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Ganar el Amor

Liz Fielding

Jacqui Moore estaba huyendo… ¡de su trabajo de niñera! No podía volver a encariñarse con un niño y tener que enfrentarse a perderlo después…hasta que conoció a la pequeña huérfana Maisie y se comprometió a cuidarla durante las noches. Pero las noches se convirtieron en semanas y las emociones de Jacqui amenazaron con desbordarse, porque además de Maisie, le había robado el corazón el dueño de la casa, el atractivo y asustado Harry Talbot. No había lugar donde pudiera esconderse de sus sentimientos…

Liz Fielding

Ganar el Amor

Ganar el amor

Título Original: A Nanny for Keeps (2005)

Capítulo 1

JACQUI Moore escudriñaba el tortuoso camino a través de la niebla, intentando conducir su preciado vehículo entre los amenazantes muros de piedras y lamentándose por centésima vez por haber aceptado aquel trabajo.

– Sólo es un trabajo ocasional de niñera, Jacqui -le había dicho Vickie Campbell-. Es pan comido para alguien tan experimentada como tú.

– Yo ya no soy niñera. Ni siquiera ocasional.

– Sólo serán un par de horas, como mucho -continuó Vickie, como si Jacqui no hubiera hablado-. No te lo pediría si no fuera una emergencia. Y Selina Talbot es una dienta muy especial.

– ¿Selina Talbot?

– Vaya, veo que he captado tu atención. ¿Sabes que ha adoptado a una niña refugiada?

– Sí, he visto su foto en Celebrity…

– Nosotros le suministramos su personal.

– ¿En serio? Entonces, ¿por qué no tiene a una de tus fantásticas niñeras para cuidar de su hija?

– La tiene. O al menos la tendrá. Ya tengo a alguien preparada, pero está de vacaciones.

– ¡De vacaciones! Qué casualidad. Recuerda que me pediste que me pasara de camino al aeropuerto… -re calcó la última palabra con un énfasis especial-. Dijiste que tenías algo para mí.

– Oh, por supuesto -dijo Vickie. Abrió el cajón de su escritorio y sacó un sobre con el matasellos de Hong Kong-. Lo han mandado los Gilchrist.

Con el pulso acelerado. Jacqui tomó el sobre y lo abrió. Un brazalete de plata le cayó sobre la palma, y una tarjeta cayó al suelo. Aterrada, recogió la tarjeta y leyó el mensaje.

– ¿Jacqui?

Jacqui sacudió la cabeza y parpadeó frenéticamente mientras se apresuraba a guardar la tarjeta en el bolso.

– ¿Qué es? ¿Los Gilchrist te han mandado un recuerdo?

– Algo así -respondió, incapaz de definir lo que habían hecho los Gilchrist.

Vickie agarró la pulsera de su mano.

– Oh, es preciosa. Han empezado tu colección con un pequeño corazón… Parece que tiene algo grabado -dijo, acercándola a la luz-. Tengo que graduarme la vista, pero creo que dice… «Olvida y sonríe» -frunció el ceño-. ¿Qué significa?

– Es una cita de Christina Rossetti -explicó Jacqui, anonadada-. «Es mejor olvidarse y sonreír que recordar y estremecerse».

– Oh. Entiendo… Bueno, tal vez sea un buen consejo.

– Sí -se limitó a decir Jacqui.

– Sé lo doloroso que es perderla. Jacqui. Ella nunca te olvidará. Ni todo lo que hiciste por ella.

Jacqui sabía exactamente lo que había hecho. Por eso mismo nunca volvería a correr el riesgo.

– ¿Quieres que te la ponga? -le sugirió Vickie.

Jacqui permitió que le abrochara la cadena alrededor de la muñeca, porque habría parecido muy extraño que rechazara la pulsera junto a la tarjeta.

– Bueno -dijo, carraspeando-. Si eso es todo, será mejor que me vaya.

– No tan deprisa. Tu vuelo no sale hasta dentro de unas horas -replicó Vickie con una sonrisa alentadora-. Y viendo con qué clase de compañía barata vas a volar y de qué aeropuerto perdido vas a salir, no hay duda de que necesitas el dinero. Hace meses que no trabajas.

– Hace meses que no trabajo para ti -corrigió Jacqui-. He estado trabajando como secretaria en una oficina muy agradable. Con un horario normal y un sueldo decente.

Vickie puso los ojos en blanco. Su expresión era de absoluta incredulidad. De acuerdo, tal vez «agradable» fuera decir demasiado.

– Me han pedido que me quede -siguió Jacqui-. Como empleada fija.

– No tendrás ni que molestarte -dijo Vickie, ignorando el comentario por completo.

Jacqui se desenvolvía muy bien en los empleos temporales haciendo los trabajos aburridos y rutinarios que nadie quería. A ella tampoco le gustaban, pero era su penitencia particular. Sin embargo, sus seis meses de autoflagelación no habían ayudado.

Iba a tener que intentar otra cosa y tal vez su familia tuviera razón: un par de semanas en soledad, sin ninguna presión, le dieran tiempo para decidir lo que quería hacer con el resto de su vida.

– Vas a pasar por la casa -insistió Vickie, obligándola a concentrarse en el problema inmediato. Era una mujer muy pertinaz, pero por algo había conseguido atraer a una clientela exclusiva.

– ¿La carretera cruza Littie Hinton?

– Bueno, no la cruza exactamente -admitió Vickie-. Pero es sólo un pequeño desvío. El pueblo está a menos de nueve kilómetros de la salida más cercana.

– ¿Nueve kilómetros? ¿En línea recta?

– Diez como mucho. Puedo mostrártelo en el mapa si quieres.

– Gracias, pero no.

– Está bien, está bien. Seré sincera contigo. Selina Talbot llegará en cualquier momento, y pueden pasar horas hasta que pueda encontrar a alguien que haga este trabajo.

– Si te metes en el juego de las mentiras, Vickie, deberías tener siempre un plan de emergencia.

– Por favor. Sólo es un trabajo de nada, y seguro que no querrás dejar a una niña pequeña llorando en mi oficina, ¿verdad?

Jacqui se apretó la cadena hasta clavársela dolorosamente en la muñeca.

– Podría vivir con ello -dijo-. Que tú puedas o no es otro asunto.

– Por favor, Jacqui. Tengo mucho que hacer. Reuniones, entrevistas…

– Y una oficina llena de tu propio personal.

– Todos están ocupados en labores esenciales. Sólo tienes que dejar a Maisie en casa de su abuela y luego podrás pasar tus dos semanas al sol, sin pensar en cómo los demás nos quedamos trabajando como esclavos con frío y lluvia.

– ¿Crees que puedes hacerme sentir culpable? -le preguntó Jacqui.

Las vacaciones no habían sido idea suya. Había sido su familia la que había insistido en que necesitaba un descanso. Y ella no tenía más que mirarse al espejo cada mañana para reconocerlo.

– Te pagaré el doble…

– Eso sí que es estar desesperada.

– Y cuando vuelvas podemos hablar de tu futuro.

– No tengo futuro -declaró Jacqui enérgicamente, antes de que la situación se le fuera de las manos.

Sólo había accedido a ir a ver a Vickie de camino al aeropuerto porque así podría decirle cara a cara que la borrara de sus archivos. Irrevocablemente. Se acabaron para siempre las ofertas de trabajo temporales que Vickie seguía dejándole en el contestador automático. En España estaría a salvo de esas tentaciones.

– No como niñera -añadió mientras se dirigía hacia la puerta-. Te mandaré una postal…

Vickie se levantó de un salto, pero antes de que pudiera interponerse entre Jacqui y la puerta, entró Selina Talbot. Alta, rubia y claramente merecedora de los millones de dólares que había ganado como supermodelo y siendo el rostro de una famosa marca de cosméticos. Maisie, su hija adoptada de seis años, conocida en la sociedad por las revistas del corazón, estaba a su lado.

La pequeña no llevaba la ropa sencilla con la que cualquier niñera sensata la hubiese vestido para viajar. Su atuendo era el propio de una princesita: un vestido blanco de gasa con una faja de satén malva, medias blancas opacas y zapatos de raso. El perfecto contraste con su hermosa piel negra. Una tiara reluciente sobre sus rizos completaba la imagen. Sólo faltaban las alas.

Una de sus manos estaba en leve contacto con la de su madre, y de la otra colgaba una bolsa blanca de lino en la que habían sido bordadas las palabras «Cosas de Maisie» en el mismo color malva que la faja. El logotipo del diseñador sugería que el vestido era una creación exclusiva para la hija de su modelo favorita.

Casi todas las niñas que Jacqui conocía, y había conocido a demasiadas, habrían arrugado y manchado una ropa así a los cinco minutos de tenerla puesta. Pero Maisie Talbot no. Parecía una muñeca exquisita. Una de esas piezas de coleccionista que se guardaban en vitrinas de cristal para no ser ensuciadas por dedos pegajosos.

Casi todas las niñas se habrían echado a llorar ante la perspectiva de que su madre las dejara a cargo de una desconocida. Pero Maisie permaneció callada y tranquila mientras Selina Talbot la besaba ligeramente en la cabeza y, tras dejar una bolsa blanca de viaje, salía del despacho sin ofrecer la menor muestra de angustia maternal.

Una punzada de compasión por la pequeña traspasó las defensas de Jacqui, seguida por un peligroso impulso de darle un abrazo. Pero entonces los oscuros ojos de Maisie se encontraron con los suyos y, con toda la arrogancia que su madre desplegaba en las pasarelas de París, le advirtieron que no se le ocurriera hacer tal cosa.

– Quiero irme ya. Jacqui -dijo Maisie, habiendo establecido un cordón de seguridad en tomo a su persona. Se dirigió hacia la puerta y esperó a que alguien se la abriera.

Vickie Campbell articuló «por favor» con los labios mientras Maisie pisaba el suelo con impaciencia. Jacqui estuvo a punto de marcharse, pero algo la retuvo. No fue la súplica silenciosa de Vickie, sino la imposibilidad de rechazar a una niña que, a pesar de su fría fachada. Parecía sentirse muy sola.

– Me debes una, Vickie -dijo, rindiéndose al fin.

– Ya lo verás -respondió Vickie con una sonrisa de puro alivio-. Cuando vuelvas, tendrás esperándote el trabajo de tus sueños.

– Pensándolo bien, no me debes nada -replicó Jacqui, y se volvió hacia la niña-. Muy bien, Maisie. Vámonos antes de que le pongan un cepo a mi coche.

– ¿Es éste? -preguntó Maisie, nada impresionada, cuando salieron a la calle y vio un Escarabajo VW.

– Sí, éste es mi coche -afirmó Jacqui, abriendo la puerta. El coche no era precisamente nuevo, pero le tenía mucho cariño.

– Yo siempre viajo en un Mercedes.

Jacqui empezó a entender los apuros de Vickie por no quedarse sola con Maisie Talbot.

– Esto es un Mercedes -dijo alegremente.

– No se parece a un Mercedes.

– ¿No? Bueno, hoy es uno de esos días en los que puedes ir cómodo al trabajo. Llevar vaqueros en vez de traje y cosas así.

– ¿Y eso para qué?

– ¿Qué tal por diversión? -sugirió Jacqui, pero enseguida comprendió que para Maisie la diversión consistía era engalanarse, no lo contrario-. Oh, está bien. A veces, para recaudar dinero para obras de caridad, las personas mayores pagan por el placer de llevar la ropa que quieren al trabajo. ¿No te gustaría llevar tu vestido de princesa al colegio en vez de tu uniforme y recaudar dinero para una buena causa?

– Yo no voy al colegio.

– ¿No?

– Tengo un profesor particular. ¿Por eso no llevas uniforme? ¿Por caridad?

Jacqui, que nunca había llevado uniforme de ningún tipo, fingió que no la había oído mientras limpiaba el asiento trasero.

– Vamos, Maisie, sube y te abrocharé el cinturón.

Maisie se subió como una princesa entrando en un Rolls-Royce y extendió la falda con cuidado sobre el asiento. Sólo cuando estuvo satisfecha con el resultado, permitió que Jacqui le abrochara el cinturón.

– Bueno -dijo Jacqui, intentando entablar conversación-. ¿Cuando seas mayor serás modelo, como mamá?

– ¡Bah! -espetó Maisie con una mueca de desprecio-. Ya lo he hecho, y es muy aburrido.

– Eso había oído -dijo Jacqui, sentándose al volante y arrancando el motor.

– Cuando yo sea mayor, seré médico como… -dejó la frase sin terminar.

– ¿Como quién? -la animó Jacqui, saliendo a la carretera. Pero Maisie no respondió. Sacó su reproductor de CD de su bolsa y se colocó los auriculares en los oídos, dejando claro que no tenía interés en seguir hablando.

Estupendo, se dijo Jacqui. Por fin se había acostumbrado a pasar los días sin la interminable cháchara de los niños. Estaba harta de improvisar nuevas versiones sobre los mismos cuentos.

– Ya estamos muy cerca, Maisie -dijo un rato después, al tomar la salida con el cartel de Littie Hinton.

– No, no estamos cerca -replicó Maisie sin molestarse en levantar la mirada. Al menos era un cambio agradable al habitual: «¿Hemos llegado ya? ¿Hemos llegado ya? ¿Hemos llegado ya?».

Pero no había nada habitual en Maisie Talbot. Por desgracia, la niña no se equivocaba. El pueblo quedaba a bastante más de diez kilómetros de la carretera, pero fue bastante fácil encontrarlo. Era una aldea minúscula, con una tienda, una oficina de correos, un pub, un garaje y una pequeña escuela en cuyo patio había un grupo de niñas saltando a la comba. Unas cuantas casas se apretaban en tomo a una extensión de hierba que hacía las veces de terreno comunal. En menos de cinco minutos Jacqui había comprobado que High Tops no estaba entre ellas. El pueblo estaba situado en un pequeño valle, tras el cual se elevaba una sierra casi oculta por las nubes bajas. No hacía falta ser un genio para imaginarse dónde estaría una casa llamada High Tops.

– Un pequeño desvío… -masculló Jacqui-. Olvídate de la postal, Vickie Campbell.

– Te dije que no estábamos cerca -le recordó Maisie.

– Cierto, me lo dijiste.

– Está a muchos kilómetros. Allí arriba -añadió la niña, apuntando en dirección a las colinas cubiertas de niebla.

– Gracias, Maisie. Por favor, no te muevas mientras salgo a preguntar.

– Yo conozco el camino. Te lo he dicho. Está allí arriba.

– Estupendo. Enseguida vuelvo.

La niña se encogió de hombros y volvió a colocarse los auriculares mientras Jacqui salía del coche.

– ¿High Tops? ¿Se dirige usted a High Tops? -le preguntó la dependienta de la tienda, con una expresión de incertidumbre nada reconfortante.

– ¿Podría indicarme el camino? -insistió Jacqui.

– ¿La están esperando?

Como buena chica de ciudad, Jacqui estuvo a punto de preguntarle qué demonios le importaba eso, pero se contuvo. En los pueblos todo el mundo se consideraba con derecho de conocer los asuntos ajenos. Y además, necesitaba las indicaciones.

– Sí, me están esperando.

– Oh, bueno, entonces no hay problema. ¿Podría llevarles el correo por mí?

Sin esperar respuesta, la mujer le tendió una bolsa llena de cartas.

– De acuerdo -aceptó Jacqui-. Y ahora, si puede indicarme el camino, por favor… Tengo un poco de prisa.

– La gente de ciudad siempre con tantas prisas… Pero no puede correr por esos caminos. Nunca se sabe lo que se puede encontrar ahí arriba. Una vez vi una llama… -la sacó de la tienda y apuntó hacia la derecha-. Es muy fácil. Siga recto por ahí, tome el primer desvío a la izquierda pasando la escuela y siga el camino hasta alcanzar la cima. Es la única casa que hay. No tiene pérdida.

– Muchas gracias. Me ha sido de gran ayuda.

– Tenga cuidado. Hoy hay mucha niebla y ese camino está lleno de baches -miró dubitativa el VW y vio a Maisie sentada en el asiento trasero-. ¿Ésa es…? Oh, sí. Su madre era igual a su edad. Siempre iba vestida como una princesita oliendo a rosas.

– Gracias por las indicaciones y sus consejos -dijo Jacqui-. Tendré cuidado con los baches y con las llamas.

El consejo de la mujer no era para ser desoído. Con los dientes apretados y aferrando con fuerza el volante. Jacqui se esforzaba por avanzar lentamente entre la niebla y los peligrosos baches del camino ascendente.

– Ya casi estamos -se murmuró a sí misma para darse ánimos. Maisie parecía ajena a los tumbos y sacudidas, imperturbable como una duquesa.

Mucho más tranquila que Jacqui cuando el coche pasó por un profundo bache lleno de agua, derramándola a ambos lados del camino. Genial. Un tubo de escape roto era lo último que necesitaba. El suplicio continuó durante un kilómetro, aumentando la tensión en sus hombros. Finalmente, cuando empezaba a pensar que había dejado atrás la casa o que se había desviado del camino correcto, una vieja verja le bloqueó el paso. Parecía que no había sido abierta en años. Sobre ella había dos letreros. Uno era tan viejo que apenas podía leerse «High Tops», pero el otro era bastante nuevo y su mensaje estaba muy claro: «Prohibido el paso».

Jacqui salió del coche y, evitando los charcos y el fango, levantó el pesado cierre metálico y se puso debajo para oponer una previsible resistencia. Pero casi cayó de bruces, pues el cierre se deslizó fácilmente sobre unas bisagras bien engrasadas.

Maisie no dijo nada mientras Jacqui se limpiaba el barro de los zapatos y volvía a sentarse tras el volante. Aparentemente seguía absorta con su CD, pero su sonrisa de autosatisfacción revelaba lo que estaba pensando.

Princesita, 1. Adulta estúpida, 0.

Jacqui condujo durante unos cien metros más, hasta que vio surgir de entre la niebla una impresionante mansión recubierta de hiedra, con torres en cada esquina y tejados con almenas, que le conferían un aspecto más parecido al de una fortaleza que al hogar de una abuela.

A pesar de que nunca se había acercado antes a High Tops, el lugar le resultó vagamente familiar y le provocó una extraña sensación de miedo. Sin duda sería por la combinación de niebla y lodo. Tal vez no estuviera totalmente de humor para el sol, la arena y la sangría, pero sabía muy bien qué opción habría elegido de tener oportunidad. Casi sentía lástima por Maisie. Qué tontería, se recriminó a sí misma. En cualquier momento la puerta se abriría y la niña sería acogida por su querida abuela. Sin embargo, la puerta permaneció cerrada.

– Será mejor que esperes aquí mientras voy a llamar -le dijo a Maisie, antes de que la niña se manchara innecesariamente sus preciosos zapatos de satén.

Maisie pareció a punto de decir algo, pero se limitó a suspirar. Envuelta en el aire frío y húmedo, Jacqui subió corriendo los escalones hasta las puertas tachonadas de hierro. No había timbre. Sólo una vieja campana. Al levantar el brazo, el brazalete de plata se le deslizó hacia abajo y el corazón destelló al reflejar la luz. Por un momento Jacqui se quedó helada, pero enseguida tiró del badajo con fuerza, produciendo un tintineo largo y reverberante.

De alguna parte se elevó el largo y lastimero aullido de un perro. Jacqui miró nerviosa a su alrededor, casi esperando ver al sabueso de los Baskerville. No estaba en Dartmoor y sus temores eran ridículos, pero aun así se estremeció y volvió a llamar a la campana.

A los pocos segundos oyó un ruido sordo, como el de un cerrojo, y la puerta se abrió. Entonces se dio cuenta de por qué le resultaba familiar aquella casa. La había visto en un libro de cuentos que le habían regalado de niña. Cuentos terroríficos de brujas, trolls y gigantes. Aquélla era la casa donde vivía el gigante. Y el gigante aún vivía allí.

Con su metro ochenta, sin tacones, Jacqui era una mujer bastante alta, pero el hombre que abrió la puerta la superaba con creces. Sí, ella estaba un escalón por debajo, pero no era sólo su estatura. Sus anchos hombros llenaban el hueco de la puerta, y una espesa melena negra le daba un aspecto leonino y amenazador. Unos ojos dorados, que en cualquier otro escenario habrían sido muy atractivos, y una barba de tres días realzaban su fiereza.

– ¿Sí? -preguntó, en un tono realmente desalentador.

Era un poco tarde para lamentarse por no haber seguido su plan original, pensó Jacqui. El plan que la llevaría a las cálidas playas de España. Se esforzó por no pensar en el gigante de sus cuentos que se comía a los niños y, esbozando lo que esperaba que pareciera una sonrisa radiante y profesional, le ofreció la mano en gesto amistoso.

– Hola. Soy Jacqui Moore -se presentó, pero el gigante no dijo nada. Era obvio que necesitaba más información antes de estrecharle la mano-. De la agencia Campbell.

– ¿Vende algo? Si es así, me temo que se ha molestado en subir hasta aquí para nada.

– Ha sido más que una molestia -respondió ella, dejando caer la mano. Los ruidos que había hecho el coche en los últimos doscientos metros sugerían que no había evitado del todo el último bache-. ¿No debería hacer algo con ese camino?

– Eso es asunto mío, no suyo. Tenga más cuidado al bajar -dijo él, y empezó a cerrar la puerta.

Por un segundo Jacqui se quedó demasiado aturdida como para hacer o decir nada. Pero entonces hizo lo que cualquier niñera con recursos haría en la misma situación. Metió el pie por la rendija e impidió que la puerta se cerrara del todo. Por suerte llevaba botas, porque con un calzado menos sólido se habría destrozado el pie.

El gigante bajó la mirada y luego la miró a los ojos.

– ¿Algo más? ¿No ha venido sólo para quejarse del estado del camino?

– No. No soy una masoquista ni tampoco vendo nada. Soy una niñera.

– ¿En serio? -preguntó él, y abrió un poco la puerta, liberándole el pie.

Ella no se movió, ni siquiera cuando aquellos ojos de depredador la examinaron descaradamente de arriba abajo. Finalmente el hombre negó con la cabeza.

– No, no me convence. Mary Poppins no habría salido sin su paraguas.

Jacqui se hartó. Estaba allí para hacerle un favor a Vickie y para ayudar a una niña. Sus planes eran otros, y ya había tenido bastante con aquel gigante.

– ¿Podría decirle a la señora Talbot que estoy aquí?-le pidió con toda la tranquilidad que pudo-. Me está esperando.

– Lo dudo -respondió él con un atisbo de sonrisa.

Fue casi imperceptible, pero bastó para que Jacqui se fijara en sus sensuales labios. Se quedó momentáneamente fascinada, pero se obligó a concentrarse en su tarea.

– Sí, yo… um… he traído a Maisie -balbuceó mientras se daba la vuelta. No tanto para señalar a la niña como para tomar aire.

El gigante de sus cuentos jamás había tenido tanto efecto sobre ella. Maisie se hundió en el asiento hasta que sólo pudo verse su brillante tiara.

– Ya veo -dijo él gigante-. ¿Y por qué?

– Para quedarse. ¿Por qué si no?

– ¿Con la señora Talbot?

– Con la señora Kate Talbot. Su abuela -explicó Jacqui armándose de paciencia. Tal vez fuera por su imponente estatura, pero parecía que las palabras tardaban demasiado tiempo en llegar al cerebro de aquel hombre-. La agencia Campbell me contrató para traer a la hija de Selina Talbot a High Tops. Voy muy apurada de tiempo, así que le estaría enormemente agradecida si pudiera dejarla aquí y seguir mi camino.

– Imposible. Me temo que ha perdido el tiempo. Jacqui Moore -dijo él-. Mi tía…

– ¿Su tía?

– Mi tía, la señora Talbot, la abuela de Maisie -respondió con una mueca burlona-, está visitando a su hermana en Nueva Zelanda.

– ¿Qué? No… -se interrumpió y respiró hondo-.Está claro que aquí hay un malentendido -dijo intentando convencerse a sí misma. Vickie podía ser taimada, pero no era ninguna estúpida y se tomaba su negocio muy en serio-. La señora Talbot trajo a su hija a la oficina esta mañana. Yo estaba allí cuando llegó.

– Suerte para usted.

– Simplemente estaba sugiriendo que no lo habría hecho si su madre estuviese fuera. Tiene que haber hablado con ella y haber buscado la solución más conveniente…

– Eso es lo que seguramente habría hecho cualquier persona -dijo él. Su boca volvió a curvarse en lo que parecía una sonrisa, pero no había el menor atisbo de regocijo en sus ojos-. Pero incluso de niña, Sally… Selina estaba convencida de que sus deseos eran órdenes. Nunca aprendió a pedir las cosas con educación. Aunque supongo que cuando se tiene un aspecto como el suyo no hace falta pedir nada.

– Pero…

– No obstante, en esta ocasión va a tener que olvidarse de su vida social y jugar a ser madre por una vez en su vida.

– Pero…

La puerta se le cerró en las narices a Jacqui. Harry Talbot cerró la puerta y se apoyó de espaldas contra ella. El sudor le empapaba la nuca, y no tenía nada que ver con una caldera. Maldita Sally. Maldita Jacqui Moore. Malditos fueran todos…

Se irguió, respiró hondo y se giró hacia la puerta, justo antes de que volviera a sonar la campana. Pero, cualquiera que fuese el juego al que su familia estaba jugando, él no iba a participar. Cuidar de los animales de Sally era un precio muy bajo por su soledad. Los animales no hablaban, no hacían preguntas, no lo miraban como si hubiera perdido el juicio.

Maisie era otra cosa. Aquella mujer era otra cosa.

De repente la campana dejó de sonar, pero Harry no cayó en la trampa de creer que se habían marchado. La señorita Jacqui Moore, quien con sus vaqueros ceñidos y top amoldado a sus curvas no se parecía en nada a las niñeras que habían bendecido la infancia de Harry, no había arrancado el coche, y una vez que llamara a la oficina y pidiera instrucciones, volvería a exigir refugio para la niña y un poco de cortesía para ella misma. Mientras tanto, él no iba a quedarse de brazos cruzados. Tenía una caldera que arreglar. Jacqui oyó abrirse la puerta del coche. Se volvió y vio a Maisie evitando un charco mientras se bajaba del asiento.

– Maisie, quédate en el coche… -le gritó. Necesitaba pensar. No, necesitaba llamar a Vickie. Alguien tenía que presentarse allí para hacerse cargo de la situación.

– Tengo que ir al baño -dijo la niña-. Ahora.

¿Sería una emergencia de verdad o sólo una advertencia temprana? En la mayoría de los niños era difícil saberlo, pero Jacqui sospechaba que Maisie no se arriesgaría a estropear su aspecto inmaculado esperando hasta el último momento para ir al baño. Contempló con recelo la campana. Si hubiera tenido la oportunidad de elegir entre llamar otra vez y ordenarle a Maisie que cruzara las piernas, habría elegido lo segundo. Por desgracia, no se trataba de ella. Tendría que ser valiente. Y pronto.

– Espera un momento. Maisie -le ordenó, consciente de que cualquier signo de debilidad sería aprovechado por la niña. Se apartó un mechón empapado de la mejilla y sacó su móvil del bolso. Estremeciéndose de frío, marcó el número de la oficina. Antes de enfrentarse otra vez al gigante, tenía que hablar con Vickie y averiguar qué demonios estaba pasando.

– Y quiero beber algo -añadió Maisie, sin hacer caso de la orden.

– Por favor -corrigió Jacqui automaticamente.

Maisie suspiró.

– Por favor.

– Hay zumo en mi bolsa. Está en el asiento delantero…

– Una bebida caliente.

Princesita, 2. Adulta estúpida, 0.

Pero la niña tenía razón. La propia Jacqui empezaba a sentir la necesidad de tomar algo caliente y descansar un poco.

– Oye, dame un minuto, ¿quieres? Tengo que hacer una llamada y luego pensaremos en lo que podemos hacer.

Maisie se encogió de hombros y Jacqui devolvió la atención al teléfono.

– Vamos, vamos… -murmuró, impaciente-. Tienes que esperar en el coche, Maisie. Hace frío y tu vestido se estropeará con este tiempo -dijo apelando a las prioridades de la niña.

Al no recibir respuesta, giró la cabeza a tiempo para ver un vestido blanco desapareciendo por un lateral de la casa.

Capítulo 2

OH, DEMONIOS! Jacqui no tuvo más remedio que olvidarse de la llamada y seguir a Maisie. Al rodear la casa vio un inmenso patio pavimentado con un establo. Atrapó a Maisie justo cuando la niña iba a entrar por la puerta trasera, que, a pesar del tiempo, estaba abierta.

– ¿Qué estás haciendo?

– Nadie entra por la puerta principal -respondió Maisie.

– ¿No?

– Pues claro que no. Te lo habría dicho si me hubieras preguntado.

Completamente ajena al barro que le manchaba los zapatos, entró en la casa como si fuera la dueña. Sin poder hacer otra cosa, Jacqui la siguió por una habitación llena de botas, paraguas y chubasqueros, y entraron en una inmensa cocina caldeada por una vieja estufa de combustible sólido. Junto a la estufa había una gran cesta para perros, ocupada por una gallina y dos o tres gatos atigrados. Estaban tan unidos que era casi imposible distinguirlos. Un perro grande y peludo, de aspecto deprimido, yacía al lado, secándose las garras llenas de barro. De no ser por la gallina, Jacqui se habría sentido tentada de unirse a ellos.

– A veces es mejor no esperar a que te lo pregunten-dijo volviéndose hacia Maisie-. Por si acaso la persona que debería preguntártelo no se acuerda de hacerlo…

Se calló. Aquélla no era la clase de conversación que una niñera mantenía con una niña de seis años. Pero ella ya no era una niñera. Y Maisie que no era precisamente la típica niña de seis años se encogió de hombros.

– No me escuchaste cuando te dije que conocía el camino -dijo-. No creí que me escucharas si te decía lo de la puerta.

Jacqui rezó en silencio pidiendo paciencia a la deidad responsable del bienestar de las niñeras no practicantes, fuera cual fuera.

– Vamos -dijo Maisie, y sin esperar respuesta, abrió otra puerta.

Jacqui siguió a la niña por un pasillo con corrientes de aire que conducía a una escalera ascendente. El tipo de escalera usada por el servicio.

– Por aquí.

– ¿Qué? -espetó Jacqui, estremeciéndose por el frío que acentuaba la humedad de su ropa. Enseguida recordó que Maisie sólo tenía seis años y que ella era la adulta responsable-. Lo siento. No era mi intención hablarte de mala manera.

– Está bien.

No, no estaba bien, pensó Jacqui cerrando los ojos. Sólo era el último de la larga serie de errores que había cometido aquel día el mayor de los cuales había sido responder a la llamada de Vickie. Lo había hecho creyendo que podría convencerla de que ya no se dedicaba a hacer de niñera. Había roto todas las reglas y había sido castigada por ello, pero no tan duramente como se estaba castigando a sí misma. Y luego Vickie le había dicho que tenía un paquete para ella y Jacqui había descubierto que no era tan objetiva ni tan fuerte como pensaba. Respiró hondo, abrió los ojos y descubrió que había cometido otro error. Maisie había desaparecido.

– ¡Oh, genial!

Seis meses trabajando en una oficina habían atontado su instinto. Los ordenadores no hacían travesuras, ni desaparecían en cuanto se apartaba la vista de ellos. Había perdido su preciado autocontrol. Miró alrededor. Había media docena de puertas para elegir. Abrió la más cercana y se encontró con una enorme despensa repleta de estanterías y conservas suficientes para alimentar a una familia numerosa durante meses. Pero ni rastro de Maisie.

Mientras se movía hacia la puerta siguiente, su móvil empezó a sonar. Miró la pantalla y se dio cuenta de que, en su loca carrera tras la princesita, no se había detenido para cortar la llamada a la oficina.

– Vickie, tienes un verdadero problema… -empezó a decir, sin ningún preámbulo, tras llevarse el móvil a la oreja.

– ¿Jacqui? ¿Eres tú?

– Sí, Vickie, soy yo -confirmó, abriendo la segunda puerta. Otra despensa-. Jacqui, a quien has enviado a hacer el tonto.

La tercera puerta, ligeramente entreabierta, reveló una pequeña sala de estar. Dos viejos perros labradores ocupaban el sofá, y a juzgar por la cantidad de pelo desperdigado por los cojines, lo consideraban de su exclusiva propiedad.

– Calma, chicos -dijo Jacqui cuando los perros menearon el rabo-. Jacqui -volvió a repetirle a Vickie, quien había caído en la cuenta de que estaba irritada y no había querido interrumpirla-. La que va a mandarte una factura por un tubo de escape nuevo.

– ¡Un tubo de escape! -exclamó Vickie sin poder contenerse.

– Jacqui que está perdida en medio de ninguna parte con una niña precoz de seis años que no sólo viste como una princesa, sino que cree serlo.

En aquel momento se dio cuenta de lo que estaba pasando. Vickie le había dicho que la nueva niñera que había elegido para Selina Talbot estaba de vacaciones. Era obvio que ella, Jacqui, era esa niñera. ¡Qué tonta había sido! Se había percatado de la coincidencia y aun así había picado. «Llévala a casa de su abuela…». Eso era todo lo que le había pedido que hiciera. No «llévala con su abuela».

Nunca había habido una abuela en aquella casa. Y cuando, horror, resultó que no había ninguna viejecita encantadora esperándolas, sino un hombre refunfuñón que ni siquiera les había permitido pasar, Vickie confiaba en que su instinto de niñera la ayudara a hacerse cargo de la situación. Sabía que Jacqui renunciaría a sus vacaciones para cuidar de la niña hasta que regresara su madre. Después de todo, ¿qué otra cosa podía hacer?

– ¿Jacqui? ¿Sigues ahí?

– Oh sí. Sigo aquí, pero no por mucho tiempo. He tardado un poco pero al fin he descubierto tu jugada, Vickie Campbell. Y te aseguro que no va a funcionar.

– ¿De qué estás hablando?

¡Qué inocente parecía! Como si realmente no tuviera ni idea…

– De tu malévolo plan para volver a incluirme en tu base de datos y hacerte ganar dinero, cariño, de eso estoy hablando. No voy a hacerlo más, Vickie. Ya te lo dije. No puedo…

– Jacqui, pareces turbada. ¿Has tenido un accidente? ¿Maisie está bien?

– ¿Maisie? ¿Estás preocupada por Maisie?

Y mientras tanto, ¿dónde estaba la princesa fugitiva? Abrió otra puerta. Un despacho pequeño y desordenado. Jacqui no estaba segura de qué sensación predominaba: gratitud por no haberse encontrado aún al ogro, irritación por la desaparición de Maisie o simplemente disgusto consigo misma por ser tan ingenua.

– Me preocupo por las dos -dijo Vickie.

– Yo también, pero sobre todo me preocupa perder mi vuelo -respondió ella-. Era una oferta de último minuto. No me devolverán el dinero. Te advierto que tendrás que compensarme con creces si la pierdo… -suavizó un poco el tono-. Espero que Selina Talbot entienda por qué un simple trabajo de dos horas le cueste tan caro -abandonó la búsqueda y recurrió a toda la fuerza de sus pulmones-. ¡Maisie! ¿Dónde estás?

– ¿Jacqui? ¿La has perdido? -preguntó Vickie. Empezaba a mostrarse preocupada, lo cual agradó bastante a Jacqui.

– Sólo temporalmente. Te la encontrarás sana y salva cuando vengas a recogerla.

– ¿Yo? No puedo ir a recogerla. Tengo una cita con el director del banco y… ¿Dónde estás, exactamente?

– ¿Exactamente? En un pasillo de High Tops. Maisie también está por aquí, pero dónde exactamente no lo sé. La única persona que no está en High Tops es su abuela.

– No lo entiendo. ¿Dónde está?

– En Nueva Zelanda.

– ¿Se puede saber qué está haciendo en Nueva Zelanda?

– Supongo que estará… de vacaciones -respondió Jacqui con soma.

– Está bien. Está bien. Lo siento…

– No lo sientas y ven enseguida. Tardarás una hora y media en llegar. Si sales ahora mismo hay posibilidad de que pueda tomar mi vuelo. Si lo consigo, tal vez te perdone.

– Jacqui sé razonable. No puedo irme en este momento…

– Me temo que tendrás que hacerlo. El tiempo corre. Ya has perdido otro minuto…

– ¡Dame diez minutos! Intentaré localizar a Selina y averiguar qué está pasando.

– Buen intento, pero no podrás volver a engañarme. Voy a dejártelo muy claro: no hay nada que puedas decirme ni ofrecerme para que acepte ser la niñera de Maisie Talbot.

– Pero…

– Por cierto, lo del ogro ha sido un detalle muy agradable. ¿De dónde lo has sacado? No, no me lo digas. Del casting para la representación local de Jack y las judías mágicas. Con esa cara no le haría falta maquillaje.

– De acuerdo, dale el teléfono a una enfermera para que pueda decirme en qué hospital estás ingresada y…

– ¡Jacqui! ¿Dónde estás? Se me han enredado las medias…

El grito de Maisie procedente de la planta alta devolvió a Jacqui a la realidad.

High Tops en Little Hinton. Vickie. No es el pequeño desvío que me hiciste creer, pero te darán las indicaciones en la tienda del pueblo… después de someterte al tercer grado. Conduce con cuidado al subir -le advirtió-. Los baches son profundos, y una vez que dejes atrás la civilización, los nativos no son exactamente… -se dio la vuelta y vio que ya no estaba sola. El ogro, sin duda alertado de su presencia por el grito de Maisie le bloqueaba el paso-… hospitalarios. Jacqui se enorgullecía de ser una mujer moderna y sensata que nunca sucumbía a los nervios, cualquiera que fuese la provocación, pero ante aquella inesperada aparición el corazón estuvo a punto de salírsele del pecho. Lo que sí le salió fue un chillido, no muy fuerte pero sí expresivo. La clase de chillido que emitiría un ratón al verse, no frente a un gato doméstico bien alimentado sino ante un tigre salvaje y hambriento.

– Aún sigue aquí -dijo él. Era una afirmación, no una pregunta. No estaba nada contento de verla, pero al menos tampoco parecía sorprendido.

– Maisie tenía que ir al baño -explicó ella-. Jamás se me habría ocurrido entrar, pero me temo que la niña decidió por sí misma… y entró por la puerta trasera. «Dejándome sin más opción que seguirla», pensó. «Conozco su modo de operar. Lo aprendió de una experta».

– Ésta es la casa de su abuela -continuó. Odiaba disculparse cuando era él quien debía hacerlo por sus bastos modales. Maisie tenía tanto derecho como él a estar allí. Y, en cualquier caso. ¿qué estaba haciendo él allí?

– Por desgracia -replicó el hombre-, su abuela no se encuentra aquí para hacerse cargo de ella.

– Es obvio que ha habido un malentendido.

– Eso es algo que tendrá que hablar usted con Sally. Yo ya tengo bastante con cuidar a sus animales perdidos mientras su madre está fuera.

– Sí bueno, eso es lo que intento hacer -dijo Jacqui mostrándole el móvil para hacerle ver que sus intenciones eran buenas.

¿De dónde habría surgido tan repentinamente? Sin duda había oído el grito de Maisie, pero ¿cómo había aparecido tras ella?

– En ese caso dejaré que lo haga -dijo él-. Tengo que ocuparme de un problema en el sótano -se dio la vuelta y abrió una puerta escondida en los paneles de la pared.

Una escalera de piedra bajaba a los cimientos de la casa. Con su imaginación y su corazón desatados, Jacqui no preguntó qué clase de problema tenía en el sótano. No quería saberlo. Sólo quería que el gigante se fuera.

– ¡Jacqui! ¿Dónde estás?

El gigante miró hacia las escaleras.

– Será mejor que no haga esperar a su alteza -le aconsejó.

– No -admitió ella retrocediendo hacia las escaleras-. Tiene razón -añadió, consciente de que parecía estar calmando a una bestia peligrosa. Era absurdo. La irritación en la mirada de aquel hombre era evidente, pero no había nada amenazador en su comportamiento. Se trataba sólo del hecho de que fuera inquietantemente… grande. Y de que estuviera allí. Aunque, puestos a pensar en ello, debería estar agradecida. Si la casa hubiese estado cerrada y desierta, no habría tenido más remedio que volver a Londres y despedirse de sus dos semanas al sol. Sabía que un clima más cálido no aliviaría el dolor de su corazón, pero necesitaba alejarse de su familia y sus amigos, que la trataban como si alguien hubiese muerto.

– Yo… eh… iré a ayudar a Maisie -dijo, retrocediendo otro paso. Entonces tropezó con el primer escalón, perdió el equilibrio y dejó caer el teléfono para agarrarle a la barandilla buscando apoyo.

La mano se cerró en el aire, pero, justo cuando aceptó que nada impediría su caída, el gigante la sujetó y la sostuvo con lo que parecían ser unas manos muy seguras. Muy seguras… y muy grandes.

Era absurdo imaginarse que esas manos estaban abarcándole la cintura. Su cintura no era muy estrecha, sino más bien una cintura práctica equipada con un par de buenas caderas, útiles para apoyar contra ellas a niños pequeños. Pero por un momento sintió que las manos la rodeaban, y comprendió finalmente por qué las mujeres sensatas del pasado se habían permitido agonizar con los pequeños corsés en busca de un aspecto frágil.

Al encontrarse con la mirada de unos ojos dorados y felinos, se sintió muy, muy frágil. Sabía que era una tontería, naturalmente, y que debería hacer un esfuerzo por ponerse de pie antes de provocarle daños en la espalda a aquel pobre hombre.

No tuvo que hacer absolutamente nada, pues él era más que capaz de hacerlo por ella y enseguida la tuvo de pie, con el rostro presionado contra la suave lana de su camisa, inmersa en los penetrantes olores de la ropa limpia, de sudor masculino, de aceite hirviendo…

Muchos hombres se habrían aprovechado de la situación, tirando de ella para conseguir un mayor roce. Pero el gigante, sin embargo, no perdió tiempo en poner espacio entre ambos. Sus fuertes manos permanecieron en la cintura de Jacqui, pero sólo como medida de precaución mientras ella recuperaba el equilibrio y el aliento… algo que le llevó más tiempo del deseado. Lo achacó al hecho de que no era una experiencia habitual tener que levantar la vista para mirar a nadie, y que ese alguien mereciera una inspección más detallada.

No eran sólo sus extraordinarios ojos ni la anchura de sus hombros. Ni tampoco su estatura. Ahora que Jacqui estaba al mismo nivel que él, podía ver que su altura no parecía tan abrumadora. Ciertamente, incluso con tacones habría tenido que levantar la mirada, pero no tanto, y por primera vez desde que superó en altura a todas las chicas y profesores de la escuela, se sintió a gusto con su estatura.

– ¿Se encuentra bien? -le preguntó él.

– Muy bien -consiguió responder ella, aunque sin mucha convicción.

– ¿Seguro? -insistió, sin soltarla.

– Seguro.

– Debería controlar sus nervios. Jacqui Moore -dijo él, soltándola.

– Ha sido un día muy difícil -replicó ella, temblando de frío por la humedad que empapaba su ropa y su pelo.

– Cualquier día que incluya a mi prima es un día difícil -dijo él-. Está tiritando.

– Un poco. Es por la humedad. La niebla es muy penetrante. No puede ser saludable vivir en una nube.

– Hay sitios peores, créame, y la niebla de las montañas tiene sus ventajas. Las visitas indeseadas, por ejemplo, rara vez se quedan más tiempo del necesario.

– Lo creo y usted también puede creerme cuando digo que no tengo el menor deseo de abusar de su hospitalidad un segundo más de lo necesario -dijo ella duramente-. Tengo un avión que tomar.

– Entonces será mejor que deje de tropezar por la casa y haga lo que deba hacer para salir de aquí cuanto antes, ¿no?

Encantador. Realmente encantador. Aunque tampoco el gigante de los cuentos había sido muy pródigo en sonrisas.

– Debo ocuparme de Maisie antes de empezar a llamar por teléfono -dijo, volviendo a la realidad y disponiéndose a recoger su móvil del suelo.

El se le adelantó y agarró el teléfono antes que ella. Se lo tendió y Jacqui volvió a fijarse en sus manos. Y a punto estuvo de volver a dejar caer el móvil cuando sus largos dedos rozaron los suyos.

– Será mejor que se seque usted también. Encontrará toallas en el cuarto de baño.

Ella intentó hablar; quería demostrarle que, al contrario que él, sabía cómo comportarse. Pero tuvo que carraspear unas cuantas veces antes de poder articular palabra.

– Gracias, señor… señor…

– Talbot.

Jacqui esperó a que le diera su nombre completo, pero él no lo hizo. Bueno, no importaba. No le interesaba lo más mínimo su nombre de pila. Si él quería respetar los formalismos, por ella no había ningún problema. La había salvado de una caída únicamente para que ella no tuviese ninguna excusa para retrasar su marcha. Pero ahora que Jacqui estaba en la casa no pensaba irse a ninguna parte hasta haber resuelto el futuro inmediato de Maisie.

– Bueno, señor Talbot, le pido disculpas por abusar de su hospitalidad de esta manera, pero como me va a llevar bastante tiempo solucionar todo esto, y como molestarlo parece inevitable, ¿sería posible que me ofreciera una taza de té? -le preguntó, sin recibir respuesta-. Mientras iré a ocuparme de Maisie. O quizá prefiera ocuparse usted personalmente de ella y así yo podré irme a tomar mi avión.

– No puede dejarla aquí conmigo.

– No, estaba claro que no podía hacerlo. Pero ¿sería su negativa una reacción de pánico por su fobia a los niños? ¿O acaso sabía de lo que estaba hablando?

Jacqui tenía que admitir que no parecía muy asustado. Al contrario, hablaba como un hombre decidido y sin miedo. Conociera o no las leyes sobre la protección de los niños, no era un asunto de importancia para él. Simplemente estaba declarando las cosas como eran.

– Es usted el único familiar disponible -señaló ella, aunque eso no suponía ninguna diferencia. No podía dejarle a Maisie sin la autorización expresa de Selina Talbot. A diferencia de una madre irresponsable, la agencia no podía dejar a la niña con cualquiera y desaparecer.

Por suerte, él no pareció darse cuenta de la situación, y guardó silencio durante unos segundos mientras sopesaba las alternativas. Finalmente, se encogió casi imperceptiblemente de hombros.

– ¿Indio o chino?

– Indio, por favor -dijo ella sin perder la sonrisa-. Es un momento para tomar algo tonificante, más que refinado, ¿no cree?

No se quedó para esperar una respuesta. Se dio la vuelta para poder ver dónde pisaba y subió las escaleras en busca de su carga. Maisie, con las manos en las caderas y las medias enrolladas por los tobillos, la miraba con el ceño fruncido desde la puerta del baño.

– ¿Dónde estabas? ¡Llevo horas esperándote! ¡Te dije que tenía que ir al baño!

– Lo sé -admitió Jacqui con más suavidad-. Pero no vuelvas a desaparecer, ¿de acuerdo?

– Está bien -murmuró Maisie.

– Lo digo en serio.

– ¡Está bien! Ya te he oído.

– Así me gusta.

Le colocó las medias a Maisie y, mientras la niña se lavaba las manos, aprovechó para usar las toallas que le había ofrecido Talbot. Con suerte, su ropa se secaría en la cocina y no pillaría una neumonía pero viendo cómo estaba siendo su suerte, no contaba con ello.

– Muy bien, Maisie, vamos a ver si podemos solucionar este lío.

– ¿Qué lío?

– Bueno, tu abuela no se encuentra aquí…

– Ya lo sé.

– ¿Lo sabes?

– Lo he oído -dijo Maisie-. No importa. Puedo quedarme hasta que venga mi madre. Tengo una habitación en una de las torres, ¿sabes? Se decoró especialmente para mí. Las paredes son malvas y las cortinas de encaje, y tiene vistas al campo donde viven el poni y los burros. El poni es mío.

– ¿En serio? A tu edad yo también tenía un pequeño poni.

– ¿Sí?

– Aja. Se llamaba Applejack. Era de color naranja con manzanas pintadas en el trasero.

Maisie la miró con lástima.

– Mi poni es de verdad. Se llama Fudge. ¿Te gustaría conocerlo?

– No creo que haya tiempo para eso, Maisie. El caso es que necesitas algo más que una habitación…

– Tengo más…

– Más que una habitación y un poni. Necesitas a alguien que cuide de ti.

– Están Harry… y Susan.

– ¿Susan? -repitió Jacqui. ¿El gigante se llamaba Harry y tenía una esposa? Bueno… estupendo. Si Harry Talbot estaba casado, o si aquella mujer era su novia, las cosas podrían solucionarse. Suponiendo que Vickie pudiera contactar con Selina Talbot antes de que ésta saliera del país-. ¿Quién es Susan?

– Viene todas las mañanas a limpiar.

– Oh. ¡Genial! -exclamó, borrando la sonrisa de su rostro. No había nada por lo que sonreír-. Mira, Maisie, ha habido una pequeña confusión. Pero no tienes que preocuparte por nada. La señora Campbell va a llamar a tu madre desde la agencia, y seguro que encuentra una solución.

Maisie suspiro.

– No podrá hacerlo. Mi madre estará ahora en el avión, y hay que apagar el móvil cuando se viaja en avión.

– ¿Sabes adonde va tu madre?

– Pues claro. Va a hacerse una sesión de fotos a la Gran Muralla china. Está al otro lado del mundo, ¿sabes?

– Sí, eso he oído.

– Mi madre me dijo que se tarda una eternidad en llegar.

No exactamente una eternidad, pensó Jacqui, pero estaba claro que Selina Talbot no respondería a llamadas personales hasta el día siguiente. Maisie la miró con los ojos muy abiertos y expresión solemne.

– Está bien. Puedes quedarte y cuidar de mí.

– ¡No!

– ¿Por qué no esperamos a ver lo que dice la señora Campbell? -sugirió Jacqui, apartando la ridícula idea de que la niña formara parte de aquella conspiración. Estaba rozando la paranoia. Además, no habían pasado más de dos horas desde que su madre la había dejado en la agencia. Mientras que la mayoría de los mortales necesitarían todo ese tiempo para llegar al aeropuerto y facturar, estaba segura de que para las personas como Selina Talbot el tiempo era infinitamente más flexible. Era posible que el avión aún no hubiese despegado.

– ¿No quieres cuidar de mí? -le preguntó Maisie.

– No se trata de lo que yo quiera -respondió ella. Quizá en otro tiempo, en otra vida…

Maisie la miró fijamente.

– ¿Es porque no soy hija de mi madre? ¿Porque soy de un color distinto al de ella?

Capítulo 3

JACQUI se sintió como si acabara de recibir un mazazo. El hecho de que Maisie fuese negra no tenía la menor importancia para ella, pero era posible que su adopción por Selina Talbot la hubiese expuesto a toda clase de comentarios desagradables de la gente celosa y desconsiderada.

Y Jacqui había estado tan inmersa en sus propios problemas, que se había dejado engañar por la aparente seguridad de la niña, creyendo que nada de lo que sucedía su alrededor la afectaba.

Lo último que necesitaba en esos momentos era ser responsable de la hija de otra persona. Pero eso no importaba. Con su madre volando hacia el otro extremo del mundo y su abuela de vacaciones, la única persona que quedaba para cuidarla era el gigante. Y eso no iba a ocurrir nunca. Maisie necesitaba seguridad, e iba a tenerla, sin importar cómo afectara eso a sus propios planes.

– No, Maisie. No tiene nada que ver con que seas adoptada -le aseguró con firmeza-. Simplemente es…

Maisie levantó la cabeza y la miró a los ojos.

– Creo que es por eso por lo que Harry no me quiere.

A Jacqui se le encogió el corazón al oírla.

– Oh, estoy segura de que eso no es cierto -respondió automáticamente, pero recordaba la fría expresión del gigante al ver a Maisie esperando en el coche, y cómo la niña se había ocultado en el asiento, como si quisiera esconderse de Harry Talbot.

Harry.

El nombre no encajaba con él. Era un nombre para un hombre que abrazaba a alguien en apuros, que supiera cómo ofrecer ánimo y consuelo. No para un hombre que rechazaba a una niña pequeña sólo porque fuese adoptada. En realidad, no se le ocurría ningún nombre lo bastante horrible para una persona tan malvada. Jacqui quería abrazar a Maisie, demostrarle que al menos había una persona en el mundo que se preocupaba por ella. En otras palabras, la suya era una reacción emocional que le salía directamente del corazón. No podía dejarse llevar por las emociones, así que reprimió el deseo de abrazar a Maisie y se sentó en un escalón para estar al mismo nivel que la niña. La tomó de las manos y se dirigió a ella con el tono más serio que pudo adoptar.

– Escúchame, Maisie Talbot. Para mí no supone ninguna diferencia el color de tu piel. Me daría igual que fueras rosa o azul, con el pelo verde y manchas moradas, ¿entendido?

Maisie la miró en silencio durante un largo rato, hasta que finalmente se encogió de hombros, como si aquello no le importara nada.

– Sí.

No era una muestra excesiva de confianza, pero ¿qué podía esperarse? Jacqui sabía muy bien que con los niños no había resultados inmediatos. Tendría que demostrarle que su preocupación era sincera. Y como sospechaba que no conseguiría nada quitándole importancia a la situación, empezaría contándole la verdad.

– Eres una niña muy inteligente, así que no voy a mentirte. Tenemos un problema. El plan era muy sencillo. Tenía que traerte aquí y dejarte con tu abuela. Y tú sabes que no debería quedarme aquí ni un minuto más, ¿verdad?

Maisie volvió a encogerse de hombros, mirándose los zapatos.

– Sí, supongo.

– No es porque no me gustes, no es porque seas negra. Es porque tengo que tomar un avión dentro de…-miró su reloj y vio que el tiempo pasaba demasiado deprisa-. Dentro de muy poco.

– Como mi madre -dijo la niña en un tono desprovisto de toda emoción, sugiriendo que también ella iba a abandonarla. No era justo, pero Jacqui supuso que, si estuviera en el lugar de Maisie, tampoco le importaría mucho lo que fuera justo.

– No, como tu madre no -replicó. Selina Talbot estaría volando en primera clase, y llegaría a Beijing más fresca y descansada de lo que ella llegaría a España tras pasar tres horas en un vuelo chárter-. Tu madre está trabajando, y eso es muy importante para ella. Yo sólo me iba a España… -ya estaba hablando en pasado-. De vacaciones.

– Oh -pareció momentáneamente alicaída, pero enseguida se animó-. ¿Tienes que irte a España? Es estupendo pasar las vacaciones aquí… normalmente -añadió como si acabara de recordar que Harry estaba en la casa.

– Estoy segura. Cuando tu abuela se encuentra aquí. Y puedes montar tu poni.

– Hay muchos animales más. No tenemos ninguno en casa, porque Londres no es un buen lugar para ellos, pero mi madre siempre los está recogiendo de la calle y los envía aquí, porque mi abuela tiene mucho sitio. Hay perros, gatos, gallinas, patos y conejos -se le iluminó repentinamente el rostro y levantó las manos-. También hay burros, para pasear a los niños por una playa. Pero si tienes que irte -su expresión se ensombreció y dejó caer las manos-, lo entenderé.

Maldición.

– Gracias, Maisie, pero no me voy a ninguna parte hasta que haya alguien para cuidarte. ¿Entendido?

Maisie no la miró a los ojos y se limitó a clavar la punta del pie en la alfombra deshilachada.

– ¿Aunque pierdas el avión?

– Aunque pierda el avión -le aseguró Jacqui.

– ¿Lo prometes?

«Lo prometo».

Una simple promesa que, una vez pronunciada ante una niña, no podía romperse. Una promesa que debía hacerse con sumo cuidado, porque no siempre podía mantenerse. Pero Maisie esperaba ansiosa su respuesta, y la verdad era que no iba a irse a ninguna parte hasta asegurarse de que la niña quedaba en buenas manos. No era un compromiso para toda la vida.

– Lo prometo. Maisie.

– Está bien. Y si no encuentras a nadie más, te quedarás y cuidarás de mí hasta que vuelva mi madre, ¿verdad?

– ¿Encontró todo lo que necesitaba?

Jacqui no creía que pudiera alegrarse tanto de ver a Harry Talbot, pero así fue.

– Sí -respondió, levantándose rápidamente-. Gracias.

– Será mejor que vaya a calentarse a la cocina -dijo él, y bajó la mirada hasta la niña-. Hola, Maisie.

Jacqui sintió cómo Maisie le apretaba la mano.

– Hola -respondió, sin mirarlo-. ¿Puedo ver los cachorros de Meg?

Cachorros, conejos, burros y su propio poni. No era extraño que la niña quisiera quedarse allí. ¿Y dónde estaría la llama?

– Están en el establo. Pero no voy a sacarte con esa ropa

– Puede cambiarse -dijo Jacqui-. Si fuera tan amable de traer su bolsa de mi coche… No está cerrado.

Harry Talbot la miró con dureza, advirtiéndole que no lo tomara por tonto.

– llevaré los cachorros a la cocina -dijo, y se alejó sin esperar respuesta.

Al entrar en la cocina, Jacqui vio que en la mesa había puesto una tetera y un pastel de cerezas.

– ¿Quieres un poco de té, Maisie? ¿O prefieres leche?

– Te. por favor. Y un poco del pastel de Susan.

Jacqui le sirvió una taza de té y le añadió una buena cantidad de leche. Mientras estaba cortando el pastel, el móvil empezó a sonar. Era Vickie. Le tendió el plato a Maisie y se llevó el teléfono al despacho para poder hablar libremente.

– Bueno, Vickie, ¿qué tienes?

– No he podido localizar a Selina, pero le he dejado un mensaje pidiéndole que me llame enseguida. En cuanto lo haga, me dirá qué alternativas tiene.

– Buen intento, pero Maisie dice que su madre está de camino a China. No oirá el mensaje hasta mañana.

– Oh… -murmuró Vickie, y soltó una palabra que ninguna niñera respetable usaría, ni siquiera en privado.

– ¿Qué pasa? Vickie? ¿Creías que no lo averiguaría?

– Te juro que no sabía adónde iba su madre. Éste era un simple trabajo de… ¿Has dicho a China?

– De donde viene la seda -respondió Jacqui mordazmente-. Va a pasearse por la Gran Muralla con una ropa que ni tú ni yo podremos permitimos nunca. Debes tener un contacto de emergencia.

– Por supuesto -dijo Vickie, carraspeando-. Su abuela. En High Tops.

– Oh, vamos…

– ¡Lo digo en serio! Mira, es verdad que quiero tenerte en mi base de datos. Has nacido para ser niñera. Pero no soy tan tonta como para creer que podía engañarte.

– ¿Ah, no? ¿Entonces qué hago aquí?

– Está bien, está bien. Admito no haber jugado del todo limpio al encargarte el trabajo. Simplemente quería recordarte cuál era tu papel antes de que te fueras a la playa a meditar sobre tu futuro. Y admito también que me aproveché de este encargo hasta tener el trabajo adecuado para ti…

– Podría demandarte -espetó Jacqui.

– Lo siento mucho, pero estaba desesperada. No sabía cómo hacerte ver que estás hecha para esto. Pero no soy ninguna estúpida. Lo último que quiero es que te enfades y nunca vuelvas a hablarme ni a trabajar para la agencia.

– Pues no parece que lo estés consiguiendo…

– Sé que no lo parece, pero tienes que creerme.

Jacqui no quería pensar en eso de momento.

– ¿Qué ha salido mal? Aunque las fotos de madre e hija fueran una tapadera para las revistas del corazón, no puedo creer que Selina Talbot se desentienda de su hija hasta este punto. Tuvo que haber hablado con su madre antes de enviar aquí a la niña.

– ¿Sinceramente? No tengo ni idea. Tal vez su secretaria o su agente, o cualquiera de sus lacayos se equivocó al hacer los preparativos. ¿Quién hay en la casa?

– El primo de Selina, pero dejar a Maisie con él no es una opción. No he visto a nadie más, aunque Maisie me ha asegurado que una mujer viene todos los días a limpiar.

– Y tú tienes un vuelo que tomar.

– Y yo tengo un vuelo que tomar. Bueno, ¿dónde estás? Porque supongo que vendrás de camino, ¿no? -le preguntó, aunque la señal era demasiado clara como para Vickie estuviera hablando por el manos libres del coche.

– Jacqui, por favor, intenta entenderlo. Si pudiera irme naturalmente que lo haría, pero ya he tenido que aplazar una reunión vital por culpa de esto. No podré salir antes de las seis, y… -se calló de repente.

– ¿Y?

– Nada.

– Dímelo, Vickie.

– Me han regalado unas entradas para la ópera. Es una Gala en Covent Garden, pero si pudiera escaparme a tiempo para hacer algo, me habría sacrificado…

– ¡Calla! Por favor, no te maldigas a mi costa. El Asunto es que, a menos que Mary Poppins se presente en menos de media hora, puedo ir olvidándome de mis dos semanas de descanso.

– Lo siento. De verdad que lo siento. Por supuesto, Selina Talbot te pagará el dinero de tus vacaciones…

– No regatees con su dinero.

– Si quiere contratar otra vez los servicios de la agencia pagará lo que haga falta.

– Si bueno, tendrá que correr con los gastos, ya que no creo que mi seguro de viaje cubra esta circunstancia tan especial. Pero lo que menos importa ahora es el precio del billete. Aquí hay una niña pequeña sin nadie para cuidarla.

– Tú estás ahí. Y ya que has perdido el vuelo, podrías ocuparte de ella.

Vaya, qué sorpresa. Jacqui ni siquiera se molestó en sugerirle que buscara una sustituía. Y además, le había prometido a Maisie que se quedaría.

– ¿Cuánto tiempo?

– No lo sé. El trabajo sólo consistía en dejar a la niña. Pero hablaré con Selina mañana. Hasta entonces, me tienes en tus manos, Jacqui.

– Al gigante no va a gustarle nada -dijo ella-. No soporta la compañía.

– ¿El gigante? ¿Ése es el hombre con quien no dejarías a Maisie? ¿Vais a estar bien? Tal vez deberías llevar a Maisie al hotel más cercano y…

– Maisie quiere quedarse aunque no le guste el gigante, lo que indica que es más gruñón que peligroso…-la voz se le quebró ligeramente al recordar sus ojos, sus manos, el tacto de su camisa. Tragó saliva. Sí había peligro-. Permaneceremos lo más lejos de él que sea posible hasta que tú o Selina encontréis una solución.

– Eres un sol, Jacqui. Me aseguraré de que quede reflejado en tus honorarios.

– Oh, no, no vas a convencerme con eso. Estoy de vacaciones. Hace seis meses te dije que no volvería a hacer esto por dinero, y lo dije en serio.

– Pero…

– Pero nada. Limítate a localizar a Selina Talbot y averigua en qué demonios estaba pensando, qué va a hacer con su hija y, lo más importante, cuándo va a volver a casa. Mientras tanto, yo iré a decirle a Harry Talbot que tiene invitadas.

– Te lo debo, Jacqui.

”Sí. me lo debes”, pensó ella mientras colgaba. Levanto la mirada y vio a Maisie en la puerta, sosteniendo en brazos una bola de pelo negro.

– ¡Mira, Jacqui! -exclamó, reluciendo de alegría-. ¡Es precioso!

– Sí que lo es -corroboró Jacqui, agachándose junto a la niña y acariciando al cachorro en la cabeza-. ¿Cómo se llama?

– No sé si tiene nombre.

– Entonces deberías pensar en uno -le sugirió, levantándose-. Pero debe de estar echando de menos a sus hermanos. Tengo que hablar con el señor Talbot.

– Ha vuelto al sótano -dijo Maisie, devolviendo el cachorro a la cesta donde estaban los demás perritos-.Creo que está arreglando la caldera.

– ¿Ah, sí?

– Es una pérdida de tiempo. Mi abuela dice que está definitivamente estropeada. Por eso ella… -se interrumpió.

– ¿Por eso qué, Maisie?

– Por eso va a comprar una nueva.

– Oh, claro. En ese caso, será mejor que no volvamos a molestarlo. Iré a sacar nuestras cosas del coche.

– Puedes llevar el coche hasta la parte trasera para no tener que cargar con las cosas. Es lo que hace todo el mundo.

– Bien pensado, Maisie.

– Puedes dejarlo en la cochera, si quieres.

– Mejor espero a que Harry lo sugiera -dijo ella. Antes de tomarse más libertades, tenía que ver la reacción de Harry cuando supiera que iban a quedarse-. No tardaré. No te muevas de aquí mientras estoy fuera. Y no toques nada.

– No, Jacqui.

– ¿Lo prometes?

La niña la miró y sonrió, y en ese instante Jacqui supo que su destino estaba sellado. No se iría a ninguna parte hasta que Maisie hubiera acabado con ella.

– Lo prometo.

Harry Talbot levantó la cabeza al oír el motor de un coche. El ruido demostraba sin lugar a dudas que el tubo de escape había sufrido bastante en el camino de la montaña. Le había prometido a su tía que arreglaría la caldera antes de que ella volviese de sus vacaciones. Y lo haría. Lo último que necesitaba era recibir visitas. Incluso había convencido al cartero para que le dejara el correo en la tienda del pueblo.

Maldición, se había refugiado allí para evitar toda compañía. Quería estar solo. ¿Acaso era pedir demasiado?

Soltó la llave inglesa y se dirigió hacia las escaleras. Si Jacqui Moore bajaba el camino con el tubo de escape medio suelto, no quedaría nada de él cuando alcanzara la carretera. Pero cuando abrió la puerta principal, no vio ni rastro de su coche. Escuchó con atención, pero no oyó nada, lo cual lo sorprendió. Debería haber sentido alivio, pero caminó hacia la verja, casi esperando ver cómo Jacqui detenía el coche en el camino.

No, no sentía alivio. Sólo culpa. Al día siguiente volvería a estar solo. Mientras tanto, llamaría al taller del pueblo y se preocuparía en ofrecerle ayuda a Jacqui. Uno de los perros, grande y mestizo con pretensiones de sabueso, se unió a él con la esperanza de otro paseo.

– Olvídalo, chucho -espetó Harry, volviendo a la casa. Tuvo que agarrar al perro por el collar para que no traspasara la puerta-. Mejor vamos a la parte de atrás. Susan nos matará a los dos si manchamos de barro su suelo inmaculado -cerró la puerta y siguió al perro a la parte de atrás.

Entonces se detuvo en seco cuando vio el VW apartado en el patio. Alertada por el perro al lanzarse hacia ella, Jacqui Moore se apartó con un respingo del asiento trasero, Como si la hubieran pillado en un delito.

– ¿Qué demonios cree que está haciendo? -masculló, olvidando por un momento que su primera intención hacía sido impedir que se fuera y ayudarla.

Una pregunta estúpida, pues podía ver perfectamente lo que hacía. Estaba descargando sus cosas del coche.

– ¿Le importaría no usar ese lenguaje delante de Maisie? -replicó ella, dándole a la niña una pequeña bolsa blanca.

– Lo siento -dijo él. Se acercó más y llamó al perro antes de que las pusiera perdidas de barro-. Lo preguntaré otra vez. ¿Qué demonios cree que está haciendo?

Jacqui se inclinó hacia el interior del coche, presumiblemente para agarrar otra bolsa, pero en realidad para ganar espacio. Entendía que Harry Talbot no las quisiera allí. Lo entendía y lamentaba ser una molestia, pero su primera preocupación era Maisie. Odiaba los enfrentamientos, pero como no le quedaba otra opción, lo mejor sería acabar cuanto antes.

– Lleva tu bolsa dentro, Maisie. y quédate junto a la estufa -le ordenó a la niña, y a continuación le dedicó toda su atención a Harry.

No le resultó muy difícil. La camisa gris de lana le colgaba holgadamente de los hombros, sugiriendo, aunque pareciera imposible, una pérdida de peso y músculo. Los vaqueros, en cambio, se ceñían a unos muslos poderosos, y la cinturilla se extendía sobre un vientre liso.

– ¿Y bien? -la increpó él, devolviéndola bruscamente a la realidad.

Ella tragó saliva.

– Bueno, señor Talbot. Esto es un coche, esto es una bolsa, y lo que hago es sacar lo segundo de lo primero.

Harry se dio cuenta de que el sarcasmo había sido una equivocación. Lo había sabido desde que abrió la boca. Que Jacqui Moore fuera rubia y guapa no la convertía en una mujer estúpida. A pesar de su carnoso labio inferior y el atractivo sexual que irradiaba, era una niñera, y las niñeras no aceptaban tonterías de nadie. Para confirmarlo, Jacqui lo miró fríamente con sus ojos grises, dejándole muy claro que no aceptaría nada de él.

– ¿Por qué? -preguntó Harry. Era una pregunta justa.

– ¿No lo imagina? -dijo ella, sacudiendo la cabeza. Su melena se meció suavemente, invitando a tocarla-. No parece tonto -añadió, sacando una segunda bolsa del coche.

Harry no quería discutir. Ya había hablado bastante.

– No puede quedarse aquí.

Ella sonrió.

– ¿Lo ve? Tenía razón. Sabía cuál iba a ser su respuesta.

– Lo digo en serio.

– Lo sé, y de verdad que lo siento. Pero mi coche está averiado, Maisie está cansada, y cómo usted mismo dijo, no puede ocuparse de ella.

– Eso no es lo que yo… -se detuvo a tiempo. Si declaraba ser capaz de cuidar a una niña pequeña, Jacqui se marcharía y dejaría que lo hiciera.

El había ido a High Tops en busca de paz y soledad. Para pensar en su futuro. Ella tenía que irse y llevarse a la niña. Enseguida.

– ¿No tenía un avión que tomar? -preguntó.

– Siempre podré tomar otro -respondió ella, y alargó una mano como si fuera a tocarle el brazo-. Tranquilo, señor Talbot. Le aseguro que lo molestaremos lo menos posible.

El apartó el brazo antes de que pudiera entrar en contacto.

– Esto es intolerable. Hablaré con Sally y la haré entrar en razón.

– Tendrá que ponerse a la cola. Hay más gente esperando para hablar con ella, pero nadie podrá hacerlo hasta mañana. Su prima está de camino a China.

– ¿A China?

– De donde viene la seda -dijo una voz infantil.

Los dos se volvieron y vieron a Maisie en la puerta.

– ¿Estabas escuchando? -le preguntó Jacqui, pero sin reprenderla ni acusarla.

– No -respondió Maisie, mirándola con expresión inocente- Estaba esperando a que acabaras -se dio la Vuelta y entró en la casa, seguida por el perro.

– ¿Cuándo llega Sally a China? -preguntó él.

– No tengo ni idea -respondió Jacqui. Agarró otra cerró la puerta del coche-. Mañana, supongo. Puede que oiga los mensajes antes, si hace escala. Aunque aquí será de noche, así que seguramente esperará a una hora más propicia para llamar.

– En otras palabras, no me queda más remedio que aguantarlas esta noche.

– Muchas gracias por su calurosa bienvenida -dijo ella con una sonrisa. Pero no era una sonrisa cálida ni efusiva. Era una sonrisa que sugería que, a su debido tiempo, él se arrepentiría de ser tan grosero-. Y por el té. Al menos no estaba frío cuando lo tomé. ¿A qué hora cena?

– A la hora que usted quiera preparar la cena, señorita Moore. El té es la única labor doméstica que hago -mintió, sin molestarse en cruzar los dedos. Sólo quería que se fuera, y no le importaba lo que tuviera que hacer para conseguirlo.

Ella lo miró fijamente.

– ¿Alguien le ha metido en la cabeza un chip con todos los clichés machistas?

– No es necesario -respondió él-. Siempre he creído que es un rasgo genético.

– No, eso es lo que se inventan, los hombres despreciables para no compartir las tareas domésticas.

– Es posible -admitió él-. Aunque mi teoría es que se lo inventaron las mujeres patéticas para justificar su incapacidad para controlarlos.

Vio que sus ojos adquirían el color de la plata fundida, una clara señal de que su temperamento se estaba calentando.

– Sólo le he preguntado a qué hora cena para que no lo molestemos -dijo ella, demostrando una calma impresionante-. Como es natural, será bienvenido si quiere tomar con nosotras el té de las cinco.

– No va a encontrar palitos de pescado en mi nevera.

– ¿No? Bueno, seguro que nos arreglaremos.

Él se encogió de hombros,

– Maisie tiene una habitación en la torre este -dijo reprimiendo su impulso natural de agarrar las bolsas y llevarlas dentro. Cuanto peor fuera la opinión de Jacqui hacia él, más probable sería que se mantuviera a distancia-. Ella sabe dónde está. Usted puede quedarse en la habitación contigua. No se ponga muy cómoda, pues no va a permanecer aquí ni un minuto más de lo necesario.

– ¡Extraordinario! Habría dicho que no teníamos nada en común, pero ¿sabe que es precisamente eso lo que le prometí a Maisie? -preguntó, pero él la miró con el ceño fruncido, sin comprender-. Le prometí que sólo me quedaría hasta que encontráramos a alguien que fuera de su agrado para cuidarla -volvió a sonreír, como si supiera algo que él ignoraba.

– Me alegro de saberlo. Deme sus llaves. Llevaré el coche a la cochera.

– Oh, estupendo -dijo ella, claramente desconcertada por el ofrecimiento-. Gracias.

– Un trasto tan viejo no debe permanecer toda la noche la intemperie. Le echaré un vistazo al tubo de escape. No quiero que nada retrase su marcha por la mañana.

Capítulo 4

A JACQUI le temblaban tanto las piernas por su enfrentamiento con Harry Talbot que apenas podía subir las escaleras. Por suerte, Maisie iba dando brincos alegremente delante de ella, indicándole el camino, y sin parecer en absoluto afectada por la falta de bienvenida.

– Ésta es mi habitación -anunció, abriendo la puerta.

Jacqui pudo ver por qué la niña quería quedarse a pesar de Harry Talbot. La habitación, situada en lo alto de la torre, parecía sacada de un cuento de hadas, con su pequeña cama de columnas con cortinas de encaje y muebles pintados con flores malvas y moradas. Y Harry Talbot debía de haber arreglado la caldera, porque la estancia estaba caldeada, y a pesar del mal tiempo, no había ni rastro de humedad en la cama.

– Es preciosa, Maisie. ¿Tu abuela hizo todo esto para ti?

– No digas tonterías. Mi madre contrató a un decorador -corrió hacia la ventana-. Desde aquí puedes ver a Pudge.

Jacqui la siguió, preparada para colmar de alabanzas a un pequeño pony, pero la niebla empañaba el cristal, ocultando la vista.

– Seguro que tiene frío ahí fuera -dijo Maisie con el ceño fruncido.

– ¿No está en el establo?

– A lo mejor. ¿Podemos ir a comprobarlo?

Jacqui habría preferido mantenerse lejos de las dependencias. Harry Talbot le había dicho que le echaría un vistazo al coche, y ella no tenía el menor deseo de encontrarse con él hasta que pudiera olvidarse de sus groserías. Pero sospechaba que Maisie no tenía por costumbre aceptar un no por respuesta.

– Bueno, está bien, pero creo que deberías cambiarte de ropa. ¿Tienes algo más… adecuado? Ya sabes, algo para montar.

– ¿Pantalones, por ejemplo? -sugirió la niña, y abrió

La bolsa para buscar ella misma. No había vaqueros. Ni siquiera unos pantalones de montar. De hecho, no había pantalones de ningún tipo. Ni de botas ni un casco. Sólo más pares de zapatillas de satén que hacían juego con los vestidos.

Incluso había metido en la bolsa un par de alas para alguna ocasión especial. Adornadas con abalorios de plata y con los inevitables bordados malvas. Muy bonitas, pero no precisamente adecuadas para montar.

– Hay botas de agua y abrigos en la cocina -sugirió Maisie-. Pruébatelos hasta que encuentres algo que te sirvan.

– De acuerdo. Dejaré mi bolsa en la habitación de al Lado y veremos qué encontramos.

La habitación contigua no se había beneficiado de ningún decorador en los últimos cincuenta años, por lo Menos. Pero era cálida y confortable. Jacqui decidió que dejaría las camas para más tarde. Lo más importante en esos momentos era ir a ver al poni. Diez minutos más tarde las dos estaban caminando Por el patio. Jacqui, con botas altas, no quiso buscar unas botas de agua que le vinieran bien, pero había tomado prestado uno de los viejos chubasqueros de la cocina.

También había tomado otro para Maisie. Aun siendo el menor de todos, tuvo que arremangárselo para que pudiera sacar las manos, y no pudo evitar una sonrisa al ver a Maisie saltando por el patio con un par de enormes botas verdes, la falda blanca asomando bajo el chubasquero y la tiara todavía coronándole los rizos oscuros. Maisie Talbot podía ser una niña precoz, pero desde luego no era aburrida.

– ¿Adonde van? -espetó Harry Talbot, apareciendo en la entrada de la cochera. Con un trapo se limpiaba las manos, manchadas de grasa.

– Maisie quería saludar a Fudge -explicó Jacqui a la defensiva-. Su pony -añadió cuando él no pareció saber de qué estaba hablando.

– ¿Así se llama? De acuerdo. Pero no se puede vagar por ahí con esta niebla. Es muy fácil perderse.

– Y supongo que no habrá ninguna posibilidad de que se pierda usted, ¿verdad?

Nada más decirlo se arrepintió, incluso antes de que él la fulminara con la mirada.

– ¿Ésa es su idea de un chiste?

Si lo era, y no estaba preparada para analizar el comentario, había fracasado en su intento, pues Harry no había soltado precisamente una carcajada.

– Sí… No… Lo siento -se disculpó sinceramente.

Él asintió con la cabeza hacia el extremo del patio.

– El poni está en la caseta del fondo. No le des azúcar -le dijo a Maisie-. Es viejo y sus dientes no toleran más abusos. Encontrarás zanahorias en una red colgada de la pared.

Maisie echó a correr, pero Jacqui permaneció inmóvil. Por muy incómoda que se sintiera, no iba a darle la satisfacción de salir huyendo.

– ¿Cuál es su opinión sobre el coche?

– No soy mecánico, pero diría que su tubo de escape está completamente inutilizado. Voy a llamar al taller. Tranquila. No se lo cobraré.

– Gracias.

– Creo que por hoy ya ha sufrido bastante por culpa De los Talbot -repuso él encogiéndose de hombros-. ¿No debería ir a asegurarse de que Maisie no acabe pisoteada por su poni?

– El animal no se atrevería a pisotearla -dijo ella.

Aquel comentario logró un atisbo de sonrisa en Harry. Por unos segundos ninguno de los dos se movió del sitio

– Será mejor que vaya a llamar a…

– Debería ir a vigilar a…

El se movió primero y volvió a la casa sin decir más. Ella lo observó durante un momento y, controlando sus hormonas, fue a ver a Maisie.

– ¿Ha encontrado algo para el té de Maisie?

Jacqui levantó la mirada de la salsa que estaba removiendo al fuego. No había visto a Harry desde que él la dejara junto a la cochera, y no había esperado con impaciencia su próximo encuentro, pero en esos momentos no parecía muy amenazador. Ojala pudiera ella dejar de decir estupideces y conseguir que estuviera de su parte…

– Sí. gracias. Estoy preparando unos espaguetis carbonará.

El arqueó las cejas.

– El té de las cinco ha mejorado bastante desde mi infancia. Lo máximo a lo que yo podía aspirar era macarrones al gratén.

– Las niñeras evolucionan con el tiempo, igual que todo el mundo, señor Talbot. Y también lo hacen los niños. Por lo visto, éste es uno de sus platos favoritos, y como en la cocina tenía todos los ingredientes a mano…

– No sabía que supiera cocinar.

La tentación de responderle con algún comentario mordaz fue muy fuerte, pero Jacqui se contuvo. Maisie quería quedarse allí, por lo que no serviría de nada enfadarlo.

– ¿Tiene hambre? -le preguntó, concentrándose en la salsa para no tener que mirarlo-. He hecho más de lo que Maisie y yo podamos comer. Dejaré un plato para usted en la nevera. Así podrá calentárselo cuando nosotras no estemos.

Sintió que Harry estaba dudando, debatiéndose entre el deseo de comer algo que no estuviese enlatado y el impulso de mandarla al infierno.

– Gracias -fue todo lo que dijo.

No era exactamente decepción lo que atenazó el corazón de Jacqui. Pero, por un momento, había esperado que él apartara una silla y se uniera a ellas en la cena. Se había imaginado a Maisie y a Harry congeniando mientras comían. Y a ella haciendo el papel de hada. Patético. Maisie era la única persona que tenía alas en aquella casa. Sin embargo, él seguía en la cocina. Jacqui estaba concentrada en la salsa, pero podía sentir su presencia tras ella.

– Encontrará helado en el congelador, por si Maisie quiere un poco -dijo-. A menos, claro está, que sea capaz de preparar también el postre.

Con aquel comentario casi había sido amable. Casi. Jacqui se dispuso a recompensarlo con una sonrisa, pero cuando se dio la vuelta, Harry se había marchado. Bañó a Maisie y la preparó para acostarse, dejándola abrazada a un osito de peluche y leyéndole un cuento de los muchos que ocupaban la estantería. Era una divertida historia sobre la hora de dormir de un osito. Nada que pudiera provocarle pesadillas.

Maisie se quedó dormida mucho antes que el osito, y Jacqui se quedó sentada a su lado durante un rato, contemplándola. Finalmente, le estiró la manta y bajó la luz hasta dejarla en un débil resplandor. En alguna parte, al otro lado del mundo, otra niña estaría a punto de comenzar un nuevo día. Despeinada y gruñona, esperando un abrazo de otra mujer…

Parpadeó furiosamente y se tocó el brazalete. Un baño. Necesitaba sumergirse en agua caliente y perfumada. Olvidar y sonreír. No lo creía posible, pero quizá pudiera concentrarse en el placer, en vez de la angustia. Como viajaba ligera de equipaje y no se había molestado en llevar un albornoz, se puso uno que colgaba de la puerta del baño y bajó a la cocina a prepararse una bebida caliente.

Sólo estaba encendida la luz de la encimera, dejando el centro de la cocina escasamente iluminado. La gallina se agitó y cloqueó desde la cesta. Jacqui se mantuvo a distancia. No le gustaban mucho las gallinas, ni siquiera de mascotas. Los gatos no se movieron, pero el perro, siempre esperando recibir comida, se deslizó por el suelo de baldosas y la hizo girarse. Harry Talbot había estado presumiblemente sentado a la mesa, acabando su cena. Pero ahora estaba de pie, y era difícil saber cuál de los dos estaba más sorprendido.

– Lo siento -dijo ella-. Pensaba que habría acabado hace rato.

– Sí, bueno, pero los malditos burros me han retrasado. Esas bestias desagradecidas salieron huyendo cuando fui a darles de comer -explicó, apartando la silla-. Cuando conseguí reunirlas de nuevo, estaba cubierto de barro.

Eso explicaba por qué su pelo oscuro estaba mojado y peinado hacia atrás, aunque donde se estaba secando empezaba a formar rizos, y por qué llevaba vaqueros limpios y una camisa de color azul marino.

– ¿Y la llama? -preguntó ella-. ¿También es una bestia desagradecida?

– ¿Quién le ha hablado de la llama?

– La mujer de la tienda me advirtió que tuviera cuidado con ella en la carretera.

– Estaba buscando compañía. Kate le encontró un hogar con una pequeña manada al otro lado del valle.

– Oh, pensé que se lo había inventado.

– Ojala -dijo él-. ¿Qué quiere?

– Nada. No quiero molestarlo.

– Ya me ha molestado, así que será mejor que se aproveche. ¿Qué quiere?

Sus modales no habían cambiado en absoluto, observó Jacqui.

– Iba a prepararme una bebida caliente para llevármela arriba.

– Haga lo que quiera. Yo ya he acabado -dijo él, dejando su plato a medio terminar.

– ¿Puedo prepararle algo? -ofreció ella, sintiéndose fatal por haber interrumpido su cena, aunque momentos antes hubiera deseado que se le atragantara. Pero uno de los dos tenía que esforzarse por ser educado, y estaba claro que no iba a ser él.

– Jugando a ser una buena ama de casa no hará que cambie de opinión, señorita Moore -replicó él-. Soy perfectamente capaz de preparar mi propio café.

– En realidad, iba a preparar un poco de té -dijo ella, obligándose a mantener la calma. -. Sin embargo, aun reconociendo sus indudables aptitudes domésticas, no me supondría ningún problema prepararle un café al mismo tiempo, ya que, de todos modos, tengo que calentar el agua. Puede bajar cuando yo haya subido y servirse usted mismo, si no quiere esperar ahora.

Hubo un momento de silencio total en el que las palabras parecían haber quedado suspendidas en el aire. Ni siquiera el perro se movió.

Harry se sintió como si tuviera los pies soldados al suelo. Su cabeza lo urgía a marcharse. No sabía cómo tratar a las personas. Y mucho menos a esa mujer, que pasaba de ser un monumento de tentadoras curvas a una lengua afilada y reprobatoria. Era demasiado compleja. Demasiado difícil. Él pensaba y se comportaba de una manera mucho más simple, centrándose en la supervivencia.

Y para sobrevivir tenía que estar solo. No había otra manera. Pero su cuerpo no parecía dispuesto a obedecer la más sencilla de las órdenes. Había exigido la comida que ella había cocinado, y ahora parecía incapaz de marcharse, atrapado entre la posibilidad de subir al cielo y la seguridad de permanecer en el infierno.

Jacqui aguardaba su reacción, sintiendo cómo el silencio se estiraba como un elástico a punto de romperse. No se imaginaba por qué a Harry le costaba tanto responder a una pregunta tan simple, pero percibía la batalla que se estaba librando en su cabeza. Dio un respingo cuando él se movió finalmente para agarrar su plato y llevarlo al fregadero. Tiró los restos al cubo de la basura y lo enjuagó antes de meterlo en el lavavajillas.

– Es usted una mujer muy irritante, ¿lo sabía? -dijo, cerrando el electrodoméstico con tanta fuerza que hizo vibrar el resto de la vajilla.

Él tampoco era un dechado de virtudes, pensó ella, pero los buenos modales, y el instinto de supervivencia, sugerían que no era aconsejable decirlo. De modo que se limitó a agarrar la tetera y llenarla de agua.

– Una buena cocinera, pero irritante -continuó él.

– Una de dos no está mal. Podría haber sido irritante y pésima cocinera -puso la tetera al fuego y se volvió hacia él-. Entonces nada me habría salvado.

El no pareció tener respuesta para eso.

– ¿Está Maisie en la cama?

– Son casi las diez. Por supuesto que está en la cama.

– «Por supuesto» no. Normalmente se queda levantada hasta medianoche, dando vueltas y siendo mimada por los ridículos amigos de Sally.

– ¿En serio? -preguntó Jacqui, nada sorprendida-, Bueno, ha tenido un día agotador. Ni siquiera llegó al final del cuento antes de quedarse dormida.

– Increíble.

– Maisie no le gusta mucho, ¿verdad?

– Sally debería limitarse a rescatar animales -dijo él, lo que no respondía a la pregunta-. Puede abandonarlos aquí una vez que se ha hecho las fotos para la prensa y nadie sufre.

¿Qué…? ¿Acaso estaba insinuando que…?

– Maisie no ha sido abandonada -declaro con vehemencia.

– ¿No? ¿Entonces cómo lo llamaría?

– Estoy segura de que lo que ha pasado hoy no es más que un malentendido -dijo, y no iba a permitir ninguna conclusión hasta conocer todos los hechos-. Quería preguntarle una cosa. ¿Sabe si tiene ropa aquí? ¿Ropa para jugar o para salir al campo? En su habitación no hay nada, aunque eso parece la gruta de un hada. Sin duda la tela vaquera estropearía la ilusión.

– Sin duda. Me temo que no puedo ayudarla. Pero Maisie no necesitará ropa, puesto que no va a quedarse.

Jacqui no era una mujer violenta, pero si él hubiera sido un par de centímetros más bajo, lo habría zarandeado por los hombros. Hizo acopio de paciencia e intentó sonreír…

No, no tenía sentido perder el tiempo sonriendo. Lo que tenía que hacer era evaluar la situación y razonar con él. La tetera empezó a silbar en ese momento, distrayéndola. Vertió el agua en una taza con una bolsita de té y preparó el café para Harry Talbot. Pero si intentaba razonar y fracasaba, él se mantendría con más firmeza en su postura. Y cada vez que dijera que Maisie no iba a quedarse, le sería más difícil retractarse. Y Maisie quería quedarse.

Lo mejor sería esperar hasta que Vickie hubiera hablado con Selina Talbot y todo se resolviera. Mientras tanto, se ocuparía de la crisis actual. Al menos, por una vez, él parecía reacio a marcharse corriendo, y Jacqui sabía que no tendría una oportunidad mejor para hablar. No tenía intención de amenazarlo, lo que sería bastante extraño teniendo en cuenta que el ogro era él, no ella, sino únicamente de buscar un acercamiento.

– ¿La gallina vive en la cocina? -preguntó, diciéndolo primero que se le pasó por la cabeza-. ¿O es que está enferma?

– Uno de los gatos la trajo un día que estaba lloviendo, cuando aún era un polluelo, y la trató como a una más de su carnada.

– ¿Está diciendo que la gallina cree ser un gato?

– Ésa es la teoría de tía Kate -dijo él, aunque su expresión sugería otra cosa.

– ¿Usted no se lo cree?

– No he notado ningún problema de identidad cuando el gallo se acicala las plumas, pero si usted tuviera que elegir entre una cesta frente a la estufa o el gallinero, ¿con qué se quedaría?

– Es un punto de vista bastante cínico.

– ¿Ésa es su respuesta?

– Es una gallina muy lista. Aunque seguro que los huevos confunden a los gatos.

¡Al fin! No fue exactamente una sonrisa, pero los labios de Harry se curvaron en una mueca delatora. Harry se apresuró a agarrar la cafetera y servirse una taza de café. Típica maniobra de distracción, pensó Jacqui. Ella habría hecho lo mismo si quisiera ocultar una carcajada. O un llanto. Tal vez aún había esperanza para Harry Talbot.

– ¿Adonde se dirigía? -le preguntó él, mirándola de reojo.

– A ningún sitio -respondió ella. ligeramente turbada porque la hubiese pillado mirándolo.

Él se giró y se apoyó contra la encimera, clavándole la mirada.

– Para sus vacaciones.

Oh, eso… Se había olvidado por completo de España. Además, en aquella cocina hacía bastante calor para tostarse la piel. La bata era demasiado cálida. Y también demasiado corta. Nunca había creído que tuviera que taparse los tobillos. Pero en esos momentos, unos tobillos desnudos sugerían unas piernas desnudas, y unas piernas desnudas sugerían un sinfín de posibilidades.

La bata era de su talla, pero había sido lavada a menudo y había encogido. Jacqui tuvo la incómoda sensación de que se le estaba abriendo a la altura de los muslos. No se atrevió a bajar la mirada para comprobarlo, pues con eso sólo conseguiría desviar la atención de Harry hacia sus piernas. Pero él parecía concentrado en la abertura de la bata sobre sus pechos. No la miraba con lujuria. Más bien parecía que intentaba recordar algo…

Se estaba volviendo loca. Se recordó que bajo aquella bata era la imagen de la pura modestia. Cuando había que levantarse en mitad de la noche para atender a un niño inquieto y asustado, lo más sensato para una niñera era dormir con pijama. En esos momentos sólo llevaba unos shorts y un top con finísimos tirantes, pero habría llevado aún menos ropa en una playa española. Pero no estaba en una playa. Estaba en una casa aislada del mundo con un hombre al que no conocía. Y ese hombre le estaba mirando el escote. Una situación bastante comprometida. Pero su escote estaba respondiendo.

Capítulo 5

QUIERE leche? -preguntó, pero no esperó su respuesta y se acercó al frigorífico, aprovechando para apretarse más el cinturón de la bata mientras estaba de espaldas a él.

– No, gracias -respondió cuando ella le ofreció la jarra. No esbozó ninguna sonrisa desdeñosa, pero Jacqui tuvo la sensación de que sabía lo que había hecho.

– ¿No es un poco tarde para tomar el café solo? -dijo, vertiendo leche en su propia taza.

Él no respondió, aunque su mirada le indicó a Jacqui que estaba caminando por una cuerda muy floja. Pero, a fin de cuentas, no la había mirado de otro modo desde su llegada.

– Es sólo mi opinión profesional -añadió.

– Guárdesela para Maisie, Mary Poppins.

Si quería que ella agachara la cabeza, tendría que hacerlo mejor. Después de todo, Mary Poppins era prácticamente perfecta en todo.

– La falta de sueño puede poner de malhumor a cualquiera -dijo, negándose a retroceder.

Mantener su mirada le estaba causando estragos en las rodillas, pero una vocecita no dejaba de susurrarle insidiosamente en su cabeza: «Tócalo. Necesita a alguien que lo abrace…»

– Pero tiene razón -añadió, intentando acallar la voz interior-. No es asunto mío. Pero luego no me culpe si no puede dormir.

– ¿Por qué no? Los dos sabemos que será usted la causa que me mantenga despierto…

Hizo una pausa, como si la imagen evocada por sus palabras lo hubiera pillado por sorpresa, haciéndole olvidar lo siguiente que iba a decir. El tiempo se ralentizó y Jacqui tomó conciencia de cada centímetro de su piel, mientras en su cabeza se formaba la imagen de Harry Talbot tendido en una cama, desnudo de cintura para arriba, pensando en ella…

No fueron sólo sus rodillas, sino todo el cuerpo lo que respondió a la inquietante imagen. Los pechos se le hincharon y los pezones se le endurecieron dolorosamente contra la bata. Había estado tan inmersa en un trabajo que lo exigía todo, que había olvidado las reacciones físicas de su cuerpo, y cómo éstas podían superar su fuerza de voluntad y dominar sus pensamientos…

– Como si fuera una espina en su colchón -dijo-. Iba a España -añadió para cambiar rápidamente de tema, respondiendo a su pregunta anterior.

– ¿España? -repitió él-. Ah, sí, sus vacaciones. ¿Se iba sola?

Jacqui tomó un sorbo de té, pues se había quedado con la boca seca.

– ¿Importa eso?

– Si fuera con su novio, imagino que estaría harto.

– Si fuera con mi novio, créame, sería yo la que estuviese harta. Pero no se preocupe. Ningún hombre fuera de sí va a presentarse en su puerta para empeorar aún más la situación.

Harry no pareció especialmente aliviado, aunque un hombre fuera de sí posiblemente hubiera sido un aliado para él.

– Hay muchos vuelos a España -dijo-. Sólo habrá perdido un día.

Jacqui no se dejó engañar. No era que Harry Talbot se preocupara por su bienestar. Simplemente, quería que se marchara de allí lo antes posible.

– Me temo que no es tan sencillo. Era una oferta de última hora. Si no me presento, pierdo el billete y su importe.

– ¿No puede cambiarlo?

¿Pero en qué planeta vivía ese hombre?

– No se moleste en intentar buscar una solución. Su prima y la agencia me compensarán por todo. Me han prometido que no perderé el dinero.

– Me alegra oírlo, pero no recuperará el dinero hasta dentro de un par de semanas, ¿verdad?

– No importa. En estos momentos sólo me dedico a hacer trabajos temporales, así que puedo programar mis vacaciones como mejor me convenga.

– Eso no me parece justo. Si le sirve de algo, yo correré con sus gastos y luego lo solucionaré con Sally.

– Santo Dios, sí que está desesperado por librarse de mí -dijo ella, intentando poner una mueca divertida-. Primero se ofrece a pagar la reparación de mi coche, y ahora a compensar la pérdida de mis vacaciones.

– Sólo intento hacer lo que es más razonable.

– ¡Razonable! Razonable sería lamentarse por las molestias y ofrecerle que se quedara en la casa mientras su incompetente familia solucionaba aquel desaguisado.

– No lo entiende, ¿verdad?

– ¿Entender el qué?

Jacqui tomó un sorbo de té y se arriesgó a mirarlo sobre el borde de la taza. No parecía tan insensible, sino más bien un poco desesperado, pero ella no quería sentirse culpable. No tenía motivos para ello. Era él quien se comportaba como un cretino.

– Tiene que entender que no podré ir a ninguna parte hasta asegurarme de que Maisie se queda en buenas manos.

– En ese caso le sugiero otra cosa, señorita Moore. Váyase a España y llévese a Maisie con usted -sugirió, y aguardó en silencio, como esperando una respuesta entusiasta que, obviamente, no se produjo-. De ese modo cobrará por estar tomando el sol.

Ella se echó a reír.

– Obviamente, tiene usted una idea muy limitada de lo que implica cuidar a un niño.

– Le pagaré la diferencia.

– Lo siento -dijo ella, sin lamentarlo en absoluto-. Pero, por muy atractiva que sea su oferta, hay dos buenas razones que me impiden aceptarla. Una, necesitaría contar con la autorización de la responsable legal de Maisie antes de sacarla del país… algo que seguro que hasta usted comprende que es indispensable. ¿Tiene idea de cómo se trafica con niñas pequeñas en el negocio de las adopciones ilegales?

– Creo que tengo bastante más idea que usted -respondió él-. Y como no soy el estúpido por el que usted me toma -siguió, sin darle tiempo a asimilar la primera respuesta-, he llamado a su agencia esta tarde y le he pedido a la encantadora señora Campbell que me enviara un e-mail con su curriculum y sus cartas de recomendación.

– ¿Y se lo ha enviado?

– ¿Por qué dejó la universidad a mitad del segundo año?

– Se lo ha enviado.

Lo dejó en eso. El no quería una respuesta a su pregunta. Simplemente había sido un juego de poder, una demostración de que lo sabía todo sobre ella, mientras que ella no sabía casi nada sobre él. No podía decir que estuviera teniendo un buen día.

– Y ahora que hemos aclarado ese pequeño detalle -siguió él-, y que gracias a la tecnología moderna Sally puede enviar por fax su autorización a la agencia, ¿cuál es su segunda objeción?

– Maisie quiere quedarse aquí. Y mi trabajo… es hacerla feliz -decidió que no era el mejor momento para decirle que no le estaban pagando por eso-. ¿Por qué no llama a su nueva amiga, la señora Campbell, y le pregunta si estaría preparada para confiar en que lo haga? -anticipándose a una respuesta negativa, decidió no perder más tiempo y marcharse-. Buenas noches, señor Talbot -se despidió, dirigiéndose hacia la puerta-. Que duerma bien.

– Llámame, Harry, por favor -dijo él de improviso-. Creo que hemos intercambiado los suficientes insultos para tuteamos, ¿no?

Jacqui tuvo que admitir que se sentía tentada. Y no era para menos. Aquel hombre era la tentación encamada. Con un buen corte de pelo y un afeitado, sería pura dinamita. Qué lástima que no tuviera un corazón digno de ese cuerpo.

– ¿Se está rindiendo, señor Talbot?

Él apretó brevemente la mandíbula, y Jacqui tuvo la impresión de que era ella la que tenía la lengua más afilada. Era imposible que un hombre de su estatura y su personalidad pudiera sentirse vulnerable, pero Jacqui deseó haber mantenido la boca cerrada por una vez y haber respondido a su invitación con una sonrisa alentadora.

– No, señorita Moore -dijo él-. Simplemente estoy ofreciendo una tregua por esta noche.

Por lo visto no se sentía afectado en absoluto. Seguía siendo el mismo de siempre. Jacqui podía estar atrapada en una colina brumosa con una princesita y un ogro, pero aquello no era un cuento de hadas. Y aunque el café le salía bastante bueno, iba a hacer falta algo más que una taza para transformar a Harry Talbot en el príncipe azul. ¿Un beso, quizá?

– En ese caso -se apresuró a decir-, y hasta que se reanuden las hostilidades al amanecer, buenas noches, Harry.

Por un momento, pareció que él iba a responder, y Jacqui esperó con la mano en la puerta, confiando en que se ablandara y le ofreciera algo más.

– Buenas noches, Jacqui -fue todo lo que dijo.

A Jacqui no le quedó más elección que cerrar la puerta y alejarse, pero al subir las escaleras la acompañó una sensación de arrepentimiento. Tenía la inquietante certeza de que se había acercado a algo importante, pero había estado demasiado ocupada defendiéndose a sí misma como para identificar de qué se trataba. Fue a ver a Maisie, que dormía plácidamente. Le estiró las sábanas y la contempló un rato más antes de retirarse a su habitación. Harry permaneció inmóvil durante largo rato. El café se le enfrió en la taza y en la cafetera, mientras él aguardaba a que las aguas volvieran a su cauce.

Finalmente, un gato se estiró y salió por la puerta de la cocina, en busca de su caza nocturna. El perro de caza también se levantó y se acercó a Harry para rozarle la mano con el hocico, sugiriéndole que era hora de dar un paseo. Los animales no parecían conscientes del remolino que había provocado la presencia de Jacqui. Un remolino que lo había alterado todo; el aire, la atmósfera, la soledad, a él mismo…

Salió rápidamente de la cocina, agarrando el abrigo del perchero y se internó en la oscuridad. Los viejos labradores se dieron la vuelta al cabo de un rato, pero el sabueso permaneció a su lado mientras Harry recorría los campos con la única determinación de sacar a Jacqui de su cabeza. Y de su corazón.

Jacqui dejó a Maisie decidiendo entre el tafetán rosa y la seda amarilla, y bajó las escaleras con la intención de buscar una ropa más adecuada para ella misma. Miró en el despacho, pero no había ni rastro de Harry Talbot. Ni tampoco parecía que hubiese estado allí, pues la bolsa con el correo seguía en el mismo lugar donde ella la había dejado. Tuvo más suerte en la cocina, donde había una mujer mayor ocupada en vaciar el lavavajillas.

– ¿Es usted Susan? -le preguntó, contenta de encontrar a una posible aliada-. Soy Jacqui. La niñera de Maisie. Temporalmente -no tenía sentido crear más confusión intentando explicar cuál era exactamente la situación-. ¿Le ha explicado el señor Talbot el malentendido?

– ¿El señor Harry? No, pero la verdad es que lo evito tanto como puedo -respondió la mujer, secándose las manos en su delantal-. Sólo vengo a diario porque la señora se negó a marcharse hasta que le prometí que me encargaría de todo. Y que me aseguraría de que él tuviera algo que llevarse a la boca -se encogió de hombros-. Como es natural, me he enterado de que alguien se presentó ayer por la tarde con la señorita Maisie.

A Jacqui no la sorprendió lo rápidamente que se propagaban los cotillees por el pueblo.

– Esperaba encontrar aquí a la señora Talbot. El plan era que Maisie se quedara con ella mientras su madre estaba de viaje.

– ¿Ah, sí? No sé nada de eso. La señora se fue a Nueva Zelanda, ¿sabe? A visitar a su hermana.

– El señor Talbot me dijo que estaba fuera.

– Él lo pagó todo. Incluso un billete en primera clase.

– Qué generoso…

– Sí, supongo que sí -dijo la mujer, sin mucha convicción.

– ¿No le dijo que Maisie vendría para quedarse?

– Pues no. La señorita Sally no hizo preparativos para eso.

Jacqui frunció el ceño.

– ¿Cuándo se marchó a Nueva Zelanda la señora Talbot?

– En noviembre.

– ¡Pero de eso hace cinco meses!

– Correcto. Y parte del trayecto la hizo en barco. Aunque llegó a tiempo para la Navidad.

– Oh.

– No tendría sentido recorrer un camino largo para quedarse sólo cinco minutos, ¿verdad?

– Eh… no. ¿Y tiene previsto volver pronto?

– No que yo sepa. En su última carta decía que, siempre que al señor Harry no le importe ocuparse de todo, se quedará una temporada.

– ¿Y el señor Ha… el señor Talbot está de acuerdo?

– Bueno, no está precisamente contento, pero al menos no tiene prisa por marcharse. Esto es lo más parecido que tiene a un hogar.

Jacqui se obligó a refrenar su curiosidad. Una pregunta en falso sería cotillear.

– No entiendo por qué la señorita Talbot ha enviado a Maisie aquí. Debería haber sabido que su madre no estaba.

– Vive en su propio mundo. Siempre ha sido así.

– Aun así, es difícil creer que alguien pueda cometer un error semejante. ¿Quiere una taza de té? -le ofreció Jacqui.

– No, gracias. Voy a ocuparme de las gallinas. Pero tomaré una cuando vuelva, si no le importa. Esta mañana hace mucho frío ahí fuera.

Le echó una mirada reprobatoria a su ropa y se dirigió hacia la puerta. Jacqui no pudo evitar sentirse decepcionada. No le gustaban los cotillees, pero había esperado mantener una conversación agradable que respondiera a las preguntas que no le habían dejado dormir por la noche.

– Por supuesto. Pero antes de que se vaya, ¿puedo hacerle una pregunta?

– Pregunte -dijo la mujer con cierto recelo-. Pero no le prometo que responda.

– Maisie no ha traído ropa para salir al campo. No tiene nada en su habitación, y el señor Talbot no parece saber dónde guarda sus cosas.

– ¿Por qué habría de saberlo?

– No lo sé. La verdad es que no sé nada.

Tal vez la humildad fuera la respuesta adecuada, porque la expresión de Susan cambió.

– Bueno, siempre está vagando de un sitio a otro. Pueden pasar meses, incluso años, sin que sepa nada de él, hasta que de pronto aparece.

Vaya suerte la suya, pensó Jacqui, de que sus visitas a High Tops hubieran coincidido. Le habría gustado obtener más detalles, pero Susan ya se dirigía hacia la puerta.

– ¿Lo sabe usted? -le preguntó, en un último y desesperado intento.

La mujer reflexionó un momento, pero negó con la cabeza.

– No -respondió secamente.

– Tal vez podría buscarla yo misma. ¿Por dónde podría empezar?

– Ya se lo he dicho; no guarda ninguna ropa aquí -agarró un abrigo del perchero-. Su última niñera siempre traía todo lo que necesitaba -dijo, sin ocultar su cinismo.

– Pues yo no he tenido ese privilegio. Tengo que arreglármelas con lo único que hay: tafetán rosa y seda amarilla.

– Supongo que podría echar un vistazo en el viejo cuarto de los niños -dijo Susan, sacando un pañuelo para la cabeza del bolsillo del delantal-. Quizá encuentre algo de la señorita Sally. Está arriba… -pensó por un momento-. La quinta puerta del pasillo.

– Gracias, Susan -respondió Jacqui con una sonrisa-. Espero que esté lista para un sándwich de beicon cuando vuelva, para acompañar a su té.

La mujer le devolvió la sonrisa.

– De acuerdo. Si insiste, estaré de vuelta en media hora.

Jacqui subió las escaleras y recorrió el largo y ancho pasillo, iluminado por una serie de ventanas que, en un día despejado, seguro que ofrecían una hermosa vista. Una alfombra turca cubría el suelo encerado, y las paredes estaban repletas de cofres antiguos y cuadros.

A pesar de su descuidado aspecto exterior, aquélla había sido sin duda la residencia de un caballero. Lástima que ahora la ocupara un caballero semejante, pensó Jacqui mientras contaba las puertas hasta llegar a la quinta. Estaba junto al final de un tramo de escaleras, en lo que parecía la parte principal de la casa. A Jacqui le pareció extraño que el cuarto de los niños estuviera allí, pero se encogió de hombros y abrió la puerta. Aún era muy temprano y la niebla que rodeaba la casa oscurecía las habitaciones, así que buscó el interruptor de la luz.

La estancia se iluminó y Jacqui vio enseguida que sus sospechas no eran infundadas. Aquélla no era la habitación de los niños, sino el dormitorio principal. Amueblado al estilo regencia, elegante, caro y con una enorme cama de columnas.

Se dio la vuelta con la intención de salir inmediatamente… y se encontró con Harry Talbot, que estaba de pie frente a un aparador, buscando ropa interior. Ya era bastante embarazoso haber entrado sin llamar, pero a eso había que añadir que él acababa de salir de la ducha y que estaba desnudo, salvo una toalla envolviéndole las caderas. Y al girarse para mirarla, la toalla se soltó y cayó al suelo.

Él no hizo el menor movimiento para recuperarla, y Jacqui, a pesar de abrir la boca con intención de disculparse, fue incapaz de emitir sonido alguno. Era hermoso y esbelto, esculpido en fibra y músculo; la clase de cuerpo que los pintores ansiaban como modelo. De sus cabellos caían gotas de agua, que resbalaban sensualmente por sus hombros y su pecho hasta fundirse con su carne.

Representaba la perfección del David de Miguel Ángel.

Y esa perfección hacía aún más terrible las cicatrices que cubrían su espalda. Unas cicatrices que Harry no fue lo suficiente rápido en ocultar. Sin pensar en lo que hacía, Jacqui alargó un brazo dispuesta a tocarlo, como si quisiera traspasar el dolor a su propio cuerpo. Pero antes de que sus dedos tomaran contacto, él le sujetó la muñeca y, en un rápido y brusco tirón, la sacó de la habitación.

– Quédate ahí. No te muevas -sin esperar a ver si lo obedecía, le cerró la puerta en las narices.

El instinto urgía a Jacqui a que echara a correr, pero sus piernas no respondían. El cuerpo entero le temblaba y se tapó la boca con la mano para no gritar. ¿Qué le había pasado a Harry? Las marcas donde su piel había sido arrancada no se parecían a nada que ella hubiera visto antes. Ni a nada que quisiera volver a ver. Gimió y se apoyó contra la puerta, casi cayéndose de bruces cuando él volvió a abrirla, esa vez vestido con un albornoz.

– ¿Estás bien? -le preguntó. La agarró con tanta fuerza por los brazos que sus dedos se le clavaron en la carne.

Ella no se quejó. Ni por un momento creyó que lo hiciera a propósito. Simplemente asintió y él aflojó la presión para que la sangre volviera a circular, pero no la soltó.

Tal vez porque era él quien necesitaba un punto de apoyo, pensó Jacqui al ver su rostro cansado y enjuto, como si no hubiera dormido en mucho tiempo.

– ¿Y bien? -la apremió él-. ¿Qué querías que no podía esperar? ¿Has localizado a Sally?

Demasiado tranquilo. Demasiado frío y despreocupado, aunque ella habría pensado otra cosa por la dolorosa presión en sus brazos.

– No. Es demasiado pronto para llamar a la agencia -dijo, y como él no parecía interesado en saber lo que no había hecho, sino en qué demonios pretendía al entrar en su habitación sin llamar, respiró hondo para intentar calmarse y continuó-. No te estaba buscando. Buscaba el cuarto de los niños. Su… Susan me dijo que allí tal vez encontrara ropa adecuada para Maisie. Me dijo que es… estaba arriba, la quinta puerta del pasillo…

Le daba igual lo que Susan hubiera dicho y lo que Maisie llevara puesto, siempre que no pasara frió. Pero tenía que saber qué eran esas marcas…

– Harry…

– Susan asumió que subirías por la escalera principal -la interrumpió él-. Es por aquí -la hizo retroceder por el pasillo, agarrándola firmemente por el codo-. Esta es -abrió una puerta y se giró bruscamente para marcharse.

– ¡ Harry!

Él se detuvo en la puerta de su habitación, pero no la miró.

– No preguntes -le advirtió.

Por un momento ninguno de los dos se movió ni habló. Y entonces, aparentemente satisfecho de haber dejado clara su postura, Harry entró en la habitación y cerró la puerta.

Capítulo 6

HABIÉNDOSE decidido finalmente por el tafetán rosa, Maisie no quedó impresionada con la ropa que había encontrado Jacqui.

– Huele -dijo, arrugando la nariz con disgusto.

– Sólo huele porque ha estado guardada mucho tiempo. Y no te estoy pidiendo que te la pongas. No hasta que se haya lavado. Sólo quiero asegurarme de que te queda bien.

– No me quedará bien.

– Seguramente no -corroboró Jacqui-. Tu madre debió de ser más alta que tú.

– No, no lo era. Me dijo que medía lo mismo que yo a mi edad.

– Oh, entonces seguro que te está bien, ya que era de tu madre.

– Oh, vamos… -dijo Maisie, recuperándose rápidamente de su error. Agarró una sudadera con un personaje de dibujos animados estampado y la sostuvo a lo largo del brazo-. Mi madre jamás se habría puesto algo así.

Habiendo previsto aquella reacción, Jacqui sacó una foto que había encontrado en el cuarto de los niños, clavada en un tablero. Estaba curvada por los bordes y muy descolorida, y sin duda estaba allí por el cachorro que una Selina Talbot muy joven apretaba en sus brazos, más que por razones estéticas. O tal vez fuera porque, tras ella, estaba su primo mayor, alto y protector. Harry. La razón no importaba. Lo que importaba era que en aquella foto Selina Talbot llevaba aquella sudadera.

– ¿Por qué guardó esta sudadera tan horrible? -preguntó Maisie.

– ¿Tu nunca has guardado un vestido, después de que ya no pudieras ponértelo, aunque sólo fuera para recordar cómo te sentías al llevarlo?

Maisie se encogió de hombros.

– Sí, supongo… ¿Ése que está con mi madre es Harry?

Jacqui volvió a mirar la fotografía y se la tendió a la niña.

– ¿Por qué no se lo preguntas?

– No -respondió Maisie, sin tomar la foto-. Es él.

Pensándolo bien, era obvio por qué Selina había mantenido la foto donde pudiera verse. Aquel hombre podía tener muchos defectos, pero su prima lo había venerado de niña. Y seguro que aquella mano en su hombro también habría hecho especial la sudadera.

– Bueno, fuera hace un tiempo de perros, así que de momento no puedes salir a jugar. Aprovecharé para lavar la ropa, y si esta tarde sale el sol, podría sacarte una foto con esta sudadera. No hubo respuesta.

– ¿Y con uno de los cachorros? Seguro que a tu madre le encantaría.

– Sólo si Harry aparece también en la foto -insistió Maisie-. Para que sea exactamente igual.

– Es una magnífica idea -dijo Jacqui, aunque no estaba segura de que Harry pensara lo mismo.

– ¿Se lo pedirás por mí?

– Sí, cariño. Claro que se lo pediré.

– Antes de que me ponga la sudadera.

Maisie era pequeña, pero desde luego era una niña precoz. Jacqui se libró de un duelo inmediato en el que poner a prueba sus habilidades negociadoras, ya que Harry no se quedó esperando para hablar con ella. Después del desayuno, dejó a Maisie «ayudando» a Susan en la cocina y fue a llamar a Vickie. Al abrir la puerta del despacho, Harry levantó la vista del montón de cartas que había sacado de bolsa y la miró con tanta fiereza que Jacqui dio un paso atrás.

– Lo siento. No pretendía molestarte.

– Tu presencia en esta casa molesta hasta el aire -declaró él, y respiró hondo, como si estuviera contando hasta diez-. Sin embargo, he de aceptar que no puedes hacer nada al respecto, así que, ¿puedes dejar de ir de puntillas a mi alrededor, por favor?

– Ayudaría mucho si no me miraras como si te ofendieras al verme -señaló ella.

– Yo no… -empezó él con irritación, pero se interrumpió y desechó el asunto con un gesto, como dando a entender que Jacqui era demasiado sensible-. ¿Has dejado tu aquí este montón de basura?

– Si te refieres al correo, sí. La mujer de la tienda del pueblo me pidió que te lo trajera cuando me detuve para preguntarle el camino.

– Pues cuando te marches te sugiero que se lo devuelvas y le digas que…

– Tengo una idea mejor -lo interrumpió ella, cansada de su malhumor-. ¿Por qué no hablas tú mismo con ella? -se atrevió a preguntarle, y decidió cambiar rápidamente de tema-. ¿Has sabido algo de tu prima?

El negó con la cabeza.

– Y supongo que tú no has recibido ninguna alegría de la agencia.

– Estaba a punto de llamar.

– Adelante.

Empujó el teléfono hacia ella y Jacqui levantó el auricular, pero no parecía haber línea.

– No hay línea.

Él le quitó el auricular y se lo pegó a la oreja.

– ¿Me equivoco? -le preguntó ella con engañosa dulzura.

Podía ser que la grosería de Harry Talbot fuese un escudo contra la compasión. De ser así, estaba funcionando. Harry masculló algo incomprensible, pero ella no le pidió que lo repitiera. No creía que fuese algo que quisiera ni debiera oír.

– Ocurre todo el tiempo aquí arriba -dijo en voz alta-. Es una sueñe que tengas móvil.

– ¿Quieres que informe de la avería?

– Si crees que debes hacerlo…

En realidad, Jacqui estaba contenta de dejarlo sin comunicación con el mundo exterior, y estaba convencida de que el mundo exterior se lo agradecería. Pero no tenía sentido expresar su opinión y enfadarlo aún más, y menos cuando tenía que pedirle un favor.

Pero lo primero era llamar por teléfono. Si las noticias que recibía eran buenas, Harry estaría de mejor humor. El único problema era que no recordaba dónde había metido su móvil. Dejó a Harry en el despacho y buscó en sus bolsillos, que era donde lo llevaba durante el día, y en la mesilla de noche, donde sólo encontró el brazalete de plata. Se abrochó la cadena en la muñeca y miró bajo la cama, por si acaso el aparato había caído al suelo. Nada. Tampoco estaba en la cocina, y Maisie, ataviada con un gran delantal y con las mejillas cubiertas de harina, no supo responderle cuando le preguntó si lo había visto. Sólo quedaba el despacho, ya que era el último lugar donde recordaba haber estado, así que no tenía más remedio que entrar en la guarida del león por segunda vez aquella mañana. Aunque esa vez tuvo la precaución de llamar a la puerta antes de abrir.

– ¿Y bien? -preguntó Harry, levantando la mirada.

– No encuentro mi móvil por ninguna parte. No sé dónde más buscar.

– No lo he visto, pero tampoco estaba prestando atención -dijo él, y señaló el correo desperdigado por el escritorio-. Tal vez encuentres algo bajo todo esto.

Ella agarró un puñado de propaganda y la tiró directamente a la papelera. Después de haberla llevado a la casa, lo menos que podía hacer era separar el correo personal y las facturas en montones diferenciados. Entonces se percató de que la estaba mirando.

– ¿Qué?

– Sigue. Estás haciendo un buen trabajo.

– Es bueno saber que soy útil en algo, aunque sólo sea en tirar la basura -dijo ella-. Tendrías que hacer algo para que dejaran de enviarte tanta propaganda inútil -tiró el último folleto a la papelera y ordenó los papeles de la mesa-. No está aquí -observó, empezando a sentirse un poco desesperada-. Esto es increíble. Tiene que estar en alguna parte. ¿Te importaría levantarte? Él obedeció y ella buscó entre el respaldo y los laterales del sillón, calentado por su cuerpo. Un calor provocado por el duro trasero y los muslos que tenía a escasos centímetros del rostro…

– No está aquí -dijo, retirándose.

– Tal vez haya caído al suelo.

Jacqui ya se había arrodillado antes de darse cuenta de que, en vez de permanecer de pie, Harry había hecho lo mismo. Y al levantar la mirada, esperando no ver nada más peligroso que sus rodillas, se encontró mirando directamente a sus ojos. Lo apropiado habría sido sonreír y mantenerle la mirada. Pero la cercanía de sus ojos leonados le provocó tanto calor que se vio obligada a retroceder. Al hacerlo, se chocó con el borde de la mesa y cayó sobre sus rodillas con un grito de dolor. Lo siguiente que supo fue que estaba sentada en el sillón de Harry y que él estaba agachado frente a ella, mirándola atentamente.

– ¿Jacqui?

– No pasa nada… -dijo, intentando levantarse-. Estoy bien.

Él le puso una mano en el hombro para que no se moviera.

– Estate un minuto sin moverte. Te has dado un buen golpe.

– No, de verdad que no -insistió, pero se sentía como si le hubiera explotado la cabeza y tenía las rodillas muy débiles-. Estaré bien enseguida.

– Mírame -le ordenó él-. ¿Cuántos dedos hay?

Tras quedar convencido de que Jacqui no veía doble, se levantó y le apartó suavemente el pelo de la frente.

– ¿Eres médico? -le preguntó ella.

– Sí, y puedo decirte que el pronóstico es dolor de cabeza y un chichón del tamaño de un huevo.

– Eso también podría decirlo yo… -le costaba trabajo hablar-. ¿De verdad eres médico?

– He perdido un poco de práctica -admitió él-, pero podré ocuparme de un pequeño bulto en la cabeza.

– ¡Pequeño! -exclamó ella.

– Bien, ya casi te has recuperado por completo. Iré por una bolsa de hielo.

– No es necesario.

– ¿Cuestionas mi diagnóstico? ¿También eres médico?

– Tu sarcasmo sobra -espetó ella-. Has leído mi curriculum y sabes exactamente lo que soy.

– Me he hecho una idea, pero me gustaría saber por qué dejaste la carrera de Enfermería -dijo, pero levantó un dedo para que no hablara, casi rozándole los labios-.Guarda silencio y no te muevas. Enseguida vuelvo.

– Sólo iba a decirte que no te metieras en lo que no te importa -murmuró ella testarudamente, pero sólo cuando él hubo salido del despacho. Estaba claro que Harry sabía de lo que estaba hablando al aconsejarle que no hablara, porque nada más hablar deseó haberlo obedecido.

– Susan está preparándote una taza de té -dijo él al regresar un par de minutos después, con hielo triturado y envuelto en un trapo. Se lo presionó suavemente contra la frente-. ¿Qué tal?

– Frío -respondió ella-. Maravillosamente frío -añadió, ya que lo primero no sonaba muy agradecido. Sin embargo, la idea del té le provocaba náuseas, aunque no se lo dijo-. Gracias -levantó una mano para sostener el hielo, y los dedos se entrelazaron brevemente con los de Harry al intercambiar posiciones-. ¿Qué está haciendo Maisie? -preguntó, más como distracción que porque realmente le interesara saberlo.

– Siendo Maisie.

Era extraño, pero Jacqui comprendió exactamente a lo que se refería.

– ¡Maldita sea! -exclamó, sintiéndose tan estúpida como culpable-. ¿Qué habré hecho con mi móvil? Estaba segura de habérmelo metido en el bolsillo.

– Tal vez se te haya caído en alguna parte. Lo encontrarás cuando se ponga a sonar.

– ¡Pero lo necesito ahora! -protestó-. Lo siento… -se apresuró en disculparse, pues se estaba comportando como Maisie-. Necesito saber lo que está pasando. Maisie no debería quedarse en un lugar tan aislado como éste.

– Creía que habías dicho que quería quedarse.

– No se trata de eso -apoyó los codos en la mesa e intentó pensar a pesar del dolor-. Pero tienes razón. Parece sentirse muy contenta aquí.

– Pero tú quieres seguir adelante con tu vida.

– Yo no he dicho eso -replicó ella, mirándolo-. ¿Lo he dicho?

– No -pareció que iba a decir algo más, pero cambió de opinión y guardó silencio por unos momentos-. ¿Le has encontrado una ropa más adecuada?

– Le he encontrado una sudadera y unos vaqueros, pero no quiere ponérselos.

– No puede pasarse toda la vida con esos vestidos de fiesta -objetó él-. Tiene que llevar ropa normal.

– Tu confianza dice mucho de ti, pero sí, supongo que tienes razón. Por suerte, he encontrado esto -se metió la mano en el bolsillo de la camisa y extrajo la foto-. Es su madre, llevando la misma ropa.

Harry contempló la foto durante unos segundos y se la devolvió.

– ¿Ha funcionado?

– ¿Cambiarías tú el tafetán rosa por unos viejos pantalones de peto sin protestar?

– Afortunadamente, nunca he tenido que tomar esa decisión.

A Jacqui le pareció ver el atisbo de una sonrisa. Quizá sólo fuera su imaginación, pero de todos modos la animó a seguir.

– La verdad es que tuve una idea genial y le propuse que le haría una foto igual que ésta. Y parece haber funcionado.

– Entonces, ¿cuál es el problema? ¿Necesitas una cámara? Tiene que haber una por alguna parte.

– Gracias, pero tengo mi propia cámara. Me iba de vacaciones, ¿recuerdas?

– ¿Entonces qué hace todavía Maisie con esa cosa rosada con volantes? No será por falta de cachorros.

– No, pero no se trata sólo del cachorro… Tú también apareces en la foto original, y Maisie quiere una exactamente igual. No hay prisa -añadió rápidamente, sin darle tiempo a pensar-. La ropa se está lavando y el tiempo no es el más propicio para sacar fotos en el exterior. Mientras tanto, seguiré buscando mi teléfono.

– Jacqui…

Ella hizo un esfuerzo por levantarse, pero las rodillas no le respondían. Intentó convencerse de que no tenía nada que ver con el modo en que Harry había pronunciado su nombre, con una suavidad exquisita, como si sólo lo hubiera dicho por el placer de oírlo…

– Lo siento -añadió él, rompiendo el encanto.

– ¿Por qué? No tienes la culpa de que me haya dado un golpe en la cabeza.

– Siento lo de tus vacaciones.

Ah, eso…

– Te prometo que no diré una palabra más al respecto si permites que Maisie tenga la foto que quiere.

Harry soltó un débil gruñido, pero no parecía molesto por el chantaje emocional.

– Si consigues que salga el sol, te prometo que me someteré a la sesión de fotos.

Su respuesta insinuaba que conocía bastante mejor que ella las previsiones meteorológicas para High Tops.

No importaba. Lo había prometido. Y el sol tenía que salir alguna vez. Después de todo. el cielo estaba despejado en la vieja foto de Selina, ¿no?

– Gracias -respondió con una sonrisa-. Y ahora que hemos resuelto esta cuestión, ¿podría tomar un par de aspirinas?

– Sólo si te acuestas durante una hora y dejas que te hagan efecto.

– ¿Me estás mandando a la cama?

Nada más decirlo se arrepintió. En su estado actual, tendría que dejar que Harry la llevara en brazos, y no creía que acurrucarse contra su pecho y escuchar sus latidos la ayudara mucho.

– ¿Qué pasa con Maisie? -preguntó, intentando borrar la imagen de su cerebro.

– Susan se ocupará de ella.

– Susan tiene muchas cosas que hacer. Los animales, las tareas domésticas…

– Eso no es tu problema.

Jacqui había esperado que se ofreciera voluntario para cuidar de Maisie, pero la cabeza le dolía demasiado para preocuparse por ello.

– De acuerdo, pero no voy a irme a la cama. Tendrás que pedirles a esos perros que me dejen compartir el sofá.

– También podría insistir en que te examinaran con rayos X, porque obviamente no estás bien de la cabeza. Vamos, podrás poner los pies en alto en la biblioteca.

– ¿La biblioteca? ¿Quieres decir que vas a dejarme pisar el área lujosa de la casa?

Parpadeó, sorprendida. ¿Realmente acababa de decir eso? Sin duda el golpe en la cabeza había sido más fuerte de lo que pensaba. Vio cómo Harry apretaba la mandíbula y respiraba hondo.

– Creo que «lujosa» sería decir demasiado, pero al menos no acabarás cubierta de pelos de perro.

Jacqui pensó que debería decir algo, pero no se le ocurrió nada sensato, así que dejó que él le pusiera una mano bajo el codo y la ayudara a levantarse.

– ¿Puedes caminar?

– Pues claro que puedo caminar -declaró ella, haciendo lo posible por ignorar las vueltas que daba la habitación-. No soy una inválida.

– No, sólo eres una espina en el trasero. ¿No eres capaz de cerrar la boca?

– Claro que… -se detuvo-. Era una pregunta con trampa, ¿verdad?

Él no respondió, posiblemente para demostrarle que uno de los dos tenía algo de control sobre su boca, aunque también podía ser para no echarse a reír. Jacqui entrevió los paneles del vestíbulo, el pie de la escalera de roble y de repente se encontró en una habitación donde se respiraba un ambiente cálido y familiar.

Las cortinas de terciopelo que una vez habían sido verdes se habían desteñido hasta quedar en un tono gris plateado. Una alfombra persa, de hermoso diseño pero raída y deshilachada, cubría el suelo. Había un inmenso sofá junto a una bonita chimenea, dispuesta con troncos esperando a ser encendidos y proyectar el resplandor de las llamas sobre las estanterías que se alineaban en las paredes. No se parecía en nada a la casa de piedra del gigante de los cuentos. Realmente, la primera impresión no siempre era la más acertada… Harry se acercó a la chimenea y se agachó para encender el fuego, aunque no hacía frío en la habitación. Jacqui se sentó en el borde del sofá mientras él avivaba las llamas, observando sus hábiles movimientos y su rápida reacción cuando un tronco se cayó del montón. Cerró los ojos y olvidó el dolor de cabeza, reemplazado por un inimaginable dolor en el estómago.

– ¿Jacqui? -la voz de Harry le hizo abrir los ojos de nuevo-. ¿Estás bien?

– Sí -respondió ella, aunque sin mucha convicción.

– Pareces un poco pálida. ¿Te has mareado?

Sí, se había mareado, pero no por el golpe en la cabeza.

– Estoy bien, de verdad.

Él la miró unos segundos más, antes de volverse hacia el fuego. Cuando estuvo satisfecho con el resultado, colocó una rejilla protectora delante de la chimenea.

– ¿Quieres que me lleve eso?

Jacqui bajó la mirada hacia el hielo, que empezaba a fundirse en su regazo.

– Nada de esto es necesario -protestó-. Debería estar…

– ¿Qué?

Buscando el teléfono. Llamando a Vickie para averiguar lo que estaba pasando. Pero, como Harry le había recordado, Maisie quería quedarse allí. Entonces, ¿por qué no podía limitarse a descansar y dejar que las cosas siguieran su curso?

– Nada.

– Respuesta correcta -dijo él.

Y esa vez, sus labios se curvaron lo suficiente para definir aquella mueca como una sonrisa. Una sonrisa torcida. Ligeramente irónica, incluso. Pero una sonrisa al fin y al cabo.

– Ahora pon los pies en alto mientras voy a buscar las aspirinas.

Antes de que ella pudiera protestar, se inclinó, le levantó los pies con una mano, le quitó los zapatos y los dejó sobre el sofá.

Capítulo 7

CUANDO Harry regresó unos minutos más tarde con una aspirina y una manta, Jacqui se había quedado dormida. Él la contempló durante un rato. Había recuperado el color de las mejillas y respiraba con normalidad, pero tenía unas manchas oscuras bajo los ojos. Unas manchas que no tenían nada que ver con el golpe en la cabeza. Las había visto la noche anterior, cuando Jacqui había bajado a la cocina sin maquillaje, y sospechaba que hacía tiempo que no dormía bien. Un síntoma que él conocía bastante. Sin duda había un hombre detrás de todo aquello.

¿Por qué si no se iba sola de vacaciones?

Dejó las aspirinas en la mesita y, tan delicadamente como pudo, cubrió a Jacqui con la manta.

– ¿Cómo está? -preguntó Susan, que entraba en ese momento con el té.

– Se ha dormido. El descanso le sentará bien.

– No debería quedarse sola. Mi sobrino se cayó una vez de un árbol y…

– Sí, gracias, Susan. Me quedaré y le echaré un ojo. Deja la bandeja.

– De acuerdo. Estaré arriba limpiando las habitaciones, por si me necesita.

– Llévate a Maisie contigo. No quiero que venga a molestar a Jacqui.

Susan dejó escapar un sonido que sólo las mujeres de cierta edad podían emitir, pero que expresaba claramente lo que estaba pensando. Sabía que Harry no quería que Maisie lo molestara a él.

– Debería estar en el colegio, jugando con niñas de su edad.

– Ahórrate el sermón para Sally.

– Seguro que la señora Jackson, su tutora, estaría encantada de aceptarla hasta el final del trimestre.

– Seguro, pero no va a quedarse -dijo Harry.

– Si usted lo dice… -dejó la bandeja en la mesa-. Bueno, no puedo perder el tiempo cotilleando. Si necesita algo, ya sabe dónde estoy.

– ¿Podrías buscar el móvil de Jacqui? No estaba en el despacho, así que debe de habérsele caído en el piso de arriba.

– De acuerdo.

Al girarse hacia la puerta, los dos se encontraron con Maisie, que parecía temerosa de entrar en la habitación.

– ¿Está muerta? -susurró-. ¿La he matado?

– ¿Tú? -exclamó Susan-. ¿Cómo se te ocurre pensar eso?

Harry se acercó rápidamente a la puerta.

– Se ha golpeado la cabeza contra la mesa, Maisie. No ha sido culpa tuya.

– Pero parecía…

– Se pondrá bien. Sólo necesita descansar un rato. Ahora vete con Susan.

– Prefiero ir al colegio. ¿Puedo? ¿Al colegio del pueblo? Por favor…

– No, Maisie -se negó Harry, sorprendido por la impaciencia de la niña-. Tu madre no ha metido en tu equipaje ropa adecuada para este tiempo…

– ¡No le eches la culpa a ella! ¡No es culpa suya! Yo hice mi equipaje. ¡Quería estar guapa para gustarte!

Nada más decirlo, se dio la vuelta y se alejó corriendo, como aterrorizada por sus propias palabras.

– ¿Sabe, señor Harry? -dijo Susan-. No me corresponde a mí decirlo, pero esa niña necesita un poco de orden en su vida.

– Tienes razón, Susan -afirmó él-. No te corresponde a ti decirlo.

La mujer soltó un bufido que expresó claramente lo que estaba pensando y salió tras Maisie. El sabueso se había aprovechado de la llegada de Susan para deslizarse en la biblioteca y tumbarse junto a la chimenea, esperando no llamar la atención. Harry añadió otro tronco al fuego y se volvió para asegurarse de que Jacqui seguía dormida. Estaba acurrucada de costado, con la mejilla apoyada sobre las manos y un mechón sedoso deslizándose sobre su frente. Con mucho cuidado, deslizó un dedo bajo el mechón y se lo apartó del rostro. Y fue entonces cuando vio la cadena de plata en la muñeca. La había notado antes, cuando Jacqui sostenía el hielo contra la frente, pero ahora pudo ver el corazón plateado. Tenía un mensaje grabado. Unas diminutas palabras que Harry sabía que no debía leer, pero que saltaron a la vista al reflejar la luz de las llamas.

«Olvida y sonríe».

El mensaje le resultó familiar, y buscó en un diccionario hasta encontrar la cita completa. Y sintió… algo. Hacía tanto tiempo que había cerrado la puerta a las emociones y los sentimientos que no supo lo que era. Sólo sabía que dolía, y que si no lo remediaba, el dolor sería insoportable. Pero había reconocido el peligro desde que ella había puesto un pie en la casa. Había intentando echarla pero, a diferencia de la mayoría de las personas, ella parecía inmune a su grosería. Era como si comprendiera lo que estaba haciendo.

Era ridículo. Ella no lo conocía ni sabía nada de él. Y sin embargo había encontrado el camino hasta su casa, hasta su vida, y Harry temía que no se contentara hasta que hubiese traspasado la armadura con la que se protegía de las intrusiones externas.

Pero ahora ésa era la menor de sus preocupaciones. Podía mantener a distancia al mundo exterior. Lo que no podía afrontar era lo que estaba encerrado en su interior. Se apartó del sofá, tomó una biografía de las estanterías y se acomodó en un sillón. Leer y observar. Observar…

Jacqui se removió y puso una mueca cuando su frente entró en contacto con el lateral del sofá. Entonces lo recordó todo y se arriesgó a abrir los ojos. Los troncos seguían consumiéndose, despidiendo un resplandor cálido y casi translúcido. El perro estaba estirado frente a la chimenea, dormitando plácidamente. Jacqui se tocó con mucho tiento el cuero cabelludo. El bulto que había predicho Harry apenas era perceptible, de modo que decidió que sobreviviría y se irguió lentamente hasta sentarse. Y entonces vio que no sólo el perro le hacía compañía. Harry Talbot estaba sentado en un sillón junto al fuego. Había estado leyendo, pero se había quedado dormido y el libro había caído al suelo. La tensión había desaparecido de su rostro, y el cambio era tan radical que Jacqui comprendió finalmente que no eran ella ni Maisie a quienes intentaba mantener a distancia con su rudeza. Era al mundo entero.

Intentando no hacer ruido, se arropó los pies y se acurrucó contra el costado del sofá. El perro levantó la cabeza, esperanzado, pero Jacqui se llevó un dedo a los labios.

– Túmbate -susurró.

Tal vez la entendiera, o tal vez fuera lo bastante listo para saber que no tenía nada que ganar si se movía y despertaba al hombre durmiente. En cualquier caso, volvió a agachar la cabeza entre las zarpas y soltó un gemido mientras miraba a Harry. Al igual que Maisie, era otra alma que anhelaba una palabra amable, una cariñosa caricia del objeto de adoración.

La idea la sorprendió. ¿Por qué anhelaba Maisie recibir atención de Harry? ¿Tendría él realmente algún problema con su adopción, o acaso había algo más turbio? El modo tan agresivo en que Maisie se comportaba y hablaba de él denotaba una necesidad tácita de atención y cariño.

– ¿En qué piensas?

Jacqui dio un respingo, sobresaltada al oír la voz de Harry.

– Lo siento -dijo él-. No pretendía asustarte. ¿Cómo está tu cabeza?

– Bien -respondió ella con una sonrisa, aunque cometió la equivocación de asentir-. Parece que tú también necesitabas dormir un poco.

Él se inclinó para recoger el libro y se puso en pie.

– Sólo estaba descansando la vista -dijo, devolviendo el libro a la estantería. Por un momento había olvidado ponerse la máscara, pero de nuevo se escondía tras su carácter adusto y gruñón.

– Estoy lista para esa taza de té. ¿Puedo preparar una para ti? -entonces vio la bandeja en la mesa, con té para dos-. Oh -alargó un brazo y tocó la tetera. Estaba fría-. ¿Cuánto tiempo he estado dormida?

Harry miró su reloj.

– Un par de horas. ¿Me avisarás si te mareas?

– ¿Crees que me he dormido por tener una contusión? Nada de eso. Simplemente estaba cansada. Me temo que anoche no dormí muy bien… Pero no te disculpes, por favor. El problema no era la cama, sino mi preocupación por Maisie -añadió rápidamente, por si acaso Harry sentía remordimientos de haberle asignado un dormitorio en mal estado-. ¿Has comprobado si ha vuelto la línea telefónica?

– No, no lo he comprobado -admitió-. Hazlo tú misma.

Le indicó un teléfono que había sobre un pequeño escritorio, junto a la ventana. A diferencia de la caótica mesa del despacho, aquélla sólo contenía un ordenador portátil además del teléfono. Jacqui levantó el auricular. No había línea, pero el perro, intuyendo la posibilidad de acción, se acercó a ella y, al no recibir atención, empezó a olfatear bajo la mesa. Algo sonó contra el zócalo. Jacqui miró detrás de la mesa y vio que era la clavija del teléfono. Estaba desenchufada, sobre el suelo.

Estaba a punto de decírselo a Harry cuando vio por la ventana a Susan y a Maisie, ataviada con su ridícula combinación de volantes y botas de goma, dándole zanahorias a un par de burros sobre el muro de piedra que separaba el camino de entrada de un campo. Y, de repente comprendió lo que había sucedido. Maisie. Había ido furtivamente por la casa desconectando los teléfonos y escondiendo su móvil. Sólo para ganar un poco de tiempo.

¿Tan desesperada estaba por quedarse?

– ¿Y bien? -preguntó Harry.

Jacqui se dio la vuelta bruscamente al oírlo tan cerca, y a punto estuvo de chocarse con él al intentar impedir que viera lo que había hecho Maisie. Por un momento la habitación giró en tomo a ella y extendió una mano para evitar la caída. Harry la sujetó por los hombros. Su rostro no reflejaba frialdad ni enfado, sólo preocupación.

– ¿Te has mareado?

No… Sí… No era el tipo de mareo que él pensaba…

– Estoy bien -dijo, casi sin aliento-. No como el teléfono.

Por muy enfadada que estuviera, su instinto de protección le impedía contarle lo que había hecho Maisie. Con ello sólo conseguiría empeorar las cosas. Lo único que tenía que hacer era esperar hasta que Harry se alejara, y entonces volver a enchufar el teléfono y hacerle creer que habían reparado las líneas.

– ¿Sigue sin haber línea? -preguntó él.

«Díselo», la apremió una vocecita interior, pero Jacqui la ignoro.

– Eh… sí -dijo, cruzando mentalmente los dedos mientras sostenía el auricular para que él pudiera comprobarlo por sí mismo-. Nada.

Técnicamente era cierto, pero ocultar parte de la verdad era una forma de mentir. Harry le quitó el auricular y lo colgó, sin molestarse en comprobarlo. Obviamente, había aprendido la lección desde la última vez.

– Será mejor que vuelva a mirarte ese bulto -dijo.

Sin esperar a que le diera permiso, le separó los cabellos con una delicadeza exquisita. Ella se inclinó hacia atrás, lo suficiente para demostrarle que podía hacerlo sin caerse, pero no lo bastante como para romper el contacto.

– ¿De verdad eres médico? -le preguntó.

Finalmente consiguió la sonrisa que había estado esperando. Esas arrugas alrededor de los ojos que tan atractivas resultaban en un hombre. Esos pliegues tan sensuales alrededor de la boca…

– La medicina es la tradición de mi familia. Mi bisabuelo era el médico local.

– ¿En serio? El pueblo no parece lo bastante grande como para tener su propio consultorio.

– Lo hubo, cuando la agricultura dependía de los hombres más que de las máquinas. Cerró hace diez años, cuando mi primo se marchó a una consulta mayor en Bristol.

– Bien por él, pero ¿qué hacen ahora entonces los lugareños?

– Tienen que recorrer los veinte kilómetros hasta el pueblo más cercano.

– No debe de ser muy agradable para alguien mayor o con un niño enfermo -observó ella.

– Deberían intentar vivir en un lugar donde tengas que caminar una semana… -empezó a decir, pero se calló de repente.

De modo que cuando desaparecía durante meses o años, estaba trabajando en el extranjero. ¿En África, tal vez? Caminar durante una semana hasta la clínica más cercana sonaba al África salvaje. No lo presionó para que le diera más detalles, pero se guardó la información para examinarla más tarde.

– Así que tu bisabuelo era el médico del pueblo… -dijo-. ¿Y tu abuelo?

– ¿Qué? -espetó él a la defensiva, con una expresión tan severa que Jacqui se asustó.

– Has dicho que la medicina era una tradición familiar-le recordó.

Por un momento pensó que iba a mandarla al infierno.

– Es un especialista del corazón -respondió él secamente.

– ¿Es?

– Aún se sigue interesando por su especialidad. Mi padre es oncólogo, y mi madre, pediatra. ¿Hay algo más que quieras saber?

Parecía vagamente sorprendido por haber dicho tanto, pensó Jacqui. Como si no estuviera acostumbrado a hablar de sí mismo o de su familia y no supiera por qué lo había hecho ahora.

– Como puedes ver -añadió-, todos son gente muy ocupada.

Como Selina Talbot, que también anteponía su carrera a la familia.

– ¿Y tú? -le preguntó ella.

– Volveré a comprobar tu visión -le tomó la barbilla con la mano antes de que pudiera protestar y la obligó a mantener quieta la cabeza mientras movía un dedo delante de sus ojos-. Soy un médico que está satisfecho de que no hayas sufrido un daño grave en esta ocasión -respondió finalmente, si soltarle la barbilla-, pero que si le pides consejo, te sugerirá que tengas más cuidado la próxima vez que te arrastres bajo los muebles.

– No te he preguntado eso, Harry.

– Lo sé.

El tacto de su palma era frió y suave. Y todo lo que había de femenino en Jacqui respondió con un poderoso arrebato de deseo. Horrorizada, se dio cuenta de que quería que la besara, que la tocara, que la estrechara en sus fuertes brazos…

Tal vez el golpe en la cabeza la había afectado más de lo que Harry pensaba, porque le pareció sentir una respuesta igualmente poderosa en él. Si uno de los dos no hablaba, podrían quedarse así para siempre, envueltos en una especie de encantamiento en la cima de una colina nublada…

– ¿Y? -preguntó, rompiendo el hechizo. Los cuentos de hadas eran para los niños.

El se removió y la soltó.

– No tengo respuesta para tu pregunta, Jacqui. Ya no sé lo que soy.

Antes de que ella pudiera replicar, él se retiró y dejó caer la mano al costado, poniendo espacio entre ambos. Jacqui sospechó que, ahora que se había abierto como una ostra revelando su perla, se sentía expuesto y vulnerable y necesitaba refugiarse en su coraza. Y como si le confirmara sus sospechas, él rompió el contacto visual y miró por encima de su cabeza, a la salvedad de la nada que ofrecía el banco de niebla. La distancia, mental y física, sólo sirvió para demostrar lo cerca que habían estado el uno del otro durante un breve instante.

– La niebla se está despejando -murmuró él-. Parece que vas a tener un poco de sol antes de marcharte.

– Tendré mi cámara preparada -dijo ella, sintiendo cómo se le encogía el corazón mientas se giraba para seguir su mirada.

Maisie y Susan volvían a la casa. La niebla era efectivamente menos densa, y Jacqui creyó ver incluso un atisbo de cielo azul.

– Será mejor que vaya a rescatar a Susan.

«Y a reprender a Maisie por lo del teléfono», añadió para sí. Vickie y Selina Talbot tenían que estar subiéndose por las paredes.

Debería habérselo dicho a Harry, pero no quería que se enfadara con la niña, y unos minutos más o menos no supondrían ninguna diferencia. En cuanto él se marchara a arreglar la caldera o cualquier otra cosa, ella volvería a enchufar el teléfono y asunto arreglado. Se acercó a la mesita para agarrar la bandeja y Harry se apresuró a abrirle la puerta, como si estuviera impaciente por librarse de ella.

– Es casi la hora del almuerzo -dijo Jacqui. Estuvo a punto de sugerir que se uniera a ellas, pero se lo pensó mejor. No debía de mostrarse demasiado transparente-.¿Puedo prepararte algo?

– Deberías tomarte las cosas con calma.

– Y lo hago. Me he pasado toda la mañana durmiendo frente al fuego mientras Susan ha estado haciendo mi trabajo además del suyo.

¡No! Aquello no era un trabajo. No le estaban pagando por hacerlo. Lo hacía porque no tenía más remedio…

– Si te tranquiliza saberlo -añadió-, te prometo que no prepararé nada más que una tostada o un sándwich. ¿Qué prefieres?

Él la miró con ojos entornados, y ella supo que había hecho bien en no invitarlo a la cocina.

– Si vas a preparar unos sándwiches, tomaré uno aquí -dijo finalmente.

La dejó de pie en la puerta, se dirigió hacia el escritorio y, como si quisiera demostrar que no tenía intención de moverse en todo el día, se sentó y abrió el ordenador portátil. Harry encendió el portátil, obligándose a no mirar a Jacqui mientras ésta salía de la biblioteca. Pero la suavidad de su piel parecía haberse quedado impregnada en sus dedos, y su esencia femenina lo embargaba y reavivaba como la suave brisa primaveral.

No eran unos pensamientos muy apropiados para un médico, pero hacía seis meses que no pensaba en sí mismo como tal. No podía creer que se lo hubiera dicho a Jacqui. Como si quisiera que pensara bien de él… ¡Le importaba un bledo lo que pensara de él! Puso una mueca. No podía exigirle que regresara a Londres aquel mismo día, ni aunque su coche estuviese arreglado, la línea telefónica restablecida y Sally hubiese encontrado una solución alternativa para Maisie.

Se pasó la mano por el rostro, sintiendo la aspereza de una barba incipiente. ¿Acaso le extrañaba que cuando le abrió la puerta a Jacqui, ésta lo mirara como si fuese un monstruo? Volvió a cerrar el portátil.

¿Y qué si lo había mirado así? Cualquier cosa era mejor que la compasión. El no quería su compasión. Quería…

La llegada de la grúa del taller le evitó enfrentarse a su verdadero deseo. Pero cuando echó la silla hacia atrás, contento de librarse de sus pensamientos, vio la pulsera de Jacqui en el suelo, junto a la mesa. Y entonces, al agacharse para recogerla, vio la clavija del teléfono desenchufada.

Capítulo 8

MIENTRAS se aproximaba a la cocina, Harry oyó una carcajada.

– Susan, tengo que hablar contigo -dijo al entrar, con más brusquedad de la que pretendía.

– Tengo prisa -dijo ella, sacando un pañuelo para la cabeza del bolsillo-. Debería haberme ido hace media hora.

– Sólo será un minuto. Quería pedirte que tengas más cuidado cuando pases la aspiradora.

Susan pareció indignarse.

– Lo hago lo mejor que puedo. Los perros no deberían entrar en la biblioteca ni en el salón. La señora no lo permite cuando está en casa. Aunque si tuviera uno de esos aparatos nuevos…

– ¡No estoy hablando de los pelos de perro, maldita sea!

Tres pares de ojos lo miraron fijamente. Unos, con una mirada entornada y desaprobatoria; otros, muy abiertos, y otros, enmarcados por unas cejas ligeramente arqueadas. Ignoró las otras dos miradas y se concentró en Susan.

– Sé que trabajas muy duro limpiando la suciedad que dejan los animales de Sally, pero ése no es el problema -hizo una pausa, en la que tuvo la extraña impresión de que las tres mujeres contenían la respiración-.Todo lo contrario. En tu esfuerzo por hacer bien tu trabajo, has debido de desenchufar el teléfono de la biblioteca. Por eso no hemos podido hacer ni recibir llamadas durante toda la mañana.

Susan frunció el ceño.

– Pero yo no he…

Por el rabillo del ojo Harry captó un movimiento, pero cuando se giró para mirar a Jacqui, ésta sólo estaba apartándose el pelo tras la oreja. Lo miró interrogativamente, pero él no quiso responder a la pregunta tácita y se volvió hacia Susan.

– Lo siento, señor Harry -dijo ella, con una docilidad poco habitual-. Tendré más cuidado de ahora en adelante.

– ¡No! -gritó Maisie, levantándose con tanto ímpetu que casi volcó la silla-. ¡No! No le eches la culpa a Susan -espetó, mirándolo furiosa-. He sido yo -declaró, como una adolescente rebelde más que como una niña de seis años-. Yo lo he hecho.

¿Maisie? ¿Y lo había hecho deliberadamente?

Harry volvió a mirar a Jacqui y entonces se dio cuenta de que ella ya lo sabía, pues lo estaba mirando con ojos suplicantes, rogándole en silencio que fuera amable y comprensivo… Algo de lo que Susan era incapaz, al haber asumido la culpa en defensa de Maisie.

– ¿Qué has hecho Maisie?

– Yo desenchufé el teléfono.

– ¿En la biblioteca?

– En la biblioteca, en el despacho, en la cocina… -enumeró la niña, desafiante.

Harry se acercó al teléfono de la cocina y siguió el cable hasta un enchufe escondido tras un sofá. La clavija estaba en el suelo. Sin molestarse en preguntarle a Maisie cómo sabía hacer eso, pues sin duda lo había aprendido de su madre cada vez que ésta desconectaba el teléfono cuando no quería recibir llamadas, volvió a enchufarlo y se levantó. Maisie podía ser un pequeño demonio, pero al menos no quería que nadie asumiera la culpa por ella. Harry sabía exactamente por qué había desconectado los teléfonos. No quería que Jacqui ni él hablaran con Selina ni con la tía Kate y se la llevaran a otra parte. Quería quedarse allí.

– Gracias por ser tan sincera. Has sido muy valiente -le dijo a la niña. y se volvió hacia Susan-. Y tú eres mucho más amable de lo que se merece. Deja una nota sobre ese aparato en mi mesa y veré lo que puedo hacer.

En ese momento llamaron a la puerta trasera.

– Es el mecánico que viene a ver tu coche -le dijo Harry a Jacqui, agradeciendo la distracción-. ¿Puedes llamar a tu agencia mientras hablo con él? -le preguntó sin ocultar su enfado. Jacqui era una mujer adulta y no se merecía los miramientos de Maisie-. Deben de estar muy preocupados por no tener noticias tuyas. ¿O también era mentira que has perdido el móvil?

No esperó su respuesta, porque no le interesaba en absoluto. Jacqui le había mentido. Lo había mirado con sus grandes ojos grises y le había sostenido el teléfono para que él mismo comprobara que no había línea, pero sabiendo todo el tiempo lo que Maisie había hecho. Mientras Harry salía de la cocina, oyó que el teléfono empezaba a sonar. Pero en vez de sonar como una señal de alivio, pareció un toque de difuntos.

– Buenos días, doctor Talbot -lo saludó el mecánico, que ya había cargado el coche de Jacqui en la grúa y se estaba limpiando las manos con un trapo.

– Mike… ¿Vas a llevarte el coche al taller?

– Es mejor examinarlo a fondo. No hay nada peor que un trabajo a medio hacer.

– No.

– ¿Quiere que espere hasta que su visita se marche? Supongo que esa mujer no querrá destrozar un tubo de escape nuevo por bajar otra vez por el camino, ¿verdad?

Harry no había dicho que tuviera una visita en casa ni que el VW perteneciera a una mujer. Pero Jacqui había preguntado la dirección en la tienda del pueblo, lo que era igual que pregonarlo a los cuatro vientos.

– ¿Cuándo estará listo?

Cuanto antes fuera, antes podría echar a Jacqui de su vida y volver a la normalidad.

– Oh, bueno… Intenté llamarlo antes. ¿Sabe que no tiene línea telefónica? Ya me he encargado de avisar a los operarios.

– Pues tu llamada ha debido de surtir efecto, porque vuelvo a tener línea.

– Estupendo -dijo Mike, y señaló el coche-. El problema es que este vehículo es un modelo viejo. Harán falta un día o dos para conseguir las piezas, pero como tenía que venir a decírselo en persona, pensé en ahorrarme un viaje y llevarme el coche conmigo. ¿Va a suponer algún problema el retraso?

– ¿Supondrá alguna diferencia si te digo que sí?

– No, pero podría conseguir un coche de alquiler mientras tanto, si la señora necesita ir a alguna parte.

Harry resistió la tentación. Aunque le ofreciera a Jacqui un medio de transporte alternativo, ¿adónde iría? Él había pensado sugerirle que se llevara a Maisie a su casa. Si se negaba, no podría insistirle. Además, tal vez no tuviera espacio en casa.

– Nos las arreglaremos. Tú limítate a arreglarlo lo más rápido que puedas. Y, Mike, deberías pedirle a tu hermano que hiciera algo con los baches del camino, aunque sólo sea como una medida temporal. Hablaré con él para una solución definitiva en cuanto el tiempo mejore.

– No espere mucho tiempo. Después de Pascua empezará a trabajar en las nuevas casas.

– ¿Las nuevas casas?

– Su tía Kate es una mujer muy astuta. Ha conseguido que se apruebe el permiso de construcción para ese campo que hay junto a la carretera, gracias a que insistió en viviendas de bajo coste. Eso hará que los jóvenes se queden a vivir en el pueblo y que se salve la escuela. Y supondrá trabajo para todos nosotros -asintió hacia la casa-. ¿Enviará allí a su chica?

Las palabras de Mike traspasaron como un cuchillo el corazón de Harry.

– No, no va a quedarse aquí. Avísame cuando el coche esté listo -sin esperar respuesta, se dio la vuelta y se alejó, pero no hacia la casa, sino colina arriba, perdiéndose en la niebla.

Jacqui colgó el auricular y vio que su precioso coche estaba siendo cargado en una grúa. Como no veía a Harry por ninguna parte, salió a averiguar qué estaba pasando. El mecánico acabó de asegurar el coche y levantó la mirada.

– Buenos días. señorita. ¿Esta es su pequeña belleza?

– Sí -respondió ella con una sonrisa- Es precioso, ¿verdad?

– Sí que lo es. Lástima que haya tenido que subirlo hasta aquí.

– ¿Adonde se lo lleva?

– A mi taller. Por cierto, me llamo Mike -extendió la mano, pero la retiró al ver que no estaba muy limpia-. El taller está detrás de la tienda del pueblo. Le he dicho al doctor Talbot que pasarán un par de días hasta que pueda conseguir las piezas. Es por la antigüedad del modelo, ¿sabe? Le he sugerido un coche de alquiler mientas tanto, pero lo ha rechazado.

– ¿En serio?

El corazón le dio un vuelco. Tal vez fuera la emoción de saber que Harry no quería que se marchara enseguida. Después de lo que había pasado con los teléfonos, Jacqui había temido que la echara de su casa a la menor oportunidad.

– Si no le parece bien, señorita, dígamelo y encargaré el coche enseguida.

– ¿Qué? Oh, no. No, de verdad que no. Si necesito bajar al pueblo, estoy segura de que a Harry no le importará prestarme el Land Rover. Y comprendo lo de las piezas. He tenido problemas similares en el pasado. No hay ninguna prisa.

Por alguna razón, aquello pareció divertir al mecánico.

– Lo que usted diga, señorita. ¿Le importa cerrar la verja cuando yo salga?

– Con mucho gusto.

Esperó a que Mike saliera con la grúa y cerró la verja antes de volver a la casa. La niebla se había disipado ligeramente, lo bastante para ver el buen emplazamiento de la mansión. Ya no parecía amenazadora, sino un refugio para el mal tiempo. Entonces vio un movimiento a lo lejos, y distinguió una figura oscura subiendo rápidamente a la cumbre. Harry tenía todo el derecho a estar enfadado. Ella debería haberle contado lo que había hecho Maisie con los teléfonos. Y ahora había agravado aún más la situación al animar a Mike para que se tomara su tiempo arreglando el coche.

En realidad eso no suponía ninguna diferencia, puesto que todo lo que Vickie le había dicho por teléfono era que Selina Talbot no había respondido a sus mensajes, añadiendo que no se preocupara y que estaba trabajando en ello. Tal vez debería hacer el trabajo completo, volver a llamar a Vickie y decirle que también ella se tomara su tiempo. Aunque estaba llegando a la conclusión de que tampoco eso supondría ninguna diferencia. Selina Talbot tenía que saber que su madre estaba en Nueva Zelanda, ya que un viaje así no se programaba en el último minuto. Y llevaba allí cinco meses, por el amor de Dios. Era imposible no saberlo. Tal vez fuera una paranoia, provocada por el golpe en la cabeza, pero Jacqui empezaba a sospechar que Selina Talbot sabía exactamente lo que estaba haciendo.

Harry era el único adulto responsable que estaba disponible, y en vez de darle la oportunidad de que se negara, algo que sin duda él habría hecho, le había enviado a la niña… con niñera incluida.

E igualmente obvio era que, a pesar de sus protestas, Vickie Campbell sabía cuál era la situación desde un principio. Vickie nunca dejaba nada al azar en su trabajo. Lo único que desconcertaba a Jacqui era que nadie hubiese pensado en meter en la bolsa de Maisie una ropa más adecuada para el campo.

– Los conejos. Vamos a ver los conejos.

Maisie estaba enseñándole a Jacqui la reserva particular de animales. Habían saludado a los cachorros y a su madre, le habían dado una manzana a Fudge y le habían acariciado la crin, y les habían llevado zanahorias a los burros. Ahora estaba siendo arrastrada hacia una pequeña explanada tras los establos, donde vivían los conejos y las gallinas. La desgana de Jacqui era más por las gallinas que por los conejos. No le gustaban nada sus pequeños y afilados picos, sus ojos diminutos y brillantes ni el modo en que levantaban la cabeza al caminar. La ponían muy nerviosa. Los conejos, mucho más desconfiados, se resistían a abandonar la seguridad de la conejera y acercarse.

– Prueba con una zanahoria, Maisie. A los conejos les encantan, ¿no?

– No tanto como las hojas de diente de león.

Jacqui dio un respingo al oír la voz de Harry tras ella. La hierba había amortiguado sus pasos, y ella había estado tan concentrada en las gallinas que no lo había visto acercarse. Se dio la vuelta, preguntándose si la caminata por la colina habría aliviado su enfado, pero el rostro de Harry no revelaba ninguna emoción.

– ¿Por qué no me lo dijiste, Jacqui? -preguntó él.

Jacqui no quería que Maisie presenciara lo que sin duda iba a ser una conversación bastante incómoda, así que la dejó metiendo una zanahoria a través de la valla de alambre y se alejó hasta el muro de piedra en el extremo de la explanada. Harry captó la insinuación y la siguió. Se apoyó de espaldas contra el muro y esperó una explicación.

– Supe lo del teléfono pocos minutos antes que tú -dijo ella-. Te pido disculpas por no habértelo dicho, pero no quería que te enfadaras con Maisie. Mi intención era arreglarlo en cuanto tuviese ocasión. Y lo habría hecho enseguida, si no te hubieras quedado en la biblioteca.

– ¿Temías que me enfadara y le gritara a Maisie?

– Sí -admitió ella, mirándolo a los ojos-. Aunque tú no gritas, ¿verdad?

– A pesar de mi aspecto, Jacqui, no soy un ogro.

Ella alargó una mano y lo tocó ligeramente en el brazo. Por supuesto que no era un ogro. Sólo era un hombre triste y desdichado. Pero ¿no eran así los protagonistas de los cuentos de hadas?

– Reprimes todas tus emociones. Tal vez sería mejor que le gritaras a Maisie. Seguro que podría soportar un estallido emocional tuyo mucho más que tu silencio -se encogió de hombros-. Que tú pudieras o no, es otra cuestión.

– No necesito la psicología de una aficionada -dijo él.

– Sólo te estoy diciendo cómo lo veo yo, pero la próxima vez que desaparezcas entre la niebla, deberías probar a abrir la boca y soltar un grito desgarrador. Es muy terapéutico.

Le sostuvo la mirada, desafiante, y al final fue él quien la apartó y la perdió en la niebla.

– No espero que entiendas lo difícil que me resulta…-hizo un gesto de impotencia con la mano.

– Sólo es una niña pequeña, Harry. Que sea adoptada y de un color distinto al tuyo no la hace diferente. Quiere que la aceptes…

Estuvo a punto de añadir «y que la ames», pero pensó que sería un golpe emociona] demasiado fuerte. Harry frunció el ceño.

– ¿Un color distinto al mío?

Jacqui tragó saliva, arrepintiéndose por haber elegido aquel momento para hablar. Pero ya no podía echarse atrás.

– Me lo dijo ella.

– ¿Qué? -preguntó él. perplejo-. ¿Qué te dijo?

– Cuando intenté explicarle que no podía quedarme aquí, ella me preguntó si se debía a que fuera adoptada. A su color…

Miró a Maisie. que les estaba cantando una cancioncilla a los conejos. Parecía tan feliz, tan tranquila, tan distinta a la niña del día anterior…

– ¿Qué dijo, Jacqui?

Ella levantó una mano, incapaz de hablar.

– De acuerdo -dijo él-. Puedo imaginármelo. Dijo que yo no la quería porque era adoptada o diferente, ¿es eso?

Ella asintió.

– ¿Es un problema para ti? -consiguió preguntar.

El permaneció callado durante un rato, con la mirada perdida en el vacío.

– Sí, es un problema -respondió finalmente, mirándola a los ojos.

Jacqui no dijo nada, pero su expresión delató su espanto.

– Cuando la miro -siguió él-, todo lo que siento es…

– No, no digas más -lo interrumpió ella, separándose unos pasos-. Aquí estoy, muriéndome de vergüenza por hablar mal de ti, ¿y tú me dices que es cierto?

– Yo…

– ¡Mira, Jacqui! -exclamó Maisie, corriendo hacia ellos con el rostro iluminado y algo en las manos.

Jacqui se recompuso a toda prisa, se dio la vuelta y se agachó con una sonrisa forzada.

– ¿Qué tienes ahí, cariño?

Maisie abrió las manos para enseñar un polluelo amarillo.

– Oh, se ha hecho… eso en mis manos.

– Justo lo que necesitábamos -murmuró Harry por encima de ellas-. Pollos sueltos por ahí…

– ¿Dónde lo has encontrado, Maisie? -le preguntó Jacqui, antes de que Harry pudiera decir algo más que disgustara a la niña. Sacó un pañuelo del bolsillo y le limpió las manos a Maisie, recibiendo un picotazo del animal. Incluso los polluelos de peluche tenían picos…

– Detrás del seto. Hay muchos. Ven y verás -sin esperar respuesta, echó a correr por la explanada con sus grandes botas de agua.

– ¡Espera! Ten cuidado, Maisie, no vayas a pisarlos.

No le gustaban los pollos, pero tampoco quería verlos pisoteados. La niña se quedó inmóvil, con una pierna cómicamente suspendida en el aire. Estaba contenta, muy contenta, y Jacqui sintió que se le encogía el corazón por ella…

– Vamos a necesitar una caja de cartón para meterlos. Creo que he visto una en la cocina -se giró hacia Harry, que seguía apoyado en el muro-. ¿Quieres ir por ella?

– Mejor no preguntes lo que quiero -espetó él.

– Ya lo he hecho, pero tranquilo. Eso no va a suceder todavía.

– Hablas como si supieras algo que yo ignoro.

– Primero los polluelos -dijo ella-. Y luego las malas noticias.

Capítulo 9

AUNQUE agradecida por la distracción, Jacqui contuvo la respiración cuando Maisie le ofreció un polluelo a Harry al regresar éste con la caja. Parecía tan grande al lado de la niña… Y Maisie parecía tan vulnerable que Jacqui temió que pudiera destrozarla con una palabra cruel. Pero, tras unos momentos de duda, Harry se agachó, dejó la caja en el suelo y dejó que Maisie le pusiera el polluelo en las manos, esperando con inquietud su aprobación

– Bueno, ¿a qué estás esperando? -preguntó él-. Ve por más.

No era precisamente una alabanza, pero Maisie salió corriendo, ansiosa por complacerlo, y se tropezó con sus propias botas. Harry alargó una mano para sujetarla, pero el impulso de Maisie lo llevó fuera de su alcance.

La niña recuperó rápidamente el equilibro y volvió a toda prisa al seto, llena de entusiasmo. Sólo duró un segundo, pero la expresión de Harry delató sus emociones internas. Tras la máscara de hielo había exasperación. Regocijo. Pero sobre todo amor. Cuando volvió a mirar a Jacqui, las emociones se habían borrado, pero ella no se dejó volver a engañar.

– ¡Ay! -exclamó, al recibir en el tobillo el picotazo de la gallina, que no parecía estar de acuerdo con la operación de rescate-. Oye, sólo estamos cuidando de tus hijitos, ¿de acuerdo?

– Te dije que te pusieras botas -le dijo Maisie en tono de reproche.

Jacqui miró a Harry por el rabillo del ojo.

– Será mejor que eso no sea una sonrisa -le advirtió.

– En absoluto -le aseguró él.

– Mmm…

Diez minutos más tarde, Maisie dejó al último polluelo en la caja.

– Parece que ya están todos -dijo Jacqui-. ¿Dónde los ponemos?

– En el establo. Toma, lleva tú la caja -le dijo Harry, poniéndole la caja en los brazos-. Iré a colocar unas tablas para que no se escapen.

– Necesitan agua y comida -le recordó Maisie, aún frenética por el entusiasmo.

– Tienes razón. ¿Quieres ocuparte de eso?

A Maisie se le iluminó el rostro ante la posibilidad de hacer algo importante para Harry y salió corriendo.

– ¿Por qué estás tan contenta? -le preguntó él a Jacqui, pillándola con una sonrisa.

– ¿Yo? -preguntó ella.

– Sí, tú. Pareces el gato de Cheshire.

No era la imagen que quería dar, pero Jacqui mantuvo la sonrisa.

– Tengo un carácter alegre, Harry. Será mejor que te acostumbres.

– ¿Es tu manera de decirme que vas a quedarte un tiempo?

– Sí. Ésas son las malas noticias. Tu prima no ha respondido a los mensajes de la agencia. Así que, a menos que tengas un plan mejor, vas a tener que aguantamos.

Él no le dijo que agradecía su sacrificio. No dijo nada.

– Puede que haya decidido contactar contigo directamente -siguió ella-. Es posible que te haya dejado un mensaje en el contestador, o que haya tomado un vuelo para volver a casa nada más enterarse de todo…

– ¿Te quedarás? -preguntó él finalmente.

Jacqui se quedó momentáneamente desconcertada. ¿Le había pedido que se quedara?

– ¿Puedes quedarte? -insistió al no recibir respuesta-. Ya sé que todos lo estamos dando por hecho, pero…

– No.

– ¿No?

– Sí… No lo estás dando por hecho. Ese honor pertenece a otra persona. Y, sí, naturalmente que me quedaré el tiempo que haga falta -dijo, y se sorprendió a sí misma sonriendo de nuevo.

– Gracias -dijo él-. Yo mismo me encargaré de reservarte unas vacaciones en cuanto las cosas vuelvan a la normalidad.

Ella se encogió de hombros.

– Maisie dijo que éste es un buen lugar para pasar las vacaciones y, a pesar del mal tiempo y de las gallinas, entiendo por qué le gusta tanto. Además, el sol es muy malo para la piel.

– No siempre es así -dijo él, dirigiéndose hacia la verja del prado. La abrió y dejó que Jacqui pasara primero. Pero ella se detuvo y lo encaró, bloqueándole la salida. Lo que tenía que decir podía esperar, pero entonces él seguiría comportándose exactamente igual.

– Ahora que estás aquí, ¿puedo dejar algunas cosas claras?

– ¿Acaso puedo impedírtelo?

Ella ignoró su grosería, ahora que ya la identificaba como un mecanismo de defensa, y sonrió como si él hubiera dicho algo divertido.

– Puesto que me quedaré una temporada, tengo que pedirte que me avises cuando vayas a desparecer como has hecho hoy a la hora del almuerzo.

– Creía que eras la niñera de Maisie, no la mía.

– ¿Eso creías? -replicó ella irónicamente-. Te lo pido sólo como medida de precaución, en caso de un accidente o una enfermedad. También necesito una lista con los números de teléfono esenciales, un vehículo para usar en caso de emergencia y un juego de llaves de dicho vehículo y de la casa.

– ¿Algo más?

– Sí. Te has saltado el almuerzo. Encontrarás unos sándwiches en el frigorífico cuando hayas acabado.

Sin decir más, se dio la vuelta y se alejó.

– Jacqui… -la llamó él. Ella se detuvo, esperando la explosión, y lo miró por encima del hombro-. ¿Cómo está tu cabeza?

Jacqui se sintió tentada de poner una mueca de dolor y hacer que él la mirara de cerca.

– Hiciste un buen trabajo, doctor -dijo con voz ronca, y tuvo que carraspear antes de añadir-: Te recomendaré a todos mis amigos.

Y luego, temiendo volver a parecerse al gato de Cheshire, levantó la caja de los polluelos, indicando que tenía que moverse. Su radiante sonrisa había hecho estremecerse a Harry. Sólo la mano aferrada al brazalete en su bolsillo lo había mantenido con los pies en la tierra. Su intención había sido devolvérsela cuando la encontrara, pero el lío de los teléfonos había hecho que se le olvidara, y luego se había ido a lo alto de la colina, como si con la altura pudiera alejarse de todo lo que no podía controlar.

Salvo que aquel día se había sorprendido cediendo terreno. No sólo ante Maisie, sino también ante Jacqui. Había metido las manos en los bolsillos para no intentar detenerla y había encontrado la pulsera. Por eso había llamado a Jacqui. Para devolvérsela. Con los dedos frotó la cadena y el diminuto corazón. Lo sacó y volvió a leer la inscripción. «Olvida y sonríe».

¿A quién quería olvidar? ¿Habría conseguido olvidarlo? ¿Cómo lo habría hecho? Lo mejor sería no hacerse esas preguntas y dejar la pulsera en alguna parte para que Jacqui la encontrara. Más tarde, cuando los polluelos estuvieron instalados y él se hubo tomado los sándwiches que Jacqui le había preparado, intentó ponerse en contacto con su prima. A pesar de que Jacqui había manifestado su disposición para quedarse, no podía aprovecharse de su buen corazón. Aun así, cuando se acercó el teléfono a la oreja, deseó que la línea hubiera vuelto a cortarse. No tuvo suerte.

– ¿Harry? -espetó Sally-. ¿Tienes idea de qué hora es aquí?

– ¿Las dos, las tres de la mañana? ¿Estabas durmiendo?

– ¡Pues claro que estaba durmiendo!

– Llamo por Maisie.

– Oh.

– La agencia y la niñera encargada pensaban que iba a quedarse con tía Katie, Sally.

– ¿En serio? ¿Por qué? Yo sólo les pedí que la dejaran en casa de su abuela. Ya lo habían hecho antes.

– No lo entiendes, Sally. Ésta es gente responsable que se toma su trabajo muy en serio. No pueden dejarla con cualquiera.

– Tú no eres cualquiera.

– Ella es tu responsabilidad, Sally -dijo él, negándose a que lo llevara a su terreno-. Es una niña pequeña. No puedes tratarla como a uno de tus animales. Tendrás que mandar un fax a la agencia, dándoles permiso para que puedan dejarla aquí.

– ¡De acuerdo! Eso está hecho -exclamó ella-. ¿Algo más? Quiero decir, ¿está enferma o tiene algún problema?

– ¿Y si lo estuviera? ¿Lo dejarías todo y volverías a casa enseguida?

– No digas tonterías, cariño. Yo no le hago falta. Además, ya sabes lo inútil que soy para esas cosas.

Harry se contuvo para no decirle unas cuantas cosas más.

– ¿Cuándo volverás?

– No hasta dentro de un mes, como mínimo. Desde aquí voy a Japón, y luego a Estados Unidos para algunos anuncios. Después quiero pasar un tiempo en el yate de un amigo. Necesito unas vacaciones.

– ¿Y qué pasa con Maisie? ¿No crees que le gustaría acompañarte?

– ¿Maisie? ¿Qué demonios iba a hacer ella en un yate?

Harry no le preguntó por qué se iba a un yate. Su idilio con un playboy millonario era bien conocido por todos, y su prima no quería que una niña precoz se interpusiera.

– Un mes… De acuerdo.

– Bueno, quizá sea un poco más. Depende de que los decoradores hayan terminado con la casa.

– ¿Decoradores?

– Va a aparecer en una revista este año, así que los diseñadores de interiores se están desviviendo por conseguir la publicidad. Se suponía que tenía que estar acabada para Pascua, pero ya sabes cómo son esas cosas.

– Sí, me hago una idea -afirmó él, comprendiendo por fin por qué Maisie no podía quedarse en casa, atendida por el séquito de Sally, como normalmente hacía-. ¿Te gustaría hablar con Maisie?

– Estoy muy cansada, Harry. Si no duermo esta noche, mañana no habrá maquillaje que pueda borrar mis ojeras.

– ¿Con Jacqui, entonces?

– ¿Quién?

– La niñera que trajo a Maisie.

– ¿Qué? Pero si yo creía que… ¿No se iba de vacaciones?

– Sí. Perdió su vuelo por culpa de tu incompetencia, y ahora ha tenido que renunciar a sus vacaciones para quedarse a cuidar de Maisie.

– Por amor de Dios, Harry, ¿cómo has dejado que haga eso? Eres perfectamente capaz de cuidar de una niña pequeña, ¿no?

– Yo no le he dejado hacer nada. Fue ella quien insistió. Supongo que quiere obtener unos beneficios extras por cuidar a Maisie -dijo, respondiendo a la primera pregunta e ignorando la segunda, pues ambos sabían cuál era la respuesta.

– Vickie Campbell dijo que era una joya, y confía en poder persuadirla para que acepte el trabajo a tiempo completo.

– ¿Ah, sí? Bueno, pues por el bien de Maisie espero que logre convencerla.

Tras colgar, pensó en llamar a su tía, pero decidió no hacerlo. Llamar a Sally en mitad de la noche había sido una estrategia deliberada para pillarla desprevenida, pero asustar a Kate era algo muy distinto. Y además, ¿qué podía hacer ella? ¿Abandonar las primeras vacaciones de verdad que había tenido en años sólo porque él quería preservar su soledad? Kate tomaría el primer vuelo si él se lo pedía, de eso no había duda, pero ya era bastante malo que su hija la tratara como a una criada.

Ese era el problema de la moralidad. Que impedía desentenderse de las situaciones difíciles. Jacqui iba a quedarse. Maisie era feliz. Y en cuanto a él… Bueno, en esos momentos lo que más necesitaba era un baño caliente y relajante. Con suerte, tal vez Jacqui le hubiera dejado las sobras de la cena para que se las recalentara, ya que parecía haberse empeñado en que comiera correctamente.

Subió sonriente las escaleras, pero al llegar arriba se quedó paralizado al escuchar unos ruidos. Gritos, risas y chapoteos. Unos ruidos tan alegres y tan… normales que Harry no pudo evitar acercarse.

– Uno, dos, tres… -el chorro salió a través de los dedos de Maisie, que soltó un alegre chillido mientras el agua se desbordaba por el borde de la bañera.

Jacqui agarró una toalla para contener la inundación, pero cuando la extendió en el suelo, se encontró con un par de pies enfundados en unos calcetines empapados.

– Oh… -levantó la mirada-. Lo siento. Estábamos teniendo una guerra de agua. ¿Quieres jugar?

– ¿Quieres inundar toda la casa?

– No se habrá filtrado por el techo, ¿verdad? -preguntó ella, levantándose.

– No, no pasa nada. No era mi intención fastidiaros la diversión. Sólo he venido para devolverte esto -sacó el brazalete del bolsillo-. Lo encontré en la biblioteca. Pensé que lo echarías de menos.

Jacqui se miró la muñeca, sin poder creerse que se le hubiera caído sin darse cuenta.

– Gracias.

– Una inscripción muy interesante.

– ¿La has leído? Hace falta una lupa para hacerlo.

– Tengo muy buena vista.

– Pregúntaselo ahora -le susurró Maisie a Jacqui.

– ¿Qué tienes que preguntarme?

Jacqui se dispuso a decírselo, pero él la hizo callar con un dedo.

– ¿Maisie?

Maisie empezó a jugar con un pato de plástico, hundiéndolo en el agua. De repente no parecía tan segura de sí misma.

– Sobre lo que Susan ha dicho esta mañana.

Él se arrodilló junto a la bañera, ignorando el agua que le calaba los pantalones, y le arrebató el pato para obligarla a mirarlo.

– Susan ha dicho muchas cosas esta mañana.

Maisie murmuró algo incomprensible. Harry esperó en silencio.

– Sobre lo de ir al colegio del pueblo -repitió con enfado.

– ¿De verdad te gustaría ir? -le preguntó Harry, aunque el rostro de la niña lo decía todo-. Pero ¿qué ropa te pondrías? No puedes ir al colegio con un vestido de fiesta.

– ¿Por qué no?

– Porque las otras niñas se pondrían muy tristes al ver un vestido tan bonito que nunca podrán tener.

– Oh, está bien. Entonces me pondré esa ropa vieja que encontraste -dijo con voz temblorosa, y miró a Harry con ojos muy abiertos-. Por favor, por favor…

Harry no respondió inmediatamente, sino que se volvió hacia Jacqui.

– ¿A ti qué te parece, Jacqui?

Jacqui sintió un cosquilleo en el estómago ante aquella muestra de confianza. Pero la realidad era más prosaica. Al dejar la elección en sus manos, Harry podría eximirse de cualquier responsabilidad si el experimento acababa en un desastre.

Y ella temía que así fuera. Para una niña de seis años que nunca había ido al colegio la situación podía ser muy difícil. Especialmente para una princesita como Maisie. Pero si iba a la escuela, no molestaría a Harry durante el día. y entonces a él no le importaría que se quedaran. Lo que significaba que ella tendría que hacer lo que fuera para asegurarse de que todo saliera bien.

– Si a la directora no le importa aceptarla para las dos últimas semanas del trimestre, estoy segura de que Maisie disfrutará de la compañía. Sólo hay un problema: cuando pasé por el pueblo, vi que todas las niñas llevaban el mismo uniforme. Falda gris, camisa blanca y jersey rojo. Y zapatos prácticos -añadió, para no dejar lugar a dudas.

– ¿Negros?

– O marrones.

– ¿Zapatos prácticos negros o marrones? -preguntó Harry, y sacudió la cabeza con incredulidad-. ¿Y una horrible falda gris? Bueno, supongo que eso lo cambia todo. Maisie jamás querrá ponerse esa ropa.

Se levantó, poniendo fin a la discusión, y por un momento Jacqui pensó en probar una táctica más dramática. Anticipándose a ella, Maisie se puso de pie, extendió los brazos y derramó agua en todas direcciones.

– ¡Sí quiero! -exclamó-. Quiero un uniforme. Me gusta el gris.

Harry estaba a punto de salir del cuarto de baño. Se detuvo y se giró.

– ¿Estás segura? No servirá de nada que Jacqui te lleve al pueblo para comprarte ropa si vas a cambiar de opinión.

– ¡Por favor! ¡Por favor! ¡Por favor!

Jacqui se volvió hacia él para añadir sus propios ruegos, pero entonces vio las pequeñas y delatoras arrugas en las comisuras de sus labios. Ya había hecho que Maisie aceptara llevar ropa normal, y no estaba segura de si se sentía furiosa con él… o abrumada por la admiración ante semejante muestra de habilidad psicológica. Tal vez Harry pensara que iba a decir algo, porque levantó una mano para que no hablara.

– De acuerdo, si eso es lo que quieres, llamaré a la directora para pedirle que te acepte. Pero tienes que estar completamente segura. Una vez que empieces, no podrás echarte atrás.

– ¡No lo haré! ¡No lo haré!

Harry la miró y Jacqui se dio cuenta de que su máscara había vuelto a caer. Una sonrisa que combinaba la ternura, el afecto y la autosatisfacción iluminaba su rostro.

Sin pensar en lo que hacía, Jacqui le puso una mano en el brazo, se puso de puntillas y lo besó en la mejilla. Por un momento el tiempo pareció detenerse. No se oyó ni se movió nada, ni siquiera Maisie. Fue como si un instante se alargara hasta el infinito, mientras la sonrisa de Harry se transformaba en algo mucho más profundo.

Fue un momento de pura magia, en el que ella pudo ver a través de su escudo de protección y sentir una inmensa alegría. Y entonces se estremeció, al enfrentarse con la fuente oscura del verdadero dolor. Fue una fuerza tan negativa que le hizo perder el equilibrio y casi caer hacia atrás, pero él la sujetó enseguida, rodeándole la cintura con un fuerte brazo. La sonrisa había desaparecido por completo de su rostro.

– Corres riesgos muy serios, Jacqui Moore -le dijo con una voz suave y casi inaudible.

Ella tragó saliva, consciente de los riesgos que estaba corriendo su frágil corazón.

– Hay que arriesgarse por lo que merece la pena tener.

– Lo sé -dijo él-. Pero una vez que asumes el riesgo, tienes que aceptar las consecuencias.

Capítulo 10

HARRY sabía que estaba jugando con fuego. A pesar de sus esfuerzos y su mal carácter, no había conseguido desanimar a Jacqui, sino que ésta había llegado finalmente a tocarlo. No sólo físicamente, sino también en un lugar oscuro y cerrado donde nadie había estado en los últimos cinco años. Ni siquiera él.

Cada vez que la veía y le hablaba, ella se acercaba un poco más, eludiendo sus defensas. Tal vez no tuviera un paraguas como Mary Poppins, pero había algo mágico en ella.

¿Por qué Jacqui no le tenía miedo?

Todo el mundo parecía haber captado el mensaje de «no molestar», pero ella lo ignoraba por completo. Y ahora lo había besado y él la rodeaba con un brazo… y lo único que tenía en la cabeza era la idea de devolverle el beso. De besarla de verdad.

Tendría que haberla dejado caer en la bañera. O haberse sumergido él mismo. El agua no estaba fría, pero habría servido para apagar el fuego que ardía en sus venas siempre que tocaba a Jacqui. Ella estaba inutilizando los esfuerzos que él hacía por bloquear las emociones. Era un peligro para su estabilidad mental y emocional, y sabía que debía acabar con eso sin pérdida de tiempo. Pero que Dios lo ayudara, porque era irresistiblemente encantadora, y la bondad y el calor que emanaban de ella lo atraían como un fuego en una fría noche de invierno.

Mientras seguía sosteniéndola, desgarrado entre la voz de la razón y la fuerza del corazón, ella cerró los ojos y sus labios entreabiertos soltaron un suave suspiro. Y entonces él supo que nada podía salvarlo. Jacqui sintió el roce de los labios de Harry contra los suyos. Un contacto casi imperceptible, pero que bastó para concienciarla del peligro. Sin embargo, era demasiado tarde. Por breve que fuera el contacto, tuvo el poder de agitarle todo el cuerpo, despertándolo de un estado lánguido y apagado como los primeros rayos de la primavera…

Y al mirar a sus ojos en llamas, comprendió que, mientras que Harry Talbot había protegido su corazón contra el mundo exterior, ella había entregado el suyo.

– ¡Perdonad! -gritó Maisie-. Si vais a hacer cosas vulgares como besaros…

– ¡No! -exclamó Jacqui. Se apartó bruscamente, en volvió a Maisie con una toalla y la sacó del agua para empezar a secarla-. He perdido el equilibrio, nada más, y el tío Harry me ha sujetado.

Maisie la miró con escepticismo y se volvió hacia Harry, totalmente inexpresiva.

– El no es mi tío. Es mi papá.

Harry se quedó helado. ¿Qué demonios le había contado Susan a la niña? ¿Qué historias le había metido en la cabeza? La culpa lo traspasó, más afilada que cualquier dolor que hubiera sufrido, directa al corazón. Le había entregado aquella niña a una mujer que la trataba como a un objeto, y se había apartado sin luchar, renunciando a su amor y su respeto. ¿Qué podía decir ahora que no empeorara aún más las cosas? Algo. Tenía que decir algo y rápido, porque los ojos grises de Jacqui le exigían la verdad.

– Jacqui… -empezó, pero la voz se le quebró.

La expresión de Jacqui cambió de la duda a la certeza.

– Discúlpame, Harry. Es tarde y tengo que acostar a Maisie si mañana vamos a ir de compras -levantó a la niña en brazos y salió del cuarto de baño.

Unos minutos antes, Harry había estado quejándose porque aquella mujer hubiera derrumbado el muro defensivo que él había levantado. Ahora ella se había retirado, dejándolo a merced de los sentimientos. Había intentando decir algo, pero era demasiado tarde. Se había ido. Y también Maisie.

Por un momento estuvo tentado de seguirlas y ofrecer una explicación. Pero ¿era eso justo? Había hecho lo que había hecho, y ya no podía cambiarse. Tal vez fuera mejor así. Debería darse una ducha, mantener las distancias por el bien de todos, volver a la fingida normalidad de su vida. Pero un murmullo de voces procedente de la torre lo atrajo, igual que antes lo habían atraído las risas. Eran las palabras tranquilizadoras de Jacqui mientras acostaba a Maisie y las disculpas desesperadas de la niña.

– Lo siento, lo siento… No quería decirlo. El no me obligará a irme, ¿verdad? Aún puedo ir al colegio…

Harry llamó a la puerta y la abrió. El corazón se le encogió al ver a Maisie acurrucada en su cama y se le hizo un nudo en la garganta. Las dos lo miraban, esperando a que hablara.

– Ven a verme mañana antes de ir a comprar, Jacqui -consiguió decir-. Necesitarás dinero.

Sintió la mirada de Jacqui fija en él, y supo que intentaba averiguar lo que estaba pensando. Esperó que cuando lo descubriera se lo dijera, porque él había abandonado el guión que se había escrito para sí mismo y estaba vagando en la oscuridad, buscando alguna luz que le mostrara el camino.

– Me gustaría que tú también vinieras -dijo ella-. En los sitios que no conozco me desoriento con facilidad.

Allí estaba. La luz en la oscuridad.

– Por supuesto -respondió-. ¿Sabes lo que necesita?

– Haré una lista -dijo ella. El asintió y se giró para marcharse- Harry… -lo llamó. Él se detuvo y espero-. Te he dejado algo de cena en el frigorífico.

El destello se hizo más brillante y más cálido. A Harry le pareció que había pasado una eternidad hasta que Jacqui fue a verlo a la biblioteca con una bandeja.

– He hecho café.

– No tenías que molestarte -dijo él, tomando la bandeja y dejándola sobre la mesita.

Aunque tal vez Jacqui hubiera hecho bien en molestarse. La bandeja, el café… no eran más que una manera de mantenerse ocupada y así evitar mirarlo. Y era sólo en esos momentos, cuando ella no lo miraba, cuando comprendía lo directa y penetrante que era su mirada. Era curioso cómo podía ver en su interior, sin importar la máscara que llevara. Después de verse a sí mismo con claridad por primera vez en mucho tiempo, no la culpaba por no querer mirarlo a los ojos en esos momentos. Jacqui sirvió el café en dos tazas y le tendió una a él sin leche ni azúcar. Entonces se sentó en el sillón más alejado de la chimenea y esperó a que él también se sentara.

– Debes de estar preguntándote… -empezó a decir él.

– Sí, pero antes de que digas nada, Harry, tienes que saber que Maisie y yo hemos tenido una charla por lo de los teléfonos y las mentiras. Ella ha confesado que escondió mi móvil y que sacó de su bolsa la ropa para el campo que su madre había metido y la cambió por sus vestidos más bonitos. Por lo visto, quería que te fijaras en ella.

– Pues dile que lo ha conseguido.

– Te sugiero que se lo digas tú mismo -replicó ella, muy seria.

– Lo haré -prometió él, consciente de que estaba en un serio problema, y no sólo por Maisie.

– Bien. A partir de ahí todo será más fácil. Maisie estaba muy preocupada por lo que pudieras pensar de ella-se metió la mano en el bolsillo y sacó una hoja plegada-. Por eso me dio su certificado de nacimiento.

– ¿Su certificado de nacimiento? -repitió él, perplejo-. ¿Qué demonios hacía con eso? Debería estar guardado bajo llave. Para no hacer daño a nadie…

– Dijo que lo había encontrado tirado por ahí, aunque sospecho que en realidad lo estaba buscando y que tal vez se aprovechó de algún cajón abierto -sonrió y él se olvidó de respirar-. No sé tú, pero yo confío en la habilidad de Maisie para crear una distracción conveniente cuando quiere conseguir algo.

– Es un pequeño demonio -corroboró él, y se sorprendió a sí mismo devolviéndole la sonrisa.

– Y en caso de que te preguntes por qué, diría que estaba intentando averiguar quién era ella.

La sonrisa se borró del rostro de Harry.

– Ella sabe quién es.

– ¿Eso crees? Si estuvieras en su lugar, ¿no tendrías unas cuantas preguntas?

– Debería habérselo preguntado a Sally -dijo él-. Su certificado de nacimiento no le dirá nada.

– ¿No? -preguntó ella, y abrió el documento-. A mí me parece que este pedazo de papel nos dirá bastante. Por ejemplo, no es un certificado de nacimiento normal y corriente. Ni siquiera un certificado de adopción. Es un certificado de nacimiento consular expedido en Digali, un pequeño país subsahariano que sufre desde hace muchos años una terrible guerra civil -levantó la mirada, desafiante-. ¿Estuviste trabajando allí?

– Para una ONG, sí.

– ¿De verdad? -preguntó con repentino interés, y soltó un pequeño suspiro-. Cómo te envidio.

– Deberías haber seguido con tu carrera si querías trabajar sobre el terreno. ¿Tienes idea de cuánta ayuda se necesita?

– Lo sé, pero la vida se interpuso en mi camino -dijo ella con una triste sonrisa, y pareció perderse en sus pensamientos por un momento.

– ¿Me contarás qué pasó? -le preguntó. Tenía que saber lo que la había vuelto tan triste.

Ella lo miró en silencio durante un rato.

– Tal vez. Más tarde, quizá…

¿Dependiendo de lo franco que fuera con ella? No tenía intención de mentirle.

– ¿Es una promesa? -preguntó, inclinándose hacia delante y aguardando su respuesta con la respiración contenida. Y cuando ella asintió, Harry supo que no había sido una decisión fácil y que lo había pensado muy seriamente antes de confiar en él.

– Es un trato, Harry. Tú me cuentas tus secretos y yo te cuento los míos.

– Mis secretos están ahí, en tu regazo, en un documento público.

– Quiero saber algo más aparte de que eres un mentiroso, Harry Talbot -las palabras eran duras, pero su voz no. Ni tampoco su mirada-. Muy bien -dijo ella, cuando él no dijo nada-. Vamos a ver -.desdobló la hoja y empezó a leer.

Padre: Henry Charles Talbot. Profesión: cirujano.

Madre: Rose Ngei.

Nombre del bebé: Margaret Rose.

Lugar de nacimiento…

– ¿Cómo lo hiciste, Harry? -le preguntó-. ¿Por qué lo hiciste?

– Porque no podía dejar que Maisie se convirtiera en otra estadística de guerra.

– Tiene que haber docenas de bebés. Cientos…

– Miles -corrigió él-. Siempre son los inocentes quienes más sufren.

– Pero ¿por qué ella?

Él negó con la cabeza, reacio a revivir el horror. Quería levantarse, salir de la biblioteca, perderse en las colinas… Pero eso era lo que había estado haciendo durante años. Huir hacia delante, refugiarse en el trabajo. El hecho de haber llegado finalmente a un punto muerto demostraba que no era ésa la respuesta. E ir de un sitio para otro no había supuesto la menor diferencia. Pero había mantenido su dolor encerrado durante tanto tiempo que no podía expresarlo con palabras. Se arrodilló frente al fuego, removió las cenizas con un atizador y añadió un par de troncos, observando cómo empezaban a arder. Quería retrasar el momento lo más posible. Ella no lo presionó. Permaneció callada mientras él organizaba sus pensamientos.

– Su madre era una refugiada que huía de los combates -dijo él finalmente-. Nunca supe su nombre… Tuve que inventármelo -la miró para asegurarse de que lo entendía y ella le puso una mano en el hombro para confirmárselo-. Ni siquiera sé de dónde era, sólo que había tenido la desgracia de meterse en un campo de minas. La llevaron al hospital donde yo trabajaba. Lo único que pude hacer fue traer al mundo a Maisie con una cesárea de emergencia.

Jacqui no dijo nada. Se limitó a cubrirse la boca con la mano. Podía imaginar el horror que Harry describía sin necesidad de más detalles.

– Maisie era pequeña y débil, pero cuando saqué su cuerpecito de los restos de su madre y la lavé, soltó un grito de… triunfo. Era como si exclamase: «¡Lo he conseguido! ¡Estoy viva!». Y me agarró el dedo como si nunca fuera a soltarlo. En aquel lugar tan espantoso, fue como un milagro, Jacqui.

– Lo fue. Tú la salvaste.

– ¿Pero para qué? La cruda realidad era que no sobreviviría ni un solo día en un campo de refugiados sin una madre que la cuidara.

– Pero sobrevivió.

– Le hice una promesa. Le prometí que no se convertiría en otra víctima anónima de una guerra sin sentido.

– La salvaste -repitió Jacqui en un susurro-. ¿Cómo lo hiciste?

– Me la quedé yo. Dormía a mi lado y viajaba conmigo. Yo le daba de comer, la cuidaba y en una ocasión realicé una operación con ella sujeta a mi espalda.

Debió de estremecerse al pensar en lo cerca que había estado de perderla, porque de repente Jacqui estuvo arrodillada junto a él, tomándole la mano y sosteniéndosela por un momento, antes de rodearle el cuello con un brazo y apretarlo contra su pecho.

– Cuéntamelo -le susurró-. Cuéntame lo que ocurrió.

El calor y el olor de Jacqui parecieron filtrarse en el interior de Harry, reavivando algo que había intentado eliminar con todas sus fuerzas. Le produjo dolor, pero era como si una herida estuviese cicatrizando.

– Lo recuerdo todo con demasiada claridad -dijo él. El calor de la tarde. El polvo. Las moscas. El cálido peso de Maisie colgada de su espalda…

– Había acabado en el hospital y volvía al campamento, con Maisie sujeta a mi espalda. Ella se despertó, empezó a llorar y yo me detuve y la tomé en mis brazos. Lo último que recuerdo es su carita iluminándose con una sonrisa… -hizo una pausa y sacudió la cabeza-. Entonces el mundo explotó a mi alrededor cuando un proyectil cayó en alguna parte, detrás de nosotros, y salí despedido por los aires.

– ¿Y Maisie? ¿Qué le pasó?

– Cuando cesó el bombardeo, me encontraron en un refugio, protegiéndola con mi cuerpo. Debí de arrastrarme hasta allí, aunque no recuerdo cómo conseguí llegar.

– La salvaste otra vez.

– Un momento antes…

– Shhh -lo interrumpió ella-. La salvaste -le susurró, acariciándole la espalda-. ¡Oh! Por eso son las heridas de tu espalda…

Pareció que iba a desmayarse, y Harry se apresuró a sujetarla.

– Olvídalo -le dijo-. Olvida que las has visto.

– ¡No! -exclamó ella, echándose hacia atrás-. Quiero verlas. Ahora -sin esperar, empezó a desabrocharle la camisa.

Él le agarró las manos para detenerla, pero ella lo miró fijamente a los ojos y él la soltó y le permitió hacer lo que quería. Entonces ella se inclinó hacia delante y lo besó con tanta dulzura que la respuesta inmediata de un cuerpo sobrecargado de estímulos pareció casi…profana.

Harry contuvo la respiración y se esforzó por reprimir la imperiosa necesidad que lo dejaba indefenso, mientras ella seguía desabrochándole la camisa. Sacó los faldones de la cintura y la tiró al suelo. Y entonces lo tocó. Primero lo hizo con mucho tiempo, trazando el contorno de sus hombros con la punta de los dedos, luego sus brazos, hasta extender las palmas sobre las cicatrices.

– ¿Te duele? -preguntó ella.

¿Doler? Con la mejilla de Jacqui presionada contra su pecho y el pelo rozándole el rostro, estaba lejos de sentir dolor, pero sí sentía la molestia de su miembro endurecido presionándose contra la cremallera del pantalón.

– Sí -consiguió responder, y volvió a ponerse la camisa.

Ella se sentó sobre sus talones y lo miró con el ceño fruncido.

– No me mires así-dijo él-. Estoy bien.

– ¿De verdad? Entonces, ¿por qué está Maisie viviendo con tu prima? ¿Y por qué eres tan desgraciado?

– ¿Desgraciado? -se echó hacia atrás para poner distancia entre ellos y tomó un sorbo de café. Necesitaba tiempo para recomponerse y pensar.

– ¿No vas a negarlo?

– No, no voy a negarlo, pero, como tú has dicho, la vida se interpone en nuestro camino. Mis heridas eran demasiado graves como para que las pudieran tratar allí, donde apenas había medios, pero me negué a que me mandaran a casa sin Maisie, y eso era un problema, porque ella no tenía ningún documento de identidad. Yo no tenía ningún derecho sobre ella. Necesitaba otro milagro.

– Y lo tuviste.

– Cuando se convirtió en un asunto de vida o muerte, el jefe de la unidad médica avisó al cónsul para intentar hacerme entrar en razón. Era un hombre muy compasivo. No me dejó ni que explicara la situación. Se limitó a mostrarme su libro de registros y me sugirió que era el momento de registrar a mi pequeña. No me preguntó el nombre del padre, únicamente el mío. Y cuando le di a Maisie el apellido de mi madre, pareció entenderlo. Entonces me dio una copia del certificado y me felicitó por mi nueva hija -levantó la mirada y se encontró con la de Jacqui-. Es mía, Jacqui. En todos los aspectos, y habría hecho mucho más que mentirle a un cónsul con tal de quedármela Yo la quería, Jacqui. La quiero. No podía dejarla en un orfanato.

– Pues claro que no podías. La trajiste a casa, a High Tops.

– Ojala. La verdad es que después de que me evacuaran del país, pasé una larga temporada en el hospital. Injertos de piel y ese tipo de cosas. Sally me echó una mano, se quedó con Maisie, contrató a una niñera y se entretuvo vistiéndola con ropa bonita.

– Como jugar con muñecas -dijo Jacqui-. Pero con una niña de verdad.

– Era inevitable que algún sabueso de la prensa lo descubriera. Le sacaron varias fotos con Maisie y a los pocos días el rumor se había difundido por todas las revistas.

– Así que ella fingió haber adoptado a una huérfana de guerra.

– No podía decir la verdad, pues entonces se habría sabido todo. Lo hizo para protegerme. A mí y a Maisie. Además, las grandes estrellas siempre están haciendo ese tipo de cosas. Es bueno para la publicidad.

– Debes de odiarla mucho.

– No. La conozco. Por eso me evita a toda costa.

– ¿Y Maisie?

– Cuando yo me vi con fuerzas para reclamar su custodia, ya tenía una nueva vida. No podía llevármela al extranjero, a zonas en conflicto con epidemias y hambrunas donde habría vivido en un riesgo permanente.

– Podías haberte quedado en casa con ella.

– Tal vez, si las cosas hubieran sido diferentes. Pero había estado alejado de ella tanto tiempo que me había olvidado. Me trataba como a un desconocido.

– No te había olvidado, Harry. Pensaba que la habías abandonado y te castigaba por ello.

El consiguió esbozar una pequeña sonrisa.

– Eso son sólo elucubraciones, Jacqui.

– Posiblemente. Pero tienes que preguntarle una cosa. Si de verdad te olvidó, ¿por qué me dijo que quería ser médico cuando fuera mayor?

A Harry le dio un vuelco el corazón.

– ¿Cuándo? ¿Cuándo te ha dicho eso?

– De camino aquí. Le pregunté si iba a ser modelo como su madre, y declaró que iba a ser médico como…

– ¿Como quién?

– No acabó la frase. ¿Has notado cómo hace eso? Te dice las cosas a medias. Ahora me doy cuenta de que estuvo a punto de decirme en una ocasión que su abuela no se encontraba aquí. Con Maisie hay que formular la pregunta exacta.

– Lo supo por Sally, quien obviamente sabía que su madre no estaba aquí.

– ¿Has hablado con ella?

– La llamé antes. Ella también dijo algo extraño. Dijo que no estaba previsto que tú te quedaras. Pareció irritarse bastante por tu dedicación al trabajo.

– ¿En serio? -preguntó Jacqui, sonriendo-. ¿Por qué será? Vamos a ver… ¿Podría ser porque quisiera darte una oportunidad para volver a acercarte a Maisie? ¿Para restablecer la relación que una vez tuvisteis?

– ¿Estás insinuando que Sally se ha hartado de jugar a ser madre y quiere desprenderse de Maisie para poder dedicarse a su amante?

– Tú eres quien la conoce, no yo. ¿De verdad es tan superficial? -esperó, pero no obtuvo respuesta-. De una cosa estoy segura, Harry. Maisie quiere quedarse aquí contigo. Y tal vez Sally sepa eso también -puso una mano sobre la suya-. Puede que, a pesar de las apariencias, tu prima sea algo más que guapa.

Él la miró y sacudió la cabeza, como si fuera incapaz de hablar.

– ¿Qué? -lo apremió ella.

– Me pregunto cómo has llegado a ser tan sabia.

– Ojala lo fuera -agarró la cadena de su muñeca y la apretó contra el corazón.

– Háblame de él.

– ¿De él?

– ¿No hay un él?

Ella negó con la cabeza, y fue entonces cuando Harry comprendió realmente lo indefenso que estaba. Porque quizá con el tiempo pudiera ayudarla a vencer el recuerdo de un hombre, pero ¿cómo competir con una mujer?

– Lo prometí, ¿no? -dijo ella en tono arrepentido.

– Sí, y seguro que nunca has roto una promesa en tu vida.

– Sólo una vez. Le prometí a Emma que nunca la dejaría, pero al final no me quedó más remedio -se desabrochó la pulsera y la sostuvo en alto-. Encargué que le hicieran esto para su cumpleaños, el mes pasado. Quería que supiera que si estaba dispuesta a perdonarme, podíamos seguir adelante -dejó la pulsera sobre su palma y cerró la mano-. Su familia me la envió de vuelta.

– ¿Su familia?

Ella lo miró extrañada, y él comprendió de repente que Emma no era una amante, sino una niña.

– ¿Cuánto tiempo fuiste su niñera? -le preguntó rápidamente, antes de que ella imaginara lo que había estado pensando.

– Años. Demasiado tiempo, quizá. Me preguntaste por qué dejé la Universidad. Lo hice por Emma. Creo que eres la única persona que conozco que puede entender por qué.

– Tomaré eso como un cumplido.

– Lo ha sido -dijo ella, y se dio la vuelta, como si le doliera demasiado continuar. Se dispuso a agarrar la taza de café, pero él la detuvo.

– Déjalo. Está frío -se levantó e hizo que ella también se levantara-. Prepararé un poco. ¿O vas a soltarme otro sermón sobre lo malo que es beber café por la noche?

– Ya tengo bastante con contarte la historia de mi vida -dijo ella con una tímida sonrisa.

– En ese caso, añadiré algo para aliviar el dolor -respondió él. Agarró una botella del aparador y se la tendió a Jacqui para que él pudiera abrir la puerta.

En la cocina, echó al perro del sofá, hizo sentarse a Jacqui y preparó un chocolate caliente con unas gotas de brandy. Jacqui aceptó la taza, tomó un sorbo y sonrió.

– Oh, sienta bien.

– Es lo que mi niñera me hacía cuando necesitaba consuelo -explicó él.

– ¿Te daba brandy?

– Sólo un poco. Vamos, arrímate -le ordenó, levantando el brazo-. Tienes que recibir el consuelo completo.

– ¿Sabes? Cuando te vi por primera vez. pensé que eras el gigante que me asustaba en mis pesadillas infantiles.

– Sí, oí cómo me describías a Vickie Campbell -ladeó la cabeza y sonrió, y ella se acurrucó contra él. Permanecieron en silencio durante un rato bebiendo el chocolate, y Harry sintió cómo Jacqui se iba relajando poco a poco. Pensó que podría ser feliz sólo estando sentado allí con ella, abrazándola, pero había demonios que afrontar, y cuanto antes, mejor-. Háblame de Emma, Jacqui -le pidió, quitándole la taza y dejándola en el suelo. Ella debía de estar lista para hablar, porque no dudó ni un segundo.

– Siempre me han gustado los niños. Mis hermanas eran mayores que yo, y ya tenían hijos cuando entré en la Universidad. Vickie Campbell las conocía, me vio cuidando a los niños y me ofreció la posibilidad de trabajar temporalmente de niñera para ella, durante las vacaciones. Mi trabajo consistía en llevar a los niños de un sitio para otro, como se suponía que debía hacer con Maisie. y suplir alguna baja imprevista, cuando una niñera se declaraba en huelga o cuando una madre tenía que ir al hospital -bajó la vista hacia la taza-. O cuando moría.

– ¿Eso fue lo que sucedió con Emma? ¿Su madre murió?

Ella asintió.

– Un accidente de coche. Una tragedia horrible. Su marido no pudo superarlo. Emma era muy joven, y estaba muy enfadada. No entendía por qué su madre la había dejado. Estuve con ellos todo el verano, y ella estaba empezando a abrirse y a confiar en mí cuando llegó el momento de volver a la Universidad. ¿Qué iba a hacer? Si la dejaba. Emma perdería por segunda vez en su vida a la única persona en quien confiaba y nunca volvería a creer en nadie.

– Sé que nunca dejarías a una persona que te necesitara -dijo él, pensando en cómo la había visto con Maisie.

– Nunca intenté que olvidara a su madre, ni tampoco ocupar su lugar. Pero su madre sólo era una cara en una fotografía, tan insustancial como un ángel. En los aspectos prácticos, yo era su madre. Y también su padre. porque el verdadero apenas le hacía caso. Le prometí que siempre estaría a su lado, que jamás la abandonaría.

– ¿Qué ocurrió?

– David Gilchrist era banquero. Un hombre guapo y muy rico. Yo había sido la niñera de Emma durante casi cuatro años. cuando un buen día trajo a casa a una mujer que había conocido en sus viajes y, con mucha calma, me comunicó que se habían casado. Y con la misma calma le dijo a Emma que tenía una nueva madre. Emma, enfrentada a una perfecta desconocida, declaró rotundamente que yo era la única madre a la que ella quería. En un abrir y cerrar de ojos, me pusieron de patitas en la calle y se mudaron a Hong Kong.

– ¿Y la pulsera?

– Me la devolvieron con una breve nota recordándome que sólo había sido una empleada y pidiéndome que no volviera a ponerme en contacto con Emma. Nada de regalos de cumpleaños ni de Navidad. Ni tampoco tarjetas. Nada. La nueva señora Gilchrist envió la pulsera a la agencia, en vez de mandármela directamente a mí, para dejarlo aún más claro.

– Tuvo que ser muy duro.

– Sí, lo fue, pero supongo que temía que, si no borraba el recuerdo que Emma tenía de mí, nunca podría disfrutar de su amor, y tal vez tuviese razón. Me impliqué tanto emocionalmente que olvidé la primera regla de una niñera. El niño que cuidas no es tuyo. Tienes que estar preparada para dejarlo…

Parpadeó y no pudo evitar que se le escapara una lágrima, que él le quitó con el pulgar.

– No hay reglas en lo que respecta a los niños, Jacqui. Los quieres porque no puedes evitarlo, y cuando los pierdes, sufres.

– Tienes otra oportunidad con Maisie. No la desaproveches.

– Gracias a ti.

– Creo que ha sido cosa de ambos, Harry.

– Pero el mérito es tuyo. ¿Cuántas mujeres se habrían quedado?

– Fue Maisie la que quiso quedarse.

– ¿Entonces estás preparándote para marcharte, ahora que has acabado tu labor de Mary Poppins? -preguntó él, intentando mantener la voz serena.

– ¿Cómo voy a marcharme? Has hecho que se lleven mi coche. Y Maisie me prometió que me lo pasaría muy bien si pasaba aquí mis vacaciones.

– ¿Y qué le prometiste tú a ella?

– Sólo que me quedaría mientras me necesite, Harry. He aprendido la lección. Se acabaron las promesas para siempre.

– ¿Todas?

Ella estaba apretada contra él, con el rostro levantado. Él levantó la mano, inseguro, muerto de miedo, pero había estado huyendo demasiado tiempo. Era el momento de decir lo que quería. A Maisie de vuelta en su vida. Una nueva vida. Y a Jacqui.

– ¿Y si te dijera que te necesito?

– No me conoces, Harry.

Él le tocó la mejilla, apartándole el pelo del rostro. Se sentía como un chico a punto de dar su primer beso. Ella le clavó la mirada serena de una mujer preparada para esperar.

– Tu personalidad brilla en todo lo que haces. Yo soy el único riesgo aquí, pero te pido que te arriesgues. ¿Te quedarás?

– ¿Qué me estás pidiendo?

Él le respondió rozándole ligeramente los labios con los suyos.

– Ya lo sabes.

Se produjo un silencio que pareció interminable. hasta que se abrió la puerta de la cocina.

– He estado pidiendo un vaso de agua desde… -empezó a decir Maisie, pero se detuvo al verlos abrazados-. Ups.

Eso fue todo. El momento había pasado, y Jacqui se apresuró a llenar un vaso de agua y dárselo a la niña.

– Vamos, cariño, te acompaño a la cama -le dijo-.Mañana hay que levantarse muy temprano.

Pero Maisie se negó a que le metieran prisa. Bebió lentamente, y al acabar miró a Harry con el ceño fruncido.

– ¿Hay algún problema? -preguntó él, y rezó por que no le dijera que había cambiado de opinión y que no quería ir a la escuela. Ya había empezado a imaginársela traspasando las puertas del colegio en su primer día.

– Tú eres mi papá, ¿verdad?

– Sí -respondió, luchando contra el nudo que se le había formado en la garganta-. Lo soy.

– Entonces, si estás besando a Jacqui. ¿eso significa que ella va a ser mi mamá?

– Ya tienes una mamá -se apresuró a decir Jacqui intentando evitarle a Harry la vergüenza de responder.

– No -dijo Maisie-, Yo tengo una madre. No es lo mismo.

Capítulo 11

CUÁL es la diferencia, Maisie? -preguntó Harry, antes de que Jacqui pudiera llevarse a la niña.

Jacqui sintió que estaba al borde de un precipicio. Un paso en falso significaría el desastre total. Había estado mintiéndose a sí misma si fingía no haber deseado que Harry la besara. Lo había deseado desde aquel instante de conexión en el establo, cuando él examinaba su coche. Y aquella conexión la había obligado a admitir que deseaba mucho más que un beso. Pero sabía que si se dejaba llevar por la pasión, no podría controlar sus sentimientos. Qué fácil le resultaba imaginar que lo que sentía, lo que Harry sentía, era algo más que una atracción fugaz, un efímero deseo… Y qué fácil sería confundir su responsabilidad con Maisie con lo que sentía por Harry…

En cuanto a Harry… debía de estar más confuso que nunca. La niña a la que amaba y a la que había perdido estaba de vuelta en su vida. Sería muy fácil si no estuviera implicado el bienestar Maisie, pero Jacqui no estaba dispuesta a confundir de nuevo su papel. De ningún modo heriría a otra niña con promesas que no podían cumplirse. Maisie, quien naturalmente no tenía ese problema. se limitó a encogerse de hombros.

– Las mamas hacen cosas. Buscan polluelos, cocinan, tienen tiempo para jugar… Mi madre siempre está ocupada. Siempre está de viaje. Jacqui es como la mamá de un cuento.

Jacqui vio cómo Harry se quedaba boquiabierto.

– Bueno, pues Jacqui cree que ahora deberías estar en la cama -levantó la mirada-. ¿Verdad, papi?

– Así es -respondió él, y levantó a Maisie en brazos-. Hay que acostarse temprano para levantarse temprano y así poder ir de compras. Tenemos que conseguirte el uniforme para el colegio, ¿verdad? ¿Estás segura de que quieres ir?

Maisie respondió con una risita, y Jacqui, cuyo primer impulso fue seguirlos arriba, se detuvo en la puerta de la cocina y aprovechó que no se percataban de su ausencia para recoger la bandeja de la biblioteca y lavar las tazas.

Después, se dedicó a ordenar las botas por número. Pero cuando acabó, Harry aún no había vuelto, de modo que subió las escaleras y miró en la habitación de Maisie. La niña se había quedado dormida mientras Harry le leí un cuento, pero él no se había movido, incapaz de apartar los ojos de ella. Había dicho de sí mismo que era un riesgo, pero no había nada malo en que un hombre contemplase a una niña con tanta ternura y amor, y Jacqui se avergonzó por haber dudado del buen gusto de sus hormonas. Obviamente reconocían a un buen hombre cuando lo veían.

Tras unos segundos, se sintió como una intrusa y se dio la vuelta. Había cumplido con la tarea que le habían asignado: dejar a Maisie en un lugar seguro. Era el momento de marcharse.

– No te vayas, Jacqui.

Se detuvo y miró por encima del hombro.

– Creía que no me habías visto.

– No necesito verte. Siento tu presencia -dijo él. Se levantó, miró una vez más a Maisie y fue hacia la puerta-. No te vayas, Jacqui.

Jacqui estuvo a punto de preguntarle cómo sabía lo que estaba pensando, pero se contuvo. Harry había estado leyendo sus pensamientos desde su llegada a la casa.

– Maisie ya no me necesita -dijo-. Te tiene a ti.

– ¿Y si vuelvo a decirte que yo te necesito?

Ella se recordó a sí misma que no le había hecho ninguna promesa. Que a pesar del inesperado encanto de una colina brumosa debía estar en España. Que todo lo que él necesitaba y pedía era que lo ayudara con Maisie.

– Eres igual que todos los hombres -le dijo, quitándole importancia-. No soportas ir de compras.

– ¿Eso es un sí? -preguntó él, mirándola fijamente.

– Me quedaré un poco más -concedió ella, sabiendo que era una estúpida-. Maisie nunca ha ido al colegio. Tal vez le resulte difícil.

– ¿Es una promesa?

Estaba tan cerca de ella que podía tocarla, besarla… Un solo beso y sería capaz de jurar lo que fuera, y seguro que Harry lo sabía. Pero él no hizo nada.

– Sí, es una promesa -respondió ella.

¿Cuánto tiempo sería «un poco más?», se preguntaba Jacqui. Cuando cada momento era valorado como si fuese el último, el tiempo transcurría a una velocidad endiablada. Había pasado el día con Harry y Maisie comprando ropa normal. El uniforme para el colegio y otras cosas para poder salir al campo. Botas de agua, chaquetas, pantalones, camisetas, calcetines…

– Maisie debe de tener todo esto en casa -protestó cuando añadieron otra prenda «esencial» al carrito.

– ¿En serio? -preguntó él, sacudiendo la cabeza-. No he visto una ropa como ésta en High Tops, ¿y tú?

– No, quiero decir que… -se calló y a punto estuvo de abrazarlo. Pero se contuvo, metió otro par de calcetines en la bolsa y se contentó con una sonrisa.

El no sonrió, sino que se limitó a mirarla fijamente, Ella tragó saliva y se volvió hacia Maisie.

– ¿Tienes hambre?

Intentó conducirlos en la dirección de la comida sana, pero Maisie quería una hamburguesa.

– Sólo por esta vez -aceptó Harry.

Al día siguiente, Harry no quiso escucharla cuando Jacqui insistió en que debería ser él quien llevara a Maisie al colegio.

– Iremos los dos, para que la directora pueda conocerte -dijo él. Era un argumento tan razonable que Jacqui no se pudo negar.

Pero cuando Maisie, encantadora con su falda gris y jersey rojo, se separó de ellos y fue absorbida por una multitud de niñas ansiosas por descubrir quién era, las manos de Jacqui y Harry se entrelazaron y se apretaron fuertemente.

– Estará bien, ¿verdad? -preguntó él.

– Son las otras niñas de quienes deberías preocuparte -respondió ella, reprimiendo las lágrimas.

Al final de las clases, Maisie salió exultante de alegría.

– ¡Es genial! -exclamó-. Tu nombre está en la lista de mamas, y voy a hacer de hada en la obra de final de curso. Los dos tendréis que sentaros en primera fila para verme.

Pero entonces llamó la hermana de Jacqui para que le contara cómo estaba disfrutando de sus vacaciones, y cuando ella le explicó lo sucedido, su hermana se enfadó mucho y le echó un sermón por haber renunciado a su tiempo libre para hacerse cargo de otra niña. Ella no iba a quedarse para siempre. Sólo hasta el final del trimestre escolar. De ningún modo cambiaría el placer de ver a Maisie en su primera función por toda la sangría de España. Y entonces Vickie llamó y comunicó que Selina Talbot había mandado por fax una disculpa desesperada, junto a una autorización para que Maisie pudiera quedarse con Harry.

– No tienes que quedarte ahí ni un día más, querida. He hablado con varias agencias de viajes y esta misma tarde van a enviarme los horarios de los vuelos. Y Selina va a pagarlo todo.

– Es muy amable de su parte, pero creo que voy a olvidarme de España este año -dijo Jacqui-. Me gusta este lugar.

– ¡Pero no puedes quedarte!

– ¿No puedo?

– A Selina no le gustó nada que te quedaras ahí. No te pagará otro día más.

– Vickie, puedo hacer lo que quiera. No trabajo para ti ni para Selina Talbot -declaró, y colgó sin decir más.

Al levantar la mirada, vio a Harry apoyado contra la puerta. Parecía a punto de echarse a reír.

– Sólo será hasta el final del trimestre -se apresuró a decir ella-. No puedo perderme la obra de teatro.

– Maisie estará encantada.

«¿Y tú, Harry Talbot?», se preguntó ella. Pero ninguno dijo nada más. Se acabaron las insinuaciones y el consuelo.

Sólo estaba ahí. Él las llevaba al colegio cada mañana, aunque los baches del camino habían sido allanados y el coche de Jacqui estaba de vuelta en la cochera, de modo que ella podría haber conducido fácilmente. Se encontraban en las comidas, cuando volvía del campo o de la librería, dispuesto a compartir un sándwich si ella le había preparado uno, o listo para hacer uno y compartirlo con ella si Jacqui había estado ocupada ayudando a Susan.

Cuando ella quería ir de compras, él empujaba el carrito en el supermercado, y parecía contento de demostrarle que podía cocinar tan bien como ella. Tampoco desaparecía inmediatamente después de cenar, sino que se quedaba para ayudarla a recogerlo todo mientras le preguntaba a Maisie cómo había pasado el día. Preparaba el café, participaba en el baño de la niña y se turnaba con Jacqui para leerle cuentos en la cama.

Jacqui estaba convencida de que Harry quería aquel momento especial exclusivamente para sí mismo, pero él había insistido en compartirlo. Y una vez que Maisie estaba dormida, pasaban las veladas en la biblioteca, frente al fuego, leyendo y escuchando música suave de fondo. Maisie tenía razón. High Tops era un lugar maravilloso para quedarse, ahora que la niebla se había disipado y el cielo lucía su azul radiante sobre la belleza del valle. Por todas partes se veían narcisos y corderos. Y alguien tenía que vigilar a las gallinas, que ponían huevos por todas partes.

Pero era Harry, mirándola a los ojos mientras pasaba la página de un libro: Harry, ayudando a Maisie con la ortografía: Harry, acompasando sus grandes zancadas a los pasitos de Maisie mientras caminaban por las colinas y él le enseñaba los nombres de las flores… Era Harry quien hacía único aquel lugar, del que Jacqui no quería marcharse jamás.

– He recibido un e-mail de tía Kate esta mañana -anunció Harry. Era el último día de curso y se dirigían hacia el colegio para ver la función. Ninguno había dicho nada sobre su marcha, pero ella había hecho su equipaje para no tener ninguna excusa que la hiciera retrasarse.

– ¿Ha dicho cuándo vuelve a casa?

– No. Le gusta mucho Nueva Zelanda y no quiere dejar a su hermana. Va a quedarse allí definitivamente.

– Oh… ¿Entonces va a vender la casa? ¿Tendrás que buscar otro lugar para vivir?

– ¿Eso te preocupa?

– ¿A mí? ¿Por qué lo preguntas?

– Porque es muy importante para mí. Quiero saber cómo te sientes.

– A Maisie le encanta este sitio.

– Lo sé. Pero ¿y a ti? ¿Te gusta, a pesar de las gallinas?

– Ya me he acostumbrado a las gallinas -dijo ella con cautela-, ¿Qué será de los animales si te marchas?

– La satisfacción de decirle a Sally que tendrá que buscarse otro sitio para sus burros merecerá la pena.

– Desde luego -dijo ella, intentando forzar una sonrisa, sin éxito-. Es un sitio maravilloso para vivir Harry pero son las personas quienes lo hacen especial.

– Opino lo mismo -corroboró él.

– ¿Qué harás si te marchas?

– La pregunta correcta, Jacqui, es qué haré si me quedo.

– Bueno, eso también.

– Estaba pensando en volver a abrir una consulta médica en el pueblo.

– Entonces has respondido a tu propia pregunta. Es la casa de tu familia. Maisie es tu familia. Y hay mucho sitio para que su madre venga de visita cuando…

– ¿Cuando necesite nuevas fotografías para una revista? -sugirió él.

– Cuando el instinto maternal tire de ella. Estoy segura de que quiere a Maisie a su manera.

– Por supuesto que la quiere. Oh, cielos, tendríamos que haber salido más temprano.

El pueblo estaba atestado de coches, vehículos todoterreno y camiones. Incluso el aparcamiento del pub estaba completo, y Harry tuvo que aparcar junto a la iglesia.

– Tengo una pregunta más -dijo, volviéndose hacia ella.

– Harry…

– Después de afirmar que la gente es más importante que los lugares, ¿te quedarás?

El móvil de Jacqui empezó a sonar, evitándole una respuesta.

– Será la agencia -murmuró, buscando en su bolso-, Los he llamado y les he pedido que me encuentren algo temporal para la semana que viene.

– Deshaz el equipaje, Jacqui -dijo él. y le quitó el móvil antes de que pudiera ver quién la llamaba. Lo apagó y se lo guardó en el bolsillo-. No necesitas un trabajo temporal. Te estoy ofreciendo uno para el resto de tu vida. Sólo tienes que decir que sí. Pero no ahora -salió del coche y le abrió la puerta-. Vamos. Maisie no nos perdonaría que llegásemos tarde.

Fue una suerte que la ayudara a bajar, porque le temblaban tanto las piernas que no podía caminar por sí sola. ¿Quedarse? ¿Para el resto de su vida? La tarde fue una delicia. Los pequeños interpretaron canciones infantiles y la obra fue un éxito, aunque algunos disfraces se rasgaron y algún decorado se cayó. Pasó una eternidad hasta que finalmente pudieron marcharse. Todo el mundo quería saludarlos e invitar a jugar a Maisie.

Harry anunció la búsqueda del Huevo de Pascua en High Tops, lo que hizo que Maisie saltara de emoción y no parara de hacer preguntas de camino a casa. ¿Habría una fiesta? ¿Haría Jacqui una tarta? ¿Podrían ir todos? Cuando llegaron a casa, Jacqui se sentía muy dolida. Aquello era muy injusto. Estaba siendo manipulada por Harry. Si él necesitaba que se quedara y cuidara de Maisie debería pedírselo. Y ella podría negarse.

– Parece que tenemos visita -dijo Harry-. La verja está abierta.

– ¿Quién…? -empezó a preguntar Jacqui, pero de repente salió del Land Rover, antes incluso de que Harry lo detuviera, y levantó en brazos a la niña que se arrojó sobre ella-. ¡Emma! ¡Cariño! ¿Qué estás haciendo aquí? -entonces miró a los Gilchrist. que esperaban junto a su coche, y supo la respuesta.

Y en aquel momento. con el corazón encogido, supo que sólo había respuesta a la pregunta de Harry. Quería quedarse allí. pero estaba a punto de que le recordaran una promesa. Dejó a Emma en el suelo, aunque la niña continuó aferrada a su mano. y animó a Maisie. quien había reclamado al instante la otra mano. a que llevara a Emma a ver su poni. Entonces hizo las presentaciones de rigor.

– Harry, éstos son Jessica y David Gilchrist. Yo trabajaba para David cuidando a Emma.

– Jacqui me lo ha contado todo sobre ustedes -dijo Harry con una sonrisa forzada, y los invitó a pasar-. El fuego de la biblioteca está encendido. ¿Por qué no se ponen cómodos mientras preparo un poco de té?

David Gilchrist levantó las cejas, sin dejarse impresionar por un hombre que preparaba té para las visitas cuando él tenía una criada que lo hiciera. La señora Gilchrist, por su parte, parecía desesperada.

– Jacqui -le dijo en cuanto Harry se alejó-, cometí un terrible error. ¿Podrás perdonarme?

– Por supuesto. Pero no tenías que venir hasta aquí para pedirme perdón. Por cierto, ¿cómo sabías dónde estaba?

– La señora Campbell nos lo dijo. Dijo que iba a avisarte por teléfono.

– Mi móvil estaba apagado. Estábamos en la función de Maisie. Espero que no hayáis esperado mucho.

Ella negó con la cabeza, como si la espera no importara.

– Eres tan buena con los niños…

– No hay ningún secreto en eso. Jessica. Son personas, como tú y yo.

– Pero tú haces que parezca muy fácil. Emma… -se miró las manos mientras retorcía su pañuelo-. No puedo tratarla. Me odia. Por eso te pido, te suplico que vuelvas. Ella me dijo que le habías prometido que estarías a su lado si te necesitaba… Tendrás tu propia casa, tu propio coche, te pagaremos lo que haga falta. Hong Kong es un lugar maravilloso…

Jacqui le puso una mano sobre la suya, interrumpiéndola.

– ¿Crees que después de lo que pasó podría volver a hacer esto por dinero?

– Pero estás aquí -dijo Jessica, confusa-. La señora Campbell dijo que sólo era un trabajo temporal. Nosotros te ofrecemos un buen empleo…

– Ya la ha oído, señora Gilchrist. Jacqui no está disponible. Y, a pesar de lo que les haya dicho la señora Campbell. no es la niñera de Maisie.

Los tres se giraron y vieron a Harry en la puerta, con una bandeja en las manos.

– ¿Entonces, qué es? -preguntó David.

– Para Maisie, es su verdadera madre. Para mí… -hizo una pausa y miró directamente a Jacqui-. Es la luz que brilla al final de un largo túnel. El calor en una fría noche de invierno. El consuelo. La alegría. Lo que hace que mi vida esté completa.

Jacqui apenas fue consciente de la conversación que siguió.

– Entiendo -dijo David.

– No, señor Gilchrist, no tiene ni la menor idea.

– Estamos perdiendo el tiempo aquí, Jessica. Hay cientos de niñeras buscando el trabajo que ofrecemos.

– ¿Es que no han aprendido nada? -preguntó Harry con mucha calma-. Cuidar a un niño no es sólo un trabajo…

David Gilchrist se levantó y agarró a su esposa del brazo.

– Vámonos.

– ¡No! -exclamó Jacqui, poniéndose en pie-. Esperad… -se volvió hacia Harry, suplicándole en silencio que lo entendiera.

Y Harry Talbot. que había expuesto su desprotegido corazón para mantenerla a su lado, supo que iban a destrozárselo otra vez.

– Harry -dijo ella-, ¿te importa ir con David a ver qué hacen las niñas? Tengo que hablar con Jessica.

– Pensaba que ibas a irte con ellos.

– ¿Porque lo prometí? -preguntó Jacqui, apoyándose en la verja mientras veía alejarse el coche de los Gilchrist y se despedía con la mano por última vez de Emma.

– Porque lo prometiste -respondió él fríamente.

– Emma no me necesita. Tiene una madre. Alguien que cuidará de ella porque la quiere, no porque reciba un cheque cada mes.

– Oh, claro…

– David Gilchrist es millonario, guapo y todavía joven. Era inevitable que volviera a casarse.

– Contigo en su casa, no me explico por qué se buscó a otra mujer.

Jacqui se echó a reír.

– Oh, vamos. Sólo era una empleada. Seguramente cree que he encontrado mi lugar junto a… ¿cómo te llamó?

– Un caballero granjero.

– No lo corregiste.

– Por él no merece la pena malgastar el aliento. ¿Emma se ha quedado satisfecha? ¿El brazalete la compensó por tu pérdida?

– No me ha perdido. Ahora lo entiende. Sólo tenía que saber que yo no la abandoné, Harry. La pobre Jessica pensó que tenía que echarme de sus vidas por completo para que Emma la quisiera. No comprendía que el amor de un niño es ilimitado.

– ¿Y ya está?

– No. Llevará su tiempo, pero creo que podrá llamarme de vez en cuando.

– ¿Desde Hong Kong?

– Pueden permitírselo.

– ¿Y qué le has dicho a Emma?

– Que siempre la querré. Y que siempre estará ahí cuando me necesite. No tengo que vivir en la misma casa ni en el mismo país para cumplir esa promesa. Todo lo que tiene que hacer es llamarme por teléfono.

– ¿También le dijiste que puede llamarte a cualquier hora?

– La verdad, Harry, es que le dije algo más. Le dije que podía venir a pasar aquí el verano. ¿Te importa?

¿Importarle? Si Emma iba a pasar allí el verano, eso significaba que Jacqui estaría allí.

– Lo único que me importa es saber si vas a quedarte. Antes pensé que te había perdido.

– ¿Eso pensaste? -preguntó ella, mirándolo a los ojos-. ¿Y habrías dejado que me fuera, igual que hiciste con Maisie?

– No, amor mío. Los Gilchrist te ofrecían un trabajo, yo te ofrezco mi vida. Todo lo que tengo.

– Háblame del futuro, Harry -le pidió ella con un hilo de voz-. Háblame de nuestras vidas.

– Ser la mujer de un médico rural no se parece en nada a la vida de lujo que tendrías en Hong Kong. Y sabiendo lo poco que te gustan las gallinas…

– Ya te dije que me he acostumbrado a las gallinas, y disculpa, pero ¿eso es una proposición?

– ¿Quieres que me ponga de rodillas?

Ella bajó la mirada al suelo. Había un charco de barro en medio del camino, así que tuvo compasión de Harry.

– ¿Por qué no dejamos eso para más tarde? Cuando me demuestres lo que querías decir con eso de «el calor en una fría noche de invierno».

– No es invierno, cariño. El sol brilla con fuerza. El próximo domingo empieza la Pascua.

– He visto nevar en Pascua -dijo ella, estremeciéndose.

– Bueno, ahora que lo dices, puede que tengas razón. Seguramente tengamos una helada esta noche -la rodeó con un brazo mientras volvían a la casa-. ¿Puedo hacer algo más por ti? -Detesto ese cartel de «Prohibido el paso» que hay en la verja.

– Lo quitaré ahora mismo.

– Y deberíamos tener una cabra, ¿no crees?

– ¿Una cabra? -preguntó él, riendo-. ¿Alguna vez has intentando ordeñar una cabra?

– No, pero todos los minifundios tienen una cabra.

– ¿Qué te hace pensar que esto es un minifundio?

– Dos campos, cinco burros, un poni, un montón de gallinas y conejos…

– Mira a tu alrededor -la interrumpió él-. Hasta donde alcance tu vista, desde lo alto de las colinas hasta la carretera principal.

– ¿Todo eso? Pero entonces el pueblo…

– El pueblo formaba parte de la finca original, pero mi abuelo les cedió la propiedad a los aldeanos, hace cincuenta años. Casi toda la tierra está arrendada a los granjeros locales.

– ¡Pero es un terreno enorme! ¿Cómo vas a comprárselo a tu tía?

– Al precio de hoy sería imposible, pero se lo compré hace diez años, cuando tía Kate quería costear la carrera de Sally,

– ¿Pero ella siguió viviendo aquí?

– Lo único que cambió fue el titular de la propiedad. La autoricé legalmente a que siguiera ocupándose de todo como siempre había hecho, y debo decir que ha hecho un buen trabajo. Acabo de descubrir que me ha hecho ganar una pequeña fortuna al vender un terreno junto al pueblo para construir casas. Gracias a medidas como ésa, el pueblo prosperará y no quedará desierto -la miró con una sonrisa-. ¿Aún quieres una cabra?

– ¿Puedo cambiarla por un poni para Maisie? Uno más fuerte que pueda montarse.

– Estaba pensando que podríamos regalarle uno por su cumpleaños.

«Podríamos»… A Jacqui le pareció la palabra más bonita que jamás hubiera oído.

– Perfecto -dijo, entrelazando el brazo con el suyo.

– Y también podríamos darle algunos hermanos.

Jacqui se detuvo y lo miró.

– Eso es un plan a largo plazo.

– Puesto que ésta va a ser una noche bastante fría, podríamos empezar a planearlo, si quieres -dijo él, y la tomó en sus brazos-. Y también podríamos fijar una fecha para la boda -añadió, antes de darle un beso largo y apasionado que no dejó ninguna duda respecto a sus sentimientos-. No debemos esperar demasiado.

Todo el mundo estuvo de acuerdo en que junio era el mes perfecto para una boda en el campo. La iglesia había sido engalanada con flores, por cortesía de Selina Talbot para justificar su ausencia. Se había casado con su millonario y no quería interrumpir su luna de miel por nadie ni siquiera por Maisie, una de las damitas de honor.

La naturaleza se había encargado de adornar el camino con hileras blancas de perejil, dedaleras y resplandecientes ranúnculos amarillos. El grupo de las damas de honor, compuesto por Maisie. Emma y las sobrinas de Jacqui, todas ellas con flores en el pelo. fue conducido hasta la iglesia en un carrito tirado por un pequeño poni. Jacqui lo seguía un par de minutos después en otro, acompañada de su padre, con los arreos también cubiertos de flores.

– ¿De verdad no te importa que no me case en casa? -le preguntó ella.

– Éste es tu hogar, Jacqui -respondió él apretándole la mano-. Nunca te he visto tan feliz.

– Os estoy muy agradecida a mamá y a ti por cuidar de Maisie mientras estamos fuera.

– Éste es un lugar mágico, cariño. Estoy seguro de que lo pasaremos muy bien.

La ceremonia fue solemne, con los votos matrimoniales que los unían de por vida y que no sólo fueron expresados con palabras, sino también con los ojos, los corazones y las almas. Pero la diversión que siguió no tuvo nada de ceremoniosa.

La comida se dispuso bajo una inmensa carpa en el campo más llano de toda la finca, y los invitados se servían a sí mismos. Un grupo de violinistas se encargó de tocar un repertorio de animadas melodías al que nadie pudo resistirse.

La fiesta se alargó mucho después de que los protagonistas principales se hubieran escabullido para empezar su luna de miel, una celebración de amor, vida y placer.

Como la señora de la tienda le dijo a la mujer del párroco, después de varias copas de champán, era como si el pueblo hubiera vuelto a la vida tras un largo invierno.

Liz Fielding

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