/ Language: Español / Genre:love_contemporary,

Un millonario enamorado

Marion Lennox

Hay cosas que el dinero no puede comprar… Molly Farr entendía por qué el millonario Jackson Baird era conocido como "el soltero más codiciado de Australia". Era guapo, encantador y rico… y Molly tenía que cerrar aquel trato con él o perdería su empleo. Por eso lo último que necesitaba era sentirse atraída por su cliente más importante. Especialmente sabiendo que Jackson tenía fama de salir solo con las mujeres más guapas y sofisticadas. ¿Qué podría ver en ella un hombre como él? Molly no lo sabía…, pero Jackson sí.

Marion Lennox

Un millonario enamorado

Un millonario enamorado (2003)

Título Original: A millionaire for Molly

Sello / Colección: Jazmín 1791

Capítulo 1

Lionel eligió el peor momento para escapar…

El área de recepción de Bayside Property estaba llena de gente y había mucho ruido. Los empleados de la limpieza se habían quejado de que los perros de una de las propietarias eran peligrosos y no querían acercarse a su terreno. Sophia, una de las propietarias que más apreciaba Molly, estaba furiosa porque hubieran criticado a sus perros. Jackson Baird estaba reunido con el jefe de Molly. Y entonces…

– Lionel se ha escapado -dijo Molly, sin dejar de mirar la caja vacía y con un tono de voz que hizo que todos se callaran-. Angela, ¿has…?

– Solo se la enseñé a Guy. Pasó a tomar café y no se creía que tuvieras una rana en tu escritorio.

– Pero volviste a ponerle la tapa, ¿verdad?

Angela contuvo la respiración. Cada vez estaba más nerviosa.

– Se la estaba enseñando a Guy cuando entró Jackson Baird. ¡Era Jackson Baird!

Estaba todo dicho. Jackson Baird… Bastaba con que aquel hombre entrara en una habitación para que todas las mujeres se olvidaran hasta de cómo se llamaban! ¿Qué tenía aquel hombre?

Era muy atractivo, alto y fuerte. Además, tenía la piel bronceada. Y la expresión de su rostro no era arrogante, sino dulce como la de un cachorro. Era una cara de «llévame a casa y quiéreme», con unos alegres ojos grises y una maravillosa sonrisa.

¿Llévame a casa y quiéreme? Molly leía las páginas de sociedad de los periódicos y sabía que eso era justo lo que hacían las mujeres. Aquel hombre había heredado muchos millones de unas minas de cobre que su familia tenía en Australia, y había tenido éxito en sus negocios. Era famoso.

Y esa mañana había entrado en su oficina y todo el mundo se había quedado de piedra. Molly acababa de regresar de inspeccionar la propiedad de Sophia, e incluso esa mujer locuaz se había callado al ver entrar a Jackson y a su abogado.

– Ese es Jackson Baird -había dicho Sophia al verlo-. Nunca lo había visto en persona. ¿Es cliente vuestro? -la mujer mayor había quedado claramente sorprendida.

«Si fuera cliente ayudaría mucho al negocio», pensó Molly, y se preguntó cuál de sus propiedades podría interesar a Jackson.

– Jackson hizo que me olvidara de la rana -admitió Angela-. Hay que reconocer que es muy atractivo.

– Claro que es muy atractivo -contestó Molly-. Pero, ¿dónde está mi rana?

– Debe de estar por aquí, en algún sitio -Angela se arrodilló junto a Molly bajo el escritorio. Ambas rondaban los treinta años y eran muy atractivas. Pero ahí terminaba su parecido. Angela se enfrentaba al mundo como si fuera a recibir algo positivo, mientras que Molly sabía que no sería así-. ¿Dónde se habrá metido?

– la agencia inmobiliaria de Trevor Farr era una empresa pequeña y, su dueño, el primo de Molly, era un hombre atolondrado. El lugar estaba abarrotado de archivadores. Y entre ellos, se había escondido una rana verde.

– Sam me matará -se quejó Molly.

– La encontraremos.

– No debí traerla al trabajo.

– No tenías más remedio -contestó Angela.

No. No tenía más remedio. Aquella mañana, Molly y Sam viajaban en el mismo tren… su sobrino de ocho años, se dirigía a Cove Park Elementary y Molly a Bay sid Property. Estaban a punto de terminar el viaje cuando Molly se dio cuenta de que algo se movía en la mochila de Sam, y se quedó horrorizada.

– No puedes llevarte a Lionel al colegio.

– Sí puedo -había dicho Sam en tono desafiante-. Me echaría de menos si la dejo en casa.

– Pero los otros niños… -suspiró Molly. Conocía muy bien la estructura social del colegio, ya que la semana anterior había ido a hablar con el director.

– A Sam lo están intimidando -le había dicho Molly.

– Hacemos lo que podemos -había contestado él-. La mayor parte de los niños, en la situación de Sam, agacharían la cabeza y evitarían meterse en problemas.

Pero, aunque Sam es mucho más pequeño que la mayor parte de los niños de tercer grado, es valiente y se en frenta con los más grandes. Me da miedo que alguno se comporte de forma agresiva. Pero, por supuesto, veremos qué podemos hacer.

Molly comprendió que no era mucho lo que podían hacer en cuanto vio que Sam regresaba del colegio, una vez más, lleno de moraduras. Si llevaba la rana a clase, los otros chicos intentarían quitársela, ¿y quién sabía qué pasaría después?

– Es demasiado tarde como para llevarla a casa -le dijo Sam a Molly, con la expresión de ir a comerse el mundo que ella conocía tan bien.

Y como era demasiado tarde, Molly se llevó la rana al trabajo.

Molly no llevaba mucho tiempo en ese puesto. Al principio, su primo no quería contratarla. Ese día, tenía una cita con Sophia a las diez, y no podía llegar tarde.

Así que había ido con la caja donde estaba la rana bajo el brazo y ese había sido el resultado.

– Sam no me perdonará jamás -las dos chicas estaba debajo del escritorio ignorando al resto de personas que había en la habitación.

– ¿Perdón? -la voz de Sophia dejaba claro que no le hacía ninguna gracia-. ¿Es cierto que están buscando una rana?

– Es la rana de Sam -dijo Molly medio sollozando, y comenzó a separar un archivador de la pared-. Ayúdenos.

– Me niego a esperar por una rana. Y en cuanto a lo de ayudarlas…

Angela se puso en pie y colocó las manos sobre sus caderas. Molly estaba moviendo los muebles como si su vida dependiera de ello. Durante las semanas que habían trabajado juntas, se habían hecho buenas amigas.

– ¿Sabe quién es Sam? -le preguntó.

– Por supuesto que no, jovencita. ¿Por qué iba a saberlo?

– ¿Recuerda ese horrible accidente que hubo hace seis meses? -preguntó Angela-. Un camión se saltó la barrera y cayó sobre un coche. Los adultos murieron en el acto, pero hubo un niño que se quedó atrapado durante horas.

– ¿Ese era Sam? -preguntó la mujer horrorizada.

– Sí. Y es el sobrino de Molly.

– Oh, no.

– Y ahora hemos perdido su rana.

Hubo un tenso silencio. Las tres mujeres de la limpieza y Sophia, se miraron, y todas comenzaron a buscar.

Trevor Farr estaba cada vez más nervioso.

Al principio, estaba encantado. No podía creer la suerte que tenía. Hannah Copeland lo había llamado por la mañana y sus palabras lo habían dejado de piedra.

– He oído que Jackson Baird está pensando en comprar un terreno en la costa. Hay muy pocas personas a las que les vendería Birranginbil, pero Jackson podría ser una de ellas. Mi padre solía tratar con tu abuelo, o eso creo, así que quizá podrías llamar al señor Baird de mi parte y, si está interesado, le venderé la finca. Esto es, si te interesa la comisión.

¿Si le interesaba la comisión? Birranginbil… «una venta como esa me solucionaría la vida», pensó Trevor, y sin dudarlo, llamó al abogado de Jackson. Aún no podía creer que Jackson Baird estuviera en su despacho. Iba vestido con un elegante traje italiano, y con una mirada fría y calculadora esperaba pacientemente a que le dieran todos los detalles.

El único problema era que Trevor no podía darle ningún detalle.

Así que hizo todo lo que pudo para ganar tiempo.

– El terreno está en la costa, a doscientas millas al sur de Sidney -le dijo a Jackson y a su abogado-. Hoy es viernes. El fin de semana estoy ocupado, pero, si quieren, podemos ir a verlo el lunes.

– Pensé que al menos tendría algunas fotografías -el abogado de Jackson parecía contrariado. Igual que a Trevor, a Roger Francis lo había pillado desprevenido, el abogado tenía motivos para estar descontento. El hablaba de un terreno en Blue Mountain y quería que Jackson fuera a verlo, por supuesto, porque sería él quien se embolsaría la comisión. Por desgracia, su secretaria había contestado la llamada sobre el terreno de Copeland y había llamado a Jackson sin consultárselo primero. ¡Estúpida mujer! El abogado estaba de muy mal humor y las tácticas que empleaba Trevor no eran de gran ayuda.

– Llámenos cuando tenga los detalles -dijo el abogado-. Si hubiéramos sabido que tenía tan poca información no habríamos venido tan lejos. Está haciendo que el señor Baird pierda su precioso tiempo.

Cuando se calló, miró al suelo y vio una cosa verde que saltaba.

Era una pequeña rana, un símbolo de la naturaleza. Pero el abogado sabía qué era lo que tenía que hacer cuando la naturaleza trataba de introducirse en la civilización.

Levantó el pie.

– ¿Crees que podría haberse metido en el despacho de Trevor cuando abrieron la puerta? -Preguntó Molly, mirando detrás del archivador-. ¿Dónde puede estar si no?

– Supongo que sí podría haber entrado -dijo Angela-. Quiero decir… todas estábamos mirando a Jackson.

– Iré a mirar -dijo Molly poniéndose en pie.

– Trevor te matará si lo interrumpes ahora, Molly. Jackson Baird está en su despacho.

– Me da igual que la Reina de Saba esté en su despacho. Voy a entrar -Molly acercó la cara al cristal de la puerta del despacho de Trevor. Y lo que vio la hizo moverse más rápido de lo que se había movido nunca.

Jackson estaba sentado entre un abogado furioso y un agente inmobiliario confuso cuando, de pronto, vio una mancha verde sobre la moqueta beige y que su abogado levantaba el pie para aplastarla, justo cuando una mujer entraba por la puerta y se lanzaba al suelo.

El ahogado bajó el pie con fuerza, pero no pisó una rana, sino un par de manos de mujer que protegían al animalito.

– ¡Molly!

– ¿Qué diablos…?

– ¿La tienes?

– La ha pisado. Ha pisado la rana de Sam. ¡Es un bruto! -Sophia Cincotta fue la primera en entrar después de Molly, y al ver lo que había pasado, levantó su bolso para golpear a Roger Francis-. ¡Asesino!

Ángela entró después, mirando horrorizada. Molly estaba tumbada sobre la moqueta, sujetando a Lionel como si su vida dependiera de ello.

– Molly… tu mano. Estás sangrando.

– ¡Le ha roto los dedos! -Sophia golpeó de nuevo al abogado y este se apresuró para colocarse al otro lado del escritorio de Trevor.

– ¿Y Lionel está bien? -preguntó Angela.

– La ha aplastado -contestó Sophia-. Claro que no está bien. ¿No has visto cómo este bruto la pisoteaba?

– Creía que esos animales estaban protegidos -dijo una de las mujeres de la limpieza.

– No es más que un sapo, estúpida -contestó otra persona-. Se supone que hay que matarlos.

– No en mi moqueta -dijo Trevor enfadado-. ¿Es una rana? ¿Una rana? Molly, ¿la has traído tú?

– Claro que la he traído yo -contestó Molly, mirando entre los dedos sangrantes de su mano-. Y no es un sapo. Oh, cielos, parece que se ha roto un anca… Parece que tiene un anca rota.

– Tus dedos también parecen rotos -contestó Angela se arrodilló junto a ella. Después miró a Roger Franis-. El es el sapo.

– Qué falta de profesionalidad… -dijo Roger-. Señor Baird, le sugiero que busquemos un terreno en otro lugar.

Trevor trató de mantener la compostura y se colocó entre Molly y Jackson. Podía imaginarse una comisión de miles de dólares evaporándose.

– Señor Baird, no sabe lo mucho que lo siento. Normalmente, esta es una de las mejores agencias -miró a Molly-. Mi padre me convenció de que contratara a mi prima porque le daba pena. Pero si va a ofender a mis mejores clientes… Molly, levántate. Puedes pasar a recoger tu indemnización y marcharte.

Pero Molly no estaba escuchando. Seguía mirando a la rana que tenía un anca colgando de manera extraña. Debe de estar rota», pensó, y supuso que no tenía remedio.

¿Qué diablos iba a decirle a Sam?

– Molly, márchate -dijo Trevor con desesperación.

– Quieres decir que mi rana está a punto de morir y que además estoy despedida? -preguntó enfadada. ¿Cómo se las arreglaría entonces?

– Si vas a disgustar al señor Baird…

– Se merece que la despidan -dijo el abogado, y Sophia lo amenazó otra vez con el bolso.

– Un momento -dijo Jackson Baird alzando la mano. Su voz era suave, pero tenía la capacidad de hacer que todo el mundo se detuviera. Era la voz de alguien nacido para mandar. Se levantó de la silla y se arrodilló junto a Molly. Su presencia se apoderó de la habitación.

– ¿Qué es…, una rana de San Antonio? -le preguntó a Molly. Ella se secó las lágrimas con el dorso de la mano que tenía libre y asintió.

– Sí.

– ¿Y el señor Francis, mi abogado, la ha herido?

– No me gustan los insectos -murmuró Roger.

– No es un insecto -protestó Molly, y Jackson intervino.

– Me parece muy duro que la señorita Farr se haga daño en la mano, vea cómo hieren a su mascota y pierda el trabajo, todo en el mismo día.

Con cuidado, abrió la mano de Molly y le quitó la rana. Después, se puso en pie con decisión, y con una pequeña rana de San Antonio entre sus manos.

Un mechón de pelo negro cayó sobre sus ojos y lo retiró con un dedo. Necesitaba un corte de pelo. O quizá no. No había muchas mujeres que se quejaran del aspecto de Jackson Baird.

Y tenía un aspecto fantástico. La ranita lo miraba con incomprensión mientras él la examinaba con delicadeza.

Trevor miró a la rana con aprensión.

– Esto es ridículo… Démela, señor Baird, y encontraré un cubo donde meterla.

Pero Jackson solo estaba centrado en la rana.

– Sabes, parece que solo tiene una rotura limpia. No parece que se haya hecho nada más. Creo que esto podremos curárselo.

Molly respiró hondo. Se puso en cuclillas, se recolocó la falda y miró a Jackson con incredulidad.

– Está bromeando.

El la miró…, y se fijó bien en ella.

«Es extraordinaria», pensó Jackson. Tenía la piel pálida, casi translúcida, una melena negra y rizada que enmarcaba su rostro y unos grandes ojos marrones…

«Concéntrate en la rana, Baird!», se recordó.

– En serio -le dijo a Molly-. Podemos ponerle un vendaje.

– ¡Qué bueno! -Angela intervino desde detrás-. Podemos ponerle unas muletas.

– Cállate, Angela -Molly la fulminó con la mirada mientras se ponía en pie, y apenas notó que Jackson la ayudaba a estabilizarse-. ¿Qué estaba diciendo, señor Baird?

– Estoy seguro de que podemos curarla. Tenemos que entablillarla -dijo Jackson.

– ¡Muletas! -exclamó Angela entre risas-. No me contentaré con menos -entonces, dejó de reírse-. Molly, estás manchando la moqueta de sangre.

– No es nada -Molly escondió el puño entre su falda, pero Jackson le agarró la mano para mirársela. Tenía la piel levantada en los nudillos y estaba sangrando bastante.

– Maldito seas, Roger.

– Iba a pisar a la rana. No esperaba que esa estúpida chica…

– Hay que curarte.

– No hace falta -Molly retiró la mano y la escondió detrás de la espalda-. Es solo un rasguño. Si Lionel puede curarse…

– ¿Lionel?

– Mi rana -dijo ella, y él asintió.

– Claro, Lionel. Ya veo. Sí, podemos curarla.

Molly miró a Jackson como si él intentara engañarla.

– ¿Cómo lo sabes?

– Cuando era niño, teníamos un embalse en nuestro terreno -le dijo, y se fijó en la tensión que había en su mirada-. Pasaba las vacaciones criando renacuajos -y evitando a sus padres-. Cualquier cosa que quieras saber sobre las ranas, pregúntamela a mí.

– ¿Se curará?

– Se curará.

Molly respiró hondo y se relajo una pizca.

– Entonces, la llevaré al veterinario.

– Puedo entablillársela yo, si me dejas. Pero lo que no puedo es curarte la mano.

– La llevaré al hospital para que se la curen -dijo Angela, y se acercó para abrazar a su amiga-. Si usted cuida de la rana, yo cuidaré de Molly.

– ¡Angela! -exclamó Trevor enfadado, pero ella le dedicó una de sus mejores sonrisas.

– Al señor Baird le gusta la rana de Molly -dijo ella con recato-. Y no queremos disgustar al señor Baird, ¿verdad?

Al ver la cara que puso su primo, Molly estuvo a punto de atragantarse.

– Oh, por el amor de Dios… -respiró hondo y se separó de Angela-. Muchas gracias a todos, pero yo llevaré la rana al veterinario, y me pondré una tira en la mano, eso es todo. Así que puedo ocuparme yo sola. Y no importa que tenga que marcharme -miró a su primo y suspiró. Ese hombre era un idiota. Quizá fuera mejor si saliera de allí para siempre-. Después de todo, estoy despedida.

– No pueden despedirla -gruñó Jackson, y se volvió hacia Trevor, fulminándolo con la mirada-. He venido a que me informaran sobre una propiedad. La información que me han dado es tentadora, pero poco detallada. Necesito saber más. Y tengo que verla. ¿Dijo que estaba ocupado el fin de semana?

– Sí, pero…

– Tengo una opción de compra de otra propiedad hasta el lunes, así que me gustaría tomar una decisión antes de ese día. El martes me marcho del país. Si el lunes veo el terreno por primera vez, apenas tendremos tiempo para negociar.

Trevor escuchó sus palabras y pensó que podía ser un buen comprador.

– Por supuesto, tendré que cambiar mis planes…

– No quiero molestarlo -le dijo Jackson con frialdad-. No necesito que usted me enseñe el terreno. Puede hacerlo uno de sus empleados.

– Todavía tiene tiempo de visitar otra vez la propiedad de Blue Mountain -le interrumpió su abogado.

– Gracias, pero estoy más interesado en la de Copeland. Además, en vista de que la señorita Farr ha sufrido un shock y ha resultado herida, ¿qué mejor manera hay para ayudar a que se recupere que llevársela a pasar el fin de semana a un bonito lugar? Señor Farr, ¿supongo que no pensaría en serio despedir a una empleada por una nimiedad tal como traer un rana al trabajo?

– No… -empezó a decir Trevor- Sí. Pero…

Pero Jackson ya no estaba escuchándolo.

– Señorita Farr, apreciaría mucho si me acompañara a ver la propiedad. Señor Farr, si su empleada llevara a cabo una venta como esa, estoy seguro de que podría contratarla de nuevo.

Trevor dudó un instante. No era completamente estúpido. Una vez más, veía como una importante comisión se le iba de las manos.

– Puede que no. Acabo de acordarme de que puedo acompañarlo, después de todo.

– No quiero molestarlo -dijo Jackson con una gélida mirada. Se volvió hacia su abogado-. Ni al señor Francis. Si el terreno de Copeland es la granja que estoy pensando, entonces, las ranas serán lo menos tentador para el despiadado zapato del señor Francis. Así que, creo que la señorita Farr y yo prescindiremos del intermediario. Señorita Fan, ¿podría acompañarme a la propiedad de Copeland el fin de semana?

Molly respiró hondo. Miró a su alrededor… a Trevor… al abogado… y a la pequeña rana que Jackson Baird tenía en la mano.

La mirada de Jackson era amable, y ella no tenía elección. Aunque su primo fuera una persona detestable, ella necesitaba ese trabajo, y Jackson le estaba ofreciendo una manera de mantenerlo.

– Será un placer -dijo Molly. E instantes después no podía creer lo que había hecho.

Estaba claro quién estaba al mando. Trevor estaba fuera de lugar. Jackson había decidido organizarlo todo, y era evidente que no le habían nombrado «Mejor Hombre de Negocios de Australia» por nada. Aquel hombre emanaba poder.

– Nos encontraremos mañana a las nueve en el aeropuerto Mascot -le dijo a Molly.

– Um… ¿iremos en avión?

– Alquilaré un helicóptero. ¿Podrá tener el Artículo Treinta y Dos preparado?

«Sería un milagro que el abogado de la agencia lograra preparar la escritura esa misma noche», pensó Molly, pero Jackson Baird esperaba que actuaran como profesionales.

– Por supuesto -contestó ella.

– ¿La casa está preparada para alojarse allí?

– Creo que todavía hay algunos empleados -Trevor luchaba por recuperar el mando de la situación-. La señora Copeland dijo que lo recibirían, pero yo…

Jackson no estaba de humor para oír sus objeciones.

– Entonces, perfecto.

– No me gusta que vaya Molly -dijo Trevor de pronto, y Jackson arqueó las cejas.

– ¿No es una mujer competente?

– Es extremadamente competente -dijo Angela mirándolo a los ojos, y el millonario la miró con aprobación.

– Quizá le preocupe lo adecuado de la situación -Jackson sonrió-. Debí haber pensado en ello. Señorita Farr, si le preocupa acompañarme a una granja desconocida durante todo un fin de semana, le sugiero que se traiga un acompañante. Pero no un chaperón. Ni un primo. Una tía, ¿quizás? Sobre todo si también le gustan las ranas.

«Se está riendo de mí», pensó Molly, pero estaba demasiado desconcertada como para reaccionar, Un acompañante. ¿Y dónde diablos iba a encontrar un acompañante?

– Eso es todo, entonces. En el aeropuerto Mascot, mañana a las nueve, con o sin acompañante -dijo Jackson. Los ojos le brillaban con malicia-. ¿Será suficiente para que deje de pensar en su mano herida y en la rana?

Molly pensó que él creía que bastaba que le ofrecieran algo así para que ella dejara de pensar en todo lo demás. Quizá en otro momento, habría sido así, pero estaba Lionel. Sam había confiado en ella para que cuidara a su rana. ¿Cómo iba a explicarle lo que había sucedido?

– De acuerdo -dijo ella sin emoción.

– ¿Todavía está preocupada por la rana?

– Por supuesto.

– Sabe, las ranas se mueren.

– Me dijo que podría curarla.

– Eso dije. Y así es -se volvió hacía Angela-. ¿Puedes llevar a tu amiga para que le curen la mano?

– Después de que cure a Lionel.

– Sabe… no me gusta ser pesado, pero solo es una rana.

– Cúrela -dijo ella. Empezaba a dolerle la mano, y la tensión de la última media hora comenzaba a pasarle factura. Claro que Lionel era solo una rana, pero significaba mucho para Sam. Lionel había conseguido que el chiquillo se interesara en algo, por primera vez desde la muerte de sus padres, y eso era muy importante-. Cúrela -dijo de nuevo. Y Jackson la miró confuso. Lo que vio en su rostro, no lo ayudó.

– De acuerdo, señorita Farr, entiendo que su rana sea muy importante -acercó la mano y le acarició la mejilla-. Pero usted también lo es. Si no va a que le vean la mano ahora mismo, la curaré yo. Y después curaré a la rana.

– La rana primero.

– Su mano primero -dijo él, con un tono que no admitía discusión-. Lionel no está manchando la moqueta de sangre. Así que siéntese y deje que la cuiden. ¡Ahora!

Era una sensación muy extraña.

Dejar que la cuidaran… ¿Cuándo había sido la última vez que la habían cuidado? Desde que murió su hermana, ella había sido la que había tenido que cuidar a Sam, y la sensación de que alguien cuidara de ella, le resultaba muy extraña.

– No es una herida profunda -ignorando sus protestas, Jackson miró la herida que ella tenía en los nudillos-. Estoy seguro de que no necesita puntos.

Mandó a Angela a la farmacia más cercana para que comprara un antiséptico, gasas, esparadrapo y una pequeña tablilla. Cuando regresó, se quedó a observar.

Las mujeres de la limpieza y Sophia Cincotta se habían marchado, pero Trevor y el abogado de Jackson seguían allí. Ambos, mirando con desaprobación.

Molly hizo caso omiso. Permaneció sentada mientras el hombre de mirada amable se arrodillaba junto a ella, le examinaba la herida y se la cubría con una gasa. Era emocionante. Era…

Molly no sabía qué era lo que sentía. El hombre que tenía delante causaba sensación entre las mujeres, y ella comprendía por qué. Bastaba con que él la tocara para que…

– Ya está -Jackson la miró y sonrió. Molly sintió que le daba un vuelco el corazón.

– Sí. Gracias. Ahora…

– Ahora la rana -dijo él sin dejar de sonreír.

Angela le tendió la caja donde habían guardado a Lionel y miró a su amiga. Le parecía extraño que estuviera tan acelerada.

Pero Molly no se fijaba en nadie más que en Jackson. El la había cautivado. Jackson colocó a Lionel en la mano que Molly tenía sana y comenzó a hacer lo que le había prometido. Cortó una pequeña tablilla y la vendó contra el anca de la rana para que no pudiera moverla.

– Es como si supiera que la está ayudando -dijo Molly, y Jackson la miró con curiosidad.

– Sí.

– ¿Cuánto tiempo tendrá que llevarla?

– Puede que un par de semanas. Se dará cuenta de cuándo la tiene curada.

– No sé cómo agradecérselo.

– Mi abogado le hizo daño -levantó la caja de Lionel y puso cara de aprobación. Sam había forrado la caja y había preparado una cama de hojas para Lionel-. Es un buen centro de recuperación -metió a Lionel y cerró la tapa-. Ya está.

– Estupendo.

– Ahora usted. Se ha llevado un buen susto. ¿Quiere que el señor Francis y yo la llevemos a casa?

Lo que le faltaba. Aquel hombre comenzaba a afectarla seriamente, y ella tenía que mantener una relación estrictamente laboral con él.

– Gracias, pero estaré bien.

– Le gustaría que la llevaran -intervino Angela, pero Molly la miró frunciendo el ceño y respiró hondo para mantener el control de la situación.

– Lo veré mañana, a las nueve -le dijo a Jackson. Él la miró con cierta confusión.

– ¿Con acompañante?

– Sin duda, con acompañante.

El sonrió y le acarició la mejilla.

– Muy inteligente. De acuerdo, señorita Farr. La veré mañana, a las nueve. Cuídese la mano. Y a la rana.

Tras esas palabras, salió de allí, y todos lo siguieron con la mirada.

– Molly, ¿puedo ir? Por favor, ¿puedo ir contigo? Necesitarás ayuda, y yo puedo ayudarte. No te molestaré para nada -Jackson acababa de salir cuando Angela se agarró al brazo de Molly para suplicarle-. Seré una buena acompañante.

– Gracias, pero ya me buscaré a mi acompañante -Molly trató de sonreír.

– Tengo que ir contigo -le dijo Trevor-. La agencia inmobiliaria es mía.

Quizá fuera así, pero no lo parecía. La empresa familiar había acabado en manos del tercer Trevor Farr, y bajo su inexperta forma de dirección tenía todo el aspecto de llegar a la quiebra. El padre de Trevor había hablado con Molly en el funeral de su hermana y la había convencido para que le diera una oportunidad a la agencia.

– Si necesitas un trabajo en la ciudad, te estaría agradecido si te incorporaras a la empresa familiar. Trabaja con Trevor durante una temporada, hasta que te acostumbres a la ciudad. El puede enseñarte cómo está el mercado, y sin duda, aprenderá muchas cosas de ti. Eres la mejor.

Hasta entonces, ella se había dedicado a vender granjas desde la agencia que tenía en la costa. Vender propiedades en la ciudad, era algo muy distinto, y su primo no le facilitaba las cosas. Era una persona débil e ineficiente y, desde un principio, estaba molesto porque ella fuera tan competente.

– Puedo arreglármelas sola -le dijo Molly a Trevor-. Tengo la sensación de que el señor Baird no quiere que el señor Francis ni tú participéis en esto, y si lo que queremos es vender… ¿Cuánto has dicho que pide la señora Copeland por el lugar?

Trevor tragó saliva.

– Tres millones -Molly se quedó boquiabierta. «Tres millones. Guau», pensó.

– No lo estropees.

– No lo haré.

– ¿Tienes a alguien respetable que pueda acompañarte? -puede que Trevor fuera un tarugo, pero no era completamente estúpido y sabía que tendría que dar la cara ante su padre-. Ese hombre tiene fama de ser un donjuán. Angela no es la persona adecuada,

– Desde luego que Angela no es la adecuada -dijo Molly, y le guiñó un ojo a su amiga.

– ¿Tienes a alguien en mente?

– Así es.

Trevor la miró, sorprendido por su falta de comunicación.

– Entonces, supongo que estarás bien.

– Supongo que sí.

– ¿No te duele mucho la mano como para seguir trabajando? Será mejor que empieces si es que quieres tener preparado el Artículo Treinta y dos.

– Lo haré ahora mismo -dobló los dedos y puso una mueca de dolor, pero Trevor era la única persona allí que podría ayudarla con esos papeles, y la ayuda de Trevor era lo último que deseaba-. De acuerdo -dijo ella-. Vamos a venderle una granja al señor Baird.

Capítulo 2

Menos mal que Lionel no había muerto.

Sam se comportó de manera estoica, tal y como Molly esperaba. Llevaba seis meses comportándose de esa manera. Había escuchado las malas noticias con entereza, y cuando Molly intentó abrazarlo, él se retiró. Como siempre.

– No debí quedármela, en primer lugar -dijo el niño. No. Pero en el apartamento en el que vivían no permitían tener mascotas, así que Sam no tenía nada. Habían encontrado la rana mientras cruzaban una bulliciosa calle de Sydney. Estaba lloviendo y había mucho tráfico, y Lionel estaba quieta en mitad de la calzada. Era una rana suicida, y cuando Sam la recogió y se la guardó en el bolsillo, Molly no protestó. De otra manera, la rana habría muerto.

«Espero que no se muera ahora», pensó Molly al ver el entramado de pequeños estanques que Sam había construido en el suelo del baño.

– Tendré que limpiar todo esto cuando se muera -el niño metió las manos en el bolsillo y pegó la barbilla contra su pecho. Molly sabía que tenía ganas de llorar Esperarían un rato y, al final, sería Molly la única que lloraría.

– No se morirá. Lo dijo el señor Baird.

– Supongo que, de todos modos, las ranas no viven mucho tiempo.

– Supongo que no -admitió, y colocó la mano sobre el brazo de Sam. Corno siempre, él lo retiró. Era un niño muy arisco. Como si el hecho de perder a sus padres le hubiera hecho perder la confianza en todo lo demás. «,Y por qué va a confiar en mí?», pensó Molly con amargura. «Ni siquiera soy capaz de mantener una rana a salvo»-. Nos han invitado a pasar el fin de semana en una granja -le dijo MoIly-. Nos llevaremos a Lionel. Será una granja de recuperación.

– ¿Una granja?

– Sí.

– No me gustan las granjas.

– ¿Has estado alguna vez en una?

– No.

– Entonces…

– No me gustan. Quiero quedarme aquí.

– Sam, el señor Baird nos ha invitado a los dos.

– Él no quiere que yo vaya.

– Estoy segura de que sí.

– No quiero ir.

– Vas a ir -dijo Molly con decisión-. Iremos los dos y lo pasaremos muy bien.

¿Podría disfrutar de un fin de semana con Jackson Baird?

Una parte peligrosa de su mente le decía que podía disfrutarlo muchísimo.

– ¿Cara?

– Jackson, qué alegría -Cara estaba al otro lado del Atlántico, pero su alegría era evidente-. ¿A que se debe este placer?

– Creo que he encontrado una propiedad que podría encajar con lo que buscamos.

– ¿De veras?

– De veras. En el pasado la utilizaron como criadero de caballos. Está en un lugar magnífico y suena estupendamente. ¿Quieres tomar un avión y venir a verla?

Se hizo un silencio.

– Cariño, estoy muy ocupada -¿Y cuándo no lo estás?», pensó Jackson sonriendo.

– ¿Quieres decir que lo dejas en mis manos?

– Eso es.

– ¿Y si la compro y no te gusta?

– Entonces, tendrás que comprarme otra.

– Ya, claro. ¿Cara…?

– Cariño, de verdad no puedo ir. Hay algo… Bueno, sucede algo que está absorbiendo toda mi atención, y no me atrevo a contarlo por si se evapora de repente. Pero confío en ti.

El sonrió otra vez. Un nuevo plan. Su hermanastra siempre tramaba algo, pero él confiaba en ella, y sabía que ella confiaba en él.

– Hay muchos que no lo harían.

– Pero tú eres uno entre un millón. ¿No lo sabes?

– Sí, y yo también te quiero.

Se oyó una risita y que colgaban el teléfono. Jackson se quedó mirando el auricular.

¿Sería una buena idea?

– De acuerdo, abandono. No vas a pedírmelo, ¿verdad?

– ¿Perdón? -aquella noche su amiga apareció en la puerta de su casa y Molly se sorprendió. Angela llevaba un vestido ceñido y brillante y el pelo recogido de manera elegante y adornado con plumas de pavo real.

– Me voy a una fiesta de los años veinte. Guy cumple treinta años, pobrecillo, así que vamos a celebrarlo con una fiesta. ¿Te gusta mi modelito?

– Me encanta.

– Sabes que podrías venir.

– Y tú sabes que no puedo.

«Es imposible», pensó Molly, «es imposible tener vida social».

Hasta que Sarah murió, Molly dirigía su agencia inmobiliaria en la costa. Se había convertido en uno de los mejores agentes inmobiliarios, y su vida amorosa, también había sido muy satisfactoria. Michael era un buen abogado y todo el mundo decía que hacían muy buena pareja.

Pero su plan de vida no incluía a Sam.

– Mételo en un colegio interno -había dicho Michael cuando Sarah murió, pero Molly no le hizo caso. Y tampoco alejó a Sam de su casa de Sidney, aunque comenzaba a preguntarse sí había tomado la decisión correcta.

Era difícil abrirse paso en el mercado inmobiliario de la ciudad. Su primo era un tipo detestable. El colegio de Sam no era nada satisfactorio, y ella no podía permitirse cambiarlo a otro mejor. Sam estaba muy triste, ¡y ella se sentía tan sola!

Pero dejar a Sam al cuidado de alguna niñera no solucionaría las cosas. El niño se despertaba por las noches con pesadillas, y Molly tenía que estar con él. Después de todo, ella era todo lo que él tenía.

– Eh, anímate -le dijo Angela al ver la expresión de su rostro-. Estás a punto de pasar un fin de semana con el soltero más cotizado de Australia.

Era verdad, pero lo más triste era que no deseaba ir. Igual que Sam, Molly había cerrado todas las puertas. Desde la muerte de Sarah, veía el mundo como un lugar peligroso. Los periódicos solo publicaban malas noticias, los programas de la televisión eran amenazantes… y si para ella era así, ¿cómo sería para un niño que lo había perdido todo?

– ¿La rana está bien? -preguntó Angela.

– Parece que sí.

– Gracias a Jackson.

– Si no hubiera sido por Jackson, Lionel no estaría herida.

Pero Angela estaba dispuesta a defenderlo.

– Fue el abogado de Jackson quien la hirió. Jackson fue muy amable.

– Ese hombre es peligroso. Tiene una reputación que deja a Casanova por los suelos.

– Qué suerte tienes -suspiró Angela con dramatismo-. Mi Guy es muy aburrido.

– Lo aburrido es más seguro.

– Ahora, por eso… -Angela entró en el salón de Molly con sus zapatos de tacón y se dejó caer en una silla-…, por eso estoy aquí. Para evitar que estés aburrida. Volviendo a mi pregunta original: ¿no vas a pedírmelo, verdad?

– ¿El qué?

– Que vaya de acompañante.

– No.

– Vas a llevarte a Sam, ¿verdad?

– Verdad.

Angela respiró hondo.

– Bueno, he decidido perdonarte por no llevarme contigo. Aunque no sé por qué lo he hecho. Porque conmigo allí no tendrías tiempo ni de abrir la boca. Tardaría dos segundos en deslumbrar a ese hombre.

– Pero tú tienes a Guy. Tu novio, ¿recuerdas?

Angela sonrió.

– Así es. Tengo a Guy, y nobleza es mi segundo nombre…

– ¡Oh, por favor!

– No me interrumpas cuando trato de actuar con nobleza. He decidido ofrecerte mis servicios como niñera. Por Sam. Y por Lionel -sonrió-. ¿Qué te parece?

– Muy noble por tu parte -Molly hizo una mueca. Le dolía la mano, estaba muy cansada y tenía un montón de trabajo que terminar antes de irse a la cama. Y lo que le sugería su amiga era imposible-. Angela, gracias por tu oferta, pero sabes que no puedo dejar a Sam.

– Conmigo estará bien.

– Se comportará de manera estoica. Siempre se comporta así, y me rompe el corazón.

– Comparte su cuidado. Yo también quiero al chico, ¿sabes?

– Ya lo sé -Angela tenía un gran corazón-. Pero, Angie, solo le queda un pequeño hueco en su corazón para querer a alguien, y es para mí. Y es solo porque me parezco a su madre.

– ¿Y eso dónde te coloca?

– Aquí. Junto a él. Donde yo quiero estar.

– ¿Y qué vas a hacer ahora?

– Irme a la cama -era mentira. Molly tenía que llamar a Hannah Copeland para obtener los detalles de la finca, leer todo lo posible sobre el lugar y preparar el Artículo Treinta y dos. Pero si se lo contaba a Angela, ella lo dejaría todo para ayudarla.

– Solo son las nueve.

– Estoy herida.

– No tan herida. Ven a la fiesta.

– ¿Y dejar a Sam? No tengo elección, Angie, así que déjalo.

Angela miró a su amiga.

– Es tan injusto.

– La vida no es justa.

– Debería serlo. ¿Estás segura de que no cambiarás de opinión acerca de ir sola? ¿Deja a Sam conmigo solo por esta vez?

– Estoy segura.

– Entonces, el domingo por la noche vendré a que me lo cuentes todo. Sin olvidarte de nada.

– Tú y Trevor, los dos. Él ya me ha pedido que le haga un informe el domingo por la noche.

– Lo harás -Angela dudó un instante-. Sabes… -le cambió la cara y Molly supo lo que iba a decir. No conseguiría nada con ello.

– Angela, no.

– ¿No qué?

– No trates de solucionar los problemas del mundo -Molly empujó a su amiga hacia la puerta-. Vamos, vuelve con Guy.

– Al menos cuéntame lo que vas a ponerte mañana -dijo Angela mientras la empujaban hacia el recibidor.

– Ropa aburrida. De negocios. Un traje negro con blusa blanca.

Angela se detuvo al oír sus palabras.

– ¿No irás a vestir de manera aburrida para Jackson Baird?

– No. Voy a vestir así por mí.

– Es la oportunidad de tu vida.

– ¿Para que me seduzcan? No creo.

– Molly, hay tipos y tipos de seducción. Cielos, si Jackson Baird quisiera poner sus botas bajo mi cama… -Angela se rió-. Y en serio, Molly -se volvió para mirar a su amiga-, cuando os he visto mirando a la rana…

Molly sonrió al recordar la escena.

– Muy romántico, ¿verdad?

– Lo era -dijo Angela-. Parecías la futura señora de Jackson Baird.

– Oh, sí. En tus sueños.

– Bueno, ¿y por qué no? Es soltero. Y tú eres soltera. El es rico. Es todo lo que se necesita para el matrimonio.

– Angie, ¡vete!

– Solo si me prometes que no te pondrás el traje de negocios.

– Quizá debería ponerme vaqueros.

– ¿Y tú qué sugieres?

– Algo cómodo. Y ceñido -se rió de nuevo y miró el vestido que llevaba puesto-. Algo como esto.

– Claro. Y adornado con plumas de avestruz. Para mostrarle la granja a un hombre y cuidar de un niño de ocho años.

– Y para casarte con un millonario -añadió Angela-. O multimillonario. Piénsatelo bien.

– Buenas noches, Angela -dijo Molly, y la empujó a la calle antes de que pudiera decir otra palabra más.

Jackson no sabía quién esperaba que fuera el acompañante de Molly pero, desde luego, se sorprendió al verla con aquel niño de gafas que tenía a su lado.

«Está preciosa», pensó al verla acercarse. No encontraba otra palabra para describirla. Era alta y atractiva. Las curvas de su cuerpo eran sensuales y la melena de rizos oscuros le llegaba hasta los hombros.

El día anterior llevaba puesto un traje de chaqueta negro. Ese día, iba en vaqueros y con una blusa blanca abrochada hasta el cuello. Tenía un aspecto fresco, y cuando se aproximó a Jackson y le sonrió, este tardó más de cinco segundos en poder contestarle.

– Buenos días -dijo ella sin dejar de sonreír. Él intentó ignorar su sonrisa y hablar con normalidad, en tono de negocios.

– Buenos días -contestó.

Molly también se había fijado en él. El día anterior Jackson vestía un traje de chaqueta que hacía que pareciera un hombre de mundo, atractivo, pero inalcanzable para Molly. Ese día, iba con unos pantalones de lino y con una camisa de manga corta que dejaba al descubierto su cuello y sus brazos desnudos. Parecía…

Bueno, puede que él tuviera problemas para concentrarse en el negocio, ¡pero a ella tampoco le resultaba nada fácil!

Al menos, Molly podía concentrarse en Sam.

– Señor Baird, este es mi sobrino, Sam. Sam, te presento al señor Baird.

«Así que no es madre soltera», pensó Jackson.

Pero, ¿por qué se ha traído al niño?» Ninguna mujer con la que había quedado antes había hecho algo parecido. «Pero esto es un asunto de negocios, ¡no una cita!», se recordó.

– Sam ha traído a Lionel con nosotros -Molly señaló la caja que Sam llevaba bajo el brazo-. Espero que no le importe, pensamos que una granja de recuperación era justo lo que Lionel necesitaba.

– Claro -dijo Jackson, y le tendió la mano a Sam. Estaban situados en la pista de aterrizaje para helicópteros y en cualquier momento el aparato se pondría en marcha y ahogaría la conversación-. Encantado de conocerte, Sam.

Sam lo miró fijamente mientras se estrechaban las manos.

– ¿Eres el hombre que aplastó a mi rana?

– Ya te he dicho que no fue él -dijo Molly-. El señor Baird fue quien curó a Lionel.

– Molly dice que es posible que muera de todos modos.

– Yo no he dicho eso -suspiró Molly-. Solo he dicho que las ranas no viven mucho tiempo -miró a Jackson con desesperación.

– Supongo que se morirá -dijo Sam con tristeza, y agarró la caja como si fueran los últimos minutos de vida para Lionel-. Todo se muere.

Jackson miró a Molly y esta se encogió de hombros.

– Los padres de Sam murieron en un accidente de coche hace seis meses -le dijo. Le habría gustado advertírselo a Jackson, pero ya no era posible-. Desde entonces, su visión de la vida es muy pesimista.

Jackson asintió y dijo:

– Lo comprendo. Siento lo de tu familia, Sam.

– Le he dicho a Sam que puede que Lionel viva muchos años.

– Yo tuve una rana cuando tenía ocho años -dijo Jackson pensativo y enfrentándose a la situación con aplomo-. Vivió dos años conmigo y después se escapó en busca de un rana hembra. Quizá Lionel haga lo mismo.

Sam lo miró con incredulidad. Se hizo un silencio.

«Que arranque el helicóptero», pensé Molly. El silencio era desesperante. Pero Jackson y Sam se miraban como si fueran dos contrincantes en un ring de boxeo.

– Sam, te diré algo más que quizá te guste saber -miró al niño a los ojos. Molly quedaba completamente excluida. Jackson solo se centraba en Sam-. Cuando yo tenía diez años, mi madre murió -le dijo-. Yo pensé que había llegado el fin del mundo, y, como tú, esperaba que todo lo que me rodeaba muriera también. Esperé y esperé, aterrorizado. Pero ¿sabes qué? No murió nadie más hasta que cumplí veintiocho años. Un vejestorio.

Sam se quedó callado un momento. Al final, dijo:

– Veintiocho es la edad que tiene Molly.

Jackson miró a Molly y ella percibió una sonrisa tras su seria mirada.

– Ya te lo he dicho. Un vejestorio. Mi abuelo murió cuando yo tenía veintiocho años, pero entre los diez y los veintiocho no murió nadie. Ni siquiera una rana.

– ¿De veras?

– De veras -sonrió él-. Así que a lo mejor también tienes esa suerte.

– A lo mejor no.

– Pero a lo mejor sí.

Sam se quedó pensativo.

– Solo me queda Molly. Y Lionel.

– A mí me parece que los dos están muy sanos.

– Sí…

– ¿Los alimentas bien? Lionel parece rellenito, y Molly también.

– ¡Hey! -exclamó Molly, pero no le importaba lo que había oído. Era la primera vez que sentía que Sam se relajaba-. Eso es una tontería -dijo esbozando una sonrisa.

– Comer bien es importante -dijo Jackson-. No puede pasarse por alto. Eso, y hacer mucho ejercicio. Espero que no dejes que Molly vea mucho la televisión.

Sam estaba sonriendo y la tensión había desaparecido como si hubieran hecho magia.

– Le gustan los programas de amor y esas cosas.

– Eso es muy poco saludable. Yo lo pararía de golpe.

– Jackson puso una sonrisa tan amplia que Molly supo enseguida por qué las mujeres se enamoraban de él. ¡Por cómo estaba tratando a Sam ella también estaba a punto de enamorarse! ¡Deseaba abrazar a aquel hombre!-. ¿Quieres entrar en mi helicóptero? -le preguntó Jackson al niño tendiéndole la mano.

Sam se quedó pensativo durante un instante, y después, como si hubiera tomado una importante decisión, le dio la mano a Jackson.

– Sí, por favor -le dijo.

Molly no podía dejar de sonreír. Jackson, se fijó en su sonrisa y pensó: «va a ser un fin de semana estupendo».

Él no esperaba tanta eficiencia. Desde el momento en que entró en la oficina de Trevor Farr, Jackson sospechó que si quería averiguar algo sobre la propiedad de Hannah Copeland, tendría que averiguarlo él mismo. Pero la preparación de Molly lo sorprendió gratamente. Tan pronto como despegó el helicóptero, ella le entregó las escrituras, el plano de obra, la lista de empleados…

– ¿Cómo ha conseguido todo esto?

– Hacemos lo mismo para todos nuestros clientes.

– ¿Y por qué será que no me lo creo?

Ella lo miró con una media sonrisa. En realidad, aquella era el tipo de propiedad que a ella le gustaba vender… una granja con mucho terreno. Había estado trabajando hasta las tres de la mañana, pero había conseguido hacerle a Jackson una presentación de primera. Como en los viejos tiempos.

– Deje de ponerme en entredicho y lea -le ordenó ella, y él obedeció. Pero cada vez estaba más pendiente de Sam y de Molly. Parecían una mujer y un niño enfrentándose al mundo, y su presencia lo afectaba como hacía mucho que no lo afectaba nada.

«Solo es una relación de negocios», se recordó, «y Sam no tiene nada que ver conmigo».

La granja de Copeland era un lugar maravilloso. El piloto sobrevoló una amplia extensión de tierra. La finca comenzaba en una zona estrecha y se expandía en una vasta lengua de tierra que llegaba hasta el mar.

– Toda la lengua de tierra pertenece a la granja -le dijo Molly, y él sonrió y le mostró el mapa que ella le había dado.

Pero ni los mapas ni las fotos hacían justicia al lugar. El mar rodeaba la tierra con su agua azulada. La playa era de arena dorada, y las colinas y las praderas, con los animales pastando plácidamente, parecían lugares exuberantes y maravillosos.

Desde el helicóptero se veían torrentes de agua que bajaban hasta el mar entre los árboles. También había cascadas y pequeños islotes. Cuando descendieron hacia tierra, vieron cómo un grupo de canguros saltaba para ponerse a cubierto, y Jackson pensó, «esto es el paraíso».

Aunque fuera un lugar paradisíaco, no podía olvidar que era un negocio. Era el futuro para Cara y para él. No podía tomar decisiones con el corazón, debía tomarlas con la cabeza.

– Parece que está bien conservado -dijo él, pero su comentario le pareció ridículo. Miró a Molly y a Sam y se percató de que ambos lo miraban asombrados.

– ¿No has visto esa cascada? -preguntó Sam-. ¿Es maravillosa? ¿No crees que es maravillosa?

– Maravillosa -admitió él, y Molly sonrió.

– Con Sam aquí, no tengo que hacer de vendedora -miró cómo la hélice del helicóptero se detenía-. Es más, creo que no tengo que hacer de vendedora en ningún caso. Si tiene el dinero, este lugar se venderá solo -dijo bromeando-, Y si no tiene el dinero, puedo proponerle un plan de financiación muy interesante.

– Estoy seguro de ello -dijo él con frialdad, pero impresionado. Ella había hecho sus deberes.

– No hay ninguna otra propiedad como esta en el mercado australiano -le dijo ella-. No sé para qué quiere este Sitio… pero sea para lo que sea, estoy segura de que Birranginbil cubrirá sus necesidades.

– ¿Birranginbil?

– ¿No sabe que Birranginbil es el nombre de la granja? -sonrió ella-. Ahora, pregúnteme por qué no lo he puesto en letras grandes al principio de la presentación que le he entregado.

Él la miró pensativo, Parecía que tenía mucha seguridad en sí misma y, de pronto, se le ocurrió que Molly estaba haciendo algo que le encantaba. A pesar de que Trevor fuera espantoso, la mujer que trabajaba con él era una auténtica profesional.

Jackson sonrió y se unió al juego.

– Bueno, dígame lo que significa.

– Lugar de sanguijuelas -se rió al ver la expresión de su rostro, y la de Sam-. ¡No me diga que tiene miedo de unas pocas sanguijuelas! -ella rebuscó en su bolso y sacó una pequeña lata-. Hay que ir preparado. Eso es lo que nos enseñaron en la escuela de venta inmobiliaria. Sal. Si hay sanguijuelas, con esto estoy preparada para enfrentarme a ellas.

– ¡Guau! -él estaba cada vez más impresionado. ¡Era muy buena vendedora!

– ¿De verdad que hay sanguijuelas? -preguntó Sam con voz temblorosa y Molly lo abrazó.

– Sí, pero solo en lo profundo del pantano. Los estuarios de alrededor de la playa están limpios, y los embalses que hay cerca de la casa son perfectos para nadar.

– ¿Y para las ranas? -preguntó Jackson, y Molly arqueó las cejas. Ella sonrió, agradecida de que él tratara de que Sam se sintiera incluido.

– Estoy segura de que para las ranas es un buen lugar.

– ¿Podemos enseñárselo a Lionel? -Sam se interesó enseguida.

– Sí -ella dejó de mirar a Jackson y él sintió una pizca de… No estaba seguro. ¿Resentimiento? ¿Celos? Seguramente no. Pensaba que había hablado de las ranas para que Sam sonriera, pero, de pronto, se había dado cuenta de que lo había hecho para que Molly sonriera. Era una extraña manera de llamar la atención de una mujer… pero la atención de una mujer no era algo que a Jackson le resultara difícil conseguir.

Y Molly le había dado la espalda. Molly solo le estaba mostrando su lado profesional, mientras que su lado personal lo reservaba exclusivamente para Sam. Parecía bastante justo. Sam la necesitaba y Jackson no.

Entonces, ¿por qué sentía ese resentimiento?

– Le pediremos al encargado de la granja que lleve al señor Baird a dar un paseo para ver el lugar. Mientras tanto, nosotros buscaremos dónde viven las ranas -le dijo Molly a Sam, y el sentimiento irracional que Jackson estaba experimentando, se agudizó. Después de todo, Molly era la agente inmobiliaria, era su trabajo mostrarle el lugar al cliente…

Jackson decidió que intentaría que así fuera. Y de pronto, sintió que lo importante no era ver la granja, sino verla con Molly.

Capítulo 3

Quedaron con el piloto del helicóptero para que los recogiera al día siguiente, y en cuanto el aparato despegó, apareció una pareja de ancianos. Al ver a Jackson, a Molly y a Sam, sus rostros se iluminaron.

– Una familia -dijo la mujer, y agarró el brazo de su compañero- Ves, Gregor, ¿qué te dije? ¡Una familia!

– No somos una familia -dijo Molly, y Jackson experimentó un sentimiento irracional de decepción. Aunque fuera un malentendido, lo había hecho sentir bien durante un instante.

Pero, por supuesto, Molly tenía razón. Si él estaba interesado en comprar esa propiedad tenía que hacer bien las cosas desde el principio.

– La señora Farr es el agente inmobiliario de la señora Copeland -les dijo-. Yo soy Jackson Baird, el posible comprador -sonrió a Sam, que estaba semiescondido detrás de Molly-. Y este es Sam, el sobrino de Molly. Él y su rana, Lionel, han venido a acompañarnos.

La mujer mayor respiró hondo y dijo:

– Aunque no sean una familia, estamos encantados de conocerlos. Soy Doreen Gray, el ama de llaves de la señora Copeland, y este es mi marido, Gregor. Vamos. Prepararé una taza de té y así nos conoceremos mejor.

Y eso marcó el ritmo del fin de semana. Doreen y Gregor no tenían concepto de la formalidad. Trataron a Jackson, Molly y Sam como si fueran invitados muy especiales. Incluso podrían haber sido familiares suyos por cómo los recibieron.

– ¿No ven a mucha gente, verdad? -preguntó Molly, y se sirvió el tercer pastelito.

– No, cariño, no vemos a mucha gente -le dijo Doreen-. Ha pasado mucho tiempo desde que los Copeland invitaban a las familias importantes de Australia a quedarse aquí. Tenemos diecinueve dormitorios, ¿puede creerlo? Y los teníamos todos llenos. Pero el señor y la señora Copeland fallecieron hace casi treinta años y la señorita Copelaud nunca fue muy sociable. Se mudó a Sidney hace diez años y este lugar ha estado casi abandonado.

– ¿Se ha venido abajo? -Jackson preguntó frunciendo el ceño, pero Doreen se puso muy seria y le ofreció otro pastel.

– Por supuesto que no. La señorita Copeland no lo permitiría. Tenemos más de tres mil cabezas de ganado. Hay más de una docena de hombres trabajando. Y una vez al mes viene una chica de la ciudad a limpiar la casa de arriba abajo. Si mañana mismo quisiera llenar todas la habitaciones, no encontraría nada a faltar.

– Estoy seguro de que no -contestó Jackson mirando a su alrededor. La cocina era grande y acogedora, con un gran fogón de leña que ocupaba toda la pared. Estaba reluciente. «A Cara le gustaría esta cocina», pensó. «No, no le gustaría», corrigió. ¿En qué estaba pensando? Cara no pondría un pie en la cocina a menos que la obligaran.

Pero le encantaría el resto del lugar. La casa era fabulosa. Las paredes de piedra estaban rodeadas por una amplia galería que ocupaba todo el perímetro de la casa. Todas las habitaciones tenían grandes ventanas. Y todo el lugar, tenía un atractivo especial.

Miró a Molly y vio que ella lo estaba mirando. Enseguida supo que estaba en clave de negocios.

– Es un lugar fantástico ¿verdad? Sabe, es la primera persona a quien se lo enseñamos.

– Lo sé.

– Y no será la última -se volvió hacia la señora Gray y sonrió-. Espero que haga estos pasteles cada vez que traiga a un posible comprador. Están deliciosos.

Era una manera delicada de decir que Jackson era el primero de la lista pero que había otras personas que estarían interesadas si él no compraba. Él sonrió.

– Pero tengo la primera opción de compra, ¿no?

– Creo que tiene la primera opción hasta el lunes.

– Muy generosa.

– Tratamos de complacer a nuestros clientes -ella le sonrió. Él se quedó mirándola. Era encantadora. Inteligente. Organizada. Guapa… Se fijó en el dedo anular de su mano izquierda, por si acaso, y al descubrir que estaba vacío, Sintió un enorme placer-. Al señor Jackson le gustaría ver la granja -le dijo a Gregor-, ¿Podría mostrársela?

– Oh, querida… -el granjero se puso serio,

– ¿Hay algún problema?

– No puedo acompañarle -dijo Gregor-. Mis piernas ya no pueden conmigo.

– No me refería a ir caminando. Imagino que habrá algún vehículo,

– El Jeep lo están utilizando. Si hubiéramos sabido que venían… Pero la señorita Copeland nos llamó anoche para decirnos que estaban de camino.

– Hay una bicicleta -dijo Doreen-. Pero solo puede ir uno. También están los caballos, pero la cadera de Gregor no lo soportaría.

Molly se percató de que les dolía admitir que estaban haciéndose mayores y que necesitaban ayuda. Gregor tenía cara de angustia,

– Puedo ir yo solo -dijo Jackson con amabilidad-. La señorita Farr… -miró a Molly de reojo y decidió dejarse de formalidades. Molly me ha proporcionado unos mapas estupendos, y si tienen un caballo, puedo montarlo.

– Pero podría caerse -dijo Doreen-. Hay madrigueras por todos sitios y quién sabe qué más. Querrá verlo todo, y la única manera de hacerlo es a caballo, pero…

– No puede ir solo -añadió su marido. Se volvió hacia Molly y ella notó lo mucho que le costaba preguntarle-. ¿A menos que usted sepa montar?

– Sí, sé montar -dijo ella, y recibió otra mirada de asombro por parte de Jackson. Una sorpresa detrás de otra. Ella dudó un instante. Sam estaba a su lado y su inseguridad era evidente-. Pero Sam no.

– Nosotros cuidaremos de Sam -sonrió Doreen ofreciendo una sencilla solución-. Será un placer -después le dijo a Sam-. Estoy preparando paviova para la cena. ¿Has preparado una alguna vez?

– No, yo…

– ¿Te gustaría aprender? Necesito ayuda para escoger las fresas que van por encima.

– Y estamos criando un ternero -añadió Gregor-. Hay que darle biberón, y me da la sensación de que tú eres capaz de hacerlo.

– ¿Y dijiste que tenías una rana en esa caja? -preguntó Doreen-. Después de terminar todas nuestras tareas, Gregor y yo te llevaremos a un sitio donde hay miles de ranas. Y renacuajos.

Sam asintió con timidez y la tensión que inundaba la habitación se evaporó mágicamente.

– ¿De verdad que sabes montar? -preguntó Jackson tuteándola-. ¿O quieres decir que puedes sentarte en un jamelgo de picadero?

– Compruébalo -contestó ella, y se dirigió a Gregor ignorando a Jackson. Se merecía que lo excluyera-. Según mis informes, tienen buenos caballos.

– Estarán juguetones -advirtió Gregor-. Nadie los ha montado desde hace mucho tiempo.

– Cuanto más juguetones, mejor -dijo él-. No puedo esperar.

– Les llevará casi todo el día visitar la granja -añadió Doreen-. Les prepararé un picnic. Hace un día precioso -sonrió-. Todo arreglado. Pasarán un bonito día viendo el terreno y Sam se divertirá con nosotros. ¿No es maravilloso?

Jackson observó cómo Molly ayudaba a ensillar a los caballos, y enseguida supo que no bromeaba cuando dijo que sabía montar a caballo. Su yegua era muy nerviosa, pero Molly la sujetaba con firmeza. Igual que Jackson sujetaba al caballo que le habían prestado. Después, cuando Gregor los dejó marchar y la yegua comenzó a moverse de un lado a otro, Molly se volvió riéndose hacia Jackson.

– No se tranquilizarán hasta que no hayan galopado un rato, y estos prados parecen seguros. Te echo una carrera hasta la valla del fondo -antes de que él pudiera contestar, Molly se alejaba galopando y su risa dejaba claro que estaba disfrutando.

Era una bonita imagen. Jackson tardó un poco en centrarse en su caballo, y para entonces, ella ya le llevaba mucha ventaja y se había parado para esperarlo.

– ¿Por qué has tardado tanto?

– Pensé que las mujeres de negocios siempre dejaban ganar a sus clientes -se quejó él, y recibió otra preciosa carcajada.

– Upas. De una cosa estoy segura. Si el resto de la propiedad es tan bueno como esta parte, se venderá sola.

Molly tenía razón. Cuanto más veía Jackson, más le gustaba.

– No eres mal jinete -le dijo ella.

– Gracias -dijo él-. Si no supiera que los halagos son buenos para los negocios…

– ¿No te he dicho que esto no es cuestión de negocio? La propiedad se venderá sola, sin necesidad de hacer cumplidos para conseguir un comprador de buen humor.

– Ya lo has conseguido -dijo él. Su humor mejoraba -minuto a minuto. Ella hacía que él se sintiera libre de las restricciones que normalmente sentía que lo rodeaban. «Esas restricciones son mi elección», se dijo él. Su vida. Su trabajo. Cara. Todas las había elegido él. Pero no era malo tomarse un descanso-. ¿Dónde aprendiste a montar? -preguntó él mientras se dirigían hacia las colinas.

– En el lomo de una vaca lechera.

– ¿Bromeas?

– No. Mis padres dirigían una pequeña agencia de noticias rural. Yo sentía celo de los niños que tenían granjas, así que cuando ellos ensillaban a sus caballos, yo hacía lo mismo con Strawberry. Strawberry era nuestra vaca.

– No me digas. ¿Ibas al colegio montada en ella?

– Bueno, no. No podía montarla cuando mi padre estaba mirando. Al montarla dejaba de dar leche.

– Ya me imagino -cada vez estaba más asombrado. La imagen de Molly subida en una vaca invadió su cabeza y trató de borrarla de inmediato. Conseguía ponerlo nervioso.

– El próximo tramo es el malo -dijo ella dirigiéndose a una zona pantanosa- Supongo que es aquí donde están las sanguijuelas. ¿Quieres parar y mirar de cerca? Si es así, yo te esperaré en la próxima colina.

– ¿Tienes miedo de unas pocas sanguijuelas?

– Sí -dijo ella con firmeza-. A pesar de mi lata de sal. Pero tú puedes ir. Pisa donde ningún hombre ha pisado antes. Después de todo, ¿no es esa la fama que tienes?

– ¿Ah, sí? -preguntó él, sorprendido de que ella lo hubiera tomado en serio y lo mirara de arriba abajo. Estaba poniéndose nervioso.

– Dicen que eres implacable, y que en los negocios no hay nada que te detenga.

– Tú también eres una mujer de negocios.

– Así es.

– ¿Pero tienes límites?

– Imagino que igual que tú.

– Como las sanguijuelas.

– Como tú digas -ella sonrió y el ambiente se relajó un poco-. ¿Eso quiere decir que no vas a atravesar el pantano como un verdadero héroe?

– Puedo ver todo lo que necesito ver desde aquí arriba -dijo él con dignidad, y el sonido de la risa de Molly lo perturbó de nuevo.

El pantano era la peor parte de toda la finca. El resto era mágico. Lo rodearon y tomaron rumbo al prado que lindaba con las dunas y el ganado recorría los pastizales. Parecían los animales más felices que Jackson había visto nunca, y pensó, «Y por qué no sería muy feliz si estas tierras me pertenecieran».

Llegaron hasta la arena sin decir ni una palabra. Ambos se encontraban relajados en silencio. Jackson se dirigió a la orilla y comenzó a galopar. Molly lo siguió. Cabalgaron uno al lado del otro, con el agua de las olas mojándoles los pies y las gotas saladas humedeciéndoles el rostro. Cuando por fin se detuvieron, Molly estaba sofocada, pero riéndose de pura felicidad.

– Ha sido maravilloso.

– No aprendiste a hacer eso con una vaca.

– Al final, conseguí un caballo -admitió.

– Entonces, ¿qué diablos estás haciendo en la ciudad?

– Trabajo en la ciudad.

– Tienes todo el aspecto de ser una mujer de campo.

– Vaya, gracias. Pensé que había ocultado mejor mis orígenes.

– Nosotros también tuvimos una granja -le dijo él-. Cuando yo era un niño. Mi madre tenía unas tierras al norte de Perth y yo pasaba todo el tiempo que podía allí. Y uno no pasa un montón de años en una granja sin aprender a diferenciar a una urbanita de una… -¡vaya! ¿Adónde los llevaría esa conversación? «Los negocios. Baird, céntrate en los negocios»-. De una mujer de campo -admitió. Y al ver la expresión pensativa de su rostro, se quedó dudando. ¿Estaría ella sintiendo lo mismo que él? ¿Qué pasaría si él…? «Los negocios!»- Desde los acantilados veremos toda la zona -dijo Jackson, y se echó a un lado-. Será un buen sitio para comer.

– Estoy segura -dijo ella-. Vamos, MacDuff, guía el camino.

Pero la tensión no disminuyó.

«Yo no reaccionaba de esta manera con las mujeres», pensó él mientras se terminaba uno de los sándwiches que Doreen les había preparado. Molly lo había abandonado en la manta de picnic. Se había alejado un poco para que él pudiera admirar el paisaje espectacular. Debería estar concentrándose en él en lugar de pensar tanto en ella.

Maldita sea, él nunca era así con las mujeres. No le hacía falta ser así. Siempre había tenido a una mujer a su lado, desde que tuvo su primera cita, a los quince años. La combinación de dinero, poder y atractivo, era algo a lo que pocas mujeres podían resistirse. Y después del último desastre…

«Ten cuidado», se dijo, pero después pensó: «Quizá una pequeña aventura no me haga daño». Molly no era una adolescente. El brillo de sus ojos le indicaba que era consciente de sus cualidades y que lo admiraba. No era tonta. No se haría una idea equivocada como…

¡Guau!

– Hay un poco de vino aquí -dijo Jackson para dejar de pensar en ello. Ella estaba a unos metros de distancia, sentada en la rama de un árbol bajo. En la lejanía se veían los pastos y el agua del río deslizándose hasta el mar. El sol le daba en la cara y su mirada transmitía tranquilidad.

«Cómo podía describirla. Es como si estuviera hambrienta», pensó él. «Pero no de comida, sino de vida». Parecía querer absorber cada minuto de ese momento, y que durara toda una vida.

– No necesito vino -dijo ella-. No necesito nada -añadió sin cambiar la expresión de su rostro.

– ¿Por qué trabajas en la ciudad? -preguntó Jackson con curiosidad-. Es evidente que te encanta estar en el campo.

– La casa de Sam está en la ciudad.

– ¿Te mudaste allí cuando murieron sus padres?

– ¿Tú no lo habrías hecho?

La pregunta lo desconcertó. ¿Lo habría hecho? No estaba seguro. Como hijo privilegiado de una familia adinerada nunca había tenido que hacer el tipo de sacrificio que Molly estaba haciendo.

– Los niños se adaptan enseguida a los cambios -contestó-. Imagino que estabas viviendo en el campo cuando ocurrió el accidente. ¿No podía haberse ido Sam a vivir contigo?

– Lo intenté -dijo ella-. Fue un desastre -¿Debía contarle toda la historia de Michael? De ninguna manera. Había cometido el error de amar a un cretino y darse cuenta de ello había significado una tragedia. No podía vivir en el mismo pueblo que Michael-. Los padres de Sam vivían en un lujoso apartamento de la ciudad y él va a un colegio allí. Necesitaba que todo siguiera igual en su vida, así que me mudé.

– ¿Pero no es…

– ¿Te has fijado en la capacidad productiva de estos pastos? -preguntó ella cambiando de tema-. Es impresionante. Nunca había visto cifras similares en campos no dedicados a la industria lechera, y eso es sin añadir nutrientes a los pastizales… algo que no se ha hecho desde hace años. Si quisiera invertir en superfosfato…

– Invertiré en superfosfato.

– ¿Quieres decir que vas a comprar la tierra? -preguntó ella con los ojos entornados.

– Si compro, invertiré en superfosfato.

– Es una gran compra.

Silencio. Entre los arbustos, un martín pescador comenzó a emitir su escandalosa risa. Desde donde estaban sentados, se podía oír el ruido de las olas, y el susurro de la brisa entre los árboles. El lugar era mágico.

– Este sitio se vendería en menos de dos minutos si saliera al mercado.

– No hay muchos compradores con el dinero necesario para comprar este sitio.

– Yo conozco, al menos, cinco -dijo ella-. ¿Quieres que te los nombre? Si decides no comprar, contactaré con ellos en segundos. Ellos no saben que está a la venta, si no estarían llamando a nuestra puerta.

Él sonrió compungido.

– Sabes presionar muy bien.

– Es mi trabajo -dijo con una sonrisa.

– ¿Vender granjas?

Molly dejó de sonreír.

– Sí.

– Pero ahora vendes propiedades en la ciudad. ¿Eso te gusta?

– Por supuesto que sí.

– No lo creo. Eres una mujer que has nacido y crecido en el campo. Hasta yo me doy cuenta de ello.

– Bueno, ¿y tu?-preguntó ella tratando de cambiar el rumbo de la conversación-. Pasaste gran parte de tu infancia en una granja. ¿Por qué estás pensando en comprar este lugar? ¿Quieres regresar a tus raíces?

– Podría decirse que sí.

– Por lo que sé, pasas mucho tiempo en el extranjero.

– Hasta ahora.

– Así que estás pensando en asentarle aquí -la idea le resultaba atractiva. Ese hombre y ese lugar parecían hechos el uno para el otro. El se apoyó contra una roca y los rayos del sol acariciaron su rostro mientras contemplaba los pastos y el mar. Parecía tranquilo. Como un hombre que regresa a casa.

– Quizá -dijo él al fin.

– ¿Estás pensando en casarte?

Se puso muy serio.

– ¿Por qué lo preguntas?

– No lo sé -Molly se encogió de hombros. Después de todo, no era asunto suyo-. Imagino que cuando un hombre piensa en asentase…

– Y a la señora Gray le gustaría tener una familia aquí…

– Además -ella sonrió-. Espero que la complazca. Al fin y al cabo, es muy importante mantener a los empleados contentos.

– ¿Teniendo una familia? De ninguna manera. Ni siquiera por los Gray. Quizá, te pida prestado a Sam de vez en cuando.

– A él le gustaría.

– Entonces, a pesar de que vivís en la ciudad, ¿Sam no está contento?

Ya estaban otra vez hablando de la vida de Molly, y no deberían. El era un cliente, y ella sabía que no debía mezclar los negocios con el placer. Tenía que mantenerlos completamente separados.

Pero era tan tentador hablar de Sam. Ella se preocupaba mucho por él, y la mirada de los ojos grises de Jackson indicaba que él estaba realmente interesado.

– No -suspiró ella-. No es feliz. Supongo que no puedo esperar que lo sea… sus padres murieron hace apenas seis meses. Pero… -se calló y se mordió el labio inferior. A él no podía importarle de verdad.

Pero parecía que sí le interesaba.

– ¿Cómo se hizo las moraduras que tiene en la mejilla?

– Se enfrenta al mundo.

– ¿Puedes explicármelo mejor?

Aunque no fuera algo sensato, Molly sentía muchas ganas de contarle sus preocupaciones a Jackson.

– El es demasiado pequeño -dijo ella-. Es el más bajito de la clase, pero no se achanta por ello. Siempre se defiende, pase lo que pase. Si un chico más grande lo empuja, Sam le devuelve el empujón, sin pensar en las consecuencias… y siempre sale perdiendo. La escuela no es muy buena, pero no puedo permitirme cambiarlo a otro colegio.

– ¿Problemas económicos?

– Mi hermana y su marido no creían en los seguros. Y vivían a todo trapo. Dejaron muchas deudas.

– Ya veo. El niño es mucha responsabilidad.

– Eso es.

Ambos se quedaron en silencio otra vez. Pero era diferente No había tensión en el ambiente. Era como si ambos supieran lo que el otro estaba pensando.

«Parece un amigo», pensó Molly. Era como si le hubiera ofrecido la amistad en un lugar extraño, pero era amistad, al fin y al cabo. Había percibido preocupación.

en su tono de voz, y tuvo que hacer un esfuerzo para contener las lágrimas. Aquel hombre tenía la capacidad de afectarla. ¿Y por qué? Porque era grande, atractivo, amable y… ¡Y millonario… o multimillonario Como tal, estaba fuera de su grupo. Incluso como amigo. Los hombres como Jackson no eran amigos. Si eran algo, eran problemas. Molly se levantó para recoger las cosas de picnic…

– Es hora de que nos vayamos. Todavía queda mucho por ver.

– Es cierto -pero Jackson no dejaba de mirarla, pensativo.

– Pues ayúdame -dijo ella-. No va a caber todo en mi alforja.

– ¿Pero no eres mi sirviente? -preguntó él en tono de broma, y Molly se sonrojó.

Capitulo 4

– No, señor Baird, no soy su sirviente -contestó ella, y siguió empaquetando.

Pero él no la ayudo, Permaneció mirándola, con una extraña expresión en su rostro pensativo.

«Menuda mujer!» El pensamiento había salido de la nada, y Jackson no tenía si idea de qué hacer con él. Montaron a caballo durante tres horas y a penas hablaron. No había necesidad de hacerlo.

Molly decidió que la finca se vendía por sí sola. Cada zona parecía mejor que la anterior. Era como un paraíso alejado del mundo. Cuanto más veía, los tres millones le parecían cada vez menos dinero.

Pero no era ella la que había puesto el precio. Hannah Copeland la había puesto a la venta por ese dinero y era Jackson quién tenía que decir sí o no. Si él decía que no, Molly llamaría a Hannah y le diría que aumentara el precio la próxima vez que se la enseñara a alguien.

– ¿Qué estás pensando? -preguntó Jackson, y Molly descubrió que él la estaba observando-. Estaba pensando en subir el precio.

– ¿Crees que tres millones es barato?

– Lo es, y tú lo sabes.

Jackson miró a su alrededor y tuvo que admitirlo.

– Si.

– Entonces, ¿si te pido más dinero?

– Te diré que te des una ducha de agua fría.

– Qué franco -sonrió ella-. ¿Pero estás de acuerdo en que es una ganga?

– Imagino que hay algunas condiciones, ¿no?

– Puede que sí. Si estás interesado de verdad contactaré esta misma tarde con la señora Copeland y le preguntaré qué tiene pensado.

– Puede que una condición sea quedarse con Doreen y Gregor.

Molly pensó que podía ser una posibilidad. La pareja de ancianos había vivido allí la mayor parte de su vida y sería muy duro para ellos tener que mudarse a otro lugar.

– ¿Eso sería un problema?

– Ese tipo de obligaciones son una lata.

– Supongo que serían fieles al nuevo propietario.

– Deberían retirarse, y tú lo sabes.

Ella lo miró a los ojos.

– ¿Y serás tú quien los despida? -de pronto, sintió que su respuesta era muy importante para ella. Sabía cuál debía ser su respuesta, él era un despiadado hombre de negocios, pero en el poco tiempo que había pasado con él, había descubierto su amabilidad, y era muy importante para ella que él siguiera mostrándosela.

– Solo porque haya curado a una rana no creas que soy un hombre sensible.

– También te portaste muy bien con Sam.

– De acuerdo, fui amable con Sam -admitió-. Ninguna de esas dos cosas me costaron dinero.

– Y si te hubieran costado dinero… ¿lo habrías hecho?

– Depende de cuánto. Cualquier cosa que fuera más de dos peniques la habría consultado con mi contable.

Ella se rió y se volvió hacia el sol. Hacía tiempo que no se sentía tan bien. Al menos desde la muerte de Sarah. Jackson le había regalado ese día, y tenía que estarle agradecida.

– ¿Mantendrás a Doreen y a Gregor como empleados?

– Todavía no he dicho que vaya a comprar este lugar.

– Tampoco has dicho que no.

– Puede que no lo haga.

– Sí, claro -Molly sabía que lo tenía atrapado. Parecía que las cosas iban muy bien. Pero no quería presionarlo, así que guió a su caballo hacia el río-. Si seguimos el río acabaremos en casa -le dijo.

– No.

– ¿No?

– Acabaremos nadando -le dijo él-. Parece fabuloso.

– Parece mojado.

– ¡Gallina!

– No he traído bañador -dijo ella-. Y los agentes inmobiliarios respetables no se bañan en ropa interior con sus clientes. No está bien visto.

– Qué lástima.

– Es una lástima -sonrió ella-. Pero no permitas que yo te lo impida.

– ¿Desnudarme?

– Como si fueras mi invitado. Te prometo que no sacaré una cámara. Y si lo hago, será una muy pequeña.

– Sabes, no me sorprendería nada que llevaras una junto al repelente para sanguijuelas -dijo él.

Ella soltó una carcajada. El sonido de su risa era alegre, y él permaneció sentado en la silla de montar, mirándola. Cuando ella continuó avanzando, él tuvo que hacer un esfuerzo para seguirla.

¿Qué diablos le estaba pasando? ¡No tenía ni la menor idea!

Pero al final, Molly terminó nadando. No tuvo elección. Llegó al río antes que Jackson, y cuando él la alcanzó, se percató de que su risa había desaparecido y de que miraba fijamente a la corriente.

– ¿Qué ocurre? -miró hacia donde miraba ella y lo comprendió-. Oh…

Un poco más arriba, habían caído un par de troncos sobre el río, y las ramas y las hojas se habían amontonado encima. Un cachorro de canguro había saltado sobre las ramas pensando que era suelo firme y el animal había quedado atrapado y la corriente lo arrastraba hacia el mar.

En la otra orilla, una canguro seguía horrorizada los pasos de su cachorro. Saltaba de un lado a otro, sabiendo que no debía arriesgarse, pero sin querer abandonar a su cría. El cachorro de canguro podía ahogarse en poco tiempo. Jackson miró a Molly y vio que se había bajado del caballo y se estaba quitando las botas.

– ¿Qué diablos estás haciendo?

– Puedo alcanzarlo.

– El agua te arrastrará hasta el mar.

– A mí no. Soy una chica de campo… ¿recuerdas? Nací y crecí junto al mar Puedo nadar como un pez.

Jackson se bajó del caballo y la agarró del brazo para retenerla.

– No seas estúpida, solo es un canguro -Molly trató de zafarse con fuerza, pero él la retuvo-. Molly, no.

– Puedo hacerlo. ¿Solo es un canguro? Sí, y también era solo una rana. No puedo dejar que se ahogue.

– ¿Y cómo piensas agarrarlo? Te hará pedazos -vio la expresión de su rostro y decidió estudiar la entrada al río.

Quizá ella tuviera razón. Quizá era posible. El agua parecía lo bastante clara. Aparte de los troncos y las ramas que atrapaban al canguro no había mucho más dónde poder engancharse, y el fondo del río parecía de arena.

– Entraré yo -dijo él.

– ¡No puedes!

– ¿Por qué no? -él estaba quitando la silla del caballo-. Necesitaremos las correas y la manta para sujetar al canguro. Ayúdame.

– Si te ahogas, Trevor me matará. Millonario muerto por un canguro. No creo que le guste.

– No pienso ahogarme.

Ambos se miraron.

– Entraremos juntos -dijo Molly.

– No seas ridícula -Jackson se estaba quitando las botas.

– ¿Quién es el ridículo? Si entra uno, entramos los dos -dijo Molly, y se metió en el agua antes que él.

Jackson no la siguió. La observó y esperó.

Sabía que no merecía la pena lanzarse sin más. Lo había aprendido durante su carrera profesional. Era mejor esperar y emplear la lógica.

Molly parecía saber lo que estaba haciendo y, tras observarla, Jackson lo confirmó. Se había metido en el agua y nadaba contra corriente para llegar al centro del río antes que el canguro. Al ver que nadaba con fuerza y decisión, Jackson se quedó tranquilo. Molly estaba a salvo. Se ató la manta y las correas a la cintura y se metió en el agua.

Molly era una buena nadadora, pero Jackson era mejor. Mientras ella tenía que atravesar la corriente en diagonal, él podía atravesarla en perpendicular.

El canguro seguía flotando río abajo, hacia ellos. Y apenas se le veían las orejas y los ojos en la superficie. Las ramas sobre las que se encontraba se estaban rompiendo y cada vez estaba más hundido.

Jackson llegó hasta la mitad del río primero, y Molly poco después. Cuando llegó junto a él, Jackson le tendió la mano y ella se agarró con decisión. Segundos más tarde, el canguro se dirigía hacia la barrera que ellos habían creado con los brazos.

El canguro no era muy grande, pero con el peso de las ramas en las que estaba atrapado parecía que pesaba una tonelada. Y la criatura estaba aterrorizada. Al ver a las dos personas en medio del río trató de retroceder, pero la plataforma de ramas se tambaleó. No pudo saltar. Jackson y Molly formaban una trampa con sus brazos y con el ramaje, y poco a poco, todos eran arrastrados hacia la desembocadura del río.

Y en la desembocadura había rocas.

– Regresa a la orilla -gritó Jackson-. No puedes hacer esto.

– Sí puedo.

– Lo haré yo. Tú regresa a la orilla -intentó soltarle la mano, pero ella no se dejó.

– No, intentémoslo juntos.

– Molly, no tienes derecho. Acuérdate de Sam.

Perfecto. Ella estaba arriesgando su vida y él recordándole sus responsabilidades. Como si necesitara que se las recordaran. «No estoy arriesgando nada», pensó enfadada, «puedo hacerlo».

– Estamos malgastando energía -dijo ella-. Nada.

Seguían agarrados de la mano. El la sujetaba con fuerza y ella no pensaba soltarse. El canguro estaba entre ellos, y era evidente que estaba muerto de miedo.

El animal intentó retroceder. No se quedaría en la plataforma esperando a que lo llevaran a la orilla. Trataría de saltar en cualquier momento.

– Me pondré detrás de él -gritó Jackson-. Quédate donde estás.

Había una rama más larga que las demás. Molly la agarró con cuidado, tratando de no hundirla más para que el canguro no se hundiera también.

– Mírame -le dijo al canguro cuando adivinó cuáles eran las intenciones de Jackson. Continuo hablando con el animal mientras este retrocedía poco a poco. Intentaba que el cachorro mantuviera la mirada clavada en ella.

Cuando Jackson se colocó detrás del animal, desató la manta empapada y la levantó. Antes de que el canguro pudiera reaccionar, Jackson lo cubrió con la tela y lo envolvió.

El animal comenzó a arañar con sus afiladas garras, pero la manta era de fieltro grueso. Jackson lo inmovilizó y se quedó flotando de espaldas. El canguro se retorcía con furia sobre el pecho de Jackson, pero finalmente, se quedó quieto.

– No puedo hacer nada con él encima -dijo Jackson-. ¿Puedes arrastrarme?

Molly soltó la plataforma de ramas para que siguiera rumbo al mar y nadó para colocarse detrás de Jackson. Lo sujetó por la barbilla, se tumbó de espaldas y comenzó a nadar tirando de él. Jackson pataleaba a la vez que ella y, despacio, avanzaron hacia la orilla.

Necesitaron todas sus fuerzas para arrastrar al canguro hasta la orilla. Después, Jackson no comprendía cómo habían podido hacerlo. Sin duda, él no habría podido hacerlo solo.

Molly tenía una fuerza increíble. Él podía patalear, pero nada más, y eso solo no bastaba para luchar contra la corriente. Pero de algún modo, ella encontró la fuerza necesaria para trasladar a todos hasta la orilla.

El río se ensanchaba en la desembocadura y su lecho estaba formado por rocas. Las olas del mar rompían en la entrada y la corriente disminuía un poco justo antes de la desembocadura.

Molly y Jackson patalearon al mismo tiempo y llegaron a la orilla justo antes de ver la primera roca.

Pero incluso allí, el canguro no estaba a salvo. Cuando se pusieron de pie en la zona de baja profundidad, vieron que en la orilla había un talud de arena bastante alto y ningún sitio donde agarrarse.

– ¿Y ahora qué? -preguntó Jackson con preocupación. Estaba sujetando al animal fuera del agua, pero el canguro empezaba a revolverse de nuevo.

– Sube tú y yo te empujo -dijo Molly.

– ¿Estás bromeando?

– No.

– Tengo una idea mejor -Jackson envolvió al canguro de nuevo para asegurarse de que no pudiera sacar las patas y se lo tendió a Molly. Se pegó al talud y entrelazó las manos para que ella pudiera utilizarlas como escalón.

– Sube.

Molly miró a Jackson y después al talud.

– No puedo.

– Claro que puedes, chica -dijo él-. Además, no hay otra elección… así que, ¿qué remedio te queda?

De algún modo, el plan funcionó. Molly consiguió subir al talud y riéndose aterrizó junto a la manta mojada en la hierba. Después, ayudó a subir a Jackson. El subió de golpe y estuvo a punto de caer sobre ella y el canguro.

Estaban a salvo.

– Lo hemos conseguido -dijo Molly mientras Jackson desenvolvía al canguro.

Sí. Lo habían conseguido. Jackson miró a Molly y sonrió. Tenía aspecto de agotada y estaba empapada. Pero nunca había visto nada más bello…

– Es precioso -murmuró Molly cuando el canguro quedó al descubierto.

El cachorro de canguro era precioso, pero la chica también. Haciendo un esfuerzo, Jackson consiguió responder.

– Sí, claro. Precioso. Pero estúpido -el animal los miraba con incredulidad. Estaban en la orilla contraria de donde habían empezado, en el mismo lado que su madre, y esta estaba mirando hacia ellos para ver qué estaba pasando.

– ¡Estúpido! ¡Vaya cosas que dices!

– Soy muy pragmático -contestó él-. Alguien tiene que serlo. Si yo no fuera tan pragmático habrías intentado rescatar al canguro sin la manta, y ahora estarías sangrando sin parar.

Ella sonrió.

– Entonces, me alegro de que seas tan pragmático. Pero también… Oh, Jackson, ¡va a saltar!

– Mmm.

Molly entornó los ojos.

– ¿Estás bien?

De pronto, él se sentía muy bien. Habían luchado con ímpetu y habían ganado, y no tenía nada que ver con la lucha diaria que había llevado a cabo durante años en sus negocios. Miró a Molly y se percató de que sus ojos brillaban con triunfo y alegría.

– Lo hemos hecho muy bien. Bien por nosotros.

– Jackson…

No hacían falta más palabras. Al oír el tono de su voz, Jackson se volvió y vio a la madre del canguro saltando hacia ellos. Había visto a su cachorro y estaba dispuesta a recuperarlo.

– Dale un empujón -dijo Molly, medio riéndose. Los canguros eran muy grandes, e interponerse entre una madre y su cría…

– Eso intento -Jackson agarró la manta y la levantó con fuerza. Después, se retiró con rapidez.

El canguro se puso en dos patas y corrió con su madre como si Molly y Jackson fueran la causa de todos sus problemas en lugar de sus salvadores.

– ¿Has visto eso? -pero Jackson tenía una amplia sonrisa en el rostro. El canguro había alcanzado a su madre. Esta lo olisqueé de arriba abajo y el pequeño se metió directamente en su bolsa. La madre comenzó a moverse enseguida y, mientras se dirigía hacia el resto de la manada, miró hacia atrás una sola vez.

– Eso es una muestra de agradecimiento.

– Yo también estoy agradecida -dijo Molly. Ella sola no podría haber salvado al canguro. Quizá había sido un poco arriesgado intentarlo, pero en los últimos meses había visto demasiadas muertes, y si podía evitar una más…

– Sabes, no puedes salvar el mundo -él la estaba mirando y sabía lo que pensaba.

Ella se sonrojé.

– Pero puedo intentarlo.

– Molly… -y entonces, antes de saber cuáles eran sus intenciones, se acercó a ella.

¿Por qué? Jackson no lo sabía. Pero ella parecía tan sola. Arrodillada en la arena mirando al canguro con preocupación. Estaba empapada y llena de arañazos, y Jackson no pudo evitar tomarla entre sus brazos. Sujetarla contra su cuerpo de forma que sus senos se apretaran contra su pecho.

Para consolarla…

No. Era algo más que consuelo. ¡Era deseo! Él podía sentir el latido de su corazón contra su pecho. La besó en la frente, y cuando ella levantó el rostro para mirarlo, la besó en los labios abrazándola con más fuerza.

Sabía a sal marina. Sabía a…

¿A qué? Él no lo sabía. Lo único que sabía era que nunca había sentido nada como aquello.

Había besado montones de bocas llenas de pintalabios que lo reclamaban con decisión. Pero en ese beso no había pericia.

El primer roce fue extraño., como si ella no lo esperara, o no lo deseara… como si no supiera qué hacer cuando lo recibió.

Pero tampoco se retiró. Su respuesta fue de asombro, como si no comprendiera por qué la estaban besando.

Molly necesitaba consuelo. Necesitaba que le confirmaran que la vida era más fuerte que la muerte. Que lo había intentado y había ganado, y que el hombre que la había ayudado estaba con ella. Era un hombre fuerte y maravilloso…

Ella no pedía nada más. Le sujetó el rostro con las manos y separó los labios para recibir el beso. ¡Y disfrutar del momento, de Jackson y de la vida!

Sus cuerpos mojados recibían los cálidos rayos del sol y, poco a poco, iban recuperándose. Se abrazaban con deseo desesperado, algo que no tenía nada que ver con los rituales de cortejo a los que ambos estaban acostumbrados. Eran un hombre y una mujer, en la arena bajo el sol, y el mundo que los rodeaba era como un telón de fondo para el deseo.

Y cuando por fin se separaron, ninguno de los dos se sentía confundido. Ambos sabían que habían hecho lo correcto. En el lugar adecuado. En el momento adecuado. El hombre adecuado para la mujer adecuada.

Los ojos de Molly brillaban con alegría, y no con la confusión de una mujer que se fijaba en el dinero antes que en Jackson. No lo miraba con timidez. Se estaba riendo y se disponía a acariciarle el cabello.

– Llevas, una corona de algas, rey Neptuno.

– Lo mismo te digo -le retiró un mechón de pelo de los hombros-. Cielos, debemos parecer…

– ¿Náufragos? -ella seguía riéndose-. Pero por un buen motivo. Oh, Jackson, ¿no ha sido maravilloso?

– Maravilloso -convino él.

– ¿Quieres hacerlo otra vez?

– ¡Espero que el canguro no sea tan estúpido!

– ¿Me refería al canguro? -preguntó entre risas-. Bueno, vale, sí que hablaba del canguro -se separó de él y comenzó a arremangarse el pantalón-. Y no quiero volver a hacerlo. Me golpeé la pierna con un tronco mientras subía el talud. ¡Mira que nadadora!

Maldita sea, era como si el beso no hubiera tenido lugar. Jackson no podía evitar sentirse un poco afectado. Después de todo, la había besado y no estaba acostumbrado a besar a una mujer y que esta no reaccionara.

Sobre todo, cuando el beso había sido perfecto.

«Nos hemos besado por la emoción del éxito obtenido. Por nada más. Ha sido la emoción del momento», se dijo. Molly sabía igual que para ti que el beso no significaba nada, que a partir de ese momento, volverían a mantener una relación estrictamente de negocios.

«Así que no le des importancia», se dijo Jackson, a pesar de que sentía un enorme deseo de tomarla entre sus brazos y…

– Yo también tengo moraduras -le dijo a Molly, y solo él sabía el esfuerzo que tenía que hacer para que no se le quebrara la voz.

– ¿Puedo verlas?

Jackson soltó una carcajada.

– No. Están en un sitio que un agente inmobiliario no debería mirar.

– Territorio inexplorado, ¿eh?

– Algo así -se miraban y sonreían como idiotas. De pronto, la tensión se apoderó del ambiente y él no supo qué hacer Porque no podía besarla otra vez, ¿verdad? No. No podía. No quería iniciar algo que luego no pudiera parar. Porque tener una pequeña aventura con Molly Farr…

¡No! Era imposible, y él no sabía por qué. Sería como empezar un fuego salvaje. El no sabría cómo apagarlo y, ni siquiera, si quería hacerlo.

¿En qué estaba pensando? Por supuesto que querría apagarlo. ¿No había aprendido nada durante los últimos meses? ¿No había hecho un pacto con Cara? No tendrían ninguna relación con nadie de quien pudieran enamorarse. Ese era el trato.

Trató de no pensar en ello y se puso en pie. Forzó una sonrisa y tendió la mano para ayudar a Molly.

Ella miró la mano durante un instante y después la aceptó. Era como si hubiera tomado una decisión. Su mano era cálida, fuerte y segura…

– Será mejor que regresemos a casa -dijo él. Ella lo miró y sonrió, como si no fuera consciente del torbellino de emociones que él tenía en la cabeza. Jackson miró al otro lado del río para dejar de pensar en Molly-. Oh, cielos. Tu yegua no está. No debiste de atarla.

– Entonces tenemos que regresar pronto. Llegará a casa sola y se asustarán.

– Y eso no puede ser.

– No quiero asustar a Sam -dijo ella, y comenzó a caminar hacia donde el río se estrechaba para poder cruzarlo con más facilidad.

Él la alcanzó. Cada vez se sentía más resentido. No estaba acostumbrado a que lo trataran como lo estaba tratando aquella mujer.

– Pero sí te metes en un río para salvar a un canguro corriendo el riesgo de ahogaste. ¿Cómo se corresponde eso con no asustar a Sam?

Ella se detuvo y se volvió para mirarlo, contestando enojada:

– Nunca he estado en peligro. Si no hubiera podido salvar al canguro habría nadado hasta la orilla.

– ¿Y si la corriente hubiera sido demasiado fuerte?

– Sabes muy bien que el río se ensancha en la desembocadura. Que el agua es menos profunda y que la corriente disminuye. Si hubiera corrido el riesgo de pasar el punto de no retorno, habría podido regresar antes de llegar a las rocas.

– ¡Maldita seas, Molly! Podías haber muerto.

– No lo creo. No me conviertas en una heroína.

– ¿No es eso lo que eres? -había rabia en su tono de voz-. Lanzándote al suelo para salvar una rana. Metiéndote en el río para salvar un canguro. Adoptando un huérfano…

– No digas eso -le echó una mirada fulminante con sus ojos marrones-. Adopté a Sam por mi bien. Por mí. Claro que Sam me necesita, pero yo también lo necesito a él. Perdí a mi hermana y a mi cuñado, y mi forma de vida. No tengo a nadie más que a Sam. Y si quieres tildar a alguien de heroína, vete a buscar un cuento de damiselas, pero no me escojas a mí.

– Yo…

– No creo que me lanzara temblando a tus brazos como harían las buenas heroínas -le dijo antes de que él pudiera hablar.

– Nunca pensé tal cosa.

– Entonces, ¿por qué me besaste?

– Hey, no fui solo yo. Tú también me besaste.

Molly tenía las manos en las caderas, su pelo estaba empapado y todavía tenía algunas algas en la cabeza… una vez más, Jackson pensó que nunca había visto nada tan bello.

– Puede que te besara, pero no era mi intención hacerlo -musitó ella-. Tenía frío.

– Estabas temblando.

– Y tú también.

– ¿Yo? ¿Temblando? -preguntó él arqueando las cejas.

– Sí -sonrió, y su rabia disminuyó-. Estabas temblando. Así que, señor Baird, los héroes también tiemblan.

– Yo no temblaba.

– Sí que temblabas, y no podía dejar que muñeras de frío. Me causaría muchos problemas.

– ¿Te preocupa perder un buen cliente?

– Sin duda. Ya te lo he dicho. Trevor me mataría si regreso contigo muerto. Esa es la única razón por la que te besé.

– Sí, claro.

No había nada más que decir. Se deslizaron por el talud hasta caer al agua y cruzaron hasta la otra orilla, uno junto al otro.

Había mucha intimidad entre ellos. Nadar al mismo ritmo era algo muy íntimo. Era como silos dos fueran uno solo…

Llegaron al lugar donde los esperaba un caballo. Encontraron sus botas y las miraron sin convicción.

– Tengo los calcetines empapados.

– Yo voy a quitármelos -Molly se sentó en el suelo y comenzó a quitárselos. Después, se volvió y vio que Jackson la estaba mirando-. ¿Qué? ¿Nunca has visto unos pies descalzos?

Por supuesto que sí. Pero lo que no sabía era por qué, al ver a Molly quitándose los calcetines, había sentido algo extraño.

– Me ha parecido muy erótico -murmuró, y ella soltó una carcajada.

– Esa soy yo. Mata Hari no tiene nada que hacer conmigo. La danza de los siete velos está pasada de moda.

– Ahora se lleva la de los calcetines mojados -arqueó las cejas-. ¿No me acompañas?

– ¿En el strip-tease? No creo -se sentó, se puso las botas sobre los calcetines mojados, y ella lo miró asombrada.

– Hay modestia, y estupidez. No voy a desmayarme por ver unos pies descalzos.

– No, pero las botas me harán daño si me las pongo directamente sobre la piel.

– No tienes que caminar. Tu caballo está aquí… ¡el mío se ha escapado!

– Puedes montar en el mío.

Ella sonri6.

– Vaya un héroe. Muchas gracias, pero no.

– ¿Por qué no?

– ¿Para que le digas a Trevor que hice volver andando a su cliente? Ni lo sueñes. Sé lo que vale mi trabajo.

– No le diré nada de eso a Trevor. Por supuesto que vas a montarlo.

– Por supuesto que no.

– Entonces, iremos los dos caminando.

– Eso es ridículo.

– Ridículo o no, es lo que hay.

Capítulo 5

Media hora más tarde, Gregor se alegró al ver que Molly y Jackson se dirigían caminando hacia la casa. Estaban empapados y el caballo estaba situado entre ambos. La yegua había llegado antes, y al verla, Gregor se había asustado. No se lo había dicho a Doreen para no preocuparla, pero había estado a punto de sacar la bicicleta, a pesar de tener mal la cadera, y de ir a buscarlos para averiguar si estaban bien.

Sin embargo, parecía que ambos estaban bien. Caminaban con tranquilidad y Molly iba riéndose.

– ¿Lo hemos asustado? -preguntó Molly.

– No, señorita. Bueno, un poco sí. No me gustó ver que la yegua venía sin usted. Pensé que se había caído en algún bache.

– No ha pasado nada de eso. Solo que no la até bien.

– Nos paramos para rescatar a un cachorro de canguro que se había caído al río -añadió Jackson, sin dejar de mirar a Molly. Lo tenía fascinado. Seguía pareciéndole maravillosa. Estaba empapada y llena de arena. «Cara se moriría si la viera así», pensó de repente. Cara y cualquier otra mujer de su círculo de amigos. Pero a Molly parecía no importarle.

– ¿Sam no estaba preocupado? -preguntó ella, y el hombre negó con la cabeza.

– No se lo he dicho. No hay que dar malas noticias antes de que sea necesario.

– Muy astuto.

– ¿Y el canguro?

– Intentó cruzar el río por donde había un montón de ramas, pero era muy inestable.

– Diablos. Ya sé dónde ha sucedido eso -asintió Gregor-. Ha ocurrido otras veces. Una vez perdí a un ternero de esa manera. Las ramas y troncos se amontonan en ese recodo del río -hizo una mueca-. Hay que mirarlo cada día -dijo, y se puso serio.

Molly sabía lo que estaba pensando. Si Jackson compraba aquel lugar, Gregor no se atrevería a ofrecerse como capataz de la granja. Pero tampoco intentaba quitarse la responsabilidad. Se abrazó a sí mismo y confesó:

– Esta mañana no he hecho la ronda, y debía haberla hecho.

– ¿Es el único hombre que trabaja en la finca a jornada completa? -preguntó Jackson despacio, y Molly notó que Gregor se ponía aún más serio. «Ya está. Jackson va a sugerirle que se retire», pensó ella.

– Sí -Gregor tomó las riendas del caballo y Molly vio que se ponía tenso. Esperaba lo inevitable.

Pero no sucedió.

– Según las escrituras hay dos casas pequeñas en la propiedad -Jackson seguía con el ceño fruncido-. ¿Supongo que Doreen y usted viven en una?

– Sí. En la casa de los guardeses.

– ¿Y la otra?

– Está vacía.

– ¿Pero se podría vivir en ella?

– Oh, sí, señor -dijo Gregor-. Es un bonito lugar con vistas a la zona sur del río. Ha pasado mucho tiempo desde que el capataz de la granja vivió allí.

– Este lugar tiene un capataz -dijo Jackson-. Es usted. Pero necesita más. Un lugar como este no puede prosperar con trabajos temporales. Necesita trabajo continuo. Lo que necesita es un hombre joven al que pueda enseñar poco a poco, mientras usted va delegando en él. O una pareja. ¿Que le parecería enseñarles?

– Quiere decir, ¿enseñarles y luego marcharme?

– No me refiero a nada de eso -dijo Jackson-. Si compro este lugar, necesitaré todo los conocimientos posibles acerca de este sitio, y perder a las personas que más saben sería ridículo. Aquí habrá trabajo para usted y para Doreen siempre que quieran, e incluso si se retiran me gustaría que se quedaran como consejeros.

Era como si hubiera salido el sol.

– ¿Lo dice de verdad? -Gregor preguntó con incredulidad.

– Todavía no he comprado el lugar -le advirtió Jackson-. Pero, sí. Si lo compro, será verdad.

– Entonces, Doreen y yo tenemos que conseguir que lo compre -dijo Gregor, y suspiró aliviado-. Entre y vea lo que ha cocinado Doreen. Quizá eso lo ayude a tomar la decisión.

El sol también había salido para Molly. Era como si le hubiera puesto una prueba y Jackson la hubiera pasado con muy buena nota.

Si Jackson necesitaba que lo convencieran, Doreen tenía los medios para hacerlo.

Paviova. Brazo gitano. Pastelitos calientes. Molly se detuvo junto a la puerta de la cocina y se asombró al ver el abundante despliegue de comida.

– Mira lo que hemos hecho -dijo Sam sonriendo-. La señora Gray es la mejor cocinera del mundo.

– Ya veo que es cierto -dijo Molly, y miró a Jackson de reojo. Si existía un buen sistema de venta, era ese. Había pasado mucho tiempo desde la comida, el baño les había abierto el apetito, y el aroma que invadía la cocina era…

– Fantástico -dijo Jackson, y sonrió primero a Doreen y después a Sam-. ¿Has ayudado a hacer todo esto?

A Molly le parecía cada vez más agradable. Pero iba demasiado rápido, y en la dirección equivocada. Ese hombre era un cliente. Nada más.

– He enrollado el brazo de gitano -dijo Sam-. Y he puesto la masa de los pastelitos en la bandeja del horno yo solo -después se calló un instante y los miró-. ¿Habéis estado nadando?

– Sí -dijo Molly, y miró a Jackson como advirtiéndole.

Sam se puso serio.

– ¿Sin mí?

– A ti no te gusta nadar -había intentado que nadara una vez y había sido un desastre.

– Pero… a lo mejor, con el señor Baird… -dijo Sam.

Así que Sam estaba atrapado por el carisma de ese hombre. ¡Era un territorio peligroso tanto para Sam como para Molly!

– El señor Baird tiene trabajo que lo mantiene ocupado, Sam.

– ¿Señor Baird? -Sam miró a Jackson con ojos de suplica. «Nadar no será divertido sin usted», le decía con la mirada.

Jackson sonrió y dijo:

– Por supuesto que te llevaré a nadar. Pero no hasta que hayamos terminado con lo que tenemos delante -se sentó y se acercó el plato de pastelitos-. No he comido un pastelito de estos desde que tenía seis años. Señora Gray, es usted una joya.

– Pruébelos -dijo la mujer, sonriendo, y por algún inexplicable motivo, Molly sintió ganas de llorar. Se sentía como un ángel de la guarda llevando a ese hombre hasta la granja que sería su casa. Y permitiendo que Jackson se acercara a Sam, y a ella.

La idea hizo que se le entrecortara la respiración. Jackson levantó la vista del plato de pasteles y la miró. Sosteniéndole la mirada…

– Hemos encontrado una amiga para Lionel -anunció Sam, sin percibir el flujo emocional que se había establecido entre Jackson y Molly.

Molly intentó retirar la mirada, pero no pudo. Era como un imán.

– Para… ¿Para Lionel?

– Mi rana -dijo Sam con paciencia. Y Molly asintió. Por supuesto, sabía quién era Lionel.

«Es solo que me he distraído momentáneamente», pensó. Jackson estaba comiéndose un pastel mientras la miraba. Llevaba la camisa desabrochada hasta el cuarto botón y se le veía el vello oscuro del pecho. Su mirada era indescifrable, como si él tampoco supiera lo que estaba sucediendo… y al verlo…

«Lionel. Claro. Lionel, concéntrate en la rana!», pensó Molly.

– ¿Has encontrado una amiga para Lionel? -se sirvió un pedazo de brazo de gitano para disimular su confusión, le dio un mordisco y se atragantó. Jackson sonrió, se puso en pie y se acercó a ella para darle un golpecito en la espalda.

¡Si supiera lo mucho que la incomodaba su cercana presencia!

– El señor Gray me llevó a la balsa que está detrás de la casa -le dijo Sam-. El señor Gray dice que Lionel es una rana de San Antonio, y que es un chico. Así que buscamos y buscamos y ¡encontramos una rana chica! ¡Una rana de San Antonio hembra! El señor Gray dice que será mejor que nos quedemos a su amiga hasta que Lionel se encuentre mejor, para que no esté solo, y que después deberíamos traer aquí a los dos. Para que puedan tener renacuajos y vivir felices.

– Eso es… -de nuevo, Molly sentía ganas de llorar. ¡Ese hombre! ¡Ese lugar! ¡Todo el conjunto!-. Eso es maravilloso. Pero…

– ¿Pero qué?

– Pero no creo que vayas a volver por aquí -dijo ella con amabilidad, y vio que su sobrino se ponía cabezota.

– Claro que volveré. El señor y la señora Gray son mis amigos, y el señor Baird va a comprar la granja, y también es mi amigo.

– Sam…

– Te diré una cosa -dijo Jackson, que estaba observando la conversación con interés-. Si tú no vuelves por aquí, ¿qué te parece si hacemos un viaje especial para liberar al señor y la señora Rana?

Molly se quedó boquiabierta.

– ¿Harías un viaje especial para liberar a dos ranas?

– Son unas ranas especiales -dijo Jackson-. ¿Y no Sabias que la población de ranas está en peligro de extinción en todo el mundo? Cualquier esfuerzo que se pueda hacer para ayudar a que crezca la población…

– Sabes, corres mucho peligro de perder tu reputación -contestó ella, y él la miró con expresión burlona.

– ¿De qué… de mujeriego?

Ella frunció el ceño y lo miró de arriba abajo.

– No, de ejecutivo despiadado.

Jackson seguía riéndose.

– Entonces, puedo seguir siendo un mujeriego.

– Puedes ser lo que quieras ser -Molly se puso en pie. Había algo que no comprendía bien y aquella mirada le parecía peligrosa. ¿Un mujeriego? Sí y sí. Tenía que proteger su dignidad, y su salud mental, a toda costa-. Voy a darme un baño -le dijo.

El se puso en pie y sonrió.

– Yo también.

– Supongo que habrá dos baños -dijo Molly.

– Hay cuatro -dijo Doreen, y Molly sonrió.

– Hasta luego, entonces -puso una de sus mejores sonrisas. Una mujer de negocios despachando a un cliente con educación-. Y creo que deberías pasar un rato con Gregor antes de cenar para ver la situación económica de la granja.

– Pensé que les gustaría hacer una barbacoa en la playa para cenar -dijo Doreen-. Con la tarde tan bonita que ha hecho.

– Estoy segura de que el señor Baird estará demasiado ocupado…

– ¿Demasiado ocupado para hacer una barbacoa en la playa? -interrumpió Jackson, y miró a Molly como retándola-. Nunca. ¿Quedamos aquí dentro de dos horas, señorita Farr? -le preguntó después de mirar el reloj.

Era como si estuviera invitándola a salir. Su mirada era retadora, algo burlona, y ella tuvo que esforzarse para mantenerse serena.

– De acuerdo.

– No pareces muy emocionada.

– Estoy emocionada -dijo entre dientes-. Estoy tan emocionada que apenas puedo hablar.

– Muy bien -él se acercó y le acarició la mejilla con el dedo-. Siga emocionada, señorita Farr. Hasta la cena.

Sí, claro. ¿Qué más se suponía que tenía que hacer?

Molly se metió en la bañera con espuma. Sam no tenía intención de abandonar la cocina, había decidido que los Gray eran lo más cercano al paraíso que él conocía, y para ellos, Sam era una buena compañía. «Para Sam y los Gray ha sido amor a primera vista», pensó Molly. Se quitó una pompa de jabón de la punta de la nariz y pensó en sí misma.

Para ella, ¿también había sido amor a primera vista? Imposible. ¿En qué estaba pensando? Solo conocía a aquel hombre desde hacía dos días.

No estaba enamorada. ¡No lo estaba! Era cierto que era muy atractivo, y encantador, pero pertenecía a la jet set y había salido con más mujeres bellas de las que ella podía imaginar.

Pero era un hombre amable. Y la gente podía cambiar. Solo porque hubiera salido con algunas de las mujeres más bellas del mundo no significaba que tuviera que casarse con una de ellas.

«Espera un segundo», se dijo Molly. «¿De qué estás hablando?»

¿Casarse?

«Creo que vivo en un mundo de pompas de jabón», pensó, y sonrió. Se tapó la nariz y metió la cabeza bajo el agua. «No salgas hasta que hayas recuperado el sentido común», se dijo, solo para salir treinta segundos más tarde.

«No seas estúpida. El es peligroso», se advirtió. «Puede ser divertido, y ya sabes que necesitas divertirte un poco. Después de la tragedia de Sarah y Michael… La vida ha sido demasiado triste», le decía otra parte de su ser. «¿Y si te rompe el corazón?», le preguntaba la parte más prudente. «Solo puede romperte el corazón si se lo entregas. Y tú no eres tonta. Disfruta de esta oportunidad, Molly Farr, y después continúa con tu vida».

Sabía que había una línea muy fina entre permitirse disfrutar de su compañía, relajarse y divertirse, y después marcharse con el corazón intacto. Pero debía hacerlo. Aquel hombre era un cliente.

– Sí, y a partir de ahora solo tienes que pensar en los negocios -murmuró-. Un beso no significa que haya una relación.

Pero un beso sí que podía hacer que se interesara por él y, sin duda, aquel hombre le interesaba.

¿Y Jackson? Estaba sentado con Gregor haciendo números, pero solo se concentraba a medias en lo que estaba haciendo. Algo inusual en él. «Los números no están mal. Nada mal», pensó. Sabía que podría hacer lo que él quería con aquella granja, pero si Gregor hubiera tratado de engañarlo, a lo mejor lo habría conseguido.

¿Por qué no podía dejar de pensar en Molly y concentrarse en lo que estaba haciendo?

Era una buena pregunta. Sin duda, Molly era atractiva. Y tenía una risa preciosa… pero él había estado con algunas de las mujeres más bellas del mundo y, al lado de ellas, Molly no tenía nada.

¿O no era así? Ella tenía algo especial y, cuando la besó, ese algo lo volvió loco.

Pero ya se había vuelto loco antes. Y no estaba dispuesto a permitir que le sucediera otra vez. Tenía la vida que quería y, en ella, no había cabida para una mujer amante de las ranas y su sobrino. Ellos necesitarían cosas que él no tenía intención, ni posibilidad, de ofrecerles.

– ¿Señor Gray? ¿Señor Baird? -Sam estaba junto a la puerta con la caja de la rana en la mano. Ambos hombres lo miraron.

– ¿Sí? -dijo Gregor con una sonrisa. Una sonrisa que hizo que Sam se relajara y entrara en la habitación. Habló con el señor Gray, pero mirando de reojo a Jackson.

– Si el señor Baird compra la granja, ¿mantendrá a salvo a las ranas que hay aquí?

– Por supuesto que lo haré -dijo Jackson, y Sam lo miró dubitativo.

– La señora Gray dice que el lugar más bonito de la granja es la balsa de las ranas… pero también dice que la última persona que la señora Copeland creía que iba a comprar la granja, quería hacer una balsa mucho más grande. Vinieron los topógrafos y todo, y la señora Copeland se enfadó tanto que decidió no vender. La señora Gray dice que se alivió tanto que se puso a llorar -miró a Jackson fijamente-. Pero eso ocurrió hace cinco años, así que la señora Gray y yo queremos saber si…

«Así que Hannah ha pensado otras veces en vender este lugar», pensó Jackson. El hecho de que hubieran pasado cinco años desde que intentó venderla significaba que no tenía mucha prisa. ¿Y lo de agrandar la balsa? Tenía sentido. La balsa de la casa era pequeña, y si el verano era muy cálido tendrían que bombear el agua desde otro lugar más profundo. Y eso sería caro.

Pero lo habían retado y Sam estaba mirándolo.

– ¿Crees que la señora Copeland no querrá que compre esta granja si quiero agrandar la balsa?

– La señora Gray dice que las ranas se morirían. Dice que una excavadora sacaría todos los juncos y que, sin juncos, las ranas no podrían criar.

– ¿Tú crees que yo debería comprar la granja? -le preguntó Jackson.

– Sí. La señora Gray cree que usted sería bueno. Pero los dos estamos preocupados por las ranas.

– ¿Entonces?

– Entonces, tiene que prometernos que comprará la granja y cuidará de las ranas.

Y así, Jackson tomó una decisión. Sin importarle la situación económica. Ni si aquello tenía sentido o no.

– De acuerdo -dijo-. Lo haré.

– ¡Dice que va a comprar la granja! -Molly todavía estaba dentro de la bañera, pero Sam no podía esperar para darle la noticia. Entró en el baño gritando-. ¡Va a salvar a las ranas y a vivir aquí para siempre!

– ¿Ha dicho eso? -Molly se sentó y agarró la toalla. La espuma del baño le cubría lo justo. Por suerte, Sam no la veía como una mujer, sino como su tía Molly.

– Sí.

– ¿Estás seguro?

– Me lo ha prometido -Sam estaba en la puerta con la caja de la rana en la mano. De pronto, elevó el tono de voz-. Señor Baird, dígale a mi tía Molly que va a comprar la granja.

– ¡No! ¡Sam, no! -exclamó Molly, e intentó decirle que cerrara la puerta, pero era demasiado tarde. Jackson apareció detrás de Sam, y ambos la miraron con distintos grados de interés.

Jackson trataba de ver más allá de la espuma del jabón y sus ojos brillaban divertidos. Pero su voz, cuando habló, era muy seria.

– Señorita Farr, me gustaría informarla de que voy a comprar la granja -le dijo.

Molly respiró hondo y agarró la toalla con más fuerza. Trató de concentrarse en el negocio.

– ¿Lo dices en serio?

– ¿Por qué no iba a decirlo en serio?

– ¿Aceptas el precio que piden por ella?

– Sí. Quieres ponerte en pie y que nos estrechemos las manos.

– Ni lo sueñes -dijo ella mirándolo fijamente-. ¿Te das cuenta de que todavía no conozco las condiciones de la señora Copeland?

– Yo tampoco y, por supuesto, dependerá de ello, pero me da la sensación de que solo son ranas.

– ¿Sabes de qué está hablando? -le preguntó Molly a Sam.

– Sé que a la señora Copeland le gustan las ranas -le dijo Sam-. Y el señor Baird ha dicho que las salvará.

¡Por el amor de Dios! Molly intentaba mantener la situación bajo control y ¡ellos estaban hablando de ranas! Ella trataba de hablar de negocios, a pesar de estar dentro de una bañera llena de espuma.

– Vale. Pero supongamos que hay otras condiciones. Tengo que averiguarlo -miró a Jackson una vez más. Sin duda, estaba en desventaja. ¡No era más que una agente inmobiliaria desnuda en una bañera!

– ¿Y a qué esperas? -preguntó Jackson, se cruzó de brazos y se apoyó en el marco de la puerta-. Sentada en una bañera cuando podrías estar cerrando un trato…

– ¡Márchate!

– ¿Que me marche? -arqueó las cejas-. ¿Quieres que le cuente a Trevor que cuando te pedí que firmáramos el contrato me dijiste que me marchara?

– No tengo el contrato aquí en el baño.

– ¿Estás segura de que no lo estás escondiendo ahí?

Eso era demasiado. Ese hombre no tenía vergüenza.

– Estaría empapado -contestó ella, y él sonrió. Agarró a Sam por el hombro y ambos la miraron riéndose.

Molly sintió algo en su interior que no había sentido hacía mucho tiempo.

Sam se apoyaba en el hombre que tenía detrás, y el pequeño parecía disfrutar de la mano que tenía sobre el hombro y de la intimidad de su tía en el baño. «Este hombre es lo que Sam necesita», pensó Molly. «Este hombre es lo que yo necesito…»

– La espuma se está deshaciendo -dijo Jackson-. Seguro que has usado jabón. La espuma siempre desaparece cuando uno usa jabón.

Molly lo miró indignada y agarró la toalla con más fuerza.

– Sam, llévate al señor Baird de aquí y cierra la puerta cuando salgas.

– Aquí estamos bien -dijo Sam. Sonrió y su tía se quejó.

– Sam, no te atrevas a convertirte en otro hombre malvado. Dependo de ti.

– Por eso nos quedamos aquí -dijo Jackson-. Porque dependes de nosotros.

– No dependo de vosotros.

– ¿Has oído eso, Sam? Habla así con el hombre al que piensa venderle la granja.

– Marchaos -Molly estaba atrapada entre la risa y la desesperación. Y algo más. Jackson la hacía experimentar un sentimiento desconocido. Su manera de agarrar a Sam. Su manera de hacerla reír…-. Marchaos -dijo de nuevo, y miró a Jackson fijamente. Con la mirada se transmitieron un mensaje. ¿Un mensaje? No. Era más que eso. Se estaba formando un lazo entre ellos. Un lazo fuerte, cálido y…-.Fuera -dijo otra vez. Pero esa vez quería decir algo más. No solo quería que salieran del baño.

Ese hombre comenzaba a asustarla.

¿Y Jackson?

Continuó mirándola durante un rato y, poco a poco, el brillo de diversión desapareció de su mirada. Asintió, y era como si hubiera tomado una decisión…

– De acuerdo -dijo él-. Sabemos cuándo no nos quieren -se volvió y se alejó por el pasillo sin mirar atrás.

Cuando Molly terminó de vestirse y de peinarse, ya casi había recuperado el control. Casi. Molly estaba nerviosa y se le notaba. Se peinó con el secador, pero no podía concentrarse, así que tuvo que mojárselo otra vez. Era eso o ir a la cena con el pelo como si fuera una fregona. A pesar de todo, no consiguió controlar sus rizos.

No importaba.

No. Se puso unos vaqueros y una blusa limpia, después cambió de opinión y se puso una falda, y luego, otra vez los vaqueros. Cuando terminó, estaba muy desconcertada y Sam no paraba de hacerle preguntas.

– ¿Por qué tardas tanto? ¿No sabes que el señor Baird nos está esperando?

Precisamente, tardaba tanto porque el señor Baird los estaba esperando. Se peinó los rizos por última vez y se dirigió a la cocina. Sam caminaba dando saltitos a su lado.

Porque, sí, el señor Baird los estaba esperando.

Para desgracia de Molly, Gregor y Doreen no tenían intención de unirse a la barbacoa.

– Gregor odia la arena -les dijo Doreen, mirando a su marido con afecto-. Pensaba que después de vivir cuarenta años cerca de la playa se acabaría acostumbrando.

– Nunca me acostumbraré a la arena -dijo Gregor-. Esa porquería se mete por todos sitios. ¡Uno la encuentra hasta entre los dedos de los pies!

– ¿No le gusta tener arena entre los dedos? -preguntó Sam fijándose en las botas que Gregor llevaba bien atadas.

– ¿No me digas que a ti sí? -preguntó Gregor-. ¡Bueno, sobre gustos no hay nada escrito! Por eso Doreen ha preparado una cesta con comida para que os la toméis en la arena mientras yo ceno en la mesa de la cocina como un caballero.

Estaba claro. Iban a cenar en la playa solos. Molly, Jackson y Sam.

El lugar era mágico. En cualquier otra situación a Molly le habría encantado. El sol estaba ocultándose tras las montañas y la arena todavía estaba caliente. Gregor había bajado antes que ellos para encender una hoguera.

– El plato principal es una pieza de ternera que he enterrado entre las brasas, y también hay algunas patatas -les dijo-. Sáquenlas cuando tengan hambre.

¿O comeos el resto de la comida? Sin duda, podían hacer eso. Los aperitivos habrían bastado para saciar el hambre del más hambriento de los comensales. Doreen lo había preparado todo. Cuando abrieron la cesta sobre la manta de picnic, vieron que había langostinos, vieiras, y ostras. También, salchichas envueltas en hojaldre, sándwiches, espárragos, pollo y aguacate, salmón ahumado…

Y pasteles…

– Todo esto después del desayuno, la comida y el té de la merienda… Los Gray deben pensar que nos morimos de hambre el resto de los días -dijo Molly, y Jackson sonrió y se comió un langostino.

– ¿Quién se queja? ¿Quieres una salchicha, Sam? ¿Limonada? ¿Champán, señorita Farr?

– Hay cuatro tipos de vino -Molly estaba boquiabierta-. ¿Cómo han hecho todo esto?

– La señora Gray hizo algunas llamadas mientras estabais fuera -dijo Sam-. Le trajeron las cosas.

– Vais a tener que llevarme a casa en carretilla si me como todo esto -Molly negó con la cabeza al ver que Jackson le ofrecía vino-. Tomará limonada, gracias.

– ¿No tendrás miedo de perder el control? -bromeó él, y ella se sonrojo.

– No. Pero tengo cuidado.

– ¿Por la reputación que tengo?

– Dudo que intentes poner en práctica tus artes de seducción con Sam aquí -dijo Molly.

– ¿Qué es la seducción? -preguntó Sam.

– Conseguir que las mujeres te besen cuando no quieren hacerlo -dijo Molly sin pararse a pensar, y Jackson soltó una carcajada.

– Eso significa que a tu tía Molly le gustaría besarme, pero ella cree que es demasiado decente.

– ¿Por eso se ha cambiado tres veces de ropa antes de decidir qué iba a ponerse esta noche? -preguntó Sam con interés Molly se rió medio avergonzada.

– Pásame una salchicha -le pidió a Sam-. Estoy perdiendo un tiempo valiosísimo hablando de cosas estúpidas como besarse.

– Creía que a las chicas les gustaban los besos -Sam miraba a Jackson y a Molly tratando de comprender algo-. ¿Eso quiere decir que no queréis besaros?

– ¿Qué? ¿Besar al señor Baird? ¿Por qué iba a querer besar al señor Baird?

Sam se quedó pensativo hasta que encontró una respuesta.

– Bueno, yo no querría, pero seguro que hay gente que sí.

– Besar es peligroso. Lo has leído en tus cuentos. Jackson podría convertirse en rana.

– O en príncipe.

– En príncipe no -dijo Molly-: Los millonarios no se convierten en príncipes. Siempre se convierten en ranas. Son las normas»

– A nosotros nos gustan las ranas.

– ¿Una rana llamada Jackson? No creo. Y además, sería un sapo.

– Muchas gracias -dijo Jackson con frialdad.

– De nada -Molly le dedicó una dulce sonrisa.

– Sam, sugiero que nos callemos y que cenemos. Si no, nos quedaremos con hambre.

– ¿Con todo esto?

– El té de la merienda era escaso -dijo Molly-. Tengo un hambre canina.

Sam dejó el tema de los besos y se rió. La risa del pequeño hacía que el lugar pareciera aún más mágico. Se había reído muy pocas veces desde que sus padres murieron y, allí estaba, comiéndose una salchicha, enterrando los pies en la arena y apoyando la espalda sobre Jackson. Era como si perteneciera a ese lugar.

– Yo también -dijo el pequeño mientras se comía el cuarto hojaldre de salchichas-. Señor Baird, ¿tiene un hambre canina?

– Más que eso -dijo Jackson con aplomo- Tengo un hambre de lobo.

Capítulo 6

Fue una noche mágica. Comieron hasta saciarse y, después, se acercaron a la orilla para que Sam chapoteara. Molly y Jackson lo agarraron de las manos y juntos saltaron las olas hasta quedar agotados.

Y mojados.

– ¿Por qué no nos hemos puesto el bañador? -preguntó Molly-. Míranos. Sam, estás empapado.

– Hablando de nadar… Sam, ¿qué te parece si mañana probamos a nadar de verdad? -le preguntó Jackson-. Estaré encantado de enseñarte.

Molly contuvo la respiración mientras esperaba la respuesta del pequeño.

– Estaría muy bien… -dijo Sam.

Molly suspiró aliviada. Dio un grito de alegría e hizo una pirueta en la orilla, girando y girando mientras que Sam y Jackson la miraban como si hubiera perdido la cabeza.

– Sabes, no se parece a ninguna mujer de negocios de las que he conocido antes -le dijo Jackson a Sam, y el niño asintió.

– En realidad, no es una mujer de negocios. Es solo mi tía Molly.

Molly se acercó a él, lo tomó en brazos y dio vueltas y vueltas hasta que los dos quedaron mareados y cayeron al agua. Entonces, levantaron la vista y… encontraron a Jackson con una expresión muy rara en el rostro. Una que Molly no pudo interpretar.

– ¿Qué? -dijo ella, y él esbozó una sonrisa.

– Nada. Solo estaba pensando.

– No me digas. ¿Pensabas que soy poco adecuada para venderte la granja?

– Nada de eso -dijo él-. En realidad, estaba pensando que si lo intentamos, te apuesto que podríamos hacer el castillo de arena más grande del mundo. ¿Qué os parece si hacemos una rana, aquí en la playa?

– ¿Una rana? -Sam estaba sentado en las rodillas de su tía y se reía cada vez que una ola los mojaba-. ¿Cómo vas a hacer una rana?

– De arena. Mira. Y ayúdame. Hace tiempo estuve metido en muchas empresas de construcción. ¿Qué os parece si nos llamamos Molly, Sam & Jackson Construction Company Ltd, y comenzamos a construir ahora mismo?

Y eso hicieron. Una hora más tarde tenían una rana enorme sentada en la arena.

– Parece como si quisiera comernos para desayunar -dijo Molly-. Oh, Jackson, es maravilloso.

«No solo la rana es maravillosa», pensó ella con alegría. Toda la noche era maravillosa. Sam estaba a su lado y se recostó sobre su brazo. Estaba muerto de sueño, pero aun así seguía sonriendo.

– ¿Cómo vamos a llamarla? -murmuró, y Molly lo abrazó con más fuerza.

– ¿Qué te parece Lionel II? -sugirió, y Jackson se echó a reír.

– Perfecto. Aquí tenemos el comienzo de una dinastía de ranas llamadas Lionel.

– Y el señor Baird… -fue todo lo que Sam pudo decir. Se le cerraban los ojos, pero hizo un esfuerzo y terminó la frase-. ¿Mañana me enseñará a nadar?

– Mañana te enseñaré a nadar -le dijo Jackson, y le acarició el rostro. El niño cerró los ojos-. Ahora, duérmete. Tu tía y yo recogeremos y después te llevaremos a la cama.

Pero Sam ya no estaba escuchando. Se había quedado dormido.

Todo era mágico.

– En Escocia, esto se llama el crepúsculo -dijo Molly, observando al niño que dormía a su lado. Ella también tenía sueño. Estaba cansada y feliz al mismo tiempo. Feliz, como hacía años que no estaba.

– ¿El crepúsculo?-Jackson dejó de recoger para hacer la pregunta.

– Es el momento mágico que surge entre el final de un día de trabajo y la hora de descansar -le dijo-. Es cuando el mundo se detiene para respirar y espera. No se sabe a qué espera, pero durante el crepúsculo puede suceder cualquier cosa. Está lleno de promesas para el día siguiente, y el siguiente.

Molly pensó que no decía más que tonterías. Miró a Sam… Estaba acurrucado contra su cuerpo. Quería tanto a ese niño…

El crepúsculo, ese instante mágico, era un momento de recuperación para Sam.

¿Y para ella?

Sin duda, también para ella.

Levantó la vista y descubrió que Jackson la estaba mirando. La expresión de sus ojos hizo que se quedara sin respiración.

– Será mejor que regresemos a la casa -murmuró ella con voz temblorosa. El la miraba como si no pudiera creer lo que estaba viendo.

Jackson se arrodilló y acarició el pelo de Sam.

– Pobrecillo. Es tan injusto que haya perdido tantas cosas.

– Lo es -dijo ella forzando una sonrisa-. Pero ha tenido un día maravilloso… Gracias a ti.

– Y gracias a ti. Ahora está a salvo. La época de máxima tristeza pertenece al pasado. Saldrá adelante.

– ¿Cómo lo sabes?

– Lo he observado esta noche. Se ha dejado llevar. Con confianza. Enfrentándose al mundo y descubriendo que, después de todo, no es un lugar tan malo.

– Eso espero.

– Estoy seguro de ello -y como si estuviera poseído por una fuerza imparable, le acarició la cara, desde la frente hasta la barbilla.

Ella no se movió. Se quedó quieta como una piedra, deseando que pasara.

Era el crepúsculo. El momento mágico. Lo que pasó en aquel instante, solo pertenecía a ese momento.

– Molly…

El no sabía qué decir, y cuando encontró las palabras, eran las inadecuadas.

– Eres preciosa:

Ella sonrió.

– Bueno, imagino que ese es un gran cumplido, viniendo de ti.

– ¿Qué quieres decir?

– Quiero decir que te han fotografiado con algunas de las mujeres más bellas del mundo.

– Tú eres igual de bella.

– ¿Si? -consiguió mantener la sonrisa y se esforzó por bromear-. Gregor no estaría de acuerdo. Tengo arena entre los dedos de mis pies, señor Baird. ¡Arena!

Él se rió y permaneció arrodillado junto a ella, mirándola. Molly tenía demasiadas responsabilidades y él podía ayudarla.

– ¿Necesitas algo? -le preguntó, y Molly frunció el ceño.

– ¿Qué quieres decir?

– Quiero decir… -dudó un instante. Quizá no fuera lo adecuado, pero tenía que decírselo-. Quiero decir si necesitas dinero.

Molly se puso muy seria. Aquel era un momento maravilloso… ¿cómo se atrevía a estropearlo hablando de dinero?

– No, muchas gracias, pero ya nos has ayudado bastante. Nos has dedicado el día de hoy, y mañana vas a dedicárselo a Sam -dudó un momento-. ¿Vas a cumplir tu promesa de enseñarle a nadar?

– Cumpliré mi promesa.

– Entonces, ya está bien -sonrió-. Es suficiente. Gracias.

– ¿Y después de eso? ¿Dejarás que os ayude?

– Te vas al extranjero -le recordó-. Allí no nos serás de mucha ayuda.

– Pero económicamente podría ayudaros.

– Ya te lo he dicho, no necesito dinero.

– Entonces, ¿qué necesitas?

Aquel hombre era completamente insensible. ¿Que qué necesitaba? Vaya pregunta. Cada vez estaba más convencida de que lo que necesitaba era al hombre que estaba arrodillado frente a ella.

Pero él no podía saberlo. No debía saber lo vulnerable que era Molly.

– Necesito amigos -murmuró-. No puedo ser más específica, pero es lo que necesito… y Sam también necesita amigos. Alguien que esté ahí para nosotros -sonrió con tristeza- No alguien que viaja alrededor del mundo y solo está en Australia un mes al año.

Amigos. Él podía ser su amigo. Aunque solo fuera durante un mes…

– Entonces ¿a lo mejor puedo veros otra vez? ¿Cuando esté en el país?

– A Sam le gustaría -lo miró a los ojos como retándolo-. Pero no contaremos con ello. Le prometiste a Sam que lo llevarías a nadar y eso es importante… Pero más importante es que cumplas tu promesa. Le dijiste que traerías las ranas aquí… Eso también es importante. Pero aparte de eso… por favor, no hagas promesas que no pueda cumplir, señor Baird.

– Jackson.

– Vale, Jackson. Pero, por favor…

– ¿Que te deje en paz? ¿Es eso lo que me estás pidiendo?

– No lo sé -dijo Molly, pero lo supo enseguida. Aquel hombre tenía la capacidad de hacer que su mundo se tambaleara, y durante los últimos seis meses, su vida ya había sido bastante inestable. Solo había una manera de contestarle-. Sí.

Se miraron durante largo rato.

«No me lo pide por Sam», pensó Jackson. «Me lo pide por ella. No nos ofrezcas lo que no nos puedes dar. No juegues con nosotros. No nos rompas el corazón. Maldita sea».

Y ella lo miraba como si él tuviera la capacidad de hacer todo eso. Lo amedrentaba. Deseaba hacerle todo tipo de promesas. Promesas que ella sabía que él no podrí mantener.

Pero Molly seguía mirándolo. El sol se había ocultado tras el horizonte y el color rosado del cielo se reflejaba en la arena, y en los ojos de Molly. Era tan guapa.

Jackson no pudo evitarlo. «Solo una vez más», pensó. Se acercó para tomar el rostro de Molly entre sus manos y la besó.

¿Y por qué no? El niño estaba dormido junto a ellos en la manta. No había nadie más que ellos. ¿Y qué había de malo en un beso?

Nada, pero el beso era como una promesa… Una promesa hecha en el momento adecuado.

Hubo un segundo beso. El primero fue un beso de victoria…, de cariño, alegría y felicidad. El segundo era algo más. No era un beso suave entre un hombre y una mujer que compartían un motivo de alegría. Era un beso que hacía que un hombre y una mujer estuvieran unidos para siempre.

Ambos sintieron algo que nunca habían sentido antes. Se besaron de manera apasionada. Estaban sobre la arena, junto a un niño dormido. Las olas llegaban a la orilla y la luna comenzaba a asomar en el horizonte, dejando una estela plateada sobre el agua.

Jackson acarició el cuerpo de Molly para sentir la suavidad de su piel y saboreó el interior de su boca.

Y Molly, después de la sorpresa inicial, supo que era allí donde quería estar el resto de su vida. Que estaba preparada para darle a aquel hombre todo lo que le pidiera. Porque, en cierto modo, ya le había entregado su corazón.

Era tan fuerte y masculino. Al sentir las caricias de sus manos, se estremeció. Y cuando él le acarició la curva de los pechos, gimió de placer.

Ella metió la mano bajo su camisa para sentir la desnudez de su piel, los pezones, los músculos de su pecho, y su cuerpo tenso de deseo. De deseo por ella.

Aquello no podía durar. Molly sabía que no estaba a la altura de Jackson Baird. Pero, por el momento, él la estaba besando y ella no deseaba nada más. Solo quería que los sentimientos que invadían a ambos siguieran su curso…

Nada podía estropear aquel momento.

Jackson sujetó el rostro de Molly una vez más, y pensó que la dulzura de aquella mujer iba a apoderarse de él. Su alegría, su amor por la vida, su risa… incluso su eficiencia. Todo. Todo estaba contenido en ese beso, y él nunca había sentido nada tan maravilloso en su vida. Ella no se parecía a ninguna otra mujer que él hubiera conocido ante.

Era Molly…

La deseaba. Notó que su cuerpo estaba tenso de deseo y gruñó para contenerse. Algunas cosas no eran posibles. Allí no. Ni en ese momento. Aunque había llevado preservativos, había un niño delante.

Sam se movió y suspiró en sueños. No mucho, pero lo suficiente como para romper el hechizo y que ambos volvieran a la realidad.

Y con la realidad, llegó la confusión. Ambos se miraron a la luz de la luma, sin saber qué decir. Ninguno comprendía lo que había sucedido. Solo sabían que la vida había cambiado de algún modo.

La luna ya estaba en lo alto del cielo y brillaba con fuerza. Ambos sabían que estaban en un momento crítico y que podía suceder cualquier cosa.

Pero al final, ganó el sentido común. Como siempre.

– Lo siento -murmuró Jackson, y se separó de ella. Era lo que Molly necesitaba para recuperar la compostura, olvidar la confusión que sentía y sustituirla por la rabia.

– Apenas me has seducido -contestó, y se puso en pie tomando a Sam en brazos-. Solo ha sido un beso… y yo también te he besado.

«Un beso no significa nada. Eso es lo que quiere decir», pensó Jackson dando un suspiro. «Tiene razón. Hay muchas otros factores que hacen que esto no sea posible».

Tenía planeado su futuro. Solos, su hermanastra y él, contra el mundo…

– Pásame a Sam -le retiró al niño de los brazos y miró a Molly mientras esta recogía las cesta de picnic. Ella no lo miraba.

Quizá no podía.

– ¿Es hora de irse a casa? -dijo él. Molly cerró la cesta. Estaba enfadada, pero Jackson no podía discernir si estaba enfadada con él o consigo misma.

– Sí -dijo ella-. Es hora de irse a casa.

– Ha sido una noche maravillosa.

– Aparte de estos últimos minutos -murmuró ella-. ¡Han sido una estupidez!

¿Una estupidez?

Jackson permanecía despierto pensando en esas palabras. Una estupidez.

Ella tenía razón. Porque pertenecían a mundos diferentes.

¿Por qué? ¿Por qué iba a ser imposible?

Porque ella no comprendía.

¿No comprendía el qué?

No lo comprendía a él.

«Debía haber tenido más cuidado y no permitir que la relación llegara tan lejos», se dijo Jackson en la oscuridad.

De pronto, la imagen de sus padres apareció en su cabeza. Él tenía unos cuatro años y ya percibía la extraña relación que mantenían sus padres. No había duda alguna de que se amaban, pero desde lo que él recordaba, parecía que siempre habían intentado destrozarse el uno al otro.

Así que su relación se caracterizaba por las continuas discusiones. De pronto, se deseaban con locura y el amor los mantenía unidos durante un día. Quizá, ni siquiera durante tanto tiempo. Después, volvían a discutir, con Jackson atrapado en medio de los dos.

Lo habían utilizado como un arma.

– Es a mí a quien más quieres, ¿verdad, Jackson? -le preguntaba su madre, y su padre lo agarraba de la mano y trataba de llevárselo.

– El niño quiere estar conmigo.

El niño no quería estar en ningún sitio, y al niño que se había convertido en hombre le pasaba lo mismo. Si eso era el amor, él no quería saber nada al respecto.

«No es fácil recuperarse de una cosa así», pensó Jackson. ¿Cómo podía admitir que él podría amar de esa manera? No era un sentimiento maravilloso. Hacía que uno se expusiera al dolor. Ya había sufrido bastante con Diane.

Se había convertido en un hombre solitario y eso le gustaba. Su padre se marchó de casa cuando Jackson tenía diez años y su madre, para castigarlo, tuvo una aventura y se quedó embarazada de Cara… y, al sentir que eso no era suficiente, estrello su coche a propósito contra un árbol. Todo por amor…

«El amor puede irse a freír espárragos», pensó Jackson. Cuidaría de Cara y de nadie más. No quería depender emocionalmente de nadie. Nunca.

– El señor Baird es muy simpático -murmuró Sam medio dormido mientras Molly lo metía en la cama. El pequeño alzó los brazos para darle un beso de buenas noches. No era algo muy habitual, así que Molly se sentó en la cama y lo abrazó también.

– Sí, Sam, es muy simpático.

– Te ha besado.

Así que Sam no estaba profundamente dormido. No tenía sentido negárselo.

– Sí.

– ¿Crees que le gustas lo suficiente como para casarse contigo?

– Hey -se sorprendió Molly-. Solo lo conocemos desde ayer.

– Pero es simpático.

– Es muy simpático. Pero ese hombre es millonario, Sam. Los hombres como él no se fijan en gente como nosotros.

– ¿Por qué no?

– Se casará con alguien de su propia clase social.

– Eso es una tontería -estaba quedándose dormido, pero hacía un gran esfuerzo por hablar-. ¿Y qué es una clase social?

– Es como lo de Cenicienta y el príncipe -le dijo Molly, alborotándole el cabello y quitándole las gafas-. Tenía que ser muy incómodo ser la Cenicienta.

– ¿Por qué?

– Porque ella tendría que haberle estado agradecida durante el resto de su vida y no le habría gustado.

– A lo mejor, la Cenicienta podría haber encontrado un trabajo, como muchas mujeres casadas Como tú -se rió-. La Cenicienta podía haber vendido palacios para ganarse la vida.

– Sí, claro. Y además vendería zapatos de cristal. Te estás dejando dominar por tus intereses comerciales, chico -le dio un beso-. Ahora, a dormir, jovencito.

– ¿Pero… qué pasa contigo y el señor Baird?

– Sabes, hay tantas posibilidades de que bese a tu rana Lionel y se convierta en un atractivo príncipe, como de que bese a Jackson Baird y él me proponga matrimonio.

A Sam le gustó la respuesta. Se rió y se volvió hacia la caja donde guardaba la rana.

– A Lionel puede que le gustara que lo besaras.

– Después de que el señor Gray se preocupara de buscar a una señora Lionel para él -Molly se puso en pie y sonrió-. La señora Lionel puede que tenga algo que decir sobre que yo le de un beso.

– Eres muy divertida.

– No -Molly dejó de sonreír tapó a Sam-. Solo soy sensata. Alguien tiene que serlo.

– ¿Señora Copeland?

Después de pasar parte de la noche sin dormir, Molly se despertó temprano para llamar a la señora Copeland. Hannah contestó al primer timbrazo.

– Sí, querida. Estaba esperando que me llamara.

– Molly había hablado con ella el viernes por la noche, así que la anciana sabía que la llamaría otra vez-. Entonces, ¿a él le gusta mi granja?

– Quiere comprarla.

– Oh, me alegro. Eso está muy bien, querida. ¿Tres millones le parece mucho?

– Es un precio muy razonable. Para ser honesta, podría pedir más. Si quisiera parcelar la tierra…

– No, querida. No quiero parcelarla.

– Es solo que el lugar vale mucho más. ¿Está segura de que quiere vender?

– Al comprador adecuado… sí, estoy segura.

– ¿Y cree que Jackson Baird es el comprador adecuado?

Se hizo un silencio en el otro lado de la línea, como si la señora estuviera valorando si debía decírselo. Al final, decidió ser sincera.

– Mi madre era amiga de la abuela de Jackson Baird -le dijo-. Ella estaba muy preocupada por Jackson. ¿Le han ido bien las cosas, querida?

– Yo… sí. Supongo que se puede decir que le han ido muy bien.

– ¿No está casado?

– Um… no.

– No esperaba que lo estuviera después de los padres que tuvo -hizo una pausa-. Pero mi madre y su abuela se preocupaban mucho por él, y yo sé que aprobarían que yo haga esto.

– Señora Copeland, no creo que el señor Baird necesite ningún favor -dijo Molly-. Es un hombre extremadamente rico. Usted me dijo el viernes que si él estaba interesado me contaría cuáles son sus condiciones.

– Sí.

– ¿Los Gray son una de ellas?

– ¿Lo ha adivinado? -se percibía placer en su voz-. Por supuesto. No me gustaría que Gregor y Doreen tuvieran que mudarse.

– Estoy segura de que Jackson lo aceptará.

– Y yo confío en usted. Tiene una voz preciosa. ¿La señora Gray dice que tiene un niño pequeño?

– ¿Doreen la ha llamado?

– Ayer.

– ¿No le importa que haya traído a Sam?

– Por supuesto que no me importa, querida. Ese lugar necesita niños. Espero que a pesar del ejemplo que le dieron sus padres, el señor Baird encuentre una esposa. ¿Usted cree que es el tipo de hombre que quiere casarse?

Molly no sabía qué contestar.

– No se lo he preguntado -dijo con sinceridad-. No me diga que quiere poner eso como condición para venderle la granja.

– No. No soy una casamentera. Pero sí me gustaría que mi granja pasase a manos de alguien que la quiera como yo la quise -hizo otra pausa-. Me gustaría conocer a Jackson. En persona.

– Estoy segura de que podemos hacer algo al respecto.

– Y también quiero conocerla a usted. ¿Lo traerá a comer conmigo el lunes?

– Creo que a mi jefe…

– No. Usted.

Molly se lo pensó bien. De acuerdo. Era lo que tenía que pagar para conseguir una venta.

– Hablaré con Jackson ahora. ¿Puedo llevar el contrato a la comida?

– Traiga lo que usted quiera -sonrió la mujer-. Pero no haga ningún otro plan para la tarde. Me gustan las sobremesas largas.

– Molly se dio una ducha y se reunió con Jackson para desayunar.

– Buenos días. ¿Qué tal has dormido? -le preguntó con formalidad.

– Bien, gracias. ¿Y tú?

– Estupendamente -mintió ella.

– ¿Dónde está Sam?

– Desayunó al amanecer con el señor Gray. Al parecer tenían tareas por hacer. El croar de las ranas antes de que salga el sol es maravilloso. Gregor le ha contado que hay diez especies diferentes para escuchar.

– Fantástico.

– Es fantástico -estaba cotorreando como una tonta-. He llamado a la señora Copeland.

– Cielos, has estado muy ocupada.

– Estar ocupada es parte de mi trabajo.

– Por supuesto.

– ¿No quieres oír lo que ha dicho? -se sirvió un poco de zumo de naranja, con tanta prisa que tiró la mitad. Estaba actuando como una adolescente.

– Claro que quiero oír lo que te ha dicho -se sentó en una silla y esperó a que ella se recuperara.

– Dice que te venderá la granja siempre que Doreen y Gregor se queden aquí. Y si el lunes, cuando quedes a comer con ella, le pareces un hombre simpático.

– ¿Un hombre simpático? -arqueó las cejas.

– No fue muy explícita -se encogió de hombros-. Parece ser que el dinero no es lo que más le importa. Tengo la sensación de que si no le caes bien, o incluso, de que si yo no le caigo bien, no venderá. Así que nos toca a nosotros averiguar lo que considera simpático -ella ya lo había hecho.

– Sabes que pide menos de lo que vale.

– Así no es como se comporta un comprador ansioso -se concentró en el zumo de naranja. No quería que ese hombre fuera amable. Quería que fuera el ejecutivo implacable que se suponía que era.

Entonces, Sam los llamó desde la ventana y entró para verlos. Molly se alegró de que los interrumpieran.

– ¡Hemos oído once tipos de ranas diferentes! El señor Gray dice que a él le cuesta notar la diferencia, pero que en la biblioteca tiene una grabación que nos ayudará a diferenciarlas. También dice que es hora de comer algo y que podemos ir a nadar. ¿Podemos ir a nadar, señor Baird?

Jackson miró a Molly y sonrió. Una vez más estaba descolocada, y permaneció descolocada durante todo el día.

Pasaron el día entero con Jackson. Molly lo observó mientras nadaba con su sobrino. Vio cómo le enseñaba a nadar con paciencia, como si tuviera todo el tiempo del mundo y fuera lo más importante para él.

Se fijó en cómo se reía de manera triunfal cuando Sam consiguió flotar sin ayuda, y en cómo miraba hacia la playa para verla. El mensaje que transmitía era de puro deleite. El podía haber sido un niño también.

¿Dónde estaba el ejecutivo despiadado?

Lo observó mientras secaba a Sam y mientras llevaba al pequeño hasta la granja. También, lo observó mientras se comía otro enorme plato de lo que Doreen había preparado; cómo bromeaba con Gregor y…

Y cómo había conseguido encandilar a todos. El encanto de Jackson los tenía cautivados.

«Hay una faceta de Jackson que no conozco», pensó desesperada. «Tiene que haberla. Él no se ha ganado esa reputación por nada. Así que ten cuidado…»

Pero su corazón no tenía ningún miedo, y no se comportaba de manera nada sensata.

Su corazón estaba perdidamente enamorado de Jackson Baird.

Capítulo 7

– ¿Francis?

– Señor Baird -Roger Francis contestó inmediatamente y su tensión era palpable-. ¿Cuál es la decisión que ha tomado’?

– Todavía no he tomado ninguna decisión. La granja es justo lo que yo estaba buscando, pero la dueña ha dicho que quiere conocerme. Parece que solo venderá si me da el visto bueno, a mí y al agente inmobiliario. Hemos quedado para comer mañana.

– ¿Y sí las cosas no van bien?

– Entonces, volveré a ver la propiedad Mountain. Y puede que eso suceda. Como te he dicho, está tan interesada en la vendedora como en mí. Parece una mujer excéntrica, pero con su edad y su riqueza supongo que está en todo su derecho.

– Claro -pero Roger no estaba tan seguro. Parecía que estaba muy tenso.

«Bueno, es domingo por la noche», pensó Jackson. Quizá había interrumpido algo importante. Pero era su empleado, y le pagaba para poder llamarlo a cualquier hora. Además, había algo que Jackson quería que hiciera.

– ¿Quiere que compruebe las escrituras?

– Um… no.

– Entonces, ¿qué es?

– Quiero que investigue acerca de la vendedora.

– ¿Perdón?

– Molly Farr -dijo Jackson. Sabía que estaba sobre pasando la barrera de lo razonable.

Molly tenía problemas económicos y quería saber cómo era de grave la situación.

– Quiero un poco de información acerca de su pasado -le dijo-. Deprisa.

– ¿Molly? Soy Michael.

– ¡Michael¡

Molly acababa de entrar en su despacho. Cuando el teléfono comenzó a sonar, y cuando reconoció la voz de su ex novio al otro lado de la línea estuvo a punto de soltar el auricular. ¿Qué diablos quería?.

– No puedo creer lo que estoy oyendo. ¿Para qué me has llamado?

– Molly, tenemos que hablar ha sucedido algo.

Solo había una respuesta para aquello.

– Habla con quién te dé la gana. Pero conmigo no.

Y colgó el teléfono.

– ¿Cara?

– Jackson, querido. No esperaba que me llamaras otra vez tan pronto…

– Cara quería hablarte de esa granja. Es fantástica. Si podemos comprarla, creo que será justo lo que estábamos buscando.

– Es maravilloso -ella dudó un instante-. ¿Ocurre algo?

– ¿Qué iba a ocurrir?

– No lo sé. Pareces un poco distraído.

– Estoy en Australia.

– Debe ser eso.

– ¿Estás dispuesta a venir a verla… antes de que firme las escrituras?

– Querido, estoy ocupada. Y Australia está muy lejos.

– Bueno, yo también estoy muy ocupado -dijo él medio enojado-. Pero se trata de algo a largo plazo, Cara. Si no puedes hacer un pequeño esfuerzo por…

– Vale vale buscaré un hueco. Si es importante.

– Lo es.

– ¿Roger? Soy Michael.

– Mmm.

– No va funcionar Molly no quiere hablar conmigo.

Capítulo 8

La inesperada llamada de Michael no ayudó a que el humor de Molly mejorara.

«Es extraño», pensó Molly. Hasta el viernes había pensado en Michael una docena de veces al día. Y de pronto, era como si hubiera dejado de existir. Y no era Michael el que la alteraba.

Jackson los había acompañado a buscar un taxi en el aeropuerto.

– Hasta mañana -le había dicho y, como despedida, le cubrió los labios con un dedo-. Que duermas bien.

El roce de su dedo permanecía en su memoria. Llamaron a la puerta y se dirigió a abrir. Aquella noche parecía mágica, y sospechaba que podía suceder cualquier cosa.

Pero no era Jackson. Angela estaba en la puerta, tal y como le había prometido. Parecía que estaba indignada.

– ¿Quieres echarle un vistazo a esto? -le preguntó a Molly mostrando un periódico-. Oh, y yo que tenía unos planes maravillosos.

– Yo… ¿Qué? -Molly dejó pasar a su amiga.

– Ese hombre no es lo que parece. Me había hecho ilusiones. Ya estaba planeando la boda, la luna de miel con limusinas y mansiones… ¡y mira! Resulta que está comprometido.

– Um… ¿Guy está Comprometido? -todo le parecía una locura.

– No. No me gustaría que Guy encontrara a otra. ¡Ese hombre! ¿Sabes lo que se puso para la fiesta de los años veinte? Un traje de chaqueta, cuando yo me esforcé tanto para encontrar un vestido. Y ni siquiera se puso zapatos blancos.

– ¿Ahora qué? -Angela ondeaba el periódico como si fuera una bandera y Molly no podía leer nada-. Si no estabas planeando tu boda, ¿qué boda planeabas?

– La tuya, por supuesto. Con Jackson Baird -se quejó Angela-. Pero resulta que está con una mujer que se llama Cara…

«No debería importarme», pensó Molly, y en cierto modo no le importaba. Se sentía confusa.

– ¿Me dejas verlo? -dijo al fin, y Angela la miró asombrada. Su rostro seguía colorado, como si estuviera indignada, pero al ver que Molly no reaccionaba como ella había esperado, comenzó a preocuparse. Se suponía que aquello era una broma… pero no tenía nada de gracia.

Todo era más serio de lo que creía.

– Página tres -dijo Angela.

Y Molly leyó la noticia.

Se rumorea que Jackson Baird ha pasado el fin de semana mirando una de las mejores granjas de New South Wales, con intención de comprarla para instalar su base en Australia. Baird, conocido por habitar en áticos lujosos, está buscando una finca en el campo para compartirla con Cara Lyons, famosa modelo internacional amante de los caballos. Los mantendremos informados. No se pierdan esta sección.

– Idiota -dijo Angela, pero la indignación había desaparecido.

– No hay motivos para llamarlo idiota. Tiene perfecto derecho a compartir su propiedad con quien quiera.

– ¡Pero no a decírnoslo!

– No es asunto nuestro.

– No. Pero… Pareces… diferente -comentó Angela-. ¿Te has acercado a ese hombre?

– Oh… sí.

– ¿Te ha besado?

– Puede que lo haya hecho -al ver la expresión de Angela, sonrió-. Bueno, ¿y por qué no? Imagino que habrá besado a miles de mujeres.

– ¿Y algo tan insignificante cómo otra mujer no debería interponerse en su camino?

– Supongo que no.

– Estás chiflada.

– Soy una mujer de negocios -dijo Molly-. No sé qué pretendes. Cualquier relación entre nosotros está fuera de duda.

– Pero él te ha besado -Angela respiró hondo-. Molly, me moriría por que me besara un hombre como ese.

– Estoy casi segura de que no.

– Yo estoy segura de que sí.

La firmeza del tono de Angela hizo que Molly se sorprendiera.

– ¿Tienes problemas con Guy?

– Nada que una pequeña aventura con Jackson Baird no pueda solucionar -dijo Angela con amargura-. ¿Y tú también lo besaste?

– No es asunto tuyo.

– ¿Pero no sería maravilloso…? -suspiró, y decidió cambiar de táctica-. ¿Conseguiste la venta?

– Conseguí la venta.

– Y Trevor, ¿lo sabe?

– Lo llamé antes de salir de la granja.

– Estará encantado. Pero… ¿Volverás a verlo?

– ¿A quién? ¿A Trévor?

– Sabes muy bien a quién me refiero.

– Mañana. Para comer.

– Oh, Molly.

– Con la propietaria de la granja. Y, según esto, quizá con una mujer llamada Cara -Molly miró la foto de Cara en el periódico y pensó, «Guau ¿Cómo voy a competir con alguien así?»

No podría. Así de sencillo.

– Oh. Bueno, siempre puedes empezar a partir de ahí.

– Él se marcha el martes a Estados Unidos…, eso es pasado mañana.

– Pues date prisa.

– ¿Quieres dejar el tema?

– Pero lo has besado.

– Creo que ni el matrimonio impediría que Jackson besara a otras mujeres -dijo Molly-. Ese hombre es tremendamente…

– ¿Tremendamente?

– Tremendamente atractivo -ya lo había dicho. Se sentó frente a Angela y continuó-. Ayuda.

– ¿Ayuda?

– Necesito ayuda. Estoy en un lío.

– En un lío -dijo Angela-. ¿En qué tipo de lío?

– Me he comportado como una estúpida.

– ¿Por?

– Porque creo que me he enamorado -se sinceró con su amiga-. Lo sé. Estoy completamente chiflada. Y tengo tan pocas posibilidades de atraer a ese hombre como de volar, pero es lo que hay.

– Oh, Molly.

– Y ni siquiera es un hombre sensato, como Guy. No tiene nada que ver conmigo. El es…

– Sabes, ser sensato no es tan maravilloso -interrumpió Angela-. Creo que ser insensato es mucho más interesante.

– No cuando él está comprometido con otra persona.

– No sabemos qué tipo de compromiso tienes.

– Van a comprar una granja juntos.

– Eso sí.

– ¿Se te ocurre algo?

– Estoy pensando. Desde luego, con tu estupendo Jackson y mi aburrido Guy, pienso tanto que voy a estallar. ¿Por qué no nos enseñan estas cosas en la escuela de venta inmobiliaria? Cómo evitar a los contables y atrapar a los clientes ricos.

– Atrapar a clientes ricos que no estén comprometidos. Eso es imposible.

– Podemos intentarlo -miró a Molly-. Tú puedes intentarlo. Mañana.

– Sí claro. Mañana lo veré sabiendo que está comprometido con otra mujer. ¿Crees que debo intentar que se enamore locamente de mí?

– No puede estar tan comprometido si te besó -pero Angela no parecía convencida.

– Lo suficiente como para comprar una granja a medias. Y no te olvides de que yo tampoco estoy libre y sin compromiso. Tengo que cargar con un niño pequeño.

– ¿Estás enamorada?

– Sí, Lo estoy.

– Chica, tienes un problema peor que el mío. O igual.

– Angela miró el anillo de diamantes que llevaba y se lo quitó. Lo dejó sobre la mesa y lo miró con odio-. Ahora somos dos con problemas. Hablemos de solidaridad. Si tú estás triste, yo también. Guy es el hombre más aburrido de la tierra y no pienso volver a ponerme ese anillo hasta que no haga algo extravagante.

– ¿Como qué?

– Como… como besarme como si me quisiera de verdad. Como llevar tirantes que no hagan juego con la corbata. Como no atarse los zapatos tal y como, le enseñó su abuela. O no invertir todo el dinero que gana en fondos seguros, o cambiar su aburrido coche por una luna de miel en las Bahamas. No sé. ¡Cualquier cosa! Con tal que no sea previsible.

– Eso no va a suceder -le dijo Molly.

– Lo que necesitamos es algo para gente desesperada -dijo Angela. Se puso en pie y tiró sus llaves sobre el aparador-. Me voy al supermercado, y voy andando porque creo que lo que voy a comprar sobrepasará el limite legal de bebidas alcohólicas.

– ¿Qué vas a comprar?

– Licor irlandés, helado de Tía María y un paquete gigante de Tim Tams -le dijo-. Eso hará que olvidemos a los hombres. Ya verás.

Molly abrió un ojo y lo cerró de nuevo. «Ha sido un error», pensó, «no tenía que haberlo hecho».

– ¿Molly? -era Sam. Estaba inclinado sobre ella, abriéndole un párpado-. ¿Estás ahí?

– No -contestó ella, y se rió.

– Sí que estás. Angela estaba dormida en el salón. También me dijo que no estaba allí, pero sí que estaba. Y no habéis fregado los platos. Hay un cartón de helado vacío, y creo que no es justo porque yo no he tomado nada, pero no os terminasteis los Tim Tams, así que me he comido siete para desayunar. Y ahora, vamos a llegar tarde.

«Oh, cielos», Molly miró el reloj’. «¡Qué tarde! Sam debería estar en el colegio».

Pero era la primera vez que se levantaba tarde en los seis meses que llevaba cuidando de él. Quizá no era para tanto. Miró a su sobrino y le dijo:

– Sam, ¿tú crees que podrías estudiar mucho y llegar a ser neurocirujano aunque yo declare esta mañana como día festivo?

Sam se quedo pensativo y sonrió.

– ¿Y por qué es día festivo? -preguntó.

– Es el Día Internacional de la Rana -improvisó Molly, y la risa del pequeño invadió la habitación.

– Qué tonta.

– Sí, y también corro el riesgo de que me despidan. Aunque haya hecho la mejor venta del mundo -se sentó y se frotó los ojos-. Lo siento, bonito. ¿Llevas mucho tiempo levantado?

– El señor Baird me despertó.

– ¿El señor Baird?

– Llamaron al timbre y fui a abrir -le dijo-. Está aquí, y ha traído una casa para las ranas. En piezas. Tenemos que montarla. Está en el salón. Angela estaba allí, pero cuando hice pasar al señor Baird, dijo: ¡Córcholis! Y se fue a mi habitación. Está en mi cama, tapada con las mantas hasta la cabeza. ¿Crees que el señor Baird me dará otra clase de natación?

– Lo dudo -la tentación de irse con Angela era muy fuerte-. Um… el señor Baird, ¿está aquí todavía?

– Claro que sí. Con su regalo. Las patas de la casita para ranas están en el suelo del salón y yo lo he ayudado a leer las instrucciones. Queremos saber dónde podemos ponerla, porque el señor Baird dice que una vez montada es más difícil moverla. Así que me dijo que era mejor que te despertara, aunque tuvieras resaca -miró a su tía fijamente-. Eso es lo que dijo. ¿Tienes resaca?

– No. ¡Sí! -Molly miraba a su sobrino como si fuera un bicho raro-. ¿Está ahí fuera?

– Sí.

– Dile que se marche.

– Dímelo tú -Molly descubrió que Jackson estaba en la puerta con una amplia sonrisa-. ¿Pero no sé por qué quieres que me vaya?

– ¿Qué estás haciendo aquí?

– Esa no es una manera educada de saludar a un invitado. Y menos a un invitado que ha traído un regalo.

– ¿Qué regalo?

– Ya te lo he dicho. Ha traído una casa para las ranas -le explicó Sam-. Es un estanque enorme, pero no vamos a llenarlo de agua hasta arriba. Tiene una cascada, y rocas para que las ranas se tumben. Pero no podemos ponerle las patas. Guy dice que parece que estemos construyendo el Taj Mahal.

– ¿Guy?

¿Qué diablos hace aquí el novio de Angela?»

– Hola -Guy la saludó desde detrás de Jackson, y Molly se quedó boquiabierta.

– Guy…

– Ese soy yo -el hombre esbozó una sonrisa.

– ¿Angela sabe que estás aquí?

– Sí, pero se ha encerrado en la habitación -le dijo-. Está enfadada conmigo porque no quiero ponerme zapatos blancos. Zapatos blancos, por favor. Entonces, cuando me puse a hablarle de la boda y le dije que mis hermanas tenían que ser las damas de honor, comenzó a decir no se qué de fugarse. No entendí ni una palabra. Se fue, y llevo buscándola todo el fin de semana. Sam dice que está aquí, pero que no quiere hablar conmigo. Molly, ¿por qué ha dejado el anillo de compromiso sobre la mesa del salón y no lo lleva puesto?

Aquello era demasiado para Molly.

– No lo sé. Marchaos. Todos -estaba cubierta con la sábana y el albornoz estaba demasiado lejos para ponérselo.

– Hemos tenido una buena noche, ¿no? -preguntó Jackson.

– Sobre todo tú -espetó ella-. Fuera de mi habitación. ¡Ahora mismo!

– No nos quiere -Jackson agarró a Sam por el hombro, y Molly sintió que le daba un vuelco el corazón- Sam, nos están rechazando.

– Al menos, ella no se ha quitado tu anillo -le dijo Guy apesadumbrado, y Jackson asintió.

– Eso sí. Supongo que podía haber sido peor. Molly, ¿dónde quieres que pongamos la casita para las ranas?

– ¡No quiero una casa para ranas! -gritó Molly.

– ¡Mol1y! -exclamó Sam asombrado.

– Claro que la quieres -dijo Jackson-. No puedes seguir utilizando el suelo del baño. Un día vais a pisar alguna. O… -sus ojos brillaban con diversión-. Puede que se metan en el váter. ¿Has pensado en eso? Sería una catástrofe medioambiental si llegaran a las alcantarillas.

«Si al menos dejara de reírse». Molly apretó los dientes.

– Lárgate o gritaré.

– ¿Por qué vas a gritar? -preguntó Sam. Molly estaba muy enojada. ¿Cómo iba a salir de aquella situación?

Pero Jackson cedió. Riéndose, agarró la mano de Sam y lo sacó de la habitación. Empujó a Guy para que hiciera lo mismo.

– Esperaremos en el salón mientras te preparas para recibir a la visita -le dijo-. Entretanto, Sam… a menos que quieras ver cómo tu tía sufre un ataque, algo que puede ser un poco arriesgado, te aconsejo que nos larguemos.

– ¿Largarnos?

– Deja que tu tía Molly se recupere.

– ¿Angie? -no hubo respuesta- ¡Angela! -Molly se había puesto el albornoz y peinado el cabello. Estaba un poco más respetable, pero necesitaba apoyo para entrar en el salón. La cena de la noche anterior había sido idea de Angela, así que ella tenía que ayudarla a enfrentarse a las consecuencias-. ¡Angie! -intentó abrir la puerta de la habitación y vio que estaba cerrada con pestillo-. Sal de ahí. Me niego a enfrentarme a esto yo sola -metió una horquilla en el agujero del pomo y abrió la puerta.

Pero Angela no estaba dentro. Solo había una cama vacía y una ventana abierta.

Molly se asomó por la ventana, a tiempo de ver a su amiga corriendo calle abajo. Llevaba la misma minifalda de la noche anterior e iba abrochándose la blusa por el camino.

– ¡No me hagas esto! -le gritó a Angela. En ese momento, un taxi se detuvo junto a Angela y esta se subió deprisa. Su amiga la había abandonado sin mirar atrás-. Oh, Angela, ¡traidora!

Entonces, se dirigió a la puerta del salón.

Socorro.

No tenía elección. Tendría que enfrentarse a la situación. Sola.

Le resultaba más fácil centrarse en Guy que pensar en Jackson. Jackson y Sam estaban mirando el plano de construcción, pero Guy estaba de pie, junto a la mesa de café, mirando el anillo de compromiso como si fuera el fin del mundo.

– Diablos -agarró el anillo y lo miró. Después, le preguntó a Molly-. ¿Angie está todavía ahí?

– Se ha marchado -contestó ella, negando con la cabeza. Guy suspiró. «Puede que sea un contable aburrido, pero me da pena», pensó Molly-. Quizá deberías ir a buscarla -le sugirió.

– No me dejará entrar en su apartamento. Estaba convencido de que estaba en casa, pero no ha abierto la puerta en todo el fin de semana.

– Sabes, Guy, puede que tengas ventaja -le enseñó las llaves que Angie se había dejado en el aparador-. Estas son sus llaves.

– ¿Sus llaves? -preguntó Guy.

– Son las llaves de su coche y las de su casa. Se las ha dejado aquí -trató de sonreír- Así que, tiene un problema. Su bolso también está aquí. Y ha tomado un taxi. No tendrá dinero para pagar y no podrá entrar en su casa. Guy, si pensabas tratar de recuperarla, ahora es el momento.

Guy se quedó pensativo, y Jackson estaba mirándolos.

– No lo entiendo.

Molly sonrió.

– Guy, ¿tienes que entender cómo ser un héroe?

Silencio. Al final, agarró el anillo de compromiso. Después, miró a Jackson y a Sam.

– Si podéis pasar sin mi ayuda…

– Nos las arreglaremos sin ti -dijo Jackson, y miró a Molly con curiosidad-. Sin llaves y sin dinero. Angie necesita más ayuda que nosotros.

– ¿Guy? -Molly lo llamó con suavidad y él se detuvo para mirarla.

– Si quieres un consejo, deja de pensar en las damas de honor, cómprate un par de zapatos blancos y, de camino, para en la floristería.

– ¿Quieres decir que le compre un ramo de flores?

– No, Sam, no me refiero a un ramo. Lo que Angela quiere es una declaración. Tienes que comprarle un coche lleno de flores. O un camión, por ejemplo.

– ¿Qué…? ¿Por qué?

Ella suspiró.

– Guy, se ha dejado su chaqueta aquí y hace frío. Estará sentada en la entrada, sintiéndose sola y lamentándose -«¿que estoy haciendo?», pensó Molly. Aquella debía de ser la mejor acción de toda su vida adulta. Angie la había metido en ese lio. No se merecía su ayuda.

Sin embargo…

– Lo que necesita es un héroe montado en caballo blanco -le dijo-. O que le regales suficientes flores como para cubrirse con ellas.

– Me parece un poco excesivo -dijo él, y Molly sintió ganas de atizarle con una pata de la casita para ranas.

– Perfecto. Sigue así de aburrido. Verás a dónde te lleva.

– ¿De verdad crees que eso funcionaría?

– De verdad.

Guy suspiró.

– Entonces, lo haré.

– Perfecto. Oh, y… ¿Guy?

– Intenta que parezca que ha sido idea tuya… y si alguien de los aquí presentes le dice que no ha sido así…

– Um… vale.

Molly sonrió y abrió la puerta para que se marchara.

– Ve por ella, chico. James Bond al rescate.

– ¿Señor Bond…? -Jackson se puso en pie y sonrió a Guy-. Sam va vestido de uniforme -dijo-. ¿Eso significa que deberías estar en el colegio, Sam?

– Así es -dijo el niño-. Pero no importa si llego tarde porque le he prometido a Molly que aún puedo ser neurocirujano y Molly me dijo que es el Día Internacional de la Rana.

– ¿El Día Internacional de la Rana? Muy original. Pero, Sam, para ser neurocirujano hay que estudiar mucho. Tienes todo preparado para ir al colegio?

– Sí -admitió Sam-. Pero no hemos terminado la casa de las ranas.

– Yo la terminaré. Guy, ¿qué te parece si llevas a Sam al colegio antes de ir a rescatar a tu damisela?

– Pero…

– Molly te ha dado la clave para el rescate. Le debes un favor.

Guy cedió enseguida.

– Claro. Por supuesto que puedo. Vamos, Sam.

– Estupendo -Jackson sonrió y abrió la puerta-. Hasta luego, entonces. Conduce con cuidado. Marchaos a rescatar damiselas en apuros. ¿Qué mejor manera de enfrentarse al mundo?

Guy y Sam desaparecieron por el pasillo. Jackson cerró la puerta y se volvió para mirar a Molly.

Capítulo 9

El silencio se apoderó de la habitación y parecía eterno. «Tierra, trágame», suplicó Molly.

«,Cómo he terminado a solas con él?»

– Gracias por la casita -consiguió decir Molly-. Pero no hace falta que te quedes.

– Al contrario, hace mucha falta. Vamos a ir a comer juntos, y todavía no hemos terminado de montarla.

– Puedo montarla yo sola -tragó saliva, y dijo con dignidad-. Gracias por regalársela a Sam. Estoy segura de que le va a encantar.

– ¿Ya ti no?

– Sí -dijo ella-. La has puesto delante de la televisión. Perfecto. Me encanta mirar a las ranas en lugar de la televisión.

– Ya lo sabía -sonrió-. Pareces esa clase de mujer.

– No tienes ni idea de qué clase de mujer soy.

– Ahí es donde te equivocas -le dijo- Porque lo tengo todo estudiado.

– No quiero oírlo.

– Eres el tipo de mujer que lo dejó todo cuando su sobrino se quedó huérfano. Dejaste la vida que amabas y viniste a una ciudad que odias, para aguantar al cretino de tu primo y…

– Por mi sobrino -dijo ella-. Y mira que buena tutora soy… me he quedado dormida. Anoche bebí demasiado y ni siquiera he podido llevar a Sam al colegio. Los servicios sociales estarían encantados conmigo.

– ¿Cuántas veces te has emborrachado desde que Sam se quedó huérfano?

– Solo anoche.

– Entonces, deja de sentirte culpable. Todos sabemos que anoche tenías una buena excusa. No hace falta ser Einstein para imaginarse lo que pasó. Vino Angela a contarte que había roto su compromiso con Guy. Estuviste haciéndole compañía -esbozó una sonrisa-. Criticando a los hombres en general -la miró a los ojos-. Y después, Angela sale huyendo, dejándote sola, y tú haces todo lo posible para arreglar su relación. Su chico se marcha a comprar todas las flores de la ciudad…

– ¿Crees que lo hará?

– Si no lo hace, es tonto. Le has dado la clave para salvar su relación y, teniendo en cuenta que Angela te ha traicionado, diría que has sido muy generosa -sonrió se acercó al aparador-. Es una lástima que se haya dejado las llaves.

¡Las llaves! Molly miró hacia el aparador. ¡Guy se había dejado las llaves!

– Tú lo sabías y lo dejaste marchar!

– Digamos que no me parece bien que Angela sea perdonada sin más.

Molly intentó fruncir el ceño, pero no lo consiguió. El estaba sonriendo y su sonrisa era suficiente para desarmarla. Se derretía solo con mirarlo.

– Qué tontería -dijo ella sin pensar-. No es con Angela con quien estoy enfadada. El canalla eres tú.

– ¿Yo soy el canalla? -Jackson arqueó las cejas-. ¿Cómo voy a ser un canalla? Voy a comprarte una granja, he salvado tu trabajo y te he traído una casa para las ranas.

Molly respiró hondo y buscó las palabras adecuadas. Al final dijo:

– Me has besado.

Ya estaba. Lo había dicho.

– Te he besado -Jackson dejó de sonreír y la miró de arriba abajo.

– Sí.

– ¿Besarte me convierte en un canalla?

– Cuando estás comprometido con otra mujer, sí.

«Maldita sea, ha visto el periódico», pensó Jackson.

¿Debía negárselo? Su intuición le decía que debía hacerlo, pero entonces… ¿no había acordado con Cara que nunca se expondrían al peligro del amor? Quizá fuera más seguro permitir que Molly pensara que estaba comprometido con otra mujer.

– ¿Te refieres a Cara?

– ¿A quién más podría referirme? ¿Cuántas mujeres hay en tu vida?

– ¿Crees que he sido infiel?

«Ya está», pensó Molly. Los valores morales de aquel hombre no se parecían en nada a los de ella.

– Apenas hemos tenido relación -dijo él.

– No.

– Entonces, ¿cuál es el problema?

– Ninguno.

– ¿Y por qué estás enfadada?

– Digamos que me da pena Cara -otra vez un largo silencio.

– ¿Piensas venir a comer así? -dijo Jackson señalando el albornoz.

Molly lo miró con desafío.

– ¡No!

– Entonces, sugiero que vayas a vestirte mientras yo termino la casita.

– No quiero…

– ¿Ir a comer conmigo? Lo entiendo -dijo en tono educado y distante-. Pero no tenemos elección. Así que sugiero que te bajes del caballo, adoptes la pose de mujer de negocios y vengas a comer. Ahora.

Y sin decir nada más, se centró de nuevo en el montaje de la casita.

Molly lo dejó solo. Se dirigió a su habitación y cerró dando un portazo. Jackson colocó las patas de la casita y comenzó a apretar los tornillos. Era un trabajo difícil necesitaba concentración.

Y concentración era justo lo que no tenía.

¿Había comenzado una relación al besar a Molly? ¿Qué había pasado?

Molly era una mujer bella y deseable. Habían compartido un día maravilloso y, en aquel momento, besarla le había parecido lo adecuado. Tan sencillo como eso.

Solo que no era así.

«Nadie me había hecho sentir así», pensó él. ¿Cómo?

Como si ella necesitara que la defendieran y él quisiera defenderla. Como si él quisiera presenciar cómo saltaban las ranas dentro de la casita, siempre y cuando, Molly estuviera a su lado.

Como si quisiera besarla de nuevo…

Ese era el problema.

Pero desde lo de Diane, las relaciones afectivas no formaban parte de su vida. Excepto su relación con Cara. La relación que mantenía con su hermanastra era diferente. Ella comprendía por qué Jackson había prometido no volver a enamorarse… pero Cara estaba en Suiza, viviendo su propia vida.

Pero si alguien tocaba a Molly…

La idea lo sobresaltó. Si alguien le hacía daño a Molly… No. No solo tenía que hacerle daño.

No era el sentimiento de protección lo que lo corroía por dentro. Era la idea de que otro hombre… la mirara con deseo. Porque ella era…

No conseguía encajar la pata de la casita y blasfemó.

«Monta la maldita casa, ve a comer con ella, y sal de aquí», se ordenó. «Tienes que aclararte, y estar junto a esta mujer…»

Estaba muy confuso. Lo único que sabía era que no podía mentir. Ni siquiera a sí mismo.

¿Y Molly?

Estaba poniéndose el traje más serio que tenía. Negro, negro y más negro. Sin maquillaje. Ni una pizca.

¿Qué estaba haciendo? Se vistió y después se miró en el espejo durante largo rato.

– Cualquiera diría que tienes miedo de Jackson Baird -dijo mirándose al espejo-. Y tendría razón.

Faltaba muy poco para terminar la casita, pero no les quedaba tiempo.

– Creo que necesito otro tipo de destornillador -confesó Jackson-. Parece que estas instrucciones están escritas en swahili -al ver que Molly vestía de chaqueta negra, pantalones negros y zapatos negros, frunció el ceño-. Además, esperaba que hubiera alguien para ayudarme a ponerla en su sitio, y tú tienes pinta de que solo puedes levantar un ataúd -la miró de arriba abajo con desaprobación-. He visto enterradores que parecen más animados que tú.

– Me he puesto el traje de hacer negocios.

– Y el hecho de que necesite ayuda para colocar esto sobre las patas…

– Todavía no has terminado de atornillar las patas -señaló ella-. Además, tengo que pensar dónde vamos a ponerla. No puede quedarse delante del televisor;

– ¿Y qué tal delante del bar? ¿Sería un problema?

Ella esbozó una sonrisa. Le dolía la cabeza por haber bebido la noche anterior. Estaba confusa y cansada, y en lo último que quería pensar era en el bar. O en su contenido.

– Solo si Angela rompe con otro novio -dijo compungida, y él sonrió.

– Entonces, ¿no es una gran bebedora, señorita Farr?

– El bar apenas se ha tocado desde que mi cuñado murió -le dijo, y deseó no haberlo hecho porque él la miró con lástima. No necesitaba la compasión de aquel hombre.

No necesitaba nada de él.

– ¿No has pensado en quitarlo? ¿En redecorar el apartamento para que sea más tu casa y la de Sam y deje de ser la de sus padres?

– La casita de las ranas hará que sea así.

– No. Todas las fotos que hay aquí son de los padres de Sam y de la vida que llevaba el niño antes del accidente. Todo lo que hay son cosas personales. En este lugar no hay nada de Molly Farr.

– Es la casa de Sam.

– También es tu casa.

– Sam necesita recordar a sus padres -se mordió el labio inferior-. Los recuerdos se desvanecen fácilmente.

– Es lo normal -dijo él. Se acercó a una estantería que estaba llena de trofeos de todo tipo-. Aquí hay un montón de cosas de tu familia, pero ¿dónde están tus cosas?

– Yo no cuento.

– Claro que cuentas -frunció el ceño-. Para Sam, eres muy importante. Cuando eras una niña, ¿qué cosas ganabas?

– No muchas.

– ¿Carreras de montar en vaca?

– No creo -dijo ella entre risas.

– Entonces, ¿qué?

– Nada -lo miró a los ojos fijamente-. Vamos a llegar tarde a comer.

– No. Tenemos tiempo. ¿Qué?

– Yo no…

– Tiene que haber algo… ¿Algún recuerdo de la niñez que signifique mucho para ti? Algo que hayas conseguido.

Ella suspiró y pensó en sus palabras.

– Supongo que… los nudos.

– ¿Nudos?

– Cuando era pequeña entré en los boy scouts -le dijo-. Mi primera prueba fue aprender a hacer nudos, y me terminó gustando.

– ¿Y qué pasó?

– No quieres saberlo.

– Claro que sí. Cuéntamelo.

«¿Y por qué no?», pensó ella. Al fin y al cabo, aquel hombre era un cliente y era su obligación que estuviera contento.

– Espera un momento -le dijo. Instantes más tarde, apareció con unos cuantos nudos enmarcados en el salón.

Había hecho todo tipo de nudos. Todos con cariño y dedicación. Molly había empezado a hacer nudos cuando tenía nueve años, y el último nudo lo había hecho dos semanas antes de que su hermana muriera.

Los nudos formaban parte de la antigua Molly. Se los entregó a Jackson en silencio… y no comprendía por qué se sentía como si le estuviera entregando una parte de sí misma. Él los agarró y los miró durante largo rato.

– Son fantásticos -le dijo, y ella se sonrojó.

– Sí, pero son parte del pasado.

– Son parte de ti, y Sam debería verlos -agarró uno de ellos y lo colocó detrás de los trofeos de la estantería-. Deberías colgarlos. Tendrías que dedicarles una pared.

Ella negó con la cabeza.

– No quiero cambiar la vida de Sam.

– La vida de Sam ha cambiado.

– Pero no quiero que cambie más.

Jackson la miró durante un momento y, después, sonrió.

– Eres toda una mujer.

– Sí. Y tú eres todo un hombre. Pero tenemos que iros a comer.

– Eso es cierto -dijo él despacio, pero por su forma de hablar ella supo que no era en comer en lo que estaba pensando.

Hannah Copeland era una mujer menuda. Era mayor tenía artritis, pero sus ojos brillaban con inteligencia se reunió con ellos en uno de los mejores restaurantes de Sidney, en el que los empleados la trataban como si fuera la propietaria del lugar.

– Estamos en mi restaurante habitual -les dijo-. Vengo aquí todos los lunes. Es mi manera de contribuir a mejorar la economía mundial.

– Muy generosa -dijo Molly, y ella se rió.

– Eso es lo que yo pienso, querida -miró a Jackson. -¿Y usted? Si es tan rico como creo. ¿Qué hace para contribuir al avance del mundo?

– Comprar granjas de precio elevado -dijo él, y el rostro de Hannah se iluminó.

– Muy bien. Pero yo no creo en el dinero estancado. Mantendrá mi granja en activo, tal y como debe ser. Espero que no la quiera solo para evadir impuestos.

– Sería una manera muy cara de evadir impuestos -le dijo Jackson, y la ayudó a sentarse con cuidado.

– Hoy en día nunca se sabe -se acomodo en la silla y miró a sus invitados-. No está de luto, ¿verdad, querida? -le preguntó a Molly.

– Está trabajando -dijo Jackson.

– ¿Y no mezcla el trabajo con el placer?

– Nunca -contestó Molly.

– ¿Lo pasaron bien en mi granja? -preguntó Hannah, y Molly sonrió. Al menos, eso era fácil de contestar.

– Muy bien, gracias.

– Doreen me dijo que los tres se llevan fenomenal. Usted, Jackson y el niño.

– No tenemos ninguna relación -dijo Molly-. Solo conozco a Jackson desde el viernes.

– ¿Pero se caen bien?

– Nos caemos bien -dijo Jackson, y Molly se contuvo para no protestar. De acuerdo, durante la comida, y por la venta, se llevarían bien.

El camarero les tomó nota y, al poco rato, les sirvió los aperitivos. Hannah continuó haciéndole preguntas a Jackson, y Molly se alegró porque así podía saborear la comida.

– ¿Está comprometido? -le preguntó, y Jackson frunció el ceño.

– ¿Dónde ha oído eso?

– Leo los periódicos, querido. Hábleme de «su» Cara.

– No es «mi» Cara.

– Entonces ¿no está comprometido?

– No -dijo él, y Molly soltó el cuchillo.

– ¡Estás bromeando! -exclamó ella.

– No estoy bromeando -dijo él, y sonrió.

– Yo pensaba…

– Cara y yo somos felices como estamos -le dijo a Hannah. La mujer pestañeó y se comió una gamba.

– No apruebo esa clase de relaciones -dijo ella-. Me gusta el matrimonio.

– En mi mundo, los matrimonios no suelen durar mucho tiempo.

– Las promesas duran -dijo Hannah-. Si son de verdad. ¿Le ha hecho promesas a Cara?

– Creo que mis relaciones son asunto mío -dijo Jackson al cabo de un momento.

– Quiero que mi granja acabe en buenas manos.

– Lo comprendo.

– No me hace falta vender.

– Eso también lo comprendo.

«Uy», pensó Molly, «adiós a la comisión de Trevor. Si estuviera aquí le daría un ataque al corazón».

– Señora Copeland -dijo ella con cuidado-, me dijo que solo había dos condiciones.

– ¿Yo dije eso? -la señora se metió otra gamba en la soca y los miró-. Entonces he cambiado de opinión. No firmaré el contrato hoy.

– ¿Puedo preguntarle por qué no? -preguntó Jackson con cortesía. «Está claro que él no tiene que enfrentarse Trevor», pensó Molly.

– Quiero conocer a Cara -dijo Hannah.

– Soy yo quien va a comprar la granja, no Cara -dijo Jackson.

– Pero ella vivirá allí, ¿no?

– Sí. En algún momento.

– Y en el periódico pone que es Cara la que está interesada en los caballos. Mis caballos. Mis caballos van incluidos en la venta y yo quiero saber quién va a comprarlos.

– Me parece bien -dijo Jackson-. Pero pasarán tres semanas antes de que yo regrese.

– ¿Y traerá a Cara con usted?

– Si puedo.

– Averígüelo -dijo la mujer mayor-. Estas relaciones modernas… -miró a Molly y le preguntó-. ¿Usted está comprometida? ¿O casada?

– Um… no.

– ¿No mantiene ninguna relación de esas… modernas?

– No.

– Pero tiene un sobrino. Doreen me ha hablado de él. -hizo una pausa, y después dijo-. Entonces, necesitará un hombre. El niño necesita un padre.

Molly esbozó una sonrisa.

– Creo que podemos arreglárnosla sin uno. Los hombres son imposibles.

– Es cierto -pero Hannah no sonrió y no apartó la vista de Molly-. Yo nunca me casé. No veía la gracia. Nunca conocí a un hombre que me robara el corazón. ¿Ha conocido alguno de esos?

– Yo… no.

– Mentirosa -dijo Hannah-. Puedo verlo en su cara. Se puede leer todo en un rostro como ese.

– ¿De veras?

– De veras. Algún hombre la ha tratado como si fuera basura. ¿Estoy en lo cierto?

– Hey, yo ni siquiera voy a comprarle la granja -le dijo Molly.

– ¿Así que métase en sus asuntos? -sonrió la mujer mayor-. Cuando una se hace vieja como yo y no tiene familia, el mundo es asunto suyo. Tiene un buen corazón, jovencita -la miró de cerca-. Este hombre que está aquí no habrá estado jugando con él, ¿verdad?

– ¡No! -exclamó Molly. En ese momento todo el comedor estaba en silencio y su voz se oyó en toda la sala. La gente se volvió para mirarla y ella se sonrojó-. ¿Cree que podemos volver a hablar de negocios?

– No -dijo Hannah con animación-. Esta no es una comida de negocios. Es una comida para conocemos.

– Para que conozca a Jackson -lo corrigió Molly, y Hannah suspiró y sonrió.

– Puede. Todavía no he tomado una decisión.

– ¿Te está entrando miedo?

Después del primer plato, Hannah se excusó para ir al lavabo y dejó a Molly y a Jackson en la mesa. Para su sorpresa, Jackson había decidido colaborar con el interrogatorio y contestó a las preguntas que le hizo Hannah acerca de su pasado. Después, Molly se percató de que él había conseguido volver las tornas y Hannah terminó hablando de sí misma. El amor que sentía por la granja era evidente.

– No. No me está entrando miedo -dijo él-. Cuanto más oigo hablar de la granja, más la deseo.

– Sabes, me sorprendería si Hannah la deja del todo. Puede que Doreen y Gregor no sean los únicos ancianos que tengas allí.

– ¿Crees que Hannah irá a visitarla?

– Si es bien recibida…

Jackson se quedó en silencio. La expresión de su rostro era impasible. ¿Estaba pensando que a Cara no le gustaría? Molly no lo sabía.

Se estremeció. Al verla, Jackson le preguntó.

– ¿Tienes frío?

– No -se encogió de hombros-. No es nada.

– ¿Te preocupa algo?

– No -pero el hecho de que él estuviera preocupado la hizo estremecerse de nuevo. Se sentía triste. Y sola.

– Molly… -él le tendió la mano sobre la mesa y ella la miró. Era un gesto de consuelo…, nada más. Debería aceptarla.

Pero no podía. Continuó mirándole la mano. El la miró a los ojos, pero solo vio un mensaje que no quería leer, o no se atrevía a hacerlo. Retiró la mano despacio y, con cuidado, ella entrelazó las suyas bajo la mesa.

– Gracias, pero no -dijo ella, pero él no sabía qué era lo que rechazaba.

La tensión se quebró al oír un grito.

– ¡Molly! -el grito provenía desde el otro lado del restaurante. Molly se volvió al ver que Hannah regresaba hacia la mesa y que Angela la llamaba desde la puerta. La mitad del restaurante se había vuelto para mirarla.

Angela llevaba la misma minifalda que por la mañana y los mismos zapatos de tacón, pero además se había puesto la chaqueta de rayas de Guy para protegerse del frío. Su melena rizada estaba alborotada y parecía que acabara de salir de la cama.

Por favor…

«Esto nunca llegará a ser una buena venta», pensó Molly con desesperación, y cerró los ojos. Cuando los abrió de nuevo, Jackson y Hannah miraban alucinados a la chica que les gritaba desde la puerta.

– ¡Molly, no sabes lo que ha pasado!

– No me lo digas. Un tiburón se ha comido tu armario ropero y has perdido todos los cepillos de pelo que tenias -dijo Molly-. Angela, por el amor de Dios…

– ¿Dónde está Guy? -Angela no estaba escuchándola-. Diablos, me lo he dejado atrás -se volvió y lo llamó a gritos-. Guy, ¡están aquí!

Por fortuna, Guy iba bien vestido, aunque le faltaba la chaqueta. Pero no parecía el mismo Guy que había visto hacía dos horas. Tenía una amplia sonrisa en el rostro.

– Perfecto. Sabía que los encontraríamos aquí. Un pajarito me había dicho que la señora Copeland es quien mantiene este restaurante a flote.

– Eres tan listo -Angela le dio un abrazo, y Guy la abrazó también. Molly no podía dejar de mirarlos.

– Hemos venido a recoger las llaves de Angela -dijo Guy, y Molly -pestañeó.

– Te dejaste las llaves en el aparador de casa de Molly -dijo Jackson, y Guy hizo una mueca.

– ¿No se os habrá ocurrido traerlas?

– Nosotros… er… no pensamos que vendríais hasta aquí. Señora Copelaud, permítame que le presente a Angela y a Guy. Angela también es agente inmobiliario y trabaja con Molly, y Guy es su… -dudó un instante.

– Prometido -Angela terminó la frase con orgullo y sin dejar de sonreír. Estiró la mano para mostrar su alianza de brillantes-. Nos separamos durante un rato, pero ya nos hemos comprometido de nuevo, y esta vez es para siempre. Puede que Guy olvidara mis llaves, pero no se olvidó de mi anillo.

Molly miró a Hannah de reojo y vío que estaba sonriendo a Angela.

– Por fin -dijo la mujer mayor-. Una relación como debe ser. No querrán comprar una granja, ¿verdad?

– ¿Por tres millones? -Guy sonrió y rodeó a su amada con el brazo-. Lo siento. No es posible.

– Saben, los agentes inmobiliarios llevan ropa de lo más extraña -dijo Hannah, y miró a Angela de arriba abajo-. Una se viste como para ir a un funeral, y la otra…

– De manera apasionada -dijo Angela, y se rio de nuevo-. Guy ha aparecido con un autobús -le dijo a Molly-.Un autobús entero -abrazó a su prometido y este se sonrojó-. Había una floristería al lado del colegio de Sam. Decía que en su coche no le cabían todas las flores y que los niños estaban subiendo al autobús para irse de excursión. Así que entregó un donativo para el programa de alfabetización, y prometió helado a todos los niños, con la condición de que se desviaran hasta mi casa. Dio a cada niño un ramo de rosas y estos se acercaron a mí.

– ¡Cielos! -Molly miró a Guy.

– Yo estaba en el rellano, discutiendo con el conductor del taxi, que estaba enfadado porque me había dejado el bolso en tu casa, y todos los niños aparecieron para entregarme las flores. Entonces, Guy se puso de rodillas y me pidió que me casara con él… y los niños comenzaron a aplaudir… ¿Qué podía hacer yo?

– Qué… qué bonito -dijo Molly, y Angela sonrió aún más.

– Lo es -se dirigió a Hannah y continuó-. Así que usted es la señora Copeland -le tendió la mano para saludarla-. ¿Cómo está? ¿Ha intentado inculcarles un poco de sentido común a estos dos?

– ¿Sentido común? -Hannah parecía desconcertada.

– Están hechos el uno para el otro -dijo Angela-. Pero él está comprometido con otra mujer…

– ¡Angela! -Molly se puso en pie, enojada.

– No está comprometido -dijo Hannah, y Molly pensó, «tierra trágame».

– ¿No lo está? -Angela miró a Jackson-. ¿Quieres decir que la mujer que aparece en el periódico no es tu prometida?

Jackson puso una irónica sonrisa… pero no dejó de mirar a Molly. ¿Qué había dicho Angela? «Están hechos el uno para el otro…»

– Um… no.

– Menos mal -dijo Angela-. Cásate con Molly.

– ¡Angela!

– Oh por el amor de Dios,…

Hannah estaba escuchando atentamente.

– ¿Crees que debería hacerlo?

– Sí -dijo Angie, y abrazó a Guy-. Ella debería ser tan feliz como yo.

– No se casará nunca con ella si sigue llevando ropa de funeral -dijo Hannah, y Molly respiró hondo.

– ¡Perdóneme!

Nadie le hizo caso.

– No suele vestirse de negro -explico Angela-. Suele estar preciosa. Solo que su hermana y su cuñado murieron y ella tiene que cuidar de su sobrino… que es un encanto, pero ella se siente responsable. Su prometido y ella estaban ahorrando para comprarse una casa, pero cuando Molly le dijo que tenía que cuidar de Sam, el cretino le dijo que cancelaba la boda. Y todo el dinero estaba a su nombre…, por eso, la primera norma para comprarse una casa es: no fiarse de nadie…, y no me pregunte por qué Molly se fijo de ese cretino, pero así fue, y ahora él tiene todo su dinero y ella no tiene nada. Y entonces… -tomó aire-. Aparece Jackson.

– Jackson -repitió Hannah, y Angela continuó.

– Esta loca por él -dijo, y Molly sintió ganas de esconderse bajo la mesa-. Y él la ha besado.

Está loca por él», Jackson recordó las palabras de Angela y miró a Molly.

– ¿Cuánta gente sabe que te he besado? -le preguntó, y Hannah se río y contestó por ella.

– Al menos, todo el restaurante -no lo decía en broma pero siguió hablando.

– Molly regresó radiante después del fin de semana. Es lo mejor que le ha sucedido después del odioso Michael. Y ahora, publican ese estúpido artículo en el periódico -miró a Jackson-. ¿Pero no estás comprometido?

– ¡No! Y no creo que el periódico dijera que estoy comprometido.

– Entonces, esa tal Cara…

– No es asunto vuestro -Jackson cerró los ojos un instante y después se puso en pie. Con decisión. Las cosas estaban fuera de control y necesitaba tiempo para pensar- Tengo que irme. Señora Copeland, si no está dispuesta a venderme la granja…

– Oh, sí que lo estoy -los ojos de Hannah brillaban con alegría-. Pero todavía no.

– No me gusta que jueguen conmigo -no miraba a Molly mientras hablaba.

– A mí tampoco, querido.

– Entonces, ¿qué?

– ¿Regresa dentro de tres semanas?

– Sí.

– Entonces, firmaré dentro de tres semanas -le dijo-. En la granja. Después de que haya conocido a Cara.

– Yo…

– Eso o nada -le dijo ella-. ¿Quiere comprar la granja, no es así?

Así era. Todos lo sabían. Por un lado, quería olvidarse de ese trato, alejarse de esas mujeres y de los sentimientos que no sabía cómo manejar. Por otro, sabía que la granja era maravillosa:

– De acuerdo -dijo al fin-. Pero negociaré a través de mi abogado y de nadie más.

Hannah asintió.

– Pero usted y Cara asistirán en persona dentro de tres semanas… y yo negociaré a través de la señorita Farr, y de nadie más.

– Yo no voy a regresar a la granja -dijo Molly, y todo el grupo centró su atención en ella. Todo el restaurante hizo lo mismo.

– Por supuesto que va a ir -le dijo Hannah.

– Además, está ese pequeño asunto de liberar la rana de Sam -dijo Angela-. ¿Qué mejor motivo para ir hasta allí?

– ¿Estás construyendo un Taj Mahal para las ranas y vas a liberarlas? -preguntó Guy.

– No crían en cautividad -dijo Molly.

– Y criar es importante -añadió Hannah-. Emparejarse. Las relaciones…

– ¿De las ranas? -Jackson estaba de pie mirándolos-. Ya veo. Es suficiente. Me marcho.

– Yo también -dijo Molly. Agarró el bolso y se dirigió hacia la puerta.

– ¿Ambos irán a la granja dentro de tres semanas, a partir del sábado? -preguntó Hannah. Molly y Jackson se detuvieron.

Hubo un largo silencio.

«Si no voy, me quedará sin trabajo», pensó Molly.

Y Jackson pensó que si él no iba se quedaría sin la granja que tanto deseaba.

– Sí -dijo Molly.

– De acuerdo -dijo Jackson.

– Excelente -les dijo Hannah-. Y ahora, sugiero que nos sentemos a tomar el postre. La tarta de limón que hacen aquí es deliciosa.

– Creo que ya he tenido bastante -contestó Jackson. Miró a Angela-. Bastante de todo -y se apresuró a salir por la puerta.

Capítulo 10

Eran las nueve de la noche y Molly aún no se había recuperado de la desastrosa comida de negocios. Sam se había dormido, pero protestando.

– ¿Cómo podemos tener una casa para las ranas tan estupenda y no terminarla? -preguntó-. Las ranas solo van a estar aquí tres semanas más y, al paso que vamos, cuando les terminemos la casa, tendrán que marcharse.

– La terminaremos antes -dijo Molly, y miró asustada las instrucciones de montaje-. Llamaré al acuario -le dijo a Sam mientras lo acostaba-. Enviarán a alguien para que lo haga.

– El señor Baird dijo que él la arreglaría.

– Sí, bueno, deja que te diga algo. ¿Te has fijado en lo atractivo que es el señor Baird?

– Un… no.

– Confía en mí. Es muy atractivo. Y es hora de que tengas en cuenta algunos consejos, jovencito. Nunca te fíes de las personas atractivas.

– ¿Ni de las chicas?

– De las chicas tampoco. -pero sobre todo de los hombres», pensó Molly.

– Yo pensé que vendría -dijo Sam medio dormido-. Me da pena que sea tan atractivo como para no cumplir las promesas.

«Y a mí también», pensó Molly cuando regresó al salón. «Y si no tuviera responsabilidades, me iría a buscar otra tarrina de helado de Tía María». Miró a las ranas de Sam y estas la miraron con interés desde la pequeña caja.

– De acuerdo, de acuerdo. No sirvo para construir, pero soy muy buena vendiendo casas. Cuando me vaya a la cama os soltaré en el baño. Pero tenéis que prometerme que no os acercaréis al váter. Aunque no creo que la vida sea tan mala.

Sonó el timbre y ella se sobresaltó.

«Será Trevor que viene a matarme», pensó, y abrió la puerta dando un suspiro.

– He venido a montar la casita -le dijo Jackson, y entró sin más.

– ¿Qué?

– He venido a montar la casita, tal y como prometí.

Ella lo miró pensativa mientras él dejaba la caja de herramientas en el suelo y se arremangaba el jersey.

– Sabes… después de lo que pasó durante la comida… pensé que las promesas ya no contaban.

– No te lo prometía ti -dijo él con brusquedad-. Se lo prometí a Sam. Y ahora he traído la herramienta adecuada -Molly miró la caja que había dejado en el suelo.

– Bonito atuendo -dijo él, y Molly se sonrojó. Llevaba unos pantalones de chándal de color rosa y un jersey a juego. Ambas prendas eran bastante viejas.

– No bromees.

– Es mejor que la ropa de funeral.

Ella lo fulminó con la mirada y decidió centrarse en la caja de herramientas.

– ¿Sabes cómo utilizar todo eso?

– Por supuesto.

Pero había algo en su manera de decirlo que indicaba que no era así.

– No sé por qué no me lo creo.

– Hey…

– ¿Qué es esto? -preguntó ella, y levantó una de las herramientas.

– Una fresadora.

– ¿Y para qué sirve?

– Para fresar, por supuesto -sonrió-. Cualquier cosa que necesites fresar, aquí estoy yo.

«Ya, claro», pensó Molly. «Maldito sea, ¿cómo puede hacer que me ponga tan nerviosa y después hacerme reír?» Contuvo una carcajada y trató de ponerse seria.

– Es la caja de herramientas más grande que he visto nunca.

– Sabía que te impresionaría -le dijo Jackson-. Por eso la he comprado.

– ¿Has comprado esa caja de herramientas solo para esta noche?

– Tenernos muchas cosas que hacer esta noche.

«Está guapísimo», pensó Molly llevaba unos vaqueros desgastados y un jersey de cachemir que hacían que no pareciera un millonario. «Esta noche podría ser cualquiera», pensó ella. ¿El novio de alguien? ¿El amante de alguien?

No lo era. Era Jackson Baird, su cliente, y sería mejor que recordara que tenía un compromiso con una tal Cara.

– La casita no debería llevarnos mucho tiempo -dijo ella.

– Con esta herramienta no. Pero después tenemos que colgar tus cuadros.

– ¿Mis cuadros?

– Los de nudos. No voy a regresar a los Estados Unidos hasta que no vea tus nudos colgados en la pared. He decidido que ya llevas demasiado tiempo dejando que te pisoteen.

– No dejo que me pisoteen.

– Sí que te dejas. Te quedas quieta y permites que las cosas pasen. Por ejemplo, ¿has intentado llevar a juicio a ese tal Michael para que te devuelva el dinero que pusiste en la casa?

– Michael es abogado -le dijo ella-. Me arrasaría en una batalla legal. Y yo tendría que pagarlos costes y no.

– Eso es con lo que él cuenta. ¿Y si te presto a mi abogado Roger Francis? Puede ser lo bastante competente como para ganar a Michael.

– No me gusta…

– ¿No te gusta Roger Francis? -Jackson sonrió-. A mí tampoco, pero es un hombre listo. Estoy dispuesto a apostar que se enfrentaría a Michael convencido de que va a ganar. La oferta está hecha.

– ¿Por qué haces esto? -preguntó ella.

– Me supera. Anda, ayúdame a montar las patas.

Pero la pregunta seguía sin contestar.

Aquella noche trabajaron juntos montando la casita de las ranas, llenándola de agua y colocándola junto al bar. Después, Molly observó cómo Jackson soltaba a las ranitas en su nueva casa.

«Maldito seas», pensó ella al darse cuenta de que se le formaba un nudo en la garganta al verlo. Tenía las dos ranas en la palma de la mano y las trataba con mucho cuidado. «Jackson es el príncipe de las ranas», pensó ella. Con los dos animalitos en la mano, parecía que hubiera dejado de ser un despiadado hombre de negocios para convertirse en alguien…

Alguien al que ella podría amar con todo su corazón.

Se mordió el labio inferior. Jackson la miró y, al ver la expresión de su cara, le preguntó:

– ¿Qué?

– Nada -las ranas no saltaban de su mano. «Yo tampoco lo haría si fuera rana», pensó ella.

Con la otra mano, Jackson acariciaba el lomo de las ranitas. Molly lo observó y se estremeció. La escena era tremendamente erótica.

¡Debería darse una ducha de agua fría! Miró a Jackson, y él hizo como si no la hubiera visto. Después, se acercó y trasladó a las ranas desde la mano de Jackson a una de las rocas del acuario. Sus dedos se rozaron en el proceso. Ambos permanecieron uno al lado del otro, mirando el acuario.

– Um… Ya te puedes ir -dijo Molly.

– No hasta que hayamos colgado los nudos -él seguía mirando las ranas.

– Están preparadas para la vida -Molly sonrió y miró a Jackson-. Aunque Guy tiene razón. Te has gastado el dinero y… Es una tontería. Cuando las liberemos quedará vacía… y Sam…

– Las echará de menos -él terminó la frase por ella-. Quería hablar de eso contigo.

– ¿Ah, sí?

– Sí -sonrió él-. Hay un folleto en el lateral de la caja de la casita que pone: «Asociación para la Recuperación de Anfibios». ¿Sabías que las ranas sin hogar pueden quedarse en familias de acogida hasta que puedan ser liberadas?

– ¿Bromeas?

– No. Cualquiera puede acogerlas, siempre y cuando esté dispuesto a cazar unos cuantos mosquitos para cuidar de ellas.

– ¿Quieres decir que Sam y yo podemos ser una familia de acogida?

– Ahora ya tenéis la casita para meterlas.

– A Sam le encantaría -dijo ella.

– Lo sé -dijo él, y trató de restarle importancia. Molly sintió que se enamoraba un poco más de él.

¡Pero tenía que mantener la pose de mujer de negocios! Lo único que deseaba era tomarlo entre sus brazos y besarlo. Conseguir que él la deseara…

No podía hacer eso. Él iba a marcharse. Y tenía a otra mujer llamada Cara…

– ¿Has averiguado todo eso para Sam? -dijo ella.

– Sí. Llámame señor Maravilloso -bromeó-. En realidad, el chico de la tienda donde compré el acuario me habló de la asociación. Y me dio el folleto. Así que cuidar de las ranas puede ser una experiencia interesante.

«Es justo lo que Sam necesita», pensó Molly. Una causa por la que luchar.

– Gracias -no era mucho, y ella lo sabía, pero no se atrevía a decir nada más. Hubo un largo silencio. Él la estaba observando. Molly sabía que debía decir algo más, pero no podía dejar de pensar en que ese hombre se marcharía al día siguiente y que ella solo lo vería una vez más en su vida-, Será mejor que colguemos los nudos -dijo al fin, tratando de hablar con normalidad.

– Así es -dijo él sin dejar de mirarla.

– No hace falta que lo hagas -dijo ella, pero él no contestó. Se acercó a la caja de herramientas, sacó los clavos y el martillo y se dirigió a la pared del fondo.

No tenían nada más que decirse, ¿verdad?

Una hora más tarde, la pared estaba llena de nudos. Y quedaba preciosa.

– ¿Este para qué sirve? -preguntó Jackson.

– Para atar las masas para pescar langostas -contestó ella-. Se pueden atar en los extremos o por el seno.

– Ya. ¡Sabes un montón! -dejó el martillo y sonrió-. Perfecto. Ahora la casa ya no está estancada en el pasado. Se mueve hacia el futuro. Podrás hablar de los nudos con cualquier persona que venga -le dedicó una sonrisa. Y ella sintió que la acariciaba, sin tocarla-. Sam y tú estaréis bien, con las ranas y los nudos.

– Yo… sí -Jackson tenía razón. Ella debía haber hecho eso antes. La casa era un hogar.

Casi.

«Un hogar es el lugar donde está tu corazón», pensó Molly. ¿Y dónde estaba el de ella?

– ¿Te apetece un café antes de marcharte? -él la miraba de manera extraña y ella quería que dejara de hacerlo.

– No, gracias.

– ¿A qué hora sale tu vuelo mañana?

– Temprano.

– Oh.

– Será mejor que me vaya.

– Sí.

Estaban muy cerca. Demasiado cerca. Ella podía estirar la mano y tocarlo… ¿Y después qué? ¿Una aventura de una noche? ¿Para que Jackson volviera a serle infiel a Cara?

Ella no era el tipo de mujer que buscaba aventuras de una noche. Miró a Jackson y vio que él también la miraba. Enseguida supo lo que él estaba pensando. Deseaba lo mismo que ella estaba deseando.

– Molly…

– No -una palabra más y habría caído entre sus brazos. El no le había pedido nada. Pero al mirarla, se lo pedía sin palabras…-. Márchate.

El la miró un instante y asintió. Como si hubiera tomado una difícil decisión.

– Quizá sea lo mejor.

– Sí -dijo ella-. Después de todo, está Cara.

– Sí.

– Así que ni siquiera deberías estar aquí. O es que a Cara no le importa que pases la noche con otra mujer?

Jackson se quedó pensativo. Después sacó una tarjeta de su bolsillo y se la entregó.

– Aquí es donde puedes encontrar a Roger Francis -le dijo, y de pronto, su tono era formal. De negocios-. Está esperando tu llamada. Espero que cuando yo regrese hayas comenzado los procedimientos legales contra tu Michael.

– No es mi Michael.

– Bueno, contra tu dinero -él sonrió y la sujetó por la barbilla para que lo mirara-. Lo siento, Molly.

– ¿Lo sientes? -respiró hondo-. ¿Por qué?

– Creo que ya lo sabes -se encogió de hombros y soltó una carcajada-. Siento no poder ofrecerte nada más.

Y se inclinó para besarla, en la boca. Le dio un beso apasionado que no requería preguntas ni respuestas.

Era un beso de despedida.

Después, se marchó, alejándose por el pasillo sin mirar atrás.

Capítulo11

– ¿Molly?

– Sí. ¿Qué pasa, Angela? -preguntó Molly.

– ¿Es verdad que estás enfadada conmigo?

– Digamos que la relación es tensa.

– ¿Porque he sido sincera con Jackson? Oh, vamos, Moli. ¿Te ha afectado mucho? ¿Ese hombre se habría enamorado de ti si yo no hubiera intervenido?

– No. Por supuesto que no.

– Pues eso.

– Pero decirle que estamos hechos el uno para el otro es injusto.

– Pensé que debía saber las cosas tal y como son.

– Gracias, Angie. Pero yo tengo mi orgullo.

– Mi madre dice que el orgullo y el amor no hacen buena pareja.

– No. Los millonarios y yo no hacemos buena pareja. En serio, Angie, ¡estuve a punto de esconderme bajo la mesa.

– ¿No has sabido nada de él?

– Por supuesto que no.

– Habría estado bien.

– Habría sido… ridículo.

– ¿Cara?

– Jackson. ¡Qué sorpresa! ¿Dónde estás, cariño?

– En Nueva York. Donde se supone que tengo que estar. Creía que tú también estarías aquí.

– Se suponía que sí -dijo ella-. Pero he conocido a un hombre…

Silencio.

– ¿Alguien especial? -preguntó Jackson.

– Eso parece -soltó una risita-. Sé que no te hace gracia. Sé que siempre he criticado a los hombres. Después del trágico ejemplo de nuestra madre… nunca estuve interesada en ellos. Pero Raoul es diferente.

– ¿Raoul?

– Es francés, cariño. Y es encantador. Es todo lo que nuestros padres no eran. El… oh, no puedo explicarlo. Todo lo que tenía planeado ha cambiado.

Jackson se dejó caer sobre la silla de su despacho. Estaba perplejo. Su hermana se había enamorado.

– Eso es estupendo -dijo al fin-. ¿Puedo conocerlo?

– Estoy deseando que lo conozcas. Oh, Jackson, es tan especial.

«Está emocionada», pensó Jackson. «Está enamorada».

– Me gustaría… me gustaría que Diane no…

– Cara, no.

– Sí, pero yo solo tenía que superar lo de nuestros padres. Para ti ha sido mucho peor. Lo de nuestros padres era bastante. Yo también pensaba que nunca me casaría… no quería seguir el mismo camino que ellos. Pero de pronto, apareció Raoul…

– ¿Y te volvió loca?

– Sí -soltó una carcajada-. Es diferente de todos los demás hombres que he conocido. Jackson, ¿crees que podrías intentar olvidarte de Diane?

– ¡No!

– Solo porque tu madre y tu padre…

– También está Diane. Yo confiaba en ella.

– Y ella solo quería tu dinero -Cara suspiró-. Tuviste suerte de descubrir que el niño no era tuyo, a tiempo. Pero eras tan joven, Jackson. Hay personas maravillosas en el mundo. Yo no me había dado cuenta, porque no las había conocido hasta ahora…

«Sí que las hay», pensó Jackson. «Molly es una de ellas».

¿Pero cómo iba a confiar en alguien después de lo que le había sucedido? Era pedir demasiado.

– ¿Supongo que eso significa que ya no te interesa asentarte en Australia? -le preguntó a su hermanastra.

– Bueno, no. Tenía sentido que nos fuéramos allí cuando no teníamos a nadie. Pero, Jackson, Raoul tiene un apartamento en París y una casa en el norte de Francia. Creo que no necesito…

– ¿Un hermanastro?

– No quería decir eso. Siempre te querré, hermano.

– Pero querrás más a Raoul.

– Sí. Y espero… Jackson, espero que tú también encuentres a alguien especial. Jackson, soy tan feliz -por su tono de voz se podía imaginar su sonrisa-. Entonces… ¿todavía piensas comprar la granja?

– Sí. Si puedo.

– Es una idea estupenda. Raoul y yo pensamos tener hijos, así que podremos ir a visitarte. Además, siempre podrás dejársela a tus sobrinos en el testamento. Después de todo, no le vas a dejar tu fortuna aun hogar para perros.

«¿Y qué tal a un hogar para ranas?», pensó él. Y después ya no sabía qué pensar.

¿Molly?

Quizá. Quizá él pudiera…

– ¿Molly? ¿Estás bien?

– Hola, Angie. Claro que estoy bien.

– Es que esta mañana estabas tan distante… Cada vez que no había clientes tú te ibas de la oficina. Parecía que estuvieras evitándome -sí. Molly trataba de evitar a todo el mundo-. Y Sam, ¿está bien?

– Sí, está bien.

– ¿Sabes algo de Jackson?

– Por el amor de Dios, Angie, ¿por qué no dejas el tema? ¿Por qué iba a saber algo de Jackson? -había pasado una semana. Una semana interminable.

– Ese hombre va a comprarte una granja.

– Está negociando a través de su abogado. Solo volverá para firmar.

– ¿Estás viendo a su abogado? ¿A Roger, el pisa-ranas? Estupendo. Qué bonito.

– Angie, no empieces.

– Estoy preocupada por ti. Tengo derecho a estar preocupada por ti. Mantente alejada de Francis.

– Se ha ofrecido a ayudarme a recuperar el dinero que se quedó Michael. Cortesía del señor Jackson.

– ¿Que el abogado te está haciendo un favor? No puedo creerlo.

– Lo paga Jackson -dijo Molly.

– ¡Pero estamos hablando de Michael! ¿Es que el abogado de Jackson cree que puede sacar algo de una piedra?

– Es improbable -admitió Molly-. Al principio, no quería saber nada de él, pero el señor Francis me ha convencido de que Michael tiene algo que decirme.

– Sí. Algo como: lo siento, lo siento, lo siento. No te creas nada hasta que no veas el dinero -le dijo-. Y tampoco te fíes de Roger Francis.

– No me fío de ninguno de los dos.

– Entonces, ¿por qué haces esto?

– Necesito el dinero, para Sam.

– ¿De verdad crees que podrás recuperarlo?

– No sé qué está pasando -confesó Molly-. Estoy tan desconcertada como tú. Pero estamos hablando del futuro de Sam. Y de momento no puedo permitirme ni cambiarlo de colegio. Así que, estoy dispuesta a escuchar lo que me ofrecen.

– Pero no te fíes.

– No. Te lo prometo.

– ¿Y has aceptado la ayuda de Jackson?

– En esto, sí. Me parecía razonable.

– Bueno, al menos, ya es algo -dijo Angie-. Ese hombre te debe mucho.

– ¿Por qué dices eso?

– Te ha partido el corazón.

– Michael me partió el corazón.

– No. Michael destrozó tu orgullo y tu cuenta bancaria, pero no el corazón. Cuando rompiste con Michael no estabas como ahora -dijo Angie.

– ¿Cómo?

– Como si… Como si fueras una chimenea sin lumbre.

– Oh, muy poético -dijo Molly entre risas.

– Lo he leído en algún sitio -admitió Angie-. Pero sirve. Molly, tienes que hacer algo.

– Ya lo estoy haciendo. Trabajo. Y cuido de Sam. Estoy negociando con el abogado de Jackson para ver si puedo recuperar el dinero que se quedó Michael.

– Me refería a Jackson.

– Ya le entregaste mi corazón en una bandeja. No sé qué más se puede hacer.

– ¿Subirte a un avión e ir a buscarlo?

– Oh, vamos. Hasta tú sabes que esa es una idea ridícula.

– Sí, bueno -contestó Angie-. En situaciones desesperadas hay que tomar medidas desesperadas. El que la sigue, la consigue.

– Cielos. ¿Dónde has aprendido todo eso?

– No lo sé -su amiga suspiró con dramatismo-. Pero los dos… parecíais tan contentos.

– Sí. El millonario y yo. Y ahora, somos la rana y yo.

– ¿Has intentado besar a Lionel? -preguntó entre risas.

– Sí, claro. Ahora, si no te importa… Vuelve con Guy, Angie. No necesito nada de esto.

– Francis -el tono de Jackson era cortante. La única manera de tratar con su abogado era en ese tono. Quizá debería encontrar a otro para que lo representara en Australia… pero, al menos, Roger Francis era bueno en su trabajo.

– Señor Baird, ¿en qué puedo ayudarlo?

– Me preguntaba si se ha puesto en contacto con Molly Farr para negociar lo del dinero que le deben.

– Estoy con ello.

– ¿Sí?

– Creo que puede salir bien -el abogado parecía convencido-. Resulta que su ex novio tiene remordimientos de conciencia respecto a lo que hizo. Es más, está pensando en trasladarse a trabajar a Sidney.

– ¿Y eso en qué ayudará a Molly?

– El está interesado en reconciliarse con ella.

– ¡Estás bromeando! -Jackson estaba perplejo.

– Está aburrido de la vida que lleva. Ha pensado en instalar su despacho en Sidney para empezar de nuevo, y si se reconcilia con la señorita Farr, habrá matado dos pájaros de un tiro.

– Molly no aceptará.

– Puede que a la señorita Farr le interese. Después de todo, el hombre es un abogado importante y tiene la posibilidad de ganar más dinero del que podría ganar ella.

– ¿Quieres decir que la estás aconsejando que se reconcilie por… por dinero?

– Le he dicho que haga lo que crea oportuno. Pero las posibilidades de recuperar su dinero por vías legales son escasas. Si se casara con él…

– ¡No!

– Parece algo sensato.

Hubo un silencio.

– ¿Qué le gustaría que le dijera a la señorita Farr?

– Nada -dijo Jackson-. No es asunto mío -Jackson se calló un instante-. Haz lo que creas conveniente -dijo, y colgó el teléfono con furia.

– ¿Molly?

– ¡Michael! No tengo nada que decirte.

– No, no cuelgues. Tenemos que hablar.

– ¿De qué diablos quieres hablar?

– De nosotros.

– No hay ningún nosotros.

– Puede que sí. Molly, me he comportado como un idiota.

– Mejor, como un delincuente. Todo lo que quieras decirme hazlo a través de Roger Francis.

– Pero es por eso. El ha sugerido que nos veamos.

– ¿Sí?

– Sí. He pensado que podíamos quedar para comer mañana, Molly. Yo invito. Sin condiciones. Solo ven y escucha lo que te tengo que decir.

– Dame un motivo por el que debería hacerlo.

– Porque Sam necesita una familia.

– Ya, claro.

– En serio, Molly. Roger Francis me ha comentado las dificultades económicas por las que estás pasando y me siento mal por ello. Yo nunca quise… Bueno, nunca lo pensé a fondo. Y no me daba cuenta de lo mucho que te echo de menos. Así que pensé…

– Hey, has sido tú quien me ha hecho pasar dificultades.

– Por eso debo ayudarte. Y entretanto…

– Entretanto, ¿qué?

– Ven a comer conmigo. Escúchame.

– De acuerdo. Una comida. Y nada más -aclaró Molly.

– Señor Baird, lo llamo para decirle que todo va sobre ruedas. El contrato está preparado para que lo firme la semana que viene. La señora Copeland acudirá a la granja el próximo sábado, igual que la señorita Farr, y esta llevará el contrato.

– Muy bien, Francis. ¿Y Sam estará allí?

– ¿Sam?

– El sobrino de Molly. Si ella va, quiero que lleve también a su sobrino.

– Oh, de acuerdo -Roger parecía desconcertado-. ¿Quiere que le diga que puede llevar a su sobrino?

– Sí. Quiero que le diga que puede llevar a su sobrino.

– A lo mejor, también debería llevar a su pareja.

– ¿A su pareja?

– Creo que las cosas han ido estupendamente bien entre la señorita Farr y su ex novio. Ayer lo vi, y está muy contento. Me parece que no va a hacer falta emprender ninguna acción legal contra él.

– Ese hombre la engañó -dijo Jackson.

– Está dispuesto a devolverle el dinero -dijo el abogado-. Creía que su principal preocupación era solucionar los problemas económicos de la señorita Farr.

– Sí.

– Entonces, creo que lo he conseguido. Su ex novio es un gran abogado y tendrá mucho trabajo en la ciudad. Lo único que necesita es un despacho y una imagen fiable. Ella se la proporcionará.

– ¿Es algo seguro?

– Sería tonta si no aceptara. Y… -dudó un instante-, creo que todavía siente algo por él. Puede que con su intervención, les haya brindado la oportunidad de formar una familia.

– Bien -¿por qué se sentía tan mal?-. ¿Hay algo más?

– No, señor. Lo veré la semana que viene. En la granja.

– Me gustaría poder decirte que estoy deseando que llegue el día -contestó Jackson con amargura.

– ¿Cara?

– ¿Jackson?

– Cara, esta cosa del amor…

– ¿Mmm?

– Cara, si tu Raoul estuviera comprometido para casarse con otra mujer… si tú pensaras que el compromiso podría ser un desastre… ¿te alejarías sin más?

– Jackson…

– ¿Qué harías, Cara?

– ¿Espero que no estés hablando de Diane?

– No. No estoy hablando de Diane.

– Entonces, ¿de quién estás hablando?

– De una mujer llamada Molly.

– ¿Es especial?

– Tan especial que no me interpondré en su camino…, si está comprometida con otro hombre y eso es lo que desea.

– ¿Estás seguro de que está comprometida con otro?

– Puede.

– ¿Pero puedes enterarte?

– Sí. Me enteraré. Y después, supongo que tiene que ser ella la que decida.

– Oh, Jackson…

– No te hagas ilusiones -dijo él-. Porque yo no me las hago.

– ¿Angela?

– ¿Mo1ly?

– Sí. Soy yo. Y siento llamarte tan tarde…

– Es la una de la madrugada, Molly. ¿Qué te pasa?

– Creo que será mejor que vengas. Y creo que deberías traer más helado de ese. Y Tim Tams. Una caja entera de Tim Tams.

– ¿Algún motivo especial?

– Sí. Porque no sé qué diablos está pasando ni qué diablos voy a hacer.

Capítulo 12

La finca parecía un lugar más espléndido que tres semanas antes. Desde luego, era el lugar más bonito del planeta. Lo único que tenía que hacer Jackson era convencer a Hannah, firmar el contrato, y la granja sería suya.

¿Pero por qué iba a comprarla?

«Porque es el paraíso?», pensó. Pero no era una razón suficiente. ¿Podría utilizarla? «La utilizará. Puedo trabajar desde aquí. Con una línea de teléfono y un servicio de tele conferencias, podría pasar mucho tiempo aquí».

«Sí, con el señor y la señora Gray… y miles de ranas».

«Y quizá con Molly».

Ese era el quid de la cuestión. Tenía que ver si…

«Aislarme es lo que se me da mejor», se había repetido una y otra vez. ¿No había aprendido nada? Las niñeras, el colegio interno y unos padres distantes habían sido sus recursos para sobrevivir. Si él no se hubiera alejado de los sentimientos… El amor de sus padres había estado a punto de asfixiarlo. y él no había podido escapar.

Después, cometió un gran error y se enamoró de Diane. Era muy joven e ingenuo… y se permitió amar. O creía que la amaba.

Entonces, ella se quedó embarazada.

– Estupendo -había dicho él con sinceridad. Una familia… Por primera vez en su vida había pensado que tal cosa era posible, y los sentimientos que tenía hacia la criatura que aún no había nacido estuvieron a punto de abrumarlo.

Pero una semana antes de la boda recibió una nota en la que le decían que él no era el padre.

Di un nombre, y observa cómo reacciona Diane.

No debía haberlo hecho. Debería haber confiado en ella. Pero…

– ¿Has oído hablar de…?-le preguntó, y vio cómo la mujer que creía que amaba se convertía en un torbellino. ¿Cómo se atrevía a dudar de ella? ¿Cómo se atrevía a pensar que el bebé no era suyo?

Pero él no había dicho tal cosa. Solo había pronunciado un nombre.

Al día siguiente, ella se había marchado. Todo había sido una mentira, para robarle el dinero a un rico adolescente.

Y eso, junto a la relación fracasada de sus padres, había hecho que decidiera quedarse soltero para siempre. Cara era la única persona en quien confiaba.

La granja iba a ser el sitio donde ambos podrían vivir cuando la vida empezara a ser dura. Pero, al final, iba a comprar la granja sin ella, y eso lo hacía sentirse muy solo.

Era una tontería. Después de todo, él había diseñado su vida para ser feliz estando solo. Había tardado treinta y tres años en llegar a ese punto, y no pensaba arrepentirse.

«Pero si Molly estuviera aquí, esperando…»

Molly estaría con Michael.

Roger Francis había llamado a Jackson antes de que saliera de Nueva York para decirle que irían a la granja por separado. Roger iría en su propio coche, la señora Copeland iría con su chofer, y Molly, Sam y Michael, irían juntos.

¡Estupendo!

El había ayudado a que Molly se reconciliara con Michael, así que debería estar contento.

«Estoy contento», se obligó a admitir. Sam tendría un lugar seguro donde crecer. Una familia.

Pero con un hombre que había engañado a Molly…

¡No era asunto suyo! ¿Es que no había aprendido nada del pasado?

Miró por la ventana del helicóptero y vio que Doreen y Gregor lo esperaban sonrientes para recibirlo. Ellos eran su futuro. Nadie más. Suspiró, y puso una amplia sonrisa.

Era una buena compra. Y debía llevarla a cabo.

– Michael, la carretera que lleva a Bírranginbil sale hacia el norte. Deberías haber torcido en el cruce anterior.

– ¿Estamos yendo a Birranginbil?

– Por supuesto.

– Mira en la guantera, cariño. Tengo una sorpresa para ti.

– ¿Una sorpresa?

– Un anillo de compromiso. Y la licencia para casarnos.

Las cosas no iban a funcionar.

Hannah Copeland estaba esperando sentada en el salón y, al ver a Jackson, puso cara de decepción.

– Ha venido solo -comentó-. ¿Qué ha pasado con su prometida, jovencito?

– Creía que ya se lo había dicho -dijo él, y se acercó para darle la mano-.Cara no es mi prometida.

«Dónde está Molly?», pensó Jackson.

– Sí. Pero es alguien con quien tiene una relación.

– La tenía -dijo él.

– ¿Quiere decir que ya no la tiene?

– No.

– ¿Puedo preguntarle por qué no?

– Creo que eso es asunto mío.

– Entonces, no puedo venderle mi propiedad -dijo la señora Copeland poniéndose en pie-. El acuerdo era que me presentaría a su prometida.

– No tengo una prometida. Solo estoy yo -¿donde diablos estaba Molly? Jackson sonrió y decidió que lo mejor era ser sincero-. Hannah, Cara es mi hermanastra -le dijo-. Habíamos decidido compartir la granja, pero se ha enamorado de un francés. Así que me he quedado solo. Me encanta este sitio, y estoy preparado para cuidar de él como a usted le gustaría que lo cuidaran. Pero no puedo ofrecerle nada más. No puedo prometerle relaciones que no existen.

La anciana lo miró desconcertada, y Jackson pensó que podría decidir cualquier cosa.

Pero entonces, Francis Roger apareció por la puerta.

– ¿Qué ocurre? -Hannah no tenía tiempo para saludar al abogado, y estaba muy disgustada-. ¿Sabe algo de la señorita Farr?

– ¿Dónde está Molly? -preguntó Jackson con el ceño fruncido. Habían acordado que ella estaría allí antes que él. Cielos, si ni siquiera aparecía…

– Lo siento -dijo Roger Francis-. Es una inepta…, señor Baird, no sabe lo mucho que lo siento. No debí permitir que mirara esta propiedad.

– ¿Qué pasa?

– Su agente inmobiliario se ha ido de luna de miel… y se ha llevado el contrato y las escrituras con ella.

Hubo un tenso silencio. La señora Copeland miró a los dos hombres enojada, y Roger Francis miró hacia la ventana para evitar mirar a Jackson.

– ¿Qué ha pasado? -preguntó Jackson, y Roger habló de nuevo. Demasiado rápido.

– Me llamó desde el aeropuerto hace un par de horas. Intenté localizarla antes de que saliera de Sidney, pero su teléfono móvil estaba apagado. Así que se lo contaré ahora. La llamada era de la señorita Farr… Parecía demasiado contenta como para hablar. Al parecer, Michael apareció en su casa anoche con unos billetes para ir a Hayman Island. Molly, Sam y él. Y con la licencia de matrimonio. No estaba dispuesto a aceptar un no como respuesta y, como ella dijo, una oportunidad como esa no se puede desaprovechar. Así que se han ido. En el vuelo que salía a las nueve de Sidney.

«Casi nos cruzamos en tránsito», pensó Jackson, y se sintió muy mal.

¿Por qué? ¿Por la granja?

No. Sabía muy bien que la granja no tenía nada que ver.

– ¿Y qué pasa con los contratos? -preguntó Hannah, sin dejar de mirar a Jackson. No, estaba interesada en el contrato. Había un trasfondo en todo aquello que no era muy difícil de comprender.

– No tengo ni idea de lo que ha hecho con ellos. Su jefe tampoco lo sabe. Acabo de telefonearlo. Estaba jugando al golf y no tenía ni idea de lo sucedido. Se ha quedado tan sorprendido como yo. Parece ser, que ella lo ha dejado todo y se ha ido.

– Entonces, ya está -dijo Hannah-. No hay contrato. No hay prometida. No está la señorita Farr. Parece que no podré venderle la granja aunque quiera, señor Baird. Quizá cuando regresemos a Sidney podamos…

– No creo -dijo Jackson. Se pasó los dedos entre el cabello y cerró los ojos. Su voz era tan lúgubre como una noche de invierno-. Diablos.

– Lo siento -dijo Roger, y Jackson abrió los ojos y miró a su abogado.

– ¿Dices que hablaste con ella?

– Sí.

– ¿Y parecía contenta?

– Sí, señor. Muy contenta.

– ¡Maldita sea! Debería…

– Pero no lo hizo -dijo Hannah-. ¿Qué le parece un viaje rápido a Hayman Island?

– Nunca llegaría a tiempo. Y si ella ama a ese hombre…

– ¿Pero y si lo ama a usted? -sugirió la anciana.

– No lo sé -se quejó Jackson. Al fin y al cabo, estaba entrenado para recibir duros golpes. Para el dolor. Sabía muy bien cómo manejarlo. Retirarse era la única solución-. Siento haberla hecho perder el tiempo, señora Copeland -le dijo con voz formal. Una vez más, había sacado el escudo protector y no estaba dispuesto a que se lo quitaran-. Pero parece que la culpa no es del todo mía. Usted ha elegido un agente inmobiliario poco serio, para que la represente.

– Eso es evidente -dijo Roger Francis mirando a Jackson-. Si quiere un lugar hecho para usted, ese es Blue Mountain -dijo él-. Antes de conocer este sitio, le parecía un lugar muy atractivo. Solo está a una hora de Sidney. Ayer hablé con los propietarios y todavía está en venta.

– De eso estoy seguro.

– Estaré encantado de mostrárselo otra vez. Podemos ir ahora mismo en helicóptero. Puedo buscar a alguien para que recoja mi coche…

– Ya basta -Jackson dio un paso atrás-. Ya basta. Necesito tiempo para pensar.

– Tengo los documentos de Blue Mountain en mi maletín -dijo Roger-. ¿Quiere que le diga al piloto del helicóptero que desea marcharse?

– No. ¡Sí! -hizo una pausa. Se oía el ruido de un coche acercándose por el camino. Alguien conducía demasiado rápido y, por el sonido del motor, parecía un coche viejo.

Todos se volvieron para mirar por la ventana y vieron cómo un vehículo polvoriento se detenía haciendo derrapar las ruedas.

Al momento, salió Molly, seguida de Angela, Guy y Sam.

– ¿Llegamos demasiado tarde? ¿Ya se ha ido?

Molly irrumpió en la habitación cargada de documemos y, cuando vio a Jackson, se quedó paralizada.

El dio un paso hacia delante y ella dejó caer los papeles al suelo. En menos de un segundo, estaba entre los brazos de Jackson… como si nunca fueran a separarse.

Después de eso, empezó el caos. Angela, Guy y Sam entraron detrás de Molly. Sam agarraba la caja de las ranas como si su vida dependiera de ella, pero toda su atención estaba centrada en Molly que lloraba sobre el hombro de Jackson.

– ¿Qué diablos…? -fue todo lo que Jackson tuvo que decir.

– Nunca pensé que él lo haría -Molly lloraba y hablaba a la vez-. Pensaba que para él solo era un juego, así que decidí seguirselo para ver cuáles eran sus intenciones. No pensaba que fuera en serio. Y entonces, se comportó como un animal y trató de retenerme y yo tuve que pegarle…

– ¡Guau! -Jackson la había apartado de su cuerpo para verle la cara. Tenía un gran morado que se extendía desde debajo de uno de los ojos hasta la barbilla. Estaba despeinada, llorando y enfadada, pero aun así, encantadora-. Habla más despacio. ¿Qué ha pasado?

– Ha sido Michael -intervino Angela desde detrás. Después señaló a Roger Francis-. Y este… este canalla.

Todos lo miraron y él se puso pálido.

Pero Angela no aceptaba interrupciones.

– Llamó a Molly para decirle que Michael quería reconciliarse con ella. Molly no lo creyó, y se preguntó por qué Roger estaba tan interesado en ella. ¿Y Michael? De pronto, lo comprendió todo. Ambos tienen más o menos la misma edad y, ¿cuántas facultades de Derecho hay en este estado? Así que indagó y descubrió que Roger y Michael estudiaron juntos la carrera.

– Eso no significa nada -dijo Roger, mientras se digía hacia la puerta.

Molly se había recuperado lo bastante como para continuar.

– Entonces, apareció Michael, y estaba muy simpático -le temblaba la voz, pero al sentir los brazos de Jackson alrededor de ella recuperó las fuerzas-. Me imaginé lo peor, pero él trató de camelarme con grandes cenas y regalos para Sam.

– Nada mejor que la casita para las ranas -dijo Sam, y Molly sonrió.

– No. Y cuanto mejor nos trataba Michael, más sospechas tenía sobre él. Entonces, insistió en traerme aquí hoy.

– Y tiene un bonito coche, y como Molly no tiene coche y no quería pedirte que la trajeras en el helicóptero… Aunque a mí me parece una tontería -dijo Sam-. ¿A que nos habrías traído, señor Baird?

– Sí -dijo él, y abrazó a Molly con más fuerza. Ella lo miró como si no pudiera creer lo que estaba sucediendo.

«,Dónde está Cara», pensó desesperada. «Concéntrate en la historia. No en su cuerpo, ni en su mirada», se dijo. Seguía confusa, pero tenía que terminar de explicarlo todo.

– No tenía ni idea de lo que estaba sucediendo, pero hablé con Angela y decidimos que lo mejor era seguirle el juego. Así que hicimos una copia del contrato y…

– ¿Tenéis una copia del contrato? -preguntó Roger Francis con asombro.

– Por supuesto. No soy idiota. Así que Angela guardó las copias y las instrucciones de traerlas aquí si sucedía algo. Incluso Guy nos esperaba con su coche. Aunque… -esbozó una sonrisa-. No contábamos con que Guy cambiara su coche por unos billetes para la luna de miel y otro coche más viejo. Pero no importa. Entonces, apareció Michael.

– Y en lugar de traemos aquí, nos llevó al aeropuerto -dijo Sam-. Decía que quería llevamos de vacaciones a Hayman Island.

– Hizo todo lo posible para embaucarme -dijo Molly, y se volvió para mirar a Roger Francis-. Debéis pensar que soy estúpida.

– Algunas mujeres habrían aceptado -dijo Angela. Guy y ella se habían colocado en la puerta para no dejar escapatoria a Roger-. Michael es un hombre atractivo y te ofrecía unas vacaciones de ensueño. Y una boda…

– Como si fuera a creerlo.

– Pensaba que seguías enamorada de él.

– ¿Cómo iba a estar enamorada de él si…? -se le quebró la voz y Jackson la abrazó con más fuerza.

– ¿Y qué pasó? -preguntó Jackson con interés.

– Cuando se salió por el desvío de la autopista que lleva al aeropuerto le dije que se dejara de bromas. Y él me dijo que no fuera idiota. Dijo… -hizo una pausa y miró a Roger Francis-. Dijo que ganaríamos mucho dinero con la comisión de Blue Mountain. Me contó que Roger era uno de los propietarios, que iba a ganar una fortuna si la venta salía bien, y que nosotros nos llevaríamos un buen pellizco. Dijo que antes de que vieras este sitio, estuviste a punto de comprar la otra propiedad, y que si esta venta fallaba, y fallaría si yo conseguía que Hannah y tú os enfadarais…, todos nos reiríamos mucho.

– ¿Tú te reirías? ¿Casada con Michael en Hayman Island?

– No soy completamente boba -respiró hondo-. Él ni siquiera pensó eso bien. Me dio los billetes para que me hiciera ilusiones, pero ¡eran solo de ida! Ni siquiera pensó en que yo leería la letra pequeña. Tenía la intención de llevarnos a Sam y a mí a Hayman Island y abandonarnos allí.

– ¡Estás bromeando!

– Para entonces, ya estábamos en el aparcamiento del aeropuerto. Y yo le dije lo que podía hacer con los billetes. Cuando me dijo que no fuera estúpida, agarré a Sam y empezamos a caminar. Entonces, él tomó el contrato y lo rompió en mil pedazos. Y me golpeó -Jackson la miró para observar de nuevo el morado que tema en el rostro, y blasfemó-. Sí -dijo ella, pero no estaba disgustada por el morado. El tono de su voz era de satisfacción-. Pero al menos conseguí algo.

– ¿El qué?

– ¿No pensarás que dejé que me pegara y que se marchara sin más? ¿Tienes idea de la cantidad de seguridad que hay en los aeropuertos?

– Bueno…

– Me puse a gritar -continuó Molly-. Había mucha gente alrededor y yo gritaba muy fuerte. Empezó a sangrarme la nariz, y fue perfecto. No sabes lo que un poco de sangre puede hacer. Entonces, Sam le pegó un cabezazo y cuando Michael se disponía a darle una bofetada, aparecieron cuatro guardas de seguridad para reducirlo, y numerosos testigos. Además, todo había quedado grabado en una cámara de seguridad. Lo arrestaron -dijo con felicidad-. Ahora está en la cárcel. Seguro que sale en libertad bajo fianza, pero tengo montones de testigos, y la policía dice que si presento cargos contra él lo condenarán. Y tendrá que indemnizarme -se llevó la mano a la mejilla-. Por trauma emocional.

– No estás nada traumatizada -dijo Jackson, y ella se rió y lo abrazó.

– No. Estoy muy contenta de que Michael haya manchado su historial. Hay muchas cosas que un abogado no puede hacer cuando tiene antecedentes, y no puedo esperar a que los tenga -alzó la cara y miró a Roger-. Así que Guy y Angela nos trajeron hasta aquí a toda velocidad. Ha sido muy emocionante, ¿verdad, Sam? Y ahora… no sé qué vamos a hacer contigo, Roger, pero Guy cree que es ilegal intentar venderle a un cliente algo sin decir que uno es el dueño. Puede que te hayamos pillado a ti también.,

– Yo no… No he hecho… Las chicas…

– Sal de aquí -dijo Jackson enfadado. Miraba a Roger como si fuera basura-. ¡Ahora!

– Yo nunca…

– ¡Tú organizaste el plan para herir a Molly! -y ese era el quid de la cuestión. Todo lo demás, las mentiras, el engaño, hacían que estuviera enfadado, pero que hicieran daño a Molly, lo enfurecía. Miró el rostro de Molly una vez más y deseó matar a alguien-. Sal de aquí, Francis.

– Puedo darle una explicación. Ella se equivoca. Por favor…

– Me dijiste que Molly se había ido a Hayman Island. Y que habías hablado con ella. No hay ninguna otra explicación aparte de que estabas compinchado con Michael. Señora Copeland… -se volvió para mirar a Hannah-. ¿Estaría dispuesta a ser mi testigo?

– Por supuesto que sí -Hannah miraba a Francis como si fuera un insecto repugnante-. Estaré encantada. La horca es demasiado buena para alguien como él.

– Puede que no llegue a tanto, pero será igual de efectivo. Te veré en el juicio. Francis. Ahora, lárgate.

– Pero…

– ¡Ahora!

Cuando el abogado se marchó, todos quedaron en silencio durante unos minutos. Escucharon cómo arrancaba el coche y se alejaba por el camino. Molly se separó de Jackson, pero él la abrazó de nuevo.

– ¿Dónde crees que vas?

– Yo… um. ¿A ningún sitio?

– Así es. A ningún sitio -dijo Jackson. Miró a Angela y a Guy y continuó-. Gracias por traerlos hasta aquí.

– No ha sido nada -Guy contestó-. Solo el hecho de que mí coche ha reventado el radiador y que Angela y yo nos hemos perdido un estupendo día en la cama…

– ¡Guy! -exclamó Angela, pero Guy sonrió.

– Os regalaré un bonito coche el día de la boda -dijo Jackson.

– Guau. Quedará muy bien al lado de las ollas y de las tostadoras.

Pero Molly, se había quedado de piedra.

– Jackson Baird, ¿crees que puedes ir gastándote el dinero por ahí en un…?

– Eh, ¿de qué te quejas? -interrumpió Angela-. Deja que malgaste lo que quiera -sus ojos brillaban de felicidad-. ¿Qué tal si añadimos unos brillantes a la lista de la compra, ya que estás?

Molly se quedó sin aliento.

– Angie…

– No me lo digas. Estabas a punto de decirme ¡cállate! De acuerdo, sé cuándo me estoy metiendo donde no me llaman -Angela miró a Sam-. Sam, los Lionel llevan mucho rato metidos en esa caja.

– Ya -dijo el niño.

– Vamos a enseñarles su nueva casa -agarró a Guy de la mano y después a Sam. También, sonrió a Hannah-. ¿Qué le parece, señora Copeland? ¿Le apetece venir a ver cómo liberamos a las ranas y dejar a estos dos a solas?

– Me encantaría -dijo Hannah-. Si lo que está a punto de ocurrir, va a ocurrir, entonces, estoy a punto de vender mi granja. Y si vendo este lugar, entonces, tendré que dejar una buena población de ranas. Adelante, jovencito Sam.

– Hey, yo también quiero ver cómo las liberáis -dijo Molly.

– ¿Quieres ver a las ranas o quieres quedarte un rato más donde estás? -preguntó Angie-. Elige ahora. ¿Ranas o príncipe?

Y solo había una posible decisión.

– Príncipe, por favor -dijo Molly, y selló su destino allí mismo.

Por fin, se quedaron a solas. Juntos y abrazados. Tenían muchas cosas que decirse, pero no era el momento de hablar. Solo era el momento de sentir sus cuerpos unidos. Dos corazones latiendo como si fueran uno.

Era una unión sin palabras. Una sensación de paz y alegría tan grande, que Molly no sabía cómo aceptarlo.

Jackson la abrazaba como si nunca fuera a dejarla marchar. Le acariciaba la espalda mientras ella apoyaba el rostro dolorido en su hombro.

– ¿Dónde está Cara? -susurró Molly, pero ya no le importaba. Cara ya no le importaba. Lo que el amor verdadero unía, ningún hombre podría separarlo… y el amor verdadero, había unido a esa pareja.

– Cara y yo hemos decidido que vivir juntos en la granja sería una locura.

Ella se separó de él para verle la cara.

– ¿Por qué?

Jackson sonrió y a Molly le dio un vuelco el corazón.

– He sido un idiota.

– No te creo.

– Entonces, te equivocas. Molly… -le agarró las manos e intentó explicarle algo que él mismo acababa de empezar a comprender-. Molly, tuve una infancia muy mala. En el único lugar donde encontraba la paz fue en el colegio interno, O con las niñeras. Después, en la universidad y en el mundo de los negocios. Esas cosas seguían unas normas que yo podía comprender. Hacían que me sintiera seguro. Así que intenté organizar mi vida personal del mismo modo. Cara es mi hermanastra. Ella tuvo la misma vida que yo, con los mismos resultados de fracaso emocional. Así que cuando la vida se ponía difícil, solo nos teníamos el uno al otro.

– Cara es tu… ¿hermanastra? -Molly se quedó de piedra.

– Sí. Y hasta ahora, Cara y yo hemos vivido bajo las mismas reglas. Autoprotección a toda costa. Una vez intenté saltarme la regla y fue un desastre -acercó los labios al cabello de Molly y suspiró-. Pensé que amaba a una mujer. Ella me quería solo por mi dinero. Yo era joven e ingenuo, pero me hizo desconfiar de la vida. Solo que entonces, no te había conocido. Un hombre puede ser estúpido…

Ella no podía creer lo que estaba oyendo. «Por favor…»

Era una pequeña súplica que le salía desde lo más profundo del corazón, pero al sentir que Jackson la atraía hacia su cuerpo para que oyera el latido de su corazón, obtuvo la respuesta.

– ¿Y ahora?

Un martín pescador cantaba en el exterior, y su trino, parecido a una risa, parecía una burla de los amantes. Pero a ellos no les importó. «Podría ser un ruiseñor», pensó Molly, y sintió ganas de pellizcarse por si estaba soñando.

– Ahora, Cara ha conocido a Raoul. Y…

– ¿Y?

– Y yo he conocido a Molly. Mi Molly. Mi amor. Mi maravillosa, valiente, fiel, y cariñosa Molly, y me doy cuenta de que no sabía de qué estaba huyendo. Creía que huía del amor, pero hasta que te conocí, no sabía lo que era. Hemos pasado tres semanas separados y te he echado de menos en cada momento. Te deseo, Molly. Quiero que seas mi esposa. Ahora y para siempre. ¿Te casarás conmigo?

¿Se casaría con él? ¡Sí y sí! Pero había una cosa que quería decirle, aunque su futuro, y su felicidad, dependieran de ella.

– Jackson, vaya a donde vaya, tengo que llevar a Sam. Yo… él forma parte de mi vida. Y yo tengo que…

Pero parecía que Sam no era un problema.

– Por supuesto que sí. ¿Cómo iba a ser de otra manera? Es un chico estupendo, y yo tengo muchos planes…

– ¿Planes?

– Nos mudaremos aquí -le puso un dedo sobre los labios para que no hablara-. Querías que las cosas no cambiaran para Sam, así que te mudaste a la ciudad. Pero las cosas han cambiado, te guste o no. Yo sé que él podría ser feliz aquí. El colegio de la zona es más pequeño que al que va ahora, y estará más contento. Aquí podrá criar ranas. Tendrá su propio cachorro y nos ayudará a criar el ganado, comerá las paviovas de la señora Gray y dejará de parecer un niño sin…

– Ya basta -Molly estaba llorando y riéndose a la vez-. Haces que parezca maravilloso. Me entran ganas de aceptar solo por Sam.

– ¿Crees que te haría chantaje?

– No -lo miró a los ojos y cambió de opinión-. ¡Sí! Si quieres conseguir algo, harías todo lo que hiciera falta para conseguirlo.

– Solo te quiero a ti.

Ella lo sujetó. Con las manos entrelazadas, formaron un circulo perfecto, de confianza y felicidad.

– ¿De veras, Jackson?

– De veras -se inclinó y la besó en la boca con delicadeza. Era un beso lleno de promesas. Un beso lleno de felicidad.

– Y lo tengo todo arreglado.

– Has estado muy ocupado.

– Tres semanas es mucho tiempo. Un hombre puede pensar mucho en todo ese tiempo.

– ¿Y qué has decidido? -estaban derritiéndose con la mirada.

– He pensado… he pensado que no tengo que viajar tanto. Puedo hacer casi todo el trabajo desde aquí. Seremos auténticos granjeros. Pero, si tú quieres, puedes montar una agencia inmobiliaria para vender granjas. Solo las mejores…

– Por supuesto, solo las mejores -dijo ella, riéndose.

– Y en nuestro tiempo libre, podemos ser granjeros.

– ¿Sí?

– Sí -la acariciaba con la mirada, y Molly notó que reflejaba cierto nerviosismo que adoraba. Él era su príncipe maravilloso que podía gobernar el mundo. Pero cuando se trataba del amor que sentía por Molly, ella podía hacer lo que quisiera.

Lo amaba tanto que apenas podía hablar Y tampoco era necesario que lo hiciera.

Le sujetó el rostro, y lo besó de manera apasionada. Hasta que ambos quedaron sin aliento, pero llenos de amor y felicidad.

Cuando al fin se separaron, solo durante un instante, Molly susurró:

– Deberíamos ir a ver cómo liberan a las ranas.

– Tú ya has liberado la tuya -dijo Jackson, y la estrechó entre sus brazos para besarla de nuevo-. El será tu amante para siempre… y podrás besarlo siempre que quieras, porque nunca volverá a convertirse en rana.

Marion Lennox

***