/ Language: Español / Genre:love_contemporary,

Orgullo y amor

Liz Fielding

Seis años atrás, Casey había adorado a Gil Blake. Pero él le había hecho saber que ella era una aventura más. Ahora había regresado y la chica aún lo amaba… pero Gil sólo había vuelto para vengarse

Liz Fielding

Orgullo y amor

Título de la novela (Año): Orgullo y Amor (1994)

En Harmex: En la pobreza y en la riqueza

Título Original: A point of bride

Sello / Colección: Bianca 660

Capítulo 1

– Sonríe, cariño, se supone que éste es el día más feliz de tu vida.

Casey O'Connor ni siquiera pestañeó para fingir que no había escuchado las palabras que le murmuró la alta figura vestida de gris de Gil Blake, mientras él tomaba con firmeza su mano derecha entre la suya.

Ella tenía la vista fija al frente, su rostro era casi del mismo color qué el elegante y sencillo vestido de seda color marfil. El vicario sonrió irradiando confianza y miró a Gil. Y prosiguió con la boda religiosa.

– Yo, Gilliam Edward Blake te tomo a ti Catherine Mary O'Connor…-la voz firme de Gil resonaba en la iglesia; la congregación que había asistido a testificar la asombrosa y repentina boda de Casey O'Connor con el alto y bronceado extranjero, quien se la había arrebatado al soltero más codiciado de Melchester, podía escuchar cada palabra con toda claridad.

El sacerdote quedó satisfecho con la respuesta del novio, luego se volvió para ver a la mujer.

– Yo Catherine Mary O'Connor te tomo a ti Gilliam… -apuntó.

Cuando ella escuchó las palabras que los unirían, tuvo la inquietud de salir corriendo de ahí. Acaso no estaba segura de si de hecho había dado un paso hacia atrás, o había sido sólo su imaginación que Gil le hubiera presionado posesivamente su mano con los dedos. Lo miró con disimulo; se sentía nerviosa. Los ojos grises del hombre la observaban sin pestañear, pero sin sombra de ternura que la animara á contestar. El le estaba exigiendo sumisión completa.

Un acceso de ira y la promesa en su interior de que él pagaría caro este momento de triunfo prestaron firmeza a su voz al repetir ella las palabras. Un ligero apretón en los labios de Gilliam sugería una sonrisa; nadie hubiera podido dudar de la sinceridad de sus palabras cuando colocó el anillo en el dedo de Catherine.

– Con este anillo te desposo, con mi cuerpo te idolatro… -esbozó una sonrisa de burla de sí mismo cuando añadió-: Y te hago partícipe de todos mis bienes terrenales.

Para cuando escuchó al fin las palabras: "Los declaro marido y mujer", Casey estaba tan tensa que pensó que se iba a desmoronar.

– ¿Catherine? -murmuró Gil, cuando ella lo miró a la cara, y un brillo apareció en sus ojos-. Nunca supe que ese era tu nombre.

– ¿Gilliam? -ella no pudo igualar la sonrisa, pero estaba decidida a copiar el tono burlón-. ¿Qué clase de nombre es ese? -él levantó un hombro, titubeó por un momento y luego rozó sus labios con los suyos-. Es el nombre del hombre con el que te acabas de casar. No te atrevas a olvidarlo.

Afuera los esperaba el tañir de las campanas, el confeti y las felicitaciones. El fotógrafo los obligó a tomar diferentes poses y Casey concluyó que para los asistentes debió haber sido una boda normal. Luego divisó a Michael, pálido e incrédulo, entre las columnas del patio de la iglesia. El tierno y agradable Michael que nunca exigía nada. Gil observó su mirada y endureció su boca, que formó una línea.

– ¡Basta! -regañó al fotógrafo y sin advertirle la levantó en brazos y la cargó por el sendero arenoso hasta el Jaguar que esperaba afuera. La depositó sin aliento y furiosa en el asiento trasero, y azotó la puerta tras de ella. Vamonos -le ordenó al chofer que lo miraba sorprendido. El frustrado fotógrafo todavía trataba de tomar fotos de ellos subiendo al auto, pero a Gil Blake no le interesaban las fotografías; toda su atención estaba concentrada en la novia-. Michael Hetherington tuvo su oportunidad, Casey. La desperdició. ¡Olvídalo! -antes de que ella pudiera retroceder la tomó de la cintura y la acercó junto a él. La besó presionando sus labios, para quitarle la menor duda de que intentaba ocuparse de que ella lo olvidara.

Consciente del chofer, Casey no resistió. Se quedó rígida en los brazos del hombre, mientras su cabeza trataba de controlar el impulso natural de su cuerpo, y ya cuando sentía que se debilitaba, él la soltó.

– Olvídalo -murmuró él con voz ronca cuando el auto se detuvo frente a la hermosa y vetusta mansión de sus padres.

Fue tan súbita la boda de ella que su madre tuvo que abandonar la idea de lo que consideraba una apropiada recepción para su única hija, y se conformó con un pequeño desayuno de boda para la familia y para los amigos más cercanos, en su casa, aunque no dejó pasar ninguna ocasión para repetirle a Casey lo que sentía. Las reiteradas y pacientes aseveraciones de Casey de que "no estaba embarazada" sólo añadían escarnio a la herida.

Mientras jugaba con su salmón ahumado Casey notó con triste solaz que su compañera de apartamento tomaba plena ventaja de su posición como dama de la novia para sitiar al padrino de Gil. Sin duda esperaba averiguar un poco más acerca del hombre que se apareció de pronto, logró que Casey O'Connor perdiera la cabeza y la desposó en las narices del hombre que intentaba hacerlo un año atrás. Por la frustrada expresión de su amiga, Casey adivinó que no estaba consiguiendo mucha información.

Sintió un gran alivio cuando escapó a toda esa especulación y se retiró al dormitorio que ocupaba antes de que ella abandonara su casa. Charlotte la ayudó a quitarse el vestido de satén; lo desabotonó de la espalda y luego lo sacó con cuidado por la cabeza.

– Bueno, linda, hacen una bonita pareja -Casey permaneció callada-. ¿Ya te dijo donde piensa llevarte de luna de miel?-Casey trató de hablar y descubrió que tuvo que aclararse la garganta.

– No.

– ¿Sorpresa, eh? -Charlotte se rió. Si fuera yo, te aseguro que no me importaría -quitó unos confetis del cabello peinado en moño de Casey y sostuvo su saco.

Casey se contempló en el espejo. El pálido tono azul de la sencilla falda de seda combinaba perfectamente con los zapatos de tacón alto, los cuales la hacían parecer un poco más alta, aunque de todas maneras pequeña junto a Gil. Era un lujo que no se permitió cuando salía con Michael. Alisó el saco azul más oscuro sobre sus caderas. Charlotte le entregó el sombrerito de seda azul que hacía juego con su falda y ella lo sujetó con un pasador. Logró esbozar apenas una sonrisa algo burlona frente al espejo. Todo lo apropiado…

En algún momento de locura, estuvo tentada a usar algo estrafalario, pero ya era bastante enfrentar a Gil Blake, hubiera sido una tontería hacerlo enojar cuando era innecesario.

Alguien llamó a la puerta y ella regresó a la realidad. Charlotte abrió y Gil irrumpió en la habitación, vestido ahora con traje gris oscuro, camisa blanca y corbata de seda color vino. Tendría que acostumbrarse a su forma de ser.

– ¡Buena suerte! -Charlotte sonrió y murmuró las palabras detrás de él; luego salió de la habitación.

Gil escudriñó la apariencia de la chica, sin que su rostro traicionara ninguna emoción. Luego, aparentemente satisfecho, contempló el resto de la habitación. Fijó su vista en la cama con su elegante edredón de encaje blanco.

– Encantadora -levantó la vista y descubrió que ella lo estaba mirando-. Temo que te va a llevar algún tiempo arreglar tu nueva casa -sonrió-. No es que me agrade este estilo -señaló la cama individual-. Por si tenías alguna duda -no hizo mención de dónde iban a vivir y ella evitó darle la satisfacción de preguntarle.

Sólo lo vio en una ocasión desde que él emitió su ultimátum, y la rígida y corta entrevista cuando se lo presentó a sus asombrados padres no había sido el momento ideal para una charla íntima. Sin embargo, ahora el matrimonio era un hecho, y aislarse sería más difícil.

– ¿A dónde vamos… a vivir nosotros? -se le dificultó decir la palabra nosotros, y Gil lo sabía.

– Pensé que me lo preguntarías antes.

– No estabas de humor para que te lo preguntara -le recordó con frialdad. Luego se volvió y recogió su bolso-. Además, me es completamente indiferente.

– En ese caso, amor mío, puedes esperar un poco más para averiguarlo.

– Entre más tiempo, mejor -replicó ella en tono frío, y era cierto. No le importaba. Habían vendido Annisgarth, la casa de piedra dorada que estaba en la colina, junto a Melchester. Ahora ya no podría vivir ahí, y ese era el único lugar donde había soñado residir.

– Ahora iremos allá -Casey se estremeció.

– ¿A dónde?

– A casa, señora Blake -Casey sintió que el corazón le daba un vuelco traicionero, al escuchar que la llamaba de esa manera.

– ¿Que… no vamos… -logró decir- de luna de miel?

Gil se acercó a ella quien con nerviosismo retrocedió hasta que se topó con el lecho que estaba detrás de sus rodillas.

– ¿Estás desilusionada? -él colocó su mano en la cintura de ella. Su mirada era impenetrable-. Una luna de miel no necesita de sitios elegantes, Casey -le murmuró-. Cuando dos personas se aman el duro suelo del bosque es suficiente. Ella se quedó boquiabierta y le gritó:

– ¿Cómo te atreves? -y empezó a golpearlo, pero él la tomó de los brazos y se los sujetó a los costados de su cuerpo, con facilidad.

– Así, así es como me atrevo-luego la besó con fuerza, lastimándole los labios. Casey luchó con furia hasta que él apartó la cabeza; él sonrió y se burló de su ira. Cuando la soltó, ella abrió la boca para protestar, pero no emitió sonido. Y esta vez el beso fue diferente. La carnosa boca de Gil la estremeció, acariciándola a medida que deslizaba su lengua sobre la de ella. Su cuerpo reaccionó ante la cercanía del hombre, que ella no pudo resistir, y empezó a responder, primero tentativamente, después con tal pasión que la regocijó y la aterró al mismo tiempo. El frío dominio que mantuvo sobre sus emociones desde que Gil Blake retornó a su vida se desvaneció al sentir el ardor de sus labios. Casi sin aliento se separaron y sus miradas se encontraron.

– Creo que he sido claro, ¿no crees, Casey? -comprendiendo que había hecho el ridículo, ella se liberó, y esta vez él no puso resistencia.

– Te aprovechaste para dejarlo claro -gritó furiosa-. Es la última vez que me dejo engañar así -él la miró con frialdad.

– Eso es exactamente lo que opino. Cualquier sitio serviría para el tipo de luna de miel que tienes en mente, ¿verdad? -se alejó y acomodó su corbata frente al espejo-. Acabo de invertir hasta el último centavo que he ganado con mucho esfuerzo, en una compañía que tiene problemas. Pude haber dejado a tu padre en la bancarrota, Casey. Dejar que todos sufrieran -la miró a través del espejo-. Pero tú… sacrificio permitió que su orgullo quedara intacto.

– ¡Compraste una ganga! -le gritó ella. El se incorporó y se volvió a ella.

– Eso está por verse. Sin embargo, no quedó dinero para gastarlo en una luna de miel lujosa y además tengo que estar presente para solucionarlos problemas del trabajo. Y tú, Catherine Mary Blake, tendrás que esperar a que me desocupe.

Ella se sonrojó por la ira. El adivinó sus intenciones y de pronto ella comprendió que no sería tarea fácil mantener a su marido fuera de su lecho. No mientras él estuviera decidido a compartirlo, aunque por el momento parecía haber aceptado la situación y suponía que debía estar agradecida por ese respiro. Secó las lágrimas de sus ojos y huyó de la habitación. El la alcanzó al borde de la escalera y la tomó del brazo, se detuvo cuando notó que su Jaguar estaba decorado con latas, botas viejas y globos.

– Veo que han estado muy ocupados -bromeó con naturalidad ante el pequeño grupo de personas que se había reunido para despedirlos. Ella cambió de expresión y sonrió.

Su padre la abrazó. Al menos se había recuperado lo suficiente para poder casarla, y eso hacía que el sacrificio mereciera la pena. Su madre le entregó su arreglo de flores y la abrazó por un momento.

– ¿Casey…? -luego, besó a la chica en la mejilla y dio un paso atrás.

Ella aspiró profundamente el aroma de las flores, luego Gil abrió la puerta del auto y Casey hizo un esfuerzo por mostrar alegría; sonrió y gritó:

– ¡Agárrenlo! -y arrojó el ramo de flores al grupo, antes de entrar con rapidez al auto para que no vieran sus mejillas húmedas por las lágrimas. Cuando atravesaron las rejas, la mujer dejó escapar un largo suspiro que la estremeció y cerró los ojos, sólo los abrió de nuevo cuando Gil paró el auto en la carretera.

– Sal de aquí.

– ¿Qué? ¡Ese es mi auto! -exclamó ella al ver su pequeño Metro rojo-. ¿Quién es ese?

El chofer salió y le entregó las llaves a Gil, quien abrió la cajuela del Jaguar y sacó una pequeña maleta, para colocarla en el portaequipajes del auto rojo. Luego entregó las llaves de su auto al chofer y le dio un cheque.

– Con eso puedes mandarlo a lavar. Gracias Steve.

– Ha sido un placer, Gil. Cuando quieras -respondió él y miró con disimulo a la pasmada novia.

– Espero que sólo sea una vez.

– Claro que sí -dijo el chofer y soltó una carcajada mientras se subía al gran auto, luego ajustó el asiento a sus piernas más cortas.

– ¿Quieres manejar por el pueblo así? -preguntó Gil divertido por la confusión de Casey.

– No -replicó ella disgustada. ¿Pero como…?

– Tu padre me ayudó. Además, hoy tenía que regresar el coche a la compañía donde lo renté; Steve lo lavará y lo entregará por mí.

– ¡Un auto rentado!-Gil sonrió.

– ¿De verdad creíste que me pertenecía?

Ella no respondió. Claro que pensó que era de él. Casey abrió la puerta del Metro y entró en éste, luego abrochó e1 cinturón de seguridad. Si la había engañado acerca del auto, ¿qué otras cosas serían falsas? Por supuesto que nunca le dijo que era suyo. Ella se lo creyó por idiota.

Dentro del auto, él estaba mucho más cerca de ella. Casey se recargó lo más que pudo en la puerta, tratando de evitar el contacto, pero el hombro de él rozaba el suyo cada vez que cambiaba la velocidad.

Viajaron rumbo a la ciudad, en silencio. Rodearon el centro y Gil manejó por calles aledañas para evitar el tráfico y los autos que estaban estacionados por ser sábado; finalmente se detuvo frente a una pequeña casa con terraza.

– Bienvenida a casa, señora Blake -ella se estremeció nerviosa al escuchar su nuevo nombre.

– ¿Dónde estamos? -preguntó.

– En Ladysmith Terrace número veintidós. Nuestra nueva casa. Mejor dicho tu nuevo hogar. Este siempre ha sido el mío.

Ella contempló la despintada y maltratada puerta principal marcada con el número veintidós. Quedó consternada.

– ¿Y esperas que viva aquí?-preguntó con horror.

– ¿Por qué no? Yo nací aquí. Este fue el hogar de mis padres. Hasta hace poco todavía lo era de mi tía Peggy -Casey pasó saliva.

– ¿Y qué les sucedió? -él palideció.

– Mi padre falleció en un accidente de construcción cuando yo tenía diez años y mi madre se descuidó por completo desde entonces.

– Cuánto lo siento -él la miró.

– Peggy me crió, pero ahora se fue a vivir con su hija a Birmingham.

– Y te dejó su casa -comentó y miró alrededor con desencanto. -No, es mía. La compré para mi madre tan pronto como gané un poco de dinero.

– ¿Y aquí es donde viviremos? -sin luna de miel ni auto ni una casa decente donde vivir, pensó ella-. Dime, Gil. Antes de que salga del auto y entre a Ladysmith Terrace número veintidós. ¿He sido objeto de un engaño?

– ¿Engaño? -preguntó él-. ¿Por qué dices eso? -Casey notó las blancas líneas en sus mejillas y comprendió que estaba furioso, pero no le importó. -Entiendes muy bien. Me tomaste a cambio de rescatar de la quiebra a la compañía de mi padre.

– Así es. Construcciones O'Connor está a salvo, pero yo tuve que arriesgar hasta el último centavo que poseo para salvarla -apretó el volante hasta que los nudillos de la mano se pusieron blancos-. Incluyendo la escritura de esta casa. Lo mismo que tu padre, de hecho… -mostró los dientes en un simulacro de sonrisa-… al menos estás al tanto de la situación. Una cortesía que creo que Jim O'Connor nunca mostró a tu madre.

– ¿Cómo averiguaste todo eso? -preguntó ella.

– Me interesa estar informado -se tranquilizó-. La compañía estará tan bien organizada como yo quiera. No habrá sobreabundancia ni quiebra. En doce meses Construcciones O'Connor será el deleite de cualquier contador -ella respiró de alivio sin darse cuenta-. Ese fue el trato, Casey. Yo no prometí una mansión ni una limosina. Si existe engaño, no es por mi culpa. Tú sola lo soñaste.

Tenía razón, comprendió Casey. Había evitado todo contacto con Gil desde el momento en que había hecho sus ultrajantes demandas y el colapso de su padre la forzó a acceder a ellas. Lo hizo por orgullo. Quizá debió de pensarlo mejor y buscar su compañía para averiguar cuál era la verdadera situación. Al menos no se hubiera engañado totalmente.

Satisfecho por haber dejado todo en claro, Gil prosiguió:

– Si te portas bien y no despilfarras el dinero, es probable que adquiera una de las casas en la nueva propiedad, dentro de unos meses -Casey lo contempló con incredulidad-. Una de las más pequeñas -añadió, pensándolo bien.

– No, gracias. Prefiero vivir aquí. Al menos nadie de los que conozco podrá ver lo que ha sido de mí -abrió la puerta y salió del auto; se dio cuenta de que varias personas la estaban observando con mucho interés.

– Hola, Snowy. Te ves muy bonita -alguien gritó del otro lado de la calle-… ¿Vas a vivir allí?

Casey se volvió, asustada y observó una sonrisa en el rostro de Gil, que pronto desapareció. No tardaron mucho en descubrir su secreto.

– Hola, Amy -dijo contenta-. Sí, seremos vecinas -era una de sus Brownies. Recordó ahora que el nombre le era familiar. Varias niñas vivían en Ladysmith Terrace. Bueno, al menos no tendría que ir lejos los sábados en la mañana.

– ¿Snowy? -preguntó Gil mientras introducía la llave en la puerta.

– Buho Snowy -él estaba sumamente intrigado-. Amy es una Brownie -explicó ella.

– ¿Una Brownie? -preguntó con incredulidad-. ¿Tienes una fábrica de Brownies? ¿Usas uno de esos sombreritos cafés?

– No seas ridículo -replicó ella con enfado. El abrió la puerta.

– ¿Estás lista? -y sin esperar respuesta, la levantó en brazos, la cargó y traspasó el umbral, luego cerró la puerta con un pie. Por un momento se recargó en ella, sosteniéndola cerca del pecho, y Casey pudo sentir los latidos de su corazón. Su cuerpo tras la delgada tela de su traje estaba cálido y confortante. Y ella necesitaba que la consolaran; alguien que la abrazara y que le asegurara que todo estaría bien mañana.

– No tenemos que estar en guerra, Casey -murmuró él. De pronto, alguien llamó a la puerta y los asustó. Gil la bajó y abrió.

– ¿Está Snowy? -era Amy.

– Dime, Amy -contestó Casey, luego se asomó un poco mareada a la puerta.

– Mi mamá te manda esto -la niña sostenía una maceta de tulipanes amarillos y tenía la vista fija en Gil.

– Están preciosos. Qué amable. ¿No gustas pasar?

– No. Mi mamá dijo que no debería quedarme. Pero que si necesitabas cualquier cosa que la buscaras en el número seis.

– Bueno, pasaré a visitarla en unos días. Dale las gracias de mi parte.

– Está bien. Adiós -contempló a la niña correr por la calle y luego se volvió a ver a Gil, pero él parecía haber perdido el interés en ella. Colocó la planta dentro de la chimenea, y notó la gruesa capa de polvo que cubría los ladrillos.

– Siento que la pequeña te haya molestado -él se encogió de hombros y sonrió.

– ¿De verdad lo sientes? Llegó en el momento más indicado, ¿no crees? Por allí está la cocina. ¿No quieres poner a hervir el agua en la tetera mientras yo recojo tu maleta?

– ¡Maldición! -Casey se despojó del sombrero, lo aventó en una silla y entró a la cocina donde encontró la tetera. ¿Por qué se había disculpado? Le temblaban las manos al tratar de abrir las anticuadas llaves del agua que estaban duras y chirriaban; los tubos empezaron a sonar. Llenó la tetera hasta la mitad y la colocó en la vieja estufa de gas para buscar cerillos. Rompió tres antes de encender la llama con manos temblorosas. El silbaba fuerte mientras ella buscaba las tazas.

No tuvo que buscar mucho, estaban en anaqueles ocultos con una cortina de cuadros verdes. Pasó el dedo por el anaquel. Al menos allí estaba limpio, y miró con culpa a Gil cuando se apareció en la puerta,

– ¿Encontraste todo?

– ¿Hay té, leche? ¿Hay refrigerador? -preguntó la joven en tono cortante.

– Esta en el anexo de la cocina. Por allí -señaló él, luego abrió lo que parecía ser la puerta trasera, entró a una habitación fresca, larga y estrecha. Un moderno refrigerador ocupaba casi todo el muro de enfrente y ella lo abrió y sacó medio litro de leche.

– No hay casi nada aquí.

– He estado demasiado ocupado para ir de compras. Y pienso que te gustará surtir la despensa.

– Me muero de ansias -replicó con un gesto de fastidio-. No se te olvide dejar algo de dinero para la casa. No mucho, claro -él ignoró su sarcasmo.

– La tetera está hirviendo. El té está en este anaquel -le entregó él una cajita y sus dedos se rozaron sin-querer, ella retiró la mano como si se hubiera quemado y la cajita cayó al suelo derramando el té.

– Estoy…

– Casey…

Ambos empezaron a hablar al mismo tiempo y luego se callaron, cruzaron sus miradas por un instante antes de que Gil se acercara a ella.

– Vi allá un frasco de café -dijo ella y entró con rapidez al anexo de la cocina. Gil se quedó inmóvil y luego se encogió de hombros.

– El recogedor de basura está debajo del fregadero -salió para ir a la sala donde se recostó en un sillón. Casey ignoró el tiradero en el suelo.

– Aquí está tu café-le dijo y azotó la taza al colocarla sobre la mesa a un lado de él-. ¿No quisieras mostrarme el resto de la casa mientras se enfría mi bebida? Estoy segura de que no tomará mucho tiempo.

– Es verdad. Tenemos que pensar en otra cosa para pasar el tiempo -Casey se echó atrás con tal rapidez que lo hizo reír.

Empezaron por la parte superior. La habitación estaba llena de polvo y se notaba que hacía mucho que nadie la usaba. Casey se acercó a la ventana y limpió el vidrio con la mano. Podía ver más allá de los techos un pequeño jardín.

– Esto podría ser bonito -comentó y se alejó de la ventana.

– Me perdonas, pero creo que tienes mucha imaginación. Ven -bajaron un piso y encontraron dos puertas. Gil abrió la primera.

– Este solía ser mi dormitorio -le dijo^. Hay una gran diferencia con la torre de marfil donde te criaste -era una pequeña habitación cuadrada, con un librero y un guardarropa. Nada más. Casey se inclinó para ver los libros, estos eran antiguos y por el lomo descubrió que la mayoría eran premios de la escuela dominical.

– Estos no eran tuyos -declaró Casey.

– De la tía Peggy -le confirmó él-, y de mi padre. Pero los leí todos. Son muy instructivos. La mayoría sobre gente que recibió su merecido -salió de allí y cruzó hasta la otra puerta-. Esta es nuestra habitación -la suite debió ser maravillosa, de nueva. Quizá cuando construyeron la casa. Dos grandes roperos y un amplio vestidor llenaban las paredes. Sus maletas y cajas, que había recogido la mudanza el día anterior, ocupaban casi todo el resto de la sala. La cama, recién arreglada con limpias sábanas blancas y un grueso y anticuado edredón de color de rosa, aparecía en el centro. La cabecera era alta y elaborada y Casey se acercó a examinarla de cerca. La frotó con la mano y sintió el confortante espíritu de todas las mujeres que habían amado, dado a luz y muerto en esa habitación-; Quizá deberíamos comprar una nueva cama… -empezó Gil a decir.

– ¿Tenemos con qué? -Gil la miró divertido.

– En realidad no. Entonces sólo un colchón. Siempre me gustó esa cama.

– Es un estilo que ha vuelto a estar de moda. Creo que vale la pena conservarla. ¿Dónde está el baño?

– Hablas como decoradora de interiores. Tu padre me contó que tú amueblaste las casas de muestra para él:

– Sí. Me dio un anticipo y… -de pronto se percató de que Gil habló en tiempo pasado-. ¿Hice?

– Yo no pienso darle a nadie extravagantes anticipos. Ese tipo de trabajo se pondrá en oferta -se encogió de hombros. Puedes competir si quieres. A menos -añadió con cortesía-, que tengas un contrato. No recuerdo haberlo visto.

Casey no daba crédito a sus oídos. Siempre había decorado las casas de muestra para su padre, y había recibido comisiones de las casas privadas. Estaba muy orgullosa de su trabajo.

– Claro que no tengo contrato. ¿Para qué habría de necesitarlo? -él colocó el dedo índice en su barbilla y la forzó a mirarlo a los ojos.

– Porque, así son los negocios, Catherine Mary Blake. Necesitas un contrato, y tienes que leer la letra pequeña. Recuérdalo; te ahorrará muchas desilusiones. Bueno, dijiste que querías ver el baño.

La tomó con firmeza de la mano y con creciente animosidad ella lo siguió para bajar por la escalera, a través de la cocina y su anexo hasta un pequeño patio dónde al fin le soltó la mano. Una regadera galvanizada colgaba de la pared.

– La metemos a la cocina durante el verano -explicó Gil sonriente-. Pero en invierno la colocamos frente a la chimenea. Es muy cómodo -Casey se ruborizó.

– Estás bromeando -exclamó al fin ella.

– ¿Por qué crees que es broma?

– Pues es positivamente… medieval.

– ¿Tan reciente? Bueno estoy seguro de que te encantará saber que hay un lavabo y un W.C. fuera del anexo de la cocina.

– ¿De veras? -preguntó ella en tono de desafío-. ¿Y funciona el W.C?

– Yo no apostaría -el rubor en sus mejillas denotaba disgusto. Casey dejó escapar un grito de susto cuando él la tomó por la muñeca y la forzó a seguirlo. Ella trató de liberarse, pero la sujetó con más fuerza, y al llegar a la escalera, la asió por la cintura y tiró de ella mientras la chica gritaba y le golpeaba las espinillas frenéticamente, con sus tacones. Ya arriba en la recámara principal, la empujó sobre el gran lecho de caoba.

– Ya he sido demasiado condescendiente con tu familia todo este día, Casey Blake. Tu padre piensa que me está haciendo un favor al permitirme que compre su deuda, y tu madre con esa cara de sepulcro… ¿tiene la más remota idea de lo cerca que estuvo de perderlo todo, incluyendo su casa? Eres mi mujer en la riqueza y en la pobreza. Si esto es lo más modesto que tenemos, puedes considerarte afortunada. Yo he conocido peores situaciones. Mucho peores -arrojó su elegante saco al suelo y se quitó la corbata.

– ¡Gil! -le suplicó ella-. No. No hay necesidad de esto -él la ignoró y ella reaccionó demasiado tarde. Rodó en la cama cuando el entró, pero éste logró detenerla del saco. Frenética, desabrochó los botones y trató de escapar, pero era demasiado tarde. E! la sujetó del brazo y la detuvo con facilidad a pesar de su lucha. Con la mano libre le desabrochó el único botón de la falda.

– ¡No quiero… Gil… Suéltame! -sin hacer caso de los puños que lo golpeaban y de sus desesperadas súplicas, la inmovilizó en la cama sujetándola con una mano mientras que con la otra terminaba de desnudarla.

– ¿Crees que no sé lo que habías planeado, Casey? ¿Creíste que podrías mantenerme alejado de ti? Lo lograste una vez, pero ahora eres mi esposa y esta vez, te lo juro, serás mía -su tono era duro y ronco por la excitación de la lucha.

Mientras contemplaba aquellos ojos ensombrecidos por el deseo, Casey se quedó inmóvil. Era una lucha sin sentido e indigna y había ' sido muy tonta al creer que podría controlarlo. Sintió el vello del pecho contra sus pezones, y una nueva y desconocida sensación recorrió todo su cuerpo, ni siquiera quería eso. Era orgullo lo que la mantenía reacia y rígida. Pasó un minuto hasta que él se dio cuenta de que ella había dejado de oponerse.

– ¿Casey? -murmuró él con ternura. Fue sólo orgullo lo que la hizo esconder su cara.

– Anda, Gil. Acaba de una vez -pálido, él retrocedió como si lo hubiera golpeado.

– Qué atractivo. ¿Acaba de una vez? -sonrió con desprecio-. Casi tan atractivo como hacerle el amor a un pescado muerto.

– No creo que el amor tenga algo que ver con esto, ¿y tú?

El gimió, deslizó las piernas y se sentó en el borde de la cama.

– ¡Oh, Dios mío! ¿Qué he hecho? -Casey se quedó mirando el techo segura de que no necesitaba respuesta.

El lecho rechinó cuando Gil se levantó y abrió la puerta del ropero, y cuando se acercó a verla, de nuevo, llevaba puestos unos jeans y una sudadera.

– Te pido mil disculpas, Casey -dijo con frialdad-. Perdí el control, no lo hice a propósito y te juro que no volverá a suceder. Cuando decidas que quieres ser mi esposa legítima quiero que me lo digas.

– ¡No antes del día del juicio! -juró ella y lo decía en serio.

– ¿Tan pronto? -colocó una mano en su corazón y fingió una caravana de burla-. Más de lo que me merezco, estoy seguro -abrió la puerta y ella escuchó sus pisadas por la escalera. Se estremeció cuando él azotó la puerta principal al salir.

Ella esperó lo que le pareció mucho tiempo, pero él no regresó. Al fin se cubrió con las colchas y se soltó a llorar en silencio.

Se preguntó cuántas mujeres habrían llorado en ese lugar. Con seguridad ninguna, porque ella tenía demasiado orgullo para admitir que amaba al hombre con quien se había casado. Era difícil cuando se trataba de un contrato comercial y el amor no estaba en la agenda.

Permaneció acostada en el enorme lecho mucho tiempo, antes de conciliar el sueño. A pesar de lo cansada que estaba, no dejaba de pensar en su situación. Una y otra vez repasaba los acontecimientos del último mes y el ultimátum a sangre fría de Gil.

Capítulo 2

Casey había salido temprano del trabajo y estaba escogiendo ropa para la venta de garaje de las Brownies cuando sonó el teléfono.

– Casey O'Connor-dijo ella, dejándose caer en un sillón. No hubo respuesta-. ¿Hola?

– Hola, Casey O'Connor, ¿cómo estás? -Casey se enderezó de golpe, rígida al reconocer la voz, pero no pudo, no quiso creerlo.

– ¿Quién llama?

– Creo que sabes muy bien quien soy, Casey -ahora fue su turno de quedarse callada. No podía ser él. Y sin embargo, la excitación que vibraba en sus venas le indicaba que así era.

– ¿Gil? -su corazón dio un vuelco y no sabía qué responder.

– No fue muy difícil, ¿verdad? Reservé una mesa en el Oíd Bell a la una -hizo una pausa. Espero que no tengas compromisos.

– Yo…

– Muy bien. Nos veremos entonces -colgó el auricular. Suspiró y pensó en que no era una invitación sino una orden. Se quedó inmóvil en el sillón, con los puños cerrados. No iría. De ninguna manera. Casey consultó su reloj, era un poco después de las doce. No le había dado mucho tiempo, y ni siquiera había esperado que contestara.

Claro que siempre había estado muy seguro de sí mismo, pensó y recordó la primera vez que la invitó a tomar una copa. Había esperado con paciencia mientras ella titubeaba, atraída irresistiblemente por su aspecto; tan musculoso, rudo, masculino, ella sabía que su, madre desaprobaría por completo que saliera con uno de los trabajadores de su padre, por más atractivo que fuera. Ésta ocasión lo dejaría sentado allí, junto a la chimenea en el Bell, mirando el reloj, esperándola. Pero, pensó furiosa, que no la esperaría. Ya una vez había tratado de hacerlo esperar, en una lucha desesperada para adquirir más poder en una relación que no pudo manejar con cuidado. En aquella ocasión se había ido cuando ella llegó.

Se puso de pie y corrió al guardarropa, para elegir lo que se iba a poner. El gris no. No para Gil. Detuvo la mano sobre el vestido de jersey negro que había comprado hacía meses por un impulso y que no había estrenado. Siempre le había parecido demasiado corto para usarlo cuando salía con Michael, él no hubiera dicho nada, claro, era todo un caballero, pero no quiso arriesgarse. Sin embargo, ahora la invadió de pronto un ansia de desafío. Si iba a almorzar con alguien tan inadecuado como Gil Blake, entonces se vestiría inadecuadamente. Le pareció la elección perfecta.

Tomó una ducha rápida y luego se aplicó un poco más de maquillaje que el de costumbre, pero con mucho cuidado. Se levantó el cabello en un moño, dejando caer mechones a los lados de sus mejillas, y luego se puso del perfume que usaba siempre en las noches. Colocó dos grandes arracadas en sus orejas y sonrió al ver el resultado en el espejo.

Se metió el ceñido vestido negro que mostraba todas sus curvas a la perfección y revelaba sus piernas con medias negras más de lo que hubiera querido, pero ya era demasiado tarde para cambiar de opinión. Se acomodó el cuello alto, hasta que estuvo satisfecha, y luego se puso zapatos negros de tacón alto. Después de tomar un chal de cachemira negro, su diminuta bolsa y, verse una vez más al espejo, abrió la puerta y descendió por la escalera. Faltaban cinco para la una. Le tomaría diez minutos llegar al Bell. Perfecto, lo suficiente para hacerlo esperar, pero no tanto para que pudiera irse.

Entró al Bell detrás de dos hombres de negocios, y él no la notó de inmediato. Estaba mirando el fuego de la chimenea y tenía un pie sobre el guardafuego. Su cabello no estaba tan despeinado ni tan largo como antes, pero era negro, abundante y quebrado en la frente. No llevaba los jeans de siempre; no lo hubieran dejado entrar así al comedor del Bell. Pero el costoso y elegante traje sastre la tomó por sorpresa. En ese momento él levantó la vista y la miró sorprendido, frunció el ceño, y se acercó a recibirla.

– Casey, se te hizo tarde. Ven a sentarte junto a la chimenea -contempló su vestido y esbozó una sonrisa-. Debes tener frío -Casey se ruborizó, arrepentida del estúpido impulso que la hizo ir vestida de manera criticable a un sitio tan exclusivo-. Ordené champaña. Me pareció apropiado -se inclinó, tomó la botella de la hielera y sirvió dos copas. Las levantó y le ofreció una a ella-. ¿Brindamos? -ella tomó la copa y bebió indecisa-. Como no llegabas ordené por ti. Espero que no te importe -este hombre elegante y decidido era un extraño. No era el alocado jovencito que le había robado el corazón, y casi todo lo demás, tantos años atrás.

– ¡Gil! -susurró suplicante y él arqueó la ceja.

– ¿Qué pasó? -preguntó él mirando su traje-. ¿Esperabas verme en pantalón de mezclilla y camiseta? -señaló a su apariencia-. Si es así, querida, tú estás un poco… no, no exageremos. Nadie diría que te has engalanado.

– Si hubiera sabido que me invitaste para insultarme, jamás hubiera venido -replicó ella furiosa.

– Te invité a almorzar para discutir una proposición de negocios. Si hubiera imaginado que vendrías vestida como una ramera cara, te hubiera llevado a otro lugar-dejó notar cierta burla en los labios.

– Me inclino ante tu experiencia en ese renglón, Gil -la chica se ruborizó-. Personalmente, nunca he conocido a una ramera cara.

– Su mesa está lista, señor. Gustan seguirme, por favor -el mesero interrumpió su desagradable conversación. Gil se puso de pie y se hizo a un lado para que ella siguiera al camarero. En la entrada del restaurante Casey se detuvo, arrepentida de no haberse puesto el traje gris conservador. Respiró profundamente y cruzó el salón, consciente de que todos los hombres la observaban. Caminó despacio; no tenía alternativa, ya que los tacones tan altos y la falda entallada no le permitían hacerlo más aprisa, y al menos tuvo la satisfacción de ver la mirada de ira de Blake, cuando tomó asiento frente a ella.

– Toda una actuación, Casey. Te suplico que no vuelvas a repetirla.

– Puedes estar seguro de que no lo haré. No pienso volver a pasar por esta experiencia. Jamás -la furia en sus palabras lo hizo sonreír.

– Tengo una proposición que hacerte. Espera a que termine del hacerla antes de apresurarte a hacer conclusiones -ella esperó. El empezó a comer el mousse de aguacate.

– ¿Y? -preguntó ella.

– El placer antes de los negocios, querida -respondió él y señaló su plato-. Quiero que disfrutes de la comida -el camarero llevó una botella de vino y Gil ordenó que la abriera.

Casey estaba furiosa, pero no iba a hacer una escena en un restaurante donde era tan conocida, y estaba segura de que Gil lo sabía también. Fue un error haber ido. Debió escuchar a sus instintos y quedarse en casa, escogiendo la ropa para el bazar. La única forma de salvar su dignidad era comer su almuerzo y luego despedirse de Gil Blake. Realmente no lo conocía, y no quería conocerlo.

Después del mousse sirvieron un filete acompañado de verduras Casey apenas lo probó y no quiso postre, ni brandy.

– Sólo café para mí, por favor. Voy manejando -pidió ella.

– ¿Por eso no bebiste el vino? Creí que escogí uno que no te agradó.

– Tienes muy buen gusto. Y estoy segura de que no necesitas que yo te lo diga. ¿No tenías algo que decirme? -Casey miró su reloj.

– No hay prisa -él colocó los codos en la mesa y desenvolvió uní chocolate de menta-. Creí que te interesaría saber qué he estado haciendo desde la última vez que nos vimos.

– No tengo el menor interés -mintió ella. El sonrió divertido y ella; tuvo la gracia de ruborizarse.

– No importa. Te lo voy a decir de todas maneras. ¿Estás segura de que no gustas un licor? Yo te puedo llevar a casa -ella negó con la cabeza-. Bueno. Cuando tú lograste que me despidieran… -Casey abrió la boca para protestar, pero Gil se lo impidió moviendo el dedo-. Espera a que termine. Cuando lograste que me despidieran porque no supe respetar los límites con la hija del patrón, me fui a Australia. Me pareció necesario poner toda esa distancia entre nosotros.

– ¡No! -no había sido así. Lo había amenazado, pero su ira estaba dirigida a ella, no a él. Nunca se lo había mencionado a su padre. Y, cuando ella fue a buscarlo, el se había ido. Desapareció.

– Te pedí que no me interrumpieras -un músculo brincaba junto a su boca y su mirada era de acero-. Te acepto que no supieras que estabas jugando con fuego. Y yo debí percatarme de que no eras como ninguna de las otras muchachas con las que había salido. Eras un botón de rosa muy protegido, ¿verdad? -contempló su vestido-. Al menos, eso ya cambió.

Ella hubiera querido pararse y gritarle que nada había cambiado, que era la misma, sólo que mayor de edad, y esperaba que con más juicio. Pero se quedó sentada y escuchó toda la historia de cómo había trabajado por un salario semanal y construido primero una casa durante los fines de semana, luego otras y por fin había fundado su propia compañía.

– ¿Has regresado para establecerte? -preguntó ella al fin.

– Claro que sí -las palabras eran casi una amenaza, lo mismo que la sonrisa-. Vendí Blake Estafes y he regresado a casa.

– ¿A casa?

– Sí. Voy a comprar un negocio aquí en Melchester y pienso casarme.

Le tomó un momento comprender las palabras y sintió como un hueco en el estómago que le recordaba sin querer cuánto lo había deseado, y que seguía siendo tan atractivo y peligroso como siempre

– .¿Te vas a casar?

– Sí, tan pronto firmen los contratos.

– ¿Contratos? No comprendo, Gil.

– Estoy seguro de eso. No-pretendería encontrarte… inmaculada. Viviste fuera de casa; has sido la fiel compañera de Michael Hetherington por mucho tiempo. Sería un iluso. Y yo soy realista -sus ojos sombríos no mostraban humor cuando la miró con fijeza.

– ¿Cómo lo sabes?

– Lo sé. Siempre averiguo lo que me interesa. He seguido de cerca a la familia O'Connor. Incluso sé que Michael Hetherington te está presionando para fijar la fecha de la boda.

– ¿Cómo demonios…?

– ¿Por qué no llevas un anillo de compromiso? -la interrumpió él.

– ¡Eso es asunto mío!

– Pues pienso hacerlo mío. Ahora mismo -eran estremecedores sus ojos en su rostro inmóvil-. Esta es mi proposición. Salvaré a tu padre de la bancarrota. A cambio quiero la Constructora O'Connor. Y te quiero a ti.

– Eso es una tontería -ella rió con nerviosismo-. Mi padre no está en bancarrota -él se quedó callado.

"¿Gil? Con profunda aprensión comprendió que había hablado en serio. Y Casey recordó lo distraído que últimamente había estado su padre, y que había logrado vender muy pocas casas en sus nuevas propiedades-. Creo que aceptaré el brandy, si no te importa -murmuró ella, y le pareció que en un segundo lo tuvo en la mano y se lo bebió.

– No quiero que te hagas ilusiones sobre la situación. Tu padre no tiene a quién recurrir. Sólo tú tienes el poder de salvarlo. Si lo convences de que te vas a casar conmigo porque me quieres, estará más contento. Eso quedará entre nosotros dos. Quizá no quieras ayudarlo. Ha sido muy tonto -miró por la ventana hacia el río.

– Pero, como ya lo has dicho, yo voy a casarme con Michael -declaró ella con desesperación y él la contempló.

– ¿Cuál de ellos? ¿Hetherington, Hetherington o Hetherington?

– Ninguno de ellos-replicó ella subiendo la voz.

– ¿Ni siquiera es socio? ¿Crees que podrá salvar a tu padre? Tendrá que vaciar su bolsillo. Tu padre tiene serios problemas -su rostro era inexpresivo-. Quizá piense que vales la pena. Me lleva ventaja.

Casey lo había escuchado con creciente sensación de pánico. Gil Blake estaba perfectamente enterado de lo que había sucedido.

– ¿Cómo sabes que mi padre tiene problemas?

– Porque siempre averiguo lo que me interesa. Siempre navegó con la corriente e hizo lo que quiso. Tarde o temprano tu padre tendría que estancarse; le pasa a gente como él. Yo no tuve más que esperar -sonrió y se recargó en el respaldo; por fin terminó el chocolate de menta.

– ¿Por qué tenemos que casarnos, Gil? ¿No te daría lo mismo sin la bendición de la iglesia? -él dejó de sonreír.

– ¿Para que regreses corriendo con Hetherington después de que este ogro haya terminado contigo? No, Casey. Todo o nada -ella se puso de pie y-él también; y ya no podía permanecer sentada escuchando esa pesadilla. Sintió un dolor en el corazón. Gil le entregó una tarjeta-Tú y yo Casey, tenemos negocios pendientes. Llama a este número cuando hayas tomado una decisión. Lo único que tienes que decir es "sí" o "no" -ella lo miró de frente con el rostro pálido.

– Te lo puedo decir de una vez, Gil Blake. La respuesta es no.

– Espero oírlo. No te tornes mucho tiempo. Podría cambiar de opinión -movió la cabeza indicando que estaba satisfecho con la proposición-. Ya puedes irte.

Ella abrió la boca. Luego La cerró. La habían despedido. Casey giró sobre sus altos tacones y con la cabeza erguida, abandonó el Bell, jurando para sí no volver a pisar el recinto.

A la mañana siguiente, cuando despertó, Casey abrió los ojos y durante un instante de pánico empujó el peso que la presionaba.

Luego Gil se movió y recordó con claridad dónde estaba. Estaba oprimida contra el pecho del hombre con quien había contraído matrimonio, el cuerpo desnudo de él acomodado a lo largo de su espalda; yacían juntos allí como tórtolos sumergidos en la mitad del viejo colchón.

El debió entrar al lecho en la madrugada, y ahora estaba acostado junto a ella respirando profundamente, por lo que dedujo que estaba bien dormido.

Casey se quedó rígida por un momento; luego, al notar que él no se movió más, sé relajó y disfrutó del placer de sentir su cuerpo, de aspirar su aroma masculino y cálido; recordó cuánto había deseado precisamente eso. Qué fácil sería estar en sus brazos, despertarlo con un beso y permitir que le hiciera el amor.

Demasiado fácil. El había decidido humillarla, pensó. Suspiró y se deslizó fuera del lecho. El se movió y se recostó sobre la espalda, dejando caer un brazo en el espacio que ella había desocupado.

Dormido parecía más joven; un mechón de cabello oscuro caía en su frente. Era casi el Gil Blake que había conocido seis años atrás y por quien había perdido la cabeza, locamente enamorada. Casi. Tomó con rapidez un montón de ropa y salió corriendo al retrete de la planta baja donde estaba más segura, porque podía cerrar la puerta con llave. Después de tomar un baño, vestirse y cepillar su cabello, sintió que tenía mayor control de sí misma. Mientras hervía el agua se puso a revisar el contenido de los anaqueles. Casi no había nada, pero encontró jabón de lavar. Estaba parada en la mesita desenganchando las cortinas cuando escuchó a Gil que bajaba por la escalera.

– Me alegro de que al menos tomes en serio tus obligaciones caseras -comentó, acercándose cuando ella desenganchaba el último gancho. Levantó las manos y las colocó en su cintura. Esbozó una sonrisa al notar como lo miraba. Muévete, así, muy bien. Me vendría bien un desayuno.

– Serías tan amable de descolgar las cortinas de arriba mientras yo lo preparo -le sugirió ella, en el tono más pedante que sabía emplear.

– No, gracias. Tengo que ir a recoger un documento. Eso te mantendrá ocupada mientras yo estoy en el trabajo.

– ¡Trabajo! Pero, si es domingo… -él levantó una ceja intrigado.

– ¿Puedes sugerirme una forma más divertida de pasar la mañana?

– No. Ninguna -replicó ella y dio un paso atrás -él se volvió y la miró antes de abrir la puerta principal,

– Tienes despeinado el cabello -ella lo alisó furiosa, tiró las cortinas y entró al anexo de la cocina. En el refrigerador encontró media docena de huevos y tocino.

Gil desayunó, concentrado en el periódico. Ella estaba furiosa. Al fin, empujó la silla y se puso de pie.

– Regresaré a almorzar -le advirtió.

– ¡Aquí no! ¡No hay comida!

– Entonces hice bien en reservar una mesa en el Watermill, ¿no crees? Sirven una exquisita comida.

– ¡Oh! -exclamó ella desalentada-. ¿A qué hora reservaste?

– Tarde, a las dos. Comprendí que íbamos a estar bastante ocupados esta mañana -contestó Gil.

– ¡Y tenías razón! Yo pienso estar muy ocupada. Me llevará toda la mañana cambiar el aspecto de esta habitación.

– De eso se trata. Mantente ocupada -mostró los dientes como si sonriera- También noté que las ventanas necesitan lavarse; por si te da tiempo.

– No tengo escalera-le gritó ella.

– ¿No hay escalera? -se burló él-. ¡Qué barbaridad! ¿Ya buscaste en el cobertizo? -movió la cabeza con tristeza-. ¿Qué clase de marido puede privara su mujer de necesidades tan sencillas?

– Un marido indeseado -replicó ella con frialdad y contuvo el aliento cuando él le apretó el brazo con la mano.

– No, Casey. Fue tu decisión. Caminaste por el pasillo de la iglesia sobre tus dos pies y prometiste amarme y adorarme… hasta la muerte. Yo haré que cumplas tu promesa -la soltó y ella se balanceó-. Ahora, te sugiero que empieces a trabajar porque no terminarás para la hora del almuerzo.

Molesta, empezó a limpiar la casa. Era todo tan diferente de lo que había planeado. Mientras lavaba las cortinas, dejó que su mente divagara en los diseños que tanto había soñado para la casa de la que sería dueña. La amplia sala desde donde podía admirar las colinas, la cocina de caoba, el baño cómodo y cálido.

Desde la ventana descubrió a un gatito que la observaba inmóvil desde el muro de enfrente y le sonrió. El gato dio un brinco hasta el suelo y cuando ella salió a colgar las cortinas, el animal se enroscó en sus piernas maullando patéticamente.

– Hola, gatito -se inclinó y le acarició el lomo-. ¿Cómo te llamas? El gato maulló y ella estaba contenta de tenerlo de compañía cuando tuvo que explorar el oscuro cobertizo lleno de telarañas para buscar la escalera. Le ofreció un poco de leche y se puso a limpiar las ventanas.

Mientras restregaba el vidrio y contemplaba las terrazas grises de las casas vecinas, suspiraba. No tenía sentido pensar en lo que pudo haber sido. Su padre la había vendido para pagar al banco y tendría que acomodarse con lo que tenía. Si Gil la amara no le importaría cómo fuera esa casa. Hubiera vivido con él en una cueva.

Pero no la amaba. Además, era parte del paquete de venganza, porque su padre lo había despedido y Gil la culpaba a ella; y les había pagado con la misma moneda. Los había comprado en cuerpo y alma.

Terminó cerca de la una. La pequeña habitación brillaba. Satisfecha, se concentró ahora en su apariencia.

Se había cepillado el cabello, y lo levantó en un suave moño. Contemplaba el contenido de su guardarropa cuando escuchó la llave de Gil en la cerradura. Rápidamente descolgó un vestido color turquesa con un cinturón de ante del mismo tono y se lo puso mientras él subía por la escalera. La contempló con interés, mientras ella trataba de colocar en sus orejas las perlas, con las manos temblorosas.

– Muy bonito -ella miró el vestido.

– Gracias.

– No me refería al vestido -él miró su reloj fingiendo que no notaba el rubor de sus mejillas-. Ya tenemos que irnos.

El Watermill estaba lleno, pero Gil logró convencer al capitán de que les diera una mesa junto a la ventana. De inmediato llevaron una botella de champaña y el camarero la abrió con gran ceremonia, atrayendo la mirada y la sonrisa de los otros comensales. Gil levantó su copa.

– Por nosotros, Casey -si su sonrisa parecía alejo triste, sólo ella lo notó-. "Hasta que la muerte nos separe".

– Parece más una sentencia de muerte que un brindis -murmuró ella.

– Como quieras, querida. Pero es una sentencia mutua. Ambos estamos cautivos.

Un agudo dolor en la garganta amenazó de pronto avasallarla y corrió al tocador. Se encerró en un cubículo y metió sus nudillos en la boca para no gritar con fuerza; poco a poco recuperó el control, pero cuando se dirigió a la puerta escuchó voces.

– ¿Viste a Casey O'Connor con el hombre con el que se casó? -Casey sintió que palidecía.

– Es obvio por qué la atrajo. Junto a él Michael Hetherington luce bastante flacucho.

– Fue muy repentino, ¿verdad? ¿Crees que está embarazada?

– ¿Qué? ¿La doncella de hielo? -la mujer soltó una carcajada-. No, el chisme en el Club es que fue su dinero lo que la atrajo. Parece que es rico como Midas.

– Dios, algunas mujeres no saben qué suerte tienen -las voces se acallaron y Casey hizo girar el picaporte. Tenía que regresar al comedor y fingir que no había escuchado esa conversación. Contempló en el espejo sus ojos grandes en el pálido rostro, y sonrió. La perfecta imagen de una recién casada. Se alisó la falda, levantó la cabeza y se preparó a enfrentar al mundo.

Tan pronto salió del tocador, vio a las mujeres que habían estado hablando de ella. Entre ellas intercambiaron miradas, pensando que quizá las había oído. Casey las conocía de vista y las saludó cortes-mente al pasar, sin traicionar por nada las ganas que tenía de sacarles los ojos, y sonrió entusiasmada a Gil cuando él se levantó al verla.

– ¿Estás bien? -preguntó él desconcertado por tan amplia sonrisa.

– Excelente -afirmó ella, y levantó la copa para hacer una brillante imitación de la feliz recién casada para beneficio de alguien que lo dudara. El frunció el ceño y se inclinó sobre la mesa.

– ¿Qué sucedió?

– Nada -respondió ella alegre, pero le brillaban demasiado los ojos y no logró engañarlo.

Apareció el camarero para tomar la orden y Gil tuvo que posponer el asunto, pero tan pronto se alejó insistió con sus preguntas.

– Dime qué sucedió -y cuando ella abrió la boca para negar que algo había pasado, él la interrumpió-. No vuelvas a decir que "nada". Se nota que algo te ha trastornado -Casey lo contempló incrédula.

– ¿Me ha trastornado? -murmuró.

– Algo más -declaró él moviendo la cabeza con impaciencia.

– Sufrí el destino de todos los que escuchan tras la puerta, Gil. No dijeron nada bueno de mí.

– ¿No?

– Parece que tienen opiniones divididas acerca de los motivos que tuve para casarme contigo tan apresuradamente.

– ¡Oh! -exclamó él aliviado y sonrió-. Creo que puedo adivinar los más obvios. ¿Cuál era la otra alternativa?

– Tu dinero. Piensan que eres tan rico como el rey Midas -él estalló en carcajadas haciendo que los demás se volvieran a verlos.

– Tú podrías desengañarlas, ¿no cariño? En ambos aspectos -Casey sintió que se sonrojaba.

– ¡Gil, por amor de Dios! -exclamó.

– No es muy halagador que digamos. Tengo otros… atributos que cualquier mujer encontraría envidiables en un marido. Dame tu mano -él colocó el codo en la mesa y extendió el brazo hacia ella.

– ¿Qué?

– Tu mano, señora Blake -ansiosa de no provocar una escena, ella colocó sus dedos en los de él, y sin prevenirla él inclinó la cabeza y se los besó.

– ¡Gil! -él levantó los ojos indescifrables en su rostro bronceado.

– Pensé que sería divertido jugar un juego. Vamos a convencer a esas chismosas de que nos casamos por pura lujuria. Con eso de veras tendrán bastante de que murmurar -Casey movió la cabeza sin quitar su mano.

– No. No me dejaste terminar de decirte lo demás. Descartaron el embarazo. La "doncella de hielo" no pudo haberse casado por lujuria -quitó la mano cuando el camarero llevó el platillo de camarones. Gil titubeó antes de tomar el tenedor; tenía un extraño brillo en los ojos.

– ¿Doncella de hielo? -preguntó-. Quizá están mejor informadas de lo que imaginaba.

– De modo que no cabe duda alguna de que me casé contigo por tu dinero.

– Siento resultarte una desilusión.

Cuando retornaron, Gil abrió la puerta del auto y acompañó a Casey a la casa.

– Tengo que regresar a la oficina por un rato, Casey. Necesito hacer varias llamadas. Aquí no hay teléfono…

Afligida y angustiada a la vez, la joven observó cuando él se marchaba. Se puso los pantalones de mezclilla, una sudadera y empezó a desempacar sus cosas. Su lámpara china y algunas figuras de porcelana le dieron un aspecto más hogareño a la sala; desempacó sus excelentes utensilios de cocina y los guardó en los anaqueles.

Pasó el resto de la tarde midiendo las habitaciones y las ventanas, seguida por el travieso gato, que se sentaba a sus pies mientras ella pensaba como rediseñar cada habitación. Empezaría por organizar las composturas en la casa tan pronto llegara-al día siguiente a su mesa de dibujo en la oficina. Su prioridad número uno era el cuarto de baño.

Se preparó un emparedado y trabajó hasta sentirse tensa y congelada. Había tratado de ignorar la larga ausencia de Gil, pero furiosa, a las diez, se metió a la cama. Le dejó una nota pegada a la repisa de la chimenea: "tu cena está en el refrigerador". Se quedó despierta, acostada con su pijama de seda blanca que Charlotte consideró apropiada para una sexy luna de miel.

De pronto escuchó el auto afuera y, poco después, la llave en la cerradura. Cerró los ojos y fingió estar dormida cuando escuchó a Gil subir por la escalera. Pensó que él no la despertaría, pero estaba equivocada. Tiró la nota en su almohada y le quitó las sábanas.

– No me hizo ninguna gracia, Casey. Unos huevos revueltos y pan tostado serán suficiente.

– Es muy tarde -murmuró ella entreabriendo los ojos.

– Por eso mismo, es preferible que te apures a prepararlo para que puedas acostarte de nuevo -la escudriñó con la mirada, sobre la delgada tela que se ceñía al cuerpo de la joven-. Mejor será que te levantes, Casey, antes de que olvide que soy un caballero -susurró él.

Ella pasó saliva y deslizó los pies al suelo se sintió más segura cuando se puso la bata.

– ¿Huevos revueltos? -él la tomó del brazo.

– ¿No me quieres acompañar a comer?

– Vaya, muchas gracias, es usted muy amable -le respondió. Le hizo una caravana de burla y luego huyó al ver que se ensombrecía su rostro.

Mientras preparaba la cena, furiosa, se prometió que recogería los regalos de boda en la casa de sus padres al día siguiente.

Era un consuelo que se hubieran marchado de viaje; así no tendría que enfrentar la curiosidad de su madre. Ya estarían a bordo del crucero que tomaría un mes. Una segunda luna de miel.

– ¡Ja! -exclamó en voz alta azotando la sartén en la estufa. Encendió el tostador para el pan-. Una segunda luna de miel. Estaría bien una primera luna de miel.

– ¿Encontraste todo lo que necesitabas? -irguió la cabeza y descubrió que Gil la observaba divertido.

– ¡No! -replicó y se ruborizó de ira-. Necesito el auto mañana para recoger el horno de microondas, el tostador, la tetera eléctrica…

– ¿Crees que la instalación de luz aguantará tanta tecnología moderna? -preguntó él.

– ¡La aguantará cuando yo termine de arreglarla! -respondió ella levantando la voz mientras batía los huevos.

– ¿Piensas modernizar este vejestorio? -preguntó él sorprendido. Ella puso mantequilla en el pan y vació los huevos encima.

– Claro. No porque me hayas traído a una casa anticuada, pienso dejarla así -le ofreció el platillo-. Ahora, si no te importa, me voy a dormir -se envolvió en la bata y esperó a que él se hiciera a un lado para poder pasar.

– No se me había ocurrido que quisieras modernizar esto -murmuró él bastante desconcertado. Luego sonrió y se hizo a un lado. Te veré al rato. Gracias por la cena.

– ¡Si esperas que te diga "de nada", olvídalo!

Todavía estaba despierta cuando él llegó a acostarse. Casey se aferró a su orilla luchando contra el traicionero hoyo en medio del colchón, que la arrastraba al centro. El se desvistió sin encender la luz y se recostó junto a ella. Por un instante se quedaron así, inmóviles, pero separados; luego Gil murmuró:

– Buenas noches, Casey -se recostó de lado y en unos minutos estaba respirando con el lento ritmo del sueño.

Capítulo 3

CASEY se despertó al escuchar el ruido de una taza colocada sobre la mesita de noche junto a la cama. Abrió los ojos sorprendida. Charlotte jamás llegaba a la cocina antes que ella.

– ¿Charlie…?-el rostro de Gil se veía pálido.

– ¿Quién es Charlie? -le preguntó, con una tensión peligrosa que llamó la atención de Casey.

– Charlie… -ella hizo una pausa, y un diablillo la aconsejó-: Charlie es sólo un amigo -notó que sé le tensaban los músculos de tacara.

– ¿Un amigo que te trae el té en las mañanas a la cama?

– A veces -ella sonrió dulcemente y en lo que dijo había algo de verdad. Gil ya estaba vestido con un traje sastre azul marino, una camisa blanca y corbata oscura. Quitó la vista de ella y observó su reloj.

– Ya me contarás acerca de él, después. Tengo una cita muy temprano

– Iré contigo -Casey se levantó rápido de la cama-. Necesito el auto.

– Lo siento, Casey, hoy no. Puedo mandar a que recojan los regalos de boda y que te los traigan esta tarde, si quieres.

– Pero… -una nube de ternura se reflejó en sus ojos.

– Si estabas soñando con tomar un baño en casa de tus padres, siento desilusionarte -se acercó a la puerta-. Tendrás que adaptarte a usar la hojalata -ella lo siguió.

– No he visto que tú tengas prisa por entrenarte a usar la regadera para bañarte -le espetó.

– Esta noche, querida esposa. Te prometo que esta noche tendrás el placer de lavar mi espalda frente a la chimenea -sonrió-. Y si te portas bien, yo te ofreceré el mismo servicio -sacó unos billetes de su cartera y los puso sobre la mesa-. Para la casa. No te lo gastes todo de una vez -Casey ignoró el dinero.

– Me gasto eso sólo en el salón de belleza -le gritó sin importarle decir mentiras. El miró su cabello despeinado y comentó:

– Pues te robaron. Y si quieres comer, sugiero que aprendas a peinarte sola -ella se quedó muda mientras él bajaba rápido por la escalera y salía de la casa.

– ¡Maldito! -ella se vistió y contempló el montón de ropa sucia acumulado en la canasta de lavar, con sumo desagrado. Con profunda decepción comprendió que tendría que acomodarse a la antigua tina doble que estaba en el anexo de la cocina, y muy pronto.

Una hora después estaba parada esperando el autobús que iba al pueblo. No tenía idea de cuánto costaba el boleto y le tomó un rato percatarse de que el chofer rehusaba aceptar el billete que sacó.

– Tiene que poner el pasaje exacto -la informó con severidad una mujer que estaba en el primer asiento, y le incomodó que la gente detrás de ella, refunfuñaba mientras buscaba el cambio. Al fin logró acomodarse en un asiento cercano a la escalera, sólo para enterarse de que allí era la sección de fumadores. Para no llamar de nuevo la atención se aguantó.

El camión la dejó en las afueras de Manchester y emprendió de ahí la larga caminata hasta la colina donde estaba el departamento que había compartido con Charlotte. Gil Blake podía creerse muy vivo, pero no iba a privarla de usar un baño civilizado. Charlotte estaría trabajando, y en todo caso no le importaría. Claro que no tenía intenciones de que la descubriera. Si alguien la veía, diría que iba a recoger su correspondencia.

Subió corriendo por la escalera, abrió su bolso y sacó el enorme llavero que contenía todas las llaves, excepto las de su auto. Las revisó una vez, luego, extrañada, lo hizo de nuevo y confirmó lo que no había querido creer. No tenía la llave del apartamento. Y no tenía duda alguna del motivo de que le faltara. Gil estaba decidido a que no pudiera escaparse de esa horrible tina de hojalata. Bueno, eso estaba por verse.

Regresó indignada hasta el centro de la ciudad, no se percató de la distancia y en poco tiempo llegó a la recepción del Hotel Manchester.

– ¿En qué puedo servirla, madame? -Casey notó la mirada extrañada del recepcionista. Vio su reflejo en el espejo tras él y se percató de que estaba desaliñada después de toda aquella carrera y fuera de lugar en tan elegante ambiente.

– Quiero una habitación, por favor. Con baño.

– ¿Sencilla o doble?

– Da lo mismo.

– ¿Cuánto tiempo piensa quedarse, madame? -preguntó el recepcionista asomándose sobre el mostrador.

– Como una hora -declaró ella sin pensar. El hombre arqueó las cejas y Casey comprendió que había cometido un error-. Mi baño está en compostura -explicó, cruzando los dedos-. Sólo quiero tomar un baño.

– Comprendo. Entonces, tendría que pedirle que pague por adelantado -dijo con toda corrección el hombre.

– Claro -respondió ella ya sin importarle lo que pensara aquél.

El sacó una tarjeta y señaló:

– Quiere hacer el favor de llenarla -dijo y le entregó una pluma. Cuando ella levantó la vista para tomarla, lo que vio en el espejo la dejó pasmada. Esta vez no era su propia apariencia el objeto de su sorpresa.

Casi sin dar crédito a lo que estaba viendo, giró a tiempo para ver a Gil abrazado de la cintura de una trigueña, entrando al ascensor. El no la pudo ver; sólo tenía ojos para la belleza de cabello oscuro que le sonreía con coquetería.

– Ha sido un infierno sin ti, querida -lo escuchó decirle-. No sé cómo he podido soportarlo -la mujer rió y murmuró algo que Casey no logró escuchar. Luego Gil presionó el botón y la puerta del ascensor se cerró.

Casey soltó la pluma como si le quemara los dedos, salió corriendo del hotel y cruzó la acera de enfrente sin reparar en los autos, para sentarse en la banca de un pequeño parque.

Sabía que necesitaba llorar, eso la ayudaría. Le dolían los ojos y la garganta por la necesidad de las lágrimas, pero estaba demasiado dolida para llorar. Se quedó allí sentada, sin percatarse de los niños que jugaban alrededor. Trató de analizar el dolor que la agobiaba desde que vio a Gil acompañado de la mujer a quien llamó "querida". Sólo había una palabra para describirlo: Celos.

.-¿Casey? -se sobresaltó cuando oyó una voz masculina junto a ella, y le tomó un minuto darse cuenta de quién era. Luego la figura redonda y un poco cómica quedo enfocada.

– ¿Philip? Perdóname, no te vi. ¿Cómo estás? -preguntó con ai temática cortesía.

– Muy bien -él la contempló extrañado-. Tú eres la que se ve un poco mal. Hace mucho que estás sentada aquí. ¿No gustas acompañarme a tomar un café? -y sin esperar respuesta la tomó del brazo y atravesó la calle hasta el interior de la cueva del tesoro que era su tienda, el sitio favorito de Casey para escogértelas y accesorios de decoración.

– No sabes qué gusto me dio encontrarte, cariño. He estado tratan do de localizarte.

– Pudiste hablarme por teléfono… -no, claro que no podía.

– Tengo una oferta de comisión para ti. Nada menos que de un arquitecto de Londres. Tu fama está creciendo. Es un sitio encantador. Al final de tu calle.

– ¿Por qué recurrieron a ti? -preguntó ella frunciendo el ceño.

– Ya trabajé con ellos antes… -sonrió maliciosamente-, pero tuve que decirles que estarías fuera del juego por una o dos semanas en algún soleado nidito de amor. Y ni siquiera estaba seguro de que volverías a trabajar.

– Si -exclamó ella ansiosa-. Sí, Philip -repitió con más gentileza-. Estoy buscando trabajo.

El se percató de que ella quería llorar y la llevó a conocer su nueva mercancía y trató de distraerla al mismo tiempo con escandalosos chismes de sus clientes anteriores hasta que estuvo seguro de que había logrado controlarse. Después de un rato ella empezó a prestar atención a lo que él le decía y enseñaba.

– Esta es preciosa. Justo el tipo de tela que necesito para forrar dos sillones. ¿Tienes algo que haga juego para las cortinas?

– Sí, aquí. Y te lo puedo dar a buen precio -le advirtió moviendo sus cejas de manera cómica-. Si te gastas el dinero de tu nuevo cliente aquí-ella se rió.

– Claro, Philip. No tienes que sobornarme. ¿A dónde habría de ir si no aquí? Cuéntame del nuevo trabajo.

– ¿Entonces sí andas buscando trabajo en serio?

– Me acabo de mudar al chalet de un antiguo artesano. Creo que la última vez que lo arreglaron fue para la Coronación. Necesita todo -incluyendo un cuarto de baño, pero no iba a compartir con é! ese jugoso chisme.

– Yo creí que… -él se calló cuando notó el desánimo en el rostro de Casey y cambió de tema-. No vas a tener tiempo que perder en mandar a hacer forros si te encargas de esta casa. ¿Sabes qué?, te las voy a mandar a hacer como regalo de bodas. Y también las cortinas.

Ella trató de agradecérselo. En vez de eso empezó a llorar. Philip le ofreció un pañuelo y corrió a traer café. Era mejor que terminara con el llanto, decidió, antes de que él le mostrara la jugosa comisión que le habían ofrecido. Cuando extendió los planos frente a ella sintió un escalofrío recorrer todo su cuerpo y se quedó muda por un momento. Era Annisgarth.

Después de aquel desolador almuerzo con Gil, cuando él le había informado de que su padre estaba en serios problemas, había ido a la oficina de éste a preguntarle, con la esperanza de que lo negara todo. Pero él había respirado de alivio, agradecido de tener con quién descargar su angustia.

– No sé cómo logró enterarse tu amigo de que tengo problemas, pero es inútil tratar de seguir con el engaño, Casey. Fue por el terreno abajo de Hillside -abrió la pequeña cantina y se sirvió un whisky, que obviamente no era el primero-. A decir verdad, he sido un imbécil. Sabía que estaban compitiendo por ese terreno, me arriesgué y cerré el contrato antes de que las pruebas estuvieran completas. Lo hubiera perdido si me hubiera esperado a los resultados-bebió un trago-. Y Jim "el afortunado" nunca pierde. Soy una víctima de mi propio mito -miró por la ventana hacia el elegante prado georgiano donde estaba su oficina-. El precio de las casas subió muchísimo; creí que las podría vender caras -ella extendió la mano para consolarlo-. Estaba equivocado; y ahora los cimientos me costarán diez mil extra por sección. Luego empezaron a subir los intereses -se volvió a ver a su hija-. No tengo el dinero para construir, Casey, y nadie quiere comprarme el terreno a ningún precio.

– Pero tienes otras propiedades. La compañía tiene muchos terrenos. Está la nueva finca.

– Lo retrasé demasiado, Casey. Veía que el mercado estaba subiendo y creí que podría sacar mejor precio por las casas si me esperaba. Fui ambicioso; eso es algo que acaba con todos algún día -Casey sentía que su mundo estaba desmoronándose.

– ¿Ya lo sabe mamá? -preguntó.

– Todavía no. He tratado de decírselo toda la semana -tenía el rostro pálido-. Debes saber que hipotequé nuestra casa. Lo he hecho docenas de veces, jamás imaginé que el afortunado Jim podría desmoronarse… Santo cielo, Casey, le voy a romper el corazón. No se merece esto -se limpió el rostro con la mano esperando que ella no notara que estaba húmedo-. Soy un fracaso, soy una desilusión para ella.

– ¡No! -ella se puso de pie y empezó a pasear por la habitación-. Debe haber algo que podamos hacer -se detuvo y lo miró de frente-. ¿Mi casa? ¿La hipotecaste? -James O'Connor parecía aturdido, sin comprender lo que ella decía.

– No digas tonterías, Casey. Está a tu nombre. No podría tocarla.

– Entonces esa es la solución. Véndela.

– Pero Casey…

– Véndela, papá.

Un rayo de esperanza iluminó los ojos de su padre.

– Tengo un cliente. Un hombre que ha tratado de comprármela desde hace dos o tres años. Incluso cuando la tenía rentada, la quería. Me ha ofrecido un buen precio también -luego sus ojos se apagaron y movió la cabeza-. No te puedo hacer eso. ¿Qué diría Michael?

– Papá, vende la casa. Ni siquiera lo dudes -ella titubeó. Quizá era el momento indicado para decírselo-. No me pienso casar con Michael.

– ¿El ya lo sabe? -entrecerró los ojos-. Si su madre se enterara…

– No, papá. Michael quería que fijara fecha para la boda cuando almorzamos juntos la semana pasada en el Bell. Será un magnífico marido para alguien, no para mí -qué ironía, pensó. Cuando Michael había insistido en la fecha para la boda, había sido tan claro para ella que no podía casarse con él. Todavía estaba, después de tanto tiempo, perdidamente enamorada de Gil Blake. Sonrió y le dio ánimo a su padre-. De manera que no necesitaré la casa, después de todo.

Le parecía muy importante convencerlo, porque lo único que le importaba en ese momento era quitarle ese aire de absoluta seguridad al rostro de Gil Blake. Y no le importaba qué tuviera que hacer. Pero antes de abandonar la oficina subió por la escalera curva hasta la oficina de dibujo. Abrió el cajón donde tenía los planos marcados como "pendientes" y sacó las copias fotostáticas detallando las alteraciones estructurales, todavía olorosas a amoníaco de la máquina copiadora. Las extendió en la mesa para darles una última mirada, mirando los detalles, los cambios que tantas hojas de trabajo le habían llevado. Les dijo adiós.

Una hora después estaba sentada en su roca. El sol del atardecer iluminaba un racimo de rosas a sus pies.

Trataba de consolarse de aquel sueño que se esfumó; contemplaba los planos. Luego encendió un cerillo y prendió fuego a la pequeña pira funeraria de sus sueños infantiles y esperó a que desaparecieran en el humo acre que se llevaba la brisa. El fuego era fuerte, pero en unos minutos se terminó.

Sin embargo, aún con la venta de la casa no pudieron salvar Construcciones O'Connor.

– ¿Dónde conseguiste esto? -preguntó Casey a Philip mirándolo.

– Lo enviaron los arquitectos. Era necesario hacer algunos cambios estructurales -le mostró el plano, pero ella no tuvo necesidad de mirar. El sonrió con aire triunfal-. Lo mejores que tendrás toda la libertad, Casey. Nada de interferencias. Quienquiera que sea el cliente ha visto tu trabajo y le gustó. Quiere que lo hagas para él -rió y se frotó las manos antes de repetir con alegría-: ¡Ninguna interferencia!

Casey mordió su labio inferior. Sería fácil. Los diseños estaban listos y en el cajón de su escritorio. Si jamás iba a vivir allí, sería algo muy especial ver cómo sus ideas cobraban vida; hacer de Annisgarth lo que soñó que sería.

Le demostraría a Gil que él no era el único que sabía de los negocios. Además, en sus circunstancias actuales no podía darse el lujo de ser sentimental.

– ¿Cuál es el precio? -preguntó.

– Generoso -le dijo la suma y ella estuvo de acuerdo.

– Tengo que ira mi oficina, Philip. Vendré mañana temprano para mostrarte mis diseños.

– ¿No quieres ver primero la casa? -preguntó él asombrado.

– La conozco de memoria. Nos veremos mañana.

– No se te olviden las medidas de tus cortinas y los forros.

(Efe hizo un ademán de adiós con la mano, e hizo el esfuerzo de caminar hasta la plaza georgiana donde estaba Construcciones O'connor, oficinas que ahora pertenecían a Gil Blake. Como era la hora del almuerzo, con suerte podría entrar y salir sin encontrar a alguien, incluyendo a su marido; suponiendo que no estaría todavía ocupado en otros asuntos.

– Hola señorita… lo siento, señora Blake -la saludó y le sonrió la recepcionista-. Aquí tengo su correspondencia.

– Gracias Jane. Podías haberla dejado en mi oficina.

– No. Ya… -pero Casey ya iba camino a la escalera revisando los sobres del correo. No había ninguno importante y abrió la puerta de su oficina para dejarlo en su escritorio. Sólo que no había lugar allí; estaba escondido bajo los montones de expedientes recién desempacados de las cajas de cartón que cubrían el suelo. Su mesa de dibujo estaba doblada y recargada contra la pared, y el armario para los planos había desaparecido. La recepcionista llegó corriendo tras ella-. Traté de advertírselo, señora Blake.

– ¿Advertirme? -vio alrededor-. Sí. Será mejor que alguien me explique todo esto. ¿Qué demonios está pasando aquí?

– La asistente personal del señor Blake ocupará esta suite de oficinas desde ahora en adelante. Quiero decir, usted ya no va a trabajar, ¿verdad? -¡La asistente personal!-exclamó.

– ¿Tienes alguna objeción? -era Gil quien preguntaba con frescura-. El timbre del teléfono sonó; será mejor que vaya a contestar -le ordenó a la recepcionista. La chica desapareció con rapidez, dejándolos frente a frente.

– Está es mi oficina, Gil -dijo Casey, tratando de mantener controlado el tono de su voz.

– Esta era tu oficina, Casey. Tu padre podía dejar que utilizaras una de las oficinas más caras de todo Melchester gratis, pero claro, ya ambos sabemos lo que fue. Yo, por el contrario, no intento actuar como sociedad de beneficencia. Soy un hombre de negocios.

Ella se enfureció. Era verdad que no pagaba renta por su oficina pero lo recompensaba trabajando en la de dibujo cuando no estaba ocupada en decoración. Sin embargo, se contuvo de emitir la furiosa respuesta que pensó. Necesitaba su oficina y un enfrentamiento con Gil no era la mejor manera de conseguirla.

– Me acaban de ofrecer un trabajo a comisión muy bien pagado y necesito donde laborar ahora mismo -añadió con toda la calma que pudo. Una desganada aprobación arrugó los ojos de Gil en una sonrisa.

– Estás aprendiendo rápido, Casey. La primera regla en los negocios… jamás permitir que el otro adivine lo que estás pensando -luego se encogió de hombros-. De todas maneras, no puedo ayudarte. A menos que estés dispuesta a pagar el espacio a su precio en el mercado -ella abrió la boca y la volvió a cerrar-. ¿No? Bueno, tan pronto como encuentres algo que te acomode avísame para enviarte los muebles de tu oficina -la sonrisa se amplió en un gesto-. No te cobraré por ese servicio.

– ¡Qué generoso! -los ojos de Casey parecían lanzar chispas-. ¿Estás absolutamente seguro de que te puedes dar el lujo? ¡Me apenaría que dispusieras de un escritorio de veinte años de viejo que tu asistente personal pudiera necesitar!

– No estaban los objetos dentro de la oficina incluidos en el inventario cuando lo adquirí. Supuse que serían propiedades tuyas -se recargó en el marco de la puerta-. Además, pienso remodelar toda la suite de oficinas. La señora Foster está acostumbrada a mejores instalaciones.

– ¡Qué suerte de la señora Foster! ¡Obviamente eres mejor patrón que marido! -él dejó de sonreír y se marcaron las líneas blancas en sus mejillas cuando se acercó a ella.

– Quizá la señora Foster es mejor asistente personal que tú como esposa -en ese momento un empleado de dibujo pasó por la oficina y se asomó.

– ¡Hola, Casey! Qué gusto que ya estés aquí de nuevo -se detuvo como para charlar; pero una mirada al rostro de Gil lo desanimó y siguió su camino.

Casey estaba en un dilema. Ansiaba con toda su alma decirle a Gil que se podía ir al diablo con su oficina, los muebles y todo lo demás.

Pero necesitaba un sitio donde trabajar, de modo que se contuvo y cambió de táctica. Trató de sonreír.

– Gil, necesito dónde trabajar ahora mismo. No será por mucho tiempo -él le devolvió la sonrisa, interesado, y casi con la misma sinceridad.

– ¿Por qué no transformas la buhardilla en un despacho? Tienes suficiente lugar allá arriba.

– Es que yo…

– ¿Dime? -tenía un brillo amenazador en los ojos.

– Nada -de pronto tuvo la fuerte impresión de que él ya había adivinado cuáles eran sus planes para la buhardilla. Acondicionar su habitación privada con su propia cama.

– Me alegro. Te enviaré los muebles, ¿de acuerdo?

– Gracias -la joven hizo una media caravana-. Pero espera un poco, porque no sé con qué frecuencia pasan los camiones a estas horas del día -si esperaba avergonzarlo, se desilusionó.

– Recoge un horario en la estación de camiones. Te aseguro que te servirá -el miró su reloj-.Ahora, si me permites, tengo una cita en cinco minutos.

– Con mucho gusto -exclamó ella, cuando se volvió. El se detuvo y luego siguió hasta que ella escuchó que cerraba la puerta de su oficina de un portazo.

– ¿Todo en orden? -preguntó y sonrió la recepcionista cuando Casey se iba.

– Sí, todo en orden -respondió la chica forzando una sonrisa-. Adiós.

Regresó caminando al pueblo y dos horas más tarde llegó a Lady-Smith Terrace cargada de pinturas, brochas y bolsas llenas de comida. Abrió la puerta, jurándose que, a como diera lugar, le iba a quitar el Metro a Gil. Aunque sabía, se dijo mientras preparaba la taza de té que tanto ansiaba, que no le iba a servir de gran cosa su auto para cargar todas las cosas que iba a necesitar, tanto para Annisgarth como para Ladysmith Terrace.

Desempacó las compras y pensó en lo que prepararía para la cena. Un asado sería lo más indicado, ya que no sabía a qué hora llegaría Gil, si es que llegaba. Mondo, enardecida, una zanahoria, casi cortándose el pulgar, contó hasta diez, y siguió mondando las verduras un poco más calmada.

En vez de concederse el indudable placer de imaginar que la zanahoria era Gil, caviló sobre el escabroso problema del transporte. Estaba segura de qué necesitaría algún medio para trabajar y decidió que quizás una camioneta sería más práctica que el Metro. Gil podía quedarse con el auto si ella encontraba algo barato; le pediría un consejo a Philip, pues tenía la impresión de que Gil no la iba a ayudar.

Ya había aventajado bastante pintando el techo de la buhardilla cuando tocaron a la puerta y recordó que estaba esperando una entrega- El chofer y su ayudante cargaron el escritorio y la mesa de dibujo por la estrecha escalera, pero el armario de planos no pasó. Vació los cajones y lo envió de regreso a la oficina.

Estaba oscureciendo y ella ya estaba agotada, cuando escuchó que cerraban la puerta principal. El aroma de la comida se esparcía, recordándole que casi no había comido en todo el día.

– ¿Casey? -Gil subió por la escalera y se detuvo asombrado ante el cambio que ya había hecho en la buhardilla-. ¿Muy ocupada, eh?

– Extremadamente -respondió ella bajando el aplicador con cuidado y sin despegar la vista de su trabajo-. No necesito preguntarte lo mismo. Tú si que tuviste un día agitado, ¿no es cierto, Gil?

– ¿Qué quieres decir con eso? -preguntó él entrecerrando los ojos.

– Nada. ¿Qué habría de querer decir? Es verdad, ¿o no?

– Es cierto -señaló los rollos de planos amontonados en un rincón-. ¿Por qué mandaste de regreso el armario?

– Pensé que lo necesitarías más que yo. Considéralo una donación al "negocio" -declaró ella concentrándose en una esquina. Lo miró con disimulo-. En realidad, no pasa por la escalera, y pensé que no le haría ningún favor a la decoración de la sala.

– Tienes razón. ¡Mmm! La cena huele bien.

– Ten cuidado con lo que dices, Gil Blake.

– ¿Es una amenaza? -preguntó él bromeando y acercándose a ella.

– No. Una promesa -ella se puso de pie. Había terminado al fin el segundo muro y dio unos pasos hacia atrás para examinar su trabajo-. Déjame lavar el aplicador y luego comemos.

Sostuvo el objeto con el brazo extendido frente a ella, y su mirada sugería que, si le importaba a él su traje, la discreción era la conducta indicada. El levantó las manos pretendiendo rendirse y bajó por la escalera antes que ella, mientras la joven se metía en la habitación.

Casey se lavó y envolvió en una toalla. Se detuvo en la puerta sorprendida al ver que Gil aún estaba allí.

– Encenderé la chimenea. Hace frío -sugirió él mirando la toalla con interés-. Te faltó un poco -le dijo.

– ¿Me faltó un poco? -le tocó él el cuello con las puntas de los dedos, desrizándolos hacia sus senos, sonriendo al ver que ella retrocedía nerviosa.

– Una gota de pintura -murmuró él y la siguió. Ella estaba de espaldas contra el lecho y sin poder escapar; se mantuvo rígida ante su decidido avance.

– Dijiste que ibas a encender la chimenea -logró recordarle con voz ronca, su corazón latía agriadamente, inmóvil por la atracción magnética de sus profundos ojos grises.

– Una gota de pintura -replicó él y se inclinó rápidamente a besar su pecho justo encima de la toalla. Irguió la cabeza y le sonrió-. Justo allí -ella abrió la boca para protestar, pero no supo qué decir-. ¿Ya sientes más calor? -bromeó él. Ella pasó saliva, consciente de que se estaba ruborizando-. Qué bueno. Voy a encender la chimenea. ¿O a lo mejor ya encendí el fuego?-no esperó su respuesta y ella se dejó caer en el lecho, sintiendo que no la sostenían las piernas.

¿Por qué no podía hacerlo? Dejar caer la toalla simplemente y permitir que Gil la tomara en sus brazos para satisfacer ese impulso pasional que despertaba en ella. Recordó la sensación de su cuerpo presionándola y reconoció que quería que la abrazara, que le dijera cuánto la deseaba.

¡Basta!, se regañó, y suspirando se forzó a recordar la escena en el hotel Melchester. No, por Dios. La había obligado a casarse con él y le rogaría que lo dejara en libertad. Quizá entonces ella cedería.

Los leños ardían echando chispas en la chimenea cuando ella bajó y Gil estaba recostado frente al fuego.

– ¿Un día muy pesado? -le preguntó ella con cargada ironía mientras él la seguía a la cocina; la chica sentía que le dolían todos los músculos.

– Demasiado-asintió él-. Tuve juntas toda la mañana. Un almuerzo de trabajo con el director del banco esta tarde.

Ella sirvió dos cucharones del asado de carnero con verduras en dos platos, y estuvo a punto de derramarlos recordando que ella había presenciado su almuerzo de trabajo.

– ¿Estás seguro de que podrás cenar? -preguntó ella con agresiva cal"13-• ^sos a,muerzos de trabajo pueden ser muy… copiosos.

– Este no. Sólo tomé una taza de café y un emparedado -ella lo miró por debajo de sus largas pestañas.

– Me imagino que no tuviste tiempo para más.

– Así es -replicó él elevando el tono de voz. Por un momento ella soportó su insistente escrutinio, consciente de que las mariposas habían invadido su abdomen. Luego él sonrió.

– Cuéntame acerca de ese trabajo que tanto te entusiasmó esta tarde -y la escuchó con atención mientras ella le explicó con poco detalle.

– ¿Así que conseguiste que te lo encargaran, ¿eh? Nosotros hemos estado haciendo las modificaciones en tus planos. Casi hemos terminado.

– ¿Usaron mis planos? -eso la había estado mortificando toda la tarde; sabía que algo andaba mal. Philip también tuvo sus planos. Miro a Gil-. Pero yo… -y mejor calló.

– ¿Dime?-la animó él.

– No, nada -ella movió la cabeza.

– No pudimos encontrar las copias fotostáticas -señaló él encogiéndose de hombros-. Fue un trastorno, pero las tenían en microfilm. Todo está copiado, ya lo sabes.

– Sí, claro. No lo había pensado.

– Debe ser herencia de familia. ¿Qué les hiciste a los planos?

– Yo… encendí una pequeña hoguera.

– ¿Una hoguera? -exclamó él con incredulidad. ¿Para qué?

– Fue algo simbólico. Un final. Eso es todo -y se concentró en la comida, rehusándose a mirarlo a los ojos. Gil bajó el tenedor al plato y se recargó en la silla mostrando amplia satisfacción.

– Será pesado trabajar en la casa que ibas a compartir con Hetherington. Tener que decorarla para que otras personas la habiten.

Capítulo 4

– Si no te hubieras precipitado tanto todavía sería tuya. No con él, claro. El no hubiera podido adquirirla, a menos que su madre estuviera dispuesta a poner el dinero -se inclinó adelante-. ¿Cómo te vas a sentir?, ¿lo has pensado?, decorando esa casa y teniendo que regresar a ésta. Regresar a mí -añadió con dureza.

Casey lo miró atónita ante la amargura en su voz. Michael nunca había estado en Annisgarth. Jamás había visto los planos. Cuando se dio cuenta de qué Gil era el único hombre con quien deseaba compartirla, se convenció de que no podía casarse con Michael.

Lo miró resuelta. Por algún motivo estaba disgustado y trataba de alterarla, con éxito, pero no se lo iba a demostrar.

– Soy una mujer de negocios, Gil. Ya sabes que en ello no hay lugar a sentimentalismos -Casey se puso de pie y colocó los platos en el fregadero, aferrándose luego al borde y mordiéndose los labios para controlar la oleada de emociones que habían encendido sus palabras. Trataba de pensar en ello como un albur de negocios, pero la realidad le iba a exigir todo el autocontrol de que era capaz. "De postre hay queso y fruta -logró decir con calma.

– ¿No hay pudín?

– Si quieres pudines tendrás que traer el horno de microondas.

– Eso no suena muy prometedor -murmuró él haciendo un gesto.

– No desaires lo que no has probado, joven – bromeó ella fingiendo una alegría que estaba muy lejos de sentir-. Soy muy buena para los pudines si tengo el horno. ¿Cuál es tu favorito? ¿Créme caramel? ¿Mousse de chocolate? ¿Mousse de limón? -se volvió y sonrió decidida a fingir que no estaba alterada. El se había acercado y estaba parado detrás de ella. Estiró la mano y le acarició la mejilla.

– Si fueras una buena esposa ya sabrías qué es lo que me gusta, ¿o no?, señora Blake.

– No te preocupes. Preguntaré. Te aseguro que no tendré que buscar mucho para encontrar quien me lo diga -se hizo a un lado, ocupada con las tazas, evitando darle la satisfacción de notar las lágrimas de ira que brotaban de sus ojos, a pesar de los esfuerzos por contenerlas-. Lo siento y tendrá que ser café instantáneo hasta que tenga el filtro.

– Instantáneo está bien -replicó él. Ella lo miró, segura de que se estaba burlando.

– ¿De veras? -ella arqueó la ceja.

– Perdóname, no pude mandarte los regalos de boda esta tarde -se disculpó él moviendo la cabeza.

– No importa. Ya sé que estuviste sumamente ocupado.

– Ya me lo habías dicho -Gil la observó por un momento, luego cambió de tema-. Tuve una idea hoy.

– ¿Sólo una? Estás fallando -él ignoró la burla.

– Pensé que deberíamos hacer una fiesta por inauguración de la casa.

Casey sintió que el corazón le dejaba de latir. Lo decía en serio.

– ¿Una fiesta de inauguración?

– ¿Qué te parece?

– ¿De veras quieres que te diga lo que opino, Gil? -él ignoró sus palabras.

– Nada ostentoso. Sólo invitaremos a unos cuantos amigos a cenar. Ya es tiempo de que empiece a conocer a algunas personas -Casey se puso de pie muy pálida.

– Me parece que no te ha ido mal hasta ahora -declaró con intención, pero él ni se enteró, o quiso ignorarlo.

– No quiero aislarte de tus amistades. Todos son bienvenidos aquí. En todo momento. ¿Crees que debo inscribirme en el Club? O… -añadió agresivamente señalando alrededor-… quizá no permitan la entrada a personas tan plebeyas que residan en sitios como Ladysmith Terrace -ella colocó su mano en la boca para no estallar en carcajadas-. ¿De qué te ríes? -inquirió molesto.

– Ya tienen un miembro que vive en Ladysmith Terrace, Gil. Yo.

– Bueno vamos a contarle esa broma a los demás. Dame unos nombres y teléfonos y yo los invitaré -se notaba que estaba decidido.

– No, yo lo haré -declaró ella y empezó a limpiar la mesa.

– ¿Cómo? Si no tienes teléfono.

– Yo… -ella titubeó y sintió que se sonrojaba al recordar que decidió no mencionar el teléfono portátil que tenía bajo llave arriba en su escritorio, para evitar que desapareciera por el mismo camino que su auto y la llave de su apartamento-. Me imagino que tu asistente personal sabrá organizado todo de maravilla. ¿La invitarás también? ¿O hay alguien más que quisieras que venga? -lo retó.

– No, no lo creo -la observó mientras lavaba los trastos. Cuando terminó, Gil se puso de pie-. Vamos a ver. Te prometí una sorpresa para esta noche, ¿recuerdas?

– ¿Una sorpresa? -Casey estiró sus doloridos músculos.

El no respondió; desapareció por el anexo de la cocina y apareció de nuevo cargando en una mano la tina de hojalata. Le sonrió y salió hacia la sala donde la colocó con cuidado frente a la chimenea. Luego, con la cubeta comenzó a llenarla de agua caliente.

– ¿No sería más fácil con una manguera? -preguntó Casey al fin.

– Mancharía la alfombra. ¿Tienes jabón de burbujas? -Casey llevó una botella y vació un poco en el agua-. Ahora sí, te vas a ver como artista de cine-exclamó feliz.

– ¡Eso sí que no! -exclamó ella retrocediendo.

– Después de tanto pintar, tomar un baño es justo lo que necesitas.

– No…

– Las damas primero…-bromeó él.

– No, gracias -repitió ella frunciendo los labios. Gil vació otra cubeta y probó el agua.

– Perfecta. Adentro, vamos…

– Creo que ya te lo he dicho muchas veces, Gil. Tú puedes hacer lo que te plazca, pero yo… -gritó cuando él la levantó sosteniéndola encima del agua- ¡Suéltame!

– puedes hacerlo por las buenas o por las malas, Casey. Decídete -ella pateaba y gritaba.

– ¡Bájame! -le exigió.

– Si estás segura… -ella enmudeció cuando él la metió vestida a latina.

– ¿Cómo te atreves? -exclamó finalmente.

– Me dijiste que te bajara -sus ojos brillaron al protestar su inocencia.

– Pero no en el agua -gritó ella y se levantó; él la empujó otra vez dentro del agua y Casey se defendió nuevamente, furiosa, mientras el agua empapaba sus pantalones, incluyendo su ropa interior-. ¡Deja que me levante! -gritó, luchando contra él. Pero el agua había" empapado su suéter haciendo más pesada la lana y arrastrándola abajo con su peso-. ¿Cómo pudiste? -jadeó ella casi sin aliento.

– Fue muy fácil, cariño. Créeme.

– Se arruinará mi suéter -gimió la joven, y se recostó en el agua, vencida.

– Quítatelo entonces -sugirió Gil ofreciendo ayuda y se lo quitó por la cabeza, lo exprimió en la tina mientras ella lo observaba, furiosa-. Ahora, Casey, voy a traer un recipiente para que metas tu ropa. Puedes terminar de desvestirte mientras voy, o yo lo haré cuando regrese -su rostro se mostraba implacable-. De nuevo tienes la opción, por las buenas o por las malas. Tú decides -se puso de pie y llevó el suéter chorreando hasta la cocina.

La idea de sentir sus manos desvistiéndola le produjo pánico, de modo que comenzó a desabotonarse la ropa, desesperada por terminar antes de que él regresara. Tiró el bulto empapado dentro del recipiente y Gil la contempló con aire de aprobación.

– Muy inteligente -declaró, y luego añadió un poco arrepentido-. Pero no muy divertido -ella se sumió más dentro de las burbujas haciéndolo reír mientras la contemplaba-. ¿Gustas una bebida? ¿Ginebra con soda? -como ella no contestaba, decidió-. Bien, entonces, eso.

Desapareció llevándose la ropa mojada y regresó con una charola. Sirvió dos medidas de ginebra, añadió hielo, limón y luego terminó con la soda. Le entregó su vaso, y después de un momento de titubeo, ella lo bebió lentamente dejando que el agua caliente suavizara la tensión del duro día de trabajo.

– Es muy diferente -murmuró la chica, contemplando la chimenea.

– ¿Crees que te podrías acostumbrar a esto? -Casey lo miró de reojo.

– Uno puede acostumbrarse a todo, si quiere -él colocó su vaso en el piso y se sentó junto a ella en un sillón.

– ¿Sabes?, mi abuelo siempre disfrutaba de un emparedado y una cerveza cuando tomaba un baño. A mí nunca me gustó. Creo que puede causar indigestión… ¿o si se te cae el emparedado en el agua? -la idea era graciosa y ella ya no pudo contener la risa. Pero dejó de reír cuando él empezó a masajear sus hombros, con suavidad, con sus largos dedos y a eliminar la tensión y la rigidez de los músculos.

– ¿Te sientes mejor? -le susurró al oído. Ella no respondió, pero cerró los ojos cuando le masajeó el cuello. Experimentaba una sensación tan agradable.

Gil bajó sus manos por la espalda presionando con sus nudillos las vértebras, y las deslizó hasta la cintura. Ella contuvo el aliento.

Entonces sus dedos rozaron suavemente sus pechos en una tierna caricia. Pero fue sólo un instante, ya que inmediatamente quitó las manos y se puso de pie.

Casey no quería que terminara. Ansiaba que continuara con sus senos en las manos. Gimió desilusionada y abrió los ojos para descubrir que él la observaba divertido. Poco a poco su rostro se encendió al comprender que se traicionó a sí misma. Gil movió la cabeza a un lado.

– ¿Oíste? ¡Escucha!

– ¿Qué? -preguntó ella sin oír nada.

– Creo que le están castañeteando los dientes al diablo -murmuró Gil.

– Muy gracioso-dijo ella irritada.

Gil sonrió y sostuvo una bata para ella. Casey la miró nerviosa, pero se puso de pie comprendiendo que él no se movería de allí. Metió rápidamente los brazos en las mangas, Gil la envolvió e hizo con el cinto un nudo. La abrazó un instante, contemplándola con tris-a Luego la levantó y la depositó en el piso.

– Ahora es mi turno -se despojó de la sudadera y la aventó en la cilla. Se desabrochó el cinturón y el cierre. Casey miró hacia un lado cuando terminó de desvestirse y entró a la tina. El se hundió hasta la barbilla, cerró los ojos y suspiró.

– Más agua caliente, por favor -Casey contempló la cubeta.

– Si quieres más agua caliente, tendrás que traerla tú -dijo y contuvo el aliento mientras él la contemplaba intrigado, hundido entre las burbujas.

– Bueno, si eso es lo que quieres -se incorporó e hizo el intento de salir de la tina.

– Espérate -exclamó ella ruborizada-. Yo voy -el volvió a sumergirse y sonrió con aprobación.

– Buena chica. Estás aprendiendo rápido.

– ¿Ya es suficiente? -preguntó ella después de dos cubetas.

– Una más -ella trajo otra cubeta y la vació.

– ¿Algo más que pueda hacer por ti? -preguntó probándolo.

– ¿Tienes buena técnica para el masaje?

– No he practicado tanto como tú, es obvio -pero se arrodilló y empezó a darle masaje en los hombros-. ¿Así está bien?

– Un poco más fuerte -ella enterró los dedos y tuvo el placer de escucharlo respirar hondo. Poco a poco, la sensación de su cuerpo musculoso en sus dedos le cambió el humor.

– ¿Qué tal…?-aclaró su garganta y tragó saliva-. ¿Así está bien?

– Más abajo -murmuró él-. Sigue bajando por la espalda -ella intentó repetir lo mismo que él había hecho en su espalda y lo oyó suspirar.

– ¿Así está bien? -volvió a preguntar insegura.

– Más que bien -respondió él tomando su mano y llevándola entre sus piernas-. ¿Verdad? -preguntó. Ella quitó la mano y se puso de pie-. ¿No? Bueno, en ese caso tomaré otro trago -con las manos temblorosas ella llenó el vaso y se lo dio-. ¿Y el hielo? -preguntó él.

Casey miró la hielera donde se estaba derritiendo ya el hielo. Se lo llevó a Gil y él levantó su vaso.

– ¿Cuántos cubos quieres?

– Un par -respondió; ella los puso en el vaso.

– ¿Estás seguro?

– Quizá otro más -decidió él mirando el vaso.

– No escatimes, Gil. ¿No los quieres todos? -ella volteó la hielera y el congelado líquido rodó por su pecho. El se levantó violentamente, sofocado. Los ojos azules de Casey brillaron de felicidad.

– ¿Está mejor tu ardor, Gil? -le preguntó.

– Más fresco, querida -asintió recuperando el aliento-. Mucho más fresco.

Al día siguiente ella se despertó al amanecer, se vistió y desayunó antes que Gil apareciera. Casey lo miró, sentada a la mesa de la cocina.

– Ya preparé una lista de invitados para la cena. Me parece bien que sea el martes, pero no sé si tienes otros planes. Cualquier día después me da lo mismo.

– Buenos días, Casey -él ignoró la lista y se desplomó frente a ella. Tenía un aspecto desaliñado que sugería una noche sin dormir. Ella dejó la hoja de papel sobre la mesa y sonrió con alegría.

– Buenos días, Gil. ¿Sería mucha molestia que me dejaras cerca del centro comercial cuando te vayas? Es para economizar en los boletos del camión, ¿comprendes?

– Comprendo perfectamente. ¿Desayunamos?

– ¿Huevos con tocino? -ella sonrió con benevolencia-. ¿Y un par de salchichas? -él la contempló.

– Mejor jugo de naranja y pan tostado -ella obedeció sin replicar y media hora después la dejó cerca del centro del pueblo.

– ¿Llegarás tarde hoy? -preguntó Casey.

– Como a las seis -respondió él.

– Bueno, si no he regresado, ¿puedes empezar a preparar la cena? Hay unas piezas de pollo listas en el refrigerador, sólo tienes que meterlas en el horno -ya estaba casi fuera del auto cuando él la tomó del brazo para detenerla. Ella se volvió para mirarlo asustada.

– No, Casey. Será mejor que regreses -ordenó.

– ¿Y si no, qué, Gil? -preguntó ella en voz baja.

– Que puedes olvidarte de ser una esposa que trabaja. ¿Está claro?

– Como el cristal -replicó ella-. ¿Por qué no redactas un con¬loara mí sólo para estar seguro? Uno de esos que tienen muchas ¡etras Preñas. T©n90 fa certeza de que eres un genio en eso sus mejillas se ruborizaron-. De hecho, no comprendo cómo es ~^e no insististe en que firmara uno de esos asquerosos contratos orenupciales con una cláusula que garantice que nunca te pediré aue te bañes… -él enterró los dedos en su carne.

– Los contratos premaritales son una protección en caso de divor¬cio, Casey. Jamás te permitas el consuelo de creer que este matrimonio no es para siempre -lo dijo con tal seriedad que Casey, incómoda, tuvo que bajar la vista-. Así que siendo éste un lugar público, y debido a la intención de mostrar que somos una pareja de recién casados excepcional, me vas a dar un beso antes de irte.

– ¿Aquí? -exclamó ella sorprendida.

– Aquí y ahora.

Casey pasó saliva. Tenía tal arrogancia que no permitiría negativas. Lentamente ella se recargó hacia adelante hasta que sus ojos estuvieron muy cerca de los de Gil. El no se movió forzándola a acercarse hasta él. Ella rozó sus labios y luego retrocedió. El la apretó más fuerte.

– Intenta hacerlo mejor, cariño -le exigió. Ella cerró los ojos para no ver su cínica expresión y permitió que su boca lo besara como tanto lo ansiaba. Durante un breve y aterrador momento, él no respondió, pero luego su boca presionó la suya y, durante el tiempo que le tomó subir al cielo y regresar, el mundo se redujo hasta que no existió más que el cálido abrazo de Gil estrechándola.

– Así está mucho mejor, querida -musitó él cuando finalmente levantó la cabeza y la observó; se inclinó y abrió la portezuela. Casey titubeó un momento. Después, como él mostró impaciencia, salió a la calle y vio cómo él maniobraba el pequeño auto rojo entre el tráfico de la mañana sin mirar hacia atrás.

Respiró hondo antes de tocar en la puerta trasera de la tienda de Philip. Si él notó su apariencia distraída, no lo mencionó, sólo señaló la cafetera y comenzó a analizar sus diseños.

– Están divinos, Casey -comentó al fin-. Realmente preciosos -ella se estremeció cuando su voz la rescató del recuerdo de la boca de Gil en sus labios. Philip sonrió-. Estoy seguro de que te ha de resultar difícil no pensar más que en tu nuevo y flamante esposo, pero trata de concentrarte en tu trabajo, cariño.

– Lo siento -ella hizo un esfuerzo por concentrarse-. Necesit en qué transportarme, Philip. ¿Puedes sugerime algo?

– ¿Precio?

– Ese es el problema. Tenía la esperanza de que pudieras pres. tarme tu vieja minicamioneta. Casi nunca la usas -él la miró extra¬ñado.

– Tendrás que pagar el seguro.

– Eso sí puedo hacerlo -asintió ella.

– Si la necesitas puedes usarla mientras terminas este trabajo. Ahora vamos a ver cómo solucionamos todo el conjunto.

Ella trató de frenar sus emociones cuando se estacionaron frente a la casa, temerosa de que, a pesar de lo valiente que fue ante Gil la noche anterior, se hiciera pedazos.

Philip entró a la casa, pero Casey trepó la colina hasta su sitio favorito. Annisgarth aparecía inmóvil y en silencio anidada en su terreno. Estar arriba la hizo sentirse siempre como en su hogar.

"El acre de Casey", la llamaba su padre, aunque eran casi dos. Le tomó mucho tiempo y dinero para podérsela comprar. La casa soñada de su pequeñita.

Habían paseado por allí un domingo en la mañana cuando era niña y después del almuerzo ella hizo un dibujo del lugar. Trazó un columpio en el viejo roble, y a un gato sonriendo en la ventana de la recámara; su padre estaba admirado.

– ¿Piensas ser arquitecto, hijita? -ella no tenía idea de lo que era un arquitecto. Pero sabía lo que quería.

– Es donde voy a vivir cuando sea grande -respondió-. En la casa amarilla de la colina -y fue un pacto silencioso sólo entre los dos sin contar con su madre.

Ya no era una niña. Era una mujer casada y tenía que dejar atrás los sueños de la infancia. Quedó prendada demasiado tiempo en un enamoramiento de adolescente y unos cuantos besos, aunque en verdad no lo quería olvidar. Michael fue un amigo muy cómodo. Demasiado. Si hubiera exigido más como amante quizá ella podría haber olvidado a Gil. Aunque lo dudaba. Incluso después de seis años, su presencia aún le imponía.

– Maldito Gil -exclamó furiosa.

La brisa de abril era más fresca de lo que pensó, pues tenía las mejillas frías; levantó las manos para calentarlas y entonces descubrió que las tenía húmedas de lágrimas, sin siquiera saber que lloraba hacía tiempo:

– ¡Casey! -la voz de Philip la regresó a la realidad. Miró una vez más el maravilloso panorama antes de retornar a la casa y dedicarse a su trabajo.

Le tomó todo él día hacer los pedidos y conseguir el equipo de trabajadores, de modo que fue después de las seis de la tarde cuando estacionó la vieja camioneta detrás del Metro.

Gil estaba recostado en el sillón bebiendo una copa frente a la chimenea; el suelo de la sala estaba cubierto de cajas de cartón. Ella gritó de alegría y luego calló al contemplar su expresión.

– ¿Cómo llegaste a casa? -le preguntó mirándola fijamente. Casey levantó una ceja, sospechando que no era la primera copa. Levantó la mano y le mostró las llaves.

– Philip me prestó una camioneta -él se levantó tratando de mantener el equilibrio.

– ¿De veras? ¿Otro de tus admiradores? Deberías hacer una lista para saber quiénes y cuántos son.

– Con mucho gusto. Cuando tenga tiempo libre -respondió ella, aguantándose de reír ante la idea de que Philip fuese rival.

– Creí -exclamó él en tono agresivo-, que ibas a trabajar en esta casa.

– Así es. Y así lo haré -contestó ella-. Es que era más sencillo trabajar hoy con Philip. Teníamos que ir a la casa y los pedidos de las telas los hice a través de él. El tiene cuentas y descuentos especiales que yo no podría conseguir…

– Ya noté que no has mencionado la falta de teléfono -ella sintió un escalofrío en toda la espalda-. Contabilidad me envió la cuenta de tu teléfono portátil. Querían saber si se va a pagar como gasto de la compañía. ¿Qué teléfono portátil, Casey?

– ¿Este? -preguntó ella después de abrir su bolsa.

– ¿Tienes otros? -ella negó con la cabeza-. Entonces ese debe ser.

– ¿También quieres que te lo entregue? -se lo ofreció-. Igual que mi auto y las llaves de mi apartamento.

– ¿Tú apartamento? -ella se ruborizó desconcertada por la ira en su voz-. ¡Esta es tu casa! ¡Este es el hogar que yo te he dado y no importa qué le falte, te aguantas! -se inclinó hacia ella-. No te voy a permitir que aparezcas en ningún otro sitio para bañarte, o para lo que se te antoje -pasó el teléfono de una mano a otra antes de regresárselo a ella-. Puedes guardártelo. Si te lo quito conseguirás otro. ¿Verdad?

– Si me obligas -afirmó ella. El se enderezó con un esfuerzo.

– Eso Casey -le advirtió-, es un juego para dos. No se te olvide que ciertos juegos son más fáciles de iniciar que de acabar -Casey comprendió y recordó a la mujer que lo acompañaba en el elevador.

– No estoy interesada en ningún juego, Gil. Este lo iniciaste tú -le recordó; el gruñó y la contempló con el ceño fruncido, luego terminó su bebida.

– ¿No vas a preparar la cena? -le ordenó.

Casey dejó que Philip instruyera al equipo de decoración que iba a pintar el exterior de Annisgarth, y se concentró en su propio hogar por unos días. Pintó la buhardilla, suavizó lo blanco con una capa rosa en sus bordes y en las ventanas, haciendo juego con la alfombra que Philip le vendió muy barata. Dejó aquéllas descubiertas para tener más luz y colocó su mesa de dibujo frente a ellas.

Hecho eso, empezó a desocupar la pequeña recámara extra para convertirla en un baño. En el momento que quitaba el horrible tapiz de flores, llegó Gil la noche del viernes. Se paró en el umbral y la observó un momento.

– ¿Por qué estás decorando, arriba? Pensaba que comenzarías por abajo -ella hizo una pausa y lo miró.

– ¿Tienes prisa por que se vea respetable para la cena?

– No estaría mal -él se encogió de hombros; ella arrancó otro pedazo de papel y lo echó con el resto.

– No quedaría como me gusta en tan poco tiempo y no pienso estropearlo sólo para poder impresionar. Además, lo que me urge es un baño, y aquí lo haré.

– ¿Un baño? -él levantó la ceja-. Creí que planeabas mudarte aquí…

– ¿Mudarme aquí? -repitió ella enderezándose y notando el reto en los ojos de él-. ¿Por qué habría de hacer eso, Gil? Ya me prometiste que dejarías que decidiera cuando desee convertirme en tu… «esposa"…

– Ya eres mi esposa, Casey -musitó él con rudeza y apretando los puños-. Que no se te olvide.

– … y me aseguraste que eres un caballero -continuó ella como si él no la hubiera interrumpido-. ¿Por qué necesitaría una recámara separada para reforzar esa promesa? -lo miró esperando comprensión.

– Tú… -él dio uno pasos hacia adelante con el rostro rígido, luego se controló y movió la cabeza.

– Tienes toda la razón. No hay ninguna necesidad. Y si yo cambiara de opinión, esa puerta no sería ningún obstáculo -añadió como si fuese un hecho. Se asomó a la ventana para ver el patio-. Hay un gato en la entrada -comentó.

– Si, ella cree que vive aquí -explicó Casey, dejando escapar un suspiro-. Espera pronto dar a luz. La he estado alimentando.

– ¡Qué alivio! Pensé que ibas a servirme las latas de comida para gatos que vi en la alacena.

– No es mala idea -sonrió-. Si no estás ocupado, ¿por qué no te acercas y me ayudas? -por un momento creyó que él se iba a negar, pero se encogió de hombros y dijo:

– Claro. Voy a cambiarme.

Trabajaron un buen rato en silencio y acabaron las partes más complicadas.

– Gracias, Gil -Casey se quitó los guantes de hule y miró alrededor-. Ya casi quedó terminado.

– El hecho de que estés tan empeñada en un baño representa un problema -trató de recordarle-. Yo creí que ya disfrutábamos de nuestros baños frente a la chimenea -Casey ignoró sus palabras.

– Philip me avisó que ciertos aditamentos iban a estar a precios bajos en el salón de baños del parque de exhibiciones. Iré a verlos mañana.

– Vaya, un aplauso para Philip -entrecerró los ojos pensativo-. Creo que será mejor que te acompañe.

– A ver si puedes escaparte de la oficina -murmuró ella. Era la primera vez en muchos días que regresaba a casa antes de las nueve.

– Quizás si me esperara aquí algo más que la frialdad con la que me recibes tendría motivos para venir a casa -replicó él con aspereza-. ¿Qué preparaste para cenar?

– ¡Todavía nada! Yo también he estado trabajando -furiosa agarró la bolsa de plástico llena de basura y se encaminó a la puerta. El se interpuso en su camino y la estrechó en sus brazos.

– Puedo comprar comida china, si quieres -le ofreció.

– ¿No es un poco extravagante? ¿Podremos darnos el lujo de eso, además de un baño nuevo? -preguntó Casey mientras el corazón le daba brincos traicioneros, al tener cerca a Gil.

– Creo que podemos, siempre y cuando mañana sólo comamos huevos y papas fritas -él sonrió-. Y no recuerdo haberte dicho que podemos pagar un baño nuevo. Sólo dije que lo pensaría.

– En ese caso quiero el veintisiete, el treinta y dos y el sesenta y uno del menú chino.

– No es mucha novedad para ti la comida china, ¿verdad? -preguntó él soltándola.

– Ya sabes cómo es, Gil. Prueba uno cosas nuevas, y prefiere uno los favoritos de siempre.

– ¿De veras? -el arrojó las llaves del auto al aire, y los ojos le brillaron peligrosamente-. Me pregunto cuáles de tus favoritos has estado probando últimamente -no esperó que ella respondiera, pero dio un portazo con mayor fuerza que nunca al salir.

Casey se estremeció; hacía frío en la casa. Eran principios de mayo y el clima caluroso desapareció tan pronto como había llegado. Por impulso encendió la chimenea. Acercó el cerillo encendido al periódico, prendió por un momento, pero se apagó.

– ¡Maldición! Debe ser la humedad -lo intentó de nuevo y esta vez logró mantenerlo encendido. Se sentó en cuclillas y se quitó un mechón de cabello que le molestaba en el rostro, sin notar que se manchó la mejilla de hollín. La leña empezó a humear y a quemarse, y el carbón cayó amenazando apagar el pequeño fuego-. ¡Con un demonio! -su primer intento de encender la chimenea y era obvio que no sabía hacerlo. Desesperada acercó un trozo de periódico y las llamas comenzaron a prenderlo. El ruido de un auto afuera la distrajo y el papel se le resbaló animando el fuego en una llamarada brillante.

– ¡Casey! -gritó Gil desde afuera-. ¡Casey! ¿Estás bien? -ella se puso de pie y dio un paso atrás, tirando la cubeta, que se cayó sobre el suelo de la chimenea. Ella miró desencantada el daño Hecho a la alfombra, pero Gil golpeaba furiosamente la puerta y no tenía tiempo de limpiar-. Casey. Dios mío, por un instante pensé que.

– Quería encender la chimenea -explicó ella sin aliento-. Creí que no iba a poder, pero parece que sí encendió.

– ¡Encender el fuego! Creí que ibas a incendiar la casa. Acabo de ver salir llamas en el tiro de la chimenea, por amor de Dios!

– Ah, no -musitó ella despreocupada-. Era sólo una hoja de periódico. No pretendía y… -calló cuando él la tomó de los hombros.

– ¡Gil! -protestó ella.

– Jamás se te ocurra -respiró hondo-. ¡Jamás lo vuelvas a hacer! ¡Prométemelo!-le ordenó.

– Hacía frío -dijo ella sintiéndose como una tonta-. Y el papel estaba húmedo.

– ¿Sí?, pues incendiar la casa es un remedio bastante drástico para cuando uno siente frío. La próxima vez mejor te pones otro suéter. ¡Promételo! -exclamó y la sacudió.

– Te… te lo prometo -dijo ella con humildad, y se quedó inmóvil sintiendo la tensión entre ellos. El la miró sin parpadear, luego cayeron los carbones en el fuego y pasó la tensión. El quitó las manos de sus hombros.

– Gracias. Ahora, mientras limpias todo este desorden voy a rescatar nuestra cena que dejé en la puerta. Siempre y cuando no la haya devorado algún perro.

– ¿Qué perro sería tan valiente? -bromeó ella, pero en voz baja.

Capítulo 5

CASEY despertó al día siguiente, debido al ruido en la puerta principal. Se quedó recostada un momento, disfrutando. Se preocupó por levantarse temprano después de aquella mañana en que Gil la había dejado dormir más, pero no se apresuraría, ya que él se había ido. Giró sobre sí, y cuando abrió los ojos descubrió que Gil estaba parado junto a ella.

– Buenos días, Casey. Siento haberte despertado, pero ya está listo el desayuno -ella hizo un esfuerzo por incorporarse, tirando de las sábanas para cubrirse.

– ¿El desayuno? -él colocó una charola en sus rodillas.

– Pensé que debíamos festejar de alguna manera nuestra primera semana juntos. Feliz aniversario -se inclinó y la besó en la mejilla antes de sentarse en el borde de la cama.

La charola contenía jugo de naranja, café, croissants frescos y una rosa roja. Casey la agarró y olió su aroma, mientras su larga cabellera cobriza le cubría la cara. Levantó la vista y sus ojos brillaban como zafiros.

– Es preciosa, Gil. Muchas gracias.

– No tan preciosa como tu, Casey -ella no supo qué responder a un halago tan directo y después de un momento incómodo Gil intentó levantarse.

– No te vayas, Gil. Ayúdame a comer esto.

– ¿No te gustan?

– Me encantan, ¡pero engordan!

– ¿Y eso es un problema? -bromeó él, pero aceptó la oferta-.. No querías que viéramos muebles de baño hoy? -preguntó Gil.

– ¿No vas a ir a trabajar?

– Tengo que ir, pero estaré listo a las once -Casey se recostó.

– Yo estaré ocupada con Brownies hasta las once y media. Podremos ir entonces.

– ¿Brownies?-él frunció el ceño-. Se supone que estás de luna de miel. ¿Y si te hubiera raptado a las Bahamas por un mes?

– Pero no lo hiciste -señaló ella.

– Es cierto, no lo hice -dijo él y se puso de pie-. Da lo mismo, en nuestras circunstancias. Hubiera sido un desperdicio de dinero, ¿no crees? -ella no respondió-. ¿Dónde quieres que te espere?

– En el vestíbulo junto a la Capilla Metodista.

El asintió.

– Ya sé dónde queda.

Una hora después, vestida con traje de lana azul marino y el cabello recogido, jugaba con las niñas que gritaban con entusiasmo participando en el juego del escondite.

– No sé qué haría sin ti, Casey -comentó Matty James más tarde cuando ya las niñas se habían despedido esa mañana asoleada de mayo-. No tengo paciencia para los juegos ruidosos como tú la tienes.

– Son muy divertidos. ¿Necesitas que te lleve?

– No, gracias. Me recogerá Brian.

– ¿Alguien mencionó mi nombre? -Brian James y Matty hubieran podido ser hermanos. Ambos eran canosos, de mejillas sonrosadas y amplias proporciones.

– Hola, Brian ¿Cómo estás?

– Muy bien, querida, como siempre-luego movió la cabeza y frunció los labios-. Y estaría mejor si usaras el uniforme apropiado como Matty.

– Este es mi nuevo uniforme, y es más cómodo. Mucho más práctico para los juegos.

Brian contempló a Matty con amor, fijándose en su falda azul marino algo ajustada y su camisa azul con su pequeño moñito en cuello.

– Lo mejor de la semana, Matty en uniforme -le guiñó el ojo a su esposa y ella se ruborizó-. Deberías probarlo con tu nuevo esposo Casey. Te dirá que no hay nada como un uniforme para volverse locos. Creo que son las medias azul marino.

– Brian, te pido que guardes silencio en este momento -lo regañó Matty-. Estás haciendo que Casey se ruborice.

Casey movió la cabeza. No se había ruborizado por Brian, sino porque Gil estaba parado en la puerta escuchando toda la conversación.

– Gil -exclamó ella, antes de que siguieran hablando-. Te quiero presentar a Matty y Brian -los presentó y luego dejó que Matty cerrara.

– ¿No te importa que me haya vestido así? -le preguntó a Gil limpiándose el polvo de los pantalones cuando él abrió la portezuela del auto.

– Para nada. Nunca me gustaron las mujeres con uniforme.

– No quise decir… ¡Oh!

– Pero soy parcial con las medias -continuó él como si ella no lo hubiera interrumpido-. Me gustan negras y con liguero. Por si te interesa.

– En lo más mínimo -respondió Casey acalorada.

– Creo que es una verdadera lástima -declaró él, y ella sintió alivio de que terminara la conversación, pues llegaron al sitio de la exhibición.

El no intervino en seleccionar los muebles del baño; estaba recargado en una columna observándola tomar las decisiones.

– Son una verdadera ganga, Gil -le aseguró Casey ansiosa mientras él extendía el cheque en silencio para entregárselo.

– ¿De veras? -dijo él con enfado-. A mí me gustan las cosas como están.

– Tú puedes seguirlas usando -reclamó ella levantando la voz-. Yo en lo personal prefiero tener una puerta en el baño.

– Te mandaré un plomero el lunes para que comience a trabajan en la tubería -ofreció él encogiéndose de hombros.

– Qué amable. ¿Crees que podré pagar algo tan caro? -preguntó ella.

– Trataré de llegar a un arreglo -respondió él mientras la guiaba afuera del salón-. De hecho, creo que voy a tomar un anticipo ahora mismo -y en vez de abrir la portezuela del auto como ella esperaba, la estrechó presionándola con su cuerpo.

– ¡Gil! -protestó la chica, pero él pareció no escuchar. Por un momento ella se quedó hipnotizada al ver que la boca de Gil se aproximaba a sus labios hasta que el silbido burlón de un travieso que pasaba cerca, la hizo retornar a la realidad. Gil se enderezó y abrió la puerta.

– Puedo esperar -bromeó Gil-. Pero te advierto que cobro altos intereses -sonrojada, ella se acomodó en el asiento y miró al frente mientras Gil entraba, consciente de que su respiración estaba algo acelerada. Estuvieron cerca; él de besarla y ella de permitirlo.

– Pensaba de una vez escoger algo para la cocina -protestó débilmente cuando él arrancó el motor.

– Olvídalo, Casey. Ya tuviste mucha suerte para un día -declaró él con rostro inexpresivo-. Además, es hora de almorzar.

– Sí, mi amo. Claro, mi amo -bromeó ella-. ¿Y qué desearía su señoría para el almuerzo el día de hoy? ¿Lomo de venado… liebre en salsa… un asado de cisne?

– Un emparedado será suficiente, Casey. Saldremos a cenar esta noche.

– ¿Sí? ¿Adonde?

– Primero pensé en el Oíd Bell. Después de todo, allí fue donde te propuse matrimonio; me pareció lo más lógico.

– ¡No! -exclamó ella con tal énfasis que él se volvió para mirarla y luego sonrió con ironía.

– ¿No?; ¿no lo disfrutaste?

– No tengo la menor intención de recordar esa ocasión.

– Precisamente por eso pensé en algo muy diferente. Y mucho más divertido -con eso ella sintió un gran alivio.

Después del almuerzo, Gil sugirió que terminaran de limpiar la pequeña habitación. Casey estuvo de acuerdo.

– ¿No tienes otra cosa que hacer? ¿Ninguna cita? -le preguntó y él la contempló divertido.

– No es lo que más me gusta hacer, Catherine Mary Blake, puedes estar segura. Pero hasta que no descubras para qué están hechos los sábados en la tarde, ayudará mantenerme ocupado-Casey sonrió.

– No sabía que querías ir al fútbol, Gil. ¿Está el equipo de Manchester jugando aquí esta semana? -preguntó ella fingiendo inocencia-. Si quieres te acompaño con mucho gusto -él observó su reloj.

– Ya no llegaríamos a tiempo. Lo siento. Quizá la semana entrante…

– Me encantaría -replicó ella y miró sus manos-. Bueno, de nuevo a trabajar en el papel tapiz. Qué lástima -levantó la vista a tiempo para ver que él se acercaba de un modo que le indicó que lo mejor era salir de ahí. Subió corriendo por la escalera y cuando él la alcanzó ya estaba raspando el tapiz de la pared con tal determinación que no pudo interrumpirla.

– Si no piensas decirme adonde me vas a llevar -declaró Casey parada con solo medias y fondo, y las manos en las caderas-, al menos deberías sugerirme cómo debo ir vestida.

– No muy elegante -respondió él encogiéndose de hombros.

– Oh, gracias. Eres una gran ayuda -exclamó ella abriendo la puerta del closet. El, todavía en bata, se recostó en la cama. Ella le dio la espalda tratando de concentrarse en escoger un vestido, consciente del deseo de entrelazar sus dedos entre los rizos en la nuca de él, quitar el cinturón de su bata y acostarse encima.

– ¿Qué tal ese pequeño numerito que usaste en el Bell? -le preguntó Gil-. Quedaría bien.

– Eso quiere decir que voy a ser parte de la función -señaló ella sin despegar la vista de la ropa-.Cada vez me gusta menos tu invitación.

– No me contestaste.

– Lo regalé para una subasta -respondió ella levantando la voz.

– Qué lástima -él se incorporó y repasó el guardarropa, luego sacó un fino vestido de jersey de lana rojo, de corte sencillo, pero favorecedor- Este te quedará muy bien.

– Si querías que usara éste, ¿por qué no me lo dijiste y ya? -preguntó ella quitándole el gancho.

– Es más divertido así. Me gusta verte enfadada. Aparece el rubor en tus mejillas. Aquí. Y aquí -le rozó con cuidado las mejillas con el pulgar.

– Harán juego con el vestido, ¿no crees? -dijo ella poniéndoselo y luego dándole la espalda para que él subiera el cierre. El lo hizo muy despacio, cosquilleándole la espina dorsal con los dedos. Luego hizo a un lado los mechones de cabello que cayeron en su nuca al hacerse un moño.

– ¿Todavía no acabaste? -preguntó la joven con impaciencia.

– No -murmuró él con las manos en el cierre, manteniéndola cautiva; lentamente se inclinó y le besó la nuca. Antes de que ella intentara moverse la tomó por la cintura y la apretó contra él, haciéndole sentir la pasión que le brotaba en ese momento.

– ¿Qué se siente, Casey, saber que me haces esto? -le susurró con voz ronca.

La atemorizaba. Estaba atemorizada por la urgente necesidad que sentía en él. Y atemorizada por la falta de decisión para responder, dejando que su cuerpo reaccionara con naturalidad. Gil deslizó sus manos hasta encontrar, tras la fina tela del vestido, sus pechos sensitivos, orgullosos y deseosos de la caricia. El acercó los labios a su oído y le susurró:

– ¿Por qué no me pides que te haga el amor, Casey? Sabes que eso es lo que quieres.

– ¡ No! -ella se liberó y se volvió hacia él, viendo el reflejo del deseo en la sombra de sus ojos grises y el rubor en sus mejillas. Durante un largo momento se miraron,-luego Gil se encogió de hombros.

– Será mejor que me esperes abajo. No me tardo -la empujó y le dio la espalda. Ella se quedó parada, sin saber si quería huir o quedarse y entregarse a él, como lo pedía. Luego salió y bajó por la es-calende prisa.

Unos minutos después él la siguió, pero al alcanzarla, ella ya tenía puesto un chal negro sobre los hombros y estaba lista para salir.

– ¿No vas a tener frío? -le preguntó Gil con voz dura mientras se acercaba a la puerta-. Vamos a caminar.

– ¿Lejos? -preguntó ella preocupada más por sus tacones altos que por la temperatura.

– No. No es lejos.

– Estoy bien -era una hermosa tarde de primavera. En casa de sus padres, Casey sabía que los árboles estaban cargados de flores. Incluso en el apartamento que había compartido con Charlotte, el aire estaría preñado del aroma de las flores en las enredaderas. Mas ahora, en el estrecho callejón en el que se encontraba, no había árboles, ni flores, sólo el duro pavimento y autos estacionados.

Escucharon el ruido que provenía del Carpenter's Arms en la siguiente acera. Gil la tomó del brazo en la puerta y le dijo:

– Es aquí -parecía esperar a que ella protestara, pero Casey no tenía intenciones de darle esa satisfacción.

– Encantador -murmuró y no esperó que él le abriera la puerta, sino que la empujó y entró delante de él.

Estaba lleno de gente y de humo, sabía que lo iba a odiar, pero por nada del mundo se lo iba a revelar. Se abrieron camino hasta la barra y Gil ordenó dos bebidas diciéndole a la camarera que los anotara para cenar.

– ¿Qué platillos tienen hoy? -preguntó él.

– Asado de res y zanahorias con bolas de masa hervidas, Gil -respondió ella tomando su dinero-. ¿Está bien?

El sonrió con aprobación y guió a Casey hasta un grupo de personas que estaban de pie junto al piano; Gil saludó cordialmente.

– ¿Dónde está Dolly? -preguntó él señalando el silencioso instrumento. Uno de los hombres dejó de mirar a Casey sólo un instante para responder:

– De vacaciones. Esta noche no tendremos música. ¿No vas a presentarnos?

– Claro. Casey, quiero presentarte a unos viejos amigos -y mencionó una lista de nombres que ella jamás podría recordar. Titubeó al llegar a la última del grupo. Era morena y baja de estatura y llevaba un vestido que Casey y Gil reconocieron al instante. Gil terminó de presentarlos, cuidándose de no mirarla a los ojos.

– Lástima del piano. Esta es la primera vez que viene Casey al Carpenter's.

– Estará aquí la semana entrante -Casey estaba consciente de un incómodo silencio como si no comprendieran qué hacía ella allí.

– Quizá yo podría tocar algo -ofreció Casey aclarándose la garganta-. ¿Qué tipo de música… toca Dolly?

– No, Casey. No creo…

Pero ya le habían acercado el banquito, abierto la tapa del piano y Casey miró el teclado sin música. Pensó en la posibilidad de interpretar algo de Chopin, pero rechazó la idea y mejor decidió por una elección de éxitos de los Beatles.

Después, todo mundo le empezó a pedir canciones. Muchas no se conocía, pero había tocado el piano en un viejo salón musical en ' I ciub y conocía algunas de las tonadas.

Gil parecía haber desaparecido, pero cuando el grupo se movió ella lo vio conversando de cerca con la chica del vestido negro. Le coqueteaba descaradamente y la joven le seguía la corriente. La chica se recargó en su solapa cuando Casey los observaba, mientras sus dedos continuaban encontrando automáticamente las notas, sin aparente ayuda de su cerebro. Gil pareció sentir que lo miraba y levantó la vista. Con toda intención pasó el brazo por los hombros de la joven, la acercó y se inclinó a susurrarle algo en el oído que la hizo reír.

– Aquí tienes una bebida Casey -la camarera colocó el vaso sobré el piano-. Es un obsequio de Dave, el que está allí.

Casey se volvió para mirar a Dave, quién la saludó con la mano e hizo una serie de complicados gestos señalando la bebida y la de ella. Asombrada sonrió, saludó con la mano y tomó la bebida, ya que tenía la garganta seca por el humo de los cigarrillos. La gente se volvió a amontonar y ya no pudo ver a Gil con la joven. Siguieron mandándole jugo de naranja y después de un rato dejó de percibir el extraño y molesto dolor que sentía en su corazón. El sonido de un gong anunció la cena, y ella se puso de pie para unirse a la fila sintiendo sus piernas como de hule. Recogió sus cubiertos y notó que la chica de negro estaba formada detrás de ella.

– Me encanta tu vestido -le dijo con solemnidad, y luego para su propio asombro, se rió.

– Gracias -la chica lo alisó con las manos sobre sus caderas-. Resultó muy caro, pero vale la pena pagar cuando la ropa es de calidad, ¿no crees? -dijo la joven con desparpajo.

– Definitivamente. Estoy segura de que tomado del mostrador de ropa casi nueva, pero usada en el bazar de las Brownies, lo hizo uno de los vestidos más caros -Casey acercó su cara a la de la chica que tenía de repente una expresión rígida-.Y si no dejas en paz a mi marido te juro que me aseguraré de que todos los presentes sepan exactamente dónde lo compraste -le silbó en el oído.

– ¡No te atreverías! -pero con sólo verle la cara a Casey se con venció. Avergonzada, huyó de ahí.

– Tu amiguita te dejó plantado -le dijo a Gil cuando se sentó en la silla vacía junto a él.

– ¿Por qué sería? -murmuró él, divertido.

– No tengo la menor idea -ella equilibró su plato en las rodillas y empezó a comer-. Pero me intriga Gil, que gustándote tanto las mujeres morenas y curvilíneas te hayas fijado en mí -él hizo una pausa sosteniendo el tenedor lleno de comida.

– ¿Las mujeres? ¿En plural?

– Es la segunda morena despampanante con la que te veo abrazado esta semana -declaró ella y lo miró a los ojos.

– ¿De veras? ¿Sólo dos? He de estar perdiendo mi encanto -le brillaron los ojos y luego se encogió de hombros-. Debe ser una debilidad mía. Estoy seguro que eso no te preocupa, ¿verdad? -y la miró con gesto retador.

– Maldito seas, Gil Blake -ella se puso de pie, olvidando por completo el plato, que se deslizó de sus piernas y vació su contenido en la alfombra. Ella contempló el plato por un momento como si no estuviera segura de donde había venido-. Lo siento -levantó la vista, azorada, mientras la camarera se acercaba para limpiar.

– No te preocupes, querida -dijo la mujer y miró el rostro pálido de Gil-. Creo que será mejor que la lleves a su casa. Le ha tocado más de aquello a lo que no debe estar acostumbrada -Gil la observó de cerca.

– Pero si sólo ha bebido jugo de naranja.

– Dave le añadió vodka. Le gustó mucho como toca el piano. Creí que estabas enterado.

– ¡Vodka! ¡Válgame Dios!-él la miró-. Es culpa mía. Debí estarla cuidando. Siento mucho lo de la alfombra.

– No tengas cuidado. Gracias por tocar el piano, Casey. Espero verlos pronto por aquí -Casey se despidió con un movimiento de la mano al momento que una docena de voces le aplaudían; Gil la tomó firmemente del brazo para guiarla a la salida.

El aire fresco le pegó como un martillazo, y se le doblaron las rodillas cuando llegaron a la esquina. Gil lanzó una maldición y la levantó para cargarla por el resto del camino. La recargó en la puerta mientras buscaba la llave, y ella se deslizó hacia el suelo, riéndose.

– Se lo dije, ¿sabes? -comentó honestamente-. Le dije que sabía donde había comprado ese vestido -tenía hipo-. Le dije que i reVelaría ante iodos si no se largaba.

– No me digas.

– Todos fueron muy amables. Me ofrecieron bebidas. Menos tú, Gil, porque estabas muy ocupado. Pero yo se lo dije a ella -Gil abrió la puerta.

– Anda entra, mujercita tonta… -se detuvo porque ella no podía escucharlo. La levantó y la contempló por un largo momento, sonriendo con satisfacción-. Con que eres una gatita celosa. ¿Le mostraste tus garras? -le besó la frente y la cargó llevándola adentro.

Casey sentía que alguien martillaba dentro de su cabeza.

Gimió, abrió los ojos y los volvió a cerrar rápidamente al sentir que le molestaba la luz.

– Casey -ella escuchó, la voz y de mala gana abrió de nuevo los ojos. Gil estaba parado a su lado con un vaso en la mano-. Bebe esto -le ordenó.

Ella volvió a gemir, colocó la mano en su cabeza y él observó, inexpresivo, cómo ella hacía un gran esfuerzo para incorporarse. Ella miró el vaso que le ofrecía y con desconfianza, olió el contenido.

– ¿Qué es?-preguntó retrocediendo.

– No importa. Bebe. Te ayudará.

– Nada me ayudará -sollozó ella-. Me estoy muriendo.

– No es cierto -dijo él sin simpatía-. Tienes malestar. Anda, bebe -él sostuvo el vaso mientras ella bebía el líquido, y lo inclinaba para que no dejara ni una gota.

– ¡Oh! -ella se estremeció-. Es horrible.

– No cabe duda, pero te hará sentirte mejor -ella se recargó en la cabecera y se tapó los ojos.

– ¿Crees que puedo tomar agua y algo para el dolor de cabeza?

– Puede ser -se dirigió a la puerta, hizo una pausa y la miró sonriendo con sorna-. ¿Algo más que quieras que te traiga? ¿Tocino? ¿Huevos estrellados? ¿Un par de salchichas? -le ofreció.

– ¡Ohhh! -ella se deslizó bajo las sábanas y cubrió su cabeza. ¿Una cruda? ¿Cómo es que ella tenía una cruda? Trató de razonar.

Recordaba haber ido al club donde tocó el piano. Eso si lo recordaba. Bebió jugo de naranja. Alguien se lo llevaba dejándolo sobre el piano para ella. Habían cenado algo… no, mejor no quería pensar en la comida. ¿Y luego? ¿Qué pasó? -lanzó un gemido. Seguro que se comportó como una verdadera tonta.

– Aquí tienes -escuchó a Gil hablarle debajo de la sábana.

– ¿Qué es? -preguntó ella.

– Si no sales de ahí, Casey, entro a sacarte -la amenazó.

– ¿Estás muy enfadado conmigo? -preguntó ella con humildad asomándose.

– Mira Casey -él se sentó en la cama, le ofreció un vaso y dos tabletas-, tengo que decirte que después de que vaciaste tu cena en la alfombra…

– ¡No es cierto! -pero lo miró y comprendió que decía la verdad-. Dios mío, sí lo hice.

– … y yo te cargué hasta la casa… -ella abrió la boca para protestar-, no me sentía muy caritativo hacia ti, pero -sonrió-… luego te desvestí y te metí en la cama; ¡eso sí que lo disfruté!

Ella bajó la vista, para no ver la desconcertante expresión en su rostro.

– Te faltó un botón -señaló ella.

– Sí. Me temblaban un poco las manos -se inclinó y lo abotonó.

También a ella le temblaban las manos y necesitó de ambas para sostener el vaso. Volvió a mirarlo a la cara.

– ¿Y luego? -preguntó con suavidad.

– ¿Y luego? -él sonrió de repente-. Y luego, amor mío, tu sufrimiento de esta mañana mejoró mucho mi humor.

– Me alegro que te divierta -exclamó ella levantando la voz, y se estremeció al oírse-. Jamás tuve una cruda -terminó murmurando.

– A todo mundo le sucede alguna vez. El truco consiste en no repetirlo.

– Te aseguro que no quiero beber jugo de naranja en mucho tiempo -exclamó ella frotándose los ojos.

– Lástima que Dave consideró que tu concierto merecía algo más fuerte. Fue el vodka que añadieron al jugo lo que te hizo daño.

– Así que, ¡eso era lo que me quería decir! -exclamó la chica recordando los gestos que Dave le hizo -él recogió el vaso de su manos.

– Creo que ya te estás sintiendo mejor. Ya no suenas tan humilde.

Ella consideró que tenía razón. No mejoró mucho, pero la sensación ya no era tan espantosa. Deslizó suavemente los pies al suelo y se puso de pie. Se balanceó un momento y luego mantuvo el equilibrio.

– Necesito ir al baño -dijo con voz débil. Gil le ayudó a ponerse el camisón y la acompañó para bajar por la escalera.

– No cierres la puerta. Si te desmayas no podré ayudarte -le advirtió él.

Ella obedeció y media hora después, bañada, vestida y con una taza de café adentro, comenzó a sentirse mejor. Gil levantó la vista del periódico.

– ¿Se te ocurre algo que quieras hacer hoy? Pensé en almorzar fuera, pero…

– No es buena idea -replicó ella de inmediato.

– No -él sonrió con maldad-. Aunque creo que te haría bien tomar aire fresco. ¿No quieres pasear a la orilla del río?

– Es… posible.

– Anda, vamos -la levantó de la silla-. Voy por tu chaqueta.

Diez minutos más tarde Gil se estacionó en el muelle, y caminaron lentamente por ahí, disfrutando la vista de los yates y de los jóvenes del club que navegaban a lo largo y ancho para sus lecciones del domingo. La brisa del río devolvió el color a sus mejillas y pronto, como Gil predijo, Casey comenzó a sentirse mejor. Iban del brazo paseando por el sendero cuando él le preguntó:

– Hace mucho tiempo paseamos igual, Casey. ¿Te acuerdas?

– Jamás lo olvidaré.

– Son ya casi seis años.

– Cinco años, ocho meses, y tres semanas -murmuró ella -Gil la miró con una expresión muy rara.

– ¿Y no cuentas los días? -preguntó; ella apuró el paso. Contaba cada día, cada hora, cada segundo.

– Sería un poco melodramático, ¿no crees? -respondió ella furiosa por haberse traicionado con tanto descuido.

– Sobre todo, cuando tenías a Michael para distraerte.

– Exactamente -ella trató de separarse, pero él la mantuvo cerca y ella no quiso hacer una escena en público-. Estoy segura de que tú también tenías quién te consolara -musitó enfadada.

– Bueno -él sonrió-, como tú bien señalaste, tengo una debilidad por las morenas bien proporcionadas-. El levanté la vista-. ¿No es esa Annisgarth?

– Sabes muy bien que sí.

– No he tenido oportunidad de verificar cómo quedaron las composturas. ¿Te importaría que fuéramos a ver? -le preguntó él.

Sí le importaba. Y mucho, Annisgarth era el último lugar en el mundo donde quería ir con Gil; pero no tenía la energía suficiente para discutir, y notó tal determinación en el rostro de él que comprendió que sería en vano. Se encogió de hombros y respondió:

– Tengo la llave por si quieres entrar.

Capítulo 6

– QUE generosa. Según recuerdo la última vez sólo permitías que me asomara por la ventana -ella lo miró extrañada por el súbito cambio en su tono de voz. La estaba mirando con dureza y una vena temblaba en su frente.

– Pero… -protestó ella. El no la escuchó. Caminaba a grandes zancadas frente a ella y no pudo hacer más que seguirlo, aunque de mala gana. Claro que no pudieron entrar la última vez. No se había completado la venta -no era posible que Gil no lo entendiera.

El la esperaba impaciente en la puerta principal y ella le entregó la llave.

– ¿No vas a entrar? -preguntó Gil.

– Mejor no -respondió ella moviendo la cabeza.

– Deberías entrar. Sería muy irresponsable de tu parte permitir a cualquier patán deambular por aquí sin compañía.

– Pero tú no eres cualquier patán… -Gil tenía una expresión tan decidida que ella suspiró y entró delante de él.

– Y, por cierto, ¿quién es tu cliente?

– ¿Qué, tú no sabes? -preguntó ella sorprendida-. Si dijiste que O'Connor hizo las modificaciones.

– Nos dio instrucciones un arquitecto que representa una compañía costera.

– A mí también -dijo ella y él movió la cabeza distraído, paseando por la casa, admirando el paisaje exterior y revisando el trabajo que realizó su personal.

– Esto me gusta -Gil señaló dos pequeñas habitaciones convertidas en una gran sala con ventanas en tres lados. La vista daba hacia una brecha que formaban las colinas y cuando niña, Casey creía quejera el mar.

– Sí. Quedó estupendo -respondió ella desanimada. Era muy doloroso. Casey no quería estar allí con Gil y sintió ansias de irse, pero él estaba revisando la calefacción.

– Ya era tiempo de que la remodelaran. Estaba muy deteriorada -había una crítica latente en sus palabras, que la irritó.

– Mi papá la rentó a una compañía local hasta hace poco. Era demasiado grande para mí…

– Mucho -aceptó él-. Era para cuando te casaras. Lo recuerdo -Gil se levantó y contempló el valle-. Va a quedar maravillosa, Casey. Tu padre nunca debió despojarte de ella. Fue un caso desesperado; debió comprender que no sería suficiente para salvar su situación.

– Me imagino que lo sabía -admitió Casey-. Pero yo insistí. Creo que estaba más desesperada que él.

– Comprendo -ella comenzó a sentir de nuevo el dolor de cabeza y se estremeció sintiendo un frío que no tenía nada que ver con el clima.

– Vámonos, Gil. Fue un error venir aquí contigo -esperó hasta que él la alcanzó en la entrada y cerró con fuerza la puerta.

– Una vez me trajiste aquí a ver la casa. ¿Recuerdas ese día, Casey?

Ella no pudo responder. Comenzó a correr hacia el.bosque, ignorando que la llamaba, y se detuvo sólo cuando llegó al refugio de los árboles. Débil y mareada, se dejó caer bajo su sombra. Claro que recordaba ese día. ¿Cómo podría olvidarlo? Había sido joven y estaba enamorada, trajo a Gil a conocer su casa, esperando que le fascinara tanto como a ella.

Quiso transmitirle que no existía ninguna barrera entre ellos para casarse. Su madre lo rechazaría, quería un casamiento entre la alta sociedad, pero ella poseía su casa y podrían vivir ahí juntos y felices para siempre. Qué ingenua y qué estúpida había sido.

Sucedió una semana antes de cumplir los dieciocho años y lo había soñado. Preparó un picnic y trajo a Gil al bosque con la intención de convertir su sueño en realidad. Terminaron de comer y descansaban sobre un tronco de árbol; se terminaron una botella de vino.

– La semana entrante será mi cumpleaños. Me van a hacer una fiesta en el Club. ¿Vas a venir? -le preguntó con timidez.

– No lo creo. A tu mamacita no le gustaría, ¿verdad? Y a los caddies les está prohibido entrar a los salones del Club.

– ¿Eres un caddy? -exclamó ella divertida-. Nunca te había visto.

– Lo fui antes. Cuando terminé la escuela. Estuve poco tiempo. Mejor lo celebramos privadamente -le murmuró inclinándose a besarla-, tú y yo solos-ella no insistió; no le importaba la fiesta. Había algo mucho más importante. Se levantó y estiró la mano.

– Ven conmigo, Gil. Quiero enseñarte algo. Es el regalo de cumpleaños que me dio mi papá -él la siguió hasta el borde del bosque y miró hacia el valle protegiendo sus ojos del sol.

– Mira, ahí. Mi casa -ella lo miró esperando que comprendiera lo que le quería decir.

– Es enorme. ¿Para qué ibas a querer una casa como esa? -preguntó él entrecerrando los ojos. Ella sabía que él se sonrojó.

– Es para cuando me case -lo había dicho y esperó, sin aliento, a que él le propusiera matrimonio.

– ¿Piensas vivir aquí, cuando te cases? -él hizo eco de sus palabras.

– Sí. Hace años papá convenció a la señora que vivía aquí, de que le diera prioridad, y como ahora ya está demasiado vieja para vivir sola decidió irse a un asilo -lo tomó de las manos con impaciencia-. Mañana será mía cuando firmen los contratos. Ven a ver -lo animó-. No por dentro, pero si por las ventanas -él se resistió y exclamó:

– ¡No!-giró sobre sus talones y la llevó tras él de regreso al bosque hasta un prado oculto entre los altos árboles-. No me interesa una casa vieja, Casey O'Connor. Lo único que me interesa eres tú -la empujó al suelo junto a él y rodó por encima de ella atrapándola bajo su cuerpo, luego envolvió un grueso mechón de sus largos cabellos en su muñeca. Ella se carcajeó, fascinada por el poder que ejercía sobre un hombre seis años mayor que ella, que tenía una experiencia mundana que ella apenas iba a adquirir.

La besó con suavidad, cortando su risa y ella-respondió con placer, disfrutando el peso de su cuerpo, enroscando los dedos en los rizos de su nuca. Abrió la boca permitiéndole explorar su interior con la lengua y sabiendo que no iba a ser suficiente.

Ella deslizó sus manos por la espalda de Gil hasta donde se le había zafado la camiseta del pantalón, y acarició su cuerpo musculoso y su piel cálida.

– Casey -él susurra su nombre mientras con la mano desabotonaba su blusa y ella se arqueó de pasión cuando él mordisqueó sus pechos, conteniendo el aliento mientras los besaba. Necesitaba acariciarlo, sentir la urgente necesidad que la estaba encendiendo, haciendo que su cuerpo hirviera de calor a tal grado que ansiaba desnudarse. El ya se encargaba de eso. Levantó las caderas para que él la despojara del pantalón y gritó al sentir su mano acariciarla hasta que se perdía en un abismo de placer nunca imaginado. Y él estaba a punto de hacerla mujer. Su mujer.

– Recuerda esto, Casey -le susurró Gil con voz ronca por el deseo-. Recuérdalo cuando estés casada y viviendo en tu casa vieja con el tipo de hombre que escogen las niñas ricas para marido. Recuerda esto.

Casey lo miró. Sus palabras le habían caído como un balde de agua fría, haciéndola de pronto consciente de dónde estaba y de lo que hacía.

– ¡No! -el grito resonó y asustó a las palomas que reposaban en la rama de un árbol-. ¡No! -repitió y con sus manos empujó el pecho de Gil hasta rodar libre y ponerse de pie. Tomó su ropa y se vistió con frenética desesperación, mientras Gil gruñía frustrado. Ella ignoró las lágrimas que resbalaban por sus mejillas, por la urgencia de huir inmediatamente.

Lo había llevado allí para mostrarle su casa, concia esperanza de que él querría compartirla con ella. Pero no fue así. Y por lo que le dijo era obvio que no existía un futuro para los dos. Persiguió a la hija del patrón hasta el punto de su rendición. Eso fue lo único que quería. Y ella sabía cómo era eso. De seguro hubo apuestas de cuánto tardaría ella en sucumbir. El se había vestido con igual rapidez y avanzaba hacia ella con el rostro pálido y furioso.

– Óyeme, Casey… -la tomó del brazo y ella lo retiró.

– ¡No me toques! -gritó, pero él no prestó atención, de modo que en su desesperación tuvo que amenazarlo-. ¡Si vuelves a poner un dedo sobre mí, Gil Blake, haré que te despidan! ¡De todas maneras haré que te despidan!

Había sido suficiente. El se había quedado inmóvil con el rostro como piedra y sus brazos cayeron a los lados. Por un momento ella se quedó allí contemplando la ira en su mirada. Luego echó a correr. Corrió hasta su casa y se escondió en su recámara maldiciéndose por tonta; ahí se quedó hasta que no tuvo más lágrimas que derramar, helada y vacía.

Continuó sus estudios lejos de allí, y cuando regresó con su diploma, lista para trabajar en la oficina de dibujo, conoció a Michael.

Pero Michael no tenía la fuerza de hacerla olvidar a Gil. Regresó a ese sitio una y mil veces para volver a vivir ese momento. Y cada vez que lo recordaba era peor su agonía, arrepentida de no haber vivido el idilio que Gil le ofreció; de poseer ese recuerdo y atesorarlo.

– ¿Sigues huyendo, Casey? -ella levantó la vista. Gil estaba parado junto a ella. Por un instante la sensación de seguridad fue tal, que ella esperaba que la condujera adentro del bosque como aquella ocasión. Pero él no se acercó.

– No, he dejado de huir, Gil -respondió la chica y se estremeció.

– No sé cuántas veces he soñado con este lugar. No ha cambiado en nada -comentó él mirando alrededor.

– No, no ha cambiado -él apartó su mirada de ella y miró al cielo.

– Va a llover -declaró de pronto-. Será mejor que vayamos a casa -pasó el brazo por sus hombros y los dos corrieron hasta el auto, pero la lluvia los alcanzó en el camino y llegaron empapados al coche. Viajaron en silencio a través del pueblo y por primera vez, Casey se alegró de llegar a su pequeña casa.

Gil encendió los leños que ya estaban en la hoguera mientras ella puso a hervir la tetera. El entró a la cocina con una toalla y comenzó a secar su cabello; ella se recargó en él disfrutando de la sensación.

– Ve a cambiarte, Casey. Te puedes resfriar -dijo él con voz ronca.

– La verdad es que… -se volvió para mirarlo-, Gil, me gustaría tomar un baño primero -sintió que se sonrojaba ante su propuesta

– ¿Estás segura?

– Completamente -ella asintió con la cabeza.

– Voy a traer la tina. Pero ve y quítate la ropa mojada.

Ella subió de prisa por la escalera. Tomó una decisión y estaba en paz consigo misma. Se quitó la ropa mojada y se envolvió en su bata de toalla. No se apuró, se quedó frente al tocador contemplando su imagen en el espejo.

Era una tonta. No importaba cuáles fueran los motivos, Gil regresó a ella. Hubiera deseado que fuera amor lo que lo hizo volver; sin embargo, ya no importaba. Ni su orgullo importaba. Si lo que él buscaba era vengarse, no lo iba a lograr porque ella aún lo deseaba; siempre lo había deseado. Se cepilló el cabello. Si buscaba venganza no debió forzarla a casarse con él. Su presencia no le dolía. Era su propio rechazo hacia él lo que la acongojaba. Tocó sus labios, recordando la promesa de su beso el día de la boda, y sonrió.

Cuando se puso de pie y amarró el cinturón de su bata, sonó el teléfono. Haciendo un gesto de irritación corrió y bajó por la escalera, pero ya Gil había contestado, así que ella hizo una pausa en el descanso y escuchó cómo él hablaba muy bajo en un teléfono portátil que ella nunca había visto antes.

– Te pedí que no me llamaras aquí -dijo él, de espaldas a ella-. No me importa que… -Casey escuchaba sin dar crédito a lo que oía mientras él continuó-. Sí, es mal momento. El peor momento posible… No, no querida, iré de inmediato… Es sólo que…-giró y descubrió a Casey parada al pie de la escalera-. Dame veinte minutos -colgó y ella entró a la sala-. Casey… tengo que salir.

– Sí, lo escuché. No dejes que yo te detenga.

– Es un asunto de negocios. No iría, pero…-ella sintió una oleada de hielo en la sangre ante su descarada mentira, e instintivamente se cerró más la bata y luego se frotó los brazos para calentarse.

– ¿Negocios con morenas? -lo retó-. ¿El tipo de negocio llamado "querida"? -él trató de acercarse, pero ella levantó la mano para detenerlo-. Por favor no trates de inventar excusas. No podría soportarlo. Vete ya.

– ¿Querida? -él movió la cabeza-. No, Casey, no es lo que te imaginas -miró el reloj con desesperación-. No tengo tiempo para explicarte.

– No hay nada que explicar, Gil.

– Así es -asintió él, y luego levantó los brazos-. ¡Maldición! -y sin decir más, salió de la casa.

Casey se acercó a la chimenea, se abrazaba moviéndose para ver si lograba calmarse y aliviar la herida que la estaba destrozando.

– Va a morirse de frío con la ropa mojada -se dirigió a la gatita que había estado afuera en la lluvia. Como respuesta, el animal extendió una de sus patas con elegancia y comenzó a lamerla.

Le pareció una estupidez desperdiciar el baño. Se sumergió en la tina hasta calentar sus huesos, luego la vació en el patio de atrás. Después paseó por la casa, sin lograr descansar.

Intentó llamar a Charlotte. ¿Qué podía decirle? ¿Que llevaba una semana de casada y se quedó sola en domingo por la tarde? No. Su orgullo le exigía que sufriera sus heridas en privado.

Finalmente, sin saber en qué ocupar su tiempo, puso a hervir el agua. Furiosa consigo misma, agarró su bolso y abandonó la casa. Encendió el motor de la camioneta y manejó sin rumbo, con la única idea de huir de la poderosa presencia de Gil que, aunque no estaba ahí, parecía estar por todos los rincones.

Por fin se estacionó a un lado de la carretera desde donde podía admirar las colinas que llegaban a Oxford, pero cerró los ojos al panorama. Estuvo a punto de sucumbir. Y tan confiado estaba él de que finalmente así era, que se fue corriendo a los brazos de otra mujer en el momento del triunfo. Parpadeó iracunda, evitando llorar. Ya había llorado demasiado por Gil Blake. No tenía más alternativa que compartir su casa y el lecho con la espada del orgullo entre los dos. Pero orgullo era lo único que le quedaba hasta que él cediera y la dejara ir.

Llamó su atención un puesto de plantas en el otro extremo del recodo y ella se acercó, atraída por los brillantes colores. Había macetas de pensamientos amarillo brillante y blanco. Impulsivamente los compró y los colocó donde los pudiera ver desde la ventana de la cocina.

La tristeza la condujo al fin hacia la cama. No se molestó en encender la luz del dormitorio y cuando iba a encender la de la mesita de noche quedó congelada por un ruido que venía de la cama. Un movimiento de algo blanco la paralizó totalmente. Luego, con gran alivio reconoció el ruido. Encendió la luz y la gatita maulló suavemente.

– Mira nada mas, que muchachita tan ingeniosa -dijo Casey y contó los gatitos-. Cinco. Y por el tono amarillo de ese chiquito no tengo que preguntarte quién es el papá, ¿verdad? -la gatita lamió a los recién nacidos, maullando de orgullo-. Bueno, eso termina con mis posibilidades de dormir en cama esta noche -la gata la miró con ansiedad-. No. No te quitaré de allí ahora -sacó su pijama y algunas sábanas del armario y apagó la luz.

Abajo, apagó el fuego y le escribió un recado a Gil para advertirle que no entrara al dormitorio. Se cobijó y trató de dormir, pero no dejaban de estacionarse coches afuera. Cada vez que escuchaba una puerta cerrarse, reaccionaba segura de que sería Gil. Finalmente arrojó la sábana y fue a calentar leche. Pensó que la gatita querría beber y vació algo en un plato. Subió, encendió la luz y le ofreció al animal que la bebió con ansias mientras ella sostenía el plato.

Escuchó la puerta de un auto cerrarse y brincó derramando la leche, cuando escuchó a Gil meter la llave en la cerradura. La gatita todavía estaba bebiendo no podía moverse hasta que terminara. Pero no tuvo que apurarse a bajar. Gil irrumpió en el dormitorio con el rostro negro de ira y la nota en la mano.

– ¿Qué demonios significa esto? -exclamó furioso, agitando el papel. Luego se detuvo contemplando la escena. Casey se incorporó.

– Temo que esta noche nuestro lecho está ocupado -se disculpó-. La quitaré de ahí mañana.

– Yo pensé… -él pasó la mano entre sus cabellos.

– ¿Qué?

– Que era una reacción a lo que sucedió… antes de irme -ella le quitó la nota y leyó en voz alta:

"POR FAVOR NO ENTRES A LA RECAMARA ". ¿Qué tiene eso de malo? Creí que iba a estar dormida cuando llegaras y no quería que vinieras a molestar a la gatita.

– Y es justo lo que hice, porque tú estabas aquí -ella notó las ojeras-. Creí que era por eso que no querías que subiera -Casey entendió apenas.

– No es bueno llegar a conclusiones precipitadas, Gil. Vamos a dejarla en paz -apagó la luz y él la siguió por la escalera. Se había cambiado la ropa mojada, llevaba un traje oscuro y una camisa rayada limpia. Notó que ella lo observaba y bajó la vista.

– Siempre tengo un cambio de ropa en la oficina.

– ¿En la oficina? -señaló ella con sequedad-. Que conveniente. ¿Y una rasuradora? -él ignoró la pregunta.

– ¿No acabas de decir que no hay que llegar a conclusiones precipitadas?

– No me estoy precipitando, Gil. Voy paso a paso. Pero llego a las mismas conclusiones. Te casaste conmigo por una especie de venganza perversa de algo que piensas que yo te hice. Créeme, me arrepentí, todavía me arrepiento, a pesar de que tenía razón. Eso debería ser suficiente venganza para ti -abrió más los ojos para implorarle-. ¿Sería tan difícil ponerle fin a esta farsa? Ahora mismo.

– No debiste hacer que me despidieran, Casey -señaló él y le brillaron los ojos-. Fue un abuso de poder.

– Yo no hice nada para que te despidieran-respondió ella frunciendo el ceño y confundida-. Nunca dije a nadie ni una palabra del juego que te permitiste conmigo.

– ¿Juego? -hizo un ademán de desesperación con la mano-. No me mientas, Casey. Todavía tengo esa carta. No que pensara yo en quedarme. Fui a la oficina aquel lunes en la mañana para decirles que renunciaba, y me estaban esperando junto con mis tarjetas y el cheque. Un cheque personal de tu padre. Por mucho dinero para que no hubiera problemas.

– ¿Un cheque? -ella sintió que se ruborizaba-. Comprendo. Así fue como empezaste tus negocios. Quizá deberías estar agradecido con mi padre, en vez de…

– ¡Comprendes!-la interrumpió él furioso-. ¡No comprendes nada, Casey! Yo rompí el maldito cheque. No quería su asqueroso dinero. Pero conservé la carta. Y cada vez que sentía que se había aplacado mi ira, la agudizaba leyendo cada palabra. ¡Eso fue lo que me hizo empezar mis negocios, no el dinero de tu padre! -ella se puso de pie reflejando en su rostro la vergüenza de lo que ella y su padre le habían hecho.

– Cómo debes odiarme… -susurró la chica.

– Yo…-él dio un paso hacia ella.

– Si tienes hambre hay pollo frío en el refrigerador -le dijo ella para interrumpirlo. Cualquier cosa con tal de que no le dijera más. El suspiró y se dirigió a la puerta.

– Ya cené.

– No lo dudo -con la hermosa trigueña-. Buenas noches, Gil.

– ¡Casey! -protestó él y de nuevo caminó hacia ella, pero Casey apretó su camisón, levantó la sábana y la sostuvo como una armadura entre ellos.

– Yo dormiré en el desván-declaró ella, sorprendida con el tono calmado en su voz que parecía no ser la suya.

– ¿Y dónde se supone que dormiré yo? -preguntó él.

– ¿Qué tal en tu oficina? -le sugirió ella con frialdad-. Parece tener todas las comodidades.

Luego salió de prisa para que él no pudiera ver las lágrimas que corrían por sus mejillas y subió pesadamente los dos pisos hasta el desván. Escuchó que él venía tras ella, y contuvo el aliento, pero no la siguió hasta arriba. Recostada y sin dormir, escuchó cómo él se paseaba durante un rato. Luego debió quedarse dormida. Una luz gris se filtraba por la ventana cuando las pisadas de Gil en la escalera la despertaron.

– ¿Casey? -murmuró él.

Ella mantuvo los ojos cerrados y no se movió. El la llamó una vez más y, después de una pausa, volvió a bajar. Unos minutos más tarde ella escuchó cómo cerraba la puerta principal con cuidado y luego al auto que avanzaba por el camino. Sólo entonces se incorporó.

Encontró la sábana de Gil en la sala, bien doblada, la chimenea encendida y en la pequeña mesa, una nota. La tomó con manos temblorosas.

"No se te olvide que tenemos invitados a cenar mañana. Trataré de estar en casa antes de que lleguen. Gil".

Y había una carta. Era vieja y amarillenta, los dobleces gastados y rotos. Casey la abrió con cuidado. Estaba membreteada con el nombre de la compañía O'Connor, y el contenido le avisaba cortésmente a Gil que ya no requerían más de sus servicios. Nada extraordinario. Nada que mostrara algo más de lo que parecía. Un despido normal. Excepto que Gil le había dicho que la acompañó un cheque personal, por una cantidad exagerada. Observó de nuevo la carta y entrecerró los ojos.

– ¡Oh, mamá! -susurró-. ¿Cómo pudiste? -la carta estaba firmada como "J O'Connor", sin duda. Pero la J era por June, no James. Por eso había sido un cheque personal. Su padre nunca se había enterado y de alguna manera eso hacía que las cosas parecieran mejor. O quizá peor. No estaba segura. Pero después de pensarlo decidió con una amarga sonrisa, que su padre hubiera reaccionado muy diferente. Si hubiera descubierto lo que pasó en el bosque, lleva la escopeta y exige que se casen. No le hubiera importado para nada que Gil no perteneciera a su clase social.

Se hundió en el sillón. Ahora ya no hacía ninguna diferencia. Volvió a leer la nota de Gil. La había tomado en serio y se había mudado de ahí. Y esta vez ella tendría que irse. Se lo debía a las personas que trabajaban allí, cuyas vidas estaban atadas a la compañía O'Connor.

No inmediatamente, claro. Darían la apariencia de seguir casados por un tiempo, pero Gil no podía abandonar Melchester ahora que era dueño de la compañía.

Casey comprendía con claridad la necesidad de Gil de irse lejos de ahí. Además, en Melchester no cabían los dos.

Recogió la leche que estaba en la puerta y saludó con la mano a la vecina de enfrente. Encontró a la gatita con sus gatitos en el anexo de la cocina acurrucados en una caja con la toalla vieja en el fondo y se preguntó que pasaría con la sábana.

Todo el día estuvo pensando cómo podía seguir viviendo con el corazón destrozado. Como él le prometió, mandó al plomero a instalar la cañería para el baño y ella se las ingenió para mantener una charla animada. Seleccionó los platillos para la cena, pulió y limpió la casa hasta que no quedó huella de polvo. Pero la tristeza persistió, un constante y doloroso pesar por algo que pudo haber sido, pero que nunca tuvo una verdadera posibilidad.

– ¿El señor Blake? -no pudo telefonear, pero si encontró el tiempo para llamar a los plomeros. Se sonrojó de ira-. En ese caso, pasen por favor,-se hizo a un lado y observó como pisaban con sus botas sucias la alfombra y la escalera que tanto había limpiado. Prometió hablar con el señor Blake en cuanto apareciera, sobre su tino de escoger el momento apropiado.

Incapaz de observar el caos, se retiró a la cocina y prosiguió con los preparativos de la cena. Luego dejó a los hombres martillando arriba y fue al salón de belleza.

Capítulo 7

CASEY trabajó todo el lunes pendiente del teléfono, esperando que Gil la llamara, y furiosa consigo misma por esperar que lo hiciera. En la sexta falsa alarma, después de levantar el auricular para responder a vendedores ofreciéndole mercancía, o a gente pidiendo trabajo, decidió salir y olvidar el teléfono.

Después de revisar el armario de Gil comprobó que sólo se había llevado un cambio de ropa y un maletín. Decía en su nota que regresaría para la fiesta; tenía que aceptarlo y seguir adelante como pudiera. Pero el lecho donde añoraba dormir sola resultó frío y tan vacío sin él, que no pudo conciliar el sueño.

Pasó la mañana del martes reacomodando la sala para darle cabida a la mesa de la cocina. La cubrió con una tela gruesa para disimular su estado deplorable; acomodó los platos y cubiertos, y la adornó con flores en el centro. En ese momento llegó el plomero con los muebles de baño. Ella contempló azorada el camión y los trabajadores esperando para descargarlo.

– ¡No, ahora no se puede!

– Ordenes del señor Blake, señora -su compañero asintió con la cabeza-. Dejó dicho ayer que debían estar instalados para esta noche.

Para cuando regresó los plomeros habían terminado y el baño quedó instalado. A pesar del desorden, Casey quedó complacida, pasó la mano por la reluciente superficie blanca, imaginándose el placer de sumergirse allí en burbujas calientes que no necesitaban vaciarse en el patio. Pulió los paneles de caoba con cuidado y prometió darse un buen baño cuando regresara de ordenar de nuevo la sala.

A las seis y media acabó con el quehacer. Casey puso el tapón en la tina y abrió las llaves, observando con satisfacción cómo salía el agua caliente. Añadió sales de baño y después de mirar su reloj decidió que podía tomarse quince minutos de lujo total. Pasaron dos minutos después de que entró en la tina cuando sonó el teléfono, que se encontraba en la planta baja.

Estaba segura de que era Gil. Era tan inoportuno que no podía ser otra persona. Medio enfadada y medio divertida, salió envuelta en una toalla y bajó corriendo por la escalera.

– ¿Gil? -contestó.

– ¿Señora Blake? Soy Darlene Forster. Casey se puso nerviosa al escuchar el pesado acento australiano.

– ¿Darlene Forster?

– La asistente personal de Gil. Me telefoneó para pedirme que le preguntara si quedo instalado el baño, y que le recordara que no debía usarlo durante veinticuatro horas. No tengo idea por qué.

– ¿Darlene? -murmuró Casey-. Es un nombre muy poco común.

– No en Australia, señora Blake -respondió la mujer y se rió-.

¿Quedó bien el baño? -le preguntó después de una pausa.

– Sí. Muchas gracias. Quedó perfecto, me estaba yo… -Casey miró el auricular con horror-. ¿Que no debo usarlo en veinticuatro horas?

– Así es. Tiene algo que ver con el material que usaron los plomeros.

– Bueno, gracias por avisarme.

– Llámeme Darlene, por favor. Ah, y Gil me pidió que le avisara que llegará un poco tarde, pero llegará.

– Está bien. Bueno, gracias de nuevo -colgó el auricular y regresó despacio a la escalera. ¿Darlene? ¿Darling? ¿Pude oír mal? ¿Dos veces? Por un buen rato contempló la tina. Luego, furiosa, quitó el tapón.

– La moderna plomería -exclamó amargada y fue a vestirse para lacena.

Había pensado ponerse un pantalón de pinzas color turquesa, una blusa que hacía juego en turquesa y amatista, y unos zarcillos de amatista y oro. Colocó el brillante que Gil le había dado en su dedo, para parecer ante todos como la pareja perfecta dé recién casados.

Ya abajo encendió la chimenea y las luces y fue a la cocina a verificar los platillos. A las siete y media tocaron a la puerta los primeros invitados.

– ¡Casey! ¡Esto están raro! -Casey se molestó, pero sonrió dándoles la bienvenida.

– Me alegro que te guste, Alison. Hola Mike. Pasen, les voy a preparar una bebida.

La pareja miró alrededor y Casey notó cómo intercambiaban miradas. Decidió invitarlos con toda intención, segura de que no pasarían por alto ningún detalle para después comentarlo. De esta forma todos se enterarían del chisme y luego lo olvidarían. Eso esperaba. Sirvió unas bebidas y llamaron nuevamente a la puerta. Era Charlotte, para alivio suyo; le llevó bastante correo y un abrazo cariñoso.

– ¡Una verdadera chimenea! ¡Qué encantador! -exclamó la chica estirando las manos sobre ella. Tomó una copa y de inmediato comenzó a charlar con Alison y Mike con mucha seguridad, sobre negocios. Los últimos tres invitados llegaron al fin, y no mostraron sorpresa ante la casa, por su buena educación.

– Temo que Gil se atrasó un poco -explicó Casey-. Cuestión de negocios.

Se decidió por no esperar más la comida y estaba en la cocina con Charlotte, cuando escucharon la llave de Gil en la cerradura.

– Deja que yo me encargue -insistió Charlotte y la empujó afuera de la cocina.

Casey no sabía cómo recibir a su marido frente a los invitados. Se separaron disgustados, pero con todas esas personas observándolos debía portarse a la altura. Se preguntó ansiosa si esperarían que le echara los brazos al cuello. Su indecisión desapareció en el momento de mirarlo.

– ¡Gilliam Blake! -explotó.

El se detuvo para quitarse un par de botas enlodadas. Llevaba unos jeans manchados con concreto y su cabello negro estaba blanqueado con la misma sustancia.

– Lo siento. ¿Debí entrar por la puerta de atrás? -le brillaron los ojos al contemplar la elegancia de sus invitados, y la mesa servida con cubiertos de plata, sobre un mantel blanco, impecable.

Ella contuvo un agrio comentario y esbozó una forzada sonrisa.

– No digas tonterías -caminó hacia él, planeando abrazarlo, pero una mirada a su camisa la hizo cambiar de opinión.

– Tuve un problema con una mezcladora de cemento -explicó él a sus alegres invitados-. Y no puede uno dejarlo. Si él concreto cae en el tambor es una pesadilla -con las botas en una mano, entró a la sala y, con una sonrisa que arrugaba sus ojos, se inclinó y besó a Casey en plena boca-. Olvida la cena, prefiero comerte a ti.

– Vestido así, ¡olvídalo!

– Aguafiestas. ¿Vinieron los del baño?

– ¡Estoy segura que Darlene te informó! -exclamó ella entre dientes, consciente de que él estaba haciendo un espectáculo de los dos frente a sus amigos.

– En seguida bajo -Gil sonrió y le besó la nariz antes de desaparecer por la escalera.

Ella ofreció más bebidas, mientras esperaban, y se ruborizó al percatarse de que todos tenían la vista puesta en ella.

– El amor de la juventud es algo extraordinario -comentó Alison con alegre tolerancia, al aceptar una copa de vino.

Gil reapareció en menos de quince minutos, inmaculado, con un pantalón gris que hacía juego con la camisa más oscura, con rayas color vino y una corbata lisa. Ella hizo las presentaciones formales, pero Gil se detuvo cuando llegaron frente a Charlotte.

– Ya nos conocemos, ¿no es cierto?

– Fui dama de honor de Casey. Charlotte Spearing.

– Ciertamente. ¿Charlotte? Ustedes dos compartían un apartamento, ¿verdad?

– Sí. Por favor llámame Charlie. Así me llaman todos.

– ¿Esta es Charlie? -Gil levantó la vista hacia Casey.

– ¿No te lo había dicho? -Casey sonrió con inocencia y siguió presentándolos. Gil estrechó las manos de los hombres y coqueteó descaradamente con las mujeres, besándoles la mano. Casey lo observaba impotente mientras él se ganaba la simpatía del grupo en unos minutos.

– ¿Oí decir que acaban de acondicionar un nuevo baño? -Casey escuchó que alguien hacía la pregunta.

– Sí -respondió Gil, mirándola desde lejos-. No le parecía bien la tina de hojalata frente a la chimenea, lástima -luego notando la expresión en blanco de su interlocutor, añadió-: La casa no tenía baño cuando nos mudamos..

– ¡Válgame Dios!

– ¿No los ha llevado Casey a recorrer la casa? -preguntó sorprendido.

– Todavía no -interrumpió Casey pasando un platón.

– Maravilloso. Espárragos -él pasó la salsa a Charlotte-. Claro que apenas comenzó a remodelar la casa. Es que sólo han pasado once días y hemos estado… muy ocupados -se inclinó para besarle la punta de los dedos de la mano. Ella la hubiera retirado, pero él la sostenía con firmeza-. ¿Verdad, amorcito? -preguntó haciendo énfasis en el piropo.

– Muy ocupados.

– ¿Tanto como para que no puedas cooperar para el baile de las rosas? -interrumpió Alison.

– ¿El baile de las rosas?-preguntó Gil, mirando a las dos.

– Un baile de caridad que organiza el club de junio. Casey y su madre siempre se encargan de las decoraciones.

– No estoy segura de que pueda hacerlo este año. Mi madre está de viaje…

– Ah sí -interrumpió Gil-. Ya recuerdo. Mi madre siempre cooperaba también -sonrió ante los rostros intrigados y cordiales-. En la cocina.

– Y lo preside la señora Hetherington -se apresuró a señalar Casey en medio del súbito silencio, con el propósito decidido de acabar con el asunto.

– No pueden evitarlo para siempre, Casey -declaró Alison al recuperar la voz-. Menos ahora que Gil es miembro. Será mejor que resuelvan el asunto de una vez por todas.

– Creo que Casey está sugiriendo que la señora Hetherington no va a aceptar su intervención -intercaló Charlotte, al notar que Casey estaba muda y boquiabierta ante la inusitada noticia. La lista de espera para ingresar como miembro al Golf y Country Club de Melchester era de años. La conversación continuó alrededor.

– ¿Crees que cuenta con tantas personas talentosas que puedan cooperar con ella como para darse el lujo de rechazar a quien quiera? Deseará que sus años como presidenta sean los mejores, y para eso necesita a Casey. Lo quiera o no.

– Di que aceptarás-insistió Alison.

– Creo que deberías hacerlo, querida -murmuró Gil al volverse ella a verlo-. Debes seguir con las tradiciones familiares.

– Si la señora Hetherington me lo pide, aceptaré con mucho gusto -declaró ella pasando saliva. Charlotte la ayudo a recoger los platos y entró a la cocina.

– ¡Casey! -Casey entró para encontrarla mirando arriba hacia el conducto de luz por donde un goteo constante estaba haciendo un charco de agua en el suelo.

– ¡Maldición!

– ¿Qué hacemos? -susurró Charlotte.

– ¿Qué tal si desaparecemos de puntillas por la puerta de atrás? -sugirió Casey.

– ¡No es momento para bromas! -Charlotte rió suavemente escuchando una carcajada que venía de la sala.

– ¿Quién está bromeando? -dijo Casey amargada-. No podemos hacer nada. Vamos a sacar la comida de aquí mientras tengamos luz -apenas acababa de decirlo cuando se fundió el fusible y la cocina quedó a oscuras.

Gil apareció en la puerta, con una de las velas de la mesa, que apenas iluminaba la cocina. La levantó para revisar la instalación eléctrica.

– ¿Puede esperar la cena hasta que repare el fusible, o seguimos a la luz de las velas? -preguntó incidentalmente.

– Deja la vela y nos las arreglaremos -respondió Casey de inmediato, dándose cuenta de que su tono de voz era engañoso. Gil sabía muy bien qué había pasado y se lo iba a reclamar en cuanto estuvieran solos-. Al menos, la estufa es de gas -añadió.

– Puede ser -fue su único comentario, pero dejó la vela y regresó con los invitados.

Era ya muy tarde cuando cerraron la puerta detrás de los últimos invitados y Casey se recargó en ella, revisando el desorden de la fiesta a la luz de las velas.

– Voy a reparar el fusible -dijo Gil.

– No hace falta. Tenemos suficientes velas. Yo lo haré en la mañana.

– ¿Y el congelador?

– Está funcionando. Es diferente circuito. Sólo se apagaron las luces.

– Entonces puede esperar -hizo una pausa-. ¿No te avisó Darlene que no deberías usar el baño?

– Cuando telefoneó ya era demasiado tarde -lo miró y descubrió que se reía de ella-. Lo siento.

– No importa. Necesitamos revisar toda la instalación eléctrica. Aprovecharemos la ocasión. ¿Qué te parece un brandy antes de dormir?

– ¿Piensas quedarte aquí? -preguntó ella sorprendida.

– ¿Quedarme? Claro que pienso quedarme. ¿Adonde quieres que vaya a estas horas?

– ¿Por qué no me lo dices? ¿Quizás al mismo sitio donde dormiste ayer por la noche?

– Tuve que asistir a varias citas en Londres y sabía que acabarían tarde, de modo que me quedé en la ciudad -sirvió dos copas de brandy y le ofreció una-. Pudiste haber llamado a la oficina si me necesitabas. Darlene Forster siempre sabe dónde estoy.

– ¡No tengo la menor duda! -a él le causó gracia su irritación.

– Yo mismo te lo hubiera dicho, pero estabas dormida cuando subí al desván y no quise despertarte -la contempló-. Tuviste una noche bastante agitada entre una cosa y otra. ¿Y, cómo están los gatitos?

– Muy bien.

– Tengo nuestra sábana en el auto. Darlene la llevó a la tintorería.

– Es un tesoro esa mujer. Trabaja tantas horas; debe valer su peso en oro -comentó ella con ironía.

– Definitivamente. Es guapa además, morena y curvilínea. Ya sabes, del tipo que me gustan -Casey sintió sus dedos transformarse en garras cuando recordó a Gil entrando al ascensor en el Hotel Melchester. De modo que esa era Darlene. Gil le sonrió-. Salud -dijo y se desperezó frente a las llamas de la chimenea-. Fue todo un éxito la cena, ¿no te parece?

– Imagínate. Para mañana a mediodía todo el pueblo conocerá los detalles de nuestra "joya" de residencia -sorbió un trago y contempló a la luz de la chimenea al hombre con quien se había casado. Se veía fatigado. Lo que fuera que tuvo que hacer en Londres fue pesado y Casey comprendió que sabía muy poco acerca de él. Sólo lo que le contó de cómo empezó a construir sus negocios de la nada.

Sin embargo, cuando su padre fue dueño de la compañía, nunca tuvo necesidad de citas nocturnas en Londres. El la miró a su vez.

– ¿Qué? -preguntó como si percibiera las dudas en su mente.

– Estaba curiosa acerca del aspecto de albañil que tenías cuando llegaste -reclamó ella. El soltó una carcajada y de pronto ya no parecía tan cansado.

– ¿No fue divertido? Debiste ver tu expresión. Aunque fue verdad que tuvimos un problema con la mezcladora y estábamos por hacer un vaciado grande de concreto. Uno de los trabajadores me prestó ropa y logramos que funcionara.

– ¡Qué heroico! -bromeó ella, pero le daba satisfacción la imagen del Gil sudando y haciendo esfuerzos. Se parecía más al hombre de quien se enamoró.

– Iba a ducharme y a ponerme un traje, pero no pude resistir hacer la actuación. ¿Crees que se impresionaron?

– Se emocionaron. Menos mal que ya te aceptaron como miembro del Club o tu actuación te hubiera costado bastante.

– ¿Crees? ¿Después de que tu padre me recomendó tanto?

– Mi padre esperó cuatro años antes de ser miembro, si mal no recuerdo, e incluso fueron las obras de caridad de mi madre lo que logró que finalmente lo admitieran -señaló Casey, enferma de repente por el juego que estaban jugando-. No sé cómo te las arreglaste, Gil, pero estoy segura de que necesitabas algo más que una palabra de recomendación de mi padre para pasar por encima de la lista de espera -se puso de pie-. No se te olvide llevar la sábana cuando subas. La extraño.

, E^se incorporó un poco y ella se quedó parada desafiándolo, esperando que la cargara y la subiera por la escalera, como lo hizo aquel primer día, y la convirtiera en su verdadera esposa. Por un breve instante que congeló su corazón, creyó que lo iba a hacer.

– Pídemelo, Casey -murmuró él-. Pídemelo de buena manera -los dos sabían que no hablaba de la sábana. No tenía nada que ver con el ambiente que existía entre ellos. Casey se quedó hipnotizada, incapaz de retroceder ni avanzar-. ¡Pídemelo! -exigió él, con voz dura y enérgica.

– ¡No! -en el mismo instante de pronunciar la palabra, se arrepintió, pero era demasiado tarde, y Gil se desplomó en el sillón, concentrado en el fuego de la chimenea.

– Buenas noches, Casey -era una despedida. Reacia, Casey subió por la escalera, pero a pesar de que estuvo mucho tiempo despierta él no la siguió.

– Casey Blake.

– Casey. Querida -la voz de la señora Hetherington se oyó condescendiente desde el otro extremo de la línea telefónica-. ¿Cómo estás? -Casey sintió una gran desilusión. Pasaron varios días desde la cena y tenía la esperanza de que la madre de Michael hubiera vetado su intervención en el baile de las rosas.

– Muy bien, gracias. ¿Y usted?

– Muy bien.

Se hizo un incómodo silencio mientras Casey dudaba si debería preguntar cómo estaba Michael, pero antes de decidirlo la señora Hetherington habló sobre la solicitud de su cooperación.

– Me doy cuenta que será un poco incómodo para ambas, pero ya somos personas adultas y sería ridículo permitir que este desafortunado acontecimiento destruyera una amistad tan larga entre nuestras familias. Michael ha reaccionado bastante bien después de todo: Fue un shock, claro. Pero yo le expliqué que cualquier chica puede perder la cabeza…

– ¿Perder la cabeza? -repitió la joven pasmada, pero la señora continuó.

…y qué bueno que fue antes de que cometieras el error de casarte con él. Ya ha aceptado la situación.

Casey tragó el veneno en las palabras de la señora y comprendió que, aunque se merecía el reproche, nadie soportaría a esa detestable mujer de suegra.

– La ayudaré con mucho gusto, señora Hetherington. Es lo que mi madre quisiera, estoy segura.

– Tenemos junta hoy en la tarde. Comprendo que no es hora para avisarte.

– No hay problema -la interrumpió ella. Era como ir al dentista; mientras menos se piense, mejor. Anotó la hora y colgó.

– ¿Perdí la cabeza? -se preguntó-. ¿Por qué? -luego empezó a sonar de nuevo el teléfono y por algún tiempo el trabajo distrajo todos sus pensamientos.

A pesar de haber dicho que no tendría problema para llegar a tiempo a la cita, Casey estuvo ocupada contestando y haciendo llamadas por teléfono, de modo que salió un poco atrasada. Al salir rápidamente de su casa, se encontró con que su auto tenía un neumático averiado y no había tiempo para cambiarlo.

– ¡Maldición! -sacó el teléfono de su bolsa y marcó el número de la compañía de taxis. Llegó tarde, murmuró sus disculpas y tomó asiento, puesto que la junta ya había comenzado.

La señora Hetherington creía en juntas formales de los comités. Pasaron dos horas antes de que llegaran a un acuerdo sobre un tema, repartieron responsabilidades y por fin pudieron dar término a la sesión.

– Creo que nos merecemos una copa de jerez -ofreció satisfecha la señora Hetherington.

– ¿Me permitiría llamar para pedir un taxi? -le pidió Casey mirando el reloj.

– Con mucho gusto. Puedes llamar. Ya sabes dónde está el teléfono.

Casey pudo usar su propio teléfono, pero ansiaba la oportunidad de escapar de la abrumadora cortesía de su anfitriona, aunque fuera por unos minutos. En el pasillo descolgó el auricular y trató de recordar el número de los taxis. Mientras lo lograba, se abrió la puerta principal y apareció Michael, boquiabierto, en el umbral.

– ¡Casey!

– Hola Michael.

– ¿Qué diantres…?

– Baile de la rosa -ella no pudo contener la risa por la conversación taquigráfica de dos personas que habían sido amigas durante tanto tiempo.

– Me da gusto verte, Casey. ¿Cómo has estado? -tomó su mano y la miró con ansiedad-. Has perdido peso.

– He estado ocupada -señaló el teléfono-. Estoy pidiendo un taxi. Se averió mi neumático.

– No te molestes. Yo te llevaré a tu casa.

– No creo…

– Por favor, Casey -lo dijo con insistencia-. Ahora que estás aquí, quiero pedirte un favor -movió la cabeza en dirección a la sala de juntas y no fue necesaria más explicación. No quería que su madre lo oyera-. Te espero en el auto.

Cinco minutos después se estacionaron en un recodo del camino que conducía a Melchester.

– ¿Qué sucede, Michael?

– Quiero que invites a alguien a que te ayude en el subcomité de decoraciones.

– Bueno…

– No tengo idea si te pueda ayudar, pero no se me ocurre otra manera de poder llevarla al baile.

– ¿No puedes invitarla y ya? -sugirió cortésmente.

– No es tan fácil.

– Ah, entiendo -Casey sonrió-. ¿Tu mamá no lo aprueba?

– Mi mamá no sabe -declaró él con súbito vigor-. Y no lo sabrá hasta que sea demasiado tarde para meterse con nosotros. Jennie es secretaria en la oficina.

– Caramba -dijo ella ocultando una sonrisa al pensar en la esperada reacción de la madre.

– Oh, Casey -él dio la vuelta impulsivamente para mirarla-. No concebía que me abandonaras. Estaba tan furioso. Pero, ahora, veo todo tan claro. Cuando es amor verdadero, no puedes hacer nada ¿no es asi?

– Sí, Michael, así es -ella rió y tomó su mano-. No sabes cuánto me alegro de saber que has encontrado a alguien. Dame su número telefónico. Me acabo de dar cuenta de que necesito a alguien que anote todo para mi subcomité. Y con mucho gusto te invito a compartir nuestra mesa, si quieres. Después de todo, Jennie necesita un acompañante. -¿No le importará a tu esposo?

– No tendría motivo.

– No -él sonrió-. Yo debería saberlo. Toma. Ya lo anoté -le entregó un pedazo de papel, se inclinó y besó su mejilla-. Eres una joya.

– Esa soy yo. La señorita joya, la hija del constructor -dijo y se rió.

– Ya no, Casey. Ahora eres la señora Joya, la esposa del constructor.

– Sí, claro -asintió ella y bajó la vista-. Qué tonta.

– Bueno, será mejor que te lleve a tu casa. Antes de que el señor Joya venga a buscarte. Estás viviendo en Ladysmith Terrace mientras la casa está lista, ¿verdad?

– Sí -ella pasó saliva. No iba a revelarle que Aiinisgarth ya había sido vendida. Descubrió que incluso pudo sonreír. El teléfono indiscreto en Melchester estaba vivito y funcionando.

Cuando entró encontró a Gil en la cocina. Estaba golpeando un filete con todas sus fuerzas y no se movió cuando ella entró.

– Ya cambié tu llanta -había algo amenazador en su voz que indicaba tormenta y ella contempló su espalda tensa con angustia.

– Gracias. No me dio tiempo -trató de bromear-.La señora Hetherington me citó a una junta y tuve que llamar a un taxi. De todos modos llegué tarde. Imperdonable. La vi poner un cero junto a mi nombre.

– ¿De veras? -él la miró de una forma en que ella se percató de su furia-. ¿Entonces sólo te trajeron de regreso?

– ¿Perdón?

– Puedes empezar a hacer eso, Casey Blake. Puedes y deberías pedirme perdón. ¿Cuántas otras personas crees que los vieron acaramelados a ti y a tu novio a plena luz del día en el periférico?

Capítulo 8

– ¡Acaramelados! -se estremeció cuando Gil golpeó el filete de nuevo. El casto beso de Michael en su mejilla no podía describirse de esa manera. Luego, cuando se percató de lo que lo puso tan furioso, soltó una carcajada. Estaba celoso. En verdad, bastante celoso. Le dirigió una mirada de nuevo, contemplándola como si se hubiera vuelto loca.

– ¿De qué te ríes? -preguntó.

– De nada -respondió ella tomando aire-. Será mejor que me pases los hongos si quieres que sobrevivan.

– ¿Hongos? -rugió él sacudiéndola por los hombros-. ¡Qué me importan a mí los hongos! -la besó en la boca con ira y por un momento ella se quedó inmovilizada de asombro. Uiego entreabrió los labios y respondió a la caricia. Su bolso cayó al suelo cuando lo abrazó por la nuca y acarició los rizos de su cabello.

Pero él no hizo intentos de seducirla, ignoró todas sus señales de rendición, dejando que la ira se apoderara de todo su ser hasta que al final, sin poder respirar, lo golpeó en el pecho desesperada por tomar aire. Al fin la soltó y cuando ella retrocedió balanceándose, vio el triunfo reflejado en sus ojos.

– Eres mía, Casey. Te compré y pagué por ti. Nadie más podrá tenerte. ¿Me oyes? -la vena en su frente latía con fuerza cuando se acercó de nuevo a ella, que retrocedió, congelada hasta los huesos por el rechazo de su entrega voluntaria y en control de sí misma.

– Pídemelo, Gil -exigió, respirando con dificultad-. Pídemelo de buena manera -él se detuvo con la expresión ensombrecida por el esfuerzo que hizo por controlarse, y apretó los puños.

– Maldición, Casey. Creí que ya estábamos de acuerdo; ibas a ser tú la que deberías pedirlo.

– También yo -exclamó Casey-. Creí por un momento que lo olvidaste.

– Quizá verte en brazos de Michael me hizo olvidarlo -tenía la mirada fría y ella se estremeció.

– ¿Tu crees, Gil? -Casey quiso explicarle. Pero él no creyó necesario aclararle a ella por qué subió al ascensor en el Hotel Melchester con el brazo sobre el hombro de Darlene diciéndole que había sido "un infierno sin ella". Bueno, pues al "infierno" con las explicaciones- Quizá debiste mantener la vista en la carretera -le gritó, y sus ojos azules centellearon peligrosamente. El se acercó y clavó las manos en sus brazos hasta que ella gritó:

– ¡Gil! ¡Me estás lastimando! y por un momento se quedaron así, dominados por la ira. Luego. Gil se estremeció y aflojó las manos.

– ¿Mantener la vista en la carretera?

– Es más seguro. Para todos. ¿No crees?

– No cabe duda alguna -su tono de voz era hiriente-. Trataré de recordarlo en el futuro -miró el filete con disgusto y le preguntó-: ¿Cómo lo quieres?

Casey lanzó un profundo suspiro al notar que estaba disminuyendo la tensión entre ellos y frotó con cuidado sus brazos. Contempló un momento la carne y respondió:

– Casi crudo, creo. Sí, casi crudo -repitió consciente de que su voz temblaba.

– ¿Sangrante? -Gil esbozó una sonrisa irónica-. Pero definitivamente no subyugado.

– Pásame los hongos, Gil -dijo ella-. Ha sido un largo día y estoy exhausta.

– ¿Que tal está quedando la casa? -Gil levantó por fin la vista de la carta que hasta ese momento captó toda su atención en el desayuno. Casey, también distraída por una larga carta de su madre, levantó la vista.

– ¿Qué? Ah, ya escogí el papel tapiz para la recámara, pero no sé cuándo podré empezar. He aceptado otros dos contratos esta semana -comentó-. Mi mamá y mi papá parece que se divierten en grande. Mi padre está mucho mejor.

– Cuando menos, eso es una buena noticia. Pero no me refería a esa casa, Casey. Puedo ver lo que estás haciendo aquí. Es más, tengo que vivir con lo que le haces a esta casa. Por favor, ¿podrías dejar nuestra recámara como está? -ella lo miró y respondió:

– Como gustes.

– Así me gusta -declaró él con sentimiento-. Estaba hablando de Annisgarth. ¿Cuánto tiempo tomará terminarla.

– ¿Annisgarth?

– ¿Crees que podrías prestarme atención un minuto? -Gil suspiró-. ¿O es tu madre tan apasionante en sus cartas,

Casey se sonrojó. La primera era ciertamente más interesante de lo que Gil imaginaba y por el momento no estaba segura de cómo manejar lo que su madre le contó. Guardó la carta, dejando el resto para después, y prestó atención a Gil.

– Lo siento. En un par de semanas habremos terminado Annisgarth. ¿Por qué tanto interés de pronto?

– Siempre estoy interesado en todo lo que te concierne, Casey -declaró con ojos inexpresivos-. Y quiero decir todo. Tú has sido lo más importante para mí desde la primera vez que te besé -sacudió su cabeza como para aclarar sus pensamientos-. Quería saber cuándo terminas porque pienso que debemos salir de viaje por algunos días.

– ¿Una luna de miel pospuesta? -Casey abrió los ojos y levantó las cejas, cuidando de no revelar el acelerado ritmo de su corazón-. ¿Han mejorado tanto tus negocios que puedes darte el lujo de tomar vacaciones?

– No te sienta bien el sarcasmo, Casey -Gil bajó su carta y la miró de frente-. He contratado a las personas indicadas para que administren Construcciones O'Connor. Nunca tuve intenciones de dirigirla personalmente, pero nuestro matrimonio es otra cosa. Creo que ha llegado el momento en que ambos consideremos si tiene algún sentido seguir con nuestra situación actual.

Casey sintió que palidecía.

– La casa estará terminada en un par de semanas. Y luego tenemos el baile. Podrías… -tuvo que aclararse la garganta- ¿podrías esperar hasta entonces?

– Tendré que hacerlo, por lo visto -respondió él sin revelar emoción alguna; sin embargo, Casey estaba segura de que había aumentado la tensión en su rostro-. Pero no más. Todo hombre tiene sus límites y parece que yo sobrestimé mi capacidad de resistencia.

– ¿De resistencia, Gil? -preguntó ella en voz baja.

– Estoy seguro que no tengo que explicarte lo que es para mí pasar todas las noches a tu lado y esperar a que recapacites -Casey ahogó el sentimiento de compasión que surgió en su garganta.

– Podrías pedir…

– De buena manera. Ya lo sé -la interrumpió él con tristeza-. No, gracias -hizo una pausa como esperando algo de ella. Luego se encogió de hombros-. Entonces, hasta el famoso baile.

– Sí. He aceptado otro trabajo, pero lo puedo posponer una semana -esperó, deseando que él continuara el tema, pero sólo asintió con la cabeza.

Ella lo observó mientras leía el resto de su correspondencia con la cabeza inclinada. Parecía tenso y fatigado y el espejo le revelaba que ella no se veía mejor. Gil tenía razón. Ya había llegado el momento de aclarar las cosas entre ellos.

Pasó demasiadas noches en veía por la cercanía de su cuerpo. Anhelaba acariciarlo, pero no encontraba el momento adecuado, las palabras correctas. Si tan sólo le dijera alguna frase de amor, se atrevería. El no era el único que estaba pasando una prueba de resistencia.

En vez de eso, él insistía en que ella era de su propiedad; que la compró junto con el negocio y su orgullo herido exigía que él fuera quien diera el primer paso que ofreciera algún símbolo de que la necesitaba.

Pero tenía miedo, mucho miedo de que, a menos que ella lo presionara hasta que perdiera el control, él no reaccionaría como ella quisiera. Y quizás era mucha ambición si esperaba que le dijera que la amaba. Después de todo, él nunca se lo había dicho cuando se conocieron, y ella estaba más que dispuesta a ser su amante. Quizá su amor sería suficiente para los dos.

Tuvo que pasar un mes antes de que pudieran irse de viaje, y la idea de pasar todo un mes como el anterior era insoportable. Después de la discusión que tuvieron cuando Gil vio como la besaba Michael, él se encerró en una concha. Ya no se burlaba de su debilidad, ni bromeaba cuando estaban solos. En público representaba el papel de marido devoto, pero en privado actuaba con intensa y dolo-rosa cortesía.

Acarició la hermosa rosa roja que estaba en la mesa del desayuno, testigo de que pasó una semana más desde la boda. Pero desde aquel primer sábado cuando subió el desayuno y lo tomaron mientras él estaba sentado en el borde de la cama, era más un signo de admiración que un símbolo de amor. Un recordatorio de que estaban viviendo con una bomba de tiempo a punto de explotar. Y ambos eran conscientes de que debían andar con cuidado, porque un paso en falso volaría en pedazos sus vidas separándolos para siempre. El levantó la vista y la sorprendió mirándolo.

– ¿En qué estás pensando? -le preguntó con curiosidad.

– En nada -respondió ella y sonrió-. Nada-él entrecerró los ojos.

– ¿De veras? -insistió él -como ella no respondió se puso de pie y miró el reloj-. ¿No vas a llegar tarde con las Brownies?

– ¿Brownies? -ella despertó de su ensueño y se puso de pie-. ¡Válgame Dios! La junta es hoy aquí. Lo siento, debí prevenirte, pero… como siempre te vas inmediatamente después de desayunar, no creí que estarías en casa y que te iban a molestar.

– ¿Quién dijo que molestan? -la retó él con enfado-. ¿O crees qué les estorbaría?

– No -ella movió la cabeza sorprendida por la vehemencia de su reacción. A menos que tú quieras irte. Las niñas vienen a conocer a los gatitos. Así podrán ganarse sus distintivos por querer a los animales -sonrió y añadió-: Y si de paso puedo encontrar hogar para algunos…

– ¡Oh, tramposa! -él respondió con otra sonrisa y ella se rió.

– Definitivamente. Pero primero lo discutiré con las mamas antes de aceptar ningún pedido -Casey se sobresaltó al oír que llamaban a la puerta-. Debe ser Matty.

– Ve a abrirle -ella titubeó, anhelando poder abrazarlo y besarlo El le dio un ligero empujón en dirección a la puerta principal

"Anda. Creerá que no estás en casa -volvieron a llamar y ella salió de mala gana, consciente de que él la miraba con una pequeña y amarga sonrisa.

– ¿Llegué demasiado temprano? -preguntó Matty sin aliento, dejando caer una bolsa en la silla más cercana-. Te voy a ser sincera, creí que ya era tarde y vine corriendo.

– Llegaste en punto. Las niñas tardarán por lo menos otros quince minutos.

– Hola Matty -Gil la saludó con afecto-. Tenemos café, ¿gustas tomar una taza? -Matty levantó una ceja y bromeó;

– ¿Eso quiere decir que él lo preparó, Casey?

– ¡Ni Dios lo quiera! -exclamó Casey, con mayor entusiasmo del que hubiera querido y vio que Matty levantaba la ceja.

– Si no te importa, me encantaría tomar café, Gil.

– Claro que no importa, es un placer tratándose de ti Matty -respondió Gil con naturalidad y Matty soltó una carcajada.

– Guarda tus gentilezas para las secretarias en tu oficina, Gil. Son lo bastante jóvenes y quizá lo bastante tontas como para creerte.

– Me creen -dijo él-. Y lo son -lanzó una mirada a Casey-. Y Casey puede servirme otra a mí cuando te traiga la tuya.

Matty movió la cabeza y riendo aún acompañó a Casey a la cocina.

– A mí no me engaña -declaró-. Gil es definitivamente hombre de una sola mujer.

– ¿Existe tal animal?

– Cada vez menos, querida. Pero, sí existen -la miró de frente-. ¿Lo dudas?

– No, claro que no -y cuando Gil se asomó en la puerta para pedir su café, trató con ganas de que su sonrisa mostrara cariño. A Matty nadie podía engañarla. El la contempló sorprendido cuando tomó su taza.

– Gracias, cariño -murmuró, y luego sonrió con malicia-.Y cuando les estés preparando a tus pequeños monstruos chocolate con galletas, no te vas a olvidar de mí tampoco, ¿verdad?

– ¡Chocolate y galletas! -exclamó Casey.

– Oh, te van a adorar -declaró Matty riéndose mientras Gil y Casey se miraban.

– A mí me gustaría -comentó él y antes de que ella pudiera responder tocaron a la puerta para avisar que llegaban las niñas. De inmediato ocuparon toda la casa, agrupándose para escribir sobre sus propias mascotas antes de conocer de dos en dos a la gata y a sus gatitos.

Gil sacó su cámara Polaroid y se ganó el corazón de las niñas tomando muchas fotografías de ellas con los gatitos, y luego le hicieron prometerles que podían verlos.de nuevo cuando quisieran. Casey suspiró aliviada cuando la última niña se despidió con timidez.

– Adiós señor Blake. Muchas gracias, señor Blake.

– Ya te arrepentirás de todo esto -le advirtió Casey cuando cerraba la puerta.

– No, te lo aseguro -Gil sacudió la cabeza-. Gocé cada instante -y era cierto, pensó ella. Trató a las niñas con cortesía y respetuosa paciencia y ellas respondieron con adoración total. Podía ser un perfecto padre-. De todas maneras será a ti a quién molestarán. Estás más en casa que yo -Casey soltó una carcajada.

– No las conoces Gil, estás equivocado. Te estarán acechando.

– No estaría mal, para variar, ¿no crees? -se quedaron mudos por un instante.

– ¿No irás a trabajar hoy? -preguntó al fin Casey.

– No, no pienso ir hoy a trabajar. Quiero pasar el día tranquilo en casa con mi mujer, si no te molesta. ¿O estoy interfiriendo con tus planes? ¿Qué pensabas hacer, Casey? Ir a almorzar en algún tranquilo restaurante con Michael, y luego pasar la tarde en cama…

Ella lo abofeteó tan fuerte en plena cara, que resonó en toda la habitación. Se quedó inmóvil viendo las huellas de su mano aparecer en la mejilla donde lo había golpeado, ignorando con ira las lágrimas que amenazaban ahogarla.

– ¿Ya te sientes mejor después de esto? -le brillaban los ojos a Gil cuando la retó.

– ¡Sí! -levantó de nuevo la mano, pero esta vez él estaba preparado, y detuvo su brazo a medio camino. Furiosa, ella levantó el otro brazo, pero él lo tomó con su mano libre y lo dominó a pesar del esfuerzo que ella hacía por librarse.

– No, Casey-le dijo él en tono amenazante-. Con una vez basta -la acercó bruscamente apresándola contra su pecho e inclinó el rostro poniendo su boca muy cerca de sus labios- Ahora mi turno.

La besó con fuerza y ella suspiró estremecida, apoyada en él levantó los brazos y entrelazó los dedos sobre los cabellos en su nuca, lo acercó más y abrió los labios. Cayeron al suelo, tirando la mesita y su lámpara mientras empezaban a desvestirse, enviaron la sudadera azul marino1 de ella al otro extremo de la sala, mientras ella desabotonaba la camisa con dedos temblorosos por la necesidad de acariciarlo, de abrazarlo, de sentir su piel cálida sobre ella. -Casey -gimió él.

– No hables… -luego ella empezó a gemir más y más ante las caricias en sus pechos. El le besó el cuello y fue bajando lentamente hasta sus senos, haciéndola contener el aliento por la intensidad del impulso sexual que la invadía, y desesperadamente con las piernas, se libró del pantalón. Gil levantó la cabeza, despojó a Casey del resto de la ropa, y la contempló mientras acariciaba sus piernas que lentamente ella abrió para invitar a sus caricias.

Gil terminó de desvestirse sin mayor ceremonia y por un instante ella pudo gozar de la gloria de contemplar su vigoroso y bronceado cuerpo. Luego él la inmovilizó en el suelo y ya no tenía escape posible, aunque ella quisiera.

Pero escapar era lo último que ella tenía en mente; estaba exactamente como quería, con Gil, bajo su cuerpo pulsante y duro, escuchando los suspiros de amor que tanto había anhelado en su oído, y sintiendo el ardor de la pasión al inundarla cuando se entregaba a él. Se abrazó febrilmente a Gil abriendo las caderas cuando la necesidad era ya casi dolorosa. Y cuando pensó que ya no podía soportarlo más, él la poseyó haciéndola gritar de profundo dolor y placer.

Durante un instante, Gil titubeó y ella notó la sorpresa en sus ojos; luego, con un feroz y agudo gemido, continuó aumentando la llama de pasión que encendió en ella hasta que se consumió a medida que el deseo explotaba en oleadas interminables de placer. Luego, Gil lanzó una exclamación salvaje mientras ella sentía su propia descarga, y después rodó cuidadosamente hasta quedar exhausto a su lado. Durante un breve momento quedaron ahí, luego él suspiró profundamente y se incorporó.

– Cuánto lo siento, Casey -dijo él y pasó los dedos entre sus cabellos-. Debiste advertírmelo.

– ¿Que era virgen? -sin el cuerpo de Gil que la cubriera se sentía de pronto muy desnuda. Se incorporó y colocó el mentón en las rodillas-. Supuse que lo averiguarías tú mismo -trató de sonreír… Tarde o temprano.

– Tarde, más bien, ¿no crees? -le brillaban los ojos mientras besaba con ternura los dedos de su mano.

– Ahora ya qué importa.

– Hubiera sido más considerado… -él levantó la vista y contempló la mano de Casey. Ella se ruborizó de alegría.

– Podrías ser más considerado… ahora.

– ¿Te duele? -él despejó de su rostro los cabellos húmedos y le besó la frente.

– No. Sólo la espalda… -Gil arrugó la frente preocupado mientras ella reparaba en algo que hizo-. Estaba acostada en una galleta a medio comer -Gil estalló en carcajadas.

– En ese caso, cariño mío, será conveniente que tratemos de llegar a la recámara antes de volver a hacer el amor -y sin esperar respuesta la levantó en sus brazos, subió con ella por la escalera y la depositó en el lecho-. Ahora, nos vamos a ir muy despacio -le murmuró cuando se recostaba también, se recargó en un codo para después acariciar con la punta de los dedos su pecho

– Ya que me lo pediste de buena manera -ella aceptó la broma y lo abrazó.

– ¿Quieres que te lo pida por favor?

– Sólo si quieres, señora Blake -respondió con los ojos sombreados por el deseo.

– Por favor, Gil, hazme el amor -antes de que pudiera terminar él buscó sus labios, encendiendo de nuevo la llama de la pasión en su cuerpo, acariciándola con sus dedos sensitivos para encender la hoguera que estuvo apagada tanto tiempo.

Tentativamente, ella empezó a acariciarle el cuello y todo el pecho. Se maravilló de la sensación de sus músculos contrayéndose al tocarlos con los dedos. Tímida, tocó su piel con la punta de la lengua y cuando el gimió levantó la vista, asombrada.

– Continúa-le suplicó él y ella sonrió con más confianza.

– ¿Eso te gusta? -le preguntó ella.

– ¡Bruja! ¡Sabes muy bien que sí!

– ¿Y esto? -ella deslizó la mano por su vientre.

– Más -rogó él sin aliento y ella titubeó.

Entusiasmada por el efecto que surtían sus caricias, eliminó todo rastro de timidez y continuo acariciándolo más abajo El perdió todo control. La recostó de frente y se ubicó sobre su cuerpo que estaba listo para él. Con un feroz grito de placer la penetró y no se movió hasta que ella le suplicó:

– ¡Por favor, Gil! -y ambos llegaron al éxtasis para después quedar dormidos uno en brazos del otro. Casey despertó para descubrir que Gil la contemplaba.

– Hola, señora Blake. ¿Cómo te sientes?

– Casada -respondió ella con una amplia sonrisa de satisfacción.

– Ya lo creo -él arrugó la frente preocupado-. ¿Y crees que te gustaría ser una esposa "de verdad"?

– Por lo que he experimentado hasta ahora, te aseguro que es mucho mejor que ser una "de mentira".

– Sí, tuve la impresión de que lo estabas disfrutando -él sonrió con satisfacción.

– ¿Y tú? ¿Lo disfrutaste, Gil?

– No tenías ni que preguntar. Claro que sí -le brillaron los ojos-. Te puedo decir que lo disfruté enormemente -se incorporó y ella se quejó cuando se alejó-. No debes ser tan ambiciosa, querida. Voy a llenar la tina para ti.

– Me parece maravilloso -declaró ella desperezándose-. Y me muero de hambre.

– Claro. Ya son las tres de la tarde, nos perdimos la hora del almuerzo.

Media hora después Casey alejó su plato y se recargó en la silla.

– Preparas una omelette exquisita, Gil -apoyó la cara en sus manos y lo contempló-. Todo lo haces tan bien.

– ¿De veras? -él hizo un gesto-. Casi arruiné nuestro matrimonio. Llegué al extremo de pensar que tendría que dejarte ir.

– ¿Irme? -ella palideció.

– Parecías tan infeliz, que me estabas rompiendo el corazón. Yo creía que mantenerte alejada de Michael sería una forma de venganza por haberme tratado tan mal hace años.

– No, Gil… -él pareció no escucharla.

– Tonterías. Descubrí que te amaba demasiado. Cuando lo vi besarte comprendí que tenía que dejarte ir con él si eso era lo que querías. No tenía sentido que ambos fuéramos infelices.

Ella acarició la idea de que la amaba, en su interior, manteniéndola ahí para pensar y atesorarla cuando tuviera tiempo de disfrutarla. Ahora tenía asuntos más importantes.

– Gil, escúchame -él levantó la vista ante su tono ansioso de voz-. Le envié un telex a mi madre.

– ¿Para qué demonios? -él levantó las cejas azorado.

– Fue por aquella carta en la que te avisaban que estabas despedido. Tan pronto la leí supe que no la escribió mi papá -él trató de interrumpir, pero ella sacudió la cabeza con impaciencia-. Mi papá no estudió mucho. Jamás escribiría una carta si puede arreglarlo con una llamada telefónica o una junta.

– No entiendo, Casey. ¿Qué me quieres decir?

– Mi padre se hubiera parado frente a ti y te hubiera dicho lo que pensaba cara a cara. Y dudo que te hubiera despedido. Era más seguro que exigiera te casaras conmigo -se puso a pensar-. Si hubiera acudido a él nos hubiéramos ahorrado tantas desdichas -agitó la cabeza. Se habrían terminado los sinsabores. Mi madre lo sabía, por eso supongo que nunca le pidió que hablara contigo. Verás, cuando ella presenció mi precipitada huida del bosque, tuvo el ingenio de esperar a ver quién me seguía. Luego se sentó a escribir esa correcta misiva de despido. Reconocí el tipo de letra de su máquina portátil. El cheque era para aliviar su conciencia.

– Pero la carta me estaba esperando en la oficina -señaló Gil.

– Mi madre es una mujer de muchos recursos. Tenía las llaves de la oficina. Pero no tienes que creerme. De eso trata la carta que recibí de ella. Es su confesión.- Tomo la misiva que estaba sobre la chimenea y se la entregó a él-.Léela tú mismo.

– ¿Pero, por qué, Casey? -preguntó él tomando la carta, sin intención de leerla.

– Mamá proviene de una familia "aristocrática de provincia", Gil. El Pony Club, el Colegio de Cheltenham para mujeres y todo eso. Conoció a papá, y su familia no lo aprobó -ella rió-. No podía hacer otra cosa, ¿comprendes? Lo único que tenía como recomendación eran unas anchas espaldas, una sonrisa que podía conquistar al mundo y una inclinación por los negocios. De modo que huyó con él.

– ¿Quieres decirme que se arrepintió? -preguntó Gil entrecerrando los ojos.

– No. No es eso. Adora a mi papá tanto como entonces, creo. Sin embargo, sabia cuanto se perdió.

– ¿Y no iba a permitir que tú cometieras el mismo sacrificio'?

– Lee la carta, Gil -ella se puso de pie-. Es una mescolanza extraña. Mitad disculpa y mitad justificación. Después de todo, no te hubieras ido a Australia a ganar una fortuna que nos salvó, si ella no te hubiera corrido -se limpió una lágrima que resbalaba por su mejilla.

Gil puso atención a la carta, mientras Casey le dio de comer a la gata; luego subió a arreglarse. La casa estaba tranquila, como esperando que Gil pasara lentamente hoja por hoja de la carta de su suegra. Ella preparó el té y después de servir dos tazas, las colocó en la mesa; se sentó frente a él, sintiendo una extraña sensación ante su callada y quieta concentración en la lectura.

Finalmente levantó la vista. Casey sintió un impacto al mirarlo a los ojos. No había ahí ninguna ternura; por el contrario, el hombre que acababa de hacerle el amor como si se acercara el fin del mundo, la miraba con inmenso y total desagrado.

– Muy interesante, Casey. Tú y tu padre merecen todas mis disculpas por haberlos juzgado, al menos entonces. Es una lástima que se te olvidara decirme que leyera el resto de la misiva.

– No sé de qué estás hablando -angustiada, la joven miraba a Gil y a la carta repetidamente.

– ¿No?

– Gil. Por favor. Sólo leí las primeras hojas. ¿Qué dice que te ha disgustado tanto?

– No te culpo por hacer la lucha, Casey -esbozó una mueca de burla-. Y tengo que admitir que me habías convencido -una vena brincaba en su frente-. De verdad, fui como arcilla en tus manos también, ¿no es cierto? Admitiendo lo mucho que te deseaba.

– ¡Gil! ¡Esto es una locura!

– ¿De veras? -él se puso de pie y pareció llenar la cocina-. ¿No te costó mucho trabajo representar esa escenita, ¿eh, Casey? Estaba yo preparado, listo para reaccionar en el momento en que me tocaras. Y no perdiste ni un instante. ¡Una palabra de tu madre avisándote que Gil Blake tiene una fortuna y te entregaste tan rápido como pudiste!

Capítulo 9

– ¡BASTA! -el grito de Casey interrumpió el discurso violento de Gil.

– ¿Qué pasa, cariño? ¿No puedes aceptar que te digan la verdad a secas? -y furioso, le impidió hacer el intento de negar sus acusaciones, cualesquiera que esas fueran-. Te quería, Casey. Y mucho. Parecías tan vulnerable, tan inocente. Y fui tan estúpido que pensé que correspondías a mis sentimientos. Risible, a decir verdad. Porque te esmeraste en dejar bien claro que sólo pretendías divertirte conmigo hasta que consiguieras el marido "adecuado"; pobre imbécil.

– ¡No, Gil…!

– ¡Oh, sí, Gil! -se burló él-. Y perdí la cabeza por completo. No era suficientemente bueno para que te casaras conmigo. ¡Pero con un demonio, me aseguré de que te daría algo para recordar! -soltó una carcajada-. Mal chiste. Tú supiste muy bien ponerle fin a eso.

Casey no pudo ya contener el llanto. No sabía por qué estaba llo¬rando. Sólo, que todo lo que había soñado en la vida estaba siendo destrozado en su cara.

– Estás equivocado -protestó ella, pero él no quiso escucharla.

– Durante años, lo único que me motivó fue la necesidad de borrar el recuerdo de cómo me humillaste. Fue esa imagen tuya la que me estimulo hasta que gané lo suficiente para comprarte. Claro que no esperaba que me amaras -sacudió la cabeza-. Ya el amor no formaba parte de la ecuación. Pero no tenía que ser un genio para saber que el dinero bastaría… -ella le dio la espalda tratando de huir, pero él la tomó de la muñeca y la obligó a mirarlo de frente-. Y descubrí que sabía hacer dinero, porque no tenía miedo de tomar riesgos. Soy igual que tu padre, Casey. Sólo que yo tomaba mayores riesgos porque no tenía nada que perder.

Casey estaba inmóvil, estupefacta por la amargura con que Gil le abría su alma. Un suspiro estremecedor escapó de sus labios. El soltó su muñeca y le dio la espalda, luego sus hombros cayeron.

– Yo resulté ser la víctima, Casey. El día que nos casamos aprendí que poseer tu cuerpo jamás sería suficiente, no si tu corazón estaba ausente. Descubrí que necesitaba poseerte completa -paso distraídamente los dedos entre sus cabellos-. Y por algún tiempo tenía la esperanza de que así sería. No inmediatamente. Pero estaba dispuesto a esperar -se enderezó-. Pero tú no tienes corazón, ¿verdad, Casey? ¿Sólo una pequeña bóveda de banco que únicamente abre para depósitos?

Confundida y anonadada por la impresión, incapaz de entender o sentir nada, aunque sabía que sufriría, miró en blanco su rígida espalda.

– Subiré mis cosas al desván -declaró ella sin expresión.

– ¡Eso si que no, Casey! -la miró con los ojos encendidos de ira-. No llevarás tus cosas a ningún lado. Ya he sido célibe por tu culpa demasiado tiempo -miró su reloj y maldijo en voz baja-. Tendremos que continuar esta interesantísima conversación en otro momento. Olvidé decirte… -la miró-, que llevaremos a cenar a Darlene y su esposo esta noche al Club. Les dije que pasaríamos a recogerlos a las siete y media -Casey salió de la parálisis mental que amenazaba dominarla.

– ¿Su esposo?

– Llegó de Sydney hace dos días -Casey supuso que la señora Forster era divorciada, aunque ya no le importaba.

– ¿Esperas que salga contigo esta noche y me muestre sociable como si nada hubiera sucedido? -escuchó como levantaba la voz histéricamente.

– ¿Por qué no? Para una actriz como tú no debe ser difícil. Y cuando uno se casa por dinero, la distracción es parte del paquete. La distracción en todo el sentido de la palabra.

– ¡No me casé contigo por tu dinero!

– No fue eso lo que dijiste cuando almorzamos en el Watermill.

– No lo dije en serio, Gil -ella palideció al recordar aquella conversación.

– Quizá entonces, no. Pero es que entonces creías que no tenía dinero más que para salvar tu pellejo. Aparentemente cambiaste de opinión desde que recibiste la carta de tu madre.

– ¡Eso es mentira!

– ¿Sí? ¿Entonces cómo es que no estás planeando tu boda con Michael Hetherington ahora mismo? Te estaba presionando bastante en el comedor del Bell hace unas semanas.

– ¡Me espiaste antes de que nos casáramos! -un rubor de ira coloreó sus mejillas.

– No. Fue por casualidad, te lo aseguro. Esos pequeños compartimentos son tan discretos; eso me animó más para echar a perder la boda del año; le daba una dimensión extra a la venganza que tenía en mente. El toque final, digamos.

– Dime, Gil -preguntó ella furiosa-, ¿qué hubieras hecho si ya hubiera estado casada?

– Arruinaba a tu padre y después te lo hubiera informado, además de explicarte las razones -contestó él sin titubear.

Ella estaba demasiado pasmada como para responder. Satisfecho, en apariencia, por la impresión que dio, la contempló con frialdad.

– Ahora, con tu permiso, iré por el Jaguar. ¡Al menos ya no tendré que conducir tu maldita carcacha nunca más!

El caminó hacia ella y Casey se encogió deseando escapar lo más rápido que pudiera. Incluso si tuviera adonde huir, sentía las piernas como de hule y no hizo ningún esfuerzo de resistirse cuando él le estampó un beso en los labios con la misma ternura con que un gambusino marca su terreno.

– ¡Gil! -ella lanzó un grito estridente cuando él estaba cerca de la puerta. Casey hizo una pausa tratando de calmarse y de controlar su tono de voz.

– Dime -musitó él con impaciencia, y algo en el interior de ella explotó.

– Si eres tan rico, ¿cómo es que vivimos en una casa que no tiene baño siquiera?

– Considéralo un capricho. Pensé que necesitabas probar lo que se siente vivir del otro lado de la valla.

El cerró la puerta con cuidado dejándola lastimada, furiosa y confusa al centro del pequeño mundo que empezó a considerar su hogar.

Con desgano regresó a la cocina y contempló la carta de su madre. Con pavor de leerla, estiró la mano y la recogió de la mesa. Durante el desayuno leyó sólo hasta donde confesaba su conducta con Gil, pero ahora, si quería comprender el motivo de la molestia en él, tendría que leerla toda.

Pasó rápidamente las dos primeras hojas, y descubrió que una vez terminada la explicación sobre el misterioso despido de Gil, se lanzó a un alegre reporte de la vida en el barco. Mientras leía la versión de su madre sobre una conversación con algunos australianos que conoció en el barco, se le congeló la sangre en las venas. Quedaron muy impresionados de que los señores O'Connor fueran tan afortunados en pescar un partido tan rico como Gil Blake para marido de su hija. De hecho, le decía indignada a su hija, estaba segura de que no le creían hasta que les enseñó el recorte del Melchester Post con la fotografía de la boda que alguien le envió.

"Querida, yo creo que sabías que estaba triste cuando decidiste casarte con Gil Blake tan de repente, pero ahora comprendo que debí confiar en tu buen juicio.

Nadie está más feliz que yo de que tu padre se haya retirado del negocio después que le empezó a ir tan mal, pero creí que Gil había tenido muchas dificultades para disponer del dinero. ¿Cómo pude estar tan equivocada? Dolly me contó que todo mundo en Australia sabe cómo apoyó a un amigo para que fuera a buscar petróleo en un lugar… no recuerdo dónde… y resultó que lo encontró. Ahora ambos son multimillonarios.

Qué lista eres. Viendo hacia atrás, es obvio que no hubieras dejado a Michael, a menos que encontraras algo mejor…"

La carta cayó de sus manos y con un sollozo estremecedor se derrumbó en el piso de la cocina.

Un largo baño en la tina y la cuidadosa aplicación de maquillaje escondió los rastros de su ataque de llanto. Cuando se estaba vistiendo escuchó que Gil regresaba y contuvo el aliento mientras él subía por la escalera. Para alivio suyo él se dirigió al baño, y ella se apresuró a terminar de peinarse para estar lista antes de que él apareciera. Pero sus dedos la traicionaron, los mechones se enredaban al querer amarrar su cabello en un moño y todavía estaba tratando de subir el cierre de su vestido negro de chiffon cuando se abrió la puerta y apareció Gil con una toalla amarrada en la cintura, haciendo que la habitación pareciera mucho más pequeña. Ella perdió el control de sus dedos y dejó caer sus brazos sin fuerzas.

– No tienes por qué esforzarte, Casey. Es la obligación del marido, el placer del marido, subir la cremallera del vestido de su esposa -la colocó de espaldas y se paró detrás de ella, contemplándola fijamente en el espejo del tocador-. Claro que es mayor placer bajarla -sus manos titubearon por un segundo, luego se encogió de hombros y subió la cremallera abrochando después el gancho en el cuello-. Lástima que no tengamos tiempo ahora -Casey se ruborizó, quitó la vista de sus ojos burlones e iba a salir de la habitación-. Siéntate, Casey. Hazme compañía mientras me visto.

Casey obedeció y tomó asiento en el banco del tocador donde se dedicó a contemplar sus uñas mientras Gil andaba por la recámara.

– Ya, ya puedes levantar la vista. Me puse el pantalón -ella alzó la cabeza y lo miró-. Pero necesito que me ayudes con la corbata. Y estoy seguro de que sabes muy bien hacer el nudo de una corbata de moño -le mostró la cinta de seda negra y ella se levantó de mala gana para tomarla.

Gil esbozó una sonrisa al ver que ella tenía que pararse de puntillas para colocar la cinta alrededor de su cuello. Mientras trataba de mantener el equilibrio, Gil colocó sus manos en la cintura de ella para sostenerla. En ese instante ella soltó la corbata.

– ¡Termina! -insistió él, y a pesar de que le temblaban las manos hizo lo que pudo y por lo pronto se liberó de aquellas manos con las que soñaba y que ya nunca le iban a proporcionar la dicha que había experimentado esa tarde. El se inclinó y examinó su trabajo en el espejo.

– Muy bien. Sabía que podías hacerlo. Esa es una de las ventajas de una esposa bien cultivada. Está entrenada en todos los detalles de la sociedad. Eso merece una recompensa.

– ¡Ya basta, Gil!

El ignoró su súplica y abrió el guardarropa. Cuando se acercó de nuevo, sostenía una pequeña cajita de terciopelo. La abrió y le mostró un par de zarcillos con brillantes en gota como complemento del anillo que lucía ella en la mano izquierda.

– No, no puedo aceptarlos -él no dejó de sonreír, pero la contempló con frialdad.

– No seas tonta. Darlene viajó especialmente a Londres para elegirlos -los puso en su mano-. Espera que los luzcas esta noche.

– Bueno, en ese caso, no vamos a ofender a Darlene, ¿verdad? La perfecta, eficiente, hermosa y convenientemente casada Darlene -Casey descubrió que a pesar del rompimiento, podían entablar una conversación. Se miró al espejo-. Tiene muy buen gusto.

– Es una excelente mujer, y su esposo es muy afortunado y lo sabe.

– ¿Y está enterado de sus citas en el Hotel Melchester? -al decirlo se arrepintió.

– ¿Citas? -repitió la palabra en tono amenazador, pero ella ya no podía arrepentirse.

– Los vi -susurró ella-. Le pasaste el brazo cuando entraron al elevador. Le confesaste que había sido un "infierno" sin ella.

– ¿Y qué demonios estabas haciendo en el Hotel Melchester un lunes en la mañana? -Gil la observaba con una extraña expresión que iluminaba sus ojos. No lo negó, sabía muy bien de qué estaba hablando.

– Iba a tomar una habitación. Quería darme un baño.

– ¿Y lo disfrutaste?

– Yo no me quedé -respondió ella negando con la cabeza.

El permaneció en silencio y ella lo miró a la cara, viendo sorprendida una expresión que no pudo descifrar, luego se puso serio.

– Es hora de irnos -se puso la chaqueta y unos minutos después iban por el periférico hacia las nuevas áreas habitacionales en las afueras del pueblo. Darlene y su esposo los estaban esperándola sonrió con calidez cuando vio a Casey.

– Qué gusto me da conocerte al fin, Casey. Gil me ha hablado tanto de ti. Te presento a mi esposo Peter.

Peter, un hombre delgado y rubio, mucho más alto que la pequeña figura morena de su esposa, sonrió y le estrechó la mano.

– Hola, Casey. ¿No gustan tomar una copa antes de irnos?

– Mejor no -dijo Gil-. Estamos un poco atrasados. ¿Están a gusto aquí?

– Por lo pronto sí -respondió Peter en tono amistoso-. Pero Darlene sueña con vivir en un verdadero chalet inglés…

– Fuimos a ver un par de casas que nos gustaron -lo interrumpió Darlene.

– ¿Ya están buscando casa si apenas se acaban de mudar? -intercaló Casey.

– Esta casa es rentada. Gil me instaló en el Melchester después que insistió sin parar, en que viniera antes que Pete. No aguanto estar viviendo con una maleta. Ahora que ya está aquí conmigo quiero que busquemos un sitio permanente.

– Ah, comprendo -dijo ella y se percató de que Gil la miraba divertido, y que sabía que no comprendía nada.,

– Peter se encargará de manejar como es debido a Construcciones O'Connor -le explicó Gil cuando iban a entrar al auto.

– ¿Eres constructor, Peter? -preguntó Casey, por encima de su hombro.

– Soy contador -respondió él, sonriendo ante su sorprendida expresión-. Pero O'Connor está a salvo. Ya Gil me advirtió que no debo arriesgar los cubiertos de plata de la familia.

Ella tornó a mirar el rígido perfil de Gil cuando entraba por las rejas de hierro forjado del Club y se estacionaba en la entrada principal para que se bajaran; luego fue a buscar un lugar donde dejar el auto.

– Algunos empleados ahí trabajaron muchos años para mi padre -le comentó ella a Peter.

– Gil dijo que es muy importante para ti.

– Ya veo que no quiso esperar para darte los zarcillos -Darlene se rió, mientras entregaban sus abrigos en el guardarropa. Casey los tocó consciente de sí misma.

– Me dijo que tengo que agradecerte a ti la elección.

– ¿A mí? -ella negó con la cabeza-. Yo los recogí cuando fui a traer a Peter al aeropuerto, pero Gil los ordenó cuando tuvo que ira Londres hace dos semanas.

– ¿Dos semanas?

– Sí. Por poco me come por estropear su fin de semana, pero cuando la bolsa de valores comenzó a vacilar tuve que llamarlo. Para eso me trajo, después de todo, para tenerlo al tanto…

– ¿La bolsa de valores? ¿En domingo? -Casey sintió frío.

– Era lunes en Oz -la corrigió Darlene.

– ¿Lunes? -Casey trató de comprender. Empezaba a sonar como retrasada mental, repitiendo cada palabra que Darlene decía-. Ah. Sí, no lo había pensado.

De alguna manera pasó la cena, y si Darlene y Peter sintieron que sus anfitriones estaban algo distraídos, ellos estaban demasiado ensimismados uno en el otro como para que les molestara. Casey los observó bailar juntos, abrazados estrechamente.

– Podríamos bailar también, si quieres -le sugirió Gil irrumpiendo en sus pensamientos.

– Claro -era su esposa comprada y pagada, y ahora comprendía que tendría que dar todo lo que podía para que valiera la pena el precio que pagó por ella.

Gil bailaba con facilidad y gracia, tenía la mano puesta en su cintura y la mantenía cerca de él. En otra ocasión, en algún otro lugar, hubiera sido el paraíso. Ahora, el contacto de su mano en su cuerpo, de sus muslos contra los suyos cuando se movían juntos, era un tormento.

– ¿Te estás divirtiendo, querida? -le susurró él al oído.

Ella se esmeró toda la noche en sonreír de modo que sentía que sus labios estaban fijos en un gesto permanente.

– Es absolutamente perfecto -respondió entre dientes-. Querido -reclinó la cabeza para mirarlo a la cara-. Y no tuve ocasión de agradecerte por los preciosos zarcillos como es debido.

– Podrás hacerlo más tarde -susurró él en su oído. Ella tomó aire, reforzó su sonrisa y murmuró:

– No puedo esperar -él se tropezó y le sugirió que se sentaran, con rudeza. Casey frunció el ceño cuando él detuvo a un camarero para ordenar un brandy. El lo notó y levantó la copa.

– Brindo por camas suaves y batallas duras -y lo bebió de un trago. Darlene y Peter retornaron a la mesa, pero sólo para disculparse.

– Peter está cansado del viaje -se disculpó Darlene-. Tuve que llamar un taxi.

– Pero si nosotros los podemos llevar a casa -protestó Casey.

– No. Ustedes quédense y disfruten. Gracias por tan adorable velada.

– Te llamaré durante la semana -le prometió Casey-. Podemos almorzar y te presentaré a Charlotte. Si existe algún chalet en venta ella de seguro lo sabrá.

– ¡Qué cansado del viaje ni que nada! -musitó Gil cuando desaparecían del salón-. Están ansiosos de meterse en la cama juntos -Casey levantó la vista y se percató de repente de que su marido bebió demasiado.

– Creo que seguiremos su ejemplo -dijo ella con firmeza y se puso de pie.

– Oh, Casey. ¡No puedo creerlo! -replicó y sonrió con ironía.

Como respuesta ella deslizó el brazo por su cintura y metió la mano dentro del bolsillo del pantalón. El abrió los ojos, impresionado, mientras la chica encontraba las llaves del auto y las sacaba antes de que se diera cuenta de lo que hacía.

– ¡Casey!-él se balanceó junto a ella.

– Vámonos, Gil -Casey le mostró las llaves-. Considero que es mi deber como esposa, sacarte de aquí antes de que hagas el papel de tonto.

Encontró el auto y Gil obedeció sin protestar y tomó asiento junto a ella. Casey examinó el volante y los controles nerviosa, pero no quería pedirle ayuda. Una vez que estuvo segura de cuál era la reversa, avanzó hacia atrás con extremo cuidado, consciente de que le temblaba el pie en el clutch.

Sacó despacio el auto y entró a la carretera. Complacida, cambió de velocidad, disfrutando la agradable sensación y adquiriendo confianza a medida que se familiarizaba con los controles.

– Podríamos ir más rápido, Casey -sugirió Gil cuando entraron al periférico-. Te he visto manejar tu pequeña camioneta dos veces más rápido.

– ¿Te pasas la vida espiándome? -preguntó Casey. Como él no le contestó, clavó el pie en el acelerador y Gil maldijo al ver que el auto se disparaba, haciéndolos recargarse en los asientos.

– ¡Dios mío! Olvida lo que dije. ¡Ibas manejando muy bien! -pero Casey lo ignoró, y sólo disminuyó la velocidad cuando llegaron a la salida. Se estacionó frente a su camioneta y salió del auto. Gil abrió la puerta y encendió las luces.

– Creo que necesito otra copa -declaró él-. Fue una experiencia muy dura…

– No -él se detuvo antes de llenar la copa y la observó, brillaban los ojos de ella y tenía las mejillas encendidas

– ¿No?

– No quisiera pensar que tienes que emborracharte para hacerme el amor.

Casey trató de borrar de su mente la pasión de aquella tarde. Respondió a sus caricias, no podía evitarlo y gritó de placer cuando él la llevó de nuevo al éxtasis. Pero después, él se recostó dándole la espalda, y ya no pudo contener las lágrimas, aunque tuvo cuidado de no despertarlo con sus sollozos.

– ¿Estas bien, Casey? -le preguntó Jennie temerosa-. Te ves muy pálida.

Casey controló su irritación con la chica. No tenía excusa para su mal humor. Quiso ayudar con gusto a Michael en su romance secreto, y, aunque Jennie al principio se mostró un poco tímida con ella, una vez que comprendió que Casey no era una amenaza, resultó ser una gran ayuda. Pasó los dedos por su frente. Si tan sólo se le quitara el dolor de cabeza, podría tolerarlo. Sintiéndose culpable, forzó una sonrisa.

– Estoy bien, Jennie. De veras. ¿Cómo van los floristas con los adornos para las columnas en la recepción?

– Casi han terminado. Se ve fabuloso. Creo que nunca he visto tantas flores juntas.

– Sí, son muchas. A decir verdad el tema de "rosas y luz de luna" es un poco cursi para mi gusto, pero sí se ve muy bonito -se le hundió el corazón al ver a la señora Hetherington acercarse.

– Parece que todo va a estar listo a tiempo, Casey -dijo la señora y miró a Jennie-. ¿Quién es ésta?

– Jennie Stanford. Es mi mano derecha. No sé que hubiera hecho sin su ayuda.

La señora hizo un gesto cordial moviendo la cabeza, posesionada ya de su papel principal del gran baile.

– Bueno, espero que te diviertas mucho esta noche.

– Michael ha tenido la amabilidad de ofrecerse en acompañar a Jennie esta noche -se apresuró a decir Casey.

La mujer observó con mayor interés a la chica, luego, como no notara nada que la perturbara en su delgada figura, vestida en jeans y con el cabello recogido, sonrió y siguió su camino. Casey y la joven intercambiaron miradas y soltaron una carcajada.

– Encárgate de disfrutar y divertirte mucho esta noche, Jennie -Casey imitó a la señora mientras recogía una caja de alfileres.

– Pondré todo de mi parte -respondió la chica con seriedad-. Sólo tendré una noche de bodas -Casey tornó a verla asombrada.

– ¿Noche de bodas? -preguntó casi sin aliento.

– Michael y yo nos casamos esta mañana en el registro civil de Penborough. Ahí vivo yo. Vivía -se corrigió la joven.

– ¡Caramba! Muchas felicidades. Pero… -calló. No tenía sentido estropearle el día comentando la obvia reacción de la señora Hetherington cuando se enterara. Además, por la manera en que se casaron, parecía que ya lo sabían.

– Nos iremos temprano del baile -comentó la chica sonriendo-. Michael me llevará a Francia de luna de miel -contempló la expresión de duda en el rostro de Casey-. Nos enfrentaremos a la familia cuando regresemos.

– Espero que ambos sean muy felices. Y si puedo ayudar en algo para su fuga, pídemelo.

– Todo está arreglado. Conseguimos una recámara aquí para cambiarnos esta noche, será muy fácil -frunció el ceño-. Oye Casey, ¿por qué no subes a recostarte un rato? Ya no queda mucho qué hacer. Yo puedo terminar de poner los alfileres.

– Es que…

– Vamos. No te necesito.

– Sí, de eso estoy convencida -declaró Casey.

– Te subiré una taza de té cuando termine.

Casey se estiró en la cama y trató de descansar. Al menos ahí estaba lejos de la constante tensión en su relación con Gil.

La pesadilla de despertar cada mañana, sabiendo que su matrimonio era una farsa, una tortura planeada por el hombre a quien amaba para castigarla por imaginarios crímenes, le estaba haciendo mella. Estaba más delgada que nunca, la semana anterior Charlotte le recomendó ir con el médico.

No existía ningún médico en el mundo que pudiera curarla de su mal. Sólo Gil podía hacerlo. Y él había dejado muy claro que sería su esposa hasta que él decidiera lo contrario. Por el momento, había decidido que siguiera con él.

Ya no se atrevió a sugerir que se mudara al desván, ni le negó sus derechos como marido. Noche tras noche despertaba en ella la apasionada respuesta que desencadenó desde la primera vez que hicieron el amor, pero sin calor y sin ternura. Y después le daba la espalda sin decir palabra y se quedaba profundamente dormido. La única esperanza era que con el tiempo él se cansaría de esa relación de ira y la abandonaría para que rehiciera su vida sola.

Se movió inquieta en la cama, no podía descansar. Al fin, se levantó y caminó hasta la ventana. Abajo, los trabajadores instalaban luces en la entrada. Había arreglos florales cerca de la piscina y un ejército de gentes contratadas para la ocasión colocaban pequeñas mesas. Hacía muy buen clima, y ella estaba segura de que los invitados abandonarían el salón de baile después de cenar, para disfrutar de la brisa fresca junto a la piscina.

Oyó que alguien abría la puerta tras ella y descubrió que era Jennie que llevaba una charola con el té, que colocó en una mesa.

– Creí que subiste a descansar-la regañó.

– No pude. Estoy nerviosa.

– Tranquilízate. Todo estará bien.

– Has sido una gran ayuda. Sobre todo, considerando que tienes problemas.

– Me ayudó estar ocupada -sirvió el té-. Ven a sentarte. Pareces una sombra de lo cansada que estás.

– Ten cuidado. Esos halagos se me pueden subir a la cabeza.

– Dios mío -exclamó Jennie-. No debí decirte eso. Lo siento.

– No importa. Es que tengo un fuerte dolor de cabeza. Me sentará de maravilla el té. ¿Cuánto tiempo tenemos?

– Una hora -respondió Jennie consultando su reloj-. La señora Hetherington dio órdenes estrictas de que deberíamos estar en el salón de baile a las siete y media.

– Para que nos dé las merecidas gracias por todas las horas que nos hemos esforzado para que ella quede bien.

– Imagínate su cara mañana, cuando lea la nota de Michael -Jennie sonrió con malicia.

– ¡Jennie! Si es tu suegra. ¡Siempre estuve convencida de que nadie merecía ese castigo, ¡y también lo estoy de que no te merece a ti!

– ¿Por eso decidiste rechazar a Michael? -preguntó riendo la joven.

– Durante un tiempo pensé que Michael y yo estábamos hecho el uno para el otro -declaró Casey en tono serio-. Pero al final m convencí de que estaba equivocada. No puede uno casarse sin amor -y a menudo ni eso es suficiente, añadió para sí.

Jennie ganó el volado para usar primero el baño y para cuando Casey salió, llevaba puesto un sencillo vestido negro largo que la hacía ver más peligrosa que con sus jeans.

– ¡Te ves muy guapa! -exclamó Casey y la abrazó. Tocaron en la puerta y entró Michael para llevarse a su "compañera" a pasear a los jardines.

Casey se maquilló con cuidado para esconder las grandes y negras ojeras que lucía. Estaba poniéndose los zarcillos de brillantes cuando volvieron a tocar.

– Pase -dijo nerviosa.

– ¿Ya estás…? -Gil calló cuando Casey se puso de pie y lo miró.

– Lista -respondió en un tono helado que parecía no ser su voz-. De hecho ya me retrasé. De nuevo va a ponerme una mala calificación la señora Hetherington -recogió el pequeño bolso que hacía juego con el vestido largo de tafetán azul. No era nuevo. No tenía dinero propio para comprar un vestido nuevo, y no quiso darle la satisfacción a Gil de pedírselo-. ¿Nos vamos?

– Espera un momento -él- se acercó y Casey sintió que vibraba de ansiedad por abrazarlo y confesarle cuánto lo amaba. El sacó una caja larga del bolsillo de su chaqueta-. Siéntate, Casey.

Ella volvió a sentarse en el banco frente al tocador y Gil le abrochó un collar de brillantes en el cuello dejando las manos sobre sus hombros; la contempló en el espejo.

– Es precioso -murmuró ella.

– Sí. Es precioso. Se complementan a la perfección. Y ambos son muy caros. Puedo darme el lujo del collar; sólo cuesta dinero. Pero empiezo a preguntarme si el costo de tenerte es superior a lo que cuerpo y alma pueden soportar.

Capítulo 10

Por un momento se cruzaron sus miradas en el espejo.

– Me estás despedazando, Casey. No sé cuánto más podré continuar con esta farsa.

Casey notó los círculos negros bajo sus ojos y en sus mejillas. Era claro que él estaba sufriendo tanto como ella e impulsivamente giró en el asiento para tomarle la mano.

– Gil -en ese momento llamaron a la puerta y empezó a abrirse-. No podemos hablar ahora.

– ¿Casey? -era Jennie-. Falta un cuarto para… Oh, lo siento, señor Blake.

– Gil, por favor -él bajó las manos de los hombros de Casey-. Tú debes de ser Jennie -se acercó a estrecharle la mano-. Perdón. Temo que he impedido que Casey cumpla con sus obligaciones. Ya estamos listos.

Bajaron por la escalera y luego Casey presentó a Jennie con Michael, y ella le agradeció con tanta gracia que fuera su acompañante esa noche que Casey sintió que iba a explotar en carcajadas histéricas, aunque las reprimió.

Michael se volvió hacia Gil y ambos se miraron con cautela, como dos gallos de pelea evaluando al rival, y luego estrecharon sus manos. Después todos se dirigieron al salón de baile donde los esperaban Charlotte con su novio y Darlene con Peter.

Gil y Michael parecieron olvidar que debían odiarse y las risas de su mesa pronto captaron las miradas de los demás asistentes, más tranquilos. Gil titubeó un instante cuando Michael invitó a Casey a bailar con él.

– Muchas felicidades, muchacho travieso -le murmuró ella mientras bailaba-. ¿A qué hora piensan escaparse?

– Ahora mismo. Jennie ya me está esperando afuera en el coche, pero yo no quería irme sin darte las gracias. Sólo tengo que recoger sus cosas allá arriba -tenía el rostro serio-. Quería pedirte un último favor.

– Cualquier cosa, Michael. ¡Excepto que informe a tu madre!

– Eso no será necesario. Ya le dejé una nota que encontrará mañana. ¿No quieres acompañarme para disimular? No quisiera encontrarme a mi madre con el equipaje de Jennie cuando baje por la escalera.

– Entonces sí que tendrías que explicarle -ella se rió-. Iremos tan pronto acabe esta pieza.

– Gracias, Casey.

– Me da gusto poder ayudarte. Y deseo que sean muy felices -lo abrazó impulsivamente.

Terminó el vals y Casey miró hacia su mesa. Gil no estaba allí, para su alivio. No iba a ser fácil explicarle que se escabullía para ayudar a escapar a un par de recién casados, sobre todo cuando estaban otras cuatro personas presentes. Ya se lo diría más tarde.

Siguió a Michael hasta el vestíbulo. No había nadie; ios que no bailaban fueron a sentarse junto a la piscina. Riendo como niños, subieron aprisa por la escalera. Casey abrió la puerta y Michael entró.

– Esas son las maletas -indicó Casey señalando las que estaban al pie de la cama. Michael las levantó y miró hacia la puerta.

– ¡Oh, Gil! Has descubierto nuestro pequeño secreto -Gil entró y le dio un golpe a Michael en la quijada, mandándolo al otro extremo de la habitación.

Casey miró a su esposo horrorizada, luego cayó de rodillas para colocar la cabeza de Michael en su regazo.

– ¡Michael! -gritó. Luego miró a Gil-. ¿Qué demonios crees que estás haciendo?

Por un momento él se quedó parado contemplando la escena sin notar la sangre en sus nudillos.

– Lo siento. Me imagino que perdí la cabeza. Quería ser civilizado -se desplomó en un extremo de la cama-. No es cosa de todos los días ver que tu esposa haga planes tan elaborados para huir con su amante.

Michael trató de incorporarse mientras Casey corrió al baño a traer agua.

– Me diste un golpe muy fuerte, Blake -se quejó Michael, estremeciéndose cuando Casey le aplicó una toalla mojada y fría en el rostro-. Tengo que manejar hasta llegar a Francia hoy en la noche.

– Casey puede manejar -señaló Gil con voz opaca-. Pero no tienen por qué ir tan lejos. Toma -le echó un montón de llaves, y Casey palideció al reconocer la etiqueta.

– ¿Annisgarth?

– Sí. Annisgarth. Ya de una vez pueden tener también la casa. Ya no voy a necesitarla. Sólo le pido a Dios que sean felices allí. Uno de los dos debería tener la oportunidad de ser feliz, y no importa qué haga, les puedo asegurar que no voy a ser yo -declaró con amargura.

– ¿Compraste Annisgarth para mí? -susurró Casey levantando las llaves. Su corazón latía con la ridícula sensación que podía muy bien ser de felicidad, pero hacía tanto tiempo qué no sentía esa emoción que no estaba segura.

– Sí. Y tu padre me la vendió muy cara. De todas maneras, qué importa. Sólo es dinero, y Dios sabe que tengo más que suficiente -se puso de pie-. No necesitan preocupársele nada. Yo me encargaré de llegar a un acuerdo contigo, y Peter va a ocuparse de la compañía. Ya me cansé de venganzas.

Michael aclaró su garganta y logró ponerse de pie sosteniendo la toalla en su barbilla.

– ¿Me permiten decir unas palabras?

– ¿Falta todavía algo? -Gil lo miró con frialdad-. Ya tienes todo lo que yo quise… ¿no es bastante?

– Sería preciso que te explicara…

Se abrió la puerta y apareció Jennie, puso las manos en su cintura y exclamó:

– Michael Hetherington, si tengo que esperarte un minuto más tendrás que irte de luna miel solo -declaró. Luego notó la toalla y la sangre y gritando corrió hacia él Gil los observó y luego miró a Casey anonadado.

– Se casaron esta mañana. Se suponía que era un secreto.

– ¿Se casaron? -exclamó Gil-. ¡Pero si se acaban de conocer!

– Bueno… no exactamente. Las presentaciones fueron para engañar al público. Por razones que no nos incumben, Michael y Jennie no querían que nadie supiera de sus relaciones.

– Pero yo te vi y… -él señaló a Michael con la mano- subiéndose aquí a escondidas como un par de conspiradores.

– Michael vino por las maletas de Jennie. Yo me iba a encargar de la vigilancia. Como verás, con poco éxito.

– ¡Dios mío! Oh, Dios mío. Michael… ¿Qué te puedo decir, Michael?

– Puedes felicitarme por mi buena suerte -Michael sonrió-. Y a la vez -le sugirió-, discúlpate con tu esposa -los observó de manera extraña.

– Deberías ofrecerte de chofer hasta Francia -dijo Casey acalorada-. ¿O todavía quieres que lo haga yo? -continuó con peligrosa calma.

– No hace falta. Yo podré arreglármelas – se apresuró a decir Michael-. Si no nos apuramos perderemos el transbordador -arrojó la toalla a un lado.

– Yo llevaré las maletas -se ofreció Gil-. Si alguien me ve, estoy seguro que podré inventar alguna excusa.

– Siempre lo haces -Casey lo miró con ojos encendidos.

– ¿Dónde está el auto? -preguntó Gil un poco incómodo.

Jennie respondió y unos minutos después lo siguieron por la escalera. Jennie se recargaba en el brazo de Casey. Quedaron en pretextar un fuerte dolor de cabeza en caso de encontrarse con alguien que les preguntara. Nadie se fijó. Casey y Gil vieron como el auto se perdía de vista y luego se miraron de frente.

– Le pudiste romper la quijada -dijo ella con reproche.

– Eso fue lo que intenté hacer.

– Oh -ella miró sus pies y comenzó a sonreír. Luego lo miró a través de sus pestañas-. Después de vengar tu honor, ¿estabas dispuesto a dejarme ir con él?

– Quería que fueras feliz Casey -él colocó su mano y levantó su barbilla-. Ya te he lastimado mucho y pensé que si era lo que querías tendría que dejarte ir.

– ¿Pero de preferencia con la quijada de Michael partida en dos?

– Bueno, soy humano -la observó sin parpadear, intrigado.

– ¿Lo bastante humano como para besarme? -susurró ella.

– Claro que sí -dijo él, y estrechándola en sus brazos le demostró con detalle cuánto quería besarla. Cuan humano podía ser. Cuando finalmente levantó la cabeza, ella sonrió.

– No creo que el estacionamiento sea el lugar apropiado para terminar esta conversación.

– No podía estar más de acuerdo, señora Blake.

– Es un poco descortés abandonar el baile -le recordó ella.

– ¿Cuál baile?

El la condujo manejando fuera del pueblo arriba hasta Annisgarth. Estaba empotrada en la noche semioscura del verano, envuelta en el aroma de rosas que embriagaban el ambiente en su camino hasta la puerta principal. Gil deslizó la llave en 1a cerradura, pero Casey detuvo su mano.

– No, aquí no -cuando él se volvió intrigado, ella miraba abajo de la colina hacia la oscura sombra del bosque y sonrió comprendiendo.

– Voy a traer un tapete del coche.

– No teníamos tapete antes -le recordó ella.

– Usabas jeans en esa ocasión. Creo que tafetán y brillantes merecen un tapete -señaló él e hizo una pausa para besarla.

– Creo que tienes razón -asintió ella y no muy convencida le permitió ir por él. Cuando Gil regresó tenía un tapete en un brazo y con el otro la abrazó.

– ¿No tienes frío?

– No. Es una noche bellísima.

– Perfecta.

El tendió el tapete y se recostaron en el claro, respirando el aroma de los pinos. Gil quiso abrazarla, pero ella lo detuvo.

– No, todavía no. Tengo que decirte por qué quería venir aquí.

– No quiero hablar -murmuró él besándole el cuello.

– Es importante, Gil. Fue aquí donde todo empezó a ir tan mal.

– Silencio, Casey. Ya todo pasó.

– No -insistió ella convencida-. Si no revelamos uno al otro lo que sentimos y lo que sentíamos, puede irnos mal de nuevo -él la besó en la frente y se recargó en un codo.

– Trataré de ser paciente. Tenemos toda la noche para nosotros.

– Quiero contarte acerca del día que te traje aquí. Antes de mi cumpleaños.

– Sí, lo recuerdo -respondió él en voz baja.

– Quería que vieras la casa porque pensaba… esperaba… que me quisieras tanto como para casarte conmigo y traté de que supieras que podía ser posible -él abrió la boca para hablar, pero ella prosiguió rápidamente-. No habías dicho que me amabas. Pero yo creía que sí. No tenía mucha experiencia en estas cosas.

– Y yo todo lo interpreté mal.

– Y por lo que dijiste… por la forma en que actuaste… me convencí de que estaba equivocada. Para ti era yo una diversión, algo con que presumir con tus amigos.

– Oh, Casey. Catherine. Amor mío. ¿Podrás algún día perdonarme por ser tan tonto? -ella rió al escuchar su nombre en sus labios.

– ¿No lo sabes, Gil? ¿No lo sabes amor mío, cuántas veces me repetí que fui una tonta, y cómo esperé a que regresaras?

– ¿Pero, Michael?

– Michael era un buen amigo. Un amigo cariñoso, si quieres. Pero nunca un amante. Jamás pudo hacer que te olvidara Gil. Le dije a Michael que no podía casarme con él un día después de que tú nos oíste en el Bell.

– Y entonces aparecí yo con mi estúpido ultimátum, cuando lo único que tenía que hacer era decirte que te quiero.

– Por eso dejé que mi papá vendiera la casa. Pensé que si cambiaba todo eso, podíamos empezar de nuevo. Cuando vi que no, tuve la esperanza de que mi amor fuese suficiente para los dos.

– ¿Me estás diciendo la verdad, Casey? ¿Fue por amor? ¿No por dinero?

– Si lo que quería era casarme por dinero, Gil Blake, pude ser la señora de Michael Hetherington hace dos años -bajó la vista-. ¿O quieres que te lo demuestre?

– ¡Dios mío, Casey, te quiero tanto! -él recargó su rostro en la nuca de ella, y la hizo suspirar a medida que la besaba hasta la hendidura de sus senos cubiertos por la tafetán. Ella se arqueó cuando él buscó la cremallera y deslizó el vestido hasta su cintura. Por un momento la contempló admirado, bañada por la luz de la luna que se filtraba entre los árboles. Luego, le besó los senos.

Hicieron el amor lentamente, dándose tiempo para gozar uno del otro y recibir un placer con tal intensidad como ella nunca había conocido, ni imaginado.

Estaba amaneciendo cuando caminaron somnolientos de regreso a Annisgarth.

– ¿Podemos empezar de nuevo, señora Blake? -le dijo Gil cuando abrió la puerta-. ¿Una nueva casa? ¿Un nuevo principio?

– ¿Podríamos? ¿Sería posible? -el beso de Gil le aseguró que lo era. Y luego ella dejó escapar un grito cuando la levantó en brazos y la llevó hasta la cocina.

– ¿Me estás sugiriendo algo? -preguntó ella riendo.

– Nada sutil, mujer. Me muero de hambre -él abrió el refrigerador, sacó huevos, tocino, hongos, algunas salchichas y las pasó a Casey.

– ¡Está completamente surtido! -exclamó ella, luego levantó una mano. No me digas. La supereficiente Darlene.

– Claro que no -replicó él insultado-. Yo fui personalmente al supermercado. Y de paso, toma esto, te pertenece -le entregó un sobre de manila largo que ella abrió con curiosidad. Era un acartonado documento legal, la escritura de la casa-. Tienes que llevarlo con un notario y será sólo tuya.

– Michael nunca entró a esta casa -murmuró ella conmovida hasta las lágrimas-. Nunca compartí Annisgarth con nadie más que contigo -se rió temblorosa entre lágrimas-. Y aunque no lo creas, extrañaré Ladysmith Terrace.

– ¿De veras? -él besó sus húmedas mejillas-. No entiendo por qué. Pero si quieres vivir allí…

– No creo. No porque está…

– ¿En un callejón?

– No -dijo ella ruborizándose-. Es sólo que es, bueno, muy pequeña, y… vamos a necesitar otro baño.

– ¿Un bebé? -preguntó él abriendo los ojos de asombro. Y cuando ella asintió con la cabeza lanzó un grito de alegría y la estrechó en sus brazos-. ¿Vamos a tener un hijo? -ella asintió, llorando de felicidad y abrumada por la emoción-. Ven, siéntate -le acercó una silla de la cocina-. No. Mejor acuéstate. Santo Dios. No debiste permitirme… no sobre el pasto húmedo.

– ¡Gil! -protestó ella, riéndose-. Estoy embarazada, no enferma. Y también estoy muy hambrienta. Por favor, vamos a cocinar algo para desayunar.

– Yo me encargo… tú descansa. ¿No preferirías recostarte?

– No. No lo preferiría -se sonrojó-. Al menos, no hasta que tú lo hagas conmigo. Ya hemos desperdiciado tanto tiempo.

No perdieron más tiempo durante su primer año de matrimonio, decidió Casey, parada junto a su marido al frente, con los dedos entrelazados mientras su hija recibía las aguas bautismales.

Sostenida firmemente en los brazos de su madrina, Rose Mary Blake emitió una pequeña protesta cuando el vicario mojó su cabecita con el agua bendita. Charlotte sonrió tranquilizándola, contemplando a la pequeña con expresión extasiada… Cuando salieron al sol de la tarde Gil se inclinó y murmuró en el oído de su esposa:

– Pronto tendremos boda, si no me equivoco. Está muy conmovida.

– Bueno, dicen que está de moda tener hijos -respondió viendo que Jennie se acercaba a ver al bebé.

– ¿Crees que llegará a casa antes del parto? -preguntó Gil dudando.

– No te preocupes. Le tocará a Michael correr al hospital. Y la llegada inminente de un nieto ha hecho milagros con su madre que es ahora muy dulce.

– "El trayecto del verdadero amor"-murmuró Gil.

– ¡Casey! -Charlotte interrumpió su charla-. Es hora de irnos. Una Rosa de cualquier especie no huele así.

– Dámela a mí -ordenó la señora O'Connor-. Las abuelas no tenemos nariz -y tomó el control con firmeza, llevándose al bebé a su recámara tan pronto llegaron a la casa, y reapareciendo sonrojada y con su elegante sombrero fuera de lugar, pero satisfecha de su primera aventura con un bebé en más de veinte años-. Se quedó dormida como un angelito-dijo con orgullo y Gil le entregó con solemnidad una copa dé champaña a su suegra.

– Me parece que le vendrá bien tomársela -le dijo y se inclinó a besarla en la mejilla, lo que la hizo sonrojarse aún más.

– Pronto recuperaré toda mi habilidad -dijo ella- Es un como montar en bicicleta. Si uno ya sabe, nunca lo olvida.

– Nunca aprendiste a montar en bicicleta -señaló James O'Connor con sequedad, y levantó su copa para que se la llenaran de nuevo mientras todos se reían-. Pero casi todo lo demás lo haces a la perfección.

– ¿Casi? -inquirió su esposa indignada.

– Nunca te pude enseñar a cazar faisán.

Gil y Casey cruzaron miradas y decidieron sin decir más que era el momento apropiado para conducir a sus invitados al comedor donde estaba servido el té.

– Michael, ¿podrías encargarte de servir el champaña? -le pidió Gil-. Estoy seguro de que escuché a Rosie llorar-agarró a Casey de la mano y salió casi corriendo de la habitación.

– ¡Cazar faisán! ¡Ilegalmente! ¿Con qué clase de familia me he casado? -le preguntó a Casey cuando cerró la puerta del dormitorio de la niña y la estrechó en sus brazos sacudiéndose de risa.

– ¿Quieres tu libertad? -preguntó Casey, feliz.

– Nunca -replicó él de pronto muy serio-. Ni siquiera en broma -la besó con total dedicación hasta que un hipo en la cuna lo distrajo.

Estaban inclinados ante la pequeña cuando se abrió la puerta y Charlotte se asomó.

– Pensé que querrían saber que Michael acaba de llevar a Jennie al hospital.

– Te dije que no llegaría al final del día -comentó Gil con presunción.

El teléfono despertó a Casey en la madrugada. La voz de Michael estaba llena de júbilo cuando le anunció que acababa de nacer su hijo.

– Muchas felicidades. Y mis mejores deseos a Jennie. Iré a verla hoy mismo -colgó el auricular. Un ruido detrás la hizo volverse y sonrió al ver a Gil caminar hacia ella, con su hija dormida en los brazos.

– Se despertó cuando sonó el teléfono -le murmuró, con una expresión de indescifrable ternura en el rostro, mientras contemplaba a su bebé.

– Jennie tuvo un niño -le anunció Casey y luego añadió-: vas a echar a perder a tu hija, Gil Blake, si la cargas cada vez que murmura, pero no resistió acariciar los deditos que la asieron, a pesar de estar dormida.

– Gracias, Casey -ella levantó la vista, sorprendida por la intensidad en su voz-. Jamás fui tan feliz.

– Sí, Gil. Yo también. A veces me despierto en la noche y me pellizco para estar segura de que no estoy soñando.

– ¿De veras?

– De veras.

– La próxima vez me despiertas. Yo lo haré con mucho gusto.

– Shh -ella rió-. No vayas a despertar a Rosie -y como si ya supiera su nombre, Rose Mary Blake abrió los ojos y contempló a sus padres.

– Vamos señorita. De regreso a su camita -Gil la llevó a su recámara y la acostó en la cuna. Abrió la boca para quejarse, pero se quedó dormida antes de lograrlo.

– Pellízcame, Gil -suspiró Casey, recargándose en el hombre que la había hecho tan feliz.

– Con mucho gusto, querida. Pero aquí no -la levantó en sus brazos y la llevó a su recámara-. Ahora. ¿Por dónde quieres que empiece? -le preguntó.

Liz Fielding

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