/ / Language: Español / Genre:thriller

La cola de la serpiente

Leonardo Padura

Unas cuantas calles casi en ruinas, asediadas por los escombros y los delincuentes, es lo que queda del viejo Barrio Chino de La Habana. Cuando se adentra en él un Conde ya ex policía, dedicado ahora a la compraventa de libros de segunda mano, no puede evitar recordar que estuvo en ese rincón exótico y agreste de la ciudad muchos años antes, en 1989. Todo surgió de la petición de la teniente Patricia Chion, mujer irresistible, para que le ayudara en un extraño caso: el asesinato de Pedro Cuang, un anciano solitario que apareció ahorcado y al que le habían amputado un dedo y grabado con una navaja en el pecho un círculo y dos flechas. Eran rituales de santería que obligaron a hacer pesquisas por otros ámbitos de la ciudad. Pero el Conde descubrió hilos inesperados, negocios secretos y una historia de abnegación y desgracias que le devolvió la realidad oculta de muchas familias emigrantes asiáticas. Como dice una expresión china, tuvo que encontrar la cola de la serpiente para llegar a la cabeza.

Leonardo Padura

La cola de la serpiente

© Leonardo Padura Fuentes, 2011

Mario Conde

A Lydia Cabrera, por las ngangas.

A Francisco Cuang, por san Fan Con.

A Lucía, que me entiende incluso cuando hablo en chino.

Un chino cayó en un pozo,

las tripas se hicieron agua…

Canción infantil

Capítulo 1

Desde que tuvo uso de razón y aprendió algunas pocas cosas de la vida, para Mario Conde un chino siempre había sido lo que debía ser un chino: un prójimo de ojos rasgados, con esa piel resistente a las adversidades y de engañoso color hepático. Un hombre transportado por los avatares de la vida desde un sitio tan mítico como lejano, un lugar impreciso entre la realidad de apacibles ríos y montañas inexpugnables de cumbres nevadas, perdidas en el cielo; una tierra fértil en leyendas de dragones, mandarines sabios y filósofos enrevesados aunque útiles para casi todo. No fue hasta varios años después cuando aprendió que, además, un chino, un verdadero y cabal chino, debía ser, sobre todo, un hombre capaz de concebir los platos más insólitos que un paladar civilizado se atreviera a saborear. Codornices cocidas al jugo de limón y gratinadas con pulpa de albahaca, berza, jengibre y canela, por ejemplo. O masas de puerco revueltas con huevos, manzanilla, zumo de naranja dulce y finalmente doradas a fuego lento en una sartén insondable llamada wok, sobre una capa de aceite de coco, por otro ejemplo.

Sin embargo, un chino también podía ser, según las limitadas nociones que emanaban de los prejuicios históricos, filosóficos y gastronómicos del Conde, un tipo más bien flaco y apacible, con una notable inclinación a enamorarse de mulatas y negras (siempre que las tuviera a su alcance), que fuma con los ojos cerrados en una larga pipa de bambú y, por supuesto, habla poco y dice sólo las palabras que en cada instante le conviene decir, pronunciadas en esa lengua cantarina y palatal que suelen usar aquellos hombres para hablar los idiomas de los otros hombres.

Sí, todo eso es un chino, se dijo después de meditarlo un rato, pero concluyó que, pensándolo mejor, aquel personaje fabricado apenas era el chino estándar, construido por la esquemática comprensión cubano-occidental. No obstante, al Conde le pareció una síntesis tan armoniosa y satisfactoria que no le importó demasiado si esa imagen familiar y casi bucólica nunca hubiera significado nada para un chino verdadero y menos aún para cualquier otra persona que no conociera y, por supuesto, no hubiera tenido la suerte de probar alguna vez los platos que preparaba el viejo Juan Chion, el padre de su amiga Patricia, la culpable directa de que el Conde hubiera debido ponerse a rumiar sobre sus pobres conocimientos acerca de la constitución cultural y psicológica de un chino.

Los afanes por definir la esencia del chino se le habían revuelto aquella tarde de 1989 cuando, después de muchos años sin pisar el territorio agreste del Barrio Chino, el teniente había vuelto a visitar aquel viejo tugurio de La Habana, convocado esta vez por uno de los gajes de su oficio: habían asesinado a un hombre, solo que esta vez el difunto era, precisamente, un chino.

Como en casi todas las situaciones en que interviene un chino (incluso cuando sea un chino muerto), aquélla tenía sus complicaciones: por ejemplo, al hombre, que había resultado llamarse Pedro Cuang, no lo habían liquidado del modo simple y vulgar en que se solía matar en la ciudad. No había muerto de un tiro, o una puñalada, o de un golpe en la cabeza. Más aún: ni siquiera envenenado o incinerado. Para estar acorde con el origen étnico del difunto, aquél era un asesinato extraño, demasiado oriental y rebuscado para un país donde vivir resultaba (y resultaría, por mucho tiempo) más complicado que morirse: se trataba de un crimen casi diría que exótico, aderezado con ingredientes de difícil conjunción. Dos flechas rayadas con el filo de una navaja sobre la piel del pecho y un dedo cortado, por si se quieren más ejemplos.

Varios años después, cuando Mario Conde ya no era teniente ni mucho menos policía, debió regresar al Barrio Chino de La Habana en busca de una obsesión que se le había clavado en la mente y de un misterio perdido en el pasado. [1] En aquel retorno se toparía con un sitio mucho más degradado, casi en ruinas, asediado de basureros desbordados y delincuentes de todos los colores y profesiones: había bastado el lapso de los quince años transcurridos entre las dos inmersiones en la vecindad para que de la antigua estirpe del Barrio Chino -nunca demasiado excelsa- sólo quedaran poco más que el nombre que lo distinguió entre los cincuenta y dos barrios reconocidos de La Habana y algún letrero mohoso e ilegible, capaz de identificar una vieja sociedad o algún comercio montado por aquellos emigrantes. Y, únicamente si se tenía mucha persistencia, quizás conseguir encontrar cuatro o cinco chinos acartonados, polvorientos como piezas de un museo olvidado: los últimos sobrevivientes de una larga historia de convivencia y desarraigo que parecían estar cumpliendo la función histórica de remanentes visibles de las decenas de miles de chinos que, llegados a la isla a lo largo de un siglo de constantes migraciones, una vez le dieron forma, vida y color a aquel rincón habanero…

Fue precisamente el día de su nueva incursión en el Barrio cuando Conde, más viejo y nostálgico, se soltaría a recordar, con sospechosa claridad (según el cada vez más lamentable estado de su memoria), aquella mañana de 1989 en que, dedicado a revolcarse en su ocio, su soledad y en las páginas de alguna novela, había irrumpido en su casa la portentosa anatomía de la teniente Patricia Chion, cargando un reclamo de amiga (es un decir) más que de compañera, una petición capaz de complicarle la existencia a Mario Conde y alterar aquellas esquemáticas nociones acerca de un chino que, feliz y despreocupadamente, sin ponerse nunca a anotarlas, había tenido hasta entonces.

Lo más doloroso resultaría comprobar cómo, al final de aquellas jornadas vividas y sudadas en el Barrio, el chino modélico y típico que hasta ese momento el Conde había sido capaz de armar se convertiría en la estampa de un ser plagado de cicatrices abiertas y carácter insondable, como las aguas profundas de un mar del cual salieran a la superficie viejas pero todavía lacerantes historias de venganza, ambición, fidelidad y las burbujas de tantísimos sueños frustrados: casi tantos como chinos llegaron a Cuba.

Sin exageración: de verdad que valía la pena detenerse a mirarla. Y lo primero que se advertía, hecho el más rápido examen visual, era que nada en aquel ejemplar de catálogo parecía puro. La segunda conclusión apuntaba al hecho de que el resultado de la impureza manifiesta alcanzaba la categoría de pieza inmejorable del arte de la creación de humanos.

Cuando la veía, el Conde solía recordar aquella historia fracasada y convenientemente olvidada de los F-l, las reses del milagro pecuario-socialista cubano (uno de tantos milagros evaporados), el animal perfecto que se lograría a través del aparejamiento de ejemplares escogidos de la raza Holstein, holandesa y gran productora de leche pero sin abundancia de carne, y la Cebú, tropical, poco dada a la acumulación de leche en sus tetas, aunque excelente proveedora de bistecs. El F-l, por supuesto, tomaría lo mejor de la genética de sus procreadores y, por tan sencillo como genial método de suma y resta, se lograría que en una sola res hubiera leche y carne en abundancia. Como todo el proceso se presentaba tan simple y natural, en poco tiempo habría tantas reses bien dotadas en las vaquerías cubanas que la isla podía sufrir inundaciones lácteas (en 1970 la mantequilla y la leche se venderían sin necesidad de presentar la libreta de abastecimiento, aseguraban los grandes líderes en sus prometedores discursos, Conde lo recordaba perfectamente) y hasta surgiría el peligro de que cada cubano muriera atragantado con un filete, por no hablar ya de los peligrosos niveles de colesterol, calcio y ácido úrico a los cuales se arribaría… Pero la vida demostraría que las F-l necesitaban mucho más que soñadores de tribunas e inseminadores de largos guantes, y no hubo ni vacas F-l ni, por supuesto, leche, mantequilla, bistecs…, ni siquiera picadillo. No los hubo en 1970 y todavía seguían sin aparecer, por lo cual (efecto colateral) se había logrado mantener niveles aceptables de colesterol y más bien bajos de hemoglobina.

Pues Patricia Chion era un F-l de chino puro y negra retinta. La mezcla satisfactoria y a proporciones iguales de aquellos genes había dado al mundo una china mulata de un metro y setenta y cinco centímetros de estatura, pelo negrísimo que le bajaba de la cabeza en unos tirabuzones ingobernables pero suaves, dueña de unos ojos perversamente rasgados (casi asesinos), una boca pequeña de labios gruesos, repletos de pulpa comestible, y un color de piel de chocolate aclarado con leche, parejo, limpio, magnético. Aquellos atributos, para más ardor, vinieron acompañados por unos ornamentos también dignos de catálogo: unas tetas pequeñas, insultantemente empinadas, una cintura estrecha que se abría hacia la inmensidad de unas caderas redondas que se extendían por la altura inconmensurable de sus nalgas, dedicadas a formar uno de los culos más exultantes del Caribe, y que luego bajaban por los muslos poderosos para llegar al remanso de unas piernas limpias de venas y cargadas de músculos suaves. El conjunto constituía una de aquellas mujeres que, nada más verlas, cortan la respiración, elevan el pulso y llenan la cabeza de malos (¡qué carajo malos!: ¡buenísimos!) pensamientos y deseos.

Pero no sólo valía la pena pasar y mirarla, como a un cuadro más de un gran museo. La mujer atraía como La Gioconda, o mejor, como la goyesca Duquesa de Alba en su versión calurosa (la mejor): a Patricia Chion, teniente de policía especializada en delitos económicos, le gustaba que la vacilaran, abusaba de la exhibición de su belleza, potenciada por aquel botón de la blusa siempre abierto en el filo del abismo y la falda unos centímetros más corta de lo reglamentario, artilugios que, sumados a su forma de andar, advertían de su carácter más caribeño que asiático: su cuerpo y su mente trasmutaban un anodino uniforme policial en una tentación, como ciertas enfermeras. Y aquella mañana que hasta ese instante imaginaba ociosa y vulgar, el Conde, con la puerta abierta, se había revolcado, como siempre, en la observación golosa del F-l y en la generación desbocada de malísimos pensamientos.

– Está bueno ya, Mayo -dijo la policía, utilizando el mote con el cual siempre se dirigía a Mario Conde, dando por terminado el tiempo de contemplación, aunque premiándolo con un beso sonoro en la mejilla.

– ¿Y qué cosa tú haces aquí? -le preguntó el policía cuando pudo respirar, tragar saliva e, incluso, hablar.

– ¿Me vas a dejar en el portal?

Conde por fin reaccionó.

– Perdóname, coño, es que… -y se apartó del dintel-. Entra, entra, pero no te fijes en el reguero… Hoy iba a limpiar la casa, ¿sabes? Como estoy de vacaciones y… -siguió el Conde, con los nervios alterados, mintiendo sin pudor.

Al pasar por su lado y besarlo en la mejilla, Patricia le había regalado al Conde su olor: a piel limpia, a animal saludable, esencialmente a mujer. Por eso, mientras la veía avanzar por la sala, el hombre, por sentir, sintió incluso ganas de llorar…

– Hombre y policía: demasiado para una sola casa… Pero he visto leoneras peores -admitió Patricia, parada en medio de la sala, y de inmediato se volvió y miró a Conde-. Para que veas cómo soy, te propongo un trato.

Conde por fin sonrió. Y se dejó llevar. No le importaba, por supuesto, que lo condujeran al infierno si era Patricia quien lo halaba de la mano.

– Sé que me vas a joder, pero… A ver, ¿en qué andas?

– Si pospones las vacaciones y coges un caso, te ayudo ahora mismo a limpiar la casa.

Conde sabía que aquellas palabras y la respuesta que les daría le costarían más caro de lo previsible, pero no tenía opciones. Por eso, sin preguntar más ni recordar los férreos planes de no hacer absolutamente nada que tenía para sus días libres, dijo.

– Dale…, ¿qué caso?

Patricia sonrió, colocó su cartera sobre una pila de revistas que envejecían en un butacón, y hurgó en el interior del bolso, de donde extrajo un elástico. Con habilidad, recogió sus rizos negros y los ató sobre la nuca.

– Préstame un short y un pulóver viejo. Te cuento mientras limpiamos…

Patricia se descalzó, trabando un zapato con el tacón del otro y, ya descalza, abrió el tercer botón de su blusa. Mientras, Conde notaba que sus piernas temblaban y sintió cómo bajaba por su uretra una gota lubricante.

– Oye, Mayo, que esto no es un strip-tease, dame la ropa… y que esté limpia -exigió Patricia y por fin el policía reaccionó.

Dos horas después la casa estaba baldeada y todo lo organizada que se hubiera conseguido soñar para el tiempo de que disponían. A la vez Mario Conde quedaba al tanto de las pocas informaciones todavía existentes sobre el asesinato de un tal Pedro Cuang. Pero, sobre todo, el policía conocía la razón por la cual Patricia lo reclamaba: según la teniente, para alguien que no tuviera un guía confiable en el Barrio Chino aquel caso sería de imposible solución. Y Patricia sabía que entre los investigadores de la Central sólo el Conde, por la amistad que lo unía a su propio padre, Juan Chion, tendría alguna posibilidad tangible de acercarse a la verdad.

– Además, el muerto era amigo de mi padrino, Francisco…, y estoy segura de que mi papá lo conocía, aunque me dijo que no.

– ¿Y antes de hablar conmigo tú hablaste con tu padre para que él me ayudara?

– Ay, Mayo, desde que decidí venir a verte yo sabía que tú no podías decirme que no… ¿Para qué somos amigos?

Como si no hubiera suficientes fuerzas para desarmarlo, la voz de Patricia, cuando adoptaba aquel tono entre suplicante y provocador, podía quitarle todo al Conde. Hasta los calzoncillos.

Mientras bebía otra taza de café, sentado en la cocina, Mario Conde pudo oír cómo el chorro de la ducha caía sobre el cuerpo desnudo de Patricia Chion. Por suerte, dos días antes el policía había metido en la lavadora de Josefina, la madre del flaco Carlos, varias sábanas y toallas y pudo brindarle a Patricia una limpia y en niveles de deterioro aceptables, pues la mujer decía que no podía volver al trabajo en aquel estado de suciedad en el cual se había sentido al terminar la faena. Aunque Conde se la hubiera comido con ésa y hasta otras muchas mugres encima, hizo el último esfuerzo, el supremo de aquella mañana, y le dijo adiós a Patricia desde la cocina cuando ésta había entrado en el baño, cerrado la puerta y, previsora como una china, pasado el cerrojo. Con la mente desbocada, Conde fumaba en la cocina, el oído dedicado a escuchar el choque del agua con el cuerpo y a imaginar los ríos que formaría aquel líquido afortunado por la piel color canela.

Media hora después, mientras él mismo se preparaba para darse una ducha y salir a buscar los modos de cumplir su parte del trato con Patricia Chion, Conde descubrió en la banadera un pelo grueso, negro, recogido en sí mismo, como un muelle, un pelo que no podía provenir de otra parte que del pubis de la china. Con el vello ante los ojos y mareado por el olor a mujer limpia que había quedado flotando en su baño, no lo pensó más y se sentó en el borde de la banadera. No luchó demasiado consigo mismo: solo tenía a su alcance un alivio para sus ansias.

Capítulo 2

Fue aquella misma noche, mientras viajaba en una guagua ruidosa y repleta hacia la casa de Juan Chion, atravesando una ciudad oscura, tórrida y cada día más hostil, cuando Mario Conde se dedicó a organizar sus pobres ideas sobre qué cosa era un chino. Pero, después de cincelar su criatura con todas las experiencias a su alcance, resultaba evidente que apenas había logrado algunas respuestas miserables, más bien dignas de lástima. «Si me oye Mao Tse Tung o si me agarra Confucio», se dijo el entonces teniente, pensando que la Gran Marcha y la Gran Revolución Cultural, incluso que la Gran Muralla China, los gigantescos dragones mitológicos y otras grandezas de aquel país exagerado, nunca habrían sido realizadas por el modesto chino con dotes culinarias de su elucubración. Aunque, después de todo, no le disgustaba mucho haber convertido a un hombre tan cabal como Juan Chion en su chino modelo. El viejo se lo merecía y, además, el Conde había descubierto que el ejercicio de tratar de saber qué cosa es un chino, en una guagua atestada, calurosa y maloliente, puede hasta reportar ciertas ventajas apreciables: uno deja de preocuparse por la circunstancia de ser rozado con órganos poco deseables y hasta por el hecho de que alguien pueda ocupar el asiento que debía de corresponderle a ese mismo uno cuando el negro con trazas de albañil se dispuso a bajarse y aquella mulata pechugona lanzó al espacio una de sus tetas para bloquear las justas aspiraciones del Conde (el uno de siempre), que adoraba viajar sentado en las guaguas, con la cara hacia la ventanilla y los ojos puestos en las alturas, preparados para descubrir frontones, arcos elevados y plantas altas en sitios que, cuando andaba al nivel del suelo, resultaban inaccesibles a su mirada y a su interés.

Lo único invencible a aquella hora de la noche, incluso para quien viajara en una guagua repleta y sudorosa, era el hambre: Juan Chion y la comida habían devenido asuntos tan afines que sólo saber que se dirigía a la casa del viejo le provocaba un alboroto de tripas siempre dispuestas a recibir aquellas barbaridades que, por puro milagro, llegaban a saber bien. Berenjenas rellenas con pato hervido en salsa de bambú y verdolaga, rociadas con maní molido y crocante, por si todavía hicieran falta más ejemplos.

En la parada de Infanta y Estrella, el teniente investigador Mario Conde abandonó la guagua y, para conseguir plantar los pies en la acera, casi debió lanzarse contra el gentío que pretendía abordar el ómnibus mientras él descendía.

– Dale, culo flojo, que la guagua no es para dormir -le dijo la mujer que lo atropellaba, y el Conde ni siquiera sintió deseos de contestarle. «Así que Culo Flojo», pensó, y se detuvo hasta observar cómo el vehículo se alejaba, rugiente, amenazador, envuelto en una nube de humo negro, como si su destino inalterable fueran los mismísimos infiernos. Entonces extendió bien su camisa, manchada de sudor, y después de haber acomodado la pistola contra el cinturón, empezó a desandar las tres cuadras oscuras que lo separaban de la casa de Juan y la teniente Patricia Chion, en la vieja calle Maloja.

Enseguida se olvidó de la mulata tetona y del insulto, porque la algarabía de la calle parecía ser una ampliación por mil de la agresiva y sintética promiscuidad de la guagua. ¿Qué coño era aquello? ¿Un carnaval o una manifestación?, se preguntó, cebándose en el absurdo de lo imposible: en La Habana ya no había ni carnavales ni manifestaciones espontáneas (no importaba lo que dijeran los periódicos, tan eufemísticos siempre), aunque sí interminables apagones diarios y muchísimo calor para el mes de mayo. El Conde hubiera preferido caminar por una calle vacía, sin rumbo y sin prisa, dedicándose a pensar lo que el cerebro quisiera pensar, pues, al fin y al cabo, él no era más que un cabrón recordador, como le decía su amigo el flaco Carlos. Pero en medio de la canícula de aquella noche, agravada por lo que debía de ser un demasiado exasperante apagón, cada habitante de aquel barrio del centro de la ciudad parecía necesitar del aire de la calle para sobrevivir, y una masa bulliciosa se había desbordado de las aceras hacia el asfalto, llevando consigo sus faroles de querosén y también sus sillones, bancos, catres y mesas de dominó y hasta alguna que otra botella de ron, para esperar del mejor modo posible el regreso de la electricidad.

– Pero qué cojones se creen estos hijoeputas, ¿hasta qué repinga de hora vamos a estar sin luz? -gritó alguien asomado a un balcón, y el murmullo de aprobación corrió por la calle Maloja, rompiendo la resignación de la obligada vigilia colectiva.

Aquellas gentes, acostumbradas a esperar eternamente, de vez en cuando recordaban que algo se podía exigir, aunque no sabían ya de qué modo ni en qué lugar. El Conde entonces apretó el paso y se felicitó por su costumbre de no andar vestido de policía. En los últimos meses los apagones, provocados por la ya intermitente llegada de petróleo soviético, habían terminado con botellas lanzadas hacia la calle, con pedradas a las vidrieras y otros vandalismos, éstos sí espontáneos, y por eso recibió con tanto alivio el profundo murmullo de satisfacción que se produjo cuando al fin se hizo la luz, con el ansiado regreso de la electricidad.

Las gentes, como animales amaestrados ante la señal aprendida con fuego, gritaron «Al fin», «Menos mal», «¡Coño, si ya va a empezar la novela!», y desalojaron la calle en menos de un minuto, encendieron ventiladores, lámparas y televisores para dejar patente, con la moribunda iluminación de un par de bombillos en cada esquina, la fealdad esencial de aquel barrio humilde y proletario, en vías de implosión, que no contaba siquiera con el beneficio de algún árbol capaz de alegrar el panorama.

La casa de Juan Chion tenía la puerta y dos ventanales sobre la acera, y cuando la visitaba, el Conde siempre la miraba con la impresión de que las dos casas vecinas la tenían aplastada entre sus paredes. Todas las edificaciones de la cuadra eran de puntal alto, construidas en las décadas de 1910 y 1920, y hacía años que clamaban a gritos por una reparación salvadora y unas manos de pintura, capaces de retardarles el Apocalipsis que las amenazaba. Justo en aquella calle habanerísima, donde en los tiempos coloniales solía venderse la maloja a la cual debía su nombre, decía haber nacido Alejo Carpentier, y unos años después, cuando Conde supo que el nacimiento habanero del escritor parecía ser más novelesco que real, le reconoció al creador de ficciones la habilidad de haber escogido, entre muchas posibilidades, una calle lo bastante anónima pero a la vez auténticamente habanera como para convertir a un F-l de francés y rusa en un habanero puro.

La aldaba de bronce sacudió la puerta de madera negra y la sonrisa de Juan Chion sustituyó el apretón de manos que aquel chino jamás ofrecía.

– El Conde, el Conde, qué bueno -lo saludó el anciano con una breve reverencia, al tiempo que le daba entrada a la casa.

– Tú nunca hubieras hecho la Gran Muralla China, ¿verdad, Juan? -dijo, y le sonrió a la sonrisa que el anfitrión mantenía ante la incomprensible pregunta-. Pero eso no importa, dime, ¿cómo te sientes?

– Bien, bien -empezó el viejo, ofreciéndole un sillón mientras él ocupaba una butaca maltrecha que ninguna de las súplicas de su hija Patricia había bastado para convertir en leña y trapo junto al latón de basura. El chino adoraba aquel asiento, pues tenía para él un valor especial: su esposa lo había adquirido por dos pesos en un almacén de segunda mano de la calle Muralla regentado por unos judíos polacos y, luego de retapizarlo con una tela brocada, se lo había regalado por su cumpleaños de 1946, varios años antes de que naciera la propia Patricia-. Me siento bien, Conde, los ejercicios son buenos, tú sabe. Taichi…

El Conde encendió un cigarro y asintió. No era capaz de recordar la última ocasión en que hiciera algún ejercicio de repetición diferente al que realizara aquel mediodía, sentado en la poceta de su baño.

– ¿Y tu hija? ¿No ha llegado?… Me dijo que a lo mejor esta noche nos veíamos acá.

Sólo entonces Juan Chion dejó de sonreír, pero fue apenas un instante. Podía decir las cosas más terribles volando de sonrisa en sonrisa.

– Está loca, Conde, habla con ella. Tiene un novio jovencito y está loca, Conde. To' los días llega taldísimo.

Mario Conde concluyó que él era un hombre sin suerte y la china Patricia, sin duda, una ninfómana frenética e hija de la gran puta. Ahora resultaba ser un jovencito cualquiera quien estaba disfrutando de las múltiples bondades corporales de Patricia. Lo peor era que, como si fuera en broma, pero dejando abierta la posibilidad de que pudiera ser totalmente en serio, por años el Conde le había repetido a la teniente Patricia que el sueño de su vida era templarse a una china mulata con el culo bien grande. Y entonces, al estilo de los gallos de su abuelo Rufino el Conde, comenzaba a girar alrededor de ella, como si todavía necesitara comprobar que Patricia podía ser una buena candidata. La china, puta como ella sola, se reía y le decía que a lo mejor algún día le conseguía lo que él andaba buscando, y el Conde le suplicaba: «Cuanto antes, mejor…». Pero ahora, después de haberse puesto un pulóver del Conde, de haber limpiado descalza la casa del Conde y de haberse bañado, por supuesto que en cueros, en la casa del Conde, resultaba que Patricia andaba con un jovencito. «Qué china más hija'e puta», se ratificó el policía, y trató de buscar algún remedio inmediato a su sincera congoja.

– Juan, ¿no te queda vino de arroz?

– Pélate, Conde, pélate -repitió el viejo, pidiéndole paciencia con un gesto de la mano-. Te hice té. Té verde, de Cantón. Si lo tomas bien caliente te quita el calol…

– Pero ¿no tienes vino? ¿Y sake?

Juan Chion no le respondió y avanzó hacia el interior de la casa con su paso ingrávido y leve de cosmonauta, y el teniente Mario Conde pensó que un trago de aquel contundente vino de arroz o una taza de sake (daba igual que no fuese chino, lo importante era la gradación alcohólica) le hubiera servido mejor que el té para sacarse a Patricia Chion y su envidiado jovencito de la cabeza y para recordarle al viejo Juan que él estaba allí no sólo para comerse una sopa de huevos y palomos, encrespada por las incontables hierbas que le recitara por teléfono Juan Chion, sino también porque un paisano suyo, amigo de otro paisano suyo, había muerto de un modo bastante extraño y, como le advirtiera Patricia y él mismo comprobara en la práctica, necesitaba la ayuda del anciano para poder meterse en el Barrio Chino. Y luego, si era capaz de hacerlo, averiguar por qué habían matado a aquel chino viejo.

«Ya los forenses terminaron de trabajar con el cadáver. Estábamos esperando por ti para sacarlo, quería que vieras todo como lo encontraron. Porque desde ahora te lo advierto, aquí hay una historia rara», le había advertido Manolo cuando lo vio llegar, pasado el mediodía, y Mario Conde no supo por qué razón el juicio del sargento le produjo cierta alegría. Será que de vez en cuando es bueno trabajar en algo raro, ¿no? Siempre los mismos ladrones, los mismos estafadores, los mismos hijos de puta que medraban desde sus posiciones de poder; siempre similares o muy parecidos desfalcos y riñas tumultuarias pueden aburrir a cualquiera y un poco de extrañeza -¿o extrañamiento?- le viene bien a la rutina de un policía.

«¿Qué cosa es lo raro, Manolo?»

«Deja que tú lo veas», respondió el sargento Manuel Palacios, con su dramatismo habitual, y le indicó al teniente el camino a seguir desde la calle hacia la habitación de la cuartería donde se había producido el crimen. El Conde se preparó: aunque hacía diez años que trabajaba como policía, nunca le había tocado un «caso chino».

– A ti no te importa que le diga chinos a los chinos, ¿verdad, Juan? -empezó el Conde con una taza de té hirviente, muy perfumado, en las manos y asediado por una sensación de desorientación policial y sexual que lo ponía excesivamente locuaz-. ¿Eso no es ofensivo, no? Porque los chinos son chinos, pero a los negros no se les debe decir negros, aunque sean más negros que el culo de una tiñosa. A los niños educados les enseñan a decir «una persona de color», pero es porque son de color negro, ¿no? Mi abuelo Rufino me decía que les dijera «morenos». Yo tengo algo de negro, ¿sabes? No sé si por parte de madre o de padre o de espíritu santo… Pero, bueno, a lo que iba, nunca me habían matado a un chino y ahora tengo que averiguar quién mató a éste y desde que lo vi hoy por la tarde estoy pensando en chino…

En realidad el sargento Manuel Palacios no había exagerado: el hombre vivía en un solar de la calle Salud, casi esquina a Manrique, en el mismo corazón del Barrio Chino, y la primera sorpresa que había recibido el Conde fue la cantidad de chinos viejos congregados en el pasillo de la cuartería. Estaban en cuclillas, serios, muy callados, como gorriones posados en un alambre, y todos lo observaron cuando el policía entró. Tenían un modo de mirar oblicuo, pesado y adolorido, capaz de remover la sensibilidad del teniente investigador, que siempre recordaría haber pensado: «Es como un velorio sin flores, una cosa tristísima». Pero todavía se negó a aceptar que hubiese algo fuera de lo normal: «Se murió uno y vienen los otros, ¿no dicen que los chinos son como las hormigas?», había pensado esa tarde y se arrepintió después de trasmitirle el símil al viejo Juan Chion.

– Además, hay un olor peculiar en esos lugares donde viven muchos chinos. ¿Tú no crees, Juan? No sé a qué será, es una peste dulzona, como el vapor de una lavandería. Se te mete así por la nariz y tienes que decir: esto es olor a muchos chinos. ¿Dime si no es verdad? El solar tiene un pasillo larguísimo, con una puerta al lado de la otra y los baños colectivos al fondo, detrás de unos lavaderos y unos tanques de metal para guardar el agua. Si no es por los chinos y por el olor de los chinos, aquello no hubiera parecido una casa de chinos, pero lo es desde hace setenta años.

«¿Qué se sabe del hombre?», le había preguntado el Conde a Manolo, sin dejar de sentir en sus espaldas la persecución visual de los chinos silenciosos.

«Pedro Cuang, setenta y ocho años, natural de Cantón, emigró a Cuba en 1928, cuando tenía trece años. Nada más regresó a China una vez, el año pasado, pero estuvo un mes y volvió. Fue tintorero, tenía una pensión de noventa y dos pesos al mes. Vivía solo, nunca se casó y no tenía familia. Un chino como otro cualquiera», informó el sargento y guardó la libreta de notas en el bolsillo trasero del pantalón, con un gesto que el Conde sabía que le pertenecía y su subordinado le plagiaba ahora, desvergonzadamente.

«¿Y para qué coño alguien querrá matar a un viejo así?», había dicho el Conde, antes de entrar en la escena del crimen, mientras saludaba al guardia apostado en la puerta del cuarto.

– Te lo juro, Juan, el olor a chino se multiplicó por cinco y me agarró por la cara como si fuera la mano macabra con ganas de cortarme la respiración. Pero seguí. Me dijeron que nadie había tocado nada… ¿Y tú sabes que casi me dieron ganas de llorar? Tú tienes suerte, te casaste, vives con tu hija y tienes esta casa, pero si la soledad se pudiera dibujar, cualquiera podría inspirarse en el cuarto de Pedro Cuang. Una cama así estrechita, con una colchoneta mugrienta y una sábana llena de parches y un pedazo de palo en la cabecera, creo que para usarlo como almohada, ¿no? Un cordel en un rincón, con dos o tres camisas y pantalones colgados. Dos sillas desfondadas. Un fogoncito de luz brillante y en el piso, al lado de la cama, una lata con agua en la que había como cinco pipas larguísimas, igual a esa que tú usas a veces. Al lado de la cama estaba el perro. Un perrito sato, blanco, de mucho pelo, debía ser medio poodle o medio maltes. El perro también tenía la soga con la que lo habían ahorcado amarrada en el pescuezo… En la mesa del fogón había dos platos, dos cazuelitas, unas botellas y una caja con un juego de dominó. Y el resto del cuarto lleno de cajones de cartón: cajones con revistas y periódicos viejos, con trapos y latas y cazuelas abolladas, cajas con jabones, papel higiénico y latas de comida que debía de haber guardado durante años. Había hasta un cajón con unos platos de porcelana china. Como treinta cajones, y la mayoría estaban abiertos, con las cosas afuera, como si los hubieran destripado… Lo primero que me pregunté fue por qué ese hombre estuvo en China y regresó otra vez a vivir en aquel tugurio apestoso. ¿Por qué, Juan? Había tantas cosas regadas por el cuarto que nadie podía saber si faltaba alguna. Después pregunté y parece que nadie puede saber si falta algo. Pero tus paisanos son del carajo: nunca se sabe cuándo no saben o cuándo no quieren saber.

Pedro Cuang seguía colgado de una viga del techo y de su boca salía la punta de una lengua pálida y marcada por la mordida de sus propios dientes. Estaba en cueros y en el piso había un charco de mierda, orines y manchas de sangre. El Conde estudió el cadáver un minuto: «Es el chino más flaco que he visto en mi vida», pensó.

– Y ahora viene algo que a lo mejor tú puedes saber, Juan: a Pedro le habían cortado el dedo índice de la mano izquierda y en el pecho, con una cuchilla o con una navaja muy afilada, le habían hecho un círculo con dos flechas que formaban una cruz, y en cada cuadrícula habían puesto unas cruces más pequeñas, como si fueran signos de sumar…, ¿me entiendes? «Mira», le había dicho entonces el sargento Manuel Palacios, mostrándole una bolsita de nailon que recogió de la mesa del fogón. Cuando lo tocó el vecino de al lado, el que lo descubrió, se le cayó esto de la mano derecha.

– En la bolsita había dos chapillas de cobre, así, del tamaño de un centavo, y tenían la misma marca que le habían hecho a Pedro Cuang en el cuerpo. Un círculo con dos flechas en cruz y cuatro cruces más pequeñas.

– Tá estlaño, estlaño cantidá -aceptó al fin Juan Chion y bebió el último sorbo del vaso de vino de arroz que sólo había sacado para acompañar la comida.

– Oye, Juan, tú mismo, que llevas más de cincuenta años viviendo en Cuba, dime una cosa, ¿por qué ustedes no hablan bien el español, eh?

Juan Chion acentuó su sonrisa.

– Porque no me da la gana de hablar como ustedes, Mario Conde -dijo, haciendo un esfuerzo por redondear todas las sílabas y marcando cada erre como si se tratara de un ejercicio agotador. Sonrió y estiró un brazo para recuperar el vaso del teniente.

– Eso es ser un chino ladino, ¿no?

– Más o menos… No seas bluto, Conde, la rrreee no existe en chino…

– Mira tú… ¿Y cómo dicen ferrocarril? ¿Y remora?… ¡Terremoto!… ¿No me vas a dar más vino de arrrrrroz? ¿No?… Bueno, el caso es que hablé con el vecino que lo encontró y fue como si hablara con la pared. Se reía un poco o se ponía serio pero nada más decía «Chino no sabel, policía, chino no sabel». Y los demás dicen «sabel» menos todavía, pero alguno tiene que saber algo, haber oído algo… Y tú que tienes una hija policía sí sabes que yo no puedo trabajar sin tener la más cabrona idea de por qué mataron a Pedro Cuang y le cortaron un dedo y le hicieron esa marca en el pecho. Dice Manolo, tú sabes, el sargento que trabaja conmigo, que seguro el hombre tenía algún dinero, pero yo lo dudo, mira cómo vivía. Aunque en el cuarto no encontramos ni un centavo, y eso también es muy raro. Pero el reguero podía ser para despistar o qué sé yo… ¿O tú crees que es una venganza y todas estas cosas que le hicieron tienen un sentido?

Juan Chion asintió y, como hombre sabio, optó por rebosar de vino el vaso del Conde.

– Gracias, viejo… El otro lío es que hace un mes agarraron una carga de coca en el Barrio, a dos cuadras de donde vivía Pedro Cuang. Los que tenían la droga son cubanos, pero los investigadores sospechan que la droga confiscada no es ni la mitad de la que entró. Y agarraron tres kilos… Uno de los que está preso dice que de su casa le robaron un paquete con un poco de polvo… Hasta donde sabemos, esa droga no ha aparecido.

– ¿Y Pedio tenía coca? -preguntó Juan, ahora con cierto interés.

– No sé, pero en la casa no apareció nada… Aunque esa manera de matarlo… Mira, viejo, mi problema es éste: no sé un carajo de lo que pueda haber pasado ni lo que significa lo que le hicieron al muerto y me hace falta tu ayuda… No sé si lo conocías, pero era tu paisano.

– ¿Yo de policía? -preguntó lentamente el viejo y, por supuesto, sonreía-. Juan Chion Tai de policía en Balio Chino. No, Conde, no puedo. -Y enfatizó la negativa con un sostenido movimiento de cabeza que amenazaba con ser perpetuo.

Mario Conde lo miró a los ojos y detuvo la súplica que iba a lanzar. Como le había advertido la teniente Patricia, si no encontraba a alguien capaz de abrirle las puertas secretas del Barrio y llevarlo a entender lo del dedo cercenado, el círculo cruzado en el pecho del muerto y las dos chapas de cobre con el mismo signo, no sabría cómo entrar en aquella muerte insulsa pero insultante que debía aclarar. Porque si de algo estaba convencido en aquel instante, era de que nadie, al menos en el Barrio Chino de La Habana, iba a tomarse el trabajo de dejar aquellas trazas como un simple juego de espejos para despistar a la policía. Además, le parecía demasiado extraño el viaje a China de Pedro Cuang, y más aún su decisión de regresar a aquel cuchitril inmundo de La Habana donde había vivido más de cuarenta años, almacenando jabones, latas de comida rusa y búlgara y periódicos viejos… Pero, en realidad, su mayor problema era que todo le parecía extraordinario en la vida de aquellos chinos que vivían en el mismo centro de la ciudad desde hacía más de un siglo y seguían siendo gentes lejanas y distintas, de quienes se conocían con toda certeza apenas dos o tres tópicos inútiles en aquel momento: arroz frito, pomadita china para el dolor de cabeza, el baile del león y la existencia de aquellas películas sin subtítulos, como la que una vez, muchos años atrás, vio el Conde en El Águila de Oro, rodeado por los aplausos, carcajadas y lágrimas de los espectadores chinos, gozadores pletóricos de un espectáculo para él incomprensible. Los tópicos convocados para alimentar sus imágenes de qué coño era un cabrón chino, vivo o muerto.

– Conde, cosa de chino se lesuelven entle chinos. ¿Tú me entiendes?

– No.

– Tas bluto, Conde.

– Más bruto estás tú. Esto no cosa de chinos… Tú sabes bien cómo funciona todo esto, tu hija es policía y ella me dijo que tú podías…

– Mi hija es cubana. Y no puede hablal pol mí.

El policía contó hasta diez. Necesitaba una dosis abultada de paciencia china si quería entrar en el meollo de aquel cuento chino. «Más tópicos, me cago en diez.» Atacó entonces con fuerza y cautela.

– Juan, tu hija es cubana y es policía y tú sabes qué cosa es ser policía. Y fue tu hija la que me pidió que me metiera en esta historia y quien me dijo que tú podías ayudarme. Y tienes que ayudarme. Porque ahora hay un muerto, pero también porque en el Barrio Chino están traficando con cocaína, hay bancos de juego ilícito, parece que una fábrica clandestina de ron y cerveza…, y como soy policía, por lo menos tengo que averiguar quién mató a ese infeliz y por qué. Nadie se merece morir así, Juan. Y yo solo no voy a poder resolver este mierdero. Si tú no me ayudas, el muerto se queda muerto; y el vivo que lo mató, cagándose de risa y comiendo rollitos de primavera en El Mandarín. Además, me dijo Patricia que tú conocías a Pedro Cuang…

– De vista na má.

– Pero yo sé que era amigo de otros amigos tuyos… Por favor, Juan… Mira, ¿y si el que lo mató no es un chino? ¿Por qué tú piensas que es cosa de chinos?

El viejo suspiró, moviendo otra vez la cabeza, con aquella negativa pendular e infinita, hasta que sonrió.

– Oye esto, que es sabidulía de mi país: una vez un homble hizo un pozo de agua al lado de un camino, y todita la gente que pasaba aplaudió su acción, polque ela un pozo muy bueno pala todos los que quelían agua y vivían pol allí… Pelo un día alguien se ahogó en el pozo, y entonces to el mundo cliticó al homble que lo había hecho… ¿Tú entiendes?

– Sí, y hasta me sé la canción del chino que se cayó en el pozo… Eso es otro cuento chino, Juan, muy bonito y muy educativo, pero es un cuento, y ahora lo que tú tienes que hacer es ayudarme a encontrar un asesino de verdad… Nadie te va a criticar por eso.

– Pelo Conde… -protestó sin mucha convicción, y el teniente aprovechó para rematar.

– Te vengo a recoger mañana a las ocho y media, cabo Chion -dijo el Conde, limpió su vaso de vino y le hizo una reverencia a Juan. Antes de salir comprobó que el viejo todavía se reía y negaba con la testa de cabellos erizados-. Ve pensando en lo que te conté… Sobre todo lo del dedo y esa cruz en el pecho, ¿eh? Ayúdame, por tu madre -pidió en tono lastimero y se acomodó el revólver en la cintura-. Y dile a Patricia que me llame cuando pueda -agregó y salió a la calle, sin poder imaginar el huracán de secretos y dolores del pasado y del presente en que estaba envolviendo a su chino modelo.

Conde disfrutó de la soledad apacible que ahora halló en la calle, pero al llegar a la Calzada de Infanta vio cómo se le escapaba su guagua. Y traía como diez asientos vacíos. Lo dicho: no, Conde, no hay suerte para los hombres justos.

Capítulo 3

Mario Conde siempre había amado los libros -y siempre los amaría, más aún cuando el destino, en una voltereta inesperada de la historia, lo llevó a vivir de ellos y convertirse en comprador y vendedor de libros viejos como alternativa de supervivencia en un país donde, durante años, en medio de la Crisis más asoladora, apenas se luchó por atravesar las horas álgidas de cada día y llegar vivo al siguiente. Como lector primero, como aspirante a escritor después, y como mercader bibliográfico en los años más recientes, había disfrutado de los libros, los había buscado y hasta soñado con algunos de ellos, tanto como había soñado con el béisbol. Y eso es mucho decir.

– ¿De verdad te puede gustar tanto leer una novela en la que todo es mentira como ver un juego de pelota en el que todo, todo, tiene que ser verdad? -le había reprochado alguna vez su amigo, el flaco Carlos, en realidad con la intención de aguijonearlo.

– Ni lo que cuentan las novelas es todo mentira ni lo que ves en la pelota es todo verdad -decía entonces para no discutir sobre una relación armónica entre aquellas dos pasiones que, al menos para él, estaba sólidamente establecida.

Su memoria, tan llena de nostalgias, recuerdos y otras alimañas que ocupaban abultados espacios físicos en sus maltratadas neuronas, reservaba un sector limpio y bien iluminado para los lastres más duraderos de las lecturas en las cuales se había enfrascado durante los últimos veinte años de los treinta y cinco de existencia a los que había arribado por aquella época. El proceso se había hecho especialmente profundo desde que se convirtió en el cliente habitual del cojo Calixto, aquel bibliotecario de vocación del Pre de la Víbora. Calixto era un superviviente (con una pierna de menos) de lo que antes había sido el Instituto de Segunda Enseñanza, un colegio al cual, en sus tiempos, gracias a los consejos y la pasión del mismo Calixto, se le creó una esplendorosa y bien ventilada biblioteca, pensada para que un joven de quince años pudiera encontrar en ella lo que un joven de quince años debía leer. Y el cojo Calixto, luego de satisfacer las lecturas curriculares del pupilo empeñado en deglutir los libros completos y no los resúmenes que, según los planes ministeriales, le entregaban los maestros, se esmeró sabia y sibilinamente en la educación sentimental del muchacho, agregando con cautela autores y obras que se acumularon sobre las ya procesadas por el joven: Dumas, Salgari, Verne, Twain… Calixto comenzó el ensanchamiento de perspectivas con la desvelación del mundo de mitos y héroes fundadores de todos los complejos psicológicos a través de la lectura de los clásicos griegos y latinos; trató después de hacerle entender los sentidos ocultos del viaje al infierno que describió Dante y las búsquedas del paraíso terrenal de los cronistas de la conquista americana; y luego lo preparó para los desafíos de paciencia de los novelistas franceses y rusos del XIX (Conde descubriría más tarde que el bibliotecario odiaba a los ingleses de esa etapa, a Dickens más que a ninguno, vaya usted a saber la razón) y finalmente lo condujo, con la lectura de Hemingway, Fitzgerald, Dos Passos y Carson McCullers, hasta el borde del río que Conde, ya graduado del preuniversitario y convenientemente adiestrado, debería cruzar solo para adentrarse en selvas más intrincadas: el mundo de Faulkner, por ejemplo. O el de Camus. O el de Kafka. O el bosque lleno de equívocos de Salinger y sus personajes desquiciados pero tan entrañables. O las fábulas urbanas de muerte y contenido ético de Raymond Chandler. Las estructuras atrevidas de Vargas Llosa y los bien amarrados fardos de cultura y subjuntivos que destilaba Carpentier.

En todos aquellos años de aprendizaje que se convirtieron en amor por los libros y, finalmente, en una adicción capaz de hacerle concebir el sueño de que sería o podría ser, o le gustaría ser escritor -y que terminarían con el paso desastroso del sueño al intento real de la escritura y hasta publicación en una revista escolar que nunca superaría el número cero [2]-, Conde no dejó de sentir el mismo amor apasionado por el béisbol, el juego de pelota que, para los cubanos, siempre había sido algo más que un juego: representaba una forma de vida, metida en los tuétanos de la cultura y la conciencia de las gentes nacidas en la isla. Una pertenencia inalienable y sanguínea. En su galería de héroes convivían con excelentes relaciones de vecindad el Conde de Montecristo, Seymour Glass, Fabricio del Dongo y los peloteros Pedro Chávez, Tony González, y Raúl Guagüita López, el más mítico de los cerradores de partidos que jamás hubiera pasado por el béisbol cubano. Episodios de novelas y promedios de bateo y picheo; historias de personajes y crónicas de campeonatos. Existencialistas e industrialistas. Tirios, troyanos y peloteros. Todo mezclado.

– ¿Así que tú eres un policía que lee? -le había preguntado un día, apenas ingresado en la Central de Investigaciones, el mayor Rangel-. ¿Cómo coño te dio por eso? ¿O por esto otro? -y se tocó el uniforme.

– Un día, cuando tenía dieciséis años, un bibliotecario cojo me dijo que la lectura me ayudaría a ver el mundo con otros ojos.

– ¿Qué quiere decir eso? -se interesó el mayor, mientras daba fuego a uno de sus habanos.

– Un día ese hombre me advirtió que ya estaba preparado y me dio un libro. Lo había forrado con papel de periódico, para que no se viera la portada y me dijo: léetelo, éste es un libro sobre la esclavitud, pero si lo lees, tú serás más libre. Era una novela que se suponía que nadie debía leer en Cuba… Un libro peligroso.

– ¿Y cuál era ese libro?

– 1984. Y me cambió la vida. Lo he leído unas diez veces. Y de verdad me ha hecho más libre. Porque me enseñó que hay muchas formas de ser esclavo.

Mientras observaba la mole oscura del edificio que había albergado al Instituto y luego al Preuniversitario de La Víbora, ahora convertido en un colegio tecnológico de Dios sabía qué especialidad, y descubría que a las ventanas del ala ocupada por la biblioteca le faltaban persianas mientras la verja que delimitaba el espacio de la escuela yacía tendida en la tierra, Conde sintió que los años no habían pasado para mejor, sino para preparar un retroceso que, ya lo sabía, tendría consecuencias dolorosas para el país donde había nacido y vivido. Evocó los tres años que había gastado en aquel sitio venerable, donde no sólo se hizo un poquito más libre gracias a la literatura, sino que debió hacerse hombre a velocidades vertiginosas en las temporadas en que los enviaban a cortar caña, a razón de diez horas por día o hasta acumular las cifras de arrobas exigidas. El lugar donde, para su fortuna, se hizo miembro de una tribu de amigos sobre los cuales aún sostenía algunos de los pivotes de su existencia. Pensó con dolor cómo de aquel tiempo de gracia y sueños la realidad le había robado demasiados jirones y que el mundo en donde vivía cada vez se parecía menos al prometido mundo perfecto que les dibujaron la retórica y la trascendencia del momento histórico, un mundo para cuya construcción, todavía en proceso, les impusieron precariedades y prohibidones, y les exigieron sacrificios, negaciones y hasta mutilaciones, incluso físicas.

Dijo adiós a sus maltratadas remembranzas, tan visibles en aquel edificio atiborrado de voces que el Conde podía escuchar a través de los años, y siguió a paso lento por la calle que llevaba directamente a la casa del flaco Carlos y, por desgracia (convertirse en lo contrario puede ser el sino de las que alguna vez fueron grandes satisfacciones), que también conducía a la casa donde vivía, o decía que vivía (o mentía, quién coño lo sabría), Karina, la última mujer que, soplando un saxofón, le había revuelto la existencia para luego esfumarse como un sueño. [3] O como la música.

Necesitaba hablar con Carlos, esa noche sin apoyos alcohólicos, porque tenía un presentimiento molesto desde que hablara con Juan Chion de la muerte violenta de su paisano Pedro Cuang. Algo ambiguo había recorrido aquella charla y las reacciones del viejo, y Conde sospechaba que en el Barrio Chino y, sobre todo, en la mente del padre de Patricia, estaba colgando mucho más que un cadáver con trazas misteriosas. Por esa razón también quería volver a conversar con la teniente, pues necesitaba advertirle de aquella premonición y recordarle la existencia de puertas que es mejor no tocar, y, por supuesto, no volver a abrir nunca jamás.

Carlos estaba sentado en el portal, sobre la silla de ruedas a la cual había sido confinado por el resto de su vida. De su magra figura de los tiempos del Preuniversitario nada quedaba: ahora las libras caían como fardos colgantes de sus brazos, cuello, pecho y piernas, como testimonio de una frustración que el Conde asumía también como propia. «¿Por qué él y no yo?»… No, Carlos no se merecía aquel destino al que lo lanzó una bala perdida que lo encontró -porque le exigieron aquel sacrificio- en medio de una guerra remota y ajena.

– Coño, ¿no me dijiste que estabas enredao en un trabajo? -Carlos levantó la mano para que Conde estampara la palma de la suya.

– Sí, me jodieron las vacaciones…, pero a cambio tengo la casa más limpia del mundo y con un olor…

– ¿Y ya comiste?

– Como un mandarín.

– ¿Y bebiste?

– Just a little…

– ¿Y no quieres tomarte un trago de ron?

Conde miró a su amigo. La pregunta bastaba para deshacer sus más firmes propósitos de continencia. ¿Firmes?

– ¿Dónde está la botella? -inquirió él, presto ya para el combate.

– Media botella -aclaró Carlos, para evitar excesivos entusiasmos-. En mi cuarto. Tráela pa'ca. Y no hagas ruido, la vieja ya se acostó.

– ¿Tan temprano?

– Dice que la televisión es una mierda, que mejor es soñar un poco.

– Sabia mujer -admitió Conde con toda sinceridad y sonrió.

La vida de Josefina, en la realidad, se había reducido a cuidar y alimentar a su hijo y a soportar la presencia de la desaforada banda que con su amistad, su sed y su hambre sostenían a flote al inválido. La anciana se merecía tener alguna vía de escape.

– Oye lo que dice ahora -siguió Carlos para confirmar la conclusión de su amigo-. Dice que sueña que cocina. Que nos prepara unos banquetes y cada vez que necesita un ingrediente nada más tiene que estirar la mano y ahí lo tiene…

– Pues debería invitarnos a esos sueños, ¿no?

Con dos vasos mediados de ron, acaparando la brisa nocturna que atravesaba el portal, conversaron hasta la una de la madrugada. Conde no sólo le habló de sus temores y premoniciones, sino que hasta le confesó a Carlos la desesperada masturbación a la que se había visto sometido, arrastrado por la huella dejada en su retina por el cuerpo de Patricia Chion y propulsado por aquel pendejo hipnótico y el invencible olor a mujer aferrado a la atmósfera de su baño.

Sólo en el momento de la despedida, con aquella capacidad de tocarle las fibras más complicadas de su existencia, el Flaco le reveló una información que puso en rojo todas las alarmas de Mario Conde.

– Ah, coño, por poco te vas y se me olvida… Llamó Támara. Ya vino de Italia. Y dice que quiere verte.

Capítulo 4

Cuando Juan Chion llegó a Cuba, tenía dieciocho años, dos brazos fuertes y una sola idea en la mente: ganar mucho dinero y hacerse rico en ese mundo nuevo donde los dineros más reales corrían como el agua cristalina por los míticos arroyos de su país. Entonces volvería con su fortuna a la aldea de Cantón donde sus padres y hermanos apenas sobrevivían, siempre ateridos y hambrientos, sembrando arroz y robándoles peces a unos ríos fangosos y voraces, nada míticos, que no les pertenecían, pues hasta los ríos tenían dueños en su país. Con aquel dinero ganado al otro lado del mundo compraría sus propias tierras, para él y para su familia, y sería famoso y querido, como un dios que baja de la montaña más alta y más nevada, y consigue cambiar con un solo gesto omnipotente el destino de los suyos. Juan tenía noticias de muchos otros chinos que se habían enriquecido en las tierras de América, y él, con sus dieciocho años, confiaba en llegar a ser uno más entre esos afortunados.

Pero Juan Chion, que realmente se llamaba Li Chion Tai y era un hombre demasiado bueno, nunca había ganado suficiente plata para llegar a ser rico ni regresó jamás a la aldea: sus padres se ahogaron en una inundación del mismo río que les daba comida, dos de sus hermanos murieron en una rebelión campesina y el resto de su familia se dispersó por un país demasiado ancho y ajeno, en busca de una salvación que Li Chion Tai nunca pudo saber si se había producido… Desde entonces perdió el contacto con el resto de su familia y lo embargó una gran tristeza: por eso dejó el trabajo y los amigos que tenía en La Habana y se fue a vivir a Cienfuegos, donde estaba un primo venido a Cuba dos años antes que él. El primo Sebastián le consiguió un puesto en la heladería de un paisano y Juan sintió cómo recuperaba la sensación amable de tener familia. Pero un buen día el primo Sebastián le avisó que se iba a los Estados Unidos. A pesar de las muchas trabas existentes para emigrar, su primo había contactado con un capitán griego que navegaba en un barco con bandera panameña. Por doscientos pesos el capitán lo llevaría hasta Nueva Orleans. Juan, que no poseía dinero, tuvo que quedarse en Cienfuegos, pero acariciando la promesa de Sebastián de mandarle los dólares necesarios para que se reuniera con él en San Francisco, donde todo el mundo aseguraba que era más fácil montar un negocio propio y hacerse rico en unos pocos años.

Sebastián y Juan, que se querían como hermanos, se abrazaron muy fuerte la mañana en que, junto con otros paisanos, el primo abordaría el barco cuya proa apuntaba hacia la salvadora fortuna. Durante meses, Juan esperó una carta de Sebastián, pero nunca más tuvo noticias de él. Entonces comenzó a indagar con todos los chinos que tenían algún pariente en San Francisco o en cualquier ciudad de los Estados Unidos, pero nadie conocía al tal Sebastián, también llamado Fu Chion Tang. Sólo por el año 1940, Juan pudo enterarse al fin del destino de su último pariente: todos los chinos embarcados en aquella travesía habían sido hacinados en las cámaras frías del barco y, en lugar de ir hacia los Estados Unidos, la nave enfiló hacia Centroamérica, y el capitán dio la orden de poner al máximo el enfriamiento de las cámaras. Los cadáveres congelados de los treinta y dos chinos fueron lanzados como piedras de hielo por la borda, en el golfo de Honduras, luego de ser despojados del dinero que siempre lograban ocultar y las escasas pertenencias de valor que llevaban consigo…

A falta de noticias de Sebastián, Juan había regresado a La Habana por el año 1936. Gracias a un amigo consiguió trabajo en una bodega y poco después conoció y se enamoró de una negra oscura, de pasas duras y culo inconcebible para todo el Lejano Oriente. El chino Juan y la negra Micaela se casaron en 1945 y unos años después, cuando ya casi no lo esperaban, la vida los premió y fueron padres de una niña hermosa y saludable. Desde ese instante, en lugar de diez, Juan trabajó hasta dieciséis horas cada día tras el mostrador de la bodega, sólo para que su hija viviera, si no como rica, al menos como un ser humano y para que en el futuro fuera una persona de bien, con educación y cultura, con un destino distinto al de su padre y al de toda su familia china y negra, lastrada por servidumbres y hasta esclavitudes seculares. Por eso en el año 1958 Juan abandonó el solar donde vivía con su esposa y, empleando el dinero que había ido ahorrando para algún día ir a reunirse con su primo Sebastián o para un siempre soñado regreso a China, tomó sus bártulos, cruzó las fronteras del Barrio y alquiló la casa de la calle Maloja, en la parte menos agresiva del centro de la ciudad, una edificación modesta pero con el lujo de unos grandes ventanales sobre la acera, el sitio donde Patricia había vivido desde que tenía dos años.

Mario Conde y el sargento Manuel Palacios lo dejaban hablar. Nunca habían oído al viejo Juan Chion decir tantas palabras seguidas y escucharlo contar aquellas historias de su vida era un singular privilegio que les reservaba la nueva condición de policía auxiliar al fin aceptada por el chino. El viejo no les comentó por qué estaba vestido y preparado cuando ellos llegaron a su casa, pero el Conde sabía que Patricia («¿Dónde está metida esa mujer?, ¿por qué coño no me llama?») debió de influir en aquella decisión. «Hace cualquier cosa por ella. La quiere demasiado», se dijo el teniente y recuperó el hilo del relato, ya a bordo del auto conducido por Manolo y con la brújula apuntando hacia el Barrio Chino.

Donde primero vivió Juan Chion al llegar a Cuba, como casi todos aquellos cantoneses, fue allí, en el Barrio. Su primer trabajo consistió en lavar los calderos en El León Dorado, la fonda de Li Pei, donde el maestro Cuang Cong Fen le enseñó a preparar los platos más exquisitos para todos los gustos del mundo. Ternera guisada en salsa agridulce, con lascas de mango, polvo de ajonjolí y trozos de pina, por ejemplo. Pero el Barrio que empezaba a dibujarse con las remembranzas de Juan Chion resultaba muy distinto a los callejones sucios y lúgubres por los cuales ahora caminaban los tres hombres: del esplendor físico de esas calles sólo quedaban los apelativos antiquísimos (Zanja, en honor a la zanja real; Rayo, por la centella que un día mató a dos negros), las letras chinas en el balcón de alguna sociedad familiar o de ayuda mutua, y una cierta sordidez indestructible. Este Barrio se muere y el que Juan conoció por el año 1930 vivía y gritaba. No te hacías rico, pero tenías todos los placeres, buenos y malos, ahí mismo, en el corazón del Barrio: el opio y el mayón, el teatro y las putas, las sociedades y la lotería, las fiestas y las peleas, las pandillas y los usureros, las fondas baratas y los restaurantes con reservados, evocaba Juan Chion y el Conde pensó que, en realidad, del espíritu de ese lugar que por las palabras de Juan imaginaba cada vez más colorido y agitado, apenas quedaba aquel olor denso pero inapresable, y la memoria de unos cuantos chinos en vías de extinción, todos tan viejos y esquivos como Juan Chion o el difunto Pedro Cuang. Lo evidente era que recorrían un lugar triste y percudido, maltratado y agonizante, allí, en el mismo centro de una ciudad que también vivía ese destino trágico y común. Entonces el Conde sintió, como otras tantas veces, la agresión de una nostalgia adquirida por aquella vitalidad que él nunca conoció. «Me hubiera gustado verlo», pensó. «Pero no me hubiera gustado vivirlo, y menos como estos chinos», también pensó.

– Y si había tanto ambiente, ¿por qué te fuiste a vivir fuera de aquí?

Juan quiso que Patricia se criara en una casa, fuera del Barrio, porque al fin y al cabo aquél no era un buen lugar si querías ser algo importante en la vida: y él tenía aquel sueño para el futuro de su hija. El Barrio se parecía a Cantón, pero no era Cantón, y los chinos vivían mal. Sólo les importaba ganar suficiente dinero para regresar a China alguna vez, aunque al final nunca regresaran. Pero estaba claro que para ganar dinero, verdadero y suficiente dinero, no se podía ser únicamente bodeguero, lavandero o verdulero: por eso crecieron el juego, la droga, la prostitución, los negocios turbios y una mafia terrible de chinos y cubanos, y Juan quiso poner alguna tierra por medio… Además, después de lo que le ocurrió a Sebastián y luego de convertirse en padre, ya no deseaba irse a ninguna parte.

– Y yo ela un chino un poquito distinto, ¿no?

– ¿Y por qué? -siguió el Conde, aprovechando la locuacidad del viejo, pero enseguida comprendió que estaba equivocado.

– Polque to los chinos tienen los ojos así, pelo no to los chinos son iguales… Y tá bueno ya, que yo no soy el asesino -dijo Juan Chion y esta vez no sonrió.

– Está bien, está bien -admitió el teniente-. Pero dime una cosa: ¿por fin averiguaste qué significa el círculo con las dos flechas? Ahora que lo mencionaste, eso me suena a mafia china, ¿no?

Juan Chion negó con la cabeza, poniendo energía en su gesto.

– No, no, pelo tá estlaño, Conde… Mila: eso palece filma de san Fan Con, el santo chino, el glan capitán, ¿tú sabes?, pelo san Fan Con no mata así, él usa espada y colta pescuezo… Vamo a vel a mi amigo Flancisco, que es gente que más sabe de san Fan Con -y por un instante perdió su sonrisa-. Pelo no lo atolmenten con cosas de policía… Flancisco está muy malo y no se puede disgustal… Ah, y métete una cosa en la cabeza, Conde, los chinos no son holmiguitas.

Mario Conde trataba de respirar y de acostumbrarse a la oscuridad envolvente de la larga escalera que conducía a la planta alta donde radicaba la Sociedad Lung Con Cun Sol, cuando descubrió que Juan Chion había terminado el ascenso y ya abrazaba al hombre. Las palabras en cantones fueron un murmullo efímero, pues de inmediato el padre de Patricia los presentó en castellano como compañeros de su hija.

– Mucho gusto, Flancisco Chiú -dijo el anciano y les ofreció la breve reverencia que utilizaba Juan Chion.

En la penumbra el Conde creyó entrever que Francisco también reía. Era muy viejo, sin duda más que el propio Juan Chion, y tan magro como el difunto Pedro Cuang, con un color amarillento en su piel que, pensó Conde, no tenía origen étnico, sino seguramente hepático. Resultaba evidente que se trataba de un hombre muy enfermo.

– Pancho es padlino de Patlicita. Paisano mío de la misma aldea de Cantón, y tlabajamos juntos mucho tiempo en la bodega -agregó Juan Chion, que hizo otra reverencia antes de llevar su mano hasta el hombro de Francisco.- Y yo soy padlino de Panchito, el hijo de Pancho. Somos compadles, como dicen ustedes…

El Conde y Manolo respondieron con la sonrisa necesaria y siguieron a los viejos hacia el salón principal de la Sociedad. Dos largas hileras de sillones de madera con la rejilla maltratada, vacíos y empolvados, cubrían los laterales del amplio local. Hacia el fondo, una pequeña mesa cuadrada conservaba un final decisivo de una partida de dominó que, a juzgar por el hollín nevado sobre las fichas, debía de haber concluido tal vez varios años atrás. Francisco les indicó los sillones y caminó hasta un ventanal de persianas arruinadas y al fin se hizo la luz. Un rayo de sol, pintado sobre el polvo y la desidia, cayó en el centro del salón y el Conde y Manolo observaron aquel sitio detenido en el tiempo como lo advertía el almanaque de las Selecciones del Reader's Digest, anclado en el 31 de diciembre de 1960, entre el dibujo luminoso de un lago apacible al pie de una montaña nevada, y un reloj de Alka-Seltzer, también detenido en cualquier hora remota. «Así que veinte años son nada, ¿no? ¿Y treinta, ya empiezan a ser algo?», se dijo el Conde observando aquel set de película inglesa de misterio y descubrió sus manos ennegrecidas por el polvo del tiempo perdido: aquella sociedad estaba tan moribunda como el barrio que la había fomentado y al cual habían dejado de llegar chinos desde el año ya histórico de 1949, cuando la Gran Revolución a la que llevó la Gran Marcha conducida por el Gran Líder había cerrado las fronteras del gran país con un valladar más sólido e impenetrable que la Gran Muralla de los tiempos imperiales.

Mientras, Juan Chion y su paisano volvían a hablar en cantones. Era un abejeo sostenido, afirmado con sucesivos asentimientos de cabeza y algunos gestos amplios y suaves de las manos, movimientos abarcadores, como de prestidigitador. En más de una ocasión aquellas manos de sombras chinescas se encontraron en el aire, se tocaron, se estrecharon y luego reanudaron su baile moroso, como si las palabras no bastaran y fuera precisa aquella comunicación cutánea.

– ¿Tú habías oído hablar de san Fan Con, eh, Conde? -le preguntó entonces el sargento Manuel Palacios, susurrándole en el oído.

– Creo que sí. Cuando mi abuelo decía que alguien era más malo que san Fan Con, es porque era malísimo. Pero no sé de dónde carajos el viejo sacó eso, porque de chino sí que no tenía un pelo.

– ¿Entonces es un santo malo? ¿Santo y malo?

– Debe de ser… Tú sabes cómo son los chinos.

– No, no sé.

– ¿No te da el olor?

El sargento sonrió. Tenía un as en la mano.

– Huele a chino, ¿no?

El Conde asintió, aceptando la conclusión de Manolo: claro, también allí había aquel olor impreciso pero inconfundible que la tarde anterior habían definido como «olor a chino». Y también percibió que en aquel sitio anacrónico la canícula húmeda de mayo parecía tener vedada la entrada: una atmósfera irreal creaba un ambiente fresco, como si estuvieran a muchos kilómetros de la calle reverberante que acababan de recorrer.

– ¿Por fin alguien te dijo si Pedro Cuang tenía dinero o si conocía a la gente que andaba con la coca?

– No, Conde, ninguno habló de eso ni de nada. Esto está jodido, yo no entiendo a los chinos, los cabrones se hacen los que no me entienden a mí y yo… ¿Oíste eso?

Del fondo de la sociedad les llegó el sonido de un mueble que se movía con mucho cuidado, pero sin que fuera posible evitar un leve chirrido. Desde su posición, el Conde se inclinó hacia un costado y vio, contra la pared, la sombra de un hombre que se aproximaba a un cuadro de claridad y lo atravesaba.

– Hay alguien ahí y creo que saltó por una ventana -le informó a los chinos, pues no sabía cómo comportarse en aquel sitio.

– No, no, no hay nadie -sonrió Francisco Chiú y agregó, aumentando su sonrisa-: Ah, sí, un gatico…

El Conde no tuvo más remedio que pagar sonrisa con sonrisa: si quería ayuda no podía empezar provocando una discusión con Francisco Chiú por el tamaño de aquel gato que andaba en dos patas.

Juan Chion y Francisco se pusieron de pie y el padre de Patricia les dijo:

– Vamos pa vel a san Fan Con.

El Conde pensó: «No, no voy a asombrarme, aunque vea a san Fan Con en persona», y siguió a los viejos.

Otra escalera, más oscura y polvorienta, llevaba hacia la segunda planta de la Sociedad. Francisco abría la marcha y ascendía con pasos demasiado lentos. Lo seguía Juan Chion, y sus pisadas, más firmes, levantaban un vaho consistente y gris. El Conde se moría de deseos de preguntar, pero se contenía, mientras sentía cómo se le irritaban los ojos. Cuando llegara a la Central iría a hablar con la teniente Patricia y con su jefe, el mayor Rangel: «¿Por qué siempre me toca precisamente a mí?», pensaba, cuando Manolo le dijo al oído:

– Hay una ventana, y da a otra azotea… Por ahí saltó el gato.

Francisco abrió una puerta al final de la escalera y una leve claridad llegó desde la altura. La puerta se cerró tras él y regresó la oscuridad.

– ¿Por qué tanto misterio, Juan? -preguntó el Conde, tratando de ver las facciones del viejo-. ¿Qué quiere decir eso de ver a san Fan Con, eh?

– Tú velas, tú velas. ¿Mucho apulo?

– No, qué va, ninguno… -dijo y buscó un cigarro en el bolsillo de la camisa. Se lo llevó a los labios y oyó al viejo.

– No encienda.

El Conde sonrió. O sonreía o salía corriendo de allí, pensó, cuando volvió la claridad, ahora con mayor fuerza. Francisco les franqueaba la puerta y, tras Juan Chion, el Conde y Manolo entraron al cuarto sagrado de la Sociedad Lung Con Cun Sol.

– Nunca jamás policía entló aquí -advirtió Francisco y se apartó para abrir otra ventana, pero antes agregó-: Lo hago pol mi ahijada Patlicita…

La luz cayó de golpe. «¿Un altar?», fue lo primero que se preguntó el Conde. Parecía un altar, pero no lo era, aunque tenía dos cuerpos, como un altar mayor y un ara para oficiar el culto. La repisa que podía identificarse con el ara había sido labrada en madera oscura, desbastada con empecinado esmero, primero por algún artista exquisito, ahora por el comején, las hormigas y la humedad del trópico, que se habían tragado una parte del precioso mueble. A cada lado había un largo jarrón de porcelana, profusamente dibujado y fileteado en oro, con un manojo de flores secas. Más hacia fuera se erguían unos pebeteros de bronce -supuso que para quemar incienso o alguna otra hierba aromática- con patas formadas por cabezas de serpientes y coronados por un león-perro engrifado, que trataba de expresar ferocidad con sus dientes al aire, aunque su cara afeminada apenas le permitía resultar patético. En el centro de la pieza que ascendía gracias a dos columnas de madera con forma de trenzas, y al fondo de la parte equiparable con el altar mayor, estaba el tapiz de seda bordada, enmarcado entre los arabescos más trabajados de la madera: representaba la imagen de cuatro mandarines gordos, de largos bigotes y pelos como colas de caballos, que hablaban entre sí, discutiendo, tal vez, el destino de toda una nación. El mandarín del centro, al cual la perspectiva colocaba en un ligero primer plano, tenía el rostro encarnado, como recién sacado de un fogón.

Los dos chinos, parados frente al altar, repitieron por tres veces la inclinación de cabeza con que solían saludarse, y Juan tomó de la repisa dos trozos de madera, tal vez unas semillas, con forma de orejas y una cara plana, los hizo chocar entre sí, varias veces, mientras pronunciaba una letanía que el Conde quiso identificar con una oración. Juan devolvió las piezas de madera a su sitio y sólo entonces Francisco les informó, indicando el gobelino:

– El de las balbas lalgas y la cala cololá… Ese es Cuang Con, o san Fan Con, como le pusielon aquí.

Un círculo con dos flechas y cuatro cruces pequeñas. Un hombre y su perro muertos. Dos chapas de cobre también marcadas. Un dedo cercenado. Y ahora Cuang Con, el héroe mitológico. «¿Cómo empata este enredillo chino?», se preguntó el Conde y observó la fascinación en la cara de Manolo. Su compañero miraba la tela bordada y la boca de Francisco, mientras su cabeza giraba -¿qué otra cosa puede parecer?- como un ventilador chino, moviéndose del informante de tez demasiado amarilla a los legendarios mandarines bordados sobre un fondo con esplendores de sol recién nacido.

Sobre el tapiz estaban representados los cuatro capitanes fraternizados por las campañas militares, Cuang Con, Lao Pei, Chui Chi Lon y Chui Fei. Ellos fueron los príncipes que durante la dinastía Han habían fundado la Gran Cofradía Lung Con Cun Sol para que por siempre jamás todos sus hijos, los que llevaran los apellidos ilustres de Lao, Cuang, Chion y Chiú, se protegieran mutuamente bajo la tutela divina de aquellos dioses combatientes. En China y hasta en La Habana.

Los cuatro titanes discutían el futuro del reino. El enemigo ha secuestrado a las mujeres del jefe y hermano mayor, Lao Pei, y con ellas se han llevado la fertilidad y el futuro del país. Sin mujeres no hay belleza, ni hay mundo, porque ni siquiera hay vida, y Cuang Con, el más intrépido de los hermanos, se dispone a salir al rescate. Enfrentará y vencerá mil trabajos, cabalgará praderas y montañas sosteniendo en el brazo su lanza de seiscientas libras de peso que solo él podía manejar, derrotará con astucia y valor a los ejércitos rivales y una tarde de primavera regresará con las mujeres secuestradas y devolverá la esperanza al país de Lao Pei. La hazaña inmortal quedará para la historia y el héroe se convertirá en dios y cada año sus descendientes, frente a un altar como aquél, le rendirán eterno homenaje al varón que les salvó el futuro.

– Pero no era santo, ¿verdad? -preguntó el Conde, rascándose los brazos para contener los deseos de fumar-. Quiero decir, no lo santificaron como a los santos católicos… ¿Por qué san Fan Con?

Francisco se va a reír, pensó el policía al terminar la pregunta. El chino sonrió:

– Eso fue aquí. Vino Cuang Con, un glan capitán, un héloe mitológico, pelo se cubanizó en san Fan Con, y como es cololao y ahola santo, los neglos dicen que es Changó, mila tú, capitán -dijo Francisco sin dejar de sonreír, y el Conde volvió a pensar que, a pesar del ascenso prodigado por Francisco (y que lo colocaba a la altura del mismísimo Cuang Con), una renuncia a tiempo resultaría lo más honorable: cada vez entendía menos, se sentía más estúpido e inculto, al mismo tiempo que sospechaba si alguna de aquellas risas iban dirigidas a burlarse de su inocencia, su credulidad y su ignorancia. Porque eso de que Cuang Con no sólo es san Fan Con, sino también es Changó, Santa Bárbara bendita, con su manto rojo y la espada en la mano… era demasiado para él, se dijo.

Mientras, sin dejar de sonreír, Francisco había tomado de la repisa que asemejaba un ara una caña de bambú cortada como un largo vaso. Dentro descansaban unas tablillas finísimas, también de bambú, con un número y una inscripción en el extremo, grabadas con tinta… ¡china!, coño, y ya las hacía sonar como una maraca para música concreta. Francisco explicó que Cuang Con era el dueño de la fortuna: cada varilla indicaba un camino en la vida y la que llevaba un círculo con una cruz formada por dos flechas era el peor camino: el del infierno, adonde iban los traidores, los homicidas y las mujeres adúlteras. En Cuba alguna gente decía que aquél era el signo más negativo de san Fan Con y que el hombre marcado por él sólo podía esperar todas las desgracias de los dos mundos: el de los vivos y el de los muertos. A medida que iba recibiendo la explicación, Conde sintió una dolorosa alegría: por fin entendía algo y, a la vez, se reafirmaba en su idea de que las marcas en el cuerpo del difunto Pedro Cuang no respondían a un simple juego de apariencias: cuando menos indicaban un camino que conducía hasta aquella habitación oscura y polvorienta de una sociedad china. O al menos pasaba por allí.

– Yo no cleo en eso, capitán, pelo hay gente que sí, ¿tú sabes? Eso es cosa de paisanos que hacen blujelías de neglos y de neglos que hacen blujelías con cosas de chinos. ¿Tú vas a entendel? Pedio Cuang la debía y alguien se la cobló, y pol eso le puso la filma de san Fan Con.

– ¿Entonces lo mató otro chino? ¿Una venganza?… ¿Y el dedo, se lo cortaron porque había delatado a alguien?

– Ah, capitán, eso yo no lo sé -dijo Francisco sin dejar de batir la caña de bambú-. ¿Ahola quieles sabel tu camino?

El Conde no tuvo tiempo de pensar en algún modo de presionar a Francisco porque observó cómo del interior de la caña de bambú que Francisco mantenía en movimiento iba saliendo una tablilla, sólo una, que parecía flotar por encima de sus compañeras, como si algún magnetismo oculto la separara del resto y la acercara al policía. En la cabeza ya visible, la varilla, como todas las demás, llevaba sus símbolos y algunas letras. ¿Vendría ahí la esencia de su destino?

– No, gracias, prefiero no saberlo… -dijo Conde, impulsado por la fuerza de su superstición, y empujó hacia el interior del vaso la tablilla de su destino-. Pero quiero ver la que tiene la cruz.

Francisco detuvo el movimiento del recipiente y se acercó a la claridad que ofrecía la ventana. Buscó entre las varillas y sacó una que le extendió al teniente. El Conde, seguido por Manolo, también fue hacia la luz.

– Se parece pero no es igual -advirtió el sargento, mientras dibujaba en su libreta aquel símbolo incomprensible.

– Francisco, lo que Pedro tenía en el pecho llevaba también unas cruces chiquitas aquí, en estas cuadrículas… ¿No será otra varilla?

– No, capitán, con cuatlo cluces así no hay… ¿Tá extlaño, veldá, Juan?

– Francisco -dudó en decir el Conde, pero se atrevió-… ¿sería mucho pedir que me prestara esa varilla? Le prometo devolvérsela. Me hace falta fotografiar ese signo y…

– No, no, esto es cosa de san Fan Con y…

– Hay un hombre muerto, Francisco -dijo el Conde, procurando que su voz trasmitiera gravedad.

Francisco pareció pensarlo todo lo que su cerebro podía pensar, hasta que tomó la decisión.

– Tá bien, tá bien -aceptó el anciano-. Pelo tú me la devuelve o te coge la maldición de san Fan Con…

– Por mi madre que la devuelvo -juró el Conde, imaginando ya las proporciones de una posible maldición china.

«No se ve a ningún chino, pero ahora los huelo», se dijo el Conde y se felicitó. Desde hacía muchos años, cuando comenzó a fumar, su olfato se había atrofiado y por eso trataba de saber qué cualidades penetrantes debía de tener aquel olor tan peculiar que ya era capaz de distinguir entre todos los olores de una ciudad pródiga en perfumes y, sobre todo, en hedores. El largo pasillo del solar de Salud y Manrique había recobrado su tranquilidad. En la tendedera se batían lentamente contra el viento dos camisetas agujereadas como soldados caídos en la guerra más cruel y, en el quicio de la tercera puerta, un viejo leía un fragmento de hoja de algún periódico chino.

– Mira, ahí está -dijo Manolo al ver al vecino de Pedro Cuang.

– ¿Cómo se llama? -preguntó Juan Chion.

– Armando Li -recordó el sargento, que utilizó el nombre para saludar al anciano-. ¿Cómo está usted?

Armando leyó unos segundos más y entonces levantó la vista. Iba a sonreír -él también-, pero no lo hizo. Miró a los recién llegados y dejó su vista sobre la figura de Juan Chion.

– Buenos días -dijo al fin y se levantó, con una agilidad impropia para los años que representaba.

– Mire, Armando, éste es Juan Chion. Es familia mía. Vino para explicarme, usted sabe…

Armando asintió y luego dijo.

– Yo no sé más na -y sacó la sonrisa.

El Conde observó los dientes verdosos del anciano y se dijo que lo desesperaba aquella sonrisa capaz de atrincherar a toda una cultura de cuatro mil años. Levantó un brazo, a punto de amenazar al viejo, pero Juan Chion pareció adivinar sus intenciones y se le adelantó. Dijo algo en cantones y Armando, después de volver a guardar la sonrisa, le respondió, y los dos ancianos entraron en un cuarto.

– Ahora sí que estamos bien arreglados, ¿no?

– ¿Tú no querías que Juan te ayudara? Pues eso es lo que está haciendo, Conde. Con nosotros sí que los chinos no quieren arreglo.

– ¿Quieres que te diga una cosa, eh, Manolo? Estamos empezando y ya estoy de chinos y de san Fan Con hasta el último pelo…

– Pues cuida ese pelo, que esto se está poniendo color de hormiga… Porque si el signo ése no es de san Fan Con, ¿qué coño es lo que quiere decir entonces?

– Otra vez huele a chino, pero a chino sabroso, ¿no? -le preguntó el Conde, aunque Manolo sabía que aquella inflexión final era una de sus preguntas retóricas. Quería una afirmación simple, no una respuesta, y el sargento lo complació a medias.

– Sí, ¿pero qué le estará echando?

– No te preocupes, lo que sea debe de saber bien. Eso espero.

– ¿Y está bueno el vinito este, eh? Un poco amargo, pero baja bien.

– Anjá -dijo el Conde y tomó un sorbo del vino de jengibre que ese día les había ofrecido Juan Chion.

El viejo, desde la cocina, cantaba ahora un quejumbroso romance cantones, que al parecer complementaba su inspiración culinaria y le permitía ordenar sus ideas. Cuando terminó de hablar con Armando Li y salieron a la calle, les había pedido algún tiempo para pensar y ninguna de las súplicas del Conde dio otro resultado que no fuera una invitación a almorzar. Pero resultaba evidente que en algún momento de aquella mañana había ocurrido algo que parecía haber mejorado el estado de ánimo del viejo Juan Chion.

– Oye, Juan -el Conde proyectó la voz desde la sala-, ¿entonces Pedro Cuang pertenecía a esa sociedad de san Fan Con?

– Clalo, clalo -respondió el viejo y recuperó la letra de la canción cantonesa.

– Y ese signo que le pusieron en el pecho… ¿Qué tú crees que significa?

– Cosa mala, ¿no?

– Y lo del dedo, ¿de verdad no te suena a mafia china?

– Tú ve mucha película, Conde. Ya no hay mafia china en el balio. Na má un pila de viejos chinos y unos delincuentes cubanos culo cagaos…

– ¿Y por qué mataron al perro? ¿Tú no dices que a los perros los enterraban vivos con los dueños para que los guiaran en el otro mundo?

– A veces, a veces, cosa de leyendas -dijo Juan Chion, sólo después de haber sostenido la voz de falsete en un largo verso.

– Oye, ¿y los chinos siempre son tan complicados?

La respuesta no llegó de inmediato. Vino con la cara de Juan Chion, asomada desde la cocina.

– Los chinos son chinos, Conde… Comida ya está -y sonrió con los brazos abiertos.

El Conde y Manolo se acercaron a la mesa, donde el viejo ya había dispuesto los cubiertos. Aunque al principio le preguntaron en qué consistía el plato al cual los invitaba, el chino les pidió paciencia y ahora, con una hermosa sopera de serpientes azules y emplumadas entre sus manos, les deseaba buen apetito.

Juan Chion dejó la olla sopera en el centro y ocupó su silla. El Conde, sin esperar un instante más, se puso de pie y asomó la vista sobre el misterioso engendro: unas tiras amarillentas y otras verde oscuro flotaban sobre un caldo espeso y blancuzco, de consistencia gelatinosa.

– Viejo, huele bien -admitió el teniente, pero dudó antes de lanzarse al ataque-. Ahora dime qué cosa es esto, por favor.

– Sopa de pelo chino -dijo Juan Chion, sin sonreír, y las facciones del Conde y Manolo expresaron, de golpe, una repugnancia inevitable.

– ¿Perro chino? Oye… -empezó a decir el Conde, cuando el anciano recuperó su sonrisa.

– Na, na, Conde, ela jugando… Joliendo, como tú dices. Mila, es sopa de alós y pescao blanco, con huevo y tilas de col. Plueba, plueba.

– ¿Y qué más le echaste? -insistió el Conde, mientras el chino iba sirviendo ya los platos.

– Albahaca y yelbabuena, pol eso huele lico, ¿no?

El Conde observó su plato y miró el rostro todavía desconcertado de Manolo. «Allá voy», pensó, y dio el salto: metió la cuchara en aquella gelatina humeante, sopló un par de veces y al fin probó, ante la mirada expectante de Manolo y la sonrisa segura de Juan Chion.

– Coño, viejo, sabe bien, la verdad -y volvió a hundir la cuchara en la consistencia viscosa de aquel plato ancestral.

Juan Chion los veía comer, satisfechos, cuando dijo:

– Ya pensé.

– Anjá -tragó el Conde y se dispuso a escuchar el resultado de las lentas cavilaciones asiáticas del viejo.

Juan Chion pensaba muchas cosas. Cuando se fue a Cantón, Pedro Cuang había comentado que si las cosas le iban bien se quedaría en China, pero volvió al mes y nunca explicó por qué, aunque le comentó a la gente del Barrio que la China adonde llegó no se parecía a la China que él se imaginaba. Pero mucha gente pensaba que el muerto había regresado porque debía de tener dinero en Cuba: por años había trabajado como colector de un banco clandestino de apuntaciones de juego ilícito que había en el Barrio, y como a los chinos les gustan mucho las apuestas, los colectores debían ganar bastante. Aunque no sólo los chinos apostaban: al parecer lo hacía el Barrio en pleno, incluidos los niños y las niñas, como se dice ahora.

La policía había desmantelado el banco justo cuando Pedro estaba en China y salió ileso porque a nadie le convenía decir que el viejo, ausente en ese momento, era quien recogía las listas de otros apuntadores. Los chinos no eran delatores y aquella historia sólo se podía saber ahora, cuando el viejo ya era inalcanzable por la justicia de los hombres… Que se supiera, Pedro Cuang no parecía estar metido en líos de drogas ni se le conocía ningún otro negocio turbio y mucho menos que hubiera traicionado o delatado a alguien. Pero Juan Chion pensaba que siempre hay alguien dispuesto a matar a un chino que a lo mejor tiene algún dinero, quizás hasta mucho dinero, y por eso no resultaba extraño que no apareciera ni un centavo en el cuarto del muerto. Pedro tenía que tener algún dinero. Y también pensaba que hay un código inviolable para sus paisanos: el engaño y la traición se pagan con la muerte, y aunque nadie pudiera asegurarlo, tal vez Pedro Cuang, a pesar de ser chino, delató o traicionó a alguien.

– Tá facilito ahola, ¿no, Conde? -terminó Juan Chion, y fue el Conde quien sonrió.

– Me la pusiste en las manos, ¿no? Ahora lo que hace falta saber es qué carajo es lo que tengo en las manos: engaño, traición, un banco de apuntaciones que ya no existe y un chino que no se sabe si andaba metido en un negocio de drogas del que todo el mundo habla o si de verdad tenía dinero, pero que debía de tenerlo… Un chino que aparece ahorcado con una cruz en el pecho que ahora resulta que ni siquiera es el signo de san Fan Con, un santo que no es santo pero también lo es, una mafia que ya no existe pero que si existiera no perdonaría una traición, un chino que no traiciona pero a lo mejor sí… Facilito.

– Ah, Conde, ah, Conde -se lamentó el viejo-. La selpiente tiene cola y tiene cabeza. Pol la cabeza se llega a la colita, y pol la colita se llega a la cabeza. Hala la selpiente. Siemple se llega a la otla punta del animal. Pelo con cuidado…, si la coges pol la cabeza, la selpiente muelde. ¿Una serpiente?

Luang-me Wu perdió al último de sus hijos que le quedaba vivo, pero no dio muestra alguna de dolor. Hizo un bello funeral, recibió las condolencias y algunos amigos hasta lo vieron sonreír. Así pasaron los días y Wu volvió a trabajar la tierra, a cuidar de sus animales y a beber unos tragos de licor en las tardes, luego de la faena: continuó comportándose como siempre lo había hecho, y ni siquiera guardó el luto acostumbrado. Al ver esta actitud, un vecino que estimaba a Wu como un hombre recto y sabio le recriminó por aquella falta de sensibilidad. Entonces Luang-me Wu le dijo:

– Hubo un tiempo en que yo vivía sin hijos y no estaba acongojado. Cuando murió mi último hijo, volví a estar como antes. ¿Por qué debo estar triste?

Juan Chion haló el humo de su pipa y dejó un largo silencio para que el Conde y Manolo pensaran, antes de explicarles que aquella fábula era una de las más conocidas en la tradición taoísta. Y aunque él sabía que en el mundo real las cosas funcionaban de otro modo, y que los muertos queridos debían ser llorados, la historia atribuida a Luang-me Wu sí enseñaba algunas verdades que el Conde y su compañero debían aprender: por ejemplo, cada cosa, animal y persona viene al mundo con su propio camino, su propio tao, pero a la vez no existe nada con la capacidad de ser eternamente invariable. Todo puede convertirse en su contrario, la búsqueda de la felicidad puede llevar a la desgracia y hasta a la muerte, y el hombre sabio debe encontrar el carácter esencial de las cosas y siempre observar las leyes naturales de la vida, el tao marcado, la senda de cada uno, para poder entrar en posesión de la sabiduría y llegar al conocimiento de la verdad. Porque el alma del hombre está compuesta de finísimas partículas materiales, llamadas «tsin tsi», que llegan y se van dependiendo de la limpieza o suciedad del órgano de pensar, el «tsin».

La pipa regresó a la mesa y Juan Chion sonrió:

– Limpia tu tsin, Conde, limpíalo bien, pala que la veldá pueda llegal a tu alma. Ahí empieza la selpiente.

Capítulo 5

Se extasió, como era habitual que se extasiara, en la contemplación de la casa. Por lo que se veía desde fuera y por lo que había dentro, aquélla siempre fue la casa perfecta, la que más sueños y deseos le despertó y le despertaría a lo largo de su vida: hasta el sueño peregrino de volver a casarse, a pesar de acumular ya dos experiencias matrimoniales no precisamente de agradable recordación.

Las esculturas de hormigón que formaban una hilera frente a los ventanales del piso bajo de la casa tenían un aire de familia con la figuración de Picasso y de Wifredo Lam, y constituían el signo distintivo de la edificación. Pero las vidrieras enormes, las largas ventanas de persianas de madera, la ruptura de las líneas rectas de las estructuras y aquel patio con un césped inglés siempre cuidado, completaban los encantos visibles del lugar. Entre los tesoros ocultos estaba la biblioteca que el doctor Valdemira, de larga carrera diplomática, había forjado con bibliografía selecta recogida por medio mundo, y en cuyas paredes colgaban algunos originales de los grandes nombres de la vanguardia pictórica cubana, amigos del abogado.

Pero el mayor encanto de la casa, sin embargo, fue el que, cumplida la etapa de éxtasis arquitectónico y recordación bibliográfica, vino a abrirle la puerta a Mario Conde.

– Mario, ¡qué bueno verte! -dijo ella y se acercó para darle un beso en la mejilla, y el policía puso la retranca a todos sus impulsos.

– Me dijo el Flaco que habías vuelto. ¿Cómo te fue?

Cinco meses atrás, a principios de aquel mismo año 1989, [4] Mario Conde había regresado a aquella casa y a la vida de Támara, la muchacha de la que se había enamorado hasta el dolor cuando coincidieron, casi veinte años antes, en el Preuniversitario de La Víbora. Pero aquellos regresos, tan satisfactorios en algunos sentidos, estuvieron marcados desde el principio por el trauma de la desaparición y, al final, la develación de la muerte y los manejos turbios de Rafael Morín, el hombre que con sus infalibles encantos le había robado al Conde el amor de Támara y con el que ella, incluso, se había casado y tenido un hijo. El hecho macabro de que le encargaran a Conde la búsqueda de Morín y los descubrimientos que el policía fue haciendo sobre las manipulaciones, engaños, corrupciones e hijeputadas múltiples del en apariencia impecable y eterno dirigente, tuvieron la extraña y maravillosa consecuencia de que Conde y Támara terminaran haciendo el amor en aquella misma casa y el Conde entrara en la fase superior del éxtasis posible: la del cumplimiento de un deseo enquistado por casi veinte años.

La avalancha de sueños que el policía acarició por aquellos días, tan desbocada que incluía la imaginación del paso por la promesa de «hasta que la muerte nos separe», fue súbitamente cortada por la decisión de Támara de irse por un tiempo a Milán, donde vivía Aymara, su hermana gemela, casada con un italiano que, según todas las lenguas, estaba podrido en plata, y según las buenas, era una persona normal y afable. «¿Entonces ese tipo no es italiano?», preguntó alguna vez el Conejo, el amigo del Conde más amante de la lógica.

La salida de Támara dejó al Conde desarmado, incluso desalmado: y en aquel estado de indefensión psicológica y hormonal había caído en la órbita de Karina, la ninfa perversa y pelirroja con capacidad para desaparecer justo cuando Conde más la necesitaba. En todo aquel tiempo y las semanas que habían seguido, el hombre esperó el regreso de Támara, albergando incluso el temor de que el retorno nunca se concretara, como había ocurrido con tantos amigos a lo largo de los años. Pero Támara había vuelto, lo había convocado, y Conde, extasiado, le miraba ahora el movimiento telúrico de las nalgas (aquel culo esplendoroso, causante, por sus proporciones, de la frustración de las aspiraciones balletísticas de la joven) mientras ella avanzaba delante de él hacia el patio de la casa.

Támara lo dejó para ir a colar café y Conde se dedicó a repasar las reacciones de la mujer. Después de cruzar la frontera que habían vulnerado unos meses atrás, la situación estaba en un suspense que, pensaba Conde, era a ella a quien le correspondía terminar: en un sentido o en otro. El hecho de que lo recibiera con un beso amigo en la mejilla no resultaba precisamente un buen indicio. Pero ¿para qué quería verlo entonces? ¿Sólo para hacerlo sufrir con la contemplación de aquellos ojos color avellana, siempre húmedos, y el movimiento de trapiche moledor de caña de su retaguardia prodigiosa que enloqueció, enloquecía y enloquecería a Conde?

Mientras tomaban el café se pusieron al día de las generalidades a que obligan las buenas maneras: la familia bien, los amigos bien, Italia, qué decirte, una maravilla… Venecia, Florencia, Nápoles, Roma, Siena, Bolonia…

– Yo pensé que a lo mejor no volvías… Con tantas cosas que ver y después de todo lo que pasó…

– Aymara quería que me quedara allá -dijo ella, casi sin mirar a Conde-. Al que dejé fue a mi hijo, por lo menos hasta el verano. Quiero que se olvide de todo lo que pueda olvidarse…

– ¿Y por qué tú volviste ahora?

Esta vez Támara lo miró a los ojos.

– Necesito ordenar mi vida, y eso tengo que hacerlo aquí.

– ¿Y hay vidas ordenadas? Yo creía…

– No empieces, Mario. Sabes que no me gustan esas ironías tuyas…

– Disculpa. Pero estás planeando algo que ni siquiera me imagino cómo se puede hacer. Bruto que soy…

La mujer le concedió una sonrisa y Conde no lo pensó dos veces: se lanzó al vacío.

– ¿Y yo aparezco en alguna parte de ese ordenamiento?

Támara volvió a sonreír, pero de inmediato recuperó la solemnidad con que había iniciado el diálogo.

– Voy a ser sincera contigo: ahora mismo no lo sé. Estoy demasiado confundida todavía y hacer algo precipitado puede ser peligroso para los dos. Ya Rafael me dejó bastante jodida y no quiero acumular más cicatrices. Además, tú eres…

Conde se quedó suspendido a la línea de puntos en que se detuvo la frase de Támara.

– ¿Policía?

– Tú eres muy complicado… -dijo ella por fin.

– ¿En cuál de los sentidos?

– En todos, y en el peor: te enamoras… y eso pesa mucho en una relación. Y por supuesto, tampoco quisiera que tú salieras herido por una decisión apresurada…

Conde encendió otro cigarro, observó el césped que había pisado por primera vez veinte años antes, el día que las jimaguas Aymara y Támara celebraron allí la fiesta por sus quince años, amenizada ni más ni menos que por Los Gnomos, el más mítico y cotizado de los combos de La Víbora por aquellos tiempos. Pensó que en realidad estaba tan maltrecho y desgarrado que unos revolcones con Támara, capaces de provocarle más y nuevas magulladuras, no iban a cambiar demasiado su estado físico y mental. Siempre y cuando hubiera revolcones, por supuesto. No, no entendería jamás a las mujeres: o todas eran unas perversas o estaban locas y complicaban las cosas de la peor de las maneras (a veces hasta sin enamoramiento). Para él las cosas parecían diáfanas: nos revolcamos primero y pensamos después. Pero, ya lo sabía, Támara, tan estricta, tenía el mando y él, tan desesperado, apenas la opción de exhibir su faceta irónico-caballeresca.

– Está bien. No te apures… Mañana por la mañana me dices…

Támara tuvo que sonreír.

– No tienes remedio.

– No. Ni siquiera mejoría… ¿Y para qué querías verme?

– Para verte. Para que supieras que estoy aquí… ¿No es bastante?

– Casi que demasiado. Es un honor que usted me hace -dijo él, otra vez sin poder contenerse. Aquella mujer lo desquiciaba hasta la estupidez.

– ¿Sabes qué? -dijo ella después de un silencio pegajoso-. En Italia conocí a un amigo de mi cuñado, un español, y no te lo voy a negar, me cayó simpático, y yo le gustaba… -Conde sintió el golpe en el estómago y tragó en seco-. Entonces empecé a pensar cómo podría ser mi vida con él, viviendo en Barcelona, entrando en su mundo y en el de sus amistades, historias, gentes, recuerdos que no tienen nada que ver con mis historias ni mis recuerdos…, y no me veía a mí misma. Yo sé que mi vida no va a ser fácil aquí. Primero fue la muerte de papá; después toda la historia de Rafael… Ahora voy a tener que vivir de mi trabajo, y las cosas están muy extrañas en Cuba. Lo que está pasando en la Unión Soviética y por toda esa parte no es cualquier cosa: creo que han abierto una puerta que no van a poder cerrar otra vez. Le están tirando mierda a un ventilador encendido y las salpicaduras van a llegar hasta aquí. Puede ser muy complicado, para todos. Pero yo siento que pertenezco a esto: al país, quiero decir. No tiene que ver nada con el patriotismo ni nada de eso: es mi mundo. Es mi vida, sí, sobre todo eso, mi vida. Tú sabes que una vida son muchas, muchas cosas, no sólo una casa como ésta o un trabajo o unas condiciones y privilegios…, también son las cosas que te hacen ser quien eres y no otra gente. Y la persona que yo soy, lo soy aquí, no en Milán ni en Barcelona…

– Pero tu hermana…

– Somos gemelas, nos parecemos mucho, pero no somos la misma persona. Aymara sabe vivir de otra manera. Distinta a la que yo conozco… Ella dice que yo soy la comemierda de la familia. Y debe tener razón.

Conde se atrevió. Estiró su mano derecha y atrapó la izquierda de Támara.

– Disculpa si dije alguna estupidez… Me alegra mucho que hayas vuelto. Pero es que te extrañé demasiado… Piensa todo el tiempo que quieras, de verdad… No sé cómo, pero yo te voy a estar esperando. Soy especialista en esas cosas: me paso la vida pensando, aunque no resuelva casi nada con lo que pienso, y hace veinte años estoy esperando -dijo y se puso de pie-. Ahora mejor me voy, tengo que hacer una cosa urgente… Mi trabajo, ¿sabes?… Ahora ando buscando a alguien que mató a un chino…

Támara cayó súbitamente en la realidad y reaccionó con auténtico asombro.

– ¿Mataron a un chino?

– Sí, aunque no lo creas, a los chinos también los matan… Y cuando les pasa eso, hasta se mueren. Aunque hayan estado cien años haciendo taichi…

– Si tú lo dices -dijo ella y sonrió.

– En estos días vuelvo por aquí, pero llámame cuando quieras -terminó, acercó su rostro al de Támara y la besó en la mejilla. Un beso de amigo desesperado que investiga la muerte de un chino.

Una de las más recurrentes fabulaciones de Mario Conde era que existía un bar en La Habana donde conocían sus preferencias etílicas. El Conde podía llegar a su bar -obviamente un lugar fresco, en penumbras, con vasos y copas limpias, como se supone que son los bares-, a cualquier hora del día o de la noche y, luego de acomodarse en una banqueta y acodarse en un ángulo de la barra -de madera, intensamente pulida, oscura, discreta-, se le acercaba su cantinero y, tras un breve saludo, casi familiar, el hombre le servía su trago, sin él tener que pedirlo. En aquel lugar ideal (habría ventiladores de techo y butacas altas y un viejo freezer de varias puertas), el sitio que en ese instante reclamaba a gritos el espíritu del hombre, sabrían que el Conde prefería el ron Santiago de tres años, fabricado en la vieja destilería de los Bacardí, allá en Santiago de Cuba, y que le gustaba beberlo en un vaso grande, con algunas gotas de limón y apenas una pequeña piedra de hielo. («Lo de siempre», diría el barman al servirle.) Todo muy simple pero formal y al mismo tiempo natural: como el ron que bebía. Por supuesto, en aquel bar conocerían que cuando el Conde bebía solo era porque quería pensar, y no porque fuera un jodido alcohólico solitario en plena crisis amorosa o de cualquier otra especie, un animal herido de desesperaciones.

Pero aquel simple bar, como tantos otros sueños, era de imposible traslación a la agresiva y desgastada realidad objetiva de la ciudad en que había nacido y donde vivía desde entonces y donde seguía viviendo en los días del nuevo siglo, mientras evocaba su incursión policial en el Barrio Chino, y, para colmos, todavía buscaba soluciones para su relación con Támara y un bar donde le sirvieran su trago sin tener que pedirlo.

Lo que de verdad encabronaba hasta el frenesí al policía de 1989, sin embargo, solía ser que, aun debiendo pedirlo -jamás era el mismo bar, y menos el mismo cantinero, pues en la ínsula todo debía fluir dialécticamente de negación en negación, quizás buscando por esa vía la nada absoluta-, tampoco resultaba posible encontrar en cada bar el mismo trago: o no había hielo, o no tenían limón, o hacía meses no recibían ron Santiago o, para colmar las consternaciones del teniente investigador, pues ese día no había ningún ron u otro líquido embriagante.

Aquella noche de una larga jornada de revelaciones chinescas y de aperturas de compases de espera, Mario Conde hubiera necesitado, como nunca (es un decir, no hay que exagerar, y menos tratándose de rones), la existencia de aquel bar, el suyo, para limpiar, ron en ristre, con la pureza del alcohol, su tsin de las infinitas impurezas que debían de haberse acumulado en él por un uso largamente inapropiado. De pronto se le había ocurrido que su tsin podía ser como los cabezales sucios de un equipo de video que, para volver a emitir imágenes y sonidos nítidos, necesita una cuidadosa limpieza, precisamente con alcohol. Y aunque la idea de deshollinar el tsin era de novísima adquisición, en cambio, la certeza de que el ron lo ayudaba a conseguir casi todas las cosas de la vida que él más deseaba -escaparse por un tiempo de su tedio cotidiano, sentirse libre de inhibiciones y culpas, poner a volar su conciencia hacia un estado donde el olvido resultaba posible y el tiempo dejaba de existir-, ya era una experiencia veterana, de la cual solía abusar con agradable frecuencia.

– No hay bar ni hay ron, pero voy a limpiar el tsin, aunque sea con gasolina… Agua no, porque se oxida…

Tres bares cerrados, dos en los que sólo se vendían cigarros y los mercados donde sí había ron -y hasta marcas para escoger-, parapetados tras la barrera altísima y todavía prohibidísima del dólar, llevaron al Conde a un tugurio de La Víbora donde Jacinto el Mago, un químico industrial jubilado, se dedicaba a destilar alcohol a partir de los compuestos más inconcebibles. El Conde (siempre ocultando su filiación policiaca) debió tocar dos puertas, franquear tres rejas e invocar el nombre de su amigo Candito el Rojo, socio de aquel alquimista, para que Jacinto el Mago lo llevara hasta sus bien surtidas bodegas, colocadas en un cuartucho de madera y zinc, en el patio de la casa.

– ¿A ver, chama, qué te quieres llevar? -preguntó el Mago mientras con un dedo se hurgaba la nariz, en busca de un moco al parecer incapturable.

– ¿Hay para escoger? -se asombró el Conde y respiró aliviado ante la proximidad de la bebida.

– Tengo Chispa'e Tren a treinta cañas, Colaíto a quince, y Bájate el Blúmer a veinticinco pesos… Ah, y vino de maracuyá, a ocho la botella.

El Conde sintió un puñetazo en el hígado y un alboroto en las glándulas salivales, pero decidió que, a pesar de aquellos gritos orgánicos, se lanzaría al pozo de los desesperados.

– ¿Cómo es el expediente químico de esos mofucos?

– Fácil: el Colaíto es alcohol de bodega filtrado con carbón y papel de estraza, para quitarle la luz brillante. La verdá, no te lo recomiendo, eso es para los que ya están tostaos -e hizo el gesto que indicaba tener la cabeza perdida-. El Chispa ya es otra cosa: ése lo destilo yo, con caña y uvas, un poco de alcohol bueno, y pan cuando no consigo levadura. Todo muy sano… Ecológico, como dicen ahora. A ver, ¿tú has tomado orujo?

– ¿Orujo? ¿Qué coño es eso?

– Un aguardiente de uvas que hacen en España.

– ¿Y tú has tomado orujo?

– Nunca… ¿De dónde coño voy a sacar orujo, chico? Pero para algo uno es químico, ¿no? Por eso me imagino que se parece…

– Me encanta tu imaginación. Pero dale, sigue con la oferta…

El Mago miró al Conde, pensó, movió la mano para reintentar la captura del moco esquivo, pero optó por seguir la disertación.

– Pues el Chispa'e Tren se supone que es más o menos como el orujo y por eso es más caro…, y el Bájate el Blúmer lo hago con papas y levadura, y es candela. Te tomas una botella y haces cualquier cosa: desde robar un banco hasta meterte a puta… Es el que más compra la gente, ya te imaginarás por qué…

– Ese no me gusta… No tengo a nadie a quien bajarle el blúmer… Mira, termina de sacarte el moco, lávate las manos y después dame dos botellas de Chispa.

Con su provisión bajo el brazo el Conde emprendió la ruta hacia la casa del flaco Carlos, pero en el camino decidió convocar también a Candito el Rojo y, desde un teléfono público, lo llamó a la casa de los vecinos donde solía dejarle los recados. Por suerte, Candito estaba en su casa.

– Rojo, tengo dos rifles abajo del brazo -le dijo cuando su amigo salió al teléfono.

– ¿Y qué más te hace falta?

– Voy a casa de Carlos.

– Pero ¿qué te hace falta?

El Conde sonrió.

– ¿Tú me lees el pensamiento?

– No leo un carajo, Conde, pero te conozco…

– Bueno, es que a lo mejor me puedes tirar un cabo con san Fan Con… Tú eres el teólogo de la tribu.

– No seas hijo de puta, Conde. Está bien, voy para allá.

La telenovela brasileña había empezado y, desde la acera, el Conde escuchó el drama de aquellos personajes cuyas vidas con finales felices aliviaban la amarga cotidianidad de la madre del flaco Carlos, cargada con la cruz física y espiritual de la invalidez de su hijo. Sin permitir que se pusiera de pie ni perdiera un detalle del drama televisivo, el Conde besó en la frente a la vieja Josefina y le acarició el pelo, para dejarla ensimismada ante la pantalla que entregaba señales en blanco y negro. Pero recordó que en algún momento tendrían que hablar muy en serio de los sueños gastronómicos que últimamente se gastaba la anciana: porque si soñaba como cocinaba, nada más oírla sería una fiesta.

Sin pedir autorizaciones ni permisos pasó por la cocina, y mientras se tragaba un plato de papas hervidas, aderezadas con atún y rodajas de cebolla, cortó unos limones, recogió tres vasos en los que puso hielo y todavía masticando la última papa entró en la habitación donde su amigo, con la vista vuelta hacia la ventana, escuchaba música con los audífonos puestos. Debe de estar oyendo a Los Credence, calculó el Conde… ¿O será a Chicago? Sin advertirle aún de su presencia, destapó uno de los litros y vertió generosas proporciones de Chispa'e Tren en dos de los vasos. Olió el suyo y de inmediato sintió cómo se le destupían todas las vías respiratorias, abrasadas por los cincuenta grados del brebaje. ¿Así que orujo? Pa'su madre… Contuvo el aliento y lo probó: como siempre, el primer trago es el malo, pero esta vez fue el peor. Una bola de fuego recorrió su laringe y en su descenso debió de chamuscar el tsin de Mario Conde, del cual huyeron las tsin tsi como los enemigos del pueblo convertidos en ratas despavoridas de cierta película china, popular y republicana.

– ¡Cojones! -tuvo que bufar, y probó otra vez el alcohol, que esta vez bajó con menos miramientos aunque con las mismas intenciones.

Con el otro vaso servido caminó hasta Carlos, que seguía perdido en la música. Era terrible verlo siempre sobre su silla de ruedas, mientras miraba a través de la ventana hacia los árboles del patio. «¿En qué coño estará pensando?», se preguntó el Conde, observando la estampa de su viejo amigo, que desbordaba su anatomía sobre los brazos de la silla a la que había sido condenado de por vida. Subrepticiamente el Conde interpuso el vaso maldito entre los ojos de su amigo y el infinito. Sin hablar, el Flaco sonrió, atrapó el vaso y se tragó de un golpe la mitad de su contenido.

– ¡Candela!, Conde, ¿qué coño es esto? -saltó en la silla de ruedas, arrancándose los audífonos de un manotazo.

– Los italianos le llaman Fulgore di Treno, los españoles le dicen orujo y los chinos, ya tú sabes cómo son los chinos, Elixir Limpia Tsin… ¿Qué te parece?

Carlos volvió a beber y asintió con la cabeza.

– Está de tranca, pero mejor esto que nada, ¿verdad? ¿Es de la producción de la destilería del Mago?

– Anjá -dijo el Conde y terminó su vaso-. Compré dos litros porque tengo que pensar un rato y después olvidarme de todo. En ese orden.

– Si compraste esto será porque no quieres volver a saber más nunca ni cómo te llamas…

– Ojalá.

– ¿Qué te pasa, salvaje?

– Pasé por casa de Támara…

El tema interesó a Carlos, que terminó de quitarse los audífonos.

– ¿Y?

– Demasiado complicado, Flaco. Támara se nos está convirtiendo en filósofa y enfermera de la Cruz Roja. Te lo cuento luego, cuando me emborrache…

– No seas maricón, Conde, no me dejes así…

– Pues así te quedas. Ahora de lo que quiero hablar contigo y con Candito es de la cabrona historia en la que me he metido por culpa de otra mujer… Imagínate, tengo un chino muerto, ligado con un banco de apuntación, a lo mejor con drogas, y según parece con brujería o con cosas de mafia china, porque le cortaron un dedo y le hicieron un círculo con una cruz en el pecho…

– Suena sabroso -admitió Carlos, luego de darse un lingotazo.

– Suena cabrón -dijo una voz a sus espaldas, y se volvieron para ver entrar al mulato Candito, que les estrechó la mano y se acomodó en una esquina de la cama de Carlos-. ¿Y dónde pasó eso?

– En el Barrio Chino.

Candito rescató el vaso que le esperaba, se sirvió una buena porción del Chispa'e Tren y bebió un trago. El mulato de cabeza rojiza lo paladeó, como si catara un vino de marca y cosecha, y emitió su juicio cargado de sabiduría.

– Coño, está mejorando el Mago.

– ¿Antes era peor? -inquirió el Flaco, y como si no lo creyera posible volvió a probar su trago.

– Este se puede tomar, ¿no?… -Candito el Rojo volvió a catar y concluyó-: Si parece orujo.

Conde y Carlos se miraron. Algo andaba muy, muy mal en el reino de Dinamarca si Candito asociaba aquella mierda con una bebida remota llamada orujo. Pero Conde decidió no complicar la conversación -al menos a aquella altura incipiente de la primera botella- y, con un gesto de la mano, detuvo la curiosidad de Carlos.

– ¿Ves, Flaco? Te lo dije… Orujo -y chocó su vaso con el del amigo inválido.

Candito sonrió, con malicia, y puso en marcha su pragmatismo:

– ¿Y cómo es el cuento chino ese, Conde?

Capítulo 6

– ¿Qué te pasa?

El sol brillaba impertinente a las nueve de la mañana y ya amenazaba con prodigar un día infernal. De la bahía cercana se levantaba un resplandor sucio y el Conde, protegido por sus espejuelos oscuros, sentía las estocadas de la luz en sus pupilas como alfileres ardientes. Hizo el intento de sonreírle a Candito, pero no pudo.

– Estás verdoso, Conde.

– ¿Y de qué color tú quieres que esté, Candito? Tengo una resaca que lo que quiero es morirme…

– Te estás aflojando, mi herma… Mira, yo amanecí campana y tomé lo mismo que tú…

– ¿Orujo?

– Dale, que ahí viene la lanchita -dijo Candito y lo tomó por el brazo, como a un ciego.

La vieja lancha que cruzaba la bahía desde la Avenida del Puerto hacia el pueblo de Regla había comenzado su atraque y el Conde pensó que era una mala idea eso de lanzarse a la navegación con aquella resaca alta. Aunque el tránsito era breve y el mar parecía apacible, su maltrecho estómago podía voltearse con el vaivén de las más mínimas olas. Pero respiró profundo y embarcó.

La noche anterior, cuando a petición de Carlos había dibujado sobre un papel el signo grabado en el pecho de Pedro Cuang, Candito le dijo que se olvidara de san Fan Con y toda aquella cantaleta china, pues estaba despistado o lo habían despistado: el Rojo estaba casi convencido de que las flechas, el círculo y las cuatro cruces eran una firma de palo mayombe, la brujería conga, y el dedo que le habían cortado al muerto debía de ser para usarlo en una nganga. ¿Una nganga? Pues si querían estar seguros de lo que significaban aquellos signos y saber de ngangas y firmas de palo, Conde tenía que ver a Marcial Varona, el viejo ngangulero más sabio y respetado entre todos los brujos de Regla, la meca de la brujería cubana.

Mirando hacia un punto distante, más allá de las altas paredes encaladas de la iglesia de la Virgen de Regla, el policía pudo completar la breve travesía sin que se concretara la amenaza de vómito, pero al poner pie en tierra sintió un súbito mareo, como si la borrachera se le hubiera reactivado.

– Ahora estás cenizo, cabrón -le advirtió Candito.

– Déjame coger aire, seguro se me pasa -pidió el policía y se recostó en el muro que rodeaba la iglesia. Del bolsillo de la camisa extrajo una duralgina y la masticó, absorbiendo todo el amargor del analgésico. Entonces encendió un cigarro y observó el mar. Sintió cómo los efluvios del mareo se iban asentando y escupió en la tierra-. De pinga, creo que más nunca en mi vida me tomo un trago.

Candito soltó la carcajada y obligó al Conde a reír también.

– No jodas, Mario Conde, eso lo estás diciendo desde que te conozco.

En ese instante pasó frente a ellos el párroco de la iglesia, vestido para el oficio, o quizás regresando de haber otorgado una extremaunción.

– Mira, te lo juro por la madre del cura.

– Zarabanda -afirmó Marcial Varona y devolvió el tabaco a su boca.

Aquel negro podía tener cien, doscientos, cualquier cantidad de años. Su cabeza, cubierta con una lana blanca, contrastaba con la profunda oscuridad de su piel, marcada por todas las arrugas posibles, amontonadas como pliegues rígidos. Pero fueron los ojos del anciano los que atrajeron el interés del Conde: el globo ocular era casi tan negro como la piel y trasmitía una expresión que en tiempos pasados, cuando Marcial fue joven y fuerte, debió de infundir pavor. Según Candito, Marcial era nieto de esclavos africanos y había vivido toda su vida en Regla, donde se inició en los secretos religiosos de la regla de palo y se hizo mayombero. Pero, por si fuera poco, el viejo también fungía como babalao de la Regla de Ocha y muchos lo consideraban el mejor conocedor de las prácticas de la santería yoruba. Pero, si todavía fuese poco, Marcial detentaba la condición de miembro del antiquísimo «juego», abakuá de los Makaró-Efot, una de las más viejas células de aquella sociedad secreta venida del viejo Calabar africano en los barcos negreros, y, por muchos años, había ocupado en Makaró-Efot las más altas dignidades de la cofradía. Pero cuando Conde vio colgado de una pared, junto al altar católico presidido por un crucifijo y por la virgen de Regla, la santa cubana de rostro negro, aquel diploma del Gran Consistorio del Grado 33 de la masonería cubana, a favor del hermano Marcial Varona, supo que se hallaba frente al hombre adecuado: un arca de saberes sin fondo y una muestra viva de qué coño significaba ser cubano. Candito le había advertido que hablar con el anciano era como consultar a un viejo gurú tribal, el hombre capaz de guardar en su mente todas las historias y las tradiciones del clan, y muy pronto el Conde lo corroboraría.

La brisa marina corría debajo de la ceiba que Marcial había plantado setenta años atrás en el patio de su casa y sus efectos fueron recomponiendo el organismo del Conde, quien sintió cómo el inmejorable café servido por una de las tataranietas del viejo iba despertando una a una sus embriagadas neuronas.

– Zarabanda es nganga de brujo congo, pero también es de Oggún lucumí, o de la santería yoruba, como se dice ahora. Oggún es el dueño del monte y de los hierros, y es san Pedro, el que tiene las llaves del cielo, que también son de hierro, ¿no? Por eso Zarabanda no es palo auténtico, sino una mezcla criolla, ¿entiendes?

– No -admitió el Conde con toda su sinceridad, sintiéndose incapaz de asomarse a su ironía, y le pidió a su cerebro macerado un esfuerzo viril para comprender y asimilar aquella información escolástica, totalmente críptica para un hombre que, por voluntad propia, había terminado su relación con las religiones justo el día en que, obligado por su madre, tomó su primera y última comunión.

– A ver, mijo… El palo monte es la religión de los negros congos y la nganga es el asiento del misterio de esa religión. El Arca de los judíos, el cáliz… Nganga quiere decir espíritu de otro mundo. En la nganga, que físicamente se reúne en una cazuela de hierro donde se colocan varios atributos, se atrapa a un difunto para que sea esclavo de un vivo y haga lo que el vivo le ordene. La nganga es poder y casi siempre se usa para hacer el mal, para acabar con los enemigos, porque la nganga concentra las fuerzas sobrenaturales del cementerio, donde están los difuntos, y las potencias del monte, donde están los palos sagrados de los árboles, entre los que viven los espíritus… Por eso la religión se llama palo monte…

– ¿Y qué tiene que ver esto con una nganga? -preguntó, mostrando otra vez el papel dibujado, pues ya no pretendía comprender, sólo mover el diálogo de lo abstracto del mundo intangible a lo concreto grabado en el pecho de un chino muerto.

– Esa es una firma de Zarabanda. La firma es el signo que siempre se escribe en el fondo de la cazuela de hierro que va a recibir la nganga. La firma es el asiento de la firmeza, como se le dice al poder, y es la base de todo lo demás que contiene la cazuela. Fíjate bien en el dibujo: lo redondo es la tierra y las dos flechas en cruz son los vientos. Las otras cruces marcan los puntos del mundo, que siempre son cuatro… No busques más, eso que está ahí quiere decir Zarabanda… Pero lo raro es que esa firma, así como ésta aquí, ya casi no se usa. Ahora los que se creen que saben le ponen más flechas y adornitos, como si eso importara. Esa que está ahí es la firma vieja, de los tiempos de la colonia, como la hacían mis abuelos, que eran congos legítimos venidos de allá…

La mano de Marcial indicó un punto preciso, más allá de las fronteras del pueblito de Regla, por encima del mar. El principio de todo.

– ¿Y es verdad que se ponen huesos de persona en las ngangas?

– Claro, si no, ¿cómo vas a tener al muerto? La nganga lleva mil cosas, sea conga pura o sea una mezcla criolla con la santería yoruba, como Zarabanda. Pero siempre tiene que llevar huesos de hombre, y mejor si es la cabeza, la kiyumba, que es donde están los malos pensamientos, la locura, el odio, la ambición. Luego lleva palos del monte, pero no unos palos cualquiera, sino palos sagrados, con poder; también piedras de centella que ya hayan bebido sangre, huesos de animales, entre más fieros mejor, un poco de tierra de cementerio y azogue para que nunca, nunca esté quieta. Ah, y agua bendita si se quiere para el bien. Si no, no se bautiza, y se deja judía… Pero si la nganga es de Zarabanda, como él es el dueño de los hierros, lleva entonces una cadena alrededor de la cazuela y dentro hay que poner también una llave, una herradura, un imán, un martillo y encima de todo el machete de Oggún… A todos esos atributos se le da a beber sangre de gallo y chivo, y después se adorna con plumas de muchos colores.

El Conde sintió cómo se perdía en un mundo que por algún sendero se remontaba hasta más allá del monte Sinaí y seguía hacia los orígenes de la inteligencia humana. Había sido colocado ante una mezcolanza de culturas -y Marcial Varona era su representante vivo y ejemplar- con la cual había convivido desde siempre, de la cual él mismo formaba parte, pero de cuyos arcanos y prácticas había estado infinitamente alejado. Aquellas religiones, siempre estigmatizadas por esclavistas católicos y cristianos, quienes las consideraban heréticas y bárbaras, luego por burgueses que las estimaban cosas de negros brutos y sucios, y en los últimos tiempos marginadas por materialistas dialécticos capaces de calificarlas con criterios científicos y políticos como rezagos de un pasado que el ateísmo debía superar, sin embargo tenían para Mario Conde el encanto de la resistencia del espíritu humano y su voluntad de quebrar los dictados de la fortuna. Los misterios de aquel universo trasladado desde África por cientos de miles de esclavos se habían arraigado en el país, habían sobrevivido a todos los embates sociales, económicos y políticos y se habían hecho carne de su cultura cotidiana: paleros, santeros, abakuás y babalaos (que además de practicar aquellos ritos eran masones y católicos, todo a la vez) andaban por las mismas calles que él, bajo el mismo sol, bebiendo los mismos rones, pero recubiertos por una fe útil y pragmática que el policía no tenía y cuya esencia se sentía incapaz de comprender en sus más profundos beneficios, secretos y amalgamas. ¿Zarabanda congo es lo mismo que el Oggún yoruba señor del monte y los árboles, y lo mismo que el san Pedro cristiano, apóstol en la tierra, piedra de la Iglesia de Cristo y dueño de las llaves del cielo? ¿Si no tenía agua de una iglesia católica, bendecida por un cura ensotanado, era una nganga judía? La revelación de la existencia de aquella mezcla de religiones coetáneas o antagónicas, los múltiples efectos secundarios de la mala borrachera de la noche anterior y la imagen de un chino ahorcado en un solar de La Habana y marcado en el pecho con una casi olvidada firma de Zarabanda, formaban un fárrago en su cabeza adolorida, de donde salió, como una pequeña serpiente que asoma tímidamente la cabeza (¿o sería la cola?), una idea capaz de hacerlo temblar.

– Marcial…, ¿y el dueño de la nganga debe conocer al muerto que pone en la cazuela?

El anciano chupó dos veces de su tabaco y sonrió.

– Eso casi nunca pasa, porque la gente de hoy usa cualquier muerto… Van al cementerio y abren la tumba que sea más fácil o le compran los huesos directamente a los sepultureros… Pero si uno conoce al difunto es mucho mejor, porque así puede escoger el muerto que mejor le venga. Allá en África, antes, cuando había guerra se llevaban la kiyumba del enemigo más valiente o del más hijo de puta… Mira, si quieres hacer una nganga judía, para hacer mal, debes buscarte un difunto que en vida haya sido bien malo… porque el espíritu sigue siendo tan malo como el vivo que fue en la tierra. Y a veces es peor… Por eso los mejores huesos son los de los locos, y mejor que los de los locos, los de los chinos, que son los tipos más rabiosos y vengativos que hay en el plano de la tierra… La mía yo la heredé de mi padre y tiene la kiyumba de un chino que se suicidó de rabia porque no quería ser esclavo… y tú no te imaginas las cosas que yo he hecho con esa nganga… y que Dios me perdone.

La kiyumba de un chino, pensó la kiyumba del Conde, es algo difícil de conseguir. Pero no tanto el dedo de un chino. La imagen delgadísima y demasiado amarilla de Francisco Chiú mientras movía la caña brava de la fortuna de Cuang Con y su manera de hablar de los chinos que practican brujerías de negros vino a su mente como un flashazo de luz.

– Marcial, ¿y una cazuela de palo monte sirve para devolverle la salud a su dueño?

– Sirve para todo, mijo. Para todo.

Mario Conde siempre recordaría que, en sus años de policía investigador, había logrado aprender varias cosas. Aprendió, por ejemplo, que los casos más difíciles solían tener las soluciones más vulgares y también que la lenta rutina policiaca suele ser más eficaz que las premoniciones o los prejuicios, aunque detestaba todo lo rutinario y científico de su labor y por eso solía guiarse por aquellas iluminaciones salvadoras que se le reflejaban con un dolor en el pecho; aprendió además que ser policía era un trabajo sucio, capaz de dejar secuelas: tratar día a día con asesinos y ladrones, estafadores y violadores terminaba por crear una visión oscura de la vida y llegaba a prender en las manos un olor a mierda, inmune a los mejores detergentes: por eso casi nunca le extrañaba que un policía se corrompiera y aceptara regalías, practicara chantajes o diera protección a delincuentes dispuestos a pagarla a cualquier precio. Y aprendió, a fuerza de practicarlo, que caminar en solitario suele ser el mejor modo de pensar, sobre todo si uno es un policía adicto a las premoniciones y los prejuicios (los del Conde siempre son prejuicios), y no a la rutina.

Arrastrando todavía el sabor amargo de la última duralgina y saboreando el reasentamiento de sus neuronas, creyéndose incluso en condiciones de pensar otra vez, se despidió de Candito en el embarcadero de las lanchas y emprendió el camino que conducía desde la zona del puerto hasta el Barrio Chino y lo penetró por el cuchillo de la calle Zanja. El cielo de mayo se iba cubriendo de nubarrones oscuros y el vapor capaz de poner a transpirar todos los poros del Conde eran señales inequívocas de que un aguacero torrencial bañaría la ciudad. Pero ahora el policía sentía que empezaba a moverse por caminos seguros, con una verdad en la mano, y por eso había llamado a la Central y le había pedido a Manolo que buscara en la computadora la historia del banco de apuntación desmantelado el año anterior, mientras él se había asignado la tarea no menos ardua de caminar, pensar, aprender y, si era posible, hasta conocer.

Desde el instante en que el viejo Marcial Varona le confirmara el origen congo y su transmutación cubana del extraño signo grabado en el pecho de Pedro Cuang y la posibilidad de que el dedo cercenado tuviera como destino una nganga judía (por tratarse del hueso de un chino), el Conde tuvo la premonición de haber estado recorriendo un sendero sin salida y lo atrapó la certeza de que una envoltura tan extraordinaria sólo podía estar destinada a esconder un producto mucho menos sofisticado. No había que tomar tantas previsiones para ejecutar a un delator, en el caso de que Pedro lo fuera; tampoco parecía necesario armar aquel performance macabro si el objetivo era el robo de un dinero del cual todo el barrio hablaba pero nadie había visto; y mucho menos lógica le empezó a resultar toda la escenificación incluso si se trataba de un peculiar rito religioso: huesos de chinos había en el cementerio, y se podían obtener sin necesidad de ahorcar a un viejo infeliz y a un perro sato y crear aquella oscura parafernalia que, al fin y al cabo -preguntando a quien se debía preguntar-, no lo era tanto. Pedro Cuang, entonces, había sido asesinado por algún motivo mucho más terrenal y concreto, y Conde estaba cada vez más convencido de que la historia de Zarabanda y su nganga sólo podía ser una cortina de humo, o un subproducto aprovechable de lo ocurrido. ¿Sería por la droga que andaba perdida en el barrio? ¿O quizás por algún secreto que conocía el viejo, relacionado tal vez con el banquero Amancio, para quien trabajó como colector de apuestas? ¿O sólo por el dinero? Sin embargo, la idea de que el hueso de un hombre conocido fuese a parar al fondo de una nganga montada para cambiar la salud de otro hombre al borde de la muerte lo obsesionaba cada vez con punzante insistencia. Pero ¿tendría Francisco Chiú fuerzas suficientes para realizar todo aquel teatro, incluido el izaje del cadáver? ¿O, en caso de ser parte de aquel crimen, habría podido contar con la ayuda de alguien? ¿Y cómo reaccionaría Juan si él descubría que su compadre estaba detrás de aquella muerte? Mejor ni pensarlo… Pero no, el policía necesitaba pensar, pensar, pensar, ¡carajo!

El Conde encontró que a aquella hora del mediodía las calles del Barrio, azotadas por el calor, se despoblaban. Los viejos chinos aún sobrevivientes huían de la canícula húmeda, y, con su ausencia, los quicios donde solían sentarse en la mañana o al atardecer, no parecían ser los mismos. Otra vez se asombró por todo cuanto no sabía sobre aquellos hombres que habían envejecido entre esos callejones sórdidos y malolientes donde alguna vez había palpitado uno de los barrios de chinos más poblados de todo el Occidente, y sintió lástima del brutal desarraigo al cual se vieron sometidos aquellos infelices. Habían cruzado el mar huyendo del hambre y la miseria, de los poderes absolutos y los enrolamientos militares forzosos y al final habían hallado algo tan temible como lo que les hizo huir: el desprecio, la incomprensión, el abandono, incluso la muerte en modos tan horribles como el que sufrió Sebastián, el primo de Juan, congelado en la bodega de un barco. Pero lo más doloroso era aquel desarraigo invencible, que ni el éxito económico alcanzado por algunos pocos había podido mitigar. La única salvación para aquellos males había sido sostener una cultura de gueto, y contestar al desprecio con silencio, a la burla con sonrisa, al grito con hermetismo, y envolverse en una filosofía de apariencia apacible que, cuando menos, ayudaba a soportar la vida. ¿Y serían tan vengativos y furibundos como afirmaba Marcial Varona? Quizás, se dijo, y recordó en ese instante las preocupaciones de Támara y entendió la necesidad de la mujer de regresar a su redil para hallarse a sí misma…

El Conde se preguntó cuántas veces habría fracasado la policía con aquellos misterios tan misteriosos (y se perdonó la redundancia) que podían provocar los chinos con su hermetismo forjado a golpes. Trataba ahora de justificar su presumible fracaso cuando vio al muchacho dedicado a vender mangos en la esquina de la calle Salud y sintió la necesidad de comerse uno. No hambre ni deseos: pura necesidad. Escogió un mango que lo miraba tentador. Lo frotó para limpiarlo un poco e, inclinándose hacia delante, le hundió el diente y su vida se mezcló con el sabor y la textura de la fruta. Con las manos sucias de jugo y los labios dulces por la pulpa amarilla capaz de revolver todas las nostalgias de su infancia feliz de ladrón de mangos volvió a entrar en la realidad agresiva y visible del solar de Salud y Manrique. Caminó hasta los lavaderos del fondo para enjuagarse las manos y la cara. Regresó por el pasillo y estudió la fachada anodina del cuartucho donde había vivido y muerto Pedro Cuang. Sin duda, Francisco pudo haber llegado hasta allí sin que a nadie le resultase extraño e incluso sin que nadie lo viera. Abrió con la llave que había decidido conservar y, sin encender la luz, se dejó caer en una de las sillas desfondadas, parte de la magra herencia dejada por el hombre asesinado y se sintió agredido por una sensación incisiva y familiar: al fin y al cabo la soledad no era un invento asiático. Muchas noches él mismo se había acostado con la premonición de que no vería otro amanecer, mientras su cuerpo, ingrimo y solo, quedaba por muchas horas sobre aquella cama demasiado amplia para su melancolía. La soledad de Pedro Cuang, muerto junto a su perro, le parecía una rara metáfora de su propio abandono: todo cuanto veía en el cuarto delataba la desidia que engendra la soledad. Triste herencia al final de una mala vida… Y fue entonces cuando la vio: en la mesita del fogón, bien tapada, todavía virgen y brillante, apenas oculta por un paquete de revistas viejas. El presentimiento resultó demasiado fuerte para que el policía estuviera equivocado y se preguntó cómo no la había visto en los días anteriores. Se levantó y haciendo palanca con un cuchillo mellado, logró sacar el corcho y olfateó: claro que sí, era ron. Al fin y al cabo hay cosas con las cuales un hombre con suficiente experiencia jamás se equivoca.

Apenas un instante se demoró el Conde en calcular las consecuencias del acto en vías de ejecución, pero se convenció de inmediato de que el mejor antídoto contra la resaca era lo que iba a hacer y por eso lo hizo. Un clavo saca otro, recordó aquel lema de borrachos, y del pico de la botella bebió un trago largo y goloso, capaz de limpiarle la boca del sabor del mango, de calentarle la garganta, reconfortarle el estómago y hasta atreverse a pulir un pedazo de su churrioso tsin. Gracias, difunto, brindó y, antes de volver a beber, derramó un chorrito en el suelo. Para san Fan Con, susurró, aunque también debió invocar a Changó, Zarabanda, Oggún y san Pedro apóstol, todos metidos en una misma olla… judía.

Con la botella en la mano regresó a la silla y encendió un cigarro. El tercer trago fue más sosegado y arrastró al abismo todo sentimiento de culpa. Qué carajo, sabe Dios dónde iría a parar este litro sin beneficiario en ningún testamento… Gracias al ron el olor a chino empezó a ser un efluvio con el cual se podía vivir. «Si Candito me viera ahora», pensó en su amigo y sonrió, pues de pronto se sentía capaz de hacer hasta la Gran Marcha. «¿Por qué te mataron, chino viejo? ¿Ése era tu tao? ¿Por eso volviste desde China? ¿Para morirte en esta cueva apestosa y donar un dedo a una nganga de palero?», se preguntó, observando la viga del techo donde habían colgado al anciano y de pronto sintió cómo su cabeza explotaba mientras la botella de ron se le escapaba de las manos. Ni siquiera tuvo lucidez para sentir cómo, tras la botella, su propio cuerpo caía en el suelo mugriento.

Cuando pudo abrir los ojos, volvió a ver la viga, pero desde otra perspectiva. No sabía con exactitud dónde estaba ni qué había sucedido, pero su primera reacción fue típicamente policiaca: metió la mano debajo de su cuerpo y respiró aliviado al comprobar que su pistola seguía allí, entre el cinturón y la piel. El sonido retumbante de un trueno le confirmó que el murmullo alojado en sus oídos era obra de la lluvia al fin desatada. Entonces se llenó de valor y se atrevió a tocarse la cabeza, unos centímetros sobre la nuca, y encontró la inflamación provocada por el golpe, pero se reconfortó al notar que sus dedos seguían secos. Le horrorizaba sentir su propia sangre. Recordó en ese momento el remedio que le aplicaba su abuelo Rufino el Conde cuando se golpeaba en la cabeza y se le hacía un chichón: envolvía una moneda de un peso en papel de cartucho, mojado con alcohol y sal, y frotaba la inflamación, que se deshacía lentamente. Lo más agradable de aquel remedio aplicado por su abuelo era, una vez terminada la cura, pasar la lengua sobre el papel, con aquel peculiar sabor a sal y alcohol virgen. Quizás aquella práctica fue el inicio de su posterior afición etílica, pensó.

Hizo un nuevo esfuerzo mental y comprendió que estaba sobre la cama de Pedro Cuang, con la cabeza apoyada en la almohada de madera. Quien lo hubiera golpeado había tenido el cuidado de ponerlo sobre la cama y no se había preocupado de quitarle la pistola, que podía ser un objeto ciertamente valioso en el mercado negro. Se le hizo evidente que no querían matarlo ni deseaban robarle… Miró a su alrededor y vio, junto a la cama, la botella de ron, de la cual se había derramado casi todo su contenido sobre el suelo, aunque en la barriga del recipiente descubrió una breve porción de líquido. Sin levantarse extendió la mano, recuperó la botella y alzó un poco la cabeza para vaciar los restos de la bebida entre sus labios. La envolvente peste del camastro lo asediaba, pero el Conde decidió permanecer allí unos minutos, con la vista clavada en las vigas del techo y esperando a que su cabeza, tantas veces maltratada (por dentro y por fuera) desde la noche anterior, recuperara estabilidad y solidez. Quería pensar en lo que había sucedido, pero se sintió incapaz de hacerlo mientras disfrutaba de la paz que inesperadamente envolvía su espíritu y lo acunaba, lo mecía, mientras su tsin flotaba ya a la deriva, limpio y perfumado, elevándose como un vapor etéreo hacia las vigas del techo, hasta que sus párpados cayeron vencidos por el sueño. Antes de dormirse recordó que estaba allí porque debía dilucidar la muerte de un hombre por el cual nadie, en todo el Occidente civilizado ni en el lejano Oriente, había derramado una sola lágrima. ¿Y si lo hubieran matado a él también? Qué solos se quedan los muertos, fue su último pensamiento antes de caer en el sueño.

Cuando Mario Conde regresó nuevamente a la vida, apenas veinte minutos después, el dolor de cabeza había desaparecido y no pudo recordar si lo que flotaba en su mente era la reminiscencia de algo que había leído una vez o tal vez un recuerdo de lo que acababa de soñar: había visto a un hombre con una túnica china ensangrentada mientras perseguía a una muchacha desnuda, ataviada con largos aretes de jade. Él, por su parte, corría tras ellos e intentaba sacarles una foto con una cámara sin rollo, en el instante en que otro hombre, también vestido con ropas chinas, le asestaba un golpe en la nuca. En la bruma de su mente pudo concluir que no había soñado: aquella historia de vestidos chinos era la remembranza de alguna lectura, ¿Chandler? No podía responderse. Pero sí tuvo la convicción de que se despertaba movido por una premonición en camino de tornarse certidumbre y capaz de hacerlo saltar de la cama: bajo una de las vigas de madera tendidas en el techo, asomaba su nariz amarilla un pedazo de papel.

– ¿Otla vez? -se asombró Juan Chion y se olvidó de la reverencia y hasta de la sonrisa-. ¿Y qué te pasa, estás enfelmo? Tas amalillo…

– Es que me gusta cambiar de color varias veces en el mismo día…

El Conde entró en la casa y tomó de la mano al viejo y casi lo arrastró hasta el comedor.

– Siéntate ahí, cabo Chion -le dijo y él ocupó la silla más cercana-. Lee esto.

El viejo tomó el papel que el Conde le alargaba. Dos hileras de caracteres chinos, imprecisos y pálidos, cubrían la superficie amarillenta del papel. El anciano lo observó y, alargando el brazo, buscó la mejor distancia para la lectura. El Conde esperó, devorando un cigarro.

– Tá estlaño.

– Eso ya me lo dijiste ayer como diez veces. ¿Qué dice ese cabrón papel?

– Li Mei Tang. Eso es nomble de gente.

– ¿Y más nada?

– Conde, Conde. Li Mei Tang, telcelo izquelda, sesto delecha, álbol.

– ¿Ya?

– Ya.

– ¿Y qué quiere decir eso, viejo?

– Yo soy chino, no alivino.

Conde exprimió las últimas gotas de su inteligencia.

– Es un plano, ¿no?

– Policía eles tú, Conde.

– Suena como si fuera un plano… ¿Pero de dónde coño es ese plano?

Juan Chion levantó los hombros.

– Si está escrito en chino, es porque lo escribió un chino… -siguió Conde.

– Sí, veldá.

– … para que lo leyera un chino.

Juan Chion sonrió y, con un dedo, señaló al Conde.

– Tú ve, chino no son holmiguita. Chino son jodeloles y también son misteliosos.

– Demasiado misteriosos… Y mira lo que me hicieron para que no descubriera algunos de esos misterios.

El Conde volteó la cabeza y le mostró las huellas del golpe que había recibido.

– ¿Y eso, Conde?

– Creo que me dieron este trancazo para que no encontrara este papel. El que me dio también fue a casa de Pedro buscando este papel. Lo demás no le importaba… Pero me dio con ganas, duele como carajo. ¿Tienes algún remedio para esto?

– Pomadita china que es buena pa to.

– Pues úntame un poco, que tengo que salir a buscar al que me hizo esto. Tiene que ser el mismo que mató a Pedro Cuang… y ahora estoy seguro de que lo mató porque quería sacarle lo que ya estaba escrito en este papel. El dedo que le cortaron a Pedro fue un daño colateral…

– ¿Cola qué?

Capítulo 7

Sentado tras su buró, con el larguísimo habano entre los labios y envuelto en una nube de humo azulado, el mayor Antonio Rangel observaba a Mario Conde. El teniente sintió que su jefe lo había colocado entre dos placas de vidrio y lo estudiaba a través de las lentes de un microscopio como si se tratase de un virus mutante.

– Parece que saliste de un latón de basura -fue la primera conclusión, diríase que científica, del jefe de la Central de Investigaciones Criminales-. Por lo menos hueles como si hubieras estado en uno.

– Es olor a chino, jefe.

– ¿Olor a chino? -Rangel se sacó el tabaco de la boca y, con delicadeza, cortó la ceniza en un cenicero de cristal de Murano, reciente obsequio de su hija mayor, casada con un austríaco ecologista que recorría el mundo salvando ballenas y tigres bengalíes, aunque con presupuesto para dejarse caer por Venecia y comprar vidrios caros. Hay de todo en esta vida.

– Me acosté en la cama de un chino… Pero mejor ni te cuento, Viejo.

– Pues creo que no. Al contrario, cuéntame bien en qué andas, porque tengo cosas que decirte. No te mandé a buscar porque no pudiera vivir sin verte… ¿Qué coño hacías tú acostado con un chino?

– Pare ahí jefe… Se precisa aclaración.

El Conde profesaba un profundo respeto por su superior. No obstante, se sentía cómodo trabajando con él y le divertía aguijonearlo con sus comentarios irónicos. Mientras, el mayor Rangel, tan cáustico con el resto de sus subordinados, admitía -sólo para sí mismo- que tenía alguna debilidad por aquel investigador irreverente, a veces hasta confianzudo, que incluso se atrevía a tutearlo, llamarlo El Viejo, y colarse en su casa para que la mujer del mayor lo invitara a café. Al fin y al cabo, pensaba Rangel, algo debía soportarle: a pesar de todas sus manías y heterodoxias, aquel teniente era su apagafuegos. Y de vez en cuando tenía que vengarse.

Mientras le explicaba a Rangel que no es lo mismo dormir en la cama de un chino que en la cama con un chino y luego todo lo ocurrido desde que Patricia se presentara en su casa, el Conde tuvo la sensación de que sus ideas por fin se organizaban y se movía hacia un descubrimiento capaz de ubicarlo frente a la solución de su caso chino. Al mismo tiempo, la sensación de que alrededor de aquel asesinato existían otros misterios todavía invisibles pero más complicados, se convirtió en una nueva certeza. Sí, una sombra oscura del pasado flotaba sobre aquella muerte y la disipación de esa oscuridad, fuese cual fuese su carácter, podría traer consecuencias dolorosas. Pero le omitió a Rangel aquella parte de sus cavilaciones, todavía demasiado vagas, y no le mencionó la sospecha cada vez más maltrecha pero todavía viva que señalaba hacia Francisco Chiú.

– ¿Entonces no estás seguro de que el chino muerto haya tenido alguna relación con la cocaína que se estuvo moviendo en el Barrio? -preguntó Rangel, y abandonó el tabaco sobre el cenicero.

– Hasta ahora mismo no. ¿Por qué me preguntas eso, Viejo? Todo el mundo saca en algún momento la historia de esa cocaína que andaba por el Barrio…

Rangel se recostó en su silla y cerró los ojos por un instante.

– Lo que voy a decirte ahora es confidencial. Si alguien se entera de que lo hablé contigo, me parten al medio. ¿Está claro?

– Claro como el café que no me brindaste hoy…

– ¿Está claro? -el tono de voz del mayor cambió con la misma pregunta y Conde entendió a la perfección el significado de aquel movimiento.

– Sí, está claro.

El tabaco se había apagado, pero Rangel lo recuperó y lo sostuvo entre los dedos.

– Hay una investigación gorda sobre una cocaína que está circulando en Cuba. Muy, muy gorda. Hay gentes trabajando en eso. Si la droga que se mueve en el Barrio Chino no tiene que ver con tu muerto, olvídate de ella.

– Pero, Mayor…

– Sin peros, Conde. ¡Óyeme por una vez en tu vida, coño…! Encuentra a quien mató al chino viejo y vuelve a coger tus vacaciones. Y no se hable más de esto.

Aunque no entendía, Conde supuso que la decisión del mayor Rangel debía de responder a razones muy concretas y no había otra alternativa que acatar la orden.

– ¿Y si la droga y el muerto están relacionados?

– Pues para todo ahí mismo y vienes corriendo a verme antes de hacer nada. ¿Está claro?

– Ya te dije que claro como el café…

– Dale, desaparécete de aquí -explotó Rangel, utilizando el tabaco como puntero para indicar el camino de salida-. Pero ya estás advertido. Arriba, fuera…

Conde se puso de pie, se arregló la camisa e inició la retirada. Ya frente a la puerta, se atrevió:

– Estás muy tenso, viejo… Tienes que limpiar tu tsin…

– ¡Vete ya, cojones! ¡Y ve a bañarte!

Conde atravesó la antesala del despacho y salió al pasillo. Tomó el ascensor y buscó su diminuta oficina, donde Manolo se había quedado esperándolo.

– ¿Qué quería el mayor? -inquirió el sargento.

– Nada, tomarse un café conmigo y hablarme un poco de Confucio… Tú sabes cómo es él de sociable.

– No, no lo sé -dijo Manolo con toda su sinceridad.

– Bueno, a ver, ¿qué tienes?

– Mira -dijo Manolo y abrió la carpeta que reposaba sobre el buró-. En marzo del año pasado un policía, por pura rutina, le pidió identificación a un hombre que le pareció sospechoso en Zanja y Lealtad. El tipo se puso nervioso y el policía, después de ver el carné, le pidió ver qué llevaba en un canguro que tenía en la mano y el hombre se mandó a correr. Bueno, lo cogieron y llevaba varias listas de apuestas para un banco que jugaba con la lotería de Venezuela que se oye por la onda corta. Se hizo la redada y cayeron tres banqueros, pero nada más apareció el dinero del día… La cosa se complicó después: el jefe del negocio era el tal Amancio Valdés, y tuvo un ataque al corazón y se murió a los tres días de estar preso. Ahí mismo los otros dos banqueros vieron los cielos abiertos: dijeron que Amancio era el jefe del negocio y quien guardaba el dinero. Total, hicieron el juicio y por juego ilícito les echaron dos años a los banqueros y catorce meses al apuntador, pero nunca apareció ni un centavo más. Cuando esos banqueros salieron de circulación aparecieron otros, y lo de la lotería sigue a mil en el Barrio. Eso es lo que hay sobre esta historia, además de lo que uno se puede imaginar a estas alturas: Pedro Cuang fue a China cuando empezó el lío y regresó cuando se murió Amancio Valdés. Demasiada casualidad para ser casual, ¿no?

– ¿Y los presos siguen presos?

– Positivo.

– ¿Y la familia de alguno de ellos gastó dinero, hizo compras?

– Negativo.

– ¿Y en todo ese revolico no apareció ninguna conexión con drogas?

– Dos cigarros de marihuana que…

– Menos mal… -suspiró el Conde-. ¿Y qué más se supo de Amancio Valdés?

– Más cosas positivas: hasta 1959 tuvo un garito de juego en el Barrio Chino y la tapadera era una tintorería. ¿Sería mucha coincidencia que Pedro Cuang hubiera trabajado ahí?

– ¿También averiguaste eso? -preguntó el Conde y se apresuró a advertir-: Y si me dices «positivo» te mando al carajo.

Manolo sonrió y cerró la carpeta.

– Ya estás acelerao… Pues sí, allí trabajó treinta años hasta que se retiró en 1968. Pero ahora viene lo mejor -anunció y abrió una pausa que se alargaba mientras sentía crecer la tensión de su jefe-. Dice el forense que a Pedro Cuang le dio una hemiplejía y que fue después cuando lo colgaron. Parece que no querían matarlo, pero cuando le dio la sirimba a lo mejor se asustaron y pensaron que era preferible callarle la boca de una vez.

– Claro, no querían matarlo ni cortarle un dedo… El viejo era el camino hacia el dinero de Amancio… ¿Y qué más se sabe de Pedro Cuang?

– Casi nada. Que se sepa no tenía hijos, ni estuvo casado, ni tenía parientes en Cuba.

– Pero tenía a alguien a quien podía dejarle un mensaje.

– ¿De qué mensaje estás hablando, Conde?

Desde la única ventana del cubículo, Mario Conde observó la calle, donde se levantaba el espectro transparente del calor que volvía a imponerse tras la lluvia. Lamentó el estado deplorable de su mente, demasiado cargada de alcoholes, golpes, órdenes de Rangel, ngangas e informaciones confusas: no podía pensar a la velocidad necesaria. Pero el hecho de poder quitar a Francisco Chiú del sitial de honor de una posible lista de sospechosos le produjo un alivio en su embotado cerebro. Entonces decidió lanzarse por la única brecha prometedora que tenía ante sí. Del bolsillo de su camisa sacó el papel amarillo con caracteres chinos y se lo entregó a su compañero.

– De este mensaje… El camino hacia el dinero de Pedro, que puede ser el de Amancio, está escrito en este papel… Manolo, te pago una comida si me dices ahora qué significa Li Mei Tang-tercero izquierda-sexto derecha-árbol.

El sargento levantó la vista del papel grabado con los ideogramas chinos y miró fijamente a su jefe. Cuando detenía la vista en un punto cercano, su ojo izquierdo soltaba amarras y trataba de esconderse tras el tabique de la nariz.

– No te pongas bizco y dime, anda.

– Eso es un plano, ¿no? De un lugar donde hay un árbol, donde hay un camino que va a la izquierda y luego otro a la derecha y algo relacionado con alguien que se llama Li Mei Tang, ¿no?

Mientras lo escuchaba, El Conde percibió la luz que empezaba a iluminar su mente y comenzó a sonreír.

– Cojones, niño, pero si eres un genio.

Manolo, esperando entender la burla del teniente, también sonrió.

– No jodas, Conde.

– Sí jodo, compadre. Dale, vamos a buscar el carro para recoger a Juan. Eso tiene que ser la tumba de un tal Li Mei Tang en el cementerio chino. Me la juego a que sí.

– ¿Ahora, ahora, a esta hora?… ¿Y mis puercos, compadre, y mis puercos, eh, eh?

Manolo trataba de explicarle al repetitivo y cacofónico celador, pero el hombre insistía: que no, que no, ya era la hora de cerrar el cementerio y por tanto no podía pasar nadie a hacer nada y menos, vaya, y menos sin una orden del administrador. Además, él ya se tenía que ir a recoger unas sobras de un comedor donde se las guardaban para alimentar a sus puercos (tengo cinco, cinco, repetía) y no se iba a complicar ni por la policía ni por un chino muerto ni por nadie. Sus puercos primero…, segundo, tercero…

Aprovechando el enfático discurso del sepulturero, el teniente Mario Conde y el viejo Juan Chion se hicieron los entretenidos y avanzaron por el paseo central del camposanto y contaron tres pasillos, doblaron a la izquierda, caminaron entre los sepulcros, evitando los charcos dejados por la lluvia. Y en el sexto sendero, al torcer a la derecha, bajo un antiquísimo sauce llorón encontraron la recompensa: Li MEI TANG (1892-1956), grabado con letras doradas sobre una placa de granito rojo. La tumba de Li Mei Tang demostraba que, en vida, había sido un hombre pudiente. Pero el difunto no parecía haber recibido una flor hacía muchísimos años. La tapa de su sepulcro estaba manchada de tierra y resina de los árboles, y las anillas de bronce con que se manipulaba la loza la habían marcado con su alma verde.

– Es la pura verdad: qué solos nos quedamos los muertos, ¿no, Juan?

El viejo lo miró.

– No to los mueltos, Conde. Li Mei Tang segulo tiene compañía, ¿veldá?

– ¿Tú sabes que la tumba de un chino es un mal lugar para guardar algo? La gente cree que a ustedes los entierran con joyas y con dinero, pero lo peor es que los brujeros dicen que para hacer cazuelas judías los mejores huesos son los de los chinos.

– Lo que yo digo, pa to silven los chinos. Hasta pa blujelía cubana.

El Conde levantó la vista hacia donde Manolo discutía con el celador y luego observó la indeseable calma del cementerio. Sintió, como muchas veces, que su muerte podía ser algo tangible y cercano y deseó estar lejos de allí. El hipocondríaco que llevaba dentro empezaba a alborotarse y él sabía que aquellos despertares siempre terminaban en la depresión o en la melancolía. De verdad se quedan solos, se dijo, mientras encendía un cigarro.

– Así que aquí está el hombre -suspiró Manolo al llegar con el celador, que ahora daba una vuelta alrededor de la tumba y la reconocía como si fuera un perro de caza.

– ¿Y qué dicen que hay aquí? -preguntó el hombre, intrigado.

El Conde, sin mirarlo, le dijo a Manolo.

– Llama a la Central para que vengan a ayudarnos. Vamos a abrir esta tumba. Y diles que le guarden un poco de sobras para los cinco cochinos del compañero…

El rostro del sepulturero se aflojó ostensiblemente. Alimentar a sus cerdos debía de ser una de sus más arduas tareas cotidianas y con seguridad calculaba día a día cuánta carne y cuánta manteca se iba acumulando bajo la piel de los animales que, en el momento de sus respectivos sacrificios, le reportarían dos bienes escasos y añorados: comida y dinero.

– Si me resuelven lo de los puercos, que son cinco, cinco, no se preocupen por lo demás. Yo sólo abro la tumba y así me puedo ir más rápido -se brindó el celador.

– Pero es que también hay que buscar en esta mata. Por algo la anotaron en el plano y no creo que nadie esconda nada en la tumba de un chino.

– Con una pala yo lo puedo buscal. Con la lluvia la tiela está blandita -fue ahora Juan Chion quien ofreció sus servicios y el Conde se dijo: «Estoy rodeado». Pero siempre había algún modo de escapar.

– Bueno, arriba… Yo voy a comprar cigarros allá enfrente y vengo enseguida. -Y ante los ojos comprensivos de Manolo, el Conde huyó del cementerio.

Cruzó la calle hacia la cafetería y lo primero que descubrió fue que el bar contiguo estaba cerrado. ¿Aquello era un complot de proporciones nacionales? Apenas habían pasado las cinco de la tarde y resultaba absurdo que el sitio no estuviese abierto a la mejor hora del día para tomarse un trago. ¿Otro más? Sí, uno más tal vez le hubiera venido muy bien. Qué desastre. Entró en la cafetería y en la inmensidad petulante de la tablilla de ofertas leyó: CIGARROS POPULARES, CIGARROS SUAVES, CAFÉ. Y en un rincón, escrito a mano, un papelito que ofrecía Agua, con una concluyente aclaración: DEL TIEMPO, y observó, al otro lado, el freezer apacible del bar, capaz de ofrecer agua fría a todo aquel barrio. «No hay remedio», se dijo: «es una conspiración.» Pidió una cajetilla de Populares y dudó con el café. ¿Me atrevo? Se atrevió y lo lamentó profundamente. El supuesto café le dejó sobre la lengua un sabor de cocimiento dulzón y unos granos de borra casi imposibles de escupir.

Salió al portal de la cafetería y miró hacia el cementerio chino. La verja no le permitía ver lo que hacían los otros y sólo el tronco y las ramas cansadas del sauce llorón le ayudaron a ubicar la tumba de Li Mei Tang, donde debía haber, si acaso, unos cuantos huesos, un sarcófago podrido, mil sueños olvidados, pero quizás también un secreto valioso, tanto como para costarle la vida a un hombre. Encendió un cigarro y miró los autos que pasaban por la calle. «¿Cuál será ese secreto?», se preguntó sin intenciones de darse respuesta, pues enseguida pensó que la persona capaz de colgar y mutilar a Pedro Cuang sabía que el chino tenía relación con el banco de apuntación y debía de ser el albacea de la fortuna extraviada del banquero Amancio, con quien Pedro parecía haber sostenido una larga amistad y una fructífera sociedad en negocios sucios. Y ahora Conde sabía que el difunto se había llevado el secreto a la tumba. O a la morgue, donde todavía estaba. Además, el signo fatal de Zarabanda denunciaba al asesino como alguien conocedor de viejos secretos de mayomberos, aunque había algo que cada vez le sonaba menos auténtico… ¿Y por qué lo golpearon a él y no se llevaron la pistola? Sin duda, sólo fue que vieron entrar a alguien que tenía la llave del cuarto y decidieron aprovechar para hacer un nuevo registro. O tal vez apenas por precaución: un intruso podía hallar lo que el asesino no había encontrado. Pero si sólo… «No, no», pensó el Conde y se detuvo: «no me van a tupir», concluyó, convencido ya de que únicamente lo querían despistar con tantas pistas, ahorcando además a un hombre que creyeron muerto cuando aún no lo estaba y que, casi con toda seguridad, no había revelado el escondite del cementerio, pues si lo hubiese hecho, ellos hubieran encontrado las trazas del registro. Pero el que lo mató es alguien del Barrio, eso sí, y lo voy a joder. Lanzó la colilla a la calle y respiró hasta llenarse los pulmones -y más de la mitad del tsin- con el monóxido de carbono expulsado a chorros por una guagua renqueante y abarrotada. Y cuando más deseos sentía de largarse de allí, cruzó la avenida y siguió el camino ya develado hacia la tumba donde se violaba la paz de los difuntos.

Al verlo, Juan Chion le gritó: -Colé, Conde, colé -pero él no corrió. Había tiempo para ver el sarcófago de Li Mei Tang, donde apenas quedaban unos huesos quizás inservibles para las ngangas (algunas costillas y vértebras, la kiyumba había desaparecido) y sobre todo para deslumbrarse ante el cofre de metal extraído por Juan Chion de entre las raíces del viejo sauce llorón: cadenas, pulseras, anillos, aretes y monedas de oro ofrecían su brillo inconfundible y esencial desde el interior del estuche, que, ya sin duda alguna, le había costado la vida a Pedro Cuang.

Capítulo 8

Rufino giraba apaciblemente en su pecera. Sus temibles aletas de pez peleador batían con suavidad el agua y lo impulsaban en aquella danza circular que sólo terminaría con la muerte del animal… Y se reanudaría con la llegada del siguiente Rufino, siempre idéntico al anterior, y al ante anterior, y al de más atrás, pues el pez rojo y su vida de ciclos repetidos le ofrecían al Conde la sensación de que algo en el mundo podía ser, o al menos parecer, permanente e inmutable. «Vivimos en eso, Rufo», le dijo el Conde a aquel Rufino: «todo el tiempo dando vueltas en el agua sucia, hasta que nos jodemos. Pero siempre habrá otro dispuesto a empezar a girar: hasta que se joda todo, ¿no?…».

Se sentó en la cama y dejó la pistola junto a la pecera. «No la toques, está cargada», le advirtió al pez y se frotó los ojos. Dos días antes, mientras Patricia lo ayudaba a limpiar la casa, se había prometido imponerle una organización a fondo al cuarto, pero ahora le faltaban fuerzas para lanzarse a realizar aquella hazaña. Miró la torre de libros acumulados sobre una silla cuya función original en el cuarto, antes de que lo abandonara aquella última mujer de cuyo nombre procuraba ni acordarse, había sido la de servir de soporte a alguna escena atrevida del acto amoroso. Ahora dormían sobre la silla cómplice los libros que leía una y otra vez. Hacía tiempo volvía siempre sobre los mismos libros: conocía a sus personajes mejor que a casi todas las personas que lo rodeaban y sentía un extraño placer al comprobar cómo entre lectura y lectura sus vidas apenas habían cambiado, a pesar de que en cada regreso a ellas las descubría con matices o intenciones diferentes: porque en realidad algo se había movido, aunque fuera en sentido circular. El, Mario Conde, se había movido -muy probablemente hacia abajo- y era su nueva perspectiva de lector la que le permitía descubrir aquellos destellos u oscuridades antes no advertidos en las historias revisitadas. Como si fuera un nuevo pez Rufino en el traje rojo del anterior pez Rufino. En la vida de los vivos de verdad siempre había algo dispuesto a cambiar. Y lo jodido era que, por lo general, cambiaba para peor…

Cualquiera de aquellos libros manoseados representaba lo que, en otros tiempos, él hubiera deseado escribir. Ahora ya no solía pensar demasiado en su vocación abortada, aunque en un sobre intencionalmente perdido por algún lugar de la casa reposaban varias historias pergeñadas a veces hasta contra su voluntad. Porque en realidad prefería vivir como el parásito de otros escritores que sabían hacerlo bien. Islas en el Golfo, leyó en el lomo de un libro; Conversación en la Catedral, El guardián en el trigal, El siglo de las luces, Fiebre de caballos, y no leyó más.

En la cocina, el Conde preparó la cafetera y la puso sobre el fogón. Tenía hambre, pero se sabía incapaz de cocinar cualquier cosa. Por cierto, ¿qué cosa?… Si no salía a la calle con un arco y flechas y cazaba un perro chino. El peligro, bien lo sabía, eran las pesadillas que solía provocar el hambre. En situaciones así soñaba, sobre todo, que iba a bares donde, por alguna razón, nunca podía obtener lo que se supone hay en los bares. Como en la realidad, ¿no? Aquel complot estaba tan bien urdido que dominaba hasta el mundo de la inconsciencia. Bebió el café mirando por la ventana y, sin quererlo, volvió a recordar a la última mujer que tuvo en su cama, la cabrona mujer por delante de cuya casa estaba prácticamente obligado a pasar siempre que visitaba al flaco Carlos. La sensación de abandono fue tan patente que hasta evocó su nombre: Karina. Karina era bella, tenía el pelo rojo y sabía tocar el saxofón. ¿Había sido una persona real o simplemente la inventó para mitigar su soledad? A estas alturas no lo sabía, pero creía recordar que nunca había hecho el amor como lo hizo con aquel ser fugaz, extraviado en la mentira, la noche y la bruma. Lanzó la colilla por la ventana y se cagó en la madre de Karina… Aquella mujer lo había destrozado de un modo cruel, brutal, humillante. «Eso te pasa por enamorarte, comemierda», se recriminó. Pero de inmediato encontró una aplastante justificación: «Si es que siempre te enamoras, Támara te lo restregó en la cara, por eso te tiene miedo, cabrón». Y pensó otra vez en la conversación que el día anterior había tenido con Támara, en los deseos que siempre le despertaba su más viejo y sostenido amor y al instante decidió que cuanto antes debía verla de nuevo y, si podía, volver a poner en marcha aquella máquina satisfactoria. El era quien debía poner en movimiento el balón sin esperar a que ella lo convocara.

Cuando regresó al cuarto y se recostó en la cama, pensó cuánto le gustaría dormir y soñar el sueño de Chuang Chou, aquel chino que cerraba los ojos y soñaba ser una mariposa que al volar sobre flores y pastos se llenaba de gozo. En el sueño el hombre ignoraba su identidad de Chuang Chou, pero al despertar y volver a ser el verdadero Chuang Chou, no sabía si era una mariposa que soñaba ser un hombre o si se trataba de una mariposa masoquista que se trasmutaba en un policía de mierda que cada vez tenía menos deseos de seguir siendo policía. Pensando en la fábula de su propia existencia equivocada de policía sin vocación ni aptitudes, sintió cómo bajaban a su organismo todos los cansancios, excesos alcohólicos y golpes de los últimos dos días y se quedó dormido. Entonces sí soñó. Pero no con mariposas; ni siquiera con bares. Soñó que la china Patricia era la mujer desnuda de los aretes de jade y se acercaba a él, lo acariciaba y dejaba después que él aferrara sus labios a sus senos pequeños, de pezones agresivos y dulces como ciruelas, mientras sus dedos le recorrían los muslos infinitos hasta iniciar el ascenso para acariciar la pelambre dura del sexo, heredada de la sangre negra de su madre. Tras la maraña de vellos el Conde recorría el surco que descendía hacia un pozo profundo y musgoso, devorador, por donde entraba su mano, su brazo, y todo su cuerpo después, succionado por un remolino implacable. Se despertó ya en plena madrugada cubierto de sudor, con una humedad viscosa entre las piernas y un salto en el corazón. Desechó la idea de asearse y se volvió a dormir. Al despertar, con un rayo de sol en la cara, debió hacer un esfuerzo para recordar por qué sus calzoncillos estaban acartonados y olían a chino muerto.

El Conde solía observar con ansiedad el proceso físico que, por el simple acto de aplicarle calor al agua, hacía que ésta ascendiera, luego de atravesar el polvo oscuro depositado en el colador, y se concretara el milagro de obtener el líquido listo para ser bebido. Aquel primer café de la mañana constituía un reclamo vociferante de su organismo, de cada una de sus células de lentos despertares. Pero apenas tomados los primeros sorbos de café se comenzaba a producir un reacomodo de su organismo, que se catalizaba cuando tragaba la primera bocanada del primer cigarro del día. Entonces, sólo entonces, volvía a sentirse persona.

El hambre acumulada, los alcoholes y ajetreos de la víspera, y el premio de la mala noche no hacían del Mario Conde de aquella mañana algo parecido a un hombre de treinta y cinco años: en realidad se sentía de doscientos, aunque la ducha fría a la cual se sometió se llevó consigo la mitad de aquella cifra espantosa, y el segundo café, con el consabido cigarro, lo colocaron en una edad que hasta le pareció aceptable: se sentía de ochenta años cuando escuchó los golpes en la puerta y, con la toalla enrollada en la cintura, hizo girar el picaporte para descubrir, frente a él, al sueño de aquella noche de verano hecho realidad.

– ¿Me estabas buscando?

Patricia venía vestida con su uniforme de oficial de la policía y traía una bolsa en la mano. Conde, sorprendido por aquella visión matinal, reaccionó de un modo que después le parecería tonto y casi imprevisible para los sesenta años de vida a los cuales lo había llevado la simple contemplación de la mujer.

– ¿Y dónde coño tú andabas metida, chica? Me soltaste el caso del chino muerto y fuá, desapareciste… con un chiquillo ahí que tienes de novio y…

– Hice lo que te prometí -lo cortó Patricia y lo empujó leve pero firmemente para entrar en la casa-: hablé con mi padre para que te ayudara y…

El devastado olfato del Conde sintió un segundo aroma tentador, desquiciante. El primero, por supuesto, provenía de Patricia, recién bañada; el segundo, de la bolsa que la mujer traía en la mano. Descubrió con sorpresa que casi había vuelto a tener sus treinta y cinco años. Maltratados, pero sus treinta y cinco, pensaría con nostalgia cuando, años después, al borde de la cincuentena y desandando otra vez el Barrio Chino, recordara los detalles de aquella historia y evocara los bríos que, en el tiempo transcurrido, había dejado en el camino de la vida. Y, sobre todo, cuando recordara aquella precisa mañana de sueños alcanzados…

– ¿Qué es lo que tú traes ahí? -preguntó, tratando de asomarse a la bolsa.

La china sonrió.

– El otro día vi tu refrigerador. No sé cómo estás vivo… Vine a desayunar contigo.

– ¿Desayunar? -El asombro del Conde se disparó cuando Patricia, luego de poner lejos el cenicero atestado, fue sacando provisiones de la bolsa y colocándolas sobre la mesa: un pan que olía a pan recién horneado, un pedazo de queso, unas lascas de jamón curado, unos pasteles (¿de coco o de guayaba?) y un termo del cual serviría dos tazas grandes de café con leche. ¿Todavía existían aquellas cosas? Conde no lo hubiera creído si no lo hubiera visto…

– Vamos, siéntate y hablamos -le ordenó su amiga.

Conde pensó en ir primero a vestirse, aunque se sentía cómodo con la toalla enrollada en la cintura, único parapeto de su desnudez. Pero el hambre pudo más y se acomodó frente a Patricia y empezó a devorar aquellos manjares inesperados que, jubilosamente, recibió su estómago hasta ese instante desolado.

– ¿Qué has averiguado? -preguntó Patricia, y Conde, mientras masticaba y bebía su taza de café con leche, trató de resumirle sus aventuras chinescas de las últimas jornadas, más llenas de tropiezos, dudas, misterios y preguntas que de verdaderas certezas. Como el día anterior, cuando habló con su jefe, omitió en el resumen la idea de que Francisco Chiú, el padrino de Patricia, pudiera haber tenido alguna conexión con el asesinato, aunque añadió la sospecha de que Pedro Cuang había escrito en chino el modo de encontrar el tesoro de Amancio pensando en un destinatario específico, también chino.

– Y lo que más necesitaba hablar contigo… -Conde se acercaba al cierre de su discurso-. Desde el primer día siento que tu padre sabe algo que no me dice. Algo que puede ser importante para resolver esta historia.

– ¿Qué tú piensas que pueda ser? -quiso saber Patricia. Ella, escuchando, apenas había mordisqueado un pastel (¡de coco!) y bebido el café con leche.

– ¿No te vas a comer el pastel? -Conde trató de sonar casual. Ella negó con la cabeza y lo movió hacia el hombre, quien lo atrapó como si pudiera esfumarse-. Pues no tengo ni idea de qué cosa pueda ser… pero creo que Juan conocía a Pedro Cuang más de lo que él admite, y que su amigo Francisco, tu padrino, también lo conocía y mucho.

Patricia suspiró con una profundidad que sorprendió al hombre.

– Mayo, quiero agradecerte lo que estás haciendo… Todo lo que tenga que ver con mi padre es demasiado importante para mí…

El policía la escuchó en silencio y decidió, por esa vez, mantener el mutismo. Era evidente que Patricia quería hablar.

– No puedo decir que haya sido el mejor padre del mundo, pero ha sido el mejor que cualquiera hubiera soñado tener. La familia siempre fue para él lo más importante. Por la familia que tuvo cuando era un niño fue por lo que vino a Cuba a buscarse la vida, y por la familia que hizo aquí trabajó toda su vida como un animal y yo…

Patricia se había lastimado a sí misma una fibra dolorosa, profunda tal vez, sin duda demasiado sensible, porque mientras hablaba la voz le comenzó a fallar y los ojos se le humedecieron hasta formar dos lágrimas que se precipitaron por sus mejillas achocolatadas. El Conde, dueño de tantas debilidades, exhibía entre ellas la incapacidad de ver llorar a una mujer: sencillamente se derrumbaba ante esos espectáculos. Por eso dejó el cigarro y se acercó a Patricia, y le acarició los rizos de tirabuzón, que resultaron ser más sedosos de lo imaginado. Más suaves que los vellos púbicos de su reciente ensoñación.

– No pasa nada -dijo ella, y trató de sonreír mientras tomaba la otra mano del Conde-. Es que son muchas cosas, mi padre…

La mujer dio un leve y amistoso tirón a la mano del Conde y la sacudida provocó que la toalla enrollada en la cintura cayera al suelo, como un telón teatral. A escasos treinta centímetros de su nariz, Patricia vio el pene erecto que le apuntaba como una pistola de agua dispuesta a disparar. Conde fue a moverse, para recuperar su pobre vestimenta, pero la presión de la mano de Patricia sobre la suya lo detuvo. Conde tragó en seco y miró su atributo enhiesto, afortunadamente de treinta y cinco años, quizás hasta rejuvenecido con aquel desayuno inesperado.

– Coño, Mayo… ¿tú querías consolarme o estabas pensando en otra cosa?

– Por mi madre, quería consolarte… pero no podía dejar de pensar en otra cosa -dijo el Conde con toda su sinceridad también al desnudo-. Es que cada vez que te veo no puedo dejar de pensar en esa otra cosa… Nunca. Y tú lo sabes…

Patricia ahora sonrió.

– Ah, yo pensé que toda esa historia de templarte a una china mulata eran juegos tuyos… -La ironía de la mujer se desbordaba hacia la zalamería, mientras la presión en la mano del Conde aumentaba y sus ojos subían hasta los del Conde o bajaban hasta el ya goteante y enrojecido glande.

– Yo no juego con esas cosas, ni desprecio jamás un pastel de coco, ni invoco en vano el nombre del Señor…, me cago en… -empezó a decir el Conde y casi dio un salto, de puro placer, cuando el envés de la mano libre de Patricia le rozó el escroto. Pero cuando las uñas de aquella mano recorrieron el vientre liso del pene, el temblor en las piernas fue una sacudida explosiva que le penetró por el ano, le hizo arder las tetillas, le deshidrató el cerebro y lo dejó totalmente indefenso, apto sólo para disminuir unos centímetros la distancia que separaba su pene en pena de la cara de Patricia.

Se desmayaba, se desmayaba, pensó cuando percibió la calidez de los labios, la lengua y la boca de Patricia envolviendo a su llorosa pero erguida criatura. No, no se desmayaba, se moría… Conde sintió que subía al cielo y hasta escuchó el tintineo de las llaves de san Pedro, ¿o fueron los hierros de Zarabanda congo y Oggún lucumí? Bah, da igual: ¡es el cielo, coño, coño, coño!

Una hora después, luego de haber cumplido de aquella forma rotunda y en un momento tan inesperado uno de los anhelos más persistentes de su vida, Conde volvió a colar café y le sirvió una taza a Patricia, otra vez vestida con su uniforme de oficial de policía: de los que te meten preso y te interrogan. Mario Conde estaba convencido de que aquel evento erótico no tendría consecuencias, sólo debía asumirlo como el resultado mágico de una coyuntura de toallas caídas y debilidades a flor de piel, pero también sabía que nunca más en su vida volvería a ver a la china Patricia con los mismos ojos: ya conocía de primera mano, había visto, probado y hasta penetrado lo que escondían las ropas. Tenía materia visual concreta para adornar sus próximos sueños y masturbaciones.

Con un café recién colado Conde ocupó la otra silla del comedor y dio fuego al cigarro.

– A ver, Patricia -dijo y carraspeó. Todavía le fallaba la voz-. ¿Cómo hago para que el viejo Juan me diga lo que no quiere decirme…?

Patricia se acomodó los rizos de tirabuzón y bebió el café.

– Mayo, no sé qué cosa puede ser lo que mi padre sabe, aunque está claro que tienes razón: sabe algo. Ellos siempre saben algo, pero nunca lo dicen.

Conde apagó el cigarro que había estado fumando.

– Por favor, Patricia, no te pongas misteriosa tú también.

– No, Mayo, no me pongo misteriosa… Déjame hablar, coño. Mira, primero te voy a recordar algo que tú sabes muy bien: mi padre, Francisco, Pedro y todos esos chinos son unos hombres que han pagado un precio altísimo por estar en el mundo. Les ha pasado todo lo malo: han sufrido hambre, desprecio, discriminación, desarraigo y todo lo que quieras poner en una lista de miserias y humillaciones tan jodidas como ésas. No te puede asombrar entonces que sean desconfiados y no se entreguen.

– Entiendo lo que me dices -admitió el Conde-. Y precisamente por eso es que desde hace dos días te andaba buscando para hablar contigo. Tengo miedo de que tratando de encontrar una verdad, lo que haga sea herir a más gentes que no se lo merecen. Tu padre, por ejemplo. Es un cabrón presentimiento que tengo… O Francisco Chiú, tu padrino, que no sé cómo carajo pero tiene alguna papeleta en todo esto.

– Francisco se está muriendo -dijo ella-. Cáncer en el hígado.

– Tu padre me dijo que estaba jodido, pero no…

Patricia lo miró a los ojos. Y Conde lo captó entonces: la teniente también sabía algo muy gordo y pesado que no quería confesar. Algo que, para tener una idea de por dónde se movía y cuánta mierda podría destapar, Conde pensó que necesitaba conocer.

– Dímelo, Patricia -la conminó.

Patricia no apartó sus ojos de los del Conde hasta que comenzó a hablar:

– Mi padre te contó la historia de su primo, Sebastián, el que quería ir a California…

– Sí, al que congelaron y echaron al mar.

– Fueron Sebastián y otros dieciocho chinos más. Una masacre.

– Pal carajo… Y si hubiera tenido el dinero, tu padre hubiera estado en ese barco -dijo el Conde, mientras se preparaba para la revelación.

Patricia tomó un último sorbo del café, ya frío.

– Sí, él y Francisco. Porque en el barco iba también un hermano de mi padrino. Por eso Francisco vio al capitán griego el día que su hermano cerró el negocio con ese hijo de puta… Como doce años después, Francisco volvió a ver al capitán, aquí, en La Habana, tomando cerveza en un bar como si nada hubiera pasado. Ya por esa época se sabía lo que habían hecho con esos diecinueve chinos en el golfo de Honduras.

Supongo que algún marinero lo contó en una borrachera y así fue como se corrió la noticia y llegó al Barrio… Cuando Francisco vio al hombre que había matado a su hermano, no lo pensó dos veces: decidió vengarse. Mi padrino, que en esa época era verdulero, siempre andaba con un cuchillo encima, pero las desgracias están escritas de las maneras más absurdas: ese día él andaba sin su cuchillo porque iba a los negocios de los judíos de la calle Muralla a comprarse un traje para la boda de mis padres. Por eso, cuando vio al griego, regresó al barrio para buscar el cuchillo… y se topó con mi padre. Francisco estaba indignado, parecía un loco, pero no le dijo a mi padre lo que le sucedía ni lo que pensaba hacer… Ese día mi padre debía haber estado trabajando en la bodega, pero dio la casualidad de que el muchacho encargado de llevar los mandados estaba enfermo y él se ocupó de repartirlos por el Barrio. Por eso se encontraron mi padre y Francisco. En cuanto mi padre vio a su amigo se dio cuenta de que algo grave estaba pasando, y casi lo obligó a decirle qué cosa había sucedido. Y al fin Francisco se lo contó… y mi padre dejó lo que estaba haciendo. Se fueron juntos a buscar un cuchillo para cada uno y salieron a buscar al hijo de puta griego que nunca debió haber vuelto a Cuba… Y lo encontraron.

Conde sintió cómo caía sobre sus hombros el peso tremendo de aquella historia de una venganza tardía pero justificada: un ajusticiamiento. Y se sintió incapaz de hablar.

– Mi madre lo supo enseguida -siguió Patricia-, pero ella también guardó el secreto. Treinta años después, poco antes de morir, ella me lo contó todo. Quiso decírmelo porque el hijo de Francisco estaba preso y mi padre me había pedido que hiciera algo por él y yo me había negado, diciéndole que si algo había hecho, algo tenía que pagar… Mi madre no sabía qué había pasado después de que Francisco y mi padre fueron a buscar al capitán griego, aunque no hacía falta ser adivino para saberlo. Incluso, después me puse a buscar y encontré que hasta había salido en la crónica roja de los periódicos de ese tiempo. Se sospechaba que al griego lo habían matado en una pelea de borrachos… Pero lo que habían hecho juntos mi padre y su amigo fue algo tan terrible que la conexión entre ellos se convirtió en un lazo mucho más profundo y complicado que una amistad: algo que nada más puede existir cuando se ha matado a un hombre, ¿no?… Por eso es que mi padrino es Francisco Chiú, y por eso es que su hijo Panchito es el ahijado de mi padre…

Patricia hizo silencio, mirando el fondo de café depositado en el culo de la taza, como si pudiera leer en aquella mancha oscura las claves secretas del destino que se empeñó en poner a su padre en una calle del Barrio cuando Francisco, que ese día no llevaba su cuchillo, regresó a buscar el arma de la venganza, aquella construcción de azares capaces de conducir a Juan Chion hasta el asesino de su primo Sebastián.

– El pasado es el pasado, y hazte idea de que no existió, aunque ya sabes que existió y con cuáles ingredientes… -Patricia pareció necesitar la pausa para tomar aliento y concluyó-: Lo que nos importa ahora es el presente. Resuelve la historia de Pedro Cuang, Conde.

– La voy a resolver, Patricia.

– Pero trata de que no haya muchos daños colaterales, como dice mi padre que tú le dijiste… El pobre, buscó la palabra en un diccionario… Yo sé cómo tú eres y por eso fue que le pedí al mayor Rangel que te dieran el caso, prometiéndole que mi padre te ayudaría…

Por fin la china volvió a sonreír, mientras se ponía de pie y, con una sonrisa triste, le dejaba una suave caricia en el rostro a Mario Conde. De inmediato dio media vuelta y salió a la calle, para sustraer del alcance del Conde aquella visión de mujer comestible… y al menos una vez en su vida, digerida. Hasta la última fibra. Como un mango maduro en el mes de mayo.

Capítulo 9

El Gordo Contreras lo observó de arriba abajo y sonrió. Últimamente todo el mundo le descubría un color distinto o se reía al verlo llegar, pensó el Conde, y estiró la mano hacia el suplicio: una de las diversiones del capitán Jesús Contreras, jefe de la Sección de Tráfico de Divisas, era descargar la presión de sus doscientas sesenta y cinco libras de peso en un apretón de manos.

– El Conde, el Conde -dijo, como decía siempre que hacía pulpa los dedos del teniente, y, mientras reía, lo haló por la mano para hacerlo pasar a su oficina-. Oye, estás blandito hoy… y tienes algo raro en la cara…, estás como rosadito… ¿Qué tú hiciste hoy por la mañana?

Conde sonrió.

– No te lo puedo decir…, pero fue algo muy, muy bueno.

Contreras lo observó más detenidamente.

– Ya sé qué fue…, lo que no sé es con quién… Aunque si me pongo para eso puedo averiguarlo -dijo y sonrió, con todo su cuerpo, como solía hacerlo-. Sí, cuando uno lo hace bien hecho por la mañana se queda así, relajadito, ¿no?… A ver, a ver, para qué te hace falta hablar conmigo…

Durante años, Conde recordaría aquella sagacidad universal, y sobre todo la risa, profunda, de cuerpo entero, capaz de remover la voluminosa arquitectura del capitán de policía que, unos meses después, sería degradado, expulsado y juzgado por sus continuos y abultados delitos de extorsión, sacados a la luz por las todavía secretas investigaciones en marcha de las cuales, sin darle detalles, le había hablado el mayor Rangel. ¿Quién podía decir en ese instante que el capitán Jesús Contreras, aquel gordo simpático y sonriente, siempre tan servicial y eficiente, era un policía corrupto que con sus acciones puso en la picota incluso la cabeza del mayor Rangel, el policía honrado que, por desgracia, fungía como su jefe? Veinte años después, siempre que la imagen del Gordo Contreras regresaba a la mente del Conde, el ya ex policía sentía una mezcla mal llevada de asco, gratitud, rabia y compasión por el defenestrado.

– Tengo un chino muerto atrás, Gordo -le había dicho aquella mañana, cuando Contreras todavía solía ser su tabla de salvación.

– Ah, yo conozco un babalao que es una maravilla sacando muertos y espíritus burlones. Fíjate si el tipo es bueno que tiene clientes que vienen de afuera para hacerse la ceremonia de coger un santo y le pagan en dólares… Es un tipo un poco raro, la verdad, porque es ucraniano, de origen judío, y aquí en Cuba se metió a babalao. ¿Cómo la ves? Claro, el Gobierno es quien le hace los contratos con los extranjeros y le paga al babalao ucraniano en dinero cubano… Ja, ja. ¿Qué te parece eso? Bueno, dime, ¿para cuándo quieres que te saque un turno para que te haga una limpieza?

– No jodas, Gordo, que estoy cabrón y yo tengo un babalao, palero y abakuá mejor que el tuyo…

– ¿Y cobra en dólares? Dímelo, porque si cobra en dólares ahora mismo tengo que meterlo preso por tráfico de divisas…

El Conde ocupó una butaca frente al buró del capitán Contreras y paseó su vista por la oficina.

– ¿Ya tú no le brindas un café a la gente que te quiere?

Contreras rió, pero fue una explosión muy breve.

– ¿Así que café, no? ¿Tú no sabes que de arriba redujeron la cuota y ya no tengo café, eh? -mientras hablaba rodeó su buró y se dejó caer en su sillón. Siempre el Conde se preguntaba lo mismo: ¿cómo resiste el pobre sillón?, mientras observaba el espectáculo que había montado el Gordo para darle café-. Dime a ver, ¿qué coño tienen que ver Walesa y sus polacos de mierda con los boniatos y las yucas que se sembraban en Matanzas?, ¿o Gorbachov y su cagazón con el café de las lomas de Guantánamo?… Se jode un astillero en Polonia o los soviéticos se ponen a comer mierda y aquí se acaba el azúcar y a mí me quitan la cuota de café…

– Olvídate del café -le propuso el Conde, sin dejar de admitir para sí mismo que Contreras tenía razón. Pero justo en ese momento de lo que menos deseaba hablar era de economía socialista global y del futuro del comunismo europeo. O chino.

– Pero fíjate, para que tú veas que yo también te quiero -siguió el capitán y abrió una gaveta del buró y movió sus manazas, como el mago encima del sombrero: sacó un vaso de café y se lo entregó al Conde.

– ¡Coño, si está caliente! -exclamó el Conde, como si estuviera asombrado.

– Mira, muchacho, di una clase de bateo que para callarme el mayor Rangel me manda un vaso cada vez que le cuelan café, porque a él sí le mantuvieron su cuota… Cuestión de jerarquías, ¿no? -Y soltó las amarras de su risa. Su papada, sus tetas y su barriga de tonel sin fondo bailaron al ritmo estruendoso de su carcajada.

– No hay quién te agarre, Gordo -dijo el Conde, aunque la vida demostraría que se equivocaba. ¿Quién diría que Contreras no resultaba simpático?, ¿quién que era mucho más de lo que aparentaba?

– Y eso que hay gente aquí que siempre anda hablando mierda de mí, y tú lo sabes. Tú no, porque tú sí me quieres, ¿verdad?

– Yo, bueno, mira: es una cosa que no puedo vivir sin ti, te lo juro.

– Claro, por eso estás aquí. A ver, ¿qué te duele?… Por cierto… ¿el chino muerto que tienes atrás tendrá algo que ver con el cónsul chino vivo que estuvo esta mañana en la oficina del mayor Rangel?

Conde cerró los ojos. Lo que le faltaba.

– ¿El cónsul chino?

– Eso me dijo la secretaria de Rangel…

El Conde encendió su cigarro: ni siquiera había pensado que los moradores del Barrio Chino tuvieran algo que ver con el consulado del país que no era el mismo país cuando ellos salieron, aunque, por suerte o desgracia para ellos, los chinos nunca dejaban de ser chinos: ni aunque se operaran los ojos. Conde sabía que ahora debía moverse a mayor velocidad y fue directo al grano: estaba allí porque necesitaba que el capitán Contreras le cediera un informante.

– Alguien que conozca todas las movidas del Barrio Chino, Gordo, las que pasan y las que se comentan, y yo sé que tú debes tener a alguien.

– Ah, ¿sí? ¿Qué facilito, eh?

– Ayúdame, Gordo. Es un lío complicado, fíjate que ya están los de la embajada metidos en eso… y mira…, esto me lo hicieron ayer.

El Conde volteó la cabeza para mostrarle a Contreras el hematoma que se le había formado en la base del cráneo.

– Te dieron con ganas -dijo, sin reír esta vez, y añadió-: No, eso no se puede permitir… Eso es una falta de respeto y…

– Pero no quisieron robarme la pistola. ¿Tú entiendes eso? ¿Ahora mismo, cuánto vale mi pistola?

Contreras meditó apenas unos segundos y recitó:

– Alquilada, con ocho balas, cien pesos por día.

Vendida, como tres mil cañas, porque últimamente la demanda es mucha…

– Así que las alquilan… Mira, ésa no me la sabía. Tienes que ayudarme, Gordo.

– Eso ya me lo dijiste.

– Y te lo vuelvo a decir: ayúdame, compadre.

– Está bien, muchacho, te voy a tirar un cabo… Mira, tú eres un tipo legal y ya no queda mucha gente como tú. Pero déjame recordarte algo: nunca te vayas a creer que eres mejor que los demás. Aquí todos navegamos en la mierda y nadie sale ileso, nadie… Yo te defendí cuando tuviste la bronca con el teniente Fabricio, [5] porque tenías la razón y porque Fabricio es meao de perro y le venía bien que alguien le diera cuatro trompadas y dos patadas en el culo… Pero yo sé que a veces tú te crees cosas, te haces el intelectual y el pulcro, y eso le jode a mucha gente. Mientras seas policía tienes que comportarte como policía y no ponerte a comer mierda, porque un policía que no le gusta a otros policías puede tener una vida muy, muy complicada…

Conde lo dejó hablar, interesado en aquel juicio de Contreras que, en buena medida, lo sorprendía aunque no demasiado.

– ¿Y a qué viene ahora todo eso, Gordo?

– Viene a que ahora mismo este lugar es una bomba de tiempo y lo mejor es no tener que mandarse a correr cuando vuele en pedazos…

A la mente del Conde regresaron las misteriosas advertencias del mayor Rangel respecto a la droga y tuvo la certeza de que algo grave se estaba gestando bajo la aparente rutina de aquella Unidad Central de Investigaciones Criminales. Y, como tantas veces, de tantos sitios, sintió unos deseos irrefrenables de irse lo más lejos posible.

– Te voy a dar la mejor lengua que tengo en el Barrio Chino -casi lo sobresaltó la voz de Contreras y el dedo del Gordo, como un plátano macho, apuntado hacia su rostro-. Pero cuídamela. El Narra vale un millón de pesos. Y úsalo nada más para lo que estás investigando, no me lo compliques en otras cosas, mira que te conozco bien y cuando te impulsas…

Obviamente, el Narra también debía tener algo de chino y por eso le decían el Narra, aquel apelativo con el cual, sólo Dios sabía por qué razón, solían llamarles a los chinos en Cuba. Aquel Narra revelaba su origen sobre todo cuando se reía: los ojos formaban dos surcos profundos en la cara, como piquetes simétricos, con algo tétrico y siniestro. Aunque, por lo demás, no parecía chino: más bien un mulato cualquiera, sacado de un baúl de recuerdos. Usaba un demodé flat top con motas, sin patillas, el pelado que caracterizaba a los guapos y buscapleitos de la década de 1970, y sobre la piel oscura de su brazo derecho lucía un tatuaje que advertía «Eva, por ti me muero».

¿Qué le habría hecho o dado Eva para dejarse morir por ella?, el Conde pensó que debía preguntarle. La sonrisa del Narra mostraba dos dientes de oro deslumbrantes, como reflectores amarillos. Deja que se ría todo lo que quiera, le advirtió Contreras, pero la verdad es que se caga de miedo cuando ve a un policía. El Narra tenía treinta años, y doce los había vivido en la cárcel. Primero un robo con fuerza; luego tráfico ilegal de divisas, y ahí cayó en manos del Gordo Contreras, quien lo trabajó hasta domesticarlo y logró una reducción de condena a cambio de ciertos servicios. Trátalo bien, le había advertido el capitán. Te va a esperar a la una de la tarde en casa de su hermana, en el Cerro.

Cuando el Conde le mostró su carné de teniente investigador, el Narra se rió con toda su socarronería, como estaba previsto.

– Yo soy el amigo de tu amigo Contreras -le explicó, y el hombre le cedió el paso. La hermana vivía en el local de una antigua bodega de la calle Cruz del Padre, a la cual la ley de intervenciones primero, y la necesidad, después, le habían revertido el destino para convertirla en una vivienda oscura y sin alma. Una sala, una cocina y un baño, detalló el Conde antes de que el Narra le advirtiera en voz baja a la mujer que cocinaba:

– No estoy pa nadie, Cacha -y le indicara al policía la escalera del entresuelo de madera, fabricado gracias al altísimo puntal del inmueble, y sobre el cual habían instalado la habitación.

Al Conde le pareció que andaba por una caverna prehistórica. «¿Por qué se me ocurrirán estas mierdas?», se dijo y subió para encontrarse con un ambiente inesperado: equipos eléctricos para todos los usos y necesidades brillaban en aquel cuarto improvisado, un sitio que delataba inesperadas posibilidades económicas y una sólida protección en ciertos lances prohibidos. Pero recordó las advertencias de Contreras.

El Narra le brindó un sillón con la rejilla del culo bastante maltrecha, mientras él ocupaba el borde de la cama.

– Me van a quemar, teniente. Contreras está apretando. El ambiente está de bala en estos días.

– No hay líos. Nadie me vio.

– Aquí to el mundo ve y la calle está terrible.

– Despreocúpate, despreocúpate -quiso tranquilizarlo el Conde. Podía respirar el temor de aquel hombre de aspecto feroz que había cometido la imprudencia de hacer un pacto con el diablo.

– Los policías nunca pierden -dijo el otro y aceptó el cigarro ofrecido por el Conde. Buscó un cenicero y lo colocó en el suelo, al alcance de los dos-. Si alguien se lleva el pase de que estoy pitándole a ustedes, voy pal cielo sin escala, ¿usted sabe eso?

– Me lo imagino… Aunque no sé si te tocaría el cielo… Pero tenía que hablar contigo hoy mismo.

El Narra se miró las uñas: tenía uñas largas, gruesas, de un amarillo ocre y afiladas como cuchillas.

– ¿Y qué quieren ahora?

– Es fácil. ¿Tú oíste hablar del chino que apareció colgado en el solar de Salud y Manrique, a tres cuadras de donde tú vives?

– Sí, aquí to se sabe. Y si es un chino ahorcao…

– Por eso mismo estoy aquí. ¿Qué se comenta de eso en el Barrio?

El Narra fumó de su cigarro antes de responder:

– Na, eso, que lo guindaron.

– Creo que no querían hacerlo, pero se les fue la mano. Iban buscando algo y parece que no lo encontraron porque volvieron… ¿El hombre tenía algo que ver con la coca que anda perdida en el Barrio?

El Narra evitó la mirada del Conde y el policía aprovechó para observarle las manos al confidente: tenían un ligero temblor, más sostenido y visible que el que suele provocar el miedo. «¿Abstinencia?», se preguntó el Conde, y lamentó haber prometido no una, sino dos veces, limitarse a la búsqueda de un asesino. El Narra al fin habló, como si sus palabras no fueran importantes.

– No, pa mí que no. Esa droga voló hace rato del Barrio, porque lo único que se consigue ahora es algún poco de marihuana… Los que les venden polvo a los turistas están desesperaos y no se les ve por el Barrio… No, no, con esa candela no…

– Pero la gente por ahí decía que el chino tenía la plata de Amancio el banquero, ¿verdad? ¿Qué se ha dicho de eso?

Definitivamente, el Narra estaba demasiado nervioso. Aplastó su cigarro a medio fumar. El Conde sabía que aquel hombre tenía un pasado de violencia y de agresividad, pero ahora, viendo cómo sus manos temblaban quizás por la idea de ser descubierto por otros violentos y agresivos, que además tenían el poder, sintió lástima por él. Soy demasiado blando para esta mierda, se dijo el policía. ¿Hasta cuándo voy a seguir en esta jodedera? El acto de aplicar la fuerza de su posición sobre un hombre para doblegarlo y hacerlo temblar de miedo o de deseos de evadirse también lo degradaba a él como ser humano. Pero se suponía que debía hacer un trabajo, restablecer un orden, dilucidar un misterio, encontrar a un asesino… y la ironía que tanto parecía molestar a algunos era el recurso personal al cual había acudido para protegerse. Y conversaciones como aquélla, el medio infamante al cual debía recurrir muchas veces para llegar al fin socialmente necesario. «Pero sigue siendo una mierda», se empeñó en pensar.

– Ustedes no tienen paz con uno… -dijo al fin el informante.

– Deja eso y dime lo que se comenta en el barrio… Y oye esto: es mejor tener dos amigos que uno, y yo sé agradecer los favores -el Conde sintió cómo descendía en la escala de la ética sólo con decir aquellas palabras. Lo dicho: mierda y más mierda.

El Narra respiró, sonoramente, y se lanzó al vacío.

– Na, hace como un mes oí un pase en la timba de dominó que se forma al lado de la barbería de la bodega de San Nicolás. Eso de que el chino viejo ese tenía la pasta de Amancio el banquero. Si es verdad, tenía que ser bastante plata, porque Amancio sí que era un cabrón de la vida…

– Anjá. ¿Quién habló del chino y el dinero de Amancio?

– Na, había gente de la canalla del Barrio y se estaban tomando unos tragos… Habladera de mierda.

El informante se sobaba con la mano el brazo tatuado, revelando su incomodidad. Conde recordó que debía preguntarle por las virtudes de la tal Eva. Pero después.

– Narra, no le des más vueltas. Dime quién fue.

El informante se palpó el bolsillo y Conde leyó el gesto: sacó su cajetilla y le ofreció un segundo cigarro. El Narra necesitaba rellenar con nicotina otros vacíos alterados por el miedo.

– Panchito -dijo nada más encender el pitillo-. Pero estaba hablando giña, yo creo que se había pasado un cilindro.

– ¿Un cilindro?

– Un taladro, un tabaco, un pito, un mazo de hierba…

Conde dio la última calada a su cigarro y se preparó para hacer la pregunta. Deseó con todas sus fuerzas que la respuesta inminente no fuera la que, con toda seguridad y fatalidad, iba a obtener:

– ¿Quién es Panchito?

– Panchito Chiú. Vive por allá arriba por Lealtad. Pero ya le dije, ese tipo es un hablador de mierda profesional. Siempre anda con un cuchillo chino y dice que es karateca octavo dan…

– ¿Karateca? -insistió el Conde y se tocó la base del cráneo, todavía adolorida. Un hematoma que se sumaría a la larga lista de daños colaterales que ya veía venir.

– Sí, se pasa la vida hablando esa cáscara para que la gente le coja miedo, y ahora se metió a palero y anda todo el día con que si Siete Rayos lo protege y esa descarga, pero el tipo…

– Ya me lo dijiste: es un hablador de mierda… Le doy recuerdos de tu parte al capitán Contreras -y el Conde se puso de pie. No necesitaba saber más. No quería saber más. Ni siquiera sobre Eva. Dudó entonces del modo en que debía despedirse del informante: «¿Debo darle las gracias?», pensó-. Gracias por todo -le dijo al fin y estuvo a punto de estrecharle la mano al Narra, pero prefirió no hacerlo: las manos del soplón seguían temblando y debían de estar húmedas de sudor. Ya tenía suficiente mierda encima, por fuera y por dentro. Y un soplón siempre será un soplón.

Ahora podía calibrar las proporciones del error al que lo indujera la insistencia de Patricia: nunca debió forzar a Juan Chion a mezclarse en aquella historia. Pero volvió a recordar el tema de los daños colaterales y entendió mejor a la teniente Chion: la china, que debía sospechar de dónde venían los tiros y hasta tener otros temores no confesados, había calculado la conveniencia de que aquel caso cayera en las manos blandas del Conde y no en las garras de otro policía. Y el desayuno con pasteles de coco y guayaba de aquella mañana, seguido del manjar de su cuerpo, quizás formaba parte de la manipulación. ¿Sería capaz de haber fraguado algo así aquella mujer, policía como él? ¿Le estaba pidiendo que tapara algo, en lugar de develarlo, y lo pedía utilizando todas, todas sus armas? No, el Conde no lo podía creer. Pero a la vez no podía dejar de pensarlo.

Salió a la calle y ni siquiera le molestó la claridad del sol ni la última imagen del Narra, escondido detrás de la puerta, mirando al suelo mientras él buscaba la calle. Porque el Conde sentía que lo habían obligado a profanar una tumba que jamás debió ser tocada. Molesto con aquella historia que incluía muertos del pasado y del presente, pero sobre todo disgustado consigo mismo y con sus incapacidades para entender los trasfondos de las personas, atravesó la Calzada del Cerro hacia donde Manolo lo esperaba en el carro. Como era tan habitual en él, otra vez el teniente sentía que estaba a las puertas de la solución de un caso y, sin embargo, aquella certeza no lograba producirle alegría. Más bien lo contrario: una sensación de faena terminada con un gran y doloroso reguero de mierda.

El ya lo sabía: mientras no cambiara de vida, otra historia sórdida siempre lo estaría esperando al doblar la esquina. Ahora dobló una esquina real y levantó la mano haciendo una V con los dedos cuando vio a Manolo: el asesino del infeliz Pedro Cuang no se iba a quedar en la calle, porque si no era el tal Panchito, por él llegarían a la cola de la serpiente, ¿o a la cabeza? ¿Y si, como pensaba, el criminal resultaba ser el mismo Panchito, el ahijado de Juan Chion? Pues se jodería Panchito: las culpas deben pagarse. Si no, que alguien bajara al infierno y le preguntara al hijo de puta capitán griego que se dedicaba a congelar chinos y lanzarlos por la borda de su barco. Pero… ¿y a qué chino estaba destinado el plano del cementerio?

– Creo que la cagamos -le dijo al sargento, casi sin pensarlo, y entró en el auto-. Vamos a ver a Juan Chion.

Manolo puso el carro en marcha y dobló a la izquierda para subir por un costado del estadio.

– ¿Cómo fue la cosa?

– En el Barrio se comentaba que Pedro Cuang tenía la herencia de Amancio, o sabía dónde estaba, y hay un tal Panchito Chiú que estaba bastante interesado en el dinero del viejo. Además, el tipo anda con un cuchillo y es palero, así que sabe muy bien qué cosa es la firma de Zarabanda… Y el tal Panchito Chiú, como te imaginarás, es el hijo de Francisco Chiú, y no sería mucha casualidad que la sombra del gato gigante que vimos en la Sociedad china no fuera la suya, ¿verdad?… Creo que el chiste de marcar al viejo Pedro y cortarle el dedo le va a salir caro. Un castigo divino por andar jugando con Zarabanda, ¿no?

Manolo bordeó el estadio del Cerro: la catedral del béisbol en Cuba. El Conde miró por uno de los corredores abiertos entre las graderías y tuvo una visión fugaz del terreno tan verde y apacible, ahora vacío. Recordó las incontables ocasiones en que con el Flaco -cuando todavía era flaco-, Andrés, el Conejo, Candito y otros de sus amigos se había sentado en las gradas de aquel santuario de tierra y hierba donde se practicaba el rito mágico del juego (en verdad no era tal) de pelota. La última ocasión había sido apenas dos meses antes y con los mismos amigos, incluido el flaco Carlos. Apenas entrar, había sentido en ese sitio magnético la liberación de las tensiones de la vida que sólo puede lograr la acumulación de otras tensiones, las propias de un buen juego de pelota. Ahora el campeonato había terminado, hacía ya dos semanas, y todavía le dolía la inexplicable derrota de su equipo, desplomado al final, luego de haber liderado desde el principio toda la temporada. «Deberían haber ganado, los muy maricones», pensó, recordando cuánto había sufrido el Flaco con aquel descalabro de ilusiones sostenidas durante tres meses y esfumadas en una semana horripilante.

«¡Cojones!, ¡lo que les falta es cojones!», había gritado Carlos y tenía muchísima razón: todo se reducía a una cuestión de cojones (o más bien a la falta de ellos).

Al salir a la calle 19 de Mayo, el Conde miró a Manolo:

– ¿Cuántas huellas útiles había en el cuarto de Pedro Cuang?

– Siete.

Conde metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó el sobre donde había colocado la tablilla de san Fan Con.

– Mira a ver si alguna coincide con las que hay aquí…

– ¿Estás pensando que Francisco Chiú…?

– No estoy pensando nada… Lo que creo es que si entre las huellas que se recogieron en el cuarto está la de Panchito, no hace falta ni que cante. ¿Quieres que te diga una cosa? Ojalá no estén las de ese muchacho. Ojalá todo lo que pienso no sea lo que ocurrió… Aunque tenga que seguir una semana en esta historia, aunque tenga que aprender a hablar en chino, a comer con palitos y hacer la Gran Marcha… Ojalá que no sea él y que su padre no haya tenido nada que ver con todo esto. Por el viejo Juan…

Se incorporaron a Ayestarán y luego de atravesar el semáforo de Carlos III, Manolo siguió por la izquierda y entraron en la calle Maloja. La casa de Juan Chion seguía allí, oprimida por sus vecinas, hasta que la muerte las separara.

Mientras el Conde tocaba a la puerta, el sargento Manuel Palacios repetía el invariable rito de desenroscar la antena de la radio para guardarla en el interior del carro. En aquellos barrios eran capaces de robarle hasta a la policía. «Déjalo que sea precavido, Conde, eso no es asunto tuyo», se dijo, golpeó con la aldaba y esperó por el rostro sonriente de Juan Chion.

– Ah, la policía -dijo el viejo y los invitó a entrar.

– ¿Por qué estás sudando, Juan?

– Ejelcicios, Conde. Tú también tienes que hacel un poco de ejelcicios, ¿no? Mila, mila, estás flaco, pelo ya tienes pancita.

– Y tengo noticias… Y creo que malas -hizo una pausa, antes de soltar la piedra que provocaría el alud-. Parece que Panchito Chiú, el hijo de tu compadre, está metido en este lío.

Juan Chion miró al Conde y luego a Manolo. Cualquier resto de sonrisa había desaparecido de su rostro y las gotas de sudor corrieron blandamente hacia el cuello. El viejo se dejó caer en su desvencijada butaca y suspiró, como si estuviera profundamente enamorado. Un amor doloroso, se dijo el teniente, que ahora gozaba de la ventaja de poder leer los signos del pasado muerto y enterrado de aquella historia.

– ¿Tú ves, Conde, pol qué yo no quelía? Chino buscando desglacia de chino -afirmó y se levantó.

Juan caminó hacia el interior de la casa y entonces el Conde se fijó en la foto que desde siempre ocupaba el lugar de preferencia de la mesita de centro: Juan Chion aún no tenía canas y sonreía a la cámara con todo su corazón. Llevaba cargada una niña color caramelo, de unos dos años, dueña de unos ojos achinados que habían sido acentuados por el maquillaje. La niña iba vestida con un trajecito brillante de princesa oriental y sólo el color de su piel y los rizos de sus cabellos podrían hacer dudar de su origen asiático. Junto a Juan Chion y la niña había una mujer que sostenía en sus manos la corona de falsos diamantes y esmeraldas que debía completar el traje de su alteza. Era una negra hermosa, de caderas desplegadas y piernas como dos columnas, y también sonreía a la cámara. «La felicidad», podía llamarse aquella estampa, como la película.

Juan Chion regresó con una de sus pipas en las manos. Volvió a su butaca y dijo:

– Desglacia tlae desglacia. Chino no debe metelse donde no lo llaman. Eso lo aplendí hace mil años -dijo, con un sentido críptico que ahora al Conde le resultó diáfano, y cerró los ojos para fumar. Retiró la pipa de sus labios y el humo escapó de su boca lentamente, como si lo abandonara para siempre. El Conde se sintió excluido del dolor del viejo Juan Chion y pensó que su trabajo solía tener recompensas como aquélla. «Mierda de trabajo», se dijo, volvió a mirar la foto de «La felicidad» y se armó de la paciencia más sólida, como vulgarmente se suele decir.

Apenas se sorprendió al escuchar la nueva revelación de Juan Chion: su viaje a Cuba lo había financiado su viejo amigo Francisco Chiú. El compró los permisos y el pasaje del barco para que Juan pudiera escapar de la miseria agresiva de Cantón y empezar una nueva vida, quizás mejor, en aquella isla del remoto mar Caribe. Entre los chinos, aquel gesto tenía un valor eterno, pues representaba un desafío del destino individual y, a la vez, engendraba para cada uno de los protagonistas una responsabilidad y una obligación que duraba por el resto de la vida: Francisco pasaba a ser como un padre para Juan, y éste debía gratitud perpetua a su benefactor. ¿Sería por aquella pesada gratitud o por la suerte de Sebastián por lo que Juan decidió acompañar a su amigo el día que iban a matar al capitán griego? El Conde nunca lo sabría, aunque pensó que la muerte horrible de un ser querido debió de haber provocado la drástica decisión del padre de Patricia.

La amistad entre aquellos dos hombres había sido mucho más que una fórmula social o una obligación moral, mucho más que la afinidad de haber nacido en la misma aldea cantonesa, de haber jugado en el mismo río de aguas turbias y de saberse descendientes de los guerreros que combatieron con el gigante Cuang Con por la libertad de las mujeres del reino. Estaba conectada con lo impronunciable, con lo doloroso y lo prohibido. Por eso trataron de sellar los lazos de una sangre derramada con los bautizos cruzados de sus hijos cubanos, pues para ellos aquel compromiso ante un Dios nuevo pero aceptado tenía una significación recta: el padrino es el segundo padre, y la madrina la segunda madre, y así lo habían prometido aquella tarde, frente al altar de una iglesia habanera.

La que murió primero fue la madre de Panchito, y su padre, trabajando tantas horas en la bodega, apenas pudo atender al muchacho, que se crió en la calle, sin las ventajas disfrutadas por Patricia. Y eso era lo que más preocupaba al viejo Juan Chion: que él fuera el padre de Patricia, a la cual su madre había criado con rectitud y cariño, mientras su segundo hijo en la tierra, Panchito Chiú, no había tenido aquellas oportunidades. Y ahora, para colmo de desgracias, él había intervenido en el desenlace de toda aquella historia coronada con un final nada feliz… La noticia iba a matar a Francisco, anunció Juan, y el Conde recordó entonces la filosofía del tao y los caminos de los hombres de los cuales le hablara el mismo Juan Chion: ¿no era que el camino de cada muchacho ya estaba escrito antes de venir al mundo? Patricia buena, policía, inteligente, con un componente ladino como le correspondía o, según los prejuicios, debía corresponderé por sus genes chinos. El otro, asesino, ladrón, malvado y, para rematar, estúpido y parlanchín… «Mierda, eso de la predestinación no se lo cree ni san Fan Con», se respondió y, sin atreverse a mirar a los ojos del anciano, intentó buscar alguna justificación.

– Tú no hiciste nada que no hubiera hecho ya el destino. Si de verdad fue Panchito, de cualquier forma lo hubiéramos sabido, viejo, y acuérdate de qué manera mató a un paisano tuyo y por qué lo hizo. Lo siento por su padre…

El Conde le hizo una seña a Manolo. Se levantaron y, al pasar junto al anciano, le puso una mano en el hombro. El chino apenas movió los párpados.

– Hay trabajos que son así, viejo. Cuídate mucho. Haz tus ejercicios…

– Vuelvan otlo día -dijo Juan Chion antes de cerrar los ojos y fumar otra vez de su pipa de caña-brava-. Si ven a Patlicita díganle que venga plonto -y el Conde sintió cómo el dolor de aquel viejo lo tocaba en el pecho: Juan Chion no se merecía sufrir así por una culpa que no le pertenecía. Ni siquiera si ya estaba marcada por la irrevocable fatalidad del tao.

Capítulo 10

Manolo le hizo una seña y el Conde al fin lo vio: Panchito Chiú salió a la acera, frente a la sociedad Lung Con Cun Sol, miró hacia ambos lados de la calle y avanzó hacia la esquina que le había tocado cerrar al teniente.

Después de cotejar las huellas y comprobar que Panchito Chiú les hacía el regalo de haberles dejado varias en la soga de la cual fue colgado Pedro Cuang, Conde decidió hacer él mismo, acompañado sólo por Manolo, una detención lo más discreta posible. Por eso llevaban dos horas esperando la salida del hombre del edificio, pues así podrían evitar incluso trasmutaciones gatunas y persecuciones de azotea estilo Bruce Lee. La vigilia y el cansancio acumulado tenían al Conde con la garganta reseca y los riñones lacerados. Observó la andadura elástica del joven -de verdad parecía tener algo de gato, o de tigre, el muy cabrón- y recordó que el Narra le había advertido sobre el cuchillo y el dominio de las artes marciales del cual se ufanaba Panchito. Además, la forma en que entró en el cuarto de Pedro y lo golpeó sin que el policía advirtiera nada, demostraba la capacidad física del hombre. El Conde lamentó, por un instante, su desidia de siempre, que lo hizo huir del gimnasio a la segunda clase de defensa personal para esconderse en su oficina a leer una novela con la cual se alegraba la vida y recuperaba los deseos de escribir. La recriminación duró sólo un instante: Panchito estaba a diez metros de él, y diez metros detrás del joven avanzaba Manolo. El Conde sacó su carné y le gritó: -Párate ahí: soy policía.

Conde vio cómo los músculos del joven se tensaban, alarmados. Panchito volteó la cara y comprobó que Manolo le cerraba la retirada y, sin transición, pasó los brazos ante su pecho y adoptó postura de ataque: como si se tratara de un mago, en su mano derecha ya brillaba un largo puñal, tomado por la punta y dispuesto a ser lanzado. El Conde imaginó por un instante que el milagro del cine iba a producirse: incluso sintió su cuerpo acomodado en la butaca. Panchito flexionaría ligeramente las piernas y, propulsado por los efectos especiales, volaría ante los ojos de los policías-espectadores y caería sobre la azotea de la Sociedad, y desde allí daría otro salto volador para perderse en las brumas del Barrio. Pero Panchito Chiú era un medio chino de la realidad y no gozaba de aquella capacidad fílmica. Conde lo lamentó, pero más aún lamentó que el joven hiciera un gesto amenazador con el puñal.

– Oye, no comas mierda y suelta ese cuchillo -le gritó el Conde.

– Ven a quitármelo, anda -lo retó el karateca.

– Te digo que lo sueltes, muchacho. Mira, no me compliques la vida, que ya la tengo bastante cabrona -casi le imploró el policía-. Hazme el favor de soltarlo y…

– ¿Qué te pasa, tienes miedo?

– ¡Suelta el singao cuchillo, cojones! -explotó el Conde, como si todas las cargas que llevaba dentro estuviesen sincronizadas.

El grito sorprendió al joven, y el Conde, que siempre lo pensaba todo, también esta vez lo pensó, a pesar de su estado de ánimo: «Mejor no arriesgarme», se dijo, «y además, sí, tengo miedo», concluyó. Entonces sacó la pistola y, también sin transición, apuntó a las rodillas de Panchito, que, recuperado de la conmoción del grito, movió su cuchillo, dispuesto al ataque. Conde no lo pensó más: disparó. Al recibir el impacto Panchito Chiú soltó el puñal y cayó al suelo, revolcándose y aullando como un perro herido. Era la segunda vez en toda su carrera que Conde le disparaba a alguien y sólo después de hacerlo realizó la contabilidad.

– ¡Cojones, Conde, tú estás loco! -gritó entonces Manolo, transparente como papel de China, sin moverse del lugar que le había correspondido en la escena: justo detrás de Panchito-, ¿y si no le dabas al verraco este y me metías el tiro a mí?

– Después te daban una medalla, Manolo. Pero estoy seguro de que ese hijoeputa que ayer por poco me arranca la cabeza, es tan anormal que hoy era capaz de tirarme el cuchillo, ¿no? -El Conde se enjugó el sudor de la frente, trató de controlar el temblor que se le había instalado en las manos y, luego de patear lejos el puñal, caminó hasta el hombre herido, quien no dejaba de lamentarse, pero el policía, necesitado de un desahogo físico, volvió a gritarle-. ¿Ves lo que te buscaste, comemierda?

Capítulo 11

– ¿Y qué tú haces aquí a esta hora?

Conde la miró a los ojos. Tenía la mente llena de pensamientos, ideas, proyectos, recriminaciones, pero le faltaba aquella precisa respuesta reclamada por la mujer, y sólo fue capaz de decir lo que clamaba desde cada célula de su cuerpo.

– Me siento mal…

Támara lo observó un instante y comprendió que el hombre no mentía.

– Ven, entra, siéntate…

La reacción que lo condujo hasta la casa de Támara había sido visceral e incontrolable. La necesidad de disparar sobre un hombre, aun procurando hacerle el menor daño posible, resultaba un acto capaz de superar sus instintos naturales y de invalidarlo como el ser humano que era o pretendía ser. Por eso le pidió a Manolo que siguiera adelante con el caso y huyó del hospital adonde habían conducido a Panchito Chiú y, casi sin saber cómo, había ido a dar a la casa de los sueños, frente a la cual estuvo por más de veinte minutos antes de decidirse a llamar, mirando sin ver las esculturas de concreto con imágenes a medio camino entre Picasso y Lam.

Nada más sentarse y ver a Támara alejarse en busca de un vaso de agua, comprendió que había comenzado a recuperarse: no pudo dejar de mirar el movimiento de las nalgas de la mujer y pensó que, en lugar de agua, lo ideal para ese momento habría sido un trago de aquel Ballantine's cuya última reserva él mismo había agotado en la penúltima visita que hiciera a aquella casa.

Támara le entregó el agua y se ofreció a hacerle café, pero él le pidió que se sentara. Entonces se lo dijo: le había disparado a un hombre.

– Claro que no lo maté, Támara. Lo herí en una pierna, nada grave -añadió, ante la alarma de ella.

Encendió un cigarro y miró a la mujer. Al fin sabía la razón de su presencia allí: no por su rechazo a la violencia ni por escapar de hospitales e interrogatorios. En ese instante necesitaba un ancla, un punto de apoyo que ni siquiera sus hermanos de la vida, Carlos, Andrés, el Conejo y Candito el Rojo podían ofrecerle. Ni el sexo caliente de la china Patricia o el erotismo desbocado de Karina. Era algo más intangible pero más vital, más profundo.

– Casi no he tenido tiempo para pensar en lo que me dijiste, pero a la vez no he dejado de pensarlo -dijo él, y de inmediato lamentó su torpeza expositiva.

– ¿Y qué piensas cuando piensas?

– No pienso sólo en ti. Sobre todo pienso en mí. En la mierda que he hecho y estoy haciendo con mi vida. Pienso en la soledad, y en el miedo que le tengo. En que no puedo posponer por más tiempo decidirme a tratar de componer lo que todavía tenga arreglo…, y pienso que me ayudaría mucho hacerlo contigo…

Támara bajó la vista y se pasó la palma de las manos sobre la falda, como si necesitara secarlas del sudor.

– ¿Qué quieres decir exactamente, Mario?

– Que me haces falta. Eso… Coño, suena a bolero…

– ¿Y por casualidad estás pensando en que debemos casarnos o algo así?

– No, no he pensado tanto… O sí lo he pensado, para serte sincero, porque me da miedo la idea -dijo y sintió deseos de abofetearse a sí mismo: hay cosas que jamás se le dicen a una mujer-. Pero eso no es lo importante. Lo importante es lo otro.

– ¿Lo otro?

– Que estés cerca de mí…

Ella volvió a mirarlo. Conde casi pudo escuchar los sonidos de las fricciones que hacían entre sí los pensamientos de la mujer.

– Mario, no me pidas ahora que te ayude a arreglar tu vida. Primero necesito arreglar la mía… Y yo también voy a serte sincera: a veces pienso que tú formas parte de ese arreglo, pero todavía no estoy segura.

– ¿Y qué te hace falta para estar segura?

– Tiempo. Dame tiempo. Y no me presiones, por favor. Ya sé que eres obsesivo compulsivo, pero dame mi tiempo…

Conde le observó los ojos: eran las dos almendras húmedas de siempre, y comprendió, o creyó comprender, el reclamo de la mujer.

– Me tengo que ir -dijo, poniéndose de pie.

– ¿Estás cabrón conmigo, verdad?

– No, no…, bueno, un poquito -dijo y al fin sonrió-. Pero no te preocupes, tómate tu tiempo… Esta noche vengo para que me digas…

Ella también sonrió.

– Eres el tipo más insoportable que he conocido en mi vida.

– En algo tenía que ser el mejor, ¿no?

No lo pudo evitar: levantó la mano y le acarició el pelo. Y pensó: definitivamente, si alguna vez volvía a cometer el error de casarse, sería con aquella mujer. Lo del enamoramiento, por supuesto, ya estaba garantizado.

– ¿Entonces?

– No te preocupes. La bala apenas le rozó la piel y no le afectó ningún hueso. Lo que pasa es que se apendejó cuando vio que la cosa iba en serio. Después que lo curaron le enseñé el resultado de las huellas y lo cantó todo. Dice que al viejo Pedro le dio una sirimba y se le murió entre las manos, parece que de miedo o de rabia cuando Panchito le ahorcó al perro para presionarlo… Panchito estaba tan nervioso que no se dio cuenta de que el viejo nada más se había desmayado. Entonces fue cuando lo colgó del techo. Jura que en el cuarto nada más había papeles y tarecos y que no se llevó nada. Claro, el dinero de Amancio se había convertido en joyas y estaba en el cementerio… Lo de Zarabanda se le ocurrió allí mismo. Desde que se inició como palero siempre tenía las dos chapillas en el bolsillo, dice que le daban buena suerte, y entonces le hizo la cruz en el pecho y le cortó el dedo, para que se pensara en la brujería o en una venganza y no en el dinero. Lo más jodido es que estuve como una hora oyéndole la historia, porque casi no se le entendía nada… estaba llorando -dijo Manolo y le extendió la carpeta al Conde.

– ¿Y las huellas de la varilla de san Fan Con?

– También están en la carpeta.

Conde abrió la carpeta y buscó el análisis de las huellas. Encontró lo que sospechaba. Entonces tomó el papel y el sobre con la varilla y los extrajo del file.

– Manolo, hazme otro favor -le pidió el teniente mientras le alargaba la carpeta-. Llévasela tú mismo al mayor Rangel. Yo quiero ver a Juan… ¿Y qué te dijeron de la teniente Patricia?

– Dejó dicho en la dirección que iba a ver un caso, pero nadie sabe dónde está metida…

– Olvídate, yo me imagino por qué no aparece esa cabrona… Ella sabrá cómo arreglar sus cosas. Yo voy a tratar de arreglar las que me tocan a mí… Estamos en temporada de reparaciones… Ah, y dile al mayor Rangel que la muerte de Pedro no tenía nada que ver con la droga y que el caso está cerrado.

El Conde bajó hasta el parqueo de la Central y pidió al chofer de guardia que lo llevara a Infanta y Maloja. En el camino, el recluta que hacía de conductor intentó una conversación sobre sus intenciones de hacerse un verdadero policía, pero ante el poco caso recibido por parte de su auditorio, desistió. El teniente iba fumando y miraba hacia la calle, y todo el mundo en la Central -incluso los reclutas recién llegados- sabía lo que aquello significaba. Mejor ni hablarle… «Es un pesao», decían algunos, aunque la mayoría acotaba: «Pero es buena gente».

– ¿Doblo en Maloja, teniente?

– No, déjame en la esquina, es ahí mismo. Anjá. Gracias, Rosique… Ah, y piénsalo bien. Este no es un buen trabajo… ¿Por qué no te metes a cantinero?

– ¿Cantinero?

– Barman, de los que hacen el trago que les gusta a los clientes…

El Conde casi disfrutó con la cara del chofer y esperó a que el carro se marchara para buscar su camino. Avanzó una cuadra y, cuando entró por la primera bocacalle, lo vio: alejándose de él, hacia la otra esquina, caminaba Juan Chion con un paso que parecía haber perdido su elasticidad esencial. El Conde guardó el papel con el resultado de las huellas y el sobre con la varilla. Sacó un nuevo cigarro y sus espejuelos oscuros y se dispuso a seguir las huellas del anciano. Al principio supuso que iría a buscar los mandados de la casa, pues llevaba una jaba en la mano. Pero cuando habían caminado seis cuadras empezó a entender qué sucedía. Cruzaron Carlos III y el Conde ya no tuvo dudas: el viejo iba hacia el Barrio Chino. Caminaba sin prisa, con un paso sostenido y fuerte, y sólo se detenía antes de atravesar las calles.

Juan Chion dobló por Zanja y caminó hacia el centro del Barrio. «¿Qué irá a hacer?», se preguntó el teniente, manteniendo la distancia de unos cincuenta metros que lo separaban de su inesperado perseguido. Desde su perspectiva segura de cazador furtivo empezó a sentir una vergüenza tangible, capaz de dominarlo. No tenía derecho alguno a espiar la vida privada del viejo Juan Chion, y menos en un momento que, sin duda, debía de ser doloroso para el hombre. Pero la curiosidad por saber qué haría el chino lo mantenía en su ruta.

Ya habían caminado casi veinte cuadras y el Conde sentía en los pies la ardentía de sus pobres metatarsos, más tirados que caídos, mientras el sudor le corría por todos los cauces de su anatomía. «Va a doblar por Manrique, me juego un cigarro», apostó el teniente y se pagó a sí mismo con uno de sus magros Populares cuando el anciano torció por la calle donde había vivido el difunto Pedro Cuang. «¿Pero qué coño querrá?», se dijo y se apresuró para verlo entrar en el solar. Sin embargo, Juan Chion sólo se detuvo un instante en la entrada de la cuartería, miró hacia el interior del lúgubre pasillo y reanudó su camino. «Va para la Sociedad», pensó el Conde, y por eso debió perseguirlo más allá del restaurante Pacífico, más allá del periódico chino, hasta verlo doblar por San Nicolas. Cuando el Conde se asomó en la esquina, para contemplar el presunto final de largo viaje de Juan Chion, se encontró cara a cara con los ojos del viejo.

– ¿Te gusta mucho caminal, Conde? -le preguntó el chino, y el Conde pidió a la tierra que se lo tragara, ya, allí mismo, en pleno Barrio Chino.

– Viejo, es que… -intentó una excusa y no pudo mentir-. Me hacía falta hablar contigo y me extrañó verte salir. No sé, me dio por caerte atrás.

– Caminal es buen ejelcicio.

– Sí, eso dicen… Quería decirte… no sé, quería decirte algo -se turbó el policía, incapaz de decirle lo que ahora sabía o de expresar la solidaridad que también necesitaba comunicarle al anciano-. ¿Vas a ver a tu compadre?

Juan Chion movió la cabeza y miró hacia la entrada de la Sociedad Lung Con Cun Sol.

– Le debo una convelsación, ¿no?

El Conde guardó sus espejuelos.

– Creo que sí. Ustedes siempre van a tener mucho de que hablar… Pero tú no tienes la culpa de lo que hizo el hijo, ni yo…

– No es culpa, Conde. Tú tas bluto. Mila: es dolol y es velgüenza. Panchito mató a un paisano pol díñelo y… la velgüenza también mata, Conde.

– Está bien, está bien, ya entiendo. Sí, habla con él, pero no te sientas culpable… -Conde lo volvió a pensar, dudando si soltar al ruedo la pieza que completaría el puzle de la muerte de Pedro Cuang, y aunque nuevamente le pareció cruel, también le pareció justo, incluso necesario-. Mira, Juan, quería verte porque hay algo que no le he dicho ni le voy a decir a nadie, pero debo decírtelo a ti. Para que no te sientas culpable de nada…

– ¿Qué cosa, Conde?

– Tu compadre, Francisco, sabía toda la historia del dinero de Pedro Cuang y el plano del cementerio seguramente era para él. Nadie me lo ha dicho, y tampoco quiero que nadie me lo diga, pero estoy seguro de que Francisco le habló a su hijo de que de verdad existía ese dinero y un plano… y ahí se jodio todo.

Juan Chion miraba hacia un punto impreciso, más allá del policía.

– ¿Y cómo tú sabe to eso?

– Porque las huellas de Francisco estaban en el cuarto de Pedro, porque Francisco era amigo de Pedro, porque Francisco sabe leer en chino, y porque Francisco es el padre de Panchito y Francisco sabía en qué andaba su hijo…

– ¿Y tú dice que no lo hablaste con nadie má?

– No, ni con Patricia.

Juan al fin miró a Conde y, luego de un largo silencio, susurró.

– Glacia, Conde.

Juan extendió su mano derecha y Conde se la estrechó. Entonces, del bolsillo de la camisa sacó el sobre en el que había vuelto a guardar la varilla de san Fan Con que le había servido para comparar las huellas de Francisco con las halladas en el cuarto de Pedro Cuang.

– Mira, dale esto a Francisco -y le extendió el sobre a Juan-. Dile que se la devuelvo para que no me caiga arriba la maldición de san Fan Con… Y bueno, me voy con mi música a otra parte -dijo el Conde-. Ah, y discúlpame por haberte seguido.

– Na, yo entiendo, cosa de policía… Ah, si ves a Patlicita acuéldate de hablal con ella. Ella te lespeta, Conde. Y está loca, loca…

– No te preocupes, que no está tan loca nada… Yo también tengo muchas cosas que hablar con ella… Vamos, te acompaño hasta allí -dijo y le pasó el brazo sobre los hombros a Juan Chion-. Aunque todo haya terminado así, ha sido bueno trabajar contigo, viejo. Uno aprende cosas.

– ¿Qué cosas?

El Conde pensó: «Que ustedes los chinos siguen siendo rarísimos, que de verdad hay un olor a chino, que el honor y la amistad son el honor y la amistad, que la venganza nunca resucita a los muertos y que los padres nunca son capaces de juzgar a los hijos, en Cuba y en China». Pero dijo:

– Que los chinos no son hormiguitas.

Entonces Juan Chion se detuvo y le tomó la mano.

– Conde, Conde. Tú lo sabes bien, la velgüenza mata. ¿Sabes la velgüenza que tengo yo, y la que tiene Pancho?… Sí, tú sí sabes… Tú eles homble bueno. Yo he hecho cosas tlemendas en mi vida, y no me alepiento, no, no -insistió el anciano en su falta de arrepentimiento, y el Conde pensó que en realidad se arrepentía, y mucho-. Polque hay cosas que uno a veces tiene que hacel, ¿me entiende?

– Te entiendo, Juan. Y no te arrepientas. Sí, hay cosas que uno debe hacer en un momento de la vida y… otras que no debe hacer.

– Veldá… Adiós, Conde, ve pol casa -lo interrumpió el chino y realizó su breve reverencia.

El Conde, inmóvil en la acera, lo vio subir las escaleras de la Sociedad. A la altura del décimo escalón la figura de Juan Chion se le perdió en la oscuridad, como si hubiera levitado hacia el mundo apacible y lejano de Cuang Con y sus hermanos guerreros. Antes de ponerse en movimiento, el policía sacó de su bolsillo el papel con el resultado del análisis de las huellas de la varilla y lo troceó en varios pedazos que dejó caer por las hendijas de una alcantarilla.

El Conde regresó hasta la esquina, tratando de soltar cargas y de llenarse de consuelos inservibles que, por fortuna, Juan Chion no le permitió enunciar, y entonces lo advirtió: otra vez olía a chino. Claro, era un olor amarillo, tibio y persistente. Al menos el olor sobrevivía en aquel barrio con un pasado lleno de historias sórdidas y un futuro agonizante, aquel barrio mágico donde, como brotado de un ensueño, encontró un bar abierto, aireado por enormes ventiladores de techo y repleto de botellas de ron.

Sin pensarlo entró en el local y se acercó a la barra, de madera pulida y oscura, se acomodó en una banqueta y apoyó los codos. Un mulato cantinero, con una reluciente camisa blanca y un lazo negro al cuello se le acercó.

– ¿Qué hubo, Conde? ¿Lo mismo de siempre?

Y el policía asintió, sin preocuparse por el final de aquel sueño.

De la repisa del fondo el cantinero tomó una botella de ron Santiago y la depositó sobre la barra. Del mostrador alcanzó un vaso reluciente y lo cargó con una pequeña piedra de hielo. El Conde disfrutó el sonido del hielo contra el cristal y estuvo a punto de pedirle al mulato que lo hiciera otra vez. Con maestría, el discreto cantinero vertió el ron sobre el hielo, hasta mediar el vaso de aquel maravilloso líquido perlado, y sin pronunciar palabra, con una capacidad de discreción inexistente entre los cantineros cubanos, se retiró, para dejar al hombre solo, con su trago preferido y sus obsesiones que rumiar.

El Conde, sintiéndose fresco y sosegado, bebió un primer trago y comprendió hasta qué punto su tsin necesitaba aquel nuevo baño de alcohol. Menos mal que en esta ciudad cualquier cosa es posible, se dijo aquella tarde ya veraniega de 1989, cuando todavía era policía y sufría por serlo. Volvió a beber, dispuesto a no dejarse expulsar de aquel paraíso encontrado, como había sido excluido de tantos otros, reales e imaginarios. Ahora bebería en su bar ideal hasta que el ron le concediera el alivio del olvido. Cuando se estrellara contra la realidad, ya tendría tiempo para pensar en su tao. Al fin y al cabo, se dijo con el tercer asalto al vaso de ron con hielo, hay cosas que nada ni nadie puede cambiar.

Nota del autor

En 1987, cuando trabajaba como periodista en el vespertino Juventud Rebelde, realicé una ardua investigación para escribir un reportaje sobre la historia del Barrio Chino de La Habana. Aquel texto, titulado «Barrio Chino. El viaje más largo», fue, poco después, el origen de un documental cinematográfico del mismo nombre (dirigido por Rigoberto López) y dio título a una selección de los trabajos periodísticos que había escrito para aquel periódico y que publiqué en forma de libro en 1995.

Los misterios del Barrio Chino y su historia de desarraigos y fidelidad a ciertas tradiciones me habían fascinado tanto, que -ya creado el personaje de Mario Conde y publicadas las primeras ediciones de sus dos primeras historias, Pasado perfecto (1991) y Vientos de cuaresma (1993)- escribí un relato ubicado en este lugar de La Habana. El cuento estaba también protagonizado por el Conde, pero literariamente estaba al margen de la serie de novelas que formaría «Las cuatro estaciones» -que se completaría en los años siguientes con Máscaras (1997) y Paisaje de otoño (1998).

Sin embargo, nunca sentí que había terminado el relato hasta que, concluida y publicada la última parte de la serie, decidí retomado para convertirlo en una noveleta. Con ella, como en todas las aventuras del Conde, ocurre lo mismo: lo narrado es ficción, aunque tiene un fuerte contenido de la realidad. Aquí, detrás de la aventura policiaca que arrastra a Mario Conde hacia el Barrio Chino de La Habana, está la historia de un desarraigo que siempre me ha conmovido: el de los chinos que vinieron a Cuba (originalmente con contratos de trabajo que casi los dejaban en condiciones de esclavitud), similar al de tantos emigrantes económicos, tan comunes en el mundo de hoy. La soledad, el desprecio y el desarraigo son, pues, los temas de esta historia que no ocurrió en la realidad, aunque bien pudo haber ocurrido.

La noveleta escrita en 1998 fue publicada en Cuba -donde se deben aprovechar las oportunidades editoriales cuando aparecen y como aparezcan- como complemento de un volumen que abría la novela Adiós, Hemingway.

Doce años después, cuando al fin decidí entregar La cola de la serpiente a mi editorial española, el destino de este texto volvió a alterarse: resultaba evidente que el argumento tenía un tratamiento demasiado estricto, mientras varios personajes y situaciones pedían a gritos un mayor desarrollo y la escritura un mayor desenfado, más a tono con la forma del resto de las obras protagonizadas por mi personaje Mario Conde.

Lo que acaban de leer -si es que lo acabaron- es el resultado de esta nueva y, espero, última reescritura de un cuento que, en quince años, me ha perseguido hasta convertirse en esta novela breve que, repito, confío haya adquirido su forma definitiva. Al fin y al cabo, tal vez no podría ser de otro modo, pues, mientras escribía esta reciente versión, caí en la cuenta de que es muy probable que ya no quede en La Habana ninguno de los chinos que con su vida y destino inspiraron esta obra.

Mantilla, enero de 2011

Leonardo Padura

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