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El hijo de la doctora

Marion Lennox

Siendo la única doctora de Bay Beach, Emily Mainwaring estaba demasiado ocupada para distracciones. Por desgracia para ella, se acercaban dos importantes: un bebé huérfano al que deseaba adoptar, y Jonas Lunn, un guapísimo cirujano de Sydney cuyo interés por ella no parecía meramente profesional. Emily tenía un dilema: si se casaba con Jonas podría adoptar al niño… Pero Jonas no parecía de los que se casaban. Además, ¿debía ella arriesgarse a enamorarse de un hombre apasionado como él que seguramente iba a desbaratarle su organizada vida? De pronto había encontrado al marido y al hijo que tanto deseaba.

Marion Lennox

El hijo de la doctora

CAPÍTULO 1

LA DOCTORA Emily Mainwaring había pasado la noche en vela asistiendo un parto de gemelos. Quizás estuviera dormida y sólo fuera un sueño, pero en su sala de espera estaba… Su hombre ideal.

Pero aquello era Bay Beach. Estaba en el turno de cirugía de la mañana y quedarse mirando fijamente a alguien no era muy profesional. Debía pensar como una doctora de provincias de veintinueve años y no como una adolescente enamoradiza.

– ¿Señora Robin?

La anciana señora Robin se levantó aliviada. Llevaba esperando mucho tiempo. Los otros pacientes la miraron con envidia y el desconocido también alzó la vista.

¡Caramba! Al verle los ojos, resultaba aún más atractivo, y cuando sus miradas se encontraron…

Em se permitió mantener la mirada unos instantes, como si estuviera evaluando a un posible paciente. Pero la manera de mirar a aquel hombre no era la de un médico.

Se trataba de un hombre corpulento y musculoso, de huesos fuertes. Metro ochenta de masa corporal exhalando virilidad. Su pelo, de color rojizo tostado, era precioso, con rizos desordenados que apetecía peinar con los dedos.

«Ya basta. Concéntrate en tu trabajo», se dijo. Esa mañana no podía permitirse ninguna distracción, y si el brillo de un par de ojos verdes había conseguido alterarla, era porque estaba más cansada de lo que creía.

– Lo siento mucho -le dijo a los pacientes que esperaban-. He tenido que atender un par de urgencias y llevo casi una hora de retraso. Si alguno de ustedes prefiere esperar en la playa y volver dentro de un rato…

No era probable que aceptaran. Se trataba de campesinos o pescadores para los que la visita al médico era una ocasión social y, mientras fingían leer una revista, aprovechaban para enterarse de los últimos chismes y rumores. Por ejemplo, quién podría ser el hombre pelirrojo.

– Es el hermano mayor de Anna Lunn -le dijo la señora Robin antes de empezar con su letanía de dolores-. Es tres años mayor que Anna y se llama Jonas. ¿Verdad que es atractivo? Cuando entró con Anna, pensé que era su nuevo novio, lo que me pareció muy bien, ya que el inútil de Kevin se largó. Pero ya que no puede ser su novio, está bien que tenga un hermano tan amable como para acompañarla al médico, ¿no crees?

Era cierto. Anna Lunn, con apenas treinta años, estaba agobiada por la pobreza y los hijos. Pero ¿por qué…? Em miró la lista de citas y no pudo evitar suspicacias.

Anna había pedido una cita especial y había acudido con su hermano para que la apoyara. Em estaba segura de que no iba a ser una consulta de cinco minutos para una prueba ginecológica.

Así que tendría que resignarse a añadir media hora a su jornada laboral de ese día y a prestar atención a la tensión sanguínea de la señora Robin.

Antes de que terminara de hacerlo, Charlie Henderson sufrió un infarto. Estaba allí para su reconocimiento cardiológico de rutina y era tan viejo que parecía que estuviera apergaminado. Se había sentado en un rincón de la sala de espera y se entretenía mirando a los niños.

Mientras Em estaba escribiendo la receta para la señora Robin, él se quedó con los ojos en blanco, se acurrucó y resbaló hasta el suelo sin hacer ruido.

– ¡Em! -gritó la recepcionista mientras golpeaba la puerta de la consulta y, al instante, Em estaba junto a él.

El anciano estaba lívido y frío. Em comprobó que no tuviera obstruida la tráquea y le tomó el pulso. No tenía.

– Trae el carro del equipo de urgencias -ordenó a Amy. Comenzó a hacerle el boca a boca al anciano y le rasgó la camisa para descubrirle el pecho. Parecía que había sufrido un infarto fulminante.

Además, Amy no era la recepcionista habitual. Sólo tenía dieciocho años y, aunque no tenía preparación sanitaria, estaba sustituyendo a Lou, que estaba enferma.

Em tenía que actuar sola.

Debía intentar resucitarlo enseguida. No era tarea fácil, con toda esa gente mirando, pero no había tiempo para otra cosa.

– ¡Despejen la sala, por favor! -pidió entre soplido y soplido sin dejar el boca a boca y sin confiar en que le hicieran caso. No importaba. Estaba respirando para su anciano amigo, golpeándole el pecho para intentar resucitarlo mientras esperaba el equipo de urgencias.

Y entonces oyó una voz.

– Salgan de la sala. ¡Ahora mismo!

Era una voz masculina que reiteraba, en tono autoritario, la orden que ella había dado.

Em parpadeó, preguntándose de quién era esa voz grave y densa que parecía acostumbrada a' dar órdenes. Pero estaba arrodillada junto al anciano y le dedicaba toda su atención.

– Respira, Charlie. Respira, por favor…

– Como se habrán dado cuenta, esto es una emergencia, y necesitamos que la sala esté vacía para poder trabajar -continuó la voz-. Si lo suyo no es urgente pidan otra cita más tarde, o si no, esperen fuera. ¡Ahora!

De pronto, el carro del equipo de urgencias estaba allí, el pelirrojo estaba arrodillado al otro lado de Charlie, untando de gel los electrodos y ayudando a Em a ajustarlos como si supiera muy bien lo que hacía.

¿Quién diablos sería?

No había tiempo para preguntar. Todo lo que Em podía hacer era aceptar su ayuda y colocarle a Charlie la boquilla adecuada. Como norma, no habría hecho el boca a boca a nadie sin una boquilla, pero Charlie era especial. Charlie era un amigo.

Charlie…

Debía actuar con profesionalidad. No había lugar para los sentimientos si querían salvar la vida del anciano. Respiró cuatro veces más en la boquilla y la voz grave la interrumpió.

– Apártese. Ya.

Ella se apartó y las manos del desconocido fueron las que colocaron los electrodos sobre el pecho desnudo de Charlie. Él sabía perfectamente lo que hacía, y ella sólo podía estarle agradecida.

La descarga hizo que el cuerpo de Charlie se sacudiera. Nada. El electro no mostraba ninguna respuesta.

Pero debían seguir intentándolo. Em le insufló otras cuatro veces y las manos del desconocido cambiaron los electrodos de sitio. Otra sacudida, pero aún sin resultado.

Ella volvió a soplar. Una y otra vez. Y nada.

Em se sentó sobre los talones y cerró los ojos.

– Ya basta -susurró-. Se ha ido.

El silencio era absoluto.

Amy, horrorizada, estaba pálida. Respiró hondo y comenzó a llorar. «Es demasiado joven para esto», pensó Em. A sus veintinueve años, Em se sintió vieja, muy vieja. Se puso en pie y se acercó a abrazar a la recepcionista.

– Vamos, Amy. No pasa nada. Charlie no lo habría querido de otra manera.

Esa era la pura verdad. Charlie vivía para los cotilleos de Bay Beach. Tenía ochenta y nueve años y, desde hacía tiempo, sabía que su corazón estaba mal. Morirse de forma dramática en la consulta del médico y no solo en casa, era el tipo de final que le habría gustado

– Amy, llama a Sarah Bond, la sobrina de Charlie -dijo Em con voz cansada, mientras Amy trataba de recomponerse-. Dile lo que ha pasado. No creo que se sorprenda mucho. Y luego llama a la funeraria -respiró hondo y se dirigió al hombre que la había ayudado Muchas gracias -dijo tan solo.

Su cara expresaba tal cansancio y dolor, que el hombre se acercó a ella y le puso sus manos fuertes y masculinas sobre los hombros.

– Diablos, pareces hundida.

– No del todo.

– ¿Le tenías mucho cariño a Charlie?

– Sí -contestó Em-. Todo el mundo quería a Charlie. Ha sido pescador en Bay Beach toda la vida -miró hacia el cuerpo de Charlie. Le habían cerrado los ojos y parecía increíblemente tranquilo. Dormido. No debía lamentarse, pero Lo conocía de toda la vida. Me enseñó mucho sobre la vida… -Em perdió el control y comenzó a llorar.

– Necesitas un poco de tiempo para recuperarte -dijo él para consolarla, y miró hacia afuera, dónde aún quedaba media docena de pacientes que habían decidido que lo suyo era suficientemente urgente para esperar. Después de hablar con la sobrina de Charlie y de que los de la funeraria se llevaran el cuerpo de Charlie, a esa doctora exhausta aún le quedaba mucho trabajo por hacer-. ¿Tienes a alguien que pueda suplirte?

Em tomó una bocanada de aire e intentó volver a la normalidad.

– No.

– Entonces, lo haré yo -le dijo él-. Soy cirujano. Aunque no estoy acostumbrado a este tipo de medicina, puedo hacerme cargo de los casos urgentes hasta que te recuperes un poco.

– ¿Eres cirujano? -preguntó asombrada. No se lo esperaba. Anna no tenía nada de dinero. Eso no tenía sentido.

– Soy cirujano a tiempo completo. Y soy hermano de Anna Lunn sólo cuando ella me deja -dijo y soltó una carcajada nerviosa-. Pero mis problemas pueden esperar. Puedo ver a tus pacientes y hacerme cargo de lo que sea urgente. Esperemos a que se lleven a Charlie con el debido respeto y hagamos un descanso para tomarnos un café. Lo único es…

– ¿Qué?

Él vaciló un momento.

– Me ha costado semanas conseguir que mi hermana viniera a verte -dijo con reticencia-. Tuvimos que dejar a los niños en la guardería de emergencia de la Residencia Bay Beach para venir. Si ahora la dejamos regresar a casa, no conseguiré que vuelva. ¿Podrías verla?

– Claro que sí.

– No está tan claro. Si lo haces, es a condición de que después me dejes atender tus casos urgentes. -No es necesario.

– Sí lo es.

Él se quedó mirándola fijamente. Em se preguntaba por qué la miraba así. Ella solía estar pálida, era alta y demasiado delgada. El pelo, largo y negro, lo llevaba trenzado a la espalda, lo que la hacía parecer aún más flaca. Tenía ojeras y sus ojos pardos estaban hundidos, reflejando su cansancio. Él podía ver que estaba cansada. Sus palabras lo confirmaron.

– ¿No tienes a nadie que te ayude? -preguntó él, y ella negó con las manos-. ¿Y por qué diablos no? ¿Acaso Bay Beach no es lo bastante grande como para tener dos médicos o incluso tres?

– Yo nací aquí y adoro este lugar -contestó ella-, pero en Australia hay montones de pequeñas ciudades costeras y muchas no están tan lejos de la ciudad como esta. Los médicos quieren disponer de restaurantes, colegios y universidades para sus hijos. Hemos puesto anuncios desde que mi último socio se marchó hace dos años y no hemos recibido ni una respuesta.

– Así que tú eres el único médico.

– Así es.

– Diablos.

– No está tan mal -Em pasó la mano sobre su trenza sedosa y, mirando a Charlie, suspiró-. Excepto ahora. Me alegro mucho de que estuvieras aquí para que me quede claro que no se podía hacer nada más para salvar a mi amigo.

. -Lo entiendo -contestó él mirando también al cuerpo de Charlie-. ¡Maldita sea!

– Había llegado su hora -susurró Em.

– Y también tu hora de dormir un poco.

– No -suspiró Em, y consiguió esbozar una sonrisa-. No hay descanso para los malditos, doctor Lunn. ¿O debería decir señor Lunn?

– Llámame Jonas.

Jonas… «Suena bien», pensó ella.

– De acuerdo, Jonas -asintió. El hombre de la funeraria acababa de llegar-. Despidámonos de Charlie y luego seguiré con mi trabajo.

. -Ya oíste lo que dije -gruñó Jonas-. En cuanto veas a mi hermana, yo seguiré con tu consulta hasta que hayas descansado,

Era una gran tentación. Tenían dos pacientes en el hospital a los que debería ver. Si dejaba al doctor Lunn con la consulta, podría visitarlos, comer algo y hasta echarse una siesta antes de la consulta de la tarde.

– Venga, hazlo -dijo él. Pero le parecía una irresponsabilidad pasarle su trabajo a un desconocido-. Estoy perfectamente cualificado -aclaró al ver que dudaba-. Con una llamada a Sydney Central te lo confirmarán.

Ella lo creía y no se resistió más.

– Me parece maravilloso. La consulta es toda tuya. Pero, primero, veamos a tu hermana.

– No quiere decirme qué tiene, pero está muy asustada.

Media hora más tarde Em estaba en su despacho. Lo que había pasado le parecía mentira. Delante de ella estaba Anna Lunn, pálida y callada. Jonas, que le agarraba la mano para infundirle ánimo, estaba igual de serio.

– No sé lo que está pasando, doctora Mainwaring -dijo él. Había pasado a un tono formal, lo cual era una buena idea. La consulta debía ser estrictamente profesional-. Anna no me cuenta nada. Ella y yo nos distanciamos hace mucho tiempo y nunca ha dejado que la ayude, aunque educar a sus hijos sola ha debido de ser una pesadilla. Pero ahora… Vine a verla hace un par de semanas y hay algo que la atemoriza. No quiere decirme lo que es, pero la conozco y sé que es algo malo.

– ¿Anna? -Em se dispuso a prestarle atención a la mujer.

Anna era pelirroja como su hermano, pero ahí terminaba su parecido. Aunque era más joven que él, parecía mucho mayor. Los rizos de su pelo eran desiguales, y sus ojos verdes tenían una expresión de derrota.

Parecía como si la vida le hubiera dado muchos golpes, y que el último la fuera a desbordar.

– ¿Sí? -su voz era solo un susurro.

– ¿Preferirías que tu hermano saliera para que me cuentes lo que te pasa en privado? -preguntó mientras dirigía una mirada a Jonas.

– Si tú quieres, me voy -ofreció él, preparándose para salir, pero Anna alargó la mano y lo retuvo. Jonas volvió a sentarse y le dijo con dulzura-: Anna, dinos lo que te pasa. Estamos contigo hasta el final. Los dos. Pero tienes que decirnos lo que ocurre.

Anna respiró hondo y miró a Em asustada.

– Cuéntanos, Anna -dijo Em con dulzura, y la chica se estremeció.

– No sé, no sé si puedo hacerle frente. Mis hijos…

– Dinos.

– Tengo un bulto en el pecho. Creo que es cáncer de mama.

En efecto, había un bulto en el pecho de Anna, cerca del pezón. Era del tamaño de un guisante y se movía cuando Em lo palpaba.

– ¿Desde cuándo te has dado cuenta de que lo tienes? -preguntó Em mientras examinaba el resto del pecho. No había nada más. Solo el pequeñísimo bulto.

– Hace cuatro semanas.

– ¿Solamente? Eso es estupendo -dijo Em. Anna estaba tumbada en la camilla detrás del biombo y Jonas podía oírlas-. Algunas mujeres se preocupan por un bulto como este durante un año o más sin hacerse examinar. No tienes ni idea del perjuicio que puede causar tardar tanto.Pero tú has venido muy pronto y es muy pequeño. Tiene menos de un centímetro.

Anna temblaba bajo sus manos, temerosa de mirar a, Em a los ojos.

– Entonces, ¿es cáncer?

– Puede que sea un pequeño cáncer de mama -repuso Em. No tenía sentido intentar tranquilizarla cuando lo que importaba era que se hiciera las pruebas necesarias-. Pero también es muy posible que sea un quiste inofensivo. Los quistes en el pecho son muy frecuentes, mucho más que el cáncer, y se parecen mucho. Hace falta una biopsia para distinguirlos.

– Entonces esto puede ser una pérdida de tiempo. Si sólo es un quiste, puedo irme a casa y olvidar la cuestión -dijo Anna esperanzada.

– Todavía no -contradijo Em-, porque puede que tu primera idea sea la correcta. Por tu edad, estás en un grupo de bajo riesgo, pero hay que descartar esa posibilidad.

– Pero no quiero saberlo -dijo Anna cubriéndose la boca para no llorar-. Si es cáncer… Quisiera estar bien por tanto tiempo como sea posible. Tengo tres hijos y quiero poder cuidarlos. Jonas me hizo venir, pero si es cáncer, es preferible no saberlo.

– Ahí es precisamente dónde te equivocas -dijo Em devolviéndole la blusa y dándole un pañuelo de papel. Cuando Anna se vistió, Em apartó el biombo para que Jonas pudiera participar en la conversación-. Es mucho, muchísimo mejor saberlo.

– ¿Por qué? ¿Para que me puedas quitar el pecho?

– Eso ya casi nunca se hace -gruñó Jonas. No podía reprimirse y se levantó para abrazar a su hermana-. Has sido una estúpida. ¿Por qué no me lo dijiste? Yo podía haber disipado tus temores.

– ¿confirmando que puedo tener cáncer? -sus ojos echaban chispas. Em pensó que la pobre Anna estaba al límite-. Nadie está disipando mis temores ahora.

– Yo puedo hacerlo -dijo Em en tono amable, pero firme. Anna no necesitaba falsas esperanzas ni que la tranquilizaran. Lo que necesitaba eran datos objetivos siéntate, Anna.

Anna se sentó, pero su expresión era la de un animal acorralado. No temía por ella misma, sino por los tres niños pequeños que dependían de ella.

– Anna, tu hermano es cirujano. Él puede asegurarte todo lo que te digo, pero quiero que me escuches. Primero: has venido muy pronto y el bulto está muy bien definido. Eso quiere decir que puede ser un quistecito sin importancia, lo cual se puede confirmar con una biopsia, o, en el peor de los casos, un pequeño cáncer que podemos extirpar. No puedo prometerte nada sin hacerte unas pruebas. Si, como sospecho, está confinado a una pequeña zona, aunque fuera cáncer no tienes por qué temer perder tu pecho.

– Pero yo quiero… -Anna resopló antes de continuar-. Si es cáncer, quiero que me lo quiten. Todo el pecho.

– Los cirujanos no extirpamos el pecho si no hay muy buenos motivos -dijo Em-. Aunque fuera cáncer, con las técnicas quirúrgicas actuales no suele ser necesario. Sólo se quita la parte afectada. Eso quiere decir que tendrías una cicatriz en un pecho y que sería algo más pequeño que el otro.

– ¿Eso es todo? -Anna parecía no creer nada-. ¿Y qué hay de la quimioterapia?

– Si es tan pronto como parece, tendrías un tratamiento de seis semanas de radioterapia para eliminar las células que pudieran quedar. Luego, el oncólogo decidiría si necesitas quimioterapia o no.

– Pero…

– La tasa de supervivencia para un cáncer incipiente es muy buena -dijo Em con firmeza-. Después de la cirugía y la radioterapia es de más de un noventa por ciento. Y no es la horrible experiencia que solía ser antes. Sinceramente, Anna, los peores efectos secundarios de la quimioterapia son la pérdida de pelo y la fatiga que sientes mientras tu cuerpo recibe la medicación. Y eso no es gran cosa -sonrió-. Tú y tu hermano sois tan atractivos, que un cráneo brillante os haría parecerlo aún más.

– Y yo me raparía la cabeza para hacerte compañía -intervino Jonas, consiguiendo, al fin, que su hermana sonriera.

– No, no lo harías.

– Ya lo verás…

– Yo no quiero ser calva.

– Y no necesitas serlo -dijo Em-. El sistema sanitario de este país te dará una peluca si la necesitas, sea cual sea tu nivel económico. Y las pelucas son estupendas -añadió, sonriendo. La tensión iba disminuyendo-. ¿Conoces a June Mathews?

– Sí, claro -todo el mundo conocía a June, la administradora del pequeño centro comercial. Era una rubia despampanante. O, para decir verdad, era rubia hasta que se cansó de serlo.

– June no se tiñe el pelo -la sonrisa de Em se hizo más amplia-. Cuando se cansa de su peinado, se compra otro.

– ¡Bromeas!

– No bromeo. A ella no le importa que yo se lo cuente a la gente que necesita saberlo, siempre y cuando les pida que no se lo cuenten a nadie más. June tiene alopecia, es decir, pérdida del cabello, y lleva peluca desde hace veinte años.

– ¡No me lo puedo creer! -Anna estaba muy sorprendida y, por un instante, dejó de pensar en su problema.

– Créeme. Y yo sé que estaría encantada de ayudarte a escoger una peluca si fuera necesario. Le encanta comprarlas. ¡Una vez me dijo que escogerlas le parece más divertido que el sexo! -Anna parpadeó atónita y Em le dedicó una sonrisa tranquilizadora-. Pero, Anna, estamos yendo demasiado deprisa. Como ya te dije, es muy posible que sólo se trate de un quiste.

– Estarás bien, Anna -añadió Jonas en un tono que Em adivinó lleno de emoción. Después de todo, se trataba de su hermana pequeña.

Em miró a Jonas y se percató de que él también esperaba que lo tranquilizaran. Quería datos objetivos. Como cirujano, era seguro que conocía las estadísticas, pero quería oírlas en voz alta.

Cáncer era una palabra que asustaba, y la única manera de conjurar el miedo era plantarle cara.

Él estaba pidiendo ayuda y Em estuvo a punto de darle la mano. Su sonrisa desapareció. Los dos hermanos tenían miedo de la misma cosa.

Anna respiró hondo y reunió fuerzas para decir:

– Si… si fuera cáncer, se reproducirá. Yo me moriré. Mis hijos… Sam, Matt y Ruby… Ruby sólo tiene cuatro años. ¿Quién velará por ellos?

– Anna, me he pasado las últimas veinticuatro horas montando a caballito a tus tres monstruos -dijo Jonas en tono de víctima-. Quiero mucho a tus hijos y, naturalmente, los cuidaría, pero mi espalda te estaría muy agradecida si nos dejaras que arreglemos las cosas para que vivas.

– Yo…

– Por favor, Anna.

Anna volvió a tomar aliento.

– No tengo otra opción ¿verdad?

– No la tenemos -repuso Jonas incorporándose en la silla. Se frotaba las manos una y otra vez. Había estado sometido a una gran tensión, preguntándose qué era lo que le ocurría a su hermana. La respuesta le había significado un cierto alivio, ya que había diagnósticos mucho peores que el cáncer de pecho-. Anna, yo adoro a tus hijos, pero seguro que estarán mejor con su mamá que con su tío Jonas -sonrió de una manera tan atractiva que Em sintió que su interior se revolucionaba. ¡Qué estupidez! Tenía que hacer un esfuerzo por concentrarse en lo que él estaba diciendo-. Estoy dispuesto a quedarme en Bay Beach mientras me necesites. Y tengo la impresión de que a la doctora Mainwaring también le vendría bien un poco de ayuda. ¿Y qué puede hacer un hombre con dos mujeres desvalidas, sino quedarse? -preguntó sonriendo de nuevo-. Así que vamos a organizar lo de las pruebas y a ponemos en marcha, por favor.

Anna alzó la vista y miró con dureza a su hermano. Luego se volvió hacia Em. Su expresión demostraba un poco menos de miedo. La decisión más difícil ya estaba tomada.

– Sí, -dijo por fin, con una sonrisa casi tan amplia como la de su hermano.

– Entonces, manos a la obra -repuso Em, y comenzó a marcar un número de teléfono.

CAPITULO 2

LA LUZ del atardecer despertó a Em. Lo que sentía era algo tan novedoso que, por un momento, pensó que estaba soñando. Poco a poco fue recordando lo sucedido por la mañana y la invadieron sentimientos muy complejos y difíciles de asumir.

Primero estaba Charlie. A pesar de la edad que él tenía, su muerte le había dejado un vacío y un dolor que tardaría en acallar.

Em siempre intentaba no dejarse afectar por los problemas de sus pacientes, pero como único médico en una pequeña ciudad, eso resultaba imposible. Además, conocía a Charlie de toda la vida. Siendo aún muy niña, murieron sus padres y la crió su abuelo. Él y Charlie eran muy amigos. Con la muerte de Charlie desaparecía el último vínculo con su niñez. El último lazo con los fines de semana que había pasado pescando en el bote de su abuelo, o sentada en el embarcadero cebando anzuelos, mientras los dos hombres charlaban al sol. O de las incontables tazas de te que ellos le preparaban cuando estaba estudiando sus libros de medicina.

Los había querido mucho. Su abuelo había muerto dos años antes, y esa mañana Charlie había ido a buscarlo.

Pensó que lo echaría muchísimo de-menos.

Y Jonas… ¿Qué pasaba con Jonas?

Estaba muy confusa. Se había acostado para dormir una siesta de pocos minutos y se despertó dos horas después, totalmente confundida: la tristeza por la muerte de Charlie, la tensión por el bulto de Anna…

Y el recuerdo de Jonas.

¿Por qué se superponía a todo lo demás? Estaba allí como una luz, iluminando el resto de su horrible día, y era una sensación tan nueva que intentó retenerla.

Se levantó y se lavó la cara, amonestándose por haber dejado que otro doctor, de quien no sabía nada, se hiciera cargo de su trabajo.

Tenía que comprobar quién era, se dijo. Su instinto hacía que lo creyera, pero confiarle a sus pacientes era otra cosa, y el tribunal médico no vería con buenos ojos que hubiera cedido sus responsabilidades a un charlatán.

Bastó una llamada a un amigo en el Sydney Central.

– ,¿Tenéis a un tal Jonas Lunn en ese hospital?

– Es un hombre brillante -dijo la voz de Dominic desde la sala de médicos-. ¡Brillante! Le han ofrecido un trabajo estupendo como profesor en el extranjero, y los que mandan aquí están muy preocupados por cómo van a sustituirlo. Es el mejor. Y es muy bondadoso con sus pacientes -¿cómo sabía Em que Dominic iba a decir eso? No lo sueltes, Em. Si te está ofreciendo ayuda, acéptala.

«Quizá», pensó Em, y, haciendo un esfuerzo por ordenar sus pensamientos, se dirigió a ser una vez más el único médico de Bay Beach.

Pero ya no era el único médico. Jonas no soltaba el puesto tan fácilmente.

– Vete a casa -gruñó él cuando ella abrió la puerta de la consulta y se asomó-. Estoy ocupado.

Y lo estaba. La pequeña Lucy Belcombe, de nueve años, muy acostumbrada a ir de catástrofe en catástrofe, estaba allí con una fractura en el antebrazo. Jonas tenía la radiografía en la pantalla para que Em pudiera ver lo que pasaba. Ya estaba poniendo la última capa de escayola y era obvio que la madre de Lucy, que lo observaba, estaba muy impresionada de que un hombre de apariencia tan espléndida estuviera cuidando a su hija.

«Ni siquiera sabe si Jonas es médico o no», pensó Em indignada.

– Estamos arreglándonoslas muy bien sin usted, doctora Mainswaring, ¿verdad, Lucy?

Lucy estuvo de acuerdo.

– Cuando me puso la inyección, el doctor Lunn me dijo que soy la chica más valiente de Bay Beach -anunció Lucy con orgullo. Luego sonrió con picardía-. También dijo que soy la más tonta.

– ¿Qué? -Em volvió a mirar la radiografía. Afortunadamente, era una fractura limpia-. Te lo has hecho trepando a un árbol, ¿no es cierto?

– Uno bien grande que hay en Illing Bluff -afirmó Lucy con orgullo, y Em. hizo una mueca.

– Oh, Lucy. Si trepas a un árbol tienes que acordarte de agarrarte bien. Me parece que el doctor Lunn no anda desencaminado cuando dice que eres un poco tonta.

– Sí, fue una tontería -dijo Lucy con una sonrisa de compromiso y miró hacia su madre, preguntándose si debía seguir contando lo ocurrido-. Pero he ganado cinco pavos, porque fue una apuesta y llegué hasta arriba.

– ,Te pagaron más por bajar de la manera más rápida? -preguntó Em, y Jonas se rió entre dientes.

Em pensó que era una risa preciosa. Profunda y contagiosa, que hacía sonreír sólo con oírla.

– La más rápida de todas -dijo Jonas-. Lucy ha tenido mucha suerte de no aterrizar sobre la cabeza. Señora Belcombe, ¿va a descontarle los cinco dólares por la ropa que ha roto?

May Belcombe sonrió a medias y negó con la cabeza. Lucy era la más pequeña de sus seis hijos temerarios. Los huesos rotos formaban parte de su estilo de vida.

– Soy bastante buena remendando -dijo-. No tengo más remedio.

– Nosotros también -exclamó Jonas mirando el brazo de nuevo, y se lo colocó en cabestrillo con una venda-. Listos. Un brazo remendado. Mañana quiero verlo otra vez para asegurarme de que he dejado suficiente holgura para la inflamación. De todos modos, si le empieza a doler más, llámenos.

– Llámeme -corrigió Em, y Jonas sonrió con ironía.

– ,Tiene miedo de que la deje sin trabajo, doctora Mainwaring?

– Puede quedarse con todo mi trabajo que quiera -contestó ella.

– Sí. Desde luego, hay un montón. Demasiado para una sola persona.

– Pues sólo hay una persona -rebatió ella, y pasó la mano por el pelo de Lucy-. Adiós, Lucy. Ten cuidado.

– La palabra cuidado no está en su vocabulario -dijo la madre en tono amargo, guiando a su hija hacia la puerta-. Muchas gracias, doctor Lunn -se volvió hacia Em y le susurró al oído, aunque Jonas pudo oírlo-: Ay, querida. Es guapísimo. Si yo fuera tú, me lo quedaría.

Al oírla, Em se sonrojó.

– Te he dejado notas detalladas sobre todos los pacientes que he visto, por si quieres revisarlas.

Después de que las Belcombe se hubieran marchado, Jonas hizo un informe de las dos horas anteriores.

– La señora Crawford es la única que puede preocuparnos, por su diabetes. Ha estado vomitando de forma intermitente durante dos días. No creo que sea nada grave, pero empezaba a estar deshidratada y le había subido el azúcar. Así que Amy y yo la hemos ingresado..

– ¿Amy y tú la habéis ingresado? -el tono de Jonas era tranquilizador, pero tuvo el efecto contrario. El que alguien se hiciera cargo de sus cosas era una experiencia tan nueva que se quedó sin aliento-. ¿Tú hiciste qué?

– Amy y yo la ingresamos -repitió Jonas-, con la ayuda de tus enfermeras. Le puse un gota a gota y la dejé en observación. No es un concepto demasiado difícil, doctora Mainwaring…

– Pero sí raro -replicó ella-. Nadie ingresa a nadie en este hospital sino yo.

. -Bienvenida al nuevo orden -dijo él, y se quedó mirándola. Ella estaba a punto de estallar.

– Disculpa…

– ¿No quieres tener un nuevo socio? ¿Temporalmente? -Em se quedó boquiabierta y la sonrisa de Jonas se acentuó-. Cierra la boca -le dijo con dulzura-, o te entrarán moscas. Y deja de poner esa cara. Sólo estoy pidiendo trabajo.

– ¿Pidiendo trabajo?

– Uno temporal -contestó Jonas con suavidad-. Lo necesito -aún sonreía, pero con más dulzura, como si entendiera lo que su ofrecimiento significaba. Como si supiera lo cansada que estaba-. Siéntate -le dijo con calma, y Em se sentó.

– ¿Me lo vas a explicar? -preguntó ella sin muchas esperanzas, y el volvió a reír.

– Puede… L dejó de sonreír-. Em, Anna me necesita, pero no deja que me acerque a ella. Sean los que sean los resultados de las pruebas, necesito estar aquí durante un tiempo. Por cierto, gracias por organizar las pruebas tan deprisa. Llamaron de Blairglen para la mamografía y le han dado cita mañana a las diez y media. Lo cual quiere decir que no podré empezar bien en mi nuevo trabajo hasta pasado mañana.

– No puedes empezar bien…

– Em, Anna no confía en mí -dijo con mucha paciencia-. Kevin, su marido, la trataba como si fuera basura. Yo supe desde el principio que era un tipo asqueroso, y tuve la torpeza de decírselo a ella. Tuve que arrepentirme, porque mientras vivió con él, me mantuvo alejado de ella, y creo que estuvo más tiempo con Kevin sólo para demostrarme que no tenía razón. Ahora me necesita, aunque no quiere reconocerlo. Necesita ayuda desesperadamente.

– Es muy orgullosa.

– Demasiado orgullosa -masculló Jonas, y Em lo miró con extrañeza. ¿Qué habría pasado si hubiera sido al revés? Em intuía que ese hombre era tan independiente como su hermana.

– Tenemos que construir un gran puente entre los dos, y no va a ser cosa de dos días. -continuó Jonas.

– ¿No tienes más familia? -preguntó Em con curiosidad.

– No, sólo somos Anna y yo. Puede que por eso haya pasado lo que ha pasado. Después de que muriera nuestro padre, yo fui demasiado protector. Ella tenía que rebelarse y el resultado fue su relación con ese miserable.

– No puedes culparte para siempre -dijo Em, y Jonas le dedicó otra de sus sonrisas.

– No, claro que no. Pero sí puedo intentar ayudarla. Si tú me dejas…

– ¿Yo? ¿Cómo?

– Dándome el empleo.

Em alzó la vista para mirarlo y pensó que era corpulento, tranquilo y muy seguro de sí mismo. No necesitaba la opinión de Dominic para saber que era competente. No había más que mirarlo para darse cuenta de que era un cirujano experimentado.

Y, sin embargo…

– ¿Un cirujano que quiere trabajar en Bay Beach? -preguntó ella incrédula. Parecía increíble.

– Sólo un par de meses. Depende.

– ¿Depende de qué?

– Del diagnóstico de Anna.

– ¿Quieres quedarte aquí con ella?

– Claro -era una respuesta demasiado simple, pero Em sabía que era la verdad. ¿Cuántos cirujanos bien situados renunciarían a su estilo de vida por una hermana?

– ¿Puedes dejar tu trabajo? -preguntó Em, y él asintió.

– Sí. Da la casualidad que estaba a punto de aceptar un trabajo como profesor en Escocia. Vine aquí para despedirme de Anna y la encontré en tal estado que he aplazado el trabajo. Sabía que, fuera lo que fuera lo que la asustaba, no sería algo que se arreglaría rápido. Y necesito tiempo para construir el puente…

Una vez más la dejaba perpleja. Renunciar con tanta facilidad a su profesión…

– Entonces, ¿por qué no te quedas con Anna? -sugirió Em-. Según parece, no estás casado. Con lo que gana un cirujano, seguro que puedes tomarte unas vacaciones.

– Anna no me deja quedarme con ella, y si no tengo un buen pretexto para quedarme en la ciudad, ella me rechazará por completo. Ni siquiera ahora estoy en su casa. Estoy en un hotel. Como ya te dije, tenemos un largo camino por recorrer -estaba usando un tono eficiente, como negociando lo que le parecía un arreglo muy lógico-. Por cierto, si voy a trabajar aquí, habrá algún alojamiento previsto para los médicos, donde pueda quedarme, ¿no?

– No lo suficientemente grande para ti -repuso ella sin pensarlo, y él se echó a reír.

– Vamos, no soy tan. grande…

«Quizá no en tamaño, pero sí en presencia», pensó Em tratando de aclarar sus pensamientos. Él necesitaba alojamiento. La ayudaría durante uno o dos meses, pero necesitaba un lugar donde vivir.

La idea de que la ayudara era tentadora. Aunque sólo hiciera un par de visitas nocturnas a la semana, sería una bendición. Le garantizaría poder dormir un par de noches a la semana.

– Estoy dispuesto a compartir tu carga de trabajo -dijo con voz suave, y ella parpadeó.

«¡Diablos! ¿Soy así de transparente?», pensó Em.

– Puedo arreglármelas sola.

– Igual que Anna.

– No tenemos elección -contestó cortante y, al oírla, él dejó de reír.

– Sí, sí tenéis elección -contradijo Jonas en tono severo-. Estoy aquí para las dos. Si me dejáis, claro…

Lo dijo en serio.y con seguridad, sin admitir discusión, y una hora más tarde Em vio cómo se marchaba en su pequeño Alfa Romeo, mientras ella se quedaba tratando de digerir la cuestión.

Tenía un socio para un mes.

– Quizá más si necesito quedarme más tiempo -había dicho él-. Y ojalá que no lo necesite.

Ella estaba de acuerdo. Ojalá Anna no tuviera cáncer. Pero si lo tenía, decidió que aceptaría a Jonas mientras esperaban a que ella sanase. Compartir su carga de trabajo era una bendición. Su consulta era suficientemente grande, para los dos. Pero, ¿y su casa?

Esa era la parte del arreglo que no la satisfacía. La casa de los médicos en la parte trasera estaba construida para alojar a cuatro, por lo que tenía cuatro dormitorios y cuatro baños. ¡Pero sólo tenía una cocina y un salón!

Esa noche Jonas dormiría en el hotel, pero a partir del día siguiente lo tendría permanentemente bajo su techo. Un socio y un compañero de piso, ¡durante un mes!

Pero eso sería al día siguiente, lo que le daba tiempo para ordenar sus ideas y controlar sus sentimientos.

Em volvió a ver a Jonas antes del día siguiente. De hecho, lo vio esa misma noche.

Dos horas después, Em estacionó su coche delante de Home Two, una de las casas que formaban parte del Bay Beach Orphanage, y reconoció un coche aparcado.

¿Cuánta gente en Bay Beach tenía un Alfa Romeo plateado? Nadie que ella supiera, excepto Jonas.

¿Qué demonios estaba haciendo allí?

Caramba con sus emociones. ¿Por qué el ver su coche le había dado un vuelco el corazón?

Cuando su amiga abrió la puerta, Em tuvo que disimular su sorpresa y esforzarse para que su voz pareciera normal. No fue una tarea fácil, pero lo consiguió.

– Hola, Lori -saludó sonriendo, y miró de reojo al coche-. ¿Interrumpo?

– Claro que no -Lori abrió la puerta de par en par y Em pudo ver a Jonas sentado junto a la mesa de la cocina. Él la miró y sonrió, y Em volvió a sentir en su corazón esa sensación tan rara que no lograba entender-. Estamos tomando un té. ¿Tienes un rato para unirte a nosotros?

– Puede que sí -replicó Em, recelosa-. Gracias a Jonas.

– Me ha contado que te sustituyó en la consulta -dijo Lori, estrechando la mano de su amiga-. Y también lo de Charlie. Em, lo siento mucho.

– Estoy bien -pero no lo estaba. No había tenido casi tiempo de pensar en Charlie, pero en ese momento se le saltaron las lágrimas. Maldición, tenía que darse un poco de tiempo para llorar. ¿Cuándo lo aceptaría?-. Yo…, quizá será mejor que no me quede a tomar ese té. Sólo veré a Robby y me marcharé.

Robby era el motivo por el que había ido allí. Fuera cual fuera el de Jonas, ella tenía que concentrarse en su trabajo. Su trabajo era Robby, y exigía dedicación.

Robby tenía sólo ocho meses y había quedado huérfano en un accidente de coche dos meses antes. Había sufrido quemaduras graves y lo habían trasladado del hospital al orfanato. Aunque necesitaba cuidados médicos más especializados, su tía vivía en Bay Beach y no quería ni oír hablar de que lo trasladaran a otra ciudad.

Ni tampoco quería que viviera con ella, ni que nadie lo adoptara. Así que Robby estaba al cuidado de Lori y recibía los cuidados médicos de Em.

Había cosas peores, pensó Em. Lori no era una solución a largo plazo, pero lo quería mucho.

Y también lo quería Em. Había pasado seis semanas en el Hospital General de Bay Beach y durante ese tiempo había conseguido conquistar el corazón de Em. Al verla entrar en su habitación, levantó los bracitos tanto como lo permitían las quemaduras de su pequeño cuerpo para que Em lo alzara y lo abrazara

Era pequeño, bajo de peso para su edad, y todavía tenía el lado izquierdo cubierto de las heridas de los injertos. Las quemaduras le habían llegado hasta la barbilla y lo único que parecía haberse salvado eran sus ojillos oscuros, su nariz respingona y sus rizos dorados.

Sí, Em lo quería. No le daba vergüenza confesar que había perdido su frialdad profesional y tenía al niño metido en el corazón.

– ¿Me has estado esperando? -susurró-. Pensé que estarías dormido, pequeño diablillo.

– Debería estarlo -Lori había seguido a su amiga hasta la habitación-. Ha estado abajo durante media hora. Pero está tan acostumbrado a verte por las noches, que no consigo meterlo en la cama hasta que vienes.

– ¿Cuál es el problema? -Em se sobresaltó al oír el tono profundo de la voz de Jonas, que las había seguido. Estaba pensado que Em y el bebé hacían una pareja increíble, y si Em hubiera sospechado lo que él estaba imaginando, se habría sonrojado.

Era una mujer muy bella, alta y morena. Con el niño en brazos, tenía un aspecto muy maternal. Robby todavía llevaba una piel elástica recubriendo los injertos y estaba lleno de vendajes, cuya blancura contrastaba con la suave piel morena de Em.

Al ver a Robby, Jonas se impresionó más de lo que estaba dispuesto a reconocer. Replanteó su pregunta.

– ¿Qué le ha pasado al bebé?

Lori se lo contó, mientras él observaba la destreza con la que Em levantaba los vendajes y retiraba la piel elástica para comprobar la cicatrización de las heridas.

Jonas pensó que, con su ayuda, esa tarea que duraba varios minutos podía ser más rápida, pero como Lori, ya lo estaba haciendo, se limitó a mirar.

Empezaba a conocer a Emily Mainwaring, y cuanto más veía, mejor le parecía.

– ¿Qué? -preguntó Em secamente, mientras ponía el último esparadrapo sobre las gasas, y su tono lo asombró.

– Disculpa…

– Me has estado mirando durante los últimos diez minutos -dijo Em-. Supongo que habrás visto curar quemaduras otras veces.

– Claro que sí -contestó sonriendo-. Muchas veces.

– Pues no creo que esto sea distinto.

– Por el aspecto de esas quemaduras, ¿no debería estar aún en el hospital? -preguntó Jonas con el mayor tacto posible. Lori los observaba con interés, consciente de la tensión que había entre los dos.

– Probablemente. Aún le falta algún injerto más -aclaró Em, acercando al niño hacia su pecho y arrullándolo como si fuera su propio hijo-. Pero estaba empezando a afectarle el clima hospitalario y yo no podía resistir ver cómo se institucionalizaba.

– ¿Y Lori es una buena madre de acogida?

– La mejor -repuso Em con cariño, mirando a su amiga por encima de los rizos de Robby-. Hemos tenido madres de acogida estupendas, como Wendy y Erin. Mujeres muy comprometidas. Y Lori es, sin duda, la mejor.

– Me alegro de saberlo, aunque me lo había parecido. He convencido a Lori para que cuide de los hijos de Anna hoy. Creo que es la única madre de acogida que no tiene la casa llena, y si el problema de Anna requiere que sea intervenida, tendrán que venir aquí por un tiempo.

Em frunció el ceño.

– ¿Es posible, Lori?

– Sí, lo es. Acabo de hablar con los jefes y podemos arreglarlo. Jonas quiere algo concreto para decirle a su hermana esta noche. Anna querrá saber que pase lo que pase, sus hijos van a estar cuidados.

– Está echándose atrás sobre las pruebas -informó Jonas dirigiéndose a Em-. Dice que como no hay nadie para cuidar a sus hijos si tienen que operarla, para qué se va a hacer las pruebas.

– Tiene mucho miedo -dijo Em, y Jonas asintió.

– Lo sé. Por eso mismo hay que facilitar las cosas dejándolas bien atadas.

– ¿No crees que podrías tranquilizarla diciéndole que los cuidarás tú mismo?

– Aunque Anna aceptara, lo cual es casi seguro que no hará, yo no creo que pudiera -reconoció con franqueza, luciendo su encantadora sonrisa-. Tienen cuatro, seis y ocho años, y yo soy un soltero nato. Mi talento como cuidador de niños es nulo. Me sería mucho más fácil trabajar para ti y pagarle a Lori por hacerlo.

– Cobarde.

Él soltó una carcajada.

– Mejor ser un gallina que una gallina muerta -hizo una pausa al ver que Robby se había acurrucado en brazos de Em y se estaba quedando dormido.

¿Institucionalizado? No lo creo», pensó al verlo. Ese no era un niño que se aislara del mundo. El pequeño había desarrollado un vínculo afectivo con Em. Esa era la razón por la que Robby no estaba en el hospital. Ella no podía controlar sus sentimientos hacia el niño y tenía que seguir tratándolo.

Lo estaba acunando y se sentía embargada por la emoción. El deseo de estrecharlo para siempre la había invadido la noche que tuvo que tratarlo en el hospital, después del accidente en que murieron sus padres, y no se había mitigado.

– Em, tú y Lori conectáis muy bien con Anna. Tengo una idea -Jonas le estaba hablando y no tuvo más remedio que desviar la atención del bebé. Jonas miró el reloj-. ¿Has cenado?

¿Cenado? Estaba bromeando. ¿Cuándo podía cenar antes de las nueve de la noche?

– No -fue la escueta respuesta.

– Entonces, ¿puedo invitarte a cenar y pedirte que luego hagas una visita domiciliaria conmigo? Te pagaré por adelantado con pescado frito con patatas, en la playa.

– Pescado frito con patatas…

– ¿No te gusta? -su tono parecía insinuar que creía que ella era tonta. Ella se rió. Estaba actuando como una tonta y se merecía que la trataran así.

– Claro que me gusta el pescado frito con patatas -aclaró-. ¡Muéstrame un habitante de Bay Beach a quien no le guste! Si tengo tanta hambre como ahora, soy capaz de comerme hasta la hoja de periódico con el que lo envuelven. Pero ¿cuál es la visita domiciliaria que quieres que haga?

– A mi hermana.

– ¿Para qué? -preguntó ella, aunque ya lo sabía.

– Para que le digas que Lori es perfectamente capaz de cuidar de sus hijos. No confía en mí. He tardado tres días en convencerla de que dejara aquí a los niños durante dos horas esta mañana, y ahora estoy intentando que los deje mañana otra vez, y luego le hablaré de la posibilidad de dejarlos más tiempo. Creo que tú podrías ayudarme.

– ¿Por qué iba a hacerme más caso a mí que a ti? -Desconfía de los hombres -respondió Jonas, y Lori hizo una mueca.

– Sabia mujer.

– ¡Eh! -exclamó Jonas sonriendo y abriendo los brazos como si implorara-. ¿De qué hay que desconfiar? «De todo», pensó Em, pero no dijo nada.

– ¿Tienes más visitas urgentes que hacer? -preguntó Jonas.

– Tengo que hacer la ronda nocturna de las salas. -Eso puede esperar. Supongo que llevas un buscapersonas.

– Claro que lo llevo.

– Entonces te ayudaré con la ronda nocturna y, luego, la noche es nuestra -dijo él con tono grandilocuente-.

Aparte de las visitas domiciliarias y las urgencias, ¿qué más podríamos desear?

Efectivamente, ¿qué más?

Cenaron en el lugar más bello y solitario de la playa. Era justo lo que Em. necesitaba para asimilar la muerte de Charlie.

Curiosamente, no le importaba compartir la deseada soledad con Jonas, y el lugar no parecía menos tranquilo por su presencia.

– Habría preferido vino -dijo él sacando el agua mineral que había llevado con el pescado y las patatas-, pero con el trabajo que tienes, supuse que lo habrías rechazado -sin esperar respuesta, se acomodó junto a ella y la dejó ensimismada en sus pensamientos.

Al igual que Em, parecía contento de comer en silencio mientras miraba la luna, que empezaba a asomar por el horizonte.

Em estaba pensativa. Era un lugar precioso, una playa que Charlie adoraba.

Y, de repente, la muerte de Charlie se convirtió en algo real. Muy real.

– Lo querías mucho -dijo Jonas después de un rato, agarrándole la mano con suavidad. No era un gesto de intimidad, sino sólo de consuelo, y Em se sintió reconfortada.

Entre los dos sólo estaba la verdad.

– Sí -asintió Em-. Charlie fue siempre mi mejor amigo y, desde que murió mi abuelo, estábamos muy unidos. Era lo único que me quedaba.

– ¿Cuándo murieron tus padres?

– Cuando era muy pequeña. Murieron en un accidente de coche, como los padres de Robby.

– ¿Por eso te sientes tan cerca de Robby?

La idea la sobresaltó. No se le había ocurrido antes, pero en ese momento pensó que podía ser cierto.

– Supongo que sí.

– Solo que él no tiene ni un abuelo ni a Charlie para que lo quieran.

– Yo tuve mucha suerte.

– Eso parece -Jonas se sirvió un poco más de agua Ojalá los hubiera conocido.

De pronto, Em también deseó que hubiera sido así. Que hubiera conocido a sus dos entrañables ancianos…

– Eran increíbles -al recordarlos, el cansancio de sus ojos grises dejó traslucir una sonrisa-. Eran un par de diablos maquinadores y se metían en todos los líos que te puedas imaginar, pero me educaron muy bien.

– Eso lo puedo ver.

Era un cumplido simple y directo, y Em se sonrojó.

– No quería decir que…

– Ya lo sé -dio él con dulzura-. Si lo hubieras querido decir, yo no habría dicho nada.

Ella se quedó mirándolo un buen rato… Estaba tumbado cuan largo era sobre la arena, mientras bebía el agua mineral. Su mano cubría todavía la de Emily y estaba contemplando el maravilloso espectáculo de la salida de la luna. No la miraba a ella, y eso la hacía sentirse sola, separada de él, como si Jonas no estuviera allí.

Era una sensación imposible de describir. Sola, pero no sola. Reconfortada, más de lo que se había sentido en años.

Así que… no tan sola.

Ese hombre solo iba a estar allí durante un mes, se dijo. Los sentimientos que le afloraban la tenían más alterada de lo que quería reconocer. Él iba a estar tan poco tiempo… Y, después, ella volvería a estar sola.

– ¿Por qué viniste a ejercer en Bay Beach? -preguntó Jonas, y ella se sobresaltó. Era como si le hubiera leído el pensamiento.

– No tuve elección.

– ¿Porque tu abuelo y Charlie estaban aquí?

– Por eso y porque me encanta Bay Beach.

– Me da la impresión de que no puede haber mucha vida social aquí.

– No, pero no importa -dijo ella riendo-. Como único médico no tengo tiempo para la vida social.

– Ahora sí lo tienes. Mientras yo esté aquí, podrás tener algo de tiempo libre.

– Entonces tendré que buscarme un novio -bromeó Em-. Pero sólo por un mes, y eso no me parece justo para el chico. Y después, vuelta a ser el médico y botones para todo, lo que no me dejaría mucho tiempo para él.

Al terminar la frase, el tono de broma se había esfumado, y en su lugar apareció un deje amargo en su voz.

– ¿Eso te molesta?

– No -Em negó con la cabeza y su trenza dio una sacudida-. No, por lo general, no. Sólo que a veces…

– ¿Como hoy?

– Como hoy -aceptó ella-. Le dije a Claire Fraine que fuera a Blairglen dos semanas antes de la fecha prevista para el parto. Ella dijo que era una tontería, puesto que sus bebés siempre tardan mucho en nacer, y que tendría tiempo de sobra cuando empezaran las contracciones. ¿Y, qué crees que pasó? Pues que tuve que asistir a un parto de gemelos en plena noche -dijo, mordiéndose el labio-. Y casi perdí a uno… No sé por qué, pero el tocólogo de Blairglen sólo había detectado a uno de ellos, así que esperábamos solamente un bebé y Thomas nació por sorpresa después de su hermana, mucho más grande. Menos mal que llegó enseguida el servicio neonatal de urgencia, porque pesaba solamente un kilo y medio y fue pura suerte que no se me muriera.

– No me extraña que estés exhausta.

– Sí. No se dan cuenta de que, arriesgándose ellas, me hacen correr riesgos a mí -dijo con amargura-. Bueno, no, eso no es lo que quería decir. Yo no he corrido ningún riesgo.

– Claro que sí. Has estado a punto de romperte el corazón por la muerte innecesaria de un bebé -repuso Jonas comprendiéndolo todo. Se levantó y la miró unos instantes, luego le tendió las manos. Era el gesto dominante de un hombre acostumbrado a salirse con la suya, y Em, sorprendida, las tomó. Él la ayudó a levantarse y, al notar su cálida fuerza, ella sintió que le transmitía una extraña sensación de ánimo.

¿Una sensación peligrosa?

Jonas no aparentaba haberse dado cuenta.

– He tomado una decisión. Lo que necesitas, doctora Mainwaring -le dijo Jonas en tono solemne-, es chapotear en el agua. Y yo soy precisamente la persona que te va a empujar. Quítate las sandalias.

– Sí, señor -ella estaba sorprendida, pero dispuesta.

– Yo también me quitaré los zapatos y los calcetines -con una sonrisa, se agachó para hacerlo-. Y para que lo sepas… esto es todo un privilegio. No hay muchas mujeres por las que me descalzaría.

– ¿Sabes? Ya lo había adivinado.

Él alzó la vista para mirarla y sonrió más aún.

– Claro que lo habías adivinado. No en balde somos socios. Y una mujer necesita saber mucho sobre su socio, aunque vaya a serlo sólo durante un mes.

CAPÍTULO 3

CHAPOTEARON durante mucho tiempo. Se alejaron casi un kilómetro de la ciudad sorteando las olas que' rompían sobre la playa. Por fortuna, el busca de Em no sonó ni una vez. Era como si la ciudad, que le había deparado tantos disgustos durante las veinticuatro horas anteriores, se hubiera dado cuenta de que su único médico estaba al borde del colapso. Em necesitaba ese descanso mucho más de lo que- se imaginaba.

La luna estaba ya en lo más alto. Era hora de irse a casa, y Em debía acostarse.

– Pero Anna nunca acuesta a los niños hasta las nueve -dijo Jonas-. No tiene ningún sentido intentar hablar con ella antes. No nos va a escuchar. Además, chapotear es tan bueno para el espíritu como el dormir.

Así que siguieron andando por la orilla. Muy a pesar de Em, Jonas le había soltado la mano, y caminaban uno al lado del otro, como dos amigos.

Dos buenos amigos.

Em pensó que eran buenos amigos, porque los silencios no eran incómodos. Iban al mismo paso y chapoteaban en el agua a la vez. La sensación era como un bálsamo para la mente atormentada de Em, que sentía que la tensión se iba desvaneciendo entre el frescor de las olas.

Era algo especial.

Em guardaba silencio, pero lo absorbía todo. La noche, la agradable sensación de la espuma entre los dedos y la luz de la luna. Sentía que durante aquel paseo había logrado librarse de la desesperación, el cansancio y la soledad. Estaba segura de que, si no nacía ningún bebé ni había una urgencia, esa noche dormiría como un niño.

Se lo debía a Jonas y le estaba muy agradecida. Cuando llegaron a unas rocas que les cortaban el camino, se volvió hacia él.

– Gracias -le dijo.

– ¿Por qué? ¿Por llevar a una bella mujer a pasear por la playa? -preguntó él, sonriendo-. Ha sido un auténtico placer.

«Una bella mujer…».

¿Cuánto tiempo hacía que nadie la llamaba así? Su abuelo lo había hecho, y también Charlie, pero cuando ella sólo tenía diez años. En la facultad de medicina había tenido un par de novios, pero desde que se había trasladado a Bay Beach, no había tenido tiempo para romances.

Sonrió con malicia. «Debería escribirlo en mi diario», pensó, «porque aunque parezca una tontería, es algo importante. Tener tiempo para que me llamen bella».

– ¿De qué te ríes?

Em lo miró sonriente y se volvió hacia donde Jonas había estacionado el coche.

– De nada. Ya es hora de que vayamos a ver a Anna.

Él la siguió con los pantalones mojados. Aunque se los había enrollado hasta la rodilla, las olas lo habían salpicado. Era una noche muy cálida y no importaba estar un poco mojado. El vestido de Em también estaba empapado y tampoco le importaba. Se sentía tan ligera que casi podía flotar.

«Es el cansancio», se dijo, «o la reacción a la muerte de Charlie. O, ¿quién sabe qué?»

– ¿No me vas a contar el chiste? -exigió él.

– No.

– ¿Por qué no?

– Porque no es asunto tuyo.

– En eso te equivocas -y antes de que ella se diera cuenta ya la había agarrado de la mano-, porque lo he conseguido y quiero saber como conseguirlo de nuevo:

– ¿Conseguido?

– Hacerte sonreír. Cuando te vi. por primera vez, me dije: apuesto a que esta mujer tiene una sonrisa mágica. Y la tienes. Pero hay una cosa más que quiero saber.

– ¿El qué?

– Cómo se ve tu pelo suelto -replicó él. Ella se quedó perpleja y levantó la mano como para defender su trenza.

– Tendrás que esperar bastante para eso.

– ¿Por qué? -el tono de Jonas era de curiosidad, nada más. Pero no había soltado la mano de Em y ella se sentía a gusto. Se sentía bien.

– Porque, aparte de cuando me lo lavo, sólo lo llevo suelto durante cinco minutos al día. Me hago la trenza cada noche antes de acostarme, para estar lista en caso de que ocurra una urgencia.

– Quieres decir… -la miraba de reojo con una expresión que ella no acababa de comprender o que la hacía desconfiar-. Quieres decir que si yo te sustituyo para que no tengas que acudir a ninguna urgencia, ¿dormirías con el pelo suelto?

Era una pregunta ridícula, pero él esperaba respuesta. Em dio un puntapié en el agua. Estaba actuando como una colegiala en su primera cita. Alzó la vista y contestó.

– Puede…

– Pero no es seguro -parecía tan decepcionado que a ella casi le dio la risa.

– Probablemente lo haría -dijo para tranquilizarlo. O para hacerlo sonreír.

Y lo consiguió.

– Eso me haría sentir mucho mejor. Si me llama alguien con un uñero en el dedo gordo del pie y tengo que cortarle la uña podrida a las tres de la mañana y oler los pies malolientes de un granjero, me haría sentir muchísimo mejor saber que mi socia está durmiendo tranquilamente en su casa con el cabello desparramado por encima de la almohada.

– Y con su perro a los pies y la puerta bien cerrada con pestillo -reaccionó ella como si estuviera cerrando la puerta en ese mismo momento.

– ¿De veras? -él parecía sorprendido por su desconfianza, y Em no pudo reprimir más la risa. Ese hombre era ridículo. Deliciosamente ridículo.

– Sí, doctor Lunn. Con la puerta cerrada con pestillo. ¿Crees que soy ingenua, o qué?

Como respuesta, Jonas le apretó más la mano.

– No tendrías que cerrar la puerta, porque yo estaría fuera recortando uñas de los pies. Además, doctora Mainwaring -su tono se hizo terriblemente serio-, creo que puedes ser muchas cosas, pero nunca diría que eres una ingenua.

La había pillado por descuido. No estaba preparada para hablar en serio.

– Jonas…

– Emily… -replicó él con el mismo tono de duda que Em, y ella no pudo reprimir la risa.

– Eres imposible, Jonas. Tenemos que ver a Anna.

– Así es -suspiró-. Así es. Pero podemos volver aquí otra noche, ¿verdad?

– Quizá.

– ¿Qué tipo de respuesta es esa? -su tono era de indignación. Era imposible no reírse.

– Es una respuesta sin riesgos -contestó Em y, de pronto, sintió que estaba corriendo un riesgo, que estaba en peligro. Se soltó de su mano y empezó a correr-. ¡A que te gano hasta el coche, Jonas Lunn!

Em se sorprendió de que Jonas no la siguiera. Por el contrario, se quedó inmóvil observando su figura recortada contra la luz de la luna, volando hacia el coche por encima de las dunas.

Poco a poco, dejó de sonreír.

«Me pregunto si estoy actuando como un estúpido», se dijo. Pero sólo estaban la luna y el mar para contestar.

Jonas tenía razón. Anna estaba aterrorizada y a punto de echarse atrás. Hizo falta toda la capacidad de persuasión de Jonas y de Em para que no desistiera.

– Hemos concertado una cita -explicó Jonas, despacio y con decisión-, y hemos organizado todo lo demás. Dejarás a Sam y Matt en el colegio y llevarás a Ruby a casa de Lori. Luego, yo te llevaré a Blairglen para las pruebas. Si nos retrasamos, o si necesitas que te hagan más pruebas además de la mamografía y la biopsia, Lori recogerá a los niños del colegio y les dará la cena.

– Pero si es cáncer, me ingresarán en el hospital…

– No, no lo harán -dijo Em estrechando la mano de Anna. La pobre mujer estaba temblando. Era el resultado del miedo que había ido acumulando durante un mes. Habría sido mejor que se hubiera enfrentado a ello desde el principio, cuando notó el bulto por primera vez, en lugar de esperar hasta que la imaginación se le desbordara-. Anna, unos pocos días no van a cambiar nada. Sea como sea el resultado de las pruebas, tendrás tiempo de venir a casa y reflexionar antes de someterte a la cirugía. Podrás alegrarte si sólo es un quiste, o resignarte a luchar contra un cáncer de mama incipiente. Sea lo que sea, nadie va a obligarte a hacer algo que no quieres.

Anna estaba desesperada y no hacía más que pasear su mirada de su hermano a Em.

– Pero Jonas ya le ha preguntado a Lori si podría cuidar a los niños por un período largo.

– Así es, para que, si saliera lo peor, puedas estar segura de que podrás enfrentarte a ello -dijo Em, y Jonas la miró con gratitud por el esfuerzo que hacía-. Prepárate para lo peor y desea lo mejor. Ese es mi lema, y lo recuerdo cada vez que suena el teléfono.

Se hizo el silencio mientras Anna pensaba.

– Eso debe de ser terrible -dijo Anna, mirando a Em a los ojos por primera vez-. No lo había pensado antes, pero ahora… En tu trabajo nunca sabes lo que va a pasar. Como en ese horrible accidente del tractor, la semana pasada. Tuviste que hacerte cargo tú, ¿verdad?

– Fue horroroso -dijo Em con dulzura-. En el primer momento me asusté mucho, pero en cuanto supe a lo que me tenía que enfrentar, el miedo se disipó e hice mi trabajo como debía hacerlo. Para ti es igual. Mañana sabrás con qué te vas a enfrentar.

– No sé cómo puedes hacerlo -balbuceó Anna, y Jonas le tomó la otra mano.

– Anna…

Para sorpresa de Em, Anna retiró la mano de la de su hermano.

– ¡No!

– Yo sólo quería decirte que estoy aquí para apoyarte. Mañana te llevaré a las pruebas, y me voy a quedar en Bay Beach.

Sus palabras la extrañaron. -¿Por qué?

– Por ti -replicó él, pero Anna negó con la cabeza. -De ninguna manera, Jonas. No te necesito -con la mirada clavada en la mesa, se mordió el labio-. Nunca te he necesitado, como tampoco necesité a papá ni a Kevin. No tienes que quedarte por mí.

¿Qué se escondía detrás de esa actitud? Ahí había algo más que la rivalidad de un hermano hacia el compañero de su hermana.

Pero Jonas movía la cabeza y sonreía a Anna, como diciéndole que estuviera tranquila porque él no pretendía inmiscuirse. Porque las cosas se harían como ella quisiera.

– No seas estúpida. No me quedo por ti -le dijo.

– Me gustaría que dejaras de llamarme así… -inconscientemente, Anna apretó los puños hasta que se le vio el blanco de los nudillos a través de la piel. Em pensó que Anna estaba demasiado delgada. Y demasiado cansada y golpeada por la vida para lo joven que era.

– De acuerdo -Jonas dejó de sonreír. Se levantó, se paró detrás de Emily y le puso las manos sobre los hombros, mientras seguía hablando con su hermana-. No volveré a llamarte estúpida.

– Bien. Y no tienes, que quedarte.

– Sí tengo que quedarme -dijo con dulzura-, porque Em me necesita.

– ¿Em?

– No podía creer la cantidad de trabajo que Em tenía esta mañana -le dijo a su hermana, dejando sus grandes manos sobre los hombros de Em-. Tú misma viste la tensión a la que estaba sometida. Aunque se supone que debo ir a mi nuevo puesto en el extranjero, he decidido postergar el viaje. Me quedo aquí.

– ¿Con… con la doctora Mainwaring?

– Con Emily -rectificó él-. Con una de las doctoras más trabajadoras, bellas y deseables que jamás he tenido el placer de conocer. Em y yo ya lo tenemos todo arreglado.

– No me lo creo.

Tampoco Em se lo creía. Su forma de hablar, la firmeza con que la sujetaba… ¡Parecía que ese hombre estaba enamorado de ella!

Y él no hacía nada por cambiar esa impresión.

– Antes de venir, Em y yo hemos pasado dos horas en la playa -le confió a Anna-. Hemos estado arreglando las cosas. Puede que sea repentino, pero no quiere decir que no haya sucedido -sujetó a Em con más fuerza, ya fuera por afecto, o como advertencia.

– No voy a dejar a Emily. Somos socios. Así que estoy aquí por ti también -aseveró con un tono que no admitía réplica-. Pero sobre todo, estoy aquí por Em. Y me quedaré por todo el tiempo que ella quiera. Tanto si tú lo quieres como si no.

– Jonas…

– Déjalo, Anna -ordenó con brusquedad-. De momento, hazte esas malditas pruebas. Yo me quedaré aquí, con Emily, todo el tiempo que haga falta. Y puede que más tiempo todavía.

– ¡Estás loco! -de vuelta al coche, Em miró al hombre que tenía a su lado como si mirara a un lunático-. Has dado a entender que entre nosotros había un flechazo.

– Lo hice muy bien -dijo él con picardía, y ella lo habría abofeteado.

– ¿Lo hiciste a propósito? -Claro.

Em se recostó en el asiento y se quedó pensativa, mirando al frente. «Una doctora se encuentra con un chiflado, y se pregunta dónde estará la camisa de fuerza. ¿Cómo debía reaccionar?».

– ,¿Tienes algún motivo especial? -preguntó, por fin. Su voz era como un chillido de sorpresa. No parecía el tono de una doctora tratando de apaciguar a un loco. Él se echó a reír.

– No es necesario que te lo tomes como algo personal.

– No, claro -Em tosió para recuperar su tono normal-. Claro que no. Haces que tu hermana crea que estás enamorado de mí, y yo no tengo que tomármelo como algo personal.

– ¿,Tienes más trabajo pendiente para esta noche?

– No cambies de tema.

– No, pero, ¿tienes o no? -insistió Jonas-. Porque si tienes más visitas, puedo llevarte antes de que te deje de nuevo en el hospital.

– Para que puedas intercalar una escena de amor… -reprochó ella, y él se rió.

– Me has dado una idea.

– Una muy mala idea -contestó Em, fulminándolo con la mirada.

– ¿No apruebas hacer el amor?

– Sólo con alguien que me guste y en quien confíe.

– Vaya.

– Ya lo sabes. Llévame a casa.

– Sabes que tengo mis razones -aclaró él, y ella asintió.

– Supongo que sí. No puede ser que estés totalmente chiflado, o no te habrían dado el título de médico.

– Así es -dejó de sonreír-. Em, tú ya sabes que Anna no deja que me acerque a ella. He tenido que batallar mucho para llegar hasta aquí. Si no estuviera tan aterrorizada, no me habría dejado que la acompañara. Cuando vuelva a tranquilizarse, me dará de lado. Ella no me quiere.

– Supongo que tendrá sus motivos

– Puede ser.

Silencio. La risa se había apagado por completo, y el rostro de Jonas parecía triste. Em pensó que él no le diría nada si no se lo preguntaba. Ella era médico de familia, y estaba acostumbrada a hacer preguntas difíciles.

– ¿Y cuáles son sus motivos? -¿De veras quieres saberlos?

– Quiero saberlo todo sobre la familia de mi amante

– dijo Em con tono remilgado. -Touché.

– Así que, cuéntamelo.

Él permaneció callado.

La casa de Anna estaba en la parte más alejada del cabo, a unos diez minutos en coche. Iban por la carretera de la costa y la luna iluminaba el mar. El ruido de las olas entraba por las ventanillas. «Una noche para los enamorados», pensó Em, y Jonas había dicho que él era uno de ellos.

Pero era mentira. Lo había dicho para conseguir algo. Y ese algo no tenía nada que ver con Emily.

– Mi padre era alcohólico -dijo él por fin, y Em hizo una mueca.

– ,¿Fue duro?

– Muy duro -detrás de la valentía de sus palabras había años de sufrimiento-. Mi madre no podía soportarlo. No tenía una personalidad fuerte y cuando Anna tenía nueve años y yo doce, conoció a otro hombre y desapareció, dejándonos con papá.

Em se quedó pensativa. Sabía lo que era tener un padre alcohólico porque en su consulta tenía un par de chicos con muchos problemas por esa misma razón. No le gustaba lo que estaba pensando.

– ¿,Tienes ganas de contármelo? -preguntó ella, y él asintió.

– No muchas, pero quizá tenga que hacerlo si tú aceptas el juego.

– ¿Quieres decir, fingir que somos amantes?

– Fingir que me necesitas -dijo, y le dedicó esa sonrisa que la hacía estremecer. Adoraba la sonrisa de ese hombre.

– Por supuesto. Pero sólo desde el punto de vista médico -añadió fingiendo remilgo.

– Y no en tu cama.

– Tengo un chucho viejo que se llama Bernard -dijo Em muy seria-. Lo rescaté de la perrera hace muchos años. Su trabajo es calentarme la cama, y es todo lo que necesito.

– Qué suerte tiene el viejo Bernard. ¿Te ha visto con el pelo suelto?

– Doctor Lunn, ¿vas a contarme cuál es el problema de Anna, o vas a dejarme salir del coche? -amonestó Em-. Estoy empezando a cansarme de estar aquí.

– Yo, en cambio, me lo estoy pasando bien. Y no tengo ganas de hablar de mi padre.

– Pero necesitas contármelo -después de todo, ella era médico, y sabía dar en el clavo. Tenía que hacerlo si quería sobrevivir una mañana en la consulta sin que los cotilleos y tonterías la abrumaran.

– No hay mucho que contar -volvió a ponerse serio y se concentró en la carretera-. Mi padre era encantador, atractivo, amable e ingenioso… -«igual que su hijo», pensó Em para sus adentros-. Y también era un borracho empedernido. Podía conseguir lo que deseara de las personas. Anna lo quería tanto, que aunque mi madre hubiera querido que nos fuéramos con ella, que no fue el caso, no creo que Anna hubiera ido. Ella creía en él, pero él le mentía una y otra vez, y siempre que la defraudaba, ella inventaba alguna excusa para disculparlo. Después de que nuestra madre nos dejara, casi todas las excusas se centraron en mí.

– No entiendo…

– Mentía siempre, pero yo no me di cuenta hasta que, hace poco, antes de morir, me contó muchas cosas. Le prometía a Anna un vestido nuevo y luego le decía que yo me había gastado todo su dinero esa semana. O le juraba que la llevaría a bailar para su cumpleaños, y luego le decía que tenía que marcharse porque yo me había metido en un lío en la universidad. Para pagarme los estudios, yo trabajaba en lo que me saliera, pero mi padre nunca se lo dijo a Anna. Ella sabía que yo trabajaba, pero siempre le hacía creer que todo el dinero que le sobraba me lo daba a mí. Así que nunca quedaba nada para ella.

– Oh, Jonas…

– Aún hay cosas peores -dijo Jonas con tristeza pero no querrás saberlas. Baste con decir que yo siempre era el malo y papá me trataba como tal. Me echaba la culpa de que mi madre se hubiera ido. Y todo empeoró cuando pedí que canalizaran su pensión a través de la Seguridad Social. Al menos así, Anna recibía lo suficiente para comer. Es más, parte de lo que yo ganaba en mis trabajos de estudiante, se lo daba a él, pero mi padre detestaba que yo controlara la situación.

– Alguien tenía que hacerlo.

– Dices bien.

Em pensó en un niño que conocía que tenía un padre alcohólico. Era uno de sus pacientes y a Em le dolía el hecho de que pareciera demasiado mayor para su edad.

– Y entonces… -inquirió Em con dulzura.

– Y entonces, Anna conoció a Kevin, que era igual que papá -una vez más la voz de Jonas se llenó de amargura-. Kevin era muy atractivo y la hacía reír, pero bebía como un pez. Y dependía de ella, igual que papá -se encogió de hombros-. Anna y yo hemos aprendido a no depender de la gente, pero no nos importa que la gente dependa de nosotros. Así que Anna se enamoró locamente, o así lo creía, y cuando yo intenté intervenir, detestó que lo hiciera. Y cuanta más razón tenía yo, más me odiaba. -Ha debido de ser un infierno. -Lo era -dijo con amargura-. Y todavía lo es. -¿Aún te lo reprocha?

– Supongo. Pero yo quiero a mi hermana, Em, y estoy haciendo todo lo posible para que su vida vuelva a un buen cauce. Ahora que Kevin se ha ido, tengo una oportunidad. A menos que esa maldita enfermedad…

– ¡Eh! -sin darse cuenta, Em alargó la mano para agarrar la suya-. Jonas, conoces las estadísticas. Y son bastante favorables.

– Sí, pero cáncer es una palabra que asusta -ella le apretó la mano.

– Entonces, llámalo quiste, al menos hasta mañana. -Tú no piensas que sea un quiste. Es cáncer y quizá ya se haya extendido. A nuestra familia no le pasan cosas buenas -cada vez agarraba el volante con más fuerza y ella sentía bajo su mano la tensión de sus músculos-. A Anna no le pasan cosas buenas.

– Yo creo que sí le pasan. Él soltó una carcajada.

– ¿Cómo has llegado a esa conclusión?

– Porque te tiene a ti -dijo con dulzura-. Porque la estás apoyando en todo el camino.

– Ella no me deja.

– Como socio mío, no puedes estar en otro sitio. -¿Estás de acuerdo en seguirme el juego?

– Estoy de acuerdo en que te necesito. Por tanto tiempo como haga falta.

«No todo es tan simple como él lo pinta», pensó Em mientras trataba de conciliar el sueño esa noche. Por fortuna, el hospital estaba tranquilo. A los gemelos de la noche anterior se los habían llevado en avión a Sydney. Las piedras de la vesícula de Henry Tozer, que la habían preocupado la noche anterior, se habían calmado, y la paz reinaba en todas las dependencias.

Bernard roncaba pacíficamente a los pies de la cama. Todo iba bien en su mundo.

Sin embargo, Em no podía dormirse, reflexionando sobre la promesa que acababa de hacer.

Si el bulto de Anna resultaba ser maligno, Jonas querría quedarse para la operación y, después, para la radioterapia y posible quimioterapia. Eso llevaría unos tres meses, por lo menos. Podía tenerlo allí tres meses.

Y todo ese tiempo estaría fingiendo que se quedaba por Em y no por Anna.

Eso estaba muy bien, pero ¿dónde la dejaba a ella?

Bernard se movió y ladró en sueños. Em lo levantó y lo abrazó, pero él se volvió a dormir en seguida. Lo dejó de nuevo a sus pies, volvió a acostarse y se acarició la trenza.

Tenía casi treinta años, se dijo, y allí estaba, en una cama pequeña, con un perro que sólo pasaba despierto un minuto al día. ¡Y eso era sólo para comer! De pronto, tuvo un impulso irresistible de deshacerse la trenza y sacar a Bernard y sus ronquidos fuera de la habitación.

– Pero no voy a hacerlo -le dijo al pobre perro viejo Tú eres mi fiel Bernard Heinz. Bay Beach necesita un médico con dedicación, y yo soy ese médico. Ahora que Charlie se ha marchado, tú eres el único hombre de mi vida, y así es como debe ser. Ahora y para siempre.

Para siempre…

CAPÍTULO 4

A LA MAÑANA siguiente, Em fue a Blairglen Já para ver a Anna al terminar sus pruebas. Sabía que Jonas estaba con ella, pero sentía la necesidad de estar allí también

Era martes, y los martes tenía un acuerdo con un médico que trabajaba en el sur de Bay Beach y que también tenía exceso de trabajo. El arreglo consistía en que él atendía las urgencias de Em los martes, y ella lo hacía por él los jueves. Así, esos días podían visitar a los pacientes en zonas alejadas donde los móviles no tenían cobertura, con la tranquilidad de que el equipo de enfermería tendría alguien a quien contactar en una emergencia.

Y ese martes Em pudo pasar revista a los enfermos del hospital, visitar a un paciente en el extremo norte de su zona y luego acudir al hospital de Blairglen.

Cuando llegó al departamento de Rayos X, ya le habían hecho la mamografía a Anna. Como médico de cabecera, Em pidió que se la enseñaran, y el corazón se le cayó a los pies cuando la vio. No parecía un quiste.

«Por otra parte», se dijo, tratando de ser positiva, «es una masa firme y limitada. Aparte del pequeño bulto, no hay ninguna zona sospechosa».

– ¿Dónde está Anna ahora? -preguntó a la enfermera de turno, y ésta se lo indicó.

– Ya le han hecho la prueba de ultrasonido y ahora le están haciendo la biopsia -informó la enfermera-. Ella ya ha visto la radiografía y su hermano le ha explicado lo que significa. Es un hombre muy agradable, ¿verdad? Aún está con ella.

Sí que lo era, pero Em estaba concentrándose en Anna.

– ¿Puedo entrar?

– Claro -asintió la enfermera.

Cuando Em entró, Anna estaba tumbada en la camilla y le estaban practicando la biopsia. Podrían tener los resultados al final del día y sabría a qué atenerse, aunque no fuera lo que ella deseaba. Desde la puerta no podía ver bien a Anna, pero vio a Jonas enseguida. Él alzó la vista y ella pudo adivinar la consternación que sentía.

Em pensó que era imposible ser médico y hermano al mismo tiempo, y sintió que su corazón se volcaba hacia él. ¿Qué había dicho la enfermera? ¿Que él le había explicado la radiografía a Anna? Ese no era su trabajo.

Anna era lo importante. Em cruzó la sala hasta la camilla y agarró una mano de Anna, mientras los médicos seguían con su trabajo.

– Hola -saludó-. No son buenas noticias, ¿verdad?

Anna negó con la cabeza y una lágrima le rodó por la mejilla. Vestida con la bata verde claro del hospital, tenía muy mal aspecto. Estaba lívida y la única nota de color la daba su pelo. En ese momento el cirujano estaba tomando una muestra de tejido y, bajo el efecto de la anestesia, Anna no sentía dolor, pero estaba tensa y tenía los labios apretados. «Al borde de una crisis», pensó Em.

Sin decir nada, Em le limpió la lágrima con un pañuelo y luego se lo dio.

– Ya te han tomado la muestra -le dijo cuando el médico se retiró-. Se acabó, Anna. Esa era la última prueba.

– Es cáncer…

– Sí, Anna, es cáncer. Es una mala noticia, pero no es terrible. Recuérdalo -y, dirigiéndose a la radióloga, prosiguió-. Ni siquiera será necesaria una mastectomía, ¿verdad, Margaret?

– Por lo que hemos visto, no -Margaret White era la jefa de radiología de Blairglen. Aunque la decisión de practicar una mastectomía era responsabilidad del cirujano, Patrick May, el especialista de Blairglen, trabajaba en equipo con Margaret y no le importaba que ella tranquilizara a las pacientes adelantando lo que iba a pasar-. ¿Vas a elegir a Patrick para la intervención?

– Voy a sugerirlo -dijo Em. Agarró de nuevo la mano de Anna y le sonrió-. Anna, Patrick May es uno de los mejores cirujanos que conozco -dudó un momento y añadió-. Aparte de tu hermano, claro.

– Cla… claro -tartamudeó Anna, y miró a su hermano.

– Patrick es muy bueno -reiteró Em mirando a Jonas, que parecía dudoso-. Si tú y Jonas estáis de acuerdo en que te opere él, y lo hacéis aquí en Blairglen, podemos trasladarte al hospital de Bay Beach de inmediato para el postoperatorio. Así los niños podrán visitarte.

– Pero la quimioterapia…, la radioterapia… ¿Cómo voy a enfrentarme a eso?

– La radioterapia es como si te hicieran una radiografía al día. Y si el tumor es tan pequeño y limitado como parece, la quimioterapia solo será opcional, para más seguridad. Eso es todo. Hazlo y sigue adelante con tu vida.

Anna cerró los ojos.

– ¿No me estás mintiendo? -preguntó con un hilo de voz-. ¿No me estáis mintiendo todos?

Em le apretó la mano.

– De ninguna manera.

– ¿Cómo diablos lo has conseguido? -mientras Anna se vestía, Jonas arrastró a Em hacia el pasillo para que no los oyera-. ¿Cómo te has escapado de Bay Beach para estar aquí con Anna? -preguntó con incredulidad.

– Los milagros ocurren a veces -dijo Em mirando el reloj-. Hago lo posible para que ocurran cuando son necesarios. Pero… -vaciló un poco-, este milagro toca a su fin. No puedo quedarme mucho más tiempo.

– Te has quedado lo suficiente. Eras la persona a quien Anna tenía más ganas de ver.

– Me lo imaginaba. La mayor parte del miedo que produce este tipo de pruebas es porque las realizan desconocidos. Así que, siempre que puedo, intento venir. -¿Lo harías por cualquiera? Em se puso tensa.

– ¿Quieres decir si lo haría por alguien que no fuera tu hermana?

Él sonrió y se encogió de hombros como disculpándose.

– Supongo que debes hacerlo. Anna es especial para mí, pero para ti sólo es una paciente.

– Nadie es sólo un paciente -repuso Em tajante-.Y si alguna vez pienso así, me retiraré de la medicina y no volveré a ejercer.

De repente, se hizo un silencio. Una enfermera que llevaba una bandeja con muestras patológicas pasó por allí, pero ni la vieron. Jonas estaba mirando a Em y no tenía ojos para nadie más.

– Los médicos de familia de las ciudades grandes no hacen esto por sus pacientes -afirmó Jonas, y Em negó con la cabeza.

– Eso es injusto. ¿Cuántos médicos de familia conoces?

– No es injusto. Es la verdad.

– Entonces prejuzgas a los médicos de familia -dijo Em, y sonrió para quitar peso a la conversación-. ¡Qué bien que vas a ser uno de ellos durante un par de meses!

– Un par de meses…

– Tres -enmendó ella-. Ese es el tiempo mínimo que Anna va a necesitarte.

– Si me deja.

– Te dejará. Así que tienes tres meses por delante para intentar ser un buen hermano y un buen médico de familia. Va a ser una experiencia muy estimulante para ti -volvió a mirar el reloj-. Jonas, tengo que irme.

– Lo sé.

Pero ella no quería marcharse. Y Jonas tampoco quería que se fuera, ella se daba cuenta de eso. Se quedaron callados unos segundos, Em con la vista fija en el suelo y Jonas, dudoso, mirándola a ella.

Antes de que Em pudiera detenerlo, Jonas tomó las manos de ella entre las suyas y las retuvo con firmeza, mirándolas con una sonrisa burlona.

Podía ver que eran unas buenas manos. Tenían las huellas de mucho uso, de ser lavadas cien veces al día, todos los días de la semana durante años, entre paciente y paciente. No eran como las manos de las mujeres que él frecuentaba, pensó Jonas, pero le parecían maravillosas.

– Gracias, Emily -dijo con sencillez, y luego hizo lo primero que se le ocurrió y que no pudo dejar de hacer.

Allí mismo, entre el ajetreo del pasillo del hospital, con gente yendo de un lado a otro a cada segundo, la estrechó entre sus brazos y la besó.

Y, cuando al fin la soltó, la vida de Em había cambiado para siempre.

– ¡No me interesa Jonas Lunn!

Se repitió Em mientras conducía de regreso. Y durante toda la tarde y toda la noche, mientras trabajaba no dejó de repetir la cantinela. «Es un soltero encantador, con un atractivo de muerte. Te ha besado por agradecimiento, y no significa nada. Y aunque significara algo… aunque se sintiera atraído por ti como tú te sientes por él…, sólo estará aquí por poco tiempo, mientras su hermana esté en tratamiento, y luego se marchará. ¡Y cuando se haya ido, tú tendrás que seguir con tu vida!»

Pero la cosa no era tan simple. La cantinela tenía sus fallos. Porque…

– ¡Es guapísimo! -exclamó Lori cuando Em llegó esa noche para curar las quemaduras de su pequeño paciente. Lori la estaba mirando mientras le cambiaba los vendajes a Robby y le hacía los ejercicios. Pero Lori no estaba pensando en Robby, sino en Jonas-. Es uno de los hombre más atractivos que he visto jamás -aseveró observando con interés cómo su amiga se ruborizaba y arqueaba las cejas-. ¡Eh! ¡Y tú también lo piensas!

– Claro, como que estoy a régimen de sexo -rebatió Em con una sonrisa. Estaba haciendo grandes esfuerzos para bromear-. He de reconocer que últimamente mi relación con el viejo Bernard está siendo un poco dura. Sus ronquidos están saliéndose de madre y, francamente, en comparación, Jonas Lunn no está mal del todo.

– En comparación con un chucho apolillado que sólo se dedica a dormir y que no sabe otra gracia que hacer que la gente se tropiece con él cuando menos lo espera. Vaya, eso es algo… – Lori miraba cómo Em masajeaba con suavidad las piernas de Robby-. Robby está evolucionando muy bien.

– Así es -contestó sonriéndole al bebé, que la miraba feliz y también sonreía. Robby sonreía incluso cuando le hacía daño, y al pensarlo, el corazón se le encogió. Maldición. Primero Robby y luego Jonas se estaban colando dentro de su corazón. Bernard tenía una competencia muy dura esos días.

– Desde mañana, Robby va a tener dos hermanos y una hermana -le comunicó Lori, y Em puso cara de sorpresa.

– ¿Quieres decir que los hijos de Anna van a venir aquí mientras la operan?

– Sí. Anna y Jonas vinieron hace dos horas a recoger a los niños y a organizar una estancia más larga para ellos. Al parecer, el cirujano quiere intervenirla lo antes posible y, ya que se ha decidido, no ve ninguna razón para posponerlo. Así que la operarán mañana. De hecho, a ella le habría gustado que lo hicieran esta misma tarde.

– No me extraña -dijo Em pensativa-. Así que Jonas te está endosando a los chicos.

– No seas injusta -amonestó Lori-. Él estará yendo de un lado a otro para visitar a Anna. Se ha ofrecido a trabajar contigo, lo cual me parece una idea excelente, y no tiene ni idea de cómo tratar a los niños. Además, apenas los conoce. Tenemos suerte porque, por primera vez, la casa no está llena. Kate y Anna, las gemelas que han estado conmigo mientras sus padres se aclaraban, se marcharon ayer, no han mandado a nadie desde Sydney y el único que queda es Robby.

Cuando Em terminó de curar a Robby, Lori lo alzó y lo abrazó.

– Eso nos deja a ti y a mí solos esta noche, ¿verdad, pequeñajo? -pero Robby apretó los labios, se puso rígido y estiró los bracitos hacia Em, dejando bien claro por quién sentía más afecto. Lori se lo pasó con un gesto de preocupación-. Todavía está muy apegado a ti, Em.

– Quizá fuera mejor si no lo viera más -dijo Em, pero al decirlo se le encogió el corazón. Tenía que endurecerse. No podía encariñarse con un paciente, aunque fuera un niño-. Supongo que ahora Jonas vendrá cada día a ver a sus sobrinos, y podría cambiarle los vendajes.

– Lo que deja a Robby sin nadie -contestó Lori.

– Lo deja contigo. Volverá a crear un vínculo con alguien, y no debería ser conmigo:

– Entonces, no sé con quién se vinculará -dijo Lori-. Sería desastroso que se apegara a mí. Soy solamente una madre de acogida temporal. Tengo que conseguir que su tía acepte que lo acoja una familia.

– ¿Sigue sin querer aceptar?

– No. Dice que la gente pensará que no le importa el niño, y que mandarlo a una familia de acogida es traicionar a su hermana.

– Así que prefiere dejarlo en un orfanato…

– Ante la duda, no hagas nada -sentenció Lori en un tono de voz que denotaba cansancio.

– Quizá podamos pedirle a Jonas que hable con ella -sugirió Em-. Es capaz de hacer sangrar a las piedras.

– Sí que puede -Lori miró a su amiga con atención-. ¿Estás segura de que no estás interesada en él?

– No estoy interesada en él.

– Pues… -Lori la miró de arriba abajo, observando con qué cariño abrazaba al niño-. No te creo.

– Será mejor que me creas. Y si encuentras a Jonas tan atractivo, ¿por qué no lo intentas tú con él?

– ¡Magnífico! -exclamó riendo Lori-. No gracias. Ya tengo a mi Raymond, que es bastante más sexy que tu Bernard.

– Habría que verlo -dijo Em pensando en el novio de Lori, el contable de Bay Beach, con una sonrisa picarona-. Se parecen bastante por la cintura. Y con lo corpulento que es Ray, seguro que roncan igual.

Lori sonrió abiertamente.

– Vale, tienes razón. Pobre Raymond. Pero se ha tomado en serio lo que le dijiste sobre los riesgos que corre su corazón y lleva semanas haciendo régimen.

– Eso es estupendo -dijo Em algo sorprendida.

– Pero no sirve de mucho -añadió Lori-. Tiene suerte de que me guste rellenito. Está siguiendo la dieta del agujero del donut.

– ¿La dieta del agujero del donut?

– El agujero del donut es lo que queda cuando le quitas el centro a un donut -explicó Lori-. En vez de comer donuts enteros, se come sólo los agujeros. Según dice, las calorías se quedan en la parte que has quitado. De todos modos, lo quiero. Si no estuviera tan liada con mis niños, puede que hasta me casara con él, pero parece que se conforma con la situación que tenemos ahora.

– Es afortunado.

– Yo soy la afortunada -Lori dejó de sonreír-. En serio, Em. Vas a compartir la casa con Jonas durante los próximos tres meses. Si yo fuera tú…

– Si yo fuera yo, tendría mucho cuidado -dijo Em con convencimiento-. A diferencia de ti, yo no puedo permitirme una vida amorosa. En serio, Lori, ¿sabes lo que pasaría si me enamorara de Jonas Lunn?

– No -suspiró Lori-. No lo sé. Pero tengo la impresión de que estás a punto de decírmelo.

– Sí -ya no había quien parara a Em-. Una de dos. Podría ser que me enamorara perdidamente, que él correspondiera plenamente a mi pasión y que yo lo dejara todo y siguiera al hombre de mis sueños adonde fuera.

– No necesariamente. Él podría quedarse aquí.

– Venga, Lori. ¿Crees que un hombre como Jonas podría ser feliz ejerciendo la medicina en Bay Beach?

– Quizá no, pero…

– O podría ser que tuviéramos un romance loco y apasionado y que, cuando él se marchara, se me rompiera el corazón y me quedara para el resto de mi vida como la señorita Haversham de la novela de Charles Dickens.

– ¿Qué? ¿Rodeada de ratas frente a la tarta nupcial? -miró a Em con expresión de duda-. ¡No lo creo! Bernard se las arreglaría para comerse la tarta y tus pacientes harían cola en la consulta aunque llevaras el vestido de novia. Em, ¿no crees que estás exagerando?

– No -Em intentó endurecerse.

– Hay una tercera opción -sugirió Lori.

– ¿Y cuál es?

Robby se había quedado dormido en brazos de Em. Lori lo alzó y lo metió en su cuna dándole un beso de buenas noches. Luego se incorporó y miró a su amiga con cara de preocupación.

– Podrías limitarte a divertirte. Podrías ser menos seria, echar una canita al aire y disfrutar. El cielo sabe que te lo mereces.

– Yo…

– No se acabará el mundo por que tengas un lío -dijo Lori en tono severo-. Y puede que te lo pases muy bien. Piénsalo. Ahora, vete a casa. Lo siento, cariño, pero mi Raymond viene a cenar y tengo que hacer la cena. Cuando hay pocos niños en esta casa, tengo que aprovechar el tiempo, porque yo sí pretendo tener una vida amorosa. La vida amorosa es divertida. Piénsalo bien.

Tras darle un beso en la mejilla a su amiga, la empujó hacia la puerta.

Y Em salió, quedándose pensativa.

Cuando entró en el apartamento, Jonas estaba allí cocinando.

Era una sensación tan inesperada que se detuvo y se quedó en la entrada inhalando el aroma de la carne asada.

– Um… ¿Por qué estás aquí? -consiguió decir, y él le sonrió.

– Vivo aquí, es la residencia de los médicos -contestó con dulzura-. Las enfermeras me acompañaron. He deshecho el equipaje en una de las habitaciones sobrantes. Me he presentado a tu felpudo, que dice ser un perro, y me siento como en casa. Y ahora estoy haciendo la cena -ella lo miraba asombrada y él le dedicó una gran sonrisa-. Le pedí a Lori que me telefoneara cuando salieras de su casa para poner la carne, ¡Estaba hambriento!

– ¿Así que Lori lo sabía?

– Claro que sí. Si no, ¿Cómo habría sabido yo cuándo poner la carne?

Eso no tenía respuesta. Em se esforzó por mantener la compostura y sonrió.

– Podrías haber cenado sin mí.

– ¿Por qué? No serás vegetariana, ¿verdad? No. Lori me lo habría dicho y, aunque lo fueras, no importaría, porque tengo tanto apetito como para comerme los dos chuletones yo solo. Además, tengo un montón de patatas crujientes a las finas hierbas en el horno.

– Patatas crujientes… -el aroma de la cocina era delicioso. Em se acercó al horno y lo abrió. Era tal como Jonas había dicho. Había un montón de pequeñas patatas doradas con olor a romero y a salvia que le hicieron la boca agua.

– ¿No me creías? -preguntó él dolido.

– ¡Sabes cocinar! -consiguió decir ella, y él arqueó las cejas con fingida indignación.

– Señora… Soy un cirujano. Si puedo reparar una válvula del corazón, también puedo seguir una receta.

– No siempre es así -murmuró Em, pensando en otros hombres que había conocido.

– Entonces, bienvenida al nuevo orden -dijo él, señalándole la mesa, donde había una ensalada y una botella de vino-. Siéntate.

– Yo no bebo.

– ¿Porque siempre estás de guardia? -lo había adivinado-. Pero esta noche estoy yo de guardia, así que siéntate y disfruta de la novedad.

Em se sentó mientras Jonas le llenaba el plato de carne y patatas y servía una copa de vino para ella y una de agua con gas para él.

– ¿Ves? -le dijo, y se sentó-. Esta noche yo estoy en la zona de no bebedores, por lo que tú puedes beber cuanto quieras.

– Será mejor que no -de ninguna manera podía beberse dos copas de vino con ese hombre delante, ¡y con esa sonrisa que tiene!, pensó soñadora. No habría sido responsable de sus actos. ¡ Y además sabe cocinar!.

Él estaba mirando al perro, que no se había movido desde que Em había llegado.

– ¿Bernard se mueve alguna vez? -preguntó Jonas señalando al gran perro color canela que esperaba espatarrado debajo de la mesa a que cayera algo.

Em sonrió y negó con la cabeza.

– ¿Que si Bernard se mueve? Eso es como preguntar si el felpudo se mueve.

– Ya veo. Lo escogiste por su conversación tan animada -Jonas tenía una sonrisa radiante y los ojos le brillaban-. Estupendo. Intuyo que yo encajo perfectamente. Una mujer que exige mucho de sus hombres…

Em se sonrojó. «Tengo que llevar de nuevo la conversación a la medicina», pensó. Era un terreno más seguro.

– Creía que ibas a pasar la noche en casa de Anna.

El rostro de Jonas se ensombreció.

– Quizás debería -dijo-, pero ella no quiere.

– ¿Está bien?

– Sí -contestó, mordiendo un trozo de carne y concentrándose en la comida-. Sí, está bien. Está controlándose. Está en casa con sus hijos y prepara el equipaje aparentando la más absoluta tranquilidad mientras espera para ir al hospital mañana.

– ¿Estás satisfecho de que sea Patrick quien la opere?

– Es un cirujano excelente -contestó Jonas sin dejar de comer-. Cuando lo vi me di cuenta de que lo conocía de algo. Es mayor que yo, pero hicimos las prácticas en el mismo hospital. Sí, estoy contento de que la opere Patrick, y lo que es más importante, Anna está contenta.

– ¿Te tranquilizó su opinión?

– El tumor no mide más de un centímetro y está muy bien delimitado. Quiere extirpárselo y limpiar los ganglios, pero está convencido de que no se ha extendido.

– ¿Y tú cómo te sientes?

– Mejor -Jonas pinchó una patata y la volvió a dejar en el plato-. No -se contradijo con sinceridad-. No me siento mejor. Me siento muy mala Me siento como si no controlara nada.

Permanecieron en silencio hasta terminar de cenar. Em sabía que Jonas necesitaba tiempo para resignarse a los hechos. Lo último que necesitaba era charlotear.

Em terminó de comer, recogió la mesa y llenó el lavavajillas mientras él permanecía sentado mirando al vacío. A Em ese silencio no la molestaba.

– Gracias por hacer la cena -dijo Em cuando terminó de recoger. Se sentía exhausta y él necesitaba espacio-. Bernard y yo nos vamos a dormir -dijo dándole al pasar una palmada a Jonas en el hombro-. ¿Necesitas algo?

El la miró.

– No.

– Todo saldrá bien -le dijo-. Telefonea a Anna.

– Son más de las diez…

– ¿Crees que estará durmiendo?

– No, pero…

– Llámala, Jonas -insistió Em con dulzura-. No he bebido tanto vino como para no poder hacerme cargo de esto. Y si quiere que vayas, ve a verla.

– Ya te lo dije. Estoy de guardia.

– Si Anna te necesita, considéralo una visita profesional. Al menos, llámala.

Él la miró de una manera extraña.

– Supongo que tienes razón.

– Creo que la tengo.

Él le agarró la mano y la retuvo una fracción de segundo. Había sido sólo un instante, pero fue suficiente para que Em se quedara sin respiración hasta que él la soltó. Si él supiera el efecto que le causaba…

Pero no parecía que ese contacto le hubiera producido a Jonas ninguna tensión sexual. Sólo pensaba en su hermana.

– Gracias -dijo con una sonrisa cansada-. Claro que tienes razón.

– Tengo que tenerla. No tengo otra opción.

La tuviera o no, la invencible doctora Mainwaring no se sentía invencible en absoluto.

Agarró a Bernard y lo cargó sobre su hombro, igual que lo había hecho todas las noches durante los diez últimos años. Con el perro al hombro como si fuera la bolsa de su pijama, se fue a la cama.

CAPÍTULO 5

E M LO oyó telefonear a su hermana. Estaba acostada y lo oyó hablar en voz baja y luego colgar el auricular con suavidad. Estaba esperando que tomara su coche y se fuera, pero seguramente Anna había rechazado su oferta de ir a verla y no lo hizo. En lugar de eso, se dirigió a acostarse en la habitación contigua.

Oírlo le produjo una sensación extraña. ¡Jonas Lunn durmiendo en su casa!

Tendría que acostumbrarse. Iba a estar allí tres meses.

De pronto le vino un pensamiento. ¡Quizá sí podrían tener una aventura, como había sugerido Lori!

Fue como si un relámpago la hubiera iluminado.

¿Soltarse la melena y tener un lío? ¿Dejar que su vida sin sexo y con exceso de trabajo se volviera durante esos pocos meses un poco más emocionante?

¿Podría hacerlo? Ella no era el tipo de chica a quien le gustaba tener líos.

Y Jonas tampoco era ese tipo de hombre. Y menos, con chicas como ella. Cualquiera podía ver que podía tener a cualquier mujer que se le antojara.

Y en cuanto a ella… Era una chica corriente y nada presumida, y así era como le gustaba ser. Estaba hecha para servir para algo y no para ser decorativa.

Estaba destinada a dormir con perros que roncaban y no con hombres atractivos.

Pero ese día él la había besado.

«Como lo habría hecho cualquiera», se dijo aún más contrariada. Él había estado bajo mucha tensión mientras le hacían las pruebas a Anna y se había sentido agradecido. Por eso la había besado.

Fin de la historia. Por lo tanto, no había ninguna razón para que ella estuviera a oscuras en su cama, tocando los labios que él había besado y recordando la sensación de la boca de Jonas contra la suya.

Necesitaba una ducha fría. ¡Y ese hombre iba a permanecer en su casa durante tres meses!

«Contrólate», se dijo, furiosa. «Estás actuando como una idiota. Deja a ese hombre en paz. Aprovéchalo profesionalmente, pero nada más. Y, ahora, deja de pensar locuras y duérmete».

Pero su mente no obedecía órdenes.

No dejó de pensar en él ni se durmió. No podía.

El la habitación contigua, Jonas también estaba haciendo horas extra pensando locuras.

Primero pensó en Anna. Al día siguiente se enfrentaba a una operación, y la idea le revolvió las tripas. Todavía le parecía una niña, su hermanita pequeña, y por muchas seguridades que le dieran, prefería que eso no le estuviera ocurriendo a ella.

No obstante, ella no era una niña. Su voz por teléfono había sonado calmada y segura.

– Estoy bien, Jonas. Les he dicho a los niños lo que pasa. Les he preparado una maleta a cada uno y una para mí. No. No quiero que vuelvas esta noche. No hay nada más que tú puedas hacer, así que déjame estar.

Dejarla estar…

No podía. Se sentía mal dejándola. Era como volver a sentir el rechazo de su madre. Su madre los había abandonado y, en ese momento, Anna estaba rechazándolo con todas sus fuerzas.

¿Quería ser tan independiente como él lo era?

Maldición. No lo podía resistir. Su familia le había retorcido los sentimientos desde que era pequeño y él detestaba esa sensación.

Por eso era importante mantener el resto de sí mismo entero y alegre, se dijo en la oscuridad. No necesitaba para nada enredar más sus sentimientos.

Entonces ¿por qué sus pensamientos no hacían más que derivar hacia Em?

Su cama estaba pegada a la pared. La pared de la habitación de ella. Se dio la vuelta y se quedó mirando. Lo que necesitaba desesperadamente era comunicarse de alguna forma. Quizá podría hacer señales de Morse.

Sonrió con ironía. Si lo hiciera, Em pensaría que estaba loco de remate.

¿Tendría la trenza del pelo deshecha? Maravilloso. ¿En qué diablos estaba pensando? Estiró el cuerpo sobre la cama, que le quedaba corta. ¡Diablos!

«Deja tranquila a Emily Mainwaring», se dijo con decisión. «Si juegas con ella, jugarás para siempre. Y lo último que necesitas en tu vida es una mujer».

Pero estaba pensando en dos mujeres, y las necesitaba a ambas.

Em y Anna. Su hermana y su…

«Y mi socia temporal», se dijo. «Mi socia médica. Nada más».

A medianoche, sonó el teléfono.

A la tercera llamada, Jonas salió al recibidor para contestar, pero Em debía de tener una extensión junto a la cama. Cuando levantó el auricular la oyó hablar. Era obvio que había reconocido la voz de quien llamaba. Donas se percató de que era una urgencia y escuchó sin recatarse.

– ¿Lori? ¿Eres tú? -decía Em-. Lori, no puedo entenderte si no te calmas. Respira hondo un par de veces y dime lo que pasa.

¿Cómo había sabido que era su amiga? Lo que se oía en el teléfono era sólo una serie de resoplidos aterrorizados y podía ser la voz de cualquiera.

Pero Em tenía razón. Era Lori. Se oyó cómo tomaba aliento y finalmente logró que se entendiera lo que decía.

– Em, se trata de Raymond. Vino a cenar y estábamos viendo la televisión. Se levantó y entonces… tuvo un colapso y dejó de respirar. -Está en el suelo…

– Lori, ¡tú sabes hacer la respiración artificial! -exclamó Em-. ¡Házsela! No pienses en otra cosa que en mantenerlo vivo. Estaré ahí en dos minutos. Lori, mantén la calma y ¡muévete!

Jonas se puso los pantalones y un suéter sobre el pijama y, cuando -llegó al coche, Em ya estaba arrancando. Salieron volando calle abajo. Em tocaba la bocina para que los otros coches se apartaran, haciendo tanto ruido que habría podido despertar a los muertos.

Jonas pensó que debían haber ido en su Alfa en vez de en el achacoso coche de Em. Pero ella llevaba siempre todo el equipo médico necesario y él no iba a discutir.

Em ni siquiera se había dado cuenta de que él había saltado al coche. Todas sus energías se concentraban en prestar auxilio a su amiga cuanto antes.

– ¿Puedo llamar a la ambulancia? -preguntó Jonas cuando las ruedas chirriaron al doblar la primera esquina. Ella asintió sin apartar la vista de la calle.

– Sí -contestó señalando el teléfono móvil que estaba sobre el salpicadero-. Pulsa el número uno. Diles que tenemos un paro cardíaco en Bay Beach Home Two. Quizá me equivoque, pero es lo que parece. Luego pulsa el tres. Eso te conectará con la ambulancia aérea. Si lo reanimamos va a necesitar cuidados intensivos que aquí no podemos darle. Volarán desde Sydney para recogerlo. Blairglen no es lo suficientemente grande para tener una unidad de cuidados coronarios.

– ¿Estás segura de que los necesitaremos? -inquirió Jonas mientras agarraba el móvil.

– No -su tono era sombrío-. Claro que no estoy segura. Pero si tenemos suerte, los necesitaremos. De todos modos, diles que estén preparados y cruza los dedos.

– De acuerdo.

No le fue fácil utilizar el teléfono móvil. Em doblaba las esquinas como loca y Jonas salía disparado contra el lateral del coche a cada momento.

– Apriétate el cinturón de seguridad -ordenó Em sin mirarlo-. No puedo ir más despacio y si golpeas la puerta tan fuerte podría abrirse. Sólo me faltaba un accidente.

– ¡Sí, señora! ¡Diantre! -exclamó, y se apretó el cinturón. Después se concentró en llamar a las ambulancias.

Em sólo prestaba atención a la conducción.

Jonas lo consiguió. Intentar permanecer derecho, a pesar de la arriesgada forma de conducir de Em, hacía que el tono de su voz pareciera desesperado, y no tuvo dificultad en convencer a la operadora de radio de la ambulancia de que se trataba de una verdadera urgencia. Por fin se detuvieron frente al edificio.

Em ni siquiera apagó el motor y dejó el coche abierto frente a la puerta delantera. Llevaba un chándal azul pálido con el que seguramente había dormido y desapareció enseguida.

¡Diablos!

Jonas estaba acostumbrado a ver cómo el personal del hospital acudía a toda velocidad cuando les pedían el carrito con los equipos de emergencia. Em los había superado en rapidez.

Él tardó en entrar un poco más que Em. Confiando en que Em mantendría la respiración de Raymond, consideró prioritario apagar el motor y sacar el material de reanimación cardíaca del maletero.

Cuando llegó adentro, la escena que vieron sus ojos era dramática. Raymond yacía inconsciente en el suelo del salón y Em trabajaba ferozmente en reanimarlo, mientras Lori miraba. El rostro de Raymond tenía un tono gris y el de Lori, blanco como la cera.

Jonas pensó que se trataba de un paro cardíaco total y, sin preguntar nada, preparó rápidamente el equipo de reanimación. El hombre debía de tener entre treinta y cuarenta años y era muy corpulento. Llevaba puesto un traje y estaba con la camisa abierta y sin corbata, probablemente porque Em y Lori se las habían quitado de un tirón. Tenía el aspecto de un hombre de negocios que pasaba más tiempo detrás de una mesa de despacho que al aire libre.

No quedaba tiempo para más evaluaciones. Em estaba insuflando aire a los pulmones de Raymond. Alzó la vista y vio a Jonas. Su cara mostró alivio al ver que Jonas estaba preparando lo que ella necesitaba, y se apartó para dejarle sitio.

– La reanimación cardiopulmonar no está funcionando -le dijo-. Lori sabe hacerla tan bien como una profesional y se la estuvo haciendo hasta que llegué, pero no está respondiendo.

«Necesitaremos los electrodos. Igual que con Charlie, pero, por favor, con mejores resultados», pensó Jonas.

Trabajaron deprisa. Mientras Lori continuaba con la respiración boca a boca, los dos médicos se concentraban en el pecho.

Una sacudida. Nada.

– ¡Venga! ¡Venga!

Fue como una plegaria que Em murmuró después de la segunda sacudida. Milagrosamente, el pecho de Raymond se infló.

Por unos instantes los demás dejaron de respirar, esperando…

De pronto, Raymond gimió sin aliento y Lori se echó encima de él.

– Por favor, Ray, no te mueras. Venga, Ray. Puedes hacerlo.

– Apártate, Lori -ordenó Em, tirando de su amiga con suavidad para que no interfiriera con los electrodos si volvían a necesitarlos. Tenía una expresión de esperanza. Giró la cabeza para buscar algo, pero Jonas ya se había anticipado una vez más y tenía el oxígeno preparado.

Una vez Raymond estuviera respirando, podrían ponerle una mascarilla, colocarle un gota a gota y comenzar a disolver el coágulo con la medicación.

Y rezarían para que no hubiera sufrido daños irreparables y para que su corazón siguiera palpitando.

Se oyó una sirena que se acercaba y Em cerró los ojos un instante. Al verla, Jonas pensó que estaba dando gracias. ¡Estaba tan dedicada a sus pacientes! Ser médico de familia en una comunidad como esa debía de ser un infierno. Al conocer bien a todos los pacientes sería muy difícil mantener sus sentimientos al margen.

Recordó sus propias decisiones. Le habían hecho tanto daño en su niñez que había resuelto no implicarse emocionalmente con nadie aparte de Anna. Pero Em hacía suyos los problemas de toda la comunidad.

«Se volverá loca», pensó Jonas al ver los sentimientos que afloraban en el rostro de Em. Si seguía haciendo eso año tras año durante el resto de su vida, se quemaría.

Quizá estuviera allí sólo por una temporada, como él.

Pero él se iría por propia voluntad. Ella, en cambio, por puro agotamiento.

«Eso no ocurrirá mientras yo esté aquí», se prometió. Él le daría un respiro durante unos meses. Sólo tenía que procurar mantener a raya su nivel de dedicación.

Lo cual era muy difícil. Como en ese momento…

– Apártate un momento, Em -le dijo. Ella necesitaba un respiro, un momento para serenarse. Quizá necesitara hacer lo que Lori estaba haciendo en ese momento: romper a llorar.

Era una forma de desahogarse muy eficaz. ¡Incluso a él le iría bien soltar alguna lágrima!

– Sal y llama por radio a la ambulancia aérea -sugirió a Em-. Diles que aceleren porque el caso es urgente -necesitaban un cardiólogo y cuidados intensivos-. ¿Lo acompañarás en el avión?

– No puedo -fue la respuesta instintiva, pero luego reflexionó. Después de todo, Jonas estaba allí. ¡Había otro médico para sustituirla!-. Supongo que sí que puedo, si tú te haces cargo de mi trabajo… -echó una mirada a su chándal azul pálido-. Es una suerte que me haya puesto algo decente para dormir. ¿Le pondrás la comida a Bernard? Volveré en tren por la mañana.

– Ve a hacer el equipaje, Lori -ordenó Jonas-. El hospital le proporcionará a Raymond lo esencial, pero tú necesitarás ropa para cambiarte y el cepillo de dientes. Y, por supuesto, Em, le daré de comer a Bernard. Será un placer comprobar si es verdad que está vivo.

Lori miraba a Raymond y a Jonas sin saber qué hacer. En ese momento Raymond abrió los ojos. Al ver a

Lori, movió la mano y ella la tomó entre las suyas. Asunto zanjado.

– Tienes que irte -dijo Jonas.

– Pero ¿y Robby? -susurró Lori sin dejar de mirar a Ray El bebé…

Jonas suspiró. Un perro. Un bebé. ¿Qué más?

– Puedo hacerme cargo -les dijo forzando un tono firme y convincente.

Era más de lo que había esperado. Podía arreglárselas con un perro, pensó. Pero, ¿con un bebé?

Em regresó al mediodía siguiente.

Estaba tan cansada por los acontecimientos del día anterior, que durmió durante todo el viaje y no se despertó hasta que el tren entró en la estación de Bay Beach. Cuando bajó, aún se sentía un poco aturdida y confusa.

Se sintió aún más confundida al ver lo que la esperaba en el andén.

No sólo Jonas con Robby en brazos, sino además, Sam, Matt y Ruby, los hijos de Anna. Y por si fuera poco, detrás de ellos y erguido como no lo había estado en años, su querido perro, el peludo Bernard.

Jonas, rodeado por los niños, parecía un moderno flautista de Hamelin. En el brazo izquierdo sostenía al bebé, que miraba a su alrededor con los ojos bien abiertos, interesado por todo. Ruby, de cuatro años, se agarraba a la mano derecha como si la vida le fuera en ello. Matt, de seis años, y Sam, de ocho, estaban desconcertados y se agarraban al pelo del perro de la misma manera que Ruby a la mano de su tío.

¿Bernard estaba siendo útil?

– Hola -saludó Jonas como si el recibimiento fuera de lo más normal-. ¿Has tenido buen viaje? -sonrió al ver el atuendo de Em: el mismo chándal azul de la noche anterior-. Por lo que veo, todavía vas en pijama.

Em se ruborizó.

– Yo no tengo pijamas. No hacen más que estorbar. Y sí, gracias. He tenido un viaje muy tranquilo, que es justo lo que necesitaba.

Miró a los niños y luego a Jonas. Él había dejado de sonreír y su expresión era inescrutable. A decir verdad, tenía problemas con sus sentimientos. Em le parecía tan bonita, despeinada y con cara de sueño… Y el dichoso chándal sí que parecía un pijama.

«Concéntrate en la medicina», se dijo Jonas. «Concéntrate en las cosas verdaderamente importantes, las que están al margen de los sentimientos».

– ¿Ray? -era una pregunta médica en una sola palabra.

– Aún está en cuidados intensivos -el rostro de Em se ensombreció al pensar en su paciente-. Hice bien en ir con él en el avión. Volvió a sufrir un paro cardíaco durante el vuelo,y ha sufrido algún daño.

– ¿Problemas neurológicos? -«¿habían acudido a él con suficiente presteza?», se preguntó Jonas. Ray había dejado de respirar durante cinco minutos, lo suficiente para que le faltara oxígeno al cerebro. Lo suficiente para que hubiera algún daño serio.

Em estaba negando con la cabeza.

– Hay alguna cicatriz en el corazón, pero no se ve ningún daño cerebral -la expresión de Em se suavizó al decirlo-. Ha podido hablar con Lori y sabe lo que ha ocurrido. Pero supongo que tendrán que hacerle un bypass como mínimo. Yo se lo había advertido desde que comencé a ejercer aquí. Sus niveles de colesterol eran demasiado altos. Venía periódicamente a hacerse un chequeo. Como si, los chequeos fueran suficientes en sí mismos.

– Y ahora casi lo pierde todo.

Era cierto, y la idea hizo que Em se estremeciera. Sentía una necesidad irresistible de compartir su sentimiento con Jonas. Ella, que solía ser tan reservada, pensaba que Jonas era un hombre en quien se podía confiar. ¿Un amigo? O algo más…

– Ray… Ray le pidió a Lori que se casara con él -le dijo, mirando a Jonas con los niños y el perro. Era una escena que daría qué pensar a cualquier mujer. Y tampoco sabía qué pensar de lo que Jonas despertaba en ella. «Concéntrate en Ray y Lori», pensó-. Le había propuesto matrimonio media hora antes de sufrir el colapso, pero Lori lo rechazó. Le dijo que primero estaban los niños. Él le había llevado un anillo de compromiso. Lo llevaba en el bolsillo cuando tuvo el ataque y ahora Lori está sentada a su lado en la unidad coronaria, luciéndolo en el dedo como si su vida dependiera de eso.

– A veces hay que estar a punto de perder algo para darse cuenta de su valor -dijo Jonas muy serio, y Em lo miró fijamente. Algo fallaba en el tono de su voz. Él también estaba tenso.

– ¿Y Anna?

– A Anna la están operando ahora.

– ¡Oh, Jonas! ¡Deberíamos estar allí con ella!

– No puedo estar en dos lugares a la vez -dijo, mirando a los niños y sonriendo-. ¿verdad, chicos? -los niños le sonrieron-. Al irse Lori, Anna decidió posponer la operación, pero cuando le di mi palabra de que tú y yo cuidaríamos a los niños, aceptó seguir adelante.

Hizo una pausa para que Em asimilara la noticia.

– ¿Nosotros? -preguntó Em con tacto.

Los peligrosos ojos de Jonas chisporrotearon.

– Tenemos una casa grande… -contestó él poniendo cara de pez, y Em tuvo que sonreír.

– ¿Una casa grande? -repitió ella como si no entendiera nada. Pero entendía demasiado bien el lío que se le echaba encima.

Jonas ponía cara de inocencia y virtud.

– Es una casa verdaderamente grande -dijo con firmeza- Demasiado grande para nosotros dos y Bernard.

– ¿Cómo lograste que Bernard se pusiera de pie?

– Lo hicieron los niños a base de insistir. Ha resoplado mucho, pero cada vez que se sentaba, los niños lo obligaban a ponerse de pie. Así que ya lo sabes, lo que Bernard necesita es que le hagan caso -su expresión se ensombreció-. Estaba seguro de que querrías cuidar de Robby. ¿Cómo no iba a ofrecerme a cuidar de todos?

Todos. Bernard, Sam, Matt y Ruby. Casi nada. Em miró al bebé que Jonas sostenía en brazos y se le encogió el corazón. Estaba cansada y confundida. Habían pasado tantas cosas que necesitaba tiempo para reflexionar.

Pero Jonas le estaba ofreciendo a Robby para que lo tomara en brazos. Era tan pequeño, había sufrido tantas heridas y ella lo quería tanto…

No le importaba hacerse cargo de los hijos de Anna, y no tenía más remedio que aceptar que Jonas se quedara en su casa, pero el, pequeño Robby era otra cuestión.

Robby era… Robby era simplemente lobby.

Esa había sido la razón por la que se lo había llevado del hospital. El pequeño se estaba encariñando con ella y ella con él. Y ahí estaba Jonas diciendo que se había hecho responsable de él.

¡Y también de los hijos de su hermana!

– ¿Has consultado con el director del orfanato? -preguntó ella. Supongo que la administración tendrá alguna idea de lo que piensan hacer con Robby.

– Los otros hogares están llenos -aclaró Jonas-. Tom, el director, me llamó esta mañana. Dice que la única solución es transferir a Robby y a los hijos de Anna, si es necesario, a un hogar en Sydney.

– ¡No!

– Yo sabía que no estarías de acuerdo -dijo Jonas con dulzura-. Y tampoco lo está la tía de Robby. Ella dice que lo acomodemos en uno de los otros hogares, pero Tom no quiere. Así que pensé que si me ofrecía a ayudarte con Robby y con Bernard…

– ¿Yo me ofrecería a ayudarte con tus sobrinos?

– Eso es -contestó Jonas con una gran sonrisa-. Hace dos días sólo había un médico en Bay Beach. Ahora hay dos médicos, pero con cuatro niños y un perro. Seguro que nos las arreglaremos.

– ¿Y cuáles serían tus responsabilidades como niñera?

– Sé construir castillos de arena -dijo él con cara de bueno, y Em tuvo que sonreír.

– ¿Qué tal se te da cambiar pañales?

– Uy… -dijo él, haciendo una mueca.

– Los pañales no son tu fuerte ¿verdad, doctor Lunn?

– Por eso estamos esperándote en la estación. Para que puedas compartir…

– Muchas gracias…

– De nada -le dijo y le pasó a Robby con toda rapidez-. Aquí tienes a tu bebé.

«Tu bebé». Eso le llegó al alma.

Miró a Robby y luego a Jonas. Se estaba metiendo en territorio peligroso y se preguntaba si Jonas era consciente de lo peligroso que era.

Él lo tenía todo estudiado.

Cuando llegaron a casa estaba esperándolos Amy, la recepcionista ocasional de Em. La joven había almorzado allí y sonrió al ver entrar a Jonas con su camada.

Y vaya camada que era. Un socio y cuatro niños.

Y un perro. Bernard se dirigió directamente a su sitio bajo el lavaplatos, e inmediatamente dos niños estaban tirando de él.

Y Amy les sonreía a todos, lo que hacía que Em se sintiera aún más confusa. -Hola.

– Hola, Amy. ¿Qué haces aquí?

– Lou está mejor del resfriado -dijo Amy sonriendo con cara de alivio. La chica no había disfrutado nada de su experiencia como recepcionista en la consulta médica-. Así que Lou está de nuevo en la recepción y como el doctor Lunn sabía que no tengo trabajo… Para ser sincera, me gusta mucho más hacer de niñera que ver cómo alguien vomita en el suelo de la sala de espera. Así que cuando el doctor Lunn me ofreció ser tu niñera por unos días, pensé que sería estupendo.

– Un arreglo perfecto -dijo Jonas con cara de satisfacción-. ¿No es un arreglo perfecto, doctora Mainwaring?

– Perfecto -murmuró Em, y la sonrisa de él desapareció.

– Sí, lo es. Y funcionará, Em. No tenemos elección.

– Eso sí lo veo. Que no tenemos elección.

– Amy estará aquí durante el día, y las noches que uno de nosotros esté de guardia. Así los niños estarán cuidados.

Pero Em sujetaba todavía a Robby apretado contra ella. El pequeño Robby que le había robado el corazón.

– ¿Por qué pareces tener miedo? -preguntó Jonas con dulzura, y ella pensó que él se percataba de más cosas de las que convenía. Que él supiera por instinto lo que ella estaba pensando le daba escalofríos.

– Estoy tratando de averiguar cómo voy a lograr separarme de Robby después -murmuró Em, y Jonas se quedó mirándola.

– Quizá no quieras hacerlo.

– Pero…

– Y tal vez no sea necesario -le tocó levemente la nariz. Era como si la hubiera rozado una pluma, pero sintió que una corriente eléctrica le recorría el cuerpo-. Piénsalo. Con la ayuda de Amy, no necesitarás hacerlo. Entretanto, ¿puedo dejarte con Amy y los niños? Necesito urgentemente ir a Blairglen a ver a Anna.

– Claro.

– Esto va a funcionar -repitió él con convicción-. Si nosotros nos empeñamos -la miró largamente con ojos interrogantes y asintió-. Vale, chicos -les dijo a sus sobrinos-. Ya sabéis lo que pasa. Os dejo para que os acomodéis aquí con la doctora Em y Amy, pero esta noche volveré para deciros cómo está mamá. ¿De acuerdo?

– De acuerdo -balbucearon, y Em supo que tenían tanto miedo como ella.

Pero, como ella, no tenían elección.

– Jonas -lo llamó cuando se iba, y él se giró.

– ¿Sí? -sus miradas se encontraron y, una vez más, Em sintió que una extraña corriente fluía entre ellos. Esa corriente que tanto la asustaba.

– Quédate todo el tiempo que necesites -le dijo-. Amy y yo nos las arreglaremos. Dale nuestro cariño a Anna. Y…

– ¿Y…?

– Tengo todos los dedos cruzados para desearle suerte.

– Gracias -contestó él y, por encima de las cabezas de los cuatro niños, sus miradas volvieron a encontrarse.

Podían haberse besado…

CAPÍTULO 6

JONAS NO regresó hasta la medianoche. Em no había conseguido dormirse y estaba completamente despierta cuando oyó detenerse su coche. Los demás dormían. No había ningún motivo para que ella no durmiera también, ni para que estuviera nerviosa por estar. sola con los niños, porque Jonas lo había arreglado todo por si era necesario que alguien los cuidara por la noche.

Amy se había marchado a su casa a las seis y el arreglo consistía en que si ambos médicos tenían alguna salida, se dejaría abierta la puerta que conectaba con el hospital y alertarían al equipo de enfermeras del turno de noche para que vigilaran la casa como si fuera el pabellón infantil.

«Algo tan simple», pensó Em. Ojalá sus sentimientos por Jonas fueran tan simples.

Tampoco eran simples sus sentimientos por el bebé que estaba en la cuna junto a su cama. Había decidido que el sitio lógico para poner la cuna era en su dormitorio, ya que los niños habían insistido en que Bernard durmiera en el cuarto con ellos. Pero lo que no era lógico era que ella se sobresaltara a cada movimiento de Robby.

«No pienso tener hijos», se había dicho mil veces. Así que no podía encariñarse con Robby. ¡No podía!

Igual que tampoco pensaba casarse. Simplemente, en su vida no había sitio para una familia.

Pero quería a Robby, el bebé que dormía a su lado. No podía engañarse más. Y una parte de ella era feliz al ver que su casa estaba llena de niños y perros y… Y Jonas.

Todo era demasiado complicado.

Y para complicar más su vida, Jonas acababa de regresar y a ella le latía el corazón de una forma muy extraña.

Podía meter la cabeza bajo la almohada y obligarse a dormir.

Pero, por el contrario, al oír la llave de Jonas en la cerradura, salió corriendo a recibirlo.

Él estaba extenuado.

Em había dejado encendida una pequeña lámpara por si algunos de los niños se levantaba por la noche. Su luz era tenue, pero suficiente para ver que Jonas estaba muy cansado. Tenía ojeras y la expresión de su rostro era sombría.

– ¿Jonas? -preguntó con el corazón encogido por el temor. «Cielos, ¿qué habrá pasado con Anna?», pensó.

Al verla entre las sombras, la cara de él se relajó como por arte de magia.

– Em.

– ¿Cómo está Anna?

Él se había acercado a Em como para tocarla, pero el tono de su voz lo detuvo.

El tono había sido intencionado. Notaba que estaba sintiendo algo por Jonas y tenía que distanciarse de él.

No podía aceptar las manos que él le estaba brindando.

Así que hizo que el tono de su voz sonara profesional. Un médico preguntándole a un colega sobre un paciente.

– Está bien.

Ella se suavizó un poco.

– Pero tú no estás bien. Puedo verlo. Ven a tomarte una taza de té y cuéntamelo todo.

– ¿No podría ser un brandy?

– ¿tan mal te ha ido?

– No -intentó esbozar una sonrisa-. Diablos, no. Es sólo que estoy muy cansado -se encogió de hombros-. Anoche no dormí mucho.

Claro que no había dormido. Ella, al menos, había dormido algo en el tren. Al pensarlo, se le encogió el corazón, pero consiguió que su voz sonara ecuánime. Sentía como si una corriente eléctrica le recorriera el cuerpo y no sabía qué hacer con ella.

Se refugió en las cosas prácticas, como ir hacia el aparador y servir la copa de brandy.

Tuvo que hacer un esfuerzo para dársela a Jonas sin acercarse demasiado. Luego retrocedió hasta dar contra el aparador.

– No voy a morderte, ¿sabes? -dijo él bromeando, y ella sonrió.

– Ya lo sé, pero me gusta este sitio -señaló hacia un sillón-. Siéntate y cuéntamelo todo.

Él se sentó sin dejar de mirarla.

– Pareces un gnomo de jardín de color azul pálido. No te pareces nada a un médico.

Ella se quedó pensativa. Miró su chándal azul y sonrió. -Umm. ¿No te parezco bien en mi versión nocturna?

¿Quieres pasar a mi consulta mientras me pongo una bata blanca?

Él se rió.

– Eso es un poco retorcido, doctora Mainwaring. Creo que lo dejaremos como está. De hecho, creo que me gusta más tu aspecto de gnomo.

Ella volvió a sonreír y se hizo un silencio. Las cosas se habían tranquilizado entre ellos. O casi. Em todavía pensaba que estaba demasiado cerca de él. A sólo tres pasos.

– Háblame de Anna -dijo y esperó.

Él la miró extrañamente, como diciendo que no creía que estuviera interesada. No estaba acostumbrado a que un médico se interesara así por sus pacientes, y menos aún a que lo hiciera también a nivel personal.

– Todo ha ido tan bien como cabía esperar -le dijo.

– ¿Qué quieres decir?

– Era un tumor pequeño como vimos en la radiografía. Menos de un centímetro. Estaba circunscrito en el tejido blando debajo del pecho y no parece que se haya extendido. Han extirpado tejidos alrededor, pero no parece que haya dispersión. No tuvieron que tocar el pezón, así que quedará con un pecho ligeramente más pequeño que el otro. Si el análisis muestra que los tejidos circundantes no tienen nada, Anna no necesitará una prótesis.

– ¡Eso es estupendo! ¿Y los ganglios?

– Los han examinado todos y parece que están bien -Jonas miró el fondo de su copa como para ver el futuro-. Uno de los ganglios estaba ligeramente hinchado, pero tenemos que esperar hasta mañana para saber los resultados de patología.

– Oh, Jonas…

– Es una espera interminable.

– Más para Anna que para ti -pero aun así iba a ser dura para él, y ella no pudo resistirlo más. Se acercó a él y le pasó las manos por detrás del cuello. Lentamente, comenzó a darle un masaje que le alivió la tensión.

El suspiró al sentir los dedos de ella, pero aún estaba pensando en Anna.

– Ya sabes… aunque se haya extendido a los ganglios, en la etapa dos, la prognosis es positiva.

– Sí, ya lo sé -movió la cabeza-. Había alguien más allí -dijo despacio, y Em pensó que estaba muy cansado y que la conversación le suponía un gran esfuerzo.

– ¿Quieres decir que alguien más esperaba para saber cómo estaba Anna?

– Sí. Sentado allí como yo, esperando a que saliera del quirófano.

Em arqueó las cejas.

– ¿Era Kevin? -Em creía que el compañero de Anna había desaparecido hacía tiempo.

– Ni por asomo. Si hubiera sido él, creo que lo habría estrangulado con mis propias manos. Se llama Jim Bainbridge. Un tipo muy grande, de unos treinta y pico años.

– Conozco a Jim -Em seguía con el masaje y notaba cómo los músculos de Jonas se relajaban-. Jim es el jefe local de bomberos. Es un buen hombre, pero muy tímido. Es el vecino más cercano de Anna. Tienen la misma valla trasera.

– Mmm…

– ¿Crees que la aprecia? -preguntó ella.

– Creo que parecía casi tan preocupado como yo. Desde luego que le importa.

– Bueno… No es ni un perdedor ni un alcohólico -dijo Em con dulzura, tratando de anticiparse a los temores de Jonas-. Es cariñoso, tiene un trabajo estable y, que yo sepa, es de los que toman una sola cerveza después de un incendio importante.

– Eso sería un gran cambio -Jonas volvió a suspirar-. Pero haría falta un gran hombre para aceptar a Anna, con tres niños y cáncer de mama.

Em dejó de masajear.

– ¿Piensas que a Anna no le queda nada que ofrecer? ¿Sólo porque ha perdido un pedacito de su pecho?

– No quería decir eso. Claro que no -esbozó una sonrisa y agarró las manos de Em-. Solamente quería decir que tres niños son muchos y que ella tiene mucho miedo.

– Igual que tú.

– Yo no tengo miedo.

– ¿A las relaciones? -Em se soltó y volvió a masajear-. ¿De necesitar a la gente? No me tomes el pelo, Jonas Lunn.

Silencio.

– No lo tengo, ¿sabes? -dijo Jonas como si se le acabara de ocurrir.

– ¿Miedo a las relaciones?

– Eso es.

– Así que estás deseando enamorarte, ahora mismo.

– Podría sentir la tentación -su tono era cálido y ella se contuvo-. Por ejemplo, si me dijeras ahora mismo que te acostarías conmigo.

– Sacarías tu caja de preservativos más rápido de lo que yo tardara en decir «anillo de matrimonio» -dijo ella cortante y con un deje amargo en la voz-. Eso estaría bien, pero no va a ocurrir. Ninguno de los dos va a hablar de la cama, tú no vas a mencionar los preservativos, ni yo el anillo de matrimonio. Porque eso no es lo que queremos ninguno de los dos.

– No es necesario que tomes cama, preservativos y anillo de matrimonio como un lote completo -dijo él con cautela-. Pueden ir por separado.

– ¿Cómo? ¿Irme a la cama contigo sin un preservativo? -Em arqueó las cejas fingiendo indignación. Continuó masajeando-. Muchas gracias. Ya tenemos cuatro niños. ¿Estás diciendo que hagamos el quinto?

– Me refería a lo del matrimonio -le dijo. Le quitó las manos del cuello y se volvió cara a ella mirándola muy serio. Puso las manos sobre los hombros de ella obligándola a mirarlo-. ¡Basta! Em, tienes que saber que me gustaría hacerte el amor. Me gustaría mucho, mucho.

Ella también deseaba hacer el amor con Jonas más que cualquier otra cosa en el mundo. Deseaba que él la rodeara con sus fuertes brazos, la estrechara contra su pecho, la llevara en brazos hasta la cama y le hiciera creer…

Le hiciera creer durante unos pocos minutos llenos de magia que era joven y deseable y que era libre de escoger lo que quisiera en la vida.

Pero eso sería una locura, porque al final, cuando Anna ya no lo necesitara, él se alejaría sin mirar atrás.

Las palabras siguientes que Jonas pronunció confirmaron los temores de Em.

– Em, no hace falta que pongas cara de que te están pidiendo que te comprometas de por vida -dijo él-. Por todos los santos, ¿cuántos años tienes?

– Veintinueve

– Y yo treinta y tres. Tenemos edad suficiente para saber que podemos disfrutar del placer cuando tenemos la ocasión.

– Y alejarnos después. -Eso es.

– Sólo que no es así como funciona -contradijo ella con tristeza-. Como me pasa a mí con Robby.

– No te entiendo.

– Yo creía que podía querer a Robby durante un tiempo limitado. Así que me dejé encariñar con él. Y ahora lo tengo crudo. Porque, si Robby me necesita, yo lo necesito más a él. Lo quiero, Jonas. En eso consiste el amor. En necesitar y que lo necesiten a uno. Así que aquí está, durmiendo en la cuna al lado de mi cama. Y cuanto más tiempo esté, más me destrozará el corazón cuando se vaya.

– No sabía que esos eran tus sentimientos -hizo una mueca-. ¿Dónde está tu objetividad profesional, doctora Mainwaring?

– No la tengo -Em respiró hondo y se apartó de él.Tú parece que la tienes a espuertas, pero yo no. Y no es justo, porque para ti no supone ningún problema.

– No sé a qué te refieres.

– Tú podrás tener una esposa y una familia cuando lo desees -él arqueó las cejas.

– No lo deseo.

– Exactamente -Em metió las manos en los bolsillos de su chándal y lo miró desafiante-. Pero yo sí lo deseo. Siempre lo he deseado. Tener una familia sería maravilloso. Pero también quiero seguir siendo el médico de Bay Beach. Las dos cosas son imposibles a la vez.

– Podrías casarte con alguien de aquí y adoptar a Robby.

– ¿Ah sí? -ironizó ella-. ¿Cómo podría conseguirlo? ¿Qué hombre iba a aceptarme sabiendo que estoy de guardia veinticuatro horas al día, siete días por semana? Puede que tú encuentres una esposa que acepte vivir contigo en esas condiciones, pero el papel de la mujer no ha cambiado tanto como para que yo pudiera encontrar un marido que lo aceptara. No tengo la más mínima posibilidad de entablar una relación duradera.

– ,¿ Tan mal están las cosas?

– Sí, lo están -dijo en tono cortante-. Esta ciudad es suficientemente grande como para dos médicos y no hay suficientes facultativos en las ciudades vecinas. Así que yo soy todo lo que hay. Trabajo en exceso. Me gusta lo que hago, pero no me permite tiempo para nada más.

– ¿Ni siquiera para Robby?

Ella inclinó la cabeza.

– No hay nada en el mundo que desee más que adoptar a Robby -le dijo-. Me he encariñado mucho con él, lo quiero muchísimo. Pero ¿qué clase de madre iba a ser?

– Creo que serías una madre estupenda.

– Sí. En casa durante treinta minutos cada día, y eso dependiendo de las necesidades de mis pacientes -su falta de comprensión la estaba sacando de sus casillas-. A Robby lo criaría una niñera. ¿Tal vez Amy? Hasta que encontrara un trabajo mejor. ¡No! Saldrá ganando si lo adopta alguien que pueda quererlo todo el tiempo, que pueda ser una verdadera madre para él.

– Pero su tía no quiere ni oír hablar de la adopción.

– Tarde o temprano acabará aceptando la idea. No tiene más remedio.

– Y mientras, tú seguirás destrozándote el corazón.

– No me lo estaría destrozando si tú no te hubieras ofrecido a que lo cuidemos

– Lo siento, Em -le dijo él con dulzura-. No me di cuenta. Pero, si no lo hubiera hecho, ahora estaría en Sydney y tú estarías sufriendo por él.

– Sí, pero… -sintió que las lágrimas se le agolpaban en los ojos-. Tú no tenías que saberlo.

– Pero ahora lo sé -afirmó Jonas.

– Ya no se puede hacer nada.

– Excepto aceptarlo. Tenemos que vivir con este dichoso arreglo. Tú, yo y nuestros cuatro niños.

– ¿Y alejarnos cuando todo termine? -la voz de Em estaba llena de desesperanza.

– Sí, pero con unos recuerdos maravillosos -la agarró por los hombros y la miró a los ojos. La sujetaba con firmeza, como un hombre que reclama lo suyo-. Unos recuerdos maravillosos. Em, ambos sabemos que esto es transitorio. Yo tengo un mundo al que debo regresar cuando Anna esté recuperada, pero entretanto, podemos estar bien. Podemos hacer que los niños disfruten, y…

– ¿Y? -preguntó ella, aunque sabía lo que iba a decir.

– Em, yo pienso que eres una mujer muy especial. Es cierto que no soy hombre de echar raíces, ni nunca lo seré, pero eso no me impide entablar una relación si la dama es lo bastante especial. Y, de veras, me gustaría mucho acostarme contigo.

Ella hizo una mueca.

– Supongo que debería sentirme halagada.

– No, porque tú deseas lo mismo, lo puedo adivinar.

– ¡No!

– ¡Venga, dilo!.-la instó con una mirada burlona-. Di que no lo deseas.

– No lo deseo.

– Embustera -la estrechó más fuerte y, de pronto, sintieron que estaban unidos por algo que cada vez era más fuerte. «Será por el silencio», pensó Em, desesperada. «Será por el cálido ambiente del antiguo caserón, por saber que hay cuatro niños a nuestro cuidado…».

La escena emanaba tanta dulzura que Em sintió ganas de llorar. Cuanto más miraba a ese hombre, más imposible le resultaba apartarse de él.

– Em… -los ojos de Jonas buscaron los de ella, anhelando una respuesta que ella no tenía fuerzas para dar.

Em pensó que debería zafarse de él y alejarse para encerrarse en su habitación.

Pero no lograba hacerlo. El lazo que los unía era demasiado fuerte.

Él la soltó de los hombros, le acarició el pálido cuello con los pulgares y, con suavidad, le acercó la cara hacia la suya.

Hubo un largo y elocuente silencio que dejó dichas muchas cosas que no podían decirse con palabras y que los unió de manera difícil de desunir.

Se miraron fijamente, confundidos, inseguros, sin saber lo que sucedería en el futuro, pero conscientes del presente. Se tenían el uno al otro.

Él la besó.

Para Em no era el primer beso. Claro que no. Tenía veintinueve años, había llevado una vida normal y divertida como estudiante de medicina y, desde que estaba en Bay Beach, varios hombres la habían cortejado. No deseaban compartirla con la carga de trabajo que ella llevaba, pero sí la deseaban a ella.

Por lo tanto, la habían besado.

¡Pero nunca de esa forma!

Nunca había imaginado que un beso así fuera posible. «Como la unión de dos mitades», pensó ella al sentir que el calor de la boca de Jonas le inundaba todo el cuerpo, calentándoselo desde la cabeza hasta los pies.

Era una sensación indescriptible, que nunca había imaginado que pudiera sentir.

Los labios de él acaparaban los suyos. Sus bocas estaban juntas, los brazos de Jonas la rodeaban aplastándole los pechos contra su torso. Y ella se derretía contra él como si hubiera encontrado su hogar.

Un hombre y una mujer juntos y unidos como si fueran un único ser.

La dulzura del encuentro no podía describirse. Em estaba sobrecogida por la sensación de que había encontrado su lugar en el mundo. Su hombre.

Sólo que no era su hombre. Era Jonas Lunn, cirujano de la capital, y en pocas semanas se alejaría de ella para siempre. La amaría y la abandonaría, y ella tendría que proseguir, sin él, su aburrida vida.

Tendría que dejar su trenza sin deshacer. Por eso se apartó de golpe cuando notó que él intentaba deshacer el nudo de su trenza para liberarle los cabellos.

– ¡No!

– Sí -contradijo él con mirada burlona-. Lo estás deseando, doctora Mainwaring. Lo sabes. Lo deseas tanto como yo.

– Puede que lo desee -dijo ella con sinceridad-. Pero puede que tenga suficiente buen juicio para saber a lo que puede llevar.

– Llevaría a que dos personas se consolaran entre sí.

Nada más.

– ¿Y luego, tú te alejarías?

– Sí -contestó él con franqueza-. Claro que lo haría.

Y la vida seguiría, pero enriquecida por nuestra unión. -No, Jonas. No lo haría -el tono de Em era tenso y vacuo-. Sería horrible. Como si yo perdiera a Robby. Me rompería el corazón.

– No se rompe el corazón por acostarse con alguien. -¿No? -lo miró fijamente. «¿Serían así de insensibles todos los hombres?»-. ¿Entonces cómo se rompe?

– Al menos no se rompe del todo -dijo él-. A mí no. -Tienes suerte.

– Em, esto no es la tercera guerra mundial. ¿Tienes que ponerte tan dramática?

– No me estoy poniendo dramática -lo que estaba era furiosa. ¿Qué era lo que había dicho Jonas?

«Eso no me impide entablar una relación si la dama es lo bastante especial».

¿A cuántas damas lo bastante especiales habría dejado? «No voy a ser una de ellas», decidió Em, y estaba tan enfadada que se zafó de él. Ya tenía bastante con preocuparse por Robby y por las necesidades médicas de Bay

Beach.

– Vete a la cama, Jonas -le dijo. -Embustera.

– Puede que sea embustera, pero miento por una buena causa -repuso cortante-. Por el contrario, tu forma de actuar causa estragos para todos. Empiezo a entender por qué Anna se contiene contigo. Eres independiente e indiferente y no te das en absoluto.

– Yo doy…

– Sí, das tu tiempo, tu dinero y tu trabajo. Pero tú no te entregas, Jonas. Y eso no es bastante. Quieres que te necesiten, pero no necesitas a nadie. Eso no es bastante para Anna, ni tampoco lo es para mí. ¡Buenas noches! Em se metió en su dormitorio y cerró de un portazo. ¿Cómo iba a poder dormir, después de eso?

Acostada en la cama, oyendo la suave respiración de Robby, lloró por lo que nunca podría tener.

Un bebé y un hombre. Un hombre y un bebé. Sus dos amores imposibles.

En el cuarto adyacente, Jonas hacía lo mismo. Estaba tumbado repasando todo lo que había pasado en las últimas veinticuatro horas.

Anna. Anna lo había apartado.

– No te necesito. No necesito a nadie -le había dicho cuando él le ofreció quedarse por la noche. Y Em…

– Das tu tiempo, tu dinero y tu trabajo. Pero tú no te entregas… ¿Qué debía hacer?

Se dijo que estaba intentando hacer lo correcto. Había ido allí porque Anna lo necesitaba, aunque ella creyera que no. Y Em… Ella también lo necesitaba, tanto emocional como profesionalmente.

¿Por qué no dejaban que diera lo que era capaz de dar?

Porque luego se alejaría. Era la verdad. Lo sabía y lo admitía abiertamente. Decir otra cosa sería deshonesto.

No le haría el amor a Em mintiéndole. No la necesitaba. Él no necesitaba a nadie. Pero deseaba tanto hacerle el amor, que le dolía. ¡Diablos!

Los niños se levantaron antes que él y su primera sensación al despertarse fue de opresión en el pecho, como si le hubiera pasado un camión por encima. Pero no. Sólo eran tres niños.

– Despiértate, tío Jonas. Hasta Bernard está despierto. Em está haciendo tostadas y le hemos preguntado cómo estaba mamá y nos ha dicho que te lo preguntáramos a ti. Por eso hemos venido a despertarte.

Las tres caritas que lo miraban reflejaban distintos grados de preocupación. Jonas abrazó a todos los niños a la vez, como si fuera el abrazo de un oso. Era una sensación extraña, pero entrañable.

Esos eran sus sobrinos. Nunca lo habían dejado estar tan cerca de ellos, pero, al parecer, no mostraban las mismas reservas hacia él que su made.

– Vuestra mamá ha salido bien de la operación -les dijo-. Si todo sigue bien, una ambulancia la trasladará al hospital de Bay Beach mañana y la podréis ver.

Eso ya estaba arreglado. Podían haberla trasladado antes, pero Anna quería estar sin los niños hasta que salieran los resultados de las pruebas, con el fin de acomodarse a todo lo que le había pasado. Y para prepararse para lo peor, si eso era lo que le esperaba.

«Por favor, que no sea lo peor», se dijo Jonas a la vez que se tranquilizaba pensando que no había motivo para temerlo.

Cáncer. ¿Cuál era ese dicho médico? Que se trataba de una palabra y no de una sentencia.

Volvió a centrarse en los niños.

– ¿Habéis dicho que Em está haciendo tostadas?

– Sí. Acaba de regresar. Tuvo que ir a ver a un granjero. Una vaca le pisó un pie y se lo aplastó -dijo Sam Cuando nos despertamos, una de las enfermeras estaba aquí y nos dijo que estuviéramos muy callados hasta que te despertaras. Pero cuando vino Em nos dijo que eras un perezoso y que podíamos venir a despertarte.

– ¿No es maravillosa? -exclamó Jonas con una mueca graciosa, y se destapó. Se sentía algo culpable por estar durmiendo mientras ella estaba fuera trabajando. Además, había organizado que una enfermera cuidara de los niños para que él pudiera seguir durmiendo.

Ella tenía el teléfono junto a su cama. El otro estaba en el pasillo, pero si ella lo contestaba al primer timbrazo, él no lo llegaba a oír.

Eso tenía que cambiar.

Los niños estaban pensando en el desayuno.

– Hay tres tipos de mermelada -informó Ruby-. Em tiene mermelada de fresa, de frambuesa y de naranja. A Bernard la que más le gusta es la de naranja, y Robby tiene toda la cara untada de mermelada de fresa.

– Pues vaya…

– Venga, tío Jonas.

– Esperad a que me vista.

– ¡Las tostadas ya están listas! -y sin darle un respiro, lo arrastraron en pijama hasta la cocina.

Al ver a Em, se quedó un poco desconcertado.

Ella estaba igual que el día anterior, pero tenía a Robby en brazos y se reía del desastre que el bebé había organizado. Bernard, por su parte, estaba levantado y resoplando para que le dieran más tostada. El caos que rodeaba a Em revestía la escena de un ambiente muy hogareño.

Él se podría recuperar. Con el tiempo.

Y con un poco de distancia.

Pero no iba a ser así. Em le traspasó a Robby, esperando que tomara el papel de padre.

– Necesito una toallita -le dijo Em-. Urgentemente. Toma al niño mientras busco una -lo miró de arriba abajo-. Por cierto, me encanta tu pijama.

Era de seda y estaba cubierto de ositos panda. El regalo de una amiga…

Estuvo a punto de sonrojarse.

Los niños también se estaban riendo.

– Yo no creía que los tíos llevaran ositos panda en el pijama -dijo Ruby muy seria, y Jonas la alzó con el brazo que tenía libre.

– No hay nada que este tío no pueda hacer -afirmó con grandilocuencia.

– ¿Cambiar pañales? -bromeó Em, y él hizo una mueca.

– Es un arte que necesita aprendizaje. Como cirujano, he aprendido a aplicar vendas de escayola pegajosas. Pero me harán falta años de práctica antes de graduarme en cambiar pañales.

– Además, tendrás que echarle un poco de valentía.

Em se estaba riendo de él y Jonas se puso tenso. Era tan…

Preciosa.

«Es preciosa», pensó mientras ella limpiaba a Robby con una toallita húmeda. Vestía vaqueros y una camiseta, tenía el pelo trenzado como de costumbre y no llevaba nada de maquillaje. ¡Y aún así, estaba tan preciosa…!

Él la deseaba tanto…

Pero ella no lo dejaba acercarse por temor a que la lastimara a largo plazo.

Era Em quien tenía que juzgar la situación, se dijo mientras se sentaba a desayunar, rodeado de niños y caos.

«De ninguna manera, Jonas Lunn. La dama no te quiere. Vas a complicarle la vida y lo último que deseas es complicarle la vida a nadie. ¿No es cierto?»

CAPÍTULO 7

LOS RESULTADOS de las pruebas llegaron por la tarde y eran magníficos. Jonas condujo desde Blairglen sintiéndose como el amo del mundo. Llegó justo en el momento en que Em volvía de la consulta de la tarde y, al verla, se puso aún más contento. Quería gritar las buenas noticias con todas sus fuerzas, y ¿quién mejor que Emily para compartirlas?

Pero había alguien más esperando en la sombra bajo el porche. Era un hombre con cara de haber esperado mucho y preparado para esperar lo que hiciera falta. Donas lo reconoció del día anterior. Era Jim, el jefe de bomberos que había compartido con él la tensa espera. Necesitaba compartir las buenas noticias también con él.

Em se estaba acercando desde la consulta y Jonas sintió ganas de salir corriendo a tomarla en brazos y darle vueltas hasta que se marearan.

Pero Jim estaba esperando y parecía muy preocupado.

– Espero que no te moleste que haya venido -dijo Jim-. He estado telefoneando todo el día al hospital, pero no me quieren decir nada. Jonas, amigo… Necesito saber algo.

Ese hombre grandullón había estado esperando todo el día sin ver a Anna, pensó Jonas intentando aceptar esa nueva dimensión de la vida de Anna. Habían estado juntos en la sala de espera, y a Jonas lo habían dejado entrar, pero a él no.

Aun así, Jim había esperado. Y no había más que verlo para saber que estaba muy preocupado.

Jonas miró de reojo a Emily.

– Amas a Anna -dijo ella con dulzura, como si fuera un descubrimiento. Jim se puso más tenso.

– Es una mujer estupenda, doctora. Si le pasara algo, no podría soportarlo.

– No le pasará -dijo Jonas sin poder contenerse-. Los resultados son excelentes. La zona alrededor del bulto está limpia y los ganglios dan negativo. No ha tenido tiempo de causar ningún daño. Tendrán que hacerle más pruebas para confirmarlo, pero, por ahora, está todo muy bien.

La expresión de Jim se relajó.

– Oh… esa es una noticia magnífica. La mejor -dijo, y se apartó un poco-. Es… es…

No terminó la frase y salió huyendo dejándolos solos.

Jonas sonreía como un niño travieso, pero Em estaba de puntillas, dándole un pequeño beso en los labios, y dejó de sentirse como un niño.

No era un gran beso. Casi ni se notaba. Pero él sí lo había notado. ¡Y mucho!

– Ya he oído la noticia -dijo ella-. He venido a casa lo antes posible. Es fantástico.

– ¿Cómo diablos lo supiste? -preguntó intrigado.

– Anna es mi paciente, listillo. Pedí al departamento de patología que me llamaran en cuanto tuvieran los resultados. Si hubieran sido malos, habría ido a Blairglen a ver a Anna, pero pensé que tú y Patrick podríais explicárselos.

«Em habría ido a Blairglen… Porque le importa».

Jonas se encogió de hombros. Estaba aliviado, cansado y experimentaba una mezcla de sentimientos extraños.

«¿Qué estaba pasando?», se preguntó. Normalmente se mantenía frío, distante. En cambio, en ese momento tenía ganas de llorar.

– Todavía no han clasificado el tumor -dijo Em, mirándolo con una expresión extraña-. Aún no saben si es un receptor hormonal positivo o no. Pero Patrick piensa que podemos celebrarlo.

– Está bastante seguro de que es de grado uno.

– Él lo ha visto, y sabe mucho -aseguró ella-. Me inclino a pensar que la intuición de Patrick es buena. Y si lo es, no necesitará quimioterapia. Sólo algo de radiación para limpiar cualquier posible resto. Y luego, con un pequeño añadido de silicona en el sujetador para que ambos lados estén iguales, Anna podrá seguir con su vida.

Pero Jonas seguía luchando con sus sentimientos.

– Gracias… gracias a Dios consiguió decir.

– Y tú también -dijo Em, mirándolo a la cara-. Tú también podrás volver a ser Jonas Lunn, el doctor independiente.

– Dentro de tres meses. Cuando haya terminado la radioterapia.

– ¿Aceptará tu ayuda tanto tiempo?

– Necesitará ayuda mientras se la dan -dijo Jonas-.

Tendrá que aceptarla. ¿Cómo va a arreglárselas sola? -Hay un autobús diario a Blairglen.

– Magnífico. Dos horas para ir y dos para volver, todos los días durante siete semanas. Tendrá que quedarse en Blairglen.

– Quizá podrías alquilar una casa para todos vosotros -dijo Em observando toda la gama de sentimientos que se reflejaban en el rostro de Jonas-. Llévate a los niños y quédate con ella.

– Como si me fuera a dejar.

– Puedes intentarlo.

– ¿Y qué pasa contigo? ¿Cómo vas a arreglártelas? -Como siempre lo he hecho -contestó Em en tono prudente-. Sola. Nada ha cambiado para mí, Jonas.

– Pero está Robby…

Jonas pudo ver el dolor en el rostro de Em.

– Sí -reconoció-. Está Robby. Pero Lori regresará pronto. Las noticias de Sydney son buenas. Ray está en lista de espera para un bypass. Anna no estará lista para la radioterapia hasta dentro de unas semanas, así que, tal vez, tú podrías quedarte hasta que Lori regrese. De ese modo yo podré cuidar de Robby un poco más de tiempo y no necesitaré depender tanto de Amy.

– Me quedaré. Sabes que me quedaré. Diablos, Em, me siento tan bien por todo esto, que me gustaría…

Ella sonrió al percibir la alegría de sus palabras. Jonas había estado tan preocupado…

– ¿Celebrarlo? -sugirió, y él sonrió.

– Creo que esa es la palabra -miró el reloj. El estómago le decía que era hora de comer-. Te invito a cenar.

– Hmm…

Jonas arqueó las cejas. No estaba acostumbrado a que las mujeres reaccionaran ante sus invitaciones con un gruñido de indiferencia.

– ¿Qué quiere decir «Hmm»?

– Quiere decir que te has olvidado de tus responsabilidades, doctor Lunn -aclaró Em-. Es hora de que Amy se vaya, y tenemos que alimentar y cuidar a nuestros cuatro niños.

– Pero…

– No hay pero que valga. Se llama responsabilidad.

Ella tenía razón. Claro que tenía razón. El se había ofrecido a cuidar de esos niños y tenía que atenerse a las consecuencias.

Lo que significaba que no podía invitar a una chica a una cita sin llevar también a los cuatro niños.

– Entonces te invito a pescado frito con patatas en la playa -dijo resignado, y ella sonrió.

– Sabia elección. Mientras este cacharro no suene -dijo señalando el busca.

– Será mejor que no lo haga. Hace una noche magnífica, acabamos de recibir buenas noticias y nos merecemos una cena fantástica. Todos nosotros. ¿Qué opinas?

Em sabía lo que debía decir. Debía decir que cenaría con Robby tranquilamente en casa, mientras Jonas llevaba a los hijos de Anna a la playa. Debía insistir en que se mantuvieran separados..

Pero la invitación era muy tentadora. Una cena familiar en la playa. Jonas y ella y cuatro niños maravillosos.

¿Cómo podía rechazar una oferta así?

¿Cómo podía rechazar a un hombre como Jonas?

Sin duda fue una noche llena de magia.

El pescado frito con patatas nunca había sabido mejor. Los niños estaban tranquilos sabiendo que su madre estaba bien. Ya se habían acostumbrado a la compañía de su tío y de Em y se dedicaron a divertirse. A esa hora el sol de verano ya no quemaba, pero aún calentaba lo suficiente como para sentarse a la orilla del mar y dejar que las olas les bañaran los pies.

Hasta Bernard estaba allí y, para sorpresa de Em, saltaba las olas y corría de un lado a otro como un cachorro.

– Quizá echaba de menos tener niños a su alrededor -aventuró Em-. Puede ser que todos estos años haya estado deprimido y no supiéramos por qué. Pero mira… -Sam le acababa de dar una patata y el perro meneaba la cola como si fuera una bandera-. ¡Lo que necesitaba era una familia! -una familia. Qué idea tan dulce y tentadora ¿Qué mejor vida que esta? -exclamó Em con alegría-. Cuidado, Ruby. Esa ola es muy grande. Se va a llevar tu cena.

Ruby levantó los brazos para que la ola no mojara su bolsa de pescado y luego siguió comiendo hasta la siguiente ola.

A su vez, Em hacía juegos malabares con Robby a caballito sobre sus rodillas y tratando de que no se le mojara la bolsa de pescado.

– No va a funcionar -le dijo Jonas riéndose-. Vete hasta donde no rompen las olas. Es la única forma de solucionarlo. Además, así evitarás que se mojen los vendajes de Robby. Si se mojan, tendrás que cambiárselos y tardarás al menos media hora.

– Ni lo sueñes. A Robby le encanta el mar. ¿Verdad, Robby? -el bebé gritó dichoso-.Y a mí también. Si supieras las ganas que tenía hoy de venir a la playa…

– Entonces, deja que te ayude -le quitó la bolsa de pescado frito y comenzó a dárselo mientras ella saltaba las olas con Robby. Un trozo para ella y un trozo para él.

Todo extrañamente íntimo.

Robby reía a cada bote que daba su caballito y sus vendajes se mojaban más y más. Pero Em no hacía caso, porque tanta diversión bien valía la pena tener que cambiarle las vendas después.

Era una sensación indescriptible. Miró a su alrededor. El bebé, los niños, Jonas… Una ola rompió sobre sus pies descalzos. Jonas le metió en la boca otro trozo de pescado. Se alteró tanto que, por un momento, pensó que iba a llorar.

¡Qué estupidez!

– Debería irme a casa -dijo ella sin fuerzas-. Tengo trabajo.

– Pero el teléfono no ha sonado.

– Tengo un montón de papeleo legal por hacer.

– Yo te ayudaré cuando los niños se hayan ido a la cama -se ofreció Jonas, y eso la alteró aún más. Pensar en ese hombre sentado a su lado por la noche, trabajando en la montaña de papeles…

– No es necesario que lo hagas.

– Quiero hacerlo -dijo Jonas con dulzura, y le arrebató a Robby de los brazos-. Bueno, chicos. ¡Sam, Matt, Ruby! Recoged toda la basura, llevadla a la papelera y volved enseguida.

– ¿Por qué? -preguntó Sam, desafiante. Sam tenía los ojos verdes y el pelo rojo como su tío. Em sonrió al verlo. Era igual que Jonas.

– Porque nos vamos a nadar. Y el que no venga, que se prepare.

No sabían lo que les esperaba, pero sonaba divertido. -No te atreverás -retó Sam. -No vengas si quieres averiguarlo. -No -contestó el niño riendo. -Entonces, ¿a qué esperamos? ¡Vamos!

Em se quedó en la orilla mirando cómo Jonas y los niños chapoteaban y gritaban.

Robby iba seguro en brazos de Jonas, y los otros se envalentonaban, adentrándose más y más en lo profundo del agua. También Jonas se estaba adentrando más y más en lo más profundo del corazón de Em.

Eran casi las diez cuando terminaron de acostar a los niños. Em salió de su cuarto después de darle a Robby el último biberón y se encontró con que Jonas estaba ordenando los papeles de su escritorio.

– ¿Qué estás haciendo? -preguntó perpleja, y él se rió.

– Haciendo sitio para los dos. Pero yo, en tu lugar, me cambiaría antes -dijo mirando con aire virtuoso su camisa limpia de lino y sus pantalones.'Se había duchado con los niños. Por el contrario, Em había bañado a Robby,.le había cambiado los vendajes, lo había ayudado con los ejercicios y dado el biberón y aún llevaba puesto el bañador. «Está preciosa», pensó él. «Preciosa». ¡Pero no podría trabajar con ella así!-. No creo que pueda trabajar mucho a tu lado con esa ropa que llevas -le dijo.

– No creo que puedas trabajar conmigo de ninguna manera -dijo ella con firmeza-. Se trata de mi papeleo.

– Somos socios.

– No sabes nada sobre mis pacientes.

– Puedo hacer el papeleo legal con las manos atadas -dijo, y señaló el ordenador-. En tu ordenador están las cartas de los abogados y las notas sobre tus pacientes. Yo tengo mi ordenador portátil. Tú puedes mirar tus notas y decidir lo que podemos decir y yo voy escribiéndolo y editándolo sobre la marcha. ¿Alguna objeción?

Ninguna», pensó Em mirando la enorme pila de cartas. Parecía que uno de cada dos de sus pacientes tuviera alguna reclamación de seguros pendiente.

– Pero dúchate primero. Si me siento a tu lado con esa indumentaria, no respondo de las consecuencias.

Ni ella tampoco. Miró a Jonas, que se estaba riendo, y salió volando. Porque no se fiaba de sí misma. Nada.

Había un problema. Su pelo.

Em solía lavárselo una vez por semana. Tenía una mata espesa que tardaba horas en secarse.

No quería lavárselo en ese momento porque tendría que deshacer la trenza. Pero estaba lleno de arena y sal.

– Debería cortármelo. Es pura vanidad llevarlo así -dijo delante del espejo. Pero a su abuelo y a Charlie les gustaba. Y a ella también-. Así que lávalo y sécalo con el secador -se ordenó-. Pero eso tardará casi una hora y Jonas está esperando. Está haciendo tu trabajo…

Se deshizo la trenza, se lavó la cabeza y se peinó. Se puso el pijama y volvió a la sala con el pelo suelto.

Jonas se puso en pie al verla entrar. La miró fijamente y silbó, haciendo que Em se sonrojara.

– No hace falta que silbes -dijo cortante-. Sigo pareciendo un gnomo, sólo que algo más peludo.

– Me gustan los gnomos peludos -dijo él con una mirada franca. Estaba claro que le gustaban mucho. -Venga. Si insistes en ayudarme, empecemos de una vez -dijo ella en un tono frío y profesional.

– Tu pelo está goteando todavía. -No importa.

– Déjame que te lo seque con la toalla.

– Jonas Lunn, si -te acercas a menos de medio metro de mí, gritaré y saldré corriendo.

– ¿Qué? ¿Tiene miedo de mí, doctora Mainwaring?

– dijo Jonas sonriendo con picardía.

– Sí -repuso ella con franqueza. -No tienes por qué tener miedo.

– Al contrario, tengo que tenerlo. Estás jugando con mi equilibrio y, a veces, pienso que mi equilibrio es todo lo que tengo para mantenerme cuerda. Así que dejémonos de cosas personales y empecemos con mis cartas. -Sí, señora.

Así quedó zanjado el tema y él tuvo que olvidarse de que estaba sentado junto a la mujer más deseable que había conocido jamás y ponerse a trabajar.

Se preguntaba cómo conseguir que algún día esa mujer se deshiciera la trenza sólo para él.

Trabajaron durante dos horas seguidas, con tal ritmo que el montón de papeles disminuía por minutos. Cada vez que Em le decía a Jonas que se fuera a la cama, él agarraba una nueva carta. No debía dejar que lo hiciera. Pero él podía dormir al día siguiente y la idea de terminar con el papeleo era demasiado atractiva.

De repente, Robby se despertó.

Era un bebé inquieto. La piel que se estaba cicatrizando le picaba y, a veces, se hacía daño al cambiar de postura en la cuna y se despertaba con un quejido. Pero no era un niño llorón y, después de lloriquear un poco, se quedaba tranquilo en la cuna.

Era como si supiera que no tenía una madre que lo estrechara entre sus brazos y que, por lo tanto, no valía la pena llorar. Em no lo podía resistir. Se levantó, fue a buscarlo y lo llevó hasta donde estaba Jonas.

– ¿Qué le pasa? -preguntó Jonas, apartando los papeles. El trabajo les había cundido bastante y tenía ganas de acostarse.

– No lo sé -Em acunó al pequeño entre sus brazos y sus hermosos cabellos se balancearon brillando sobre sus hombros-. Ojalá me lo pudiera decir, pero no puedes, ¿verdad, cariño? Está mojado, pero eso no lo suele despertar. Pero como ya está despierto… -lo puso sobre el sofá y comenzó a cambiarlo. Luego volvió a acunarlo. Al volverse, vio que Jonas la estaba observando.

– Desearía que no lo hicieras -se quejó, y él parpadeó.

– ¿Que no hiciera el qué?

– Mirarnos fijamente. Robby y yo no somos atracciones turísticas.

– Deberíais serlo. Tú eres preciosa -Em estuvo a punto de tirarle un cojín. Ese hombre era capaz de desconcertarla.

– No -dijo ella emocionada-. Robby es precioso y no Yo. ¿Quieres tomarlo en brazos? -y antes de que Jonas pudiera decir nada, se lo había dejado sobre las rodillas y se había marchado hacia la cocina.

– Necesito un chocolate a aliente y supongo que tú también. Y le prepararé otro biberón a Robby. Cuídalo mientras los preparo.

Era sólo una excusa para apartarse de él. Para recuperar su equilibrio.

Jonas era tan distante…, pausó mientras estaba en la cocina. Ayudaría a Anna, pero luego saldría de nuevo de su vida. Y si le daba la oportunidad, le haría el amor y luego se marcharía sin volver la vista atrás.

No era suficiente. Él tenía que aprender que había algo más en la vida.

Que había algo más aparte de amar y ser necesitado. También era necesario necesitar a alguien. Pero Jonas Lunn no necesitaba a nadie, No sabía lo que se estaba perdiendo.

Cuando Em regresó a la sala, Jonas había adelantado más trabajo. Robby estaba tumbado sobre sus rodillas haciendo gracias y tenía a Jonas anonadado.

Cuando Em regresó, Jonas levantó la vista disimulando que el bebé también le había llegado al corazón.

– Es un bebé encantador. -Sí, lo es.

– ¿Por qué dijiste que su tía no lo quiere tener? -Porque tiene tres hijos.

– Eso no me lo impediría dijo Jonas, y su voz cobró una fiereza que hizo parpadeos Em-. Quiero decir… si fuera el hijo de mi hermana.

– Claro -Em lo miró preguntándose si estaba siendo sincero. Miró a Robby, que estaba parloteando y tenía las manitas agarradas a las de Jonas.

Em pensó que había algo mágico en el ambiente. -¿Quieres que le dé yo el biberón? -preguntó ella. -No, yo se lo daré. Termina tu chocolate. -El tuyo se va a enfriar.

– No importa -contestó Jonas.

Em se sentó y, mientras sorbía su chocolate, observó la ternura con la que Jonas le daba el biberón a Robby.. Una vez más sintió que su preciado equilibrio se le iba de las manos.

Hasta que se le fue para siempre, le gustara o no.

Al día siguiente una ambulancia trasladó a Anna hasta el hospital de Bay Beach. A su llegada, Em la examinó y se cercioró de que le dieran los analgésicos necesarios. Aliviada, Anna se recostó sobre su almohada.

– Le diré a tu hermano que venga -dijo Em acariciándole la cabeza para tranquilizarla-. El viaje en ambulancia te habrá despertado el dolor, pero ahora se te calmará. Si te parece bien, dentro de un ratito Jonas puede traerte a los niños. Están deseando verte.

– Y yo quiero verlos a ellos -susurró Anna-. Estoy tan contenta de que ya haya pasado todo…

– Lo estamos todos. ¿Podrías llamar al doctor Lunn a la consulta? -Em le pidió a la enfermera que la acompañaba y miró el reloj-. Dile que Anna ya está aquí. Que le he dado morfina y que dormirá un par de horas, pero que después puede traer a los niños y yo me encargaré de la consulta.

Em no vio a Jonas durante el resto del día. Necesitaba tiempo para reflexionar. Estaba tan confusa que no podía casi concentrarse en su trabajo.

Cuando regresó a casa por la noche, Jonas no había regresado con los niños y Robby estaba solo con Amy.

«Quizá Jonas también necesita tiempo para reflexionar», pensó Em con un asomo de amargura. Ese hombre había despertado en ella tantos sentimientos que no deseaba, que ojalá también él estuviera algo conmocionado.

Jugó un poco con Robby y luego lo llevó a dormir. Lo dejó al cuidado de las enfermeras del turno de noche y se marchó al hospital a hacer la ronda nocturna. Suponía que Anna estaría sola, pero se encontró con que Jonas estaba con ella.

Al verlo, se estremeció. Sus sentimientos volvían a estar en danza.

– ¿Qué has hecho con los niños? -preguntó alzando las cejas, y luego le sonrió a Anna fingiendo indignación-: ¡Menuda niñera!

Jonas se indignó también.

– No los he abandonado. Jim los ha invitado a comer una pizza.

– ¿Jim? -preguntó Em extrañada-. ¿Jim Bainbridge?

Se sorprendió gratamente cuando vio que la pálida cara de Anna se teñía ligeramente de color. Bueno, bueno… Así que Jim era correspondido.

– Él se ofreció -afirmó Anna a la defensiva- Y los niños lo conocen. Vive al otro lado de nuestra valla trasera. Él… -se sonrojó aún más-. Vino a Blairglen, pero yo no quise verlo. Luego esperó un par de horas aquí. Al final tuve que decirle que entrara a verme. Tenía tanto interés por ayudar en algo…

– Creo que ha sido una buena idea -afirmó Em. Tomó la ficha clínica de Anna para comprobar su evolución y sonrió-. A veces hace falta ser muy valiente para aceptar la ayuda de alguien. A menudo, es más fácil dar que recibir.

Anna negó con la cabeza.

– No estoy acostumbrada a recibir.

– No sé cómo lo habré adivinado -sonrió de nuevo-. Por lo que veo en tu ficha, estás evolucionando muy bien. No parece que el viaje hasta aquí te haya afectado demasiado. Parece que todo va bien, Anna. Ahora, te dejo con tu hermano.

Anna negó con la cabeza.

– Preferiría que Jonas también se fuera. Por favor… quisiera estar sola.

– Ella siempre quiere estar sola.

De regreso a la sala de estar del caserón, Jonas estaba dando zancadas como un tigre enjaulado.

– ¡Diablos! ¿Cómo puedo hacerle ver lo mucho que deseo estar cerca de ella?

Em lo observaba dar zancadas. Robby se acababa de despertar y lo estaba meciendo. El bebé estaba feliz de estar con ella y ella también con él, aunque la corroía la incertidumbre y sentía lástima de Jonas.

También sentía lástima de Anna.

– Tus padres la han lastimado mucho -dijo con dulzura-. Igual que a ti. Ha aprendido a ser independiente de la forma más dura.

– Si yo estuviera en su situación…

– ¿Dependerías de otra gente? -lo miró pensativa-. No lo creo.

– Claro que dependería.

– ¿Emocionalmente? -se puso en pie y abrazó a Robby más fuerte. El bebé se acurrucó contra su pecho y Em se llenó de ternura-. No estoy segura de que sepas lo que significan las palabras «dependencia emocional» -ella sí que lo sabía.

– No sé qué intentas decir -repuso Jonas, confundido.

– Claro que no -respiró hondo, buscando la mejor manera de decirlo-. Jonas, ¿tú necesitas a Anna?

Él la miró sin comprender.

– Es mi hermana pequeña.

– Ya lo sé, pero ¿la necesitas? ¿Se lo has demostrado alguna vez?

– No la necesito -afirmó, aún sin comprender-. Claro que no. Yo siempre he sido el fuerte de los dos.

– Porque tenías que serlo. Pero la dependencia emocional es recíproca -volvió a respirar profundamente-. Por ejemplo, Robby y yo.

– Bueno… eso es otra cosa.

– Robby me necesita. O al menos, necesita a alguien que lo quiera de verdad. Eso puedo hacerlo yo. Pero soy suficientemente sincera para reconocer que también yo lo necesito a él.

– No necesitas a Robby. Es sólo un bebé.

– Pero es capaz de dar – Em miró al niño y su expresión cambió-. Cada vez que me sonríe, cada vez que le hago daño cuando le cambio los vendajes o le hago un masaje, Robby no llora porque sabe que luego lo arrullo, y cada vez que él se arrima a mí, la necesidad crece. Esa es la clase de necesidad de la que te estoy hablando. Te estoy hablando del cariño, del amor, Jonas. Anna ha aprendido a sobrevivir sin eso. Y me parece que tú también.

– Eso es ridículo.

– No. Es la verdad -llamaron a la puerta-. Debe de ser Jim que trae a los niños a casa. Ese es otro como yo. Que ama y necesita, y que no tiene la más mínima oportunidad de que lo quieran y lo necesiten a él.

Jonas la miraba sin comprender nada. No tenía ni idea de lo que ella decía. ¡Estaba tan ciego…!

– Estás dramatizando.

Sabiendo que eso no era cierto, Em se dirigió a abrir la puerta.

Ella amaba y necesitaba. Y estaba ansiosa por ser amada y necesitada también. No era sólo el pequeño que sostenía en brazos quien le despertaba esos peligrosos sentimientos.

¡Era Jonas Lunn!

CAPÍTULO 8

PASARON dos semanas desde la operación de Anna. El trabajo y la vida doméstica cayeron en una rutina que Em consideraba aceptable, siempre y cuando no se inmiscuyeran sus estúpidos sentimientos.

Cuando le quitaron la sonda, Anna pudo volver a casa, y los niños fueron también. No consintió que su hermano se quedara-con ellos, así que Jonas tuvo que quedarse en casa de Em, aunque a ella no le pareciera demasiado prudente. Lo que Anna sí permitió fue que Jonas organizara para ella algo de ayuda externa.

Jonas estaba frustrado por la poca ayuda que podía darle a su hermana. ¡Lo dejaba hacer tan poco…!

Con la excusa de conocerlos mejor, insistió en pasar algún rato cada día con Ruby, Sam y Matt. Puesto que Anna necesitaba ayuda en el cuidado de sus hijos, esa era una forma velada de dársela. Jonas también se volcó en trabajar para la ciudad y hacía lo que podía.

Al menos, Em era un médico experto, pensó mientras trabajaba con ella. Podía confiar en que cuidara bien a Anna. Y como él era temporalmente su socio, le dejaba suficiente tiempo para que lo hiciera bien.

Em lo habría hecho de todos modos, pero sin su ayuda, no habría tenido tiempo para Robby ni para ella misma. Con tanto trabajo, le habría dado un ataque nervioso.

Em no estaba obsesionada por el trabajo, pero le resultaba imposible rehusar su ayuda. Nunca decía que no, sin importarle lo cansada que estuviera, o que hubiera mucha gente esperando en la consulta.

Así que él la había salvado temporalmente. Pero cuanto más la veía, cuanto más veía su actuación como médico y el cariño con que cuidaba a sus pacientes, más se preguntaba cómo iba a poder marcharse cuando Anna terminara la radioterapia:

Una idea comenzaba a nacer en el fondo de su mente.

La recuperación física de Anna era excelente, pero Jonas y Em no estaban seguros de si también se estaba recuperando emocionalmente.

Anna leyó, toda la información sobre su caso y, deliberadamente, la dejó en el hospital. Los libros decían que había más de un noventa por ciento de supervivencia, lo mismo que le habían dicho los médicos. No estaba mal. El oncólogo le había dicho que si se sometía a quimioterapia, las posibilidades eran aún mayores. Pero eso significaba meses de depender de la ayuda de otras personas, y por eso rechazó esa opción.

Así que viviría, pero en sus propios términos. Concertó las sesiones de radioterapia, pero rechazó la oferta de Jonas de alquilar un apartamento y decidió que viajaría a Blairglen cada día.

– Puedo seguir siendo independiente -dijo-. Lori cuidará de los niños durante el día y podré estar con ellos por la noche.

Lori, que estaba a punto de regresar, accedió.

– No es la solución más fácil para ti -le dijo Em-.

Tanto viajar te cansará mucho.

Pero Anna no estaba dispuesta a ceder.

– No quiero depender de Jonas más de lo que ya dependo -sentenció Anna.

Em pensó que estaba alejando a su hermano lo más posible. Y también estaba alejando a Jim.

El jefe de bomberos había ido a la consulta de Em con el pretexto de haberse torcido un meñique, pero en realidad quería decirle lo preocupado que estaba por Anna.

– No deja que la ayude en nada -le dijo con amargura-. No deja que me acerque.

Em no podía darle ningún consejo. Si hubiera podido hacer algo, ya lo habría hecho.

Las horas que había pasado con Jonas y con los niños le parecían un sueño. Desde que se habían ido los hijos de Anna, ya no tenía la sensación de ser una familia. Con la ayuda de Amy, podía cuidar de Robby sin la ayuda de Jonas, y eso era lo que Jonas parecía querer. Así que cada vez era menos necesario que estuvieran juntos.

Pero esa separación le dolía. Em estaba triste. Incluso su perro estaba triste y había vuelto a sus costumbres perezosas. Y Jim también se sentía lastimado.

– ¿De verdad quieres que haga algo con este dedo? -le preguntó Em mientras lo examinaba-. Puedo enviarte a un traumatólogo para que te lo arregle, pero me parece que te lo rompiste hace años. ¿Te está molestando ahora?

– Sí, bueno… Me lo rompí hace años y, en realidad, no me molesta -reconoció-. Necesitaba una excusa para hablar contigo.

– Lo sospechaba…

– ¿Te llevas mejor con su hermano que yo con Anna?

Em frunció el ceño y disimuló.

– No sé a qué te refieres.

– Quiero decir que hay dos Lunn -dijo Jim con tristeza-. Hay dos personas que están luchando por no comprometerse. Al menos el tuyo está viviendo contigo. Trabajando a tu lado…

Em pensó que de poco le servía. Era verdad que trabajaba menos pero, en los demás aspectos, le estaba haciendo la vida imposible.

Lori regresó a Bay Beach al día siguiente, contenta, optimista y lista para volver a ser una madre de acogida.

– Ray está fuera de peligro. Su operación fue muy bien -les dijo a Em y a Jonas-. Ahora sólo necesita consejos dietéticos y podrá volver a trabajar. Como yo mañana.

– Te hemos echado de menos – Dijo Jonas cuando Lori pasó a visitarlos. Acababan de cenar y Em le estaba dando el biberón de la noche a Robby y lo mecía para que se durmiera.

Em miró a Jonas de reojo y dijo en un tono que no ocultaba su resentimiento:

– Sí. Jonas ha tenido que hacer de niñera.

– Lo he hecho muy bien -sentenció él indignado, y Lori sonrió. Su sonrisa era de compromiso, pues se daba cuenta de que había una tensión en el ambiente que no comprendía.

– ¿Queréis que me lleve a Robby esta noche? -preguntó, y Em, desconcertada, tuvo que respirar hondo.

«Esto tenía que suceder», se dijo, tratando de no mirar al bebé que tenía en brazos. ¿Por qué no? Era lo lógico. Lori era el destino de Robby, y no ella

– Quizá sería lo mejor -dijo, pero le fallaba la voz.

– ¿Lo mejor para quién? -preguntó Jonas con frialdad.

– Para Robby, claro.

– ¿Sólo estás pensando en Robby? -¿Y en quién más, si no?

– En ti -contestó Jonas observándola. -¿Por qué?

– Porque quieres al niño -aclaró Jonas, como si ella fuera tonta-. No veo por qué no lo adoptas tú. Diablos, cualquiera puede ver que para ti es todo lo que importa.

– ¿Y tú crees que eso estaría bien? He podido pasar mucho tiempo con él estas dos últimas semanas, pero sólo porque tú has estado ayudándome con mi trabajo. En cuanto te vayas, tendré que depender para todo de Amy, una adolescente que emprenderá su propia vida en cualquier momento. ¡No creo que sea muy buena base para una adopción, una madre a ratos por la noche!

– Serías una madre que quiere a su bebé -alegó Jonas-. Eso es mucho más de lo que algunos niños tienen.

– No funcionaría -Lori había estado observándolos. Ella estaba tan interesada por el futuro del niño como Em-. Para empezar, Tom no lo permitiría.

– ,¿Tom? -preguntó Jonas.

– Nuestro director. Existe un comité de evaluación, pero la decisión final es suya. El decide si una pareja, o una persona, serían buenos padres, y es muy consciente en su trabajo.

– ¿Estás diciendo que Em no sería una buena madre?

– Estoy diciendo que Em no tendría ni la más remota posibilidad de que la dejaran adoptar -dijo Lori en tono cortante-. Una madre soltera con exceso de trabajo… Tom diría que no lo podrá resistir.

– ¿Así que la discriminaría porque es soltera?

– No. Si estuviera trabajando sólo media jornada, Tom lo vería bien. Pero nuestra Em trabaja semanas de ochenta horas o más. La discriminaría, y con razón, porque, simplemente, no tiene tiempo.

– Pero… ¿y si estuviera casada? ¿Cambiaría algo?

– Claro que cambiaría -dio Lori sin mirar a Em y concentrándose en Jonas-. ¿Hay alguna posibilidad de que nuestra Em se case?

– Supongo que podría haberla. -¿Y cómo?

– Podría casarse conmigo.

Durante unos instantes hubo un silencio absoluto, como si el mundo entero contuviera el aliento en espera de que la bomba que Jonas acababa de soltar explotara y lo destruyera todo.

Em se quedó sin respiración.

– Disculpa, ¿qué has dicho? -dijo Lori, y Em la miró agradecida, porque a ella no le salía la voz.

– He dicho que Em y yo podríamos casarnos -dijo Jonas en tono conciliador-. Es algo que se ha hecho antes. Un matrimonio de conveniencia.

– Sí, pero…

– Mira, es muy simple. Yo nunca he estado interesado en casarme. Y Em no tiene tiempo para un marido en condiciones. Sin embargo, quiere a Robby -sonrió de esa forma que tanto daño le hacía al corazón de Em-. Yo entiendo cuál es el problema y creo que tú también, Lori. He estado viviendo aquí con Em y me he dado cuenta de que se le rompería el corazón si no se queda con Robby. De esta manera, podría hacerlo.

– ¿Cómo podría hacerlo? -Lori parecía fascinada.

Em tuvo que sentarse para no desmayarse, estrechando a Robby entre sus brazos y mirando a Jonas estupefacta.

– Es fácil.

– No es tan fácil -Lori parecía algo contrariada-. Tú eres un cirujano de capital. No creo que quieras ejercer aquí en Bay Beach.

– No. Bueno… no siempre, pero…

– Pero ¿qué? -Lori lo miraba fijamente y luego miró a Em-. Empezaba a pensar que era un hombre sin sensibilidad. No había más que ver expresión de la cara de Em. Parecía que se le desmoronaba el mundo.

«Parece que Em ama a este hombre», pensó Lori. Lo estaba mirando como si fuera la cosa más preciada del mundo, casi tanto como el bebé que tenía en brazos.

Y Jonas hablaba como si todo fuera sólo una transacción de negocios.

– Tom querrá saber quién va a cuidar de Robby -espetó Lori-. ¿Te estás ofreciendo ser su padre?

– No -contestó, pero su voz era vacilante-. Sólo a veces.

– Esto es una locura -interrumpió Em desde su silla-. ¡Una locura! Lori, vete a casa. Este hombre está diciendo tonterías.

– No estoy diciendo tonterías -afirmó Jonas-. Podría funcionar.

– ¿Cómo podría funcionar? -balbuceó Em desesperada, y Jonas sonrió.

– Oye, Em, no es necesario que te sofoques. No estoy ofreciendo un sacrificio humano. Estoy haciendo una oferta de negocio.

– ¿Y cuál es?

– He estado pensando -el tono de Jonas era dubitativo, como si no estuviera seguro de por qué hacía lo que estaba haciendo. No obstante, había estado pensando y tenía sentido-. ¿Sabías que antes de venir aquí me ofrecieron un trabajo como profesor en el extranjero?

– Sí.

Em miró a Lori, pero Lori estaba paralizada. Lo que oía era una propuesta de matrimonio, y debía salir de allí y dejarlos tranquilos, pero no podía.

Jonas seguía hablando.

– Yo quisiera tener un trabajo en la enseñanza, al menos a tiempo parcial -haciendo caso omiso de la presencia de Lori, se dirigía directamente a Em. ¿A su futura esposa?-. Me gusta la enseñanza. Estuve como profesor en Sydney, pero no había un puesto a jornada completa.

El resto del tiempo estuve haciendo cirugía técnica, pero no me gustaba nada.

– Yo no… -intentó interrumpir Em, pero él no la dejó.

– Em, mi área de especialización es la interacción entre el cirujano y el paciente. De hecho, he escrito artículos presentando la teoría de que una mejor comunicación mejora el tiempo de cicatrización. Lo cual es cierto. He estado elaborando una guía para que los cirujanos comenten con sus pacientes antes y después de la operación, temas tales como el miedo a los resultados, el miedo al dolor y hasta, incluso, los problemas familiares. Son temas que muchos cirujanos creen que no tienen tiempo de tratar. Eso es lo que realmente me interesa. La cirugía, aunque me importa, ya no es mi' prioridad principal.

– No veo qué tiene que ver conmigo todo eso -Em apenas podía hablar. ¿Qué era lo que él había dicho? ¿Matrimonio? Estaba meciendo a Robby como una autómata, agarrada a él como si la vida le fuera en ello. Lori, mientras, los observaba a los dos.

– Es muy simple -suspiró Jonas-. Estaba en un atolladero. No quiero trabajar como loco hasta convertirme en el cirujano vascular mejor del mundo o en cualquier otra especialidad. Pero es lo que me está sucediendo en Sydney y necesito mucho tiempo para mantenerme al día en las nuevas tecnologías. Fue por eso que acepté el trabajo como profesor en el extranjero, pero para serte sincero, no estaba muy seguro de que era lo que quería. Pensé que, aunque no quisiera ser un cirujano especializado, echaría de menos la cirugía, la medicina en sí. El trabajo con los pacientes. Así que creo que me gustaría… -miró de reojo a Em antes de proseguir-. Creo que me gustaría volver a la cirugía general y, además, ejercer un poco la medicina general.

– ¿Estás diciendo que quieres ejercer en Bay Beach? -dijo Lori, y Em la miró desesperada. Quería gritar.

– He hablado con Chris Maitland, el médico que trabaja al sur de Bay Beach. ¿Sabías que es anestesista?

– Sí, pero…

– Hizo lo mismo que yo -aclaró Jonas-. Se hartó de la falta de contacto humano en la medicina de la ciudad, así que volvió a la medicina general. Si yo me quedara aquí no tendría que renunciar por completo a la cirugía, y Chris podría ejercer de nuevo como anestesista. Yo podría hacer todas las intervenciones quirúrgicas de la zona, y apenas tendríamos que acudir a Blairglen. Además, podría dedicarme un poco a la medicina general. Me quedaría tiempo para seguir mis investigaciones y una o dos veces por semana acudir a Sydney a dar clase -se quedó pensativo unos instantes-. Y si doy clase a los internos en los hospitales, supongo que podrían darme un puesto docente para este distrito. Con internos en prácticas con nosotros, ¿no sería mucho más fácil la vida para todos?

¿Cuánto más fácil?

Em se quedó en blanco tratando de asimilarlo todo. Jonas allí. Médicos internos en rotación para hacer las prácticas también allí…

¡Qué maravilla! Pero ese no era el tema del que estaban hablando. Estaban hablando de matrimonio.

– Yo no…

– Bueno, me voy -Em casi se había olvidado de la presencia de Lori, pero al despedirse ella le dio un gran abrazo-. Esto se está poniendo demasiado complicado para mí. Todo lo que sé es que no dejarás que me lleve a Robby esta noche -sonrió cariñosamente a su amiga-, y puede que nunca dejes que me lo lleve.

– Lori…

– No te precipites. Escucha lo que Jonas tiene que decir y reflexiona para ver qué puedes sacar de todo ello.

– Yo nunca sacaría…

– Puede que sí -afirmó Lori-. Ahora me voy, pero tú ¡escúchalo bien!

Silencio.

Un silencio que parecía eterno. Em seguía sentada abrazando a Robby y tratando de asimilar lo que Jonas acababa de proponer.

No tenía ningún sentido.

– ¿Quieres quedarte aquí? -dijo Em, por fin-. ¿Se trata de eso?

– Quiero tener un lugar de base. He llegado a la conclusión de que me gusta tu tipo de medicina. Me he encariñado mucho con los hijos de Anna, ella va a seguir necesitando una familia y de este modo…

– Podrías limitarte a trabajar aquí. Desde luego que te necesitamos, pero no es necesario complicarlo todo con esa ridícula idea del matrimonio.

– No -se quedó pensativo-. Yo tampoco lo creía. Pero está la cuestión de Robby. Si me caso contigo, Robby tendrá una familia.

– Tú no quieres ser el padre de Robby. Lo dijiste bien claro.

– Lo dije -reconoció Jonas-. No quiero ser el padre de nadie -pero el tono de su voz se suavizó al mirar a Robby, que estaba casi dormido en brazos de Em y con su manita agarrada a un dedo de ella. ¡Estaba tan lastimado!-. No quiero que acabe en un orfanato -dijo en un tono tenso y henchido de emoción, como si no se creyera lo que estaba sintiendo.

– Tú también te has encariñado con él -dijo Em mirándolo, y él asintió.

– Sí, supongo que sí. Es un niño muy valiente. Y si casándome contigo pudiera proporcionarle un hogar…

– ¡Menudo sacrificio!

Jonas la miró con una sonrisa burlona.

– ¡Eh! Tú no estás tan mal.

«Pero tampoco estoy tan bien», pensó Em.

– ¿Viviríamos juntos? -preguntó intrigada.

Él se mesó los cabellos.

– Supongo que tendríamos que vivir juntos si queremos adoptar a Robby formalmente, pero no creo que eso sea un problema. Yo estaría algunos días en Sydney y esta casa es suficientemente grande para todos nosotros. Además, si tenemos a un interno viviendo aquí, la situación no sería tan personal.

«¡No sería tan personal!»

– Pero esto sería un trato a largo plazo. Tendrías que decirle a Tom que estás dispuesto a ser el padre de Robby. Si nosotros…, nosotros y no yo, lo adoptáramos, tendrías que implicarte.

– No veo por qué. No si te tiene a ti.

Em respiró hondo luchando con los sentimientos que se le agolpaban.

– Jonas, quiero tanto a Robby que me hace daño -le dijo-. Pero Robby necesita una familia -cerró los ojos tratando de mantener la calma. Lo que Jonas le ofrecía era muy tentador. Pero ella sabía que no podía aceptarlo. Tenía un pequeño problema y tenía que confesarlo. Tenía que ser sincera aunque le doliera el orgullo-. Jonas, creo que deberías saber que me he enamorado de ti elijo sin tapujos y sin dejar de mirarlo-. Creo que debes tener ese factor en cuenta para tu ecuación. Verás… No creo que pueda vivir en la misma casa que tú como tu esposa y mantener una relación impersonal.

Él se quedó perplejo. La miraba como si hubiera dicho algo obsceno.

– ,Tú qué?

No era el momento del disimulo. Era la hora de la verdad.

– Estoy verdaderamente enamorada de ti, Jonas Lunn -le dijo mirándolo a la cara con dignidad y valentía-. Así que si me estás proponiendo matrimonio de verdad y para siempre, te daré las gracias y te diré que me encantaría aceptar, porque no hay nada que desee más que ser tu esposa. Pero sería tu esposa, Jonas. En todo el sentido de la palabra.

– ¡Em! -Jonas estaba totalmente anonadado.

– Qué cosa tan estúpida, ¿verdad? -dijo Em en tono cordial-. Poco profesional… incluso autodestructiva. Para mí y para Robby. Porque si no te amara, quizá podría aceptar lo que me estás ofreciendo.

– Lo que te ofrezco tiene sentido -increpó él-. Pero lo que tú estás diciendo…

– No tiene ningún sentido -concedió ella.

– Así que olvídate de que lo has dicho. No lo decías en serio.

Em cerró los ojos. ¿Cómo podía Jonas estar tan ciego?

– Claro que lo decía en serio. Más en serio que nada que haya dicho en toda mi vida. Yo no quería enamorarme, no era mi intención. Pero ocurrió. Por eso tu propuesta no funcionaría. Me darías sólo la mitad del pastel, pero no la mitad que yo más quiero. Tendría un niño y un marido, pero un marido que me trataría como a un colega de profesión.

– ¿Qué más quieres? ¿Para qué necesitas más? -su tono era como de estar enfadado y, de repente ella también lo estaba. Jonas era tan malditamente insensible…

– Lo quiero todo -dijo Em con claridad-. Cuando vine aquí sabía que mis posibilidades de tener un marido y unos hijos eran casi nulas, y lo acepté. Pero ahora me estás ofreciendo la mitad de lo que más ansío, y sé que prefiero no tener nada a estar viendo constantemente la otra mitad. La mitad que no está a mi alcance.

Silencio.

Em pensó que él estaba desconcertado. Que no entendía nada.

– Pero tú quieres a Robby.

– Sí -estaba a punto de llorar-. Pero tú no nos quieres -se mordió el labio-. Has dicho que no querías que Robby fuera a un orfanato. Así que te sacrificas por él, casándote conmigo. Pero yo no estoy preparada para asumir mi parte del sacrificio. El matrimonio no, Jonas. No si no hay amor.

– Nosotros… no amamos -dijo lentamente. Su enfado amainaba al ver la desesperación de Em-. Mi hermana y yo no podemos amar, Em Lo siento, pero nos han quitado la capacidad de amar desde una edad muy temprana.

– ¿Y no podéis recuperarla?

– Yo no quiero -dijo con sinceridad-. Hace demasiado daño.

– Hace falta valor.

– No. Hace falta valor para ser independiente. Si tú supieras lo mucho que yo deseaba… -se arrepintió de lo que iba a decir-. Lo siento, Em, esa es mi oferta.

– ¿Y es todo o nada? ¿O me caso contigo según tus condiciones, o te marcharás hacia el ocaso sin mirar atrás? -Jonas miró a Robby.

– No lo sé. Tendré que pensarlo. ¿Es cierto que no te casarás conmigo?

– Es cierto.

– Sigo necesitando un lugar de base.

– Pero no conmigo.

Jonas se quedó pensando.

– Bueno, bueno. Lo aceptaré. Creo que es una estupidez, pero quizá si me quedara podríamos hacer que las cosas funcionaran. Si le dijera a Anna que me quedo para que puedas adoptar a Robby, ella lo aceptaría. No pensaría que lo estoy haciendo sólo por ella.

– ¿Lo estás haciendo sólo por ella? -preguntó Em, y observó con curiosidad la cara de Jonas. «Ni él mismo lo sabe», pensó.

Estaba intentando parecer independiente, pero no lo era en absoluto. Creía que su ofrecimiento era por Anna, pero una parte de él quería a Robby y otra, el sentido de comunidad que había hallado en Bay Beach.

Si al menos alguna parte de él la quisiera a ella…

Pero Jonas no iba a reconocerlo. Pensaba que podría convencerla a través de Robby.

– Posiblemente te dejarían adoptar a Robby si yo estuviera aquí para ayudarte. Si pudiera organizar las necesidades médicas de Bay Beach para que tú tuvieras tiempo libre, quizá podríamos convencer a Tom de que te lo quedes -«podría ser. Algo era algo», pensó Em y su corazón sintió alivio. Pero miró a Jonas y volvió a sentirse compungida. Jonas estaba tan cerca… Y ella tenía que hacer que se alejara-. Todo sería mucho más fácil si te casaras conmigo -dijo él.

Le estaba dando una segunda oportunidad.

Pero ella no podía aceptarla. Por Robby. Y por ella misma. Un matrimonio sin amor era una locura.

– No, Jonas. Todo sería mucho más difícil -dijo con tristeza- Para los tres.

CAPÍTULO 9

¡ESTÁS loca!

¿ Qué has dicho?

– ¿Has rechazado a Jonas Lunn? Emily Mainwaring, estás loca por él. Tengo ojos en la cara. Estás más que enamorada de él y ¡has rechazado su propuesta de matrimonio! -la voz de Lori parecía un chillido. Se dejó caer en la silla al lado de Em y miró estupefacta a su amiga-. Todos nuestros problemas quedarían resueltos -dijo-. Tendríamos un médico más. Tendríamos padres para Robby. Sería el fin de tu soledad. Además, tendrías una vida sexual. ¡Y tú vas y lo rechazas!

– Jonas no mencionó una vida sexual -dijo Em eludiendo la mirada de su amiga. Lori se sorprendió.

– ¿Quieres decir…?

– Cuando te fuiste nos quedamos en las mismas posiciones. Él en un extremo de la habitación y yo en el otro, discutiendo los aspectos técnicos del posible matrimonio. Él opinaba que era una propuesta muy razonable. De hecho… -respiró hondo-. De hecho, creo que hasta se encariñaría con Robby. Pero manteniendo las distancias.

– Jonas no es tan duro -aventuró Lori.

– Sí lo es. Ha aprendido de la forma más difícil a ser impersonal. Duro como tú dices. Y no está dispuesto a olvidar lo aprendido sólo porque yo…

– ¿Sólo porque tú lo ames?

– Sí. Esa es la cuestión, Lori. Yo lo amo.

– Y te volverías loca estando casada con él si no te corresponde.

– Tú sí lo entiendes -dijo Em agradecida-. Si Ray no te amara…

– Me volvería loca -afirmó Lori-. No me di cuenta hasta que estuve a punto de perderlo. Ese es uno de los motivos por los que estoy aquí. Vamos a casamos dentro de un mes y quiero que seas mi dama de honor. ¿Lo serás?

– Claro que sí.

– Pero ¿no sería posible que primero te casaras tú? -Lori, no puedo.

Lori la miró y se percató de que su amiga estaba diciendo la pura verdad.

Y de que se le estaba rompiendo el corazón.

– No quiero que lo adopte una mujer soltera -dijo la tía de Robby. Estaba furiosa, sentada frente a Tom y Em en la consulta de ésta -. ¿Qué va a pensar la gente? ¿Que he dejado que una mujer soltera adopte a mi sobrino cuando debía haberlo cuidado yo misma?

Desde donde estaba, Em podía ver que Tom se agarraba las rodillas debajo de la mesa para controlarse. Como director del pabellón infantil estaba acostumbrado a todo tipo de dramas familiares, pero aún conservaba la capacidad de que le afectaran emocionalmente. ¿Y quién no iba a conmoverse por la situación de Robby?

– Laura, estás diciendo que no quieres tenerlo tú, pero exiges que se quede en Bay Beach y que lo adopte una pareja casada.

– Así es.

– Pero Robby está lleno de cicatrices -dijo Tom en tono conciliador-. Tiene heridas que aún no han sanado y tiene por delante años y años de injertos de piel. Necesita atención médica constante. Em quiere darle precisamente eso, además del amor de una madre. No creo que encuentres a nadie más que lo quiera adoptar. No en ese estado.

– Entonces que se quede en el hogar infantil -dijo Laura con obstinación-. No vas a chantajearme para que acepte otra cosa. Yo sé lo que mi hermana desearía, si estuviera viva para decírmelo.

– Estoy seguro de que habría deseado que Robby estuviera con alguien que lo quisiera.

– Pero no querría que la gente de este pueblo dijera que he endosado a mi sobrino a una madre soltera. La doctora Mainwaring puede cuidar de él a corto plazo, si así lo desea -añadió tímidamente-. Sólo hasta que esté mejor. Así la gente lo entenderá como algo razonable. No me importa quién lo cuide a corto plazo siempre y cuando lo traten bien. Pero nada de adoptarlo. A menos que esté casada, ¡de ninguna manera!

– Es probable que ese corto plazo sea muy largo -advirtió Tom-. Y eso no sería un arreglo satisfactorio. Robby necesita constancia.

– Entonces encuéntrale una familia. Aquí. Una familia que lo acepte con sus heridas.

No había más que hablar.

Aquella noche Em meció a Robby hasta que se durmió y reflexionó sobre lo que debía hacer. No podía adoptarlo…

Podría cuidar a Robby temporalmente, pero se lo podrían quitar en cualquier momento. De momento no importaba, porque ella era todo lo que él tenía. -

Bernard estaba tumbado a sus pies. Sorprendentemente, el perrazo levantó la cabeza y meneó la cola, mirándola con ojos de reproche que revelaban que echaba de menos el ruido y el ajetreo de los hijos de Anna, y que no entendía adónde se habían ido.

Em podía oír que en el cuarto contiguo Jonas se estaba preparando para acostarse.

– Tenemos todas las piezas de un rompecabezas -le dijo Em a su peno-. Ahora, sólo necesitamos a alguien que lo encaje. Pero no creo que lo podamos conseguir. Parece que no hay muchos por estos alrededores.

En la habitación de al lado, Jonas pensaba qué más podía necesitar Em, si lo tenía todo resuelto.

«Es un poco cabezota», se dijo, pensando que su idea podría funcionar-para todos ellos. Si ella fuera capaz de olvidarse de esa estupidez de las ataduras sentimentales…

El no podía dar lo que nunca había aprendido a dar. No podía dar eso que lo asustaba tanto.

Pero lo que estaba pasando era ridículo. Guardar las distancias y que no les permitieran adoptar a Robby, y todo porque Em decía que estaba enamorada de él.

¡Era una estupidez! Una y otra vez se dijo que no podía ceder. Quería esa familia, quería que estuviera unida y el matrimonio podría lograrlo, pero Em quería más.

Ella pensaba que el amor era necesario para unirlos. El amor… Él estaba dispuesto a amar, pero… No podía permitirse necesitar a alguien.

– Eres un cobarde, Lunn -se dijo en la oscuridad, sabiendo que tenía razón.

Pero no podía hacer nada. Nada en absoluto.

La organización médica de Bay Beach se transformó de la noche a la mañana. Una vez tomaba una decisión, Jonas se ponía manos a la obra con mucho empeño.

De acuerdo. Em no estaba dispuesta a casarse con él, pero no cabía duda de que necesitaba que se quedara, lo mismo que Anna, y no iba a defraudarlas.

Así que elaboró los horarios y encargó el material quirúrgico. Contrató a Lou a tiempo completo para que pudiera atender a dos médicos en vez de uno y a Amy como niñera fija.

Jonas se había introducido en la escena médica de Bay Beach como si fuera quien estaba al mando, y eso hacía que Em se sintiera verdaderamente extraña.

«Debería sentirme molesta porque él está organizándolo todo», se dijo. «Parece como si yo en realidad sobrara».

No tenía ni idea de cómo debería sentirse. Jonas era un cirujano estupendo, quería trabajar allí y Em no era quién para impedírselo, sería una locura. Y casarse con él sería aún más locura. Estaba perdiendo el control de su mundo, así que si Jonas parecía haber tomado el mando, mejor, porque nadie más lo estaba haciendo.

Anna siguió mejorando. Em la visitaba cada dos días para ver cómo iba y para examinarle el costado. Físicamente había superado la operación, pero Em no estaba segura de que lo hubiera hecho psicológicamente.

– Empezarás la radioterapia la semana próxima -le recordó a Anna-. A menos que cambies de opinión y decidas también que quieres la quimioterapia.

– No la quiero.

– Aunque no es totalmente necesaria, no deberías descartarla. Las posibilidades de que se reproduzca son muy pequeñas, pero te daría aún más seguridad. No sé por qué me da que no quieres considerarla sólo porque te haría depender más de otra gente durante un tiempo.

Anna se sonrojó. Em había dado en el clavo.

– Detesto no poder colgar mi ropa. Detesto no poder alzar a Ruby en brazos…

– Eso pasará. En cuanto tu brazo cicatrice, volverás a ser igual de fuerte que antes. Los edemas linfáticos son cada vez menos frecuentes con las nuevas técnicas quirúrgicas, y Patrick es un cirujano excelente. Me sorprendería mucho que tuvieras problemas a largo plazo.

– Pero los tengo a corto plazo -le confió Anna-. Odio depender de alguien y la quimioterapia empeoraría la situación. Odio que todos se preocupen y que Jonas esté aquí todavía. Odio que Jim me visite cada noche…

– Anna, es porque te quieren.

– Yo no sé lo que es el amor, y no quiero saberlo. Jonas tampoco lo sabe -añadió con amargura-. Sólo está aquí porque soy su hermana pequeña. Cree que me tiene que cuidar porque es su deber. Además, se está quedando porque tiene algo contigo que no acabo de entender. Pero apuesto a que no es amor como la gente normal lo entiende. ¿Lo es? -Em contuvo el aliento, sin saber qué contestar, pero no hizo falta porque Anna no había terminado de hablar-. Sea lo que sea, es una tontería que se quede, pero no se va. Y Jim… ¿Sabías que me ha pedido que me case con él? ¿Casarme yo? Una mujer con tres niños y medio pecho. Si se cree que necesito su caridad…

– No creo que lo haga porque le des lástima.

– ¿Así que crees que debería casarme con él?

– Eso es asunto tuyo -Em tomó aliento-. Pero tendría que ser porque lo amas.

– ¿Como tú amas a mi hermano?

– ¿Qué quieres decir?

– Jonas me dijo que quiere casarse contigo. Dice que si aún está aquí es por ti.

– Creo que acabarás dándote cuenta de que es por ti.

– ¿Por mí? No me hagas reír. Nadie me quiere tanto como para hacer eso, ni nadie me querrá.

– Te querrían si los dejaras.

– No. Jonas y yo sabemos lo que el amor puede hacer. Destruyó a nuestros padres y casi nos destruye a nosotros. No puedo creer que Jonas quiera casarse contigo, pero si es así, tienes mucho sentido común al rechazarlo, porque él está tan dañado emocionalmente como yo.

Em estaba sumida en la incertidumbre y la amargura, pero por lo menos la presencia de Jonas significaba que podía seguir cuidando a su precioso bebé. Jonas pasaba la consulta matutina, lo que le permitía a Em pasar la mañana con su querido Robby, y eso era una maravilla.

Daban largos paseos y hasta Bernard empezó a disfrutar caminando junto al cochecito de Robby. Mientras tanto, Em pensaba y pensaba. Pensaba que era estúpida por anhelar algo que no existía. El amor de Jonas.

Em estaba cada vez más desmejorada, pero Robby resplandecía y sus heridas cicatrizaban antes de lo previsto. Ella lo quería cada vez más y, por mucho que se reprendiera y se torturara, también amaba a Jonas cada vez más.

«Él siempre está aquí», pensó desesperada. Ya fuera llamando a su puerta para consultar algo sobre un paciente, o pidiéndole que lo ayudara en una operación. Estaba hasta en el hospital cuando ella hacía la ronda.

O estaba en el salón leyendo el periódico, o haciendo el papeleo de los pacientes, o cocinando. Y si no estaba presente en persona, lo estaba en sus pensamientos.

Em decidió que Jonas no podía seguir viviendo en su casa, aunque le gustaba que estuviera allí y que llevara a sus sobrinos para alegrar a Bernard. Le hacía daño.

– A finales de mes se queda libre la casa de un pescador. ¿Quieres que pregunte por cuánto la alquilan? -comentó Em.

– ,¿Quieres que me vaya?

Tenía que decirlo y lo dijo.

– Sí. No quiero seguir compartiendo la casa. -¿Por qué no?

– Tú sabes por qué. ¿Tengo que deletrearlo, Jonas? Estás convirtiéndonos en una familia, sin aceptar ningún compromiso, y yo lo quiero todo.

Él hizo una pausa y siguió removiendo lo que había en la sartén.

– Este arreglo me va bien. Me gusta vivir contigo. -Pues a mí no me gusta vivir contigo -replicó Em-.

Me está volviendo loca.

– Pero hago unos guisos estupendos.

Era cierto. Un hombre que sabía cocinar… Em se endureció.

– No -dijo-. Tienes que marcharte. ¿Vas a preguntar tú sobre el alquiler o lo hago yo? -Bernard no quiere que me vaya. -Pero yo sí.

Jonas se volvió y la miró fijamente. -¿Lo dices en serio, Em? ¿De verdad? -¡Sí!

Él suspiró.

– De acuerdo, me iré. Si eso es lo que deseas de verdad.

Pero, ¿y si no aprendía? Todo era muy difícil. Dio vueltas y vueltas en la cama y se abrazó a la almohada, agobiada por sus pensamientos…

Quizás Jonas tenía razón. Amar era una tremenda equivocación.

¡Em quería que se fuera!

Jonas más o menos se lo esperaba. Era la decisión más lógica después de rechazar su oferta de matrimonio.

Em tenía mucha suerte porque él se iba a quedar en la ciudad. No. Eso lo decía porque estaba enfadado. Enfadado porque hubiera rechazado el plan más lógico para los tres. Pero, sobre todo, porque ella había dejado que su corazón prevaleciera sobre la razón.

Lo que no tenía lógica para ninguno de los dos era querer a Robby. Pero si Em no lo hubiera querido tanto, ¿le habría propuesto matrimonio?

Estaba hecho un lío.

Em…

Oyó ruido bajo la cama y estiró la mano. Era Bernard. ¿Cuándo había abandonado la comodidad de la cama de Em?

– Eres tonto por venirte -le dijo al perro-. Con lo a gusto que yo estaría allí.

Reflexionó sobre lo que había dicho. ¿ era cierto?

Sí. ¿Por qué no? Em era la mujer más preciosa que conocía. Tendría que estar loco para no querer acostarse con ella.

¿0… casarse? Eso también. Pero no amarla.

– No puedo -le dijo a Bernard-. Ni siquiera sabría cómo empezar a amar a alguien. Ella dependería de mí y eso me aterra. Soy independiente. Toda mi vida he luchado para ser independiente y así pienso quedarme

Pero no era lo que ella deseaba. Estaba tumbada en la cama y se preguntaba si era idiota. Rechazar casarse con él, rechazar compartir la casa…

¡Rechazar la oportunidad de quedarse junto a él para siempre!

– Quizá podría funcionar -susurró en la oscuridad, y estiró la mano para acariciar a Robby-. Quizá podría aprender a amarnos.

– Bernard le lamió la mano-. ¿Me estás diciendo que no soy tan independiente? ¿Que no puedo marcharme y dejarlos a todos? Y no es sólo por Em. También es por Anna y sus hijos. Y por Robby. Y hasta por ti, chucho malnacido -como si lo entendiera, Bernard le dio otro lametazo-. ¡Diablos! -cada vez estaba más metido en el lío-. La dama tiene razón. Tengo que salir de aquí. Necesito vivir solo.

Pero, ¿por qué le parecía una idea tan deprimente?

Faltaba un día para la radioterapia de Anna.

– ¿Quieres que vaya contigo el primer día? -preguntó Jonas por enésima vez-. Anna, no es algo a lo que debas enfrentarte tú sola.

– ¿Por qué? ¿Duele?

– No, no duele. Es como una radiografía. -Entonces…

– Habrá gente que estará más enferma que tú. Casos serios de cáncer.

Anna sonrió, pero negó con la cabeza.

– Puedo arreglármelas sola.

– Algunas personas lo encuentran muy amenazante.

– Y puede que yo también -reconoció ella-. Pero nunca he dependido de nadie y no pienso empezar ahora. Jim ya me ha pedido que lo deje acompañarme y le he dicho que no. Así que déjame tranquila.

Jonas no tenía más remedio que aceptar la decisión de Anna. Al fin y al cabo era lo mismo que él habría hecho en su situación.

Trabajó durante toda la tarde haciendo las visitas domiciliarias y, mientras se concentraba en la medicina, llegó a la conclusión de que él nunca podría depender de nadie. Anna y él lo habían aprendido a base de golpes.

Pero Em y Robby lo necesitaban. Necesitaban que él se quedara en la ciudad. No. Era Em quien lo necesitaba. Él no tenía que depender de nadie. Nunca.

Eran las dos de la tarde. Em estaba atendiendo a sus pacientes en la consulta y Jonas hacía las visitas. Así lo había organizado él para que ella no se agobiara. Cuando terminara la consulta a las seis, él se quedaría de guardia y ella podría volver a ser la madre de Robby.

Podría haber sido un arreglo estupendo si no fuera por el vacío que Jonas le había creado.

Le había pedido que se casara con él, pero no la amaba.

Em estaba examinando a la señora Harris, cuando sonó el teléfono. Debía de tratarse de una urgencia, porque Lou nunca la interrumpía durante la consulta a menos que fuera imprescindible.

– Em, se trata de Sam, el hijo de Anna -Em se sintió desfallecer al oír el tono de Lou.

– ¿Qué pasa?

– Anna acaba de llamar y está histérica. Sam se ha metido en el terreno de detrás de su casa, donde estaba la mina de oro. Al parecer, hay un viejo pozo que no rellenaron bien. Anna dice que se ha hundido y el niño se ha caído dentro. Dice que Matt y ella pueden oírlo como a varios metros de profundidad, pero no lo pueden sacar ni se pueden acercar. Voy a llamar a los servicios de emergencia, pero ¿podrías ir tú también?

Era salió como una exhalación, dejando a la señora Harris boquiabierta.

– Busca a Jonas -le pidió a Lou al pasar- y explícaselo a la señora Harris.

CAPÍTULO 10

EL POZO estaba a medio kilómetro de la casa de Anna, entre las colinas del parque nacional. Cien años atrás habían encontrado oro y habían horadado varias galerías que, con el tiempo, se habían hundido. La mayoría estaban cegadas, pero esa…

La habían cegado con- maderos sin tratar que se habían cubierto de maleza. Los leños se habían podrido y cuando Sam pasó por encima, se hundieron.

– Nunca lo habría encontrado si Matt, que iba con él, no me hubiera venido a avisar -dijo Anna rompiendo a llorar sobre el hombro de Em.

Aparte del miedo, Anna estaba exhausta. Había ido corriendo hasta el pozo y regresado a casa para telefonear a Em y a Jim. En ese momento estaba junto a Em en la cabina de la autobomba de Jim y éste conducía el camión a toda prisa.

El rostro de Jim mostraba gran preocupación. Como Em, había acudido enseguida en auxilio de Anna.

– ¿Estás segura de que está allí abajo? -preguntó él.

– Claro que sí, y está consciente. Estuve hablando con él, pero suena muy hondo -aclaró reprimiendo un sollozo-. Y tuve que dejar a Matt allí. Ya sé que es muy pequeño para quedarse solo, pero tardamos siglos en volver a encontrar el agujero y tenía miedo de que Sam dejara de llamar. Si no pudiera llamarnos, no habría manera de encontrar el pozo -dijo, y rompió a llorar.

Em le agarró la mano para darle ánimo.

– Hiciste lo que había que hacer, Anna -le dijo con convicción-. Ahora déjanos a nosotros hacer el resto.

No tenía elección. Había dejado a Ruby con una vecina. Una vez más había tenido que pedir ayuda, pero esa vez no le importaba. Quería la ayuda de Em, de Jim y de cualquiera que pudiera ayudarla. Especialmente de…

– Jonas -susurró-. ¿Dónde está Jonas? Lo necesito.

– Lou lo ha llamado -dijo Em-. Estaba haciendo una visita a un paciente, pero enseguida vendrá.

– En cuanto encontremos el pozo enviaré a un hombre para que lo guíe hasta allí entre las colinas -dijo Jim, concentrándose en que no volcara el camión. Una vez en la parte más agreste del terreno, tendrían que caminar despacio para no caer ellos también en ningún pozo.

– Los niños saben que esta zona es peligrosa -dijo Jim-. Se lo he dicho miles de veces.

Em pensó que hablaba igual que un padre y que estaba tan aterrado como la misma Anna. En realidad, los dos parecían una pareja, aunque Anna no lo viera así.

– Yo también se lo había dicho -dijo Anna-, pero estaban enfadados conmigo.

– ¿Por qué?

– Oyeron que Jim me preguntaba si podía llevarlos la semana próxima a la feria del motor en Blairglen -Anna tomó aliento-. Y me oyeron cuando le contesté que no.

– Así que se lanzaron a las colinas.

– Sam tiene mucho genio.

– Y es terco como una mula -añadió Jim-. Igual que su madre -miró a Em y añadió-: Y su tío. No encontramos otra familia peor de quien enamorarnos Em y yo.

Habían llegado al borde del terreno llano y no podían proseguir en el camión, así que Em, Jim y los seis bomberos que iban detrás, siguieron a Anna entre la maleza.

«Anna no debería estar haciendo esto», pensó Em. «Si se cayera sobre el lado operado, podría hacerse mucho daño».

– Anna, dale la mano a Jim. Con el brazo bueno. Y tú, Jim, agárrala fuerte y no dejes que se caiga.

– Puedo ir sola.

– Por lo que más quieras, ya tenemos un accidentado y no quiero tener a dos -la increpó Em-. Deja de ser tan absurdamente independiente y haz lo que te digo.

Anna la miró intimidada y Jim aprovechó para agarrarle la mano, le gustara o no.

Por fin llegaron donde estaba Matt. El pequeño estaba sentado sobre un tronco caído, llorando. Em estuvo a punto de correr a consolarlo. Pero Anna llegó antes que ella y lo abrazó.

. -No llores, cariño. Traemos ayuda -Anna conseguía parecer coherente-. Mira, está aquí la doctora Mainwaring y Jim… y todos estos hombres. Sacarán a Sam.

Pero para Matt no eran suficientes.

– Sam dice que necesitamos al tío Jonas. ¿Dónde está?

– Aquí estoy -la voz salió de detrás de unos matojos. Seguramente Jonas los estaba siguiendo guiado por el ruido que hacían al caminar hacia la mina. Em no sabía cómo podía haber llegado tan deprisa desde la casa del paciente. Cuando llegó abrazó con fuerza a Anna y a Matt.

Todos estaban mirando el pequeño agujero que marcaba la entrada del pozo.

A Em se le encogió el corazón al ver el desafío al que se enfrentaban. Los maderos que recubrían el hueco estaban cubiertos de hojas y ramas podridas que lo ocultaban. Era fácil entender que ninguno de los niños se hubiera dado cuenta de que había un pozo. Uno de los maderos podridos había cedido bajo el peso del niño y, al intentar agarrarse, Sam había movido varias ramas y el agujero es taba, de nuevo, parcialmente tapado. Si Matt no hubiera estado allí para verlo y luego guiarlos… Sin su ayuda nunca habrían logrado encontrarlo.

– ¿Sam? -Jonas soltó a Anna y se acercó a una distancia prudente del hueco.

– Tío Jonas… -era un sollozo que surgía de muy abajo. Em cerró los ojos. Por el tono de voz, parecía que Sam estaba herido. Y, desde luego, estaba a mucha profundidad.

«Diez metros», calculó Em. La voz temblorosa de Sam era como un susurro, y ella pensó que lo estaban perdiendo. «No te pongas histérica», se dijo. «Lo último que se necesita es una doctora histérica».

– Estamos aquí todos, Sam -gritó Jonas por la boca del pozo-. Tu madre, la doctora Mainwaring, Jim y los bomberos. Y también Matt. Él fue quien nos guió hasta ti como un héroe de verdad. Bueno, Sam -forzó su tono de voz para que pareciera normal-. Vamos a pasar a la acción. ¿Puedes decirme sobre qué estás de pie?

– No estoy… no estoy de pie sobre nada -balbuceó Sam. Era una mala noticia y Em se abrumó pensando lo peor.

– ¿Entonces, cómo estás? -preguntó Jonas. Mientras tanto, los bomberos estaban descargando tablones y los llevaban hacia el pozo. Jim no perdía el tiempo.

– Tengo los hombros atascados -gimió Sam. Cada palabra le costaba un gran esfuerzo-. Me caí y los hombros se me encajaron en los lados. Tengo los pies colgando en el aire. Me duele mucho un brazo, tío Jonas, pero tengo miedo a moverme por si me caigo más abajo.

– Buen chico. Has hecho muy bien en no moverte. ¿Tienes los brazos por encima de la cabeza o por debajo? -lo preguntó como si no tuviera importancia, pero todos se dieron cuenta de que sí la tenía. Si tuviera las manos libres, alguien podría deslizarse dentro del pozo, agarrarlo e izarlo.

– Por debajo -le costaba hablar-. Una mano la tengo sobre la barriga y la otra encajada entre el hombro y el borde. Pero no puedo moverme porque no hay nada debajo de mí. Estoy atascado. Tío Jonas, tengo miedo.

– Si no te mueves, no hay razón para que tengas miedo -mintió Jonas, y se apartó para que los bomberos pudieran colocar los tablones a los lados del hueco-. Quédate completamente quieto mientras estudiamos la mejor manera de sacarte.

Ninguna manera era la mejor.

Cuando los bomberos colocaron los tablones, Jim se arrastró despacio hasta el hueco y enfocó su linterna.

– Desde que se excavó el pozo ha habido movimientos de tierra -dijo Jim en voz baja mientras regresaba a tierra firme. Las paredes del pozo entran y salen. Empieza siendo de un metro y medio de ancho, lo suficiente para que un hombre pueda entrar con facilidad, pero luego, como a unos siete metros, se estrecha mucho. Después se ensancha otra vez. Sam está aún más abajo.

– ¿Por qué? -Jonas estaba perplejo-. Eso no tiene mucho sentido.

– Hubo un temblor de tierra hace unos diez años. Muchas de las galerías de la mina se desmoronaron, pero parece ser que ésta sólo se distorsionó. Tendremos que usar espejos para cerciorarnos, pero parece que el pozo se estrecha otra vez donde Sam se ha quedado encajado. Está tan abajo que lo único que puedo ver es su cabeza. Y eso, porque sé que él está ahí. Está muy encajado por los hombros. Ni siquiera puede mover la cabeza lo suficiente para mirar hacia arriba y ver mi linterna.

Todos se quedaron en completo silencio hasta que Anna rompió a llorar. Jonas se acercó a ella y la rodeó con un brazo dándole fuerzas para enfrentarse a lo que pudiera pasar.

– Lo sacaremos, Anna -dijo con aparente convicción-. Jim, ¿puedes bajarme hasta allí?

– De ninguna manera, amigo -contestó Jim-. Como ya os dije, a unos siete metros se estrecha mucho… Es demasiado estrecho para que tú te deslices, y si se desprende alguna piedra, podría aplastar a Sam.

– ¿Qué podemos hacer? -preguntó Em-. Jim…, Jonas…

No había una respuesta fácil.

– Necesito espejos y reflectores -dijo Jim con decisión-. Tenemos varas con espejos y podemos examinarlo todo sin bajar. Los espejos están diseñados para mirar detrás de los rincones que no podemos ver. Nadie va a bajar a ese agujero hasta que no sepamos lo que hay. De todos modos, no podremos saber la profundidad que queda bajo los pies de Sam. ¿Alguno de vosotros sabe qué profundidad tenían estos pozos?

– Mi abuelo solía trabajar en estos montes -intervino uno de los bomberos-. Decía que los cavaban para llegar hasta el lecho de un antiguo río donde estaba el filón de oro. Me contó…

– ¿Sí?

La voz del hombre se quebró. Alzó la cara para mirar a Jim, y evitó mirar a Anna.

– Me contó que los pozos pueden llegar a tener sesenta metros. Eso quiere decir que si el niño se resbala de donde está, aún podría caerse otros cuarenta y cinco metros. O más.

Los varios espejos de Jim no les dieron mucho consuelo. Era lo que él había supuesto. La mina era muy profunda.

– Sólo podemos hacer una cosa -dijo Jim, mordiéndose los labios.

– ¿Qué cosa? -el tono de Jonas mostraba temor-. ¡Diablos! ¡Tenemos quehacer algo!

– Ha habido otros casos como este -dijo Jim fingiendo seguridad-. Tardaremos un poco, pero es la única posibilidad. Voy a organizar el equipo.

– ¿Para hacer qué?

– Vamos a excavar un pozo paralelo. A unos tres metros de distancia para evitar que se desprenda alguna piedra del pozo de Sam. Cavaremos hasta unos metros por debajo del pozo de Sam, lo conectaremos por un túnel y pondremos un falso suelo para llegar a él por debajo.

Todos escuchaban aterrados. Jonas respiró hondo.

– Pero eso requiere mineros expertos. Y días.

– Días no. No con toda la ayuda que puedo reunir. Pero puede que tardemos hasta mañana. Sólo hay que esperar que Sam pueda resistir.

– No podrá -Anna se había dejado caer sobre un tronco y temblaba de miedo-. Ya está sufriendo mucho dolor. Si se mueve un poco…

– Es un niño con sentido común -Dijo Jonas, que aún la sostenía. Estaba tan pálido como ella.

– Sólo tiene ocho años y está herido.

Todos sabían que ella tenía razón. Sam tenía pocas posibilidades de quedarse quieto tanto tiempo.

Em respiró hondo y se armó de valor. ¿Qué anchura había dicho Jim que tenía el pozo?

– Déjame ver -dijo arrebatándole la linterna a Jim, y antes de que él pudiera protestar, ya estaba reptando con cuidado hasta el agujero para verlo por sí misma. Era como lo había descrito Jim. A siete metros de profundidad el pozo se estrechaba y no era lo suficientemente ancho como para que un hombre pudiera pasar, pero sí lo bastante para que Sam se hubiera deslizado más abajo hasta el siguiente estrechamiento.

– Jim, ¿qué anchura tiene el estrechamiento a los siete metros? ¿Podemos saberlo con exactitud?

– Supongo que sí. En el camión tengo instrumentos que lo pueden medir.

– Entonces, averígualo, por favor. Si es más ancho que mis hombros, voy a bajar.

Hizo falta más de media hora para persuadir a Jim de que ella podía bajar. Todos estaban horrorizados ante la idea de que alguien bajara al pozo, y mucho más de que fuera una mujer.

Pero no había otra opción, y todos lo sabían.

– Tardarías muchas horas en instalar la maquinaria y empezar a excavar. Sam está cada vez más callado. Está conmocionado y necesita suero para subirle la tensión, analgésicos y, sobre todo, necesita a alguien junto a él. Dijiste que hay un pequeño saliente al lado de su cabeza…

– Pero no sabemos si es estable.

– No me apoyaré sobre el saliente, sólo lo utilizaré para ponerme en posición. Si me das un arnés y me descuelgo, todo mi peso recaerá sobre el arnés. Me pondré un casco y le bajaré otro a Sam -miró a todos implorante-. Por favor… es la única posibilidad que tiene de sobrevivir.

No les gustaba la idea. No les gustaba nada. Midieron con exactitud el estrechamiento y luego los hombros de Em. Sólo había tres centímetros de diferencia.

– Bueno, allá vamos -se animó Em-. A la larga compensa ser flaca. Así que ponme el arnés y bájame.

– Em… -dijo Jonas con una expresión muy tensa-. Las paredes del pozo ya se movieron con el temblor. No sabemos lo inestables qué son. ¡Diablos! Tú no puedes…

– ¿,Tiene alguna otra idea, doctor Lunn?

– ¿Eres consciente de que todo puede venirse abajo?

– Sí. Y eso es precisamente lo que Anna quiere oír -lo increpó-. Y yo también, así que olvídalo. No va a suceder. Si me descolgáis con mucha suavidad, apenas me moveré. Mantendré las manos alejadas de las paredes y no me apoyaré en nada. No estoy arriesgando más de lo que ya hay.

– Estás arriesgando dos vidas en vez de una.

– Entonces, excavad deprisa -repuso Em-, y rescatadnos a los dos.

– Oh, Em -Anna tenía a Matt en brazos y lo dejó en el suelo para abrazarla-. Si hicieras eso por nosotros… -Em la abrazó también, se apartó y miró a Jim. Tenía que moverse rápido antes de perder el valor.

¡Porque ella no era tan valiente!

– Necesitaré equipo -le dijo a los hombres-. ¿Podéis poner otra cuerda para bajar y subir lo que necesite? El equipo médico. Agua y alimentos.

– Claro que sí -afirmó Jonas, y ella tuvo la impresión de que estaba al borde de las lágrimas-. Em, ¿te das cuenta de que podríamos tardar hasta mañana antes de poder sacar a Sam? Tendrás que quedarte ahí metida hasta entonces, No podemos arriesgarnos a subirte y bajarte otra vez.

– Una vez esté abajo, me quedaré lo que haga falta. Así que empecemos de una vez. -Em…

– ¿Qué?

Jonas se quedó mirándola fijamente sin decir nada, mientras barajaba todas las desgracias que podían ocurrirle. Pero no había otra opción. Sin Em, lo más seguro era que perdieran a Sam.

Pero podían perderlos a los dos.

No lo soportaba, y la expresión de su rostro lo dejaba bien claro.

– Em -repitió, en un tono profundo de anhelo, de temor y de amor. El amor… -se acercó a ella, la abrazó y la besó. Luego, después de un contacto tan dulce, cuyo significado ambos ignoraban, se apartó de ella como un hombre que teme vivir la peor de las pesadillas-. Ten cuidado -susurró, y Em intuyó que era un ruego para él más que para ella.

Lo que pasó a continuación fue una pesadilla.

Prepararon el descenso de Em con sumo cuidado. Cubrieron de tablones toda la boca del pozo, con una red debajo para retener cualquier cosa que pudiera caer. Ensancharon el agujero de entrada para facilitar el paso de Em y para centrarlo con exactitud sobre el estrechamiento.

– Tienes que deslizarte en línea recta. No puedes balancearte. Podemos disponer el arnés para que te descuelgues en vertical y luego podamos izarlo para que quedes en posición sentada una vez llegues allí. Pero tienes que pasar por el estrechamiento sin tocar las paredes. Si las tocas, puede ser que desplaces…

No era necesario decirle más. Sabía muy bien a lo que se arriesgaba.

Por fin, provista de casco y todo el equipo médico que podía necesitar, la descolgaron suavemente por el pozo.

Miró hacia arriba y lo último que vio fue la cara de Jonas, en la que se reflejaba una gran desesperación.

– Sam…

El pequeño apenas estaba consciente. Mientras se descolgaba, Em le había estado susurrando para que no se asustara al verla y evitar que se moviera. Ya estaba a unos pocos centímetros de él, pero el niño no respondía.

Había una especie de repisa de unos veinticinco centímetros junto a su cabeza. Em enfocó a Sam con la linterna y, al ver cómo estaba sujeto, se le encogió el corazón.

¿Cómo podía ser que no se hubiera escurrido por el agujero? Ya estaba muy hundido y al menor movimiento…

Veía su cabeza con el pelo rizado y rojizo, aún brillante. Pero se había arañado al caer y tenía la cara sucia de sangre y lágrimas, y blanca como la cera.

– Sam… -el niño no podía mirar hacia arriba, pero Em, sentada sobre su arnés, le acariciaba_ la cabeza-. Sam, aunque yo esté aquí contigo -su tono era apremiante-, no tienes que moverte ni un poquito, para que no te caigas más abajo. ¿Me entiendes, Sam?

– Yo… -balbuceó-. Sí, lo entiendo.

– Estoy aquí contigo y no voy a dejarte.

– Mamá… tío Jonas… Quiero que vengan.

– Yo también -fingió que reía-, pero están muy gordos para bajar -era una experiencia terrible. Trataba de moverse lo mínimo mientras le hablaba en la oscuridad y lo examinaba con -la linterna que tenía en la mano-. Te has metido en un buen lío, ¿verdad?

– Tengo… tengo miedo.

– Y yo también -aseveró Em. No servía de nada fingir, porque Sam era un niño inteligente y se habría dado cuenta-. Pero estamos juntos en este lío, así que hagámoslo lo mejor posible.

Entre todas las posibilidades, la mejor que habían barajado antes de descolgarla, era que ella pudiera colocarle un arnés a Sam para así poder izarlo.

Pero eso no era ni remotamente posible.

Un brazo no estaba a la vista. La otra mano estaba encajada en un ángulo difícil entre su hombro y la pared. Em solamente podía verle la mano y la muñeca. El grueso de su brazo al estar doblado era lo que lo sostenía. Si movía la mano…

Pero no podía. Em tenía miedo de tocarlo, y mucho menos de intentar sujetarlo. Podía ser desastroso.

Tendrían que esperar.

Pensó que si veía que empezaba a escurrirse, lo agarraría por el cuello y la mano y tiraría de él. Corría el riesgo de partirle el cuello, pero si iba a caerse, era la única oportunidad que tenía.

– ¿Es este el brazo que te duele? -preguntó tocándole ligeramente los dedos.

– Sí, me duele mucho. Me da pinchazos -no era necesario examinarlo para saberlo. Su voz era de pura agonía.

– Eso lo podemos arreglar. Sam, voy a ponerte una inyección en el cuello. Un pinchazo. Eso es todo. Te hará sentir mucho sueño, pero no importa. Puedes dormirte si quieres. Los bomberos van a cavar otro agujero para llegar hasta nosotros y van a tardar mucho tiempo, así que si te duermes, mejor. La inyección te quitará el dolor muy rápido. ¿Crees que puedes quedarte muy, muy quieto y no moverte nada cuando sientas el pinchazo?

– Lo intentaré.

– Buen chico.

Era un gran chico.

«Por favor, que no se caiga…».

Em deseó poder dormir también.

Esperaron hora tras hora. Sam dormía y se despertaba y ella lo consolaba. Una y otra vez.

Cuando supo que podía alcanzarle la muñeca, llamó a Jonas y él' le envió lo necesario para ponerle un gota a gota de suero salino. Le insertó la aguja en la muñeca y se colgó la bolsa en la cintura.

«Ojalá no tenga ninguna herida interna», pensó. Tenía el pulso débil, pero eso podía ser por el shock.

Colgada en la oscuridad, se habría vuelto loca si Jonas no hubiera estado allí arriba. Él le hablaba y la animaba y la iba informando de los progresos del túnel paralelo. Lo estaban excavando a mano porque el terreno era inestable y querían evitar las vibraciones.

Parecía como si todo Bay Beach estuviera allí reunido: los bomberos, sus amigos, Lori, Shanni, Erin, Wendy. Y hasta Bernard que, según Lori, estaba desesperado.

– ¿Bernard desesperado?

– Bueno, se está mordiendo la cola, que para él, es la máxima expresión de desesperación -aclaró Lori.

Y por encima de todas las voces, siempre la de Jonas, suave y alentadora.

– Em, aquí está Lori con tu perro. Y Nick. Nick ha estado cavando. ¿Has visto alguna vez a un magistrado con la cara llena de barro? También estuvo Ray, dispuesto a cavar, a pesar de su reciente bypass. Me parece que está aún más loco que tú. Le he dicho que no puede cavar porque si le pasa algo necesitaría otro médico y tú no estás disponible.

Otras veces, sólo estaba Jonas.

– Em, sigo aquí. Todos seguimos aquí. No te dejaremos sola.

Y cuando la noche se alargaba y se hacía más oscura, un mensaje aún más corto pero muy elocuente. -No te dejaré.

Y, más tarde…

– Em, No te dejaré nunca.

La incomodidad era increíble. Em colgaba de su arnés y se mantenía despierta. Acariciaba la cabeza del pequeño una y otra vez. Ese era el único contacto que se atrevía a tener con el niño.

Había sido casi imposible ponerle el gota a gota. Al ponerle la vía, Sam se había movido y ella se había asustado mucho. Pero se la había colocado y podía administrarle el suero y los analgésicos según los necesitaba. Y mantenía contacto con él acariciándole los rizos.

Em empezaba a necesitar ese contacto tanto como él.

Cuando cayó la noche y la luz desapareció de la boca del pozo, le pareció que las paredes se le caían encima.

– Jonas… -susurró, y él estaba allí. Claro que estaba allí. Lo había prometido.

– Ya estamos a cinco metros -le dijo-. Estamos perforando más deprisa de lo que creíamos. Al paso que vamos, os sacaremos hacia el amanecer.

Em respiró hondo.

– Necesito luz.

– ¿Se te han terminado las pilas de la linterna?

– No. Quiero decir allí arriba, para poder ver… Para poder verte.

La voz de Em se debilitaba, pero Jonas intuyó lo que pasaba. Era imposible predecir la claustrofobia, pero si ocurría, era muy difícil controlarla.

– ¿Necesitas subir? -el tono de Jonas era de ansiedad.

– De ninguna manera -no podía dejar a Sam. Entre otras cosas, porque pasar de nuevo por el estrechamiento podía hacer que se desprendieran tierra y piedras y, entonces, volver a bajar sería imposible.

Tenía que controlar la claustrofobia que empezaba a sentir.

– Sólo necesito ver la boca del agujero…

– Eso tiene arreglo -la tranquilizó Jonas, y comenzó a dar órdenes. Enseguida pusieron focos encima del pozo y ella pudo mirar y ver la luz. Y el rostro y la sonrisa de Jonas-. No tardaremos mucho, Em -dijo para tranquilizarla-. Estamos recubriendo las paredes con tablones a medida que avanzamos, y eso es lo que nos está demorando. No podemos movernos demasiado deprisa, o nos arriesgamos a tener una tragedia, pero estamos avanzando lo más rápido posible.

– Seis metros… -le dijo Jonas.

Aunque lejano y muy amortiguado, Em podía oír el rumor de las voces de los hombres trabajando.

Nueve metros.

Luego oyó ruidos que atravesaban las paredes de tierra más o menos al mismo nivel en que ella estaba. Estaban perforando a tres metros de distancia, pero aún tenían que perforar a más profundidad y luego hacer el túnel.

– Tardaremos alrededor de dos horas más -dijo Jonas. El tono de su voz estaba lleno de optimismo y exigía una contestación optimista-. ¿Podrás aguantar tanto?

– Claro que puedo -afirmó Em.

Al fin se oyó el ruido de tierra y piedras que caían y un rayo de luz se filtró por debajo de la barbilla de Sam. Alguien estaba por debajo de él.

Em ya no podía más. Tenía calambres en todos los músculos, y estaba tan cansada que ya no sentía su cuerpo. Además, necesitaba urgentemente ir al baño. Pero Sam se estaba moviendo y no debía hacerlo todavía.

– No -dijo bruscamente, y lo acarició-. Los hombres han llegado abajo de nosotros, pero aún no han terminado de colocar los tablones para que no puedas caerte. Aún es peligroso que nos movamos. Sam, cariño, ¿Puedes aguantar un poquito más? -el pequeño estaba consciente sólo a ratos y Em no sabía si era por el shock, los daños internos o por los analgésicos que le había dado-. Ya están muy cerca -le dijo al niño, y pensó, «apresuraos»-. Pronto estarás con tu mamá.

En cuanto a Em, ella sabía qué era lo que ansiaba. Pronto estaría con Jonas.

– ¡Lo tenemos!

Era un grito de triunfo que llegaba directamente de debajo de Sam. Em se sorprendió gratamente al ver que el cuerpo del niño se elevaba un poco. Era evidente que alguien desde abajo lo había alzado lo suficiente para poder escarbar las rocas que lo tenían sujeto.

Finalmente, los hombros de Sam se despegaron de la roca y, en lugar de caer en picado a cuarenta y cinco metros de profundidad, lo agarró en brazos el hombre que lo había liberado.

Em, incrédula, se quedó mirando hacia abajo la cara sonriente de júbilo del hombre que había rescatado a Sam.

– ¿Podemos llevarnos a su paciente, doctora? -preguntó abrazando a Sam. Le pidió a Em la bolsa de suero y la sujetó a la cintura del pequeño-. Ven, jovencito. Hemos hecho este otro pozo para poder sacarte.

Dicho eso, manejaron a Sam con mucho cuidado hasta sacarlo del pozo. A Em ya no le quedaba nada más que hacer, excepto que la izaran fuera.

Hacia Jonas.

Jonas permitió que los bomberos la izaran, pero nada más. En cuanto vio que emergía a la luz del amanecer, se adelantó para agarrarla y estrecharla entre sus brazos.

Y la estrechó como si nunca más la fuera a soltar.

Nunca.

CAPÍTULO 11

EM SE despertó con el murmullo del mar.

El hospital estaba situado sobre un acantilado con vistas a la ciudad y el dormitorio de Em miraba a la playa, igual que el que tenía en casa de su abuelo cuando era niña. Así era como se sentía. Como una niña.

Estaba echada, quieta y en silencio, repasando despacio los acontecimientos de las últimas veinticuatro horas.

Primero el pánico. El miedo a que Sam se cayera al vacío, el temor a no resistir la incomodidad física de estar colgada en el arnés. Y la imprevista claustrofobia.

Luego, la sensación de alivio al llegar a la superficie. Había reaccionado llorando y llorando desconsoladamente, tanto que en cuanto Jonas se cercioró de que Sam estaba bien, se había vuelto hacia ella y le había recetado tranquilizantes y cama, sin admitir discusión alguna.

Em se dio cuenta de que deseaba llevarla a casa, pero Sam era quien más lo necesitaba. Chris, el médico de la zona sur, también estaba allí, por lo que la colaboración médica de Em no iba a ser necesaria.

Así que allí estaba, sola y segura en su cama, y agradecida de esa soledad. Así tendría tiempo para reflexionar sobre todas las cosas que se le agolpaban en la cabeza.

«Fantasmas», pensó. Con el rumor de las olas le llegaban ecos del pasado, de su abuelo y de Charlie. Ellos le habían enseñado a amar el mar. Y a amar tanto a Bay Beach, que había dedicado su vida a ser su único médico.

Una nueva esperanza crecía en su interior. Quizá los sacrificios que había hecho hasta entonces ya no serían necesarios.

«Jonas… ¿Qué había dicho Jonas?»

– Nunca te dejaré…

Pensó que lo había dicho sólo para tranquilizarla. Había sido sólo un impulso del momento para consolarla.

«Robby… Piensa en Robby». Debería levantarse e ir a ver cómo estaba su bebé.

¿Por qué no estaba allí con ella? Miró el reloj y se sorprendió. Las ocho de la mañana. No podía ser.

Pero lo era. Había dormido más de veinticuatro horas. No había nadie allí. Ni siquiera su perro Bernard. Sólo el arrullo del mar, y ya no deseaba la soledad. Cuando se levantaba cuando alguien abrió la puerta. Era Jonas.

Pero era un Jonas distinto, más ligero y más joven, como un hombre al que han aliviado de una pesada carga. Su pelo rojizo brillaba con el sol de la mañana y sus ojos verdes centelleaban. Estaba limpio y arreglado, a años luz del hombre que Em había visto el día antes.

Su Jonas…

Él miró a su alrededor y al verla despierta sonrió de alegría. Entonces, antes de que Em pudiera articular palabra, cruzó la habitación y la estrechó entre sus brazos.

– Mi Em…

La mantuvo apretada contra su pecho, como si estuviera reivindicando que era suya.

¿Estaba soñando? Seguramente. «Mi Em». Lo había dicho en un susurro, y ella se sintió insegura y se apartó.

Fue así como se dio cuenta de que no estaba soñando. Tenía todos los músculos doloridos. El haber estado colgada del arnés tanto tiempo le había causado innumerables magulladuras. Además, mientras la sacaban del pozo, se había golpeado varias veces contra las paredes.

Jonas vio las muecas que ella estaba haciendo.

– ¿Qué te pasa? ¿Algo que se me ha escapado?

Em recordó que la había examinado cuando salió del pozo. Recordó sus manos recorriéndole todo el cuerpo, comprobando que no se hubiera roto nada durante la subida, que había resultado mucho más difícil que el descenso. Se había balanceado. No había podido evitarlo, y se había golpeado varias veces contra las paredes. Pero estaba muy débil y no quiso esperar a que ensancharan el punto en el que se había encajado Sam para que pudieran sacarla por el túnel paralelo.

Ya no importaba, y sonrió tranquila. Sólo eran magulladuras. Lo que estaba ocurriendo en ese momento era mucho más importante. ¿Cómo la había llamado?

Mi Em…

– Estoy bien -mintió, y miró a Jonas con ojos soñadores-. ¿Qué has dicho?

– ¿Qué te pasa? -dijo evitando mirarla. -No. Antes de eso.

¿Antes de eso?

– Dijiste: «Mi Em».

– Sí. -el tono de su voz era de triunfo. La abrazó de nuevo y la besó en la cabeza-. Sí. Dije «Mi Em».

– Ah… -eso era maravilloso.

– Tu pelo está lleno de polvo -dijo dulcemente, volviéndola a besar-. Necesito deshacerte la trenza.

– Puedes cortármela, si quieres. No me importa. -¡Emily! Eso sería un sacrilegio -dijo con un gesto que fingía indignación, pero Em vio que había algo más. ¿Sería amor? Era amor. Jonas le tomó la cara entre las manos y la miró a los ojos.

– ¿Sabes que quiero casarme contigo? -preguntó con,ternura -. Lo sabes, ¿verdad, amor mío? El corazón de Em casi dejó de latir.

– Ya me lo habías dicho antes -susurró.

– Sí, pero por unos motivos equivocados.

– ¿Así que ahora tienes otros motivos?

– Digamos que siempre los tuve, pero que era demasiado estúpido para verlos. Quería casarme contigo porque creía que tú y Robby me necesitabais. Era un buen motivo, pero no me di cuenta de que yo te necesitaba aún más.

– Ya veo…

– Pobre amor mío. Todavía estás extenuada. No es justo que ahora te diga esto -estiró la mano hacia la trenza, le quitó la goma y, muy despacio, comenzó a deshacerla.

Era una sensación maravillosa y tan sensual que Em deseaba gritar de placer.

O abrazar a Jonas y…

¿Sabes? Sam está bien.

– ¿Sam? Ah, sí -asintió. Se había asegurado de ello antes de tomarse los tranquilizantes. Era un chico duro.

– Tiene un brazo roto. Chris y yo se lo colocamos anoche. También tiene un hematoma muy grande y varias rozaduras, No parece haber daño interno, aunque está conmocionado. Ahora está durmiendo y Anna está con él. Se quedó junto a él en el hospital y aún está allí.

– Anna… -eso la hizo volver a la realidad. Miró el reloj-. Anna tenía que empezar la radioterapia hoy -consiguió decir-. ¿Alguien se ha acordado de cancelar su cita?

– Siempre de guardia -Jonas se reía de ella. Iba deshaciendo la trenza con la ternura de un amante-. En realidad, hemos aplazado la radioterapia unos tres meses. Han pasado muchas cosas mientras dormías, amor mío.

Amor mío. Ese apelativo le gustaba. Pero tenía que concentrarse en Anna.

– ¿Por qué? -preguntó, y se estremeció de placer cuando las manos de Jonas le llegaron a la nuca.

– Ha decidido someterse primero a quimioterapia.

– No lo entiendo -dijo. Él sonrió con una sonrisa que parecía una caricia.

– Yo tampoco estoy seguro de entenderlo del todo. Sólo sé que Anna y jim llevaron a Sam al hospital, y están todavía sentados uno al lado del otro, dándose la mano. Se han hecho promesas que Anna nunca pensó que podría hacer, y ha decidido aceptar la quimioterapia.

– Pero, ¿por qué?

Donas sonrió de satisfacción.

– Anna dice que ahora tiene muchas posibilidades en su vida y quiere aumentarlas al máximo para poder vivir hasta los cien años. Aunque tenga que depender de toda la ciudad. Porque… -la voz de Jonas se quebró por la emoción. Agarró las manos de Em entre las suyas-. Porque, como yo, se ha dado cuenta de que la dependencia es de doble sentido. Al ver la cara de Jim mientras luchaba por salvar la vida de su hijo, se dio cuenta de lo mucho que a él le importan ella y sus hijos, y desea disfrutar de ese amor.

– ,¿Tanto como para renunciar a su independencia?

– La independencia no vale tanto como dicen. Ni para Anna, ni para mí. Al igual que ella, he estado persiguiéndola durante mucho tiempo y, de repente, me he dado cuenta de que no es tan maravillosa.

– ¿Por qué? -Em no podía casi respirar de la emoción.

– Porque no funciona. Yo estaba contento de que Anna contara conmigo, de que Robby y tú, y hasta tu perro Bernard, dependierais de mí. Entonces, cuando estabas allí abajo en ese maldito pozo, me di cuenta de que si te pasara algo y te perdiera…

– Calla -dijo Em, acariciándole los rizos con dulzura, al percibir que a Jonas se le quebraba la voz-. Calla.

– No -dijo él apartándose y mirándola fijamente-. Necesito decirlo, Em. Nada podría ser peor que perderte. No he podido mantener mi independencia. Primero me dije que era porque me había encariñado con Robby, que lo hacía por él. Él me necesitaba y esa fue la razón por la que te ofrecí el matrimonio. Pero también estabas tú.

– Jonas…

Él no iba a admitir ninguna interrupción.

– Y me di cuenta de que su madre adoptiva también me necesitaba. Pero ella se atrevió a decirme que me amaba y eso amenazaba mi independencia. Me parecía bien que me necesitaran, pero no que me amaran.

– Yo no…

– Tú no lo entiendes porque nunca te ha hecho falta entenderlo -terminó de deshacerle la trenza y extendió sus hermosos cabellos, acariciándolos una y otra vez-. Siempre has sabido lo que era amar y amas. Amas esta ciudad y a su gente. Amas a Robby y hasta a ese malnacido perro que, por cierto se está divirtiendo mucho con Lori, Matt y Ruby. No te es nada fiel. Mientras que yo…

– ¿Mientras que tú…? -Em estaba dichosa. Tan dichosa que le parecía que el mundo iba a explotar en mil pedazos. Ahí estaba el final feliz que tanto había deseado.

O el comienzo feliz.

– Mientras que yo tengo intención de serte fiel, a ti, a Robby, a Bernard y a quienquiera que aparezca -le brillaban los ojos con picardía-. Por mucho tiempo -la abrazó con tanta ternura que Em quería llorar.

Pero no podía, porque él le estaba alzando la cara para besarla en los labios. Besarla para siempre.

Bueno, no para siempre.

Jonas se apartó y le dijo con mucha pasión:

– ¿Qué te parecen sesenta años de matrimonio? Como mínimo. Sesenta años de felicidad. Vamos a intentarlo, amor mío, y cuando lo hayamos conseguido, intentaremos mejorar los cien años que Anna y Jim piensan durar.

A Em le pareció muy bien. Pero que muy bien.

EPÍLOGO

DIEZ MESES después, Robby se convirtió en Robby Lunn y todo Bay Beach fue a celebrarlo. ¿Por qué no iban a hacerlo? Robby era un niño muy especial. Jonas y Em, sus padres adoptivos, también estaban considerados como muy especiales, y los residentes de Bay Beach decidieron qué esa adopción merecía una celebración por todo lo alto.

Hasta la tía de Robby estaba sonriente. Y tenía motivos. Todos aprobaban su forma de actuar. Les parecía muy bien que Robby tuviera su hogar junto a Em y Jonas. Todos pensaban que serían uno padres estupendos. Tenían amor de sobra y nadie criticó su decisión de adoptar al niño.

Tom Burroughs, como jefe del orfanato, no cabía en sí de gozo, puesto que era él quien lo había organizado todo.

Tom no era el único representante del orfanato de Bay Beach. También estaban todas las madres de acogida. Shanni y Nick, acompañadas de todos sus hijos. Wendy, embarazada, y Luke con el pequeño Gabbi acurrucado a su lado. Matt y Erin, con sus traviesos gemelos apenas bajo control. Y Lori, de la mano de Ray, rodeada de sus cinco niños acogidos.

Al casarse con Lori, Ray se había convertido en padre de acogida, un papel que había aceptado sobre la base de que si no podía con ellos, se uniría a ellos. Había adelgazado mucho. Estaba claro que cuidar de cinco niños, el mejor remedio para el corazón que se le había ocurrido a Emily, había funcionado.

Por supuesto, Anna y Jim también estaban. Anna era una recién casada con toda una vida nueva por delante.

Estaba preciosa con su peluca de color castaño. A pesar de la responsabilidad de cuidar de sus tres hijos, que estaban revolcándose en el césped con Bernard y los gemelos, parecía joven y alegre y tenía muy buen color después del tratamiento. También había conseguido superar su necesidad de independencia y se sentía muy cerca a Jim y a Jonas. Parecía que era más feliz que nunca.

Lo mismo que Em.

Em estaba en el jardín, al lado de Jonas, mientras se firmaban las formalidades de la adopción. Y sonreía dichosa.

Toda esa gente que ella quería tanto…

Aunque el día de su boda había sido maravilloso, ese día lo superaba. Estaba junto a Jonas, su esposo, que sostenía en brazos al adorado Robby y que mostraba en su rostro que nunca los abandonaría. El corazón de Em estaba a punto de reventar de felicidad.

Aún había algo más. Esa noche, pensaba decirle a Jonas que ese sólo era el principio, porque en su seno comenzaba a crecer otra vida.

– ¿Contenta? -le susurró Jonas cuando el fotógrafo iba a sacarles su primera foto formal como familia.

¿Contenta? ¿Cómo podría no estarlo?

– Feliz a reventar -dijo Em. Él se rió, le rodeó la cintura y la atrajo hacia sí.

– Esto de las fotografías formales… No sé… ¿Cómo le explicaremos a nuestros nietos que el abuelo no siempre llevaba este corte de pelo?

– Puede que para cuando tengamos nietos, ya no tengas pelo -dijo ella riendo. Cuando Anna perdió el pelo debido al tratamiento, Jonas se había afeitado la cabeza, como le había prometido. A Anna ya le estaba creciendo bajo la peluca, pero el suyo seguía siendo muy corto-. Cuando seas abuelo, ¡puede que estés más calvo de lo que Anna ha estado!

– ¡Qué horror! -Jonas nunca se lo había planteado. Se apartó de su esposa y la miró con fingida preocupación-. ¿Y qué, si lo estoy? Ya me has amado cuando estaba calvo, mi querida Em, ¿Crees que podrías volver a amarme otra vez?

– No tendré que hacerlo -dijo con serenidad.

– ¿Por qué no?

– Porque volver a amarte significa que habría dejado de hacerlo. Y no creo que yo pueda hacer eso.

– ¿No? -una vez más estaba haciéndole el amor con los ojos y su sonrisa la hacía estremecer.

– Al parecer, Bay Beach no es el lugar para dejar de amar -dijo Em, y su voz estaba llena de amor y alegría.

Robby la tiró de un brazo y ella lo depositó en el suelo sobre sus pequeños pies. El pequeño caminó titubeante hacia donde estaba Bernard. Después, sin poder contenerse más, Em dejó que su marido la abrazara durante un tiempo muy largo.

– Mira a tu alrededor -susurró-. Todos nosotros… Todos estamos viviendo un final feliz. Bay Beach es un lugar que obra milagros, Jonas Lunn.

– Sólo un milagro, amor mío -dijo Jonas, con voz melosa, apretándola con más fuerza contra su corazón-. Sólo uno. Y ese milagro eres tú.

Emily, desde luego, no pensaba discutirlo.

Marion Lennox

***