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El misterio y la voz inquisiciones sobre la novela

Lorenzo Silva

El subtitulo es `Inquisiciones sobre la novela` y el mismo Lorenzo dice sobre este escrito: `Esto no es una narración, pero no sé si puede considerarse un ensayo. En definitiva, contiene una serie de reflexiones sobre el arte de novelar, trenzadas al hilo de la vida y la obra de tres grandes maestros de ese arte, Franz Kafka, Raymond Chandler y Marcel Proust. Puede que estas páginas contengan lo esencial de mis ideas sobre el oficio al que me dedico, pero eso tampoco es decir mucho. Por si a alguien de quienes me leen le interesa.`

Lorenzo Silva

El misterio y la voz (inquisiciones sobre la novela)

A la naturaleza le place ocultarse.

HERÁCLITO

PALABRA PRELIMINAR

Cuando se me invitó a dar las conferencias de las que proceden estas páginas, alguien me sugirió que su tema podría ser algo así como mi obra. Al escuchar esta propuesta, sin duda bienintencionada, no pude reprimir un estremecimiento. Hace trece o catorce años que escribo novelas, y por tal o cual azar, tengo varias publicadas. También he publicado algunos cuentos, y hasta he enseñado por ahí algún poema. Pero de ahí a sopesar seriamente la posibilidad de estafar a unas personas benévolas una hora de su tiempo, hablando nada más que de mi obra, media un abismo que confío en no tener nunca el poco juicio de pretender abolir.

Con todo, y aun estando persuadido de que unas conferencias requieren preferiblemente algún asunto considerable e importante sobre el que versar, no podía olvidar que se me invitaba a darlas en mi condición de escritor. Así que, a pesar de mis escrúpulos, no debía evitar absolutamente hablar sobre lo que hago y sobre lo que me interesa. En definitiva, quizá sea ésa la única autoridad, por exigua que resulte, que he llegado a poseer.

De toda esta cavilación previa surgió una idea para aquellas conferencias, que es la que, ligeramente elaborada y ampliada, se desarrolla aquí. Decidí hablar sobre mi concepción de la novela: sobre lo que creo que es importante en ella y sobre lo que juzgo que debe perseguir. Pero para ello no quise referirme (o no directa o inicialmente) a mis libros, sino a algo que podía venir más a propósito para desarrollar una conferencia: elegí ocuparme de aquellos escritores donde aprendí mi visión como novelista.

Al llegar a este punto, sólo quedaba un escollo, cuya dificultad me cuidé mucho de menospreciar. ¿A quiénes, entre todos los que escribieron novelas que me conmovieron, podía designar como maestros? A nada que uno se aplique y tenga con la lectura una relación un poco intensa, siempre cabrá recordar un cierto número de escritores cruciales, que nunca es demasiado alto, pero quizá sí demasiado alto para tratarlos a todos debidamente en un par de conferencias. Por eso se impuso la selección, y la selección la afronté con ánimo de escoger a los más decisivos entre los decisivos y de no escoger más que a tres. Sobre estas premisas, mi elección, aunque difícil, fue clara, y seleccioné a éstos: Raymond Chandler, Marcel Proust y Franz Kafka.

No digo que sean los tres mejores novelistas de la literatura universal (a nadie impresionaría que yo lo dijera). Pero sí digo que probablemente son los tres que más han pesado en mi manera de hacer novelas. Eso, al menos, es una afirmación a mi alcance, aunque quizá convenga igualmente atenuarla. Como es natural, tampoco es que siga en todo a esos tres escritores, ni mucho menos que deba considerárseles a ellos responsables, siquiera mediatos, de mis desmanes. A mi modo de ver, cada uno es dueño de sus actos y desbroza su propio camino. Pero también me parece quien no mira de vez en cuando (o constantemente) a otros que lo hicieron mejor, tiene pocas posibilidades de mejorar él mismo. Sólo en este sentido debe entenderse que me refiera a ellos, aunque no oculto que en mi apego por la literatura, que he llevado hasta el extremo acaso calenturiento de practicarla, estos autores tienen una influencia indiscutible.

Lo que sigue son, mejor o peor organizadas, las ideas que acerté a reunir en un apresurado ejercicio a propósito de cada uno de ellos. Nadie debe esperar un análisis académico, ni un trabajo riguroso que signifique una aportación relevante respecto de la interpretación o el conocimiento de la obra de tres autores sobre los que ya se ha escrito mucho. Son unos apuntes al vuelo, que reúno en esta forma únicamente por si pudieran ser de utilidad para algún otro. Y sólo tengo una razón para confiar en tal posibilidad: el recuerdo claro y distinto de que fue leyendo lo que estos hombres habían escrito como se despertó y se construyó mi deseo de hacer novelas. Novelas y no cualquier otra cosa (poemas, cuentos, teatro), que era lo que yo mismo había venido escribiendo antes de conocerlos.

En estas páginas trato de explicar por qué, y se me antoja que eso podría interesar, en primer lugar, a esas pocas personas generosas que leen mis novelas. En segunda instancia, pienso en las muchas personas que leen novelas, en general, y le dan importancia (una importancia que no logra decrecer ante las aparatosas transformaciones de nuestro mundo) al hecho de leerlas, haciendo con ello posible que algunos mantengamos el impulso de escribirlas. Hasta me atrevo a esperar que alguno de los demás miembros de la cofradía novelesca, aunque no siempre resulte ser la cofradía más solidaria del mundo, dé algún valor a mis ociosas reflexiones. Pero, puestos a desear, preferiría ante todo interesar a los que aún no se han incorporado, a los que acogen en su alma la vocación todavía no desarrollada y pueden recibir de estos tres novelistas un estímulo que mi propia obra no es, sin duda, suficiente para producir. No soy un apóstol de la actividad literaria, ni enturbian mi mente vanos sueños de mejora de la humanidad. Simplemente opino que necesitamos seguir encontrando historias sólidas y bien construidas que nos ayuden a comprendernos y a aceptarnos, y está claro que para que esas historias existan es preciso que haya quien las escriba. Por eso tiene trascendencia el ejemplo de Raymond Chandler, Marcel Proust y Franz Kafka, y por eso me he autorizado la audacia de meditar acerca de ese ejemplo y de esforzarme por que esa meditación sea una contribución, incluso innecesaria (por intempestiva y por inexperta), para difundirlo.

Declarada la intención, tengo un reparo que debo confesar, porque afecta a la misma pertinencia de este libro. Siempre me ha dado la sensación de que entre la escritura de novelas y la crítica literaria existe una suerte de incompatibilidad. No pretendo dotar a esta afirmación de validez universal, ni siquiera que valga como una vaga generalización, porque a la vista hay numerosos ejemplos de novelistas admirables que supieron ser además finos críticos. Sin embargo, por lo que a mí respecta, siento que una vez que he optado por escribir novelas debo abstenerme de criticar las de otros. Desde luego, entre las novelas que leo unas pocas me cautivan, muchas me dejan frío y otras me resultan aborrecibles. Como a cualquiera. Pero no me parece educado manifestar mis juicios fuera de un círculo de cierta intimidad, y con ello no insinúo que los críticos novelistas sean unos groseros, sino que yo me sentiría grosero o más bien improcedente si escribiera crítica literaria. Como en cierta ocasión le dijo Kafka a Gustav Janouch, avergonzándose por emitir un juicio sobre los poemas que Janouch le había sometido, no soy juez, sino acusado, y me cuesta calificar ante la sala la conducta de otro acusado y pedir para él la cárcel o la absolución. Por eso me gustaría dejar claro que los juicios que en estas páginas vierto carecen por completo de pretensiones críticas y sólo atienden a entusiasmos personales.

Aun así, he procurado hacer un examen más o menos fundado, con lo que quiero decir que no me abandono sin más a mi antojo, sino que procuro tener en cuenta la realidad sobre la que trato. Al final, no obstante, sí que me he permitido alguna licencia notoria. En tal clave deberán leerse (si no se prefiere prescindir de ellos) los apuntes sobre la ciudad y el protagonista y el breve epílogo que cierra el libro.

Getafe, Navidad de 1997

RAYMOND CHANDLER

Un hombre en una calle solitaria

El problema de lo que es literatura trascendente se lo dejo a pelmas gordos como Edmund Wilson, un hombre de muchos méritos, entre los que personalmente me inclino con mayor reverencia ante el de haber logrado (en las Crónicas de Hecate County) hacer de un coito algo tan aburrido como un horario de ferrocarriles.

RAYMOND CHANDLER

Raymond Chandler nació en Chicago en 1888. Su padre, alcohólico, abandonó el hogar cuando Raymond contaba pocos años. Su madre, que había nacido en Inglaterra, se lo llevó con ella a Europa, donde Chandler recibió su instrucción. Cursó sus primeros estudios en el Dulwich College, una institución británica de sólo moderado prestigio, pero de la que hasta el final de su vida le enorgullecería haber sido alumno, porque siempre tuvo el convencimiento de que su educación europea le situaba un escalón por encima de sus compatriotas. Su opinión sobre el sistema educativo americano era simple y contundente: “es el hazmerreír del mundo”, llegó a escribir. En el Dulwich College cursó las dos modalidades entonces existentes, el plan clásico y el plan moderno, lo que le permitió adquirir a temprana edad una cultura amplia y versátil. Después pasó una temporada en Francia y otra en Alemania, donde aprendió los dos idiomas lo suficientemente bien como para hablarlos y escribirlos (otro rasgo infrecuente de apertura mental entre los estadounidenses). Vivió con su madre hasta que ella murió, cuando él tenía 36 años y ya habían regresado a los Estados Unidos. Poco después se casó con una mujer 18 años mayor que él, Cissy, con quien vivió hasta la muerte de ésta, en 1954, y de quien siempre dependió estrechamente, hasta el extremo de intentar suicidarse cuando ella desapareció. Al final, había de sobrevivirla escasamente un lustro. Murió en 1959 en La Jolla, California, donde había pasado una gran parte de su vida.

Raymond Chandler empezó a escribir a edad relativamente tardía, a los 45 años. Antes de eso tuvo múltiples trabajos. Fue contable, auditor de cuentas (como quien esto escribe, por señalar una quizá fútil coincidencia) y ejecutivo de varias compañías de petróleos. De esta experiencia profesional siempre guardaría un recuerdo favorable, aunque tuviera su lado incómodo (como la experiencia de tener que contratar a varios abogados a la vez o asumir la responsabilidad de despedir a algún empleado, según propia confesión). Trabajar durante años en el mundo de los negocios le permitió conocer la realidad social y no caer en las ingenuidades en que, por desconocimiento, caían en su opinión muchos escritores cuando se referían a la forma en que estaba organizada la vida de su época. Otra experiencia vital que le marcó, y le salvó de ciertas abstracciones, fue su participación en la Primera Guerra Mundial, sirviendo en el ejército canadiense. “Cuando uno encabeza un pelotón y les ordena a sus hombres que se lancen contra el fuego de ametralladora, nada vuelve a ser lo mismo”, escribió en cierta ocasión.

Las primeras publicaciones de Raymond Chandler fueron relatos breves que aparecieron en algunas revistas de género detectivesco (Black Mask y otras), entonces floreciente gracias a la obra de Dashiell Hammett y a los esfuerzos de una legión de imitadores más o menos afortunados. Los relatos breves de Chandler obtuvieron un razonable éxito y de ahí pasó a las novelas, que pronto fueron igualmente populares, sobre todo a raíz de la versión cinematográfica de El sueño eterno que realizara Howard Hawks. Escribió algunos guiones para Hollywood y siete novelas en total. Cuando publicó la penúltima y la más grande de todas ellas, El largo adiós, ya era un escritor consagrado, y Philip Marlowe, su detective protagonista, toda una referencia de la cultura norteamericana y me atrevería a decir que de Occidente.

Y ello a pesar de haberse mantenido siempre en un género considerado menor, el del relato policial. Parece que Chandler tuvo en todo momento una actitud ambigua respecto de la importancia verdadera de su obra. Por un lado se refería a ella de forma un tanto desdeñosa, como cuando aseguraba que si sus libros hubieran sido un poco peores no le habrían invitado a Hollywood, y si hubieran sido un poco mejores habría sido él quien se habría negado a ir. Pero por otra parte, escribió no poco acerca del valor de los relatos de misterio, distinguiendo entre las historias acartonadas y artificiales que inundaban las revistas y la verdadera literatura, que a su juicio podía igualmente hacerse y con la misma dignidad dentro del género policial o en cualquier otro. En su ensayo El sencillo arte del asesinato, se defiende de la acusación encerrada en la expresión frecuentemente usada literatura de evasión, sosteniendo (con incuestionable sentido común) que todo lo que se lee por placer es una evasión. Y en cuanto a una presunta dicotomía entre literatura de evasión y literatura de expresión (o literatura con mensaje, podríamos decir), argumenta que siendo indudable que a igualdad de condiciones un tema más poderoso provoca una ejecución más poderosa, también lo es que se han escrito libros muy aburridos sobre Dios y otros muy buenos sobre la manera de ganarse la vida y seguir siendo honrado. “Todo depende”, afirma, “de quién escribe y de qué tiene dentro para escribir”. En definitiva, añade en otro lugar, “no existen formas vitales e importantes del arte; sólo existe el arte, y en muy escasa proporción. El crecimiento de la población no aumentó en manera alguna esa proporción. No hizo más que acrecentar la destreza con que se producen y expenden los sustitutos”.

Hoy, superada ya la polémica, y habiéndose publicado las historias de Marlowe en ediciones con notas a pie de página (como registran un tanto estupefactos algunos detractores), estamos en condiciones de afirmar sin rubor y sin miedo que Raymond Chandler escribió una o dos de las mejores novelas del siglo, y que el resto, salvo alguna excepción, se sitúa a una altura difícilmente alcanzable. ¿Y cuáles son los valores que permiten hacer una afirmación semejante? Estoy seguro de que existe por ahí algún manual de literatura del siglo XX que proporciona una explicación técnica y apenas refutable al respecto. Quien compone estas líneas no puede más que aportar algunas modestas impresiones de lector.

A mi juicio, uno de los principales aciertos de la novela policial en general (y de las novelas de Chandler en particular), en el que en gran medida se justifica la enorme influencia que ha tenido en la narrativa reciente, es su elección del decorado urbano contemporáneo, donde de forma mayoritaria, dicho sea de paso, viven los hombres y mujeres que leen hoy libros. A partir de Chandler y de otros como él, ya no es necesario, para encontrar una aventura que merezca la pena narrar y leer, irse a lugares exóticos, a épocas remotas o mundos inexistentes. En la realidad cotidiana que nos rodea palpitan mil historias que pueden alimentar los más altos edificios literarios. Este reconocimiento ha expandido la literatura, tanto desde el lado de la creación como desde el de su recepción, y le ha permitido ser más crucial, menos un juego superfluo y más una respuesta valiosa a las necesidades profundas de las gentes. En contrapartida, se le ha permitido al creador producir un nuevo mito, el de la ciudad contemporánea, donde se dirime el destino del hombre lo mismo que antes se dirimía en los campos de batalla o en las tierras lejanas que aún estaban por descubrir.

Una segunda y fundamental virtud de estas novelas es la manera en que se nos cuentan las historias, una manera que ha tenido también no poco influjo posterior, hasta el extremo de impregnar incluso una conocida narración de ambientación medieval escrita por un profesor de semiótica para ilustrar algunas cuestiones filosóficas y estéticas (me refiero, naturalmente, a El nombre de la rosa, que en el fondo no es más que un relato policial, discípulo no especialmente aventajado de las historias de Hammett o Chandler). Cuatro elementos, a mi juicio, constituyen fundamentalmente el arte narrativo de Chandler (y por extensión el de la mejor novela policial norteamericana):

– El dinamismo de la acción: En los relatos de Chandler la acción, en forma latente o expresa, siempre está presente. Sus historias avanzan hacia algo y en todo momento se está avanzando, sin tener en ningún momento esa sensación de inmovilidad de la que a la postre acaba naciendo siempre el aburrimiento en la lectura, que es el monstruo del que deberían estar hechas las pesadillas de todo novelista (aunque para algunos sea un halago que sus libros se caigan de manos que juzgan plebeyas). El propio Chandler se refirió en alguna ocasión sarcásticamente a la necesidad de acción constante en la pulp fiction: “En caso de duda, hay que hacer que un hombre aparezca en una puerta con una pistola en la mano. Esto podía llegar a resultar bastante tonto, pero no importaba. Un escritor que teme desbordarse es tan inútil como un general que teme equivocarse”.

– La tensión ejemplar de los diálogos: Sus personajes hablan con gran intensidad literaria, aunque Chandler, como Hammett, importase con astucia los giros coloquiales del habla cotidiana. “Todo lenguaje comienza en el lenguaje hablado”, escribió Chandler, a propósito del estilo de Hammett, y también vale para el suyo, “pero cuando se desarrolla hasta ser un medio literario, sólo es la apariencia lo que tiene del lenguaje hablado”. Esta tensión en los diálogos hace que lo que dicen los personajes nunca sea trivial, que siempre haya detrás una exigencia expresiva, incluso cuando la expresión se produce a través de exabruptos. La obsesión de Chandler por los diálogos queda patente en su juicio de Conan Doyle, a quien salva del holocausto al que arroja casi toda la literatura inglesa de misterio, y ello porque opina que “Sherlock Holmes es sobre todo una actitud y unas cuantas docenas de líneas de diálogo inolvidable”. Y aún queda más claro su talante en otra declaración, acaso un tanto exagerada, pero que no parece dejar de ser sentida: “Todo lo que busco es una excusa para ciertos experimentos sobre el lenguaje dramático. Para justificarlos, tengo que procurarme una trama y una situación, pero sustancialmente no me preocupa casi nada ninguna de las dos. Todo lo que realmente me preocupa es lo que Errol Flynn llama “la música”, las líneas de diálogo que tiene que decir”.

– El misterio: Chandler tiene un auténtico y profundo sentido del misterio, en la literatura y en la vida. Su misterio no es el de los huecos jeroglíficos de muchas novelas policiales, ni el artificio ventajista que siempre imputó a Agatha Christie. De ella llegó a escribir (en una carta compuesta en pulcro francés que dirigió a un crítico de este idioma) que a causa de su pereza e incapacidad consentía poco menos que en tender trampas al lector, sin renunciar si le hacía falta a alterar a posteriori las circunstancias iniciales de los personajes por mero afán de sorprender. “Agatha Christie puede seguir escribiendo indefinidamente”, escribió en otro lugar, con no menos dureza, “pero Chandler tiene que creer en algo”. Como avanzaba antes, esta inquina se extendía hacia buena parte de la literatura inglesa de misterio. En primer lugar, por la falta de interés de muchas de sus intrigas: “Es posible que los ingleses no sean siempre los mejores escritores del mundo”, anotó con ironía, “pero son, sin comparación alguna, los mejores escritores aburridos del mundo”. En segundo lugar, porque les consideraba demasiado alejados de la realidad, demasiado elaborados. Admitía que algunos trataban de ser honrados, pero, afirmaba, “la honradez es un arte”. Para entender su sentido del misterio, quizá nada mejor que dejarnos llevar por las propias palabras de Chandler, y quizá ningunas son mejores que las que cierran El sencillo arte del asesinato: “El relato es la aventura de este hombre en busca de una verdad oculta, y no sería una aventura si no le ocurriera a un hombre adecuado para las aventuras. Tiene una amplitud de conciencia que asombra, pero que le pertenece por derecho propio, porque pertenece al mundo al que vive.” Nada de acertijos triviales, de pasatiempos que no llevan o traen a ningún sitio. El misterio es esa verdad oculta que busca un hombre con conciencia y que siente el mundo que le rodea. Y en Chandler no se desvela siempre con la nitidez de la novela policial clásica, que se cierra como se termina un crucigrama. A menudo se queda más bien turbio, a medias, revoloteando en el alma del lector.

– El realismo: La narrativa de Chandler, sin renunciar a lo anterior, es profundamente realista. Por su experiencia vital al margen de la literatura y por su propia visión literaria. Pero no es el suyo un realismo ramplón. Contra el abuso del realismo, en el que sostenía que era fácil caer por prisa, por falta de conciencia o por ineptitud, prevenía vigorosamente. Su realismo es lírico y trascendente, porque se asienta no sólo en una mirada honda del mundo sino también en una mirada honda del arte. Volveremos sobre esa mirada un poco más adelante. En este punto, basta con mencionar el aprecio de Chandler por lo poético, por las metáforas y los detalles, en los que muestra una sensibilidad y unas dotes de observación que contribuyen poderosamente a su estilo. “Casi todo comienza en la poesía”, escribió. Junto al carácter a menudo sentimental de su visión del mundo, y me atrevo a defender que brotando de la misma fuente, surge su profundo sentido del humor, otro correctivo que impide que el realismo caiga en otra de sus más comunes degeneraciones, el tremendismo. Sus metáforas son a veces de una ironía demoledora: “Tenía menos posibilidades que una bailarina con una pierna de madera”, calcula Marlowe en cierta situación apurada. Y este recurso, convertido en sarcasmo, se pone también al servicio de una crítica implacable de la sociedad que le rodea, y en concreto del modo de vida estadounidense. Ejemplar e inolvidable es la conversación de Marlowe con el magnate Harlan Potter, en El largo adiós. En cierto momento, Potter observa: "Fabricamos los mejores envoltorios del mundo, señor Marlowe. Lo que hay dentro es principalmente basura”.

Otro de los valores incuestionables de Chandler es su construcción de los personajes. Él es acaso uno de los primeros, superando en esto a Hammett, que se preocupa de dar volumen y consistencia propia a todos los personajes que aparecen en sus ficciones, incluso a los secundarios. Me atrevo a aventurar aquí un juicio personal: en una novela, importa menos el protagonista que los personajes secundarios. El primero es casi un requisito, un mal inevitable. En los demás están las verdaderas posibilidades de construir un universo narrativo digno de ser visitado. En las mejores novelas, el protagonista es apenas un prisma por el que pasa la luz y se refracta en una gama compleja de colores, y es en esta gama de colores donde está el auténtico valor de la historia. Tal es el caso, por poner un conocido ejemplo, del Narrador en la Recherche de Proust.

En cuanto a Chandler, casi todos los seres en los que se detiene su foco son enjundiosos, pero siempre he apreciado especialmente la construcción de sus personajes femeninos. En un artículo reciente, Joyce Carol Oates se despacha a gusto acerca de esta faceta de Chandler, su retrato de la mujer, que reputa revelador de un machismo repugnante, cuando no de una abierta misoginia. En la obra de Chandler, anota, "las mujeres son malvadas y repulsivas cuando son seres sexuales; cuando no son seres sexuales, apenas existen". También se despacha acerca del hecho de que todas las mujeres terminen cayendo en los brazos de Marlowe, incluso Eileen Wade, la remota rubia de ensueño de El largo adiós.

Sin poder negar que hay algo sospechoso en la irresistible atracción que Marlowe provoca en las mujeres con que se tropieza, no puedo estar de acuerdo con el severo juicio de Oates. Es posible que Chandler fuera un tanto anticuado en su visión de la mujer, pero nunca un misógino, ni me parece que su interés prioritario por la mujer se cifrase en sus posibilidades como objeto sexual. Incluso se permitió alguna vez bromear al respecto: "Los enredos con rubias promiscuas pueden ser muy fatigosos cuando los describe un joven gotoso que no tiene en la cabeza otro objetivo que describir un enredo con rubias promiscuas". Pero la mejor refutación la encontramos en lo que sabemos de la propia vida de Chandler, y en particular de su relación con Cissy, por quien siguió profesando un amor apasionado cuando ella tenía más de ochenta años y estaba moribunda. Pueden encontrarse pocos testimonios de amor más estremecedores que los que aparecen en las cartas que escribió Chandler a diversos corresponsales después de la muerte de su esposa, en las que se refería a menudo a lo que había sentido por ella. Resulta difícil escoger un pasaje de aquellas cartas, pero yo escojo éste: "Durante treinta años, ella fue la luz de mi vida. Todas las demás cosas que hice fueron sólo la hoguera para que ella se calentase las manos”. Chandler siempre llamaba a la puerta antes de pasar a la habitación donde dormía Cissy, la ayudaba a subir o bajar del coche y nunca entró o salió de ninguna parte antes que ella. Todo ello es prueba tal vez de una actitud pasada de moda, como quizá lo sea también la singular obsesión de Chandler, documentada más de un lugar, de impedir que ninguna mujer que se relacionase con él pudiera sentirse degradada. Pero es difícil sostener que despreciara a las mujeres.

Hay una hermosa historia que Chandler narra en una carta a su agente literario, Helga Greene, a propósito de una camarera de 27 años a la que el autor, cuando ya tenía 70, un par de años después de la muerte de Cissy, invitó una noche a cenar y a bailar. Cometió el error de llevarla a un lugar de moda, que estaba atestado y en el que no pudieron bailar mucho. Durante la cena ella le contó su vida, algo accidentada, y cuando Chandler la acompañó esa noche a su casa pareció sentirse defraudada por el hecho de que él se negara a pasar. Al día siguiente el escritor la llamó para preguntarle de qué color quería las rosas. La chica se extrañó, a lo que Chandler dijo que ésa era su costumbre, regalar rosas a las mujeres que aceptaban cenar con él. Una vez averiguado el color, el rojo, la chica preguntó a Chandler si volverían a verse, y el escritor respondió que probablemente no, porque se iba de viaje a Europa y pasaría allí un largo tiempo. La mujer se despidió llorando, con una frase que Chandler consideró extraña: "Lamento que no pudiéramos bailar. Pero qué más puede hacer usted por una chica, aparte de lo que hizo”. Es verdad que en sus novelas, Marlowe es a veces más expeditivo, pero seguramente, de haber tenido en alguna 70 años y haber invitado a cenar a una camarera de 27, habría usado de la misma galantería desfasada de Chandler.

A mi parecer, uno de los pasajes más emocionantes de toda la obra de Chandler se encuentra precisamente en la carta que Eileen Wade, la rubia de ensueño de El largo adiós, deja antes de suicidarse. La carta termina así: "El tiempo lo vuelve todo mezquino, mugriento y arrugado. La tragedia de la vida no es que las cosas bellas mueran jóvenes, sino que envejezcan hasta hacerse despreciables. Eso no me ocurrirá a mí".

El último valor de la obra de Chandler al que quisiera referirme no es precisamente el que juzgo de menor importancia. Me refiero a su voz narrativa, encarnada en ese detective Philip Marlowe que relata en primera persona todas sus novelas. Para caracterizarlo, de nuevo conviene recurrir a lo que el propio Chandler dejó escrito: “Por estas calles ruines debe caminar un hombre que no es ruin él mismo”. Marlowe es un caballero andante de nuestra época, cáustico y sentimental, con un intenso y constante sentido ético a cuya luz encara a las gentes y las situaciones que le rodean. Joyce Carol Oates, en el artículo antes aludido, le imputa cierta inmadurez: “Se mantiene siempre como un adolescente sardónico entre adultos que le reprueban”. Y no le falta cierta razón. Todos aquellos que se establecen unas férreas pautas de comportamiento y las siguen a despecho de las circunstancias, incluso cuando ello redunda en su desventaja, como le ocurre a menudo a Marlowe, son probablemente ejemplos de una cierta inmadurez. Pero en todo caso se trata de una inmadurez consciente, y sospechamos que es en parte de ella de donde proviene la gran fuerza de esa voz que casi suena en nuestro oído, la voz de Philip Marlowe. Podría valerle la descripción general del detective que hace Chandler en El sencillo arte del asesinato: “Es un hombre solitario, que habla como habla el hombre de su época, con tosco ingenio, con un sentimiento vivaz de lo grotesco, odio al fingimiento y desprecio por la mezquindad”.

No quisiera terminar con Raymond Chandler sin mencionar un último aspecto, que es también (en mi creencia) el rasgo que contribuye más decisivamente a hacer de él un gran escritor: su idea del arte, como fin y como tarea. Es posible que haya excepciones, e incluso excepciones notables, pero no me resisto a creer que detrás de todo gran autor hay una idea del arte y de la creación, no simplemente recibida, sino propia y meditada, ya llegue a formularla expresamente o no.

Chandler, por lo que nos consta, tenía una idea del arte y además la formuló expresamente en diversos lugares. En cuanto al procedimiento, dejó una pauta sustanciosa: “Una buena obra no puede ser urdida, hay que destilarla”. Y en cuanto a los resultados, escribió en otra parte: “En la mayoría de las actividades mediante las que un hombre o una mujer gana dinero, hay un perdedor. Pero cuando un escritor escribe un libro, no toma nada de nadie. Añade algo a lo que existe”.

También meditó Raymond Chandler sobre la literatura como oficio, y es éste un asunto sobre el que sus palabras nos ofrecen una lección inolvidable: “Todo lo que un escritor aprende acerca del oficio le quita algo de la necesidad o el deseo de escribir. Al final conoce todas las tretas y no tiene nada que contar”. Y además de ello tenía una actitud, que podríamos llamar moral, ante el arte, lo que a mi juicio constituye otra de las señas que permiten identificar a los escritores realmente significativos: “Un escritor está siempre, en su propia sensación, apenas empezando. No importa lo que haya podido hacer en el pasado, lo que intenta hacer le convierte de nuevo en un adolescente, y nada le ayudará ahora salvo la pasión y la humildad”. Todo un aviso para los escritores infatuados, que siempre han abundado más de la cuenta (y desde luego, más que los escritores imprescindibles).

Y es que Chandler tenía, sobre todo, un sentimiento de la misión del arte. Un sentimiento que nos remite a Schopenhauer: “En todo lo que se puede llamar arte hay algo de redentor”. En definitiva, el arte como salvación de todo lo que de insalvable tiene la vida.

Por esto pudo escribir, en una de sus últimas cartas (arrepintiéndose de haber insinuado en Playback, la última y peor de sus novelas, que Marlowe iba a casarse), que el verdadero desenlace de su detective sería el que sigue (es decir, ninguno): “Lo veo siempre en una calle solitaria, en habitaciones solitarias, perplejo pero nunca bastante derrotado”.

MARCEL PROUST

Un zalamero terrible

Dejemos que se disgregue nuestro cuerpo, puesto que cada parcela que de él se desprende viene, ahora luminosa y legible, a incorporarse a nuestra obra para completarla a costa de sufrimientos que otros más capacitados no necesitan, para hacerla más sólida conforme las emociones desintegran nuestra vida.

MARCEL PROUST

Marcel Proust nació en París en 1871, en el seno de una familia burguesa. Su padre era un médico prestigioso y su madre procedía de una familia judía relativamente acomodada. Fue un niño, y después un adulto, sensible y enfermizo, con una gran dependencia de su madre hasta la muerte de ésta. También se ha destacado en él, quizá hasta el hartazgo, la faceta de su homosexualidad, siempre clandestina aunque parece que no reprimida. Un hecho curioso de su vida al respecto fue su experiencia en la milicia, a la que se incorporó voluntario muy joven para acortar el servicio de cinco años a uno, pero de la que al final no se quería licenciar porque se sentía a gusto y querido por todos. Aunque debió ser, por lo que sabemos, uno de los soldados más inverosímiles de que jamás haya dispuesto el ejército francés, parece que su fragilidad inspiró en sus jefes y compañeros un cierto afán de protección y que Proust disfrutaba gustoso de esa deferencia masculina. Tras su breve periodo militar, estudió Derecho (por indicar de nuevo una coincidencia caprichosa, como quien esto suscribe), y una vez terminada esta carrera se matriculó en Filosofía y obtuvo gracias a influencias familiares un puesto de archivero subalterno en el Ministerio de Asuntos Exteriores. De este puesto, que constituye su único trabajo conocido al margen de la literatura, no efectuaría otro desempeño notable que pedir bajas y excedencias. Sus medios económicos los obtuvo de la suculenta herencia paterna, que en parte despilfarró y administró siempre con gran impericia, pero que fue para su fortuna bastante para mantenerle hasta el final de sus días.

Desde relativamente joven, Marcel Proust se entregó febrilmente a dos tareas, en las que habría de condensarse toda su vida: escribir y adentrarse en los círculos escogidos de la alta sociedad parisina, desde sus satélites menos reputados hasta el verdadero centro del Faubourg Saint Germain. En esta segunda empresa trabó contacto con una variada gama de aristócratas, incluyendo nobles con título prenapoleónico, la nueva nobleza del Imperio y los nobles centroeuropeos, balcánicos o rusos que recalaban en París. Fue para ellos una especie de zalamero de lujo, a ratos un poco fastidioso, pero al que por una u otra razón toleraban con todas sus excentricidades. Una de las que han quedado registradas era llegar a las fiestas cuando estaban terminando, siempre demasiado abrigado para la estación y alegando sentirse pésimamente, y quedarse sin embargo hasta altas horas de la madrugada, es decir, hasta que los anfitriones se veían en la necesidad de echarle. Mientras mantenía esta intensa vida social, Proust recogía los materiales de los que habría de nutrir su obra, la verdadera y primordial empresa de su vida. Muy pocos escritores se han consagrado a su obra con tanta intensidad como hizo Proust. Puede llegarse al extremo de pensar, y aun de afirmar con fundamento, que su actividad en los círculos parisinos estaba ante todo justificada por la preparación de su futura obra. De hecho, cuando se sumergió de lleno en la escritura de En busca del tiempo perdido, disminuyó e incluso descuidó considerablemente sus relaciones. Ya tenía su botín.

Sus primeras obras, sin embargo, no recogían aún estas impresiones. A los veinticinco años publicó Los placeres y los días, una colección de escritos de aprendizaje que cosechó un sonoro fracaso. De 1.500 ejemplares, sólo se vendieron 329 en 22 años, de acuerdo con la singularmente precisa contabilidad que aporta Ghislain de Diesbach, uno de sus más recientes biógrafos. Aunque este resultado fuera poco alentador, la tozudez casi visionaria con que Proust se enfrentaba a la escritura le animó a seguir, y su siguiente publicación fue una traducción de La Biblia de Amiens, del inglés John Ruskin, un autor cuya visión estética tuvo una gran influencia en la formación de Proust como escritor. La Biblia de Amiens resultaba ser uno de los libros menos brillantes y más confusos de Ruskin, por lo que la traducción de Proust tampoco alcanzó gran repercusión. Sin embargo conviene anotar siquiera sea brevemente cuál era la idea del arte de Ruskin, por la huella que imprimiría en nuestro autor. Según Ruskin, desde la Edad Media se había producido un divorcio entre el arte y el pueblo, porque el arte había caído en manos de una casta de sacerdotes que lo habían desnaturalizado y especulaban con él en su propio provecho. Su intención, para regenerar el arte, pasaba por reconciliar, decía, la visión interna de cada hombre con la visión externa y el arte con la vida. Para ello recorrió Europa, señalando todos los ejemplos de la antigua belleza olvidada (singularmente, sus catedrales), denunciando el envaramiento de la tradición artística reciente y propugnando la necesidad de mirar la belleza con los propios ojos y no con las convenciones y prejuicios en boga. En pos de Ruskin, que murió demente y, dicho sea de paso, no demasiado respetado, Proust visitó catedrales e incluso, hazaña excepcional para él, viajó a Venecia, uno de los casos más conspicuos de esa belleza que había que volver a mirar con ojos inocentes, según Ruskin. También tradujo otra de las obras del escritor inglés, Sésamo y lirios (una traducción que igualmente pasó desapercibida), y aunque posteriormente se apartaría un tanto de sus tesis, el influjo que éstas tuvieron en el futuro novelista resulta innegable.

Proust superó la treintena sin haber conseguido nada que mereciese demasiado la pena, en opinión de sus contemporáneos y en la suya propia: “Hoy cumplo 30 años y aún no he hecho nada”, escribía el 10 de julio de 1901. Pero de ahí en adelante, lentamente, y a partir de otros esbozos e intentos, se fue gestando la que sería su gran obra, En busca del tiempo perdido. Refiere Philip Kolb, recopilador de sus cartas (que escribió en número ingente, y en número ingente se conservan), que ese esfuerzo de acumulación se mantuvo hasta la primavera de 1908, cuando Proust tuvo la iluminación que le permitiría desencadenar (éste podría ser el verbo apropiado) su obra. Fue entonces cuando se le ocurrió arrancar desde sus recuerdos de infancia y cuando entrevió a la vez el final de su libro, en cuya función está concebida toda la obra: la escena en la que merced a la memoria involuntaria se produce la resurrección del tiempo que parecía extraviado para siempre. Desde ese momento, desde esa iluminación, el libro brotó turbulentamente, y Proust escribió sin tregua, como si se liberase al fin del freno que lo había retenido el mundo prodigioso que había construido meticulosamente en su mente y en su corazón durante los años anteriores.

La publicación de En busca del tiempo perdido fue muy dificultosa en sus comienzos. El manuscrito de la primera parte, que terminaría titulándose Por el camino de Swann, fue rechazado por varias editoriales, entre ellas la editorial en que a la sazón trabajaba André Gide como lector (Gide siempre lamentaría haber aconsejado el rechazo). Al final Proust la publicó a sus expensas, en noviembre de 1913, cuando ya contaba 42 años. La reacción de la crítica fue tibia, y no le resultó fácil publicar la segunda parte, A la sombra de las muchachas en flor. Pero este segundo volumen, aparecido finalmente en 1919, le supuso el Premio Goncourt, y desde ahí la fama y el interés de los editores, que se pelearon por publicar el resto de la colosal obra (cuatro tomos y más de 3.000 apretadas páginas, sin contar otras tantas de notas y variantes, en la edición clásica de la Pléiade). Para su desdicha, Proust pudo disfrutar poco de la gloria y no llegó a ver todo su proyecto publicado, aunque llegase sustancialmente a concluirlo. Murió en 1922, del asma nerviosa que le había aquejado durante toda su vida. Fue el resultado lógico de los remedios absurdos que empleaba contra ella, el enclaustramiento en una atmósfera viciada por unas repugnantes inhalaciones y una dieta que al final constaba casi exclusivamente de café. Según Jacques Riviére, y puede valerle de epitafio, “murió con la misma inexperiencia que le permitió escribir su obra”.

Hay una frase de Remy de Gourmont que afirma: “No se escribe bien sino sobre aquello que no se ha vivido”. Dice Josep Pla, en las páginas que dedica a Proust en El cuaderno gris, que al escucharla, Proust exclamó que eso era toda su obra. Por otra parte, Proust escribió un opúsculo titulado Contra Sainte-Beuve, en el que criticaba la teoría de que la obra de un escritor pueda ser interpretada a través de su vida. Sin embargo, la aparentemente anodina vida de Proust ha despertado siempre un profundo interés, ha provocado multitud de voluminosas y hasta meritorias biografías, e incluso en estas palabras ejerce su extraño magnetismo como puede desprenderse de la longitud a que se extiende lo que no debería ser más que una breve noticia biográfica. El hecho es que muchos han indagado en la vida de Proust las claves de su obra, y que incluso se ha rastreado (y en algunos casos se ha podido encontrar) a la persona real, conocida de Proust, que inspira cada uno de los personajes de su novela. Es paradigmático el caso del barón de Charlus, trasunto literario del aristócrata, escritor y terrible esteta trasnochado Robert de Montesquiou, y en opinión de muchos (en la mía también), el más impresionante personaje construido por Proust. Pero a menudo este ejercicio se ha llevado demasiado lejos, y en algo debemos valorar las protestas del propio Proust, que se rebelaba contra el hecho de que se le identificara con el Narrador que en primera persona nos relata la historia. Hay quien afirma que en el libro (al hablar de Proust es casi inevitable centrarse en uno, o sea, en el principal) hay una confusión de cosas vividas por mucha gente, no sólo por Proust, y desde luego no le falta justeza a la afirmación. También es obvio que se trata de una ficción literaria, donde los elementos provenientes de la realidad han sido objeto de un tratamiento artístico que vuelve muy arriesgado cualquier ejercicio que tome el texto como documento de carácter notarial.

En todo caso, lo que parece claro es que el material básico y el andamiaje (pero un andamiaje insustituible) de la obra proustiana es ese mundo social parisino que frecuentó durante años. De ellos, de los aristócratas que le toleraron displicentes, se aprovecharon de su ingenio e incluso le humillaron o se burlaron de él, extrajo el escritor la arcilla con la que modeló su obra. Mientras asistía al monótono espectáculo de aquella sociedad, mientras se aburría o los demás se reían de sus rarezas, Proust iba anotando mentalmente hasta el último detalle, incorporándolo a la futura radiografía implacable con la que daría de aquel mundo, en gran parte ficticio en sí mismo, la imagen de ficción, pero poderosamente real, que prevalecería como definitiva sobre cualquier otra de las que de él se tomaron. El vigor de su retrato se basa, como observa Pla, en la minuciosidad de sus detalles, en los que como sostiene el escritor catalán, reiterando a Stendhal, se halla el interés de la obra literaria (la verdad, decía Stendhal, lo que aquí vale como sinónimo). Lo grande de este caso es que debía ser precisamente Proust, un plebeyo hipersensible y enfermizo, quien mostrara esa perspicacia. Como dijera Nabokov: “Un autor enfermo tejiendo una telaraña y atrapando en ella la vida que bordonea a su alrededor”. El papel de Proust nunca habría podido desempeñarlo un dandy exitoso, ni un aristócrata, porque, como bien señaló el padre Mugnier: “Un aristocrata jamás poseerá auténtico talento de escritor. Es demasiado como Dios manda. Median demasiados criados entre él y la realidad.” Entre Proust y la realidad no mediaban criados. Es más, según nos indica el duque de Clermont-Tonnére, que le vio desenvolverse en la alta sociedad, a Proust “le apasionaba estudiar a los sirvientes”, en quienes los aristócratas ni siquiera reparaban. No es pues casual un retrato de tanta fuerza como el de la criada Françoise, a quien Josep Pla reputa el máximo personaje de En busca del tiempo perdido, por encima incluso del barón de Charlus. Al final, el logro de Proust, al referirnos la vida de estos personajes, consiste en algo que su biógrafo Diesbach describe certeramente: “El arte de Proust es la habilidad para interpretar, a través de personajes portadores de fuerzas desconocidas o misteriosas prendas, un arte cuyo contenido ignoran ellos mismos y que no serían capaces de comprender.”

El asunto y la textura de la más representativa novela proustiana, como señala sarcásticamente Nabokov, no pueden aparecer a priori más desalentadores. Su extensión es del todo desmedida, y en ella, principalmente, se nos narran una serie de reuniones entre personajes del gran mundo o de sus aledaños inferiores. Algunas de estas reuniones ocupan ciento cincuenta páginas, y las frases son a menudo tan largas que se pierde la memoria de cuándo comenzaron. Sin embargo, como escribió precisamente Raymond Chandler, si cortáramos algo de lo mucho que parece sobrar en la obra de Proust, seguramente le quitaríamos también aquello que le da su singular valor. ¿Cuál es su secreto? ¿Qué es lo que hace de la obra de Proust una de las más influyentes (si no la más) de nuestro siglo?

Hablando como simple lector, sin otra investidura que la curiosidad y la coincidencia de haber probado también a escribir novelas (suponiendo que eso signifique algo), éstas son en mi opinión algunas de las claves que ayudan a comprender el fenómeno, o lo que es lo mismo, en las que se basa el atractivo de Proust:

– El realismo, del que Proust hace una completa reinvención: No sólo refleja los sucesos, con una fidelidad difícilmente igualable, sino que también muestra su espíritu, resolviendo una contradicción que parecía que no se podría resolver jamás. Por un lado, Proust es más realista que los escritores adscritos al naturalismo, que a fuerza de limitar su expresión literaria habían llegado a ofrecer un retrato bastante deficiente y hueco de la realidad. Por otro, sublima la realidad y la sitúa más cerca de su esencia, en un lugar donde no sólo desafía mejor el transcurso del tiempo sino donde su significado es más rico, porque está más depurado. “En mi libro”, escribió Proust a un crítico, “se omite lo que ocupa la mayor parte de las novelas, como no sea para hacer expresar a esos actos algo interior; jamás uno de mis personajes se levanta, abre una ventana, se pone un gabán”. Su concepto de la realidad, aunque nos resulta intenso y definido (“su obra es excepcionalmente clara y transparente”, dijo Vladimir Nabokov), resulta también inusitadamente sutil: “Lo que llamamos realidad es cierta relación entre las sensaciones y los recuerdos que nos rodean a un tiempo”, puede leerse, a guisa de definición, en El tiempo recobrado. ¿Cuál es el resultado de todo esto? En una de las más perfectas descripciones que conozco del mundo proustiano, juzga al respecto Josep Pla: “La vida ya no es un esquema lineal; es un mundo de volúmenes, de dimensiones más altas y más hondas, de perspectivas más vastas y más ricas, y sobre todo de una necesidad permanente”.

– La vividez de sus imágenes: Su cuidado de los detalles, ya mencionado, la precisión de los adjetivos, su buen gusto (de infalible lo califica Pla) y también su vasta cultura, proporcionan a la obra de Proust una capacidad de sugerir y de comunicar sensaciones de veras incomparable. Nabokov (que consideraba, por cierto, que la literatura de los sentidos era el arte verdadero, y que la literatura de ideas sólo puede producir auténtico arte cuando procede de los sentidos), dijo de Proust que era un prisma, que su único objetivo era refractar la luz y ofrecernos las imágenes a través de su filtro. En tal sentido, en el que quizá sí pueda identificarse a Proust con su protagonista, éste es un ejemplo culminante de esos protagonistas a que me refería al hablar de Chandler, aquéllos cuya misión primordial es descomponer el rayo luminoso en una gama de colores, formando ese universo de la novela por el que queda fascinado el lector hasta el punto de olvidar al protagonista mismo. Lo importante es la creación de ese universo, a cuyo perfeccionamiento se consagró nuestro autor con una tenacidad obsesiva, reescribiendo una y otra vez, interpolando pasajes, precisiones, apostillas, a menudo sobre las mismas pruebas de imprenta, para desesperación de los tipógrafos que veían cómo las galeradas iban y volvían sin los fallos de imprenta revisados, pero repletas de nuevas acotaciones que ocupaban todos los márgenes. La misma antevíspera de su muerte, Proust estuvo trabajando hasta bien entrada la madrugada en esa labor de corrección y ampliación interminables.

– Su concepción de la memoria y del tiempo: Éste es el tema crucial de Proust, y sería preciso más espacio del disponible aquí para tratarlo debidamente. Baste decir que el tiempo es para Proust, ante todo, una percepción que se sitúa fuera de los dominios del intelecto, y que desde esta premisa, en la empresa primordial de su libro, la recuperación del tiempo perdido, no es al intelecto a quien puede recurrirse. El tiempo pasado queda almacenado en el interior en forma de sensaciones, y sólo mediante el mecanismo de la memoria involuntaria, suscitado por la reproducción de esas sensaciones (el famoso sabor de la magdalena, o el tintineo de la cucharilla que cobra un protagonismo decisivo en la evocación final que cierra y redondea la obra) puede volver con toda su frescura, como si hubiera estado guardado en un arca (el subconsciente) a salvo de toda degradación. El tiempo se erige así en la coordenada absoluta, por encima del espacio. “Los lugares que conocemos sólo son una capa delgada entre impresiones contiguas que formaban nuestra vida en un determinado momento, el recuerdo de una imagen no es más que la añoranza de un instante", asegura en cierto pasaje el Narrador.

– La idea de la profanación: Que parte como es obvio de una convicción previa, tácita o expresa, sentida o simplemente recibida, acerca de lo que es sagrado. Aquí se sitúa su tratamiento de la homosexualidad, masculina y femenina, que adquiere gran importancia en el desarrollo de la historia, hasta el extremo de que al final casi todos los personajes masculinos importantes caen en la una y casi todos los femeninos en la otra. Hay un texto primitivo de Proust, Confesión de una muchacha, en el que ya se apunta esta temática. En esa historia una muchacha se reúne en vísperas de su noche de bodas con un antiguo amante, al que seguramente no ama, pero con el que saborea el pecado de la infidelidad a su futuro marido. En un pasaje de En busca del tiempo perdido reaparece la idea, cuando la hija del músico Vinteuil se burla con su amante lesbiana del retrato del padre muerto. Y George Painter, acaso el biógrafo más reputado de Proust, ha señalado un episodio semejante en la vida real del escritor, en el que el objeto de la vejación eran fotografías de su propia madre muerta, a la que había adorado fuera de toda discusión. Esta faceta turbia atraviesa toda la obra, y es un contrapunto oscuro que adensa la humanidad de sus personajes.

– La comunión de inteligencia y sentimiento: Proust supera, satisfactoriamente, la dicotomía tradicional entre ambos conceptos, dando absoluta preeminencia al sentimiento, pero sin caer en la gratuidad o en burdos romanticismos, sino a partir de un juicio estrictamente racional que reconoce al intelecto toda su dignidad. Es un sentimiento inteligente y una inteligencia sentida, en recíproco beneficio y enriquecimiento de ambos. Proust lo expresa así, en Contra Sainte-Beuve: "Las verdades de la inteligencia, con ser menos preciosas que los secretos del sentimiento, tienen también su interés, porque esta inferioridad de la inteligencia es ella quien la establece, sólo ella es capaz de proclamar que el instinto es la primera virtud". La importancia concedida al sentimiento y al instinto es tal que se arremete contra aquellos que, no sintiéndose capaces de dejarse guiar por ellos, prefieren asumir mil tareas para renunciar a ejercitarlos, renunciando así a "lo más real que existe, la escuela más austera de la vida y el verdadero Juicio Final".

– Su asunción de la literatura como forma de expresión y de vida: En Proust la literatura alcanza rango de absoluto, y pocos han meditado con tanta clarividencia acerca del fenómeno literario. El efecto que nos produce su obra no es una casualidad, está buscado y se basa en una comprensión profunda de los mecanismos que producen la impresión del lector. "El valor de las cosas leídas o escuchadas es de menor importancia que el estado espiritual que pueden crear en nosotros, y que no puede ser profundo sino en esa soledad poblada que es la lectura", escribió en el prólogo a su traducción de Sésamo y lirios. Proust no se limita a reunir palabras o relatar una historia, busca en su libro reconstruir las sensaciones del pasado perdido y a través de ellas provocar las sensaciones del lector. Para ello sale a su encuentro, pero no para que se convierta en espectador, sino para que participe de su ceremonia, casi mística. En El tiempo recobrado hay un hermoso texto, que es toda una síntesis del pensamiento y la actitud estética y vital de Proust. Dice así: "Solamente la impresión, por mísera que parezca su materia, por inconsistente que sea su huella, es un criterio de verdad, y por eso sólo ella merece ser aprehendida por la mente, pues sólo ella es capaz de llevarla a una mayor perfección y de darle una pura alegría. La impresión es para el escritor lo que la experimentación para el sabio, con la diferencia de que en el sabio el trabajo de la inteligencia precede y en el del escritor viene después. Lo que no hemos tenido que descifrar, que dilucidar con nuestro esfuerzo personal, lo que estaba claro antes de nosotros, no es nuestro. Sólo viene de nosotros mismos lo que nosotros sacamos de la oscuridad que está en nosotros y que los demás no conocen".

Estas palabras demuestran que detrás de la obra hubo en todo momento un artista con conciencia y voluntad, abnegado y podría decirse que hasta ejemplar, aunque a primera vista pueda engañarnos el aspecto mundano de su relato y tengamos la irresistible propensión a creer que el autor no terminaba de ser una persona recomendable. Walter Benjamin dejó perfectamente formulada esta paradoja. Tras reconocer que En busca del tiempo perdido es acaso "la mayor realización poética de las últimas décadas", agrega que lo es "pese a fundarse en condiciones poco sanas: una dolencia extraña, gran riqueza y una predisposición anómala. Nada en esa vida es digno de imitación, pero todo en ella es un ejemplo".

Para quienes hemos caído víctimas del veneno de la literatura, Proust es una referencia insoslayable, aunque siempre permanezca en él algo incomprensible, que resiste todos los intentos de razonar su hechizo como los que quedan laboriosamente expuestos. Sea como fuere, los libros que se han escrito después de él son diferentes de los que se escribían antes, porque contribuyó a salvar a la literatura de la rutina y de los límites en que empezaba a ahogarse y le otorgó una soberanía nueva, la posibilidad de recobrar ciertas realidades ocultas de las que la comodidad de la convención invitaba a prescindir. Quizá fue necesario un ejemplo tan extremo, un ser tan desvalido con una peripecia tan insignificante, para que al desbordarla de manera tan formidable pulverizase todas las dudas que pudieran cabernos acerca de la potencia sublimadora del arte.

También dejó Proust una de las definiciones más contundentes y atinadas acerca del acto de la lectura, fin último al que en suma se encamina el esfuerzo de quien escribe libros. Una definición sucinta que sintetiza admirablemente dos conceptos opuestos: "comunicación en el seno de la soledad". Soledad habitada, que por ello no es una penalidad, y comunicación solitaria, que por ello no es palabrería, sino palabra que queda en el tiempo y que con el tiempo puede ser recobrada siempre.

FRANZ KAFKA

Un artista de la fe

La mentira necesita el fuego de la pasión. Sin embargo, con eso descubre más de lo que oculta y ése es un lujo que no me puedo permitir. Por eso, para mí sólo cabe un escondite: la verdad.

FRANZ KAFKA a Gustav Janouch

A la hora de hablar sobre Franz Kafka, debo comenzar consignando mis dificultades para cumplir la tarea. Por un lado porque de ningún otro escritor me he ocupado tanto y de ninguno me he reconocido tan deudor, hasta el extremo de haberle dedicado (podría ser ésa la palabra), en subrepticio homenaje, la más ambiciosa y extensa de las novelas que he sido capaz de escribir. Por otra parte, y uso aquí de la erudición y el ingenio de Vladimir Nabokov, a Kafka puede aplicarse la insolente frase con que Hegel replicó en cierta ocasión a un filósofo francés que le requería concisión y claridad al enunciar determinado problema filosófico: “Éstas son cuestiones que no pueden decirse concisamente ni en francés”. Y ello pese a que la obra de Kafka sea, en el terreno de la expresión, de las más espartanas que nos ofrece el siglo XX. Porque debajo de su sencilla exactitud se esconde una complejidad de ideas y sentimientos cuya turbulencia, al dejarse sólo entrever, nos apabulla.

Franz Kafka nació en 1881 en Praga, en una casa contigua a la plaza de la Ciudad Vieja, verdadero corazón de la ciudad. Su padre era un comerciante judío hecho a sí mismo con titánico esfuerzo, y su madre, también judía, una mujer de posición algo más desahogada que había seguido a su marido en los tiempos difíciles de su traslado a la capital checa. La infancia de Kafka transcurrió en diversos domicilios siempre cercanos a su casa natal. Desde pequeño demostró un carácter meditativo y frágil, y se sintió mediatizado por la presencia del padre, un hombre cuyo carácter era radicalmente antitético al suyo: expeditivo y a menudo brutal, con sus empleados y con su propia familia. Aunque se tratase de una brutalidad moral, no física, su huella, como el propio Franz dejaría escrito en su célebre Carta al Padre, sería permanente e irreversible. Kafka acudió al instituto alemán de la ciudad, y escribió toda su obra en esa lengua. A fines del siglo XIX, las clases influyentes de la sociedad praguense, vinculadas a la organización administrativa del Imperio Austrohúngaro, del que Checoslovaquia formaba parte, eran germanófonas, y también lo era la comunidad judía, que ocupaba una especie de escalón intermedio entre las clases superiores y el grueso de la población checa. La oligarquía alemana del Imperio se servía de los judíos para mantener alejados a los checos de ciertas actividades importantes aunque secundarias (el comercio, las profesiones liberales), y los judíos se amparaban en los alemanes, adoptando su idioma, para defenderse del antisemitismo más o menos generalizado de los checos. Un antisemitismo que hoy puede sorprender y que en parte estaba inspirado por la connivencia hebrea con el opresor, en una suerte de círculo vicioso. Conviene dejar reseñadas estas circunstancias no sólo para explicar la elección lingüística de Kafka, sino para apuntar de qué forma peculiar se insertaba en la ciudad a la que tan vinculada se mantendría su vida e incluso su obra, aunque muy rara vez haya en ella alusiones expresas (por ejemplo, es al monte Laurenzi, cercano a Praga, a donde suben los protagonistas de Descripción de una lucha). En cualquier caso, nos consta que Kafka no vivió absolutamente de espaldas a la realidad checa. Entendía el idioma y podía hablarlo, aunque no se sentía en él tan seguro como para utilizarlo a la hora de escribir. Tras completar su enseñanza secundaria, cursó estudios de Derecho (otro jurista metido a escritor, o escritor que se hace pasar por jurista) en la Universidad Carolina de Praga, donde se doctoró. Tras una serie de prácticas como pasante y en los juzgados (de las que sin duda recogió sus impresiones para la descripción de la organización judicial que se retrata en El proceso) se incorporó a la compañía de seguros Assicurazioni Generali, con la que confiaba en poder viajar a lugares exóticos y ver mundo, una obsesión que mantendría toda su vida mientras permanecía casi recluido en el perímetro delimitado por unas pocas calles de Praga. Sin embargo, la experiencia no fue favorable, y apenas un año después de obtenerlo abandonaba el empleo, en el que, según escribió, había sido objeto de más humillaciones de las que era capaz de soportar. Entró a trabajar en el Instituto de Accidentes de Trabajo del Reino de Bohemia, donde transcurrió el resto de su vida profesional y llegó a alcanzar cierta responsabilidad y el aprecio de sus superiores.

El principal obstáculo en su actividad profesional, de la que terminaría apartándole, y a la postre lo que marcó la brevedad de su vida, fue la tuberculosis de laringe que le fue diagnosticada a edad temprana y que le convirtió en un enfermo crónico, permanente solicitante de permisos y bajas y peregrino de sanatorio en sanatorio. Aun desde esta disminución, siempre estuvo obsesionado por tener una casa propia y formar una familia. Lo primero lo consiguió bastante después de la treintena, y lo segundo poco antes de morir, aunque su hijo nacería póstumo y no iba a vivir mucho. Antes de eso hubo varios compromisos matrimoniales rotos, y relaciones tormentosas con diversas mujeres, de las que han quedado como prueba copiosas y a veces obsesivas correspondencias. Sin embargo, los testimonios que nos han llegado permiten oponerse al tópico de que Kafka, con esta vida marcada por la frustración y las empresas fallidas, fuera un ser amargado e incluso siniestro. Era extraño, pero ejercía un poderoso magnetismo personal, el que sintieron las mujeres que se relacionaron con él o sus amigos. Entre éstos destaca de lejos el recuerdo de Gustav Janouch, que nos presenta a un Kafka opuesto al pesimismo, crítico pero a la vez capaz de una sincera fe “en la existencia de una conexión inteligente entre todas las cosas e instantes”. Janouch y otros dejan también constancia de su simpatía y de su sentido del humor. Un sentido del humor que también es perceptible en su obra, aunque quizá sea preciso deshacerse de algunos fáciles prejuicios para observarlo.

Kafka murió el 3 de junio de 1924 en el sanatorio de Kierling, en Klosterneuburg, cerca de Viena, donde había ido desde Berlín (ciudad en que, al fin fuera de Praga, acababa de fijar su residencia con su compañera Dora Dymant). Dejó ordenado a su amigo y albacea Max Brod que quemara todos sus escritos, pero éste, traicionando su amistad (salvo que sea cierto, como aseguraba Brod, que a Kafka le constaba que él nunca quemaría nada), los conservó y los dio a la imprenta. Gracias a esa traición han llegado hasta nosotros obras como El proceso, América o El castillo. El efecto de estas obras fue fulminante, y ya en la década de los 30 se valoraba en todo el mundo su importancia, verdaderamente universal. Kafka murió a tiempo. Su familia y amigos, en su gran mayoría, perecieron en los campos de exterminio, en los que el quebradizo Franz no habría tenido ninguna oportunidad.

En vida, Kafka publicó con moderado éxito algunos relatos y la novela breve La metamorfosis. Hay, aparte del rasgo común de la enfermedad, un curioso paralelismo temporal entre Kafka y Proust, pese a que éste era diez años mayor. Fue más o menos por la misma época que Proust cuando Kafka tuvo una iluminación literaria semejante a la del autor francés. Ocurrió la noche en que escribió, de una sola tirada, el relato titulado La condena. Había escrito algunas cosas antes, y no faltas de mérito. Pero fue al escribir ese relato, en una especie de enajenación, cuando dio con el tono y el universo narrativo que en adelante inundarían su escritura, permitiéndole componer sus obras mayores. También hay proximidad en las fechas de publicación de los primeros libros importantes de Proust y Kafka, los que marcaron la irrupción en escena de ambos fenómenos literarios. Era en 1915, año y medio después de que hubiera aparecido en París Por el camino de Swann, cuando se publicaba en Leipzig La metamorfosis. Ambas obras recibieron poca atención al principio. Rara vez una obra ruidosamente celebrada según surge tiene una repercusión duradera. Esto debe mover a reflexionar, como la ácida aserción de Raymond Chandler: “El crítico común jamás reconoce un mérito, cuando existe. Lo explica cuando se ha vuelto respetable”.

La obra de Kafka, fuertemente simbólica, ha sido objeto de muy diversas interpretaciones. Resulta algo arduo enfrentarse a ella con ojos limpios, bajo el peso de tantas lecturas, algunas de ellas desarrolladas por una legión de seguidores y profundizadas hasta la náusea y muy a menudo hasta la gratuidad. Lo más frecuente es leer a Kafka desde la religión o el psicoanálisis. Willy Haas, en el primer bando, ha señalado que sus tres grandes obras se corresponden con otros tres reinos: El castillo con el de la gracia, El proceso con el del juicio y la condenación y América con el reino terrenal. La lectura es indudablemente ingeniosa y hasta útil si se mantiene a su vez como un símbolo (valga la complicación) de lo que cada obra simboliza. Si pretende en erigirse en una síntesis del significado de estas tres novelas, a medida que profundizamos en ellas el expediente se vuelve más escaso e insostenible. Otro tanto vale para la interpretación psicoanalítica, que sostiene que toda la obra de Kafka es una sublimación de su inferioridad hacia la figura del padre. El escarabajo o chinche de La metamorfosis sería un símbolo de esta inferioridad. Nabokov, que como Walter Benjamin rechaza enérgicamente estas reducciones, confesaba sentirse interesado por las chinches (era un experto en insectos) pero no por los chismes, y tildaba lisa y llanamente de disparates los esfuerzos de quienes profesan tales teorías.

Hace algunos años, puestos a exprimir los escritos de Kafka, quien suscribe estas líneas probó a leerlos desde la perspectiva de la filosofía del derecho. Aunque era un ejercicio de aprendiz, más osado que solvente, pude comprobar que ciertos pasajes daban no poco juego al respecto. Como advirtió Albert Camus, la obra de Kafka, y ésta podría ser su grandeza, parece admitir todas las posibilidades, pero no satisface plenamente ninguna. Lo único que puede afirmarse con razonable seguridad es que la intención del escritor checo era fundamentalmente literaria, por su propia actitud, por la manera en que enfrentaba el acto de la escritura (ante todo, como creación) y porque nos consta que eran de carácter literario los ejemplos a los que reconocía mayor autoridad (Dostoievski, Flaubert). En segundo término, no parece descabellado atribuirle un valor metafísico, que posiblemente (no sería nunca taxativo) entrara en el propósito del escritor (entre otros, declaraba sentirse afín con matices a Kierkegaard). Como dice Walter Benjamin, acaso uno de los autores que más certera y tempranamente se percataron del valor de la obra de Kafka, éste escribió fábulas para dialécticos cuando quizá sólo se propusiera escribir leyendas.

A mi juicio, el máximo interés de Kafka, dando por establecida la finalidad estrictamente literaria de su obra, reside en la prodigiosa fidelidad y la rara exhaustividad con que en sus alegorías se disecciona el espíritu del siglo. Como algún otro escritor centroeuropeo (pienso en Robert Musil y en su novela El hombre sin atributos), el autor checo se aproxima a la esencia del hombre contemporáneo y la muestra en su más pasmosa integridad, sin hurtar todo el absurdo y toda la miseria de la civilización que ha conseguido casi al mismo tiempo, por poner algunos ejemplos, la penicilina y la bomba atómica, la declaración universal de los derechos del hombre y las más sistemáticas persecuciones raciales que la historia recuerda. Kafka viola con su bisturí afilado la superficie a veces altiva y desdeñosa de la modernidad satisfecha, desvelando que debajo de esa película se oculta la ruindad de siglos, la desidia, la insuficiencia, la crueldad. Quizá por eso su lectura no es cómoda, y muchos la rehúyen por encontrarla excesivamente truculenta, juicio a todas luces injusto, porque debe dejarse dicho con toda contundencia que Kafka jamás recurre al exceso. Nada más ajeno a esta obra que cargar las tintas, e incluso cuando mira de frente el horror se produce con una contención difícil de igualar.

Jorge Semprún, que ha conocido el horror del siglo y ha vivido para contarlo, dedica en su memoria de aquella indignidad suprema, La escritura o la vida, algunas páginas no casuales a Kafka. En ellas se contienen palabras inspiradas y hermosas sobre el realismo esencial de Kafka, sobre su privilegiada, casi visionaria comprensión de la sociedad que le rodeaba y sobre la sobriedad con que dio en expresarla: “La escritura de Kafka, por las sendas de lo imaginario menos enfático que pueda darse, más impenetrable a fuerza de transparencia, remite sin cesar al terreno de la realidad social, descubriéndola, desvelándola con una serenidad implacable”. Señala Semprún una notable coincidencia cronológica: Kafka nació el mismo año que murió Karl Marx, y murió el mismo año que Lenin. Pese a esta conexión casi fatídica con dos figuras cruciales de su época, es cierto que en sus diarios, en los que dejó comentarios relativos a los aspectos más insignificantes de su existencia, no hay referencias a las convulsiones de su tiempo (todo lo más, sabemos que simpatizaba vagamente con el socialismo, y que le maravillaba la docilidad con que los obreros accidentados acudían al Instituto en que trabajaba: “En lugar de quemar el edificio, vienen pidiendo por favor”, observaba). Sin embargo, anota Semprún “todos sus textos remiten a la espesura, a la opacidad, a la incertidumbre, a la crueldad del siglo, que iluminan de forma decisiva”.

Los personajes de Kafka, seres fantásticos en mundos fantásticos, sienten con una hondura que ahuyentaría a la mayoría de las personas de carne y hueso. Es lo más hondo de nuestra humanidad la que padece con esos personajes, en medio de un absurdo que no podemos despachar tranquilamente como si fuera algo ajeno. Las fantasías de Kafka establecen con la realidad una relación más estrecha que la que se establece entre esa misma realidad y las tenues apariencias asumidas con que traficamos cotidianamente, que a menudo no son más que el destilado inútil de un rebaño de subjetividades adormecidas o una imitación inconsciente de impresiones caducadas. “La vida es tan inconmensurablemente grande y profunda”, le dijo un día a Janouch, “como el abismo de estrellas que hay encima de nosotros. Sólo podemos mirarla a través de la pequeña mirilla de nuestra existencia, aunque con ella sentimos más de lo que vemos. Por eso es esencial mantenerla siempre bien limpia”. Y a la postre, esta vocación casi heroica de verdad, que no rehúye bajar al abismo de las peores pesadillas, viene asentada en un carácter compasivo (en el más alto sentido de la palabra, que excluye cualquier condescendencia). Ese carácter no sólo no admite cerrar los ojos a lo intolerable que apenas disimulado sucede alrededor, sino que tampoco puede evitar empaparse del sufrimiento que lo intolerable produce. “Lo único definitivo es el dolor”, proclamó Kafka ante Janouch el día que se conocieron, cuando apenas habían cambiado cuatro palabras. Por eso la mirada desciende al nivel del sufriente, con la convicción casi bíblica de que allí donde un hombre sufre, es el hijo del hombre, o lo que es lo mismo, cada hombre, quien sufre. Kafka representa, acaso como nadie, la ecuación del arte que dejó enunciada Vladimir Nabokov, al que ya tantas veces he debido citar: el arte es belleza más compasión. Quizá por eso el autor ruso-americano sostenía que Kafka era el más grande escritor alemán de su tiempo, y que a su lado Mann o Rilke eran enanos o santos de escayola.

La ventaja de Kafka es, como la de todos los grandes escritores, su percepción de la realidad. Su realismo integral, salvando las diferencias, se emparenta con el realismo de la novela de misterio representada por Chandler o con el realismo de las sutiles ficciones de Proust. Todos ellos confluyen en una sencilla afirmación: en el siglo XX, que aún sigue, y posiblemente siga vigente en literatura hasta más allá del año 2000 (como el XIX duró hasta después de 1900), el realismo ya no consiste en mirar la parte visible de la realidad y contarla como siempre se ha contado. El realismo es mirar toda la realidad, con preferencia la más tenazmente eludida u oculta, y la manera en que se cuente esa realidad ha de ser por fuerza misteriosa e insólita. En la medida en que no lo sea, el escritor estará copiando simplemente una estampa grosera, tan vieja como inservible. Por eso Kafka advierte también contra los peligros de la bibliomanía, de los que atienden más a los libros que al mundo que les rodea: “Un libro no puede sustituir al mundo. Es imposible. En la vida todo tiene un sentido y una finalidad que ninguna otra cosa puede cubrir plenamente. Por ejemplo, no se pueden vivir experiencias a través de un doble. Lo mismo sucede con el mundo y los libros. Los libros intentan encerrar la vida como se encierra a los pájaros cantores en una jaula. Pero eso no sale bien. ¡Al contrario! Partiendo de las abstracciones contenidas en los libros el hombre no hace sino construirse a sí mismo la jaula de un sistema”.

Podría hablarse mucho más del realismo de Kafka, o de la compasión, por utilizar la terminología de Nabokov. Pero la obra de Kafka es, además, un soberbio edificio estético, tan limpio y nítido como pocos, aunque su médula la constituyan un puñado de novelas inacabadas. Es hora de ocuparse un momento de la otra parte de la ecuación definida por el autor de Lolita, o lo que es lo mismo, de la belleza. Kafka aporta al arte de la novela, del que en definitiva se ocupan bien que desordenadamente estas páginas, hallazgos de inmenso valor. Expondré sólo algunos, los que a mi entender resultan más indiscutibles:

– El perfecto equilibrio entre forma y contenido: Como ya ha quedado apuntado, el tono de Kafka es en todo momento preciso y se mantiene férreamente, aunque se refiera a lo más terrible (y de ahí viene la eficacia de sus descripciones) o a lo más ridículo (y de ahí viene su soterrado humorismo). Utiliza a menudo términos extraídos del derecho y de la ciencia, no contaminados de la ambigüedad que el vago sentimentalismo a veces introduce en el lenguaje, y con esas palabras describe los sentimientos más extremados. Curiosamente, es este tono el que permite vivir y respirar en medio del aire de pesadilla. Por seguir una vez más a Nabokov: “La nitidez de su estilo subraya la riqueza tenebrosa de su fantasía. Contraste y unidad, estilo y sustancia, trama y forma, han alcanzado una cohesión perfecta”. Además utiliza un lenguaje llano, comprensible para todo el mundo, e incluso los que no somos especialmente duchos en la lengua germana, como ya descubriera Borges, podemos aventurarnos por sus páginas. Si se tiene en cuenta la riqueza de contenido de la obra kafkiana, he aquí una advertencia para los escritores que creen necesario exhumar fósiles de los diccionarios para referirse a los detalles más anecdóticos o contarnos las historias más banales.

– La minuciosidad del discurso narrativo: Los personajes de Kafka siempre buscan, obstinadamente, el significado de cada gesto, de cada palabra y circunstancia, como si todo el caos aparente pudiera explicarse y resolverse en virtud de un detalle que nunca estamos lo bastante atentos a descubrir. Cuando a sus protagonistas se les proporciona alguna clave, en su siempre inútil e interminable indagación del enigma, se les concede casi descuidadamente, como si fuera algo que se ha olvidado. Hay un pasaje de El castillo en el que un funcionario insinúa que el protagonista, que ha caído presa del sueño, estaba precisamente a punto de averiguar algo decisivo, justamente por su mediación, y concluye: “Decididamente, hay ocasiones demasiado buenas para ser aprovechadas”. De ahí la vigilia permanente, la tensión del detalle, intelectual o moral, porque de la mano de los olvidos, y aun de las omisiones, irrumpe lo funesto en la historia, que se desenvuelve en este territorio del fallo. Y así la historia, fatídicamente, justifica la culpa, que a los personajes de Kafka, como al hombre todas sus limitaciones, se les impone inapelablemente. A veces la meticulosidad del texto puede llegar a resultar obsesiva, pero con más frecuencia nos lleva a lugares inauditos, a un juego deslumbrante de la verdad que parece no notar, aunque lo nota, que la sustancia de la diversión es nuestro propio destino. Un destino que su palabra desmenuza como si fuéramos lo bastante fuertes como para aceptar cualquier resultado que el juego pueda arrojar.

– La construcción de los personajes: Los personajes de Kafka son seres singulares, casi siempre negligentes, incapaces, y sin embargo dotados de una generosidad y una nobleza de sentimientos que a veces produce estupor. Un ejemplo es el Gregor Samsa de La metamorfosis, el escarabajo más tierno de la historia de la literatura, que resulta indeciblemente más humano que las personas que le rodean. Otro ejemplo son sus personajes femeninos, como la formidable Frieda de El castillo, capaz de una entrega súbita e ilimitada, como apenas sucede en la vida. Lo mismo puede decirse del sentimental fogonero de América, cuya alma vemos casi al trasluz en su breve relación con el protagonista. Incluso, y esto es de lo más sobresaliente, cabe referirse a algunos de los funcionarios decrépitos y malvados que arrastran su sopor en las oscuras organizaciones kafkianas, que en ocasiones tienen destellos de una conmovedora piedad. Hay momentos, abundantísimos en la obra de Kafka, en los que los personajes se desnudan y quedan ante nuestros ojos como infantes indefensos, y como todos los indefensos, propenden casi desesperadamente a la bondad. Pero junto a esto, existe la capacidad de causar y extender el mal, que no sólo ejercitan los sórdidos funcionarios (a quienes en definitiva se les supone), sino también esos otros personajes esencialmente nobles y vulnerables. Porque el mal, que Kafka refleja con magnífica veracidad, es la indiferencia, y de la indiferencia todos son capaces cuando las circunstancias se conjuran en la forma adecuada.

– El símil y la paradoja: Pocos escritores han manejado con tanta maestría estos recursos expresivos. En la especial perspicacia de Kafka para establecer similitudes, se encuentra una buena parte de su inmensa capacidad de sugerir. Sus símbolos, como la muralla china, el castillo, el tribunal, constituidos en reflejo literario de tantas realidades semejantes, poseen a un tiempo simplicidad y riqueza de matices, espontaneidad y una infinita posibilidad de establecer correspondencias, sin agotarlas nunca. Como escribió Walter Benjamin: “Kafka disponía de una rara facultad para inventar similitudes. No obstante, jamás ahonda en lo que es susceptible de explicación y ha tomado incluso medidas contra la interpretación de sus textos”. Y en cuanto a la paradoja, con la que Kafka remata sus enigmas, se halla permanentemente a lo largo de su obra en esa naturalidad con que conviven el espanto y lo cotidiano, la lógica y el sinsentido. El mundo de las novelas de Kafka puede ser atroz en el fondo, pero cualquiera que después de leerlas viaje a Praga advierte sin dificultad que las calles y el paisaje que en ellas se describen son, sin nombrarla, los de esa ciudad, en la que transcurría su simple rutina diaria. Al final, en el tribunal de El proceso las partes van y vienen no para defender sus intereses, porque nadie atiende allí a argumentos, sino “para ensuciar la escalera”. Durante toda la novela el protagonista pierde su tiempo en estériles negociaciones que dan una apariencia de trivialidad a la historia, pero lo que al final sucede es que un par de sicarios del tribunal le ejecutan como a un animal. Y los funcionarios del castillo son seres lejanos y soberbios, pero se llega a afirmar que “las decisiones de la organización son tímidas como muchachitas”.

– La organización del misterio: O el misterio de la organización. Aunque sus obras mayores no llegó a terminarlas, Kafka nos legó, en ese tribunal o ese castillo por cuyos intestinos se mueven Josef K. y el agrimensor sin llegar nunca a averiguar lo que les interesa, dos construcciones ejemplares del misterio; tanto el que se encuentra en el fondo del texto, como el que se desarrolla en la misma narración. El protagonista explorador se acerca desde fuera, con ojos ingenuos, y a lo largo de sus pesquisas, mientras va perdiendo la inocencia y la esperanza, mientras se nos revelan facetas ocultas, se insinúan otras más recónditas. Siempre hay un plano inferior, en cuya persecución el lector acompaña al protagonista, y continúa en su pos incluso cuando comienza a intuir que aquél avanza hacia su perdición. Kafka poseía un sentido supremo de la intriga, una capacidad innata para desvelar inquietando, porque detrás de cada hallazgo hay otro hallazgo, cada realidad oculta otra realidad que puede alterarla, o incluso refutarla. Esta idea de los planos superpuestos era tan cara a Kafka que la aplicó a su propio lenguaje: “Escribo diferente de como hablo, hablo diferente de como debería pensar y así sucesivamente, hasta la más profunda oscuridad”. De paso, y al tiempo que daba un ejemplo de cómo organizar el misterio narrativo, nos dejó una misteriosa teoría de las organizaciones, de su vida propia, casi independiente del fin por el que se instituyen y de aquello a lo que presuntamente sirven (cuando dicen servir a algo). Una teoría sobre la casi inexorable tendencia a la perversión de los instrumentos sociales que conserva una estremecedora validez.

Llegado el instante de recapitular y ofrecer un resumen sucinto acerca de Kafka, hay algo que siempre me ha parecido especialmente destacable en su obra. Con un vigor artístico incuestionable, Kafka construyó, extrañamente, toda una mística de la fragilidad. La obra de Kafka es la conciencia inclemente de que todo se tambalea. “Tengo una experiencia, como un mareo de mar en tierra firme”, escribió. Su pensamiento, planteándolas todas, no acepta ninguna resolución, oscila pero no termina de comprometerse con nada ni con nadie, porque asume que nada ni nadie pueden ofrecer ninguna certidumbre.

Kafka no buscaba ninguna respuesta, quizá temía que no la hubiera. “Muchos señalan al sol para negar la aflicción, él señala la aflicción para negar el sol”, anotó en uno de sus cuadernos hacia 1920. Lo emocionante es que desde esa actitud se entregara con denuedo a su obra y asumiera una tarea que no podía remediar lo irremediable, o no podía remediar nada. “La literatura está indefensa. No vive por sí misma, es juego y desesperación”, afirmó. Acaso ninguna fuerza impresione más que la fuerza de los débiles. Desde la desesperación, Kafka supo enseñarnos a mirar más dentro y más rectamente las cosas, con ese optimismo inadvertido que consiste en creer que vale más escarbar en la verdad que esquivarla. Tuvo la fe de sacrificarse y contarlo todo a través de la palabra hecha arte, en lugar de retirarse al silencio y la estolidez. O al ruido, ese presuntuoso e irritante sucedáneo.

LAS CIUDADES, LA CIUDAD

Yo he nacido en una ciudad, he vivido en una ciudad, he escrito en una ciudad (o lo que es lo mismo, he vivido y escrito de ella). Ahora casi no sabría vivir donde no hubiera una ciudad ni escribir una historia que no transcurriera en una ciudad, siquiera parcialmente. Y en este último caso, la historia se vería con cierta frecuencia invadida en sus pasajes no urbanos por la añoranza de las calles, el ruido, la gente, la lluvia de la ciudad. Cada uno de los tres hombres a los que está dedicada esta divagación nació, vivió y escribió en una ciudad. Dos de ellos hicieron todo eso en una sola, siempre la misma. Otro se fue a escribir a miles de kilómetros de la ciudad en la que había nacido, pero conviene apuntar que el suyo es un país más joven en el que casi todas las grandes ciudades se parecen, al menos a ciertas distancias y desde ciertos ángulos.

He viajado a Chicago, a París y a Praga, donde estos tres hombres, respectivamente, nacieron. No he ido a Los Ángeles, donde (no lejos) escribía el americano. Puede, pese a la excusa que acabo de ofrecer, que eso sea una falta irremediable para seguir componiendo este apunte. Sin embargo, no tengo modo de desplazarme rápidamente a Los Ángeles y por tanto debo arreglarme sin ella.

Dejo flotar en mi mente ahora, libres, las imágenes y los recuerdos de las tres ciudades, a las que fui en parte buscando el rastro de los tres hombres. Dejo que se mezclen, con distintas intensidades de luz, bajo sus cielos normalmente grises pero también de ese azul limpio y duro que sólo se extiende sobre ciudades como ellas. Dejo que se toquen sus noches, en las que todos los hombres y todas las ciudades son hermanos y hermanas. Me quedo un instante en silencio, y aparece la Ciudad, donde puede suceder la novela.

Praga, París, Chicago. De sus calles, con la suavidad de una bruma que ha sido anunciada, surge una historia, que buscará los rincones más recónditos para esconder misterios y se asomará a las perspectivas más extendidas para dejar anudados a ellas recuerdos y ensoñaciones. Al novelista le corresponde ahora aceptar el juego, y seleccionar con exquisita atención.

Al misterio le conviene la oscuridad y por eso se arrastrará, por ejemplo, hasta las más estrechas calles del downtown de Chicago, donde la altura de los rascacielos no deja que llegue el sol. O se internará por las silenciosas calles del barrio judío de Praga, aunque ya no sean aquellas callejas que contemplaba el Golem desde una ventana a la que no se accedía a través de ningún portal. O podrá, en fin, descender hasta las profundidades del Bois de Boulogne, donde acampan las prostitutas obligadas a todos los arrojos. Será allí, en cualquiera de esos tres lugares, donde se cometa el crimen o se geste el plan de una infamia. Pero también puede ser allí, al contrario, donde alguien establezca el raro designio de favorecer a quien más odia. El misterio es el revés de nuestra razón, la lógica de quien no conocemos lo bastante. Muchos preferirán, por inercia o convención, que todo se desarrolle de madrugada, cuando sea vieja la noche o se vaya aproximando el día. Pero también podría ser a esa hora tenue del comienzo de la tarde, apta para el sigilo y la sorpresa. La ciudad, propicia, dará su amparo en todo caso.

Al sueño y al recuerdo, en cambio, les sienta bien la mirada iluminada y lejana: París desde las escaleras de Montmartre, el castillo de Praga desde la Ciudad Vieja, el perfil de Chicago desde la orilla del lago Michigan. Nunca puede descartarse que en la novela aparezca un hombre que regresa después de veinte años en otro país, o dos jóvenes o dos viejos que se encuentran, o que se separan y se despiden. Nunca puede excluirse, porque sería negar la novela, que llegue el momento en el que no importe lo que sucede, sino lo que sucedió, sucederá o debería haber sucedido. Entonces vendrá bien disponer de cualquiera de esos tres horizontes, y dibujar sobre ellos al hombre o a la mujer, solos o no. Será una tarde de invierno o una tarde de verano, en función de la circunstancia, pero nunca con el sol demasiado caído, porque a la novela no le preocupa más esa línea de rascacielos o ese mar de edificios o ese castillo sobre la colina, sino estos seres casi insignificantes que vuelven o recuerdan o se marchan. Podemos elegir la tarde de verano para que el hombre o la mujer lamenten ausencias; en el verano la vida es fuerte y es también más intensa la certidumbre de lo ido. La tarde de invierno, en cambio, servirá para que el hombre o la mujer intercambien proyectos sobre el futuro. Sostengamos, como postura o simplificación, que la fe es tener el coraje de seguir saliendo a la calle en las tardes de invierno.

Hasta aquí el juego no es difícil, aunque tampoco desdeñable. Lo que ocurre necesita de un paisaje, y el paisaje, aunque parezca accesorio, tiene su valor: ponemos siempre a los sucesos el nombre y la imagen del paisaje en que los vivimos. Pero a veces la ciudad tiene todavía más trascendencia: a veces el paisaje exige los sucesos, las historias que tienen lugar en él. A veces, incluso, el paisaje exige al escritor que le escriba esas historias. No es sencillo explicar las interioridades de ese proceso. Avanza durante meses y años, inadvertidamente, mientras al escritor se le va torciendo y enderezando la vida por las calles de la ciudad. Hasta que un buen día, la ciudad se ha convertido en el alma y el corazón del escritor.

Raymond Chandler sólo vivió en su Chicago natal hasta los siete años, pero sin duda volvió alguna vez, y entonces apuesto que bajaba al atardecer por Michigan Avenue, donde podía hallarse el hotel en que se hospedaba. Durante el paseo se cruzaba con la gente que iba de tiendas o volvía del trabajo, les observaba, y aunque le complacía observarles, a medida que avanzaba se iba quedando solo. Así, solo, llegaba al final de la avenida, donde se detenía seguramente con la mirada perdida en la falsa estampa marina del lago. Raymond Chandler fue un niño en Chicago, y por eso doy en suponer que esa estampa forjó su sensibilidad y hasta se imponía a la imagen del mar verdadero, el que hasta su muerte pudo contemplar en California. Cuando un escritor mira el agua, se agolpan en su conciencia todas las historias sublimes que nunca ha logrado escribir. De esa culpa nace el hambre que le permite escribir las que sí escribe.

Marcel Proust tuvo toda la vida para caminar por París, y resfriarse con sus lluvias, y agravarse el asma con sus primaveras. París fue las mañanas de su infancia en los Campos Elíseos, las tardes de su juventud como merodeador en el Faubourg Saint Germain, las noches de su madurez en las calles que se mantenían a oscuras para dificultar el bombardeo de los zepelines. Dicen que París es la ciudad de la luz y es notable que Marcel fuera un insigne fotófobo, que acabó enclaustrado en habitaciones protegidas por gruesos cortinajes y forradas de corcho para evitar los ruidos exteriores. Marcel quiso impedir que le llegara nada de París, mientras se consagraba a eternizarlo hasta en sus más irrisorias menudencias en las páginas de aquel ingobernable libro. No necesitaba oírlo ni verlo, porque París, la ciudad de su ilusión y su dolor, brotaba interminable de lo más profundo de su ser.

Franz Kafka siempre quiso marcharse de Praga, donde residió hasta pasados los cuarenta años. Vivió siempre en los aledaños de la Plaza de la Ciudad Vieja, durante algún tiempo en la casa que hacía esquina, precisamente, con la calle de París. Hay una fotografía en la que se le ve ante ese edificio, sonriente, con sombrero y abrigo. Franz Kafka, siempre envuelto en ese abrigo, recorría las calles de la Ciudad Vieja, o cruzaba el puente hacia el castillo, o bajaba por la orilla del Moldava. Cuando abandonó su trabajo, jubilado prematuramente, se dejó olvidado en su armario el abrigo de emergencia, el que tenía siempre en la oficina por si se ponía a llover de repente. Nadie le vio nunca usar paraguas, sólo ese abrigo. Era un abrigo gris, como el cielo de Praga en invierno. Franz Kafka era un enfermo y el frío era letal para él. En Praga hace mucho frío, incluso en primavera. Y aun así el escritor, con la escasa defensa de su abrigo, iba y venía por aquellas calles, en aquella ciudad donde había nacido y en la que a la vez se sentía extranjero, porque era judío y hablaba alemán. A veces las odiaba, las calles y la misma Praga. Pero cuando se sentaba ante las cuartillas y se ponía a construir el reino de su imaginación, Praga se iba derramando de su pluma como el símbolo imperecedero de ese lugar que nos acoge y nunca poseeremos en realidad. Porque la ciudad nos ve nacer y luego, día a día, nos ve morir, indiferente.

Para mí la ciudad es otra, donde el invierno es más breve y el sol menos perezoso. Pero a fuerza de haber conocido el lirismo con que Chandler salda su deuda con la ciudad americana (Chicago, Los Ángeles, qué importa), la meticulosidad con que Proust reproduce París o la mansedumbre fascinada con que Kafka acata Praga, también ellas componen la ciudad de mi novela. La componían antes de conocerlas, gracias a su huella escrita, y ahora lo hacen gracias a algunos de mis propios recuerdos. Chicago es, por ejemplo, una tarde tibia y brumosa de agosto, mientras veo a la gente nadar en las aguas grises del lago. París es un mediodía tormentoso de junio, mientras saboreo un bocadillo en la Plaza de los Vosgos frente a un grupo de parisinas pálidas, como las que pudieron inspirar a Proust el pasaje de Albertina desaparecida: “…esas semidiosas que, conversando no lejos de nosotros con sus compañeras, nos despiertan el ansia de penetrar en su existencia mitológica…” Y Praga será siempre el parque Chotkov, mientras camino sin prisa por sus praderas desiertas que se alzan casi clandestinamente sobre la ciudad.

Estoy seguro de que voy a describir algún día (o todos los días) esas ciudades (la ciudad) en mi novela. Todos lo hacemos. Todos somos leales a la ciudad, hasta el final. Lo fue Raymond muriendo en una mansión de California. Lo fue Marcel apagándose en su gruta deletérea del Boulevard Haussmann. Y lo fue Franz, despidiéndose en un pueblecito llamado Kierling, cerca de Viena, frente a un sol dulce bajo el que quizá zumbaban las avispas (zumbaban, al menos, cuando yo estuve allí). De los hombres que fueron no queda nada. No he visto la tumba de Chandler, pero sí la de Proust en el cementerio de Père Lachaise y la de Kafka en el de Straschnitz. Sólo son una lápida y un monolito que fotografían algunos turistas, no demasiados. Pero la ciudad que habitaron y recrearon pervive. Muchos hemos caminado y caminamos por ella.

SI HA DE HABER UN PROTAGONISTA

Si ha de haber un protagonista (y es posible que esto sea requisito para hacer la novela comprensible, lo que nunca debe avergonzar a quien la escribe y puede exigir el que la lee), pido que no sea uno de esos imbéciles que no miran, o uno de esos fatuos que sólo quieren ser mirados, o uno de esos miserables baratos a quienes es imposible ver si se les mira de perfil. Que no sea un héroe, ni tampoco un antihéroe, que no aleccione ni corrompa, que no se haga admirar ni aborrecer. Que no pida ser seguido cuando no va a ninguna parte, que no persiga él ninfas o vírgenes, ni sean ellas las que le busquen, movidas por la piedad, la sumisión o el horror. Si ha de haber un protagonista, que no estorbe la novela, que la sirva con decoro y ayude a construirla y no a convertirla en bostezo o en chiste. Si ha de haber un protagonista, que sea una mezcla de Philip Marlowe, el Narrador innominado y el indefenso K.

Con Philip Marlowe uno se iría tranquilo al fin del mundo, y cuando escribo fin del mundo, me refiero a la idea tradicional: alguno de esos lugares desamparados donde debe economizarse fraternalmente la comida o el combustible, y donde todavía pueden experimentarse desfallecimientos y percances rigurosamente fatales. El hombre occidental llega a creer, en su embotamiento intelectivo mayoritario, que esos lugares han dejado de existir. Un porcentaje pequeño, con singular lucidez, alcanza a imaginar que debe quedar aún algún fin del mundo, en alguna región lejana, y a esa intuición se superponen imágenes tópicas de la tundra o de la Tierra de Fuego. Pero el fin del mundo sigue existiendo y lo tenemos cerca, y en el fondo lo sabemos, aunque nos cuesta tanto mirarlo. Está en una calle de nuestra propia ciudad, donde alguien se juega la vida para poder comer o para impedir que la lluvia le caiga encima, o donde hay un hospital en el que agoniza sin promesas un anciano moribundo. A veces nuestro camino se tuerce incómodamente y aparecemos ahí, en la calle o en el hospital, y tenemos que enfrentar la mirada del desahuciado. Entonces nos apartamos, con un escalofrío, y nos damos prisa en cambiar sus ojos por alguno de los ojos gozosos y jóvenes que se nos despachan en alguno de los colmados de optimismo mercenario que proliferan a nuestro alrededor. En ellos olvidamos el único conocimiento que nos restituye nuestra condición en su radical integridad: al final, nosotros mismos seremos ese desahuciado, y nuestros ojos serán los rehuidos. Es en ese trance, por ejemplo, donde me gustaría contar con Philip Marlowe, porque Marlowe tendría el pundonor de seguir mirando, como tiene el de seguir recordando a su viejo amigo Terry Lennox al final de El largo adiós, justamente cuando está delante del canalla bronceado en que su viejo amigo Terry Lennox se ha convertido y en el que él se niega a reconocerle.

Philip Marlowe es un gran tipo y un gran protagonista, además, porque asistimos a todas sus vicisitudes interiores, lo mismo cuando sirven para enaltecerle que cuando contribuyen a rebajarle. Y le perdonamos que muchas mujeres (demasiadas) se enamoren de él, porque sus escarceos con ellas son en realidad torpes juegos de adolescencia impenitente, y porque la remota Eileen Wade, la única mujer que le fascina de veras, le deja atrás con insultante naturalidad. Pero lo que sobre todo nos ayuda a aceptarle, aun en su reprensible condición de entrometido a sueldo, es que sus pesquisas no tienen como finalidad primordial defender los intereses de quien le paga, ni siquiera el logro de la justicia, esa ficción dudosa a la que se consagran tantos burdos detectives. Philip Marlowe sólo pretende permanecer fiel a sus principios, a su personal y sentida ars boni et aequi. Por eso no duda en conspirar contra la policía, ni en destruir pruebas, ni en maniobrar al margen de los intereses de su cliente. Todos los hipócritas se espantan ante un hombre de principios, y por eso Marlowe acaba alguna vez en el calabozo, o le apalean, o se le retira el encargo. Nadie encaja con absoluta imperturbabilidad ese tipo de contrariedades, pero él nunca se amarga por eso. Siempre tiene a su alcance una reparación: sentarse ante el tablero para reconstruir una vieja partida de Capablanca, o enfrentarse al espejo bajo la luz débil de su cuarto de baño, y en ese silencio y esa soledad acertar a convencerse de que sus principios, aunque se haya dejado algún jirón por el camino (quién no), siguen aún en pie.

El caso del anónimo Narrador de la Recherche, el presunto y discutido alter ego de Proust, es en mucho diferente. Con él nadie iría ni a la vuelta de la esquina. En un naufragio sería el histérico por el que se ahoga el que ha saltado del bote para rescatarle, en una caravana en el desierto el que se bebe toda el agua, en una epidemia el que distrae para sí el escaso medicamento salvador. Desde el principio aprendemos que es un egocéntrico imposible, empeñado en absorber la existencia de su madre, sus amigos, las muchachas en flor que demasiado bien sospechamos que en el fondo no le preocupan gran cosa, salvo que decidan tomar la sensata resolución de poner la máxima cantidad de tierra de por medio. Sus inquietudes artísticas, sus urgencias sociales, incluso su misma ansia de saber resultan malsanos. A la postre, todo parece parte de la misma intriga febril, sin otro propósito que llevar a cabo una especie de pillaje sobre la vitalidad que percibe a su alrededor y de la que él, en su postración física y moral, involuntaria o buscada de propósito, carece. Todo esto no sería demasiado grave, con todo, si hubiera algo de equidad en su proceder. Pero al amor honrado que sólo unos pocos despistados o santos le profesan, corresponde con una actitud idiota de doncella antojadiza, y a la frialdad que los demás le dispensan opone un despecho risible, que no repara en gastos, hasta llegar a la más completa ignominia.

Y sin embargo, de esa alma despreciable, cuya mezquindad sólo es menos formidable que la desnudez con la que se nos muestra, nace como del estiércol la limpia flor de una sensibilidad de cristal y acero, minuciosa y vasta, valerosa y prudente, cálida y punzante. El que carece del mínimo sentido imprescindible para gobernarse a sí mismo, extrae de las pequeñas sensaciones furtivas de la vida una sabiduría que nos ilumina a todos, y la formula con sublime candor: La muerte de uno mismo no es imposible ni extraordinaria; se consuma sin que nos enteremos, si es preciso contra nuestra voluntad, cada día. Pero no es ésta su cualidad más extraordinaria. Si algo me mueve a quererle, es su suprema paradoja: egoísta y avaro por naturaleza, es él quien nos da, para pasmo general, la lección máxima de la mirada. Nadie hasta entonces había mirado como él, tanto y a tantos, en tantas direcciones, a tanta profundidad. Es como si en la mirada, practicada hasta el heroísmo, hasta el agotamiento y la muerte, estuviera la redención de sus faltas, la cruz infinita en la que ha de hacerse clavar los pies y las manos. Allí queda, a merced de todos los lanzazos del mundo que de otra forma no habría podido conquistar. Esa cruz, en fin, es el libro; porque no mira sólo, sino que mira y lo cuenta. Tan por encima de todo narra que deja de vivir y sólo narra interminablemente, lo que otros vivieron y lo que él mismo no ha vivido. Y de ese no suceder hace una historia increíble, que creíblemente puede ser nuestra propia historia, porque en la vida de casi nadie sucede al final mucho, si se examina sin pasión.

Por eso, más que ningún otro, merece el nombre de Narrador, y cuando damos vuelta a la última página y su voz se extingue, comprendemos con un estremecimiento el prodigio de aquella ruindad suya que tanto nos repelía al principio. El Narrador veleidoso, débil y casi exasperante, es a la vez el pintor y el cuadro; no estamos contemplando la fotografía que le han hecho a hurtadillas, sino el retrato que él, mirándose de frente con los ojos desorbitados, ha trazado sin clemencia de sí mismo. Quien llega a esa última página apocalíptica sabe que el libro no es la memoria ensimismada y rencorosa de un inadaptado. Es todo lo contrario: un ingente sacrificio.

Para el sacrificio nació también, por razones diferentes, el infructuoso raciocinador K., que es procesado bajo el nombre de Josef o llamado a un inaccesible castillo como agrimensor. Antes de que consiga comprender el proceso que se le instruye morirá de una cuchillada; antes de que consiga entrar en el castillo se desplomará extenuado sobre la nieve. Y él lo sabe y quienes seguimos sus pasos también lo sabemos. Sin embargo, él sigue y nosotros le secundamos, entre el estupor y las caricias de seres extravagantes que nunca le entienden y a quienes él percibe que nunca podrá llevar hasta el lugar al que se dirige. No se sabe que admirar más en este hombre: si la firmeza con que cree en su inocencia y en la iniquidad de las persecuciones que padece, o la docilidad y aun la convicción con que acaba aceptando los castigos que le están destinados, cuando dilucida que la única transacción que cabe ajustar con el verdugo es la dulzura con que se producirá el golpe de gracia.

Pero siempre es una deformación óptica inadmisible juzgar las historias por su punto final. En su estricto punto final, todas las historias son una sola historia, obvia, forzosa, inútil. No es recomendable la ceguera y la ceguera consiste tanto en no mirar como en mirar sólo el fondo del vaso. De hecho, las muertes de K. las conocemos sólo aproximadamente, porque el escritor no pudo o no quiso terminar las novelas en que suceden y se abstuvo de recorrer el último trecho, el que llevaba hasta ellas. De K., por tanto, son otras las cosas que deberán retenerse. Habrá que escoger, por ejemplo, su confianza en la razón y en los otros hombres, que le mueve a sostener, en las circunstancias más adversas, negociaciones y parlamentos incansables, incluso con quienes podemos advertir que no están dispuestos a hacer nada para favorecerle. Habrá que reconocer, también, su curiosidad heroica, como la del niño que se vuelca encima la olla llena de sopa hirviendo o la del gato que se desliza dentro de la lavadora. A menudo K. avanza sin titubear hacia aquello de lo que debería huir, y le tiende la mano y le pide, o le pregunta qué hacer.

K. no es un sujeto al que podamos terminar de admirar. Es meticuloso y tiene una inteligencia escrupulosa, pero no parece muy listo. Diríase que le anima una insólita fuerza interior, pero se permite negligencias y errores irreparables en los momentos más inoportunos. Podemos atribuirle un cierto sentido de la rectitud, pero en ocasiones es arbitrario y hasta despótico, lo que nunca puede llegar a alabarse, aunque no siempre le falten razones para perder los estribos. Incluso cabe recordar algunas pobres personas de las que se aprovecha desconsideradamente, sin que pase en ningún instante por su cabeza, o sólo de forma muy fugaz, la idea de ofrecerles una reparación adecuada. En general tiene un plan y una intención, que tiende a mantener más o menos constantes, pero fracasa sin paliativos a la hora de ejecutarlos. No podemos terminar de admirarle, en suma, porque es demasiado como nosotros mismos.

Habrá que decir, por si no consta, que K. es el infortunado campeón del hombre de nuestro siglo; mutatis mutandis, como Don Quijote es en su siglo el campeón desdichado de las bellas ilusiones de los siglos pasados. Todo hombre es derrotado en mayor o menor medida por su época, pero nuestro tiempo, y eso es lo que enseña el ejemplo de K., parece haber sido ingeniado especialmente para derrotarnos. Las máquinas que hemos ido afinando durante milenios nos han sitiado y ya no podemos escapar, como se escapaba (mal que bien) de la Inquisición, la Revolución Francesa o el telégrafo, por citar alguno de los rudimentarios ensayos que precedieron a los artificios invencibles que ahora nos gobiernan. K. sufre el descalabro y tiene la dignidad de reconocerlo, aun arriesgándose a ser archivado como prototipo de ave de mal agüero en el saco inmenso de los libros y los héroes olvidados. Y he aquí que sus congéneres no sólo no le archivan ni le olvidan, sino que sus peripecias son exhumadas de los papeles póstumos en que se alojaban por un amigo infiel con aspiraciones pseudoevangélicas, y en diez años se traduce a todas las lenguas y en cuarenta es conocido en todo el mundo. ¿Cómo se explica que un destructor, un apestado, alcance semejante popularidad en nuestro brillante mundo de esperanzas amañadas?

La verdad es un fuego que funde cualquier hielo y K. atina a ser un apóstol de la verdad. Pero en eso no se diferencia de muchos apóstoles que nos fastidian. Lo que cierra el círculo, lo que le concede su discreto encanto y su éxito (y él lo sabe, aunque finge no saberlo), es que por encima de todo K. es un seductor. Seduce sin provocar ningún estruendo, porque no gusta de la pirotecnia ni del alarde: es un seductor de la modestia. Aunque a los propios interesados les cueste notarlo, nadie quiere a los gritones, a los persuadidos de su propio mérito. Todo el mundo tiene el olfato suficiente para calarles, para saber que su aparato es una cortina de humo contra su propia poquedad. Por el contrario, todo nos inclina hacia los seres como K., que se resignan a no ser nadie para ganar el mundo, en la frágil e insegura manera en que el mundo puede ser ganado: No hay más remedio que aceptarlo todo con paciencia y sin miedo. El hombre está condenado a la vida y no a la muerte.

Si ha de haber un protagonista, en resumen, que sea como cualquiera de estos tres protagonistas: humilde como K., desnudo como el Narrador, cabal como Marlowe. Que no trate de apabullarnos con sus gestas, ni con exhibiciones inservibles. Que trate de ayudarnos a vivir y también a disfrutar de que los demás vivan.

PALABRA FINAL

El afecto que experimentamos con relación a una cosa que imaginamos como necesaria, es más intenso, en igualdad de circunstancias, que el que experimentamos con relación a una cosa posible o contingente, o sea, no necesaria.

SPINOZA, Ética

Ahora sí; ahora puedo poner al descubierto la argucia de este libro. Espero que quien haya llegado hasta aquí la juzgue una argucia inocente, al lado de las argucias con que hoy día se trafica por ahí. El truco es que en las páginas que preceden, mientras señalaba lo que admiro de Chandler, Proust y Kafka, he aprovechado de paso para ir dejando señalado lo que busco conseguir en mis novelas.

Busco, ante todo, esa sutileza para penetrar en la realidad, en todas sus dimensiones, y no sólo en las más visibles y por tanto más irrelevantes y perecederas. Busco el misterio y busco la voz que sostenga la narración, porque mi oficio es contar historias y mi aspiración que el lector se vea arrastrado por ellas. También me interesan desesperadamente los personajes, y ese delicado artificio dramático que son los diálogos. Doy importancia al sentido del humor, incluso al sarcasmo, cuando se dirige al único lugar donde me parece decente apuntar la flecha, que es siempre el lugar donde hace más falta hacer daño y no donde sea más fácil producirlo. Pero creo que sólo se adquiere derecho al sarcasmo cuando se parte de la humildad y del sentimiento. Intento tener un sentido del arte, pero también saber que sirve y que es necesario, y para qué puede servir y para qué puede ser necesario. Quiero tener una finalidad, y quiero elegirla con la inteligencia y con el corazón, para no emprender una misión mutilada.

En definitiva, como Chandler, Proust y Kafka, cada uno a su manera, porque acaso cueste concebir tres caracteres más diferentes y tres peripecias vitales más alejadas, me gustaría mantener un sentido del arte que tuviera la legitimidad moral de buscar la verdad, y un sentido de la necesidad que tuviera la legitimidad estética de buscar la belleza. Quizá mi razón proteste, ante esta conclusión que casi suena platónica, pero el instinto me señala esa ruta. Y como Proust, prefiero siempre el instinto.

Getafe-Madrid, 2-13 de mayo

25-31 de diciembre 1997