/ Language: Español / Genre:love_history

Otoño en el corazón

Lavyrle Spencer

En una sociedad aún inmersa en los principios victorianos, la familia Barnett no se diferencia de las demás familias de posición acomodada que procuran educar a sus hijos en los mismos esquemas rígidos. Un padre autoritario, magnate de la industria maderera, y una madre que se limita a cumplir su papel de mujer sometida, intentarán imponer su voluntad y casar a su hija Lorna con un hombre acaudalado a quien la joven no ama. La navegación, el deporte preferido del señor Barnett, permitirá a Jens Harken, un joven de clase baja, relacionarse laboralmente con la familia y conocer a Lorna. La pasión que nace entre ambos deberá enfrentarse a diversos avatares y los dos jóvenes tendrán que luchar por defender un amor que ha dado su fruto.

LaVyrle Spencer

Otoño en el corazón

1

Lago White Bear, Minnesota

1895

El comedor de Rose Point Cottage vibraba con las conversaciones. En tomo a la inmensa mesa de caoba se sentaban dieciocho personas, al resplandor de la lámpara de gas, y disfrutaban del tercer plato consistente en espárragos helados rodeados de semillas de berro en conserva, bollitos moldeados en forma de cisnes, y trocitos de manteca como hojas de nenúfar. La mesa, cubierta de mantel de hilo de Irlanda con el emblema de la familia Barnett, lucía cubiertos de plata de Tiffany, y vajilla de Wedgwood Queen. El centro de mesa estaba constituido por cincuenta rosas Bourbon Madame Isaac Pereire, de los mismos jardines de la casa de campo, y el intenso aroma de las flores apenas se disipaba en la brisa de las nueve de la noche, que entraba por las ventanas que daban al lago.

Las paredes del salón estaban cubiertas de papel William Morris, que exhibía racimos de uvas y hojas de acanto sobre fondo granate. El enmaderado, de cerezo color rubí al nivel de los hombros rodeaba los ventanales de casi tres metros de ancho, y en cada esquina remataba en molduras hechas a mano, desde las cuales sonreían a la concurrencia unos querubines, también tallados a mano.

En la cabecera, presidía Gideon Barnett, un individuo robusto, de bigote gris de morsa, y papadas tan abultadas como un postre espeso, derramado. En el otro extremo, Levinia, su esposa, con enormes pechos tan alzados como una vela hinchada por el viento. Usaba el cabello de acuerdo con su condición, con una diadema sobre la coronilla, y a los lados, enrollado en un perfecto rizo plateado, sujeto con peinetas y una rosa de organza de seda. Esa noche, los cuatro hijos de los Barnett, que iban desde los doce a los dieciocho años, tenían permiso para quedarse en la mesa, igual que las tías Agnes y Henrietta, las hermanas solteronas de Gideon. Estaban presentes, además, los miembros de la elite, socios del Club de Yates de White Bear, amigos de los Barnett que, como ellos, venían de Saint Paul a sus respectivas casas junto al lago, como todos los veranos.

La cena debió ser una celebración de triunfo, pues el Club de Yates de Minnetonka, con mucho bullicio y mucha publicidad para ese floreciente deporte, desafió al Club de Yates de White Bear a una serie trianual de regatas, la primera de las cuales se corrió ese día. En una sociedad en la que la navegación a vela se había convertido en una obsesión, y en la que sus miembros tenían un ansia casi rabiosa de ganar, la derrota de esa tarde dejó un sabor tan amargo como si hubiesen perdido un juicio.

– ¡Maldición! -explotó Gideon, dando un puñetazo en la mesa-. ¡No puedo creer que no haya ganado ninguno de nosotros!

Todavía usaba los pantalones blancos y el suéter azul con las iniciales del club en grandes letras blancas sobre el pecho.

– ¡Cualquiera sabe que el Tartar es más veloz que el Kite!

Barnett golpeó otra vez la mesa y las copas tintinearon.

Desde el extremo opuesto de la mesa, Levinia arqueó la ceja izquierda y le lanzó una mirada de reproche: la cristalería era Waterford, y pertenecía a un juego de veinticuatro piezas.

– ¡Tendríamos que haber cambiado los planes de navegación! -continuó Gideon

– ¿Cambiar los planes de navegación? -repitió el amigo, Nathan Du Val-. La nave ya lleva más de doscientos metros de vela, Cid, y tú sabes que eso es más de lo que puede cargar un barco de cinco metros.

– Tendríamos que haberlas hecho de seda, para que fuesen más livianas. ¿No dije yo, acaso, que teníamos que probar con velas de seda?

Nathan continuó, con mucho más control sobre sí mismo que Gideon:

– Gid, el problema no es con el velamen, sino con el arrastre. Me parece que el fondo del Tartar es muy pesado.

– ¡Entonces, tenemos que reducir ese peso! Recuerda lo que digo: ¡reduciremos el peso y el año que viene ganaremos la segunda carrera!

– ¿Cómo?

– ¿Cómo? -Barnett alzó las manos-. ¡No sé cómo, pero me niego a perder diez mil dólares con esos malditos sinvergüenzas de Minnetonka, en particular teniendo en cuenta que ellos nos desafiaron a esta carrera de tres años seguidos!

Levinia dijo:

– Nadie te obligó a apostar una suma tan alta, Gideon. Podrías haber puesto cien dólares.

Pero se disfrutaba tanto de las apuestas como de las carreras en sí mismas, y los miembros del club ponían con gusto los diez mil dólares.

Un criado se acercó a la derecha de Gideon y le preguntó con voz queda:

– ¿Terminó con los espárragos, señor?

Gideon lo desechó con un gesto y ladró:

– Sí, llévatelos.

Y rezongó a la esposa:

– Todos los hombres que están en esta mesa pusieron la misma cantidad en la regata, Levinia, y ninguno de nosotros quiere perder contra esa banda, pues todos los periódicos del país nos observan, y Tim está aquí fotografiando los eventos.

Se refería a Tim Iversen, miembro del club y fotógrafo de éxito, que registraba la regata desde el comienzo.

– Y dejando de lado el tema del dinero, yo soy el presidente de este club, y odio perder. Por lo tanto, la cuestión pendiente sigue siendo: ¿cómo conseguimos un barco que derrote a los de ellos?

Lorna, la hija de Gideon, consideró que ya se había mordido la lengua demasiado tiempo:

– Podríamos contratar a los hermanos Herreshoff para diseñar y construir un barco.

Todos los ojos de los presentes en el salón se volvieron hacia la hermosa joven de dieciocho años, que mantenía la vista clavada en su padre. Tenía un peinado estilo "chica Gibson", con una serie de rizos en la nuca y una línea lánguida que resultaban mucho más favorecedores que la corona de trenzas de su madre. Se peinaba así desde el verano anterior, cuando el señor Charles Dana Gibson fue huésped del Rose Point Cottage, y le ofreció largas disertaciones acerca de la personificación de "sus chicas", y del mensaje que expresaban: que las mujeres podían seguir siendo femeninas y, al mismo tiempo, conservar la libertad y la individualidad. Tras la visita de Gibson, Lorna no sólo cambió el peinado sino que también reemplazó los complicados polisones y las sedas por una sencilla blusa camiseta y una falda, que era lo que usaba esa noche. Al enfrentarse a su padre, los ojos castaños de la muchacha parecían lanzar chispas de desafío: -

– ¿Podemos, papá?

– ¿Los hermanos Herreshoff? -repitió el padre-. ¿Los de Providence?

– ¿Por qué no? Sin duda, podemos permitírnoslo.

– ¿Qué sabes tú de los hermanos Herreshoff?

– Sé leer, papá. Los nombres de ellos figuran en casi todos los números de la revista Outing. ¿Conoces a alguien más capaz?

Lorna Barnett sabía bien que al padre le fastidiaba el interés de la hija por los deportes poco femeninos como la navegación a vela, por no hablar del tenis: si fuera por él, Lorna tendría que quedarse callada durante toda la cena, como una verdadera dama. Pero para Lorna las verdaderas damas eran lo más aburrido del mundo. Más aún, saber que el padre se culpaba a sí mismo por la recién descubierta atracción de la hija hacia los deportes que el señor Gibson había incentivado, aliviaba la sensación de desquite de Lorna. A fin de cuentas, ¿quién había invitado al señor Gibson sino el padre de Lorna? En cuanto llegó el joven artista, con sus ideas revolucionarias sobre la liberación de las mujeres norteamericanas, Lorna adoptó los hábitos y la vestimenta de la "chicamuchacho" de Gibson. Gideon explotó:

– ¡Esto es indignante! ¡Una hija mía revoloteando por ahí en una cancha de tenis, mostrando los tobillos…! ¡Y obligando a las amigas a formar el grupo femenino del Club de Yates de White Bear! ¡Si cualquier estúpido sabe que el lugar de una mujer es el salón!

Y nada menos que en una cena, delante de todos los amigos de Gideon, Lorna tenía la audacia de proponer una solución a los problemas de ellos:

– ¿Conoces a alguien más capaz? -repitió Lorna, al ver que su padre la miraba, furibundo.

El apoyo llegó a través de Taylor Du Val, sentado junto a Lorna.

– Gideon, debes admitir que tiene algo de razón.

Gideon pasó la vista de la hija a Taylor. Este, a los veinticuatro años, se parecía al padre tanto en apariencia como en habilidad comercial, y era un joven brillante que, sin duda, se abriría camino. En tomo a la mesa, los hombres intercambiaron miradas: Gideon, Taylor, Nathan, Percy Tufts, George Whiting y Joseph Armfield, que no sólo constituían el grupo más poderoso e influyente del Club de Yates de White Bear sino también el de la vida financiera de Minnesota. Aparecían en el Who’s Who de Minnesota, como poseedores de vastas fortunas extraídas de ferrocarriles, minas de mineral de hierro, molinos harineros y, en el caso de Gideon Barnett, la madera. Lorna tenía razón: sin duda podían permitirse contratar a los hermanos Herreshoff para que construyesen un balandro ganador, y si las esposas se oponían…

Pero las esposas no harían tal cosa. Las regañinas de Levinia no significaban gran cosa, pues la dedicación de los esposos al yachting les daba notoriedad a ella y a las otras integrantes del círculo social. Se consideraba elegante, propio de privilegiados, y como suscitaba el interés de los periódicos, las mujeres aparecían en fotografías junto a sus esposos. Cada una de las presentes comprendía que su medida estaba en la extensión de la sombra de su marido, y ninguna de ellas presentaría la menor objeción por encargar un velero a los diseñadores más famosos de Norteamérica.

– Se podría hacer. Podríamos encargarlo -dijo Barnett.

– Esa gente de Nueva Inglaterra siempre supo construir barcos.

– También conocen los méritos relativos de las velas de seda.

– ¡Podemos telegrafiarles mañana mismo!

– Y contar con un dibujo a escala hecho a mano a finales del verano, y el barco mismo en mayo próximo, justo para la temporada de navegación.

Mientras los hombres pasaban revista a todas las posibilidades, con los rostros encendidos, el disgusto de antes fue reemplazado por entusiasmo.

Entretanto, ya habían retirado de la mesa el tercer plato. Un criado se acercó a Levinia y le anunció con voz queda:

– Señora, el plato principal.

Levinia alzó la vista y, mientras el hombre se limitaba a permanecer de pie con la fuente de tapa dorada, se le formaron dos pliegues en el entrecejo:

– ¡Pero, por el amor de Dios, déjelo! -le ordenó, en sordina.

Desde cierta altura, Jens Harken dejó caer la fuente caliente, la tapa abovedada se inclinó hacia un lado y sonó como la campana de una boya.

Levinia alzó la mirada. Como el resto de las damas presentes, si bien con respecto al esposo no era más que una sombra, a la cabeza del personal doméstico reinaba sin discusión. Inquieta por la posibilidad de que su grandeza como anfitriona quedara empanada por la incompetencia del personal, preguntó con vivacidad:

– ¿Dónde está Chester?

– Se fue a su casa, señora. Su padre está enfermo.

– ¿Y Glynnis?

– Le duele un diente.

– ¿Usted quién es?

– Jens Harken, señora, el ayudante para todo servicio de la cocina.

El rostro de Levinia se puso encarnado. ¡El ayudante para todo servicio, la noche de una cena importante, nada menos…! ¡El ama de llaves tendría que oírla! Ceñuda, miró al robusto joven, trató de recordar si lo había visto antes, y ordenó:

– Quite la tapa.

El obedeció, poniendo al descubierto una cerceta asada, rodeada de alcachofas de Jerusalén y coles de Bruselas. Alrededor, un arabesco de puré de patatas dorado en el horno, formaba un perfecto marco ovalado.

Levinia examinó la obra de arte, eligió un tenedor, pinché el ave, y dirigiendo a Jens un gesto de aprobación, le indicó:

– Proceda.

Con calma, Jens atravesó la puerta vaivén. Ya en el otro lado echó a correr por el pasillo absurdamente largo, traspasó una segunda puerta vaivén y por fin entró en la cocina.

– ¡Demonios, casi cinco metros de pasillo para que los olores no llegaran al comedor…! ¡Los ricos están locos!

Hulduh Schmitt, la cocinera principal, le depositó con fuerza dos platos en las manos y le ordenó:

– ¡Ve!

Recorrió ocho veces más el largo de ese pasillo, frenando centímetros antes de llegar al comedor, y disimulando la agitación cuando entraba y colocaba los platos delante de los comensales. En cada viaje, oía retazos de conversación acerca de la regata del día, los motivos de que el Tartar, el balandro de Barnett, hubiese perdido, cómo garantizar que ganara la carera del año siguiente, y si las causas del fracaso eran el peso del anda, las velas, la distribución de los sacos de arena o el capitán contratado. No cabía duda de que todos ellos eran entusiastas, a todos les había picado el bicho de la navegación con tanta virulencia que se había extendido sobre ellos como una erupción, en el anhelo de superar al club Minnetonka.

Y Jens Harken era el que sabía cómo podrían lograrlo.

– ¿Hulduh, consígame un papel? -exigió, irrumpiendo en la cocina con las dos últimas tapas de plata de los platos.

Hulduh, que estaba soplando en el molde doble para helado, con el propósito de desmoldar la crema helada, apartó la boca:

– ¿Un papel? ¿Para qué?

– Por favor, consígamelo, y también un lápiz. Si lo encuentra rápido, y sin hacerme preguntas, trabajaré mañana, aunque tengo el día libre.

– Claro, y yo pierdo mi empleo -rezongó la alemana.

Mientras tanto, le daba otro soplido al molde, y depositaba un perfecto cono rayado de crema helada sobre un nido de merengue con sabor a almendra.

– ¿Para qué necesitas tú papel y lápiz? Toma, pon este en la cámara de hielo -ordenó a la segunda criada de la cocina, que recibió el postre y lo colocó en el platillo, dentro de una caja de metal llena de hielo picado, y cenando luego la tapa.

Jens arrojó las campanas que tapaban los platos en el fregadero, y cruzó a la carrera la cocina recalentada para tomar las mejillas regordetas y rojas de la cocinera.

– Por favor, señora Schmitt, ¿dónde hay?

– Jens Harken, eres un fastidio, sí, un gran fastidio -lo regañó-. ¿No ves que tengo que desmoldas más helados antes de que la señora llame pidiendo el postre?

– La ayudaremos, ¿no es cierto? Eh, todos… -hizo un gesto, abarcando a la primera y segunda criadas, Ruby y Colleen.

Tomó uno de los moldes de helado de la caja de hielo:

– ¿Cuánto hay que soplar?

– ¡Ach, lo arruinarán y perderé el empleo!

La señora Schmitt le arrebató el molde de cobre y comenzó a desenroscas la base.

– Sobre la pared, la lista para el ama de llaves. Puedes usar la punta, pero no entiendo qué tiene tanta importancia como para que necesites escribir en mitad de la cena más importante del año.

– ¡Tiene razón! Podría convertirse en la cena más importante del año, en especial para mí y, si así ocurre, le prometo mi amor y mi gratitud eternos, mi querida y adorable señora Schmitt.

Como siempre. Hulduh Schmitt sucumbió al encanto de Jens, haciendo un ademán y con un poco más de rubor en las mejillas.

– ¡Oh, vamos! -dijo, y cubriendo el orificio del molde con un trozo de muselina, siguió soplando.

Jens cortó con pulcritud el extremo del papel, y escribió en armoniosas letras de imprenta: Sé que perdió la carrera. Puedo ayudarlo a ganar el año que viene.

– ¿Espere, señora Schmitt? Déme el plato.

Le arrebató el plato de postre de la mano, puso la nota encima, y la cubrió con uno de los dorados nidos de merengue, dejando visible una esquina del papel.

– Ya está. Ponga la crema helada encima.

– ¿Sobre el papel? Eres tú el que está loco. Los dos nos quedaremos sin empleo. ¿Qué dice?

– No importa lo que dice. Usted desmolde esa crema y póngala encima.

La señora Schmitt se empecinó:

– No, señor. Ni soñando, Jens Harken. Yo soy la cocinera, lo que sale de esta cocina es mi responsabilidad, y de aquí no saldrán postres con notas debajo.

Jens comprendió que no cedería, a menos que se lo dijera.

– Está bien, es para el señor Barnett. Le digo que sé cómo puede ganar la regata el año próximo.

– Ah, otra vez los barcos. Tú y tus barcos…

– Bueno, no pienso ser mozo de cocina toda mi vida. Cualquier día de estos, alguien me escuchará.

– Ah, claro, y yo me casaré con el gobernador y me convertiré en la primera dama.

– Al gobernador podría irle peor, señora Schmitt -bromeo Jens-. Podría irle peor.

La cocinera le lanzó esa mirada con la cabeza un poco baja que el muchacho tan bien conocía. Al ver que no llegaba a nada, le prometió:

– Si sale el tiro por la culata, yo cargaré con toda la culpa. Les diré que fui yo el que puso la nota ahí, a pesar de que usted me advirtió que no lo hiciera.

Sin quererlo, la misma Levinia Barnett había decidido el conflicto al tirar de la cuerda de satén que hacía sonar la campanilla de bronce. La señora Schmitt alzó la vista hacia ella, y se acaloró:

– ¡Mira lo que lograste! Con tanta charla, no he terminado de servir los helados. ¡Ve, ve! Lleva los primeros y ruega que yo conserve suficiente aliento para llegar hasta el final.

En el comedor, Levinia observaba con ojo de águila al ayudante de cocina, Harken, que llevaba los postres. Después del primer traspié, sirvió el resto de la comida sin más tropiezos. Pese al calor estival, las cremas heladas conservaron el moldeado nítido, y cada una de ellas fue traída y depositada sobre la mesa con los movimientos discretos que la señora esperaba del personal. La crema helada de melocotón estaba cubierta por una fina capa de mermelada de albaricoque, y salpicada de frutillas azucaradas. El merengue era firme y dorado, y los platos habían sido enfriados previamente, como correspondía: por tanto, las damas presentes no tendrían nada que criticar.

Como si adivinara los pensamientos de la anfitriona, Cecilia Tufts la elogió:

– ¡Levinia, qué postre tan exquisito! ¿Dónde encontraste a la cocinera?

– Ella me encontró a mí, hace catorce años, el día en que, con mucha inteligencia, me envió varias de sus tortas especiales con un mensajero. Desde entonces, está conmigo, pero últimamente amenaza con irse: ya tiene más de cincuenta. No sé qué haría sin ella.

– Entiendo a qué te refieres. Al parecer, en la actualidad cualquiera con el seso suficiente para distinguir su propio codo de una sopa de huesos se presenta como gobernanta, y es casi imposible encontrar buenas cocineras, capaces de…

– ¡Levinia!

Era Gideon, que interrumpía desde el otro extremo de la mesa. Las consonantes chasquearon como las velas al viento, y su boca estaba tan tensa como el nudo de la cuerda de bolina.

– ¿Puedo hablarte un momento?

El tono de voz del esposo sobresaltó a Levinia. Miró a través de los centros de mesa de rosas y vio que Gideon le manifestaba su desaprobación con cada parte del cuerpo. Sintió como si una cucharada de jarabe de albaricoque se le deslizara por la garganta por su propia voluntad, mientras se preguntaba, nerviosa, qué podría haber sucedido.

– ¿Ahora, Gideon?

– ¡Sí, ahora!

Gideon corrió la silla hacia atrás, mientras Levinia sentía que le subía la sangre al rostro, y se tocó la comisura de la boca con la servilleta.

– Discúlpenme -murmuró.

Se retiro de la mesa y siguió al esposo hacia el pasillo de los criados. ¡Nada menos que el pasillo de los criados, y bajo la mirada de sus mejores amigas! El pasillo angosto, sin ventanas, estaba apenas iluminado por un candelabro de pared de gas, y aún se percibía el débil olor de las coles de Bruselas hervidas que, por fortuna, no había escapado hacia el comedor antes de que se sirvieran esas verduras.

– Gideon, ¿qué…?

– ¡Levinia!, ¿qué diablos pasa aquí?

– ¡Baja la voz, Gideon, que ya me estoy muriendo de vergüenza porque mi propio marido me ha hecho venir aquí, al pasillo de los sirvientes, en medio de una cena formal! Tenemos la biblioteca, el comedor pequeño, en cualquiera de esos podríamos…

– ¡Gano suficiente dinero como para mantener tus vestidos de seda, cremas heladas y dos casas lujosas! ¿También tendré que ocuparme de los criados de cocina?

Dejó la nota en manos de su esposa. Tenía una mancha de frutilla en el borde y cuando trató de soltarla se le quedó pegada en el pulgar.

Levinia se la despegó, la leyó y escuchó que Gideon le decía, con acritud:

– Estaba en mi postre.

Levinia alzó la vista con brusquedad:

– ¿En tu postre? ¡No hablarás en serio, Gideon!

– Te digo que estaba en mi postre y, sin duda, debió de ponerlo alguien de la cocina. La cocina es tu dominio, Levinia. ¿Quién está al mando?

– Yo… pues…

Levinia quedó con la boca abierta.

– La señora Lovik.

La señora Lovik era el ama de llaves, y estaba encargada de contratar tanto al personal de cocina como al de limpieza.

– ¡Se va!

– ¡Pero, Gideon…!

– ¡Y la cocinera también! ¿Cómo se llama?

– Es la señora Schmitt, Gideon, pero…

El hombre ya atravesaba a zancadas el pasillo hacia la cocina, sin dejarle otra alternativa que seguirlo.

– Y también se va el que escribió la nota, sea quien sea. Me cuesta creer que una cocinera o un ama de llaves tengan la temeridad de insinuar que saben cómo ganar una regata que nadie del Club de Yates de White Bear pudo lograr.

Abrió de golpe la puerta de la cocina, con Levinia pegada a los talones, y bramé:

– ¡Señora Schmitt! ¿Quién es la señora Schmitt?

De las cuatro personas que había en la cocina, sólo una no se amilané. Gideon clavé la vista al tonto que antes había dejado caer el plato de Levinia.

– ¡Repito! ¿Quién es la señora Schmitt? -vociferé.

Una mujer que tenía la misma forma que el molde para helados, con el rostro rojo como las brasas del hornillo, murmuró:

– Soy yo, señor.

Gideon la traspasé con la mirada:

– ¿Es usted la responsable de esto?

La cocinera enlazó las manos crispadas sobre la parte delantera manchada del delantal, que le llegaba hasta el suelo, y le tembló el gorro blanco, almidonado.

Entonces, habló Jens:

– No, señor, soy yo.

Gideon dirigió la atención al ofensor, y derramé sobre él todo su desdén, durante diez segundos. Luego dijo:

– Harken, ¿verdad?

– Sí, señor.

El joven no tembló ni se amilanó. Se limitó a permanecer allí, de pie, junto al fregadero de zinc, los hombros erguidos y las manos a los lados. El rostro apuesto brillaba de sudor, y le corría un hilo desde la sien derecha hasta la barbilla. Conservaba la mirada franca, tenía ojos azules, cabello rubio, y la cara afeitada, como exigía Levinia de todo el personal masculino de la casa.

– ¡Está despedido! -declaré Gideon-. Reúna sus cosas y márchese de inmediato.

– Está bien. Pero si quiere ganas esa regata, le convendrá escucharme…

– ¡No, usted me escuchará a mí!

Como un relámpago, Gideon cruzó el suelo de baldosas, y apuntó con el índice el pecho de Jens:

– ¡Yo soy el dueño de esta casa, usted trabaja en ella! No debe hablar a menos que se le hable. ¡Tampoco debió avergonzamos a mi esposa y a mí, entregando mensajes en el postre cuando recibimos a la mitad de los residentes del lago White Bear! ¡Y, por cierto, usted no me da consejos a mí acerca del modo de correr carreras de barcos! ¿Ha entendido?

– ¿Por qué? -repuso Jens, sin alterarse-. ¿Quiere ganar, o no?

Gideon giró con tal brusquedad que obligó a Levinia a apartarse de un salto.

– Schmitt, dentro de una hora quiero que se vaya, y usted, detrás de él. Les enviaré la paga de la semana.

Harken saltó tras él y lo aferré del brazo.

– No tiene nada que ver con las velas de lona, los malos capitanes o el exceso de lastre. El señor Du Val tiene razón. Tiene que ver con la resistencia al avance. Los balandros con los que usted estuvo compitiendo tienen que abrirse paso a través del agua. Lo que necesita es una nave que se deslice sobre el agua. Yo puedo diseñarla.

Barnett giró con lentitud, con expresión de superioridad en el semblante:

– Ah, es usted. Oí hablar de usted.

Harken solté el brazo de Barnett.

– Supongo que sí, señor.

– Todos los clubes de yacht de Minnesota lo han rechazado.

– Sí, señor, y también algunos de la costa este. Pero algún día alguien me escuchará, y el que lo haga tendrá un barco que navegará en círculos en tomo al balandro más veloz que se haya construido jamás en el mundo.

– Bueno, muchacho, debo decir en su favor que tiene agallas, por más que resulte ofensivo. Lo que me gustaría saber es qué hace trabajando en mi cocina.

– Uno tiene que comer.

– Está bien, vaya a comer a cualquier otro sitio. ¡No quiero verlo nunca más por aquí!

Barnett salió a zancadas hacia el corredor, y la esposa corrió tras él, tirándole de la manga. La puerta se cerró.

– ¡Gideon, detente de inmediato!

El grito de la mujer se oyó con toda claridad en el comedor y Lorna vio que los invitados intercambiaban miradas incómodas. Como todo lo que sucedía se oía perfectamente, los invitados dejaron de comer y Lorna fijé la mirada en la puerta del pasillo.

– ¡Gideon, dije que te detengas!

Como no le hizo caso, Levinia lo tomó por el codo y le obligó a detenerse. Con aire sufrido, Gideon cedió.

– Levinia, nuestros invitados esperan.

– ¡Ah, sí, a buena hora te acuerdas de los invitados, después de haberme convertido en blanco del ridículo ante ellos y los criados! ¡Gideon Barnett, cómo te atreves a desautorizarme ante mi propio personal doméstico! No toleraré que despidas a la señora Schmitt sólo porque estás ofendido con un miembro del personal. ¡Es la mejor cocinera que hemos tenido!

Le apretó la manga con tanta fuerza que, sin advertirlo, lo pellizcó.

El esposo hizo una mueca y lanzó un grito.

– ¡Ay! ¡Levinia, no podemos tener en el personal…!

– No podemos permitir que el personal presencie cómo pasas por encima de mis decisiones. Si piensan que no estoy a cargo de mi propia casa, el respeto hacia mí desaparecerá. ¿Cómo podré dar órdenes a los criados de mi cocina, entonces? Insisto en volver y decirle a la señora Schmitt que puede quedarse, y si no te gusta…

La discusión fue creciendo hasta que Lorna, sonrojada, ya no pudo quedarse quieta. "¿Qué les pasa a mamá y papá que se ponen a discutir en el pasillo de la cocina en mitad de una cena formal?", se preguntó.

– Permiso -dijo, en tono suave, y se levantó de la mesa-. Por favor, sigan comiendo.

En el mismo momento en que empujaba la puerta con ambas manos, se escuchó a Gideon:

– ¡Levinia, me importa un comino que…!

– ¡Mamá, papá! ¿Qué diablos ocurre?

Lorna se detuvo, con el entrecejo fruncido, mientras la puerta se cerraba tras ella.

– ¡Todos los invitados están con la vista fija en esa puerta y se remueven en los asientos! ¿No os dais cuenta que se oye cada palabra que decís? ¡No puedo creer que estéis discutiendo por el personal de la cocina! ¿Qué os sucede?

Gideon se colocó el suéter y asumió un aire de dignidad:

– En un momento, estaré ahí. Vuelve, invítalos a pasar al recibidor y toca algo en el piano, Lorna, por favor.

Lorna los miró como si se hubiesen vuelto locos, y pasó otra vez por la puerta vaivén.

Cuando se fue, Gideon dijo en voz mucho más baja:

– Está bien, Levinia, puede quedarse.

– Y la señora Lovik también. No tengo el menor interés en pasar el verano entrenando a un ama de llaves nueva.

– Está bien, está bien…

Alzando las palmas, Gideon se dio por vencido.

– Pueden quedarse las dos, pero dile a ese… a ese… -con dedo tembloroso, señaló hacia la puerta de la cocina advenedizo que saque su pellejo de mi casa en el término de una hora pues, de lo contrario, lo usaré para tapizar una de las sillas, ¿entendiste?

Con un mohín y alzando la nariz, Levinia se dio la vuelta y se dirigió a la cocina.

Allí, todos estaban hablando a la vez, hasta que entró Levinia y cesó el parloteo. Las doncellas, que lavaban los platos en el fregadero, dejaron las manos laxas. Harken y la señora Schmitt, junto a la caja para el hielo, interrumpieron una discusión y, casi sin darse cuenta, cerraron las bocas. Hacía casi treinta y cinco grados, había vapor y todavía se percibía el olor de las coles. Por la cabeza de Levinia pasó la idea fugaz de que prefería comer alimentos crudos antes que cocinar en ese lugar.

– Señora Schmitt, mi marido habló de manera precipitada. Espero que no se ofenda. La cena de esta noche estuvo espléndida, y me agradaría mucho que se quedara.

La señora Schmitt hizo una breve y ruidosa aspiración por la nariz, cambió el peso del cuerpo a la otra pierna, y se enjugó el sudor que tenía bajo la nariz con la falda del delantal.

– Bueno, no sé, señora. Mi madre va a cumplir ochenta años, y está sola desde que murió mi padre. Estuve pensando que ya es hora de dejar este trabajo tan pesado y dedicarme a cuidarla. Tengo algo de dinero ahorrado y, para serle sincera, yo misma me siento fatigada.

– Vamos, no diga eso. Está tan ágil como el día en que la contraté. Mire qué cena tan magnífica nos ha preparado, casi sin tropiezos.

La señora Schmitt hizo algo que nunca había hecho hasta ese momento: se sentó en presencia de la patrona. Dejó caer su pesado cuerpo sobre un pequeño taburete, y la carne sobrante pareció derramarse sobre el borde, como un soufflé cuando se abre la puerta del horno.

– No sé -dijo, moviendo la cabeza con aire de fatiga-. Últimamente, me siento mareada cuando soplo esos moldes para helado. ¡Y tanta prisa…! Hay días que tengo palpitaciones en el corazón.

– Por favor, señora Schmitt…

Levinia unió las manos como una cantante lírica entonando un aria:

– Yo… No sé qué haría sin usted, ahora, en mitad del verano, aquí en el campo. No sé cómo podría reemplazarla.

La señora Schmitt apoyó su carnoso antebrazo, con la manga enrollada, sobre la mesa de madera llena de marcas, en el centro de la cocina, mientras observaba a la patrona y pensaba.

Lavinia se retorció las manos.

La señora Schmitt al ver que Ruby y Colleen seguían inmóviles, con la boca abierta, junto al fregadero, les hizo un simple ademán, sin pronunciar palabra, por indicarles que volviesen al trabajo.

Levinia dijo:

– Tal vez la convenzan tres dólares más por semana.

– Oh, señora, sin duda eso sería agradable, pero no me aliviaría el trabajo, más aún si él se va -respondió la cocinera, señalando a Harken con el pulgar, sobre su hombro.

– Estoy dispuesta a poner una doncella extra en la cocina.

– Para serle sincera, señora, no tengo mayores ganas que usted de entrenar a una nueva criada. Aceptaré, y le agradezco el aumento, pero si yo me quedo, él se queda. Es un buen trabajador, el mejor que tuve jamás en la cocina, y es voluntarioso. Además, hace el trabajo pesado de recoger, transportar y lavar las verduras, y pronto empieza la época de envasar las conservas, como usted sabe. Esas ollas para hervir son muy pesadas.

A Levinia le pareció que el armazón del corsé se le clavaba en las costillas. Contemplé a Harken con su expresión más severa, y adoptó una decisión súbita:

– Está bien, pero quiero que permanezca fuera de la vista de mi marido, y tiene que prometerme que nunca… ¡nunca, volverá a hacer algo como lo de esta noche!

– No, señora, no lo haré.

– Y no circulará por otro sitio que no sea la cocina y la huerta, ¿entendido?

En respuesta, Harken hizo una leve reverencia.

– Entonces, está resuelto. Señora Schmitt, me gustaría que por la mañana preparase esos huevos cocidos sobre botes de espinaca que al señor Barnett le gustan tanto.

– Huevos cocidos en espinaca, sí, señora.

Sin agregar nada más, Levinia salió de la cocina. Durante todo el trayecto por el pasillo mal iluminado que olía a cerrado, sintió que le palpitaba el corazón, al pensar que había desafiado los deseos de Gideon. Cuando lo descubriese, se pondría furioso, pero, ¡la cocina era su propio dominio! Pensó: "Gideon tiene la política, los negocios, la navegación y la caza, y yo, ¿qué tengo además de los elogios de mis iguales cuando de la cocina salen helados perfectos y verduras exóticas?"

Se detuvo junto a la puerta del comedor, y se acomodó el corsé. Al tocarse la frente descubrió que la tenía húmeda de transpiración, encontró un pañuelo en el bolsillo oculto de la falda, se secó, se acomodó el cabello y se dispuso a enfrentarse a los invitados.

Por supuesto, la cena estaba arruinada. Por más que los invitados, en actitud valiente, fingieran que no habían oído nada de lo que se había hablado en el pasillo de la cocina, oyeron casi todo. Las mujeres, siempre compitiendo en lo que se refiere a reuniones sociales, intercambiaron mudos mensajes furtivos de superioridad, como si acabaran de enterarse de que había muerto la modista de Levinia.

Desde el piano, Lorna observó el retomo de su madre y su aparente calma mientras mandaba a la cama a Daphne y a Theron. Lorna sabía que todavía estaba nerviosa y le costaba disimularlo. ¿Cuál fue la causa de la discusión? ¿La provocó el apuesto criado rubio? ¿Y quién era él? ¿Quién era responsable de que sirviera en el comedor, si no estaba entrenado para ello?

Para distraer la atención de los presentes, Lorna dijo:

– Vamos, cantemos todos: "Después del baile".

Al instante, Taylor Du Val se colocó detrás de Lorna, le apoyó las manos sobre los hombros y comenzó a cantar con brío. Taylor era un buen compañero, siempre dispuesto a hacer lo que Lorna proponía. Pero como los demás se limitaban a mirar, cerró la tapa del piano y le sugirió a Taylor que salieran a la terraza.

De inmediato, su hermanita, Jenny, se levantó de un salto y anunció:

– ¡Yo también voy!

Lorna se fastidió: ¡qué peste resultaba una hermanita de dieciséis años! Ese era el primer verano que Levinia le permitía a Jenny quedarse hasta más tarde con los mayores en ocasiones como la presente y, desde entonces, perseguía a Taylor. No sólo le hacía caídas de ojos cada vez que tenía ocasión, sino que corría a contarle a Levinia todo lo que ellos hablaban.

– ¿No es hora de que vayas a la cama? -preguntó Lorna, con intención.

– Mamá dijo que podía quedarme hasta la medianoche.

Lorna miró a Taylor que, tras la espalda de Jenny, le hizo un gesto de resignación y se encogió de hombros.

Lorna disimulé la sonrisa y dijo:

– Oh, está bien, puedes venir.

La terraza atravesaba toda la fachada principal y seguía el contorno de la casa en las dos esquinas. Sillas de mimbre, mesas y chaise longues estaban repartidas por la terraza, bañada por la luz que salía de las ventanas del saloncito y del comedor pequeño. Olía a las rosas de una enredadera que trepaba por un enrejado y al moho de los almohadones que habían estado guardados todo el invierno.

La propiedad estaba situada en el extremo Este de la isla Manitou, y el lago White Bear se extendía siguiendo el contorno de una hoja de trébol hacia el Norte, el Este y el Sur, y el pueblo de White Bear estaba situado en la costa, hacia el norte, en la bahía Snyder. La casa estaba construida a unos veintidós metros del agua, y el patio se abría en abanico alrededor, dando paso a los jardines, a la huerta, y al invernadero, donde un equipo completo de jardineros mantenía las flores de Levinia y a toda la familia con sus productos, tanto en verano como en invierno.

En esa noche cálida de verano, los frutos del trabajo de los jardineros perfumaban el aire. Era junio, y los jardines estaban en todo su esplendor, las fuentes importadas de Italia gorgoteaban como música de fondo. Había salido la luna y parecía una trompeta dorada sobre el agua. A lo lejos, se oía el mido de la lancha de motor Don Quijote que regresaba al muelle de la ciudad cargada de asistentes a un concierto en el Ramaley Pavilion, al otro lado del lago. Cerca del lago, el puerto de la misma Rose Point, como un dedo y, junto a él, el mástil que se balanceaba apenas, lamido por las olas suaves.

Sin embargo, ese ambiente romántico era un desperdicio esa noche. Jenny apreté el brazo de Lorna en cuanto llegaron a la sombra.

– ¡Lorna, cuéntame qué pasó en la cocina! ¿Papá volvió allí? ¿Qué fue lo que pasó?

– No debemos hablar de eso delante de Taylor, Jenny. ¿Qué modales son esos?

– Oh, no importa -dijo el aludido-. No olvides que soy un antiguo amigo de la familia.

– Vamos, Lorna, cuéntame.

– Bueno, no lo sé todo. Lo que sé es que papá quería despedir a la cocinera, y mamá no se lo permitió.

– ¿A la cocinera? ¡Pero si a todos les encanté la comida de esta noche!

– No sé. Papá jamás había estado en la cocina, en su vida, y mucho menos en medio de una cena formal, y mamá estaba furiosa con él. Se gritaban de un modo que parecía que iban a matarse.

– Lo sé. Se podía oír desde el comedor, ¿no es así, Taylor?

Lorna relató lo que había oído, pero ni ella ni la hermana le encontraron sentido. La escena la había desconcertado tanto como a Jenny, pero antes de que pudiesen comentarlo, Tim Iversen salió a la galería e interrumpió las especulaciones de las muchachas. Encendió la pipa como si tuviera intenciones de quedarse, y la conversación giró hacia las fotografías de la regata que sacó ese día y en qué periódicos aparecerían.

Pronto, otros salieron de la casa y se reunieron con ellos, y las hermanas no tuvieron más oportunidad de hablar de la discusión.

Lorna todavía pensaba en ello cuando la fiesta terminó. Subió con Jenny al piso alto, mientras Gideon y Levinia se quedaban abajo, despidiendo a los invitados.

– ¿Mamá dijo algo acerca de la pelea en la cocina? -murmuré Jenny mientras subían.

– No, nada.

– ¿Y tú no tienes idea de qué se trataba?

– No, pero tengo la intención de descubrirlo.

Ya arriba, Lorna besó a su hermana en la mejilla.

– Buenas noches, Jen.

Fueron a sus respectivos dormitorios: Jenny, al que compartía con Daphne, y Lorna, al propio. Dentro, pese a los techos altos y las amplias ventanas, hacía calor. Se quitó los aros y los dejó sobre el tocador, luego los zapatos, y los dejó junto a una silla. Sin desvestirse, se senté a esperar que se silenciaran los sonidos de actividad en el pasillo. Cuando se convenció de que papá, mamá y Jenny habían terminado de ir al baño y estaban de vuelta en sus cuartos, abrió la puerta, escuchó un momento y se escabullo afuera.

Todo estaba en silencio. Las lámparas del pasillo estaban apagadas. Las tías se habían retirado más temprano y, sin duda, estaban durmiendo.

En la oscuridad, fue de puntillas pasando la escalera principal, hasta la de los criados, al extremo del pasillo. Llevaba desde los dormitorios del tercer piso directamente a la cocina, y desde la segunda planta se accedía por una puerta del pasillo que siempre estaba cerrada.

Lorna la abrió y, al sentir el olor a coles de Bruselas, dio un respingo pero, de todos modos, bajó.

Cuando abrió la puerta de la cocina y espió dentro, vio que aún había allí cuatro personas: dos criadas, la cocinera, señora Schmitt, y ese muchacho Harken, el que había dejado caer el plato de su madre. Las criadas estaban guardando los últimos platos. La señora Schmitt cortaba jamón y Harken barría el suelo. "¡Por Dios, es un atentado para la vista!", pensó Lorna, observándolo un momento antes de que él advirtiese que ella estaba ahí.

Por fin, se dio cuenta de que era impropio admirar a un criado, y dijo:

– ¡Hola!

Todos se quedaron inmóviles.

La primera en recuperar los modales, fue la señora Schmitt.

– ¡Hola, señorita!

Lorna entró y cerró la puerta con suavidad.

– ¿A qué hora van a acostarse?

– Ya casi nos íbamos, señorita, estábamos terminando.

Un reloj hexagonal del tamaño de una panera colgaba de la pared y Lorna le echó un vistazo.

– ¿A la una menos veinte de la madrugada?

– Mañana es nuestro día libre, señorita. En cuanto acabe el desayuno podremos irnos a la iglesia. Lo único que tenemos que hacer es dejar preparados platos fríos para las otras dos comidas del día.

– Oh… sí, por supuesto… Bueno…

Lorna le dedicó una sonrisa.

– No sabía que trabajaban hasta tan tarde.

– Sólo cuando hay una fiesta, señorita.

Se hizo silencio. Las dos doncellas estaban inmóviles, con las manos llenas de ollas de cobre limpias. Harken había dejado de barrer, pero sin soltar el mango de la escoba. Pasaron diez segundos muy incómodos.

– Señorita, ¿puedo servirle algo? -preguntó al fin la cocinen.

– ¡Eh… oh… oh, no! Me preguntaba si… bueno.,

De inmediato, Lorna comprendió su error. La pregunta que vino a hacer era bastante impertinente, incluso para los criados de la cocina. ¿Cómo podía preguntarles a estas personas sudorosas y cansadas qué había sucedido esa noche para enfurecer a su propio padre?

– Arriba hace mucho calor, y quisiera saber si tienen un poco de zumo de fruta aquí.

– Todavía no hemos exprimido el zumo para mañana, pero creo que queda un poco de judy, señorita. ¿Quiere una taza?

El judy contenía champaña y ron, y a Lorna nunca le habían permitido beberlo.

– En su mayor parte, contiene té verde y menta, señorita -agregó la cocinera.

– Oh, bueno, en ese caso, sí… me encantaría beber una taza.

La cocinera fue a buscarlo. En su ausencia, Harken habló:

– Señorita, si me permite la impertinencia, supongo que se preguntaba a qué se debía toda la conmoción que hubo antes en la cocina.

Por primera vez, Lorna lo miró a los ojos, que eran tan azules como las manchas que se forman detrás de los párpados después de mirar un relámpago.

Harken le devolvió la mirada pues era demasiado bonita para negarse el placer.

– Fue conmigo con quien se enfadaron -admitió sin rodeos-. Puse una nota en el helado de su padre.

– ¿Una nota? ¿En la crema helada de mi padre?

La boca de Lorna se abrió de asombro, mientras Jens continuaba barriendo.

– ¿En serio?

Jens le lanzó una mirada fugaz.

– Sí, señorita.

– ¿Puso usted una nota en el helado de mi padre?

Comenzaron a temblarle las comisuras de los labios. Cuando estalló en carcajadas, las criadas intercambiaron miradas desconcertadas. Aunque Lorna se tapó la boca con las manos, sus risas colmaron la cocina hasta que, por fin, se calmó.

– ¿Mi padre, Gideon Barnett?

Harken dejó de barrer para disfrutar sin obstáculos esa conversación tan poco apropiada.

– Así es.

– ¿Qué le dijo?

– Que sabía cómo podía ganar la regata el año próximo.

Lorna pudo controlar la risa, pero no la expresión maliciosa de sus ojos.

– ¿Y qué dijo mi padre?

– ¡Está despedido!

– Oh, caramba…

Con cierto esfuerzo, se puso seria al comprender que, sin duda, al joven no le resultaba tan divertida la situación.

– Lo lamento.

– No es nada. La señora Schmitt me salvó. Dijo que si yo me iba, ella no se quedaría.

– Por lo tanto, ¿a fin de cuentas no lo despidieron?

Jens negó con la cabeza haciendo un movimiento lento.

Lorna le dirigió una mirada inquisitiva:

– ¿En realidad sabe cómo mi padre puede ganar la regata el año que viene?

– Sí, pero no quiere escucharme.

– Por supuesto: mi padre no escucha a nadie. Al intentar darle un consejo, usted corrió un riesgo terrible.

– Ahora ya lo sé.

– Dígame, ¿cómo puede ganar la regata?

– Cambiando la forma del barco. Yo podría hacerlo. Yo puedo…

Volvió la señora Schmitt con una taza de líquido tan claro y pálido como un peridoto, esa piedra semipreciosa de color verde claro.

– Aquí tiene, señorita.

– Oh, gracias.

Lorna la tomó con las dos manos. Con la presencia de la cocinera, las cosas volvieron a su cauce correcto y Lorna supo que no debía estar ahí, hablando de los asuntos de su propia familia con los criados de la cocina, por interesada que estuviese en la navegación. Lanzó una mirada a las dos criadas que permanecían inmóviles, abrumadas por la presencia de la señorita. De pronto, comprendió que les estaba impidiendo irse a la cama.

– Bueno, gracias otra vez -dijo Lorna con vivacidad-. Buenas noches.

Las doncellas hicieron una reverencia flexionando las rodillas, y se sonrojaron.

– Buenas noches, señora Schmitt.

– Buenas noches, señorita.

Y, tras una brevísima pausa:

– Buenas noches, Harken.

Echó otra mirada a esos ojos tan azules. Por fuera, el joven no sonreía ni se amilanaba, y lo único que manifestaba era el respeto que un criado de la cocina les debe a sus superiores. Se limitó a saludarla con la cabeza pero, mientras Lorna se alejaba, los ojos de Jens contemplaron su silueta desde la cabeza a los talones, aferrando con más fuerza el mango de la escoba. Aunque no fuese asunto de él, un hombre tendría que estar desmayado para no admirarla. Cuando Lorna llegó a la escalera de los criados y puso la mano sobre el picaporte, la voz de Jens la detuvo:

– Señorita, ¿me permite preguntarle cuál de ellas es usted? Tengo entendido que son tres.

La muchacha se detuvo y miró sobre su hombro:

– Soy Lorna, la mayor.

– Ah -repuso Jens con suavidad-. Bueno, buenas noches, señorita Lorna. Que descanse.

Pero Lorna no descansó del todo bien. ¿Cómo podía hacerlo, si los ojos tan azules de un criado se interponían entre ella y el sueño? ¡Si ese mismo sirviente tuvo la audacia de deslizar una nota a su padre para decirle cómo ganar la regata! ¡Si los hechos de esa noche habían provocado una pelea tan terrible entre su padre y su madre que, sin duda, al día siguiente todos los amigos de los padres la iban a comentar! ¡Si había probado el primer judy, que la dejó un poco acalorada y fantasiosa…! ¡Y había ocupado el papel de anfitriona de la madre, aunque sólo hubiera sido por un breve rato, y había tocado el piano para los invitados, intercambiado mensajes mudos con Taylor en la terraza, y estaba segura de que si hubiesen estado un momento a solas, la habría besado…!

¿Cómo era posible que una joven de dieciocho años durmiera en una cálida noche de verano, si la vida bullía en su seno como las alas de una crisálida se agitan antes de desplegarse?

2

En la suite principal del Rose Point Cottage, Levinia se puso un camisón que parecía una tienda de campaña, con mangas largas y anchas y, pese al calor, se lo abotonó hasta el cuello antes de salir de detrás del biombo donde se desvestía, ataviada como debía para ir a la cama. Mattie, la doncella, la esperaba junto al tocador.

Sin hablar, Levinia se sentó. Mattie le quitó la rosa de organza y las peinetas, cepilló el pelo de Levinia, y lo peinó en una sola trenza floja. Al terminar de atar el extremo, preguntó:

– Señora, ¿necesita algo más?

Levinia, aún sin su corona de trenzas, se levantó con aire majestuoso. Casi nunca daba las gracias a los sirvientes, pues consideraba que el salario ya era suficiente. Más aún, el agradecimiento generaba complacencia y esta, a su vez, pereza. Curvó los labios en una sonrisa inconsciente, y dijo:

– Nada más, Mattie, buenas noches.

– Buenas noches, señora.

Levinia permaneció erguida como una estatua sagrada hasta que la puerta se cerró. Luego, alzándose el camisón, se dedicó a rascarse fuertemente las profundas marcas rojas que le habían dejado las ballenas del corsé en la barriga. Se rascó hasta que la piel se le puso en carne viva, lanzando suaves maldiciones, después se abotonó otra vez los calzones de algodón, apagó la lámpara de gas y entró en el dormitorio.

Aunque Gideon estaba sentado en la cama, fumando un cigarro, en realidad parecía querer apagárselo a su esposa en medio de la frente.

El colchón era alto y la mujer siempre sentía que llamaba la atención cuando subía hasta él en presencia de su esposo.

– ¿Tienes que fumar esa cosa tan detestable aquí? Huele como el estiércol cuando se quema.

– ¡Es mi cama, Levinia, y fumare aquí, si me da la gana! Levinia se contoneó hasta su lugar dándole la espalda, y subió las sábanas hasta las axilas, aunque le transpirasen los pies. Prefería que la ahorcaran antes que acostarse encima de las sábanas pues, cada vez que lo hacía, ahí estaba Gideon codeándola y pinchándola, con la esperanza de hacer eso. Se preguntó por diezmilésima vez hasta qué edad un hombre deseaba hacerlo.

Gideon siguió enturbiando el aire sobre la cabeza de su esposa con ese olor pestilente porque sabía cómo lo detestaba, y porque esa noche ella se había excedido, cosa que él odiaba. Está bien, pensó la esposa, yo también puedo jugar ese juego. Gideon, creo que debes saber que la señora Schmitt se negó a quedarse, a menos que se quedara Harken, de modo que acepté. A sus espaldas, sintió que Gideon se ahogaba y tosía.

– ¿Qué… fue lo que hiciste?

– Le dije a Harken que podía quedarse. Si hace falta eso para que se quede la señora Schmitt, pues así se hará.

El esposo la tomó por el hombro y la hizo acostarse de espaldas.

– ¡Sobre mi cadáver!

Mientras se cubría el pecho con la sábana, la mujer lo miró, ceñuda, y dijo:

– Gideon, esta noche me dejaste en ridículo. Al armar semejante alboroto en medio de una cena formal, nos convertiste en el hazmerreír, y todo porque nadie puede decirte qué hacer. Bueno, yo te lo digo, porque es el único modo en que puedo salvar mi prestigio ante mis amigas. Se difundirá el rumor… siempre sucede. Nuestros criados se lo contarán a los de los Du Val, y estos a los de los Tufts, y pronto en toda la isla se sabrá que Levinia Barnett no puede dar órdenes al personal de su propia casa. Por lo tanto, la señora Schmitt se queda, y Harken también, y si piensas armar jaleo por eso y llenar todo el dormitorio con ese humo pestilente, tendré mucho gusto en ir al cuarto de vestir y dormir en la tumbona.

– Ah, eso te gustaría, ¿no es cierto, Levinia? ¡Entonces, no tendrías que tocarme, ni siquiera en sueños!

– Déjame en paz. Gideon! Hace demasiado calor.

– Con que hace demasiado calor, ¿eh? O estás demasiado cansada, o temes que los chicos o mis hermanas nos oigan. ¡Siempre tienes una excusa, Levinia! -Gideon, ¿qué bicho te ha picado? El hombre le sujetó las muñecas sobre el pecho apartó con brusquedad la sábana, metió la mano debajo del camisón y comenzó a soltar los botones de los calzones de la mujer.

– ¡Te mostraré qué bicho me ha picado!

– No, Gideon, por favor. Hace calor, y estoy muy cansada.

– En realidad, no me importa si lo estás, Levinia. Creo que un hombre tiene derecho, una vez cada tres meses, y esta noche se cumplen esos tres meses.

Cuando ella comprendió que estaba empeñado en hacerlo, dejó de resistirse y permaneció lacia como una rama de un sauce, el tronco rígido y las piernas tal como las había colocado el hombre, y soportó esa ignominia que acompañaba los votos conyugales. En mitad de esa dura prueba, Gideon intentó besarla, pero la boca de Levinia parecía sellada con cera.

Cuando finalizó la triste situación, Gideon rodó a un costado, suspiró y se durmió como un recién nacido, mientras Levinia yacía a su lado con la boca aún contraída y el corazón helado.

Agnes y Henrietta Barnett también tenían un biombo para vestirse en la habitación que compartían. Henrietta se cambió primero. Lo consideraba un derecho divino, pues había nacido primero. Tenía sesenta y nueve años, mientras que Agnes sólo sesenta y siete, y durante toda su vida se había dedicado a evitar que esta tuviese problemas. Yeso seguiría del mismo modo.

– Agnes, date prisa y apaga esa lámpara. Estoy cansada.

– Pero antes tengo que cepillarme el pelo, Etta.

Agnes fue hacia el tocador mientras se ataba el camisón en el cuello. Henrietta se recostó sobre las almohadas, cerró los ojos y toleró la luz sonrosada de la lámpara sobre ellos, escuchando a Agnes perder el tiempo con su modo lerdo de hacer las cosas, como siempre, y sin importarle que Henrietta permaneciera despierta.

Agnes se sentó, se quitó las horquillas del cabello gris rojizo, y empezó a cepillarse. Un mosquito comenzó a zumbar alrededor del globo de la lámpara, pero ella no le prestó atención y siguió cepillando y cepillando, con la cabeza ladeada. Tenía los ojos azul claro y el arco de las cejas era tan fino como cuando tenía veinte años aunque también el rico color caoba iba volviéndose gris. Tanto su rostro como su cuerpo eran delgados, de huesos finos y facciones delicadas que habían atraído una segunda mirada bien pasados los cuarenta. En la última etapa de su vida, la voz tenía un leve temblor, y los ojos, una expresión que concordaban con ella.

– Creo que el joven señor Du Val está enamorado de nuestra Lorna. – ¡Oh, Agnes, no digas tonterías! Tú crees que cada joven está enamorado de la muchacha con la que lo ven.

– Bueno, creo que es así. ¿No viste que esta noche salieron juntos a la terraza?

Henrietta se dio por vencida y abrió los ojos.

– No sólo los vi, sino que también los oí y, para tu información, fue ella la que propuso salir; pienso hablar con Levinia al respecto. ¡No sé a dónde iremos a parar si una niña de dieciocho años se comporta con semejante atrevimiento! ¡Es sencillamente inaceptable!

– Etta, nuestra Lorna no es una niña, ya es una mujer. ¡Si yo tenía apenas diecisiete cuando el capitán Dearsley se me declaró!

Henrietta se dio la vuelta pan quedar de cara al otro lado, y dio una palmada a la almohada

– Oh, tú y tu capitán Dearsley cómo parloteas sobre él.

– Nunca olvidaré lo que parecía con el uniforme, esa noche, con la trencilla dorada de las charreteras brillando a la luz de la luna, y…

Henrietta le hizo coro:

– … “Y los guantes, blancos como el lomo de un cisne.” Agnes, creo que si lo escucho una vez más, vomitaré. Miró por encima del hombro-. ¡Y ahora, apaga el gas y métete en la cama!

Agnes siguió cepillándose, con aire soñador.

– Se habría casado conmigo si hubiese vuelto de la guerra en la India. Oh, sí. Y tendría una casa tan elegante como esta, tres hijos y tres hijas, y llamaría Malcom al primero, y Mildred a la segunda. El capitán Dearsley y yo hablábamos de hijos… El decía que quería una familia grande, y yo también. Claro que, a estas alturas, nuestro Malcom tendría unos cuarenta años y yo sería abuela. Imagínate, Etta: ¡yo, abuela!

Henrietta hizo una mueca exasperada.

– Ah, sí -suspiró Agnes.

Dejó el cepillo y empezó a hacerse una cola suelta.

– Trénzate el cabello -le ordenó Henrietta.

– Esta noche hace demasiado calor.

– Agnes, una dama se trenza el cabello por la noche. ¿Cuándo lo aprenderás?

– Si me hubiese casado con el capitán Dearsley, estoy segura de que muchas noches no me habría trenzado el pelo. El me pediría que lo dejara suelto y yo le habría complacido.

Cuando terminó de atarse el pelo, Agnes apagó la lámpara, fue hasta la ventana que daba al invernadero y al patio lateral, donde el jardín de rosas de Levinia esparcía un olor embriagador en el aire nocturno. Corrió la cortina, escuchó el sonido de la fuente, respiró hondo y fue descalza hasta la cama tallada donde se acostó junto a su hermana, como lo hacía desde que tenía memoria.

A través de la pared, escuchó los sonidos ahogados de las voces que llegaban del cuarto vecino.

– Oh, caramba -murmuró Agnes- parece que Gideon y Levinia todavía están discutiendo.

De pronto, la agitación cesó y comenzó un golpeteo rítmico contra la pared que dividía ambos cuartos.

Henrietta alzó la cabeza, escuchó un instante y luego se volvió hacia su lado y se puso la almohada sobre la oreja.

Agnes quedó tendida de espaldas contemplando las sombras de la noche, escuchando, y sonriendo, melancólica.

En el dormitorio, al otro lado del pasillo, Jenny Barnett estaba sentada con las piernas cruzadas sobre la cama de su hermana, Daphne. Estaban vestidas con ropa de dormir, y ya habían apagado la luz. Jenny ya había olvidado la pelea entre mamá y papá y parloteaba sobre su tema preferido.

– Lorna es afortunada. -Jenny se dejó caer de espaldas, se acarició el pelo con la mano, y dejó una pierna colgando por el borde del colchón, balanceando su pie desnudo-. ¡El es taaaan apuesto…!

– Lo contaré.

– Si lo haces, yo contaré que fumaste detrás del invernadero.

– ¡No lo hice!

– ¡Sí, lo hiciste! Theron te vio y me lo contó. Tú con Betsy Whiting.

– ¡Mataré a Theron!

Jenny siguió balanceando el pie.

– ¿No te parecen adorables el bigote y la barba de Taylor?

– Los bigotes me parecen aburridos.

Jenny rodó boca abajo y apoyó la mejilla sobre las manos juntas.

– A Taylor le quedan bien. -Lanzó un gran suspiro-. Por Dios, daría cualquier cosa por estar en el lugar de Lorna. Theron dice que Taylor la besó en el jardín de rosas la semana pasada, cuando volvieron del chautauqua.

– ¡Oh, caramba! ¡A mí no me sorprenderías besando a Taylor Du Val! ¡No me pescarías besando a ningún muchacho! Los muchachos son desagradables.

– Yo besaría a Taylor. Hasta le daría un beso con la boca abierta.

– ¡Con la boca abierta! Jenny Barnett, irás al infierno por decir una cosa así.

Jenny se sentó con las piernas cruzadas. Dejó caer la cabeza hacia atrás y el pelo le cayó hasta la cintura, unió las manos y las estiró hacia el techo, proyectando los pechos hacia adelante bajo el camisón de canesú redondo.

– No, no lo haría. Sissy me dijo que todos, cuando nos hacemos mayores, besamos así. Incluso meten la lengua en la boca del otro.

– ¡Le contaré a mamá que dijiste eso! Jenny dejó caer los brazos y los estiró hacia atrás, sobre la cama.

– Vamos, díselo. Sissy dice que todos lo hacen. Sissy Tufts era la mejor amiga de Jenny y tenía la misma edad.

– ¿Y Sissy qué sabe?

– Sissy lo hizo. Con Mitchell Armfield. Dice que es muy excitante.

– Estás mintiendo. Nadie haría algo tan horrible.

– Oh, Daphne… -Jenny se levantó de la cama y, con los hombros hacia atrás y los dedos de los pies estirados como una bailarina cruzando el escenario hacia el príncipe, prosiguió-: ¡Eres una chiquilla! Se dejó caer en el asiento junto a la ventana, donde caía la luz de la luna, espesa como la crema. Como una diva moribunda, enlazó los brazos alrededor de la rodilla levantada, y apoyó en ella la mejilla.

– ¡No lo soy! ¡Sólo tengo dos años menos que tú! Jenny giró sobre las nalgas haciendo un semicírculo, guiándose por unas cuerdas imaginarias que tocaban Chaikovsky.

– Bueno, lo que yo sé es que si un muchacho quiere besarme, yo lo dejaré probar. Y si quiere ponerme la lengua en la boca, también probaré eso.

– ¿En serio crees que Lorna hizo eso con Taylor? Jenny dejó de bailar, subió los pies al asiento y plegó las manos sobre los pies desnudos.

– Theron los vio con los prismáticos.

– Theron y sus estúpidos prismáticos… Ojalá la tía Agnes nunca se los hubiera regalado. Los lleva a todos lados, los saca y apunta a mis amigas, lanza esas risitas burlonas y dice: "El ojo sabe". Para serte sincera, es muy fastidioso.

Permanecieron sentadas un rato, pensando en lo tontos que podían ser los hermanos de doce años y preguntándose cuándo llegaría para ellas el tiempo de los besos.

En un momento dado, Jenny interrumpió el silencio:

– Eh, Daph.

– ¿Qué?

– ¿Dónde te parece que se pone la nariz cuando un muchacho te besa?

– ¿Cómo puedo saberlo?

– ¿Crees que se interpondrá?

– No lo sé. Nunca se pone en el camino cuando las tías me besan.

– Pero eso es diferente. Cuando te besa un muchacho, es más largo. Las dos pensaron en silencio unos momentos, y Jenny dijo:

– Eh, Daph…

– ¿Qué?

– ¿Y si los muchachos lo intentaran con nosotros, y no supiéramos qué hacer?

– Lo sabremos.

– ¿Cómo sabes que lo sabremos? Creo que deberíamos practicar.

Daphne captó la intención de la hermana y no quiso saber nada:

– ¡Ah, no, conmigo no! ¡Ve a buscar a otra persona!

– Pero, Daph, tú también algún día besarás a un muchacho. ¿Acaso quieres ser una tonta que no sabe absolutamente nada de eso?

– Prefiero pasar por una tonta que practicar besos contigo.

– Vamos, Daphne.

– Estás loca. Pasaste demasiado tiempo mirando a Taylor Du Val con la boca abierta.

– Haremos un pacto. No se lo diremos a nadie mientras vivamos.

– No -se obstinó Daphne-. No lo haré.

– Supongamos que es David Tufts el que intenta besarte por primera vez, y tu nariz choca con la de él y haces el ridículo si intenta meterte la lengua en la boca.

– ¿Cómo sabes lo de David Tufts?

– Lorna no es la única víctima de los prismáticos de Theron.

– David Tufts nunca intentará besarme. Lo único que hace es hablarme de su colección de insectos.

– Quizás este verano no, pero en algún momento lo hará.

Daphne reflexionó y llegó a la conclusión de que tal vez Jenny tuviese algo de razón.

– Oh, está bien. ¡Pero note abrazaré!

– Claro que no. Haremos como Sissy y Mitchell. Cuando sucedió, estaban sentados en la hamaca del porche.

– ¿Y qué tengo que hacer? ¿Ir a sentarme al lado tuyo?

– Por supuesto.

Daphne se levantó de la cama y se sentó junto a su hermana. Se quedaron así, sentadas-juntas, con los dedos de los pies descalzos sobre el suelo y el cabello iluminado por la luz de la luna. Se miraron y rompieron en risitas, y después quedaron calladas, inseguras, sin moverse.

– ¿Crees que tendremos que cerrar los ojos, o qué? -preguntó Daphne.

– Supongo que sí. Sería vergonzoso hacerlo con los ojos abiertos, como mirar el ojo de un pez cuando estás sacándolo del anzuelo.

Daphne dijo:

– Bueno, hagámoslo, entonces. Date prisa. Me siento estúpida.

– Está bien, cierra los ojos e inclina un poco la cabeza,

Las dos ladearon la cabeza y estiraron los labios como si fuesen tripas de salchichas que hubiesen estallado al cocinarse. Se rozaron los labios, se apartaron y abrieron los ojos.

– ¿Qué te pareció?

– Si así son los besos, prefiero mirar la colección de bichos de David.

– Fue decepcionante, ¿verdad? ¿Crees que tendríamos que probar otra vez, y tocarnos la lengua?

Daphne pareció indecisa.

– Bueno, de acuerdo, pero antes sécate bien la lengua en el camisón.

– Buena idea.

Las dos se secaron enérgicamente la lengua con el camisón, después inclinaron la cabeza, cerraron los ojos con fuerza y se besaron como suponían que debía hacerse. Tras dos segundos de contacto, a Daphne se le escapó un resoplido de risa por la nariz.

– ¡Basta! -la regañé Jenny-. ¡¡Me llenaste de mocos!!

Pero ella también reía tanto que se echó hacia atrás, apartándose de su hermana.

Daphne escupió en una parte del camisón y se limpié la lengua como si hubiese tragado veneno.

– ¡Oh, qué horrible! ¡Si así son los besos, prefiero comerme la colección de bichos de David Tufts!

Se reían tan fuerte que se apretaban el estómago doblándose de risa, rodando sobre el asiento de la ventana, bajo la luz de la luna. Acurrucadas sobre las almohadas con los pies al aire tibio que se escurría por las ventanas abiertas, se convirtieron en dos jóvenes sílfides que pisaban el umbral de la feminidad y vacilaban en cruzarlo sabiendo que pronto lo harían, confiando en que cuando ocurriese estarían preparadas. Sus camisones de zaraza, con dibujos de ramitas, formaban dos charcos de luz azul sobre el azul más oscuro en que yacían en poses sueltas, ya silenciosas y cansadas, mientras el intento de beso se disolvía en un recuerdo gracioso que iría a parar a la herencia de los hijos de ambas. En un momento, Jenny contemplé las estrellas.

– Me pregunto si sólo resulta cuando lo haces con un muchacho.

– Yo también -admitió Daphne, mirando las estrellas como su hermana.

Allá afuera, en la orilla del lago, las olas suaves lamían la arena. Las ranas formaban el pulso de la noche con su canto disonante. De los jardines ascendía el perfume de las rosas de mamá y el murmullo de las fuentes. A lo lejos, se oía el tren que traqueteaba trayendo una carga de veraneantes de regreso desde Saint Paul. En su bendita inocencia, Jenny y Daphne se durmieron sintiendo en las lenguas, no el sabor de los besos de los amantes, sino el almidón de sus respectivos camisones.

En su propia habitación, con la lámpara siseando aún, y rodeado por la parafernalia náutica, Theron Barnett estaba tendido de espaldas en la cama cuya cabecera y pies tenían forma de timón de barco. Apoyaba el flaco tobillo derecho sobre la rodilla izquierda levantada, y tenía la camisa de noche enrollada alrededor de las caderas. En la mano derecha, sostenía unos anteojos de bronce extendidos en su máxima longitud. Los movía en el aire haciendo sonidos de flatulencias con la boca, al mismo tiempo. El invierno pasado, había estudiado la Guerra Civil, y estaba fascinado con la batalla entre el Monitor y el Merrimack.

– ¡Prrr!

Imitando un motor, hizo sumergirse y girar los anteojos hasta que los brazos le quedaron colgando por el lateral de la cama de cara al suelo, con la barbilla incrustada en el borde del colchón. Alzó los pies descalzos, los agité, los cruzó, canturreé un poco y se puso a juguetear con los anteojos abriéndolos y cerrándolos una y otra vez. De repente, se incorporé, se arrodillé en medio de la cama y, guiñando un ojo, miró por el catalejo de bronce al papel de la pared: ante sus ojos se cernía un bergantín con las velas plegadas.

– ¡Ah, del barco! ¡El bergantín fueron diez grados a proa!

No tenía idea de lo que significaban esas palabras. Hizo girar los anteojos alrededor del cuarto y descubrió una armada completa rodeando su navío.

– ¡Hombres, a la artillería! ¡Todos a cubierta!

Una descarga de artillería disparé a su barco y Theron cayó, con los párpados cerrados y trémulos, sus dedos se aflojaron y soltaron los prismáticos.

Cuando cayó exhausto sobre la cama deshecha, oyó las risitas de sus hermanas en el cuarto vecino. Se puso de pie sobre la cama, tomó el brazo de la lámpara de gas, la apago, fue de prisa a la ventana y abrió la cortina, probando los prismáticos en' la ventana de sus hermanas que daba a la bahía, y que se encontraba en la misma fachada que la suya propia. Pero la ventana de las hermanas estaba oscura, y no pudo ver otra cosa que cortinas blancas y el vidrio negro.

Desilusionado porque él, Black Barnett, el temido y odiado espía yanqui, esa noche no presenciaría ninguna artimaña, dejó los prismáticos sobre el asiento de la ventana y se encaminó hasta la cama, bostezando.

El ritual de los domingos por la mañana en Rose Point Cottage comenzaba a las ocho con el desayuno, y seguía con la Iglesia, a las diez. Lorna se despertó a las seis y media, se incorporó, miró el reloj y saltó de la cama.

La señora Schmitt había dicho que los criados quedaban libres en cuanto terminase el desayuno, y eso significaba que tendría que acorralar a Harken antes de las ocho, si quería que le respondiese a sus preguntas.

A las siete cuarenta y cinco, ya vestida y peinada como para ir a la Iglesia, Lorna entró otra vez en la cocina por la escalen trasera de los criados. Glynnis, la doncella que servía en el comedor, acababa de volver de la despensa con una pila de platos limpios. La señora Schmitt estaba preparando los huevos; la ayudante pelirroja exprimía espinacas en un tamiz, y la otra picaba hierbas sobre la tabla de picar. Harken, apoyado sobre una rodilla, troceaba el hielo con una picadora.

– Discúlpeme -dijo Lorna, deteniendo otra vez todas las acciones.

Tras el primer sobresalto, la señora Schmitt recuperó el habla.

– Lo siento, señorita, el desayuno aún no está listo. Pero estará sobre la mesa a las ocho en punto.

– Oh, no vine por el desayuno. Quiero hablar con Harken.

Harken dejó caer una astilla de hielo en un cuenco de cristal, y se levantó lentamente, secándose la mano en los pantalones.

– ¿Sí, señorita? -dijo con cortesía.

– Quiero que me explique cómo puede ganar mi padre la carrera el año que viene.

– ¿Ahora, señorita?

– Sí, si no le molesta.

Harken y la señora Schmitt intercambiaron miradas antes de que los ojos de la mujer se posaran en el reloj.

– Bueno, señorita, me encantaría, pero ahora Chester todavía no ha vuelto y tenemos que terminar de preparar el desayuno a las ocho, y tengo que ayudar a la señora Schmitt.

Lorna también dio un vistazo al reloj.

– Oh, sí, qué tonta soy. Entonces, quizá pueda más tarde. Seguirá siendo importante.

– Por supuesto, señorita.

– ¿Después de la Iglesia?

– En realidad… eh…

Se aclaró la voz y pasó el peso de un pie a otro. Rodeó con el pulgar el extremo aguzado de la picadora del hielo.

La señora Schmitt reanudó la preparación de los huevos y señaló:

– Es su día libre, señorita. Pensaba ir a pescar. Chicas -les dijo a las criadas-, terminen con esas hierbas y con la espinaca, vamos, dense prisa.

Las dos muchachas empezaron a meter las espinacas en moldes con forma de barcos, y Lorna comprendió que estaba estorbándolos. Le dijo a Harken:

– Oh, claro, no me atrevería a molestarle en su día libre. Pero quisiera oír más acerca de su plan. Sólo llevará unos minutos. ¿Irá a pescar aquí, en el lago?

– Sí, con el señor Iversen.

– ¿Con nuestro señor Iversen? ¿Se refiere a Tim?

– Sí, señorita.

– ¡Eso lo arregla todo! En cuanto regresemos de la Iglesia, conduciré el laúd, el barco pequeño, hasta el barco de Tim, y así podremos hablar unos minutos y a usted le quedará toda una tarde de pesca. ¿No le parece agradable?

– Sí, por supuesto, señorita.

– Entonces, estamos de acuerdo. Lo veré en el barco de Tim en cuanto pueda escapar.

Cuando Lorna se fue, la señora Schmitt lanzó a Harken una mirada de soslayo. Estaba batiendo salsa de queso y la doble papada se movía como las barbas de un pavo.

– Será mejor que te fijes en lo que haces, Jens Harken. Casi pierdes el empleo en esta semana; esta vez, lo perderías seguro. Y yo no podré salvarte.

– Pero, ¿qué tendría que haber hecho? ¿Rechazarla?

– No sé, pero ella es el ama, y tú el criado, y nunca deben mezclarse. Será conveniente que no lo olvides.

– No vamos a escabullimos para vemos en secreto. A fin de cuentas, Iversen estará ahí.

La señora Schmitt resopló y dejó con un golpe la cuchara de madera.

– Lo único que digo es que tengas cuidado con lo que haces, jovencito. Tienes veinticinco, y ella dieciocho, y no está bien visto.

En el desayuno, Lorna sufrió una leve desilusión al ver que Glynnis servía el café en lugar de Harken. Esa mañana, papá y mamá estaban especialmente silenciosos. Jenny, Daphne y Theron parecían letárgicos por haberse acostado tan tarde la noche anterior. La tía Henrietta estaba concentrada indicándole a la tía Agnes cuánto debía comer, que tuviese cuidado con la salchicha muy condimentada pues, si comía mucho, le produciría dispepsia. Como de costumbre, la tía Agnes charlaba con el personal.

– Caramba, gracias. Glynnis -dijo, cuando esta le sirvió el café-. ¿Cómo está hoy tu diente?

Levinia lanzó una mirada severa a Agnes, que no la vio, y le sonrió a la muchacha de toca y delantal blancos. No tenía más de dieciocho años, el rostro picado de viruelas, y la nariz que parecía un bollo inflado.

– Mucho mejor, gracias.

– ¿Tiene noticias de Chester?

– No, señora, desde que se fue, no sé nada.

– Qué pena que el padre esté enfermo.

– Sí, señora, pero es viejo. Chester dice que tiene setenta y siete.

Levinia se aclaró la voz, alzó la taza y la depositó con fuerza sobre el platillo.

– Glynnis, si no te mueves con esa cafetera, se me enfriará el desayuno.

– Oh, sí, señora.

Glynnis enrojeció y se apresuró a continuar las tareas.

Cuando salió, Henrietta regañó a su hermana:

– Por el amor de Dios, Agnes, me gustaría que controlaras tu impulso de conversar con las criadas. Es muy embarazoso.

Agnes la miró con expresión inocente.

– No sé por qué. Sólo le preguntaba a la pobre chica por su dolor de muelas. Y en cuanto a Chester, estuvo con nosotros muchos años. ¿No te importa que su padre esté enfermo?

Levinia dijo:

– Claro que nos importa, Agnes. Lo que quiere decir Henrietta es que no tenemos que conversar con los criados durante el desayuno.

Agnes replicó:

– Tú no, Levinia, pero a mí me gusta hacerlo. Esa Glynnis es una chica muy gentil. Por favor, Daphne, pásame la manteca.

Levinia alzó una ceja e intercambió una mirada con Henrietta.

Lorna fue al aparador y cuando se sirvió más frutas echó una segunda mirada al cuenco de cristal con hielo que estaba debajo, recordando a Harken de rodillas picándolo con la picadora, unos minutos atrás. Al volver a la mesa, dijo:

– Si nadie usará el laúd, me gustaría llevármelo, al volver de la Iglesia. ¿Puedo, papá?

Hasta el momento, Gideon no había dicho palabra. En ese momento, sin levantar la vista del plato donde cortaba y pinchaba un trozo de salchicha, dijo:

– Lorna, sabes que no apruebo que las mujeres naveguen.

Se metió la salchicha en la boca, engrasándose el bigote.

Lorna lo contempló, y se esforzó por conservar la calma. Si fuera por él, debería estar siempre con corsé, sentada a la sombra contemplando cómo se iba la vida, igual que mamá, y si bien podía discutirle, con su padre era mejor la persuasión. Mientras creyese que él tenía la última palabra, las mujeres de la casa tendrían una posibilidad de salirse con la suya.

– Me quedaré cerca de la orilla, y no saldré sin sombrero.

– Bueno, me imagino que usarás sombrero -intervino la tía Henrietta-. ¡Con un alfiler afilado!

La tía Henrietta jamás dejaba de advertir a sus sobrinas que siempre llevaran un alfiler con buena punta. Sostenía que era la única arma, y Lorna se preguntaba con frecuencia qué hombre en su sano juicio había hecho creer alguna vez a su tía que necesitaba semejante arma. Más aún, ¿qué hombre haría pensar así a Lorna en medio del lago White Bear, una tarde dominical de sol radiante?

– Me cercioraré de que sea afilado -aceptó con falsa sumisión-. Y estaré de regreso en casa a la hora que tú digas.

Gideon se limpió el bigote y observó a su hija mientras agarraba la taza de café. Lorna se dio cuenta que estaba de mal humor.

– Puedes llevarte el bote de remos…

Cuando Gideon, por indiscreción de Theron, se enteró de que Lorna había obligado a uno de los muchachos, Mitchell Armfield, a que le enseñara a navegar en el falucho, tuvieron un terrible altercado.

– ¡El bote de remos…! -gimió-. ¡Pero, papá…!

– El bote, o nada. Dos horas. Y llevarás salvavidas. Si llegaras a volcar, con esas faldas te irías derecho al fondo como si tuvieses un anda.

– Sí, papá -admitió. Y le dijo a la madre-: Se me ha ocurrido que, si te parece bien, podría llevar un canasto para comer en el bote.

Como el domingo sólo estaban los criados imprescindibles y las comidas del mediodía y de la noche estaban constituidas por alimentos fríos, era el día más conveniente para eso.

– Está bien -aceptó Levinia-. Pero me preocupa que estés en el agua tú sola.

– ¡Yo puedo acompañarla! -intervino Theron, esperanzado.

– ¡No! -exclamó Lorna.

– ¡Por favor, mamá! ¿Puedo?

Debajo de la mesa, Theron, ansioso, juntó las rodillas.

– Madre, lo llevé conmigo a la ciudad esta semana, aunque hubiese preferido ir sola, y fue con Taylor y conmigo la otra noche, al concierto de la banda. ¿Tengo que llevarlo otra vez?

– Lorna tiene razón. Esta vez, puedes quedarte en casa.

Lorna exhaló un suspiro de alivio y se apresuró a terminar el desayuno antes que los demás.

– Voy a avisar a la señora Schmitt.

Bebió el último sorbo de café y salió de prisa antes de que alguien cambiase de idea.

Jens Harken estaba en la cocina cuando Lorna asomó otra vez la cabeza por allí. Estaba de rodillas junto a la caja para el hielo quitando el recipiente en que se recogía el agua. Cuando la puerta del pasillo se abrió, alzó la vista y se encontró con la de Lorna. Los ojos eran tan azules como ella los recordaba, el rostro apuesto, los hombros anchos.

Se levantó, sosteniendo el ancho recipiente con agua que se balanceaba, y le dirigió un saludo silencioso con la cabeza mientras se dirigía a la puerta trasera para arrojar el agua al jardín.

– ¿Señora Schmitt? -llamó Lorna, tratando de atisbar por la rendija de la puerta.

La cocinera vino corriendo desde la despensa, donde estaba contando la cubertería de plata, en ausencia de Chester.

– Oh, señorita, es usted otra vez.

– Sí.

Lorna le lanzó una sonrisa, al comprender que lo que iba a pedir acortaba las pocas horas libres de que gozaba el personal de la cocina por semana. Harken estaba de vuelta y se arrodillo para poner otra vez la fluente.

– ¿Podría prepararme un cesto antes de irse? Unas pocas cosas del buffet del mediodía que pueda llevarme en el bote.

– Claro, señorita.

– Déjelas junto a la puerta trasera, y yo vendré a buscarlas antes de irme.

– Muy bien. Procuraré poner un par de esos pasteles de grosella que tanto le gustan.

– ¿Cómo lo sabe?

– Señorita, el personal comenta. Sé casi todas las comidas que le gustan, y también las preferidas de todos los integrantes de la familia.

Lorna sonrió otra vez.

– Bueno, gracias, señora Schmitt, me encantará comer pasteles de grosella, y espero que disfrute de una linda tarde de descanso, ¿eh?

– Así será, señorita, y gracias a usted también.

Salió sin volverse a miras a Harken, aunque al cerrarse la puerta recordó perfectamente sus brazos fuertes que parecían leña de roble y recordó también las miradas hacia ella mientras hacía la tarea de la cocina.

Salió al mediodía con el cesto del almuerzo. Encaramado a la cabeza tenía un sombrero de paja toscana, sujeto por un alfiler recién afilado, como correspondía. Le caían por la espalda las cintas azul claro, del mismo color que las rayas de la falda de satén. Para calzarse, había elegido un par de Prince Alberts de lona con refuerzos elásticos, que eliminaban la necesidad de los molestos ganchos para botones. A unos seis metros de la orilla, soltó los remos, se alzó las faldas y se quitó los zapatos, a los que siguieron las medias de hilo de Escocia y las ligas, que puso en el canasto. Retomó los remos y adoptó el rumbo guiándose por la costa, hacia donde estaba Tim Iversen, al otro lado del lago.

Tim Iversen en una de esas raras personas que caía bien a todos. Gracias a su trabajo, se las arreglaba para traspasar la brecha que separaba la clase alta de la baja pues, como fotógrafo, trabajaba para ambas. No era rico según los cánones de nadie, pero tenía una cabaña hecha por él mismo en el lago White Bear tiempo antes de que los ricos construyeran allí elegantes casas de veraneo. Llamaba Albergue del Abedul a la caballa, y tenía la puerta abierta para cualquiera que llegase. No sólo navegaba con los ricos sino que también cazaba, pescaba y se visitaba con ellos, y venía registrándolo todo en fotografías desde que los ricos decidieron convertir a White Bear en patio de juegos.

Del mismo modo, los trabajadores consideraban a Tim un amigo. De origen humilde, no los rechazaba. Más aún, era modesto y nada apuesto pues, de joven, perdió un ojo en un accidente en que intervino una flecha hecha con la ballena de un corsé, y usaba ojo de cristal. Sin embargo, el ojo sano le servía muy bien como fotógrafo de las dos clases sociales. No sólo había instalado un estudio en Saint Paul sino que había ganado prestigio como fotógrafo, viajando por todo el mundo con una cámara de doble lente, que sacaba fotos continuadas para el estereoscopio invadiendo todos los salones de Norteamérica y se había transformado en un pasatiempo nacional.

Pero a medida que Lorna se aproximaba al muelle de Iversen, la cámara de este no se veía por ningún lado. En cambio, sí estaban él y Harken con los pantalones enrollados, y colocaban una red barredera a poca profundidad, junto a la orilla. Todavía a cierta distancia, Lorna apoyó los remos y se puso las medias y los zapatos. Tomó otra vez lo remos, miró sobre su hombro y vio a Tim que la saludaba con la mano. Le devolvió el saludo. Harken, con la red en la mano, se limitó a mirar cómo se acercaba el bote.

Cuando llegó al muelle, los dos la esperaban con el agua por la rodilla para sujetarlo. Harken agarró el cabo para arrimar el bote al muelle, mientras Tim la saludó:

– Bueno, qué agradable sorpresa, señorita Lorna.

La muchacha se puso de pie, conservando el equilibrio pese al balanceo del bote.

– No es ninguna sorpresa, señor Iversen. Estoy segura de que Harken le dijo que yo venía.

– Bueno, sí, me lo dijo… -Iversen rió y saltó sobre el muelle para ofrecerle la mano- pero conozco la opinión de su padre acerca de las mujeres que navegan y, por lo tanto, supongo que tuvo problemas para salir.

– Como ve, tuve que conformarme con el bote -replicó Lorna, aceptando la mano de Iversen y saliendo del bote-. Y también tuve que prometer volver dentro de dos horas.

Hasta ese momento, había evitado mirar a Harken y lo hizo mientras él, en el agua a los pies de Lorna, amarraba el bote.

– Hola -le dijo con voz queda.

Harken alzó el rostro y la miró, haciéndole un guiño. Su cabeza rubia estaba descubierta y tenía los pantalones mojados casi hasta la ingle. La camisa blanca, arrugada, no tenía cuello y los tirantes rojos marcaban los hombros. Dio un último tirón al nudo.

– ¡Hola, señorita!

– Interrumpí la colocación de la red.

– Oh, no hay problema. -Lanzó una mirada que en realidad no llegó hasta la red, ni hasta el balde abandonados. Podemos terminar luego.

Lorna recorrió el muelle, iluminado por el sol, seguida por Iversen, que iba dejando sus huellas húmedas. Harken vadeó junto a ellos, por abajo. Convergieron en la orilla arenosa, donde el sol pegaba con fuerza y el agua plácida casi no se movía. La tarde era cálida y apacible. Alrededor, el chirrido de los saltamontes se articulaba en una sílaba aguda que no cesaba jamás. En el bosque cercano, hasta los arces parecían marchitos. Junto a la orilla, los sauces llorones parecían hundir la lengua en el agua para beber.

Lorna le preguntó a Tim:

– ¿Le dijo el señor Harten que vine a enterarme de cómo ganar la regata?

– Sí, me lo dijo, pero, ¿le dijo él que ya le llevó la idea a media docena de miembros del Club de Yates de White Bear y todos le dijeron que estaba loco? Lorna volvió otra vez la mirada al hombre rubio. -¿Lo está, señor Harken? -Quizá. Pero no creo.

– ¿Qué es, exactamente, lo que propone? -El diseño de un barco totalmente nuevo.

– Muéstreme.

Por primera vez, las miradas de ambos se encontraron, y Jens se preguntó por qué una muchacha tan preciosa como ella quería saber cosas sobre barcos. ¿Entendería? Había esbozado la idea ante navegantes mucho más experimentados que Lorna, y no creyeron en ella. Peor aun, si el padre se enteraba de ese encuentro clandestino, no cabía duda de que perdería el empleo, tal como se lo advirtió Hulduh Schmitt. Pero ahí estaba la muchacha, mirándolo expectante bajo la sombra del sombrero de paja, con una fina película de sudor en la frente y un atisbo de humedad en las sisas de las mangas abullonadas. De la cintura hacia abajo, era esbelta como una fusta pero, hacia arriba, había heredado el busto generoso de su madre. Un hombre tendría que tener dos vendas en los ojos para no advertir todo eso y, además, su hermoso rostro. Con todo, Jens Harken conocía su lugar. No tenía dificultad en cuidar las formas y tratarla con la deferencia que se esperaría de un criado de cocina, pero no podía dejar de lado la oportunidad de hablar respecto de su barco con otra persona más. El barco resultaría. Lo sabía con tanta certeza como sabía que no debería estar ahí, en ese muelle, descalzo junto a la señorita Lorna Barnett con su preciosa falda rayada y su sombrero encintado. Pero, ¿quién podía decir quién sería la persona que al fin lo escucharía? Bien podría resultar hasta esta muchacha rica aburrida que, tal vez, no estuviera haciendo otra cosa que divertirse con un criado. Por si las intenciones de la joven eran honestas, decidió mostrárselo:

– De acuerdo-respondió, recuperando el balde con peces. Dio tres pasos en el agua, lanzó al aire los pequeños peces y el agua del lago, y llenó otra vez el balde-. Mire -le aviso a Lorna antes de volcar agua sobre la arena, para formar una pizarra lisa y húmeda.

Cortó una rama de un arbusto cercano, y volvió junto a Lorna, donde se puso de cuclillas, haciendo equilibrio sobre un talón.

– Usted sabe un poco de navegación, ¿verdad? -preguntó, empezando a dibujar.

– Sí, un poco. Me escabullo cada vez que puedo.

Aunque sonrió, Jens mantuvo la mirada fija en la arena.

– Esta es la clase de barco que su padre pilota ahora. Es una balandra, y usted sabe cómo son las balandras por abajo… -Trazó una aleta inferior profunda-. Esta forma de quilla significa que toda esta zona, desde aquí… hasta aquí -dibujó la línea del agua- desplaza agua. Al mismo tiempo, cuando se usan para carreras, llevan muchas más velas y, para compensar, hay mucho más hierro y plomo atornillado en la quilla, como lastre. Y como ni siquiera eso impide que vuelquen, ponen sacos de arena y la tripulación va de una banda a otra cada vez que se balancea, ¿entiende?

– Sí, sé todo lo que respecta al lastre de arena.

– Muy bien, ahora imagine esto… -Apoyé las dos rodillas en la arena y dibujé, con entusiasmo, otro barco-. Una chalana, un lanchón pequeño y liviano, de fondo casi plano que se desliza sobre el agua, en lugar de surcada. Un casco que planea sobre el agua contra uno que se desplaza, de eso estamos hablando. Una nave de doce metros que pese, digamos, unas ocho toneladas con casco de desplazamiento, sólo pesaría unas dos toneladas y media con el casco plano. Ahorraríamos todo ese peso.

– Pero, si no usa lastre de plomo, ¿qué impedirá que se incline?

– La forma. -Ya animado, lanzó a Lorna una mirada fugaz y dibujé una tercera figura-. Imagínese que tiene la forma de un cigarro pisoteado. Sólo tendría algo menos de un metro desde la parte superior de la cubierta hasta el fondo del casco.

– ¿Tan plana?

– No sólo eso, nos desharemos de ese largo bauprés, pues ya no lo necesitaremos para sujetar las amuras de esas velas tan desproporcionadas. Emplearíamos velas mucho más pequeñas.

– Pero, al estar tan cerca del agua, ¿no se hundiría de nariz?

– No.

– Le costará bastante convencer de eso a mi padre.

– Puede ser, pero tengo razón. ¡Sé que es así! Aunque el casco del barco sea plano, aun así tiene contorno -señaló el cigarro aplastado- y, por ser planeadora, tiene mucha alzada natural. Cuando corra a favor del viento, la proa se levantará en lugar de hundirse; y cuando navegue ciñendo al viento, quedará lo bastante elevada para que haya muy poca superficie húmeda, al contrario del antiguo diseño, en el cual el casco está por completo en el agua, provocando un tremendo arrastre.

Se interrumpió para tomar aliento y se sentó con las manos sobre los muslos, mirando a Lorna a los ojos. Los de él, que apresaban el radiante sol veraniego, brillaban tanto como el cielo contra el cual se recortaba, y parecía faltarle el aliento por la excitación.

– ¿Cómo sabe todo eso?

– No sé cómo, sólo sé que es así.

– ¿Estudió usted?

– No.

– ¿Y entonces?

Jens aparté la mirada, arrojó la vara con la que estuvo dibujando y se sacudió las manos.

– Soy noruego. Creo que lo llevo en la sangre y, además, navego desde niño. Mi padre me enseñó y a él, mi abuelo.

– ¿Dónde?

– Primero, en Noruega; después de inmigrar, aquí.

– ¿Inmigraron?

Jens asintió.

– Cuando yo tenía ocho años.

Por eso no tenía acento. Hablaba un inglés bien pronunciado, pero al observar el perfil, Lorna vio con claridad las nítidas líneas nórdicas del rostro: nariz recta, frente alta, boca bien formada, cabello rubio y esos perturbadores ojos azules.

– ¿Su padre está de acuerdo con usted?

Le lanzó una mirada pero no respondió.

– Me refiero al barco -aclaré Lorna.

– Mi padre murió.

– Oh, lo siento.

Jens levantó otra vez la vara y la clavó, distraído, en la arena.

– Murió cuando yo tenía dieciocho, en un incendio en el astillero donde trabajaba, en New Jersey. En realidad, yo también trabajaba allí, y traté de convencerlos de que me escuchasen, pero se rieron de mí como todos los demás.

– ¿Y su madre?

– Murió, antes que mi padre. Pero tengo un hermano, allá en New Jersey. -Sonrió de nuevo, esta vez con cierto aire malicioso-. Le dije que vendría a Minnesota y encontraría a alguien que me prestara atención, y cuando me hiciera rico y famoso diseñando los barcos más veloces que hubiese sobre el agua, él podría venir a trabajar para mí. Está casado y tiene dos niños pequeños, y para él no es fácil moverse. Pero, acuérdese de lo que le digo: algún día le haré venir.

Estaban los dos arrodillados, concentrados uno en el otro, sin advertir el paso del tiempo. La mano de Jens estaba inmóvil sobre la vara que emergía de la arena. La de Lorna se apoyaba sobre su propio muslo. Los ojos del muchacho estaban llenos de sol. Los de ella, bajo la sombra del ala del sombrero. Ella tenía un aspecto muy femenino con la blusa de cuello alto, de mangas inmensas. El, muy masculino con la camisa arrugada, los tirantes, y los pies descalzos. Por un momento, los dos estaban muy bellos y se admiraban mutuamente, por el simple placer de contemplarse.

Por fin, privé la decencia y Harken bajó la vista.

– Señorita Lorna, está ensuciándose la falda.

– Oh. -Se miró-. No es más que arena. Cuando se seque, la sacudiré. Entonces… -Se inclinó hacia el dibujo y lo recorrió con la yema del dedo-. Dígame, señor Harken, ¿cuánto costaría construirlo?

– Más de lo que tengo. Más de lo que podría conseguir del Club de Yates.

– ¿Cuánto?

– Unos setecientos dólares.

– Oh, sí, es mucho.

– Más aún porque suponen que se volcará y se hundirá.

– Debo confesarle que hay una parte que me resulta difícil de entender: lo relacionado con la superficie húmeda. Explíquemelo otra vez, para que yo pueda convencer a mi padre.

Jens compuso una expresión sorprendida.

– ¿En serio?

– Lo intentaré.

– ¿Le dirá que estuvo aquí, hablando conmigo?

– No. Le diré que estuve hablando con el señor Iversen y que él cree que resultará.

Los labios de Harken dibujaron una muda "O" que duró un momento, hasta que dijo:

– ¡Es usted una joven valiente!

Lorna se encogió de hombros.

– No creo. Dígame, señor Harken, ¿oyó hablar del novelista Charles Kingsley?

– No, me temo que no.

– Bueno, el señor Kingsley sostiene que las mujeres de hoy padecen multitud de problemas de salud, con tres posibles orígenes: silencio, inmovilidad y corsés. Yo prefiero rechazar las tres cosas y estar sana; eso es todo. A mi padre no le agrada, pero de vez en cuando se cansa de regañarme y yo me salgo con la mía. Quién sabe, quizás esta sea una de esas ocasiones. Y ahora, señor Harken, explíqueme su barco otra vez.

Tras unos minutos de explicación se oyó una explosión cercana. Los dos alzaron la vista, y ahí estaba Iversen, rodeado de una nube de humo, sacando la cabeza de la capucha negra de su cámara Kodak, apoyada en un trípode, sobre la arena.

– ¡Señor Iversen, qué está haciendo! -exclamó Lorna.

– Tengo la impresión de que esos dibujos en la arena algún día serán históricos. Lo que hice fue registrarlos para la posteridad.

Lorna se incorporó sobre las rodillas y alzó una mano, en gesto de alarma.

– ¡Oh, no debe hacerlo!

Iversen sonrió.

– No se preocupe. No se la mostraré a su padre. Al menos no hasta que el barco esté construido y Jens haya cruzado el lago con él sin que se hunda. Después, no prometo nada.

Lorna se aflojó y se sentó sobre los talones.

– Bueno, está bien. Pero tiene que prometerme que, por ahora, tendrá esa fotografía escondida. Ya sabe cómo es mi padre. Después de la otra noche, no está precisamente contento con el señor Harken, y si pensara por un minuto que estuve aquí conversando con él, le daría un ataque. Tengo que convencerlo de que usted respalda a Harken y de que cree que este nuevo barco funcionará. ¿De acuerdo?

– Estoy convencido de que el barco navegará.

Lorna pasó la mirada de Iversen a Harken y otra vez al primero.

– Bueno, y entonces, ¿por qué no lo dijo?

– Lo dije. No me escucharon. Ya sabe qué clase de marinero soy.

Tenía la reputación de perder cada carrera en la que intervenía y, en una ocasión, realmente fue nadando detrás de su barco, afirmando que podía hacerlo andar más rápido si lo empujaba que si lo conducía. Incluso, con buen humor, bautizó a su barco Quizás.

Lorna se levantó y se acercó a Iversen.

– Bueno, ¿lo intentará otra vez conmigo? ¿Y con Harken, si papá accede a hablar con él?

– Creo que sí lo haré.

– ¡Oh, gracias, señor Iversen, gracias! -En un impulso, le dio un abrazo, pero se dio cuenta y adoptó una actitud recatada-. Oh, lo siento. No le diga a mi madre que hice eso.

Iversen rió.

– Tampoco a tía Henrietta. -Cuando se apagó la risa de Iversen, se hizo silencio -¡Bien! -dijo, bajando los brazos y uniendo las manos sobre la falda-. Tengo un cesto con el almuerzo, y estoy hambrienta. Caballeros, ¿les gustaría compartir conmigo una comida ligera?

– ¿Preparada por la señora Schmitt? -repuso Iversen alzando las cejas-. No tiene que decirlo dos veces: recuerde que soy soltero.

Harken se había puesto de pie y estaba callado, junto a los dibujos. Lorna lo miró:

– ¿Señor Harken? -lo invitó, en voz más baja.

Lorna no tenía idea de lo encantadora que se veía, el sol cayendo sobre su barbilla en forma de corazón, y las cintas azules del sombrero detrás. Harken no necesitaba que nadie le dijera que no era en absoluto apropiado que hiciera picnic con ella. Pero Iversen estaba ahí con ellos, y sólo se trataba de una hora robada de la que su padre no tendría por qué enterarse… así lo esperaba Lorna. Además, después de ese día Jens Harken volvería a la cocina y Lorna Barnett a los juegos de croquet en el prado del Este, y ninguno de los dos se molestaría siquiera en recordar este encuentro imposible de una tarde calurosa de verano.

– Me parece bien -respondió Harken.

3

Iversen llevó una manta india que extendieron a la sombra de los sauces, cerca de la cabaña. Los tres se sentaron con las piernas cruzadas, y Lorna sacó del canasto jamón en tajadas, bollitos de manteca, huevos rellenos "al diablo", frutillas frescas, corteza de melón en conserva y pastel de grosellas. Acomodó la comida sobre el ruedo de la falda, que la rodeaba como una tienda de rayas azules y blancas.

– Ah, aquí se está mucho mejor, ¿no? -dijo.

Harken intentó admirar la comida en lugar de a Lorna, pero fue difícil. La muchacha alzó los brazos y se quitó una hebilla y luego el sombrero, arrojándolos sobre la hierba y la maleza, junto a la manta, e hizo rotar un poco el cuello gozando de la libertad.

– Ah, la sombra es maravillosa.

Otra vez, alzó los brazos para arreglarse el peinado. El gesto liberó los pechos y elevó las enormes mangas sobre las orejas. El camafeo que llevaba en el cuello desapareció bajo la barbilla y la blusa, metida en el cinturón, se estiró sobre las costillas.

Al dejar caer los brazos y alzar la vista, sorprendió la mirada de Harken que apartó los ojos de inmediato.

– ¡Bien! -dijo Lorna, frotándose las manos e inclinándose hacia adelante para ofrecer la comida-. Frutillas, jamón, huevos… Caballeros, ¿qué quieren primero?

Con un plato en la mano, miró a Iversen.

– Un poco de cada cosa.

Lorna llenó el plato y se lo dio, y, al inclinarse sobre su propia falda, la hizo crujir.

– ¿Y usted, señor Harken?

– Un poco de todo, excepto la corteza de melón.

– ¡Ah, pero si está exquisita…!

Mientras la muchacha servía huevos y frutillas, Jens observaba la mano pequeña, con el dedo alzado, que se movía sobre los coloridos alimentos.

– No pensaría lo mismo si hubiese ayudado a la señora Schmitt a envasarla. Deja un olor espantoso en la cocina.

Lorna se lamió el pulgar y el índice y se lo sacó lentamente de la boca cuando le entregó el plato:

– ¿Usted ayudó a envasar esto?

– Yo ayudo a envasar casi todas las conservas. Lavo la fruta y la verdura, y cargo las ollas. Son demasiado pesadas para las mujeres. Gracias, señorita.

Recibió el plato y empezó a comer mientras Lorna pensaba en las confituras de corteza de melón comprendiendo que no tenía idea del aspecto de una olla, de lo pesada que podía ser, ni de nada que tuviese relación con la preparación de una comida tan simple como esa.

– ¿Qué más hace?

Mirándola a los ojos, habló con sencillez:

– Soy ayudante de todo trabajo en la cocina. Hago lo que me piden.

– Sí, pero, ¿qué más?

– Bueno, esta mañana, como era el día libre del jardinero, a las chico y media recogí las frutillas, y después…

– ¡A las cinco y media…!

– La señora Schmitt asegura que son más dulces si se recogen antes de que el sol les seque el rocío. Después, una vez que lavé las frutillas, llené la leñera, preparé el fuego, y ayudé a limpiar la plata de la noche anterior porque Chester todavía no había vuelto, exprimí naranjas, llevé otro bloque de hielo de la nevera, piqué un poco para poner debajo de las frutillas y puse el resto en la nevera, vacié los recipientes que recogen el hielo derretido, fui a buscar el canasto a la despensa y lo limpié, barrí la cocina después del desayuno, lavé el porche trasero y regué el jardín de hierbas aromáticas. Ah, y ayudé a la señora Schmitt a preparar el cesto.

Lorna lo miró, estupefacta.

– ¿Hizo todo eso esta mañana? ¿En su día libre?

El carrillo de Harken estaba hinchado con un bocado de pan y jamón. Tragó y dijo:

– Mi día libre empieza cuando termina el trabajo del desayuno.

– Ah, entiendo. Pero hizo todo antes de que yo me levantara de la cama.

– Las primeras horas de la mañana son la mejor parte del día. No me molesta levantarme temprano.

Lorna reflexionó un instante, y preguntó:

– ¿Por qué el día libre del jardinero no empieza después del desayuno?

– Creo que tiene un arreglo especial con su madre, señorita.

– ¿Un arreglo especial? ¿Qué clase de arreglo especial?

Harken jugueteó con la comida en el plato pues no deseaba entrar e detalles acerca de lo que eran capaces de hacer las señoras en favor de ayudantes masculinos eficaces.

El que respondió fue Iversen:

– Lorna, sabes lo tremenda que es aquí la competencia entre las damas en lo relativo a los jardines.

– Sí, ¿y entonces?

– Y sabes que Smythe proviene de Inglaterra.

El padre fue jardinero de la misma reina Victoria. Recuerdo 1c que alardeó mi madre cuando lo contrató.

Harken explicó:

– Parte del arreglo cuando vino a trabajar para ella, fue que Smythe tendría todos los fines de semana libres desde las ocho en punto del sábado por la noche hasta el amanecer del lunes.

– Ah, ahora entiendo. Entonces, usted recoge la fruta y la verdura los domingos.

– Sí, señorita.

– Y mi madre se lleva el mérito por tener las mejores verduras y flores de White Bear Lake, aunque no haga nada del trabajo. Les confieso a ambos que siempre me pareció extremadamente tonto el modo en que las mujeres compiten por tener los jardines más espectaculares, si no hacen nada ellas mismas.

– Lo mismo sucede con los hombres y la navegación -dijo Harken-. Son dueños de los barcos, pero contratan a los timoneles.

– Pero sólo para las regatas importantes, como la de ayer -dijo Lorna.

– Y porque la Asociación de Navegación Island Lake lo permite -acotó Iversen.

– Pero, ¿no les parece que tendrían que desear pilotar ellos mismos? Si yo tuviese un barco, querría hacerlo afirmó Harken.

– Creo que tiene razón. No hay mucha diferencia entre el hecho de que mamá contrate a un jardinero y el dueño de un barco contrate a un piloto.

Iversen les dijo:

– Se comenta que la Asociación va a cambiar la regla, y exigirá que el dueño del barco lo pilotee.

Esto provocó una animada discusión sobre los pros y los contras de contratar timoneles, a la que siguió un repaso de la regata del día anterior.

Lorna se inclinó hacia adelante, eligió una frutilla y la mordió.

– Y usted. Tim -lo señaló con lo que quedaba de frutilla-, conquistó su propia reputación.

– ¿Se refiere al Quizás? Vamos, señorita Lorna, le agradecería que no arruine una tarde agradable recordándomelo.

Rieron, y Lorna dijo:

– Me refiero a la fotografía, no a la navegación. Dígame, ¿es cierto que Sears y Roebuck venderán las colecciones de fotografías en cajas?

– Así es.

– ¡Oh, Tim, debe estar tan orgulloso! ¡Pensar que deben ver su trabajo en todos los salones de Norteamérica! Cuéntenos algo sobre las fotos y los lugares donde las tomó.

El fotógrafo describió la Feria Mundial de Chicago, donde había tomado fotos dos años antes, y sitios espectaculares como el Gran Cañón, México y el Kiondike. Encendió la pipa y se acomodó contra un árbol, mientras Lorna mordisqueaba un trozo de pastel de grosellas y le preguntaba a dónde iría ese invierno, cuando cerrara la cabaña dando por terminada la temporada. Respondió que quizá fuese a Egipto, a fotografiar las pirámides.

Lorna se entusiasmó:

– ¡Las pirámides… ah…! -y partió otro pedazo de pastel y lo comió, sin advertir la imagen arrebatadora que mostraba, fascinada por los relatos de Tim, rodeada de las susurrantes faldas y mordisqueando el pastel cada vez que no estaba demasiado extasiada para olvidar que lo tenía en la mano.

Harken, sentado a la manera india, con los codos sobre las rodillas, mordisqueaba una brizna de hierba y admiraba el perfil, los modales, la risa pronta y la naturalidad de la muchacha. En un momento dado, Lorna le dijo a Iversen:

– Tal vez vaya usted a New Jersey. Allá vive un hermano del señor Harken.

Se volvió hacia Harken y le sonrió, sorprendiéndolo desprevenido. Se olvidó de apartar la vista, y Lorna también optó por no hacerlo. Con la uña del pulgar, Jens casi corta la hierba, atrapado en un estado de conciencia que parecía canturrear en las cabezas de ambos como el canto de las chicharras de alrededor. La sombra.moteada, la lasitud de después de comer, la conversación agradable, todo se combinaba para arrebatarles la conciencia e impulsarlos a permitirse un intercambio de curiosidad silenciosa que sobrepasaba cualquier distinción de clases. Se contemplaban a gusto, admirando lo que veían, registraban los detalles para llevárselos y explorarlos más tarde, cuando estuviesen acostados, cada uno en distinto piso de la casa: el color de los ojos, la curva del cabello, el contorno de las bocas, las narices, los mentones. Iversen, recostado contra el tronco del árbol, soplando la fragante pipa de brezo, los observaba. Ni la presencia de este impidió la locura de los dos, hasta que, por fin, se acabó la carga de la pipa 'y golpeó el hornillo contra una raíz del árbol.

Sobresaltada, Lorna salió del ensueño con Harken y descubrió que había olvidado a Iversen durante mucho tiempo. Apeló a la primera excusa que tenía a mano y que resulté ser la lata redonda.

– ¿Un trozo de pastel antes de que lo guarde?

Se lo tendió a Tim.

– No, gracias, estoy lleno.

– ¿Señor Harken?

No sabía que ofrecerle pastel a un hombre podía resultar tan íntimo, pero así fue, considerando que, además, jamás se había relacionado con un criado.

– No, gracias, eso era para usted -respondió, apartando con esfuerzo la vista.

La posó en Iversen que, bajo los bigotes, lucía una expresión placentera y perspicaz tras la pipa vacía. Harken también comprendió que era hora de dar por terminado este disparate.

– Tim, ¿vamos a atrapar a esos peces, o no?

Lorna se movió como si la hubiesen pinchado con un alfiler.

– Caramba, estuve entreteniéndolos.

De rodillas, comenzó a cerrar latas y jarras, y a apilar las cosas en el – canasto.

– En absoluto, señorita Lorna.

Harken se arrodillé para ayudarla, y así quedaron más cerca de lo que habían estado antes, cuando le había mostrado los dibujos en la playa. Tenía un perfume tibio, de mujer esbelta, que llegó a Jens cuando la muchacha se movió, al colocarse el sombrero, ponerle el alfiler, cerrar el cesto, ponerse de pie y arreglar la falda arrugada. Se inclinó a agarrar el cesto, pero Jens también.

– Yo lo llevaré -dijo, esperando que Iversen se levantan y los acompañase. Al ver que no lo hacía, Harken dijo-: ¿Piensas estar sentado todo el día, o vas a acompañar a la dama hasta su bote?

Iversen se levantó y dijo:

– Iré a guardar la manta. -Tomó una mano de Lorna-. Adiós, señorita Lorna. -Le besó la mano y agregó-: Suerte con su padre.

Jens y Lorna dejaron a Tim sacudiendo la manta mientras se daban la vuelta y caminaban hombro con hombro desde la sombra fresca a la zona recalentada por el sol, atravesando la arena hasta el largo muelle de madera.

Jens tenía cosas que decir pero sabía que no podía. Lorna había dicho que tenía que regresar a su casa en dos horas y, aunque habían pasado más de dos horas, no parecía tener demasiada prisa. Caminaba como quien no quiere llegar al bote. Volviendo la mirada, el hombre se permitió un último examen del rostro. Al mirar hacia abajo, con la barbilla plegada, creaba una delicada hinchazón y abultaba el perfil de sus labios. Diminutas motas de sol atravesaban el sombrero de ala chata y llenaban de pecas la oreja y la barbilla.

Lorna se detuvo junto al bote y se volvió, inmovilizando a Jens con una mirada tan directa que fue imposible eludirla. Le entró por los ojos y se fragmento al llegar al pecho, como un banco de pequeños peces cuando se arroja una piedra entre ellos.

– Fue una tarde maravillosa -dijo Lorna en voz suave, con un inconfundible matiz de pena-. Gracias.

– Señorita Lorna, gracias a usted por el picnic.

– Yo me limité a traerlo. Usted lo preparó.

– Fue un placer.

– Cuando haya hablado con mi padre, se lo haré saber.

Asintió en silencio.

Pasaron cinco segundos, durante los cuales los dos sintieron cierta extraña ingravidez en los estómagos.

– Bueno, ¡adiós! -dijo ella.

– ¡Adiós, señorita!

Le dio la mano y, durante un instante fugaz, mientras Lorna subía al bote, conocieron el contacto con la piel del otro. La de ella, suave como la gamuza, la de él, áspera como el cuero. Lorna se sentó y Jens le entregó el cesto. Jens se arrodilló para desatar la amarra y aferró la regala como si quisiera alejarla. Antes de que pudiese hacerlo, Lorna alzó la vista y el ala del sombrero casi le toca la barbilla. Arrodillado inmóvil, debajo de ella, los rostros quedaron muy cerca.

– ¿Mañana por la mañana recogerá las frutillas?

El corazón le dio un vuelco al responderle:

– Sí, señorita, eso haré.

– En ese caso, comeré un poco en el desayuno -respondió, al tiempo que Jens la apartaba.

Se quedó de pie en el muelle, observando cómo remaba alejándose de popa y después, como toda una experta, hizo girar el bote hasta quedar de cara a Jens. Durante cinco impulsos de remo las miradas de ambos se enlazaron hasta que, al fin, Lorna la apartó y gritó:

– ¡Adiós, señor Iversen! -al tiempo que alzaba una mano para saludar.

Desde la sombra de los árboles, Tim contestó:

– ¡Adiós, señorita Lorna!

La muchacha no sonrió ni saludó a Harken, ni él pudo verle los ojos bajo el ala del sombrero. En cierto modo, sabía que estaban fijos en él, y se quedó contemplando la cara que iba achicándose hasta que estuvo demasiado lejos para distinguir las facciones.

Esa noche, acostado en el estrecho catre de la habitación del tercer piso, con una sola ventana que daba a la huerta, pensó en ella. Cuando volvió de despedir a Lorna en el muelle, Tim dijo una sola cosa. Se quitó la pipa de la boca, lo miró a los ojos con el suyo sano, y se limitó a decir:

– Ten cuidado, Jens.

Claro que Jens Harken tendría cuidado. Pese a tanta mirada insinuante, no era tan tonto como para pretender hasta la más inocente relación entre él y Lorna Barnett. Valoraba mucho su trabajo, y la cercanía que le daba con los hombres que podían tener yates y tiempo libre para navegarlos. Pero, ¿qué diablos pretendería la muchacha al coquetear de ese modo con un criado de la cocina? Sin duda, llegado el momento tendría montones de pretendientes tan ricos como el viejo, que merodearían por ahí y le firmarían el carnet de baile. Miserables bien vestidos, dueños de barcos, jóvenes aceptables a los que recibirían en el salón, con la madre ofreciéndoles la mejilla, y el padre, coñac del más caro.

Jens estaba seguro de que uno de ellos debió sentarse junto a Lorna la noche pasada.

Por lo tanto, ¿qué conclusiones podía sacar de lo sucedido ese día?

Aunque no parecía una coqueta, la fascinación con él había aumentado a medida que pasaba el día, igual que la de Jens hacia ella: más motivo aun pan seguir el consejo de Tim. Una fascinación lenta era más peligrosa que un coqueteo fugaz. Le convenía más alentar a la pequeña criada de la cocina, Ruby, que últimamente manifestaba interés por él. Sin embargo, no podía menos que comparar la cabellera roja y rizada y las pecas de Ruby con el intenso caoba que enmarcaba el rostro de Lorna. Cuando salió del bote, estaba tibia; los finos rizos se le pegaban a las sienes y al cuello y le acariciaban las orejas. Siempre creyó que las damas elegantes pasaban la mayor parte del verano procurando mantenerse frescas. En cambio, Lorna remó a través del lago en medio del calor, se quitó el sombrero, se alisó el cabello y compartió la merienda con alguien al que, hasta hacía poco, había mostrado la más absoluta indiferencia. Así solía ser: los ricos despreciaban a sus empleados.

Pero el desprecio parecía estar por completo ausente de la expresión de la señorita Lorna Barnett ese día.

Ahí, acostado en el cuarto de los sirvientes, Jens trató de sacarla de su cabeza. Sintió las sábanas pegajosas y las apartó, puso la almohada del lado fresco y cerró los ojos, pero ahí estaba Lorna otra vez en el recuerdo, saliendo del bote, tomando el cesto de picnic de manos de él, alzando el rostro en forma de corazón y preguntándole si recogería frutillas para el desayuno del día siguiente. La recordó mordiendo una y señalando las demás frutas a Tim mientras hablaba… un ser glorioso, sin afectaciones, con ojos castaños como bellotas y sonrisa hechicera, que mostraba cada vez menos a medida que transcurría la tarde.

¿Acaso ella también estaría acostada, despierta, recordando los hechos de esa tarde?

Por cierto, la señorita Lorna Barnett lo estaba. Tendida de espaldas, con las manos bajo la cabeza, contemplaba las sombras tenues que delineaban el medallón del techo que rodeaba la lámpara. Ese día, cuando salió con el bote, no sospechaba lo que esa tarde le traería.

Jens Harken.

Pensó en el nombre, el nombre que no se atrevía a pronunciar, pues llamarlo así sería cruzar una línea distintiva que, ni aun ella, con su espíritu independiente, salvaría. Pero el solo hecho de pensarlo le provocó placer.

Jens Harken, un criado para cualquier trabajo… ¡Dios piadoso!, ¿qué le sucedía?

Había ido a ver a Tim sólo para aprender más sobre barcos, que le fascinaban, y aunque de momento no le permitían navegar, algún día lo haría. Cuando lo hiciera, organizaría a las mujeres en un Club de Yates propio, y si podían pilotar naves revolucionariamente nuevas que se deslizaban sobre el agua, ¿por qué no hacerlo? "Tal vez papá sea demasiado obstinado para escuchar las ideas de Harken, pero yo no."

Papá… ¡qué hombre tan empecinado! Al principio, pensó que le encantaría "cambiar de idea" y prestar atención a Harken; quizás acabar con la mala suerte si el plan de Harken resultaba y, a fin de cuentas, el Club de Yates de White Bear ganaba las regatas. Pero el propósito de Lorna cobró un nuevo aspecto cuando se arrodilló y contempló las manos anchas y fuertes de Harken que dibujaban barcos en la arena. Sin ninguna educación sobre arquitectura naval, ¿cómo sabía tanto? La convenció de la eficacia de su plan con la única fuerza de su convicción. Durante todo el tiempo que pasaron juntos ese día, estaba segura de que los únicos minutos en que perdió de vista las diferencias sociales entre ambos, fue cuando dibujaba en la arena y explicaba la configuración de la quilla. Cuando le miró el rostro y le preguntó cómo sabía todo eso, respondió:

– No lo sé.

Y Lorna pensó: ¡Es verdad, no lo sabe! Fue en ese momento cuando la admiración hacia Harken cobró alas.

Arrodillada junto a él, contemplando los intensos ojos azules, pensó: Puede concretar esta locura. Sé que puede. Y tras ese pensamiento, vino otro: Oh, Dios, es increíblemente apuesto.

Por más que trató de permanecer indiferente, los ojos, el rostro de Harken la cautivaron. Esa hermosa nariz recta, la piel clara, la boca maravillosa, tan visible en su cara libre de pelos… Estaba acostumbrada a las barbas, pues todos los hombres que conocía las usaban y, por lo tanto, el rostro afeitado de Harken era una novedad casi impactante, que se añadía a su apostura. También era musculoso, de tanto levantar bloques de hielo, ollas pesadas, y quién sabe cuántas cosas más en la cocina.

¿Cuánto hacía que estaba en la casa? ¿Habría trabajado en la casa de la ciudad, el invierno pasado? ¿Trabajó en la casa de campo el verano pasado? ¿El anterior? ¿Cómo no se le ocurrió preguntárselo? De pronto, quiso saber todo sobre él, sobre su madre y su padre, el viaje a través del océano, su infancia, los años en la Costa Este y, en particular, quería saber cuánto tiempo hacía que trabajaba en la cocina de la casa, tocando lo que le servían en la mesa y los cubiertos de plata que se llevaba a la boca.

La idea le hizo recobrar la cordura.

De pronto, se incorporó en la oscuridad, sacó los pies de la cama y se rascó la cabeza con las dos manos, alborotándose el pelo de pura frustración. ¡Señor, si los grillos se callaran de una vez…! Y disminuyen la humedad… ¡Y se levantó una brisa! Se levantó el cabello de la nuca acalorada, lanzó un gran suspiro y dejó caer los hombros.

Tenía que dejar de pensar en Harken en ese mismo instante. Si quería ponerse sentimental hacia un hombre, ese hombre era Taylor Du Val. Era el hombre con quien querían casarla mamá y papá. Ya hacía mucho que lo sabía, aunque nunca se lo dijeron. Más aun, sólo veinticuatro horas atrás era de Taylor del que esperaba recibir un beso en la terraza. Esa noche, era del criado de la cocina. ¡Pero era mejor que se quitara esa idea de la cabeza ya mismo!

Se dejó caer de costado, abullonando la almohada bajo la mejilla, plegando una rodilla y alzando el camisón de modo que el aire le refrescara las piernas.

Pero no podía dormir. Y no podía dejar de pensar en Jens Harken.

A la mañana siguiente, se quedó dormida y perdió el desayuno. Cuando entró en el comedor, estaba silencioso y vacío, sin mantel de lino sobre la mesa, sin frutillas frescas recogidas por Jens Harken en el aparador. La habitación olía a jabón de esencia de limón. En el centro de un paño de encaje había un nuevo ramo de flores, lo que significaba que hacía tiempo que Levinia se había levantado y lo había arreglado. Lorna lanzó un vistazo a la puerta del pasillo que iba a la cocina: podría atravesarlo y pedir algo… ¿qué excusa más lógica para ver a Harken, aunque fuera peligroso iniciar semejante hábito?

En cambio, fue al comedor y encontró a su madre allí, ante el secreter de roble, escribiendo correspondencia. A diferencia del comedor principal, el cuarto reverberaba con la luz matinal. Estaba decorado en matices que iban del marfil al color melocotón, con chintz en lugar de jacquard, y puertas cristaleras en vez de batientes. Estaban abiertas a la soleada terraza del Este, y dejaban entrar la bendita brisa.

– Buenos días, madre.

Levinia alzó un instante la vista y continuó escribiendo.

– Buenos días, querida.

– ¿Dónde están todos? La casa parece desierta.

– Tu padre fue a la ciudad. Las tías están en el porche de atrás, en la sombra, y las chicas salieron con Betsy Whiting. No sé bien dónde está Theron, pero andaba con los prismáticos y es probable que esté trepando a un árbol, ensuciándose la ropa.

– ¿Papá volverá esta noche?

– No, mañana.

– ¡Oh, diablos!, ¿por qué?

– Ya te pedí que no uses esa expresión tan vulgar, Lorna. ¿Qué es tan urgente que no puede esperar un día?

– Oh, nada. Sólo quería hablar con él.

Se encaminó hacia la puerta, pero Levinia la detuvo:

– Un minuto, Lorna. Quiero hablar contigo.

Lorna se volvió y comenzó a explicar:

– Madre, sé que ayer dije que iba a volver en dos horas, pero se estaba tan bien en el lago que…

– No se trata de eso. Cierra las puertas, querida.

Desconcertada, Lorna miró fijo a su madre y después cerró las puertas dobles y cruzó el salón.

– Me refiero al sábado por la noche -dijo Levinia.

Sus labios duros parecían capaces de cortar el cristal.

– ¿El sábado por la noche?

Lorna se sentó en el sofá.

Levinia volvió a sentarse en la silla.

– Yo lo noté, también la tía Henrietta, lo cual significa que los otros que estaban en el salón lo notaron.

– ¿Qué cosa?

– Que invitaste a Taylor a salir al porche. -Antes de que su madre continuara, Lorna puso los ojos en blanco-. Lorna, sencillamente eso no se hace.

– ¡Madre, había por lo menos quince personas en el salón!

– Razón de más para cuidarlos modales.

– Pero, mamá…

– Eres la mayor, Lorna. Tú das ejemplo a tus hermanas y, para serte sincera, querida, este último año hemos estado cada vez más preocupados de que hayas sido poco recatada. Ya hemos hablado de esto antes pero, como dijo la tía Henrietta…

– ¡Oh, maldita sea la tía Henrietta! -Lorna alzó las manos y se levantó de un salto-. Veo que ya te llenó la cabeza de tonterías. ¿Qué le pasa a esa mujer?

– iShhh! ¡Lorna, baja la voz!

Lorna bajó la voz, pero miró de frente a su madre.

– ¿Sabes cuál es el problema de la tía Henrietta? Odia a los hombres, eso es lo que le pasa. Me lo dijo la tía Agnes. Henrietta tenía un prometido, pero él la abandonó por otra y, desde entonces, odia a los hombres.

– Lo que sea, pero sólo le preocupaba tu bien cuando hablaba de ti y de Taylor.

– Madre, creí que te agradaba Taylor.

– Me agrada, querida. A tu padre y a mí nos gusta Taylor. De hecho, con frecuencia comentamos qué buen marido sería para ti.

Ahí estaba lo que Lorna había sospechado.

La madre dejó caer la mirada sobre el escritorio, colocó la lapicera horizontal y tocó con ella varias veces el tintero.

– Nunca lo dije antes, pero ya tienes dieciocho y este verano Taylor te prestó mucha atención. Pero cuando tu padre y tu madre están en el salón, y tú lo tientas a ir al porche…

– ¡Yo no lo tenté! Dentro de la casa me ahogaba de calor, los hombres estaban fumando sus cigarros y, de cualquier modo, ¡Jenny no se apartó de nosotros un instante!

– ¿Qué clase de ejemplo es para Jenny que tú participes de esos téte-à-tétes amorosos?

– ¡Amorosos…! -Lorna se indigné tanto que quedó con la boca abierta-. ¡Madre, yo no participo de tête-a-tête amorosos!

– Theron lo vio con los prismáticos.

– ¡Theron!

– La otra noche, cuando tú y Taylor volvíais a casa después del concierto de la banda.

– ¡Me gustaría meterle a Theron los prismáticos en la garganta!

– Sí, me lo imagino -repuso Levinia, alzando la ceja izquierda y dejando caer su preocupación al mismo tiempo que la pluma.

Lorna se sentó sobre el brazo del sofá y dijo, sin rodeos:

– Taylor me besó, madre. ¿Acaso eso está mal?

Levinia apretó con fuerza las manos sobre el escritorio.

– No, supongo que no. Es de esperar que los jóvenes enamorados hagan eso, pero nunca debes…

Levinia se interrumpió y se miró las manos como si buscara la frase justa. Se aclaró la voz. El rostro se le puso encamado, y los nudillos, blancos.

– Madre, ¿qué es lo que nunca debo?

Sin apartar la vista de las manos, Levinia dijo, casi susurrando:

– Dejar que te toque.

Lorna sintió que también se ruborizaba.

– ¡Madre! -murmuró, avergonzada-. ¡Jamás lo haría!

Levinia miró a su hija a los ojos.

– Lorna, tienes que entender que esto es muy difícil de decir para una madre, pero debo advertirte. Los hombres intentan hacer cosas. -Se estiró y tocó con apremio la mano de Lorna-. Hasta Taylor. Por más que sea un caballero, intentará hacer cosas y, cuando lo haga, tú debes retroceder de inmediato. Tienes que entrar en casa… o insistir en irte a casa enseguida. ¿Entiendes?

– Sí, madre -respondió Lorna, obediente-. Confía en que haré eso mismo.

Levinia se mostró aliviada. Se reclinó y relajó las manos sobre el regazo. El rubor comenzó a disiparse.

– Bueno, ya nos hemos ocupado de ese asunto tan desagradable. Y de ahora en adelante, ¿puedo confiar en que permitas que sea Taylor el que proponga, en lo que dure el noviazgo?

– Madre, no estoy segura de que esté cortejándome.

– Oh, claro que sí. Es que esperaba que crecieras un poco más. Como ya has crecido, sospecho que este verano las cosas irán muy rápido.

Al parecer, no quedaba mucho por decir. Teniendo en cuenta que la conversación había dejado claro la aprobación de Levinia y Gideon hacia Taylor, en el cuarto permanecía aún cierta tensión.

– Madre, ¿puedo irme, ahora?

– Sí, claro. Tengo que terminar estas cartas.

Lorna caminó lentamente hasta las puertas dobles, las abrió y salió del pequeño salón completamente confundida. ¿Qué era lo que había tratado de decirle su madre? ¿Que los besos eran aceptables dentro de ciertos límites? ¿Que los hombres trataban de ampliar esos límites con toqueteos? ¿Tocar dónde? Si bien la advertencia de su madre fue vaga, el sonrojo habló con más claridad que ella, e insinué que no se podía hablar más del tema.

Con todo, una cosa estaba clara: si a la madre le disgustaba que Lorna y Taylor salieran al porche, si se enterase de que Lorna había mantenido un encuentro con un criado de la cocina y compartido un almuerzo campestre con él, seguramente estallaría.

Lorna decidió mantenerse alejada de la cocina y fuera de posibles problemas.

El resto del lunes pasó aburrido y sin incidentes. La gama de actividades permitidas a los seres de género femenino dejaba a Lorna aburrida e inquieta. Se podía cuidar el jardín, llenar álbumes de recortes, coleccionar caracolas, mariposas o nidos de pájaros, leer, coser, ir de compras, beber limonada en el porche, asistir a fiestas o tocar el piano.

A juicio de Lorna, era más interesante jugar al tenis, pero su amiga Phoebe Armfield había ido en tren a Saint Paul, a hacer compras, y las hermanas de Lorna estaban con Betsy Whiting. En cuanto a navegar, tras haber vuelto tarde el día anterior, Lorna tenía miedo de escabullirse en la chalupa. Claro que quedaba el bote de remos, pero si Tim y Jens Harken no la esperaban en la otra orilla, no tenía sentido. Después de un almuerzo liviano (durante el cual se preguntó si Jens habría recogido y lavado las verduras), durmió la siesta en una hamaca. Jugó al croquet con sus hermanas en el prado, a última hora de la tarde, y como pescó a Theron en el dormitorio justo antes de la cena, le advirtió que si volvía a espiarla con los prismáticos, se los metería por la boca.

El muchacho rió burlón, y canturreó:

– ¡Lorna coquetea con Taylor! ¡Lorna coquetea con Taylor! -y bajó corriendo las escaleras mientras la hermana lo perseguía para estrangularlo.

Por fin, en las primeras horas de la noche, Phoebe Armfield vino a rescatar a Lorna. Llegó caminando desde la casa de sus padres, a cuatro casas de distancia, y dijo:

– Ven a ver lo que me he comprado hoy.

Caminando hacia el oeste por la calle sombreada que cortaba en dos la isla, Lorna exclamó:

– ¡Me alegra tanto que hayas venido! ¡Hoy pensé que moriría de aburrimiento!

El retiro veraniego de los Armfield era una "cabaña" similar a la de los Barnett. Tenía diecisiete habitaciones sobre unas seis hectáreas de terreno; el padre de Phoebe era la segunda generación de un imperio minero que había hecho fortuna vendiendo mineral de hierro a las fundiciones de acero durante la construcción de los ferrocarriles.

El cuarto de Phoebe estaba encaramado en una pequeña torre con vistas al lago hacia el Norte. Las puertas del ropero estaban abiertas de par en par, exhibiendo vestidos nuevos que Phoebe lució para su amiga: uno para navegar a la luz de la luna, viaje organizado por el Club de Yates, y otro para un baile a bordo del vapor de excursión Dispatch, el fin de semana siguiente.

– Iré con Jack.

Jackson Lawless era el joven que iba a heredar la propiedad de la ferretería de su padre en Saint Paul. La casa de campo de la familia Lawless estaba en Wildwood, al otro lado del lago.

– ¿Tú irás con Taylor? -preguntó Phoebe, mientras giraba apretando contra sí el vestido.

Era una muchacha menuda, con cabello color canela y de carácter burbujeante.

– No sé. Creo que sí.

– ¿Qué es eso de que crees que sí? ¿No te gusta Taylor?

– Claro que me gusta. Es que tengo la sensación de que él está en cualquier sitio donde estén la familia de él y la mía. Si no me gustara, no tendría cómo escapar de él.

– Bueno, si no lo quieres, dímelo. A mí me parece encantador, y a mi papi le parece inteligente. Heredará los millones de su padre y los duplicará rápidamente.

– Phoebe, ¿no te aburres a veces de tener un padre millonario?

Phoebe se detuvo en medio de un giro y miró, atónita, a Lorna. Colgó la percha en la puerta del guardarropa y se tiró sobre la cama haciendo que esta se hundiera.

– Lorna Barnett, ¿qué es lo que te pasa? ¿Acaso preferirías ser pobre?

Lorna se echó hacia atrás y contempló el toldo tejido a ganchillo sobre la cama de Phoebe.

– No sé lo que digo. Lo que pasa es que estoy de malhumor. Pero piénsalo, si no tuviésemos tanto dinero, ¿les importaría a nuestros padres quiénes son nuestros amigos, o si es propio de una dama navegar y jugar al tenis? Estoy harta de que mi padre me diga qué debo hacer. ¡Y mi madre!

– Lo sé. Yo también. -De súbito, Phoebe se puso triste-. A veces, me pongo como tú. ¡Quisiera hacer algo para afirmarme, y hacerles comprender que tengo dieciocho años y no tengo por qué vivir según sus estúpidas reglas!

Lorna observó a su amiga y, de pronto, sintió que el secreto explotaba en ella. Dijo:

– Hice algo.

Phoebe salió del sopor.

– ¿Qué? ¡Lorna Barnett, cuéntame! ¿Qué hiciste?

Lorna se sentó, con los ojos resplandecientes.

– Te lo diré, pero debes prometerme que no se lo dirás a nadie, porque si mi padre se enteran me metería en un convento.

– Prometo que no lo diré. -Phoebe se persigné sobre el pecho y la insté-: ¿Qué fue lo que hiciste?

– Estuve de picnic con el criado de la cocina.

Los ojos y la boca de Phoebe se abrieron, y permaneció así hasta que Lorna le puso un dedo bajo la barbilla y empujé.

– Cierra la boca, Phoebe.

– ¡No me digas, Lorna!

– Oh, no es toque parece. También estaba ahí Tim Iversen, y hablamos de barcos. Pero es tan excitante, Phoebe! Harken piensa que puede…

– ¿Harken?

– Jens Harken, así se llama. Cree que puede diseñar un barco que revolucionará las carreras de veleros. Dice que derrotará a cualquier otra cosa que ande sobre el agua, pero ninguno de los miembros del club quiere escucharlo. Hasta llegó a poner una nota en el postre de mi padre, el sábado por la noche, y papá se enfadé tanto que hizo una escena lamentable.

– ¡Así que de eso se trataba! En la isla, todos hablaban de eso.

Lorna completé la historia, desde la discusión entre su padre y su madre en el pasillo de la cocina hasta sus propios planes de interceder ante su padre en favor de Harken.

Cuando concluyó, Phoebe preguntó:

– Lorna, no pensarás verlo otra vez, ¿verdad?

– ¡Por Dios, no! Ya te dije que sólo pienso convencer a mi padre de que lo escuche. Además, mi madre me habló esta mañana respecto de Taylor. Ella y papá creen que es el marido perfecto para mí.

– Por supuesto. Tú misma me lo dijiste.

Sin embargo, Lorna estaba pensativa. Posó la mirada sobre el toldo tejido y, distraída, metía el dedo una y otra vez y lo soltaba.

– Phoebe, ¿puedo preguntarte algo?

– Claro… -A Phoebe la afligió el rápido cambio de ánimo de su amiga, y le tocó la mano-. ¿Qué pasa, Lorna?

Lorna siguió mirando el toldo.

– Se trata de algo que me dijo mi madre esta mañana, y es… bueno, es confuso. -Alzó una mirada perturbada y pregunté-: ¿Jack te besó alguna vez?

Phoebe se sonrojó.

– Un par de veces.

– ¿Alguna vez… eh… te tocó?

– ¿Si me tocó? Claro que me tocó. La primera vez que me besó me sujetaba por los hombros, y la segunda, me rodeó con sus brazos.

– Creo que mi madre no se refería a eso. Dijo que los hombres trataban de tocar alas mujeres, hasta Taylor, y que si lo hacían yo debía entrar de inmediato en la casa. Cuando lo dijo, estaba muy incómoda. Tenía la cara tan roja que creí que se le saltaría el botón del cuello. Pero no sé qué quiso decir. Pensé que tal vez… bueno que quizá tú supieras.

La expresión de Phoebe se volvió desdichada.

– Lorna, algo está pasando, pues mi madre tuvo el mismo tipo de conversación conmigo un día, esta primavera, y también se puso toda roja y miró a cualquier parte, menos a mí.

– ¿Qué fue lo que te dijo?

– Dijo que yo ya era una joven dama, y que cuando saliera con Jack debía conservar las piernas cruzadas.

– ¡Las piernas cruzadas! ¿Eso qué tiene que ver con todo lo demás? -No lo sé. Estoy tan confundida como tú.

– A menos que…

La idea abrumadora las golpeé a las dos al mismo tiempo y se miraron, sin querer creerlo.

– Oh, no, Lorna, no es posible. -Reflexionaron un momento, hasta que Phoebe pregunté-: Otra vez, ¿qué fue lo que dijo tu madre?

No se dieron cuenta de que hablaban susurrando.

– Dijo que Taylor quizás intentara tocarme, y que no debía permitírselo. ¿Qué dijo tu madre?

– Que cuando estoy con Jack tengo que mantener las piernas cruzadas.

Lorna se puso las yemas de los dedos en los labios, y murmuré:

– Oh, no es posible que hayan querido decir ahí, ¿no es cierto?

Phoebe susurré:

– Claro que no se refirieron a eso. ¿Qué motivos tendría un hombre para hacer algo así?

– No lo sé, pero, ¿por qué nuestras madres se ruborizaron?

– No lo sé.

– ¿Por qué murmuramos?

Phoebe se encogió de hombros.

Tras unos momentos de meditación silenciosa, Lorna propuso:

– Tal vez puedas preguntarle a Mitchell en algún momento.

– ¡Estás loca! ¡Preguntarle a mi hermano!

– No, parece que no es muy buena idea.

– Puede enseñarnos a navegar cada vez que logremos escabullirnos, pero preferiría morir en la ignorancia antes que preguntarle cualquier cosa semejante.

– De acuerdo, ya dije que no era buena idea. ¿A quién podríamos preguntarle?

A ninguna de las dos se le ocurrió nada.

– En cierto modo -aventuré Lorna -, está relacionado con los besos.

– Yo imaginé lo mismo, pero mi madre jamás me advirtió que no aceptara los besos.

– La mía tampoco, aunque descubrió que ya lo había hecho. Ese pequeño meón de Theron nos espió a Taylor y a mí con los prismáticos, y se lo contó a mamá. Así empezó todo esto.

– Lorna, ¿alguna vez viste a tu madre y a tu padre besándose?

– Cielos, no. ¿Y tú?

– Una vez. Estaban en la biblioteca, y no sabían que yo estaba en la puerta.

– ¿Dijeron algo?

– Mi madre dijo: "Joseph, los niños".

– ¿"Joseph, los niños"? ¿Eso es todo?

Phoebe volvió a encogerse de hombros.

– ¿La tocó?

– Le sujetaba los antebrazos.

Guardaron silencio y se contemplaron sus faldas, luego entre sí, sin poder llegar a ninguna conclusión. La primera en tenderse de espaldas fue Lorna. Después, Phoebe la imito.

Se quedaron largo rato mirando hacia arriba, hasta que Lorna dijo:

– Oh, es tan confuso.

– Y misterioso.

Lorna suspiró.

Y Phoebe suspiró.

Y se preguntaron cuándo y cómo se aclararía el misterio.

4

La navegación a la luz de la luna se retraso por la lluvia, y eso obligó a Lorna a postergar la conversación con su padre hasta el sábado por la noche, cuando ella y Tim Iversen asistieron al baile a bordo del vapor Dispatch.

Se puso un vestido de lujoso organdí de seda de intenso color rosado. La chaquetilla estaba bordeada con encaje blanco, y llevaba graciosos adornos que emergían en dos cintas anchas en los hombros y se encontraban en el centro de la cintura, tanto en el frente como en la espalda. La falda, ajustada por delante, se abría en pliegues que caían por detrás hasta los talones en una pequeña cola, y la seguían cuando cruzó el dormitorio hasta el tocador.

Ernesta, la niñera, era de una ignorancia abismal en lo que se refería a peinados, sobre todo para hacer los nuevos rodetes estilo "muchacha Gibson", pero Lorna los había practicado hasta dominarlos, y despidió a Ernesta para que se ocupara de la cena de Theron mientras ella se preparaba para el baile.

Jenny y Daphne arrastraron sendos taburetes y se sentaron a ambos lados de Lorna, mientras le daba los toques finales al peinado. Las más jóvenes observaron, fascinadas, cómo Lorna formaba con tenacillas de rizar una niebla de finos tirabuzones alrededor del rostro y de la nuca. Los estiró y frunció el entrecejo al ver que se rizaban de nuevo. Entonces, se humedeció un dedo, tocó jabón y con eso se pegó dos rizos sobre la piel.

– ¡Por Dios, Lorna, eres tan afortunada…! -dijo Jenny.

– Cuando tengas dieciocho, a ti también te dejarán ir a los bailes.

– ¡Pero aún faltan dos años completos! -se quejó Jenny.

Daphne cruzó las muñecas sobre el corazón, y fingió que se desmayaba.

– ¿Y por quién suspirará cuando Taylor Du Val ya esté casado contigo?

– ¡Tú te callas, Daphne Barnett!

– Basta, chicas, y ayúdenme a sujetarme esto en el pelo.

Lorna sostenía un racimo de guisantes de olor de seda adornados con perlas en forma de lágrimas, ensartadas en alambre. Jenny conquisto el honor, y lo sujeto en el cabello de su hermana, mientras esta se colocaba pendientes de perlas y se rociaba el cuello con colonia de azahar.

El resultado final extasió a Daphne, que canturreaba:

– ¡Por Dios, Lorna, no me extraña que Taylor Du Val esté fascinado contigo!

Lorna se levantó, dio una palmada en las mejillas regordetas de Daphne, y acercó su rostro al de ella:

– Oh, Daph, eres muy dulce.

Las hermanas más pequeñas elogiaron a la mayor que hacía susurrar la cola bordeada de tafetas sobre el suelo, hasta el espejo de pie. Hizo una pose, aplastó la falda sobre el vientre y se volvió para ver todo lo que podía de la cola.

– Creo que ya estoy.

Jenny puso los ojos en blanco y cruzó hasta ella, imitando a su hermana: alzó una falda invisible, e inclinó los hombros con gracia:

– ¡La-ri-ra…! creo que ya estoy. -Se puso seria y añadió-: Serás la chica más linda en ese barco, Lorna, no finjas que no lo sabes.

– De todos modos, ¿a quién le importa ser linda? Preferiría ser aventurera, deportista e interesante. Preferiría ser la organizadora del primer club de yates para mujeres del estado de Minnesota, o cazar tigres en la estepa de África. Si pudiera hacer que nadie dijese: "Ahí va Lorna Barnett, ¿no es hermosa?", me gustaría que dijesen: "Ahí va Lorna Barnett, que pilota barcos tan bien como los hombres y caza con los mejores. ¿Sabes que tiene una docena de trofeos sobre la repisa de la chimenea, y la cabeza de un tigre encima?" Esa clase de mujer me gustaría ser.

– En ese caso, buena suerte, pues si papá se enterase de que te habías ido a África a cazar, colgaría tu cabeza encima de la chimenea. Entretanto, creo que tendrás que conformarte con Taylor Du Val como compañero de baile.

Lorna sintió pena por Jenny y también le dio palmadas en las mejillas.

– Jenny, tú también eres dulce, y le diré a Taylor que si tuvieses dieciocho años, le dejarías firmar tu carnet de baile varias veces esta noche, ¿qué te parece?

– ¡Lorna Barnett, no te atrevas a decirle semejante cosa a Taylor! ¡Si pronunciaras una sola palabra ante él creo que moriría de vergüenza!

Riendo, Lorna tomó el abanico de marfil, agitó tres dedos en señal de despedida, y salió del cuarto.

En el pasillo se encontró con la tía Agnes que salía de su propio cuarto.

– ¡Oh, pero si es la pequeña Lorna! Espera un minuto y déjame echarte un vistazo. -Tomó a Lorna de las manos y las sostuvo a los lados-. ¡Señor, estás radiante! Ya tan crecida, y vas a bailar…

La sobrina le dedicó un giro.

– En un barco.

– Con ese joven señor Du Val, supongo.

La tía guiñó los ojos.

– Sí. Me espera en el muelle.

– Es un joven apuesto. Cuando te vea, querrá llenar todo tu carnet de baile.

– ¿Lo dejo? -bromeó la muchacha.

La expresión de tía Agnes se volvió traviesa:

– Eso depende de qué otro te lo pida. Cuando el capitán Dearsley me cortejaba, yo procuraba que siempre me sacan algún otro a bailar, y así lo dejaba con la duda, pero ninguno bailaba como él. -Con expresión embelesada, cerró los ojos e inclinó la cabeza. Se tocó con una mano el corazón y alzó la otra en el aire-. Ah, bailábamos el vals hasta que el salón giraba, y la orla dorada de las charreteras se balanceaba, y nos sonreíamos… parecía que los violines sólo tocaban para nosotros.

Lorna ocupó el lugar del capitán Dearsley, y bailó con la tía Agnes por las escaleras hacia el vestíbulo, tarareando Cuentos de los bosques de Viena. Giraron juntas, sonriendo, mientras el vestido de la joven crepitaba y las dos canturreaban:

– Ta-rara-rará- ta-ra-ta rá…

– Oh, tía Agnes, apuesto a que eras la más bella de la fiesta.

– Una vez, tuve un vestido de un color muy parecido al tuyo, y el capitán Dearsley me dijo que era igual a un pimpollo de rosa. La noche que lo estrené, él estaba todo de blanco, y me atrevo a decir que todas las mujeres del salón hubieran querido estar en mis zapatos.

Siguieron bailando el vals.

– Cuéntame cómo eran tus zapatos.

– No eran zapatos, eran sandalias. Sandalias blancas de satén, de tacón alto.

– ¿Y el cabello?

– En aquel entonces era caoba intenso, recogido en los lados, y el capitán Dearsley a veces decía que atrapaba el color del atardecer y lo proyectaba de nuevo al cielo.

Alguien ordenó:

– ¡Agnes, deja ya a esa chica! ¡Los padres están esperándola en la puerta cochera!

El vals se interrumpió. Lorna se volvió y vio a la tía Henrietta de pie en la cima de las escaleras.

– La tía Agnes y yo estábamos recordando.

– Sí, lo oí. Otra vez, el capitán Dearsley. Caramba, Agnes, a Lorna no le interesan en lo más mínimo tus fantasías sobre ese hombre.

– ¡Oh, sí, me interesan! -Agnes crispé las manos como para retorcerlas, y Lorna les dio un último apretón-. Me gustaría que vinieras al baile esta noche, y también el capitán Dearsley. Taylor se anotaría en tu carnet de baile: ¡imagínate… podríamos intercambiar compañeros!

La tía Agnes le dio un beso en la mejilla.

– Eres un amor, Lorna, pero esta es tu época. Ve, con él y que tengas una velada grandiosa.

– Sí. ¿Y tú qué harás?

– Tengo que secar algunas flores, y creo que le daré cuerda al tocadiscos y escucharé un poco de música.

– Bueno, que tengas una velada agradable. Le diré a Taylor que un pimpollo de rosa le mandó saludos. -Hizo una profunda reverencia formal-. Y muchas gracias por el vals. -Al pasar junto a Henrietta, con su perpetua expresión negativa, dijo-: Cuando la tía Agnes ponga música, ¿por qué no la sacas a bailar?

La tía Henrietta resoplé por la nariz y Lorna terminó de bajar la escalera.

Fue al baile con los padres en un landó abierto. El viaje no llevó más que unos minutos, pues la isla de Manitou tenía apenas un kilómetro y medio de largo y poco más de doscientos metros cuadrados de superficie. Se comunicaba con tierra firme por un corto puente arqueado de madera, y tres manzanas después comenzaba una ringlera de impresionantes hoteles, a orillas del lago, constituyendo la ciudad de White Bear Lake en sí misma.

Al cruzar el puente de Manitou, los cascos de los caballos generaban un eco melodioso, que se atenuó cuando el coche giró hacia el sur, por la Avenida Lake. El atardecer, con dieciocho grados, dorado, era glorioso. Más allá de los árboles que rodeaban la orilla del lago, se extendían cintas de sombras hacia el este, sobre el azul del agua. Encima, las gaviotas blancas surcaban el cielo, y los veleros se deslizaban por la bahía West.

Lorna los observaba mientras Gideon, que iba con un formal atuendo negro y con las manos cruzadas sobre el puño del bastón, señaló:

– Tu madre dice que habló contigo acerca de Taylor.

– Sí.

– Entonces, ya sabes lo que sentimos por él. Tengo entendido que será tu acompañante en el baile de esta noche.

– Sí.

– Excelente.

– Pero eso no significa que no bailaré con otros, papá.

Gideon la miró, ceñudo, y se le estremeció el bigote cuando replicó:

– No quiero que hagas nada que sugiera a Taylor la idea de que no quieres casarte con él.

– ¿Casarme? Papá, aún no me lo ha pedido.

– Como sea, es un joven ambicioso, y podría agregar que también es apuesto.

– No quiero decir que no sea ambicioso ni apuesto. Lo que digo es que tú y mi madre ponéis palabras que no dijo en su boca.

– Ese hombre estuvo rondándote todo el verano. No te preocupes, te lo pedirá.

Como esa no era la noche adecuada para irritar al padre, Lorna opto por cambiar de tema a medida que se acercaban al destino.

Poco tiempo atrás, el Saint Paul Globe informó que la ciudad de White Bear Lake albergaba más ricos que cualquier otra de Estados Unidos de Norteamérica. Cuando el landó de los Barnett llegó, la escena que vieron podría haber ilustrado el artículo. Los miembros del club habían contratado al vapor Dispatch para el baile. Esperaba junto al muelle del hotel Chateaugay, y ahí ya se había reunido una multitud bajo el techo del mirador del muelle.

Al otro lado de la calle, el hotel mismo reinaba sobre la avenida Lake, mirando hacia el lago. Coronado de torres y gabletes, pintado de blanco, con persianas verdes, tenía una amplia tenaza que daba a un prado sombreado con hamacas y bancos de hierro. Esa noche, el paisaje estaba enjoyado de colores con los vestidos de las damas, escoltadas por los caballeros con sus atuendos de pingüinos junto a ellas. En la calle, cocheros de librea formaban pares y colocaban sobre los adoquines bloques de madera para que se apearan los elegantes invitados. El mido de los cascos se mezclaba con los sordos eructos de los motores del Dispatch, mientras los lacayos de librea se apresuraban a recoger en recipientes de lata cualquier materia ofensiva que hubiesen dejado caer los caballos, para no ofender las narices de las damas ni mancharles las colas de los vestidos. Desde la cubierta superior del Dispatch llegaba música de violines y oboes de la pequeña orquesta que tocaba La banda siguió tocando, que era la señal para abordar.

Taylor divisé a Lorna en cuanto se apeó. Dejó a los padres y salió de la sombra del prado del hotel, luciendo una ancha sonrisa.

– Lorna -dijo-, ¡estás encantadora! -Le tomó la mano enguantada, y la besó, haciendo una reverencia. Como un verdadero caballero, la soltó y saludó a sus padres-. Señor Barnett, señora Barnett, los dos están espléndidos. Mi madre y mi padre están en el prado.

Una vez que los Barnett mayores se alejaron, Taylor volvió a tomar la mano de Lorna.

– Señorita Barnett. -En sus ojos apareció una luz de admiración-. Tienes un aspecto tan delicioso como una copa helada, toda de rosa y blanco, y con ese perfume exquisito, debería agregar.

– Azahar. Y tú también estás y hueles maravillosamente.

– Sándalo -aclaró, y los dos rieron mientras él le ofrecía el codo.

Era un compañero atento, e indiscutiblemente atractivo. Mientras abordaban el Dispatch, Lorna advirtió más de una mirada sobre ellos. La barba y el bigote castaños de Taylor estaban recortados a la perfección, y casi no ocultaban la línea firme del mentón y la boca atrayente. La nariz tenía una leve curvatura que desaparecía a la luz del sol, pero cuando la luz le daba desde cierto ángulo adoptaba un peculiar atractivo. Los ojos eran almendrados, y el cabello castaño con raya al medio, estaba peinado hacia atrás sobre las orejas bien formadas, aunque grandes. Esa noche, estaba muy apuesto con el atuendo negro y un blanco cuello que se apretaba con firmeza a su garganta.

Lorna le dijo:

– Mi tía Agnes te manda cariñosos saludos. Le habría gustado estar aquí esta noche.

– Es un amor.

– Bailé el vals con ella antes de salir.

El joven rió y dijo:

– Si se me permite decirlo, señorita Lorna Barnett, usted también es un amor.

Tomados del brazo, subieron al barco.

Phoebe ya estaba a bordo con Jack Lawless, y se acercó a saludar a Lorna con un beso en la mejilla. Cuando Taylor le tomó la mano y la besó, se sonrojó pero afirmó:

– Les aseguro que ustedes dos hacen volver la cabeza. -Dirigió una breve sonrisa a Lorna, una mucho más prolongada a Taylor-. Pero aun así, Taylor, espero que no olvides que nosotras, las simples Marías, esperamos bailar contigo esta noche.

Taylor replicó:

– Lo único que necesito es un lápiz con punta.

Tomó el que colgaba de la tarjeta de baile de Phoebe mientras Jack, a su vez, se anotaba en el de Lorna, y propuso que todos fuesen a la cubierta superior, donde la banda atacaba: Bella soñadora.

Arriba, el sol de las siete de la tarde era cegador. Una campana emitió dos llamadas y. un momento después, con una sacudida y un empujón, el barco se puso en movimiento. El traqueteo del motor se aceleró. El olor humoso de la gasolina se elevó un instante, hasta que el navío se alejó del muelle y el aire se renovó. La brisa agitó los rizos de Lorna y le sacudió las faldas. Protegiéndose los ojos, buscó a Tim y al fin lo divisó cuando la lancha viró al Este y la libró del resplandor cegador.

– ¡Tim! -llamó, al tiempo que agitaba la mano y se acercaba.

– Buenas noches, señorita Lorna -la saludó, quitándose la pipa de la boca y evaluándola con el ojo sano, mientras el otro parecía mirar por encima de la borda.

– Oh, Tim, me alegro mucho de que esté aquí.

– Le dije que vendría, ¿no es así?

– Ya sé, pero uno cambia de planes. Hablaremos con mi padre esta noche, ¿eh?

– Caramba, qué impaciente, ¿no?

– Por favor, Tim, no me tome el pelo. ¿Lo hará esta noche?

– Por supuesto. Jens está tan impaciente como usted por saber qué dirá Gideon.

– Pero escuche, Tim, no le hable hasta que baje el sol y refresque, porque papá odia el calor. Para entonces, ya habrá tomado un par de julepes de menta, y eso le habrá quitado las ganas de discutir que podían quedarle. ¿Estamos de acuerdo?

Tim hizo una profunda reverenda y le sonrió con aire especulativo.

– Lorna, ¿le molesta si le pregunto qué interés tiene usted en esto? Porque, como ya dije, creo que está exageradamente impaciente por cambiar la opinión que su padre tiene del joven Harken.

Los ojos de la muchacha pretendían proclamar su inocencia. Abrió la boca, la cerró, volvió a abrirla. Con valentía, intentó permanecer compuesta y no sonrojarse. Por fin, replicó:

– ¿Y si tiene razón y ese barco es más rápido que cualquier otro que ande sobre el agua?

– ¿Está segura de que ese es el único motivo que tiene para ocuparse de esto?

– Claro. ¿Qué otro motivo podría tener?

– Detecté una leve atracción entre ustedes dos el domingo. ¿Estoy equivocado?

Las mejillas de Lorna ardieron.

– Oh, Tim, por el amor de Dios, no sea tonto. Es un criado.

– Así es. Y me siento obligado a recordárselo, porque, a fin de cuentas, yo soy amigo tanto de su padre como de Jens Harken.

– Lo sé. Pero, por favor, Tim, no diga nada del picnic.

– Prometí que no lo haría.

– Ya conoce a mi padre -dijo, estrujándole la manga para subrayar el ruego-. Sabe cómo es con nosotras, sus hijas. Para él, no somos más que materia matrimonial blanda, de cabeza hueca, a la que da órdenes y de las que sólo espera obediencia sin discusiones. Aunque fuese una vez, Tim, una vez, me gustaría que mi padre me mirase como si supiera que tengo cerebro, que tengo deseos y aspiraciones que van más allá de conseguir un esposo, atender una casa y criar hijos, como hizo mi madre. Querría navegar, pero papá no me deja. Querría ir al colegio, pero papá dice que no es necesario. Me gustaría viajar a Europa. Dice que puedo ir en mi luna de miel. ¿No entiende, Tim? No existe modo en que una mujer pueda aventajar a papá. Bueno, quizá yo pueda cambiar eso si escucha a Harken y financia la construcción del barco. Y si ganara, ¿acaso papá no me vería, por fin, bajo una nueva luz?

Tim cubrió la mano de la muchacha con la de él. Cuando le dio un apretón, Lorna sintió la cazoleta de la pipa tibia sobre los nudillos.

– Cuando esté lista para hablar con Gideon, déme un silbido.

Sonrió y sacó la mano de la manga de Tim, pensando que era un hombre excelente.

Bailó con Taylor, con Jack, con Percy Tufts, y con el padre de Phoebe; otra vez con Taylor y con el hermano de Phoebe, Michell, que le preguntó cómo iba la navegación, y le ofreció llevarla a practicar en cualquier momento que lo deseara. Aunque Mitchell era dos años menor, detectó un interés hacia ella que iba más allá de la instrucción náutica, cosa que la sorprendió, porque siempre lo consideró como el hermano pequeño y fastidioso de Phoebe, de un modo similar al que pensaba en Theron. Sin embargo, Mitchell había crecido, sus hombros se habían ensanchado, y se -esforzaba por dejarse crecer la barba que, de momento, tenía el aspecto de un ratón sarnoso. Cuando la soltó y la entregó a Taylor, le dio un pequeño apretón a la mano de Lorna.

El sol se puso tras un manto de nubes violetas con bordes brillantes rosados y de oro. El aire refrescó. El Dispatch navegaba, perezoso, siguiendo el contorno de los tres pétalos del lago con forma de trébol, mientras las brasas de los cigarros ardían como lava contra el fondo de la noche.

Lorna bailó otra vez con Taylor mientras su padre observaba con expresión de astuta satisfacción. Para darle gusto, Lorna sonrió a su acompañante, pero mientras tanto no dejaba de preguntarse si un navío de fondo plano podría mantenerse erguido, y cuánto tiempo llevaría construirlo, si Jens Harken sabía de qué hablaba, qué estaría haciendo en ese instante en Rose Point Cottage, si tendría un romance con alguna doncella joven de la cocina, y a dónde la llevaría.

Tras el hombro de Taylor, vio que Tim Iversen se acercaba a Gideon y entablaba conversación. Cuando el baile terminó, pidió:

– Taylor, ¿me dejas con papá, por favor? Y vuelve a buscarme después de unas dos piezas, ¿quieres?

– Desde luego.

Mientras caminaban hacia Gideon, cubiertos por la oscuridad, los dedos del joven recorrieron la curva de su cadera, y la mano, el hueco de la espalda, demasiado cerca de su nalga derecha. La sangre se agolpó en las mejillas de Lorna, y sintió extraños impulsos que le recorrían la columna. Se asustó cuando le dijo al oído:

– No te molesta que le pida permiso para llevarte a casa, ¿verdad?

– Claro que no -respondió Lorna, segura de que debía de relacionarse con el toqueteo del que le habló su madre, y la sorprendió que hubiese comenzado bajo las mismas narices de su padre.

Imaginó que tales cosas sólo sucederían en las circunstancias más secretas y clandestinas.

– Señor Barnett -dijo Taylor, entregándosela a su padre-. ¿Tiene alguna objeción en que lleve a Lorna a casa esta noche?

Gideon se quitó el cigarro de la boca y se aclaró la voz:

– Ninguna objeción en absoluto, muchacho.

– Después vuelvo -dijo Taylor con voz suave, y desapareció.

Tim le dijo a Lorna:

– Su padre y yo estábamos hablando de la regata del año que viene.

Dios lo bendiga, Tim -pensó Lorna

Gideon dijo:

– Al parecer, Tim se enteró de esa idea absurda de nuestro ayudante de cocina, acerca de construir un barco más veloz. Según dice, estuvieron navegando juntos.

– Sí, lo sé. Conversé de eso con Tim, el domingo.

– Eso oí decir. Así que, cruzaste el lago remando.

– Era un día tan magnífico que no pude resistir la tentación. Y como tenía suficiente comida para dos, compartí el picnic con Tim y nos pusimos a conversar sobre las ideas de Harken.

Tim aprovechó la apertura.

– El muchacho dice que la chalana se deslizaría, Gideon. Y a mí me parece que tiene mucho sentido, pues si no tiene que cortar esa masa de agua, será mucho más veloz que la balandra. En tu lugar, yo prestaría atención a Harken.

– ¡Pero si todos se rieron de su propuesta!

Lorna intervino:

– Pero supongamos que, después de que todos se rieran, tú fueses el único que lo escucha, y el plan de Harken funcionara. A fin de cuentas, eres el presidente de este Club Náutico. Si ese barco hace lo que él afirma que hace, podrías inmortalizarte.

Gideon aspiró el cigarro y reflexionó. Le encantaba que le recordaran que era el presidente, salvo cuando lo recordaban -como en la semana anterior- en los periódicos, como presidente del club perdedor. Sin duda, esos artículos, ilustrados con las fotografías de Tim, habían llegado hasta la Costa Este, pues todo el país observaba con atención lo que sucedía tierra adentro, y seguía la formación de la Asociación de Navegación de Inland Lake, que todavía estaba en pañales.

– Papá, escucha -razonó Lorna-. Mira a tu alrededor. Solo en este barco hay más riqueza de la que podrías gastar en toda tu vida. ¿De qué sirve todo ese dinero si no lo disfrutas? Ni sentirías la falta de unos cuantos cientos de dólares, que es lo que costaría financiar la construcción de este barco. Y si zozobra, ¿qué hay? Harken dijo, es decir, le dijo a Tim que no se hundiría. Tendría el casco de cedro en lugar del habitual, revestido de metal, y los mástiles serían huecos, capaces de flotar. Dice que si se fuera de banda, bastaría con una tripulación de cinco hombres para enderezarlo, ¡aun sin sacos de arena!

Quedaron un rato en silencio, y luego Tim agregó:

– Dice que un navío de once metros y medio pesaría dos toneladas y media en vez de las tres habituales. Gideon, ¿te imaginas de lo que sería capaz un barco tan liviano con un poco de viento?

– Papá, lo único que sugerimos es que hables con él.

– El puede explicártelo mucho mejor que yo, Gid.

– Y si no te convences de que su idea es buena, no pongas el dinero. Pero es tu mejor oportunidad de ganar el año que viene, lo sabes.

Gideon se aclaró la voz, escupió sobre la borda y lanzó la ceniza al agua.

– Lo pensaré -les dijo, y sacudió los dedos en el aire como si se limpian las migas del regazo-. Y ahora, vete y deja de fastidiarme, Lorna. Esto es un baile. Ve y baila con el joven Taylor.

La joven rió y le hizo una reverencia juguetona.

– Sí, papá. Hasta luego, Tim.

Cuando se fue, Gideon le dijo a Tim:

– Esa chica está detrás de algo, y que me condenen si sé de qué se trata.

El Dispatch amarró a las once y cuarto. Lámparas de gas iluminaban el mirador mientras los miembros del club desembarcaban y se dispersaban en grupos pequeños. Algunos de la vieja guardia decidieron tomar los aperitivos y los postres en el hotel Chateaugay, entre ellos, los padres de Lorna y de Taylor. Lorna le dio las buenas noches a Phoebe, y Taylor la tomó del brazo.

– El coche está por ahí -dijo.

– ¿Tienes que volver a recoger a tus padres?

– No. Vinimos en vehículos separados.

Caminaron por la calle entre charcos de luz de gas. Tras ellos, acabó el estrépito del motor a gasolina. En el patio del hotel, las hamacas colgaban como capullos de gusano de seda vacíos, cuyos habitantes hubiesen volado. El olor de la orilla del lago se mezclaba con el de los caballos que pasaban en fila, soñolientos, aún atados a los vehículos. Pasaron varios coches, el golpeteo de los cascos se fue desvaneciendo en la oscuridad, mientras Taylor ayudaba a Lorna a subir al coche, acercándose al caballo por el lateral para ajustarle la cincha; luego subió él al carruaje.

– Hace un poco de frío -dijo Taylor, dándose la vuelta para agarrar algo detrás de ellos-. Creo que correré la capota.

Instantes después, cuando la capota se extendió sobre las cabezas de ambos, desapareció la luz de la media luna y se renovó el olor a cuero.

Taylor tomó las riendas y las sacudió, pero el caballo inició un andar letárgico.

– Esta noche, la vieja Tulip tiene pereza. No le gusta que le interrumpan la siesta. -Miró a Lorna-. ¿Te molesta?

– En absoluto. Es una noche deliciosa.

Al paso cansino impuesto por Tulip, regresaron a la isla Manitou, a veces yendo por una sombra densa, a veces pasando por charcos de luz de luna que tomaban de color lavanda el corpiño del vestido de Lorna. Ya en la isla, pasaron bajo una avenida de olmos añosos, que ocultaban hasta el más mínimo rayo de luz que pudiese llegar desde arriba. El camino cortaba la isla en dos, dividiendo las propiedades en las de la orilla norte y la orilla sur, en cada una había una gran casa de campo con los prados que las rodeaban, por la parte de atrás, a través de lotes densamente arbolados. Pasaron junto a la casa de los Armfield, pero salieron del camino muy cerca de Rose Point y se metieron en un sendero tan estrecho que los rayos de las ruedas rozaban la maleza.

– Taylor, ¿a dónde estamos yendo?

– Un poco más allá, a un sitio desde donde podamos ver el agua. Vamos, Tulip.

El pequeño carruaje se detuvo en un pequeño claro bañado por la luna, desde el cual se divisaba una porción del lago entre los sauces, y la trasera de un cobertizo a la izquierda de ellos. En algún lado, cerca, relinchó un caballo.

– ¡Pero si estamos en la parte de atrás del establo de los Armfield!, ¿no?

Taylor puso el freno y ató las riendas alrededor del asa.

– Así es. Si nos esforzáramos en atisbar entre los árboles, hasta podríamos ver la luz del dormitorio de Phoebe.

Taylor se relajó y estiró un brazo sobre el respaldo de cuero del asiento, al tiempo que Lorna se inclinaba hacia adelante, buscando la luz de Phoebe.

– No la veo.

Taylor sonrió y le acarició el hombro desnudo con el dorso de un dedo.

– Taylor, aquí hay mosquitos.

– Sí, creo que sí, pero en cambio no hay hermanos pequeños.

Con gentileza, la hizo meterse otra vez dentro del carruaje, le sujetó la mano izquierda y comenzó a quitarle el guante. Hizo lo mismo con la derecha, la sostuvo en la suya y buscó el rostro de la muchacha.

– Taylor -susurró Lorna, con el corazón agitado-. En realidad, tendría que ira casa…

– Cuando digas -murmuro, ocultando con su cabeza la luz de la luna y rodeándola con los brazos mientras su boca se abatía sobre ella para el primer beso.

La barba era suave, los labios tibios, y el pecho que se acercó al de ella era firme. Lorna también lo abrazó, y sintió que la alzaba y la apretaba hasta que se amoldaron uno a otro de manen exquisita, y Taylor abrió la boca. El calor y la humedad de esa lengua disipó cualquier pensamiento sobre los mosquitos y Phoebe de la mente de Lorna. Al mover la cabeza y girar con un diestro movimiento, Taylor generó una magia entre las bocas unidas. La mano derecha descansó sobre la cadera, masajeando en sentido contrario de la lengua invasora. En algún sitio, se oyó una rana y, debajo de la capota, llegaron los mosquitos zumbando, zumbando, se posaron y fueron apartados a manotazos mientras el beso se prolongaba.

Al terminar, a desgana, ya sin aliento, permanecieron con las frentes y las narices tocándose.

– ¿Me perdonas por haberte traído al bosque? -preguntó él, rozándole los labios.

– ¡Oh, Taylor, nunca me habías besado así!

– Quería hacerlo. Lo supe en el instante en que bajaste hoy del coche de tu padre. ¿Cuánto tiempo crees que tardarán nuestros padres en tomar el postre?

– No lo sé -murmuró.

La boca se abatió otra vez, y la de Lorna le salió al encuentro. Con el segundo beso, las manos de Taylor ascendieron por el tórax y la espalda, como si quisiera darle calor después de un enfriamiento. Lorna pensó: "Esto no debe tener ninguna relación con los toqueteos a los que aludía mi madre, pues es una sensación sublime, y no tengo la menor gana de huir a meterme en casa".

Taylor puso fin al beso con una especie de gruñido suave de frustración y, al mismo tiempo, rodeando la cintura de Lorna con los brazos, cambió posiciones de modo que ahora, la que tapaba la luz de la luna era ella. Se inclinó hacia un lado, se estiró sobre el asiento del coche y atrajo a la muchacha hacia su propio pecho.

– Lorna Barnett -dijo con la boca apoyada en el cuello de ella -eres la criatura más bella que Dios depositó sobre esta tierra, y tienes un perfume tan exquisito que me dan ganas de comerte.

Le lamió el cuello, cosa que la tomó por sorpresa y le provocó unas risitas.

– Taylor, termina con eso. -Intentó apartarlo, pero la lengua le dejó una marca húmeda sobre la piel y avivó el perfume de azahar como una fresca brisa del sur en la noche norteña. Dejó de resistirse cerró los ojos, y dijo jadeando-: Eso debe saber horrible.

Ladeó la cabeza para complacerlo y sintió un brusco estremecimiento de advertencia que le llegaba desde el vientre. Taylor le dio un leve mordisco, como los potros mordisquean a las yeguas en la primavera, y tomando el lóbulo de la oreja de Lorna con los labios, lo succionó antes de ocuparse otra vez de los labios.

– Sencillamente espantoso… -murmuró, pasándole el sabor del perfume de su lengua a la de ella.

Donde él guiaba, ella lo seguía, abriendo la boca para disfrutar de tan excitantes sensaciones. ¡Besarse con la boca abierta…! Qué convención maravillosa y hechicera… Con la mano muy abierta sobre el costado de Lorna, Taylor recorrió con el pulgar la seda del corpiño, y con la yema rozó el costado del pecho, provocándole deliciosos temblores en todo el cuerpo.

Lorna liberó la boca y dijo, trémula:

– Taylor, tengo que irme a casa… por favor…

– Sí -murmuro, buscándole la boca con la propia, y sin dejar de acariciar con el pulgar por debajo del pecho de la muchacha-…Yo también…

– Taylor, por favor…

El joven daba señales de resistirse cuando un mosquito le picó la frente. Cuando lo apartó de una palmada, Lorna se incorporó y puso distancia entre los dos, aunque la falda quedó atrapada bajo la pernera del pantalón.

– No me gustaría que mis padres tuviesen que arrastrarme a casa, Taylor.

– No, claro que no. -Se enderezó y se pasó las manos por el cabello-. Tienes razón.

Lorna recuperó la falda, se acomodó el corpiño, se tocó el pelo y dijo:

– ¿Estoy despeinada?

Le hizo girar la cara con la mano. La observó, con una sonrisa agradable, recorriendo la raíz del cabello y la mirada se posó en la boca.

– Nadie sospecharía nada -respondió. Cuando Lorna iba a apartarse, Taylor la retuvo y, pasándole el pulgar por la barbilla, dijo-: Eres tan tímida… Eso me resulta muy atractivo. Le besó la punta de la nariz-. Señorita Barnett -bromeé- este verano me tendrás rondando alrededor de ti con mucha frecuencia.

La joven lo contemplé con la sensación de maravilla de una muchacha que ingresa por primera vez al reino seductor de lo carnal, y se siente subyugada por ese reino y por el hombre que la introdujo en él.

– Señor Du Val -replicó, sin pudor-, así lo espero.

5

El martes después del baile a bordo del Dispatch, por la tarde, un pequeño bolso de Levinia, de esos que se cierran con un cordón, apareció en la cocina con la orden de que lavasen las monedas con agua y jabón. Jens Harken estaba haciéndolo, cuando entró el ama de llaves, Mary Lovik.

Era una mujer parsimoniosa, con una cara como una tortita, afinada por la expresión severa que reducía la boca a un tercio del tamaño normal, y daba a los ojos la expresión de una comadreja. Llevaba una gorra blanca en forma de soufflé, que se diferenciaba del de las otras criadas por los pliegues y por lo diminuta. Cabello negro, vestido gris y delantal tan almidonado que hacía el mismo sonido que una hoja metálica cuando caminaba.

Los subordinados de la señora Lovik nunca la veían de otro modo que no fuera con ese aire de superioridad. En la escala de los criados, estaba en la cima, junto con Chester Poor, el mayordomo, y todos los demás estaban por debajo de ella, cosa que le daba mucho placer recordarles a cada paso.

– ¡Harken! -vociferó, cerrando la puerta de la cocina y entrando como una tromba-. El señor Barnett quiere verlo en el estudio.

Las manos de Harken quedaron inmóviles sobre el agua jabonosa.

– ¿A mí?

– ¡Sí, a usted! ¿Acaso ve aquí a otra persona llamada Harken? ¡Al señor Barnett no le gusta esperar, de modo que, suba de inmediato!

– Sí, señora. En cuanto termine con estas monedas.

– Ruby puede terminar. Ruby, termine de lavar y secar las monedas de la señora Barnett, y cerciórese de que no falte ni una.

Harken dejó caer las monedas en el fregadero, y tomó una toalla para secarse las manos.

– Lovik, ¿sabe qué es lo que quiere?

– Para usted, señora Lovik, y por cierto que no sé lo que quiere, aunque no me sorprendería que lo despidiese por charlar demasiado de barcos. ¡Señora Schmitt! ¿Acaso sus ayudantas no tienen nada mejor que hacer que quedarse paradas con la boca abierta cada vez que alguien entra aquí? Chicas, a trabajar. Ruby, su delantal está sucio. Cámbielo enseguida. ¡Harken, muévase!

En cuanto Harken lo hizo, la señora Lovik lo reprendió antes de que traspasara la puerta de vaivén:

– Por el amor de Dios, dé la vuelta a los puños y abotónese el cuello. No puede entrar en el estudio del patrón como la gentuza de la cocina.

Mientras se abrochaba el cuello y empujaba la puerta de costado, respondió:

– Soy la gentuza de la cocina, señora Lovik, y el patrón lo sabe.

– No me importan mucho sus opiniones. Harken, y podría agregar esto: si por mí fuese, usted se habría ido la misma noche que puso esa nota tan irrespetuosa en el helado del patrón.

– Pero no dependía de usted, ¿no es cierto? -Le dirigió una sonrisa desvergonzada y, señalando con un gesto el pasillo que daba al comedor, dijo-: Después de usted, señora Lovik.

Con un crujido del delantal, la mujer pasó junto a él con la nariz levantada y la gorra balanceándose. Con aire formal, abrió la marcha hasta el pie de la escalera principal, y le hizo ademán de que subiera.

– ¡Arriba! Y vuelva a la cocina de inmediato cuando el patrón lo haya despedido.

Arriba.

¡Dios del cielo, sí que había escalones! Nunca hasta entonces había estado ahí, ni visto la resplandeciente barandilla de caoba, ni los querubines del poste de la escalera. Los pequeños desnudos sostenían lámparas de gas y le sonreían mientras subía pisando una alfombra turca azul, roja y dorada. Encima, una ventana arqueada con un cabezal de vidrio daba al patio, y un segundo par de angelotes sostenían otra lámpara. Al llegar a ellos, se vio sobre una "T" donde se detuvo, mirando a derecha e izquierda. En ambas direcciones, había puertas que daban al pasillo, y no tenía noción de cuál de ellas accedía al estudio del señor Barnett.

Decidió ir a la izquierda, y se topó con un dormitorio donde una mujer de cabello gris dormía en una silla hamaca, con un libro sobre el regazo. Recordó que esa noche le había servido la cena en el comedor. Pasó de puntillas y espió en un cuarto de baño que tenía el suelo de losas de granito blancas y verdes, un lavabo de porcelana con tanque de agua de roble, una pila con pedestal, y una enorme bañera en forma de trineo con las patas en forma de garras de león. Olía a flores y tenía una ventana soleada con cortina blanca. Luego, vio el cuarto de un muchacho, empapelado con fondo azul, decorado con veleros, y la cama arrugada. Aunque se dio cuenta de que había elegido el ala equivocada, decidió echar un vistazo a los cuartos que quedaban… era casi imposible que tuviese otra ocasión como esa.

Al llegar a la siguiente puerta, quedó inmóvil.

Ahí estaba la señorita Lorna Barnett, sentada sobre una chaise longue, leyendo una revista. El estómago le dio un vuelco al verla. Atrapada entre la luz de dos ventanas con el cabello en desorden, descalza, formaba con las rodillas un atril para la revista. Llevaba una falda de color lavanda claro y una blusa blanca de cuello alto, desabotonado a causa del calor de la tarde, que se abría sobre el escote. Era una habitación ventilada, con vistas al lago y al jardín lateral. Estaba decorada del mismo azul claro que la falda de rayas que había usado "aquel" domingo de la semana pasada.

Cuando Jens se detuvo en el pasillo, Lorna alzó la vista, y la sorpresa los convirtió a ambos en estatuas, durante un momento.

– ¿Harken? -murmuro, con los ojos muy abiertos, poniéndose poco a poco en movimiento, bajando las rodillas, como para cubrirse los pies con la falda. ¿Qué está haciendo aquí, arriba?

– Lamento haberla molestado, señorita Lorna, estoy buscando el estudio de su padre. Me dijeron que subiera.

– Es en el otro sector. El segundo antes del final, a su derecha.

– Gracias, lo encontraré.

Comenzó a alejarse.

– ¡Espere! -lo detuvo, abandonando la revista y apoyando los pies en el suelo.

Sobre la alfombra del pasillo, esperó que se acercan y se parase junto a la entrada del dormitorio. Tenía la falda arrugada y la blusa caía, lacia. Bajo el volante, aparecían las uñas de los dedos de los pies.

– ¿Mi padre pidió verlo?

– Sí, señorita.

En los ojos de Lorna apareció una expresión de entusiasmo.

– ¡Apuesto a que es para hablar del barco! Oh, Harken, estoy segura.

– No lo sé, señorita. Lo único que me dijo la señora Lovik es que tenía que subir al estudio del patrón y tratar de no tener demasiado aspecto de gentuza de la cocina. -Echó un vistazo a sus propios pantalones, con manchas húmedas sobre el vientre, a la áspera camisa de algodón blanco con tiradores negros que la dividían en tercios-. Pero parece que sí lo tengo.

Alzó las muñecas, y las dejó caer.

– Oh, la señora Lovik. -Lorna hizo un ademán-. Es tan agria… No le haga caso. Si papá quiere verlo, eso significa que se quedó pensando y estoy segura de que es acerca del barco. Recuerde que no hay nada que mi padre desee más que ganar. Nada. Sencillamente, no está habituado a perder. Si es convincente, todavía es posible que veamos construir ese barco.

– Lo intentaré, señorita.

– No deje que papá lo intimide. -Enfatizó la orden con un dedo-. Lo intentará: no se lo permita.

– Está bien, señorita.

Harken dio a su sonrisa un gesto adecuadamente sumiso. Qué infantil y entusiasta le parecía ahí, a medio vestir, con su cabello como vino borgoñés derramado contra la pared… Era intenso y vibrante, y se erizaba hacia todas partes, como si Lorna hubiese estado acariciándolo con los dedos, mientras leía. Pese al desaliño, la belleza se abría paso sin necesidad de sombreros, rizos ni corsés. Recordó que la misma joven le confesó que había abandonado los corsés, y descubrió que le encantaba saber que ese día hizo lo mismo con las medias y los zapatos. Sin duda, era la mujer más bella que había conocido jamás.

– Bueno, será mejor que no haga esperar a su padre.

– No, creo que tiene razón. -Apoyando las dos manos en el marco de la puerta, se inclinó de cintura arriba para señalar por el pasillo-: Es ahí. La que está cerrada.

– Sí, gracias.

Se dirigió hacia allí.

– ¡Harken! -susurró Lorna.

El aludido se detuvo y se volvió.

– Buena suerte -murmuró.

– Gracias, señorita.

Cuando llegó a la puerta del estudio de Gideon, miró hacia atrás, y vio que todavía Lorna asomaba la cabeza y le hacía una seña con dos dedos. Jens respondió alzando una palma, y después llamó. La muchacha todavía estaba mirando cuando Gideon Barnett exclamó:

– ¡Entre!

Jens Harken entró en la habitación de altas ventanas abiertas detrás del escritorio. Ahí estaba sentado Gideon Barnett, flanqueado por estantes con libros. Olía a humo de cigarro y a cuero, aunque la brisa vivaz de la tarde hacía flamear las pesadas colgaduras escarlata de las ventanas. El cuarto era una combinación de luz y oscuridad: la luz del sol de la tarde entraba, de forma oblicua eludiendo el escritorio pero dando en los lomos de algunos libros y en un rincón del lustroso suelo de madera dura; la oscuridad se guarecía en los rincones donde no llegaba el sol, donde unas sillas con respaldo de color marrón rodeaban una mesa baja, compartida por un globo, una ringlera de libros forrados de cuero y un humidificador lacado en negro.

– Harken -saludé Barnett, con parquedad.

– Buenas tardes, señor.

Harken se detuvo ante el escritorio, de pie, aunque había cuatro sillas vacías.

Gideon Barnett lo dejó de pie. Se metió el cigarro en la boca y lo sostuvo con los dientes, contrajo los labios y observó en silencio al hombre rubio que tenía delante. El humo se elevó y salió por la ventana. Barnett siguió exhalando, probando el temple del hombre, esperando que comenzara la habitual inquietud. Pero Harken se mantuvo relajado con las manos a los lados y la parte delantera húmeda por alguno de los menesteres que hacía en la cocina.

– ¡Bien! -vociferó por fin, quitándose el cigarro-. Usted afirma que es capaz de construir barcos.

– Sí, señor.

– ¿Barcos veloces?

– Sí, señor.

– ¿Cuántos construyó?

– Bastantes. En un astillero de Barnegat Bay.

Gideon Barnett disimulé la impresión: Barnegat Bay, en New Jersey, era el semillero de la náutica. Las revistas de navegación estaban repletas de artículos al respecto. Cerró la boca, hizo girar el cigarro húmedo en ella, y se preguntó qué hacer con el joven mequetrefe que no se dejaba amedrentar.

– ¿Alguna vez construyó uno de esos artefactos de los que tanto alardea?

– No, señor.

– Por lo tanto, no sabe si zozobrará y se hundirá.

– Sé que no lo hará.

– Lo sabe -se burlé Gideon Barnett-. Es una conjetura bastante endeble para invertir dinero en ella.

Harken no se movió ni contestó. Permaneció con expresión impasible, la mirada firme sobre el superior. Barnett se sintió irritado por la impasibilidad del joven.

– Aquí hay personas que están presionándome para que lo escuche.

Una vez más, Harken permaneció callado, y Barnett sintió un impulso creciente de perturbarlo.

– ¡Bueno, muchacho, diga algo! -estalló.

– Si entiende el dibujo de cascos, puedo mostrárselo sobre papel.

Barnett casi se ahoga tratando de contener su propia saliva, en la urgencia por echar al maldito muchacho de un puntapié. ¡Que un criado de la cocina se atreviera a dudar de que él, Gideon Barnett, presidente del Club de Yates de White Bear, entendiese el diseño de cascos! Gideon arrojó un lápiz sobre una pita de papel blanco de gran tamaño que había sobre el escritorio.

– ¡Ahí tiene! ¡Dibuje!

Harken miró el lápiz, a Barnett, otra vez al lápiz. Por fin, lo tomó, apoyo una mano sobre el papel, y comenzó a dibujar.

– Señor, ¿quiere que yo vaya ahí, o se acercará usted aquí?

En la mandíbula de Barnett un músculo se tensó, pero aflojo la posición de superioridad y rodeo el escritorio mientras Harken continuaba dibujando, con una mano apoyada en el escritorio.

– Lo primero que tiene que entender es que me refiero a dos clases completamente diferentes de buques. Ya no hablo de un casco que se desplaza, sino de uno que planea: ligero y plano, con muy poca superficie húmeda donde se levanta.

Siguió dibujando, trazando cortes transversales, comparando los dos yates con dos bosquejos completamente diferentes, explicando cómo se elevaba la proa cuando se deslizaba a favor el viento, y cómo se reducía el lastre cuando la nave ascendía. Habló de longitud, de peso y de elevación natural. De descartar el bauprés, que ya no era necesario porque las velas eran mucho más pequeñas. Se refirió a garfios y jarcias, y a planes de navegación, y a lo poco que afectaban a la velocidad en comparación con la forma general del buque. Habló de un velero de fondo plano, con quilla fija, algo que hasta el momento jamás se había construido.

– Si no hay quilla, ¿dónde está el lastre? -preguntó Gideon.

– ¿La tripulación actúa como lastre, y ya no hacen falta los sacos de arena eso basta para que no se vaya de banda?

– No, no basta. El barco tendrá pantoque. -Dibujo otra vez-. En lugar de una quilla fija, usaremos dos tablas de pantoque, laterales, si prefiere, que podrán bajarse o subirse, según se necesite. Se deja caer la orza cuando la nave se alza, para evitar la deriva de costado, y justo antes de virar, se cambian las tablas: una arriba, la otra abajo. ¿Lo ve?

Barnett reflexiono un momento, examinando los dibujos.

– ¿Y usted puede diseñarlo?

– Sí, señor.

– ¿Y construirlo?

– Sí, señor.

– ¿Sin ayuda?

– En su mayor parte. Quizá necesite ayuda cuando curve las costillas y aplique las planchas.

– No tengo ningún hombre del que pueda prescindir.

– Yo conseguiré uno, si usted lo paga.

– ¿Cuánto costaría?

– ¿El barco completo? Alrededor de setecientos dólares.

Barnett lo pensó un rato.

– ¿Cuánto tiempo le llevaría?

– Tres meses. Como mucho, cuatro, incluyendo el trabajo en el interior de la estructura, y la pintura. Necesitaría herramientas y un cobertizo donde trabajar, eso es todo. Yo mismo puedo construir la cámara de vapor.

Barnett examinó los dibujos, apoyó el cigarro en un cenicero y se acercó a la ventana, donde permaneció mirando al lago.

– Lo único que no haría son la maquinaria y las velas. Podríamos encargarlas velas a Chicago -dijo Harken, haciendo que Barnett girara la cabeza-. El buque podría quedar listo hacia el otoño, y las velas, para el invierno. Yo puedo aparejarlo. Pan la próxima primavera, cuando empiece la temporada, estaría en condiciones de navegar.

Harken dejó el lápiz y se irguió, de cara a Barnett y a un trozo de agua azul que se veía detrás.

Como permaneció en silencio, Harken prosiguió:

– He navegado mucho, señor. Lo hizo mi padre, y antes que él mi abuelo, hasta llegar a los vikingos, me imagino. Sé que este plan resultará, con tanta seguridad como sé de dónde proviene mi amor al agua.

Se hizo silencio en el cuarto mientras Barnett continuaba observando al joven.

– Se siente muy seguro, ¿no es cierto, muchacho?

– Llámelo como quiera, señor, pero sé que la nave funcionará.

Barnett unió las manos a la espalda, se balanceó sobre los dedos de los pies, volvió a apoyarse en los talones, y dijo:

– Lo pensaré.

– Sí, señor -respondió Harken, con calma-. En ese caso, será mejor que regrese a la cocina.

Durante el recorrido hasta la puerta del estudio, sintió la mirada de Barnett quemándole la espalda, midiéndolo, sintió la resistencia del hombre a depositar su confianza en un subordinado. También percibió la profundidad de la obsesión de Barnett por ser el mejor en cualquier cosa que emprendía. La señorita Lorna dijo que el padre detestaba perder, y eso era obvio. Jens se preguntó de qué modo lo recompensaría Gideon Barnett si triunfaba, en caso de que aprobase la construcción del buque y fuese tan veloz como él suponía.

Tomó el camino de vuelta más directo, y al advertir que la puerta de la señorita Lorna estaba cerrada no se retraso un instante. En la cocina estaban todos sentados alrededor de la mesa tomando la merienda que consistía en torta y té de menta. Todos saltaron de sus lugares y comenzaron a hablar al unísono.

– ¿Qué dijo? ¿Te dejará construirlo? ¿Fuiste a su estudio? ¿Cómo es?

– ¡Basta, cálmense! -Levantó las manos para sosegar la excitación-. Dijo que lo pensaría, nada más.

La expectativa desapareció de todos los rostros.

– Pero lo dejé pensando -los consolé Jens.

– ¿Cómo es el estudio? -preguntó Ruby.

Mientras lo describía, se abrió la puerta que daba ala escalera de los criados y la señorita Lorna Barnett irrumpió otra vez en la cocina.

– ¿Qué dijo, Harken? -preguntó, sin aliento, todavía con la ropa arrugada, pero la blusa abotonada y los zapatos puestos.

Entró, atravesó la cocina y se detuvo entre de los criados, cerca de la gastada mesa de trabajo que estaba en el centro del recinto, de modo que visto desde afuera parecía que hubiese estado trabajando con ellos todo el día. Tenía los ojos brillantes como el té iluminado por el sol, las mejillas sonrosadas por haber bajado corriendo las escaleras, los labios abiertos de excitación.

– Me preguntó si podría construir una nave veloz, y dije que sí. Me pidió que la dibujase en papel, y cuando lo hice dijo que lo pensaría.

– ¿Eso es todo? -La excitación se desvaneció, y se transformó en vehemencia-. ¡Oh, es tan obstinado! -Agitó el puño en el aire-. ¿Intentó convencerlo?

– Hice lo que pude. Pero no puedo retorcerle el brazo.

– Nadie puede. Cuando quiere, mi padre es inamovible. -Suspiró, y se encogió de hombros-. Ah, bueno…

Se hizo un silencio incómodo. Ninguno de los criados de la cocina sabía bien cómo reaccionar en presencia de un miembro de la familia.

A la señora Schmitt se le ocurrió decir:

– Hay un poco de té de menta frío, señorita, y pastel blanco. ¿Le gustaría?

Lorna echó una mirada a la mesa y respondió:

– Oh, sí, me parece bien.

– Ruby, trae un vaso. Colleen, ve a buscar más menta. Glynnis, trae una bandeja. Harken, pique hielo para la señorita Barnett, por favor.

Todos se atarearon obedeciendo las órdenes, y dejaron a Lorna de pie junto a la mesa, observándolos. Glynnis fue a la despensa y regresó con un plato de borde dorado y una bandeja de plata. La segunda ayudante de cocina, Colleen, lavé la menta y la machacó en el mortero, con la maza. Jens Harken encontró la picadora de hielo y la hizo relampaguear en el aire… una imagen arrebatadora que atrajo la mirada de Lorna mientras las astillas de hielo se esparcían como diamantes sobre el suelo de pizarra. Mientras Ruby sostenía el vaso, un trozo de hielo se deslizaba de los dedos de Harken. La señora Schmitt arreglaba con esmero todo sobre la bandeja de té, cuando vio a Lorna esperando, de pie junto a la mesa.

– Señorita, si lo prefiere puedo enviar a Ernesta a su dormitorio o a la tenaza.

Lorna echó una mirada a Harken, luego a la mesa, y preguntó:

– ¿Podría beber el té aquí mismo?

– ¿Aquí, señorita?

– Sí, claro. Me parece que todos ustedes estaban sentados aquí. ¿Puedo sentarme con ustedes?

La señora Schmitt borro de su cara la expresión sorprendida, y respondió:

– Si usted quiere, sí, señorita.

Lorna se sentó.

La señora Schmitt trajo la bandeja y colocó el plato de bottle dorado, el tenedor de plata, la cuchara de mango largo, la servilleta calada de lino, el vaso de cristal y la bandeja de plata sobre la mesa estropeada, donde habían quedado los enseres ordinarios para té del personal: gruesos platos blancos, vasos comunes y tenedores romos, todavía con trozos de pastel sin terminar. El centro de la mesa lo ocupaba un pote con grasa, un salero, un tarro de loza alto lleno de cuchillos de carnicero, un carrete de bronce con una bobina de hilo para atar verduras, y los pepinos que iban a cortarse para la cena.

Se hizo el silencio.

Vacilante, Ruby apoyé la jarra de té sobre la mesa y retrocedió.

Lorna alzó lentamente el tenedor, mientras alrededor un círculo de rostros la observaba y nadie se movía hacia las sillas. Cortó un trozo de torta y se detuvo: nunca en la vida se había sentido tan fuera de lugar. Alzó la vista y envió a Harken un silencioso mensaje de auxilio.

– ¡Bien! -Harken se animó, dio una palmada y se froté las manos-. A mí me gustaría otro pedazo de pastel, señora Schmitt, y también un poco más de té.

Arrimó un taburete junto a Lorna y se sentó desde atrás, al estilo de los vaqueros, tomando con entusiasmo la jarra para servirse.

– ¡Que sea un trozo de pastel! -repuso la cocinera principal, y todos siguieron la iniciativa de Harken, haciendo que la cocina bullera de vida otra vez.

Ruby le trajo la menta y preguntó:

– ¿Quieres hielo?

– No, así está bien.

Llenó los vasos del lado de su mesa, pasó la jarra, y pronto todos ocuparon sus lugares y participaron de la charla, entendiendo la señal tácita de Harken.

– ¿Cómo está el padre de Chester? ¿Alguien sabe?

– Un poco mejor. Chester dice que recuperó el apetito.

– Y su madre, señora Schmitt. Irá a verla el domingo, ¿no es así?

Conversaron, comieron pastel y pasaron unos diez minutos agradables, mientras Lorna seguía para sus adentros cada movimiento de Jens, sentada junto a él, que bebió tres cuartos del vaso de té de un solo impulso, y comió un enorme pedazo de pastel. Después, se remangó la camisa, apoyo los codos a los lados del plato vacío y lanzó un eructo en sordina con la mano ahuecada. Bromeó con Glynnis respecto de un enorme pez sol que afirmaba haber pescado, se echó hacia atrás para sonreír a Ruby cuando volvió a llenarle el vaso, y al hacerlo tocó por casualidad el hombro de Lorna. Le preguntó a la señora Schmitt cuándo haría otra vez sauerbraten y pastelitos de fruta, y esta se burló de que un noruego amante del pescado pidiera una comida alemana tan pesada, y rieron de buena gana. A horcajadas sobre el banco, al reír con la señora Schmitt, una de sus rodillas abiertas chocó con la de Lorna bajo la mesa.

– Disculpe -dijo en tono suave, y la retiró.

En un momento dado, la señora Schmitt apartó la silla y miró el reloj:

– Bueno, tenemos que poner a remojo los pepinos, lavar el cardo y cortar patatas para freír. El tiempo se va.

Se pusieron de pie y Lorna dijo:

– Bueno, muchas gracias por el pastel y el té. Estaban deliciosos.

– Cuando guste, señorita. En cualquier momento.

La señora Schmitt levantó su propia taza vacía.

Una vez más, el movimiento se detuvo, pues nadie sabía lo que exigía el protocolo hasta que la señora Schmitt les ordenó reanudar el trabajo antes de que la señorita se hubiese ido. Lorna sonrió a la cocinera, la dejó reunirse con los otros y se encaminó hacia la puerta que daba a la escalera de los criados. Jens se apresuró a llegar antes y la abrió. Los ojos de ambos se encontraron en un instante fugaz mientras ella pasaba, y le sonrió con tal recato que casi no despegó los labios.

Jens hizo una reverencia formal.

– Buenas tardes, señorita.

– Gracias, Harken.

Cuando la puerta se cerró, vio que todos estaban trabajando menos Ruby, que sostenía unas verduras sobre el fregadero de zinc y lo miraba con desaprobación. Cuando pasó junto a ella, la muchacha se echó hacia atrás y murmuró:

– ¿Por qué no le preguntó a su padre lo que te preguntó a ti? Tendría más sentido que correr aquí a hablar contigo.

– Ruby, ocúpate de tus propios asuntos -repuso, y salió a buscar los cardos que estaban en una carretilla, junto a la puerta trasera.

La semana siguiente, el Club de Yates de White Bear organizó una carrera entre sus propios miembros. Se anotaron veintidós naves. Gideon Barnett se puso el suéter de oficial del Club Náutico y llegó segundo a la meta con su Tartar.

Después, en la sede del club, ante una copa de ron, le contó a Tim Iversen en tono quejumbroso:

– Perdí cien dólares apostando contra Percy Tufts en esta maldita carrera.

Tim dio unas caladas a la pipa y repuso:

– Bueno, ya sabes cuál es la respuesta a eso.

Gideon calló unos momentos y dijo:

– No creas que no estoy pensándolo.

Lo pensó hasta la noche siguiente, y entonces habló con Levinia al respecto. Estaban en el dormitorio, listos para acostarse. Gideon estaba de pie delante del hogar apagado, vestido con una prenda de una sola pieza, de pantalón corto, fumando el último cigarro del día, cuando dijo, de buenas a primeras:

– Levinia, tendrás que contratar un nuevo ayudante de cocina. Pondré a Harken a construir un barco para mí.

Levinia, que iba a acostarse, se detuvo.

– Si la señora Schmitt amenaza con irse, otra vez, no.

– No lo hará.

– ¿Cómo puedes estar seguro?

Levinia subió hasta el alto colchón y se reclinó contra las almohadas.

– Porque es sólo durante un tiempo. Dispondré de él durante unos tres, cuatro meses a lo sumo, y luego volverá a la cocina, que es su lugar. Pienso hablar con él mañana por la mañana.

– Oh, Gideon, es un fastidio.

– Aun así, ocúpate de eso.

Tiró el cigarro y se acostó en la cama junto a ella.

A Levinia se le ocurrió seguir discutiendo pero, temerosa de la represalia que había recibido la vez anterior al hacer enfadar a Gideon, se tragó la rabia y se preparó para enfrentarse al fatigoso ritual de encontrar un ayudante temporal.

A la mañana siguiente, a las nueve, una vez más Gideon Barnett convocó a Jens Harken en su estudio. Esta vez, la habitación estaba más iluminada, inundada de sol aunque Barnett, ataviado con un traje de tres piezas y con una cadena de oro de reloj que le cruzaba el vientre, tenía el mismo aspecto ceñudo y severo de siempre.

– ¡De acuerdo, Harken, tres meses! Pero construirá para mí un navío que derrote a esos malditos sacos de arena del Minnetonka, y a cualquier otro que navegue por este lago, ¿lo ha entendido?

Harken contuvo una sonrisa.

– Sí, señor.

– Y cuando esté terminado, volverá a la cocina.

– Por supuesto.

– Dígale a la señora Schmitt que no lo saco de ahí para siempre. No quiero más estallidos de cólera por su parte.

– Sí, señor.

– Puede instalar el taller en el cobertizo que está detrás del invernadero y el jardín. Le avisaré a mi amigo Matthew Lawless que usted irá a la ferretería y que tiene carta blanca para comprar cualquier herramienta que necesite. Tome el tren a Saint Paul en cuanto haya avisado en la cocina. Steffens lo llevará en el coche a la estación. La ferretería está en la Cuarta y Wabasha. En cuanto a la madera, hará lo mismo: tendrá carta blanca en la ciudad, en el negocio de Thayer. Sabe dónde está, ¿no?

– Sí, señor, pero si no tiene inconveniente, prefiero pagar yo mismo la madera… todo lo que necesite para los moldes.

Barnett adquirió una expresión abatida:

– ¿Por qué?

– Quiero conservarlos cuando termine.

– ¿Conservarlos?

– Sí, señor. Tengo la esperanza de construir mi propio barco algún día, y los moldes pueden volver a usarse.

– Está bien. Con respecto a los elementos de diseño…

Barnett se rascó la frente, pensativo.

– Los tengo, señor.

– Ah. -Dejó caer la mano-. Sí, sí, por supuesto. Bueno. -Puso una expresión feroz, y se irguió-. De ahora en adelante, usted sólo responde ante mí, ¿entendido?

– Sí, señor. Cuando llegue el momento, ¿puedo contratar a alguien para ayudarme?

– Sí, pero sólo el tiempo que sea imprescindible.

– Entiendo.

– Puede comer con el personal de la cocina, como siempre, y espero que trabaje las mismas horas que antes.

– ¿Los domingos también, señor?

Barnett pareció picado por la pregunta, pero respondió:

– Oh, está bien, los domingos los tiene libres.

– Y en lo que respecta a ir a la ciudad de inmediato, preferiría echar un vistazo al cobertizo, primero, señor, si no tiene inconveniente.

– En ese caso, avise a Steffens cuándo le va a necesitar.

– Lo haré. ¿Y el pasaje de tren, señor?

La boca de Barnett se contrajo, y enrojeció. El labio superior tembló bajo el enorme bigote caído.

– Usted seguirá presionando hasta provocarme deseos de echarlo de la casa, ¿no es cierto, Harken? Bueno, le advierto, muchacho de la cocina… -Lo señaló con un dedo apretado alrededor del cigarro. No se pase de los límites conmigo si no quiere que suceda eso-. Sacó una moneda del bolsillo del chaleco, y la arrojó sobre el escritorio. Ahí está el pasaje de tren, y ahora, váyase.

Harken tomó la moneda de cincuenta centavos, pensando que estaría loco si saqueara su propio bolsillo para hacer más rico a este hombre rico. Ya tenía destino para cada moneda de cincuenta que lograse ahorrar, y ese destino no incluía trabajar en una cocina hasta que fuese tan viejo como la señora Schmitt. Aún más, comprendió algo más acerca de su jefe: un hombre de su posición anhelaba la estima de sus iguales, y el personal doméstico podía difundir rumores. Que se lo conociera como un patrón que ordenaba a sus criados viajar en tren, costeándolo ellos mismos, por irónico que pareciera, haría mella en el orgullo de Gideon Barnett.

Harken se guardó la moneda en el bolsillo sin el menor recato.

– Gracias, señor -dijo, y se marchó.

En la cocina, las novedades fueron recibidas con una mezcla de entusiasmo y preocupación.

Colleen, la pequeña irlandesa, segunda ayudante, se burló:

– Oh, ahora nos codeamos con la gente fina, ¿no es cierto?, nos contratan para fabricar sus juguetes.

La cocinera se lamentó:

– ¡Tres meses! ¿Dónde encontrarán a alguien digno del salario para que me ayude estos tres meses? Al final, terminaremos haciéndolo todo nosotras.

Ruby rezongó por lo bajo y aparte:

– Primero en el piso alto, en el estudio, luego, vagabundeando a placer por ahí, en los prados. Ten cuidado, Jens: no perteneces a su clase, y ella lo sabe. Pregúntate por qué te hace caso a ti.

– Estás soñando, Ruby -repuso, y salió por la puerta de la cocina.

Andando a zancadas por la huerta, en ese día de verano, se sentía renacido. ¡Señor, las hierbas nunca olieron tan intensamente! ¿Acaso alguna vez el sol fue más deslumbrante?

¡Otra vez, era constructor de naves!

Bordeó el jardín ornamental al que los criados no tenían acceso, y el jardín del que se recogían las flores, con su intenso perfume a petunias. Más allá, estaba el invernadero donde se hacían madurar frutas y verduras invernales y se hacían las plantas de primavera. Detrás del invernadero, una cortina de álamos rodeaba la huerta, atendida con meticuloso cuidado. Al cruzarla, vio a Smythe, el jardinero jefe, a lo lejos con un sombrero de paja, que trabajaba entre dos hileras de tiendas cónicas de paja que llegaban a la mitad de la altura del hombre. Aunque Smythe era un viejo agrio, Harken estaba tan alegre que no resistió la tentación de gritarle:

– ¡Hola, Smythe! ¿Cómo están esta mañana sus manzanos Baldwin?

Smythe se dio la vuelta y le dirigió una sonrisa mezquina cuando Harken se acercó y se detuvo a saludarlo.

– Ah, Harken, yo diría que bastante productivos. -Jens estaba seguro de que Smythe nunca en su vida había esbozado una sonrisa completa. Tenía la cara larga, los párpados caídos y la nariz larga tan bulbosa como uno de sus propios rábanos-. Creo que tendré unas cuantas para ella a mediados de la semana.

Todo el personal de la cocina conocía bien las preciadas grosellas negras y lo mucho que le gustaban a la señora. El jardinero creó un sistema para retrasar la fruta, cubriéndola por completo con conos de paja más grandes que las plantas, y quitándolos para que el sol madurase las bayas sólo cuando Smythe o Levinia desearan que madurasen. De ese modo, prolongaba la temporada dos meses completos.

– ¿Le molesta si pruebo una? -Harken arrancó una fruta oscura y se la metió en la boca antes de que Smythe le respondiese-. Mmm… ¡Qué sabrosa! Sí, señor, Smythe, es indudable que usted sabe su oficio.

Smythe había cultivado una expresión negativa hasta haberla convertido en un arte.

– ¡Se-ñor Harken! Ya sabe que las Baldwin no son para los criados de la cocina. La señora lo dejó muy claro.

– Oh, lo siento -respondió Harken, alegre- pero en este preciso momento no soy criado de la cocina. Me dirijo al cobertizo de ahí atrás, para construir un nuevo velero para el amo. Este verano me verá muy a menudo cruzando por aquí. Bueno, será mejor que me ponga en marcha. -Transformando la palabra en acción, dijo por encima del hombro-: Gracias por la fruta, Smythe.

Con ánimo jovial, pasó ante las filas de vegetales poco comunes, evidencia de los deseos de los ricos de tener lo mejor y lo más raro: alcauciles de Jerusalén, brócoli, puerros, guisantes franceses trepadores, salsifíes, escorzoneras, y esos cardos gigantes que parecían apios, altos como un hombre. Pasó junto a las más comunes: patatas, nabos, zanahorias, y la sempiterna espinaca, que le parecía haber lavado a grandes cantidades. Tres meses, pensó. ¡No tendré que lavar esas malditas plantas durante tres meses enteros! Y si el barco resulta el demonio de velocidad que creo que será, ¡tal vez no vuelva a lavarlas jamás!

Pasó junto a los árboles frutales, los arbustos de avellana, y una mala de frambuesa que los pájaros asolaban. Recogió un puñado que fue comiendo mientras cruzaba la línea más distante de álamos y entraba en la frescura del bosque.

El cobertizo era una vieja estructura alargada de tablas de chilla, que tenía la apariencia de no haber sido pintado jamás. Había un par de puertas correderas que al abrirse mostraron un piso de planchas de madera sin desbastar, un par de cabrios abiertos arriba, y sólo dos pequeñas ventanas sucias a cada lado. Dentro, había una cortadora decrépita con un tirante roto, unos sacos de patatas ya brotadas que asomaban entre la arpillera, un banco de plaza de hierro oxidado, periódicos, barriles, cestos de medir, y una variedad de inmundicias que demostraban que ratones y ardillas se habían instalado allí. Pero para Jens Harken, eso era el paraíso. Estaba fresco, olía a tierra, no había fregaderos ni neveras, ni estufas, teteras hirviendo ni amas de llave arrogantes que le diesen órdenes. Ni señoras malcriadas que enviaran a lavar las monedas sucias para que sus dedos no tuviesen que tocar la suciedad de la gente común. No tendría que rallar rábano picante hasta que le llorasen los ojos, ni tendría que desplumar cercetas, ni pulir cobre, ni despellejar conejos.

Durante tres meses, trabajaría en este paraíso, haciendo lo que más le gustaba, y su única compañía serían los animales y el piar de los pájaros en los árboles del jardín.

Recorrió la construcción mirando a lo largo, revisando los maderos, que tendrían que ser lo bastante sólidos como para soportar un montacargas. Eligió el sitio por donde saldría la chimenea de la estufa. Era julio. En setiembre, necesitaría calefacción y aunque no hubiese terminado en los tres meses, estaría nevando. Examinó las mugrientas ventanas y descubrió que, con un poco de maña, y un par de cuñas fuertes, se abrirían. Entró la brisa y trajo el aroma vegetal del bosque. Se imaginó colocando las velas, sus propias velas en una nave esbelta y hermosa, sin quilla, que saltaría al tomar el viento, y agitaría tan poco el agua que casi no haría olas ni ondas. Los dedos le ardían de ganas de sentir el plano en las manos y un trozo de abeto rizándose y curvándose cuando él fabricara el mástil. Ansiaba oler una tanda de roble blanco ablandándose en la cámara de vapor, escuchar el martillo clavando las costillas en la estructura, y sentir el orgullo inigualable de observar cómo va tomando forma entre las manos de uno el producto de su propio ingenio.

Con los codos apretados y las palmas de las manos sobre el alféizar de la ventana, contempló el verde de los árboles, las enredaderas salvajes, y los nidos de las ardillas. Dio un golpe sobre el sucio alféizar con ambas manos, y afirmó:

– Mírame. Sólo mírame.

6

El viaje a la ciudad fue embriagador por la intensa sensación de libertad. Al llamar a Steffens para que trajese el coche, y sentarse en el lugar reservado a los privilegiados, Harken se prometió que un día tendría su propio coche tirado por un espléndido caballo bayo. Al tomar el tren en la estación de White Bear Lake, disfrutó de estar afuera dentro de un horario en el que, por lo general, estaría en la cocina, ayudando a preparar el almuerzo. Al apearse, treinta minutos después en medio del bullicio del centro comercial de Saint Paul, y encaminarse a la ferretería de Lawless, comprendió que Gideon Barnett, por cicatero que fuese, le había dado la; oportunidad que estaba esperando, y que él, Jens Harken tenía la responsabilidad de aprovecharla al máximo.

Eligió las mejores herramientas que se podían comprar, desde el papel de lija para afilar los lápices, hasta el motor eléctrico y a vapor de cuatro caballos para mover la sierra. Después de hacer los arreglos para la entrega, pasó una hora placentera recorriendo las calles del centro, y resistió el olor de las picantes salchichas polacas que hervían en el carro de un vendedor callejero, ahorró la moneda y comió el emparedado de carne fría que había llevado de casa, espió por las ventanas, observó los tranvías y admiró un ocasional polisón de seda. No cabía duda de que la ciudad era excitante, pero cuando subió al tren hacia White Bear Lake, la ansiedad hizo que el atractivo de Saint Paul, perdiera en la comparación.

Una vez de regreso en White Bear, fue de la estación del tren al almacén de maderas y encargó todo lo que iba a necesitar hasta haber completado los planos del buque, luego hizo caminando el resto del trayecto hasta la isla Manitou, rodeando el lago donde se veían pocas velas esa tarde de mediados de semana, y disfrutando de lo que veía, a pesar de todo.

En Rose Point, se puso la ropa de trabajo, rescató elementos de limpieza y se fue más allá de los jardines, a convertir el cobertizo en un armadero de barcos.

Cuando llegó a su dominio, al abrir las puertas dobles de par en par, penetró en la frescura de la construcción larga y profunda, sintiendo otra vez la euforia de esa mañana y la decisión de hacer algo importante allí. Sacó fuera las patatas enmohecidas y los periódicos, quemó una pila de basura y puso los otros deshechos en un rincón, sacó con el rastrillo los nidos de ratones y las cáscaras de bellotas, barrió el suelo y empezó a limpiar las ventanas. De pie sobre un barril, en mitad de la tarea, oyó la voz de la señorita Lorna Barnett, que lo reprendía desde la entrada.

– Harken, ¿dónde rayos ha estado?

Estaba ahí de pie, con los brazos en jarras; sólo se distinguía la silueta que recortaba la luz de la tarde y que moría contra el telón de fondo del bosque. Tenía las mangas grandes como almohadas, y una falda acampanada con una breve cola. Jens divisó el borde rosa de la ropa y el peinado en forma de nido, pero el resto de los detalles se perdieron.

– El padre de usted me mandó a la ciudad, señorita.

– ¡Y no me dijo una palabra! Cuando me levanté, él también se había ido y nadie sabía dónde estaba usted. Construirá el barco, ¿no es así?

– Sí, señorita, lo haré.

Lorna separó los pies, y sacudió los puños hacia el cielo:

– ¡Eureka! -les gritó a los maderos del techo.

Esto arrancó una carcajada en Harken, que saltó del barril, mientras tiraba el trapo de limpiar en el balde con agua y el de secar sobre el hombro.

– Yo tuve ganas de hacer lo mismo cuando me lo dijo.

Lorna entró, arrastrando la falda por el polvo del suelo.

– ¿Lo hará aquí?

Se detuvo a unos centímetros, cortando la sombra, y revelando los preciosos detalles del rostro.

– En efecto. Me dio el visto bueno para comprar todo lo necesario en la ferretería Lawless, y en el almacén de maderas mayer. Fui a la ciudad a encargar las herramientas. Señorita Barnett -echó un vistazo al vuelo de la falda-, caminando sobre este suelo polvoriento, se ensuciará el vestido. He barrido, pero aun así no está muy limpio.

Lorna se alzó las faldas y las sacudió.

– ¡Ah, no importa! -El polvo revoloteó cuando las soltó, y esparció el perfume de azahar en el ambiente húmedo y rancio del viejo cobertizo-. En realidad, no sé por qué uso estas estúpidas faldas. El señor Gibson: afirma que ya están pasadas de moda.

– ¿Quién es el señor Gibson?

La muchacha adoptó una expresión de fingido dolor.

– Oh, por favor, Harken, no vine aquí a hablar del largo de las faldas. ¡Cuénteme más de lo que dijo papá!

Era una criatura encantadora, y Jens retrocedió para poner una buena distancia entre los dos.

– Bueno, dijo que tenía tres meses para construir el barco, y luego debía volver a la cocina.

– ¿Qué más?

Lo persiguió de cerca, con expresión ansiosa.

– Nada más.

– ¡Oh, Harken, no es posible que eso sea todo!

– A ver… -Pensó un poco, y agregó-: Dijo que tenía que avisar a la señora Schmitt de que era un arreglo temporal, porque no quería más rabietas en la cocina.

Lorna rió, y la gracia de esas notas transformó el tosco edificio impulsando a Jens Harken a realizar un estudio furtivo de la muchacha. Estaba vestida de rayas rosas y blancas, como un caramelo, con cuello y puños de encaje blanco, y un corpiño ajustado que terminaba en la línea de la cintura en un punto diminuto, y le daba la apariencia redonda de una fruta. Lo que era peor, cada vez que él se movía, ella lo seguía sin el menor recato. Por fin, Jens dejó de retroceder, defendió su terreno y quedaron a un brazo de distancia.

– Señorita, ¿puedo preguntarle algo?

– Por supuesto.

– ¿Por qué no le hace estas preguntas a su padre?

– ¡Bah! -Hizo un ademán desdeñoso-. Me contestaría como si estuviese ordenando que enterrasen comida en mal estado, y lo arruinaría todo. Sigue estando en contra de usted, ¿sabe?

– Ya lo advertí.

– Además, usted me gusta.

Le sonrió a quemarropa.

El joven rió, algo incómodo, mirando primero al suelo, luego a Lorna.

– ¿Siempre es así de franca?

– No -respondió-. Pasé mucho tiempo con Taylor Du Val. ¿Lo conoce? No, supongo que no. Bueno, de todos modos se podría decir que somos novios, pero yo nunca le dije que me gustaba.

– ¿Y le gusta?

Pensó un instante:

– En cierto modo. No obstante, Taylor no cree en nada de la manera que usted cree en su barco. La familia de él está en la industria de los molinos harineros y, pan ser sincera, es un tema bastante tedioso: la cosecha de trigo, la proyección de los precios del mercado, el suministro de bolsas de algodón. Claro que, cuando estamos juntos, hablamos de otras cosas, pero suelen ser repetitivas: mi familia, la familia de él, qué bailes habrá en el club, qué fiestas habrá en el Pabellón Ramaley.

– ¿Participa en las carreras?

– La familia. Son dueños del Kite.

– Lo vi. Tiene una quilla pesada.

En los ojos de Lorna brilló una chispa divertida y traviesa.

– ¿No lo son todos, comparados con lo que usted se propone construir?

Durante un rato, permanecieron los dos sonriéndose, compartiendo la expectativa de construir el bote y verlo navegar por primera vez, preguntándose, inquietos, qué pasaría hasta entonces. Una mosca zumbó en un rayo de sol cerca de la puerta abierta, y una brisa pasajera llevó un tierno mensaje entre los árboles y se alejó.

Lorna Barnett era el ser más hechicero que hubiese conocido. Y como parecía tan sensata y carente de pretensiones como cualquier miembro del personal de la cocina, decidió confiar en ella.

– Señorita Lorna, ¿puedo decirle algo?

– Lo que sea.

– En cuanto este barco participe en carreras, pienso no volver a poner un pie en la cocina.

– Bien, Harken. De todos modos, yo no creo que ese sea lugar para usted.

Estaban lo bastante cerca para que Lorna viese la decisión en los ojos de Jens, y este, la corroboración en los de ella, para que oliera el perfume de azahar de la colonia, y ella, el agua con vinagre que Jens usaba para limpiar las ventanas y sobre todo para darse cuenta de lo impropio que era y no darle importancia.

– ¿Qué hará? -preguntó la muchacha.

– Quiero tener mi propio astillero.

– ¿De dónde sacará el dinero?

– Estoy ahorrando. Y tengo un plan. Quiero traer a mi hermano de New Jersey, para trabajar conmigo.

– ¿Lo echa de menos?

Respondió con un chasquido de lengua y una mirada nostálgica, cargada de recuerdos.

– Es mi único familiar.

– ¿Le escribe?

– Casi todas las semanas, y él me contesta.

Lorna dibujó una sonrisa cómplice:

– Harken, ¿esta semana tendrá algo para contarle, eh?

Jens también sonrió y, por un instante, compartieron la victoria, unidos por una sensación subyacente de lo mucho que disfrutaban estando juntos. El lapso de silencio se alargó, transformándose en un estado de conciencia en el que se dedicaron otra vez a admirar el rostro del otro, por primera vez en intimidad total. Afuera, el bosque estaba tranquilo, no se oía ni el piar de un pájaro. En el otro extremo del cobertizo seguía zumbando la mosca, y la luz verdosa proyectaba sombras de hojas sobre el suelo tosco y la cara interior de la pared, formando un encaje sobre los pernos oxidados y las chapas cubiertas de polvo. Dentro, donde estaban Jens y Lorna, la luz de la ventana a medio lavar sólo les iluminaba un lado de la cara. La de ella, tersa y curva, alzada por el alto cuello de encaje que casi le tocaba los lóbulos de las orejas. La de él, polvorienta y angulosa, acariciada por el cuello abierto de la rústica camisa de cambray.

Después de un largo momento de observación silenciosa, Jens habló con suavidad:

– No creo que su padre apruebe la presencia de usted aquí.

– Mi padre fue a la ciudad. Y mi madre está durmiendo la siesta con un paño frío en la frente. Peor todavía, yo siempre fui una hija indócil, y ellos lo saben. Yo soy la primera en admitir que les di bastante trabajo para educarme.

– ¿Por qué será que no me sorprende?

En respuesta, Lorna sonrió. Cuando volvió a hacerse el silencio y no se les ocurría un modo apropiado de llenarlo, empezaron a sentir una fuerte conciencia de soledad.

Lorna se miró las manos.

– Creo que tengo que irme, y dejar que siga trabajando.

– Sí, creo que sí.

– Pero antes hay algo que tengo que decirle, con respecto a ayer.

– ¿Ayer?

Otra vez, alzó la mirada hacia él.

– Es decir, cuando fui a la cocina y comí pastel con usted. Después, cuando ya era tarde, advertí que hice sentirse a todos muy incómodos. Quería agradecerle por entenderlo, Harken.

– No es nada, señorita. Tenía derecho de estar ahí.

– No. -Le tocó el brazo con cuatro dedos sobre su piel desnuda, encima de la muñeca, con la ligereza de un colibrí. Advirtiendo el error, la retiró rápidamente y apretó los dedos con el puño-. Le dije que soy rebelde. A veces, hago cosas de las que me arrepiento. Y cuando la señora Schmitt puso esa bandeja de plata con mi porción, la mejor cubertería de plata y la servilleta de lino… habría dado cualquier cosa por estar en otro lado. Usted lo supo e hizo lo que pudo para aliviar mi incomodidad. No lo pensé, Harken. De todos modos, gracias por la rapidez de su reacción.

Aunque Jens podía seguir insistiendo en que estaba equivocada, los dos sabían que no era así.

– Me alegro, señorita -respondió-. Debo admitir que me siento un poco más cómodo conversando con usted aquí, lejos de los otros. Ellos…

Se interrumpió con brusquedad, dejándole a Lorna la sensación de que habría preferido no decir nada.

– ¿Ellos qué?

– Nada, señorita.

– Sí, hay algo más. ¿Ellos qué?

– Por favor, señorita

Ella volvió a tocarle el brazo, esta vez con insistencia.

– Harken, sea sincero conmigo. ¿Ellos qué?

Jens suspiró al comprender que no tenía modo de eludir la pregunta.

– A veces interpretan mal las intenciones de usted.

– ¿Qué dicen de mis intenciones?

– Nada específico.

Se ruborizó y apartó la vista, al tiempo que se quitaba del hombro el trapo sucio.

– No es sincero conmigo.

Cuando los ojos se encontraron otra vez, la mirada de Jens tenía la pasividad bien entrenada del personal doméstico.

– Si me disculpa, señorita Lorna, su padre me dio un límite de tiempo y tengo que volver a trabajar.

Hacía mucho tiempo que Lorna Barnett no se enfadaba tanto, tan rápido:

– ¡Oh, es igual que él! -Incrustó los puños en las caderas-. ¡A veces, los hombres me enfurecen! Puedo hacerlo hablar, ¿sabe? ¡Prácticamente, usted es mi empleado!

Jens quedó tan abrumado por ese arrogante y súbito arranque que quedó atónito, mudo. Por un instante, apareció la estupefacción en su semblante, seguida de inmediato por la desilusión y un rápido retomo a la realidad.

– Sí, lo sé.

Se dio la vuelta antes de que Lorna viese los manchones de color que subían a sus mejillas. Se puso de cuclillas para volver a tomar el trapo del balde, lo retorció y, sin añadir otra palabra, trepó al barril y reanudó la limpieza de la ventana.

Tras él, la cólera de Lorna se derrumbó con la misma velocidad que surgió. Se sintió mortificada por la desconsiderada explosión, y dio un paso hacia Jens, alzando la vista.

– Oh, Harken, no quise decir eso.

– Está bien, señorita.

Sintió que le ascendía calor por el cuello; qué ridículo debió parecerle el perder de vista su propia condición y permitir que se manifestara su atracción por ella.

La joven avanzó otro paso.

– No, no está bien. Es que… es que me salió sin pensar, eso es todo… por favor. -Se estiró como para tocarle la pierna, pero retiro la mano-. Por favor, perdóneme.

– No hay nada que perdonar. Usted tenía razón, señorita.

Ni la miró, ni dejó de limpiar el cristal de la ventana. Mientras secaba, el trapo chirrió contra el cristal, a la vez que lo ocultaba de la muchacha.

– Harken.

No hizo caso del ruego que vibraba en su voz y siguió su tarea, obstinado.

Lorna esperó, pero la intención de Jens era evidente, el dolor era evidente, y la barrera entre ellos era tan palpable como las paredes del cobertizo. Se sintió como una tonta arrebatada, pero no supo cómo aliviar la herida que ella misma había causado.

– Bien -dijo en voz queda, llena de remordimiento-. Lo dejaré en paz. Lo siento, Harken.

No tuvo necesidad de dame la vuelta para saber que se había ido. Al parecer, el cuerpo de Jens había desarrollado sensores que se erguían cada vez que Lorna entraba en su radio de acción. En el silencio que había sobrevenido después de irse, la sensación se marchito, perdió fuerza, y Jens quedó de pie sobre el barril de madera, con las palmas de las manos apoyadas con fuerza contra el borde inferior de la ventana, y el trapo colgando inmóvil de una de ellas. Giró la cabeza, miró fuera, sobre su hombro izquierdo, al polvo encendido por el sol por donde ella había barrido un surco con sus enaguas. La mirada regresó a la escena fuera de la ventana, que era un conjunto boscoso de ramas, hojas, moho y espesura. Exhaló un gran suspiro, bajó lentamente del barril y se quedó ahí, inmóvil. Herido. "En última instancia", pensó, "es tan aristocrática como sus padres, y a mí no me conviene olvidarlo. Tal vez Ruby tenía razón y Lorna Barnett era una chica rica aburrida, que jugueteaba con el criado sólo para divertirse."

Con súbita vehemencia, arrojó el trapo al balde, salpicando agua sucia en el piso, donde ennegreció las planchas polvorientas, y después dio una patada al barril, que cayó rodando.

El resto del día estuvo antojadizo y descontento. Esa tarde, salió con Ruby a pasear y la besó en la huerta de hierbas antes de entrar por la puerta de la cocina. Pero besar a Ruby era como besar a un cocker spaniel cachorro: resbaladizo y difícil de controlar. Se sorprendió de sentirse impaciente por limpiarse la boca y librarse de las ganas de la muchacha que le rodeaban el cuello.

Más tarde, en la cama, pensó en Lorna Barnett… vestida con rayas blancas y rosas y oliendo a azahares, con sus excitados ojos castaños y la boca como fresas maduras.

¡A esa mujer le convendría mantenerse lejos del cobertizo!

Eso fue lo que hizo Lorna durante tres días; al cuarto, estaba de vuelta. Eran más o menos las tres de la tarde y Jens estaba sentado sobre un barril, dibujando una larga línea curva en una hoja de papel manila sobre una mesa hecha con tablas y caballetes.

Terminó y se echó hacia atrás para observarlo, hasta que sintió unos ojos sobre él. Miró a la izquierda, y ahí estaba, inmóvil como una estatua en el vano de la puerta, con una camisa azul de mangas anchas, y las manos a la espalda.

El corazón le dio un vuelco, y enderezó lentamente la espalda:

– Bien -dijo.

Lorna no se movió, y siguió con las manos a la espalda.

– ¿Puedo entrar? -preguntó, humilde.

La contempló un momento, con el lápiz en una mano y una curva de barco en celuloide en la otra.

– Como guste -respondió, y continuó el trabajo, consultando una tabla numérica que tenía a la derecha del dibujo parcialmente terminado.

Lorna entró con pasos medidos y cautelosos y se detuvo al otro lado de la mesa, permaneciendo ante Jens en pose de penitente.

– Harken -dijo en voz muy suave.

– ¿Qué?

– ¿No piensa mirarme?

– Si usted lo dice, señorita…

Obediente, alzó la vista. De los párpados de Lorna colgaban unas lágrimas inmensas. El labio inferior temblaba, contraído en un puchero.

– Lo siento mucho, mucho -susurró- y jamás volveré a hacerlo.

"¡Oh, dulce Señor!", pensó, "¿acaso esta mujer no sabe el efecto que tiene sobre mí, ahí de pie, tan infantil con las manos a la espalda y unas lágrimas del tamaño de las uvas que hacen devastadores a esos ojos?" Esto era lo último que podía esperar. Verla, le provocó un terremoto en el corazón y un nudo en el estómago. Tragó dos veces, pues sentía el bulto de las emociones como si fuese un copo de algodón que le bajaba por la garganta. Señorita Lorna Barnett, pensó, si sabe lo que le conviene, se irá de aquí a toda velocidad.

– Yo también lo siento -respondió-. Olvidé mi lugar.

– No, no… -Sacó una de las manos y tocó el papel como si fuese un amuleto-. Yo tuve la culpa por querer obligarlo a decir cosas que usted no quería decir, por tratarlo como a un inferior.

– Pero tenía razón: yo trabajo para usted.

– No. Trabaja para mi padre. Usted es mi amigo, y me sentí desdichada durante tres días, creyendo que había arruinado nuestra amistad.

Jens se contuvo y no dijo que él también. No supo qué decir. Le costaba un esfuerzo tremendo quedarse en el barril y dejar que la mesa se interpusiera entre ambos.

En voz muy queda, como si les hablara a los planos, Lorna dijo:

– Creo que sé lo que dicen en la cocina. No es muy difícil imaginárselo. -Alzó la vista-. Que yo estaba coqueteando con usted, ¿no es cierto? Que me divertía con un criado.

Jens fijó la vista en el lápiz.

– Sólo Ruby, pero no se preocupe.

– Ruby es la pelirroja, ¿no?

Asintió.

– Me di cuenta de que a ella fue a quien más le molestó que yo estuviera allí, el otro día.

Como el joven no respondió, preguntó:

– ¿Es su novia?

Jens se aclaró la voz:

– Estuvimos saliendo los días libres.

– Lo es.

– Supongo que le gustaría serlo. Eso es todo.

– Eso significa que, al aparecer en la cocina e insistir en comer allí el pastel, yo le hice sentirse incómodo.

– Mi padre siempre decía que uno no molesta a otro, que cada uno se molesta a sí mismo. Ya se lo dije, tenía derecho a estar ahí, y lo repito.

Después de un silencio tenso en el cual Jens contemplaba el papel, y Lorna, a él, esta afirmó con voz serena:

– No estaba divirtiéndome con usted, Harken. Le aseguro que no.

Jens levantó la mirada. Lorna estaba erguida, apoyada con ocho dedos en el borde de la mesa tosca, la curva del pecho tan fluida como si él la hubiese dibujado con una de sus curvas de Copenhage, el cabello levantado y unos pocos mechones sueltos en tomo a la cara. Ese rostro era tan sincero, bello y vulnerable que ansiaba tomarlo entre sus manos y besar sus labios trémulos hasta que sonriera otra vez.

Pero sólo dijo en tono quedo:

– No, señorita.

– Me llamo Lorna. ¿Cuándo me dirá así?

– Ya lo dije.

– No "señorita Lorna", sino Lorna.

Si bien esperó, Jens se negó a repetir el nombre, pues esa última formalidad era una barrera necesaria entre ellos, que mantenía intacta por el bien de los dos.

Por fin, Lorna dijo:

– Entonces, ¿me perdona?

Aunque pensó en repetir que no había nada que perdonar, ambos sabían que eso la lastimaría.

– Olvidémoslo.

Lorna trató de sonreír, pero no pudo. Jens trató de apartar la mirada de ella, pero no lo consiguió. En silencio, enfrentaron esa atracción imprudente, prohibida, que se cernía sobre ellos. La llevaban dibujada en los rostros con la misma nitidez que las líneas sobre el papel de planos. Jens comprendió que uno de ellos tenía que ser sensato y, como siempre, fue el primero en apartar la vista.

– ¿Le gustaría ver los dibujos?

– Mucho.

Rodeó la mesa y se detuvo junto al codo de él, trayendo con ella el ya familiar perfume de azahar, la rigidez de la blusa azul almidonada en la visión periférica, y la manga abullonada casi junto a su oído.

– Todavía no están terminados, pero ya puede hacerse una idea de la forma básica del barco.

Lorna tomó un trozo suelto de papel donde estaba el esbozo que Jens había hecho en veinte minutos, para el padre.

– ¿Este es el aspecto que tiene?

– Más o menos.

Lo observó unos momentos, lo dejó y tomó otro, más preciso, en el que Jens estaba trabajando. Estaba fijo con chinchetas a la mesa.

– ¿Siempre los dibuja cabeza abajo?

– Ese es el modo en que los construyo, por eso los dibujo así.

– ¿Los construye boca abajo?

– Aquí… ¿ve? -Señaló una de las muchas líneas que cortaban verticalmente el perfil del barco-. Habrá una de estas formas más o menos cada sesenta centímetros alo largo de la nave, y se apoyarán en unos pies que sostienen el conjunto. Se llaman secciones o estaciones, y constituyen las bases del molde. Serán lo que determina la forma total del barco. Como este, ¿ve?

Si bien trazó la forma en el aire con las manos, supo que ella no podía imaginárselo.

– Es difícil comprenderlo mirando un dibujo unidimensional, pero haré unos cortes de las secciones, también, donde se verá cada estación. Entonces, le resultará más fácil verlo.

– ¿Cuánto tiempo le llevará?

– ¿Terminar los planos? Aproximadamente una semana y media más.

– ¿Y luego empezará a construirlo?

– No. En ese momento podré comenzar el lofting.

– ¿Qué es el lofting?

– Es… -Se puso a pensar-. Bueno, es ajustar la nave.

– ¿En que consiste ajustar la nave?

– Ajustar es asegurarse de que no tiene bultos ni irregularidades, que tiene una forma regular y tersa. -"Como tú", pensó-. Como una fruta -dijo-. La superficie del casco tiene que ser lisa desde cualquier punto hasta cualquier otro. Entonces se dice que está ajustada.

Lorna Barnett contempló a Jens Harken, el contorno de la cabeza y el cuello, los tirantes negros que formaban una curva tensa en la espalda, la línea del hombro y el brazo que se formaba cuando apoyaba el codo en la mesa y se concentraba en el papel de los planos.

Liso, pensó. Oh, sí liso y muy rubio.

Al percibir la tentación de pasar la mano sobre esa magnífica cabeza y esos hombros sólidos, resolvió que sería mejor salir de ese cobertizo y poner algo de distancia entre los dos. Más aún, vio que Jens no avanzaba mucho con ella interrumpiéndolo.

– Bueno, será mejor que lo deje trabajar. -Se apartó y fue al otro lado de la mesa-. ¿Puedo venir otra vez?

Le habría resultado más fácil contestar cualquier otra pregunta. Quiso decir: "No, mantente alejada", pero no podía negarle a ella el derecho y a sí mismo el placer, como tampoco podría trabajar en una cocina el resto de su vida.

– Estaré ansioso de recibirla -respondió.

Fue con frecuencia, perturbándolo no sólo cuando estaba presente sino cuando se iba. Solía inspeccionar los dibujos, hacer preguntas, encaramarse al banco de hierro y charlar, a veces observándolo en un silencio tan conmovedor que Jens lo sentía como espasmos en la carne. Apareció un viernes, cuando los planos estaban casi terminados, y después de constatar los progresos se dirigió hasta el banco de hierro. Extendió un trozo de papel para los planos sobre el asiento oxidado, se sentó, levantó las rodillas y las rodeó con los brazos.

– ¿Le gustan las bandas de música? -preguntó, de pronto.

– ¿Las bandas de música? Sí, en realidad, sí.

– Mañana viene el señor Sousa. Vi los carteles.

– No, quiero decir que mañana viene aquí, a Rose Point. Mi madre dará una recepción para él después del concierto de mañana por la noche, y será nuestro invitado.

– Usted irá al concierto.

Apoyó el mentón sobre las rodillas.

– Ahá.

– ¿Y estará el señor Du Val?

– Ahá.

– Bueno, espero que lo pase muy bien.

– ¿Usted irá?

– No, estoy ahorrando dinero.

– Ah, eso está bien. Para empezar con un astillero.

Lo dejó dibujar un rato, contemplándolo y luego, de repente, cambió otra vez de tema:

– ¿Cuándo empezará, en serio, la construcción del barco?

– Oh, más o menos dentro de un par de semanas.

– Lo ayudare.

Como estaba a una distancia prudente, Jens pudo examinarla. Ese día, estaba vestida de amarillo claro. La falda caía sobre el borde del banco como un abanico invertido. El pecho estaba apretado contra los muslos, y el cabello parecía tan suave como la hierba de la pradera.

– ¿Alguna vez se le ocurrió pensar qué pasaría si su padre apareciera por aquí y la encontrase conmigo? Espero que lo haga, para ver los planos, ¿sabe?

– Se enfadaría mucho y me regañaría, y yo diría que tengo derecho de estar aquí, pero no lo despediría a usted porque ansía el barco y usted es el único capaz de hacerlo.

– Está demasiado segura, ¿verdad?

– ¿Usted no?

– No.

Lorna se limitó a reflexionar, con la mejilla apoyada en la rodilla, observándolo sin pudor.

– ¿Su hermano es como usted? -preguntó.

– No.

– ¿Y cómo es?

– Va pausado, mientras que yo corro. El se queda en el Este, donde está seguro y tiene trabajo, yo en cambio vine aquí, donde no tenía. Pero sabe de barcos.

– ¿Le preocupan las líneas fluidas tanto como a usted?

Jens sacudió la cabeza, como diciendo: "Muchacha, no puedo ir a tu ritmo".

– ¿Se parece a usted?

– Así dicen.

– Entonces, es apuesto, ¿verdad? Jens enrojeció. -Señorita Barnett, creo que eso no es algo apropiado para…

– ¡Oh, escúchenlo! "Señorita Barnett", y en ese tono… Y ahora, apuesto a que recibirá un sermón.

Jens se levantó, rodeó la mesa, la tomó de las pantorrillas y le apoyó los pies en el suelo.

– ¡Arriba! -ordenó-. ¡Y afuera! ¡Tengo que dibujar un barco!

Lorna se levantó y caminó hacia la puerta, empujada por Jens.

– Bueno, ¿puedo ayudarlo?

– No.

– ¿Por qué no? De todos modos, estaré aquí.

– Porque yo lo digo. Y ahora, váyase, corra con el señor Du Val, que ese es su lugar, y no vuelva aquí.

Lorna se dio la vuelta, sacudió la cabeza y dijo con gran convicción:

– No quiso decir eso -y salió por la puerta.

Cuando se fue, Jens aspiró una gran bocanada de aire, la exhalo y se rascó con fuerza la coronilla con ocho dedos, hasta que le quedó el pelo erizado.

– Jesús -murmuró para sí.

Como había hecho otra vez, cuando se topó con ella en el dormitorio, Lorna Barnett asomó la cabeza por la puerta, dejando oculto el resto de su persona.

– Quizá, la próxima vez traiga un almuerzo.

– ¡Oh, eso es lo que necesitaba! -vociferó-. Que usted vaya a pedirle a la señora Schmitt que…

Estaba hablándole al aire. Al fin se había ido, dejándolo irritado, con la cabeza revuelta, y medio excitado en el cobertizo cavernoso.

La noche del sábado, una hora antes de que el señor John Philip Sousa en persona alzan la batuta en el pabellón Ramaley, junto al lago, la casa Barnett era un revuelo. Toda la familia asistida al concierto, incluyendo a las tías.

En el cuarto de ambas, Henrietta regañaba a Agnes:

– No seas tonta, no puedes ir sin guantes. Sencillamente, no se hace.

En el de Theron, Ernesta estaba peinándolo con raya al medio y poniéndole brillantina, al tiempo que el muchacho reía y se retorcía para mirar detrás de sí con los prismáticos.

En el de las niñas, Daphne provocaba a Jenny:

– Me imagino que mirarás a Taylor Du Val con ojos de carnero degollado y harás el ridículo otra vez, esta noche.

En la suite principal, Gideon se topó con Levinia que sólo estaba vestida a medias. Se tapó con la bata y lo reprendió:

– ¡Gideon, al menos podrías llamar antes de entrar!

En la habitación de Lorna, esta necesitaba ayuda para abotonarse el vestido en la espalda, y como Ernesta estaba ocupada con Theron, entró en el cuarto de las tías.

– Tía Agnes, ¿puedes abrochar los botones de mi espalda, por favor?

– Por supuesto, querida. ¡Qué vestido tan adorable! ¡Pero si eres lo más parecido que he visto a un botón de oro! ¿Irá esta noche el señor Du Val?

– Desde luego.

Al otro lado del cuarto, Henrietta señaló, con los labios tensos:

– Fíjate si tu alfiler está afilado, Lorna.

Cruzaron el lago en la lancha de vapor Manitoba, que abordaron en el hotel Williams House, y llegaron al pabellón Ramaley más de media hora antes del concierto. El pabellón en sí mismo era una estructura imponente sobre el lago, de diseño similar a un castillo que tenía en las esquinas torres coronadas de florones, y la línea del tejado quebrada por espirales, pináculos y gabletes. La escalinata abierta llevaba a un cuarteto de puertas terminadas en elaboradas cartelas que apuntaban hacia un pico del techo en forma de brazo de candelabro. El segundo piso era el salón de baile, rodeado de puertas cristaleras que se abrían a pórticos con columnas, y el letrero, rodeado de ventanas renacentistas en arco de más de seis metros de alto, era el auditorio. Este tenía dos mil asientos y estaba lujosamente decorado con terciopelo rojo y dorado.

Los Barnett entraron en el palco privado y se sentaron en sillas de ópera, excepto Gideon, que había ido detrás del escenario, a dar la bienvenida personal a Sousa.

Las tías rieron, se murmuraron cosas y señalaron las caras conocidas con los abanicos plegados. Daphne y Jenny atisbaron sobre la balaustrada y rieron cuando los jóvenes las saludaban con la cabeza. Theron miró por los prismáticos y dijo:

– ¡Uh, puedo ver un pelo en la nariz de esa mujer gorda!

– ¡Theron, baja eso! -lo reprendió su madre.

– ¡Pero puedo verlo! Y, además, es una nariz enorme. ¡Dios, tiene los agujeros grandes como huellas de cascos de caballo, mamá, tendrías que verlos!

Levinia le dio un golpe en la coronilla con el abanico.

– ¡Au!

El niño bajó los prismáticos y se frotó la cabeza.

– Cuando empiece la música, podrás usarlo. Antes, no.

Theron se tumbo en la silla y musitó:

– ¡Jesús!

– Y cuida esa lengua, jovencito.

Entró Taylor Du Val y saludó a todos los que estaban en el palco, besando las manos a las damas y mirando por los prismáticos de Theron. El niño se le acercó y, a escondidas de la madre, señaló y murmuro:

– Ahí abajo hay una señora gorda de vestido azul, y puedes verle el pelo de la nariz.

Taylor echó un vistazo, y murmuro:

– Me parece que también tiene pelo en las orejas.

Con una sonrisa especial, íntima, dirigida a los ojos castaños de Lorna, dijo:

– Te veré en el intervalo.

El concierto estuvo inspirado. La música de Sousa, originaria de América, hizo que a Lorna se le erizan el vello de los brazos y la hizo temblar por dentro. Provocó una tempestad de aplausos y sonrisas en todo el público.

Durante el intervalo, en el vestíbulo, Taylor le dijo a Lorna:

– Te eché de menos.

– ¿Sí?

– Por cierto, pienso buscar compensación más tarde, en tu casa.

– Calla, Taylor. Podrían oírte.

– ¿Quién va a oírme? Todos están conversando.

Le tomó la mano, la puso sobre su propia palma y pasó la mano sobre ella una y otra vez, como si quisiera alisar una página arrugada.

– ¿Tú me echaste de menos?

– No.

– Una dama no responde esas cosas -respondió.

Taylor rió y le besó las uñas.

A la recepción en Rose Point asistieron cincuenta personas de la elite de White Bear Lake. El comedor estaba festoneado de flores rojas, blancas y azules. Una torta con forma de tambor, con el águila americana aferrando las flechas de oro en las garras, se recortaba sobre la aurora boreal. El té estaba aromatizado con geranios rosas, y los sandwiches diminutos tenían tal colorido que podrían tomarse por joyas. El gentío era más ruidoso que de costumbre, porque la presencia del patriota gentil pero feroz, cuya fama se extendía más allá de las costas de América -desde que renuncio al puesto de director de la Banda de la Marina de Estados Unidos y comenzó a hacer giras mundiales- reavivaba los ánimos. Con la perilla de chivo, las gafas ovaladas y el uniforme blanco con tres medallas sobre el pecho, Sousa se inclinó sobre la mano de la tía Agnes, mientras Lorna observaba desde lejos.

– Mira a la tía Henrietta -le dijo a Taylor-. En cuanto Sousa se dé la vuelta, dirá algo para estropear la alegría de tía Agnes.

En efecto, la boca de Henrietta se puso tensa como el cordón de cierre del bolso cuando le dedicó una severa reprimenda a su hermana. La animación de Agnes cesó de inmediato.

– ¿Qué hace a la gente comportarse así?

– Lorna, tu tía Agnes está un poco chiflada, y Henrietta no hace más que contenerla.

– ¡No está chiflada!

– ¿Te fijaste en el modo en que siempre recuerda al joven capitán Dearsley? ¿No te parece que eso es un poco delirante?

– Pero ella lo amaba. A mí me parece que es muy dulce que lo recuerde así, y que la tía Henrietta es demasiado cruel. Le dije a mi madre que creo que odia a los hombres. Uno de ellos la engañó cuando era joven, y no puede decir nada bueno de ellos.

– ¿Y qué me dices de ti?

Como no respondió, Taylor dijo:

– Creo que te he perturbado, Lorna. Lo siento. Precisamente esta noche, no quería hacer eso.

Taylor estaba detrás de Lorna. Lorna sintió que le acariciaba el centro de la espalda. Sintió un estremecimiento que le subía por los brazos, al mismo tiempo que sorpresa, pues estaban en medio de un vestíbulo colmado, y el padre estaba a pocos metros, en el arco que daba al salón pequeño, y la madre en el otro extremo del comedor. Semejante audacia bajo las narices mismas de sus padres… Taylor le preguntó:

– ¿Crees que nos echarán de menos si salimos al jardín unos minutos?

Cosa rara, en ese momento pensó en Harken. Harken, que ocupaba sus pensamientos casi todo el tiempo que estaba alejada de Taylor.

– Creo que no debemos hacerlo.

– Tengo algo para ti.

Lorna miró sobre su hombro, y casi chocó la sien con la barbilla de él. Su barba oscura era fascinante, los ojos y los labios le sonreían… y este era el hombre con el que sus padres querían que se casara.

– ¿Qué?

En ese espacio secreto entre los dos, los dedos parecían encontrar y contar las vértebras bajo el vestido.

– Te lo diré en el jardín.

Era una muchacha joven, núbil, susceptible a cada sutileza del cortejo, a las caricias y los halagos y a las insinuaciones en sí mismas.

Se volvió y encabezó la marcha hacia la puerta.

Afuera, Lorna caminó junto al joven sobre los senderos de grava, entre las preciosas rosas de su madre, alrededor de las fuentes cantarinas, más allá de los canteros de los que se cortaban los fragantes crisantemos y las caléndulas. Cuando se detuvo en el camino iluminado por la luna, que se veía desde varias ventanas, Taylor la tomó del codo y dijo:

– Aquí no.

La llevó a la parte más alejada del jardín, en el invernadero, donde había humedad, intimidad, y olía a humus. Se detuvieron en un camino de piedra entre filas de macetas donde crecían troncos de moreras que Smythe cultivaba para el invierno.

– No tendríamos que estar aquí, Taylor.

– Dejaré la puerta abierta y así, si viene alguien a buscarnos, lo oiremos. -Le tomó ambas manos y las sostuvo sin apretar-. Esta noche estás hermosa, Lorna. ¿Puedo besarte… al fin?

– Oh, Taylor, me pones en un aprieto. ¿Cuál crees que debería ser la respuesta de una dama?

El hombre le hizo volver la palma de la mano derecha hacia arriba y besó las yemas de los dedos.

– Una dama no responde -dijo, y puso las manos de Lorna sobre sus propios hombros.

La tomó de la cintura mientras inclinaba la cabeza, ocultando la luz de las estrellas que entraba por el techo de cristal. Posó los labios sobre los de la muchacha con discreción, tibios y cerrados entre la tersura de la barba, insinuando una apertura, pero sin concretarla. El beso fue breve, y después se apartó, metió la mano dentro de la chaqueta de su traje, y en el bolsillo del chaleco, del que sacó un pequeño estuche de terciopelo.

– Ya hace tiempo que sé que nuestros padres verían con agrado que tú y yo nos casáramos. Mi padre me habló de ello hace casi un año, y desde entonces te observé crecer y te admiré. A menos que me equivoque, tus padres también estarían de acuerdo con que nos casáramos. Por eso, te he comprado esto… -Volcó el contenido del estuche en la palma de la mano, y la joya reflejó una chispa de luz al caer-. No es una sortija de compromiso, porque creo que sería un poco apresurado. Pero es lo más cercano y va con mi sincera intención de pedir tu mano cuando los dos estemos convencidos de conocernos lo suficiente. Esto es para ti, Lorna.

Le puso en la mano un diminuto arco de oro del que pendía un delicado reloj ovalado.

– Es hermoso, Taylor.

– ¿Puedo?

¿Qué podía responder Lorna? ¿Que había estado coqueteando con el ayudante de la cocina en el cobertizo, detrás del jardín? ¿Que pensaba en él mucho más a menudo que en Taylor? ¿Que intentó hacer que la besara, y él no lo hizo?

– Oh, sí… claro.

Taylor tomó el reloj de la mano de ella y se lo prendió en el corpiño, con mucho cuidado de no tocarle el pecho, cosa de por sí seductora. El leve roce de los dedos sobre el vestido y de este sobre la piel le provocó una reacción sensual en la superficie de los pechos. Una vez colocado el reloj, lo tocó con las yemas de los dedos y contempló la cara entre sombras de Taylor.

– Gracias, Taylor. Eres dulce.

El le tomó la barbilla entre el pulgar y el índice y la alzó.

– Lorna, creo que sabes que estoy enamorándome de ti.

La besó otra vez, empezando con suavidad y esperó hasta sentir que la reserva daba paso a la curiosidad para volverse más exigente. Abrió los labios y la abrazó contra sí como Lorna había imaginado, poco tiempo antes, estar con Harken. ¿Cuántas veces estuvo de pie junto a él, sintiendo un choque con cada encuentro de sus miradas, deseando que se rindiera y la besara así, que la estrechase contra su cuerpo largo y respondiese todas las vagas preguntas que ella se formulaba? Pero no lo hizo. Y ahí estaba Taylor, con la lengua en su boca, el brazo izquierdo aferrando con firmeza su cintura, y la mano derecha, por fin, cubriéndole uno de los pechos por completo. Nunca en su vida un solo contacto se había expandido de esa manera por su cuerpo, a regiones alejadas del contacto en sí, como si un hilo uniese puntos lejanos. No la extrañaba que su madre la hubiese advertido.

Los dos recuperaron la sensatez al mismo tiempo, y el beso terminó de golpe, con las barbillas bajas las cabezas juntas, mientras se les regularizaba la respiración.

Taylor no pidió disculpas.

Lorna tampoco.

Los dos minutos precedentes fueron demasiado aturdidores para pedir disculpas. Por fin, se apartaron y Taylor buscó y aferró las manos de Lorna.

Tarde, Lorna dijo:

– Tenemos que volver a entrar, Taylor.

– Sí, claro -murmuró, con voz ronca-. ¿Qué harás mañana?

– ¿Mañana?

Al día siguiente era domingo, y pensaba remar hasta donde estaba Tim, para ver si volvía a encontrarse con Harken.

– ¿Quieres ir a navegar conmigo?

Como callaba, Taylor la instó:

– Saldré a navegar y te recogeré en el muelle, a las dos en punto. ¿Qué te parece?

Lorna comprendió que Harken era un imposible. No sólo se mantenía empecinadamente cortés y sumiso sino que, si se diese por vencido y satisficiera la curiosidad de los dos, ¿a dónde llevaría eso? Hasta él comprendió que en lo mejor cuando la mandó que fuese con Taylor, que era su lugar.

Lorna respondió como las circunstancias la impulsaban a hacerlo:

– Está bien. ¿Le pido a la señora Schmitt que nos prepare un almuerzo?

Taylor sonrió:

– Tenemos una cita.

7

El reloj regalado por Taylor provocó agitación en la familia de Lorna. Todos lo consideraron un regalo de compromiso, pese a las protestas en contra de la muchacha. La madre sonreía con aire triunfal, y decía:

– Espera a que se lo diga a Cecilia Tufts.

El padre no puso límites al tiempo que pasaría navegando con Taylor. El hermano dijo:

– Yo dije que Taylor y Lorna estaban enamorados.

Daphne andaba con los ojos brillantes y Jenny, en cambio, melancólica, al comprender que sólo era cuestión de tiempo perder a su ídolo de manera completa e irrevocable. La tía Henrietta lanzó la advertencia de usar el alfiler de sombrero en el barco. Y Agnes dijo:

– ¡Qué afortunada eres! Yo nunca tuve oportunidad de ir a navegar con el capitán Dearsley.

Taylor recogió a Lorna a las dos en punto. Pasaron toda la tarde en el agua, en el falucho de Taylor. Actuando como tripulación de Taylor, Lorna estaba en la gloria, pese a que la embarcación sólo tenía una vela. La dejó manejar el timón y durante los virajes, en ocasiones, el cabestrante. Navegaron desde la isla Manitou hasta la bahía Snyder, después al Este, a Mahtomedi y, desde allí, alrededor de West Point hasta el muelle Dellwood, donde pasaron ante la cabaña de Tim. Pero no había nadie allí. Después, otra vez al Sur, hacia Birchwood, en cuyo muelle arriaron la vela y comieron el almuerzo, balanceándose sobre el agua. Lorna no tuvo necesidad de usar el alfiler del sombrero ni habría sido posible, pues se quitó el sombrero más de una hora antes, y puso la cara al sol.

Mientras comían, el viento refrescó y, cuando cruzaban el lago otra vez Lorna, eufórica, expuso la nariz al viento como un mascarón en la proa de un gran velero. La parte delantera del vestido estaba mojada, y el cabello se le enredó mientras navegaban por el borde del bajío donde se pescaba, en la bahía North, donde estaban anclados varios botes de remo cuyos ocupantes dormitaban bajo el sol de la tarde, con las cañas de pescar en las manos.

Lorna lo distinguió de inmediato por la línea de los hombros y lo familiar de su figura. Hasta con un amplio sombrero de paja, la mitad inferior oculta por el bote, supo quién en. Estaba con otro hombre, un extraño al que Lorna no había visto jamás.

Por extraño que pareciera, Lorna supo que la descubrió en el mismo momento en que ella a él. Incluso a través del brillo cegador del agua, sintió la conexión con él en el preciso instante en que se reconocieron uno a otro.

La muchacha sonrió, e hizo fervorosos gestos de saludo con la mano por encima de la cabeza.

– ¡Jens! ¡Hola!

Jens devolvió el saludo:

– Hola, señorita Lorna!

Lorna contestó con una pregunta:

– ¿Pican?

En respuesta, se inclinó sobre el lateral del bote y alzó una sarta de peces de buen tamaño:

– ¡Vea usted misma!

– ¿Qué son?

– ¡Sollos!

– ¡Mis preferidos!

– ¡También míos!

– ¡Guárdeme uno! -bromeó, y se sentó.

El falucho se alejó del alcance de Harken, que sólo fue un bultito de bordes ondulados contra el agua chispeante.

Al verla sonreír al bote, Taylor preguntó:

– ¿Quién era ese?

– ¡Oh! -Rápidamente, recobró la compostura-. Era Harken, el ayudante de cocina de mi casa.

Taylor la observó con atención.

– Lo llamaste Jens.

Lorna comprendió tarde el desliz, y trató de restarle importancia.

– Sí, Jens Harken, el que está construyendo un barco para mi padre.

– ¿Y dónde podrías comer pescado con él?

– ¡Oh!, Taylor, no seas tonto. No lo dije literalmente. -dijo Taylor.

Pero Lorna se dio cuenta de que no estaba convencido. Lo que era peor, tras el encuentro con Jens el día se arruinó. El deseo de navegar perdió intensidad, sintió pesada la ropa húmeda y empezó a molestarle la quemadura de sol en el rostro.

– Taylor, si no tienes inconveniente, quisiera irme a casa.

Taylor la observó con tanta intensidad que Lorna se dio la vuelta y tomó el sombrero, para escapar al escrutinio. Se lo puso sobre el pelo enredado por el viento y lo sujetó con el alfiler.

– Me parece que me he quemado, y mamá me matará si me ve con este vestido mojado.

– En ese caso, podríamos esperar a que se seque.

– No, Taylor, por favor. No quisiera pescar un resfriado.

Por fin, Taylor dijo:

– Como quieras -e hizo la maniobra de regreso hacia la isla Manitou.

Jens Harken limpió el pescado y lo dejó en la caja de hielo con una nota en la que le pedía a la cocinera que los friese para el desayuno del personal, a la mañana siguiente.

A las cinco y media de la mañana, cuando entró en la cocina, la señora Schmitt estaba cumpliendo el favor pedido: sumergía el pescado en suero de leche y luego lo pasaba por harina de maíz, mientras Colleen traía la grasa de tocino para la sartén y Ruby ponía la mesa.

– Buenos días -saludó Jens.

La señora Schmitt respondió:

– Puede ser.

Jens se acercó, miró primero a Ruby, después a Colleen y luego el moño canoso de la cabeza de la señora Schmitt.

– Veo que esta mañana está de excelente humor.

La cocinera siguió preparando el pescado.

– Hubiese preferido que fuera a pescar solo.

– De hecho, no fue así.

– ¡Jens Harken, si llevaste contigo a esa muchacha, no tienes ni el sentido común que Dios le da a un tocón!

– ¿Qué muchacha?

– ¡Qué muchacha, dice! Como si no lo supiera… Lorna Barnett.

– ¡Yo no llevé a Lorna Barnett conmigo!

– Entonces, ¿para qué pidió ayer una cesta de picnic para dos?

– ¿Yo qué sé? Tiene amigos, ¿no?

La cocinera le dirigió esa mirada que casi le hacía saltar los ojos de las órbitas, y parecía decir:

“¡No me mientas, muchacho!”

– Para que lo sepa, yo estaba con un amigo nuevo, Ben Jonson, Lo conocí en el almacén de maderas, tiene más o menos mi edad, es soltero, y tiene su propio bote de pesca: por eso salimos juntos.

La cocinera deslizó una espátula de metal bajo un filete de pescado, lo dio vuelta provocando un siseo de grasa, y dijo, como para la sartén:

– Bueno, así está mejor.

Sin embargo, Ruby siguió lanzándole miradas mortíferas a Jens por el rabillo del ojo, mientras ponía los platos sobre la mesa como si estuviese arrojando anclas.

Jens la ignoró, y le dijo a la señora Schmitt:

– Fríalos todos. Me llevaré lo que sobre al cobertizo, para comerlo al mediodía. Así, no tendré que volver aquí donde las gallinas viejas me acechan para sacarme los ojos a picotazos.

Ella había ido. Con tanta seguridad como conocía la forma de sus propias manos, Jens supo que fue a explicarle por qué había ido a navegar con Taylor Du Val. También estaba seguro de que el hombre del falucho era Du Val, un tipo apuesto con una elegante gorra de navegación de coronilla blanca, visera negra y una trencilla dorada… la clase de individuo a la que pertenecía Lorna.

Era un día lluvioso, del color del peltre. La lluvia había empezado mucho antes de amanecer, y seguía bien avanzada la mañana. Sobre el techo del cobertizo, el golpeteo de las gotas sonaba como el agua que se juntaba en las hojas y goteaba rítmicamente. En las dos pequeñas ventanas, las gotas se unían para luego derramarse en riachuelos zigzagueantes por los cristales.

Dentro, el ambiente estaba seco y fragante, iluminado por la linterna de gas, y repleto de madera nueva: roble blanco, abeto y cedro. El cedro, sobre todo, emitía un aroma tan rico y fragante que parecía comestible. Estaba contra un costado, apilado en listones.

Jens pasó la mañana arrodillado, clavando láminas de pino sobre el suelo, formando una extensión de madera clara de más de once metros de largo. Dio al ambiente una sensación de mucha claridad, con su resplandor ambarino hacia los cabrios oscuros, y ese olor de recién molido. Alrededor del contorno de la madera nueva, el suelo viejo formaba un marco de polvo gris. Encima de él, Jens había dejado las pesadas botas, y trabajaba en calcetines, midiendo, marcando, clavando con clavos un listón de goma negra mucho más largo que él sobre las láminas nuevas de pino.

Oyó chirriar la puerta y miró.

Tal como esperaba, Lorna Barnett entró y cerró tras ella. -Hola -dijo, a dos tercios de distancia del cobertizo, tan lejos, que la voz formó eco.

– Hola.

– Volví.

Había vuelto, y llevaba una prenda elegante, de mangas abullonadas, que revelaba las líneas más armoniosas que hubiese visto en el más hermoso de los barcos. Se permitió una sonrisa de respuesta, y permaneció arrodillado, con una mano sobre la cabeza del martillo, y el mango apoyado en el muslo.

– ¡Válgame Dios! ¡Qué bien huele aquí! -comentó, acercándose. -Es madera nueva.

– Ya veo. -Rodeo el contorno de las láminas de pino, más allá de la madera apilada-. Y lámparas nuevas.

Las observó mientras se detenía en un sitio más cercano a Jens.

– Sí.

Jens se sentó sobre los talones y la observó pasar de la sombra a la luz. La falda estaba adornada con campanillas azules, el chaleco, blanco puro. El rostro, que alzó fugazmente hacia la linterna, convirtió en fatuas las mejores intenciones del hombre.

– Me parece que ayer se expuso demasiado al sol -señaló.

Lorna se tocó las mejillas.

– Habría estado bien si no me hubiese quitado el sombrero, pero no pude resistir.

– ¿Le duele?

– Sí, un poco, pero sobreviviré.

Echó una mirada a una serie de marcas que Jens había hecho sobre la madera limpia, unidas por la línea curva larga y graciosa del listón negro.

– ¿Qué está haciendo?

– Por fin, lofting.

– Así que este es el lofting… alisar el barco, ¿no es cierto?

– Así es.

– Fijarse que no haya bultos ni asperezas, ¿verdad?

– Sí.

– Cerciorarse de que esté liso como una fruta.

Jens se limitó a sonreír.

– ¿Cómo se hace?

Como explicarlo era mucho menos peligroso que admirarla, Jens se lanzó a hacerlo:

– Bueno, hago un dibujo a escala del barco, primero un perfil de lado, y después un corte transversal del antes y el después, algo así como incluidas unas dentro de otras. Cuando termine, habrá toda una serie de marcas sobre el suelo. Una cualquiera de esas marcas con el listón, me indicará si todas las curvas están ajustadas. Si no, si una de ellas sobresale, aunque sea un octavo de pulgada, digamos, esa estación de la nave quedará irregular cuando se construya. Entonces, modifico la curva del molde en ese punto, y lo arreglo antes de hacer el molde.

– Ah.

Jens vio que no comprendía las explicaciones verbales, pero la curva del listón en el suelo no dejaba lugar a dudas.

– Bueno, continúe -dijo Lorna-. No quiero interrumpirlo.

Jens rió con suavidad y replicó:

– Ya me interrumpió. Podría aprovechar para comer. -Sacó el reloj del bolsillo y lo miró-. ¡Oh, cómo se ha ido la mañana! La última vez que lo miré todavía no eran las nueve. -En realidad, hacía más de dos horas que estaba hambriento, pero pospuso la comida esperando que tal vez ella llegase antes: era por el pescado que había pedido-. Señorita Lorna, ¿le molestaría si como mientras está usted de visita?

– En absoluto.

Dejó el martillo y los clavos, se levantó, cruzó las planchas de pino en calcetines, fue a buscar un recipiente que estaba encima de la pila de madera, y lo destapó.

– ¿Le gustaría compartirlo? -propuso, acercándose a Lorna y ofreciéndole la cazuela.

Lorna miró dentro:

– ¿Qué es?

– Sollo frito.

– ¡Caramba, sí! -El semblante pareció florecer de sorpresa: las cejas alzadas, las mejillas redondeadas, la sonrisa sujeta por los dientes en el labio inferior-. ¡Es el que pescó ayer!

– Me dijo que le guardara un poco.

– ¡Oh, Jens, usted es un sujeto asombroso! ¿En serio trajo un poco para mí?

– Por supuesto. -Indicó con un gesto el banco de jardín-. ¿Por qué no se sienta?

Mirando alrededor, Lorna dijo:

– De acuerdo, pero no ahí. Sentémonos en el barco.

– ¿En el barco?

– Claro, ¿por qué no? Haríamos nuestro primer picnic, antes aún de que esté en el agua.

Jens rió entre dientes, y dijo;

– Como quiera, señorita Lorna. Espere que busque un mantel.

Mientras iba a buscar un trozo de papel de planos, Lorna se quitó los zapatos y los dejó junto a las botas de Jens.

– Oh, no es necesario que haga eso -gritó-. De todos modos, la madera terminará por ensuciarse. Sólo que a mí me gusta mantenerla limpia un tiempo.

– Si usted se descalza, yo también me descalzo.

Cuando cruzó el suelo, los talones de Lorna hicieron un ruido hueco. Los zapatos, junto a las botas de Jens, le dieron una sensación de intimidad cuando pasó junto a ellos para extender el papel sobre la curva del listón y colocar encima el recipiente con pescado. Disfrutó de verla sentada a la manera india, con la falda como una campanilla azul. La blusa tenía las habituales mangas anchas, finas alforzas y como treinta botones que la cerraban hasta más arriba de la garganta. Encima del pecho izquierdo, llevaba prendido un reloj colgante que Jens nunca vio antes, y que atraía la mirada hacia esa curva turgente. Apartó la vista y se puso de cuclillas frente a ella.

– Sírvase.

Lorna se estiró, sacó un trozo de pescado y lo deslumbró con una sonrisa.

– Nuestro segundo picnic -señaló.

Jens también se sirvió y los dos, navegando un barco imaginario recubierto de fragantes láminas de pino recién cortadas, comieron el pescado frío con pan viejo, pensando que nunca supo tan sabroso ningún manjar porque estaban juntos, como les gustaba estar, conversando, sonriendo, explorándose con los ojos.

– Realmente se ha quemado con el sol -observó Jens-. Su pobre nariz parece una señal luminosa.

– Me impidió dormir casi toda la noche.

– ¿Se puso algo?

– Suero de leche, pero no sirvió de mucho.

– Pruebe con pepinos.

– ¿Pepinos?

– Es lo que usaba mi madre cuando éramos niños. Pídale uno a la señora Schmitt, o recoja uno de la huerta cuando vuelva a su casa.

– Lo haré.

Con la excusa de la quemadura de sol, le observó el rostro por un lapso más prolongado.

– De cualquier modo, es casi seguro que se pelará.

Sin prestar mucha atención, Lorna se tocó la nariz.

– Tendré el aspecto de un viejo pino despellejado.

– No lo creo. Creo que nunca tendría el aspecto de un viejo pino despellejado, señorita Lorna.

– ¿Ah, no? -Adquirió una expresión descarada ante el elogio disimulado-. ¿Qué aspecto tendré?

En un ambiente de buen humor, las miradas se encontraron. Jens mordió, masticó y tragó, gozando del discreto juego del coqueteo tanto como la muchacha. Por fin, con sonrisa ladeada, le ordenó:

– Coma el pescado.

Terminaron las primeras porciones y empezaron las segundas.

– El que estaba con usted ayer, ¿era su señor Du Val?

– Era el señor Du Val, no mi señor Du Val.

– Me imaginé que era él. Era el que estaba sentado junto a usted la noche que yo serví la cena en el comedor. Es un sujeto apuesto.

– Sí.

– También es un discreto marino.

– Apuesto a que usted es mejor.

– Para ser marino, antes uno tiene que tener barco.

– Un día lo tendrá, cuando tenga su propio astillero. Sé que lo tendrá.

Lorna se lamió un dedo.

– Entonces, usted y Du Val estuvieron de picnic ayer, ¿no es verdad?

– Señor, qué chismosos son en la cocina…

– Sí, señora, lo son. El problema es que creyeron que el picnic era conmigo.

– ¿Qué?

– A la señora Schmitt le gusta hacer de madre conmigo, pero esta mañana se sobrepasó. Me echó una buena regañina porque supuso que la llevé a usted a pescar y me dijo que eso era muy poco apropiado. Pero no se preocupe: ya la desengañé. Le dije que no era yo. Yo estaba con otra persona.

– ¿Y me dirá de quién se trataba?

– Un amigo nuevo, Ben Jonson. Lo conocí en el almacén de maderas, cuando fui a encargar esto. Era el bote de él.

– Un amigo nuevo… qué bien. Mi mejor amiga es Phoebe Armfield. Nos conocemos desde que éramos niñas pequeñas. Dígale al suyo que me alegro de que lo haya invitado a usted. El pescado estaba delicioso.

Se chupó otra vez los dedos y miró alrededor buscando algo con qué limpiarse, pero no encontró nada. Sentada con las piernas cruzadas, se inclinó hacia adelante, sacó el volante de las enaguas, y se limpió con eso.

Jens rió, sorprendido, mirándole la coronilla.

– Señorita Lorna, ¿qué dirá su madre?

– A mi madre no le dolerá lo que no sepa. A mí tampoco. -Se arregló la falda y dijo-: Gracias. Estoy segura que nunca olvidaré este almuerzo tan maravilloso.

Jens le sonrió, mirándola a los ojos. Ella también. Como siempre, fue él quien trató de aligerar las cosas.

– Dígame, ¿cómo estuvo el concierto del señor Sousa?

– Fervoroso. Patriótico.

– ¿Lo conoció?

– Desde luego. Tiene un rostro magnífico, y usa unas galas ovaladas diminutas con marcos de oro, pequeños bigotes y una barbilla que le dan una apariencia formidable con el uniforme. De paso, era blanco, con trencilla dorada y gorra de capitán. Ah, y guantes blancos, que no vi que se quitan ni una vez, ni cuando comió con los dedos. La velada de mamá fue un gran éxito.

– ¿Y el señor Du Val también estaba?

– Sí -respondió, sosteniendo la mirada de Jens-. Parece que el señor Du Val está siempre donde yo voy. -Casi susurrando, agregó-: Salvo aquí.

A Jens le llevó un instante recuperarse, y responder con sensatez:

– Es lógico, a fin de cuentas son novios.

– No del todo.

– ¿No? Pero me dijo usted que sí.

– Quizá lo haya dicho, y puede ser que pase mucho tiempo con él, ¡pero yo no dije que fuéramos novios! ¡Todavía no! -A medida que hablaba, se agitaba cada vez más-. Ya es bastante que todos en mi familia lo digan, pues tienen buenos motivos… Oh, Harken, no sé, estoy tan confundida…

– ¿Con respecto a qué?

– A esto. -Se tocó el reloj que llevaba en el pecho-. Me lo regaló Taylor, ¿sabe? -Jens le echó un segundo vistazo y sintió una oleada de celos-. Me lo dio el sábado por la noche, después del concierto, diciendo que no era un regalo de compromiso, pero en mi familia creen que sí. Y todavía no quiero prometerme a Taylor, ¿entiende?

Jens dijo lo que supuso que debía decir:

– Pero es buen mozo, rico, y de la misma clase que usted. La trata bien, los padres de usted lo aprueban. Sería sensato casarse con un hombre así.

Por la expresión afligida de sus ojos, aún antes de que hablase, debía de haber intuido que habría sido mejor no pronunciar las palabras siguientes. Las dijo con voz queda, mirando a Jens a los ojos:

– ¿Y si hay alguien que me gusta más?

Mientras la confesión penetraba en ambos, el tiempo transcurría. Jens podría haber tomado la mano de Lorna, sencillamente, y el curso de la vida de ambos habría cambiado. En cambio, prefirió el camino de la prudencia, y replicó:

– Ah, señorita Lorna, ese sí que es un dilema.

– Harken…

– Sería mejor que lo pensara bien antes de dejar pasar una oportunidad como Du Val.

– Harken, por favor…

– No, señorita Lorna. -Se estiró para tomar la olla y se preparó para levantarse-.Yo ya le di mi opinión, y creo que es un buen consejo. Pero creo que de ahora en adelante sería conveniente que hable con alguna otra persona acerca de esto.

Levantó la olla y se la llevó.

Lo siguió con los ojos.

– ¿Con quién?

– ¿Qué tal su amiga Phoebe?

Lorna se levantó, agarró los zapatos y se sentó en el banco para ponérselos.

– Phoebe no me sirve. Está tan enamorada de Taylor que no conserva ni una pizca de objetividad. Lo único que repite siempre es: "Si no lo quieres, yo lo tomaré".

– Bueno, ¿lo ve? Es un buen partido.

Tras dejar la olla sobre la pila de madera, Jens se dio la vuelta y vio a Lorna caminando hacia él. No se detuvo hasta que estuvo tan cerca que podría haberle revuelto el cabello con el aliento.

– ¿Sabe que, a veces, usted es exasperante? -dijo la muchacha.

– Usted también.

– ¿No le gusta que venga aquí?

– Desde luego que me gusta. Pero usted sabe tan bien como yo cuál es el problema.

Lorna lo observó de cerca, y los profundos ojos castaños insistían en ese beso que él, prudente, decidió no darle nunca. Al ver que no llegaba a nada, Lorna apartó la vista, mirando distraída la madera apilada. De repente, alzó los ojos y lo dejó atónito al preguntar:

– Harken, ¿acaso jamás piensa besarme?

Jens soltó un suspiro que era mitad risa de sorpresa, mitad autodefensa.

– Claro: el día que me admitan como miembro del Club de Yates de su padre.

Comenzó a alejarse, pero Lorna lo detuvo poniéndole la mano en el brazo. Sintió como si cinco soles minúsculos se posaran donde estaban los dedos, y le dejaran la marca de fuego sobre la carne.

Nada se movió. Ni él, ni ella, la tierra o el tiempo. Todo se detuvo, expectante.

– Pensé en ordenarle que lo hiciera, pero ya intenté antes algo así y no resultó.

Jens se inclinó y le dio un beso tan leve y fugaz que terminó antes de que cualquiera de los dos pudiese cerrar los ojos.

– Harken, no -se burló-. No me trate como a una niña, porque no lo soy.

Los dos estaban en el umbral de la tentación, la sangre atrapada en las gargantas, sensibilizados porque sabían que, entre ellos, los besos eran un tabú inquebrantable. Mas al encontrarse, compartir comidas campestres, hacerse amigos, ya habían roto ese tabú muchas veces. ¿Qué ley insignificante podía pesar en comparación con lo que ya sentían el uno por el otro?

– Está bien -dijo Jens-. Una vez, y después se va.

– Y después me voy -aceptó.

Jens sabía que una vez que lo hiciera estaría perdido, pero encerró en sus manos las mangas almidonadas y dio un paso fatal que puso en contacto los pezones de Lema con sus tirantes. Inclinó la cabeza en el instante mismo en que Lorna lo hacía. Cerraron los ojos, los labios se unieron, y todo quedó en suspenso, excepto los corazones de ambos. Apretó las manos sobre los codos de Lorna, e inclinó más la cabeza. Abrieron los labios y se saborearon por primera vez, invadiendo la textura y la humedad del otro hasta que comenzó un delicioso movimiento, una cabeza balanceándose sobre la otra y, alrededor, la lluvia seguía su serenata y el perfume del cedro llenaba el aire del cobertizo.

Un beso. Sólo uno.

Lo hicieron durar, durar… hasta que todo les dolió ante la perspectiva de acabarlo.

Se escuchó un golpe sordo sobre el tejado; se apartaron sobresaltados y, al levantar la vista, vieron a una ardilla aterrizar y resbalar por las tejas de madera.

Se miraron a los ojos, las bocas aún entreabiertas, el aliento agitado, el corpiño de Lorna que subía y bajaba rápidamente como el vientre de un gato durmiendo, al tiempo que Jens seguía aferrándole las mangas, frotando el algodón blanco con los pulgares.

La muchacha habló con voz aguda:

– Algún día, cuando sea vieja como la tía Agnes, les contaré a mis nietos este momento, igual que ella me cuenta lo de su amor perdido, el capitán Dearsley.

Jens sonrió y recorrió ese rostro con la mirada: los labios, las mejillas, los párpados, la raíz del pelo, donde colgaban de la masa oscura finos mechones dispersos.

– Señorita Lorna, usted tiene ideas románticas que son muy imprudentes.

Lo observó con expresión embelesada, como si el beso la hubiese transportado más allá del plano temporal.

– A menos que me besan, ¿cómo podía saber?

– Ahora ya lo sabe. ¿Se siente más dichosa?

– Sí, me siento infinitamente más dichosa.

– Señorita Lorna Barnett -movió la cabeza-, es una joven impetuosa, y para un hombre es difícil rechazarla. -Sacó las manos de las mangas-. Pero tengo que hacerlo. -Y agregó con suavidad-: Ahora, váyase.

Lorna suspiró y miró alrededor, como si volviese a la tierra.

– Muy bien pero, pensándolo bien, creo que podría hablar con mi amiga Phoebe. Pues aunque no tenga criterio en lo que a Taylor se refiere, es mi mejor amiga y si no hablo con alguien acerca de esto, siento que estallaré.

¿Qué se podía hacer con una mujer como esta? Desplegaba sus sentimientos como un verdulero sus mejores productos, orgulloso de los colores vivaces y la frescura, invitándolo a servirse, apretar y juzgar por sí mismo.

– ¿Cree que eso es prudente?

– Puedo confiar en Phoebe. Hemos compartido muchos secretos.

– De acuerdo, pero recuerde que esto no tiene que volver a suceder. ¿Estamos?

Lorna contempló los ojos azules, mordiéndose el labio inferior.

– No haré ninguna promesa que no esté segura de poder mantener.

Jens no pudo más que mirarla, preguntándose cómo era posible que un hombre común como él pudiera provocar una expresión tan enamorada en el rostro de una muchacha bella y privilegiada como esta.

– ¿Me acompaña hasta la puerta?

Lorna caminó manifestando renuencia a cada paso que daba. Jens la siguió, deseando que se quedara el resto de la tarde y le hiciera compañía mientras trabajaba, deseando por primera vez ser un hombre rico. En la puerta, la muchacha se detuvo y giró.

– Gracias por el pescado.

– Fue un placer, señorita Lorna.

– Ya está otra vez con ese señorita Lorna. ¿No importa que me haya besado?

La respuesta estuvo cargada de sentido:

– Importa muchísimo.

Lorna atrapó en la suya la mirada de Jens y los dos sintieron el desgarro de la separación que los impulsaba en dos direcciones. Jens veía con claridad el deseo de que volviese a besarla. El también quería hacerlo. Abrió lo suficiente como para pasar los hombros, y se quedaron en el haz de humedad exterior, oyendo las gotas de lluvia que sonaban blandas sobre la alfombra vegetal del bosque.

Jens quiso decir: "Vuelve otra vez, me encanta tenerte aquí, charlar contigo sobre el barco, compartir mis sueños; adoro tu cabello, tus ojos, tu sonrisa y muchas otras cosas".

Pero sólo dijo:

– No se olvide de los pepinos.

Lorna sonrió y respondió:

– No me olvidaré.

Lo último que vio fue su silueta que corría por el sendero, levantándose la falda hasta las rodillas.

A Lorna la sorprendió su propio rechazo a contarle a Phoebe Armfield su encuentro íntimo con Jens Harken. Lo atesoró para sí y se acostó temprano esa noche para extraerlo y examinarlo sola, en la oscuridad. Tendida de espaldas, con medallones de pepino sobre el rostro, lo trajo a la memoria. En el recuerdo, toda esa tarde adquirió una cualidad especial, hecha de madera y lluvia, simplicidad y honestidad. Qué placer descubrió en el pasatiempo plebeyo de sentarse con las piernas cruzadas en medio del suelo de madera recién cortada y comer sobras de pescado. Qué alegría gozó estando delante, muy cerca de Jens Harken, y observando las expresiones que recorrían una gama de reacciones, de la risa a la reflexión, pasando por la admiración. Y, por último, cuando el beso acabó, el mismo deseo desnudo que ella sentía.

Si lo supiera su madre se sentiría mortificada.

Lorna estaba descubriendo que no era como su madre. Era un ser humano sensible y sensual, para el cual Jens Harken se había convertido en un hombre, no en un criado sino en una persona a la que podía respetar, gustarle, admirar incluso, que tenía un sueño y actuaba en consecuencia. La atracción física hacia él no sólo traspasaba las barreras de clase sino que las negaba. Cuando estaban juntos, no eran otra cosa que un hombre y una mujer, no un hombre pobre y una mujer rica. Estar con él le daba felicidad. Observarlo trabajar, la fascinaba. Escucharlo hablar era tan arrebatador como escuchar las marchas de John Philip Sousa.

Se sintió abrumada por la intensidad de sus propias reacciones a meros aspectos físicos del hombre. Por supuesto, el bello rostro noruego, pero también las manos, el cuello, las venas en la parte interna de los brazos, los tirantes cruzados, hasta la forma de los dedos en los calcetines… cada uno de esos rasgos le despertaba una tempestad de sensaciones, sólo porque formaban parte de él. Cuando se movía, cada ángulo de sus miembros se convertía en un ballet ante los ojos de la muchacha, cada giro de la cabeza, una perfección. Hasta le parecía que la ropa susurraba de un modo completamente distinto a la de otros hombres.

Y besarlo… oh… besarlo era una delicia de una magnitud inimaginable. Olía como el cobertizo, a cedro, a madera, casi sabía así, y cuando la lengua de Jens tocó la de ella, sintió como si hubiese absorbido todo el cálido resplandor ambarino de alrededor en un solo punto y se lo hubiera traspasado a ella. El solo hecho de pensarlo la excitaba. Acostada en el dormitorio, un piso debajo de Jens, decidió que lo único que le impediría volver a besarlo era que la encarcelaran.

Jens Harken había descubierto que era mucho más fácil sacar a Lorna del cobertizo que de su cabeza. El resto de la tarde lo persiguió, sonriéndole desde el recuerdo, alzando el rostro para que la besara, dejándolo levantado cuando el beso terminó.

Muchacha maldita, adorable, incorregible.

Esa noche, en el dormitorio mismo, Lorna estaba aún en la cabeza de Jens, casi dentro del corazón. Para impedir que abriese camino dentro de él en otras direcciones, escribió a su hermano:

Querido Davin:

Creo que, por fin, hice un avance. Encontré a alguien que financie el barco de casco plano del que estuve hablando durante años: mi patrón, el señor Gideon Barnett, ¿qué te parece? Me hizo instalar en un cobertizo, me dejó comprar herramientas y madera, y ya estoy terminando el lofting. Creo que sigue pensando que estoy loco, pero está dispuesto a invertir dinero por la posibilidad de que no lo esté. Me otorgó tres meses, aunque el buque no correrá hasta el próximo verano. Cuando lo haga tienes que estar listo pan venir aquí. La nave ganará a lo grande, y todo el país se enterará, y tú y yo entraremos en la industria. Estuve ahorrando hasta el último centavo, y espero que tú también lo hayas hecho, pues necesitaremos cada centavo si queremos que Astilleros Harken se convierta en realidad. Cuando así sea, tendremos algo con qué empezar, pues yo pagué los materiales del molde con mi propio dinero y, por lo tanto, puedo conservarlo, que es más de lo que teníamos cuando estaba en el Este.

Me gustaría que estuvieras aquí, y así podríamos hablar del diseño del barco y trabajar juntos en él. Conocí a un nuevo amigo llamado Ben Jonson, y creo que le pediré que me ayude cuando llegue el momento de arquear las costillas. Es nórdico, como habrás adivinado, y nadie es capaz de alisar un barco como nosotros, los nórdicos, ¿no es cierto, hermano? Trabaja en el almacén donde compré la madera, pero el trabajo disminuye aquí en el otoño cuando termina la temporada de construcción, y pienso que estará disponible para ayudarme. Me llevó a pescar el domingo, y sacamos una buena cantidad de sollo, que aquí abunda.

Ah, de paso, compartí parte del pescado con una dama.

"Compartí parte del pescado con una dama." Eso era todo lo que Jens se atrevía a contar. El torbellino de sentimientos que Lorna despertó en él le exigía que lo dijese pues, igual que ella, si no se lo contaba a alguien estallaría. Pero no diría nada más.

Cuando cerró la carta y apagó la luz, se acostó otra vez en el cuarto del ático, de manera parecida a como lo hacía Lorna un piso más abajo, recordando la imagen de ella y el placer de pasar el tiempo con ella, de besarla.

Cerró los ojos, enlazó los dedos sobre el pecho y comprendió una cosa trascendental. Hasta ese momento, cuando soñaba en construir una nave veloz, soñó por sí mismo, por el placer de contemplarla volar en el viento, y por las consecuencias que acarrearía: iniciar un negocio para él mismo y para el hermano Davin, con más clientes de los que pudiesen atender.

Ahora, por primera vez, soñó en ganar por Lorna, para ser digno de ella a los ojos de su padre y conquistar el respeto de otros hombres como su padre, y que no pudiese ordenarle más que regresara a la cocina.

Se imaginó la regata, él deslizándose, siempre deslizándose, y Lorna Barnett en el muelle con otras mujeres cubiertas de sombrillas, animándolo mientras él planeaba a favor del viento, con la proa levantada y las velas hinchadas. Se imaginó el barco pasando como una exhalación ante la boya de la meta, oyó los aplausos de la multitud desde el jardín del club cuando se acercaba, y a Tim Iversen tomando la fotografía para colgarla de la pared del Club de Yates, y a Gideon Barnett estrechándole la mano y diciendo:

– ¡Bien hecho, Harken!

Un solo beso fue capaz de engrandecer su sueño hasta ese extremo. Pero en su fuero íntimo sabía que era imposible. Jens no era del miembro club, y tal vez nunca lo sería. Quizá, tampoco condujera su barco, pues solían contratar pilotos con récords ganadores y los traían de todos los países en el esfuerzo por ganar las grandes carreras. Jens no tenía récord ni barco propio, ni riqueza ni status.

Y tampoco tenía el menor derecho de enamorarse de la hija de Gideon Barnett.

8

Corrían los días soleados del verano. El tiempo se volvió caluroso, la lluvia desapareció, y los jardines florecieron. Las rosas de Levinia se pavoneaban y las moras de Smythe se hicieron grandiosas. Los prados que rodeaban Rose Point Cottage vibraban todos los días con el rumor de las segadoras, y flotaba sobre ellos la fragancia de la hierba recién cortada. Allá en el cobertizo, bajo la bóveda de los árboles, las grandes puertas dobles quedaban abiertas catorce horas por día, dejando entrar la brisa estival y a Lorna Barnett, cada vez que se le antojaba.

Esperó cuatro días para volver. El día que lo hizo, fue primero a ver a su madre en los jardines donde se recogían las flores para la casa, donde Levinia juntaba las largas espigas azules de las espuelas de caballero en una canasta plana que le colgaba del brazo.

– ¡Madre… buenos días! -le gritó desde lejos.

Levinia alzó la vista, y entorno los ojos bajo el ala de un amplio sombrero de paja. Tenía guantes verdes y unas tijeras de podar.

– Buenos días, Lorna.

– Es un día glorioso, ¿no?

Lorna oteó el cielo.

– Hará un calor espantoso, tendrías que haberte puesto sombrero.

– Oh, lo siento, madre, lo olvidé.

– ¿Lo olvidaste? ¡Pero si todavía estás pelándote del sol del verano pasado! Cuando te salgan pecas. ¿cómo te librarás de esas cosas horribles?

– La próxima vez trataré de acordarme.

– ¿Qué tienes ahí?

– Bizcochos. Estaban horneándolos, sentí el olor y bajé a la cocina a investigar. Son de manzana y canela. ¿Quieres uno?

Lorna levantó la servilleta blanca. Levinia se sacó un guante y se sirvió.

– Se las llevo al señor Harken en el cobertizo, si no te parece mal.

– Por el amor de Dios, Lorna, no me gusta que remolonees así alrededor de los criados.

– Ya sé, pero a veces sigue trabajando durante la hora del almuerzo, y pensé que le agradaría recibir una pequeña merienda. ¿Estás de acuerdo, madre?

– Bueno… -Levinia miró vacilante la huerta y el bosque, luego otra vez a Lorna y la servilleta que tenía en la mano. No será de nuestras servilletas buenas, ¿verdad?

– Oh, no. Es de las que usan los criados, y le diré a Harken que la' devuelva a la cocina cuando termine.

Levinia lanzó otra mirada indecisa al cobertizo.

– Bueno, entonces, creo que está bien.

– Estuve yendo de vez en cuando a visitarlo y controlar los progresos del barco. En realidad, es fascinante. Lo dibuja a escala completa, directamente sobre el suelo. ¿Quieres venir conmigo?

– ¿A ese cobertizo mohoso? Cielos, no. Además, tengo que hace los ramos.

– Bueno, entonces, iré sola. -Lorna recorrió el jardín con una mirada de admiración-. Madre, este verano tus flores están magníficas. ¿Puedo llevar una de estas?

– Tómala… pero, Lorna, no te quedes mucho tiempo en el cobertizo, ¿eh?

Levinia adoptó aire afligido.

– Oh, no. -Lorna eligió una espuela de caballero y, al olerla, sorprendió descubrir que no tenía perfume-. Me quedaré el tiempo suficiente para ver cómo va el trabajo y darle estos bizcochos al señor Harken y después iré al muelle de la casa de Phoebe. Me invitó a almorzar en terraza.

– Ah, qué lindo. -Levinia pareció aliviada-. Dale mis saludos, también a su madre. Entonces, querida, ¿a qué hora volverás?

Lorna retrocedió y se encogió de hombros.

– No muy tarde. A eso de las tres, como máximo, y después, si no h demasiado calor tal vez convenza a Jenny para jugar al tenis. Adiós, madre.

Levinia, con el bizcocho mordido en la mano, la vio alejarse:

– No lo olvides -le gritó- ¡no te quedes mucho!

– No, madre.

– Y la próxima vez, usa el sombrero.

– Sí, madre.

Levinia suspiró, y vio cómo desaparecía esa hija caprichosa.

Lorna rodeó el invernadero, pasó junto a la huerta y entró en el bosque. Oyó el motor antes de llegar al cobertizo. Pup… pup… pup… pequeñas explosiones, seguidas de pausas largas. Escuchó un momento y siguió el corto sendero por la curva abrupta que la conducía a la entrada de Harken. En la curva, se detuvo para comprobar su aspecto. Juntó los bizcochos y las flores en una mano, y se inspeccionó el cabello pasando la mano del suave rodete a las dos gruesas horquillas ornamentales que sobresalían del peinado Gibson como palillos chinos con cabeza de perla. Se estiró la falda, miró el talle con sus rayas verdes y blancas que se encontraban como flechas en el centro. Se tocó el moño de gro que llevaba en el cuello.

Satisfecha, al fin, pasó la espuela de caballero a la mano derecha y traspasó la entrada a los dominios de Harken.

Jens estaba aserrando un trozo de madera y no advirtió la presencia de la muchacha. Esperando que cesan el chirrido agudo de la sierra, Lorna disfrutó observándolo: llevaba una camisa muy desteñida que quizás alguna vez fue del color del zumo del tomate. Estaba tan usada y gastada que le colgaba como un cachete fláccido de la mandíbula. La acompañaba con los eternos tirantes y pantalones negros. Trabajaba con la cabeza descubierta y el contorno del cabello estaba húmedo de sudor, tenía el color del trigo del año anterior.

La sierra enmudeció, pero el motor continuó con su ruido intermitente y explosivo. Silbando con suavidad, examinó el trozo de madera que acababa de cortar, pasando los dedos por el borde aserrado.

– ¡Hola, Jens!

Alzó la vista. Los dedos se detuvieron. El beso estaba allí, entre ellos, como si hubiese sucedido hacía instantes, y exigía ser recordado aunque los dos sabían que tenían que olvidarlo.

– Pero miren quién está aquí.

– Y traigo regalos. -Lorna entró y se acercó con el plato cubierto por la servilleta y la flor, y el hombre la esperó junto al aparejo de la sierra-. Ahora me tocaba a mí. Hoy, bizcochos de manzana y canela, recién sacados del horno de la señora Schmitt… y algo que armonice con sus ojos.

Primero, le ofreció la flor. Jens miró la espuela de caballero después a Lorna, y dudó cuando la atracción mutua que los dominaba los derribaba a los dos con amorosa quietud. El motor lanzó otro pup. Jens se estiró para aceptar la ofrenda: los delicados pétalos azules formaban un contraste agudo con las manos sucias y la desteñida ropa de trabajo.

– ¿Cómo se llama?

– Espuela de caballero.

– Gracias.

En efecto, la flor copiaba el azul de los ojos del hombre. Lorna necesitó hacer un esfuerzo para arrancar la mirada de ellos y recordar que habla traído algo más.

– Y aquí están los bizcochos.

Los deposité sobre la mano ancha.

– Gracias, otra vez.

– Hoy no puedo quedarme. Voy a casa de Phoebe, a almorzar en la terraza, pero quería pasar y ver cómo le iba.

Jens se dio la vuelta, fue hasta el motor y tocó algo que lo apagó.

– Voy bien -dijo, desde una distancia prudente-. Y mire lo que conseguí: su padre me permitió comprar este maravilloso motor eléctrico a vapor.

– Electro-vapor.

– Cuatro caballos de potencia.

– ¿Eso es mucho?

– Ya lo creo. Necesita una chispa de esta pequeña batería que está aquí, y funciona con gas de iluminación.

– ¿Con gas de iluminación? ¿No me diga?

– Lo único que tengo que hacer es girar el interruptor, y puedo serrar madera sin esfuerzo físico. ¿No es un milagro?

Lorna observó el motor. Tenía un volante grande y poleas que lo conectaban con la sierra. Para poner distancia entre los dos, Jens fue hasta el otro extremo de las poleas.

– Ya lo creo que es un milagro. Veo que ya estuvo usándola.

En el suelo, donde antes estaban los listones, vio cinco moldes parados, a unos sesenta centímetros de distancia, con la forma invertida de las secciones del barco. Ya podía distinguir cómo definían la forma del casco. Cuando lo interrumpió, Jens estaba cortando otro.

– Está progresando.

– Sí.

– Me gustaría poder observarlo mientras trabaja, pero tengo que irme. Me esperan en la casa de Phoebe al mediodía.

– Bueno… gracias por los bizcochos. Y por la flor.

– Fue un placer.

Lo contempló un momento muy largo desde varios metros de distancia y, en el preciso instante en que salía, dijo:

– Sí, tenía razón. Son del mismo color que las espuelas de caballero.

En la casa de Phoebe, mandaron a Lorna directamente a la fresca habitación de verano, del color de la espuma del mar, donde estaba la señora Armfield escribiendo cartas, sentada en una silla ante una puerta cristalera abierta, con un escritorio portátil sobre el regazo. Le ofreció las dos manos, y la mejilla para que la besara:

– Lorna, me alegro mucho de verte. Me temo que hoy Phoebe no se siente bien, pero me dijo que te mandara a su habitación.

Arriba, Phoebe estaba acurrucada en la cama, apretando la almohada contra el abdomen.

– Phoebe… oh, pobre Phoebe, ¿qué te pasa?

Lorna corrió hasta la cama y se sentó junto a su amiga. Le apartó el pelo de la sien.

– Lo mismo que todos los meses, en esta fecha. Oh, a veces detesto ser una chica. Tengo unos calambres espantosos.

– Ya lo sé. A veces, yo también.

– Mi madre ordenó a la doncella que me trajera unas compresas tibias para ponerme en el estómago, pero no me hicieron nada,

– Pobre Phoebe… lo siento.

– Yo soy la que lo siente. Arruiné nuestro almuerzo.

– Oh, no seas tonta. Podremos almorzar en cualquier otro momento. Tú descansa, y estoy segura de que mañana te sentirás mejor. Si es así, ¿almorzamos mañana?

Combinaron el plan, y Lorna dejó a su amiga aún enroscada alrededor de la almohada.

Tomó el camino de la costa, menos transitado, en lugar del camino para regresar a los terrenos de Rose Point, y agradeció mentalmente a Phoebe por darle una excusa para regresar al cobertizo, escudada en el permiso desganado de la madre, y con la seguridad de que no la esperaban hasta primeras horas de la tarde. Al abrirse camino en el bosque, al acercarse a él, sintió la mágica euforia que la acompañaba cada vez que iba a ver a Jens Harken. Sabía que él pondría barreras, pero entendía el motivo.

Sin embargo, cuando llegó, Harken se había ido. La flor que le dio estaba sobre el alféizar de la ventana que daba al Norte, y el viento le rizaba los pétalos. Los bizcochos no estaban, pero la servilleta, doblada en cuatro, estaba sobre una pila de madera. El motor estaba en silencio, el volante inmóvil. Se acercó a ellos, se agachó sobre el serrín que había debajo de la sierra y, tomando un puñado lo llevó a la nariz y lo dejó caer otra vez… evidencia fragante de la tarea de la mañana. Examinó el trabajo en ejecución, pasando los dedos sobre las líneas de lápiz que había dibujado sobre la madera y los bordes que había cortado con la sierra, de manera parecida a la que empleaba Jens cuando terminaba de hacerlo. Recordó el entusiasmo porque tenía buenas herramientas para trabajar. Recorrió el espacio en el que él se movía, tocó las cosas que tocaba, olió los aromas que respiraba, y descubrió que ese ambiente tan concreto se había transformado a sus ojos sólo porque él había estado allí.

Se sentó en el banco de hierro y esperó. Treinta minutos después volvió Jens y oyó los pasos que se acercaban antes de que entrase por la puerta.

Jens entró y al descubrirla allí, se detuvo. Como siempre, entre los dos se formó un campo de fuerza.

– Phoebe está enferma -le dijo- y nadie me espera hasta las tres en punto. ¿Puedo quedarme?

Durante un largo rato, el hombre no respondió ni e movió, y como estaba de pie, a contraluz, Lorna no pudo verle las facciones. Pero la actitud expresaba con claridad una pura y simple precaución.

– ¿Por qué no va a preguntar a sus padres, a ver qué dicen?

– Ya lo hice. Le pedí permiso a mi madre antes de traerle los bizcochos.

– ¡No me diga que le preguntó a su madre!

– Estaba juntando espuelas de caballero en el jardín, y yo me detuve junto a ella, le dije que le traería a usted los bizcochos y le pregunté si podía traerle una flor.

– ¿Y dijo que sí?

– Bueno… debo admitir que no sabía que la flor era para usted.

– Señorita Lorna, sabe que me encanta que esté aquí, pero no creo que sea conveniente que venga tan a menudo.

– No se preocupe: no lo obligaré a besarme otra vez.

– ¡Sé que no, porque yo no lo haría!

– Sólo quiero mirar.

– Me distrae.

– Me quedaré callada como un ratón.

Jens rió fuerte, y Lorna también rió, al advertir lo charlatana que era.

– Bueno, quizá no tan callada -admitió-. Pero, por favor, déjeme quedarme de todos modos.

– Como quiera -concedió al fin.

No hubo más besos. Cuando Lorna se fue, Jens no la invitó a volver, pero la vez siguiente que fue, el banco de hierro estaba pintado.

Así empezó la sucesión de visitas en que Lorna tomaba su lugar en el banco y acompañaba a Jens mientras este trabajaba. La mayoría de las veces iba a primeras horas de la tarde, cuando la madre dormía la siesta; en ocasiones, llevaba deliciosos aperitivos que podían compartir, otras, Jens llevaba dulces que quedaban de su almuerzo en la cocina y le explicaba que el personal de la cocina no comía los mismos postres que la familia. En opinión de Jens, estos a menudo eran mejores que los postres fantasiosos que se servían en el comedor principal, que solían tener más apariencia que dulzura.

Ah, y cómo conversaban. En particular, Lema. Cruzaba los tobillos a la manera india sobre el asiento, y charlaba acerca de su propia vida. Si había estado en una fiesta, o en un concierto, los describía con detalle. Si iba a una velada, describía la comida. Jens le preguntaba quién era el señor Gibson, al que ella aludió al pasar, y Lema le contó lo del verano anterior, cuando el famoso artista se hospedó en su casa e influyó sobre ella tan hondamente que la hizo cambiar la forma de vestir y de peinarse. Pasaban mucho tiempo discutiendo si Lorna encajaba mejor en la categoría de "muchacho-muchacha" de Gibson (que era deportista y prefería perder la vida en una carrera a caballo que conquistar las atenciones de un enamorado), o más bien de la categoría "convencida" (que se fijaba una meta y la perseguía sin dar un solo paso fuera del camino). Llegaron a la conclusión de que, si alguien, pertenecía a la segunda categoría, era Harken que dejó a sus únicos parientes para ir tras la meta de convertirse en constructor de barcos.

Jens habló de su hermano Davin, y de cuánto lo echaba de menos.

– Le escribí y le conté lo del barco que estoy haciendo, y está tan entusiasmado como yo, Dice que si la nave gana la regata del año que viene, vendrá aquí aunque tenga que arrastrarse, para que podamos establecernos juntos.

– Estoy impaciente por conocerlo. ¿Le contó algo de mí?

– Le conté que le convidé a tomar pescado.

– ¿Eso es todo?

– Eso es todo.

– Cuénteme cómo eran sus padres -preguntó Lorna, un día.

Jens le habló de un patriarca severo y de un ama de casa muy trabajadora, que abandonaron a sus respectivas familias para lograr una vida mejor para sus hijos en Norteamérica. Le contó cómo trabajaba con su padre en el astillero, y cómo trataba de obtener respuestas de él, que nunca sabía de dónde salían las preguntas de Jens ni sabía cómo responder de un modo que satisficiera la curiosidad del niño, cuya pasión por los barcos sobrepasaba los conocimientos del padre acerca de ellos.

– Eso significa que usted no aprendió todo lo que sabe trabajando en el astillero.

– No. Sólo una parte proviene de aquí. -Jens se tocó la sien-. Me imagino un barco y sé cómo se comportará en el agua.

Al verlo trabajar en el actual, Lorna le creyó sin dudar.

Un día, Harken le dijo:

– Debe de ser agradable tener tanta familia, tener hasta a las tías viviendo con uno. A mí me gustaría.

– Es sólo una apariencia. Al haber tanta gente en la familia es difícil lograr intimidad.

Lorna siguió hablándole de la tía Henrietta, que, al parecer, siempre sabía dónde iba su sobrina y la acosaba recordándole con fastidiosa actitud que siempre llevara un alfiler agudo como arma. Le contó lo del amor perdido tanto tiempo atrás de la tía Agnes, el capitán Dearsley, y que la devoción de la tía hacia él jamás se había desvanecido sino que brillaba como un faro sin esperanzas iluminando la vida solitaria de la anciana, pese a las admoniciones y reprimendas de su hermana.

– Amo a mi tía Agnes -le dijo Lorna a Jens-. En cambio, a mi tía Henrietta sólo la tolero. A menudo pienso que si me concedieran un solo deseo en la vida, traería de vuelta al capitán Dearstey para ella.

– ¿No desearía algo para usted?

– Oh, no. Yo tengo toda la vida para esforzarme en cumplir mis deseos. En cambio la tía Agnes es vieja y debe ser triste ver que la vida se va y que nunca se tuvo un amor ni hijos ni un hogar propios.

– ¿De modo que para usted los deseos son algo por lo cual esforzarse, no sueños fantásticos?

Con eso se inició otro campo de discusión que, en su momento, los llevó al tema de la suerte y si estaba asegurada por el destino o cada uno la creaba por sí mismo.

En esos días de discusiones, el trabajo avanzó. Los cortes de cedro fueron terminados y colocados en la relación correcta entre sí, a lo largo del cobertizo, como rodajas de salmón sobre una tabla de cortar. Las unió con una espina dorsal y dos largueros laterales de pino que se apoyaban en muescas hechas en los cortes para ese fin.

¡Ah, esos días de pleno verano, perfumados de cedro, moteados de verde…! A medida que transcurrían, Lorna y Jens consolidaban el vínculo de confidentes y amigos. Pero como amantes, se mantenían firmes en la mutua resistencia, y sostenían el acuerdo de no volver a besarse… Hasta el día en que Lorna llevó las ansiadas grosellas negras, azucaradas y con crema, y las sustrajo de la casa en un tazón de porcelana de Sèvres envuelto en una revista de navegación. Jens la vio llegar y dejó el trabajo para recibirla.

– ¡Mire lo que traje! -Destapó su tesoro-. ¡Ta-taan!

– ¿Grosellas negras? -Jens rompió en carcajadas-. Si Smythe lo sospechara siquiera, se le saltarían los ojos de las órbitas.

– Yyyy…

Alargó la "y" como una fanfarria, y sacó, orgullosa, una cuchara de plata.

– ¿Una sola?

– No necesitamos más.

Arrastraron el banco hasta el límite mismo de la ancha entrada y se sentaron con los cuerpos hacia adentro, los talones fuera, los tobillos cruzados, comieron grosellas negras con crema y azúcar, turnándose con la cuchara hasta que, al final, Lorna raspó hasta el último vestigio de zumo purpúreo de las paredes del tazón y se lo ofreció a Jens.

– Cómalo usted -le dijo él-. Es lo último.

– No… usted -insistió la muchacha.

Una muñeca de Jens estaba apoyada sin querer en el respaldo del banco, detrás del hombro de Lorna, y el resto del cuerpo relajado, por fuera. Lorna sostuvo la cuchara en el aire, esperando, y los ojos castaños miraron dentro de los azules, empeñada en darle el último bocado. Por fin, Jens inclinó la cabeza hacia adelante y abrió la boca. Lorna atisbó la lengua y contempló, fascinada, cómo los labios se cenaban sobre la cuchara… y esta les modificaba el contorno… y seguía y seguía dentro de la boca… cómo ese único beso regresaba para embrujarlos.

Finalmente, sacó la cuchara, que produjo un suave tintineo contra el tazón que, a su vez, no hizo ruido entre los pliegues de la falda de Lorna. Lo único que se oía eran los golpes fuertes de los latidos de los corazones y la respiración de los dos, al tiempo que una incómoda tensión crecía y florecía entre ellos. Durante días, fueron buenos, cuidadosos, discretos y prudentes pero fracasaron. No podían ser, simplemente, amigos pues lo que querían era ser amantes.

Mucho antes de que Jens se moviera, los dos sabían que lo iba a hacer.

Levantó el brazo del banco y atrajo a Lorna hacia él en un movimiento decidido, al mismo tiempo que ella levantaba la cara hacia la de él que descendía. Los dedos de Jens se curvaron bajo la axila de Lorna, y el brazo de ella fue al cuello de él. No hubo fingimientos ni reservas, coqueterías ni afectación. El beso fue camal, íntimo, denso desde el instante del contacto. Participaron las lenguas y los dientes, y una gravedad obstinada que no quería permitirles estar lo bastante cerca, les indicó la inclinación necesaria. Tenía sabor a grosellas negras y a tentación, un sabor que intercambiaron con sus lenguas y se prolongó más que el sabor de las frutas. Acabó cuando Jens se inclinó para librarse del tazón y de la cuchara antes de volver a besarla. La muchacha se apretó, ansiosa, contra él, y con las manos libres, las extendió sobre la espalda de Jens como el sol sobre una pradera. Abrieron las bocas. Se acariciaron en todas las partes permitidas: el torso, la espalda, la nuca, la cintura… y las que clamaban por la caricia quedaron insatisfechas. Cuando por fin, el beso terminó se apartaron serios, el aliento golpeando la cara del otro, a la vista de cualquiera que acertara a dar la vuelta en la curva del camino.

Jens se soltó y ordenó:

– Ven conmigo.

La llevó de la mano hacia adentro, donde la pared los ocultaba. Ahí, en la sombra, la acercó otra vez a él y Lorna aceptó, feliz, de puntillas, con sus brazos alrededor de los hombros de él. Con los cuerpos juntos, se besaron y descubrieron la maravilla de amoldarse uno a otro, tal como habían imaginado a menudo. Los minutos se estiraron en la quietud penumbrosa de la tarde, las manos de Jens juguetearon en la espalda de Lorna, bajaron por los lados hasta las caderas, se deslizaron hacia arriba hasta los lados de los pechos, muy cerca del peligro.

Alzó la cabeza, y los ojos se encontraron.

– Lorna -dijo.

Sólo Lorna.

– Jens -respondió ella, con el mismo anhelo de pronunciar el nombre.

Por un rato, no hicieron más que mirarse aceptando el plano al que habían llegado, al fin.

– ¿Puedo decirlo ahora? -preguntó Jens.

– Sí… lo que sea,

– Eres la mujer más hermosa que he conocido jamás. Lo pensé la primera noche que entraste en la cocina.

– Y yo pensé que eras el hombre más apuesto. Fue muy duro no decirlo.

– Ha sido muy duro no decir un montón de cosas.

– Dilas ahora.

– Muchacha hermosa, ¿sabes cuántas veces pensé en hacer esto?

– ¿Besarme?

– Besarte, abrazarte, pasar las manos sobre tu contorno.

Sin quitar las palmas de los lados de los pechos, estiró los pulgares y acarició muy cerca de los dos sitios más sensibles.

– ¿Cuántas?

– Cincuenta, cien, mil. Tantas, que me pasé noches enteras imaginándolo.

– Yo también. En verdad, me arruinaste el sueño,

– Me alegro.

Lorna inició el siguiente beso, alzándose de puntillas y abriendo la boca en una invitación que Jens aceptó sin reservas, hundiéndose por completo. Las lenguas resbaladizas se movieron en una danza, hondo, a la superficie, adentro otra vez. El hizo como que le mordía el labio de arriba y luego le pasaba la lengua para curar la herida imaginaria, y el beso se centró una vez más. En la mitad, movió las manos hacia adentro y le cubrió los pechos, apretándolos con suavidad.

Apoyada contra la mejilla de él, Lorna contuvo el aliento.

Contra la boca de Jens, la de Lorna se aflojó:

– Oh… -susurró, y otra vez-. Oh…

Después se quedó muy quieta, con los párpados cerrados y los brazos sobre los hombros de Jens. La caricia era lenta y fluida, con los nudillos hacia afuera como si sostuviese un globo, dándole tiempo a que se acostumbrara al contacto. Cuando juzgó que así era, la exploró con los pulgares.

Los párpados se abrieron de pronto, y la punta de la lengua asomó entre los dientes. Los pechos subían y bajaban en las manos de Jens, marcando el ritmo de la respiración acelerada. Siguió haciendo pequeños círculos sobre esos puntos de placer hasta que la sacudió un estremecimiento, y entonces la rodeó con los brazos y la acercó a sí.

Habló con la boca sobre el pelo de ella:

– Aquí no es seguro.

– Tenemos que encontrar un lugar que lo sea.

– ¿Estás segura?

– Sí. Estoy segura desde hace mucho tiempo. Oh, Jens.

Lo apretó con fuerza, sintiéndose tan contrariada, amenazada y frustrada como él, pues no estaba acostumbrada a hacer planes en semejantes situaciones, hasta dudosa de que lo que estaban aceptando fueran semejantes situaciones. Surgió una vaga sensación de transgresión, y una más intensa aun de fatalidad. Se sintieron ligados por ambas.

– ¿Puedes esperar hasta el domingo? -preguntó Jens.

– Si es necesario, pero siento como si fuese a morirme si me separo de ti.

– Hay un bosque al sur de la cabaña de Tim, donde la playa es inhóspita y rocosa, y no va nadie. Encontrémonos allí. Pediré prestado el bote a Ben. ¿A la una?

– A la una en punto.

– Ah, Lorna.

– ¿Qué, Jens?

– Si sabes lo que te conviene, usarás un alfiler muy afilado.

El domingo había sol. Lorna preparó una canasta con el almuerzo. Y una manta. Se vistió de azul y clavó un alfiler de casi veintitrés centímetros, recién afilado, en el sombrero. Cruzó el lago remando y vio que el bote de Jens ya estaba allí, en la parte pedregosa de la costa, donde había una pequeña escarpadura que subía hasta el bosque, allá arriba. Cuando se acercó, Jens apareció de entre los árboles y bajó el sendero para esperarla en la costa, con un traje negro dominguero y un sombrero en forma de hongo, también negro. Ahí estaba de pie, con el peso sobre una pierna y la otra encogida; Lorna observó el atuendo por encima de su hombro.

– ¡Hola! -exclamó Jens, mientras Lorna levantaba los remos y el bote derivaba hacia la orilla.

– ¡Hola!

Estaba esperando para agarrar la amarra y atarla a un arbusto. El bote chocó y se raspo contra las piedras semisumergidas cuando Lorna se levantó y se enderezó. Salió del bote alcanzándole la manta y el cesto, y se balanceé antes de tomar la mano que le ofrecía y saltar a la orilla. La sujetó con firmeza, balanceándola un poco hacia atrás y apoyándola con gracia sobre la tierra escabrosa.

Dejó las manos en la cintura de la muchacha, y ella, las suyas en los hombros de él. Quedaron inmovilizados por la presencia del otro y el don de ese día estival.

Lorna aprecié la apariencia del hombre, tan distinta con esa ropa dominguera formal, la camisa blanca y la corbata negra bajo el traje y el sombrero que le modificaba la forma del rostro. Constituía toda una sorpresa.

Jens la contempló, contento de que hubiese escogido la misma falda de rayas que llevaba el día del primer picnic, las mismas mangas blancas hinchadas y el mismo sombrero de paja con cintas azules que colgaban.

– ¡Hola! -repitió con voz más queda, sonriendo casi con timidez.

Lorna respondió con una risa tímida y un suavísimo:

– Hola.

Había barcos sobre el agua, a distancia visible. Jens se agaché para recuperar la manta y se la entregó. Llevando la canasta, y a Lorna de la mano, la llevó a la orilla donde las piedras y las malezas hacían peligroso el caminar.

– Con cuidado, que está resbaladizo.

Cuando comenzó a resbalarse, Jens la alzó hasta que llegaron a un plano más arriba, donde el bosque era lo bastante denso para ocultarlos pero aun así permitía ver el agua, hacia el Oeste. Ahí, entre los sauces y los arces, extendieron el manto de tartana y fingieron que el propósito era un almuerzo campestre.

Pero hubo miradas furtivas de admiración. Jens la sorprendió en una que se convirtió en una franca contemplación en el mismo instante en que él se levantaba después de haber puesto la canasta sobre la manta. Se quedaron de pie sobre la hierba, con la manta preparada entre los dos.

– ¿Qué pasa? -preguntó Jens.

– Hasta ahora, nunca te vi con traje.

Jens se miró.

– Es un traje muy viejo, el único que tengo.

– Ni con sombrero.

Se lo quitó, y lo tuvo entre sus manos, una cortesía que, hasta entonces, no había tenido tiempo de manifestarle.

– Es domingo.

– No, no te lo quites. Me gusta cómo te queda.

– Está bien. -Volvió a ponérselo con las dos manos, y le dio una levísima inclinación-. Por ti.

La mirada de Lorna lo recorrió empezando por el sombrero en forma de hongo, pasando por el rostro recién afeitado y la corbata de nudo grueso entre las puntas del cuello redondeado de la camisa. La chaqueta, completamente abotonada, era un poco ajustada y corta de mangas, como si Jens hubiese crecido desde que la compró. A ojos de la muchacha, no hacía más que subrayar las agradables proporciones.

– Tal vez una dama no debería decirle a un hombre que está tan apuesto que quita el aliento.

Jens no pudo ocultar una sonrisa.

– No, creo que es el hombre el que se lo dice a la dama. -Suprimió la sonrisa y agregó-: Señorita Lorna, su belleza quita el aliento. Espero que lo tomes como un cumplido si te digo que siempre admiré tu silueta con esas mangas enormes y las faldas estrechas.

– ¿En serio? Lo tomaré como mi elogio preferido, aunque estas mangas siempre se enganchan en las puertas, se llenan de polvo al pasar sobre las cosas y se arrugan. Y la falda sólo es estrecha adelante. Atrás es muy amplia, ¿ves? -Giró presentándole la espalda, también bien formada, con la falda hinchada, la blusa ajustada y las cintas azules del sombrero, que caían. Al completar el giro, tenía las mejillas sonrosadas-. Silueta ajustada, en verdad bromeó.

Jens no pudo pensar en otra cosa que en lo mucho que ansiaba besarla, pero primero tenían que ocuparse del picnic, compartir un poco de conversación cortés sobre asuntos como el clima, la pesca en la zona y los progresos del barco si no quería parecer exageradamente ansioso.

– Señorita Barnett, ¿tendría la amabilidad de sentarse, por favor, así también puedo sentarme yo?

– Oh, caramba, no me di cuenta.

Se arrodilló y vio cómo la silueta alta se inclinaba y flexionaba, hasta encontrar una pose cómoda y relajada: el peso sobre una nalga, un pie extendido, la rodilla del otro lado levantada y una palma apoyada sobre la manta, detrás de él.

Se miraron. Contemplaron el agua.

– No podríamos pedir un día mejor, ¿no es cierto? -comentó Jens.

– No, es perfecto.

– Salieron muchos a pescar.

– Sí.

– Y también a navegar.

– Ahá.

– Es agradable salir de ese cobertizo por un día.

Si bien cumplió con las banalidades, sabía que lo hacía sólo por una cuestión de cortesía. Los ojos de ambos se atrajeron otra vez, con la expresión evidente de lo que no decían.

– ¿Haremos el picnic ahora mismo?

– Me parece bien. ¿Qué tienes ahí?

Lorna abrió el cesto y comenzó a diseminar las cosas sobre la manta.

– Pollo frío con una salsa especial de setas, alcauciles de Jerusalén envueltos en tocino, taitas de almendras y peras glaseadas en almíbar de piña.

– Estás consintiéndome.

– Me encantaría poder hacerlo -dijo, mientras se dedicaba a llenar el plato-. No obstante, pienso que haría falta más que glasé y alcauciles para apartarte de tu predilección por el pescado frío. Eso es lo que me agrada de nuestros picnics. Los míos son exóticos, y los tuyos, satisfactorios. Así, aprendemos un poco uno sobre el otro, ¿no?

Le dio el plato con una sonrisa radiante y empezó a llenar otro para ella. Jens la observó, admirando cada movimiento, cada rasgo, los dedos delicados, el cuello largo embutido en su cilindro blanco, tantos botones en el centro de la parte delantera, el modo en que el cabello se inflaba bajo el ala del sombrero, el leve abultamiento de la barbilla cuando la tenía baja.

– ¿Le pediste a la señora Schmitt que preparase la canasta? -preguntó.

– Sí.

– ¿Y qué dijo?

Siguió llenando su plato, pero habló de manera entrecortada.

– No se le paga para decir nada. Aún más, no respondo ante la señora Schmitt, y tú tampoco. ¿Pediste prestado el bote de tu amigo?

Le lanzó una mirada directa.

– En efecto.

– ¿Qué le dijiste?

– La verdad: que iba a encontrarme con una chica.

– ¿Te preguntó quién era?

– Lo sabe.

– ¿Sí?

– Encontró la flor en el alféizar de la ventana y me preguntó cómo apareció ahí. No sirvo para mentir.

Se hizo un silencio que centelleó entre los dos, cargado con las verdades adivinadas acerca de los sentimientos de ambos y el significado de esos encuentros clandestinos. Después de un rato, Jens prosiguió:

– Lorna, quiero que sepas que si en algún momento nos descubren, si tu madre y tu padre se enteran, y me preguntan, les diré la verdad.

Lo miró directamente a los ojos, y respondió:

– Yo también.

El plato de cada uno estaba lleno de excusas. Por encima de la canasta del almuerzo, las miradas de los dos decían con total claridad que ese caprichoso retraso de los besos estaba conviniéndose en algo más de lo que podían soportar.

Jens apoyó el plato en la hierba. Se estiró sobre el cesto y le pidió el de ella con un gesto, también lo dejó a un lado junto con el cesto y los recipientes. A continuación, se quitó el sombrero.

– Es un almuerzo encantador -dijo-, pero no tengo nada de hambre.

Las mejillas de Lorna se encendieron y el corazón le palpitó con fuerza cuando Jens se arrodilló junto a ella con la vista firme sobre el rostro de ella vuelto hacia arriba, con la actitud cargada de intención, mientras que ella permanecía sentada con recato sobre sus talones y las manos unidas en el regazo. La sujetó de los brazos aplastando las mangas almidonadas y la alzó hasta poder abrazarla. Gozosa, Lorna aceptó el abrazo que llevaba a un beso de gran significado, pues fue lo primero que desearon mutuamente, mucho antes de que llegase ese día, esa hora, ese minuto. Lo desearon cada uno solo en su cama. Lo desearon arrastrándose a través de las horas diurnas. Remando hasta esta cita en distintos botes, lo desearon. Y ahora, por fin, sucedía, empezaba con torpeza porque él tuvo que inclinarse y meter la cabeza bajo el ala del sombrero de ella para llegar a los labios. Unidos como el hueso de la suerte del pecho de las aves, las bocas juntas, intercambiaron el verdadero saludo. Jens abrió los labios de Lorna con la lengua, sintió la punta de la de ella que le salía al encuentro con timidez y la acarició: Ven más cerca, no tengas miedo, déjame amarte.

Las gaviotas pasaron a poca distancia, chillando. Las moscas zumbaban sobre los platos. A lo lejos se oyó la sirena de un vapor. Pero ellos sólo tenían oídos para las voces que retumbaban en sus cabezas, diciendo: Por fin, por fin.

La tierra suspiró. ¿O era la brisa? El verano tembló… ¿o era el contacto entre ellos dos? De los dos amantes ninguno advirtió ni le importó cómo Jens, ciego, alzaba las manos hasta el sombrero, encontraba y quitaba el alfiler, y el sombrero mismo de la cabeza. Lorna siguió el impulso de levantarlas manos interrumpiendo el beso en el mismo momento en que el sombrero caía sobre la hierba, junto al de Jens. Bajó el mentón y se tocó el pelo con la misma timidez pasajera del principio, tanteando en busca de algún mechón que se hubiese soltado al sacar el sombrero. Jens le tomó la cara con las manos y la alzó hacia su propia mirada intensa.

El único testigo de los detalles y de la idolatría, fue el verano: ojos, narices, labios, barbillas, hombros, cabello, otra vez los ojos.

– Sí -dijo-, eres tan perfecta como te recordaba.

Bajó la cabeza, la rodeó con los brazos y apretó todo su cuerpo contra el traje negro de domingo. Por fin estaban cuerpo a cuerpo, boca a boca. Sintieron lo que anhelaban sentir: el deseo compartido por igual. Jens la sujetó por la parte baja de la espalda como en un vals, contra sus propias caderas fuertes, y mantuvo las rodillas separadas. Las faldas se arremolinaron alrededor. Lorna se aferró a los hombros de Jens.

Se retorcieron hasta que el abrazo se pareció al de dos briznas de hierba que el mismo viento agitaba, y el beso se volvió una succión salvaje de sus bocas húmedas y libres en esa terrible explosión de impaciencia entre la excitación y el rechazo. La muchacha sintió que su boca se liberaba y exclamó:

– Jens… Jens… -al tiempo que los brazos de ambos se estrechaban uno contra otro, vio sobre el hombro de él que las ramas del sauce se balanceaban sobre sus cabezas.

– No puedo creerlo -dijo el hombre en voz estrangulada por el deseo.

– Yo tampoco.

– Realmente, estás aquí.

– Y tú, realmente estás aquí.

– Creí que esta tarde nunca llegaría, y cuando llegó, pensé que esperaría inútilmente.

– No… no… -Lorna se echó hacia atrás y le dio un beso breve y audaz en la boca, luego otro en la mejilla.- ¿Cómo puedes pensar eso? Siempre te busqué, ¿no es así?

– Sabes que yo habría ido hacia ti si hubiese podido…

Le atrapó las manos, le besó las palmas, y las apoyó contra su propio pecho.

– Sí, ahora lo sé.

La muchacha se arrodilló con las manos apoyadas sobre él, sobre la chaqueta de lana que sentía tibia, cosquilleante, y de un maravilloso exotismo por pertenecer a este hombre especial.

– Cada vez que vas al cobertizo y alzo la vista y te veo ahí, en la entrada, me pasa esto.

– ¿Qué?

– Esto.

Le apretó la mano derecha con fuerza contra él.

– ¿Esto?

Miró sus ojos azules, deslizó tres dedos bajo la solapa y colocó la mano sobre el corazón agitado. Sintió la camisa tersa de almidón, la textura del tirante, la carne debajo sólida como el nogal, y muy tibia. Sintió los latidos del corazón, que parecía capaz de quemarle la mano.

– ¡Oh! -exhaló, arrodillada, inmóvil, concentrada-. Igual que el mío… durante horas, después de verte a ti.

– ¿En serio? -preguntó con voz queda, al tiempo que absorbía la excitación de sentir la mano de ella dentro de la chaqueta-. Déjame sentir.

Como no respondió, Jens posó la mano con cuidado sobre el corazón de Lorna: una mano grande, áspera de constructor de barcos encima de la apretada extensión blanca de la blusa. Contó los latidos del corazón que, al parecer, se habían acelerado al mismo ritmo que los propios. Vio cómo asomaba la aceptación a los ojos de Lorna. Y, por último, dejó caer con delicadeza la mano cubriendo la parte más plena del pecho. La muchacha cerró los ojos, se tambaleó, y se aferró con los dedos a la camisa de él. El aliento le brotaba en pequeñas rachas que empujaban su carne contra la mano del hombre en golpes rápidos.

Pensó: "Oh, madre… oh, madre…"

Después: "Oh, Jens… Jens…"

Sintió la boca de él sobre la suya, y el movimiento del cuerpo que la arrastraba consigo, acostándola de espaldas. El peso de Jens también descendió sobre ella, un peso grande, maravilloso, bendito, que la inmovilizaba debajo, mientras la mano continuaba recorriendo el pecho, y la boca, la boca de Lorna. Encima, el cuerpo de Jens marcó un ritmo sobre el de Lorna, el pie enganchó la rodilla izquierda y la apartó, formando una cuna donde se tendió.

Cuando el beso acabó. Lorna abrió los ojos y vio el rostro del hombre enmarcado por las hojas verdes y el cielo azul. El ritmo cesó… pero fue sólo una pausa para después reanudarse… más lento. Se detuvo otra vez. No hubo sonrisas. Sólo una concentración pura en las tensiones de los cuerpos de ambos, reconociéndolas, aceptándolas, y expresándolo con los ojos. La mano se movió con más lentitud sobre el pecho, explorándolo con levedad mientras lo miraba, para luego depositar besos suaves en la nariz, los párpados y el mentón.

Le tomó la mano, la llevó a la cintura de la propia Lorna, y le murmuró:

– Desabotona esto.

Se incorporó para apoyar una rodilla a cada lado de la pierna derecha de Lorna, apretando la falda contra el cuerpo de ella. Se sentó sobre la pierna y se quitó la chaqueta mientras la muchacha empezaba a soltar los treinta y pico botones de la blusa.

Eran muchos botones. El terminó primero y se aflojó la corbata, diciendo:

– Ya está… déjame -y se inclinó para ocuparse de la tarea.

Los ojos siguieron a los dedos y, los de ella, a los ojos de él. Cuando llegó a la barbilla, Lorna la levantó para abrirle paso. Se liberó el último botón y se produjo una pausa infinitesimal, durante la cual los dos trataron de recuperar el aliento. Jens puso las manos dentro del corpiño y lo abrió, revelando las clavículas y la garganta, el pecho blanco y las enaguas más blancas aún, con los breteles bordados de encaje y otra tanda de botones.

También desabroché estos, pero dejó las dos partes de la enagua superpuestas y los pechos de Lorna todavía cubiertos; mientras se inclinaba hacia adelante, se apoyaba con una mano junto a cada oreja de ella, cerraba los ojos y comenzaba a tocar con los labios abiertos la clavícula… la garganta… la barbilla… dejando espacio entre su boca y la piel de Lorna, hasta que esta no supo si la besaba o sólo respiraba sobre ella. Algo le entibié la parte inferior de la mandíbula… ¿los labios?… ¿el aliento?…, y se demoré encima del pecho izquierdo hasta que sintió que moriría si no la tocaba.

La tocó. Ahí… sobre el pecho, que acoplé en la mano con enagua y todo, después se tumbé hacia un lado, la atrajo hacia sí y deslizó un brazo entre ella y la tierra. El pecho estaba henchido, era pesado y flexible. Lo sostuvo como una pera en la mano, lo exploré a través del algodón blanco: el contorno pleno, flexible, el pezón erguido. Lo dejó un momento para apartar la enagua hacia el hombro y exponer ese solo pecho a las sombras estivales y a su propia contemplación enamorada. La areola tenía el color del cobre, y parecía una gema sobre un monte elevado. El orbe estaba cubierto de una finísima pelusa.

– Mi madre dijo… -murmuré Lorna con los ojos cerrados, y dejó que la frase se perdiera cuando la boca húmeda le arrebaté el pensamiento racional y transformó su pecho en algo adorable, lleno de vida, de calidez y de anhelos.

Del río se desprendía un flujo brillante de chispas que corría hasta llegar a las más recónditas profundidades del cuerpo de Lorna.

Después, la enagua estaba baja hasta la cintura y la boca abierta, abandonando un pecho ya humedecido, se movió hacia el otro al tiempo que los hombros de Lorna se arqueaban para salirle al encuentro.

– Oh -exhalé, con las manos en el pelo de Jens-, esto es perverso, ¿verdad, Jens?

El aludido levantó la cabeza y le besó la boca con la suya húmeda alrededor de los labios.

– Algunos opinarían así. ¿Te parece perverso?

– No… oh no… nunca hasta ahora sentí algo así.

– Tu madre te advirtió de esto… ¿Eso era lo que ibas a decir?

– No hables, Jens. Por favor… sólo…

Entrelazó los dedos en el grueso cabello rubio y la cara de Jens se cernió sobre ella. Recorrió la espiral de las orejas con sus pulgares, y acercó con suavidad la cabeza. Y todo volvió a comenzar, el calor, los besos, la humedad, las penetraciones que sólo llevaban a una frustración que Lorna no alcanzaba a comprender. Pero Jens sí. Cuando llegó a una cima que ya no podía controlar, dijo:

– Lorna, tenemos que detenemos -y se aparté rodando bruscamente.

Quedé tendido de espaldas, jadeando, con la muñeca sobre los ojos. -¿Por qué?

– Tú quédate quieta -dijo, y aferró el muslo a través de la falda, los dedos casi en la ingle-. Quédate quieta.

Lorna giró la cabeza para observarlo, pero tenía los ojos cerrados bajo la mano. Le apreté la pierna con fuerza. La muchacha fijé la vista en los árboles, arriba, y trató de recuperar el aliento, sin perder conciencia de la mano de Jens, ni del lugar donde estaba esa mano. Por algún lado, chillé una ardilla. Junto a ella, el pecho de Jens subía y bajaba como si tuviese fiebre. La mano comenzó a moverse arriba y abajo, frotándole el calzón contra la pierna, mientras las yemas de los dedos hacían rozar la ropa interior, las faldas y los calzones en una parte oculta de Lorna, provocándole bruscas reacciones. ¿Eso era una caricia? ¿Ese apretón que subía, bajaba y luego se retorcía?

No supo qué hacer, qué decir ni qué pensar. Permaneció inmóvil, como si se hubiese dormido pero más rígida, asustada, y todos los sentimientos dentro de ella parecían precipitarse a la íntima protuberancia de su carne cerca de los dedos de Jens.

No había quitado la mano de los ojos. La manga tocaba el brazo derecho desnudo de Lorna.

Tengo que irme, pensó la muchacha, pero antes de que pudiese decirlo, la mano ya no estaba. Jens permaneció inmóvil un tiempo. Por fin, giré la cabeza y Lorna se vio observada de cerca. Se concentré en las hojas allá arriba, de delicados bordes serrados que se movían y cambiaban el dibujo del toldo azul que los cubría. Pasó mucho tiempo hasta que Jens, al fin, habló, y le dio la impresión de haber pensado mucho antes de hacerlo:

– Lorna, ¿sabes a dónde lleva esto?

– ¿A dónde lleva?

Tenía miedo de mirarlo desde que la tocó de esa forma.

– No lo sabes, ¿verdad?

– No sé a qué te refieres.

– La advertencia de tu tía Henrietta sobre el alfiler. ¿Sabes qué significa?

Confundida, calló.

– Sospecho que tu madre te advirtió de toda esta perversión.

– Ella no dijo que fuese perverso.

– ¿Qué dijo?

Como no hubo respuesta, Jens tomó la barbilla de la muchacha y la hizo mirarlo de frente.

– Dime qué te dijo.

– Que los hombres… tratarían de tocarme, y que cuando lo hicieran yo tendría que volver de inmediato a casa.

– Tiene razón, ¿sabes? Tendrías que irte a tu casa en este mismo momento.

– ¿Acaso quieres que me vaya?

– No. Te digo qué sería lo mejor para ti. Pero quisiera tenerte conmigo cada minuto que puedas quedarte.

– Oh, Jens, en realidad no entiendo.

– Nunca habías hecho esto, ¿no es verdad?

Se ruborizó, y quiso incorporarse, pero Jens fue más rápido y la retuvo. -¡Lo hiciste! -exclamó, con cierto asombro, inclinándose sobre ella para escudriñarle los ojos-. ¿Con Du Val?

– Jens, déjame levantarme.

– No, hasta que me respondas. -Le tomó la barbilla-. ¿Fue con Du Val?

Obligada a mirarlo a los ojos, le resultó difícil mentir.

– Bueno… un poco.

– ¿Un poco?

Juntó valor:

– Bueno, sí.

– ¿Te besó ahí, como lo hice yo?

– No, sólo… me tocó… ya sabes… como tú en el cobertizo.

– Te tocó.

– Pero siempre hice lo que decía mi madre: me fui a casa enseguida. -Fuiste prudente.

– Jens, ¿qué pasa? No tendría que haber hecho esto contigo, y ahora estás enfadado conmigo, ¿no es cierto?

– No estoy enfadado contigo. Levántate. -Le tomó las manos y la hizo sentarse-. No estoy enojado… no tienes que pensar eso. Pero es hora de que te vistas.

Por primera vez, la asaltó la culpa. Dejó caer la cabeza mientras pasaba los brazos por los breteles y los alzaba para cubrirse. Al verla, Jens sintió pena y enderezó un bretel sobre el hombro, volvió a sentarse y la observó realizar el lento procedimiento de cenar los treinta y tres botones: esta vez los contó. Le levantó la barbilla hundida en el pecho y depositó un beso tierno sobre la boca:

– No estés tan abatida. No hiciste nada malo. -No logró disipar la súbita melancolía del rostro, que permaneció bajo mientras Jens rozaba los rizos finos de la frente-. Te despeinaste. ¿Tienes un peine?

– No -respondió, como hablando a las rodillas.

– Yo tengo. -Sacó uno del bolsillo-. Toma.

No lo miró mientras buscaba las hebillas esparcidas por la manta, se peinaba y recogía el cabello con sencillez. Una vez que rehizo el peinado en forma de nido, le devolvió el peine.

– Gracias -dijo, tan bajo que Jens casi no la oyó.

Le dio el sombrero y vio cómo lo sujetaba con el alfiler, pensando en un modo de devolverle la alegría.

– ¿Comemos el almuerzo ahora?

– No tengo mucha hambre.

– Yo sí-repuso. Cualquier cosa para hacerla sonreír otra vez.

– Muy bien. -Obediente, se volvió a buscar los platos y, para su horror, se le llenaron los ojos de lágrimas. No giró la cabeza para ocultarlas, y trató de controlar la voz-. Me temo que nuestro almuerzo… se ar… ruinó. Las hormigas están… -Intentó agregar una palabra más-. Por todos…

Tragó con fuerza pero las lágrimas siguieron manando y se le cerró la garganta. Se le escapó un sollozo y se aflojó, cayendo hacia adelante, ciega, y dejando caer los platos al suelo. Ahí se quedó, con los platos apretándole el dorso de las manos sobre la tierra.

De inmediato, Jens se incorporó sobre las rodillas y la atrajo a sus brazos.

– Oh, Lorna, ¿qué te pasa? No llores, mi amor, no llores… me romperás el corazón.

Lorna se colgó de su cuello.

– ¡Oh, Dios, mi Dios!, Jens. Te amo.

Jens cerró los ojos. Tragó. La apretó contra el pecho mientras entremezclaba sollozos con palabras entrecortada:

– Te amo t… tanto que no me im… importa… nada más… sólo verte…, e…estar contigo. Oh, Jens, ¿qué va a pasar?

No tenía respuestas. Durante todos los días que precedieron a este momento, no las necesitó porque las palabras quedaron sin decirse. Ahora que estaban dichas, se amontonaron con otras que brotaban de Lorna:

– Pensar que esta primavera, cuando vine aquí, a la casa de campo… ni sabía de tu existencia… y ahora tu sola existencia es lo más… importante de mi vida.

– Si nos detuviésemos ahora mismo…

– ¡No! ¡No lo digas! ¿Cómo podemos interrumpirlo, si es lo único que importa? ¡Si me siento más viva desde que te conozco que nunca! Si mi día comienza pensando en ti y termina deseándote. Si estoy acostada en mi dormitorio y pienso en ti en el piso alto, y me imagino escabulléndome por la escalera de los criados y buscando tu cuarto.

– ¡No! ¡Nunca tienes que hacer eso, Lorna, nunca! -Se echó hacia atrás y la aferró con severidad por las mangas-. ¡Prométemelo!

– No lo prometeré. Te amo. ¿Tú me amas, Jens? Sé que sí. Lo vi en tus ojos cientos de veces, pero no lo dirás, ¿verdad?

– Pensé… que si no lo decía sería más fácil.

– No, no será más fácil en absoluto. Dilo. Silo sientes, dilo. Concédeme eso.

El desafío pendió del aire entre los dos hasta que, al fin, derrotado, Jens admitió:

– Te amo, Lorna.

Se acurrucó contra él y lo abrazó como si quisiera quedarse así para siempre.

– Entonces, soy feliz. Por este momento, soy feliz. Creo que desde el principio supe que esto pasaría. Desde la noche que entré en la cocina y pregunté qué había pasado que mi padre estaba tan furioso. Cuando admitiste que habías puesto la nota en el helado, comencé a admirarte en ese instante.

– Maldita sea esa nota -dijo, desesperado.

– No -susurró Lorna-. No. Estaba destinado a suceder, esto tenía que suceder. ¿No lo sientes, acaso?

Compartieron un momento apacible, abrazándose, pero en lo más íntimo Jens sabía que les esperaba la angustia a los dos. Se sentó y le sostuvo las manos, frotándole los nudillos con los pulgares:

– ¿Y qué pasa con Du Val? -preguntó-. ¿Qué pasa con el reloj que te obsequió, y con el deseo de tus padres de que te cases con él? ¡Y que yo soy un criado de la cocina!

– Jamás. -La expresión feroz de Lorna no admitía discusiones-. ¡Nunca más, Jens Harken! Eres constructor de barcos, y un día tendrás tu propia empresa, y gente de toda Norteamérica vendrá a que le fabriques un barco. Tú me lo dijiste.

Jens le puso la mano en el mentón y la hizo callar con el pulgar.

– Ah, Lorna, Lorna…

Lanzó un suspiro largo y melancólico. Miró hacia el bosque y dejó pasar un rato largo.

Lorna rompió el triste silencio, preguntando:

– ¿Cuándo podemos encontramos otra vez?

Jens pareció volver de la distancia y la hizo ponerse de pie. Con ternura, la miró a los ojos.

– Piénsalo. Piensa si en realidad lo deseas, y en todas las veces que llorarás si seguimos viéndonos, y todas las mentiras y los ocultamientos que tendremos que hacer. ¿Eso es lo que quieres, Lorna?

Por supuesto que no lo era, y se lo dijo con la mirada.

– Dijiste que no mentirías -le recordó.

– Sí, es verdad.

La verdad no dicha les reveló que los dos mentirían si se veían obligados. A los dos les disgustó esa revelación acerca de sí mismos.

– Es tarde -dijo él-. Tienes que irte.

Las lágrimas asomaron a los ojos de Lorna, que desvió la vista hacia los platos, todavía llenos de hormigas.

– Sí -susurró, desanimada.

– Vamos, te ayudaré a recoger las cosas.

Se arrodillaron y tiraron la deliciosa comida sobre la hierba, apilaron los platos y doblaron la manta en abatido silencio. Jens tomó la canasta, Lorna la manta, y caminaron de vuelta a la cresta del sendero. El fue adelante, sosteniendo con la mano a la muchacha, que lo seguía. En los botes, Jens guardó las cosas, soltó la amarra del de ella, y se dio la vuelta. Se quedaron enfrentados sobre las rocas grises.

– No te pregunté cómo iba el barco -dijo la muchacha.

– Bien. Va bien. Pronto curvaré las costillas.

– ¿Podría ir a mirar?

Jens alzó la cara al cielo, cerró los ojos y tragó.

– Está bien -aceptó Lorna-. No iré. Pero dime una vez más que me amas, para que pueda recordarlo.

Jens la besó primero, cubriendo la mandíbula delicada con las dos manos y sostuvo la boca con firmeza bajo la suya, tratando de poner en el beso el dolor que él también sentía. Las lenguas se unieron en una triste despedida, mientras encima el sol ardía y detrás de ellos chispeaba el agua azul:

– Te amo -dijo, y la vio partir con los ojos llenos de lágrimas.

9

Cuando regresó a casa tras la cita amorosa con Jens, Lorna se alegro de que fuese domingo. Como había una cena fría, no tendría que enfrentarse a sus padres ante una cena formal. De todos modos, no tenía hambre y pasó la hora de la cena sola en su cuarto, dibujando el nombre de Jens en letras rococó, enmarcadas en rosas, cintas y nomeolvides. Mojó la pluma y empezó a dibujar un pájaro azul, pero cuando había terminado sólo una de las alas, arrojó la pluma, se cubrió la cara con las manos y apoyó los codos sobre la mesa del tocador.

¿Tendría intenciones de volver a verla? Al decir: "Piensa silo deseas, Lorna… Piensa en todas las veces que llorarás, y todas las mentiras y los encubrimientos que tendremos que hacer", ¿ese era el significado último?

Tenía ganas de llorar.

"Así que esto era el amor", pensó, "esta desolación doliente, acongojada que siento dentro de mi." No imagino que afectara de manera tan total, que se adueñara de una vida que, hasta el momento, había seguido su curso, y la arrojaba así a la deriva; que era capaz de tomar gris un carácter alegre.

Dibujó de nuevo el nombre, rodeado de flores de cabezas caídas. Les hizo a las flores rostros llenos de lágrimas, y cuando sintió que las propias amenazaban con brotar, escondió los dibujos dentro de un sombrero de verano, y tapó otra vez la sombrerera.

Inquieta, vagabundeó por la casa. Las hermanas miraban álbumes de recortes. Theron estaba acostado. Gideon fumaba un cigarro en la terraza trasera. Levinia y Henrietta estaban muy concentradas en una partida de backgammon. Inclinadas sobre el tablero, no advirtieron cuando Lorna pasó al salón pequeño. Se detuvo un instante en la puerta y observó a las dos mujeres, que parecían irritadas con las recientes jugadas de la otra, y volviendo al piso alto, golpeó con suavidad la puerta de la tía Agnes.

Agnes respondió:

– Entre -y dejó el libro cara abajo sobre la colcha.

Lorna entró y vio a su tía reclinada en las almohadas, con la colcha vuelta encima del regazo. Como una niña pequeña, perdida, preguntó:

– ¿Qué estás leyendo?

– Uno de mis preferidos, de Harper. Se llama Anne.

– No tendría que interrumpirte.

– Oh, cielos, no seas tonta. Ya leí esta historia cientos de veces. Caramba, caramba… ¿Qué es esto? -La tía Agnes puso cara larga-. Eres la imagen misma del rechazo. Ven aquí, pequeña.

Extendió un brazo y Lorna se tiró sobre la cama, al abrigo de ese brazo.

– Dile a la vieja tía Agnes qué te pasa.

– Oh… nada. Y todo. Estoy creciendo, me preocupa mi madre, estas noches de domingo, tan tranquilas.

– Ah, sí, llegan a ser muy largas para las mujeres solas, ¿no? ¿Dónde está ese muchacho tuyo? ¿Por qué no estás haciendo algo con él?

– ¿Taylor? Oh, no lo sé. Esta noche, no tengo ganas.

– ¿Discutiste con él? ¿Quizá por eso estas tan triste?

– No, no exactamente.

– ¿Y qué me dices de tus hermanas, y Phoebe… donde están?

– Sencillamente, no tenía ganas de estar con ellas.

Agnes lo aceptó, y dejó de sonsacarle. Afuera, caía el crepúsculo mientras Lorna permanecía acunada por aromas consoladores de algodón almidonado, violetas y alcanfor.

Después de un rato, dijo:

– Tía Agnes.

– ¿Qué?

– Cuéntame algo de ti y del capitán Dearsley… cómo fue cuando os enamorasteis.

La anciana contó una vez más el relato gastado del hombre del uniforme blanco y charreteras de trencillas doradas que se balanceaban, de uniformes militares de gala, y una mujer abrumada de amor.

Cuando terminó el relato, Lorna siguió acostada y miró, más allá del pecho de la tía, las rosas y las cintas que trepaban por la pared.

– Tía Agnes… -Eligió con cuidado las palabras antes de seguir.

Cuando estabas con él, ¿alguna vez sentiste la tentación?

Agnes pensó: Con que se trataba de eso, pero se contuvo de decirlo. Respondió con sinceridad:

– La tentación está en la naturaleza del amor.

– ¿El también se tentó?

– Sí, Lorna, estoy muy segura de que sí.

Pasó un prolongado momento, durante el cual se comunicaron en silencio. Por fin, Lorna dijo en voz alta:

– Cuando la tía Henrietta me advierte que use el alfiler del sombrero, ¿qué es lo que me advierte, en realidad?

Tras una pausa de segundos, la tía respondió:

– ¿Le preguntaste a tu madre?

– No, no me contestaría con sinceridad.

– ¿Acaso tú y tu muchacho estuvisteis galanteando?

– Sí -murmuró Lorna.

– ¿Y se volvió… personal?

– Sí.

– Entonces, ya sabes. -Abrazó más fuerte a su sobrina-. Oh, Lorna, querida, ten cuidado. Ten mucho, mucho cuidado. Las mujeres podemos terminar muy mal cuando hacemos esas cosas con un hombre.

– Pero lo amo, tía Agnes.

– Lo sé, lo sé. -Agnes entornó los párpados arrugados y besó el cabello de la muchacha-. Yo también amaba al capitán Dearsley. Nosotros pasamos por lo mismo que tú estás pasando ahora, pero tienes que esperar hasta la noche de bodas, cuando ya no habrá restricciones. Podrás compartir tu cuerpo sin vergüenza, y cuando lo hagas, los dos gozaréis la mayor de las alegrías.

Lorna levantó la cara y le dio un beso en la mejilla blanda y suavizada por la edad.

– Tía Agnes, te quiero. Eres la única en esta casa con la que puedo hablar.

– Yo también te quiero, pequeña. Y, lo creas o no, también eres la única con la que yo puedo hablar. Todos los demás me creen más imbécil que la viruela boba, sólo porque disfruto de mis recuerdos. Pero, ¿qué otra cosa me queda, excepto la parquedad de tu madre, Henrietta, que vive disminuyéndome, y tu padre…? Bueno, estoy muy agradecida a tu padre por el hogar que me ofrece, pero también me trata como si fuese idiota. Nunca me pide opinión acerca de nada importante. Pero tú, tú eres especial. Tienes algo más valioso que todo el dinero, el poder y el prestigio social que pueden adquirirse en este mundo. Tienes amor por la gente. Te preocupas por ella, y eso te hace especial. Muchas veces di gracias a Dios por tu existencia en esta casa. Y ahora… -Agnes le dio una palmada en el trasero-. Me parece que oigo acercarse a mi hermana. Si te encuentra aquí, arrugando su parte de la cama, tendrá algún comentario insidioso que hacer. Será mejor que te levantes.

Henrietta entró antes de que pudiese levantarse. Al ver a Lorna saltando de la cama, se detuvo y luego cerró la puerta.

– Jovencita, creí que tendrías la prudencia suficiente para no subirte a la cama de otra persona con los zapatos puestos. Y tú, Agnes, podrías haberte fijado.

Para aliviar la riña de Henrietta, Lorna se apoyó en una rodilla y se estiró para darle un beso a Agnes en la mejilla.

– Te quiero -murmuró. -Al pasar ante la otra tía, que tenía un gesto en la boca como si fuese a escupir un grillo, dijo-: Buenas noches, tía Henrietta.

Al día siguiente, uno después del picnic de Lorna y Jens, la madre de esta había concertado un partido de croquet. Como estaba preparado desde dos semanas atrás, Lorna no pudo evitar asistir. Levinia había planeado el evento por la noche temprano, con una reunión para gente joven, y dijo:

– Croquet a las seis de la tarde, seguido de una cena en el jardín, al atardecer.

Esa tarde, cuando llegaron los invitados, el césped parecía terciopelo bajo las sombras alargadas. Los pantalones blancos de los hombres y las faldas de colores pastel parecían más intensos en contraste con esa alfombra verde. En el límite Sur del jardín, había mesas para cuatro. Todas estaban cubiertas de blanco encaje antiguo, recogido en los' bordes con ramilletes de rosas rosadas y orquídeas blancas, con cintas que caían, onduladas, sobre la hierba. Sobre cada mesa, una vela protegida del viento por un globo rodeado de flores similares a las del mantel, esperaba el anochecer. Había suntuosidad en cada detalle, con el fondo del lago y las damas con sombreros de ala ancha, también adornados con flores.

Lorna llevaba uno nuevo, blanco, con metros de tul de gasa enroscado alrededor como la tela de miles de arañas y, en el velo, tres rosas color lavanda que armonizaban con el vestido cortado en la cintura.

Había superado la melancolía del día anterior y, en realidad, disfrutaba del juego de croquet. Estaban incluidos algunos de los más jóvenes: Jenny, por supuesto, y sus amigas Sissy Tufts y Betsy Whiting. Estaban Jackson Lawless y Taylor, y también Phoebe y su hermano Mitch. En total, eran dieciséis, que formaban dos equipos jugando en canchas paralelas. Mitch estaba en el de Lorna y coqueteaba con ella desde que empezó el juego, sugiriéndole que salieran a navegar una vez más, antes de que él tuviese que volver al colegio en la ciudad. Riendo, la muchacha lo rechazó por tercera vez, cuando Mitch le dio un vigoroso golpe a la pelota azul rayada y la hizo chocar con la de Lorna.

Balanceándose y riendo, observó la bola de rayas rojas de Lorna con expresión maliciosa.

– Bueno… podría ser generoso y dejarla donde está… o mandarla al cielo. ¿Cuál prefieres?

– ¡Mitch, no serías capaz!

– ¿Por qué no? Si hubieses sido buena y dijeras que ibas a navegar conmigo, tal vez podría tenerte lástima.

– ¡Oh, Mitch, por favor…! -Empezó a halagarlo-. Mira lo cerca que estás de ese aro. ¡Si con dos tiros libres podrías pasarlo y quedar a mitad de camino del próximo!

Sin embargo, Mitch se colocó en posición para mandar la bola al otro mundo. La muchacha le dio un empujón que le hizo perder el equilibrio, y él la apartó a un lado para volver a la bola. Iniciaron un forcejeo amistoso.

– ¡Malcriado!

Del otro lado del campo, Taylor gritó:

– Lorna, ¿quiere mandarla?

– ¡Creo que sí! Si lo hace, ¿vendrás a darle un golpe?

– Aquí va.

Mitch midió la bola, sujetó la propia con el pie, y… ¡crack!, mandó la bola de rayas rojas rodando, salió del prado, cruzó un camino de grava hasta un cerco de arbustos que bordeaba el jardín.

Lorna la vio irse.

– Mitch, pedazo de bruto. Espera a que…

Las palabras se ahogaron en su garganta. Viniendo hacia ella por el límite del jardín, en el que no podía entrar, estaba Jens Harken. Todavía llevaba ropa de trabajo, las rodilleras blancas de serrín, las mangas enrolladas hasta el codo. Sin duda, iba a la cocina a cenar. Se detuvo cuando la vio y los dos se miraron, paralizados.

Tras ella, Taylor se acercó a darle golpes amistosos a Mitchell y después puso una mano posesiva sobre el hombro de Lorna.

– Ya me desquité, Lorna -dijo Taylor.

La muchacha no se engañó, sabía qué aparentaba pan Jens el cuadro que tenía ante la vista: una niña rica, privilegiada, jugueteando con sus iguales sobre el verde campo de croquet, mientras detrás de ellos las mesas festoneadas de flores y encaje esperaban la hora en que los criados contratados llevarían la extravagante comida. Entonces, los jóvenes de trajes de lino blanco desplazarían los asientos de las jóvenes damas de sombreros y vestidos caros, a la luz de las velas. En ese ambiente retozaba ella, la misma mujer que ayer juró amar a Jens Harken, y que usaba un pequeño reloj de oro en el pecho, y que fue sorprendida en mitad de unos juegos amistosos con el apuesto heredero del molino harinero con el que los padres esperaban que se casara.

Contemplando a Jens Harken en el crepúsculo de final del verano, Lorna quiso tirar el mazo y correr hacia él, tranquilizarlo: “Lo que viste no significa nada, es el modo en que vivimos aunque no siempre queramos. Preferiría estar contigo en el cobertizo antes que aquí, en la velada organizada por mi madre. Preferiría ver cómo tus manos dan forma a la madera que estar aquí sosteniendo este mazo, y golpeando esa estúpida bola por el césped.”

– Lorna -dijo Taylor tras ella, apretándole el hombro-. Creo que te toca a ti.

La joven miró hacia atrás y vio los ojos de Taylor fijos en Jens, que se encaminaba hacia la casa.

Desde el otro campo de croquet, alguien gritó:

– Eh, Du Val, ¿qué haces allí? ¡Tú juegas en este campo!

– ¡Sí, vuelve, Taylor!

– Lorna -dijo el aludido-, ¿qué pasa?

– ¡Nada! -exclamó, con demasiada vivacidad, deseando que se fuera, que le quitara la mano del hombro, que dejara de escudriñarle los ojos con tanta atención-. Sólo trataba de sacar la bola de ese arbusto, nada más. -Hizo un gesto como para quitarse la mano del hombro y dijo con fingida alegría-: Gracias por defenderme.

"¿Y quién me defenderá de Jens Harken?", pensó. "¿Quién le contará que fui corriendo hasta ese arbusto para que no me vieran los ojos llenos de lágrimas?" Pensaría con justa razón que Lorna desplegaba sus encantos femeninos ante dos hombres a la vez. Incluso tres, pues ahí estaba Mitchell, dos años menor que ella, y con el que estaba enzarzada en in, forcejeo juguetón en el mismo instante en que Jens venía por el sendero. ¿Por qué no iba a pensar que se comportaba como una coqueta consumada? Peor todavía: ¿por qué un pobre y esforzado constructor de barcos pensaría que una mujer con una vida tan privilegiada tendría el menor escrúpulo?

– ¡La cena! ¡Venid todos, la cena! -Desde el extremo más lejano del jardín, Levinia agitaba un pañuelo-: ¡Tenéis que terminar el juego!

Detrás de ella Gideon, con los pulgares y los índices en los bolsillos del chaleco, observaba a la gente joven. Habían encendido las velas de las mesas. En cada sitio se habían colocado compotas de frutas, la superficie de la vajilla de cristal atrapaba la luz de esas velas y las esparcía a su alrededor como estrellas caídas.

– ¡Venid ya! ¡Dejad esos mazos!

Taylor se deslizó por detrás de Lorna y la aferró del codo, apretándola con firmeza contra su pecho.

– Ven ya -imitó a Levinia, quitándole a Lorna el mazo de la mano-. Deja ese mazo y ven a cenar con el tipo que te considera la chica más linda del campo de croquet. A menos que tengas intenciones de sentarte con Mitchell Armfield que, por si no lo notaste, todavía está con la leche en los labios.

Ahí estaba Taylor, llevándola del codo. Y el padre, observando. Y la madre, cuyos únicos éxitos se medían por las cenas que daba. Y alrededor, los iguales a Lorna riendo, sin darse cuenta del drama que acababa de suceder en el linde del jardín, donde el ayudante de cocina, combinado con constructor de naves se enfrenté a la beldad de la alta sociedad a la que el día anterior había besado y acariciado en secreto.

Atrapada en la telaraña social de la que, al parecer, no había escape, Lorna se dejó llevar por Taylor hasta la mesa.

El sueño le rehuyó esa noche. Sintió que le debía Jens una explicación, una disculpa. Las noches se habían vuelto más frescas y olían a crisantemo, el heraldo del otoño. Faltaba poco para que llegara septiembre, y con él las noches frías, las heladas que maltrataban los caños de la casa y hacían que la familia volviera a Saint Paul, clausurando la temporada de verano. Cuando regresaran a la casa de la Avenida Summit, Jens Harken quedaría allí para terminar el barco que había comenzado. ¿Y entonces? ¿Acaso el encuentro veraniego quedaría relegado sólo al recuerdo, más bien olvidado, de una cita amorosa entre una muchacha confundida y un inmigrante que buscaron un placer pasajero en la mutua compañía?

Sentía que era más que eso.

Sentía que era amor.

Era amor y por eso eran necesarias una explicación y una disculpa.

A la mañana siguiente, enseguida después del desayuno, Lorna fue directamente al cobertizo. Lo olió mucho antes de llegar: la fragancia de la madera eran tan densa que estaba segura de que su ropa olería a ella cuando volviera a la casa. Al llegar a las puertas dobles se topé con el motivo: dentro, Jens había montado la cámara de vapor para curvar las costillas del molde. Estaba encendida, cargada y lanzaba pequeñas columnas de humo blanco por las hendiduras de los tubos. Delante de la cámara, observando la operación estaba su padre. Junto a él, Ben Jonson, al que reconoció del bote pesquero Fotografiando el suceso para las paredes del club náutico y cualquier periódico que tuviese interés, Tim Iversen.

Gideon vio a Lorna al mismo tiempo que ella a él.

– Lorna, ¿qué estás haciendo aquí?

– Vine a ver cómo avanza la construcción. A fin de cuentas, si no fuese por mí no habría sido diseñado. Buenos días, señor Iversen. Buenos días, señor Harken. -No por nada Lorna tenía parte de la soberbia de Gideon: entró en el cobertizo con tanta naturalidad como si hubiese esperado que el padre estuviese allí-. Creo que no nos conocemos -le dijo a Jonson-. Soy Lorna Barnett, la hija de Gideon.

El aludido se quitó la gorra y aceptó la mano que le tendía.

– Ben Jonson. Me alegro de conocerla, señorita Barnett.

– ¿Trabaja usted para mi padre?

– No exactamente. Trabajo en el depósito de madera, pero ahora que ha terminado la temporada escasea el trabajo allí, y me he tomado las mañanas libres para ayudar a Jens a curvar estas costillas.

– Espero que no le moleste si miro.

– En absoluto.

Gideon interrumpió:

– ¿Sabe tu madre que estás aquí?

En voz alta, respondió:

– Creo que no -mientras sus ojos decían:

Padre, ¿no advertiste que ya tengo dieciocho años?

– Este es trabajo de hombres, Lorna. Vuelve a la casa.

– ¿A hacer qué? ¿Prensar flores? Con todo respeto, padre, ¿te gustaría que te mandaran de vuelta a casa cuando aquí se está construyendo un barco que podría cambiar la historia de la navegación a vela, aquí, en nuestro propio cobertizo? Por favor, déjame quedarme.

Tim interrumpió: mientras lo decides, ¿te molesta si tomo un* fotografía? Tengo la cámara lista. -Fue hasta el trípode y el capuchón negro-. Tal vez, algún día, sea importante en los anales del Club de Yates de White Bear: el constructor del barco, el dueño y la hija del dueño, que lo convenció de intentarlo. Gid, no te olvides de que yo estaba allí cuando te lo pidió.

– Oh, de acuerdo, toma tu maldita fotografía, pero rápido. Tengo que alcanzar el tren.

Tim tomó la maldita fotografía y muchas más, y Gideon Barnett se olvidó de alcanzar ese tren a la ciudad porque estaba por comenzar el verdadero proceso de curvar las costillas, y le fascinaba tanto como a la hija. Jens había construido la cámara de vapor con un tubo de metal de gran diámetro, tapado en un extremo por un retén de madera y, en el otro, por trapos y el vapor provenía de una caldera de agua caliente. La caldera emitía un suave siseo y quitaba el frío matinal mientras Jens explicaba lo que hacía.

– Basta con una hora en la cámara de vapor para que el grano de la madera se expanda y la deje flexible. Cuando este roble blanco salga de aquí, estará blando como un fideo, pero no dura mucho tiempo en ese estado. Por eso hoy necesito a Ben. Como ve, el molde está listo… -Lo señaló-. Ya están hechas las muescas en los largueros. -Había tres largueros longitudinales-. Y las tablas de borda están dentro y los laterales, encima. Sólo faltan las costillas. ¿Qué tal Ben -Jens y Ben intercambiaron una mirada ansiosa con los ojos brillantes-, estás listo para jugar a la patata caliente?

Los dos se pusieron guantes y Jens quitó tos trapos que obturaban un extremo del tubo. Emergió una nube de vapor fragante. En cuanto se disipó, se acercó y sacó el listón de roble blanco. Tenía una pulgada de espesor y una de ancho y, por cierto, estaba laxo como un fideo cocido. Ben tomó una punta. Jens la otra, y los dos corrieron a colocarlo sobre el barco, de borda a borda, encajado en tres muescas que lo estaban esperando.

– ¡Uy, está caliente!

Uno a cada lado de la estructura, la ajustaron, se quitaron los guantes y la clavaron en cada uno de los tres largueros. La curvaron con las rodillas sobre la regala, la recortaron con sierras de mano y la clavaron. Todo el proceso llevó unos minutos.

– Cuando hayamos terminado con las costillas, los contornos se verán casi con tanta claridad como si estuviese terminado, y le garantizo, señor Barnett, que sus líneas están tan ajustadas como pueden estarlo las de un barco. Ahí viene otra costilla -anuncio Jens, y sacó otra de la cámara de gas, la colocó sobre el molde y repitieron el procedimiento: ajustar, clavar, recortar, clavar.

Cada seis pulgadas a lo largo de los cortes, ajustar, clavar, recortar, clavar.

Como los guantes se habían humedecido, tenían que manipular con agilidad las costillas calientes. A veces, gritaban y se soplaban los dedos enrojecidos. Se les humedecieron las rodillas y, en más de una ocasión, se quemaron.

Lorna observó, fascinada de ver cómo iba surgiendo la forma del barco, costilla a costilla. Vio al hombre que amaba sacarse los guantes con los dientes, martillar, aserrar, sudar a medida que avanzaba por la longitud del molde dejando un fragante esqueleto blanco tras de sí. Vio el placer que le daba el trabajo, la destreza y la habilidad en cada movimiento, el agudo sentido de unión con Jonson para trabajar en común. Los dos ajustaban los movimientos hasta que el ritmo era perfecto y conseguían terminar cada costilla al mismo tiempo. Cuando se apartaban de la que acababan de poner, intercambiaban una mirada de satisfacción y concordia que reconocía en el otro decisión, talento y habilidad.

Después, desde dentro del buque, Jens se puso de cuclillas, observó las níveas costillas de roble y examinó la línea desde cada ángulo posible. Iba hasta el extremo opuesto de la estructura y miraba hacia la puerta, el costado de babor, el de estribor, hasta que Lorna comprendió con más claridad la importancia de aquellas marcas en el suelo, mientras hacía el lofting. Cuando al fin transfirió esa exactitud a las tres dimensiones, el constructor escandinavo de barcos quedó satisfecho.

– Sí, está correcto -murmuró, más para sí mismo que para cualquiera de los presentes.

En menos de dos horas todas las costillas quedaron colocadas en el molde. Gideon aún estaba allí, observando. Tim Iversen había tomado muchas fotos. Lorna contempló todo el proceso y seguía esperando alguna clase de reconocimiento por parte de Jens Harken.

Este fue hasta el extremo distante del cobertizo y volvió con un largo listón. Entre él y Jonson lo sostuvieron contra el molde:

– Esta es la línea de flotación del barco -le dijo a Barnett-. Poca parte bajo el agua, ¿eh?

– Poca -admitió Barnett-, pero me pregunto si no se irá de banda y se hundirá.

Harken se volvió y dijo con un definido matiz de superioridad:

– ¿Qué cree usted?

Barnett se mordió la lengua. A decir verdad, cuanto más observaba a este Harken, más se convencía, como el mismo constructor, de que ese navío se comportaría como él decía: que haría que todos los demás en el agua parecieran albatros.

Tim aprovechó el silencio para hablar, quitándose la pipa de la boca:

– Gid, ¿cómo piensas llamarlo?

Gideon pasó la vista al ojo bueno de Tim:

– No sé. Algo que sugiera velocidad, como Seal (foca), o Gale (ventarrón).

– ¿Qué te parece, más bien, una demostración de lealtad? -El ojo de Tim saltó a Lorna, y luego volvió al amigo.- Como Lorna, aquí presente, que creyó en él mucho antes que tú. Me parece que sería justo que el velero se llamara como tu hija. Lorna, ¿cuál es tu segundo nombre?

– Diane.

– ¿Qué te parece Lorna D? Suena bien. Me gusta la aspereza de la D con la suavidad de la A. -Tim exhaló varias veces el humo de la pipa, lanzando aroma de tabaco, que fue a mezclarse con el de la madera sometida al vapor-. El Lorna D. ¿Qué opinas, Gid?

Gideon reflexionó. Se mordió la punta izquierda del bigote. Observó a Lorna, que trataba de no mirar a Jens, como lo había hecho durante toda la mañana.

– ¿Qué dices, Lorna? ¿Te gustaría que el velero se llamara con tu nombre?

La muchacha se imaginó a Jens ahí, en el cobertizo, dando forma al Lorna D cada día con sus manos grandes, anchas, diestras, pasándolas por las líneas puras del barco, haciéndolo veloz, seguro y ágil.

– ¿Lo dices en serio?

– Podríamos llamarlo justicia divina. En especial, si gana.

– Fueron tus palabras, no las mías. -Incluso cuando increpaba al padre, no pudo impedir que el entusiasmo le hiciera brillar los ojos-. Me encantaría, papá, ya lo sabes.

Al oír que le llamaba papá, Gideon comprendió qué cierto era pues, desde que maduró, hacía mucho que no lo llamaba así. Sólo lo hacía cuando estaba muy contenta con él.

– Muy bien: se llamará Lorna D.

– ¡Oh, papá, gracias!

Cruzó el cobertizo casi a saltos, y le echó los brazos al cuello, mientras Gideon se inclinaba hacia adelante sin saber dónde poner las manos, siempre incómodo cuando las hijas le hacían tales demostraciones de cariño. Por supuesto, amaba a sus hijas, pero su manera de demostrarlo consistía en gruñir órdenes, como cualquier padre victoriano que se preciara de tal, al pagar las facturas de las fiestas y la vestimenta costosa. Devolver el abrazo delante de otros hombres que miraban estaba fuera de lugar para Gideon Barnett.

– Maldición, muchacha, me arrancarás los botones del cuello.

Cuando la hija lo soltó, Gideon estaba ruborizado y jadeante.

– ¿Puedo decírselo a mis amigos? -preguntó Lorna.

– ¿Tus amigos? Bueno, diablos… no me molesta.

– ¿Eso significa que es oficial?

Lorna ladeó la cabeza.

Gideon hizo un gesto con la mano.

– Adelante, cuéntaselo, te dije.

– ¿Y puedo traerlos aquí para que lo vean?

– ¿Y que este sitio se llene de gente? -la reprendió Gideon.

– No a todos, sólo a Phoebe.

– Te juro que todas vosotras, las muchachas jóvenes, os comportáis como los muchachos más traviesos que jamás he visto. Oh, está bien, trae a Phoebe.

– Y me gustaría venir a menudo a ver los progresos del Lorna D.

No te molesta, ¿no es cierto, papá?

– Estorbarás a Harken.

– Oh, de ninguna manera. Hoy éramos tres aquí, además de la cámara, y no lo estorbamos, ¿verdad, Harken?

El desafío fue directo a los ojos de Harken, y fue el primer contacto firme que hubo desde que Lorna entró en el cobertizo.

La mirada del joven se desvió enseguida hacia el padre.

– Yo… eh… -Se aclaró la voz-. No, no me molesta, señor.

– Muy bien, pero si lo fastidia, échela. Juro por Dios que no sé cómo permito que una muchacha merodee por un taller de construcción de barcos. A tu madre le dará un ataque. -Al mismo tiempo que se autoflagelaba, Gideon tiró la faltriquera y sacó el reloj de oro del bolsillo del chaleco-. ¡Maldición, es casi mediodía! ¡Tengo que ir a la ciudad antes de que sea la hora de volver a casa! Harken, venga a yerme para arreglar lo del cheque cuando esté listo para encargar las velas a Chicago. Y a usted, Jonson, ¿cuánto le debo por la ayuda de hoy?

– Nada, señor. El sólo hecho de volver a trabajar en un barco es un placer.

– Está bien. Me voy, Lorna, y tú también. Hazme un favor: concédele a tu madre al menos un mínimo de actividades femeninas esta tarde.

– Sí, papá -contestó con humildad.

– Yo también me voy -dijo Tim-. Gracias por dejarme entrar y tomar las fotos. Pronto las verás, Jens.

Lorna se marchó con los demás, sin obtener nada similar a una despedida personal.

Cuando se fueron, el cobertizo quedó en silencio. Ben y Jens se ocuparon de limpiar el lugar: barrieron el serrín del suelo, los trozos de madera de las costillas, y clavaron mejor algún que otro clavo en el molde. Mientras se movía en tomo a la estructura, Jens silbaba suavemente entre dientes una antigua canción folclórica noruega. Tocó las costillas de roble en varios puntos, las estrujó, intentó moverlas: estaban firmes.

– Ya adoptaron la forma del molde.

– Lo sé.

Jens separó unos clavos y colgó el martillo. Los ojos de Ben lo seguían, especulativos. Jens silbaba otra estrofa. Ben se apoyó en el molde, con los brazos y las piernas cruzados.

– Así que… ¿con ella fue con quien te encontraste el domingo?

Jens dejó de silbar y alzó la cabeza con brusquedad.

– ¿Por qué preguntas una cosa semejante?

– No la miraste ni una sola vez en todo el tiempo que estuvo aquí.

Jens reanudé el trabajo:

– ¿Y?

– Es una muchacha preciosa.

– ¿Te parece preciosa?

– Más linda que el atardecer en un fiordo noruego. Más brillante, también. Me costó apartar la vista de ella.

– ¿Y?

– Ella tampoco te miró. Y convenció a su padre de que aceptara dejarla venir aquí todas las veces que se le antojara. Y ahora, silbas esa canción.

– ¿Sabes, Jonson?, debes de haberte acercado mucho al vapor. Me parece que te quemó un poco el cerebro, ¿eh? ¿Qué diablos tiene que ver esa canción con Lorna Barnett?

Jonson se puso a cantar la antigua canción de amor noruega con voz muy suave y con una sonrisa maliciosa que siguió al amigo por todos los rincones del cobertizo hasta la última línea:

Pero cuando está la que amo

La vida vale la pena.

Cuando terminó, Jens había desistido de inventar tareas para ocupar sus manos, estaba junto a la estufa de ascuas moribundas, y contemplaba la caldera de vapor que comenzaba a enfriarse.

– Tienes razón. -Dirigió la mirada a Ben-. Hay ciertos sentimientos entre Lorna y yo.

– Ah, Jens -dijo Ben con simpatía, ya sin rastros de burla-. ¿No me digas?

– No quisimos que sucediera, pero pasó.

– Me imaginé algo por el estilo el día que se puso de pie en el barco y te saludó con la mano. El modo mismo de hacerlo… como si quisiera saltar y nadar hasta nosotros.

– Es una muchacha estupenda, Ben, de lo mejor, pero independiente. Empezó a rondar por aquí, a hacer preguntas sobre el barco, después, sobre mí y mi familia. Pronto, charlábamos como viejos amigos, hasta que, un día, me pidió que la besara. -Jens se sumió en reflexiones, hasta que sacudió la cabeza, mirando al suelo-. Besarla fue el peor error que pude cometer.

Jens encontró dos pedazos de papel de lija, le dio uno a Ben.

Ben dijo:

– Supongo que si el viejo llega a enterarse, te echaría de una patada en el trasero y ahí terminaría la construcción del buque.

– Lo sé.

– Debiste pensarlo, Jens. Los que son como nosotros, besamos a las criadas.

– Lo intenté. -Intercambiaron miradas amargas-. Se llama Ruby.

– Ruby.

– Una pelirroja con pecas.

– ¿Y?

El papel de lija siguió frotando.

– ¿Recuerdas cuando eras chico y tenías un cachorro nuevo? Te ibas todo el día a la escuela y, cuando volvías a casa, el cachorro estaba tan contento de verte que te lamía por todos lados. Bueno, así es besar a Ruby. Con ella, me dan ganas de llevar una toalla.

Los dos rieron y, poco después, Ben preguntó:

– ¿Hasta dónde llegó la historia con esa chica, cuyo padre colgaría tu pellejo de la puerta si se enterase?

– No tan lejos como estás pensando. Pero podría pasar si siguiéramos viéndonos. La otra noche decidí que no. Tiene que ser así, pues ella no pertenece a mi mundo ni yo al de ella. Por Dios, Ben, tendrías que haberla visto anoche.

Jens le describió la escena con la que se topó cuando regresaba a la casa para cenar, sin ahorrar detalles ni de la relación de Lorna con Taylor Du Val.

– …Y ahí estaba, la mano de Du Val en su hombro, el reloj que le regaló sobre el pecho, en el mismo lugar donde había estado mi mano la tarde anterior. Dime, ¿qué tengo que ver yo con una mujer como esa? -A medida que hablaba, Jens sintió que la rabia y el dolor crecían dentro de él-. ¡Si viene, le diré de inmediato que se vaya! De todos modos, terminar el barco e instalar mi propio armadero es más importante para mí que Lorna Barnett.

Quería hacerlo así. Toda esa tarde, después de haberse ido Ben, mientras trabajaba solo en el molde, escuchaba el monótono raspar de la lija sobre la madera, sentía ascender el calor hacia la palma y registraba la forma de cada costilla en la mano callosa, quiso que el barco significan más que Lorna. Pero cada vez que pensaba en ella sentía nostalgia. Cada recuerdo le provocaba deseos.

A las siete en punto, cerró las puertas del cobertizo, colocó un palo en la aldaba del candado y se detuvo un momento a escuchar las voces de soprano de los grillos que afinaban. Se sentía la frescura de la noche que transmitía la humedad de la tierra. Se puso una chaqueta de lana a cuadros. Se bajó el cuello y miró al cielo, ambarino al Oeste, violeta por encima, con la silueta ya ennegrecida de hojas y ramas. Caminó por el transitado sendero hacia los álamos. Sobre la huerta pasaban los murciélagos, fugaces como ilusiones. Los arbustos de tomate emitían un olor penetrante. Las verduras que maduraban temprano, como los guisantes y las habas, ya habían sido cosechadas y las nuevas, sin duda plantadas por Smythe en el invernadero, para el consumo de la familia durante el invierno. En la cara de Jens se pegó una tela de araña que parecía suspendida en el aire, y que indicaba sin lugar a dudas la cercanía del otoño.

No advirtió la presencia de Lorna hasta que lo llamó con un: "Chist".

De pie entre los álamos, erguida y quieta como ellos, estaba camuflada por las densas sombras de la tarde. Llevaba sobre los hombros una capa corta, tejida, y la sujetaba con las manos en el cuello.

– Estaba esperándote.

– Lorna… -Salió del sendero y se fundió con las sombras de los álamos, con ella-. Tienes que terminar con esto.

Qué bonita estaba, con la penumbra del atardecer que le daba un pálido azul a la piel, y los ojos brillantes como ágatas pulidas, que lo buscaban y se fijaban en él con verdadera adoración:

– Sé que tengo que terminar, pero no puedo. -Susurró en tono suplicante-: ¿Qué me hiciste, Jens Harken?

El corazón del hombre comenzó una danza loca, y todas sus buenas intenciones se redujeron a polvo. Se movieron los dos al mismo tiempo en un impulso de amor hambriento que abrió la capa y la cerró alrededor de los hombros de ambos, cuando se estrecharon y se besaron. La lengua de Jens, rápida y sinuosa en la boca de Lorna, abriéndola, invadiéndola, difundió el sabor de la madera, del deseo y la frustración que habían ido creciendo en los dos últimos encuentros, en que fingieron una falsa indiferencia. Lorna lo besó como alguien que da fin a una larga privación, la lengua penetrando, lamiendo y exigiendo una satisfacción cuya culminación ignoraba. Jens apretó con fuerza el cuerpo de la mujer y adoptó una pose de piernas abiertas, para poder ajustarla a su cuerpo y abrazarla. Bajó las manos, aferró las nalgas tras la falda y la doblé hacia él a lo largo de todo su cuerpo, que echó hacia atrás formando un arco. Los dedos de los pies de Lorna perdieron contacto con el suelo y colgaron sobre la hierba cuando quedó pegada al cuerpo de Jens, con los pechos y el vientre amoldándose a él.

Cuando la deposité en el suelo, los dos estaban sin aliento, los ojos ávidos y ardiendo de impaciencia. Hablaron precipitadamente:

– Hoy estabas enfadado conmigo.

– Sí

– ¿Por lo de la otra noche?

– ¡Sí, y porque fuiste al cobertizo cuando tu padre estaba allí, por Du Val, por todo!

– Lamento lo de anoche. No quería estar con él, pero no supe cómo evitarlo. Mi madre planeó la velada y no tuve escapatoria.

– Perteneces al mismo ambiente que él.

– No. No lo amo. Es a ti a quien amo.

Jens la sostuvo por la cabeza y contempló su rostro con expresión irritada y frustrada.

– Le perteneces, y eso es lo que me da más rabia, porque sé que es verdad y nada puede cambiarlo. Tu mundo y el de él son el mismo, ¿no lo ves? Sousa como huésped, las conversaciones con el señor Gibson, las cenas después del croquet, en el jardín… Es un mundo al que yo no tengo acceso. Sólo puedo experimentarlo escuchándote a ti cuando me lo cuentas.

Cuando terminó, Lorna lo miró y susurré:

– No me dijiste que me amabas.

– Porque duele demasiado. -Sacudió la cabeza-. Porque cada vez que lo hago, te convences un poco más de que puede resultar, y no es cierto. Hoy corriste un gran riesgo al ir allí cuando estaba tu padre.

– Pero ahora me dio permiso, ¿no entiendes?

– No para hacer esto. No te engañes, Lorna.

– Oh, Jens, por favor, no estés más enfadado conmigo. Todavía lo estás, pude sentirlo cuando me besaste.

– Eres tan terriblemente inocente -se enfureció, y la besó otra vez igual que antes, enteramente desgarrado entre la autoflagelación y la invitación. La recorrió con las manos, acariciándola levemente, cuando lo que quería Lorna era que lo hiciera con pasión-. Tengo las manos sucias… Estuve trabajando todo el día.

– No… no. -Aferré una, hundió la cara en la palma y la besó-. Amo tus manos. Las amo trabajando, las amo sobre mí. Huelen a madera.

Extendió la palma sobre su propio rostro, como si fuese un bálsamo que la aliviara.

Ese sencillo gesto de afecto estrujó el corazón de Jens. Se inclinó, la alzó en sus brazos y la llevó de vuelta por el sendero al cobertizo, pasando por el bosque que ya estaba completamente anochecido. Lorna le enlazó los brazos al cuello y al ponerle la boca sobre la barbilla, una barba de un día le abrasó los labios.

– ¿Te echarán de menos? -le preguntó, mientras la cargaba sintiendo la cadera de Lorna que le golpeaba el estómago.

– Mis padres están en casa de lo Armfield, jugando a los naipes.

En el cobertizo, la dejó en el suelo y sacó la barra que cerraba la puerta. Abrió una estrecha franja.

– Entra y pon carbón sobre las brasas. Enseguida vuelvo.

– ¿A dónde vas?

– Tú haz lo que te digo, pero no enciendas las lámparas.

Corrió por el bosque oscuro, con los codos hacia arriba para desviar las ramas, dirigiéndose hacia el lado opuesto al de la casa, hacia la orilla norte del lago. Al llegar, se desvistió y se tiró de cabeza al agua, jadeando al emerger al aire punzante de la noche. Se restregó lo mejor que pudo, sin jabón, después se paré en la orilla y sacudió como un perro los miembros y la cabeza antes de ponerse los pantalones y colocar los tirantes sobre sus hombros desnudos. Envolvió la camisa y el resto de la ropa en la camisa, y regresó cruzando el bosque hacia el cobertizo, hacia la mujer que lo aguardaba.

Dentro, todo estaba negro salvo dos puntos de resplandor: la puerta abierta de la estufa y el rostro de Lorna, de cuclillas delante, abrazándose las rodillas.

La puerta chirrié.

– ¿Jens? -murmuré, asustada, girando bruscamente la cabeza hacia el extremo oscuro del cobertizo.

Mientras cenaba la puerta, contestó:

– Sí, soy yo.

Lona dejó caer los hombros en un gesto de alivio y, escudriñando en la negrura, lo vio emerger vestido sólo con los pantalones y los tirantes negros. Se levantó lentamente, como en trance, los ojos fijos en el pecho desnudo, donde el vello dorado atrapaba la luz vacilante del fuego.

– Me di un baño rápido -dijo, temblando, y se pasó el envoltorio de ropa por el tórax para después arrojarlo por ahí.

– Oh.

Apartó la mirada, desasosegada por la súbita aparición de Jens en ese estado.

Alzando las manos, Jens se pasó los dedos por el cabello húmedo, se secó las manos en los pantalones y se paré ante Lorna, con la piel erizada. Los ojos de la muchacha retomaron a la "y" dorada de vello sobre el pecho del hombre, a los pezones en medio, y luego los aparté con timidez.

– Debes de estar congelándote.

Comenzó a girar, como para dejarle lugar delante de la puerta abierta de la estufa.

Jens le aferré el brazo en el hueco del codo con tanta fuerza que no pudo menos que detenerla, en caso de que las palabras fallaran.

– Lorna… no te vuelvas.

Los dedos le dejaron huellas húmedas en la manga. Lorna giró hacia él con los movimientos lentos de una amante que se enfrenta al elegido en el punto de confluencia de las dos vidas, Jens le quitó la capa de los hombros y la tiró en alguna parte, a los pies de los dos. Los ojos de la muchacha, dilatados y fijos en el hombre, se cerraron cuando él la acercó dándole un tierno abrazo y besándola con labios fríos y húmedos y lengua tibia y mojada. Le puso los brazos en los hombros, con las mangas pegadas a la espalda húmeda y el corpiño al pecho, también mojado. Sintió bajo las palmas la carne de Jens erizada de frío. Una gota fría cayó del pelo de Jens sobre la cara de Lorna. Y luego otra… y otra… y formaron un arroyuelo en su mejilla. El beso cobró movilidad, se transformó en la graciosa danza del cisne de las cabezas y las manos. La muchacha sujeté los bordes de sus puños para tensar las mangas y empezó a secarle la espalda. El apoyé las rodillas y la aferró a él, después se incorporé contra ella, con una erección total. Uno de ellos se estremeció… ¿o los dos? Ninguno supo si era por el frío o por el fin brusco de la represión.

Encontró los botones en la espalda de la muchacha y empezó a desabotonarlos hasta los omóplatos, hasta que tiró del borde de la blusa sacándola de la cintura de la falda, y se la sacó por la cabeza. Las horquillas cayeron sobre el suelo de madera y Lorna emergió con el pelo revuelto y los ojos muy abiertos y brillantes de expectativa.

La camisa estaba hecha de suave linón blanco, fruncida por una cinta azul formando un escote en el cuello, con botones debajo. Sostuvo la prenda y los pechos con las dos manos, mirándola a los ojos mientras con los pulgares les daba la forma del deseo.

– ¿Tienes miedo cuando te toco así?

– Al principio, sí.

– ¿Y ahora?

– Ahora… oh, ahora…

Se aflojó con la caricia y se dejó llevar, Jens alzó un pecho bien alto y se inclinó, besándolo a través del fino linón, y mordiéndolo con suavidad. Dio al otro pecho el mismo trato y sostuvo los dos con las manos, sonriendo a la cara extasiada de Lorna.

– Existen otras maneras en que un hombre toca a una mujer. No las conoces, ¿verdad?

– No… -murmuró.

– Así. -Puso una mano sobre la parte delantera de la falda y la frotó suavemente contra el pubis-. De este modo… curvó los dedos, adaptándolo a la forma escondida-, y así… Es parte del amor. ¿Sabes porqué?

Embrujada por la voz y la caricia de Jens, Lorna negó con la cabeza.

– Para hacer hijos.

– ¿Hi… hijos?

Lorna se sobresaltó y se aparté, con mirada incrédula.

– En ocasiones. A veces, sólo por placer.

– ¿Hijos? ¿Aunque no estén casados?

– Me imaginé que no lo sabías, y quise advertirte de lo que podría suceder.

De pronto, la advertencia de su madre se le apareció con absoluta claridad. Se aparté con vivacidad, sintiéndose engañada, atrapada. Todos los adorables sentimientos que abrigaba hacia Jens le parecieron una sucia trampa que les tendía la naturaleza a los dos.

– No puedo tener un hijo. Mis padres me… me… Oh, caramba, no sé qué me harían.

Se veía realmente horrorizada.

– Te asusté, y lo lamento. -Le tomó los brazos con delicadeza y la atrajo hacia él de nuevo-. No tendrás un hijo, Lorna, no es tan fácil. Hace falta más que tocarse y, aun así, no todas las veces ocurre. Y no sucederá en absoluto si nos detenemos a tiempo.

– Oh, Jens… -Se dejó caer sobre él y le rodeó el cuello con los brazos-. ¡Qué alivio! Me asustaste. Creí que tendría que volver a casa, aunque es lo último que quisiera hacer. -Lo apretó con más fuerza y su tono se volvió apasionado-: Quisiera quedarme aquí, contigo, hasta el amanecer si pudiera, y mañana y al día siguiente, y al otro. No hay otro lugar en el que quiera estar, salvo aquí, en tus brazos. Si esto no es amor, no sé qué puede ser. Oh, Jens Harken, te amo tanto que mi vida entera ha cambiado.

La caída provocó otro beso… una búsqueda frenética de la boca abierta de cada uno que recorría la cara del otro, para unirse otra vez, clamar y hacer renacer la pasión interrumpida instantes atrás. Boca a boca, mano sobre pecho, cuerpo a cuerpo, lucharon por acercarse más aun a la conclusión ineludible del amor. Levantó la falda con las dos manos, y aferró las caderas con firmeza colocándola pegada a él y la hizo arquearse. Le enseñé a moverse como las olas contra la orilla, y ahí, en ese punto donde los cuerpos se unían, brotó el deseo urgente. La besó con cierta brutalidad, en una lujuriosa fusión de las dos bocas húmedas, atrapó el labio inferior con los dientes y lo retuvo, como diciendo: "Quédate quieta", al tiempo que deslizaba una mano bajo la camisa, que tenía una abertura de delante hacia atrás. La sujetó con firmeza a través del blanco linón húmedo, como si Lorna fuese un puñado de césped que levantaba de la tierra y arrojaba sobre el hombro. Con los dientes y con una mano la sostuvo, meciendo esa mano de manera suave y rítmica hasta que Lorna se sintió invadida por una cálida ola de colores… un espléndido amanecer de colores que parecía inundarle el corazón y los miembros. En un momento dado, los miembros quedaron laxos, luego se estremecieron en sobresaltada sorpresa cuando el hombre deslizó la mano dentro de la camisa y la metió dentro de su cuerpo.

– Oh, Jens… -susurró, cuando la caricia se hizo más honda, y echó la cabeza atrás.

– Tiéndete -le murmuró, y la sostuvo mientras los dos se tendían sobre el fragante piso de madera donde, una vez, Jens había perfeccionado un barco que se llamaba como ella.

Además, en ese momento ya le conocía la forma, del mismo modo que conocía la forma del Lorna D. Las manos de Jens se curvaron sobre Lorna como se curvaban sobre el blanco molde de roble que se cernía sobre ellos. Dentro de la muchacha fluyó el calor, como había fluido de la madera misma cuando Jens la lijó ese mismo día. La tocó de miles de formas íntimas, tentadoras, hasta que las caderas se alzaron del piso de pino buscando más y más.

Echó las faldas hacia atrás y se apoyó en un codo, contemplando las facciones de Lorna distorsionadas por el deseo, la garganta elevada hacia los maderos del techo, y el modo en que la luz tenue del fuego pintaba el contorno del rostro. Tenía los ojos cerrados, los brazos abiertos, los omóplatos casi no tocaban el suelo.

– Lorna, Lorna… criatura bella… -murmuró-, así es como te imaginé.

En cuanto la caricia cesó, Lorna abrió los ojos. Jens abrió los botones del corpiño y lo apartó, dejando los pechos al descubierto. Ahí la besó, la adoró, la ungió con la lengua y la contorneó con los labios. De nuevo, bajó para acariciarla en el sitio íntimo. Y la muchacha cerró los ojos y cantó con un arrullo ronco, 41 mismo tiempo que se curvaba hacia un lado y formaba con los brazos y una pierna una figura alrededor del hombre.

Llegó un momento en que Jens sintió el impulso de buscar una vez más los ojos de Lorna, con los suyos, que sólo iluminaban unos puntos de luz del fuego que se extinguía junto a ellos.

– Te amo tanto…

– Yo también te amo. Siempre, siempre te amaré, pase lo que pase.

Jens la rozó muy suavemente con los labios abiertos, y susurró:

– También puedes tocarme tú a mí. -La inmovilidad de Lorna le indicó que no sabía bien dónde ni como-. Donde quieras -la alentó.

Cuando le tocó el pecho desnudo, Jens abandonó la boca de Lorna para observar cómo sus ojos acompañaban el recorrido de la mano. Lo exploró con timidez, aprendiendo al mismo tiempo: la textura del vello dorado, la firmeza de las costillas, otra vez el cabello sedoso, evitando los pezones.

– Eres todo dorado… como un vikingo. En ocasiones, pienso en ti como mi vikingo nórdico de cabellos de oro, que llega en un enorme buque para raptarme.

Le atrapo la cabeza y la atrajo hacia sí para besarlo, reanudando luego la exploración del pecho desnudo, deslizando la mano bajo el tirante y corriéndolo hacia el hombro.

– Bájalo -susurró, con la boca pegada a la de ella-. Está bien… bájalo.

Deslizó el tirante por el hombro, y cayó, lacio, sobre el brazo.

– Y ahora, el otro -murmuró, cambiando el peso para facilitárselo.

Cayó el segundo tirante y las manos de Lorna juguetearon sobre Jens: los hombros, el cuello, las costillas, el pecho, hasta que todos los sentidos fluyeron hacia ella y la parte baja del cuerpo ansió entrar en ella. Le atrapo la mano y la llevó hacia abajo, instándola:

– No tengas vergüenza… que no te dé miedo… aquí… así… -haciéndole sentir su calor y su dureza por primera vez, tras una capa de lana áspera. Ahuecó la mano de Lorna bajo la propia, amoldándola a su forma y pronunció ese nombre que tanto amaba-. Lorna… Lorna… -y movió las manos de los dos enseñándole, animándola, hasta que ella tomó la iniciativa.

En un momento dado, abrió cuatro botones y metió la mano de Lorna en el sitio secreto, cálido y oscuro que la esperaba. En ese instante de encuentro íntimo, los dos estaban tendidos de lado, la oreja apoyada en el brazo flexionado y se miraban a los ojos.

Jens los cerró al contacto de Lorna, y el pecho bajó y subió como si estuviera haciendo un trabajo pesado.

– Oh -dijo Lorna, maravillada y asombrada por el calor y la forma-. Oh… no había soñado…

Jens le enseñé lo que el instinto no le dictaba, formando un estuche con la mano de Lorna y puso otra vez su propia mano en el cuerpo de ella, que lo esperaba. Juntos, así unidos, se hundieron gozosos en la llamada de amor de sus cuerpos jóvenes, de su amor joven. En ocasiones, se besaban. En otras, murmuraban sonidos inarticulados, hechos de pasión, promesa y poderío que emergía de sus gargantas a medida que crecía el deseo y clamaba por sus derechos. Al llegar al borde de la culminación, Jens le apartó la mano con rudeza, se volvió, se arrodilló, y la alzó sobre su propio regazo, sosteniéndola desde atrás para que el cuerpo de la muchacha se arqueara como una vela al viento con la cabeza y los hombros casi sin rozar el suelo. A través de la barrera de hilo y lana, fingieron la consumación del amor, hasta que ya no pudieron soportar esos tenues obstáculos.

Jens se puso a cuatro patas y le ordenó entre ráfagas de aliento agitado:

– Lorna, abre los ojos. -Lo hizo, lo miró desde el halo de cabello oscuro esparcido en torno a ella, sobre el piso áspero-. ¿Entiendes, ahora? Yo… dentro de ti… así es como sucede; pero si lo hacemos, podrías quedar embarazada. No quiero que eso suceda.

Lorna le acaricié el rostro junto a la boca.

– Te amo… Oh, Jens, te amo tanto… No sabía que sería así.

– Tenemos dos posibilidades: o nos detenemos, o corremos el riesgo de que no suceda, por esta vez.

– ¿Detenernos? Oh… Yo… por favor… por favor, Jens, no… ¿sucederá?

– No sé. Quizá no. Yo… oh, Dios, Lorna, yo también te amo… No quiero herirte ni causarte problemas.

– El único modo en que me herirías sería si dejaras de amarme. Por favor, Jens, enséñame lo demás.

Flexionando los codos, acercó la cara a la de ella. La besó en la boca con amor, disculpa y deseo, y al fin dijo:

– Espera… -y se sumió en la oscuridad buscando el envoltorio de ropa. Dio un tirón que tumbó las botas con mido sordo en el piso-. Alzate -le ordenó-. Te pondré esto debajo. -Puso la camisa extendida bajo las caderas de Lorna-. Te saldrá sangre, pero no te asustes. Sólo ocurre la primera vez.

– ¿Sangraré? Pero, Jens… tu camisa… Jens, se manchará toda…

Interrumpió la preocupación con un beso.

– Quédate quieta… -susurró, y se colocó en ella, mientras los dos corazones golpeaban de salvaje expectativa y el mundo quedaba en suspenso.

– Jens -murmuré, aferrándose a los hombros de él.

– Quédate quieta.

– Jens… oh.

– Es probable que te duela un poco… Lo siento… -Repitió en un susurro-. Lo siento.

Con un suave impulso, los unió a los dos en cuerpo y alma.

Lorna contuvo el aliento y se arqueé, como si la hubiesen empujado entre los omóplatos. Jens quedó inmóvil, contemplándole el rostro, deseando que no le doliera, hasta que la muchacha se relajó lentamente, abrió los ojos y lo vio ahí, sosteniéndola con los brazos fuertes.

– ¿Estás bien? -le preguntó.

Solté el aliento y asintió.

– Ahora me gustaría tener una hermosa cama de plumas para ti -le dijo el hombre, mientras comenzaba a moverse-, y una almohada blanda en la que pudiésemos recostarnos, y flores… unas espuelas de caballero azules como la que me trajiste aquella vez, y un par de rosas que diesen perfume. Yo te las pondría en el cabello, y vería cómo tu rostro las avergüenza. Ah, Lorna… dulce, querida Lorna… estamos tan próximos como pueden estarlo dos personas, y desde este minuto nuestras vidas quedarán cambiadas.

Lorna intentó dejar los ojos abiertos, pero los párpados le pesaban de placer.

– Yo creo -le faltó el aliento entre una y otra palabra- que tendría que ser… la mujer más orgullosa del mundo… por tener a tu hijo… y que… Oh, Jens… -Jadeé y se arqueé muy alto contra él, con la cabeza hacia atrás en ángulo agudo-. Oh. Jens… oh… ohhhh…

En el instante del grito, Jens se aparté y derramé la simiente sobre su propia camisa, encima de la sangre virginal, y deseé que Lorna nunca tuviese que sufrir una desgracia por culpa de él. Después, se dejé caer, saciado, sobre el pecho agitado de la muchacha. El aliento le golpeó el oído y los corazones tocaron un contrapunto. Se apoyé pesadamente sobre ella, mientras los dedos le acariciaban la cabeza una y otra, y otra vez.

El fuego estaba reducido a brasas.

Encima, se cernía el esqueleto del barco.

Alrededor, la quietud de esa noche de finales del verano les guardaba el secreto. Pensaron en el futuro de los dos, en la separación segura que los aguardaba y, más allá, el difuso mañana, las fuerzas que intentarían mantenerlos separados y la imposibilidad de hacerlo después de lo sucedido.

– Lo haría otra vez -dijo Lorna-. Haría contigo esto tan vergonzoso, maravilloso, increíble, con el conocimiento cabal de lo que podría suceder. ¿Soy mala por eso?

Jens le quitó su propio peso de encima y contemplé los bellos ojos castaños:

– Eres mía por eso, de un modo que no podrían lograrlo ni votos conyugales ni promesas. ¿Cómo haré para decirte adiós cuando te lleven de regreso a la ciudad?

– Shh… -Le tapé la boca con el índice-. No hables de eso. Eso será cuando empiece la helada y haya peligro de que se congelen las cañerías. Hasta entonces, tenemos, por lo menos, cinco semanas. Quizá seis, si somos afortunados.

– Mediados de octubre. ¿Soléis regresar a la ciudad en esa época?

Asintió con aire solemne.

– Pero no quiero hablar de eso. -Lo estrechó contra sí con cierta desesperación-. Por favor, Jens, no hablemos de eso.

– Está bien, no hablaremos. -La sostuvo abrazada, sospechando que tenía lágrimas en los ojos, pero sin poder verlas por la oscuridad que reinaba en el cobertizo.- Quédate donde estás -le dijo, y se zambulló en la oscuridad, encontró unos restos de madera y los tiró a la estufa.

Mientras esperaba que encendieran, se subió los pantalones y los abotoné, pero dejó los tirantes colgando a los lados. Cuando se elevaron las llamas, volvió junto a Lorna y la hizo levantarse tomándola de una mano. A la luz anaranjada, se sentó junto a ella y le tocó la cara.

– Estoy seguro de que no sabes…

Eran cosas difíciles de decir, a pesar de la intimidad que acababan de compartir: los hechos menos románticos de la vida.

– ¿No sé?

Exhalé una larga bocanada de aliento, y decidió enfrentarse a lo que era necesario enfrentarse:

– Si no tienes tu menstruación, tienes que avisarme enseguida. Promételo.

– ¿Mi menstruación?

También Lorna se sintió incómoda y metiendo los brazos en los breteles, se cubrió con la camisa.

Jens dijo:

– Si se atrasara, podría significar que ibas a tener un niño y, en ese caso, tienes que venir a decírmelo de inmediato y buscaremos una solución. Promételo.

– Lo prometo -dijo, con la vista baja.

Quedaron sentados en silencio, imaginándolo, esperando que nunca sucediera así. Sin prisa, Lorna se abotoné la camisa. Cuando llegó al botón de arriba, Jens le aparté con suavidad los dedos y le enlazó el moño azul, con dedos gruesos y torpes sobre la fina seda. Después, se sentaron enfrentados, cada uno sumido en la tristeza que sobrevenía.

Jens tomó las manos de Lorna, sin apretarlas.

– Te amo -le dijo-. Quiero casarme contigo pero tardaré un tiempo. Si se lo pidiéramos ahora a tu padre, me echaría. El año que viene, si las cosas salen como lo planeo, tendré mi propio astillero y podré hacerme cargo de ti. Lorna, ¿eres capaz de ser feliz con las ganancias de un constructor de veleros?

Lo miró, estupefacta:

– Sí -dijo, saliendo del estupor-. ¡Oh, sí! -exclamó, rodeándolo con los brazos-. Oh, Jens, tenía tanto miedo de que no me lo pidieras. Pensé que, tal vez… tal vez, después de lo que hicimos… No sé qué pensé.

La tomó de los brazos y la apartó un poco, para poder verle el rostro.

– ¿Pensaste, que tal vez te hiciera esto y luego me comportara como si nada hubiese sucedido?

– No lo sé. Me di cuenta después, cuando estábamos acostados juntos, quietos… No querré hacerlo con ningún otro hombre. Después de hacerlo contigo, no podría, pero, ¿y si no me lo pedías?

– Te lo pido. Lorna Barnett, ¿te casarás conmigo en cuanto mi barco gane la carrera y yo tenga mi propio armadero, y muchos clientes que nos proporcionen un medio de vida decente?

Lorna adquirió una expresión radiante.

– Dije que sí. Nada podrá impedírmelo. Ni mi padre, ni mi madre, ni el señor Taylor Du Val ni todas las expectativas sociales que tienen para mí pues, entre tú y yo, tiene que ser. En especial, después de esta noche.

– Oh, Lorna. -La estrechó contra sí-. Trabajaré tan duro para ti, que quizá me haga más rico que tu padre, y verás cómo te daré una buena vida.

– Sé que lo harás, Jens.

– Y tendremos hijos, y les enseñaremos a navegar, y los llevaremos de picnic; y cuando sean grandes, les enseñaré a fabricar barcos conmigo.

– Sí -suspiré Lorna -, sí.

Se sentaron otra vez, y se sonrieron, tomados de la mano.

– Y ahora, será mejor que te vistas para volver a tu casa antes que tus padres.

– ¿Cuándo te veré de nuevo?

– No lo sé.

– Mañana. Traeré a Phoebe a ver el barco.

– El molde. Todavía no es un barco.

– Sí, el molde. Traeré a Phoebe, ¿de acuerdo?

– De acuerdo. Pero no prometo impedir que se perciba la verdad. Puede suceder que te agarre donde estés y te bese, esté Phoebe o no.

Le dio una palmada juguetona en el pecho.

– No harás semejante cosa. Serás un perfecto caballero, como hoy. -Sin embargo, me costará.

– Me alegro -bromeó, tocándole el labio inferior con el índice.

Unos momentos después, bajó la mano y la apoyó sobre el pecho de Jens, y luego atrapó la mano de él. El tiempo pasaba: sabían que tenían que separarse, pero robaban un minuto más, agarrados de la mano como niños inocentes, adorándose, saciándose en previsión de la separación que los aguardaba.

– Tienes que irte -dijo Jens con suavidad.

– Ya sé.

La hizo ponerse de pie y abotonó la espalda de la blusa mientras Lorna se sujetaba el cabello. Una vez cerrada la prenda hasta la nuca, Jens le puso las manos en la cintura.

– Lorna, en lo que concierne a Du Val…

Dejó caer el cabello, y se dio la vuelta.

– Hablaré de inmediato con mi madre acerca de él. Como papá será un poco más difícil, empezaré con mamá, para que vaya haciéndose a la idea de que no es para mí. Cuanto antes comprendan que no me casaré con él, mejor.

Jens pareció aliviado.

– Y te prometo -agregó, impulsiva-, que nunca más usaré el reloj. Esta promesa sí puedo hacerla, y la cumpliré. Lo juro por mi amor hacia ti.

Jens le oprimió las manos, diciéndole con los ojos cuánto le agradecía la promesa.

– Arréglate el cabello -le dijo.

– Oh, caramba. -Se lo tocó-. Me olvidé el peine. ¿Tienes?

Jens se encogió de hombros.

– Lo siento… -respondió, tratando inútilmente de acomodárselo con los dedos.

– Oh, es inútil. Necesito algo más que los dedos.

Se rascó mientras Jens, de rodillas buscaba las hebillas en el piso escasamente iluminado.

– ¿Y esto? ¿Te servirá?

Hizo lo que pudo, inclinándose por la cintura y echando hacia adelante la pesada masa oscura de la cabellera, la agarró con las manos y trató de reconstruir el peinado en forma de nido, bajo la mirada del hombre.

Cada uno de los movimientos, cada pose, iba a parar al arcón de los recuerdos de Jens, para sacarlo luego en las horas solitarias de la noche, mientras durmiese en el cuarto del piso alto.

– Nunca te lo había dicho: adoro tu cabello.

Las manos se demoraron poniendo la última hebilla. Entonces, las dejó caer lentamente, llenas de un amor tan puro y fino que parecía que propio corazón de Lorna había abandonado su cuerpo para ir a morar en el de Jens.

– Un día, me gustaría observar -prosiguió- cómo levantas ese precioso nido de pájaro que usas. Te imagino haciéndolo… cuando estoy solo en mi cuarto. Cada vez que te imagino, estás vestida con ese atuendo blanco y azul que llevabas el primer día, con mangas tafldes que se despliegan alrededor de tus orejas cuando alzas los brazos, y tus pechos también se alzan, y la cintura se te afina como un árbol joven. Y yo te tomo de la cintura de modo que cuando bajes los brazos queden alrededor de mi cuello, y digas mi nombre. Jens… sólo Jens, cómo amo oírtelo decir. Ese es el simple sueño que tengo.

Lorna sonrió, y sintió que las mejillas le ardían de felicidad.

– Oh, Jens, eres un hombre adorable.

Jens rió, sospechando que se había vuelto demasiado romántico para el punto de vista masculino, aunque era cierto y habla querido decírselo durante todo el verano.

– Cuando sea tu esposa, podrás mirarme todas las mañanas.

Tenía el cabello levantado, el vestido abotonado. Era tarde.

– Debo irme.

Jens le puso la capa sobre los hombros. Caminaron hasta la puerta. El la abrió y la puerta crujió, despidiéndose. Afuera, se abrazaron por última vez, anhelantes, en silencio. Jens se apartó, la tomó de los costados del cuello y le besó la frente varias veces, hasta que al fin, la dejó partir.

10

Phoebe quedó debidamente impresionada tanto por el Lorna D como por el constructor. En cuanto estuvieron solas ella y Lorna, exclamó:

– ¡Es ese! Lorna llevó el índice a los labios.

– ¡Shh!

– Pero es el que me contaste. Con el que hiciste el picnic, y del que estás enamorada, ¿no es cierto?

– ¡Phoebe, cállate! Si alguien te oyera, me meterías en problemas.

– Oh, ¿quién va a oírme aquí, en el jardín? Vamos, sentémonos en el mirador y ahí podremos hablar. Si se acerca alguien, lo veremos.

Se sentaron en el mirador, sobre bancos de madera, apoyadas en los respaldos enrejados, gozando del sol de la tarde, mucho más débil desde que agosto había dado paso a septiembre.

– Muy bien -exigió Phoebe-, ¿qué pasa entre tú y ese apuesto noruego constructor de barcos? ¡Cuéntamelo ya!

Lorna se rindió, y respondió sin ánimo aniñado:

– ¡Oh, Phoebe!, ¿me prometes que no lo dirás?

– Te lo juro.

– Estoy enamorada de él, Phoebe. En cuerpo y alma, enamorada de él para siempre.

La seriedad, la calma, el modo directo de Lorna expresaban más que sus palabras, y Phoebe le creyó por esa primera revelación.

– Pero, Lorna. -También a ella se le contagio la seriedad-. ¿Qué me dices de Taylor?

– Nunca amé a Taylor. Mis padres tendrán que entender que ya no puedo seguir viéndolo.

– Nunca lo entenderán. Se sentirán muy perturbados.

– Sí, supongo que sí, pero no tuve la culpa, Phoebe. La primera vez que vi a Jens, algo me pasó aquí dentro. Me tocó el corazón. Desde la primera vez que hablamos, hubo un entendimiento entre nosotros, como si estuviésemos destinados a encontrarnos y a tener un vínculo algo más que pasajero. Los dos lo sentimos, mucho antes de haber hablado o de… o de besamos.

– ¿Te besó?

– Oh, sí. Me besó, me abrazó, me susurró palabras tiernas, y yo a él. Cuando estamos juntos, nos resulta imposible evitarlo.

Con semblante contrariado, Phoebe tomó la mano de su amiga.

– Entonces, estoy preocupada por ti.

– ¿Preocupada?

– Es un hombre común, un inmigrante; no tiene familia, dinero ni posición social. Nunca te dejarán casarte con él, nunca. Desde el momento en que se enteren, harán todo lo que esté en poder de ellos para que no suceda.

Lorna dejó vagar la mirada por el jardín.

– Sí, supongo que sí.

– Oh, Lorna, sufrirás.

Lorna suspiró y cerró los ojos.

– Lo sé. -Los abrió otra vez-. Pero, por favor, no me pidas que no lo vea más, Phoebe. No podría soportarlo. Necesito por lo menos un aliado en quien pueda confiar, alguien que crea que lo que estoy haciendo está bien…, para mí y para Jens.

– Puedes confiar en mí, Lorna. Te prometo que nunca trataré de disuadirte acerca de él, porque veo que tu amor es verdadero. Ya te ha hecho cambiar.

– ¿Sí, en serio he cambiado?

– Tienes una serenidad que nunca te vi antes.

– Serenidad… sí, supongo que sí. Así me siento por dentro… como si toda mi vida hubiese estado espiando por una ventana polvorienta, irritada porque no podía ver con claridad y, por fin, alguien la ha limpiado. Y ahora, estoy aquí, contemplando el mundo en todo su brillo, radiante de colores, y me pregunto cómo pude no haber advertido antes lo hermoso que era. Oh, Phoebe… -Giró hacia su amiga un rostro radiante-. Es imposible describir qué se siente. Que todo me parece gris y sin vida cuando estoy lejos de él, pero cuando estoy en su presencia todo revive otra vez. Se toma espléndido y lleno de significado. Y cuando él habla, su voz es algo más que palabras… es una melodía. Y cuando me toca, sé por qué he nacido; y cuando se ríe, soy más feliz que cuando yo misma río; y cuando nos separamos… -Lorna se apoyó en el respaldo y dio la vuelta a la cara hacia el cobertizo lejano-. Y cuando nos separamos, es otoño en mi corazón.

Las muchachas guardaron silencio bajo el sol, abrumadas las dos por el conmovedor soliloquio de Lorna. Los insectos zumbaban en el mirador. Más allá de un roble, en el otro extremo del jardín, Smythe rastrillaba las bellotas. Agnes venía caminando desde la casa entre las flores, con el sombrero a la espalda y el pelo brillando al sol mientras se estiraba para atrapar una mariposa con la red.

– Ahí viene la tía Agnes -dijo Lorna, melancólica.

– Está atrapando mariposas para la colección.

La anciana pasó junto a una bonita mariposa y la puso en una jaula de grillos de bronce.

– Pobre tía Agnes, prensando flores y coleccionando mariposas, con la vida atrapada en ese amor perdido.

Al verlas, Agnes levantó la mano y las saludó, y las muchachas le respondieron.

– Lo único que quería en la vida era a su bienamado capitán Dearsley.

– Entonces, entendería lo que sientes hacia Jens.

Las chicas intercambiaron miradas. Entre ellas, resplandeció lo que no dijeron: que Lorna iba a necesitar comprensión en los días por venir.

– Sí, creo que sí.

De pronto, septiembre se tomó cálido. Las mariposas monarcas migratorias regresaron, y Agnes atrapé unas cuantas. Theron, Jenny y Daphne, al igual que Mitch Armfield, todos los días abordaban el tren para ir a la escuela en la ciudad, y regresaban a última hora de la tarde, quejándose del calor en el tren, en las aulas, en los dormitorios. Lorna bendecía cada día de veintinueve grados, pues eso significaba que aún no se harían planes para el regreso de la familia a la casa de la Avenida Summit, en Saint Paul.

Taylor la invitó a tomar el tren teatro a la ciudad, para ver a Mary Irwin en The Widow Jones (La viuda Jones), pero Lorna rechazó la invitación con la excusa de que no tenía el menor deseo de ver a la voluptuosa y estrepitosa rubia retozando por el escenario, cantando ese nuevo ritmo profano llamado ragtime. Taylor le sugirió que podían ver otro espectáculo, otra noche, y le preguntó por qué no usaba ya el reloj que le había regalado. Lorna se tocó el corpiño y le contó una mentira descarada:

– Oh. Taylor, lo siento tanto. Lo perdí.

Esa noche, fue hasta la punta del muelle y tiró el reloj al lago.

La madre organizó una cena para doce personas, y colocó la tarjeta de Lorna junto a la de Taylor. Mientras Levinia daba los toques finales al comedor, Lorna cambió su tarjeta y la puso en el extremo opuesto. Levinia contrajo el semblante y dijo:

– Lorna, ¿qué rayos estás haciendo?

– Madre, ¿te sentirías muy desilusionada si me sentara junto a otra persona?

– Otra persona… ¿por qué, Lorna?

Deseando que su rostro se mantuviese pálido e inescrutable, Lorna se aferró al respaldo de palo de rosa de la silla y se enfrentó a Levinia desde el otro lado de la elegante mesa:

– Supongo que no me creerías si te dijera que Taylor y yo no nos llevamos muy bien.

Levinia la miró como si en ese instante advirtiera que no tenía ropa interior.

– ¡Disparates! -estalló-. Os lleváis bien, y no quiero oír una palabra en contra!

– No siento nada hacia él, madre.

– ¡Sentimientos! ¿Qué tienen que verlos sentimientos con esto? El matrimonio con Taylor te dará una casa tan imponente como la nuestra, y te moverás entre la crema de la sociedad. Si hasta me atrevo a decir que no pasarán más de uno o dos años para que Taylor tenga, incluso-,una casa de verano aquí.

– ¿Por eso te casaste con papá? ¿Por una casa imponente, un lugar en la sociedad y la casa de verano en White Bear Lake?

– ¡No seas impertinente, jovencita! Soy tu madre y…

– ¿Y tú qué? ¿Amas a mi padre?

– Baja la voz!

– No levanté la voz. Eres tú la que está gritando. Es una pregunta sencilla, madre: ¿amas a mi padre? Me lo pregunté muchas veces.

El semblante de Levinia adoptó un color tan purpúreo como el papel de las paredes.

– ¿Qué es lo que te pasa, muchacha insolente?

– Quiero que comprendas que cuando Taylor me toca quiero refugiarme en casa.

Levinia lanzó una exclamación:

– Oh, Dios… -Dejando el montón de tarjetas, se acercó corriendo y murmuré-: Oh, Dios querido, esto es inquietante. Lorna, no se habrá aprovechado de ti, ¿verdad?

– ¿Aprovecharse?

Levinia aferró el brazo de su hija y la llevó hacia el salón pequeño, cenando tras ellas las puertas dobles.

– Te advertí contra los hombres. En ese sentido, son todos iguales. ¿Acaso él… bueno, él…? Ya sabes… -Levinia agité una mano en el aire-. ¿Hizo algo desafortunado cuando estabais solos?

– No, madre.

– Pero dijiste que te tocó.

– Madre, por favor, no es nada. Me besó, eso es todo.

Lorna habló convencida, pues ahora sabía bien que lo que había hecho con Taylor en realidad no era nada.

– ¿Y te abrazó?

– Sí.

– ¿Y nada más? ¿Estás segura de que no hubo nada más?

– Sí.

Levinia se derrumbo en un sofá.

– Oh, gracias a Dios. De todos modos, teniendo en cuenta lo que me dijiste, creo que sería hora de fijar la fecha de la boda.

– ¡Fecha de la boda! ¡Madre, acabo de decirte que no quiero casarme con Taylor!

Levinia siguió, como si la hija no hubiese hablado:

– Hablaré enseguida con tu padre, y él lo hará con Taylor, y así pondremos en marcha los planes sin tropiezos. Junio, diría yo, aquí en el jardín, cuando los rosales florecen. En esa fecha, siempre hace un tiempo encantador, yen el patio caben tantas personas como en Saint Mark, o más. Oh, caramba… -Se pellizcó el labio inferior, y miró por la ventana-. No estarían maduras las mejores verduras del verano, pero hablaré con Smythe y veré si puede hacerlas madurar este invierno. Sí, eso es lo que haré… y también las frambuesas. Smythe es un mago con cualquier cosa que crezca en la tierra, y cenaremos en el jardín. ¡Oh! -Señaló a Lorna-. Y la ceremonia se hará en el mirador, por supuesto. Haré que Smythe coloque algunas plantas de florecimiento temprano alrededor…, algo vistoso, pues las clemátides aún no estarán en flor…, y, por supuesto, tus hermanas serán las damas de honor, y estoy segura que querrás que también lo sea Phoebe. Lorna… Lorna, ¿a dónde vas? ¡Lorna, vuelve aquí!

Aterrada, Lorna corrió directamente hacia Jens, pues necesitaba sentir la tranquilidad de sus brazos rodeándola, pero sólo encontró allí a dos amigos de su padre, miembros del club, que observaban el molde y hacían preguntas sobre el diseño. En el camino, compuso una expresión de circunstancias y corrió al encuentro de la tía Agnes. Pero, por desgracia, Agnes estaba en su cuarto, durmiendo la siesta envuelta en una colcha de estambre, y la muchacha no tuvo corazón para despertarla. Corrió abajo y estaba cerrando de un golpe la puerta principal cuando Levinia la llamó desde la entrada del salón pequeño:

– Lorna, ¿a dónde vas?

– ¡A casa de Phoebe! gritó, saliendo como si la persiguiera un tornado.

Phoebe, ¡bendita sea su alma!, estaba en la casa, tocando el piano cuando Lorna irrumpió.

– Phoebe, te necesito.

– Lorna, hola… Oh, ¿qué sucede?

Lorna se deslizó en el asiento del piano y cayó en brazos de su amiga.

– Estoy asustada y enfadada, y quisiera atar a mi madre a su estúpido mirador junto con las enredaderas de clemátides y dejarla allí todo el invierno!

– ¿Qué pasó?

– Aunque le dije que no quería casarme con Taylor, dijo que, de todos modos, fijaría una fecha. ¡Phoebe, no quiero casarme con él, no quiero!

Phoebe abrazó con fuerza a su amiga y pensó en una respuesta que no sonara como un intento de aplacarla pero, como no la halló, la reservó y dejó que despotricara.

– No quiero terminar como mi madre. No podría vivir así. Phoebe, le pregunté si amaba a mi padre, y ni aun pudo mentirme al respecto. Simplemente, no me contestó. Se escapó por la tangente con los planes para la boda, parloteando de Smythe y de f…frambuesas y j… junio en el mi… mirador…

Rompió a llorar.

– No llores. Oh, por favor, querida, no llores.

– No lloro. Bueno, sí, pero estoy tan furiosa como perturbada. -Lorna se sentó y contrajo los puños-. No somos nada, Phoebe, ¿te das cuenta? Lo que queremos, lo que sentimos, a quién amamos, se desecha sólo porque somos mujeres y, peor aun, mujeres que pertenecemos a hombres ricos. Si yo llevara los pantalones, podría decir cásate conmigo o no te cases, y nadie podría mover una pestaña. Sin embargo, mira lo que nos hacen: nos entregan como esclavas sociales. ¡Bueno, no pienso permitir que me vendan como esclava! ¡Ya verás, no lo permitiré!.

Phoebe se esforzaba por contener la risa mordiéndose el labio, porque Lorna aparecía furiosa y bella al mismo tiempo.

– ¡Está bien, ríete si quieres! -la reprendió Lorna.

Phoebe lo hizo. Soltó una carcajada que alivió la tensión en la sala.

– No pude evitarlo. Tendrías que verte. Tendrías que oírte. Si estuviera en el lugar de tus padres, tendría un miedo mortal de enfrentarme contigo. ¿Acaso este Jens sabe la arpía que se lleva?

Phoebe acertó en la elección de la réplica, pues Lorna sucumbió a la broma.

– Por supuesto, adivinaste. Me pidió que me casara con él… ¿o no? Ahora que te lo cuento, no sé quién de los dos lo pidió: sencillamente, nos pusimos de acuerdo como si fuese inevitable. Pero antes tiene que terminar el Lorna D, y tiene que ganar la regata para que pueda conquistar reputación. Entonces, mi padre verá que Jens será alguien. Oh, lo es, Phoebe, yo lo sé.

– Pero tu madre habla de una boda en junio.

Phoebe pensó un rato, y dijo:

– Podrías proponerle que sea en agosto.

– No puedo mentir más. Ya mentí una vez. Tiré el reloj de Taylor al lago y le dije que lo había perdido.

– Olvida mi sugerencia.

Lorna suspiró. Se dio la vuelta hacia el teclado del piano y tocó un acorde menor, dejando que sonara por el salón hasta que se convirtió en un recuerdo.

– La vida es tan complicada? -se lamentó, dejando caer la mano sobre el regazo y contemplando las notas blancas que bailoteaban sobre una hoja de papel, en el atril del piano.

– Y crecer es tan duro…

Cuando Lorna y Phoebe eran niñas, en ocasiones tocaban a dúo y las tías aplaudían y pedían otra pieza, y los padres se jactaban de lo brillantes y talentosas que eran sus hijas. En aquel entonces, la vida era tan simple…

– A veces quisiera tener doce años otra vez -comentó Lorna.

Se quedaron calladas, meditando en las dificultades de los dieciocho, hasta que Phoebe preguntó:

– ¿Hablaste con tu tía Agnes?

– No. Estaba durmiendo.

– Habla con ella. Confía en ella. Puede ser que interceda por ti ante tu madre.

La perspectiva aterró a Lorna. Hundió la cabeza en las manos y sus codos sobre el piano hicieron, ¡Dangl se sintió muy desdichada. ¿Y si la tía Agnes lo hacía, y la madre le contaba al padre, y este echaba a Jens? "Supongamos que voy yo misma a decirle que estoy enamorada de Jens Harken", pensó. "No me sorprendería que adelantara aún más la fecha de la boda."

A Phoebe se le ocurrieron cosas parecidas: estaba saliendo con Jack Lawles a pesar de que sólo tenía ojos pan Taylor Du Val. Era muy probable que llegara el día en que los padres diesen la orden de con quién tendría que casarse y. casi seguro, sería Jack.

– Te diré una cosa… -dijo, frotando con cariño la espalda agobiada de Lorna-. ¿Qué te parece si voy a decirle a tu madre que me casaré con Taylor y, cuanto antes, mejor. ¿La desatarías del mirador y la dejarías planificar mi fiesta de boda? Creo que no existe en White Bear Lake una mujer que pudiera hacerlo mejor.

Lorna rió, abrazó a su amiga y se quedaron sentadas en el banco del piano sin más soluciones que las que tenían cuando llegó.

Esa noche, para evitar la cena, le dijo a su madre que no se sentía bien. Alrededor de las ocho, Theron asomó la cabeza en el dormitorio de Lorna y preguntó:

– ¿Estás enferma, Lorna?

Estaba sentada en el asiento junto a la ventana con el camisón y las rodillas contra el pecho.

– Ah, hola, Theron. Entra. No, en realidad no estoy enferma.

– Entonces, ¿por qué no vienes a la fiesta?

Fue a sentarse a los pies de su hermana con una nalga apoyada en el asiento acolchado.

– Estoy triste, eso es todo.

– ¿Por qué?

– Cosas de mayores.

– Ah. -El niño se puso pensativo, y lanzó una conjetura-: Por ejemplo, ¿encontrar buenos criados y el precio de la compra?

Sonriendo a pesar de sí misma, Lorna le revolvió el cabello:

– Sí, algo así.

– ¡Eh, ya sé! -exclamó, animándose de pronto-. ¡Espera aquí!

Se levantó y corrió hacia la puerta. Lorna oyó los pasos que sonaban por el pasillo hasta el dormitorio de Theron, una pausa, y la puerta que se cerraba antes de que volvieran los pasos. Entró agitado, sin aliento, y se precipitó hacia el asiento de la ventana:

– Ten. -Le tiró los prismáticos en las manos-. Puedes usarlos un rato. Nadie puede sentirse triste cuando puede tener a los pájaros en su propia habitación, dormir en los árboles y navegar en un gran navío. Toma, los sacaré para ti. -Los sacó del estuche y se los dio-. No tienes más que ponértelos en los ojos. ¡Ya verás!

Lorna siguió las indicaciones y el muelle iluminado por la luna pareció saltar hacia ella.

– Tiemblan las cuadernas! -exclamó, y enfocó la cara de Theron-. Hay un pirata en mi cuarto. Creo que es el capitán Kid.

Al oírlo reír, se sintió mejor.

– Gracias, Theron -le dijo con sinceridad, bajando los prismáticos de bronce y sonriendo a su hermano con afecto-. Esto es lo que yo necesitaba.

Entonces, el niño sintió pudor y no supo qué hacer. Se rascó la cabeza con las uñas carcomidas hasta que el cabello le quedó erizado como melcocha cristalizada.

– Bueno, creo que tengo que irme a la cama.

– Sí, yo también. Hasta mañana. Que duermas bien…, y no dejes que te piquen los chinches.

Theron hizo una mueca de disgusto.

– ¡Aj, vamos, Lorna, esa es una expresión para niños pequeños!

– Oh, lo siento.

Se encaminó hacia su cuarto.

– Otra vez, gracias, Theron.

Al llegar a la puerta, se volvió y le lanzó una última mirada amorosa a sus prismáticos:

– Eh, Lorna, no los dejes afuera durante la noche ni nada parecido. Y que no les entre arena.

– No lo haré.

– ¿Cuántas noches crees que los necesitarás?

"Hasta la regata del verano próximo", pensó.

– ¡Oh!, creo que con dos o tres será suficiente.

– Está bien. Volveré a buscarlos, pero no los dejes al alcance de Jenny ni de Daph.

– No lo haré.

Lo saludó con los prismáticos.

– Hasta mañana -dijo el niño, y se marchó.

Cuando se hubo ido, Lorna dejó los prismáticos sobre el regazo hasta que los sintió tibios contra la palma. Examinó esa prueba de amor y sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas. "Encontrar buenos criados y el precio de la compra…" Sonrió para sí. ¿Acaso sabía qué era la compra? ¡Querido, dulce Theron! Algún día crecería, y se convertiría en un hombre: esperaba que fuese más parecido a Jens que a su padre. Se sintió abrumada por el amor más tierno y conmovedor que había sentido nunca hacia su hermano. Acongojada, se sentó un buen rato en el asiento junto a la ventana, y descubrió algo que hasta entonces no sabía: que el amor se alimenta a sí mismo y se multiplica cuanto más se da. Del mismo modo que el amor por Jens le había abierto los sentidos hacia el ambiente físico que la rodeaba, le había abierto el corazón al amor más genuino de los que la rodeaban. Hasta por mamá, con sus prioridades confundidas, y papá, con ese rostro hinchado y carente de afecto. En verdad los amaba, pero estaban equivocados. Por supuesto, su padre apoyaría a su madre cuando esta dijese que era hora de fijar la fecha para la boda de Lorna. Y hablarían al respecto en el club y en los tés de la tarde, con los padres de Taylor, y se referirían al hecho de que Lorna sería la esposa de Taylor como algo predeterminado.

¿Cómo podría hacerles cambiar de parecer? Aunque fuese difícil, sabía que tendría que intentarlo, y pensaba hacerlo esa noche.

Cuando terminó la cena, todavía estaba despierta, acostada en la cama, oyendo a sus padres subir la escalera, usar el cuarto de baño y retirarse al dormitorio. Salió de la cama, se puso la bata y fue al cuarto de sus padres.

A la llamada de Lorna en la puerta siguió un silencio sorprendido, y luego la voz de su padre:

– Sí, ¿quién es?

– Soy yo, papá, Lorna. ¿Puedo entrar?

El mismo Gideon le abrió la puerta, con los pantalones sobre un traje de dormir de una pieza de manga corta, con los tirantes colgando. Vio que Levinia ya estaba acostada. En el cuarto se percibía el intenso olor del cigarro.

– Tengo que hablar con vosotros.

Rara vez había entrado en ese cuarto, siendo mayor y, hasta ese momento, nunca había entendido por qué. Aunque estaba cubierta de tela de algodón blanco hasta las orejas, Levinia se apretaba las mantas contra el pecho.

Lorna cerró la puerta y apoyé la espalda en el picaporte, sosteniéndose detrás de sí misma.

– Lamento no haber bajado a cenar esta noche, y lamento haber mentido. No estaba enferma: lo que sucedía era que no quería estar con Taylor.

Gideon dijo:

– Tu madre me contó la absurda declaración que hiciste de que no querías casarte con él. Muchacha, ¿qué diablos te sucede?

– No lo amo, padre.

Con los ojos reducidos a ranuras, Gideon la miró con aire burlón y resopló, al tiempo que le daba la espalda:

– Esa es la afirmación más estúpida que oí jamás.

– ¿Por qué?

– ¡Por qué! -Giró hacia ella-. ¡Muchacha, si quieres que te diga, eres más tonta de lo que pensaba! Estoy totalmente de acuerdo con tu madre. Taylor Du Val adora el suelo que pisas. Es ambicioso, brillante, y ganará su propia fortuna para cuando llegue a los treinta, tal como hizo el padre en su momento. Pertenece a nuestro círculo social, y los padres están tan satisfechos como nosotros de que estéis juntos. ¡Asunto concluido! ¡Te casarás con él en junio, cuando tu madre lo disponga!

Lorna lo miró impotente, furiosa, temblando por dentro.

– Papá, por favor…, no…

– ¡Dije que era asunto concluido!

Lorna apretó los labios con fuerza. Asomaron las lágrimas. Brotaron. Girando con brusquedad, abrió la puerta y la cerró con tal fuerza que la ceniza del cigarro de Gideon cayó en el cenicero. Todos los habitantes de la casa oyeron los pasos de Lorna andando por el pasillo y la puerta de la habitación que golpeaba cuando entró, se arrojó en la cama y se hundió, boca abajo, sollozando como si se le rompiera el corazón.

Diez minutos después, todavía lloraba cuando Jenny entró y se acercó a la cama, vacilante. Lorna no advirtió la presencia de su hermana hasta que le acarició el pelo con suavidad.

– Lorna… Lorna, ¿qué ha pasado?

– Oh, Jennneeee… -gimió.

Jenny se subió a la cama y Lorna se acurrucó en brazos de su hermana.

– Quieren casarme con Taylor, y yo no quiero.

– Pero Taylor es muy apuesto. Y bueno.

– Ya sé. Oh, Jenny, quisiera admirarlo como tú, pero amo a otro.

– ¿A otro? -susurró Jenny, más abrumada por esa novedad que por el llanto y el golpear de puertas de su hermana-. Jesús.

– Un hombre que no aprobarían.

– Pero, ¿quién?

– No puedo decírtelo, y tú no debes decírselo. Aún no lo saben. Sé que soy una cobarde por no ir y decírselo directamente, pero son tan… autoritarios y rígidos en ese sentido… dándome órdenes y diciéndome qué hacer. Sabes cómo son. Pero ya no puedo soportarlo más.

Jenny siguió acariciando el pelo de su hermana. Hasta el momento, la hermana menor nunca había consolado a la mayor. Primero Theron, y ahora Jenny: se habían acercado a Lorna percibiendo que los necesitaba, y esta estaba profundamente conmovida por esos gestos de cariño. En ese instante, otra voz murmuró con timidez en la oscuridad.

– Jenny, ¿qué pasa con Lorna?

Flotando como un fantasma infantil hacia la cama, desde la puerta, se materializó Daphne.

– Discutió con mamá y papá. Vuelve a la cama, Daphne.

– Pero está llorando.

– Estoy bien, Daph. -Lorna tendió una mano desde el refugio del regazo de Jenny. En serio.

– Pero tú nunca lloras, Lorna, porque eres demasiado grande.

– Daphne, una persona nunca es demasiado grande para llorar, recuérdalo. Y ahora que tú, Jenny y Theron vinisteis a yerme, me siento mucho mejor.

– ¿Theron estuvo aquí?

– Antes de acostarse. Me trajo los prismáticos.

– ¡Los prismáticos… Jesús…!

Pronunció la palabra en un susurro maravillado.

Jenny preguntó:

– Lorna, ¿te sientes mejor?

– Oh, sí, gracias a las dos. Creo que ahora será mejor que os vayáis a la cama, para no tener problemas con mamá vosotros también.

Jenny esponjó la almohada de Lorna, y Daphne le dio un beso breve en la boca.

– Mañana jugaré contigo al tenis, Lorna -se ofreció.

– Yo también -agregó Jenny.

– Me encantará. Gracias. Sois unas hermanas muy amorosas.

– Bueno, buenas noches, Lorna.

– Lorna, ¿estás segura de que ya no llorarás más?

– Estoy bien.

Se retrasaban en la oscuridad, sin saber si dejarla y, finalmente, salieron de puntillas como si hubiesen dejado recién dormido a un niño pequeño.

En su ausencia, Lorna se puso de nuevo melancólica. El amor que le demostraron sus hermanos le dejó una sensación honda y conmovedora, pero teñida de una inexplicable tristeza, distinta de la que sintió antes. Era la tristeza de aquellos que, al verse separados de su amor, rompen a llorar ante los hechos felices.

"Jens… Jens… tú eres el único que puede hacerme feliz. Contigo quiero estar, reír, llorar, mi amor."

Oyó las campanadas del antiguo reloj Chesterfield en el pasillo. En la casa, nada se movió.

Un cuarto de hora.

Media hora… ¿era la una y media? ¿Dos y media?

Tres cuartos de hora…, en medio de la noche.

Nadie oía.

Nadie sabía.

Permaneció de espaldas, las manos unidas, apretadas contra los pechos, el corazón estremecido. "Jens… Jens… que duermes encima de mí, en tu pequeño cuarto del ático…"

Nadie oía.

Nadie sabía.

La cama de Lorna era alta. Parecía que le llevaba mucho tiempo tocar el suelo con los pies. Cuando lo tocaron, no se puso las zapatillas ni la bata sino que cruzó la habitación descalza, directamente hacia el pasillo y a la escalera de los criados, con sus angostas paredes, los escalones altos, y los olores de las comidas de todo el día. Había estado allí varias veces y conocía la disposición: tres cuartos a la derecha, tres a la izquierda, todos embutidos bajo el tejado como el cabello bajo una coroza de burro. La puerta de Jens era la del medio a la izquierda.

Abrió sin llamar, se metió dentro y cerró con destreza, sin hacer ruido. Dentro, se quedó inmóvil, con el corazón dándole martillazos, oyendo la respiración de Jens que era una figura blanca amorfa en la cama. Estaba a la izquierda de Lorna, contra la pared. Detrás, una ventana estrecha curvaba apenas las tejas, dejando pasar la brisa cuando se abría hacia adentro sobre sus goznes. El cuarto estaba muy caldeado y olía a hombre durmiendo: aliento tibio, piel cálida y el débil olor de la ropa usada. Esta colgaba de unas perchas a la izquierda de la muchacha: contra la pared más clara, el pantalón y la camisa que había usado ese día formaban un arroyo oscuro.

La cama era de una plaza. El brazo izquierdo de Jens colgaba fuera, la muñeca apuntando hacia Lorna, pues dormía de lado. Roncaba suavemente con un sonido que recordaba el flamear de una cortina agitada por el viento contra la ventana. ¿Soñaría con veleros? ¿Con la madera sometida al vapor? ¿Con Lorna?

Se acercó a la cama y se acuclilló sobre los talones, cerca del brazo estirado.

– Jens -murmuró.

Siguió durmiendo. Nunca había visto de cerca a un hombre dormido. Tenía los hombros desnudos. También el pecho, hasta la cintura, donde lo tapaba la sábana. La parte interna del brazo estirado parecía pálida y vulnerable. Lo tocó ahí con dedos vacilantes, sobre los músculos suaves, tibios, laxos de los bíceps.

– Jens.

– ¿Eh? -Levantó la cabeza y se quedó así, registrando el despertar con el cuerpo antes que con la cabeza. Ssss… murmuró, confuso-. ¿Qué pasa?

– Jens, soy yo, Lorna.

– ¡Lorna! -Se sentó de golpe-. ¿Qué estás haciendo aquí?

– Vine para estar contigo… para hablar… Tengo malas noticias.

Jens se tomó unos instantes para aclararse la mente, mirando por la ventana, frotándose la cara.

– Lo siento… estoy aturdido. ¿Qué pasó?

– Van a casarme con Taylor. Mi madre dice que fijará la fecha… en junio próximo. Tiré el reloj de Taylor al lago y les supliqué, y les dije que no lo amaba, pero no quieren escucharme y están furiosos. Dicen que me casaré con Taylor, me guste o no. Oh, Jens ¿qué voy a hacer?

– ¿Qué hora es?

– No lo sé con exactitud. Tal vez cerca de las dos… o las tres.

– Si te pescan aquí, te crucificarán…, y a mí también.

– Lo sé, pero no me atraparán. Todos se fueron a dormir hace más o menos una hora. Jens, por favor, ¿qué vamos a hacer? No puedo casarme con Taylor después de haberme acostado contigo, pero todavía tengo miedo de decirles la verdadera razón.

– Claro que no puedes. -Se echó atrás el cabello, palmoteó la sábana apretándola contra la cadera y la cintura y buscó cómo aclararse el juicio en medio de esta confusión de medianoche. No tenía más soluciones que Lorna-. Ven -se estiró y la tomó del brazo-, ven aquí.

Se sentó en el borde de la cama, de cara a él, y Jens le sostuvo los brazos sobre las mangas del camisón de algodón.

– No sé qué vamos a hacer, pero esto no. No te arriesgarás viniendo aquí, pues cualquiera podría sorprenderte. Te irás otra vez a tu cuarto, y nos enfrentaremos a ello día a día.

La muchacha preguntó en tono plañidero:

– ¿Ahora te casarás conmigo, Jens?

Jens sacó las manos de la carne tibia y flexible y trató de no recordarla bajo una simple capa de algodón blanco, suelto.

– No puedo casarme contigo ahora. ¿De qué viviríamos? ¿Dónde? Todos los que conozco conocen a tu padre. Se asegurará de que nadie me contrate y, además, creí que estábamos de acuerdo en que no volvería a ser ayudante de cocina. Seré constructor de barcos y no puedo hacerlo hasta que el Lorna D esté terminado.

– Lo sé -murmuró, dejando caer el mentón con aire culpable.

Jens la alzó con la punta del dedo.

– En este momento no hay peligro. No te ordenarán que te cases mañana.

Le respondió con calma:

– Esta noche han ofrecido una cena, y se suponía que yo debía sentarme al lado de él. ¿Sabes lo que es sentarte junto a un hombre y fingir que te diviertes y que te atrae, si amas a otro? Estuve haciéndolo todo el verano, y ya no puedo más. Es deshonesto. Es injusto para Taylor, para ti y para mí. Y te amo demasiado para seguir fingiendo, Jens.

Se quedaron en silencio, unidos sólo por un breve trecho de sábana que iba de la cadera de él a la de ella, acongojados por el mutuo amor y por la angustia que les provocaba, deseando por instantes no haberse conocido. Pensaron en enfrentarse a los padres, en decirles la verdad. Sabían que seria una locura, pues además del derecho de amarse, los dos deseaban una buena vida, y hablar con los padres casi garantizaría lo contrario.

– ¿Se te ocurrió pensar -preguntó Jens- cuánto más simples serían nuestras vidas si nunca hubieses vuelto a la cocina aquella noche?

– Muchas veces.

– ¿Y te sentiste culpable por pensarlo?

– Sí.

– Yo también.

Guardaron silencio. Jens tenía una mano apoyada en el colchón. Por encima de su cadera, tomó la de Lorna.

– Si esto sigue, y tenemos nuestros propios hijos, jamás les ordenaremos a quién deben amar.

Juguetearon, tristes, a girar los pulgares uno alrededor de otro. Pasaron los minutos, y la tristeza cedió paso a la tentación, pese a lo que dijo Jens. Estaban enamorados, en un caluroso cuarto del ático, con poca ropa, luchando contra los recuerdos de la primera vez que habían hecho el amor. Quedaron largo rato unidos sólo por los dedos, mientras las imágenes de un lazo más íntimo les merodeaban por las mentes. Contemplaron las manos unidas, apenas visibles en el cuarto oscurecido, mientras los pulgares giraban y giraban.

Se detuvieron.

Jens fue el primero en alzar la vista hacia la cara de Lorna, o más bien al lugar que ocupaba en la oscuridad. Ella también miró, como respondiendo a esa llamada silenciosa. Se quedaron ahí indefensos, desdichados, oprimidos por la trampa de esa seducción impía que les tendían sus propios cuerpos. Tan latente. Tan precipitada. Tan intensa la tentación.

Tanta noción de lo que estaba bien y mal, del riesgo…

De los labios del hombre escapó una confesión, pronunciada en un susurro suplicante:

– Lorna…

Eso rompió el hechizo y se movieron.

Boca a boca, pecho a pecho, acabaron con la separación y el anhelo y acallaron las voces del sentido común en sus cabezas, y fueron expulsados de la gracia sin nada más que ellos mismos. Jens la tomó, tumbándola con un impulso desesperado, y colocó las piernas sobre las suyas casi con rudeza. Se besaron con las bocas ensambladas, rodaron, y se ensamblaron íntegros, alzaron las rodillas, abrieron las piernas y confirmaron la sospecha de que sólo una sábana y un camisón separaban sus pieles.

– Mi bella Lorna -la elogió, llenándose las manos con los pechos de ella, las caderas y, por último, el camisón, que le quitó por la cabeza.

Quedó atrapado en el brazo izquierdo y pasó a formar parte del abrazo.

– Hice esfuerzos para no venir -murmuro Lorna, arrasada por el deseo-. Me quedé en mi cuarto, deseando dormirme… no pensar en ti… no salir de mi cama.

Las caricias de Jens sobre la piel desnuda de Lorna eran veloces y certeras.

– Yo también lo intenté…

Estaba tocándola por dentro antes de que la almohada cambiase de forma bajo la cabeza de Lorna. Esta se arqueó hacia atrás y lo sujetó detrás de la cadera con el talón, los labios estirados y los ojos cerrados. Jens atrapó la sábana y la pateó hacia los pies de la cama mientras ella proseguía la búsqueda hacia abajo y lo acariciaba. Dieron permiso a sus cuerpos para compartir esos primeros placeres impacientes, y dejaron que músculos y articulaciones celebraran la llamada de la vida. Entraron en el juego todos los días y las horas de anhelo…, todo un verano de eludir miradas, de mirar, de advertirse a sí mismos una cosa y sentir otra. También la cita sexual en el cobertizo entró a formar parte de esa noche, y disfrutaron y se detuvieron en lo que les había enseñado y lo sacaron a relucir ahora para repetirlo y refinarlo.

– Tú… casi gruñó, abrumado… me vuelves loco noche y día. ¿Por qué no te quedaste lejos, hija de hombre rico?

– Pídele a la luna que deje de cambiar las mareas… ¿Por qué no me rechazas tú, pobre hijo de constructor de barcos?

La respuesta fue un gemido, rodar sobre ella y penetrarla, quedando atrapado por los talones de la mujer.

Se arquearon, flexibles y silenciosos, y soltaron el aliento entre dientes.

Esos minutos de unión se volvieron sublimes en los talantes flamígeros y pensativos de ambos. Descubrieron extrañas verdades: que una primera unión cataclísmica pronto cedía, más que consumirse demasiado rápido; que el lapso que sigue de caricias voluptuosas y lentas también colma una necesidad igualmente vital; que es difícil susurrar cuando uno siente el deseo de gritar a los cielos; que si bien las intenciones de un hombre pueden ser nobles, no siempre las acciones lo son. Cuando les sacudió el estremecimiento y Jens tapó la boca de Lorna para que no gritara, le pidió a la luna que dejara de cambiar las mareas, pero la luna se limitó a sonreír, y Jens se quedó dentro de Lorna hasta la última sacudida y el suspiro final.

11

Septiembre avanzó. El breve lapso de tiempo cálido se enfrió y al amanecer el lago comenzó a cubrirse de neblina cuando la frescura del aire besaba el agua tibia. Cesó el coro de las ranas y ocupó su lugar el áspero chillido de los gansos canadienses que hacían levantar los rostros hacia el cielo. En los bajíos de la costa las espadañas se deshicieron en nubes de polvo, ahora que los pájaros negros de alas rojas los habían abandonado para dirigirse hacia el Sur. Al atardecer, los cielos ardían en vivos matices de heliotropo y naranja, cuando la luz refractada hacía brillar el polvo del tiempo de la cosecha. El aire se impregnó de los aromas de humo de hojas y paja de trigo y. por las noches, la luna lucía un halo que señalaba el tiempo frío por venir.

En el cobertizo, había comenzado la colocación de las planchas. La caja de vapor siseaba todos los días, cargada de cedro fragante que perfumaba el sitio con un aroma tan denso y rico que los gorriones picoteaban los cristales, como pidiendo que los dejaran entrar. De seis pulgadas de ancho y media de espesor: someterla al vapor, pegarla, atornillarla y superponer esa plancha con otra, y otra más. El barco se convirtió en realidad, en algo con una figura armoniosa y nítida. Se completó la colocación de las planchas y empezó el calafateado: tiras de algodón embutidas en los empalmes entre las planchas con un rodillo de disco afilado, para que el agua las hinchara y el casco se hiciera impermeable. Se llenaron los abocardados de los tornillos con tarugos de madera. Entonces, llegó la parte que más le gustaba a Lorna.

Desde la primera vez que vio a Jens dibujando los planos, le pareció el movimiento más arrebatador que vio jamás. La herramienta sujeta con ambas manos, se torcía, se ladeaba y arremetía, con los hombros en ángulo oblicuo cambiando, y flexionándose mientras trabajaba con un amor tan genuino que Lorna jamás vio antes en nadie. Silbaba mucho y a menudo se ponía de cuclillas, examinando toda la longitud del barco con un ojo cerrado. Se balanceaba sobre las plantas de los pies entre las virutas de cedro tan rubias como su cabello y de las que parecía extraer su propia fragancia.

– Cuando era niño -dijo Jens-, mi padre me reprendía si intentaba dar por terminado un barco sin haberlo ajustado con el plano de mano antes de lijarlo. Mi papá… era un gruñón. En ocasiones, antes aún de comenzar a dibujar, cuando estábamos haciendo el molde, veía una sección que sobresalía y decía: "Tenemos que volver a trabajar sobre esa, chicos", y nosotros gemíamos, nos quejábamos y decíamos: "Vamos, papá, ya está bien". Pero ahora agradezco la buena fortuna de que nos hiciera repetir el trabajo hasta que estuviese bien. Este buque… esta belleza tendrá una línea tan pura que el viento no notará su presencia.

Lorna escuchaba, observaba y admiraba la fina articulación de los músculos en los brazos y los hombros de Jens cuando se movía. Sentía que podía estar eternamente observando a ese hombre construir barcos.

Le dijo:

– Esa vez que yo entré en la cocina, cuando estabas comiendo pastel y la señora Schmitt te pidió que picaras hielo para mí, te… te pusiste de cuclillas y lo picaste con esa picadora, y se te veía un poco entre la cintura y la camisa. Tenía la forma de un pez y yo no podía quitarle los ojos de encima. Tenías puestos unos pantalones negros y una camisa roja muy desteñida… recuerdo que pensé que era del color de una mancha vieja de tomate que había sido lavada muchas veces. Los tirantes cortaban esa parte de piel desnuda en la cintura y, mientras picabas, los trozos de hielo saltaban por encima de tu hombro al suelo. Por fin, obtuviste un trozo grande que tenías en el hueco de la mano, lo dejaste deslizar de tus dedos a mi vaso…, y te secaste las manos en los muslos. -Jens había dejado de dibujar y la miraba-. Mirarte manipular ese plano me produce el mismo efecto por dentro concluyó.

Sin hablar, dejó los elementos de dibujo, cruzó la habitación, la tomó en los brazos y la besó, llevándole el aroma, casi el sabor, del cedro.

Cuando levantó la cabeza, todavía tenía una expresión de asombro atónito.

– ¿Recuerdas todo eso?

– Lo recuerdo todo acerca de ti desde el primer instante en que nos conocimos.

– ¿Que tenía una camisa roja desteñida?

– Y que se te levantaba… aquí.

Lo tocó en la Y de los tirantes, trazando tres pequeños círculos con el dedo medio. -Eres una muchacha muy perversa, Lorna Diane. -Rió entre dientes-. Toma. -Le entregó un trozo de papel de lija-. Sé útil. Puedes ir lijando detrás de mí.

La muchacha sonrió y le besó la barbilla, y después prosiguieron juntos la tarea en el Lorna D, ese barco que simbolizaba el futuro de los dos.

Esas últimas semanas antes de que la familia regresara a la ciudad, Lorna fue con frecuencia al cuarto de Jens. Después de hacer el amor, yacían enlazados, murmurando en la oscuridad.

– Tomé una decisión -dijo Jens, una noche-. Cuando el Lorna D esté terminado, regresaré a la ciudad a trabajar en la cocina hasta la primavera.

– No. Tu lugar no está en la cocina.

– ¿Qué otra cosa puedo hacer?

– No sé, ya se nos ocurrirá algo.

Por supuesto que no se les ocurrió nada.

Los miembros del Club de Yates de White Bear amarraron las embarcaciones y se interesaron por la caza. Empezaron a aparecer patos y gansos salvajes en la cena, en el Rose Point Cottage. La segunda semana de septiembre, Levinia empezó a hacer la lista de lo que iba a dejar y de lo que se iba a llevar. En la tercera, una helada temprana mató todas las rosas. Gideon y sus amigos decidieron irse a una excursión de caza cinco días al río Brule, en Wisconsin, y Levinia anunció en la cena que a la mañana siguiente haría desaguar las cañerías y que todos tenían que tener sus cosas empaquetadas y estar listos para regresar a la ciudad por la tarde.

Esa noche, cuando Lorna fue a la habitación de Jens, hicieron el amor con un matiz de desesperación. Se aferraron con más fuerza. Hablaron menos. Se besaron con cierto frenesí.

Después, acostada en brazos de él, la muchacha preguntó:

– ¿Cuándo estará terminado el barco?

– En dos meses. Excede el tiempo que me dio tu padre, pero sé que no podré terminarlo en un mes.

– ¿Dos meses? ¿Cómo podré soportarlo?

– Recordando que te amo. Sabiendo que, de algún modo, un día estaremos juntos como marido y mujer.

La besó para sellar la promesa, sujetándole con firmeza la cabeza entre las manos y después alzando la de él para mirarse a los ojos con tristeza.

– ¿Así que regresarás a la ciudad cuando termines el barco?

– Sí.

Siguieron discutiendo hasta que decidieron que era mejor esperar hasta el verano siguiente.

– ¿Y hasta entonces estarás en el hotel Leip?

Casi todos los hoteles del lago cerraban en invierno, pero el Leip bajaba las tarifas y permanecía abierto como pensión.

– Sí. Tu padre me pagará el cuarto y la pensión. Puedes escribirme allí.

– Lo haré, te lo prometo. Y tú puedes escribirme a mí, pero enviar las cartas a Phoebe. Para que sepa que es para mí, usa la inicial del medio de ella, la V. Y ahora, como me pondría muy triste si habláramos de la separación, háblame sobre el Lorna D. Dime qué es lo que harás ahora y después, durante el invierno, hasta que volvamos a vemos.

Jens dijo su monólogo, con la intención de mantener a raya lo más posible las eventualidades.

– Falta mucho lijar a mano, y luego pintar por fuera. De verde, por supuesto. Tiene que ser verde. Después, cortar las planchas a la altura de las costillas y sacar el molde. Después, comenzaré a trabajar en la estructura interior. Tengo que hacer el laminado de la parte central de la espina dorsal, colocar los maderos de cubiertas sobre la estructura interior y cubrirlos con las placas de cedro. Después, por supuesto, más alisado y ajuste y luego cubriré la cubierta con lona. Luego viene una moldura de caoba que cubre los clavos que sujetan la lona. Después, se colocan las molduras en la cabina del piloto, también de caoba. Perforar el agujero del timón, colocar el eje, y poner la maquinaria sobre cubierta, y…

Lorna se le arrojó en los brazos interrumpiéndolo, conteniendo los sollozos atrapados en la garganta.

– Cuánto trabajo -murmuró-. ¿Tendrás tiempo de echarme tanto de menos como yo a ti?

– Sí, te echaré de menos. -Le frotó la espalda desnuda-. Extrañaré verte asomar por la entrada con la espuelas de caballero y las grosellas negras, tus preguntas incesantes, el olor de tu pelo, el contacto de tu piel, el modo en que me acaricias y me besas y me haces sentir como una pieza fundamental del universo.

– Oh, Jens, lo eres.

– Lo soy, porque me enamoré de ti. Antes, no estaba seguro.

– Claro que lo eras. ¿Recuerdas que solías decirme que estabas seguro de poder construir una nave más veloz que ninguna? ¿Y cómo cambiarías la modalidad de las regatas en lagos? Tu confianza en ti mismo fue una de las primeras cosas que admiré en ti. Oh, Jens, voy a echarte tanto de menos…

Se estrecharon, contando los minutos de la noche que escapaba y de la aterradora despedida.

– ¿Qué hora es? -preguntaba Lorna, a cada rato.

Y Jens se incorporaba, volvía el cuadrante del reloj hacia la ventana y miraba la hora a la mezquina luz de la luna que se colaba.

– Tres y veinte -respondió la primera vez.

Después:

– Casi las cuatro.

Por último:

– Cuatro y media.

Volviendo a la cama angosta, se sentó junto a Lorna y le tomó la mano. Uno de los dos tenía que ser sensato.

– Tienes que irte. Pronto se levantará el personal de la cocina y no podemos correr el riesgo de que te topes con uno de ellos en el pasillo.

Lorna se incorporó de un salto, le rodeó los hombros con los brazos y murmuró:

– No quiero.

Jens hundió la cara en el cuello de la muchacha y la abrazó, tratando de grabar el momento en la memoria para poder soportar los meses que lo aguardaban, y pensó: Que esté a salvo, que no esté embarazada, que siga amándome tanto hasta que podamos estar juntos otra vez, y que no la convenzan de casarse con Du Val, que es mucho más afín a ella que yo.

Se besaron por última vez, intentando ser más fuertes en bien del otro, pero Lorna fracasó.

Tuvo que apartarla:

– Lorna, ¿dónde está tu camisón? -le preguntó con ternura-. Tienes que ponértelo.

La muchacha tanteó en la oscuridad y lo encontró, pero se sentó con la cabeza baja y la prenda estrujada entre las manos. Jens se la quitó de sus dedos flojos, buscó la abertura del cuello y se lo tendió:

– Vamos… póntelo, querida.

Alzó los brazos y el camisón cayó alrededor de ella. Jens lo acomodó, cerró todos los botones menos los dos últimos, inclinó la cabeza y la besó en el hueco de la garganta y después abotonó esos dos también.

– Recuerda que te amo. Ahora no tienes que llorar, porque si lo haces mañana tendrás los ojos enrojecidos, ¿y qué les dirás si te preguntan por qué?

Se le arrojó en los brazos:

– Que amo a Jens Harken y que no quiero regresar a la ciudad sin él.

Jens tragó el nudo que tenía en la garganta y se puso firme, sacando los brazos de Lorna de su cuello.

– Vamos -dijo- estás haciéndome esto más difícil. Si pasa un minuto más, me verás llorar.

La joven obedeció al instante, pues podía hacer por él lo que no podía hacer por ella misma, salió de la cama y camino junto al hombre hasta la puerta. Ahí, Jens giró y la atrajo con suavidad hasta sus brazos.

– Será el barco más veloz y bello -le prometió-. Y hará que yo pueda tenerte… ya verás. Cuando te sientas abatida, piensa en eso. Y recuerda que te amo y que me casaré contigo.

– Yo también te amo -logró decir, antes de estallar en un llanto contenido.

Las bocas se juntaron en un último beso atormentado, Lorna, descalza, sobre los pies de él. A Jens le ardieron los ojos. El beso se convirtió en angustia.

Por fin, Jens se apartó como si se desgarrara, la sujetó con firmeza por los brazos y le ordenó:

– Vete.

Se produjo una pausa pesada, puntuada por los sollozos quedos de la muchacha en la oscuridad, y ya no estaba: sólo le quedaron un susurrar de algodón y un enorme vacío en el corazón.

Nueve horas después, en medio del ajetreo de la partida, Levinia explotó:

– Muchacha, ¿qué diablos te pasa? ¿Estás enferma?

– No, madre.

– ¡Entonces, muévete! ¡Por el amor de Dios, te comportas como si tuvieses la enfermedad de Addison!

Para Lorna, volver a la casa de Saint Paul era como ir a prisión. Pese a que era su hogar, lo sentía mucho menos acogedor que la casa de White Bear Lake. Sobre la avenida Summit, entre la crème de la crème de las mansiones de Saint Paul, la casa de la ciudad de Gideon Barnett había sido erigida como un monumento al éxito del hombre. La dirección misma era de prestigio inmejorable, pues en la lista de los propietarios de Summit figuraban las fortunas más antiguas de Minnesota: industriales, directores de los ferrocarriles, ejecutivos de minería y políticos, a los que les bastaba un breve trayecto en coche para llegar al Capitolio estatal. La casa estaba construida de granito gris extraído en Saint Cloud, Minnesota, de una de las minas del propio Gideon Barnett, y fue construida por albañiles traídos especialmente de Alemania por Barnett en persona. Era de estilo gótico, robusta, una estructura maciza acribillada de muescas, de contornos cúbicos que sólo rompía una alta torre cuadrada en el centro del frente, y que alojaba la escalera principal. Las puertas lucían un complicado bajorrelieve, con adornos de herrería de bronce en forma de gárgolas de dientes caninos. De niña, Lorna cerraba los ojos y escondía la cara en el hombro de su madre cada vez que la llevaban dentro, para evitar ver a esas bestias horripilantes.

Dentro, estaba sobrecargado por un revestimiento de madera de color miel, y muebles de caoba de patas tan gruesas como cinturas de personas. Estaban adornados por piezas despojadas de gemas tales como urnas de malaquita, bronces franceses, cabezas de ciervo embalsamadas (trofeos de caza de Gideon), y sombrías alfombras Kirman. Las inmensas lámparas colgaban sobre las cabezas como la ira de Dios, y las chimeneas -ocho en total amenazaban a los habitantes de la casa como enormes fauces abiertas. Por añadidura, las ventanas, demasiado profundas, no dejaban pasar suficiente luz, y creaban un ambiente que contribuía a aumentar la congoja de Lorna.

Ese dolor la acompañaba cotidianamente, desde que abría los ojos en la cama de gruesos postes de caoba hasta que aparecía a cenar en el oscuro comedor empapelado con aspecto de sudario que absorbía la luz de la fea lámpara en forma de indios con arcos y flechas.

Se sentía como si hubiese dejado el corazón en Rose Point Cottage y, en su lugar, tuviese una masa sin vida que cargaba como quien lleva un bolso sin dinero, algo inerte que nadie abría. Pasó una semana, y Lorna siguió apática y callada. Dos semanas, y Levinia empezó a preocuparse. Llegó a tocarle la frente para ver si tenía fiebre.

– Lorna, ¿qué tienes? Desde que volvimos del lago, no eres la misma.

– No es nada. Echo de menos los jardines, la casa luminosa y el aire libre, eso es todo. Esta casa es demasiado imponente y lúgubre.

– Pero no comes nada, y estas amarillenta.

– Madre, ya te dije que no es nada. En serio.

– Por más que digas, estoy afligida. El día que nos íbamos de Rose Point, hice un comentario de que parecías tener la enfermedad de Addison para reanimarle, pero desde entonces estoy observándote, y ayer busqué "Addison" en nuestro libro Salud y Longevidad. Lorna, tienes muchos de los síntomas.

– Oh, madre… -Lorna se alejó hacia el otro extremo del cuarto exhibiendo más energía que en las últimas dos semanas-. ¡Por el amor de Dios!

– Bueno, es verdad. Te encuentras en un estado de prolongada languidez. Tu apetito es caprichoso y muestras una repugnancia especial hacia las carnes. ¿También estuviste vomitando?

– No, madre, no estuve vomitando… Y ahora, por favor…

– Bueno, no te molestes tanto conmigo. Todos los síntomas coinciden, y dice que los vómitos sólo aparecen en una fase más avanzada. De todos modos, creo que tendría que llevarte a ver al doctor Richardson.

– No iré a ver al doctor Richardson. Es que estoy un poco cansada, nada más.

Levinia pensó, y después se irguió totalmente, como si hubiese tomado una decisión.

– Muy bien. Si no estás enferma, es hora de que termines de arrastrarte y te unas otra vez a la raza humana. Dorothea Du Val nos invitó a las dos a almorzar en su casa el jueves que viene, y acepté. Ella y yo creemos que es hora de empezar a hacer los planes para la boda. No falta mucho para junio, ¿sabes?

– Pero Taylor y yo no estamos siquiera comprometidos oficialmente!

– Sí, ya sé. Pero Dorothea dice que pronto lo estaréis.

Ese corazón que Lorna sentía como un bolso vacío, manifestó una amplia gama de objeciones que tintinearon, queriendo desbordarse: exasperación ante el empeño de la madre en no escucharla, enfado contra Levinia y Dorothea por manipularla de ese modo, y un rechazo visceral a que esa boda se celebrara jamás.

Sin embargo, al comprender que si expresaba esas objeciones otra vez le pasarían por alto, sorprendió a Levinia respondiendo con calma:

– Lo que tú digas, madre.

Salió del salón y fue directamente a buscar a su tía Agnes, a la que encontró en el salón de música con las cortinas corridas para dejar pasar más luz. La anciana estaba en una hamaca junto a una mesa Chippendale, haciendo una labor de fantasía.

– Tía Agnes, ¿puedo hablar contigo?

Agnes se quitó las gafas y las dejó sobre la mesa, junto al dedal.

– Desde luego. Esto puedo hacerlo en cualquier momento.

Lorna cerró las puertas dobles y acercó un taburete bajo la silla de su tía.

– Tía Agnes -dijo, encorvando los hombros y apoyando los codos en las rodillas, mientras se miraba en un par de bondadosos ojos azules-. Tengo que confiarte el secreto más importante de toda mi vida.

– Si lo haces, tendré el honor de llevármelo a la tumba.

Lorna tocó el dorso de las manos manchadas de Agnes.

– ¿Recuerdas cuando te conté lo del hombre que amaba? Bueno, no es Taylor Da Val. Es alguien al que mi madre y mi padre se opondrían por completo. Es uno de sus criados, Jens Harken, el que está construyendo el barco para mi padre. Hasta que empezó con el barco, era un ayudante de cocina, pero a mí no me importa nada: lo amo tan profunda y sinceramente como tú amaste al capitán Dearsley. Quiero casarme con él.

Los ojos de la anciana se enternecieron. Con sus manos de dedos torcidos y nudosos, tomó la cara de Lorna como para darle un beso. Pero sólo le habló con cariño:

– Niña querida, eso significa que lo encontraste. Eres una de los pocos afortunados que gozan de semejante bendición.

Lorna sonrió:

– Lo soy.

Agnes bajó las manos.

– Y estás dispuesta a luchar por él… tienes que estarlo, pues Gideon y Levinia gruñirán y gritarán, y dictarán sentencia.

– Ya lo hicieron. Mi madre y Dorothea Du Val se encontrarán a almorzar el jueves, para empezar a planear la boda. Quieren que yo esté presente. Le dije y le repetí a mi madre que no me casaré con Taylor Du Val, pero se niega a escucharme.

– Porque ella y tu padre no han sido bendecidos como tú y yo. No entienden.

– ¿Qué debo hacer?

– Ese joven constructor de barcos, ¿puede mantenerte?

– Todavía no. Dentro de un año, puede ser.

– ¿Rompiste con Taylor?

– No. Estuve evitándolo con la esperanza de que lo advirtiera.

– Mmm, no es una conducta muy honesta por tu parte.

– Lo sé -murmuró Lorna.

– Tampoco es muy eficaz. Si quieres que deje de verte, y de darle ideas a tu madre, díselo. Si es necesario, dile que estás enamorada de otro hombre. Le dolerá, pero, ¿a quién no lastimó el amor? La herida cumple su propósito: intensifica la alegría cuando al fin llega. Entonces, en mi opinión, el primer paso sería cortar el lazo con el joven Taylor de un modo muy claro. Durante siglos, las madres lograron obligar a las hijas a casarse, pero no tuvieron el mismo éxito con los hijos. Si ninguno de los dos quiere casarse, tal vez esas dos entrometidas desistan. Cuanto antes hables con Taylor, mejor.

Esta vez, fue el turno de Lorna de tomar entre las manos la cara de Agnes. La besó en la boca y le dijo con sinceridad:

– Ahora entiendo por qué el capitán Dearsley te amaba tanto. Gracias, querida tía Agnes.

Al día siguiente, Lorna se vistió de acuerdo al clima y tomó el tranvía colina abajo, hacia el distrito comercial de Saint Paul, a las oficinas de la Compañía Molinos Harineros Du Val, que se erguía al pie de una selva de elevadores de granos, en la costa Oeste del río Mississippi. Era un sitio polvoriento en el que dominaba un agradable olor a cereales, y el aire bullía de finas partículas de grano.

Taylor, con cubremangas de cuero, trabajaba ante el escritorio de la oficina cerrada por mamparas de cristal, cuando anunciaron a Lorna. La sorpresa fue evidente: se puso de pie y alzó la vista con mirada ávida, buscándola al otro lado del cristal. Ella lo saludó de manera vaga. Taylor sonrió y, dando la vuelta al escritorio, se quitó los cubremangas y los dejó antes de salir.

– Lorna -dijo, tendiéndole las manos-. ¡Qué sorpresa!

– Hola, Taylor.

– Cuando Ted te anunció, no podía creerlo. Pensé que era una broma. -Así que, aquí es donde te familiarizas con el negocio de tu padre. -Así es. -Hizo un gesto-. Polvoriento, ¿no?

– Pero agradable. -Miró a la derecha-. Y esta es tu oficina.

– Con su ventana muy polvorienta.

– ¿Podríamos entrar un minuto, Taylor?

El tono de Lorna borró la sonrisa del joven y lo puso sombrío.

– Claro.

Tocándole el codo, la siguió y cerró la puerta tras ellos. Quitó una muestra de cereales de una silla de madera, le sacudió el polvo y la puso junto al escritorio.

– Siéntate, por favor.

Lo hizo con agilidad, colocando la espalda alejada del respaldo recto de la silla. Taylor también se sentó en la gastada silla giratoria de madera, cuyos resortes gimieron perceptiblemente.

Se hizo un silencio en la habitación.

Lorna rompió ese incómodo silencio:

– Vine a hablarte de algo muy importante, Taylor. Lamento hacerlo aquí, en mitad de tu jornada de trabajo, pero no sabía qué hacer.

El hombre esperó, apoyando los antebrazos en un libro de contabilidad grande como una bandeja de té. Estaba vestido con un traje gris de rayas, camisa blanca de cuello alto redondo, y corbata negra. Por enésima vez, la muchacha se preguntó por qué no fue capaz de enamorarse perdidamente de este hombre: era perfecto.

– Últimamente, ¿tu madre te habló… de nosotros? -preguntó.

– Sí, anoche, para no ir más lejos.

– Taylor, debes saber que tengo muy buena opinión de ti. Te admiro y… y me divertí mucho contigo. Este verano, cuando me diste el reloj, dijiste que significaba tu intención de casarte conmigo. Taylor… -se interrumpió y se miró los guantes-, esto es tan difícil de decir… -Levantó la vista hacia él-. Eres un hombre magnífico, honesto, trabajador, y estoy segura de que serías un marido maravilloso, pero la verdad es que… Lo siento muchísimo, Taylor… no te amo. Al menos, no del modo en que creo que una mujer debería amar al hombre con el que va a casarse.

El bigote de Taylor cayó un poco del lado izquierdo, como si se hubiese mordido el labio superior. Permaneció inmóvil, las manos sobre la página del libro mayor, separadas por unos centímetros de papel con rayas azules. La calma del joven estremeció a Lorna, y siguió parloteando para disimular su desasosiego.

– Nuestras madres estuvieron hablando y quieren que me reúna con ellas mañana, para planificar nuestra boda. Taylor, te lo ruego… por favor, ayúdame a convencerlas de que no es algo bueno, porque de lo contrario seguirán adelante y planearán una boda que no debe realizarse.

Por fin, Taylor se movió. Echó la silla atrás, exhaló una gran bocanada de aire y se pasó una mano por la cara. Se cubrió la boca y la barbilla mientras la observaba con ojos inquietos. Finalmente, quitó la mano y admitió:

– Creo que lo adiviné. -Colocó el libro con suma precisión… necesitaba algo en qué ocupar la mirada-. Estuviste evitándome este verano, y yo no entendía por qué. Luego advertí que no usabas el reloj. Creo que fue entonces cuando lo supe. Pero seguí esperando que cambiaras… que un día volvieras a ser como esas primeras noches que estuvimos solos. ¿Qué pasó, Lorna?

Parecía tan herido, que la muchacha se sintió cruel y apartó la vista.

Taylor inclinó la silla hacia adelante, unió las manos sobre el libro y habló con sinceridad:

– ¿Hice algo malo? ¿Cambié en algún aspecto?

– No.

– ¿Te ofendí con mis avances?

Con la vista baja, susurró:

– No.

– Entonces, ¿de qué se trata? Merezco saberlo. ¿Qué te hizo cambiar?

En los ojos de Lorna apareció un tenue brillo de lágrimas, pero aun así lo miró de frente:

– Me enamoré de otro.

Pareció que Taylor se quedaba mudo de asombro. La miró fijo, mientras en la antesala cuatro trabajadores cosían sacos de harina y un gato perseguía ratones. A través del suelo llegaba la tenue vibración de las muelas del molino.

Lorna le dijo:

– Intento ser honesta contigo. Taylor, porque me siento culpable de herirte, es verdad, pero quiero que sepas que nunca quise hacerlo.

Finalmente, Taylor se animó e hizo un amplio ademán.

– ¡A quién puedes haber estado viendo que yo no sepa…!

Bajo la barba, se le enrojecieron las mejillas.

– No puedo decirlo, pues, silo hiciera, estaría traicionando una confidencia.

– No será ese cachorro de Mitchell Armfield, ¿verdad?

– No, no es Mitch. -¿Quién, entonces? -Por favor, Taylor, no puedo decírtelo. Vio cómo crecía la ira del hombre, por mucho que intentaba contenerla.

– Es obvio que tus padres no lo saben. -Como no hallé respuesta, siguió especulando-. Eso significa que es alguien al que no aprueban, ¿cierto?

– Taylor, fui sincera contigo, pero en estricta confianza, tengo que pedirte que no reveles lo que hemos hablado hoy.

Taylor Du Val se levantó de la silla y se detuvo ante el cristal polvoriento, con los nudillos en las caderas, mirando hacia el taller donde empleados y costureros se atareaban en las labores cotidianas, todos haciendo dinero para él, dinero que esta mujer podría haber compartido… una vida de lujo que podría compartir. ¡Y habría sido bueno con ella! ¡Generoso hasta la exageración! Le había dado un regalo de compromiso mientras ella lo engañaba. ¡Engañarlo a él, por el amor de Dios! No era tan mal partido. Como la misma Lorna dijo, era honesto, trabajador y leal… ¡por Dios, fue escrupulosamente leal! Y si íbamos al caso, en un hombre apuesto. De modo que, al diablo con ella. ¡Si todo eso no era suficiente para esta mujer, no la necesitaba!

– Está bien, Lorna. -Giró con brusquedad-. Será como tú quieras. Hablaré con mi madre y le diré que mis planes para el futuro han cambiado. No volveré a molestarte.

Lorna se levantó. Taylor no se acercó.

– Lo siento, Taylor.

– Sí… bueno… no lo sientas. No estaré mucho tiempo solo.

Lorna se ruborizó. Era verdad, lo sabía. Era demasiado buen partido para que las damas lo ignoraran, en cuanto supieran que estaba otra vez en el mercado del casamiento.

Al enterarse, Levinia se deprimió. Se dejaba caer en las sillas con los ojos cerrados, hablaba con voz plañidera, salpicaba agua de iris en el pañuelo y lo apretaba contra la nariz mientras los ojos se le llenaban de lágrimas una vez más.

Gideon lanzaba horribles juramentos y decía que Lorna era una estúpida.

Jenny le escribió a Taylor disculpándose por el compromiso roto y ofreciéndose como confidente amistosa si necesitaba alguien con quien hablar.

Phoebe se puso radiante, y preguntó sin rodeos:

– ¿O sea que está libre?

La tía Henrietta siseó:

– Muchacha ingrata, un día lo lamentarás.

La tía Agnes, le abrió los brazos y dijo:

– Las románticas tenemos que unirnos.

Lorna escribió a Jens:

Mi queridísimo:

Estos días sin ti son muy tristes, aunque tengo buenas noticias para ambos. Tomé las riendas de mi propia vida y corté la relación con Taylor Du Val para siempre.

Jens le contestó:

Mí amada Lorna:

Sin ti, este cobertizo es como un violín sin cuerdas. Ya no toca más música…

Lorna escribió:

Jens, querido mío:

Nunca me parecieron tan largas las semanas. No sé si el estar separada de ti me causa esta apatía, pero me siento tan despojada de vida que hasta la comida ha perdido su atractivo para mí. Mi madre teme que sea la enfermedad de Addison, pero no lo es. No es más que soledad, estoy segura. Quiere que vaya al médico, pero la única cura que necesito eres tú.

Jens escribió:

Queridísima Lorna:

Me espanté cuando leí tu carta. Si estás enferma, por favor querida, haz lo que tu madre indica y ve a ver al doctor. Si te sucediera algo, no sé qué haría…

La apatía de Lorna persistió. Al parecer la comida, en particular el olor de la carne, le daba vuelta el estómago. Lo más inquietante fue que ese síntoma del estado avanzado de la enfermedad de Addison, los vómitos, la asaltaron una mañana y entonces, Lorna también se aterró.

Fue directamente a ver a la tía Agnes.

Agnes echó un vistazo a la cara pálida de su sobrina y cruzó corriendo la habitación.

– Por todos los cielos, niña, ¿qué te pasa? Parece que hubieras dejado toda tu sangre en un frasco, en tu habitación. Siéntate aquí.

Lorna se sentó, temblando.

– Tía Agnes -dijo, apretando las manos de su tía, y alzando hacia ella los ojos aterrados-. Por favor, no se lo digas a mi madre porque no quiero asustarla, todavía, pero creo que en realidad tengo esa enfermedad de Addison.

– ¿Qué? Oh, claro que no. La enfermedad de Addison.,. ¿quién te ha dado semejante idea?

– Busqué en el libro Salud y Longevidad, y es como mi madre sospechaba. Tengo todos los síntomas, y acabo de vomitar y, según el libro, eso significa que estoy en un estado avanzado. Oh, tía Agnes, no quiero morir.

– ¡Lorna Barnett, termina con eso ya! ¡No vas a morirte! Ahora, descríbeme esos síntomas.

Lorna los describió, sin soltar las manos de Agnes. Cuando terminó, se sentó junto a ella en la tumbona.

– Lorna, ¿tú me quieres? -le preguntó.

Lorna parpadeó y después la miró fijamente, tratando de digerir una pregunta tan inesperada.

– Por supuesto.

– ¿Y confías en mí?

– Sí, tía Agnes, sabes que sí.

– Entonces, tienes que contestarme una pregunta, y hacerlo con sinceridad.

– De acuerdo.

Agnes oprimió las manos de su sobrina.

– Tú y el joven constructor de barcos, ¿hicisteis lo que hace la novia con el novio la noche de bodas?

Lorna sintió que le ardían las mejillas. Dejó caer la vista sobre el regazo y contestó en un susurro cargado de culpa:

– Sí.

– ¿Una sola vez?

Otro susurro:

– Más de una vez.

– ¿Te faltó alguno de tus períodos?

– Uno.

Agnes murmuró:

– ¡Dios querido! -Se apresuré a controlar las emociones. -En ese caso, sospecho que esta no es la enfermedad de Addison, sino algo mucho peor.

Tuvo temor de preguntar.

– A menos que me equivoque, vas a tener familia, querida.

Lorna no dijo una palabra. Sus manos se soltaron de las de Agnes y se puso una sobre el corazón. Volvió la vista hacia la ventana y sus labios formaron una O silenciosa. Se le ocurrieron dos pensamientos: Ahora tendrán que permitir que me case con él, y, Jens estará tan contento…

Agnes se levantó y se paseé por la habitación, pellizcándose la boca.

– Tengo que pensar.

Lorna murmuré:

– Voy a tener un hijo de Jens.

Agnes dijo:

– Lo primero que tenemos que hacer es corroborarlo, pero creo que no hay motivo de que tu madre se entere hasta que estemos seguras. He aquí lo que haremos. Buscaré a un médico, quizás uno de Minneapolis que no nos conozca, y te llevaré. Le diremos a tu madre que tú y yo saldremos a tomar el té y a hacer compras, y tomaremos el tren. Escucha, querida, me llevará cierto tiempo organizarlo, pero lo haré lo más rápido posible. Entretanto, come mucha fruta y verdura, y bebe leche, si es lo único que puedes tolerar.

– Sí, eso haré.

– Debo decir que no te veo tan perturbada como lo estarían la mayoría de las chicas en tu situación.

– ¿Perturbada? Pero, ¿no te das cuenta?: ahora tendrán que dejar que me case con él. ¡Oh, tía Agnes, es la solución a nuestras plegarias!

En el rostro de Agnes apareció un remolino de pliegues que podía significar muchas cosas diferentes.

– No creo que tu madre opine lo mismo.

Para sorpresa de Lorna, el día en que fueron a ver al médico, Agnes dijo varias mentiras dignas de un charlatán. Primero, hizo que la sobrina se pusiera su propia sortija de compromiso, que no se quitaba del dedo desde que el capitán Dearsley la puso allí, en 1845. Luego, al llegar al consultorio, dijo llamarse Agnes Henry, y que Lorna era Laura Arnett. Cuando el médico confirmé que Lorna estaba embarazada de un niño que nacería, probablemente, en mayo o junio, Agnes le dijo que estaba encantada porque, como tutora legal de "Laura", lo consideraría como su primer nieto. Además, comentó que el esposo de Lorna tendría la alegría de su vida, pues hacía dos años que lo intentaban sin éxito, hasta el momento. Pagó al médico en efectivo, se lo agradeció con una sonrisa y dijo que volverían a los dos meses, tal como les sugirió.

Mientras almorzaban en Chamberlain, Lorna comenté:

– Me sorprendes, tía Agnes.

– ¿En serio?

Agnes sorbió el café con un dedo levantado, y un leve temblor en la mano.

– ¿Por qué hiciste eso?

– Porque tu padre es rico y pertenece a la alta sociedad, y si se supiera, la noticia se extendería como reguero de pólvora. El y tu madre lo sabrían antes de que digirieras tu almuerzo… o lo vomitaras, como podría ocurrir.

El corazón de Lorna desbordé de amor:

– Gracias.

– Tienes derecho a ver primero a tu muchacho, para que los dos podáis enfrentaros juntos a tus padres. Si te ama como dices, y si tenéis la intención firme de casaros, el sobresalto de tus padres podría durar veinticinco años en lugar de cincuenta. A fin de cuentas, si nos hubiese pasado a mí y al capitán Dearsley, así es como hubiese querido que sucediera.

Los ojos de Lorna se encendieron.

– Oh, tía Agnes, soy tan feliz. Imagínate: ahora llevo dentro de mí al hijo de él. No estoy ansiosa por enfrentarme a mis padres, pues seguramente será una escena espantosa, pero cuando termine estoy segura de que nos ayudarán.

Esa noche antes de acostarse, cuando rezó sus plegarias, Agnes incluyó una muy breve de contrición por sus mentiras, y una mucho más larga pidiendo que, por una vez en sus vidas, su hermano y su cuñada diesen prioridad a los sentimientos de su hija y no a la reacción mezquina y superficial de su propio círculo social.

12

Cuando la familia se marchó, Rose Point Cottage adquirió un aire de abandono con las ventanas cubiertas por dentro, las tenazas sin hamacas, los jardines protegidos para pasar el invierno, los muelles tirados sobre el jardín y los mástiles ausentes de la orilla del lago. Lo más notable era el silencio: no se oían coches que llegaban y se iban, ni puertas golpeando, fuentes gorgoteando, los silbatos de los barcos; ni voces desde el agua, el campo de croquet o el jardín. Sólo Smythe haciendo tiempo en el invernadero, plantando rosales de invierno y envolviendo en trapos abrigados los tallos de los groselleros.

Jens veía cada cierto tiempo al jardinero inglés un poco encorvado, envuelto en una bufanda sobre la chaqueta negra, a través de los árboles ya desprovistos de hojas. A veces, el mido de las ruedas llegaba hasta el fondo cuando Smythe arrastraba el carro por el jardín sobre los senderos de grava.

Por la mañana y por la tarde, Jens hacía una caminata de cuarenta y cinco minutos a y desde el hotel Leip, y observaba cómo se acortaban los días, la actividad frenética de las ardillas, el engrosamiento de la helada matutina, que lo obligaba a ponerse otro suéter bajo la chaqueta y guantes más gruesos. En el cobertizo del barco, armaba un fuego fragante con restos de cedro, y agregaba leña de arce que ardía lentamente, daba buen calor y añadía al ambiente un olor ahumado. Ponía una patata sobre el guardafuego de la estufa, y la comía muy caliente, en el almuerzo, a menudo examinando las marcas en el suelo donde aún se conservaba el contorno del lofting, que era el sitio donde él y Lorna habían comido en esos primeros días de la relación. En el alféizar de la ventana, todavía estaba la espuela de caballero, seca y marchita pero azul como el cielo de verano que contemplaban cuando se enamoraron.

A veces, iba Tim con el humo de la pipa y la sonrisa fácil, tomaba un par de fotografías y, cuando se iba, el lugar quedaba más desolado que nunca.

Jens terminó el fondo del barco, lo barnizó y secó, y empezó a trabajar en la estructura interior. Laminó la espina dorsal central, fabricó dos pantoques, los colocó en su lugar, junto a la quilla, y comenzó el marco de las vigas de cubierta. Encima, clavó las planchas de cedro y se dedicó, una vez más, a proyectar, lijar y alisar. Al pasar las manos sobre el Lorna D, los recuerdos de las caricias a la mujer real eran tan vívidos que podía estar tocándola, amándola, acariciándole la espalda con esa serenidad sin límites del amor. A menudo, inclinado sobre la tarea, evocaba sus palabras: Verte manipular ese plano me provoca cosas por dentro. Sonreía melancólico, al recordar el día en que lo dijo, cómo estaba vestida, peinada, cómo lo miraba trabajar y describía las ropas que usó cuando picaba hielo. Ese fue el día en que Jens lo supo de verdad: Lorna lo amaba. De lo contrario, ¿cómo era posible que hubiese conservado en el recuerdo detalles tan nimios como los de la escena de la cocina?

Procurar la línea pura del barco sin ella le hacía sentir un gran pozo de soledad en su interior.

En las cartas, le decía que lo echaba de menos, que se sentía enferma de tanto extrañarlo, que lo único que necesitaba era verlo otra vez para salir de ese letargo. Que no sea nada más, pensó, nada más que soledad.

Declinó octubre, y se tomó caprichoso. En la margen del lago apareció un borde de escarcha y cayó la primera nevada. La cubierta estaba totalmente revestida de planchas, y Jens necesitaba ayuda para extender sobre ella una capa de lona. Llamó a Ben. Un día ventoso, estaban trabajando juntos en el cobertizo acogedor. La estufa estaba repleta de madera y el lugar olía fuertemente a pintura y trementina. Habían pintado la cubierta hasta que quedó chorreando, estiraron la lona sobre la pintura pegajosa, y la clavaron en los contornos.

Ben escupió el último clavo en la mano izquierda y comenzó a martillarlo con la derecha.

– Y bien… -dijo-. ¿Qué supiste de Lorna Barnett?

Jens salteó un golpe de martillo.

– ¿Qué te hace pensar que tengo noticias de Lorna Barnett?

– Ah, vamos, Jens. No soy tan ignorante como parezco. Desde que la familia se fue a la ciudad, estuviste melancólico como un amanecer de noviembre.

– ¿Así que es tan evidente?

– No sé si alguna otra persona lo notó, pero yo sí.

Jens dejó de trabajar y flexionó la espalda.

– Es difícil olvidar a esa mujer, Ben.

– Eso es lo que suele ocurrir cuando crees estar enamorado.

– En nuestro caso, es más que una creencia.

Ben sacudió la cabeza.

– En ese caso, te compadezco, pobre pelele. No quisiera estar en tus zapatos ni por todos los barcos del Club de Yates de White Bear.

El pesimismo de Ben se apoderé de Jens. Se volvió silencioso y lento, se preguntó si Lorna y él no estarían engañándose a sí mismos, si alguna vez en realidad se enfrentarían a sus padres y se casarían. Y silo hacían. ¿seda feliz como esposa de un constructor de barcos que nunca podría darle los lujos a los que estaba acostumbrada? Tal vez sería más generoso de su parte liberarla, enviarla otra vez con Du Va¡, con el que tendría asegurados la riqueza, el prestigio y la aprobación de sus padres.

Esos negros pensamientos persistieron, y Jens se sintió desgraciado. Le quitaron el sueño de noche y la paz de día, y lo dejaron inconstante, inestable, indigno de la fidelidad de Lorna, que trascendía con claridad en cada una de sus cartas.

Había releído esas cartas hasta aprenderlas de memoria. La echaba de menos, desfallecía por ella, necesitaba verla, una sonrisa, una caricia que lo ayudase a atravesar esta época de separación y malentendidos.

Cuando la lona estuvo extendida y seca, Jens trabajó solo, colocando la brazola de la escotilla en la cabina del piloto: la sometió al vapor, la puso en las abrazaderas, la apisonó con un mazo en su lugar, y la niveló con la cubierta inferior. Había elegido la más fina caoba de Honduras, tersa al tacto como plata fina, pero más cálida. Le daba mucha satisfacción trabajar con ese material, que tenía una veta y un color tan cálidos como la sangre humana. Un día de principios de noviembre, estaba parado en la cabina del capitán, con el berbiquí y la barrena en las manos, taladrando un agujero en la madera castaña, cuando crujieron los goznes y se abrió la puerta.

En el mismo instante en que se daba la vuelta, aparecían un abrigo y un sombrero azules. Dándole la espalda, una mujer cerraba y pasaba el cerrojo a la puerta pesada.

– ¿Lorna? -El corazón de Jens dio un vuelco cuando la muchacha se dio la vuelta-. ¡Lorna!

Dejó caer la herramienta y saltó sobre el lateral del barco.

Corrió.

Lorna corrió.

Chocaron bajo el arco de la proa, en un abrazo frenético y jubiloso.

El impacto los hizo girar, les abrasó las bocas, los fundió en uno solo. Se apartaron para contemplarse.

– ¡Dulce Señor, estás aquí!

La agarró de la cabeza y le estampó besos en todas partes, con tal descontrol que la sacudieron como una descuidada carrera en bote. Con los pulgares le estiró las cejas y le besó la boca una y otra vez, sin poder creerlo.

– Jens… déjame verte… Jens… -Fue el turno de Lorna de tomarle la cara, tocarla, exaltarse-. Mi amor… mi amor…

La apretó con fuerza contra su cuerpo, y estuvo a punto de romperle las costillas.

– Lorna, ¿qué estás haciendo aquí?

– Tenía que verte. Sencillamente, no podía esperar un día más.

– Creo que me salvaste la vida.

Jens cerró los ojos y la olió, le pasó las manos por encima. Lorna sonrió y lo agarró, mientras se mecían hacia los lados.

– ¿A dónde dijiste que ibas?

– A casa de Phoebe.

– ¿Tomaste el tren?

– Sí.

– ¿Hasta cuándo puedes quedarte?

– Hasta las tres.

Sacó un reloj del bolsillo: eran las diez y cuarenta y cinco, cuando lo guardó, rió entre dientes:

– Todavía estoy impresionado. Déjame comprobar si eres real.

Por cierto, lo era, tibia y sumisa al beso: lo comprobó cuando se atesoraron, se pusieron al día tras cinco semanas de separación. Cuando acabaron los besos, el abrigo de Lorna estaba desabotonado, y Jens aferraba los pechos a través del grueso vestido de invierno.

– Te eché tanto de menos… -murmuró la muchacha.

– Yo también, de un modo que nunca imaginé extrañar a nadie.

Cerró los ojos con fuerza para evitar el recuerdo de su angustia. ¿Cómo pudo creer, por un momento, que podía alejarla? ¿Enviarla con otro hombre?

Admitió sin pudor:

– Echaba de menos tus manos sobre mí.

Jens se echó atrás y adoré la cara vuelta hacia él, demasiado embelesado para sonreír.

– ¿Recibiste mis cartas? -preguntó.

– Sí. ¿Y tú las mías?

– Sí, pero estaba muy preocupado. ¿Estás bien ahora?

– Estoy bien. De verdad. Ven… -Lo tomó de la mano y lo llevó al banco de hierro, que estaba junto a la estufa-. Tengo algo que decirte, -Se sentaron juntos, con las rodillas hacia el calor y las manos unidas como bailando un minué. Con la vista en los nudillos de Jens, Lorna le dijo con calma-: Jens, parece que voy a tener familia.

Sintió que los dedos del hombre se ponían laxos, luego tensos.

– ¡Oh, Lorna! -susurró. Se le alborotó el aliento, palideció y le dio un abrazo torpe, empujándola con las rodillas-. ¡Oh, no, Lorna!

Lo sintió tragar convulsivamente junto al oído.

– ¿No estás contento?

Como no respondía, Lorna sintió que el terror se apoderaba en su pecho.

– Jens… por favor…

Aflojó el abrazo.

– Perdona -dijo, con voz ronca, aterrada-. Lo siento. Yo… es que… Dios del cielo…, embarazada. ¿Estás segura?

Asintió, cada vez más asustada. Había esperado que la tranquilizara. Que se preocupara. Un abrazo tierno y una expresión cariñosa cuando le dijese: "No te aflijas, Lorna. Ahora podremos casamos".

Aunque Lorna no lloró al enterarse, ahí sentada, ante la expresión angustiada de Jens, las lágrimas amenazaron con brotar.

– Oh, Jens, di algo. Me asustas.

Jens la sujetó por los brazos.

– No quise que sucediera de esta forma… no quise hacerte caer en desgracia. ¿Tus padres lo saben?

– No.

– ¿Estás completamente segura de que es verdad?

– Sí. Fui a ver al médico. Me llevó la tía Agnes.

– ¿Cuándo nacerá?

– Mayo o junio, no estaba seguro.

Jens se levantó y comenzó a pasearse, con la frente contraída, la mirada lejana. A cada paso que daba, Lorna se sentía más desilusionada. El calor de la estufa era agobiante. El olor a pintura y a cola empezó a marearla. Brotó el sudor de los brazos y de la nuca. Un nudo de miedo se le congeló en el estómago como un trozo de pescado en mal estado.

Procuró dominar sus emociones y ordenó:

– Basta, Jens, ven aquí.

Se dio la vuelta y se detuvo.

– Hasta ahora, nunca había sentido miedo -dijo Lorna, tratando de mantener la calma.

La preocupación de Jens se desvaneció. Corrió hacia ella y se apoyó en una rodilla.

– Perdóname. Oh, mi cielo, perdóname. -Le tomó las manos y las besó en señal de disculpa, inclinándose sobre el regazo de Lorna-. No quise asustarte. Fue la impresión… Estoy tratando de pensar qué hacer. ¿Acaso creíste que estaba pensando cómo deshacerme de ti? Nunca, Lema, jamás. Te amo. Ahora más que nunca, pero tenemos que hacer lo que esté bien. Tenemos que… Oh, Lorna, mi amor, no llores. -Le acarició el rostro con ternura y le enjugó las lágrimas con el pulgar-. No llores.

Se arrojó en sus brazos, en otro abrazo torpe, pues Jens estaba arrodillado y ella se inclinaba sobre él.

– Hasta ahora no había llorado, Jens, te aseguro, pero me asustaste.

– Lo lamento, oh, muchacha querida, cómo no ibas a asustarte al yerme ir a la carga para atrás y para adelante como un toro furioso y sin decir una palabra sobre el niño. Nuestro hijo… ¡Señor del cielo, es difícil de creer! -Le abrió el abrigo y tocó el vientre con gesto reverente-. Nuestro hijo… aquí, dentro de ti.

Lorna cubrió las manos con las propias y sintió el calor que atravesaba la ropa.

– No hay problema. No puedes hacerle ningún daño.

Jens extendió más las manos y las contempló a ellas y a la porción de lana plisada de la chaqueta de Lorna. Levantó la vista hacia el rostro de la muchacha.

– Nuestro -murmuró.

Lorna apoyó la frente en la de Jens y los dos cerraron los ojos.

– ¿No estás desilusionado? -preguntó en un murmullo.

– Oh, no, muchacha. ¿Cómo podría estarlo?

– Cuando lo supe, lo primero que le dije a tía Agnes fue: "Jens se pondrá tan contento. Ahora ya no podrán separarnos".

Jens se apoyó sobre un talón, le tomó las manos y le dijo con acento sincero:

– Tenemos que ir a decírselo a tus padres de inmediato. Es el