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El nombre de los nuestros

Lorenzo Silva

El nombre de los nuestros es la historia de una trágica equivocación: la de la política colonial de España en el protectorado de Marruecos. La novela se inspira, advierte el autor, "en los avatares reales vividos entre junio y julio de 1921 por los soldados españoles […] que defendían las posiciones avanzadas de Sidi Dris, Talilit y Afrau, en Marruecos". Dos soldados de leva, Andreu -un anarquista barcelonés- y Amador -un madrileño empleado de seguros, adscrito a la UGT-, y el sargento Molina, con la colaboración de Haddú, un singular policía indígena, protagonizan un relato en el que se describen, no ya los horrores de la guerra, sino el horror del hombre ante un destino irracionalmente impuesto por eso que llaman «razón de Estado». Ante ellos, la harka, el conjunto de tropas irregulares marroquíes que el torpe mando militar español menosprecia desde sus despachos. Un enemigo invisible en un paraje en el que aparentemente no sucede nada, pero que se prepara lúgubre e inexorablemente para la masacre. El nombre de los nuestros se plantea como la novela épica de unos personajes condenados al heroísmo, aunque no crean en él o a sabiendas de su inutilidad. Amparándose en la crónica de unos hechos que aún hoy no gusta recordar, Lorenzo Silva construye la parábola desmitificadora de los restos de un imperio de cartón piedra, y nos engancha magistralmente a unos personajes de carne y hueso: responsables, imperfectos, reconocibles, carne de cañón… La épica de unos personajes condenados al heroísmo en una magistral novela sobre eso que se llama «razón de Estado».

Lorenzo Silva

El nombre de los nuestros

Lorenzo Silva

El nombre de los nuestros

Soldados españoles en Marruecos, 1924. Foto cedida por el autor.

Para mi padre, en más de un sentido

coautor de este libro

ADVERTENCIA PRELIMINAR

El grueso de la historia que se cuenta en este libro está inspirado en los avatares reales vividos entre junio y julio de 1921 por los soldados españoles, en su mayoría del regimiento de Ceriñola, que defendían las posiciones avanzadas de Sidi Dris, Talilit y Afrau, en Marruecos. No soy amigo de prólogos, pero el hecho de que la narración no tenga un carácter enteramente ficticio impone el deber de realizar alguna advertencia.

En primer lugar, y si bien es cierto que la secuencia de la acción se corresponde a grandes rasgos con la de los acontecimientos reales, debo indicar que me he permitido introducir algunas modificaciones que impiden que el relato pueda seguirse como un fiel reflejo de lo allí acaecido. En algún caso sólo he abreviado o refundido peripecias, pero en muchos otros he recurrido lisa y llanamente a la invención. El criterio para ello ha sido estrictamente literario. [1] Por las mismas razones he renunciado a imitar con absoluta fidelidad el habla probable de aquellos soldados, que para mi gusto habría lastrado el texto de un excesivo casticismo. El lector interesado en ambos particulares (la realidad rigurosa de lo ocurrido y la voz exacta de aquellos hombres), podrá encontrar satisfacción en la notable aunque a menudo desconocida literatura española sobre la guerra marroquí. A mí me interesaban más los aspectos «intemporales» de aquel episodio, y a ellos he procurado primordialmente ceñirme.

Algunos personajes tienen referencias bien precisas, que el conocedor de la historia real desentrañará sin gran dificultad. Al construirlos, a ellos como a los enteramente inventados, he intentado que fueran un reflejo medianamente verosímil de los auténticos, sobre cuyas circunstancias y peripecias he tratado de instruirme con la mínima negligencia posible. Nada de eso les priva, no obstante, de su condición de criaturas de fantasía. En cuanto a los nombres originales de los barcos y de las posiciones, han sido respetados por comodidad para el lector y por su sugerente sonoridad, pero tampoco deben inducir en modo alguno a conferir valor histórico a la narración.

Ciertos detalles relevantes de la historia proceden de la experiencia y los recuerdos del sargento del Ejército de África Lorenzo Silva Molina. Este libro quiere ser, en su limitación, un homenaje a él y a aquellos olvidados soldados de Ceriñola, que padecieron el infortunio de encontrarse a la vez en el peor lugar y en el peor momento y que se vieron obligados, por ello, a sacrificarlo todo a cambio de nada.

Getafe, diciembre de 1998

Algunos han venido de las fronteras

y contado que los bárbaros no existen.

C. P. CAVAFIS,

Esperando a los bárbaros

1 Sidi Dris

EL AVISO

Todas las noches, en la oscuridad calurosa y un poco hedionda de la tienda, se oía el mismo sollozo, entrecortado y obsesivo:

– Me matan. A mí me matan aquí.

La última hornada de borregos, es decir, reclutas, había llegado a Sidi Dris con la primavera, como una ofrenda de flores tiernas que el sol de África, metal y fuego, se ocuparía de calcinar con su abrazo feroz. De todo el rebaño de espantados novatos, Pulido era el elemento más vulnerable. Lo vieron en seguida los mandos y lo vieron también sus propios compañeros. Por la noche, cuando le entraba la angustia y caía en aquellos lloriqueos trágicos, Andreu se acercaba a su catre e intentaba consolarle:

– Coño, Pulido, que somos muchos. ¿Por qué va a tocarte a ti?

Andreu no había servido en África más tiempo que Pulido, y si miraba en el fondo de su alma, también temía quedar panza arriba en alguna barrancada de aquellos montes inhóspitos. Sin embargo, Andreu sabía que no era el lugar ni el momento para calar en semejantes honduras. A Pulido le llevaba, además, la ventaja de haber oído antes el silbido de las balas por encima de su cabeza. La experiencia tenía tal vez un valor limitado, porque eran otras las circunstancias, y otros los que tiraban. Según los veteranos, los moros tenían bastante mejor puntería que los guardias que habían disparado contra Andreu en las calles de Barcelona. Pero eso no menguaba el convencimiento supersticioso que en el curso de aquellos combates callejeros había convertido en su fe más inquebrantable: por más carne que hicieran las balas, siempre serían otros los que cayeran.

Trataba de inculcarle su fe a Pulido, sin ningún resultado. Nadie cree lo que quiere, sino lo que puede, y Pulido sólo podía creer en la muerte que le rondaba. Se cubría la cara con las manos y repetía:

– Que te lo digo yo. Que yo sé que no vuelvo a mi pueblo.

– No es para tanto, hombre -le afeó una noche Andreu, probando a quitarle importancia-. Ahí fuera apenas hay un puñado de moros muertos de hambre. No han hecho más que correr desde el principio de la ofensiva.

Al oír aquello, Pulido contuvo un poco su llanto. Incluso él, que era frágil y temeroso, encontraba algún aliento en aquella simpleza de considerarse superior al enemigo. Era un hecho que las tropas invasoras, a las que pertenecían, habían ganado siempre la partida hasta entonces. Pero Andreu, aunque lo usara para calmar a Pulido, distaba de compartir aquel triunfalismo. Se limitaba a repetir lo que afirmaban los oficiales y el Comandante General, el hombre que los había conducido hasta el corazón de las montañas. Según los rumores, el Comandante General soñaba desde hacía meses con una bahía que había al oeste, y tanto había llegado a obsesionarle que estaba resuelto a conquistarla antes de que las primeras lluvias del otoño enlodaran los caminos. Lo malo era que en aquella bahía, por lo que contaban, vivían las tribus más hostiles. Y si eso era cierto, pensaba Andreu, la conquista no podía dejar de tener alguna complicación.

Hasta la línea que en aquellas fechas constituía el frente, el avance había sido un paseo militar. Pulido y Andreu, que se habían incorporado a la guarnición de Sidi Dris cuando la posición ya llevaba un tiempo establecida, apenas habían llegado a oír algunos tiros sueltos a lo lejos. Pero Andreu temía que aquel tiempo de gracia tocaba a su fin. Lo que las especulaciones sobre nuevos avances significaban era que pronto, quizá antes del verano, se verían forzados a entrar en combate. La idea, que en cierto modo justificaba el pánico de Pulido, se antojaba irreal a la mayoría de los que vegetaban en el sopor de Sidi Dris. Era ésta una posición asomada al mar, sobre un acantilado que por la mañana daba a un brumoso horizonte azul. Por la noche se oía el batir de las olas en la playa angosta, y al arrullo de aquel rumor constante se dormían pesadamente los soldados. Cuando la madrugada ya estaba avanzada, sólo velaban los centinelas, con un ojo en la negrura del mar y otro en los montes tras los que aguardaba el enemigo invisible. Incluso Pulido acababa durmiéndose, aunque en sueños seguía murmurando:

– Que me van a matar, madre mía, que yo no vuelvo.

Algunas veces, Andreu, que tenía el sueño liviano, se despertaba con esta letanía. A esas horas estaba demasiado cansado y evitaba levantarse. Para no escuchar a Pulido se tapaba los oídos con las manos. Algún otro ocupante de la tienda, menos sufrido, juraba con voz pastosa:

– Joder, que alguien le cierre la boca a ese cenizo.

Y otro, probablemente un veterano:

– A ver si vienen a matarlo de una puta vez.

La segunda noche de junio no sonaron los quejidos de Pulido en la oscuridad un poco apestosa de la tienda. Esa noche, Pulido era uno de los centinelas que tenían un ojo puesto en el mar y el otro en la sombra silenciosa de las montañas. Por la tarde se habían oído tiros lejanos y cañonazos hacia el interior. Según los oficiales se trataba de alguna operación de limpieza sin mayor importancia, pero eso ya era bastante para aterrar a Pulido y es posible que él mirase hacia el mar menos que los otros. Quizá sólo se distrajo unos segundos, los suficientes. La segunda noche de junio, que se presentó despejada y fatídica, a Pulido le degollaron de un solo tajo de gumía, en su puesto de centinela. Lo hizo un moro sarmentoso y flaco, al que Andreu tumbó con un tiro de su máuser cuando ya iba a degollarle a él, después de haber acabado con su compañero. Andreu cubría el puesto del sudoeste y vio de milagro venir al moro, con el tiempo justo para cargar y apuntarle. La detonación despertó a todo el campamento. Otros centinelas, asustados, dispararon contra las sombras. En un par de minutos la posición de Sidi Dris era un hervidero de hombres somnolientos que se abalanzaban al parapeto con las cartucheras mal abrochadas y tropezando con sus fusiles. Á los sargentos les costó organizar a los aturullados pelotones, y se oyó a los oficiales gritar «¡Alto el fuego!» una y otra vez. Pasó un rato antes de que la orden surtiera efecto en los más nerviosos, los que seguían tirando a ciegas contra cualquier movimiento que creían adivinar entre las peñas.

Un denso silencio, impregnado de pólvora, se adueñó de la posición. Cuando el último de los soldados dejó de disparar, sólo la noche muda rodeaba a los hombres de Sidi Dris. Era como si aquella quietud se burlara de su terror. Andreu dio la novedad al teniente, que fue hacia él con la guerrera abierta y su pequeña pistola del nueve corto en la mano.

– Le he visto por poco, mi teniente, pero venía por mí. Si no hago fuego, ahora estaría yo en su lugar. Traía la gumía manchada de sangre.

Un cabo llegó a la carrera. Dio la noticia, jadeando: -El centinela del puesto sur ha caído. Degollado, mi teniente.

Andreu sabía quién era el centinela del puesto sur. Los integrantes del turno se habían distribuido los puestos, y el propio Andreu había arreglado el reparto para que a Pulido le tocara aquél, que todos consideraban el más protegido. Un temblor le recorrió las piernas, pero hubo de sofocarlo para cuadrarse ante el comandante, que en ese momento hizo su aparición. El teniente se cuadró también y resumió los hechos:

– Un ataque, mi comandante. Hay una baja, el centinela del puesto sur. El centinela del puesto sudoeste ha abatido al atacante.

El comandante, que era el jefe máximo de la posición, observó con desdén el cadáver del moro y con desconfianza al teniente y al propio Andreu. Era un hombre circunspecto y distante, a quien Andreu suponía profundamente imbuido de todas las creencias, para él odiosas, que sustentaban acuella mísera aventura militar en la tierra más arisca de África. No parecía del todo mal sujeto, pero en otra coyuntura Andreu le habría apuntado a la cabeza y no habría vacilado -en apretar el gatillo. El sarcasmo del destino era obligarle a matar al moro, contra quien no tenía nada, y que ahora aquel hombre, en quien veía a su enemigo natural, enjuiciase su hazaña.

– Bien hecho, soldado -opinó el comandante, aunque nada en el tono de su voz sugería la menor aprobación. Ordenó secamente que doblaran la guardia y que los demás volvieran a las tiendas. Luego fue a ver el cuerpo de Pulido, al que cerró los ojos. Meneó la cabeza y se retiró, contrariado.

El amanecer descubrió sobre la tierra pajiza y gris de Sidi Dris los dos cuerpos exánimes. Yacían juntos, como los habían colocado a la espera de disponer de ellos según le correspondía a cada uno. El de Pulido estaba completamente ensangrentado, aunque le habían tapado la garganta con un improvisado vendaje. El cadáver era pálido y gordo, como Pulido lo había sido en vida. Á su lado, al moro se le veía esquelético y amarillento. Llevaba una raída chilaba parda y un turbante blanco, la indumentaria de las tribus de las montañas. Gracias a aquel turbante demasiado visible, Andreu podía ahora mirar los dos cuerpos tendidos, el del hombre al que había matado y el del desdichado que se había pasado las noches profetizando su propio final. Como había temido siempre, Pulido no iba a volver a su pueblo. La madre a la que invocaba en sus pesadillas vestiría luto por él, y eso sería todo. Otra historia zanjada de un tajo sobre el duro pellejo de África.

Otros dos hombres contemplaban los cadáveres, además de Andreu. A unos pocos pasos estaba uno de los moros de la guarnición, miembro de la policía indígena que luchaba con los europeos contra sus propios hermanos. En realidad, eran moros de las tribus más cercanas a Melilla, que nunca se habían llevado bien con las tribus de las montañas. El policía, a quien se le había encomendado vigilar los cuerpos de los dos caídos, parecía. igualmente insensible a la suerte de ambos. Para él, la muerte violenta no era lo que para los europeos, una conmoción horrible, sino sólo una especie de rutina un poco aparatosa. Andreu miraba de reojo su gesto impasible, y por momentos llegaba a antojársele que el policía sonreía. El otro hombre que estaba junto a él era el cabo de guardia. Se llamaba Rosales y llevaba cerca de un año en África. Había visto muertos antes, y había estado a punto de morir él mismo en alguna escaramuza. Con todo, estaba impresionado.

– Qué perra muerte -dijo.

– Lo peor es que el pobre lo supiera -agregó Andreu-.Y que haya tenido tres meses para verlo venir.

– Mira, todos estamos cagados, y con razón, porque todos podemos diñarla mañana. Pero palmar precisamente así, degollado como un cordero…

– ¿Es mejor si te matan de un balazo?

– Bueno, depende del balazo. Fíjate en el moro. Si tengo que morir aquí, que sea como él. Un agujero en el corazón y listo. Te das maña con las armas, catalán. No creo que sea por la instrucción, porque serías el primero. ¿Se puede saber dónde has aprendido a darle al zambombo?

El cabo estaba realmente intrigado. A Andreu no le apetecía hablar de aquello. Tampoco se enorgullecía de haberse cargado a aquel pobre diablo, sólo le alegraba que no hubiera sido al revés.

– De chaval me gustaba tirar en las ferias -dijo, evasivo.

– Está bien. A mí qué me importa, en el fondo -se resignó Rosales-. Anda, ve por algo para cubrirlos, mientras los enterramos. No deberíamos tardar mucho en darles tierra, si queremos seguir respirando sin taparnos las narices. Parece que el día viene bastante jodido de calor.

Había siempre un momento, en las mañanas de Sidi Dris, en el que parecía como si la luz se quedara suspendida entre las montañas y el agua. Era un momento en el que los hombres se olvidaban de que habían ido allí a hacer la guerra y se acordaban de la tierra que habían dejado, al otro lado del mar. Fue justo en ese momento, aquella segunda mañana de junio, cuando Andreu y el resto de los soldados que ya estaban en pie divisaron los primeros bultos pardos en las alturas que rodeaban la posición.

Al principio no eran muchos, una docena o poco más. Se movían deprisa de reparo en reparo, brincando sobre los afilados peñascos como si sus pies no tocaran el suelo. Cuando se ponían a cubierto aguardaban ahí hasta que calculaban que nadie estaba pendiente de ellos, y entonces volvían a salir. Al principio, Andreu no supo qué pensar. De vez en cuando se veía a los moros desde la posición. Solían ser viejos con borricos, mujeres, a veces muchachos. Algunos, hambrientos por culpa de las malas cosechas de los últimos años, se acercaban a recoger los sobrantes del rancho que los policías repartían a la entrada del parapeto. Otros, menos menesterosos, venían a vender higos secos o tortas que los soldados les compraban por cantidades ínfimas. Pero nunca había visto a moros tan inquietantes como los de aquella mañana. Al fin, en las manos de uno, advirtió un largo brillo de acero. Sabía que los moros adoraban la fusila, como ellos la llamaban, pero también era la primera vez que se acercaban armados al perímetro de la posición. Pese a la falta de sueño, que le estorbaba un tanto el razonamiento, Andreu comprendió que algo se estaba preparando. Fue a contárselo a Rosales:

– Cabo, mira ahí arriba. Ésos no buscan nada bueno.

– Ya los veo, catalán. Parece que vienen a explicarnos lo de anoche.

Rosales fue en seguida a avisar al teniente. En ese mismo instante, sujetándose a la inercia inexorable del campamento, el corneta tocó diana. No había terminado el toque cuando sonaron los primeros disparos. Uno fue para el propio corneta, que cayó con una herida en el hombro; otro pasó rozando a Andreu. Este, recién aterrizado en el suelo y sólo a medias repuesto del panzazo, rezongó:

– Pues no la tienen tan buena, la puntería.

El campamento reaccionó con algo más de concierto que durante el incidente de la madrugada. Los centinelas respondieron al fuego con prontitud, y los policías, empezando por el que vigilaba a Pulido y a su asesino, devolvieron con fría serenidad las descargas que recibían. Los hombres salieron de las tiendas, extremando la precaución, porque muchas de ellas no daban a terreno resguardado. Con la cabeza gacha y el fusil prevenido fueron acudiendo al parapeto, desde donde el teniente y los sargentos ordenaban ya la defensa. El fuego enemigo no era muy nutrido, apenas había un puñado de tiradores, pero su cadencia resultaba bastante regular. Parecían estar poniéndolos a prueba, con intención quizá similar a la que había animado el asalto nocturno que le había costado la vida a Pulido. Andreu, con su fusil a cuestas, buscó como los otros su lugar en el parapeto.

Cuando ya hubo una fuerza apreciable respondiendo desde la posición, los atacantes dejaron de disparar. También entre los defensores se ordenó el cese del fuego. En ese momento, el comandante se acercó al teniente que había asumido inicialmente el mando.

– Son sólo unos pocos, mi comandante -dijo el teniente-. Debe de ser una especie de demostración. -¿Y qué es lo que cree que quieren demostrar, teniente? -consultó el comandante, más bien escéptico. -No sé, mi comandante.

– Pues debería tener alguna idea.

Fueran cuales fueran sus propias impresiones, el comandante no las compartió con su oficial. Se limitó a enfocar los prismáticos hacia las laderas, con gesto concentrado.

– Cómo se esconden, los muy hijos de puta -observó.

Los soldados aguardaban expectantes en sus puestos. Los artilleros del destacamento con que contaba la posición estaban preparados junto a sus piezas. Pero no había nada contra lo que disparar. A sus ojos, los montes ofrecían la misma imagen inanimada a la que llevaban semanas habituados. Sólo se oía el rumor del mar y el soplo de la brisa.

– Esto no me gusta ni un poco -concluyó el comandante.

Un alarido desgarró el silencio. Tras él estalló un vocerío desaforado, y sobre los contornos quebrados de las alturas próximas apareció un enjambre de manchas pardas. Saltaban entre los arbustos como en espasmos, al tiempo que enviaban sobre Sidi Dris una cerrada lluvia de plomo. Los soldados aplastaron la cabeza contra los sacos terreros que les protegían, decididos a no asomar la nariz hasta que la tormenta aflojara. Pero no hubo tal. Aprovechando un resquicio, el comandante aulló:

– Fuego a discreción, me cago en vuestros muertos.

Los oficiales y los sargentos repitieron histéricamente:

– Fuego, fuego.

Andreu se lo pensó antes de empuñar el fusil y erguirse sobre el parapeto. Había llegado, al fin, el momento inevitable. El incidente con el asaltante nocturno apenas contaba, porque casi no había tenido tiempo para darse cuenta. Ahora sí que se la daba, y no podía evitar acordarse de sus vacilaciones de unos meses atrás, cuando había sopesado la idea de declararse prófugo y había acabado acudiendo de mala gana a la odiosa recluta del ejército colonial. Recordó lo que le había dicho Maspons, libertario fuera de toda sospecha:

– El mismísimo Durruti acabó entrando en el cuartel, aunque le licenciaran luego por inútil. Si tienes miedo a que te manden a África y te maten, lárgate, como hacen muchos. Pero no te eches a la espalda a la policía por un simple prurito.

Al final había entrado por el aro y la suerte, implacable, le había asignado plaza de desgraciado en África. Podía haberse tirado del barco, pero tampoco lo había hecho. Y ahora estaba allí, en Sidi Dris, ante aquellos demonios de pardo que iban a matarle si no se defendía. Comprendió eso, que iban a matarlos a todos si no le echaban coraje y empezaban a disparar también ellos. A Andreu no le faltaba coraje. Lo había demostrado conteniendo con su pistola a quienes le disparaban a él con fusiles durante las manifestaciones. Lo había demostrado, también, enfrentándose siempre que se había terciado con los matones de la patronal. Jurando entre dientes, se incorporó, apuntó al primer bulto pardo que apareció ante sus ojos y apretó el gatillo. Su ejemplo animó a los dos que estaban junto a él, que le imitaron. Uno de ellos volvió a caer tras el parapeto con una mano llena de sangre.

– Mierda, me han dado.

Andreu se acercó a él y examinó la mano con ojo experto.

– No es más que un rasguño -dictaminó-. Sigue.

– ¿Has visto? -gritó el herido, con los ojos desorbitados-. Hay cientos de ellos ahí enfrente.

– Por eso hay que seguir, hombre. ¿O es que quieres quedarte aquí?

Durante toda la hora siguiente, los soldados se las arreglaron a duras penas para capear el temporal. El comandante ordenó al destacamento de artillería hacer fuego de cañón y la sección de ametralladoras estuvo a punto de fundir las máquinas. Dos o tres cañonazos afortunados lograron hacer un buen número de bajas entre los moros, las suficientes como para obligarlos a retroceder y tomar mejores posiciones. Desde ese momento, el fuego se atenuó de forma considerable, aunque no llegó nunca a interrumpirse. Defensores y atacantes intercambiaban disparos con resultado más bien desigual. Era muy difícil darles a los indígenas, por su habilidad para confundirse

con el terreno. En cambio, más de un soldado bisoño resultó alcanzado por los fusiles enemigos. Por todas partes empezaban a oírse los lamentos de los heridos, acuciantes y aterrorizados.

– Nos están zumbando bien -dijo el que estaba a la derecha de Andreu-.Y eso que han sido tan idiotas como para avisarnos de sus intenciones. Si llegan a atacar todos por sorpresa, estamos listos.

– No creo que sean idiotas -se opuso Andreu-. Querían avisarnos. A éstos no les importa que los veamos venir. Ni siquiera les importa que los matemos. Esa es su puñetera ventaja.

Andreu cargaba el fusil con vertiginosa destreza. Cuando se lo echaba a la cara, buscaba sin atropellarse un blanco, lo acechaba y disparaba. Creyó cazar a dos, lo que en aquellas circunstancias era una cosecha bárbara. Su compañero le observaba de reojo, admirado:

– Coño, pareces una máquina.

Durante toda la mañana se mantuvo el acoso. Desde sus invisibles apostaderos, los moros desataban una y otra vez el pak-ko de sus fusiles. Los europeos, agazapados tras sus líneas defensivas, replicaban como podían. Los cañones volvieron a ser inútiles, salvo que se quisiera gastar un proyectil con cada adversario. El comandante comunicó con el mando por heliógrafo. Pidió que se enviara una columna a socorrer la posición y desbaratar el cerco, pero se le respondió que entre el campamento general y Sidi Dris se registraba una intensa e inesperada concentración de fuerzas enemigas. Prometieron apoyo naval e intentar un ataque por la tarde. El comandante no era imbécil y entendió. De momento, sólo podía contar con sus propios recursos, tres centenares cortos de hombres y lo que había en la posición. Dio instrucciones para que nadie desperdiciara municiones.

Por la tarde, apareció en el horizonte la silueta del cañonero Laya. No era mucho lo que podía hacer por los sitiados, pero su sola presencia trajo ánimo a la tropa.

Si se producía un nuevo ataque masivo, el fuego del buque de guerra sería de cierta ayuda. De momento se limitó a lanzar un par de andanadas, que surtieron al menos el efecto de acallar durante un instante al enemigo. Poco después llegaron desde el oriente un par de aviones. Dieron una pasada sobre la posición, saludando con las alas, y soltaron varias ráfagas sobre las alturas desde donde los estaban hostigando. Después volvieron a tomar altura y regresaron para dejar caer sus bombas. Uno lo hizo tras los montes, donde debía estar agrupado el enemigo. La eficacia real del bombardeo era bastante incierta, pero no cabía duda de que al menos servía para aumentar la moral. Los soldados despidieron a los aviones agitando los gorros.

A medida que transcurrían las horas se fueron espaciando los disparos que venían de las montañas. Ahora eran relativamente aislados, pero mucho más peligrosos. Los tiradores apostados esperaban un descuido para abatir a alguno de los soldados. A lo largo de la tarde cayeron seis, dos muertos y cuatro malheridos. El cansancio hacía mella en todos, y especialmente en Andreu, después de día y medio sin dormir. Apoyado contra el parapeto, hacía esfuerzos ingentes por mantener la atención. La luz fue disminuyendo poco a poco, y al fin dejó de oírse el sonido exasperante de las detonaciones. Los soldados vieron a los hombres vestidos de pardo retirarse al otro lado de las montañas, y de acuerdo con las órdenes de los oficiales, nadie hizo por dificultarles el repliegue. Las señales que les hacían desde el barco transmitían noticias tranquilizadoras. Los núcleos enemigos se habían ido disolviendo durante la tarde, y a primera hora de la mañana les mandarían desde el campamento general un convoy de aprovisionamiento. El comandante ordenó que la mayor parte de la tropa se retirara a descansar. La barba que negreaba sobre sus mejillas le daba un aspecto avejentado.

– Parece que ésta ha pasado -confió su alivio al capitán segundo jefe.

Esa noche, en la tienda, reinaba una euforia apenas lastrada por la fatiga. Los que la sostenían tenían sobre todo dos motivos. El primero, vivir para contarlo. El segundo, que después de todo habían mantenido a raya a los moros.

– Demasiada tela para esos piojosos -decía uno.

– Y se creerían que iban a entrar -se reía otro-. Pero mira si se acojonaron cuando empezaron los cañonazos. Por mucho que griten, eso no lo arreglan. Sin artillería, no tienen nada que hacer.

Andreu estaba tumbado en su catre. Aunque no tenía ganas de hablar, la charla de los otros acabó provocándole.

– Está bien que nos animemos -concedió, sombríamente-. Pero ya veremos cuando lo intenten de verdad.

– Y qué más van a intentar -saltó al instante uno de los eufóricos-. Te digo que esos mamarrachos no entran aquí.

Andreu no contestó. Cerró los ojos y volvió a ver a los hombres de las chilabas pardas sobre la montaña deslumbrada por el sol. Volvió a ver también el cuerpo de Pulido, desangrado sobre la tierra amarilla. No había habido tiempo de enterrarlo. Junto a él yacían ahora otros once. También tendrían una madre, en un pueblo al que no iban a volver. Esa noche, Andreu quiso seguir creyendo que las balas sólo les daban a los otros. Lo quiso como nunca, porque de pronto sentía en el corazón la punzada caliente y rotunda del miedo. Lo mismo que el pobre Pulido. Al fin se durmió, y por primera vez desde que estaba en África, soñó que volvía a Barcelona y que paseaba sin prisa por las Ramblas. Era por la mañana. Una mañana gris y húmeda de invierno.

2 Afrau

APRENSIONES DE MOLINA

La tarde caía a plomo sobre la posición de Afrau. Aunque sólo estaban a principios de junio, el calor ya resultaba insoportable. El sargento Molina, que iniciaba su quinto verano en África, sabía bien lo que podía llegar a pesar aquel solazo inclemente. Algunos ilusos recién llegados habían concebido esperanzas durante el invierno, mientras sufrían un tiempo constantemente lluvioso y el azote de un viento que atravesaba como cuchillo.

– Pues no hace tanto calor, en África -decían.

– En África, o al menos en esta parte, hace de todo lo que jode -los desengañaba Molina-. Calor en verano y frío en invierno.

Molina estaba sentado a la puerta de la tienda, tomando un té moruno con otro sargento. Era Haddú, un musulmán de la sección de caballería de la policía indígena. Habían hecho migas durante la ofensiva de diciembre, y aunque ahora estaban destinados en lugares distintos, Molina en Afrau y Haddú en una posición próxima, el musulmán cogía siempre que podía su caballo y recorría varios kilómetros de malísimos caminos para ir a ver a su amigo. No hablaban demasiado, a veces sólo se quedaban mirando el mar quieto que se extendía frente a la posición de Afrau. Molina agradecía estar en aquella posición y no en alguna de las interiores. El mar, a él que era hombre de tierra adentro, no dejaba de provocarle una extraña fascinación.

Esa tarde, sin embargo, Haddú traía graves noticias. Tres días atrás, un fogoso comandante, al parecer siguiendo órdenes del Comandante General, había cruzado con una columna de mil y pico hombres el río donde llevaba un par de meses estabilizado el frente. Habían tomado una cota presuntamente estratégica y sobre ella habían establecido una posición en la que habían dejado una batería y unos trescientos elementos de tropa indígena al mando de oficiales europeos. Haddú había participado en la operación, pero para su bien no se había quedado en la posición recién conquistada.

El enemigo había empezado a hostilizar el nuevo reducto apenas media hora después de que la columna se retirase hacia el campamento general. Muchos policías indígenas habían saltado el parapeto para unirse a los agresores. Al cabo de unas pocas horas, los moros hostiles habían aniquilado a los policías que habían permanecido leales, habían liquidado a los artilleros y oficiales europeos y se habían apoderado de todas las armas y de los cañones. Envalentonados por la hazaña, se habían trasladado al amparo de la noche hasta Sidi Dris, la posición más avanzada de la costa, junto a la desembocadura del río. Al amanecer habían desencadenado su ataque, que habían prolongado durante todo el día. Era la primera vez, desde hacía mucho tiempo, que los moros se atrevían a hacer algo así, atacar de frente una posición importante y mantenerla cercada durante horas. Parecía que las tribus que había entre el río y la bahía habían conseguido formar una harka, es decir, un ejército de irregulares dispuestos a enfrentarse al invasor. Aquello se rumoreaba desde hacía tiempo, aunque los oficiales se negaban a admitirlo. Para ellos no se trataba más que de los grupos de revoltosos que siempre surgían aquí y allá, con la intención principal de extorsionar a los moros de otra tribu o de otro poblado. Pero Haddú ya no tenía dudas al respecto:

– Moros montaña venir a cientos, Molina. Cosa fea de verdad.

Lo que a Molina le parecía especialmente feo era que muchos policías hubieran desertado a las primeras de cambio. Por lo general los policías eran gente que odiaba a los moros de las otras tribus y que llegado el caso los combatía con tanta ferocidad como nunca podría esperarse de los propios europeos. Cobraban tres pesetas, tenían autoridad y un uniforme que exhibían orgullosos entre sus paisanos. Si habían pasado por encima de todo aquello, era que la amenaza les había parecido algo más que considerable. Molina tendía a suponer que el conocimiento de la situación que tenían aquellos desertores era mucho mejor que el del mando. Los oficiales, aunque hubiera algunos que hablaban la lengua de la región y llevaban años trabajando entre los indígenas, no terminaban de comprender la mentalidad de aquella gente.

– ¿Por qué desertaron tantos, Haddú?

El sargento moro meneó la cabeza.

– Muchos venir sólo por la yamsaia. Y ésos, en cuanto la cosa ponerse mala, poco aguantar.

Molina sabía, desde luego, cuánto atraía a los moros la yamsaia (el «cinco tiros»), que era como llamaban al máuser. Y era verdad que muchos se alistaban únicamente por llevar un fusil así, mucho mejor que el rémington o incluso que el Lebel, de sólo cuatro tiros. Pero Haddú no le estaba contestando.

Quiero decir que si sabes algo más -insistió Molina.

Haddú se quedó mirando con gesto absorto la superficie brillante del mar. Parecía como si le costara decidirse. Al fin dijo, cautelosamente:

– Este año cosecha buena. Mucha lluvia en invierno, mucho sol ahora, pronto nadie necesitaros para no pasar hambre. Moros montaña estar fuertes y amenazar a los demás. Decir que el general ir demasiado lejos, que vosotros estar a punto de caer como higos del árbol. Mucho peligro, Molina.

– ¿Y tú qué piensas?

– Yo bien con vosotros. Yo sargento -declaró, señalándose los galones-, montar caballo, tener respeto. Yo estar amigo de verdad y hasta el final, porque vosotros traer orden y moros montaña sólo bandidos.

A Molina no le cabía ninguna duda de la sinceridad de Haddú. Había marchado hombro con hombro con él por los infernales caminos de herradura de la región, le había visto disparar contra los pacos, y en cierta ocasión había recibido un testimonio más contundente de su lealtad. Regresando de una descubierta, les hicieron fuego desde una loma y el mulo que montaba Molina se desbocó. El sargento se fue al suelo, con la mala fortuna de quedársele enganchado un pie en la artola. De no haber sido por Haddú, que acudió al galope con su caballo para retener al mulo, sin cuidarse de la lluvia de proyectiles que caía sobre ellos, la cabeza de Molina se habría hecho pedazos contra los pedruscos del camino. De ese día databa su firme amistad, y aquella tarde frente al mar el sargento Molina tuvo la sensación de que acababa de someterla a una prueba injusta.

Haddú se puso en pie. Si quería llegar a su campamento con buena luz, y más le valía que fuera así, debía emprender camino sin dilación. Se echó el máuser a la espalda y le tendió la mano a Molina.

– Tú tener cuidado -le pidió-.Y ojos bien abiertos.

– Tenlo tú también, Haddú.

– Hasta luego.

Molina acompañó a Haddú hasta la entrada de la posición y desde allí lo vio alejarse en su caballo blanco. Un caballo así era un orgullo para un moro, a la par que una señal de temeridad en el combate, a lo que en parte se debía ese mismo orgullo. Los moros habían nacido para luchar, era su forma de vida y no se consideraban hombres sin un arma. Los moros de las montañas, según le había contado Haddú, llegaban más allá. Para ser un hombre entre ellos, era necesario haber matado a alguien. Cuando el jinete desapareció entre los montes, Molina se fijó sin poder evitarlo en uno de los centinelas de la posición. Era un quinto de Alicante, al que él mismo había instruido un par de meses atrás. Los tres meses de instrucción, con largos tiempos muertos, no sobraban para hacer de los quintos buenos soldados. Pero el de Alicante no habría aprendido ni en un año entero. Sujetaba el máuser como quien sujetara una escoba. Frente a un diablo de la harka, estaba perdido. Sólo algunos de los reclutas que venían de los pueblos, acostumbrados a la vida dura del campo y asiduos practicantes de la caza furtiva, tenían como combatientes alguna posibilidad. Molina los identificaba en seguida, porque él mismo compartía aquellos orígenes. Los demás, del campo y de la ciudad, eran salvo contadas excepciones unos pajarillos indefensos.

Cinco años atrás, Molina había sido también un novato. Había llegado a África desde su pueblo, en los montes de Málaga, y había tenido la mala ventura de ser destinado a la compañía de voluntarios de un batallón de cazadores. Sus primeras semanas entre los temibles veteranos de la compañía de voluntarios, la unidad de choque del batallón, habían sido pavorosas. Como los demás reclutas, Molina trataba a todos de usted, incluso a los soldados, y procuraba pasar lo más desapercibido posible. Aquellos sujetos, que habían asumido el negro destino de marchar siempre en vanguardia y que habían visto la muerte de frente, no vivían más que para el día de paga. La soldada tan duramente ganada la machacaban sobre la marcha en unas timbas salvajes que duraban hasta el amanecer y que terminaban muchas veces en reyerta.

De aquel atolladero le sacó, bien que de forma un tanto insospechada, su buena puntería. Molina cazaba desde los nueve años, edad a la que su padre le había regalado el retaco con el que cobrara sus primeras piezas. Un día le habló de su afición a la caza a un teniente que había trabado conversación con él. El oficial, que también era cazador, le dejó una escopeta y tres cartuchos. Con ellos, Molina abatió tres perdices. Desde ese día, el teniente le demostró gran simpatía y dio un impulso eficaz a sus ascensos a soldado de primera y a cabo. Gracias a ellos pudo mejorar de destino, aunque nada en África era muy codiciable. Luego se hizo sargento, y cuando le llegó el momento de licenciarse, descartó de pronto sus planes de emigrar a la Argentina y decidió quedarse en la milicia.

Podía parecer una decisión insensata, pero Molina había tenido sus razones para obrar así. Sus superiores y los soldados le apreciaban, porque era íntegro y templado, dos virtudes escasas en el ejército de África. Además, Argentina estaba muy lejos, y pese a toda la cochambre, la vida de campaña no le disgustaba. Lo demostró prefiriendo irse al frente, en lugar de aceptar un cómodo destino burocrático. Un profesional, sostenía, no podía dejar que la guerra la hicieran los que venían a la fuerza. Molina distaba de sentir entusiasmo por aquella guerra, pero tenía una visión romántica del deber. Cuando le había tocado África, su tío, que era un pequeño terrateniente de algunos posibles, le había comprado un sustituto, es decir, alguien dispuesto a ocupar su plaza a cambio de una suma de dinero. Era ésta una corruptela que las leyes permitían. Pero Molina rechazó indignado el favor. Nadie iba a morir en su lugar por unas perras, le dijo a su tío.

Mientras regresaba hacia su tienda, Molina dejó a un lado sus recuerdos y se concentró en lo que le había contado Haddú. Según las noticias oficiales, lo de Sidi Dris había sido una gran victoria, un correctivo ejemplar para la osadía de los moros rebeldes. De la posición ganada y perdida en el mismo día, en cambio, no se informaba mucho. Molina no creía que aquella política, la de dar la espalda a la verdad, sirviera para mucho. No convenía asustar a la gente, pero quizá convenía menos que siguieran creyendo que estaban tan seguros como si aquello fuera la provincia de Albacete.

Y es que la vida en Afrau, a unos veinte kilómetros de la línea del frente teórico, tendía con facilidad a la rutina y al aburrimiento. Los soldados francos de servicio sesteaban aquí y allá, durante horas. Salvo jugar a los naipes hasta hartarse y beber resignados el vino aguado y con sabor a sulfato de cobre que se servía en la cantina, no era mucho lo que podían hacer. El tedio era tanto que incluso se contagiaba a las descubiertas, pese al siempre posible riesgo de ser tiroteados. Afrau estaba emplazada en el territorio de una tribu pacificada, pero nunca podía descartarse que un incontrolado o una partida de moros de alguna tribu limítrofe y no tan sumisa decidiera hacer acto de presencia para dar una sorpresa. A Molina le costaba convencer a sus hombres, veteranos o inexpertos, de la importancia de mantener férreamente el orden de combate cuando le tocaba salir en la diaria protección de la aguada. Como la mayoría de las posiciones, Afrau no tenía agua y era preciso ir todos los días a buscarla a un pozo distante unos dos kilómetros.

Aquella tarde, casi todos los soldados dormitaban en las tiendas, como cualquier otra tarde. En Afrau había unos ciento sesenta hombres, pero apenas se oía un ruido. De pronto, Molina escuchó unos gritos enfurecidos:

– Me cago en el puto mono. Otra vez.

Los gritos provenían de una de las tiendas más próximas a las dos piezas de artillería con que contaba la posición. Allí era donde estaba la tienda de los sargentos, entre ellos el propio Molina, y la de los oficiales.

– Ya está, ya se te ha acabado el chollo, bicho de mierda. Dónde estás, cabrón, que te voy a matar.

Sonó el inconfundible ruido de una pistola al ser montada, y en la abertura de la tienda de los oficiales apareció el teniente que mandaba la sección de ametralladoras. Estaba hecho un basilisco.

Molina, temiéndose lo que había sucedido, se acercó.

– A sus órdenes, mi teniente -dijo, cachazudo-. ¿Qué ha pasado?

– El maricón del mono ha vuelto a revolverme la maleta para quitarme el librillo de papel de fumar -respondió el teniente, mientras buscaba desencajado con la mirada, en todas direcciones-. De eso ya estoy hasta las pelotas, pero esta vez el hijo de la gran puta me lo ha dejado todo perdido. Eh, allí está.

Molina miró hacia donde señalaba el teniente. El mono, al que todos llamaban Luisito, estaba sentado en lo alto de una tienda con el librillo de papel de fumar del teniente en la mano. Era un mono chico de rostro perverso, y se daba la circunstancia de que en aquellos librillos encontraba su pasatiempo favorito. Le encantaba ir arrancando todas las hojitas de papel y dejarlas caer como pétalos arrastrados por el viento. Si se aplicaba, era capaz de hacerlo a una velocidad pasmosa. Algunos soldados, atraídos por las voces, habían salido y observaban divertidos la escena. Los más imprudentes se reían a carcajadas, como era costumbre con las pifias del mono.

– Aprovechad para reíros, porque es la última vez juró encolerizado el teniente, mientras le apuntaba.

– Mi teniente -dijo Molina, sujetándole el brazo.

– Déjame en paz, Molina. He dicho que me lo cargo y me lo voy a cargar.

– Piénselo, mi teniente. No es más que un animal. Qué gana usted. Mire que ese bichillo es casi la única diversión que tienen estos hombres.

– A mi costa -rezongó el teniente.

– Y a la mía, y a la de cualquiera. Deje que se rían un poco. Los tenemos aquí tres años, sin ver a sus madres y comidos de liendres. Ya que no pueden protestar, no les mate usted al mono, mi teniente.

Ningún sargento que no fuera Molina se habría atrevido a decirle aquello y así al teniente. Pero mientras le sujetaba le miraba a los ojos, y el teniente sabía, como los demás oficiales, que Molina era un sargento curtido y de buen seso. De repente se sintió avergonzado y bajó el arma.

– Pasa por esta vez, Molina -dijo-. Pero vigila que ese bicho asqueroso no vuelva a meterse en mi tienda.

– Lo haré, mi teniente -asintió Molina. Sólo tenía veintisiete años, pero a veces se sentía el padre de aquellos oficiales sin experiencia que llegaban de la academia con la única idea de hacer valer sus estrellas a toda costa. Aquel teniente, sin ir más lejos, sólo llevaba cuatro meses en África, y aún no había tenido ocasión de probar su valía allí donde Molina sentía que quedaba al descubierto la pasta de la que cada uno estaba hecho.

Molina se acercó a la tienda a la que estaba encaramado el mono.

– Baja aquí, Luisito.

El mono terminó de deshojar el librillo y se tiró de un salto al hombro de Molina. El animal era de todos y de nadie, pero por alguna razón le había cogido un especial afecto al sargento. A Molina también le caía bien el mono, quizá por aquella mezcla de astucia y mala leche que tenía.

– Eres un gilipollas -le dijo.

El mono exhibió los incisivos, entre farruco y risueño. Lo entendía todo y no olvidaba una ofensa. Un día, Molina lo vio venir completamente blanco de harina, gruñendo y enseñando los dientes a diestro y siniestro. Desde entonces, siempre que pasaba uno de los panaderos, se iba hacia él, le tiraba de los faldones y mostraba su dentadura apretada alternativamente a Molina y al panadero. Al fin el sargento resolvió indagar y averiguó que los panaderos, hartos de que el mono les robara chuscos, habían escondido uno en un saco de harina, y cuando el mono se había metido a buscarlo habían cerrado el saco y le habían dado una somanta ejemplar. Pero aquella era sólo una de las mil historias de Luisito. A Molina le pasaba como le había dicho al teniente, que el mono le alegraba la vida. Por un momento pensó en la posibilidad de que aquel mozalbete nervioso hubiera cumplido su amenaza. Pero en fin, se dijo, para qué perder el tiempo con imaginaciones. Molina acarició el lomo del mono con cuidado, porque ni siquiera él estaba libre de sus mordiscos, y optó por dirigir sus pasos hacia la cantina.

A esas horas solía encontrarse allí con los cabos. Entre ellos había uno, llegado el año anterior, con el que había tomado cierta confianza. Era de Madrid y se llamaba Amador. La forma en que se habían conocido había marcado en cierto modo la relación que se había establecido entre ambos. Había sido en Dar Quebdani, la población principal de aquel territorio. Molina estaba en la cantina con otro par de sargentos cuando de pronto se fijó en un incidente que tenía lugar al otro lado de la barra. Al parecer se había organizado una pelea. Uno de los contendientes era un moro joven, hijo de uno de los notables de la tribu. Su padre tenía grandes influencias entre los mandos, por los servicios prestados en el sometimiento de la zona. El otro, casi arrinconado contra la pared, era un cabo con pinta de nuevo. El moro, un individuo corpulento y fanfarrón, le empujaba y se burlaba de él. El cabo no era muy robusto y parecía a la vez demasiado sorprendido y asustado para reaccionar. Molina se acercó y se interpuso entre ambos. Le espetó al moro:

– ¿Quién eres tú para empujar a los cabos?

– ¿Y quién ser tú, sargentito? -repuso el moro, despectivo.

Aunque Molina no era de gran estatura, lo suplía con decisión. Cogió al moro del pescuezo y lo arrastró hasta la calle. El otro intentó resistirse, pero Molina tiraba de él con fuerza y le llevaba la ventaja de la iniciativa. Sin embargo, en cuanto le soltó, el otro intentó revolverse.

– Piénsatelo -le desafió Molina.

En ese instante apareció el cabo, furioso y con el machete desenvainado. Quería dar atropellada suelta a la rabia que se había tragado antes. Molina, sin dejar de encarar al moro, le retuvo.

– Guarda el hierro, chaval, no vayas a hacerte daño. Esto ya se acabó.

Y dándole la espalda a su oponente, se llevó al cabo de allí. Aquel cabo era Amador, y cuando estuvieron lejos del local, Molina le dijo:

– No saques el machete con un moro si no vas a matarlo. A ese moro ni tú ni yo podemos hacerle nada, así que más vale no perder el tiempo. Pero eso no quiere decir que haya que aguantarle todo. ¿Entiendes?

Amador seguía aturdido. No encajaba bien en aquel lugar, donde había que decidir deprisa el ataque y la retirada, y donde la duda era sancionada con brutal severidad. Amador tendía a la melancolía, y hasta tenía vagas inquietudes intelectuales. Sólo acertó a decir:

– Gracias, mi sargento.

Desde aquella tarde en Dar Quebdani, Molina tomó a Amador bajo su protección, y el cabo guardó gratitud al sargento. Amador procuraba aprender de Molina todo lo necesario para sobrevivir en África, y Molina encontró en el cabo a alguien con quien departir en las largas tardes del campamento. Amador era instruido y a Molina le gustaba su sentido común, aunque muchas de sus ideas le resultaban inmaduras. Una tarde, Amador le confesó que era socialista y militaba en el sindicato de oficios varios de la UGT Titubeó al revelarlo, pero Molina sólo dijo, con su tono rural y sentencioso:

– Yo sé poco de política. Procuro saber lo que es justo, nada más. Eso, mal o bien, se sabe siempre, aquí y en Estambul.

Luego los habían destinado a los dos a la posición de Afrau, y allí llevaban ya cuatro meses. Molina había aleccionado a Amador en la táctica militar, no en la de los libros que el madrileño había podido estudiar en el curso de cabo, sino en la del terreno, la que al sargento le había enseñado África. Ahora Amador era el cabo preferido de Molina para las descubiertas.

Al entrar en la cantina de la posición de Afrau, pintada en el chillón color rojo de todas las cantinas de aquel ejército, Molina respiró con desgana su olor pesado y mugriento. Luisito se escurrió hasta el suelo y emprendió una carrera con rumbo desconocido. El cantinero, un civil sucio y obeso, y lo bastante ansioso de dinero como para aceptar ganarlo en aquel lugar dejado de la mano de Dios, saludó a Molina con aire servil:

– Buenas tardes, mi sargento.

El cantinero sólo anteponía el «mi» a los oficiales y a Molina. Ni siquiera el suboficial que estaba destinado a la posición, con quien tenía negocios que Molina prefería ignorar, se beneficiaba de aquel tratamiento. El cantinero sabía que Molina no le apreciaba y que todos respetaban a aquel sargento veterano, así que guardarle esas formas era una manera de mantener cautamente la distancia.

Molina observó la lata de caballa. Era todo un símbolo de la cantina. De ella cogía el cantinero las únicas tapas que daba a la tropa. Clavaba el tenedor en el pescado reseco, lo ofrecía al pedigüeño y decía:

– Embarca.

El cliente abría la boca y el cantinero le metía en ella el tenedor con el cacho de caballa. Con eso se ahorraba platos que lavar, y el mismo tiro le servía para matar otro pájaro: aquella caballa salada y revenida estimulaba la sed y hacía perdonar el bautizo sistemático del vino.

Amador le hizo señas desde una mesa. Estaba con otro cabo, que a Molina no le caía tan bien. El sargento ordenó al cantinero, esquivando su cara:

– Me pones un vaso.

Y echó a andar sin prisa hacia donde estaba Amador. Se sentó junto a él y frente al otro cabo. El cantinero le trajo el vaso al cabo de medio minuto. Molina bebió un sorbo pequeño, sin paladearlo.

– Ha estado por aquí Haddú -le dijo a Amador, con voz sombría.

– ¿Algo no marcha bien, mi sargento? -se interesó el otro cabo.

– Esto es una guerra, González -se mofó Molina-. Lo normal es que algo no marche bien. Si no, sería una verbena.

– ¿Sabe algo de lo de Sidi Dris? -preguntó Amador.

– No sólo de eso. Parece que hay una harka importante al otro lado de las montañas. Cientos, dice Haddú.

– Tampoco se lo tome al pie de la letra, mi sargento -intervino González, a quien el vino soltaba la lengua-. Los moros exageran siempre.

Molina se quedó contemplando en silencio a González, pero al final prefirió pasar por alto aquel comentario.

– Antes de atacar Sidi Dris tomaron una posición que acabábamos de fortificar. Dice Haddú que se hicieron con una batería.

– Joder, eso sí que es una contrariedad -constató Amador.

– Se supone que no tienen artilleros y que no saben manejar los cañones, pero acabarán aprendiendo -temió Molina-. En todo caso, voy al asunto. Me huelo que se nos han terminado las vacaciones. A partir de ahora, habrá que estar más atentos que nunca. Ya podéis ir tomando nota.

– Pero mi sargento, si el frente está a veinte kilómetros -protestó González.

– En este país nada está lejos, cabo: Nosotros estamos aquí quietos, pero ellos van y vienen. Ésta es su tierra y también es suya la noche, cuando nosotros dormimos detrás de nuestros parapetos. Si un día deciden venir a cascarnos, vendrán antes de que queramos darnos cuenta.

Amador pensó con inquietud en la situación que el sargento sugería. Las noticias de Sidi Dris, una posición costera como Afrau, le habían producido una fuerte impresión. Se imaginaba a los moros disparándoles desde las montañas, cortándoles toda posible retirada y obligándoles a resistir de espaldas al mar. Siempre decían que la Ar mada vendría a rescatarlos en caso de apuro, pero no sería fácil salvarse si tenían que bajar a la playa bajo el fuego.

– ¿Qué cree que se proponían, mi sargento? -preguntó, con ansiedad.

Molina respiró hondo y bebió otro sorbo antes de contestar.

– Creo que probaban nuestras fuerzas. Y creo que hemos fallado.

En ese momento, se desató un ruido de cristales rotos detrás de la barra. Acto seguido se oyó al cantinero renegar:

– Maldita sea tu estampa, bestia del demonio.

Un par de segundos después, Luisito atravesó la cantina como una exhalación y se perdió entre las tiendas. Todos se rieron, incluso Molina.

– Ya se lo dije al teniente. Hace demasiado calor, el vino es infame y la harka anda al acecho. Pero por lo menos tenemos al mono.

3 Laya

LOS GENERALES DISCUTEN

El cañonero Laya, que cargaba sobre sus esforzadas cuadernas el penoso deber de vigilar la costa que se extendía al oeste de Melilla, navegaba a toda máquina hacia Sidi Dris. Era mediodía, uno de esos mediodías azules de verano en los que la mar refulgía como si fuera de plata. El alférez Veiga, acodado junto al cañón de la amura de babor, recordó la última vez que habían ido a Sidi Dris, tres días atrás. Entonces la posición estaba sitiada y de las alturas que la rodeaban caía sobre ella un intenso fuego de fusil. Desde el barco había visto las nubecillas blancas que delataban la posición de los tiradores moros. Eran tantas que resultaba increíble. Después de soltar un par de andanadas la refriega se había calmado un poco, y al final del día los atacantes se habían retirado dejando numerosas bajas. Pero había sido la primera vez que Veiga veía un espectáculo semejante y no había podido evitar sentir compasión por los pobres infantes metidos en aquella ratonera. Su suerte, si lo meditaba, era infinitamente mejor. El barco iba y venía sobre las olas, en el espacio siempre abierto de la mar. Nunca antes se había sentido tan feliz de ser marino, y no, por ejemplo, uno de aquellos soldados condenados a resistir el asedio dentro de su precario reducto.

Aquel día la misión que llevaban era muy diferente. En el camarote del comandante descansaba el Alto Comisario jefe supremo de todas las fuerzas de África. Se dirigía a Sidi Dris a conferenciar con el Comandante General, que era el jefe de las tropas de la zona de Melilla. Se decía que las relaciones entre ambos dejaban bastante que desear. El Alto Comisario era un año más joven y había estado a las órdenes del otro. Ahora las tornas se habían cambiado y el Comandante General lo acataba de mala gana. Tampoco el Alto Comisario se sentía demasiado feliz de tener a aquel subordinado. El Comandante General tenía fama de impulsivo, todo lo contrario que el Alto Comisario, un hombre más bien reflexivo y calculador.

Veiga, como correspondía a su rango de último oficial del Laya, apenas había visto al Alto Comisario cuando había subido al barco. Le había parecido cansado y de bastante mal humor. Su bigote de afiladas puntas le daba un aire triste y anticuado. Sus compañeros decían que en otras ocasiones en que le habían llevado a bordo se había mostrado más comunicativo, pero Veiga no podía hacer la comparación. Llevaba sólo quince días en el Laya. Era su primer destino tras salir de la escuela naval. No había tenido mucha suerte, porque nadie quería que le enviaran a aquellos sufridos cañoneros obligados a ir y venir por la costa Africana para atender las necesidades de las posiciones. Hacían a la vez de apoyo y de aprovisionamiento y estaban todo el día pringados. Pero Veiga no se quejaba. Era un barco, a fin de cuentas, y estaban donde podían ser útiles. Aunque echaba de menos la lluvia de Galicia y el viento del Atlántico, la mar siempre era la mar.

– Qué, mi oficial, ¿tomando el relente?

Veiga se volvió. Quien se le había dirigido era Duarte, un contramaestre natural de San Fernando. Era un tipo siempre irónico, con retranca, que a Veiga no le agradaba mucho. Siempre tenía la sensación de que se tomaba demasiada familiaridad, pero tampoco acababa de saber cómo pararle sin parecer despótico. De momento, prefería contemporizar con él.

– Poco relente, por desgracia -observó, receloso.

– Bueno, no crea usted -dijo Duarte-. Sólo estaremos a treinta grados. Aquí puede hacer mucho peor. Y no vea tierra adentro, donde los de caqui. Dentro de un mes les echan humo los sesos. Y encima de eso, los moros.

Veiga no sentía demasiada inclinación hacia Duarte, pero le sabía buen conocedor de África. Llevaba cinco años navegando por aquella costa. Ya que lo tenía allí, al alférez le costó reprimir su curiosidad.

– Oye, Duarte. ¿Habías visto alguna como la del otro día?

Duarte hizo memoria.

– Quizá no. Si acaso, cuando estuve con las lanchas gasolineras, por la zona de Nador. Pero lo del otro día no tiene nada de extraordinario. Lo que pasa es que nosotros lo vernos a distancia, cuando lo vemos. Los de caqui las pasan mucho peor a menudo. Cuando se ponen, los moros son más malos que la sarna.

– ¿Y crees que seguirá el jaleo?

– Desde luego que sí. Mientras no los machaquemos del todo. Hace más de veinte años que nos andan dando sinsabores. Cuando no es aquí, es allá. Claro que hay que comprender que nosotros queremos mandar en su tierra, y a cualquiera le revienta que otro intente eso.

– Tampoco es como lo dices. Representamos la autoridad del sultán.

– Precisamente, mi oficial. Esa gente se muere de hambre desde siempre. Y el sultán lo único que quiere es cobrarles impuestos. Pero como el sultán está a cientos de kilómetros, aprovechan y dicen que se los pague su padre. Así que ahora venimos nosotros en plan de recaudadores. Mientras les demos de comer y rémingtons, fingen que nos hacen caso. Pero en cuanto les volvemos la espalda nos clavan la gumía. Como debe ser.

Veiga supuso que al menos debía poner mal gesto.

– No sé si debería consentirte esos comentarios, Duarte.

– Usted perdone, mi oficial -se apresuró a rectificar Duarte-. Mi madre me lo decía siempre: el sol me altera la cabeza.

Veiga acudió a hacer su turno en el puente. Era, con mucho, la sensación que prefería. Le gustaba ver la proa del buque abriendo en dos el lomo azul profundo de la mar. Hasta le gustaba ver los cañones apuntando al horizonte. Veiga se había hecho marino porque había nacido en una tierra y una familia de marinos, y se había hecho marino de guerra por algo más que la tradición familiar. Todos los barcos ejercían en él una atracción irresistible, pero nada podía compararse a un buque de guerra. Incluso el Laya, que era un barco más bien modesto, se le antojaba de una hermosura sin igual. Veiga era un individuo afortunado, porque no sólo tenía unas convicciones arraigadas y una pasión indiscutible, sino que además sentía que había conseguido vivir conforme a ellas, honrándolas y recibiendo la recompensa que ellas le guardaban. También era muy joven, y en sus labios la miel todavía sabía a miel. Duarte, que le observaba a distancia, cruzaba apuestas consigo mismo acerca del momento en que el paladar empezaría a amargarle; pero acaso se equivocaba. Acaso Veiga fuera de los que, de confabularse adecuadamente las circunstancias, podían morir en la misma ilusión en que habían nacido.

Seguía el alférez allí, en el puente, curando avistaron la playa de Sidi Dris. Llegaron a media tarde. Sobre la posición ondeaba la bandera, en lo alto de un mástil que había resistido el ataque reciente. Hacia la izquierda se veía la achatada silueta blanca del morabo, la tumba del santón musulmán que daba nombre al lugar. Cuando se hubieron acercado lo suficiente, el barco redujo la marcha. El rumor de las máquinas fue bajando paulatinamente. Intercambiaron señales con la posición. El Comandante General estaba ya esperando al Alto Comisario, como por otra parte correspondía. Acusaron recibo y anunciaron que arriarían un bote para ir a buscarle.

Era costumbre que un oficial mandara el bote que había de recoger al Comandante General, y su condición de último de la lista le deparó a Veiga el honor. Con una decena de marineros y el contramaestre Duarte partió hacia la playa. La mar estaba como un plato, y desde su puesto en el bote Veiga vio cómo la tierra amarilla de África se acercaba plácidamente. De la posición no llegaba ningún ruido. Veía a la gente que estaba en la playa, y a los artilleros afanándose alrededor de los cañones. No como tres días atrás, en labores de combate, sino a ese ritmo más pausado y perezoso del entretenimiento rutinario. Hacia el morabo distinguió a alguno de los moros que venían a orar o a ponerle ofrendas al santón. Si no hubiera sido por la guerra, habríase dicho que Sidi Dris era un tranquilo lugar de reposo.

Al llegar a la playa, Veiga saltó el primero del bote y se cuadró ante el Comandante General.

– A la orden de vuecencia, mi general.

– Buenas tardes -repuso el Comandante General, sin mucho entusiasmo. Era un sujeto de aire imponente, como un luchador de feria. Su bigotazo frondoso, lejos del afilamiento del que lucía el Alto Comisario, reforzaba esa sensación de alguien que acostumbraba a embestir los problemas, antes que consentir la debilidad de pensar la mejor forma de resolverlos. Muchos de sus hombres le respetaban porque no le importaba visitar las posiciones de vanguardia y andar cerca del fregado; de hecho, ésa era la razón de que se encontrara con el Alto Comisario en aguas de Sidi Dris, en la misma línea del frente. Otros le censuraban que debajo de sus modales aparentemente confianzudos saltara con frecuencia un talante desabrido y autoritario.

El Comandante General dejó en tierra a casi todo su estado mayor y subió al bote sin más compañía que su ayudante y uno de sus más estrechos colaboradores, el coronel Morán. Al retirarse el bote de la orilla, Veiga asistió levemente conmovido a la resignación de aquellos hombres de uniforme polvoriento que quedaban en la playa, forzosos seguidores del luchador incansable al que se llevaba como pasajero. Entre ellos le llamó la atención el comandante de Sidi Dris, un hombre de aspecto amargado que parecía empequeñecido entre los demás oficiales y jefes. Seguramente le sucedía como a la tripulación del Laya: en cierto modo, debía desear que llegara el momento en que volvieran a dejarle solo, para poder disponer otra vez de su humilde posición sin el estorbo de tanto jefe y tanto general.

Recorrieron la distancia entre la playa y el barco sin que nadie pronunciara palabra. No lo hizo el Comandante General, con la ceñuda mirada fija en la costa. Tampoco habló el coronel Morán, que miraba igualmente la costa, aunque sin ceño. Veiga observó de reojo al coronel. Era famoso en toda Melilla como uno de los mejores conocedores de la idiosincrasia de los moros. En su calidad de jefe de la Oficina de Asuntos Indígenas, trataba con sus caídes a diario, incluso se decía que había desembarcado varias veces en la bahía para tratar de atraerse a las tribus que estaban más reacias a colaborar con los europeos. Hablaba su lengua y sabía ganarse su confianza, de la única forma en que eso podía hacerse: combinando las promesas y las advertencias con una exquisita habilidad. Era paradójico que tuviera que servir a las órdenes del Comandante General, para quien todas las negociaciones venían a ser una pérdida de tiempo, tolerable sólo en caso de que no pudiera enviarse una división a despejar el panorama. En opinión del general, ninguna charla era más eficaz que una buena remesa de cañonazos.

El Alto Comisario esperaba al Comandante General en cubierta. Siempre procuraba guardarle alguna cortesía, por el hecho de haber sido su superior y también por la condición, que ambos compartían, de antiguos ayudantes del Rey. Al Alto Comisario no le cabían muchas dudas de la preferencia que el Rey sentía por el Comandante General. De hecho, si le habían nombrado Comandante General de Melilla había sido a sugerencia del propio Rey, tras haber sido destituido de su cargo en la zona occidental por las torpezas que su soberbia le había llevado a cometer allí.

– ¿Cómo estás, Manolo? -preguntó el Alto Comisario, forzando la sonrisa bastante abnegadamente.

– A tus órdenes -contestó el Comandante General, saludando al otro con un gesto enérgico, casi brusco.

Los dos generales desaparecieron juntos bajo el castillo y entraron solos en la cámara de oficiales. Sus ayudantes se quedaron a la puerta, con los oficiales de la tripulación. Aun-que Veiga era joven e inexperto, no se le escapó la tensión que remaba en el ambiente. Al fin se decidió a romperla el coronel Morán, dirigiéndose al comandante del Laya:

– Vaya guerra os estamos dando últimamente.

Con eso se abrió una conversación de circunstancias, que al menos sirvió para hacer menos larga la espera. Mientras tanto, en la cámara de oficiales, el Alto Comisario y el Comandante General entraban en materia.

– ¿Qué estás haciendo, Manolo? -preguntó el Alto Comisario.

– Cumplir el plan que me aprobaste hace dos meses, mi general.

Cuando el Comandante General quería marcar las distancias, como aquella tarde, solía llamar a su compañero y antiguo subordinado mí general. Al Alto Comisario le exasperaba aquella actitud, en la que veía la rabieta de un niño malcriado al que le hubieran quitado su juguete.

– ¿Qué plan? ¿Cuándo te he autorizado yo a cruzar ese río?

El Comandante General rehuía la mirada del Alto Comisario, pero no era por miedo, sino por altivez. Para dejarlo bien claro le miró a los ojos en actitud desafiante, mientras respondía:

– En el plan lo tienes escrito. Asegurar la posesión del macizo de la sierra de Quilates como paso previo al avance sobre la bahía. Tomar posiciones en el territorio de la tribu de Tensamán. Para eso hay que cruzar el río.

– No me vengas con pamplinas, Manolo. Estuvimos hablando del asunto hace un mes. Te dije que no veía madura la situación en el territorio de Tensamán, y estuviste de acuerdo. Te pedí que intensificaras y consolidaras la acción política con los jefes antes de emprender ninguna operación militar.

– Y así lo he hecho.

El Alto Comisario le atajó:

– Eso lo dices tú. Todo lo que veo es que mandaste una columna a tomar una posición que perdimos en unas pocas horas. Nos ha costado hombres, cañones y deserciones en masa de tropas indígenas. Nada nos conviene menos en este momento, y no me parece el síntoma de una situación política consolidada. Más bien es todo lo contrario.

– Había que hacer una demostración de fuerza. El enemigo intimida constantemente a quienes nos son leales o pretenden someterse.

– Joder, Manolo, y más que los van a intimidar ahora.

El Comandante General encajó mal el reproche.

– Puede que la operación no se ejecutara en debida forma -reconoció, mordiendo las palabras-. Asumo la responsabilidad por eso. No siempre se tiene éxito en lo que se intenta. Quien no intenta nada nunca se equivoca.

El Alto Comisario soltó un bufido.

– Por favor, Manolo, no empecemos con ésas. No te estoy reprendiendo porque haya salido mal, sino porque nunca debería haberse intentado. Deberías haber previsto que pasaría lo que pasó. Bastaría con que leyeras los informes de tu gente. El último que me mandaste del coronel Morán, sin ir más lejos. Es evidente que en la zona de Tensamán se cuece algo que impide que progresemos como deberíamos. No puedes hacer sin más como si no existiera y tirar adelante. Si tienes que trabajar más, trabaja más.

– ¿A qué le llamas trabajar más? ¿A seguir regando nuestro dinero entre esos andrajosos? Con una mano te lo cogen y con la otra te apuñalan. Sinceramente, mi general, no creo que nuestra red de jefecillos pensionados nos vaya a ser de decisiva ayuda para lograr el objetivo. Llevamos mucho tiempo y mucho dinero gastado sin sacar más que promesas ambiguas.

El Alto Comisario miró a su interlocutor. Era evidente que estaba convencido de tener la razón y que nada iba a cambiar eso. Hacía más esfuerzos por defender su orgullo herido que por escuchar lo que su superior pudiera decirle. Pero él era quien mandaba allí, y temió que aquella tarde, si no se lo hacía notar, iba a limitarse a desperdiciar saliva.

– Vamos a ver si nos aclaramos -dijo, procurando mantener la calma-. Tal y como yo lo entiendo, y no tengo más elementos de juicio que los informes que tú me remites, el problema tiene nombre y apellido.

– ¿A qué te refieres?

– Al Jatabi. Nuestro antiguo juez de apelación.

– Eso es una tontería, con mis respetos. Es un pequeño caíd ensoberbecido. Nada más. No querrás que le deje marcarnos el paso.

El Comandante General apenas podía contener su ira al oír el nombre del Jatabi. Aquel moro, letrado y de buena familia, había servido a los europeos como kadí koda o juez de jueces de la Oficina de Asuntos Indígenas. El Comandante General le había tratado siempre con desprecio, y el Jatabi, resentido, se había atrincherado en el territorio de su tribu de las montañas. Desde allí intrigaba desde hacía tiempo contra los invasores, cuyas debilidades conocía bien. Según los informes, andaba reclutando gente y presionando a quienes dudaban si seguir o no el ejemplo de los sumisos. En opinión del coronel Morán, autor de la mayoría de aquellos informes, debía intentarse por todos los medios atraerle de nuevo, porque era un jefe astuto e influyente. Era el caso que el Jatabi, además de subalterno del coronel en la Oficina de Asuntos Indígenas, había sido su profesor de árabe y dialecto. Eso, unido al trato considerado que el coronel le había dado siempre, le había servido para ganarse su amistad. Aprovechando esa simpatía, el coronel había intentado convencerle con dinero, como era costumbre. Pero el moro, aunque había recibido amablemente a su antiguo jefe y alumno, había rehusado todas las ofertas. Tampoco habían sido muy generosas, porque el Comandante General sentía honda repugnancia hacia la idea de comprar a quien en su criterio debía ser castigado como traidor.

El Alto Comisario meditó durante u" instante sobre la última observación del Comandante General. Después, con fría ironía, opinó:

– El pequeño caíd nos ha dado una paliza, Manolo. De momento puede que no sea demasiado fuerte, pero si vuelve a sorprendernos lo será. Cada vez que metamos la pata, tendrá más partidarios. Ya sabes que esta gente siempre se pone del lado del vencedor. Si no puedes negociar con él, negocia con todos los demás y procura aislarle. Entre tanto, nada de aventuras.

El Comandante General había llegado al limite de su paciencia. Había sido él quien a base de audacia y de intuición había conseguido conquistar en los últimos seis meses lo que nadie había conquistado en diez años. Ningún otro había sometido a tantas tribus en tan poco tiempo. Y eso a pesar de que tenía la mitad de los hombres que necesitaba y de no haber recibido los refuerzos que insistentemente había reclamado. Nadie le ayudaba, pero le abroncaban y le decían lo que tenía que hacer. No pudo contenerse:

– Mira, Dámaso, ya está bien de contemplaciones. Les pagamos, les regalamos armas, y este año, como se morían de hambre, mis soldados les han dado de comer. Les hemos perdonado los impuestos, henos sido más que complacientes. En cuanto a los jefes de Tensamán, nos hemos acercado por todos los medios imaginables. Siempre dudan, nunca es el momento, todavía hay que esperar un poco más. Mientras tanto nuestros enemigos se crecen y mi gente vegeta en sus posiciones. No existe todavía esa harka enorme que dicen, pero si seguimos siendo débiles la acabarán levantando.

El Alto Comisario terminó de escuchar en silencio la expansión del Comandante General. Después dio un golpe en la mesa y gritó:

– Préstame atención de una vez. Lo último que me hace falta ahora es que te pongas a alborotar el patio por este lado. Tengo un montón de problemas en el oeste, y ésos no pueden esperar. Aquí hemos avanzado excesivamente. Hay que asentarse, tantear el terreno, aguardar la ocasión. Que te quede bien claro: te prohíbo que te muevas de la línea actual. Refuérzala, y entérate de lo que pasa en Tensamán antes de volver a meterte en otro lío.

– Deberías pensarlo mejor -protestó el Comandante General-. Así no llegaremos a donde dijimos antes de que acabe el verano.

– Yo nunca dije nada. Lo que debería preocuparte, por encima de todo lo demás, es si puedes defender lo que ya tienes.

– Eso y mucho más, si no sabotearas mis iniciativas -le replicó el Comandante General, elevando el tono.

El Alto Comisario sintió que no podía tolerar aquella insubordinación.

– Lo último que te soporto es que me alces la voz -chilló-. Ya estoy hasta los cojones. Harás lo que te mando y punto.

En ese momento sonaron un par de golpes en la puerta de la cámara. Al cabo de unos segundos apareció en el umbral el comandante del Laya.

– Con su permiso, mi general.

– ¿Qué? -preguntó el Alto Comisario, todavía alterado.

– Se les oye desde fuera -informó el comandante, prudentemente-. No puedo impedir que mi tripulación se entere de todo.

– Gracias. Seremos más discretos. Vuelva a cerrar, por favor.

El Alto Comisario se detuvo a reordenar sus pensamientos. No era aquélla su manera ordinaria de proceder, y lamentaba hasta el extremo perder los estribos por culpa del Comandante General. Este, echando mano de su vigoroso amor propio, guardaba un pesado silencio.

– Vamos a ver -dijo el Alto Comisario, extendiendo sobre la mesa un mapa de la zona-. En lugar de malgastar energías faltándonos mutuamente al respeto, aprovechemos para tomar decisiones constructivas.

De mala gana, el Comandante General se irguió sobre el plano.

– Esta viene a ser la línea actual -señaló el Alto Comisario, recorriéndola con el dedo-. Con un estribo aquí, en Sidi Dris y el otro en el campamento general. Ya te lo dije otras veces, tenemos descubierto el flanco izquierdo. Habría que pensar en hacer algo al respecto, con la debida precaución.

– Ya hemos estado observando el terreno. Parece especialmente apropiada la altura de Igueriben -sugirió el Comandante General, indicando el lugar sobre el mapa-. Serviría como apoyo y avanzada del campamento general.

– Lo dejo a tu criterio, siempre que estés seguro del terreno que pisas.

– Está bastante antes de llegar al río, mi general. -De acuerdo. ¿Qué más se te ocurre?

El Comandante General puso su dedo sobre otro punto, a medio camino entre Sidi Dris y el campamento general. Y dijo:

– Aquí hay un aduar que se llama Talilit. Sobre esta elevación podríamos establecer una posición que enlazara Sidi Dris con el campamento general. El ataque ha demostrado que el enemigo puede incomunicar Sidi Dris con cierta facilidad. Una posición en Talilit fortalecería mucho la línea.

– ¿Qué puede costarnos?

– Poco. Está dentro de nuestra actual área de influencia. -Pues adelante con ello. Pero ni un paso más. -Bien -asintió el Comandante General, con el ceño fruncido.

El Alto Comisario se apartó del mapa. Paseó arriba y abajo de la pequeña cámara, con la vista clavada en el suelo. Tras ir y venir cuatro o cinco veces, se detuvo y enfrentó la mirada del Comandante General.

– Manolo -dijo, tratando de resultar conciliador-. Esta noche tengo que telegrafiar al ministro el estado actual de la situación. Voy a taparte. Seguiré presentando lo de Sidi Dris como un incidente sin demasiada importancia. Al fin y al cabo, podría haber acabado peor. Voy a decirles que aquí todo está en orden, que estás tomando las medidas necesarias y que no hay mayor peligro. Dime si crees que puedo dar ese informe.

– Desde luego.

– Hablo muy en serio. Piénsalo.

– No me tiembla el pulso por comprometerme a eso.

– Eso es lo que estás haciendo, comprometerte. Y si fallas me comprometes también a mí. Así que quiero estar al tanto en todo momento.

– Como ordenes.

Cuando los dos generales salieron de la cámara, sus ayudantes y los marinos enmudecieron inmediatamente. Todos habían oído las voces, y aunque no lo hubieran hecho, el gesto de los dos jefes excusaba cualquier esfuerzo de imaginación. La despedida fue incómoda y envarada. El Alto Comisario sólo aflojó el gesto para decirle al coronel Morán:

– Sigue haciendo esos informes. Valen su peso en oro.

El comentario no era lo más oportuno para amansar al Comandante General, y el coronel, que le conocía lo suficiente como para saberlo, recibió el elogio lo más comedidamente posible. Embarcó con su superior en el bote y éste puso proa a tierra en la calurosa tarde Africana. Veiga, de nuevo al mando de la embarcación, procuraba pasar más bien inadvertido. Esta vez el silencio era aún más opresivo que durante el trayecto de ida.

Al llegar a tierra, el Comandante General abandonó el bote sin despedirse de los marineros, y pasó junto a Veiga sin contestar tampoco a su saludo. Lo mismo hizo su ayudante, que bajó antes que el coronel Morán. Por el contrario, el coronel se detuvo a devolverle a Veiga el saludo y dijo con deferencia:

– Gracias por todo, alférez.

– De nada, mi coronel.

Ya en el bote, mientras navegaban hacia el Laya, Veiga se quedó observando la figura del coronel que quedaba atrás, en la playa, mezclada con las de los otros. A medida que se empequeñecía, el alférez tuvo una extraña sensación. El coronel no era un oficial y mucho menos un jefe como los demás. Su temperamento encerraba algo que Veiga discernía confusamente. Algo que le abocaba a la desdicha y la incomprensión.

4 Talilit

LA CONQUISTA

La columna partió al rayar el alba. Los jefes, con criterio encomiable, consideraron que los hombres merecían el beneficio de hacer la peor parte de la faena antes de que el sol estuviera demasiado alto y hasta las moscas se aplastaran a la sombra de las chumberas. Pese a ello, a los quince minutos de marcha por aquellos andurriales infames, Andreu empezó a notar cómo el sudor resbalaba por su espalda. El, como el resto de los hombres de su sección, llevaba encima todo el equipo individual. Si las cosas salían según lo previsto, para él y para sus compañeros aquel viaje sería sólo de ida. Desde un recodo del camino se volvió a contemplar la imagen ya familiar de Sidi Dris, suspendida sobre la neblina matinal que difuminaba el mar. Durante semanas le había parecido un agujero miserable, pero comparado con el lugar donde a partir de aquel día iba a vivir podía considerarse un palacio. Por lo pronto, el lugar donde a partir de aquel día iba a vivir ni siquiera existía aún, aunque ya tenía nombre: Talilit. Lo que les tocaba aquella mañana era tomarlo y construirlo, y llenar aquel nombre, hasta entonces vacío, con la tristona decoración de una posición militar de vanguardia: las defensas exiguas, las tiendas cónicas y polvorientas, los soldados asustados.

El movimiento táctico, aunque a Andreu eso no le interesaba mucho ahora, había sido diseñado con relativa competencia. Desde el campamento general había partido poco antes del amanecer otra columna, con la que establecería contacto la de Sidi Dris a los pies de Talilit. Desde ambos flancos progresarían en pinza sobre la cota, batiendo siempre el frente donde podía surgir hipotéticamente alguna oposición. Una vez tomada la cota, se desplegarían las avanzadillas y comenzaría el trabajo de los ingenieros. En realidad era una rutina archisabida, repetida decenas de veces por los europeos en decenas de lomas Africanas, sobre todo en aquella tierra montañosa, donde la obsesión del guerrero venía siendo, desde hacía muchos siglos, ocupar una posición más alta que la de su adversario. Para los montañeses, nada había más placentero que hostigar desde arriba a los intrusos, dominándolos en todo momento y forzándolos a reptar por los desfiladeros.

Sin embargo, para Andreu y para muchos de sus compañeros, aquélla era la primera vez. Nunca antes habían marchado así por los caminos de África, con la misión de abrirse paso y conquistar un pedazo de aquel territorio levantisco. Hasta entonces no habían conocido más que el interminable sopor de la guarnición y el pavor fugaz e insólito de haber permanecido asediados durante el fallido asalto a Sidi Dris. Pero caminar entre aquellos montes era una sensación bien diferente. A Andreu, que había pasado casi toda su vida en una ciudad, le impresionaba el campo Africano. Le impresionaban sus formas quebradas, sus colores implacables, sus olores recios como vergajazos. Avanzando entre todos aquellos estímulos poderosos, y aunque fuera acompañado de cientos de hombres, se sentía expuesto y a merced de todos los peligros. Si lo pensaba, quienes con él marchaban y él mismo no eran más que un puñado de desgraciados sosteniendo el empeño risible de querer imponerse a aquel país arduo y cruel. Quizá por eso, porque todos eran conscientes de la vanidad del intento y sentían la misma inquietud por su suerte, la columna se movía en un espeso silencio, sólo roto por el arrastrar de pies y el ruido laborioso de las caballerías y la impedimenta.

Ni siquiera quienes ya habían vivido aquello, o ellos menos que nadie, tenían el ánimo para fiestas. Naturalmente, siempre había excepciones, y a medida que la luz se fue haciendo más viva, algunos se sintieron lo bastante expansivos como para empezar incluso a hacer bromas. Uno de éstos era Rosales, cabo y veterano que había intimado con Andreu desde la noche en que estando ambos de guardia el moro había degollado al pobre Pulido. También él iba a quedarse en Talilit, y la idea le gustaba, decía, tanto como comerse una mierda de mulo. Pero se esforzaba por conservar el humor.

– Vaya jeta fúnebre, catalán -se burló, dándole una palmada a Andreu.

– Bueno -contestó Andreu, gravemente-. Ojalá me confunda, pero me da que vamos más de funeral que de bautizo.

– No jodas, Andreu. No me empieces como Pulido, que ya viste que el que la mienta se la termina echando encima. Esto es más ruido que nueces, ya lo vas a ver. Me apuesto contigo unas suculentas sardinas de intendencia a que llegamos a ese Talilit o como se llame, montamos un espectáculo de cojones y no aparece ni un solo moro. Como unas maniobras. Fijo, tú.

– Ojalá, te digo.

– Pues claro, hombre. Te voy a contar un secreto sobre los mojames, que sólo lo saben los que se las han pelado con ellos un par de veces por lo menos. No esperes que ninguno se te ponga delante cuando estás atacando, con los cañones y las ametralladoras y todo este follón que llevamos. Entonces se quedan retrepados en sus agujeros, mirando hasta dónde llegas, y si llegas mucho, ellos se van más atrás. Cuando la cagas con ellos es cuando te quedas a esperarlos. Porque los muy maricones siempre esperan a que tú dejes de esperar y entonces te la dan. En realidad, sólo hay una cosa peor.

A Rosales se le había enfriado súbitamente la sonrisa. Andreu no tenía costumbre de quedarse a medias, y le preguntó:

– ¿Qué cosa?

Rosales meneó la cabeza, antes de responder.

– Lo peor con los mojamés, catalán, es cuando les das la espalda. La retirada, el repliegue, salir de naja, como leche quieras llamarlo. Y si lo haces sin organizarte, entonces estás listo.

– ¿Lo dices por experiencia?

– No te lo voy a contar ahora. Fue por la zona de Dar Dríus, hace bastante. La verdad es que prefiero olvidarlo, compañero. Sólo te digo una cosa: no les des la espalda nunca. Si te ves mal, aguanta hasta el penúltimo cartucho, y el último te lo gastas en los sesos. Ese favor que te harás.

Andreu se quedó meditando sobre las palabras de Rosales, con un aire tan serio que el cabo se sintió un poco culpable.

– Pero eso será cualquier otro día, si es -volvió a animarle-. Hoy prepárate sólo para oír tracas de feria. Además, nunca te olvides de que la peor parte se la comen los policías y los regulares, que para eso los tenemos.

Llegaron a las inmediaciones de Talilit bastante temprano, y poco después avistaron la otra columna. Todo parecía despejado. A lo lejos, entre las lomas, se veían las aplastadas casas del aduar. Al principio había poco movimiento, pero la llegada de la columna hizo salir de ellas a alguna gente. Vieron a varias mujeres, que se escondieron en seguida, y después, más cautelosos y desafiantes, a algunos hombres armados. Los jefes de ambas columnas deliberaron brevemente. Se discutió el emplazamiento de las baterías de montaña y se decidieron las líneas de ataque. Sobre la cota que estaba destinada a acoger la posición se había podido ver a algunos elementos presumiblemente hostiles. Teniendo en cuenta todas las circunstancias, se arbitraron las disposiciones pertinentes. Andreu, como el resto de los soldados, aguardaba órdenes. Se fijó en un grupo de regulares que también esperaban a una cincuentena de metros de donde él se hallaba. Estaban tranquilos como ninguno, como si estuvieran haciendo un alto en una excursión campestre. Eran indígenas alistados bajo la bandera de los europeos, como los policías, y se los empleaba intensivamente como tropa de choque. Se había empezado a hacerlo años atrás, después de una serie de escabechinas de europeos que habían terminado provocando enconadas broncas en las Cortes y hasta una huelga revolucionaria. Para paliar el ya amplio descontento popular con aquella guerra, se había puesto en marcha la recluta sistemática de aquellas tropas indígenas, a las que siempre se les adjudicaba el trabajo sucio. Muchos oficiales protestaban por ello, porque creían que eso devaluaba a las tropas europeas, reduciéndolas a labores de guarnición e inutilizándolas para el verdadero combate. Los soldados, menos comprometidos con la causa, no lo veían tan mal.

Emplazaron las baterías, mientras los regulares y los policías iniciaban el despliegue. Andreu y los de su sección se quedaron junto a un destacamento de artilleros. Los veía sudar para poner las piezas en situación, mientras él se limitaba a sujetar el fusil, con otro tipo de sudor en sus manos. No tenía ninguna gana de trepar por la ladera, pero era un hombre de acción y algo le crujía en el interior al ver a otros corriendo el riesgo o dando el callo mientras él simplemente se quedaba a verlas venir. Siempre le había gustado estar en primera línea, allí donde las daban y las tomaban. Pero si se paraba a reflexionar, ahora, aunque sentía la vergüenza de estar emboscado, no era el impulso de dejar de estarlo tan firme como cuando se jugaba la piel en Barcelona. Allí estaba en su elemento, y hasta los adoquines de la calle obedecían a su bravura y a su ambición. África, en cambio, era de ellos, de los flacos hombres de pardo que los vigilaban desde lo alto.

No obstante, cuando los cañones comenzaron a rugir, habríase dicho que aquellos hombres no eran más que un puñado de miserables hormigas pisoteadas por un elefante. Primero las baterías machacaron la altura de Talilit, forzando a esfumarse a los pocos infelices que habían pretendido resistir o sólo fanfarronear desde allí. Después clarearon el frente, y para rematar dispersaron de forma fulminante a los grupos de hombres armados que se divisaban en las proximidades del aduar. De paso que los dispersaban deshicieron varias de las casas, pero al oficial de artillería que mandaba el destacamento junto al que paraba Andreu no pareció preocuparle demasiado. Cuando el sargento que estaba al cargo de una de las piezas sugirió que debían afinar un poco la puntería, para no darles a las casas, el oficial, un teniente rubio con acento sevillano, soltó una carcajada y dijo:

– ¿Para qué? Tira al bulto, como si apedrearas a un perro. Más que nada, se trata de que se enteren de que más les vale no darnos por culo.

Andreu observó cuidadosamente al teniente. Era espigado y desenvuelto, con todo el aire de un señorito andaluz; uno de esos que ya están dispuestos a hacer valer su desparpajo en cualquier plaza antes de levantar tres palmos de la arena. Este no tendría mucho más de veinte años. Decían que de todos los oficiales, los de artillería, casi por encima de los de caballería, eran los más chulos. Tenían el hábito de ver correr a los pobres infantes bajo el fuego de sus piezas, y nunca sentían de cerca los estragos que provocaban sus máquinas. Era algo que pasaba siempre en otra parte, a una distancia que lo volvía todo pequeño y un poco tragicómico. Andreu sopesó, soñador, la posibilidad de que el teniente se viera forzado a un cuerpo a cuerpo con alguno de los harqueños. Y se dijo (pero acaso era la mala leche de estar esperando bajo el sol para subir a aquella cota) que si alguna vez se lo encontraba en un trance así, le iba a ayudar su padre, al teniente. Ya podía dar gracias si no se echaba el fusil a la cara para abreviarle la chapuza al moro.

Los otros moros, es decir, los que combatían del lado de los invasores, avanzaban ya por las laderas de la montaña de Talilit. La preparación de la artillería había limpiado de inconvenientes su camino, y los regulares iban ganando altura con orden y rapidez. Sus oficiales europeos, los únicos que compartían con ellos la suerte de poner el pie y el hocico donde nadie los había puesto antes, los arengaban en árabe. Era una singular simbiosis, la de aquellos oficiales, muchos muy jóvenes, y casi siempre los más convencidos e impetuosos que salían de las academias, y los soldados indígenas enrolados por la paga, el fusil y el odio a sus vecinos. Se decía que sólo los jefes europeos que sabían ser fríos y brutales se ganaban el respeto de aquella tropa, pero también corrían leyendas sobre oficiales de regulares caídos durante un asalto de un balazo en la espalda. Alguno que se había pasado de frío o de brutal, barruntaba Andreu, y como él todos los soldados.

En cuanto los regulares hubieron abierto el camino hacia la cumbre, se ordenó a la tropa europea avanzar en su apoyo. Los soldados, una buena parte de ellos novatos del último reemplazo, se pusieron en marcha con más reserva que entusiasmo. Algún oficial asumió el deber de picarlos:

– Vamos, que ahora os toca demostrar lo que os cuelga.

Andreu buscó al autor de la viril apelación, sin éxito. Debía ir en la vanguardia de su columna. En realidad, no todos los oficiales eran tan cretinos. A muchos, quizá la mayoría, les fastidiaba como a los soldados aquel ajetreo. Andaban pensando en escaquearse y en esa clase de cosas en las que pensaría cualquiera, como la forma de sacar tajada o cuánto les quedaba para largarse de permiso. Andreu tenía una teoría quizá elemental, pero extensamente contrastada. En cualquier parte, y el ejército no iba a ser una excepción, los gilipollas nunca eran muchos. En ese instante se acordó de su amigo Maspons. Gracias a él había leído los libros de Kropotkin, con los que había terminado de convertirse al anarquismo. Maspons, que había leído muchos más libros, solía decir algo que tenía que ver con su teoría:

– La inteligencia está mucho mejor repartida de lo que suele creerse. Ya lo escribió Descartes, que era un burgués, pero tenía la cabeza bien puesta. Por eso la Idea se acabará abriendo paso, Andreu.

Era hasta cierto punto irónico, admitió Andreu, acordarse de la Idea mientras marchaba en las filas de un ejército burgués, con las armas en la mano para defender el sueño de los burgueses y aquel absurdo capricho burgués de poner la bandera en los riscos resecos de África. Pero como no podía tirar el fusil al suelo y echar a andar de vuelta a su ciudad, no le quedaba más remedio que apretar los dientes y aguantarse. Los pies empezaban a dolerle, y el equipo, pese a lo escaso que resultaba para enfrentar la adversidad, le pesaba mucho más de lo que hubiera querido.

Los acemileros, detrás de ellos, tiraban con energía de las bestias, que no parecían demasiado deseosas de iniciar la ascensión. Todos los mulos y mulas estaban fogueados, es decir, se los había acostumbrado a oír tiros para que no salieran despavoridos. Por otra parte, el bombardeo se había espaciado mucho y los regulares, más arriba, apenas disparaban de vez en cuando para mantener al enemigo a distancia. Pero aquellos animales tenían menos de idiotas de lo que muchos se creían. Bastaba con que hubieran tenido que hacer una faena como aquélla una vez para que supieran que no era un plato de gusto. Era increíble, la memoria que se gastaban.

Obedeciendo las órdenes de los oficiales, los soldados se desplegaron en guerrilla y empezaron a subir. Los regulares acababan de coronar la montaña. Coincidiendo con ese momento, les hicieron fuego desde otras alturas vecinas. Los soldados indígenas lo repelieron con prontitud, y en seguida se desencadenó en su ayuda el tronar de la artillería. Mientras se terminaba de definir la situación, las compañías europeas se aplastaron contra la ladera. Andreu notó en su piel el calor de la tierra a través del uniforme. Y no era ni siquiera mediodía. El sudor resbalaba por su frente y por las de sus compañeros. También le molestaban las cartucheras donde llevaba los peines para el máuser, demasiado gruesas para tumbarse en tierra. Rosales, agazapado a un par de pasos de él, trataba de sobrellevarlo con alegría:

– Unas maniobras, catalán. Si tiran de fogueo.

– Tu madre, Rosales.

– Tú no conoces a mi madre -bufó Rosales-. No hay nada más grande que el amor de una madre, pero la mía siempre tira con bala.

– Lo que más me pudre -dijo Andreu- es estar aquí arrumbados como si fuéramos inválidos. Casi preferiría estar ahí arriba, con los moros. Desde allí por lo menos pueden ver qué pasa.

– Relájate, compañero. Ya tendrás tiempo de aburrirte de mirar.

Entre los cañones y los regulares, bien asentados en lo alto de la futura posición, no tardaron mucho en reducir el fuego enemigo a un paqueo esporádico. Una vez restablecido el control, las compañías europeas avanzaron de nuevo. Junto a la de Andreu venía una de ingenieros. Ellos subían todavía más cargados, y una vez que llegaran arriba no habrían hecho más que empezar. En sus semblantes, sin embargo, no se veía el desconsuelo que traían los de la compañía de Andreu. Los ingenieros subían a todas las posiciones, pero no se quedaban en ninguna. Aunque tuvieran que fortificarlas, a menudo bajo el fuego enemigo, sabían que antes del anochecer se irían a un campamento en condiciones, dejando allí a los pobres infantes a quienes les había tocado la china. Aun embarazados por el peso de sus herramientas, observaban a los futuros inquilinos de Talilit con una suerte de conmiseración.

Cuando las compañías europeas llegaron a la cima, los soldados se desparramaron atropelladamente por el espacio que iba a abarcar la nueva posición. Los regulares que ya la defendían, bien apostados y con el fusil prevenido, observaban impasibles el caos que traían los europeos. Lo hacían con el rabillo del ojo, mientras se mantenían bien atentos a lo que se movía en los alrededores. De vez en cuando uno pegaba la mejilla al fusil y lanzaba un zambombazo cuyos efectos comprobaba un segundo después alzando un poco la cabeza. Se habían colocado alrededor de la loma, cubriendo una superficie bastante mayor que la que ocuparía la posición. Con esa protección, los ingenieros podrían trabajar razonablemente tranquilos.

Mientras los ingenieros cavaban, Andreu y sus compañeros, con el fusil colgado a la espalda, empezaron a llenar sacos terreros y a colocarlos para formar el parapeto. Era una labor bastante ingrata para hacerla bajo el peso del mediodía, pero al fin y al cabo se trataba de una actividad y mientras la hacían los hombres sentían en cierta forma el beneficio de distraerse de sus pensamientos. Un poco más tarde se presentaron los acemileros y también hubieron de ayudarlos a descargar los mulos. Sobre ellos venían las tiendas, las municiones, la comida, el agua, y en suma las cuatro cosas con que el mando los obligaba a conformarse y soportar lo que viniera. Comoquiera que Talilit ocupaba un contrafuerte importante del frente, también los habían distinguido con el derecho a tener su propio destacamento de artillería. Los artilleros llegaron los últimos, y para su sorpresa, Andreu comprobó que el oficial que venía con ellos era el sevillano rubio en el que se había fijado antes. Andreu se limpió el agua que le chorreaba por las cejas para verle mejor. Por alguna razón fácil de intuir, el teniente artillero no tenía mientras examinaba el recinto de la posición el mismo gesto festivo que cuando había desmenuzado el aduar con el fuego de sus cañones. Dirigió con aparente frialdad el emplazamiento de las piezas, pero no paraba de mirar en torno suyo. Andreu podía comprender su desazón. Aunque no fuera un militar profesional, Talilit no le ofrecía tampoco una sensación demasiado tranquilizadora. Ante un ataque severo, no podrían sostenerse como lo habían hecho en Sidi Dris días atrás.Y el camino para escapar no era el más cómodo del mundo.

Una sección de ingenieros se había acercado entre tanto hasta el punto más extremo ocupado por los regulares, y allí montaban a toda velocidad un blocao que serviría de avanzadilla. Andreu observó fascinado la sincronización de aquellos hombres. Iban desembalando los listones de pino numerados y los iban ensamblando como si hubieran nacido haciéndolo. Hasta donde estaba le llegaba el olor de pino nuevo, mientras la forma de la fortificación se alzaba progresivamente ante sus ojos. Los ingenieros trabajaban olvidándose del fuego enemigo. Aquella mañana no era en verdad una amenaza digna de consideración, pero a decir de los veteranos, igual podían montar un blocao mientras los estaban friendo desde todas partes. Una vez levantada la parte inferior de las cuatro paredes, se las arreglaban para trabajar siempre a cubierto, salvo al final. Uno de los soldados de ingenieros que fortificaban la posición, percatándose de que Andreu estaba absorto en lo que hacían sus compañeros, se puso a charlar con él. Según le contó, al final venía el momento más peliagudo. Era entonces cuando colocaban la chapa acanalada que servía de techo al blocao. Un soldado tenía que asomar medio cuerpo para hacerlo, y los moros avezados ya estaban pendientes para cobrárselo.

– La de tíos que la habrán palmado con la chapa en las manos -agregó el de ingenieros, ratificando el peligro que aquello tenía.

El blocao de la avanzadilla de Talilit, sin embargo, se completó sin contratiempos. A mediodía se sirvió el rancho, como mandaban las ordenanzas. La posición estaba ya casi terminada y los alrededores apaciguados. Por contra, la comida provocó cierto revuelo en el interior del recinto.

– Esto es una bazofia -se quejó el capitán de ingenieros.

Un capitán del regimiento de Andreu se acercó a reconvenirle:

– Es lo que hay. Mira el ejemplo que das.

– Mi gente viene a trabajar, no podéis endilgarle esta porquería.

– Vuestro rancho debe ser mejor, por lo que alborotas.

– No hay color. Voy a despachar cuatro mulas abajo para que traigan comida de verdad. Para los tuyos también.

Media hora después las mulas volvieron con un buen número de raciones del rancho de los ingenieros. Andreu, tras probarlo, hubo de admitir que el capitán de ingenieros no presumía de balde. Tampoco era un manjar, patatas y judías, pero el cocinero de los ingenieros sabía revolver los ingredientes. Lástima que no lo dejaran en Talilit. Andreu temía que en los próximos días lo mejor que iba a comer eran las odiadas sardinas de lata.

La labor continuó a marchas forzadas durante la tarde. Los ingenieros tenían bien presente el tiempo que necesitaban para regresar desde allí hasta su campamento, y sabían que debían rematar la obra a una hora que les diera margen suficiente para poder recorrer aquel camino a la luz del día. A eso de las cinco dieron por concluida la posición. En conjunto, constaba de un parapeto de un metro y treinta centímetros, treinta de ellos de firme y el resto alzado con sacos terreros. La habían rodeado de doble línea de alambradas y habían cavado una media trinchera que comunicaba con la avanzadilla. El recinto no era demasiado amplio, el que habían podido sacarle al monte sin tener que explanar. Bastaba sin holgura para la compañía que iba a quedar allí, con una sección de ametralladoras y el destacamento de artillería.

Los ingenieros recogieron rápidamente sus bártulos, los regulares se replegaron también en un abrir y cerrar de ojos, y la columna entera, salvo quienes iban a quedar en Talilit, descendió otra vez la ladera en el orden de combate prescrito. Aquel movimiento, como le advirtiera Rosales a Andreu, era especialmente arriesgado. Se notaba en la tensión de los regulares. Si bien celebraban abandonar la cota de Talilit, se cuidaban mucho de distraerse. Lo hicieron bien, porque el enemigo, sin duda al acecho aunque siempre invisible, se abstuvo de incordiar a los que se retiraban.

Andreu y el resto de los hombres de la guarnición de Talilit vieron sin alegría cómo se alejaban sus compañeros. A partir de ahora sólo les quedaba esperar los convoyes de aprovisionamiento e intercambiar con el campamento general y con Sidi Dris destellos de heliógrafo. Podrían avisarlos en seguida si las cosas se ponían feas y era de día, pero otra cosa era lo que los pudieran ayudar. Su única ayuda segura eran los 200 disparos de cañón y los 130 cartuchos por barba que les dejaban en la posición.

El capitán que quedaba al mando llamó a los sargentos para organizar los servicios. Los que fueran a la avanzadilla permanecerían allí tres días, y entre los restantes había que arreglarse para cubrir los puestos de centinela y el resto de las necesidades de la posición. Andaban justos, así que no era mucho el tiempo que podrían descansar entre servicio y servicio.

La primera noche, Andreu y Rosales pringaron la guardia. Toda una faena, después de la paliza que se habían pegado aquel día, pero así era la guerra. Andreu cubría el flanco que daba al aduar y contemplaba las luces exiguas y trémulas que brillaban en las casas. Rosales, que hacía la ronda del parapeto, se paró a echar un cigarro con él.

– Míralos -dijo, señalando hacia el aduar-. Hasta ayer lo mismo eran amigos, quiero decir todo lo amigos nuestros que pueden ser los moros. Hoy se lo andarán pensando, en el mejor de los casos.

– ¿Y qué crees que harán? -preguntó Andreu.

– No quieras saberlo. Por la parte de Dar Dríus, cuando la ofensiva, el Comandante General ordenó un ataque aéreo con bombas incendiarias. Las tiraron en los aduares y mataron de todo: niños, viejos, mujeres. Tres días después, tuvimos un contratiempo tomando una loma. Nos retiramos malamente, porque cundió el miedo y eso es definitivo. A unos diez los cogieron.

Rosales interrumpió su relato y dio una larga calada.

– ¿Y? -le incitó Andreu.

– Qué curiosidad más poco sana, catalán. Te digo que no quieras saberlo.

– Dímelo. Siempre he preferido saber a qué atenerme.

– No te va a dejar dormir a gusto -advirtió Rosales-. Los encontramos al día siguiente, cuando al fin nos las apañamos para tomar la puta loma. A todos les habían cortado las pelotas y se las habían puesto en la boca para que se asfixiaran. Ese día no hicimos un solo prisionero, pero tampoco arreglamos nada. Todavía sigo viendo los ojos desorbitados de aquellos difuntos.

Andreu apuró en silencio su cigarro, clavándose el humo bien adentro del pecho. Lo mismo hizo Rosales, y después los dos siguieron contemplando el aduar, las casas misérrimas donde las lucecitas temblaban.

5 Afrau

AÑORANZAS NOCTURNAS

La noche estaba clara y tranquila sobre el recinto de Afrau. El cielo se veía tachonado de estrellas y del mar llegaba, enredado en la brisa, un rumor de olas. No soplaba muy intensa, la brisa, pero aflojaba el calor que los hombres tenían pegado a la piel con la misma saña que los piojos. Eran una cosa seria, los piojos de África. Los soldados procuraban mudarse a menudo y la ropa la lavaban con agua hirviendo, pero no había forma. Aunque el agua caliente matara a algunos, cuando recogían la camisa de la cuerda donde la habían puesto a secar volvía a estar comida por la piojera. Algunos se rascaban todo el tiempo, otros cazaban los que podían y los achicharraban para vengarse. Los más procuraban solamente soportar el suplicio.

Molina estaba sentado junto a Amador, asomados ambos al frente del parapeto que daba al mar. Algunas noches, cuando el bochorno no les dejaba conciliar el sueño, el cabo y él se reunían a charlar allí. Muchas veces les daban las dos de la mañana, pero no les importaba. Cuando la noche venía brava nadie conseguía dormirse antes de esa hora, lo quisiera o no.

Aquella noche tenían abundancia de noticias para comentar. Después de los dos zarpazos recibidos a primeros de mes, parecía que el mando había tomado la decisión de enviarle una advertencia al enemigo. Se había tomado la cota de Igueriben, donde se había establecido una posición importante que debía proteger el extremo sur del frente. Se había hecho con gran demostración de fuerza y alguna oposición, pero el resultado era espléndido. A continuación le había tocado el turno a otro monte llamado Talilit. En esta ocasión había habido menos dificultades. La nueva posición de Talilit cerraba el camino hacia Afrau, por lo que la conquista había sido recibida allí con alborozo. Con aquella acción, el frente estaba más consolidado y Afrau era más retaguardia que antes. Las informaciones que llegaban a Afrau al respecto eran tan optimistas como pormenorizadas; demasiado como para no despertar el recelo de Molina:

– Alguien cree que necesitamos buenas noticias.

– Natural, mi sargento -apuntó Amador.

– No digo que no sea natural. Digo que sólo nos enteramos tan rápido y tan bien cuando todo sale a pedir de boca, o cuando lo parece.

– ¿Lo parece? Son dos golpes en un par de días. No es poca cosa.

– No seas inocente, Amador. Lo de Igueriben y lo de Talilit son puras maniobras defensivas. No avanzamos un paso.

– Pero mejoramos la línea.

– Eso es lo que nos dicen. No he ido a ninguna academia y no sé más táctica de infantería que la de la sección, que es todo lo que puedo llegar a mandar. Pero a veces me da el pálpito de que no es bueno tener tantas posiciones. Más nos valdría tener sólo cuatro o cinco, pero fuertes de veras.

– A nosotros nos viene bien, en todo caso. -¿Por qué?

– Por Talilit. Les cierra el paso para llegar hasta aquí. Molina sonrió imperceptiblemente.

– Menos mal que eres un revolucionario, cabo. Te lo tragas todo.

Amador se ofendió un poco, en parte porque Molina ridiculizara sus ideas políticas y en parte porque insistiera en afearle su candor. El sargento se dio cuenta y le arreó una palmada cariñosa en la nuca.

– Perdona, hombre. Todos queremos creer lo que nos sosiega. Incluso yo quiero creerlo. El problema es que aquí, en África, eso del frente es una ilusión, como ya te he dicho muchas veces. Cada parapeto y cada posición es el frente, porque a cualquiera puede tocarle una de plomo mañana mismo. Además, ¿qué te crees que tenemos en Talilit para defendernos tanto?

– Una compañía, por lo menos.

– Una compañía -repitió Molina, escéptico-. Ciento y pico soldaditos atontados y muertos de ganas de coger un permiso.

– Algo harían.

– Pues claro, Amador. Son ciento y pico hombres con vergüenza, a pesar de todo. Pero si lo que tienen que parar es más fuerte que ellos, sólo pueden dejarse matar o salir corriendo. No hay más.

Amador meneó la cabeza, desesperado.

– Joder, mi sargento, con usted no hay manera de animarse.

– ¿Y para qué quieres animarte? Lo que tienes que hacer es salvar la pelleja y volver a pasearte por la Puerta del Sol, criatura.

Amador se rió. Molina era uno de los sujetos menos chistosos que nunca se había echado a la cara. Y sin embargo, y quizá contra su misma intención, el sargento tenía a veces un gracejo singular. Al menos a Amador se lo parecía. Era aquel fatalismo flemático, aquel mirar las cosas como si nunca fueran con él, con un aplomo infatigable.

– La Puerta del Sol -añoró Amador, al cabo de un rato-. Allí estarán pasándolo bien, ahora. Y mejor que se lo pasarán por la mañana, mientras debaten delante de un cafelito las noticias de la guerra. Esta que a nosotros nos toca comernos aquí, con su bacalao rancio y sus piojos.

– ¿Se debate tanto, la guerra?

– En Madrid, todo el tiempo. Uno compra el periódico y lo leen catorce. Y los catorce tienen opinión, cual si todos fueran generales desaprovechados. Algunos dicen que hay que retirarse, otros que hay que mandar tres divisiones más. Como si las divisiones salieran de la misma máquina que los billetes de banco. Lo que todos tienen en común es una ignorancia enorme de lo que ocurre aquí. Nadie les cuenta esto. Ni siquiera los que vuelven. Los que vuelven se quedan callados, o inventan mentiras aparatosas. Nunca oí que nadie contara lo muchísimo que nos aburrimos, por ejemplo.

– ¿Tú lo contarías?

– Qué sé yo. Si vuelvo, creo que me dedicaré sobre todo a mis asuntos, que es lo único a lo que uno puede dedicarse sin que le pese.

– No me dirás que vas a dejar eso del sindicato.

– Dejarlo, no. Vine socialista y si vuelvo me iré más socialista todavía, porque no he visto a ningún rico por aquí. Pero míreme, mi sargento, tengo veintidós años y una mano detrás y otra delante. Tenía un mal empleo, y ni eso pude conservar. Un buen día me dijeron que ya estaba, que me iba tres años a África. Fue como si me dijeran «chúpate esa, a ver si te las apañas». Pues le juro que si me las apaño, mi sargento, lo primero que hago es dejar de ser un desgraciado. Luego ya buscaré la justicia social.

Molina chasqueó la lengua.

– Yo nunca he sido socialista, Amador -dijo, midiendo las palabras-. Pero tampoco he sido nunca rico. Y cuando lo pienso, me parece que es lástima que los pobres pasemos tanto trabajo para asomar la nariz y poder respirar. Tanto nos cuesta lo poco que nos toca, que nos hacemos todavía más egoístas que los ricos. Bien que te comprendo, de todas formas. También yo he tenido la sensación de hacer el primo, alguna vez.

Aquella confesión, inusual en Molina, excitó el interés de Amador.

– ¿Ah, sí? ¿Y cuándo fue eso?

– No lo vas a creer -dudó Molina, antes de lanzarse-. Fue en el pueblo. Un día el señorito de uno de los cortijos nos contrató a unos treinta, para que escardáramos el trigo. Nos dimos una paliza de órdago, porque nos habían prometido una prima si nos las arreglábamos para acabar en el día. Y acabamos. Pero resulta que cuando vamos a reclamar el jornal apalabrado, con la prima, el mayoral de la finca va y nos dice que nanay, que de la prima nada. Bueno, nos dijo que volviéramos otro día, lo que viene a ser la misma cosa. Tenías que haber visto la escena. Treinta hombres hechos y derechos, dándose la vuelta resignados a no cobrar por haber trabajado como burros. Yo era un mocoso, diecisiete años tenía, todo lo más. Pero se me puso en las narices que eso no se quedaba así. Le dije al mayoral que si no nos pagaba nos llevábamos toda la herramienta. Que pensara el negocio que hacía, y que si le encartaba, mejor. Le aseguré que venderíamos todo y que algo sacaríamos; si había suerte, más incluso de lo que se nos debía. Por un momento los otros dudaron, pero al verme tan resuelto, apretaron los mangos y el mayoral temió que podíamos cumplir la amenaza. Al final nos pagaron, que dirás que era lo principal. El caso es que en adelante me costó mucho que nadie me empleara, mientras los otros, los que habían comido bien esa noche porque yo me había puesto torero, seguían faenando aquí y allá como si nada hubiera pasado. Lo que yo te cuente, cabo. Las perras corrompen, pero la miseria corrompe todavía más. Esa es la mala ley de la vida.

Amador asintió, asombrado.

– Perdone si le molesta -dijo-. Pero esa historia suya es socialismo práctico. Va a resultar más revolucionario que yo, mi sargento.

– Bueno, entonces era un chaval -le quitó importancia Molina-. Pero sí hay algo que sigo creyendo, entonces como ahora: que no se puede abusar de quien es más débil. Quien hace eso o lo consiente, ensucia el mundo. Ya me supongo que hay quien lo complica más, pero como yo no he leído demasiados libros, creo que con tener clara esa idea sobra para ser un hombre cabal. Si resulta que es socialismo, pues bendito sea. En el fondo, uno no elige cómo ve el mundo. Es algo que te sale, incluso sin quererlo.

Los centinelas dieron novedades. Sus voces sonaban cansadas y remisas, porque todos preferían estar tumbados en la tienda, aunque aquella noche no se pudiera dormir. Molina solía decirlo: uno no sabe lo que vale una cama, un vaso de agua fresca o un café caliente hasta que no le visten de soldado y le ponen a hacer de centinela. Y añadía:

– Mientras estás solo, en el puesto, susurrándole los miedos y los pecados a la noche que nunca te responde, te das cuenta de lo mucho que quieres lo que normalmente ni sabes que quieres. Hasta los más burros lo comprenden, que la única felicidad es tener justo eso que no tienen los centinelas. La libertad de dormir y beber y olvidarte de todo.

Pero a Amador y a Molina sus galones les salvaban de la condena de estar de centinelas y aquella noche preferían seguir velando, que era su forma de paladear su estrecho y preciado pedazo de libertad.

– ¿Qué es lo que echas más de menos, cabo? -preguntó Molina.

– La cerveza fría y los churros -respondió Amador, sin dudarlo un segundo-.Y también pasear por la Plaza Mayor de madrugada, cuando ya sólo queda el chusmerío. Lo hacía muchas veces. Me daba sensación de estar despierto cuando todos los demás dormían. Me gustaba, esa sensación.

– Aquí te falla. En África siempre hay alguien despierto, o muchos.

– ¿Y usted, mi sargento?

– ¿Yo?

– ¿Qué echa usted de menos?

Molina necesitó meditar. Aunque había cogido alguna confianza con Amador, siempre necesitaba meditar antes de contarle algo de su reducto íntimo. Y cuando se decidía lo hacía siempre con pudor.

– Pues es curioso que no echo mucho de menos el pueblo -dijo-. Cuando salí de allí para venirme aquí me dije que no iba a volver. Pensaba irme a Argentina, ya ves tú el apego que le tenía. Además mi pueblo está entre montañas que se parecen a éstas, y que hasta huelen un poco igual. Por eso digo siempre que a mí no me cuesta andar por aquí, porque tengo la costumbre de andar por el campo que hay alrededor de mi pueblo.

– Pero en todos estos años habrá vuelto alguna vez.

– Un par de veces. Porque mis padres son viejos, que si no, ni esas pocas. Si alguna vez acaba esta guerra, iré donde vaya el regimiento, o quizá pida destino al regimiento que hay en Málaga, en la capital.

– ¿Y eso?

Molina bajó los ojos.

– Tengo una medio novia allí -explicó-. La conocí en Melilla, hará siete meses. Desde entonces nos carteamos cuando podemos. Dice que si la guerra no se hace eterna me espera. De eso dependerá que vaya a Málaga o no. Es una chica seria, pero tiene su chispa. El primer día que nos dimos conversación me dijo que era malagueña y trinitaria. Por el barrio de la Trinidad, en Málaga. Yo me reí, y ella se picó, porque resultaba que lo decía como un orgullo. Fue una contrariedad que su familia dejara Melilla para volverse a Málaga. En Melilla podía verla más de seguido.

Amador puso cara de no comprender.

– ¿Y por qué no pide destino ya? Lleva casi cinco años aquí. A otro seguro que no, pero a usted se lo darían.

– No puedo irme de aquí. No mientras sigan pegando tiros.

– ¿Por qué?

– Porque los soldaditos se quedan y hacen falta sargentos para que los moros no los maten como a conejos.

Amador sacudió la cabeza, alucinado.

– Nadie en su juicio pensaría así.

– Pues yo estoy en mi juicio, cabo. Y después de cinco años, hasta me gusta África, fíjate lo que te digo. Antes me preguntabas qué echo de menos y te dije que mi pueblo no. ¿Sabes qué lugar echo de menos? -No.

– Un lugar de aquí. No de esta parte, sino de la de Ceuta. Lo tomamos en otoño del año pasado, cuando yo todavía andaba por allí, justo antes de que me trasladaran a este regimiento. Se llama Xauen, que significa «los cuernos de la montaña». Está entre dos montañas, precisamente.

– ¿Esa que dicen que es una ciudad santa para los moros?

– La misma. Y cuando la ves lo entiendes, Amador. La estuvimos pretendiendo un buen tiempo, sin que los jefes se decidieran a asaltarla. Está muy alta y con los dos montes detrás no tienes más remedio que irle de frente, lo que habría sido una carnicería en toda regla. Al final un teniente coronel hizo una machada o una locura, que de las dos formas puedes llamarlo. Se disfrazó de carbonero y se metió en la ciudad para negociar con los jefes. Les dijo que si se rendían se respetarían sus privilegios y se los protegería, y que si no se rendían o no le dejaban volver nuestros cañones harían pedazos la ciudad. Los jefes de Xauen debieron pensar que alguien que estaba tan loco como aquel teniente coronel era bien capaz de convertir la ciudad en escombros, y se rindieron. Total, que entramos sin disparar un solo tiro, aunque eso no quiere decir que nos recibieran con los brazos abiertos.

– ¿Y cómo es? -preguntó Amador, intrigado.

– Es blanca y se arracima entre las montañas. En eso se parece un poco a mi pueblo, que también es blanco y está colgado de un monte. Pero Xauen es mucho más grande y las callejas de la medina, que son como un laberinto, están llenas de misterio. Lo encalan todo, hasta el suelo, que parece que hubiera siempre nieve. Por cierto que en invierno nieva de verdad. Aquella tierra no parece África, de la cantidad de verde y del agua que hay. Yendo hacia la parte más alta de Xauen tienen una plaza, la única un poco amplia, con una alcazaba y una mezquita, y desde esa plaza, y aún mejor desde algunas terrazas de la medina, hay una vista del valle que quita la respiración. La cosa más rara que tienen es un barrio judío donde hablan nuestro mismo idioma, pero más antiguo. Los moros encerraban por la noche con llave a los judíos, y durante el día sólo podían salir descalzos. Todo eso se acabó cuando llegamos nosotros. Podía hacer, qué sé yo, cientos de años que nadie entraba en la judería de Xauen. Muchos soldados perdían el sentido con las judías, porque llevaban la cara descubierta, no como las moras, y porque eran muy blancas y a veces hasta bonitas. A más de uno le valieron un arresto sus correrías nocturnas, y a otros el juego les salió todavía más caro.

– ¿Más caro?

– Meterse solo de noche en la medina era un peligro. Incluso ir de patrulla, con el chopo listo y la bayoneta calada. Los moros que te cruzabas se llevaban la mano al mango de la gumía, y si no andabas vivo, la utilizaban. Más de un amanecer ha descubierto a uno de los nuestros con el cuello rebanado, manchando de rojo la cal blanca de Xauen.

– Ya hay que tener hambre de hembra.

– O no. Yo mismo me he metido a pasear solo por allí. Era como si no pudieras evitarlo, algo que te atraía a pesar de saber a lo que te exponías. Según te decían, por aquellas calles no habían pasado durante siglos más cristianos que los prisioneros que quemaban en la plaza. Y lo más grande era que si cerrabas por un momento los ojos y los volvías a abrir, te parecía que estabas en un pueblo andaluz. Eso es lo que me hacía ir, sobre todo: no lo que tenía de extraño, sino lo que tenía de familiar. Creo que si echo de menos Xauen, como no echo de menos ningún otro lugar de África, es porque mientras andaba por sus callejas era como si ya hubiera vivido allí, pero a la vez notaba ese embrujo que nunca tiene lo que conoces de sobra.

El sargento se quedó callado y Amador trató de representarse la imagen de aquella ciudad misteriosa que estimulaba su fantasía. En su experiencia de África no había nada parecido, más bien se limitaba a una colección de poblados paupérrimos y de montes áridos, como los que ahora los rodeaban. Nunca había visto a esas judías pálidas, sino a las agrestes mujeres montañesas.

– Sí que parece un lugar digno de verse -observó.

– Y hasta de quedarse. Por eso yo sólo estuve allí un par de semanas -bromeó Molina-.Y tan a poco me supieron que muchas noches sueño que vuelvo. Pero en fin, no es tan malo tener algo que soñar. Yo sueño con Xauen y con la trinitaria, cuando se tercia. Y tú, ¿no sueñas con nadie?

Amador se encogió de hombros.

– No -respondió, sombrío-. A mí no me esperan. Dejé una novia en Madrid, pero hace meses que no me escribe. No era una novia muy buena, ésa es la verdad. Aunque tampoco la critico. Si yo fuera mujer, a buenas horas iba a esperar a un soldado de África. La mala suerte es como un hábito. Si la pruebas se te pega y ya no te la sacudes nunca.

– Tampoco es eso, hombre.

– Sí que lo es. Cuando estaba en Madrid y en los cafés oía hablar de la guerra, siempre pensaba en los pobres que tenían que pasarse tres años aquí y me parecían los parias de la historia. Lo mismo sentían los que hablaban, sobre todo los más viejos, que sabían que ya no podía tocarles esta mierda y largaban como con alivio. Hasta había una especie de crueldad, en la ligereza con que se referían a los muertos o en la rotundidad con que sentenciaban que fulano sí que tenía huevos y mengano no. Cuando supe que me venía a África, comprendí que en adelante yo era uno de los parias, y que con mi desgracia iban a pasar el rato tan ricamente los bocazas del café. Y me sentí en el mismo culo del mundo, qué quiere que le diga.

– El culo del mundo es muy grande -opinó Molina.

– Pero tiene sus barrios, y éste es de los peores.

– No estoy de acuerdo. Para mí, lo peor es cuando uno sabe que no está donde debe. Y entonces, ya puede estar en un palacio de mármol.

Amador vaciló un momento, antes de poner en palabras lo que pensaba. Si al final se atrevió, fue porque aquella noche el sargento le había abierto su corazón como no lo había hecho antes. Habló en voz queda:

– ¿Usted cree que estamos donde debemos?

Molina sopesó lentamente la pregunta.

– Tú quieres decir algo más de lo que has dicho, sindicalista.

– Y lo ha entendido usted, mi sargento. ¿No cree que deberíamos dejar a esta gente que viviera en paz o en guerra, como entre ellos se arreglen? ¿Quién nos manda venir a decirles lo que tienen que hacer? A mí me parece que aquí no pintamos nada, y así nos luce el pelo.

– Estamos aquí para ayudarles -dijo Molina, distante.

– ¿Para ayudarles a qué? Estamos para quitarles el hierro de las minas, o porque les conviene a las otras potencias o le conviene al Rey o les conviene a todos, menos a nosotros y a esos moros que tenemos enfrente.

– No grites esas cosas.

– Es un secreto a voces, mi sargento.

– Aunque lo sea, no las grites. No ganas nada con eso aquí, salvo envenenar a la tropa o echarte encima a los oficiales.

El sargento y el cabo permanecieron sin hablar durante unos tensos instantes. El cabo temió haber ido demasiado lejos. El hombre que le acompañaba aquella noche junto al parapeto de Afrau había hecho de aquella guerra su vida, y a las primeras de cambio él le escupía a la cara su injusticia y su sinsentido. Amador era lo bastante joven como para cometer un desliz de ese calibre, pero no tan inconsciente como para no lamentarlo. Al fin fue Molina, a quien si acaso correspondía, el que rompió el silencio:

– Puede que tengas razón, cabo -dijo, despacio-. No creas que yo mismo no lo he pensado más de una vez. Venimos, conquistamos sus pueblos, y después de todo eso ellos siguen siendo tan pobres como antes, pero tienen que soportar que los que mandamos seamos nosotros.

Amador no quiso cometer otra imprudencia. Preguntó tímidamente:

– Y si piensa eso, ¿cómo pudo quedarse en el ejército? Molina sonrió.

– Ya te digo, a pesar de todo me gusta África. Y además estoy convencido de que lo que tú no hagas siempre vendrá otro a hacerlo. A lo mejor no soy muy humilde, pero me dio la sensación de que esto yo no lo hacía mal del todo. Uno tiene que hacer lo que se le da bien, y si lo miras, bueno es que haya gente con ganas y afición de hacer bien lo que hace, hasta en el infierno. Si el matarife es bueno, la res no sufre tanto. Lo mismo pasa con el verdugo, y puede que pase lo mismo con los sargentos. Si esta guerra es tan injusta como tú crees, a lo mejor se puede hacer que lo sea menos, aunque no deje de serlo del todo. Si te vas, la guerra no se acaba más que para ti. Siempre hay alguien que se queda, pasándolas canutas. Y por mucho que te cagues en la guerra, a ése no le vas a arreglar. No es tan fácil, el asunto. No eliges nunca entre mejorar las cosas o no, sino cómo tratar de no empeorarlas. Y siempre hay idiotas como yo, que eligen quedarse.

Amador recapacitó sobre las palabras del sargento. Según las ideas que había abrazado, Molina era uno de esos tontos útiles que siempre hacen falta para mantener la opresión. Un análisis racional llevaba a esa conclusión de forma casi inexorable. Con sus buenos sentimientos y su moral de sacrificio, Molina se convertía en una herramienta eficaz de quienes habían decidido repartirse aquel botín de África, ínfimo, pero botín al fin y al cabo. El inconveniente era que Amador, por la conjura de las circunstancias, no lo sopesaba todo desde la cómoda barrera de aquellos cafés de la Puerta del Sol. Ni siquiera desde la exaltación de las asambleas. Ahora estaba allí, en el parapeto de Afrau, entre el mar y los montes que se alzaban oscuros sobre las cabezas de un centenar de infelices aturdidos por el insomnio.

No lo podía negar, aunque chocara con sus convicciones: agradecía que también estuviera allí alguien como

Molina, y hasta agradecía que estuviera precisamente por las razones por las que estaba. De pronto sentía una amarga vergüenza por la superioridad con que le había juzgado. Se complacía en considerarse un partidario de la justicia social y contaba a Molina entre los esbirros, pero lo cierto era que nunca habría aceptado hacer por otro lo que Molina hacía. Aquella noche Amador percibía, acaso por primera vez, la paradoja confusa y débil de las creencias y la desconcertante contundencia de los actos. Se sentía tan lleno de contradicciones, que envidió al sargento, para quien todo era, o así parecía, debido y coherente. Ese era su don, y Amador comprendió que era algo que se tenía de nacimiento o no se tenía nunca.

– Perdone por lo que dije antes, mi sargento -murmuró.

– No pidas nunca perdón por decir lo que crees -le atajó Molina-.Y deja de tratarme con tanta ceremonia. Si esta noche no puedes tratarme de tú, no sé cuándo vas a hacerlo. Anda, échate otro cigarro.

Fumaron en silencio, Molina con un molesto sentimiento de desasosiego y Amador tratando de ordenar el revoltijo que había en su cabeza. Mhamed, el sargento que estaba al mando de la sección de policía indígena destacada en Afrau, salió de su tienda, apartada unos quince metros de donde ellos estaban. Por lo que se veía, tampoco podía dormir. Les saludó y ellos le devolvieron el saludo, sin excesivo énfasis. Molina no congeniaba mucho con él. Le parecía demasiado rastrero con los oficiales y hasta con él mismo.

– Espero que no se acerque -dijo.

Pero Mhamed estuvo un rato mirando hacia los montes y después volvió a meterse en su tienda. En ese momento, algo atrajo la atención de Amador.

– Eh, ¿qué es aquello? -preguntó.

Eran unas luces lejanas, más grandes y refulgentes de lo habitual. Estaban hacia la parte de Sidi Dris, en lo alto del macizo.

– Hogueras -dedujo Molina.

– ¿Y quién hace hogueras, a estas horas?

– La harka -repuso Molina, imperturbable-. Así llaman a la lucha a los indecisos. Habrá que irse a dormir, cabo, mientras podamos.

6 Talilit

LA ESPERA

El canto de uno de los gallos sarnosos del aduar saludó el amanecer sobre la posición de Talilit. Los hombres llevaban allí dos semanas y ya se habían hecho a despertarse con aquel quiquiriquí quebrado que rebotaba en las laderas cercanas. Para cuando tocaban diana, todos estaban en un duermevela poco profundo, esperando el ruido de la corneta. Al poco, los centinelas veían salir a los otros de las tiendas, con la secreta alegría del relevo inminente, mientras los oficiales asomaban somnolientos, dejando que los cabos y los sargentos pusieran el campamento en marcha.

Lo malo era que no había, en realidad, nada que hacer. Siempre podía limpiarse algo, las armas o las letrinas, pero ya nadie confiaba en desprenderse el polvo que marcaba con su presencia el cansancio y el olvido. En la aplastante rutina de Talilit sólo había dos accidentes dignos de mención: el momento en que se relevaba a los de la avanzadilla y la llegada, cada dos días, del convoy del campamento general.

En la avanzadilla, considerando la relativa dureza del blocao, se había establecido un turno cada tres días. Para algunos era demasiado y para otros demasiado poco. En el espacio estrecho e insalubre del fortín, casi una cárcel, no faltaba quien encontraba lugar a propósito para la diversión. Mientras los agonías, que siempre había alguno, vigilaban por las aspilleras, los más vivos sacaban la baraja y se jugaban la paga que les quedaba por cobrar hasta el final de su tiempo de servicio. Nadie les reprendía, porque bastante denigrante era tener que estar allí, aspirando el olor a humanidad y el de los cuescos que por la noche se soltaba siempre alguno. Había quien lo llevaba muy mal y se pasaba los tres días mirando el reloj que había en la pared del blocao, contando una a una las horas que faltaban para el relevo. Pero según Rosales, tampoco era para quejarse. Había gente que se tiraba hasta dos meses en un blocao como aquél, aislada y acosada todo el tiempo por el enemigo. Se lo había contado a Andreu durante su primer servicio en el blocao, y señalándole la lata del agua, había agregado:

– Aquí podemos salir a cagar y a mear, pero en esos blocaos donde están tan jodidos se caga y se mea en una lata como ésa. Y el que la encuentra llena tiene que salir a vaciarla. Vaya trabajo, dirás. No es mucho, sólo que los moros esperan a que alguien salga con la lata para zumbarle.

– Pues será cosa de aguantarse -había sugerido Andreu.

– No, si ya te aguantas, pero también se aguantan los otros veinte. Al final, hay un momento en que ya no se puede más. Lo peor de todo es si le han dado a alguien que salió a vaciar la lata. Porque el siguiente que se cague, y ya ves tú si es fácil cagarse en esa tesitura, tiene que salir a recogerla, con todos los moros con la mirilla del fusil fija en la lata de los cojones.

– Nunca mejor dicho.

Aquella mañana Andreu no estaba en el blocao, ni tampoco de servicio. Era de los pocos, porque con el último convoy del campamento general habían llegado órdenes de doblar constantemente la guardia. Hacía días que se oían tiros y algún cañonazo hacia la parte de Igueriben. Uno de los que venían con el convoy les había dicho que la harka andaba molestando a los de

Igueriben casi desde que se había establecido la posición. En los últimos tiempos, cada vez se oían más aquellas palabras: «la harka». Los oficiales las pronunciaban con disgusto, como quien mentara la bicha. Pero su existencia era una evidencia cada vez menos rebatible. Cabía siempre dudar sobre su tamaño y fuerza real, y los mandos no veían razón para preocuparse, o eso les decían. Por lo pronto, y quizá como demostración, el capitán jefe de la posición de Talilit había aprovechado el convoy de la víspera para irse con permiso de verano, dejando al mando al capitán que mandaba la sección de ametralladoras. Esa aparente normalidad apaciguaba a muchos.

Incluso Andreu quería creer que en una situación verdaderamente apurada no habrían dejado a los oficiales irse de permiso. Su problema era que no se fiaba nada de los oficiales, a quienes ni siquiera les reconocía la mínima competencia necesaria para llevar adelante aquella guerra contra un enemigo pobre y harapiento. Su experiencia de agitador en Barcelona había aficionado a Andreu al pensamiento táctico, y tras lo que llevaba visto, su opinión era que los oficiales allí sólo vivían de dos recursos: la superior potencia de fuego que les proporcionaba la artillería y la combatividad natural de las tropas de choque indígenas, sobre las que recaía el grueso del trabajo. Lo que estaba por ver era si de eso podrían seguir viviendo siempre.

En dos semanas, los soldados de Talilit se habían aprendido de memoria cada una de las lomas y podían ver con los ojos cerrados todas y cada una de las casuchas del aduar. Era éste el objeto continuo de su curiosidad abotargada. Veían entrar y salir a las mujeres, corretear a los chiquillos, deambular más precavidos a los hombres. En cierta ocasión habían avistado una partida de individuos armados que caminaban entre las casas y señalaban hacia la posición. No era cosa de abrir fuego por tan poco, pero hasta los menos avispados habían entendido que tenían a la vista a una patrulla de la harka. El teniente artillero, a quien le costaba contenerse, había propuesto al capitán:

– Sólo un pepinazo, mi capitán, y ya verá cómo dejan de chulearnos.

– Guardaremos los cañonazos para mejor causa, teniente -había dicho el capitán, mientras vigilaba a los moros con los prismáticos.

Aquella mañana no había actividad visible en el aduar. De hecho, parecía extrañamente tranquilo. A las diez de la mañana seguía sin aparecer nadie. Sólo unas gallinas y alguna cabra, merodeando en busca de algún resto de comida, de lo poco que no aprovechaba aquella gente sumida en la más rigurosa miseria. La calma era tanta que terminó por hacerse sospechosa. Un sargento alertó a los oficiales, que cambiaron impresiones sobre cómo debían proceder. Como siempre, el artillero era el más dispuesto, contando con que en cualquier caso sería otro el que llevara la peor parte.

– Podríamos enviar una sección a ver qué pasa empuntó.

– Eso es lo último que pienso hacer -respondió el capitán jefe accidental-. Los hombres no están nada duchos en salir de descubierta.

Una de las ventajas de Talilit era que les traían el agua con el convoy. Eso les ahorraba a sus habitantes el penoso ritual de la descubierta de protección de la aguada, servidumbre cotidiana de casi todas las posiciones de África. En contrapartida, pasaban todo el tiempo allí confinados, sin practicar más movimiento militar que el necesario para el relevo de la avanzadilla. El capitán no sólo era consciente de la falta de preparación de sus hombres para una salida como la que el teniente planteaba, sino también de lo vulnerable que era una unidad reducida aventurándose entre aquellos montes.

– Veremos qué pasa -resolvió-. Que todos los hombres disponibles estén atentos. Y mande aviso a la avanzadilla -ordenó al sargento de guardia.

La mañana fue transcurriendo con toda su ardiente lentitud. En Talilit reinaba una expectación contenida, porque todos sabían que algo sucedía pero nadie quería admitir que pudiera suceder nada.

Andreu, desde su puesto en el parapeto, esperaba como los demás a que ocurriera algo que rompiera aquella calma tensa. La luz cegadora del sol, que reverberaba en el valle, le hacía a veces ver cosas que no eran, bultos que se movían pero resultaban ser sólo un reflejo engañoso en su retina. De pronto, uno de aquellos bultos le pareció más nítido que los anteriores. Tardó en convencerse, hasta que no le cupo duda de que era un hombre. Llevaba el fusil a la espalda y una antorcha humeante en la mano.

– Veo a uno -gritó.

No era sólo uno. En seguida vinieron más, todos armados y envueltos en aquellas chilabas pardas. Se desplegaron deprisa por el aduar y comenzaron a prender fuego a las casuchas. Nadie salió de ellas. Todos debían haber huido durante la noche, seguramente gracias al aviso previo de la harka. Los soldados asistieron al espectáculo estupefactos.

– ¿Qué hacen? -preguntaban unos.

– Lo están quemando -respondían otros, incrédulos.

– ¿Para qué?

Nadie quiso responder esa pregunta. Los hombres armados eran cada vez más. Arrimaban las antorchas por los cuatro costados, asegurándose de que todo ardía completamente. Algunos parecían apuntar sus fusiles hacia Talilit, como si protegieran a los incendiarios. El capitán tardaba en reaccionar.

– ¿Vamos a dejar que hagan esto en nuestras narices? -protestó el artillero.

El capitán parecía atontado. Al fin salió de su ensimismamiento y dio la orden que unos esperaban y otros temían.

– Haz fuego, teniente, pero aprovecha los disparos. Telegrafista, comunica la situación al campamento general.

Los artilleros maniobraron con rapidez. Aunque nadie los tragaba, ellos eran quizá los únicos militares expertos que había en Talilit. Las piezas vomitaron sus proyectiles, que al instante sembraron de un fuego aún más virulento el aduar ya en llamas. Se oyeron gritos de gente herida, y un par de segundos después las balas empezaron a estrellarse en el parapeto.

– A cubierto todos -aulló el capitán-. Respondan al fuego.

Los soldados empezaron a disparar, sin saber muy bien adónde. Antes de gastar ninguna bala, Andreu se paró a examinar la situación. Los estaban batiendo desde la loma que había a la derecha. Aguardó hasta que vio a uno ofrecer blanco y acarició el gatillo de su máuser. La detonación le sorprendió con un fuerte empujón en el hombro, pero tenía bien asido el fusil y la bala fue directa hacia el objetivo. El moro dejó caer el arma y se llevó la mano a una pierna. Antes de que pudiera apuntarle otra vez, ya se había arrastrado a un escondite entre los matorrales. Con toda probabilidad, aquélla fue la única bala disparada por un fusilero de Talilit que le dio a alguien. Los demás dispararon alocadamente, hasta vaciar el primer peine. Mientras muchos metían el segundo, con dedos temblorosos, el capitán gritó:

– Así no, apuntando, coño.

Sus ametralladoras, servidas por gente algo más curtida, habían limpiado con un par de ráfagas oportunas una de las lomas desde las que los hostigaban. Los cañones dejaron de disparar, y el tiroteo nutrido del principio se convirtió en un intercambio de tiros sueltos. Por fortuna, la gente estaba bien agachada y no había habido ninguna baja. A los cinco minutos cesó el fuego enemigo y los bultos pardos se retiraron. El capitán anduvo atento esta vez:

– Alto el fuego todo el mundo.

Todavía hubieron de pasar otros diez minutos antes de que dieran por desaparecida la amenaza. Los soldados se asomaron sobre el parapeto y se quedaron contemplando embobados el aduar devorado por las llamas.

– ¿Para qué han hecho eso? -se preguntaban todavía algunos.

– Para despejar el terreno -dijo Andreu, sarcástico. -¿Cómo? -insistió uno de los incautos.

– Le han ordenado a la gente del pueblo que se marche y ahora le prenden fuego. Eso quiere decir que Talilit pasa a ser zona de guerra. Hacen lo que haría cualquier ejército: evacuar a los civiles.

– Joder, catalán, no le veo la gracia.

– Pues trata de vérsela, que eso es lo que hay. Y de ahora en adelante te aconsejo que vayas a dar un beso a los cañones todas las noches, antes de acostarte. Son como tu mamá, sólo ellos te defenderán del coco.

– Te vas a ir a tomar por culo, con la guasa.

– Mientras no nos vayamos todos -rezongó Andreu, vaciando la recámara del fusil y encaminándose hacia la tienda.

Desde el campamento general les informaron que no había por qué alarmarse. Que era cierto que algunos elementos dispersos de la harka estaban alborotando por la zona de Tensamán, pero que en ningún caso constituían una concentración preocupante. Se insistía en la necesidad de estar alerta y de mantener reforzada la vigilancia, eso era todo. Se estaban preparando las operaciones de castigo necesarias, y en cuanto a los convoyes, saldrían al día siguiente con toda normalidad. Por lo que se refería a Talilit, se había pensado en enviarles otra sección desde alguna posición de retaguardia, para aliviar el ritmo de los servicios. No tardaría más de una semana, prometieron. El capitán dio estas noticias a la tropa y restableció algo la moral.

La noche transcurrió tranquila, y a la mañana siguiente, tal y como estaba previsto, se presentó el convoy con los suministros y el correo. Su llegada provocó más alborozo que de ordinario, porque era un signo de que todo estaba bajo control. Definitivamente, lo del día anterior había sido un incidente sin mayor trascendencia. Los soldados que tenían cartas o paquetes de casa abrieron unas y otros con avidez. Su miedo de hacía unas horas se les antojaba ahora excesivo. Un puñado de moros desharrapados nunca podían poner en verdaderos apuros a la maquinaria militar de una potencia europea. Después de aquellas operaciones de castigo que ya estaban en marcha, el frente de Tensamán sería tan plácido como un balneario.

Andreu no tenía carta. De hecho, sólo había recibido una vez, y casi habían tenido que jurarle que era para él antes de que la cogiese. Había sido su hermana, con la que apenas se hablaba. Por alguna razón le había dado un remordimiento y le había puesto unas letras. De lo que traía el convoy, lo que más le interesaba era el agua. Cuando descargaban las barricas, las miraba con angustia, sobre todo si parecía que iba a derramarse algo. Sólo de pensar que en caso de fallar el convoy se quedarían sin agua, se ponía enfermo. Muchas noches hasta soñaba con el agua. Y no era el único. La comida que les daban, conservas de pescado y legumbres sobre todo, producía una sed que casi parecía buscada aposta, con una especie de cálculo sádico.

Aquel convoy presentaba una novedad. Aparte de los soldados de intendencia y los regulares que solían protegerlos, traían una sección de caballería indígena. El sargento que venía al frente montaba un caballo blanco. Mientras su montura descansaba, el sargento no paraba de mirar hacia la sierra. Era uno de esos moros de porte señorial, y su mirada, apuntada siempre a lo lejos, parecía capaz de descubrir el peligro a distancias fabulosas. Andreu ya se había hecho a localizar, entre el hatajo de aficionados que pululaban por aquella guerra, a los pocos profesionales auténticos. Y aquel sargento lo era. El y sus hombres no perdían detalle de lo que sucedía a su alrededor. Todo, empezando por el propio hecho de que alguien hubiera considerado necesario reforzar aquel convoy con la caballería indígena, le inclinaba a Andreu a creer que la despreocupación que trataban de transmitirles era un engaño. Pero lo más sorprendente era que los primeros engañados eran los jefes. Nadie parecía más convencido de la imposibilidad de que la harka pudiera turbar su sueño que los oficiales. Hasta los más pendencieros lo descartaban. El teniente artillero, sin ir más lejos, fanfarroneaba con el oficial que mandaba el convoy:

– Es una lástima, pero no creo que aquí vayan a juntarse moros suficientes como para que merezca la pena tirar otro cañonazo.

A mediodía partió el convoy, dejando plenamente abastecida Talilit y con el ánimo alto a sus hombres. La columna, precedida por los exploradores de la caballería indígena, se perdió sin un solo contratiempo al fondo del valle. El sargento moro caracoleaba de un lado a otro con su caballo blanco. A partir de ahí, la tarde pasó apacible y tediosamente. Por la noche, mientras trataba de conciliar el sueño en su tienda, Andreu se dijo que no podía obsesionarse de esa forma con la amenaza de la harka. Una cosa era cerrar los ojos y otra estar siempre pendiente de cualquier señal que delatara la presencia del enemigo. Para persuadirse, murmuró entre dientes:

– Te vas a amargar, o peor, vas a conseguir que vengan.

Su amigo Maspons solía decir que cuando un hombre empezaba a hablar solo, o bien había perdido la cabeza o bien había encontrado a Dios. Y para que no hubiera duda, siempre se cuidaba de puntualizar que él era ateo, naturalmente. Lo último que hacía falta en aquel lugar era que a uno le patinaran los sesos. Decían que los moros respetaban mucho a los chiflados, pero ni siquiera a eso le veía Andreu la ventaja. Así que se propuso contagiarse un poco de la inconsciencia de los demás. Y que la harka viniera cuando lo tuviera por conveniente. Recordó que al día siguiente le tocaba incorporarse a la avanzadilla, para cumplir su turno de tres días. En la promiscuidad estrecha del blocao tenía una buena oportunidad de participar del ciego optimismo colectivo. Si no, podía darle al naipe. Los naipes ayudaban a olvidar, y en el blocao siempre había alguien dispuesto a echar la penúltima mano.

Por la mañana temprano, Rosales, Andreu y otros dieciocho recorrieron el trecho que separaba Talilit de la avanzadilla para relevar a los ocupantes del blocao. Los salientes estaban comidos de porquería, sin afeitar y con los músculos entumecidos. Los saludaron con las efusiones habituales:

– A joderse, que son tres días.

Y con alguna nueva, fruto de la escaramuza de la antevíspera:

– Se ve de muerte la guerra, desde aquí. Y se oye. No veas cómo suenan las balas en la chapa.

Andreu y sus compañeros tomaron posesión del fortín. Llenaron la lata de agua, acarrearon las raciones de comida y se dejaron caer sobre los jergones. Algunos se acercaron a las aspilleras, pero Andreu resistió la tentación. Se echó hacia atrás y se quedó con la mirada perdida en la chapa del techo. Hizo una apuesta consigo mismo: a ver si era capaz de pasarse allí las tres primeras horas, con la mente en blanco. A su alrededor se organizaba ya, espontánea, la rutina del blocao. Uno de los más despiertos, un chuleta de Madrid, había sacado la baraja y provocaba a sus futuras víctimas:

– Se juega, pero palmando el flus, que lo demás no interesa.

Andreu dejó pasar de sobra el tiempo que se había propuesto. Las horas del blocao estaban hechas de una sustancia pastosa, que se iba arrastrando a una velocidad imperceptible y que sólo de vez en cuando sus propietarios (o sus esclavos) tenían ocasión de sentir. A veces uno se paraba a contar y comprobaba que habían transcurrido cinco, o quince, o cincuenta. El resto del tiempo se permanecía aturdido y resignado.

La diferencia entre la noche y el día no era sino la que permitía la impresión confinada entre los estrechos límites de las aspilleras. También llegaba a notarse a través del ruido, aunque todos, los nocturnos y los diurnos, transportaban una indefinida amenaza. Los que no estaban habituados al blocao se abalanzaban a la aspillera más próxima cada vez que oían algo. Los que ya acumulaban horas de encierro hacían simplemente como que no oían, y hasta habrían exigido la repetición de un grito o de un disparo para avenirse a creer en ellos. Si algún día el enemigo se decidía a atacarlos, la estrategia no exigía urgencias ni entrañaba una gran sofisticación. Se trataba sólo de aguantar el ruido de los balazos en los muros, asomarse de vez en cuando con la mayor precaución posible y tratar de darle a alguno de los que vinieran, cuidando, eso sí, de que ninguno se acercara lo suficiente como para deslizarles una bomba de mano dentro del habitáculo. Aparte de eso, sólo quedaba esperar a que los otros se aburrieran o a que desde la posición les quitaran el incordio de encima. El sistema era tan absurdo e inútil que Andreu casi sentía compasión por la mente militar que lo había urdido. Comprendía borrosamente que aquella distribución de posiciones obedecía a un plan de ocupación teórica del territorio, pero se preguntaba qué era lo que ocupaban encerrándose como ratas en aquellas madrigueras.

Como en el blocao no había nada que hacer, se solía charlar. Y como estaban recluidos, la conversación llevaba siempre fuera de allí. A media tarde, Rosales se tendió en el jergón contiguo al de Andreu y empezó a contarle sus historias. Rosales era un cuentista nato y esforzado. Andreu le dejaba hablar, porque le distraía, y no hacía ningún esfuerzo por contener sus exageraciones, porque las historias fantásticas distraían más que las verdaderas. Uno de sus asuntos preferidos eran las faldas.

– Con lo que uno ha trajinado -se quejaba, soñador-. No sé a ti, pero a mí una de las cosas que más me jode es que en los últimos dos años no he tenido más mujeres que las putas de dos reales de Melilla.

– Bueno, es normal -observó Andreu, con desgana.

– Es que a mí las mujeres me gustan gratis, compañero.

– Pues vete a conquistar a alguna mora. Hay quien lo hace. O quien presume de eso, por lo menos.

– No te creas que no se me ha ocurrido. Las hay pintureras.

– No digo que no.

– En serio, sobre todo aquí, en las montañas. O será porque muchas no se tapan la cara y puedes verlas mejor que a las que llevan el velo. Hasta me he cruzado de vez en cuando con alguna que ni siquiera llevaba pañuelo en la cabeza. Tienen el pelo fosco y rebelde. Como la sangre.

– Lo malo es que aquí en Talilit no hay muchas oportunidades.

– Eso es verdad. En Sidi Dris, sobre todo al principio, la cosa era diferente. Se podía salir de razia por los alrededores.

– ¿Y saliste? -preguntó Andreu.

– Que si salí. Siempre que podía. Y una vez estuvo a punto de caer la breva. ¿No te lo he contado nunca? -No.

– Fue una tarde, empezando la primavera. Iba solo y tiré hacia la parte del morabo. Siempre me había picado la curiosidad, sobre todo desde que los oficiales nos habían dicho que teníamos prohibido pisar allí. Los moros consideraban una profanación que un infiel entrara en su lugar santo y en aquellos tiempos había mucho empeño en estar a buenas con ellos. Fui a esa hora porque calculé que no habría morisma por las inmediaciones, en lo que no me equivoqué. Me acerqué al morabo sigilosamente y abrí la puerta. Sin perder un segundo, me escurrí como una sabandija y cerré detrás de mí. Afuera hacía mucho sol y adentro estaba oscuro, así que tardé en ver bien. Lo que era el morabo en sí tampoco daba para mucho. Las paredes blancas, la tumba más bien pobre en el centro y una lámpara de aceite colgada encima. El símbolo del alma del santo, me supongo. Había algunas ofrendas, un par de telas y unas pocas flores secas. Pero todo eso se esfumó cuando descubrí a la mora. Estaba arrodillada, rezando, y nada más verme se quedó paralizada. Tendría dieciocho años, rabiando.

– ¿Y era guapa? -fue al grano Andreu.

– Un rato largo, catalán. Hay gilipollas que dicen que las moras son todas feas, vete a saber por qué. Yo las he visto guapas, ya te digo, y ésta lo era más que ninguna. Con unos ojazos negros, muy blanca, y una planta en cuanto se puso de pie que daba gusto verla. Cómo sería que se la notaba entera debajo de la chilaba. Una hembra de esas que te convierten en una bestia con un solo pensamiento fijo, ya sabes tú cuál.

– ¿Y qué pasó?

– Bueno, primero sopesé la situación. No era mala, pero había que andarse con tiento. La mora había retrocedido hasta la pared y me miraba con una mezcla de miedo y odio salvaje. Ninguna mujer de mi tierra me había mirado nunca así. Me gustaba, pero tenía que aplacarla. Le hablé, mezclando las pocas palabras que sabía de su lengua. Le dije que no tuviera miedo, le pregunté cómo se llamaba, si era de allí, esas cosas. La mora no respondió a ninguna de mis preguntas. A medida que le iba hablando me fui acercando. No sé, se me ocurrió que si la sujetaba y ella veía que no le hacía daño podía conseguir lo que no conseguía con palabras. Ella se quedó quieta, clavándome los ojos como si fueran cuchillos. Con mucho cuidado, le cogí los brazos. Ella se dejó hacer. Tenía una carne tierna y fuerte a la vez, como sólo la tienen algunas mujeres, y al sentirla entre mis dedos creí que me volvía loco. Además de eso la olía, y veía de cerca la piel de su cara y de su cuello. Dijo algo muy rápido, una de esas palabras suyas que suenan como un latigazo y que adiviné que sería un insulto. Mientras tanto me seguía mirando a la cara, sin aflojar. Más que besarla, quise morderla.

El narrador se detuvo. Quería paladear el instante o necesitaba un descanso para inventar el resto, pensó maliciosamente Andreu.

– Estaba claro que ella no quería -continuó Rosales-, que consentiría sólo porque yo llevaba un uniforme y un machete. Nunca he forzado a una mujer, pero te juro que estuve a punto de hacerlo con ella. Al final no tuve valor o me entró reparo. La solté y me fui un par de pasos atrás. Ella se quedó extrañada. Volví a hablarle. Siguió sin contestarme, así que me imaginé que estaría ofendida porque yo había entrado en su lugar santo. Le pedí perdón por eso y ella se echó a reír. Tenía una risa preciosa, y me dije que estaba en el buen camino. Pero entonces, me cago en todo, oí unas voces fuera.

– Lástima -dedujo Andreu.

– Sí -suspiró Rosales-. Eran siete moros, lo menos. Cuando me vieron allí con la muchacha quisieron desollarme. Le di aire al machete y gracias a él pude escapar. Lo que no se me olvida es la forma en que ella me seguía mirando, mientras los otros la interrogaban. Después de aquello volví muchas tardes por el morabo. Pero nunca más la encontré.

– Ésa es la ventaja de las putas de dos reales de Melilla -opinó Andreu, sardónico-. A ellas, en cambio, las encuentras siempre.

7 Afrau

LA DESCUBIERTA

Molina había empezado a hacer averiguaciones unos días atrás. Desde primeros de julio, venían registrándose incidentes durante la diaria expedición al pozo para traer el agua que consumía la posición. Nada de verdadera importancia, tan sólo algunas provocaciones por parte de pequeños grupos de moros y algún tiro suelto que hasta la fecha no les había costado ningún herido. El hecho era que Molina había podido comprobar, en los últimos días, que había ciertos nombres que se repetían una y otra vez en la lista de los soldados asignados a la descubierta de protección de la aguada. Y al mismo tiempo se daba la circunstancia de que otros nombres no aparecían nunca. Cuando estuvo seguro de que no podía ser casualidad, encomendó a Amador, que tenía mejor acceso a la tropa, la misión de confirmar sus sospechas. Amador vino esa misma tarde con la explicación. Se la habían dado con toda naturalidad los que hacían una y otra vez el servicio.

– Hay unos cuantos que pagan por no salir de descubierta -le contó Amador a Molina-.Y otros, los que andan cortos de dinero, se ofrecen a hacerla por ellos. El negocio lo tienen tasado en una peseta por salida.

– Una peseta -repitió Molina, incrédulo.

Media hora después, el sargento tenía formada a toda la tropa en la explanada de Afrau. Los soldados se preguntaban a qué vendría aquella llamada a formación, a deshora y por iniciativa de Molina, quien pese a su prestigio, reconocido por todos, no dejaba de ser un sargento pelado. En aquel momento, y habiéndose marchado de permiso el capitán que normalmente mandaba la compañía, el jefe era el teniente de los artilleros, a quien no le atraía en especial la tarea de mantener la disciplina entre los infantes. Como muestra de su desinterés, durante el rato que Molina los tuvo a todos formados aquella tarde, el teniente ni siquiera hizo acto de presencia.

– Me he enterado de que hay quien paga por no salir de descubierta -dijo Molina, sin preámbulos-. Una peseta, por lo visto.

Un compacto silencio sucedió a la acusación.

– No me importa lo que haya pasado hasta ahora -aclaró el sargento-. Lo que me importa es lo que va a pasar a partir de hoy. En adelante nadie sale de descubierta en lugar de otro. Ni por una peseta ni por quince.

Los soldados contenían el aliento. Especialmente los que habían alimentado con su sobrante monetario aquel comercio.

– Hay una cosa que más vale que comprendan -continuó Molina, dirigiéndose a los pudientes-. En África cada bala tiene un nombre, y ninguna bala va a equivocarse. Porque a cualquiera que se lo lleve un balazo, su madre lo va a llorar. Pero ustedes, los que pagan, deben ser ricos, y éstos, los que les cogen la peseta, son pobres. Y sus padres, además de llorarlos, se van a quedar sin nadie que los cuide, que para eso los están esperando.

Quienes escuchaban a Molina no entendieron demasiado aquellas razones. Ni siquiera las entendió del todo Amador, que estaba a su lado. Para cogerles bien el sentido, deberían haber sabido que por la cabeza del sargento cruzaba en aquel instante el recuerdo de sus propios padres, que eran ancianos y se habían quedado en el pueblo, pobres y desasistidos tras la marcha de su vástago.

Molina ahorraba todo lo que podía de su sueldo de sargento y enviaba mensualmente a sus padres un giro para ayudarles a subsistir. Ese era otro de los motivos que le habían impulsado a quedarse en el ejército, aunque nunca se lo había contado ni se lo contaría a Amador.

El propio Molina debió percatarse de la desorientación que había sembrado y rectificó su explicación:

– Lo que quiero decir es que el nombre de la bala ni se compra ni se vende, porque será el que tenga que ser y nadie se va a llevar la desgracia de otro. Se puede comprar un abrigo o se pueden comprar unos zapatos. Pero querer comprar el dolor de una familia es una indignidad. Y ahora pueden romper filas. Mañana se vienen conmigo los que se han estado librando.

Algunos palidecieron con el anuncio. Otros, los que hasta entonces cobraban por salir, pensaron sobre todo en la fuente de ingresos que acababan de perder. Quizá unos pocos pensaron en las familias que habían quedado atrás. Pero aun de éstos, pudo oírsele renegar a uno:

– Cojonudo, el sargento. Qué más le dará a mi familia que me maten gratis o cobrando. Y lo que cobro para mi cuerpo se queda, por lo menos.

A la mañana siguiente, como todas las mañanas, se formó el convoy de la aguada. Solía componerse de tres mulos con sus correspondientes acemileros y un pelotón al mando de un sargento y un cabo. Molina llevaba aquella mañana a Amador, que revisaba concienzudo, antes de salir, el estado en que se hallaba el armamento de la apocada y avergonzada tropa.

– No pongáis esa cara de entierro, hombre -trató de animarlos-. Si no pasa nada ahí fuera. Ya veréis que os estaban timando los cuatro reales.

Los acemileros cargaban las cubas para el agua en los mulos. Había que hacerlo con astucia, porque los mulos se aprendían las voces con las que los cargaban y al reconocerlas lo mismo se arrancaban que se ponían a cocear. Palabras como «arriba» o «vamos allá» estaban vedadas entre los acemileros, porque ésas hasta los mulos menos despiertos se las sabían.

– Fuerza -dijo aquella mañana el que dirigía la maniobra.

Los dos kilómetros que separaban Afrau del pozo al que se iba a hacer la aguada eran de camino dificultoso y discurrían entre alturas de entre cien y doscientos metros. Algunos tramos imponían, porque se tenía la sensación de estar a merced de cualquiera que se encaramara a las peñas. Había uno que no tenía miedo, sin embargo, y que hasta se apuntaba voluntario, sin cobrar, a todas las descubiertas en las que iba Molina. Era Luisito, el mono de la posición. Aquella mañana se acercó corriendo como una liebre y saltó limpiamente a la grupa de uno de los mulos. Pronto se vio la razón de su precipitación. En la posición había un perro esquelético e infestado de reznos, al que los soldados habían puesto el nombre de Macuto. Una de las malvadas diversiones de Luisito consistía en acercársele cuando estaba dormido y tirarle del rabo o mordérselo. Algo le habría hecho, porque Macuto, que llegó detrás del mono, se le quedó mirando y gruñendo con los dientes bien visibles. Luisito, que era un insensato, también enseñaba los dientes desde su inalcanzable refugio. Molina le acarició el lomo al perro.

– Vamos, Macuto, no le des gusto a ese cabronazo.

El convoy se puso en marcha. Las dos escuadras que componían el pelotón marchaban desplegadas a los flancos, lo que obligaba a los soldados a subir y bajar los accidentes que había a ambos lados del camino, sólo un poco más ásperos, en honor a la verdad, que el camino mismo. Molina iba al frente, pero se volvía constantemente para comprobar que los soldados no perdían la posición que a cada uno le correspondía. Amador iba atrás con los dos mejores tiradores, los que en caso de apuro debían cubrir los movimientos de sus compañeros. Amador siempre recordaba en estas ocasiones lo que le había dicho Molina, la primera vez que habían salido juntos:

– Si se hace bien, nunca pasa nada. Los moros se dan perfecta cuenta si lo llevas controlado y andas pendiente, y también se la dan si el que manda el convoy está despistado y la gente campa por su cuenta. Los moros, Amador, podrán ser muchas cosas, pero tontos no son. Al que sabe defenderse le dejan en paz, y del que ven flojo, en cambio, se aprovechan siempre.

Por eso Molina avanzaba con esa precaución meticulosa, y cuando veía a alguien que se descuidaba, le llamaba al orden de inmediato:

– Eh, chaval, cubriendo tu flanco. Se trata de que tu compañero pueda darte la espalda sin arriesgarla.

Aquella mañana Molina y Amador tuvieron más trabajo que de ordinario. Aquellos hombres habían hecho descubiertas antes de que empezaran a pagar a otros por sustituirlos, pero la falta de práctica reciente y el amedrentamiento los volvían singularmente torpes. Mientras caminaba entre los montes, Molina se sentía en cambio en su elemento. Era lo que había hecho desde niño, en su tierra natal, y los instintos que ejercitaba eran, ligeramente modificados por las técnicas militares, los que había adquirido cuando por aquellos otros montes acechaba liebres para cazarlas. Ahora el acecho era recíproco, porque las presas que buscaba en los montes de África podían cazarle a él a su vez. Sin embargo, sus piernas trabajaban con gusto aquellos desniveles, y su mirada se deleitaba, pese al peligro, en pasearse por laderas y barrancos. Le gustaba tropezarse con las jaras, sentir la tierra caliente en las suelas o en las manos al apoyarse, y aspirar el olor que las plantas destilaban bajo el furioso sol Africano. Todas aquellas sensaciones le hacían sentirse vivo, incluso sabiendo que a la vez estaba jugándoselo todo. Mirándolo bien, y aunque nadie en sus cabales lo pudiera buscar de propósito, aquel jugársela venía a ser la forma más rotunda de sentirla, la vida.

Amador estaba más bien habituado a caminar por el llano y el campo le era mucho menos familiar que al sargento. Aceptaba su suerte y trataba de no agravarla, nada más. Ir con Molina era al menos una garantía. Con ningún otro sargento iba tan seguro, porque ninguno le ponía a la faena lo que le ponía Molina, el alma y las tripas y a la vez la cabeza siempre fría y despejada. A veces, Amador llegaba a pensar que el sol caía sobre todos menos él. Jamás le había visto perder la concentración. Y tenía algo que era infrecuente entre quienes daban órdenes en África: no gritaba casi nunca.

A medio camino, avistaron un grupo de moros sobre una colina.

– Atentos a la derecha -dijo el sargento.

Los moros estaban quietos, observándolos. Al menos tres de ellos llevaban el Lebel terciado a la espalda. El sargento no los perdió de vista. Mientras siguieran así, convenía dejarlos estar, pero si en algún momento aquellos hombres hacían ademán de tomar el arma tendría que detener el convoy y organizar una posible respuesta. La experiencia de los últimos días no permitía andarse con demasiadas contemplaciones. Alguno de los soldados tenía las manos crispadas sobre el máuser, mientras vigilaba a los moros impertérritos. Habríase dicho que estaban unidos al terreno, como los almendros o las chumberas que crecían a duras penas en aquellos montes. Para los europeos, sobre todo después de las últimas noticias que les llegaban desde el frente, unos moros como aquellos, posiblemente afectos a la harka, representaban una amenaza tan molesta como impredecible.

Pero los moros no atacaron. Poco antes de que los soldados los perdieran de vista tras un recodo del camino, se retiraron rápidamente. Todos respiraron, momento que Molina aprovechó para advertir:

– Ojo, que esto no se acaba hasta que estemos de vuelta en la posición.

Llegaron al fin al pozo. Los acemileros y algunos de los soldados se encargaron de llenar las cubas. El agua era bastante salobre y sólo de relativa confianza. Siempre resultaba aconsejable hervirla, pero lo bueno que podía decirse de ella era que en Afrau se bebía y las consecuencias no pasaban de alguna descomposición general de vez en cuando. En otros sitios el agua no podía ni probarse, porque daba directamente las palúdicas.

Mientras los acemileros remataban la operación, Molina cambiaba impresiones con el cabo. Habían dispuesto a los restantes elementos del pelotón alrededor del pozo y andaban enfrascados en preparar el regreso.

– Ve muy atento, cabo -decía Molina-. Si yo fuera uno de los que nos hemos encontrado antes, tendría muy claro cuándo me interesa atacar. Mejor a la vuelta, cuando vamos cargados y preocupados de no perder el agua.

– No parecían demasiado decididos -objetó Amador.

– Nunca te fíes de lo que parecen. Tienen la obligación de confundirnos. Aunque seamos menos vivos y ellos tengan la ventaja del terreno, también saben que somos más y vamos mejor armados.

No todo eran preocupaciones y tareas penosas entre los integrantes del convoy. Aprovechando la parada, Luisito había bajado del mulo y exploraba los alrededores del pozo. Después de corretear en todas direcciones, había trepado a un árbol y se descolgaba alegremente de rama en rama.

– Qué envidia me da el mono -confesó Amador-. A veces me parece que es el único que está acostumbrado a todo esto.

– Tiene los sesos chicos, nada más juzgó abstraído Molina.

Cansado de dar saltos, el mono se recostó contra el tronco del árbol. El muy sinvergüenza era el único que tenía sombra y se adormiló allí. Sólo su rabo, enroscándose a un lado y a otro, daba señales de vida.

Una vez cargada el agua, el convoy se rehízo. Los mulos echaron a andar de mala gana con el peso añadido que ahora colgaba sobre sus costillas. Los acemileros les tiraban sin misericordia del ronzal y los soldados se abrieron atropelladamente a los lados. Todos tenían prisa por deshacer los dos kilómetros, que la condición del terreno hacía parecer cinco.

– Despacito y buena letra -los reprendió Molina-. Y desplegados. No quiero ver a uno solo que tenga en la línea de fuego a su compañero.

Los soldados obedecieron y el convoy fue superando rampas y obstáculos en su lento regreso hacia el mar. No se veía a nadie, lo que en aquella tierra era acaso más intranquilizador que lo contrario. Un ave rapaz pasó volando por encima de ellos. Describió lentamente un par de círculos y subió impulsándose con sus anchas alas hasta lo alto de uno de los riscos. Allí se posó y se quedó contemplando majestuosa y altiva el panorama.

– Es un águila -dijo uno.

– Grande es, desde luego -admitió otro.

El propio Molina se quedó fascinado con el bicho. Nunca había visto uno semejante, y su instinto de cazador era difícilmente reprimible ante una aparición como aquélla. Uno de los que iban junto, a Amador, que además de buen tirador y veterano de frica era conocedor de la puntería del sargento, reparó en su interés y se atrevió a proponerle:

– Tírele usted, mi sargento. Seguro que la tumba.

Molina sopesó la propuesta. El águila estaba a unos trescientos metros, una distancia casi imposible para cualquiera. Por otra parte, le disgustaba la idea de parar el convoy para hacer aquella exhibición. Pero el convoy se había detenido ya y no había nadie a la vista. Tampoco tenía nada de malo, quizá, aliviar un poco la rutina de aquellos hombres. Molina no era hombre que demorase mucho las decisiones. Cogió su fusil, se enrolló la correa en el antebrazo y antes de echárselo a la cara, dijo:

– Le tiro para hacer la prueba y seguimos. Sobre todo, que nadie deje de fijarse en lo que tiene que fijarse.

Pero era difícil saber que Molina le estaba apuntando al águila y no mirar hacia el risco. El sargento ajustó el alza y centró el blanco en el punto de mira. El águila permanecía inmóvil. Se disponía Molina a empujar el gatillo cuando cruzó por su mente, como una ráfaga perturbadora, la imagen de los moros vigilantes en lo alto de las colinas. De pronto, reparó en la temeridad que iba a hacer. El disparo lo oirían aquellos moros y se oiría también desde la posición, donde sembraría la inquietud entre quienes los esperaban. Le fastidiaba rectificar, casi tanto como dejar irse una pieza, pero bajó el fusil. Se lo echó al hombro y declaró, con su austeridad habitual:

– Demasiado lejos. Vamos, en marcha.

Los soldados, desilusionados, obedecieron.

A poco más de un kilómetro de Afrau se cruzaron con un viejo que iba en un borriquillo. El viejo se apartó a un lado del camino y los observó con un gesto reconcentrado mientras pasaban. Los soldados le iban esquivando, uno tras otro, y al llegar a su altura le apuntaban vagamente con los fusiles. Molina recordó que un par de meses atrás se habrían saludado sin más, y que el viejo se habría esforzado por parecer amable. Cuando lo rebasaron, Amador no dejó de espiarle de soslayo. Pero el viejo reanudó su camino y desapareció con su borrico en una revuelta cercana.

El accidente ocurrió unos metros más adelante. Todos iban con la mirada puesta en las alturas, pensando en posibles tiradores. Ese era el peligro previsible, y el que determinaba el orden y la disposición en que los hombres avanzaban. Pero de repente, de detrás de uno de los matorrales que había al costado del camino salió un moro armado con una gumía, se acercó por la espalda a uno de los soldados y le dio un tajo en el cuello. Los demás, incluido Molina, tardaron en reaccionar. Nadie podía imaginar que los atacaran así, con ese riesgo y al arma blanca. El agresor trató de escapar, pero los restantes miembros de la escuadra, pasado el primer momento de estupor, hicieron fuego y el moro cayó acribillado. Se vino abajo como una marioneta a la que le hubieran cortado los hilos. Algunos siguieron disparándole todavía cuando ya estaba en el suelo. Molina corrió hacia donde había quedado tendido el soldado herido, mientras le pedía a Amador:

– Cabo, ocúpate de la cobertura.

Amador organizó en seguida a la otra escuadra. Si en ese momento les disparaban desde arriba podían liquidarlos a todos, a menos que alguien siguiera pendiente de cubrir a los demás. Molina se inclinó sobre el cuerpo convulso del soldado caído. El moro se había salido con la suya. Le había rebanado la arteria y todos sus esfuerzos por contener la hemorragia fueron estériles. Era el primer hombre que perdía Molina desde que había llegado a Afrau. Aunque le dolía, comprendió que en aquel momento sólo podía pensar en los otros quince que seguían dependiendo de él. Lo que había en el suelo ya no era más que un cadáver, y como tal debía tratarse.

– Cargadlo sobre uno de los mulos -ordenó a los acemileros.

Uno de los soldados, presa de la histeria, se había acercado al cuerpo sin vida del moro y la emprendía a patadas con él:

– Hijo de la gran puta -gritaba.

Molina, que intentaba restablecer el orden entre los miembros de la escuadra atacada, se fue hacia el soldado y le sujetó por los hombros.

– Está muerto -le dijo, con firmeza-. No le puedes hacer más.

El peor de los temores del sargento era que el suicida de la gumía no estuviera solo, y que sus compañeros aprovecharan el desconcierto en que habían quedado sumidos los soldados para sepultarlos bajo una lluvia de plomo. Pero aquel temor no se cumplió. Tal vez no había nadie apostado en las colinas, o tal vez los que lo estaban apreciaron que los que mandaban el pelotón no habían dejado que se descompusiera del todo y no quisieron correr riesgos. Fuera cual fuera la razón, el convoy reanudó su marcha y cubrió el trecho que le separaba de Afrau sin volver a ser hostilizado.

Entraron en la posición ofreciendo una triste estampa: los soldados desencajados, los acemileros taciturnos, el muerto sobre el lomo del mulo y el sargento con aire amargo y caviloso. Rompieron filas y el sargento fue a darle novedades al teniente jefe accidental. El artillero le recibió con prevención, alertado por el revuelo que había despertado el convoy a su llegada.

– Una baja, mi teniente -refirió Molina-. Por arma blanca, en el camino de vuelta. Hemos abatido al atacante.

– ¿Por arma blanca? -preguntó el teniente.

– Un loco, mi teniente -explicó el sargento, en tono de fatalidad-. Salió de pronto y no pudimos hacer nada. Cuando se resignan a que los matemos, es difícil que no se nos lleven a alguno por delante.

El teniente no quiso pedir más explicaciones. Aquel Molina pasaba por ser el mejor sargento de Afrau, así que a él le valía lo que dijera. Lo del muerto era una lástima, pero así solía suceder en infantería y sobre todo en aquella guerra, en la que apenas había grandes movimientos de tropas. Las escaramuzas eran de un puñado de hombres contra otro puñado de hombres o incluso contra uno solo, como había ocurrido aquella mañana. El maldito terreno forzaba esa guerra mínima y cruel, tan distinta de la que el teniente había estudiado en la academia de artillería. Era una guerra chapucera y fastidiosa, por la que no sentía ninguna curiosidad intelectual.

Molina salió de la tienda del teniente y se encaminó hacia donde estaban los soldados que le habían acompañado en aquel funesto convoy. Habían tendido al muerto sobre una manta y al ver llegar al sargento se apartaron. Molina notó que aquellos soldados le guardaban rencor. El muerto era uno de los que había estado pagando por no hacer la descubierta, como la mayoría de los supervivientes, y era inevitable que éstos responsabilizaran al sargento. El propio Molina se sentía responsable, pero de otro modo.

– Escribiré a sus padres para contárselo dijo, sin apartar la vista del cadáver-. Les diré que murió a mis órdenes y les pediré perdón por no haber sabido cuidarlo. Sé lo que pensáis. Que él venía hoy porque yo lo puse en la lista. Pero eso a mí no me importa. Si no hubiera sido él, habría sido cualquier otro, y también me tocaría escribir a sus padres. Hoy hemos aprendido algo, vosotros y yo. Lo primero, que en África no sólo las balas tienen nombre. Lo segundo, que nunca sabes lo que te puede pasar.

El sargento no dijo nada más. Se dio media vuelta y se dirigió a su tienda. Ni siquiera Amador se atrevió a acompañarle. Estaba claro que en aquel instante Molina quería estar solo. Cuando llegó a la tienda, se tropezó con tres cabras que triscaban olímpicamente entre los catres. Una de ellas arrojaba en ese momento sobre su petate una lluvia de excrementos.

– Me cago en… -estalló, furioso-. ¿Qué hacen aquí estas cabras?

Al oír sus gritos, un soldado acudió a la carrera. -Las cabras son del suboficial, mi sargento -le informó, apurado.

Molina estaba al tanto de aquella corruptela. El suboficial, además de los negocios que se traía con el cantinero y con la intendencia de la compañía, tenía aquellas tres cabras, que le cuidaban los soldados.

– ¿Del suboficial? Vamos a ver. ¿Quién las cuida? Vosotros, ¿no? Pues estas cabras son vuestras, hombre.

Y mientras lo decía empezó a empujar a las cabras hacia el corral. Una vez que las tuvo encerradas, llamó a los rancheros y les pidió un cuchillo de carnicero. En cuanto se lo trajeron, sin pensarlo, cogió la primera cabra y la degolló expeditivamente. La misma suerte corrieron las otras dos, aunque con la última tuvo que emplearse a fondo para poder hacerse con ella. Después limpió el cuchillo con un trapo y concluyó:

– Las cabras son vuestras, así que hoy que os las pongan para comer. Ya está bien de pescado en conserva y de judías rancias.

– Pero, mi sargento, el suboficial… -farfulló uno de los soldados, aterrado.

– El suboficial me va a tocar los cojones -bramó Molina, mientras se alejaba.

Nadie le había visto nunca tan iracundo, y muchos aguardaron con expectación el inevitable choque con el suboficial tras la masacre de todo su ganado. Pero ya fuera porque se hiciera cargo del impacto que al sargento le había producido lo sucedido en la descubierta, ya porque sabía que la cría de aquellas cabras por la tropa era una infracción de las ordenanzas, el suboficial se guardó su contrariedad y no exigió represalia alguna. Aunque el teniente le afeó perezosamente a Molina su acceso de cólera, al final las cabras enriquecieron el rancho, para disfrute de todos. Gracias a la furia del sargento, aquel día hubo en Afrau algo digno de ser saboreado.

Sin embargo, la baja de aquella descubierta hizo mella. Era la primera irrupción severa de la guerra en la adormecida placidez de Afrau. Por añadidura, aquel mediodía el correo del regimiento trajo una mala noticia. La compañía de Afrau debía prestar un pelotón para reforzar la posición de Talilit, a la que se había decidido agregar una sección constituida con sobrantes de varias unidades. Junto con la orden venía la lista, en la que se contaban veintitrés hombres, un sargento y dos cabos. Uno de estos dos cabos era precisamente Amador. Al recibir la noticia, a los afectados se les mudó el gesto. Muchos sabían que los de Talilit ya habían tenido que liarse a tiros alguna vez, y lo que a nadie se le ocultaba era que Talilit estaba en primera línea y sin posibilidad de recurrir a la Armada para disponer de fuego de cobertura o para una evacuación en caso de emergencia. Los que estaban en Afrau se habían acostumbrado a considerarse unos privilegiados, con la playa cerca y el fregado a veinte kilómetros. Todo eso se había terminado de golpe para veintiséis de ellos. Amador se lamentaba con Molina:

– Ya ve, mi sargento. Me ha castigado Dios, que va a resultar que existe. Por pensar que los de Talilit iban a hacer la guerra por nosotros. ¿Se acuerda? «Antes de llegar aquí tendrán que pasar por Talilit», me animaba. Pues allá voy, al disparadero. La mala suerte, siempre lo digo, que una vez que la pruebas te coge querencia. Primero África, y ahora a Talilit.

– No seas idiota, Amador -le reprochó Molina-. Lleva los ojos abiertos y ganas de volver, que no hay peor mala suerte que la que uno se busca.

– Ganas de volver las llevo todas -aseguró Amador-.Y de lo otro procuraré acordarme. He tenido buen maestro.

– No está el día para que me digas eso, cabo. Mira, ya que nos quedan unas horas para separarnos, nos olvidamos de la guerra. Vamos a la cantina, y nos bebemos unos vasos de esa ponzoña química que sirve el gordo. A condición de que no te me derrumbes, que no se me da consolar borrachos.

A media tarde, el centinela del puesto principal vio una pequeña figura que se aproximaba a toda velocidad hacia la posición. Al principio no la identificó y llegó a prevenir el arma. Pero cuando estuvo más cerca bajó el fusil y se echó a reír. Era Luisito, que se había quedado dormido junto al pozo y había tenido que recorrer el camino por sus medios. Quizá por eso, o por el simple hecho de que le hubieran dejado, entró en la posición hecho un basilisco, enseñando los dientes a un lado y a otro. Cuando se lo contaron, Molina, ya con unos vasos de vino a las espaldas, comentó:

– El jodío bichillo. Egoísta como todos. Ya ves tú lo que le importará que hoy me hayan degollado a un hombre. Así es la cosa, los vivos exigiendo y los muertos olvidados. Y así es como ha de ser, seguramente.

8 Talilit

LLEGA LA HARKA

Para Amador y para los veinticinco infortunados con los que marchaba, la primera impresión de Talilit fue demoledora. Ya la marcha de veinte kilómetros, escoltados por una sección de cazadores de caballería y otra de la policía indígena, resultó un auténtico viacrucis. Lo único que animó algo a Amador fue la presencia de Haddú, el sargento musulmán amigo de Molina. Recientemente le habían destinado con su destacamento a Sidi Dris, y al ser ésta una de las posiciones más próximas, le habían asignado a la escolta. Antes de la partida, Molina le había encomendado con gran solemnidad a Amador:

– Llévamelo a Talilit sin que me lo arañen. Este y yo tenemos apostado que se vuelve a Madrid igualito que vino.

Y al propio Amador le había exigido, mientras le abrazaba:

– No te olvides. Me crees en tu suerte, y me la peleas en condiciones.

En recorrer la distancia desde Afrau habían empleado casi todo el día, y aunque no habían sido molestados por el enemigo, a la caída de la tarde, cuando hubieron de salvar la ladera por la que se subía hacia Talilit, tenían los pies hechos pulpa y se sentían completamente exhaustos. En ese menesteroso estado entraron en el recinto, y lo que allí encontraron fue un espacio escaso en el que iban a caber con dificultad y un centenar largo de individuos sucios y estragados que los recibían con una mezcla de sorna y de conmiseración. Seis semanas atrás muchos de aquellos hombres eran unos pipiolos tan intimidados como ellos. Después de mes y medio de agotadores servicios, y de unos cuantos intercambios de balas con los exploradores de la harka, se habían endurecido un poco. Eso no quería decir que no se cagaran en los pantalones cada vez que oían un disparo, pero sí que podían sentirse superiores al pelotón de recién llegados que les enviaban desde una tranquila posición de retaguardia. Era un sentimiento ruin pero reconfortante, y los soldados de Talilit andaban cortos de cosas que les reconfortaran.

El sargento que iba al mando se cuadró ante el capitán jefe accidental de la posición y declaró la reventada y temerosa mercancía que traía:

– Se presenta el sargento Requena y el pelotón de refuerzo de la compañía de Afrau. Forman veinticinco hombres, mi capitán.

El capitán devolvió el saludo. También los compadecía, y también parecía hosco y desanimado, como sus hombres.

– Que descansen -respondió-. Ahora les harán sitio por ahí.

Talilit, además de ocupar una superficie bastante más reducida que Afrau, era un lugar en el que nada le distraía a uno de la guerra. En Afrau tenían el mar y los acantilados, y ni siquiera los montes cercanos parecían demasiado hostiles. En Talilit, en cambio, el paisaje se limitaba a un cinturón de alturas amenazantes y a la desoladora estampa de un poblado incendiado. Y como los hombres y los pertrechos de la posición se amontonaban literalmente dentro del perímetro del parapeto, resultaba imposible poner la vista en alguna parte donde no la estorbaran los sacos terreros, las tiendas, los nidos de ametralladoras o la forma oscura y silenciosa de las piezas de artillería.

Los del pelotón de Afrau se acomodaron como pudieron. Les habían despejado una tienda, que no era suficiente para todos. Tampoco hacía falta. En los últimos días el calor se había vuelto tan asfixiante que muchos preferían dormir al raso. Y en Talilit apretaba todavía más que a la orilla del mar.

– Donde mejor se duerme es al lado del parapeto dijo uno de los veteranos de Talilit a dos recién llegados que buscaban donde instalarse-. Si apartas un poco la tierra de encima, hasta sale algo de humedad.

Amador, que andaba cerca, observó al soldado. Llevaba las manos en los bolsillos, el gorro ladeado y la camisa desabrochada hasta el vientre. Tenía un aire envenenado y cínico, como no solía verse entre las unidades de forzosos. Si acaso, era el tipo de gente que uno se encontraba en los batallones de cazadores y en las compañías de voluntarios, gente que iba a África a sabiendas y por el dinero. Le picó la curiosidad y quiso trabar conversación. Entre otras cosas, le interesaba hacerse una idea del ambiente que reinaba allí dentro. Talilit parecía una maldición, así que urgía situarse.

– Mucha mili pareces llevar ya encima -presumió.

– No tanta. Va sólo para cinco meses -respondió el otro.

– Pues cunde aquí, a lo que parece.

– Cunde algo. Aunque dicen que hay sitios donde cunde más. Pero yo no tengo ninguna gana de visitarlos.

– Me suena ese acento. ¿Catalán?

– De Barcelona.

– Yo soy de Madrid. Amador dijo, tendiendo la mano.

– Andreu -respondió el catalán, lacónicamente.

Cumplidas las presentaciones, el cabo y el soldado se quedaron callados. A Andreu no le disgustó la franqueza de aquel sujeto, pero no era hombre que se entregara con entusiasmo a hacer amistades. Las vicisitudes de su vida le habían aficionado a la reserva, cuando no al recelo. Amador percibió su actitud y aceptó que le tocaba a él acercarse.

– ¿Tan mal os ha ido, que necesitáis refuerzos? -preguntó.

Andreu se encogió de hombros.

– Muy mal no. Un día vinieron a quemar el pueblo y hubo un poco de alboroto. Eso fue lo más espectacular. Las demás veces han sido sólo unos pocos pacazos. Andan por ahí, chingando de vez en cuando para que no nos olvidemos de que nos vigilan. Pero no pasa de ahí. Personalmente, me las he visto bastante peor en otro lado.

– ¿Dónde?

– En Sidi Dris. Allí venían a cientos. Parecía que los escupían las montañas. Anduvimos todo el día pegando tiros. Cómo sería la cosa que nos mandaron barcos y aviones, un número de pelotas.

Amador estaba ansioso de detalles. Aquel hombre se las había visto ya con la harka, el misterioso monstruo invisible del que en Afrau no tenían más conocimiento que los pocos moros que se encontraban en las descubiertas y el muerto que habían hecho la víspera, a cambio de un muerto propio.

– Entonces, no crees que ahora estén muy fuertes -trató de sonsacarle.

– Eso nunca se sabe, cabo -opinó Andreu-. Sólo mandan a cinco o seis a husmear, pero quién dice lo que hay detrás de esas montañas. Nadie se mete por ahí, o si se mete, poco saca en claro. Ayer y anteayer hubo ruido fuerte de tiros hacia aquella parte. Seguro que enviaron columnas en misión de castigo. Pero yo tengo mis dudas sobre si los castigamos a ellos o a los pobres pringados que mandamos en esas columnas. Los jefes están tranquilos, dicen que no hay más que unos pocos que revuelven, que echaron el resto en Sidi Dris y se llevaron tal paliza que se les han quitado las ganas de intentar nada serio. Pero si hablas con los del convoy del campamento general te dicen que en Igueriben llevan recibiendo sin parar desde hace dos semanas. ¿Y quién tiene razón? Al final es mejor no pensar tanto. Por lo pronto, el capitán está de permiso, descuidado de todo. Así que yo me limito a hacer los servicios y a tratar de dormir. Si la cosa se tuerce, por lo menos que me pille descansado.

Amador devoraba cada palabra del soldado, y como él otros cinco o seis de los recién venidos de Afrau, que habían hecho corro a su alrededor. Andreu se percataba de la ansiedad de los que le escuchaban y afectaba especial indiferencia. Últimamente se había forzado a la disciplina mental de mantener a raya la obsesión del enemigo y la aprensión hacia sus menores movimientos. Amador, sin darle tregua, siguió interrogándole:

– Oye, ¿y cómo andáis de servicios aquí?

Andreu soltó una risa fatigada.

– Pues ya ves, pésimamente. Con la murga de los pacos hay que tener siempre un puñado de centinelas listos para responder. Pueden arrearnos por la tarde, por la mañana temprano y hasta por la noche, aunque eso lo usan menos porque los moros son vagos y porque se ve peor. Está el servicio de cuartel, que también hay que hacerlo, y luego lo peor de todo, la avanzadilla. Cada tanto, tres días de blocao. Tiene sus partidarios, porque no pegas golpe en los tres días, pero a mí me agobian un poco los sitios cerrados. Lo único bueno de Talilit es que no hay que hacer aguada. Nos la traen a domicilio, como si fuéramos marqueses. Claro que todo depende de que el convoy pueda pasar, o sea, de que la cosa no se joda de veras. Como falle, nos veo chupando la parte de abajo de las piedras, que es algo que me contó un veterano que tuvieron que hacer no sé dónde que se quedaron sitiados.

Los hombres de Afrau, recién puesto el pie en su nuevo destino, experimentaron un acerbo desasosiego. Pensó Amador que resultaba casi inevitable sentir algo así al contemplar un lugar donde uno no había dormido nunca y en el que se veía condenado a pasar un tiempo indeterminado; incluso aunque fuera un lugar lleno de comodidades. Cuánto más rotundo no sería aquel desasosiego en Talilit, donde tenían que hacinarse como perros y sólo se les ofrecía la promesa de los espantos que Andreu les sugería.

– Pero tampoco es para que hagáis ya testamento -se burló Andreu-. A lo mejor podéis esperar a mañana. En la tercera sección hay uno que los escribe con letra redondilla. Luego lo despachas a casa en un sobre cerrado y si la diñas lo abren tus deudos. La osamenta se la dejas a tus padres y los piojos a la novia, por ejemplo. Total, a ella te la encontraste en la calle.

Amador se avino a dibujar una sonrisa. Qué otra clase de humor podía hacerse allí, después de todo. Pero vio que los más novatos encajaban con bastante angustia el chiste y les recriminó:

– Vamos, no seáis lilas. ¿No veis que este cabrón os está chuleando?

Andreu asintió, riendo.

– Es verdad. Hacedle caso al cabo. Tampoco se pasa tan mal.

En cualquier caso, aquella primera noche ninguno de los que habían llegado de Afrau pudo conciliar el sueño. En parte era por el calor, que lo volvía todo acuciante y pegajoso, y en parte por los cien mil ruidos de la noche de Talilit, a los que ninguno estaba habituado. Amador se dijo que antes de nada debía aprender a familiarizarse con aquellos ruidos. Para poder escucharlos como los ruidos del que ahora era su hogar y para ser capaz de distinguir cualquier sonido extraño, si alguna noche lo había.

Al día siguiente, que amaneció luminoso y rápido, como siempre sucedía en África, los de Talilit se encontraron con una novedad. En varias de las alturas cercanas había moros apostados. No eran muchos, pero no se esforzaban demasiado en ocultarse. Tampoco mostraban una actitud hostil. Simplemente allí estaban, mirando. Hacía algún tiempo que los moros no se dejaban ver. Cuando aparecían, el primer anuncio de su presencia era el balazo de un paco, al que luego había que esforzarse en encontrar y batir para que abandonara el entretenimiento. Aquella mañana, en cambio, no sonó ningún disparo. Los moros contemplaban el despertar de Talilit como si contemplaran el paisaje. Al capitán le asaltó inmediatamente una duda incómoda, que debatió más bien desganadamente con el teniente artillero:

– Si ordeno hacer fuego se esconden y listo. Si no lo ordeno parece que se están riendo de nosotros y que nos aguantamos.

El teniente tenía aspecto de no haber dormido mucho, y eso debía mermar de alguna forma su belicosidad habitual. Abúlicamente, observó:

– Son cuatro gatos. Es perder el tiempo, mi capitán. Déjelos estar, así vemos por dónde paran.

De modo que allí siguieron los moros. A los centinelas sólo se les dijo que no perdieran ojo y que estuvieran preparados por si se daba orden de disparar para espantar a aquellos moscardones. Una hora después, se empezó a oír ruido lejano de tiros. Al principio todos pensaron que podía ser otra columna que se internaba en las montañas. Pero cuando se pusieron a escuchar mejor descubrieron que el ruido provenía del sur, de la parte hacia donde estaba el campamento general. En la posición se estaba formando en ese momento el relevo del blocao, mitad con veteranos de Talilit, mitad con efectivos nuevos del pelotón de Afrau. Entre aquella veintena de hombres se contaban Andreu, Rosales y Amador. Rosales, más despierto, dijo:

Joder, juraría que andan a tiros por el campamento general.

Los soldados se volvieron inquietos en esa dirección. No se veía nada, sólo la línea de los montes, en la que sólo los más avezados distinguían, a lo lejos, las lomas entre las que se encontraba el campamento. La idea de que pudieran estar atacando el campamento general les ponía a todos los pelos de punta. Era una insolencia inaudita por parte de la harka, y una señal preocupante a más no poder. Atentar contra el campamento general era atentar contra el cimiento mismo de la tranquilidad de aquellos soldados. En el campamento general estaba el grueso del regimiento y de las demás unidades y estaban también las municiones y los víveres. El campamento general era el lugar de donde salían los convoyes que los abastecían, de donde vendría en caso de apuro la ayuda que pulverizaría cualquier amenaza. Cualquier riesgo que afectara al campamento general era para Talilit el riesgo de quedar colgando en el aire. Percatándose del repentino flojeo de la tropa, el sargento que se ocupaba del relevo se apresuró a gritar:

– Vamos, se acabó la tertulia. Fiiir…mes.

Pero mientras recorrían el trecho que había entre la posición principal y la avanzadilla, los soldados no podían dejar de volverse hacia donde sonaban los tiros. También miraban a aquellos moros altaneros que asomaban sobre los montes que rodeaban Talilit, y los más audaces protestaban:

– Tendrían que dejarnos dispararles. Alguno caería.

El relevo se realizó con presteza. Mientras recogían, los salientes preguntaron ansiosamente sobre aquellos tiroteos. Los entrantes respondían sin mucho énfasis, más preocupados por sí mismos y por el momento en que se incorporaban al aborrecido fortín. En el trasiego, fatalmente, quedó en evidencia la bisoñez de los de Afrau. Tuvieron que conformarse con los peores sitios, ya que los habituales del blocao ocuparon con soltura los lugares privilegiados. Y aunque todos estaban algo encogidos, hasta hubo entre los salientes quien vio la ocasión de regocijarse a costa de los nuevos.

– Bienvenidos al palacio de los pedos -les decía uno.

– Baño de mugre gratis -prometía otro.

Amador observó el panorama. El interior del blocao, con las colchonetas usadas por tantos inquilinos, las bastas y raídas telas de saco que cubrían las aspilleras, y el piso lleno de inmundicia, no podía invitar menos. El olor a tropa y a cuartel, ese olor pesado y un punto acre, era tan intenso allí dentro como en ningún otro lugar que el cabo hubiera conocido durante todo el tiempo que llevaba de servicio. Nadie habría dicho que aquella madera había sido nueva un mes y medio atrás. Amador supuso que la sensación pasaría al cabo de un par de horas, y que una vez que su olfato se hiciera a aquella pestilencia llegaría incluso a echarla de menos si dejaba de envolverle. No era consuelo, pero de algún modo tenía que ayudarse a arrostrarlo.

Durante toda la mañana continuó el ruido de tiros en la dirección del campamento general. Los ocupantes del blocao trataban de atisbar a través de las aspilleras lo que pasaba alrededor, pero lo estrecho del campo de visión dificultaba que pudieran hacerse una idea más o menos exacta. Veían a un moro aquí y otro allá, y al cabo de media hora dejaban de verlos y aparecían otros, o los mismos, en lugares diferentes.

– Nos están cogiendo la medida, me cago en su estampa -maldijo Rosales.

– ¿Tú crees? -preguntó Amador, que se había acercado al cabo veterano deseoso de sacar partido de su experiencia.

A Rosales no le inspiraba confianza Amador, que a primer vistazo le había parecido dubitativo e inseguro, demasiado para lo que él consideraba, por propia estima, que debía ser un cabo. Aun así, se explicó:

– Van de un lado a otro, viendo cómo estamos organizados: dónde hemos puesto las ametralladoras y dónde los cañones, por dónde tenemos más batido el frente y por dónde pueden acercarse en ángulo muerto.

Mientras Rosales hablaba se hizo un brusco silencio en el interior del blocao. Para los soldados que habían venido con Amador, pero también para los restantes, su parlamento era del máximo interés. En medio de aquel silencio expectante, sus palabras cayeron secas y contundentes como martillazos.

– Joder, pareces un brigadier, Rosales -se burló el sargento, desde el otro extremo del habitáculo-. Pero eso que dices es una tontería. Todo lo que según tú están investigando se lo saben desde hace un par de semanas, por lo menos. Se están riendo de nosotros, eso es todo.

– Peor me lo pone, mi sargento.

– Relajaos, coño -les reprochó el sargento-. Si se nos vienen encima y son pocos, los asamos vivos. Y si vienen muchos, nos dan por el culo y a palmar por la patria. Así de sencilla es la cosa, no hay vuelta que darle.

Amador reparó en el gesto con que Andreu, que había permanecido desde el principio calloso y meditabundo, se volvió hacia el sargento. Pocas veces habría sorprendido una mirada tan cargosa de ira.

A mediodía recibieron instrucciones desde la posición. Al parecer, el capitán había agotado su paciencia ante la desfachatez de los moros. Iban a abrir fuego sobre ellos y se les ordenaba que hicieran lo mismo con los que tuvieran a tiro. Hasta nueva orden, no debían dejar que ninguno volviera a asomar la nariz. Todos los hombres se apostaron ante las aspilleras y aguardaron a que desde la posición se diera comienzo al baile. Sonó la descarga y todos dispararon hacia sus respectivos blancos. Los diez o quince moros escasos que había a la vista desaparecieron como tragados por la tierra. Hubo quien creyó oír gritos de dolor, pero nadie vio a ninguno caer. Andreu, a quien aquella orden le parecía tan intempestiva como inútil, disparó una sola vez, sin el menor ánimo de acertarle a nadie. Los demás hicieron un par de disparos y a continuación quedaron al acecho. También desde la posición habían dejado de tirar. Ante ellos sólo tenían, ahora, las montañas abrasadas por el sol, el aire caliginoso y los resecos matorrales. Transcurrieron lentamente los minutos, sin que nada alterase la tensa calma.

– ¿Y ahora qué? -se preguntó Rosales.

– Ahora la mitad a no quitar ojo de los montes y la otra mitad a almorzar algo -resolvió el sargento-. Dentro de un rato, relevo.

Se turnaron para comer, raciones frías de bacalao que a nadie contentaron y que provocaron una buena acometida a la lata del agua. Pasaron la tarde en aquella vigilancia infructuosa. De vez en cuando creían ver a algún moro moverse, pero siempre que le iban a disparar era demasiado tarde. Los centinelas de la posición abrían fuego a intervalos, con poco éxito. Mientras tanto, el tiroteo hacia el campamento general seguía, intensificado. Desde poco después de las dos habían empezado a rugir las baterías, lo que hacía sospechar que el asunto por allí iba en serio y aumentó la inquietud entre los que estaban en el blocao. Pero poco antes de la puesta de sol hubo otro motivo más inmediato para inquietarse. A esa hora se desató un ligero paqueo sobre Talilit y sobre la avanzadilla. Desde la posición y desde el mismo blocao respondieron, pero con la luz menguante del ocaso era difícil localizar a los tiradores. Algunas balas enemigas dieron en los muros de madera del fortín y en la chapa del techo, donde causaban un ruido vibrante y estridente a la vez. Todos los soldados acudieron a las aspilleras y se afanaron por cazar a los pacos hasta que el anochecer devoró la última claridad. Todavía después siguió el intercambio, más espaciadamente. Desde la posición aún contestaban al fuego que les hacían, pero el sargento ordenó, con buen criterio:

– Basta de gastar munición. Vamos a organizar los turnos de guardia. Ahora se trata de que esos cabrones no se nos acerquen a sorprendernos.

Tiros sueltos los hubo hasta bien entrada la noche. A partir de cierto momento, sin embargo, sólo se oyó el combate lejano que había empezado por la mañana y aún seguía. Por imposible que les pareciera, al arrullo de aquel rumor tendrían que dormirse los defensores del blocao, durante el rato que no les tocase velar. Los de Afrau, que en su mayoría acababan de participar en su primera acción bélica, se sentían confusos. Alguno no podía creer que la guerra fuera aquello, un tráfico idiota de tiros a ciegas.

Amador no era ajeno a esta desorientación. Había gastoso varios peines de munición en poco más que balear los montes y armar ruido contra un enemigo ínfimo y escurridizo. No era consciente de haber alcanzado a nadie. Ni siquiera estaba seguro de habérselas visto con la harka. En realidad, era como si se enfrentaran a un espejismo.

Aquella noche sólo durmieron, durante los cortos intervalos de tres horas de que disponían entre turno y turno, aquellos que estaban demasiado cansados para velar. Los demás, tumbados sobre los jergones, miraban el techo acanalado mientras se echaban un pito que les distrajera del miedo y del calor asfixiante. Después de todo el día recibiendo el azote del sol, la chapa desprendía fuego, y la ventilación que proporcionaban las aspilleras apenas bastaba para que pudiera renovarse el aire. El tiroteo alrededor del campamento general parecía haberse mitigado algo, pero no llegaba a extinguirse nunca del todo. El eco lejano de las detonaciones seguía rasgando arrítmicamente el aire de la noche.

La madrugada se arrastró despacio sobre el sopor febril del blocao. A eso de las cinco, Amador se acercó a pedirle fuego a Andreu. El catalán no había despegado los labios en todo el tiempo y se había limitado a cubrir sus turnos e intervenir con aire remiso en lo que se le ordenaba. Amador tenía el barrunto, no sabía muy bien por qué, de que aquel tipo taciturno era quien más tenía que decir de todos los que había allí.

– ¿Me das lumbre? -le pidió.

Andreu tardó un poco en reaccionar. No estaba dormido, sino un poco atontado, como casi todos.

– Claro -dijo, tendiéndole su pitillo.

Amador se encendió el cigarro y al devolverle el suyo a Andreu, observó:

– No te veo muy entregado a la faena. -¿Qué quieres decir? -se revolvió el catalán. -Que me da que te cagas en todo esto. -Como cualquiera.

– No como cualquiera. Me he fijado en cómo le mirabas, al sargento. ¿Qué hacías cuando estabas en Barcelona?

Andreu se tomó su tiempo antes de contestar:

– Eres curioso, cabo. Pero Barcelona ya no existe. Ahora sólo soy un mierda de la primera compañía del primer batallón. De antes no me acuerdo.

– Está bien. Te contaré lo que hacía yo en Madrid. Era oficial administrativo de tercera en una compañía de seguros.

– Todo un aventurero -se burló Andreu.

– También era socialista y del sindicato.

– ¿Y por qué me cuentas eso?

– Porque yo también me cago en esta guerra, igual que tú.

– Igual, no -rechazó el catalán-. Algún día habrá ministros socialistas, y a los desgraciados como tú y como yo nos seguirán mandando a África.

Amador trazó con sus labios una sonrisa que el otro no podía ver en la semioscuridad del blocao.

– Ahora veo por dónde vas. Ya me has dicho bastante juzgó.

– Pues adivina lo que te parezca, que de eso ya no digo más.

Amador no quería irritarle innecesariamente. Desvió la conversación:

– ¿Por qué no te fuiste prófugo?

Andreu se echó a reír.

– Alto, cabo. No me estarás animando a desertar.

– Pues no. Adónde ibas a desertar ahora. Digo antes de venir.

– ¿Y tú? ¿Por qué no te fuiste tú?

– Yo sólo soy socialista. Como dirías tú: a todos los efectos, un burgués. Los burgueses siempre contemporizamos.

Andreu se quedó mirando al cabo. Por lo menos tenía sentido del humor. Si lo pensaba, tampoco le caía tan mal, aunque le mosqueara aquel interés por relacionarse con él. Finalmente dijo, conciliador:

– Eso ha tenido gracia.

En ese justo instante, súbito como un relámpago, se desencadenó el infierno. Sonó un alarido lejano, todos los montes se incendiaron al unísono y una lluvia de balas se estrelló contra el blocao, armando un estrépito que despertó de golpe a los adormilados y sacudió a los despiertos. Todos corrieron a las aspilleras, pero el fuego era tan intenso que pocos se atrevieron a asomar el fusil. El sargento, con ademanes torpes y alucinados, ordenó:

– Fuego, joder, fuego.

Amador, mientras preparaba su arma, observó cómo Andreu cargaba la suya. El catalán metió las balas, dejó una en la recámara y se deshizo del peine con veloz destreza. La sombría concentración de aquel hombre le pareció a Amador la señal definitiva. Ahora sí. Aquello, al fin, era la harka.

9 Afrau

¿DÓNDE ESTA EL FRENTE?

Molina, que estaba aquel día al mando de la guardia de Afrau, recibió el parte de novedades de González:

– Sin novedad en los puestos, mi sargento.

El sargento meditó sobre el significado de aquella frase rutinaria. Sin novedad. Se habría repetido millones de veces, desde que se formara el primer ejército, pero muy pocos de los que la pronunciaban se paraban a pensar lo que quería decir realmente. El ejército era una maquinaria creada sobre la convicción de que sucederían cosas. Algunas, las que el ejército pretendía contrarrestar o impedir. Otras, las que el ejército mismo disponía de los medios para causar. Decir sin novedad era tanto como proclamar la inutilidad o la frustración de los soldados, y al mismo tiempo era lo único que los soldados, Molina incluido, deseaban decir. Pero aquel mediodía la fórmula le sonaba al sargento un poco amarga. Aquel mediodía, las sobadas palabras le remitían a la novedad que había tenido él mismo que dar un par de días atrás. Al miedo en los ojos de un moribundo, con el que al decir y oír sin novedad todos aspiraban a no compartir la suerte. El problema, para Molina, era que aquella suerte le encharcaba sin remedio el alma.

– Descanse, cabo -le respondió al fin a González.

Molina también se acordaba de Amador, a quien había llegado a coger afecto y que ahora estaría descorazonado o quizá algo más en la indeseable posición de Talilit. Se le habían llevado a aquel cabo un poco frágil, pero puntilloso, y le habían dejado, entre otros, a aquel González con el que no simpatizaba en absoluto. González le parecía la personificación de la inoportunidad, alguien que siempre tenía en la punta de la lengua la palabra inconveniente y en el cerebro la idea inadecuada. Al pensar de esta forma, a Molina le entraba la duda, no obstante, de si no estaría siendo injusto. Nadie era nefasto en todos los aspectos, y cuando uno veía así a otro, resultaba probable que se estuviera dejando arrastrar por el capricho de una antipatía personal. Molina, aunque intransigente y obstinado, también sentía a veces el impulso de cuestionar su criterio y revisar su actitud. En todo caso, González era lo que había, y más que censurarle le correspondía encontrar la manera de coexistir y aun de sacarle lo que pudiera tener adentro. Molina, llevado por ese convencimiento, se forzó a acercarse un poco al cabo.

González, tras darle la novedad, se dejó caer sobre una silla y suspiró largamente, al tiempo que se abanicaba con el gorro.

– Qué, ¿cansado? -le preguntó Molina, tratando de sonar distendido.

– No, mi sargento. Es el maldito calor, nada más -respondió González, con la timidez que la invariable distancia que le ponía Molina le aconsejaba.

Transcurrió medio minuto, durante el que Molina buscó por dónde seguir. Al fin, inquirió:

– ¿Cuánto hace que no has visto a tu gente, González? González se volvió con aire indeciso hacia el sargento. Molina nunca le había tuteado, hasta entonces. -Quince meses. Dieciséis, casi -corrigió. -Un rato largo. ¿Te escriben?

– Malamente podrían hacerlo. No sabe ninguno. -¿Y tú a ellos?

– Cuando me sale, que no es mucho. Qué les voy a contar.

– Que estás bien. Para ti no es noticia, pero ellos no se cansarán aunque la lean veinte veces. Ya sabes cómo se habla allí arriba de lo que pasa aquí, sobre todo si se ha mandado a un hijo para tres años. Ya que van a tardar en tenerte de regreso, nada te cuesta aliviarlos con unas letras.

González se quedó pensativo.

– Verá, mi sargento -dijo-, a veces creo que no soportaría vivir otra vez en el pueblo. La verdad, no sé si quiero volver. Todo el mundo se queja de esto, pero yo aquí tengo mucha menos miseria que en mi tierra.

Molina reparó en que ni siquiera sabía de dónde era González. Algo casi impensable en el ejército y en África, donde casi lo primero que se le preguntaba a todo el mundo era el lugar de donde venía. Aquélla era una prueba flagrante de la indiferencia con que había tratado a aquel hombre.

– ¿De dónde eres, González? -se enmendó, secretamente avergonzado.

– De Cáceres. Pero no se crea usted, mi sargento -se apresuró a aclarar el cabo-, no es que por allí no haya también sus cosas buenas. Lo que pasa es que a mi familia no le tocó ninguna, más que trabajar como bestias y a veces hasta gratis. Yo mismo lo he hecho, sin ir más lejos. Soy el pequeño y he ido más de una vez a faenar con mi padre y mis hermanos sin que me pagaran nada. Sólo porque si les ayudaba a terminar antes, antes les pagaban a ellos las cuatro gordas que les habían apalabrado.

Molina sintió que era la primera vez que le daba a González la ocasión de hablar y ser escuchado, porque palabra a palabra descubría entre ambos afinidades de las que hasta entonces había permanecido completamente ignorante.

– Ya ve -prosiguió el cabo, que pasada la desconfianza inicial había recuperado aquella locuacidad que le era característica y que tanto había irritado siempre a Molina-. Aquí sí me pagan. Y como me presenté para cabo, hasta una fortuna, comparado con el jornal por el que en mi pueblo me he tenido que romper las costillas de sol a sol. Si lo mira, aquí tampoco se hace tanto. Marchas largas y el sueño corto, eso sí; pero andar he andado como un animal desde chico y siempre me he levantado al alba. ¿Que te pueden pegar un tiro o afeitarte el pescuezo, como al pobre del otro día? De algo hay que morirse. A mí se me han muerto dos hermanillos de fiebres, sin guerra ni moros. De la misma miseria, ya le digo que no hay peor.

Molina dejó que su mirada vagara sobre el mar. Aquel mediodía se veía apacible y azul. Al otro lado estaban el pueblo de González y su propio pueblo, al que él tampoco quería volver. A lo lejos, tanto que casi parecía una imaginación de su mente o un engaño de sus oídos, sonaba un apagado rumor de cañonazos. Sonaba con cierta frecuencia, en los últimos días, y la explicación a la que solía recurrirse era que debía tratarse de alguna posición que apoyaba a una columna móvil o que lanzaba un castigo sobre algún aduar donde se sospechaba que pudieran estar organizándose partidas de la harka. A Molina aquel ruido amortiguado le sumía en inevitables cavilaciones, y al cabo no se le escapó del todo su abstracción.

– ¿Cree que llegarán algún día hasta aquí, mi sargento? -preguntó González, con desusada gravedad.

– Espero que no -repuso Molina, con una franqueza que antes nunca le habría mostrado a González-. Estamos solos y totalmente vendidos. Y la tropa es demasiado nueva y se la ha instruido demasiado aprisa.

Molina tenía una creencia, o quizá era una superstición: si podía escuchar, el diablo escuchaba, siempre. De pronto, sobre el murmullo de los cañones lejanos, se impuso el estampido metálico de un disparo mucho más próximo, al que casi al instante siguió un silbido de bala rebotada. Aquella bala les había pasado muy cerca, y Molina y González, empuñando sus armas, corrieron a cubierto. Uno de los centinelas gritó:

– ¡Cabo! Vienen por aquí.

Pero el centinela se equivocaba. En cuestión de segundos la posición se vio azotada por una tormenta de balazos que llegaban desde todas partes. Los moros que habían aparecido sobre las crestas de los montes se desparramaban a toda velocidad en medio de un griterío espeluznante, y los que ya se habían apostado les disparaban con saña. Molina apremió al cabo:

– Ve a contárselo al teniente. Dile que estamos jodidos de verdad. Hay que responder con los cañones, las ametralladoras, todo.

González corrió hacia la tienda del teniente, que justo en ese momento se asomaba para ver qué ocurría. Molina, por su parte, fue hacia el frente del parapeto, adonde acudían en tropel todos los soldados.

– Repartíos, no os apelotonéis -vociferó, para imponerse al ruido.

Molina fue de un lado a otro organizando a la tropa, empujando hacia resguardo a los muchos que se exponían al fuego, aturdidos por la sorpresa del asalto. Pero la tarea se le amontonaba, y a uno de los hombres no llegó a advertirle a tiempo. Antes de que Molina pudiera atraerle hacia terreno protegido, al soldado se le fue el hombro derecho hacia atrás, como si alguien invisible le hubiera pegado un violento puñetazo. Su fusil cayó al suelo y él se dejó caer también. Después se encogió y empezó a gritar:

– Me han dado, me han dado, ayudadme.

Molina se echó al suelo y se arrastró hacia el herido. No había margen para contemplaciones, así que le cogió de las piernas y tiró de él hacia el parapeto. El soldado seguía gritando, aterrorizado:

– Me duele mucho, mi sargento, ayúdeme.

Molina le apartó la camisa. El tiro le había partido la clavícula. Las astillas de hueso se veían a través del agujero redondo de la bala. Le apretó su pañuelo contra la herida y le dijo:

– Sujétate esto aquí, mientras viene el sanitario. Y tranquilo, que te la has llevado en el mejor sitio en el que podías llevártela.

Sólo había un sanitario y un médico en Afrau, y Molina no sabía lo que tardaría en venir cualquiera de los dos, pero no podía entretenerse más con aquel herido. Cuando se cercioró de que todos estaban donde debían, fue a procurarse él mismo un fusil, para colaborar en la labor ingente de mantener a raya a los asaltantes. Las ametralladoras habían empezado a escupir fuego y su sonido, semejante al petardeo de una motocicleta, daba a los defensores de Afrau el ánimo, por escaso que pudiera resultar en aquellas circunstancias, de disponer de una potencia de fuego superior a la de quienes les atacaban. Dondequiera que las ametralladoras apuntaban, el enemigo se esfumaba de inmediato, como barrido del monte.

En unos pocos minutos, se unieron las dos piezas de artillería. El teniente artillero, jefe accidental de Afrau, había encomendado al teniente de infantería que mandaba la sección de ametralladoras que se ocupara de disponer la defensa en el parapeto. Luego había acudido junto a sus hombres y dirigía ya el fuego de los cañones hacia donde se observaba mayor concentración de moros. Con el concurso de la artillería, y pese a la insuficiente pericia de los fusileros, los europeos lograron contener la embestida, y al cabo de unos minutos se advirtió en los harqueños una vacilación que encorajinó a los soldados. El fuego enemigo era intenso pero poco eficaz si se mantenían bien a cubierto. Afrau tenía la desventaja de estar batida en su interior por una altura próxima, donde la harka había emplazado a un buen número de tiradores, pero contaba por fortuna con un parapeto aspillerado, lo que evitaba a los hombres tener que ofrecer blanco para disparar. Uno de los cañones estaba además machacando aquella altura que les amenazaba.

– Seguid así, sin aflojar -arengaba Molina a sus hombres. Entre los que se aplastaban contra el parapeto había de todo: veteranos, pocos, y novatos, muchos; resueltos, algunos, y pusilánimes, otros. Estaban los que habían pagado por no ir de descubierta, y los que habían cobrado cuatro reales por arriesgarse más de lo que les tocaba. A algunos no los apreciaba especialmente, y a muchos los consideraba deficientes soldados. Pero eran sus soldados y Molina sentía, poderosa como pocas otras, la responsabilidad de mantenerlos firmes y confiados en sus fuerzas frente a la adversidad.

Sin embargo, en el momento en el que todo parecía ir mejor, desde que se había desencadenado el ataque, sucedió algo que socavó la moral de todos. En el extremo del parapeto que cubría un pelotón de la policía indígena se produjo un movimiento anormal. Quienes lo vieron tardaron en comprenderlo. Estaban saltando el parapeto, pero de dentro hacia fuera. A Molina no pudo caberle duda. Los policías estaban desertando, con sus municiones y fusiles. Entre los desertores, pocos más de una docena, identificó a Mhamed, el sargento. Al verle, Molina confirmó, esta vez sí, la intuición que le había movido siempre a desconfiar de aquel sujeto.

Pero ante todo, Molina comprendió que estaban perdiendo una docena de hombres que ganaría la harka, adiestrados y, lo que era peor, armados. Se irguió y vació el máuser contra ellos. Consiguió tumbar a uno y alcanzar al sargento, el más peligroso de todos. Sin embargo, aunque renqueante, Mhamed pudo huir. Cuando Molina volvió a dejarse caer al pie del parapeto se encontró con la cara de horror con que le observaba uno de los soldados. A fin de cuentas, aquellos hombres contra los que Molina acababa de disparar, aunque fueran desertores, habían convivido con ellos durante semanas. Molina suponía que el soldado pensaba eso, pero no se sentía culpable. Había tomado una disposición rápida y necesaria, como le aconsejaba el instinto imperioso del curtido cazador que era. No era cosa agradable herir o matar a un hombre, pero lo que acababa de hacer estaba al margen de cualquier juicio. A Molina le habían ordenado una vez, años atrás, disparar contra un viejo que estaba recogiendo cereal frente a una posición. Molina había tirado al aire y se había hecho arrestar por eso, porque había sentido que matar a aquel viejo era una crueldad gratuita. Pero a los policías desertores les apuntó con toda su alma. Y al soldado horrorizado le dijo:

– Ninguno de esos dos te dará ya a ti.

Después de recargar su fusil, el sargento le ordenó a González que cuidara de cubrir con un pelotón el flanco que habían dejado desprotegido los desertores. Después apuntó con el dedo a aquel soldado que se le había quedado mirando y a otros dos y les ordenó:

– Vosotros tres, venid conmigo.

Los soldados se pusieron inmediatamente en pie, aun manteniéndose un poco encorvados para protegerse de los tiradores enemigos. Ninguno se habría atrevido a mostrar en aquel momento el más mínimo titubeo en obedecer a Molina. El sargento los condujo a lo largo del parapeto hacia el otro extremo de la posición. Allí se hallaban los policías, cerca de quince, que seguían del lado de los europeos. La deserción de sus compañeros los había desconcertado, aunque alguno seguía disparando fríamente hacia los montes.

Molina dijo a los tres hombres que iban con él: -Ojo ahora, y si alguno se desmanda, sin contemplaciones.

Los tres encañonaron con sus fusiles a los policías. Molina, con el suyo abatido, se dirigió al cabo que estaba al frente de los indígenas:

– ¿Qué vais a hacer vosotros, Hassan?

El cabo le observó con los ojos muy abiertos. No había tenido mucho trato con Molina, pero el sargento siempre había sido respetuoso con él. No era como otros militares europeos, que sólo veían en los soldados indígenas a unos perros útiles para echarlos contra otros perros.

– Yo estar amigo, sargento -murmuró.

Molina se fijó entonces en aquella curiosa equivocación verbal que padecían sistemáticamente los moros: no eran, sino que estaban amigos. En algunos era sólo eso, un error, pero en otros tenía un probable segundo sentido. Uno es lo que es y eso no tiene vuelta de hoja, pero estar se puede estar hoy aquí y mañana allí. Tampoco Molina los condenaba por eso, porque fueran amigos del europeo según lo dictaba la oportunidad. El europeo tenía cañones y dinero y siempre era preferible recibir sus billetes antes que sus cañonazos. Así planteado, el asunto no tenía por qué mezclarse con los sentimientos. Todos tenían a los moros por traidores, pero Molina se resignaba a que su lealtad fuera débil, sin reprochárselo. Y de aquellos quince policías que estaban en el parapeto de Afrau sólo le interesaba saber a qué atenerse.

– Te pregunto en serio, cabo -insistió-. Si no estáis seguros me dais los fusiles y le pido al teniente que os deje ir. Si os quedáis es para correr la suerte que corramos nosotros.

– Estar amigo, sargento -repitió el otro.

Los tres soldados que escoltaban a Molina sujetaban asustados sus fusiles. Los policías que rodeaban al cabo, hombres de pellejo endurecido al sol y el fuego de aquellos montes, les miraban a los ojos sopesando si serían capaces de dispararles. Pero veían a Molina y de él no podían dudar.

– De acuerdo, cabo. Reparte a tus hombres por el parapeto. Y si alguno chaquetea me respondes personalmente, así que tú verás lo que te conviene.

– Tú estar tranquilo -asintió el cabo.

Molina dejó allí a los tres hombres que iban con él, más inquietos que otra cosa, y envió a otros cuatro para que cubrieran el hueco de los policías que acudieron a otros puntos del parapeto, cumpliendo sus órdenes. Después se acercó a ver al teniente artillero. El tiroteo había amainado un poco, pero desde las laderas continuaban hostigándolos y seguía siendo arriesgado moverse por el espacio batido de la posición. Molina se trasladó con no poca dificultad hasta. el saliente donde estaban los cañones. El teniente, que era el único que sabía dirigir el fuego, observaba con sus prismáticos las montañas e iba dictando todos los movimientos a los servidores de las piezas. Era una ocupación absorbente, de la que Molina tardó en sacarle.

– Mi teniente -gritó, entre dos cañonazos.

– ¿Qué quiere, Molina? -se revolvió el teniente.

– Ha desertado la mitad de la sección de policía.

– Lo he visto. ¿Y qué? ¿Acaso podía esperarse otra cosa?

– La otra mitad sigue afecta. Les he permitido conservar sus fusiles y los he dispersado por la posición. -Haga lo que crea, sargento.

– Quería confirmar que daba su permiso para no desarmarlos.

– Joder, claro que lo doy, Molina. Vigílalos y ya está.

El sargento tomó nota de algo que venía estando más o menos claro desde que el teniente artillero había asumido el mando de la posición: cualquier decisión que le ahorrasen en relación con la tropa la daba por buena. Había algo que le llamaba la atención a Molina en los oficiales y soldados que tenían una relación tan estrecha con una máquina. La máquina, en aquel caso el cañón, era casi lo único que existía para ellos. Llevando a un extremo malévolo su suposición, Molina llegó a pensar que el denuedo que ponía el teniente en dirigir el fuego no tenía como razón principal el proteger a los demás hombres que estaban siendo atacados. Aquella ansiedad febril que había en la mirada del teniente parecía deberse, más bien, al temor de que sus dos preciadas piezas pudieran caer en poder del enemigo.

Molina regresó zigzagueando hacia el parapeto, desde donde sus hombres continuaban devolviendo el fuego como Dios les daba a entender, con alguna somera indicación de los cabos. Molina se acercó a González.

– Cabo, sólo están haciendo ruido. Hay que intentar que le acierten a algo, y a ti te toca cuidar de eso.

– Ya lo hago, mi sargento. Pero están acojonados. Casi ni me oyen. Bastante suerte tenemos con que no se disparen los unos a los otros.

Molina observó el despliegue de la harka a través de una de las aspilleras.

– Pese a todo, no lo tenemos tan mal -opinó.

– ¿Por qué? -preguntó González.

– Se nos han abalanzado por las bravas, creyendo que sólo con la sorpresa nos pasarían por encima. No han tomado buenas posiciones. Si las ametralladoras hacen su trabajo, los echamos atrás sin problemas.

González se alegró de escucharle eso a Molina, porque sabía que no hablaba por hablar y que de su criterio uno podía fiarse. Pero de ahí a sentirse tranquilo había todo un trecho. El cabo dijo, dubitativo:

– Mi sargento.

– ¿Sí?

– ¿Qué es lo que está pasando? ¿Dónde está el frente?

Molina no contestó en seguida.

– Nosotros somos ahora el frente, González. Y no nos enteraremos de más hasta que nos cepillemos a éstos y rompamos el cerco o hasta que vengan a ayudarnos, si es que viene alguien. Piensa en cada bala que tires y en nada más, que el resto será lo que Dios quiera.

La harka estaba bastante castigada. Por doquier se oían los lamentos de sus heridos, aserrados por las ráfagas de ametralladora o tronzados por los cañonazos. Los europeos, por su parte, habían sufrido pocas bajas. Un muerto y tres heridos, ninguno demasiado grave. El muerto, como casi siempre, había sido cosa de un descuido. Alguien que se había alejado imprudentemente del parapeto, para acercarse a recoger un peine de munición que se le había escapado de las manos al ir a recargar el fusil. Un moro estaba al tanto en su apostadero y con aquel tino fatídico que tenían le había puesto una bala en la cabeza. Lo único bueno era que el difunto casi no se había enterado. Había caído en seco, con un solo espasmo que lo había dejado ultimado e inmóvil sobre aquella tierra voraz.

Al cabo de un par de horas, los harqueños emprendieron la retirada. Retrocedieron como habían avanzado, pegados al suelo como lagartijas y arrancándose de pronto en inverosímiles trepadas por las peñas. Los soldados querían seguirlos hostigando mientras recogían a sus heridos, pero los oficiales ordenaron que cesara el fuego. Aunque habría sido una buena ocasión para aumentar fácilmente las bajas enemigas, tenían que pensar en ahorrar la munición para cuando hiciera más falta.

En los montes quedaron apostados unos cuantos tiradores, que cada tanto probaban suerte sobre la posición. La dotación de las ametralladoras hubo de permanecer por ello prevenida, y nadie pudo moverse por el espacio abierto o cobijarse en las tiendas. Todos se quedaron pegados al parapeto, junto al que aquel día se sirvió un rancho frío.

La tarde pasó sin más novedad que el incordio constante del paqueo. Parecía que la harka necesitaba reorganizarse, o quizá era, pensó sombríamente Molina, que tenían demasiado trabajo en otro lado. El teniente jefe reunió a los oficiales, el otro teniente, el médico y dos alféreces, y a dos de los mandos subalternos, el suboficial y Molina. Juntos examinaron la situación.

– No tenemos ninguna noticia del regimiento -constató el teniente artillero. Eso quiere decir que no han podido o ni siquiera han intentado pasar. Estamos bastante lejos de la posición más cercana y no creo que tengamos hombres para intentar salir y llegar hasta allí. ¿Tú qué opinas, Rivas?

– Que no lo conseguiríamos -confirmó el otro teniente, afectando solvencia. Molina se acordó de cuando aquel oficial novato había perseguido pistola en mano al mono, y se preguntó, de paso, dónde se habría escondido el bicho. Desde que había empezado la función, ni se le había visto el pelo.

– Por otra parte -prosiguió el teniente artillero-, me da muy mala espina que nos hayan atacado como lo han hecho. No quiero imaginar lo que está pasando con el resto de las fuerzas de la comandancia.

– Imagínelo, mi teniente -intervino uno de los alféreces, un muchacho pelirrojo y bastante osado-. Los mojamés nos han pillado a todos cagando.

– No nos amargues, Andrade -le reprendió el teniente Y ten cuidado con lo que dices, que roza la insubordinación.

– No me insubordino, mi teniente -protestó el alférez-. Digo que están muy crecidos para no tenernos bien agarrados.

El teniente artillero soltó un bufido.

– En fin, no vamos a darle más vueltas. Sólo nos queda una solución. Hacernos fuertes y esperar a que venga la Armada a socorrernos. Si la cosa está mal en todo el frente, los barcos deben haber salido y tarde o temprano pasarán por aquí. Habrá que contar con ellos para lo que sea.

El teniente jefe quedó en silencio, mirando a sus subordinados. El era quien daba las órdenes, pero en momentos como aquellos, en los que se jugaba la vida de todos y estaban abandonados a su suerte, no quería cargar él solo con la responsabilidad. Necesitaba compartirla con alguien, aunque fueran aquellos infantes de los que se sentía tan lejano. Había momentos, pensó Molina, en que no era bueno que el jefe estuviera solo. El teniente los fue recorriendo uno por uno. Andrade parecía irritado por algo que le impedía respaldarle, pero Rivas, el médico y el otro alférez asintieron. Lo mismo hizo el suboficial, quien desde el comienzo de los combates parecía embobado y ausente. Molina no dijo nada, ya que allí era el último de todos.

– De acuerdo entonces -concluyó el teniente- Mañana empezaremos por replegar la avanzadilla. Recuperamos la ametralladora para proteger el recinto principal y de paso evitamos que nos dejen cortados a los que están allí. ¿A alguien se le ocurre algo más?

– Hay otro problema, mi teniente -apuntó Molina, cautelosamente.

– ¿Cuál?

– La aguada. No disponemos de gente para hacerla en esta situación. Habría que dejar el campamento vacío.

– Tiene razón, sargento. Suboficial, ocúpese de racionar el agua.

Los soldados de Afrau acogieron con angustia la noticia de que el agua quedaba racionada. Hasta el más lerdo se percataba de la gravedad del asunto. El sol fue cayendo hasta el sumidero de un atardecer incendiado e intenso, como sólo se daban en África. Recostados contra el parapeto, los soldados devanaban las peores dudas sobre su inmediato porvenir. Aquella noche de julio las estrellas parecieron temblar, tan aterradas como ellos, con cada balazo que les enviaban los incansables tiradores de los montes.

10 Talilit

LA RETIRADA

En la avanzadilla de Talilit, entre el olor a pólvora y el estampido ensordecedor de los fusiles, los soldados se esforzaban por contener el temporal que se había desatado sobre ellos. Los elementos de la harka les disparaban desde todas partes, sin que el fuego de la posición fuera bastante para achantarlos. No podía permanecerse mucho tiempo en las aspilleras, porque los moros debían tener a algunos de sus mejores tiradores vigilándolas y ya les habían hecho cuatro bajas entre quienes se asomaban. En el hacinamiento del blocao, los gritos de los heridos rompían los nervios a los ilesos.

– No me para la sangre -se quejaba espantado uno, mientras se apretaba un trapo contra la mejilla deshecha de un balazo.

– Dios, qué gilipollas -renegaba Rosales, herido en el brazo izquierdo-. Me han dado como a un puto borrego.

– Tranquilo -le decía Andreu, mientras le apretaba un torniquete-. Peor sería si fueras zurdo.

Rosales meneó la cabeza.

– Estoy listo igual. No puede sujetarse el máuser con un solo brazo.

– Sujeta esto y guárdate las fuerzas, anda -le aconsejó Andreu, poniéndole en la mano derecha uno de los extremos del torniquete.

El sargento iba y venía de un lado a otro, crispado y repartiendo órdenes incoherentes. De vez en cuando se acercaba a una aspillera y pegaba un tiro con la pistola. Andreu le seguía con el rabillo del ojo. Si de aquel hombre dependía, los iban a matar a todos como cucarachas. Una vez que Rosales estuvo atendido, el catalán se reincorporó a su puesto, junto a Amador. Éste le vio tumbarse, maniobrar con el cerrojo y apuntar cuidadosamente. Hasta cuatro o cinco segundos después, no sonó el disparo.

– Me admira el cuajo que tienes -observó Amador, mientras el otro recargaba el fusil.

– No es para tanto dijo Andreu, con aire inexpresivo.

– En serio. Parece que no tengas sangre en las venas. Nunca te das prisa, aunque estemos rodeados y nos estén breando vivos.

– Por eso mismo me tomo tiempo -advirtió Andreu, mientras apuntaba-. Esos se mueven como liebres y se esconden como alacranes. Hay que buscarlos y procurar tumbarlos, porque asustarse no se van a asustar.

Amador se echó a la cara el fusil y buscó su propio blanco. Veía las humaradas explosivas que delataban la posición de los tiradores, y a veces veía a los tiradores mismos, irguiéndose y volviéndose a agachar o desplazándose de un lugar a otro. Pero nunca tenía tiempo de fijar a ninguno en la mira de su fusil y acababa tirando al bulto, impelido por la necesidad de ahogar bajo el estruendo del disparo la punzada continua del miedo. Lo peor de todo, para Amador, era estar allí encerrado, viendo cómo los otros iban y venían a placer. Los moros respiraban a pulmones llenos el aire, mientras ellos debían conformarse con el poco que entraba a través de las aspilleras y se mezclaba con la densa nube de sudor y azufre del blocao. Había quien pensaba que ellos tenían la ventaja de la fortificación, mientras el enemigo tenía que moverse a cuerpo gentil delante de sus fusiles. Pero sus fusiles estaban ciegos, y aquellos hombres sabían despreciar el peligro. Seguramente los compadecían a ellos, a los pobres soldaditos encerrados y prisioneros de su precaria seguridad. Los moros no tenían más amparo que el cielo ni más parapeto que los matorrales y los salientes de los montes, pero podían ir y venir y buscarles a los europeos las debilidades. Y lo que parecía evidente, pensó Amador, era que aquella mañana se las habían encontrado.

Les hicieron un quinto herido. Un balazo en la cara, feo a más no poder. El soldado quedó tendido sobre su fusil, boqueando como un pez fuera del agua y lanzando una especie de estertor. El que estaba más cerca lo retiró y se quedó mirándolo sin saber dónde o cómo actuar para ayudarle. La sangre empapaba rápidamente aquel rostro. El sargento, fuera de sí, se quejó:

– Joder, hay que evacuar a los heridos.

– Hay que evacuar a todos -dijo Rosales, con una sonrisa amarga.

En ese momento se oyó a Andreu gritar:

– Cuidado, a la derecha, que viene uno.

Uno de los que estaban cubriendo aquel lado sacó el fusil por la aspillera y le disparó al asaltante a bocajarro, en mitad del pecho. El moro cayó hacia atrás y de la mano se le resbaló un objeto inconfundible.

– Trae una bomba -avisó el que le había tirado.

La explosión sacudió el maderamen del blocao y parte de la metralla se coló por las aspilleras, causando heridas leves a varios.

– Hostia, los tenemos encima -maldijo el sargento-. ¿Qué hacen en la posición, mirar la faena? ¿Por qué no siguen disparando los cañones?

Amador se acercó a una de las aspilleras que daban hacia el recinto de la posición principal. Vio a un par de harqueños que se acercaban a su alambrada y arrojaban bombas de mano semejantes a la que acababa de explotar junto al blocao. Después de las explosiones se oyeron gritos y unas ráfagas de ametralladora, y en el parapeto aparecieron cuatro o cinco soldados que lanzaron una descarga de fusilería contra los moros que corrían a cubierto. También vio a un oficial que parecía hacer señas hacia la avanzadilla. Las repitió, frenéticamente, hasta que a Amador no pudo quedarle duda. El oficial agitaba una y otra vez el brazo hacia sí, con tal fuerza que parecía que se estuviera abofeteando la cara. Al fin el fuego enemigo le obligó a agacharse, o le abatió. En cualquier caso, no volvió a aparecer.

– Mi sargento -dijo Amador-. Nos ordenan que nos repleguemos.

– ¿Qué? -gritó el sargento, presa de la histeria. -Desde la posición. He visto a un oficial que nos hacía señas.

– Pero ¿cómo vamos a replegarnos? Se supone que deberían cubrirnos la retirada -dijo el sargento, sin poder dar crédito.

– Parece que tienen sus propios problemas -dijo Amador, pesimista.

– Es un suicidio -siguió protestando el sargento-. Nos matarían a todos.

– Por aquí viene otro -anunció un soldado, en la otra punta del blocao.

Pero esta vez no pudieron parar al atacante, y la bomba echó abajo un extremo de la fortificación, destrozando de paso a quienes estaban más cerca. Entre la veintena de hombres de la avanzadilla cundió el pánico. El sargento miraba en todas direcciones sin saber adónde acudir.

– O nos largamos ya o aquí palmamos -dijo Andreu, calando la bayoneta.

Amador le imitó, y como él otros seis o siete soldados. El sargento aprobó nerviosamente la iniciativa y llenó los dos cargadores de su pistola. Las balas se le escurrían entre los dedos y perdió varias en la operación. Rosales, con su brazo herido en cabestrillo, le pidió a Andreu:

– Ponle la bayoneta a mi chopo y pásamelo, catalán.

Andreu hizo lo que le pedía. Rosales empuñó el fusil con el brazo sano y lo blandió como una lanza.

– Para esto todavía valgo -se jactó.

– Yo que tú no pensaría nada más que en correr -le dijo Andreu-. Eso úsalo sólo si alguien se te pone en medio.

– Nos vendrán siempre por detrás, Andreu. A los moros les gusta perseguir a los que corren. Te lo dije: si estás entero, te respetan, pero si te ven mal, se enardecen y van por ti. Así que da igual, yo ya estoy condenado.

Los heridos que podían caminar se pusieron en pie y se esforzaron por sujetar sus armas. Los que estaban peor se colgaron del hombro de un compañero. A los dos moribundos sólo podían abandonarlos. Pero el sargento, antes de salir, recapacitó:

– No podemos dejárselos a esos hijos de puta.

Se fue hacia los que agonizaban. Los contempló durante un instante y con su mano temblorosa le pegó un tiro a cada uno. Amador, que tenía los dedos agarrotados sobre el fusil, sintió que aquellas dos detonaciones se le clavaban en el alma. Le embargaba una sensación de irrealidad: no podía ser que de pronto, casi sin que le hubiera dado tiempo a enterarse, perteneciera a un ejército en retirada que remataba a sus propios heridos. En su cabeza se mezclaba el recuerdo de los oscuros presentimientos de Molina con el de las arrogantes bravatas de los oficiales, cuando negaban ante la tropa la existencia de una harka digna de consideración. Pero la harka existía, y ahora llamaba con sus atroces puñetazos a la puerta. Amador comprendió que tenía que aceptar su infortunio y concentrarse en hacer todo lo que Molina le había enseñado. Tenía que impedir el desorden, y pelear segundo a segundo por el supremo objetivo de sobrevivir. Sin cuidarse del sargento, agrupó a los hombres que parecían más serenos y les dijo:

– Salimos primero nosotros, y nos dividimos para cubrir los flancos. Dejamos que pasen los heridos y luego retrocedemos sin perderle la cara al enemigo. Sobre todo, que nadie eche a correr.

Andreu, que se contaba entre el grupo de los escogidos por Amador, se permitió observar, con ironía:

– Eso valdrá mientras aguantemos, cabo. Si no, sálvese quien pueda.

Amador observó a Andreu. Le apreciaba, y en cierto modo le temía. Por su insolencia, por su aplomo y hasta por su propia envergadura física. Andreu era un tipo de buena estatura, ancho, y tenía unos robustos brazos velludos que acababan en unas manos enormes. Amador era lo contrario, no muy alto y más bien fino de miembros. Para compensarlo, le espetó:

– Valdrá mientras yo diga. Y al que desobedezca nadie le va a formar consejo de guerra, porque le sentencio yo mismo.

Andreu no respondió. El tiroteo seguía, y sobre el ruido se alzó en ese momento la voz desgarrada del sargento, que ordenaba:

– Vamos, todos fuera.

Amador salió el primero, y tras él ocho soldados que se dividieron como les había indicado. Todos se pusieron en seguida cuerpo a tierra y repelieron a duras penas el fuego enemigo, mientras salían los demás. El sargento empujaba a los que se quedaban rezagados y disparaba con su pistola a izquierda y a derecha. Los hombres tropezaban contra los terrones y los pedruscos, y pronto empezaron a caer bajo las balas enemigas.

– Allí, a la izquierda -gritó Amador, señalando hacia una de las peñas desde donde los batían. Pero las balas les llegaban también desde la derecha, y desde el frente. Hasta del cielo parecía que les tiraban.

En el primer repliegue de una de las escuadras cayeron dos hombres, y la otra, al reproducir la maniobra, perdió a tres. Con eso quedaba completamente desmantelado el orden que se había afanado en imponer Amador. Eran muy pocos para plantar cara a lo que se les echaba encima.

– Es inútil, cabo -gritó Andreu, sin dejar de cubrir el flanco en el que ya sólo le acompañaba un anonadado compañero.

– Hijos de puta, moracos sarnosos gritaba el sargento, mientras vaciaba el último cartucho de su cargador.

El sargento estaba erguido bajo el fuego, con el juicio visiblemente perdido. Tiró el cargador vacío y metió el otro, con parsimonia. Montó la pistola y apuntó hacia uno de los montes. No llegó a apretar el gatillo. Un balazo le deshizo el cráneo y cayó de bruces, como un espantapájaros derribado por el viento. Amador comprendió que no había nada que hacer.

– A la carrera todos -gritó.

Los moros saludaron la desbandada recrudeciendo el fuego. Los soldados que seguían en pie, una minoría, corrían con toda su alma hacia el parapeto de la posición de Talilit. Alguno tiró el fusil para ir más rápido. No fue ése el caso de Rosales. Mientras arrastraba trabajosamente el fusil, con su único brazo disponible, vio su carrera truncada por un tiro que le atravesó de parte a parte. Andreu, al verle caer, retrocedió para socorrerle. Se agachó junto a él y le observó la herida. Era un agujero pequeño y redondo, a la altura del pulmón derecho. Incorporó al cabo para echárselo al hombro y en ese momento vio la herida por la espalda. La bala, al salir, había abierto un cráter de piltrafas sanguinolentas por el que asomaba una costilla.

– Se acabó, muchacho -murmuró Rosales.

– Te cargaré a la espalda -dijo Andreu.

– Ni se te ocurra. Lárgate, no seas imbécil.

Andreu volvió a dejar a Rosales sobre la tierra y miró a su alrededor. Los moros se acercaban, los heridos lloraban de dolor y desde Talilit no daban señales de vida. El sol de aquella nueva mañana Africana empezaba a calentar, implacable. Andreu dudó un segundo y volvió a ponerse en pie.

– Antes de irte hazme un favor -pidió Rosales.

– Tú dirás.

– Pégame un tiro, como hizo el sargento con aquellos dos.

– No puedo hacer eso.

– Ya sabes lo que me harán ellos. Te lo conté.

Andreu no quería recordar, pero recordó. Tiró del cerrojo y le apuntó a Rosales a la cabeza. Después apartó los ojos y apretó el gatillo.

Echó a correr otra vez hacia Talilit. Un poco más adelante vio a Amador, que avanzaba a trompicones y con la cabeza gacha. De pronto un moro le salió por la izquierda y se le echó encima con una gumía en la mano. Amador acertó a inmovilizarle el brazo con el que sujetaba el cuchillo, pero el moro le derribó y consiguió montársele encima. Andreu avivó más su carrera, mientras los dos forcejeaban. Amador, aturdido, veía el rostro desencajado y renegrido del harqueño, apenas a unos centímetros del suyo. El otro le insultaba en el dialecto de las montañas, a la vez que le escupía y empujaba la gumía hacia su pescuezo. Llegó Andreu. Sin pensarlo dos veces, le hincó la bayoneta en la espalda al moro, que ya estaba a punto de vencer la resistencia de Amador. El cuerpo del moro le pareció duro como un saco de arena, pero le entró con tanta fuerza que estuvo a punto de ensartar a su propio compañero. Éste se liberó como pudo del peso de aquel cuerpo y volvió a coger su fusil, mientras Andreu tiraba para sacar la bayoneta.

– Gracias -dijo Amador, jadeante.

– De nada -repuso Andreu-.Vamos, que ya casi estamos.

Andreu y Amador, los dos últimos supervivientes de la avanzadilla, cubrieron bajo el fuego enemigo el trecho que les separaba del parapeto de Talilit. Pudieron pasar sin dificultades por la alambrada, que estaba abierta, y saltaron dentro de la posición. Lo que allí se encontraron, visto lo visto, no les sorprendió. Había decenas de heridos y muertos, algunas tiendas ardían y ya sólo quedaban en el recinto los artilleros, que desmontaban a toda prisa los cierres de los cañones. Los demás hombres útiles terminaban en aquel justo instante de salir por la retaguardia de la posición.

– Joder, se largan -constató Amador.

– Aprieta, cabo, que si no los alcanzamos no valemos una gorda.

Los moros llegaban ya a la alambrada. En cuestión de segundos pondrían el pie en Talilit. Los heridos que seguían empuñando su fusil les disparaban con una furia terminal, enloquecida. Algunos, probablemente los más veteranos, guardaban la última bala para sí. Se quitaban como podían una de las alpargatas, se ponían el cañón en la boca y apretaban el gatillo con el pulgar del pie. Los que no habían tomado esa precaución, cayeron en seguida bajo las gumías inclementes de los harqueños. Los artilleros echaron a correr con los cierres de las piezas, en un desesperado intento de impedir que el enemigo pudiera utilizarlas. Su teniente, el andaluz rubio y altivo que siempre había disgustado a Andreu, permanecía en pie junto a los cañones, empuñando un fusil. Cubría la retirada de sus hombres, mientras les apremiaba:

– Corred más deprisa, me cago en Dios.

El teniente artillero manejaba bien el máuser. Disparó sus cinco cartuchos contra los asaltantes, haciendo carne más de la mitad de las veces. Después soltó el fusil, empuñó su pistola y gastó cinco de los seis tiros. El último, cuando ya se le echaba la harka encima, se lo descerrajó en la sien.

Amador y Andreu corrían a través de la desolada extensión que unas horas antes había sido la posición de Talilit. Aquellas imágenes espeluznantes se iban sucediendo ante sus ojos como la más delirante de las pesadillas. Mientras tanto los dos apretaban los dientes, para soportar mejor el pinchazo que les atravesaba el vientre a causa de la galopada. Las balas silbaban por encima de sus cabezas cuando llegaron al extremo oriental del parapeto, por donde acababan de retirarse los últimos efectivos de la guarnición. Casi se dejaron caer ladera abajo, para unirse a sus compañeros. Andreu advirtió a los soldados de la sección que iba cerrando la marcha:

– No tiréis, que somos de los vuestros.

Los otros aguantaron un poco, para esperarlos. Cuando Amador y Andreu llegaron a su altura, estaban ya al límite de sus fuerzas. Uno de los soldados, que había venido con Amador desde Afrau, le reconoció:

– Me alegro de verte, cabo. Ya os dábamos por perdidos.

– ¿Qué está pasando? -preguntó Amador.

El sargento que mandaba aquella sección le dio la respuesta:

– Parece que el frente se ha hundido. Ayer supimos que Igueriben había caído en manos de la harka. Y hace media hora nos ordenaron desde el campamento general que nos replegáramos como pudiéramos sobre Sidi Dris.

– ¿Hundido, el frente? -repitió Amador, incrédulo.

– Hundido, cabo -dijo Andreu-. Por eso nos dejaron a nuestra suerte en la avanzadilla. Maricón el último, ya te lo advertí.

– La harka nos estaba atacando muy fuerte. Y ya no quedaban disparos de cañón -se justificó el sargento, un poco avergonzado.

– Lo que usted diga, mi sargento -asintió Andreu, sin apiadarse-. Pero allí la han diñado todos, como perros.

Los moros aparecieron en lo alto del monte y empezaron a hacer fuego sobre los fugitivos. Los cien hombres escasos que retrocedían hacia el mar devolvieron el fuego trabajosamente. Iban dando traspiés, amontonados, pasando verdaderos apuros para disparar sin herirse los unos a los otros. El capitán jefe acudió junto a la última sección, que protegía la retirada de los demás. Trató de dar ánimos a aquellos soldados.

– Resistid, que van a venir a apoyarnos desde Sidi Dris -prometía.

– A quién querrá engañar -se preguntó uno.

– A él mismo, sin ir más lejos -dedujo Andreu, mientras colocaba en el máuser su penúltimo peine de munición.

Pero resultó que el capitán estaba en lo cierto. Al pie del monte, y antes de que tomaran el duro camino de herradura que llevaba hacia Sidi Dris, se les unió un destacamento a caballo de la policía indígena, que era la avanzada de otra sección de infantería que marchaba hacia allí. Los enjutos jinetes morunos llegaron desde atrás y se colocaron al momento en la parte más expuesta de la columna. Aunque apenas fueran una veintena, los soldados recibieron con júbilo la llegada de aquellos moros leales, que dominaban sus monturas con los talones mientras apuntaban sus fusiles. Hacían fuego sin parar y con una pasmosa eficacia. Andreu reconoció al sargento del caballo blanco, el mismo que solía venir con el convoy cuando Talilit aún existía. También le reconoció Amador, y cuando Haddú le vio a su vez entre los restos de la maltrecha guarnición de Talilit, le saludó con un breve ademán.

La llegada del resto de las tropas indígenas permitió a la columna organizarse mejor. Los policías no perdían en ningún momento el orden de combate, pese a la dificultad que para ello pudiera ofrecer el terreno, y sabían siempre adónde disparaban. Los que los acosaban se dieron pronto cuenta del cambio y se mantuvieron a distancia, sin permitirse más que algunos tiros sueltos sobre la columna. La mayoría de la harka prefirió quedarse en la posición de Talilit, celebrando la victoria y agitando los fusiles en actitud amenazante hacia los que huían. Los moros habían conseguido un abundante botín, que había que acopiar y luego repartir debidamente. En Talilit quedaban armas, munición, incluso el cierre de uno de los cañones. El artillero que lo llevaba había caído mientras intentaba saltar el parapeto.

Los fugitivos de Talilit y su escolta de policía indígena recorrieron a marchas forzadas el camino hasta Sidi Dris. Cuando el mar apareció ante sus ojos, con su infinita calma azul, muchos creyeron que lo peor había pasado. Pero la posición de Sidi Dris también estaba sitiada, lo que planteaba la necesidad de romper el cerco para poder acogerse a ella. La policía tomó la vanguardia, como le correspondía, y abrió paso a los extenuados europeos. Las alturas que rodeaban Sidi Dris eran un magnífico refugio para los tiradores de la harka, y aquel tropel en retirada, un blanco tan generoso como apetecible. Los policías tuvieron que emplearse a fondo, mientras los soldados de Talilit colaboraban con las pocas energías y las pocas balas que les quedaban. Andreu gastó su último cartucho contra un moro que asomó sobre un risco próximo, y al que derribó de un certero impacto en la frente. Pero apenas un minuto después, una bala le atravesó el muslo. Casi no sintió nada, porque el proyectil pasó sin tocar hueso. El dolor vino más tarde, como un ardor y a la vez un frío de muerte.

– Maldita sea, la pierna -dijo.

La herida podía ser mala, muy mala. Decían que un balazo en la femoral era una de las maneras más lindas y más rápidas de quedarse en el sitio. Andreu, renqueando, se llevó la mano al muslo herido. La vista se le nublaba, pero no salía mucha sangre. Si te partían la arteria, decían, brotaba a borbotones, como un manantial caliente con el que se te iba la vida en un santiamén. Amador, que andaba cerca, vino a ofrecerle rápidamente su hombro. No olvidaba la deuda que había contraído con Andreu.

– Vamos, libertario -le animó-, no te me quedes ahora a medias. Ya te curarán eso cuando estemos a salvo.

A Amador, que también había agotado sus municiones, ya no le quedaba más que tratar de seguir en pie hasta Sidi Dris y llevar hasta allí a su compañero. El camino que habían recorrido juntos desde el blocao de la avanzadilla de Talilit había sido tan largo y azaroso como increíble. Amador, que era supersticioso, presintió que no habría término medio: o libraban el pellejo los dos, o no lo libraría ninguno. Ya tenían a la vista la posición. Los policías seguían protegiéndolos, en un derroche de sacrificio y valor que conmovió a los más recelosos, pero en el trecho final el fuego de la harka se volvió insoportable. Los últimos metros vieron caer a muchos de los soldados que habían sobrevivido hasta allí, y los policías también pagaron un alto precio. El caballo blanco de Haddú se vino espectacularmente abajo, herido de muerte. Por muy poco se escapó el sargento de quedar aplastado bajo su montura. Cojeando, se unió a sus hombres y siguió replicando sin desmayo a los tiradores montañeses. Al final, los policías que entraron en Sidi Dris eran la mitad de los que habían salido. De los fugitivos de Talilit se habían salvado unas dos terceras partes. Si es que podía llamarse a aquello salvación.

En Sidi Dris reinaban a partes iguales la inquietud y el desaliento. Amador arrastró a Andreu hacia la enfermería, donde se amontonaban los heridos. El oficial médico vino a examinarlo al cabo de media hora. Le bajó el pantalón y se inclinó con gesto impasible sobre la herida. Le volteó para verla por atrás.

– Entrada y salida y sin tocar el hueso ni la arteria -concluyó-. ¿Tú juegas mucho a la lotería, chaval?

– No precisamente -respondió Andreu.

– Pues deberías. Voy a limpiarte la herida y a vendarla. Y no hay mucho más que hacer, hasta que venga el barco a sacarte.

En un catre cercano había un soldado con la cabeza vendada. Estaba inmóvil, mirando al techo. Canturreaba, en voz queda:

Los suspiros de Melilla
no llegan a mi ventana,
porque pasa el mar por medio
y se quedan en el agua.

– Es una condenación -dijo el médico, mientras desinfectaba a Andreu-. No hace más que cantar esa copla. Parece que se la decían a los quintos las mozas de su pueblo. Es lo malo de los tiros en la cabeza. A unos les da por cantar y a otros por gritar como si los estuvieran desollando.

– Mejor será que cante, entonces -masculló Andreu, aguantándose el dolor.

– Mejor sería que le hubieran dejado en el sitio -opinó el médico, brutal.

Afuera seguía el ruido de fusilería, de vez en cuando interrumpido por el bramido de los cañones. Conforme pasaban los minutos, aumentaba el número de los tiradores que rodeaban Sidi Dris. Los supervivientes de Talilit fueron distribuidos sin pérdida de tiempo por el parapeto, municionados y con una ración de rancho y otra de agua, cuya administración les encarecieron. La cosa, se dijo Amador, no podía ser más simple. Habían salido del infierno y habían vuelto a caer, infaliblemente, en el infierno.

11 Laya

LA TIERRA ENEMIGA

Cuando aquella tarde el Laya llegó frente a Sidi Dris, sus tripulantes creyeron que retrocedían en el tiempo, a los acontecimientos que habían vivido a principios de junio. La historia se repetía, con exactitud de detalles: en la posición se afanaban los fusileros y retumbaban los cañones; más allá, en las alturas, el enemigo disparaba sin descanso, dejando un rastro de nubecillas blancas que se elevaban lentamente sobre las laderas. Pero a Veiga la situación le pareció mucho menos boyante que la otra vez. Había más moros en las montañas, y los defensores respondían con menos brío.

La maniobra de fondeo se efectuó con rapidez. Los hombres del Laya conocían de sobra aquellas aguas, y una vez tomadas las marcaciones en la costa y reducida completamente la marcha, sonó la esperada orden:

– ¡Fondo!

Largaron las dos anclas, que cayeron al agua acompañadas por el ruido estruendoso que hacían las cadenas al correr. Cuando hubieron soltado la longitud suficiente para tocar fondo y evitar que el buque garreara, el oficial que dirigía la maniobra ordenó dar estopor y hacer firme. Las cadenas quedaron interceptadas con un brusco chasquido y los marineros las aseguraron sin pérdida de tiempo. La virazón soplaba con fuerza bastante para provocar el borneo del barco y dificultar que se mantuviera de través hacia la costa, por lo que fue necesario soltar también un anclote a popa. Con ello el Laya quedó en posición de combate y sólo ligeramente proclive a escorar a babor, algo que los artilleros podían corregir sin demasiada dificultad al hacer la puntería.

La orden de acudir a proteger Sidi Dris había llegado en el último despacho enviado al Laya por el Comandante General. En él se les comunicaba además que el grueso de las tropas evacuaría a primera hora de la mañana el campamento general y emprendería la retirada hacia la llanura. Desde entonces no se había vuelto a saber del Comandante General, pero los del Laya no necesitaban más despachos para percatarse de la magnitud del desastre. Al abandono del campamento general había que sumar la pérdida de Igueriben y de Talilit, cuyos defensores, según aquel último despacho, tenían orden de replegarse sobre Sidi Dris. Tanto esta posición como Afrau, sin ninguna posibilidad de auxilio o retirada por tierra, quedaban aisladas y sólo fiadas a la ayuda que los barcos de la Armada pudieran proporcionarles. Los planes de conquista habían caído súbitamente en el olvido. Ya no había más remedio que admitir los hechos: la potente harka que había lanzado el ataque en todo el frente era ahora la dueña de las montañas.

Comunicaron con la posición. El intercambio de señales era arriesgado para los que estaban en tierra, pero aquellos hombres cifraban en el barco su única esperanza y tenían que hacerle llegar sus mensajes a toda costa. El comandante de Sidi Dris reclamó al Laya urgente cobertura artillera, para poder economizar la ya mermada munición de sus cañones. También dio cuenta de la llegada de los restos de la guarnición de Talilit y del gran número de heridos que tenían. Por su parte, el comandante del Laya, tras acceder a la solicitud recibida, informó a la posición de la inminente arribada de otros dos buques, con los que se organizaría el apoyo que fuera menester darles.

Cumpliendo las órdenes del comandante, los marineros aprestaron la pieza de la amura de estribor y las dos de la toldilla, y el Laya soltó una andanada que hizo temblar la tarde. Los proyectiles abrieron la tierra de las laderas en tres explosiones que sirvieron para acallar momentáneamente el tiroteo de la harka. Poco después se reanudó, aunque menos intenso. El comandante ordenó una segunda y una tercera andanada. Las tres piezas del siete con sesenta y dos volvieron a rasgar por dos veces el aire y la harka recibió una doble ración de metralla que mermó su acometividad. En realidad, los cañonazos sólo habrían producido unas pocas bajas, pero sus efectos en la moral de los atacantes y en la de los defensores bien justificaban el gasto.

– Basta por ahora -dijo el comandante. Hay que guardar para luego.

Los marineros se agolpaban en cubierta para ver el espectáculo del bombardeo y la desesperada defensa de la posición.

– Pobrecillos -decía uno.

– Cómo me alegro de que no me tocara infantería -aseguraba otro.

– Tampoco te alegres tanto -intervino Duarte, que andaba cerca de quienes sostenían aquella conversación-. Imagina quién tendrá que sacarlos de allí, si los moros terminan de ponerse intratables.

– No nos eche ese mal agüero, mi contramaestre -protestó el marinero.

– No os lo echo yo, muchacho, sino la morisma dijo Duarte, señalando hacia los montes-. Ahora son ellos los que nos marcan el paso. Se han acabado las estrategias de los generales, las intrigas y los parlamentos. Habrá que pelear y habrá que hacerlo como quiera esa gente. No nos está mal empleado, por habernos creído que haríamos de ellos lo que nos diera la gana.

Veiga, que estaba de pie en el castillo, a sólo unos metros de distancia, oyó perfectamente la impertinencia de Duarte, pero prefirió fingir y hacerse el distraído. No le apetecía en absoluto llamarle y verse en la obligación de reprenderle delante de la marinería. Por otra parte, se temía que el contramaestre tuviera razón. No cabía depositar demasiada confianza en que los sitiados resistieran por mucho tiempo los embates del enemigo, y las noticias de que disponían tampoco permitían esperar que nadie fuera a venir a romper el cerco. Si el grueso de las fuerzas de la comandancia había emprendido el retroceso en dirección a Melilla, los moros tenían plena libertad de movimiento y podían concentrar frente a Sidi Dris todas las fuerzas que fueran necesarias para rendir la posición. Contra eso, el Laya no podía hacer más que castigar periódicamente las montañas, como si el adversario no fueran aquellos hombres escurridizos y tenaces, sino la tierra que les había visto nacer. Y en realidad, pensó Veiga, así era. Quien les plantaba cara era la propia África, que se reía de ellos y de sus inofensivos proyectiles.

A media tarde, la silueta de otro buque surgió en el horizonte. Era el Princesa, que también había sido movilizado en apoyo de la acuciada posición costera. Fondeó a poca distancia del Laya y los dos barcos intercambiaron señales. El Princesa transmitió las órdenes que había recibido del Alto Comisario, quien se había hecho cargo personalmente de las operaciones tras la desaparición del Comandante General. De acuerdo con aquellas órdenes, había que proteger Sidi Dris con los fuegos de ambos buques y, en caso de no poder sostenerla, favorecer su evacuación y acoger a bordo a los supervivientes. También debían ocuparse de la protección de Afrau, la otra posición costera. Para poder hacer frente a todo el trabajo, navegaba hacia allí el Lauria, cañonero gemelo del Laya. Se acordó que el Laya y el Princesa permanecerían cubriendo Sidi Dris hasta la llegada del tercer buque, momento en el que el Laya partiría hacia aguas de Afrau para verificar las dificultades a que se enfrentaban sus defensores. Se presumía, ya que Afrau se encontraba a veinte kilómetros de la línea del frente, que su situación no sería tan comprometida como la de Sidi Dris.

La tarde fue avanzando lenta y angustiosamente. Cada cuarto de hora, más o menos, los dos buques lanzaban una andanada para escarmentar a los harqueños que rodeaban Sidi Dris. Pero al poco rato el tiroteo se reanudaba, y desde la posición respondían cada vez con menos energía.

– ¿Por qué se dejan avasallar de esa forma? -preguntó un marinero.

– Tienen que ahorrar la munición -explicó Duarte-.Ya deben olerse que no va a llegar ningún convoy para aprovisionarlos. Pon que a cada uno le hayan dado cien cartuchos. Tirando por alto, ciento veinte. Con eso tendrán que aguantar hasta el final. Y quién sabe cuánto les queda.

– Podríamos suministrarles nosotros -apuntó otro, dubitativo.

– No mientras siga cayendo tanto plomo de los montes -descartó Duarte-. La playa está batida por todas partes y nos dejaríamos la piel y los botes en el intento. Y además, diez mil cartuchos arriba o abajo no los van a salvar. Cuando la suerte se pone tan torcida como se les ha puesto a ésos, no se la endereza a no ser que venga Dios Padre con las tenazas gordas. Yo que ellos, ya estaría rezando todo lo que supiera, por si sirve.

Un poco antes del atardecer el comandante del Laya reunió a la oficialidad, para poner en su conocimiento los planes inmediatos y darles cuenta de las últimas informaciones que se habían recibido a bordo.

– Señores, supongo que se hacen cargo de la situación -comenzó el comandante, con solemnidad-. Nuestras fuerzas de tierra parecen haber sufrido un descalabro de enormes proporciones. Las noticias son todavía incompletas y confusas, pero eso no es sino un síntoma más de la catástrofe. Del Comandante General no se sabe nada desde esta mañana. Sólo podemos suponer que está prisionero o que cayó durante la retirada del campamento general. El general segundo jefe está intentando reorganizar las fuerzas hacia la zona de Dar Dríus, para tratar de contener el avance enemigo. No sabemos si lo conseguirá, pero lo que parece muy improbable es que pueda lanzar una contraofensiva. Debemos aceptar, por tanto, que esos montes que tenemos ahí enfrente serán durante algún tiempo territorio enemigo.

Los oficiales se miraron unos a otros. El comandante había hablado con franqueza y amargura, como correspondía para reconocer la derrota y el quebranto consiguiente. A todos les embargaba un sentimiento desmoralizado y trágico, porque aquélla era, sin duda, la más indeseada encrucijada en que un ejército podía hallarse. Después de haber sostenido durante meses la euforia de un avance imparable, todo se había desmoronado de pronto. Los generales desaparecían, los soldados huían y el único objetivo imaginable, que no plausible, era poder frenar la retirada en Dar Dríus, lo que ya suponía perder todo el fruto obtenido en la campaña de aquel año. Lo que algunos se preguntaban era qué podían hacer ellos, con aquel humilde buque y poco más de un centenar de marineros, para paliar la hecatombe.

Veiga, que era el más nuevo, no había paladeado las mieles de los triunfos de la primavera y el invierno anterior, y por ello sentía menos acusadamente el contraste. Sin embargo, su sensación era peor que la de los otros. Su estreno adquiría con aquel viraje de los acontecimientos un aire de fatalidad, arrojándole de cabeza al fracaso sin haberle permitido conocer una sola victoria. En la escuela, al estudiar la historia naval, Veiga se había sentido impresionado por la extensa nómina de barcos idos a pique, flotas deshechas y almirantes vencidos que llenaba los últimos cuatro siglos de aquella armada en la que había dado en enrolarse. El alférez había experimentado una emoción honda, a fuer de triste, al leer aquellos relatos sobre marinos que se enfrentaban sin éxito a enemigos superiores, sobre barcos desarbolados por cañones con mayor alcance que los suyos y sobre escuadras siempre obligadas a navegar en retirada, mientras las seguía en caza la adversaria. La derrota, tal y como se la presentaba en aquellas crónicas, tenía un aire heroico, y solía culminar con una real orden por la que se disponía que siempre hubiera un buque de la Armada que llevara el nombre del valeroso marino que había porfiado hasta hundirse con su nave. Pero la derrota, frente a aquellas costas hostiles y calcinadas de África, no tenía nada de eso. Era una simple humillación, infligida además por aquellos harqueños miserables. Un revés sórdido, cruel y polvoriento.

Pese a todo, aunque Veiga no lo constataría hasta más tarde, en la derrota había algo de aleccionador. Quien nunca la había padecido, de una forma tan absoluta como la que ahora les tocaba, carecía de aquella conciencia de la propia insignificancia y de la contingencia de todos los empeños. Tenía sus inconvenientes, sentirse solo e inerme ante esa conciencia, pero Veiga era hombre de mar y no debían repugnarle la soledad ni la desnudez. Gracias a ellas, llegaría a guardar incluso un recuerdo épico de aquella circunstancia; no una estampa gloriosa como las elaboradas a propósito de los viejos héroes infortunados, sino algo más discreto y de índole estrictamente personal. Algún día, al cabo de los años, se acordaría de aquel momento en que encaraba el desastre en aguas de Sidi Dris, y esa experiencia pesaría en su carácter y en su hechura como hombre, incluso aunque prefiriera no reconocerlo, más que cualquier triunfo que la vida pudiera depararle.

Por el momento, sin embargo, el Laya y su tripulación no eran los peor parados, y por tanto se les adjudicaba el papel de aliviar el trance a los que se encontraban en mayor apuro. El comandante, reconocida la delicada situación, quiso que sus oficiales asumieran su deber:

– El hecho es, señores, que hundido por completo el ejército, nosotros somos lo único que tienen esos desdichados que están ahí sitiados por los moros. Piensen en lo que esperarían ustedes de nosotros si estuvieran en su lugar, y con eso sabrán lo que tienen que hacer. De momento las instrucciones son apoyarlos con nuestra artillería, lo que significa que habrá día y noche una dotación al pie de los cañones para hacer fuego cuando sea preciso. Tenemos que intervenir con eficacia, pero sin escatimar.

– Mi comandante -le interrumpió el segundo oficial.

– Di, Velasco.

– ¿No perdemos el tiempo? Ahí enfrente tienen las horas contadas.

– No entro ni salgo, Velasco. Son las órdenes que tenemos y las cumplimos. El comandante del Princesa y yo mismo le hemos sugerido al Alto Comisario que no creemos que la resistencia pueda prolongarse, pero de momento y mientras no nos digan lo contrario, debemos mantener el apoyo.

– A mi juicio -opinó Velasco-, deberíamos ir pensando en la evacuación.

– No nos toca decidir eso. La evacuación sólo está autorizada para el caso de que la posición no pueda sostenerse. Y eso lo juzgará su comandante, que no lo ha pedido por el momento. Mientras él no aprecie lo contrario, las órdenes del Alto Comisario son repeler el ataque.

A muchos de los presentes la situación se les antojaba difícilmente comprensible. Los soldados de Sidi Dris podrían evacuar la posición si no podían resistir, pero debían resistir hasta que no pudieran más. La orden, confusa en su forma y en su propósito, era un indicio de la desorientación en que en aquellos momentos se hallaba sumido el mando, en parte por los cambios forzados en la jefatura de las operaciones, en parte por el sesgo imprevisto que éstas habían tomado. Para aquellos hombres, habituados a cumplir órdenes, percibir con tanta claridad el desconcierto de sus jefes era una razón más para el desánimo. La mayoría, y el comandante no era una de las excepciones, creía como Velasco que lo único sensato era aceptar que la harka había vencido en toda regla y actuar en consecuencia, es decir, tratar de sacar a aquella pobre gente de allí sin más demora.

– Lo anterior no quita -añadió el comandante para que debamos irnos preparando para una posible

evacuación. Y que todo el mundo tenga presente desde ahora mismo que no es asunto fácil. En la posición hay unos trescientos hombres, muchos heridos. Tenemos seis botes, que deberían hacer varios viajes, y la playa está muy expuesta a los tiradores enemigos -aquí el comandante hizo una pausa, y cuando volvió a hablar lo hizo buscando los ojos de sus oficiales-: Por mucha cobertura que demos desde el barco, sufriremos bajas, con toda seguridad, sin contar con que nuestros marineros no están curtidos en la tarea de combatir como infantes.

Las últimas palabras del comandante ponían el dedo en la llaga, y los oficiales reflexionaron lúgubremente sobre su significado. No sólo pertenecían al ejército vencido, sino que podían verse obligados a sufrir en carne propia el mordisco de la adversidad. Normalmente, la misión del Laya consistía en navegar junto a la costa, haciéndole sentir la amenaza de sus cañones. Con ellos habían roto cercos a posiciones, hostilizado tribus o desbaratado aduares costeros en los que se sospechaba que se alimentaba la resistencia contra la penetración de las tropas. En cualquiera de aquellas acciones la ventaja era toda suya y la desventaja de aquella tierra impotente que sólo recibía sus cañonazos. Pero si se evacuaba Sidi Dris el caso era inverso: tenían que ir hasta allí, hasta la tierra siempre a distancia y ultrajada, y exponerse sin protección a los efectos de su rencor tan largamente alimentado. Muchos desearon en ese instante estar en algún gran buque en el Atlántico, donde la mar era inmensa y no había tierra a la vista y donde todo el peligro era la inexistente posibilidad de batirse contra una escuadra enemiga. Los moros no tenían escuadra, nada más que faluchos que el Laya podía hundir con un soplido, pero la desventura quería que hubieran de ir a buscarlos a su terreno, donde sus montes les hacían temibles y poderosos. El comandante no dejó de advertir la vacilación de sus hombres:

– Ya sé que no es apetecible, pero para eso estamos. Y espero que si tengo que mandar a alguien a arriesgarse a recibir un tiro no haya entre ustedes ninguno que deje de presentarse voluntario.

Había sonado como un reproche, y todos los oficiales lo sintieron como tal y al mismo tiempo como una exigencia que no podrían eludir. Veiga meditó sobre la amenaza que pendía sobre su cabeza, y hubo de admitir que no estaba preparado. No había pensado que tan pronto, al día siguiente o al cabo de unas pocas horas, podía tener que ofrecerse para ser uno de los que se perdieran en el remolino insaciable de aquel desastre. Sin embargo, preparado o no, se ofrecería. Se trataba de elegir entre el miedo y la vergüenza, y a Veiga le había sido inculcado un inflexible orgullo de oficial.

– Eso es todo por ahora, señores -concluyó el comandante-. Cuando se presente el Lauria zarparemos hacia Afrau y veremos cómo están allí.

Algunos minutos después, mientras realizaba su turno sobre cubierta, Veiga se quedó ensimismado ante el rotundo espectáculo del ocaso sobre la costa de Sidi Dris. El cielo se había vuelto de un rojo profundo hacia el oeste, tras la línea sutil del mar y la masa oscura y accidentada de las montañas. Era como si detrás de la cordillera alguien hubiera encendido una hoguera gigantesca, que poco a poco fue perdiendo ardor mientras el firmamento se convertía en un terciopelo morado, suntuoso y fúnebre. Bajo la noche a medio cerrar destellaban esporádicamente los fuegos de los fusiles de la harka, fulminaciones como ojos que se abrían y cerraban implacables en el cuero reseco de los montes. Los cañones de la posición habían enmudecido, y los del Laya desgarraban selectivamente la noche en busca de aquellas luces efímeras tras las que alentaba el enemigo. Ahora no había viento y el Laya estaba plácidamente surto en la mar, sin que la más mínima escora estorbase la labor de los artilleros. Desde Sidi Dris, donde no había ni un farol encendido a fin de dificultarles hacer blanco a los tiradores moros, replicaban los fusileros con la cadencia perezosa que habían mantenido durante toda la tarde. También tableteaban las ametralladoras, lanzando ráfagas intermitentes que desde el Laya se veían como resplandores trémulos y apenas sostenidos.

El contraste de luces y sombras, silencios y estruendos, tenía para Veiga una caprichosa armonía. Durante el día, la calima y el polvo lo difuminaban todo, pero al anochecer se producía una transformación súbita y cautivadora. La mar, el aire, la costa misma, todo tenía un fulgor extraño. Hasta los hombres que allí estaban intentando matar y no morir debían sentirse sobrecogidos por la inaudita belleza de que se revestía el paraje Africano mientras huía la luz y se les venía encima la noche llena de incertidumbres. Veiga había nacido en una tierra donde el anochecer era mucho más impreciso y donde la niebla y la llovizna inundaban a menudo el aire. Y echaba de menos el olor de los árboles y la hierba húmeda, pero aspiraba el aroma acre de la pólvora quemada por los cañones del buque y se quedaba extasiado ante las luces que surgían y se apagaban en la atmósfera limpia de Sidi Dris. Era una fascinación irresistible, aunque el alférez no olvidaba que pronto aquellos tenaces tiradores podían tenerle a él mismo en su mira.

La noche avanzó, sin que por ello los defensores de Sidi Dris disfrutaran de tregua. Los harqueños parecían resueltos a minar su resistencia hasta que se persuadieran de que sus cartas estaban jugadas y perdidas. Los dos buques siguieron bombardeando periódicamente la costa, pero el castigo, por lo demás bastante aleatorio, no alcanzaba resultados apreciables. De hecho, hacia las diez de la noche los disparos sobre la posición se recrudecieron, como si la harka intentara aprovechar la ineficacia que el cañoneo naval demostraba en ausencia de luz. Pero los sufridos soldados se mantuvieron firmes y soportaron como pudieron la acometida. Al cabo de media hora, se volvió al paqueo incordioso y deshilvanado, que gastaba los nervios pero no planteaba un peligro inminente de que los moros tomaran la posición.

Ya de madrugada llegó el Lauria a aguas de Sidi Dris. Era un barco en todo idéntico al Laya, salvo los tres zunchos que ostentaba en su chimenea, frente al único y solitario que tenía la del Laya. El Lauria se situó en posición de combate y tomó el relevo del Laya. Sus artilleros estaban más frescos, y hasta deseaban entrar en acción. Lo demostraron con tres andanadas muy seguidas, que advirtieron a sitiadores y sitiados de que alguien más animoso se había unido a la refriega. Inmediatamente, el comandante del Laya dio orden de levar anclas y de poner proa a Afrau. Para los servidores de los cañones eso suponía la posibilidad de un descanso que todos se precipitaron a aprovechar en su coy. También Veiga, que acababa de ser relevado, intentó dormir un poco. Sentía un agotamiento absoluto, en los músculos y en el cerebro. Cerró los ojos y durante un segundo vio, grabadas a fuego en su retina, las luces de los disparos alrededor de Sidi Dris. Después quedó inconsciente.

Poco antes del amanecer vinieron a despertarle. En ese mismo instante comprobó que habían detenido la marcha, y cuando salió a cubierta vio que el Laya ya estaba fondeado en aguas de Afrau. La posición, más pequeña que Sidi Dris, estaba igualmente sitiada, aunque la intensidad del fuego que hacían sobre ella era mucho menor. A aquella hora sólo había tiros sueltos, a los que desde la posición apenas contestaban Vio que las dos piezas de la toldilla del Laya estaban apuntadas hacia tierra, pero los hombres somnolientos que las atendían se mantenían inmóviles, aguardando órdenes. El alférez tuvo un escalofrío. Durante el día el calor era espantoso, pero de noche, y especialmente cuando ya se acercaba la amanecida, el frescor de la mar le calaba a uno los huesos. Al volverse y ver la proa del barco apuntando a la aurora, Veiga notó una difusa sensación de bienestar. Haciendo un pequeño esfuerzo, hasta podían dejar de oírse los disparos en la costa. Probó a creer que nada había pasado y que aquél era un relevo rutinario, como tantos otros que había hecho despreocupadamente en las últimas semanas. Alargó el espejismo con voluptuosidad, mientras subía hacia el puente.

Desde allí, Veiga contempló adormilado el clarear del alba. Surgió al fin el disco rojo del sol, que dibujó primero la sombra de los dos cañones de proa y les arrancó después un cálido reflejo metálico. Entonces, instintivamente, Veiga se volvió hacia tierra y vio la costa que tornaba a alzarse en el horizonte, con su aridez y su agria promesa de muerte para todos.

En cuanto hubo luz suficiente, intentaron comunicar con la posición. Los moros, quizá percatándose de lo que se estaba preparando, aprovecharon el instante para intensificar su ataque. Con ello marcaban de paso el funesto inicio de una nueva jornada de asedio para los soldados de Afrau. Desde el Laya, apenas pudo advertirse aquel movimiento enemigo alrededor de la posición, se decidió intervenir. Los cañones arrojaron sobre los atacantes una lluvia de metralla y las dos piezas de la posición remataron la faena. Con ello se ganó el respiro necesario para poder intercambiar las señales.

Trataron de transmitir a la posición el plan de actuación que había sido ordenado por el Alto Comisario. Pero desde el principio recibieron desde tierra respuestas anómalas y totalmente ininteligibles. Probaron una y otra vez, sin el menor resultado. Al fin hubieron de rendirse a la evidencia: los códigos de señales no eran comunes, así que les iba a ser imposible entenderse con ellos. El hecho, intolerable e insólito, indicaba hasta qué punto llegaba en aquel ejército desguazado la desorganización. Pero esto no era una consecuencia, sino la raíz misma del desastre.

El comandante, tras comprobar la discrepancia de códigos, dijo:

– Sólo podemos esperar que sea posible comunicar con ellos por radiotelégrafo. Habrá que emitir el mensaje y ver si lo captan.

– ¿Y mientras tanto? -preguntó el segundo oficial.

– Mientras tanto nos quedamos aquí -repuso el comandante-.Y adivinamos cuándo les hacemos falta y entonces bombardeamos. Han estado solos hasta ahora. Que sientan que alguien se preocupa de ellos.

Veiga, como el resto de los hombres del Laya, se imaginó lo que pasaría por la mente de aquellos hombres, confinados en su reducto y sin posibilidad de hacerle llegar a nadie sus llamadas de socorro, porque nadie iba a descifrar sus mensajes construidos con una clave en desuso. Entretanto, la harka, que había recobrado posiciones, volvía a hostigarlos con saña. El comandante ordenó alistar también la pieza de la amura de estribor y el Laya reanudó el cañoneo en respuesta. Sólo así, a cañonazos, podían decirles a los hombres de Afrau que estaban a su lado. Pero la tierra seguía encajando impertérrita los proyectiles, como si se burlara de su patético empeño.

12 Sidi Dris

EL ASEDIO

Andreu, tendido y amargado en su catre, dejaba vagar la mirada por la lona mugrienta de la tienda, cuyas manchas y rugosidades conocía ya de memoria. En la enfermería de Sidi Dris, con el cerebro y los oídos exasperados por los gritos de los heridos que allí se hacinaban, Andreu había tenido tiempo sobrado para hacerse cargo de la situación y para aprender a tenerle el respeto que merecía. Se había acabado su suerte, y con ella había caducado estrepitosamente su fe en poder esquivar el plomo mortal. Aquella bala había buscado y encontrado su carne, la había rasgado y bajo el vendaje del muslo, por más que el médico dijera que aquél no era un mal tiro, guardaba ahora la señal profunda y dolorosa de su condena.

Desde hacía horas, el herido en la cabeza del catre contiguo sólo dejaba escapar balbuceos incomprensibles. Mientras le oía, Andreu recordó el momento en que había tenido el primer presentimiento de que aquello podía sucederle, a él que tantas veces se había plantado tieso e impávido ante las armas de los enemigos del pueblo, en las remotas calles de Barcelona. Había sido allí mismo, en Sidi Dris, la noche siguiente al ataque de junio. Bajo una tienda como aquélla había pensado en el cadáver degollado de Pulido, en la harka que acababa de enseñarles los dientes, y por primera vez había tenido miedo. No el miedo abstracto, inconcreto, obligado casi, sino aquella cuchillada precisa que anulaba la voluntad y arriesgaba a quien lo sentía. Había tratado de sofocarlo, pero todos sus esfuerzos habían sido inútiles. El miedo, como había hecho con Pulido, le había reclamado a su reino, y el balazo que le había barrenado la pierna era el estigma que delataba su sumisión. A partir de ahí, y lo sabía bien, todo podía ocurrir.

Hacía tanto calor que Andreu apenas distinguía de él la fiebre que le traspasaba los huesos con sus agujas candentes. Los heridos de la enfermería de Sidi Dris se disolvían lentamente en un destilado de sudor y sangre, con el que en muchos casos venía a mezclarse el chorreón ominoso de la diarrea, provocada por el agua podrida, e incontenible para hombres que ni siquiera podían levantarse. El olor resultaba insufrible, y por si fuera poco, de algunos se desprendía además el implacable hedor de la gangrena. En aquel ambiente, los difuntos se agusanaban a una velocidad increíble, y los vivos se pudrían sólo un poco más despacio. El olor de los muertos, apilados de cualquier manera en el frente que daba al mar, también llegaba a la enfermería. Difícilmente podían enterrarlos, porque eran bastantes y porque distraer a tal fin hombres de la defensa era correr un serio peligro de incrementar antes que disminuir el número de cadáveres insepultos.

Afuera se oía el ruido de los máuseres de los europeos, cansino y deslavazado, y el pak-ko de los Lebel de la harka, rítmico y tenaz. A rachas intermitentes irrumpía el tableteo de las ametralladoras, para las que la munición, supuso Andreu, ya debía escasear severamente. Todavía más de cuando en cuando sonaban las piezas de la posición, con un latido rotundo que hacía estremecerse el suelo y al que seguía poco después el estampido de la metralla, ansiosa de morder los cuerpos de los moros. Y había todavía otro latido diferente, más distante pero más regular. A éste sucedía invariablemente un silbido que se acercaba, pasaba por encima de la tienda y terminaba rompiéndose en una explosión hacia el lado de los montes. Gracias a aquella característica secuencia sonora podían deducir los heridos, o aquellos de entre ellos que aún estaban en condiciones de deducir algo, que los barcos de la Armada habían venido a ayudarlos y se estaban empleando bien. Era lo único que contaba a su favor, en aquellos instantes. La aviación, con la que algunos soñaban con fervor infantil, apenas había hecho acto de presencia. Sólo se había dejado ver por allí un avión solitario, el primer día de la ofensiva de la harka. Había soltado una bombita insignificante, demasiado lejos de cualquier lugar donde pudiera hacer daño, y había huido oprobiosamente ante el intenso fuego de fusilería con que lo agasajaban los moros. Desde entonces, pese a la insistencia con que se los había reclamado, los aviones no habían vuelto a aparecer. Su base estaba en Zeluán, muy cerca de Melilla. ¿Acaso habría llegado ya hasta allí el enemigo?

Habían pasado dos días desde que Andreu, fugitivo de Talilit, se había acogido a la protección de Sidi Dris, de donde había partido tan sólo unas semanas atrás. Las consideraciones tácticas que en su día habían determinado el establecimiento de Talilit no podían haberse revelado más desatinadas. Aquella posición intermedia, en la hora decisiva, no sólo no había servido para proteger y enlazar Sidi Dris con el campamento general, sino que tras derrumbarse le había hecho cargar con la masa aterrada y maltrecha de sus supervivientes, que poco podían contribuir a su defensa y mucho la comprometían. El comandante de Sidi Dris, con aquellos teóricos tres centenares de combatientes, que en la práctica eran bastantes menos, se las veía y se las deseaba para aguantar las furiosas embestidas de la harka. Durante los dos días los habían atacado a todas horas, siempre con el mismo ímpetu, mientras que a la tropa europea cada vez le costaba más seguir en pie. Los moros, amos y señores de los contornos, se relevaban y podían dormir y comer en condiciones, aunque apenas tenían necesidad de ello. Los europeos, recluidos en la posición y sometidos a un tiroteo constante, no podían hacer otra cosa que mantenerse agarrados al fusil. Desprovistos de la resistencia de los harqueños, se les borraba la vista y ya ni sabían adónde tiraban. Después de tantas horas de tensión, muchos caían rendidos. Otros enloquecían de terror y los sargentos tenían que aplacarlos a bofetada limpia y hasta a puñetazos.

Los que mejor se desempeñaban, pese a la desconfianza que todos habían experimentado hacia ellos cuando habían empezado los tiros, eran los miembros de la policía indígena. Sin protestar habían ido a cubrir el repliegue de Talilit, durante el que habían caído en gran número, y los que habían vuelto llevaban dos días al pie del cañón, casi sin dormir y sin aflojar en ningún momento. En cada nuevo asalto de la harka, eran ellos los que respondían con mayor firmeza, y los soldados europeos, contagiados de su espíritu de sacrificio y también picados, sacaban fuerzas de flaqueza para no ser menos que aquellos moros que estaban peleando por su causa. A los oficiales les impresionaba la lealtad de los soldados indígenas, pero más aún llamaba la atención su gesto a los elementos menos entusiastas de la tropa. En realidad, se decían los soldados europeos, los policías no tenían más que esperar a la noche para deslizarse fuera del parapeto y unirse a la harka, donde los harían sargentos, como mínimo, y donde les esperaba una victoria segura. En cambio, preferían aguantar en el parapeto de Sidi Dris, abocados a la derrota y muy posiblemente a la muerte que aguardaba a sus defensores. Los soldados, que en su mayor parte pensaban que ya habrían huido si hubieran tenido a donde ir, se hacían cruces sobre aquella actitud.

Uno de los que más fervientemente deseaba estar lejos de allí era Amador, para quien haber ido a parar a la ratonera de Sidi Dris era la culminación del infortunio que había comenzado a rondarle el día que le habían obligado a colgarse el uniforme caqui del ejército de África. Sin embargo, y aunque le había costado al principio, había llegado a comprender hasta cierto punto el comportamiento de los policías indígenas. Se lo había explicado así Haddú, el sargento moro amigo de Molina:

– Si yo elegir allí, en montaña y contra vosotros, mejor que tú esconder para que yo no hacerte agujero en cabeza con fusila. Pero yo elegir aquí, con vosotros, y yo ser hombre para cumplir palabra y aguantar cuando la cosa ponerse fea. Si yo morir aquí por elegir con vosotros, no pasar nada, morir contento y en paz. Pero si yo marchar ahora, equivocarme seguro. Hombre poder estar aquí o allí, pero no aquí y allí según venir el aire.

Era probable que los demás tuvieran otras razones menos escrupulosas, como por ejemplo que temieran que los harqueños les represaliaran por haber servido con tanto ahínco a los europeos, aunque eso no fuera frecuente. Hasta debía haber quienes no estuvieran del todo seguros de la inconveniencia de la deserción. Pero el ascendiente que Haddú tenía sobre todos ellos los mantenía en sus puestos. Amador, movido por la recomendación de Molina, procuró quedarse cerca del sargento moro. Su ánimo le daba fuerzas para resistir, pese a que la situación era cada vez más angustiosa.

Amador había asumido el mando de un pelotón constituido con restos de las más diversas procedencias. Cada día sufría tres o cuatro bajas y tenía otras tantas incorporaciones provenientes de algún otro pelotón disuelto por falta de efectivos. Pero en realidad, reflexionaba Amador, mantener aquella nomenclatura era un formalismo ridículo. Lo que había era un hatajo de fantasmas pegados al parapeto, y cada tanto un cabo o un sargento que se ocupaba más o menos de varios de ellos. Los de Amador estaban agotados, contaban sólo con treinta cartuchos por barba y habían acabado sus raciones de agua. Tenían el hombro en carne viva, de tanto encajar el retroceso del fusil, y a algunos casi no les quedaban fuerzas para sujetarlo, lo que no resultaba muy extraño si se tenía en cuenta que la mitad estaban enfermos de insolación o descomposición intestinal y la otra mitad heridos en diversos grados. Los policías de Haddú, que cubrían el sector contiguo del parapeto, los observaban con cierta conmiseración. A ellos no les afectaba el sol, ni la falta de agua, ni se les soltaba la tripa. Hasta los heridos parecían no sentir nada. De vez en cuando se dirigían a los europeos, con sorna:

– Soldadito estar amarillo. De miedo, ¿eh?

Y alguno, aunque estuviera en las últimas, no se callaba: -No de miedo, sino de cagarme a chorros en tus muertos.

Haddú y Amador tenían que intervenir para evitar que esos incidentes acabaran de mala manera, porque los nervios andaban a flor de piel y no faltaba quien tenía ganas de mandarlo todo a paseo sin importarle gran cosa que alguien fuera por delante. A aquellos hombres ya ni siquiera les imponían los muertos. Llevaban tres días apartándoselos de encima, y el aroma macabro de su corrupción era el aire mismo que respiraban. De pronto caía un hombre, y cuando sus compañeros comprobaban que había dejado de alentar, miraban primero si había agua en su cantimplora y después le quitaban el fusil y los cartuchos que le quedaban. Alguien lo arrastraba bajo el fuego hasta el depósito improvisado al otro extremo del parapeto y allí se quedaba olvidado. Con inconfesable crueldad, todos preferían eso, que el que cayera lo hiciera muerto y no herido grave. Un herido grave, como un muerto, significaba un fusil silenciado y un defensor menos, pero tenía sobre el muerto el inconveniente de exigir cuidados y estorbar a los combatientes, que debían contenerle la hemorragia y llevarle a la enfermería. Allí le tumbaban donde cupiera y le hacían lo que podían, en pésimas condiciones. Ya no quedaban vendas, ni desinfectantes, ni anestésicos.

Lo único que todavía les sobraba era comida, pero nadie tenía mucha hambre y hasta había quien evitaba comer, para que no le entrara más sed. Desde el primer día había sido imposible hacer la aguada, y las reservas de que disponía el campamento se limitaban a la poca cantidad que quedaba de lo traído el día anterior. En seguida se había impuesto un férreo racionamiento, pero para colmo habían llegado los de Talilit, un buen puñado de bocas sedientas. Cuando empezó a acabarse el agua, los soldados se aplicaron a buscar cualquier sucedáneo. Primero alguien descubrió el jugo de las latas de pimientos y de tomates. Pronto se corrió la voz y todas las latas disponibles fueron velozmente ordeñadas, con lo que quedó agotado aquel recurso. Después les tocó el turno a las conservas de pescado, aunque su líquido casi daba más sed de la que quitaba. De ahí pasaron a machacar patatas, incluida la piel, y no faltó algún oficial que probara su agua de colonia ni tampoco algún furriel que le echara un tiento al frasco de la tinta. Consumido eso ya no quedaba nada que pudiera beberse, salvo el aceite de engrasar las máquinas, que era un veneno bastante dañino. En tales circunstancias, fue natural que alguno, cuando le vinieron las ganas, decidiera orinar en la cantimplora. A otro se le ocurrió dejarla enfriar, y a otro echarle azúcar. Con este último refinamiento, hasta los más escrupulosos aceptaron sin dificultad beber orines, los suyos o incluso los ajenos, si alguien convidaba. Terminaba el tercer día del asedio de Sidi Dris y ya sólo los heridos más graves, para quienes habían sido reservadas en el último momento algunas latas de tomates, estaban libres de tener que echarse al coleto sus propios desechos.

Amador se decía, como otros muchos, que incluso si no hubiera estado enfrente la harka ya habría sido suplicio bastante. Pero es que además estaba la harka, centenares de ojos y de fusiles pendientes de ellos y listos para volarle la cabeza a cualquiera que osara asomarla por encima del parapeto. Tenían que construir su rutina contra el silbido de las balas, bajo el estruendo de los cañonazos y frente a las laderas erizadas de enemigos. Cuando el tiroteo no era muy intenso, los soldados ni siquiera respondían, para ahorrar munición. Se agazapaban contra el parapeto y aprovechaban para fumar un cigarro o echar una cabezada. En el pelotón de Amador había uno que no dejaba de comer. Era también de los que más rápidamente se habían hecho a beber orines, que azucaraba con delectación. Además echaba unas meadas inacabables, que eran la envidia de todos.

– Joder, Enrile, pareces un burro -comentaba alguno, cuando le veía rellenar la cantimplora.

– ¿Cómo lo haces, es que no sucias? -preguntaba otro.

– Cuando se enfríe os doy un trago, si queréis -ofrecía Enrile, generoso.

– Será por esas latas del maldito picadillo Siberia que se hinca entre asalto y asalto, el muy maricón -sugería un tercero, un murciano consumido por la fiebre-. A los demás nos seca las entrañas, pero él lo mea todo.

Los soldados, en su desesperación, aprovechaban cualquier respiro y cualquier pretexto para gastarse aquellas bromas amargas. Necesitaban hacerlo para sacarse de la mente el temor a los feroces harqueños que aspiraban a mutilarlos con sus gumías, o el recuerdo de los camaradas que habían caído a tierra echando un surtidor de sangre por la sien. A todos les hacía falta eludir de alguna forma la odiosa incertidumbre: si volverían a ver amanecer el día siguiente y si tenía siquiera algún sentido seguirlo deseando. Pero Amador, pese a los orines azucarados, el insomnio embrutecedor y la furia carnicera de los combates, seguía acatando ciegamente el objetivo irrenunciable de vivir para salir de allí. Sospechaba, supersticioso, que en el momento mismo en que admitiera la duda su suerte estaría echada.

Caía de nuevo la noche sobre Sidi Dris y el comandante había vuelto a transmitir a los barcos de la Armada que no confiaba en que sus hombres pudieran resistir durante mucho más tiempo. La tarde anterior, después de dos jornadas de infructuoso combate, se había recibido del Alto Comisario la autorización para evacuar la posición tan pronto como lo estimaran oportuno. El comandante, que durante tantas horas había tratado de sostener la ilusión de que podrían resistir, en parte por orgullo y en parte porque hasta entonces la evacuación sólo se les ofrecía en último extremo, había acogido con alivio la noticia. Pero para su desencanto, el comandante del Princesa, que era el jefe de la flotilla, había mostrado una lamentable indecisión respecto de la manera y el momento en que se debía ir a recogerlos. Alegaba que la operación era muy peligrosa, y que de no hacerse con la preparación suficiente podía costarles muchas bajas y saldarse en fracaso. En resumen: que desde que se recibiera la autorización, hacía ya más de veinte horas, venían dándoles largas, sin que los repetidos mensajes que había enviado el comandante de Sidi Dris, cada vez más agónicos y apremiantes, bastaran para provocar que los marinos se resolvieran a acometer de una vez la evacuación.

Al anochecer era costumbre que la harka, sabedora de que los soldados tendían a relajarse con la falta de luz, aumentara la presión sobre el parapeto. Si los defensores no respondían con mucho empeño, los moros enviaban a alguien con bombas de mano para tratar de abrir una brecha amparándose en la oscuridad. Eso fue lo que ocurrió aquella noche, y como resultado, tres cuerpos más hubieron de ser transportados hasta la pila de cadáveres y siete heridos a la enfermería. Los harqueños no llegaron a entrar, porque una de las ametralladoras y un pelotón de la policía cubrieron en seguida el hueco, pero todos empezaron la noche con una sensación de desesperanza superior a la habitual. Los combates nocturnos eran los más agotadores y también los más desquiciantes. Los hombres trataban de atravesar con sus ojos la tiniebla, buscando en ella la figura, el fogonazo o el reflejo que anunciaba al enemigo. Y ya no podían disparar contra cualquier señal, ni siquiera contra cualquier tirador al que hubiera denunciado la llamarada del fusil. Debían guardar las pocas balas que les quedaban para lo seguro, para los blancos que fuera casi imposible fallar. Cada tanto, los barcos arrojaban su carga de metralla, que estallaba a poca distancia del parapeto. Era la única forma eficaz que tenían de evitar que la harka se acercara, y ni siquiera eso lo impedía completamente. Después de alguna de aquellas explosiones se oían los lamentos desgarradores de los moros destrozados.

La noche permitía, también, el combate con arma blanca. Los harqueños se acercaban a las zonas que creían más desprotegidas, sin más arma que sus gumías, con la intención de sorprender a los soldados entontecidos por el cansancio. Alguno caía de esa forma, sembrando el desaliento entre los demás, pero la faena tenía sus riesgos para los atacantes. Aprovechando la oscuridad, Haddú desplegaba a algunos de sus policías fuera del parapeto, y más de un pretendido cazador acababa cazado a bayonetazos. Ninguno de esos policías, que lo habrían tenido más fácil que ninguno, dejaba de volver al alba al recinto de la posición. Saltaban el parapeto y enseñaban, como trofeos, las gumías de sus víctimas. Al ver a aquellos hombres, Amador comprendía el error que habían cometido los suyos organizando aquella guerra. Para los policías, lo mismo que para los harqueños que tenían enfrente, medirse con la muerte era un juego, gozosamente aceptado en todas sus reglas y consecuencias. Y al jugar no se sentían condenados, como los europeos, sino elegidos, incluso si al final tenían que morir. Después de la derrota, los europeos, furiosos por la humillación y el rencor, podrían enviar veinte divisiones y cien barcos y acabar conquistando aquella tierra. Pero nunca podrían vencerlos, a los indígenas, como ellos los estaban venciendo.

Después de las nuevas incorporaciones de aquella noche, la saturación insostenible que empezaba a registrar la enfermería obligó a desalojar de ella a los heridos menos graves. El médico hizo un recorrido entre los despojos humanos, eligiendo inmisericorde a los que serían expulsados al parapeto. Entre ellos, pese a sus esfuerzos por parecer lo más maltrecho posible, se contó inevitablemente Andreu. Su herida le impedía andar bien y la fiebre le devoraba, pero con eso no bastaba para permanecer allí. Le obligaron a ponerse en pie, venciendo su resistencia. De pronto, el gigante impasible, el combatiente de sangre gélida que a todos asombraba, no era más que un hombrón temeroso de que sus músculos no le sujetasen, un cuerpo trémulo ante la perspectiva de salir a recibir otro plomazo. Andreu sintió tanta vergüenza que las lágrimas asomaron a sus ojos.

– Joder, me han dejado hecho una mierda -sollozaba.

Percatándose de su desamparo, uno de los que le estaba sacando, un cabo barbudo y macilento, trató de consolarle:

– No te apures, hermano. Nadie tiene tantas pelotas como para gallear cuando está hecho cisco. Ahora te dejamos a cubierto y tratas de descansar allí. Los barcos van a sacarnos pronto, ya lo verás.

Cuando Amador vio que desalojaban a algunos heridos de la enfermería, se acordó al momento de Andreu. Se acercó hasta allí y llegó a tiempo de encontrarse con los que se lo llevaban a cuestas.

– Deja, yo le aguanto -le dijo al cabo.

– Tienes pagada la deuda, cabo -murmuró Andreu, al ver a Amador-. Me trajiste a Sidi Dris y ya está, no tienes que hacer milagros.

– Cada uno sabe hasta dónde llegan sus deudas, catalán -contestó Amador-.Y ni siquiera el acreedor puede cambiar eso.

– No me llames acreedor, burgués del demonio.

– Tú hablaste primero de deudas.

– Porque sé que me estás devolviendo el favor -le acusó Andreu-. Para tener la conciencia tranquila. Eres incapaz de entender un regalo.

Amador se lo cargó a la espalda.

– Cállate de una vez, anda.

Acercaron a Andreu hasta el sector del parapeto que cubría el pelotón de Amador. Buscaron un lugar resguardado y lo sentaron allí, recostado contra la tierra. Andreu se quedó quieto, jadeando. Después cogió un puñado de aquella tierra y lo dejó caer en una lenta lluvia de terrones.

– Se me hace extraño mirarla -dijo, con un hilo de voz-, y pensar que aquí me voy a quedar, debajo de ella.

– No enredes con esas cosas -le recriminó Amador.

– Qué más da. En el blocao de Talilit, mientras distraíamos el aburrimiento, Rosales me enseñó una vez un proverbio árabe: «Vivo donde quiero, y muero donde debo». No sé de quién coño lo oiría. El caso es que a él tuvo que pasarle allí, delante del parapeto de Talilit, y a mí me toca aquí. En fin -suspiró, esforzándose por no llorar-, a lo mejor eso quiere decir algo.

– Parece que los barcos van a sacarnos, al fin -le informó Amador, tratando de meterle en la cabeza alguna idea alentadora.

– Sí, eso me han dicho. ¿Y cómo lo van a hacer? ¿Van a venir hasta aquí? Será estupendo verlos subir por el acantilado.

– Habrá que bajar a la playa, claro está -explicó Amador, con mansedumbre-. Así que procura guardar las fuerzas para entonces.

Andreu asintió, escépticamente.

– Tengo la boca como esparto -se quejó-. ¿Os queda jugo de tomate?

– No. Aquí ya sólo tenemos meados con azúcar.

– Pues venga un trago de eso. ¿Da mucho asco?

– Las primeras dos o tres veces, nada más -respondió Amador, tendiéndole su cantimplora-. Luego te haces a beberlo.

Andreu se llevó la cantimplora a los labios y largó un par de tragos, bastante comedidos. Después reprimió una arcada.

– No es porque sean tuyos -se excusó, riéndose-. No están mal, para ser meados. Es que tengo la tripa hecha una lástima.

– No son todos míos -se burló a su vez Amador-. En parte son de ése que ves ahí, el Enrile. Abastece a todo el pelotón.

Enrile saludó, satisfecho de su valiosa abundancia mingitoria.

Joder -exclamó Andreu-. Cómo nos han machacado, cabo. Y todo por cuatro hijos de puta que ahora están tan anchos en Madrid.

– No pienses eso ahora. Piensa en salir y poder hacerles pagar algún día.

– Qué inocente eres, cabo. Nadie va a hacerles pagar nunca. Sólo pagamos nosotros. Pagamos como bestias si peleamos por lo suyo, y si peleamos algún día por lo que es nuestro pagaremos todavía más.

Amador meneó la cabeza.

– Nunca pensé que tú ibas a resignarte.

– No me resigno. No me importaría pagar por arrearles, si pudiera. Pero a mí ya me han jodido bien. No me queda más que coger un fusil y tratar de darle a alguno de esos moros que nos han echado encima. Lo más gracioso es que con eso sólo estaré ayudando a quienes me joden. Dame un fusil y un puñado de cartuchos, cabo. Creíste que recogías una piltrafa, pero vas a tener un hombre más. Aunque me esté cagando de miedo, hostia.

Amador dudó, pero al final terminó entregándole a Andreu el máuser de uno de los muertos y tres peines de munición. El catalán cargó el arma y el cabo volvió a quedarse maravillado al ver cómo se entendían con el cerrojo aquellas dos manazas. Ni siquiera ahora, febriles y temblorosas, dejaban de dar la impresión de que habían nacido para manejarlo. Después de completar la operación, Andreu apoyó el fusil ante sí, echó la cabeza hacia atrás y tomó aire. Estuvo un buen rato así, con la mirada perdida.

– Es bonita la noche de África -musitó-. La muy zorra.

En eso se aproximó a ellos Haddú. Observó durante un rato a Andreu, y aprovechando que éste parecía quedarse traspuesto, se llevó aparte a Amador. El sargento señaló la pierna herida de Andreu y se tocó luego la nariz. Amador entendió con eso, pero Haddú añadió, en un susurro:

– Pierna estar muy mala. El médico debería cortarla.

– Déjalo -le pidió Amador-. Espera a que amanezca, por si evacuamos. Así tiene al menos una oportunidad.

De repente, el tiroteo se hizo más nutrido. Amador y Haddú se pegaron al parapeto, sin dudar un segundo. Andreu, en cambio, se irguió sobre su única pierna útil y se echó el fusil a la cara. Aguardó a fijar el blanco, inmóvil, hasta que recibió sin descomponerse el golpe del retroceso. Después volvió a dejarse caer y proclamó, con una sonrisa enajenada y triunfal:

– Otro que llegará antes al infierno.

– Es verdad, le ha dado a uno -confirmó uno de los soldados.

Fue en ese preciso momento, no antes ni después, cuando Amador supo que aquel hombre nunca iba a salir de Sidi Dris.

13 Afrau

LOS BORREGOS RESISTEN

El segundo día de asedio en Afrau se presentaba como el primero, caluroso y despejado. Por el momento el fuego enemigo no era muy agobiante. Los moros que rodeaban la posición mantenían una actitud indecisa, mientras procuraban mejorar poco a poco su despliegue en torno al parapeto. Su superioridad numérica no era tan grande como para plantearse un asalto en regla, sobre todo si tenían presente cómo habían sido rechazados el día anterior. Preferían seguir hostigando a los defensores con su irritante paqueo, forzándoles a gastar munición y esperando a que empezara a faltar el agua dentro del recinto. Aquellos días de calor sofocante eran el principal aliado de la harka. Mientras ellos aguantaban sin inmutarse el castigo, agarrados a los montes como lagartos, los europeos se consumían. Los harqueños no tenían más que dejar que pasara el tiempo y que el fruto fuera madurando, para cogerlo sin esfuerzo cuando estuviera en sazón.

Desde hacía algunas horas, por otra parte, los de Afrau tenían compañía. De madrugada había fondeado frente a la posición uno de los cañoneros de la Armada. En cuanto hubo un poco de luz, uno de los ingenieros de la estación óptica lo identificó como el Laya, por el zuncho solitario que ostentaba en su chimenea ligeramente caída. De momento el buque se había limitado a echar las anclas y a quedarse a la expectativa, ya que la situación en la posición era relativamente apacible. Pero los ingenieros, que podían verlo de cerca con el telescopio binocular, aseguraron que dos de sus piezas estaban con la dotación preparada y listas para intervenir. La noticia corrió como la pólvora entre los soldados que permanecían vigilantes junto al parapeto, después de una noche plagada de oscuras cavilaciones.

– ¿Y cuándo van a sacarnos de aquí? -preguntaban los más ansiosos.

– A lo mejor mandan refuerzos por tierra -sugería alguno.

– Qué dices tú a lo mejor -replicaba uno de los primeros-. Lo mejor es que nos vayamos en ese barco y que a esto le den por el culo.

El teniente artillero, jefe accidental de Afrau, se acercó hasta la estación óptica para tratar de comunicar con el barco. Junto a él subió Rivas, el teniente de la sección de ametralladoras. Pero antes de que comenzaran a hacer señales, los moros se arrancaron a tirarles con furia. Los dos oficiales rodaron por tierra, revueltos con los soldados de ingenieros.

– Fuego, fuego -gritó desde el suelo el teniente jefe.

Los soldados dispararon atolondradamente. Al oír la orden del teniente y ver la reacción de sus hombres, Molina meneó la cabeza. Corrió a lo largo del parapeto, tratando de contener el nerviosismo de la tropa.

– Sin amontonarse -les advertía.

Las ametralladoras empezaron a escupir fuego, aunque Rivas tardó en llegar junto a sus hombres. También al teniente jefe le llevó su tiempo poder ganar el amparo del través, levantado a base de sacos de intendencia, con el que los cañones se mantenían desenfilados. En cuanto estuvo al pie de sus dos queridas piezas, comenzó a dar órdenes. Pero antes de que pudiera ponerlas en posición, sonaron dos explosiones a espaldas de Afrau y silbaron sobre sus cabezas los proyectiles del Laya, que se unía así al combate.

– Bueno, bueno, esto está muy bien -observó el cabo González, al ver el destrozo que producían los cañones del Laya.

– No te fies mucho -le desengañó Molina-.Tiran casi a ciegas, y los moros no tienen posiciones fijas. Así, poco es lo que pueden conseguir.

En cualquier caso, la intervención del Laya, secundada por el destacamento de artillería de Afrau, logró acallar momentáneamente el fuego enemigo. Cesaron también en su respuesta los fusileros de Afrau, y el teniente jefe regresó a la estación óptica. Desde el barco les hacían ya señales, que el cabo de ingenieros que manejaba el telescopio le iba dictando a un soldado.

– No puede ser -discutía el soldado.

– Sigue apuntando -decía el cabo.

– Es que esto no tiene ningún sentido -insistía el soldado.

– ¿Qué ocurre? -preguntó el teniente, con avidez.

El cabo se inclinó sobre lo que había apuntado el soldado y lo leyó varias veces, del derecho y del revés. Al fin, reconoció:

– No entendemos lo que quieren decirnos.

– ¿Cómo que no entendéis? -chilló el teniente.

– Algo pasa con los códigos -declaró el cabo, con prudencia.

– ¿Los códigos?

– No debemos estar usando el mismo.

– Esto es increíble -protestó el teniente-. Haced señales vosotros. Decidles que tenemos problemas para entenderles.

– No servirá de nada. Tampoco ellos nos entenderán a nosotros.

– ¿Pero cómo puede ser? -el teniente se tiraba de los pelos.

– Ahora intentan otra vez -avisó el soldado.

Al cabo de un rato de intercambiar señales con el barco, se persuadieron de que el absurdo problema no tenía solución. Su única esperanza era el radiotelégrafo, si acertaban a captar algo con el rudimentario receptor de que disponían. El teniente dio órdenes de que un hombre se mantuviera permanentemente a la escucha y volvió a bajar hacia el parapeto con la intención de convocar una junta de oficiales. Llamó a los mismos de la víspera: Rivas, el médico, Andrade y el otro alférez, además del suboficial y Molina.

– No podemos comunicar con el barco -informó el teniente jefe-. No sé qué coño pasa con los códigos de señales. Pero supongo que mientras sigan ahí nos apoyarán, y también que encontrarán la manera de hacernos saber cuándo intentan sacarnos, si es que van a intentarlo.

– ¿A qué otra cosa pueden haber venido? -preguntó Andrade.

– No lo sabemos, alférez. Ni siquiera sabemos qué está pasando más allá de esos montes. Puede que haya una columna en camino, y que el barco sólo tenga la misión de sostenernos hasta que lleguen.

– Con todo el respeto, mi teniente, no creo que haya ninguna columna -dijo Andrade-. Si la hubiera, no seguiríamos sitiados. Los moros sí que saben todo lo que pasa en la región, y ya ve lo tranquilos que están.

– Está bien, Andrade, no vamos a hacer adivinanzas -concluyó el teniente. Pon que van a venir a ayudarnos o que estamos más tirados que un perro, como prefieras. El caso es que tendremos que prepararnos para resistir mientras no se aclare el panorama. Así que haremos lo que decidimos ayer. Vamos a replegar la avanzadilla. ¿Alguna objeción?

– Yo diría que podremos hacerlo sin problemas -opinó Rivas-. El ataque de esta mañana no han podido prolongarlo mucho rato.

– Está bien -dijo el teniente jefe-. Iremos tú y yo, Andrade, y tú, Molina, con una sección. Sacamos a los que están allí y nos los traemos con todo el equipo que podamos arrastrar y toda la munición que les quede. Tú, Rivas, te ocupas de organizar la cobertura desde la posición. ¿Entendido?

A Molina, como al resto de los infantes, le extrañó que al oficial artillero se le antojara encabezar personalmente la operación. Supuso que trataba de dar ejemplo, y aunque no le parecía una iniciativa demasiado juiciosa, teniendo en cuenta la poca experiencia del teniente en aquellas lides, le reconoció el valor de reclamar para sí el puesto de mayor exposición y fatiga. Era lo que como oficial le exigían las ordenanzas, pero Molina había visto a muchos soslayar con el menor pretexto esa exigencia.

Para formar la sección, Molina reunió a algunos veteranos, a todos los policías con su cabo al frente y a unos cuantos novatos o borregos, como les denominaba la cruel jerga cuartelera. El trecho que había que recorrer hasta la avanzadilla no era mucho, pero estaba todo él descubierto y algunos de los hombres deberían desandar el camino cargados. De acuerdo con el teniente, Molina desplegó primero a los policías, que quedaron apostados a un flanco para proteger la salida de la fuerza. Inmediatamente se desató el fuego enemigo, al que los policías respondieron, apoyados por las ametralladoras. No podían demorarse mucho. Molina vio entonces que algunos de los soldados que debían salir a continuación apenas se tenían en pie.

– Podéis estar asustados, pero que nadie se aturulle -les dijo, enérgico-. Aquí estamos para cuidarnos los unos a los otros, y todos hacemos falta. Los que se aturullan dejan de cuidar a sus compañeros.

El teniente, pistola en mano, salió el primero. Andrade empujó a una mitad de la sección, y Molina a la otra. Los soldados reprodujeron con cierta torpeza, pero con una abnegación innegable, las maniobras de orden abierto que les habían enseñado durante la apresurada instrucción. Corrían y se tiraban a tierra por riguroso turno, mientras las balas silbaban a su alrededor. Empezaron a producirse las primeras bajas, y Molina y el alférez tuvieron que emplearse a fondo para que no cundiera el pánico. En ese preciso instante, con gran oportunidad, volvieron a tronar los cañones del barco, dándoles con su apoyo un respiro. Finalmente, casi todos los hombres consiguieron llegar a la avanzadilla. Sus ocupantes, al mando de un sargento llamado Páez, los recibieron con entusiasmo.

– Ya creíamos que nos dejaban aquí, mi teniente dijo Páez.

– No sé cómo pudo creer eso -contestó el teniente, ofendido.

Desmontaron la ametralladora y acopiaron la munición y el resto del equipo aprovechable. La harka no dejaba de disparar, pero la policía mantenía su protección y una parte de los que habían salido con la sección devolvía solventemente el fuego desde el parapeto de la avanzadilla. Antes de emprender el regreso hacia la posición, el teniente ordenó:

– Los que no vayan cargados, que se ocupen de recoger a los heridos que han caído al venir. No hay que dejar a ninguno.

El teniente volvió a salir el primero. Puso rodilla a tierra y disparó hacia las laderas con su pistola, mientras salían todos los soldados. Molina, que esperó hasta que el último hubo abandonado la avanzadilla, le gritó:

– Vamos, mi teniente, ahora hay que correr como conejos.

Eso era lo que hacían todos, salvo los que tenían que ocuparse de cubrir el repliegue. Iban tan deprisa como podían, arrastrando las cajas de municiones, el agua, la ametralladora. Cuando llegaban a la altura de un herido y éste les alzaba las manos implorantes, uno se lo echaba a la espalda y otro recogía su fusil. La operación de vuelta, pese al riesgo que comportaba, se desarrolló con menos bajas que la de ida. Los hombres se fueron acogiendo al parapeto con bastante orden, y los policías, a medida que la fuerza en retirada los iba rebasando, se iban uniendo a ella para cubrir su retaguardia. Molina, que los iba llamando al pasar, organizó con ellos el pelotón que cerraba la pequeña columna. El teniente se mantenía algo rezagado, extrañamente absorto y descuidando de forma ostensible su propia protección. Aquélla era una ligereza que la harka no podía perdonar.

Molina vio caer al teniente en el preciso momento en que se volvía para pedirle que se apresurara. Lo tumbaron de un solo balazo en la frente, que desarticuló su cuerpo con un espasmo salvaje e instantáneo. Al verle desmoronarse de aquella manera, Molina supo sin lugar a dudas que estaba muerto. Titubeó un instante, pero al final, aunque comprendió que era un acto insensato, corrió hasta el cuerpo caído y se lo echó a la espalda. Durante los segundos interminables que le llevó aquella operación, las balas silbaban frenéticamente alrededor de su cabeza, mas quiso la suerte que no la encontraran como habían encontrado la del teniente. Cuando al fin estuvo a salvo dentro del parapeto, después de que los policías le ayudaran a llegar hasta allí con el teniente a cuestas, Molina reflexionó sobre la estupidez que acababa de cometer. Lo que llevaba encima no era más que un cadáver condenado a pudrirse bajo el sol de África, y por él lo había arriesgado todo, casi sin pensar. El sargento comprobaba una vez más, y en carne propia, la inconsciencia temeraria a que podía verse arrastrado de improviso el combatiente. Algunos confundían el valor con eso, y creían, además, que era la mejor forma de conducirse bajo el fuego. Pero Molina, después de algunos años en África, sabía que ahí era donde estaba la debilidad y el peligro, y le ofendía haber incurrido en aquel error de principiante.

Sólo podía echar mano de una excusa, se dijo, mientras observaba el cadáver del teniente que acababa de tender junto al parapeto. De resultas de su pequeño acto de locura, podría rendirse algún honor al cuerpo de aquel hombre que había dado, aun torpemente, la vida por sus soldados. A Molina le conmovió y al mismo tiempo le hizo sentir culpable aquella entrega del teniente artillero, a quien había juzgado antaño indiferente a la suerte de los infantes en los que accidentalmente mandaba. A la hora de la verdad, se había olvidado de sus máquinas y se había colocado en la peor situación posible, la que ningún infante, pudiendo evitarlo, habría buscado. Molina, como acababa de demostrar, no era ajeno a ese tipo de sentimientos, pero seguía maravillándole la forma en que los hombres, por lo general calculadores y egoístas, arrostraban de pronto y con toda naturalidad los más extremados sacrificios. En momentos como aquel, el sargento sentía que allí había algo que les sobrepasaba. Algo que suplantaba la voluntad de los individuos y los hacía semejantes a los átomos del aire y a las partículas de la tierra, sometiéndolos a las sacudidas de un destino vasto e incomprensible.

La desaparición del teniente artillero planteaba varias novedades en la organización de la defensa de Afrau. La primera y más sobresaliente a simple vista era que había un nuevo jefe: Rivas, el inexperto y un tanto impulsivo teniente de la sección de ametralladoras. A nadie le resultaba demasiado alentador que Rivas ostentara ahora el mando, porque la opinión general era que le faltaba criterio y le sobraban humos. Pero Molina consideró el cambio con pragmática resignación. El jefe natural de la posición, el capitán que a la sazón estaba de permiso y quizá divirtiéndose con los toros en la feria de Málaga, no era mucho más competente que Rivas, y lo había demostrado ausentándose de forma irresponsable en la hora en que habría debido percibir el peligro. Y si Rivas era algo nervioso, tampoco el capitán se distinguía por su paciencia. Aquello era lo que tenían y con aquello había que apañarse. En los años de servicio que llevaba a las espaldas, Molina se las había arreglado para sobrevivir más de una vez al contratiempo de tener un jefe inadecuado o simplemente inútil. Acaso fuera aquélla la más preciosa de todas las habilidades que podía llegar a atesorar un soldado.

La segunda novedad, más trascendente, era que el destacamento de artillería quedaba sin oficial. Tampoco tenía sargento, ya que por aquellas fechas disfrutaba como el capitán de su permiso de verano, y el cabo, que era ahora el más caracterizado de los artilleros, disponía de muy limitados conocimientos técnicos. Lo primero que hizo Rivas, tras asumir el mando ante la desconfianza general (y ante la sorna del alférez Andrade, que le despreciaba), fue llamar al cabo artillero y preguntarle:

– ¿Podrán seguir manejando las piezas sin el teniente?

– Sólo con la espoleta en cero y si no hay más remedio que dispararlas, mi teniente -respondió el cabo, azorado.

– No se puede tirar desde ahí con la espoleta en cero -intervino Andrade-. Como el proyectil tropiece con algo nos matamos nosotros.

– Ya me doy cuenta, Andrade -dijo el teniente, contrariado.

– Eso quiere decir que nos acabamos de quedar sin cañones -dedujo Andrade, con una tortuosa satisfacción por poner en aprietos a Rivas.

– Ya -volvió a decir el teniente, aún de peor humor.

Molina, que andaba cerca, se percató de la angustia y la desorientación que se apoderaba de los oficiales. No lo celebró, porque para bien o para mal, ahora estaban en manos de aquellos tres jovenzuelos orgullosos: Rivas, Andrade y el otro alférez, que era un poco más prudente pero por eso mismo tenía menos influencia. Lo peor de todo era que desde las laderas volvía a recrudecerse el fuego. Seguramente había corrido ya entre los harqueños, divulgada en primera instancia por el propio tirador que le había acertado, la noticia de que el teniente había caído. Eso les daba ánimos y les hacía presumir que los de los europeos estarían mermados, lo que les incitaba a disparar más alegremente. Aunque los cañones del barco volvían a lanzar sus recias andanadas, por la posición se extendía una sensación de desbarajuste y derrotismo. Molina, alarmado, se acercó hasta los oficiales.

– Mi teniente, con su permiso.

– Di, Molina -le invitó el teniente, aliviado por no tener que cambiar impresiones sólo con Andrade, hacia quien sentía un recíproco desafecto.

– Los moros se están creciendo. Si hemos perdido los cañones, tendremos que confiar en el barco y organizarnos con el resto de nuestras fuerzas. Hemos recuperado una ametralladora y no andamos muy mal de municiones. Pero sobre todo, mi teniente, hay que alentar a los hombres.

– El sargento tiene razón -reconoció Rivas, dirigiéndose a los dos alféreces-. Vosotros, ocupaos cada uno de un costado de la posición y de levantarme al personal. Molina y yo nos dedicaremos al frente. Tú, Molina, te encargas de desplegar y controlar a los policías. Hay que rendirse a la evidencia. Esos moros, mientras no deserten, son lo mejor que tenemos.

Así lo pusieron en práctica. Sin que cesara el intercambio de disparos el día fue avanzando, con su lentitud exasperante. No soplaba una gota de aire y el sol les quemaba la piel a través de la tela de los uniformes. Gracias al racionamiento tenían aún una pequeña reserva de agua, pero iba a ser difícil estirarla más allá de un par de días. El suboficial, a quien correspondía ocuparse de la intendencia, había apartado y mantenía custodiadas todas las latas que contenían algún jugo susceptible de reemplazar el agua cuando se agotase. Lo que en todo caso resultaba impensable era asearse, y la costra de suciedad maloliente que los hombres tenían encima, incrementada minuto a minuto con el sudor que aquella temperatura les hacía derramar, venía a sumarse irremisible al cúmulo de miserias que soportaban. Ni siquiera el médico podía disponer de agua para las curas, y debía dosificar con férrea mezquindad los desinfectantes. Los heridos quedaban con toda la sangre seca adherida a la piel, como una coraza de hojaldre.

Por fortuna, las buenas condiciones del parapeto de Afrau seguían impidiendo que el número de heridos creciera demasiado deprisa. Aparte de las bajas que habían tenido durante la operación de repliegue de la avanzadilla, diez heridos de importancia diversa y tres muertos, durante el resto de la mañana y toda la tarde no pasaron de la decena los alcanzados por el fuego enemigo, sólo dos de ellos con resultado mortal. Los difuntos seguían impresionando a los soldados que recibían en Afrau su bautismo de fuego, y a alguno le costaba reprimir el terror cuando el que estaba a su lado caía derribado por un balazo de la harka. Entonces debía acudir un veterano o un cabo, para socorrer al herido o apartar al muerto y forzar al novato a olvidarlo y a concentrarse en la preservación de su propio pellejo. Uno de los que murió aquel día se derrumbó sobre su compañero, un soldado aniñado y pecoso, que al ver cómo la sangre del otro le regaba la cara salió despavorido, gritando. González pudo interceptarle cuando ya asomaba a terreno descubierto y las balas de la harka le buscaban furiosas. Lo arrastró de vuelta al parapeto y una vez allí le golpeó varias veces contra los sacos y le abofeteó con fuerza. El soldado quedó paralizado por aquella lluvia de guantazos, que le incendiaron en un abrir y cerrar de ojos las mejillas ensangrentadas.

– La próxima vez te paro con esto, gilipollas -le dijo, enseñándole el máuser con un gesto amenazante-. Te juro por mis muertos que nadie más aquí dentro se la va a jugar para evitar que te tumben.

El soldado se quedó mirando fijamente a González. El cabo ofrecía un aspecto temible, con el rostro curtido por el sol, negreado por la barba, y los ojos inyectados en sangre que se destacaban como si fosforecieran. Para el soldado, además, González, en su condición de cabo y veterano de África, era una especie de ser fabuloso. Alguien que podía aguantar aquel infierno sin venirse abajo. En cierto modo, le tenía más miedo que a los mismos moros. Y eso era, precisamente, lo que el cabo buscaba.

– ¿Entendido?

El soldado asintió, anonadado.

– Pues límpiate la cara y vuelve a coger el fusil.

Molina había asistido desde lejos al incidente. González siempre le había parecido poco listo, pero en la forma en que había atajado aquel problema, tuvo que admitirlo, salía a relucir su astucia natural. El sargento conocía el pánico, y sabía que era un estímulo tan poderoso que sólo cabía enfrentarse a él superando su violencia. A aquel soldado se le pasaría el ardor en las mejillas, pero la próxima vez que sintiera deseos de salir corriendo recordaría la vergüenza y temería el tiro que González le había prometido. Incluso aunque se diera cuenta de que el cabo nunca iba a dispararle. Con volver a enfrentarse a su cólera ya bastaba. De nuevo Molina se arrepintió de haber juzgado con tanta ligereza a González, a partir de las pocas conversaciones que habían compartido en la cantina y de su comportamiento en los servicios rutinarios. Ahora que venían mal dadas, comprobaba que González era uno de los pocos que tenían la madera necesaria para salir de allí, siempre que la suerte le fuera propicia, desde luego. Porque al final, y por mucho que uno supiera buscarla, la suerte siempre tenía que avenirse.

Volvió a caer la noche y el combate continuaba en Afrau. De vez en cuando, la línea oculta del mar se encendía con el resplandor naranja de los cañonazos del Laya. Algunos hombres intentaban dormir, mientras los demás trataban de divisar en la oscuridad a los harqueños. Molina sentía en las sienes y en los párpados el cansancio, pero se forzaba a seguir en pie. Algo que le obsesionaba era vigilar la conducta de los policías. Los que se habían quedado habían mantenido una actitud constantemente valerosa, pero no olvidaba a los que habían desertado y temía que la noche fuera la ocasión que otros aguardaban. El cabo indígena, percatándose del recelo y la fatiga del sargento, se acercó a él en mitad de la madrugada y le dijo:

– Tú dormir algo, sargento. Yo estar amigo, te juro, y cuidar de que los demás estar amigos también. Si alguno saltar, yo hacer pum pum.

Molina observó al cabo. Sonreía aviesamente, pero el sargento sintió que no andaba prometiendo de balde. En cualquier caso, en alguien tenía que confiar. Nadie sabía cuántas horas de asedio les aguardaban todavía, y no podía esperar pasarlas todas en vela. Se acomodó en un hueco del parapeto y se dispuso a echar una cabezada. A su lado roncaba un soldado, un sujeto grande y desmadejado. Molina pensó que era raro que alguien fuera capaz de dormir así cuando la muerte le rondaba. Se amodorró como pudo. Los disparos fueron quedando más lejos, pero no se apagaron del todo.

El día siguiente amaneció idéntico. Cada vez tenían menos agua y andaban menos sobrados de cartuchos. El número de heridos crecía y el sitio en la enfermería y los medios para curarlos disminuían en la misma proporción. Por lo menos la harka no parecía aumentar mucho sus efectivos, y quizá por ello su acoso, aunque incesante, no se agravaba. A mediodía, el cabo de ingenieros fue a darle una inesperada noticia al teniente Rivas:

– Hemos recibido por radio un despacho incompleto del Alto Comisario. Nos autorizan a evacuar la posición. Nos sacará la Armada, pero también tienen que sacar a los de Sidi Dris. El despacho dice que si el barco se va esta madrugada es que los sacan primero a ellos.

Rivas reunió inmediatamente a los oficiales. Cuando les comunicó las novedades, se hizo un pesado silencio. Por un lado era un alivio, pero por otro quedaba confirmada la derrota. Andrade habló el primero:

– Lo que yo decía. Nos han hecho pedazos.

– Ahora hay que ponerse a lo que hay que ponerse, alférez -dijo Rivas.

– ¿Y por qué recogen antes a los de Sidi Dris? -preguntó el suboficial.

– Ya veremos qué pasa al final -gruñó el teniente-. No sé, quizá estén más apurados. Digan a los hombres que van a sacarnos de aquí, aunque está por saberse el momento. Puede que eso les suba un poco la moral.

El teniente no erró en su cálculo. La posibilidad ahora cierta de que aquel barco fuera a librarlos del suplicio hizo a todos volverse hacia el mar con una fervorosa esperanza. Hasta los disparos enemigos parecían intimidarlos menos, aunque siguieran dando a alguno de vez en cuando.

La madrugada siguiente, sin embargo, ocurrió algo que no por previsto dejó de suponer un duro golpe. Al amparo de las sombras, el Laya levó anclas y abandonó las aguas de Afrau. Se cumplía el pronóstico: iban a salvar primero a los de Sidi Dris y dejaban a los de Afrau desamparados, aunque fuera temporalmente. Molina miró los cañones de la posición, ahora mudos, y comprendió cuánto iban a echar en falta los del barco. Los moros también se dieron cuenta de que el barco se había ido, y el monótono paqueo nocturno se convirtió en un impetuoso vendaval de plomo. Molina ordenó a sus hombres que fueran a cubrir sus puestos. Sacando fuerzas de flaqueza, despertando a los que dormían, los defensores de Afrau se dispusieron a hacer frente a aquella nueva torcedura de su suerte. Todos ellos, indígenas y europeos, veteranos y borregos, seguían resistiendo, contra la extenuación, el calor y la sed que los abrasaba. De pronto, Molina notó que algo se agitaba a sus pies. Era Luisito, que gimoteaba histéricamente. Se le subió por el pantalón y se le acurrucó sobre el hombro, con el rabo enroscado y tembloroso.

– Coño -dijo Molina-. El que faltaba.

14 Sidi Dris

LA DESBANDADA

Apenas hubo luz suficiente, el Princesa comunicó por heliógrafo con la posición. El mensaje, descifrado por los ingenieros bajo la mirada apremiante del comandante de Sidi Dris, era al fin el que durante tantas horas llevaban esperando: la Armada se disponía a intentar la evacuación. Durante la madrugada había vuelto el cañonero Laya, lo que quería decir que contarían con el apoyo de tres buques. Les daban todavía algún tiempo para inutilizar los cañones, preparar a los heridos y organizar la salida. A mediodía les harían una señal y enviarían los botes a recogerlos. Debían abandonar la posición escalonadamente, y resistir en la playa mientras los botes iban y venían. Dispondrían en todo momento de la cobertura de los fuegos que hicieran desde los barcos, pero eso no disminuía un ápice la dificultad del empeño. El comandante de Sidi Dris, que después de tres días y tres noches de asedio tenía un tenebroso aspecto de muerto viviente, hizo a su segundo, un capitán en no mucha mejor condición, una amarga confidencia:

– Y ahora es cuando vemos si no habría sido mejor pegarnos un tiro al principio. Pero bueno, habrá que intentarlo, de todos modos.

Los oficiales lo comunicaron a los sargentos y éstos a la tropa: había que prepararse para salir de allí. Como los moros habían iniciado la jornada con bríos renovados, la primera medida consistió en gastar contra las laderas los pocos disparos de cañón que les quedaban. Pero los cañonazos ya no constituían una disuasión eficaz para los atacantes, porque era tal el número de tiradores que los rodeaban que a los artilleros les costaba decidir adónde apuntar las piezas. Parecía que la harka había reunido en torno a Sidi Dris a todos los efectivos disponibles, con la presumible intención de rematar aquella faena que ya duraba demasiado. Una vez que hubieron disparado su último proyectil, los artilleros hubieron de esperar para desmontar los cierres, al rojo vivo. Aquellos hombres estaban agotados y enfermos, como casi todos los sitiados. Emprendieron la tarea morosamente, sabiendo que habían quemado su última baza y que a partir de ahí ya no había vuelta atrás. A algunos les sobrecogía la idea, pero los más estaban demasiado cansados para sopesarla. Con tratar de seguir en pie tenían bastante.

En la saturada enfermería los preparativos eran más complicados. Ninguno de los que allí yacían podría salir por su propios medios. Había sólo una decena de camillas, lo que significaba que el resto de los heridos debían ser cargados a hombros. El médico, pálido y desencajado, iba seleccionando a los que por hallarse en mejor estado serían transportados así. Ninguno de ellos, en condiciones normales, habría debido siquiera moverse.

– Podemos hacer una apuesta, Rosado -propuso sombríamente a su ayudante-. Yo digo que de todos estos pobres no llegan más de tres a la playa.

En ese momento irrumpió en la enfermería un soldado que traía a otro con una copiosa hemorragia en el rostro.

– ¡Sanitario! -gritaba.

El médico, resignado, dejó lo que estaba haciendo y fue hacia el lugar donde estaban acostando al nuevo. A medio camino se volvió y dijo:

– Rosado, tráeme trapos sucios o vendas de alguien que ya no las necesite. Hay que cortarle la sangre a ese muchacho.

El médico tuvo un recuerdo irónico de las clases sobre asepsia, en la facultad. De sobra sabía que allí se infectarían todas las heridas y se gangrenarían todos los miembros, pero no podía hacer nada para impedirlo. Lo único que intentaba era taponar aquellos caños de sangre, aunque fuera a base de porquería. No salvaba a nadie, tan sólo aplazaba muertes a duras penas. A ratos dudaba si no debía dejar que manaran las venas rotas y que aquellas criaturas se fueran sin más, sin aumentar su sufrimiento.

En el parapeto, los supervivientes se aplastaban contra los sacos, en parte para protegerse del tiroteo enemigo, en parte para buscar su escasa sombra. Algunos escarbaban en la tierra con los dedos y sacaban piedrecillas apenas húmedas que chupaban con lentitud. Las cantimploras estaban vacías de orines, porque cada vez echaban menos y los bebían más ansiosamente. Hasta Enrile, el sensacional regante del pelotón de Amador, había visto mermarse su próvido chorro. Por lo demás, casi todos sujetaban sin otra fuerza que la de la desesperación los máuseres con la bayoneta calada. Muchos ya habían agotado todos sus cartuchos, y los que aún tenían unos pocos los ahorraban con un celo maniático. Desde Sidi Dris sólo muy de vez en cuando se respondía ya al fuego de la harka. Los hombres permanecían agazapados, oyendo las balas y viéndolas arrancar el polvo de la tierra que tenían ante sus ojos. Ya sólo esperaban a que les ordenaran ponerse en marcha hacia la playa, y algunos ni siquiera esperaban eso. Se les veía ensimismados, aturdidos, con la mirada vacía y la boca entreabierta para poder respirar.

Amador estaba sentado entre Haddú y Andreu, a quien la fiebre mantenía en un estado de semiconsciencia. El catalán había pasado la noche delirando y el amanecer cazando tiradores harqueños, con relativa fortuna. Al menos en tres ocasiones había sucedido a su disparo un grito de dolor entre las peñas. Después de gastar su última bala, se había dejado caer y allí se había quedado, con los ojos cerrados y abrazado a su fusil. Amador le observaba de cuando en cuando. El olor que desprendía su pierna era cada vez más nauseabundo, y las vendas ennegrecidas sobre aquel muslo no podían ofrecer peor aspecto. No en vano las llevaba desde hacía tres días.

En cuanto al propio Amador, aunque jamás había conocido un agotamiento parecido, aunque el vientre le dolía como si se lo estuvieran aserrando y la cabeza estaba a punto de estallarle, no se encontraba demasiado mal. Había conseguido controlar la obsesión de la sed, reduciéndola a un pensamiento difuso e intermitente, y creía tener aún fuerzas para emprender la expedición a la playa. Eso era lo único que había en su cerebro: resistir hasta que les ordenaran evacuar y cuando lo hicieran tratar de llegar a toda costa a los botes que iban a sacarlos del calvario. Todavía le quedaban dos peines de munición, diez cartuchos que guardaba para tener con qué afrontar el último trecho. Porque él sí que iba a salir de Sidi Dris. Aunque fuera imposible, aunque todos los demás murieran, él iba a llegar hasta los botes y en ellos hasta los barcos que los aguardaban en el horizonte.

Haddú, también exhausto después de todos los esfuerzos que había derrochado en la defensa de aquellos desgraciados europeos, tenía por primera vez el aspecto de un hombre derrotado y sin esperanza. Como el resto de sus hombres, había seguido el ejemplo de los demás sitiados y desde su refugio al pie del parapeto asistía taciturno al chaparrón que les caía desde los montes. Cada cierto tiempo se erguía y observaba inquieto entre los sacos. Después de una de esas ojeadas, le dijo a Amador:

– Moros montaña no ser idiotas. Ver que nosotros no disparar. Si esto seguir así mucho rato, ellos venir por nosotros.

En ese momento se oyó el silbido de un proyectil de artillería y un segundo después una explosión sobre las posiciones enemigas. Amador, todavía con el temblor del zambombazo en los huesos, observó, sonriente: -Seguimos teniendo los cañones de los barcos. -Ellos venir igual -insistió Haddú.

El cabo sabía que el sargento tenía razón, y empezaron a pesarle los minutos que transcurrían sin que llegara la orden de evacuar. Pensó en tener que levantarse para repeler un asalto al arma blanca, y se acordó del harqueño que le había saltado encima durante la retirada de la avanzadilla de Talilit. Amador no era muy robusto, y ya entonces le había costado parar a aquel diablo pequeño y flaco que había demostrado tener más fuerza que él. Sin la intervención de Andreu, no habría podido contarlo. Ahora Amador se sentía más disminuido, tras sufrir las penalidades del asedio, y contemplaba con aprensión la perspectiva de un enfrentamiento físico.

– ¿Tú tienes miedo, Haddú? -preguntó de improviso al sargento.

– ¿Miedo? ¿De qué?

– De qué va a ser. De que vengan y nos maten.

Haddú se quedó un instante en silencio. Su mirada verdosa se perdió al fondo de la mañana, por encima del mar. Con serenidad, respondió:

– Yo nunca tener miedo de morir. Yo buen musulmán. Si Alá estar contigo, morir no tener mucha importancia.

Amador trató de averiguar si eso era lo que en realidad sentía aquel hombre. Para él la fe no era más que superstición, y no respetaba más al Dios de Haddú que al que decían adorar, infaliblemente, todos los que en su parecer representaban a los enemigos del pueblo. Pero sintió que Haddú era sincero, y por primera vez en su vida envidió a un creyente. Le sacó de su estupor Andreu, que despertó de pronto para sugerir, malévolo:

– Si ha de estar en alguna parte, Alá está con los de ahí enfrente, sargento, que son los que van a llevarse este gato al agua.

Haddú no respondió. Ni siquiera se volvió para mirar a Andreu. Amador pensó que el sargento ya le daba por perdido y no consideraba necesario emplear sus energías en discutir con él. Pero Amador sí quiso mirar a su maltrecho compañero. Con la bala que le había atravesado la pierna se le había infiltrado en el alma un veneno que parecía habérsela cambiado enteramente. Ya no era el mismo hombre que le había ayudado a él a salir vivo de Talilit, ni el que había asombrado con su temple y su sangre fría a todos los que combatían a su lado. La bala le había sacado a la luz un resentimiento oscuro y destructivo. Tal vez no era nuevo, tal vez lo había llevado siempre dentro, pero hasta entonces había sabido dominarlo y sustraerse a él. Viendo el gesto de indiferencia de Haddú, Amador comprendió, aunque le fustigara la culpa, que tampoco él podía ligar su suerte en la batalla a la de aquel soldado que había decidido condenarse. Ninguna deuda podía abocarle a eso.

Mientras tanto, al otro extremo de la posición, el comandante y un par de oficiales examinaban la bajada hasta la playa, unos trescientos metros de terreno difícil y completamente expuesto.

– Tendremos que salir por aquí -indicó el comandante-. Los heridos primero, con una sección de apoyo. No hay espacio desde donde podamos cubrir la salida, así que habrá que llegar a viva fuerza.

– Sólo se puede echar a correr y confiar en la suerte, mi comandante -dijo el capitán segundo jefe, con voz desganada. Tenía una herida en el antebrazo derecho y la fiebre le hacía crujir las muelas.

– No podemos hacerlo así -se opuso el comandante-. Tenemos que reunir a unos pocos hombres útiles para que devuelvan el fuego como puedan. De lo contrario nos cazarán como conejos.

– No tenemos apenas municiones, mi comandante.

– Pues gastamos las que tengamos. Esto ya se ha jodido del todo.

El comandante se quedó callado, mientras observaba el sendero serpenteante que llevaba hasta la playa. Por su cabeza pasaban las últimas semanas transcurridas en la inercia embrutecida de la guarnición, mientras la harka se iba formando detrás de las montañas. Recordaba también el ataque de junio, tras el que había elevado al mando un informe en el que exponía sus preocupaciones sobre la situación en la zona. En sus páginas sostenía que un suceso como aquél no podía despacharse como un simple incidente. Aquel informe había sido acogido como la exagerada reacción de un oficial demasiado impresionado por el hecho de haber sufrido un ataque. Hasta le había valido algún reproche de sus superiores. El mando estaba lleno de optimistas, y quien más y quien menos ya tenía sus planes para el permiso de verano, que el comandante de Sidi Dris trataba de ensombrecer con su mal agüero. Él no se había marchado, y así había caído en la trampa. Cuando todo se había ido al garete, le habían echado encima a los fugitivos de Talilit y le habían ordenado resistir. O lo que era lo mismo, que se apañara como pudiera.

– Lo que más me subleva -dijo, poniendo en voz alta sus pensamientos- es que esto lo teníamos que haber intentado hace dos días, cuando aún nos quedaban cartuchos y no teníamos a toda la gente hecha papilla.

– Los marineros se cagan patas abajo por tener que venir a buscarnos, mi comandante -dedujo el capitán-.Yo creo que han esperado hasta ver si la harka nos liquidaba y les ahorraba el disgusto. Pero les hemos salido duros y ahora ya les da demasiada vergüenza seguir mirando.

– No han sido sólo ellos -le enmendó el comandante, con rencor-. Si sales de aquí, no te olvides de contar a quien quiera oírte que el Alto Comisario tardó más de dos días en autorizar la evacuación.

– Y para qué va a servir eso, mi comandante.

– Para lo que sirva. Aquí hemos estado trescientos hombres aguantando plomazos y bebiéndonos las meadas, y sólo nos ayudan a salir ahora que estamos medio muertos. No hay que dejar que eso se olvide.

A las once y media, la escuadra aún no había hecho la señal. Los heridos habían sido transportados hasta la retaguardia de la posición, y con los restos de varios pelotones se formó una improvisada sección de flanqueo. En total, aquel primer grupo, que se agolpaba en la parte resguardada del parapeto, sumaba un centenar de efectivos, de los que sesenta o más estaban inutilizados para el combate, bien por estar heridos, o desarmados, o por tener que arrastrar a alguien que no podía valerse. Al mando de aquel deplorable montón de despojos humanos se puso el capitán segundo jefe, mientras el comandante organizaba a los que quedaban en la posición para sostenerla hasta el final. Los soldados de la sección de ametralladoras desmontaron con presteza las máquinas, que no debían abandonarse al enemigo, y los supervivientes de la sección de policía indígena tomaron posiciones, junto con una veintena de elementos de tropa europea, a fin de cerrar en todo momento la columna por detrás. Algunos de aquellos hombres no disponían de más defensa que la bayoneta, pero así estaban las cosas.

Amador y Andreu se contaban entre los afortunados con los que se formó el primer grupo: Andreu en su condición de herido grave, y Amador al frente de uno de los pelotones de la sección de flanqueo. Entre los hombres que ahora mandaba se contaban dos que ya le habían acompañado desde Afrau hasta Talilit, otros tres que habían logrado salvarse de esta última posición y media docena de los que habían estado desde el principio en Sidi Dris. Ya no podía distinguirse a los veteranos de los bisoños, porque todos ellos eran unos robinsones barbudos y ojerosos que se agarraban al máuser como a la tabla salvadora de un naufragio. Los nervios los atenazaban, especialmente a Enrile, que no dejaba de enredar con la correa del fusil.

Haddú, una vez más, quedó atrás, con sus hombres. Aceptó sin protesta su aciago destino, y aún tuvo ánimo para despedirse de Amador con un apretón de manos, mientras le deseaba:

– Suerte, cabo. Tú decir a Molina que Haddú acordarse mucho de él.

– Ya se lo dirás tú -contestó Amador, contrariando lo que pensaba.

– Tú ser buen amigo juzgó Haddú-. Molina tener ojo para escoger.

A las doce menos cuarto, el Princesa hizo al fin la señal convenida. El capitán, sujetándose el brazo herido para que no le doliera, aulló:

– ¡Fuera todos!

Los botes ya estaban en el agua y los marineros bogaban con fuerza hacia la playa. Desde el promontorio en que se encontraba la posición, las barquitas que avanzaban hacia la costa, impulsadas por aquellas frenéticas figuras blancas, ofrecían una imagen de alarmante fragilidad. El mar estaba un poco rizado, aunque el viento no pasaba de ser una brisa moderada que además empujaba a los botes hacia su objetivo. Los barcos soltaban las primeras andanadas de protección, y los sitiadores notaron al punto sus efectos.

Los soldados salieron en tropel. Los heridos estorbaban a los que no lo estaban o no lo estaban tanto, y los que supuestamente debían encargarse de proteger al resto del grupo pusieron todo su empeño en adelantarse para estar en mejor posición de llegar hasta los botes salvadores. En vano trató el capitán de mantener el orden de la sección de escolta, que se desparramó por el camino como un rebaño de reses en fuga. Cuando se desató el fuego de la harka, los heridos, que se movían más despacio, empezaron a caer como moscas, y con ellos los camilleros o los que de otra forma los auxiliaban. Nadie se paraba para ayudar a llevar la camilla que había quedado sin uno de sus porteadores, y ante ese panorama el otro terminaba por echar a correr también, abandonando a su suerte al desdichado a su cargo. Los que podían andar, aunque fuera renqueando, pasaban por encima de los que iban quedando en el suelo, sin hacer el menor caso de sus súplicas. Lo único que veían era la playa, y los botes de la Armada que se acercaban a toda la velocidad que eran capaces de imprimirles sus tripulantes.

El pelotón de Amador tardó menos de medio minuto en quedar técnicamente disuelto. Los hombres corrían como liebres y disparaban al tuntún, cuando disparaban. Todos sus intentos de mantenerlos unidos y cubriéndose unos a otros fueron estériles. Sólo Enrile y otro obedecieron con cierta aproximación sus órdenes, y apoyándose en ellos Amador descendió por el camino tan deprisa como pudo, sorteando igual que los demás a los que caían. Al principio oía los juramentos y los insultos del capitán y sentía remordimientos, pero en seguida se contagió del egoísmo general. No podía hacerse otra cosa, bajo la lluvia de balas que segaba a los hombres como si fueran espigas agostadas. Ni siquiera el capitán dejó de correr, cuando comprobó que el débil freno de su autoridad saltaba en pedazos. Para los que habían quedado en la posición, con el comandante al frente, la visión de aquel penoso espectáculo marcó el fin de las pocas ilusiones que conservaban.

Andreu, arrastrando su pierna corrompida, dejándose ir y resbalando cuando no podía sostenerse más, bajaba también hacia la playa. En cuanto se había desencadenado el caos había perdido el contacto con Amador. Al principio el cabo se había quedado cerca de él, dando la vaga sensación de ofrecerse para sostenerle si no estaba en condiciones de seguir solo. Andreu le había hecho ver que podría caminar sin su ayuda, apoyado en el fusil a guisa de muleta y forzando a su pierna a parecer más entera de lo que en realidad estaba. Pese a la calentura que le devoraba las sienes, no había perdido la capacidad de descifrar los gestos de los demás. Comprendía que Amador se debatía entre dos impulsos contrarios: la responsabilidad que creía haber contraído con él después de lo sucedido en Talilit, y el deseo de aprovechar la oportunidad que se le brindaba de salvarse de la quema. Un deseo, este último, para el que la compañía de Andreu era un impedimento decisivo. En otras circunstancias, quizá Andreu hubiera encontrado la forma de afearle a Amador su ingratitud. Pero aquel mediodía, junto al parapeto de Sidi Dris, Andreu aguantó lo indecible para que el cabo no se sintiera obligado, y no lo hizo por su rechazo anarquista de toda obligación, sino por su orgullo de combatiente. No podía implorar que cargaran con él, y tampoco podía comprometer las posibilidades de sobrevivir de otro. Sobre todo, no quería deberle a nadie tanto. Ahora Amador se había esfumado y en medio del desastre Andreu acogía su desaparición con alivio. Bajaba hacia la playa con un fatalismo confuso, esperando a cada paso el balazo que diera con él en el suelo y a la vez porfiando por no desplomarse allí, sobre la tierra seca y polvorienta, revuelto con todos los muertos de aquella intentona desesperada. Los otros caían a su alrededor, la pierna le ardía como si se la atravesaran con agujas al rojo, pero él seguía avanzando. Por un segundo, mientras trastabillaba bajo el silbido encarnizado de los disparos, volvió a figurarse que era invulnerable.

Los hombres que estaban más enteros ya habían ganado la playa, donde esperaban a que arribaran los botes. Había alguna posibilidad de hacerlo a cubierto del fuego de la harka, pero los más atolondrados simplemente se acuclillaban o se echaban cuerpo a tierra, con lo que seguían sirviendo de blanco a los tiradores apostados en las laderas. El capitán trató de disponer con ellos una precaria línea defensiva. Ya que no habían cubierto la retirada de los heridos, al menos protegerían la operación de embarque de los que tuvieran la fabulosa fortuna de llegar. Sólo unos pocos de aquellos fantasmas vendados alcanzaban la playa, donde se dejaban caer pesadamente.

Los botes se aproximaban. Apenas tardarían un minuto más, y ya se oía a los contramaestres gritando a los marineros:

– Más vivo, más vivo.

En las caras de aquellos hombres se leía el pánico que sentían al acercarse al matadero, donde una manada de piltrafas vestidas de caqui los aguardaba para echárseles ansiosamente encima. Para terminar de arreglarlo, sucedió entonces algo con lo que ninguno contaba. Desde algún lugar de los montes los moros dispararon un cañonazo. El proyectil estalló a unos cuarenta metros de los botes, levantando un surtidor de agua y tierra.

– ¿Qué coño ha sido eso? -preguntó uno de los soldados.

– Tienen un cañón -anunció el capitán, constatando fríamente la obviedad a la que ninguno quería dar crédito.

Amador recordó la conversación que una vez había tenido con Molina, acerca de los primeros cañones que los harqueños habían capturado en una de las operaciones de junio. Como temiera el sargento, ya habían aprendido a usarlos, y aunque su puntería dejaba aún que desear, tenían tiempo para afinarla. También a Andreu, que en ese momento llegaba abajo, le vino a la memoria algo de los acontecimientos de junio. Se acordó de aquel soldado que confiaba tanto en la ventaja que a los europeos les daba la artillería. Ahora la tortilla se había dado la vuelta: ellos no tenían cañones y los moros sí. De golpe, los bombarderos se convertían en bombardeados. Mientras cojeaba hacia la playa, Andreu se dijo que era imposible estar peor.

Los primeros marineros saltaron de los botes. Venían armados con escuetas carabinas, que no eran las herramientas más adecuadas para aquella faena. Al avanzar brincando, con el agua a la altura de las rodillas, las cartucheras rebotaban cómicamente sobre sus caderas, que no estaban acostumbradas a aquel peso. Tan pronto como salieron del agua se desplegaron desordenadamente, uniéndose a los infantes que gastaban sus últimos cartuchos en la cobertura. Amador vio venir de reojo a uno de aquellos marineros. Se arrodilló a su lado, temblando de pies a cabeza. En ese mismo instante, cuando ya se acercaba al capitán para coordinar el embarque, el alférez que venía al mando de la flotilla de botes cayó derribado por un balazo en el pecho. Al verle caer, el alférez Veiga, que había quedado esperando en su bote, vaciló durante unos segundos. El fuego enemigo se cebaba en los marineros, a quienes su uniforme les hacía especialmente visibles y su falta de costumbre como infantes todavía más vulnerables que los demás. Ya habían abatido a media docena, pero Veiga comprendió que debía sobreponerse a aquella flojera que de repente le inmovilizaba los miembros. Empuñando con fuerza su pistola, saltó la borda y puso pie en la tierra hostil.

Avanzó entre las salpicaduras de las balas hasta la arena. Allí se dirigió al capitán, que trataba de contener la desbandada:

– Mi capitán, tenemos sitio para muchos, pero deben darse prisa.

– Embarquen primero a los heridos -ordenó el capitán, mientras disparaba con la zurda su penúltimo cartucho-.Yo aguanto aquí con éstos.

– ¿Y dónde están los heridos? -preguntó Veiga, desorientado.

Apenas había media docena, todos los que habían conseguido llegar. Los marineros los cogieron a hombros y los llevaron hacia los botes. Por el camino venían dos o tres más, entre ellos Andreu. Progresaba a trancas y barrancas sobre la arena, tirando de la pierna herida, cuando algo le dio en el hombro, por detrás. Aquel balazo, a diferencia del de la pierna, lo sintió, como un martillazo en el omóplato, y se fue de bruces. A unos sesenta metros de distancia, Amador le vio caer. Se resistió cuanto pudo, pero supo que no podría vivir en paz el resto de sus días, si es que alguno le restaba, habiendo dejado a aquel hombre tendido sobre la arena, a tan poco de la salvación. Echó a correr y logró llegar junto a Andreu. Lo levantó a duras penas.

– Déjame gritó Andreu-, o pégame el tiro de gracia.

Amador hubo de recurrir a todas sus energías para poder sujetar y echarse a cuestas a aquel energúmeno. Entre tanto, el exiguo pelotón que protegía el embarque empezaba ya a retroceder dentro del agua, gastando sus últimos disparos. Cada poco alguno comprobaba que ya no le quedaba nada en la recámara y echaba a correr como alma que llevaba el diablo. Eso fue lo que hizo Enrile, por ejemplo, que ganó a toda velocidad el cobijo de una de las embarcaciones. El cañón de la harka volvió a bramar, enviando una carga de metralla que esta vez explotó bastante cerca. El capitán admitió que no podía hacerse más. Apenas habían embarcado unos pocos hombres, pero de nada iba a servir sacrificar a los que quedaban. Dijo a Veiga:

– Mande a su gente que se retire, alférez. Esto no tiene remedio.

Amador vio atónito cómo todos echaban a correr a los botes, se encaramaban a ellos y empezaban a remar para alejarse. Arrastró a Andreu hasta el agua y allí le soltó. En vano pidió que los esperasen. Un tercer cañonazo sacudió la playa. La onda expansiva le hizo perder a Amador el equilibrio, pero Andreu tuvo peor suerte. Una esquirla de metralla le atravesó el cuello. El sabor de su sangre se mezcló durante un instante con el del agua salada, y aquélla fue la última noción que Andreu tuvo de la sed.

15 Afrau

EL FINAL

Desde la estación óptica de Afrau, el teniente Rivas vigilaba el horizonte, aguardando inquieto la aparición de las siluetas de los buques de la Armada. Desde que se retirara el cañonero Laya habían transcurrido ya bastantes horas. Durante ese tiempo, la harka había seguido apretando el dogal en torno a la posición. Los hombres al principio lo habían soportado con entereza, pero a medida que pasaban las horas y los barcos no venían, se hacía más difícil que dominaran sus temores. La evacuación de Sidi Dris debía de haberse complicado, y aunque a todos les resultaba inconcebible la posibilidad de que aquel hatajo de moros miserables consiguiera hundir los poderosos buques de guerra, sí podía ser que la harka se las hubiera arreglado para masacrar a los marineros que hubieran osado desembarcar en su territorio. Si así había sucedido, no cabía duda de que la Armada se lo pensaría antes de intentar socorrerlos a ellos.

Para empeorar las cosas, por la mañana habían recibido por radio otro despacho del Alto Comisario. Se les garantizaba el apoyo de los barcos para una evacuación inminente, pero a la vez, y en el caso de que no pudieran resistir hasta que llegara la escuadra, les autorizaban a capitular. Rivas, que había reprimido un estremecimiento al leer aquel mensaje, había organizado un consejo de oficiales para debatir lo que debían hacer.

– ¿Rendirse a los moros? -había exclamado Andrade, incrédulo-. Nos cortarían en rodajas, después de destriparnos.

Aquélla era la opinión general. Mantener la resistencia hasta que vinieran los barcos no era un ejercicio de coraje, sino su única alternativa. Nadie confiaba en la piedad de los harqueños, después de la crueldad de los combates. Ahora eran los amos y lo probarían a su manera feroz.

Por lo demás, la situación de los sitiados se deterioraba velozmente. Se habían quedado sin agua y los hombres apenas guardaban un cuartillo de jugo de tomate o de pimiento en sus cantimploras. Tenían un promedio de veinticinco cartuchos por barba y las ametralladoras ya sólo disparaban en caso de extrema necesidad. Había una treintena de heridos y un buen número de enfermos intestinales, con los que el médico, desprovisto de cualquier medio terapéutico, no podía dar abasto. En la mente de los soldados sólo había dos ideas fijas: beber y dormir. Los cabos y los sargentos tenían que cuidar de que la tropa no apurara imprudentemente sus raciones de líquido, y a las primeras de cambio la gente se quedaba frita en su puesto. Ya ni siquiera el ruido de los disparos era suficiente para mantenerla alerta.

Rivas volvió a aplicar los ojos al telescopio binocular. Apoyaba ávidamente las cejas en la mirilla, pero a veces calculaba mal y sentía el frío en los párpados y el golpe del círculo metálico en sus globos oculares, ardientes y doloridos. Costaba fijar la imagen con aquel cacharro endiablado. Cuando lo conseguía, aparecía sólo la raya del mar, una y otra vez.

– Me cago en su puta madre juró-. ¿A qué están esperando?

El cabo de ingenieros asistía con gesto ausente a la explosión de ira de su superior. Más le interesaban, en aquel momento, los retortijones que le desgarraban el estómago. El teniente se volvió hacia él y preguntó:

– ¿No podemos transmitir una señal de socorro con la radio?

El cabo repuso, en tono abúlico:

– Ya se lo dije, mi teniente. Sólo podemos recibir, y eso dándose bien.

– Joder -gritó el teniente, dejando escapar su frustración.

El sol, implacable, brillaba en el horizonte. Los soldados lo observaban desesperanzados y ya sentían que los sesos empezaban a hervirles. Enfrente, los hombres de pardo acomodaban la forma fibrosa de sus cuerpos a la tierra caliente que les había visto nacer. Así, tendidos, buscaban con paciencia la ocasión de enviar al otro mundo a alguno de aquellos soldaditos infelices y reventados. La harka no mantenía constante la cadencia de fuego. Durante mucho rato sólo se oían tiros aislados, hasta que de pronto las laderas empezaban a llenarse de nubecillas blancas. Estaban así un par de minutos y retornaban al cansino ritmo de antes.

Molina se preguntaba cuánto tardarían en lanzar el asalto definitivo. Ya podían suponer que los defensores estaban lo bastante debilitados, y la falta de los cañones era un estímulo nada desdeñable. Lo único que los frenaba aún eran las ametralladoras. Por dos veces, la noche anterior y al principio de la mañana, los harqueños habían amagado el asalto sobre el parapeto, pero la contundente actuación de la sección de máquinas los había disuadido inmediatamente de sus intenciones. Los moros eran valientes, pero también cómodos. No tenían ninguna prisa. Volverían a probarles las fuerzas, y quizá la próxima vez fuera la que esperaban. El sargento que tenía a su cargo una de las ametralladoras le había confiado que sólo les quedaban dos peines de munición. Por mucho que quisieran estirarlos, estaban en las últimas.

Los policías permanecían leales, aunque cada vez debía resultarles más claro que militaban en el bando perdedor. Hassan, el cabo, seguía al pie del parapeto, a pesar de haber recibido un balazo en el hombro. Era el izquierdo, decía, quitándole importancia, y agregaba:

– Mientras tener hombro derecho, tener donde apoyar fusila.

Los europeos, cuando caían heridos, quedaban inservibles. Los indígenas, si la herida no era demasiado mala, se enrabietaban. Era la costumbre de caminar contra la adversidad, pensaba Molina. Quien la tenía no se derrumbaba con los golpes, aprendía a medirlos y a conocer cuándo podía superarlos. Si un moro no se levantaba era que ya estaba muerto.

Desde el nido de tirador en el que solía resguardarse, Molina observó a sus pobres soldados. Aquellos reclutas a los que apenas había podido enseñar a sostener el fusil se encontraban ahora en forzada y estrecha intimidad con el padecimiento y con la muerte, que a aquellas alturas ya habían visto proliferar sin tasa a su alrededor. Pensó en el recluta que también él había sido y en la manera en que había hecho aquel mismo aprendizaje. Había sido asaltando un blocao enemigo, en la zona occidental, con la compañía de voluntarios del batallón de cazadores. El blocao estaba en una loma, dominando el valle de un río caudaloso. En la zona occidental había árboles, y hierba, y aquel día era otoño y el cielo estaba gris. Al oír la orden, Molina había saltado con los demás y había trepado ladera arriba bajo el fuego enemigo. A su lado, a unos pocos metros, los hombres caían heridos en la cabeza, en el pecho, en el vientre. Lo peor de todo, lo que a Molina le aterrorizaba, era un balazo en el vientre. Con eso eran muy pocos los que se salvaban, y según contaban, uno agonizaba durante horas, martirizado por una sed que no podía calmar, porque beber agua con un balazo en el vientre equivalía a suicidarse. Al final, sin saber cómo, después de disparar hasta hacer que el fusil les quemara las manos y de arrollar con la bayoneta calada a los defensores, Molina y otros veinte supervivientes habían izado la bandera sobre el blocao conquistado. El sargento se había fijado en los rostros y en la mirada demente de aquellos veteranos exultantes, y había comprendido que después de aquello nada sería lo mismo.

Había esquivado la muerte, había bailado con ella y la había burlado cuando ya estaba a su merced. En su cabeza tenía grabada la imagen de los que habían quedado por el camino, tendidos sobre la hierba húmeda de aquella loma fatídica. Ese recuerdo hacía más grande estar allí, en lo alto, contemplando el río que se perdía al fondo del valle. Aquel día, Molina había aprendido a amar la sensación de estar vivo, pero también a respetar la muerte. Por eso, porque con la muerte no podía jugarse, había procurado salir cuanto antes de la compañía de voluntarios del batallón de cazadores. Desde entonces había evitado las unidades de choque; no era pusilánime, pero tampoco tenía razones para morir. Sin embargo, al quedarse en el ejército, había debido aceptar que algún día podía suceder lo que ahora le sucedía, sobre la tierra áspera de Afrau: aunque él no fuera a buscarla, la muerte sí podía venir por él. Y ahí estaba, enfrente, agazapada en la cartuchera o el fusil de un hombre de chilaba parda.

Al final, Rivas se cansó de esperar y dejó el telescopio a los ingenieros. En su mente se alborotaba una multitud de ideas febriles. Ya veía a los harqueños entrando a sangre y fuego en la posición, y a sí mismo y a sus hombres, sin municiones, cayendo bajo las gumías de aquellos alacranes. ¿Podía reconsiderar su decisión y tratar de rendirse? ¿O más bien debía tener a mano la pistola para pegarse un tiro en la sien cuando vinieran a degollarle? Pero poco antes de las cuatro, cuando ya nadie las esperaba, tres columnas de humo surgieron por el oeste. El cabo de ingenieros confirmó lo que todos deseaban oír: eran tres buques de la Armada. Los castigados defensores de Afrau no pudieron contener el júbilo. Tres barcos, después de todas las horas que llevaban resistiendo solos, les parecían una fuerza apabullante.

El teniente ordenó que se preparara sin pérdida de tiempo la evacuación. Los artilleros desmontaron los cierres de los cañones y enterraron la munición que todavía les quedaba. Lo mismo se hizo con una de las ametralladoras, mientras replegaban las otras dos para proteger la salida. Los heridos que no podían moverse fueron trasladados de la enfermería al lado norte. El médico, mientras supervisaba el traslado de los heridos, iba y venía por el terreno despejado de la posición. Alguien allá arriba debió fijarse en él, y en el tercer viaje de vuelta un balazo en la frente lo detuvo en seco. El sanitario corrió a ayudarle, pero ya no había nada que hacer. Después de eso, a los demás heridos tuvieron que moverlos con más precaución. Los hombres útiles prepararon sus armas. El teniente iba de un lado a otro, comprobando que todos estaban listos. Intercambió impresiones con Andrade y el otro alférez, con quienes discutió los pormenores de la operación. Después se acercó hasta donde estaba Molina y se dirigió a él en tono circunspecto:

– Molina, necesitamos que alguien mantenga la posición mientras los sacamos a todos. No tengo a nadie mejor que tú.

Molina comprendió inmediatamente lo que le estaban pidiendo. Aquella orden o aquella súplica del teniente significaba que debía sacrificar su suerte por la de los otros. Como cinco años atrás, en el asalto del blocao con el batallón de cazadores, le tocaba jugar con la muerte. Pero ahora, ésta era la diferencia, también tendría que obligar a otros a que jugaran con él.

– Lo que usted ordene, mi teniente -dijo.

– ¿Cuánta gente te hace falta? -preguntó Rivas.

– Veinticinco -calculó Molina, al vuelo.

– Te dejo las dos ametralladoras. Aparte de eso, coge a todos los policías y a quince de los nuestros. Elige a los mejores y no te preocupes por la munición. Os dejamos la que me pidas.

– Treinta cartuchos por hombre. Si se dan prisa en bajar.

– Hay que sacar a un centenar, incluyendo a los heridos. Hay unos doscientos metros hasta el agua. No tenemos por qué tardar mucho.

Antes de separarse, Rivas le estrechó la mano al sargento. Sintió que en el fondo era injusto que aquel hombre pagara de aquella manera ser el mejor sargento de la posición. Pero Molina era un buen soldado y cumpliría su deber. No había pasado por ninguna academia, había llegado a África desde su pueblo para hacer el servicio militar y allí se había quedado quién sabía por qué extraña razón. Y sin embargo, Rivas, que sí había pasado por la academia y se enorgullecía de ser oficial, advertía que nunca llegaría a ser la mitad de militar que aquel sargento taciturno.

Al fin los tres buques de guerra fondearon frente a Afrau. Y para saludar a su guarnición, apenas unos minutos después de echar anclas, los tres soltaron al unísono una formidable andanada sobre las montañas donde pululaban los tiradores de la harka. Los proyectiles pasaron sobre la posición y estallaron entre los moros que se cernían sobre ella, levantando una cortina de alaridos y de miembros destrozados. Ante aquel espectáculo, los soldados de Afrau, recordando los negros momentos pasados, se abandonaron a un cruel sentimiento de desquite. Lo que aquellos cañonazos trizaban eran hombres como ellos, pero ninguno lo sentía ya así. A nadie le importaba ya si tenían razón o habían ido sin derecho a guerrear a aquella tierra, si la metralla de sus proyectiles hacía viudas y huérfanos y engendraba más odio que añadir al odio. Lo único que querían era salir de allí, y para ello alguien tenía que mantener a la bestia temible de la harka aplastada contra los montes. La segunda andanada levantó una alegría incontenible.

El Princesa, en funciones de buque insignia, envió tres destellos de heliógrafo. Desde la estación óptica vieron que los botes se hacían a la mar. El cabo de ingenieros interpretó lo único que podía interpretarse:

– Eso debe ser la señal. Vienen por nosotros.

Mandó a uno de los soldados a avisar al teniente, y con el otro empezó a destrozar a culatazos todo el material. Todos tenían la misma consigna: no dejar nada que pudiera ser útil a la harka.

Rivas, acogiendo por una vez las sugerencias de Andrade, había organizado cuidadosamente la evacuación. Saldría primero la vanguardia, con el sargento Páez al frente, después una sección de flanqueo, mandada por Andrade, y a continuación el grueso con otra sección y todos los heridos, conducidos por el otro alférez. Cerraría la marcha el propio Rivas con el resto de la fuerza, que aguardaría en la playa a que bajaran Molina y los suyos, cuando ya hubieran embarcado los demás. Con aquella distribución de los efectivos tenían quien abriera camino, quien guardara el costado, quien protegiera a los heridos y quien cubriera la retaguardia. Y como último cierre estaba la unidad de Molina, con los policías y las ametralladoras, lo más escogido de la guarnición. Al ver que Rivas se apresuraba a aceptar el plan, Andrade había sonreído satisfecho. No en vano había sido siempre el primero en táctica de infantería, en la academia. Allí había descubierto que no importaba lo que uno tuviera, sino cómo lo repartía. Y el reparto que había ideado para los restos de Afrau era una verdadera obra de arte. Andrade poseía, sin duda, un temperamento artístico. Sólo así se explicaba que convivieran en él aquellas dotes ordenadoras y una fatal propensión a la indisciplina.

Todavía lejos de allí, el alférez Veiga, en la popa de uno de los botes, escudriñaba con preocupación la línea de la costa. La barrera artillera parecía contundente, y mejor calculada que la que habían tenido en Sidi Dris. También parecía más favorable, por menos larga, la ruta de evacuación que debían seguir los sitiados. Y el cerco no daba la impresión de ser tan asfixiante como el que sufría la otra posición. Pero Veiga, como sus hombres, tenía demasiado reciente en la memoria el descalabro en que había parado su tentativa precedente. Apenas habían conseguido sacar a una docena de fugitivos, al precio de quince marineros caídos y un alférez, más dos botes reventados por un cañonazo. A los demás soldados los habían exterminado sobre la playa, y todavía había quedado mucha gente en la posición, que según todos los indicios había corrido la misma suerte. Al final el comandante de la flotilla había ordenado levar anclas y poner proa hacia

Afrau para tratar de salvar allí la honra de la Armada. Ésa era la labor que les incumbía ahora a Veiga y a otros tres oficiales y a los encogidos marineros que bogaban a sus órdenes. Los que habían participado en la expedición anterior tenían razones para justificar su miedo, y en los que se estrenaban en ésta pesaba el recuerdo de los compañeros acribillados que habían debido izar a bordo, al que se sumaba el testimonio espantado de los pocos infantes a los que habían podido rescatar. A aquellas alturas, todos sabían de la furia despiadada de los harqueños que los estaban esperando. El contramaestre Duarte, que iba en el mismo bote que Veiga, se esforzaba como ninguno por ahuyentar los malos pensamientos. Su bote había sido uno de los hundidos por el cañonazo frente a Sidi Dris, y todavía daba gracias a la fortuna que le había permitido escapar ileso del percance y alcanzar a nado una de las restantes embarcaciones. Él fue el único que se atrevió a romper el opresivo silencio que reinaba entre los marineros:

– Empiezan a bajar -dijo, señalando hacia la posición-.Y vienen sin perder el orden. Puede que esta vez salga bien, mi oficial.

– Dios te oiga, Duarte -deseó Veiga, con un hilo de voz.

En efecto, Rivas ya había dado la orden y la vanguardia de Páez había saltado fuera del parapeto. Tras ellos salieron los hombres de Andrade, que se desplegaron a toda prisa, empujados por las violentas imprecaciones del alférez. Desde las laderas vieron la maniobra e intensificaron el fuego. Los cañonazos de los barcos seguían removiendo la tierra de los montes y destrozando de cuando en cuando a alguno de los tiradores, pero la harka comprendió que la presa se le escapaba y no reparó en sacrificios. Cuando salió el grueso de la tropa, con los heridos, ya llegaban los primeros asaltantes al perímetro del parapeto. El cantinero, que en ese momento saltaba por el lado opuesto, se enganchó el pantalón en la alambrada y quedó atrapado allí un instante. No lograba zafarse y empezó a gritar, aterrado. Uno de los soldados le liberó con ayuda del machete y observó, con menosprecio:

– Si no estuvieras tan gordo, cabrón.

El cantinero llevaba un curioso acompañante: Luisito, el mono, que le había sido encomendado por Molina sin darle opción a oponerse. Los dos formaban la pareja más pintoresca de aquella apresurada comitiva. El mono se aferraba al cuello de su antiguo enemigo mientras miraba a todas partes con los ojos desorbitados. Cuando una bala pasaba cerca hundía la nuca con un espasmo y lanzaba un chillido. A1 final, Luisito tenía la suerte de los que se reservaban. A Macuto, el perro de la posición y su víctima preferida, no iba a ofrecérsele la ocasión de salir de allí. Yacía descompuesto junto al frente del oeste, donde le había encontrado una bala de la harka por acercarse a lamer el cadáver del cabo que solía darle las sobras del rancho.

Rivas y los suyos salieron también, y ya sólo quedaron Molina y los últimos para contener al enemigo. Las ametralladoras barrían el frente del parapeto, tumbando sobre las alambradas a los moros que intentaban traspasarlas. Los policías disparaban rítmicamente, consumiendo los peines de munición y reponiéndolos sin tregua. Los demás fusileros, veteranos que Molina había seleccionado expresamente, se mordían los labios, se tragaban su rencor hacia el sargento y colaboraban con pundonor. Molina y González, cada uno con su máuser, trataban de dar ejemplo y tiraban sin desmayo. Cuando Molina le había elegido, González sólo había dicho:

– Me quedo con usted de buena gana, mi sargento. Si alguien tiene que ser, quién mejor que yo, que me he jodido desde chico.

Los de las ametralladoras se quedaron en seguida sin munición. Las desmontaron de los soportes y echaron a correr sendero abajo, donde todavía tuvieron tiempo de unirse al grupo de Rivas. Su falta se notó inmediatamente. Primero fue uno, después dos los moros que consiguieron saltar el parapeto. Cayeron bajo el fuego de los policías, pero Molina comprendió que estaban al límite. Dio la única orden posible:

– ¡Calar bayonetas!

Los moros lo hicieron con frialdad, pero los europeos atinaron a duras penas a empotrar los machetes en la boca de los fusiles. La harka enviaba a su gente por oleadas, y los soldados podían distinguir bien los ojos incendiados de sus enemigos, su faz renegrida, la lana parda o marrón de sus chilabas y el blanco sucio de los turbantes. Ya no eran bultos en la distancia, sino hombres de fisonomía precisa que intentaban saltar sobre ellos. Aunque los cañones de la Armada batían a apenas diez metros del parapeto, eso no detenía a aquellos demonios homicidas, que veían morir a los suyos sin inmutarse y corrían hacia el frente como si el plomo y la metralla no fueran con ellos. Ya habían caído varios policías y un par de europeos y Molina temió que la defensa se iba a desmoronar de un momento a otro. Pero todavía no les habían dado aviso desde abajo. Ellos y su capacidad de resistencia eran la única oportunidad de sus compañeros, y aunque el sargento sentía el impulso de decirles a aquellos soldados que se estaban dejando matar que abandonaran y se salvaran como pudieran, pesó en su conciencia el deber contraído. Ésa era la desgracia que tenían aquellos hombres que estaban a sus órdenes, se dijo. Y ésa era también su propia desgracia, pero él, para colmo, nunca podría eludirla.

Mientras tanto, el grueso de la columna, con los heridos, había llegado ya a la playa. Los botes de la Armada se habían acercado también a la distancia suficiente y empezaron a embarcar a los fugitivos. Duarte, con un pelotón de marinería, acudió a apoyar a los infantes que cubrían la retirada, mientras Veiga disponía la distribución de los hombres en los botes. El fuego que caía sobre ellos, gracias a la labor de los cañones y de los que habían quedado en la posición, no era demasiado nutrido, y la operación pudo realizarse con relativo desahogo. Los botes que se iban llenando se alejaban en seguida: los marineros que iban a los remos golpeaban el agua con toda su alma, sin poder creer que se largaban tan pronto de aquel infierno.

Alcanzaron Rivas y sus hombres también la playa, y allí se unieron a los de Andrade y a los marineros para proteger el embarque. Una vez que hubieron recogido a todos los heridos, Veiga corrió hacia el teniente.

– A sus órdenes, mi teniente -se presentó-. ¿Está usted al mando?

– Eso parece, alférez.

– Hemos embarcado a todos. ¿Queda alguien más?

– Veintitantos hombres, arriba. Hay que avisarlos.

Cuando recibieron el aviso, Molina y los suyos repelían ya a bayonetazos a los harqueños. La tropa europea se replegó primero al extremo norte del parapeto, mientras los policías supervivientes se deshacían de la última hornada de asaltantes. Habían tenido cinco días para desertar, pero ahora la lucha era enconada y sin cuartel. Cuando no podían enfilarlos con las bayonetas, Hassan y los suyos derribaban a patadas y culatazos a sus hermanos de sangre y de religión. Al fin Molina dio la orden:

– ¡Vámonos!

Mientras los policías echaban a correr, los europeos contuvieron con su fuego a sus perseguidores. Una vez que estuvieron todos reunidos, retrocedieron sendero abajo sin perderle la cara al enemigo, turnándose en las descargas. Disparaban los últimos cartuchos, pero cuando hubieron bajado lo suficiente pudieron apoyarlos desde la playa. A partir de ahí, sólo quedaban cien metros hasta la salvación. Molina vio que los de abajo, aun sin dejar de disparar, empezaban a subir a los botes. Todavía le quedaban unos quince hombres, que se habían ganado de sobra su derecho a salir de allí. Dudó una décima de segundo, porque sabía que una vez que diera esa orden cada uno estaría librado a sus propios recursos, pero al fin gritó:

– Abajo todos. ¡Cagando leches!

Todos se lanzaron hacia la playa, corriendo tan aprisa como les permitían sus piernas y el cansancio acumulado. El enemigo, al ver que huían, se arrojó rabioso en su persecución. Molina se fijó con envidia en los que eran más rápidos, como Hassan o González, que pronto le sacaron siete u ocho zancadas de ventaja. Tuvo la tentación de arrojar el fusil, para poder ir más deprisa, pero un prurito se lo impidió. Ya que había aguantado hasta el final, no podía dejar abandonada su arma. Aquel fusil, abandonado, serviría para dejar sin hijo a unos padres que lo esperaban, al otro lado del mar. Molina no pensó en sus propios padres, o pensó, conforme a su filosofia de la vida, que no podía ahorrarles el luto cargándoselo a otros. Sintió que el aire le faltaba y vio, como en sueños, a un policía y un soldado caer a su lado. Cada uno era ahora dueño y esclavo de su propia suerte, pensó, y siguió corriendo. Las balas rebotaban en el suelo, al fondo distinguía las siluetas oscuras de los barcos, y en primer término a los botes que le esperaban. González y Hassan ya saltaban a uno de ellos, mientras los demás iniciaban la retirada hacia alta mar. Sus pies empezaron a salpicar, y pronto el agua le subió hasta las rodillas, los muslos, el vientre. Unas gotas le cayeron sobre el labio y bajaron por la comisura hasta entrar en su boca. Sintió la sal en la lengua y tendió los brazos, vencido, hacia los hombres del bote. Uno le cogió con fuerza y le subió a bordo. Molina se dejó caer sobre la tablazón de la nave, que estaba húmeda y mugrienta. Alguien le dijo:

– Olé, mi sargento.

Molina alzó la vista y vio a González, sonriente. Los marineros le daban con fuerza a los remos y los que no estaban ocupados en esa tarea respondían con sus carabinas al fuego que los harqueños les hacían ya desde la playa. Ese intercambio duró hasta que los cañones de los barcos levantaron una nube de tierra y sangre sobre la orilla. Al fin el bote avanzó sosegado y seguro, sin que nada amenazara con truncar su singladura.

– Eso ha tenido muchos huevos, sargento -dijo Duarte.

Molina miró a aquel marino socarrón, y no pudo evitar sentir hacia él un afecto como nunca había sentido por nadie a primer vistazo.

– El mérito es de ellos -repuso, señalando a González y a Hassan-. De ésta os dan una cruz pensionada, o no hay justicia.

González no podía ocultar su contento, pero Hassan tenía un aire distante. Observaba la costa que iba quedando atrás, en silencio. Molina también la vio alejarse, con una sensación contradictoria. Los moros los insultaban desde la posición perdida, y a su espalda se iba agrandando la silueta del Laya, rematada a un extremo por una oblicua popa de crucero y al otro por una proa en espolón. El casco era negro y el pantoque rojo. Molina pensó que no era casualidad que pintaran así los barcos de guerra.

16 Sidi Dris

EL APOCALIPSIS

Desde su puesto en el parapeto, el comandante de Sidi Dris asistía desmoralizado al fallido desenlace de la evacuación. Los botes empezaban a alejarse, llevándose apenas a una docena de sus hombres. De pronto sonaron, bastante seguidos, un par de cañonazos. Uno cayó sobre el agua, alcanzando de refilón a dos soldados que intentaban llegar hasta los botes, y el otro, mejor calculado, hundió dos de aquellas vulnerables embarcaciones. Varios de los marineros que iban en ellas quedaron flotando panza arriba, y otros seis o siete llegaron nadando hasta alguno de los botes restantes.

– Parece que tienen al menos dos cañones -dedujo el comandante, con una sonrisa trágica-. Estamos sentenciados.

El camino que llevaba hasta la playa, y la playa misma, estaban jalonados de cadáveres. Todavía alguno de ellos se veía sacudido por los balazos de la harka, que procuraba asegurarse de que estaban bien muertos. Allí yacían casi todos los heridos y casi todos los que los escoltaban. Habían emprendido aquel último y supremo esfuerzo, después de tantos días de fiebre y dolor, y toda su recompensa había sido caer como insectos bajo el fuego infernal de los moros. En cuanto al resto, aún había más de un centenar de efectivos dentro de la posición cuando se había suspendido la salida. Al comandante le incumbía ahora asumir la responsabilidad sobre el destino de aquellos hombres atrapados. Nadie le había autorizado a entregar la posición, y después de lo visto, parecía evidente que la Armada no podría sacarlos. Por un instante, atravesaron por el cerebro del comandante ideas iracundas. Su corazón se rebelaba contra la desgracia en que la obnubilación del mando le había hundido, y se resistió a aceptar que debiera reventar allí, con todos sus hombres, en pago del error y la impericia de otros.

Al final, sin embargo, se impuso la disciplina. Quizá el comandante de Sidi Dris no confiase en ser capaz de sostener su decisión, en aquella situación extrema, sino recurriendo a la pauta cierta, aunque absurda, que le ofrecían las ordenanzas. Llamó a los pocos oficiales que seguían en pie y se dirigió a ellos en un tono tenso y melodramático:

– Ya lo habéis visto. No podemos salir, así que volvemos a estar como antes. Recibimos el encargo de defender esa bandera y esta posición y nadie nos ha relevado de ese encargo. Ahí enfrente hay cientos de moros enardecidos, a los que pronto tendremos encima. No nos quedan municiones, los hombres están reventados y nadie va a venir en nuestra ayuda. En estas circunstancias, lo único que nos queda es morir por la patria. Gracias a todos por vuestro coraje. La patria no olvidará este sacrificio.

Los oficiales de Sidi Dris se miraron unos a otros, desconcertados. Algunos ya suponían que el comandante iba a decirles aquello, pero otros no podían creer que no hubiera más solución. Uno de éstos osó pedir:

– Rindámonos, mi comandante.

El comandante observó al que se lo había pedido. Era un teniente de complexión atlética, uno de esos individuos de aspecto saludable y pujante que parecían haber nacido para romper la vida por las costuras. Ni siquiera el asedio había logrado deteriorarle demasiado. El comandante era todo lo contrario, un hombre caviloso y parco de cuerpo y costumbres. Maldijo al teniente por obligarle a descartar la alternativa en voz alta y ante todos, pero ya sólo podía seguir la línea que se había trazado. Ni siquiera se molestó en explicarle sus razones, o en señalar el hecho notorio de que la harka no iba a hacer prisioneros. Con su tono más autoritario, repuso:

– Aquí no se rinde ni Dios.

– Diga usted que no, mi comandante -apuntó un alférez, exaltado.

– Y a los que no tengan huevos, se les fusila antes de que lleguen los moros -propuso otro, un teniente demacrado y colérico.

– ¿Con qué, si no tenemos balas? -se burló un capitán.

– Pues si no hay balas, a machetazos -porfió el teniente.

El comandante no se opuso a la sugerencia, aunque tampoco dio su asentimiento. Miró abstraído a aquellos dos oficiales, tratando de recordar cómo eran antes de que el desastre les cayera encima.

– Está bien -concluyó-. Cada uno a su puesto.

Ante la inflexibilidad del jefe, el teniente que había propuesto la rendición y los oficiales que no sabían a qué atenerse no tuvieron más remedio que acatar la orden. A ellos les correspondía hacer que los soldados, aquellos espectros tambaleantes que casi no podían con el fusil, la acatasen también. Era fácil. Bien mirado, a ninguno le iba a costar mucho morirse.

Partieron los oficiales a hacerse cargo del resto lastimoso que quedaba de lo que habían sido sus respectivas compañías y secciones. El fuego que caía sobre Sidi Dris era tan intenso como nunca, y ni siquiera los cañonazos de los barcos lograban disminuirlo. Pero aún faltaba lo más duro. Al cabo de unos pocos minutos, los recién estrenados cañones de la harka empezaron a bombardear la posición. Aunque los dos primeros cañonazos cayeron fuera, uno pasado y el otro corto, en cuanto cogieron la distancia no volvieron a fallar. Explotaban los proyectiles y la metralla se llevaba por delante la barrera de sacos y a los pobres que tras ella se protegían. Los europeos ya no podían hacer ni siquiera fuego de fusil, y aguardaban con las bayonetas caladas el asalto que no podía tardar en producirse. Algunos soldados sollozaban en silencio, otros maldecían a gritos, y de vez en cuando había quien se arrancaba y echaba a correr hacia el lado del mar, para caer infaliblemente a mitad del camino. Los oficiales ya no hacían por parar a los que perdían los nervios, porque ya no había nada que preservar. Dejaban que cada uno eligiera la manera que prefería de morder el polvo. Seguramente tenían derecho a esa libertad, ya que no la habían tenido para vivir.

Mientras tanto, en la playa, Amador permanecía agazapado tras un resguardo rocoso, sin saber qué hacer. Después de que la onda de la explosión le derribase había tardado unos segundos en volver en sí. El sabor fuerte del agua de mar que había tragado le había sacado de su aturdimiento. Entonces había advertido que Andreu flotaba boca abajo, en medio de una nube de sangre. Lo había levantado y había visto que estaba muerto. Las balas salpicaban en su torno, así que no se había detenido mucho en la comprobación. Había tratado de correr hacia los botes que se alejaban hacia mar abierto, pero a los pocos pasos el agua le llegaba a la barbilla. Amador, que no sabía nadar, se había acordado de su amigo Ventura, con quien solía ir de chico a bañarse en el río Manzanares, a la altura del puente de los Franceses. Ventura había tratado de enseñarle a nadar, pero él siempre se había negado. Le costaba respirar como Ventura le decía, le entraba la angustia y lo dejaba. De pronto, aquella pereza de adolescente decidía inapelablemente su suerte. Había gritado con toda su alma, pero los marineros no habrían retrocedido ni aunque hubieran estado sus madres en la orilla. Al final, había comprendido que su única posibilidad, por escasa que fuera, estaba en desandar el camino. Había salido sin pérdida de tiempo del agua y había corrido a cubierto, bajo las balas que le perseguían como avispas ensañadas.

Ahora, mientras recuperaba el resuello, Amador miraba el camino sembrado de cuerpos que le separaba del parapeto. Había visto uno de los proyectiles disparados por los cañones de la harka pasar por encima de la posición y caer no lejos de donde él se encontraba. Luego había empezado a oír las explosiones que se sucedían dentro del recinto. Los barcos no dejaban de disparar, pero Amador comprendía que Sidi Dris estaba condenada. En esas condiciones, no veía para qué iba a asumir el riesgo y el esfuerzo de llegar hasta arriba. Tampoco allí donde estaba tenía esperanza, pero su cerebro trabajaba a toda velocidad para encontrar un resquicio. Había perdido su fusil, a sus compañeros, a los jefes que le habían dado órdenes hasta entonces. Ya no era soldado de ningún ejército, sino un superviviente solitario, y como tal tenía que buscar la manera de resolver el problema acuciante de continuar existiendo. Mientras veía los cuerpos ensangrentados de aquellos muertos lo deseaba como tal vez nunca lo había deseado, aunque la sed le abrasara la garganta y el sol de África le aplastara contra la arena.

En la posición habían llegado al límite. Los heridos se arrastraban por el suelo sin que nadie les prestara el menor auxilio. De los que aún no habían sido alcanzados por la metralla, algunos rezaban y otros miraban fijamente las bayonetas. Los moros de la policía indígena, que sabían que iban a morir pero a diferencia de los europeos lo aceptaban, esperaban en silencio a que llegara la hora. Los oficiales parecían alienados. Con gesto ausente contaban las balas de sus pistolas o arengaban a sus hombres. Alguno, como el capitán que antes había dudado de la posibilidad de fusilar a nadie, se esforzaba como podía por mantener la serenidad de sus subordinados.

– No tengáis cuidado -les decía-, que lo que haya de ser de vosotros lo será también de vuestro capitán.

La actitud de otros resultaba mucho más teatral. Tal era el caso del alférez que había secundado con entusiasmo al comandante en su voluntad de morir defendiendo la posición. Fuera de sí, advertía a los soldados:

– Cuando vengan, no quiero ver a nadie dar un paso atrás. Ahora es cuando hay que demostrarle a esa chusma lo que somos.

– ¿No hay nadie que haga callar a ese imbécil? -se quejó un soldado.

– ¿Quién ha dicho eso? -saltó el alférez.

– Yo, joder -alzó el brazo el soldado. Tenía la cabeza vendada y una herida en la pierna. La sangre negra y seca que empapaba el vendaje le daba un aspecto a la vez macabro y menesteroso.

El alférez se plantó ante aquel despojo que había osado responderle. Con la pistola en la mano, le ordenó: -Ponte firmes, hijo de puta.

– Ni aunque pudiera, mamón -le desafió el soldado. Era un tirador veterano de la sección de ametralladoras, disuelta por falta de munición y de jefe.

El alférez le apuntó con la pistola y repitió: -Firmes he dicho.

– No.

Sonó un disparo y la cabeza del veterano se fue violentamente hacia atrás. La mayoría de los que estaban cerca se quedaron atónitos, pero un cabo de la misma sección del muerto se levantó como impulsado por un resorte, se acercó por detrás al alférez y le derribó de un fuerte culatazo en la nuca. Cuando el oficial estaba en el suelo, inconsciente, el cabo hizo ademán de ensartarlo con la bayoneta. Otro cabo le detuvo:

– No te lo cargues sobre la conciencia. Déjaselo a los moros.

– Para lo que me queda de conciencia -forcejeó el otro. -Déjaselo, te digo.

Un teniente había visto lo sucedido, pero no tuvo tiempo de intervenir, como tampoco lo tuvo el cabo de rematar al alférez. De repente el cañoneo cesó y una algarabía ensordecedora se adueñó del aire. Los harqueños se abalanzaban en masa sobre el parapeto, seguros de la victoria y de que ya no les quedaba más que liquidar a unos pocos moribundos. Los defensores que se podían mantener en pie intentaron parar la embestida, pero la lucha no podía ser más desigual. Los moros, en la plenitud de sus fuerzas y sus reflejos, esquivaban sin dificultad sus fusiles y los tumbaban con una rapidez pasmosa. A continuación les hincaban la rodilla en la espalda y los degollaban sin más trámite. En cuestión de minutos, la posición hervía de chilabas pardas buscando víctimas. Si alguno aguantaba un poco más, varios enemigos caían sobre él y lo cosían a cuchilladas. Los oficiales se defendían como podían con sus pistolas, pero tan pronto como veían que iban a capturarlos se apuntaban a la sien para quitarse del medio. Alguno no estuvo lo bastante rápido, o calculó mal las balas que le quedaban en el cargador, y no se libró de caer en manos del enemigo. Ese fue, entre otros, el caso del comandante, que cuando quiso darse cuenta tenía a tres harqueños encima. Le quitaron la pistola y le molieron a culatazos y patadas. Si no le mataron sobre la marcha, como a los demás, fue porque reconocieron los galones. Pero en aquel aplazamiento no había ninguna clemencia para el comandante.

Algunos habían creído que podrían escapar, y en cuanto los moros habían atravesado el parapeto habían salido de estampida, pasando por encima de los oficiales y de los sargentos que intentaban detenerlos. Todos ellos cayeron bajo las balas o los puñales de la harka. Ni corrían lo bastante deprisa, ni había lugar por donde pudiera salirse sin tropezar con el enemigo.

Sólo en un sector encontraron los asaltantes verdadera oposición: en el que ocupaban las fuerzas de la policía indígena. Allí se toparon con hombres duchos en el cuerpo a cuerpo como ellos, y a los que todas las penalidades pasadas no habían logrado reducir. Los policías aguardaron a que llegara la harka sin perderle la cara, y cuando la tuvieron encima se defendieron con la convicción que les proporcionaba el hecho de saber que todo estaba perdido y que ya sólo les quedaba demostrar hasta el final que eran tan buenos guerreros como sus rivales. Así se dio la paradoja de que fueran ellos, moros y mercenarios, quienes obedecieran al pie de la letra la orden de defender la bandera hasta el fin, que sólo unos pocos europeos observaban.

Haddú, como el resto de los policías, se revolvía fusil en mano. Al ver que en aquella zona de la posición encontraban mayores dificultades, los harqueños acudieron en gran número. En realidad, a todos les estimulaba más enfrentarse a los policías, muchos de ellos pertenecientes a tribus rivales, que a los pobres soldados heridos y enfermos que caían como pajaritos. Pronto el sargento estuvo rodeado y se vio forzado a admitir que la partida estaba agotada. Esperó a que alguno de sus agresores se arrojara contra él, para hacer que se llevara entre las costillas su último bayonetazo. Mientras los retaba con la mirada, proclamó, con arrogancia:

– Bismil-lah.

Pero Haddú ya no tuvo ocasión de herir a nadie. Cayó con el pecho atravesado de un tiro, momento que los adversarios que le rodeaban aprovecharon para abalanzarse como chacales sobre él. Inútilmente le golpearon y le clavaron sus gumías. Al sargento, escuchando acaso su devota invocación, le había concedido Alá la merced de una muerte instantánea.

Al cabo de unos minutos, habían caído ya casi todos los oficiales y la harka había aniquilado el foco de resistencia de la policía indígena. Los pocos europeos que aún no habían sido exterminados dejaron caer las armas y alzaron los brazos, en demanda de la improbable piedad de los moros. Muchos lo pagaron recibiendo una puñalada en el acto, pero cuando los atacantes vieron que ya nadie se defendía empezaron a respetarles a algunos la vida. Los fueron agrupando en una esquina del parapeto, adonde los conducían a empujones y golpes. En total se reunieron allí unos quince, todo lo que subsistía de la posición de Sidi Dris, donde cinco días atrás habían quedado cercados trescientos hombres. A los que estaban malheridos los moros no los respetaban, aunque se rindieran. A algunos los degollaban, a otros les rajaban el vientre y se divertían viéndolos mientras trataban de impedir que se les salieran las tripas. Los prisioneros tenían que contemplar aquella carnicería sin rechistar, aterrorizados ante la atroz perspectiva de que decidieran hacerles lo mismo a ellos. Los moros aprovechaban también para saquear los cadáveres. Les quitaban medallas, dinero, cualquier cosa de valor que tuvieran encima. Con especial mimo recogían la portentosa cosecha de máuseres que allí estaba a su disposición. Se les veía comprobar con delectación el estado de los fusiles, y hasta había quien los acariciaba.

Al cabo de un rato, trajeron al comandante. Lo sujetaban entre dos, porque no paraba de revolverse. Venía con la cara ensangrentada y gritaba:

– Matadme ya, bestias miserables.

Para los prisioneros fue una conmoción más ver en aquel estado a quien hasta hacía unos minutos había sido el jefe supremo. Le habían arrancado las divisas, que un moro orgulloso se había prendido en la chilaba. Sus captores lo llevaron hasta el parapeto y lo colocaron de espaldas a los sacos.

– Muy bien, a ver si me fusiláis de una vez -celebró el comandante.

– No fusilar -se rió el moro que ahora llevaba su estrella.

No lo fusilaron. Prefirieron crucificarlo contra el parapeto. Como no tenían clavos, usaron machetes, y como los machetes no se quedaban bien clavados en los sacos y el cuerpo se vencía hacia delante, terminaron por clavarlo al suelo. El moro que parecía dirigir la función sacó su gumía y con ella le abrió en canal. Para acallar sus alaridos, decidió castrarlo y meterle la piltrafa sangrante en la boca. Ninguno de los soldados elevó la más mínima protesta. Vieron morir al comandante desangrado y asfixiado, en una agonía espantosa. Algunos vomitaron, encima de sí o de algún compañero, porque no tenían sitio donde apartarse. Los moros se reían a carcajadas. Para ellos era una fiesta magnífica. Aquellos hombres aterrados eran los mismos que antaño se habían paseado triunfantes por sus tierras, habían quemado sus cosechas o habían deshecho a cañonazos sus aduares.

– Y qué van a hacernos a nosotros? -murmuró uno de los prisioneros.

– Calla y aguanta -le conminó otro, el único cabo que quedaba.

– Mirad, se van los barcos -anunció otro cautivo.

Todos se volvieron hacia el mar. Los barcos de la Ar mada, en efecto, habían levado anclas y navegaban ya con rumbo este. Las columnas negras de sus chimeneas sembraron la desolación en el ánimo de aquellos soldados.

– Si alguna vez salgo de aquí y me encuentro con un marinero, le pienso saludar con una patada en los cojones -masculló uno.

– Qué culpa tienen ellos -dijo el cabo-. Si no se puede, no se puede.

También Amador, en la playa, vio irse a la escuadra. Pensó que él habría podido estar a bordo de uno de aquellos buques, y en la forma en que había perdido su ocasión. El cadáver de Andreu, empujado por las olas, yacía sobre la orilla. De vez en cuando, una ola un poco más grande que las demás lo alzaba, lo mecía y al retirarse volvía a depositarlo sobre la arena. Su sacrificio había sido inútil, y al comprobarlo Amador se arrepentía y no se arrepentía de haberlo asumido. Se arrepentía porque ahora estaba allí, acurrucado tras una piedra esperando a que vinieran a matarlo. No se arrepentía porque aquel hombre al que había intentado salvar era su semejante; no sólo se trataba de que él también fuera un hombre, sino de que los dos eran parias y habían sufrido el mismo atropello. Si los parias no ayudaban a los parias, qué dignidad les quedaba y qué reino iba a concedérseles sobre la tierra. Amador miró cómo se bamboleaba aquel cuerpo vencido, y las lágrimas resbalaron por sus mejillas. Lloró por Andreu, por él, por todos.

La tarde avanzó despacio. Amador había resuelto aguardar a que cayera completamente. Si había de tener alguna oportunidad de salir de allí, sólo podía ser al amparo de la noche. Sin embargo, hubo de surgirle un contratiempo que no esperaba. A eso de las cinco, Amador vio a unos moros que bajaban por el sendero. Ya habían terminado de recoger el botín que había en la posición y ahora se dedicaban a saquear a los que habían quedado tendidos durante la frustrada salida. Se acercaban sin prisa, remoloneando sobre cada cuerpo caído para cerciorarse de que no se dejaban nada. Amador se aplastó todavía más contra el suelo, y observó con aprensión que el reguero de cuerpos pasaba por su` lado y le rebasaba. Si seguían con aquella tarea hasta el final, no podría evitar que le descubrieran. Tenía que buscarse otro refugio en seguida, y tenía que llegar hasta él sin que le viesen.

Fue a volverse para estudiar el terreno, cuando a su espalda aparecieron dos siluetas oscuras. Una le apuntó con el máuser y ordenó:

– Levantar, soldadito.

A Amador se le congeló la sangre en las venas. Los dos harqueños eran flacos y morenos, como solían ser aquellos hombres, pero el que le había hablado tenía los ojos verdes. Aunque tampoco este rasgo era inusual, Amador nunca había visto un moro con los ojos tan claros.

– Levantar -insistió el harqueño.

Amador obedeció, temblando.

– No tener miedo -le dijo su captor-. Yo no matarte. Yo estar ya demasiado cansado de matar soldaditos.

El otro moro se rió, aunque tardó un poco en hacerlo, como si le costara entender el idioma que había usado su compañero. Entonces Amador advirtió que el que le hablaba y le estaba apuntando vestía aún restos del uniforme de la policía indígena. Había caído en manos de un desertor.

El antiguo policía le indicó con el fusil el camino de la posición. Como Amador no reaccionara, aclaró, enojado:

– Tú marchar.

Amador echó a andar hacia donde le decían, con las manos en la cabeza y temiendo a cada paso que un balazo le partiera en dos la columna vertebral. Avanzó hacia los saqueadores de cadáveres, que al verle venir se incorporaron y empezaron a señalarle con el dedo, regocijados. Intercambiaron con sus captores algunas bromas en dialecto, y uno se interpuso en su camino y empezó a darle en el pecho, provocándole. Amador lo encajó todo, las burlas, los empujones, sin bajar las manos de la nuca. Recordó lo único importante: tenía que salir de allí, a cualquier precio; sobrevivir al desastre, y a la ferocidad de aquella gente, y a lo que quisieran echarle encima.

Subió por el sendero lleno de compañeros caídos, reconociendo a algunos, esforzándose por no mirar el gesto de horror que a otros se les había quedado trabado al rostro. Si en algún momento aflojaba el paso, la boca del fusil en sus costillas le obligaba a avivarlo. Tropezando, llegó hasta el parapeto. Un nuevo golpe de fusil le obligó a trasponerlo y el espectáculo que entonces se ofreció a sus ojos le cortó la respiración.

Por toda la explanada de la posición se esparcían los cadáveres. Con la cabeza machacada, los ojos saltados, los intestinos fuera. Vio a uno que tenía con ellos atadas las manos, y sin poder contenerse más, se tiró al suelo a vomitar. Sólo podía echar bilis, pero los músculos de su estómago empujaron una y otra vez. El policía desertor, visiblemente satisfecho, le concedió medio minuto de tregua. Después volvió a apremiarle:

– Levantar y marchar. Si no, morir aquí mismo, como una rata.

Y para ratificar su advertencia, tiró del cerrojo de su fusil. Eso quería decir que hasta entonces no llevaba ninguna bala en la recámara, lo que podía tranquilizar a Amador sobre sus intenciones iniciales, pero también que ahora sí la llevaba y más le valía levantarse como fuera.

A punta de fusil le llevaron hasta donde estaban los demás prisioneros. Por el camino vio los cuerpos mutilados de los oficiales y distinguió también el de Haddú, tan empapado de sangre que no se apreciaba el color del uniforme. Estaba boca arriba, con los brazos extendidos, pero en su cara no había, al menos, el rictus de pánico que había en la de otros.

Mientras le empujaban hacia el rincón donde se amontonaban sus compañeros, vio lo que le habían hecho al comandante. Su mente ya no podía asimilar más atrocidades. Aunque no era la primera vez que se enfrentaba a la crueldad de la harka victoriosa, sino la segunda, después de la caída de Talilit, aquello no admitía comparación. Empezaba a tener la sensación de estar en mitad de una alucinación desmesurada, y comprobó que los demás supervivientes, quizá para guardar la cordura, ensayaban una misma mirada vacía. Ninguno dijo nada cuando se reunió con ellos. Sólo le hicieron sitio y siguieron esperando lo que había de resolverse sobre su destino.

Al final de la tarde, vino a inspeccionar la posición un caíd moro. Recorrió el recinto con una comitiva de notables, examinando con detenimiento los cuerpos de los oficiales caídos y tratando de reconocerlos. Los oficiales eran los que solían negociar con los jefes indígenas la sumisión de los poblados, mezclando promesas con amenazas. A un par de ellos, incluido el comandante, el caíd les propinó un suave puntapié. Luego fue a ver los cañones. Los harqueños habían encontrado los cierres, lo que significaba que podrían utilizarlos. Esa era, para ellos, la mejor noticia del día.

Por último, el caíd visitó a los cautivos. Los estuvo observando durante un rato, mientras departía con los suyos. Después se dirigió a ellos.

– Ahora sois nuestros prisioneros -dijo, con impecable pronunciación-. La batalla se acabó y ya no tenéis nada que temer. Os trataremos humanamente, como vosotros nunca habéis tratado a mi pueblo.

– ¿Es un chiste? -masculló uno de los soldados.

– ¿Dónde ha aprendido a hablar ese hijo de puta? -susurró otro.

Cuando el caíd se marchó, se desataron los comentarios. El otro cabo contó que había oído decir de presidiarios que se habían fugado de los penales de Melilla, veinte años atrás, y que se habían ido a vivir con los moros y habían acabado siendo jefes entre ellos. Poco pudieron alargar sus especulaciones. A la caída del sol, los hombres de la harka les ordenaron ponerse en marcha. En el exterior de la posición había una batahola de mujeres y niños que los recibían con mofas e insultos. Una mora se acercó a Amador y le arrancó con brusca destreza los galones de cabo. Luego se los puso sobre la cabeza, como adorno. Las demás celebraron ruidosamente la ocurrencia. Amador se acordó de unas semanas atrás, cuando hablaban de la harka como de algo desconocido y quizá inexistente. Ahora el monstruo invisible les había impuesto su presencia, y entre todos los signos inauditos que tenía para elegir, el cabo sintió que la harka era esa mujer, que le había despojado de los galones y le despreciaba con la insolencia de sus fogosos ojos negros.

17 Laya

LA PERPLEJIDAD DEL DESASTRE

Cuando subió a bordo, el alférez Veiga se encontró con el comandante, que esperaba en cubierta. Se cuadró ante él y le dio novedades, como segundo jefe de la flotilla de botes que había partido del Laya:

– A sus órdenes, mi comandante. Tres heridos leves entre la marinería. Traemos a unos cuarenta infantes a bordo de nuestros botes.

El comandante respondió a su saludo. Le impresionaba el coraje de aquel oficial novato que se había presentado voluntario para las dos evacuaciones. En ambos casos le había enviado de segundo de un oficial más experimentado, pero en la primera intentona, tras caer el otro alférez, había tenido que traer él solo de regreso a los hombres, algunos muertos y muchos heridos. Sin arredrarse por eso, había vuelto a ofrecerse para la segunda. El comandante había dudado si aceptar su ofrecimiento o elegir a alguno de los que manifestaba más tibiamente hallarse disponible. Al final había decidido que se necesitaba a un hombre de voluntad, aunque fuera inexperto.

El otro oficial, que esta vez había salido indemne, se presentó también al comandante y repitió las novedades. El comandante volvió a escucharlas, tieso e inmóvil como un poste.

– Enhorabuena a los dos -dijo, emocionado-.Y mi admiración. Estoy seguro de que la Armada sabrá recompensar vuestro valor. Habéis hecho que el nombre de este barco entre honrosamente en la historia.

A Veiga la declaración del comandante le trajo inevitables evocaciones. Ahora resultaba que era un héroe, uno de esos nombres que se inscribían en los anales de la Armada. Y como fatalmente correspondía, la razón de su inscripción no era un triunfo, sino una gloriosa derrota. Trató de sentirse orgulloso de su acción, pero sólo acertó a sentir algo mucho más elemental: por encima de todas las cosas, estaba contento de haber vuelto de aquella playa sin ningún balazo en el cuerpo. Miraba al comandante y de pronto le parecía que había una especie de obscenidad en su satisfacción. Los de Afrau se habían salvado, más por sus méritos que por los de ningún otro, pero a los de Sidi Dris los habían dejado a merced de la harka. Habían contemplado impotentes cómo los moros asaltaban la posición y acababan con ellos. Para Veiga, después de eso, nadie tenía derecho a glorias ni recompensas, ni a entrar en la historia con honra. Por respeto a los muertos, sólo podían sentir vergüenza y compasión. Aquella tarde, sobre la cubierta del Laya, al alférez se le rompieron todas sus ilusiones juveniles y algunas convicciones. Tres centenares de infelices morían como perros y todo lo que sucedía era que los vivos los olvidaban al instante y se ponían a calcular sobre los ruines asuntos de su propia vanidad. Pero Veiga era un individuo sensible y decente, y eso le condenaba a una visión de la vida tan minuciosa como inflexible. No podía contagiarse de aquella impertinente celebración.

Recibió como sonámbulo las felicitaciones de los demás oficiales, una vez que el comandante se hubo retirado. El segundo oficial le palmeó la espalda y dijo, con su vozarrón como un trueno:

– Bravo, chaval. Ya creía que al viejo se le escapaba una lágrima.

– Con lo seco que es, el tío -apuntó el maquinista, risueño.

A los infantes que habían rescatado de Afrau se les veía cohibidos y desorientados. Miraban extrañados los aparejos del buque, los palos proel y popel y las escuetas velas de respeto, enrolladas sobre las jarcias.

– ¿Todavía se navega a vela? -preguntó un soldado.

– Será por si se estropea la caldera -supuso otro.

– Es un barco de dos ejes -les informó un contramaestre.

– ¿Cómo?

– Que tiene dos calderas. Si se estropea una queda otra. Se navega mal, pero si no hay más remedio se puede tirar así. Las velas no se usan nunca.

La mayor ansiedad entre los fugitivos era poder beber agua. Los marineros que la repartían tuvieron que hacer esfuerzos sobrehumanos para no sucumbir bajo la avalancha de sedientos. En vano los oficiales y los sargentos advertían que nadie bebiera deprisa o en cantidad excesiva. Todos bebían codiciosamente, aunque el agua dejara mucho que desear. Como consecuencia, en seguida empezaron los dolores de estómago. El médico del barco tuvo que atender a varios, alguno en un estado alarmante.

– Si te tomas un trago más, tenemos que enterrarte, muchacho -advirtió a uno de los imprudentes-. No serías el primero al que le pasa.

Una vez que hubieron satisfecho sus necesidades más apremiantes, los supervivientes de Afrau quisieron saber de la tripulación del Laya las últimas noticias que había sobre la marcha de las operaciones. A Molina le puso al corriente Duarte, con quien había establecido una rápida confianza.

– No se sabe de fijo hasta dónde nos han empujado -comenzó a explicar Duarte-, pero parece que a las mismas puertas de Melilla han llegado a verse moros. Dicen que Monte Arruit, Zeluán y Nador todavía resisten, pero vete a saber cómo y durante cuánto tiempo. El Alto Comisario ha tenido que volver del oeste echando mixtos, y se apaña como puede para organizar el asunto. Dicen que han mandado también tropas desde allí, incluidos los delincuentes de ese cuerpo nuevo, el Tercio, o la Legión, o como coño se llame.

Molina conocía algo a los legionarios. Había coincidido con ellos en la zona occidental, poco antes de su traslado. Un amigo suyo, otro sargento, se había ido voluntario con ellos, y no era precisamente un delincuente. Pero por lo que él le contaba, y por lo que el propio Molina había visto, el juicio de Duarte no iba del todo descaminado. En cualquier caso, que enviaran a los legionarios tenía un significado bien preciso. Eran las nuevas tropas de choque, los remendadores de situaciones desesperadas.

– ¿Y en nuestro sector? -preguntó Molina.

– En vuestro sector vosotros sois los únicos que podéis contarlo. El campamento general y todas las posiciones que lo rodeaban han caído como fichas de dominó. Dicen que al Comandante General lo cazaron los moros y lo desollaron vivo. O que se pegó un tiro antes de que lo cogieran.

– Eso quiere decir que Talilit cayó también -dedujo Molina, acordándose de Amador y ratificando sus temores.

– De las primeras -confirmó Duarte-. La gente que pudo se replegó a Sidi Dris, lo que no diría yo que fue una suerte.

– ¿Qué pasó en Sidi Dris?

– Una tragedia, compañero. Había tantos moros alrededor que no los habríamos podido sacar ni con veinte acorazados bombardeando. El caso es que lo intentamos, y que los pobres lo intentaron también por su parte. Pero pocos pudieron llegar a la playa, y a nosotros mismos nos frieron vivos en cuanto pusimos pie allí. No lo creerás, pero los muy cabronazos nos disparaban hasta con cañones. Al principio apuntaban mal, pero luego fueron acercándose que era una sensación. Nos dejamos quince marineros y dos botes, y a uno de los pocos oficiales que merecían la pena de este barco, si me guardas el secreto. Un tío valiente, para su mal. Este Veiga, el que venía en el bote, también tiene su mérito, hay que reconocérselo, pero está un poco verde en comparación. El caso es que sólo conseguimos salvar a una docena de hombres, si es que aquello eran hombres. La mayoría venían heridos, descompuestos, medio desquiciados. Cuentan que pasaron los últimos días sin agua, bebiéndose los meados y pegados como lapas al parapeto. Les tiraban a modo día y noche, de eso doy fe yo que lo veía desde el barco.

– ¿Y qué pasó después?

– Qué había de pasar. Seguimos bombardeando, sin gran esperanza, pero los moros los bombardeaban a ellos y terminaron por saltar el parapeto. Entonces el comandante ordenó parar el fuego. Hubo quien sugirió que debíamos bombardear la posición, para matarlos piadosamente y no como los iban a despenar los de la harka. El caso es que al final no lo hicimos. Levamos anclas y vinimos a toda leche para tratar de sacaros a vosotros.

Molina se quedó callado y meditabundo. En Sidi Dris habían corrido la suerte que habrían podido correr ellos mismos, de haber tardado un día más el barco, o de haberles atacado más moros, o de haber fallado la evacuación por cualquier motivo. En realidad, pensó, era la desgracia de Sidi Dris la que había hecho posible la fortuna de Afrau. Si la harka no hubiera tenido que concentrar tantos efectivos en Sidi Dris, habría podido ir por ellos y los habría aniquilado fácilmente. El sacrificio de aquellos muertos, y entre ellos quizá el de su amigo Amador, le había salvado la vida. Molina sintió que era injusto, porque él había elegido estar allí y Amador no.

– ¿Y ahora? -murmuró, medio ausente.

– Ahora vamos a Melilla -repuso Duarte Ya no nos queda ninguna posición que proteger en este litoral. En realidad, y hasta que no se reconquiste algo, si se reconquista, yo diría que este barco no sirve para nada.

De pronto, Molina tuvo una idea que le asombró no haber tenido antes. Había dado por sentado que Amador estaba muerto, pero habían conseguido sacar a doce hombres de Sidi Dris, y su amigo podía estar entre ellos.

– ¿Lleváis a bordo a alguno de los de Sidi Dris? -consultó a Duarte.

– A cinco. Tres hechos cisco, un capitán herido y un soldado ileso. Es un tío simpático, por lo que he podido charlar con él.

– ¿Puedo verlos?

– Supongo que sí. Vente conmigo.

Molina bajó con Duarte al sollado, donde habían alojado a los pocos hombres rescatados de Sidi Dris. El capitán no estaba allí. Vio a los otros tres heridos, a quienes no conocía. Después le presentaron a Enrile.

– A sus órdenes, mi sargento -le saludó el soldado, con una ancha sonrisa.

– Descansa, hombre -le pidió Molina.

– Me han contado que les han sacado a casi todos. Me alegro -dijo Enrile.

– Quería preguntarte por alguien -fue al grano Molina-. Un cabo de la sexta compañía. Estaba en Talilit al principio, pero a lo mejor llegó a Sidi Dris.

– ¿Y cómo se llama ese cabo?

– Amador.

Enrile bajó los ojos.

– ¿Le conoces?

– Que si le conozco. Bajé con él a la playa, mi sargento -contó Enrile, cautelosamente-. Llegamos juntos hasta abajo, él delante y yo detrás. Íbamos haciendo el flanqueo como Dios manda, aunque aquello era un desbarajuste. Si no es por él, no lo cuento.

– ¿Y?

– Se fue atrás a ayudar a un herido. Una locura, si me permite opinar, mi sargento. Cuando quiso darse cuenta ya habíamos subido a los botes y no pudo cogernos. Luego nos pegaron dos cañonazos y ya no le vi más.

– ¿Le viste caer?

– No le vi, ni caer ni de ninguna otra manera. Uno de los cañonazos me dio al lado y me quedé medio atontado hasta que me subieron al barco.

Para qué iba a seguir interrogándole. Molina le dio las gracias, se levantó e hizo el movimiento para salir de allí. Pero a medio camino recordó algo y se volvió a comprobar aún con Enrile:

– Otra cosa. Había un sargento moro, Haddú. ¿Sabes qué fue de él?

– Se quedó en la posición, con el resto de los policías. Eso es todo lo que puedo decirle -se excusó Enrile, encogiéndose de hombros.

Molina caminó abatido por los corredores del barco, y en el mismo estado subió a cubierta para reunirse con sus hombres. Según parecía, todos sus amigos habían muerto. Molina se preguntó si un hombre podía salvarse de veras, cuando perdía a todos los que le importaban. Caía la noche sobre el mar y sobre la tierra arisca y ensangrentada que iban costeando. El barco navegaba a toda máquina hacia Melilla, como los otros dos buques de la escuadra, que avanzaban a su costado, encajando sin inmutarse las olas. Al sargento le parecieron hermosas las siluetas de los barcos, vistas bajo aquella luz que menguaba velozmente, y le pareció también hermoso el mar del anochecer, quieto y lleno de reflejos metálicos. Hasta la tierra, hacia la que no quería volverse, ofrecía su más bella estampa, con los perfiles quebrados de los montes. Sus hombres, fascinados como él por el espectáculo, hablaban en voz queda. Por primera vez desde hacía muchas noches, la oscuridad que se cernía sobre ellos no estaba cargada de amenazas.

Llegaron a Melilla de madrugada. Las luces del puerto y el trasiego del muelle devolvieron a los hombres que habían conseguido escapar de Afrau la sensación de normalidad que habían perdido durante su prolongado encierro en el recinto de sacos terreros. Pero aquel ajetreo tenía poco de ordinario. Cuando el Laya terminó la maniobra de atraque, los que iban a bordo pudieron percibir el ambiente de miedo e incertidumbre que se respiraba en la plaza. Pese a lo avanzado de la hora, había muchos civiles sobre el muelle. Al principio creyeron que el Laya traía tropas de refresco, y empezaron a agitar pañuelos blancos. Habían hecho lo mismo la víspera, cuando habían llegado los fieros guerreros del Tercio, e incluso otras mesnadas de infantes menos aguerridos. Pero en cuanto aquellos soldados empezaron a bajar, cansados y débiles, con su inconfundible olor a derrota, se enfrió el entusiasmo. Pasado el primer desconcierto, una mujer preguntó:

– ¿De dónde vienen estos pobres?

Los soldados, aun cuando no estaban en formación, se mantenían silenciosos. Fue uno de los marineros que había bajado con ellos quien dijo:

– Los traemos de Afrau.

– ¿Y dónde está eso?

– A tomar por culo, señora, en las montañas -explicó un enterado.

– Criaturas -gimió al instante la mujer, compungida-. ¿Qué os han hecho los moros, hijos?

Durante los días que siguieron, Molina y el resto de los supervivientes, en los acuartelamientos donde alojaron a unos o en los hospitales adonde llevaron a otros, tuvieron ocasión de conocer de labios de otros fugitivos la razón por la que la mujer les había hecho aquella pregunta. Las historias circulaban por toda Melilla, y aumentaban cada día con cada uno de los que llegaban desde el frente, medio desnudos, delirantes, corriendo desarmados o en casos de suprema heroicidad aferrados al cerrojo de su fusil para hurtarlo al enemigo. Aquellos fantasmas vivientes hablaban de compañías enteras asesinadas, de soldados y oficiales quemados vivos, ahorcados con alambre de púas, ensartados con estacas, destripados, decapitados, mutilados de todas las formas imaginables. Contaban aterrados que las moras se arrojaban sobre los heridos, les sacaban los pantalones sin pestañear y los sometían con sus gumías oxidadas a las más horribles vejaciones. Algunas, decían, se acuclillaban sobre los moribundos y les cagaban o les meaban encima.

Hablaban también de la estampida que se había desencadenado tras el hundimiento del frente. Referían carreras interminables, moros que los cazaban desde las colinas e insubordinaciones masivas. Acemileros que habían tirado la carga de las mulas, se habían subido sobre ellas y les habían clavado los talones para salir como fuera del infierno. Oficiales abatidos a disparos por alguno de sus hombres para robarles los caballos. Oficiales abatidos a disparos, y hasta a golpes, por los soldados cuya desbandada trataban en vano de contener. Oficiales abatidos por el disparo de sus propias pistolas, cuando ya los moros caían sobre ellos. Oficiales, en fin, que se arrancaban los galones o se ponían la guerrera de un soldado muerto para disimular su grado.

Sobre lo que no había más que rumores era sobre la suerte que hubiera podido correr el Comandante General. Los fugitivos alternaban las dos versiones: unos decían que se había pegado un tiro antes de que le cogieran; y otros, que los moros le habían liquidado a cuchilladas. Alguno aseguraba que había visto o que alguien que lo había visto le había asegurado que el cadáver del general había sido descuartizado por la harka, y otros añadían que se habían llevado un trozo al territorio de cada tribu, para que todas supieran del descalabro de los europeos. Molina pudo hablar con un sargento que había llegado desde el campamento general, después de cien kilómetros de caminata, escondiéndose de día entre los matorrales o en la panza de los mulos destripados y corriendo de noche hasta perder el resuello. Aquel sargento que había logrado esquivar la muerte le contó que había visto al Comandante General, cuando ya había dado la orden de retirada y los cañonazos y los disparos de la harka machacaban el campamento. El Comandante General estaba solo, con la mirada perdida, y mientras asistía a la desordenada huida de las tropas, repetía, como un demente:

– Corred, corred, soldaditos, que viene el coco.

Al oír aquella historia, de labios de un hombre que no le pareció proclive a la fantasía, Molina creyó en su veracidad. Y le pareció que aquella imagen del Comandante General en la perplejidad del desastre representaba a la perfección lo que les había sucedido. Habían creído que doblegaban aquella tierra de gente atrasada y miserable, y que de ella nunca saldría la fuerza que pudiera deshacer su fuerza. Pero había salido, y les había pasado por encima con toda la violencia que nadie había podido prever. El coco, que había venido a buscarlos desde lo más profundo de sus pesadillas.

En todo caso, la historia no había de parar ahí. La historia, se dijo Molina, nunca para, siempre sigue adonde pueda provocar nuevas tribulaciones. Por la noche, cuando salía a tomar algo por las tabernas de la ciudad, Molina encontraba en ellas a los que habían venido a vengar la afrenta, a los legionarios que relataban con chulería sus hazañas en las operaciones de reconquista que ya se habían iniciado frente a Melilla. Una noche coincidió con un cabo alto como una torre, que contaba, bastante borracho, uno de los episodios en que había participado, quizá la víspera, quizá aquel mismo día.

– Teníamos emplazadas las ametralladoras -explicaba-, así que cuando los vimos con toda aquella fanfarria, los dejamos venir. Cuando los muy lilas estuvieron encima, los asamos vivos. Sin dejarles tiempo para resollar, cargamos sobre ellos a la bayoneta. Y bueno -aquí se detuvo un poco, para asegurarse de que tenía la atención del auditorio-, hicimos con ellos lo mismo que ellos hicieron con nuestros hermanos. Sólo os digo que formé a mi escuadra para que nos echaran una foto. Una foto cojonuda. Cada uno de mis legionarios tenía un trozo de moro clavado en su bayoneta.

Molina comprendía, claro, por qué desde que había llegado el Tercio ninguno de los musulmanes que vivían en la ciudad se atrevía a asomar la nariz. Terminó su vaso de vino y salió a la calle. Fue dando un paseo hasta el puerto, y desde allí contempló la vieja ciudadela, donde los europeos habían resistido sobre el lomo de África desde hacía más de cuatro siglos. Ofreciéndoles la civilización a los moros, como pregonaba rimbombante la propaganda oficial. La civilización que ahora traían las bayonetas de los legionarios. Molina sintió que en su cabeza se acumulaban demasiadas cosas que no encajaban, pero también se dio cuenta de que de nada servía revolverlas. En cuestión de días le iban a destinar a un regimiento nuevo y tendría que volver al fregado. Eso era, a fin de cuentas, lo único que debía preocuparle.

La tripulación del Laya también permaneció durante aquellos días en Melilla, empapándose de todos los chismes y todas las historias que corrían por la plaza. Los marineros, sobre todo los que le habían visto las orejas al lobo, se entregaban con denuedo a las correrías nocturnas por tabernas y burdeles. Duarte unas veces les acompañaba y otras prefería quedarse durmiendo en su camarote, porque afirmaba que ya tenía el cuerpo demasiado trabajado para según qué trotes. Veiga se alargaba algunas noches hasta el casino militar, donde coincidía con los oficiales francos de servicio. Unos pocos estaban convalecientes, pero casi todos los demás se encontraban en expectativa de destino, después de que sus unidades se hubieran disuelto en el torbellino del desastre. Ninguno de éstos contaba nada, porque nada habían tenido ocasión de vivir. Eran los oficiales a los que el ataque había sorprendido de permiso en la Península, y todos proclamaban haciendo grandes esfuerzos de persuasión que había sido imposible predecir lo que se avecinaba. Veiga sólo acertó a simpatizar con alguien mucho menos locuaz, un teniente aviador que se echaba al cuerpo enormes vasos de ginebra. Durante los primeros combates la harka había cortado el camino al aeródromo y el teniente se había quedado aislado en Melilla, sin poder llegar hasta los aviones.

– Lo peor no es no haber podido volar y no haber servido para nada -decía, atormentado-. Lo peor es que toda mi gente habrá muerto defendiendo los aviones, mientras yo estaba aquí, sin un rasguño.

Un par de días después, el Laya recibió la orden de zarpar hacia aguas de Sidi Dris con una misteriosa misión. Al principio no se les dijo nada, ni siquiera a los oficiales. Todos se preguntaban qué iban a hacer a aquella costa ahora dominada por los moros, y muchos sumaban a esa extrañeza la contrariedad por volver a estar tan pronto de servicio. Cuando ya navegaban en alta mar, a la altura del cabo, el comandante reunió a los oficiales y les confió, con cierto embarazo, lo que iban a hacer. Al parecer, se había recibido en la plaza una carta del Jatabi, el caudillo de la harka. En ella informaba al Alto Comisario que el cuerpo de su amigo el coronel Morán, caído durante la retirada, estaba a disposición de los europeos. El Jatabi recordaba la amistad y la consideración con que siempre le había tratado aquel coronel, que había sido, como quizá el Alto Comisario conocía, su alumno de árabe y dialecto y su superior en la Oficina de Asuntos Indígenas. Como el Alto Comisario comprendería, añadía la carta, no podía dejar que el cuerpo de su amigo el coronel quedara allí, lejos de los suyos. Por eso se ofrecía a entregarlo a los europeos, para que su familia lo enterrase con los debidos honores y de conformidad con su religión. Rogaba el Jatabi que se aceptara su oferta, y que en ese caso se enviara un buque a recoger los restos a la playa de Sidi Dris. Los hombres que a tal efecto desembarcaran no tenían nada que temer, ya que se les permitiría volver sanos y salvos a bordo.

Los oficiales no daban crédito a lo que oían. ¿Cómo era posible que aquellos salvajes, que profanaban y descuartizaban los cadáveres, hicieran aquel extravagante ofrecimiento? Uno de ellos preguntó:

– ¿Y el cadáver del Comandante General?

El comandante bajó la mirada y produjo un leve carraspeo.

– Del Comandante General no sabemos nada dijo-. Esto es lo que hay, y esto es lo que vamos a recoger.

Durante la travesía, Veiga se acordó de la única vez en su vida que había visto al coronel Morán. Trató de representarse su gesto serio y su mirada cálida, y volvió a verle solo entre los otros, en la playa donde entonces le había dejado y donde ahora iban a hacerse cargo de sus despojos. También se acordó de la manera en que le había saludado y le había dado las gracias, como si fuera un igual y no un lacayo obligado a llevarle y traerle.

Habían salido de buena mañana y llegaron a Sidi Dris a mediodía. La maniobra de fondeo la repitieron como tantas otras veces, sólo que sin el apremio de las últimas, porque ahora no se trataba de colocar el barco en posición de combate cuanto antes, sino simplemente de recalar frente a la playa. El comandante decidió quiénes irían a recoger el cuerpo. Partirían dos botes al mando del segundo oficial, auxiliado por Veiga. Este notó que al designarle el comandante trataba de hacerle una especie de honor. La naturaleza de la misión exigía al menos el rango del segundo oficial para representar al Alto Comisario, pero debía otorgar al oficial que había ido y vuelto de aquella playa bajo el fuego el privilegio de ir ahora sin peligro.

Arriaron los botes. Era un día luminoso y ardiente de agosto y la mar estaba en calma. Mientras avanzaban de nuevo hacia aquella costa maldita, en la cabeza de Veiga se agolpaban las imágenes del cerco y la frustrada evacuación de Sidi Dris. Sobre los restos de la posición se veía a gran cantidad de moros. En la playa había también una cincuentena de ellos. Cubrieron la distancia sin apresurarse, empujando los botes con los remos hasta que los hicieron embarrancar. Quedaron dos marineros por bote para sostenerlos, y los demás bajaron con los oficiales. Los moros que los aguardaban estaban formados, y siguiendo las órdenes del segundo oficial Veiga formó a sus marineros también. En el suelo había un ataúd de cinc. Del grupo de moros se destacó uno que traía distintivos de oficial. Notó entonces Veiga que todos estaban uniformados, y que algunos otros llevaban galones, probablemente arrancados de uniformes europeos. El oficial moro saludó al segundo oficial y le comunicó con solemnidad que le hacía entrega del cadáver del coronel Morán. Por la soltura con que se expresaba, parecía tratarse de un desertor de regulares o de la policía. El segundo oficial le devolvió sin mucha cordialidad el saludo y ordenó a seis marineros que cargaran el ataúd. En ese momento el oficial moro se volvió hacia sus hombres y les ordenó presentar armas. Así, mientras los demonios de la harka le rendían honores de ordenanza, el cuerpo del coronel Morán subió a hombros de sus compatriotas y fue transportado hasta los botes. Veiga hizo que los marineros presentaran también armas, y después todos embarcaron en silencio.

Mientras bogaban de regreso hacia el Laya, Veiga distinguió sobre una peña a un moro solitario, con porte de notable. Vestía la chilaba parda y el turbante blanco de las tribus de las montañas. Era algo rechoncho y al moverse cojeaba un poco. Por ese detalle supo, más tarde, que aquel moro era el Jatabi, que había acudido a despedir a su amigo.

18 Sidi Dris

LOS ENTERRADORES

Durante la noche, el viento había soplado con fuerza sobre el campamento de prisioneros de Yebel Kama, amenazando con arrancar de cuajo las tiendas. Algunas habían llegado a vencerse parcialmente sobre sus ocupantes, en su mayoría enfermos y trémulos de frío y fiebre. La humedad de la lona y la que se infiltraba por las rendijas habían caído inmisericordes sobre aquellos desdichados, calándolos hasta los huesos. A fines de noviembre, en el corazón de las montañas, el tiempo era bastante inclemente. A pesar de ello, los prisioneros habían tenido que aguantar en aquella situación sin protestar, y sobre todo sin salir de sus tiendas medio derrumbadas. La semana anterior se habían fugado dos soldados y los moros que vigilaban el campamento habían impuesto la disciplina acostumbrada después de aquellos incidentes: a partir de la puesta de sol, nadie podía abandonar la tienda bajo ninguna circunstancia, ni siquiera para hacer sus necesidades. Al que se atreviera a contravenir la prohibición, le aguardaba una ejecución sumarísima. Y todos los hombres de Yebel Kama sabían que sus carceleros no fanfarroneaban. En otros episodios similares, más de un incrédulo había amanecido con los pantalones bajados y un tiro en la nuca allí donde había intentado descargar. Por ello, los treinta hombres que se amontonaban en cada tienda hacían como podían sus deposiciones dentro de ella, y algunos, los que estaban peor, se las hacían directamente encima. No era sorprendente, en esas condiciones, que el tifus prosperase a gran velocidad. Lo verdaderamente increíble era que alguno no lo hubiera contraído aún.

Ahora empezaba a amanecer y el viento se había calmado. Amador, boca arriba en su catre, hacía esfuerzos por aguantar el hedor. No importaba que viniera oliéndolo desde hacía días. Nadie podía acostumbrarse a aquella pestilencia pesada y densa, que se infiltraba por la nariz hasta las mismas entrañas, para contaminarlas. Cada vez que se veía obligado a aliviarse él mismo, Amador examinaba y olía con ansiedad sus propios excrementos, en busca de los ya conocidos indicios de la enfermedad. Por el momento no estaba afectado, pero ya había caído víctima del tifus en una ocasión y al menos un par de veces había sido atacado por la disentería. Como el resto de los que todavía no estaban infectados por el último brote, no tenía más recurso que rezarle al Dios en quien cada día tenía menos razones para creer.

Aquella mañana, sus guardianes tardaron en permitirles salir de las tiendas. Después de que se calmara el viento, una espesa niebla se había extendido sobre las montañas. Cuando al fin pudo respirar al aire libre, aterido bajo los restos de su uniforme y la raída manta de intendencia con que se cubría, Amador quedó sobrecogido por el paisaje espectral del macizo. Para impedir su rescate, si es que alguien pensaba en rescatarlos, los habían llevado a lo alto de aquel monte casi inaccesible. Eran unos trescientos, sólo soldados y clases de tropa, porque a los oficiales los habían reunido en un pueblo de la bahía, para tenerlos más a mano. Entre aquellos oficiales estaba el general segundo jefe, que se había rendido en Monte Arruit después de resistir durante varios días sin esperanza de recibir socorro. Según le contó un cabo que había estado allí, los moros habían matado a casi todos los que habían vivido para ver la rendición, antes de que sus caídes consiguieran contenerlos y obligarlos a respetar la vida de los prisioneros.

Los cautivos que habían sido reunidos en el campamento de Amador eran de las más dispares procedencias. Incluso había algunos civiles, empleados de la compañía que explotaba las minas de hierro, a quienes habían apresado con sus mujeres y sus hijos. Según decían los maliciosos, era por aquellas minas por las que habían ido a hacer aquella guerra. Los empleados oían estos comentarios y se encogían de hombros, lamentando, por la parte que les tocaba, la hora en que habían aceptado aquel empleo en África. Reuniendo los testimonios de unos y de otros, Amador supo que entre el frente y Melilla habían caído todas las posiciones, sin salvarse una sola. Sólo había un lugar del que no había conseguido encontrar todavía a nadie: Afrau, donde Amador había estado antes de que le trasladasen a Talilit.

Los moros aseguraban, entre risas, que no había nadie porque los habían liquidado a todos. Pero el sargento Badía, que había ido a visitar a los oficiales y recibía los suministros de la Cruz Roja y noticias de Melilla, había oído que la Armada había conseguido evacuarlos. Amador prefirió creer esta versión, y suponer que al menos sus antiguos compañeros se habían librado de la degollina. Era bueno que alguno hubiera conseguido salir, porque así habría alguien para pedir que sacaran a los que habían quedado prisioneros. Llevaban ya casi cuatro meses de cautiverio y rumores los había de todas clases, pero ningún indicio cierto de su posible liberación.

A media mañana, cuando empezaba a disiparse la niebla, llegó por el sendero un convoy de mulos. La mañana se había quedado despejada y relativamente apacible, aunque una brisilla fría bajaba por las laderas. El sargento Badía fue a recibir el convoy. Departió desembarazadamente con los moros que venían con los mulos y con algunos de los que custodiaban el campamento.

Al sargento Badía le respetaban los moros por sus habilidades médicas, adquiridas de forma casi autodidacta.

Sólo contaba, aparte de algunos libros y de su propia intuición, con los pocos consejos de un oficial médico prisionero con el que los moros le permitían conferenciar de vez en cuando. Pero gracias a Badía, y a varios ayudantes a los que él mismo había instruido, los prisioneros disponían de una mínima atención sanitaria. Aunque eso no impedía que surgieran las enfermedades, por las míseras condiciones en que los tenían, era posible al menos que muchos de los que enfermaban terminaran sanando. El sargento recibía a través de la Cruz Roja quinina y desinfectantes, y lo administraba todo como mejor podía. También se atrevía con la cirugía, y lo mismo limpiaba tumores y abscesos que amputaba miembros infectados. Era esta última faceta la que le había dado al sargento Badía su ascendiente sobre los moros. Con su modesto instrumental había salvado a más de un hijo de notable, herido en los combates que la harka mantenía ahora con los europeos al este de la región. En los moros, que solían morir como chinches por efecto de las heridas gangrenadas, merced a la siniestra ineficacia de su rudimentaria medicina, las proezas curativas del sargento despertaban una admiración que le permitía obtener algunas ventajas para los prisioneros. Entre otras cosas, podían recibir correspondencia de sus familias y el dinero de su soldada, con el que compraban alimentos a los moros. Salvando esas pocas relajaciones, el trato era constantemente humillante, con fases de endurecimiento como la que a la sazón padecían.

Después de charlar un rato con los moros, el sargento vino hacia donde estaba Amador. Junto a él había otros cuatro cabos y dos sargentos, que aguardaban a saber lo que Badía tenía para contarles.

– Las han traído. Las palas y las azadas que pedimos a Melilla. Nos ha costado sesenta pesetas el porte.

– No está mal -opinó un sargento, quejoso.

– El jefe saca su tajada, como de costumbre -añadió Badía, con disgusto.

El jefe del campamento, un moro avieso, era un tipo de cuidado. Un día decía estar allí para protegerlos y al siguiente ordenaba sin vacilar que se fusilara a cualquiera que hubiera incurrido en alguna mínima falta. Aquel sujeto había asumido de buen grado la tarea de vigilar a los prisioneros, y pronto entendieron por qué. En primer lugar, con eso se libraba de ir al frente, donde le aguardaban los temibles regulares y legionarios. En segundo lugar, y más importante, los prisioneros eran fuente segura y permanente de ingresos. Quizá era ésa la razón por la que no los mataba o no los dejaba morir a todos. Los cautivos tenían que gastar hasta la última peseta que recibían en comprar las provisiones que el jefe del campamento se encargaba de traerles, a precios siempre exorbitantes. Incluso había llegado a idear un sistema de vales, por los que los prisioneros tenían que canjear su dinero europeo. Amador se preguntaba por qué el jefe no los desvalijaba directamente, según les llegaban los giros, pero a lo que se veía el moro disfrutaba más con toda aquella parafernalia. Prefería creer que los estafaba con su astucia antes que robarles con la fuerza que siempre podía ejercer sobre ellos.

Una de las jugarretas que más habían debido divertir al jefe se le había ocurrido un par de meses atrás. Había hecho creer que alguien había pagado un rescate desde Melilla por una tal Carmen, la mujer más vistosa de todas las prisioneras. Junto con otros diez prisioneros se la había llevado a Dar Dríus, pero a la semana había vuelto, solo, diciendo que todavía no habían mandado el dinero prometido desde Melilla y que había que sufragar la manutención de aquellos once prisioneros. El sargento Badía, pese a olerse la trampa, no había tenido más remedio que pagar. Dos semanas después, regresaron Carmen y los demás. A los hombres los habían empleado en la conducción de cañones, una tarea a la que los moros preferían destinar a los europeos para ahorrar esfuerzos a los mulos y humillar de paso a los vencidos. En cuanto a Carmen, el jefe la había violado repetidamente, hasta satisfacer su capricho. Y en lo tocante a esa manutención que tan cara había pagado Badía, apenas los habían alimentado con sobras. Alguno de los sargentos, encolerizado, había hablado de organizar un motín. Pero Badía, con lágrimas en los ojos, había conseguido persuadirlos a todos de lo único razonable: aguantar y aguantar y seguir aguantando. A la mañana siguiente, volvía a negociar con el jefe una partida de comestibles.

Lo de las palas y las azadas era algo que el sargento venía persiguiendo desde hacía semanas. Gracias a ellas, podrían enterrar los cientos de cadáveres de europeos que seguían esparcidos por las inmediaciones. Para ello había en primer lugar una razón de índole estrictamente sanitaria: los restos descompuestos habían servido como foco difusor de numerosas infecciones, que aquejaban no sólo a los prisioneros, sino también a los propios moros, ya que los gérmenes habían pasado a las aguas que todos bebían. En segundo lugar, a los soldados les obsesionaba la imagen de aquellos cuerpos momificados que se tropezaban por doquier cuando los trasladaban de campamento o los obligaban a transportar pertrechos y cañones. Era atroz constatar que llevaban allí meses pudriéndose, y también lo era pensar que aquellas momias habían sido sus compañeros. Además, los moros más crueles aprovechaban la menor oportunidad para afrentar a los cautivos a cuenta de los cadáveres. Había harqueños que practicaban el tiro con ellos, niños que pegaban patadas a las cabezas medio peladas, mujeres que les escupían o les orinaban encima. A veces hasta intentaban venderles, para comida, cerdos de los que sospechaba fundadamente que se habían cebado con los muertos.

El sargento Badía era uno de los que más sufrían con todas aquellas ofensas. También era quien se ocupaba de que se diera sepultura a cada prisionero que moría y de que hubiera una cruz en su tumba, y siempre tenía un manojo de medallas piadosas que colgaba al cuello de los moribundos, para confortarlos en el tránsito. Amador se decía que Badía debía haber sido muy meapilas, o bien se había hecho así para no volverse loco después de tanto horror, como muchos otros. Y aunque el escepticismo religioso de Amador no había menguado un ápice, constataba que a aquel hombre, por lo menos, la fe le daba una fuerza que beneficiaba a sus semejantes. Incluso la fe que lograba infundir o rehabilitar en otros les hacía bien a quienes la recibían. A veces, Badía conseguía que la gente que se moría en el camastro sobre sus propias deyecciones, comida de pústulas y traspasada de dolores, besara sus medallas y se consumiera con una sonrisa en los labios. Había otro cabo que afirmaba, para burlarse, que Badía volvía a la gente tan gilipollas como para morirse sonriendo, pero Amador, aunque le chocara un tanto, no acababa de compartir esa interpretación malévola. Por las noches, Badía actualizaba unos estadillos en los que apuntaba la gente que moría y la que iba curando, las inyecciones que ponía, las intervenciones quirúrgicas. Y pese a estar siempre con los enfermos más contagiosos, a los que limpiaba personalmente, sólo había caído levemente enfermo un par de veces. Amador no se sentía afín a Badía, y hasta recelaba a veces de los motivos de su entrega, pero tenía que reconocer que sin aquel hombre el cautiverio habría sido mucho más devastador.

Ya que tenían las azadas y las palas, Badía propuso organizar sin pérdida de tiempo la operación de enterramiento, empleando en ella a todos los hombres útiles. Había negociado con los moros y parecían avenirse. El castigo por los dos fugados la semana anterior ya había durado bastante, y aunque ellos mismos no tenían la más mínima intención de enterrar a los perros cristianos, no les parecía mal que lo hicieran sus propios compañeros. A fin de cuentas, aquel muerterío afeaba el paisaje para todos.

Organizaron a los hombres en grupos y se repartieron la zona. Con cada brigada de enterradores partiría un pelotón de harqueños armados, para vigilar la tarea. El sargento Badía insistió mucho en que recogieran todas las fichas de identidad que encontrasen y en que fueran contabilizando los cuerpos que enterraban, para poder formar él luego la estadística conjunta con los datos que obtuvieran todos. A Amador se ¡e hacía un poco excesiva la manía notarial de Badía, pero se plegó a ella, y no sólo por obediencia jerárquica. Admitía que aquellas medidas serían prácticas y útiles, por ejemplo para las familias de aquellos a los que identificasen. Sin embargo, hubo otro requerimiento de Badía con cuya necesidad Amador no estuvo tan de acuerdo:

– Y buscad por donde paséis el cuerpo del Comandante General. Han enviado un ataúd para devolverlo a la plaza, si lo encontramos.

A Amador le parecía el colmo de los insultos que hubieran gastado dinero y esfuerzos en enviar un ataúd para devolver el cuerpo del Comandante General. No sólo era que ese dinero y esos esfuerzos se pudieran haber destinado con mayor provecho a enviarles medicinas o provisiones, sino el hecho mismo de que se pretendiera sacar aquel cuerpo para enterrarlo con bandera y banda de música y salvas de fusilería, cuando todos los hombres a los que el general había conducido a la muerte se pudrían en los barrancos y en el mejor de los casos irían a parar a fosas comunes. Por lo que a él tocaba, el general se podía quedar donde estuviera, y si lo encontraba todo lo que pensaba hacer era darle tierra como al resto. Amador no aseguraba que mereciera menos, pero estaba convencido de que no merecía más. Claro que Badía lo veía de una manera diferente. Era muy respetuoso con la superioridad, y si se le apuraba hasta un punto demasiado lisonjero. En cierta ocasión había anunciado que se había recibido un mensaje de aliento y apoyo de Su Majestad, y hasta había llegado a pedir un viva para la real persona. Alguno lo había contestado, pero la mayoría había refunfuñado su malestar.

– Si tanto nos apoya, que venga aquí a darle pasto a alguno de nuestros piojos, para repartir la carga -proponían unos.

– O que venda un palacio y le dé la guita que saque al Jatabi, a ver si así nos deja volver a casa -sugerían otros, más pragmáticos.

Salieron al fin las brigadas de improvisados enterradores. Se había procurado que cada uno fuera al lugar donde había estado su posición, con el cálculo de que así se conseguiría un número máximo de identificaciones. Por tal motivo, a Amador le mandaron con otro cabo y siete soldados a Sidi Dris. Con ellos iban cuatro harqueños, de bastante buen humor, porque Sidi Dris no estaba demasiado lejos y pronto podrían sentarse a ver trabajar a los europeos. Descendieron hacia la costa por valles y quebradas. El día había quedado tan claro, al final, que el mar volvía a verse azul, como en el verano.

El cabo que marchaba junto a Amador era el único que se había salvado con él de la masacre de Sidi Dris. Era artillero, lo que le había traído no pocos sinsabores con los moros. Toda la obsesión de éstos era que los artilleros los ayudaran a recomponer los cierres desmontados o rotos y a manejar debidamente las piezas. Los harqueños se las arreglaban para dispararlas y hacer blanco gracias a su instinto para aquellos menesteres, pero eran conscientes de que no aprovechaban todas las posibilidades de las máquinas. Al cabo artillero, por ejemplo, le habían pedido que les enseñara a manejar el plato de alcance, a lo que el cabo, como todos los artilleros, se había negado en redondo. Le habían apaleado y le habían dejado varios días sin comer, pero no había cambiado su actitud. No había nada más infamante para un artillero que enseñar a la harka a bombardear a sus hermanos. Amador había conocido meses atrás a un artillero que no pudiendo resistir las torturas había consentido en apuntar una pieza contra una posición sitiada. Los demás le trataban como a un apestado, y así había acabado por enloquecer de remordimiento. Se revolcaba sobre sus excrementos y se comía los apósitos infectados que los enfermeros les quitaban a los heridos. Así se había dejado morir, rechazando los cuidados del sargento Badía, el único, como no podía ser menos, que se había apiadado de aquel leproso.

– Te jode que te apaleen -comentaba el cabo artillero-. Pero mientras me arreaban me acordaba de aquel desgraciado y así aguantaba. Los palos se pasan, porque o te matan con ellos o no te matan y entonces te acaban cicatrizando. Pero llevar eso en el alma no tiene remedio.

Amador, que no estaba expuesto a aquellos contratiempos, no acertaba a concebir cómo podían aguantarse los palos. Suponía que si alguna vez le propinaban a él aquel castigo haría lo que los moros quisieran, por vergonzoso que fuera. Así se lo confió al cabo artillero.

– Ganas te dan -asintió el artillero-, y si hubiera sido otra cosa lo habría hecho. Tampoco te creas que yo soy un héroe, como Arancibia.

Arancibia se llamaba un sargento artillero que había protagonizado una hazaña increíble. Hallándose enfermo de tifus los moros le habían reclamado para recomponer unos cierres que tenían almacenados en algún lugar de la bahía. Arancibia había fingido que accedía a sus exigencias y se había dejado llevar allí. A los tres días lo habían traído de vuelta, moribundo. Cuando Badía se había acercado a atenderle, Arancibia le había dicho que le sacara lo que llevaba en los calzones. Allí Badía había encontrado un saquito de tela con 22 percutores de cierre de cañón. Antes de derrumbarse, el sargento artillero había logrado distraerlos, inutilizando sin remedio aquellas piezas que le habían llevado a arreglar. Al día siguiente los enterraron, por separado, a Arancibia y al saquito con los 22 percutores de cañón.

Por los terribles caminos de herradura, que todavía guardaban las huellas de las últimas lluvias en forma de pronunciadas escorrentías, llegó la brigada de Amador a la vista de Sidi Dris. Se dirigieron primero al recinto de la posición, donde había cierta cantidad de harqueños apostados. Habían emplazado un cañón y un par de ametralladoras, con toda seguridad arrebatados a los europeos. Los vieron llegar, con su mirada fija y despreciativa, y cuando repararon en las palas y las azadas empezaron a reírse a grandes voces. Uno de los moros que los traían parlamentó con los de la posición. Hubo cierta discusión entre ellos, porque el que hacía las veces de jefe de Sidi Dris, un moro farruco y de poca estatura, parecía no ver con buenos ojos que enterraran los restos. Al final el que iba con ellos debió convencerle de que tenían autorización del mando, y pudieron dar comienzo a la faena.

Lo primero que hicieron fue reunir todos los cuerpos, identificando previamente a aquellos que lo permitían. Sólo si llevaban la ficha de identidad encima o en casos excepcionales podía lograrse. Algunos de los soldados reconocieron a quienes habían sido sus mejores compañeros, el artillero localizó a alguno de los suyos y Amador a un par que habían estado en su pelotón. También fue fácil reconocer a los oficiales, y al comandante, que se había secado en la misma postura en que le habían martirizado. Mientras recogían el saco de huesos y pellejo en que el malogrado jefe se había convertido, Amador miró de reojo a quien ahora le sucedía al mando de Sidi Dris. El harqueño los observaba con una especie de impaciencia, como si en cualquier momento fuera a ordenar a sus hombres que los abatieran sobre los muertos que estaban apilando. Al pensarlo, Amador sintió un escalofrío, porque si eso pasaba por la cabeza de aquel hombre, bien poco le impedía ponerlo en práctica. Por último, Amador pudo identificar a Haddú, por el uniforme completamente ensangrentado. Al recogerlo, dijo:

– A éste tenemos que apartarlo para enterrarlo sin cruz.

– ¿Por qué? -preguntó un soldado.

– Por respeto -contestó Amador-. No era cristiano.

– Tampoco vamos a trabajar especialmente por un moro -sugirió uno.

– Sí vamos a trabajar especialmente -le corrigió Amador-. Porque era musulmán y también porque se quedó donde creía que era su sitio, que es donde muchos cabrones no han estado en su puta vida.

El soldado, aun sin saber por qué, notó que había pinchado en hueso y no rechistó más. Hicieron dos zanjas, una para los europeos y otra, más pequeña, para los cadáveres de los policías. El jefe de los harqueños, que se dio cuenta, se acercó a preguntar por qué cavaban dos fosas.

– Ésta más pequeña es para tus hermanos -tartamudeó Amador.

– Ésos no ser hermanos -repuso el moro-. Ésos ser perros.

Amador temió que a continuación le obligara a enterrarlos todos juntos, o le pegara un tiro a él allí mismo. Todo era posible. Pero el jefe de Sidi Dris pareció reflexionar un instante y tuvo una salida inesperada.

– Bueno -asintió-. Tú respetar. Aunque ésos no ser más que perros, yo entender. Hacer como decir.

Fueron echando todos aquellos huesos a los agujeros que habían abierto en la tierra. Antes de arrojarlos, uno de los soldados besaba los cráneos de los difuntos. En otra circunstancia a Amador le habría parecido un gesto exagerado, pero aquel mediodía en Sidi Dris la escena le conmovió como bien pocas cosas le habían conmovido en su vida. Cuando hubieron terminado, comprobaron que habían cavado de más. Todos aquellos muertos, mermados por el sol y los gusanos, cabían muy de sobra en aquellos hoyos. Luego los cubrieron de tierra, con aquella tierra amarilla y maldita que en triste hora les habían ordenado conquistar y después defender.

Seguidos por los vigilantes, se encaminaron hacia el sendero que llevaba a la playa. Entonces repararon en la silueta de un cañonero de la Armada, fondeado a poco más de una milla de distancia.

– ¿Qué hacen ésos ahí? -preguntó el artillero. -Vete a saber -dijo Amador.

Pero su estupor aumentó cuando vieron lo que sucedía en la playa. Una treintena de prisioneros cargaba cañones en las precarias embarcaciones a vela de que disponían los harqueños. Aquéllas que ya habían recibido su carga se hacían a la mar y ponían rumbo hacia el oeste. -Deben llevarse los cañones a la bahía -dedujo

Amador.

– Y esos maricones, ¿a qué esperan para hundirlos? -protestó el cabo artillero, señalando hacia el barco.

Aunque ellos no pudieran saberlo, eso era lo mismo que se preguntaba en aquellos momentos el alférez Veiga, sobre la cubierta del Laya. Pero los marinos tenían órdenes terminantes que les impedían tomar ninguna iniciativa. En aquellos momentos había negociaciones en curso con los moros, no sólo para liberar a los prisioneros, sino también para firmar una especie de armisticio. Por lo visto, se trataba de concluir un arreglo por el que pudiera garantizarse la explotación de las minas y la posesión nominal del territorio. AVeiga, como a otros, le pasmaba que el mando pudiera pasar con esa facilidad de ordenar ofensivas sangrientas a contemporizar con el enemigo, sin importarle nunca un comino los que pringaban, ya fueran aquellos prisioneros que embarcaban los cañones en la playa de Sidi Dris o los que en el frente tenían que asaltar a cuerpo limpio las cotas ocupadas por los harqueños.

Bajaron Amador y los demás por el sendero, en el que esperaban al cabo los fúnebres vestigios de la huida en que él mismo había participado meses atrás. Fueron recogiendo los restos y los amontonaron abajo para enterrarlos. Después reunieron los cuerpos que habían quedado sobre la playa. Los soldados que cargaban los cañones los miraron con curiosidad, pero los moros que los dirigían los forzaron a golpes a volver a su trabajo.

Fatalmente, Amador tropezó con el cadáver en el que había estado pensando desde que había puesto pie en la arena. Era inconfundible, por el tamaño, los restos del vendaje en el muslo y la sangre en los jirones de uniforme que cubrían el hombro. Se arrodilló ante aquel pingajo polvoriento que había sido Andreu y se quedó contemplando estólidamente las cuencas vacías, los dientes al aire, las costillas descubiertas quizá por las gaviotas. Aquellos huesos habían aferrado el fusil para permitirle a él conservar la vida, y él había fracasado en hacer otro tanto. Cogió su ficha de identificación, para entregársela algún día a su madre, si algún día acertaba a salir de allí y después a averiguar si ella vivía y dónde.

Llevó el cuerpo junto a los demás, cuidando de que no se deshiciera. Y cuando estuvo cavada la zanja, se ocupó también él de depositarlo dentro. Antes de separarse besó aquella calavera, como le había visto hacer al soldado. No tuvo reparo ni vergüenza. Si uno no besaba la frente de un amigo muerto, pensó, qué poca mierda iba a besar después en el mundo.

Las tareas de enterramiento se alargaron durante varios días. Nadie encontró nunca al Comandante General. Alguien juraba haberlo visto justo después de la derrota al lado de un barranco, pero cuando fueron a buscarlo allí sólo hallaron un montón de huesos sanguinolentos, pertenecientes a varios cadáveres que los moros habían majado juntos. Aquel montón de huesos lo enterraron en una fosa común, como a todos los demás.

19 EL NOMBRE DE LOS NUESTROS

Por dos veces celebraron los prisioneros la Navidad en cautiverio, si aquello era celebrar. La primera vez, el jefe del campamento fue a ver a los sargentos y les comunicó que conocía el significado que aquella fecha tenía para los cristianos. A continuación, les prohibió que se hiciera fiesta alguna, bajo las más severas advertencias. Recluidos en las tiendas, los soldados desafiaron la prohibición cantando en voz baja villancicos y canciones de la tierra de la que cada uno venía. Amador los observaba cantar, como si fueran chiquillos, y se maravillaba de que en medio de las privaciones, y contra la amenaza de un balazo sin más trámite a la salida de la tienda, se dejaran arrastrar por aquellas manidas melodías. Era la fuerza de lo que habían mamado con la leche materna, de lo que eran y serían siempre.

La segunda Navidad, cuando ya se cumplían diecisiete meses de cautiverio, fue mucho peor. En el año que transcurrió entre medias se registraron muchas novedades, pocas buenas. Las hostilidades en el frente se recrudecieron, y ellos lo pagaron muy directamente. Los trasladaron innumerables veces, cada vez a campamentos peor organizados y ubicados, y muchos de los que habían logrado sobrevivir a la epidemia de tifus se quedaron en aquellas idas y venidas. También les restringieron los suministros y el correo, debido a las escaramuzas que se registraban con la Armada frente a la costa. Aquellos episodios tuvieron una pésima culminación en el hundimiento del Juan de juanes, un buque de mediano tamaño, por un certero cañonazo de los harqueños. Los moros les dieron puntual y alborozadamente la noticia, que después confirmaron algunos de los marineros que habían caído prisioneros. Otro de los hechos que a todos desmoralizaban era la situación de las mujeres. Los moros se habían negado a repatriarlas anticipadamente, alegando los abusos cometidos con sus propias mujeres en los poblados que los legionarios conquistaban en el frente del este. Pero no se quedaron ahí. Un día las llevaron a venderlas en el zoco, y el jefe, en un ejercicio singularmente tortuoso de sus artes de embaucador, se ofreció a comprarlas a todas para salvarlas, siempre que le dieran los prisioneros el dinero para ello. Así se pactó, y el jefe cumplió su palabra. Pero, puesto que las había comprado, en adelante consideró a las europeas sus esclavas para uso personal, manteniéndolas apartadas del resto de los prisioneros.

Semanas más tarde, los prisioneros averiguarían que el jefe tenía a las mujeres atadas a postes, y que abusaba regularmente de todas aquellas que le apetecían. El ambiente se fue enrareciendo hasta tal punto que al propio sargento Badía, que tanto prestigio había tenido siempre entre los moros, le dieron una somanta de palos por una nimiedad. Después de eso, y a raíz de otra presunta falta, le amenazaron de muerte, y tan convincentes fueron que Badía, que hasta entonces había soportado mansamente su prisión, intentó la fuga en la primera oportunidad que tuvo. Cazado a un kilómetro del campamento, volvieron a golpearle y le llevaron a la bahía, con los oficiales, a los que tenían recluidos en una ínfima edificación, bien custodiados.

Lo único que alegró un poco a Amador fue algo que sucedió hacia mediados de aquel año. Un día, en la saca del correo, llegaron dos sobres para él. Uno era de su padre, que le escribía como siempre unas cuartillas quejumbrosas, aunque hasta esa lectura le confortaba en su situación. El otro traía en el remite una dirección de campaña, el nombre de un regimiento, el número de una compañía y un topónimo Africano, Ben Tieb, un lugar ahora cercano al frente. Se la mandaba un sargento, y el apellido era Molina.

Abrió el sobre a toda prisa, y encontró esta carta:

· Estimado compañero:

No hace mucho supe estabas vivo, aunque prisionero de los moros. No puedes hacerte una idea de la alegría que me dio descubrir tu nombre en la lista, aunque imagino tu situación no es tan buena como quisieras. Espero que esa gente no te maltrate mucho, y que tengas buena salud y ánimo para soportar las dificultades. Dicen que están haciendo todo lo que pueden para sacaros. Hay mucho descontento por el tiempo que ya lleváis de cautiverio, y hasta algunos políticos en las Cortes reclaman a voces se pague al Jatabi lo que pida por vosotros. Supongo que ya no se tardará mucho en dar una solución. Mientras tanto, aquí seguimos como siempre. El regimiento se reconstituyó y ahí andamos, pegando algunos tiros y sobre todo procurando que no nos los peguen a nosotros. La guerra se ha vuelto peor de lo que ya era, y unos días avanzamos y otros no. Pero eso es lo que hay, y temo vaya para rato. González también salió vivo, se reenganchó y ahora es sargento. Está conmigo y me pide te mande sus recuerdos. Y eso hago, junto con los míos y un fuerte abrazo de tu amigo,

J. Molina

A Amador se le empaparon los ojos al leer aquellas líneas. De pronto, todo el sufrimiento de tantos meses se le subió a la garganta y se le hizo un nudo como nunca se le había hecho. Molina estaba vivo, seguía como siempre y se acordaba de él. Desde ese día, Amador se sintió menos solo y menos abandonado, con el aliento de quien era su sargento y camarada. Molina siguió escribiéndole cartas, que reproducían con pocas variaciones el tono y el contenido de la primera. Pero tras leerlas, Amador levantaba la cabeza y se repetía lo que le había prometido al sargento junto al parapeto de Afrau: iba a creer en su suerte, iba a pelearla y como fuera iba a salir de allí.

Eso mismo seguía creyendo Amador cuando llegó otra vez la Navidad, aunque no le pusieran nada fácil mantener la fe. Aquella segunda Navidad la pasaron los del campamento bajo las mismas amenazas, pero con más hambre y menos fuerzas y sintiendo en el alma el recuerdo de todos los que habían quedado por el camino en los doce meses anteriores. Sin embargo, hubo quien lo pasó peor. El sargento Badía, por ejemplo, que padeció la celebración que la harka tuvo la ocurrencia de organizar para los oficiales: estuvo cargado de grilletes, atado a un poste y oyendo cómo sus carceleros canturreaban, deformándola y burlándose de ella, la Marcha Real.

En los primeros días de enero empezó a hablarse insistentemente de la liberación. A los prisioneros sólo les llegaban rumores, aunque luego comprobarían que no distaban demasiado de la realidad. Según esos rumores, el Jatabi había pedido cuatro millones por ellos, pero el gobierno se negaba a pagarlos, porque no podía aceptar la vergüenza de comprar a los rebeldes la vida de los suyos. Algún prisionero se quejaba amargamente:

– Pero sí pueden vivir con la vergüenza de tenernos aquí. Vergüenza por vergüenza, mejor ésta, que va contra nuestras costillas.

Lo que se empezó a difundir en aquellos primeros días del nuevo año era que había aparecido un mediador, un banquero y millonario vasco que se había ofrecido a entregar el dinero para salvarle la cara al gobierno. El millonario, además, estaba dispuesto a permanecer como rehén personal del Jatabi, a quien conocía, para garantizar el buen fin de la operación. Avanzaron las semanas y cada vez parecía más inminente el desenlace. Como indicio esperanzador, los moros empezaron a agrupar a los prisioneros.

Una noche, a finales de enero, el jefe del campamento reunió a los sargentos y los cabos y les anunció que al día siguiente se pagaría el rescate y serían liberados. El jefe les dio la noticia con tristeza, por la renta que se le esfumaba. Pero si el Jatabi recibía el dinero que había pedido y le ordenaba entregar a aquellos prisioneros, no podía hacer nada para oponerse. Amador y los otros se miraron, incrédulos. El suplicio duraba ya dieciocho meses, era imposible que acabara así, de la noche a la mañana. Cuando el jefe se marchó, dieron la noticia a los demás. Tampoco podían asimilarlo, y aquella noche casi nadie concilió el sueño. La gente dudaba entre dejarse arrastrar por la euforia o temer que aquélla pudiera ser una jugarreta más del jefe.

Pero no lo era. Por la mañana los llamaron temprano y les dieron uniformes limpios, aunque usados, para reemplazar sus andrajos.

– Quieren que estemos presentables -comentó un sargento.

– Ahora dirán que nos han tenido en un hotel -apostó un soldado.

Fuera cual fuera el propósito, la señal confirmaba la noticia tanto tiempo esperada, y los hombres se cambiaron obedientemente. Los moros que los condujeron hasta la playa tenían el ánimo dividido. Por una parte debían estar contentos, ya que habían conseguido doblar el espinazo de los europeos al obligarlos a pagar por sacar a su gente, después de tanto proclamar que los liberarían por la fuerza. Por otro lado, aquellos moros perdían su sustento y su cómodo destino, y lo que ahora les aguardaba era alguna sucia trinchera para defenderla de los batallones de choque. Nunca llueve a gusto de todos, se dijo Amador, mientras trataba de estirarse su uniforme nuevo, un poco pequeño, y se preguntaba a quién habría pertenecido antes.

En la playa los supervivientes del campamento de la tropa se reunieron con los oficiales y con las mujeres. En la mirada de éstas se advertía que ya no esperaban salir de allí con vida, y a algunas ni siquiera parecía afectarlas la cercanía de su libertad. En total eran unos trescientos supervivientes, la mitad de los que habían apresado los harqueños dieciocho meses antes. El sargento Badía, muy animado, departía con los oficiales y con los emisarios que venían con el dinero para ajustar cuentas con los jefes moros.

En eso atracó en la playa un lanchón, y los que los vigilaban les dijeron que empezaran a subir a él.

– ¿Ya? -preguntó un soldado, atónito.

No se lo hicieron ordenar dos veces. Subieron al lanchón las mujeres y los niños y después todos los que cupieron, mientras los negociadores europeos volcaban, encima de unas mantas que los negociadores moros habían dispuesto sobre la arena, las sacas llenas de monedas de plata. Bajo el sol invernal relucían aquellas cascadas metálicas, que los moros iban contando con avariciosa diligencia.

Llegó otro lanchón, al que siguieron subiendo soldados, y después otro y otro. Con el último, trajeron a unos harqueños prisioneros que formaban parte del intercambio. Los negociadores moros pasaron lista, y alegaron, entre airadas protestas, que faltaban diez. Todavía quedaban en la playa la mitad de los oficiales, los sargentos y algunos cabos y soldados, entre ellos Amador. Aquel contratiempo les encogió el alma a todos; hasta llegaron a temer que iban a quedarse retenidos allí, cuando los moros armados que había cerca hicieron ademán de montar sus fusiles. Los negociadores europeos, ayudados por el sargento Badía, que desplegó sus mejores dotes diplomáticas, trataron de calmar los ánimos. Al final se llegó a una solución: se les daría a los moros doscientas mil pesetas más, por los que faltaban, y se convino también en pagar una factura imaginaria por gastos de manutención de los prisioneros, que ascendía a la peculiar cifra de 27.787 pesetas.

Cuando Amador subió al fin al lanchón y se separó de aquella playa, cerró los ojos, alzó la cabeza y dejó que el sol le diera en los párpados cerrados. Estuvo así durante cerca de un minuto, sintiendo en los labios y en la nariz la sal, el agua, la brisa. Había tardado año y medio en subir a aquella barca. Año y medio, desde que le dejaran atrás en la playa de Sidi Dris, por intentar salvar a un compañero. Pero ya estaba, había salido. En ese momento Amador supo que tenía suerte, y que aquella suerte la había ganado pero también le había sido concedida; tanta gente había luchado tanto o más que él, para acabar quedándose allí enterrada. Dio las gracias, a quien correspondiera.

En el barco, sin poder permanecer contenido por más tiempo, el júbilo se desató entre los ahora ex prisioneros. Corrió de proa a popa una felicidad enajenada, casi histérica, con lágrimas y risas, vivas y juramentos, que los periodistas que iban a bordo aprovecharon para retratar con fruición. Amador también sentía ganas de hacer ruido, de emborracharse, de aporrear algo, pero algo en su interior no veía con excesivo agrado aquel espectáculo estentóreo. Siempre había sentido una cierta incapacidad para dejarse arrastrar por el entusiasmo desbordado de las celebraciones. Nunca le parecía que hubiera tanto que festejar, y quizá aquella mañana, sobre la cubierta de aquel barco, sentía menos que nunca que la ocasión fuera propicia a la jarana. Habían conseguido salir, y eso era una alegría para cada cual, pero también había trescientas razones para el comedimiento: los trescientos que habían quedado atrás, y que nunca iban a reunirse con sus familias.

Todavía el destino quiso hacer una finta cruel. Uno de los prisioneros murió durante la travesía a Melilla, sin poder aprovechar más que unas horas de su reciente libertad. La noticia al principio heló la sonrisa a todos, pero poco después se fue restableciendo el jolgorio sobre la cubierta. Especial atención suscitaba el abnegado sargento Badía, cuyo heroico comportamiento durante el cautiverio era ya conocido de toda la prensa. Por ello los periodistas le asediaban, en busca de detalles sabrosos o directamente truculentos con los que poder sazonar sus crónicas. Badía se dejaba hacer con su bonhomía habitual, quitándose continuamente importancia y agradeciendo a diestro y siniestro. Alababa sin parar las gestiones de quienes los habían sacado de allí, lo que a Amador le parecía más que comprensible, pero también los nobles desvelos del gobierno y del Rey, lo que ya no se lo parecía tanto.

Amador observaba con interés a aquel hombre. Se preguntaba, una vez más, cómo podía mantener su sumisión a quienes le habían abocado a permanecer dieciocho meses en condiciones infrahumanas. Aquellas zalemas se le antojaban poco menos que repulsivas, y sin embargo a Badía le tenía por lo único por lo que podía tenerle: por un individuo excepcional y admirable. Después de aquellos meses, y de verle salvar a tantos, se habían volatilizado todas sus reticencias. A Amador le molestaba íntimamente la paradoja de observar que alguien cuya valía estaba fuera de toda discusión podía ser capaz de plegarse a lo que él más aborrecía. Pero así eran las cosas, y así había que aceptarlas. Meses después, le enfurecería saber que a Badía le habían denegado la máxima condecoración, la cruz Laureada, y que se había tenido que conformar con la cruz del mérito militar y la cruz de Beneficencia. Eso era todo lo que a uno le correspondía por salvar la vida de sus compañeros. Para ganar la Laureada había que ser un tarado capaz de saltar sobre un parapeto y matar a treinta enemigos a la bayoneta, o dejarse morir con toda la gente que uno tuviera a su cargo. Por lo menos, a Badía le dieron un puesto de subjefe de celadores en el banco emisor y le licenciaron para siempre del ejército.

El barco con los prisioneros llegó a Melilla hacia las ocho de la tarde. Del puerto salieron a recibirlos numerosas embarcaciones más pequeñas, que hacían sonar una y otra vez sus silbatos y sirenas, a los que el barco respondía con la suya. En el muelle había mucha gente con pañuelos y banderas y una banda de música. También se habían congregado allí las autoridades militares y civiles de la plaza, para recibirlos con todo el aparato oficial.

Hubo discursos, aplausos, llantos, desmayos, vítores. Los prisioneros que podían hacerlo por su pie bajaron por la escalerilla y a duras penas consiguieron llegar hasta sus familiares. Estaban prácticamente todos los de los oficiales, empezando por la hija y la mujer del general, que se abrazaron a él y se quedaron así un rato, con los ojos apretados para tratar de olvidar aquella pesadilla inconcebible. De los parientes de los soldados, en cambio, sólo habían venido algunos, aquellos que sumando sus propios ahorros a la magra ayuda del gobierno habían podido pagarse el pasaje y la pernocta. No era ése el caso de los padres de Amador, así que avanzó como pudo entre la multitud y se dirigió a una zona despejada, donde pudiera tomar un poco el aire. Era fresco y agradable, el aire de aquella noche de enero en Melilla.

Después a la tropa le dieron un banquete y una fiesta, en la que el vino y el coñac corrieron en abundancia. Los oficiales lo celebraron por separado y el general declinó expresamente la invitación para asistir al festejo de los soldados, alegando su frágil estado de salud. Como no veía para qué iba a refrenarse, Amador se puso ciego de comida y de alcohol. Más valía aprovechar, se dijo, para una vez que le iban a dar un homenaje en la vida. Así, entre los vapores del vino y el coñac, Amador vio avanzar y agonizar aquel festín de parias estupefactos, que mordían la carne y vaciaban las copas, como él, sin terminar de creer que aquello que comían ya no eran restos de cerdo pútrido, ni lo que bebían la maldita agua venenosa.

Al final, como otros muchos ex cautivos, Amador perdió el conocimiento. Lo recobró a la mañana siguiente, junto a una buena parte de sus compañeros, en una sala del hospital militar. Vio pasar a una monja y la llamó.

– Eh, hermana.

La monja se detuvo, dio media vuelta y se acercó, lentamente. Con una sonrisa beatífica, le preguntó:

– ¿Cómo está, cabo?

– Bien. ¿Cuándo me dejan salir de aquí?

– No tenga prisa. Usted y sus compañeros tienen que descansar. Después los mandarán a casa, que ya han pasado bastante.

– A casa -repitió Amador, estúpidamente. No había pensado en eso. No había previsto que fueran a ponerle en un barco y a enviarle de regreso a Madrid. Todavía le quedaban un par de meses para completar el tiempo reglamentario, y había supuesto, sin más, que le obligarían a cumplirlos. ¿Quería decir la monja que iban a licenciarlos?

– ¿Van a licenciarnos?

– A todos-confirmó la monja-. O eso dicen sus jefes.

Amador quedó tan impresionado por la noticia, que no se opuso a permanecer en aquella sala de hospital todo el tiempo que los médicos considerasen necesario. Así se lo confesó a la monja, que se echó a reír. Luego Amador se incorporó un poco en la cama, se colocó las almohadas a la espalda y se quedó contemplando el techo, absorto. En aquella sala había heridos, enfermos, y otros que como él hacían poco más que dormir la mona y reponer fuerzas. Pero reinaba un silencio de templo, sin los ayes desgarradores de las enfermerías de campaña. Entre eso y la media penumbra en que mantenían la sala, a Amador no le costó nada volver a amodorrarse. Así estuvo, no habría podido decir cuánto tiempo, hasta que alguien le despertó.

– Eh, cabo.

Amador abrió los ojos. A1 principio le costó discernir a quien le hablaba. Luego vio que era un hombre en pijama, con un brazo en cabestrillo. Tan pronto como pudo fijar sus facciones, le reconoció.

– Mi sargento -murmuró.

– Dime Molina, coño, que me ha costado un rato encontrarte.

El sargento rodeó la cama y fue a darle un abrazo. Amador se irguió y se agarró a él con fuerza.

– Cuidado, que el vendaje no es de despiste -se quejó Molina.

– ¿Qué le ha pasado?

– Ya ves, un tiro de suerte, como los llaman -explicó Molina, cachazudo-. Un balazo en el brazo, por sacarlo a pasear por donde no debía. Al principio me dio rabia, porque además me dolió de lo lindo, pero a cuenta de él ya llevo dos semanas de vacaciones. En fin, ya era raro que siguiera intacto, después de siete años de hacer el tonto en África.

Amador se quedó observando al sargento. Año y medio después, a pesar del pijama y el vendaje, y de toda la porquería y todo el polvo que hubiera tenido que tragar entre medias, Molina seguía siendo el mismo.

– No te preocupes, hombre, que no me voy a morir -bromeó el sargento-.Y tú, ¿qué es lo que tienes?

– Yo, nada -se avergonzó Amador-. La borrachera de la celebración y poco más. Que hacía ya mucho tiempo que no comía nada medio bueno.

– Habría querido ir a recibiros al muelle -dijo Molina-, pero los médicos no me dejaron salir.

– No se perdió gran cosa, la verdad. Parecía que veníamos de reconquistar Cuba, lo que dadas las circunstancias es casi un sarcasmo.

– Siempre tan retorcido. Tu socialismo, supongo.

– No crea, me pesa más el cansancio. ¿Cómo supo que estaba aquí?

– Me contaron que habían traído a algunos de los prisioneros. Pensé que podías estar entre ellos, aunque prefería que no hubiera razones para traerte al hospital. Pregunté a las monjas y ellas me lo confirmaron. También me dijeron que no tenías gran cosa. Menos mal que las monjas no mienten.

– Menos mal -asintió Amador.

Los dos hombres quedaron en silencio. Molina se había sentado sobre la cama de Amador y le daba ahora el perfil. Sobre él, al trasluz de la ventana que había enfrente, Amador vio los puntitos de la barba sin afeitar.

– ¿Cómo fue eso, cabo? -preguntó al fin Molina.

– Mal, pero pudo haber ido peor -contestó Amador-.Ya ve. Aquí estoy, que es algo que muchos no pueden decir. Ha sido muy largo y ha sido una putada, pero me empeñé en hacer lo que me dijo; en creer en la suerte y en buscarla, aunque no se la encontrara ni debajo de las piedras.

– Hiciste bien, entonces -aprobó Molina-.Y ya ves que funciona.

– Cuando quiere funcionar, mi sargento.

– Claro. Pero eso es lo único en lo que se puede pensar. Para hacer el equipaje siempre te va a sobrar tiempo.

Amador hizo memoria. Algo tenía que decirle.

– Me vinieron muy bien sus cartas -se acordó-. Era de lo poco bueno que llegaba por allí, el correo. Ni siquiera el dinero nos alegraba tanto, porque teníamos que gastarlo en la bazofia que nos vendían los moros.

– Bueno, no soy un gran escritor -se sonrojó Molina-.Te habrás reído de mis faltas, tú que eres más instruido.

– No había ninguna falta, pero si pensaba que las había se lo agradezco el doble. No creo que nadie recibiera cartas tan valiosas.

Molina meneó despacio la cabeza. A continuación algo se ensombreció en su gesto y casi sin darse tiempo, indagó:

– ¿Qué fue de mi amigo Haddú?

– Lo que había de ser, mi sargento -dijo Amador, circunspecto-. Peleó hasta el final, porque ésas fueron las órdenes que nos dieron. El cadáver estaba lleno de cuchilladas, pero uno me dijo que había muerto de un balazo, casi sin sentir, y que los moros lo habían apuñalado cuando ya estaba muerto. No tenía cara de haber sufrido, eso es todo lo que yo puedo decirle. Antes de separarnos, me dio recuerdos para usted.

A Molina se le iluminaron los ojos, que apuntó en seguida al frente.

– Un buen tipo y un buen soldado, mi amigo Haddú.

– Siempre caen los más generosos, mi sargento. Sólo se salva la gente como yo, los que se esconden o se apartan.

– No digas gilipolleces, cabo -le reprendió Molina-. Si te salvaste, no tienes que pedirle perdón a nadie. Nadie tiene la obligación de morirse.

Volvieron a quedarse callados. Amador se dio cuenta de que, aunque Molina ya daba por descontada la muerte de su amigo, los detalles aún podían emocionarle. Siempre era eso lo que emocionaba, los detalles.

– ¿Sabe, mi sargento? -rompió el silencio Amador-. Muchas veces me he acordado de aquello que les dijo a los soldados que les pagaban a otros para que hicieran la descubierta. Aquello de que cada bala tenía un nombre, y que la bala que a uno le estaba destinada no podía comprarse ni venderse. Pensaba en todos los que había visto caer, porque una bala había silbado su nombre, y a cada minuto esperaba la que había de venir a llevarse el mío. Pensaba en lo caprichosa que era la bala, al elegir el nombre que se llevaba, y en lo poco que se podía hacer para cambiarlo, como usted decía. Y aunque la bala no hubiera venido todavía por mí, sabía que acabaría viniendo. La sentía. Incluso ahora, aunque vuelva a casa y allí no haya guerra, siento la bala que acabará viniendo a buscarme. Para llevarse mi nombre, como el de los otros.

Molina exhaló un largo suspiro. Al cabo de un rato, interrogó a Amador:

– ¿Sabes qué nombre se lleva la bala, siempre?

– No -repuso el cabo, sin comprender muy bien la pregunta.

– El nombre de los nuestros -dijo el sargento, solemne-. Los nuestros son ellos, los infelices que siempre salen mal parados: Haddú, o los otros que cayeron en Sidi Dris, o los pobres a los que yo elegí para defender Afrau en la retirada y que se quedaron allí. Hasta los moros a los que matamos, si lo miras, son los nuestros. Nosotros somos como ellos: corremos, nos arrastramos, pasamos miedo y nunca nos ayuda nadie. Por eso tenemos que recordarlos siempre, a nuestros muertos; nosotros, Amador, porque los demás van a olvidarlos. Van a olvidar que murieron, y que chillaron, y que se desangraron encima de esta tierra. Pero tú que los has visto caer no los olvides nunca, Amador. Aunque no vuelvas a África.

Al sargento se le quebró la voz y ya no pudo seguir. Amador se quedó dándole vueltas a la última frase: aunque no volviera a África.

– Al final se me hizo socialista, mi sargento -terminó por decir, forzando una sonrisa, para tratar de ayudarle al sargento a desarrugar la frente.

– Qué coño socialista -respondió Molina, airado.

Cinco días después, Amador embarcó para Europa. Nunca volvió.

Epílogo LA BAHIA

Seis años después, Veiga volvía a separarse de su barco y partía hacia la costa Africana con el encargo de recoger a un personaje importante. Sin embargo, esta vez había varias diferencias. La primera, que aquella mañana no partía del costado de un buque de tercera categoría, como lo era el Laya, sino del soberbio acorazado a cuya dotación ahora pertenecía; un acorazado que llevaba nada menos que el nombre de Su Majestad. La segunda diferencia consistía en que ahora no iba al mando de un mísero bote de remos, como entonces, sino de una airosa lancha gasolinera, con pasamanos dorados y bandera a popa. Y la tercera diferencia, en cierto modo espectacular, era que el personaje a quien iba a recoger en aquella ocasión no era un subalterno como el difunto Comandante General, sino el Rey mismo. Pero no era ésta, con ser apabullante, la diferencia que a Veiga le importaba más. Aquella mañana, pensó ante todo, no ponía proa a la angosta playa de Sidi Dris, sino al centro mismo de la bahía. Aquella bahía casi legendaria que el Comandante General nunca había podido alcanzar, y que ahora estaba, al fin, en manos de los europeos. Mientras navegaba hacia la playa, a Veiga le asaltaron los recuerdos, los de los lejanos días del desastre y los de la reciente victoria.

Habían tenido que pasar largos años de penalidades y humillaciones, antes de que los europeos lograran doblegar la resistencia de los rebeldes de las montañas. Muchos miles de hombres habían caído, muchas ofensivas y retiradas se habían sucedido antes de aquel momento de triunfo. Durante meses, todavía en el Laya, Veiga había navegado con una constante sensación de inutilidad arriba y abajo del litoral infausto. Muchas veces había pasado el barco frente a aquella misma bahía, a prudente distancia para no correr la suerte del infortunado Juan de Juanes, y siempre había contemplado Veiga sus playas y farallones como un objetivo inaccesible y, a la vez, como la maldición que pesaba sin remedio sobre él y sobre sus compañeros.

El fin había empezado a prepararse el año anterior. Se había formado contra los moros una alianza europea, que había movilizado un ejército numeroso y moderno y una potentísima escuadra. El gobierno había decidido poner toda la carne en el asador, reunir cuantos medios fueran precisos y lanzarle por fin y costara lo que costase un zarpazo de muerte a la fiera. Coincidiendo con estos preparativos, Veiga había sido trasladado al acorazado, y con él había tomado parte en las operaciones, o mejor dicho en la operación: el desembarco definitivo sobre la bahía. Todavía tenía fresca en la memoria la imagen del formidable espectáculo. Decenas de buques de guerra y miles de hombres contra el centro vital de los moros de las montañas. Habían empezado con una intensa preparación artillera, en nada comparable a la cobertura que les habían prestado a los pobres de Sidi Dris y de Afrau cuando el desastre. No disparaban con irrisorios cañoncitos del siete con sesenta y dos como los del Laya, sino con las bestias del treinta y medio que montaba el acorazado, y que hacían temblar el mundo cada vez que tronaban. Tras recibir aquella sarta de cebollazos, el enemigo había debido quedar bastante maltrecho. Aun así la harka había conseguido alcanzar con uno de sus cañones al acorazado, sin grandes consecuencias. El proyectil había dado contra el carapacho blindado del montaje de proa, al que apenas había causado desperfectos.

Después del bombardeo naval, habían partido las lanchas con la fuerza de desembarco. En las primeras oleadas, los de siempre, los legionarios y los regulares. Todavía quedaban harqueños suficientes en pie para complicarles la llegada, pero aquella partida de dementes había tomado al asalto las colinas y había conseguido consolidar la cabeza de playa para permitir el desembarco del resto de las tropas. Durante los días siguientes habían ido limpiando la bahía, metro a metro. Desde los buques tenían que irles preparando el avance, machacando los acantilados donde los moros resistían en cada cueva. Habían muerto muchos de los dos bandos, quizá más atacantes, casi todos los defensores. Al final los europeos habían izado la bandera sobre el pueblo natal del Jatabi y habían incendiado la casa del caudillo. Desde ese momento, la harka, privada de su base de retaguardia, había empezado a retroceder en todos los frentes. En pocos meses, todo se había desmoronado bajo el avance imparable de las victoriosas tropas europeas. Había llegado la paz y los cañones del acorazado de Veiga habían quedado mudos.

Desde entonces se habían sucedido las celebraciones. Muchos de los medios que se habían manifestado reacios a la guerra resultaron serlo más bien a las derrotas, por el frenesí y la vana grandilocuencia con que festejaban la victoria. Casi parecían lamentar el exterminio de los rebeldes, que impedía que se escribieran más páginas gloriosas con que llenar sus portadas. Los que siempre habían apoyado la aventura aparecían ahora cargados de razón, mostrando como un trofeo el botín conseguido. Veiga, por su parte, miraba el botín, y aunque se congratulaba de no tener que volver a ver a los pobres infantes corriendo bajo el fuego o muriéndose de sed y de pavor en sus fuertes, no alcanzaba a ver qué era lo que justificaba tanta presunción. Aquella tierra, tras seis años de batallar frente a ella, le parecía hermosa, de una hermosura terrible y cruel. Pero tanto como le conmovía su belleza, le desolaban su pobreza y esterilidad. La misma bahía, con la que tanto habían soñado, era un lugar árido, donde a la gente se la veía famélica después de un par de años de malas cosechas. Veiga, que se había hecho marino por herencia familiar y romanticismo guerrero, no veía qué tenía de romántico haberse emperrado durante tantos años en domeñar a aquellas míseras gentes y, sobre todo, no veía qué había de útil en haberlo conseguido.

Ahora pondrían sus campamentos, obligarían a los soldados a patrullar por los barrancos y tendrían que estar siempre pendientes de que la llama no rebrotase en forma de alguna emboscada. Habían probado su poderío, habían gastado la sangre y el dinero a espuertas y todo lo que tenían era una franja montañosa de la que nada podía sacarse. Sólo algunos habían aprovechado para llevarse ascensos y medallas. Y aunque Veiga pertenecía a esa nómina de agraciados, le asqueaba el negocio. No era para eso, para intervenir en aquel tráfico sórdido y malvado, para lo que se había incorporado a la Armada. A los veintiséis años, Veiga se había convertido en un escéptico desorientado y algo imprevisto. Ahora iba a buscar al Rey, cuya corona remataba sus insignias, cuyo nombre llevaba su buque y cuyas armas campaban en la bandera que defendía. Veiga pensó en lo que habría sentido ocho años atrás, cuando era aquel cadete que se conmovía con los relatos de las viejas historias de batallas en la biblioteca de la escuela naval. Ahora que era un oficial curtido y condecorado, le importaba un pimiento.

Se aproximaban ya al muelle que habían improvisado sobre la playa. Allí estaban los soldados formados, los jefes, los generales. No parecía haber llegado el Rey todavía. Veiga ordenó sin apresurarse la maniobra de atraque, y cuando se hubo completado saltó a tierra. Se estiró el uniforme y saludó a un coronel que vino a recibir sus novedades. Después se quedó allí de pie, esperando al Rey y tratando de averiguar qué aguardaba ahora de la vida. En realidad, se dijo, sólo una cosa: que puesto que ya no había guerra, su barco recibiera la orden de recorrer los océanos, para distraer el tiempo y hacer trabajar las máquinas, y se le otorgara así conocer las aguas lejanas con las que había soñado en su ya remota niñez. El Caribe, el mar del Norte, los mares del Sur.

En la bahía, el Rey concluía su periplo triunfal por el territorio pacificado. Habían pasado varios meses desde la última batalla, una escaramuza con los seguidores de un morabito chiflado que seguía alentando la rebelión, y ya no podía haber riesgo alguno para su seguridad. El Rey había recorrido primero la zona occidental, recibiendo los honores de las tropas y las aclamaciones de los moros sometidos. Entre ellos, le explicaron, se contaban muchos de los oficiales y lugartenientes del Jatabi, que habían aceptado alistarse en las tropas indígenas y servían eficazmente a la sumisión de sus hermanos. Después el Rey había venido aquí, a la zona oriental, y había mostrado especial interés por recorrer los lugares donde había ocurrido el desastre, seis años atrás. Había pedido que le llevaran a las ruinas calcinadas del campamento donde había perdido la vida su antiguo ayudante, el Comandante General. Por allí había paseado, en silencio, y se había quedado, decían, contemplando durante un rato el valle entre las abruptas montañas. Después se había dirigido a la bahía, donde había girado su última visita. El objeto no podía ser más alentador: la flamante ciudad europea que se había levantado sobre los acantilados que antaño defendieran los guerreros de la harka. Era una ciudad pulcra, de casas blancas, que prosperaba a gran velocidad, le dijeron, con el impulso de los comerciantes europeos y la entusiasta cooperación de la población mora que en ella se había instalado.

Terminada la visita, la comitiva real se encaminaba ya hacia el muelle. Entre las tropas formadas, sujetando con paciencia su fusil, se contaba un sargento que por entonces cumplía su undécima temporada en África. A los treinta y tres años, Molina andaba ya cansado de tanta correría por aquellos despeñaderos, y no podía decir que las tres horas que llevaba tieso como un poste, aguardando al gran hombre, le colmaran de satisfacción. Pero allí estaba, cumpliendo las órdenes y haciéndolas cumplir, que era el modo en que hacía ya demasiado tiempo que se había acostumbrado a ver pasar la vida. Como ocurría con el resto de sus hombres, aquella mañana su actitud se resumía en la letra satírica que la tropa había puesto en tiempo inmemorial a la Marcha de Infantes, melodía con la que siempre se recibía a los generales:

Ya viene el pájaro,
Ya viene el pájaro.
Ya viene el pájaro,
cuándo se irá.

Aquella mañana, además, Molina tenía imperiosas razones para desear que pasara la función. Aquélla era, probablemente, la última vez que formaba con su regimiento. La semana anterior le había sido concedido el traslado a su nueva unidad, en Málaga. Después de extinguirse la última resistencia de los moros, Molina había comprendido que ya no pintaba nada allí. Y lo que era peor: había comprendido que empezaba a hacerse viejo. Si no se quitaba del medio, se temió, se iba a acabar convirtiendo en uno de aquellos suboficiales gordos que haraganeaban en las posiciones, conspirando para hacerse cargo de la cocina y los suministros; quizá no tanto para poder sacarse un sobresueldo como para librarse de las bregas y las marchas para las que ya les pesaba demasiado la barriga. Por otra parte, la trinitaria todavía le seguía escribiendo, pero si alargaba un poco más la espera, ya sobradamente heroica, podía acabar con su paciencia. Al final, cediendo a los ruegos de ella, que eran motivo más que suficiente y a aquellas alturas irrebatible, Molina había transigido en solicitar un destino de guarnición, que a la vista de sus muchos méritos de campaña le había sido de inmediato concedido.

Vio venir al Rey, rodeado de todos los moscones. Aquella misma playa que ahora pisaban, recordó Molina, la había pisado él un año atrás, pero no con el garbo y la desenvoltura con que ellos venían. Cuando él había puesto el pie allí, aunque supuestamente ya habían abierto camino los legionarios, seguían cayendo los pepinazos de la harka, y Molina había tenido que empujar a sus hombres para que tomaran posiciones y no se quedaran helados de pánico en la orilla, esperando a que uno de aquellos surtidores de arena los levantara hechos pedazos. Era la primera vez que Molina había sentido los cañonazos tan cerca, y desde luego no pensaba olvidarla. El resto, la victoria que ahora celebraban una y otra vez, había sido un bonito infierno. Molina no era perezoso y había combatido en terrenos difíciles, pero ninguno como aquellos acantilados que casi había que escalar, con el inconveniente de que en cada agujero había un harqueño disparando como loco. Al final su gente estaba tan harta que remataba a aquellos moros a bayonetazos, y Molina no hacía por impedirlo. Cuando todo hubo terminado, se habían organizado algunas excursiones de recreo. Los soldados iban a la casa del Jatabi, para robar algún recuerdo del caudillo vencido, o al lugar en el que habían estado recluidos los oficiales prisioneros, donde todavía quedaban trozos de las cadenas. El propio Molina se había acercado a la casa del Jatabi, o mejor a sus restos humeantes, que eran todo lo que quedaba para entonces. Le había parecido una visión triste, aunque aquel hombre fuera su enemigo.

El Rey pasó revista a las tropas. Era un individuo simpático y dicharachero, que se movía con elegante brusquedad. Pasó muy erguido frente a Molina e inclinó enérgicamente la cabeza ante la bandera. Molina pensó que era la primera vez que le veía, y que muy posiblemente sería la última. Trató de ponerse en su lugar, y quiso imaginar qué era lo que a su vez veía aquel hombre, cuando miraba el paisaje que les rodeaba y las filas de soldados firmes ante él. ¿Cómo podía contarle nadie, al Rey, lo que en aquel lugar y a aquellos soldados había sucedido? ¿Cómo podía nadie conseguir que aquel hombre, atildado, enhiesto, sintiera algo de lo que Molina o cualquiera de los demás había sentido y sentía ahora al recordarlo? El sargento se dijo que no podía ser; que el Rey lo miraría todo, con atención, según se lo iban enseñando los generales, los ayudantes, los funcionarios, y nunca acertaría a ver nada.

Nunca acertaría a ver a los soldados segados por los disparos de los moros, ni a los que habían sujetado una gumía sobre su cuello y habían logrado hacerla caer o habían terminado cayendo bajo su filo. Nunca acertaría a oír los alaridos terroríficos de los harqueños al asalto, ni el ruido de la tierra al abrirse bajo una explosión, ni el silbido insidioso de las balas sobre la cabeza. Nunca sentiría la sed como fuego, el sueño como plomo, el calor, el cansancio de animal, la inmundicia de establo, de blocao, de parapeto. Nunca olería el sudor, la pólvora, el áspero aroma de los matorrales. Nunca saborearía la sangre, los orines, el miedo persistente. Nunca tocaría la madera fría del fusil en el puesto nocturno de centinela, la carne yerta o deshecha del camarada muerto. Nunca tendría las sensaciones mínimas, absolutas, invencibles, de las que estaba hecha aquella guerra que tan felizmente había ganado.

Aquel hombre, y los hombres como él, seguirían ordenando que otros hombres como Molina les pelearan una causa, cualquiera, y lamentarían perderla y festejarían ganarla, pero fuera cual fuese el resultado, nunca iban a comprender. Mientras el Rey se alejaba camino del muelle y del majestuoso buque de guerra que lo llevaría de vuelta a casa, Molina quiso acordarse sólo de todos los que se habían quedado allí, de todos los hombres a los que el Rey no conocía. Quiso volver a sentir el esfuerzo constante y las alegrías efímeras que había compartido con ellos, diestros o torpes, antipáticos o afables, soldados u oficiales, musulmanes o cristianos. Volvió a sentirse encerrado tras el parapeto, viendo pasar las horas y menguar las municiones sin que llegara el socorro prometido. Volvió, en fin, a experimentar la fascinación de aquellos atardeceres Africanos, anaranjados y flamígeros, sobre el mar o las montañas, cuando los combatientes casi olvidaban que estaban allí para matarse unos a otros y percibían una extraña inmensidad.

Antes de romper filas, Molina pensó una vez más en la harka. Ahora que ya era historia, se acordó de cuando todavía no había venido, de cuando casi nadie la esperaba y algunos juraban, desdeñosos, que ni siquiera existía. Seis años después, habían acabado con ella; la habían hecho trizas con sus cañones y sus carros de combate y sus invulnerables acorazados. Habían enrolado a sus desertores, ocupado sus bases, pisoteado sus estandartes. No podía haber desaparecido más completamente. El mismo estaba a punto de abandonar África, y supuso que pronto, quizá al cabo de un año o dos, tendría incluso la tentación de olvidar que la harka hubiera atacado alguna vez. Desde luego, afirmaban ahora todos, y no sólo los más optimistas, de lo que no podía caberle a nadie ninguna duda era de que la harka no volvería a resurgir.

Pero por un instante, Molina la vio. Sintió su aliento, sofocado tras la barrera de las montañas; su amenaza, invisible como el ímpetu que movía a todos los seres a vivir y perecer. Y entonces supo que para él, como para todos los que la habían conocido, la harka no dejaría de existir nunca.

Madrid-Getafe-Caracas-Amberes

27 de septiembre -7 de diciembre 1998

AGRADECIMIENTOS

Para escribir este libro he contado con la colaboración de varias personas. Debo agradecer en primer lugar a mi padre, Juan José Silva, la eficacia con que ofició para mí como vehículo de transmisión oral (que quizá es la más genuina) de las historias Africanas de su padre, y también como caracterizado asesor en múltiples cuestiones relacionadas con la milicia. A él, así como a Carlos Soto, José Ignacio García, Raúl Bartolomé, Laure Merle D'Aubigné, M.ª Antonia de Miquel, Carlos Pujol, Andreu Teixidor y Eduardo Gonzalo, debo un muy valioso apoyo y oportunas observaciones sobre el. manuscrito que sirvieron, en la medida de lo posible, para mejorar el resultado final.

Especial gratitud, dadas mis carencias en la materia, siento por los consejos y orientaciones que en aspectos náuticos me proporcionó José Antonio de Tomás, quien también tuvo la deferencia de revisar desde este ángulo el manuscrito. Mi deuda se extiende a Fernando Talión por proporcionarme útiles precisiones respecto de los tratamientos y usos entre los miembros de la Armada, y a Francisco Domingo por su providencial asesoramiento en cuestiones artilleras. A Macarla González y Carmen Santana debo reconocerles, y les reconozco, algunos detalles de su infancia rural que recojo en la novela.

Mi agradecimiento y mis disculpas merece igualmente el personal de la Biblioteca Nacional y del Museo y Archivo Naval, al que importuné una y otra vez, incluso al filo del horario y con infracción de normas, para recabar información sobre Marruecos y sobre la modesta y desconocida escuadra costera de África, respectivamente.

Y por obvio dejo para el final el reconocimiento debido a mi mujer, M.ª Angeles, mi primera lectora, asesora literaria y extraliteraria y sufridora paciente del disparatado espectáculo doméstico del novelista en plena brega, que con acaso inconsciente heroísmo eligió albergar dentro de su propia casa.