Recordó la expresión de sus ojos al ver el cadáver de Winslow y deseó con todas sus fuerzas que no llegara a saber lo de las cámaras; por desgracia, tarde o temprano lo sabría, aunque no tenía por qué ser esa noche.

– Entonces dejaré que se vaya a dormir, doctora Ciccotelli. -Alzó la mano vendada-. Gracias.

Ella sonrió con tristeza.

– Gracias por no arrastrarme otra vez hasta esa puta comisaría. -Hizo una mueca-. Lo siento, cuando estoy cansada mi vocabulario degenera.

Había muchos otros lugares adónde la arrastraría, y mucho mejores que la comisaría. Aidan se dio media vuelta antes de que el impulso libidinoso convirtiera su deseo en realidad y se descubrió observando de nuevo los dibujos a pluma para evitar pensar que Tess se había estado cambiando de ropa en el dormitorio. En el extremo inferior de todos ellos se leía «T. Ciccotelli».

– ¿Los ha hecho usted?

– No, mi hermano Tino.

Sorprendido, se volvió a mirarla.

– ¿De verdad tiene un hermano que se llama Tino?

Esta vez la sonrisa de Tess denotaba verdadero regocijo.

– Tengo cuatro hermanos mayores: Tino, Gino, Diño y Vito. Y antes de que me lo pregunte le diré que ninguno de ellos es de los Soprano.

Cuatro hermanos mayores que a buen seguro se desvivían por protegerla. La noticia más bien lo desalentó, pero la bata de seda roja lo había impactado demasiado para darse por vencido.

– ¿Viven cerca?

Su sonrisa volvió a ensombrecerse.

– No, han vuelto a casa.

– A Filadelfia.

Ella abrió los ojos como platos.

– ¿Cómo sabe…? Ha estado haciendo averiguaciones sobre mi vida.

Él asintió con serenidad.

– Por eso estamos charlando cómodamente en su casa y no en la puta comisaría.

Lo miró fijamente un instante, y entonces lo sorprendió con una carcajada que llenó todos y cada uno de los rincones de la sala e hizo que su pulso se disparara de nuevo.

– Touchée, detective. Buenas noches.

Él se permitió sonreír.

– Buenas noches, doctora.

Aguardó hasta oír cómo corría el pestillo antes de dirigirse al ascensor. Se iría a casa y dormiría un poco. Pero primero le hacía falta tomar otra ducha, esta vez muy fría.

Capítulo 8

Lunes, 13 de marzo, 23.55 horas.

Tess se dejó caer sobre la puerta de entrada y se llevó la mano al corazón. Serio y enfadado, Aidan Reagan era el hombre con más atractivo que había conocido en toda su vida. Cuando sonreía… era simplemente guapísimo. Y lo último que necesitaba en esos momentos.

O tal vez no. Hacía mucho tiempo que el corazón no le latía con tanta fuerza. Cada centímetro de su piel se estaba despertando de un largo letargo. Hacía mucho tiempo que no se excitaba tanto. Había temido que no volvería a sentir aquello jamás.

– Adelante, dilo en voz alta, Ciccotelli -dijo-. «Lo que necesitas es volver a hacerlo; necesitas echar un buen polvo.» Pero no era capaz. Le costaba incluso pensarlo. El hecho de que Phillip la engañara con otra le había dejado una herida más profunda que la que jamás podría hacerle ningún desgraciado con una cadena. Se había prometido a sí misma que lo superaría, que el hecho de que la engañara no significaba que ella lo hubiera hecho mal. Qué risa. Claro que lo había hecho mal. Se había enamorado de un hombre incapaz de cumplir sus promesas. Ella, en cambio, le había sido fiel siempre. Lo había aprendido de su madre.

Pero, a diferencia de su madre, ella se había dado el gustazo de mandar a la mierda a aquel traidor, aunque eso no evitaba que echara de menos el calor humano por las noches. Después de Phillip, otros hombres habían intentado conquistarla. Por desgracia, no lo habían conseguido.

Sin embargo, recientemente sus ojos habían captado algo atractivo; sus ojos, y también el resto de su cuerpo. Además, parecía que él también se sentía atraído. Y, si realmente sabía analizar la personalidad, la cuestión le hacía tan poca gracia como a ella. Pero ¿cómo iba a saber analizar la personalidad? Si hubiese sabido, no habría elegido a Phillip como pareja.

Qué pensamiento tan alentador. A fin de cuentas, tal vez Amy tuviera razón. «Tengo que llamarla. Tengo que decirle que quiero darle un beso y hacer las paces, y toda esa mierda.» Se lo había prometido a su amigo Jon, cosa que a Reagan le había parecido importante. Un punto a su favor, por buena persona. Justo acababa de apartarse de la puerta cuando sonó el timbre y la sobresaltó. Echó un vistazo por la mirilla y no pudo evitar soltar un taco. En la puerta estaba plantada la mismísima señorita Joanna Carmichael, con una pizza en la mano.

– Sé que está en casa -dijo Carmichael en voz alta-. Acabo de ver salir al policía.

– Váyase, señorita Carmichael. No tengo nada que decirle.

– Pues yo sí. Tengo que proponerle un trato.

Tess abrió un poco la puerta.

– Conozco sus tratos, señorita Carmichael; para que encajen hace falta vaselina. Haga el favor de marcharse antes de que llame a la policía.

Carmichael se asomó por la rendija.

– Quiero una exclusiva.

Tess se echó a reír ante la absurda petición.

– Está como una puta cabra. Y créame, sé de qué le hablo.

– Pienso redactar un artículo con su ayuda o sin ella, doctora. Si me concede una exclusiva, al menos lo que aparezca lo habrá dicho usted.

Tess sacudió la cabeza.

– Como si me mereciera alguna confianza. Y, ahora que lo pienso, ¿cómo coño ha conseguido llegar hasta aquí?

– Le he dicho al portero que le traía una pizza al vecino. La seguridad que ofrece este edificio es una mierda, por cierto.

En eso tenía razón.

– Bueno es saberlo. Lárguese. -Tess cerró la puerta de golpe y corrió el pestillo. Y se despidió con una amenaza-. Si dentro de cinco segundos todavía está ahí, llamaré a la policía; en la cárcel tendrá mucho tiempo para pensar en el artículo. Cinco, cuatro, tres…

Joanna retrocedió con una mueca. No esperaba que Ciccotelli le pusiera fácil lo de la exclusiva, pero tampoco esperaba que la tratara con tanta acritud. Cuando por fin accediera, sería un bombazo. Pero de momento se marcharía a casa y se comería la pizza sola.

Tenía mucho que hacer antes de que amaneciera. Su madre siempre decía que la mejor manera de cazar moscas era atraerlas con miel. Su padre, en cambio, opinaba que no había nada como tener a mano un buen insecticida. Por mucho que le costara admitirlo, su padre tenía razón. Solo tenía que aguardar a ver cuántas moscas moribundas era capaz de ver caer Ciccotelli antes de admitir la derrota.

No resultaría agradable, y Ciccotelli no claudicaría así como así.

Pero acabaría rindiéndose. «Y cuando pase la tormenta, será mi nombre el que aparezca junto a la noticia y Cy Bremin no será más que un vago recuerdo.»

Masticando alegremente una porción de pizza, tomó el ascensor para bajar. Al salir se despidió del inútil del conserje con un gesto de la mano.

Martes, 14 de marzo, 00.35 horas.

Aidan recobró el control en cuanto empezó a conducir, lo cual estaba muy bien porque las duchas heladas eran muy desagradables y no solían surtir mucho efecto. Esperaba que Dolly no hubiera desbaratado mucho el salón. Era una perrita muy buena y estaba bien enseñada, pero ese día la había dejado sola mucho tiempo. Había llegado a un acuerdo con su vecino de doce años. Este la sacaba a pasear cuando él se ausentaba durante largos períodos de tiempo, pero ese día se había olvidado de avisarlo. Entró en casa por la puerta de la cocina y los cuarenta kilos de carne trémula acudieron a saludarlo.

Aidan se arrodilló sobre una pierna para rascarle detrás de las orejas y se echó a reír cuando la lengua de Dolly le dejó la cara chorreando.

– Estás hecha una preciosidad. -Le dio un cachete afectuoso, se puso en pie y descolgó la correa del gancho de la pared. Era tarde, pero a Dolly le encantaba pasear y él aún tenía que quitarse de encima una buena parte del estrés acumulado.

– Ya la he sacado.

Sobresaltado, Aidan sacó el arma y se volvió hacia la voz soñolienta antes de tener tiempo de reconocerla. Pulsó rápidamente el interruptor y de repente la habitación se inundó de luz.

Su hermana Rachel se encontraba de pie en la puerta, entre aterrorizada y dormida, con los ojos como platos y la mano en el corazón.

– ¿Qué narices estás haciendo aquí? -le preguntó Aidan-. ¿No se te ocurre nada mejor que asustarme? Podría haberte disparado.

– Yo… -exhaló un suspiro trémulo-. Lo siento. No lo he pensado.

Aidan guardó la pistola en la funda.

– No lo he pensado, no lo he pensado… -Pero la chica estaba pálida y temblorosa, así que se le acercó y la estrechó entre sus brazos-. ¿Estás bien?

Ella asintió.

– Sí, solo necesito un momento. -Retrocedió y se dejó caer contra la pared, con las oscuras cejas fruncidas en un gesto ceñudo. Como Aidan, Rachel había heredado el pelo y los ojos de su padre, pero su menuda constitución se parecía a la de su madre, igual que la expresión imperiosa de su rostro-. Llegas muy tarde.

– Y tú has salido de casa sin permiso -le espetó él-. ¿Por qué no estás en la cama? Mamá y papá se morirán del susto si se despiertan y ven que no estás.

– No. Creen que estoy en casa de Marie.

Aidan se la quedó mirando.

– ¿Les has mentido? Rachel…

– No, no les he mentido. He estado en casa de Marie. Ha organizado una fiesta y a última hora he decidido… no quedarme.

Sin apartar los ojos de su hermana, Aidan sacó la jarra de leche de la nevera.

– ¿Quieres un poco de leche?

Ella arrugó la nariz.

– ¡Puaj!

– Tienes que tomar leche, pequeñaja. Cuando tengas osteoporosis te arrepentirás. -Aidan imitó a su madre para hacer reír a su hermana, pero ella permaneció con los labios apretados enojada-. ¿Por qué no has querido quedarte a la fiesta? Además, mañana es día de escuela -añadió, y entrecerró los ojos-. ¿Mamá y papá te han dejado salir entre semana? A nosotros no nos dejaban.

Ella se encogió de hombros.

– Íbamos a estudiar para un examen de historia.

– Pero no lo habéis hecho.

– Pensaba que íbamos a estudiar, Aidan -dijo en voz baja-. De verdad. Entonces ha aparecido el novio de Marie y… la cosa se nos ha ido de las manos.

Aidan se bebió el vaso de leche de un trago y se enjugó los labios con el dorso de la mano.

– ¿Qué quiere decir que la cosa se os ha ido de las manos?

– Da igual, lo importante es que yo me he marchado. -Alzó el brazo y olfateó la manga-. Aunque seguro que por el olor parece que yo también haya bebido.

Aidan se inclinó y olió la prenda, luego retrocedió con mala cara.

– Huele a cerveza y a petardo. Rachel, ¿quiénes son esos amigos? ¿Y dónde están los padres de Marie?

Rachel se sentó en una de las desgastadas sillas de la cocina.

– Han salido. -Alzó la mano para indicarle que no le riñera-. No me digas nada. Ya sé que tendría que haberme marchado enseguida, pero las primeras dos horas Marie y yo estábamos solas y nos hemos puesto a estudiar. -Lo miró con ojos implorantes-. Te lo juro, Aidan.

– Te creo, Rachel. -Se sentó a su lado-. ¿Qué ha ocurrido, cariño? -Se quedó de piedra al ver que a su hermana se le llenaban los ojos de lágrimas-. ¿Rachel?

– Estoy bien -dijo, y se enjugó los ojos con la palma de la mano-. Me ha entrado miedo. Ha aparecido un grupo de chicos y… -Se estremeció-. Me he escapado por la puerta trasera.

El corazón de Aidan omitió varios latidos al ser consciente de lo que podía haber pasado.

– ¿Por qué no has llamado a papá y mamá?

Ella negó con la cabeza.

– Uno de los chicos me ha echado cerveza por encima y… No quería que pensaran que les mentía. He empezado a andar y… he decidido venir aquí.

– ¿Has venido andando?

Rachel asintió.

– Cuatro kilómetros y medio. -Esbozó una patética sonrisa-. Eso es para que no vuelvas a decirme que con tanto videojuego se me pondrá el culo gordo. No pensaba quedarme a dormir, solo necesitaba parar en algún sitio para ventilar la ropa, pero al llegar he visto que Dolly se moría de ganas de que la sacaran a pasear y luego me he sentado un momento a descansar y me he quedado dormida en el sofá.

– Tendrías que haberme llamado, Rach. Yo me habría hecho cargo de todo.

Ella alzó los ojos con gesto de exasperación.

– Claro, mi hermanito poli habría irrumpido en la casa y lo habría arreglado todo. Mira, Aidan, no me dedico a emborracharme en las fiestas pero me gustaría conservar parte de mi vida social. -Bajó la cabeza-. No se lo digas a papá y mamá, ¿vale?

Él reflexionó un momento. Abe y Sean le habían guardado un montón de secretos cuando eran más jóvenes.

– ¿Aún dura la fiesta?

– No. Los padres de Marie tenían previsto volver a las doce, así que seguro que hace rato que todo el mundo se ha ido.

– ¿Me prometes que no volverás a quedar con Marie?

Ella volvió a estremecerse.

– Claro.

– Entonces hemos hecho un trato. Ve a darte una ducha. Te dejaré un chándal y veré si puedo limpiar las manchas de cerveza de tu ropa. -La obsequió con una sonrisa-. Yo también tengo ropa manchada de cerveza; así ahorraremos agua.

Ella lo miró con los ojos muy abiertos.

– ¿Has estado en una fiesta, Aidan?

– No. Me he peleado en un bar.

Ella contrajo los labios.

– ¿Has ganado?

– Yo siempre gano, cariño. -Le acarició la punta de la nariz con el dedo y, en ese momento, los dos miraron la mano vendada de Aidan. «Bueno, siempre no», se dijo. Sobre todo si lo que quería era llevarse de calle a una doctora de Michigan Avenue que estaba fuera de su alcance material. Daba igual que a ella también le gustara él, y mucho.

Rachel le olió la mano, luego la cogió y se la acercó al rostro.

– Forevermore.

– ¿Qué?

– Las manos te huelen a perfume. Se llama Forevermore y es carísimo. -Lo miró con picardía-. Sí que has estado en una fiesta. Qué cara más dura, Aidan.

Él se echó a reír, extrañamente incómodo.

– A la ducha, mocosa.

Ella se puso en pie, pero se detuvo en la puerta y lo miró con expresión madura y formal.

– Gracias, Aidan. No sabía adónde ir si no.

A Aidan el corazón le dio un vuelco. Su hermana pequeña había sido una sorpresa tardía para sus padres y entre todos la habían mimado mucho. Sin embargo, y a pesar de todo, era una buena chica. Muy buena, de hecho. No le hacía ninguna gracia que tuviera que enfrentarse tan joven a los peligros de la vida.

– Puedes venir siempre que quieras, Rachel. Pero no vuelvas a asustarme, ¿de acuerdo?

– De acuerdo.

Martes, 14 de marzo, 8.09 horas.

Aidan se dejó caer en la silla contigua a Murphy y evitó la severa mirada de Spinnelli.

– Llegas tarde, Aidan.

– Lo siento. -Se había encontrado con un atasco al dejar a Rachel en la escuela tras entrar de hurtadillas en casa de sus padres a buscarle ropa limpia. Las manchas de cerveza se habían ido, pero las prendas seguían oliendo a marihuana.

Jack deslizó una caja de donuts medio vacía hasta el otro lado de la mesa.

– Peor para ti si te has dormido. Murphy y yo nos hemos terminado todos los de mermelada. -Miró a Aidan tratando de dilucidar qué pensaba-. ¿Tienes la lista de pacientes?

– No. -Aidan cogió un donuts glaseado y se chupó los dedos-. Se ha negado muy amablemente. Pero he averiguado que, después del juicio de Green, recibió cartas de amenaza. Aquí están. -Con la mano limpia, empujó el sobre, que también olía a Forevermore, hasta el otro lado de la mesa. Al olfatearlo se había sentido ridículo, pero no había podido resistirse-. Ah, y sí que estuvo tomando Soma, también después del juicio de Green. No tiene los botes vacíos y no recuerda si los tiró o no. -Miró a Spinnelli-. Pasará por aquí durante la mañana para que le grabemos la voz y firmará una autorización para que podamos intervenir su teléfono.

Spinnelli exhaló un suspiro.

– Colabora tanto como puede. Si nos entrega la lista de pacientes, perderá la licencia.

– Los de cualificaciones profesionales ya andan detrás de ella. Ayer se presentaron en su casa. -Aidan se volvió hacia Murphy-. La empleada del Departamento de Sanidad se chivó.

Murphy puso mala cara.

– Mierda, la cosa se pone cada vez peor.

– ¿Cómo te ha ido en Archivos?

Murphy miró a Spinnelli, quien asintió con expresión seria.

– Adelante, Todd.

– Hace tres meses una persona consultó los dos informes, el de Adams y el de Winslow. -Exhaló un suspiro-. Fue Preston Tyler.

Aidan sacudió la cabeza, anonadado.

– No puede ser. Está… muerto.

Todos lo sabían, Harold Green lo había matado con sus propias manos, aunque el muy cabrón lo había tratado con bastante más delicadeza que a las tres pobres niñas. Aidan apretó los dientes mientras se esforzaba por ahogar la ira que lo invadía cada vez que pensaba en el cuerpo destrozado de la pequeña.

Y en el hecho de que Harold Green hubiera burlado la justicia, gracias a Tess Ciccotelli. «Pero en cambio quitó de en medio a otros treinta y un elementos peligrosos.» Se dijo que no debía olvidarse de eso, ni tampoco de la expresión atormentada de sus ojos al ver el cadáver de Winslow. Detrás de la apariencia fría, se escondía una mujer comprometida. Era muy humana; y, como podía ocurrirle a todo humano, había cometido un error. Un error terrible, trágico.

Se percató de que todos lo observaban en silencio y soltó un resoplido.

– ¿Quién podría haber permitido que alguien firmara con el nombre de Preston Tyler?

– Una empleada nueva. Ella no sabía nada, Aidan -explicó Murphy-. La he interrogado esta mañana y me ha dicho que quien le pidió el informe era policía, que le mostró la placa. También me ha dicho que el documento no salió de allí, pero que el policía regresó para revisarlo otra vez.

– Ahora está con los de Asuntos Internos -dijo Spinnelli en tono resuelto-. Le están enseñando fotos.

La expresión de Jack se endureció.

– ¿Y si no puede, o no quiere, identificar al sujeto?

– Podría ocurrir -admitió Spinnelli-. Pero los de Asuntos Internos tienen sus recursos.

– ¿Y la grabación de la cámara de seguridad? -preguntó Aidan.

Murphy se encogió de hombros.

– Curiosamente, ha desaparecido.

– Cosas de los de Archivos, que no saben archivar bien las cosas -se mofó Jack entre dientes.

– Los de Asuntos Internos también se están ocupando de eso. -Spinnelli parecía agotado-. Habrá una investigación.

– Tienes razón, Murphy. La cosa va de mal en peor. ¿Y Rick? ¿Ha sacado algo en claro?

Jack negó con la cabeza.

– Se ha pasado la noche trabajando, pero el tipo es listo. Parece que haya enviado el vídeo a Marte. De todas formas, tengo más noticias. Una persona de mi equipo ha encontrado restos de fibra de color negro en algunos lirios. Es nailon. Da la impresión de ser el mismo material que encontramos en el muñeco de casa de Winslow, pero con el calor del horno los hilos se mezclaron con el plástico derretido y no podemos separarlos para asegurarnos.

– ¿Podrían ser de una bolsa? -preguntó Murphy-. A lo mejor la utilizaron para llevar las cosas dentro.

Jack asintió.

– Eso es justamente lo que pensamos. Ya sé que con eso solo no se resuelve el caso, pero si encontráis la bolsa, es probable que dentro haya polen.

Aidan recordó la cantidad de lirios que tapizaban el suelo del piso de Adams.

– Si llevaron los lirios en una sola bolsa, tuvieron que hacer muchos viajes. Podríamos distribuir una foto de la mujer de la oficina bancaria entre los vecinos de Cynthia Adams para ver si alguno la conoce. Y mientras podríamos tratar de encontrar a Joanna Carmichael y preguntarle si tiene más fotos del suicidio. Ayer por la tarde no estaba en su casa.

– Buena idea -opinó Spinnelli-. ¿Algo más?

Murphy saboreó el donuts, pensativo.

– Tenemos la llave de la caja de seguridad de Adams.

– Y la lista de los cinco condenados en cuyos juicios Tess cree que su declaración fue decisiva. -Aidan captó la expresión de sorpresa de Murphy-. Me la dio ayer por la noche. Pero los cinco continúan en prisión. -«Hasta que el consejo de cualificaciones profesionales se entrometa y lo joda todo», pensó, recordando cómo Tess se había sonrojado al estar a punto de escapársele la palabrota. Murphy no dejaba de mirarlo-. ¿Qué pasa?

Murphy apartó la mirada.

– Nada. ¿Quién reclamará oficialmente la lista de pacientes, Marc?

El bigote de Spinnelli se curvó hacia abajo.

– Le pediré a Patrick que se encargue de ello en cuanto pueda.

– Haz también que pida una orden judicial para registrar la caja de seguridad de Adams -añadió Murphy.

Spinnelli tomó nota.

– ¿Alguien más quiere pedir algo antes de que cierre la cocina? -preguntó con ironía-. Aidan, ¿a qué hora vendrá Tess?

– Durante la mañana. Te avisaré cuando llegue.

Jack se puso en pie.

– Voy a pedir que preparen la cabina de sonido.

Spinnelli observó cómo se marchaba, aún con el entrecejo fruncido.

– Demasiadas opciones. Tenemos que acotar el terreno.

Murphy se detuvo en la puerta.

– Todos sabemos que Asuntos Internos no querrá decirnos quién es la persona identificada por la empleada de Archivos, Marc.

– Haz tu trabajo, Murphy -le espetó Spinnelli-. Ya me ocuparé yo de Asuntos Internos.

Murphy sacudía la cabeza mientras se dirigían a sus puestos de trabajo.

– Mejor que lo haga él. ¿Estás bien?

Aidan lo miró con extrañeza.

– Sí, ¿por qué?

– Porque tienes los nudillos destrozados.

«Y ella me los ha vendado», fue todo cuanto Aidan pudo pensar. Se esforzó por concentrarse en el trabajo.

– Anoche el amiguito de Morris se hizo el héroe. A ver si entre rejas se le bajan los humos. Tengo que terminar con el papeleo: arrestado por resistirse a ser detenido y pegarle a un policía.

Murphy lo observó mientras caminaban.

– Pues yo te veo igual de guapo que siempre. ¿Dónde te pegó?

Aidan hizo una mueca.

– En la tripa. Menuda fuerza tiene.

– Tranquilo, creo que saldrás de esta.

«Eso fue exactamente lo que dijo ella.»

Murphy se sentó ante su escritorio sin dejar de observarlo y Aidan se sintió violento por ello, así que se concentró en tratar de encontrar un impreso de solicitud de intervención telefónica en blanco. Al cabo de un minuto levantó la cabeza, y al ver que Murphy aún lo miraba, le espetó:

– ¿Qué pasa?

– La has llamado «Tess».

Aidan abrió la boca para negarlo, pero Murphy tenía razón.

– ¿Y qué?

– Que está empezando a gustarte.

Aidan recordó el sueño que había tenido justo antes de despertarse al amanecer. Estaban juntos en la cama y el oscuro pelo ondulado de ella se extendía sobre el vientre de él mientras descendía por su cuerpo, besándolo. Aquellas curvas, y aquella boca… En ese momento sonó el teléfono y se ahorró tener que contestar.

– Era de recepción -anunció sin más-. Ha llegado la doctora Ciccotelli.

Tess se sentó en el vestíbulo de la comisaría, consciente de que todos y cada uno de los policías observaban todos y cada uno de sus movimientos. Antes habría sentido odio y desdén. Ahora lo que la preocupaba era si entre tantas placas habría alguien dispuesto a tomarse la justicia por su mano. La idea le había quitado el sueño casi toda la noche, y también el pensar en cuál de sus pacientes sería el próximo.

Por una parte, se moría de ganas de entregarle a Reagan la lista de pacientes que le había pedido la noche anterior para que pudieran protegerlos y así no tener que enfrentarse a ningún otro cadáver. Pero no era ético, y Reagan lo sabía. Tenía que respetar la privacidad de sus pacientes. El hecho de visitar al psiquiatra conllevaba una especie de estigma, y muchos pacientes creían que si alguien llegaba a saber que necesitaban ese tipo de ayuda su vida se vería arruinada.

No podía hacer otra cosa que rezar para que sus vidas no quedaran segadas en lugar de arruinadas. No podía desvelar sus nombres a Reagan, pero sí que podía llamarlos personalmente. Y eso era lo que haría en cuanto cumpliera con su deber en la comisaría. Tenía que someterse a una grabación de voz y firmar una autorización para que intervinieran su teléfono.

La puerta del ascensor se abrió y de él emergió Reagan. Tal como Tess preveía, el corazón le dio un pequeño vuelco. Era increíblemente atractivo. Algo en su arrolladora forma de andar revelaba a un hombre fuerte que no se dejaba intimidar. Tess estaba segura de que así era. El echó un vistazo a la sala mientras se le acercaba. La miró a los ojos. Estaba evaluando sus posibilidades, igual que ella. Luego bajó la vista a la bufanda que llevaba enrollada al cuello y el ánimo de Tess se enfrió. Él lo sabía todo, y eso le molestó.

– Doctora Ciccotelli -la saludó en tono suave-. Gracias por venir.

– Le dije que lo haría. -Recogió sus cosas-. Y siempre cumplo mi palabra. -Lo siguió, y el estómago se le encogió cuando se detuvo frente al ascensor-. Esta mañana no he podido pasar consulta. -Esbozó una sonrisa-. Había periodistas por todas partes. ¿Le importa que subamos por la escalera?

Él bajó la mirada y frunció ligeramente el entrecejo.

– El departamento técnico, donde tienen que grabarle la voz, está en el cuarto piso.

– No importa.

Él suavizó el gesto.

– Entonces subiremos por la escalera.

Cuando hubieron recorrido el primer tramo, él le preguntó:

– ¿Ha llamado a su abogada?

El hecho de que le preocupara tanto que cumpliera su promesa decía mucho de él.

– Sí. -Amy había estado aguardando su llamada y se había disculpado repetidas veces. Pero la conversación había resultado embarazosa y ninguna había propuesto volver a retomar la relación abogada-cliente. Tal vez fuera mejor así. Amy y ella habían tenido que superar muchos contratiempos juntas. Su amistad se había resentido y era demasiado valiosa para ponerla en riesgo. En definitiva, en el mundo había más abogados defensores si al final le hacía falta contratar a alguno-. La llamé en cuanto me libré de los del Bulletin.

Reagan le lanzó una mirada de sorpresa.

– ¿Ha ido a verla Cyrus Bremin?

– La persona que vino no es tan famosa. Se llama Joanna Carmichael.

– Ah, la fotógrafa. ¿Me permite que le lleve el maletín?

Ella negó con la cabeza.

– No, gracias. Así, ¿conoce a Carmichael?

– Personalmente no. Buscamos un poco de información sobre ella cuando vimos el artículo en el periódico ayer por la mañana. Fuimos a su casa para ver si tenía más fotos del suicidio de Adams. -Vaciló un momento y al fin se encogió de hombros-. Vive en el mismo edificio que Cynthia Adams.

– Así que se dio de narices con el notición y al final fue Cy Bremin quien acabó firmando el artículo. No es de extrañar que me pidiera una exclusiva.

– ¿Una exclusiva? -La breve carcajada resonó en la escalera-. Qué loca. -Hizo una mueca-. Lo siento; el comentario no ha sido muy oportuno.

Tess ahogó una risita.

– No se preocupe. Yo le he dicho lo mismo, solo que de forma menos delicada.

– ¿Así que su vocabulario sigue degenerando?

– Creo que utilicé la palabra «vaselina». -Sonrió-. Es probable que me arrepienta.

Llegaron al cuarto piso y él le abrió la puerta para que pasara. En cuatro pasos se plantaron en el estudio de sonido, donde parecía esperarla el reparto al completo. Spinnelli, Patrick Hurst y Murphy aguardaban de pie en la puerta del estudio de grabación mientras dentro Jack hablaba con el técnico.

– Así que solo quedan localidades de pie -dijo en tono liviano, y Spinnelli sonrió-. ¿Dónde está el cartel con mi nombre?

– Hemos querido ceñirnos estrictamente a la normas, Tess. Por tu bien y por el nuestro.

– Y os lo agradezco, Marc. He oído que os han llegado recursos de apelación, Patrick.

Patrick puso mala cara; aunque, de hecho, siempre ponía mala cara. En la época en que llegó a la oficina después de que el fiscal del estado dimitiera del cargo por escándalo público, Tess solía preguntarse qué había hecho para que se ofendiera. Ahora sabía que era su semblante habitual.

– Esta mañana me he encontrado dos más en el fax -se quejó.

– Lo siento, me gustaría poder hacer algo para que todo esto se solucionara. -Tragó saliva-. Por el bien de todos, pero en particular por Cynthia Adams y Avery Winslow. Pero ya sabes que no puedo mostraros la lista de pacientes, Patrick.

Él asintió.

– Y tú sabes que vamos a enviarte una citación para que la presentes como prueba.

– Estoy obligada a negarme.

Patrick se encogió de hombros.

– Así es el juego. Espero que no muera nadie más mientras la conseguimos.

Ella se estremeció. Era un golpe bajo, bien planeado.

– Pues descubramos al culpable antes de que vuelva a la carga.

Spinnelli intervino.

– Suena bien. Ya está todo a punto, Tess. Acabemos cuanto antes.

Jack se asomó por la puerta.

– Sabes lo que tienes que hacer, ¿verdad, Tess?

Ella respiró hondo.

– Queréis que pronuncie el mensaje del contestador. Ya sé de qué va, Jack.

– Entonces también sabrás que no es una ciencia exacta. Primero compararemos las gráficas impresas y luego le pediremos a nuestro experto que realice un análisis auditivo. También tendrás que emitir toda una serie de sonidos. Es posible que aun así no lleguemos a ninguna conclusión definitiva.

– Creía que vuestro experto era muy bueno -dijo Murphy, con voz tensa.

– Y lo soy. -La voz procedía del interior de la cabina y todos se volvieron a mirar. El hombre que estaba dentro abrió la puerta y se asomó.

– Este es el oficial Dale Burkhardt -lo presentó Jack-. Es mi homólogo del departamento técnico, donde se dedican a investigar y a desarrollar toda clase de artilugios nuevos. Dale supera con creces los requisitos del FBI en cuanto a análisis vocal. Es el mejor experto que hemos tenido nunca.

Los labios de Burkhardt se curvaron ligeramente.

– No te perdonaré la deuda por mucho que me lamas el culo, Jack. -Se volvió hacia Murphy-. En teoría, no existen dos voces idénticas. La voz depende de la cavidad bucal, la garganta y las cuerdas vocales, y también de la articulación durante el habla. A veces resulta difícil detectar a un imitador porque, aunque es improbable que su cavidad bucal tenga las mismas dimensiones que la del sujeto a quien imita, suele haber estudiado la posición de la lengua y de los labios y… también la imita. Si es así, en esos aspectos no se observarán diferencias. Veremos si la reconozco de oídas.

No había mala intención alguna detrás del juego de palabras, y en cualquier otro momento Tess lo habría encontrado gracioso. Pero ese día no le hizo gracia. Del análisis dependían demasiadas cosas.

– Doctora Ciccotelli, si está preparada, empezaremos.

Siguió a Burkhardt al interior de la cabina y se sentó en la silla que él le indicó. Vio una pila de fichas junto a un micrófono instalado en un tablero que iba de punta a punta de la cabina. En la primera ficha se encontraba impreso el mensaje del contestador automático de Cynthia Adams. Con un ligero temblor, Tess la levantó.

– ¿Empezamos? -preguntó.

– Espere a que yo salga. -Se sentó ante el panel de mandos que había frente a la cabina y le hizo señales para que empezara. Ella lo intentó, pero se le quebró la voz y cerró los ojos. Al enfrentarse de nuevo a las horribles palabras se imaginó la cara de Cynthia Adams al oírlas y creerlas por estar bajo los efectos de la droga.

Por el intercomunicador, la voz de Burkhardt sonó carrasposa.

– Vuelva a empezar, doctora. -Se hizo un silencio y el técnico habló de nuevo, esta vez en tono más amable-. Trate de no pensar en la víctima. Trate de pronunciar las palabras igual que en el mensaje, con suavidad.

«Con suavidad.» Tess se irguió y volvió a leer la frase.

– Mejor, pero vuelva a intentarlo. Con más suavidad.

De nuevo Tess leyó las palabras, y al levantar un poco los ojos vio que Aidan Reagan la estaba mirando fijamente. Él asintió y articuló una frase en silencio:

– Lo está haciendo muy bien.

Tess seguía teniendo los nervios a flor de piel, pero el malestar que le atenazaba el estómago se calmó lo suficiente para que pudiera imitar el tono de la llamada antes de pasar a las siguientes fichas, que contenían una serie de palabras elegidas al azar con los sonidos que necesitaban que el emisor pronunciara. Las leyó todas y volvió a empezar la serie. Cada pocos minutos miraba a Reagan, y él siempre asentía. No sonrió, ni volvió a articular palabra. Con todo, hizo que ella se sintiera acompañada al otro lado del cristal.

Por fin terminó. Burkhardt se puso en pie. Su expresión no revelaba nada de nada.

– Gracias, doctora. Ya puede salir.

Tess salió de la cabina. Con férrea voluntad consiguió que no le temblaran las manos ni las rodillas. Pero nadie pronunció palabra. Los hombres observaban la pantalla del ordenador de Burkhardt. Ninguno se atrevía a mirarla a los ojos, hasta que ella no pudo más.

– ¿Y bien?

Jack sacudió la cabeza.

– Se parece mucho, Tess. Muchísimo.

Ella exhaló un lento suspiro. ¿Y qué esperaba? La voz del contestador se parecía tanto a la suya que hasta podría haber engañado a su propia madre.

– Muy bien. ¿Y ahora qué?

La mirada que le dirigió Burkhardt expresaba a la vez respeto y compasión.

– Ni siquiera he empezado con el análisis, doctora Ciccotelli. Ya me imaginaba que las voces se parecerían mucho. No se dé por vencida aún.

Patrick se colocó el abrigo en el brazo.

– Llámame cuando tengas resultados. Estaría bien saber algo al mediodía, he quedado para comer con el juez Doolittle y no me apetece que piense que soy tonto de remate.

Burkhardt dio un resoplido cuando la puerta se cerró detrás de Patrick.

– ¿Al mediodía? Bromea, ¿no?

– No -respondió Spinnelli-. Llegaremos al fondo de la cuestión, Tess. Trata de no preocuparte.

Ella asintió con rigidez.

– Muy bien. -Le resultaría más fácil tratar de no respirar.

Spinnelli salió de allí sacudiendo la cabeza.

– Mierda. Tenía esperanzas de que saliera bien.

Tess se envolvió con su abrigo y asió el maletín.

– Gracias por intentarlo. Firmaré la autorización para que intervengan mi teléfono y les dejaré que sigan trabajando. -Pasó junto a Murphy, que había permanecido mudo durante la prueba. Parecía tan desolado como ella misma y, de pronto, Tess se sintió demasiado cansada para seguir enfadada con él. Se detuvo enfrente, a tan corta distancia que no podía ver bien su rostro-. Lo entiendo, Todd -dijo. Y era cierto-. Aún me duele que no me creyeras, pero lo entiendo. Ante los hechos, probablemente a mí me habría pasado lo mismo.

Al salir oyó que Reagan y Murphy hablaban en voz baja. Luego notó que Reagan la seguía. Supo que era él por el simple sonido de sus pasos y por el aroma de su aftershave.

Se dirigieron en silencio a su puesto de trabajo. Sin pronunciar palabra, él le tendió el impreso de autorización y ella lo examinó. Solo podía pensar en las palabras de Amy. «No seas idiota, Tess.» Estaba renunciando por voluntad propia a su derecho a la intimidad. Pero si la mujer volvía a llamarla, por lo menos tendrían su voz. «Y la verdadera, no una imitación de la mía.» Suponiendo que fuera la misma mujer la que efectuaba todas las llamadas, lo cual a esas alturas parecía lo más probable. Valía la pena correr el riesgo. Se dio prisa en firmar el impreso y, cuando estuvo segura de que su mirada se había serenado, miró a Reagan.

– Gracias. Me ha facilitado las cosas allí dentro.

La sonrisa de él fue breve, pero aun así hizo que un escalofrío recorriera la espalda de Tess.

– Han sido unos días muy duros, doctora. Yo no hubiera soportado tan bien la presión.

Eso la hizo sonreír.

– Que tenga un buen día, detective. Ya sé dónde está la salida.

Martes, 14 de marzo, 11.55 horas.

Tras pasarse la mañana hablando con empleados de banco, Aidan empezaba a entender a qué se debía la creciente popularidad de los cajeros automáticos. Era cierto que el trato era despersonalizado, pero por lo menos las máquinas eran eficaces y no ponían pegas.

Incluso con una orden judicial, le llevó un buen rato averiguar en qué sucursal tenía Cynthia Adams su caja de seguridad. Al final, una mujer de rostro enjuto apellidada Waller los acompañó hasta la cámara acorazada. A Aidan la mujer le recordaba vagamente a su profesora de álgebra de octavo curso, lo cual no era precisamente agradable.

La señora Waller extrajo una caja de tamaño mediano del casillero y la depositó en una mesa alta.

– ¿Tienen la llave?

Murphy se la mostró.

– Igual salimos con una mano detrás y otra delante -dijo mientras metía la llave en la cerradura y abría la caja-. Certificados de acciones y su testamento. -Se lo entregó a Aidan, quien le echó un rápido vistazo.

– La mayor parte de la herencia es para su hermana.

– Debía de hacer tiempo que no lo revisaba. -Murphy miró a la señora Waller-. ¿Cuándo tuvo acceso a la caja por última vez?

La mujer cruzó sus delgadas manos con un ademán afectado.

– El viernes pasado.

– ¿En serio? -Aidan frunció el entrecejo-. ¿Sacó o metió algo?

– No disponemos de esa información. Garantizamos privacidad a nuestros clientes.

– Estoy un poco cansado de tanta privacidad -gruñó Aidan.

– Entonces me alegro de no tener necesidad de acogerme a la cuarta enmienda. -Murphy agitó un pequeño sobre-. Seguro que guardó algo aquí dentro. -Abrió el sobre por un extremo y, al vaciarlo, en la mesa cayeron dos microcasetes-. Qué pequeños.

– Son de una grabadora -observó Aidan. Su cuñada nunca salía de casa sin su pequeña grabadora-. Kristen siempre anda grabando su voz. Una de las secretarias de la oficina de Patrick tiene un aparato que puede reproducirlos.

Murphy recogió el contenido de la caja.

– Burkhardt también.

– Lo que quieres es saber si ya ha llegado a alguna conclusión acerca de las voces, ¿verdad?

Murphy esbozó una breve sonrisa.

– Se me ha pasado por la cabeza. Vamos a comprarnos algo de comer y luego a ver a Burkhardt para pedirle que nos deje oír esto.

Martes, 14 de marzo, 12.35 horas.

– ¿Acaso piensas darme plantón?

Tess levantó la cabeza del archivador y pestañeó varias veces para ver bien al hombre que aguardaba en la puerta de su despacho. Luego miró el reloj de pared, que tenía tantos años como el catedrático que se había encargado de guiar su tesis, el doctor Harrison Ernst. Los martes siempre quedaban para comer.

– Lo siento, Harrison. He perdido la noción del tiempo. ¿Te importa que hoy no comamos juntos?

Harrison descolgó el abrigo y el bolso de Tess del perchero.

– Pues sí.

– Tengo que terminar de revisar estos informes. -Llevaba horas tratando de deducir cuál de sus pacientes era más fácil de manipular mentalmente y, por tanto, corría más riesgo. Apartó el que tenía entre manos con expresión malhumorada.

– Necesitas descansar, Tess. Tienes un tic en el ojo. Haz caso de un anciano. -Le tomó la mano y la hizo levantarse-. ¿Lo ves? No cuesta tanto como parece.

– Harrison, por favor.

Él echó un vistazo a su mesa de trabajo.

– Estás tratando de deducir quién será el siguiente, ¿verdad?

El tono ligeramente benévolo del hombre le levantó un poco el ánimo.

– Sí, eso hacía.

– ¿Habrías pensado alguna vez que las dos víctimas fueran tan vulnerables?

Tess cerró los ojos y se apoyó en la mano deformada del anciano.

– No más que la mitad del resto de mis pacientes. No veo ningún vínculo obvio, aparte de sus tendencias suicidas, producto de sus respectivos traumas.

– Como la mitad del resto de tus pacientes. ¿Puedo sugerirte otra estrategia?

Mientras, el hombre se las había arreglado para ponerle el abrigo y llevarla hasta el ascensor. Solo tenían que bajar tres plantas, pero Harrison ya no era capaz de hacerlo por la escalera y Tess podía resistir el corto recorrido. Esbozó una sonrisa forzada.

– ¿Tengo alguna opción?

Él soltó una risita y pulsó el botón del aparcamiento.

– No creo. Escucha, Tess, deja de tratar de leer el pensamiento a la gente y dedícate a hacer de psiquiatra.

Las puertas del ascensor se cerraron y el pulso de Tess se aceleró. «Dos plantas más. Una.» Luego las puertas se abrieron y ella respiró hondo sin importarle la humedad y la contaminación del aire.

– ¿Qué quieres decir?

– Si no te hubieran considerado sospechosa y los dos detectives hubieran acudido a ti para pedirte tu opinión, ¿qué habrías hecho?

La ayudó a subir al coche.

– Habría redactado un perfil psicológico -respondió cuando él se sentó al volante.

– Pues hazlo -le sugirió Harrison en tono gentil a la vez que abandonaba la plaza de aparcamiento-. Yo te ayudaré. Ah, te aviso de que hay periodistas en la puerta.

– Lo siento.

Él le dirigió una mirada de reproche.

– Chis. Mira dentro de esa bolsa.

Tess abrió la bolsa de papel marrón situada entre los asientos y no pudo evitar echarse a reír. Dentro había un sombrero de fieltro negro y unas gafas de Groucho con nariz y bigote.

– ¿Es mi disfraz?

Él se aguantó la risa.

– He pensado que te gustaría ir de incógnito.

– ¿Tienes también preparado un pasaporte falso y diez mil dólares?

– No nos vamos a México, Tess. Es solo una comida.

A Tess el gesto le llegó al corazón.

– Escucha, Harrison, ¿te he dicho alguna vez cuánto te quiero?

Él le dio una palmadita en el muslo.

– No, pero me lo imagino. A Eleanor no le gustaría ver que pasas el tiempo martirizándote.

Tess pensó en la mujer que tantas cosas le había enseñado. Eleanor Brigham había sido su mentora y la mejor amiga de Harrison. Ambos se habían iniciado juntos en la profesión hacía veinte años, y Tess sabía que la habían elegido a ella como su heredera natural; sin embargo, hacía tres años que Eleanor había muerto de un derrame cerebral mientras dormía, y ella todavía no lo había aceptado.

– La echo de menos, me gustaría que estuviera aquí. Aunque estoy muy contenta de tenerte a ti.

Él se incorporó al tráfico sin prestar la mínima atención a los periodistas que trataban de detenerlos.

– La verdad es que últimamente no soporto los medios de comunicación.

– Te entiendo. ¿Quién puede ser este monstruo, Harrison?

– Tú me lo dirás. Conoces mejor los hechos que yo.

– No lo sé todo ni mucho menos, el detective Reagan se reserva mucha información. -Se echó hacia atrás en el asiento y se mordió el labio-. Aunque sé lo suficiente para formarme una idea. Es alguien a quien le gusta controlar las situaciones, detallista y con dotes dramáticas, capaz de reconocer a las personas vulnerables y aprovecharse de ellas sin pensarlo dos veces. Tiene acceso a mi lista de pacientes y a los archivos de la policía.

– ¿Hombre o mujer?

– No lo sé. La persona que me ha llamado dos veces es sin duda una mujer. Y también la que imita mi voz.

La rápida mirada de él denotaba estupor.

– ¿Alguien ha imitado tu voz?

– Dejó un mensaje en el contestador automático de Cynthia Adams. Esta mañana he ido a la comisaría para que me grabaran a mí con la esperanza de que eso me excluya de la investigación, pero por ahora no da la impresión de que vaya a ser así.

– Quienquiera que haya planeado todo esto, lo ha hecho muy bien.

– Eso parece.

– ¿Cómo ha podido tener acceso a tu lista de pacientes?

– He pensado mucho en eso. Una cosa que Winslow y Adams tenían en común es que acudieron a la consulta por medio del hospital, después de ingresar por intento de suicidio. Pero a la mitad de mis pacientes les ocurre lo mismo.

– Seguro que en el hospital guardan una copia del volante junto con el historial.

– Sí, seguramente. Los historiales son privados, secretos, como los nuestros. Pero… -Se encogió de hombros.

– ¿Estás segura de que nadie ha tenido acceso a tu archivo?

– También he pensado en eso. Todo está en su sitio, y a los ficheros electrónicos solo hemos accedido Denise y yo.

Él frunció el entrecejo.

– Denise lleva con nosotros en el consultorio cinco años, igual que tú.

Tess exhaló un suspiro. Nunca se había sentido a gusto con Denise, pero Harrison le tenía cariño.

– Ya lo sé. Además, quienquiera que haya sido tiene también acceso al archivo de la policía. Sabía lo de la hermana de Cynthia, tenía copias de las fotos de su muerte, y también de la del bebé de Winslow. Te aseguro que en mi archivo no aparece nada de todo eso. En el piso de Cynthia había lirios, y yo no tenía ni idea de lo que significaban.

– ¿Así que esa persona se ha metido a un policía en el bolsillo?

– O él mismo es policía.

Harrison respiró hondo al entrar en el aparcamiento del restaurante.

– ¿Un caso de venganza?

– El detective Reagan opina que es una posibilidad.

Harrison estacionó.

– Así que nos enfrentamos a un sociópata organizado y artista dramático.

– Con conocimientos médicos.

– Ah, qué interesante.

Tess pensó en lo trágicas que resultaban las dos muertes. Las víctimas habían acabado suicidándose después de luchar con todas sus fuerzas por evitarlo. Eso implicaba un grado de crueldad más allá de la mera violencia.

– Y no le gusta ensuciarse las manos.

– Y tú lo pones caliente.

Tess abrió los ojos como platos ante el tono ordinario tan poco habitual en Harrison.

– Harrison.

Él no dijo nada y se encogió de hombros.

– Es lo que me parece.

– Creo que ya tiene un perfil incipiente, doctor -dijo ella con una sonrisa-. Y yo tengo debilidad por el estofado de cerdo.

Si el tráfico que saturaba Chicago al mediodía tenía algo de bueno era que ningún coche podía superar la velocidad de una bicicleta -pensó Joanna mientras retiraba la tapa del objetivo de su cámara. Montada en su bicicleta, tomó diez buenas fotografías de la doctora Ciccotelli y su acompañante.

Después de seguir de cerca a Ciccotelli durante un día entero la tarjeta de memoria de la cámara estaba casi llena y el insecticida, a punto.

Capítulo 9

Martes 14 de marzo, 12.35 horas.

– No he terminado -advirtió Burkhardt antes de que Aidan y Murphy pudieran pronunciar palabra.

– No hemos venido a presionarte -dijo Aidan, y se sacó una bolsa de papel blanco del bolsillo del abrigo-. Hemos venido a sobornarte.

Burkhardt arqueó las cejas.

– ¿Qué llevas ahí?

Aidan la sostuvo fuera de su alcance.

– Baklava. Está buenísimo. -Aidan lo había llevado con la intención de guardárselo para merendar, pero Burkhardt parecía decepcionado; cada vez que trataba de alcanzarlo sin conseguirlo se le ponían los pelos de punta. La madre de Aidan siempre le decía que la mejor manera de cazar moscas era atraerlas con miel, y el baklava estaba cubierto de ella.

Burkhardt lo miró con mala cara.

– Juegas sucio, Reagan. Vamos, dame eso. -Atrapó la bolsa, la abrió y husmeó el contenido-. Hay diferencias de matiz.

– ¿Qué quiere decir eso? -preguntó Murphy.

– Que he encontrado sonidos distintos, pero en la cinta no se repiten lo suficiente para estar seguro. La imitación es muy, muy buena. -Vaciló un momento y miró primero a Aidan y luego a Murphy-. ¿Estáis seguros de que la psiquiatra es inocente?

Aidan oyó que Murphy rechinaba los dientes.

– Segurísimos -gruñó Murphy.

Burkhardt se encogió de hombros.

– Pues quienquiera que haya sido la tiene bien estudiada.

A Aidan la situación le recordó a las escuchas clandestinas de Richard Nixon.

– ¿Crees que podría tratarse de una profesional?

Burkhardt se encogió de hombros.

– Es posible; como mínimo vale la pena tenerlo en cuenta. Los mejores imitadores suelen ser humoristas. Algunos ponen voz a los dibujos animados, pero en Chicago no hay muchas personas que se dediquen a eso.

– Las actrices de teatro también suelen imitar voces -aventuró Murphy. Extrajo del bolsillo de su camisa el sobre con los microcasetes y se lo tendió a Burkhardt-. En realidad, no solo hemos venido a sobornarte. ¿Puedes dejarnos oír esto?

Burkhardt vació el sobre en la palma de su mano.

– En este equipo no. -Se dirigió a un armario y estuvo revolviéndolo todo. Cuando se incorporó sostenía una pequeña grabadora en la mano-. De momento, es lo mejor que tengo. -Introdujo una de las cintas en el aparato y pulsó el play.

Aidan frunció el entrecejo al oír el estridente lamento.

– ¿Qué coño es eso?

Burkhardt se llevó el aparato al oído.

– Parece que digan: «Cynthia, Cynthia, ¿por qué lo hiciste?»

Le entregó la grabadora a Aidan con semblante inquieto.

– Es escalofriante. Parece una voz infantil, pero resulta difícil distinguir bien los sonidos. Estos aparatos no ofrecen una calidad muy buena.

Aidan escuchó la cinta; luego la rebobinó y volvió a escucharla.

– Cynthia Adams guardó las cintas en su caja de seguridad dos días antes de morir. -Miró a Murphy a los ojos-. Los altavoces.

– Tienes razón -respondió Murphy en tono grave-. Alguien trató de hacer creer a Adams que su hermana la llamaba desde la tumba. Pero ¿por qué lo grabó?

– Tal vez pensara que se estaba volviendo loca y no se atreviera a contárselo a nadie. Tess dijo que Adams solía negar lo que no quería creer. No quería creer que oía voces, y el hecho de grabarlas le servía para demostrar que no eran imaginaciones suyas.

Murphy miró a Burkhardt.

– Si es la misma persona la que imita esa voz, podrías compararla también con la de Tess Ciccotelli.

Burkhardt asintió.

– La grabación es muy mala pero haré lo que pueda.

Aidan se quedó mirando las cintas.

– Hay otro mensaje grabado. El que apremia a Adams para que mire el correo electrónico. ¿Lo has analizado?

Burkhardt arrugó la frente.

– No sabía nada de ese mensaje.

– Estábamos tan pendientes del de Tess que nos olvidamos de decírtelo -dijo Murphy disgustado al caer en la cuenta.

– Bueno, ahora que lo sé le pediré a Jack que me deje escucharlo. Tal vez entre todos saquemos algo en claro.

Martes, 14 de marzo, 15.15 horas.

La señora Lister lloraba a lágrima viva, sus desesperados sollozos expresaban ira y aflicción. Sin embargo su llanto era música para los oídos de Tess. La mujer llevaba tres meses acudiendo a la consulta con variados síntomas que iban desde la opresión en el pecho hasta el insomnio. En realidad lo que le ocurría era que no era capaz de afrontar el suicidio inesperado de su hijo de treinta años. Había cumplido con las formalidades, enterrándolo y guardando el correspondiente luto, pero la rabia que sentía era demasiado profunda.

De algún modo, las muertes de Cynthia Adams y Avery Winslow habían servido para que esa rabia emergiera y finalmente la señora Lister era capaz de admitir cuan enfadada estaba con su hijo, cuánto lo detestaba por haberla dejado así. Cuánto lo amaba. Habría dado cualquier cosa por que aquel día hubiera acudido a ella. De haberlo sabido, ella lo habría protegido; pero no sabía nada. Ni siquiera lo sospechaba. Ahora era demasiado tarde; no disponía de una segunda oportunidad.

Era habitual que los que perdían a un ser querido se sintieran así, pero eso no impedía que cada vez la emoción llenara de lágrimas los ojos de Tess y le atenazara la garganta. Le tendió un paquete de pañuelos de papel a la señora Lister y la dejó llorar. Sabía que eso le serviría para desahogarse, aunque no implicaba que estuviera preparada para dar el siguiente paso. Cada paciente era distinto y tenía sus propias necesidades.

Mientras Tess aguardaba en silencio, notó que vibraba el busca que llevaba en el bolsillo de los pantalones. Tenía que ser Denise, nadie más conocía el número. Era una forma discreta de ponerse en contacto con ella mientras estaba con un paciente. «Ahora no, Denise.» Al cabo de treinta segundos el busca volvió a vibrar. Tess se puso en pie y lo extrajo disimuladamente de su bolsillo mientras fingía mirar por la ventana de la consulta.

El corazón le dio un vuelco. Una serie de «911» llenaba la pequeña pantalla. El 911 era el código para las urgencias. Con las manos temblorosas, se guardó el aparato en el bolsillo y, esforzándose por aparentar tranquilidad, se volvió hacia la mujer que lloraba en el diván.

– Señora Lister, voy a salir un momento para darle tiempo.

Tess abandonó la sala y al ver a Denise se le cayó el alma a los pies. Estaba sentada detrás de su escritorio con el rostro más blanco que el papel.

– Lo siento, pero tiene otra llamada. Por la línea dos. Es una mujer; dice que solo piensa hablar con usted, y que se alegrará de que la haya llamado.

Tess descolgó el teléfono, se irguió y asintió con un gesto brusco. Denise pulsó la tecla de la línea dos y Tess oyó las interferencias de un teléfono móvil con mucho ruido de fondo. Sonó un pitido estridente y después otro similar. En ese momento deseó con todas sus fuerzas haber permitido que Reagan interviniera el teléfono de su consulta, aunque sabía que en realidad nunca haría una cosa así.

– Soy la doctora Ciccotelli. ¿En qué puedo ayudarla?

– Doctora Ciccotelli, soy vecina de un paciente suyo.

«Deja de decir gilipolleces y ve al grano», estuvo a punto de soltar Tess, pero se mordió la lengua, no fuera a ser que la mujer le colgara el teléfono.

– ¿Qué paciente, señora?

– Malcolm Seward.

Tess respiró hondo y le hizo señas a Denise para que le alcanzara un bolígrafo. Anotó el nombre en un cuaderno y Denise lo tecleó en el ordenador.

La cosa pintaba muy mal.

– ¿Qué le ocurre al señor Seward?

– Se está peleando con su esposa -dijo la mujer en tono vacilante-. Parece que… Sí, acaba de tirarla al suelo. Dice que va a acabar con ella de una puta vez -añadió como si estuviera dando el parte meteorológico-. Lo dejo en sus manos, doctora.

La mujer colgó el teléfono. Tess miró la puerta de la consulta donde aguardaba la señora Lister, sabía lo que tenía que hacer.

– Avisa a Harrison y dile que haga algo con la señora Lister.

– ¿El qué?

– ¡Joder, y yo qué sé! -A Tess le temblaban las manos-. Que termine de visitarla, o que le dé hora para mañana. Él sabrá. Pásame la dirección de Seward. -Tomó el cuaderno donde Denise había anotado dos direcciones-. ¿Qué significa esto?

– Tiene dos casas -dijo con expresión de impotencia-. Una en la ciudad y otra cerca de North Shore. ¿Dónde cree que estará?

– Se oía ruido de tráfico de fondo -observó Tess-. Debe de estar en la ciudad. -A menos de tres manzanas-. Llama al 911, diles que se den prisa.

Salió de la consulta y bajó corriendo la escalera con la esperanza de que los periodistas se hubieran marchado, aunque sabía que eso no cambiaría mucho las cosas.

Malcolm Seward sería noticia, una noticia bomba. Aunque los medios de comunicación aún no supieran nada, no tardarían en averiguarlo. Salió a la calle y echó a correr a toda velocidad sin hacer caso del grito del peatón al que estuvo a punto de atropellar. «Reagan.» El rostro del detective se dibujó en su mente. «Llama a Reagan.»

Martes, 14 de marzo, 15.30 horas.

Por suerte, la esposa de Spinnelli se dedicaba a patrocinar diversas formas de arte. Por suerte, la semana anterior había arrastrado al teniente a una representación improvisada que le había gustado lo suficiente para mantenerse despierto, lo que no ocurría con la mayoría de las sesiones a las que lo llevaba. Así, la señora Spinnelli le había proporcionado una lista de contactos en el Chicago Studio Theater, un renombrado centro de estudios teatrales. Murphy y Aidan accedían en esos momentos al centro tras mostrar su placa identificativa. Todas las miradas de los asistentes al ensayo se fijaron en ellos.

– Soy el detective Murphy. Este es mi compañero, el detective Reagan.

– ¿Qué quieren? -preguntó un hombre mayor desde el escenario.

– Tenemos que hacerles unas preguntas -respondió Aidan-. Estamos buscando a una mujer que imita voces y nos han enviado aquí.

El hombre se sentó en el borde del escenario y saltó al suelo.

– Soy el director de escena, me llamo Grant Oldham.

– Muy bien. Tal como le decía, señor Oldham, estamos buscando a una mujer que imita voces. Es muy buena. Se nos ha ocurrido que podría pertenecer al mundo del teatro.

Oldham se irguió cuan alto era: un metro setenta.

– No voy a facilitarles ninguna lista de nuestros actores para su caza de brujas.

– No buscamos a ninguna bruja, señor Oldham, sino a un criminal -le respondió Aidan en tono levemente irónico-. Claro que no están obligados a decirnos nada, ¿verdad, Murphy?

– No. Pero tengo entendido que los actores y actrices son muy bohemios. Quién sabe lo que podemos descubrir si venimos con una orden judicial.

Costaba afirmarlo en la sala medio a oscuras, pero Oldham pareció palidecer.

– No pueden pedir una orden judicial sin motivo, es anticonstitucional.

Aidan suspiró. De repente todo el mundo se sabía la Constitución al dedillo.

– Le estamos siguiendo la pista a un asesino que ya ha matado a dos personas y no da la impresión de que vaya a dejarlo ahí. Nos gustaría que nos ayudaran, pero la cuestión es tan importante que si no lo hacen y los detenemos para interrogarlos, nadie nos lo echará en cara. Por favor, compórtense como deben y colaboren con nosotros.

Oldham dio un resoplido.

– ¿Qué quieren que hagamos?

– Ayudarnos a encontrar a imitadoras de voces -explicó Murphy-. Con talento.

Oldham se frotó la calva de la coronilla.

– A ver, tenemos a Jen Rivers, Lani Swenson, Nicole Rivera… -Volvió la cabeza para mirar a los actores del escenario-. ¿Alguien más? -preguntó.

– Mary Anne Gibbs -apuntó un hombre con una incipiente perilla que le confería un aspecto descuidado-. Imita muy bien a Liza Minnelli.

Los otros se limitaron a negar con la cabeza, con el entrecejo fruncido.

Aidan anotó todos los nombres mientras Murphy se sacaba del bolsillo una fotografía de la mujer que aparecía en la grabación de la oficina de correos.

– ¿La conoce?-preguntó Murphy.

Oldham entrecerró los ojos.

– Eh, tú, guaperas, dale a la luz, ¿quieres?

El actor de la perilla atravesó tranquilamente el escenario y de súbito una luz cegadora inundó el teatro obligándolos a cerrar los ojos. Oldham tomó la fotografía y la examinó atentamente.

– Por el pelo no lo parece, pero… podría ser Nicole. De todas formas, tiene demasiado grano. Lo siento, detectives.

Un hormigueo recorrió la columna vertebral de Aidan. Habían dado un paso más.

– ¿Sabe dónde podemos encontrar a Nicole?

Oldham se volvió de nuevo hacia los actores.

– ¿Alguno sabe por dónde anda Nicole?

– Trabajaba de camarera en un café, cerca de la torre Sears -dijo el hombre de la perilla-. No sé si sigue allí, hace unos cuantos meses que no veo a Nikki.

De pronto sonó el móvil de Aidan.

– Discúlpenme, será solo un momento. -Se apartó un poco mientras miraba la pantalla. Tess Ciccotelli.

– ¿Qué hay? -le preguntó, saltándose el saludo.

– Tenemos que vernos. -Estaba sin aliento, su voz era incapaz de expresar su desesperación-. He recibido otra llamada.

– Murphy -lo llamó Aidan en tono imperioso-. Tenemos que irnos. ¿De quién se trata esta vez, Tess?

– De Malcolm Seward.

Aidan se detuvo en seco en el vestíbulo del teatro y, tras él, Murphy hizo lo propio.

– ¿El futbolista? -El hombre no era cualquier jugador, era un auténtico mito. ¿Malcolm Seward era paciente suyo?

– Sí. Por favor, detective, dese prisa. Esta es la dirección.

Aidan sujetó el teléfono entre el hombro y la cabeza y garabateó la dirección en su cuaderno, debajo de los nombres de las cuatro mujeres. Se trataba de un barrio caro, no lejos de donde vivía Ciccotelli.

– ¿Dónde está ahora? -Oyó un bocinazo seguido de un chirrido de neumáticos y le pareció que Ciccotelli decía algo como «gilipollas»-. ¿Tess? ¿Va todo bien?

– Sí, sí, todo bien, todo bien. Voy de camino a su casa, el piso es el séptimo. Dese prisa.

– Espere, Tess; espérenos. -Pero ya no lo escuchaba-. Vamos, Murphy -lo apremió, y echó a correr.

El corazón le latía con fuerza, con mucha fuerza; su ritmo se acompasaba al de sus pasos al atravesar a toda prisa la puerta de cristal del bloque de pisos donde vivía Seward.

El portero, estupefacto, no llegó a detenerla por pocos segundos.

– ¡Espere! ¡No puede subir!

– Soy médico -dijo entre jadeos volviendo la cabeza-. Hay una urgencia. -La puerta de un ascensor se abría en ese momento y, tras vacilar durante fracciones de segundo, se coló dentro y apretó el botón del séptimo piso. Un penetrante sonido de sirenas lejanas se mezcló con el martilleo de su cabeza mientras la puerta se cerraba. La policía estaba a punto de llegar; se encontraban tan solo a una manzana de distancia.

«Son solo siete pisos. Seis.» Clavó la mirada en la pantalla digital y contó los latidos de su corazón mientras el ascensor se elevaba.

Malcolm Seward, un futbolista con mucha rabia contenida. Respiró hondo, le ardían los pulmones. El médico del equipo lo envió a su consulta por haber pegado un puñetazo en la cara a otro jugador durante una riña que había tenido lugar fuera del campo y, por suerte, lejos de las cámaras. Ella había captado cuál era el problema enseguida, semanas antes de que él fuera capaz de verbalizarlo.

La puerta del ascensor se abrió y Tess salió tambaleándose al descansillo. Le resultó fácil adivinar cuál era el piso de Seward al oír los violentos insultos solo interrumpidos por gritos de terror que le helaban la sangre.

– No, Dios, no. Malcolm, por favor. -Eran los gritos de una mujer. «Dice que va a acabar con ella de una puta vez.» Pero aún no estaba muerta. «No es demasiado tarde.»

La puerta blindada, llena de abolladuras, colgaba de un lado del marco. La observó un momento mientras se estrujaba los sesos. Había echado la puerta abajo. «¿Dónde está la policía? Tendría que haber llegado antes que yo.» Pero los agentes no habían llegado todavía y los gritos habían cesado. Ya solo se oían gemidos aterrados, lo cual era aún peor.

– Por favor, Malcolm. -El susurro de la mujer resultó tenso, ronco-. Por favor, no voy a dejarte. No diré nada.

– Mientes. Cerda asquerosa, a mí no me mientas.

– No estoy mintiendo, no… -Un grito ahogado.

Incapaz de esperar más tiempo, Tess empujó la puerta y se quedó petrificada. A escasa distancia, Malcolm Seward, casi dos metros de puro músculo y violenta furia, levantaba a su menuda esposa del suelo sujetándola por la garganta con el antebrazo y le apuntaba la cabeza con una pistola. «Su nombre -pensó Tess desesperada-. Cómo se llama… Gwen. Se llama Gwen.» Se esforzó por tomar aire y serenarse, lo cual no resultaba fácil teniendo en cuenta que a Gwen se le salían los ojos de las órbitas de puro terror. Sus pequeñas manos se clavaban en vano en el brazo de su marido. Miraba fijamente a Tess, sus frenéticas súplicas eran totalmente inaudibles.

– Malcolm. -Tess pronunció su nombre con calma-. Suéltala. Si lo haces, te ayudaré.

Ahora a Gwen le costaba respirar y agitaba las piernas en el aire golpeando las de él. No obstante, el hombre era una roca capaz de avanzar con el esférico aun arrastrando a dos jugadores de más de cien kilos. Su diminuta esposa representaba una amenaza tan grande como un insecto.

Seward levantó la mirada enajenada, acusatoria. El sudor que rezumaba de su cuerpo le había empapado la camisa.

– Usted se lo «dijo». Me prometió que no lo haría, pero sí que lo hizo.

Tess levantó las manos con las palmas hacia el frente.

El corazón volvía a latirle con violencia, esta vez a causa del miedo. Otra vez la mujer. La misma mujer que había dejado el mensaje en el contestador de Cynthia Adams había vuelto a imitar su voz.

– Suelta a Gwen, Malcolm.

– No. -El sacudió la cabeza, sus movimientos eran frenéticos-. No. Va a dejarme. Se lo dirá a todo el mundo. -La sujetó con más fuerza y, con un gesto brusco, la levantó todavía más del suelo-. A mí no me deja nadie.

– Nadie va a dejarte, Malcolm. -Tess trató de hablar en tono tranquilizador, melodioso, y vio que el hombre empezaba a estremecerse-. Nadie va a decir nada.

Ahora el hombre estaba temblando y las lágrimas le rodaban por las mejillas.

– Usted se lo dijo. La llamó y se lo dijo. Me prometió que no contaría nada, pero no lo ha cumplido. -Emitió un sollozo y de un tirón levantó más a su esposa y le empotró la espalda contra su pecho. Gwen había dejado de forcejear y colgaba flácida como una muñeca de trapo.

– No, Malcolm. Yo no he dicho nada.

– Ella lo sabía, lo sabía.

A Tess se le paralizó el corazón. No había dicho «lo sabe» sino «lo sabía».

– No le hagas daño, por favor.

– Me ha dicho que iba a dejarme y a contárselo a todo el mundo. Lo he perdido todo. -Se tranquilizó-. A mí no me deja nadie. Nadie va a contar nada -pronunció las palabras cuidadosamente, con precisión.

Entonces apretó el gatillo. El grito de Tess se heló en su garganta a la vez que el cuerpo de Gwen Seward sufría un espasmo y luego quedaba inmóvil. Malcolm arrojó a su esposa al suelo y Tess, estupefacta, la siguió con la mirada. De su cabeza manaba sangre que empapaba la alfombra beréber color vainilla. Gwen Seward no se movía. Estaba muerta. El hombre había disparado a su esposa y ahora estaba muerta.

Tess recobró la cordura de golpe. «Sal de aquí. Corre.» Giró sobre sus talones para echar a correr, pero él fue más rápido y al cabo de un instante la había atrapado. Tess se revolvió y pataleó, pero el hombre le rodeó la garganta con el brazo y le clavó la pistola en la sien. Oía la voz de él junto a su oído, ahora tranquila.

– Nadie va a contar nada -aseguró-. Ni ella, ni tú.

Aidan apretó los puños. El jodido ascensor era más lento que una tortuga y él tenía el corazón desbocado. Murphy no decía nada; sus manos aparecían relajadas pero sus ojos traslucían otra cosa. Disparos. Rehenes. Tess Ciccotelli.

«¿Y si llegamos demasiado tarde? -pensó Aidan-. Santo Dios, que no sea demasiado tarde.»

Al fin la puerta del ascensor se abrió y Aidan hizo cuanto pudo por aproximarse al escenario con calma y prudencia. Por su distribución el edificio parecía un hotel, tenía los pasillos casi igual de largos. Había seis policías de uniforme alineados en el pasillo, junto a la puerta abierta, empuñando el arma. Uno de ellos se dirigió hacia Aidan y Murphy con expresión desalentadora.

– Soy Ripley. Mi compañero y yo hemos sido los primeros en llegar al escenario.

– ¿Cuál es la situación? -preguntó Murphy en voz baja y tono apremiante.

– Le ha disparado a su esposa en la cabeza y no permite que ninguno de los médicos de urgencias entre a ver cómo está. De todos modos, no nos ha parecido que respire.

– ¿Y la doctora? -preguntó Aidan, y contuvo la respiración.

Ripley lo miró con vacilación.

– La tiene sujeta por la garganta y le apunta con una pistola en la cabeza.

Aidan se estremeció. Por desgracia, la imagen que acudió a su mente resultaba demasiado real.

Murphy tragó saliva.

– Igual que la otra vez.

Ripley ladeó la cabeza.

– ¿Cómo dice, detective?

– Ya la atacaron una vez -explicó Murphy muy serio-. Fue un preso al que estaba examinando. -Empezaron a dirigirse al piso de Seward-. ¿Han avisado a un experto en negociación con rehenes?

– Le hemos avisado pero está a media hora de distancia. -Ripley se detuvo a más de un metro de la puerta y bajó la voz-. Detrás de él hay una ventana enorme. Si conseguimos que un francotirador se sitúe en uno de los pisos de enfrente, podría efectuar un buen disparo. Hemos evacuado a todos los vecinos de esta planta y también de la superior y la inferior.

– Voy a llamar a Spinnelli -dijo Murphy, y se dirigió al extremo opuesto de la planta para que no lo oyeran.

Aidan se quitó el abrigo.

– Permítanme que trate de hablar con él.

El agente sacudió la cabeza.

– No creo que sea buena idea. Está fuera de sí.

– No podemos esperar media hora a que llegue el experto. Ya ha matado a su esposa y no tiene ningún motivo para mantener con vida a la doctora. ¿Alguien sabe por qué lo hace?

– Al salir del ascensor lo hemos oído quejarse de que la doctora había telefoneado a su esposa para decirle algo que había prometido no contar. Su esposa lo había amenazado con dejarlo y por eso le ha disparado. -Ripley apretó la mandíbula-. La doctora se ha quedado de piedra. Estaba a punto de salir corriendo pero él… la ha atrapado. No hemos podido hacer nada.

Aidan volvió la cabeza hacia donde Murphy se encontraba hablando por el móvil. Su compañero levantó la cabeza y le dirigió una mirada de cautela. Al fin asintió y Aidan se desplazó hasta la puerta blindada que colgaba del marco. Hacían falta dos hombres para derribar una puerta así.

O un futbolista fuera de sus casillas, que en ese momento tenía a Tess Ciccotelli agarrada por el cuello y le apuntaba en la cabeza con una pistola. Era un arma del calibre 45 pero en la enorme mano del hombre parecía un revólver de juguete. Ella tenía los ojos cerrados y estaba completamente quieta, aunque el pecho le subía y le bajaba al ritmo del aire que tomaba regularmente por la nariz. Con las manos aferraba el brazo de Seward y se sostenía a suficiente distancia para poder respirar. Sus pies apenas rozaban el suelo. Uno de sus zapatos había ido a parar al pasillo y el otro se encontraba junto al cadáver de la señora Seward.

Ella también había luchado por librarse de él, sin embargo ahora su cuerpo yacía rígido.

Seward tenía los ojos fijos en él, pero no lo veía. El hombre se mecía suavemente al ritmo de algo que solo él podía oír.

– Seward -lo llamó Aidan en tono tranquilo, y el hombre centró la mirada de inmediato-. Suéltela.

Tess abrió los ojos de golpe y Aidan observó en ellos un terror controlado. Y súplica. Y confianza. Él mismo tuvo que ponerse muy derecho para que no le temblaran las rodillas. La vida de ella estaba en sus manos.

– No -se negó Seward-. Lo ha contado. Ha faltado a su palabra.

Algo en el semblante de Seward varió y Aidan se formó un juicio instantáneo. Malcolm Seward conservaba la coherencia suficiente para escuchar los hechos, pero estaba demasiado ido para emplear con él frases tópicas o promesas.

– Ella no ha dicho nada. Ha sido otra persona quien ha llamado a su mujer, Seward, haciéndose pasar por la doctora.

Él bajó un instante la vista a su esposa muerta antes de volver a cruzarla con la de Aidan.

– Miente -dijo en tono vacilante. Empezaba a reparar en la barbaridad que había hecho.

– ¿Ha leído los periódicos, Seward? ¿Ha visto el telediario? ¿Ha oído hablar de los dos suicidios de esta semana?

Algo en el hombre cambió más allá de su mirada.

– Sí. ¿Y qué?

– También eran pacientes de la doctora. Recibieron llamadas de una persona que sabemos que no era la doctora Ciccotelli, sino alguien que imitaba su voz. -No era del todo cierto, pero dada la situación a Aidan eso le traía sin cuidado.

Seward volvió a bajar la mirada al suelo, hacia su diminuta esposa que yacía en un charco de su propia sangre. La mano con que sujetaba el gatillo le tembló y Aidan vio que Tess respiraba muy hondo. Sus oscuros ojos permanecían fijos en él, igual que esa mañana, en la cabina de sonido, mientras repetía las palabras del asesino.

– Ella lo sabía -soltó Seward con voz áspera-. Iba a dejarme.

– Lo siento, Malcolm -dijo Aidan sin abandonar el tono tranquilo-. Pero la doctora Ciccotelli no ha contado nada. Suéltela, ande. Sea justo y suéltela.

El hombre cerró los ojos.

– La he matado. Mi Gwen.

Aidan no dijo nada y el hombre prorrumpió en sollozos entrecortados. Tensó el brazo con que sujetaba a Tess y ella hizo una mueca de dolor al notar que la pistola se le clavaba más en la sien.

– La he matado, y todo por tu culpa. -Apretó más su garganta y Tess empezó a boquear para tomar aire mientras se esforzaba por ponerse de puntillas y distanciarse así un poco más del brazo. No podía. Seward no paraba de sollozar y las lágrimas atravesaban la capa de sangre y suciedad que cubría su rostro.

Aidan luchó contra el pánico que le oprimía la garganta.

– Ya ha muerto una mujer inocente, Seward -dijo en tono severo-. No haga que sean dos. -Vio que había logrado captar la atención del hombre y suavizó el tono-. Su Gwen no lo habría querido así. Por favor, Malcolm, suéltela antes de que sea demasiado tarde.

Seward se irguió de golpe y con un movimiento sincronizado empujó a Tess y se dejó caer de rodillas junto a su esposa. Tess se tambaleó, jadeante, y Aidan le asió la mano y la apartó del alcance de Seward. Ella se abalanzó contra su pecho entre escalofríos y temblores; parecía que las sacudidas fueran a hacerla estallar en mil pedazos.

O tal vez fueran las sacudidas del cuerpo de él. Aidan la envolvió con sus brazos y la estrechó mientras ella trataba de recobrar el aliento, a la vez que Seward tomaba a su mujer en sus enormes brazos y la mecía como a un bebé. Los sollozos habían cesado pero las lágrimas seguían resbalando por sus mejillas.

Los agentes situados detrás de Aidan habían ocupado sus puestos. Las armas apuntaban a Seward, quien permanecía arrodillado, meciendo a su Gwen, con la pistola aún en su mano.

Murphy se colocó al lado de Aidan y este, tácitamente, le pasó el testigo. Aidan se apartó llevándose consigo a Tess y Murphy ocupó su lugar junto a la puerta con el arma empuñada.

– Suelte la pistola, señor Seward -lo apremió Murphy con voz serena. Aidan no estaba seguro de poder recobrar ese tono jamás.

Malcolm Seward depositó a su mujer en el suelo y con una mano le colocó bien los brazos a ambos lados del cuerpo. Entonces se apuntó con la pistola en la boca y apretó el gatillo.

Tess se estremeció en los brazos de Aidan, se aferró a la pechera de su camisa y permaneció inmóvil.

Durante unos instantes nadie dijo nada. Luego Murphy enfundó lentamente la pistola y exhaló un suspiro.

– Joder. Qué mierda.

De súbito el pasillo se llenó de movimiento. Los médicos de urgencias entraron rápidamente en el piso, pero enseguida cesaron su actividad y sacudieron la cabeza en señal negativa.

– Están los dos muertos -dijo uno-. Llamen al forense.

Tess se apartó y, apoyándose en una pared del pasillo, se dejó caer al suelo sin tono muscular alguno. Miró dentro del piso hacia Seward y luego levantó la vista hacia Aidan; el color de su rostro se había desvaído. Notaba el pulso acelerado en el hueco de la garganta, justo por encima de la ancha cicatriz roja.

– Gracias -susurró.

Aidan, que no se fiaba de su propia voz, se limitó a asentir.

Murphy se inclinó para recoger algo que brillaba en el suelo. Era la bufanda de Tess, que volvió a caer con movimiento ondulante en cuanto él la soltó.

– Está… -empezó con mala cara-. Seguro que ya no la quieres, Tess.

La voz de ella resultaba forzada.

– ¿Me necesitan o puedo marcharme?

Aidan no la creía capaz de tenerse en pie por sí sola, y mucho menos de llegar a su casa.

– Iremos a verla a su casa, pero antes necesitamos que conteste a unas preguntas.

No hacía ninguna falta, por lo menos de momento, pero Aidan lo hizo para retenerla hasta que su rostro hubiera recobrado parte del color.

Ella se puso en pie, sorprendiéndolo.

– Pues acabemos cuanto antes, así podré irme a casa y asearme un poco. -Asió de un tirón su chaqueta, manchada de la sangre de Gwen Seward y del sudor de Malcolm Seward. Tragó saliva y se tambaleó-. Me parece que llevo sangre en el pelo. -Bajó la vista a sus pies descalzos-. Y en los pies. Dios mío. -Se estremeció y estaba a punto de cubrirse la boca con la mano cuando la retiró de golpe y se quedó mirando la palma ensangrentada-. Dios mío. -Levantó enseguida la vista y la puso en la camisa blanca de Aidan, cuyo delantero, al que ella se había asido temiendo por su vida, aparecía ahora manchado de rojo.

Aidan notó que se le cerraba la garganta al recordar la forma en que ella se había aferrado a él como si fuera su única esperanza de salvación.

– No se preocupe, me han pasado cosas peores. -Se acercó con la intención de ayudarla a sentarse de nuevo en el suelo antes de que se cayera, pero uno de los médicos de urgencias se le adelantó.

– Antes de ir a ninguna parte, déjeme examinarla.

– Estoy bien -protestó débilmente.

– Ya -respondió el médico de urgencias en tono poco comprometido, y se dispuso a hacer su trabajo. Ella le permitió que le tomara el pulso v la presión sanguínea, incluso que le examinara los ojos con una linterna. No obstante, retrocedió de inmediato en cuanto el médico le puso las manos en la garganta.

– Es una vieja herida -dijo con voz inexpresiva-. Si quiere rellenaré un impreso para eximirlos de toda responsabilidad, pero estoy bien y tengo ganas de marcharme a casa.

Había dos personas con la cabeza volada. Tendrían que haber sido tres. Sin embargo, cual gata con muchas vidas, Ciccotelli se había salvado. Todavía estaba viva. No era justo. Aunque tal vez fuera mejor así. «Cuando por fin muera, quiero estar presente.» Para saborear cada momento, cada detalle.

Pero el día aún le reservaba otro sinsabor. El detective Reagan le había dicho a Seward que tenían pruebas de que alguien había imitado la voz de Ciccotelli. Mentía. No cabía duda de que Reagan había mentido descaradamente. El parecido con la voz original era absoluto, lo había confirmado uno de los mejores estudios de sonido de Alemania. Nicole lo hacía tan bien que habría podido engañar incluso a la madre de Ciccotelli.

Tal vez hubiera sido un error de cálculo dejar el mensaje en el contestador de Cynthia Adams, pero de otro modo la policía habría tardado días en comparar las huellas dactilares de la caja con las de Ciccotelli, suponiendo que lo hubieran hecho.

No. El error era que Ciccotelli tuviera a tanta policía de su parte. Resultaba obvio que el odio que en el departamento sentían por ella no era tan profundo ni estaba tan extendido como decían. El hecho de que el detective Reagan se hubiera convertido en uno de sus principales defensores era… una gran decepción. «Esperaba más de él.»

Sin embargo, a juzgar por la forma en que se esforzaba por que ella conservara la libertad no la odiaba, en absoluto. Más bien todo lo contrario. A juzgar por la forma en que la había abrazado mientras Seward se suicidaba, le importaba bastante más incluso de lo que probablemente estaba dispuesto a admitir.

Era vergonzoso. ¿Qué tenía aquella mujer para que los hombres cayeran rendidos a sus pies? Unos hombres que se suponía que eran capaces de ver más allá de un rostro bonito y un culo garboso. La mayoría eran unos debiluchos.

«Pero yo no.»

Tenía dos opciones. La primera, eliminar a la atractiva Nicole. Si la policía sospechaba que alguien había imitado la voz de Ciccotelli, tarde o temprano acabarían dando con Nicole. Por suerte, podía prescindir de ella. Por suerte, ya no le servía puesto que tenía que cambiar de planes. Ciccotelli no acabaría en prisión, por lo menos en su sentido literal, con muros y barrotes.

Eso suponía una gran decepción. Lo había planeado todo cuidadosamente. Había empleado mucho tiempo en todos y cada uno de los pasos con el objetivo expreso de que Ciccotelli acabara entre rejas. Sola y aislada. Sin carrera y sin amigos. Y, al fin, sin vida.

Pero había muchos tipos de prisión, muchas formas de inducir a alguien al aislamiento. El miedo. La angustia. En la prisión de Ciccotelli estarían todas presentes.

Porque ella se las merecía.

Martes, 14 de marzo, 16.45 horas.

No le habían preguntado por el secreto de Seward, pensó Tess aturdida mientras observaba a Murphy y a Reagan dirigir la acción dentro del piso. Media docena de miembros de la policía científica habían acudido al lugar bajo el mando de Jack Unger. También había llegado el forense, con camillas y bolsas para los cadáveres. Y, a excepción del médico de urgencias, por fortuna todos la habían dejado tranquila. Ni una sola persona le había preguntado acerca de lo que Malcolm Seward tanto repetía que había contado. Por lo menos, de momento. Pero sabía que lo harían. Tenían que hacerlo. Y ella les respondería.

Total, ahora daba lo mismo. Malcolm Seward estaba muerto, y Gwen también. No tenían hijos. No quedaba nadie a quien la verdad pudiera herir.

Tess se sentó en el suelo del rellano, un agente uniformado se apostaba junto al ascensor y otro, junto a la escalera para prohibir el paso a las personas no autorizadas. Y suponía que también para evitar que ella se marchara antes de contar lo que la policía quería saber. Como si pudiera hacerlo. Después de oír cómo Seward apretaba el gatillo del arma dirigida a su propia persona, una oleada de pura adrenalina la había impulsado a moverse. En cambio ahora no tenía claro si podría hacerlo ni… Tragó saliva a la vez que la frase hecha le daba vueltas por la cabeza. «Ni a punta de pistola.»

Ya tenía las manos y los pies limpios, y un médico de urgencias le había quitado las medias manchadas de sangre con gestos suaves y una sonrisa alentadora. Estaba descalza. El médico le había dado un par de calcetines de deporte con suela antideslizante, pero de momento no se sentía con fuerzas para inclinarse y ponérselos.

Uno de los zapatos había quedado inservible, cubierto de sangre y sesos tanto de Malcolm como de Gwen Seward. El otro había ido a parar al rellano y permanecía en el suelo, cerca de donde estaba sentada. De todos modos, no pensaba volver a ponérselos. En cuanto llegara a casa, tiraría a la basura absolutamente todas las prendas que llevaba puestas. En cuanto llegara a casa, se daría una buena ducha con agua hirviendo y luego se frotaría el pelo y la piel sin dejar un solo rincón. Pero ni así se sentiría limpia. En cuanto llegara a casa, se terminaría la botella de vino de la noche anterior. Necesitaba caer en una inconsciencia que borrara todo lo sucedido durante la última hora.

De todos modos, no serviría de nada. Cuando despertara volvería a encontrarse en medio de aquella pesadilla. Malcolm y Gwen seguirían estando muertos, igual que Cynthia y Avery.

«Por mi culpa.» La razón le decía que no era cierto, pero la misma razón le decía que eso sería lo de menos cuando al día siguiente la ciudad entera leyera la noticia en los periódicos, o cuando esa noche tratara de conciliar el sueño. Lo cierto era que esas personas confiaban en que ella las ayudaría. Lo cierto era que cuatro inocentes habían muerto. «Por mi culpa.»

Los forenses estaban retirando los cadáveres y pasaban cerca de ella. Había una bolsa más grande y otra más pequeña. Recostó la cabeza en la pared y cerró los ojos. No quería que ese recuerdo se sumara a los demás, pero sabía que, por mucho que deseara lo contrario, la imagen perduraría en su mente mucho, mucho tiempo. Lo haría por mucho que ella le ordenara a su cerebro que la olvidara.

– ¿Tess?

Abrió los ojos y vio que Aidan Reagan se acercaba. La miraba con ojos atentos, como si temiera que fuera a desmoronarse. Ella se presionó con las frías puntas de los dedos las mejillas, más frías aún.

– Quiere mi versión de los hechos.

– Si se siente capaz.

– Sí.

Hizo acopio de todas sus fuerzas para ponerse en pie, y se quedó atónita al ver que él se ponía en cuclillas y le embutía los calcetines en los pies como si fuera una criatura. Luego se dio media vuelta y se dejó caer hacia atrás hasta apoyarse en la pared y sentarse junto a ella. Su cuerpo irradiaba calor y Tess se estremeció mientras trataba por todos los medios de no pensar en cómo se había sentido en sus brazos, en lo fuerte que la había abrazado, en lo bien que le había sentado y en la seguridad que había experimentado. En los latidos de su corazón, que le aporreaba el pecho bajo su oído. Él también había tenido miedo. Sin embargo, había hecho su trabajo con confianza y aplomo. Le debía la vida. El pensar en que las cosas podían haber terminado de otra manera hizo que volviera a estremecerse.

– Tiene frío -dijo él en tono monótono-. Por Dios, mujer, ¿cómo se le ocurre venir desde la consulta sin abrigo? -Se quitó el suyo y se lo echó por encima de los hombros antes de que ella pudiera pronunciar una sola palabra de protesta-. No me lleve la contraria, Tess -le advirtió cuando ella trató de devolverle la prenda-. Con el aspecto que tiene, hasta un niño de cinco años podría con usted.

– Se manchará de sangre -masculló, pero él le tomó la mano entre las suyas y empezó a frotarla con energía para que volviera a circularle la sangre.

– Da igual. Santo Dios, tiene las manos heladas. ¿Por qué no nos ha dicho nada?

Ella se recostó en la pared, de pronto se sentía cansadísima.

– Tenían trabajo. -Todo lo que sucedía a su alrededor parecía desdibujarse en un lejano rumor que ella identificó como puro agotamiento-. ¿Le he dado las gracias?

Él le tomó la otra mano y se la calentó.

– Sí -respondió en tono más suave-. Ya me las ha dado. Explíqueme lo de la llamada.

– Estaba visitando a una paciente. -¿Quién era? «Ah, sí. La señora Lister»-. Denise respondió al teléfono. La mujer dijo que sólo hablaría conmigo. Esta vez parecía hastiada.

– ¿Cree que se trata de la misma mujer?

– No. No tenía voz de joven ni de mayor, solo de hastío. Dijo que Malcolm Seward y su mujer estaban discutiendo.

Él había terminado de frotarle las manos y le asía la derecha sin apretársela. Ella podría haberla retirado, pero no lo hizo. No era capaz.

– Dijo que Malcolm acababa de tirar a su mujer al suelo.

– ¿Cuándo fue eso?

– Poco antes de avisarlo a usted. Mientras salía corriendo, le he pedido a Denise que llamara al 911. -Frunció el entrecejo-. Han tardado mucho en llegar, pensaba que estarían aquí bastante antes que yo. -Levantó la cabeza y vio que él miraba fijamente su rostro. «Tiene ojos de policía», pensó. Prudentemente inexpresivos-. No pensaba hacerme la heroína, detective, pero no había nadie más para ayudarme. Él había derribado la puerta y yo sabía muy bien lo violento que podía llegar a ponerse cuando estaba enfadado. Sabía cuánto temía que algún día llegara a utilizar su fuerza contra su esposa. La tenía aferrada por el cuello… -Su voz se quebró y él le estrechó la mano.

– Tómese su tiempo, Tess.

Ella irguió la espalda y se obligó a terminar.

– Él decía a voz en grito que yo había llamado a su esposa y le había contado su secreto, que ella lo había amenazado con dejarlo y que a él no lo dejaba nadie. Entonces le disparó. -Un escalofrío le recorrió el cuerpo y al notarlo se aferró con más fuerza a la mano de él-. Luego, la arrojó al suelo. Yo quise echar a correr, pero él era demasiado rápido. Entonces… -Su respiración se entrecortó pero, gracias a su perseverancia, acabó controlándola-, me puso la pistola en la sien. Justo en ese momento apareció la policía.

– ¿Por qué estaba en tratamiento?

Ella soltó una risita triste.

– El motivo inicial era el control de la ira. Lo habían sancionado por romperle la nariz a otro jugador en una pelea durante un partido.

– Ya me acuerdo.

– Pues según parece la dirección del equipo también se acordaba. Insistieron en que recibiera ayuda psicológica.

– Y por eso acudió a su consulta.

– No. Primero acudió al médico del equipo, para cubrir las apariencias. Luego acudió a mí para que lo ayudara. -Lo miró a los ojos-. Era gay, detective. Llevaba años ocultándolo y negándolo delante de todo el mundo; se lo negaba incluso a sí mismo. Pero cada vez le costaba más controlar los impulsos. Tenía una esposa, una carrera. Le aterrorizaba perderlo todo si alguien llegaba a descubrirlo. Además, al ser Malcolm Seward no podía liarse con cualquiera. Lo habrían reconocido y se habrían aprovechado de ello. Así que no hacía nada, y cada día estaba más amargado.

Al principio la mirada de Aidan reveló cierta sorpresa, pero de nuevo se había vuelto inexpresiva.

– ¿Lo chantajeaban?

– No creo, pero de ser así dudo que lo hubiera admitido delante de mí. Francamente, con la terapia no íbamos a ninguna parte. Él seguía empeñado en negárselo a sí mismo. Al principio era capaz de… satisfacer a su esposa con suficiente frecuencia para que ella no sospechara nada, pero las cosas estaban cambiando. Ella quería tener un hijo y Malcolm no. Empezó a acusarlo de tener una aventura.

– Qué ironía -dijo Reagan en tono quedo.

– Sí. Él estaba cada vez más amargado, se metía con cualquier desconocido. -Tess suspiró con tristeza-. Y también con Gwen. Eso estaba acabando con él, realmente quería a su esposa. No quería herirla ni faltarle al respeto. Eran novios desde que iban a la escuela. Ella era más bien conservadora y no habría entendido su homosexualidad. -Tragó saliva-. Supongo que ahora todo da igual.

Él volvió a estrecharle la mano pero no hizo la mínima intención de confortarla con frases vanas, y ella se lo agradeció.

– ¿Cómo fue a parar Seward a su consulta?

– Me encontró en las páginas amarillas. Malcolm no tenía bastante confianza con ninguno de sus amigos para pedirles referencias. No quería que supieran que había otro motivo aparte del control de la ira, en eso tenía el apoyo de la mayor parte de sus compañeros. Y, desde luego, no quería que Gwen lo descubriera.

Tess cerró los ojos. El atontamiento estaba empezando a desaparecer y su mente empezaba a ponerse de nuevo en marcha. Recordó la conversación que había mantenido con Harrison durante la comida. Tres horas antes creía que el asesino podía haber dado con sus pacientes a través de la unidad psiquiátrica del hospital. Ahora tenía que enfrentarse a la realidad.

– La única forma de dar con los tres pacientes es plantarse en la puerta de la consulta las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana. Eso, o registrar mi archivo.

La mera idea la ponía tan enferma que era incapaz de plantearse esa posibilidad. Todos los informes de sus pacientes… corrían peligro. Apretó los dientes y contuvo las náuseas que le habían entrado.

– Por cómo han ido las cosas, creo que es más probable lo segundo.

Él guardó silencio unos instantes.

– ¿Dónde guárdalos informes?

– En una cámara de seguridad, junto con los de Harrison. El doctor Harrison Ernst es mi…

– Su colega. ¿Quién tiene acceso a esa cámara durante las horas de trabajo y después?

– Solo Harrison y yo, y Denise, la recepcionista.

Él le soltó la mano y extrajo su cuaderno del bolsillo. Tess extendió los dedos, tenía la sensación de que le faltaba algo.

– Esa cámara, ¿es una especie de caja fuerte?

– No, es como un gran armario al que se puede entrar.

– ¿Guarda información electrónica?

Tess lo miró con recelo.

– A veces. No de todos los pacientes. -Hacía más o menos cinco años había tratado a un paciente del que no guardó información electrónica así que, estrictamente hablando, no estaba mintiendo.

Él le dirigió una mirada severa.

– No pienso meter las narices en su archivo, doctora. Ya lo hará Patrick con su orden judicial. ¿Dónde guarda los ficheros electrónicos?

– En el ordenador de la consulta. Yo misma tomo las notas, las imprimo y las guardo en el archivador, en…

– En la cámara de seguridad. Ya. Y luego ¿elimina los ficheros del disco duro?

Ella vaciló.

– No con la frecuencia recomendable. De todos modos, el sistema está protegido mediante contraseña.

– ¿Y guarda alguna copia de seguridad del disco duro?

De nuevo vaciló.

– Hago una todos los viernes por la tarde. La guardo en el lápiz de memoria.

Él arqueó las cejas con gesto interrogativo.

– Lo llevo en el llavero -añadió-, siempre lo llevo encima.

«Excepto ayer», pensó. Se había dejado las llaves en la consulta, dentro del bolso. De hecho, pensó con angustia creciente a cada segundo que pasaba, sus ficheros dejaban de estar protegidos en el momento en que no llevaba las llaves encima.

– Hay otra posibilidad, doctora -apuntó Reagan mirándola fijamente-. Alguien podría haber estado escuchando durante las visitas.

Tess abrió mucho los ojos.

– ¿Quiere decir…? ¿Quiere decir que cree que hay algún micrófono oculto? Dios mío. Eso cree. -Desplazó la mirada hasta la puerta del piso de Seward, de donde salían Murphy y Jack Unger. Murphy hizo a Reagan un gesto de asentimiento apenas perceptible-. ¿Qué pasa? -Al ver que Reagan no le contestaba, lo aferró por el brazo-. Dígame qué pasa.

Reagan suspiró.

– Hemos encontrado cámaras ocultas en los tres pisos. Y también, micrófonos.

Tess se dejó caer contra la pared y se dio un pequeño golpe en la cabeza que apenas percibió.

– ¿Cámaras?

Él asintió.

– Conectadas a internet.

La comida que Tess a duras penas había conseguido mantener en el estómago empezó a producirle náuseas, por lo que se puso en pie tambaleándose.

– No, no puede ser.

Aidan se limitó a levantarse y mirarla con triste resignación.

– Santo Dios. ¿Por qué? -preguntó con gran pesar.

– Aún no lo sabemos. Pensábamos que habían instalado las cámaras para grabar los suicidios, pero ya no estamos seguros. De camino hacia aquí, se nos ha ocurrido que también podrían haber utilizado las cámaras para elegir a las víctimas. Si el asesino espía a sus pacientes, también podría estar espiándola a usted. ¿Permitiría que Jack registrara su consulta?

Tess asintió temblorosa.

– Sí, sí, claro. Vamos.

– Ahora no -dijo Reagan en tono amable-. Antes vaya a casa a asearse. Luego iremos a la consulta. -Le deslizó la mano por la espalda y la guió hacia el ascensor. Su tacto le dejó una sensación cálida a pesar de llevar todavía puesto su abrigo, que arrastraba por el suelo. Tendría que habérselo devuelto, pero no lo hizo. Él le levantó la barbilla y, una vez más, observó su rostro.

– Está temblando. ¿Soportará el ascensor o prefiere que bajemos por la escalera?

Ella bajó la vista al suelo, avergonzada de que le hablara tan abiertamente de su miedo.

– Qué tontería, ¿verdad? Una psiquiatra con fobia. El típico caso del médico que es el primero en necesitar tratamiento, y toda esa mierda.

Él le oprimió ligeramente el brazo y le dio un suave zarandeo.

– Eso no es ninguna tontería, Tess. Demuestra que es humana.

Ella levantó la mirada y la posó en la de él. Sus ojos azules expresaban solo comprensión y apoyo, no resultaban condescendientes ni acusatorios. De forma inesperada, los de Tess se llenaron de lágrimas.

– Gracias -susurró-. Gracias por todo.

Él le sonrió.

– De nada. Le debía una.

Ella exhaló un suspiro entrecortado y recobró el control.

– Pues entonces estamos en paz, detective.

Una sombra empañó la sonrisa de él.

– Muy bien. Abajo hay un montón de periodistas. ¿Quiere salir sola o necesita ayuda?

Tess irguió la espalda.

– Saldré sola, pero prefiero bajar por la escalera.

Él guardó silencio mientras bajaban por la escalera. Se detuvieron varias veces para que ella descansara, lo cual le resultó más necesario de lo que creía. Varios policías se apostaban en el vestíbulo del edificio para mantener a raya a los periodistas. Aidan hizo una señal con la cabeza a uno de los agentes.

– Ya pueden dar permiso a los vecinos para que vuelvan a sus casas -dijo. Luego, abrió la puerta-. No haga ningún comentario, no pronuncie una sola palabra.

«Habla igual que Amy», pensó Tess. Se le ocurrió que ni a Reagan ni a Amy les habría hecho ninguna gracia la comparación, pero su reflexión se perdió en el mar de rostros y destellos que formaba la multitud de periodistas. Allí había por lo menos treinta personas, algunas con micrófonos, otras con cámaras al hombro.

Cámaras. Al verlas recordó que la policía había encontrado cámaras ocultas en los pisos de las víctimas. Cámaras para captar sus últimos momentos. Micrófonos. Tal vez en su consulta hubiera alguno. «Santo Dios.» Eso bastó para que volviera a sentirse mareada. Lo único que le faltaba era vomitar delante de las cámaras que, probablemente, emitían en directo, así que se armó de valor para afrontar la avalancha.

Alguien le plantó un micrófono en la cara.

– ¿Es cierto que Malcolm Seward ha muerto? ¿Y que le ha apuntado a usted con la pistola?

Con una mano se ciñó el abrigo de Reagan al cuello y con la otra apartó el micrófono mientras seguía andando. Reagan avanzaba a su lado. Miró hacia la calle, donde Todd Murphy los esperaba en el coche. «Solo un minuto más.»

– ¿Le ha disparado?

– ¿Ha visto morir a Gwen Seward?

– ¿Es verdad que Malcolm Seward se ha suicidado?

Todas las preguntas se iban mezclando en su cabeza, hasta que una morenaza maquillada a la perfección le salió al paso. Percibió un destello en sus ojos y una mordacidad en su sonrisa que despertaron la voz de alarma en su mente, aunque unos instantes demasiado tarde.

– Doctora Ciccotelli, soy Lynne Pope de Chicago On The Town. ¿Ha sido la homosexualidad que Malcolm Seward trataba de ocultar lo que ha causado hoy semejante tragedia?

Entre la multitud se oyeron gritos ahogados de asombro seguidos de murmullos incrédulos.

Lo único que la ayudó a avanzar en lugar de quedarse allí petrificada fue el hecho de notar que Aidan Reagan la sujetaba por el brazo. Al recuperarse, Tess adoptó con gran habilidad un semblante impasible, pero temía que Pope hubiera notado su sorpresa y su perplejidad.

– Por ahora no tengo nada que decir.

Lynne Pope la siguió, forzando la sonrisa.

– Pero Malcolm Seward era gay -insistió-. Usted misma lo ha confirmado esta tarde, doctora.

La máscara de impasibilidad de Tess se desvaneció a la vez que la sangre pareció dejar de circular por su cerebro.

– ¿Cómo dice?

Murphy abrió la puerta del coche.

– Entra, Tess.

Pope le impidió el paso.

– No sé a qué juega, doctora -dijo la reportera sin dejar de sonreír-, pero no pienso seguirle la corriente. Si cree que puede citarme aquí prometiéndome la noticia del siglo para luego saltar con que no tiene nada que decir y quedarse tan tranquila, está muy equivocada. Esta noche, a las ocho en punto, la noticia saldrá a la luz, incluida la grabación en la que explica que Malcolm Seward se había convertido en violento y peligroso por culpa de no aceptar su condición de homosexual.

Tess guardó silencio mientras las repercusiones de todo aquello se disparaban en su cabeza.

«Los periodistas.» El muy hijo de puta había revelado los secretos de sus pacientes a los periodistas. Los demás pacientes lo sabrían y se preguntarían si su secreto sería el siguiente en difundirse.

Al doctor Fenwick y al consejo no iba a gustarles ni un pelo.

«Me retirarán la licencia, mi carrera se irá al garete.» Ese parecía ser, de momento, el motivo principal de lo ocurrido.

Imágenes de sus pacientes muertos asaltaron su mente. Cuerpos mutilados, ojos sin vida. ¿Morirían más pacientes? «¿Han terminado? ¿Tienen bastante con acabar con mi carrera o piensan seguir?» ¿Quién sería el siguiente?

Pope escrutaba su rostro sin perder detalle, arqueando las cejas con gesto sardónico.

– ¿Le sorprende, doctora? No sé por qué. Siempre grabo las llamadas telefónicas que recibo. Las grabo para mi uso particular, por supuesto.

«Tenía que poner fin a todo aquello, en ese mismo momento.» Tenía que advertir a sus pacientes de lo que estaba ocurriendo, daba igual lo que le costara. Tess levantó la barbilla.

– No, yo no aparezco en ninguna grabación suya, señorita Pope. Lo que ha oído no es más que una buena imitación.

– Doctora -la previno Reagan en voz baja-, no haga comentarios.

Tess lo miró con el rabillo del ojo.

– No puedo permitir que me acusen así, detective.

Él inclinó la cabeza en señal de aprobación y ella se volvió hacia Pope, en cuyo favor había que decir que parecía más interesada por los acontecimientos que enfadada.

– Señorita Pope, no tengo nada que decir, aparte de que nunca me he puesto en contacto con usted para contarle nada. Soy psiquiatra, no tendría ningún sentido que hiciera lo que usted afirma. Me temo que la han engañado.

A Pope le brillaban los ojos, estaba satisfecha de haber provocado su reacción.

– ¿Y quién ha sido, doctora?

– No lo sé. -Tess se volvió hacia la cámara con los ojos entornados-. Pero pienso descubrirlo.

Capítulo 10

Martes 14 de marzo, 17.10 horas.

Aidan se guardó el teléfono móvil en el bolsillo.

– Patrick va a obtener una orden judicial para impedir que Pope saque a la luz la grabación esta noche.

Murphy lo miró y luego volvió de nuevo la vista hacia la carretera.

– ¿Ha conseguido la cinta?

– Sí. Ahora Burkhardt tiene más material para comparar.

– ¿Qué quiere decir con «más material»? -La pregunta procedía del asiento trasero, donde Tess llevaba en silencio los diez minutos que habían tardado en recorrer dos manzanas. El tráfico estaba paralizado por gentileza de lo que parecían todas las unidades móviles de la ciudad.

Aidan se volvió para verla mejor. Estaba pálida y temblorosa. Aún tenía el pelo enmarañado y apelmazado y con una mano se ajustaba el abrigo al cuello. Sus labios aparecían desprovistos de color, salvo por las dos marcas rojas que sus dientes habían dejado en ellos. Sin embargo, su mirada era despierta. Había conservado la serenidad con una fortaleza interna que Aidan no se habría imaginado antes del domingo por la tarde y que ahora le permitía entender la lealtad que le profesaban las pocas personas que parecían conocerla de verdad.

– Cynthia Adams grabó una cinta -explicó él.

Ella tragó saliva.

– ¿Con mi voz?

– No. No se oye muy bien, pero parece la voz de una niña pequeña.

Tess cerró los ojos y volvió la cabeza.

– Mortificándola.

– Sí. Le hemos entregado la cinta a Burkhardt para que pueda compararla con el mensaje del contestador.

Al oír eso, Tess abrió los ojos de golpe.

– Entonces, ¿lo que le dijo a Malcolm es cierto? ¿Pueden demostrar que no soy yo?

Aidan miró a Murphy. Ella observó el gesto y suspiró.

– Solo se lo dijo para que me soltara. -Esbozó una triste sonrisa ladeada que atenazó el corazón de Aidan-. Tranquilo, no se lo reprocho; solo estoy disgustada.

– No es ninguna mentira -terció Murphy, mirándola por el retrovisor.

– Aunque tampoco es del todo verdad -añadió Aidan-. Burkhardt apreció lo que podrían ser pequeñas diferencias, pero dijo que necesitaba más material para estar seguro.

– Quienquiera que lo haya hecho lo planeó todo para que mi voz apareciera en el contestador de Cynthia -dijo Tess-. Quería que sospecharan de mí y que encontraran mis huellas. Quería que creyeran que yo era la culpable.

Y podría haber surtido efecto, pensó Aidan con tristeza, de no haber sido por el apoyo incondicional de personas como Kristen y Murphy.

– Me pregunto si ese monstruo sabe que Cynthia y Lynne Pope grabaron esas cintas -prosiguió ella.

– Supongo que no -dijo Murphy, y se aclaró la garganta-. Tess, Aidan ya te ha contado lo de las cámaras, ¿no?

Ella se estremeció.

– Sí, ya le he dicho que podéis registrar la consulta.

Aidan sabía adónde quería ir a parar Murphy.

– Es posible que también nos haga falta registrar tu piso -dijo con el tono más suave de que fue capaz.

Ella se quedó petrificada y boquiabierta, con los ojos como platos, y Aidan se percató de que no se le había ocurrido pensarlo.

– Lo siento -dijo él en voz baja.

– No… No pasa nada. -Pero sí que pasaba. Él notó cuánto le costaba recobrar la serenidad. Inconscientemente se estaba meciendo y tenía los nudillos blancos de la fuerza con que asía el abrigo, hasta el punto de que Aidan pensó que iba a ahogarse-. Dios mío. Dios mío.

– Tess -casi le gritó Aidan, y ella, aún aturdida, levantó la vista-. Estamos a punto de llegar a su casa. Habrá más periodistas.

Ella asintió y una vez más recobró la calma. Se relajó visiblemente, su pálido rostro se tornó inexpresivo y una fría mirada asomó a sus ojos oscuros.

– Lo entiendo. Podría recoger unas cuantas cosas y marcharme a un hotel. Tengo que… -Los labios le temblaron un instante antes de recobrar su gesto resuelto-. Tengo que ducharme en alguna parte. El pelo aún me huele a sangre.

– Quédate con ella -dijo Murphy a Aidan en voz baja-. Cuando se vaya, pídeles a Jack y a Rick que registren el piso. Luego lleva su coche al depósito y dile a Rick que también le eche un vistazo.

Aidan asintió mientras Murphy detenía el coche junto al bordillo, frente al edificio de Tess. Un pequeño grupo de periodistas hacían guardia pacientemente.

– ¿Adónde vas tú?

– Mientras yo llamaba por lo del francotirador, Spinnelli ha conseguido la dirección de esa actriz, Nicole Rivera. Iré a verla. -Murphy detuvo el coche-. No la pierdas de vista. Quienquiera que esté detrás de todo esto se ha marcado un buen tanto.

– ¿Qué quieres decir? -preguntó Tess.

Murphy se volvió para verle la cara.

– Que todos los periodistas han oído cómo te acusaba Pope.

– Pero yo no he dicho nada. -Exhaló un suspiro-. Da lo mismo, los pacientes se enfadarán igual.

Aidan arrugó el ceño.

– ¿Hay alguno que sea peligroso?

– Unos cuantos. A nadie le gusta que revelen sus secretos más íntimos en televisión. A todo el mundo le tranquiliza pensar que puede esconder cosas, que hay lugares en los que está verdaderamente solo. -Irguió la espalda y abrió la puerta del coche-. A mí también.

Aidan salió del vehículo tras ella y la alcanzó en el momento en que apartaba el primer micrófono. Se colocó delante y fue abriéndose paso entre los ruidosos periodistas hasta la puerta del edificio, donde los aguardaba el portero, nervioso. Aidan lo recordaba del domingo anterior.

Al parecer el hombre también tenía buena memoria, pues al ver a Aidan entrar en el pequeño vestíbulo una mueca de verdadera aversión le transfiguró el semblante. El hombre, ya de edad, se precipitó hacia ellos y se detuvo a corta distancia. La mueca se había desvanecido y en su lugar apareció una paternal mirada de preocupación.

– Doctora Ciccotelli, dígame que está bien.

Ella le sonrió.

– Estoy bien, señor Hughes. Ha sido un día difícil, pero estoy bien.

– No los dejaré entrar -dijo con expresión airada mirando a los periodistas apiñados en el exterior. Luego se volvió hacia Aidan-. Y a él tampoco lo dejaría entrar si pudiera evitarlo.

Ella lo sorprendió con una risita ahogada.

– Oh, señor Hughes, me alegro tanto de verlo.

– Ethel me ha pedido que le diga que no cree una sola palabra de lo que cuentan.

– Dígale a Ethel que aprecio mucho que crea en mí. En cuanto al detective, no tiene por qué preocuparse. -Su expresión se suavizó-. Esta tarde me ha salvado la vida.

Hughes escrutó a Aidan y luego asintió con gesto reticente.

– De acuerdo. He dejado subir a sus amigos, doctora Ciccotelli, el doctor Carter y la señorita Miller. La están esperando arriba. El doctor Carter me ha pedido que lo llamara al móvil cuando usted llegara.

– Muy bien, señor Hughes, llámelo. Y muchas gracias de nuevo.

Esa vez Aidan no le preguntó. Abrió la puerta que daba a la escalera y aguardó a que ella pasara delante. Tess se detuvo ante el primer escalón y lo miró a la vez que exhalaba un suspiro.

– ¿Tiene alguna fobia, detective?

Él vaciló y luego se encogió de hombros.

– No me gustan las alturas. -Decir eso era quedarse corto. De hecho, las grandes alturas le producían vértigo, pero eso era algo que nunca le había contado a absolutamente nadie-. ¿Quiere intentar curarme?

Ella esbozó una sonrisa que, aunque escueta e irónica, hizo que un cosquilleo recorriera la piel de Aidan. Lo atraía en muchos sentidos. El domingo le había parecido una rompecorazones sensual sin sentimientos, y había sentido un deseo tan intenso que hasta le había dolido. Ahora, de pie a su lado con el pelo sucio y el rostro sumamente pálido, lo atraía aún más. Tenía un fondo tierno y bondadoso, pero también más voluntad que la mayoría de los hombres que conocía. Al ver que Seward la tenía en sus manos y le apuntaba con la pistola, Aidan pensó que nunca se recobraría del susto.

– Gracias -dijo en voz baja-. Aunque no sea verdad, aprecio el gesto. -Recorrió la mitad del tramo de escalera y se volvió para sentarse en un escalón y apoyar la cabeza en la barandilla metálica. Sendas manchas rojas teñían sus pálidas mejillas y su frente aparecía perlada de sudor. Respiró hondo y relajó la mano con que se sujetaba el abrigo al cuello. Este le cayó suelto por los hombros y dejó al descubierto la cicatriz que tanto se había esforzado por ocultar, pero ella parecía demasiado cansada para darse cuenta.

– Lo siento. No es normal que me canse tanto por subir cuatro escalones.

Él se sentó a su lado.

– No se preocupe. Lleva un día horroroso, es normal que esté cansada. Debió de haber tardado menos de cinco minutos en plantarse en casa de Seward.

– Me imagino que sí. En ese momento no pensaba en nada.

El hilo de voz con que habló alarmó a Aidan.

– ¿Ha ido a comer?

– Sí, fui con Harrison.

– Se lo preguntaré de otra manera. ¿Ha tomado algún alimento?

Ella hizo una mueca.

– He picado unas cuantas galletas saladas. Harrison ha pedido estofado de cerdo, pero yo estaba demasiado alterada para comer. Supongo que me falta combustible y por eso estoy un poco decaída.

– No me diga.

Los labios de Tess se curvaron ante el comentario y Aidan tuvo que volver a hacer un esfuerzo por controlarse.

– Déme un minuto más y me repondré. -Y, tal como prometía, al cabo de un minuto se puso en pie. Se quitó el abrigo y se lo tendió a Aidan-. ¿Podría llevarlo usted? Pesa mucho -dijo, y emprendió los escalones restantes con la tenaz concentración de un alpinista. Aidan la siguió a corta distancia con la intención de sujetarla si se caía, pero lo que no esperaba era que la perspectiva le proporcionara una maravillosa vista de su precioso trasero.

«Precioso», pensó mientras se moría de ganas de tocar las curvas que se contorneaban de forma tan tentadora a cada escalón. El instinto le decía que se adaptarían a la perfección a la palma de sus manos, y por un instante su imaginación se anticipó a los hechos y se inundó de pensamientos eróticos. Pensó en qué notaría si le rodeara las nalgas con las manos y la atrajera con fuerza hacia sí, en cómo ella se estremecería y gemiría hasta volverlo loco, en cómo se sentiría entre los brazos de él cuando el éxtasis le embargara la razón.

En lugar de estar temblando de miedo. De repente, la imagen se desvaneció y su cerebro recobró la lucidez. Ya sabía qué se sentía abrazándola cuando estaba aterrorizada. «Y para eso es para lo que estás aquí, Reagan», se dijo con dureza al llegar a la planta donde ella vivía. Lo que tenía que hacer era protegerla y dejar de pensar en su culo.

Tess lo condujo hasta el piso y se detuvo tras poner la mano en el tirador.

– Mis amigos querrán que me quede en casa para poder cuidarme. Les explicaré que usted me ha aconsejado que pase la noche en otro sitio debido a los periodistas. No diré nada de las cámaras.

De pronto, a Aidan lo asaltó la idea exacta de dónde debería pasar la noche. «Conmigo.» Y, para su sorpresa, no estaba pensando en el sexo. Por lo menos, no solo en eso. Su prioridad era mantenerla a salvo; luego, verla desnuda. Se las arregló para asentir con sobriedad.

– Será lo mejor.

Al entrar encontraron a los amigos de Tess viendo las noticias. Ambos se pusieron en pie al instante. Jon Carter atravesó el salón en dos zancadas y la rodeó con sus brazos. El gesto posesivo obligó a Aidan a apretar los dientes.

«Son solo amigos.» Tess se lo había explicado y seguro que así lo creía, pero era evidente que el buen doctor Carter sentía algo totalmente distinto. El joven retrocedió con el semblante demudado.

– Santo Dios, Tess, parece que hayas estado metida conmigo en el quirófano; hueles incluso peor. Qué tienes en el… -Se interrumpió al ver que Tess se ponía rígida. La expresión horrorizada de Carter se volvió hacia Aidan, y este asintió, confirmándole lo que ya imaginaba.

Carter palideció.

– Entonces, es cierto.

– La sangre es de ella -afirmó Tess débilmente-. Lo había salpicado y al cogerme…

Carter le pasó el brazo por los hombros.

– Ve a ducharte, cariño.

Ella se libró del abrazo con gesto todavía tenso.

– Enseguida, pero no lo haré aquí, Jon.

Carter frunció el entrecejo.

– ¿Por qué no?

Aidan dio un paso adelante.

– ¿Qué han dicho exactamente en las noticias?

– Que otro paciente de Tess ha matado a su mujer y luego se ha suicidado. Y ya van tres -terció Amy Miller. No se había movido ni un milímetro desde que se pusiera en pie-. Y que Tess había contado a la prensa lo de su homosexualidad. -Alzó la barbilla y miró a Aidan a los ojos como desafiándolo a mostrarse en desacuerdo-. Pero nosotros sabemos que no es cierto.

– Él también lo sabe, Amy, pero algunos de mis pacientes tal vez piensen lo contrario -dijo Tess, y Aidan, al ver que Miller la miraba con expresión incómoda, recordó lo que la chica le había contado la noche anterior. «No creo que quiera seguir siendo mi abogada.» Su amiga y ella se habían peleado y el ambiente estaba enrarecido debido a todo lo que no eran capaces de decirse-. Voy a pasar la noche en un hotel. Cuando me instale, os diré dónde estoy.

Miller asintió, tenía la mandíbula tensa.

– Supongo que es lo mejor. -Miró a Aidan con recelo-. ¿Sigues necesitando un abogado, Tess?

– No. -La chica tragó saliva y se aclaró la garganta-. Pero sí que necesito a mi amiga.

Al oírlo, Amy hizo lo mismo que había hecho Carter. Rodeó con sus brazos a Tess y la estrechó durante un buen rato.

– Jon tiene razón, Tess -dijo al separarse-. Métete en la ducha; mientras, yo te haré la maleta.

Tess negó con la cabeza.

– De verdad, prefiero ir directamente a un hotel. En cuanto salga de la ducha caeré rendida en la primera cama que encuentre.

Aidan notaba el bombeo constante de la sangre en su cabeza al ver a Tess dirigirse a su dormitorio junto con su amiga abogada, ajena al hecho de haber expresado a la perfección todos y cada uno de los pensamientos que su excitada libido evocaba.

– Sabe que no lo ha hecho -dijo Carter, obligándolo a centrarse.

– No puedo decirle qué sé o dejo de saber -respondió Aidan en tono sereno, y en ese momento algo lo incitó a desviar la conversación hacia un terreno espinoso-. Aunque creo que usted está más implicado de lo que parece.

Carter, estupefacto, lo miró de hito en hito.

– Está mal de la cabeza.

– Entonces tengo suerte de que Tess sea psiquiatra.

De súbito, Carter echó hacia atrás la cabeza y prorrumpió en carcajadas.

– Muy bueno, Reagan. Por un momento ha conseguido engañarme. -Sin dejar de sonreír, sacudió la cabeza-. ¿Piensa que Tess y yo…? -Dejó la pregunta sin terminar-. Pues no. -Se puso completamente serio-. Pero es una de mis mejores amigas y no quiero que le hagan daño.

– En eso estamos de acuerdo.

– ¿Corre peligro, detective?

– Ahora mismo, no. -Aidan encogió un hombro-. Solo trato de ser precavido.

Carter asintió.

– Ya lo veo. -De pronto, se dio media vuelta y abrió un cajón de una de las mesas auxiliares colocadas contra el respaldo del sofá. Aidan notó con ánimo sombrío que se sentía como en su propia casa. Carter extrajo una hoja de papel y escribió algo en ella; luego se la tendió a Aidan-. Aquí tiene mi dirección. También he anotado unos cuantos números de teléfono, por si hay alguna urgencia. Si necesita ayuda, llámeme, por favor.

Aidan echó un vistazo a la hoja.

– A usted o a Robin, ¿no?

– A cualquier hora del día o de la noche. Acudiremos a donde nos diga. -Carter vaciló y miró hacia el dormitorio antes de proseguir en voz más baja-. Su familia vive en Filadelfia.

– Ya me lo ha contado.

Carter arqueó las cejas, sorprendido.

– ¿En serio? -Miró hacia atrás de nuevo-. ¿Le ha contado que no se hablan?

Aidan se descubrió mirando hacia el dormitorio, igual que Carter.

– No, solo me ha explicado que tiene cuatro hermanos. Por los nombres, parecen de la mafia.

Jon sonrió.

– Su hermano Vito es policía. De los otros, uno es maestro, otro, artista y otro, arquitecto. Tess es la pequeña. Con el único que aún se habla es con Vito. -La sonrisa de Carter se desvaneció-. Vino a verla el año pasado, cuando la agredieron.

– ¿Sus padres no vinieron? -Aidan se quedó atónito.

– Ella no quiso que Vito les dijera nada. De todos modos, si Tess necesita ayuda, avíselo. No me sé su teléfono de memoria pero si llama a casa, Robin o yo se lo daremos. Por favor, cuide de Tess, detective. Es como de la familia.

– Lo haré. -Y en ese momento Aidan supo que cumpliría su palabra, costara lo que costase.

Las dos chicas salieron del dormitorio. Miller asía una bolsa de viaje. Tess llevaba puesta la ropa sucia, pero se había quitado los calcetines y se había puesto unas bambas de lona.

– Aquí tenemos a las señoritas -dijo Carter, e hizo un amplio ademán con el brazo-. Amy, voy en coche al hospital. ¿Quieres que de paso te deje en el bufete?

– No, yo también he traído el coche. -Le dio otro abrazo a Tess-. Llámame en cuanto te hayas instalado. -Le entregó la bolsa a Aidan y se dispuso a salir del piso detrás de Carter.

En cuanto se cerró la puerta Tess relajó los hombros. Abrió la boca, pero volvió a cerrarla con gesto resuelto mientras recorría el espacio con la mirada en busca de alguna cámara.

– Tengo que ponerle comida al gato antes de marcharme.

Aidan la siguió hasta la cocina y apretó los dientes cuando ella se inclinó ante el armario que había debajo del fregadero; sin pretenderlo, volvía a torturarlo mostrándole su sinuoso trasero. Cerró los puños para combatir el deseo de tocarlo, aunque no pensaba hacerlo.

Por lo menos no allí, con las posibles cámaras filmando cada uno de sus movimientos. Ni tampoco en esos momentos en que sus ojos aún traslucían el pesar de los acontecimientos de la tarde. Para cuando ella se incorporó con una bolsa de comida de gato en la mano, Aidan había dominado su cuerpo y sus pensamientos.

Un precioso gatito pardo apareció en la cocina atraído por el ruido que su comida hacía al caer en el bol. Tess lo cogió en brazos y apretó las mejillas contra su suave pelaje.

– Cuando estoy enferma esta minina no se aparta de mi lado. Me gustaría que vinieras conmigo, Bella, pero no puede ser. En los hoteles no te dejan entrar. Tendré que buscarte una residencia.

A Aidan le llevó menos de un segundo decidirse. No iba a pasar la noche en ningún hotel, ni tampoco iba a quedarse sola.

– ¿Tiene una jaula para transportarla?

Ella lo miró perpleja.

– Sí. No le gusta nada.

– ¿Quiere llevarla con usted?

– No puedo…

– Tess, estamos perdiendo un tiempo precioso. ¿Quiere o no quiere darse una ducha?

Ella alzó la barbilla y lo miró con ojos centelleantes.

– No me dé órdenes, Aidan. Ya he perdido bastante el control de mi vida en los últimos tres días -dijo suspirando. Era evidente que se esforzaba por calmarse-. Sí, si es posible, me gustaría llevármela, ¿Conoce algún hotel en el que admitan gatos?

Él no estaba preparado para afrontar las ganas de poseerla que le entraron con solo oírla pronunciar su nombre.

– Sí, conozco un lugar. Vamos, iremos en su coche.

Martes, 14 de marzo, 18.30 horas.

Tess estiró el cinturón de la pequeña prenda de una desconocida para atárselo a la cintura y recorrió con paso airado la corta distancia que separaba el baño de casa de Aidan Reagan de la cocina, de donde procedía su voz profunda. El hombre estaba loco de remate. Eso era lo único que lo libraba de que lo matara.

Ya era bastante descabellado que la hubiera llevado allí, a su casa. Había prometido llevarla a un hotel.

«De hecho, me ha prometido llevarme a un lugar donde pudiera estar con Bella.»

Ya era bastante descabellado que la hubiera llevado allí, pero entrar a hurtadillas en el baño mientras se duchaba y quitarle la ropa…

«Y pensar que confiaba en él.»

Se detuvo en la puerta de la cocina.

– Detective Reagan… -De repente, dos cabezas se volvieron a mirarla y Tess relajó un poco sus tensos hombros-. Hola, Kristen.

La cuñada de Reagan depositó con cuidado sobre la mesa el tazón que sostenía y frunció los labios.

– Cierra la boca si no quieres que entren moscas, Aidan.

Reagan cerró la boca de golpe pero seguía teniendo los ojos fuera de las órbitas como si se hubiera tragado la lengua. Tess, cohibida, se apretó más el cinturón y se subió las solapas de la bata para taparse la garganta; aunque a Reagan no le habría ayudado en nada si de verdad estuviera ahogándose con la lengua.

Kristen los observaba con atención y Tess trató de no darle importancia al sofoco que le había teñido los pómulos de un rojo intenso.

– ¿Has sido tú quien me ha dejado esto en el baño? -le preguntó.

Kristen se succionó la parte interior de las mejillas.

– Pues sí. Encima de la cama de Aidan tienes más ropa. Hemos dejado allí a la gata. -Señaló el rottweiler que descansaba junto a los pies de Reagan-. Dolly es un encanto, pero no quiero que tu gatita pase miedo.

Tess asintió y lanzó una mirada cautelosa al gran perro que, según había observado al llegar, obedecía todas y cada una de las órdenes de Reagan.

– Gracias. Pero ¿dónde está mi ropa, la que he traído en la bolsa?

– En el maletero del coche -respondió Kristen.

– ¿Y qué hace la ropa en el coche, Kristen?

Su amiga miró hacia el otro extremo de la mesa.

– ¿Aidan?

Reagan examinaba con una concentración absoluta el contenido de su tazón.

– Vaya a cambiarse, Tess. Kristen le ha preparado té y un poco de sopa. Cuando salga le vendrá bien comer algo.

Ella sacudió la cabeza, el terror había hecho desaparecer la sonrisa de su rostro.

– Dígamelo ahora, Reagan. Necesito saberlo.

Él suspiró.

– Entonces, siéntese.

Ella lo obedeció en silencio y tomó asiento al lado de Kristen, quien le dio unas palmaditas en la mano.

Reagan la miró a los ojos con expresión seria y apesadumbrada.

– Jack ha registrado su piso en cuanto nos hemos marchado.

Tess contuvo la respiración.

– ¿Y?

– Hay cámaras en todas las habitaciones.

Ella notó cómo la sangre dejaba de afluir a su rostro.

– ¿En todas las habitaciones?

Él asintió.

Ella tragó saliva.

– ¿Incluso en el baño? -Él se limitó a mirarla sin pronunciar palabra. No era necesario-. ¿Y cuánto tiempo llevan allí?

– Jack no lo sabe seguro. Más que las de los otros pisos, tal vez unos meses.

Alguien la había estado observando durante… meses. Notó que el estómago se le revolvía y tomó aire para tranquilizarse.

– ¿Y por qué está la ropa en el coche?

– Jack ha registrado el piso muy a fondo -explicó Reagan-. Algunas de sus chaquetas tienen micrófonos cosidos en el forro.

Tess, medio atontada, no era capaz más que de mirarlo sin dar crédito a sus palabras. Pero lo había oído bien. Notó un espasmo en los pulmones y en ese momento se dio cuenta de que se había olvidado hasta de respirar.

– ¿Me está diciendo que alguien me espía allá adónde voy?

– No necesariamente -dijo él-. Depende de la distancia a la que se encuentre del receptor.

Tess miró el techo. Su mente estaba invadida por demasiadas ideas para que ninguna cobrara sentido. Cámaras. Micrófonos. Receptores. Cuatro personas muertas. El techo empezó a dar vueltas y ella cerró los ojos deseando que la habitación se estuviera quieta. «No vas a vomitar. Conservarás la calma.»

– Así que tienen que examinar toda mi ropa.

– Eso me temo.

Kristen le estrechó la mano.

– Aidan me ha llamado en cuanto Jack le ha dado la noticia. Hemos llevado la bolsa con la ropa a tu coche. Jack enviará un camión para remolcarlo. Luego revisarán el coche y la ropa. Le he pedido a Becca que vaya a Wal-Mart a comprarte unas cuantas cosas para salir del paso hasta que terminen.

El corazón de Tess se llenó de gratitud.

– Qué amable por su parte, pero ¿quién es Becca?

– Mi madre -respondió Reagan. La estaba observando mientras pensaba la respuesta. Tenía la mandíbula tensa y la mirada de sus ojos se había endurecido, con cierta desaprobación-. Le encanta ayudar, así que haga ver que está contenta con lo que le traiga.

Tess lo miró con el entrecejo fruncido.

– ¿Y por qué no iba a estarlo?

Kristen se apartó de la mesa de un salto.

– Será mejor que te traiga la sopa, Tess -dijo rápidamente-. ¿La quieres en un bol o en un tazón?

– Creo que en un bol -respondió ella sin apartar la mirada del rostro de Reagan, con los nervios a flor de piel-. Dígame, detective, ¿por qué tendría que fingir que aprecio el amable gesto de su madre?

Reagan no se pensó la respuesta dos veces.

– No dudo que lo aprecie, solo que resulta evidente que sus gustos se decantan por ropa más cara que la que venden en Wal-Mart, doctora. Eso es todo.

Ella abrió mucho los ojos.

– O sea que me considera una esnob.

Él no respondió, se limitó a permanecer sentado, mirándola fijamente con sus azules ojos. Ella aferró el delantero de la bata y se volvió hacia Kristen, que se encontraba frente a los fogones sirviendo sopa en un bol.

– Cree que soy una esnob.

Por algún motivo, después de todo el pánico y el trajín del día, ese hecho le dolió. La avergonzó notar el repentino escozor de las lágrimas que asomaban a sus ojos y bajó la mirada al bol que Kristen acababa de depositar frente a ella.

La mano de Kristen en su espalda resultaba tranquilizadora.

– Es sopa de sobre, pero es más que lo que me parece que has comido en todo el día, o sea, nada, así que cómetela. -Entonces Kristen la sorprendió al extender el brazo hasta el otro lado de la mesa y propinarle a Reagan un manotazo en la cabeza-. Y no es ninguna esnob, ¿te queda claro?

Él se frotó la coronilla.

– Mierda, Kristen, me has hecho daño.

– Esa era mi intención. Me voy a casa. Abe tiene guardia esta noche y Rachel se ha quedado a cuidar de Kara. Es hora de que la niña se vaya a dormir, además mañana Rachel tiene que ir a la escuela. Tómate la sopa, Tess, luego ve a ponerte los pantalones de chándal que he dejado encima de la cama de Aidan. En una media hora Becca te traerá unos cuantos tejanos. -Se detuvo frente a la puerta y se volvió con cara de preocupación-. Aidan, ¿le pasa algo a Rachel?

A través de las pestañas, Tess vio que Reagan se estremecía, aunque el movimiento resultó casi imperceptible.

– Que yo sepa no, ¿por qué?-preguntó.

Kristen se encogió de hombros.

– Parece preocupada. No me ha contado nada, pero creo que tiene algún problema.

– Hablaré con ella -dijo él en tono tenso, y se levantó para cerrar la puerta. Sin embargo, no se volvió cuando Kristen hubo salido. El silencio de la cocina intensificó su estado de ánimo. Estaba enfadado. No había vuelto a mostrarse así desde la primera noche, en el escenario del… suicidio.

Tess bajó los ojos a la sopa. «Cuando aún me creía una asesina.» Al menos, había cambiado de opinión. Ahora solo la consideraba una esnob y una arrogante.

Lo que pensara de ella debería traerla sin cuidado, pero no era así. Se sentía demasiado cansada para disimular. Se encorvó sobre la sopa. Le temblaba la mano, y en ese momento cayó en la cuenta de que llevaba sin comer más de un día entero. La última vez había sido en el Blue Lemon de Robin. La verdad era que estaba empezando a aborrecer la sopa.

El sonido del fuerte suspiro de Reagan hizo que alzara los ojos. La estaba mirando fijamente, por debajo de la barbilla. Poco a poco, ella levantó la cabeza y se olvidó de la sopa. El centelleo de sus ojos no se debía únicamente al enfado. En ellos se captaba también deseo, auténtico y puro deseo. El pulso martilleaba los oídos de Tess mientras él permanecía allí plantado, con un músculo de la mandíbula temblándole. De repente, se volvió de espaldas y al hablar lo hizo sin apenas voz y con la respiración fatigosa.

– Voy al garaje. Cuando termine de comer y de vestirse, iremos a su consulta y nos encontraremos con Jack. Quiere registrarlo todo, incluida la cámara de seguridad. Ven aquí, Dolly.

Tess se quedó perpleja al verlo desaparecer por otra puerta con el perro obedientemente pegado a sus talones. El pulso que martilleaba en su cabeza se suavizó, y cuando bajó la mirada un súbito rubor hizo arder sus mejillas. Al inclinarse sobre el bol, la bata se había abierto más de lo que cualquiera consideraría decente. Por si no había bastante con que la considerara una esnob, ahora pensaría que era una putilla barata. Le había visto las tetas más que nadie después de Phillip. Menudo cabrón.

Más que nadie, a excepción de quien hubiera estado espiándola en su propia casa, que se las habría visto del todo y además llevaba meses haciéndolo. Otro cabrón.

Pero no era momento de pensar en eso. Kristen tenía razón, necesitaba comer y lo hizo con aplicación.

«Cámaras.» Se estremeció. «En mi propia casa.» El imaginarse a sí misma en páginas pornográficas de internet hizo que estuviera a punto de vomitar la sopa que acababa de comerse.

Con todo, aún era peor tener cámaras en la consulta, y micrófonos en las chaquetas. La intimidad de todos sus pacientes había sido violada sin escrúpulos, habían utilizado la información confidencial en contra de ella.

Apartó el bol. Cuanto antes supiera cuál era el alcance de todo aquello, mucho mejor, pensó, y se dispuso a ir en busca de los pantalones de Kristen con la esperanza de que fueran más grandes que la bata.

Martes, 14 de marzo, 18.55 horas.

Dolly, que estaba sentada a su lado, se levantó y gruñó bajito. Medio segundo después Tess apareció en la puerta.

– ¿Puedo pasar?

Aidan levantó de golpe la vista de la motocicleta y se sintió aliviado al ver que iba vestida normal. Las prendas eran de Kristen y seguían quedándole bastante pequeñas pero por suerte cubrían las principales partes de su cuerpo. No tenía claro que pudiera resistir volver a verle los pechos, aunque eran tan bellos como se los había imaginado: tersos, redondos y firmes. Había tenido que echar mano de toda su fuerza de voluntad para apartar la vista, para evitar meter las manos por debajo de la bata y comprobar qué se sentía exactamente al tocarlos.

Completamente excitado e irritado, dejó la llave inglesa que había estado utilizando para extraer un tornillo oxidado del chasis de la moto.

– Claro. Está en su casa, pero mire dónde pone las manos. Está todo muy sucio.

Ella examinó la moto desde tres metros de distancia.

– ¿Un nuevo proyecto?

Él dirigió una mirada complacida al vehículo. Cualquier cosa antes que mirarla a ella.

– Tal vez. Depende de lo que encuentre cuando me meta. -Enseguida lamentó el desacierto con que había elegido las palabras. Y había para lamentarlo, porque por mucho que la deseara sabía que nunca sería suya.

Antes ella se había quedado helada al descubrir que no pensaba llevarla a ningún hotel, pero no discutió. Se limitó a entrar en su casa sin pronunciar palabra y dirigirse al baño, con arrogancia. Aidan tenía que admitir que aquello le había molestado. Pensaba que ella agradecería no encontrarse en una impersonal habitación de hotel, pero se había equivocado. Y encima, al verla vestida con la bata de Kristen había sentido una fuerte atracción, por lo que tuvo que recordarse a sí mismo que ella vivía en Michigan Avenue y él compraba en Wal-Mart. Suponía que se enfadaría un poco, pero no pensaba que se ofendiera. No pretendía ofenderla.

Tess estaba de espaldas, escrutando las fotografías del Camaro que Aidan había tomado en distintos momentos del proceso de reparación.

– Así que es un manitas. -Volvió la cabeza para mirarlo-. Arregla coches, motos. -Se volvió del todo y señaló con la cabeza la motocicleta-. Mi hermano también tiene una de esas. Corren mucho.

Aidan recordó lo que le había explicado Carter, que Tess no se hablaba con su familia.

– ¿Qué hermano? ¿Dino, Tino, Gino o Vito?

Ella esbozó una sonrisa forzada.

– Vito. Es la oveja negra de la familia. Tenía a mi madre preocupadísima, siempre zumbando por la ciudad sobre dos ruedas como alma que lleva el diablo.

– Mi madre también estaría preocupada si lo supiera.

– Ya. Ocultándole cositas a mamá, ¿eh? Debería darle vergüenza, detective.

Aidan arqueó una ceja.

– ¿Piensa chivarse?

– No, sé guardar secretos. -La sonrisa se desvaneció-. Qué pena que a partir de mañana nadie se lo crea.

Él no supo qué responder, así que no dijo nada. Tomó un trapo y se limpió las manos grasientas.

– ¿Qué le ha hecho pensar que iba a ofender a su madre?

Aidan suspiró.

– No quería decir eso. No lo he hecho expresamente. Mire, usted lleva otro ritmo de vida y compra la ropa en tiendas exclusivas. Si hasta tiene un Mercedes, por el amor de Dios. -«Mientras que yo reparo la capota del Camaro con cinta de sellado»-. Su piso cuesta cinco veces lo que esta casa. -Extendió mucho los brazos-. Mi madre no sabe nada de moda ni de tiendas caras, pero tiene muy buen corazón y no quiero que hieran sus sentimientos.

– ¿Por quién habla, detective, por su madre o por usted?

Él lanzó el trapo al cubo de la ropa sucia, molesto porque había dado en el clavo.

– No pensará psicoanalizarme por eso, ¿verdad? -Ella puso mala cara ante el tono que Aidan no pretendía que sonara tan sarcástico-. Lo siento. El comentario sobra. ¿Está lista para salir?

– Pensaba que teníamos que esperar a que su madre me trajera la ropa.

Él arqueó las cejas.

– Bien, puede esperar en la cocina. Yo tengo que hacer unas cuantas cosas por aquí.

– Enseguida me iré. -Cruzó el garaje sorteando las piezas que él había quitado de la moto y se detuvo justo cuando solo esta los separaba. Se encontraba lo bastante cerca para poder tocarla, lo bastante cerca para notar el dulce aroma de su piel más que el olor a grasa de los motores. Lo bastante cerca para advertir que el pulso le latía con fuerza en el hueco de la garganta-. Pero antes me gustaría dejar claras unas cuantas cosas, detective. No soy ninguna esnob, y tampoco tengo por costumbre ofender a las personas que tratan de ayudarme. De niña, me moría por la ropa de Wal-Mart. Mi madre tenía dos empleos para poder vestir con ropas de segunda mano a cinco niños. Si estrenaba algo era porque yo misma me lo hacía. Sé muy bien el valor que tiene el dinero. -Se interrumpió, tenía la mandíbula tensa-. El Mercedes lo he heredado, y el piso también. Me gusta conducir mi coche y vivir donde vivo. Tengo un buen trabajo y me gano bien la vida. -Apretó los dientes-. Bueno, me la ganaba.

– Tess…

– No he terminado. No pienso disculparme ante usted ni ante nadie por llevar la vida que llevo, pero de ninguna manera permitiré que utilice mis cosas para hacerme pasar por lo que no soy.

Él sintió la necesidad de defenderse.

– Usted no quería venir aquí.

Ella alzó los ojos con gesto de exasperación.

– Pues claro que no. Estaba hecha una porquería, con el pelo lleno de sangre y sesos. Tal vez usted vea cosas así a diario, detective, pero yo no. No he podido darme una ducha en mi casa porque un puto asesino se dedica a vigilarme de noche y de día. Ni siquiera he podido decirle que prefería ir a un hotel porque tengo miedo de que el muy cabrón también me haya puesto un micrófono en el coche. Solo quería ir a un sitio donde pudiera asearme sin tener que ponerle a nadie el baño patas arriba. -Dejó escapar el suspiro que había estado conteniendo. El arrepentimiento le calmó los nervios-. Siento haber sido tan desagradable antes. Usted me ha ofrecido su casa y yo he sido muy grosera.

Teniendo en cuenta todo lo que le había ocurrido ese día, su conducta era totalmente comprensible, y además él se había portado como un imbécil.

– Lo siento. Me he vuelto a equivocar con usted. Pensaba que… -Se encogió de hombros, incómodo-. Pensaba que me consideraba un muerto de hambre.

– Pues ya ve que no -dijo ella con sobriedad-. Yo nunca haría una cosa así.

La furia, la confusión y la ofensa se desvanecieron, y el silencio que siguió se llenó de gratitud.

– Gracias.

– Por cierto, me gusta mucho su baño. -Los labios de ella se curvaron hacia arriba-. La cenefa de patitos es muy mona.

Él notó que le ardían las mejillas.

– Ya estaba puesta cuando compré la casa. A veces cuido a mis sobrinitos, y como a ellos les gusta la dejé.

– Qué bonito. -La sonrisa se desvaneció-. Lo digo de verdad, aunque hace unos días no pensaba lo mismo.

Él hinchió el pecho.

– No le di muchos motivos para que pensara otra cosa.

– Cumplía con su deber. -Alzó la barbilla-. Y lo comprendo.

Estaba siendo sincera con él, dejaba las cosas claras. El no podía por menos que hacer lo mismo.

– Hay algo más que eso. Hace unos días estaba empeñado en detestarla. -Ella dio un respingo y retrocedió un paso, pero él se estiró por encima de la moto y la asió por el brazo para que se quedara donde estaba-. Aún no he terminado. -La fue soltando hasta que su mano le rodeó sin fuerza la muñeca-. Creía que no le preocupaba nada ni nadie. Pero era incapaz de mirarla sin desearla, y eso aún me parecía más detestable.

Aidan observó que la marcada cicatriz de su cuello se movía al tragar saliva.

– Ya. ¿Ha terminado? -Su tono sonó autoritario. En otro momento Aidan habría tachado su actitud de desdeñosa y altanera.

Sin embargo, notó en su muñeca que el pulso se le aceleraba y eso lo animó a continuar.

– No del todo. Era más fácil no desearla cuando le echaba la culpa de que Green hubiera quedado en libertad. Luego descubrí que había ayudado a meter en la cárcel a unos cuantos criminales, algunos incluso peores que él.

– Solo hago mi trabajo, detective.

– También era más fácil no desearla cuando pensaba que podría ser la asesina. Resultaba más práctico pensar que era fría y cruel. Pero ayer, cuando llegó a casa del señor Winslow, dejé de pensar así.

– Siento no poder ayudarlo más -dijo ella en tono formal.

Aidan sonrió y se llevó su muñeca a los labios ante la mirada de asombro de ella.

– El corazón le late muy deprisa -musitó.

Tess abrió la boca, pero de ella no salió ni una palabra. Entonces él, alentado, le besó la mano justo en el punto donde notaba su pulso acelerado y luego la colocó abierta sobre su pecho. Al principio ella quiso retirarla, pero enseguida se dejó llevar y extendió los dedos sobre el corazón de él.

Una sonrisilla pícara asomó a los labios de Tess.

– El suyo también late deprisa.

– Ya lo sé. Últimamente me pasa mucho. -Sonrió con tristeza-. Y no siempre por motivos tan agradables.

– Siento no poder ayudarlo más -repitió, esta vez con un hilo de voz.

«Eso ya lo veremos.»

– Mi última esperanza era creer que podía odiarla por ser de buena familia.

– ¿Y qué hubiera tenido eso de malo?

Él la miró directamente a los ojos.

– Las chicas de buena familia tienen gustos caros. Les gustan los restaurantes selectos y las joyas.

Los ojos de ella se entrecerraron casi imperceptiblemente, como siempre.

– ¿Y qué?

Él apretó la mandíbula.

– Yo no puedo permitirme… -Se interrumpió al ver que ella le lanzaba una peligrosa mirada de advertencia y que con los dedos tensos aferraba su camisa.

– Ten cuidado, Aidan. Seguro que no quieres volver a decir algo que no piensas. -Tiró de su camisa y lo hizo agacharse hasta que sus rostros estuvieron a la misma altura. Con la mano que tenía libre, se asió a la moto y se inclinó hacia delante-. No soy una cualquiera a quien los hombres mantienen. Yo me mantengo sola. Si me apetece ir a cenar a un restaurante caro, voy y punto. Si en vez de eso me da la gana de quedarme en casa y cocinar, ceno tan bien o mejor. Y si se me antoja una joya, me la compro. ¿Está todo claro?

Por un momento Aidan no pudo más que mirarla, fascinado. Entonces entrelazó los dedos con su pelo húmedo e hizo lo que tanto ansiaba hacer: apretar los labios de ella contra los suyos. Ella recorrió más de la mitad de la distancia que los separaba; soltó la camisa y lo tomó por la nuca para atraerlo hacia sí. Y sus labios, ardientes y anhelantes además de todo lo que Aidan había imaginado de ellos, se abrieron sin vacilación bajo los de él. Cuando él quiso penetrar más en su boca, ella emitió un sonido gutural que denotaba placer y disgusto al mismo tiempo. Se inclinó hacia delante y la motocicleta se tambaleó haciendo que Dolly saliera corriendo.

Tess se echó hacia atrás y colocó ambas manos sobre el manillar para estabilizarla. Su agitada respiración hacía subir y bajar sus senos. Tenía los labios húmedos y sus pezones aparecían claramente erectos bajo la ceñida sudadera. Alzó la barbilla con gesto retador, como si lo desafiara a parar, y Aidan tuvo que hacer esfuerzos por tragar saliva. Rodeó la motocicleta con los ojos clavados en los de ella. No dijo nada. Se limitó a abrazarla y colocar la boca a su misma altura, y rezó por que fuera capaz de retomar lo que había dejado en suspenso.

Dio gracias al cielo cuando los brazos de ella rodearon su cuello y sus labios volvieron a abrirse ante él. La pasión se dejó sentir de nuevo, vehemente. Salvaje. Él extendió las manos sobre la espalda de ella y empezó a moverlas arriba y abajo mientras ella se pegaba más a él hasta aplastar el busto contra su pecho. Con un agradable gemido, ella se puso de puntillas y empezó a torturarlo con el contoneo de sus caderas, todavía demasiado bajas para satisfacer a ninguno de los dos. A Aidan el cuerpo estaba a punto de estallarle y sentía las manos demasiado vacías.

Se retiró lo necesario para que ambos pudieran respirar. Ella, pegada a la mejilla de él, emitía pequeños jadeos, y con cada uno su pasión crecía más, se encendía más.

– Quiero tocarte -murmuró él contra su boca-. Déjame tocarte.

Ella echó la cabeza hacia atrás mostrando la parte delantera de su cuello, y él aprovechó la oportunidad para cubrirle la piel de ardientes besos de su boca entreabierta.

– ¿Dónde?

Él se quedó helado.

– ¿Qué has dicho?

– Te he preguntado dónde -su murmullo fue muy quedo-. ¿Dónde quieres tocarme?

Él encajó el rostro entre el cuello y el hombro de ella y se estremeció.

– Por Dios, Tess.

Ella quitó los brazos de su cuello y le rodeó el rostro con las manos.

– Lo pregunto en serio. -A Aidan le sorprendió la falta de confianza en sí misma que observó en sus ojos-. Dime dónde. Por favor -pronunció la súplica con un grave susurro y Aidan recordó lo que Murphy le había dicho. Tenía novio y la dejó. La engañó. ¿Cómo era posible? ¿Cómo podía un hombre siquiera plantearse una cosa así?

Pero Aidan sabía que más importante que resolver sus dudas era hacer desaparecer la expresión de vulnerabilidad de sus ojos. La manera en que se comportara durante los minutos siguientes serviría para reforzar la confianza en sí misma o para acabar de hundirla en un día que ya había resultado absolutamente infernal. ¿Que dónde quería tocarla? Madre de Dios. Más bien tendría que preguntarle dónde no quería tocarla.

– En todas partes -salió del paso-. Donde tú me dejes. -Deslizó las manos por su espalda y las apretó contra su trasero-. Aquí. -Ella cerró los ojos y puso las manos sobre sus hombros mientras él masajeaba con los dedos sus carnes prietas por encima de la delgada tela de los pantalones. A pesar de la actitud pasiva, el cuerpo de ella revelaba una sutil tensión y su rostro traslucía deseo mientras él la acariciaba una y otra vez. Levantó una mano hasta uno de sus senos y la cerró alrededor, sopesándolo-. Aquí. -Pasó el pulgar por encima de su duro pezón y al hacerlo ella irguió la espalda. A él le ocurrió lo mismo. Y como no confiaba en poder dejarlo ahí, alzó las manos hasta rodearle con ellas las mejillas y le dio un beso en la frente-. Eres muy guapa, Tess.

Ella abrió los ojos, tenía la mirada ensombrecida por el deseo insatisfecho.

– ¿Por qué paras?

Él contuvo un gemido.

– Porque has tenido un día horrible y no pienso aprovecharme de ti. No me mires así -le pidió cuando la duda apareció de nuevo en sus ojos. Entonces aferró su trasero, la alzó a la vez que la atraía hacia sí y se estremeció al frotar el cuerpo de ella contra la punta de su erección una vez, y otra, y otra más antes de separarse y bajarla al suelo-. Créeme -dijo con tristeza-, parar es lo último que me apetece en estos momentos. Pero no quiero presionarte, dadas las circunstancias.

Ella se lo quedó mirando, sus ojos traslucían a la vez excitación y recelo y su rostro se sonrojó.

– ¿Qué circunstancias?

Él volvió a suspirar.

– Soy el primero desde… él, ¿verdad?

– Así que ya lo sabes. -Su mirada se endureció-. Lo del cabrón de Phillip.

– Phillip fue un imbécil, Tess. Me da igual qué motivos tuviera para hacer lo que hizo. -Le pasó los dedos por la mejilla con suavidad-. Aunque tengo que decir que me alegro de que se haya quitado de en medio. Para ciertas cosas, tres son multitud. -Le estampó un beso en los labios en el preciso momento en que Dolly empezaba a gruñir.

Aidan se puso alerta al instante. Escondió a Tess tras de sí y se agachó para extraer su pistola de reserva de la funda del tobillo. La puerta de la cocina se entreabrió y una familiar cabeza de pelo castaño se asomó por la rendija. Aidan bajó la mano con que empuñaba la pistola al instante.

– Joder, mamá.

Ella lo miró con mala cara.

– No digas palabrotas, Aidan. Y aparta eso.

Él bajó la cabeza.

– Lo siento -dijo. Percibió la risita disimulada de Tess tras de sí y cayó en la cuenta de que solo la había oído reírse dos veces. Llevaba muchos malos momentos en pocos días. Se alegraba de hacerla reír, aunque fuera a su costa.

Su madre sonrió de oreja a oreja.

– Tú debes de ser la amiga de Kristen. Te he traído ropa. Kristen ha mirado lo que tenías y me ha dicho las tallas. Espero que todo te vaya bien.

Tess se situó al lado de Aidan con una sonrisa en los labios.

– Gracias por tomarse tantas molestias, señora Reagan. Es muy amable. -Se dirigió hacia la madre de Reagan con cuidado de no tropezar con las piezas de la motocicleta-. Aidan me estaba enseñando la casa.

– Seguro que estaba presumiendo de moto nueva -comentó en tono áspero, y Tess se encogió de hombros.

– No te olvides de que yo no he dicho nada de nada, Reagan. -Le abrió la puerta a la mujer y con gesto irónico se volvió a mirar la pistola que él aún sostenía en la mano, tapándole la entrepierna-. Parece que estemos en Navidad, señora Reagan.

– Se romperá la crisma con ese trasto -advirtió la madre de Aidan cuando Tess la acompañó a la cocina.

Aidan se quedó mirando la puerta. Luego se echó a reír mientras andaba de un lado a otro del garaje, cojeando. Casi le da algo al agacharse para extraer la pistola con una erección de narices, pero el hecho de oír reír a Tess había hecho la sensación más soportable. Más sereno, se dispuso a entrar en casa para telefonear a Jack Unger. Tenían que encontrarse con la policía científica en la consulta de Tess. Cuanto antes pararan los pies al asesino, antes podría Tess retomar su vida. «Y de algún modo, eso también me afecta a mí.»

Capítulo 11

Martes, 14 de marzo, 19.45 horas.

Tess observó la capota reparada del Camaro de Reagan y rezó por que la cinta resistiera, ya que volvía a llover. Sin embargo, no osó pronunciar palabra por si él volvía a tacharla de esnob. «Alguien le ha hecho daño», pensó. Esa persona debía de haber convertido el dinero en un problema y le habría hecho sentir que no estaba a la altura. Se mordió el labio inferior. Si una mujer consideraba que no estaba a la altura, era obvio que no lo había besado. Incluso ejerciendo un férreo autocontrol la había dejado impresionada. Sin duda había actuado con acierto. No le convenía enredarse con él ni con nadie, por lo menos ese día. Pero le había hecho bien saber que resultaba atractiva, y no habría sabido cuánto la deseaba Aidan si no la hubiera estrechado entre sus brazos.

Se preguntó quién sería la mujer que le había hecho daño y que atribuía más valor al dinero que a su persona. Pero no le parecía apropiado preguntárselo, por lo menos de momento. No obstante, el silencio estaba empezando a pesarle.

– Me cae bien tu madre.

Aidan la miró un momento y luego volvió la vista hacia la húmeda y oscura carretera.

– Le cae bien a todo el mundo. -Sus labios se curvaron en una sonrisa-. Gracias de todos modos. Se ha puesto más contenta que unas pascuas al ver que te gustaba todo lo que había comprado.

Tess palpó el suave jersey que llevaba puesto.

– Yo habría elegido las mismas cosas. Gracias por pedirle que me comprara jerséis de cuello alto.

– De nada.

Tess exhaló un suspiro.

– Y gracias por controlar la situación. No suelo arrojarme en los brazos de un hombre de ese modo.

Él no respondió, pero gracias a la tenue luz de los faros de los coches con los que se cruzaban ella vio que su mandíbula se tensaba. Luego suspiró.

– Tess, si tratas de disculparte, no lo hagas. Y no creas que porque esta noche me haya controlado la próxima vez también lo haré.

A Tess se le pusieron los pelos de punta.

– ¿La próxima vez?

La mirada de él fue rápida pero directa.

– Habrá una próxima vez, Tess.

Ella se arrellanó en el asiento con una sonrisa de satisfacción.

– Muy bien.

La breve risa de Aidan fue todo cuanto se oyó hasta que estacionó el coche en la plaza de aparcamiento de que ella disponía en el edificio donde tenía la consulta. Tess se apeó y miró extrañada.

– Está el coche de Harrison. Qué raro, nunca se queda a trabajar hasta tan tarde. -De pronto, el estómago le dio un vuelco-. Oh, no. -Corrió hacia la escalera, con Reagan siguiéndola de cerca, y se encontró con que Jack los estaba esperando en ella, delante de la consulta.

Reagan tomó las llaves que Tess sostenía en sus manos temblorosas, abrió la puerta y encendió la luz. Inmediatamente su figura bloqueó el paso.

– No entres.

Ella estiró el cuello para mirar y se quedó sin respiración.

– Dios mío. -El despacho de Denise era un completo caos. Su ordenador estaba hecho pedazos. Revistas y libros hechos trizas tapizaban el suelo. Alguien había arrancado la puerta de madera de la cámara acorazada. No obstante, la cámara en sí estaba cerrada.

Reagan y Jack entraron despacio, empuñando sus armas.

– ¡Policía! -La voz de Reagan repercutió contra las paredes; luego se hizo el silencio.

Tess señaló la puerta de Harrison, un poco entreabierta. Él siempre cerraba con llave.

– Aidan, por favor, echa un vistazo al despacho de Harrison.

Este abrió la puerta de par en par.

– Dentro no se ve a nadie, Tess. Pero ha habido una pelea de narices. -Los armarios estaban destrozados y el sofá hecho jirones. El monitor del ordenador de Harrison se había caído al suelo y la pantalla se había roto.

Jack abrió la puerta del despacho de Tess.

– El tuyo está igual, Tess. Alguien ha entrado a buscar algo.

Ella tragó saliva.

– ¿Cámaras de vídeo?

Jack negó con la cabeza.

– No lo creo. Esto está hecho un desastre y quien colocó las videocámaras fue muy meticuloso. ¿Dijiste que no guardabas ningún historial en el despacho?

– No. Están todos en la cámara acorazada.

Justo el espacio que Reagan estaba escrutando con suma atención.

– Jack, ven aquí. -Señaló una de las pesadas bisagras y a Tess se le heló la sangre.

El extremo de la pieza estaba teñido de marrón oscuro. Era sangre seca. Jack se volvió a mirar a Tess.

– Ven y ábrela, pero ten cuidado, está todo lleno de cristales.

Ella asintió con gesto trémulo, y se esforzó por recobrar la firmeza del pulso mientras marcaba la combinación y accionaba el tirador. Entonces dio un grito ahogado. Todos los archivadores habían sido extraídos de los estantes, las carpetas estaban abiertas y las cajas, volcadas. El suelo estaba cubierto de papel, en algunas zonas el grosor era de hasta quince centímetros. Debajo de una de las estanterías el papel estaba amontonado y cubría un bulto alargado. Del tamaño de un hombre.

– Harrison. -Con el corazón desbocado, Tess se arrodilló y al retirar el papel dejó al descubierto una cabeza de pelo blanco veteado de sangre. Tess destapó el rostro de su amigo y puso los dedos sobre su carótida. Contuvo el aliento hasta que notó su pulso. Era débil, pero lo había.

Reagan se acuclilló a su lado.

– ¿Está vivo?

Ella asintió.

– Sí, pero le ha ido de poco. Ayúdame a quitar de en medio todo este papel. Necesito ver si tiene alguna herida más. ¡Cuidado! No lo muevas. -Desde el despacho se oían las interferencias de la radio de Jack, que estaba pidiendo una ambulancia. Mientras, Reagan destapó por completo al hombre y echó el papel a un lado-. La cabeza aún le sangra -observó-. Me hace falta algo para cortar la hemorragia.

– ¿Hay algún botiquín? -le preguntó Reagan.

– En la taquilla. -Tess buscó a tientas las llaves, entonces recordó que aún las tenía Aidan-. Es una de las llaves medianas. La número sesenta. Gracias.

Reagan le dio un apretoncito en el hombro y salió a toda prisa.

Harrison gimió y abrió los ojos con esfuerzo.

– Tess.

Ella lo miró a los ojos mientras seguía palpando su cuerpo en busca de otras heridas.

– Tranquilo, Harrison. Ya estoy aquí. Vamos a llevarte a que te curen.

– Tess. -La asió casi sin fuerza por la manga.

Al no encontrar más heridas externas, Tess avanzó a gatas hasta situarse delante de su rostro y se inclinó para acercarse a él.

– ¿Quién te ha hecho esto?

Él hizo una mueca.

– Uno de tus pacientes. Estaba en el coche y me ha atacado por sorpresa. Llevaba un cuchillo.

El corazón de Tess omitió un latido.

– Lo siento.

– Calla y escucha, Tess. Cogió su historial, y dijo… -Volvió a hacer una mueca-. Dijo que no quería que… fueras contando sus secretos por ahí, que antes… te mataría.

Ella empezó a desabrocharle el abrigo a tientas; luego, volvió la cabeza y prosiguió la tarea mirando lo que hacía.

– Iré con cuidado, Harrison. Te lo prometo.

Reagan se arrodilló a su lado y abrió el botiquín con pulso firme. Le tendió una gasa.

– ¿Qué paciente es, doctor Ernst?

A Harrison le temblaron los labios al tratar de esbozar una patética sonrisa que atenazó el corazón de Tess.

– Uno que está loco… supongo.

El hombre arrugó el entrecejo.

– No lo he visto por aquí… últimamente. Es joven. Lleva un peinado peculiar y tiene las orejas muy grandes. -Su tos era bronca-. Joder, cómo duele.

– ¿Dónde? -Tess apartó de su mente la descripción y se centró por completo en Harrison. Acabó de desabrocharle el abrigo y luego hizo lo propio con la camisa. Y al verle el torso se estremeció. Estaba lleno de moratones y tenía muy mal aspecto-. ¿Dónde te duele?

Él trató de sonreír de nuevo.

– Más bien dirás dónde no me duele. -Cerró los ojos y soltó un gemido-. Me duelen las costillas, la espalda. Ese tipo quería que le abriera la cámara y como me resistía… me ha dado una buena paliza. Al final he tenido que decirle cómo… -El estertor que salió de su boca no presagiaba nada bueno-. Llama a Flo. Dile…

A Tess le costaba tragar saliva.

– La llamaré, Harrison. Nos encontraremos con ella en el hospital.

– Dile que la quiero.

Tess notó que se le ponían los ojos llorosos al presionar la gasa limpia contra la sangre de la herida.

– No seas tonto, Harrison. Se lo dirás tú mismo. Solo tienes una herida un poco aparatosa en la cabeza.

Él se limitó a mirarla y Tess notó que sabía que le estaba mintiendo. Los oscuros cardenales indicaban una gran hemorragia interna que resultaría bastante más difícil de cortar.

– ¿Quién es Flo? -preguntó Reagan con voz queda.

– Su esposa. ¿Puedes llamarla? Tengo el móvil en el bolsillo de la chaqueta. El número está archivado como «Ernst casa». Dile que vaya al hospital. Aquí dentro no hay cobertura.

Él asintió, le dio otro apretoncito en el hombro y tomó el móvil.

Harrison resollaba.

– Ese policía amigo tuyo… es muy guapo.

Tess pestañeó y se enjugó los ojos. Luego se limpió las húmedas mejillas con el hombro.

– Chis.

– Os he visto juntos en las noticias. Es casi tan guapo como yo -bromeó, y Tess soltó una risa que más bien sonó a sollozo.

– Silencio, ancianito -respondió ella en tono suave-. Guárdate tu encanto para Flo.

Él abrió mucho los ojos y la miró con una mezcla de apremio y dolor.

– Díselo, Tess. Por favor.

Ella le acarició la mejilla.

– Lo haré, te lo prometo. -Entonces él se tranquilizó. Resollaba tan fuerte que parecía que respirara a través de un pañuelo de papel. Era muy mala señal.

Reagan había regresado junto a Tess y la ayudó a ponerse en pie.

– Los médicos han llegado, Tess. Vamos a dejar que hagan su trabajo.

Aturdida, Tess vio cómo se llevaban a Harrison. Reagan permaneció todo el rato detrás de ella, con las manos en sus hombros. Al fin le dio la vuelta; los ojos azules que un día la habían mirado con gesto acusador impedían ahora que se desmoronara.

– No es culpa tuya -dijo.

– Tiene el pulmón perforado -sollozó ella, sin prestarle atención-. ¿Se lo he dicho a los médicos?

Él la zarandeó suavemente.

– Sí, se lo has dicho. Tranquilízate, necesito que pienses. -Le oprimió los hombros con fuerza-. Tess.

Ella pestañeó y relajó los hombros.

– ¿Qué?

– ¿De quién hablaba? Joven, con un peinado peculiar y grandes orejas. Dijo que no había venido por aquí últimamente.

Ella cerró los ojos y en su mente se dibujó el rostro del hombre. Qué fácil parecía. Solo tenía que decir su nombre y lo encerrarían. Recibiría su castigo. Parecía muy fácil, pero no podía hacerlo.

– No puedo decírtelo.

– ¿Cómo que no puedes decírmelo?

Ella abrió los ojos y vio la seria mirada de incredulidad de él.

– Si me equivoco y no es él habré revelado la identidad de un paciente sin necesidad.

Él bajó las manos y retrocedió.

– ¿Bromeas?

Tess miró a su alrededor, le temblaban las rodillas pero no había ningún lugar donde sentarse.

– Ojalá.

– Ya has oído lo que ha dicho tu amigo. Quienquiera que haya sido ha amenazado con matarte.

Tess, cansada, se acercó a la pared y se apoyó en ella.

– Ya lo he oído. -Estaba casi segura de que sabía a quién se refería Harrison. Joven, corpulento, mezquino. Uno de los pocos pacientes que verdaderamente la habían asustado. «Me mataría sin pensarlo dos veces.» Notó el llanto inminente en su garganta y, no dispuesta a sucumbir, tragó saliva-. Tengo miedo, ¿sabes? -musitó con la voz quebrada.

Reagan se apoyó a su lado en la pared y le alzó la barbilla con un dedo.

– Pues dime quién es -susurró-. Nadie lo sabrá, te lo prometo.

Ella negó con la cabeza, aunque se sentía muy tentada de hablar. Tentada de arrojarse en sus brazos y dejar que él la abrazara fuerte.

– No puedo. Hoy mismo me han acusado de no respetar el secreto profesional, pero yo sé que no tienen razón. Si te digo quién es, la tendrán.

– Tess, nadie lo sabrá.

– Yo sí. -Apartó la vista. «Y tú también.»

El equipo de Jack acababa de llegar y Tess observó aturdida cómo Reagan los guiaba hasta la cámara acorazada.

– Jack no puede acceder a los archivos sin una orden judicial, Aidan.

Con la mandíbula tensa, Reagan asintió.

– No toques nada hasta que no consigamos una orden judicial, Jack -le gritó.

Jack asomó la cabeza.

– No pensaba hacerlo. Hemos cubierto de reactivo los estantes y las paredes. Si solo hay tres personas que habitualmente tengan acceso a la cámara, será muy fácil descartar sus huellas y descubrir las del intruso.

– Suponiendo que no llevara guantes -observó Reagan.

Jack se encogió de hombros.

– Soy optimista por naturaleza.

Reagan se volvió hasta apoyarse de espaldas en la pared y luego miró a Tess.

– ¿Puedes por lo menos darme una pista?

Ella vaciló un momento y luego asintió.

– Si conseguís alguna huella podéis utilizar el AFIS para identificarlo.

– Así que tiene antecedentes.

Tess esbozó una sonrisa desprovista de humor.

– Si es quien yo pienso, tiene una lista de antecedentes más larga que tu brazo. -Miró el reloj-. Tengo que ir al hospital. ¿Cuánto tardará Jack con el reactivo? Tengo que cerrar con llave la cámara antes de marcharme.

La mirada de Aidan se ensombreció.

– No te fías de que metamos las narices donde no debemos, ¿eh?

Ella apretó los puños pero no alzó la voz.

– Mierda, Aidan, me entran ganas de darte un sopapo. Esto no tiene nada que ver con que te tenga o no confianza; es una cuestión legal. Todos los papeles que hay ahí dentro están protegidos, detective. Si te los entrego sin una orden judicial estaré incumpliendo la ley. Pero a ti eso te da igual, ¿verdad?

Él apretó los dientes.

– Lo que no me da igual es que un desequilibrado con una lista de delitos interminable quiera matarte. Eso no me da igual. -Tomó aire y lo expulsó de golpe-. Nos daremos prisa para que puedas cerrar antes de irte.

Toda la irritación que Tess sentía se desvaneció.

– Vuelvo a ser de poca ayuda, ¿verdad?

– Sí, pero lo comprendo. No puedo decir que me guste, pero lo entiendo. -Sacó el móvil de Tess de su bolsillo-. Al llamar a la señora Ernst he visto que tienes unas cuantas llamadas perdidas.

Tess miró el teléfono perpleja antes de caer en la cuenta de lo que ocurría.

– He desconectado el sonido esta tarde antes de visitar a los pacientes. -Lo abrió y se quedó boquiabierta-. ¿Treinta llamadas?

– Seguro que la mayoría son de periodistas.

– ¿Y cómo habrán conseguido mí número de teléfono?

– Igual que consiguen toda la información.

– Bien pensado. -Miró el teléfono con mala cara-. ¿Es posible intervenir un móvil?

Ahora era él el perplejo.

– No tengo ni idea. Mejor no toques ningún teléfono. Utiliza el mío si quieres acceder a tu contestador. -Le pasó la mano por debajo del pelo y le presionó el cuello con el pulgar justo en el punto donde su musculatura estaba más tensa. Un escalofrío recorrió la espalda de Tess-. Trata de no preocuparte por tu amigo. ¿De acuerdo? -susurró. Le devolvió el teléfono y siguió con su trabajo.

– Treinta mensajes -dijo Tess para sí a la vez que marcaba el número de su contestador. Tenía la vana esperanza de que eso le impidiera pensar en Harrison mientras Jack ponía en práctica su magia.

Martes, 14 de marzo, 20.50 horas.

Aidan ocupó el asiento del acompañante del coche de Murphy. Con un arranque de tos, agitó la mano para dispersar el humo de la cabina.

– Joder, Murphy, ¿es que te has fumado todo el paquete de golpe?

– Lo siento. -Murphy bajó la ventanilla y dio una última calada al cigarrillo antes de apagarlo en el rebosante cenicero-. ¿Qué coño has estado haciendo para tardar tanto?

No había contestado a la primera llamada de Murphy porque Tess estaba usando su móvil, pero no pensaba decírselo.

– ¿La has visto? -preguntó en lugar de dar explicaciones. Se refería a Nicole Rivera, una extraordinaria actriz de doblaje.

– No, pero trabaja allí. -Señaló un restaurante del otro lado de la calle.

– Es un restaurante caro. -Aidan lo sabía por experiencia. Solo con ver el local se le revolvía el estómago.

– La gente se viste de esmoquin y tal -coincidió Murphy-. El dueño me ha confirmado que la chica trabaja ahí, aunque no parecía muy contento al hablar conmigo. Y seguro que ahora aún lo está menos. Nicole lleva veinte minutos de retraso.

– ¿Le habrán avisado?

– Puede ser. Hace dos horas que he venido por primera vez, y he hablado con el dueño nada más llegar. Me ha dado la dirección que consta en su ficha.

– ¿Es falsa?

– Es antigua. La mujer que ha abierto la puerta me ha dicho que la chica se había trasladado hace unos dos meses porque no podía pagar el alquiler.

– Si trabaja en ese sitio tiene que ganar mucho dinero. ¿Dejó dicho adónde se mudaba?

– Sí. He ido allí también pero no estaba, y todavía no tenía ninguna orden de registro. Ahora ya la tengo.

– Menudo trajín.

Murphy asintió.

– No me has dicho por qué has tardado tanto.

– He tenido que acompañar a Tess al hospital. -Ya le había contado lo del robo, la paliza de Ernst y la amenaza contra Tess.

Murphy aplastó la colilla en el cenicero.

– ¿Has hablado con el equipo de seguridad del hospital?

– Sí. -Aidan frunció el entrecejo-. Un tipo alto con un peinado peculiar y las orejas grandes. Y con los nudillos despellejados de las hostias que le ha dado al viejo. Del nombre, ni idea. -Tess se había mantenido firme y, aunque lo entendía, Aidan sentía tanta rabia que tenía ganas de romper algo… o la cara de alguien. Esperaba estar presente cuando Jack averiguara algo con el AFIS.

– ¿Y Ernst qué?, ¿se salvará?

– Lo veo difícil. Tess le ha cortado la hemorragia antes de que llegaran los médicos de urgencias. Ha conseguido conservar la calma. -Se miró los nudillos y recordó el vendaje que le había aplicado la noche anterior-. Siempre se me olvida que ha estudiado la misma carrera que los médicos de verdad.

Murphy esbozó una sonrisa irónica.

– Yo que tú no se lo diría así.

Aidan soltó una risita.

– No lo haré. Mira, el restaurante pronto se llenará. Si queremos volver a hablar con el dueño, será mejor que lo hagamos antes.

Se apearon del coche. Aidan respiró con gusto el aire fresco y Murphy le dirigió una mirada avinagrada.

– Ya te he dicho que lo siento.

– Aún no me he quejado.

– Joder -gruñó Murphy-. ¿Cómo sabes que el restaurante está a punto de llenarse?

– Mi ex novia solía hacerme venir después de los conciertos.

Murphy dio un silbido a la vez que abría la puerta del local.

– Debía de salirte cara.

«Qué me vas a contar», pensó Aidan con tristeza. Los prístinos manteles le traían muchos recuerdos. Le había salido cara en más de un sentido. Aquel restaurante era uno de los lugares predilectos de Shelley. A un policía corriente, una cena con los cócteles y el vino podía costarle el sueldo de dos días. Por eso tuvo que cortar lo que le suponía una ruina, y ella le había montado un número.

Shelley podía pasarse la vida entera montando numeritos. Pero ya no tendría que hacerlo nunca más. Por fin había alcanzado su objetivo: iba a casarse con un hombre que podía costearle el ritmo de vida que su padrastro le había enseñado a llevar. Pobre tipo. Se refería a su marido, no a su papi. El papi de Shelley no tenía nada de pobre. Exhaló un suspiro. Y él ya no tenía que preocuparse de Shelley.

Aidan nunca se había sentido cómodo en lugares como aquel. Siempre temía utilizar el tenedor equivocado, y pagar semejantes sumas por una cena le parecía una locura. Seguro que Tess se sentiría estupendamente allí, pensó, pero enseguida se arrepintió. Ella le había dejado muy claro que asumía sus propios gastos. Pero, aunque al oírla hablar así se le hacía la boca agua, él no pensaba permitir que una mujer pagara la cuenta.

«Qué machista -le decía la conciencia-. ¿Y qué? -se replicó a sí mismo en el acto-. ¿Qué tiene de malo?»

– Es una vieja historia -le respondió a Murphy en tono cortante. Escrutar los rostros que iban y venían lo ayudó a centrarse-. Disculpe -dijo para llamar la atención del maître vestido de esmoquin. Este lo miró con superioridad-. Estamos buscando a Nicole Rivera.

– Bienvenidos al club -respondió el maître con desdén-. Si la encuentran, díganle que está despedida.

– ¿Por llegar veinte minutos tarde? -preguntó Murphy en tono suave.

– No, porque ha faltado tres días en las últimas dos semanas.

– ¿Qué días? -quiso saber Aidan.

– No me acuerdo -dijo el hombre con un suspiro de impaciencia.

– Trate de hacer memoria -le advirtió Murphy-. Si no, nos llevará mucho más tiempo.

El hombre alzó los ojos en señal de exasperación.

– Ayer, y también el sábado por la noche. Y ahora si me disculpan, por favor. -Señaló la puerta con un gesto desdeñoso que hizo que a Aidan le entraran ganas de darle un puñetazo. Pero en vez de eso, le tendió una tarjeta.

– Si aparece, llámenos.

El hombre tomó la tarjeta por una esquina.

– Claro.

Una vez en la calle, Murphy sacudió la cabeza.

– ¿Cuánto cuesta una cena? ¿Cien dólares?

– Por barba. -Se echó a reír al ver que Murphy se había quedado patidifuso-. Y si pides vino, multiplícalo por tres.

– No me extraña que ya no seáis novios.

– Volvamos al piso de Nicole. A lo mejor estaba en casa y no te ha contestado.

Martes, 14 de marzo, 21.40 horas.

– Mierda -masculló Murphy-. Joder. Llegamos tarde.

Era una verdad como un templo. Claro que Nicole Rivera se encontraba en casa, pensó Aidan mientras evaluaba los daños, pero tenía sus buenos motivos para no haber abierto la puerta.

La habían encontrado arrodillada junto a su cama con unos pantalones negros y una blusa con volantes que originalmente debía de ser blanca: su uniforme de trabajo. Tenía las manos atadas a la espalda y su torso descansaba sobre una colcha que antes había lucido un estampado de florecillas azules. Pero ahora tanto la colcha como la blusa aparecían cubiertas de sangre.

Aidan se guardó el teléfono en el bolsillo.

– El forense está de camino. -Se acuclilló junto al cadáver y examinó la única herida de bala que tenía en la nuca-. Parece que la hayan ejecutado. -Nicole había tenido una muerte rápida y piadosa. O al menos más piadosa que Adams, Winslow y los Seward-. Da la impresión de ser un calibre veintidós. No hay orificio de salida, así que la bala sigue dentro.

Murphy estaba mirando en el armario.

– ¿Está fría?

Aidan se colocó un par de guantes y le tocó el cuello.

– Tibia. No lleva mucho rato muerta. -Empezó a abrir los cajones del tocador-. Calcetines, blusas. Ropa interior, más ropa interior… Anda, lo que tenemos aquí. -Sacó una pila de recibos de compra que sobresalían de la copa de un sujetador de encaje, doblado y guardado debajo de otros cuatro-. Son copias. Una caja de cartón, una muñeca Baby Linda… -Hojeó unas cuantas más-. Una parrilla y un peluche de Wal-Mart. Todas las compras son de ayer por la mañana. Las pagó al contado. -Los dejó a un lado para llevárselos a analizar-. Deben de saber que seguimos la pista de la tarjeta de crédito.

– O bien la tarjeta de crédito no era más que un reclamo -apuntó Murphy desde dentro del vestidor-. Los lirios son lo único que han comprado con esa tarjeta. Mierda, esta mujer tenía demasiados zapatos para no poder pagar el alquiler.

– Es posible que haya más tarjetas. Esta mañana he solicitado que efectúen un seguimiento de todas las operaciones hechas a nombre de Tess. Con un poco de suerte la tendré en el casillero cuando volvamos.

– Buena idea. -Murphy salió del vestidor; con un dedo sujetaba una bolsa de gimnasia de color negro-. Estaba enrollada y escondida dentro de una caja de zapatos. Huele a flores.

Aidan bajó la vista hacia el cadáver.

– ¿Por qué la habrán matado? -se preguntó irritado-. Esta tarde nos han estado vigilando. Le he dicho a Seward que tenemos pruebas de que han imitado la voz de Tess. He revelado nuestras intenciones.

– No tenías elección. Seward estaba apuntando a Tess en la cabeza, Aidan. Has hecho lo correcto.

– Pero alguien que está muerto no puede confesar que se ha hecho pasar por Tess.

Murphy se encogió de hombros con resignación.

– Con un poco de suerte la bolsa y los recibos bastarán para contentar a Patrick. Llamaré a Spinnelli. Llama tú a Jack.

Martes, 14 de marzo, 22.55 horas.

Aidan sabía cuántas cámaras había encontrado el equipo de Jack en el piso de Tess, pero no se esperaba verlas todas sobre la mesa de la sala de reuniones de Spinnelli. Tras un día lleno de emociones tanto en el terreno personal como en el profesional, su capacidad de autocontrol resultaba precaria en el mejor de los casos. Sabía que no debería preguntarle a Rick confidencialmente dónde habían encontrado cada una de las cámaras del piso, de la consulta y de la ropa de Tess, pero tenía la necesidad de saberlo.

Pero no preguntárselo denotaría también demasiada implicación personal, y llevaba toda la tarde repitiéndose que debía andarse con cuidado en ese sentido. Si Spinnelli llegaba a pensar que tenía algún interés personal en la misión, le asignaría la protección de Tess a otro detective.

«De hecho, lo tengo», pensó. Porque al final el objetivo de la misión había acabado siendo ese: proteger a Tess Ciccotelli. Por eso no podía apartar la vista de las cámaras apiladas en medio de la mesa, en especial de un modelo que destacaba del resto. Era sumergible y cerca del borde se observaban restos de moho. El muy hijo de puta había instalado la cámara en el ventilador del techo del cuarto de baño, situado justo encima de la ducha. El ruido del ventilador habría arruinado el sonido, pero las imágenes debían de ser perfectas.

Sintió que se le revolvían las tripas mientras en su mente se sucedían, cual serpiente rastrera, imágenes del asesino mirando a Tess. ¿Cuántos putos babosos más la habrían estado contemplando? No podía controlar los pensamientos, ni tampoco los violentos latidos de su corazón.

Habían violado la intimidad de Tess y solo por eso el hijo de puta que lo había hecho debía morir.

Spinnelli observaba la mesa de la sala de reuniones con los puños cerrados y en jarras mientras sacudía la cabeza.

– Dios mío. Aquí hay más material que en RadioShack.

Era cierto. Aidan se centró en el asunto tras controlar la furia que bullía en su interior. Jack y Rick habían clasificado las cámaras y los micrófonos encontrados durante los últimos dos días en siete montones. Los tres primeros correspondían a los pisos de las tres víctimas: Adams, Winslow y Seward. El cuarto montón era el de mayor tamaño y procedía del piso de Tess. El quinto, la mitad de alto, correspondía a la consulta. El sexto aún era más pequeño y en él se encontraban los micrófonos que Rick había extraído de su coche tras registrarlo durante cinco minutos. Tal vez hubiera más. De hecho, era probable. El séptimo montón era el menor de todos. En él había micrófonos del tamaño de una aguja de coser que Rick había encontrado en el forro de todas sus chaquetas, incluso en la de cuero rojo que llevaba puesta el domingo. «Cuando la acusé de ser una asesina.»

– Cuéntame, Rick -empezó Spinnelli-, ¿qué has averiguado de toda esta mierda?

Rick se puso en pie.

– No todo lo que te gustaría, pero algo es algo. En primer lugar, no hemos encontrado nada al tratar de controlar las transmisiones ni los correos electrónicos del piso de Adams. Dejé una cámara en cada piso por si volvían a utilizarlas, pero ya no funcionan. Quien las puso allí debe de saber que las hemos encontrado.

– ¿Ya nos rendimos? -preguntó Spinnelli irritado.

– Teníamos pocas probabilidades de que saliera bien -lo animó Rick-. Pero he conseguido información de esos dos montones -señaló los dos primeros-. Las cámaras de los pisos de Adams y de Winslow son del mismo modelo, y los números de serie son consecutivos.

Spinnelli asintió.

– Entonces es que las compraron al mismo tiempo.

– Probablemente. Hasta hace dos semanas, ese modelo era el más vendido de la marca. Hace dos semanas, lanzaron ese otro -Rick señaló el montón de circuitos de Seward-, y ya ha pasado a ser el más vendido. No necesariamente la cámara que encontré en su piso tuvo que ser comprada después que la otra, pero es posible que fuera así.

– Así que Seward no formaba parte del plan original -dijo Aidan pensando en voz alta. «Céntrate, Reagan.» La visión de tantas cámaras lo concomía-. El jefe de Adams nos explicó que llevaba semanas con muchos altibajos y Tess dice que hace tres que faltó a la visita. La cámara de casa de Seward no estaba a la venta cuando empezó todo.

– Puede ser. -Spinnelli se sentó y se cruzó de brazos-. Lo que quiero saber es si nuestro hombre colocó las cámaras en todos esos lugares: en los pisos, en la consulta y en el coche. -Tomó la bolsa con los micrófonos del tamaño de una aguja-. Y también en la ropa. ¿Quién tiene acceso a todo eso?

– Lo mejor que podemos hacer es examinar las grabaciones de seguridad del edificio de Seward de los últimos dos días y compararlas con las de Winslow de antes de ayer -propuso Jack-. Suponiendo que todo sea obra de la misma persona. Por lo menos en las de Winslow aparece la hora, y por la cantidad de plástico que se derritió, el muñeco no estuvo en el horno más de tres horas, así que tenemos que analizar la secuencia desde las once hasta la una.

– ¿Cómo es posible que alguien metiera un muñeco en el horno sin que él se enterara? -preguntó Spinnelli-. Dios, eso es lo peor de todo.

Aidan estaba en completo desacuerdo. Lo peor de todo era la cámara del baño, pero no era momento de pensar en ello. No podía permitírselo; tenía que mantener la calma.

– Si Winslow estaba dormido y drogado, es posible que no oyera que alguien entraba en la cocina, pero ahora que tenemos el marco temporal volveremos a preguntarles a los vecinos. ¿Qué hay de las cámaras del piso de Tess?

– Son modelos más antiguos -respondió Rick-, de tres fabricantes distintos.

– ¿Muy antiguos? -preguntó Aidan con voz tensa.

– No quiere decir que lleven allí mucho tiempo -advirtió Rick, y luego se encogió de hombros-. Eran los más vendidos hace seis meses. -Vaciló-. Excepto ese. -Señaló el modelo sumergible-. Es de hace cuatro años más o menos. Pero no parece que llevara allí más tiempo que las otras cámaras -se apresuró a añadir-. Yo que vosotros me centraría en los últimos seis meses como mucho.

A Aidan se le encogió el estómago.

– ¿Seis meses? ¿Un pervertido lleva mirándola seis putos meses?

Spinnelli arqueó las cejas.

– ¿Cómo sabemos que es un pervertido?

Furioso, a punto de explotar, Aidan se estiró y tomó la cámara sumergible.

– Porque estaba en la ducha, joder -soltó entre dientes. Estaba lo bastante furioso para emprenderla a golpes, así que con cuidado dejó la cámara en su sitio con mano temblorosa.

Jack miró a Rick con enfado.

– ¿Se lo has dicho tú?

Rick volvió a encogerse de hombros, incómodo.

– Me lo ha preguntado, yo no… Da igual.

Spinnelli parecía preocupado.

– ¿Aidan?

Él sacudió la cabeza para pensar con claridad.

– Lo siento. Tú no viste la cara que puso cuando le dije lo de las cámaras. Lo siento. -Se pasó la palma de las manos por el rostro-. El día ha sido muy largo.

– Para Nicole Rivera, no -observó Murphy en voz baja-. Registramos todo el piso, Marc, pero no encontramos indicios de que nadie le hubiera pagado por hacerlo.

– ¿Encontrasteis el abrigo y la peluca? -quiso saber Spinnelli.

Murphy negó con la cabeza.

– No, pero encontramos cintas con la voz de Tess en la despensa, detrás de unos cuantos paquetes de Hamburger Helper. Eran grabaciones de sesiones con pacientes.

– Con eso practicaba. -Spinnelli se frotó la frente-. Bastará para que Patrick rechace las apelaciones. Tal vez el informe de balística revele algo sobre la bala. ¿Y qué ha pasado esta tarde en la consulta?

– Su colega nos ha dicho que ha sido uno de los pacientes de Tess -explicó Aidan-. Tess cree saber quién es, pero no quiere decirlo. -Y él la admiraba tanto por sus principios como ganas tenía de echarle una reprimenda.

Murphy se volvió hacia Jack con expresión sombría.

– ¿Has identificado a ese cabrón?

– Justo ahora tengo a uno de mis hombres comparando las huellas con el AFIS -explicó Jack-. Es probable que sepamos algo dentro de una hora como mucho.

– Cuando sepáis su nombre quiero ir yo. -Murphy habló en voz baja, con control, pero el tono no logró ocultar del todo la fuerza de sus emociones. Aidan sabía muy bien cómo se sentía.

– Enviaré a otra persona -repuso Spinnelli, y les lanzó a ambos una mirada de advertencia-. Vosotros os encargaréis de investigar al de las grabaciones. ¿Está claro?

Aidan asintió con gesto enérgico.

– Más que el agua. Patrick no se pondrá muy contento -auguró cambiando de tema para ganar tiempo y que tanto él como Murphy pudieran tranquilizarse-. Puede reclamar las pruebas que quiera pero se tardará días enteros en volver a colocar todos esos informes en sus correspondientes carpetas. En la cámara había historiales de veinte años, tirados todos por el suelo. Lo mejor que podrá conseguir de momento es una lista de los pacientes, pero con eso no sabrá cuáles son los más susceptibles de cometer un suicidio. -En ese instante se le ocurrió una idea-. A menos que…

Spinnelli se inclinó hacia delante.

– ¿A menos que qué? Dime, Aidan.

Aidan se sacó las llaves de Tess del bolsillo. Las había guardado allí al entrar en la consulta y se le había olvidado devolvérselas. Del llavero colgaba un pequeño lápiz de memoria, no más grande que un dedo pulgar.

– Guarda una copia de todos los historiales aquí.

Murphy entrecerró los ojos.

– ¿Qué coño es eso?

– Un lápiz de memoria -explicó Aidan-. Es igual que un disquete, pero con una capacidad… ¿cincuenta veces mayor? Solía utilizar uno en las clases de diseño gráfico. Se conecta al puerto USB del ordenador.

Murphy sacudió la cabeza.

– ¿En eso caben cincuenta disquetes?

Rick lo observó detenidamente.

– ¿En este? Y mil también.

– Uau. -Spinnelli quiso cogerlo, pero Aidan negó con la cabeza.

– No. Sería como entrar en su despacho y robarle los archivadores. No puedes hacerlo.

El semblante de Spinnelli se ensombreció.

– Los cinco cadáveres que hay en la morgue son motivo suficiente.

– Yo también quiero conseguir la lista, y quiero darle su merecido a ese tipo cuando lo atrapemos. Pero también quiero que Tess pueda ejercer cuando termine todo esto. Si consultamos el lápiz de memoria, seguro que no podrá hacerlo porque parecerá que nos lo haya dado ella. Espera a mañana. Patrick tendrá su orden de registro y nosotros conseguiremos la información que necesitamos.

– Tal vez mañana sea tarde -se quejó Spinnelli, y luego suspiró-. Mierda, Reagan, tienes razón. ¿Desde cuándo eres más sensato que yo? -Sin esperar respuesta, le tendió a Aidan un papel doblado-. Es el informe de tóxicos de Adams completo.

Aidan lo leyó y luego se lo pasó a Murphy.

– ¿Psilocibina? ¿Qué es?

– He llamado a Julia -dijo Spinnelli-. Dice que es una sustancia que se extrae de setas venenosas, muy alucinógena. El nivel de sustancia encontrado en la sangre de Adams es solo un diez por ciento del que habría si se hubiera comido una seta entera, pero parece que estuvo ingiriendo el veneno durante mucho tiempo. Lo contenían las cápsulas de uno de los botes de medicamentos que encontrasteis en el botiquín de Adams.

– Entonces, ¿por qué le dieron fenciclidina? -preguntó Aidan, y suspiró al verlo claro-. Era el aniversario de la muerte de su hermana. El tipo debía de estar impaciente al ver que lo de las setas no funcionaba y la ocasión la pintaban calva.

– Y Winslow también estaba al borde del abismo -convino Spinnelli-. Julia buscará la misma sustancia en su análisis de tóxicos.

Aidan pensó en Seward, en su mirada enajenada.

– ¿Y en Seward?

Spinnelli negó con la cabeza.

– Julia dice que no ha encontrado nada en el análisis inicial. Se dará prisa, pero aun así tendremos que esperar a mañana. -Vaciló un momento y luego se volvió hacia Rick-. Rick, tengo que hablar con ellos tres a solas.

Rick se puso en pie.

– No tendrás que decírmelo dos veces. Buenas noches.

Cuando hubo salido por la puerta, Spinnelli cerró los ojos con gesto cansino.

– Asuntos Internos ha tomado parte en el tema.

Esas dos palabras hicieron que Aidan se crispara.

– ¿Por qué?

Spinnelli pestañeó varias veces.

– Porque tenemos cinco huellas distintas procedentes de las cartas que Tess recibió después de lo de Green. Tres corresponden a policías, todos amigos de Preston Tyler.

– ¿Y la empleada de Archivos? -preguntó Murphy-. ¿Ha identificado a alguno?

– No. Insiste en que no se acuerda, pero Asuntos Internos opina que oculta algo.

– Es muy joven -dijo Murphy pensativo-. Debe de darle miedo hablar.

– Si alguno de ellos está implicado en esto, es normal que tenga miedo -observó Aidan con tristeza.

– ¿Quiénes son, Marc? -quiso saber Jack.

– Tom Voight, James Mason y Blaine Connell. -Spinnelli echó hacia atrás la cabeza hasta que le crujió el cuello-. Todos tienen un expediente impecable, sin una mácula.

Aidan sacudió la cabeza, no daba crédito a lo que oía.

– No puede ser. Conozco a Blaine Connell.

– ¿No puedes creer que haya sido él? -preguntó Spinnelli con una mueca-. Pues claro que no. -Suspiró-. Claro que no.

Murphy empezó a darse golpecitos con el mechero en la palma de la mano.

– Si alguno de ellos está detrás de esto, quiere decir que han hecho mucho más que provocar suicidios. Han ejecutado a Nicole Rivera a sangre fría. Cuesta creer que lo haya hecho un policía, pero si…

– Un policía sabe muy bien cómo liar a alguien para que cometa un asesinato -opinó Jack.

Aidan dirigió una seria mirada a Spinnelli.

– Ahora que sabemos sus nombres, ¿qué vamos a hacer?

Todos se volvieron al oír que llamaban a la puerta. Rick asomó la cabeza.

– Lo siento, pero la doctora Ciccotelli está esperando fuera. Quiere verte, Aidan. No tiene muy buen aspecto.

Aidan se puso en pie y la preocupación colocó en segundo plano todos sus otros pensamientos.

– Tenía que llamarme antes de salir del hospital. ¿Dónde está?

– Aquí. -Tess entró apartando a Rick, y al ver las cámaras sobre la mesa se quedó helada. Aidan la había visto pálida, pero ahora su rostro había perdido todo el color y aparecía ceniciento-. ¿Tantas? -preguntó con un hilo de voz-. ¿Vigilando a mis pacientes? ¿Y a mí?

Aidan la asió del brazo y la llevó hasta una silla. Luego se acuclilló a su lado y le volvió la cabeza para que lo mirara a él en lugar de las cámaras.

– ¿Qué ha ocurrido, Tess?

Ella se soltó de su mano, le temblaban los labios. Miró de nuevo hacia la mesa y sus ojos se posaron en el llavero. Se volvió hacia Aidan, con un inmenso dolor en la mirada y el ánimo por los suelos.

– ¿Les has dado mis archivos? -Su voz apenas se oía, solo salían amagos de palabras.

– Yo quería abrirlos, Tess -dijo Spinnelli antes de que Aidan pudiera pronunciar palabra-, pero él no me ha dejado.

Tess asintió con alivio, aunque Aidan sabía que seguía sintiendo una gran pesadumbre. Volvió a formular la pregunta con la esperanza de que su temor fuera vano.

– ¿Qué ha ocurrido, Tess? -preguntó otra vez, con mucha delicadeza.

Ella dio un suspiro trémulo.

– Harrison ha muerto.

La pesadumbre invadió también a Aidan, que en esos momentos sintió ganas de atraer a Tess hacia sí y abrazarla fuerte. Pero no podía hacerlo. Allí no. No delante de un teniente que pensaba que tanto él como Murphy estaban demasiado implicados en el caso.

Solo le faltaría saber lo suyo con Tess. Por eso se limitó a tomar su mano.

– ¿Cuándo?

Ella agitó la cabeza, aturdida.

– Hace media hora. Lo estaban operando, pero la hemorragia interna era demasiado importante. Han llegado sus hijos y le están haciendo compañía a Flo, así que yo me he marchado. -Bajó la mirada, sombría y angustiada-. Mientras esperaba, he terminado de escuchar los mensajes del contestador -prosiguió en un tono tan apagado y vacuo que hizo que a Aidan se le acelerara el pulso-. Me han retirado la licencia, y tres pacientes más han amenazado con matarme si contaba sus secretos.

El acelerado corazón de Aidan se paralizó.

– ¿Sabes quiénes?

– No. Pensaba llamarlos a todos y decirles que no pienso contar nada de nada, pero los que me creen no habrían tenido que amenazarme así. Además, también podría ser esa mujer haciéndose pasar por mí. Y de todas formas, eso no evitaría el mal. Harrison ha muerto a pesar de haber protegido la privacidad de los pacientes, de haber guardado sus putos secretos. -Su voz se quebró-. Su muerte no ha servido de nada. -Bajó la cabeza y se quedó allí sentada, aferrada a su mano y llorando en silencio.

Aidan notó un escozor en los ojos y pestañeó para contener sus propias lágrimas al ver cómo las de ella caían en su mano.

– Lo siento, Tess. Lo siento muchísimo. -Las palabras eran obviamente insuficientes, pero ella asintió y dio otro suspiro. Se soltó de su mano y se enjugó las húmedas mejillas.

– No, quien lo siente soy yo. No tendría que haber venido aquí, estáis trabajando. -Se puso en pie e irguió la espalda-. Os dejo seguir, pero supongo que no puedo entrar en casa.

– Todavía no -respondió Jack-. Mañana, tal vez. Quiero registrar el piso una vez más.

Tess se sentía aterrada, pero asintió.

– Gracias. Si me devolvéis las llaves, me iré.

Aidan le puso la mano en el hombro y, a través del grueso jersey de cuello alto, la notó estremecerse.

– Espérame, por favor. -Se volvió hacia Rick, quien permanecía de pie junto a la puerta con cara de compasión-. ¿Puedes quedarte con ella hasta que acabemos?

Rick asintió.

– Vamos, Tess. -Le pasó el brazo por los hombros-. Te invito a un café.

Cuando cerraron la puerta, Aidan se volvió hacia Spinnelli.

– Tenemos que decirle que Rivera está muerta.

El teniente se frotó la nuca.

– Estoy de acuerdo. Ya no podremos conseguir que confiese, pero por lo menos Tess se tranquilizará al saber que no hará más llamadas imitando su voz.

– Eso es lo que el asesino quiere que pensemos -apuntó Murphy despacio-. Ha sido muy fácil encontrarla. Podría haberla matado en cualquier otro sitio para que nos llevara un poco más de tiempo identificarla.

Aidan hurgó con los dedos en su pelo, furioso.

– Sabía que íbamos a ir a buscarla. Estaba escuchando cuando le dije a Seward que teníamos pruebas de que alguien imitaba la voz de Tess. ¿Qué hará ahora que se ha quedado sin su títere?

– A lo mejor ha terminado -opinó Jack.

Aidan negó con la cabeza.

– No, no ha terminado. Aunque tal vez haya cumplido su objetivo. Quién sabe a cuántos enfermos mentales ha manipulado. Le gusta hacer las cosas sin ensuciarse las manos, y ha conseguido poner a unos cuantos locos en contra de Tess.

– Y encima es posible que lleve una placa. -Murphy dirigió una seria mirada a Spinnelli-. ¿Qué haremos con los remitentes de las cartas?

Este sacudió la cabeza.

– Todavía no lo sé. De momento quiero que tengáis los ojos y los oídos bien abiertos. Ha trascendido la noticia de que Asuntos Internos ha tomado parte en el tema y las cosas pueden ponerse feas. Jack, avísame en cuanto sepas de quién son las huellas que habéis encontrado en la consulta y detendremos al tipo por el asesinato del doctor Ernst. Aidan, acompaña a Tess a un hotel para que duerma un poco. Os quiero a todos aquí mañana a primera hora.

Capítulo 12

Martes, 14 de marzo, 23.55 horas.

Tess veía pasar las blancas líneas discontinuas de la carretera. Reagan no la estaba llevando a un hotel, a menos que este estuviera fuera de la ciudad. La estaba llevando a casa; a su casa.

La casa con la cenefa de patitos en el baño y el suelo del garaje tapizado de piezas mecánicas. Podría haberle pedido que la acompañara a un hotel, pero no se veía con ánimos. Debería darle las gracias, y lo haría, cuando el tremendo peso que notaba en el pecho dejara de oprimirle y le permitiera respirar.

Harrison ya no estaba. El que, junto con Eleanor, le había enseñado tantas cosas. Le debía mucho. Ella no tenía la culpa de lo que había ocurrido y lo sabía. Y sabía también que la mirada acusadora de los hijos de su colega era una reacción lógica ante la tristeza y el dolor que sentían. Sin embargo, esas miradas se le habían clavado en el corazón como si fueran puñales, y eso junto con otras tres amenazas de muerte en su contestador… Al ponerse en pie estaba medio mareada. Salió sola del hospital, paró un taxi y se dirigió al primer sitio que se le ocurrió. A ver a Aidan Reagan.

Menuda tontería, salir sola del hospital. Si acudir junto a Aidan también lo era aún estaba por ver. Wallace Clayborn podría haberla estado esperando en la puerta, aguardando la oportunidad de matarla igual que había matado a Harrison. Cuanto más pensaba en ello, más segura estaba de que él era el hombre a quien Harrison había visto. Tess recordó cómo Clayborn se había sentado frente a ella en la consulta con los ojos clavados en sus manos y una mezcla de orgullo y temor en la mirada. Su arma eran sus propias manos, y las había utilizado para asesinar a Harrison Ernst.

– ¿Ha encontrado Jack alguna huella? -le preguntó con voz desanimada.

Él la miró perplejo.

– Creía que estabas durmiendo.

– No, de momento no duermo. -Ni luego tampoco. En su interior bullían demasiadas cosas. Pesadumbre. Miedo. Furia. Odio-. ¿Ha encontrado huellas o no?

– Cuando nos hemos marchado aún estaba comparando las huellas con el AFIS.

Tess miró por la ventanilla. Trataba de pensar en el compromiso que tenía con sus pacientes. Con Harrison. Consigo misma. Pero a su mente solo acudía la imagen de Harrison desangrándose; y Flo y sus hijos llorando.

– Llama a Jack. -Tragó saliva-. Pregúntale si ya ha dado con el nombre, por favor.

Sin decir nada, Reagan se sacó el teléfono del bolsillo y marcó el número de Jack.

– Jack, soy Aidan… No, está bien. Quiere saber si has averiguado el nombre de la persona con el AFIS. -Hubo una pequeña pausa-. La lista se ha reducido a cincuenta. ¿Qué quieres hacer, Tess?

Ella hervía de odio; se estaba consumiendo.

– ¿Alguno empieza por ce?

Aidan se lo preguntó a Jack.

– Sí -respondió a Tess-. Tres.

La impotencia la atenazaba. Sería muy fácil pronunciar el nombre en voz alta: Wallace Clayborn. Pero si no coincidía con ninguno de los de la lista, habría revelado sin motivo la identidad de un paciente; de un hombre inocente. Aidan no se lo diría a nadie. «Pero yo sabré que se lo he dicho, y él también.» De repente, eso se le antojó más importante que aplacar su ira. Apoyó la cabeza en el frío cristal; estaba agotada.

– Lo siento. No creáis que estoy jugando con vosotros pero ¿podría decirme qué nombres son?

Reagan preguntó los nombres a Jack y los repitió en voz alta.

– Camden, Clayborn y…

– Sí. -Se sentía tan aliviada que la cabeza le daba vueltas. Levantó la mano-. Clayborn. Wallace Clayborn.

– Es Clayborn, Jack -dijo Reagan-. Díselo a Spinnelli. Tiene a un equipo a punto.

Tess oyó el ruido que hizo Aidan al cerrar de golpe el móvil y apartarlo.

– ¿Aidan? -Notó que la voz le temblaba, pero le daba igual.

Él introdujo la mano bajo su pelo, le rodeó con ella la nuca y se la masajeó como la otra vez.

– No te preocupes, Tess. Entendemos que no pudieras decirnos el nombre así como así. Spinnelli enviará de inmediato a alguien a buscarlo.

Ella se estremeció en su asiento. Su tacto le resultaba muy agradable, muy necesario.

– Quiero que os aseguréis de que el examen psiquiátrico lo haga Paul Duncan. Ese cabrón de Clayborn intentará escudarse en la locura, pero no está loco. Simplemente es un rastrero. Paul se encargará de que el jurado vea la diferencia.

– Lo dices porque quieres que pague por lo que hizo, Tess -dijo Aidan con suavidad-. Es normal.

– No, no quiero que pague por lo que hizo -repuso ella con fiereza-, quiero que muera. Pero sé que eso no pasará. No lo considerarán homicidio en primer grado. -El pulgar de Aidan dio con el nervio que estaba tenso y lo presionó suavemente-. Quiero que Wallace Clayborn se pudra en la cárcel hasta que sea viejo -dijo con un sollozo incipiente-. A lo mejor entonces algún cabrón que se encuentre por la calle hace con él lo mismo que él ha hecho hoy con Harrison.

El coche aminoró la marcha y luego se detuvo. Aidan retiró la mano y Tess tuvo que morderse la lengua para evitar suplicarle que volviera a ponerla donde estaba. El frío viento la azotó al apearse del vehículo. Levantó la vista y notó que la opresión del pecho había disminuido, aunque solo un poco. Estaban en el garaje y él rodeaba el coche para abrirle la puerta. Sin pronunciar palabra la ayudó a ponerse en pie y la acogió en sus brazos.

A salvo. Se sentía a salvo y protegida como en ningún momento durante el último año. No; ni siquiera entonces. Phillip nunca la había hecho sentir así.

«No durará mucho.» Los pensamientos realistas resultaban deprimentes en una noche en la que no era capaz de soportar más disgustos. Por eso los apartó de su mente y respiró hondo, deleitándose con el aroma de la piel de Aidan como no había podido hacer la otra vez por estar demasiado ocupada en sentir los labios de él contra los propios.

Ahora aquellos labios le besaban el pelo, las sienes, y ella lo rodeó con los brazos y lo estrechó. Oyó en su pecho el latido regular de su corazón y se quedó escuchándolo. Él la dejó hacerlo y la abrazó hasta que la tempestad hubo amainado en su interior.

Aún estaba furiosa, y dolida, pero aquellas emociones ya no la asfixiaban.

– Gracias.

Él la abrazó más fuerte.

– De nada.

Aidan le alzó la barbilla para que lo mirara.

– Te acompañaré a un hotel si es lo que quieres.

Pero no quería, aunque tampoco quería que él se hiciera ilusiones acerca de lo que pasaría entre ellos.

– Si me quedo, ¿dónde dormiré?

Él esbozó una sonrisa ladeada.

– En mi cama. Yo me quedaré en el sofá. Es un sofá cama. -Se puso serio y le acarició el labio inferior con el pulgar. Ella notó que un escalofrío le recorría la espalda, a pesar de la gravedad de la expresión de él-. Tess, ya no llamarán más a los periodistas ni a tus pacientes; por lo menos no lo harán imitando tu voz.

– ¿Por qué?

– La mujer que se hacía pasar por ti ha muerto.

Ella abrió mucho los ojos.

– ¿Estás seguro?

– Estamos completamente seguros de que ha muerto, y bastante de que era ella quien se hacía pasar por ti. Te lo digo porque no quiero que te preocupes; ni tampoco quiero que te quedes aquí porque pienses que alguien dará motivos a esos cabrones para que cumplan sus amenazas.

– Te lo agradezco. -Y de verdad le estaba agradecida. Aidan Reagan le había demostrado su honradez en muchas ocasiones.

– Pero sigo deseándote -añadió, y Tess tomó aire al notar que el placer la invadía, un placer femenino-. No quiero que te quedes aquí sin tener eso claro.

– Yo… -«No puedo respirar»-. Lo tengo claro. Gracias por tu hospitalidad.