/ Language: Español / Genre:prose_contemporary,

El Árbol De La Diana

Mercedes Guerrero

Si Elena Peralta viaja a México es porque nada la ata ya a su país natal, España. Va en busca de la madre que jamás conoció, en busca de la hacienda que aparece en velados recuerdos de infancia, en busca del árbol familiar que ha regado con la esperanza. Sin embargo, la primera noticia que recibe al llegar a su destino es que su madre acaba de morir. Tras los muros del silencio se esconden, sin lugar a dudas, las claves que darán sentido a su vida y su pasado. Antonio, el cacique local, también ha perdido a su padre en extrañas circunstancias. Acoge a la recién llegada con desconfianza, pues la sombra del asesinato se cierne sobre las dos muertes recientes, y el mayor sospechoso es Agustín, el hermano que Elena espera encontrar pero que ha huido de la justicia. Poco a poco, Elena y Antonio dejarán de lado los recelos y sucumbirán a la fuerte atracción que sienten el uno por el otro, a una pasión delirante. También tirarán del hilo hasta sacar a la luz los oscuros secretos que unen a sus dos familias. Pero la verdad amenaza con separarlos, porque el árbol familiar ha sido regado con sangre.

Mercedes Guerrero

El Árbol De La Diana

© 2010, Mercedes Guerrero González

Prólogo

Recogemos el fruto de nuestra siembra, pero a veces la cosecha se retrasa y son otros los que recogen la tempestad que alguien ha dejado dormida a través del tiempo en la memoria de sus víctimas. Pero el silencio no siempre consigue borrar los recuerdos, y basta una brisa de aire fresco para levantar la espesa capa de polvo con la que creyeron deshacerse de un miserable pasado, encerrado y amordazado durante años, que se proyecta hacia delante con los puños apretados.

La maldad tiene vida propia, y solo necesita que la gente de bien mire hacia otro lado para continuar su tarea.

Un ser inocente disfrutó de la felicidad que otros le proporcionaron a cambio de su propio sacrificio, con el que pretendían librarle del infame futuro que le aguardaba. Pero esas ingenuas almas ignoraban que al hacerlo estaban confirmando lo que ya estaba escrito en la palma de su mano. Es el destino quien baraja las cartas y nos hace creer que podemos jugar a nuestro antojo. El azar no existe, y lo que aparenta ser un accidente o una triste casualidad no es más que el camino que ya estaba marcado de antemano.

Solo queda la oportunidad de gozar del tiempo que se nos ha regalado.

Capítulo1

Washington D.C., 1 de agosto de 1991

La lluvia caía torrencialmente y la oscuridad se hizo dueña del ambiente. Una fuerte tromba de agua acompañada de cercanos relámpagos y truenos forzó el cierre del aeropuerto internacional de Washington Dulles; todos los vuelos estaban siendo retrasados o cancelados durante varias horas a causa de la inesperada tormenta veraniega que descargaba en aquellos momentos. De las pantallas informativas desaparecieron las señales horarias y la palabra delayed se repetía en todos los monitores.

Antonio Cifuentes dibujó una mueca de fastidio al escuchar la megafonía. Su jet privado tampoco podría despegar y se resignó a pasar unas aburridas horas, abrumado por el húmedo y sofocante calor que envolvía aquel espacio rebosante de gente que circulaba en todas direcciones.

Al fin encontró la sala VIP. Una agradable camarera le sirvió una copa y él se dispuso a relajarse leyendo la prensa tras librarse de su elegante chaqueta. El interés reparaba exclusivamente en las noticias de empresa; la política y los sucesos le eran ajenos, pues estaba en viaje de negocios y aquel no era su país. Después de unos eternos crucigramas, aún seguía aburrido en el sillón y alzó la vista para observar a los demás viajeros que compartían la sala con él. A su izquierda, un hombre de edad, grueso, con cuidada y canosa barba leía el periódico tras unas lentes bifocales; vestía pantalones y sombrero vaqueros, camisa a cuadros y botas de cuero bordadas y terminadas en punta; más al fondo, dos jóvenes ejecutivos charlaban animadamente mientras sostenían una copa entre las manos. Su mirada se desvió hacia el fondo de la sala para descubrir a la única mujer que les acompañaba en aquel exclusivo recinto. Era joven, calculó no más de veinticinco años, y estaba sola. Poseía una delicada belleza y su ángulo de visión le mostraba un bonito perfil: boca grande, cuello largo y grandes ojos rasgados que inspiraban un aire oriental. Sí, debía de tener algún antepasado de raza amarilla. La esbeltez de su pecho y la redondez de sus curvas exhibían una involuntaria sensualidad de la que no alardeaba, aunque se adivinaba bajo la discreta y elegante ropa: un pantalón marrón oscuro y jersey en tono más claro, sin mangas y cuello de cisne. Su larga y ondulada melena de color miel se replegaba hacia atrás ayudada por unas gafas de sol que despejaban su bronceado rostro, y unas discretas y solitarias perlas adornaban sus orejas. Poseía un aire de fragilidad que aumentaba su interés, y prolongó su examen durante unos instantes más: ella miraba hacia el suelo con aire pensativo, con una pierna cruzada sobre la otra y los brazos sobre el regazo; después realizó un suave gesto buscando algo en su bolso, extrajo un cuaderno y comenzó a escribir algo en él. Antonio examinó sus manos para comprobar que no llevaba alianza, ni siquiera anillos; en su muñeca derecha exhibía un brazalete plateado y en la izquierda un reloj con correa de piel marrón. Ella volvió a hurgar dentro del bolso y sacó un abanico de madera en color blanco decorado con flores azules y negras que abrió con una maestría inusual por aquellos territorios, moviéndolo de un lado a otro y mirando al frente. Antonio Cifuentes acotó su lugar de procedencia: era un típico abanico fabricado en España, país que conocía bien y al que viajaba a menudo por motivos de negocios. Advirtió entonces que la joven se levantaba y se dirigía al expositor frigorífico de las bebidas y se atrevió a seguirla en la convicción de que era la mejor compañía en aquellos momentos.

– Disculpe. ¿Puedo ayudarla? -preguntó en castellano a su espalda mientras ella abría la puerta.

– No, gracias. -Respondió en el mismo idioma sin molestarse en volver la cara para mirarle. Después cerró la vitrina, indiferente ante su amable invitación.

Le sorprendió la elección de la bebida: una cerveza Coronita. Debía de ser mexicana, como él, aunque no pudo descifrar su acento por la escueta e inexpresiva respuesta recibida. La joven regresó al sofá sin reparar en su presencia y él volvió a la tribuna de observación con más curiosidad que antes. Ella continuaba escribiendo en el cuaderno con pensativas pausas; más tarde extrajo una pequeña calculadora y realizó varias operaciones, tras las cuales esbozó una amplia sonrisa y apuntó en el papel el resultado de las mismas.

Y él seguía allí, aburrido, observando aquella delicada criatura y planeando la manera de abordarla para matar el tiempo de tedio durante aquella interminable espera, ignorando que el destino estaba ya trazado y que nada, a partir de aquel instante, volvería a ser como antes.

Por fin la megafonía comenzaba a enviar noticias agradables. Las salidas de los vuelos se restablecían lentamente y el aeropuerto regresaba a la normalidad. La observó por última vez. «Una linda chamaca», pensó mientras se levantaba con calma para dirigirse a la terminal de vuelos privados.

Antonio Cifuentes iba a cumplir cuarenta años y se sentía en la cumbre. Además de sus múltiples y pujantes negocios, había heredado un monumental imperio familiar tras la reciente y violenta muerte de su padre: la más grande y rica hacienda de México, donde el cultivo de cereales y la producción de ganado abastecía a buena parte del país. También se criaba allí una de las mejores ganaderías de toros de lidia del continente americano.

Era un hombre vengativo y jamás perdonaba una afrenta; en aquellos momentos estaba ansioso por celebrar su gran triunfo, una revancha que había llevado a cabo el día anterior en el despacho de sus abogados. Su ex socio y ahora competidor, Sergio Alcántara, había osado seducir a su esposa, a quien Antonio arrojó sin contemplaciones del hogar tras conocer la infidelidad. Pero las represalias aún no habían terminado; tenía intención de hacerles pagar por ello y se disponía a arruinarles la vida, tanto a nivel económico como social. Había comenzado con la compra de una colosal cadena hotelera con sede en Estados Unidos y establecimientos en todo el continente americano: la West Union Inn. Dicha cadena era a su vez accionista de otra ubicada en territorio mexicano, Veracruz Hoteles, cuyo presidente y ahora rival, Sergio Alcántara, ignoraba que iba a ser destituido y despojado de su propiedad. Se había propuesto ir directamente a la yugular con su campaña de acoso y derribo, que había ido camuflando a través de compras de paquetes de acciones en pequeños grupos a cargo de sociedades aparentemente ajenas a su holding, y ya poseía más de un tercio. Con la adquisición de la multinacional norteamericana, sus acciones en la cadena Veracruz Hoteles sumaban las tres cuartas partes del accionariado, y Antonio se recreaba imaginando la cara de Sergio Alcántara al conocer la noticia.

Elena Peralta oyó a través de los altavoces de la sala el número de su vuelo y se dirigió hacia la terminal indicada para el embarque con destino a la Ciudad de México. Aún quedaban alrededor de cinco horas de viaje que, sumadas a las otras ocho del vuelo de Madrid a Washington y las casi tres de espera en este último aeropuerto, estaban poniendo a prueba su fortaleza física y psicológica. Se acomodó al fin en una confortable butaca de primera clase y, tras rechazar amablemente la bandeja de catering que le ofreció la azafata, cerró los ojos y se abandonó a un incómodo pero reparador sueño. Solo el ruido del tren de aterrizaje y el zumbido de los oídos al acusar la presión durante el descenso del aparato la devolvieron a su insegura realidad: regresaba a México para conocer parte de una familia de la que hasta hacía poco tiempo no tenía noticias de su existencia; deseaba aclarar su confuso pasado y las imprecisas explicaciones que había recibido sobre los motivos por los que su madre la había abandonado.

Ella había nacido en ese país, pero creció en España con sus abuelos paternos, quienes durante tres décadas habían padecido el exilio a causa de la guerra civil española refugiados en un pequeño pueblo situado al sur de la Ciudad de México. Ellos le contaron que su único hijo había contraído matrimonio con una mujer indígena de largas trenzas y oscuros ojos rasgados que murió durante el parto; dijeron también que su padre falleció unos meses antes de que ella naciera a causa de un desafortunado accidente y, tras aquellas trágicas pérdidas, decidieron regresar a España con su pequeña nieta. Era la única versión que había escuchado desde que tuvo uso de razón.

Pero le mintieron.

Su madre aún seguía viva, y tenía un hijo, y residían muy cerca del lugar donde ella había nacido veinticinco años antes. Elena había heredado el físico de su padre: piel clara, cabello rubio y grandes ojos verdes. De su madre, según comentaban a solas los familiares, poseía la dulce y rasgada mirada y su noble carácter. Creció en un pueblo del sur de España, junto al mar, y fue una niña despierta y cariñosa que mostraba interés por todo cuanto la rodeaba. Su abuelo era aún joven cuando dejó el país azteca y, con los ahorros obtenidos del fruto de su trabajo, adquirió una hermosa casa y realizó excelentes inversiones que le permitieron mantener holgadamente a su familia; su abuela se había dedicado a la costura y le confeccionaba preciosos vestidos que causaban admiración y envidia entre sus amigas. Ellos no escatimaron medios para proporcionarle una buena educación y un cómodo porvenir, pues eran conscientes de que no estarían siempre a su lado. Aprendió música, idiomas, fue a la universidad y, tras finalizar la licenciatura en matemáticas, regresó a su pueblo para trabajar como profesora en un instituto, compensando así todos sus sacrificios.

Elena era abierta y desprendida, dotada de una especial sensibilidad por las injusticias ajenas, sobre todo con los niños huérfanos y desfavorecidos que, como ella, no habían conocido a sus padres. Su generosidad la conducía a colaborar como voluntaria en organizaciones humanitarias, incluso realizó viajes al extranjero durante las vacaciones como cooperante en misiones católicas en las que se dedicaba a cuidar a los pequeños y ejercía como maestra.

Meses antes de morir, su abuela le habló por primera vez de la familia mexicana, a pesar de que su verdadera madre había impuesto la condición al entregarle a Elena de que jamás debían referir ningún detalle sobre ellos: la niña no debía regresar nunca a aquel lugar ni conocer las penosas condiciones en las que ellos todavía seguían viviendo. Pero Isabel Ramos no podía llevarse aquel secreto a la tumba: Elena tenía derecho a conocer toda la verdad sobre su origen y debía decidir por sí misma.

La joven quedó sobrecogida al enterarse de que su madre aún vivía, y su desconcierto aumentó todavía más al examinar algunas fotos y verse a sí misma, de pequeña, en brazos de una mujer desconocida, morena y de largo cabello, junto a un chico de unos diez años con pelo lacio y ojos achinados. Tras aquella revelación, Elena resolvió escribirles una extensa carta en la que les habló de su niñez, de sus abuelos, del trabajo y, sobre todo, del deseo de ir a México para conocerles. Poco tiempo después recibió las primeras noticias desde el otro lado el océano: una fría carta dictada a otra persona, pues su madre no sabía escribir. En ella le expresaba su satisfacción por la brillante posición que había alcanzado, pero le pedía que no viajara a México, pues no tenía nada que ofrecerle, ni siquiera un hogar digno donde acogerla. Le enviaba todo su amor y el deseo de un futuro lleno de felicidad.

La decepción recibida no frenó su intención de visitar su país de nacimiento, aunque tuvo que posponer el viaje debido a la enfermedad de su abuela, cuya salud se degradaba lentamente. Su abuelo las había dejado unos meses antes y le tocó a ella cuidarla en soledad hasta el final. Durante aquel tiempo siguió escribiendo y rogando ser aceptada en las vidas de su madre y de su hermano, y dos meses después, perdida toda esperanza, recibió por sorpresa una carta de Agustín González, su hermano. La letra era irregular e infantil debido a la escasa formación, pero el fondo de sus palabras le causó una profunda conmoción al conocer que él la recordaba a diario y que sintió mucho dolor por la separación. Contaba cómo cuidó de ella de pequeña y cómo la añoró tras su marcha; pero estaba seguro de que su madre había actuado correctamente porque Elena había recibido una vida más digna lejos de ellos. Le habló de su duro trabajo y del escaso reconocimiento, de su soledad, del incierto futuro y su pobreza, pero aun así se sentía feliz por la diferente suerte que ella había corrido, y, aunque su madre se negaba a recibirla debido a su humilde condición, él daría parte de su vida por verla y abrazarla una sola vez.

Elena lloró emocionada ante las palabras de su hermano mayor que dejaban entrever un alma atormentada, y por primera vez se sintió culpable de haber recibido todo lo que él no había alcanzado; por primera vez sintió rabia hacia su madre por haberla abandonado, y hacia sus abuelos por haber mentido durante todos aquellos años; por primera vez decidió dejarlo todo para ir en su busca.

El día en que su abuela dejó de tomarle la mano, Elena sintió que no estaba sola, pues al otro lado del océano había alguien que compartía su misma sangre, una desconocida familia que se había roto veinte años atrás y a la que deseaba conocer. Les escribió de nuevo para informarles de la triste pérdida e insistió en el proyecto de ir a visitarles; el curso en el instituto estaba finalizando y había reservado un pasaje para primeros de agosto. Pensaba disfrutar del mes de vacaciones en tierras mexicanas y deseaba convencerles del nuevo rumbo que debían tomar en sus vidas, pues tenía la firme voluntad de regresar a España con ellos; Agustín era joven y allí encontraría trabajo, y su madre descansaría para siempre junto al mar, con su familia, en un hogar digno y lleno de amor. No recibió respuesta alguna, pero no se amilanó y siguió con sus planes de viaje, y cargó con todos sus ahorros con la intención de entregárselos, en caso de fracasar en el intento de llevarles a España. Era una deuda pendiente con ellos y debía compensarles por la enorme prueba de amor que habían demostrado.

Capítulo2

Eran las dos de la madrugada -en España- cuando Elena se desplomó sobre la cama del hotel de Ciudad de México, agotada tras el largo viaje. Su cuerpo le pedía ir directamente a la ducha y dormir, pero su cabeza le aconsejaba aguantar un poco más. En aquel país eran las siete de la tarde, y si se abandonaba al sueño podría despertar a las tres de la madrugada y mantenerse en vela hasta el amanecer, así que decidió salir y explorar los alrededores. La luz imprimía una atmósfera agradable, teñida de un color anaranjado provocado por la extraña fusión entre la polución existente en una de las ciudades más contaminadas del mundo y la caída del sol, que seguía invitándola a pasear por la amplia avenida del paseo de la Reforma. Elena admiró a lo largo de ella las estatuas sobre pedestales situadas en ambas aceras, en las que se homenajeaba a personajes relevantes a lo largo de la historia del país; se detuvo también a contemplar las diferentes exposiciones al aire libre que se exhibían en las zonas ajardinadas. Caminó en línea recta hasta llegar al monumento dedicado a Cristóbal Colón, rodeado de cuidados jardines y situado en una de las glorietas de la amplia avenida. En su base había cuatro figuras sentadas, dedicadas a los primeros misioneros llegados al continente americano, y en la parte más alta del pedestal estaba la escultura de Cristóbal Colón, en pie, con su mano derecha tendida hacia delante. Decidió entonces regresar; la tarde había caído y la oscuridad amenazaba peligro para una mujer sola en aquella extensa ciudad. Tras una frugal cena en el hotel, cayó al fin rendida; su reloj marcaba las cinco de la madrugada y resolvió cambiarlo al horario local, siete horas menos.

Tras reponerse al día siguiente con un suculento desayuno y haciendo un esfuerzo por adaptarse al cambio horario, determinó investigar la ubicación de la hacienda Santa Isabel, donde su familia residía y trabajaba. Contrató un taxi de confianza recomendado por el recepcionista del hotel a cambio de una generosa propina y negoció previamente el precio del traslado. Durante más de una hora de trayecto, en el que atravesó la ciudad desde el centro norte hacia la salida sur, el locuaz y amable conductor fue ofreciéndole una interesante información sobre la finca hacia donde se dirigían. Los propietarios eran una de las familias más ricas de México, los Cifuentes, y en sus tierras trabajaban la mayoría de los habitantes de los pueblos de los alrededores. Le habló también de un reciente crimen cometido en ella que había conmocionado a todo el país y del que aún se hablaba en las noticias, pues su autor no había sido capturado. La muerte de uno de los más grandes potentados de México había tenido una amplia repercusión y la policía seguía investigando a cualquier persona relacionada con el asesino, realizando redadas por toda la ciudad y efectuando arbitrarias detenciones incluso de familias completas. Todos los trabajadores habían sido interrogados por las fuerzas de seguridad, y se ofrecía una suculenta recompensa por su captura, vivo o muerto; la cantidad era doble si le cazaban con vida.

Los Cifuentes eran gente poderosa. La hacienda fue adquirida por un rico antepasado a mediados del siglo XIX tras la desamortización eclesiástica emprendida por el gobierno liberal de 1856, con el fin de despojar a la Iglesia de gran parte del territorio del país, del que era dueña, para posteriormente venderla a los arrendatarios. Pero los compradores adoptaron un modo de vida aristocrático y se asimilaron a la clase social propietaria ya existente, consolidando así la anterior estructura social y causando el efecto contrario al que pretendían los gobernantes: la distribución de la tierra a los peones y jornaleros; estos no disponían de los fondos necesarios para comprar las grandes superficies expropiadas, así que fueron las clases más pudientes las que se hicieron con ellas.

A partir de aquella inversión, las propiedades de esta singular familia fueron ampliándose durante décadas. A finales del siglo XIX existía una gran desigualdad en las zonas rurales, el latifundismo había llegado a su máxima expresión, basado en el dominio social ejercido a través del monopolio de la tierra; mientras tanto, los campesinos sufrían la servidumbre sometidos a un régimen de peonaje, hundiéndose día tras día en la mayor miseria mientras los terratenientes aumentaban el tamaño de las propiedades y sus beneficios.

Sobrevivió la hacienda Santa Isabel incluso a la reforma agraria auspiciada y defendida hasta la muerte por Emiliano Zapata durante la revolución, en las primeras décadas del siglo XX. El gobierno expropió las tierras a los latifundistas y se dividieron en ejidos (comunidades fundadas sobre el usufructo prehispánico), pero los agudos propietarios negociaron con los nuevos gobernantes el paso del ferrocarril por las propiedades a cambio de no sustraer ni una hectárea de sus terrenos. La llegada del tren por aquellas tierras incentivó la economía de la hacienda, que hasta aquel momento debía transportar sus productos agrarios en caravanas tiradas por mulas; de esta forma, el incremento de la producción de cereales y la rápida distribución de las mercancías multiplicaron el patrimonio familiar, lo que les proporcionó un control absoluto no solo en la economía de la región sino también en la política.

El abuelo del actual propietario introdujo en los años treinta la cría de ganado de lidia en sus terrenos, y su heredero construyó dos décadas después una magnífica plaza de toros; año tras año la ganadería fue aumentando en calidad y cantidad, adquiriendo gran prestigio dentro y fuera del país. Tras el gran terremoto de 1985 se realizaron importantes reformas e inversiones en la hacienda con el fin de adaptarla a los nuevos tiempos y dotarla de comodidades dignas de un palacio, con más de treinta habitaciones, salones, piscinas y espaciosos jardines. Actualmente se dedicaban también a la cría de caballos de pura raza, para los cuales habían construido unas modernas instalaciones que provocarían la envidia de cualquier ganadero inglés, pues sus ejemplares conseguían numerosos premios en las más prestigiosas carreras hípicas de Europa y Estados Unidos.

El coche se detuvo delante de la enorme puerta de acceso a la finca, rodeada de altos muros y con amplitud suficiente para el paso de dos coches en paralelo. Elena se despidió del conductor, emplazándole para que regresara a la caída de la tarde. Con paso firme atravesó la verja de entrada, que estaba abierta, y se dirigió hacia un operario con vaqueros y sombrero de cuero que acudía veloz al percatarse de su presencia. Elena percibió cierto asombro en aquel hombre al ser preguntado por la familia González y, tras unos instantes de dudas, la invitó a entrar, conduciéndola hacia una cerca de madera donde varios mozos limpiaban y domaban magníficos caballos. El vaquero se separó de ella y ordenó llamar a otro empleado, y este a otro, y a otro más, hasta que formaron un corro; después llegó el que parecía ostentar más autoridad y, tras una corta deliberación con el improvisado grupo de pensadores, se dirigió hacia Elena. Era un hombre de unos cuarenta años, alto y moreno, con un negro mostacho que descendía por la comisura de los labios hasta el inicio de la barbilla. Iba vestido con pantalones vaqueros y camisa a cuadros.

– ¿A quién dice que desea ver, señorita? -preguntó mientras se despojaba de su sombrero en señal de respetuoso saludo.

– A Trinidad González y a su hijo, Agustín González -repitió la joven dando muestras de impaciencia.

– Ah… Entiendo… -murmuró bajando los ojos y dando vueltas al sombrero-. ¿Tenía usted una cita con ellos…? Quiero decir… ¿sabían que iba usted a venir?

– No -dijo tratando de sonreír con amabilidad-. He decidido darles una sorpresa. Sé que no me esperan…

– De eso estoy seguro. ¿Cuál es el motivo de su visita, señorita? -preguntó entornando su mirada para observarla mejor.

– Es un asunto familiar. Soy hija de Trinidad González y hermana de Agustín.

– ¿Usted? -preguntó abriendo los ojos con cara de sorpresa-. ¿Está bromeando?

– No, señor. No bromeo. -Elena comenzaba a irritarse-. Le ruego que les informe de mi llegada -pidió con frialdad.

Durante unos instantes tuvo que soportar la impertinente mirada de aquel hombre que parecía no tomar en serio su petición. Después este hizo un gesto con la cabeza y la conminó a seguirle. Caminaron en silencio durante un buen rato, rodeando los establos y continuando en línea recta por la parte trasera. El silencioso acompañante se detuvo ante una pequeña cabaña de madera desvencijada, sucia y con signos de abandono, invitándola a entrar para esperar a su familia mientras él iba a anunciarles la visita.

La joven accedió con desconfianza. El interior estaba oscuro y cubierto de polvo; los escasos haces de luz penetraban a través de las rendijas de las tablas que el tiempo y la dejadez habían realizado en las débiles paredes, y un olor a tierra húmeda y madera añeja inundaba aquel espacio. De repente sintió un gran golpe tras ella: la puerta por la que había accedido se había cerrado bruscamente, dejándola atrapada en el interior. Elena se volvió y forcejeó, tirando de esta hacia dentro para tratar de abrirla; durante unos instantes creyó que había cedido unos centímetros, pero el hombre que la había llevado hasta allí empujó enérgicamente hacia dentro para después tirar con fuerza hacia fuera, cerrándola de un violento portazo. Esta maniobra hizo que el quicio de la puerta la golpeara en la frente, provocándole una fuerte contusión y haciendo que cayera hacia atrás sin sentido sobre las polvorientas tablas. Tras unos minutos, abrió los ojos y fue recuperando poco a poco la consciencia, incorporándose con dificultad y sintiendo que el techo y el suelo se movían a su alrededor. Con gran esfuerzo consiguió alcanzar un sucio catre y se tendió en él; la cabeza le estallaba de dolor y su frente había sangrado abundantemente, aunque por fortuna la hemorragia se había detenido. Miró el reloj y comprobó que había pasado más de una hora desde su llegada a aquel lugar. El vértigo causado por el impacto le impedía incorporarse para tratar de salir de aquella trampa, y desde la improvisada camilla escuchó voces y pasos masculinos, gritos que daban órdenes y golpes en la puerta. Esperó con ansiedad que alguien le ofreciera alguna explicación de lo que estaba ocurriendo, pero la puerta no se abrió; al contrario, parecía estar siendo apuntalada desde el exterior para impedir su salida.

Las horas comenzaron a pasar muy lentamente y el silencio regresó a aquella oscura y tenebrosa estancia, donde los rayos de luz que atravesaban las rendijas de la madera habían ido cambiando de dirección hasta desaparecer. El cansancio provocado por el cambio de horario y las escasas fuerzas de que disponía contribuyeron a sumir a la joven en un profundo sueño.

Antonio Cifuentes llegó a su propiedad conduciendo él mismo. Había interrumpido una comida de negocios en la capital al ser alertado por el capataz de una extraña visita que se había producido en la finca, y se dirigió a la cabaña para retirar la tranca de la puerta que sus hombres habían colocado para imposibilitar la apertura desde dentro. Ya nadie vivía en aquellos viejos barracones, los trabajadores se habían trasladado a las nuevas construcciones de ladrillo en el lado sur de la finca. Era ya noche cerrada y la oscuridad en aquel minúsculo receptáculo le impedía apreciar con claridad el interior. Se introdujo solo, encendió una linterna y comenzó a inspeccionar dirigiendo la luz hacia todos lados hasta que divisó en un rincón el cuerpo de una mujer inmóvil sobre un catre y se encaminó hacia ella para observarla con precaución. Parecía desvanecida y presentaba una brecha en el lado izquierdo de la frente que le había provocado una gran mancha de sangre en la mejilla y sobre la ropa; paseó despacio la linterna a lo largo de su cuerpo, contrariado y convencido de que aquello debía de ser una confusión: allí yacía una mujer joven, de piel blanca, cabello rubio y finas manos; lucía pendientes de perlas y de su cuello colgaba una pequeña cruz plateada. Costaba creer que aquella exquisita joven fuese la hermana del mozo de cuadras. Sus hombres debieron de confundirse; ella no podía ser familia de Agustín y Trinidad González… pero su desconcierto aumentaba al comprobar que su rostro le era familiar. ¿Dónde había visto antes a aquella mujer?

Elena abrió los ojos y se estremeció al descubrir una silueta sobre ella tras un potente foco de luz que la observaba con curiosidad. Pertenecían a un hombre maduro, de cabello moreno peinado hacia atrás marcando el inicio en el centro de la frente. No vestía como los demás vaqueros que la recibieron por la mañana: llevaba una elegante camisa y corbata a rayas bajo una chaqueta de color oscuro. Su impertinente mirada a través de las sombras que provocaba la linterna le hizo temer por su integridad.

– ¡Por favor, no me haga daño! -suplicó con terror.

Trató de levantarse e ir hacia el otro extremo del camastro, pero él se inclinó sobre ella inmovilizando sus delgadas muñecas por encima de la cabeza con una de sus manos, mientras que con la otra seguía enfocando su rostro. Al colocar su cuerpo sobre ella descubrió unos ojos rasgados que le miraban llenos de miedo. En aquellos instantes recordó dónde la había visto por primera vez:

¡Era la joven del aeropuerto!

Enfocó su delgada muñeca para reconocer el brazalete plateado que llevaba la mañana anterior, y en la otra el reloj con la correa de cuero. Sí, definitivamente era ella, no podía olvidar aquella mirada…

– ¡Quieta! ¿Quién es usted? -preguntó con voz ronca y autoritaria.

– Mi nombre es Elena Peralta.

– ¿Es usted hermana de Agustín González?

– Sí.

– ¿La hija de Trinidad González?

– Sí. ¿Puede explicarme qué está pasando?

– ¿Yo? -respondió Antonio con una carcajada-. ¡Carajo! Es la pregunta más divertida que me han hecho hoy. ¿Acaso no sabe quién soy yo?

– No, lo siento. No sé quién es usted -respondió Elena tímidamente.

– Soy Antonio Cifuentes. ¿Comprende ahora? -dijo con dureza.

Elena recordó aquel apellido en las palabras del taxista e intuyó que era el dueño de la finca.

– No, señor Cifuentes, sigo sin entender por qué me han encerrado aquí. Yo he venido a visitar a mi familia…

Él la miró desconcertado ante aquella respuesta.

– ¿Acaso se está burlando? ¿Es que no está al corriente de la infamia que ha cometido su hermano? ¿No sabe que su madre ha muerto? -preguntaba sin salir de su asombro.

– ¿Mi… mi madre ha muerto? ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Qué ha pasado? -exclamó con voz temblorosa.

– ¿Quién diablos es usted? -decía cada vez más confundido-. Tiene acento extranjero. No puede ser familia de los González.

La mente de Elena se puso a trabajar rápidamente; tenía que salir de allí con urgencia e inventar una buena excusa.

– Creo… señor, creo que he cometido un error. Yo… Estoy tratando de localizar a mi familia, estoy de paso… vivo en España… fui adoptada cuando era pequeña… -mintió atropelladamente-. Contraté a un detective en México para encontrarles, pues solo conozco el nombre de mi madre. Él localizó a varias mujeres con el mismo nombre y apellido y estoy recorriendo todas las direcciones que me facilitó. Este es el primer lugar que he visitado, pero por lo visto no es el correcto. Tendré que seguir buscando… -Trató de esbozar un tímida sonrisa.

– Eso tiene más lógica -dijo aflojando la presión de las manos-. Pero me ha dicho que es hermana de Agustín González… -Aún recelaba de sus explicaciones.

– Yo he supuesto que mi madre tendría más hijos… No sé nada de ella ni de su pasado. Si hubiera mencionado cualquier otro nombre, le habría respondido de la misma forma.

– Está bien. Deme las manos, la ayudaré a levantarse -dijo convencido mientras Elena se incorporaba lentamente-. Le ruego que disculpe a mis hombres; estaban tan extrañados como yo por su aparición. -Hablaba más tranquilo dirigiéndose a su lado hacia la puerta de salida-. La llevaré a casa para curar la herida de su frente.

– No se moleste. Prefiero volver a la ciudad. Llamaré al taxista que me desplazó hasta aquí.

– De ninguna manera -insistió mientras abría la puerta del todoterreno para que subiera-. Limpiaremos esa herida y se quedará a cenar. Debo compensarla por el error cometido. Después la trasladaré personalmente a su hotel.

Estaba sentado frente a ella en el salón y desde su proximidad podía aspirar el agradable perfume a nardos frescos que emitía la bella desconocida.

– ¿Dónde está alojada? -preguntaba mientras limpiaba su herida.

– En el Sevilla Palace.

– Es un buen hotel, en el centro. ¿Es la primera vez que visita México?

– No. Estuve el año pasado, pero no conocía la capital. Es muy interesante.

– Y muy peligrosa para una mujer sola. Debe andar con cuidado -dijo mientras se recreaba paseando los dedos por su frente y mejillas camuflados bajo la gasa impregnada de antiséptico.

– Ya lo he comprobado. -Sonrió tímidamente-. Dígame, ¿por qué reaccionaron así con la familia González? ¿Ha ocurrido algo grave? -preguntó con aire de inocente curiosidad.

– Agustín González es un criminal.

– ¿A quién ha asesinado?

– A mi padre, el anterior dueño de esta hacienda.

Una descarga eléctrica recorrió su espalda y el pánico se apoderó de Elena al recordar la conversación con el taxista: aún no habían atrapado al autor del crimen… Ya no necesitaba escuchar más. Su madre realmente había muerto y su hermano era un asesino. Presentía peligro y debía salir de allí a toda velocidad…

– Ya es tarde. Debo regresar. Tenía una cita a las nueve con el detective… -dijo levantándose y tratando de ocultar su miedo.

– ¿No va a quedarse a cenar? -preguntó decepcionado.

– Lo siento -dijo negando con la cabeza-. No es necesario que me lleve; llamaré al hotel para que me envíen el coche.

– Yo también vivo en la ciudad y mi casa no está muy lejos. Será un placer acompañarla.

Antonio Cifuentes había hecho planes. La llevaría al hotel y se ofrecería para ayudarla en la búsqueda de su familia; era un buen comienzo para una buena… amistad. Tenía conciencia de su debilidad por las mujeres bonitas, más que por los caballos, su otra pasión; sabía reconocer los buenos ejemplares a primera vista… y aquella joven belleza española era uno de ellos.

Elena seguía temblando mientras se dirigía al coche. Su anfitrión era amable y se sentía responsable por lo que él creyó una confusión de los empleados, pero por desgracia no había error alguno. Se acercaban a los altos muros de color albero que rodeaban la finca; las rejas macizas de la puerta de acceso se abrieron bajo la única luz de los faros que iluminaban el camino sin asfaltar, acrecentando la siniestra oscuridad de los alrededores. Elena sentía en cada metro avanzado un paso más hacia la libertad.

De repente, un vehículo les rebasó a gran velocidad y frenó bruscamente ante ellos obstaculizando el paso.

– ¡Qué diablos pasa! -exclamó molesto.

Antonio detuvo el coche y descendió para exigir una explicación al otro conductor. Elena le reconoció enseguida: era el mismo que la había encerrado en la cabaña por la mañana. Les observó mientras conversaban y dirigían su mirada hacia ella, lo que le indujo a sospechar que algo iba mal.

– Señorita Peralta, creo que no me ha dicho toda la verdad. ¿Me ha tomado por un imbécil? -exclamó enfadado al regresar junto a ella.

Presa del pánico, Elena trató de abrir la puerta del coche, pero él la había bloqueado segundos antes con el mando a distancia.

– ¡Es usted realmente su hermana! ¿A qué ha venido a mi casa? ¡Conteste, mujer! -exigió indignado.

El temblor le impedía hablar y bajó la cabeza intentando tomar aire, pero él seguía gritando y golpeando el volante, demandando una explicación que ni ella misma sabía darle. Súbitamente el dueño de la finca arrancó el coche y retrocedió el camino realizado. Abrió la portezuela al llegar a la gran mansión y tiró de ella con fuerza, ciñendo su brazo y haciéndola caminar con dificultad. Atravesaron un enorme patio y subieron una escalera de piedra oscura que accedía a la planta superior. Allí se introdujo con ella en un dormitorio y la lanzó sobre la cama.

– Su hermano va a saber con quién se la ha jugado -le dijo amenazándola con su dedo índice.

– ¿Qué pretende hacer conmigo? -preguntó aterrorizada-. Por favor, no me haga daño…

– Debería matarla ahora mismo para dar una lección a ese miserable, pero quizá me sea más útil viva. Si él la ha enviado, va a conocer de primera mano el error que ha cometido -dijo con desprecio dirigiéndose hacia la puerta.

Elena escuchó cómo esta se cerraba con llave desde fuera. De nuevo se quedó sola, aún incrédula, y con la aterradora impresión de que todo se había desmoronado a su alrededor: su madre había muerto, su hermano era un asesino prófugo de la ley, y ella se encontraba en manos de un hombre poderoso que clamaba venganza y pretendía hacerle pagar un crimen cometido por alguien a quien no conocía… Repasó toda su vida en un instante, intentando convencerse de que aquello era un mal sueño, que pronto estaría en el aeropuerto tomando un vuelo de regreso a casa, a su trabajo en el instituto, a las tertulias con sus amigos…

Quizá debió hacer caso de la recomendación de su madre. Ella siempre supo lo que estaba bien para ella incluso en la distancia. La envió a España con la intención de ofrecerle una vida más digna y le prohibió venir a verla. Ahora todo se había derrumbado y el maravilloso futuro con el que soñaba había desaparecido de una patada…

Capítulo3

Antonio Cifuentes regresó junto al capataz, quien momentos antes le había abordado en el camino. Estaba tan desconcertado como él, pero el empleado aclaró sus dudas al entregarle el bolso de piel marrón que la desconocida había dejado olvidado en el barracón. En su interior había un sobre dirigido a ella, en cuyo remite se leía con claridad el nombre de Agustín González y la dirección de la finca. Ella les conocía, no había duda, aunque no acertaba a comprender el motivo de su llegada. Inspeccionó minuciosamente el bolso y encontró la tarjeta del hotel que le había mencionado, el pasaporte español, varias tarjetas de crédito… De repente, todas las sospechas quedaron confirmadas al examinar una foto antigua en blanco y negro, donde una mujer morena de cabello largo vestida a la usanza mexicana sostenía sobre sus rodillas a una niña pequeña de rubios tirabuzones con un vestido blanco y bordados de colores. A su lado, de pie, estaba un chaval de unos doce años, moreno y de rasgos indios como su madre. Era la familia al completo, ya no había duda: aquella joven era la hermana del asesino de Andrés Cifuentes. Encontró en el fondo del bolso un nuevo hallazgo que le desconcertó aun más: un sobre con una considerable cantidad de dinero, llegando a contar diez mil dólares estadounidenses en billetes de cien. ¿Cómo habría conseguido aquella plata? Sus familiares eran simples obreros y aquello era una fortuna en México. Se preguntaba por qué lo llevaba encima y, lo más asombroso, por qué no lo había reclamado cuando se disponía a regresar al hotel. ¿Y si fue a la hacienda para negociar con él y compensarle por la fechoría de su hermano? Parecía verosímil. Sin embargo ella no había actuado así. Al contrario, mintió, negando ser familia de ellos y rechazando su invitación para cenar con el pretexto de una cita con el detective. ¿Acaso se olvidó del bolso? No, no lo creía posible, quizá fue la prisa por escapar de allí la que la hizo renunciar a él.

El fuerte dolor de cabeza y el estado de crisis total le habían provocado un fuerte mareo y palpitaciones. Elena trató de relajarse respirando profundamente, pero el descanso duró apenas unos minutos. De repente percibió una sombra sobre ella y abrió los ojos con terror para descubrir la siniestra silueta de aquel hombre junto a la cama, examinándola con indolencia con las manos en los bolsillos y dominando la situación.

– ¡No… por favor! -suplicó cubriéndose instintivamente el rostro con sus brazos.

– No tema. No acostumbro ensuciarme las manos con gente de su ralea. Quizá la entregue a mis hombres para que se diviertan un rato… Cuando su hermano aparezca, quiero que le cuente con detalle todo lo que va a vivir a partir de ahora. ¿De acuerdo?

– Por favor, déjeme marchar. Todo ha sido un error, un grave error -suplicaba intentando incorporarse, pero él la empujó por los hombros obligándola a permanecer tendida.

– He visto su bolso y portaba mucha plata en él. ¿Para quién era? ¿Acaso para mí? ¿Creyó que con esas migajas podría ablandarme el corazón? ¿O viene a ofrecerme otro tipo de compensación?

– He venido a visitar a mi familia, vengo de España… No tenía noticias de lo ocurrido, no sé nada de ellos. Por favor, créame, le digo la verdad -rogó, impotente ante aquella demostración de superioridad.

– Su hermano la ha enviado para mí. Es usted muy bonita y tiene clase; es una ramera, a eso se dedica en España, ¿verdad? Es la única salida para la gente de su pelaje -masculló con desprecio-. Y ahora dígame dónde está ese criminal antes de que tome una decisión que va a lamentar.

– Yo no soy una prostituta, señor. Por favor, no me haga daño… -suplicó con voz entrecortada por el pánico.

– No la creo. Usted ha venido aquí con un propósito y quiero averiguar cuál es. Va a decirme el paradero de su hermano, pues de lo contrario va a recibir varias visitas esta noche que no serán de su agrado. -Se inclinó sobre ella-. Mis hombres no son muy refinados y no se andarán con contemplaciones ¡Hable antes de que sea demasiado tarde!

– Yo no sé nada, créame, se lo ruego. Llegué ayer a la capital procedente de España y no estaba al corriente de lo que había pasado, se lo juro. Yo… solo vine a conocer a mi madre… -dijo rompiendo a llorar.

Tras unos eternos instantes, Elena advirtió que aquel hombre volvía a su postura erguida sin dejar de observarla; después le dio la espalda y abandonó despacio la estancia. Escuchó con alivio el clic de la cerradura. Al fin estaba sola; jamás habría imaginado vivir una experiencia como aquella, pero al recordar las amenazas de aquel tipo de enviar a sus hombres para satisfacer su venganza sintió que un violento temblor la sacudía profundamente. Se levantó de la cama y se situó en un rincón cercano a la puerta; la hoja se abría hacia el interior, y detrás de esta dominaba un espacio desde donde no podría ser vista por el visitante que accediera a la habitación. Cuando esto ocurriera, debía esperar a que avanzara unos cuantos pasos hacia la cama; de esta forma tendría el tiempo justo para escapar dejándole encerrado. Se sentó en el suelo, expectante ante cualquier sonido, con los nervios en tensión y las pupilas dilatadas. Escuchó cómo los sonidos de la casa iban enmudeciendo conforme las horas iban pasando lentamente en la larga madrugada.

Los primeros rayos de luz se filtraron en la alcoba y Elena se rindió al sueño, aún encogida e inmóvil detrás de la puerta. Despertó bruscamente al escuchar el clic de la cerradura y quedó paralizada por el miedo; sintió unos lentos pasos y divisó entonces una figura femenina portando una bandeja con alimentos que se dirigía hacia el centro de la habitación. Entonces, aún con los huesos entumecidos, dio un salto y corrió hacia la puerta, cerrando con llave desde fuera y lanzándola por la ventana del corredor. Se dirigió hacia la escalera en una carrera frenética y veloz, bajando los peldaños de tres en tres como una exhalación; alcanzó la puerta principal de la casa y desde allí corrió por el camino de tierra marcado que conducía directamente hacia la gran puerta de la finca. Al llegar allí gritó de rabia al descubrir que estaba cerrada y que era tan alta como el muro; era imposible saltarla desde dentro. Rodeó la casa por el lado posterior y descubrió varios coches aparcados en batería; abrió la puerta de una camioneta y… ¡bingo! ¡Tenía las llaves puestas! Mientras se introducía escuchó voces a su espalda que se iban extendiendo por toda la casa y se ocultó tendiéndose sobre el asiento para no ser descubierta. Rápidamente arrancó el motor y se abrochó el cinturón de seguridad, pisando a fondo el acelerador y dirigiéndose a toda velocidad hacia la cancela de hierro con la intención de embestirla para abrirla por la fuerza. Cuando faltaban unos metros hasta la meta, Elena cerró los ojos y pisó a fondo el acelerador.

De repente sintió un violento impulso hacia delante provocado por el brutal impacto. Pero las rejas apenas se inmutaron; sin embargo la camioneta quedó destrozada. Elena sufrió una fuerte sacudida que le provocó un terrible dolor en el cuello. Vio que la puerta se abría y notó que alguien tiraba de su brazo hacia fuera. Forcejeó intentando escapar, pero el dueño de la casa la redujo a la fuerza, sujetándole las manos y colocándoselas a la espalda hasta hacerle daño.

– ¡Quieta! ¡Vamos adentro! -ordenó tirando de ella.

Elena comenzó a caminar hacia la casa seguida de aquel carcelero que le aprisionaba con una de sus manos las dos muñecas. De repente sintió que sus piernas perdían fuerza y todo a su alrededor se oscurecía. Antonio Cifuentes advirtió su desvanecimiento y consiguió atraparla en el aire antes de que se desplomara sin sentido; después cargó con ella en brazos hasta la habitación. Allí esperó pacientemente hasta comprobar que la joven comenzaba a reaccionar. Su mirada estaba desorientada y una palidez extrema le cubría el rostro.

– ¿Está despierta? Conteste, hábleme -exigió inclinado sobre ella.

Elena recuperaba lentamente el sentido y a la vez el terror por las consecuencias de su desesperada acción.

– ¿Recuerda su nombre?

– Si… Elena… Elena Peralta… -respondió de forma casi imperceptible.

– ¿Sabe lo que ha hecho?

Asintió con la cabeza, aterrorizada.

– Por favor, déjeme marchar…

– Hoy no es su día de suerte. Mis obreros van a divertirse un rato con usted. -La miró esperando su reacción, que no se hizo esperar.

– ¡No, por favor! -suplicó incorporándose con dificultad y agarrando su brazo con las dos manos-. Le prometo que jamás volveré a escapar…

Su malestar iba en aumento y se sintió desfallecer, bañada en sudor frío y contemplando miles de luces plateadas a su alrededor. Cerró los ojos y volvió a desplomarse, a punto de perder de nuevo el sentido.

Antonio Cifuentes sintió compasión al verla en aquel estado.

– Está bien. -Su tono era ahora menos duro.

– No volveré a hacerlo, le doy mi palabra… -decía con un hilo de voz sin abrir los ojos.

– Hagamos un trato. Yo me olvidaré de esta travesura si me dice dónde está su hermano. ¿De acuerdo?

– ¡Yo no lo sé! Jamás le he visto. Créame, se lo suplico.

– No puedo creerla, sé que está mintiendo… Pero ahora la dejaré descansar, tendremos mucho tiempo… -dijo más tranquilo, librándose con pesar de las delicadas manos que seguían aferrando su brazo. Nunca tuvo intención de cumplir aquella amenaza, solo quería comprobar que le había causado el efecto que pretendía.

Antonio Cifuentes se reunió por la tarde con Manuel Flores, el jefe de la Policía de la Ciudad de México; tomaban una copa en la terraza de la hacienda junto a la enorme piscina rodeada de hamacas y palmeras. Las buganvillas rosas y violetas cubrían los muros, y los parterres de petunias, margaritas y otras flores más exóticas ofrecían un colorido ambiente.

– ¿Qué noticias hay de González?

– Mis hombres recorren diariamente los barrios de la ciudad, pero es listo y no se deja ver con facilidad. -El responsable de la seguridad tomaba con sus delgadas manos el vaso de licor.

– ¡Le quiero vivo! -dijo Antonio con rabia.

– Pronto estará entre rejas, señor Cifuentes; tengo a toda la ciudad buscándole. ¿Qué ha pasado con su hermana? ¿Ha conseguido hacerla hablar?

– No, pero lo hará. Si sabe algo, nos conducirá hasta él.

– Me gustaría conocerla, debería llevarla a la central para que la interroguemos.

– Por ahora lo haremos a mi manera. La retendré aquí algún tiempo; estoy seguro de que conseguiré hacerla hablar. De todas formas voy a presentársela, le aseguro que se va a quedar tan sorprendido como yo -dijo haciendo una mueca mientras daba orden a uno de sus sirvientes de traer ante ellos a Elena Peralta. Un bonito nombre para una hermosa mujer, pensó. Todavía le costaba creer que tuviese lazos de consanguinidad con aquel asesino.

El dueño de la hacienda se preparó otra copa mientras aguardaba. Era un hombre singular, poderoso y soberbio, acostumbrado a controlarlo todo y a todos, con influencias en los estamentos del poder y relacionado con las personalidades más influyentes del país, entre ellos jueces, políticos y fuerzas de seguridad. Había tomado las riendas de la hacienda tras la violenta muerte de su padre, quien dirigió aquella explotación con mano de hierro hasta el final. Pero aquellas tierras no eran una prioridad para él; poseía una clara intuición para los negocios y una gran preparación: había estudiado en Estados Unidos y durante largas temporadas había viajado por Europa. Desde su intimidante despacho en la planta cuarenta del rascacielos que construyó para su holding tras el gran terremoto del año 1985, dirigía un gigantesco entramado de sociedades cuyas actividades abarcaban desde la construcción hasta el monopolio de servicios energéticos y de transportes. En sus comienzos adquirió una fábrica de cemento, a la que siguieron otras de materiales de obras, de maquinaria pesada y un largo etcétera hasta convertirse en la primera firma del país encargada en exclusiva de construir equipamientos públicos para el gobierno mexicano: puentes, carreteras, estadios y, de vez en cuando, residencias para algunos políticos, grandes amigos y socios en los negocios. Su excelente relación con la alta jerarquía le había proporcionado un desmesurado poder que provocaba respeto y temor entre los competidores, pues no se detenía ante ningún obstáculo para conseguir sus propósitos. Fue portada de la revista América Economía durante dos años consecutivos, elegido como empresario modelo, y la insignia de su holding estaba presente a lo largo de toda la geografía mexicana con un número de empleados que se contaba por miles. Todo aquel imperio había sido creado en los últimos quince años por él mismo. Vivió en la hacienda durante su primera infancia y después lo enviaron a Estados Unidos, donde creció en la soledad de un selecto y elitista internado de Washington para más tarde estudiar en Harvard. Jamás conoció a su madre, aunque sabía que vivía, y regresó a los veinticinco años a su país para demostrarse a sí mismo y al resto de sus congéneres que no necesitaba a nadie para triunfar, ni siquiera a su padre. Este aceptó con escepticismo los inicios empresariales de su carismático hijo, al que aguardaba en la hacienda para situarlo bajo sus órdenes como tuvo siempre a todos los que le rodeaban.

Andrés Cifuentes fue un hombre de áspero y despótico carácter que dificultaba la comunicación entre ellos, y Antonio era demasiado independiente para ser un segundón subordinado a su autoridad. La relación entre ellos no siempre fue cordial, ya que apenas habían convivido como una familia. Sin embargo, había heredado de su padre la soberbia del poder y el gusto por el sexo femenino. Nada escapaba a su control; era arrogante y desconfiado, y estaba acostumbrado a ordenar y a ser obedecido. Por esa razón consideró una humillación el conocer que el autor del crimen había sido un miserable mozo de cuadras empleado en la hacienda, y convirtió su captura en una cuestión de honor para él y toda su clase social. El castigo debía ser ejemplar y había determinado dar una lección a los que osaran creer que tendría compasión, deseando someter al criminal al escarnio público para satisfacer así su venganza. Le urgía encontrarle y no escatimaba ningún medio para conseguirlo; aspiraba a verle de rodillas ante él, era un privilegio que las autoridades habían prometido concederle; y ahora tenía una nueva baza: había atrapado a su hermana, una linda mujer a la que mantendría encerrada hasta conseguir que Agustín González se entregara.

Capítulo4

Los dos hombres se quedaron en silencio, observándola con detalle. Habían facilitado a Elena un vestido rojo de algodón con flores blancas y anchos tirantes que le hacía mostrar un generoso escote; su pelo estaba recogido en la nuca con una coleta.

– Hola. Buenas tardes -saludó tímidamente ante ellos.

– Esta es su hermana. -El carcelero se dirigía a su compañero de mesa, ignorándola.

El hombre de rostro delgado surcado de arrugas verticales y de negro bigote posó sus vivos ojos sobre ella, recreándose y examinándola despacio.

– Dé una vuelta -ordenó Antonio Cifuentes.

– ¿Qué? -Le miró desconcertada.

– He dicho que dé una vuelta. Queremos verla bien.

Ella se fue girando despacio, mirando hacia el suelo mientras se sometía al escrutinio de aquellos hombres. Al detenerse de nuevo frente a ellos no tuvo valor para levantar los ojos.

– Tiene razón, cuesta creer que esta linda chamaca sea hermana del indio que buscamos -dijo el visitante sin dejar de posar su vista sobre ella.

Elena seguía en pie, sintiéndose como un espectáculo de circo. Advertía en su cuerpo el desprecio de aquellas miradas y en la mente la humillación de ser tratada como un ser inferior.

– Debo marcharme, tengo asuntos pendientes. Llámeme si obtiene alguna información. Estaremos en contacto -dijo el policía mientras se levantaba. Ni siquiera se molestó en despedirse. Ella no era nadie.

Los oscuros y groseros ojos de su carcelero la desnudaron de arriba abajo, deslizando la mirada por sus piernas, por el vestido y el escote hasta detenerse en su rostro.

– Siéntese y suéltese el cabello -ordenó al quedar solo. Parecía estar escasamente complacido con lo que estaba viendo.

La joven se sentó dócilmente y se soltó el lazo sin dejar de mirar hacia el mantel de color salmón que cubría la mesa.

– Me han dicho que no ha comido en todo el día.

– No tengo apetito.

– Levante la cara -le ordenó.

Elena obedeció despacio.

No eran los ojos, sino su profunda mirada la que sobrecogía al que se cruzaba con ella. Unas veces expresiva, y otras distante, en ningún caso dejaba indiferente a su interlocutor, atrayéndole como un perfume para tratar de descubrir el origen de la luz que emanaba de ellos, una luz que podía transmitir serenidad o inquietud, frialdad o calor, orgullo o humildad. La imagen de fragilidad que inspiraba su cuerpo se dispersó al posar la mirada en Antonio Cifuentes, quien halló unos ojos serenos, fríos y orgullosos.

– Ahora va a comer, no volverá a conmoverme con sus desmayos. Merece recibir una buena lección. -Volvía a la carga con sus amenazas.

Ella no respondió y bajó de nuevo la vista.

– ¿Dónde está Agustín González? -La pregunta era una orden.

Durante un instante Elena quedó en silencio.

– Yo no le conozco.

– ¡Miente! -dijo acercándose a la mesa.

– No -respondió con suavidad sin mirarle-. Lo siento, pero está en un error. Yo no conocía a mi familia. Para eso vine a México.

– Miente de nuevo. Había una carta en su bolso enviada por él y en ella estaba escrita esta dirección. No hay duda de que mantenían contacto. Ha venido para ayudarle, ¿no es cierto?

– ¿Cuándo ocurrió…? ¿Cuando murió su padre?

– ¿No lo sabe? -interrogó a su vez, desconcertado.

– No.

Él la miró con curiosidad; no estaba seguro de su respuesta.

– Murió hace un mes, fue a primeros de julio.

– Compruebe la fecha del sobre, verá que es del mes de abril.

– ¿Pretende hacerme creer que no han vuelto a tener contacto? ¿Me toma por un estúpido?

Ella quedó en silencio, impotente. Era imposible defenderse de unas garras que se hundían en su cuello como el perro de caza que atrapaba una presa y la balanceaba de un lado a otro. Ya había sido juzgada y condenada, y temía el castigo y rezaba para que no cumpliera la amenaza de entregarla a sus hombres.

– ¿Cuándo llegó a la ciudad?

– Hace dos días.

– ¿Cómo?

– En un vuelo de la compañía United Airlines con escala en Washington.

– Lo sé, y también sé que voló en primera clase. Maneja mucho dinero, señorita -dijo con ironía.

Elena deseaba explicarle que el billete fue un regalo de Jean Marc, su «hermano postizo» como se llamaba a sí mismo, su gran amigo y confidente. Pero lo pensó mejor. Aquel hombre no la creía, y convencerle de su inocencia era una tarea imposible en aquellos instantes.

– ¿Existe el detective del que me habló anoche? -insistió.

– No.

– Míreme cuando le hablo. Veamos ahora cuántas mentiras me contó ayer. ¿Fue usted adoptada?

– No… Bueno, sí. Mis abuelos me adoptaron -respondió ignorando su orden.

– ¿Sus abuelos maternos?

– No, los padres de mi padre.

– ¿Quién es su padre?

– Rafael Peralta Ramos.

– ¿Es realmente hija de Trinidad González?

– Sí.

Esta vez alzó la mirada; Elena pensó que lo más inquietante de aquel hombre residía en el rostro, en aquella expresión fría y despiadada que emanaba de sus profundos ojos, muy unidos entre sí. Su cabello oscuro y lacio peinado hacia atrás, brillante y engominado, marcaba en el centro de la frente un pequeño triángulo dividiéndola en dos. Su nariz no era perfecta, apenas hacía la curva convexa descendente en el inicio, donde mostraba unos marcados pliegues verticales junto a las cejas, tan negras como el cabello. Su barbilla también se dividía, recorrida por un hoyuelo longitudinal.

– De no ser por la foto que he visto, me costaría creerla.

– Yo heredé el parecido de mi padre, era rubio como yo. Mi hermano se parecía a mi madre.

– ¿Pretende hacerme creer que su hermano y usted tienen el mismo padre? -inquirió desconcertado.

– Pues… claro.

Durante una fracción de segundo, Elena advirtió un relámpago de sorpresa en la severa mirada de aquel hombre.

– ¿Acaso no sabe quién es el padre de su hermano?

Elena quedó en silencio, desconcertada; su ignorancia la estaba delatando y condenando. Ella no sabía gran cosa de su familia mexicana, y su abuela no le aclaró demasiado antes de morir; solo le habló de su madre, y al ver la foto que ahora estaba en poder de aquel hombre Elena entendió que eran una familia…

– Sí… Era mi padre… -dijo encogiéndose de hombros.

El secuestrador se recostó con parsimonia en el respaldo de la silla, examinándola desde una perspectiva más lejana. El vestido entallado resaltaba el escote sobre su piel morena, y estudió aquellos grandes ojos verdes que le miraban intranquilos, pendientes de los suyos, tratando de convencerle.

– Es usted una embustera. No creo ni una palabra de lo que dice. ¿Dónde está su padre ahora?

– Murió antes de que yo naciera. Apenas conozco mi pasado, solo sé que nací aquí, en México. Mis abuelos me contaron que mis padres vivían con ellos en un pueblo cerca de esta hacienda. Crecí pensando que mi madre había muerto durante el parto, pero hace poco me enteré de que vivía y que tenía un hermano -dijo tímidamente-. No sé nada más…

– Está mintiendo. Su madre siempre vivió en esta hacienda.

– ¡No! Mis padres estaban casados y vivían en la casa de mis abuelos -protestó irritada; pero enseguida bajó los ojos. No debía provocarle.

– Miente de nuevo.

Había algo que no encajaba; ella parecía relatar su verdad, pero inserta en ella había una falsedad, una imprecisión que alteraba la autenticidad de sus palabras.

– ¿Dónde están sus abuelos? ¿Por qué vivían en España?

– Ellos han muerto ya. Eran españoles y vivieron durante treinta años en México, exiliados durante la guerra civil. Mi padre nació aquí, y yo también. Después de su muerte, mis abuelos regresaron a España y me llevaron con ellos.

– Lo que faltaba -dijo con una media sonrisa-, criada entre comunistas…

Elena iba a protestar, pero decidió callar.

– ¿Y si realmente se ha equivocado de familia? Quizá su madre era otra Trinidad González, como me dijo anoche. -Le tendió una trampa. Había una irónica nota de provocación en el fondo de aquella pregunta.

– No. De eso estoy segura. Ellos son mi familia.

– Le estaba ofreciendo una oportunidad y la ha vuelto a desperdiciar -dijo acercándose de nuevo a la mesa para observarla de cerca-. ¿Qué versión debo creer, la de ayer o la de hoy?

– Ayer conocí todo lo que había ocurrido y sentí miedo. -Le miró con franqueza-. Le mentí para salir de aquí, pero ahora estoy diciendo la verdad.

– No del todo. Hay algo que no encaja en estas patrañas que me ha contado. ¿Para qué trajo tanto dinero?

– El dinero era para ellos, quería ayudarles, aunque pretendía convencerles de que vinieran a España conmigo.

– ¿Cómo consiguió esa cantidad? -la observaba con curiosidad mientras llenaba otra copa.

– Trabajando honradamente -respondió ofendida.

– ¿Qué clase de trabajo?

– Soy licenciada en matemáticas y trabajo como profesora en un instituto. -Intentaba impresionarle y obtener un poco de respeto por parte de él.

– Ahora dice que ha ido a la universidad… -Dejó oír su risa incrédula-. ¿Tanto dinero gana como profesora?

– No pretendo que me crea -respondió con dignidad-. Usted me ha preguntado y yo le he dado una respuesta. Llegué a México para conocer a mi familia y ayudarles, a pesar de que mi madre… -Calló de repente, arrepentida por la información que acababa de proporcionarle.

– Su madre… -Se acercó a la mesa con interés, apoyando los codos sobre ella-. ¿Qué le dijo su madre?

Sobrevino un silencio mientras él observaba las manos temblorosas de su prisionera.

– Responda -ordenó recreándose en su miedo.

– Me dijo que no debía venir -repuso vencida-. Ahora veo que cometí un error.

– ¿Por qué razón su madre le prohibió visitarla?

– Porque era muy pobre y creyó que me avergonzaría de ella.

– ¿Y Agustín? ¿Qué le dijo en su carta? ¿Él tampoco quería verla?

Elena no respondió. No quería confesarle que ansiaba conocer a su hermano, que se sentía culpable por haber recibido una vida que a él le negaron; no podía contar a aquel desconocido que soñaba con abrazarle, que sentía haber causado tanto dolor por la separación, que siempre había necesitado un hermano mayor y que deseaba reunirse con él para recuperar el tiempo perdido. Sus ojos se empañaron y una rebelde lágrima bajó por la mejilla; pero volvió de inmediato a la realidad, pues todo cuanto temía seguía frente a ella, en aquellos ojos oscuros y vengativos que la analizaban detenidamente.

– Intuyo por su llanto que ya se han visto y que él también la ha rechazado -afirmó con dureza-. ¿Sabe lo que creo? Que era su familia la que se avergonzaba de usted. Su madre era una mujer honrada y usted no es lo que pretende aparentar. Es una mentirosa redomada, no creo una palabra de lo que me cuenta.

– ¿Puedo irme ya? -suplicó con humildad.

– No. Termine de comer.

Apenas podía pasar la comida por su garganta, y bebió de un trago la copa de vino ante la divertida mirada de su carcelero.

– Y ahora confiese de una vez, ha venido a ofrecerme ese dinero para limpiar la conciencia de su familia, ¿no es cierto?

– ¿De qué sirve continuar contándole mi verdad? -protestó con vehemencia- Usted tiene ya su propia versión. Es inútil que me esfuerce ante unos oídos que no quieren escuchar. Piense lo que quiera, haga conmigo lo que le venga en gana… Pero procure matarme, porque si salgo de aquí con vida, le juro que iré a la policía para denunciarle por secuestro. -Le miró atenta, aguardando una reacción ante sus palabras.

El dueño de la casa esbozó una sonrisa y después estalló en una sonora carcajada. Sus dientes perfectos se exhibieron bajo los labios y aparecieron unos pliegues alrededor de los ojos. Era una espontánea y seductora mueca en la que el mentón prominente se suavizaba bajo su boca robándole agresividad.

– ¿Es usted así de ingenua o solo es una pose? -Había un destello burlón en sus ojos-. ¿Sabe?, aunque no lo crea, la estoy protegiendo. La policía está informada de su llegada, acaba de conocer al responsable de la investigación hace un rato. Es usted sospechosa de encubrimiento de un asesino y le aseguro que está mucho mejor bajo mi tutela que ahí fuera -dijo señalando la puerta de salida.

– ¿Puedo irme ya? -volvió a preguntar, vencida y sin fuerzas para levantar la vista.

– No.

– ¿Tardará mucho en matarme?

– ¿Cree que voy a acabar con usted?

Ella asintió con la cabeza.

– Señor Cifuentes, no sé si estoy en condiciones de pedirle algo -dijo con humildad-, pero le ruego que sea una muerte rápida.

– ¿Tiene alguna predilección especial? -Estaba sorprendido por la serenidad que mostraba ante la muerte.

– Un disparo en el corazón. Creo que es más rápido y limpio que en la cabeza.

– ¿Habla en serio? -preguntó entre impresionado y divertido-. Creía que iba a suplicarme que la dejara vivir.

– Sé que no va a hacerlo. Tiene que cumplir su venganza y veo en usted demasiado odio para perdonar. Sabe que soy una víctima inocente, pero también lo era su padre, y ahora está muerto.

– Pretende impresionarme con bonitas palabras… -Ella sostuvo las pupilas frente a las suyas-. Tiene una mirada muy interesante… Y estoy realizando un gran esfuerzo por olvidarme de su hermano… -Pero decidió no dejarse arrastrar por el hechizo de aquellos hipnotizadores ojos rasgados-. No debe preocuparse por su muerte. Tardará en llegar. Ahora puede marcharse.

– Gracias.

La duda sobre la veracidad de lo que contaba ensombrecía su bella imagen mientras la veía alejarse. Todo podría tener sentido, podría ser creíble… hasta que había surgido el espinoso asunto de su padre. ¿Acaso ella ignoraba quién era el padre de Agustín González? ¿Quién era ese hombre rubio de origen español? Trinidad González nunca vivió en un pueblo cercano, pasó toda su vida en la hacienda con su hijo. ¿Y si realmente aquella no era su familia? los miembros de aquella vieja foto podrían ser otras personas… Sin embargo habían tenido contacto y ella aseguraba que Trinidad González era su madre. Debía de tener serios motivos para aquella certeza.

– Procure recordar mañana todas las mentiras que me ha contado hoy, porque la interrogaré de nuevo.

– Yo no he mentido, señor Cifuentes -respondió con voz firme volviéndose hacia él.

Elena se mantuvo despierta durante horas en la madrugada hasta comprobar que el dueño de la casa no cumpliría su amenaza y que nadie la visitaría aquella noche. Invocó en sus oraciones a su abuela para agradecer la serena soledad que le había regalado, librándola de una violenta agresión. Pensó en Agustín y rezó por él; deseaba con todas sus fuerzas que no fuese el monstruo que le había descrito aquel despreciable hombre, y rogaba a Dios una oportunidad para verle. Ella conoció su alma atormentada y el inmenso amor que le profesaba; estaba segura de que no podía ser un criminal.

Agustín González había heredado los genes maternos: cabello negro azabache, pómulos altos, ojos rasgados y piel aceitunada. Había nacido en las tierras de los Cifuentes, y al cumplir los nueve años, Trinidad le contó, feliz, que había conocido a un hombre extraordinario y que estaba dispuesto a ser su padre. Se habían casado en secreto, estaba embarazada y pronto dejarían aquel miserable barracón para vivir dignamente en una bonita casa. Pero un aciago día su suerte cambió: aquel hombre murió repentinamente y él supo que nunca dejarían aquellas tierras. Todos los planes de futuro se esfumaron, y el espejismo de una nueva vida se desvaneció para siempre.

Durante los primeros años cuidó de aquella linda niña de piel rosada y cabellos dorados; pero años más tarde unos desconocidos se la llevaron al extranjero. Trinidad estaba segura de que su vida lejos de allí sería más digna que la que ellos podrían ofrecerle, pues las condiciones de vida eran duras, sin agua potable ni luz eléctrica. Agustín resistía como un hombre la injusticia y la miseria en aquella finca. Había perdido su niñez trabajando para unos amos que empleaban más dinero en cuidar a los caballos que en adecentar las viviendas de los jornaleros. Sintió la marcha de su pequeña hermana y aceptó con resignación la decisión tomada por Trinidad, aunque apenas tuvo tiempo para reproches; diariamente se dedicaba a limpiar y alimentar a los caballos que el patrón había ido adquiriendo; fue testigo del fuerte ascenso de la finca, de las exageradas ampliaciones y del desmedido imperio que los Cifuentes fueron amasando a lo largo de aquellos años; pero ni él ni su madre fueron beneficiarios de tan grandes logros. Habían abandonado aquella cabaña de madera y se trasladaron a unas pequeñas habitaciones construidas en ladrillo con agua corriente y luz eléctrica, pero sus jornadas de trabajo seguían durando quince horas y el trato recibido por los patrones no mejoró ni en dignidad ni en comodidad.

Agustín era un hombre sensible y bueno, callado y trabajador; se sentía orgulloso de su condición de indio y le humillaba ser llamado «cocacolita», apodo con que designaban de forma peyorativa el resto de los trabajadores blancos a los de rasgos indios, morenos y de baja estatura. Era un empleado de segunda categoría a quien se podía encomendar cualquier tarea por humillante y dura que fuese. Su madre le conocía bien y le animaba en sus momentos más bajos; solo se tenían el uno al otro y asistía impotente a las denigrantes escenas que el déspota del dueño les hacía padecer. La ex esposa de Antonio Cifuentes también solía vejar a Trinidad y a todo el servicio durante sus visitas a la hacienda junto a sus numerosos y distinguidos invitados. Era grosera y soberbia, y dispensaba un trato descortés a los empleados.

– Lucía, ¿conoció usted bien a Trinidad González? -requirió Antonio Cifuentes al ama de llaves mientras esta servía el desayuno al día siguiente.

– Ella vivió y trabajó en esta casa desde muy joven, señor.

– ¿Recuerda si tuvo otro hijo después de Agustín?

– Pues… -Se quedó pensativa-. Recuerdo que tuvo un bebé muchos años después de su hijo, pero no sé qué fue de él. Ella apenas faltó a su trabajo, ni durante el embarazo ni después de dar a luz.

– ¿Tiene usted noticia de que hubiese contraído matrimonio?

– ¿Trinidad? -preguntó sorprendida-. No. Estoy segura, señor.

– ¿Alguna vez vivió fuera de la hacienda?

– No -repitió tajante-. Ella vivió aquí hasta su muerte.

– ¿Recuerda si tuvo una relación estable con algún hombre?

– No lo sé, señor. ¿Por qué tiene tanto interés?

– Necesito saber qué ocurrió con su segundo hijo.

– ¿Guarda relación con la joven que tiene encerrada arriba?

– Dice que es hermana de Agustín González. Asegura que su padre era de origen español, rubio como ella, y que se casó con Trinidad.

Durante unos instantes, la mujer se detuvo tratando de hacer memoria.

– Déjeme recordar… Había un artesano español en los alrededores. Fabricaba sillas de montar con excelentes repujados en cuero. Venía por la hacienda a tratar los encargos con don Andrés. Tenía un hijo rubio como él, y le acompañaba en sus visitas…

– ¿Qué fue del muchacho?

– Creo que murió muy joven, y a partir de entonces el padre no volvió más por esta casa. Posiblemente regresó a España.

Capítulo5

José Peralta trabajaba junto a su padre en una fábrica de zapatos y estaba afiliado a un sindicato de izquierdas. Era joven y apasionado; creía en la fuerza de la unión de los trabajadores y en la República. Conoció a Isabel Ramos una templada tarde de marzo de 1936 junto a un escaparate. Era una linda joven y llevaba un elegante vestido azul largo hasta los tobillos con un gracioso tocado a juego. La observó despacio para constatar que no era de su clase y lamentó no llevar en aquellos momentos el único traje oscuro de anchas solapas que utilizaba en las reuniones con los patrones, aunque confió en su encanto personal, del que sabía sacar partido. Era apuesto, de cabello rubio y abundante, con anchas espaldas y elevada estatura; entre sus armas de seducción estaban la fácil sonrisa y sus grandes ojos que cambiaban de un tono gris a verde según la luz.

Se acercó despacio y se colocó a su lado.

– Señorita, no desee nada de lo que hay expuesto, no lo necesita. Es usted tan bonita que haría sombra a la mismísima Bella Dorita.

La joven no apartó la vista del cristal, pero José atrapó su sonrisa reflejada en él. Tenía un aire angelical, con mejillas sonrosadas y pelo castaño peinado hacia atrás formando una graciosa onda en la frente. Se notaba desde lejos su distinción, muy alejada de las chicas del barrio donde él vivía, en las afueras de la capital aragonesa.

– ¿Puedo conocer su nombre? -preguntó volviendo la cabeza.

– Perdone, pero no hablo con desconocidos -replicó ella con fingido desdén.

– Ahora ya no lo somos. Mi nombre es José, y si usted me da el suyo, me gustaría invitarla a un helado.

Ella le miró de reojo y lamentó haber sido educada en tan estrechas costumbres. Dijo que no con la cabeza, dio media vuelta y le dejó solo en la acera.

– Mañana estaré aquí a las seis, señorita. Ojalá me honre con su compañía -le dijo a su espalda mientras la veía alejarse sin esperanzas de volver a verla.

Pero se equivocó, y al día siguiente regresó a la misma acera, y al otro también, pues se había quedado prendada de aquel atrevido joven.

La pequeña Isabelita vino al mundo en plena madurez de sus padres y perdió a su madre cuando era muy pequeña, convirtiéndose en el juguete preferido de toda la familia; era la menor de cuatro hermanos y pertenecía a una de las más rancias e influyentes familias de la ciudad. El mayor de sus hermanos militaba en la Falange y las otras dos hermanas ya estaban casadas; recibió una exquisita educación y todos tenían grandes planes para ella, pero no contaron con aquel atractivo mozo que le había robado el corazón. Los encuentros clandestinos comenzaron a levantar sospechas y fue entonces cuando su hermano Joaquín descubrió la causa de su mal disimulada alegría, prohibiéndole las salidas sin la compañía de su carabina.

Isabelita celebraba su mayoría de edad el día que estalló el alzamiento contra la Segunda República. La noche anterior se observaron multitud de estrellas fugaces y la gente de los pueblos presintió que la guerra estaba cerca, pues las estrellas corrían de un lado a otro en el cielo, sobrecogidas y alborotadas como los animales a la espera de una tormenta. Aquel 18 de julio de 1936 amaneció ruidoso, y había más tráfico del habitual por los alrededores del ayuntamiento y de los cuarteles; pero la gente desconocía el motivo porque las noticias llegaban tarde y eran pocos los privilegiados que tenían una radio en casa. Se oían disparos por las calles de jóvenes milicianos que apuntaban con pistolas a los balcones y disparaban al aire desde los coches. El doctor Ramos reunió aquel día a toda la familia en torno a su mesa.

– Hijos míos, estoy escuchando las noticias en la radio desde ayer. ¡Estamos en guerra!

– Pero ¿contra quién? -preguntó Isabel.

– Es una guerra civil. Los militares se han alzado contra el gobierno de la República. A partir de ahora vigilad con quién os relacionáis y de qué habláis.

– ¡No hay nada que temer! -exclamó con pasión el hermano mayor-. Esta guerra era necesaria.

– ¡Ninguna guerra es necesaria! -le reprendió su cuñado.

– Esta sí. La República está llevando a este país al desastre, es necesario poner punto final a este descontrol.

– Sea como sea, vigilad vuestras palabras. Son tiempos revueltos y no debemos señalarnos ante ningún bando -sentenció el patriarca.

Joaquín dirigió la mirada hacia su hermana pequeña.

– Ya lo has oído, Isabel, cuidado con quién te relacionas.

Comenzaron las movilizaciones en ambos bandos, las denuncias anónimas y las detenciones clandestinas. José y todos los afiliados al sindicato fueron despedidos de la fábrica, cuyo dueño era un reconocido simpatizante del nuevo régimen en ciernes. Muchos de sus compañeros huyeron para enrolarse en el ejército republicano, pero José no creía en el éxito de aquella sublevación.

Una madrugada, un grupo de hombres uniformados irrumpieron violentamente en su casa y le llevaron detenido junto a su padre. Al día siguiente la señora Peralta recibió la noticia de la ejecución de su marido tras el muro del cementerio. Presintiendo su inminente arresto, abandonó la ciudad para refugiarse en un pequeño pueblo de Cataluña, donde murió años más tarde sin llegar a conocer la suerte que había corrido José, su único hijo.

José conoció el hambre, la miseria, las vejaciones y la mezquindad humana; escuchó por primera vez el nombre de Joaquín Ramos en la cárcel de Ávila, cuando le leyeron la sentencia de muerte que este había firmado contra él. Pero el día previsto para la ejecución amaneció cubierto de nieve y los camiones que debían trasladar a los reos no pudieron circular. Cuando el temporal amainó, un contingente de militares fue desplazado al cuartel de Toledo y todas las ejecuciones fueron aplazadas hasta nueva orden. José burló la muerte en más de una ocasión durante su periplo por diferentes prisiones españolas. En la soledad de la celda, era la imagen de su adorada Isabel la que le ayudaba a resistir aquella atrocidad. Sin embargo tenía conciencia de que no había futuro para ellos, pues aunque la guerra llegase a finalizar, aunque consiguiera su deseada libertad… ¿qué clase de vida podría ofrecerle? Seguramente ella se habría olvidado de él y se torturaba imaginándola rodeada de pretendientes en la gran casa de la esquina.

Sin embargo, una brillante mañana, un oficial de la prisión depositó en sus manos una cesta con comida, en cuyo fondo encontró una carta. Era de Isabel. Durante aquellos años de incertidumbre había conseguido averiguar su paradero a través del marido de una amiga, abogado de profesión. Recurrió también al familiar de una de sus criadas, que trabajaba como funcionario en aquella cárcel, y gracias a su colaboración José empezó a recibir alimentos y noticias. A partir de ese momento el ánimo comenzó a restablecerse con aquellas cartas semanales que le hablaban de amor, de esperanza, de libertad…

Isabelita apenas había sufrido privaciones durante los años de guerra fratricida. Su hermano llegó a ostentar un poderoso cargo político y muchas familias le recordarían durante años debido a las duras represalias sufridas por sus denuncias, a veces injustificadas, llevadas a cabo en ocasiones por simple antipatía. Sin embargo, se le escaparon a Joaquín Ramos los movimientos camuflados de la benjamina de la casa, quien a escondidas logró contactar con su perseguido sindicalista.

En los primeros meses de 1939, los puertos del levante español fueron el punto de huida para los republicanos que habían quedado atrapados ante la llegada de las tropas nacionales. La guerra estaba a punto de terminar, e Isabel tuvo conocimiento de la expedición de miles de pasaportes y salvoconductos para milicianos que debían partir hacia el exilio si no querían ser encarcelados. Era la hora de actuar. Joaquín había concertado su matrimonio con un coronel del ejército gran amigo de la familia, aunque ella le había impuesto una condición:

– Deja en libertad a José Peralta y me casaré con quien tú quieras.

– ¿Aún sigues enamorada de ese rojo zarrapastroso? -preguntó indignado.

– Está en la cárcel de Castellón -dijo ignorando su pregunta-. Sácale de allí y seré una esposa y madre ejemplar.

Al día siguiente viajó con él hasta el centro penitenciario. Joaquín Ramos entró en el despacho del director de la cárcel como quien entra en su casa: arrogante, elegante e impertinente. Isabel se quedó fuera observando la conversación tras los cristales. El director le escuchaba con atención y comenzó a revisar la documentación que tenía entre las manos. Era un hombre gris, de cabeza cuadrada y gafas de concha; comenzó a dar explicaciones y, por el gesto de las manos, parecía no estar muy de acuerdo con el visitante. Este no se había inmutado, inmóvil en el sillón, fumando un cigarro con indolencia. La diferencia en el atuendo era evidente; mientras Joaquín vestía un elegante traje de color marrón claro con chaleco y corbata, su interlocutor llevaba una chaqueta de paño oscuro de color indefinido sobre una simple camisa blanca. Vio a Joaquín incorporarse hacia la mesa y dar un golpe sobre ella. «Se acabó», pensó Isabel. De pronto los semblantes cambiaron y, tras unos instantes, Joaquín se levantó y los dos hombres se estrecharon las manos al despedirse.

– Ya está hecho. Dentro de dos días quedará libre. Espero que nunca olvides la humillación que me has hecho pasar -dijo enojado con el dedo amenazante.

– Nunca, querido hermano -dijo besándole en la mejilla-. Ya puedes concertar la fecha de mi boda.

La segunda vez que José Peralta oyó el nombre de su delator fue el 20 de marzo de 1939 a la salida de la cárcel, desde donde fue escoltado por la Guardia Civil hasta las afueras de la ciudad. Al llegar al puerto de Alicante, consiguió un salvoconducto y un pasaje para el barco mercante fletado por el agonizante gobierno de la República. Había recuperado su ansiada libertad y se preparaba para un futuro incierto. Paseó por la embarcación atestada de gente que, como él, escapaba de la derrota dejando atrás el pasado, su familia, sus raíces… De repente no pudo evitar una sonrisa al caer en la cuenta de que ignoraba el destino de aquel viaje.

Sintió la brisa del mar apoyado en la popa, contemplando absorto los blancos surcos que el barco dejaba olvidados en las aguas del Mediterráneo. El sol se despedía despacio, iluminando aquel cielo azul turquesa salpicado de caprichosas nubes que le obligaban a ocultarse de forma intermitente.

Vientos del pueblo me llevan,

vientos del pueblo me arrastran,

me esparcen el corazón

y me aventan la garganta.

Recitaba en silencio a su idolatrado Miguel Hernández mientras pensaba en la devastación de la guerra, en la pérdida de los poetas: Antonio Machado acababa de morir exiliado en Francia; Federico García Lorca en Granada, y Miguel Hernández continuaba en prisión. Reflexionaba sobre la estupidez humana, sobre la patria y el honor, sobre la unión y la fuerza, sobre la solidaridad… Tres años atrás aquellas palabras le habían llenado el corazón, pero en ese momento sonaban huecas y vacías de contenido. Habían sido sustituidas por supervivencia, comida, libertad…Todo su idealismo se había esfumado y se esforzaba en emplear sus débiles energías para olvidar aquella barbarie y todo lo que había dejado atrás.

De pronto, una voz femenina a su espalda mencionó su nombre, sacudiendo de un golpe todos aquellos pensamientos.

– ¡José! ¿Eres tú?

Se volvió como un resorte y abrió los ojos para convencerse de que no era una alucinación lo que estaba viendo: ¡Isabel estaba allí, frente a él, en aquel barco!

Isabel apenas pudo reconocer en aquella delgada y demacrada silueta al hombre a quien había amado en silencio durante aquellos difíciles años. Sus ojos estaban hundidos bajo los pómulos y la piel amarillenta era un recuerdo del brillo rosado de antaño; las arrugas surcaban los alrededores de las apagadas pupilas y sus labios habían perdido el color. Se abrazaron envueltos en lágrimas, repitiendo sus nombres. Su amor había superado aquella prueba y estaban juntos para siempre.

La travesía fue difícil. La escasez de comida era compensada con la abundancia de solidaridad y sincera confraternidad. Todos tenían una historia que contar, algún familiar a quien recordar, una lágrima que derramar. Tras interminables jornadas de navegación, un brillante sol les recibió a la llegada al país azteca. El puerto de Veracruz se había engalanado para saludar a los exiliados españoles, y José e Isabel observaron con regocijo los balcones decorados con pancartas dándoles la bienvenida y ofreciéndoles su hospitalidad. Lloraron de emoción al recordar su penosa huida, y durante el tiempo que vivieron en aquel país no pasó un solo día en que no recordaran su tierra. Los inicios no fueron fáciles, lejos de su patria, de su familia, sin raíces; pero estaban juntos para siempre. México es una tierra acogedora y dio muestras una vez más de su solidaridad con los españoles que se habían visto obligados a exiliarse. Con la venta de las joyas que Isabel heredó de su madre y que logró camuflar en su equipaje, adquirieron una bonita casa al sur de la Ciudad de México, donde José trasnochaba en su pequeño taller poniendo en práctica su habilidad con la piel curtida. Isabel pensaba que aquel exilio duraría pocos años y regresarían pronto. Había perdonado la traición de su hermano y añoraba a su familia; pero José aún no había olvidado.

– Solo con imaginar la cara de ese miserable al descubrir que su querida hermana se ha fugado, me compensa todo el rencor que siento hacia él -decía una tarde.

– No es bueno odiar, José; es mejor olvidar los resentimientos. Miremos hacia delante y soltemos el lastre de una vez -respondió Isabel mientras tejía un bonito vestido de vivos colores.

Él trabajaba el cuero con gran destreza y comenzó a confeccionar sandalias y bolsos. Más tarde aprendió a elaborar bridas y arreos para los caballos y, con paciencia y la inestimable ayuda de Isabel, se inició en el arte de fabricar sillas de montar, aplicando su pericia en repujar la piel. Ella sabía coser y también trabajó duro confeccionando para la venta los típicos y coloridos trajes del país. Con los años, su fama de excelente artesano se propagó entre las fincas de la región, y la extraordinaria calidad de las monturas y la filigrana del grabado le proporcionaron un gran prestigio entre los grandes terratenientes, quienes le encomendaban trabajos exclusivos con un toque de distinción.

Pero la naturaleza no fue generosa con ellos, y tras varios abortos, Isabel dio a luz un varón rubio de grandes ojos claros como su padre que destacaba en aquel pueblo habitado en su mayoría por indígenas de cabello negro y piel morena. Rafael Peralta Ramos creció fuerte y sano, y desde pequeño heredó de José la afición por el trabajo del cuero; se convirtió en un zagal alto y atractivo como él, aunque de Isabel heredó también la determinación y la fuerza de voluntad. Fue de gran ayuda para el matrimonio, quien con tesón y empeño se adaptó a la vida en México, perdidas ya las esperanzas que mantuvo durante los primeros años de regresar a su país. Poco a poco el negocio fue prosperando y se mudaron a una casa más grande, donde instalaron el gran taller en la planta baja y una acogedora vivienda en la superior. Cuando Rafael cumplió los veinte años, José decidió delegar en él la tarea de presentación y distribución de los productos a los clientes, mientras él se dedicaba en exclusiva a la manufactura en el taller.

En una de las visitas a la hacienda Santa Isabel, Rafael conoció a Trinidad y se quedó prendado de aquella belleza morena de mirada dulce. Trinidad González había nacido en un pueblo del norte, cerca de la frontera con Estados Unidos. Su padre murió cuando apenas era un bebé y su madre volvió a casarse con un indio borracho y pendenciero que continuamente la acosaba y le propinaba palizas. Antes de cumplir los trece años escapó de aquel infierno y se dirigió a la capital en busca de una nueva vida; primero bregó como una esclava en casa de unos señores de rancio abolengo a cambio de una comida al día, pero al cumplir los quince decidió que ya estaba cansada de los maltratos e insultos a los que la sometían; empacó una noche sus escasas pertenencias en una tela anudada y salió a recorrer pueblos y ranchos, hallando el definitivo cobijo en la hacienda Santa Isabel, donde trabajó duro desde el amanecer por el módico sueldo de dos raciones diarias de comida y un barracón de madera donde descansar su desfallecido cuerpo. Trinidad era joven, y su belleza no pasó desapercibida en la finca. Los obreros se divertían acosando a las criadas, y al poco tiempo de su llegada quedó embarazada. Cuando nació Agustín le puso sus propios apellidos, y a partir de entonces dejaron de molestarla y crió a su hijo en soledad, el cual se inició en el duro trabajo de la hacienda nada más comenzar a caminar erguido.

Al principio Trinidad desconfió de las intenciones de Rafael, pues le costaba creer que un hombre tan atractivo hubiese reparado en una humilde sirvienta como ella, pero sus visitas a la finca se hicieron más frecuentes hasta convencerla de sus honestos sentimientos. Ella temía confesarle la existencia de su hijo, pero un día se armó de valor y lo arriesgó todo a cambio de su sinceridad. Rafael prometió casarse con ella y dar su apellido a aquel niño; la llama del amor había prendido con fuerza y era más fuerte que los prejuicios de la época.

Andrés Cifuentes montó en cólera al conocer la intención de Trinidad de abandonar la hacienda, y la primera medida fue prohibir a Rafael la entrada a sus propiedades; más tarde canceló todos los encargos en el taller de cuero de su padre. Él era el amo, los trabajadores de la finca eran de su propiedad y tenía el poder absoluto para decidir el futuro de cada uno de ellos, y había resuelto que Trinidad no se marcharía jamás.

Pero ellos no renunciaron a su amor y durante meses continuaron citándose de forma clandestina amparados por los padres de Rafael, quienes respetaron la audaz decisión que había tomado la pareja de contraer matrimonio en secreto. José e Isabel estaban inquietos por las consecuencias de aquella iniciativa y por la reacción de Andrés Cifuentes, que ya se había hecho sentir en la merma de su negocio; pero el deber hacia su único hijo les persuadió de apoyarle. A fin de cuentas, su propia historia de amor tampoco estuvo exenta de contrariedades y amarguras. Adaptaron una habitación en la casa familiar donde esperaban compartir sus días con ellos y, en la fecha convenida, avisaron al sacerdote para que celebrara el santo sacramento.

Una templada tarde de enero de 1965, Rafael y Trinidad se prometieron amor eterno en la pequeña iglesia del pueblo. Al día siguiente se separaron para continuar su vida cotidiana, guardando el celoso secreto de su unión, en la esperanza de que el amo aceptase como un hecho consumado la rebelde conducta de Trinidad. Pero tras informarle de su matrimonio y solicitar el consentimiento para trasladarse al pueblo vecino, recibió una respuesta tan contundente -una bofetada en pleno rostro- que decidió no volver a repetir la demanda. Jamás habló a Rafael del maltrato recibido, convenciéndole de esperar un poco más. A pesar de las dificultades, siguieron viéndose a escondidas y durante aquellos meses concibieron un hijo. Trinidad logró ocultar su estado, hasta que el voluminoso vientre del segundo embarazo se hizo patente y trató por segunda vez de conseguir la preciada libertad para reunirse con su marido.

Sin embargo, la fortuna no estaba con ellos y un trágico suceso acabó de repente con todos sus proyectos de futuro. Rafael sufrió un accidente; unos campesinos le hallaron en un solitario descampado bañado en sangre y con graves heridas en la cabeza. Le trasladaron en un carro de bueyes hasta el pueblo, pero murió aquella misma noche sin recobrar el conocimiento. Trinidad conoció la trágica noticia al día siguiente al acudir a escondidas a la casa de su marido. Encontró la vivienda llena de gente, y al ver a Isabel vestida de luto riguroso, temió lo peor. Corrió hacia el dormitorio y no pudo evitar un grito de dolor al contemplar por última vez a su gran amor, amortajado con un traje negro que contrastaba con la blancura de su piel. Todos sus proyectos, todo su futuro, toda su felicidad quedaron atrapados para siempre en aquella habitación.

De nuevo estaba como al principio: sola. Su destino estaba escrito y ni siquiera el amor sincero de Rafael fue capaz de esquivarlo. Regresó a la hacienda llena de rabia y dolor, con el fruto de su amor en el vientre y el firme propósito de luchar hasta la muerte para darle vida. Era el único consuelo, y a la vez su venganza, contra el tirano que había arruinado su felicidad. El parto fue largo y difícil, pero el recuerdo de Rafael le impulsó a salir adelante. Llegó a contemplar a su bebé nada más nacer, recreándose en aquel pedacito de carne rosado de ojos claros y un pequeño mechón de pelo dorado que le devolvió la imagen de su amado.

A los pocos días del parto, Trinidad regresó al trabajo diario en la gran casa. Agustín aceptó a su hermanita con gran devoción y se encargó de ella como un pequeño padre; eran una familia unida por una preciosa criatura a la que, sin embargo, no se atrevían a mostrar al resto de los habitantes de la hacienda. Sus abuelos no podían visitarla, pero Trinidad la dejaba en la casa de sus suegros durante las temporadas de agobiante trabajo, lo que suponía una descarga para ella y una felicidad infinita para Isabel y José. El miedo la acompañó en su humilde hogar, temía por la seguridad de la pequeña en aquella cárcel dominada por rudos hombres y por un despiadado dueño que no había olvidado su traición, y se propuso luchar con uñas y dientes por la felicidad de aquel ser concebido en el más puro y sincero amor. Jamás permitiría un futuro como el suyo para la pequeña Elena.

El dolor por la pérdida de su único hijo sumió en una profunda depresión al matrimonio. José procuraba mostrar serenidad y regresó al rutinario trabajo del cuero, agazapándose en cualquier solitario rincón para llorar a espaldas de su mujer. La nostalgia les había mantenido unidos en aquel largo destierro y se sentían vinculados a aquella tierra por el amor a Rafael y a su pequeña nieta. Isabel se lamentaba de su suerte y renegaba de Dios, a quien creía benévolo y justo, reprochándole la pérdida de aquel ser joven, noble y lleno de vida. Durante mucho tiempo creyó escuchar, sentada ante la máquina de coser, aquel «¿mamá?» con el que Rafael la reclamaba al llegar a casa, e impulsivamente miraba hacia la puerta como antes, esperando verle entrar sonriente y recibir de él un beso en la mejilla.

El trabajo en el taller comenzó a escasear, pues el mejor cliente, el dueño de la hacienda Santa Isabel, había cancelado todos los encargos y boicoteado su negocio. Sin su principal apoyo comercial y sin fuerzas para desplazarse a fin de captar nuevos pedidos, las ventas fueron menguando y José fue despidiendo uno a uno a los empleados. Lograron sobrevivir confeccionando alpargatas y demás útiles de uso común para la gente del pueblo, y esporádicamente fabricaba alguna fabulosa silla de charro de gala como antaño, aunque los clientes habían desaparecido con la misma facilidad que décadas antes habían llenado el cuaderno de pedidos.

En una de las visitas de Trinidad hablaron abiertamente sobre la nostalgia de su tierra y sus recuerdos. Ellos aún eran jóvenes y añoraban su país, y el lazo de sangre con la pequeña Elena y el cuerpo de su hijo enterrado allí eran los únicos motivos para permanecer en aquella tierra donde habían prosperado con gran esfuerzo y que ahora les daba la espalda.

Aquella noche Trinidad apenas pudo conciliar el sueño mientras una dolorosa idea le rondaba la cabeza mortificándola. Al día siguiente regresó y depositó a la pequeña Elena en brazos de Isabel, rogándoles, entre lágrimas, que regresaran a España y llevaran a la niña con ellos. Los tres se abrazaron y rompieron en un emocionado llanto. Ellos jamás se habrían atrevido a pedirle ese sacrificio, deseaban fervientemente envejecer junto a la pequeña Elena y estaban dispuestos a quedarse allí para siempre; pero aquella inesperada decisión promovió su definitivo regreso, y semanas más tarde habían liquidado todos sus bienes y volaban hacia España en compañía del mejor regalo que les hizo Dios en compensación por la pérdida de Rafael, tras prometer a Trinidad, aun en contra de sus voluntades, que Elena jamás conocería la existencia de su familia mexicana.

Con el dinero obtenido por la venta de sus bienes se instalaron en un pueblo del sur, en la provincia de Cádiz, en una confortable casa junto al mar, lejos de la ciudad que les vio nacer. Corría el año 1970, el dictador Franco seguía gobernando el país con mano dura y el miedo a los instintos revanchistas sufridos treinta años atrás aún les perseguía, así que optaron por no informar del regreso a los escasos parientes que aún les quedaban vivos e iniciaron una nueva vida, guardando celoso secreto del forzoso exilio y comenzando desde cero como una familia ejemplar.

Trinidad añoró a la pequeña Elena hasta el fin de sus días, aunque jamás albergó ninguna clase de arrepentimiento. Sin embargo, Agustín había cumplido los catorce años curtido y maduro como si fueran veinticinco, y en numerosas ocasiones le lanzó duros reproches, exigiéndole que hiciera lo mismo con él y le enviara con la familia de su verdadero padre, como hizo con su hermana. Pero ella callaba ante sus críticas, rezando en silencio para que el sacrificio obtuviera recompensa: no deseaba una vida como la suya para su hija; Elena no debía regresar nunca a aquella inmunda cabaña ni pisar aquella maldita hacienda.

Capítulo6

La sirvienta llegaba puntualmente a las diez para depositar la bandeja del desayuno y retirarlo una hora más tarde. Elena se esforzó por ganar su amistad y así obtener información sobre su familia; por la mañana comenzó a ducharse y planeó terminar a las once en punto. Estaba en el baño y tenía una toalla alrededor del cuerpo cuando llegó la criada.

– Es horrible, no consigo controlar la melena. Necesito pinzas para el pelo.

– Lo lamento, señora, pero no puedo ayudarla. Pediré permiso y se las traeré esta tarde.

– No se moleste, no tiene importancia. No debemos incordiar al señor por unas simples horquillas. Ya me las arreglaré. Gracias de todas formas.

– Espere un momento -dijo la ingenua señora llevando sus manos a la cabeza y arrancando de su cofia una pinza-. ¿le sirve esta?

– Por supuesto que sí. Muchas gracias, Regina, es usted una buena persona -dijo Elena conmovida por la bondad que exhalaba aquella mujer.

Antonio Cifuentes se dirigía a la habitación de su prisionera, pero se detuvo de repente: la puerta estaba entreabierta y reconoció la voz de la criada en animada charla con Elena. Se acercó sigilosamente para intentar oír la conversación.

– Por favor, no diga a nadie que se la he dado -escuchó desde la puerta.

– No se preocupe, tiene mi palabra. Gracias otra vez -le dijo mientras se arreglaba el cabello-. Regina, ¿lleva usted mucho tiempo trabajando aquí?

– ¡Huy, señora! Toda mi vida. Mi madre ya trabajaba como sirvienta del abuelo del señor, don Eduardo Cifuentes. Yo seguí la tradición, primero con su hijo don Andrés y ahora con su nieto, don Antonio.

– ¿Conoció usted a mi madre, Trinidad González? -preguntó con disimulada excitación.

La criada hizo un gesto de confusión deteniendo su faena.

– ¿Quién dice usted que era su madre, señorita?

– Trinidad González. Trabajaba aquí como criada.

– ¡Ay, Virgencita de Guadalupe! -dijo la mujer santiguándose y mirándola con estupor-. ¡Es usted! ¡Es usted la niñita de Trinidad! Pero ¿qué hace aquí, mi hija? ¿Por qué vino a esta casa después de todo lo que pasó?

– Yo no sabía nada de lo ocurrido; vine a conocerles, pero cuando llegué y me puse al corriente ya era demasiado tarde. El señor Cifuentes me tiene retenida aquí para forzar a mi hermano a entregarse.

– ¡Virgen santa! ¡Qué pena con usted, señorita! Su madre nunca quiso tenerla aquí y mire ahora cómo está.

– Regina, por favor, cuénteme cómo murió mi madre. ¿Y mi hermano? ¿Es realmente un asesino tan peligroso como dicen?

– ¡Ay, mi hija! Fue una tragedia. Su madre rompió sin querer una pieza muy valiosa y el difunto don Andrés se enfadó mucho. Trinidad tropezó en la escalera huyendo de sus amenazas y al caer se rompió el cuello. Agustín vino a su encuentro para socorrerla, pero dicen que se exaltó mucho, se encaró con él y le golpeó… Y ya conoce el resultado… ¡Cuánto lamenté la muerte de Trinidad…! Todos los empleados de la hacienda entregamos unos pesos para ayudarla, pero no se pudo hacer nada por ella. Murió al día siguiente. Fue una gran pérdida. Yo la apreciaba sinceramente, era una mujer buena y trabajadora, todo corazón -dijo con pena.

– Regina, ¿por qué mi madre nunca quiso saber de mí?

– No diga eso, mi hija. Su madre sufrió mucho cuando la envió al exterior. Lloraba con amargura cada vez que se acordaba de usted, pero no quería tenerla aquí, donde no podía ofrecerle nada. Usted no es madre, por eso no entiende el sacrificio tan enorme que hizo para que usted tuviera una vida mejor que la suya.

– Pero soy hija, y los hijos necesitan a sus madres. Aquí habría sido igual de feliz junto a mi auténtica familia…

– No, no, señorita. Si se hubiese quedado, ¿cómo habría terminado? ¿De sirvienta como ella o yo misma? ¿O bajo las garras de sabe Dios quién? No, mi niña. Usted es bella, ha recibido una educación, ha vivido bien. No reniegue de su madre, no la culpe. Yo habría hecho lo mismo con mi hijo si hubiese tenido la oportunidad que le ofrecieron sus abuelos. ¡Ay, no me llore, señorita!

– Ahora ya no tengo futuro. Tenía tanta ilusión por conocerles… Deseaba sacarles de aquí y ofrecerles una vida mejor, pero me han encerrado en esta jaula como a un animal. Ahora soy la hermana de un asesino, y estoy segura de que no saldré bien parada de todo esto. Estoy en el único lugar donde ella no habría querido verme nunca. -Se calló para secarse las lágrimas-. ¿Sabe lo que más me duele? Que también he perdido a mi hermano. Ha arruinado su vida y yo tenía grandes planes para él.

– Usted no tiene la culpa de nada, señorita. A veces las personas tienen un destino que nunca deseamos para ellos, pero es Dios quien dispone de todos nosotros.

– Ojalá Dios me escuche y le proteja. -Se tumbó en la cama y cerró los ojos mientras la sirvienta la dejaba sola.

Tras las violentas muertes de Trinidad y de Andrés Cifuentes, la vida del mozo de cuadras cambió para siempre, cayendo en un pozo del que jamás podría emerger. Oculto en una mísera habitación de un barrio de chabolas situado en las afueras de la capital, donde por las calles pululaban diariamente prostitutas, proxenetas, traficantes y demás marginados de la ciudad, Agustín González miraba al techo, tumbado en una mugrienta cama y escuchando los gritos y gemidos de placer de aquellas que ejercían su trabajo como vendedoras de felicidad. Pensaba en su hermana Elena. Ella había sido afortunada; había vivido feliz, lejos de ellos. Recordaba su melena rubia y rizada y su risa infantil e inocente, y se sentía orgulloso por el estupendo presente que se había forjado. Su madre le prohibió su visita para no mostrarle la miseria en la que se hallaban, pero él soñaba con volver a verla y maldecía su suerte por todo lo sucedido. Ahora no tenía futuro, ni presente, y el pasado había sido triste y desolador. Estaba acorralado, sin hogar, sin familia y sin esperanzas. La policía y un ejército de cazadores de recompensas pisaban sus huellas; tenía que salir de la ciudad, pero le buscaban por cielo y tierra, hablaban de él diariamente en los noticiarios de la televisión y los carteles con su rostro empapelaban las vallas de la ciudad, en cuyo pie de foto se leía: «Asesino peligroso. Vivo o muerto. Gran recompensa», junto a un número de teléfono. Se había convertido en el hombre más buscado del país y sabía que tarde o temprano acabaría asesinado de un disparo por la espalda.

Después de veinte días de encierro, los alimentos comenzaban a escasear y esperó a la noche para salir, disfrazado con gafas de sol negras y una gorra con publicidad de Coca-Cola. Las calles estaban intransitables y las aceras eran tomadas por mujeres de la noche vestidas con indescriptibles vestimentas. Abundaban las de raza indígena, con escandalosas pelucas rubias de largo cabello que empequeñecían aún más su ya reducida estatura; el maquillaje parecía obtenido del atrezzo de una película americana: las mejillas pintadas de rojo fuerte hacían contraste con el verde manzana de sus párpados que, rodeados por una gruesa línea negra, acentuaban la oscura mirada. Los chulos se mantenían a cierta distancia de las chicas, apoyados con indolencia en el quicio de la puerta de entrada donde tenían las habitaciones alquiladas para la faena. Los numerosos coches hacían cola junto a las aceras y sus dueños negociaban el precio, dejándolos abandonados allí mismo mientras subían a satisfacer sus instintos. El caos era costumbre a aquella hora, con el desagradable ruido del claxon y del vocerío de las damas que vendían su mercancía. Era el mejor momento para salir y pasar desapercibido, pues toda la chusma que se movía en aquel lugar tenía un propósito muy diferente al de la caza de un criminal.

Capítulo7

Antonio Cifuentes había enviado a un empleado al hotel para cancelar la habitación de Elena y estaba registrando detenidamente sus pertenencias: ropa de excelente calidad, libros de autores iberoamericanos, una guía turística de México y un libro diferente, algo más grande que el resto, en cuya portada roja podía leerse: «Algoritmo. 2º Curso». Lo hojeó con curiosidad y comprobó que era un libro de matemáticas. De entre las páginas cayeron varios folios escritos, y en el primero leyó: «Primera evaluación»; se trataba de un listado de preguntas para un examen. Continuó su registro hasta vaciar la maleta y descubrió una cremallera oculta en un costado; allí estaba el pasaje de avión, cuya fecha de llegada coincidía con la de su fortuito encuentro en el aeropuerto, un día antes de su aparición en la hacienda. El regreso estaba programado para finales del mes de agosto. Introdujo la mano para comprobar que el pequeño bolsillo estaba vacío, pero tropezó con un nuevo hallazgo: un talonario de cheques de viaje. Contó el valor de los mismos y comprobó, sorprendido, que sumaban… ¡cien mil dólares!

Vació el segundo bolso más pequeño y reconoció el cuaderno en el que ella escribía durante la espera en el aeropuerto. Las páginas estaban llenas de números, letras y fórmulas. Por lo visto los cálculos matemáticos le servían de pasatiempo. Descubrió un pequeño álbum de fotos y comenzó a examinarlas. Las primeras eran antiguas, en blanco y negro, y en ellas observó a un matrimonio mayor en la playa de la mano de una niña rubia que tendría unos cinco o seis años de edad. Las siguientes fotos mostraban a la misma niña, que crecía conforme las páginas avanzaban: reparó en la imagen de su Primera Comunión, vestida de blanco y las manos unidas rodeadas por un rosario. Examinó otra foto de su adolescencia, montada a caballo en el campo; otra vestida con un traje de gitana de color verde con volantes y un mantoncillo de flecos en marfil. Su cabello estaba recogido alrededor de la nuca y una flor del mismo color le adornaba la parte derecha del rostro. Realmente estaba bonita en aquella foto. Encontró otra más oficial, vestida con una toga, y en el pie de foto leyó el nombre de la universidad donde había estudiado; en la última página aparecía al lado de un hombre que la tomaba por los hombros mientras ella le abrazaba por la cintura. Era joven, como ella, y miraban a la cámara sonriendo; era la foto más reciente, y en todas reconoció su mirada rasgada. Antonio comenzaba a creer parte de sus explicaciones y se convenció de que realmente fue adoptada por sus abuelos. Ella no conocía la suerte que había corrido su familia y por esa razón había aparecido en la hacienda con la intención de encontrarse con ellos por primera vez. Si hubiese contactado con Agustín, jamás habría ido, estaba seguro. Los recelos hacia Elena se disipaban como la niebla en un día soleado y todas las pruebas sobre su culpabilidad se iban desbaratando una a una. Pero aún le quedaban algunas dudas por aclarar: ¿ignoraba ella realmente quién era el padre de Agustín? Y los cheques… ¿Cómo había conseguido tanta plata? ¿De verdad pensaba regalarla a su familia? Quizá gozara de una buena posición en España; aquello explicaba el billete de avión en primera clase. Debía averiguar cuánto de verdad había en todo lo que Elena le había contado.

Elena estaba tumbada en la cama, de espaldas a la puerta, cuando escuchó el sonido de la cerradura.

– Deje la bandeja, Regina -dijo sin volverse.

– Hola, Elena.

Un escalofrío recorrió su espalda y se incorporó despacio hasta quedar sentada.

– Buenos días, señor Cifuentes -respondió sin mirarle.

El dueño de la casa venía seguido de otra sirvienta que portaba unos paquetes.

– He cancelado la habitación en el hotel, aquí tiene su equipaje. Baje a cenar -le dijo mirándola durante unos instantes. Después salió dejando abierta la puerta.

Se vistió con un pantalón de algodón blanco y un jersey de hilo azul marino y con rayas blancas. Después cepilló su melena, sujetándola con un lazo bajo la nuca. Una criada desconocida la esperaba junto a la puerta para conducirla junto al señor. Atravesó la galería, acompañada por enormes retratos de los antiguos dueños de aquella propiedad que cubrían el amplio muro. El corredor recibía la luz natural que penetraba a través de las cristaleras situadas en la parte derecha, desde donde se divisaba un gran patio en la planta baja, y una buganvilla de color rosa trepaba y cubría gran parte del muro. El patio debió de ser en otra época la zona de entrada a caballo de los habitantes de la casa, pues aún conservaba en un lateral de la pared varias argollas de hierro macizo para atar a los animales. Ahora el tejado estaba cubierto por un material traslúcido y el suelo se revestía con baldosas de barro cocido; los arcos góticos de piedra labrada a modo de claustro daban cobijo a los soportales que rodeaban la planta baja y servían de acceso a otras estancias. En el centro se situaba un pozo perfectamente restaurado, atravesado en su brocal por un arco de forja y rodeado de parterres con flores de vivos colores. Bajaron por la amplia escalera hasta salir por una puerta lateral, donde se ubicaba la enorme terraza rodeada de plantas trepadoras y la gran piscina. Observó la belleza de aquel lugar, lleno de color y profundos aromas provenientes de los jacintos plantados cerca del muro. Antonio Cifuentes aguardaba su llegada fumando un habano y leyendo un periódico. Vestía un polo de color oscuro y pantalones vaqueros.

– Buenas tardes -saludó tímidamente Elena.

Él respondió alzando su vista para examinarla despacio.

– ¿Tengo que darme una vuelta? -preguntó con humilde ironía.

Antonio la retuvo en pie y ella sostuvo su mirada. «Vaya, tiene orgullo», pensó.

– No. Puede sentarse, pero antes suéltese el pelo.

Lo hizo frente a él, en silencio, mientras la criada servía la cena y recibía de ella un cortés agradecimiento.

– Siempre tan educada. -Seguía observándola mientras ella mantenía sus ojos en un lugar de la mesa, sobre el plato de fondo blanco que contenía un grueso filete de ternera rodeado de un puré verde con trozos de cebolla cruda y adornado con tomate natural.

– ¿Ha tenido tiempo de reflexionar?

– ¿Sobre qué?

– ¿Va a decirme ahora toda la verdad?

– Ya se la dije el otro día, señor Cifuentes.

– ¿Qué relación mantiene con su hermano? -inquirió con autoridad.

– Mi hermano y yo no nos hemos visto nunca. Hasta hace unos meses ni siquiera sabía que existía.

– Me está mintiendo -dijo en tono pausado-. Debería colaborar, así yo también podría ayudarla.

Los oscuros ojos escudriñaban su mirada como un ave rapaz, acostumbrados a observar los movimientos de su presa y aguardar el instante de descuido o cansancio para lanzarse sobre ella sin piedad, con la fiereza del animal hambriento.

– Señor, yo sé que le odia, pero no descargue en mí todo su resentimiento. Yo no soy él… -suplicó con humildad.

– ¿Cree que estoy resentido con usted?

– Represento a alguien de quien desea vengarse. Ensañándose conmigo desahoga todo el rencor que siente hacia él.

– ¿Considera que me estoy ensañando? -insistió.

Ella bajó los ojos y quedó callada.

– ¡Conteste! -ordenó perdiendo la paciencia.

– ¿Cómo llaman ustedes a esta situación de encierro a la que me tiene sometida? -Habló con inseguridad, pero sostuvo la mirada sin pestañear a pesar del miedo, sin mover un solo músculo de su cuerpo, pensando que quizá no debía haber hecho esa pregunta.

– No me gusta que me mientan y usted lo ha hecho -le dijo suspirando profundamente-. Si quiere recibir un trato mejor, colabore conmigo.

– ¿Piensa retenerme durante mucho tiempo?

– Todo depende de usted.

– ¿Y si se cansa de esperar…? -insistió tímidamente.

El dueño de la casa la miró en silencio durante unos incómodos minutos. Conocía los secretos de seducción que las mujeres utilizaban con él, estaba acostumbrado a dejarse conquistar; sin embargo aquella belleza… era consciente de que estaba en sus manos, pero no se esforzaba en absoluto por complacerle. A pesar de su apariencia de mujer de hielo poseía un aire ingenuo, parecía una adolescente desubicada del instituto.

– Entonces va a pasarlo mal, señorita Peralta -respondió deleitándose con el temor de su interlocutora.

– Me dijo la otra noche que… -Su voz quedó apagada.

– Que iba a entregarla a mis obreros… Esta es su última oportunidad…

– Me asusta que cumpla… su… su amenaza… -empezó a tartamudear.

– Todo depende de usted. Procure satisfacerme y la dejaré en paz.

– Pero no tengo nada que decirle… -Le miró implorante-. Por favor, créame…

Llenó su copa de vino mientras la observaba y respiró despacio un par de veces antes de intentarlo de nuevo.

– Dígame dónde está su hermano y le haré la vida más agradable -le dijo con una afable mirada tratando de convencerla.

– Yo no le conozco, señor -repetía de nuevo-. Solo recibí una carta suya hace meses…

– Está bien -dijo comenzando a rendirse-. Hábleme de su pasado y no se le ocurra mentirme. ¿Quién es su padre?

– Mi padre se llamaba Rafael Peralta Ramos. Murió hace veintiséis años y está enterrado en un pueblo cerca de aquí.

– Y se casó con su madre y también es el padre de su hermano -continuó con una irónica sonrisa.

– Pero ¿por qué no me cree? ¿Qué importancia tiene para usted el nombre de mi padre?

Él cruzó los brazos sobre la mesa y la miró fijamente.

– Porque me tiene confundido. No sé si es usted una excelente actriz o realmente está convencida de lo que dice.

– He crecido oyendo decir a mis abuelos que yo era idéntica a mi padre, tanto en el carácter como en el físico. Todo lo que le he dicho es cierto, es la verdad… No sé si usted sabe algo sobre mi familia que yo ignore…

– ¿Sus abuelos le dijeron que Agustín era hijo de su padre?

– Pues… -Quedó callada, titubeante-. No… pero éramos una familia. Cuando mi abuela me dijo que mi madre estaba viva me mostró fotos de ella con su hijo…

– ¿Y qué más le dijeron? ¿Cuál fue el motivo para separarles?

– Mi madre pensó que con ellos yo tendría una vida más cómoda. Quizá se quedó con Agustín porque era mayor y no se adaptaría tan fácilmente… no lo sé.

Había algo en ella que le desconcertaba. Su instinto bien adiestrado ante el mundo en general -y las mujeres en particular- detectaba una incongruencia, un matiz falso; estudiaba esa nota disonante que sobresalía de su relato. Ella parecía estar convencida de lo que contaba, y lo que contaba no era cierto. ¿Y si la confundieron sus abuelos? ¿Y si era una treta para confundirle a él?

– ¿Tenía una buena posición su familia?

– No eran ricos, pero vivíamos en una bonita casa y nunca me faltó de nada.

– He visto su equipaje. He encontrado unos documentos muy valiosos -dijo examinando su reacción-. ¿Dónde ha conseguido tantos dólares?

– Es la herencia de mis abuelos, los ahorros de toda su vida.

– ¿Y pensaba liquidar todo su patrimonio? ¿Para qué? -preguntó sorprendido.

– Para compensar a mi madre y a mi hermano. Quería ayudarles a salir de aquí, convencerles de que fueran a España conmigo. Pero en caso de que prefiriesen quedarse, pensaba darles el dinero para que se compraran una casa y ayudar a Agustín a crear su propio negocio.

– ¿Qué clase de negocio habían pensado?

Elena le miró, impotente.

– Ya no sé cómo explicarle que nunca he hablado con él -dijo suspirando profundamente.

– ¿Y por qué tanto empeño por ellos? Eran unos extraños para usted… -preguntaba incrédulo.

– Era una forma de agradecerles el sacrificio que hicieron por mí.

– La buena samaritana venida del otro lado del océano. Demasiado bonito para ser verdad -le respondió con burla-. ¿Está casada?

– Sí -mintió.

– ¿Con el hombre de la foto?

– ¿Qué foto?

– La del álbum de su vida. Lo encontré en su maleta. ¿Por qué no lleva alianza? -preguntó sin estar convencido de su respuesta.

– Pensamos que podría ser peligroso traer joyas.

– ¿A qué se dedica su marido?

– Es arquitecto.

– Entonces deben de tener una buena posición.

– No puedo quejarme.

– ¿Cuánto tiempo lleva casada? ¿Tienen hijos?

– Desde hace dos años, y no, no tengo hijos.

– ¿Por qué no ha venido él con usted?

– Porque tenía mucho trabajo, y yo preferí afrontar por mí misma esta situación.

– Su marido debe confiar mucho en usted al dejarla sola durante un mes.

– Él piensa reunirse conmigo muy pronto. Debe de estar alarmado por no tener noticias mías y pronto comenzará a buscarme.

– Ha dicho antes que quería encarar sola esta situación -insinuó incrédulo.

– Solo durante los primeros días. Él tiene previsto venir dentro de una semana y regresar conmigo. Espero que para ese tiempo usted haya comprobado que todo esto es un desgraciado malentendido y me deje marchar -dijo mientras se colocaba un mechón de pelo tras la oreja, un gesto que a Antonio le pareció especialmente sensual.

– No esté tan segura -dijo aparcando su frialdad.

Antonio trataba de hallar algún resquicio de verdad en sus palabras. Su mirada parecía sincera y el aire de inocencia que la envolvía incitaba a creerla. Comenzaba a sentir algo confuso y a la vez agradable por aquella mujer sentada frente a él. Su animadversión había desaparecido, aunque no confiaba del todo; además… era hermana de quien era hermana, no podía olvidarlo fácilmente. Tenía la impresión de que mentía continuamente; sin embargo, ella misma le había mostrado su punto débil al confesarle sus temores, exhibiendo una candidez impropia de una mujer madura.

– ¿Puedo irme ya? -preguntó Elena, haciéndole regresar a la realidad.

– Sí, vuelva a su habitación.

Elena se sintió aliviada, pues temía que el entusiasmo hacia ella se desbordase. Intentó dormir, aunque la inquietud ante cualquier ruido la mantenía tensa. Al fin sus ojos se cerraron, pero su mente volvió a atormentarla y las pesadillas de la infancia regresaron. Soñaba que corría por un laberinto de muros de madera, perseguida por la sombra de unas enormes manos que pretendían atraparla. Ella trataba de escapar por unas pequeñas cavidades cuadradas y separadas entre sí por altas paredes que le impedían saltar de una a otra. El largo pasillo no tenía salida y a los lados solo había pequeñas puertas que accedían a aquellos huecos ciegos. La sombra se acercaba lentamente y empezó a gritar, pero aquellas gigantescas garras la habían atrapado y comenzaban a sacudirla. Ella se defendía agitando los brazos y las piernas para zafarse de aquella abominable silueta que la zarandeaba con violencia.

– ¡Despierte! ¡Despierte! -Antonio Cifuentes la sacudía de atrás hacia delante, sujetando sus manos con las que trataba de protegerse, pero por más que se esforzaba, no conseguía devolverle la consciencia.

– ¡No, por favor! ¡No me haga daño! -seguía gritando Elena.

– ¡Es una pesadilla, solo un sueño! ¡Despierte ya! -le ordenó mientras encendía la luz de la mesilla.

Por fin se quedó quieta, sentada en la cama, temblando como una hoja, con la respiración entrecortada y la mirada perdida. Antonio se acercó e intentó abrazarla, pero ella alzó sus manos para impedírselo. Sus ojos reflejaban pánico.

– Ya pasó todo. Solo ha sido una pesadilla -le dijo en tono tranquilizador-. ¿Se siente mejor?

– Sí -respondió mientras se tendía de nuevo cerrando los ojos y dándole la espalda.

– Está bien, intente dormir. -Antonio acariciaba su hombro tratando de calmarla, ignorando que aquel contacto producía en ella el efecto contrario al de sus intenciones-. Me quedaré aquí hasta que recupere el sueño.

– No es necesario. Ya estoy bien, gracias -dijo sin volverse-. Prefiero estar sola.

– De acuerdo, dejaré la puerta abierta, estaré en la habitación de al lado.

Elena recuperó el sueño con las primeras luces del alba. El rumor de las voces de los trabajadores y el trotar de los caballos contribuyeron a tranquilizarla, aportándole una seguridad que hasta entonces desconocía. Aquellos sonidos no eran nuevos para ella, recordaba haberlos escuchado antes, desde otro lugar, pero el subconsciente se negaba a facilitarle más información; solo podía describir las sensaciones al oírlos desde su cama, las cuales le hicieron reconstruir otro sueño menos violento pero más obsesivo y repetitivo: la imagen de una casa pequeña con una cama grande al fondo y otra en la parte derecha de la puerta de entrada, junto a la pared. Recordaba una tela de grandes flores rojas y una mesa redonda. Elena soñó cientos de veces que accedía a aquella estancia, que pasaba cerca y, tras reconocerla, entraba a hurtadillas. En algunos de sus sueños la encontraba abandonada y sentía una gran decepción; en otras ocasiones, la hallaba totalmente distinta a como ella la recordaba. Era el sueño que más se repitió a lo largo de su niñez; parecía que su mente había dejado algo pendiente allí y sabía que debía de tener algún significado, pues en su memoria quedaron grabados todos los rincones de aquella sala y era capaz de describir detalle por detalle, cuadro a cuadro y mueble a mueble todo lo que había en su interior. Más de una vez se la describió a su abuela, preguntándole si ella habría estado allí de pequeña, pero nunca recibió una respuesta clara.

Antonio visitó por la mañana su dormitorio y se quedó en pie junto a la cama, contemplándola mientras dormía. Elena vestía un pijama de dos piezas de color azul, pero la camiseta apenas cubría su cintura. Estaba recostada de lado con la pierna derecha doblada hacia delante sobre la izquierda y el brazo junto a su rostro. La juventud que desprendía aquella atractiva figura producía en él una confusión extraña, haciéndole gozar con aquella visión. Era una mujer deseable y parecía no ser consciente de la tentación que provocaba. En ningún momento advirtió en ella intención de agradarle; al contrario, percibía en su mirada un miedo atroz hacia él. ¿Realmente era tan delicada como la estaba viendo en ese instante? No estaba seguro de su sinceridad, aunque deseaba creer que realmente había ido a buscar a su familia sin tener noticias de lo ocurrido. Todo lo que había contado parecía cierto. Había ido a la universidad, había vivido con sus abuelos en España, pero… ¿y su hermano? ¿Habría tenido contacto con él? ¿Sabía dónde se escondía? Estaba seguro de que ella nunca lo confesaría voluntariamente. Tenía que averiguar a qué había ido realmente a la finca y qué información guardaba. Había algo extraño que no alcanzaba a descubrir, aunque se propuso ir desenmascarándola poco a poco.

Capítulo8

– Don Antonio, su ex esposa está al teléfono. Quiere hablar urgentemente con usted. -La eficiente secretaria hablaba por el intercomunicador mientras él firmaba documentos en la mesa del despacho.

– Dígale que hoy no podré atenderla, cítela para la próxima semana.

– Muy bien, señor. También ha llegado el director financiero.

– Hágale pasar -ordenó.

En los últimos días no conseguía concentrarse a fondo. Se levantó del cómodo sillón y se dirigió al ventanal para contemplar el exterior. Desde la altura del despacho, situado en la última planta del rascacielos, abarcaba la ciudad hasta perder la vista; a su izquierda contemplaba el majestuoso monumento del Ángel de la Independencia, recubierto de oro sobre una columna corintia de treinta y cinco metros de altura, el símbolo representativo de la Ciudad de México; varios rascacielos se levantaban con insolencia junto al suyo en el corazón financiero, donde los grandes bancos y centrales de empresas extranjeras se habían instalado alrededor de la impresionante torre de cristal de color verde perteneciente a su holding.

– Traigo excelentes noticias -lanzó a modo de saludo el directivo.

– Entra y siéntate, Luis. Dime cuáles son esas buenas nuevas.

Luis Barajas había conseguido el puesto por méritos propios. Se licenció en ciencias económicas en Estados Unidos y unía a una gran agilidad de reflejos una extensa preparación. Acababa de rebasar la treintena, era eficiente y exigente en el trabajo. Su rostro era rectangular y el cráneo surcado por una recta línea dividía el cabello en dos cuadrados: el derecho, con una deferencia sobre la frente a modo de flequillo, y el izquierdo, más pequeño pero igual de simétrico. Sus pobladas cejas protegían con fiereza unos ojos pequeños y vivaces. Vestía traje oscuro de buena calidad y sus ademanes eran resueltos y seguros.

– El valor de las acciones de la cadena Veracruz Hoteles se ha multiplicado por veinte. El mercado ha reaccionado al saber que usted es el nuevo propietario, y han salido despavoridos a comprar. Los inversores confían en su gestión -dijo con entusiasmo al presidente, a quien admiraba sinceramente por su intuición natural para olfatear un buen negocio desde lejos.

– Eso parece, así que no debemos defraudarles. Vamos a acometer reformas en todos los hoteles para adecuarlos a la máxima categoría. Serán el sello de identidad de nuestro holding.

– Es una excelente decisión -respondió el colaborador-. ¿Cuándo empezamos?

– Reúne a los departamentos y coordina todas las actuaciones. Quiero el proyecto y el informe de costes sobre mi mesa lo antes posible.

– Iniciaré inmediatamente los trabajos -se despidió con energía.

La secretaria volvió a interrumpir sus solitarios pensamientos.

– Señor, ha llegado el responsable de seguridad.

– Hágale pasar.

– Buenos días, señor Cifuentes. Tengo la información que me solicitó sobre la señorita Peralta.

– ¿Ha habido suerte con los certificados?

– Sí, señor. Lamento mi tardanza, pero ha sido muy laborioso encontrarlos porque no conocíamos el lugar ni la fecha en que se emitieron. Pero al fin dimos con ellos.

– Buen trabajo. Gracias -dijo recibiendo un voluminoso dossier-. Victoria, cancele todas las citas y retrase un par de horas la reunión con el presidente del Banco Iberoamericano -ordenó por el interfono al quedarse solo.

El presidente del holding ACM se desplazó al apartamento contiguo al despacho que compartía la planta con la sala de reuniones. La lujosa vivienda ocupaba más de la mitad de la superficie total y estaba dotada de toda clase de comodidades. En ocasiones Antonio Cifuentes se quedaba a dormir en él, cuando las maratonianas sesiones de negocios y múltiples obligaciones le forzaban a trabajar hasta altas horas, evitando así la molestia de trasladarse a su palacete situado en la colonia Polanco. También durante su matrimonio residió a menudo allí, donde se reunía con sus amantes, lejos del alcance de curiosos.

Sentado en el sofá de color marfil, abrió la carpeta y fue hojeándola despacio; comprobó que Elena no había mentido: Trinidad González y Rafael Peralta se casaron el treinta de enero de 1965. Rafael falleció en julio y Elena nació en el mes de noviembre de ese mismo año. La investigación abarcaba la vida de sus abuelos, la residencia en México y el posterior regreso a España, incluso su estado financiero. No había nada anormal: eran una familia respetada y querida, gente honrada. Verificó que la cantidad de dinero que ella había traído era realmente el saldo total de las cuentas bancarias. José Peralta había fallecido el año anterior y su mujer también, hacía solo unos meses. Elena no tenía parientes cercanos y no había nada escabroso ni truculento en su pasado: creció con ellos, fue a la universidad, trabajaba como profesora en un instituto… Pero no había datos sobre su boda, ni del marido arquitecto. El domicilio que figuraba era el mismo de sus abuelos, y el informe especificaba claramente que era soltera y que había vivido siempre con ellos. ¡Le había mentido de nuevo!

Elena estaba tumbada a los pies de la cama, de espaldas a la puerta. Oyó el ruido de la cerradura al abrirse, pero no se volvió. Con una mano se sujetaba la cabeza y con la otra escribía en su cuaderno.

– Hola, Elena -dijo el dueño de la casa, acercándose a la cama-. ¿Qué está escribiendo? -preguntó mientras examinaba el cuaderno y se sentaba en la cama frente a ella.

– Solo ejercitaba mis neuronas -contestó mostrándole una página llena de operaciones matemáticas.

– ¿Por qué eligió las matemáticas? No es una materia demasiado atractiva para una mujer.

– ¿Qué materias cree usted que son atractivas para nosotras? ¿La literatura, la historia, o es el cuidado de la casa y los hijos?

– La mujer que esté a mi lado no tendrá que trabajar -respondió con desagrado.

– Por suerte mi marido no piensa así.

– ¿Y qué piensa su marido?

– Que las mujeres debemos tener las mismas posibilidades que los hombres a la hora de encontrar un buen trabajo.

– Parece un hombre razonable.

– Mucho más que usted -respondió altiva.

Antonio Cifuentes alargó la mano para acariciar su cara, marcando el borde de sus labios con el pulgar. Elena permaneció inmóvil, tensa e incómoda. Él se inclinó despacio, deseaba besarla, pero topó con unos ojos fríos que le desafiaban.

– Es una embustera. No tiene marido, y si vuelvo a descubrirla en una nueva mentira, no seré yo quien venga a visitarla la próxima vez -amenazó mientras se levantaba y la dejaba sola. Estaba furioso. Quiso dominarla y era él quien había sido sometido. Aquella mujer era demasiado fría y orgullosa, y su actitud conseguía desarmarle.

Capítulo9

El responsable de la autoridad visitó de nuevo la hacienda para informar del curso de la investigación. No había rastro del asesino, se recibían a diario llamadas de ciudadanos deseosos de conseguir la recompensa, habían registrado cientos de hogares y peinado barrios enteros, tenían infiltrados policías entre las zonas más conflictivas y parranderas de la ciudad, pero no habían conseguido un resultado esclarecedor hasta el momento.

– ¿Qué hay de su linda hermana? ¿Ha conseguido alguna información?

– No, aún no he obtenido nada concreto. Cada vez estoy más convencido de que no hubo contacto entre ellos.

– Envíela a la central, tenemos métodos para hacerla hablar. Allí nos contará todo lo que sabe.

– Prefiero tenerla aquí. Estoy seguro de que podré averiguar si realmente conoce dónde se esconde ese miserable.

– Podríamos utilizarla como cebo -propuso Manuel Flores.

– ¿De qué forma?

– Usted la deja marchar, más bien «escapar»… Si ella se siente segura, buscará a su hermano y nos conducirá a su guarida.

– No es mala idea; ya intentó escapar una vez. Déjeme estudiarlo, Manuel. Le llamaré cuando tenga un plan más definido.

Elena se puso en guardia al oír el familiar sonido de la cerradura. Se había habituado a la rutina de la sirvienta y no era la hora de su visita. Volvió la mirada y sintió un escalofrío al observar la silueta de su guardián dirigiéndose hacia el sillón donde se encontraba.

– Buenas tardes, Elena -saludó con amabilidad.

– Hola, señor Cifuentes.

– Pensaba si le gustaría dar un paseo a caballo -dijo mientras se introducía las manos en los bolsillos, en pie, junto a ella.

Elena le observó despacio desde abajo. Vestía ropa de montar: altas botas negras, pantalón ajustado y camisa blanca bajo un chaleco de color gris. Sus ojos emitían una mirada involuntariamente fría y dominante que inspiraba respeto -a ella en particular, miedo-. La oscura barba perfectamente rasurada le nacía desde los pómulos. Advirtió un oscuro vello en el dorso de sus grandes manos que adivinó también en los brazos y en el pecho, por la tímida oscuridad que asomaba por el cuello abierto de la camisa. Reconocía para sus adentros que aquel hombre era muy… hombre. Poseía el atractivo de algunos actores de Hollywood que interpretan personajes de hombres duros pero sensuales al mismo tiempo.

– Me encantaría -respondió levantándose-. Necesito salir de entre estas paredes.

Tras aquella supuesta cordialidad, Elena intuía en él a un ser cínico y cruel, un cazador capaz de quedarse inmóvil mientras su presa se confiaba hasta tenerla en el punto de mira y asestar el golpe definitivo; pero decidió seguirle el juego y aceptar la invitación. Durante aquellos días de encierro se había marcado un plan de actuación: tenía que convencerle del verdadero motivo de su llegada a México, y para ello debía utilizar sus armas de mujer. Era consciente de su belleza y del efecto que causaba en el sexo opuesto, y su intuición le decía que podría conseguir algún beneficio de aquel hombre si se mostraba amable y accesible. Ganar su confianza era el primer objetivo; después… quién sabe… quizá la dejara marchar…

Caminó a su lado y atravesaron el salón, donde una gran chimenea presidía el muro principal flanqueada por lujosos sillones de madera labrada. Elena se detuvo bruscamente para examinar sobre ella un enorme retrato al óleo de un hombre mayor con cabello cano y ojos claros, mirada dura y blanco mostacho. Vestía ropas de charro con sombrero de fieltro de ala ancha y sostenía una fusta en la mano; su pie derecho descansaba sobre una silla de montar bordada en oro sobre cuero marrón.

– ¿Quién es ese hombre? -preguntó sin dejar de mirar el cuadro.

– Mi padre, Andrés Cifuentes.

Elena dirigió la mirada alternativamente al cuadro y a Antonio, como si quisiera comparar la semejanza entre ellos.

– No guardan parecido entre ustedes. ¿Y su madre? ¿También murió?

– Se divorciaron hace muchos años. Ella es norteamericana y vive en su país.

Andrés Cifuentes conoció a su esposa en la ciudad de San Antonio, en el estado de Texas, donde se había desplazado con una partida de toros bravos para participar en un rodeo. Durante la fiesta organizada por los promotores, entre los que se encontraban diversas autoridades de la ciudad, conoció a la hija de un senador por aquel estado, Marjorie, de veintidós años. Él tenía treinta y seis. El noviazgo fue breve, y dos meses después Andrés regresaba al rancho del brazo de una esposa inmadura y ávida de aventuras en el país vecino.

Pero las dificultades llegaron con la misma ligereza que su enamoramiento. Ella odiaba el campo, la quietud y el lento ritmo de la hacienda. Era joven y quería disfrutar de su libertad. Sin embargo, Andrés Cifuentes era un hombre muy apegado a las tradiciones, amaba su tierra y deseaba un heredero para continuar el legado familiar. Pronto surgieron las primeras diferencias. Fue un choque brutal de culturas y edades que ella se negó a asimilar, así que decidió regresar a su país para comenzar de nuevo tras el fracaso de la peripecia mexicana. No obstante, sus deseos chocaron frontalmente con los de su marido, quien le impidió la partida hasta que no recibiera de ella un hijo legítimo. Pasaron meses hasta que al fin quedó embarazada, tras soportar unas frías y forzadas relaciones que aumentaban día a día el desprecio hacia él y todo lo que representaba. No le importó renunciar al hijo que alumbró después de dos largos e intensos días de dolor, un varón de cabello y ojos marrones como ella, a quien abandonó nada más reponerse del parto. Era el precio de su libertad y no dudó en pagarlo. Jamás regresó a aquella hacienda ni mantuvo contacto con su familia.

– Creo que sabe montar a caballo.

– No tengo demasiada experiencia, monté alguna vez hace mil años.

– No se preocupe, he escogido para usted uno muy tranquilo -le dijo mientras le ofrecía un sombrero vaquero.

Llegaron en el todoterreno descapotable hasta los establos situados junto a la enorme puerta de la finca, la misma que Elena trató de abrir el día de su huida colisionando el coche contra la verja. Había varios vaqueros en el vallado domando caballos. Antonio dejó el coche con las llaves puestas y ordenó a Elena esperar mientras preparaban los animales en el interior de las cuadras. Ella dirigió su mirada al volante al quedar sola, y después hacia la puerta de salida, abierta de par en par… Era su oportunidad para salir de allí, pero ¿dónde podría esconderse, sin dinero ni posibilidades de regresar a España? ¿Y si él la atrapaba de nuevo? Quizá no fuera tan benévolo como la vez anterior… No; debía ser prudente, no podía arriesgarse, él podría cumplir su amenaza esta vez.

Antonio Cifuentes estaba dentro observándola, apoyado en una de las ventanas. Había acordado con el jefe de la Policía un dispositivo de vigilancia y esperó paciente unos largos minutos hasta convencerse de que Elena no tenía intención de escapar; después salió con dos magníficos ejemplares para montar.

– ¿Por qué sabe que monto a caballo? -le preguntó mientras cabalgaban hacia el prado.

– Porque la he visto en una foto. Por cierto, está bellísima en una de ellas vestida de flamenca. -Volvió su mirada cortes y sonriente hacia ella.

– Gracias. Mi abuela me hizo ese vestido -respondió con nostalgia.

– Vayamos a la dehesa. Quiero examinar unos sementales que acaban de llegar de España.

– ¿Tienen toros de lidia en la hacienda?

– Sí. Mi abuelo inició la cría de esta ganadería y con el tiempo hemos conseguido la mejor raza del país. Mire, allí tenemos uno de nuestros ejemplares más apreciados -dijo señalando a una res de color negro.

– ¿Es verdad que los toros mexicanos son más pequeños que los españoles?

– Eso era hace años, pero ahora apenas hay diferencia. Solemos adquirir allí los sementales y los cruzamos con nuestras razas.

Cabalgaron durante un buen rato rodeando las cercas desde donde observaban los animales mientras Antonio iba explicando las condiciones de crianza del ganado y la preparación para la plaza. Pero Elena recelaba de la amabilidad del carcelero; su último encuentro fue incómodo e irritante. ¿Había cambiado de método para hacerla hablar? ¿Se habría convencido de su inocencia? No, de esto último habría jurado que no. Él era un perro de caza y estaba jugando a confiar a su presa. Decidió seguirle el juego; a fin de cuentas, ¿qué más podría perder?

– Regresemos, está oscureciendo.

– ¿Qué son aquellas construcciones de madera? -preguntó Elena señalando una colonia de cabañas alineadas en paralelo formando dos calles.

– Los antiguos barracones de los obreros. Ahora están abandonados.

– ¿Por qué?

– La mayoría de los trabajadores viven en los pueblos vecinos y se trasladan diariamente a la finca. El resto reside en las nuevas viviendas construidas hace unos años en la parte sur.

Elena dirigió su caballo hacia las viejas cabañas. De pronto su corazón empezó a latir con fuerza; había algo familiar que la atraía desesperadamente hacia allí. Bajó del caballo y deambuló entre aquellos barracones hasta detenerse ante unos lavaderos de piedra unidos en batería a los lados y al frente; eran pilas comunes donde los antiguos residentes lavaban los enseres y la ropa. Reconoció de inmediato aquel lugar, se acercó al pozo y recordó de repente cómo se conseguía el agua a través de un cubo de cinc de color gris oscuro unido a una gruesa cuerda renegrida y húmeda que subía a través de una polea del tamaño de un plato grande, colgada del arco de hierro oxidado que enmarcaba el brocal de piedra. Un escalofrío recorrió su piel al revivir aquella escena. Comenzó a escuchar el murmullo de la gente allí reunida: mujeres de largas trenzas atadas con lazos multicolores, niños gritando alrededor mientras ellas lavaban la ropa utilizando una tabla de madera con surcos horizontales y untando de vez en cuando una especie de jabón blanco de forma irregular…

Antonio Cifuentes la observaba sobre la montura, intrigado por su desorientado proceder. Como una sonámbula, Elena se dirigió hacia una de las cabañas y advirtió que las bisagras apenas podían sostener la vieja puerta de acceso, desvencijada y maltratada por el paso del tiempo. Entonces se acercó y lanzó una fuerte patada, consiguiendo abrirla. Al acceder al interior, advirtió que aquel espacio había sido saqueado, y un manto de polvo y desolación lo cubrían por completo; sin embargo, enseguida reconoció el olor a madera añeja, lo había percibido el día de su llegada, cuando la encerraron en un barracón parecido a aquel.

De repente, su mente experimentó una tremenda convulsión al reconocer aquel lugar… ¡Era el hogar con el que había soñado a lo largo de su vida! ¡Su casa!

En el fondo, en el centro del muro, había un catre de madera apolillada, y a su derecha, junto a la puerta, otro más pequeño. Se sentó en este último apoyando la espalda contra la pared, desde donde abarcaba toda la estancia. Comenzó a situar mentalmente los muebles en aquella pequeña habitación. En el muro contrario a la puerta de entrada recordó que había una cama de matrimonio cubierta por una colcha de color verde esmeralda, semejante al raso, y a la derecha, una alacena revestida con una tela de grandes flores rojas y verdes. A los pies de la cama se situaba una pequeña mesa redonda forrada con un tapete verde, y a su lado, junto a la despensa y apoyada en el muro, una cómoda de madera oscura con cajones y tiradores dorados. Sobre ella, Elena recordó la imagen en color sepia de la Virgen de Guadalupe rodeada de un marco oscuro y desconchado colgado de la pared, y entre la cómoda y los pies de la cama pequeña había una especie de lavamanos de escaso medio metro de anchura en cuya parte superior un espejo ovalado se movía hacia delante y hacia atrás. A la izquierda de la puerta de entrada, frente a la cama pequeña donde ella estaba, se ubicaba una gran mesa cuadrada, y sobre ella, un platero de madera repleto de platos de loza blanca.

De repente, una ventana se abrió en su memoria y comenzó a ver figuras humanas en aquella minúscula habitación. Recordó a una mujer con cabello largo y sonrisa dulce que la arropaba con extrema ternura. A su lado, en aquella pequeña cama, había alguien más: un niño a quien también la mujer besaba y hacía carantoñas.

¡Eran su familia!

El niño que dormía a su lado acercaba sus manos a la pared y creaba sombras imitando a animales en complicidad con la indecisa luz que se deslizaba por la ventana. Los recuerdos se amontonaban atropelladamente: estaba sentada alrededor de la mesa, tomando un cuenco de leche en cuyo interior había migas de pan a las que cazaba con una cuchara. Su hermano estaba a su lado, y su madre también…

– Se ha puesto perdida de polvo. Vamos, salga de ahí -ordenó Antonio Cifuentes, extrañado al observar su quietud.

Pero Elena no le oía: estaba con su hermano, él la montaba en sus hombros y corría con sus amigos cerca de un río. Sentía incluso la frialdad del agua en contacto con sus pies mientras jugaban junto a un gran árbol.

– ¿Elena? ¿Se encuentra bien?

Elena no respondía, ni siquiera había reparado en su llegada.

– ¿Qué le pasa? -le preguntó zarandeándola por los hombros.

Le dirigió entonces una extraña mirada, aún no muy consciente de dónde estaba; después se levantó despacio, en silencio, abstraída…

¡Acababa de descubrir su pasado y no sabía qué hacer con él!

– ¿Qué ha visto ahí dentro que la ha impresionado tanto? -preguntaba el dueño de las tierras mientras le sacudía el polvo y las telarañas de la espalda.

Ella seguía sin responder, aturdida, con la mirada perdida. Salió de la cabaña y montó el animal, cabalgando en silencio. Su mente aún estaba en la vieja cabaña.

– Dígame qué le ha ocurrido -preguntaba Antonio con expectación sin obtener respuesta.

Ella elevó la vista y, al mirar a su izquierda, descubrió otra vieja construcción de madera en forma de ángulo recto.

– ¿Qué es aquello? -preguntó dirigiéndose hacia allí.

– Son las antiguas cuadras, tampoco están ya en uso.

Pero ella no le escuchaba, galopaba hacia aquel establo con auténtica impaciencia, y al llegar a la puerta de entrada desmontó y corrió hacia el interior. Súbitamente se sintió invadida por una gran zozobra en aquella oscuridad. Recorrió despacio el pasillo que comunicaba a derecha e izquierda las cuadras, mientras iba empujando las puertas a su paso y mirando hacia el interior de cada una, como si buscara algo. De repente comenzó a temblar de miedo y corrió de regreso hacia el exterior. Al doblar la esquina tropezó con Antonio, que había salido tras ella movido por la curiosidad. Elena dio un grito de pánico y corrió en sentido contrario para alejarse de él, pero se detuvo al llegar al final y descubrir que no había salida; entonces se apoyó en el muro de madera, jadeando y tratando de controlar su temblor.

– ¿Qué le ocurre? Parece que ha visto a un fantasma -le preguntó muy cerca de ella, intrigado por el pánico que reflejaban sus ojos.

– ¿Sabe si aquí pasó algo hace mucho tiempo? -preguntó con ansiedad.

– ¿Algo? ¿A qué se refiere?

– Algo malo, fuera de lo normal.

– No tengo noticias de sucesos extraños en estos establos. ¿Por qué lo pregunta? ¿Es vidente o algo así?

– No me encuentro bien, tengo un terrible dolor de cabeza; por favor, regresemos -respondió precipitándose hacia el exterior con paso acelerado.

Necesitaba salir de allí para ver la luz de un sol que borrase los temores y fantasmas que la habían recibido en aquel tenebroso lugar. Montó el caballo y cabalgó a galope hacia los nuevos establos, donde volvieron a realizar la misma operación que al principio: Elena se quedó en el coche con las llaves puestas y él condujo los caballos hacia el interior. Durante unos instantes Antonio Cifuentes la observó desde su improvisado puesto de vigilancia, pero Elena aún seguía con la mirada extraviada y sin intención de huir.

Elena le pidió autorización al regresar a la mansión para retirarse a su dormitorio, aduciendo un fuerte dolor de cabeza.

– ¿No va a contarme qué le ha pasado?

– Es jaqueca. A veces siento un intenso y repentino dolor, y necesito estar a oscuras y en silencio durante unas horas.

– Está bien, pero antes acláreme qué le provocó ese malestar. Ha visto algo que la ha impresionado ¿Se trata de algún recuerdo, algún detalle que le contó su hermano?

– Por favor, no empiece de nuevo -suplicó agotada-. No me encuentro bien…

– De acuerdo. Vaya a descansar -claudicó con pesar.

Antonio Cifuentes se dirigió al despacho para telefonear al jefe de la Policía, pues la trampa que había tendido a Elena no había dado los resultados previstos.

– Manuel, anule el dispositivo de vigilancia. No ha habido suerte.

– ¿No ha huido? -preguntó el responsable de la Policía.

– No. Está algo desorientada; no creo que se atreva a escapar de nuevo.

– Quizá si la lleva a la ciudad se sienta más segura -recomendó el interlocutor.

– Es posible, voy a forzarla un poco más. Le llamaré cuando prepare otra salida.

– De acuerdo.

El dueño de la hacienda volvió a los barracones abandonados y ordenó llamar al capataz. Sentía curiosidad por saber quién ocupó la cabaña que tanto había impresionado a su prisionera. El empleado no pudo ofrecerle la información requerida, pues llevaba pocos años trabajando en la hacienda, pero regresó con Evelio, un anciano de piel arrugada como un fuelle y bigotes nevados. De figura delgada y desgarbada, vestía a la usanza charra, aunque su espalda ya no se mantenía erguida y los numerosos achaques le impedían montar a caballo, el oficio que había ejercido en los últimos cincuenta años. Antonio repitió la pregunta.

– Déjeme pensar, señor. Yo vivía en aquel de enfrente, y justo abajo, a la derecha, vivía la familia Muñoz, y en el de la izquierda los Cecilia, y ahí… -dijo señalando la cabaña- vivían los González.

– ¿Está seguro?

– Sí… estoy seguro, señor.

– ¿Quiénes vivieron en esa cabaña?

– Pues ya le he dicho, Trinidad y su hijo Agustín.

– ¿No hubo alguien más? ¿Una niña pequeña?

– ¡Ah, déjeme recordar, señor! Trinidad tuvo un bebé durante un tiempo. Una chamaquita de rubios tirabuzones y piel muy blanca. Pero no sé qué fue de ella, un día ya no estaba y nunca pregunté qué había pasado.

– ¿Y en las viejas cuadras? ¿Sabe si ocurrió algo allí?

El anciano le dirigió entonces una mirada de desconfianza, de temor, de alarma…

– Señor, es mejor dejar el pasado como está, no es bueno removerlo… -repuso con gravedad ensombreciendo el rostro.

Antonio se acercó intrigado, mirándole fijamente.

– Hable, cuénteme, qué ha pasado aquí… -ordenó con autoridad.

Elena estaba impresionada. Había encontrado la casa que su abuela nunca supo reconocer. ¿La habría visitado en alguna ocasión y le mintió, o realmente nunca estuvo allí? Ella sí tenía la seguridad de haber vivido en aquella cabaña con su madre, por esa razón eran tan nítidos los recuerdos en sus sueños. Se sentía feliz, había despejado un enigma de su subconsciente, pero… ¿y el establo? lo había reconocido también: era el laberinto de sus pesadillas… ¿Qué había sucedido allí? El sueño se repetía con el mismo argumento: escuchaba golpes, hombres que gritaban, ella corría entre las cuadras sin encontrar la salida hasta que conseguía ocultarse en un rincón; de pronto la invadía el pánico al contemplar cómo la sombra de unas gigantescas manos se acercaba hacia ella para atraparla. ¿Quién era el dueño de aquellas manos? ¿Pasó realmente algo grave en aquel establo o solo era una simple pesadilla? Apenas pudo dormir aquella noche, presa de una gran excitación, escrutando su mente en busca de recuerdos, sonidos, personas que le hicieran recordar algo más. Pensó en su abuela Isabel. Debió contarle toda la verdad sobre su familia, sobre su niñez…

Capítulo10

El sol se despedía con tímidos rayos a través de los visillos; Elena no conseguía habituarse a las largas horas de solitario encierro que pasaban con una lentitud exasperante. Desde el día que habló sobre su familia con Regina Gutiérrez, esta no había vuelto a visitarla, y en aquellos momentos necesitaba más que nunca recabar información sobre ellos. La nueva y «locuaz» sirvienta era una chica joven de larga trenza y cortos modales; los rasgos indígenas se acentuaban en su oscura e indolente mirada y respondía al saludo con un gruñido.

– ¿Y la anterior criada, Regina? ¿Está enferma? -preguntó Elena una mañana.

– No -balbuceó la joven sin dejar de realizar su trabajo.

– ¿Está aquí en la hacienda?

– No.

– ¿Está de vacaciones?

– No -dijo dirigiéndole una irónica sonrisa.

– ¿Se ha ido de la casa?

– Sí.

– ¿La han despedido?

– Sí.

– ¿Por alguna razón especial?

– Señora, no puedo hablar con usted -dijo en voz baja mientras recogía los utensilios de limpieza y se marchaba como siempre, sin despedirse.

Desde su ventana divisaba el extenso valle a través de la espesa neblina que desprendía la tierra empapada por el aguacero de la noche anterior. A lo lejos asomaban con timidez las cimas de las montañas, agazapadas entre un cielo encapotado de nubes grises. Hacía dos días que el dueño de la casa no había vuelto a visitarla después del paseo a caballo y comenzó a leer uno de los libros que trajo en su maleta, pues había contado varias veces el número de barrotes de hierro de la ventana, tanto en horizontal como en vertical, y contó también el número de cuadros de diferentes colores que formaban un puzzle en la colcha que cubría la cama. Comenzaba a sufrir claustrofobia en aquella amplia habitación de paredes color tierra y decorada con muebles de madera maciza. Del dosel de la cama, sostenido por delgadas y labradas columnas, colgaban unas finas cortinas de lino de color marfil. Parecía una cama de película en la que dormían princesas europeas ataviadas con grandes camisones y ridículos gorros de volantes bordados. A pesar del contraste de los diferentes muebles, había armonía en aquella estancia y debía reconocer que habían tenido un gusto exquisito al decorarla.

Aquella tarde una criada interrumpió la monotonía para conducirla al salón por orden del señor. Antonio Cifuentes la esperaba junto a la chimenea bajo el pomposo cuadro de su padre.

– Buenas tardes -saludó con timidez.

– Hola, Elena -respondió y señaló hacia uno de los sillones indicándole que se sentara mientras él permanecía de pie-. La policía quiere interrogarla, mañana debo llevarla a la ciudad.

– ¿Para qué? Yo no he visto a mi hermano, usted tiene mi billete de avión; puede demostrar que llegué a México un mes después del crimen… ¿Qué puedo contarles yo?

– Sospechan que hubo contacto entre ustedes antes de su llegada y que sabe dónde se esconde. -La miraba desde su altura, intimidándola.

– ¿Acaso cree que si lo supiera le traicionaría? -Sonrió con sarcasmo.

– Pero ¿por qué le defiende? ¿Por qué le protege? -preguntó enfadado-. ¿Sería capaz de arruinar su vida y su futuro por un miserable indio a quien dice no conocer?

– Ese miserable indio lleva mi sangre y merece una oportunidad de defenderse -le gritó con rabia, levantándose del sillón-. Y usted, ¿por qué se cree mejor que él? Es un secuestrador y sé que aún mantengo mi integridad gracias al color de mi piel. Si hubiese heredado los genes de mi madre, sabe Dios dónde estaría ahora. ¿Acaso cree que el dinero y el poder le dan derecho a disponer de la vida de los demás? ¡Es usted el canalla, no él!

Antonio Cifuentes se acercó rojo de ira.

– No me hable así. ¡No vuelva a dirigirse a mí en ese tono! -ordenó bruscamente.

– Le pido perdón por mi osadía; olvidé que soy una mestiza, hija de una modesta sirvienta -masculló dedicándole una provocadora mirada-. Usted manda; haga conmigo lo que quiera. -Después salió de la sala con la frente alta, con el orgullo intacto… y muerta de miedo.

Elena esperó el castigo orando en la habitación, arrepentida mil veces por su imprudencia, y rezó a sus difuntos suplicándoles ayuda en aquel angustioso trance. Contó hora tras hora las campanadas del péndulo del corredor, y cuando sonaron las seis de la madrugada, se convenció de que nadie aparecería en el dormitorio. Al fin pudo cerrar los ojos, agradeciendo a sus ángeles de la guarda la serena protección que le habían ofrecido durante aquella larga noche.

Una criada la visitó muy temprano y le trasladó las órdenes del señor de bajar después del desayuno. Elena observó a Antonio desde la planta superior; estaba esperándola junto a la gran puerta de entrada y se acercó tímidamente, rehuyendo su mirada al llegar a su altura. Él apenas respondió al saludo, indicándole que subiera al coche.

– La policía de aquí es muy persuasiva -dijo rompiendo el tenso silencio antes de iniciar la marcha-. Sus métodos son contundentes. La prevengo porque quizá se lo hagan pasar mal; no son especialmente considerados con las mujeres -le dijo observándola de reojo-. Le recomiendo que diga todo lo que sabe antes de que se ensañen con usted.

– No tengo nada que decir -respondió mirando al suelo.

– Vamos, Elena. Le estoy ofreciendo una última oportunidad -dijo en tono amable-. Dígame dónde está y nos quedaremos aquí. Usted no merece que la encierren, no deseo que le hagan daño.

– No me lleve con ellos, por favor… -suplicó a punto de llorar-. Yo no sé dónde está, dígaselo usted.

– Yo deseo creerla… -Suspiró con calma-. Hagamos un trato. Lléveme hasta él y le prometo que me encargaré personalmente de que reciba un juicio justo. Lo haré por usted -dijo indulgente.

– Usted tampoco me cree. -le miró decepcionada-. Salgamos ya. Estoy preparada para cualquier barbaridad.

– Es… su última oportunidad -insistió, a punto de introducir las llaves en el contacto.

Por toda respuesta, Elena alargó la mano a su espalda para asir el cinturón de seguridad. Lo abrochó despacio y le dirigió una valiente mirada.

– Arranque de una vez.

Quería llorar, gritar, salir corriendo. Volvió su rostro hacia la ventanilla para evitar mostrar los surcos que dejaban sus lágrimas. Mientras tanto escuchaba en silencio cómo su carcelero iba hablándole de los poco ortodoxos métodos que utilizaba la policía para hacer hablar a los detenidos.

Antonio Cifuentes estaba conmovido; podía percibir su miedo y sentía un profundo remordimiento por las humillaciones que le había causado desde su llegada. Jamás una mujer había inspirado en él aquellas emociones. Durante unos instantes sus fuerzas flaquearon, y concluyó que el asesino de su padre le importaba menos de lo que creía; era una cuestión de honor y deseaba dar un escarmiento, pero… ¿a quién? Elena era inocente, estaba casi seguro, y su desgraciada madre también, y en cuanto a Agustín… bueno, ninguna familia es perfecta. Las palabras de la tarde anterior habían sacudido con intensidad su conciencia y ahora el deseo de venganza se diluía en un nuevo sentimiento, al caer en la cuenta de que ella era la única superviviente de una infortunada familia que luchó por darle una vida más digna.

Pero aún quedaba la última prueba: debía empujarla a escapar otra vez. El camino se tornó silencioso. Entraban por la parte sur de la ciudad, acercándose a una estación de servicio donde había acordado con la policía poner en práctica el plan de fuga. Bajó y entregó las llaves del vehículo al mozo para llenar el depósito de gasolina, con instrucciones de devolverlas al finalizar a la señora que le acompañaba mientras él accedía al interior del local. Desde un puesto de observación, tras el coche, se dispuso a vigilar su reacción.

Elena recibió con desconcierto las llaves, las observó entre las manos y miró hacia la calle de salida. Su mente se puso rápidamente en marcha y pensó escapar pero… ¿dónde podría esconderse y durante cuánto tiempo? El Distrito Federal era una ciudad demasiado grande y no conocía a nadie allí…

De repente, una luz iluminó sus pensamientos ¡la embajada! ¡Sí! ¿Cómo no lo había pensado antes? Podría intentar llegar y solicitar ayuda, era el único lugar donde le facilitarían un nuevo pasaporte y conseguiría un pasaje de vuelta a España. Comenzó a mirar hacia todos lados; Antonio Cifuentes había desaparecido en el interior de la gasolinera y solo un par de coches repostaban en aquel momento. Lentamente se cambió de asiento y, con las manos temblorosas, asió con fuerza en volante e introdujo la llave en el contacto. Giró un cuarto de vuelta con la convicción de que después de aquello no podría volverse atrás; iba a convertirse en una fugitiva, y su guardián tomaría fuertes represalias contra ella si la atrapaba de nuevo. Solo tenía una mínima posibilidad de salir indemne de aquella pesadilla; sin embargo, decidió arriesgarlo todo, así que arrancó y pisó con tiento el acelerador, pero el coche anduvo unos metros y se detuvo. Ella solo había conducido coches de marcha manual y aquel era automático. Sus pies temblaban aún más cuando reinició el contacto y pisó con fuerza el acelerador. Las ruedas emitieron un sonoro chirrido y salió a toda velocidad, realizando un brusco movimiento para evitar la colisión con otro automóvil que accedía al interior.

Se introdujo en la autopista y se mezcló con el tráfico. El primer objetivo era conocer la dirección de la Embajada de España. Respiró hondo para relajar el temblor de su pierna sobre el pedal y condujo con prudencia, procurando no llamar la atención; pensaba que aún contaba con algún tiempo hasta que él descubriese su desaparición y alertase a la policía.

– Manuel, acaba de salir.

– Sí, ya estamos tras ella. En un minuto estoy ahí, señor Cifuentes.

El dispositivo había sido minuciosamente organizado para la discreta persecución del todoterreno; participaban en él veinte coches de policía camuflados y unos cincuenta efectivos.

Elena divisó una señal que indicaba la salida hacia la colonia Santa Inés; se dirigió hacia allí y aparcó en la puerta de un restaurante de aspecto limpio y familiar. Con exquisita amabilidad pidió una guía telefónica, recorrió con su dedo índice la letra E y… ¡Allí estaba!: Embajada de España, calle Galileo 114, esquina a Horacio, colonia Polanco. Agradeció con una sonrisa mientras devolvía el libro al mozo y le preguntaba por la situación de dicha colonia.

– Queda al norte, cerca de Chapultepec.

– Soy extranjera y no conozco la zona. Dígame, por favor, ¿dónde estamos exactamente?

– Estamos en el sudeste, usted debe dirigirse al noroeste de la ciudad.

– Gracias.

Momentos después varios agentes de paisano interrogaban al empleado, pero este no simpatizaba demasiado con la policía y decidió no colaborar, informándoles de su petición de la guía telefónica pero obviando la conversación mantenida con la rubia y linda extrajera.

– Parece tener claro el lugar hacia donde se dirige -comentó Manuel Flores a Antonio Cifuentes en el coche que circulaba a corta distancia del de Elena-. Debo reconocer que sabe conducir, observe: pone los intermitentes, respeta los semáforos y no sobrepasa el límite de velocidad. Se nota que no es de por aquí. -Sonrió.

Elena seguía atenta a las indicaciones buscando el norte. Giró siguiendo la indicación de «Camino Real» que parecía ser una vía principal hacia su destino, después enlazó con el Camino a Xochimilco y continuó un buen trecho, escudriñando los letreros de las salidas. Decidió tomar después la Ruta de la Amistad, que la condujo a un gran cruce donde ya no supo qué dirección debía escoger. Confió en el azar y eligió el cartel que indicaba el camino hacia el estadio Azteca, pensando que los campos de fútbol debían de tener buenos accesos hacia el centro de la ciudad. Pero antes de llegar a su destino torció al descubrir otro letrero dirigido al paseo de la Reforma y recordar que el hotel donde se alojó a su llegada estaba en aquella zona, en el centro. Mientras conducía hacia su incierto destino observó a su izquierda una amplia extensión con edificios rectangulares y fachadas profusamente decoradas en vivos colores, agrupados en torno a grandes explanadas sobre taludes y escalinatas.

– «Lo tenemos delante. Atraviesa la zona universitaria». -Una voz metálica resonaba en la emisora del jefe de la Policía.

– No le pierdan de vista -ordenó Manuel Flores.

– «Continúa hacia el norte, seguimos tras él» -informó otra voz femenina desde otro coche patrulla.

El auto atravesaba zonas urbanas inmensamente pobladas; las amplias avenidas estaban colapsadas por miles de vehículos circulando al mismo tiempo dentro de un caos lento y ordenado. Los semáforos funcionaban a nivel informativo, nadie los respetaba; todos los conductores miraban hacia los lados antes de atravesar las calles, y a punto estuvo Elena de ser embestida más de una vez por los coches que la seguían, pues no esperaban que se detuviese ante la luz roja.

– «Acaba de incorporarse a la avenida de la Revolución» -seguían informando desde los coches patrulla.

Tras varias confusiones, vueltas y cambios de sentido en aquellas atascadas autopistas, accedió por fin al paseo de la Reforma. Elena reconoció sus amplias avenidas y las antiguas zonas residenciales, convertidas actualmente en sitios de moda, embajadas, hoteles de lujo y espectaculares rascacielos. Todo le parecía gigantesco en aquella ciudad, y durante unos instantes dudó del camino correcto, así que decidió detenerse para preguntar a una pareja de jóvenes que paseaban cogidos de la mano. Ellos le indicaron la ruta a seguir durante unas cuantas «cuadritas» y al fin leyó el primer nombre cercano a su destino: Chapultepec. Su corazón dio un brinco, estaba cerca de su objetivo y pronto estaría a salvo.

– «Acaba de rebasar el jardín zoológico en dirección a la colonia Polanco»

– ¡Carajo! Ya sé adónde se dirige la chamaca -exclamó Flores mientras tomaba la emisora-. Atención a todas las patrullas, diríjanse a la calle Galileo, a la embajada española. ¡Vamos, rápido!

– ¿Se dirige a su embajada? -preguntó Antonio.

– Estoy seguro. No se habría tomado tantas molestias para llegar hasta aquí. Esta chica quiere escapar del país y debemos evitar que pise suelo español.

– Quizá no conoce el paradero de su hermano y ha decidido regresar -reflexionó Antonio en voz alta.

– Lo sabremos cuando la interroguemos en la central.

El pulso de Elena latía acelerado mientras recorría aquel lujoso barrio residencial y comercial, de calles simétricas y paralelas que albergaban lujosas mansiones rodeadas de grandes zonas ajardinadas. Leía con impaciencia los nombres de las calles: Arquímedes, Temístocles… y, ¡por fin!, ¡calle Galileo! Estacionó el coche con prudencia y cruzó la acera; a lo lejos divisó la bandera española en un edificio moderno cuya fachada estaba revestida de piedra combinada con muros de cristal de color azul. Elena pensó que nunca había sentido tanta emoción al verla ondear bajo aquel resplandeciente cielo. Nada podía ya impedir su regreso a casa en aquella luminosa mañana de azul perfecto.

Capítulo11

De repente, el aullido de las sirenas policiales zarandeó los reflejos de la joven, quien instintivamente comenzó a correr hacia la puerta de la embajada. Un grupo de hombres armados y uniformados aparecieron como de la nada, y en escasos segundos formaron un círculo alrededor de ella, apuntándola con sus armas reglamentarias.

– ¿Elena Peralta? -preguntó un policía sin uniforme que parecía estar investido de autoridad. Elena reconoció a aquel hombre. Había estado en la hacienda junto a Antonio Cifuentes el primer día que ella salió de la celda-. Diríjase al carro, vamos a trasladarla a la central para que responda a unas preguntas -le dijo mientras otro policía la esposaba, tomándola del brazo y conduciéndola hacia un coche patrulla.

A partir de aquel instante Elena Peralta perdió la conciencia de lo que pasaba a su alrededor; solo percibió un desagradable olor en el interior del vehículo policial. No recordaba el tiempo que duró el recorrido, ni adónde la llevaron después. Tampoco supo cómo se encontró en una habitación pequeña de paredes desconchadas, sentada ante una mesa destartalada y completamente vacía. Del techo colgaba una desnuda lámpara que iluminaba el centro y ensombrecía el resto de la estancia, impidiéndole ver los rostros de las personas que se encontraban en el interior. Su mente no estaba allí, y necesitaba seguir así durante mucho tiempo. Recordó las advertencias de Antonio Cifuentes sobre los servicios de seguridad de aquel país y se preparó para lo peor.

Alguien comenzó a interrogarla y ella respondió con monosílabos, pero las preguntas se tornaron más concretas y redundantes y tuvo que realizar un gran esfuerzo, pues pretendían confundirla, hacerla dudar, demandando con insistencia el paradero de su hermano.

– Yo no le he visto nunca, señor. No le conozco.

– Pero habló con él -afirmó alguien pegado a su espalda.

– No. Escribí varias cartas desde España y él solo respondió una vez.

– ¿Cuándo?

– Hace varios meses, creo que en abril.

– ¿Y después? -insistía aquella voz sin rostro.

– No he vuelto a tener noticias suyas.

– ¿No hablaron nunca por teléfono?

– No, nunca.

– Pero él tenía su número de España, ¿verdad?

– No lo sé, es posible.

– ¿Es posible? ¿No lo sabe?

– No recuerdo si en alguna de mis cartas se lo di. Creo que sí, pero no estoy segura.

– ¿Y tampoco está segura de haber hablado con él?

– Jamás he hablado con él.

– ¿Por qué vino entonces a México? ¿Qué planes tenía?

– Yo solo quería conocerles. Les envié una carta a primeros de julio anunciándoles mi llegada para agosto, pero no obtuve respuesta.

– Y sin tener respuesta se presenta aquí. ¿Por qué?

– No lo sé… No sabía lo que había ocurrido… No esperaba encontrarme con esto…

– Usted contactó con su hermano y vino para ayudarle a salir del país, por eso se dirigía a la embajada. Quería preparar los documentos para que él viajara a España, ¿no es cierto? -El policía que estaba a su espalda movía la silla y le gritaba al oído.

– No, no es cierto… -respondió Elena con voz trémula.

– ¡Vamos, confiese de una vez! Díganos dónde está o tendremos que recurrir a otros métodos más persuasivos, señorita, y le aseguro que no van gustarle. Hable antes de que sea demasiado tarde.

– Haga lo que quiera, yo no sé nada -dijo aterrorizada con un hilo de voz.

El agente volvió al principio con las mismas preguntas y peores modales; el tono duro, brutal a veces, desprovisto de educación y respeto, la sometía a un continuo y humillante acoso. Tras varias horas de repetitivas preguntas, no habían conseguido arrancarle una sola información sobre el paradero de Agustín González, ni siquiera una contradicción. Estaban en un punto muerto.

– Ya es suficiente, Manuel, sáquela de aquí.

Antonio Cifuentes presenciaba el interrogatorio en la penumbra, desde un rincón de la sala a espaldas de Elena. Estaba al fin convencido de su sinceridad y no podía tolerar ni un insulto más hacia aquella indefensa mujer.

Elena fue trasladada a un despacho donde un funcionario leyó su declaración y se la ofreció para su revisión y aceptación.

– Quiero hablar con mi embajada. Soy ciudadana española y tengo derecho a asistencia legal -exigió al funcionario.

El hombre la miró impasible y salió para informar a sus superiores. Elena se quedó sola frente a una mesa repleta de papeles en blanco y hojas de carboncillo alrededor de una vieja máquina de escribir. Intuía la extrema dureza de aquellos hombres, pero la imaginaba menos cruel que las represalias de su secuestrador.

Jamás había sentido tanto miedo.

Oyó de nuevo la puerta y unos lentos pasos acercándose; de repente dio un brinco al escuchar la voz de Antonio Cifuentes, quien se acercó desde atrás y se sentó en el borde de la mesa, frente a ella. Elena bajó los ojos, aterrorizada por su presencia.

– Nos vamos, el interrogatorio ha terminado.

– Quiero ir a mi embajada.

Alargó la mano hacia su barbilla y le hizo alzar la vista hacia él.

– Volverás conmigo -ordenó tuteándola por primera vez.

– No pienso acompañarte -dijo tajante-. No tienes derecho a retenerme en contra de mi voluntad.

– Eso no es negociable.

– ¿Qué puedo negociar entonces?

– La manera de regresar conmigo, voluntariamente o a la fuerza. Elige tú.

– En mi país esto se llama secuestro. Voy a denunciarte ahora mismo -dijo tratando de ocultar su miedo.

– No estás en condiciones de hacerlo, te lo aseguro -dijo tranquilo.

– ¿Por qué tienes tanto empeño conmigo? Quieres tenerme a solas para darme una buena lección, ¿verdad? Pues no te saldrás con la tuya.

– No temas, no voy a tomar ninguna represalia. -Su voz sonaba conciliadora, segura, casi cariñosa.

– Ve a tus amigos policías y diles que voy a confesar. Les contaré todas las mentiras que quieren oír. Prefiero que me encierren en un calabozo antes que volver contigo.

– ¡Escúchame! -exclamó irritado-. No compliques más tu situación. Te estoy ofreciendo la oportunidad de quedar libre sin cargos; si cometes una imprudencia te quedarás sola y no podré hacer nada para ayudarte.

– Sé que vas a hacerme daño. Me siento más segura en la cárcel que a tu lado -dijo con los ojos fijos en un punto indefinido de la mesa.

Antonio empezaba a perder la calma, se levantó y paseó tras ella.

– Elena, llevo horas ahí fuera protegiéndote y evitando que te maltraten. Quiero sacarte de aquí cuanto antes.

– No confío en tu protección y no me agrada tu compañía. Quiero volver a España -repetía empecinada.

Antonio suspiró con impaciencia.

– Te quedarás en México hasta que tu hermano sea detenido -dijo inflexible-. Elige dónde quieres estar, en la cárcel o bajo mi tutela, pero piénsalo bien antes de tomar una decisión, porque podrías arrepentirte el resto de tu vida -exclamó tajante señalándola con su dedo índice.

Se produjo un tenso silencio que ninguno de los dos quiso interrumpir.

– ¿Qué debo hacer para persuadirte? -preguntó más calmado.

– Dame tu palabra de honor de que no vas a castigarme.

– Tienes mi palabra.

– ¿Tu palabra de honor?

– Mi palabra de honor -respondió mirándola como cuando se negocia un premio con un niño a cambio de que termine el plato.

– Ni enviarás a nadie para que lo haga -exigió.

– Nadie va a ponerte una mano encima -aseveró con gravedad.

La joven tomó los documentos y, con mano aún temblorosa, firmó una a una las copias de su declaración. Después se levantó y se volvió hacia él con recelo.

– Por favor, no me hagas daño -le suplicó de nuevo.

– Te he dado mi palabra -respondió abriendo la puerta y saliendo tras ella.

Finalizaba el día igual que al comienzo: sentados en el mismo coche, en un silencio que ninguno quiso profanar. Se detuvieron ante una gran reja profusamente decorada con figuras en forma de espiral de las que asomaban flores y tréboles. Era la entrada principal de un elegante palacete perfectamente restaurado. Los jardines del entorno, rodeados por setos con caprichosas formas y flores de colores, guardaban un orden simétrico; la fachada de piedra labrada estaba pintada de ocre y marfil. El palacio había sido residencia de un acaudalado gobernador español en el siglo XVIII y adquirido por Antonio Cifuentes años atrás, el cual no escatimó medios para convertirlo en un hogar lujoso y confortable.

– Vamos a comer algo, estoy hambriento -le dijo mientras accedían al vestíbulo de la entrada que daba acceso a la planta superior a través de una amplia escalera de mármol blanco.

Entraron en un espacioso salón. La combinación de muebles clásicos y modernos en excelente armonía y la calidad de los cuadros y alfombras imprimía a la estancia un aire acogedor y elegante. Se sentaron en una terraza acristalada que se comunicaba con el salón por una amplia puerta corredera. Elena estaba en silencio y se sentía observada; mantenía en un punto la mirada sin conceder a Antonio la menor oportunidad de encontrarse con la suya, y menos aún de desentrañar su significado. Había sufrido demasiadas emociones desde la noche anterior, en la que apenas había dormido; por la mañana, las horas de tensión al volante perdida por la ciudad, la detención en aquel inmundo lugar y el extenuante interrogatorio la habían dejado agotada.

– ¿En qué estás pensando? -le preguntó Antonio en un intento de que ella regresase a la realidad.

– No sé en qué situación legal me encuentro.

– Eres sospechosa de encubrimiento, pero aún no se han dictado cargos contra ti, excepto la prohibición de abandonar el país mientras la investigación siga abierta.

– Jamás he vivido una experiencia tan humillante. Me siento como una delincuente. -Hablaba mientras removía la comida con el tenedor-. He bajado otro peldaño más en mi degradación personal. Cuando me introdujeron en aquel coche y me colocaron las esposas, todo se desplomó a mi alrededor, quería morirme allí mismo… -Intentó contener las lágrimas que se deslizaban por su rostro.

– No volverás a pasar por nada parecido -dijo conciliador tomando su mano por encima de la mesa-. Me encargaré de que no vuelvan a molestarte.

– Ya es tarde -respondió deshaciéndose bruscamente de sus imaginarias garras-. ¿Vas a limpiar ahora tu conciencia? Me has tratado como a una cualquiera y me has encerrado durante días como si fuera una esclava ¿Crees que voy a aceptar todo esto con una sonrisa? -gritó deshecha en lágrimas levantándose de la mesa.

– Vamos, cálmate.

– Necesito estar sola -dijo volviéndose-. Estoy muy cansada.

Antonio la condujo en silencio al piso superior. El pasillo, con el techo cubierto por un artesonado de madera, estaba enmarcado por blancas columnas de mármol unidas por una balaustrada de la misma piedra que imitaba a una celosía de formas geométricas. Caminaron hacia una de las puertas de acceso a un amplio dormitorio. Antonio la abrió y la invitó a entrar.

– Buenas noches -dijo Elena sin mirarle, cerrando la puerta tras ella.

Antonio estaba intranquilo y se introdujo en el dormitorio contiguo; esperó allí hasta que el sonido se extinguió y decidió a entrar a través de una puerta común situada en el interior. La estancia estaba a oscuras, iluminada con la débil luz que penetraba desde la puerta. Elena estaba tendida en la cama e instintivamente se volvió de espaldas al reparar en su presencia.

– ¿Te sientes mejor? -le preguntó en un tono amable.

– Sí. Gracias -respondió sin volverse.

– Estoy en la habitación de al lado. Buenas noches.

– Hasta mañana.

Durante unos largos minutos Antonio escuchó su desconsolado llanto tras la puerta contigua y se quedó allí, a oscuras, inmóvil, reprimiendo los deseos de acudir junto a ella para acunarla entre sus brazos. Tras una larga pausa regresó el silencio; se acercó al umbral y entreabrió la puerta para comprobar que su respiración era pausada y tranquila y se había rendido al fin al sueño. Elena no le oyó caminar hacia la cama y sentarse en un sillón frente a ella durante un largo rato, contemplando su fascinante cuerpo fuera de las sábanas. La irrupción de aquella mujer estaba alterando su vida y trataba de dominar los sentimientos que le consumían, reprimiendo el deseo de abrazarla y gritarle que la amaba, que la protegería siempre, que nunca le haría daño… Pero el desprecio que ella le profesaba era evidente y sabía que debía esperar un tiempo.

Elena despertó en penumbra y abrió las ventanas. Una radiante luz saludó sus pupilas, regresándola a la dura realidad vivida en las pasadas jornadas. Estaba en otra casa y recordó que la noche de su llegada a la hacienda él le dijo que vivía en la ciudad. Aquel amplio dormitorio tenía varias puertas que separaban los ambientes: a la derecha de la entrada se situaba la enorme cama con el cabecero de madera labrada, y en el muro contrario, un gran sofá y dos sillones forrados en seda de tonos azulados hacían juego con la colcha y las cortinas. Decidió estudiar la puerta situada al lado de la cama por la que Antonio accedió la noche anterior y comprobó que era otra alcoba gemela a la suya; la cama se apoyaba en el mismo muro y la distribución era parecida, aunque el sofá había sido sustituido por una mesa de despacho y estaba cubierta por documentos y carpetas.

Tras una relajante ducha, una sirvienta llamó a la puerta y entró en la habitación portando una gran bandeja de mimbre cargada de ropa. Elena la examinó y advirtió que eran modelos exclusivos procedentes de famosos diseñadores europeos. Después bajó a la planta principal, donde otra sirvienta uniformada la recibió y la acompañó hasta el comedor. La residencia estaba silenciosa, parecía estar vacía.

– ¿El señor está en la casa? -preguntó con timidez.

– No, señora. Don Antonio suele regresar a la hora de la cena.

Con la luz del día descubrió el alegre jardín que rodeaba el palacete y al que se accedía desde todas las habitaciones. Después del desayuno decidió recorrer la casa y entró en otra enorme sala pintada en azul añil, profusamente decorada con muebles coloniales antiguos. Visitó un amplio despacho repleto de estanterías y libros, con sillones y mesas bajas sobre las cuales se exponían fotos del dueño de la casa junto a personas relevantes que ella no conocía. Había un teléfono sobre la mesa. Se acercó a ella… y de un golpe lo agarró con la mano derecha y se llevó el auricular al oído, pero lo único que oyó fue el acelerado pulso de su corazón, pues aquel aparato no emitía ninguna señal que indicara la existencia de línea telefónica.

Un marco orientado hacia el sillón principal llamó su atención: era la foto de un niño de unos seis o siete años. Por primera vez cayó en la cuenta de que no sabía nada de aquel hombre; quizá estaba casado y aquel niño era su hijo. ¿Y su esposa? A Elena le pareció que no había nadie en la hacienda ni en aquella casa que llevase las riendas…

Salió hacia el jardín por la puerta principal para examinar las posibilidades de escapar de allí y paseó despacio por el camino por donde habían accedido con el coche la noche anterior, deteniéndose a contemplar los setos y parterres, pero con la mirada fija en el muro que rodeaba la mansión. Alcanzó el final del trayecto al llegar a las rejas labradas que protegían la puerta de entrada, las cuales estaban cerradas a cal y canto.

– Buenos días, señora.

Elena dio un brinco, sobresaltada por una voz masculina que surgió a su espalda. Se giró en redondo para topar con la mirada de un hombre joven de piel y ojos oscuros que vestía uniforme marrón, en cuyo pecho izquierdo y antebrazo figuraba el logotipo de una empresa de seguridad.

– Hola… buenos días… Estaba dando un paseo… y admirando las rejas… son muy originales -dijo tratando de esbozar una sonrisa.

– Sí. Son muy…originales… -repitió el joven en señal de respeto.

– ¿Permanecen cerradas durante todo el día?

– No, al contrario -repuso el amable vigilante-. Normalmente están abiertas, pero el señor Cifuentes ha dado órdenes esta mañana de cerrarlas. Últimamente se han cometido algunos robos en la colonia.

– Yo aún no conozco bien la ciudad. ¿Qué zona es esta?

– La colonia Polanco.

– La colonia Polanco… -repitió Elena con un brillo especial en los ojos-. Bueno, ha sido un placer -dijo a modo de despedida.

¡La casa estaba próxima a la embajada española!

Elena regresó al dormitorio para trazar un plan y escapar de allí; debía estudiar los movimientos y aprovechar un descuido de su «anfitrión». Desde su ventana dominaba parte del jardín y la reja de entrada, y se dispuso a observar las ocasiones en que esta se abría. Por la tarde oyó un sonido y se acercó al cristal sin separar los visillos. Un coche de gran cilindrada acababa de acceder a través de la puerta. Miró el reloj: las seis y media. Desde su improvisado mirador advirtió que el propietario de la casa descendía y accedía al interior. La reja permaneció abierta unos segundos más, antes de iniciar la maniobra de cierre automático accionada por el empleado de seguridad. Elena concluyó que la huida sería menos complicada por la mañana, cuando él saliera, ya que podría contar con el factor sorpresa, y cuando los criados dieran la voz de alarma, ella habría tenido tiempo suficiente para alcanzar la embajada y ponerse a salvo.

Una sirvienta le trasladó un mensaje del señor de que bajara para cenar. Elena se miró en el espejo y se recogió el pelo con un lazo al recordar que a él le gustaba el cabello suelto. Antonio Cifuentes estaba leyendo la prensa en un sillón de mimbre. Los rayos del sol penetraban a través de la vidriera e iluminaban la estancia, y el olor dulzón a las flores recién cortadas que adornaban un jarrón infundían una agradable calidez a los sentidos.

– Buenos tardes. ¿Cómo te encuentras hoy? -dijo él levantándose con amabilidad.

Vestía de manera informal y su cabello lacio le caía suelto sobre la frente; estaba distinto, esta vez no lo había peinado hacia atrás inmovilizándolo con algún producto. Se dirigía a ella con un aire relajado y amable, ni un asomo de aquella altiva y menospreciante mirada de los primeros días.

– Mucho mejor. Gracias. He dormido muy bien esta noche.

– Ahora debes cenar, sé que no comes demasiado.

– ¿Te preocupa mi salud? -replicó con sarcasmo.

– Por supuesto. Eres mi invitada. Todo el personal de la casa está a tu servicio.

– ¿Incluso el guardián que vigila la puerta?

– Él también. Ya he sido informado de vuestra conversación de esta mañana… -Durante unos segundos la mirada de Antonio se posó en ella en silencio-. Te considero una persona inteligente y sensata. Sé que no cometerás nuevos errores.

Elena apartó la vista, intimidada por aquella velada amenaza.

– No pienso renunciar a recuperar mi vida ni voy a aceptar con sumisión las condiciones que me has impuesto; tengo derecho a aspirar a mi libertad -replicó con rebeldía.

– Debes hacer un esfuerzo para adaptarte a esta nueva situación.

– Me niego a asumir que esto me está pasando a mí, quiero creer que es un espejismo, que todo volverá a ser como antes, que pronto despertaré de esta pesadilla.

– Tienes que afrontarlo, Elena, debes mirar hacia delante, hacia el futuro.

– ¿Futuro? -replicó enojada-. ¿Qué futuro? ¿Acaso soy libre para tomar alguna decisión o disponer de mí misma? Ahora soy otra persona, una delincuente, vigilada y utilizada como rehén para atrapar a un asesino a quien ni siquiera conozco.

– Tú no eres una delincuente -le recriminó con suavidad-. Y no eres responsable de lo que ha ocurrido. No debes identificarte con él.

– ¿Por qué no? Tú ya lo hiciste, y la policía también.

– Cometí un error y me propongo enmendarlo. Nunca volverás a sufrir una humillación semejante, te lo aseguro.

– ¿Por qué ahora cambias de actitud hacia mí?

– Porque creo en ti. No perteneces a su mundo; te he tratado injustamente y quiero ayudarte a superar esta situación.

– ¿A cambio de qué? ¿Tendré que agradecer tu amabilidad de alguna… manera especial? -preguntó sarcástica.

– No voy a pedirte nada, solo tu amistad.

– Yo nunca seré tu amiga -dijo rotunda.

Sus miradas se encontraron durante unos incómodos instantes.

– Como quieras -respondió tranquilo.

Elena quedó atenta a sus ojos, como si lamentase haber llegado demasiado lejos.

– Pero si tengo que ser amable, lo seré -añadió más apaciguada tras un silencio.

– Me conformo con ese cambio de actitud -respondió tratando de sonreír.

Capítulo12

Antonio Cifuentes estaba pensativo. Se encontraba en su despacho comentando los asuntos con el director general de su holding y hombre de confianza, Sebastián Melero. Este era un tipo singular, de gran apostura, algo comprometida por un excesivo vientre debido a su prodigalidad en el disfrute de la buena comida. Sus nevadas sienes y la iniciada alopecia frontal no le restaban atractivo, que sabía utilizar y derrochar con las mujeres. Amaba los placeres que podía conseguir con su abultada cuenta corriente y las relaciones a las que había accedido gracias a la confianza de su jefe y mentor.

– Hoy cenamos con el jeque Alí Jaman, a las siete.

– Vaya, lo había olvidado por completo -contestó Antonio aún distraído-. Tenía planes para esta tarde…

– Todavía quedan asuntos muy importantes por ultimar y se sentirían ofendidos si el presidente del holding no asistiera a la reunión. No van a negociar con un subordinado.

– De acuerdo, asistiré.

– Y volviendo a los árabes, Antonio, me inquieta la capacidad de respuesta para el proyecto de Dubai. ¿Crees que estamos preparados para afrontar ese colosal desafío? Esto significaría triplicar nuestra capacidad operativa.

– Y triplicar los beneficios -añadió Antonio con una sonrisa.

– Sigo teniendo mis dudas. Se trata del contrato de la historia, vamos a construir del mayor complejo turístico de Asia: hoteles de lujo, zonas residenciales integradas por miles de viviendas exclusivas, un aeropuerto, campos de golf, puertos deportivos… ¿No temes que este descomunal negocio desborde al holding ACM?

– Hombre de poca fe… -Sonrió mientras cortaba con una cuchilla especial la cabeza de un grueso cigarro habano-. Todo está previsto. Vamos a utilizar otra sociedad para este proyecto.

– ¿Otra constructora? -preguntó el abogado, perplejo.

– Sí, la firma Samex Corporation. Ella se encargará en exclusiva de este trabajo sin interferir en el nuestro.

– Creo que me he perdido algo. La Samex pertenece a Sergio Alcántara, el flamante marido de tu ex esposa, y estoy seguro de que no vas a compartir este negocio con él -dijo escéptico el abogado.

– No será necesario. He tenido una fructífera entrevista con el presidente del Banco Iberoamericano y me ha ofrecido una puntual información sobre su situación financiera. En los últimos tiempos han tenido problemas de liquidez… ya sabes, retrasos en los plazos de entrega, problemas en la venta de las viviendas… -Hablaba deleitándose con una bocanada de humo.

– ¿Y han acudido a ti para ofrecerte una parte del negocio? Vamos, Antonio, no me lo creo. -Le devolvió la cómplice sonrisa. Era fuerte y macizo bajo el traje de tres piezas hecho a medida en Italia, reforzando su aspecto con ademanes calculados y precisos mientras se servía otra copa con una impasibilidad propia del protagonista de las series de televisión de los años setenta.

– No exactamente. He negociado la deuda que mantienen con el banco y en estos momentos estoy a punto de quedarme con el sesenta por ciento de sus activos.

– ¡Maldito cabrón! -Rió con una fuerte carcajada-. Como enemigo eres terrible, un rival muy peligroso.

– Así son los negocios, unas veces se gana y otras… se gana más -le respondió con una maliciosa sonrisa.

– Has arrebatado a Sergio Alcántara su cadena hotelera y ahora vas directo a la constructora. Creo que te has ganado un enemigo para la eternidad. ¿Piensas dejarle algo para vivir?

– Sí. Vivirá lamentándose al lado de su amada esposa la infamia que cometieron juntos -dijo con una dura y fría expresión.

Elena esperó hasta bien entrada la tarde, pero Antonio no regresó para cenar. ¿Estaba decepcionada? ¡No…! Se impuso a sí misma, sacudiendo aquellos pensamientos. ¿Por qué iba a estarlo? le halagaba que él fuera complaciente, que la tratara con el respeto que al principio no mostró hacia ella… pero nada más. No se sentía atraída por él… O al menos eso deseaba creer… Además, la idea de escapar de allí seguía rondándole la cabeza, aunque con menos fuerza. Tenía miedo de fracasar, y lo que realmente le asustaba era la reacción del dueño de su libertad, que ahora se mostraba amable pero que podría cambiar de actitud. Nunca había sido una heroína; muy al contrario, había sido una niña asustadiza y llena de inseguridades, y de mayor necesitó siempre la protección de sus abuelos, de los que no se separó hasta su inevitable marcha. Nunca había vivido sola y aquella situación de encierro le provocaba inquietud, pero se negaba a reconocer que la cercana presencia de aquel extraño le infundía cierta seguridad.

Era de madrugada, pero Elena aún estaba despierta. Escuchó sonidos en la habitación contigua a la suya. Él había regresado. De repente oyó un clic en la puerta común y se cubrió con la colcha dando la espalda a la puerta. Percibió un pequeño haz de luz y sintió pasos que se acercaban a su cama. Apenas se atrevió a mover un músculo, con los ojos cerrados y el cuerpo en tensión, temerosa de sus intenciones. Tras un largo silencio, los pasos regresaron hacia la puerta y de nuevo la oscuridad invadió la sala.

Estaba ya levantada cuando a la mañana siguiente la sirvienta le trasladó la petición del señor de acompañarle en el desayuno. Era la primera vez que ocurría. Había vigilado las salidas matutinas de Antonio; solía marcharse temprano. Quizá había decidido quedarse a descansar ese día debido a las altas horas en que había regresado la noche anterior, pensó.

Se puso un vestido de color azul y maquilló su rostro. Después volvió a recogerse el pelo.

– Hola. Estás muy linda -le dijo sonriendo mientras se levantaba para recibirla en el porche.

Se sentó frente a él observando cómo abría una caja plana forrada de terciopelo negro, de la que sacó un ancho brazalete de platino con incrustaciones de diamantes negros y blancos formando un zigzag.

– Tengo un regalo para ti -dijo sonriente mientras alcanzaba su mano derecha sobre la mesa y se lo colocaba en la muñeca-. ¿Te gusta?

– Es muy bonito. Gracias. -Le miró sin demostrar entusiasmo.

– Conseguirás más si te portas como hasta ahora.

– No tienes que hacer esto -dijo señalando la valiosa joya.

– Lo hago con gusto.

– ¿Así te sientes mejor? -reprochó con suavidad.

Antonio acusó en aquella pregunta su vivo rencor.

– Me sentiré mejor cuando tú te sientas mejor.

Hubo un breve vacío que ninguno quiso llenar. Fue ella quien rompió el silencio al cabo de unos incómodos minutos.

– ¿Por qué haces esto? ¿Por qué eres amable conmigo? -le preguntó a quemarropa-. ¿Crees que así vas a ganar mi confianza y te conduciré hasta Agustín?

– No hay ningún plan, creo en tu sinceridad. Sé que eres inocente y no te he tratado con el respeto que mereces.

– ¿Es eso todo? ¿Remordimientos?

– No, hay algo más…

– ¿Te has enamorado? -preguntó con frialdad.

– ¿Y si fuera así?

– Me encantaría. Sería un placer verte sufrir -respondió con una mirada cargada de aparente rencor, aunque era aprensión lo que realmente sentía hacia él.

– Veo que me odias apasionadamente.

– No es odio lo que siento. Podrás cubrirme de oro, podrás tratarme como a una princesa, pero yo nunca olvidaré quién eres, jamás confiaré en ti.

– Estoy tratando de reparar mi error…

– Si realmente quieres compensarme, devuélveme el pasaporte y llévame al aeropuerto. Así quedaremos en paz -replicó con dureza.

Sus miradas se cruzaron, una desafiante y la otra paciente. Regresó el silencio, pleno de resentimiento y de deseo contenido.

– Sabes que eso no es posible, Elena.

– Pues entonces no juegues a ser un caballero andante tratando de ayudar a una dama en apuros; ese papel no te va.

Le estaba provocando, quería ver hasta dónde llegaría el límite de su paciencia con ella.

– De acuerdo. -Continuó tomando el desayuno frente a ella, pero no volvió a pronunciar una palabra. Intuyó, con disgusto, que iba a ser más difícil de lo que creía traspasar el muro de hostilidad que Elena había colocado entre ellos, pues se daba de bruces contra él cada vez que intentaba un acercamiento.

Elena se arrepintió enseguida de aquella salida tan brusca. Su carcelero había cambiado y ahora era un hombre cordial y generoso; sin embargo, ella no supo valorarlo y le pagó con una actitud ruda e insolente. Pero no rectificó, y tampoco abrió la boca hasta que le oyó despedirse y la dejó sola.

Capítulo13

Antonio tampoco volvió a casa para la cena aquel día; Elena apenas salió del dormitorio y se fue a la cama temprano. Las pesadillas regresaron aquella noche: soñó que estaba encerrada en un espacio estrecho y oscuro, sin apenas sitio para moverse. Escuchaba gritos y amenazas en el exterior, y la sensación de agobio en aquella estrechez le usurpaba el aire para respirar. Gritó llamando a su madre y despertó envuelta en sudor frío. Se incorporó apoyando su espalda sobre el cabecero de la cama y encendió la luz de la mesilla. Al fin pudo llenar los pulmones sin dificultad y su respiración volvió lentamente a la normalidad. Sus miedos a la oscuridad y a los espacios cerrados habían regresado.

La puerta contigua se abrió de repente y divisó la silueta de Antonio en la penumbra. Estaba descalzo y medio desnudo, solo cubierto por un pantalón largo de pijama.

– ¿Te encuentras bien? -preguntó sentándose en la cama frente a ella.

– Sí. Ahora sí. He tenido un mal sueño.

– Observo que sueles tener pesadillas.

– Desde que estoy en México se repiten algunas de mi niñez. De pequeña sufría muchos desórdenes, pesadillas y crisis de ansiedad; tenía miedo a la oscuridad y a los espacios cerrados y di muchos quebraderos de cabeza a mis abuelos, pero fueron espaciándose conforme fui creciendo.

– Espero que este país no estimule tus malos sueños.

– La situación en que me encuentro no me permite ser demasiado optimista.

– Intenta relajarte -dijo tomando su mano entre las de él-. A mi lado estás segura.

– ¿Tú conociste a mi madre? -preguntó tras un silencio.

– ¿Has soñado con ella?

Elena afirmó con la cabeza.

– ¿La conocías? -insistió.

– Pues… no lo sé. Ella trabajaba en la hacienda y yo apenas viví allí. Mi hogar es este. Mi padre, y ahora yo, delegamos en Lucía, el ama de llaves.

– ¿Y a él tampoco le trataste? -No necesitó mencionar su nombre.

– Elena, no pienses más en el pasado. -Le hablaba en tono conciliador-. Déjalo estar y mira hacia el futuro. Déjame cuidar de ti; quiero ofrecerte mi amistad, mi protección, mi… -Alargó su mano con intención de acariciar su mejilla, pero ella la detuvo en el aire.

– Aceptaré todo eso si dejas de perseguir a Agustín -repuso con frialdad.

– Él asesinó a mi padre. No intentes chantajearme -dijo enfadado.

Elena se quedó en silencio y retiró su mirada.

– Lo siento. No tengo derecho a pedirte clemencia para Agustín. Cometió un crimen atroz y debe ser castigado. Pero también perdió a su madre, y su hogar, y su futuro. Merece que al menos alguien rece por él…

– Hazlo tú -replicó mientras se levantaba y la dejaba sola.

Antonio partió temprano en la mañana y Elena ocupó el tiempo con la lectura mientras tomaba el sol en la terraza junto a la piscina. Empezaba a profesar un especial afecto por su carcelero y la animadversión hacia él se diluía en un confuso deseo de agradarle. Estaba padeciendo el síndrome de Estocolmo, estaba segura. Ella no podía enamorarse de un hombre como aquel: era demasiado mayor, demasiado soberbio, demasiado seguro de sí mismo… ¿Entonces? ¿Qué era exactamente lo que sentía? Advertía una caótica emoción al escuchar el familiar sonido de las rejas que anunciaban el regreso y esperaba impaciente su saludo. Sentía mariposas en el estómago cuando se acercaba a ella y la envolvía con aquella voz ronca y amable; era una sensación desconocida para ella… «¡No…! -se decía mientras se sacudía de sus fantasías-. Es absurdo… Tengo que regresar a casa, debo intentar escapar otra vez. Necesito romper esta tela de araña antes de que sea demasiado tarde…»

Miró el reloj: eran las seis y subió a su dormitorio. Una hora después le oyó en la habitación contigua. Antonio llamó con los nudillos y accedió a la estancia por la puerta común tras recibir su respuesta. Elena estaba sentada frente al tocador.

– Hola. Te he traído un regalo -dijo él abriendo un estuche de cuyo interior extrajo un collar de diamantes y platino.

Lo tomó él mismo y se lo colocó en el cuello mientras la contemplaba ante el espejo, donde sus miradas se cruzaron.

– ¿Te gusta? -preguntó posando las manos sobre sus hombros. Aquel contacto provocó en Elena una extraña agitación.

– Sí, es precioso -agradeció con una sonrisa.

– Baja a cenar. Te espero en el jardín.

Elena se puso un vestido de color rojo oscuro con escote en uve que hacía destacar el valioso collar que había recibido como regalo. Sabía sacar partido a su rostro y se maquilló a conciencia. Después se recogió el pelo con una cinta… pero cuando estaba en el umbral de la puerta lo pensó mejor y decidió dejar suelta la rubia melena.

La noche había caído y una leve brisa envolvía la terraza junto a la piscina, donde Antonio la observaba con aparente descuido; Elena estaba ausente, con la mirada perdida.

– ¿En qué piensas? -le preguntó sentado frente a ella. Una vela encendida en el centro de la mesa iluminaba sus perfectas facciones.

– En nada importante. Solo son recuerdos.

– Cuéntamelos. Me gustaría saber qué tienes en tu memoria.

– Hay una zona oscura en mi mente que día a día va viendo la luz y me envía nuevas e inquietantes imágenes.

– ¿Tienen algo que ver con el viejo barracón y las cuadras?

– Desde que llegué a este país comencé a recordar a diario cosas, lugares, olores… -dijo afirmando con la cabeza-. No sé a qué edad me marché, pero estoy segura de que viví en aquella cabaña. He soñado con ella toda mi vida, recuerdo con exactitud todos los muebles que había allí, incluso el color de las cortinas… pero nunca había personas, solo deseos obsesivos de regresar. Ahora mis recuerdos vuelven a través de los sueños y estoy segura de que han sido vivencias reales.

– ¿Y las pesadillas? ¿Crees que también son reales?

– Hay una que se repite con más frecuencia y es muy inquietante.

– ¿Qué pasó exactamente? -Estaba intrigado-. Cuéntamela.

– Sucedió en el viejo establo. Mi sueño siempre es el mismo: un laberinto de estancias cuadradas y sin salida, una sombra que me persigue con unas enormes manos… Yo me refugio en un rincón y escucho golpes y gritos de dolor, como si alguien estuviese recibiendo una paliza… Entonces despierto aterrorizada.

Elena no advirtió la conmoción que Antonio sintió al oír aquello. Quedaron en silencio durante unos segundos y después continuó la charla con aparente normalidad.

– Puede que fuese un juego de niños.

– No. Estoy segura de que fue real -afirmó rotunda-. Es demasiado repetitivo para que solo se tratara de un juego.

– Quizá tus abuelos te contaron alguna historia, algo que te impresionó de pequeña.

– Ellos nunca estuvieron allí.

– ¿Cómo lo sabes?

– Porque yo les hablé muchas veces de aquella cabaña, incluso la dibujé sin omitir ningún detalle, pero ellos no la reconocieron.

– ¿Qué te contaron exactamente?

– Muy poco, en realidad. Después de morir mi abuelo, mi abuela empeoró en su enfermedad, sufría Alzheimer. Un día, en un momento de lucidez, comenzó a hablarme de mi madre como si estuviera viva, decía que tenía que ir a verla y me indicó el lugar donde guardaba una caja con fotos y cartas que yo hasta entonces desconocía. Ellos habían tenido contacto durante varios años después de regresar de México. Tuve que comprobar las fechas para convencerme de que decía la verdad… -Hizo una pausa. Su mirada estaba perdida.

– ¿Qué te dijo de Agustín?

– Nada. Pero yo leí las cartas y en ellas mi madre hablaba de su hijo, y encontré la foto en la que estábamos los tres… Yo acepté como un hecho que se trataba de mi hermano, pero no obtuve una información más concreta… -Tras una pausa preguntó-: Antonio, ¿por qué Agustín hizo aquello? ¿Sabes si tenía algún pleito pendiente con tu padre? ¿Había mala relación entre ellos?

– No lo sé. Creo que ya conoces lo que pasó: Trinidad se cayó por la escalera, él fue a la casa para ayudarla y acusó a mi padre de ser el responsable. Después le golpeó hasta matarle…

– ¿Agustín era un hombre violento?

– Yo apenas conozco a los trabajadores de la hacienda… -se excusó, alzando los hombros-. ¿Y tú? ¿Hablaste alguna vez con él?

– No. Les escribí varias cartas… Mi madre me contestó solo una vez para pedirme que me olvidara de ellos. -Sonrió con tristeza.

– Él también te escribió -afirmó Antonio.

– Sí. Una vez -dijo con temor, retirando los ojos de su inquisitiva mirada.

– ¿Le respondiste?

– Seguí enviándoles cartas, pero no obtuve respuesta.

– ¿Sabían ellos que vendrías a verles?

– No lo sé. A primeros de julio les envié la última anunciándoles mi visita para el mes agosto. Pero creo que no debieron recibirla ya…

Volvió el silencio. Antonio apoyó los codos sobre la mesa mientras ladeaba la cabeza, mirándola sin prisas; observaba a Elena por encima de la llama de la vela, procesando su tono de voz, sus gestos. Definitivamente se convenció de su sinceridad.

– Antes estabas sonriendo ¿Qué has recordado exactamente?

– Nada importante -respondió pensativa-. Algo divertido de mi niñez, quizá pasó en tu finca.

– Cuéntamelo -insistió.

– Recuerdo que paseaba con mi hermano y varios niños junto a una cerca y en el interior había mucho ganado pastando en la dehesa. Alguien encontró un hueco y pasamos adentro. De pronto un enorme toro negro se levantó al vernos y se dirigió lentamente hacia nosotros. Entonces salimos gritando despavoridos, corriendo hacia la valla y saltándola a toda prisa. Llegamos a casa con las ropas destrozadas por los alambres de espinos y llenos de arañazos por todo el cuerpo. -Sonrió. Él la miró también divertido.

– Debiste de tener una infancia feliz. Me alegra comprobar que no todos tus recuerdos de la hacienda son pesadillas.

– Desde que llegué a la hacienda sentí… no sé cómo explicarlo… Eran sensaciones, olores, sonidos… La primera vez que puse un pie en la cabaña donde me encerraron tus obreros tuve el presentimiento de que ya había estado antes allí.

– ¿Te gustaría volver? -preguntó tirando de su mano para llevar a Elena hacia uno de los sillones junto a la piscina. La penumbra de aquel lugar animaba a las confidencias y deseaba seguir obteniendo información sobre su recobrada memoria.

– No lo sé. Ya encontré todo lo que vine a buscar. Identifiqué los lugares con los que soñaba desde que era niña, y en cuanto a mi familia… Me encuentro como al principio.

– No estoy de acuerdo. Has conseguido saber qué pasó realmente con ellos.

– ¿Y de qué me ha servido? Solo para crearme un problema tras otro. Al final aprendes que no ha valido la pena tanto esfuerzo. He perdido demasiado en esta aventura.

– ¿Qué has perdido que tanto te duele?

– Todo: mi vida, mi futuro, mi playa… -Se alzó de hombros con la mirada perdida.

– ¿Añoras tu playa?

Por primera vez hablaban de tú a tú, como dos amigos que compartían confidencias.

– Daría media vida por volver. Allí está todo lo que tengo y la gente a la que quiero.

– ¿Hay alguien especial en tu vida?

– Hay alguien que me da buenos consejos. Si los hubiese seguido, quizá no estaría aquí ahora.

– ¿Está vivo?

– Sí, y no es mi madre. -Le miró con una cómplice sonrisa.

– El hombre de la foto -afirmó decepcionado.

– En ese también confío, pero no pensaba en él.

– ¿Hay otro?

– Sí. -No se molestó en añadir nada más-. ¿Sabes?, siento que muchas de las decisiones que he tomado en mi vida han sido equivocadas… -añadió después de un silencio-. Se me presentaron oportunidades para vivir en diferentes lugares y siempre las rechacé para quedarme allí. Y ahora no sé cuándo volveré.

– ¿Y eso te aflige?

– Sí… -afirmó con la cabeza-. Necesito mantener viva esta ilusión, no me queda nada más.

– ¿Dónde podrías haber vivido?

– En Alemania, en Londres…

– ¿Por asuntos de trabajo?

– Sí… bueno… no en todos…

– ¿Motivos sentimentales? -preguntó girando el cuerpo y apoyando el codo en el sofá para mirarla de frente.

– En algunos casos, solo en uno. En Londres.

– ¿Conociste a un inglés?

– No. Era Carlos, el de la foto.

– ¿El que hiciste pasar por tu marido?

– Sí. Y no dije tantas mentiras -dijo volviendo también su rostro hacia él-. Él es realmente arquitecto y fuimos novios en la universidad.

– ¿Y qué pasó?

– Recibió una excelente oferta de trabajo y se marchó.

– ¿Por qué no te fuiste con él? ¿No te lo pidió?

– Sí, pero yo no quise. -Habló mirando al frente otra vez.

– ¿Por qué? ¿Habías conocido a otro?

– No. La razón principal fue el miedo a salir de casa. No me seducía la idea de separarme de mis abuelos; eran mi única familia, y sé que nunca me habría adaptado al clima de Londres ni a aquella forma de vida. Además había conseguido mi primer trabajo. No podía dejarlo todo de golpe… Pero ahora ya no sé qué pensar. Si me hubiese casado con él, quizá nada de esto me estaría pasando ahora.

– Eso nunca lo sabrás. ¿Te arrepentiste alguna vez de haberte quedado?

– No -respondió rotunda-. Creí hacer lo correcto.

– Quizá no le querías tanto…

– Es posible -dijo después de un reflexivo silencio.

– ¿Y cómo se lo tomó?

– Bien; seguimos siendo buenos amigos, a pesar de que él tiene una nueva pareja. Nuestra relación fue más espiritual que física.

– ¿Quieres decir que no había sexo? -preguntó con una mueca divertida.

– Quiero decir que había una gran complicidad entre nosotros. -Elena no se atrevió a responder con claridad a su pregunta; le daba vergüenza confesar que aún era virgen. Estaba segura de que a él le parecería insólito y añadiría al creciente interés por ella una carga adicional de morbo.

– Pero cambió tu amistad por otra que quizá le ofreció algo más que conversación y buenas intenciones…

– Cuando inició su nueva relación, la nuestra ya había acabado, incluso me la presentó una vez en vacaciones. Cenamos los tres, como seres civilizados.

– ¡Vaya! ¡Eso sí que es educación! Si yo hubiese estado en tu lugar, le habría sacado los ojos a ella y a su nuevo novio. -Elena soltó una divertida carcajada por la ocurrencia; después se quedaron callados, mirándose-. Nunca te había visto reír así. Deberías hacerlo más a menudo.

– Eso depende de ti. -Sonrió con naturalidad.

Antonio la miraba despacio, extasiado por la luz que emanaban sus ojos.

– Eres preciosa.

Alzó su mano para acariciar su mejilla y creyó advertir que se había puesto nerviosa, algo que le sorprendió gratamente. Solía observar en sus aventuras el afán de algunas mujeres de impresionarle con gestos resueltos y seguros en situaciones parecidas a aquella. Pero Elena era diferente hasta en aquellos momentos.

Efectivamente, aquel contacto provocó una extraña sensación en Elena e hizo que perdiera la serenidad. Nunca había estado tan cerca de él, y cuando Antonio se acercó un poco más y trató de rozar sus labios, no pudo evitar un brusco estremecimiento.

– Es tarde -dijo separándose con poca convicción, en un vano intento de ocultar las ganas de seguir pegada a él-. Me voy a dormir.

– Duerme conmigo -rogó, tratando de descifrar el brillo que despedían sus rasgados ojos.

– No… no puedo… Quiero decir… no… ¡no! -concluyó separándose de él sin saber qué hacer exactamente y enfadada consigo misma por la reacción tan infantil que había tenido.

– De acuerdo. -No quería forzarla y decidió dejarla marchar. Estaba cautivado por ella, por todo lo que tenía que ver con ella, y por esa misma razón podría esperar todo el tiempo que hiciera falta.

Capítulo14

Antonio estaba entusiasmado. Percibía un cambio en la actitud de Elena, y la posibilidad de que pronto le aceptara se le hacía ahora más real. Pero debía actuar con rapidez, y al día siguiente se dirigió a la hacienda para encargarse personalmente de la sustitución de las empleadas del servicio y de todos los operarios de la finca. Ordenó también la demolición de las viejas cabañas y del antiguo establo. Debía borrar cuanto antes el rastro de su llegada, pues presentía que Elena iba a intentar rescatar sus recuerdos y debía asegurarse de que nadie colaborase con ella. Había despedido a la primera sirvienta que la atendió por hablar demasiado y se disponía a hacer lo mismo con todo el personal que había tenido relación con los González. Lucía fue la única superviviente del masivo relevo, pues Antonio conocía la lealtad hacia su familia a lo largo de todos aquellos años.

– Señor Cifuentes, los trabajadores están conformes con la generosa indemnización por el despido, pero Evelio… Él no quiere dinero, señor. Nació aquí y no tiene adónde ir; me pide que le transmita su deseo de quedarse. -El administrador comentaba con Antonio las incidencias en el despacho de la hacienda. Estaba tan sorprendido como el resto de los empleados por el numeroso reemplazo, aunque no osaba comentar aquella decisión, pues temía ser el próximo.

– Consigue una plaza en la residencia más cara de la ciudad -ordenó sin contemplaciones-. No va a quedarse. Les quiero a todos fuera en el plazo máximo de una semana.

Elena nadaba en la piscina. Vestía un bañador de color marfil que resaltaba su bronceado y marcaba sus formas perfectas; su cabello rubio resbalaba sobre los hombros cubriéndole media cara, y se lo echó hacia atrás con la mano en un gesto muy femenino. Antonio se acercó y quedó extasiado observándola tras sus gafas de sol. Parecía una sirena, cualquier marino podría perder la cabeza por aquella mujer, y durante unos segundos se preguntó si él conseguiría recuperar la suya algún día.

– Hola, hoy has venido temprano. Es mediodía… -observó Elena con una sonrisa nadando hacia él.

– Sal y almuerza conmigo -le pidió desde el borde de la piscina.

– ¿No sueles bañarte? -preguntó ya sentada a la mesa frente a él.

– No demasiado. Es a mi hijo a quien le gusta nadar.

– Tienes un hijo. ¿Por qué no está contigo? ¿Vive con su madre?

– No. Estudia en un internado en Estados Unidos.

– ¿Tu esposa murió?

– Estamos divorciados. Ella volvió a casarse.

– ¿Y su nuevo marido no le quiere en su casa?

– Yo tengo la custodia.

– No lo entiendo.

– ¿Qué no entiendes? -La miró incómodo.

– Que tenga padre y madre y que esté creciendo solo.

– Está recibiendo una excelente educación.

– Los niños necesitan a su familia cerca. Son muy vulnerables.

– Mi hijo es un niño sano y feliz -dijo finalizando aquella conversación-. Por cierto, eres una excelente nadadora. ¿Dónde aprendiste? ¿En tu playa?

– No. En Múnich.

– ¿Y qué hacías allí?

– Estudiar.

– ¿Estudiar… natación? -Trataba de averiguar más datos sobre ella ante la escasa información que Elena le facilitaba.

– Estudiar matemáticas, hacer prácticas en una empresa, aprender alemán, nadar y beber cerveza -dijo con una sonrisa-. Conseguí una beca y estudié allí el último año de la universidad.

– Me contaste ayer que podrías haber vivido allí…

– Al terminar el curso me ofrecieron un buen trabajo en Berlín, con un gran sueldo, casa y coche incluidos, pero no lo acepté. Nunca tuve intención de quedarme.

– ¿Por qué? ¿No te gustaba el empleo?

– Sí, era una gran oportunidad -dijo pensativa-. En la central de Siemens, en el departamento de análisis de sistemas aplicados a la informática y robótica. Era un gran reto profesional.

– ¿Por qué lo rechazaste?

– Porque no podría vivir allí. No me gusta pasar frío, no me gusta vivir sola, no me gusta comer carne todos los días… y odio las salchichas -dijo sonriendo.

– Y te conformaste con un puesto de simple profesora. Veo que no tienes ambiciones.

– Sí que tengo -protestó-. Quería ser feliz. Yo tenía una familia, una casa acogedora y buenos amigos. Conseguí un trabajo agradable que me proporcionaba tiempo libre para dedicarme a otras aficiones, como la pintura o la música. Todo aquello estaba en mi pueblo, y nunca me arrepentí de regresar para quedarme.

La miró despacio. Pensó en los dólares que aún tenía en su poder, y de no haberla investigado y comprobado cómo había renunciado a ellos para entregarlos a su desconocida familia, jamás habría creído que realmente sentía tal desapego al dinero y aquella falta de codicia.

– ¿Te apetece salir a visitar la ciudad?

– ¿Te fías de mí? ¿Y si aprovecho para escapar otra vez? -le retó con mirada traviesa.

– Me arriesgaré -contestó entornando los ojos con jovial complicidad.

Salieron en un descapotable. La mañana era radiante e invitaba a disfrutar de la luz y del cálido ambiente. De pronto Antonio detuvo el coche junto a la calzada, frente a un muro empapelado de carteles.

– ¿Qué ocurre? ¿Por qué nos detenemos en plena calle?

– Mira allí -dijo señalando hacia la pared.

Elena examinó el lugar señalado y se volvió de nuevo para mirarle, sin comprender.

– ¿No le conoces? -preguntó dirigiendo la mirada hacia las fotos pegadas en el muro.

Ella dirigió de nuevo su vista hacia los carteles.

– ¿Ese es… Agustín? -preguntó sobrecogida volviéndose hacia Antonio.

Antonio movió la cabeza afirmativamente.

Elena bajó del coche despacio y se acercó, escrutando minuciosamente la hilera de fotos con el rostro de un desconocido, un hombre moreno de unos treinta y tantos años, de cabello lacio y negro, con ojos rasgados y pómulos altos. Aquella imagen no le inspiró maldad… De repente todos los recuerdos de infancia regresaron en tropel. Pensó en su carta y la recordó párrafo a párrafo mientras le miraba detenidamente.

Los remordimientos regresaron.

Aquel ser que compartía su sangre vivió bajo las órdenes de los Cifuentes, y ella estaba ahora con uno de ellos, jugando a recibir mimos y regalos y dejándose seducir. Se acercó a la pared y, con sumo cuidado, despegó uno de los carteles, plegándolo varias veces hasta dejarlo del tamaño de la palma de su mano. Antonio la observaba desde el coche, pero no quiso incomodarla; después arrancó y continuaron el camino en silencio.

Disfrutaron de un espléndido paseo en la ciudad mítica de Teotihuacán, «la Ciudad de los Dioses». Elena quedó maravillada durante la visita al conjunto ceremonial, las pirámides escalonadas y las espectaculares construcciones. Antonio disfrutaba contándole la historia de su país, la llegada de los aztecas al altiplano y las creencias de que aquel lugar había sido construido por gigantes. Pasearon por la calzada de los Muertos, incluso se atrevieron a subir a la cúspide de la pirámide del Sol.

– Hay una vista impresionante desde aquí -dijo Elena extasiada-. Sois afortunados en México, estas construcciones se han conservado casi intactas a lo largo de los siglos. Sin embargo, otras como el Machu Pichu no corrieron la misma suerte.

– ¿Has estado en Perú?

– Sí, hace un par de años.

– ¿Por tu trabajo o de vacaciones?

– Pues… Las dos cosas -Sonrió-. Fue un trabajo extra durante las vacaciones, aunque no era remunerado.

– ¿Acostumbras a trabajar sin sueldo?

– A veces…

– Te invito a un pulque mientras me cuentas tu experiencia en Perú.

– No es demasiado interesante, trabajé como maestra -dijo encogiéndose de hombros.

– ¿Y por qué no te pagaban?

– Porque lo hacía como cooperante en una misión católica para huérfanos, en Cuzco.

– No conocía esa faceta de ti. Eres muy generosa. -La miró con una sonrisa espontánea.

– Y tú demasiado curioso.

Visitaron después los lugares más emblemáticos y bellos de la ciudad, recorriendo la plaza Mayor, el Zócalo, ese gran punto de encuentro para la protesta y la fiesta nacional en cuyo lado oriental se sitúa el palacio Nacional, sede del gobierno, y la hermosa catedral. Elena descubrió una ciudad viva y bulliciosa, al mismo tiempo contradictoria, sometida al agobiante tráfico que invadía su geométrica y regular arquitectura.

Era de noche cuando se acomodaron en la terraza de un lujoso restaurante en la zona Rosa. Alguien se acercó a la mesa a saludarles: un hombre elegantemente vestido, de cabello oscuro y corto que mostraba algunas canas por las sienes.

– Hola, Antonio. -El saludo fue frío y ni siquiera le ofreció la mano.

– Hola, Sergio.

– Quería darte personalmente mis felicitaciones.

– ¿Por qué? -preguntó con aspereza.

– Por tus últimas adquisiciones, espero que las acciones de tus empresas mantengan el valor durante mucho tiempo.

– ¿Hay motivos para que puedan cambiar?

– Eres un hombre de negocios. -Esbozó una sonrisa forzada-. Sabrás manejarte bien. Señora -se dirigió por primera vez a Elena haciendo un gesto con la cabeza-, ha sido un placer.

– Mis saludos a Virginia -dijo Antonio con desgana.

– De tu parte.

– ¿Es así como se saludan los amigos en México? -preguntó Elena rompiendo el silencio.

– Él no es mi amigo. Es el nuevo marido de mi ex mujer.

– Compruebo con tranquilidad que aún conserva los ojos -dijo con una pícara sonrisa al recordar sus confidencias la noche anterior. Él también sonrió por la ocurrencia.

Sergio Alcántara mantenía los ojos, pero había perdido gran parte de sus negocios, aunque no parecía muy tocado. Al contrario, le encontró sereno, y su intuición le decía que tramaba algo. Antonio era un buen jugador y sabía cuándo alguien guardaba un as bajo la manga.

Elena estaba en silencio, pero miles de preguntas luchaban por salir de sus labios. Tenía curiosidad por conocer cuáles eran sus sentimientos hacia su ex mujer y, sobre todo, qué sentía hacia ella misma. ¿La consideraba una más de sus conquistas? Porque estaba segura de que el atractivo hombre que tenía sentado frente a ella debía de tener un notable éxito entre el sexo femenino…

– ¿En qué estás pensando? Estás muy callada…

Ella suspiró encogiéndose de hombros.

– En mi pasado, en el tuyo…

– ¿En el mío? ¿Qué sabes de mi pasado?

– Absolutamente nada…

– Puedes preguntar… -se ofreció con una mirada que invitaba a la confidencia.

– ¿Cuál fue el motivo de vuestro divorcio?

– Ella me fue infiel.

– ¿Con él? -preguntó con un gesto señalando al hombre que acababa de marcharse. Antonio afirmó con la cabeza-. ¿Te dolió?

– Solo en el orgullo.

Elena sonrió al escuchar aquella respuesta.

– Dios… Sigue riendo así y me harás perder la cabeza…

Elena bajó la mirada, avergonzada por el íntimo placer que le habían provocado aquellas palabras. Luchaba contra aquellos sentimientos confusos y contradictorios que amenazaban con revelarse. Le seducía la idea de dejarse llevar por él, pero aquella entrega sin condiciones significaba una capitulación y temía perder su independencia. Sería como decir adiós a su pasado y traicionar a su hermano.

– ¿Te gustaría ir a la playa? -preguntó Antonio mientras conducía de regreso.

– Sí. Claro que sí -respondió con sincero entusiasmo.

– Tengo una casa en Acapulco. Tiene estupendas vistas al mar y una extensa playa privada de arena fina y dorada. Es muy bonita, aunque no sé si tanto como la tuya… Pero estoy seguro de que podría gustarte -dijo girando la cara hacia ella.

– Por supuesto que me gustará. Adoro el mar…

– Pues iremos este fin de semana.

Elena le devolvió una radiante sonrisa.

Llegaron a la puerta de su dormitorio y se detuvieron en el umbral. Elena se apoyó en la pared, comprobando la elevada estatura de Antonio muy cerca de ella.

– Buenas noches… yo… estaré en la puerta de al lado…

Se acercó a ella e inclinó la cabeza muy despacio. Alzó la mano hacia su rostro hasta posarla en su mentón y obligarla a levantar la barbilla. Esta vez la besó en los labios muy despacio. Elena cerró los ojos y recibió aquella caricia casi sin aliento. Al principio se sintió insegura y confusa, pero después cerró los ojos y posó sus brazos alrededor de su cuello, enterrando los dedos en el pelo y haciendo que el beso se hiciera más intenso. Tras unos dulces momentos bajó el rostro para separarse, aunque su mano se había detenido en la mejilla de Antonio.

– De acuerdo… hasta mañana -dijo Elena sin atreverse a levantar la vista.

Él tomo su mano y besó su palma, después la rodeó con sus brazos y la mantuvo quieta durante unos instantes. Elena sintió un nudo en el pecho al notar aquellas manos grandes y fuertes sobre su espalda estrechándola con ternura y se dejó arrastrar por una fuerte emoción.

– Buenas noches. -Antonio la soltó con disgusto y besó su frente, realizando un esfuerzo para no tomarla en brazos y conducirla hacia su habitación.

Fue una noche intensa y confusa para Elena. La fuerte atracción que sentía hacia él se fundía con un sentimiento de culpa. Se sentía en deuda con su familia, estaba a punto de claudicar con el hombre para el que ellos trabajaron. Tantos sacrificios por la separación, tanto sufrimientos por su ausencia… Y estaba dejándose seducir por él. Su madre debía de estar inquieta en la tumba y Agustín se sentiría avergonzado por aquel comportamiento. Pensó en su abuela Isabel; tampoco ella estaría orgullosa.

Iba a traicionarles, a todos.

Estaba aturdida e indecisa, daba vueltas en la cama pensando en aquel hombre que le mostraba respeto de forma honesta y considerada. Siempre había creído que hacer el amor era más que un simple rato de placer entre dos personas, era una muestra de amor sincero, de confianza en un futuro común; quizá por no haber hallado nunca a alguien que le hiciera abrigar aquellos sentimientos aún no se había iniciado en el sexo. Nunca entendió a la gente que tenía aventuras fugaces o que cambiaba de pareja como de zapatos. Creció con sus abuelos, una pareja que se amaba y se respetaba mutuamente, y ese fue el ejemplo que ella había seguido.

Si atravesaba aquella puerta no habría vuelta atrás; hacer el amor con Antonio establecería un antes y un después que se traduciría en una entrega total por su parte. Y decidió que antes debía poner en orden sus caóticos sentimientos.

Capítulo15

Amaneció nublado. El cielo ofrecía un ambiente de color plomizo y la humedad se hacía sentir. Antonio había salido temprano, hacía un buen rato, y Elena se dispuso a preparar el equipaje para el proyectado viaje a la playa. El entusiasmo por aquel nuevo proyecto le hizo olvidar los prejuicios que la abordaron la noche anterior. Miró hacia la ventana y vio reflejado en ella el rostro de una mujer diferente, una mujer que estaba a punto de dar un giro radical a su vida, dispuesta a tirar por la borda su pasado y ponerse el mundo por montera. Ella nunca había recibido tantas atenciones y concluyó que Antonio sería el hombre con quien iba a compartir por primera vez su intimidad, y Acapulco era el lugar ideal para dar rienda suelta a sus íntimos deseos.

Pero a través del cristal vio algo que le hizo reconsiderar todo el arrojo que había mostrado minutos antes: la reja de entrada estaba abierta de par en par. Se detuvo en seco, acercó su nariz a la ventana y aguardó un buen rato. La puerta no se movía, y nadie parecía haber advertido aquel detalle. El jardín estaba desierto y el empleado de seguridad había desaparecido de su campo de visión. Bajó la escalera y caminó despacio hacia la reja para no despertar sospechas. Al llegar al límite con la calle se detuvo y sintió que sus pies flaqueaban, negándose a seguir avanzando. Pensaba en Antonio, pero el recuerdo de sus abuelos aguijoneó sus remordimientos. Debía regresar a casa, a España. Sí. Era su deber. Tenía una oportunidad de escapar y no podía desaprovecharla.

Inició unos tímidos pasos por la acera. Seguía pensando en Antonio. Estaba indecisa. Avanzó un poco más y se detuvo; volvió la vista hacia la casa que acababa de abandonar. Era su futuro lo que debía decidir en aquel instante. Antonio le estaba ofreciendo amor, compañía, seguridad… Y ella estaba sola… ¿Merecía la pena arriesgarse para regresar a un hogar solitario y vivir torturada el resto de sus días por haberle abandonado? «No», se dijo. No dejaría escapar otra oportunidad. Por primera vez reconoció que sus sentimientos hacia él no eran provocados por el encierro; era algo más profundo: le amaba, y sentía auténtica necesidad de estar a su lado, en aquel hogar… Sí… iba a regresar con él, y esta vez para siempre. Era una difícil decisión y rezaba para no equivocarse.

De repente un coche frenó bruscamente a su lado y dos jóvenes ataviados con uniforme marrón descendieron del vehículo y se situaron frente a ella impidiéndole el paso. El guardia de seguridad de la mansión también la había seguido y se acercó con rapidez.

– Disculpe, señora… Debería volver a la casa -dijo azorado sin dejar de mostrar respeto.

– Claro. He salido a dar un paseo, pero ya regresaba… -dijo girando sobre sus pasos e iniciando el camino de vuelta.

Esperó a Antonio en el dormitorio junto a la ventana; advirtió la llegada de su coche antes de la hora habitual y supuso que le habrían informado de su intento de fuga. Estaba muerta de miedo por su reacción. Y la conoció enseguida.

Un portazo a su espalda le anunció su presencia en la alcoba. Elena se volvió y se enfrentó a un rostro contraído por la furia que avanzaba con pasos seguros hacia ella.

– Antonio… Lo siento…

– Yo también -dijo quieto frente a ella.

– Tuve un impulso de salir, pero después decidí volver… No pretendía marcharme… Quiero quedarme aquí…

– Sí. Vas a quedarte en México, de eso no tengo dudas porque ya he tomado medidas -dijo abriendo la puerta para indicarle que saliera.

– ¿Qué vas a hacer?

– Impedir que vuelvas a cometer otra torpeza -replicó con frialdad-. ¡Vamos!

Salieron de la sala en dirección a la puerta exterior. El motor del coche aún estaba en marcha y uno de los empleados de seguridad se sentó junto al conductor. Antonio abrió la puerta indicándole que subiera. Elena esperaba que él lo hiciera a su lado, pero cerró de un golpe desde fuera y ordenó con un gesto al conductor que partiera. A través del cristal cruzó por última vez sus ojos con los suyos. Su mirada desprendía decepción y tuvo la desagradable sensación de que había tirado por tierra una oportunidad de ser feliz, pero se dio cuenta demasiado tarde.

La incertidumbre sobre su destino le hizo estremecer. ¿La enviaba a la cárcel? ¿Sería capaz de aquella crueldad? La mampara de cristal opaco estaba elevada, impidiendo así la comunicación con los silenciosos guardianes que viajaban con ella. Durante más de una hora recorrieron numerosas calles y circunvalaciones hasta salir de la ciudad, y al cabo de unos cuantos kilómetros de caminos sin asfaltar se tranquilizó al reconocer el lugar de destino: la hacienda Santa Isabel.

El coche se detuvo en la puerta y fue recibida por el ama de llaves. Lucía era una mujer áspera, huesuda y excesivamente delgada, con el cabello recogido y la espalda siempre recta, altiva y autoritaria. Su rasgo predominante eran los gélidos ojos grises que comenzaron a escudriñarla con una mirada penetrante y altanera, haciéndola sentir una intrusa en la mansión donde ella ostentaba el mando.

– Sígame, señora -le pidió mientras caminaba delante, erguida, con la cabeza ligeramente echada hacia atrás.

La condujo hacia la habitación donde estuvo encerrada los primeros días de su llegada y se despidió con un frío «buenas tardes». Después cerró con llave la puerta desde fuera.

El día continuó desapacible y la lluvia golpeaba con fuerza en los cristales. Elena posó su mirada en la ventana para descubrir que no era el suyo el rostro allí reflejado, sino el de una extraña que poco a poco iba perdiendo su forma, desdibujando sus rasgos y convirtiéndose en un fantasma. La persistente lluvia no dio tregua en toda la tarde y el sonido del agua sobre los cristales la sumió en una triste melancolía. Su recién hallada familia se había esfumado y el futuro al lado de Antonio se deshizo como un castillo de arena. Había perdido su confianza y estaba completamente sola. Las pesadillas regresaron con virulencia aquella primera noche de encierro. La invadieron sueños desagradables, inquietos, sin sentido. Pasó en vela toda la madrugada y amaneció exhausta. Solo con las primeras luces retomó el sueño y consiguió descansar unas horas.

Antonio regresó a la hacienda la tarde siguiente y tuvo noticias de que Elena apenas había ingerido alimentos desde su llegada y había permanecido en la cama todo el tiempo. Entró en el dormitorio y abrió las cortinas de par en par. Una resplandeciente luz exterior inundó la estancia.

– Por favor, cierre las ventanas -suplicó Elena cubriéndose la cabeza con las sábanas.

– ¿No piensas levantarte?

Su ronca y autoritaria voz le produjo un sobresalto. Después él tiró de las sábanas bruscamente.

– Vamos, arriba -dijo tomándola del brazo y conduciéndola al baño; abrió el grifo de la ducha y la miró con severidad-. Te espero fuera.

La frialdad del agua sobre la piel estimuló sus reflejos y la hizo reaccionar. Salió después con pasos vacilantes y ojos asustados. Antonio aguardaba junto a la ventana y se acercó despacio con mirada grave.

– No te saldrás con la tuya -le dijo apuntando con su dedo índice-. No voy a ceder ante este nuevo chantaje y tampoco voy a permitir que te hagas daño.

Elena se sentó en la cama con la mirada perdida, envuelta en un blanco albornoz que palidecía aún más su rostro.

– No pretendía llamar tu atención, te lo aseguro. Estoy muy cansada. Eso es todo.

Él le alzó el mentón para mirarla y observó que sus ojos habían perdido la luz que le había seducido la primera vez que la vio.

– ¿Qué te ocurre?

– Apenas he dormido. Tuve pesadillas durante toda la noche.

– ¿Son como las que me contaste la otra tarde? -El tono duro había desaparecido.

– No. Ahora son diferentes, más reales, disparates sin sentido, sombras que me persiguen para hacerme daño, sitios oscuros donde estoy encerrada… y despierto aterrorizada…

– ¿Por qué crees que quieren hacerte daño?

– No lo sé. Es solo una percepción de peligro. Ahora veo sus rostros, son más humanos que antes.

– ¿Reconoces a alguien?

– Tú eres uno de ellos -dijo mirándole con recelo.

Antonio se sentó en la cama a su lado y emitió un suspiro.

– ¿Vas a castigarme? -Había miedo en su voz.

– Estoy decepcionado ante tu falta de sentido práctico, pero jamás te haría daño.

– ¿Hasta cuándo vas a tenerme encerrada?

– Depende de ti. -Se volvió hacia ella.

– ¿Qué debo hacer?

– Convencerme de que no vas a cometer otra imprudencia. Aún espero que hagas un esfuerzo para estar a la altura y que recuperes la sensatez.

– No volveré a hacerlo, te lo prometo.

– No es suficiente, ya no confío en tu palabra -replicó con gravedad.

Elena se volvió hacia él con timidez y colocó la mano en su rostro. Antonio quedó inmóvil al recibir aquella inesperada caricia. Elena se acercó despacio dirigiendo la mirada a sus labios y los rozó con suavidad. Él respondió con entusiasmo, abrazándola con fogosidad y empujándola hacia atrás sobre la cama. Estaba sobre ella, desabrochando el albornoz y recorriendo con las manos su piel fresca y perfumada. Elena cerró los ojos y se dejó llevar.

– Harías cualquier cosa por salir de aquí, ¿verdad? -preguntó en voz baja interrumpiendo aquel contacto. Estaba sobre ella, dominándola con su cuerpo y mirándola con severidad. Después rechazó despacio los brazos que aún estrechaban su cuello y se puso de pie con lentitud.

Los sentimientos que Elena había liberado se agolpaban en tropel, pero sus labios se negaban a abrirse para decirle que le quería, que deseaba ser su mujer; pero en vez de eso, un indeciso…

– … No volveré a hacerlo -emergió como una letanía.

– Nunca sé cuándo eres sincera.

Se quedaron en silencio durante unos largos instantes.

– Vístete. Hay novedades. Te espero en mi despacho -ordenó mientras salía de la alcoba dejando la puerta abierta.

La tarde por fin mostró los primeros rayos de sol tras el largo aguacero. Olía a tierra mojada y el patio iluminaba la gran escalinata que conducía a la planta baja. A pesar de su encierro, Elena se sentía como en casa, había algo allí que la atraía como un imán.

El despacho estaba situado frente a la puerta de entrada de la casa, bajo los soportales de arcos apuntados que rodeaban el patio. Llamó con unos tímidos golpes a la puerta y recibió una respuesta firme desde el interior. Antonio estaba sentado tras una enorme mesa de madera labrada y a su izquierda se situaba el ordenador, en cuyo teclado trabajaba en aquel momento.

– Siéntate -le pidió señalando un sillón de cuero frente a él. Después colocó los codos sobre la mesa y cruzó sus manos sobre ella-. Me han informado de que alguien denunció tu desaparición ante la embajada española y han solicitado información oficial a la policía de México.

Esperó una reacción, una respuesta. Pero Elena no se inmutó.

– ¿No vas a preguntarme quién ha sido? -preguntó con gravedad.

– Ha sido Jean Marc. Jean Marc Detroux, ¿no es cierto?

Él afirmó en silencio.

– ¿Estabas con él?

Ella le miró con insolencia sin ofrecer respuesta.

– ¿Te importa?

– Sí -respondió con severidad.

– ¿Por qué?

– No has contestado. ¿Estabas con él?

Ella no respondió de inmediato, hizo una larga pausa con una serenidad que a él le pareció irritante.

– Qué más da… Estoy aquí, contigo. Y para una larga temporada… -dijo con sarcasmo.

– No juegues conmigo, Elena -ordenó con gesto amenazante.

Elena se levantó con intención de dejarle solo. Quería provocarle para devolverle el desprecio que él le hizo antes en el dormitorio; quería decirle que ella no le pertenecía; no pertenecía nadie… pero Antonio alcanzó su brazo y la retuvo, obligándola a sentarse de nuevo mientras él quedaba en pie frente a ella, apoyado en el borde de la mesa.

– Aún no hemos terminado. No me has dado una respuesta.

Cuanto más la conocía, más curiosidad sentía por la vida de ella, no tanto por los recuerdos que le había relatado desde su llegada como por lo que aún no le había expuesto de sí misma.

– Jean Marc era amigo de mis abuelos. Ha sido mi único apoyo desde que murieron y se ha portado como un padre desde entonces… ¿Satisfecho? -respondió mordaz.

– ¿Se trata de la persona de la que me hablaste la otra noche?

– Sí, y me gustaría hablar con él para tranquilizarle…

Por toda respuesta, Antonio abrió un dossier, extrajo unos documentos y los volvió hacia ella.

– No será necesario. Esta es una copia del expediente de tu detención que la policía va a presentar ante la embajada. En él se detalla tu presunta relación con un asesino huido de la justicia y la orden de prohibición de abandonar el país que han emitido contra ti.

– Entonces… las autoridades españolas me tomarán por una vulgar delincuente y se olvidarán de mí… -dijo ensombreciendo su mirada.

– Así es… No obstante, puedo ofrecerte una alternativa para evitar que este asunto llegue a enturbiar tu reputación…

– ¿Cuál?

– He redactado una declaración en la que notificas que te encuentras en perfecto estado, que has conseguido un excelente empleo y has decidido establecer tu residencia en México. He hecho preparar también un contrato de trabajo como directiva en una de mis empresas. Si firmas estos documentos no tendrás que dar explicaciones ante las autoridades españolas… y tu amigo no volverá a preocuparse por ti.

– ¿Eso es todo? ¿Una simple firma? Cualquiera podría hacerlo en mi nombre…

– Estos documentos, junto con tu pasaporte, serían entregados personalmente en la embajada por el jefe de la Policía de Ciudad de México, quien daría fe de que lo has firmado en su presencia. Con ese trámite es suficiente.

– Tienes mucha influencia ante las autoridades -dijo sarcástica.

– Más de la que imaginas.

– Pero de esta forma estarías legitimando mi encierro y me tendrías a tu merced…

Antonio se inclinó hacia ella sin apartar su mirada.

– Elige tú. Solo pretendo maquillar tu situación legal. Es un hecho que no vas a regresar a tu país por el momento… y puedo hacer que tu estancia aquí sea más agradable. Considero que es una excelente oferta.

Se estableció un silencio que ninguno quiso profanar. Elena advirtió que él había asumido el mando. Pero no iba a quedarse de brazos cruzados para dejar que la condujera a su antojo.

– Pues yo no pienso aceptarla. No me parece tan generosa como pretendes vendérmela.

– Podemos discutirlo mientras cenamos. Después prometo dejarme seducir… -dijo en tono ocurrente.

Aquellas irónicas palabras le provocaron sonrojo y sintió como si la hubiera abofeteado en su amor propio.

– Tuviste esa posibilidad hace un rato, pero la desperdiciaste -dijo con dignidad mientras se levantaba-. Ya no habrá más oportunidades…

– Prueba de nuevo… -dijo impidiéndole el paso y colocando las manos en su cintura-. Esta vez no voy a defraudarte.

– Ya lo has hecho -dijo dando un paso atrás y liberándose de él.

– Yo también me sentí decepcionado cuando decidiste abandonar la casa. -A pesar de sus palabras, no había signos de irritación-. Ahora estamos en paz y podemos continuar donde lo dejamos hace un rato.

– Me voy de regreso a mi celda, y quiero estar sola. -Era la respuesta ante su insinuación. Después se dirigió hacia la puerta de salida.

– Tómate un tiempo para reflexionar. Mientras tanto voy a darte otro voto de confianza. Podrás moverte libremente por la hacienda. No volveré a encerrarte.

– Eres muy considerado… -replicó con sarcasmo antes de traspasar el umbral.

¿Y ahora qué?, se decía Elena enojada consigo misma mientras subía la escalera de regreso. Lo había estropeado todo. Con su intento de fuga había perdido la incipiente confianza que Antonio comenzaba a depositar en ella, y su absurdo comportamiento en el dormitorio le había abierto la posibilidad para creer que podría conseguir sus favores a cambio de sexo. Entró en su dormitorio y cerró la puerta. Más tarde se negó a salir cuando una criada le transmitió la petición del señor para que le acompañara en la cena.

Era medianoche y estaba a punto de caer en un profundo sueño cuando escuchó el familiar sonido del pomo de la puerta al abrirse. Esta vez quedó paralizada; ni siquiera le dio tiempo a cubrirse con la colcha. Volvió su cabeza hacia el lado contrario y cerró los ojos tratando de ocultar su miedo, confiando en la oscuridad que había en la estancia. Sintió pasos que se acercaban lentamente a la cama, y después reinó el silencio. Elena escuchaba en aquella quietud la pausada respiración de Antonio, que contrastaba con la suya, cuyo pulso cada vez más acelerado amenazaba con delatarla. Fueron unos largos minutos que a ella le parecieron horas. Después oyó cómo iniciaba el camino hacia la puerta y cerraba despacio procurando no hacer ruido.

Capítulo16

Al día siguiente despertó temprano, pero tampoco hizo ningún amago de salir de la habitación. Era casi mediodía cuando una sirvienta la visitó para preguntarle si deseaba tomar el desayuno allí mismo o en el comedor.

– ¿El señor está en el comedor? -preguntó a la criada.

– No, don Antonio se marchó esta mañana temprano a la ciudad.

Elena decidió entonces salir para explorar con tranquilidad la finca. Después del desayuno en el comedor atravesó el patio y se dirigió hacia la gran puerta de acceso a la casa. Lucía caminó tras ella hasta colocarse a su espalda y con voz firme reclamó su atención.

– Señora, si va a salir de la casa, le informo de que tengo órdenes del señor Cifuentes de acompañarla…

– Solo pretendía curiosear un poco por los alrededores… -respondió cohibida.

– Como desee, señora, pero debo obedecer al señor.

Durante unos segundos dudó si regresar a su habitación o seguir con sus planes, y resolvió ignorar a la sirvienta y continuar su proyectado paseo. En primer lugar tomó el sendero que conducía a los establos. Se detuvo tras la empalizada de madera a observar a los mozos mientras montaban y domaban hermosos caballos pura raza. Intentó reconocer a alguno de los que la recibieron el día de su llegada, pero ningún rostro de aquellos jóvenes le resultó familiar. Miró de reojo hacia la gran verja de entrada para confirmar su sospecha: estaba cerrada. Era lógico; si ella fuese Antonio habría hecho lo mismo. Tras recorrer la piscina y la amplia terraza, tomó un libro de la biblioteca y regresó al dormitorio.

Por la tarde escuchó la puerta y se estremeció al cruzar su mirada con la de Antonio. Este acababa de llegar de la ciudad y vestía un elegante traje oscuro con camisa de color claro a juego con la corbata.

– Estás aquí… -dijo a modo de saludo-. Sabes que puedes salir…

– No es agradable pasear mientras varios pares de ojos vigilan tu espalda.

– Es el precio que tienes que pagar por tus imprudencias. -Se detuvo e introdujo las manos en los bolsillos en un gesto muy natural-. Soy el responsable de tu vigilancia y no puedo correr riesgos. Si vuelves a escapar, me pondrás en evidencia y quedarás bajo la custodia de la policía del Estado, y te aseguro que no recibirás el trato que yo te estoy ofreciendo. -Sus palabras sonaban templadas a pesar de la velada amenaza que le lanzó.

– Puedes estar tranquilo. No pienso volver a intentarlo.

– De todas formas vas a trasladarte al dormitorio contiguo al mío. Prefiero tenerte más cerca -concluyó con una mueca, a punto de sonreír.

– Eso se llama confianza -ironizó Elena.

Antonio quedó callado y fijó sus ojos en los de ella. Su expresión parecía serena.

– Se llama prudencia. Te protejo de ti misma y de tus impulsos de salir corriendo hacia ninguna parte.

– Como quieras. -Era inútil seguir insistiendo en convencerle de que iba a portarse bien. Él no se fiaba de sus promesas y tenía motivos más que sobrados para hacerlo. De las tres ocasiones en que trató de escapar, en una de ellas destrozó una camioneta y en otra le robó el coche. Él sabía que no era osadía lo que le faltaba.

– ¿Me acompañas a cenar?

– No -respondió sin pensar. Cuando quiso rectificar ya era demasiado tarde. Antonio había hecho un gesto con la cabeza aceptando su respuesta y salía de la estancia cerrando la puerta.

Más tarde, una criada la condujo a través del pasillo hacia el ala opuesta de la mansión hasta llegar a un amplio y lujoso dormitorio con una puerta que comunicaba con otro gemelo. En el muro lateral había una chimenea enmarcada en piedra natural y Elena se sentó frente a ella a contemplar el fuego.

Había oscurecido cuando escuchó a su espalda el ruido de la puerta interior al abrirse y los familiares pasos de Antonio. Sin retirar los ojos de fuego, Elena esperó a que se sentara junto a ella en el sofá. Durante unos instantes compartieron un cómodo silencio mientras escuchaban crepitar la leña que ardía en el interior.

– ¿Has decidido ya la respuesta que vas a ofrecer a la embajada? -preguntó Antonio mirando al frente.

– Firmaré el documento. Voy a trabajar para ti -dijo mirándole de reojo.

– ¿Estás segura? -Se volvió hacia ella.

– Es la opción menos mala…

– Has elegido la mejor.

– Ahora estoy en tus manos. -Le miró con inseguridad.

Él dirigió su mirada hacia ella y permaneció callado.

– No debes temer nada. Te di mi palabra de que jamás te haría daño y pienso cumplirla. A cambio espero que tú asumas alguna responsabilidad.

– Puedes confiar en mí. Yo también te doy mi palabra de honor. Y vale tanto como la tuya.

– Para mí es suficiente. Te creo.

Durante un largo rato permanecieron callados con los ojos fijos en el fuego. Después Antonio se volvió hacia ella y la miró largamente.

– ¿Por qué me miras así? Me pones nerviosa…

Antonio sonrió.

– Eres muy bonita…

Elena fijó la mirada en el fuego y volvieron a quedar callados.

– ¿Por qué quisiste escapar? -preguntó él.

– No lo sé… Todavía me cuesta definir mis prioridades. Son tantas las experiencias que he vivido en tan poco tiempo… -Suspiró tras un silencio-. Cuando vi la puerta abierta… algo me impulsó a salir… No sabría explicarlo… creía que era mi deber escapar para recuperar mi vida… Pero después recapacité y decidí regresar.

– No me mientas…

– Piensa lo que quieras, pero te aseguro que no tenía intención de marcharme.

– ¿Por qué razón?

– No lo sé… -respondió tras otro largo silencio-. Caí en la cuenta de que no merecía la pena arriesgarme otra vez para regresar a una casa que ahora está vacía…

Antonio advirtió que unas lágrimas se deslizaban por su rostro. Tomó su mano y la acarició entre las suyas durante unos instantes.

– Tomaste una buena decisión. -Posó la mano en su mejilla para recoger sus lágrimas y acercó su rostro para ofrecerle un dulce beso en los labios. Después se apartó despacio y salió por la puerta interior sin pronunciar una palabra.

Una nueva pesadilla vino a hostigar la angustiada mente de Elena. Era de madrugada cuando Antonio oyó sus gritos en la habitación contigua y acudió veloz. Comenzó a sacudirla con suavidad tratando de despertarla mientras ella forcejeaba gritando de terror.

– ¡No, por favor, déjame! ¡Por favor… no… no!

– ¡Soy yo! Tranquila… -Le decía aflojando su presión al comprobar que abría los ojos.

– ¡No me toques! -gritó alejándose de él con una mirada que desprendía pánico.

– De acuerdo -dijo soltándola-. ¿Ya pasó todo?

– Sí -contestó aún temblando.

Antonio se acercó con suavidad para abrazarla, pero ella instintivamente le rechazó.

– ¡Déjame, no te acerques! -le dio la espalda tirando de las sábanas para cubrirse.

– Cuéntame qué has soñado -rogó sin atreverse a rozarla.

– Nada. Necesito estar sola. Vete, por favor.

– No. No pienso marcharme hasta saber qué te ha ocurrido. No puedo entrar en tu mente ni ayudarte con tus pesadillas, pero necesito saber por qué te inspiro tanto miedo.

Elena seguía encogida en la esquina contraria a la suya, boca abajo, oculta bajo un manto de silencioso temor. Antonio quedó sentado en la cama y tras unos silenciosos instantes advirtió que Elena comenzaba a reaccionar y se volvía para acercarse a él.

– ¿Cómo te encuentras?

– Lo siento…

– ¿Quieres contármelo?

– No. Es un sueño absurdo, como siempre.

– ¿Estaba yo en él?

Elena se quedó en silencio, corroborando sus sospechas.

– Soñé con mi madre. Estaba en los alrededores de esta finca, pero la casa era diferente…

– Hace unos cinco años se realizó una gran reforma, quizá la recuerdes en su estado anterior. Pero cuéntame… ¿qué pasó en tu sueño?

– Ella me dijo que debía esconderme en una habitación oscura. Había una especie de estatua o maniquí y me estaba mirando. Pero yo tenía miedo de estar allí y escapé corriendo por un sendero rodeado de arbustos.

– ¿Y qué pasó?

– Alguien estaba en el camino escondido entre los matorrales y comenzó a seguirme. Ya no era una niña, estaba pasando ahora… Yo corría atemorizada y escuchaba pasos detrás de mí que me seguían.

– ¿Quién era?

– No lo sé.

– ¿Y qué pasó después?

– Nada.

– Hay algo más. ¿Estaba yo en tu sueño?

Silencio.

– Vamos, háblame -le rogó con suavidad-. Dime qué temes de mí, necesito saberlo.

– Había varios hombres… -reanudó con timidez su relato-. Me impedían seguir el camino… después me sujetaron por los brazos, obligándole a tenderme en el suelo… estaban sobre mí… -Se detuvo estremecida por sus propias palabras.

– ¿Era yo?

– No… Pero estabas allí y ellos obedecían tus órdenes…

– ¿Qué órdenes les daba?

– Debían forzarme… todos…

Antonio suspiró profundamente.

– Veo que mis amenazas te impresionaron y que no has podido olvidarlas. Nunca tuve intención de cumplirlas, te lo aseguro. Solo quería intimidarte para que hablaras. Yo jamás ordenaría una salvajada como esa.

– Tengo tu palabra de honor…

– Sí, aunque observo que te cuesta creerla… -Alzó los hombros manifestando su resignación.

– Lo pasé muy mal durante aquellos días. Me inspirabas mucho miedo…

– Tenía que interpretar el papel de malvado para obtener información… Lo siento -se disculpó con una sonrisa.

Elena también sonrió.

– Bueno, ahora intenta dormir. Me quedaré un rato.

– ¡No! Prefiero estar sola… por favor… -suplicó con rapidez.

– ¿Estás segura?

Ella afirmó con un gesto. Antonio se inclinó hacia ella y se despidió con un beso en la frente. Después se levantó con pesar y salió despacio de la estancia.

– Dejaré la puerta abierta.

Regresó intranquilo a su dormitorio. El pasado estaba todavía presente, la mente de Elena no había borrado los duros momentos que había vivido a su llegada y él no conseguía espantar los remordimientos. Conocía sus inquietudes, aspiraba a ser aceptado por ella y estaba dispuesto a esperar una eternidad hasta conseguir ganarse su confianza y aportarle la seguridad que sabía que ella necesitaba en aquellos momentos.

A la mañana siguiente visitó el dormitorio de Elena y al comprobar que estaba profundamente dormida, bajó a su despacho.

– Hola. Me dijo Lucía que estabas aquí. ¿No has ido hoy a la ciudad? -preguntó Elena asomando la cabeza en el umbral.

– Saldré más tarde. Decidí quedarme a esperar para ver cómo despertabas. Creí que dormirías un rato más.

– Estoy bien -dijo encogiéndose de hombros-. Siento lo de anoche…

– No tienes nada de que disculparte; fue una pesadilla, solo eso…

– Tengo hambre. ¿Has desayunado?

– No; en unos minutos nos vamos -dijo mientras ordenaba los documentos que cubrían la mesa.

– ¿Quién vive allí, en aquellas construcciones?

Elena contemplaba la parte posterior de la hacienda desde la ventana del despacho. Se trataba de una pequeña capilla con claros signos de abandono. La fachada aún conservaba restos del color blanco que debió de lucir años atrás, y el campanario sobre el tejado mostraba el hueco de la campana ausente. Tras ella se situaba una edificación horizontal de una sola planta con varias puertas en línea recta y aspecto de no estar habitada.

– Son dependencias antiguas, se utilizan como almacenes y trasteros.

– ¿Antes vivía mucha gente en esta hacienda?

– Mi abuelo alojaba a un médico, un sacerdote, un maestro… Esto era como un pequeño pueblo.

– Debió de ser interesante la vida en aquellos tiempos. ¿Has sido feliz en esta casa?

Antonio detuvo su tarea, pensativo.

– No tengo especiales recuerdos de mi niñez; pasé poco tiempo aquí.

– Estos muros deben de conservar una interesante historia. ¿No te has planteado desempolvar la biografía de tus antepasados? Algunos de los retratos que cuelgan en el pasillo exhiben rasgos muy marcados de sus personalidades; sería interesante conocer los secretos de cada uno…

– Me preocupa más el futuro de esta hacienda que su pasado… -dijo abortando su iniciativa.

– Pero es tu historia -insistía ante el escaso interés suscitado.

– Dejemos a los muertos en paz -dijo abriendo la puerta para salir.

Aquella mañana Elena estaba especialmente radiante y lamentó dejarla sola. Pero tenía asuntos que le requerían en la ciudad y debía regresar para reunirse con Sebastián Melero, quien había solicitado un encuentro urgente con él.

Capítulo17

Antonio llegó a mediodía a su despacho con la intención de resolver pronto los asuntos con el director general y regresar a la hacienda. Pero las noticias que recibió del directivo le hicieron olvidarse de Elena durante aquella mañana.

– Bueno, dime qué es lo que debo saber con tanta urgencia.

– Se trata de Veracruz Hoteles, tenemos un gran problema.

– ¿Qué ocurre?

– Hace poco me llegó el rumor de que Sergio Alcántara cometió una indiscreción durante una cena con algunos empresarios, entre los que se encontraban algunos amigos míos. Ya sabes, después de una buena comida, a la hora del licor, la lengua se le aflojó un rato y se despachó a gusto.

– ¿Qué dijo exactamente? -preguntó interesado.

– Que le has arrebatado un petardo prendido y que pronto va a reventar en tus manos… y algunas tonterías más.

Antonio recordó el frío encuentro en el restaurante mientras cenaba con Elena.

– ¿Eso qué significa? ¿Has averiguado algo?

– Sí. He puesto a trabajar al departamento jurídico en la documentación de la cadena y, ¡zas!, ¡lo encontré! Se trata de un gran contencioso y vamos a sufrir serios contratiempos -dijo en tono de alarma.

– ¡Habla de una vez! -ordenó impaciente.

– La mayoría de los establecimientos hoteleros carecen de licencias. Desde hace años la cadena que presidía Sergio Alcántara mantiene un pleito con la Secretaría de Turismo y ha perdido todos los juicios, pero han recurrido y en estos momentos están pendientes de la Suprema Corte de Justicia… y si de nuevo dicta sentencia en contra, nos tenemos que preparar para un gran descalabro financiero.

– Pero ¿cómo es posible que los hoteles no tengan licencias? -preguntó indignado más que sorprendido.

– Porque la mayoría de ellos se edificaron en terrenos sin autorización, en zonas no urbanizables. Los complejos de la península de Yucatán, por ejemplo, se construyeron en terrenos destinados a uso público. En aquellos momentos Sergio Alcántara contaba con la anuencia del gobernador de ese estado, quien hizo la vista gorda y le dejó cometer muchas barbaridades urbanísticas; pero tras las elecciones fue relevado y el nuevo que ocupó el cargo quiso hacer limpieza. A partir del año pasado comenzaron las denuncias por infracciones urbanísticas: primero se les impuso una multa millonaria a cambio de no derribar los hoteles; después se inició una investigación en los demás hoteles repartidos por todo el país y de nuevo aparecieron irregularidades similares. El expediente contra Veracruz Hoteles se unificó y siguió pleiteando en los juzgados. Si la Suprema Corte de Justicia dicta en contra, se deberá asumir la sentencia y pagar una fuerte cantidad para evitar el cierre, en cuyo caso habrás adquirido… una cadena de humo.

– ¿Y a quién le corresponde el pago de esa multa?

– Al nuevo propietario, es decir, a ti.

– ¿Y los antiguos accionistas, la cadena norteamericana West Union Inn? Ellos debían de conocer este vicio oculto.

– Ellos eran propietarios de menos del cuarenta por ciento de las acciones, no intervenían en la gestión interna. Era tu «amigo» Sergio Alcántara, como presidente ejecutivo, el que hacía y deshacía a su antojo.

– Pues vayamos contra él para que asuma su responsabilidad.

– Ya lo ha estudiado nuestro equipo de abogados, y por desgracia se han confirmado los peores pronósticos: el pleito se mantiene contra la empresa, indiferentemente de quién la presida.

Antonio comenzó a pasear por el amplio despacho, incrédulo ante lo que estaba oyendo.

– ¿Significa que tendremos que asumir todos los despropósitos que ha cometido ese rufián?

– Lamentablemente es así. Si la sentencia falla en contra, deberemos hacer frente a las sanciones.

– ¿Tienes idea del montante de la multa que han solicitado?

– Una media de diez millones de pesos por cada hotel. En total la cadena dispone de veinte establecimientos repartidos por todo el país. Suma tú mismo.

– ¡Es una fortuna! Ese importe supera el presupuesto proyectado para la renovación de los hoteles. ¡Maldito Sergio Alcántara! ¡Que se prepare si cree que va reír el último! Aún no sabe con quién está jugando -dijo con furia-. Ponte a trabajar, quiero saber en cuántos consejos de administración se sienta, cuentas corrientes, propiedades, las matrículas de sus carros. ¡Voy a hundirle! -dijo encolerizado-. Quiero tenerle de rodillas suplicando un puesto como botones en uno de los hoteles.

– De acuerdo, pero vayamos despacio. Es un zorro viejo y sabe que le persigues. Antes de pisar otro de sus terrenos debemos comprobar que no está minado. Déjame actuar con cautela y en la sombra, te mantendré informado.

Antonio llegó cansado a la hacienda. Había sido un día especialmente duro y por un momento pensó quedarse en la capital en el apartamento contiguo al despacho, pero le entusiasmaba la idea de cenar en compañía de Elena. Ella se había convertido en una válvula de escape entre tantas conspiraciones y necesitaba desconectar durante unas horas del grave revés que había recibido aquella tarde. La buscó en el salón, en la terraza, en el dormitorio, pero no había rastro de ella por ninguna parte.

– Lucía, ¿ha visto a la señora?

– Hace unos instantes estaba en la cocina, señor. Iré a ver si continúa allí.

Elena entró en el salón y le saludó con una sonrisa.

– Hola. Tienes aspecto cansado.

– Sí, hoy no ha sido uno de mis mejores días. ¿Qué hacías en la cocina?

– He preparado una comida especial, típica de España -dijo entusiasmada.

– ¿Has cocinado tú? -preguntó molesto-. ¿Para qué están las cocineras?

– Ellas me han ayudado, pero yo le he dado el toque especial.

– No tienes que entrar en la cocina -le espetó con dureza-.Vas a conseguir que las criadas te falten al respeto si actúas como una de ellas.

– Lo siento, pero yo no lo veo así -dijo contrariada-. El respeto se gana respetando a los demás…

– Se gana comportándose con dignidad, no con vulgaridad -concluyó con autoridad.

– Tienes razón, soy una mujer vulgar -dijo dolida-. Me crié entre comunistas. ¿Qué más puedes esperar de mí? -Dio la vuelta y se dirigió a la salida.

– ¿Adónde vas? Ven aquí, aún no hemos terminado -dijo alzando la voz con enojo.

– Me voy a dormir, he perdido las ganas de comer. -Salió sin mirarle y dando un portazo.

Subió la escalera del gran patio y se sentó en el último peldaño a reflexionar. Ella nunca tuvo criados, y en su interior reprobaba el comportamiento arrogante de Antonio hacia ellos. Los obreros se cuadraban a su paso cuando le acompañaba en sus paseos por la finca, dirigiéndose a él con sumiso respeto, y su trato era demasiado frío; jamás cruzaban sus miradas y el grado de subordinación al que les sometía le parecía degradante. Elena jamás se había sentido superior a nadie, aunque tampoco se había dejado avasallar. Creía en la dignidad del trabajo, no importaba cuál, y le inspiraba el mismo respeto el bedel de su instituto, un hombre educado y servicial, que el propio director, con todos sus títulos y cátedras.

Aquella finca funcionaba como una sociedad feudal. Había un señor, poderoso y soberbio, y los demás eran seres inferiores, siervos dóciles y obedientes de los que podía disponer a su antojo. Elena no tenía claro qué papel le correspondía y pensó que pertenecía a aquel grupo, pues debía acatar sus reglas y vivir bajo su «protección». Quizá por esa razón no conseguía confiar plenamente en él, a pesar de observar cómo se esforzaba por conseguirlo. Después de trasladarse al otro dormitorio, Antonio se dirigía a ella ante los criados como «la señora», pero aquella tarde debió de habérsele agotado la paciencia y determinó recuperar el control que parecía perder de vez en cuando sobre ella, aleccionándola sobre el lugar que debía ocupar en la casa. Elena profesaba un escrupuloso respeto hacia aquellas mujeres que servían en silencio bajo la supervisión de la estricta ama de llaves, quien se movía en la mansión con la arrogancia de tener bajo sus órdenes a todo el personal.

Desde su posición en lo alto de la escalera advirtió que Antonio ascendía lentamente los peldaños sin dejar de posar sus ojos sobre ella.

– Lo siento -dijo sentándose a su lado en la escalera mirando al frente-. Hoy he tenido un día espantoso y he volcado sobre ti mi mal humor. Lamento haberte hablado así.

– Puedes hablarme como quieras. Estoy bajo tu tutela. Yo no sé cuál es mi sitio en esta casa.

– Eres mi invitada. -Se volvió para mirarla.

– No, no lo soy. Soy tu prisionera, aunque no…

– ¡Está bien! -la interrumpió alzando la mano con visible mal humor-. Piensa lo que quieras.

Elena no tenía intención de hacerle reproche alguno, y al obligarla a callar tan bruscamente perdió la ocasión de explicarle que no se quejaba del trato que él le dispensaba; al contrario, era consciente de que en aquellos momentos podría estar en una cárcel de verdad y en peores condiciones. Pero Antonio estaba de un pésimo humor aquella tarde, y Elena prefirió no insistir en aclararle lo que realmente sentía, así que se levantó y se dirigió a su dormitorio. Más tarde recibió una bandeja con la cena a través de la sirvienta, pero apenas tenía apetito y se fue a la cama temprano. Esperó despierta hasta bien entrada la madrugada los sonidos de Antonio en la habitación contigua a la suya; sin embargo, él no apareció. Al día siguiente confirmó a través de Lucía que había regresado a la ciudad aquella misma tarde.

Pasó la mañana leyendo en la terraza, sentada en una butaca desde donde podía dominar la puerta de acceso; estaba impaciente por verle, necesitaba matizar sus palabras del día anterior, pero Antonio no regresó. Al día siguiente trató de distraerse nadando en la piscina, leyendo en el salón, paseando por los alrededores de la casa, siempre bajo la atenta y silenciosa mirada del ama de llaves. Aquella tarde él tampoco volvió a la hacienda.

Por las noches, la memoria seguía enviándole a través de los sueños extrañas imágenes de niños, de gente mayor… y la mujer de la foto, su madre, se hacía real. Todos estaban alrededor de aquella casa, en la cabaña, por los establos, junto a un gran árbol cerca de un río. Su abuelo también estaba allí, y aquel hecho la desconcertaba… ¿Por qué veía a José Peralta en aquella hacienda? ¿Eran recuerdos reales o se trataba de su fértil imaginación que le jugaba aquellas malas pasadas?

Habían transcurrido cuatro días y Antonio no daba señales de vida. Aquella mañana estaba sola en el salón y de repente sonó el agudo timbre del teléfono; a la segunda llamada quedó mudo y Elena supuso que alguien habría respondido desde otro aparato. Localizó el auricular inalámbrico y se dirigió a la mesa baja situada entre dos sofás, en una esquina de la sala. Pensó en Jean Marc, necesitaba hablar con él para contarle todas las peripecias que le habían ocurrido desde su llegada y tranquilizarle sobre su actual situación. Le conocía bien y sabía que tenía que estar preocupado por la falta de noticias sobre ella, a pesar de que a través de la embajada le habrían dado una respuesta sobre su decisión de quedarse.

Por la tarde regresó con sigilo al salón y esperó en el sofá leyendo un libro a que Lucía abandonase la sala. La siguió con la vista hasta que cruzó el patio en dirección al comedor. Después tomó el teléfono y marcó el teclado con urgencia. Esperó unos segundos la conexión internacional… pero solo oyó la típica marcación digital de los números y después un silencio durante interminables minutos. Volvió a repetir la operación, y de nuevo el mismo resultado. Esa vez esperó pacientemente un rato más largo hasta convencerse de que era imposible realizar una llamada. Quizá tenía un código de salida exterior, como el de los teléfonos de empresa. Marcó el cero y se llevó el auricular al oído, sin resultado. Después de insistir con varias combinaciones, se rindió definitivamente y colocó el auricular en su sitio.

Aquella tarde mientras cenaba en el comedor cruzó su mirada con el ama de llaves, quien supervisaba personalmente el trabajo de las silenciosas mujeres que se afanaban en servir la mesa. Elena aguardó hasta quedarse a solas con ella y la abordó con sutileza.

– Lucía, ¿podría hablar con usted unos minutos? -preguntó con amabilidad.

– ¿Tiene algún problema con el servicio? -La mirada de aquella mujer era fría e inexpresiva.

– No, en absoluto. Quería hablar con usted sobre Trinidad González.

Elena notó que la espalda del ama de llaves se tensaba y su cabeza iba aún más atrás de lo que ya estaba.

– Lo siento, pero no estoy autorizada a dar información sobre las personas que han trabajado en esta casa.

– Sea razonable, no le estoy pidiendo un informe laboral sobre ella… solo trato de saber…

– Si ha terminado, daré orden de recoger la mesa -interrumpió, ignorando la réplica de Elena y saliendo de la estancia.

«Vaya, qué mujer más servicial», pensó Elena.

Capítulo18

Eran más de las seis cuando una criada llamó a la puerta del dormitorio. Elena esperaba la pregunta diaria sobre el lugar donde iban a servirle y decidió cenar allí mismo; pero esta vez se equivocó, y el corazón le dio un vuelco cuando la mujer le trasladó la petición del señor Cifuentes de bajar al salón. ¡Había regresado al fin!

Elena se arregló más de lo normal, se cepilló su larga melena rubia y se maquilló a conciencia. Su corazón latía desbocado cuando traspasó el umbral del salón y le vio en pie, de espaldas a ella, mirando hacia a la chimenea. Estaba hablando por teléfono y su gesto era grave mientras se movía dando cortos pasos hacia los lados.

– Es posible… pero llegamos demasiado tarde. De todas formas prepara el recurso…

– …

– Puedo hallar la solución en la Suprema Corte…

– …

– Efectivamente, esa opción tampoco es descartable…

Entonces alzó el rostro y cruzó su mirada con la de Elena, quien seguía inmóvil, de pie, junto al sofá.

– De acuerdo, hablamos mañana.

Antonio desconectó el teléfono y lo dejó sobre la mesa. Después caminó despacio sin despegar sus ojos de los de ella hasta quedar muy cerca.

– ¿Cómo estás, Elena? -preguntó con voz templada.

Había algo en su mirada que la ponía nerviosa. Sus ojos oscuros parecían estudiar con detalle su reacción ante él, haciendo que perdiera la seguridad en sí misma.

– Bien -respondió bajando sus ojos con timidez.

Él seguía con su mirada inmóvil sobre ella. Fue un momento embarazoso en el que se maldijo a sí misma por no saber qué hacer ni qué decir.

– ¿Sigues enfadado? -preguntó al fin elevando su rostro.

– No. ¿Y tú? -respondió veloz Antonio. Su mirada era cordial, parecida a la que tenía en la ciudad, cuando era amable y comunicativo con ella.

Elena movió la cabeza hacia los lados indicándole que ella tampoco.

– ¿Quieres… cenar conmigo?

Elena hizo un gesto alzándose de hombros para indicar que sí. Pero él no lo entendió así.

– No debes sentirte obligada. No soy tu carcelero ni tienes que esforzarte por agradarme.

Esta vez alzó la cara y fijó los ojos en los suyos sintiendo un leve remordimiento.

– Me gustaría… cenar contigo…

Él asintió complacido exhibiendo una sonrisa.

– Bien, entonces vayamos a la terraza; hace una tarde estupenda.

El sol se había despedido, agazapado tras las lejanas cumbres de color canela, y una cálida brisa les acompañó mientras cenaban a la luz de las velas.

– Estás muy ocupado… -insinuó Elena para iniciar una inocua conversación.

– Sí, en estos días he tenido que resolver personalmente algunos problemas.

Elena hacía esfuerzos para no preguntarle si el auténtico motivo de su repentina marcha había sido ese o la discusión que había mantenido con ella.

– ¿Y tú? ¿Qué has hecho estos días?

– Leer… nadar… aburrirme… -Terminó con un gesto de resignación.

– Mañana me encargaré de animarte el día.

– ¿No vas a ir a la ciudad? -preguntó tratando de ocultar su entusiasmo.

– He dejado solucionados los asuntos más urgentes esta mañana, cuando llegué de Cancún.

– ¿Has estado en la playa? -Ahora su decepción era patente. ¿Habría ido en viaje de negocios o de vacaciones?

– Sí. La cadena Veracruz Hoteles está inmersa en un gran contencioso legal y me desplacé hasta allí para conocer de cerca todo lo referente al caso.

– Vaya… -Respiró más tranquila-. Tienes un ritmo de vida muy estresante.

– Bueno… no siempre es así. Por suerte no todos los días surgen grandes complicaciones como esta. Pero ya está resuelto y tendré más tiempo libre para dedicarme al gran problema que ahora me preocupa: tú. -La miró mientras cruzaba los brazos sobre la mesa.

– ¿Yo? -preguntó desconcertada.

– Sí, tú. Dices que te aburres mucho y me has creado un conflicto. Quiero resolverlo cuanto antes. Dime qué necesitas, qué debo hacer para que seas un poco más feliz.

– Estoy bien… -dijo alzándose de hombros-. Y te agradezco todo lo que has hecho por mí.

– ¿Pero…? -La miró esperando a que continuase hablando.

– Pero lo que yo necesito no puedes dármelo.

– ¿Qué es?

– Estabilidad, seguridad, memoria…

– ¿Memoria? -La miró frunciendo su frente.

– En los últimos días me vienen a la mente ráfagas de recuerdos, caras, gente moviéndose por aquí y por allí… Y ya no solo pasa en mis sueños, también los tengo cuando estoy despierta.

– ¿Has visto a alguien que conozcas, además de a mí?

Elena le miró con sentimiento de culpa al recordar una de sus pesadillas. Después afirmó con un gesto mirando hacia la mesa.

– ¿A quién?

– No tiene importancia. -Se encogió de hombros.

– Sí la tiene -insistió-. ¿Quién es?

– Mi abuelo, José Peralta.

– ¿Le ves aquí? ¿Por qué?

– No lo sé… -De nuevo quedó con la mirada extraviada.

– ¿Por qué no te sientes segura? -preguntó tras otro silencio mientras la observaba con atención.

– ¿Lo estarías tú si de pronto te vieras retenido en un país extraño, sin perspectivas de volver a casa y sin saber qué puede pasar mañana mismo?

– Esto es más complejo de lo que creía. -Tras un corto silencio la miró de nuevo-. ¿Tienes alguna sugerencia?

– Sí -respondió tras una pausa-. Prométeme que esta situación no va a empeorar.

– Te lo prometo.

– ¿Palabra de honor?

– Palabra de honor -concluyó con una sonrisa.

– Es suficiente.

Tras la cena se dirigieron hacia el salón, donde el retrato de Andrés Cifuentes sobre la chimenea parecía dominar con su presencia todo el espacio. Antonio se sirvió una copa y ofreció otra a Elena, pero esta la rechazó con un gesto. Después se acomodó frente a ella para contemplarla bien.

– ¿Por qué me miras así?

– Estoy recordando la primera vez que te vi. Quedé impresionado…

– ¿En aquella cabaña?

– No. En el aeropuerto de Washington. Compartíamos la sala de espera, pero tú no reparaste en mí, ni siquiera te dignaste a volver la mirada cuando te ofrecí ayuda… -Sonreía divertido al ver el gesto de asombro de Elena.

– ¿Tú estabas allí? Pero… ¿sabías quién era yo…? -preguntó con los ojos abiertos por la sorpresa.

Antonio negó con la cabeza.

– Fue una casualidad. Lo supe cuando llegué a la hacienda aquella noche. Tenía intención de invitarte durante tu estancia en México; quería conocerte mejor. Lo que nunca imaginé es que iba a ser tan fácil tenerte cerca…

– Para ti ha sido muy sencillo, pero debes ser consciente de que no estoy a tu lado por voluntad propia.

Antonio le dirigió una mirada indescifrable. Y ella se arrepintió enseguida de haber hecho aquella observación. La jovialidad que habían compartido se había esfumado de nuevo.

– Bueno, es medianoche. Me voy a dormir -dijo Elena tras unos incómodos minutos.

Capítulo19

De madrugada, un gemido alteró bruscamente la silenciosa calma. Antonio corrió al dormitorio de Elena y la vio agitando las manos y gritando de terror. Acarició con suavidad su cara, pero ella comenzó a golpearle para defenderse. La abrazó sujetando sus brazos para tratar de calmarla hasta conseguir que abriera los ojos y recuperase la consciencia.

– Tranquila… tranquila. Ya pasó todo. Ha sido otra pesadilla -susurraba en su oído. Lentamente los temblores remitieron al abrigo del cálido abrazo.

– Ha sido… horrible… Creo que voy a volverme loca…

– Cuéntame, dime qué te preocupa.

– Necesito saber qué pasó con mi madre y mi abuelo… necesito despejar muchas incógnitas…

– ¿Cuáles? ¿Qué has soñado?

– Era otra vez mi abuelo… Él estaba aquí, en esta hacienda…

– ¿Estás segura de que era él? -Hablaba en voz baja acariciando su espalda. Elena confirmó con la cabeza.

– Sí. En el sueño yo estaba en la cabaña, con mi madre; ella le vio llegar y me obligó a esconderme en una caja de madera debajo de la cama. Estaba muy oscuro, y yo escuchaba cómo gritaban y discutían; él le estaba haciendo daño y yo… estaba muerta de miedo, inmóvil y a oscuras…

Elena no pudo apreciar la crispación que sufría Antonio mientras la escuchaba.

– Puede que solo fueran temores infantiles; es una simple pesadilla, no debes darle importancia.

– Desde que sueño con mi abuelo, vivo atormentada por las dudas. Le veo a menudo en esta casa, como si viviera aquí, pero se comporta de forma extraña.

– ¿Hablas con él en tus sueños?

– No. Al contrario. Me inspira miedo. Y esta noche… mi madre me protegía de él. Creo que pasó algo entre ellos…

– ¿Qué crees que pudo haber pasado?

– Quizá él era mi auténtico padre, por eso me llevó a España.

– Tu padre no era tu abuelo, sino el hijo de este -le dijo separándose para mirarla.

– Entonces ¿por qué no le recuerdo a él?

– Porque murió antes de que tú nacieras. En eso no te mintieron.

– ¿Por qué estás tan seguro? -Le miró con ansiedad.

– Porque lo he comprobado.

– ¿Tú? Pero ¿cómo…? ¿Has investigado a mi familia…? ¿Qué más sabes?

– Que tenías razón. Tu padre se casó con Trinidad y murió a los pocos meses de la boda, antes de que tú nacieras.

– No puede ser… Si mi padre murió al poco tiempo de casarse… ¿Qué pasa con mi hermano?

– Agustín no era hijo suyo.

– ¿Qué estás diciendo? -exclamó espantada-. ¿Quién era su padre entonces? ¿Alguien de aquí, algún empleado de la hacienda?

– No lo sé…

– En esta casa había una sirvienta, Regina. Una vez hablé con ella y me contó algunas cosas; ella conocía bien a mi madre…

– Ya no trabaja aquí.

– ¿No puedes localizarla?

– Lo intentaré. Ahora descansa -dijo besando su frente y estrechándola contra su pecho. Después la cubrió con delicadeza con la colcha y la dejó sola.

Regresó por la mañana para comprobar que Elena estaba profundamente dormida y bajó a su despacho. Revisó las llamadas telefónicas a través de la centralita y se incorporó veloz al descubrir en la pantalla el registro de movimientos de los teléfonos que había repartidos por toda la casa… Emitió una mueca de satisfacción al confirmar el vano intento de Elena por llamar a España. Apuntó aquel número en su agenda y salió cuando una criada le informó de que ella estaba en el comedor.

– Buenos días -dijo Antonio entrando en la sala-. Te has levantado muy pronto. Creí que dormirías un rato más -le dijo sonriendo-. ¿Cómo te encuentras?

– Bien -repuso alzando los hombros para restar importancia al episodio de la noche anterior.

– ¿Te apetece montar un rato?

– Me encantaría.

Tras el desayuno se dirigieron hacia las cuadras y Antonio la condujo hacia una sala repleta de accesorios para montar.

– El olor a cuero de esta sala me resulta tan familiar… -dijo Elena dirigiendo su vista hacia las paredes donde estaban colgadas las sillas de montar-. Mi abuelo fabricaba monturas. Yo debí de visitar su taller de pequeña.

Se acercó a una silla que colgaba de una percha especial y la observó detenidamente. Era de charro de gala, en piel repujada con motivos vegetales y florales profusamente bordada en oro y plata; una auténtica obra de arte muy valorada por coleccionistas.

– ¡Esta montura la hizo él! -gritó emocionada.

– ¿Qué dices? ¿Cómo lo sabes? -exclamó Antonio mientras se acercaba.

– Mira aquí sus iniciales, J.P.: José Peralta. Él me contó que siempre las grababa, era su sello de fabricante. -Se dirigió nerviosa hacia otras sillas colgadas en los estantes-. ¡Esta también es de él! ¡Y esta de color negro…! Ahora entiendo por qué mi abuela no estaba aquí -dijo ensombreciendo el tono de voz-. Él venía a vender sus trabajos y seguramente enredó a mi madre… -Se quedó en silencio sin apartar la vista de aquella montura-. Me mentiste anoche ¿verdad?

Antonio le dirigió una indescifrable mirada y quedó callado, confirmando así su falta.

– Él era mi auténtico padre, y sedujo a mi madre… Primero tuvieron a Agustín y después a mí. Vivía una doble vida, tenía dos familias. Por esa razón ella no quería verme, para no dar explicaciones sobre su conducta.

– No, pequeña, estás confundida -replicó con poca convicción.

– Tú sabes toda la verdad. Me dijiste una vez que mi madre nunca se casó ni salió de esta hacienda. Y yo les recuerdo aquí a los dos, ¿entiendes? Quizá mi abuela no conocía esa relación, y cuando su hijo Rafael murió, él la convenció de que yo era hija suya. Puede que me llevara por la fuerza cuando regresó a España y le mintiese sobre mi origen… aunque me cuesta creerlo, porque ellos se adoraban y él era un hombre tranquilo y cariñoso… Ahora ya no estoy tan segura de que mi madre renunciara a mí de forma voluntaria. Todo tiene sentido: ella me escondía cada vez que él aparecía porque no quería separarse de mí… -Estaba dolida, decepcionada.

Antonio se acercó a ella y acarició su mejilla como si quisiera redimir así su falta.

– Por favor, no vuelvas a mentirme. Necesito conocer la verdadera historia de mi familia, por muy dura que sea; debo aceptar los errores que cometieron… Lo importante es que él me dio mucho amor, ya fuese mi padre o mi abuelo.

– Vamos, princesa. Trata de mirar hacia delante y déjales descansar en paz. Hoy vas a montar el mejor caballo del establo.

Cabalgaron en silencio, disfrutando de la hermosa mañana, recorriendo la inmensa llanura cubierta de verdes pastos y rodeada a lo lejos por un cinturón montañoso bajo un cielo azul brillante. Mientras caminaban de regreso a la mansión tras el paseo a caballo, Elena iba fraguando una idea y resolvió consultar a su anfitrión.

– Antonio, ¿cuánto tiempo lleva Lucía en esta casa?

– Pues…creo que toda la vida. Yo la recuerdo aquí cuando era solo un niño.

– Quiero hablar con ella… -pidió enérgica.

– ¿Con Lucía? -respondió con una sacudida-. ¿De qué quieres hablar?

– Sobre mi madre… Lo intenté hace unos días, pero se negó en redondo, dijo que no estaba autorizada. Pero si tú se lo ordenas… Ella debió de conocerla bien… -Le miró suplicante.

– De acuerdo -respondió tras un vacilante silencio-. Ve al salón, le daré instrucciones.

Después de hablar con Antonio, el ama de llaves se reunió con Elena y respondió a sus preguntas. Sin embargo esta no estuvo satisfecha, y las dudas sobre la verdadera identidad de su padre quedaron sin resolver. La empleada no tenía conocimiento de que Trinidad González hubiera contraído matrimonio, y afirmó con rotundidad que en ningún momento de su vida laboral había abandonado la hacienda para residir en otro lugar. Confirmó asimismo que dio a luz un bebé unos diez años después de tener a Agustín y que nunca supo qué fue de él hasta que Elena puso un pie en la hacienda, hacía un mes. Y por supuesto no tenía idea de quién era el padre de Agustín ni tampoco del de Elena. Solo le ofreció una información que confirmó sus sospechas: Lucía conoció a José Peralta y a su hijo Rafael, pues visitaban esporádicamente a don Andrés Cifuentes en la hacienda para contratar o entregar los pedidos de su taller de cuero.

La encargada de la casa salió al patio tras la entrevista; Antonio esperaba impaciente tomando una copa junto al pozo y lanzó una grave y significativa mirada a la empleada, quien asintió con un gesto de sumisión.

– ¿Has resuelto ya el rompecabezas? -preguntó al entrar en el salón. Elena estaba junto a la chimenea, bajo el cuadro de Andrés Cifuentes.

– Lucía ha confirmado que mi abuelo venía mucho a esta casa, y su hijo Rafael también. Pero no sabe quién era el padre de Agustín ni el mío, e insiste en que Trinidad nunca vivió fuera de aquí y que no sabía que se hubiera casado…

– Pues lo hizo. Se casó con Rafael Peralta. Él era tu verdadero padre. Confía en mí.

Elena inspiró hondo. Le había dado tantas vueltas a aquel asunto que ya no sabía qué pensar. Su instinto le decía que había algo extraño entre los muros de aquella casa; eran secretos que flotaban en el ambiente, tan densos que a veces parecía rozarlos.

Pasaron todo el día juntos y Antonio volvía a ser amable y locuaz, haciendo que Elena se sintiera como una invitada especial a la que su anfitrión agasajaba con empeño.

Al día siguiente salieron de nuevo a cabalgar. Llegaron a un río donde las aguas transparentes luchaban por saltar las rocas redondas que se burlaban de su escasa fuerza para continuar el camino. Elena espoleó con fuerza el caballo al divisar un nuevo recuerdo de su infancia: un árbol cuyo tronco estaba dividido desde la base en forma de uve. Antonio la observaba divertido mientras ella peleaba contra las ramas de aquel sauce llorón, que llegaban hasta el suelo y ocultaban en su interior un improvisado hueco circular y diáfano, a salvo de miradas ajenas.

– ¿Qué estás buscando?

– Esto -le dijo con emoción señalando el tronco en el que había grabada una vieja señal, apenas perceptible, de una circunferencia de unos treinta centímetros de diámetro.

– ¿Qué es? -indagó pasando su mano por aquella marca.

– Yo jugaba aquí con mi hermano y sus amigos. Este círculo era una diana y ellos lanzaban las navajas hacia el centro… ¡Dios santo! De repente me vienen a la memoria muchos nombres… Chiqui, Pedro, Evelio… ¿Te suenan? Puede que sean hijos de algunos de tus trabajadores y sigan aquí… -dijo excitada.

– ¿Y qué quieres de ellos? ¿Vas a preguntarles con quién estuvo enredada tu madre? Ella está muerta y debes dejarla descansar en paz…

– Tú sabes algo más, lo presiento -le censuró, mirándole con desconfianza.

– El presente es lo único que importa… -dijo, aprisionando sus brazos y acercándola a él para enfrentarse a una mirada ausente y enojada.

Después la soltó y regresó a la montura, impotente ante la tibia respuesta de aquella mujer que aparentaba frialdad para disfrazar su extrema fragilidad. La sentía vulnerable y a la vez intuitiva, difícil de convencer o de engañar.

– ¿Qué ha pasado con las cabañas? -preguntó de regreso al descubrir un solar desierto en el lugar donde se ubicaban las antiguas viviendas de madera.

– Voy a construir nuevos establos sobre estos terrenos. Pronto comenzarán las obras.

– Vaya. Todo ha desaparecido. El rastro de mi pasado se va esfumando poco a poco. Parece que lo has hecho aposta… -dijo dirigiéndole una mirada de reproche-. Vayamos al antiguo establo, aún queda algo en pie.

– ¡No! -ordenó tajante.

– Por favor, déjame visitarlo por última vez antes de que se convierta en un montón de escombros.

– Regresemos.

Pero ella no le escuchaba y cabalgaba veloz hacia allí, seguida por su irritado acompañante, quien no pudo evitar que desmontara y se adentrase a gran velocidad entre los restos del establo. Los trabajos de demolición aún no habían concluido y apenas quedaban en pie la puerta de entrada y las primeras cuadras.

De nuevo Elena sintió la misma inquietud del primer día.

– ¡Vamos, sal de ahí! -ordenó él desde la puerta-. Esto puede derrumbarse en cualquier momento.

– Por favor, déjame enfrentarme a mis miedos. Tengo que recordar qué pasó aquí.

– ¡Carajo! ¿Por qué eres tan terca? ¿Acaso vas a resucitar a los muertos? Regresa de una vez a la realidad. -Estaba a su lado, tirando de su mano hacia el exterior.

Elena presentía que aquel lugar era el punto oscuro de su memoria. Algo extraño había ocurrido allí, y el esfuerzo de Antonio por hacer desaparecer las huellas aumentaba su certidumbre de que ocultaba algún secreto que no estaba dispuesto a compartir con ella.

– Lo haré cuando descubra toda la verdad. ¡Te juro que no descansaré hasta saberlo todo! -le retó con la mirada indicándole que no aceptaba su autoridad.

– ¡Ya sabes la verdad…! -exclamó irritado.

– ¡No es cierto! Tú no me ayudas; al contrario, me despistas con mensajes confusos…Veo que mis inquietudes te interesan muy poco… pero no voy a dejar que me manipules.

– ¿Es eso lo que crees? ¿Así de simple? ¿Por quién me has tomado? -le increpó con enojo-. Eres injusta. Solo pretendía hacerte ver que el pasado no debe condicionar tu presente. Estas repentinas pesadillas y visiones están afectándote demasiado. ¿Es que no lo ves? Se están convirtiendo en una obsesión… Yo solo pretendo protegerte de ti misma.

– Yo necesito saber la verdad, Antonio -dijo más calmada acercándose a él-. Necesito saber quién era mi padre, por qué mi madre me abandonó, por qué mi abuelo la maltrataba, quién es el padre de Agustín. No puedo continuar sin saber antes por qué estoy aquí ahora.

– No podrás avanzar hasta que no hayas superado ese escollo del pasado. Debes aceptarte por lo que eres hoy, no por lo que podrías haber sido si tu vida no hubiera cambiado hace veinte años.

– Pues no voy a rendirme. Lo siento. Vine a México para averiguar qué pasó, y pienso hacerlo con tu ayuda o sin ella.

Antonio soltó el aire muy despacio y la miró a los ojos. En su rostro había un rictus de crispación contenida con gran esfuerzo.

– ¿Sabes lo que creo? Que tienes miedo de aceptar el presente porque crees que vas a convertirte en otra persona. Necesitas aferrarte a un pasado que no existe ni existió nunca para ti; ese es tu escudo protector.

Elena miró al suelo y durante unos instantes permaneció quieta, reflexionando sobre las palabras de Antonio. Después le dio la espalda y montó en el caballo. Cabalgaron en silencio y al regresar a la mansión se dirigió sola hacia su dormitorio.

Elena admitió con pesar que le costaba confiar en Antonio. Intuía en sus silencios una sombra de misterio, una deliberada intención de ocultar algún secreto. Le observaba mientras ella narraba recuerdos de su niñez: él se interesaba por sus relatos y los escuchaba con atención. Demasiado, creía Elena; pero en vez de aclarar sus dudas, solo conseguía enredarla más, insinuando hechos y datos que decía haber comprobado y desdiciéndose más tarde de sus afirmaciones. ¿Acaso creía que podía engañarla? ¡Qué poco la conocía…!.

– ¿Aún sigues enfadada? -Antonio había entrado con sigilo desde la habitación contigua.

– No. Estoy dolida. Te empeñas en hacer que me olvide de mi pasado y acepte una versión diferente cada día para que no siga hurgando en él…

Antonio emitió un suspiro manifestando su disgusto.

– ¿Quieres saber toda la verdad? Pues vas a conocerla. Ven -dijo alargando su mano-. Tienes una visita que podrá aclararte todas tus dudas.

– ¿Yo? -preguntó extrañada-. ¿De quién se trata?

– Ven y lo verás.

Antonio la condujo hasta el salón y allí la dejó sola, cerrando las puertas al salir. Elena descubrió, junto al ventanal, una silueta algo gruesa y de baja estatura que se le hizo familiar: era Regina Gutiérrez, la primera y única persona que le había hablado allí de su familia. Su corazón dio un vuelco mientras se dirigía hacia ella, ávida de respuestas. Pero la dulce mirada que Elena recordaba de aquella mujer se había esfumado, dando paso a una actitud de inseguridad y temor; su incomodidad era visible en todos sus gestos.

– Señorita, qué bueno volver a verla -dijo esbozando una tímida sonrisa y desviando su mirada hacia un punto de la estancia.

– Siéntese, por favor -dijo Elena, emocionada-. Gracias por venir, Regina, necesitaba tanto hablar con usted…

– La señora Lucía… -dijo con voz insegura.

– ¿Fue ella la que pudo localizarla?

– Si… Yo me fui a vivir con una hermana… no tenía dónde vivir. Nací aquí, este fue mi único hogar.

Durante su larga conversación Regina confirmó las sospechas de Elena: Trinidad González mantuvo una larga relación con José Peralta, su abuelo, fruto de la cual nació Agustín; pero años más tarde conoció a Rafael y se enamoraron perdidamente. José montó en cólera al tener conocimiento del romance entre ella y su hijo. Hubo entre ellos desagradables diferencias, con el consecuente deterioro de las relaciones. Sin embargo, José aceptó aquel matrimonio, fruto del cual nació Elena. Rafael murió antes de que ella naciera y pocos años después José Peralta decidió regresar a España; entonces pidió a Trinidad que le entregara a su nieta para llevarla con él.

– Pero… usted me contó que mi madre me envió voluntariamente con mis abuelos… -señaló desconcertada.

– Ella estaba segura de que usted estaría mejor con ellos, pero aún así es muy duro para una madre desprenderse de un hijo. Su abuelo no era una mala persona, pero no le dio opción… -La mirada de Regina Gutiérrez era esquiva y su voz sonaba insegura.

Elena se reunió con Antonio tras el encuentro con la antigua sirvienta. Estaba satisfecha porque había conocido al fin los pasajes oscuros de su infancia y sabía a ciencia cierta quién era su verdadero padre y las circunstancias que rodearon la separación familiar.

– Ahora puedo comprender mejor a mi madre. No deseaba verme porque no habría sabido justificar su conducta… Lo que no entiendo es la actitud de mi abuelo. ¿Por qué me llevó a mí a España y dejó aquí a Agustín? Yo era su nieta, pero él era su hijo…

– Quizá porque no podía contar la verdad a su mujer… -respondió Antonio elevando una ceja con sonrisa maliciosa.

– Tengo nítidos recuerdos de cómo él gritaba y trataba de forma irrespetuosa a mi madre. Ella se había enamorado de su hijo, incluso se casó con él… y después de que yo naciera trató por todos los medios de sacarme de la hacienda y llevarme a su casa. Ahora tienen sentido todas las argucias que mi madre hacía para ocultarme y evitar que él me atrapara cada vez que aparecía…

– Lo importante es que ya has aclarado tus dudas y sabes quién eres.

– Esta historia daría de sí para escribir un culebrón. -Los dos rieron a la vez-. Gracias por tu paciencia. Debo confesarte que, durante algún tiempo, tuve unas ideas espantosas… -confesó avergonzada.

– ¿Qué clase de ideas?

– Llegué a pensar que era él la persona a quien veía en mis sueños. -Señaló con un gesto de la cabeza el cuadro de Andrés Cifuentes situado sobre la chimenea-. Lo siento.

– No hay nada que disculpar. Estabas desorientada, dispersa. Tus recuerdos son confusos y tiendes a aumentarlos con la imaginación.

– Regina también me habló de Agustín… Por lo visto, era un hombre violento y conflictivo; mi madre sufrió mucho con sus desmanes. Sin embargo, yo tenía una idea totalmente opuesta sobre él. En su carta mostraba una gran sensibilidad, y mis recuerdos a su lado son tan agradables…

Antonio la escuchaba en silencio, pensativo.

– A lo largo de la vida vas descubriendo que nadie es lo que parece. Todos tenemos una zona oculta que nadie conoce.

– ¿Tú también la tienes?

– Todos la tenemos -sentenció.

– Yo he ido descubriendo paso a paso la de mi abuelo. Jamás habría sospechado algo así de él y aún me cuesta trabajo asimilar todo lo que he sabido hoy.

– Hoy has hallado la auténtica verdad, Elena; a partir de ahora se acabaron las incertidumbres. No vuelvas a dudar de mí.

– Palabra de honor -bromeó levantando su palma izquierda en un gracioso gesto.

– Y como prueba de que yo también confío en ti, te daré la clave telefónica para que llames a España. No tienes que intentarlo a escondidas… -La miró divertido, observando su expresiva mirada al verse sorprendida en una falta.

– Yo… necesitaba hablar con Jean Marc… Solo quería decirle que estoy bien… -explicó azorada, con las mejillas encendidas.

Se acercó a ella y, sin dejar de mirarla, apartó un mechón de su rostro para colocárselo detrás de la oreja, en un gesto muy tierno.

– Puedes llamarle cuando quieras, solo tienes que marcar en primer lugar el número ochenta y dos. Es el año en que nació mi hijo.

– Gracias, eres… muy bueno conmigo… Y te doy mi palabra de que no volveré a hacer nada que pueda molestarte. Yo también quiero que confíes en mí… -pidió con ingenua lealtad.

Antonio comprobó con satisfacción que Elena iniciaba un tímido acercamiento hacia él. Había esperado con paciente obstinación aquel cambio de actitud, y constató que lo que al principio era gratitud por sus desvelos había mudado a una vacilante confianza que él debía cuidar con especial mimo. Cualquier paso en falso, cualquier gesto de prisa podría provocar un retroceso en el escaso camino recorrido. Concluyó al fin que quería a Elena. La quería y punto. Jamás estuvo tan seguro de algo en toda su vida y no escatimaría medios para conseguir que ella también le amara.

Y si debía mentir, mentiría, y si tenía que callar, callaría. Al fin y al cabo, ¿qué era un silencio?

Capítulo20

Amaneció en soledad. Antonio había partido muy temprano hacia la ciudad, pero Elena aún sentía su mirada sobre ella. Tenía el sueño ligero y solía oír las clandestinas visitas que él realizaba a su dormitorio cada mañana. Ya no le provocaban miedo, más bien todo lo contrario: era para ella un extraño placer sentirse observada por él mientras aparentaba estar dormida, y elegía cada noche un diferente atuendo de ropa interior para resultarle atractiva.

Aquella mañana estaba despierta cuando le oyó entrar, de espaldas a la puerta común, y gozó sintiendo sus ojos sobre su cuerpo casi desnudo. Esperó escuchar sus pasos de regreso a su dormitorio, y cuando le oyó salir, se giró entre las sábanas con la mente perdida. Recordó la agradable velada que le había dedicado la noche anterior. Era atento y protector, y había hecho todo cuanto podía para que ella se sintiese cómoda. Toda la apariencia de hombre frío y soberbio desaparecía cuando le dedicaba aquella mirada seductora que la dejaba fuera de juego. Jamás se había sentido tan halagada, tan deseada.

Incluso las pesadillas parecían haber firmado una tregua durante aquellos días. El rumor del exterior ejercía de bálsamo relajante para Elena: el trote de los caballos, los gritos de los mozos… Hasta los olores a paja mojada y a estiércol le resultaban agradables, creando una atmósfera acogedora que le infundía paz y sosiego. Amaba aquel lugar donde parecía haber vivido siempre, y por primera vez desde su llegada sentía que era donde quería estar.

Pero era la cercana presencia de Antonio lo que realmente le infundía bienestar. Él había ido deslizándose poco a poco hasta instalarse en lo más profundo de sus sentimientos, y concluyó que sus fantasías sobre el amor se habían hecho realidad y que nunca encontraría la felicidad junto a otro hombre, ni en otro lugar que no fuera aquella casa. Se había instalado en su vida y ella le acogió al fin, haciendo que sus reservas hacia él desaparecieran.

Pero Antonio aún no lo sabía.

Y aprovechando su ausencia, decidió regresar al viejo establo antes de que fuera definitivamente demolido. Tenía que enfrentarse al miedo que la invadía cada vez que se acercaba a aquel lugar, así que después del desayuno se dirigió caminando hacia los restos del viejo cobertizo seguida por Lucía, quien siempre la acompañaba en sus salidas, aunque Elena estaba segura de que ella no entraría allí.

Al llegar, se introdujo en la única cuadra que quedaba en pie y se sentó en un rincón sobre un montón de paja seca y polvorienta. Cerró los ojos y evocó sus recuerdos entre tablones amontonados y cascotes. Viejos pasajes de su infancia estaban allí, dormidos entre aquellos muros de madera carcomida y perforada por el paso de los años.

Y de repente, como por arte de magia, las imágenes comenzaron a desfilar frente a ella, como en las películas que proyectaba en la pared con el aparato de cine que los Reyes Magos le regalaron de niña. En aquellos momentos tenía cuatro años y estaba acurrucada en aquel mismo lugar, relajada y feliz. Agustín tarareaba una canción mientras pasaba un cepillo tan grande como su mano sobre el lomo de un caballo, lanzándole de vez en cuando puñados de paja para hacerla reír. Escuchaba también el rumor de los vaqueros por los pasillos del establo, y el olor a estiércol inundaba el ambiente. Se quedó dormida acompañada de aquellas bellas imágenes y soñó que estaba en su playa, sentada sobre la arena junto a unas rocas; su hermano montaba un soberbio caballo blanco y paseaba por la orilla. La vista se perdía en el horizonte, donde el cielo se fundía con el mar y un sol anaranjado dibujaba la sombra del solitario faro al final de la pequeña cala que se adentraba en el agua. Jamás se cansó de gozar de aquel sereno espectáculo.

Súbitamente sintió una terrible oscuridad. El mar inundó las rocas y quedó sumergida. Intentó mover las manos hacia arriba, pero algo la sacudía por los hombros, impidiéndole salir a flote «¡Ayúdame!», pidió desesperada a Agustín, quien minutos antes estaba frente a ella. Sus manos fueron inmovilizadas. «¡Despierta de una vez!», decía una voz proveniente de la superficie. «¡Socorro! ¡Me ahogo!», gritaba Elena luchando con todas sus fuerzas para liberarse de aquellas garras que la aprisionaban. «¡Despierta ya!», escuchó con claridad al tiempo que sentía un suave golpe en su mejilla. Al fin abrió los ojos e identificó aquella negrura.

– ¿Estás bien? -preguntó Antonio.

– Sí… ahora sí. Me has asustado.

– Solo trataba de despertarte, estabas profundamente dormida. ¿Era otra pesadilla? ¿De qué se trataba?

– No era una pesadilla, era un sueño muy agradable.

– Pues parecía que te ahogabas, pedías ayuda… ¿Se trataba de esa sombra que te persigue para estrangularte?

– No. Era un bonito sueño hasta que empezaste a zarandearme.

– Vaya, lo siento -dijo decepcionado mientras se incorporaba ofreciéndole las manos para ayudarla a levantarse. Quedaron muy cerca, y él sintió su fragancia de nardos frescos.

– ¿No me lo vas a contar?

– No era nada -dijo encogiéndose de hombros sin separar sus pupilas de las de él.

– Elena… -Le acariciaba la mejilla-. ¿Qué ocurre?

– Nada -respondió con un gesto como restando importancia y dirigiéndose a la salida. Pero Antonio bloqueó con su brazo la puerta de la cuadra impidiéndole el paso.

– Creí que confiabas en mí…

Elena seguía callada, en pie junto a él, con la mirada extraviada. Y a él le obsesionaba aquella obcecada reserva, aquella coraza que se alzaba entre ellos como un muro inexpugnable que le impedía acceder a ella sin su consentimiento; le urgía conocer el alcance de su memoria.

Bajó el brazo indicándole que podía salir, pero ella no se movió.

– He recordado algunas cosas… -explicó al fin.

Antonio no dijo nada, indicándole que continuara.

– Eran recuerdos bonitos de mi niñez…

De nuevo regresó el silencio.

– ¿Cómo puede convertirse un niño tan dulce en un ser violento, en un criminal?

Antonio seguía callado, animándola a seguir.

– A veces me siento culpable por haber tenido la oportunidad que a él le negaron. Si mi abuelo le hubiese llevado con él quizá ahora todo sería diferente. Siento que no estoy en el lugar correcto…

– ¿Cuál crees tú que es el lugar que te corresponde?

– El de ellos…

– ¿Quiénes son ellos?

– Mis padres, mis abuelos… Agustín.

– ¿Y dónde estoy yo?

– En el otro extremo.

– No tienes que elegir. Ellos ya no están… y yo soy real.

– Pero tú eres… -Se interrumpió.

– ¿Qué soy? Dímelo tú -suplicó alzando su rostro para mirarla bien.

– Eres su enemigo…

– ¿Enemigo? ¿De ellos? -preguntó desconcertado-. No, Elena, no soy enemigo de nadie, y tampoco de ti. No debes sentirte culpable…

– Pero… tu padre…

– Tú no eres responsable de lo que pasó.

– Agustín… es… de mi familia…

– ¡No! -exclamó enérgico-. Él no pertenece a tu vida, no le conoces, no le verás nunca. No permitas que se interponga entre nosotros.

– ¿Tú vas a ignorarle también?

– Lo hago desde hace tiempo. Por su culpa te ofendí y jamás me lo perdonaré. Pero gracias a él regresaste a esta casa.

– Dejemos de una vez a un lado el pasado.

– ¿Podrás hacerlo tú también? -le preguntó mientras besaba la palma de su mano.

– Lo intento con todas mis fuerzas. Pero mis recuerdos están ahí, y me es imposible controlarlos.

Antonio la atrajo hacia él.

– Intenta ser feliz, Elena. Si tú lo eres, yo también lo seré -dijo tomándola por los hombros y dirigiéndose hacia el exterior.

Por la noche la acompañó hasta el dormitorio y se despidió con su habitual beso en la frente. Pero su mirada le transmitía mucho más que aquella inocente caricia.

Capítulo21

– Mañana viajo a Nueva York -dijo durante el desayuno mientras hojeaba el periódico.

– ¿Por mucho tiempo?

– No. Espero que se demore solo unos días.

– Te echaré de menos… -dijo con una sonrisa. Después volvió a su introspección.

– Estás muy callada… -afirmó observándola tras la hoja del diario.

La luz cenicienta de aquella mañana iluminaba sus facciones, y Antonio pensó que estaba más bonita cada día. Elena pasaba el cuchillo por la tostada sin untar nada en ella, momentáneamente absorta en sus pensamientos. Parecía estar muy lejos.

– Recordaba el sueño tan extraño que tuve anoche.

– Cuéntamelo -pidió interesado.

– Soñaba con una de las habitaciones que están detrás de la capilla.

– ¿Los viejos trasteros?

– Sí. He visto en mis sueños un tubo dorado, redondo y muy largo, y una cuna de madera oscura con barrotes torneados, uno de ellos estaba roto… -Se detuvo pensativa.

– ¿Y qué más?

– Había una caja hecha con gruesos tablones y por sus lados asomaban unas cuerdas a modo de asas…

– ¿Qué había dentro?

– Juguetes.

– Tienes una imaginación desbordante. -Sonrió.

– ¿Por qué no comprobamos si son o no imaginaciones?

Salieron paseando hacia la parte posterior de la casa y recorrieron el perímetro alrededor de la capilla hasta detenerse en la construcción horizontal. Elena se asomó a través de las pequeñas ventanas, pero los postigos estaban cerrados. Trató de acceder a la primera de ellas para comprobar, decepcionada, que estaba cerrada con llave; la cerradura mostraba un hueco que debía de acoger una llave antigua de gran tamaño.

– Regresemos -propuso Antonio.

Pero ella no se rindió y se dirigió con paso firme hacia la segunda puerta, presionando el pomo hacia abajo y tratando inútilmente de abrirla.

– Quiero abrir esta. -Sonrió suplicante.

– Está bien -claudicó su enamorado-. Llamaré a Lucía.

Antonio regresó acompañado de la responsable de la casa, quien portaba en sus manos un puñado de enormes llaves de hierro renegridas por el paso del tiempo y unidas por una cuerda. Después de probar varias de ellas, por fin una permitió girar hacia el lado derecho, pero Antonio tuvo que utilizar su fuerza para dar un fuerte empellón a la puerta, cuya madera estaba hinchada por la humedad. Accedieron los tres a aquella pequeña sala cubierta de polvo y telarañas; las huellas de sus zapatos quedaron marcadas en aquel suelo que no había sido pisado durante años. Elena recorrió con la vista aquel habitáculo y abrió la contraventana de madera. Un haz de luz iluminó parte de aquel espacio y mostró el contenido de la sala: sillas de mimbre ennegrecidas apiladas en un lateral, cuadros con la pintura agrietada, una máquina de coser antigua, cajas de madera repletas de telas raídas y mucho desorden.

– ¡Mira! -gritó triunfante señalando hacia la esquina derecha.

Allí estaba, semioculta bajo unas cortinas de terciopelo verde descolorido, la cuna de madera oscura con gruesos y torneados barrotes. Tiró de la tela y la escasa luz proveniente de la ventana quedó enturbiada por una espesa y polvorienta niebla. Se acercó para estudiarla y comprobó que era tal como la había visto en sus sueños; después la separó de la pared con mucho esfuerzo, pues el interior estaba repleto de platos y vasos antiguos.

– ¡Aquí está! ¡Mira la barra, está rota! -dijo entusiasmada. Antonio se acercó para inspeccionarla. Efectivamente, en el cabecero faltaba uno de los barrotes y solo quedaba la primera esfera clavada en el hueco.

– Tenías razón. -La miró con curiosidad.

– ¡Vamos a aquel rincón!

Elena estaba acelerada con aquel hallazgo y tiró de otras viejas telas para descubrir en el suelo una especie de telescopio antiguo que en su día debió de ser de color dorado, pero el latón estaba ennegrecido y lleno de abolladuras y arañazos.

– ¡El tubo dorado…! -Señaló hacia abajo-. Yo… yo jugaba aquí con alguien… era otra niña algo mayor que yo -dijo con la mirada perdida-. Tenía el pelo rubio recogido en una coleta con un lazo rojo. Se llamaba… -Se quedó pensativa-. July… Judith… Yoly… ¿Le suena ese nombre, Lucía? -preguntó volviéndose hacia la puerta. Elena se topó con una extraña expresión en sus acompañantes, que tenían clavados los ojos en ella como si hubieran visto pasar a un fantasma.

– Elena… -Antonio hablaba despacio-. ¿Todo esto… lo has soñado?

Elena miró a Antonio, y después a Lucía, y de nuevo a él.

– No -dijo tras una pausa-. Son recuerdos. Me han venido de repente al entrar aquí.

– Es imposible, señora -dijo con un hilo de voz el ama de llaves-. Esa niña, Yolanda… Yoly, nunca estuvo en estas habitaciones.

– ¿La conoce usted, Lucía? -preguntó entusiasmada.

La criada bajó los ojos sin responder.

– Era su hija -respondió Antonio con gravedad.

– ¿Era?

– Murió hace unos años.

– Lo siento, Lucía… No sabía nada… Pero ella sí estuvo en esta sala -insistió con delicadeza.

– Vamos, salgamos ya -ordenó el dueño de la casa.

Pero Elena no se rendía; recorrió con la mirada la sala, y se inclinó para levantar otro trozo de cortina y descubrir un nuevo tesoro.

– ¡La caja! ¡La caja de juguetes!

Abrió aquel rectángulo de gruesa madera y extrajo una muñeca de plástico. Le faltaba un brazo, y el pelo rubio de fibra de esparto estaba áspero y enredado. Vestía una camisa de raso brillante azul turquesa y una pequeña falda imitando el terciopelo negro, y sus gruesos pies estaban desnudos.

– Es doña… doña… -Trataba de recordar su nombre.

– Doña Lupita -respondió Lucía alargando la mano con expresión suplicante para recobrar el viejo juguete-. Disculpe, señor -dijo saliendo de la estancia con los ojos húmedos.

Elena miró a Antonio con aprensión al descubrir el desconcierto en su cara.

– Vamos, regresemos ya -ordenó él.

En el camino de vuelta Elena se detuvo junto a una pequeña puerta situada en la parte trasera de la capilla.

– ¿Qué ocurre ahora? -preguntó con desagrado al observar la brusca parada de Elena.

– Nada -dijo reanudando el paso.

Mentía. Sí que pasaba: ella sabía lo que había detrás de aquella puerta.

Cenaron en un tenso silencio.

– Antonio, ¿estás molesto conmigo?

– ¿Por qué iba a estarlo? -respondió tratando de aparentar normalidad.

– No sé, creo que he despertado recuerdos dolorosos en Lucía. También te noto extraño a ti -dijo observando con ansiedad su reacción.

– Reconocerás que no es normal esta situación… Todos estamos un poco alterados con tus repentinos recuerdos.

– A partir de ahora no volveré a hablar de ellos. No quiero incomodarte. Y a Lucía tampoco.

– No… -Reaccionó con energía tomando su mano-. No me ocultes tus sueños, necesito saber qué sientes cada mañana al despertar.

Ella volvió al silencio y al limbo de sus recuerdos.

– Antonio, ¿qué pasó con el marido de Lucía?

– Ella nunca se casó.

– ¿Quién era el padre de su hija?

– No lo sé -dijo tras reflexionar unos instantes.

– Dime la verdad, te lo ruego. A veces creo que todavía me ocultas secretos…

– ¿Qué quieres decir? ¿Qué te figuras que estoy ocultando? ¿Acaso crees que debería conocer todos los enredos de la servidumbre? Es su vida, y nunca he sentido interés por conocerla. Madura de una vez, pequeña.

– Yo no soy una niña -protestó levantándose y apartándose bruscamente de la mesa para acercarse al ventanal.

Antonio percibió su respiración entrecortada provocada por el llanto. Se acercó despacio y le acarició el hombro.

– Lo siento. No quise ofenderte, pero no he mentido sobre Lucía. Te aseguro que no sé quién era el padre de esa niña. ¿Por qué es tan importante para ti? ¿Tiene relación con tus sueños?

– Hoy he recordado muchas cosas…

– ¿Qué cosas? Cuéntamelas. -La abrazaba desde atrás, pegado a su espalda, rodeando con los brazos su cintura.

– No puedo. Tengo miedo… -Seguía llorando con desconsuelo.

– ¿Qué es lo que te asusta? Déjame ayudarte, habla conmigo, dime qué te atormenta. Vamos, cuéntame tus recuerdos. -La hizo girar para hacer frente a su mirada.

– No puedo… no quiero que sean reales, me duelen demasiado…

– ¿Por qué? -preguntaba angustiado-. ¿Qué has recordado?

Antonio insistió tenazmente tratando de romper el hermetismo impuesto, pero se rindió sin conseguirlo. Elena se había encerrado de nuevo en su caparazón y esta vez no pudo obtener ninguna respuesta, así que la dejó marchar.

Capítulo22

Elena estaba dormida cuando Antonio la visitó en su dormitorio por la mañana. Tenía el cabello suelto y extendido sobre el almohadón; estaba tendida de costado con una mano bajo la mejilla, y su perfume de nardos flotaba aún en el aire. Se sentó en el borde de la cama y esta vez se atrevió a acariciar su melena rubia mientras examinaba la inocente expresión que el sueño le ofrecía. Besó su frente con cuidado y advirtió que se despertaba muy despacio, ofreciéndole una dulce sonrisa.

– Adiós, mi Bella Durmiente. Volveré en unos días -dijo en voz baja-. Piensa en mí.

– Vuelve pronto, por favor. -Elena se incorporó para abrazarle y sintió sus fuertes manos en la espalda. No quería que se marchara, lo único que deseaba era que aquel hombre pudiera estrecharla de ese modo para siempre.

– Eres preciosa -le dijo besando sus labios con suavidad. Se separó despacio y salió de la habitación con desgana, lanzando desde el umbral una última mirada para retener en la memoria aquella hermosa imagen.

Elena salía a pasear en soledad cada amanecer. Caminaba sin rumbo fijo, mareada por la deliciosa sensación de libertad que la hacía sentir viva entre aquel olor a hierba recién cortada y el azul profundo del cielo de la fresca mañana. Aquel día comenzó a caminar cada vez más deprisa hacia un lugar determinado. Su mente se concentraba en la idea de llegar, con la única obsesión de trasladarse a otro mundo, su mundo. ¿Habría alguien que la llamaba y la estaba esperando allí?

Al fin alcanzó la meta; recorrió despacio el solar donde aún permanecían las huellas de su pasado. El viejo pozo era el único vencedor en aquel terreno, testigo mudo de un ayer cercano en el tiempo. Se inclinó hacia su interior y el reflejo en las plateadas aguas le devolvió el rostro de una niña desconocida que sonreía en brazos de un chaval moreno. El lugar se llenó de mujeres, de niños, de olor a comida, de gritos de hombres a caballo…

Y de pronto se hizo el silencio.

Las cabañas habían desaparecido; la huella de la hoguera donde todos sus recuerdos habían sucumbido estaba allí, callada, oscura, regocijándose por el festín que le habían proporcionado los lacayos del señor de aquellas tierras. Pero ella mantenía el empeño de conservar aquel pasado, jamás lo olvidaría. En su mente se ordenaban con detalle los juegos, colores y olores de su niñez… había regresado para siempre.

Aprovechó las horas de soledad para plasmar sus recuerdos y dibujó en un cuaderno la cabaña y todo el interior, sin olvidar el estampado de flores de las cortinas de la alacena. También dibujó en el papel el plano del establo, señalando con una cruz el rincón donde ella se encontraba, paralizada de miedo, cuando aquellas manos se acercaban peligrosamente. Jamás podría olvidarlo; en su memoria estaban intactos todos los lugares de su niñez, y allí no podría acceder Antonio para hacerlos desaparecer como hizo con el establo y las cabañas; era un acto de rebeldía contra aquel cuyo empeño era borrar sus vivencias por la fuerza.

Antonio la telefoneaba a diario y ella intuía su inquietud por los nuevos recuerdos que día a día iba recuperando. La memoria seguía enviándole imágenes, estancias cerradas, sombras, gritos… Y José Peralta aparecía por todos lados, moviéndose a su alrededor.

Lucía había nacido en aquella casa y tenía la clave de su pasado. Era una mujer reservada, a veces incluso antipática, pero Elena necesitaba su valiosa información y tenía que abordarla otra vez. Esperó el momento adecuado e inició el paso con sigilo.

– Lucía ¿Puedo hacerle una pregunta… personal? -Estaban en el comedor, tras el desayuno.

– No sé cómo podría ayudarla, señora -dijo clavando sus ojos grises en ella.

Pero Elena no se arredró por aquella fortificada respuesta; decidió lanzar una piedra al pozo y esperar el golpe para comprobar su profundidad.

– ¿Es posible…? Quiero decir… ¿Su hija Yolanda y yo podríamos tener algún… lazo común?

– ¿A qué se refiere, señora? ¿Amigos comunes? -respondió irguiendo aún más su espalda y poniéndose en guardia.

– Me refería a lazos familiares. -Se lanzó sin paracaídas. Elena notó que las manos del ama de llaves se crispaban, los ojos se abrían de forma exagerada y su cuerpo comenzaba a temblar.

– ¿Qué quiere decir, señora? -La agitación de su mentón era perceptible a distancia.

– Yolanda era… hija de mi abuelo, José Peralta.

No era una pregunta. Elena afirmó despacio, articulando cada una de sus palabras. La piedra había sido lanzada y esperaba un estrepitoso ruido al caer… o quizá cambiase de dirección y la golpeara en su propio rostro, por osada.

El estruendo sonó con vigor en el comedor, provocado por la caída al suelo de la bandeja que la empleada portaba en las manos. Después vino el silencio, un tenso, espeso, incómodo y correoso silencio, una mirada quieta, asustada, un destello de… ¿pánico…? en los ojos del ama de llaves.

– ¿Cómo… cómo se ha enterado? Usted… usted no puede saberlo. -El acero de sus ojos se había vuelto rojo. La piedra había acertado de lleno y la empleada seguía inmóvil con la mirada desencajada.

– Solo era una intuición… -Elena la miraba sin parpadear.

– ¿Es usted médium? ¿Se… comunica con los espíritus? -preguntó después de unos eternos segundos.

– ¡No, por Dios…! Tengo recuerdos de mi vida aquí, eso es todo -dijo tratando de restar importancia a sus palabras.

– Pero usted no puede recordar eso… usted no puede saberlo… Nadie ha podido informarla… es… imposible. -Había ahora terror en su mirada.

– Era únicamente un… presentimiento…

– ¡Esto no puede ser un presentimiento, señora! Alguien del más allá se lo ha contado… ¿Ha sido él? -preguntó presa del pánico.

– ¿Él? ¿Mi abuelo…? No, Lucía, nadie me lo ha contado, solo era una…

Pero el ama de llaves ya no estaba allí para escuchar su explicación, había salido a toda velocidad.

Elena era consciente de la impresión que acababa de provocar a la criada, y su confusión aumentaba por momentos; había lanzado un disparo sin pretensiones y había acertado en plena diana, pero habría preferido un grito de indignación de Lucía antes que corroborar aquella sospecha. ¿Qué ocurrió en el pasado con su abuelo? ¿Sedujo a las dos mujeres a la vez? ¿Qué clase de relación mantuvieron su madre y Lucía? ¿Fueron rivales? Empezaba a comprender la animadversión que la criada parecía sentir hacia ella: era la nieta del hombre que había compartido con otras dos mujeres. Pero ¿a quién amó realmente José Peralta? ¿A su esposa Isabel? ¿A Lucía? ¿A Trinidad?

Capítulo23

Sebastián Melero accedió al lujoso despacho en la planta cuarenta del holding ACM y observó que su presidente colgaba el teléfono con una sonrisa.

– Antonio, los miembros del consejo te esperan. Por cierto, en los últimos días advierto en ti una expresión más relajada y feliz -dijo con una pícara mirada sentándose frente a él-. ¿Hay algún motivo especial para celebrar?

– Hay uno y es personal.

– Creo que te has enamorado. ¿Es bonita la chamaca?

Antonio se recostó en el sillón de piel y le miró relajado.

– Es preciosa.

– ¿La conozco?

– Sí. Elena Peralta.

– ¿La hermana de…? ¡Vaya! Realmente sí que es linda esa mujer, pero… ¿confías en ella?

– Plenamente. No tiene ninguna relación con su hermano -dijo mientras abandonaba su cómoda butaca para dirigirse a la sala de reuniones.

La luz esmeralda traspasaba los muros de cristal del amplio salón ubicado junto al despacho presidencial, ofreciendo el tímido saludo de un sol secuestrado tras la densa capa de niebla que cubría la capital. La larga mesa de madera en color nogal aparecía como una pista de aterrizaje, cubierta de carpetas situadas estratégicamente en el lugar correspondiente a cada uno de los sillones de piel que la rodeaban.

Un grupo de hombres vestidos con elegantes trajes fueron tomando asiento en los puestos asignados por un rótulo en madera labrada. La sala quedó en silencio cuando la puerta situada al fondo de la estancia dio acceso al presidente del holding ACM, Antonio Cifuentes, quien ocupó su lugar en un extremo para presidir la reunión.

– Buenos días -saludó con inusual amabilidad.

Aquellas reuniones se celebraban con una regularidad mensual, excepto cuando, como en aquel caso, acontecían hechos excepcionales que precisaban de una junta extraordinaria.

– Bienvenido de nuevo, señor presidente.

– Gracias, Sebastián. Señores, deseo informarles de que hace dos días cerré en Nueva York el contrato con los promotores de Dubái. Vamos a construir el complejo turístico del que ya tienen amplia información y la inversión superará los seis mil millones de dólares.

– ¡Enhorabuena, don Antonio! -felicitó con entusiasmo uno de los colaboradores-. Esto supondrá un espaldarazo internacional a la constructora.

– Si me permiten una consulta… -intervino uno de los ejecutivos-. ¿Estamos realmente preparados para dar respuesta a esa descomunal obra?

– Ya están enterados de que será la última empresa incorporada al holding, la constructora Samex Corporation, la que desarrollará este proyecto sin interferir en los compromisos de la nuestra.

– Pero la Samex no es tan potente para afrontar este contrato -insistió.

– No va a hacerlo sola. No solo he estado Nueva York cerrando el contrato de Dubái; también he tenido una fructífera reunión con el presidente de la compañía Wilson Corporation.

– Esa es una de las mayores promotoras de Estados Unidos -exclamó con admiración otro de los asistentes.

– Efectivamente, y estamos a punto de llegar a un gran acuerdo. Vamos a adquirir un razonable paquete de acciones de esa multinacional. De esta forma cooperará con la Samex en Dubái.

– ¿Con qué activos se van a adquirir las acciones? -preguntó otro de los asistentes-. Les recuerdo que después de la compra de la cadena hotelera estadounidense y de Veracruz Hoteles, nuestras reservas están al mínimo.

– Precisamente a cambio de estas cadenas hoteleras. Van a ser vendidas a la Wilson Corporation por medio de un intercambio de acciones, de acuerdo con el valor de mercado de cada una. Teniendo en cuenta que las nuestras han multiplicado su precio, la operación reportará pingües beneficios y nos permitirá hacernos con un tercio de la constructora estadounidense.

Una sonrisa de complicidad de Sebastián Melero se cruzó con la del presidente.

– Pero… -interrumpió desconcertado Luis Barajas, el director financiero-. Estaba ya en marcha el proyecto de remodelación de los hoteles de la cadena Veracruz…

– Esta transacción reportará más beneficios a corto plazo que la propia explotación de ese negocio -respondió dando por finalizada la explicación.

– Una jugada maestra -comentó el director general con una sonrisa de admiración-. Señores, debemos celebrar la valía de nuestro presidente, un auténtico mago de las finanzas.

– Debo descubrirme ante ti -comentó el abogado a solas en el despacho de Antonio-. Has endosado tu petardo antes de que explote, y por el doble de lo que pagaste por él. ¿Qué pasará cuando se enteren los yanquis del pleito pendiente con la justicia de la cadena Veracruz?

– No debes preocuparte. -Antonio expulsó con placer el humo de su habano-. He tomado medidas. Ese contencioso ya es historia.

– ¿Tiene relación con una fuerte suma de la que has dispuesto en efectivo?

– No preguntes y así no tendré nada que explicarte.

– Eres listo, hay que reconocer que tienes buenos reflejos. -Rió con socarronería.

– Los tengo, y ahora voy a devolver el golpe. ¿Qué has averiguado de Alcántara?

– Sé que está enfurecido por la operación de Samex y está presionando al resto de los accionistas para que no vendan su parte.

– Tiempo perdido. Ya poseo el ochenta por ciento de la corporación. Pagué a precio de oro las últimas acciones.

– He indagado sus movimientos: ha puesto en venta su mansión de Miami y el yate. Ahora está volcado en la línea de transportes, es lo único que le queda. También he investigado las finanzas de su esposa… -Le miró esbozando una mueca.

– ¿Y…?

– Las minas de plata de Taxco que heredó de su padre están al borde de la quiebra. Los empleados no perciben el salario desde hace dos meses y su marido ha cursado varios avales a favor de ella para hacerse cargo de la operación, pero tengo entendido que van a proceder al embargo.

– ¿De las minas?

– En principio de las minas, pero no es suficiente. Existe un déficit muy antiguo que se ha ido ampliando desde que tu ex esposa heredó la propiedad. El gasto desmedido y el escaso control de la explotación han llevado a la ruina el negocio; necesitan liquidez para afrontar las numerosas deudas que se han generado.

– Mi querida Virginia… No cambiará nunca. Solo tiene un Dios a quien venerar: el dinero -dijo Antonio suspirando.

– ¿Acaso conoces a alguna mujer que no lo adore?

Antonio quedó pensativo.

– Consulta el asunto de las minas de Taxco. Quiero conocer su estado financiero.

La bella y espectacular Virginia era una mujer ávida de dinero, influencias y vida social. Conoció a Antonio en el exclusivo Club de Campo, en aquellas veladas selectas que constituían el escenario ideal para el encuentro entre rivales elegantes que pugnaban por la hegemonía en la moda y los vestidos más costosos. Fue educada en excelentes colegios europeos, vestida por los mejores modistos y consentida por su familia hasta la saciedad. Era hermosa, caprichosa, malcriada y ambiciosa. Su padre era propietario de varias minas de plata en Taxco, aunque en aquellos años las finanzas no eran demasiado buenas para continuar con el ritmo de vida al que estaba acostumbrada. Debía cazar a un marido rico para satisfacer su desmedido amor por el lujo, y Antonio Cifuentes estaba considerado el mejor partido de la ciudad: era atractivo, joven y rico. Consiguió seducirle utilizando todas sus armas, de la belleza a la sensualidad, y un buen día se convirtió en la señora Cifuentes tras firmar un contrato prenupcial que incluía una generosa indemnización en caso de divorcio, con renuncia expresa a la custodia de los futuros hijos, a pesar de llegar al altar con un retraso de dos meses.

Virginia Cifuentes era temida por los criados, y su marido, con el tiempo, dejó de añorar su ausencia cuando le dejaba solo en la ciudad y pasaba largas temporadas en la hacienda acompañada de sus numerosos invitados. En la capital desplegaba una ajetreada vida social, con o sin Antonio, asistiendo a los eventos más exclusivos y a fiestas de gente tan importante como ella. La pasión duró poco, y el amor que debía llegar en los años de convivencia apenas inició unos tímidos pasos, cuyas huellas se desvanecieron con la llegada de su hijo Ramiro, quien fue criado por las empleadas que contrataron para él, pues su madre estaba demasiado ocupada. Había dado un heredero a Antonio y a cambio exigía de él una contrapartida, consiguiendo al fin el estatus que creía merecer: vida social, viajes, derroche desmedido y poder. Tras seis años de matrimonio no les unía un amor apasionado, ni siquiera era ya amor, pero ella tenía en su haber el triunfo de haber cazado al mejor partido del país. Nunca discutían, pues tenían poco en común y menos de que hablar. Las relaciones íntimas eran esporádicas, nada de pasión ni seducción, y después se olvidaban mutuamente; ella volvía a sus compromisos y él a los negocios tratando de levantar su imperio.

Antonio tenía gran éxito entre las mujeres pero, al contrario que Virginia, sus actividades sociales se limitaban a la asistencia a galas benéficas de asociaciones humanitarias con las que colaboraba generosamente para mantener la imagen de filántropo que le aconsejaban los asesores, muy conveniente para las relaciones con el gobierno. Sus salidas se limitaban a cenas y reuniones de negocios, aunque mantenía discretas citas en su apartamento con numerosas conquistas.

Sin embargo, jamás perdonó la traición de su esposa. Ella obtenía de él todo lo que deseaba y a cambio él exigía escrupulosa lealtad. De modo que cuando descubrió su aventura con Sergio Alcántara, actuó con frialdad, arrojándola de su lado sin contemplaciones.

– Hola, cariño. ¿Qué hacen mis maletas en la entrada? ¿Nos vamos de viaje?

– Yo no, querida. Te vas sola, empaqueta tus cosas y abandona mi casa.

– ¿De qué estás hablando?

– Ahí tienes un sobre, recréate admirando los primeros planos de tu bonita cara en compañía de Sergio Alcántara. Y ahora lárgate cuanto antes. Cuando regrese esta noche no quiero volver a ver un rastro de tu presencia.

– ¡No puedes hacerme esto! ¡No puedes botarme de esta forma tan humillante!

– Claro que puedo. Lee nuestro contrato prenupcial.

– ¿Y mi hijo?

– ¿«Mi hijo»? -dijo con ironía-. ¿Te refieres a ese niño al que nunca ves debido a tus numerosos compromisos?

– ¡Eso no es cierto! Eres injusto -respondió Virginia consternada.

– El contrato dice que yo tengo la custodia, así que márchate. Mi abogado te informará de los días de visita -dijo con insultante desprecio.

– ¡Esto no va a quedar así! -gritó Virginia con rabia.

– Adiós, querida.

Capítulo24

– Elena, ¿dónde estás esta vez? -preguntó Antonio al observar su ensimismamiento.

– No es nada, solo…

– Solo… ¿qué?

– Tengo destellos de imágenes, recuerdos de cosas absurdas.

– No me has contado los recuerdos que te inspiraron tanto miedo la otra noche.

– Ya están aclarados.

– ¿De verdad? ¿Y por qué no me los aclaras a mí?

– ¿Puedes conseguir de nuevo las llaves de las habitaciones? -preguntó Elena a su vez.

– ¿Qué has soñado ahora?

– Es algo tan disparatado que me gustaría confirmarlo. Empiezo a recordar momentos en que sentía pánico a la oscuridad, y esta noche he vuelto a soñar con la habitación pequeña y tenebrosa donde mi madre me encerraba; te hablé de ella en una de mis pesadillas.

– ¿Por qué te encerraba? ¿Te castigaba?

– No lo sé, pero recuerdo en aquella oscuridad la figura de un hombre de madera con los ojos fijos en mí, y el terror que me inspiraba. Lloraba de miedo en un rincón, sentada en el suelo junto a un pequeño barril de vino. Mi madre me prohibía hacer ruido, decía que alguien me haría daño si se enteraba de que yo estaba allí. Es probable que me encerrase mientras ella trabajaba en la casa, quizá no podía dejarme sola en la cabaña…

– Y sin pretenderlo te provocó una claustrofobia que aún estás arrastrando.

– Estoy segura de que esa habitación es la que está situada en el muro posterior de la capilla, frente a las habitaciones que visitamos el otro día.

– Vamos a verla, te conviene enfrentarte a tus miedos.

La pequeña estancia era tal como ella la recordaba: reducida, con techo bajo y cubierta de polvo. Comprobó que todos los detalles que guardaba en su memoria estaban allí, desde la imagen de san Antonio en un rincón, trepanada por las termitas, hasta el pequeño tonel que en su día guardaría el vino de la misa diaria.

– Aquí recuerdo a esa niña, la hija de Lucía.

– Quizá a ella también la encerraban aquí…

– No, ella venía voluntariamente a esconderse en esta habitación.

– ¿Por qué? -preguntó extrañado.

– No sé, quizá su madre la regañaba… Estaba triste.

– Creo que debes salir de aquí una temporada. Nos vamos a la capital.

Regresaron a Ciudad de México y al palacete de la colonia Polanco; aquella primera noche salieron a cenar a un lujoso restaurante. Elena vestía un precioso vestido rojo con escote en forma de uve y tirantes que se estrechaban en los hombros bajo unos broches de platino y brillantes a juego con los pendientes que Antonio le había regalado aquella misma tarde. De su delgado cuello colgaba un espectacular collar con un solitario diamante en forma de lágrima.

– Hoy estás realmente bonita -dijo mirándola embelesado.

Elena sonrió complacida.

– ¿Te gusta vivir en la capital?

– No me importa, de todas formas no voy a salir a ninguna parte…

– Puedes hacerlo. Te anuncio que la verja de la calle permanecerá abierta.

– Confías demasiado en mí. ¿No crees que es… arriesgado? -Le miró entornando los ojos.

– A veces hay que arriesgar para conseguir lo que se desea. Y no quiero que te sientas como una prisionera.

– ¿Has corrido muchos riesgos a lo largo de tu vida?

– Algunos… -respondió pensativo-. Pero casi siempre han estado bajo control.

– Entonces no has arriesgado. Me refería a exponerte a ganarlo o perderlo todo a una carta…

– Lo estoy haciendo ahora, contigo. Puedes marcharte si lo deseas. No hay nadie que vigile tus pasos, y yo no voy a impedírtelo. Tienes una buena oportunidad para escapar… -Sonrió torciendo la boca.

– Ahora no arriesgas nada. Sabes que jamás lo haría… Te di mi palabra y la cumpliré -replicó tozuda.

– Lo sé. Y no volveré a ponerte a prueba.

– ¿Volverás? ¿Es que he pasado por alguna y no me he dado cuenta?

– Bueno… ha habido varias… -dijo con una graciosa mueca-. La última fue el día que escapaste aquí. Ordené dejar la puerta abierta e hiciste exactamente lo que esperaba.

– ¿Sabías que iba a hacerlo? -preguntó con los ojos abiertos por la sorpresa.

Él afirmó con una sonrisa.

– Vaya, no esperaba que me creyeras tan previsible…

– Tengo un buen instinto y me dejo guiar por él.

– ¿Y qué dice ahora tu instinto?

– Que puedo confiar en ti…

– Allá tú. Yo de ti no lo haría… -bromeó entornando los ojos.

La miró y sonrió, pero sabía que no hablaba en serio. Tenía una fe ciega en Elena, como nunca antes había confiado en un ser humano. Era, como ella misma se había definido, previsible, transparente; pero al mismo tiempo testaruda y orgullosa, cualidades que contribuían a afianzar la nobleza de su carácter.

Regresaron muy tarde al palacete y Elena se detuvo en la puerta para despedirle.

– Quiero entrar… Déjame amarte.

– Espera un poco más… No es tan fácil. Por favor, no me hagas daño.

– Sabes que no voy a forzarte, Elena. ¿Cuándo vas a confiar en mí?

– No hablaba de daño físico.

– Acéptame de una vez -le dijo acariciando su cuello con los dedos-. Serás feliz a mi lado, y me muero de ganas por demostrártelo.

– Necesito tiempo, aún no estoy preparada -repuso sin oponer demasiada resistencia con la mano colocada en su pecho.

– Te doy dos minutos. -Antonio le tomó la mano y se la llevó a los labios para besarla.

– Un poco más… -rogó en voz baja.

– Tú ganas, como siempre.

Aquellas sensaciones eran nuevas para ella, y pensó que Antonio era el hombre más atractivo y varonil que jamás había conocido. Pensó en Carlos, y concluyó que solo fue para ella un amigo por el que jamás sintió la atracción que ahora profesaba a Antonio.

Capítulo25

Elena se esforzó por adaptarse a la nueva vida en la capital, al tráfico y a la contaminación ambiental, al cielo casi siempre cubierto por una nube gris que impedía el paso a los rayos del sol en una de las ciudades más populosas del continente americano. Visitaba galerías de arte y las tiendas más elegantes del paseo de la Reforma y la zona Rosa. El centro de la ciudad parecía un denso microcosmos dentro de otro más grande. Se combinaban los aires afrancesados, los estilos decó y neocolonial con los modernos rascacielos y las espaciosas avenidas engalanadas con fuentes y monumentos. Se mezclaban también los turistas extranjeros, hombres de negocios y elegantes señoras de compras, todos ansiosos por vivir la vida en color rosa. Era agradable recibir el calor de la gente, siempre amable y sonriente, y le admiraba la tremenda dignidad de aquellos más desfavorecidos que deambulaban por las aceras pidiendo limosna, vendiendo artesanía en las esquinas o limpiando los parabrisas en los semáforos, quienes no perdían su cálida sonrisa a pesar de su extrema pobreza. Observaba una profunda brecha en aquella sociedad donde una minoría de ricos se situaba a años luz de la mayoría de la población.

Existía una incipiente clase media, pero casi la mitad de la población vivía en la más indigna de las miserias, gentes llegadas de los pueblos huyendo del escaso trabajo en el campo, donde percibían unos salarios ínfimos y que se unían a los pobres que malvivían por los extrarradios formando cinturones de pobreza, hacinados en míseras viviendas sin agua ni sistema de alcantarillado. Las elegantes tiendas de la zona comercial eran prohibitivas para la generalidad de los habitantes de la gran urbe, donde solo una pequeña y poderosa burguesía tenía acceso al lujo extremo.

Elena salía sola, aunque no alcanzaba la intimidad que deseaba. Se trasladaba en un lujoso Mercedes con chófer, seguida con discreción por un recio guardaespaldas. Era por su seguridad, le decía Antonio. Tras varias salidas por la gran ciudad, decidió buscar cómo ocupar su tiempo libre, así que propuso a Antonio habilitar una de las numerosas habitaciones del palacete donde poder escuchar música, leer, dibujar y disfrutar de un espacio íntimo y acogedor exclusivo para ella. Él aceptó la idea con entusiasmo. Por fin había logrado que se adaptara a la capital y desistiera de volver a la hacienda. Ansiaba regresar al hogar cada tarde para recibir un saludo cordial de Elena y pasar una agradable velada a su lado.

– Don Antonio, tiene una visita. -La sirvienta entró en el salón una tarde en que se disponían a salir a cenar-. Es don Manuel Flores, el jefe de la Policía.

– Llévele al despacho, me reuniré con él en unos momentos.

La mirada de Elena se cruzó con la de Antonio cuando salía de la estancia. Pasaron unos interminables minutos hasta que regresó con ella.

– ¿Hay… alguna novedad?

– No -respondió con gravedad.

– ¿Si la hubiera… me la contarías?

– Sí. -La miró con franqueza-. Aún no le han detenido.

– Pero están a punto, ¿verdad?

– Es posible. -Alzó su barbilla para mirarla-. No debes atormentarte.

– Por favor, dime cuál es la situación.

– Creen que ha contactado con un antiguo empleado de la hacienda. Han venido para solicitarme la dirección de todos los obreros que han trabajado en ella durante los últimos años. Mi administrador se los proporcionará.

– ¿Qué ocurrirá si le detienen?

– Pues que irá a la cárcel -dijo encogiéndose de hombros con frialdad.

– Me refería a nosotros. Quizá nos situemos en orillas opuestas. Yo no podré apoyarte.

– ¿Apoyarías a un asesino desconocido antes que a mí? ¿Es que a estas alturas no sabes por quién debes tomar partido? -preguntó furioso.

– No… Quiero decir que… me mantendré al margen.

– Eso es más coherente. Pero me habría gustado escuchar que estarías a mi lado en ese momento.

– No puedo. Él es mi hermano, aunque sea un asesino. No puedo borrarlo de mi conciencia…

– ¡Basta ya! ¡Olvídate de una vez de ese sujeto! -interrumpió enfurecido-. No existe para ti, no le conoces. Tú eres española y has tenido una única familia: tus abuelos, y así ha de quedar -concluyó con gesto crispado.

Elena le miró y quiso protestar, pero no ofreció respuesta. Le dejó solo y se encerró en su dormitorio. Antonio la presionaba para que escogiera el bando ganador, situándola en el centro de aquella contienda, forzándola a enterrar su inquietante pasado y abandonar a su suerte a los perdedores.

Agustín había nacido con una etiqueta en su ser que señalaba de antemano a los vencidos y los separaba irremediablemente de los demás. Hasta ese momento Elena no había pensado en la situación tan paradójica en que se hallaba: en medio de dos hombres que pertenecían a mundos diametralmente opuestos, enfrentados en una batalla desigual y antagónica pero con un sentimiento común: el amor hacia ella. Elena no quería decidir, no podía decidir. Elegir a uno sería traicionar al otro. Si accedía al amor que Antonio le ofrecía, estaría dando la espalda a su única familia, alguien que la quiso en el pasado y que nunca se olvidó de ella… y si tomaba partido por Agustín, defraudaría al hombre que le estaba ofreciendo un futuro de felicidad.

Aquella noche estaba nerviosa y dio vueltas en la cama. Le oyó llegar al dormitorio contiguo y moverse hasta que el silencio regresó, pero no consiguió dormir hasta bien entrada la madrugada. Fue un sueño incómodo, y al amanecer estaba tan agotada que no despertó cuando Antonio se preparó para marchar, así que no supo si él visitó su dormitorio, como lo hacía cada día.

Aquella mañana recibió un bello y delicado ramo de orquídeas con una tarjeta de Antonio que solo decía: «Lo siento». Elena concluyó que no podía renunciar a él, y rezó para no verse nunca en la encrucijada de tener que elegirle a la fuerza y dar la espalda a Agustín.

Estaba tumbada en el sofá de su particular refugio escuchando una música suave y mirando al techo ensimismada. Antonio entró con sigilo y la observó durante unos instantes; su rostro reflejaba serenidad y se consideró un hombre afortunado por tener el privilegio de tenerla a su lado cada día.

– Hola, Elena -dijo dirigiéndose a ella lentamente-. Te encuentro muy pensativa… -Se sentó en un sillón a su lado.

– No es nada -dijo sacudiendo sus reflexiones y volviéndose para mirarle. Sus ojos hablaron y quedaron callados durante un buen rato.

– Quiero saber lo que piensas en cada momento.

– ¿Y si escuchas algo que no te gusta? -le retó recordando la discusión de la tarde anterior.

– Intentaré aceptarlo.

– ¿Y si no lo consigues? -Estaba jugando a irritarle.

– Contaré hasta diez y abriré mi mente.

Elena sonrió con aquella respuesta.

– Y ahora habla -ordenó con suavidad inclinando la espalda para acercarse a ella.

– No sé cómo explicarlo. Me siento en una situación confusa…

– ¿Es por lo de ayer?

– Sí.

– ¿Cuál es el problema?

Elena se encogió de hombros, como si también ella se hiciera la misma pregunta.

– A veces aparece esa luz encendida que me hace sentir incómoda.

– ¿Qué es lo que te disgusta?

– No lo sé… Creo que mi madre no estaría orgullosa si me viera aquí contigo…

– Ella nunca formó parte de tu vida. Déjala fuera de una vez.

– Ojala fuese tan fácil -dijo con tristeza.

– Lo es, y debes sacudirte de una vez estos prejuicios.

– No puedo. Sé que elija la opción que elija, siempre terminaré perdiendo.

– A mi lado nunca perderás.

– Otra vez me estás presionando; pero al menos has dejado clara tu posición.

– Sin embargo, yo no sé cuál es la tuya.

– Rezo para que nunca llegue el momento en que me obligues a elegir.

– No pienso renunciar a ti, y te advierto que sería capaz de actuar incluso en contra de tu propia voluntad si fuera necesario.

– ¿Quieres decir que piensas decidir por mí si alguna vez llegara ese momento?

– Sí -afirmó rotundo-. Con el tiempo te darás cuenta de que soy tu mejor opción; me atrevo a decir que la única.

– Eso se llama respeto -ironizó con un gesto.

– Se llama sentido común.

– Si quieres ejercer de padre responsable, te recuerdo que ya tienes un hijo -replicó irritada.

Después salió y le dejó solo.

Capítulo26

Antonio examinaba en su ordenador los resultados de sus empresas, comprobando con satisfacción el aumento de patrimonio y los beneficios del holding. Era un hombre ambicioso y creativo, con un instinto natural para multiplicar la rentabilidad de sus negocios; llevaba personalmente el control de cada una de las compañías que dirigía con extrema rigurosidad, sustituyendo o despidiendo sin vacilar a los directivos que no daban muestras de capacidad para el cargo. Exigía un alto nivel de dedicación y preparación en cada puesto, y premiaba generosamente a los que alcanzaban los objetivos impuestos.

– El señor Melero acaba de llegar, don Antonio.

– Hágale pasar.

– Hola, Antonio. Observo que últimamente desapareces del despacho con más asiduidad…

– Todos cambiamos alguna vez -dijo con una sonrisa.

– ¿Tiene algo que ver con cierta dama?

– Has acertado.

– ¡Ah, el amor! -El directivo suspiró emitiendo una sonrisa-. Cómo te envidio.

– Hablemos de Virginia. ¿Qué has averiguado?

– Te dije que Sergio Alcántara había firmado algunos avales para sostener las minas de Taxco.

– ¿Y…?

– Adivina con qué había asegurado su préstamo.

– Dímelo tú -exigió.

– Con su fabulosa mansión de Lomas de Chapultepec.

– ¿No es allí donde vive el matrimonio feliz?

– Exacto. Y si las cosas van como hasta ahora, es decir mal, a causa de la desastrosa gestión de las minas, creo que van a perderla.

– Concierta una entrevista con el presidente del banco. Quiero que ejecuten el embargo de todas sus propiedades. Vamos a comprar un saldo.

– ¿Vas a arrojar de su casa a tu ex mujer? -preguntó el abogado.

– Si no lo hago yo, lo harán otros. Virginia necesita una cura de humildad, debe conocer de primera mano cómo vive la gente normal, en una casa pequeña y con un mísero sueldo con el que llegar a final de mes.

– Eres maquiavélico -dijo sonriendo-. ¿Sabes?, no me gustaría ser tu enemigo.

– Es fácil -le dijo mirándole con frialdad-. Nunca conspires contra mí, así no conocerás mi lado oscuro.

La compasión no era su fuerte, jamás se había apiadado de los traidores. Detestaba a su ex mujer con la misma intensidad que amaba a Elena. Nadie le había enseñado a odiar; sin embargo, era un experto arremetiendo con saña contra los que se interponían en su camino, y nunca olvidaba una ingratitud. Actuaba con vileza para asestar el golpe, aprovechando cualquier ocasión para devolverlo. Pero el odio no le daba tantas satisfacciones como la venganza, que prefería servida en bandeja de plata; sus heridas se iban cerrando en la misma medida que el traidor se hundía en su propio infortunio, y él se encargaba personalmente de que nunca olvidase con quién había osado enfrentarse. La palabra piedad no pertenecía a su vocabulario. Era uno de esos seres nacidos para el odio exagerado, para la venganza cruel y para amar posesivamente.

– ¿Dónde estás esta vez, Elena? -Antonio estaba frente a ella, sentado en el porche y observando su recogimiento mientras desayunaban.

– He tenido un sueño extraño con la hija de Lucía. ¿De qué murió? -Levantó los ojos hacia él.

– Se suicidó -respondió tras un grave silencio.

Ella le miró como si esperase una respuesta parecida.

– Esa niña sufría mucho -sentenció.

– ¿Qué sabes tú de ella? ¿Qué has soñado?

Elena tomó aire para poner en orden el caos acaecido en su mente.

– Siempre estaba triste y asustada. La he visto en mis sueños en otra de las habitaciones detrás de la capilla, justo a la derecha de la que abrimos el otro día. Estaba llorando.

– ¿Por qué lloraba?

– No lo sé, no quería jugar conmigo.

– ¿Qué había en aquella habitación?

– Una pequeña cama con un cabecero de tubos dorados formando una estrella.

– ¿Qué edad tenía?

– Pues… unos cinco o seis años. Era un poco mayor que yo. Debió de ser un duro golpe para su madre. ¿Estaba enferma? ¿Sufría depresiones?

– No lo sé, apenas la conocí.

– Una madre nunca se recupera de la muerte de un hijo, lo sé por mis abuelos. Pero debió de ser más duro perderla de esa forma. Lucía tiene que vivir torturada pensando en qué había fallado para que su hija tomara esa drástica decisión. Mi abuelo debió llevársela con él, igual que hizo conmigo.

– ¿Tu… abuelo? -preguntó espantado-. ¿Qué diablos pinta él en todo esto?

– Era su padre -respondió tranquila.

Antonio se levantó de un brinco y la miró consternado.

– ¿Qué estás diciendo, Elena? ¿Te has vuelto loca?

– No; es cierto. Se lo pregunté a Lucía y ella me lo confirmó.

– ¿Lucía te ha dicho que él era el padre de su hija?

– Sí. Y se sorprendió mucho cuando supo que yo conocía su secreto.

– ¿Y cómo lo sabías tú? -inquirió alarmado.

– Porque les he visto juntos en mis sueños.

– No dejes volar tus fantasías. Estás empezando a preocuparme.

– Todo encaja. Yo le recuerdo en la hacienda, tú mismo viste sus trabajos en los establos. Se enredó con mi madre y con Lucía. Jugó con las dos. Fueron amantes durante mucho tiempo, incluso después de morir mi padre.

– ¿Y por qué estás tan segura de que es a tu abuelo a quien ves en los sueños?

– Porque tiene el cabello blanco, porque… yo sé que es él… -dijo con seguridad.

– ¿Habla contigo?

– No, pero le veo con mi madre. ¿Quién podría ser si no?

– Me voy al despacho -dijo después de una incómoda pausa. Se colocó la chaqueta y se despidió con un beso en la mejilla.

Pero no fue al distrito financiero, sino a la hacienda. Tenía una curiosa corazonada y necesitaba salir de dudas. Demandó a Lucía el puñado de llaves enlazadas por la cuerda y se dirigió a la habitación que con tanta precisión Elena le había señalado. Caminó despacio hacia la capilla, rodeándola por su parte derecha hasta llegar al final. Allí contó las puertas y se colocó a la derecha de la visitada días atrás; probó una a una todas las llaves, pero sin éxito. Lucía le observaba a distancia agazapada tras los muros, y finalmente decidió intervenir al comprobar la infructuosa apertura de aquella puerta por parte de Antonio. Apareció tras él, silenciosa como una sombra.

– ¿Buscaba esta llave, señor? -preguntó alargando el trozo de hierro.

– ¿Pertenece a esta habitación?

La empleada afirmó con la cabeza sin pestañear.

La puerta se abrió sin dificultad. La escasa luz que penetraba iluminó la pequeña sala. Antonio abrió la contraventana y, al volverse, quedó petrificado: la cama que Elena la había descrito estaba allí, solitaria, junto al muro, con el cabecero de tubos en forma de estrella, perfectamente ordenada, cubierta con una colcha de color beige con rombos calados. No había suciedad, ni siquiera polvo cuando pasó los dedos por una mesa sobre la que había un jarrón con flores naturales que parecían haber sido colocadas hacía poco tiempo. ¿Y aquel olor? ¿A qué olía allí? ¿A perfume? ¿A ambientador? Era agradable, cítrico, limpio. Se volvió hacia Lucía, quien continuaba inmóvil en la puerta.

– ¿Qué significa esto? -exigió perplejo.

– Aquí… señor… en esta cama… apareció muerta mi hija -dijo bajando los ojos-. Vengo todas las mañanas desde hace nueve años.

– ¿Cómo es posible? ¿Por qué?

– No lo sé, señor. ¿Tiene usted esa respuesta?

– ¿Yo? -exclamó sorprendido-. ¿Por qué habría de tenerla?

– La señora le ha enviado, ¿no es cierto? Ella lo sabe todo, tiene poderes…

– No diga sandeces, Lucía. Es usted mayor para creer en esas patrañas. Quizá ella ha estado aquí hace poco…

– No, señor, solo yo guardo esta llave.

– La señora vivió en la hacienda hasta los cinco años, a veces tiene recuerdos, eso es todo.

– No, eso no es todo. Ella sabe cosas… cosas que nadie entre los vivos le ha podido contar, no son recuerdos, señor…

Definitivamente, Elena había acertado de lleno con respecto al padre de la pequeña Yolanda. Salió sin hacer comentario alguno; estaba desorientado, tratando de desentrañar aquel misterio. No creía en videncias, en conexiones mentales ni en nada parecido, pero todo resultaba endiabladamente insólito. La única explicación posible eran sus recuerdos, que regresaban a través de los sueños.

Al llegar a casa se detuvo en el umbral del salón para recrearse observando a Elena mientras dibujaba en un cuaderno. La inquietud que le habían provocado sus extrañas visiones desapareció de repente y pensó, mientras la contemplaba, en las numerosas y diferentes facetas que le habían atraído de ella; era como si examinara un poliedro y cada día descubriera una cara distinta y más interesante que iba superando a la anterior. Recordó el día que la vio por primera vez en el aeropuerto y le pareció una mujer mundana y sofisticada; después se conmovió al apreciar su miedo hacia él, su desamparo en aquella comisaría mientras la interrogaban, el abatimiento que experimentó a continuación para más tarde iniciar una tímida sonrisa de optimismo; descubrió también una mujer leal, honesta y generosa, envuelta en un velo de misterio cada vez que revelaba algún insólito sueño o recuerdo sobre el pasado, y concluyó que todos los años que habían pasado hasta que la conoció habían sido un despilfarro.

– ¿Desde cuándo estás ahí? -preguntó Elena al descubrir su sombra en la penumbra.

– Por desgracia desde hace poco -dijo acercándose.

– Ven -dijo invitándole a sentarse a su lado.

Antonio tomó asiento junto a ella y quiso ver lo que estaba dibujando.

– ¡Este soy yo! -exclamó al ver su rostro en el cuaderno-. Lo haces muy bien… Ni siquiera necesitas una foto…

– Me conozco tus facciones de memoria. Incluso tus diferentes miradas… -dijo volviéndose hacia él y levantando una ceja en señal de complicidad.

– Eres muy observadora.

– Sí, y veo que hoy has regresado muy temprano.

– No tenía demasiados asuntos. ¿Y tú, no has salido hoy?

– No, estaba cansada, no he dormido bien esta noche.

– ¿Volviste a tener sueños extraños?

– No… no lo recuerdo.

– ¿Solías tener esa facilidad para soñar antes de llegar a México?

– Sí. Yo sueño casi todos los días. ¿Tú no?

– No.

– No es cierto. Todos lo hacemos, pero no te acuerdas.

– ¿Has vuelto a soñar con la hija de Lucía? -preguntó con aparente naturalidad.

Elena negó con la cabeza.

– ¿Cómo era la habitación donde estaba?

– Pues… como las otras. En el lado izquierdo de la puerta había una cama dorada…

– ¿Estaba preparada? Quiero decir, ¿dormía alguien allí?

– No, aquello era un almacén de trastos. El colchón estaba desnudo, sin sábanas, y tenía forma irregular, como esos antiguos rellenos de lana que se desparraman por los lados. La funda era de color azul añil con rayas horizontales en blanco. En la otra pared había más camas.

– ¿Más camas?

– Sí… Cabeceros y somieres apilados contra el muro. Eran muebles viejos.

La descripción de aquella habitación no coincidía con la actual, excepto la cama. Ella debió de verla así en su niñez, se dijo. Sí. Aquello era un nítido recuerdo de hacía veinte años. ¿Y esa niña? ¿Por qué se suicidó en aquel lugar donde lloraba de pequeña? ¿Tendría alguna relación con su muerte?

– ¿Y tú? ¿Por qué estabas allí?

– No lo sé. Yo abrí esa puerta…

– ¿Estaba cerrada con llave?

– No, estaba entreabierta y escuché voces dentro.

– ¿Voces? ¿De quién?

– De Yolanda, estaba sentada en el suelo en un rincón, llorando.

– ¿Como en la otra habitación de la capilla, donde estaba el tonel de vino?

– Sí, allí también estaba triste. Quizá su madre la regañaba… Siento miedo al recordar estas cosas; enredo los sueños con los recuerdos y no consigo distinguir entre lo que es real y lo que no es…

– Estás regresando a un pasado que había permanecido dormido en tu mente.

– Pero es un pasado extraño. Todos los recuerdos son tristes y violentos… excepto… -Se calló de repente.

– ¿Excepto? -desvió la mirada intrigado para fijar sus ojos en ella.

– Los recuerdos junto a… Agustín. -Le miró con temor.

– ¿Qué recuerdos tienes de él? -Acariciaba su mano mientras la interrogaba.

– Muchos, y todos bonitos.

– Cuéntamelos -pidió con amabilidad.

– Él me montaba sobre sus hombros, me cantaba canciones, me cuidaba… Me quería mucho, lo dijo en su carta.

– ¿Qué más te decía?

– Que sintió pena cuando nos separaron, que nunca me había olvidado y que deseaba verme otra vez… Eso fue lo que me impulsó a venir.

– ¿No te pidió ayuda cuando escapó?

Ella alzó la cara para mirarle.

– Todavía no confías en mí -afirmó con tristeza.

Él tiró de ella hasta tenerla muy cerca.

– Si no creyese ciegamente en ti, no estarías ahora aquí, a mi lado. -Le tomó la barbilla para acercarla a su rostro y la besó con vehemencia.

De repente, la serenidad de aquella incipiente intimidad fue alterada bruscamente por una inesperada visita: Virginia de Alcántara, la ex mujer de Antonio, irrumpió como un torbellino en el salón.

– Señor, disculpe -alcanzó a balbucear la sirvienta, quien a duras penas podía impedir el acceso al salón de aquella arrogante mujer-. La señora Virginia…

– ¡Aquí está la señora Virginia! ¡Quiero hablar contigo ahora mismo! -gritó fuera de sí amenazando con el dedo índice a Antonio.

– ¿Qué ocurre aquí? -dijo levantándose, sorprendido y enojado.

– ¡Ocurre que eres un malnacido y no voy a permitir que vuelvas a botarme de mi propia casa!

Elena asistía atónita a aquel desagradable espectáculo. Su mirada se cruzó con la de aquella mujer alta y rubia, vestida con un elegante vestido entallado de color marrón de cuyo cuello colgaba un collar de perlas de gran tamaño. La mirada de sus ojos azules desprendía una rabia sorda, y su altivo mentón se mantenía erguido en son de guerra.

– Veo que te traes las putas a casa, ya no las citas en tu apartamento -dijo dirigiendo su mirada hacia Elena.

– ¡Esta vez te has superado! ¡Fuera de aquí! -ordenó él señalando hacia la puerta.

– ¡No pienso marcharme hasta que me des una explicación! ¿Por qué estás haciendo esto? ¿No fue suficiente tu venganza?

Por toda respuesta, la tomó con violencia del brazo, tiró de ella y salieron juntos de la sala. Elena esperó durante unos eternos instantes en los que dejó de oírles gritar e intuyó que hablaban en otra habitación, pues Antonio se tomó un tiempo en regresar.

– Lamento que hayas tenido que presenciar esta escena. No volverá a ocurrir -dijo con semblante tenso.

Elena prefirió no hacer preguntas.

– ¿Quieres una copa? Yo la necesito -dijo volcando una botella de whisky en un vaso-. Vamos, pregunta -se ofreció mientras regresaba al sofá.

– Imagino que son problemas relacionados con tu hijo. ¿Es que no la dejas verle?

– Nada más lejos de tu imaginación -respondió Antonio con un amago de sonrisa-. Son problemas derivados de los negocios.

– ¿Qué negocios tienes con ella?

– A veces adquiero empresas con problemas financieros, y a Virginia no le ha gustado que esté haciendo gestiones para quedarme con la suya.

– Hablaba de que ibas a echarla de su casa.

– Yo no soy responsable de que la tenga embargada.

– ¿Y no piensas ayudarla? Fue tu esposa, es la madre de tu hijo. Tenéis un vínculo para toda la vida.

– En absoluto -dijo tranquilo-. Ella renunció a él, Ramiro no le pertenece.

– ¿La obligaste a renunciar en tu divorcio? ¿Esa es la venganza de la que hablaba?

– Te has vuelto a equivocar. Virginia jamás se ocupó de su hijo, tenía otras prioridades. La custodia ya estaba concertada en nuestro acuerdo prematrimonial.

– ¿Quieres decir que rehusó a los hijos antes de contraer matrimonio, incluso antes de tenerlos? -preguntó pasmada.

– Así es -dijo asintiendo con un gesto.

– Yo jamás firmaría algo así -afirmó retadora-, aunque me indemnizaras con toda tu fortuna, aunque tuviese la certeza de que mis hijos tendrían mejor educación y más lujo a tu lado de los que yo podría darles.

– Estoy seguro de que serías una madre excelente -dijo tomándole la mano.

– Supongo que vendió a su hijo a cambio de una generosa recompensa -dijo preguntándole con la mirada.

– Ella es así y no pienso mover un dedo por ayudarla -dijo confirmando con un gesto.

– De todas formas, la venganza no es buena consejera; con el tiempo solo destruye a quien la alienta, y tú debes aprender a perdonar. Serás más feliz -dijo con una dulce sonrisa.

– Yo jamás perdono una traición -concluyó con firmeza.

– A veces me das miedo.

Él suavizó la mirada, tomándola de los hombros.

– No me agrada que receles de mí. Jamás te haré daño.

– ¿Y si te miento alguna vez, aunque sea de manera involuntaria?

– Sé que no lo harás. -Le dirigió una extraña mirada.

En la mente de ambos sobrevolaba una sombra, alguien que seguía sembrando dudas acerca de la lealtad incondicional que él le exigía.

Antonio se esforzaba por conseguir que Elena creyera en él plenamente, pero la confianza que él tenía en ella era aún más firme, en la seguridad de que jamás le traicionaría de forma premeditada. La idea de que alguna vez pudiera comportarse como Virginia estaba fuera de lugar, era absurdamente ridícula. Él conocía su férrea voluntad y su ingenua integridad. En ese aspecto, la conocía mejor de lo que ella misma sospechaba. Tenía una fe ciega en su lealtad, y hasta que la conoció no cayó en la cuenta de que aquella era una cualidad imprescindible en una pareja.

Agustín visitó los sueños de Elena aquella noche: corrían cogidos de la mano por unas calles empedradas, oscuras y solitarias. Se adentraron en una vieja casa de paredes encaladas y vigas de madera en el techo. De repente, una potente luz procedente del interior les dejó cegados al abrirse la puerta.

– Vamos, Elena, despierta -decía una voz que parecía provenir de aquel resplandor.

Abrió los ojos y tropezó con los de Antonio, que la examinaban fijamente.

– Por favor, apaga esa luz -pidió cubriéndose con el brazo.

– Estabas inquieta. ¿Qué soñabas?

– Nada importante; cosas absurdas, como siempre.

– Parecías muy alterada, como si escaparas de alguien.

– Sí. Me seguían hombres vestidos con un uniforme militar muy antiguo, parecido al de los retratos de tus antepasados.

– ¿Por qué te perseguían?

– No lo sé.

– No estabas sola. ¿Con quién hablabas?

– Contigo, tú también corrías a mi lado.

Antonio sonrió. Había mencionado en voz alta el nombre de Agustín. Era una inocente mentira, pero no le preocupaba. Los sueños era solo eso: una liberación del subconsciente, y él no podía llegar hasta allí.

– Buenas noches -se despidió, besando su frente.

Capítulo27

Elena había salido de compras aquella mañana y al regreso se enteró de que Antonio estaba en su despacho.

– ¿Tienes mucho trabajo? -Asomó la cabeza en el umbral. Antonio estaba sentado tras la gran mesa.

– Estaba leyendo unos documentos, pero ya termino. He adquirido unas minas de plata en Taxco.

– Deben de valer una fortuna -comentó mientras se acercaba.

– Varios millones.

– ¿De pesos?

– No, de dólares.

– Ya eres muy rico, ¿por qué sigues trabajando tanto? -preguntó mientras se sentaba frente a él.

Antonio la miró y rió con ganas.

– Pues… para ser más rico -contestó recostándose en su sillón.

– ¿Y cuándo piensas parar y empezar a vivir?

– ¿Es que ahora no vivo?

– Vives obsesionado por ganar dinero en vez de disfrutar de la gente que realmente te quiere; estás perdiendo lo único valioso que tienes.

– ¿Te refieres a ti? -preguntó esperanzado.

– No, pensaba en tu hijo. Él es tu gran activo -dijo señalando la foto situada frente a él sobre la mesa-; sin embargo, está creciendo solo, en manos de extraños. Ese niño necesita un padre, no una herencia.

– Mi hijo está bien donde está -cortó con sequedad.

– No, no lo creo. Tú creciste como él, en un internado, lejos de tu familia, y tiendes a hacer lo mismo porque crees que es lo correcto. Pero los niños necesitan a sus padres, recibir cariño, crecer seguros y confiados para después confiar en los demás. Las personas tienden a dar lo que han recibido, y si no recibe tu amor, no lo esperes de él. Debería ser tu prioridad antes que los negocios. No cometas los mismos errores de tu padre.

Aquellas palabras le golpearon como un mazazo.

– Deja de darme lecciones de moral cristiana y no descargues sobre mí tus traumas infantiles -musitó con aspereza.

Aquel comentario llegó a incomodarla seriamente; se levantó, dirigiéndose a la puerta sin pronunciar una palabra.

– ¡Elena, espera! -Se levantó y fue en su busca-. Lo siento. No debí decir eso…

Elena se había detenido, pero no se volvió. Pensaba en lo mucho que le quedaba por recorrer a su lado. Trataba de establecer un vínculo con él… hasta que topaba con su fuerte carácter y el afán por dominarlo todo. Entonces todo se venía abajo y debía comenzar desde el principio. Le había puesto el dedo en la llaga en un intento de hacerle reaccionar sobre su modo de vida, pero el resultado había sido un auténtico desastre.

– ¿Cuántos años tienes? -Se volvió tras un silencio para mirarle.

– Treinta y nueve.

– Cuando llegues a los sesenta, te acordarás de mis sermones de moral cristiana, porque quizá te veas solo; inmensamente rico, pero completamente solo. -Después salió de la estancia.

Antonio emitió un suspiro. Estaba habituado a tomar decisiones sin esperar censura sobre sus actuaciones -quizá porque no había nadie que osara hacerlo-, pero con Elena era diferente: se trataba de la única persona que se atrevía a hablarle con franqueza y decir lo que pensaba; y hasta esa cualidad, aunque resultaba a veces irritante, le gustaba de ella.

Escuchó chapoteo en el agua y se acercó al ventanal. Elena nadaba en la piscina enfundada en un bañador rojo. Observó que subía la escalerilla y se deleitó observando aquel cuerpo que tanto deseaba. Pensó que podría estar horas, días enteros, con la mirada paralizada sobre ella, y concluyó que había sido ya demasiado paciente. Debía pasar a la ofensiva, el tiempo se acababa; una vez afianzada su lealtad hacia él, debía tomar posiciones antes de que Agustín fuese detenido y pudiera causar alguna interferencia; conocía sus prejuicios y tenía que situarla en el lugar adecuado.

Subió para cambiarse y salió a la piscina. Elena nadaba de espaldas y reparó en su llegada al escuchar el chapoteo cuando él se lanzó de cabeza. Se dio la vuelta, pero no vio a nadie; solo cuando sintió sus manos en la cintura bajo el agua advirtió su llegada y dio un grito de sobresalto. Antonio emergió sin dejar de abrazarla; Elena le puso las manos en la cabeza para sumergirle mientras reía, pero él tiró de ella, en una divertida lucha para tratar de hundirse el uno al otro. Terminaron juntos en el borde de la piscina. Elena apoyaba la espalda contra la pared y se mantenía a flote colocando las manos en los hombros de Antonio, quien había colocado las suyas en el bordillo y la acorralaba con su cuerpo.

– ¿Y ahora qué? -preguntó Antonio con una abierta sonrisa.

– Me rindo. Has ganado.

– Te lo dije, yo siempre gano.

– Eres un fanfarrón -replicó con una carcajada.

Por toda respuesta, él puso la mano sobre su cabeza para hundirla otra vez bajo el agua.

– ¡No…! ¡Ya basta…! -Elena trató de evitarlo enlazando los brazos alrededor de su cuello y quedando pegada a él.

Fue algo instintivo, y al sentir sus cuerpos unidos, ambos se estremecieron. Antonio bajó una mano hasta su espalda y la recorrió con deseo. Después la besó en los labios con avaricia, oprimiéndola entre su cuerpo y el muro de la piscina. Elena seguía rodeando su cuello y le acarició la nuca, enredando los dedos en su pelo lacio y oscuro. Sintió una agitación desconocida; estaba demasiado confusa para rechazarle, y advirtió en su interior un leve cosquilleo al sentir sus manos grandes y enérgicas sobre ella. Su cuerpo pegado al de Antonio le transmitió el deseo de él de poseerla allí mismo, y Elena dejó de pensar en nada que no fuera la fuerte atracción que sentía hacia él.

– Elena, te deseo… -decía mientras acariciaba su hombro y hundía el rostro en su cuello.

De repente ella sintió pánico; nunca había vivido una experiencia como aquella y temió no estar a la altura que él esperaba. A su edad y con un matrimonio a sus espaldas, consideraba a Antonio un hombre experimentado; sin embargo, ella solo había tenido un inocente escarceo con Carlos y ni siquiera habían llegado a consumar el acto sexual.

– No… Antonio… Por favor, espera… -decía tratando de zafarse de sus brazos.

– Elena… déjate llevar… confía en mí… -Él no apartó las manos y siguió explorando su piel temblorosa bajo el agua.

– Necesito más tiempo…

Apenas podía pensar con claridad mientras sentía aquel cosquilleo. Las manos de Antonio habían llegado a sus hombros y trataban de bajarle los tirantes del bañador. Ella las sujetó entre las suyas y aprovechó aquel descuido para separarse de él.

– Antonio, tengo algo que decirte, y es muy… embarazoso…

Antonio se detuvo y la miró escamado.

– ¿Qué ocurre?

El calor subía por las mejillas de Elena y su mirada se dirigió ahora hacia el agua.

– Antonio… yo no… Quiero decir… con Carlos nunca… bueno… -Terminó encogiéndose de hombros sin hallar las palabras precisas.

– Veamos si lo entiendo… con Carlos… ¿nunca… hiciste el amor? -dijo acercándose a ella.

Elena negó con la cabeza sin atreverse a mirarle.

– ¿Y con algún otro hombre?

Elena volvió a negar con la cabeza. Esta vez elevó la vista con temor, esperando hallar una expresión de burla en los ojos de Antonio; pero se equivocó. Él se acercó a ella y rozó con suavidad los labios con los suyos, acariciando su mejilla con inmensa ternura.

– Ahora lo entiendo… Y me resulta increíble escuchar esto de una mujer tan especial como tú; pero no puedes imaginar cuánto me agrada saberlo. Sería para mí un gran honor ser el primero, si tú me aceptas… -Volvió a besarla despacio.

– Sí… acepto -repuso con valor mirándole a los ojos.

– Iré más despacio entonces. -Se dirigió a las escalerillas con ella y le cedió el paso para salir del agua.

Aquella noche Antonio preparó una velada especial y se detuvo durante unos segundos al verla aparecer en la sala, deslumbrado ante su belleza. Elena vestía un traje de alta costura en gasa de color negro con escote bordado en hilo de oro y entallado hasta las caderas, desde donde la falda tomaba un discreto vuelo de capa hasta los tobillos. Un fino chal de color dorado cubría sus hombros con una elegancia digna de una princesa, y el cabello recogido hacia atrás realzaba más aún sus ojos rasgados.

– Jamás contemplé tanta belleza… Eres… una aparición celestial.

Ella le devolvió el cumplido con una sonrisa.

La condujo hasta la parte posterior de la casa, junto a la piscina, donde traspasaron una verja que ella siempre encontró cerrada cuando nadaba, la cual daba acceso a un espléndido jardín iluminado por antorchas y luces agazapadas entre las plantas. Accedieron a un templete circular de piedra labrada y rejas antiguas que debió de ser construido en la época del palacio, aunque había recibido una minuciosa restauración. El techo era un artesonado de madera tallada que dibujaba caprichosas figuras geométricas. La iluminación proporcionada por antorchas colocadas en cada una de las columnas imprimía un ambiente cálido y romántico al lugar. En el centro había una mesa profusamente adornada con un centro de flores, mantelería de hilo bordado y fina cristalería. Una dulce melodía comenzó a sonar a su llegada y tres sirvientes elegantemente ataviados aguardaban para servirles.

– Cada día me sorprendes con algo nuevo -dijo Elena feliz.

– Me alegra oírte decir eso. Siento que me cuesta conseguirlo.

– Lo haces más veces de las que crees, y no solo con regalos.

– ¿Y cuándo te he impresionado que no me lo has contado?

– Cuando estuviste a mi lado en los momentos más difíciles: cuando me sacaste de la comisaría, cuando perdonaste mis escapadas, cuando me ayudaste a conocer la verdadera historia de mi familia…

– Solo quiero verte feliz. Eres tan auténtica… A tu lado siento que todo está bien -dijo mirándola embelesado-. Te has convertido en mi punto débil.

– Esto no puede ser real… -Elena emitió un suspiro mirando hacia la mesa.

– ¿Qué no puede ser real? -preguntó con curiosidad.

– Que esté ahora en este lugar, a tu lado, escuchándote decir esas cosas tan bonitas… Tengo miedo de despertarme y descubrir que solo se trata de uno de mis sueños -concluyó atolondrada.

– Pues créelo de una vez. Esto es tan real como el día y la noche. Te necesito a mi lado para seguir creyendo que aún existe algo auténtico y verdadero.

– Por favor, no me idealices, no quiero decepcionarte.

– Jamás lo harías. -Tomó su mano sobre la mesa y ella respondió oprimiéndola con fuerza.

– ¿Puedo preguntarte algo?

– Puedes -asintió.

– ¿Qué pasó con tu esposa?

– Ya lo sabes. Me fue infiel.

– ¿Esa fue la única causa?

– ¿Acaso no es motivo suficiente?

– Quiero decir si ya estabais distanciados o realmente te dolió su infidelidad.

– Nuestro matrimonio fue un acuerdo no escrito. Ella ambicionaba dinero, y yo quería sexo -dijo encogiéndose de hombros-. Ahora sé que nunca hubo verdadero amor entre nosotros.

– ¿Ahora?

– Sí. Hasta que apareciste no lo supe. Me fascinas, Elena. Jamás he conocido a nadie como tú -dijo mientras besaba la palma de su mano-. Y ahora te toca a ti, cuéntame tu romance con el famoso Carlos.

– No hay mucho que contar. Le conocí en la universidad y compartimos una excelente amistad. Era amable, buena persona, y me quería mucho. Mi abuela estaba encantada con él. -Sonrió.

– ¿Pero…?

– Pero yo sentía que no estaba enamorada, estaba segura de que no era el hombre de mi vida. Por eso no me marché a Londres con él.

– Pero te habrás enamorado alguna vez… Estoy seguro de que has debido de tener montones de pretendientes…

– Bueno… sí… -Hizo un gracioso mohín-. Pero soy muy exigente y no me enamoro con facilidad.

– Vaya, me lo pones muy difícil. -La miró y permanecieron callados. Después le hizo un gesto para que se levantara y tiró de ella hasta colocarla en pie a su lado.

– ¿Qué estás haciendo?

– Quiero tenerte más cerca, tengo que decirte algo.

– Dilo ya.

– Más cerca. -Él la miraba desde su sillón y volvió a tirar de su mano hasta sentarla en sus rodillas.

– ¿Así está bien? -preguntó Elena acercando su rostro al suyo.

– Mucho mejor.

– Y ahora dime eso tan importante.

Sus manos seguían unidas en el regazo de ella y sus miradas parecían haberse detenido.

– Si alguna vez me pides que me case contigo, te contestaré que sí.

Elena le dirigió una mirada de desconcierto ante aquella inesperada declaración.

– ¿Me estás pidiendo que sea tu mujer?

– No. Yo no he dicho eso. Te estoy adelantando cuál sería mi respuesta en caso de que tú me lo pidieras.

– Creía que solían ser los hombres quienes hacían las propuestas de matrimonio.

– Solo cuando están seguros de la respuesta. Pero ese no es mi caso, no sé si estoy a la altura de tus exigencias, así que prefiero que la hagas tú.

Sus miradas seguían unidas y Elena no supo qué decir.

– Gracias -dijo al fin.

– ¿Por qué?

– Por ser tan paciente y honesto conmigo. Te prometo que serás el primero de mi lista cuando decida casarme… -concluyó, con una abierta sonrisa.

Tiró de ella y rodeó su espalda para acunarla.

– Esto es lo único real, lo demás no importa.

Elena aceptó sus brazos y apoyó la cabeza sobre su hombro, encogidas las piernas sobre él; después acarició su mejilla con una mano.

– Se está tan bien aquí…

– Puedes quedarte para siempre, Elena -decía mientras su mano le acariciaba la espalda-. Te quiero… No lo olvides nunca…

Elena pasó los dedos por su cabello y quedaron enredados; después se unieron en un profundo beso.

– Quiero que pienses en esto, ¿de acuerdo?

– De acuerdo.

Era ya de madrugada cuando regresaron al interior de la casa. Subían la escalera, abrazados y llenos de felicidad.

– Dentro de un par de días viajo a Nueva York.

– ¿Van a ser muchos días?

– Una semana, como máximo. Por cierto, Ramiro estará pronto de vacaciones, a final de mes.

– Tengo muchas ganas de conocerle.

– Cuando regrese, yo también me tomaré unos días libres; me apetece descansar junto a mis dos tesoros más queridos -dijo oprimiendo sus hombros con ternura.

– ¿Le echas de menos?

– Claro -dijo con una sonrisa-. Es un niño muy despierto y simpático. He pensado en lo que me dijiste antes y he tomado una decisión: voy a traerle a casa para siempre. Es lo que quieres, ¿no?

– Eres tú quien tiene que quererlo.

– Lo deseo. Estoy seguro de que serías una estupenda madre para Ramiro.

– Él ya tiene a la suya… -dijo zafándose de aquella insinuación.

– Tú lo harás mejor que ella -afirmó rotundo.

Al llegar al dormitorio, Antonio se acercó a ella, la aprisionó contra la pared y la besó en los labios muy despacio. Después la estrechó entre sus brazos con una delicadeza que la hizo estremecer.

Se quedaron inmóviles, unidos, abrazados.

– Te quiero… -susurró Antonio en su oído. Poco a poco fue aflojando su presión, la besó en la frente y le dio las buenas noches. Después se dirigió a su dormitorio.

Elena estaba desconcertada; había resuelto dormir con él aquella noche y esperaba que tomara la iniciativa, como lo había hecho siempre; pero esa vez se equivocó. ¿La estaba poniendo a prueba? No, estaba convencida de que Antonio actuaba así para no forzarla, y aquel gesto le honraba más de lo que él imaginaba.

Capítulo28

Se desvistió despacio, se cepilló el pelo y derramó unas gotas de perfume sobre su piel. Antonio oyó sus pasos en la oscuridad, escuchó la respiración creciente de una sombra acercándose, asustada por su propia audacia. Entonces comprendió que había valido la pena esperar, aunque solo hubiera sido para vivir aquel instante. Se volvió en silencio y le hizo un hueco en el lecho, sintiendo cómo su cuerpo se acercaba implorando calor. La besó con dulzura, tratando de convencerla de su infinita devoción.

– Dios, no encuentro sosiego si no te tengo cerca.

Elena le sintió en el cuello, recorriendo su piel muy despacio con extrema ternura, en un lento contacto con el que trataba de ganar su confianza. Antonio percibía su tensión y no quiso apresurarse, acariciando sus hombros y deslizando despacio los tirantes de satén del camisón. Advirtió su temblor y con suma pericia logró hacerlo desaparecer, comprobando que la pasión se despertaba en ella al sentir cómo respondía besando su cuello y enredando los dedos entre su pelo.

– Te quiero, Antonio… -dijo mirándole frente a frente, acariciando su cara. Él tomó su mano para besarla.

– Suena bien… muy bien… Dímelo otra vez…

– Te quiero, te quiero… Nunca había sentido algo así, tan profundo. Quiero estar contigo… para siempre…

– ¿Estás segura?

– Sí. Lo estoy.

Él la creyó; sabía que no estaría allí si no sintiera lo mismo que él. Antonio pensaba que había conocido todos los placeres hasta aquella noche, cuando añadió al deseo un profundo y verdadero amor; recorría aquella piel joven y fresca que por primera vez estaba siendo explorada, y advertía entusiasmado cómo respondía a sus caricias y con qué facilidad la hacía estremecer.

La pasión se desbordó y sus manos se entrelazaron al unir sus cuerpos. La respiración de Elena se aceleró cuando él entró en ella y se dejaron arrastrar por una sensación de plenitud. Antonio quería darlo todo en aquella primera vez, jamás ninguna mujer le había provocado aquella ansiedad, jamás había sufrido aquel estremecimiento, aquel efecto devastador que le hizo perder la voluntad y entregarse con desconocido entusiasmo. Fue una noche plena de aroma de nardos, de caricias y de nuevas sensaciones para los dos. Se quedaron al fin dormidos, unidas sus piernas y brazos, compartiendo el mismo aire y diferentes sueños.

Al amanecer Antonio besaba el hombro desnudo de Elena, que yacía acurrucada contra él dándole la espalda; él rodeaba su cintura con un brazo y observó sus suaves movimientos mientras despertaba lentamente al recibir su caricia. Elena le miró y notó cómo la estudiaba, pero no era necesario decirle nada, porque conocía sus sentimientos.

– Anoche soñé por primera vez -susurró Antonio.

– ¿Y qué soñaste?

– Que hacía el amor con una mujer maravillosa… -dijo besando su cuello.

– Yo también tuve un sueño parecido… -susurró Elena.

– ¿Y cómo era la mujer de tu sueño?

Elena respondió con una carcajada ante su salida.

– Ríe siempre así… y conseguirás volverme loco…

Se apretó contra ella y sus labios se unieron en un apasionado beso. De nuevo se amaron con desesperación, sin dar tregua al arrepentimiento. Deseaban recuperar el tiempo perdido y enviaron de paseo al orgullo, el miedo, el pasado… solo había amor sin condiciones. Lo que sentían estaba allí y era real. Sus caricias desprendían pura pasión, necesitaban rozar sus manos y fundir sus cuerpos con avidez. A su lado Elena tembló con desconocidas sensaciones; había dejado atrás todas las inseguridades y los sentimientos de culpa que la persiguieron a su llegada. Necesitaba sus brazos alrededor de la cintura, su voz templada al oído, su cuerpo junto al suyo… Se había entregado sin reservas, sin condiciones.

Estaban en la cama, abrazados; Elena tomó su mano y la inspeccionó con detalle.

– ¿Qué haces? -preguntó Antonio.

– Tomar las medidas de tu dedo. Si te pido que te cases conmigo tengo que hacerlo como Dios manda, con anillo de compromiso.

– Hazme la pregunta… -pidió Antonio besando su mano.

– No, todavía no…

– Ahora… por favor… o la haré yo… -Sus labios se unían de nuevo.

– Es una decisión para toda la vida y no puedo tomarla a la ligera…

– Eres cruel…

– Hablaremos cuando vuelvas de Nueva York. Tengo que reflexionar en soledad durante unos días. -Elena se encogió de hombros y contempló, divertida, su impaciencia.

– Tú mandas.

Después se levantó y tras una rápida ducha se puso un elegante traje gris oscuro hecho a medida. Elena le observaba desde la cama. Confiaba en él, por completo. Sabía que siempre estaría ahí, a su lado, para protegerla, para amarla, para sostenerla en los momentos difíciles que estaba segura de que vendrían. Era fuerte como una roca, y testarudo como ella. Se convenció al fin de que debía seguir adelante, aun cuando no supiera a dónde le llevaría aquella unión; solo tenía que esperar acontecimientos y sentir su mano firme junto a ella.

– ¿Vas a salir hoy? -le preguntó mientras se anudaba la corbata ante el espejo.

– Pensaba ir al Museo de Antropología.

– Es una visita interesante. Volveré temprano. Estaré pensando en ti todo el día… Te quiero… -dijo despidiéndose de ella con un apasionado beso.

– Yo también…

Capítulo29

El monumental atasco en el paseo de la Reforma comenzó a impacientar a la ocupante del Mercedes blindado, quien prefirió abandonarlo y proseguir el camino a pie, seguida con discreción por su protector acompañante. Elena accedió al fin al Museo Nacional de Antropología, en cuyas cercanías admiró la gran mole en piedra maciza que simbolizaba la figura del dios de la lluvia, Tlaloc. En aquella espaciosa y original edificación construida en la década de 1960, Elena disfrutó admirando la mayor colección del mundo de arte prehispánico y de una extensa exposición sobre los pueblos indígenas actuales.

– Hola, señorita Peralta -dijo una voz masculina a su espalda cuando contemplaba, en la sala dedicada a la cultura mexica, el monolito de Coatlicue y las esculturas de los dioses aztecas. Elena se volvió desconcertada para toparse con unos ojos marrones enmarcados en un rostro ovalado con arrugas incipientes. Su cabello corto y tendente al gris le resultó familiar.

– ¿Nos conocemos? -preguntó estudiando su mirada.

– Mi nombre es Sergio Alcántara. Nos saludamos hace tiempo en un restaurante de la zona Rosa.

– Ah, sí, ahora le recuerdo -dijo tratando de sonreír, aunque sin conseguirlo. Presintió peligro en aquella compañía.

– ¿Le gusta el museo? Aquí tenemos parte de nuestro pasado histórico.

– Sí, es muy interesante. Tenía grandes deseos de conocerlo.

– ¿Ha visitado ya la sala dedicada a los mayas?

– No, aún no.

– Vaya a verla, pero antes deshágase de él -dijo al tiempo que hacía un gesto con la cabeza hacia atrás, señalando al hombre de anchas espaldas recostado en el muro de la sala junto a la puerta.

Elena siguió visitando otras dependencias, deteniéndose ante las vitrinas y observando las excelentes piezas de alfarería policromadas, urnas, estelas y joyas labradas en oro. Estudió con detenimiento el plano del museo para averiguar la ubicación de la sala de la cultura maya y se dirigió a los lavabos, entornando la puerta y vigilando por la rendija los movimientos de su escolta. Comprobó, como esperaba, que este se daba la vuelta para esperar su salida desde el patio central y abandonaba el pasillo. Salió de puntillas a paso rápido a lo largo del corredor hasta llegar a la puerta que daba acceso a la sala en la que aquel desconocido la había citado. Estaba solitaria y en penumbra, iluminada exclusivamente por focos apuntando hacia las figuras expuestas en el interior de las vitrinas. De repente sintió un ruido a su espalda y dio un brinco. La puerta acababa de cerrarse, provocando un estruendo en la silenciosa sala. Aquel hombre estaba allí de nuevo y avanzaba hacia ella.

– ¿Qué quiere de mí? -preguntó intrigada-. ¿Por qué me ha seguido?

– Sentía curiosidad -respondió el desconocido con aparente inocencia-. Sé quién es usted y me resulta sorprendente su parentesco. ¿Tiene noticias de su hermano?

– ¿Y usted? -preguntó a modo de respuesta. Necesitaba saber qué propósitos ocultaba en aquel nada fortuito encuentro.

– ¿Yo? -preguntó divertido-. ¿Cómo podría tenerlas? Pregunte a su protector, él puede darle esa respuesta.

– Antonio no sabe nada y no es mi protector -repuso molesta-. Todo está bajo investigación policial.

– ¿Y de la otra investigación? ¿Qué le ha contado el señor Cifuentes?

– ¿La otra investigación?

– ¿No le ha hablado de los grupos de mercenarios que ha contratado para darle caza?

– Usted no sabe lo que dice -protestó indignada-. Antonio no es un asesino.

– Por supuesto; él nunca se mancharía las manos, para eso tiene en nómina a muchos voluntarios que lo harían con gusto.

– Sé quién es usted, conozco los problemas económicos que acarrea su esposa. No pretenda utilizarme para vengarse de él porque no va a conseguirlo.

– Pretendía prevenirla, nada más. Jamás le verá con vida. Su protector solo vive para ganar dinero y no piensa compartirlo con nadie… La muerte de Andrés Cifuentes a manos de su hermano le vino como anillo al dedo, lo que se llama matar dos pájaros de un tiro -dijo con una media sonrisa.

– ¿Qué está insinuando?

– He oído que vive usted con él… -continuó.

– ¿Y a usted qué le importa? -dijo con desagrado.

Él volvió a sonreír.

– Es astuto, debo reconocer su valía. Jamás deja un cabo suelto.

– ¿Puede hablar más claro?

La miró despacio durante unos incómodos minutos.

– Usted ha crecido en España, ¿me equivoco?

– No. Es cierto.

– ¿Y está al tanto de los… lazos de sangre de los Cifuentes con… los González?

Elena inició una sonrisa que no llegó a materializarse; en su lugar quedó una mueca desconcertada.

– ¿Se ha tomado la molestia de seguirme e investigarme solo para emponzoñar nuestra relación? ¿Es así como pretende hostigar a Antonio?

– ¡Caramba! Compruebo que no sabe nada… -Sonrió triunfante-. ¡Qué cabrón!

– Esta conversación ha terminado -dijo dirigiéndose a la puerta.

Sergio Alcántara se volvió hacia ella sonriente y satisfecho. Había salido a cazar con mínimas esperanzas y acababa de lograr un gran trofeo. Pero su presa aún no estaba muerta.

– ¡Vaya con Antonio! Sabía que carecía de escrúpulos, pero no esperaba que llegara tan lejos para conservar su fortuna… incluso al incesto…

Elena quedó paralizada con la mano sobre el pomo. Se volvió con disimulada calma.

– ¡Es usted un indeseable! -le gritó desde la puerta.

El rítmico sonido de los tacones fue disminuyendo a toda velocidad, alejándose de la sala y de aquel hombre.

El porche acristalado despedía los últimos rayos de luz en un atardecer cálido y anaranjado, pero Elena no lo apreciaba. Su mente era un torbellino, un volcán a punto de erupción. El misterioso visitante del museo había conseguido pulverizar sus esquemas, golpeándola contra la pared y haciéndole perder la orientación. Todos sus recuerdos eran inestables, inseguros, movedizos. Cruzaba de un lado a otro sin saber qué dirección tomar. ¿Quién había mentido? ¿Regina Gutiérrez? ¿Sergio Alcántara? ¿Antonio? «La muerte de Andrés Cifuentes a manos de su hermano le vino como anillo al dedo…» ¿A quién se refería? ¿Al hermano de Antonio o al de ella?

La simple idea de su posible consanguinidad le producía escalofríos. ¿Habría sido capaz Antonio de hacer el amor con ella teniendo conocimiento de su ascendencia? Si la respuesta era afirmativa, debía salir corriendo de allí… Pero ¿y si era una trampa? ¿Y si aquel hombre mentía? Ellos eran enemigos acérrimos, tanto en los negocios como en el plano personal. Recordó la escena de días atrás con su ex esposa. Antonio tenía intención de despojarles de la empresa, de las minas, les expulsaría de la casa… Estaban desesperados, y el abordaje en el museo era otra batalla más en aquella guerra sin cuartel que libraban entre ellos.

Sí, aquello era una estratagema de los Alcántara. Antonio la amaba, estaba segura. Confiaba ciegamente en él… Pero… ¿y si había algo de verdad…?

Oyó pasos y alzó la vista para encontrarse con Antonio dirigiéndose hacia ella con los brazos extendidos y una amplia sonrisa. Elena estaba rígida y pensó en rechazar su abrazo, pero consiguió mantener la calma y no se movió. Antonio percibió su tensión y se separó de ella para escudriñar sus ojos.

– ¿Ocurre algo?

Elena estaba paralizada, los brazos de Antonio le aprisionaban como garras ásperas e incómodas y sintió deseos de escapar corriendo.

– No… es solo que… no me encuentro bien.

– Quizá dormiste poco anoche… -insinuó con una sonrisa traviesa.

Elena se deshizo al fin de sus brazos y le dio la espalda. Tras unos silenciosos instantes se volvió hacia él, decidida a abordar de una vez la incertidumbre que la estaba consumiendo.

– Antonio. Necesito saber… quién era mi padre…

– ¿Ya estás de vuelta con esa obsesión? -dijo desagradablemente sorprendido-. Creí que todo estaba ya aclarado…

– Por favor, dime la verdad -suplicó.

– Tu padre se llamaba Rafael Peralta, hijo de José Peralta, tu abuelo -dijo dando por terminada la conversación.

– ¿Mi abuelo era el padre de Agustín?

– Ese capítulo ya te lo aclaró Regina Gutiérrez. ¿Es que dudas ahora de ella? Deja esto de una vez, te lo ruego -pidió con incomodidad acercándose a ella. Pero Elena dio un paso atrás, indicándole que no quería que la rozara.

Un tenso silencio envolvió la sala.

– ¿Hay posibilidades de que Agustín, tú y yo tengamos alguna… conexión familiar?

Acababa de lanzar otra piedra con suma delicadeza. Antonio quedó paralizado durante unos instantes por la sorpresa, pero reaccionó bromeando.

– ¡Claro! Tu abuelo se enredó con mi madre, después con la tuya y también con Lucía. ¡Todos somos una gran familia: los Peralta…! -Había un jocoso malhumor en su respuesta.

Pero Elena no se inmutó. Aún quedaba otro lanzamiento. Al regresar de la visita al museo se había dirigido al despacho para examinar un portarretratos con la foto de Andrés Cifuentes.

– Tu padre también tenía los ojos claros.

Estudió su reacción con la segunda andanada. Esta vez Antonio no logró guardar la compostura.

– ¿Has estado tomando, Elena? -preguntó con severidad.

Ella negó con un gesto sin bajar su mirada.

– Entonces ¿a qué viene esto? ¿Qué disparate estás insinuando? ¿Cuántos padres te has adjudicado ya? -exclamó enfadado y comenzando a pasear alrededor de ella.

– Solo quiero saber la verdad.

– ¡Ya la sabes!

– No. No la sé, pero tú sí, y no quieres contármela -le increpó enojada.

– ¡Basta! Empiezas a preocuparme seriamente.

– Dame una respuesta, dime que estoy en un error, que estoy loca por imaginar estas atrocidades…

Se acercó a ella, tomó su barbilla y le hizo volver el rostro hacia él. Pudo leer en sus ojos un destello de miedo, de vulnerabilidad, de desconfianza.

– Pero ¿quién te ha metido estas locuras en la cabeza?

– Nadie… Son intuiciones -mintió.

– Has tenido otro de esos sueños raros… -dijo suavizando el gesto-. Ahora lo entiendo.

Ella miraba al suelo sin intención de afirmar o negar. Antonio se inclinó sobre ella.

– Elena… -Su voz sonaba intranquila-. Estoy empezando a preocuparme… ¿Quieres platicar con alguien? Quizá un especialista podría ayudarte…

Ella alzó los ojos llenos de rabia.

– Hablaré con un loquero cuando tú hables conmigo de una vez.

Antonio emitió un suspiro de impaciencia y se separó de ella.

– ¿Hasta cuándo, Elena? ¿Cuándo vas a aparcar esa obsesión? Es tu sentimiento de culpa, ¿no es cierto?

– No tiene nada que ver con esto…

– Sí, está claro que tiene que ver. Has hecho el amor conmigo, te has planteado adquirir un compromiso y estás asustada; temes dar el gran salto y necesitas resucitar a tus fantasmas para acallar así los remordimientos.

– ¿Eso es lo que crees?

– Estoy seguro -afirmó rotundo.

– Antonio, ¿has sido siempre, siempre, siempre… sincero conmigo? -suplicó acercándose a él para mirarle a los ojos.

La respuesta no fue todo lo rápida que ella esperaba escuchar. Antonio se tomó unos segundos que no hicieron más que confirmar sus recelos hacia él.

– Te di mi palabra de que nunca, nunca, nunca… te haría daño, y la he cumplido.

Ella seguía mirándole fijamente y quedó callada.

– No has contestado. Esa no era la pregunta.

Antonio frunció el ceño en un gesto de impaciente malestar.

– He hecho todo lo que estaba en mi mano para ayudarte a seguir adelante, para protegerte, para hacerte feliz. Déjalo estar, te lo suplico. -Emitió un suspiro de cansancio.

Aquella respuesta significó una confesión para Elena. Ahora tenía la certeza de que nada era seguro y de que jamás sabría la verdad a través de Antonio.

– Yo confiaba en ti…

– Sigue haciéndolo -suplicó Antonio en un susurro.

Elena giró sobre sus talones y se dirigió a la puerta.

– ¿Adónde vas?

– A mi dormitorio. Hoy quiero estar sola -dijo sin volverse antes de traspasar el umbral y cerrar la puerta.

Antonio bramó una maldición y se volvió hacia el ventanal, preguntándose cómo Elena había conseguido averiguar que había algo más… porque había algo más… ¿Acaso tenía visiones, como insinuó Lucía el día que Elena acertó con el lugar de la muerte de su hija, incluso con el verdadero padre de esta? Se preparó una copa mientras paseaba por la habitación y meditaba sobre contarle o no toda la verdad antes de que ella lo averiguase a través de sus sorprendentes visiones.

Era muy temprano cuando Elena se despertó al oír movimientos en el dormitorio contiguo. Después oyó que su puerta se abría y los sigilosos pasos de Antonio acercándose a su cama. Esta vez no permaneció inmóvil como en otras ocasiones y se volvió hacia él. Sus miradas se cruzaron en la oscuridad.

– Te he despertado… Lo siento.

Antonio se sentó frente a ella sin atreverse a tocarla.

– Lamento lo de anoche. Ahora quiero que escuches esto: cuando regrese de Nueva York, tú y yo tendremos una importante conversación; debo contarte algunas cosas que sucedieron en el pasado. Hasta ahora no consideré necesario hacerlo, pero veo que me equivoqué…

– ¿Por qué no hablamos ahora?

– Es una larga historia y quiero hacerlo con calma. Pero ante todo debes estar completamente segura de una cosa: tú y yo no tenemos lazos familiares, de ninguna clase. ¿Me has entendido? No quiero que te mortifiques imaginando disparates como los que insinuaste anoche.

– ¿Y Agustín?

Antonio respiró profundamente y tardó en responder.

– A mi regreso hablaremos largamente de Agustín. Espero estar pronto de vuelta; me voy bastante intranquilo.

El otoño en Nueva York era una fiesta de luz por las calles. Los árboles de la Quinta Avenida se despedían burlones de sus hojas con una serpiente de luz enroscada alrededor de sus troncos que, cubiertos de minúsculas lámparas, iluminaban las calles y acogían a la muchedumbre multirracial que deambulaba diariamente por sus lados, donde se fundían y confundían lujosas pieles con chaquetones de poliéster y gorros de lana.

– Estoy cansado de este tiempo tan desapacible. Espero que mañana esté todo listo para la firma. Pienso pasar la semana próxima disfrutando del sol en Acapulco. -Antonio descendía de la limusina protegido por un largo abrigo de lana fría de color oscuro. Iba acompañado de Sebastián Melero y se dirigían al hotel Plaza.

– Nuestro equipo de abogados es minucioso y está estudiando la letra pequeña del contrato. Hay que ir con pies de plomo. Es una operación demasiado importante.

– Nunca pensé que podríamos hacernos con un sillón en el consejo de administración en la Wilson Corporation -dijo Antonio satisfecho.

– La transacción de la cadena hotelera ha supuesto unos dividendos impensables hasta hace unos meses, y ha salido redonda. Si el tribunal hubiese fallado contra la cadena Veracruz antes de la venta, todo se habría ido al infierno. Sin embargo, has conseguido hacerte un hueco en esta gigante multinacional.

– Todo gracias a ti, Sebastián. Valoro la lealtad y no olvido tu protagonismo en este acuerdo.

– Yo me limito a estar alerta para defender los intereses de mi presidente, a quien en los últimos tiempos encuentro muy relajado y feliz -dijo con una media sonrisa.

– Tienes razón. Mi vida ha cambiado, y también mis prioridades. Pronto aumentarán tus competencias en el holding. Voy a crear la figura de vicepresidente, y ese puesto es para ti. Quiero dedicar más tiempo a mi familia.

«Mi familia», suena bien, pensó.

– Gracias, Antonio. Me siento muy halagado por tu confianza y trataré de no defraudarte.

– Sé que lo harás muy bien. Por cierto, necesito que me hagas un favor -dijo frenando su paso hacia los ascensores-. Mañana voy a estar muy ocupado. Ve a Tiffany's y compra una joya muy cara.

– ¿Para cuándo la boda?

Antonio le miró con gesto pensativo.

– Pronto.

– ¿Me concederás el honor de ser tu padrino?

– Por supuesto. Contaba contigo para ese día -dijo animado.

Recordó, mientras accedía a la suite, la escena de la noche anterior a su partida. Elena le había suplicado ayuda y estaba arrepentido por no haber estado a la altura. Pero todo cambiaría al regreso. Iba a aclarar de una vez las dudas sobre su familia. Definitivamente iba a contarle toda la verdad, una verdad que había decidido silenciar con el propósito de protegerla de un episodio ruin del pasado, pero había acabado rindiéndose ante la evidencia de la inutilidad de aquella empresa. El pasado volvía una y otra vez, como las olas en un acantilado. Presentía que Elena conocería tarde o temprano la verdad que había ido a buscar, ya fuese a través de sus extraños sueños o por medio de algún fantasma.

Capítulo30

– ¡Por favor, no te vayas! ¡Soy Agustín González, tu hermano!

Elena detuvo su despavorida huida y se volvió para mirarle, reconociendo al instante el rostro de la foto que había despegado de la pared meses atrás. Aquel desconocido que decía ser su hermano vestía una camisa vieja y raída y un pantalón oscuro gastado por el uso.

– ¡Dios santo! ¿Eres tú realmente? -exclamó acercándose hasta quedar frente a él.

Elena se había trasladado a la hacienda al día siguiente de la partida de Antonio a Nueva York. Desde hacía varios días indagaba por los pueblos de los alrededores buscando datos, pruebas, recuerdos que pudieran desmentir o corroborar las afirmaciones del despreciable mensajero del museo. Lucía debía de conocer toda la verdad, pero no confiaba en su colaboración, después de la impresión que recibió cuando Elena lanzó aquel disparo a ciegas y acertó de puro azar con el padre de su hija, así que decidió no involucrarla en sus pesquisas.

En la primera conversación telefónica con Antonio, Elena percibió su desagrado al conocer que había regresado al campo sin consultarle, pero a ella no le importó: era un acto de rebeldía estar allí a solas, indagando sin obstáculos, recorriendo el lugar donde nació, sentándose a rememorar su infancia al abrigo de las hojas de su árbol preferido junto al río.

Aquella tarde se había acomodado en la terraza. Lucía apareció ante ella y, con semblante solemne y distante, le entregó el teléfono. Antonio la llamaba a diario desde Nueva York. Su tono era afable y cariñoso, declarándole su amor obsesivo y el deseo de reunirse pronto con ella, prometiéndole que todo cambiaría cuando regresara a México. Tras despedirse de él, se dirigió al salón para depositar el auricular en el soporte telefónico; entonces descubrió un pequeño papel escrito a mano junto al aparato:

Elena, ve al árbol de la diana.

Sonrió conmovida, intuyendo un nuevo detalle de Antonio para halagarla. Estaba segura de que había regresado ya y que la había llamado desde otro teléfono; quería sorprenderla y la citaba en el árbol de su infancia. Subió la escalera sintiendo que el corazón le latía con fuerza y se vistió para montar a su caballo favorito, con el que salió a galope arroyo arriba. No halló rastro del coche ni del caballo de Antonio, y se introdujo entre las ramas para esperarle. De repente dio un grito de pavor: un desconocido estaba agazapado tras el grueso tronco del árbol y salía a su encuentro.

– ¡Por favor, no te vayas, pequeña Lena, soy Agustín González, tu hermano! -exclamó con una triste mirada.

– ¿Eres tú realmente? -dijo Elena, frenando su brusca carrera al recordar de repente el cariñoso apodo que Agustín y los demás niños le dedicaban durante los juegos de infancia.

Avanzó despacio y se detuvo muy cerca de él, alzando la mano para acariciar su cara. Al fin se fundieron en un fuerte abrazo, emocionados y contagiados por el llanto.

– No sabes cuánto me dolió separarme de ti. Yo te cuidé desde que naciste, pero nunca creí que volvería a verte convertida en una damita tan elegante y bella. Valió la pena todo lo que mamá lloró por ti.

Se sentaron en el suelo, apoyados en el tronco y al abrigo de miradas extrañas gracias a la complicidad de las largas ramas que se mecían al compás del viento y les rodeaban como una frondosa cortina. Hablaron durante horas. Agustín quería conocer su vida en España, y Elena deseaba saber de su pasado en México. Le relató con detalle las trágicas muertes de su madre y de Andrés Cifuentes. Ella presentía que él no era el hombre violento que le habían descrito y por fin pudo confirmarlo: Agustín estaba en los establos cuando fue avisado con urgencia por una criada de que Trinidad había sufrido un accidente al caer por la escalera. Él corrió a socorrerla y la encontró en el suelo, agonizante. El cuerpo del amo yacía inconsciente al lado del pozo, en el patio, y un gran reguero de sangre brotaba de su cabeza; las criadas llegaron hasta ellos y comenzaron a gritar, acusándole de golpear al amo. En medio de aquella terrible confusión, Regina Gutiérrez le conminó a huir antes de ser apaleado allí mismo por una caterva de hombres enfurecidos. Corrió hacia el exterior, tropezando con los obreros que acudían a la llamada de la responsable de la mansión y escabulléndose por una salida que él conocía desde que era niño.

– Pero entonces ¿quién golpeó a Andrés Cifuentes?

– No lo sé. No fui yo, créeme. Él ya estaba muerto cuando llegué a la mansión.

– ¿Pudo ser alguien de la casa?

– Allí se recibían muchas visitas de compradores y criadores de ganado… Entraba y salía mucha gente…

– ¿Y mamá? ¿Qué le ocurrió? ¿Dónde está enterrada?

– No lo sé. Murió al día siguiente de su caída. Regina me dijo que no se pudo hacer nada por ella. Sus heridas eran mortales.

– ¿Por qué no me llamaste a España? Podría haberte ayudado.

– Salí huyendo con las manos vacías. He sobrevivido hasta ahora como un animal acosado, me buscan por todo el país, ya lo sabes… No podía comprometerte.

Agustín era un hombre resignado a su suerte, con un destino que no pudo esquivar. Elena fue conociéndole a través de su relato: le habló de las riñas que recibía de Trinidad en los momentos de rebeldía, cuando intentaba hacerle ver cuán afortunados eran por gozar de un techo donde vivir y un trabajo que les ennoblecía. Trinidad González tenía buenos sentimientos, era trabajadora y generosa, y nunca olvidó a su hija, aunque jamás se arrepintió de haber renunciado a ella. Se consolaba pensando en el excelente futuro que había conseguido para Elena, burlándose del destino que tenía dispuesto.

Elena no creía en el destino, pensaba que el mundo era fruto de casualidades. El futuro no estaba escrito, sino que se forjaba día a día y eran las decisiones individuales las que realmente marcaban el devenir de las personas. Pero ahora tenía dudas: su madre no quería que ella viviera en aquella hacienda, y en aquellos momentos estaba en el lugar que su estrella le marcó cuando nació. Se convenció de que su rumbo estaba ya trazado. Trinidad solo consiguió esquivarlo durante un tiempo, pero al final todo debía seguir su curso como estaba previsto desde su nacimiento.

Agustín sufrió por su ausencia, pero solo el tiempo y las amargas experiencias le hicieron ver lo acertada de aquella decisión. Estaba seguro de que allí habría caído en las garras del amo.

– ¿A qué te refieres cuando hablas de caer en las garras del amo?

– El amo golpeaba a sus empleados y forzaba a las mujeres, ya fuesen solteras o casadas.

– ¿Sabes si a mamá también la forzó?

– Claro que lo sé. Yo soy el resultado de sus desmanes…

– ¿Quieres decir…? ¿Tú eres…? -se calló, horrorizada.

– Soy su hijo bastardo.

Elena confirmó con horror las afirmaciones de Sergio Alcántara: Antonio Cifuentes no estaba dispuesto a compartir su herencia, no quería dejar ningún cabo suelto…

– ¿Y yo? ¿Quién es mi padre? -preguntó presa del pánico.

– Tu padre era un hombre bueno; se llamaba Rafael, yo le conocí. Te pareces mucho a él. Mamá y Rafael se casaron en secreto, me prometieron que nos iríamos lejos y que me daría su apellido, pero al poco tiempo sufrió un accidente y murió. Mamá estaba embarazada de ti y decidió enviarte con los padres de su difunto marido cuando ellos regresaron a España. Quería protegerte del amo.

– ¿Protegerme del amo?

– Don Andrés seguía persiguiéndola y no aceptó su matrimonio con otro hombre. Tú no le gustabas…

– Mamá fue amante de Andrés Cifuentes… -Enmudeció por un instante-. ¿Y su hijo estaba al corriente? -preguntó conmocionada.

– Claro. Él siempre ha conocido mi origen, por eso me persigue con tanta saña. No le agrada tener familiares de mi raza.

– ¿Él te acusó del asesinato?

– Sí. Obligó a mentir a las criadas y a algunos obreros que no habían visto nada. Consiguió que testificaran en mi contra.

– ¿Estaba en la hacienda ese día?

– No lo sé. Él venía poco, solo cuando organizaba alguna fiesta o tenía invitados. No mantenía una buena relación con su padre.

– Entonces ¿por qué ese ensañamiento contigo? Creí que le había afectado…

– ¿Afectado? -esbozó una triste sonrisa-. No creo que haya derramado una lágrima. Al contrario, debe de estar feliz porque ya puede manejar todas estas posesiones a su antojo.

– ¿Y tú? ¿Tenías buena relación con Andrés Cifuentes?

– Compruébalo tú misma -dijo volviéndose de espaldas y alzándose la camisa.

Elena observó con espanto unas cicatrices longitudinales que recorrían la piel de su hermano de un extremo a otro.

– ¿Te lo hizo él? -preguntó escandalizada-. ¿Por qué?

– Era su forma de hacerse respetar, como dueño de todos los que trabajaban aquí. Era una bestia -dijo con amargura.

Elena se sentía estafada.

Antonio le había mentido, optando por proteger a su padre y anteponiendo sus intereses a los de ella. Recordaba las evasivas respuestas cuando le preguntaba por su madre. Él conocía bien la relación de Andrés Cifuentes con ella, pero lo ocultó deliberadamente.

– ¿Y Antonio Cifuentes? ¿Es igual que su padre?

– No, él nunca ha utilizado la violencia, pero es soberbio y orgulloso; no permite que nadie le mire a los ojos ni le replique, exige obediencia y sumisión.

– ¿Alguna vez tuviste trato con él? ¿Habéis hablado de vuestro parentesco?

Agustín esbozó una amarga sonrisa.

– Todavía no has comprendido… Él es el amo y yo no soy nadie: un simple peón, un indio, un bastardo. Siempre me ignoró, incluso más que a cualquiera de los mozos empleados aquí. Jamás se rebajaría a dirigirme la palabra, y menos para hablarme de nuestro padre común. Abre los ojos, pequeña Lena, solo éramos siervos sin derechos, con la única obligación de trabajar para ellos.

– Pero esto no es el siglo pasado; ya no hay esclavos, estamos en los noventa…

– Aquí no; la ley está a su servicio. Ellos tienen el poder y disponen de él a su antojo.

– ¿Qué piensas hacer ahora?

– Voy a largarme al norte para intentar pasar la frontera hacia Estados Unidos.

– Toma -dijo quitándose de la muñeca un valioso brazalete de platino y diamantes en forma de zigzag. Era el primer regalo que recibió de Antonio-. Con esto podrás sobrevivir un tiempo.

– No puedo aceptar esta joya, no te busques problemas.

– No te preocupes por mí. Tengo que aclarar muchos asuntos con él -dijo dolida.

– No confíes en él, ten cuidado. Sé que obligó a Regina Gutiérrez a mentirte. Aquí las cosas no funcionan como en Europa. Es poderoso, puede hacerte mucho daño y quedar impune.

– Se ha burlado de mí -dijo con rabia-. No pienso quedarme de brazos cruzados y dejarme manejar como una estúpida. Me parece una ironía. Tú también eres su hermano, eres el único nexo en común entre él y yo. Sin embargo, estamos situados en orillas opuestas: él desea tu cabeza, mientras yo rezo para que consigas sobrevivir a esta fatalidad -dijo con una triste sonrisa-. Ya todo me da igual. Necesitaba verte, conocerte, hablar contigo; por fin se ha cumplido mi deseo. -Le abrazó con lágrimas en los ojos-. Llévate el brazalete. Si consigues llegar a Estados Unidos, házmelo saber.

– De acuerdo -dijo mientras se fundían en un fuerte abrazo-, mi pequeña Lena… Ojalá todo te vaya bonito en la vida…

Elena montó a su animal con la certeza de que nunca más volvería a verle. «El paso de la frontera es muy arriesgado y no todos lo logran», pensó. El camino hacia el norte era largo, los peligros acechaban… y la policía aún seguía tras sus pasos. Estaba emocionada por aquel encuentro, pero la decepción sufrida al descubrir la manipulación de que había sido objeto nublaba la satisfacción de haber aclarado su verdadero pasado. Todo se había desmoronado; había confiado ciegamente en un hombre que le había mentido…Ya no creía en él…

Una desagradable sorpresa la esperaba a su regreso a la mansión: el jefe de la Policía deseaba interrogarla, pues habían recibido información de que Agustín González había sido visto merodeando la finca. Ella le devolvió las mismas respuestas que en la central, negando cualquier contacto con él.

– ¿Usted cree que regresaría a la casa de su víctima? ¿Por qué habría de hacerlo? Correría un gran peligro…

– Quizá para contactar con la única persona que podría ayudarle: usted.

– Él y yo no nos conocemos. Jamás ayudaría a un asesino -dijo aparentando seguridad-. Además, ¿qué interés tendría yo para él?

– Dígamelo usted -demandó con mirada felina.

– Se lo diré: ninguno -respondió con indolencia-. Lo siento, pero se ha equivocado de persona.

– Está bien, disculpe las molestias. ¿Cuándo regresa el señor Cifuentes?

– Pronto, en unos días.

– Le ruego que le transmita mi deseo de entrevistarme con él en cuanto llegue.

– No se preocupe, le daré una puntual información de su visita, señor Flores.

Capítulo31

Tras un impaciente vuelo, el jet privado aterrizó en el aeropuerto internacional de Ciudad de México, donde el lujoso Mercedes le esperaba al pie de la escalerilla. Eran las seis de la tarde y Antonio Cifuentes ordenó al chófer dirigirse directamente hacia la finca. Estaba ansioso por reencontrarse con Elena.

– Señor, el jefe de la Policía llamó ayer. Necesita comunicarse con usted urgentemente -le informó su asistente personal.

– Entonces llámele y dígale que se reúna conmigo de inmediato.

– Buenas tardes, Manuel. Dígame qué novedades tiene para mí. -Estaban en el despacho de su palacete en el Distrito Federal.

– ¿Le ha informado la señorita Peralta sobre mi visita a la hacienda?

– No. Acabo de llegar de Estados Unidos y aún no la he visto ¿Hay alguna novedad?

– Agustín González ha sido detenido -dijo triunfante.

– ¡Vaya! Por fin le han atrapado. ¿Dónde se escondía esa alimaña?

– No va a creerlo, pero le cazamos dentro de su propiedad.

– ¿Qué?

– Recibimos una llamada. Alguien le vio merodear por la hacienda y nos adentramos ayudados por el capataz. Comenzamos a vigilar los movimientos de la señorita Peralta y ella misma nos condujo hasta él.

– ¿Ella se encontró con él? -preguntó lívido por la impresión.

El policía abrió un sobre y depositó una pulsera de diamantes sobre la mesa.

– ¿Es suya esta joya?

– Sí… sí, es de mi propiedad -respondió desconcertado.

– González la llevaba encima, dice que la ha robado. Le hemos interrogado con gran dureza, pero no conseguimos arrancarle una confesión que inculpe a la señorita Peralta. Dígame qué hacemos con ella.

– Manuel, olvídese de esta joya, y también de ella -ordenó tomando el brazalete con una mano y guardándolo en un bolsillo de la chaqueta-. Es un asunto privado y yo mismo voy a solucionarlo.

– Hay algo más. Ahora estamos seguros de que ella le ha estado encubriendo durante todo este tiempo.

– ¿En qué se basan para esa afirmación? -preguntó con estudiada calma.

– Estuvo aquí el verano pasado. Hemos revisado los vuelos procedentes de España de los dos últimos años. Elena Peralta llegó a Ciudad de México a primeros de julio y regresó a finales de agosto. Ella asegura que no le conoce, pero parece extraño que en dos meses de estancia en el país no tuvieran contacto, ¿no cree?

Antonio realizó auténticos esfuerzos por mantener la compostura ante el representante de la autoridad. Su primera reacción de sorpresa daba paso a una terrible furia.

– Olvídese de ella, Manuel. Yo me encargaré personalmente de que reciba su castigo. Ya he recuperado la joya, así que concéntrese en el asesino. El resto es asunto mío -ordenó con las mandíbulas contraídas.

– De acuerdo. Usted manda.

Al quedar solo comenzó a dar vueltas en el despacho como una fiera enjaulada.

– No, ella no -repetía incrédulo-. Ella no ha podido engañarme de este modo. Ella no… ella no…

Trató de recordar los últimos movimientos, sus últimas palabras… Había insinuado más de una vez la posibilidad de tomar partido por Agustín, le hablaba de los bellos recuerdos a su lado, incluso la oyó mencionar su nombre en sus sueños… ¡Estaba preparando el terreno…! Le había embaucado hasta ganar su confianza, hasta tenerle rendido a sus pies. Después comenzó la segunda parte de su plan: tenía que apoyarle desde dentro, utilizando artimañas para trasladarse a la hacienda. Ella siempre tuvo empeño en vivir allí, y ahora Antonio lo veía claro: era el único sitio donde podrían verse con libertad sin ser descubiertos. Agustín conocía todos los rincones, y ella esperó pacientemente a quedarse sola para reunirse con él y entregarle un fabuloso tesoro con el que comenzar una nueva vida…

– ¡Qué estúpido he sido! ¿Cómo no me di cuenta antes de esta farsa? -gritó indignado golpeando al aire.

Todo se había derrumbado de repente: sus vacaciones, su familia, su matrimonio, el deseo de un hogar, Elena… ¿Aún estaría en la finca…? No, seguro que ya se habría largado. Había cumplido su objetivo y no iba a esperar que él regresara para ofrecerle un cálido beso en la mejilla, como Judas. Estaría ya de vuelta en su país con un botín de joyas con el que viviría cómodamente. «¡Estúpido, imbécil!», se repetía una y otra vez. «¡Te han engañado!»

Tomó el teléfono y sintió que el pulso se le aceleraba al conocer que ella aún seguía en la hacienda. Salió conduciendo el coche sin control, ciego de ira. Jamás hubiera esperado una traición de Elena. La había idolatrado, nunca creyó que existiera una mujer tan extraordinaria, tan íntegra, tan inocente… tan astuta…

Se sintió ridículo. ¡Todo era mentira!

Ella había ido a México con un único objetivo: seducirle para ayudar a su hermano a escapar. Él le habría pedido ayuda después de asesinar a su padre. Todo parecía haber sido planeado con meticulosa premeditación. Sí, era un buen plan, digno de una mente preclara y ágil como la suya. Golpeó con fuerza el volante en un arranque de furia, ansioso por llegar a la hacienda para comprobar cómo le recibiría Elena. En aquellos momentos deseaba apretarle el cuello y verla morir allí mismo, de rodillas, ante él. Jamás había amado con tanta intensidad y jamás le habían humillado con tanta saña.

Unas luces le cegaron de repente. Giró con violencia el volante y se salió bruscamente de la calzada, logrando detener el coche antes de estrellarlo contra un gran árbol. Quedó quieto, en silencio, a oscuras. Debía estar sereno para meditar con frialdad, como lo haría ella. Tenía que desenmascararla y hacerla confesar, para después darle una lección que no olvidaría jamás. Arrancó de nuevo más calmado, y al llegar a la mansión se dirigió directamente al dormitorio. Estaba preparado para, fuesen cuales fueran sus argumentos, aseverar su traición. Esperaba súplicas, explicaciones, arrepentimiento, pero nada de aquello le haría cambiar la idea de infligirle el castigo más grande que jamás imaginaría recibir.

Elena estaba tumbada en el sofá con un libro abierto sobre su regazo y miraba hacia el techo pensativa mientras la sinfonía nº 41, Júpiter, de Mozart inundaba la estancia en un elevado volumen. Antonio apagó el aparato de música y se quedó en pie, quieto, analizando su reacción.

Ella volvió la cabeza y descubrió su silueta junto a la cama. Advirtió cómo escudriñaba cada uno de sus movimientos; era un cazador intentando discernir si la presa tenía intención de huir o pelear. Sintió mariposas en el estómago, pero esa vez no eran de alegría. Su intimidante mirada le indicó que ya estaba al corriente del encuentro con Agustín y se incorporó despacio, avanzando lentamente hacia él. Antonio aguardaba una reacción de miedo, que extrañamente no encontró; más bien parecía… ¿Reproche? Pero su decisión permanecía inconmovible, ejerciendo un férreo control sobre las emociones.

– Tengo algo que decirte -dijo Elena deteniéndose frente a él.

– ¿Y bien? -Antonio advirtió cómo ella respiraba con dificultad, aunque sin esquivar su mirada.

– He visto a mi hermano.

– ¿De veras? -contestó sin mostrar signos de sorpresa-. ¿Y dónde le has visto?

– Aquí, en la finca, en el árbol de la diana.

– ¿Cómo sabías que estaba allí? -La tensión podía palparse en el ambiente.

– Encontré una nota que me citaba allí.

– ¿Quién te la envió?

– No lo sé. Estaba junto al teléfono. Pensé que eras tú quien la había puesto para darme una sorpresa, pero le encontré a él.

– ¿Y qué pasó? -preguntó con las mandíbulas contraídas.

– Hemos estado hablando.

– ¿De qué? -preguntó apelando a toda su sangre fría para no estallar de furia.

– Del pasado, de mis padres… del tuyo… de ti…

– ¿Os habéis divertido mucho a mi costa? -masculló tratando de contener la rabia.

– No. Eres tú quien ha estado burlándose de mí todo este tiempo. Quiero que sepas que le he ayudado.

– ¿Cómo le has ayudado? -La ira blanqueaba sus nudillos, apretados los puños.

– Le di una de las joyas que me has regalado.

La indignación de Antonio aumentaba segundo a segundo al comprobar la frialdad con la que ella confesaba su traición sin ningún pudor.

– ¿Cuál? ¿Esta? -dijo extrayendo de su bolsillo el brazalete y arrojándolo sobre la cama-. ¿Es que no tienes vergüenza? -Al fin había estallado en un grito de rabia-. ¡Miserable! ¡Zorra! ¿Por quién me has tomado? ¿Creías que ibas a engañarme? ¿De quién partió la idea de embaucarme? No me lo digas. -Le apuntó con el dedo amenazante-. Sé que fuiste tú quien lo preparó todo. Eres muy lista. Me he dejado cazar por una mirada ingenua, pero encierras una mente fría y sin escrúpulos.

– ¿De qué estás hablando? -le increpó, desconcertada ante aquellas acusaciones-. Eres tú quien ha estado fingiendo todo este tiempo…

– ¡Todo era mentira! ¡Los extraños sueños, tus visiones…! Casi consigues convencerme. Fue él quien te preparó todos los escenarios, ¿verdad? Lo ocurrido en el establo, lo de esa niña… ¡Todo era un montaje! ¡Me has ridiculizado, me has mentido…! Has utilizado mis debilidades para conseguir tu objetivo ¡Pero vas a pagar cara tu osadía! ¡Nadie se burla de Antonio Cifuentes! -gritaba fuera de sí.

– ¿Tú sabes lo que pasó en el establo? -preguntó sobrecogida.

– ¡Sí, y tú también! Eres una excelente actriz, pero esta vez no has triunfado -masculló con desprecio acercándose peligrosamente a ella.

Elena trató de separarse, pero él se lanzó sobre ella lleno de ira y ciñó con rabia sus brazos.

– Piensa lo que quieras, porque no me arrepiento de lo que he hecho -exclamó ella con rencor.

– ¡Pues lo harás! ¡No vas a salir indemne de esto! ¡Te mataría aquí mismo con mis propias manos! -amenazó con los dientes apretados.

Pero Antonio no esperaba en absoluto escuchar las palabras que oyó a continuación…

– ¡Adelante, hazlo! Sigue la tradición familiar. El amo golpea y la india recibe…

– ¿Qué has dicho? -Quedó paralizado al escuchar aquello.

– Ya sé todo lo que pretendías ocultarme. ¡Tú sabías quién era el padre de Agustín! ¡Sabías quién era el hombre que maltrataba a mi madre…! ¡Era Andrés Cifuentes, tu padre! ¡Tú eres quien ha mentido desde el principio! -gritó ahora Elena.

– Ya entiendo… -dijo alejándose de ella-. Has venido para ajustar cuentas, ¿verdad? Visitaste México el año pasado y entablaste contacto con tu familia, me lo ha contado el jefe de la Policía. Lo preparaste todo para ayudarle a escapar. ¡Viniste a vengarte de mi familia! ¡Confiesa de una vez! -gritaba sacudiéndola de nuevo por los hombros.

– ¡No! ¡No es verdad! ¡Yo jamás te mentí! ¡Pero tú sí lo hiciste!

– No te creo, te he calado bien y sé hasta dónde eres capaz de llegar con tus enredos ¡Eres una farsante!

– ¡No! Yo he actuado con honestidad. No conocí toda la verdad hasta que hablé con Agustín. Y le he ayudado porque es inocente. ¡Él no mató a tu padre!

– ¡Mientes! ¡Mientes tú y miente él! Sois tal para cual. Él es un asesino y tú una impostora.

– ¡No! ¡Estás equivocado! -Su voz temblaba entre lágrimas.

– ¿Merecía él tu lealtad más que yo, que te lo he dado todo? -reprochó con dolor-. ¡Tramposa! Eres una ramera… Me haces creer que eres débil, pero no es cierto.

– ¡Yo jamás te traicioné! ¡Fuiste tú quien mintió…! -Pero él ya no la escuchaba.

– ¡Esto no ha acabado aún! -Salió dando un portazo.

Había aflorado en él el lado oscuro que se agazapaba bajo el rostro de hombre enamorado. De nuevo estaba en sus manos, pero en peores condiciones que el día de la llegada, porque ahora era ella el blanco de su venganza. ¿Y Agustín? ¿Qué suerte habría corrido? Antonio había recuperado el brazalete, luego ya habían estado frente a frente… Probablemente los sicarios contratados para cazarle habían realizado ya su trabajo.

Sobre la mesa del salón descansaban dos botellas vacías de tequila. Antonio estaba tumbado en el sofá, mirando la lámpara del techo, repasando una a una las cuentas de cristal y reprochándose a sí mismo cómo pudo ser tan cándido, cómo pudo creer en sus palabras, en su amor. No. Las mujeres así no existían. ¿Cómo pudo pensar que sí? Era una cínica, acababa de comprobarlo: vino dispuesto a censurar la deslealtad que había cometido y ella se atrevió a reprobar su conducta… La rabia regresó y le hizo incorporarse como un resorte, encaminándose otra vez a su dormitorio.

– ¡Desnúdate, india, ha llegado el patrón! -gritó acercándose con pasos tambaleantes.

– Antonio, estás bebido. Por favor vete a dormir, déjame sola -suplicó Elena al observar, aterrorizada, la rabia que desprendían sus ojos.

Antonio se abalanzó en la cama sobre ella. Elena forcejeó con fuerza para deshacerse de él, pero todo fue inútil: le había inmovilizado las manos sobre la cabeza, aprisionándola bajo su pesado cuerpo.

– ¿Quieres que te haga el amor? ¡Vamos, empieza a gemir, finge como lo hiciste la otra noche! ¡Embustera, zorra…!

– Eres un indeseable, como tu padre -masculló con desprecio, inmovilizada en el lecho.

Aquel insulto le derribó otra vez, dejándole paralizado.

– Yo no soy como él -balbució incorporándose despacio hasta quedar en posición erguida-. Yo no soy como él -repitió, mientras abandonaba la habitación con paso lento y fatigado.

Elena abrió con esfuerzo el portón principal de la casa y salió. Un soplo de aire frío vino a su encuentro. Todo estaba oscuro, apenas iluminado el muro principal por dos grandes farolas de hierro macizo que colgaban sobre la gran puerta de entrada. Con paso vacilante comenzó a caminar en la oscuridad sin rumbo definido. Se sentía atropellada, decepcionada por el hombre que días antes le había jurado amor eterno y al que correspondió con honestidad. Era él el impostor, y no ella. Era él el embustero, quien había tratado por los medios más execrables de convencerla de la maldad de su abuelo, un hombre al que ella había respetado y amado durante toda su vida. Antonio era un ser sin conciencia, un farsante que no había tenido escrúpulos para obligar a mentir a las sirvientas con el fin de salvaguardar el honor de su propio padre.

Una fina lluvia vino a humedecer la fresca madrugada. En su aturdida caminata llegó a perder la orientación al descubrir que las luces del gran portón habían desaparecido de su vista. La lluvia caía imparable y le empapaba las ropas y el cabello, que cada vez se hacían más pesados sobre su cuerpo mientras miles de gotas rodaban por su rostro. Sintió cómo sus pies resbalaban sobre el fango y el agua la cubrió hasta las rodillas. Advirtió entonces que estaba junto al río y giró hacia el norte; al fin divisó el árbol de la diana, su hogar. Allí se arrodilló entre lágrimas bajo las ramas, gritando de dolor y rabia hasta desfallecer e invocando a su madre. Estaba calada hasta el alma y tiritando de frío en aquel viejo tronco que formaba una hendidura y la recibía como si de un trono se tratara. Las ramas colgantes la protegieron de la lluvia y se sintió reconfortada en aquel lugar de su infancia. Agustín y sus amigos jugaban cerca de ella y su madre le insuflaba una cálida brisa desde el más allá. Cerró los ojos y sintió que traspasaba el espejo.

¡En casa de nuevo!

Su abuela Isabel cosía un precioso vestido y José hacía un solitario con las cartas. Estaban en el patio, bajo la sombra de un centenario limonero. Elena leía un libro sentada en una mecedora junto a ellos y planeaba su futuro ideal: una vida tranquila y feliz junto a un hombre bueno con el que compartirla. Deseaba dar a sus hijos lo que ella nunca tuvo: alguien a quien llamar papá y mamá. Nunca había sido ambiciosa y jamás había pedido más de lo que ya tenía; se conformaba con aquel presente y rezaba para que durase eternamente.

Capítulo32

Antonio despertó tirado en el sofá con una fuerte resaca. Sentía un punzante puñal clavado en lo más hondo de su orgullo que le impedía pensar, hablar, levantarse. «¡Mentirosa!» La furia no se había apagado después de varios litros de alcohol. Aún se moría de ganas de verla, aunque fuese para insultarla de nuevo, pero necesitaba verla de nuevo. Subió despacio, recordando y repitiendo en su memoria los reproches que Elena le había dedicado. Se introdujo en su habitación, pero la cama estaba vacía y comenzó a gritar su nombre por toda la casa como un poseso.

El sol empezaba a descender tras las montañas cuando Elena sintió una fuerte presión en los brazos; al abrir los ojos topó con los de Antonio, inclinado frente a ella. Instintivamente protegió su rostro con las manos.

– ¡Dios! Llevo horas buscándote, estás empapada -dijo despojándose de su cazadora de piel y cubriéndola con ella-. Vamos a casa -ordenó, ayudándola a levantarse.

Recorrieron el trayecto en un tenso silencio; Elena tiritaba de frío. Iba a descender del coche cuando sintió que él sujetaba su brazo para impedirlo.

– Anoche perdí el control; bebí demasiado. Lo siento -dijo arrepentido.

Ella ignoró sus palabras y abrió la puerta, pero él la retuvo.

– Dime que todo era cierto, dime que me quieres. Necesito creerte… -Su voz era la de un hombre vencido, ansioso por aceptar cualquier explicación.

– Ahora soy yo quien no te cree -respondió Elena con mirada de reproche.

La había manipulado sin contemplaciones, induciéndola a creer falsedades que nunca había aclarado y silenciando unos episodios vergonzosos y crueles. Él no la creyó la noche anterior cuando intentó aclararle su encuentro con Agustín, y ella no tenía intención de sacarle de su error. Que pensara lo que le viniera en gana. Jamás volvería a rebajarse ante él.

– Te odio -continuó con rencor-. Nunca más volveré a confiar en ti. No me arrepiento de lo que hice. Espero que tú sí. -Se soltó con rabia de su brazo, saliendo con la cabeza erguida y paso firme hacia el interior de la casa.

Durante su primer matrimonio, Antonio había instalado en la casa de la capital un circuito de grabación de todas las llamadas telefónicas. Colocó otro similar en el despacho de la hacienda al poco de heredarla. Nada ni nadie escapaba a su control. Su esposa le engañó, y él tenía archivos sonoros y fotográficos de todos sus pecados. Ahora se disponía a descubrir las traiciones de Elena. Sentado en la mesa de madera labrada comenzó a escuchar todas las llamadas generadas durante su ausencia, pero solo halló las que él mismo realizó desde Nueva York. Prestó atención a la del día anterior a su regreso: su voz sonaba diferente y se escuchó a sí mismo interesándose por ella, pues la sentía extraña y su conversación era fría y cortante; ahora conocía el motivo.

Pero su confusión aumentaba por momentos. Ella le había traicionado, le había mentido sobre la relación con su hermano, y sin embargo… Le había parecido sincera. En su aturdimiento trató de recordar las veces que hablaron acerca de su familia: en una ocasión ella le preguntó cómo era su madre. ¿Acaso no la conocía? Y las confidencias con Regina Gutiérrez los primeros días… Estaba dolida por haber sido abandonada. ¿No lo había hablado con Trinidad cuando la había visitado el año anterior? ¿Y su posterior entrevista con la sirvienta? Parecía haber creído todo lo que ella le contó, pero después volvió a la carga con sus dudas… ¿Conocía ya la verdad y fingió aceptar sus explicaciones? ¿Le estaba poniendo a prueba? Y la foto de su hermano… Elena no le reconoció en los carteles de la calle el día que salieron a cenar… ¿Habría mentido? Antonio no creía la historia de la nota escrita que dijo haber hallado para acudir a la cita, pero entonces ¿cómo contactaron? ¿Recibió ayuda en la hacienda? Imposible. Todos los sirvientes eran nuevos, excepto Lucía. Ninguno conocía a Elena ni a su hermano.

La incertidumbre comenzaba a minar su entendimiento. Tenía que desentrañar los motivos de su llegada a la finca, tenía que saber qué había averiguado, tenía que saber para qué había visitado México el año anterior.

– Disculpe, don Antonio. -Era Lucía desde la puerta del despacho-. La señora no se encuentra bien, creo que debería llamar al médico. Tiene mucha fiebre.

– Llámele inmediatamente -ordenó dirigiéndose apresuradamente al dormitorio.

Se sentó en la cama y la contempló de cerca, dormida, pálida. Se sintió abatido al verla tan vulnerable. Estaba unido a ella para siempre, a pesar de sus recelos. ¿Realmente había ido a la hacienda para vengarse? Ya no estaba tan seguro. Y si lo había planeado todo, ¿por qué no se había marchado después de ayudar a escapar a Agustín González? ¿Se había quedado solo para censurar su conducta? ¿Acaso esperaba convencerle de su inocencia? La duda estaba allí, extendida como un manto oscuro que cubría todo su entendimiento.

Había vuelto a ofenderla. Estaba arrepentido y reprimía el deseo de arrodillarse ante ella para suplicarle perdón… Pero debía controlar sus emociones. Él no era un hombre débil que se dejara llevar por un sentimiento, por mucho que este le atormentara.

Se acercó y posó sobre su frente una gasa húmeda para tratar de bajar la fiebre y advirtió que Elena se estremecía con aquel frío contacto abriendo los ojos, vidriosos y apagados, con la mirada desorientada.

– Estás aquí -murmuró Elena de forma imperceptible-. Tú también estás aquí. -Alargó su mano para tomar la de Antonio; él la asió con fuerza-. No has podido escapar… Ellos lo consiguieron al fin, acabaron con todos nosotros… -Una lágrima se deslizaba por su sien-. Al fin estamos juntos para siempre… papá, mamá, tú y yo… para siempre… -De repente sus ojos se cerraron y la mano perdió fuerza, regresando a la negra oscuridad, desde donde escuchó voces lejanas, lamentos desesperados sobre ella, fuertes brazos que la sacudían gritando su nombre…

No supo precisar cuánto tiempo estuvo dormida. En su estado el tiempo no contaba. Sentía dolor de garganta, de oídos, respiraba con dificultad, recordaba en una nebulosa el rostro de un desconocido sobre ella, auscultando su pecho y pinchando sus brazos. Despertó del profundo sueño para comprobar que todo era difuso y movedizo, como un paisaje a través de la niebla. En un estado semiinconsciente sentía que alguien tomaba su mano, acariciaba su frente, las mejillas, dibujaba su boca con el dedo. Al abrir los ojos reconoció aquella oscura mirada.

– Hola, ¿cómo te encuentras? -preguntó Antonio sobre ella.

– Muy cansada -respondió en un hilo de voz.

– La fiebre ha remitido y el médico dice que en unos días podrás volver a la normalidad.

– Quiero regresar a casa, a España. -Una lágrima descendió despacio y él la recogió con sus dedos.

– Vamos, no te fatigues, pronto estarás recuperada -respondió besando su frente.

Volvió a cerrar los ojos sin aliento para replicar.

Durante varios días siguió en cama. Antonio la visitaba cada tarde al regreso de la capital; era amable y correcto, pero se había instalado en el dormitorio contiguo y de aquel amor que se habían profesado hasta la irrupción de Agustín en sus vidas no quedaba rastro.

Elena dejó la cama a los pocos días y se esforzó en recuperar sus energías, con la firme decisión de salir adelante. Nuevos sentimientos latían en su interior y su rebeldía crecía a diario; el rencor hacia Antonio y la pena por la pérdida de su hermano estimulaban las ansias de seguir luchando y plantar cara. «¡Qué estúpida eres! -se decía-. ¡Jamás volverán a burlarse de ti!»

El dolor de oídos le invadía los huecos de la cabeza. Una mujer de mediana edad, delgada y eficiente, se había convertido en una sombra inseparable durante aquellos días, vigilando su recuperación y administrándole fármacos.

– Por favor, deme un analgésico y deje el bote de en mi mesilla; no quiero molestarla cada vez que los necesite.

– Lo siento, señora, pero tengo instrucciones del señor Cifuentes. No puedo dejarle aquí los medicamentos.

– ¿Y qué más instrucciones le ha dado?

– Quiere una puntual información sobre su estado a diario.

Deslizándose entre las cortinas, los últimos destellos del sol se despedían sobre los colores pálidos del sillón donde descansaba junto a la cristalera. Oyó la puerta y divisó la silueta de Antonio acercándose.

– Hola. Veo que te has levantado. La enfermera dice que te vas recuperando muy bien… -saludó con amabilidad sentándose frente a ella.

– Estoy mejor, gracias -dijo respondiendo a su interés pero sin mirarle.

– Me alegro. Voy a estar unos días fuera del país. Espero hallarte totalmente restablecida cuando regrese.

– Es posible -respondió con indiferencia.

Un incómodo silencio se extendió en la penumbra de la habitación.

– Es hora ya de que tengamos una conversación…

– Sí. Me debes algunas explicaciones.

– Siempre tan testaruda y provocadora… -dijo resignado moviendo la cabeza.

– Sé que no tienes costumbre de recibir respuestas inapropiadas, pero no tengo nada que contarte, siempre he sido sincera contigo.

– ¿Y cómo explicas tu viaje a este país el año pasado? ¿Vas a decirme que nunca estuviste aquí?

– Te dije el día de mi llegada que no conocía la capital, recuérdalo bien. Sí, estuve en México el verano pasado, pero nunca visité el Distrito Federal.

– Pero viniste a la hacienda -afirmó, esperando su reacción.

– Jamás había estado aquí -respondió con firmeza.

– No te creo… -replicó presionándola un poco más.

Ella le miró y bajó la cabeza, derrotada.

– ¿Crees que voy a pasarme toda la vida dándote explicaciones? Pues no. Esto es cuestión de fe: la tienes o no la tienes. No tengo más que decir.

– ¿Cómo me pides que tenga fe en ti? Has estado mintiéndome desde que llegaste. Ya no sé quién eres…

– ¡Yo jamás te he mentido! -replicó con vehemencia-. Pero tú sí lo hiciste. Confié en ti, salté al vacío hacia tus brazos esperando ser acogida entre ellos, pero me fallaste y fui a darme de bruces contra el suelo. Intentas responsabilizarme de unas faltas que no he cometido. Pues bien: no me avergüenzo de nada de lo que hice, pasado y presente, y si no apruebas mi comportamiento, terminemos de una vez y deja de atormentarme.

– ¿Acaso eres tú la única que vive atormentada? -bramó poniéndose en pie-. ¿Crees que puedo dormir tranquilo sin saber por qué estás aquí y para qué entraste en mi vida?

– Ojala yo tuviera esa respuesta. Vine a averiguar mis raíces y no hallé más que los obstáculos que tú colocaste para impedir que conociera la vergonzosa conducta de tu padre.

Antonio bajó los ojos, noqueado por aquellas duras palabras.

– No podemos elegir a nuestros padres. Son ellos los que deciden; solo nos queda aceptar sus pecados.

– Aceptarlos y encubrirlos, recurriendo incluso al engaño.

De nuevo sus ojos se cruzaron en silencio. Después Antonio abandonó la sala.

Al día siguiente partió temprano. Pero antes entró a verla. Estaba profundamente dormida y se acercó para arroparla. Elena despertó sobresaltada mientras la cubría con la colcha. Antonio se inclinó hasta quedar sentado en la cama y acercó su rostro al de ella, dirigiéndole una entrañable mirada despojada de resentimiento; primero apuntó a sus ojos, después a sus labios… Fue un momento mágico, volvían a ser ellos mismos envueltos en un profundo amor. De repente él se irguió bruscamente, abandonando la estancia sin dedicarle una palabra. Elena había presentido que su relación iba a ser una montaña rusa, y en aquellos momentos estaban descendiendo a velocidad de vértigo. El orgullo herido se había instalado entre los dos, impidiendo una equilibrada reconciliación.

Durante varios días estuvo sola en la gran casa. Se sentía en un ambiente hostil, una exiliada en aquel hogar que ya no era suyo, y el punzante filo del desamparo le desgarraba el alma. Nada de lo que allí había le pertenecía, ni siquiera se vestía con la ropa que él le había regalado. Era una intrusa habitando una propiedad ajena, oprimida entre un presente que se había tornado cruel y un pasado desconcertante que la había vapuleado al intentar recuperarlo. Se había convertido en una víctima, en un daño colateral de la feroz contienda que se había librado, donde un ser inocente había perdido la vida llevándose para siempre el único testimonio de un pasado cruel y despiadado. Pero el vencedor y verdugo pertenecía al presente, y le tenía presente, y pronto se convertiría en pasado. Ella misma iba a convertirse en pasado para él. Nada la retenía en aquel país: su familia ya no existía y el hombre que prometió amarla eternamente la había decepcionado. Se acurrucó en el sofá y lloró con amargura añorando la cercanía de un ser querido. Jamás había estado tan sola, sin una mano que estrechar, ni un cuerpo que abrazar, sin nadie con quien hablar. Todos la habían abandonado. Pensó que era ya tiempo de regresar a casa y retomar su vida.

– Señora, es don Antonio desde Chicago. Desea hablar con usted. -Una criada irrumpió en el dormitorio con el teléfono inalámbrico.

– Dígale que estoy dormida -respondió sin hacer ademán de tomarlo.

La mujer quedó con la mano suspendida en el aire, desconcertada. Por un momento no supo qué hacer con el aparato, al que miraba alternándolo con los ojos de Elena. Por fin salió de la estancia y decidió llevárselo al oído.

– Don Antonio…

– Lo he escuchado, no se moleste.

Capítulo33

Antonio regresó una semana después. Desde la ventana del dormitorio Elena le vio descender del coche, pero no venía solo, sino acompañado de una figura de escasa estatura. Esperó su visita y sintió mariposas en el estómago cuando oyó sus pasos en la habitación.

– Hola. ¿Cómo te encuentras? -preguntó Antonio mientras se acercaba seguido de un niño de cabello castaño y ojos marrones.

– Bastante bien. Gracias.

– Ven, Ramiro. Quiero presentarte a Elena.

– Es un placer conocerte, Elena -dijo extendiendo su mano en un gracioso gesto.

– Para mí también, Ramiro. Te pareces mucho a tu padre.

– Eso dice todo el mundo -respondió inocentemente el pequeño, provocando la sonrisa de los dos-. Papá, ¿puedo ir a montar el poni? -preguntó impaciente.

– Claro que sí -dijo sonriendo-. Ahora ve a tu cuarto y ayuda a deshacer las maletas.

– ¿Tiene vacaciones en el colegio?

– Sí, pero ya no volverá al internado. Vivirá en casa.

– Me alegro por él… y por ti -dijo con sinceridad.

– ¿Te preocupa mi bienestar? -preguntó Antonio con cierta ironía.

– Todos buscamos la felicidad. Espero que la encuentres al lado de tu hijo.

– Yo creí encontrarla, pero me engañaron.

– A mí también. Pero ya no importa. -Le miró sin reproche-. Me marcho, Antonio. Regreso a España dentro de unos días.

– No puedes. Parece que no eres consciente de tu situación legal.

– ¿Mi situación legal? ¿Qué quieres decir?

– Ya no eres una simple sospechosa de encubrimiento. La policía tiene pruebas contra ti. Te siguieron cuando te reuniste con Agustín y le entregaste el brazalete. En estos momentos deberías estar en prisión…

– Pero… Creí que todo había acabado…

– Nada ha acabado.

La miró unos instantes sin recibir respuesta; después se marchó por donde había venido. Elena jamás iría a la cárcel, estaba libre de cargos. Él consiguió evitar su implicación sobornando al jefe de la Policía. Pero no podía dejarla marchar, aunque para ello tuviera que utilizar otra nueva argucia.

Aquella noche Elena se acostó temprano; pero apenas cerró los ojos, su atormentada mente se rebeló, enviándola a un pozo oscuro de incertidumbres y miedos. Creyó engañar a aquellas pesadillas trasladándose al sofá, convenciéndose a sí misma de que dormía. Allí yacía acurrucada cuando oyó los familiares pasos de Antonio acercándose a medianoche. Le sintió muy cerca mientras la cubría con una manta cuidadosamente para no despertarla, pero ella no pudo evitar un estremecimiento al sentir su proximidad.

– ¿Por qué no duermes en la cama? -preguntó sentándose frente a ella al comprobar que estaba despierta.

Ella no respondió inmediatamente.

– Porque tengo pesadillas -dijo sin volverse-. Aquí mi sueño es más ligero y puedo despertar antes de que comiencen.

– ¿Piensas evitarlas quedándote en vela durante la noche? Necesitas un médico -dijo moviendo la cabeza con preocupación.

– Ya me ha visto uno.

– Otra clase de médico.

– Tienes razón, necesito uno especial -le dijo volviéndose hacia él-. Deberías internarme en un centro psiquiátrico; así podrías cumplir tu venganza y yo por fin me libraría de ti.

– ¿Y por qué no te marchaste si deseabas librarte de mí? -preguntó dolido.

– Yo quería estar contigo…

– Por supuesto. ¿Con quién ibas a vivir mejor que con el imbécil que prometía dártelo todo? ¿Creíste que no iba a enterarme de la conspiración que habías fraguado?

– ¡No había ninguna conspiración! Yo misma te hablé de mi encuentro con Agustín, nunca pensé ocultártelo…

– ¿Y pretendías que lo aceptara sin más?

– Estaba tan indignada que no sentí remordimiento al entregarle la joya. Al contrario, era un deber ayudar a alguien a quien tú habías tratado injustamente. Me manipulaste como a una idiota, te supliqué mil veces la verdad, y mil veces me la negaste. Yo también tengo derecho a enfadarme -le dijo con rabia.

– ¡Tú ya no tienes derechos! -dijo enojado-. ¡Los perdiste todos!

Se miraron en un retador silencio.

– Debí marcharme con él. Parece que siempre tomo las decisiones equivocadas -dijo derrotada.

– Esta vez acertaste, princesa -dijo sarcástico-. Si lo hubieras hecho, ahora estarías haciéndole compañía.

– ¿Por qué no terminaste el trabajo? Debiste pagar a los hombres que le mataron para acabar para siempre con esta familia de perdedores.

– ¡Yo no soy un asesino! -gritó fuera de sí.

– Agustín tampoco lo era. Él no mató a tu padre.

– ¡Mientes!

– Yo le creí, sé que decía la verdad. Ahora está muerto, pero tú pagarás por esto algún día. ¡Te juro por Dios que lo pagarás bien caro! -amenazó con vehemencia.

– ¡Él no está muerto! -exclamó poniéndose en pie, exasperado por sus acusaciones.

Elena dio un brinco en el sofá y también se levantó.

– ¿Qué estás diciendo? ¿Agustín vive?

– Sí. Está vivo, pero esta vez no podrás ayudarle -dijo con insolencia dándole la espalda, sin intención de aclararle nada más.

Pero Elena no se rindió y fue tras él.

– Antonio, te lo suplico… Dime dónde está… necesito saberlo.

Se volvió en el umbral de la puerta común, escrutándola con una inquisitiva mirada.

– Está preso en la cárcel. Y si tú no estás a su lado, me lo debes a mí.

Después cerró la puerta y la dejó sola.

Tras unos segundos de reflexión, Elena se armó de valor; tenía que ayudar a Agustín, era su deber, su conciencia se lo exigía. Abrió la puerta y asomó su cabeza en la habitación contigua. Él estaba de espaldas y giró sobre sus pasos. Sus miradas se cruzaron y Elena se arrepintió enseguida de su atrevimiento.

– ¿Qué ocurre? -preguntó con frialdad deteniéndose frente a ella y mirándola fijamente.

– Antonio…Tú tienes mi dinero y los cheques de viaje… Quiero contratar un buen abogado para su defensa…

Se había lanzado al vacío; a fin de cuentas: ¿qué más podía perder?

– ¿Quieres provocarme?

– No. Tengo que obrar según mi conciencia y debo ayudarle…

– ¿Qué te dijo tu conciencia cuando me traicionaste? ¡Dios! ¡Qué ciego he estado! -dijo dándole la espalda enfurecido.

– ¡Yo no te he traicionado! -exclamó con firmeza-. Si hubiese tenido mi dinero, jamás le habría dado aquella joya. Esperaba tu comprensión…

– Vaya, me crees muy tolerante ¿O más bien un estúpido?

Elena le miró fijamente y recuperó su dignidad.

– Yo ya no creo nada, porque no creo en ti. Eres tú quien tiene mucho que explicar y aún no lo ha hecho.

Le dio la espalda dirigiéndose hacia la puerta, pero se resistía a darse por vencida y volvió a la carga por última vez.

– ¿Me devolverás los cheques?

– ¡No! ¡Que se pudra en el infierno! -masculló con rencor.

Elena regresó a su estancia con paso inseguro. Su corazón latía desbocado y una fuerte opresión en el pecho le impedía respirar con normalidad. La sensación de ahogo seguía aumentando y el esfuerzo para tomar aire le provocaba náuseas. Se dirigió hacia la ventana apenas sin aliento. La temperatura nocturna había bajado bruscamente y la corriente de aire frío la hizo estremecerse, pero siguió inmóvil observando la negra oscuridad, tratando de llenar sus pulmones.

– ¡Cierra esa puerta! ¿Es que quieres tener una recaída? -Elena se estremeció al escuchar su voz tras ella.

– Necesitaba tomar un poco de aire -dijo mientras obedecía.

Sentía la presencia de Antonio en su espalda, pero no quiso elevar la vista para enfrentarse de nuevo a él. Se dirigió a su cama, apoyándose en uno de los barrotes que sostenían el baldaquín.

– ¿Qué te ocurre? -preguntó acercándose por detrás al observar que caminaba con paso inseguro.

– Me cuesta respirar. Tengo una fuerte opresión aquí -dijo colocándose la mano bajo el cuello mientras se sentaba en la cama.

– Espera un momento -dijo saliendo por la puerta común.

Antonio regresó con una botella de licor y llenó un vaso.

– Tómalo de un trago.

– No me gusta el alcohol.

– Hazte a la idea de que es una medicina.

Ella obedeció y bebió sin respirar, finalizando con una mueca de asco.

Después la ayudó a tenderse, arropándola con cuidado. Se sentó sobre la cama y posó sus ojos sobre ella. Recorrió sus manos, subió hacia el pecho, el cuello… y se detuvo demasiado en sus labios, reprimiendo el impulso de abalanzarse sobre ella y poseerla hasta quedar sin aliento. Desvió por fin su mirada, cerrando los puños con fuerza e incorporándose antes de perder la voluntad.

– Ahora intenta dormir -dijo mientras se levantaba y abandonaba la estancia.

Capítulo34

Elena inició unos tímidos paseos por los alrededores de la casa. Deseaba profundizar en la relación que había mantenido Lucía con su abuelo, pero apreciaba en su hermética frialdad una sensación de temor hacia ella, a quien atribuía poderes mentales cuando solo eran simples recuerdos de infancia. Trató de acercarse con amabilidad a su hostil mirada, cuyos ojos grises como el acero la vigilaban con desconfianza, y decidió que podía aprovechar aquellos recelos para seguir dando golpes a ciegas y obtener más información.

– Lucía, perdone mi curiosidad. -Estaban en la terraza posterior de la casa, junto a la piscina-. ¿A qué edad murió su hija?

– Tenía diecisiete años, señora -respondió con sequedad.

– ¿Mi abuelo… se enteró de su muerte? -preguntó con delicadeza.

– Él nunca supo que tenía una hija. Lo nuestro no fue una historia de amor como imagina. Le conocí por primera vez cuando se entrevistó con don Andrés para ofrecerle sus trabajos. Yo tenía casi treinta años. Entablamos una sincera amistad durante aquellas visitas y yo… Me enamoré de él. Sabía que estaba casado… -Calló, pensativa-. Pero nunca fui correspondida.

– Pero… él venía a visitar a Yolanda… -insistió Elena.

– No, señora. Después de nuestro primer encuentro íntimo, se despidió para siempre. Amaba a su mujer y estaba arrepentido por aquella infidelidad. A partir de aquel momento envió a su hijo a negociar con don Andrés y nunca más volví a verle. De esa forma su padre conoció a Trinidad…

– ¿Entonces…? -Elena calló de repente.

¿Quién era el hombre que ella veía en sus sueños con aquella niña…? ¡No era José Peralta! ¡Los sueños la habían confundido otra vez! Sin pretenderlo había llegado a descubrir, por puro azar, el secreto mejor guardado de aquella atormentada mujer. Comprendió entonces la profunda conmoción que sufrió cuando lo sacó a la luz.

– Andrés Cifuentes… ¿sabía quién era el padre de Yolanda? -preguntó con sutileza.

– No, señora. Nadie lo supo nunca hasta que llegó usted.

– ¿Ni siquiera mi madre?

– Ni siquiera Trinidad. Todos pensaron que era hija del patrón. -La miró con frialdad-. Creo que usted ya ha sabido de su reputación.

– Sí, mi hermano me habló de él. De todas formas Andrés Cifuentes apreciaba a Yolanda, mucho más que a mí -afirmó con naturalidad.

– ¿Por qué dice eso? -preguntó con turbación la empleada.

Ella le devolvió una mirada ingenua.

– No sé, es una percepción infantil. Yo recuerdo que era amable con ella. -Elena decidió omitir que era a su abuelo a quien creía ver junto a la pequeña-. También sé que yo no le gustaba. Le molestó mucho que mi madre se enamorase de mi padre. Tengo la intuición de que Andrés Cifuentes intentó… hacerme daño.

– ¡Señora! ¡Por favor! ¡No siga diciendo esas cosas! -exclamó alterada la sirvienta.

Elena intuyó que había topado con algo y se concentró para el siguiente abordaje.

– Lucía, usted y yo sabemos lo que pasó en los viejos establos hace muchos años… -se había marcado un farol.

La sirvienta se detuvo en seco y le dirigió la mirada más espantada que jamás había visto.

– ¿Qué quiere decir? -preguntó atemorizada, recordando las órdenes de su señor de no referir jamás a Elena ningún hecho concerniente al pasado-. Yo no sé nada, no puedo contarle nada -continuó, caminando hacia la casa a grandes zancadas.

Otra carga de profundidad había sido lanzada. Elena sabía que el establo guardaba un gran secreto y se proponía dar con él.

– Por favor, Lucía, tranquilícese, solo quería comentar con usted lo que ocurrió allí. Yo recuerdo…

– ¡Usted no puede recordar nada! ¡Usted no había nacido! ¡Aléjese de mí! -gritó fuera de control y huyó hacia el interior de la casa.

Aquella tarde, Elena reconoció la silueta de Antonio junto al gran portón de la entrada. Vestía pantalón oscuro y una camisa de discretos cuadros azules sobre fondo blanco.

– ¿Dónde has estado? -preguntó impaciente a modo de saludo.

– En la terraza. Hacía buena temperatura y me senté allí a leer -respondió escrutando su mirada.

– ¡Hola, Elena! -El pequeño Ramiro apareció corriendo hacia ella.

– Qué hay, Ramiro -respondió con una sonrisa, ofreciéndole un cálido abrazo.

– Voy a los establos, papá.

– Observo que os lleváis muy bien… -dijo Antonio tratando de dibujar una sonrisa.

– Es un niño muy alegre -respondió observando cómo se alejaba-. Lo pasamos bien juntos.

El pequeño estaba de vacaciones y le hacía compañía; por las mañanas salían juntos a cabalgar por la dehesa y Elena le leía sus cuentos preferidos sentados en el árbol de la diana, donde jugaban cerca del río mientras ella seguía recuperando a diario parte de los agradables recuerdos de su infancia. Antonio les observaba complacido, aunque distante.

– La semana que viene empieza en el nuevo colegio y tendré que quedarme en la capital. Te trasladarás allí…

– No -le interrumpió-. Prefiero quedarme en la hacienda.

– Quiero que vengas con nosotros.

– No voy a ir. -Su voz sonó firme y notó la sorpresa de Antonio ante la inesperada respuesta.

– ¿Me estás declarando la guerra? -dijo con mirada intimidante.

– ¿Con qué armas? -respondió Elena intentando dibujar una sonrisa, alzando las palmas de las manos hacia arriba y mostrándolas vacías.

Su mirada podría haberla golpeado si se lo hubiera propuesto, pero ella aguantó la embestida sin pestañear. Se estaban lanzando un pulso y ninguno pensaba ceder un milímetro del terreno conquistado. Antonio estaba acostumbrado a mandar y ser obedecido, y consideraba el menor desacuerdo un desafío.

– Saldremos después de cenar. Procura estar lista -ordenó mientras la dejaba sola.

Llegó la hora de la partida y la sirvienta le trasladó las órdenes del señor: la estaban esperando para salir.

– Dígales que se marchen sin mí. Yo me quedo.

Aguardó un rato más; esperaba la visita de Antonio para insistir en su regreso a la capital… pero no pasó nada. Escuchó el motor del coche. Se habían marchado sin ella.

Elena tuvo que esperar varios días para verle de nuevo; él regresó el fin de semana con Ramiro, y sintió agitación al oír sus pasos en la habitación de al lado. Leía un libro junto al ventanal cuando le oyó entrar.

– Hola -le dijo mientras se acercaba-. Me han dicho que no has salido en estos días.

– Últimamente tengo jaqueca.

– Deberías venir a la capital…

– Estoy bien aquí -dijo cortante.

Se quedó de pie, con las manos en los bolsillos.

– El juicio se celebrará el mes que viene.

– ¿Qué pasará conmigo?

– Nada. Eres libre. He conseguido que la policía te excluya del caso, y no presentarán cargos contra ti. El fiscal ha solicitado la pena de muerte para él. -Habló fijando sus ojos en ella, estudiando su reacción.

– Por fin vas a satisfacer tu venganza.

– Se hará justicia -dijo con gravedad-. Es un asesino y debe pagar su crimen.

– No querría estar en tu lugar. El rencor envenena el alma y debes de estar podrido por dentro.

– Tienes razón. Las sospechas me están destruyendo… Jamás había confiado en nadie hasta que te conocí… y me defraudaste. Nunca creí que fueras capaz de tirar por la borda todo lo que te entregué. Te amé toda entera, pero vendiste tu alma; te ofrecí rozar el cielo con las manos y preferiste revolcarte en el lodo.

– Tú me hiciste caminar en una dirección equivocada.

– ¿Equivocada? -dijo resentido-. ¿Acaso fue él quien te entregó su amor? ¿Iba él a darte el futuro que yo te brindé?

– Me obligaste a renunciar a mi pasado.

– ¿Tu pasado? ¿Qué pasado? ¿A quién te debías? ¿A un asesino?

– Déjalo ya, no puedes entenderlo. Eres incapaz de aceptar a alguien que piense de forma diferente a ti.

– Elena, no deseo venganza, pero no consigo cerrar los ojos y seguir como si nada hubiera pasado. Necesito tiempo para recomponer todo lo que has destrozado -dijo bajando la mirada.

– Ya no hay tiempo -dijo tras un silencio-. Tu empecinamiento hacia él ha destruido cualquier posibilidad de reconciliación. Me marcharé en cuanto termine el juicio. Todo ha terminado.

– Esto aún no ha terminado -dijo tomando sus hombros hasta acercarla a él. Lentamente se inclinó para rozar sus labios, pero no obtuvo respuesta y fue cediendo hasta separarse de ella-. No ha terminado… -repitió mientras abandonaba la sala.

De madrugada despertó sobresaltado al escuchar un grito en la habitación contigua y esperó unos minutos antes de abrir la puerta y entrar. La cama y el sofá estaban desiertos y salió al rellano. Entre la penumbra del patio divisó la silueta de Elena subiendo la escalera.

– ¿De dónde vienes?

– He tenido un mal sueño y he bajado a la cocina -repuso sobresaltada, llevando instintivamente el brazo izquierdo hacia atrás.

– ¿Qué escondes ahí?

– Nada… nada importante.

Se acercó a ella y tiró de su mano para descubrir que sostenía un vaso lleno de licor.

– ¿Estás bebiendo a escondidas? -exclamó mientras se lo arrebataba.

Elena dirigió la vista hacia los cuadros colgados en la pared: retratos de los Cifuentes con gestos soberbios que miraban con suficiencia a los que posaban sus ojos en ellos.

– Necesitaba relajarme.

– ¿Desde cuándo haces esto? -exigió saber con dureza mientras volcaba el contenido en una planta.

– A veces, cuando me cuesta dormir.

– Yo soy el responsable -dijo sacudiendo la cabeza-. Te di alcohol el otro día y veo que te gustó.

– No te sientas culpable. No has sido el primero que me ha ofrecido un vaso de whisky. -Su tono sonaba a provocación, pero él fingió ignorarlo.

– No vuelvas a hacerlo -ordenó a su espalda mientras la dejaba sola.

El domingo por la tarde Antonio regresó a la ciudad con su hijo. Elena bajó la escalera y el pequeño Ramiro corrió hacia ella para darle un abrazo de despedida.

– Hasta la vista, campeón -dijo revolviéndole el pelo con la mano.

– Adiós, Elena -respondió el pequeño.

Antonio observaba la escena apoyado en un arco apuntado del patio.

– Hasta pronto -dijo desde la distancia en tono sereno.

Elena asintió devolviéndole un amago de sonrisa.

Capítulo35

En los días posteriores Elena captó un movimiento inusual en la hacienda: los camiones entraban y salían dejando mercancía y numerosos operarios se afanaban en instalar una gigantesca carpa junto a la plaza de toros, colocando guirnaldas de vivos colores por los exteriores; en las cuadras, los caballos más buenos estaban siendo preparados con sus mejores galas.

Supo por Lucía que el 20 de noviembre era fiesta en todo el país. Era el día en que se conmemoraba el aniversario de la Revolución Mexicana, y era costumbre en la hacienda Santa Isabel celebrar una charreada, un evento festivo tradicional en México con exhibiciones a caballo, música de mariachis y platillos típicos. La charrería encontró su cuna en las prácticas ecuestres y ganaderas de México en el siglo XVI como resultado de la conquista española, y fue al principio del siglo XIX cuando en las haciendas se comenzaron a organizar celebraciones en las que los charros demostraban su pericia y competían entre ellos.

Desde muy temprano, en aquel soleado domingo se comenzó a escuchar el ruido de coches y jinetes, y antes del mediodía los músicos inundaron el ambiente con sus rancheras. Elena observaba desde la ventana el murmullo de la gente que se dirigía a la plaza de toros; algunas mujeres vestían los trajes típicos mexicanos: largas faldas de vuelo y profusamente coloreadas, el típico vestido de Adelita, ceñido en el talle y con un volante en la parte baja. Remataban el atuendo con el sombrero típico mexicano de fieltro o de palma con chapetas de cuero o de gamuza. También los hombres vestían trajes de charros, con chaquetas de fieltro, camisa blanca, pantalón estrecho con mancuernas plateadas o doradas a los lados, a juego con las chapetas del sombrero y la botonadura, incluso un cinturón en piel con cartuchos y funda de revólver.

Estaba ensimismada contemplando el exterior y no oyó la puerta tras ella. Solo al oír su nombre se volvió. Antonio estaba en la puerta principal. Vestía un pantalón oscuro y una camisa de manga larga de color liso con los puños doblados por encima de las muñecas.

– Hola -la saludó en tono amable-. ¿Estás lista? Pronto comenzará el espectáculo.

– No, prefiero quedarme aquí. Es tu fiesta. Yo no pertenezco a esto.

– Te espero abajo, no tardes -respondió Antonio ignorando sus palabras.

Elena se vistió para la ocasión con una falda larga y estrecha de piel marrón terminada en flecos y un jersey ajustado de color hueso con cuello de barco que dejaba libre parte de los hombros, rematando su atuendo con el típico rebozo mexicano.

Bajó al patio para tropezar con la impaciente mirada de Antonio, quien la esperaba junto al pozo conversando con un grupo de invitados. Elena se acercó tímidamente y apenas pudo ocultar el desconcierto cuando él la presentó como su prometida, recibiendo ambos una calurosa felicitación por parte de todos los presentes.

– Vamos a la plaza, Elena; va a comenzar el espectáculo -le dijo iniciando el camino a su lado.

La plaza rebosaba de gente. La música de fondo y el murmullo de los numerosos invitados ofrecían un aire festivo y alegre. Elena y Antonio se sentaron en la tribuna principal, donde les esperaban el pequeño Ramiro y algunos invitados. Se inició la fiesta con un desfile de participantes ataviados con trajes de charros de gala. Los corceles lucían monturas bordadas en cuero con adornos de oro y plata; el herraje también constituía un complemento muy elaborado, con espuelas profusamente decoradas y labradas en plata. Elena pensó que quizá muchas de aquellas monturas habían sido elaboradas por José Peralta, su abuelo, y una dolorosa nostalgia la invadió mientras el espectáculo daba comienzo.

En primer lugar se ejecutó la suerte cala del caballo, en la que se valora el control que tiene el jinete sobre el animal; siguieron la suerte de piales en el lienzo, en la que tres charros intentan enlazar las patas traseras del corcel. La suerte de jineteo de toro era la más conocida para Elena: en ella el charro debe mantenerse sobre el toro hasta que este deje de reparar. Las mujeres también participaban activamente, y el desfile rebosaba colorido con las faldas de lentejuelas de vivos colores y amplios sombreros bordados a juego; ellas desempeñaban un papel esencial en la llamada «escaramuza», una espectacular demostración de precisión en la que realizan ejercicios a caballo en sincronía con el acompañamiento musical. Fue realmente hermosa aquella exhibición.

– ¿Qué te ha parecido? -preguntó Antonio con amabilidad al finalizar el espectáculo.

– Ha sido impresionante, de una gran belleza -dijo Elena sonriendo-. Aunque tengo la sensación de haber visto antes este espectáculo. ¿Hace mucho que se celebra en la hacienda?

– Desde siempre. Es una costumbre muy antigua.

– Quizá yo he estado en alguna ocasión cuando era una niña…

– ¡Antonio! Al fin te encontré -gritó una mujer frente a ellos. Se abrazó a su cuello y lo besó en la mejilla, ignorando a Elena. Era alta y hermosa, exhibía un generoso escote y una falda de cuero con aberturas a los lados que dejaban ver unas piernas espectaculares. Su cabello largo y sus labios sensuales hacían volver la vista a todo aquel que se cruzaba con ella-. Me tienes abandonada. ¿Dónde te escondes últimamente?

– Estoy aquí y allí -dijo intentando desasirse de sus garras y observando que Elena no se había detenido a su lado ante la irrupción de aquel torbellino.

– ¿Y por qué no me llamas? -seguía reprochándole sin hacer ademán de soltarle-. ¿Ya no quieres nada de mí?

– Amanda, estoy muy ocupado. Ya nos veremos, ¿de acuerdo?

– Tus palabras me suenan a despedida -repuso con un gracioso mohín.

– Déjalo estar y disfruta de la fiesta -dijo deshaciéndose de ella con una incómoda sonrisa.

Antonio aligeró el paso y alcanzó a Elena cuando ascendía la escalera de la mansión.

– La fiesta no ha terminado todavía -dijo tirando de su brazo-. Vamos a almorzar.

– No tengo apetito. Prefiero quedarme aquí.

– Lamento este incidente -dijo caminando a su lado mirando al frente.

– No tienes nada que explicar. Nunca me ha interesado tu pasado sentimental. Era el presente lo único importante a tu lado, pero ya no tenemos futuro, así que puedes hacer lo que te plazca -dijo con frialdad.

– Vamos -replicó tratando de disimular su enojo.

La condujo hacia la gran carpa y la presentó a los acompañantes en la mesa: dos senadores del estado con sus esposas, el arzobispo de la ciudad de México y el presidente del Banco Nacional. Fue una comida distendida y cordial, y Elena deslumbró a los invitados comentando con soltura todos los temas que allí se trataron, tanto de economía como de política, incluso sobre la historia y las costumbres del país.

– Dígame, Elena, ya que ha decidido definitivamente quedarse en México, ¿le agrada su nueva vida aquí? -preguntó uno de los invitados.

– Sí, estoy encantada en este país. La gente es muy acogedora, y Antonio es un gran anfitrión -dijo sin mirarle.

– Por cierto, Antonio, enhorabuena, por fin atraparon al asesino de tu padre, el gran Andrés Cifuentes. Era un hombre realmente admirable, fue una gran pérdida… -comentó un senador.

– Sí, el asesino ya está entre rejas -contestó con frialdad.

– ¡Deberían condenarle a muerte! Hay que eliminar a esa gentuza, no merecen vivir ni un solo día más -dijo otro de los comensales.

Antonio cambió radicalmente de conversación al observar la seriedad del rostro de Elena y temiendo una reacción inesperada; pero ella guardó prudente silencio.

Después de la comida siguieron los bailes y la música. Antonio fue requerido por los numerosos invitados y Elena fue presentada a varias personas, entre ellas a un joven de su misma edad, hijo de un empresario amigo de Antonio. Charlaron animadamente sobre caballos y de España, donde él había cursado estudios. Antonio les observaba desde lejos, pero en un corto lapso de tiempo les perdió de vista: se habían dirigido a los establos para examinar los magníficos purasangres que se criaban en la hacienda.

De repente apareció ante ellos con el rostro serio e irritado; el joven acompañante decidió dejarles, amedrentado por la áspera mirada que el dueño de la finca le dirigió.

– ¿A qué viene esto? -preguntó Elena sin poder contener su enojo.

– Eso mismo me preguntaba yo -contestó con dureza-. ¿De qué hablabas con él?

– De nada importante, puedes estar tranquilo. Tu integridad como gran hombre sigue intacta. No acostumbro comentar con nadie los secretos de familia -dijo cruzándose de brazos y mirándole con insolencia.

– Veo que disfrutas mortificándome.

– ¿Mortificarte yo? Eres un cínico -le reprochó con vehemencia-. ¡Mírate en el espejo y reflexiona sobre tu comportamiento! Comprobarás que te llevas la palma entre chantajes y mentiras.

– Regresemos a la fiesta.

– Esta no es mi fiesta -repuso dándole la espalda y tomando el camino hacia la casa.

Elena era incapaz de mostrar su debilidad ante él. A pesar de sus mentiras, albergaba la esperanza de remontar la caída libre en la que se hallaba su relación; aunque para perdonarle imponía como condición indispensable el hecho de que él iniciara un acercamiento y reconociera su culpa. Sin embargo, Antonio no había mostrado signos de arrepentimiento, ni siquiera había asumido ninguna responsabilidad en aquel distanciamiento, limitándose a lanzarle duras acusaciones cada vez que ella emitía algún reproche. No obstante, el anuncio de su compromiso ante los invitados la había sumido en un total desconcierto, forzándola a corroborar una relación que no existía en realidad. Y a ella le molestaba aquella decisión que él había adoptado sin su consentimiento.

Regresó a su habitación y esperó hasta la madrugada una rectificación de él que nunca llegó, y se quedó dormida en la más amarga de las soledades.

Capítulo36

La lluvia golpeaba los grandes ventanales en la planta número cuarenta de la torre de cristal. Era un día plomizo en el distrito financiero y una pegajosa humedad impregnaba el ambiente.

– Don Antonio, tiene una visita. El señor Sergio Alcántara.

¿Sergio Alcántara?, repitió para sí con sorpresa. ¿Qué diablos quería aquel tipo? Seguramente vendría a suplicarle, pues pronto se haría efectivo el embargo de todos sus bienes, incluida la casa. Se irguió tenso en su sillón y sintió curiosidad por aquella visita.

– Hágale pasar -respondió tras unos minutos. «Voy a divertirme un rato», pensó.

– Hola, Antonio -saludó aquel hombre alto y atlético. Su pelo parecía más blanco desde la última vez que le había visto de cerca, en el restaurante mientras cenaba con Elena.

Sergio Alcántara avanzó hacia la mesa con las manos en los bolsillos de su elegante traje oscuro, relajado en apariencia, con una sonrisa en sus labios. Antonio le observaba sentado de lado desde el amplio sillón de cuero, escrutando sus movimientos con ojos de cazador.

– ¿Qué te trae por aquí? -preguntó sin levantarse ni mostrar la intención de ofrecerle la mano para saludarle.

– Vengo a felicitarte.

– ¿Hay algo que celebrar? -dijo con desgana recostándose hacia atrás con prepotencia.

– Han detenido al asesino de tu padre y has adquirido con facilidad algunas de mis empresas. Veo que los negocios te van muy bien -dijo con una mueca-. ¿Y tu prometida? ¿Cómo le va?

– Eso no es asunto tuyo -dijo cortante.

– Una linda mujer, reconozco que tienes buen gusto. ¿No te ha hablado de nuestra… vieja amistad? -dijo mostrando una sonrisa de hiena y observando la reacción de su interlocutor.

– ¿A qué has venido? -dijo con frialdad, abortando toda intención de hacerle gozar de su ignorancia sobre aquella relación.

– A proponerte un trato -dijo acercándose a la mesa. Ahora le miraba seguro de sí mismo, confiando en recibir una satisfacción con aquella visita.

– No creo que tengas nada que ofrecerme.

– Tengo mi silencio. -Le miró con expresión grave.

– ¿Qué se supone que debes callar?

– Creo que has vendido la cadena Veracruz Hoteles con algunos problemas pendientes de resolución. -Esbozó una falsa sonrisa-. ¿Están enterados tus nuevos socios norteamericanos? ¿Has… pensado en la cara que pondrán cuando reciban la documentación del pleito pendiente con la justicia? Porque imagino que les habrás puesto al corriente de la cuantiosa multa que les tocará pagar si la Suprema Corte de Justicia dicta sentencia en contra… ¿Y el proyecto con los árabes? ¿Estarán dispuestos a negociar con un tramposo que vende empresas con vicios ocultos? -Sonrió con seguridad, sabiéndose dueño de la situación.

– Así que vienes a chantajearme -dijo con aplomo el presidente del holding ACM-. Has caído muy bajo, Sergio. Me has decepcionado. Dime algo: ¿conoces a Francisco Redondo?

– ¿Debería conocerle?

– Es el presidente de la Suprema Corte de Justicia.

– ¿Y…? -preguntó con cierta alarma el visitante.

– Cené con él hace unos días. Es un buen amigo. Me informó sobre la sentencia que va a dictarse en el contencioso contra la cadena hotelera. -Ahora era Antonio quien reía abiertamente, con seguridad, como quien recupera el látigo y está dispuesto a hacer bailar a su animal de circo para divertimento del público.

Las facciones de Sergio Alcántara habían cambiado. Ya no sonreía, arrepentido una y mil veces por haberse atrevido a provocar a su enemigo. Se miraron en silencio, retándose en un duelo de odio.

– La resolución será favorable para la cadena Veracruz Hoteles y quedará exenta del pago de la multa -dijo despacio remarcando cada silaba, cada palabra. El silencio se tornó incómodo y embarazoso-.Y ahora lárgate de aquí si no quieres que llame a los guardias de seguridad -ordenó con infinita arrogancia sin moverse del sillón.

– Esto no quedará así. Algún día pagarás por tus fechorías -masculló el visitante, perdida la compostura y el escaso orgullo que le quedaba ante su soberbio rival.

Sin embargo, el vencedor no estaba satisfecho; acababa de patear a su enemigo, pero él se sentía abofeteado.

– Victoria, haga venir inmediatamente al jefe de seguridad -ordenó al quedarse solo.

¿Qué más secretos ocultaban aquellos ojos rasgados? ¿Desde cuándo conocía Elena a Alcántara? ¿Habrían conspirado los dos contra él? ¿Ella lo habría conocido el año anterior cuando visitó México? ¿Por qué nunca se lo dijo? Las sospechas se habían reavivado y le dolían como una herida abierta: todo estaba fuera de lugar, había notas falsas y engaños que destrozaban la posibilidad de volver a depositar su confianza en Elena.

Capítulo37

– El señor la espera en el despacho. -La sirvienta le transmitió las órdenes de bajar a su encuentro.

Elena se maquilló y se puso un precioso vestido verde, como sus ojos. Bajó la escalinata con inquietud pues desconocía el motivo de aquella inesperada llamada, ya que era mediodía y él no solía regresar tan pronto de la ciudad. Presintió alguna novedad sobre el juicio de Agustín y su pulso se aceleró al atravesar la puerta del despacho.

Antonio estaba de espaldas a la puerta, mirando por la ventana. Vestía un traje azul oscuro hecho a medida.

– Hola -saludó con una tímida sonrisa.

Antonio se volvió al oír su voz y la encañonó con una gélida mirada.

– Siéntate -ordenó mientras se dirigía hacia ella y se quedaba de pie a su espalda.

Un incómodo silencio les acompañó durante eternos minutos; Elena sospechó que algo iba mal.

– ¿Cuándo conociste a Sergio Alcántara? -preguntó detrás de ella.

Elena sintió una brusca sacudida y su corazón comenzó a latir a velocidad de vértigo; todas las alarmas comenzaron a sonar, un ligero temblor le sobrevino desde las piernas y le subió hacia las manos.

– Le conocí el día que se acercó a nuestra mesa para saludarte, en aquel restaurante del centro.

– ¿Estás segura? -le preguntó al oído. Elena se volvió para mirarle, pero él se había erguido, alejándose.

– Sí -respondió tímidamente con la cabeza.

– ¿Estás… segura de que no le conociste el año pasado? -Su voz sonaba intimidante mientras se paseaba tras ella-. ¿Estás… segura de que no planeaste con él tu inocente llegada a esta casa?

– ¡No! ¿Cómo puedes concebir tal monstruosidad? -protestó levantándose para mirarle con espanto.

– ¡Siéntate! -ordenó. La espesa tensión podía palparse en aquel silencio-. Vas a detallarme punto por punto todos los planes que habías fraguado. ¿Fue él quien organizó tu cita con Agustín?

– ¡No…! Yo no conocía a ese hombre hasta el día que te saludó en la zona Rosa… Después me abordó cuando visité el Museo de Antropología, él se acercó a mí…

– Entonces confiesas que le has visto más veces -interrumpió con energía.

– Sí. Solo aquella vez cuando visité el museo.

– ¡Deja de mentir! Tu escolta jamás te ha visto en su compañía.

– No estoy mintiendo. Él se acercó y me citó en una de las salas para hablarme a solas. El asistente se quedó en el patio esperando mi salida.

– ¿Y accediste a verle? -preguntó indignado.

– Sí. Sentí curiosidad… pero me arrepentí enseguida. Ese hombre me llenó la cabeza de mentiras, solo quería perjudicarte…

– ¿Por qué nunca me hablaste de esa entrevista?

– Aquella misma tarde tuvimos una fuerte discusión y al día siguiente te marchaste a Nueva York. Desde entonces solo nos hemos dedicado a discutir y a hacernos reproches.

– ¿De qué hablaste con ese miserable?

– Él estaba al corriente de todo: conocía mi origen español y mi parentesco con Agustín… y me aseguró que jamás le vería con vida porque tú habías contratado mercenarios para matarle.

– Y tú te lo creíste, me acusaste de ordenar asesinarle -reprochó dolido-. ¿Qué más te contó?

– Mentiras… Insinuó que tanto Agustín como yo éramos hijos ilegítimos de tu padre y que tú lo sabías, y aun así estabas conmigo para… -Enmudeció de repente.

– ¿Para qué? Continúa -ordenó irritado.

– Para… no compartir tu herencia.

– Y también lo aceptaste -exclamó con un rictus de decepción.

Antonio recordó su discusión el día anterior a su partida a Nueva York: ella le había abordado con aquellas dudas. Había admitido las mentiras de Sergio Alcántara y había creído realmente que su padre era Andrés Cifuentes.

– Yo no sabía qué pensar… Tenía muchas dudas… Estaba angustiada por averiguar mi pasado y tú me mentías continuamente dirigiéndome por una dirección que no era la verdadera -censuró resentida.

– ¿Realmente creíste que necesitaba cometer incesto para conservar mi patrimonio? -dijo en voz baja, girando el sillón para inclinarse hacia ella; colocó sus manos en la parte superior, por encima de sus hombros y acercó el rostro al suyo con arrogancia. Estaba sobre ella, analizando su reacción, sus gestos, su mirada-. Para deshacerme de ti habría bastado una simple llamada y habrías ingresado en la cárcel para el resto de tu vida -masculló entre dientes-. Y tu hermano amanecería muerto en su celda mañana mismo si yo diera la orden. Jamás habrías tocado un solo peso. -Volvió a su postura erguida, despreciándola con su mirada.

– ¿Acaso crees que yo aspiraba a conseguir tu herencia? ¡Yo nunca he conspirado contra ti…! -exclamó con vehemencia, ofendida por aquella insinuación.

– Sí, lo has hecho, acabas de confesarlo -repuso con desdén.

– Solo he admitido que hablé con él, eso es todo. Ese hombre quería hacernos daño y lo ha conseguido. Me mintió. Yo estaba desorientada, pero no encontré ningún apoyo en ti… Aquella tarde te supliqué la verdad y me trataste como a una enferma desquiciada…

– Ya no sé si eres sincera o una excelente actriz -dijo moviendo la cabeza con incredulidad y volviéndose hacia la ventana-. Me cuesta trabajo aceptar tus explicaciones…

– Pues no lo hagas, quédate con mis mentiras si eso te hace sentir mejor, así estaremos en paz -sentenció, dirigiéndose hacia la puerta-. ¿Sabes?, al final lo has conseguido…

– ¿Qué he conseguido? -preguntó volviéndose hacia ella para hallar en su mirada un rictus de decepción.

– Lo has destrozado todo; has vuelto a decepcionarme. Primero fueron tus mentiras y ahora estas insinuaciones. Yo no podría vivir al lado de alguien que me exigiera cada día explicaciones sobre mis actos y me acusara sin pruebas. Eres incapaz de amar y confiar al mismo tiempo. Pero te aseguro que esta vez no voy a perdonarte, ya no habrá vuelta atrás… -dijo saliendo de la estancia sin esperar respuesta.

Todo estaba perdido. Habían llegado al final. Su relación acababa de naufragar en un mar de rencores y suspicacias. Elena sintió que el invierno penetraba de golpe, recorriendo sus venas como una gélida ola que robaba el color de sus mejillas y congelaba los latidos de su corazón.

Aquella decepción la hizo reaccionar para tomar una definitiva e irrevocable resolución. Esa vez tomó abiertamente partido por Agustín. Iba a conspirar contra Antonio, aun sabiendo lo que aquello significaba. Pero ya nada importaba. El futuro junto a él y la posibilidad de un final feliz se habían desvanecido para siempre.

Se propuso ofrecer a su hermano una digna defensa. Esperó a que Antonio regresara a la capital y bajó a su despacho de madrugada. Contactó con Jean Marc y recibió, como siempre, su ayuda incondicional. Su amigo se encargaría de contratar los servicios de un bufete de abogados de Ciudad de México para la asistencia en el juicio de Agustín, quien iba a enfrentarse a una jauría de sabuesos contratados por su enemigo y a la vez hermano. El juicio se celebraría pronto y los abogados informarían a Antonio del prestigioso bufete que ella iba a financiar. En cuestión de días él descubriría quién se lo había proporcionado y Elena ya se preparaba con determinación para hacer frente a la nueva tormenta que se avecinaba. Pero se había liberado de todos los prejuicios. Su conciencia estaba en paz y la pesada carga se había aliviado. Finiquitados sus bienes y remordimientos, solo le restaba esperar el resultado.

La desmotivación se adueñó de su voluntad en los días posteriores al comprobar que Antonio ni siquiera regresó a visitarla el fin de semana, como lo hacía habitualmente. Nadie la esperaba, y el hombre de sus sueños la había decepcionado, abandonándola en aquella solitaria casa rodeada de hostilidad. Las pesadillas eran las únicas compañeras de viaje en aquellas siniestras noches en las que comprobó que el alcohol liberaba su tormento y le permitía dormir más tiempo que las infusiones de Lucía. Lentamente fue despeñándose por una oscura pendiente, y noche tras noche bajó al salón para verter en un vaso el elixir del sueño y el respeto a sí misma, mientras su voluntad se precipitaba por un abismo de oscuridad. Vivía enclaustrada, aquejada de fuertes jaquecas provocadas por las resacas de sus pecados nocturnos y observando cómo el mundo comenzaba a girar en otra dirección.

Capítulo38

– ¡Al fin de vuelta! -exclamó Antonio acomodándose en el lujoso Mercedes tras un agotador vuelo desde Oriente Próximo. Esta vez el viaje había durado casi dos semanas y estaba impaciente por regresar-. ¿Cómo va todo, Sebastián?

– Apenas hay novedades importantes. La construcción de las plataformas petrolíferas sigue su curso, el equipo directivo de Samex tomó posesión de los cargos según tus instrucciones… Sin novedad en el frente, mi general -bromeó-. ¿Y los árabes? ¿Se solucionaron los últimos contratiempos?

– Ya está todo resuelto. El mes próximo comienzan los movimientos de tierras para el inicio de las obras.

– El presidente del banco espera tu regreso para hacer efectivo el traspaso de la titularidad de las minas de Taxco.

– ¿Qué noticias tienes del matrimonio feliz? ¿Cómo se lo han tomado?

– Pues… mal. Sergio Alcántara se ha declarado en quiebra, ha liquidado sus bienes y dejado en la cuneta a los proveedores.

– ¿Y qué hace ahora?