/ Language: Español / Genre:love_contemporary,

El amor vive al lado

Marion Lennox

Todo tenía un precio, y a Tom McIver le había llegado el momento de pagar. La pequeña Hannah, de seis semanas de edad, era el resultado de su azarosa vida sentimental. Pero la niña no tenía madre y él necesitaba una esposa. Sin saber cómo, Annie se encontró accediendo a su propuesta de matrimonio, pero era un matrimonio de conveniencia, un acuerdo donde el amor no tenía cabida… si no fuera porque ella ya estaba perdidamente enamorada de él.

Marion Lennox

El amor vive al lado

El amor vive al lado (1999)

Título Original: Dr. McIver’s baby

Capítulo 1

La doctora Annie Burrows se pasaba la vida evitando a las mujeres y a los perros de Tom McIver, que parecían una maldición.

El bebé debió de llegar justo antes de la medianoche. Pero ni Annie ni Tom lo oyeron llegar.

Annie había estado levantada hasta las doce, escribiendo cartas médicas. Pero tenía que dormir en algún momento. Y eso pasaba por llamar a la puerta de Tom McIver y pedirle encarecidamente que se callara de una vez.

Había aislamiento contra ruidos entre el apartamento de Tom y el hospital, pero no en el tabique que separaba su casa de la de Annie. Así es que se oía a los perros ladrar y la mujer de turno reírse como una endemoniada.

– ¡Callaos todos de una maldita vez! -murmuró Annie, mientras abría la puerta y salía al pasillo que comunicaba las dos puertas.

De pronto, tropezó con algo y, antes de que pudiera darse cuenta, estaba en el suelo.

No se hizo daño, pero se puso aún más furiosa de lo que ya estaba.

Durante diez segundos se quedó allí y juró con todas las expresiones prohibidas que existían.

– ¡Voy a asesinarlo! -decía-. ¡Voy a terminar por ponerme violenta!

¿Tendría que terminar por marcharse de Bannockburn? No podía soportarlo.

Pero la idea le hacía ponerse aún más nerviosa. ¿Por qué tendría que sacrificar su vida? Le gustaba aquella pequeña ciudad del Sur de Australia.

El modesto hospital de sólo doce camas necesitaba dos médicos para atenderlo: Annie y Tom.

Tom McIver era cirujano, gran médico y tremendamente responsable en lo que a su trabajo se refería. Pero inmensamente irresponsable en su vida. Le gustaba jugar. Mucho. Le gustaba jugar con sus dos perros y sus múltiples mujeres.

No había ni una sola cara bonita en todo el distrito que no hubiera pasado por su cama. Tom se aprovechaba de lo guapo que era.

¿Y Annie?

Tenía veinticinco años y era siete más joven que Tom. Llevaba ocho meses en Bannockburn. Era estudiosa y tranquila.

Tom y ella hacían un buen tándem profesional. Pero en lo personal a Annie la desquiciaba aquella vida mujeriega de su colega.

Así que Annie tendida en mitad del corredor se sentía como una auténtica necia.

De pronto, el bulto con el que se había tropezado comenzó a moverse. Anna se apartó como si quemara. ¡Estaba vivo!

Agarró el paquete entre los brazos. Estaba calentito y mullido. Apartó ligeramente las ropas. De la profunda cavidad que formaban las mantas surgió un lloro.

¡Era un niño!

Los perros de Tom habían oído el ruido así es que se pusieron a ladrar como endemoniados al otro lado de la puerta. Ésta se abrió.

Allí estaba Tom, de pie, observando a una Annie patética, caída en el suelo con un bulto en los brazos.

Una voz femenina irrumpió.

– ¿Quién es Tom? ¿Qué es eso que hay en el suelo?

– Es Annie -dijo Tom desconcertado-. ¿Qué haces ahí?

Annie no respondió. Con una mano trataba de defender al bebé de las babas de los perros y con la otra intentaba apartar las ropas para ver si estaba bien. Se había tropezado con él y podía estar herido.

– ¿Te has hecho daño? Annie, ¿qué es eso? -de pronto reparó en lo que llevaba en los brazos-. ¿Qué demonios…?

– ¡Aparta a los perros! -exigió Annie-. Ahora.

Casi no había acabado de decirlo cuando los perros y la mujer que lo acompañaban ya estaban detrás de la puerta cerrada.

– ¿Qué ocurre, Annie? ¿Qué está pasando aquí?

– No lo sé -murmuró Annie, mientras abría sucesivas capas de mantas y sábanas.

El bebé llevaba un pijamita. Estaba congestionado y empezó a llorar. Movía las piernas y los pies a toda velocidad. Pero estaba perfectamente, nada le había sucedido. La ropa lo había protegido del impacto.

– Annie… -Tom se había sentado en los talones y miraba anonadado.

– ¿Sí? -Annie levantó la mirada un segundo y luego volvió a centrarse en el bebé-. Está bien. Voy a llevarlo a algún sitio caliente para desvestirlo…

Tom estaba realmente desconcertado. Llevaba unos vaqueros y una camisa abierta hasta la cintura, lo que dejaba ver su impresionante torso.

Había incluso alguna huella de carmín sobre su piel. La visión de aquel cuerpo escultural dejó sin respiración a la pobre Annie. La verdad era que siempre había tenido la capacidad de sacudirla de los pies a la cabeza. Pero su mejor defensa era concentrarse en su trabajo y aquella no iba a ser una excepción.

– Annie, ¿te importaría explicarme qué significa todo esto?

– No tengo ni idea -dijo Annie. Le desabrochó la parte de abajo del pijama-. Es una niña. Doctor McIver, esta niña estaba a su puerta. ¿Será de la amiga que tiene dentro?

– ¡Estás loca! Si dejamos los perros dentro, ¡cómo vamos a dejar un bebé fuera! -la sonrisa de Tom era, sencillamente, magnética. De pronto se dio cuenta de lo que Annie acababa de decir-. ¿Dónde has dicho que estaba?

– Delante de tu puerta.

La sonrisa desapareció.

– ¿Te tropezaste con…?

– Si no pertenece a tu amiga, ¿de quién demonios es? Es demasiado pequeña para haber venido gateando. Esta niña no tiene más de dos meses.

Miró al pequeño paquete, que lloraba desconsolado.

Levantó la vista. Ambos estaban desconcertados.

Annie se levantó. Y, de pronto, un papel cayó de entre las mantas.

Tom lo agarró y lo abrió. Comenzó a leer. El color de sus mejillas se desvaneció.

– ¿Tom?

No respondía. Miraba al papel como si se tratara de una pesadilla.

– ¿Qué ocurre? -insistió Annie.

Sólo entonces Tom levantó la cabeza. Pero no estaba viendo a Annie.

No era nada nuevo para ella. Annie era diminuta, llevaba siempre su espesa mata de rizos castaños recogida en una coleta. Escondía sus ojos gris claro tras el denso cristal de unas gafas y su gesto era más determinado y honesto que seductor.

Comparada con las bellezas con las que se codeaba Tom McIver, Annie era, simplemente, vulgar.

Annie se decía a sí misma unas diez veces al día que le daba exactamente igual ser como fuera.

Después de todo, siempre había sido así y a aquellas alturas ya debería haberse acostumbrado.

– ¿Qué dice la nota? -le preguntó ella curiosa.

Tom se recompuso y cerró el papel.

– Ya te la enseñaré -Tom respiró profundamente y se estiró, para recobrar la compostura que por breve espacio de tiempo había perdido.

– ¿Estás segura de que no es de Sarah? -preguntó Annie.

Tom la miró anonadado.

– No… Melissa… -Tom levantó una mano y se pasó la otra por el pelo-. No, no es de Sara… Quédate con la niña y hazle un chequeo, Annie, por favor. Iré para allá en cuanto pueda…

El hospital de Bannockburn estaba muy tranquilo aquella noche, con cuatro de sus doce camas vacías.

No había ningún niño hospitalizado aquella noche, pero Helen Bannockburn, la enfermera de noche, llegó casi al mismo tiempo que Annie.

Se quedó a ayudarla y pronto comprobaron que la niña estaba muy sana y tenía dos pulmones muy potentes. A eso se añadía esa incipiente sonrisa que los bebés de seis semanas comienzan a esbozar. Helen le preparó un biberón de leche maternizada.

– ¿Quién es? -preguntó la mujer.

Annie no quería dar explicaciones. Necesitaba hablar con Tom antes de decir públicamente que la niña había sido abandonada.

– Tom me pidió que la chequeara -respondió Annie ambiguamente.

Agarró el biberón y comenzó a dárselo.

Las ganas y el vigor con que la pequeña succionaba demostraban que estaba muy sana. Annie sonrió. Helen la miraba con curiosidad. Pero estaba claro que sabía lo que estaba pensando.

Desde que Annie había llegado, la enfermera parecía haberla puesto bajo su protección y siempre cuidaba de ella.

– ¿Sabemos su nombre? -preguntó Helen.

– No.

– Pero… -Helen se quedó pensativa-. Si no lo he interpretado mal, el doctor McIver le pidió que se ocupara de ella… y el doctor no está de servicio esta noche.

– Yo creo… -Annie dudó unos segundos-. Me parece que será mejor que no diga lo que pienso.

– Ya -Helen miró a Annie de arriba a abajo-. Doctora Burrows, ¿cuándo va a hacer algo con esa ropa? Vestida así parece que tiene catorce años. Podría ser muy atractiva si se arreglara un poco más.

– ¿Usted cree? -Annie sonrió. Estaba sentada en el mostrador de la consulta y balanceaba las piernas como una colegiala. Después de todo, la mujer podía tener razón. Los vaqueros y las camisas gigantes que solía llevar no eran el tipo de ropa que resaltara mucho el físico. Tampoco era el atuendo adecuado de un doctor.

Pero, ¿cómo solucionar aquello? Se imagino a símisma con el tipo de ropa que llevaba Sarah y sonrió por dentro. ¡Se vería ridícula! Y las faldas no eran precisamente de su agrado. Se sentía incómoda con ellas.

Helen la miraba interrogante.

Annie continuaba pensativa, pero su cabeza ya había saltado de un lugar a otro.

– Helen, ¿conoces a alguna Melissa? -le preguntó.

– Bueno, está Melissa Fotheringay. Tiene cinco años.

– No es la edad adecuada.

– ¿Qué edad estamos buscando?

– Alguien que pudiera ser la madre de esta criatura.

Helen se quedó en silencio.

– ¿Quieres decir… -frunció el ceño-. ¿Realmente no sabes quién es la madre de esta criatura? ¿Y el doctor McIver tampoco lo sabe?

– No sé lo que el doctor sabe o no sabe. Pero, por favor, no diga nada, sobre todo por el bien de la niña. Piense en todas las Melissa que pueda haber.

– No hay ninguna otra Melissa en la ciudad. La única que se me ocurre es Melissa Carnem. Fue enfermera aquí. Vino de Melbourne y se marchó antes de que usted llegara. Pero…

– ¿Pero?

– Era muy rubia, con los ojos claros y esta niña es completamente morena.

– Sí… Pero podría parecerse al padre.

Las miradas de las dos mujeres se encontraron. El mensaje tácito que se pasaron era inconfundible.

Helen miró incrédula al bebé y vio exactamente lo que Annie estaba viendo.

No pensará… -los ojos de Helen estaban abiertos de par en par-. No puede…

– ¿Eran amigos el doctor y la enfermera?

Helen casi se atraganta.

– ¡Dios santo! -Helen no podía apartar los ojos del bebé-. Melissa salió con el doctor, pero…

– ¿Por qué se marchó Melissa?

– Se fue a Israel. Vivía en una burbuja y era muy inquieta. Decía que quería encontrarse a sí misma y decidió irse a vivir a kibbutz. Vino aquí porque pensaba que la vida del campo era lo que buscaba. Pero se aburrió a los dos meses. Y hace unos diez meses que se marchó…

Hubo un silencio.

Diez meses. Todo cuadraba.

La campana interrumpió la amena conversación.

– Debe de ser Robert Whykes. Querrá un analgésico y que le asegure que pronto estará bien.

– Coméntale que mañana viene el fisioterapeuta y que eso lo aliviará.

– Ya se lo he dicho. Pero él no quiere nada que lo alivie. Él quiere estar bien ya. No entiende que una vértebra dañada en el cuello tarda cierto tiempo en corregirse -Helen se volvió hacia la puerta-. Creo que el doctor viene hacia aquí. Estoy impaciente por saber qué es todo esto.

– ¡No eres la única!

Tom entró en la sala y la conversación se vio interrumpida.

Helen lo miró mientras salía. Trató de sonreír, pero no pudo.

El paso largo y decidido del doctor se trocó en parada brusca al ver a Annie con la niña en brazos. La pequeña estaba terminándose el biberón y miraba a Annie con los ojos muy abiertos.

¡El parecido era increíble!

– Te ha costado librarte de Sarah, según veo -comentó Annie.

Como siempre, Tom la ignoró por completo. Estaba claro que desde su punto de vista, Annie era como una hermana pequeña.

Tom se aproximó a ella, sin apartar la vista del bebé.

Ciertamente, era delicioso, uno de esos bebés que uno quiere llevarse a casa sin pensárselo dos veces.

Tom continuaba atónito, mirando al bebé. El único sonido que se oía era el succionar de la niña.

Sin pensárselo dos veces, Annie decidió romper el silencio.

– Tom, ¿es tu hija?

Al oír la pregunta, Tom retrocedió, pero sus ojos permanecieron fijos en el rostro de la pequeña. Era como si estuviera viendo un milagro.

– ¡No!… bueno…

– ¿Puedo leer la nota?

Tom se metió la mano en el bolsillo de la camisa, pero no llegó a sacar el papel.

Annie se levantó, se acercó a él y le puso la niña en los brazos.

El parecido era increíble.

Tom miró durante unos segundos la carita sonriente de la criatura. El bebé sonreía y sonreía, sin importarle la cara de susto del doctor. Finalmente una mueca se esbozó en su rostro. ¿Cómo podía resistirse?

El parecido fue aún mayor.

Annie metió la mano en el bolsillo de Tom. Él estaba demasiado perplejo para protestar por nada.

Tenía una amiga que tenía un bebé y se marchó a vivir a un kibbutz y me sonó tan bien que decidí hacer lo mismo. Por eso me quedé embarazada de ti. Pero luego me di cuenta de que era una estupidez, porque los niños te atan y acabo de conocer a un tipo estupendo que no quiere un bebé. Así es que si tú no la quieres, dala en adopción. Si quieres que firme los papeles, mi madre me los mandará. Envíaselos a ella.

No le he puesto nombre. Me parecía una tontería si no quería quedármela.

Sé que te engañé para quedarme embarazada y seguramente tú tampoco la querrás. Pero mi madre me dijo que debía darte la oportunidad de tomar esa decisión.

Annie leyó y releyó la nota una y otra vez. Luego miró a Tom.

Estaba realmente sorprendido, en estado de shock.

A pesar de la grave situación en que se encontraba la pobre pequeña, la imagen que tenía delante le arrancó una sonrisa.

Tom lo vio.

– Doctora Burrows -dijo con una voz profunda, peligrosa-. Doctora Burrows, si sigue sonriendo de ese modo, acabaré por estrangularla.

– ¿Quién está sonriendo? -dijo ella sin modificar un ápice su gesto. Al ver el ceño gravemente fruncido de su jefe, decidió cambiar la sonrisa por un intento de seriedad-. No creo que la situación de esta pequeña sea para tomársela a risa.

Desde luego, Tom McIver no tenía ningún motivo para reírse. La niña, sin embargo, parecía feliz.

– Annie…

– Lo siento, Tom -Annie trató de mantener la compostura.

En realidad, tenía razón. No era, en absoluto, una situación divertida.

Pero había algo de novedoso y agradable para ella: por primera vez se habían invertido los papeles.

Tom siempre había estado al control de todo.

Llevaba seis años a cargo de aquel hospital. Desde el primer momento, a Annie le había quedado claro que lo que el doctor buscaba era alguien que hiciera lo que a él no le gustaba y que le permitiese tener tiempo para divertirse.

Y así lo había hecho durante los seis meses que ella llevaba allí. Eso sí, nunca se divertía con Annie.

En una ocasión, poco después de llegar, había escuchado un comentario que Tom le hacía a otra persona.

– Es competente y ordinaria. Si tenemos un poco de suerte, se convertirá en una agradable médico solterona, dedicada en cuerpo y alma a su trabajo. La ciudad obtendrá un beneficio de su dinero.

Annie había estado a punto de dejar el hospital después de aquello. Pero le gustaba el trabajo y el lugar.

Bueno, había otra razón.

Desde el instante mismo que había visto a Tom McIver se había enamorado de él.

¡Estúpida, estúpida, estúpida!

No debería haber ido nunca a aquella maldita ciudad.

Pero lo había hecho y ya no quería marcharse.

Durante las noches, mientras ella estudiaba, él se dedicaba a divertirse con sus múltiples amigas.

Y, precisamente, aquella noche, había salido de casa decidida a decirle que no lo aguantaba más y que dejaba su trabajo.

Pero aquel inesperado bulto con el que se topó, cambió completamente su ánimo.

– Asumo que no tenías ni idea de la existencia de esta pequeña.

– ¡No! -respondió él con una mezcla de rabia e indignación.

– Ya veo… -Annie apretó los labios y miró a padre e hija-. ¿Qué vas a hacer con ella?

Eso era, exactamente, lo que él se preguntaba insistentemente. Tom miraba con ansiedad a la pequeña.

– No tengo ni la más remota idea de qué hacer -Tom continuó mirándola-. ¿La has examinado? ¿Está bien?

– Perfectamente bien -dijo Annie-. El cuerpo está en perfectas condiciones, las fosas nasales limpias. No tiene rozaduras de pañal y está muy bien alimentada. La han cuidado bien.

– Seguro que la ha cuidado la madre de Melissa -dijo Tom y abrazó al bebé con fuerza-. La hija es una irresponsable a la que no le importa nadie.

– ¿No te gusta Melissa?

– ¡No!

– ¡Perdón por preguntar! -dijo Annie-. Pero, ¿por qué la dejaste embarazada si no te gustaba?

La ira y la rabia se reflejaron claramente en su rostro.

– ¡De acuerdo! No es asunto mío -dijo ella comprensivamente-. Me voy a la cama. Buenas noches.

– ¡Annie!

Fue un grito desesperado y el bebé se sobresaltó. Tom se dio cuenta y acarició a la pequeña. Ésta sonrió de nuevo.

Annie levantó una ceja.

– ¿Sí?

– No puedes irte así.

De pronto la rabia se había convertido en pánico

– ¿Por qué? ¿Tienes algún problema?

– ¡Claro que tengo un problema! Yo no puedo cuidar a un bebé.

– ¿No puedes cuidar a tu propia hija? Silencio.

– Mi hija -Tom dijo las palabras despacio, como si fueran mágicas. El pánico desapareció, pero fue reemplazado por el desconcierto.

– Es tu hija -repitió Annie-. Me di cuenta mucho antes de ver la nota. A veces el parecido entre padre e hijo habla por sí solo. A menos que tuvieras la certeza absoluta de que no puedes ser el padre, yo no perdería el tiempo en hacerme una prueba de ADN.

– Pero fue sólo una noche -Tom agitó la cabeza como si tratara de despertarse-. Debió de ser después de aquella maldita fiesta… No había salido desde hacía mucho. Bebí demasiado. Melissa no hacía más que servirme aquel maldito licor. Me llevó a casa y allí… ¡Maldita enfermera! Fue ella la que me obligó a que la embarazara.

– Puedes estar todo lo furioso que quieras con Melissa -dijo Annie-. Pero la niña que tienes en brazos no es culpable de nada y es tu hija. Necesitas tomar una decisión.

Tom- la miró horrorizado.

– ¡Yo no sé qué hacer! ¡No puedo cuidarla!

– ¿Por qué no?

– Porque…

– Todo lo que necesita es que le den de comer y que le cambien el pañal. Soy yo la que está de guardia esta noche, así que nadie te va a molestar. Te puedes dedicar en cuerpo y alma a ella.

– ¡Admitidla en el hospital!

Annie se negó.

– La niña no está enferma. El hospital está muy tranquilo. No hay ningún otro niño, tú lo sabes, y con el dinero que recibe el hospital no podemos permitirnos gastos innecesarios. ¿Esperas que llame a Helen, que despierte a alguien en mitad de la noche para que cuide a tu bebé?

– ¡No es mi bebé!

– ¿Y entonces de quién es? -le preguntó indignada-. Eres la única familia que esta personita tiene en el mundo.

– Annie… tienes que ocuparte de ella.

¡Aquello ya era demasiado!

– Tom, yo me voy a la cama -le dijo-. Helen te dará leche y pañales para toda la noche. Sé algo de procedimientos de adopción. Si quieres, mañana te lo cuento.

– Annie, detente ahora mismo -exigió Tom sin conseguir nada-. No eres un maldito doctor de guardia, eres mi amiga.

Ella se volvió.

– Y como amiga quieres que me responsabilice de tu hija hasta que decidas qué hacer con ella.

– Sí -dijo Tom-. Eso es exactamente lo que quiero que hagas. Tú sabes de niños… Yo no he hecho nada.

Annie estuvo tentada a aceptar la oferta. Pero, por una vez, el sentido común prevaleció. Ya estaba bien.

– Sí, si lo has hecho, Tom. Eres el padre de esta criatura. Ella necesitaba un papá y te tiene a ti. Bienvenido a la paternidad, doctor McIver. Por primera vez tiene usted responsabilidades, suyas, no mías.

– Pero Annie…

– Buenas noches, Tom. Cuida de tu hija. Yo me voy a la cama.

Capitulo 2

Le había resultado más sencillo de lo que esperaba decirle a Tom que la niña era responsabilidad suya. Pero, otra cosa muy distinta era dejar de preocuparse.

Annie no tenía más remedio que reconocer que la niña le había derretido el corazón.

Se fue a su habitación y se desvistió.

¿Qué había hecho Melissa? Había seducido a Tom y después le había dejado el paquete a la puerta, como si se tratara de un kilo de chuletas de oferta. Sencillamente, no quería el regalo de una noche de desenfreno. Más aún, lo había incitado a dejarla embarazada. No se había tratado, ni siquiera, de algo accidental.

Annie se miró al espejo. Si hubiera sido ella la privilegiada, si el niño hubiera sido suyo… Si Tom le hubiera hecho el amor.

Cerró los ojos y, al abrirlos de nuevo, su imagen le dijo con total honestidad que sus esperanzas eran vanas.

Era demasiado bajita, los ojos demasiado grandes para su cara y la cara llena de pecas. Eso, sin contar una nariz excesivamente respingona.

«Afronta la realidad: comparada con Sarah o con cualquiera de sus novias eres simplemente nada».

Su madre se había pasado toda la vida diciéndoselo.

– ¡No sé cómo me ha podido salir una hija así! -le había dicho desde niña-. Tendrás que cuidar de tu padre y hacer una carrera en la que no importe ser guapa o fea. Vístete siempre sin llamar la atención, para que no estés ridícula.

Annie hizo una burla a su madre y hermana ausentes. A pesar del tiempo que había pasado, aquellas palabras todavía dolían. La ropa sexy era para mujeres como Sarah y Melissa. Y los hombres como Tom, también.

Y el bebé.

¿Cómo sería eso de tener uno para ella?

Sueños. Con lo corriente y poco atractiva que era, difícilmente encontraría a alguien que le diera la oportunidad de saberlo.

Annie se metió en la cama y apagó la luz, con la intención de dormir.

Pero la voz de Tom se oía clara y alta.

– Lo siento, chicos, pero vais a tener que bajaros de mi cama. Tres ya es multitud, cuatro resulta ridículo. Algún día encontraréis un par de perras y lo comprenderéis.

Los perros hicieron su reproche a coro.

– Está claro. Pero no os preocupéis, esto es sólo por una noche.

¿Qué planes tendría Tom en mente?

Después de un rato, la voz del médico volvió a sonar.

– Son las dos y media de la mañana. Se supone que los bebés de tu edad duermen veinticuatro horas al día.

Pero la hija de Tom no parecía estar de acuerdo con esa rutina.

Por lo que Annie podía oír, la pequeña estaba feliz siempre que su padre la llevara en brazos.

Varias veces Tom le dijo a la pequeña que se durmiera. La luz se apagaba pero, poco después, se volvía a encender.

Poco a poco, se fue escuchando el ligero ronquido de la pequeña, hasta que perros y bebé se quedaron dormidos.

Tom, sin embargo, no hacía más que pasearse arriba.

A eso de las cuatro, dio de comer a su pequeña y, por fin, todo quedó en silencio.

Cuando Annie se levantó a la mañana siguiente, todo estaba en silencio.

Eran las ocho de la mañana del sábado.

Annie se vistió para ir al trabajo. Se decidió por una falda y una camisa vulgares, pero que le daban un aspecto un poco más formal.

Todo estaba muy tranquilo. Y lo único que había alterado la rutina de un sábado por la mañana era la noticia de la llegada del bebé.

Robbie, el administrador del hospital -o la «matrona» como él mismo se llamaba con sorna- se paró ante ella.

– Annie, cuéntamelo todo -irrumpió él, sin previo aviso.

Ella lo miró realmente sorprendida, incapaz de comprender a qué se refería.

Robbie medía un metro noventa y era grande como un tanque. Era muy amable y considerado con sus pacientes, pero cuando quería que Annie le contara algo utilizaba todo su peso y talla para conseguirlo.

– Doctora Burrows, no consigo que nadie me cuente nada -protestó-. ¿Es verdad que Melissa Carnem dejó al bebé a la puerta del doctor McIver anoche?

– Rob, eso no es asunto tuyo.

– Tampoco es asunto tuyo y, sin embargo, sabes lo que ha pasado. Así que cuéntamelo todo. Pete, mi primo, el que trabaja en el garaje, también lo sabe y Helen. Todos excepto esta alma cándida y miserable.

– Rob, se supone que deberías tratarme con respeto, no obligarme a permanecer inmóvil contra una pared. Coacción.

– Pues entonces lo que tiene que hacer, mi querida doctora, es crecer un poco. ¿Cómo voy a tratar con respeto a medio metro de mujer que parece una adolescente de catorce años?

Annie hizo un gesto cómico.

Robbie era uno de los mejores profesionales con los que se había topado, un enfermero eficiente, amable y trabajador.

Eso sí, no tenía para nada marcada la línea entre médico y enfermero. Pero nadie la tenía en Bannockburn. Y, precisamente, ese era uno de los motivos por los que le gustaba tanto a Annie trabajar allí.

– Bueno, cuéntame primero qué sabes tú -le dijo Annie.

– Melissa llenó el tanque de gasolina antes de llegar aquí -comenzó a explicarle Robbie con exagerada paciencia-. Mi primo trabaja en la gasolinera por las noches. Ella se lo contó todo. ¡Te lo puedes creer! Mi primo ha informado ya a todo el valle.

Así que a aquellas tempranas horas de la mañana ya el distrito entero conocía las andanzas del doctor McIver.

– ¿Melissa está todavía en la ciudad?

Robbie dijo que no con la cabeza.

– Según mi primo iba a irse en el primer avión de la mañana. Ahora te toca a ti soltar todo lo que sabes. ¿Melissa le ha dejado o no le ha dejado el bebé al doctor?

No tenía sentido negar nada. Robbie terminaría enterándose tarde o temprano.

– Sí -respondió Annie.

– ¿Y es suyo?

– Eso tendrás que preguntárselo al doctor -dijo Annie.

Robbie sonrió de oreja a oreja. A Robbie le encantaban los bebés. Era padre de tres niños. Desde su punto de vista, todo el mundo debía de estar feliz de ser padre.

– ¿Dónde está el bebé ahora?

– Con el doctor McIver -a Annie le resulto imposible reprimir la carcajada. La mueca de Robbie era demasiado cómica-. ¿Dónde si no? Bueno, supongo que tendremos que echar un vistazo a la úlcera del señor McKenzie. Si no está mejor, tendremos que considerar la idea de operar.

– Yo me ocuparé de los pacientes del doctor McIver. Seguramente estará muy ocupado esta mañana.

– Si es realmente su bebé, va a estar ocupado el resto de su vida.

Durante la hora de descanso, Annie trató de poner al día sus papeles, luego quiso leer el periódico, pero, finalmente, acabó haciendo lo que realmente quería hacer.

Preparó una taza de té y se la llevó al apartamento de Tom.

Llamó a la puerta, pero no hubo respuesta. Annie dudó unos segundos. Por fin, se decidió a abrir y a entrar.

Los perros estaban en el salón. Levantaron, sin demasiado entusiasmo, las orejas al oírla entrar. Estaban cansados. No estaban dispuestos a demostrar nada a nadie.

Annie se dirigió a la habitación. Dio unos ligeros golpes, pero no obtuvo respuesta.

Nada.

Abrió la puerta.

Tom y el bebé estaban dormidos.

Había una cuna del hospital junto a la inmensa cama. Pero estaba vacía.

Padre e hija dormían el uno junto al otro.

Annie se quedó sin respiración al ver la escena.

Como siempre, Tom McIver tenía la capacidad de conmoverla. Lo había hecho desde la primera vez que lo había visto.

Había sido años atrás, cuando ella era aún estudiante. Había ido a darles una charla sobre la profesión y la responsabilidad en los ámbitos rurales. La había sorprendido francamente. Su base era la entrega absoluta. Según decía, cuando se trae un niño al mundo, la vinculación del médico a la familia es total. Ya no se puede separar ni despreocupar jamás.

A pesar de la vida privada tan azarosa del doctor, demostraba en el día a día del hospital su entrega absoluta.

Tom McIver, por eso mismo, no habría podido dejar al bebé llorando en la cuna. Lo había metido en su cama, para reconfortarlo. Y Annie lo amaba por todo eso.

Annie miró al padre y a la hija.

¡Cómo habría deseado haber sido Melissa, la madre de la hija de Tom!

– Pero sólo puedes serlo en tus sueños -murmuró ella.

Tom abrió los ojos en ese momento.

Annie sonrió.

– Te he traído una taza de té.

– ¡Eres un ángel! -respondió él y se incorporó.

Annie avanzó tres pasos.

– ¡No muerdo! -dijo Tom y ella se ruborizó.

– He venido a preguntarte si necesitas algo. ¿Qué vas a hacer? -trató de mantener su voz carente de toda emoción-. Si quieres contactar con alguien de los servicios sociales, sería mejor que lo hicieras ahora. Los sábados por la tarde es completamente imposible.

– Bueno… he estado pensando. Quizás no necesite hablar con nadie. Si encuentro a Melissa, tal vez lo podamos solucionar de otro modo.

Annie negó con la cabeza.

– Lo dudo.

– ¿Por qué?

– Porque Melissa iba a tomar el primer avión de la mañana. No creo que siga aquí.

– ¿Quién te lo ha dicho?

– El primo de Robbie trabaja en la gasolinera. Melissa paró a repostar gasolina y le contó toda la historia.

– Ya… así que a estas alturas ya se ha enterado todo el valle.

– Supongo que sí.

Tom dejó el té en la mesilla y se sentó mejor. Su hija seguía completamente dormida y pegada a él.

– Bueno, pues no sé qué hacer. Sé que la madre de Melissa no se responsabilizaría de la pequeña, porque de otro modo no estaría aquí.

– ¿Y tus padres?

Tom soltó una carcajada.

– ¡Estás loca!

– Pues entonces sólo quedan dos posibilidades. O se queda contigo o la das en adopción.

– No sería tan duro si no se pareciera tanto a mí -dijo Tom.

– Si tú lo dices -respondió Annie muy poco convencida.

Annie se quedó allí, de pie, esperando.

A lo largo de su carrera como médico, se había tenido que enfrentar en más de una ocasión con padres a los que consumía el dolor de ver a sus pequeños marcharse de este mundo.

Tom sólo acababa de empezar a intuir lo que ser padre podía significar.

Tom dio un sorbo de té y miró a Annie.

– ¿Sabes algo sobre los procedimientos de adopción?

– ¿Nunca hasta tenido una paciente que quisiera dar a su hijo en adopción?

– Por suerte, no.

– Bueno, pues yo sí. Cuando te decidas, te ayudaré si es necesario… -Annie no pudo continuar. Miró al hombre y a la niña. Eran perfectos, la pareja ideal de padre e hija.

Algunas decisiones eran realmente duras.

– Cuando tú me digas, llamaré a la oficina de adopciones. Ellos encontrarán una familia adoptiva provisional. Eso puede hacerse ya, hoy mismo, si llamo antes del mediodía.

– ¿Provisional? ¿Por qué no se la pueden dar a los padres adoptivos de inmediato?

– Porque hay un período de adaptación de seis semanas. Tanto tú como Melissa tenéis que estar de acuerdo entonces y se considera que seis semanas es el período mínimo imprescindible para que los padres recapaciten sobre lo que van a hacer.

– ¡Qué cantidad de problemas!

– Los bebés son algo complicado en sí. Son personas. Tu hija, por pequeña que sea, tiene los mismos derechos que tú, Tom McIver. A pesar de lo que Melissa ha hecho, esta pequeña merece algo más que ser tratada como un desperdicio que nadie quiere.

– ¡No hace falta que te pongas así! Lo que busco no es desprenderme de ella a toda costa y a toda velocidad…

– ¿Seguro?

Hubo un silencio. Duda.

Tom suspiró.

– No sé, estoy realmente confuso -dijo honestamente. Miró a la pequeña y le tocó suavemente la nariz. Ella ni se inmutó-. Eso quiere decir que mi hija tendrá que pasar seis semanas en un hogar provisional.

«Mi hija»… Aquella expresión estaba cargada de dolor.

– Las familias adoptivas son cuidadosamente seleccionadas, Tom -le dijo Annie.

– Lo sé, pero… -se quedó en silencio.

El bebé seguía dormido. No se había movido ni aún cuando Tom se había incorporado para beberse el té.

– Ni siquiera tiene nombre -dijo Tom tremendamente dolido-. Tiene seis semanas de vida y carece de nombre.

– Pónselo tú -dijo Annie.

– Si se lo pongo yo…

– Ya. Entonces no tendrás más remedio que quedarte con ella -Annie trataba de no transmitir nada, ni emoción, ni opinión…-. Tom, sé que todo esto ha sido un verdadero shock para ti. Pero o te desvinculas de ella y se la entregas a gente que la puede cuidar y amar o vas a tener que empezar a tomar decisiones.

– ¿Decisiones?

– Sí. Por ejemplo, si quieres o no ponerle un nombre, si quieres verla cuando vaya creciendo.

– Si la viera, sabría que no la había querido, que la había entregado a unos extraños.

– Si la das en adopción, lo sabrá igualmente.

Tom miró a Annie durante un rato. Después se dejó caer sobre las almohadas.

Annie miró a la pequeña. Seguramente se pasaría todo el día durmiendo y decidiría despertarse por la noche.

Sabía que aquel asunto no la atañía, pero, por algún motivo, sentía lo que Tom sentía.

Tenía que salir de aquella habitación antes de agarrar al bebé y echarse a llorar desconsoladamente.

– Tom, me tengo que ir. Ya he visto a todos tus pacientes, pero hay gente esperando en la clínica. No hace falta que trabajes hoy. Me las puedo arreglar yo sola. ¿Quieres que llame a los servicios sociales o prefieres esperar hasta el lunes?

Tom abrazó con más fuerza a la pequeña.

– Gracias por hacer mi trabajo… Todavía no he decidido que voy a hacer respecto a la niña.

– Bien. ¿Estás preparado para cuidar de ella este fin de semana?

– No sé si podré o no.

Annie se mordió el labio.

– Tom, si quieres que vaya con una familia provisional hoy mismo, se puede hacer. Pero tendría que llamar antes de las once y media.

Sin obtener ninguna respuesta, Annie se dio media vuelta y se marchó.

Tom la miraba con la misma confusión que ella sentía.

Annie estaba con Henry Gilíes en la consulta y a punto de quitarle la escayola, cuando Tom entró como un torbellino. Había tomado una decisión.

– ¡Annie, se queda!

Annie bajó el pie de Henry cuidadosamente.

Tom se había duchado, afeitado y vestido y su aspecto era bastante menos caótico que la última vez que lo había visto.

No obstante, no había recuperado su autocontrol.

– ¿Quieres que salgamos fuera y hablemos?

– No -dijo Tom. Se acercó a Henry y miró su pie cubierto con interés-. Todo el valle debe de saber ya lo que está sucediendo y Henry es un amigo. Rebecca me dijo que era él el que estaba aquí, por eso me decidía a entrar. ¿Cómo demonios te has hecho eso?

– Una maldita vaca se sentó en mi pie -le dijo Henry-. Eso fue la semana pasada. Tú estabas por ahí, con alguna mujer, y la doctora Burrows fue la que me puso la escayola. Ahora dice que me va a quitar esta, pero que me tiene que poner otra. Seguro que si me la hubieras puesto tú se habría quedado ahí hasta el final.

Tom sonrió al granjero.

– ¿No confía en la doctora?

– No está mal, para ser una mujer… pero esa maldita escayola…

– Tiene que quitártela. La doctora tiene toda la razón, Henry. Yo habría hecho exactamente lo mismo. La herida necesita diez días para curarse. Pero si te dejamos la misma escayola hasta el final, te llevaran los demonios del picor…

– Es verdad que pica -protestó Henry.

Fue entonces cuando Henry vio a Annie agarrar la sierra.

– ¡Por todos los diablos, muchacha! ¡No sé yo…! ¿Una sierra eléctrica para la escayola? ¿Qué pasa si se escapa?

– Ya me las arreglaré para volver a unir el pie a la pierna -Annie se rió-. No te preocupes, Henry. Es una sierra especial, sólo vibra y remueve la escayola. Si te toca la piel a penas si la notas.

– Quieres decir que no voy a notar nada cuando se me caiga el pie, ¿verdad? ¡Maldita sea! ¿Tú te fías de ella? -le preguntó a Tom.

– Sí.

– ¡Mujeres con armas! ¿Qué más nos puede pasar? -suspiró-. Ataque ya. Si me quedo sin pie, al fin y al cabo tengo otro.

Se puso las manos detrás de la cabeza y se apoyó, en un gesto de resignación. Miró a Tom.

– ¿Qué decías? ¿Te vas a quedar con la niña de la que habla todo el mundo?

– Bueno, sólo durante las seis semanas antes de entregarla a los padres adoptivos -Tom miró a Annie de reojo.

Annie estaba concentrada en lo que hacía y tardó unos segundos en darse cuenta de lo que acababa de decir Tom.

– ¿Quieres decir que te vas a quedar con ella en lugar de mandarla con una familia provisional? -preguntó.

– Eso es.

– ¿Y después dejar que se la lleven sin más?

– Es más sencillo.

– No, ni hablar.

El ruido dificultaba la conversación.

– ¿No? -Tom levantó las cejas.

– Sujete bien el pie, doctor McIver -le pidió Annie-Aunque Henry tenga dos pies, seguramente preferirá quedarse con los dos.

– Eso era lo que yo le decía, doctora -Henry sonrió-. Esto sí que es una mujer, no todas esas muñe-quitas bobas con las que suele salir el doctor Burrows. Ninguna tendría lo que hace falta para decirle las cosas claras.

– Gracias, Henry -dijo Tom secamente.

No continuaron hablando hasta que quitaron la escayola. Tom comenzó a limpiar la pierna, mientras Annie preparaba las vendas para una nueva escayola.

– ¿Por qué no se puede quedar? -preguntó Tom en un tono casi de conversación-. He estado dándole vueltas. Se puede quedar en la unidad pediátrica y yo pagaré los gastos de la enfermera cuando no haya ningún otro niño. Así no tendrá que irse a casa de unos extraños.

– Tom, para tu hija, tú eres el primer extraño.

– Ya se ha acostumbrado a mí -dijo Tom-. Se ha puesto a llorar cuando se la he pasado a la cocinera.

– ¡Vaya suerte que ha tenido la mujer!

Así es que ya había convencido a la señora Farley para que la cuidara. Estaba claro que ninguna mujer era capaz de negarle nada. Excepto Annie.

– Tom, si quieres dar a tu hija en adopción, tiene que ir primero a una familia. El período de seis semanas de adaptación no empieza hasta que tú no pierdes la custodia de la niña.

– Eso quiere decir que, aunque me quede seis semanas con ella, el período de adaptación tendría que volver a empezar.

– Eso es.

– Ya -Tom le secó la pierna a Henry y le echó polvos de talco. Agarró las vendas y comenzó a envolver el pie de Henry-. Pero podríamos hacerlo si la admitimos en el hospital. Entonces ya no estaría bajo mi custodia.

Annie lo miró sorprendida.

– ¿Crees que si haces eso, los servicios sociales se van a creer que no te estás ocupando de ella?

– Bueno, no sería así exactamente. Si eres tú la que la admites aquí, entonces estaría bajo tu tutela… -Tom lanzó una de sus persuasivas sonrisas.

– ¡La está enredando, doctora! -comentó Henry que hasta entonces se había limitado a mirar boquiabierto la escena-. No deje que la convenza para hacer algo que no está bien. Ya sabe como es. Puede convencer a cualquiera de cualquier cosa.

– Sí, está claro que es capaz de cosas imposibles -afirmó Annie y miró a Tom-. Suele funcionarle. Pero lo que me está pidiendo ahora es demasiado. Quiere que mienta a los servicios sociales.

– No es una mentira…

– El período de adaptación son seis semanas en que los padres no pueden tener acceso a los hijos. ¿Me garantizarías que ni siquiera vas a mirar por la ventana?

– ¡Annie…!

– No lo voy a hacer -le dijo Annie-. Protesta todo lo que quieras.

Por supuesto que una parte de ella pensaba que, tal vez, si Tom se quedaba con la niña seis semanas, acabaría por no darla en adopción. Pero su parte profesional y ética le decía que ese no era modo de hacerlo.

– Tom, en cuanto el período de adaptación empieza, los servicios sociales se ponen en contacto con los padres adoptivos, les cuentan cómo es tu hija y les preguntan si la quieren. Les advierten de la posibilidad de que puedas cambiar de opinión. Pero si nada cambia, el bebé será suyo en seis semanas.

– ¿Y qué hay de malo en que yo disfrute de la niña durante ese período? -miró a Annie con un gesto desafiante.

– Porque la razón de que se haga así es que el paso más duro debe darse antes de que los padres adoptivos sean informados. Suelen ser gente que lleva años esperando un bebé y no es justo que se les creen falsas expectativas.

El rostro de Tom se oscureció.

– ¿Qué diablos es esto, doctora Burrows? ¿Una lección sobre moral o algún tipo de castigo superior?

– No -dijo Annie con firmeza-. Pero no veo porqué otros tengan que sufrir injustamente. Las parejas que se deciden por la adopción suelen ser gente desesperada por ver su vida iluminada por un niño.

– ¿Asumes que hay una posibilidad de que no quisiera darla después de seis semanas?

Annie respiró antes de continuar.

– Si se queda aquí, es posible que así sea.

– ¡Eso no tiene sentido! La única solución es la adopción.

– Entonces, ¿por qué, sencillamente, no te desprendes de ella ahora?

– Porque acabo de conocerla y…

– Y quieres conocerla mejor.

– Eso es.

– Así que, cuando ya sepas cómo es, la darás.

– Sí.

– ¡Vaya, vaya! -Henry, que hasta entonces no había intervenido, no pudo más. Parecía estar divirtiéndose francamente-. Si piensa eso es porque no conoce a los bebés, doctor. Cuando el mío nació, pensé que era la cosa más fea que jamás había visto. Pero, de pronto, te miran a los ojos y ya estás perdido.

– Henry…

– No importa cuántas noches te quedes sin dormir -continuó Henry, haciendo caso omiso a la interrupción-. La casa se convierte en un caos, la esposa se pasa todo el día ocupada, se acaban los guisos y las tartas. Pero nada de eso importa, porque los has tomado en tus brazos y te han sonreído. Te dicen que es una mueca, que todavía no saben lo que es sonreír. Pero lo que tu ves va más allá y estás perdido.

Henry lo miró fijamente.

– Y me atrevería a decir que todo eso ya le ha sucedido a nuestro doctor. ¿Qué opina usted, doctora Burrows?

Annie vio lo mismo.

– Bueno… la verdad es que… Creo que tiene usted toda la razón -Annie consiguió esbozar una sonrisa-. Y creo también que necesitaba oír eso de un hombre. Resulta que las mujeres pueden usar sierras sin cortar lo que no deben y los hombres se pueden enamorar de sus bebés.

La mirada que Tom dirigió a Annie hizo que se decidiera por una pronta retirada.

– Henry, tengo mucha gente esperando. Así es que, como el doctor está aquí, le voy a dejar que le ponga toda la escayola.

Annie salió de allí, antes de que Tom pudiera decir nada.

Capítulo 3

Annie se pasó toda la mañana atendiendo pacientes y no volvió a ver a Tom en varias horas.

Ninguno de los pacientes parecía sufrir ningún mal grave, pero todos se mostraban particularmente interesados en la historia del doctor y el bebé. Annie estaba empezando a sospechar que la repentina aparición de tantos síntomas inconcretos en la comunidad se debía más bien a una curiosidad hambrienta de noticias.

Cada vez que alguien llamaba a la puerta, Annie esperaba ver a Tom, decidido a llamar a los servicios sociales. Pero eso no ocurrió. Así que iba a quedarse con la niña durante el fin de semana.

– Pero no va a conseguir que la admita en el hospital -se dijo a sí misma-. No, señor.

Se despidió de Rebecca, la recepcionista, y salió a comer. ¡Comer! Ni siquiera recordaba haber desayunado.

¡Al diablo Tom McIver y sus problemas emocionales! Ella tenía sus propios problemas emocionales… que estaban directamente relacionados con él.

Llegó al corredor que conducía a su apartamento.

Necesitaba un poco de paz y, sobre todo, perderle a él de vista durante un rato.

Pero al abrir la puerta, allí estaban: él y la niña, tumbada en la cuna.

La pequeña dormía. Tom salió de la cocina con una ensaladera llena de ensalada.

Anna miró a la mesa. Había dos platos, dos pares de cubiertos, vino, copas, pan calentito… ¡Y un delicioso olor a comida recién hecha!

– Sea lo que sea lo que quieres, la respuesta es no.

– ¡Annie, eres una desconfiada!

– Te conozco, Tom McIver -dijo Annie, se dirigió a la puerta y la abrió-. Fuera. La respuesta es no y no y no. ¡Fuera!

– Annie, necesito hablar contigo.

– Pues organiza una reunión en el hospital.

– Annie… -Tom dejó la ensalada en mitad de la mesa y le puso las manos sobre los hombros.

Sólo ella podía saber lo que su tacto le hacía sentir.

A pesar de todo, no se iba a dejar convencer. Algo quería, aunque ella no supiera de qué se trataba.

– Annie, esta es la primera vez que hago esto. Hannah y yo hemos estado en la carnicería, en la frutería y nos hemos pasado toda la mañana cocinando.

– ¿Hannah?

– Hannah -Tom pareció confuso-. La… la he llamado así, por mi abuela.

– Es muy bonito, Tom -dijo Annie mientras se alejaba de él-. ¿Quieres que sea ese su nombre?

– Supongo que los padres adoptivos se lo podrán cambiar.

– Sí, pueden -afirmó ella-. Pero todavía no has decidido si quieres darla en adopción.

– El lunes… Supongo que si no aceptas mi propuesta, por lo menos la tendré conmigo hasta el lunes.

– Ya -Annie lo miró directamente a los ojos. Había algo más-. ¿Y qué es lo que esperas que yo haga a cambio de la comida?

– Es sólo un gesto de buena voluntad.

– No me lo creo.

– ¿Qué quieres decir?

– Quiero decir que no me lo creo. ¿Qué quieres?

– Tómate al menos un vasito de vino.

– No. No bebo cuando estoy de servicio.

– Un vaso no te hará nada.

– Y, sobre todo, no bebo cuando alguien quiere convencerme de algo que va contra mis principios. Así es que suelta de una vez qué es lo que quieres.

Tom miró a Annie. Sonrió ligeramente.

– No. Me ha costado mucho preparar esta comida y no estoy dispuesto a que no te dignes a probarla. No querrás que Tiny y Hoof acaben por tomársela.

Annie miró una y otra vez a la mesa.

Estaba muerta de hambre y olía divinamente.

– Bueno, de acuerdo. Pero no te hago promesas.

– Cállate, y come como un buen doctor -dijo Tom-. Después ya veremos.

Así es que Annie se sentó y comió gustosa el estupendo guiso que él había preparado. Tenía que admitir que le encantaba estar con Tom. Aunque no era capaz de relajarse ni un minuto en su presencia.

Por fin, Tom apartó el plato y suspiró.

– Eres muy inquieta, Annie.

– Si descansara, sería demasiado superior a ti -dijo Annie y lo miró conteniendo una sonrisa-. De acuerdo, Tom. Ya me has alimentado y me siento mucho mejor. Te ayudaré si puedo, pero no voy a cuidar a tu hija durante seis semanas.

– Sólo por esta noche.

Silencio.

– ¿Esta noche?

– Es la fiesta del hospital, ¿recuerdas? -dijo Tom-. Sarah espera que la lleve. Y tú estás de guardia.

– ¿Quieres que cuide a Hannah esta noche?

– Bueno, algo así.

– Pero si estoy de guardia no me puedo ocupar de ella.

– Ya he avisado a Robbie para que llame a una enfermera. Lo único que tienes que hacer es decir que sí.

– Tom, sólo tendrás a tu hija durante dos días y la vas a dejar con una desconocida para divertirte con Sarah.

Tom la miró de un modo extraño.

– Annie…

– ¿Qué? -aquello era increíble. Le estaba pidiendo que se quedara con la pequeña para poder salir con otra mujer.

¡Era el colmo!

¿Cómo podía seguir viviendo allí? Estaba loca, loca, loca y completamente enamorada de un hombre que jamás se daría cuenta de que existía Annie Burrows. Bueno, sí, como colega o como canguro… ¡qué consuelo!

– Annie, no puedo permitirme que Sarah se enfade -le aseguró-. Es una chica encantadora.

– Y con la cabeza llena de algodón.

– Creo que estás siendo bastante injusta. Es maestra, Annie.

Sí, sin duda estaba siendo injusta. Pero, ¿y qué? ¿No lo era él con ella?

– ¿Vas en serio con Sarah?

– Creo que sí.

Annie se levantó y llevó los platos al fregadero.

– La semana pasada era otra.

– Sí, pero…

– ¿Pero?

– Como ya te he dicho, Sarah es maestra -dijo Tom-. Le gustan los niños y sabe tratarlos. Quizás podría persuadirla para que… Bueno, quizás quisiera ocuparse de Hannah y de mí.

Annie se volvió a él con gesto incrédulo.

– ¿Estás pensando en crear una familia?

Tom se ruborizó.

– Bueno… sí. He estado dándole vueltas. Si pudiera pasar algún tiempo con Sarah, quizás podría conseguir que aceptara o, al menos, que se lo pensara.

Miró al bebé durante un rato. La niña estaba profundamente dormida.

– Se parece tanto a mí, Annie -dijo él-. Yo no tengo ni idea de cómo se cuida un bebé. Pero Henry tiene razón. Estoy prendado de ella. Bueno, a lo mejor piensas que es una locura. Pero tengo dos días para pensármelo. Ya sé que quiero a mi hija. Ahora necesito saber si Sarah me aceptaría con el bebé.

– Pero, ¿quieres a Sarah? -Annie no salía de su asombro.

– Bueno… -Tom pareció considerar durante unos segundos sus palabras-. No creo que el amor romántico que uno siente por una esposa pueda ser comparable al que se siente por una hija. Lo que sí creo es que es importante elegir a alguien que sea sensato.

– ¿Y Sarah es sensata?

– Creo que sí.

– Y sobre todo guapísima -Annie sonrió-. Muy sensato por su parte, doctor. ¡Pobre Sarah!

– ¡Maldición, Annie! Entonces, ¿qué se supone que debería hacer?

– No tengo ni la más ligera idea -dijo Annie-. Estoy segura de que lo que pretendes hacer es lo más adecuado y que, después, viviréis todos felices para siempre.

– ¡No hace falta que seas tan sarcástica!

– ¡No, claro que no! -Annie se levantó. ¡Aquel hombre estaba completamente ciego! ¿Es que no se daba cuenta de que la estaba destrozando? Él no creía en el amor y Annie lo sentía con tal intensidad que era capaz incluso de quedarse con la niña para que él encontrara a la madre de sus sueños-. Así que me voy a seguir siendo una doctora, sensata, trabajadora y vulgar. Sí, la misma doctora Burrows que está ahí siempre que la necesitas y lo suficientemente estúpida como para ocuparse de tu hija esta noche. ¡Pero sólo esta noche!

Se dirigió a la puerta y la abrió de par en par.

Él la miró como si, de pronto, se hubiera vuelto loco.

Tal vez así era.

– Será mejor que me dejes estudiar el poco rato que me queda antes de que me vuelvan a llamar. Necesito espacio -protestó-. Pero, sí. Me responsabilizaré de su bebé, doctor McIver. ¡Sólo por esta vez! En el futuro…

¿Quién sabía lo que le depararía el futuro? ¿Se iba a pasar el resto de su vida en Bannockburn, siendo la vecina del doctor McIver y su bebé?

¡No, no y no! Tenía que marcharse de allí.

– Y el futuro es tu problema -le dijo Annie-. Tu futuro no tiene nada que ver conmigo, ¡nada!

En cuanto Tom y la niña salieron, cerró la puerta con ímpetu.

El sábado por la noche comenzó siendo tranquilo.

Annie estaba en una de las salas, cuando Tom y Sarah aparecieron con la niña.

Hacían una pareja de esas de película: Tom, guapo, moreno y bronceado; Sarah, alta, con una hermosa mata de pelo rubio cayéndole por los hombros y unas piernas interminables.

Eran tan guapos que le quitaban el sentido a quien pasara a su lado.

Allí se quedaron un rato, junto a la cuna, sonriéndose el uno al otro agarraditos de la mano.

Mientras la doctora Burrows, o Cenicienta Burrows, como ella se sentía, se quedaba en un rincón oscuro y trataba, desesperadamente, de no convertirse en una calabaza.

– ¿No te parecen la pareja perfecta? -dijo Chris, la enfermera que se iba a encargar de Hannah aquella noche-. ¡Ay! ¡Cómo me gustaría ser como Sarah!

– Sí, ya somos dos que sueñan con la luna -Annie se metió las manos en los bolsillos de la bata blanca.

La adorable pareja se marchó y el vacío en el hospital sin la presencia de Tom se hizo patente.

Annie arrugó la nariz y se reajustó las gafas.

– Bueno, no todas podemos ser Blanca Nieves. No es que nosotras seamos feas, es que Sarah es tan impresionante que haría palidecer a la Bella Durmiente.

– ¡Mucho sabes de cuentos de princesas! -se mofó Chris.

Annie se encogió de hombros y sonrió.

– Bueno, supongo que será una noche tranquila. La mayor parte de la gente del pueblo está en la fiesta. Tienes toda la noche para un único y saludable paciente: Hannah.

– ¡Es fantástico! -se rió Chris-. Sé exactamente lo que voy a hacer. Me voy a meter en mi novela y, por favor, doctora Burrows, no me encuentre ningún paciente más. Estoy ansiosa por saber cuándo Jack se enamora de Kimberley. Voy por la página ciento veinte y todavía no se ha dado cuenta de que existe como mujer.

Desde luego aquella noche no sabría lo que acontecería a Jack y Kimberley. Media hora después, Murray Ferguson, de ocho años, llegó al hospital con un ataque de asma. Chris y Annie pasaron dos horas de incesante actividad, hasta que lograron estabilizar la respiración del pequeño.

Poco después, llegó Ray Stotter con un fuerte dolor en el pecho. Annie y Helen estuvieron otras dos horas con él, haciéndole todo tipo de pruebas, para determinar de qué se trataba. Por lo que aparecía en los test y por los síntomas, parecía una angina de pecho. Pero Annie consideró necesario que el enfermo quedara hospitalizado para tenerlo en observación.

La asustada esposa del enfermo estaba en casi peores condiciones que él. Al final, Annie pasó más tiempo con Marth Stotter que con su marido.

A eso de la una de la mañana, Annie volvió a la unidad infantil para comprobar el estado de Murray.

Allí se encontró a Chris, con Hannah en brazos. La paseaba de arriba a abajo, mientras vigilaba a Murray.

– No hay forma de dejarla en la cuna. En cuanto la dejo en la cuna se pone a llorar como una loca. Quizás eche de menos a su madre.

– Me da la impresión de que se ha acostumbrado a dormir de día y a estar despierta por la noche. Quizás es por eso que su madre decidió abandonarla.

Annie se quedó mirando a la pequeña. No podía descartar que aquella fuera la explicación. Pero, realmente, no podía entender que una madre sana abandonara así a su criatura.

– Pobrecita -dijo Chris, acompañando el pensamiento de Annie-. Es tan encantadora y se parece tanto a su padre. Siempre pensé que Melissa era una cabeza loca. Ahora, además, pienso que es una mala persona.

– Y nosotras tenemos que seguir ocupándonos de ella, mientras sus mayores intentan arreglar el enredo que han formado.

Chris asintió.

– Al menos está bien alimentada y feliz. Y, mientras no trate de dormirla en la cuna, no hay problema. Tendré que tenerla en brazos. No quiero que despierte a Murray. Está aterrado.

– Lo peor del ataque de asma ya ha pasado. Debe de ser realmente espantoso no poder respirar. ¿Te las puedes arreglar tu sola aquí?

– Sí, claro que puedo -le aseguró ella-. Dos pacientes no son nada. Sólo lo siento por Jack y Kimbeley.

– Tendrán que dejar su apasionado descubrimiento para mañana -Annie sonrió-. Lo bueno de un héroe de novela es que lo puedes dejar debajo de la almohada hasta que te apetece otro romance. Mucho más práctico que un hombre de verdad.

– Quizás -dijo Chris-. Pero a mí me da la impresión de que uno de verdad debe de ser mucho más divertido.

La enfermera miró a Annie y se quedó pensativa.

– Sé que esto es meterme en lo que no me importa -continuó-. Pero no ha salido con nadie desde que llegó. ¿Es que no quiere?

Annie se encogió de hombros.

– Estoy demasiado ocupada -dijo-. No tengo tiempo.

– Pero es guapa -le aseguró la enfermera-. ¡Si se quitara esas gafas!

– Entonces no podría escoger a ningún hombre -Annie sonrió-. No podría verlos.

– Puede que eso fuera una ventaja -le aseguró Chris-. El problema de trabajar con el doctor McIver es que luego cualquier hombre se le queda pequeño. ¿No le parece guapísimo?

– Sí, claro -la voz de Annie mantuvo un tono aséptico, impersonal.

Chris la miró fijamente. Pero, por suerte para Annie, la hija de Tom comenzó a removerse y la conversación se vio interrumpida.

– De acuerdo, señorita -le dijo la enfermera a la niña-. Voy a contarte la historia de mi vida amorosa que es seguramente el mejor remedio contra el insomnio de cualquiera.

La enfermera desapareció.

Pero a los diez minutos, cuando Annie acababa de meterse en la cama, recibió una llamada. Era Helen.

– Annie, ha habido un accidente de coche -la informó-. No sabemos los detalles, pero la ambulancia estará allí en diez minutos.

– Voy para allá.

Annie se vistió a toda prisa. En cuanto las ambulancias recibían el aviso, informaban al hospital, pero todavía no sabían la gravedad del accidente.

Pero en un lugar como Bannockburn un incidente de aquellas características no era un mero número en las estadísticas. Era una ciudad pequeña y todos se conocían directamente.

– Espero que no sea grave.

Dos minutos después ya se estaba recorriendo el pasillo del hospital.

Helen acababa de colgar.

– Es muy grave -le dijo, mientras buscaba el número de una enfermera-. Se trata de Rod y Betty Manning y su pequeña, Kylie. Rod y Bettie habían estado en la fiesta y acababan de recoger a Kylie de casa de la canguro. Se chocaron contra un árbol.

– ¿Están vivos?

– Sí, pero Rod y la pequeña están muy mal. Betty sólo tiene unas magulladuras en la cara. Eso es todo lo que yo sé. Pero Dave parecía realmente impresionado.

Annie asintió. Dave era uno de los voluntarios que conducían las ambulancias. Tenía la formación básica que se impartía en los cursos de voluntariado. Pero las veces que había atendido a varios casos no habían sido suficientes para que se acostumbrara a las escenas que solían darse.

– ¿Has avisado a más personal?

– Sí. He llamado a Susan, para que ocupe el lugar de Chris. La necesitaremos en el quirófano. Elsa viene también para acá. Se quedará en la unidad infantil ocupándose del asma de Murray. Pero no sé qué hacer con la pequeña del doctor McIver. Sigue despierta. Tal vez, debería llamar a Robbie, pero ha tenido una guardia muy larga y está cansado, y mañana le toca otra vez.

Elsa era sólo auxiliar y no tema capacidad para ocuparse de Murray y Hannah al mismo tiempo.

– ¿Y el doctor? ¿Ha regresado ya de la fiesta?

– Sí… -Helen dudó unos segundos-. He estado a punto de llamarlo, pero no me he atrevido. La verdad es que lo necesitamos aquí. Ni siquiera será capaz de cuidar a su pequeña.

– Sí, lo necesitamos. Pero él mismo dijo que a Sarah le gustaban los niños… Creo que no nos queda otra opción.

Annie salió en dirección al apartamento de Tom.

Al abrir la puerta, lo primero que vio ella fue la marca de carmín que Tom llevaba en el cuello. Annie no debería de haberse fijado en algo tan trivial, dadas las circunstancias. Pero no lo podía evitar.

«Olvídate del carmín», se dijo a sí misma.

Annie metió la cuna con el bebé en el apartamento sin darle a Tom opción a protestar.

– Doctor McIver, lo necesitamos urgentemente.

Tom parpadeó desconcertado.

Annie también.

Sarah estaba allí, en mitad del salón, con su inmensa mata de pelo rubio y el gesto de quien ha estado haciendo el amor.

Bueno, eso habría sido lo que Annie habría querido estar haciendo. ¿Por qué le dolía tanto no ser ella la que estaba allí de pie, con cara de tonta?

«Haz lo que tienes que hacer y olvídate del resto», volvió a decirse Annie.

– También te necesitamos a ti, Sarah, para que te ocupes del bebé. Es una emergencia. Espero que no te importe.

– ¿Una emergencia? -Tom abandonó su estado de amante para entrar rápidamente en su personalidad de médico responsable.

– Ha habido un accidente de coche -dijo Annie-.

Dos adultos y una niña. La ambulancia estará a punto de llegar. Me voy para el hospital.

– Pero Tom… -dijo Sarah-. Me habías invitado a tomar un café. ¿No puede Annie arreglárselas sola?

– Es obvio que no -dijo Tom con dureza.

Tom ignoró por completo la protesta de Sarah. Estaba claro que no la había oído.

– Prometo que cuando la situación esté controlada, me ocuparé de todo. Pero, de momento, no es posible.

– Pero…

– Tardaré un rato, Sarah -Tom se metió en la habitación y en menos de un segundo salió preparado y dispuesto a ponerse manos a la obra.

La cabeza de Tom ya no estaba en Sarah. Annie sabía que el hombre tenía una capacidad extraordinaria para olvidarse de todo y centrarse en su profesión. Era una de esas cosas que admiraba profundamente.

– Pues, entonces, me iré a casa -dijo Sarah. Agarró el bolso-. No tengo ningún motivo para quedarme aquí.

Annie miró de Tom a Sarah y de Sarah a Tom. Ninguno de los dos parecía haber reparado en la cuna.

Pero era asunto de ellos. Si querían iniciar una familia, aquella era una ocasión sin igual.

– Sarah, Tom te necesita para que te quedes un rato con la pequeña -dijo Annie-. Tom, tú sabes que no tenemos a nadie que se pueda ocupar de ella. Hannah empezará a llorar como una desesperada en el momento en que sienta que no se la atiende.

Annie miró de nuevo a Sarah y luego a Tom.

Pero, después de todo, no era su problema. Que se las arreglaran como quisieran o como pudieran. Annie se dio media vuelta y se marchó.

Annie no supo cómo había resuelto el problema de la niña. Pero tampoco tuvo tiempo de preguntar.

Cuando Tom llegó el hospital estaba en plena actividad.

Kylie Mannie, de cinco años, no hacía sino gritar aterrada y confundida por lo que había sucedido.

– Helen, ocúpate de ella. Doctor McIver, la niña necesita una radiografía. Creo que se ha partido la pierna.

Mientras tanto, Annie se las tenía que arreglar con una señora Manning completamente fuera de sí.

– ¡Cálmese, así no vamos a solucionar nada! Kylie ya está siendo atendida. Tranquilícese.

Annie lanzó a Tom un mensaje con los ojos. Hasta que no se llevaran la camilla de la pequeña la mujer no se iba a tranquilizar. La niña estaba nadando en un mar de sangre y lloraba desconsolada.

– ¿Estás bien? -le preguntó Tom-. ¿Te encargas tú de ella?

Annie asintió. Pero la escena hablaba por si sola.

La señora Manning también sangraba mucho y estaba en estado de shock, mientras su marido gritaba de dolor en la camilla contigua. Dave lo sujetaba como podía para que no se moviese.

– Me ocuparé de la señora Manning primero y luego veré a su marido -dijo Annie. Aquella información iba más dirigida a Betty que a Tom. La mujer necesitaba que la tranquilizasen.

Una vez más los ojos de Annie se encontraron con los de Tom.

Siempre habían trabajado muy bien juntos. Se entendían sin necesidad de palabras.

Helen levantó la sábana que cubría la pierna de la niña. Tom se tensó. A penas si circulaba la sangre por debajo de la rodilla. Si Tom no actuaba con rapidez, acabaría por perder la pierna.

– ¿Y Rod? -el rostro de la madre estaba empapado de sangre y lágrimas-. Él está peor que yo, atiéndale a él. ¡Mi marido!

– Rod sólo tiene un brazo roto -dijo Annie-. Antes tenemos que parar la hemorragia que tiene en la cara.

– Pero…

– Soy yo la que decide qué hay que hacer antes -dijo Tom con firmeza-. Dave se ocupará de su marido. Sugiero que se que se tumbe y facilite nuestro trabajo, para poder hacerlo todo en el tiempo que requieres.

Tom se dio media vuelta y se dirigió a la camilla de la niña.

– Estaré contigo en cuanto termine aquí -murmuró Annie. Sabía que Tom realmente la necesitaba en la sala de operaciones. Pero era imposible dejar a Betty. Estaba perdiendo mucha sangre.

¿Y el marido? Aparentemente, sólo tenía una pierna rota.

– Señora Manning -le dijo Annie a la joven madre, mientras le limpiaba la sangre de la cara-. Kylie está en muy buenas manos. Tom se encargará de ella. Tiene una pierna rota. Pero necesito ocuparme de usted antes que nada.

La mujer tenía un gesto aterrado.

– Está segura de que mi niña…

– Tom no va a permitir que su hija se muera sólo por una pierna rota.

La mujer se tranquilizó.

– ¿Y Rod?

– Aparte de la fractura del brazo, no veo ningún signo de algo más grave -Annie no podía evitar cierto tono de censura en su voz. Por lo que había podido ver, el alcohol había sido el causante de todo…

Tampoco pensaba que pudiera hacer nada con aquel brazo de momento. Se limitaría a darle calmantes para apaciguar el dolor.

– Le ruego que me deje hacer mi trabajo. Mi prioridad es usted.

– De acuerdo.

– Le voy a dar un tranquilizante.

– Pero, si algo ocurre, hágamelo saber…

Treinta minutos después, Annie se había unido a Tom. Kylie, Helen y él ya estaban en el quirófano.

Tom levantó la vista y al ver a Annie entrar se mostró aliviado.

– Tenemos que darnos prisa. La poca sangre que llegaba a la parte inferior está dejando de regar.

Annie miró la pierna con preocupación.

– Si la arteria está obstruida…

La ambulancia aérea tardaba dos horas en llevar a cualquier enfermo a Melbourne.

– La arteria no está obstruida del todo. Hay pequeños fragmentos de hueso presionándola. Tal vez yo pueda hacer algo para que deje de ocurrir eso y la sangre fluya sin problema.

Annie miró la pierna. ¡Realmente estaba destrozada!

– ¿Qué tal allí fuera? -Tom levantó las manos y Helen le puso los guantes.

Annie no respondió de inmediato. La prioridad estaba en la anestesia. Tenía que comprobar que había actuado correctamente.

Las constantes vitales de la niña eran las adecuadas para una pequeña que había sufrido un impacto de aquellas características.

– Mejor -respondió Annie por fin-. Ya le han hecho la radiografía a Rod. Estoy casi segura de que sólo tiene un brazo roto. Está confuso y asustado. Chris se ha quedado con él.

– ¿Y Betty?

– Ha perdido mucha sangre y he tenido que darle un punto para parar la hemorragia. Pero me temo que va a necesitar la ayuda de un cirujano plástico después de todo esto.

– Ahora sólo queda Kylie. Dos han tenido suerte. Espero que podamos salvar a la tercera. ¡Cómo necesitaría un cirujano especializado en este momento!

Así era. Pero no había tiempo de enviarla a un hospital mayor. Tom tenía que lograr poner las cosas en su sitio, para que, más tarde, un especialista hiciera su trabajo.

Si no salvaba la pierna de la pequeña, habría poco que hacer después.

Capítulo 4

Pasó una hora antes de que Tom tuviera claro que lo había conseguido. Media hora después, exhausto y sudoroso, dio por terminado el trabajo.

– Ya está. Lo he hecho lo mejor que he podido.

Annie miró el pie de la pequeña. Había recuperado el flujo sanguíneo.

– Dudo que un cirujano especializado hubiera podido hacerlo mejor.

– Sí, pero en pocos meses necesitará que le pongan una rótula artificial y mucha fisioterapia -dijo Tom.

– ¿La vas a mandar a Melbourne esta noche?

Los músculos de la niña sufrieron un pequeño espasmo. En breve, comenzaría a respirar por sí sola.

– Será mejor que se quede toda la noche aquí, para estabilizarla un poco. Me da pánico mover esa rodilla… ¡Le queda tanta vida por delante!

– Al menos todavía le queda la posibilidad de recuperarse -Annie observaba cuidadosamente el pecho de la niña.

El cuerpo reaccionó contra el tubo respiratorio y Helen se lo quitó.

– ¡Bien!

Annie no fue la única contenta de que reaccionara. El rostro de Tom, macilento y agotado por el esfuerzo realizado en la sala de operaciones, acusó el despertar, transformando su gesto con una sonrisa.

Aquel era el Tom McIver que ninguna otra mujer conocía, el hombre capaz de entregarse en cuerpo y alma a sus pacientes. Otro habría decidido enviar a Kylie en la ambulancia aérea, sin haber intentado nada. Tom había luchado por ella y, gracias a eso, las posibilidades de que no perdiera la pierna eran muy altas.

¡Tom era un verdadero médico!… Además de adorable.

¡Cómo lo quería! Pero no podía acercarse a él y besarlo y aplacar con ternura su dolor y su cansancio.

No podía. No era su lugar. Annie sólo era parte de la vida profesional de Tom.

– Será mejor que vayamos a ver a Rod -dijo Tom, totalmente ignorante de las emociones que removían a Annie en aquel instante.

– ¿No pensarás intervenirle el brazo hoy? -dijo Annie.

Tom la miró sorprendido.

– No sería buena idea anestesiarlo. La cantidad de alcohol que tiene en la sangre no lo permitiría. La policía me ha pedido que le haga un análisis, para saber el nivel alcoholemia. Ya les dije que en ese momento había otras prioridades. Pero el sargento no se perturbó. Me dijo que unas cuantas horas no harían bajar el nivel por debajo del mínimo. Según parece, el árbol contra el que chocaron estaba en un tramo de carretera completamente recto, y no ocurrió nada que debiera haberlos desviado. Debió de beber mucho en la fiesta.

A Annie no le gustaba nada tener que hacer de espía, pero era parte de su trabajo y una obligación ineludible.

– No me di cuenta -afirmó Tom.

Annie se encogió de hombros. ¿Cómo iba a darse cuenta de nada, si tenía a la maravillosa Sarah a su lado?

Pero Tom no estaba pensando en ella en aquel momento. Se quedó pensativo unos segundos y cuando se volvió hacia el lavabo, su rostro estaba cargado de rabia. Abrió el grifo tanto, que el agua comenzó a salirse y a mojar el suelo. Él no se dio ni cuenta.

– ¡Maldito estúpido! ¿Cómo se le ha podido ocurrir emborracharse de esa manera y meter a toda su familia en un coche? Ese hombre no merece tener una hija.

– Casi la pierde -le aseguró Annie.

Helen que estaba en la habitación, miró a Tom fijamente.

– ¿Y usted está tratando a su hija mejor, doctor McIver? -preguntó la enfermera sin ninguna traza de resquemor en la voz. Era una pregunta que había tenido en la cabeza, pero que no se había atrevido a formular.

Tom levantó los ojos y miró a Helen.

– Yo… -agitó la cabeza, como si tratara de despejar la niebla que enturbiara sus ojos-. Yo no tendré oportunidad de demostrarlo. La voy a dar en adopción.

– Ya, eso es lo que he oído -dijo la enfermera-. Bueno, esperemos que tenga suerte y no termine con unos padres que beban y conduzcan.

– Eso es ridículo. Los criterios de adopción son muy estrictos -el tono de Tom era tremendamente cortante. Se estaba conteniendo, pero el esfuerzo que hacía era palpable para todos.

La presión de lo sucedido en la mesa de operaciones y de lo acontecido en su vida en las últimas veinticuatro horas era demasiado fuerte.

– La adoptarán unos buenos padres.

– Los padres adoptivos no vienen con garantías. Realmente, ningunos padres lo hacen -la voz de Helen era implacable. Miró a Annie, como si buscara un apoyo tácito-. Rod Mannie habría pasado cualquier prueba de adopción. Socialmente, está considerado un ciudadano modelo. Se dice que se lo hace pasar mal a Betty, pero ella no lo admitiría públicamente y no hay nada oficial que diga que es un bebedor.

– ¿Qué quieres decir con todo eso?

– Que sólo la suerte puede determinar que su hija caiga en buenas manos. Y, cuando la adopten, usted perderá todo control sobre ella.

Helen hizo una pausa y se encogió de hombros.

– Doctor, desde anoche no he podido dejar de pensar en la pequeña. Yo tengo cuatro niños y no puedo entender que Melissa haya sido capaz de abandonar a su pequeña. Pero me atrevería a recomendarle que se lo piense bien antes de dar a su hija. Si usted no tuviera posibles o fuera demasiado joven, sería lógico que prefiriera que otros se ocuparan de ella. Pero es usted un hombre hecho y derecho, con una posición social. No tendrá ningún problema en encontrar a una mujer que lo ame a usted y a su hija. Tal vez, alguien en quien aún no se le ha ocurrido pensar.

Antes de que Tom pudiera responder, Helen se puso en marcha.

– Llevaré a Kylie a la sala de recuperación. Necesita estar en observación -se detuvo un último segundo-. Pero, le aseguro que si fuera usted, sólo la daría en adopción cuando ya hubiera agotado cualquier otra posibilidad.

Helen miró a Annie. Sentía que no tenía derecho a decir todo lo que había dicho. Pero alguien tenía que decírselo.

Se volvió de nuevo a Tom. -Y, por cierto, doctor McIver, se está empapando los zapatos -salió.

– ¡Maldición!

Tom miró a Annie unos segundos y, por fin, cerró el grifo.

– ¡Maldición! -repitió por segunda vez. Tenía las sobrebotas empapadas.

Estaba furioso, por el agua, por Helen, por la vida y el modo en que parecía lanzarle las cosas a la cara.

Annie trató de no mirarlo, de obviar la patética escena que estaba protagonizando.

De pronto se volvió hacia ella.

– ¡Tú te quedas ahí, como si nada de esto importara! ¡Claro! ¿Por qué iba a importarte a ti?

– ¿Perdón? -Annie estaba perpleja, no entendía nada.

– Te presentas en la puerta de mi casa con mi hija y me la tiras a los brazos.

Annie respiró antes de responder.

– ¡Que yo te la tiré…!

– Sí. Si no hubiera sido por ti…

– Yo no he hecho nada. Melissa es la madre y la responsable de la criatura. Si yo no hubiera salido, tu hija habría estado tirada en un pasillo hasta que tú te hubieras dejado de hacer el amor.

– ¡Pero te divirtió hacerlo ayer y te ha divertido hoy!

– ¡Me divirtió! ¿Qué se suponía que debía de haber hecho? -Annie se puso en jarras. Una parte de ella sabía que aquella reacción no era sino producto de la tensión que tenía acumulada. Necesitaba sacarla fuera. Pero ella también tenía sentimientos. Una parte de ella se sentía aliviada y otra dolida. Un grito solucionaría todo. Así es que le gritó la respuesta-. Sabes de sobra que necesitábamos a todas las enfermeras aquí. Tu hija necesitaba un padre o una madre, no una enfermera.

– Podrías haber intentado conseguir una niñera.

– ¡Sí, claro! Por ejemplo, la señora Stotter, que está aquí pasando la noche junto a su marido enfermo. Podría haberla despertado para que cuidara a su hija, doctor McIver. ¿O habría preferido que no interrumpiera su idilio con Sarah y que Kylie hubiera perdido la pierna? Pues resulta que me pareció bastante más importante eso que tus historias de alcoba. Kylie tiene sólo dos piernas y necesita ambas, mientras que tú tienes toda la vida para compartirla con Sarah.

De pronto, Tom se derrumbó. La rabia se transformó en tristeza.

– No.

– No sé que quieres decir con eso. Sarah y tú parecíais realmente encandilados cuando entré.

– Sí, y podría haber funcionado. Pero tú nos interrumpiste…

– ¿Qué fue exactamente lo que interrumpí? -preguntó Annie con crudeza-. Bueno, tal vez impedí que se concibiera otro bebé que acabaría tirado en alguna puerta.

– ¡No! -dijo Tom-. Pero sí impediste que le preguntara…

Silencio.

Annie sabía instintivamente lo que él iba a decir.

– Impedí que le propusieras el matrimonio.

– Sí -Tom se pasó los dedos por la mata de pelo oscuro-. Lo tenía todo planeado.

Annie se mordió el labio. ¿Qué le importaba a ella?

– Bueno, ahora puedes ir e intentarlo de nuevo -consiguió mantener un tono neutro-. Me las puedo arreglar yo sola aquí. Llamaré a la ambulancia para que recojan a Kylie y a su madre por la mañana. Tú puedes volver con tu…

Se detuvo en seco. El sonido de aquella palabra le hacía especial daño.

– Puedes volver con tu familia.

– ¡No son mi familia!

– ¿No? -Annie se encogió de hombros. Estaba a punto de llorar, pero consiguió controlarse-. Si tienes una prometida y un bebé, eso me suena a mí a familia.

– ¡No son ninguna familia! -Tom agarró una toalla y comenzó a secarse las manos. Miró a Annie-. No, no y no, no lo son. ¿Qué voy a hacer?

Annie se quedó inmóvil donde estaba. Si se acercaba, si trataba de reconfortarlo, acabaría por sobrepasar los límites que le correspondían.

– Tom, vete a casa y pídele a Sarah que se case contigo. Un retraso de dos horas no puede afectar algo así, si eso es lo que has decidido.

– Eso era lo que había decidido -dijo Tom con la voz carente de toda entonación o sentimiento-. Eso tenía sentido hace dos horas, pero ahora no. Cuando dejaste a Hannah con nosotros…

¿Qué había pasado entonces?

– A Sarah no le gustó, ¿verdad? -dijo Annie y esperó a que él respondiera.

Lanzó la toalla con rabia.

– No -dijo al fin-. Sarah me dijo que se pasaba todo el día con niños y que lo que quería por la noche era otra cosa, que no le gustaba verse a cargo de una niña en mitad de una cita. Dijo que lo estabas manipulando todo, que tratabas de separarnos.

Annie abrió los ojos realmente sorprendida. ¡Sarah estaba celosa!

Era ridículo.

– Sí, claro, según tú fue mi culpa que Hannah acabara en tu puerta.

– ¡Tú sabes que no quería decir eso, Annie! Sabes que estoy nervioso… No te has sentido ofendida, lo sé… -se quedó en silencio unos segundos-. Sarah dice que estás… bueno, que sientes algo por mí y que estás interfiriendo en nuestra relación.

¡Aquello era absurdo!

Annie no dejó que su primer impulso le hiciera salirse de sí.

– Quizás Sarah estaba desconcertada, eso es todo.

– Puede que, como yo, se sintiera frustrada. Al final aceptó quedarse con Hannah, pero… Pero me hizo darme cuenta de que ella no es la persona adecuada. No la conozco, Annie. Tendría más lógica que me casara contigo que casarme con ella.

Le dio a la toalla una patada feroz, miró a Annie con una profunda infelicidad y se dirigió hacia la puerta. Volvía con Sarah, volvía con su bebé.

Muy pronto podría estar casado.

– Pero nunca se casaría contigo, Annie Burrows -se dijo ella-. No en un millón de años.

Cerró los ojos y, después de unos segundos, salió del quirófano. Tenía que continuar adelante con su vida.

La ambulancia llevó a Kylie y a su madre a Melbourne a las siete de la mañana. Cinco minutos des pues, Annie ya estaba en la cama y dormida. El turno de noche ya había pasado. Tom podía ocupar su puesto. A Annie le importaba muy poco con quién dejara a Hannah, o que se hubiera pasado toda la noche despierto haciendo el amor con Sarah. Estaba tan cansada que no podía mantener los ojos abiertos y, desde las siete, Tom estaba oficialmente de guardia.

El mundo desapareció hasta la una de la tarde, en que alguien llamó a la puerta.

Tom estaba en el pasillo, con su hija en brazos. En cuanto Annie abrió la puerta, Tom entró como un torbellino.

– Pensé que estarías despierta.

– Pues no lo estaba -dijo Annie y se cruzó de brazos.

Tom iba vestido con unos vaqueros y una camisa, pero Annie no llevaba más que una camisa de pijama a medio abotonar.

Ton la miró de arriba a abajo con interés. Era como si, de pronto, hubiera visto una calabaza convertida en una princesa.

– Nunca te había visto con el pelo suelto -dijo Tom sin dejar de mirarla con interés.

Una suave cascada de rizos enmarcaba el dulce rostro de Annie. Sus ojos grises parecían inmensos sin las gafas que siempre los ocultaban. ¡Estaba francamente hermosa!

– ¿Por qué no usas lentes de contacto? -preguntó él con genuina curiosidad. Miró las gafas que estaban sobre la mesa-. ¿No son muy gruesas? ¿Necesitas llevarlas siempre?

Annie se ruborizó.

– Sí… y no le veo sentido a las lentes de contacto. ¿Qué quieres?

Tom sonrió.

– Molestarte, por supuesto. Y, por lo que se ve soy muy bueno haciéndolo, sin ni siquiera intentarlo.

– ¿Cómo puedes decir «sin ni siquiera intentarlo»? Lo que haces continuamente es molestarme intencionadamente -miró al reloj de pulsera que llevaba en la mano-. Tom McIver, hoy tu turno empezaba a las siete de la mañana y esta noche volvía a tocarme a mí. Así que lárgate y déjame dormir. No pienso trabajar ahora y, desde luego, no pienso hacer de canguro.

– ¿Por qué siempre piensas que actúo por interés?

– Porque en lo que a mí respecta, no creo que sepas cómo aplicar la palabra altruismo. Como comprenderás, si te presentas en mi puerta con un bebé en los brazos, voy a sospechar que quieres algo más que darme los buenos días.

– Pues no voy a pedirte nada -le aseguró Tom-. El hospital está completamente tranquilo. Kylie y su madre partieron sin problemas. Asumo que si hubiera habido algún problema me habrías despertado.

– Sí -dijo Annie.

Allí, de pie, descalza y con demasiada poca ropa, se sentía realmente vulnerable. Habría deseado que por arte de magia apareciera sobre su cuerpo la bata blanca que le servía de coraza en el día a día.

– Había un médico en la ambulancia, así que iban en buenas manos. Pensé en despertarte, pero…

No sabía si Sarah se había quedado allí toda la noche o no.

No quería saberlo, tampoco. Además, ella podía ocuparse de todo, no había tenido una necesidad urgente de recurrir a él.

– Deberías de haberlo hecho.

– Supongo que sí -Annie señaló la puerta-. Bueno, pues si eso es todo…

Tom ignoró el gesto.

– Decidiste no mandar a Rod con su mujer y su hija.

– Sí, así es -Annie miró a Tom dispuesta a defender su postura.

– Estupendo. No es que esté siendo crítico con la opción, pero me pregunto si él quería ir. ¿Tú te lo preguntaste?

– Estaba vomitando cuando la ambulancia partió -le dijo Annie-. Protestaba, gritaba y vomitaba al mismo tiempo. Le he dado todo lo que he podido, pero nada es suficiente para limpiar todo el alcohol que lleva en la sangre. Sus náuseas habrían impedido que el personal de la ambulancia se ocupara como era conveniente de Kylie y de su madre. Me pareció que ellas necesitaban mucho más que se las cuidara, que un borracho con un brazo roto. Siento ser tan dura, pero no estaba dispuesta a asumir riesgos innecesarios. Va a tardar en eliminar todo el whisky que lleva dentro.

– ¿Así lo crees?

– Por el modo en que su cuerpo está reaccionando, realmente la proporción de alcohol que tenía era muy elevada -Annie se encogió de hombros-. La policía va a tener un informe muy poco alentador. Pero, lo siento, yo no puedo hacer nada. Respecto al brazo, vamos a tener que esperar hasta mañana para poder operar. A menos que tú te atrevas a darle anestesia en esas condiciones.

– ¡Ni loco! -dijo Tom-. Estoy de acuerdo contigo.

– Cuando se recobre de la borrachera, Rod Manning se va a sentir realmente mal -dijo Annie con tristeza-. En cuanto estén los resultados del análisis de sangre, le van a retirar el carnet de conducir y estoy segura de que no se lo van a devolver tan fácilmente. Va a tener que ir a visitar a su mujer y a su hija en autobús durante bastante tiempo.

– Meses, si mi impresión no es errónea -dijo Tom. Miró a Annie y, después, miró a su propia hija-. ¡Pobre idiota! Bueno, la verdad es que no he venido aquí para hablar de trabajo. He venido para invitarte a un picnic.

– ¿Hoy?

– Hoy.

– Pero si estás de guardia todo el día -dijo Annie sin ninguna traza de emoción. Ya estaba tramando algo. Tom McIver nunca le pedía una cita, sólo favores.

– No es un picnic al otro lado de la montaña -le explicó Tom-. Sólo…

Ella lo miraba de reojo. Tom era siempre sospechoso de querer pedir algo.

– ¡Annie! No te estoy pidiendo que te vengas a África, ni que te acuestes conmigo. ¡Sólo es un picnic!

– ¿Pero por qué?

– ¿Tiene que haber alguna razón?

– Sí.

– Ya te lo he dicho… ¡Sí que eres desconfiada!

– Es la única protección que tengo contra ti -dijo Annie-. Pienso seguir siendo desconfiada. Ayer, me preparaste una suculenta comida y me pediste que hiciera de canguro. Hoy vuelves a querer enredarme con comida. ¿Qué quieres esta vez?

– Lo único que quiero es que no se desperdicie un estupendo banquete.

Annie respiró secretamente decepcionada.

– Ya entiendo. Resulta que Sarah no quiere ir.

– Bueno… algo así-Tom se encogió de hombros-. Annie, hay un lugar estupendo junto al río y está aquí al lado. Si llaman del hospital, puedo estar aquí en menos de tres minutos.

– Vaya, tu lugar preferido de seducción…

Tom frunció el ceño.

– ¿Por qué eres tan agresiva conmigo? Pareces una moralista.

– Tal vez lo soy.

– Podrás serlo cuando vas vestida como una ursulina, pero con el pelo así y esa escasez de ropa, no te sale bien. ¿Sabías que llevas los botones desabrochados hasta la cintura?

Ella bajó la vista corriendo.

– No, no tenía ni idea.

Annie se ruborizó y se tapó.

– Te recogeré en quince minutos -le dijo-. Ponte un bañador debajo de esa ropa monjil que sueles usar. Puede que nos bañemos.

– ¡No voy contigo!

– ¡Pero… -Tom sacó la carta que tenía en la manga-. ¡Si tengo una langosta entera!

Las langostas de la zona se exportaban a Japón, así que disfrutar de una en su lugar de origen resultaba excepcionalmente caro.

– ¡Estás loco! ¡El precio de una langosta es desorbitado!

– La encargué ayer -dijo Tom con tristeza-. Nunca le había propuesto a nadie el matrimonio. Así es que pensé que sería una buena idea… Si las cosas hubieran ido como había previsto.

– Eso quiere decir…

– Exacto.

– Así es que soy la sustituía de una prometida que no tienes…

– Una sustituía encantadora -Tom sonrió-. Por cierto, no me había dado cuenta de lo encantadora que eras hasta ahora. Me complace mucho ofrecerte la mitad de mi langosta. Además, hay champán, vol-au-vents con salmón, ensalada de aguacate y mousse de chocolate.

– Ese banquete no podía ser para una sola prometida, sino para un harem completo.

– Pero no queremos un harem, ¿verdad Hannah? Sólo queremos a Annie.

– Me queréis a mí porque no hay nadie más disponible.

– Eso era lo que pensábamos -dijo él, con esa sinceridad arrolladora que, aunque útil, era dolorosa-. Pero eso fue antes de que te viéramos con los botones desabrochados e intuyéramos lo que se esconde debajo. ¡Muy sugerente! No obstante, si lo prefieres, trataremos de olvidar esa visión celestial y nos limitaremos a comer como colegas. No olvides que se trata de una comida sencilla con langosta y champán. ¿Qué contestas?

Sabía exactamente lo que debía contestar. Es más, lo que debía hacer. Debía agarrar al doctor McIver, darle una patada en su delicioso trasero y mandarlo al diablo. Pero no lo hizo.

Annie levantó los ojos y vio aquella sonrisa encantadora que ocultaba pánico: el pánico a su nueva vida.

No pudo rehusar la oferta.

– De acuerdo. Seré la sustituía de tu prometida por un día. Eso quiere decir, que beberé champán, comeré langosta y disfrutaré de un delicioso baño bajo la intensa luz del sol, pero no voy atender a tus pacientes ni a cuidar de tu niña ni a sacar a pasear a tus perros. ¿Entendido?

– Bueno…

– ¿Entendido?

– Nunca antes había tenido una cita bajo unas condiciones tan rígidas -protestó Tom.

– Lo tomas o lo dejas. A la que te llevas es a Annie, desconfiada, cabezota y cansada de que la utilices. ¿Me quieres así o no?

Tom la observó con una extraña mirada en los ojos: estaba viendo a alguien que no había visto nunca antes. Era Annie Burrows sin todas sus armaduras.

– Creo que sí… y con mucho gusto -respondió él.

Capítulo 5

Tom había metido en el coche todo lo que había previsto para una maravillosa fiesta de compromiso.

Lo único que faltaba era el escenario romántico.

Además de la comida, estaba el canasto de Hannah, la maletita con su ropa de recambio, los pañales, otra maleta con la leche, el hornillo para calentar el biberón, etc, etc, etc… Eso, sin contar los dos enormes perros que ocupaban toda la parte de atrás.

– ¿Tienen que venir con nosotros? -preguntó Annie, que comenzaba a comprender el porqué del rotundo no de Sarah.

– Los he echado de mi dormitorio, pero no puedo echarlos de mi vida.

– Ya veo -los dos perros tenía la cabeza fuera de la ventana y las lenguas caían casi hasta el suelo-. ¿A Hannah le gustan los perros?

– ¿A quien podrían no gustarle mis perros? -dijo Tom-. ¡Son geniales!

– Ya…, bueno…

– ¿A ti no te gustan? -Tom parecía perplejo.

Annie se lo pensó durante unos segundos.

– Tengo que decir, que los he visto más inteligentes -admitió ella al fin-. Estos parecen, ¿como te diría? Es como si la luz estuviera encendida, pero no hubiese nadie en casa.

– ¡Calla! Te pueden oír. ¡Cómo se te ocurre decir algo semejante de mis chicos!

– Apuesto a que no están entrenados para hacer nada, aparte de aullarle a la luna.

– Bueno… Comen cuando yo se lo ordeno.

– ¡De eso no me cabe duda!

– Y saben cómo comportarse en la casa.

– Sí, los has educado perfectamente para que duerman en tu cama. A veces me preguntó cómo hacer para vivir en tu propia casa. ¡Lo ocupan todo! ¿Cómo es que no te compraste un par de chiguaguas.

– No los compré. Eran de uno de mis pacientes, un anciano que murió el año pasado. Hoof y Tiny eran suyos. Los iban a llevar a la perrera, entonces me miraron y…

Lo habían mirado y se había perdido.

Silencio.

¿Alguien conocía aquella faceta de Tom? Aquel era el Tom que Annie había visto desde la primera vez que lo conoció.

Para el resto del mundo, Tom McIver era un hombre duro, mujeriego y vividor. Sin embargo, era blando y sentimental como un bebé.

Entonces, ¿cómo iba a dar a su hija en adopción, cuando no había sido capaz de entregar a dos perros desconocidos?

A penas si hablaron durante el trayecto. Los perros no dejaban de ladrar.

En cuanto llegaron al río, los perros saltaron del coche y comenzaron a jugar como locos.

Tom desató a Hannah de la sillita que le habían prestado y la puso en el canasto, junto al río.

Después, sacó tantas cosas del maletero, que Anna tenía la sensación de que estaba viendo un prodigioso acto de magia.

– ¡Esto si que es un banquete para seducir a la más dura de las mujeres del mundo! -dijo Annie y se sentó sobre los cojines que Tom había puesto sobre la alfombra-. ¿Estás seguro de que quieres desperdiciar todo esto conmigo?

– No lo sé -Tom se inclinó para abrir el recipiente en el que estaba la langosta y lo dejó delante de Annie.

Tom estaba de pie junto a ella. Se alzaba majestuoso, con unos pantalones cortos que dejaban ver sus piernas musculosas, y una camiseta que se pegaba a sus hombros potentes.

– Pensé que era una buena idea. Ahora ya no estoy tan seguro.

Ella no lo escuchaba. Estaba demasiado encantada con la imagen de su cuerpo. Inmediatamente después, el aroma de la langosta captó su atención.

– Bueno, ya no puedes cambiar de opinión. Al menos, no hasta que me haya comido mi correspondiente ración de langosta.

– ¿Te gusta?

– Ofréceme una langosta y soy tuya para siempre -Annie se ruborizó. No quería haber dicho eso-. Pero puedes tomarte media.

La sonrisa de Tom se desvaneció.

– Annie, ¿por qué te vistes de ese modo?

– ¿Qué quieres decir?

– Esta mañana pensé que invitarte a un picnic era una idea sensata -Tom agitó la cabeza confuso-. Cuando entré en tu casa y te vi, con la camisa del pijama, el pelo suelto, consideré la idea como extraordinaria. Pero ahora, vuelvo a pensar que es solamente sensata. Con esos pantalones y esas camisas gigantescas da la sensación de que te estás escondiendo.

Annie se ruborizó. Tenía razón. Además, hacían una pareja espantosa. Tom era como el héroe de una novela romántica y Annie como la institutriz solterona de algún cuento terrorífico para niños.

Pero era un médico, no una amante. ¿Qué quería?

– Me gusta ir así.

– Pero tienes un pelo precioso y suelto está… -se acercó a tocarla, pero Annie retrocedió.

– Tom esta langosta está fabulosa. Cómete tu ración antes de que me olvide que tú también tienes ciertos derechos sobre ella.

Pero la atención de Tom no estaba centrada en la comida. Por primera vez en ocho meses estaba viendo a Annie como mujer.

– Los vaqueros y las camisetas gigantes son para niños, no para llevarlos en una cita. ¿Por qué no te pones vestidos, incluso vaqueros con camisetas de tu tamaño?

Annie mordió otro pedazo de langosta.

– Tú decides lo que te pones, deja que yo me ponga lo que quiera -dijo Annie realmente indignada.

– Pero…

Annie dejó caer la langosta. Después de tantos años debería de haber estado inmunizada contra los comentarios sobre su aspecto. Pero no era así.

Tom le agarró la mano.

– ¿Te he molestado? ¿Por qué?

– No, no me has molestado.

– Mentirosa…

– Tom… -Annie retiró la mano. Él no opuso resistencia, pero se arrodilló en le cojín que había junto a ella.

– Annie, no me había dado cuenta antes, pero… ¿Te ocurre algo? ¿Hay alguna razón por la que te pones esa ropa y te escondes tras la bata blanca y el estetoscopio. Hay algo que te hace sentir miedo.

– No -dijo Annie-. Me gustan los vaqueros y las camisetas, eso es todo. Respecto a lo de tener un problema, eres tú el que lo tiene, ¿recuerdas?

– Sí, pero mi pequeño problema está completamente dormido y recabando fuerzas para esta noche. Ahora, quiero concentrarme en ti.

– No sé por qué, de pronto, quieres hacer eso, cuando llevo ocho meses trabajando aquí, y jamás has mostrado el más mínimo interés.

Tom frunció el ceño.

– Sí, pero tal vez he estado ciego.

– O tal vez quieres algo de mí ahora.

– Ya te lo he dicho, Annie. No quiero nada.

– Entonces, ¿por qué estoy aquí?

– En principio porque los pañales, en el fondo, me aterran.

La respuesta de Tom le arrancó a Annie una sonrisa que desembocó en una risa que compartieron.

Annie se relajó. Quién sabía, después de todo, tal podría ser divertido.

Tom le sirvió un poco de champán y ella lo miró críticamente cuando lo vio servirse una copa a sí mismo.

– ¡De acuerdo, de acuerdo! Sé que estoy de guardia. Pero no pienso tomar más que una. El champán me hace sentirme inteligente.

– ¡Más que de costumbre! ¡Cielos, estamos perdidos! -dijo Annie y volvieron a reírse.

Se sentía cómoda ahora que el trato volvía a ser el de siempre. Eran dos colegas, casi como dos hermanos…

Sólo que lo que sentía Annie por Tom no era precisamente fraternal.

Tom comenzó a hablar de Robert Whyke, de su espalda y de los problemas que estaba teniendo. Eso la tranquilizó. Cuando se trataba de hablar de medicina, se sentía como pez en el agua.

De vez en cuando daba alguna que otra opinión, pero, sobre todo, se dedicaba a escuchar.

Se recostó sobre los cojines y continuó bebiendo. En aquellas circunstancias, cada vez era más difícil sentirse como la hermana de Tom.

El champán ya había empezado a hacer su efecto mágico y Annie se sentía rara. Muy bien, pero rara.

El lugar era idílico. Estaban reposando bajo un montón de árboles, mientras el río pasaba al lado, con su sonido relajante. La luz del sol se filtraba entre las hojas de los árboles.

Annie se relajó por completo y dejó que la paz del momento la envolviera. Miró a Tom.

– Deberías dormir -le dijo-. Te despertaré si llaman del hospital. Considerando lo tranquilos que están tanto Hannah como los perros, me presto a quedarme con ellos hasta que tú vuelvas… Siempre y cuando me dejes el resto de la langosta.

– ¡Qué generosa eres! -Tom sonrió. Pero su sonrisa era diferente a la de otras veces. Parecía confuso, como si, de pronto, no supiera quién era-. Annie…

– ¿Sí? -Annie estaba tumbada. Se había bebido ya dos copas de champán y sentía cómo los dedos se le empezaban a dormir.

Se sentía feliz, estúpidamente feliz.

– Cuéntame algo sobre ti -Tom sacó un termo y sirvió dos tazas de café.

– ¿Sobre mí? Ya lo sabes todo. Leíste mi informe cuando solicité el trabajo.

– Sé todo sobre tu vida académica -el dijo él-. Que, por cierto, es impresionante. Eres una de las personas que antes se ha graduado en la historia de la universidad. Estuviste un año como residente y luego un año de anestesista y otro de pediatra. Tus informes, impecables. Pero desde que llegaste, no has mostrado el más mínimo interés por nada más allá del trabajo.

– Es que la medicina es lo que más me importa.

– Pero, Annie, hay otras cosas. Yo hago otras cosas. ¿Estás diciendo que porque no me dedico única y exclusivamente a mi vida profesional, no soy un buen médico?

– ¡Jamás se me ocurriría decir eso -dijo ella sin mirarle a los ojos-. Yo hablaba de mí. Me gusta lo que hago y me gusta dedicar todo mi tiempo a ello. Pensé que eso era lo que tú querías.

– Pero también tienes tiempo para otras cosas… Sólo que tú no pareces tener ningún interés.

– No lo tengo -Annie se encogió de hombros y trató apartar de su memoria el recuerdo de aquellas palabras: ella sería una trabajadora dura y, con un poco de suerte, una solterona dedicada en cuerpo y alma a todo aquello-. No hace mucho que empecé a ejercer la medicina, ¡y me queda tanto por aprender!

– En medicina siempre quedan demasiadas cosas por aprender. Lo importante es encontrar el equilibrio.

– El que tú has encontrado.

– De algún modo -miró a la pequeña, que dormía plácidamente en su capazo-. Aunque ahora ese equilibrio tendrá que cambiar.

Annie asintió y dejó la taza vacía en la cesta de picnic.

El champán se había diluido un poco con el café y empezaba a sentir la necesidad de cambiar de tema.

– Tom, ¿de verdad que estás pensando en quedarte con Hannah?

– Quizás -Tom miró a lo lejos. En el claro los perros habían empezado a describir círculos como endemoniados.

– ¿Eso quiere decir sí!

Tom asintió.

– Eso creo -se puso serio-. Ha sido un verdadero shock para mí. Pero estuve hablando por teléfono con la madre de Melissa esta mañana. Al parecer, Melissa llegó de Israel embarazada de ocho meses, con la idea de dar al bebé en adopción. Pero el hombre del que se ha enamorado está escalando una montaña en Nepal. Allí era donde quería ir ella también. Le importa un rábano el bebé. Nuestro bebé. Así es que sólo quedo yo. Me resulta muy difícil ver claramente lo que estaría bien y lo que estaría mal. Quizás para Hannah lo mejor sería que la adoptaran. Pero me pesaría tanto que así fuera… Quiero que se quede conmigo. Lo que no sé es cómo hacerlo. El problema es que no sé nada sobre niños y, la verdad, no había pensado que tendría que saber nada en tan breve período de tiempo.

Se quedó en silencio unos segundos.

– Sé lo que significa no ser querido. Mis padres nunca me quisieron. Mi padre trató de convencer a mi madre para que abortara. Pero mi madre no lo hizo porque temía los procedimientos médicos.

Se pasó una mano por el pelo y continuó.

– Nunca les importó decírmelo claramente. Les había estropeado la vida. Tuve niñeras adolescentes hasta los cinco años. A partir de ahí, fue mi abuela la que se ocupó de mí, hasta que me mandaron a un internado. Aparte de mi abuela, no tenía a nadie. La idea de que a mi hija le pueda suceder lo mismo, de que se sienta sola y abandonada, me resulta demasiado dolorosa. La idea de que no te quieran…

Cerró los ojos y, cuando los abrió de nuevo, sólo había dolor, mucho dolor.

– He estado pensando y no creo que pueda separarme de ella. Lo que dijo Helen anoche fue muy duro, pero fue real. Una vez que la dé, no sabré dónde está, ni tendré ningún control sobre ella.

Sus palabras estaban cargadas de un montón de sentimientos contradictorios, pero predominaba el dolor. Annie se conmovió.

– Bueno, creo que ya he hablado bastante de mí. ¿Y tú, Annie? ¿Tu familia te quiso mucho?

– ¿A mí?

– ¿A quién si no?

Annie se ruborizó. La pregunta había sido ciertamente estúpida. No había nadie más que pudiera contestar.

Annie no estaba acostumbrada a contar nada de su vida privada.

Pero Tom le había abierto su corazón. Ella tenía que dejarle entrar en el suyo.

Quizás no era tan mala idea. Tal vez, así dejaría de dolerle de aquel modo.

– Mi padre nos abandonó cuando yo era muy pequeña -admitió Annie-. Mi madre tampoco me quería. Tengo una hermana mayor que es muy guapa. Mi madre no sabía qué hacer conmigo.

– Pero tú eres preciosa.

Era una afirmación innecesaria, además de falsa para Annie.

– Tom, no…

– ¿Te pasaste toda tu infancia escuchando que eras fea? -preguntó Tom incrédulo.

Annie se desconcertó.

Podía sonar estúpido que le hubiera dolido tanto. Pero la madre de Annie era una ex-modelo que valoraba a la gente sólo por su físico. Según su punto de vista, Annie no cubría los estándares mínimos a los que una hija suya debía llegar.

Especialmente, en comparación con su hermana: piernas infinitas que llegaban hasta el cielo. El tipo de Tom, en definitiva.

A los quince años, un chico del instituto le pidió que fuera con él a una fiesta. Annie no se lo creía. No podía creerse que aquel chico le pidiera a ella salir. Se había pasado dos meses ahorrando de su paga para comprarse un vestido que a ella le parecía fabuloso.

Cuando bajaba por la escalera, ansiosa de que su madre la viera, tanto ella como su hermano se habían burlado de su atrevimiento.

Para colmo de males, cuando su acompañante llegó a la casa y conoció a su hermana… fin de la historia. Annie regaló el vestido a una asociación caritativa y, a partir de aquel momento, se limitó a los vaqueros y las camisetas gigantes.

Los chicos con los que saliera serían personas con los mismos intereses que los suyos, que les gustara, sobre todo, el estudio y el trabajo.

Hasta que conoció a Tom. Desde aquel momento había tenido serios problemas en salir con nadie. ¡Era estúpido! Pero irremediable.

– Así es que decidiste esconderte para siempre -afirmó Tom. Y, por su tono de voz, estaba claro que Annie rebosaba infelicidad-. Annie…

– Tom, no…

Annie alzó la mano, pero él fue más rápido. Ya le había quitado las gafas. Y, antes de que ella pudiera ni imaginárselo, ya le había soltado el pelo.

Entonces, se sentó y la observó.

– No permitas jamás, a nadie, que te diga que no eres hermosa, Annie Burrows -dijo Tom-. Te estarán mintiendo por algún motivo.

¡Eso ya era demasiado!

– Tom McIver, ¿cómo te atreves a decirme eso? -dijo ella-. Si llevo ocho meses trabajando contigo y ni te habías dado cuenta de que era una mujer.

– Eso era por la coraza que llevabas encima. Y, desde luego, he sido un estúpido -le apartó un rizo de los ojos. Ella se retiró como si su mano quemara.

– ¿Qué te pasa? ¿No te gusta que te toque?

¡Cielo santo! ¿Que si no le gustaba que la tocara? El problema era, precisamente, que estaba deseando lo que la tocara. Pero no confiaba en él. Había ido a aquel picnic como la sustituía de Sarah.

– Tom, es hora de irnos.

– No, no es hora de irnos -dijo Tom con firmeza-. Rob nos llamará si nos necesita. Está todo controlado y, a menos que entre una urgencia, no nos necesita nadie. Es domingo por la tarde y todo Bannockburn está dormido.

– Entonces, nosotros deberíamos hacer lo mismo. ¿Y si nos toca estar despiertos esta noche?

– Nos preocuparemos de eso cuando llegue. Annie, ¿de qué tienes miedo?

– Yo no tengo miedo.

– Quieres decir que, si te beso, no huirás de mí.

– Tú no quieres besarme…

– Sí, sí que quiero…

– Tom…

Pero Tom ya no estaba escuchando. Lentamente, se aproximó a ella y la besó. Y fue el beso con el que Annie había soñado toda su vida.

¿Y para él? Por primera vez, Tom descubrió que Annie era en todo una mujer, una verdadera y ardiente mujer, hecha para él.

Porque, cuando sus labios se unieron, fue como si se derritieran dos piezas que encajaban perfectamente, que habían estado esperando toda la vida a ser unidas por efecto del azar o del champán.

Tom se tensó al sentir aquello. Nunca antes había vivido nada igual.

Al principio, Annie se había quedado inmóvil. Pero, poco a poco, el fuego la había ido poseyendo, hasta desencadenar un torbellino.

¿Y Tom? La agarró con fuerza y atrajo su cuerpo contra el suyo, hasta que se unieron. Y sintió contra su torso, los pechos turgentes y las curvas bien dibujadas de aquel cuerpo que se escondía tras la muralla.

Y aquella mujer que tenía en sus brazos no era como las otras, ni como él pensaba que quería a una mujer.

Pero resultó ser mucho mejor.

Tom fue el que se apartó, sobresaltado por el repentino chorro de sensaciones desconcertantes.

– Annie…

– ¡No!

Durante un largo rato, se miraron. Estaban perdidos, ambos. Annie se apartó. Se las arregló para levantarse.

– ¿Qué… qué demonios te crees que estás haciendo? -estaba completamente pálida-. ¿Cómo te atreves…? -Annie -Tom hizo un amago de levantarse y acercarse hacia ella. -No.

– Annie, no ha sido más que un beso.

– Lo sé -estaba temblando como un pajarito-. Eso es todo, un beso.

¡No significaba nada! Por eso dolía tanto. -Tú querías que te besara, tanto como yo quería besarte. ¡No es un crimen!

– Lo es.

– ¡No me estarás diciendo que has llegado a los veinticinco sin haber besado a nadie!

– No, pero significa más para mí que…

Annie estaba llorando. ¿Cómo podía explicarle a ese hombre que aquel beso transformaría su vida?

Amar a Tom McIver y no recibir nada a cambio era llevadero. Pero aquello, no lo era. Tendría que marcharse.

– Annie, lo siento. De verdad que ha sido un impulso irrefrenable.

– Eso es porque soy mujer.

– ¿Quiere decir eso que me voy detrás de cualquier cosa que tenga faldas?

– ¡Si! -Ya…

– Es verdad, ¿no? -preguntó ella furiosa-. ¿Con cuantas mujeres has salido desde que yo estoy aquí? Debo de ser la única que no ha estado en tu cama, Tom McIver. Creo que ese es el motivo. No puedes permitirte que te quede una sin tocar.

– Eso no es verdad -Tom estaba casi tan desquiciado como Annie.

– Lo siento, yo no voy a ser un trofeo más en tu colección.

Tom la miró a los ojos.

– Annie, jamás haría eso. Tú eres especial…

– Pero…

– Pero tienes miedo.

– No, no tengo miedo. ¿Por qué habría de tenerlo?

– Yo no voy a hacerte daño.

– ¡Claro que no me vas a hacer daño! ¡No voy a permitírtelo! Anoche besabas a Sarah. Como hoy no la tienes, me besas a mí.

– Tú eres muy diferente a ella.

– Soy diferente a todas ellas. Y por eso tú no me deseas, Tom McIver. Sólo estás haciendo tiempo, hasta que otra Melissa u otra Sarah entren en tu vida.

En ese momento, la pequeña Hannah se despertó. Annie suspiró aliviada. Se acercó al canasto de la pequeña y la agarró en brazos.

– Tom, deja de jugar con las cosas -dijo ella en un tono de súplica-. Tienes que poner tu vida en orden, dejar de saltar de mujer en mujer, si realmente dices en serio que quieres darle un hogar a esta pequeña.

Tom se puso serio.

– No estoy jugando. Por primera vez en mucho tiempo estoy hablando y actuando seriamente.

– ¿De verdad? -dijo ella con sorna.

– De verdad -respondió él con franqueza.

Silencio.

Tom se quedó inmóvil, mirando a la mujer que tenía delante.

Annie estaba confusa, descalza, con el cabello suelto cayendo como una hermosa cascada de rizos sobre su rostro, y su hija en brazos. Y Tom se quedó encandilado con la escena, absorto como alguien que hubiera tenido una visión.

– Tom, ¿qué ocurre? -preguntó ella alarmada.

– Annie… acabo de darme cuenta de algo…

– ¿De qué? -preguntó ella furiosa.

– Algo que Helen dijo antes y que no comprendí. Pensé que, sencillamente estaba diciendo una estupidez, pero ahora… Annie, tenía razón.

– Qué…

– Annie, ¿te quieres casar conmigo?

Capítulo 6

Annie se quedó boquiabierta. Tom, que había logrado recobrar el equilibrio, sonrió. Al fin y al cabo había tenido dos minutos más para adaptarse a la idea.

– Cierra la boca, Annie. Te van a entrar moscas.

– ¡Estúpido!

Una vez más, él sonrió. ¡Cómo no! Siempre trataba la vida como si fuera una broma. Pero aquella broma no tenía ninguna gracia.

– Te estoy pidiendo que te cases conmigo -insistió-. No es algo tan fuera de este mundo.

Annie se recompuso como pudo.

– ¡Por supuesto! Es lo más normal del mundo. ¿Cómo se me ocurre estar sorprendida? El viernes Melissa deja en tu puerta un bebé, el sábado le pides a Sarah que se case contigo y ahora… Ahora me besas y me pides que sea yo la que se case contigo. ¡Es completamente lógico! Me pregunto cómo no se me ha ocurrido ir esta mañana a primera hora a comprarme un vestido de novia en previsión de lo que iba a ocurrir -sus ojos estaban llenos de furia-. ¿Tienes un anillo de compromiso para mí, Tom? ¿Es de mi talla? ¿O es de la talla de Sarah o de Melissa? ¿O es para alguien que aparecerá mañana?

– Annie…

– Deja de enredar las cosas, Tom -protestó-. Ya está bien de bromas de mal gusto, Tom. Utilizas a las mujeres y yo no voy a permitir que hagas lo mismo conmigo.

– Yo no…

Pero Annie ya no lo escuchaba.

– Me voy andando a casa -le dijo-. Te puedes quedar aquí y tratar de pensar en alguna otra mujer a la que convencer de que haga lo que tú quieres.

Antes de que Tom pudiera decir nada, Annie ya estaba de camino. Se había puesto en marcha a una velocidad prodigiosa.

Sólo que se olvidó de algo.

Llevaba a la pequeña Hannah en brazos. Para cuando se dio cuenta, ya era muy tarde.

Tom la siguió.

Desde luego, correr llevando a la pequeña en brazos era harto imposible. Además, las piernas de Tom debían de ser casi un metro más largas que las de Annie.

Muy pronto lo tuvo a su lado.

Tom posó su mano suavemente sobre el hombro de Annie y ésta se detuvo.

– ¿Me podrías devolver a mi hija?

– No te la mereces, devorador de mujeres.

– ¡No soy un devorador de mujeres! No me acuesto con todas las mujeres que salgo.

– ¡Qué selectivo!

Hannah parecía realmente divertida por la acción de la escena que estaba teniendo lugar.

Tom le dio a su hija una ligera sonrisa y volvió a centrar su atención en Annie.

– Annie, puede que te sorprenda, pero eres a la primera mujer que le propongo matrimonio.

– ¿De verdad? ¡Qué amable eres! ¿Y se supone que debo arrodillarme ante ti en agradecimiento?

– Bueno, un poco de cortesía no estaría mal -dijo Tom-. La verdad es que no entiendo qué es lo que he hecho para que te pongas así conmigo. De verdad, Annie, en lo que dijo Helen se deducía que se estaba refiriendo a ti. Yo pensé que era una locura en ese momento. Pero después de besarte me he dado cuenta de que era realmente sensato.

– ¡Sensato! ¿Y qué tendría de sensato para mí casarme contigo?

Tom sonrió a su hija y, después, sonrió a Annie.

– Podríamos ser una familia, los tres.

– ¡No, perdona, no seríamos tres, sino un batallón! No sólo tú, la niña y yo, sino los perros y todas las mujeres solteras de la zona.

Tom suspiró.

– Annie, yo no soy un mujeriego.

– ¡Vaya, sigues insistiendo! Lo siento pero esa no me la trago.

– Annie…

– Me voy a casa.

– Te importaría devolverme a mi hija primero -preguntó Tom-. Si se acostumbra a ti, será difícil que quiera dejarte marchar.

– Eso es exactamente lo que a ti te gustaría: una madre adecuada, que cubriera tus necesidades. Podemos hacer un agujero en el tabique que separa nuestros apartamentos, para que me puedas pasar la cuna siempre que tengas a una de tus amiguitas en casa.

– Annie, mi oferta de matrimonio es seria -la sonrisa de Tom se desvaneció. Agarró a su hija y miró a Annie-. Cuando digo que podríamos ser una familia, me refiero a una familia de verdad. Eso significa respeto y fidelidad.

– Sí, claro. Fidelidad como pago a una niñera adecuada -se detuvo ensordecida por los ladridos de los perros-. Y si no haces callar a esos malditos perros me voy a volver loca. ¡Se van a comer a los pobres pájaros!

– Es un buen ejercicio para ambos. ¡Tiny, Hoof!

Pero Annie ya no prestaba atención a Tom. Estaba mirando a lo lejos, a la desembocadura del río.

– Tom, no están ladrando a los pájaros -dijo Annie con urgencia-. Ladran a ese bote. ¡Tiene problemas!

– ¡Un barco! No veo nada.

– Las olas lo cubren. ¡Tom, me ha parecido ver a alguien que caía al agua!

Pero Tom ya no estaba a su lado. Le había dado a la niña y corría hacia la orilla.

¿Qué puede hacerse en una emergencia con un bebé en los brazos?

Olvidándose de la dificultad que tenían encima, corrió hacia el coche y agarró el móvil.

– Dave, hay un barco en la ría que está teniendo serios problemas.

– Llamaré a la patrulla marina. Estaré allí en cinco minutos.

Hecho. Paso siguiente… ¡Tom! No podía ir solo él a rescatar el barco. Tenía que hacer algo. Buscó cuerda, el botiquín de emergencia… Hannah. La dejó en su cuco, se puso la cuerda al cuello y al otro lado el botiquín y se dirigió hacia la orilla.

Hannah debía estar preguntándose qué tipo de vida desquiciada le había tocado, pues no hacía más que cambiar de brazos y de ritmo. Pero más bien parecía divertida por todo lo que estaba sucediendo. Era hija de Tom en todos los sentidos y se parecía en todo a él.

Había una pequeña cueva justo en el punto en que el río y el mar confluían. Hacía de refugio. Dejó a la niña ahí.

– Ahora vengo, pequeña. No puedo dejar a Tom solo.

Los perros habían dejado de ladrar y miraban tan preocupados como lo estaba Annie.

Ella se detuvo. No, no podía pasar. Tom estaba ya demasiado lejos como para poder utilizar ninguna de las cosas que ella llevaba en el botiquín.

El barco estaba ya medio hundido.

A su llegada a la pequeña ciudad, le habían advertido del peligro que encerraba aquella pequeña ría. Aparentemente tranquila, era un lugar endemoniado en que las rocas y las corrientes podían jugar muy malas pasadas tanto a navegantes como a bañistas.

Miró a lo lejos. No veía al hombre que había caído del barco. Sólo estaba Tom.

Y, aunque era un buen nadador, el tamaño y la fuerza de las olas era suficiente para arrastrar a cualquiera.

El navegante había sido un verdadero estúpido. Y, por su necedad, ahora Tom corría peligro.

Las olas eran cada vez más grandes y, de repente, ya no vio tampoco a Tom. Con el corazón en un puño, Annie no dejaba de buscar inquieta algún rastro de Tom. Nada.

Hasta que, de pronto, le vio. Volvía hacia la costa arrastrando a un hombre.

Entonces Annie, bajó y se metió entre las rocas. Extendió la cuerda y ató un extremo a una de las piedras.

Tom seguía nadando hacia ella.

En cuanto estuvieron a una distancia razonable, ella lanzó el extremo de la cuerda. ¡Pero no llegó!

Tom la miró con desesperación. ¡Estaba agotado, no iba a poder llegar!

A toda prisa, recogió de nuevo la cuerda y la lanzó con todas sus fuerzas.

Por fin, Tom pudo agarrar el extremo y ella tiró hasta ponerlos a salvo.

Sin aliento, Tom gritó como pudo.

– ¡Máscara!

Annie se quedó confusa un instante.

– ¡Por Dios, la máscara de oxígeno!

Por fin reaccionó. Corrió a por el botiquín de primeros auxilios.

¿Cómo iban a lograr resucitar a aquel hombre en aquel lugar?

Pero no tenían tiempo de llevarlo a la arena.

Tom y Annie utilizaron sus cuerpos para proteger al ahogado de los golpes de las olas.

– Respira, maldito, seas. ¡Respira! -le gritaba Tom, mientras le daba un masaje cardíaco.

Annie le ponía oxígeno.

¡Tenía que respirar! Si Annie lo había visto caer, eso significaba que no podía llevar más de cinco minutos en el agua.

– ¡Respira, respira!

Y, finalmente, lo hizo.

El hombre sufrió una convulsión y expulsó todo el líquido que tenía en los pulmones.

Luego abrió los ojos y trató de balbucear algo. No podía hablar. El intento de palabras se fundió con la tos.

– Está a salvo. Tranquilícese -Tom le agarró la cabeza y lo levantó ligeramente. Todavía había urgencia en su voz-. ¿Había alguien más en el bote?

Silencio.

La tensión era cada vez mayor.

Por fin, el hombre negó con la cabeza.

Respiraron.

De pronto, parecía haber gente por todas partes. Dave y su compañero venían corriendo por la arena con una botella de oxígeno. Por el mar se acercaba una lancha, cuyo capitán gritaba con el megáfono.

Annie retrocedió. Estaba a punto de llorar.

– No lo haga, doctora. Eso arruinaría su fama como médico -estiró la mano y le acarició suavemente la cara-. Todavía tienes el pelo suelto y no llevas las gafas… estás preciosa y me has salvado la vida…

No se merecía aquel cumplido.

– Yo no he hecho nada.

– Lo has hecho todo. Quizás no eras consciente del peligro que corrías porque sólo pensabas en nosotros. Pero sin ti, no habría podido sacarlo. Las olas rompían con tanta fuerza que era increíble verla, doctora Burrows, firme como la más firme de las rocas, atando la cuerda y lanzándola con fiereza -se dirigió entonces hacia el hombre que yacía en el suelo-. Tranquilícese amigo y tómese su tiempo. Gracias a esta mujer está usted vivo.

– Gracias a los dos…

Enseguida, el equipo de salvamento se ocupó del hombre.

La ambulancia lo trasladó rápidamente al hospital, mientras Tom le aplicaba oxígeno.

El barco ya había desaparecido por completo.

– Me iré en la ambulancia. Todavía no puede respirar bien y no estoy seguro de que sea simplemente por el shock emocional. Quiero comprobar sus pulmones -dudó unos segundos-. ¿Puedes llevarte el coche con todas mis pertenencias?

Annie consiguió sonreír.

– Supongo que sí, si no te importa que ponga mi húmedo trasero en el asiento de tu coche.

– Puedes poner tu trasero donde quieras -Tom sonrió-. Gracias Annie. Siento que tengas que acabar llevándote a mi hija y a mis perros.

– No me importa. Pero no te acostumbres.

– Bueno, vámonos. Ponte algo seco. Continuaremos con nuestro picnic en otro momento.

– Tom…

– No creas que se me ha olvidado la propuesta que te hice. Es mucho más sensata de lo que tú piensas.

– Por favor. No empieces otra vez. Es tan sensata como tus perros.

– Pues gracias a mis perros nos dimos cuenta de que había un hombre ahogándose y gracias a mis perros está vivo. Tal vez son mucho más sensatos de lo que parece a primera vista. Y, por cierto, continúan siendo sensatos.

Señaló hacia donde estaba el cesto de Hannah. Los dos canes se habían colocado a su lado, vigilantes. Nadie podría atreverse a hacer daño a la pequeña.

– ¿Sensatos?

En cuanto llegaron al hospital, la señora Farley se ocupó temporalmente de Hannah.

– Ve y cámbiate de ropa -le dijo a Annie-. Debes de estar agotada. El doctor ya nos ha contado lo sucedido. Yo me encargaré de la pequeña. Y sé de alguien a quien le encantaría cuidar de ella también.

Annie se duchó y se cambió de ropa. Luego trató de hacerse un plan para la tarde.

Tom no la necesitaba.

Albert Hopper, el hombre del barco, ya estaba en vías de recuperación. Sus pulmones estaban mejor de lo que Tom había esperado.

Así es que podría, si quería, evitar a Tom sin ningún problema.

No era fácil. El hospital era pequeño.

Trató de trabajar, pero nadie la necesitaba. El único paciente que no dormía era Rod Manning, quien continuamente la insultaba y la amenazaba.

– Así es que su ética la obliga hacer algo tan poco ético como arruinar mi vida. ¡No tenía ningún derecho a darle esos análisis a la policía! Cuando salga de aquí se va a enterar. Mis abogados van a hacer que lo pase muy mal. Además, no me quiere dar un analgésico suficientemente fuerte.

Annie no podía defenderse en aquellas circunstancias. Le dio la mayor cantidad de analgésicos que podía y decidió aplazar el problema para cuando tuviera que enfrentarse de verdad a él.

Trató de centrarse en el trabajo burocrático que quedaba por hacer en la oficina. Pero no dejaba de oír a Ton, moviéndose de arriba a abajo y dando órdenes aquí y allá.

En definitiva, que no se podía concentrar.

Decidió irse a dar un paseo y volvió cuando ya había anochecido.

Y volvió a escuchar a Tom al otro lado del finísimo tabique que los separaba. Le daba el último biberón a Hannah antes de meterla en la cama.

De pronto, llamaron a la puerta. No, no y no. No estaba dispuesta a soportarlo más.

– ¡Vete, Tom! Es muy tarde y no quiero verte.

– ¿Por qué no? -la voz de Tom sonaba suave como la seda.

– Porque no.

– Annie déjame entrar.

– Estoy cansada.

– Y yo también lo estoy de hablar a través de una puerta cerrada. Si grito más, voy a despertar todos los pacientes. Vamos, Annie, tenemos que hablar.

– ¿Acerca de qué?

– Medicina -la voz de Tom sonó repentinamente seria y responsable-. Annie, tu ética profesional te obliga a abrir la puerta.

– ¡Muy sutil! -Annie miró la puerta cerrada-. Supongo que el lobo malo nunca probó ese argumento con los cerditos. ¿Por qué no soplas y soplas a ver si consigues abrir la puerta?

– Annie, esto es completamente estúpido. Necesitamos hablar -Tom suspiró-. ¿No crees que estas un poco paranoica?

Annie miró una vez más a la puerta.

Sí, estaba siendo tremendamente paranoica… y aterrorizada.

Se levantó y, finalmente, abrió la puerta.

El lobo sonrió complacido y triunfante. Se puso en marcha, directamente hacia la cocina.

– ¿Dónde demonios crees que vas?

– Voy a hacer café.

– ¿Y por qué no haces café en tu casa?

– Porque tengo la pila llena de cacharros y biberones por esterilizar. Necesito una asistenta.

– Sí, eso parece -Annie lo veía moverse de un lado a otro-. Y supongo que yo soy la mejor candidata que tienes.

Tom la miró.

– Annie, yo no te he pedido que seas mi asistenta, te he pedido que seas mi mujer.

– ¿Y cuál es la diferencia en este caso? -la voz de Annie sonó amarga.

Para él era muy fácil pedirle el matrimonio. Estaba dispuesta a casarse con cualquiera que hiciera la función que él necesitaba. Pero, ¿y para ella?

– Annie… -Tom atravesó la habitación y se dirigió hacia Annie, que todavía estaba sujetando la puerta-. Esa es una pregunta absurda.

Él le puso las manos sobre los hombros y Annie sintió que le corazón le latía con fuerza.

– ¿Qué quieres decir, que me quieres para cubrir tus necesidades sexuales tanto como las domésticas?

Silencio.

Lentamente, retiró las manos de ella. Se quedó durante un largo rato frente a ella, observando su gesto compungido. Finalmente, se volvió hacia la cocina.

– Vamos a empezar de nuevo -dijo él-. ¿Te preparo algo de beber?

– No quiero nada. Lo que quiero es irme a la cama y descansar -Annie estaba siendo todo lo antipática que podía ser. Pero no tenía otra elección.

Tom le estaba ofreciendo algo absurdo e imposible, a pesar de ser el sueño de su vida.

Pero la realidad era que no servía de nada que le ofreciera un matrimonio sin amor.

Así que decidió meterse en la trinchera del trabajo.

– ¿Cómo está Albert? -preguntó ella y atravesó la sala hasta llegar a la cocina. Allí se sentó en una silla. Las rodillas le temblaban. -No está bien -dijo Tom. -Pero tiene los pulmones bien y se recuperará del shock.

– Sí, pero su ego está maltrecho. Ha pescado allí cientos de veces y conocía la zona perfectamente. Continuamente, le decía a los jóvenes que tuvieran cuidado, que no tomaran riesgos innecesarios. Y eso es, precisamente, lo que él tan estúpidamente ha hecho. Cuando vino su mujer a verlo, no dejaba que lo mirara a la cara.

– ¡Pobre hombre!

Tom se encogió de hombros.

– A veces, cuando nos hemos familiarizado demasiado con algo, dejamos de ver cosas importantes. Eso es lo que nos ha pasado a nosotros, Annie. Estaba tan acostumbrado a verte, que no me daba cuenta de a quien tenía delante.

– Tom, por favor, ya está bien -dijo Annie, mientras lo veía tomarse el café-. ¿No deberías volver con Hannah?

– La oigo perfectamente desde aquí. La verdad es que si abriéramos una puerta aquí…

– ¡No pienso abrir ninguna puerta entre tú y yo! ¡No pienso casarme contigo sólo porque necesitas una niñera! Además…

– ¿Además?

– Además no sé si te has dado cuenta de que casarte conmigo no resolvería el problema. En caso de emergencia, nos necesitan a los dos. Un matrimonio con Sarah sería mucho más conveniente.

– Yo no me quiero casar con Sarah.

– Bueno, pues sigue buscando.

– No quiero buscar a nadie más -dijo Tom-. Sólo quiero que seas tú. He decidido que tienes la nariz más encantadora del valle.

– ¿No estarás diciéndome que te has enamorado de mí en una tarde?

– Bueno, no…

– Entonces, no hay nada que hacer -Annie se levantó como un torbellino-. Fin de la historia.

– ¿Significa eso que sólo te casarás por amor? -preguntó Tom de algún modo sorprendido.

– Tom, dudo que jamás me vaya a casar -todavía recordaba las palabras de Tom aquella primera semana de estancia en Bannockburn-. Pensé… Pensé que lo que querías era una doctora solterona.

– ¿Qué te hace pensar semejante cosa?

– Te oí decir exactamente eso. Se lo decías a alguien a la semana de tenerme aquí. Eso era lo que tú querías. Ahora me consideras más útil ejerciendo de niñera.

– ¡Annie, ya está bien! -Tom se tropezó con la silla. Por fin la apartó y se acercó a Annie. Estaba lívida.

– ¡Annie, lo siento si alguna vez dije semejante tontería! Pero, te aseguro, que no quería hacerte daño.

– Pues me lo hiciste.

– De acuerdo, lo siento, lo siento. Pero eso es pasado perfecto y no tiene nada que ver con lo que pueda pensar de la persona que tengo delante. Por favor, tranquilízate -le agarró la barbilla-. No te estoy pidiendo que te cases conmigo mañana. Con que sea el sábado me conformo.

– Tom…

– Lo sé, lo sé -su sonrisa era insufrible-. Sólo hablaba en broma. La realidad es que se tarda un mes antes de poder casarse legalmente. Si lo piensas bien, te darás cuenta de que es una gran idea.

– ¿Una gran idea para quién? -Annie hizo esfuerzos sobrehumanos para lograr que su voz sonara impasible-. ¿Qué gano yo? Tú tendrías una niñera y una cuidadora de perros, eso sin contar mi colaboración en los quehaceres domésticos. ¿Y yo?

– Bueno, tendrías una bolsa de agua caliente.

A pesar de la tensión, Annie no lo pudo evitar. Soltó una sonora carcajada.

– ¡Eso está mejor! -dijo Tom.

– Pero, a pesar de todo, creo que prefiero una bolsa de agua caliente que no ocupe la mitad de la cama -Annie negó con la cabeza-. Es una idea descabellada.

– Si lo piensas te darás cuenta de que no lo es. Los dos procedemos de familias que se supondrían basadas en el amor y fueron sendos desastres. Sin embargo, tú y yo hacemos un buen equipo. Y, por el efecto que nos ha provocado a los dos un beso, creo que funcionaríamos muy bien. Sería un matrimonio basado en la amistad y, seguramente, mucho más duradero que cualquier otro.

Así que el amor romántico quedaba para las novelas.

Tom la tenía sujeta, firmemente sujeta y Annie no podía evitar sentir lo que no quería sentir.

¿Qué ocurriría el día en que Tom McIver descubriera que su esposa estaba locamente enamorada de él? No, no podía imaginarse a sí misma junto al hombre que amaba y recibiendo a cambio sólo su amistad.

¿Por qué era tan duro?

¿Por qué, simplemente, no decía «sí quiero»?

Porque no le servía con un matrimonio de conveniencia. Tal vez, seguía siendo emocionalmente una adolescente, pero creía en el amor.

Si decía que sí en aquel instante, Tom le daría un beso de buenas noches en la mejilla y se iría a dormir… a su cama, con su bebé y sus perros.

¡No!

– No voy a casarme contigo, Tom -le dijo en un tono resuelto y final-. Y es más: después de lo sucedido, ni siquiera me puedo quedar aquí. Así que considera esto como un aviso de dimisión. Me marcho. Empieza a buscar otro médico. Te deseo toda la suerte del mundo con tu hija y con tu vida… Yo no tengo ningún lugar en ella.

Capítulo 7

Annie consiguió conciliar el sueño aquella noche, pero sólo durante unas pocas horas. Se despertó con la sensación de que un tren la había atropellado en algún momento de la noche. Luego se despertó con suficiente coraje como para mirarse al espejo y encontrar una más que espantosa imagen. Sus ojos parecían dos huevos duros.

Se duchó y se vistió y se echó unas gotas relajantes en los ojos.

– Así es que hoy me toca ponerme gafas oscuras.

Así lo hizo y se dirigió al hospital.

La primera en hacer la esperada pregunta fue una enfermera

– ¿Qué hace con gafas de sol dentro del hospital, doctora Burrows?

– Tengo alergia primaveral.

Después llegó Robbie, a quien no fue tan fácil engañar.

Asintió ante tan absurda respuesta con una cara que decía: «Sí, claro, y los cerdos vuelan».

Por fin apareció Tom. Pero no hizo ningún comentario sobre las gafas. Actuaba como si no hubiera ocurrido nada entre ellos. ¿Habría sido producto de su imaginación?

– Doctora Burrows, tenemos que operar el brazo de Rod Manning esta mañana -dijo en un momento-.

Cuanto antes podamos darle de baja en el hospital, mejor.

– ¿Está todavía furioso?

– Su temperamento no ha variado con su nivel de alcohol.

Tom hizo una mueca de disgusto.

– He llamado al hospital de Melbourne esta mañana y, al parecer, la pierna de Kylie se ha salvado. Tal vez le quede la rodilla ligeramente rígida, pero con fisio y rehabilitación podría no llegar ni a quedar coja. El cirujano plástico también parece haber hecho un buen trabajo con Betty.

– Supongo que Rod Manning está teniendo dificultades para aceptar sus culpas.

– Me temo que así es. Y te ha tomado a ti como chivo expiatorio. No consigo que entienda que estás legalmente obligada a dar informes a la policía, que si no, incurres en un delito. Le he dado un tranquilizante para que resulte más fácil prepararlo para la operación.

– Bueno, podré soportarlo. ¿A qué hora empezamos?

– En media hora.

– Perfecto.

Annie visitó a cada paciente de la planta antes de que Robbie la asaltara con un sin fin de preguntas.

– ¿Es imaginación mía o hay cierta tensión en el hospital esta mañana? -preguntó Robbie-. ¿Piensa usted operar con gafas de sol?

Annie se quitó las gafas y agarró el cuaderno de informes.

– No.

– ¿Le va a contar a Robbie qué demonios le ocurre?

– No y no.

– ¿Qué le parecería que la encerrara en el archivo y me negara a dejarla salir hasta que me lo haya contado todo?

Annie la miró directamente a los ojos.

– Se supone que es usted una enfermera, Robbie McKenzie y que yo soy la doctora. Según las reglas, yo debería de ser la jefa.

– Sí, pero yo soy mucho más grande que usted -Robbie sonrió satisfecha-. Esta es mi hora del desayuno y soy su amiga, quiero saber qué pasa. Vamos Annie, está claro que no estás bien.

Annie respiró y miró a Robbie.

Estaba claro que no iba a dejarla marchar.

– Bueno… me marcho.

– ¿Te marchas? ¿Quieres decir que vas a dejar Bannockburn?

– Sí, tan pronto como Tom… el doctor McIver encuentre a un sustituto.

– ¿Y por qué demonios vas a hacer eso? -Robbie la miró realmente extrañada, tratando de persuadirla con los ojos de que aquello no tenía lógica-. ¿Es que el doctor ha hecho algo que te haya molestado?

– No.

– ¿No?

Annie se mordió el labio inferior. Agarró uno de los informes y lo chequeó.

Chris, la enfermera especializada en literatura romántica, entró en aquel momento. Por supuesto, con su sexto sentido para el romance, enseguida intuyó que allí ocurría algo interesante.

Ni Robbie ni Chris estaban dispuestas a dejar libre a la doctora sin obtener toda la información precisa.

– La verdad, toda la verdad y nada más que la verdad -le dijo Robbie.

Annie bajó la cabeza.

– El doctor McIver me ha pedido que me case con él -dijo al fin.

– ¡Cielo santo! -exclamó Robbie.

– ¡Annie!

– Bueno… -Annie respiró profundamente y se metió las manos en los bolsillos de la bata-. Esa es la causa de que me tenga que ir.

– ¡Eso es absurdo!

– Lo sea o no, es lo que pienso hacer.

– ¿De verdad nos estás contando que piensas dejarnos por eso? ¿Prefieres marcharte a casarte con el doctor?

– Rob…

Robbie no la escuchaba.

Annie se encontró, de repente, con una silla bajo su trasero.

Chris agarró otra y tomó su mano.

– Cuéntanoslo todo -la instó Chris- Yo pensé que el doctor estaba enamorado de esa insoportable de Sarah.

– Quizás lo está -dijo Annie con amargura-. No lo sé. El amor no tiene nada que ver con su oferta.

– Ya veo -dijo Robbie.

– Pero el doctor y tú seríais una pareja estupenda.

– Podríamos tirar el tabique que une los dos apartamentos y tener la casa original otra vez. ¡Era preciosa!

– Pero…

– Y, cuando tuvierais más niños, podríamos poner un intercomunicador entre el hospital y vuestra casa… ¡Annie, es perfecto!

– ¡Escuchad…!

– ¡Y piensa en la boda! -Chris miró con obnubilación-. En la novela que estoy terminando, la protagonista se casa en la playa, con un sencillo vestido blanco, mientras los delfines danzan al fondo. Y así, con el arrullo del mar, sus corazones se convierten en uno.

– Lo de los delfines no lo veo claro, pero el resto sí. ¡Yo podría ser la matrona de honor! -dijo Robbie.

– ¡Ya está bien! -Annie estaba casi gritando-. No voy a casarme con el doctor McIver.

En ese instante entraba una de las mujeres de la limpieza, que se quedó paralizada ante las nuevas.

Annie acababa de firmar su sentencia de muerte. Era cuestión de horas el que todo el valle estuviera informando.

– ¡No digas bobadas! ¡Claro que te vas a casar! ¡Es una idea fantástica!

– ¿Para quién?

– ¡Para nosotros! Si el doctor McIver se casara con Sarah, se marcharía de esa casa.

– Además, no nos gusta Sarah -dijo Chris sinceramente-. La verdad es que ni ella, ni ninguna de las otras.

– Las quiere sólo por su cuerpo -aseguró Robbie.

– Está claro que a mí no -dijo Annie-. A mí me ha elegido porque le parece que podría ser una madre sensata y adecuada.

– ¿Eso es lo que te ha dicho? -dijo Robbie-. Es un poco duro.

– ¡No seas tonta! -dijo Chris-. Cásate con él y ya le preguntarás después sus motivos.

– A mí no me parece bien que se case con ella sólo porque necesita una niñera -dijo Robbie.

– Si lo que quisiera fuera una niñera, me habría elegido a mí o a cualquiera de las mujeres con las que sale. Annie, algo me dice que no se trata sólo de eso -dijo Chris-. No quiere decir que esté enamorado, pero es a ti a quien se lo ha pedido, a nadie más. A mí me encantan las novelas rosa, pero sé que eso no necesariamente se corresponde con la vida real.

– ¡Yo me enamoré de mi marido! -aseguró Robbie.

– ¡Ves cómo si es posible! -Annie miró a Chris-. No hay ninguna razón para que me case con Tom. El modo y los motivos por los que me lo ha pedido son casi un insulto. No puedo trabajar con él…

– Pero puedes trabajar con nosotras -dijo Robbie. Pero su voz había perdido toda su fuerza. Los argumentos de Annie eran demasiado potentes.

Annie se levantó.

– Creo que la conversación queda zanjada aquí. Además, tengo que irme. Hay una operación prevista en cinco minutos.

Cuando llegó al quirófano, Tom ya estaba preparado.

– ¿Y Hannah? -le preguntó Annie.

– Está con una niñera.

– ¿Cómo?

– Una niñera.

– Anoche no tenías niñera.

– Soy rápido – respondió Tom y Annie se preguntó de quién se trataría esta vez.

– Ya veo.

– No me mires así. La cocinera me la ha recomendado. Se trata de Edna Harris, de cincuenta y cinco años, una viuda. Edna no está interesada en hombres, pero le encantan los bebés. Así es que nadie ha ocupado tu puesto por ahora.

– ¡Increíble! -dijo Annie-. Yo era la novia del domingo, pero estaba convencida de que el lunes tendrías una nueva versión.

– Annie…

– Será mejor que empecemos -dijo Annie. No sería mala idea que nos concentráramos un poco en nuestro trabajo.

– Puede que podamos retrasar la conversación un par de horas. Pero no se va a esfumar el asunto.

La operación resultó más complicada de lo que Annie había esperado.

No tanto por la operación en sí, sino por la proximidad con Tom.

Chris los observaba ávida de captar cualquier intención, cualquier mirada.

Pero lo que Annie sentía era que Tom había destruido una muy buena relación de trabajo. Ya no podía continuar.

En cuanto acabaron, Chris se llevó al paciente.

– Me gustaría que pusieras un anuncio para encontrar un sustituto ya. No te será difícil encontrar a alguien.

– Tienes un contrato por un año.

– No lo voy a cumplir -dijo Annie-. Si pensara que era difícil reemplazarme, me preocuparía. Pero sé que no tendrás ningún problema.

– ¿No crees que tu reacción es un poco exagerada? -inquirió él-. Sólo te he pedido que te casaras conmigo. Tu respuesta ha sido que no. ¿Por qué sacar las cosas de quicio?

– ¡No estoy sacando las cosas de juicio! -respondió ella indignada.

– Y yo no te he hecho ninguna propuesta indecente. Sólo te he ofrecido una posición respetable como mi esposa. No entiendo que eso sea motivo para que salgas huyendo.

Cierto, no lo era. Pero, ¿cómo podía confesarle de qué era realmente de lo que huía? No podía decirle: Me marcho porque estoy perdidamente enamorada de ti y porque, para mí, el matrimonio no es sólo una posición respetable.

Annie no podía responder y no respondió. Se dio media vuelta.

Tom la agarró de la muñeca.

– Annie, ¿qué demonios te pasa?

– ¿No lo sabes?

– ¿No sé qué?

– Que las proposiciones de matrimonio siempre cambian la vida y las relaciones. Yo no me puedo quedar aquí después de esto. Lo has complicado todo…

– ¿Por pedirte que te cases conmigo? A mí me parece perfectamente sensato.

– Ni siquiera me conoces.

– Te conozco muy bien -dijo Tom completamente serio-. Acepto que no había reparado en ti hasta ayer, pero no es fácil en un trabajo como el nuestro. Sin embargo, lo que veía me gustaba mucho. Eres amable y muy inteligente, eres una persona dedicada a tu trabajo, piensas en los demás y sabes mantenerme a raya. Eres la única mujer que conozco que no acepta lo que hago porque sí, sino que me valoras por lo que hago y por quien soy.

– Sería una estupenda madre superiora -respondió ella, a punto de llorar-. ¿Y qué clase de marido serías tú, doctor McIver?

– Realmente creo que sería un buen esposo. Es verdad que no me casaría contigo por romanticismo, sino porque necesito una madre para mi hija. Pero necesito una familia y creo que tú también vivirías mejor así. Por lo menos, es una oferta a considerar, ¿no? Seríamos un bueno tándem.

Annie lo miró. Lo que habría deseado en aquel instante habría sido correr a sus brazos, haber apoyado la cabeza en su pecho y haberse dejado llevar por lo que realmente sentía.

Pero aquello no era lo que Tom quería.

De algún modo, la rabia vino en su ayuda y logró contener su primer impulso.

– Tengo que hacer tres visitas esta mañana. ¿Por qué no nos olvidamos de todo esto y nos ponemos a trabajar de una vez? ¡Ya está bien de sandeces, Tom!

¡Mucho más fácil decirlo que hacerlo!

¿Cómo demonios iba ella a olvidarse de todo aquello? No tenía ninguna posibilidad. Sencillamente era imposible, especialmente cuando las noticias ya habían llegado a todos los rincones del valle.

– ¿Es cierto lo que dicen? -le preguntó su primer paciente. Annie había ido a visitar a la señora Eider, que sufría de úlcera. La mujer estaba tan alegre por la noticia que salió a recibirla a la puerta, cuando, normalmente, la esperaba en la cama.

– ¿Es verdad que Melissa Carnem ha dejado un bebé a la puerta del doctor y que ahora ha decidido que usted sería una madre estupenda para la pequeña? -preguntó la mujer directamente-. Mi nuera me llamó hace un rato y me lo contó.

¡Cielo santo! Aquel lugar era terrible.

– Espero que sea verdad -le aseguró la señora Eider-. ¡Hacéis una pareja estupenda! Y ya es hora de que ese hombre siente la cabeza.

Sonrió a Annie con tanto afecto, que Annie parpadeó confundida.

Aquel valle podía llegar a ser realmente claustro-fóbico. Tenía motivos más que suficientes para salir de allí a toda velocidad… Aunque echaría mucho de menos aquel lugar.

Annie esquivó las preguntas de su paciente lo mejor que pudo y, en cuanto terminó, se puso de camino a casa del próximo paciente, el pequeño de Kirstie Marshal. Kirstie tenía dos gemelos de sólo seis semanas de edad y a Matt, de tres años, con dolor de oídos.

Pero cuando Annie llegó, en lugar de una azorada madre, se encontró a una alegre vecina.

– Sue-Ellen me ha llamado y me ha contado lo del doctor y usted. Su marido es el que lleva la leche al hospital y lo oyó hace un rato. ¡Es maravilloso! ¡Creo que es la mejor idea del mundo!

– ¿Piensa que se centrará un poco el doctor? -preguntó Annie, que empezaba a entender que era mejor seguirles el juego.

– ¡Estoy convencida! Mi Ian era un cabeza loca. Pero ahora es el mejor padre que podría haber encontrado.

Todos estaban ansiosos por escuchar campanas de boda, pero Annie no estaba dispuesta a que fueran las de la suya.

La visita a Margaret Ritchie fue, sin embargo, menos pintoresca.

La mujer sufría de cáncer de huesos. Su esposo, Neil Ritchie, se ocupaba de ella en casa.

En cuanto el hombre le abrió la puerta, Annie se dio cuenta de que algo ocurría.

– ¿Qué pasa, Neil?

– No lo sé. Se levantó esta mañana para ir al baño y, de pronto, se cayó. La llevé hasta la cama, pero tiene un dolor insoportable en la pierna.

– ¿Cuándo pasó eso?

– Hace una hora.

Annie llegó a la puerta del dormitorio, donde Margaret Ritchie yacía retorciéndose de dolor. Sus ojos suplicantes pedían ayuda con desesperación.

– ¿Cuánto tiempo lleva así? -preguntó Annie-. ¿Has dicho que una hora?

– Sí, algo más, incluso -le dijo Neil-. Llamé hace media hora y me dijeron que venías para aquí.

– Neil, te dije que me llamaras directamente si había alguna emergencia.

– Pero no quería…

Siempre ocurría lo mismo. Los pacientes con algún problema realmente grave eran siempre los menos exigentes, y viceversa.

– ¿Le has puesto morfina?

– Sí, el máximo que he considerado posible sin poner en riesgo su vida.

– ¿Cuánto es eso?

– Dos dosis de diez miligramos, una hace una hora y la otra diez minutos antes de que llegaras -Neil se secó con rabia las lágrimas que rodaban por sus mejillas-. No me he atrevido a darle más.

– Veinte en total.

Annie se mordió el labio, indecisa. Tom era quien llevaba el caso de Margaret y Annie no tenía mucha experiencia en tratamientos contra los dolores de cáncer.

La dosis que Tom había estipulado, ya se había cubierto con creces, lo que significaba que otra inyección podría ser letal.

Pero el dolor que sufría aquella mujer era claramente insoportable.

Annie había visto las radiografías de Margaret Richie. Tenía un tremendo tumor en la pierna y, seguramente, el hueso se había partido y eso era lo que provocaba tanto sufrimiento.

Pero trasladarla al hospital para una operación de urgencia, cuando estaba en aquellas condiciones, era impensable.

¿Y más morfina? No podía arriesgarse. Aunque el dolor era tan insoportable que, seguro, en aquel instante la mujer habría preferido morir que seguir soportando aquella tortura. De hecho, podría sufrir un paro cardíaco si no le ponía remedio rápido.

Estaba confusa. Realmente no sabía qué hacer. Necesitaba el consejo de Tom.

– Agárrele la mano, dígale que ya tiene ayuda, que voy a buscar lo que necesita. ¿Dónde hay un teléfono?

– En el salón.

Annie se apresuró a salir.

– ¡Por favor, que Tom sepa la respuesta!

Por suerte, Tom respondió rápidamente al teléfono.

– ¿Qué pasa, Annie? ¿Has cambiado de opinión?

– Tom, ya.

No tuvo que decir más. Él, rápidamente, comprendió que ocurría algo y que requería su ayuda.

– ¿Qué pasa, Annie?

– Margaret Ritchie… -Annie le explicó rápidamente la situación.

Tom tardó unos segundos en responder.

– Dale otra dosis de morfina, Annie -dijo Tom-. Dale treinta miligramos, mientras miro una cosa.

– Pero… eso es demasiado. Va a empezar a tener alucinaciones.

– No, con la morfina eso no ocurre mientras haya un dolor intenso.

Annie confiaba en Tom, pero si se estaba equivocando, toda la responsabilidad sería de ella. A pesar de todo, dejó el teléfono e hizo lo que le había dicho.

Cuando regresó, Tom ya estaba esperando.

– Dos cosas: parece ser que en el caso de cáncer de hueso la morfina no es tan efectiva como lo es en otras ocasiones.

– Pero…

Tom respondió a su pregunta antes de que fuera formulada.

– Habrá que darle naproxen y panadol, ambos por vía orar.

– Naproxen…

El naproxen era un antiinflamatorio. ¿Cómo podía funcionar eso y no la morfina?

– Pruébalo, por favor. Ya verás.

– Tom…

– No le va a ocurrir nada -le aseguró él-. Es mucho más probable que el dolor acabe matándola. Mientras tanto, llamaré a la unidad de dolor en Melbourne y pedirá más alternativas de tratamiento. Después, iré para allá en una ambulancia.

Tom colgó.

Naproxen y panadol…

Annie se quedó mirando el auricular. ¡Menudo cóctel! Realmente, aquello mataría a cualquier persona sana.

Pero Margaret no era una persona sana y sufría mucho.

Tenía que lograr calmarla. No tenía elección.

El tratamiento funcionó. Estaba claro que, en ocasiones, la medicina lograba milagros.

A Annie ya le sorprendía bastante cuando alguna infección tremenda desaparecía por efecto de los antibióticos.

Diez minutos después de aplicarle la dosis de morfina, los espasmos comenzaron a disminuir. Pero el dolor seguía siendo intenso, así que Annie le había dado lo que Tom le había dicho.

En una hora, el panadol y el naproxen comenzaron a funcionar.

Margaret yacía exhausta en la cama y Neil Ritchie no pudo evitar dejarse llevar y rompió a llorar.

– ¡Muchas gracias! -le dijo el hombre realmente emocionado-. Pensé que iba a perderla.

– Creo que Margaret piensa estar aquí bastante más tiempo-. ¿No es así, Margaret?

La mujer los miraba en silencio, exhausta y aún impresionada por lo que había sufrido.

– ¿Cómo va todo?

Annie se dio la vuelta y allí estaba Tom.

Se sintió francamente aliviada.

– Este es el hombre al que debe darle las gracias. El doctor fue el que me indicó lo que debía hacer -dijo ella y se dirigió a él después-. Tom, ha funcionado.

– Es cuestión de conseguir el cóctel adecuado. Llevo años investigando sobre ese tema -respondió él y dejó el portabebés sobre el suelo-. ¡Neil, tienes peor aspecto que tu esposa!

– Gracias por todo, doctor.

– La morfina funciona bien contra el dolor, pero a veces no lo suficiente. Según lo que yo mismo he comprobado, y después de contrastar mi opinión con la de un especialista, el dolor de huesos es de los más reacios a desaparecer con la morfina. Por suerte el naproxen suele funcionar.

– ¡No sabe hasta qué punto! No puede ni imaginarse el dolor que sentía.

– Creo que sí -dijo él-. Annie, ¿la has examinado ya?

– No -respondió ella-. No quería moverla, pues todavía incrementaría más el dolor. Pero necesitamos hacerle una radiografía.

– No quiero ir al hospital.

– ¿Ni siquiera para una visita rápida? Sólo vamos a hacerle una radiografía, para ver si la pierna está fracturada. Necesitamos operar para que el dolor desaparezca de verdad. Es la única solución a largo plazo.

– ¿A largo plazo?

– No se va a morir aún, Margaret -le dijo Tom-. Lo que sí creo es que ha llegado el momento de que busquen una silla de ruedas. Hay algunos modelos nuevos que le permitirán moverse por todas partes.

– De acuerdo -dijo Neil.

La sonrisa desapareció del rostro de Tom.

– Me ha dicho Annie que Margaret ha estado una hora entera sufriendo esos dolores.

– No queríamos molestar…

– ¡Molestar! Usted y su esposa han decidido arreglárselas solos en casa durante toda la enfermedad.

Eso puede significar mucho tiempo, años incluso. Nosotros vamos a estar ahí para ayudarlos. Pero nuestra ayuda está sujeta a una condición.

– ¿Cuál?

– La condición es que cuando necesiten ayuda, deben recurrir a nosotros de inmediato. Si no lo hacemos así, nos resultará imposible ayudarla con tiempo suficiente.

– Pero…

– Mire a Annie, Margaret -dijo Tom-. Mire a su esposo. Los dos parecen a punto de desmayarse. Cuando usted sufre, los que la rodean también sufren. No nos causa ningún problema cuando nos llama, sino al revés.

Le apretó la mano, para reconfortarla.

– Dave está fuera con la ambulancia. La trasladaremos al hospital para reparar esa pierna. Parece cansada. Los medicamentos le han provocado somnolencia. Duerma tranquila. Le haremos las pruebas mientras sueña. Pero, antes, quiero que conozca a alguien.

– ¿A quién?

Tom agarró a la pequeña Hannah en brazos.

– Es mi hija -le dijo.

El rostro y la expresión de Tom conmovieron a Annie.

Tom había cambiado profundamente en tal brevedad de tiempo que era casi incomprensible.

Lo cierto era que había llegado a su vida el amor. Su hija había llenado un vacío, no cabía duda.

– ¡Se parece tanto a usted! -susurró la señora Ritchie, realmente emocionada-. ¡Es perfecta!

– ¿Verdad que sí? -dijo él muy orgulloso-. Bueno, ahora puede dormir. No sé porqué, pero sabía que le iba a gustar verla.

Con muy buen juicio, Tom había optado por llevar a la pequeña consigo. Así, conseguiría que la señora Ritchie se quedara con una última impresión mucho más agradable de la vida.

– Si usted quiere, a partir de ahora vendremos con ella siempre que la visitemos, tanto Annie como yo.

– ¿Entonces es verdad? -preguntó la mujer-. ¿Es verdad que se casan? Ellen Elder me llamó, justo antes de que me cayera. Me lo contó. La verdad es que no hay nada que me pudiera hacer más feliz que asistir al matrimonio de dos personas que se merecen así el uno al otro…

Y se quedó dormida.

Capítulo 8

Todo el valle lo considera una buena idea -dijo Tom-. Tú eres la única que no está de acuerdo.

– ¡No todo el mundo! ¿Se lo has preguntado a Sarah?

– Eso es un golpe bajo.

– ¿Se lo has preguntado?

– No puede tener nada que objetar. No se quiere casar conmigo.

– Yo tampoco. Y ahora, por favor, ¿podríamos concentrarnos? Si no, la señora Reilly nos va a colgar por quitarle lo que no era.

– ¡Lo dudo! La señora Reilly no ha visto lo que hay debajo de su cintura desde que alcanzó los ciento veinte kilos hace ya muchos años. Le daría igual que le pusiéramos una pata de palo. Sólo se quejaría del ruido que haría al andar.

Chris se rió. La joven enfermera se lo estaba pasando en grande con la nueva relación surgida entre los dos médicos. Aún más, todo el valle se lo estaba pasando bien.

– Yo creo que ya ha llegado le momento de que solucionen sus diferencias y lleguen a una conclusión. Ya han pasado dos semanas y todavía no le ha dado al doctor una respuesta.

– ¿Cómo que no? Claro que se la he dado, sólo que no es la respuesta que a él le gusta.

– Ni a él ni a ninguno de nosotros -Chris sonrió al doctor-. El doctor McIver tiene razón cuando dice que todos queremos que se casen.

– ¿Con quién se supone que me casaría realmente, con el doctor McIver o con el valle?

– Con el valle -respondió Chris sin pensárselo-. No le van a permitir que se vaya.

– Preferiría que todo el mundo se ocupara de sus asuntos y me dejaran en paz, especialmente usted, querido doctor -entre comentario y comentario se las arreglaban para seguir ejecutando su trabajo con precisión-. Sé que no ha puesto ni un sólo anuncio para cubrir mi plaza. Pero le aseguro que me marcharé a final de mes igualmente.

Tom la miró furioso, y Chris carraspeó.

– No puede estar hablando en serio -dijo la enfermera.

– Me temo que sí. El valle entero me está chantajeando para que lleve a cabo ese matrimonio. No veo ni una sola razón por la que a mí me convenga casarme.

– No eres sincera -fue la respuesta que Helen le dio después de haber escuchado a Annie horas después.

Annie estaba en pediatría ocupándose de un pequeño al que le había picado una araña de cola blanca. Los padres eran granjeros que vivían de la leche y no podían estar allí con él, así que Annie se había quedado a hacerle compañía.

– ¿Que no soy sincera en qué? -Annie se volvió hacia la mujer.

– No puedes decir que no tienes ningún motivo para casarte con el doctor.

– Pues así lo creo.

Helen agarró una silla y se sentó junto a ella.

– Puedes decirme lo que quieras -continuó Annie-. Y estoy inmunizada contra todo. El valle entero está día y noche tratando de convencerme.

– Todo el mundo está muy sorprendido del cambio que ha sufrido el doctor. No hacen sino observarlo. Tiene una niñera, pero la niña pasa casi todo el tiempo con él. Lo ha transformado.

– Supongo… -Annie se encogió de hombros-. Supongo que así ha sido. Se ha tranquilizado.

– Sí -Helen sonrió-. Cuando venía para aquí, me los he encontrado en la arboleda, juntos, en el césped, mirando las estrellas. Tom le estaba explicando las constelaciones. No me vieron y no me habría atrevido a perturbarlos. Pero era conmovedor observarlos.

– No me cabe duda…

– Y sé que ti también te conmueve, Annie -dijo Helen y dejó que un breve silencio le diera opción a continuar-. Estás enamorada de él, Annie.

– Yo…

– No me mientas -le rogó Helen-. Estamos juntas todos los días y te conozco muy bien. Sé que lo quieres y ése es el único motivo por el que deberías casarte con él. Yo fui la que le propuse que se casara contigo.

– ¡Tú!

– La noche del accidente -dijo Helen-. Me lo encontré dando vueltas, desesperado, tratando de dilucidar qué hacer con su vida. Todavía hablaba de casarse con Sarah. Le dije que si realmente quería alguien con quien formar una familia, debía fijarse en ti.

– ¡Así es que ni siquiera fue idea suya!

– No lo culpes. Algo que ocurrió en el pasado le impedía querer un compromiso real. De modo que siempre buscaba mujeres que no lo quisieran atar o con las que no corriera el riesgo de quererse atar él. Necesita encontrar el amor con la cabeza, pues el corazón lo tiene en veda.

– Helen…

– Al principio pensó que era una idea absurda -Helen continuó-. Pero luego, mientras estabais de picnic, de pronto te vio de otro modo y entendió a qué me había referido.

– Así es que tomó la decisión con la cabeza, no con el corazón.

– Exacto -la voz de Helen era firme y decidida-. Pero tú estás enamorada y sé que él acabará queriéndote. Si no pensara que puede ser así, jamás se me habría ocurrido hacer esa sugerencia. Tom McIver vale la pena.

– Helen, yo no puedo…

– Claro que puedes -dijo la mujer-. Y ojalá que lo hicieras. Pero ahora tengo que ir a atender al señor Whykes que está muy inquieto hoy. Necesito que me firme una orden para ponerle diazepam, si a usted le parece bien, doctora.

– No sé para qué necesitáis médicos en este hospital. Tú nos organizas a todos.

– Eso es lo que procuro hacer -dijo Helen-. A ti y al doctor, los primeros. Luego me encargaré de Chris. La tengo la siguiente en la lista.

– Cásese con él, doctora -Margaret Ritchie estaba en el porche, cuando Annie llegó al día siguiente a visitarla.

Por supuesto, Annie se había llevado a Hannah. El bebé protestó unos instantes y pronto se calmó, en cuanto sintió el biberón en la boca.

– ¿La lleva con usted a menudo?

– Sólo cuando vengo aquí -sonrió Annie-. Tom sí que se la lleva a todos lados.

– ¿Cree que estarán celosas? Me refiero a cuando se case con él.

– Margaret.

– No me diga nada -extendió la mano y la posó sobre la de ella.

Ya había cesado por completo el dolor y las líneas de su rostro eran menos profundas-. ¿No me diga que no tiene el valor para hacerlo?

– Margaret, él no me ama.

– Pero usted sí lo ama a él.

Silencio.

Neil no estaba. Estaban las dos mujeres solas, bajo el suave sol de la tarde.

– ¿Y la pequeña? ¿Podría llegar a quererla también?

Annie miró al bebé. Nunca pensó que tendría el privilegio de ser madre. Realmente, siempre se había visto a sí misma como una solitaria.

Hannah tenía el poder de conmoverla. No era cualquier bebé. Era la hija de Tom.

– ¿Y los perros?

– Incluso a los perros -sonrió Annie.

– Deberías casarte, ¿te puedo tutear?

– Por supuesto… Él no me quiere.

– Sencillamente no sabe lo que quiere.

Annie volvió después de anochecer y se sentó sola en su apartamento.

Oía hablar a Tom, ladrar a los perros, llorar a Hannah.

Por fin la pequeña se sereno.

Era el momento.

Annie abrió la puerta y se dirigió a la puerta contigua.

Llamó dos veces. Tom abrió.

– ¡Annie!

– ¿Puedo hablar contigo?

Tom la hizo pasar.

– ¿Qué ocurre Annie? ¿Estás bien?

Annie respiró profundamente.

– He tomado una decisión -dijo al fin-. Si todavía así lo quieres, mi respuesta es sí.

Silencio.

Y, por fin, lentamente, Tom la tomó en sus brazos.

– Gracias, Annie, muchas gracias. Te aseguro que no te arrepentirás. Es una decisión muy sensata.

Capítulo 9

¡Sensato! Aquella era la última palabra que ella habría utilizado para describir una decisión como aquella. Menos aún, para describir la reacción que todo el valle había tenido.

De pronto, todo el mundo había caído en un delirio extremo, causado por la perspectiva de una boda tan deseada.

– ¡Ni hablar!

– ¡Si no puedo ser la matrona de honor, no seré nada! -dijo Robbie.

Margaret Ritchie encargó un nuevo vestido en Melbourne.

– No me perdería tu boda por nada del mundo -le dijo a Annie-. La verdad es que creo que nadie se la quiere perder. Si no invitáis a todo el mundo, tendréis un millar de cabezas asomando por las puertas y ventanas de la iglesia.

– ¡Pero claro que está invitada, Margaret, la primera! -dijo Annie-. Y, según creo, Tom está enviando cartas a todo el mundo que está en la guía de teléfonos.

– ¡Annie! ¿Te quieres calmar? -se dijo a sí misma, momentos antes de que Tom entrara en la oficina del hospital.

Se había escondido allí para evitar el encuentro con la enloquecida población de la zona que no hacía sino ir y venir con nuevas sugerencias para la boda.

Legalmente, había que esperar cuatro semanas para la boda. Pero Tom no iba a esperar más de lo imprescindible.

Ya llevaban comprometidos dos semanas y sólo quedaban otras dos.

En la cocina del hospital se hacían rosetones de nata y fresa, en lugar de las tradicionales galletas para la cena.

– Necesitamos que los pacientes también estén animados hasta la boda.

Y, sin duda, lo estaban.

En la UCI, se había encontrado a Chris con la señora Christianson. Miraban vestidos de novia en una revista especializada.

– Todo el hospital se ha vuelto completamente loco. Esto es absurdo.

– Annie, si nos vamos a casar, lo suyo es que tengamos una boda como es debido. Por lo menos te quitarás esos malditos vaqueros -la besó amistosamente en la frente.

¡Estupendo! Estaban a punto de casarse y seguía tratándola como si fuera su hermana pequeña.

Miró a Tom con una inmensa duda en los ojos. En realidad no era una, sino cientos de ellas.

Lo cierto era que Tom había recobrado su capacidad de estar a cargo de todo, y así ejercía.

– Tom, me parece completamente estúpido tener una boda romántica cuando no lo es en absoluto.

– Bueno -se acercó a ella y la abrazó-. No creo que sea tan terrible. ¿Tú quieres romanticismo?

Annie se apartó.

– No seas tonto, Tom.

– No lo soy.

Estaba claro que no le importaba nada que se apartara de él. Se dejó caer en una silla al otro lado del escritorio con una sonrisa complacida…

Ya tenía lo que quería, no se iba a arriesgar a perderlo.

– Y, hablando de romance, ¿qué te parecería si tuviéramos una luna de miel? Podríamos irnos a Tahití.

– ¿Con Hannah, Hoof y Tiny? -Annie agarró otra carpeta y comenzó a buscar-. Vete tú con ellos de luna de miel. Yo estoy demasiado ocupada.

– Pareces enfadada.

– Lo estoy.

– ¿Por qué? -preguntó Tom, realmente confuso.

– Porque me estoy viendo obligada a casarme entre lazos y puntillas, cuando la realidad es que nuestra relación no tiene nada que ver con eso.

– ¿Realmente no quieres nada de eso?

Aquella era una de esas preguntas que no podía contestar.

¿Cómo decir la verdad? Su sueño era vivir exactamente lo que iba a vivir. Pero faltaba algo básico y fundamental para que fuera real: amor.

– He recibido una carta del abogado de Rod Manning -dijo Annie, en un cambio radical de tema.

– Rod… -Tom frunció el ceño-. ¿Qué demonios quiere?

– Una copia de mi informe sobre su caso.

– ¿Por qué?

– Supongo que porque quiere llevarme a juicio -dijo Annie-. Me odia.

– Seguro que no -dijo Tom-. Debe de haber llegado al estado de paranoia absoluta por el shock del accidente. Pero ahora debe de estar en vías de apaciguarse.

– No lo creo.

– ¿Te perturba mucho? ¿Es eso lo que te preocupa? -Tom se levantó y le puso las manos sobre los hombros. Contra su buen juicio, Annie decidió apoyar la cabeza en él-. Annie, estoy seguro de que no van a encontrar nada mal. Quizás hay otro motivo por el que quiere el informe.

Annie se las arregló como pudo para que no notara el efecto que su contacto provocaba en ella.

– Dudo que haya otro motivo. Kylie y su Betty ya están bien. Pero parece ser que Betty ha pedido el divorcio. Estaba cansada de pasarlo mal. Rod no paraba de beber. La noche de la fiesta Betty insistió en que no condujera. Pero él la obligó y ella no tuvo más remedio que meterse en el coche con su hija. Así es que ahora, no sólo ha perdido su carnet de conducir, sino también a su familia.

– Ya -Tom le estaba masajeando los hombros suavemente. El cuerpo de Annie comenzó a reaccionar de forma inesperada-. Annie, nada de eso es culpa tuya.

– Supongo que eso lo sé. Envié mi informe al comité de defensa médica y me dijeron que estaban bien, que hice lo que tenía que hacer y que, legal-mente, no podía evadir a la policía. Era mi obligación darles parte del grado de alcoholemia que tenía en la sangre.

– No me gusta nada ese hombre -Tom la apretó contra él-. Vas a ser mi mujer y no quiero que te ocurra nada. Rod puede llegar a ser muy violento.

Annie se sintió consternada ante semejante reacción. Realmente, Tom le estaba ofreciendo algo que muchas mujeres habrían encontrado más que satisfactorio: una posición social y su protección.

Pero para ella no era suficiente. Siempre había considerado que una mujer tenía que gozar de su independencia, que su posición era algo que debía procurarse a sí misma. Y, sin embargo, sí creía que el matrimonio debía basarse en el mutuo amor.

De algún modo, Tom acabaría queriéndola. Posiblemente ya la quería. Pero tal y como quería a sus perros.

La volvió a besar, otro beso afectuoso en la mejilla, y se volvió a marchar.

Tom iba a llevarse a Hannah y a los perros a la playa. Se llevaba a su familia. Pero en ningún momento se lo había ofrecido a ella.

Ambos sabían que con una llamada, Annie no tardaría ni dos minutos en estar en el hospital. A pesar de todo, no se lo había comentado.

Annie se dejó caer en la silla. ¿Estaba cometiendo el error más grande de su vida.

La boda fue perfecta.

No habría podido ser de otro modo. Todo el mundo se esforzó tanto, que resultaba imposible que no lo hubiera sido.

Incluso Tiny y Hoof tuvieron una actitud ejemplar.

Asistió todo el mundo que estaba en el listín de teléfonos y algunos más.

Pero, para disgusto de Chris, la boda no se pudo celebrar en la playa.

– Eso habría estado bien si la edad de los invitados hubiera oscilado entre los cinco y los cincuenta. Pero queríamos que viniese todo el mundo y eso habría complicado a mucha gente.

Chris miró a los dos.

– Sin duda estáis queriendo dejar bien claro que lo que empezáis es algo grande.

Annie no quiso responder. Bajó la cabeza y subrayó así un silencio que venía cuajándose desde hacía ya varios días.

Chris y Helen la vistieron con un traje sencillo pero muy bonito.

Era de tirantes, ajustado, en seda salvaje de color blanco. Las copas del pecho iban bien marcadas. Se ajustaban a sus senos perfectamente.

La espalda iba más decorada, con un escote amplio hasta la cintura, que cubría un encaje blanco muy trasparente.

La falda, ligeramente estrecha y larga hasta los pies, con un recogido atrás que creaba una pequeña cola.

La peinaron con su hermosa cabellera de rizos sueltos y le colocaron una corona de flores.

Cuando Annie se miró al espejo, la imagen que le vino fue la de una adolescente insegura preparándose para su primera fiesta.

Las risas de su madre y su hermana resonaron en su cabeza como un tambor.

Pero ellas no estaban allí. ¿De qué tenía miedo entonces?

– Estoy ridícula.

– Estas preciosa -dijo Helen.

– ¡Me gustaría que la pequeña Hannah pudiera llevar las flores! -dijo Chris-. Aunque, todo hay que decirlo, estás maravillosa con ese ramo en la mano.

– No.

– Sí, si lo estás. Y si no ves lo hermosa que eres es porque estás ciega -protestó Chris-. ¡Y no me digas que es que lo eres, porque está muy claro que no necesitas para nada esas malditas gafas que llevas. Lo único que haces es esconderte tras ellas. Bueno, aquí se acabó. Helen y yo hemos decido que discutiremos sobre todo esto más adelante. La matrona de honor está esperando. Y si alguien agarra el ramo y no soy yo, me voy a morir directamente.

La capilla estaba rebosante: gente, perros, flores, ruido.

Hannah parecía realmente feliz con lo que estaba a punto de acontecer.

Margaret Ritchie, en su silla de ruedas, agarró a la novia de la mano antes de recorrer el pasillo.

– Saborea este momento -le dijo la mujer

«No puedo», pensó Annie.

La marcha nupcial comenzó a sonar.

Muy pronto estuvieron casados. ¿Cómo había sucedido? Annie no lo sabía bien. Sencillamente, había sucedido.

El día concluyó y llegó la noche. Hubo una gran fiesta hasta el final, todos bailando bajo las estrellas.

Y, cuando la noche se fue cerrando, Tom agarró a su esposa.

– De acuerdo, mi encantadora Annie, ha llegado el momento de dejar a todos e irnos a la cama.

– ¿A la cama? -Annie se ruborizó, alzó la vista y lo miró aterrada.

– Ésa es la costumbre -dijo él-. Casi todo el mundo lo hace en su noche de bodas. Ya tengo a Hannah con Edna y a Hoof y a Tiny los he dejado en casa de un granjero. ¿Qué mayor sacrificio puede un hombre hacer?

Annie lo miró desconcertada. No había reglas en el juego que jugaban. ¿Cómo podía amar a aquel hombre y, a la vez, no amarlo?

¿Cómo podía estar derritiéndose por él y, al mismo tiempo, tener que evitar que él se diera cuenta? Ella no era más que una esposa de conveniencia.

– No te preocupes por nada, mi Annie -dijo él-. Será muy fácil.

¿Acaso alguna vez llegaría a quererla?

La noche marcó un buen comienzo.

Annie se despertó como si la hubieran santificado. No encontraba palabras para describir lo que había sucedido.

Seguro que no era más que un esposa de conveniencia, pero aquella noche la había sentido como una noche de puro amor.

Tom la había tomado como si se tratara de una piedra preciosa a la que había que tocar con extremo cuidado. Y ella se había derretido en sus brazos.

Parecían hechos el uno para el otro.

Su marido…

Ella levantó la cabeza y sintió que el corazón se le derretía. Tal vez aquello podría llegar a funcionar.

Él abrió los ojos. Su mirada era tierna, posesiva. Era su esposa.

– Despierta, dormilona -le dijo.

La besó en la frente y luego atrapó sus labios con pasión.

Annie sintió el temblor de su boca. Respondía a aquel hombre con una pasión desmedida.

Lo abrazó con fuerza. Necesitaba sentir su cuerpo desnudo.

– ¡Dios mío! ¡Me he casado con una mujer apasionada!

– Apasionada por ti.

Lo había sorprendido. Él esperaba a aquella mujer tímida y retraída que veía cada día en el hospital. Sin embargo, se había encontrado con algo completamente diferente.

– ¡Vuelves a mí!

– Por supuesto.

En respuesta, los dedos de Annie se deslizaron hasta encontrar lo que quería. Allí halló, además, una respuesta: sí, la deseaba. Tal vez, sólo era una esposa adecuada, pero en aquel momento quería estar con ella.

– Soy toda tuya, Tom McIver.

Pero aquella felicidad no duraría demasiado.

Su luna de miel acabó al mediodía.

Los médicos sustitutos tenían que regresar a su trabajo y Tom y Annie debían hacerse cargo del hospital.

El granjero que se había llevado a los perros los llevó de vuelta y sin desayunar, lo que los tenía bastante inquietos.

Edna llamó para decir que se había quedado sin leche y que quería llevar a Hannah a casa.

Tom se tuvo que duchar a toda velocidad, mientras Annie, todavía en la cama trataba de mentalizarse de su nuevo estatus.

Al salir del baño, Tom la miró complacido.

– Tienes la misma cara que un gato que acabara de comerse toda la nata de la nevera. Pero me temo que el gato se va a tener que levantar.

Ella sonrió. De pronto pensó en las noches que quedaban por venir. Estaba durmiendo en la cama de Tom. Pero, no había más dormitorios en aquel apartamento, ni para Hannah, ni para los perros.

– Tom, ¿quieres hacer algo con los apartamentos? -¿Qué? -Tom miró la habitación de arriba abajo, como si fuera la primera vez que la veía-. ¿Tú crees que necesitaremos una cama más grande?

– No. Lo que quiero decir -Annie dudó unos instantes-. Tom, Robbie sugirió que tiráramos el tabique que separa las dos casas y que hiciéramos un único piso.

Silencio.

Tom se abotonó lentamente la camisa.

– Sería mejor que esperáramos un poco, Annie.

– ¿Esperar?

– Bueno, me parecería bien poner una puerta. Pero una sola casa…

– ¿No te gusta la idea?

– No es eso. Es que los dos somos muy independientes -se encogió de hombros. Luego se acercó a ella y le acarició los rizos-. No quiero decir con eso que me cansaría de ti, pero… bueno, puede haber momentos en que queramos estar por separado.

La besó tiernamente en la nariz.

– Ya.

– ¿No estás de acuerdo?

¿Tenía alguna otra opción.

– Sí, por supuesto que estoy de acuerdo.

Era lo más razonable.

– Pues entonces no hay más que hablar -Tom se volvió hacia el espejo y se puso a peinarse.

Annie decidió levantarse y se cubrió con la sábana.

– ¿Tímida? Hace un rato no tenías vergüenza de mí.

Claro que no. No la tenía cuando creía que realmente era su mujer. De pronto, todo había cambiado.

– Hay mucho que hacer. Si te pasas media mañana arreglándote, voy a tener que ocuparme de tus pacientes.

– Me gusta no sólo peinarme, sino incluso afeitarme.

– Pura vanidad.

– Que a ti no te vendría nada mal -le aseguró él con una sonrisa.

De pronto, salió de la habitación, abrió la puerta del apartamento y pasó al de ella.

Annie lo oyó moverse por su dormitorio, hasta que al fin regresó, con un gran montón de ropa. ¡Su ropa!

La dejó en el suelo.

– Es el fin del reinado de las camisas tres tallas más grandes de lo que te corresponde.

– ¡Estás loco!

– ¡No! Soy tu marido y, como tal, merezco un poco de atención. Odio esta ropa y quiero que desaparezca -dijo él con sentido del humor.

– ¡Pues si no te gusta mi ropa no entiendo por qué te has casado conmigo!

– Porque eres perfecta en todo lo demás, y esto era solucionable -se acercó a ella-. Annie, eres realmente hermosa. Ayer, cuando te vi aparecer vestida de novia, me dejaste sin respiración. Necesito que todo el mundo vea lo que yo veo. Helen, Chris y yo…

– ¿Helen y Chris?

– Me gusta ser malicioso en equipo -se rió Tom-. Así puedo decir que ha sido idea de otros.

– ¿Y qué idea se les ocurrió esta vez?

– No, qué idea se me ocurrió a mí.

– Vamos.

– Decidí que desde el día de hoy te haría salir de tu escondite. Para lo cual, el primer paso era deshacerme de toda tu ropa. Por supuesto que necesitarás cosas que ponerte. Mandé a Chris y Helen a Melbourne el fin de semana pasado y te compraron todo esto.

Sacó dos inmensas maletas.

– ¡Las voy a matar!

Annie se sentó en la cama, desnuda y perpleja.

De aquellas maletas empezaron a salir las cosas más insospechadas: lencería fina de variados modelos y colores, vestidos de verano demasiado cortos, pantalones ajustados, camisetas de su talla, camisas, faldas, medias…

– ¡Jamás me he puesto este tipo de ropa!

– Pues siempre es buen momento para empezar, ¿no crees?

– Tom…

– Lo siento, no tienes opción. Si te fijas, hemos rociado toda tu ropa con lejía y salsa de soja.

– ¿Qué?

– No te preocupes, la semana próxima irás con Chris o con Helen a comprarte lo que necesites.

¡Con Chris o con Helen! Él no estaba dispuesto a acompañarla.

– Tom, a mí me gustaban mis vaqueros y mis camisas.

– No, no te gustaban. Alguien en algún momento te había hecho perder la confianza en ti misma y te limitabas a esconderte tras esa ropa -se aproximó a ella-. Annie, yo he descubierto ya cómo eres y no me importa lo que lleves puesto. Pero sé que hay una Annie a la que no dejas salir y voy a hacer lo imposible porque viva.

La besó tiernamente, pero fue un beso fraternal.

– Y aquí se acabó -dijo Tom.

Los perros esperaban impacientes a la puerta y Tom decidió dejarlos entrar. Llegó la catástrofe.

Sin pensárselo dos veces, los dos canes se lanzaron como locos sobre la cama en la que se había repartido toda la ropa.

Con el impulso, lograron tirar a Annie al suelo, Tiny terminó con un sujetador en la cabeza y Hoof con un liguero en el hocico.

En ese preciso instante, entró Edna con Hannah y la primera visión que tuvo del nuevo hogar fue Annie, con su disfraz de recién nacida, rodeada por kilos de ropa y dos perros saltarines girando a su alrededor.

– Buenos días, señora Harris -dijo Tom manteniendo la compostura como podía. Se apresuró a agarrar a la pequeña por si el impacto de la visión le hacía perder el equilibrio o algo similar-. Muchas gracias por haberse ocupado de la niña.

Annie miró a su alrededor. Su vida marital acababa de empezar.

– No se preocupe por nosotros -dijo Tom-. La llamaremos. Tenemos todo lo que necesitamos.

¿Era eso verdad?

Capítulo 10

Después de dos meses de matrimonio, Annie tenía la sensación de llevar años casada. Pero sus dudas, lejos de desvanecerse, habían crecido.

De algún modo, su vida había cambiado por completo.

Había optado por llevar la ropa que Tom le había proporcionado. Y, ciertamente, le hacía sentir distinta.

Pero, lo fundamental, no había cambiado.

Annie tenía la sensación de llevar treinta años casada, y de no haber pasado por ninguna de las otras fases por las que pasa un matrimonio.

Tom la trataba con cariño y estima, pero más como a una amiga que como a una recién casada.

Durante el día eran dos personas, completamente separadas la una de la otra.

El tiempo libre lo pasaban también por separado. Tom estaba siempre con Hannah y Annie nunca era invitada a compartir esos momentos.

¡Era un matrimonio ciertamente extraño!

Al menos, no peleaba.

La noche, a menos que estuvieran de servicio, era el único momento que compartían como marido y mujer. Era entonces cuando ella jugaba ser su esposa.

Pero realmente no lo era en ninguna otra faceta de la vida.

Sólo le había abierto la puerta de su dormitorio, pero no se había planteado que un matrimonio debía de compartir muchas cosas más.

Annie no tenía el coraje para enseñarle lo que realmente se necesitaba en una relación así.

Aunque cada vez estaba más enamorada de su marido, era incapaz de decirle lo que realmente necesitaba de él.

Tanto Hannah como los perros habían pasado también a ser parte de su vida. Pero cuando los veía a los cuatro juntos, no podía sino sentir celos. Se sentía como una extraña.

Tom estaba cada vez más distante. La trataba con corrección y con cariño, pero no daba nada suyo.

Aquel día en que le había hablado de su niñez había sido la única excepción a una regla de oro: nunca hablar de sus sentimientos ni de su pasado.

– Dale tiempo -le decía Helen, consciente del dolor que Annie sentía.

Tiempo…

– No sabe aún lo qué es el matrimonio -insistía la mujer-. Pero tendrá que aprender.

– ¿Seguro?

– ¿Por qué no te bajas a la playa con ellos? Te llamaré si te necesito para algo.

– No me quiere junto a él.

– Pero…

– ¡Por supuesto! El fingirá que sí cuando me vea e, inmediatamente después, se preguntará por qué demonios lo ha hecho. Seguirá sin invitarme. Todavía necesita su espacio personal.

Annie se había limitado a encogerse de hombros y a darse media vuelta.

Al menos, todavía le quedaba su trabajo.

Al final del pasillo estaba Kylie, que practicaba con las muletas.

– Cada día estás más guapa Kylie.

Kylie llevaba una semana en Bannockburn. Le habían reconstruido la rodilla en Melbourne y dentro de muy pocos días se podría ir a casa.

Annie se acercó a Betty para charlar.

– He conseguido salir de la pesadilla en que estaba metida -le confesó Betty, mientras la niña se movía cada vez con más agilidad de arriba a abajo. Betty se tocó los restos de cicatriz que le atravesaba la cara desde la sien hasta los pómulos-. Me voy a mudar a un piso en la ciudad. No quiero acercarme a él.

– ¿Te pegaba? -preguntó Annie y Betty respondió sólo con la mirada, una mirada aterrada.

– Sabes que con un poco de ayuda legal podrías quedarte con la casa -le dijo Annie.

Los Manning vivían en una enorme casa rodeada de varias hectáreas de tierra. Incluso tenían caballos.

– No quiero esa casa. Estoy cansada de pagar una hipoteca tan alta. No me interesa tampoco ese estilo de vida. Que Rod se quede con todo. A mí lo único que me importa es que mi niña y yo estamos vivas y que queremos continuar así.

– ¿No le vas a pedir nada?

– No -Betty suspiró-. Espero que eso haga que las cosas sean más fáciles. Tengo un trabajo a tiempo parcial y, dentro de poco, será a jornada completa. El señor Howith, mi jefe, es encantador y se ha prestado a ayudarme en todo. Me dará vacaciones cuando Betty las tenga. Él y su mujer me ayudaron a encontrar un piso. Sé que saldré adelante.

– Todo eso significa un duro cambio.

Las dos se volvieron al oír la voz de Tom.

Llevaba a su pequeña en brazos.

– Lo sé, doctor McIver -dijo ella-. Pero Rod me ha estado haciendo sufrir durante años. Nos pegaba tanto a mí como a Kylie. Sólo ocurre cuando está borracho. Pero, últimamente, está borracho casi siempre. No hay nada ya entre nosotros. Yo solía pensar que lo material era importante. Sin embargo, nada vale la pena si no hay amor en un matrimonio.

Tom miró a Annie de una forma extraña.

– ¿Y Rod tendrá acceso a Kylie?

– Sí, si el quiere. Pero todavía no ha venido ni a visitarla. Tuve que ser yo la que lo buscó para decirle la decisión que había tomado. Yo no quiero que Kylie crezca sin un padre, pero quiero pedir una orden judicial que me garantice que cuando esté con la niña, no pueda beber.

Kylie se aproximó a ellos en ese instante.

– Kylie y yo queríamos preguntarles algo -dijo Betty-. La semana que viene es el cumpleaños de Kylie. Cumple seis. Vamos a celebrar una fiesta y nos gustaría que la pequeña Hanna viniera también.

Betty sonrió.

Tom también sonrió.

– Por supuesto que la llevaré. Será un honor para ella, señora Manning. ¿A qué hora quiere que esté allí?

Estaba claro que sería él el que la llevaría.

Betty miró con extrañeza a Annie.

– Pensé que irían… bueno… todos.

– Annie está de guardia el sábado -le dijo Tom.

– Pero… ¿nunca salen juntos?

– Nosotros no…

– Annie no puede…

Los dos hablaron a la vez, pero su respuesta no fue muy cabal.

– El sábado es un día complicado. Hay muchas lesiones deportivas.

– Pero ahora vivo a dos minutos del hospital y tengo teléfono -Betty los miraba preocupada-. A menos que no quiera venir.

– ¡Por supuesto que sí! -dijo Annie-. Allí estaré.

Irían por separado. Annie haría una visita de cumplido, llegaría a la casa, tomaría un vaso de ponche y tendría que marcharse. No podía estropearle la tarde a Tom.

– Sería mejor que vinieran juntos -dijo Kylie-. Nosotras hemos invitado a mi padre y esperamos que venga. Yo necesito a mi papá y a mi mamá y seguro que su bebé también, aunque todavía no sea capaz de pedirlo.

Mi mamá y mi papá. Aquella declaración había sido realmente dura para todos.

Aquello era lo que Tom y Annie se suponía que eran.

Betty Manning tuvo que secarse las lágrimas.

– ¿Por qué no quieres que vaya contigo?

La situación era cada vez más insostenible para Annie. Su matrimonio consistía en «si tú trabajas el lunes, yo salgo con Hannah, el martes, cubro yo la guardia, etc…»

Su matrimonio consistía en no verse, en no encontrarse, en evadirse y cubrir el agujero que el otro dejaba.

Estaba claro que Tom había perdido el miedo a cuidar de Hannah y, en la medida de lo posible, evitaba que Annie tuviera que ocuparse de ella. Tampoco quería compartir su vida.

– ¿Ir a dónde?

– Al cumpleaños de Kylie -dijo Annie-. ¿Por qué no quieres que vaya contigo?

– Sí quiero.

– No, no quieres. Y es tan claro que hasta Betty se ha dado cuenta. Es como si desde que nos hemos casado te sintieras incómodo cuando estoy a tu lado. No sabes cómo tratarme.

– Eso no es verdad.

– Me temo que sí lo es -respondió Annie-. Todo el mundo espera que nos comportemos como marido y mujer. Pero para ti no soy más una colega de profesión.

– Te trato como a mi esposa, Annie -Tom estiró la mano para tocarla, pero ella se apartó.

– No.

– Annie…

– No entiendes nada, Tom -le dijo con toda la calma de que se sentía capaz. ¿Qué demonios le estaba pidiendo él a ella? ¿Qué quería, realmente, de aquel matrimonio?-. No te das cuenta de que me has puesto en una posición imposible.

Tom la miró anonadado.

– De acuerdo, no, no entiendo nada. Explícate.

¿Cómo demonios iba a explicarse?

– Pensé… Bueno, llegué a autoconvencerme de que todo esto podía llegar a funcionar. Lo deseaba tanto, que llegué a creérmelo. Pero ahora…

Tom la miraba tratando de entender a qué se refería. Pero no lo veía claro. Ahí estribaba parte del problema. Era realmente amable y tenía una predisposición real a querer solucionar los problemas. Pero no podía solucionarlos. O, al menos, no sabía cómo hacerlo.

– Cuando me acuesto contigo, me doy a ti por completo -le dijo Annie con la voz temblorosa-. Pero cada mañana tengo que poner marcha atrás, recogerme en mí misma y olvidar todo lo que ha sucedido por la noche. Estoy dividida en dos: la Annie de noche y la doctora Burrows de día.

Tom se pasó la mano por el pelo. Estaba genuina- mente confuso y preocupado.

– Annie, lo estoy intentando. Quiero que este matrimonio funcione. Pero no sé qué es exactamente lo que me estás pidiendo. Sé que es duro ocuparte de mí, de Hannah y de los perros.

– Ese es el problema, Tom, que no es duro en absoluto. Lo que ocurre es que no me dejas ocuparme de vosotros. Quiero darte mucho más. Si no entiendes qué es lo que te quiero dar…

– ¡Eres como un jeroglífico!

Annie respiró profundamente. No podía dejar las cosas así. Tenía que sincerarse. Era el único modo de que la situación pudiera cambiar.

– Me he enamorado de ti, Tom McIver -le dijo y todo se paralizó de pronto, su corazón, su respiración, todo. Se había prometido a sí misma qué jamás le confesaría algo así.

El gesto de Tom se suavizó a oír aquello.

– Pero, Annie, eso es fantástico. Yo también te quiero -ella sabía perfectamente que no era cierto.

– Sí, como podrías querer a cualquiera de las chicas con las que te has estado yendo a la cama en los últimos años.

– Eso no es…

– ¿No es verdad? -Annie se encogió de hombros-. Lo es y tú lo sabes. Tú me quieres porque soy tu mujer y te resulto útil. Quizás lo que yo quiero sólo puede ocurrir en las novelas románticas que lee Chris. Pero no puedo evitarlo. Los matrimonios tienen que compartir, que estar juntos, que ser dos partes de una misma cosa.

– Nosotros los somos.

– No, Tom, no lo somos. Cuando estoy en la misma habitación que tú te comportas correctamente. Pero, realmente, no te relajas hasta que no me he marchado de nuevo.

– Annie, nos compenetramos muy bien.

– Sólo en la cama -respondió ella-. Y yo, lo siento, pero no puedo seguir acostándome contigo. No puedo seguir dividiéndome en dos.

Estaba empezando a sentir que podía ser cualquiera, un cuerpo, sin más, sin identidad, sin nombre.

– Tom, tú quieres una esposa y yo no te voy a dejar. Pero me limitaré a ser la madre de Hannah en la medida que me lo permitas. No voy a acostarme contigo.

– Annie, esto es una locura.

– No, lo que fue una locura fue pensar que este absurdo matrimonio podía funcionar.

– ¡No sé que más tengo que hacer, Annie!

– No, claro que no lo sabes. Y ese es, precisamente, el problema.

Fue, posiblemente, la decisión más dura que Annie había tomado en su vida. Pero peor aún fue llevarlo a cabo.

A las once de la noche, sumergida entre las frías sábanas de su cama, añoraba el roce de aquel cuerpo adorable.

Entonces, como solía ocurrir cada noche, Tom golpeó la pared.

– Annie, te necesito.

– ¿Para qué?

Por el tono de voz de Tom, supo rápidamente que no la requería como amante.

– Es el señor Howard. Necesita un catéter para orinar.

Jack Howard…

Jack Howard era un paciente anciano, que llevaba allí desde que Annie había llegado. Era desagradable y tenía un carácter del demonio, pero rehusaba a marcharse del hospital. Odiaba vivir con su hija.

– ¿Qué le pasa?

Annie se apartó los rizos de la cara y trató de concentrarse en su trabajo. Era el único modo de no añorar a su esposo.

– Tiene un bloqueo en algún lugar del conducto y tiene la vejiga tan llena que está a punto de estallarle.

¡Cielo santo! Era la primera vez en meses que a Jack Howard le ocurría algo de verdad.

– Sé que puede sonar estúpido, pero no nos deja hacerle nada. Dice que lo que queremos es violarlo. Necesito que me ayudes a inyectarle un tranquilizante.

– De acuerdo. Adelántate tú. Yo estaré allí en cinco minutos.

– Que sean tres.

La tarea resultó francamente complicada.

Insertar un catéter era algo muy fácil en cualquier persona, siempre y cuando no tuviera la fuerza de un toro y la utilizara contra el médico de turno.

El hombre gritaba con desesperación. Podía ser de dolor o de indignación. A juzgar por la energía que tenía, era producto de la rabia.

– ¡Maldita mujer! ¡Apártate de mí! No me toques mis partes. ¡Y tú, medicucho! ¿No te da vergüenza?

– Jack, lo único que queremos conseguir es que se te pase el dolor, nada más.

– ¡Maldito…!

– O te callas o te llevo a casa con tu hija.

Annie miró a Tom sorprendida por la salida de tono. La verdad es que la amenaza surtió efecto.

El viejo dejó de gritar y Annie pudo inyectarle el tranquilizante.

Al sentir el pinchazo, trató de removerse. Pero la droga actuaba muy rápidamente y, para cuando quiso darse cuenta, ya era demasiado tarde para revelarse.

Por fin, pudieron ponerle el catéter.

– ¡Realmente tenía que dolerle! ¡Esto estaba al límite!

– ¿Qué es lo que ha obstruido la salida?

– La próstata, se ha estirado. No pensé que llegaría a causarle problemas, pero, como ves, se los está causando.

– ¿Te imaginas tener a este paciente operado de próstata?

– ¡El infierno! Me alegro de no ser urólogo.

– Yo también. Tendremos que mandarlo a Melbourne -dijo Tom.

– A su hija no le va a gustar -Annie la conocía. Era una mujer arisca, que odiaba a su padre. Estaba ansiosa de que se muriera y, continuamente, mandaba abogados para que certificaran la incapacidad del viejo. Así podría quedarse con todas sus posesiones. Pero, como por arte de magia, cada vez que aparecía por allí un abogado, el hombre recobraba el juicio y la serenidad.

– Le guste o no, va a tener que admitir al operación. Es realmente necesaria. Jack no se va a morir de esto, pero sí puede hacer que su vida sea terrible.

– Luchará legalmente para que no lo operen.

– Yo también puedo luchar. Lo hago siempre que quiero algo. También lucharé por volver a tenerte en mi cama.

– ¿Por qué?

– Porque los dos lo queremos -consiguió esbozar una sonrisa-. Y Tiny y Hoof ya te echan de menos.

– A penas si han pasado unas horas desde nuestro último encuentro. Dudo que se hayan dado cuenta.

– ¿Volverás si dejan de comer?

– ¡No!

– ¿Y si dejo de comer yo?

– ¡Tom! ¿Por qué me haces esto? Tú no me quieres realmente en tu cama.

– Annie, te amo en mi cama.

¡Sí, y sólo allí!

– Yo también, Tom. Pero la diferencia es que yo te amo también en todas las otras facetas y partes de la vida. Hasta que no me quieras de igual modo, no me tendrás en tu cama.

Capítulo 11

A partir de aquel momento, lo que vino fue la soledad. Por suerte, en el hospital había mucho trabajo, no sólo con los pacientes, sino pintando y renovando algunas partes ya deterioradas.

En su tiempo libre, Annie solía llevar a los perros y a Hannah a la playa o al río.

Tom la había invitado a ser parte de la vida de la pequeña y cada vez la quería más.

Pero aquello no facilitaba las cosas, pues la situación era cada vez más complicada y sus vinculaciones emocionales más fuertes.

Para entonces, ya quería incluso a los dos perros.

Algo le decía que debía marcharse, abandonar todo aquello.

Sin embargo, Annie sabía que ya no era posible.

Llegó el sábado, el día de la fiesta de Kylie.

Annie estaba de guardia y tenía que atender a una serie de pacientes. Primero fue una pierna rota. Después un brazo. La mañana se pasó muy rápido y, para cuando se quiso dar cuenta, Tom ya se había marchado sin ella.

– Dijo que se encontrarían allí y que, además, sabía que usted preferiría llevar su coche -le dijo la enfermera de guardia.

Estupendo.

Annie habría querido discutir con él sobre el regalo de Kylie. Ella había elegido un poster con personajes de dibujos animados. Así, poco a poco, iría consiguiendo que su casa fuera cada vez más acogedora.

¿Acaso Tom había pensado en algún otro regalo? De ser así, cada uno llevaría el suyo.

Esperaba que no ocurriera. De otro modo, estarían en boca de todos durante mucho tiempo.

Estaba claro que era dos personas separadas con un trabajo, un bebé y dos perros en común. Nada más.

La fiesta ya había empezado cuando ella llegó.

Ya desde la calle había podido escuchar los gritos de los niños.

Cuando Kylie abrió la puerta, lo hizo rodeada de un montón de pequeñajos.

– ¡Ha venido! Muchas gracias.

La niña estaba preciosa, con un vestido blanco y rosa.

– ¿Le gusta mi vestido? Me lo fue haciendo mi abuela, la madre de mi madre, cuando estaba en el hospital. A mí me parece maravilloso. Estoy deseando que lo vea mi padre.

– Sí, es realmente bonito -dijo Annie y la abrazó-. Siento mucho haber llegado tan tarde. Pero tuve que reparar un brazo roto en el último momento. ¿Quién más falta?

– Sólo mi papi. Mamá dice que puede que no venga. Pero yo sé que vendrá -el rostro de la pequeña se ensombreció.

Pasaron al salón, donde estaban el resto de los invitados.

Tom estaba allí, con Hannah a su lado. Cuando la vio aparecer le dirigió una sonrisa comprometida y Annie se quedó en la puerta. No quería interrumpir.

La habitación estaba realmente llena de gente. Betty sonrió a Annie, pero no pudo pasar. Estaba todo lleno de niños.

No importaba. Estaba bien donde estaba.

Kylie decidió que había llegado el momento de abrir los regalos. Todos los pequeños se sentaron en el suelo y Kylie empezó por el regalo de Annie.

Su rostro se iluminó al ver el poster.

– ¡Es precioso! Lo pondremos en mi habitación, ¿verdad mamá? Gracias, doctora Annie. Y gracias a usted también, doctor Tom y a Hannah.

Annie vio cómo el desconcierto aparecía en el rostro de Tom.

Por supuesto, ¿qué había esperado? A ojos del resto del mundo, ellos eran una pareja y, por tanto, el regalo era de ambos.

Después de varios paquetes, Kylie se encontró con uno que le llamó especialmente la atención.

– Aquí dice de parte de Tom y de Hannah. ¿No se supone que ya me han hecho un regalo?

La habitación se quedó en silencio. Se podía masticar la tensión que había en el aire.

– Es que todavía no estamos acostumbrados a ciertas cosas -se justificó Annie y, si bien la respuesta no satisfizo a los adultos, pareció clara para Kylie-. Este es el regalo de Hannah, el otro era de su mamá y su papá.

Pero el asunto se complicó cuando el segundo paquete reveló exactamente el mismo regalo que el primero.

– ¿Es que Hannah no sabía lo que me iban a comprar sus padres?

Los intercambios de miradas eran cada vez más insistentes.

– Cámbialo por otra cosa, Kylie. Así podrás elegir lo que quieras.

Por suerte, antes de que la niña pudiera responder, la puerta se abrió y entró el último invitado.

– ¡Papá!

El incidente ya estaba olvidado.

– ¡Papi, has venido a mi cumpleaños!

– Claro, gatita. ¿Cómo me lo iba a perder?

La voz de Rod Manning dejaba muy claro que el hombre estaba completamente borracho. Sus movimientos lo certificaban aún más, pues a penas si podía mantenerse en pie.

Estaba sin afeitar, con la ropa sucia. Parecía llevar semanas con lo mismo puesto y sin haberse dado un baño.

Kylie retrocedió desconcertada.

– ¿No vas a abrir mi regalo? -dijo y miró a su mujer con agresividad-. Seguro que es un regalo mucho más caro que el que ella te ha comprado.

Kylie lo miró con temor y, como si fuera una obligación, abrió el paquete que su padre había traído.

Era una caja, en cuyo interior había un vestido de organdí rosa, lleno de lazos y claramente muy caro.

– Gracias, papá -susurró la niña temerosa-. Mi abuela me hizo este vestido para mi cumpleaños. Pero este me lo puedo poner en Navidad.

– ¡Tú te vas a poner ese vestido inmediatamente! ¿Qué quieres decir con eso de que tu abuela te hizo el vestido? Mi hija no se pone vestidos hechos en casa. Ve a cambiarte.

– Pero mi abuela me lo cosió mientras estaba en el hospital -respondió la pequeña desafiante.

– Kylie, ya me has oído.

– No.

– ¡Pequeña insolente…! -Rod se acercó y le dio una bofetada.

– ¡No! -Annie era el adulto más cercano a Rod. Se lanzó sobre él y le sujetó el brazo con terror.

– ¡Annie! -Tom habló casi al unísono, consciente del peligro que Annie corría con aquel hombre.

Pero nadie se esperaba lo que iba a ocurrir después.

Annie estaba aún sujetando a Rod, cuando éste sacó una pistola y apuntó a Tom.

– Retrocede. Vete de ahí. Déjame a mí que me ocupe de mi hija -empujó a Annie-. Y tú desaparece de mi vista, maldita zorra.

Agarró a su pequeña con fuerza.

– Se va a poner mi vestido porque yo lo digo. Y se va a venir a casa conmigo. Por eso he comprado esto -se refería a la pistola-. Por si alguien quería impedírmelo. Los abogados me han dicho que no podré conseguir la custodia. Sólo me dejarán tener acceso a ella. ¡Acceso! Podré verla los fines de semana si su madre me lo permite. ¿Creen que voy a consentir que sea así? Ni hablar. Mi hija no va a vivir en un maldito apartamento cochambroso.

Levantó el arma y apuntó directamente a la cabeza de Betty.

Si era o no su intención disparar, no estaba dispuesta a averiguarlo. Annie se lanzó sobre él y con una fuerza sobrehumana logró apartar la pistola.

– Annie, no… -el grito de Tom resonó en la habitación. Pero había demasiados niños aterrados entre ellos, como para poder hacer nada.

Y, justo después, sonó un disparo.

Silencio.

Annie calló al suelo y un charco de sangre lo inundó todo.

El arma se levantó de nuevo.

– Annie…

– ¡Que nadie se mueva!

Tom se quedó paralizado. No tenía alternativa.

Con Kylie firmemente sujeta y amenazándola con la pistola, Rod retrocedió.

Luego, miró lo que acababa de hacer.

Apartó la pistola de la cabeza de su hija y apuntó de nuevo a Annie.

– ¡No!

Había muchos niños aún en medio. Tom no podía moverse con agilidad.

– Manning, no lo hagas.

– Retrocede.

Rod, con su hija, comenzó a apuntar a todos los que estaban en la habitación.

– Fuera de aquí todo el mundo. No quiero a nadie, fuera. Vamos, dejadme solo con mi hija.

Tom trató de acercarse.

– Si lo haces, le vuelo la cabeza a esta zorra. ¡Lo digo absolutamente en serio! Se lo merecía, es la que me ha causado todos estos problemas. Me daré el gusto de dispararle otra vez o de ver cómo se desangra poco a poco.

– Manning, piensa en los problemas que vas a tener por actuar así.

El tono de Tom era convincente, pero Rod Manning no parecía dispuesta a dejarse llevar.

En la habitación las escenas de terror se sucedían, cada cual reaccionando de modo diferente.

Poco a poco, fueron saliendo todos.

– ¡Fuera de aquí todos! -Rod hablaba directamente con Tom, pero con el arma seguía apuntando a Annie.

– Manning, se va a morir.

– Si te acercas un sólo paso más, la mato primero a ella y luego continuo con todos los niños que quedan.

– De acuerdo, de acuerdo -dijo Tom- Que todo el mundo vaya saliendo. Vamos, Betty.

– ¿Y mi hija? La va a matar.

– No, no lo hará. No será tan estúpido como para cometer semejante error.

La puerta se cerró, dejando atrás los llantos, los gemidos y los silencios aterrados.

En el interior, sólo se escuchaba la pesada respiración de Rod Manning.

Kylie no había pronunciado ni una sola palabra.

Annie sentía que la sangre fluía rápidamente. Se iba a desangrar. Tenía que hacer algo. Como pudo, agarró lo primero que encontró y lo puso sobre la herida. Era vestido de organdí. Si apretaba las piernas, conseguiría cortar el flujo de sangre.

– Le has hecho daño a la doctora Annie -dijo la pequeña.

– Se lo merecía -afirmó el padre.

– No, no se lo merecía, papá.

– ¡Cállate!

– No, no se lo merecía -dijo la pequeña y se acercó a Annie.

– Kylie, deja a tu padre -le rogó Annie.

– ¡Cállate, zorra! -la insultó.

– ¿Qué va a hacer? -preguntó Annie, con un ligero hilo de voz.

– Esperar. Voy a esperar -Rod se acercó a la puerta que conducía al dormitorio y la abrió. Luego se acercó a la ventana.

Annie seguía perdiendo sangre.

– ¿A qué va a esperar?

– ¡Y yo que sé! ¿A que te mueras, por ejemplo?

– Entonces lo acusaran de asesinato.

– ¿Y qué más me da? He perdido mi trabajo, no tengo carnet de conducir, el banco me ha quitado la casa y me he quedado sin familia, sin hija.

– Sigue teniendo una hija.

– ¡Mírala! ¿Qué tipo de niña es cuando tiene que ponerse un vestido que le ha hecho su abuela? Ni siquiera me permite que me acerque a ella.

– No cuando la asusta. Por favor, déjela salir de aquí -dijo Annie.

– Se queda hasta el final.

Annie lo miró y entonces entendió lo que aquel hombre quería.

Era su vida, la deseaba segar, pero no se atrevía. Así que las arrastraría a Annie y a Kylie con él hasta el final.

Kylie se había acurrucado junto a Annie.

– No te duermas por favor -le decía la pequeña-. No te duermas, no me dejes sola.

– No me dormiré -respondía Annie una y otra vez. Estoy contigo.

Pero cada vez se sentía más débil. Tenía la vista borrosa y no podía mantener los ojos abiertos.

No debía dormirse, no debía dormirse.

De pronto, se oyeron sirenas y sin dar casi tiempo, algo golpeó el cristal y la habitación se llenó de humo.

Todo estaba oscuro y borroso. Seguía sintiendo a la niña a su lado y se oían ruidos de todo tipo.

Hubo una advertencia.

– ¡No seas estúpido!

Un disparo y un grito.

Y, después, alguien las llevaba, tanto a Kylie como a ella. No sabía si era un hombre o eran dos. Tampoco sabía quién era.

– ¡Por favor, no le hagas daño a la niña! -gritó Annie en su delirio.

– Tranquila, tranquila, ya estás a salvo, mi amor, ya estás a salvo.

Capítulo 12

ELLA no debía estar así en el hospital. Su obligación era estar de pie, con una bata blanca y el estetoscopio. ¡No podía estar en la cama!

Levantó la cabeza e hizo un amago de incorporarse, pero unas fuertes manos la sujetaban.

– ¿Dónde crees que vas?

Era Tom.

– Tranquila, tranquila. Ya ha pasado todo. Todo el mundo está bien. Eres la única a la que hirieron.

– Kylie…

– Kylie está perfectamente. La policía ha detenido a Rod. Trató de disparar contra sí mismo, pero falló.

– Pero Tom, oí un disparo.

– También falló…

Hubo un silencio.

De pronto, Tom pareció colapsar.

– ¡Mi Annie! ¡Si supieras lo cerca que estuviste de…!

No pudo más. A pesar de estar llena de tubos por todas partes, la tomó en sus brazos y la abrazó con fuerza.

– Casi mueres y yo no sé lo que habría hecho si te me hubieras ido. ¡Gracias a Dios, la bala no dañó ninguna arteria! Tendrán que operarte en Melbourne y estarás bien. ¡Gracias por darme la oportunidad de rectificar.

– ¿De rectificar?

– Annie, estaba tan aterrado… La policía quería convencerlo para que saliera. Pero yo sabía que te estaban desangrando, así que los convencí para que usaran humo. No pude esperar fuera, tuve que entrar a por ti.

Tenía los ojos llenos de lágrimas.

– Durante todo este tiempo había estado negándome lo que me sucedía. No quería enfrentarme a ello. Me había enamorado de ti, incluso antes de la boda. Pero en mi vida, siempre me he sentido abandonado por aquellos a los que quería. Primero, mis padres me dejaron. Luego, mi abuela murió. Pensé que si me mantenía aislado y solo nadie podría hacerme daño. Entonces, llegó Hannah. Ella no daba concesiones. No podía no quererla y tuve que entregarle mi corazón.

Le besó tiernamente una mano.

– Cuando empecé a descubrir quien eras, no me importó dejarme llevar. De ahí que la idea de casarme contigo me pareciera preciosa. Pero cuando se hizo realidad, el temor a perderte predominaba por encima de todo. Quería mantenerte a distancia. Así jamás sufriría si decidías marcharte. Pero no me daba cuenta de que estaba coartando la posibilidad de una felicidad real.

Bajó los ojos.

– De pronto, cuando te vi en el suelo, bañada en sangre, me di cuenta de que por mucho empeño que pusiera, no podía soportar la idea de perderte y que el vacío en mi vida quedaría allí para siempre.

La miró con amor.

– Annie, sé que estás agotada y necesitas descansar, pero no podía esperar más para decirte que te amo, que te amo con todo mi corazón y que es así desde hace ya mucho tiempo.

– ¡Tom!

– Si todavía me quieres, desearía que fuéramos marido y mujer con todas las consecuencias.

– ¡Tirarías el tabique que separa los apartamentos!

– ¡Dame un pico y una pala que voy ahora mismo!

Ella sonrió débilmente.

– ¡Tom! Pensé que los sueños no se hacen realidad. Ahora sé que hice bien en no perder la esperanza.

– Odio pensar que esto se va a tener que acabar -dijo Annie, tendida al sol, mientras observaba a la niñera, con Hannah y los dos perros-. Sólo hemos explorado tres islas y quedan otras cinco. ¡Mañana volvemos a casa!

– Tengo noticias frescas para ti -dijo Tom mientras la besaba-. Sabes a sal.

– ¿Estaré más apetitosa?

– Eso es cuestión de probarlo -la agarró en brazos.

– ¿Qué haces?

– ¿Tú qué crees? ¿Estás pensando lo mismo que yo?

Annie se puso roja.

– Quizás -admitió-. Pero antes, cuéntame las noticias.

– El interino que nos está sustituyendo, se quedará fijo en el hospital. Eso significa no sólo que podemos quedarnos otra semana más, sino que podremos seguir la luna de miel en casa. Seremos inseparables, como Bonnie y Clyde, Fred y Ginger…

– Tom y Jerry, el gordo y el flaco -se rieron.

– Por tanto, tenemos todo el tiempo del mundo.

– ¿Por qué tienes tanta prisa entonces?

– Porque estoy empezando a darme cuenta de que no tengo tiempo suficiente en la vida para compartir contigo todo el amor que siento. Aunque viviésemos una eternidad, te amaría siempre.

Marion Lennox

***