/ / Language: Español / Genre:thriller,

El Último Dickens

Matthew Pearl

Un apasionante y vertiginoso thriller que reabre uno de los más grandes enigmas literarios de la historia. ¿Qué ocurrió con la novela inconclusa de Charles Dickens? ¿Hubo alguna relación entre la repentina muerte del escritor más admirado en vida, y esta misteriosa obra cuya sola mención deja un rastro de cadáveres en tres continentes? Una brillante y adictiva trama que mezcla el tráfico del opio y la literatura, el efervescente Boston de fines del siglo XIX, el Londres victoriano y la India colonial. Dejará sin aliento a la cada vez mayor legión de seguidores del maestro de la novela histórica de intriga, y atrapará desde la primera página a los nuevos lectores. «Matthew Pearl es la nueva estrella deslumbrante de la ficción literaria. Un autor superdotado.» DAN BROWN «Brillante y erudito.» The New York Times «Irresistible… Admirable.» The Observer

Matthew Pearl

El Último Dickens

Título original: The Last Dickens

© 2009, Matthew Pearl

©De la traducción: Manu Berástegui

PRIMERA ENTREGA

1

Bengala, India, junio de 1870

A ninguno de los jóvenes policías montados le agradaban aquellas comarcas de la provincia de Bagirhaut. A ninguno le agradaba la selva, en la que podía ocurrir todo tipo de cosas, inesperadas, imprevistas, como había ocurrido unos años antes cuando un pobre teniente fue desnudado, apaleado y arrojado al río por intentar recaudar los impuestos de distribución de bebidas alcohólicas.

Los oficiales hincaban con más fuerza los talones de las botas en los flancos de sus caballos. No es que estuvieran asustados, sólo eran precavidos.

– Hay que ser cautos siempre -le dijo Turner a Mason al tiempo que se agachaban para esquivar ramas bajas y lianas-. Ten la seguridad de que los nativos de India no valoran la vida. Ni siquiera al nivel del más pobre de los ingleses.

El más joven de ambos, Mason, asentía pensativo ante las palabras de su imponente compañero, que tenía casi veinticinco años, que tenía otros dos hermanos que habían venido desde Inglaterra para incorporarse al Servicio Civil de la India y que había luchado en la rebelión india unos años antes. Era un experto donde los hubiera.

– Tal vez deberíamos haber traído más hombres, señor.

– Vaya, ¡muy bonito! ¿Más hombres, Mason? No necesitaremos más que nuestras dos cabezas para capturar a un puñado de dacoits *. Recuerda que el caballo con coraje no se detiene ante setos ni zanjas.

Cuando Mason llegó de Liverpool a Bengala a ocupar su nuevo puesto, aceptó la oferta que le hizo Turner de «convivir», compartir ingresos y gastos comunes y pasar su tiempo libre jugando al billar o al cróquet. Mason, a sus dieciocho años, agradecía los consejos de una persona tan experimentada en las lides de la policía bengalí. Turner podía enumerar los lugares a los que un policía no debía ir nunca solo a causa de las tribus coles, santales, asamis, kukis y las montañesas de la frontera. Algunas de las bandas criminales de estas tribus se componían de dacoits, bandoleros; otras, le advirtió Turner, llevaban hachas y codiciaban las cabezas de los ingleses. «Los nativos de India sólo valoran la vida en la medida en que puedan asesinar mientras lo hacen», era otro de los proverbios de Turner.

Afortunadamente, aquella mañana de agotadora temperatura no habían salido en busca de esa clase de bandas sedientas de sangre. En lugar de eso, investigaban un descarado y simple robo. El día anterior, un largo tren de unos veinte o treinta vagones cargados de ganado había recibido una lluvia de piedras y rocas. En medio del caos, los dacoits provistos de antorchas volcaron los vagones y huyeron llevándose unos valiosos cofres del convoy. Cuando en la comisaría de policía tuvieron conocimiento de estos hechos, Turner se personó en el despacho del jefe para ofrecerse como voluntario junto a Mason, y su comandante les envió a interrogar a un conocido perista de objetos robados.

Ahora, mientras el terreno se iba despejando, se acercaban a una casa con tejado de paja junto al arroyo. Una columna de humo ascendía en espiral de la chimenea de barro. Mason agarró la espada que llevaba al cinto. A cada dos hombres de la policía bengalí se les asignaba una espada y una carabina ligera y, por supuesto, Turner se había adjudicado el rifle.

– Mason -dijo con una ligera sonrisa en la voz después de descubrir la expresión nerviosa en la cara de su compañero-. Estás verde, ¿eh? Lo más probable es que ya se hayan deshecho de las mercancías y volado. Puede que a las montañas, donde nuestra elaka (y eso significa «jurisdicción», Mason), donde nuestra elaka no llega. La verdad es que da lo mismo. porque cuando se les captura mienten y dicen que son inocentes campesinos hasta que los corruptos magistrados morenitos les sueltan. ¿Qué te parecería que fuéramos a cazar tigres a lomos de elefante?

– ¡Turner! -susurró Mason interrumpiendo a su compañero.

Se acercaban ya a la casa de paja, ante la que había atado un caballo de un rojo brillante (los nativos de aquellas provincias a menudo pintaban sus caballos de colores inusuales). Un ligero rumor en la casa atrajo sus miradas hacia un par de hombres que se ajustaban a la descripción de dos de los ladrones. Uno de ellos sujetaba una antorcha. Estaban discutiendo.

Turner indicó con un gesto a Mason que no hiciera ruido.

– El de la derecha es Narain -susurró señalándole. Narain era un conocido ladrón de opio contra el que habían fracasado varios intentos de condena.

Las amapolas del opio se cultivaban en Bengala y se refinaban allí mismo bajo control inglés, después de lo cual el gobierno colonial vendía la droga en subasta a los mercaderes de opio de Inglaterra, América y otros países. Desde allí, los comerciantes transportaban el opio para su venta en China, donde era oficialmente ilegal pero tenía, a pesar de ello, una gran demanda. El comercio era muy provechoso para el gobierno británico.

Tras desmontar, Turner y Mason se aproximaron por separado a la casa, cubriendo los dos flancos. Mientras se arrastraba entre los arbustos que rodeaban la parte de atrás, Mason no podía evitar pensar en su buena suerte: no sólo dos de los ladrones seguían en la supuesta casa del compinche, sino que además su discusión les servía de distracción.

Después de rodear el espeso seto, Mason salió de un salto obedeciendo la señal de Turner y blandió la espada ante el sorprendido Narain, que levantó tembloroso las manos y se echó de bruces al suelo. El otro bandido había tirado a Turner de un empujón y desaparecido entre la densa vegetación. Turner se levantó inestable, apuntó con el rifle y disparó. Luego descargó un segundo disparo a ciegas al interior de la selva.

Ataron al prisionero y siguieron el rastro del fugitivo, pero no tardaron en perderle la pista. Mientras recorrían de punta a punta el recodo del impetuoso arroyo, Turner golpeó algo en el suelo. Cuando Mason se acercó al lugar vio con gran orgullo que su compañero había aplastado una cobra con la culata de la carabina. Pero el animal no estaba muerto y se levantó contra Mason al acercarse éste, intentando alcanzarle. Tales eran los peligros de la selva bengalí.

Tras abandonar la búsqueda del otro ladrón regresaron al lugar en el que habían dejado a Narain atado a un árbol y le soltaron para llevárselo al destacamento de la policía, donde devolvieron los caballos que habían tomado prestados. Allí abordaron un tren con el prisionero en custodia para llevárselo a la comisaría de su distrito.

– Duerme un poco -le dijo Turner a Mason con preocupación de hermano-. Pareces exhausto. Yo me puedo encargar del dacoit.

– Gracias, Turner -contestó Mason agradecido.

La agitada mañana había sido agotadora. Mason encontró una fila de asientos vacíos y se cubrió la cara con el sombrero. Al poco rato cayó en un profundo sueño bajo la ruidosa ventana, donde una suave brisa hacía que el compartimento resultara casi soportable. Le despertó un espeluznante grito ensordecedor, como los que en ocasiones poblaban sus pesadillas de selvas bengalíes.

Cuando logró recuperar los sentidos vio que Turner estaba de pie y solo mirando fijamente por la ventana.

– ¿Dónde está el prisionero? -exclamó Mason.

– ¡No lo sé! -gritó Turner con un brillo salvaje en los ojos-. ¡He retirado la mirada durante un instante y Narain debe de haberse lanzado por la ventana!

Tiraron de la alarma para detener el tren. Mason y Turner, con la ayuda de un vigilante indio, rebuscaron entre las rocas y encontraron el cuerpo de Narain destrozado y cubierto de sangre. La cabeza se le había abierto con el golpe. Sus manos seguían atadas con alambre.

Con gesto solemne, Mason y Turner dejaron el cadáver atrás y volvieron a subir al tren. Los jóvenes oficiales ingleses hicieron el resto del viaje hasta la comisaría en silencio, salvo por algún canturreo sin melodía de Turner. Casi habían llegado a su destino cuando éste planteó una pregunta.

– Contéstame una cosa, Mason. ¿Por qué te enrolaste en la Policía Montada?

Mason intentó pensar una buena respuesta, pero estaba demasiado alterado para hacerlo.

– Supongo que para hacer un poco de ruido. Todos queremos dejar nuestra huella en el mundo.

– ¡Tonterías! -dijo Turner-. Nunca pierdas de vista las auténticas bendiciones del servicio civil. En definitiva, todos nosotros estamos aquí para hacer una civilización mejor y sólo por esa razón.

– Turner, en cuanto a lo que ha ocurrido hoy… -el rostro del más joven estaba pálido.

– ¿Qué pasa? -inquirió Turner-. La suerte ha estado de nuestra parte. Esa cobra podía haber acabado con los dos.

– Respecto a Narain…, el presunto dacoit. Bueno, no sé si deberíamos, no sé, tomar los nombres y declaraciones de los otros pasajeros para nuestro informe, de manera que, si hubiera algún tipo de investigación…

– ¿Presunto? Querrás decir culpable. Da igual, Mason. Mandaremos a uno de los nativos.

– Pero no tendríamos, en caso de que Dickens, o sea…

– ¡Qué balbuceos son ésos! ¿Qué estás rumiando?

– Señor -el oficial más joven pronunciaba con esfuerzo-, suponiendo por un momento que Dickens…

– ¡Mason, basta ya! ¿No ves que estoy cansado? -bufó Turner.

– Señor -dijo Mason asintiendo.

A Turner el cuello se le había puesto tenso y marcado de venas al escuchar aquel nombre concreto: Dickens. Como si la palabra se le hubiera podrido en lo más profundo de sí y ahora le ascendiera por la garganta.

2

Boston, el mismo día de 1870

Los trabajadores maldecían al alcalde de Boston y el calor del verano y al gobernador de Massachusetts y a los negros libres. Y, por supuesto, maldecían los barcos. Los negros liberados maldecían lo mismo, pero incluían a los irlandeses en sus epítetos.

En otros meses algunos estibadores cantaban. Pero en verano maldecían.

– ¡Que se vaya al infierno el dinero! -dijo uno de los trabajadores. Pero no especificó si lo que maldecía eran sus propios y escasos emolumentos o el dinero que forraba los bolsillos de los tipos ricos con caras abotargadas cuyas pertenencias cargaban.

Un segundo trabajador añadió:

– ¡Maldito sea todo el dinero! ¡Que se lo lleve el diablo! -ante esto, los demás lanzaron tres hurras al unísono.

No habían notado la presencia de un gran forastero que recorría el muelle con un palillo de dientes de marfil colgando de los labios. Sus ojos oscuros permanecían fijos al frente atravesando el pasillo formado por estibadores y vagones de tren.

– ¡Oigan! -exclamó a la pandilla de trabajadores irlandeses, aunque no logró atraer su atención. Entonces levantó su bastón dorado.

Con eso fue suficiente.

En la empuñadura del bastón se veía un exótico y feo ídolo dorado, la cabeza de una bestia con un cuerno surgiendo en medio de la frente, una horrible boca abierta y chispas de fuego brotando de la lengua. Era difícil dejar de mirarla. No sólo debido a su fealdad, sino también por el contraste con la propia boca del forastero, prácticamente oculta bajo un bigote que le llegaba de oreja a oreja. Los labios del hombre apenas se abrieron cuando habló.

– Estoy -dijo el desconocido dirigiéndose a los estibadores- buscando a un muchacho. ¿Lo han visto? Va vestido con un traje grueso y lleva un fajo de papeles.

De hecho, los estibadores habían visto pasar unos minutos antes a un muchacho que se ajustaba a la descripción. El joven se había detenido junto a un barril dado la vuelta situado enfrente de la fábrica de sal. Con sólo ver el grueso traje que llevaba el chico aumentaba la sensación de calor. Después de recobrar la compostura con aire cohibido, había sacado de debajo del barril un fajo de papeles atado con cordel negro y había cruzado con paso inseguro entre el grupo de trabajadores. Por supuesto, lo habían cubierto de maldiciones.

– Bueno -dijo el forastero al adivinar la verdad en los ojos de los hombres-, ¿hacia dónde fue?

Los cuatro estibadores intercambiaron miradas evasivas. No tanto ante su pregunta como por su acento marcadamente inglés, además de su piel marrón apergaminada. Bajo su sombrero asomaba un turbante de algodón color chocolate. Vestía una prenda tipo túnica que le llegaba hasta las rodillas de sus pantalones de seda y un cordón de lana le ajustaba la cintura.

– ¿Es usted un hindú o algo así? -preguntó por fin un trabajador delgado y fibroso.

El atezado forastero hizo una pausa y tomó aire profundamente. Volvió sólo los ojos hacia el trabajador que había planteado la pregunta. Con una inesperada fiereza dirigió una estocada con el bastón al cuello del sujeto y su cuerpo se desplomó en el suelo. Sus compañeros acudieron rápidamente en su ayuda, pero una sola mirada del agresor detuvo a los aspirantes a rescatadores.

La grotesca cabeza tenía unos colmillos retorcidos y afilados. En aquel momento se encontraban clavados en la suave carne de la yugular del postrado trabajador. Una fina gota de sangre descendía temblorosa por su nuez.

– Mírame. Ahora, mírame a los ojos -le dijo el desconocido a su víctima-. Me vas a decir por dónde viste marcharse al muchacho o te arranco esa lengua dublinesa a través del cuello y que sea lo que Dios quiera.

Temiendo que los colmillos se clavaran más profundamente en su cuello, el estibador caído respondió con un gesto casi imperceptible. Levantó un brazo y señaló con un dedo tembloroso en la dirección que había tomado el joven y cerró los ojos, temeroso.

– Buen chico, mi joven Paddy -dijo el desconocido.

No era de extrañar que el trabajador irlandés cerrara los ojos. Los dientes y los labios del forastero vistos desde su poco ventajoso punto de vista estaban teñidos de un llamativo rojo brillante. Como manchados de sangre. Como si aquel hombre acabara de devorar un animal rabioso para desayunar.

Provisto de nueva información, el extraño de ojos oscuros retomó de inmediato su camino por la calle que salía del Long Wharf y conducía al centro de Boston. Allí, justo de frente, esquivando las carretas de frutas y verduras de Faneuil Hall, vislumbró a quien estaba buscando. Era como si un fuerte viento empujara al joven hacia adelante. Su desplazamiento era brutal; sus ojos extraviados, apremiantes; si alguien le hubiera prestado atención le habría parecido que estaba poseído por una misión vital para Boston, vital para el mundo. Lanzaba miradas de preocupación hacia atrás mientras sujetaba fuertemente entre los brazos el paquete con manchas de humedad.

El perseguidor apartaba a empujones a vendedores de pescado y a mendigos por los pasillos de Quincy Market.

– ¡Vasos de cerveza! -gritó un vendedor ambulante antes de que le tiraran al suelo.

Al fondo del mercado, cuando el predador y la presa cruzaban la puerta de salida, la mano inmensa del uno se cerró sobre la manga del otro.

– ¡Te vas a arrepentir de haber huido de mí! -rugió tirándole del brazo.

– ¡No! -los ojos sinceros del joven se encendieron con un brillo de desafío-. ¡Osgood lo necesita!

El brazo libre del muchacho se alzó como si fuera a golpear a su asaltante, gesto ante el que el hombre descomunal ni siquiera parpadeó. Pero en vez de golpear, el muchacho utilizó la mano libre para agarrar su propia manga y tirar de la tela rasgando el traje por el hombro. Liberado de las garras del desconocido, el impulso le hizo cruzar la calle dando piruetas hasta la relativa seguridad del otro lado.

Un alarido inhumano combinado con un horrible chasquido.

El extraño del ídolo dorado, jadeando desde lo más hondo de su garganta, se bajó el sombrero redondeado sobre los ojos para protegerlos de las nubes de polvo mientras se subía a la acera. Durante un instante no pudo localizar al joven, pero luego vio lo que había pasado. Cuando una multitud de personas se arremolinó, demasiada gente, el observador se alejó lentamente, como si nada de aquello le interesara.

El oscuro desconocido no era el único que andaba de cacería entre el vibrante tráfico que aquella mañana poblaba los muelles. Había otros dos o tres, por el momento, entre el enjambre de trabajadores, ratas de embarcadero y juerguistas ociosos. Eran rostros familiares en los muelles, que muchas mañanas salían antes que los estibadores. Y eran conocidos sobre todo los unos para los otros, a pesar de que, por extraño que pareciera, no se conocían los nombres.

Al menos no sus nombres propios. Estaba Melaza, al que llamaban así sarcásticamente por su paso siempre acelerado. Esquire era un caballero de color, antiguo cochero, que enseñaba esgrima y baile en los barrios negros. Kitten era una de las mujeres de aquella pandilla selecta y mugrienta que podría con sus encantos quitarle de las manos la bebida a Whiskey Bill, otro de sus rivales.

Hoy era Melaza, con su pañuelo negro al cuello y una chaqueta de piel de melocotón, quien estaba a un paso de alcanzar la dulce victoria. ¡Victoria! Durante la guerra de Secesión Melaza había sido un buscavidas profesional al que pagaban para que ocupara en el Ejército el puesto de los jóvenes ricos que no querían alistarse. Utilizando diferentes alias para hacerse con el dinero y desapareciendo rápidamente de los regimientos, los polvorientos días de la guerra habían ayudado a Melaza a ganar cinco mil dólares en dos años y medio. Entonces adquirió la costumbre de teñirse el pelo y la barba de colores que nadie había visto nunca crecer naturalmente en hombre alguno. Además, la barba era demasiado larga. Había jurado no afeitarse hasta que un demócrata fuera presidente y dejara fuera de juego a los tramposos de los republicanos.

Y allí, delante de los ojos de Melaza, se ocultaba lo que deseaba. Un cable desde Filadelfia le había ordenado que recuperara el tesoro a cambio de una generosa re compensa. Apostado en una de las lonjas de pescado del muelle con su largo catalejo, había visto cómo lo escondía el joven del traje a primera hora de la mañana. Ahora sería suyo.

Un vigilante del muelle estaba levantando un barril abandonado.

– Perdone -dijo Melaza acercándose y quitándose la gorra de mezclilla de la cabeza a modo de atento saludo-. Yo me ocuparé de eso, señor.

– ¿Quién eres tú? -preguntó el aludido con un fuerte acento alemán-. Aléjate de mis barriles, rata de embarcadero.

Melaza le dio una patada al barril con su bota desabrochada. Para su consternación, de él no salieron más que raspas de pescado. No podía creerlo. Se agachó y hurgó entre los desperdicios. Cuando levantó la mirada vio a Esquire de pie junto a él, riendo alegremente entre dientes.

– ¡Esquire, canalla impenitente! ¿Dónde están?

– ¡No están ahí! Tranquilo, Melaza. Yo tampoco he encontrado los papeles. Tú no los tienes, yo no los tengo y he visto a Kitten (creo que hoy está trabajando para C.) en un viejo remolcador con una cara como si le hubieran dado en la espalda mientras se comía una barra de mantequilla. Bueno, supongo que lo más probable es que hayan desaparecido del todo y los tenga ya su legítimo dueño. Mala suerte.

Al vigilante alemán se le puso la cara colorada.

– Si no os vais de mi muelle haré venir a la policía.

Melaza se puso a darle patadas violentamente al barril hasta que quedó hecho trizas. Luego amenazó a gritos al vigilante en perfecto alemán. Esta vez, el vigilante se retiró.

– ¿Whiskey Bill? ¿Ha sido él? -preguntó Melaza volviéndose hacia Esquire.

– No, Melaza -respondió éste grandilocuente, encaramándose encima de un banco con las piernas colgando y la mirada en el mar-. A Bill no le han asignado esta misión.

Una brisa ligera soplaba por la bahía y el fuerte sol iluminaba los barcos de vela. A lo lejos se oía el lejano rugido del tráfico, los gritos de los cocheros y los latigazos que daban a los caballos en Quincy Market.

Melaza, que se limpiaba las manos malolientes en la chaqueta y el pantalón, de repente hizo una pausa.

– Había un tipo extraño que seguía al chico: piel oscura, muy delgado, con un turbante en la cabeza. ¿Crees que uno de los peces gordos le habrá encargado que consiga el botín también, Esquire?

– Ah, le he visto antes -respondió éste misteriosamente-. ¿Con los ojos grandes y negros, como si estuvieran vacíos, y la boca parecida a la de una calavera? No, ése no es de los nuestros, Melaza, de eso estoy seguro. No es alguien que se pierda por un puñado de monedas.

Casi al mismo tiempo, el ómnibus conocido como Alice Gray se detenía traqueteando en medio de Dock Square. El conductor y los pasajeros desmontaron para ver de dónde procedía el ruido, aquel largo y escalofriante crujido que todos habían oído salir de debajo del vehículo un momento antes.

– ¡Dios santo!

– ¡Vaya, seguramente le ha arrastrado!

– ¡Totalmente aplastado!

– Aleje a las mujeres de aquí, ¿quiere hacer el favor?

Bajo la rueda trasera, un joven pálido con el traje de lana desgarrado. La primera rueda le había pasado por encima del cuello y la siguiente por la pierna, casi cercenándosela por debajo de la rodilla.

Uno de los caballeros que se apearon del vehículo fue el primero en llegar al cuerpo. La cabeza del joven se estremecía levemente. Sus pupilas se contraían y abría la boca.

– ¡Está vivo! -gritó alguien-. ¿Hay algún médico?

– Yo soy abogado -dijo el caballero como si quisiera superar la pregunta respondiendo a otra-. ¡Sylvanus Bendall, letrado!

El moribundo alargó la mano para asir el cuello del abogado con sorprendente insistencia, mientras su boca formaba una palabra y luego otra. Bendall escuchó escrupulosamente hasta que las fuerzas parecieron abandonar al muchacho y dejó de hablar.

Tras unos instantes de sobrio reconocimiento más propio de un médico de verdad, el hombre arrodillado que decía llamarse Bendall se quitó el sombrero para comunicar la muerte del joven. Un caballero alto señaló al manojo de papeles que llevaba el difunto en la mano.

– ¿Qué tiene ahí? ¿Su testamento? -y rió entre dientes de su propio chiste morboso.

– ¡Bah! -dijo el abogado Bendall muy serio. Soltó el cordel, sacó una de las hojas y se llevó el monóculo a la cara para examinarla-. ¡He visto muchos testamentos en mi vida y esto no lo es, señor! Los testamentos no suelen llevar grabados… Fíjese -murmuró moviendo los labios en silencio mientras leía durante unos instantes. Su expresión fue cambiando poco a poco-. Creo que… ¡Sí! Creo que esto es… ¡Por todos los santos!

– ¿Y bien, señor? -inquirió el alto espectador.

– ¿Quién podría decir -dijo Bendall- si conoció alguna vez la ambición o el desengaño?

El abogado no monologaba sobre el difunto: leía las páginas que había arrancado de las manos del joven. Sylvanus Bendall levantó la mirada del papel con la cara brillantemente encendida.

3

James R. Osgood había recibido a su visita con un «Señor Leypoldt, es un gran placer», lo que era cierto. Leypoldt era el redactor de una de las principales publicaciones del gremio de libreros. El achaparrado emigrante alemán era extraordinariamente apreciado entre los profesionales de la edición por su conducta cordial y por el hecho de que informaba con mano justa y equilibrada.

– Espero compartir con nuestros lectores las últimas noticias sobre su empresa y la del señor Fields, señor Osgood -dijo Leypoldt.

– Últimamente la empresa está recibiendo unas críticas de primera por parte de todos -declaró Osgood con un aire más de humilde agradecimiento que de orgullo.

El visitante le interrogó.

– ¿Sus futuras publicaciones? Muy bien, muy buenas. ¿Número de libros publicados este año hasta la fecha? Ya, ya, muy bien. ¿Número de empleados en la actualidad? Muy bien. Veo que tiene muchas asistentes de sexo femenino.

– Las cosas han cambiado muy rápidamente -dijo Osgood.

– Tiene usted toda la razón, ¡cómo están cambiando las cosas en nuestro sector, señor Osgood! Yo he llegado incluso a considerar un cambio de título en nuestra revista. Con el fin de que refleje más la concentración del gremio.

La revista del visitante se llamaba en aquel momento Hoja gremial y boletín de editores: un medio especial de intercomunicación para editores, productores, importadores y comerciantes de libros, papelería, música, imprenta y material diverso de venta en tiendas de libros, papelería, música e imprenta.

– En una palabra, queremos algo que resulte fácil de recordar a los lectores de todo el país. Esto es lo que estoy pensando -Leypoldt escribió-: Semanario gremial de editores.

Osgood dijo diplomáticamente:

– Nuestra empresa mantendrá la suscripción con cualquier título que usted decida.

– Muchas gracias, señor Osgood -una pausa indicó que Leypoldt pasaba ya al verdadero tema de su interrogatorio-. Muchos de los profesionales que leen nuestros artículos se preguntan, señor Osgood, cómo va a rivalizar usted con tantos grandes editores de Nueva York. Y con tantas reediciones baratas de libros en inglés que amenazan las que su empresa publica.

– Vamos a elegir los autores de mayor calidad, a imprimir los libros mejores y a no reducir nuestro nivel por debajo del que le ha traído a usted aquí, señor Leypoldt -dijo Osgood con seriedad-. Confío plenamente en que tendremos éxito si nos atenemos a estos principios.

El reportero visitante dudó un momento.

– Señor Osgood, me gustaría que nuestra revista no sólo informara de la publicación de libros, sino, en una palabra, de la propia historia de la edición, de su flujo sanguíneo, de su alma si lo prefiere. Fomentar la cooperación dentro de la profesión y esclarecer por qué los de nuestro oficio deciden seguir esta vocación. ¿Por qué no somos herreros o políticos, por ejemplo? Si usted hubiera tenido esta experiencia, estaría encantado de contarla en mi columna.

– Fue leyendo Walden cuando supe que quería ser editor -dijo Osgood-. ¡No es que quisiera vivir como un ermitaño en el bosque, cuidado! Pero me di cuenta de que, más allá de las insólitas visiones de ese extraño espíritu, Thoreau, existía otra persona, lejos de sus bosques, que se tomaba la molestia de asegurarse de que todas las personas de América tuvieran la oportunidad de leer su obra si así lo deseaban. Alguien que no lo hacía por ganar una notoriedad inmediata, sino porque era importante. Escribí una carta al señor Fields y le pedí una oportunidad para aprender de él trabajando como aprendiz.

– Y ahora, ya hecho un hombre, ¿qué es lo que espera encontrar?

Osgood estaba meditando la respuesta muy seriamente cuando le interrumpió la entrada de su asistente. La joven mujer, cuyo precioso rostro estaba enmarcado por un pelo negro azabache, saludó a ambos hombres con una inclinación de la cabeza, como si admitiera que su interrupción era inoportuna. Se acercó al escritorio con paso confiado y susurró unas palabras.

Osgood escuchó atentamente antes de dirigirse a su visitante con expresión de disculpa.

– Señor Leypoldt, ¿sería usted tan amable de perdonarme? Me temo que ha surgido algo y tendremos que continuar esta entrevista en otra ocasión -una vez que el reportero hubo abandonado la estancia, Osgood, dando vueltas a su pluma entre los dedos pulgar e índice, se dijo para sí-: ¿Ha venido un policía?

Su asistente, Rebecca Sand, habló en voz baja, como si pudieran escucharla:

– Sí, señor Osgood. El agente quiere hablar en privado con uno de los socios y el señor Fields sigue fuera. No ha querido decirme de qué se trata.

Osgood asintió.

– Pues hágale pasar, señorita Sand.

– Señor Osgood, no he sido clara -dijo Rebecca-. El agente ha dicho que esperaría fuera.

Osgood se frotó la nuca con una mano y pensó que era extraño. También apreció una sombra de duda en el rostro habitualmente estoico de Rebecca, pero no podía detenerse a pensarlo en ese momento. James Osgood siempre estaba dispuesto a pasar al siguiente problema.

El policía le esperaba en la puerta de la calle junto al vendedor de cacahuetes, que aprovechaba la ocasión para quejarse de la banda de músicos callejeros que le espantaban los clientes pidiéndoles dinero. Osgood se presentó.

– ¿Es usted ése? -dijo el policía.

– ¿Perdón, agente? -respondió Osgood.

– ¿El Osgood de ahí arriba? -preguntó el agente echando una mirada fugaz a la placa que se veía en la entrada del edificio de tres pisos del 124 de Tremont Street: FIELDS, OSGOOD & CO.

– Sí, señor -dijo Osgood-. James Ripley Osgood.

– Todo eso no importa -el policía sacudió la cabeza inflexible-. Ripley lo-que-sea. Supongo que esperaba que un socio de su empresa fuera, a ver… un caballero algo… -era evidente que estaba buscando la palabra más delicada sin dejar de ser acertada-. ¡Algo mayor, quizá!

James Osgood, un hombre con buen tipo que aún no había cumplido los treinta y cinco años y que no aparentaba treinta, incluso con su bien perfilado bigote, estaba acostumbrado a que le pasara esto. Sonrió abiertamente y le entregó un libro al policía.

– Por favor, agente Carlton, acepte este regalo. Uno de los mejores que han salido de nuestra imprenta el año pasado.

El socio principal de la empresa, J. T. Fields, había enseñado a Osgood que, fueran cuales fueran las circunstancias, regalar un libro (un gesto bastante poco gravoso para un editor) mejoraba el humor del más triste de los sujetos. Independientemente de qué volumen se tratara, el ejemplar era sopesado, la portada analizada con agradable sorpresa y finalmente apreciado por el receptor como muy provechoso para sus intereses. Como tenía que ser, el agente sopesó el libro que le había dado Osgood y estudió el título. Un viaje a Brasil, por el profesor Agassiz y señora.

– ¡Le he comentado muchas veces a mi mujer lo que me gustaría ir a Brasil! -exclamó el agente. Luego, con expresión de asombro, levantó la mirada y dijo-: Señor, ¿cómo es que conoce mi nombre?

– Hace algunos años vino usted a nuestra empresa por un incidente sin importancia.

– Sí, sí. Pero ¿dice usted que entonces nos conocimos?

– Así es, agente Carlton.

– Bueno -dijo el policía con rotundidad-, entonces debe de haberse cambiado la forma del bigote.

En realidad Osgood no había cambiado ni un pelo desde los veinte años, pero le dio la razón incondicionalmente con su apreciación antes de preguntarle qué le había llevado hasta su empresa.

– No es mi intención sobresaltar a nadie, señor Osgood -explicó el policía adoptando una actitud sombría-. Le he pedido que bajara porque no quería asustar a esa chica… Me refiero a la jovencita que trabaja junto a la puerta de su despacho.

– Creo que descubrirá que la señorita Rebecca Sand no se asusta fácilmente -dijo Osgood.

– ¿Es eso cierto? ¡Bendita sea! Aprecio ese tipo de fortaleza de carácter, incluso en una mujer. Sólo espero que usted demuestre ser igual de fuerte.

El joven editor subió al asiento de atrás del carruaje junto al policía, quien ordenó a su conductor que se dirigiera al depósito de cadáveres.

Era imposible no sentirse invadido por un intenso recelo al entrar en las dependencias de la oficina de investigación criminal de Boston. Nada más llegar, el agente condujo a Osgood a través de una antecámara con poca ventilación y una pequeña ventana polvorienta. Subieron una estrecha escalera hasta una habitación oscura del piso superior y el agente encendió una lámpara y bajó la mirada impaciente, como si ahora le tocara a Osgood señalar el camino.

– Me temo que no tenemos todo el día, señor Osgood.

Entonces se dio cuenta. El agente Carlton no se miraba los zapatos, sino el suelo.

Osgood trastabilló inseguro, como si fuera a caerse, porque el suelo bajo sus pies era todo de cristal. Bajo él había una diminuta habitación, de unos seis metros cuadrados, con cuatro mesas de piedra. Encima de una, una mujer con la piel ajada y oscurecida por el cólera. Otra mostraba a un anciano con un lado de la cara quemado, y la tercera, el cuerpo hinchado de un ahogado. Junto a cada mesa había un gancho del que colgaba la ropa que llevaba el difunto cuando lo encontraron. Sobre cada cuerpo corría un suave reguero de agua que salía de una serie de espitas.

– Es nuevo. Aquí es donde se conservan los cadáveres que no se han identificado para su reconocimiento, al menos durante cuarenta y ocho horas, antes de mandarlos a la fosa común si nadie los reclama -explicó Carlton-. El agua los mantiene frescos.

Sobre la cuarta mesa. El cuerpo estaba cubierto desde el cuello con una sábana blanca. Un reconocible traje grueso que colgaba del gancho a su lado tenía arrancada la manga izquierda. Osgood se quitó el sombrero y lo apretó junto a su corazón cuando vio los ojos sin expresión que le devolvían la mirada sin parpadear.

– ¿O sea que conoce al joven? -preguntó el agente Carlton ante la reacción del editor.

Estaba tan deformado por la muerte que Osgood tuvo que esforzarse para reconocerlo. Venciendo el nudo que se le había formado en la garganta y levantando la mirada hacia el policía con los ojos nublados, Osgood se arrodilló sobre una pierna y tocó el frío cristal del suelo.

– Es uno de mis empleados. Se llama Daniel: es auxiliar administrativo en nuestra empresa. Y tiene diecisiete años.

Osgood no sabía cómo mantener su aplomo habitual. Había sido él quien contratara a Daniel como aprendiz tres años antes. Estaba decidido a darle una oportunidad a pesar de sus circunstancias adversas. Daniel no tardó en demostrar que era sincero y trabajador, y durante más de dos semanas, el período de prueba habitual. Había ascendido al puesto de auxiliar y hasta el señor Fields pronto empezó a llamarle Daniel (en vez de ése, forma apocopada de «ese pobre paleto que te has empeñado en contratar»).

– ¿Qué pasó? -preguntó Osgood al agente de policía cuando pudo recuperar el habla.

– Le atropelló un ómnibus en Dock Square.

– ¿Llevaba algo con él? -preguntó Osgood en un intento de encajar las piezas, de encontrar el sentido a todo aquello. Arrodillado, Osgood estaba tan cerca del cristal que el reflejo de su propia cara se superponía a la figura sin vida de su empleado.

– No, no llevaba nada con él. Le relacionamos con ustedes gracias a que uno de nuestros agentes de patrulla recordaba haberle visto entrar y salir de su edificio. ¿Sabe usted adónde se dirigía hoy?

– Sí, por supuesto. Tenía que recoger unos documentos importantes en el puerto y llevarlos a nuestras oficinas -Osgood titubeó, pero recordó que estaba hablando con un policía, no con un editor rival-. Eran unas páginas de los próximos episodios de El misterio de Edwin Drood que nos enviaban de Londres.

La novela de Dickens se había publicado en episodios por entregas al principio de cada mes. Como pasaba con otras novelas, la publicación periódica sumaba gradualmente lectores que, a su vez, recomendaban la historia a amigos y familiares que no la habían leído. El formato por entregas hacía que los lectores se sintieran presentes en el momento en que la historia evolucionaba, como si fueran algunos de sus personajes. Tras la publicación de la última entrega, se publicaba la novela entera en forma de libro.

– ¡Un momento! -dijo el agente-. ¡He seguido en las revistas las aventuras del joven señor Drood (aunque tal vez debería decir desventuras) con gran interés! Supongo que éste no es el mejor momento para preguntarlo. Pero le suplico que me lo cuente, señor Osgood, ¿sabe usted cómo terminarán las cosas para Eddie Drood ahora que el señor Dickens ha muerto?

En realidad, aquella misma pregunta había consumido la mente de Osgood más de lo que el policía podía suponer: cómo acabará todo una vez muerto Dickens, y todavía no tenía respuesta. Y menos ahora, con el pobre Daniel inmóvil y destrozado encima de una fría losa. La figura ondulaba de manera extraña por efecto de la corriente de agua, como si aún pudiera despertar.

– Daniel nunca me falló en el cumplimiento de sus deberes -dijo Osgood-. ¡Perder la vida en un accidente tan absurdo!

– Señor Osgood, esto no ha sido un simple accidente -dijo Carlton acompañando la frase de un largo suspiro.

– ¿Qué quiere decir?

Carlton condujo a Osgood escaleras abajo y entraron en el recinto de los cadáveres desconocidos. La sensación dentro de la exigua estancia con techo de cristal era completamente diferente a la experimentada en el espacio de observación superior; era la misma diferencia que hay entre contemplar un animal salvaje y peligroso desde el otro lado de los barrotes y entrar en la jaula. El suelo era de mármol blanco y negro y estaba frío por la acción del agua corriente. De cerca, el estómago del joven empleado estaba horriblemente hinchado bajo la sábana.

Carlton explicó:

– Su empleado parece haber olvidado las responsabilidades que usted le asignó para entregarse a una serie de sustancias. Antes de su muerte tenía los sentidos profundamente alterados y vagaba sin rumbo por las calles, según cuentan los testigos que hemos interrogado. Me temo que el último acto del joven ha sido fallarle a usted.

Osgood sabía que tenía que contener su furia, pero no pudo.

– Agente, le sugiero que mida sus palabras. ¡Está usted difamando a un difunto!

– ¡Ja! -espetó el viejo forense, el señor Charles Barnicoat, apareciendo por un recodo e inclinando su rostro sudoroso y sus patillas sobre el cuerpo-. El agente Carlton no dice más que la verdad, no sabría decir otra cosa.

– Conozco a Daniel -insistió Osgood.

– La espina dorsal curvada como una interrogación, ¿ve? -dijo el forense con un cabeceo fehaciente-. Típico del consumidor habitual de opio.

– ¡Le atropelló un ómnibus! -gritó Osgood.

Barnicoat giró con fuerza el brazo del empleado. En aquel lugar la piel había adquirido un horrible tono azul.

– ¿Necesita algo más? -preguntó.

La visión que revelaban los dedos de Barnicoat calló a Osgood de inmediato. En el brazo se apreciaban varios agujeros pequeños.

– ¿Qué es eso? -inquirió el editor.

Barnicoat se humedeció los labios.

– Son las marcas de un nuevo sistema de aplicación de medicamentos llamado «aguja hipodérmica». Lo utilizaban los médicos en la guerra. Hace las funciones de una lanceta, pero la dosis puede ser medida con precisión. Ahora la utilizan los médicos para inyectar ciertas medicinas potentes directamente en el tejido celular a través de la piel. Pero los consumidores de opio habituados a esta droga utilizan este utensilio sin el consentimiento de los médicos, como debió de hacerlo su joven empleado según parece. Algunos incluso se clavan las agujas directamente en las venas, ¡algo que los médicos nunca consentirían! «Éxtasis portátil», llaman los jóvenes a esa droga.

– Dios salve a la Commonwealth -declamó solemnemente el agente Carlton.

– Ya ve, quieren ser los héroes de sus sueños en vez de vivir sus vidas reales -sermoneó Barnicoat con la barbilla pomposamente levantada-. Prefieren sentir en el cerebro que flotan entre el fuego en China o en India en lugar de recorrer Boston sujetos a la monótona noria de la vida. Es una pena, pero de alguna manera menos lamentable que recordar que un joven golfillo con estos hábitos rara vez llegará a cumplir los cuarenta, algo que usted o yo lograremos casi con total seguridad.

Osgood interrumpió.

– Daniel Sand no era ningún golfillo. ¡Y no era adicto al opio!

– Explique entonces las marcas de sus brazos -dijo Barnicoat-. No, el ómnibus y sus pasajeros, interrumpido su apremiante viaje, fueron las auténticas víctimas más que este muchacho. De modo que no debe descargar la menor responsabilidad personal sobre usted, Osgood -indicó Barnicoat con grosera confianza.

– ¿Qué le pasó en el pecho? -preguntó Osgood obligándose a observar más de cerca los maltrechos restos de su empleado. Sobre la piel de Daniel se apreciaban dos cortes paralelos-. Es casi como la marca de una mordedura. Y su traje, ahí colgado: parece que alguien le arrancó la manga desde el hombro.

El forense se encogió de hombros.

– Tal vez el mecanismo de debajo del ómnibus. O puede que el chico se lo hiciera él mismo mientras se encontraba bajo los efectos del narcótico. Por triste que sea decirlo, no es infrecuente que la sombra de este peligro caiga sobre los jóvenes de baja extracción y cada vez más sobre las mujeres, si se las puede seguir llamando así, porque acaban tremendamente degradadas. Me temo que este chico era uno de los caídos.

– No puedo decir que sea una sorpresa -le dijo Carlton a Barnicoat-, después de ver la oficina hoy.

Osgood había empezado a sentir en las orejas y los labios el calor de la rabia contra Daniel por lo que le parecía un innegable secreto de su vida. Ahora podía dirigir sus emociones hacia otro objetivo.

– Desde que he entrado han ofendido el buen nombre de mi empleado y ahora insultan a mi negocio. ¿Qué es exactamente lo que quiere decir sobre nuestras oficinas?

Carlton levantó una ceja, como si fuera algo obvio.

– En fin, una oficina en la que los hombres se mezclan con mujeres solteras, ¡es inevitable que corrompa a los jóvenes! Y me atrevo a imaginar que también podría despertar ciertas necesidades físicas incontrolables en las mujeres que harían enrojecer a cualquier caballero -a pesar de que él no lo hizo.

Osgood se estaba preparando para rebatir al policía cuando reparó en un detalle… Con el aturdimiento que le había producido ver a Daniel sin vida en la losa se le había pasado por alto.

– ¡Dios mío, Rebecca! -dijo en un susurro.

– ¡Sí, Rebecca! Ése es el nombre de la jovencita, señor Barnicoat, una muy bonita con las mejillas frescas que se sienta a la puerta del despacho del señor Osgood -declaró Carlton frunciendo el ceño sombríamente-. Lo cierto es que casi todo estaba ocupado por mujeres. Esas encantadoras criaturas de voluntad férrea no tardarán mucho en tener derecho al voto, ¡recuerde lo que le estoy diciendo, señor Barnicoat!, y no quedará nadie en Boston para cuidar los hogares.

– Rebecca -susurró Osgood asiendo con cuidado la mano cada vez más rígida de su empleado-. Rebecca es la hermana de Daniel.

4

Aunque llevaba allí trece años, mes arriba o mes abajo, «la Tierra Nueva» seguía siendo nueva a los ojos de los bostonianos. La zona había sido un terreno baldío durante muchos años hasta que se empezó a ocupar, como cientos de acres nuevos, donde se construyeron calles y aceras que se extendían gradualmente hacia el oeste. Aquella área era ampliamente aceptada como más indicada que la zona sur para la construcción de casas lujosas y de categoría. Pero, a pesar de que a los aristócratas les gustaba especular en los mercados, no les gustaba jugar con el valor de sus territorios y las herencias de sus descendientes.

Sylvanus Bendall era de otra pasta. Daba la bienvenida al riesgo con gusto. Abría la puerta para que entrara, le quitaba el abrigo, le limpiaba las botas y le servía el té en su propio salón. Fue uno de los primeros hombres en adquirir una de las franjas de tierra de Back Bay tan al oeste como era posible cuando la Commonwealth anunció que las ponía en venta. Le gustaba la idea de que la calle en la que vivía (Newbury Street) estaba bautizada con tanto acierto que tan sólo unos años antes ni siquiera existía. A menudo, al menos dos veces al día, se jactaba por dentro de no ser muy diferente a Sir William Braxton, el recio inglés que había vivido en aquella península a solas durante cinco años antes de 1630, cuando llegó el gobernador Winthrop y fundó la ciudad de Boston. En los tiempos de Braxton Boston debía de parecer mucho más accidentada e inhóspita, delimitada por las tres contundentes colinas que ahora apenas se distinguían, vagamente recordadas en el nombre de Tremont Street. Para el solitario peregrino Braxton debieron de ser como los Alpes. Bendall disfrutaba aventurándose en lo desconocido. Como había hecho con ocasión del accidente del ómnibus unos días antes, sacrificando unos buenos pantalones de verano en el pavimento para asistir al muchacho moribundo. Fue Bendall quien examinó los papeles que sujetaba el cadáver mientras otros permanecían boquiabiertos sin saber qué hacer y descubrió que eran el último episodio de la más reciente (y desgraciadamente última) novela del señor Dickens.

La multitud presente en la escena del accidente se había dividido entre aquellos más fascinados por un cadáver y los más interesados por las misteriosas páginas.

Entre estos últimos, cada uno defendía su caso ante Bendall, que sostenía los papeles como un subastador sujeta su martillo, sobre sus motivos para hacerse merecedor de una o dos páginas del paquete. Un poético fabricante de ladrillos señaló que había asistido a todas las conferencias públicas que Dickens había dado en el Tremont Temple de Boston dos años y medio antes, esperando en la cola con unas temperaturas tan bajas que el mercurio ni se veía. Otro hombre, rubicundo y alegre, incluso había guardado las entradas recortadas en la Biblia de la familia y juraba que si no adoraba sinceramente el genio del gran novelista más que nadie en el mundo, deseaba que Dickens nunca hubiera nacido. Una mujer de carnes generosas recitó una lista de animales domésticos (dos gatos, un perro canelo, un pájaro) que había bautizado con los nombres de personajes de Dickens (Pip y Nell, Rose, Oliver); un mecánico situado junto al cadáver aseguraba haber leído David Copperfield cuatro veces, pero sus palabras fueron eclipsadas por los ¡seis!, ¡ocho!, ¡nueve! de los demás. Un anciano empezó a llorar y pareciera que era por el triste destino de la víctima del accidente, hasta que susurró: «El pobre y querido Dickens, el noble Dickens».

Mientras los transeúntes discutían unos con otros por las páginas, Bendall tomó en silencio una decisión terminante: él mismo se haría cargo de la custodia del tesoro. Plegó las hojas y se retiró discretamente sin detenerse más que para darle su nombre al conductor del Alice Gray, en caso de que le arrestaran por arrollar al muchacho.

– Sylvanus Bendall -le dijo al nervioso conductor-, ¡recuerde estas dos palabras y no tendrá motivos para temer a la justicia de Boston!

Sylvanus Bendall. Su propio nombre sonaba más como si fuera el de un aventurero que el de un abogado de las clases indigentes y desposeídas de Boston. Era el nombre de alguien que había penetrado en las profundidades de la Tierra Nueva. Sus amigos de Beacon Hill tal vez se hubieran llevado el pañuelo a la nariz ante el hedor que emanaba de los pantanos próximos y el polvo de las obras, pero Bendall dilataba las aletas de la nariz todas las mañanas como un caballo de batalla.

No hace falta decir que Back Bay no era un edén; había problemas y él los arrostraba con masculino arrojo. De hecho, ese día le esperaba uno de ellos al regresar a casa.

El cristal de la ventana lateral del porche estaba hecho trizas. Bendall se dirigió con calma a la puerta de entrada y asió el picaporte. Dentro encontró un caos: mesas y secreteres volcados; subió un tramo de escaleras, firmemente agarrado a la barandilla de roble, y pisó fragmentos de platos y porcelana; otro tramo, las estanterías despojadas de libros. Oyó unos pasos y un ruido inesperado en otra habitación. ¡Ladrones a sus anchas! Agarró un paraguas y un bastón y los blandió como un samurái japonés.

– ¡Os voy a arrancar la cabeza! -gritó como justa advertencia.

Una mujer menuda y de pelo blanco exclamó:

– ¡Señor Bendall!

Su ama de llaves, que había llegado para prepararle la cena unos momentos antes que él, estaba de pie paralizada con expresión de terror.

– No se asuste, querida Mary, ahora ya está a salvo conmigo -dijo Bendall.

No parecía que faltara ningún objeto de valor. Sus tan apreciadas páginas estaban sin duda a salvo, ya que las llevaba sobre su propia persona, en el chaleco.

– ¿Mando a un chico a la policía? -preguntó Mary.

– No, no -dijo él quitándole importancia.

– ¡Pero habría que ponerles sobre aviso! -protestó la sirvienta.

– ¡Bah, Mary! -dijo Bendall-. Lees demasiadas novelas de aventuras. La policía tiene una mentalidad muy anticuada y no saben nada de Back Bay. Yo mismo cortaré de raíz el mal.

He ahí otra decisión audaz y terminante de Sylvanus Bendall.

5

La muerte de Daniel Sand supuso una convulsión más en el ya ajetreado edificio de oficinas de Fields, Osgood & Co. Formaba parte de la naturaleza del negocio editorial pasar de la crisis al optimismo y a otra crisis, y el maestro de este vaivén era James Osgood. Había sido en marzo, tres meses antes de que Daniel Sand cayera sin vida en la calle, cuando el socio mayoritario J. T. Fields había parado a Osgood en las escaleras. Fields, alto, rígido, de barba gris, le transmitía una formalidad desorbitada en todas las ocasiones.

– Señor Osgood, si me permite unas palabras…

La expresión unas palabras indefectiblemente causaba un efecto de carga sobre los hombros de Osgood. Conocía el gesto grave de Fields como conocía las dependencias de su editorial y era capaz de adivinar la emergencia comercial con un solo vistazo. Osgood llevaba quince años a las órdenes de ese hombre desde que le escribiera aquella carta de encomio de Walden. Habían pasado cinco años desde que Osgood introdujo las encuadernaciones de brillantes colores para reemplazar las cubiertas marrones que hasta entonces preferían. Y hacía ya dos años que su nombre se sumó al membrete de las cartas, transformando Ticknor, Fields & Co., como si se cumplieran por arte de magia sus en otro tiempo soñadas ambiciones, en Fields, Osgood & Co.

Pero no escaseaban los problemas. Sus vecinos, los obcecados evangélicos Hurd & Houghton, con su joven teniente George Mifflin, habían pasado de ser sus fieles impresores a competidores en la edición. Y su principal rival en Nueva York era más que nunca Harper & Brothers.

– ¡Esta vez se trata de Harper! -le espetó Fields a Osgood cuando estuvieron solos. Se apoyó en un escritorio de pie parecido a un púlpito que había en un rincón de la estancia sobre el que siempre descansaba abierto su inmenso libro de citas-. Es Harper. Está tramando algo.

– ¿Tramando qué?

– Algo. Todavía no sé qué -admitió Fields pronunciando la palabra todavía con un intencionado tono de advertencia, como si el socio principal de Harper & Brothers, el Mayor Harper, les estuviera mirando encaramado en la lámpara-. Está lleno de rencor y desprecio hacia nuestra editorial -Fields sumergió una pluma en el tintero y se puso a escribir en el libro de citas-. Fletcher Harper va a venir desde Nueva York a reclutar más autores de Boston (para ser claros, a robarnos aún más) y me ha pedido una entrevista aquí. Tendría que ser usted quien se reuniera con él. ¡Maldita mano! Voy a tener que llamar a una de las chicas para que lo escriba -Fields abrió y cerró la mano en la que sufría dolorosos calambres-. Me atrevería a asegurar que no he escrito una carta de mi puño y letra desde hace un año, salvo las del señor Dickens, por supuesto. Las demás personas que reciben cartas mías deben de pensar que me he afeminado con los años.

Osgood aún estaba sorprendido por las noticias de Fields sobre Harper. Bajando la mirada con naturalidad hacia una de sus botas, como si quisiera comprobar su lustre, el joven comentó:

– Yo creo que el Mayor Harper preferiría que esa entrevista fuera con usted, señor Fields, querido amigo.

Fields se quedó callado. Su reciente tendencia a permanecer en absoluto silencio le parecía a Osgood motivo de preocupación. El editor jefe salió de detrás del alto escritorio y empezó a respirar lentamente. Por fin respondió en un tono más suave.

– Usted le cae bien a todo el mundo, Osgood. Es una ventaja que espero que mantenga mucho después de que yo esté retirado en un ignoto rincón alejado de este negocio. Caramba, no es algo que se pueda decir de todos los editores, ¡que gusta a todo el mundo! Somos como los abogados, sólo que en vez de culparnos de la pérdida de una hipoteca, nos culpan de la pérdida de los sueños.

Cuando Osgood levantó la mirada le sobresaltó ver a Fields con los puños levantados en posición de pelea.

– Ha boxeado, ¿verdad? -preguntó Fields.

Osgood negó con la cabeza algo confuso, y respondió:

– En Bowdoin hice esgrima.

– Mis primeras lecciones de boxeo me las dio un viejo púgil cuando vivía en Suffolk Place de chaval y trabajaba de recadero para Bill Ticknor. ¡Le pagaba con los libros que Ticknor tiraba! Podría haber sido un campeón si hubiera seguido entrenando. Empieza con un directo.

Fields hizo una demostración de los movimientos. Osgood le imitó poco convencido.

– ¡Así -dijo Fields en tanto que remedaba un intercambio de golpes y quiebros rápidos- es como se tiene que enfrentar usted a los hermanos Harper! Sólo hay una cosa peor que la inminente guerra con los Harper, Osgood, y es tener miedo de ella.

Osgood había acertado en su predicción: cuando llegó el día de marzo previsto para la entrevista con Fletcher Harper y Osgood le recibió con su mejor traje y ofreciéndole un brandy, el visitante de Nueva York miró alrededor impacientemente desde detrás de sus gafas de montura metálica.

– El señor Fields le envía sus más sinceras disculpas, Mayor -dijo Osgood-. Me temo que las exigencias del negocio le han alejado de nosotros inopinadamente.

– ¡Oh! ¿Ha tenido que ir a impedir que uno de sus autores se tire a la Charca de las Ranas?

Osgood le dedicó su más caballerosa carcajada, a pesar de que Harper no lo hizo. ¿Cómo podía un hombre despreciar su propio chiste?

A Harper le llamaban el Mayor no en referencia a ningún servicio al Ejército durante la guerra, sino por el estilo militar con que dirigía sus oficinas de Nueva York.

Se rascó la mandíbula bajo las anchas patillas que cubrían su cara.

– ¿Tiene usted autoridad aquí, James R. Osgood?

– Mayor -dijo Osgood con ecuanimidad-, ahora soy socio de la empresa.

– ¡Claro, socio menor! -gruñó-. Debo de haberlo leído en las columnas de Leypoldt. ¿Y es usted un hombre honesto?

– Lo soy.

– ¡Muy bien, señor Osgood! No ha dudado ni un instante, eso significa que es verdad -Harper aceptó la copa de brandy. Cuando se la estaba llevando a la boca interrumpió el movimiento para hacer un brindis-. ¡Por las contadas personas felices, nosotros, los editores del mundo! Individuos que ayudan amablemente a los autores a alcanzar una inmortalidad de la que nosotros no participamos.

Osgood levantó la copa sin hacer comentarios.

– Los hombres de nuestra cuerda saben bien que soy muy directo -dijo Harper después de tomar su bebida de un solo trago y dejar la copa-, y soy demasiado viejo para cambiar. De manera que esto es lo que he venido a decir: Ticknor y Fields (y, por supuesto, con eso me refiero a Fields y Osgood), esta casa, no puede sobrevivir a las actuales circunstancias.

Osgood esperó a que Harper continuara.

– Su revista, el Atlantic Monthly, con todo su mérito, apenas da un penique, ¿no es cierto? Ahora fíjese en la ciudad de Nueva York.

– ¿Que me fije en qué, Mayor?

– ¡Vamos! Me gusta Boston, de verdad. Bueno, salvo sus enclaves de irlandeses infestados de curas, que son peores que los que tenemos en Nueva York. Aunque hoy en día no se puede evitar, abrimos las costas y no tardamos en estar corrompidos. Pero me estoy dejando llevar al terreno de la política. Hablemos del mundo literario. Los escritores como especie son, cada día más, criaturas de ambiente neoyorquino. Tenemos las imprentas más baratas, los encuadernadores más baratos y las ideas más baratas a nuestro alcance. La fama de un autor no seguirá perdurando treinta años como la de su querido señor Longfellow; no, el nombre de un autor sobrevivirá a un libro, puede que a dos, y luego será reemplazado por algo nuevo, más atrevido, más importante. Hay que poner por delante la cantidad señor Osgood.

Osgood sabía cómo trataba la familia Harper a sus autores en el edificio neoyorquino de Franklin Square, donde un busto de hierro de Benjamin Franklin escrutaba, con aire sentencioso a través de sus finas gafas y un estrabismo pertinaz, todos los rincones de su reino como si pensara que él era el último autor por el que merecía la pena tomarse alguna molestia. Una anécdota que conocía toda la profesión sobre Fitz-James O'Brien contaba que el escritor se manifestó delante del imponente edificio de Harper con un cartel que decía «Soy uno de los autores de Harper y me muero de hambre», hasta que los editores aceptaran pagarle lo que le debían. También se contaban cuentos de la gran satisfacción que se vivió en las oficinas de los Harper cuando recuperaron los miserables 145 dólares con 83 centavos que dieron de anticipo al señor Melville por su extraño relato marino Moby Dick, o La ballena.

Para los hermanos Harper la edición era poder. Un poder que había vivido un crescendo en la década de 1840, cuando el mayor de los cuatro, James Harper, se convirtió en el alcalde de Nueva York en representación del anticatólico Partido Nativo. James instituyó lo que se conocía como la policía de Harper antes de morir en un cruento accidente al romperse su carruaje y ser arrastrado por los caballos en volandas por Central Park. Fletcher, que había sido el director financiero, ascendió entonces a la cumbre de la empresa editorial y se ganó el sobrenombre de Mayor.

Osgood sintió que le subía por el pecho la necesidad de gritar, una sensación extraña y molesta. Osgood era el mayor de cinco hermanos y se le había exigido ser el fuerte y el sensato, el que debía mantener el orden, aun a costa de sus sentimientos personales. A los otros se les permitía dar rienda suelta a sus emociones, pero no a él. Así fue como se le conoció en su juventud en Maine, y ésa era la huella que había dejado en su empresa y en la profesión en general. Esos mismos rasgos, su capacidad de trabajo y su madurez, le habían facilitado el ingreso en la universidad a los doce años, aunque su familia prefirió esperar a que cumpliera los catorce a petición del consejo de administración de Bowdoin.

– Nos gustan mucho nuestros autores locales -aseguró Osgood con toda la calma que pudo-. Podría decirse que creemos que nuestra casa trabaja para los autores y no al contrario.

– Si habla en plan metafísico, no puedo seguirle, señor Osgood.

– Será un placer intentar hablarle con mayor sencillez.

– Entonces podrá decirme por qué el señor Fields ha preferido que me reúna con usted en vez de con él. Porque -continuó sin darle a Osgood la oportunidad de contestar- Fields sabe que está en la sobremesa de su vida. Usted es el joven entusiasta, usted es el enfant terrible con buen ojo e ideas brillantes que puede romper con las tradiciones anquilosadas.

Harper siguió tras una breve pausa para respirar:

– En el futuro los libros no serán más que trastos viejos. ¡Artículos de consumo, señor Osgood! Las librerías ya están llenas de espacios vacíos, cajas de puros, grabados indios, juguetes… ¡Juguetes! Dentro de poco habrá más juguetes que libros en este país y quién sea el autor del último libro no importará más que quién es el fabricante de la nueva muñeca recortable. El nombre del editor será mucho más importante que el del autor y nuestro trabajo consistirá en mezclar la tinta de un libro como los productos químicos de un farmacéutico.

»Pues bien, yo vengo a hacerle una proposición: que Fields, Osgood & Co. cierre sus puertas aquí en Boston, abandone este local agonizante y se traslade a Nueva York para unirse a nosotros, bajo el nombre de Harper, naturalmente. Oh, les daríamos libertad de acción total para sus peculiares gustos literarios. Y ustedes evitarían la muerte lenta de esta antigua y gran empresa para pasar a formar parte de nuestra familia editorial. Serán para nosotros como sus propios hijos son para ustedes; ¿no tiene hijos, señor Osgood? ¡Ah!, creo recordar que es soltero. Puesto que Fields sin hijos ha sido su modelo de conducta.

Osgood descartó esa observación con un parpadeo.

– Su idea no favorece el interés de nuestros autores, Mayor. Nosotros siempre veremos los libros como algo mejor y más sabio que simples objetos, y creo que hablo por el señor Fields si digo que preferimos continuar en esa línea aunque eso suponga que no vayamos a durar. Me temo que le será imposible «desbostonizar» esta casa.

Osgood decidió dar por terminada precipitadamente la reunión utilizando una de las técnicas de Fields. Apretó con el pie un pedal escondido debajo del escritorio y Daniel Sand entró para advertirle de una «emergencia» que obligaba a interrumpir la conversación. Pero Harper se levantó y suspiró para dar a entender que estaba al tanto de todo.

– No hace falta que se moleste en hacer la representación -exclamó antes de que el empleado tuviera ocasión de hablar.

Daniel, tras representar su precipitada entrada, miró a Osgood con ojos tristes. Éste le dio permiso para salir con un gesto de cabeza.

Harper continuó mientras una sombra oscura le cruzaba la cara.

– Conozco todos los trucos, todos los planes, todas las intenciones de este oficio, señor Osgood, y los conozco diez veces mejor que mi hermano el alcalde, Dios bendiga a ese orgulloso hombre. ¡Vamos! Los viejos métodos no le protegerán de la verdad que hoy he venido a comunicarle.

Ambos se miraron, recapitulando.

Harper soltó una carcajada de repente, pero una carcajada que decía que él, y sólo él, sabía el chiste.

– Bueno, supongo que es verdad lo que dicen. La cortesía es la cortesía y los negocios son los negocios.

– ¿Quién dice eso, Mayor?

– Yo. Y no debería creer que usted y el señor Fields son muy diferentes al resto de nosotros, señor Osgood, protegidos del mundo que les rodea por su brillante charla y sus elevados objetivos. Les hemos observado. Recuerde que puede que sea el ángel el que escribe, pero necesita al diablo para que lo imprima. No debería haber tomado los hábitos si quería seguir siendo creyente.

– Mayor, le deseo que tenga una buena tarde -Osgood esperó en silencio hasta que Harper no tuvo más alternativa que recoger sus pertenencias.

– ¡Ah!, por cierto, tengo entendido que la nueva novela de misterio que está escribiendo Dickens va a ser irresistible -dijo Harper a Osgood como sin darle importancia mientras sacudía el sombrero-. Dicen que Chapman, de Londres, va a pagar una fortuna por publicarla. ¿El asesinato de Edward Drory?

– Creo que ha decidido llamarla El misterio de Edwin Drood.

– ¡Sí, sí, eso es! Me tiene en ascuas la curiosidad por saber adónde nos llevará esta vez Dickens, el Gran Hechicero.

¡Dickens! Esa extraña palabra, ese nombre de nombres, el hombre que lo significaba todo para la empresa Fields, Osgood & Co. El Mayor lo sabía; por eso, que mencionara la nueva novela era también una amenaza.

Unos años antes Fields le había hecho dos importantes proposiciones al novelista más popular del mundo, Charles Dickens: la primera, que viniera a América a hacer una gran gira de conferencias; la segunda, que su editorial publicara al autor en exclusiva para América. Desde su finca en la campiña inglesa, Dickens aceptó ambas propuestas, lo que provocó las quejas airadas de todos los demás editores americanos, en particular de los hermanos Harper.

Entre Inglaterra y América no existía un acuerdo internacional de derechos de autor. Esto significaba que cualquier editor americano podía publicar cualquier libro británico sin permiso del autor. Sí existía en cambio lo que se conocía como cortesía gremial: cuando un editor americano alcanzaba un acuerdo para publicar un libro extranjero, los demás lo respetaban. Sin embargo, los hermanos Harper eran conocidos por imprimir ediciones baratas y sin autorizar (y haciendo cambios en el texto, a veces sin el menor cuidado y a veces para adaptar mejor un tema inglés a los lectores americanos). No ponían la antorcha de Harper en la portadilla y vendían las ediciones espurias en vagones de tren, en la calle o por suscripción.

Por eso, que el Mayor Harper hubiera hecho mención de El misterio de Edwin Drood era para recordarle que podía minar la enorme inversión que había hecho Fields, Osgood & Co. en el libro inundando el mercado con sus copias baratas. La demanda del nuevo libro de Dickens iba a ser alta y ¿qué elegiría el lector americano de la clase media trabajadora? ¿Gastar dos dólares en el libro de Fields, Osgood & Co. o setenta y cinco centavos en uno de los vendedores ambulantes de Harper?

La editorial de Boston no tendría capacidad para detenerles.

La gira de cinco meses organizada por Fields y Osgood que Charles Dickens había hecho ofreciendo lecturas por América en el invierno de 1867-1868 había tenido un gran éxito. Se consideraba un hecho histórico incluso mientras estaba teniendo lugar. Miles de personas le fueron a escuchar. Osgood trabajó laboriosamente durante toda la gira, encargado de las labores de tesorero y de cumplir las exigencias, a veces caprichosas, de Dickens, además de resolver problemas y conflictos. Al acabar la gira, el «Jefe», como le llamaba el representante de Dickens, Dolby, se había embolsado cientos de miles de dólares en beneficios.

Fields, Osgood & Co. también ganó dinero con las lecturas (cinco por ciento de los beneficios brutos), pero su auténtica recompensa por la fe que había demostrado tener en Dickens aún estaba por llegar. Sería la publicación de El misterio de Edwin Drood.

Todo el mundo la esperaba, como había sucedido con cada novela de Dickens desde que Los papeles póstumos del Club Pickwick y Oliver Twist dieran a conocer al público el nombre del antiguo reportero político treinta y cinco años antes. Sólo Dickens, entre todos los escritores de narrativa popular del momento, podía utilizar el ingenio y el discernimiento, la emoción y la simpatía, a partes iguales en todos y cada uno de sus libros. Los personajes no eran meros recortables de papel, ni eran veladas prolongaciones de la personalidad de Charles Dickens. No, los personajes eran ellos mismos. En los relatos de Dickens no se pedía a los lectores que aspiraran a una clase superior o que odiaran a otras clases diferentes de la suya, sino que encontraran la humanidad y lo humano en todas ellas. Eso era lo que le había convertido en el escritor más famoso del mundo.

En esta ocasión, el libro nuevo se había hecho esperar casi cinco años, un intervalo mayor que cualquier otro correspondiente a sus libros anteriores. «¡El público lo está esperando!», había exclamado Fields. Drood contaría la historia de un joven caballero, Edwin Drood, un personaje honesto aunque despreocupado que desaparece tras despertar los celos de un tío retorcido llamado John Jasper, un ciudadano respetable con una doble vida como adicto a las drogas. Dickens prometía en sus cartas a Fields que el libro iba a ser «muy peculiar y novedoso» para sus lectores.

Ralph Waldo Emerson estaba sentado en el despacho de Fields cuando éste y Osgood leyeron la carta de Dickens sobre la novela.

– Me temo que Dickens tiene demasiado talento para su genio -proclamó Emerson con sus modos de viejo oráculo aburrido de sus propias predicciones.

– ¿Qué quiere decir, mi querido Waldo? -preguntó Fields. A un editor con tantos años en la profesión como él no le pillaban por sorpresa las críticas de un escritor a otro.

– ¡Su cara me intimida! -exclamó Emerson señalando a la pared en la que una fotografía de Dickens mostraba su perfil fuerte pero baqueteado y la mirada perdida en sus ojos de estricto militar-. Usted y el señor Osgood intentarán convencerme de que es una criatura genial. Intentarán convencerme de que es un hombre compasivo, superior a sus talentos, pero yo creo que está condicionado por ellos. Es un artista demasiado perfecto para que le quede un ápice de naturalidad.

Emerson no comprendía lo mucho que su editor necesitaba a Dickens y que no podía depender por más tiempo de los Longfellow, Lowell, Holmes (ni siquiera de su «Sabio de Concord», señor Emerson) para mantenerse a flote. Años antes, la autocomplaciente sociedad bostoniana atraía a multitudes de lectores a la editorial en busca de sus novelas y poemas. ¡La sensación de Longfellow, La canción de Hiawatha, había salido volando de las imprentas y por las puertas de las librerías plácidamente, sin esfuerzo, en los primeros meses que Osgood había trabajado en la empresa! Ahora, lo mejor que Osgood se consideraba capaz de hacer era intentar convencer al doctor Holmes para que escribiera una pálida continuación de El autócrata en la mesa del desayuno, sonreír a la señora Stowe tras leer una novela moral con la mitad de valor que La cabaña del tío Tom o animar a Longfellow en el lento trabajo de su lóbrego poema sobre Jesucristo, La divina tragedia, a pesar de que reeditar una vez más la polémica traducción de Longfellow de la Divina Comedia sería más lucrativo.

Osgood sentía que las Furias le acechaban: todos los días tenía que atender las peticiones de los irritados autores en busca de ejemplares gratis o de consuelo cuando los libros pasaban al temido territorio de los descatalogados. Hundiéndose en la charca de la desilusión. Montague Midges, dos despachos más allá, informaría de la subida en los pagos de derechos de autor que necesitaban para su revista, Atlantic Monthly. Osgood miraría con recelo las lentas y densas producciones literarias que siempre aparecían en los informes como «casi medio acabada!», como la traducción de Homero de Bryant o la de Fausto por Taylor, ninguna de las cuales, siendo realistas, habría podido vender lo suficiente, ni siquiera con la tirada completa, para cubrir los costes. Osgood estaba gobernando un barco que se balanceaba en el mar, con las tormentas empeorando.

El nuevo libro de Dickens podía cambiarlo todo.

A Harper no le faltaba razón, pensó Osgood el día de su reunión, aunque nunca lo reconocería. Era posible que el editor se hubiera convertido en algo no muy diferente a un fabricante de juguetes y era posible que el nombre de un autor no pudiera ya sobrevivir veinte años. «Excepto Charles Dickens -se dijo Osgood a sí mismo-. Él está por encima de los demás. Hace literatura con los libros, y libros con la literatura. Al demonio con los juguetes de Harper».

Y entonces, a principios de verano, llegaron las noticias.

– ¡James! -Fields entró precipitadamente y sin aliento en el despacho de Osgood-. ¡Nos lo han comunicado por cable! ¡Dios quiera que sea un error!

Osgood sintió pánico antes de saber por qué debía sentirlo. Tan raro era que Fields se dirigiera a su socio de una manera tan informal, o que desplegara tal demostración de emociones delante de las mujeres asistentes que éstas levantaran la mirada de sus libros y probablemente emborronaran una docena de palabras en un instante, o que corriera por ningún motivo. Entonces Osgood reparó en una asistente que lloraba sobre las manos desnudas antes de encontrar un pañuelo. Y Rebecca le miraba como si tuviera en los labios mil palabras esperando a ser dichas. Tuvo la desagradable sensación de que todos los demás sabían que había pasado algo horrible.

La mirada compasiva de sus ojos verdes le dio a Osgood ganas de aceptar su consejo: que las noticias, fueran las que fuesen y por muy malas que fueran, se las diera ella.

Pero Fields ya había cruzado como una tromba la puerta de su despacho, gesticulando como un loco mientras la cerraba de un empujón.

– ¡Charles Dickens… Muerto! -logró balbucir por fin.

Los periódicos de Boston se habían enterado por las necrológicas de los diarios de Londres esa mañana y a continuación habían mandado un telegrama a su oficina. Fields lo leyó en voz alta, enfatizando los detalles como si el asunto todavía pudiera solucionarse mediante una reacción inmediata:

– La pupila del ojo derecho estaba muy dilatada, la del izquierdo contraída, la respiración jadeante, los miembros flácidos hasta media hora antes del fallecimiento, cuando se produjeron algunas convulsiones…

Entre otros detalles se comentaba que Dickens había pasado su último día trabajando en Edwin Drood cuando, todavía con la pluma en la mano, había empezado a encontrarse mal. Acababa de terminar las últimas palabras de la sexta entrega, justo la mitad del libro que iba a constar de doce episodios. Poco después se desplomó y nunca se recuperó.

– ¡Dickens muerto! -exclamó Fields tembloroso-. ¡Cómo ha sido…! ¡No lo puedo creer! ¡Un mundo sin Dickens!

Hombres y mujeres permanecían en sus puestos atónitos y silenciosos a medida que la noticia se propagaba por la oficina. «Charles Dickens ha muerto», repetía todo aquel que se enteraba a quien tuviera sentado al lado. Prácticamente todos los trabajadores de la editorial habían conocido al señor Dickens dos años antes, cuando vino a hacer la gira. Aunque era difícil tener la sensación de que Charles Dickens era amigo de uno, sentir que uno lo era de él era casi instantáneo. ¡Cuánta vida había en él…! No sólo la suya propia, sino la de todos sus personajes cuyas vidas había representado delante de tanto público fascinado durante su visita. Nadie que hubiera conocido a Dickens podía imaginar su ausencia. Un hombre que tenía, según Osgood recordaba haber oído decir a alguien, signos de exclamación en los ojos. ¿Cómo podía morir un hombre así?

– Charles… Dickens… Cuarenta millas… -seguía balbuceando Fields sumido en una neblina de tristeza cuando llevaban ya casi una hora en silencio-. Tengo que seguir atento a los telegramas por si acaso es un error -Dickens sólo era unos años mayor que Fields, cuyos dolores de cabeza y ataques en las manos empeoraban año a año. Fields se volvió hacia Osgood mientras se dirigía a la puerta-. ¡Cuarenta millas, eso dijo usted!

– Eso dije -respondió Osgood con tolerante paciencia.

Fue en marzo de 1868, casi al final de la visita de Dickens a Boston, en una cena en casa de los Fields en Charles Street. La conversación había derivado, como solían ocurrir estas cosas en la mesa de los Fields, hacia el cálculo de qué longitud alcanzarían los manuscritos de Dickens si se pusieran en fila una página pegada a otra.

– Cuarenta millas -dijo Osgood tras un concienzudo cálculo mental del número de novelas y cuentos y un rápido sondeo de su longitud media.

– No, Osgood -exclamó Fields-. ¡Cien mil millas!

– Gracias, mi querido Fields -dijo entonces Charles Dickens como si le estuviera otorgando el título de caballero. Luego se volvió hacia Osgood con gesto severo, como queriendo ahondar en lo mas profundo del alma del joven editor con sus grandes ojos azul-grisáceos, y arqueó las cejas-. Señor Fields, me siento inclinado a tratar con dureza a su joven socio aquí presente hasta que cambie sus cálculos acerca de las palabras que he escrito en toda mi vida. ¡Más de cuarenta millas, sin lugar a dudas!

Así eran Fields y Osgood en resumen: el más joven buscaba la respuesta correcta, el mayor daba la respuesta que querían oír.

– ¿No le produce una sensación extraña, señor Dickens? -intervino la hermosa Annie Fields riéndose de su marido y sus socios-. ¿Cómo es posible que palabras de tanto valor cubran una porción tan pequeña de la Tierra?

El escritor levantó sus enormes manos en un gesto expresivo que reclamaba toda la atención para sí. Tenía un rostro que tal vez sólo pudiera apreciarse plenamente si se le pillaba dormido.

– Señora Fields, usted sí que comprende mi extraña suerte. Tan pronto como salen a la luz, mis palabras son tergiversadas, maltratadas y robadas en ambas orillas del océano. Tengo a muchos lectores y libreros de mi lado y, sin embargo, estoy solo. Supongo que mi destino es ser un Quijote sin Sancho. Así es como caen mis colegas literatos a medida que avanza nuestra lucha por la vida. No se puede hacer más que cerrar filas, marchar de frente y seguir luchando.

Osgood se sintió confuso y menoscabado al recordarlo mientras seguía a Fields por el pasillo que llevaba a su despacho. El socio principal se sentó desmañadamente en el asiento de la ventana cubierto de manuscritos y apretó la frente contra el cristal frío hasta que éste se empañó con su aliento.

Osgood pensó que si podía organizar una estrategia comercial en vez de caer en la depresión, Fields se lo agradecería. Se ganaría la confianza que había depositado en él al hacerle su socio. Podía oír las palabras que el Mayor Harper había pronunciado dos meses antes sobre el «socio menor» y las que luego dijo de Drood. «No puedo esperar para verlo con mis propios ojos.»

– Señor Fields -dijo Osgood-, ahora me preocupan más que nunca los Harper.

– Sí, sí -contestó Fields lánguidamente. Todavía estaba perdido en el dolor-. ¿Qué? No puedo entenderle, Osgood. ¿Cómo puede pensar en Harper?

– Cuando el Mayor se entere de que la novela nueva se ha quedado a medias y que Dickens ha muerto, bueno, señor Fields, Harper argumentará que la cortesía profesional no afecta a las obras inacabadas. Intentará adelantarse y publicar Drood delante de nuestras narices sin impedimento ni disimulo.

Fields se irguió de repente.

– ¡Dios mío, los Hermanos Harpía! Una puñalada mortal. ¡Osgood, la empresa no podrá sobrevivir a eso! -se quejó con voz de resignación y se desplazó rodando por la estancia en la silla de oficina-. Cualquiera puede ver que esto es el final. El negocio se encuentra en este momento bajo e inestable. El Mayor Harper tenía razón en lo que dijo de Nueva York, ¿sabe? Para nosotros esto se acaba.

– No diga eso, amigo mío -dijo Osgood.

La energía de Fields parecía haberle abandonado, sentado como estaba con los miembros colgando exánimes de la silla.

– Nueva Inglaterra ha sido una brillante escuela de literatura. Pero de una sola generación, no está destinada a que otra la suceda. Edimburgo cedió toda su edición a Londres y nosotros seremos comprados y absorbidos por Nueva York de la misma manera. ¡Maldita sea! Nos habría dado lo mismo vender por la calle libros de citas y textos de derecho, como los pobres Little y Brown, que Dios tenga en su gloria -Fields cambió inesperadamente de tema-. Dígame, ¿le apetece comer algo con sal como me pasa a mí en este momento, Osgood? Quiero que vaya al puesto de la esquina a comprar un cuarto de cacahuetes. Sí, algo salado.

Osgood suspiró sintiéndose otra vez como si fuera un empleado de poca monta y con la sensación de que todo lo que le rodeaba estaba a punto de desvanecerse. Entonces lanzó el sombrero encima de la silla y se dirigió a su socio principal:

– No podemos quedarnos cruzados de brazos -dijo Osgood-. Tal vez no se pueda hacer nada, pero tenemos que intentarlo. Vamos a publicarla, y a publicarla bien. Antes de que lo haga el Mayor Harper. ¡Media novela de Dickens es media más que cualquier otra novela de las estanterías!

– ¡Bah! ¿De qué sirve una novela de misterio sin el final? Nos metemos en la historia del joven Edwin Drood y luego… ¡nada! -gritó Fields. Pero empezó a pasear de un lado a otro de la estancia, con un brillo tranquilizador en los ojos. Emitió un largo suspiro, como si expulsara su anterior desaliento. De repente volvía a ser el Fields de Osgood, el hombre de negocios imbatible-. En parte tiene razón, Osgood. La mitad de la razón, diría yo. ¡Sin embargo, no debemos conformarnos con la mitad de nada, Osgood!

– ¿Y qué alternativa tenemos? Eso es lo único que ha dejado.

– Ese hombre acaba de morir… Estoy seguro de que en Inglaterra todo es caos y pena. Tenemos que descubrir lo que podamos sobre cómo pensaba acabar la novela Dickens. Si conseguimos revelar exclusivamente en nuestra edición cómo pensaba terminarla, venceremos a los sibilinos piratas literarios.

– ¿Cómo vamos a hacerlo, señor Fields? -preguntó Osgood cada vez más excitado.

– Valor. Voy a ir a Londres y a utilizar mi conocimiento de los círculos literarios para investigar lo que Dickens tenía en mente. Puede que incluso escribiera algo más antes de su muerte que no tuvo la oportunidad de entregar a su editor. Puede que esté guardado en algún cajón cerrado mientras su familia llora desconsolada y se pone de luto. Debo actuar con frialdad hasta que descubra al menos una pista de sus intenciones. Sí, sí. Hay que llevarlo con sigilo, no contar a nadie fuera de estas paredes nuestro plan.

– Nuestro plan -se hizo eco Osgood.

– Sí. ¡Encontraré un final para el misterio de Dickens!

Aquel día de junio Osgood pasó de llorar discretamente la muerte de Charles Dickens a entregarse en cuerpo y alma a poner en práctica sus planes. Le pidió a Rebecca que telegrafiara a John Forster, el albacea de Dickens, un importante mensaje: Urgente. Envíe todo lo que haya de Drood a Boston inmediatamente. Tenían ya los tres primeros episodios y necesitaban el cuarto, el quinto y aquel sexto episodio que los periódicos decían que estaba acabando cuando murió. Osgood ordenó al impresor que preparara inmediatamente la copia existente de El misterio de Edwin Drood con las páginas de adelanto que ya tenían. De esta manera, estarían listos para añadir lo que se pudiera averiguar del final y entrar en máquinas de inmediato.

Osgood también se ocupó durante la semana siguiente de ayudar a solucionar los detalles del viaje de Fields a Londres. El socio principal partiría tan pronto como pudiera resolver algunos asuntos inaplazables de la empresa. No mucho después de la muerte de Dickens, el agente Carlton les transmitía la impactante noticia de la muerte de Daniel. Osgood le había mandado a los muelles a recoger aquellos tres últimos episodios que enviaban de Inglaterra en respuesta a su apremiante telegrama. Era una prueba más de la habilidad de Osgood para evitar que la emoción le paralizara.

El incomprensible accidente de Daniel Sand sumió el corazón de Osgood en una tristeza más íntima y desconocida que la que le había producido la muerte de Dickens. La pérdida del escritor era compartida con millones de personas de todo el mundo como golpe personal para todos los hogares y corazones. Las tiendas cerraron el día que se conoció la noticia, las banderas se pusieron a media asta. Pero ¿al pobre Daniel? ¿Quién le lloraría? Osgood, por supuesto, y, naturalmente, su hermana Rebecca, la asistente particular de Osgood. Por lo demás, sería una muerte invisible. Cuánto más real parecía, de alguna manera, que la apoteosis de Dickens.

Cuando murió Daniel, Osgood esperaba que Rebecca dejara de ir a trabajar durante unos días. Pero no lo hizo. Se mantuvo tan estoica como siempre y, vestida de crespón y muselina negros, no faltó ni un solo día de trabajo.

La policía dejó en manos de Osgood la tarea de comunicar a Rebecca la muerte de Daniel. Mientras se lo decía, ella se puso a ordenar sus cosas, como si quisiera estar ocupada y no tuviera tiempo de escucharle. Apretó los dientes para contener la lucha que tenía lugar tras su rostro imperturbable. Con los ojos cerrados, sus finos labios se quebraron y no tardó en perder la batalla y desmoronarse en su silla con la cabeza entre las manos.

– ¿Hay algún pariente al que debería avisar? -preguntó Osgood-. ¿Sus padres?

Ella negó con la cabeza y aceptó el pañuelo que le ofrecía.

– Nadie. ¿Sufrió mucho Daniel?

Osgood hizo una pausa. No le había hablado de las sospechas de la policía sobre su consumo de opio, de las delatoras marcas de pinchazos en su brazo. En ese momento decidió no contárselo. El afecto que sentía por Rebecca era demasiado fuerte y los detalles de la muerte de Daniel demasiado dolorosos para describírselos. Ocultárselo sería una bendición para ambos.

– No creo que sufriera -dijo Osgood con cariño.

Ella levantó la mirada con los ojos enrojecidos.

– ¿Me diría una cosa más, por favor, señor Osgood? ¿De dónde venía? -preguntó dedicándole toda su atención.

– Creemos que del puerto, ya que ocurrió en Dock Square. Tenía que recoger unos papeles en el muelle antes… antes del accidente.

Ella frunció los labios y los ojos se le humedecieron antes de que pudiera decir nada más. Aunque él no habría juzgado ninguna reacción por parte de ella, admiraba cómo Rebecca no había intentado ni hacer un despliegue de dolor, ni ocultarlo. Sin pensarlo, le tomó una de las manos y la sostuvo entre las suyas. Fue un gesto de autoridad y consuelo. Era la primera vez que tocaba a su asistente, ya que cualquier contacto físico entre hombres y mujeres estaba prohibido por las normas de la empresa. Le sujetó la mano hasta que pareció estar más tranquila, luego la soltó.

Al cabo de una semana ella siguió yendo a trabajar sin tomarse ningún tiempo libre y Osgood la invitó a pasar a su despacho, dejando la puerta abierta en nombre del decoro.

– Usted sabe que habríamos considerado aceptable que se tomara su tiempo para llorar la muerte de Daniel.

– Dejaré de llevar luto a la oficina si eso supone una distracción, señor Osgood -dijo ella-. Pero no dejaré de venir, si no le importa.

– Por mi alma, Rebecca… No se empeñe tanto en disimular su dolor -dijo Osgood.

Osgood sabía que el trabajo significaba para Rebecca mucho más que para la mayoría de las chicas. Algunas, que solicitaban el puesto con manifestaciones de entusiasmo, contaban los días que pasaban en sus escritorios hasta que lograran un hombre con el que casarse, a pesar de que, desde la guerra, las mujeres superaban con creces el número de hombres en la ciudad y la búsqueda de pretendientes podía ser prolongada. También sabía que a Rebecca le preocupaba mostrar debilidad ante Fields, incluso en aquellas circunstancias. La idea de que trabajaran en la oficina mujeres jóvenes era una cosa. Las mujeres divorciadas eran otra.

– Muy bien, señorita Sand. Respetaré sus deseos -dijo Osgood, tras lo cual ella regresó a las tareas que le esperaban en su mesa.

La disolución del matrimonio de Rebecca había sido la primera razón para que se trasladara del campo a la ciudad, acompañada de su hermano menor en funciones tanto de pupilo como de guardián. Osgood necesitó dos días y medio para convencer a Fields de lo impresionante y preparada que le había parecido en la primera reunión que tuvieron, aunque, después de ser contratada, Osgood nunca comentó a Rebecca aquella campaña privada. Él no veía su divorcio como un impedimento ni deseaba sugerir que lo fuera para nadie.

– Usted dice que aquí necesitamos empleados que estén dispuestos a luchar -le dijo Osgood a Fields en aquel momento-, y la señorita Sand ha tenido que soportar el peor trato imaginable para una joven.

Osgood pensó en la misión en el puerto que había confiado aquel día a Daniel. Debía dirigirse al barco de Londres, donde un mensajero le entregaría, sólo a él, las páginas del cuarto, quinto y sexto episodios de El misterio de Edwin Drood. Fields, Osgood & Co. iba a publicar por entregas la única edición autorizada de la novela en una de sus publicaciones periódicas, el Every Saturday. Los lectores podrían encontrar aquí en primer lugar los nuevos fragmentos de la novela, extraídos de las «páginas anticipadas que nos ha proporcionado el autor». Esto lo anunciaban orgullosamente en cada número, además del hecho de que su publicación era la única por la que Charles Dickens recibía algún tipo de compensación. Evidentemente, otras revistas, incluida Harper's, no podían decir lo mismo; ni aparecerían hasta varias semanas más tarde.

Por este motivo, debido a esta competición, la misión encomendada a Daniel en el puerto se había mantenido en secreto. Mandar a un joven subalterno sería menos llamativo que mandar a un socio bien conocido como Osgood. Los piratas de otras editoriales merodearían por los muelles con la intención de interceptar manuscritos populares llegados de Inglaterra antes de que los recogiera su editor autorizado. Esta horda de forajidos se autodenominaban los «bucaneros» * y tenían nombres vulgares como Kitten, Melaza o Esquire. Ofrecían sus servicios a los editores de Nueva York y Filadelfia o a las empresas locales de Boston y el mismo Osgood había sido abordado por algunos de ellos a lo largo de los años, aunque él siempre se negó categóricamente a utilizar esos métodos.

Daniel sabía lo importante que era hacerse con los siguientes episodios y depositarlos en la caja fuerte de Fields, Osgood & Co. Por eso Osgood le había preguntado al oficial Carlton si se había encontrado algún papel en el cuerpo de Daniel. Y se quedó atónito al saber que no llevaba nada. ¿Habría sido Daniel abordado en la calle por uno de aquellos bucaneros con intención de quitarle los papeles?

Osgood desterró la idea de su cabeza tan pronto como se le ocurrió. En el mundo de la edición se conocían casos de algunas prácticas turbias en el arte de conseguir manuscritos (sobornos, robos, espionaje), pero sin llegar a ataques físicos, ¡y menos aún, ni siquiera por parte del más siniestro de los bucaneros, al asesinato! La copia de los últimos episodios perdida en el accidente de Daniel podía sustituirse desde Londres, no era eso lo que le quitaba el sueño a Osgood. Pero se resistía a admitir que la policía y el forense estuvieran en lo cierto respecto a su empleado y el opio. «Este chico era uno de los caídos», según ellos. ¿Habría abandonado a Osgood, a la empresa, a su propia hermana?

Unos días después Rebecca se detuvo ante la puerta del despacho de Osgood antes de acabar la jornada de trabajo. Seguía vestida de negro, incluso las pocas joyas que llevaba habían sido teñidas de negro como era costumbre, pero ya no llevaba el crespón sobre el vestido.

– Señor Osgood -le dijo. El pelo negro se le escapaba del bonete. Al arreglárselo, una cicatriz irregular ya antigua quedó ala vista detrás de la oreja derecha-. Tengo que darle las gracias -dijo con un gesto de complicidad.

Osgood, sorprendido con la guardia baja, asintió y le devolvió la sonrisa. Hasta que ella se fue no cayó en la cuenta de que no sabía por qué le había dado las gracias. ¿Se refería a algún asunto de negocios que hubiera surgido a lo largo del día, por haberle dado un puesto de trabajo a Daniel años antes, por haberle cogido la mano cuando se echó a llorar, a pesar de que era saltarse las normas? Claro que ya era demasiado tarde para preguntárselo. No podía pararla a la mañana siguiente y, por ejemplo, después de darle las instrucciones para las cartas y memorandos del día, preguntarle tranquilamente: Oh, ¿y por qué quería darme las gracias ayer, querida? Osgood se estaba tirando de los pelos por haber sido tan lento de reacción cuando apareció por la puerta un rostro menos bienvenido.

– Ah, señor Osgood, ¿todavía aquí? ¿Esta noche no tiene ninguna cena opulenta con los círculos literarios? -se trataba de Montague Midges, el director de tirada de sus revistas, el Atlantic Monthly y el Every Saturday. Era un hombrecillo melifluo e incorregiblemente charlatán, pero eficiente. Su cometido era facilitar las últimas cifras de contabilidad para el Atlantic-. Veo que la inquebrantable señorita Sand sigue de luto -añadió con una mirada de soslayo en dirección a la puerta.

– ¿Midges?

– Su chica asistente -así era como Midges llamaba a las asistentes de la empresa-. Ah, no voy a llorar cuando la señorita Virtud Intachable vuelva a guardar las galas de luto en el cajón. El negro hace que sus tobillos parezcan más anchos, ¿no le parece?

– Señor Midges, preferiría…

Midges se puso a silbar, como solía hacer en medio de la frase de otra persona.

– Supongo que en Boston y sin su hermano se vendrá abajo, pobre desgraciada. Diez contra uno a que ahora se arrepiente de haberle dado la patada a su marido. ¡Buenas noches, señor!

Al escuchar aquello Osgood se levantó de la silla, pero sabía que si defendía a Rebecca y lo oían las otras contables de la oficina, los rumores se dispararían. Sólo serviría para empeorar las cosas en un mal momento para ella. Osgood se volvió a sentar preguntándose si Midges habría percibido la situación de Rebecca mejor que él. Las palmas de las manos le empezaron a sudar. ¿La pérdida de Daniel para Rebecca supondría la pérdida de Rebecca para Osgood?

Rebecca no quería trasladarse a otra habitación, pero su patrona insistió. Desaparecido Daniel, tendría que llevar sus pertenencias a una más pequeña en lo más alto de las estrechas escaleras de la pensión de segunda clase por la que pagaría un dólar más al mes.

Rebecca no discutió; no se habría atrevido. Muchas pensiones no aceptaban a mujeres solas que no vivieran con familiares, sobre todo a mujeres divorciadas, o les cobraban tarifas mucho más altas que a los hombres. Las casas que aceptaban a demasiadas costureras de las fábricas temían ser tomadas por burdeles y las patronas siempre preferían parejas de recién casados y oficinistas masculinos si podían elegir. La patrona de Rebecca, la señora Lepsin, dejó claro que la había aceptado sobre todo por dos razones: porque no era una irlandesa holgazana y porque compartiría la habitación con su hermano. Ahora, aunque seguía sin ser irlandesa, la otra razón había desaparecido y resultaba evidente que Lepsin preferiría que Rebecca se fuera de su casa.

Rebecca recogió su ropa y sus pertenencias a la luz de una miserable vela. En la habitación no había armarios, de manera que algunas de sus ropas ya estaban dobladas y las demás colgaban de unos clavos roñosos en la pared. Mientras recogía se comió un pequeño bizcocho de chocolate que guardaba junto a dos barritas de menta rojas y blancas en una caja de guantes para lo que ella llamaba emergencias. Como cuando tenía hambre antes de acostarse, tras una cena de verduras frías y arroz con leche aguado en la mesa atestada del comedor. O cuando de repente tenía que desmantelar la propia habitación en cuestión de horas, ¡o quedarse en la calle!

Los cinco dólares de alquiler mensual por la pequeña habitación eran más de lo que Rebecca podría pagar sin la ayuda de Daniel, por mucho que lograra reducir sus gastos. Contando con los ahorros, podría pagar dos meses mas. Si los socios de la editorial conseguían llevar a buen fin sus planes para vencer a los piratas y obtener los beneficios que se merecían por El misterio de Edwin Drood, todos esperaban que incrementaran los salarios de las contables en setenta y cinco centavos. Si triunfaban los piratas, los problemas financieros de las dependencias traseras de la oficina se agravarían; era posible que les bajaran veinticinco centavos el salario. El aumento de sueldo se había dado por hecho antes de la muerte de Dickens, pero ahora esa subida, y las esperanzas de Rebecca de permanecer en la ciudad, estaban en el aire.

Cuando Rebecca vivía en el campo con su marido el carpintero, los ingresos de éste eran suficientes para satisfacer las necesidades de un hogar confortable con una habitación de más para el joven Daniel. El chico se había trasladado a vivir con Ambrose y con ella a la muerte de su madre. Luego llegó la guerra y Ambrose se alistó en el Ejército. En la salvaje batalla de Stones River, Ambrose fue hecho prisionero por los confederados y encarcelado en Danville. Cuando regresó, dos años más tarde, no era más que su esqueleto, débil y consumido. Le había empeorado el carácter; la golpeaba en la cabeza y los brazos con frecuencia, y pegaba a Daniel cada vez que intervenía. La rueda de palizas y represalias se convirtió en un patrón de conducta que parecía ser lo único que mantenía a Ambrose con vida. Rebecca hizo lo que pudo para sacar a Ambrose de aquella violencia, pero cuando comprobó que era imposible protegerse a sí misma y a su hermano reunió valor para abandonarle. Sé llevó a Daniel a Boston, donde había oído que se ofrecían nuevas oportunidades de trabajos para mujeres en las oficinas, en lo que los periódicos calificaban de economía de posguerra.

De eso habían pasado ya más de tres años. Cuando pudo permitirse pagar las costas y tras un largo proceso en los tribunales, logró divorciarse de su marido. Ambrose, una vez que se lo hubo notificado un abogado rural, no puso objeciones, notificando sin embargo en una carta al juez de Boston que, de todas maneras, el cuerpo excesivamente delgado de Rebecca se había negado a darle hijos y que el entrometido de su hermano era insoportable.

Según las leyes de Massachusetts, tenían que pasar dos años antes de que el divorcio fuera efectivo y pudiera casarse otra vez. Hasta entonces le estaba legalmente prohibido establecer cualquier tipo de relación romántica con un hombre. Durante ese período de espera, del que todavía quedaba un año, cualquier violación, real o aparente, de la ley anularía de inmediato el divorcio y no se le permitiría casarse otra vez.

Volver a convertirse en esposa no era lo que más le preocupaba mientras se preparaba para cambiarse a la habitación de arriba. Las demás asistentes podían hablar lo que quisieran de casarse y del lugar en el que conocerían a su mítico futuro marido y de que la última revista de señoras aseguraba que afeitarse la cabeza por completo proporcionaba un cabello más lustroso cuando volviera a salir. Todo aquello no iba con ella. A pesar de todo, Rebecca sentía que era una privilegiada en su situación actual. Había conocido el matrimonio y no le había dado más que disgustos. Su puesto en la empresa era otra cosa. Bien es verdad que tanto ella como sus compañeras de la oficina eran «asistentes», ni siquiera administrativas, y cobraban una cuarta parte de lo que cobraban la mayoría de los hombres que trabajaban en Fields, Osgood & Co., lo mismo que en todas las demás empresas. Pero disfrutaba de su trabajo y éste la mantenía en una ciudad llena de mujeres jóvenes dispuestas a arrebatarle tanto su puesto como su habitación. Por eso, y por la confianza que había demostrado Osgood en su capacidad para cuidar de sí misma, le había dado las gracias espontáneamente antes de irse de la oficina.

Podía parecer algo extraño sentirse aliviada al cambiar un hogar y un marido por una exigua habitación de pensión y un trabajo de oficina de jornada completa, pero así lo sentía. Recordó las palabras de la señora Gamp, el parlanchín personaje de Dickens: «Es poco lo que necesita, y no tiene ni ese poco». Lo poco que necesitaba Rebecca sí lo tenía.

En especial libros. Cuando vivía de pequeña en la granja de su familia, los libros eran su compañía, alimentaban su mente. Se habían quedado con la biblioteca de un anciano que vivía a unas puertas de su casa y había muerto sin familia. Ella permanecía despierta hasta tarde viviendo a la luz de una vela las aventuras de Robinson Crusoe y el doctor Frankenstein, Jane Eyre y Oliver Twist. Al vivir en la ciudad le sorprendió que los bostonianos fueran muy críticos y exigentes con sus lecturas, ya que nunca se le había ocurrido que se pudieran juzgar los libros en vez de devorarlos. Pensó que al trabajar en una editorial tal vez aprendería a tener una visión más selectiva de los méritos morales y literarios de los libros. Y si la llamaban tenedora de libros el resto de sus días, ¿qué tendría que objetar?

Cuando le tocó recoger la parte de Daniel del cuarto empezó a sentirse exhausta. Se quedó sin energía. Antes de que se mudaran a Boston Daniel solía hablar de que pensaba embarcarse como marinero. Cuando Rebecca huyó de Ambrose y pidió el divorcio, Daniel no volvió a hablar de aquellos sueños de marinería, nunca lo utilizó como excusa para abandonarla después de que dejara a su marido. Pero, sin alboroto, había empezado a construir maquetas de barcos dentro de pequeñas botellas de cristal. A veces a ella le gustaba observarle mientras trabajaba con pericia y pensaba en que un día, en el futuro, le animaría a hacer un viaje de dos años como marinero de un barco mercante. Por fin podría salir de aquella vida embotellada. Ahora envolvía delicadamente aquellos objetos con cuidado de que ninguna lágrima salpicara el cristal.

Una parte de ella intentaba fingir que Daniel no había muerto, que simplemente se encontraba a bordo de aquel barco viviendo una aventura comercial en un lejano viaje a Oriente o África. Cerraba los ojos y los volvía a abrir dentro de las asombrosas creaciones de su hermano, se veía a sí misma en los barcos, dentro de las botellas, viviendo los sueños del chico. Un pensamiento poco común para una mujer joven cuya vida estaba en aquel momento marcada por la supervivencia y el aislamiento, el sueño opuesto al de todas las demás chicas que conocía, con sus cintas en el pelo y plumas en los sombreros.

Nada más llegar los hermanos Sand a Boston, Daniel se había hecho amigo de un primo lejano, un chico mayor indolente e hipócrita. Daniel y su primo bebían juntos y acabó por convertirse en un problema de embriaguez crónica. Ella sola se ocupó de cuidarle a lo largo de este período y cuando Daniel, con catorce años, juró que había acabado con aquel vicio, le creyó sin reservas y le llevó a Fields, Osgood & Co. para buscarle un trabajo como aprendiz.

Fue en lo primero que pensó cuando Osgood le comunicó el accidente de Daniel. ¿Habría vuelto a su viejo estado de embriaguez reiterada? ¿Venía de una de las tabernas destartaladas que salpicaban los muelles? Luego pensó un rato y se dijo… Imposible. ¡Era imposible! Ella lo habría sabido. Había pasado antes por ello. Conocía todas las señales… Lo habría sabido.

Aquel mismo día, antes de su muerte, le había visto trabajando con pulso firme en la concienzuda disposición de las troneras con los diminutos alicates dentro del gollete de la botella. Ésa era la ocupación de alguien muy sobrio.

La tarde siguiente J. T. Fields se presentó en el despacho de Osgood para hablar con él. Había estado leyendo los últimos capítulos de El misterio de Edwin Drood que les habían vuelto a mandar de Londres. Fields agarró a Osgood del brazo y le condujo escaleras abajo.

Sentados en el comedor de empleados de la empresa, Osgood leyó el recién llegado paquete de páginas y escuchó las ideas de su socio. Fields comió lengua estofada y una ensalada, limpiándose la barbilla cada vez que paraba para hablar.

– Una historia misteriosa y fascinante. Resulta que ese joven, Edwin Drood, desaparece y su tío John Jasper es sospechoso no sólo de haberle hecho algo inconfesable, sino también de desear a la joven prometida de Drood. Y entonces se pone en marcha una investigación conducida por un misterioso recién llegado llamado Dick Datchery. Pero con las páginas que tenemos no podemos saber cómo iba a reaparecer Edwin Drood y a ejecutar su venganza.

– ¿Reaparecer? -preguntó Osgood.

Fields levantó una mano mientras tragaba otro bocado de lengua.

– Sí. Vaya, ¿no creerá que Charles Dickens dejaría al joven inocente en el olvido? Yo creo que ese tal Datchery lo encontrará y lo rescatará de cualquier destino que Jasper le hubiera preparado.

– A mí me resulta evidente que Edwin Drood ha muerto, señor Fields. El misterio pasará a consistir, no tanto en cómo Dick Datchery desenmascara la maldad de John Jasper, sino cómo Grewgious, Tartar y los demás personajes del libro hacen justicia por los actos perpetrados contra el joven Drood.

– ¿De verdad? -exclamó Fields, nada convencido-. Bueno, lo volveré a leer todo a ver qué me parece.

Los siguientes días Osgood continuó con su rutina por los despachos, pero estaba distraído pensando en el pobre Daniel. Un recuerdo en particular regresaba una y otra vez a su memoria, el momento en que Daniel fue ascendido de aprendiz a oficinista. Osgood había llevado a Daniel a su propio sastre para que le hiciera su primer traje en condiciones… y Daniel había insistido en que fuera exactamente igual que el de Osgood.

– Puede que cueste más de lo que deberías gastar -le dijo Osgood-. Yo no llevaba un tejido de esta calidad cuando empecé a trabajar.

– Seguramente podré permitírmelo algún día. ¿Tal vez si sigo en la empresa y trabajo sin descanso? -preguntó Daniel.

– Yo diría que sí -contestó Osgood reprimiendo la sonrisa que suscitaban sus grandes planes.

– Entonces lo voy a comprar ya, en vez de tener que hacerme uno mejor dentro de un tiempo.

– ¿Cómo se encuentra con él, joven señor? -preguntó el sastre.

– ¡Me siento una pulgada más alto, señor!

Osgood rió la ocurrencia del espigado joven, que ya era más alto que él.

– Tal vez cuando te lo ajusten bien te sientas como un gigante.

Se ofreció a prestarle a Daniel el dinero para el traje, pero él estaba orgulloso de poder pagarlo con el dinero que había ahorrado con gran esfuerzo y todavía más orgulloso del traje en sí. Cuando llegó el verano Daniel seguía sin tener más que aquel mismo traje grueso de lana y no tenía dinero para comprar otro de sarga o franela. Pero nunca se quejó y sólo se quitaba la chaqueta cuando tenía que llevar las cajas de libros más pesadas al sótano para ser embaladas. Tenía a mano un suministro de pañuelos de algodón baratos que utilizaba para enjugarse la frente. Al final, la tensión del exceso de uso debilitó las costuras de los hombros y un par de veces a la semana en la pensión Rebecca las arreglaba lo mejor que podía.

6

Unos días después de que su casa fuera saqueada, Sylvanus Bendall llegó una mañana a su trabajo y encontró su despacho en condiciones parecidas. Como en su hogar, no se habían llevado nada. El abogado ya no podía atribuir el asalto a su propiedad al hecho de ser un pionero de Back Bay, puesto que su oficina estaba en un distrito mucho más convencional. No, los crímenes tenían un motivo personal. ¿Quizá la mezquina venganza de un cliente al que Bendall había fallado? En esa categoría había bastantes nombres.

Bendall había interrogado a un buen número de sus contactos fiables en los bajos fondos en busca de indicios. Y un día, al llegar a su despacho, se encontró con dos hombres que le esperaban en la antesala. Uno era un joven bribón, de los que visitaban su oficina con frecuencia, y el otro era un caballero. Este último iba vestido con ropa cara y tenía un rostro fresco y espléndido que resultaba inmediatamente admirable y, por tanto, sospechoso en su franqueza.

Sylvanus Bendall no preguntó quién llevaba más tiempo esperando, sencillamente se presentó al joven caballero como abogado y le pidió que entrara en su despacho.

– Ojalá hubiéramos dejado nuestra cita para otro día, señor Osgood, de manera que no hubiera tenido que compartir la sala de espera con esa clase de gente.

– No me quejo de la compañía. Es importante que obtenga cierta información tan pronto como sea posible.

– Ya. Importante para un caso de los tribunales, supongo.

– No exactamente -dijo Osgood-. Importante para mí. He venido a preguntarle por Daniel Sand, uno de mis empleados que murió hace algunas semanas.

– No creo que tuviera la oportunidad de entablar conocimiento con él -dijo Bendall-. Aunque soy consejero de muchos jóvenes pobres e ignorantes.

– Tal vez su origen fuera pobre, señor Bendall, pero trabajaba afanosamente y no era un ignorante en ningún campo en el que se le hubiera ofrecido ocasión de aprender. Falleció en un accidente de ómnibus y tengo entendido que usted estaba presente.

– ¿Oh?

– El policía me dijo el nombre del vehículo y el conductor recordaba que usted dio su nombre y profesión.

– ¿Ah, sí? -preguntó Bendall sorprendido.

– Varias veces. Ambos recordaban que estuvo usted cerca del cuerpo de Daniel.

– Ya -Bendall asintió con una nueva rigidez en la expresión-. Supongo que así fue, ahora que me lo recuerda. Fue una escena trágica, señor Osgood. Espero que haya podido cubrir la vacante del joven satisfactoriamente y, en caso contrario, puedo sugerirle uno o dos candidatos que buscan trabajo. Apenas será capaz de notar que han estado en prisión.

– ¿Presenció usted el accidente, señor Bendall?

– Sólo escuché el «¡pum!». Me refiero -aclaró Bendall- al ruido que escuchamos al arrollar al desdichado joven.

– El conductor dijo que creía que Daniel llevaba algo cuando se produjo el accidente, pero que había desaparecido cuando llegó la policía. El señor Sand, debo explicar, tenía que recoger unos papeles que pertenecían a nuestra empresa.

Bendall se acarició involuntariamente el chaleco donde aún conservaba las estimadas páginas de adelanto del folletín escrito por Dickens, luego se mordisqueó la uña del pulgar. Había llegado a tomar un gran aprecio a aquellas hojas. ¡La última novela de Dickens! Por supuesto, el editor que se sentaba enfrente de él habría pedido un duplicado de éstas a Inglaterra. De manera que ¿qué podía tener de malo quedarse con aquel recuerdo?

– No -respondió con tibieza Bendall a la pregunta de Osgood. Luego, tras esperar unos instantes a la reacción en la expresión del editor, añadió-: No llevaba ni una hoja de papel, señor Osgood. Ni siquiera, hablando entre caballeros, el menor trozo de papel sucio y de la peor calidad.

– El conductor debe de haberse equivocado -dijo Osgood desilusionado-. Ojalá hubiera más pistas. La policía cree que mi subordinado estaba en un estado de alteración causado por los narcóticos y yo no quiero… No lo puedo creer.

– ¡Uf! La verdad es que no sabría decirle. Desde luego, hablaba sin sentido…

– ¿Qué? -interrumpió Osgood con renovado interés-. ¿Quiere decir que Daniel Sand estaba vivo cuando llegó a su lado?

– Sólo durante unos segundos -respondió Bendall.

– La policía no dijo nada de eso.

– Bueno, es que… Quiero decir… ¡La policía! A menudo son tan negligentes. ¡Yo mismo he sufrido pillajes dos veces en los últimos días, sabe!

– Por favor, ¿qué dijo Daniel?

– ¡Disparates! Cosas sin sentido, nada más. Me miró y dijo: Dios… A ver, imagine, si le parece, que digo esto respirando muy superficialmente y con un susurro ronco como corresponde a un hombre que está abandonando el estado mortal de la vida. «Es Dios», dijo. Fue como en una novela sentimental.

– ¿Eso fue todo lo que dijo? ¿«Es Dios» qué?

– No acabó la frase, me temo. Es Dios quien lo quiere. Es Dios en su voluntad, tal vez. ¿Su intención? No, demasiado rebuscado. Para serle sincero, si hubiera dicho algo más, habría decidido no escucharlo, porque interponerse cuando un hombre se pone a bien con su creador es hacer un perjuicio a ambas partes. En cualquier caso, le tomé de la mano después de que dijera estas palabras y la sostuve con fuerza mientras expiraba -en realidad, Bendall no había sostenido la mano de Sand después de oír sus palabras, pero aquel embellecimiento de los hechos había ido apareciendo en las repeticiones del relato y a estas alturas el abogado lo creía con más sinceridad que si hubiera ocurrido.

Aquel día se pudo ver a Sylvanus Bendall recorriendo afanosamente las calles de Boston durante algunas horas más después de la reunión con James Osgood, correteando agobiado entre su oficina, los juzgados, la desolada superficie de la prisión de Charlestown y, por último, caminando heroicamente bajo la lluvia para coger un carruaje de caballos que le llevara de vuelta a su casa. Mientras leía el periódico de la tarde en su asiento empezó a percibir el acre aliento a tabaco de mascar del hombre sentado detrás de él y, al apoyarse en el respaldo, notó que los dedos de éste le apretaban en la nuca.

– No es de buena educación -dijo Bendall al aire, porque estaba decidido a no darse la vuelta- apoyarse en otra persona, por muy abarrotado que esté el lugar.

Los dedos se retiraron lentamente del respaldo de su asiento. Satisfecho, Bendall siguió leyendo, si bien a través de una translúcida lente de distracción. Desde su reunión con Osgood una idea tomaba forma en la cabeza de Bendall. Aquellas últimas palabras del empleado: «Es Dios…». Ahora que su memoria regresaba a aquel momento no podía evitar una extraña sensación de confusión. ¿Era posible que el pobre muchacho hubiera intentado decir algo concreto, transmitir a Bendall alguna clase de advertencia?

Un líquido negro apareció en el suelo junto a sus pies.

– ¡Y tampoco es de buena educación escupir tabaco en los coches! -exclamó el abogado. Oyó que su voz temblaba por la falta de control y le fastidió que fuera así.

Pero no estaba dispuesto a darle a aquel grosero bribón la satisfacción de volverse en su asiento, ni siquiera cuando la repugnante secreción negra siguió rociándole el cuello y el paraguas húmedo del sujeto le salpicó. Incluso cuando la babosa cara de Medusa apareció ante la vista del abogado, siguió sin desviar la mirada. Por el contrario, Bendall se apeó en la siguiente parada, tres antes de la suya. La lluvia de verano había dado paso al viento y una niebla espesa y caliente llenaba la boca de sabor amargo.

Aquélla era una franja de terreno vacío. La propiedad de Bendall estaba en el extremo oeste, casi al doblar la esquina de Exeter Street, calle más allá de la que no había ni un alma.

Sin que Bendall lo viera, el hombre que iba sentado detrás de él también había bajado del coche, tan sólo unos instantes antes de que cerraran las puertas. Las pisadas fuertes y húmedas le seguían de cerca hasta que fue imposible ignorarlas.

Bendall, consciente de que estaba temblando, se detuvo.

– ¿Cuál es su propósito, señor? -dijo secamente, volviéndose por fin esta vez para plantar cara al miserable.

El desconocido llevaba abierto el paraguas que, junto al grueso sombrero de piel, ocultaba su rostro en las sombras. Con una mirada feroz, dejó que sus ojos recorrieran el traje de Bendall hasta las botas de goma. El desconocido se rió con una vibración de garganta profunda y discordante. El solo volumen de aquel hombre resultaba impresionante, y su piel era bastante oscura sin ser del todo negra. ¿Tal vez un bengalí o algo por el estilo? A pesar de la sombra que arrojaba su paraguas se podía ver que sobre su labio inferior colgaba un palillo de marfil.

Sylvanus Bendall se quedó paralizado. Llegó a una conclusión inmediata y precipitada: no sólo se encontraba en peligro, sino que, además, aquel hombre del bigote oscuro, con los ojos negros y la voz de barítono, aquel mismo hombre, era su peor enemigo. Es Dios que pide venganza, ¡eso era lo que el muchacho había querido decir!

Bendall dijo en un impulso que se adelantaba a la lógica:

– ¿Es usted, verdad? ¿Fue usted quien destrozó mi casa y luego hizo lo mismo con mi oficina?

El desconocido se encogió de hombros y siguió riendo.

Bendall le preguntó:

– ¿Qué quiere de mí? ¿Por qué hace perder el tiempo a un caballero?

– ¿Qué… es… lo… que… quiero? ¡Dickens! -y repitió-: ¡Dickens! -pronunciaba las palabras como un inglés, o tal vez como un dude, uno de aquellos curiosos americanos que imitaban los modales ingleses, aunque su rudeza tosca parecía de origen más exótico-. No le ha devuelto esas páginas al señor Osgood, ¿verdad?

Bendall contestó con firmeza, frunciendo el ceño.

– ¡Uf! ¿Le ha contratado Osgood para encontrar esos papeles?

– ¿Le ha hablado usted de ellos, señor? -preguntó el hombre.

– No es asunto de él, ni de usted. Éste es un país libre. Me lo reservo.

– Bien hecho. Y sin embargo no aparecen ni por su casa ni en su despacho, lo que significa… -el desconocido le agarró del brazo mientras el abogado sentía que la cabeza se le quedaba sin sangre de puro terror. El hombre tanteó el chaleco de Bendall minuciosamente hasta que localizó el fajo de papeles-. ¿Pretende darme órdenes? ¡Démelos antes de que se los haga tragar! -le arrebató los papeles dándole a Bendall un fuerte empujón que hizo aterrizar al abogado encima de un charco.

Bendall exhaló primero un respiro de alivio por no haber sufrido más que unas magulladuras, pero unos instantes después se encolerizó. Había sido asaltado y arrojado al fango en medio de la calle y por el hombre que también había registrado su casa y su despacho. «Yo mismo cortaré de raíz el mal», le había dicho al ama de llaves, ¡y allí lo tenía! Ahora era el momento de agarrar la oportunidad por los pelos. Bendall, recobrando el valor, se levantó del suelo y salió detrás del ladrón.

– ¡Espere! -gritó.

El desconocido siguió su camino.

Bendall le dio alcance agitando un puño en alto.

– Si no vuelve y da cuenta de sus actos iré directamente a la policía y elevaré una protesta al señor Osgood de inmediato. ¡Dígame su nombre!

El desconocido aminoró el paso.

– Herman -dijo con una voz sumisa-. Me llaman Herman -mientras lo decía, con un movimiento sin vacilaciones, se dio la vuelta y clavó en el cuello de Bendall los colmillos de la cabeza que adornaba el puño del bastón. Bendall hizo un esfuerzo por tomar aire antes de caer. En el desolado paisaje de Tierra Nueva no había nadie que pudiera ser testigo del último y afanoso aliento de Bendall.

Herman se inclinó y hundió varias veces un puñal en su garganta. El palillo de dientes y el paraguas permanecieron en su sitio incluso cuando el cuchillo serró el hueso del abogado.

7

Bengala, India, 18 de junio de 1870

Las dos últimas semanas podían haberse medido en maniobras, desfiles y escoltas para los agentes de la Policía Montada de Bengala Turner y Mason. Desde el robo del tren de ganado no habían logrado encontrar la pista del segundo fugitivo que había escapado de su redada en la selva. Y lo que era peor, todavía no habían recuperado los cofres que contenían cada uno un picul, o 60 kilos, de valioso opio que habían robado aquel día.

Su superior en la patrulla montada, Francis Dickens, estaba nervioso. Llamó a los dos agentes a su despacho.

– Caballeros, ¿novedades?

– Uno de los patrulleros nativos nos ha dado información de algunos camaradas de los ladrones -dijo Mason entusiasmado-. En las colinas. Podrían estar escondidos allí, esperando a que abandonemos la investigación.

– Rara vez confío en la información de los nativos, señor Dickens -intervino Turner contradiciendo el optimismo del más joven.

– Entre los agentes nativos es frecuente que se dé la corrupción, Turner, soy muy consciente de eso -dijo Frank Dickens, un hombre de veintiséis años de piel clara y figura espigada que lucía un bigote casi albino. Hablaba con la actitud de alguien endurecido demasiado rápidamente por su propia autoridad-. Ese dacoit es el único sujeto que conocemos que nos puede llevar al opio, del que me atrevería a asegurar que todavía no han tenido el valor de intentar vender en el mercado ilegal. Hemos tenido vigilada la frontera de la colonia francesa poniendo especial atención a eso.

– Sí, señor -respondió Turner.

– Comprenderán ustedes nuestro interés, señores -añadió Frank Dickens con severidad-. La paz del distrito depende en gran medida de lo efectivo que parezca nuestro departamento de policía. No podemos dejar que los ladrones crean que son libres para actuar en Bengala, en nuestras jurisdicciones. La policía de ferrocarriles y la local están en alerta. Hoy tengo una cita con el juez del pueblo donde vivía el ladrón que huyó. Me atrevería a asegurar que me va a interrogar sobre nuestros progresos y cuento con su colaboración.

Los agentes se cuadraron y les dio permiso para retirarse. Antes de salir, Frank le dijo a Turner que quería hablar con él en privado.

– Agente Turner. Ese dacoit… Si le encontrara…, asegúrese de que llega aquí.

– ¿Señor? -se sorprendió Turner.

Frank cruzó los brazos sobre el pecho.

– Una vez muerto Narain, ese ladrón podría ser nuestra única manera de descubrir dónde están escondidos esos cofres de opio. Quiero que usted garantice su integridad física. Usted se sentará en el asiento junto a la ventana.

– Por supuesto, comisario Dickens.

Mientras ambos policías montados se dirigían a su misión, Turner no podía evitar cerrar los puños con rabia por el sermón recibido. Él sabía, como sabía todo el mundo, que Francis Dickens sólo era comisario gracias a su nombre. ¡Pero si Turner era capaz de llevar el mando tan bien como Dickens! El padre del fulano, muerto aquel mes, era un pobre paleto de lo más cerril que sencillamente sabía coger la pluma. Y, además, ¿hasta qué punto era respetable una familia en la que la esposa había sido desterrada de su propio hogar y reemplazada por una bonita actriz, según decían los cotilleos de las columnas que Turner había leído en Londres? El mismo gran genio estaba ya muerto y enterrado. A Turner le reventaba aceptar órdenes del hijo de semejante sujeto. ¿Y por qué razón? Sólo porque Charles Dickens era capaz de pergeñar cuentos lacrimógenos que hacían llorar a las mujeres y reír a los hombres. ¿No hacía falta nada más que eso para ser un escritor rico y famoso?

Más de una vez le había dicho a Mason: «A la hora de los ascensos, preferiría ser el hijo de Charles Dickens que el heredero del duque de Westminster».

Mientras tanto Frank Dickens se dirigía al bungaló del juez de primera instancia. Al encontrarlo vacío cruzó el recinto para entrar en el juzgado, un edificio con paredes de barro y tejado de paja. El juez sólo tenía un año más que él y sus estudios en la Universidad de Calcuta le habían proporcionado un inglés que apenas dejaba adivinar la menor traza de su acento nativo. Frank y otros oficiales ingleses le habían tomado bastante cariño.

Al atravesar el patio Frank reparó con satisfacción en las farolas y los senderos nuevos. Cuantos más signos de civilización se extendieran por los poblados de los nativos, menos problemas habría. Los nativos se levantaban y le saludaban a su paso, colocándose las manos delante de la cara y haciendo una profunda inclinación. Uno que estaba sentado con los codos apoyados en las rodillas salió corriendo al ver al visitante, tal vez porque Frank fuera europeo, o tal vez por el uniforme.

Cuando el inglés entró en el juzgado, los abogados y guardias indios también le hicieron una reverencia. El juez estaba sentado a una mesa situada sobre un estrado en una sala escasamente iluminada atestada por todos los rincones de nativos impacientes. Vestido con su traje ornamental de dibujos plateados y dorados, el juez rodeó la mesa y estrechó la mano del comisario de policía con afecto.

– No quiero interrumpir sus juicios, babu -le instó Frank.

– No me interrumpe en absoluto, señor Dickens -respondió el magistrado jovialmente-. Hoy no tengo mucho trabajo. ¿Le apetece tomar una copa de vino?

Frank examinó con la mirada a los inquietos hombres y mujeres que llenaban la cutcherry. [1]

– Por favor, continúe con sus causas.

A pesar de las objeciones de Frank, el magistrado pidió que trajeran de su bungaló unas copas y vino. Sacó una caja de puros buenos mientras sus criados gritaban «¡Og laou!» y encendían un fuego. La multitud congregada en la cutcherry empezó a murmurar y el murmullo fue subiendo de volumen hasta que uno de los oficiales del tribunal pidió silencio. Después de que los dos caballeros tomaran su vino y su brandy pawnee [2] ante la inquieta audiencia, Frank volvió a insistir inquieto:

– Por favor, babu, proceda.

Los pleitos eran tediosos e incluían el caso de una vaca robada, seguido de un intento de extorsión de un viajero europeo por parte de un bengalí. A las dos en punto, la cutcherry quedó vacía y el magistrado invitó al comisario de policía a su casa para picar algo al estilo inglés. Sin embargo, antes insistió en que su visitante le acompañara a dar una vuelta por el pueblo. Empezaron por la escuela, llamada la Academia Anglo-Vernácula, donde el maestro dirigía un círculo de alumnos con vientres hinchados cubiertos sólo con desgastados trozos de muselina que cantaban el alfabeto inglés. Uno de los estudiantes tartamudeaba sin éxito intentando pronunciar la letra R. Frank se puso pálido al verlo y apuntó a su guía que ya podían marcharse. Tras dejar la escuela, los dos funcionarios cruzaron un puente nuevo y visitaron varios desagües que se habían instalado a lo largo de la calle bajo supervisión del magistrado. Por dondequiera que pasaban, el magistrado señalaba con orgullo la ausencia de mendigos.

Cuando por fin regresaron al bungaló del juez, el tentempié estaba listo. Los criados les servían vino a la misma velocidad a la que bebían.

– ¿Así que su departamento sigue a la caza del ladrón fugado? -comentó el magistrado.

– Creemos que puede estar en las montañas. Tengo a dos de mis hombres siguiéndole los pasos en este mismo momento.

– Usted sabe, señor Dickens, que mis conciudadanos desean que ese ladrón sea arrestado con tanto empeño como la policía blanca. Como ha visto en la cutcherry, cuando roban una vaca, son mis compatriotas los que sufren.

– En esta ocasión no se trata de una vaca -dijo Frank arqueando una ceja-. Se trata de opio, babu. El inspector jefe va a estar muy pendiente de que este caso se resuelva.

– Sí, sí, el opio… ¡Importante! -levantó su copa en un brindis-. Bebamos por aquellos que reciben un salario por cultivarlo para venderlo a China, pero también por los nativos que son lo bastante débiles para ingerirlo antes de venderlo en el extranjero. La joven Bengala no es más que un niño que ha crecido demasiado para su ropa. Hasta que mi pueblo aprenda a aceptar una vida como la de los ingleses, se beneficia de un embotado sentido de la realidad, un torpe estado de ánimo, si se me permite decirlo así. Nadie quiere otra insurrección, comisario.

Tras otro rato de conversación Frank tiró de la cadena de su reloj.

– Ah, sólo un instante más, comisario -dijo el magistrado ante las muestras de impaciencia de su visitante-. ¿Se ha dado cuenta?

El magistrado levantó la mirada hacia una hilera de libros situados sobre la cabeza del inspector. Era una exquisita colección de las novelas de Charles Dickens.

– Ediciones ilustradas. Soy tan admirador de la obra de su padre como cualquiera de sus compatriotas, se lo aseguro. Me entristeció profundamente el imaginarme su silla vacía después de conocer las nuevas. ¿Regresará usted a Inglaterra para presentar sus respetos?

– Usted conoce tan bien como yo la cantidad de trabajo que tiene el departamento de policía. Me tomaré un mes de vacaciones en Inglaterra cuando las cosas estén más tranquilas. Tal vez el año próximo.

Por primera vez, el magistrado miró a su invitado como si fuera un extraño.

– Supongo que algunos comportamientos de los ingleses son demasiado fríos para que los entendamos los bengalíes -murmuró.

Frank se terminó el vino y dejó la copa, levantando luego la mirada con un gesto defensivo.

– ¿Sabe lo que me dijo mi padre cuando le comuniqué que quería irme al extranjero, babu? Sólo le había pedido que me proporcionara un caballo, un rifle y quince libras. Mi padre se rió y me aseguró que me robarían las quince libras, que el caballo me tiraría al suelo y que me volaría la cabeza con mi propio rifle -Frank hizo una pausa y luego añadió-: Con el tiempo, Bengala se ha convertido en mi hogar y me he ganado el respeto tanto de los europeos como de los nativos, un respeto que nunca se me ofreció en Inglaterra.

– ¿Tiene usted hermanos, señor?

– Cinco hermanos y dos hermanas, sí.

– Yo también tengo siete hijos, señor Dickens, y me temo que muchas veces los padres esperan demasiado de sus retoños -respondió el magistrado solícito-. Me atrevería a decir que, sobre todo, de usted.

– ¿Qué quiere decir?

– ¡Acérquese a ese espejo de encima de mi cómoda, señor Dickens! El parecido que guardan sus ojos y boca con los de su padre es asombroso. Estoy convencido de que, cada vez que le veía, se veía a sí mismo.

– Mi pa-padre -Frank se interrumpió. Volvió a empezar, conteniendo esta vez la emoción-. Mi padre nunca se vio en mí. A pesar de que sus admiradores lo imaginan como uno de los hombres más tolerantes, no tuvieron la ocasión de verse sometidos a su disciplina. Tener el mundo a los pies durante treinta años hace que uno crea que es de una naturaleza perfecta. Siempre nos dijo que su nombre era nuestro mejor capital y que no lo olvidáramos nunca.

La conversación se vio interrumpida por un inesperado alboroto fuera del bungaló. Los dos hombres salieron apresuradamente y encontraron a un indio que se debatía agarrado por varios policías nativos.

– ¿Qué pasa aquí? -inquirió Frank.

– ¡Comisario Dickens! ¡Éste es el dacoit del opio que faltaba! -gritó uno de los policías de piel oscura. Tras algunas indagaciones, quedó claro que, efectivamente, era el ladrón que había escapado de Turner y Mason en la selva. Se había escondido en un sótano de barro unas cuantas aldeas más allá, hacia el interior de la selva. Al ver a Frank paseando por las calles, un compatriota se había adentrado en la selva para advertirle de que la policía andaba cerca. Le habían seguido y habían detenido al ladrón cuando intentaba huir.

Frank ordenó a los policías que maniataran al prisionero y lo pusieran en un carro para llevárselo al cuartel.

– Se dará cuenta, señor comisario, de que mis compatriotas ni siquiera ahora, en nuestra infancia intelectual, intentan eludir la justicia -dijo el magistrado con una sonrisa que le llenaba la cara-. Estoy deseando escuchar su caso ante mi cutcherry.

Después de haber dado agua a su sediento caballo, Frank montó en él y bajó la mirada hacia el babu.

– Nuestro recorrido por los senderos, los puentes, la escuela… Usted quería que todo el mundo me viera para asegurarse de que alguien fuera a dar la alerta al ladrón y así atraparle. Y para retrasar mi partida hasta que su plan surtiera efecto, sacó el tema de mi padre.

Su anfitrión mantuvo la amplia sonrisa.

– Los dos hemos obtenido el resultado que deseábamos.

– Eso me hace pensar, babu, que los habitantes de su jurisdicción temen a los británicos, pero no le temen a usted. ¿Cómo afecta eso a su promesa de mantener el orden? Recuerde que, aunque sea usted nativo de esta tierra, es el representante de Su Majestad la Reina.

– No lo olvido nunca, comisario -respondió el magistrado haciendo una reverencia.

– ¡Agentes, monten con el prisionero! -Frank dijo esto en un tono suficientemente alto como para que le oyeran todos los observadores de los alrededores-. Babu, puede usted estar seguro de mi más profundo agradecimiento… Le sugiero que informe a todos los amigos y familiares de este bellaco de que prestar ayuda a un rufián, aunque sea de la propia sangre, no será bien visto por las autoridades británicas. Quedan avisados.

8

Boston, a la mañana siguiente, 1870

– Imagínese -dijo Fields mesándose la barba hasta dejarla convertida en un revoltijo enmarañado-. Esta mañana, al leer los periódicos con el café, me entero de que ese abogadillo quisquilloso con el que consultó usted, ese Sylvanus Bendall, ha aparecido muerto en la calle. ¡Con el cuello cortado de oreja a oreja y la cabeza colgando de un hilo! La policía se está volviendo loca. La misma gente que hizo que se aboliera nuestro corrupto departamento de detectives está pidiendo que se vuelva a convocar. ¡El alcalde culpa a las vías del ferrocarril porque traen forasteros a nuestra ciudad!

Era temprano por la mañana y Fields paseaba nervioso sobre la lujosa alfombra de su despacho, manoteando mientras hablaba. Era como si señalara a los diferentes retratos y fotografías del pasado y del presente de la editorial que había en las paredes. Aquéllos eran los artistas que habían llevado la literatura a las masas, que habían cambiado las mentes sobre prejuicios y política, que habían reconstruido los puentes entre Inglaterra y América, todo a través de las páginas de sus novelas y poemas.

Osgood estaba sentado en silencio en una silla contigua a la que acababa de dejar vacía el agente Carlton.

– Bendall no me dijo toda la verdad sobre la muerte de Daniel Sand, señor Fields -replicó Osgood después de esperar a ver si Fields iba a decir algo más.

Fields observó a Osgood como si no le hubiera visto nunca en su vida.

– ¿Y usted cree que ha sido por eso por lo que le han asesinado? -preguntó sarcásticamente-. Dudo mucho que la razón tuviera algo que ver con Daniel Sand, un muchacho de diecisiete años y un empleado corriente.

Osgood no quería traspasar los límites de su posición. La necesidad de ser resolutivo que imponía su oficio le había ayudado a reconocer que a veces podía ser demasiado precipitado a la hora de abrazar sin condiciones una nueva idea antes de comprenderla del todo y, en otras ocasiones, de discrepar demasiado alegremente. Pero no podía alterar su opinión.

– Bendall estaba presente cuando Daniel murió. Las páginas anticipadas de los episodios que Daniel tenía que recoger, las que debíamos utilizar para publicar la entrega, desaparecieron, a pesar de que el conductor creía haberle visto llevar un paquete.

– Ya sabemos que el joven Sand estaba bajo el influjo del opio, Osgood. Podría haber dejado caer el paquete en un charco sin darse ni cuenta. En cuanto a Bendall, ¡a un hombre se le puede rajar el cuello por menos de la leontina de un reloj o un alfiler de oro! Incluso en éste -Fields hizo una pausa teatral-, ¡el septuagésimo año del siglo diecinueve!

– ¿Qué me dice del hecho de que Dickens escriba sobre los consumidores de opio en las primeras páginas de Drood y que ésa sea, según la policía, la razón de la muerte de Daniel? ¿Es una coincidencia?

– ¿Qué otra cosa podría ser? Daniel era un consumidor de opio como lo son cada día más personas. Seguramente por eso decidió Dickens escribir sobre ese tema en primer lugar, a causa de la cantidad de gente que se ha perdido en las brumas de esas drogas, ¡aquí y en Inglaterra! Dickens siempre ha sido consciente de las enfermedades sociales, desde sus primeras novelas. ¿Cree que el conductor del ómnibus quería impedir que Daniel cumpliera con su encargo? Al diablo con Daniel Sand. Ya no es problema suyo. Nadie espera que haga nada mas.

– Lo sé. Y sin embargo hay algo…

– Osgood, le ruego que considere…

Osgood no estaba dispuesto a ceder.

– Hay algo raro en todo esto, señor Fields. La explicación de la policía parecía poco fiable desde el principio. ¡Yo confiaba en Daniel Sand como en mi propio hijo!

Fields frunció el ceño.

– En esta profesión, nuestros hijos son los autores, Osgood, y es nuestro deber, nuestro único deber, protegerlos. ¿Cree que no he pensado en tener mis propios hijos si Annie estuviera más predispuesta a ello? Pero ¿qué tiempo tendría para dedicarles y qué tendría que sacrificar?

Osgood cambió de táctica.

– Si puedo, dedicaré un poco de tiempo a hacer pesquisas. Aunque sólo sea por su hermana Rebecca.

– ¡Piénselo, Osgood! ¿Qué habría pasado si hubiera estado con Sylvanus Bendall cuando ocurrió eso? Habría quedado para los perros y los buitres, y su cabeza estaría ahora en la comisaría de policía con ese forense de ojos de langosta hurgándole los sesos con los dedos. Curiosidad: ¿cómo se llama esta empresa?

Osgood adoptó una actitud contrita. Sabía lo que Fields pretendía con aquella pregunta y hasta los ojos de la extensa galería de retratos parecían estar esperando la respuesta. A la izquierda, el rostro del señor Longfellow, el primer poeta auténticamente nacional, paciente y bueno en su remota mirada. A la derecha, los ojos llenos de estricta contención clerical de Emerson, con una ligerísima sonrisa en las pupilas, conocedores del mundo y exigiendo lo mejor de él como sus afamados ensayos. Al frente, la mirada fuerte del varonil Tennyson, henchida de confesiones íntimas y soñadoras en tono de poesía épica. Sobre el escritorio de pie, la mirada baja de la cabeza prodigiosamente intelectual del melancólico Hawthorne.

Osgood respondió a la pregunta de Fields dócilmente.

– Fields, Osgood y Compañía.

Fields encendió un puro y lanzó al aire círculos de humo.

– Ahora mire a su alrededor, mi querido Osgood. Deténgase un minuto y observe. Podríamos perder todo esto. Todo lo que ve, todo lo que Bill Ticknor y yo pusimos en pie y que usted, mi querido amigo, usted está llamado a dirigir si esta casa logra sobrevivir a este período.

– Tiene razón -dijo Osgood.

– El alma humana es un misterio inexplicable. No podemos saber por qué Daniel Sand eligió seguir el camino que siguió; por qué decidió dejar sola a su pobre hermana. Pero usted tiene que olvidarse de él. Recuerde que hay dos cosas en esta vida por las que no merece la pena llorar: lo que tiene remedio y lo que no tiene remedio.

En ese punto Fields hizo una pausa antes de decir:

– Sé exactamente cómo va a volver a implicarse en lo que tiene delante. Va usted a embarcarse con dirección a Londres para tomar las riendas del problema de Dickens.

A Osgood le pilló por sorpresa.

– Pero ¿quién se va a ocupar de las cosas de aquí si nos vamos los dos?

Fields sacó un paquete de su escritorio y se lo entregó a su socio menor mientras sacudía la cabeza.

– Los dos no. Yo me voy a quedar exactamente donde usted me ve. En cuanto a cualquier compromiso que tenga aquí, yo me encargaré de atenderlo por usted.

– ¡Se ha estado preparando para el viaje, señor Fields! Ha reunido cartas de presentación, ha anunciado su llegada…

– Puede usarlas usted en mi lugar. Y, además, ¡su cara de persona honesta es su carta de presentación! Para ser totalmente claro, a Annie no le ha hecho ninguna gracia la idea de que me vaya desde que oyó hablar de ella. Quiere que el resto del verano pase los fines de semana en Manchester-by-the-Sea; dice que hará mucho bien a mi salud. Además, ya sabe que soy un navegante penoso. En mi último viaje a Inglaterra tuve el honor de ser el pasajero más mareado a bordo, más todavía que las vacas. Vamos, no discuta. Recuerde lo que decía nuestro querido Hawthorne: «América es un país del que hay que estar orgulloso, ¡y del que hay que huir!».

Tal vez El misterio de Edwin Drood había ejercido sobre él una influencia descabellada, haciéndole ver espectros de maldad donde no los había. ¡No había ningún misterio en la muerte del pobre Daniel, ni conexiones entre aquel terrible accidente, al que se arriesgaban todos los hombres y mujeres al salir a las calles de Boston, y el salvaje asesinato de Sylvanus Bendall! En la vida real sólo había pérdidas y tristeza, no relaciones significativas con los capítulos de las novelas por entregas.

A un visitante ocasional de Boston se le podría perdonar que pensara que en la ciudad conocida como el Centro del Universo todos sus habitantes pasaron aquella tarde preparando aceleradamente el viaje de James Osgood al otro lado del océano. Había una avalancha de preparativos que tenía que hacer él mismo o mandar hacer, tanto para los que se quedaban como para sus viajes. Ver a Osgood corriendo en persona de un destino a otro todo aturullado habría sorprendido a aquellos que conocieran al siempre compuesto editor.

En el exclusivo barrio de Beacon Hill, dentro de la casa de ladrillo de tres pisos situada en el 71 de Pinckney Street que había comprado con los beneficios de la gira de Dickens, Osgood daba instrucciones detalladas a su ayudante sobre el mantenimiento de aquella tranquila morada y de su segundo dueño, el señor Puss, su gato de largo pelo naranja y blanco, pagado de sí mismo y presuntuoso. El señor Puss, que normalmente se conformaba con estar tumbado entre los libros de la alfombrada biblioteca de Osgood, se sentía arrancado de su trance habitual por el correr de los criados que lustraban las botas y preparaban los trajes del editor para su equipaje.

Osgood fue a casa de los Fields, que estaba nada más doblar la esquina de Charles Street, a que Annie Fields le proporcionara la lista de hoteles y amigos en Londres. El mismo Fields en persona llegó mientras Annie acababa de copiar la lista para el socio menor en su escritorio.

– Aquí tiene, querido Ripley -le dijo Annie a Osgood entregándole una hoja con su membrete.

– Ah, bien, Osgood, ¿va a volver a la oficina cuando esta hermosa dama acabe sus asuntos con usted? -preguntó Fields. Cruzó el luminoso salón y se inclinó para besar a su sonriente y joven esposa en la mejilla.

– Por supuesto, mi estimado Fields -dijo Osgood-. Volveré andando con usted. Sinceramente, no sé cómo voy a acabar todo lo que tengo que hacer si debo zarpar mañana.

– Considero que las tareas que me habían sido encomendadas ya están resueltas, señor Osgood -dijo Annie-. ¿No va a tener ninguna ayuda en Londres?

– No lo creo -respondió Osgood.

– ¿Qué le parece el señor Midges? Se puede confiar en su eficacia -sugirió Fields-. Aunque, pensándolo mejor, las revistas se vendrían abajo sin el apoyo de su capacidad aritmética.

Conteniendo un escalofrío interno, Osgood estuvo de acuerdo en que la supervivencia básica de las revistas requería la presencia de Midges en Boston.

– Entonces, una asistente -propuso Annie-. En fin, Jamie, no puedes mandar al señor Osgood a una empresa semejante sin los recursos necesarios -reprendió a su marido.

– ¡Una asistente! -exclamó Fields ahuecando el pecho como si quisiera proteger las partes inocentes de tal idea-. ¿Qué le parecería al resto del mundo que nuestro respetable Osgood cruzara el mar con una mujer joven soltera o, si tal es el caso, con una casada?

– Parecería algo perfectamente moderno -respondió Annie despreocupadamente.

– ¿Qué me dicen de la señorita Sand? -se escuchó decir Osgood.

– ¿La señorita Sand? -repitió Fields lentamente, deteniéndose luego para ver si quedaba algo sin decir en la expresión de Osgood. No vio nada, de manera que continuó-. Es bastante enigmática. ¿Y no es también soltera?

– Es una idea excelente -dijo Annie con palabras que conferían al socio menor un real beneplácito.

– Pero, bueno, ¿qué diferencia hay? -preguntó Fields, aunque sólo por diversión, porque sabía que la discusión con Annie estaba ya perdida una vez que tomaba una decisión.

– Si lo entiendo correctamente, querido mío -dijo Annie-, los términos del divorcio de la señorita Sand establecen que no puede tener ninguna relación sentimental. No está ni soltera ni casada. Vamos, llevarse a esa chica daría al mundo una imagen tan casta como llevarse al señor Midges.

– Desde luego, es una compañera de viaje un poquito más atractiva que el señor Midges -concluyó Fields cediendo con reservas-. Muy bien, me ocuparé de que mi secretaria reserve el pasaje de la señorita Sand en tercera clase de inmediato.

Osgood sonrió y le agradeció a Annie la sugerencia. La inesperada decisión le había agradado más de lo que cabía esperar. Por una parte, no se enfrentaría totalmente solo a la tarea encomendada. Tendría a su lado a una persona que era al mismo tiempo una compañía agradable y alguien extremadamente competente. Y si Osgood necesitaba una distracción de la muerte de Daniel, sin duda Rebecca era la persona que más la necesitaba en el mundo entero.

– ¿Qué le parece?

Le preguntó Osgood a Rebecca tras explicarle la idea cuando regresó a la oficina y la encontró llevándole un manojo de contratos al señor Clark, del departamento financiero.

– Me honra que haya decidido confiarme esa responsabilidad. Esta noche me ocuparé del resto de los preparativos -dijo.

Pasaron varias horas, y unas cuantas más desde que Osgood se hubiera marchado a casa a pasar la noche, antes de que Rebecca se diera cuenta de que estaba sonriendo ante la sorprendente oportunidad de viajar, de colaborar y de asegurar su futuro en Boston ayudando a Osgood en su misión. Sabía que podía cambiar las cosas, aunque tan sólo fuera ligeramente. Las oficinas de la editorial estaban casi por completo vacías, pero Rebecca seguía en el despacho, recogiendo enérgicamente pilas de papeles y documentos para su viaje. Bajó rápidamente al sótano, donde se alineaban hileras de cajas metálicas que contenían registros y publicaciones, cada uno de los pasillos con el nombre de uno de los autores, como el callejón de Holmes. Estaba tan emocionada que empezó a ejecutar una pequeña danza por la avenida Longfellow.

– Espero que no se esté perdiendo ninguna fiesta por estar aquí esta noche, señorita Sand.

– ¡Oh! -Rebecca se sobresaltó-. Vaya, señor Midges, lo siento. No creí que hubiera nadie aquí abajo tan tarde.

Midges, sudando profusamente, estaba sentado en el suelo revisando un libro de cuentas. Con la cabeza descubierta, su pelo ralo se levantaba sobre su cráneo como si hubiera visto un fantasma.

– ¡Tarde! Para mí no lo es. Vaya, esta empresa se iría a la ruina si yo no pasara aquí la mitad de mi vida. Ojalá no estuviera en este sótano cochambroso, tesoro. Pero la lista de suscriptores tiene que estar en perfecto orden y es un desastre desde que andamos cortos de empleados.

Rebecca retiró la mirada ante esta irreflexiva alusión a la muerte de Daniel.

– Buenas noches, señor Midges.

– ¡Espere! ¡No se vaya! -tartamudeó Midges incómodo y luego empezó a emitir su arbitrario silbido para tranquilizarla-. Siento muchísimo lo que le ocurrió a su pobre hermano, le doy mi palabra. Es horriblemente triste. Tuve un hermano pequeño que murió en mis brazos cuando tenía cuatro años. Sencillamente dejó de respirar, y nunca he podido olvidar ese momento.

– Siento lo de su hermano, señor Midges…, y le agradezco que me lo haya contado. Ahora tengo que acabar el encargo del señor Osgood.

– Sí, sí, es usted muy trabajadora -balbuceó Midges con una ligera turbación, como si le hubiera negado el último baile en una fiesta en favor de Osgood-. Si me permite que le diga una última cosa… Como hombre que respeta las conductas morales, lo sentí especialmente al enterarme de las terribles circunstancias en que murió Danny. Siempre había tenido un alto concepto de él.

Una expresión de temor invadió el rostro de Rebecca, dejando claro que no entendía a qué se refería. Midges continuó hablando con un temblor de placer en sus palabras.

– Bueno, escuché cómo el señor Osgood le contaba lo del opio al señor Fields cuando se sentaron juntos en el comedor. ¡En fin, me parece algo realmente lamentable! Parecía un chico tan sencillo… Si yo tuviera una hermana, tesoro, y ésta fuera tan bella y sensata como usted, por ejemplo…

Rebecca se levantó el bajo del vestido y subió las escaleras apresuradamente para alejarse de Midges tan rápido como le fuera posible.

– ¡Buenas noches, señorita Sand! -alzó la voz Midges detrás de ella con una expresión descorazonada y confusa-. ¡Qué criatura tan valiente y varonil! -se dijo para sí.

Rebecca subió al piso de arriba y apoyó en el escritorio los puños fuertemente cerrados. Sentía un gran peso apretándole el pecho y una lágrima recorrió su mejilla enrojecida. No eran lágrimas de tristeza; eran lágrimas de cólera, de frustración, de rabia. Eran lágrimas difíciles: no querían salir y no querían quedarse dentro. Apenas consciente de lo que estaba haciendo, encontró el pañuelo que Osgood le había ofrecido el día que le dio la noticia y observó el bonito trazado del monograma JRO. En sus cartas personales firmaba con un informal «James» pero añadía «(R. Osgood)». El resto del mundo le consideraba cordial y preparado para todo, pero ella valoraba el hecho de haberle visto en momentos de consternación: se sentaba con una mano, y a veces las dos, detrás de la cabeza, como si quisiera soportar el peso de los pensamientos que la llenaban. Por las noches, ya en casa, pensaba en él como James en vez de señor Osgood. Que hubiera dicho aquellas cosas de su hermano le resultaba desolador, ¡y al alcance de los oídos de todos! Había sido una tonta por creer que era su abogado defensor.

Esperó a que llegara un coche de caballos que la llevara cerca de Oxford Street, lo que supondría un gran avance, pero en aquel torbellino de emociones no podía soportar la aglomeración de todos los demás trabajadores que iban camino de sus hogares. El paseo hasta casa le pareció al mismo tiempo instantáneo y cruelmente tedioso.

Ya en su habitación de la pensión de segunda clase, la calma y el silencio le parecieron asfixiantes después de su precipitada vuelta a casa. ¿Aquellas paredes vacías eran todo lo que quedaba de su vida? Sin familia, sin Daniel, sin marido y ahora sin la confianza siquiera que siempre había creído ganarse del señor Osgood, un hombre al que admiraba más que a ninguna otra persona en Boston por proporcionarle una profesión decente y respetable. La ira había quemado sus lágrimas dejándola sólo con el pánico. Sin saber por qué, el orden de su diminuta habitación la aturdió, así que sacó su baúl de debajo de la cama y se puso a reorganizar sus pertenencias.

Se le pasó por la cabeza no presentarse en el muelle por la mañana y, más aún, ni siquiera regresar a la editorial ni a Boston. Si pudiera elegir, no volvería a ver al señor Osgood. Pero aquella habitación, la vieja señora Lepsin y su familia de tristes huéspedes, aquello no podía ser lo que quedara de Rebecca Sand; no podía ser todo lo que permaneciera de ella en Boston; esa vida insignificante debía de haber ocurrido en algún otro universo. Necesitaba el viaje que se le ofrecía. Y sabía que lo que más necesitaba en aquel momento, más que ninguna otra cosa, era una explicación de labios de Osgood.

9

A bordo del transatlántico con destino a Inglaterra, Osgood repartió libros con liberalidad en el salón principal, haciéndose al instante con la amistad de una docena de caballeros y la mitad de ese número de damas cuyos nombres y gustos llegó a conocer mediante esta presentación. La nave, el Samaria, era un lugar ideal para que Osgood desplegara sus dotes naturales de sociabilidad. Alejados de sus ocupaciones diarias, los pasajeros, al menos si el tiempo era bueno, tenían una buena disposición a mostrarse corteses, educados y sociables. Nada podía animar más a un editor y a un hermano mayor, como era el caso de James R. Osgood, que ayudar a un barco lleno de gente a ser felices. No era el tipo de hombre que cuenta chistes, pero solía ser el primero en reír con ellos. Y cuando los contaba, luego se tenía que recordar a sí mismo que no debía hacerlo, ya que, con demasiada frecuencia, había alguien que se tomaba muy en serio lo que él decía en broma.

Los hombres de comercio que viajaban en tercera clase, con las miras puestas siempre en el ahorro a pesar de sus abultadas bolsas, hacían cola para recibir los regalos de Osgood. El compañero de viaje más sociable del joven editor era un mayorista de té inglés, el señor Marcus Wakefield. Como Osgood, era joven para sus importantes éxitos como hombre de negocios, aunque las arrugas de su rostro sugerían que era una persona más endurecida de lo que correspondía a sus años.

– ¿Qué es lo que veo? -preguntó Wakefield después de presentarse. Era apuesto y pulcro, con una forma de hablar espontánea, segura y casi desenfadada. Se acercó a la maleta de libros que llevaba Osgood-. He estado en la biblioteca de este barco muchas veces y afirmo que usted tiene una selección mejor, señor.

– Señor Wakefield, por favor, elija uno para empezar el viaje.

– ¡Encantado!

– Es que soy editor. Socio de Fields, Osgood y Compañía.

– Es un oficio en el que soy un absoluto ignorante, a pesar de que podría decirle cada una de las especias que componen el té más fuerte de doce países o si el té de la nueva temporada es el pekoe, el congou o el imperial. Perdone el atrevimiento de mi pregunta, pero ¿cómo puede regalar su mercancía en vez de venderla? ¡Me gustaría estrechar la mano del hombre que puede hacer eso!

– Los libros no son nuestros. Sólo los autores son los dueños de los libros. Y es la honorable labor del editor encontrar lectores que los compren. Me gustaría decirle, señor Wakefield, que un buen libro abre el apetito del lector de tal manera que en el próximo año leerá diez más.

– Es muy amable.

– Además, en las aduanas de Liverpool comprueban todos los libros que salen del barco en busca de reediciones de libros ingleses, para confiscarlas. Le digo, señor Wakefield, que si no me deshago de estos libros como he planeado, me retendrán durante horas mientras los examinan.

– Entonces, si usted insiste, me presto a actuar como un ladrón, pero durante nuestra travesía se lo devolveré multiplicado por diez en amistad… y en té.

Osgood no interrogó a Rebecca Sand hasta la segunda mañana, momento en que empezó a pesar sobre los viajeros la realidad de estar atrapados en medio del mar lejos de su hogar y sus amigos. Aunque ella siempre tendía a reservarse su opinión, se había mostrado inusualmente distante con su jefe desde que habían subido a bordo. Al principio, Osgood pensó que sólo quería mantener una actitud profesional en aquel entorno nuevo, rodeados de desconocidos, algunos de los cuales podrían censurar que una mujer joven viajara por negocios.

– Señorita Sand -dijo Osgood cuando se encontraron en cubierta-. Espero que haya conseguido eludir el mareo.

– He tenido esa suerte, señor Osgood -respondió ella secamente.

Osgood se dio cuenta de que tendría que ser más directo.

– No he podido evitar observar un cambio en su comportamiento desde que salimos de Boston. Corríjame si me equivoco.

– No se equivoca usted, señor -respondió ella con firmeza-. No se equivoca.

– ¿Este cambio es hacia mí en particular?

– Así es -concedió ella.

Osgood, percibiendo que iba a tener que escalar una montaña más empinada de lo que esperaba en la tensa relación entre ambos, buscó en cubierta dos tumbonas contiguas y le preguntó si quería contarle más. Rebecca dobló los guantes sobre su regazo y le explicó con calma lo que le había contado Midges en el sótano de la oficina.

– ¡Midges, ese ogro! -exclamó Osgood mientras cerraba el puño alrededor del brazo de la tumbona. Se puso de pie y dio una patada con la bota a un imaginario Midges de miniatura, tirándolo por la borda-. Qué desconsiderado y cruel. Tendría que haber tenido más cuidado de que no escuchara la conversación privada con el señor Fields. Siento mucho que haya pasado esto.

Osgood le contó que el agente Carlton y el forense habían concluido que Daniel se había convertido en un consumidor de opio. Esta vez no le ahorró ninguno de los detalles.

– Yo no les creí -le dijo-. Entonces me enseñaron las marcas de sus brazos, señorita Sand, que dijeron que eran de una aguja «hipodérmica» para inyectarse opio en las venas.

Rebecca pensó en todo lo que le contaba con la mirada perdida en el agua, luego sacudió la cabeza.

– Compartíamos la habitación. Si Daniel hubiera sido consumidor de opio me habría dado cuenta hasta de los más pequeños detalles, bien lo sabe Dios. Cuando mi marido regresó de Danville después de la guerra necesitaba tener a mano ampollas de morfina o cáñamo de India a todas horas. Iba por ahí con una permanente expresión de aturdimiento, una imperturbabilidad que no le permitía ni trabajar ni dormir ni comer. No quería tener a nadie cerca ni que le visitaran, salvo aquellos que encontraba en su soledad, en los libros y en sus sueños. Había sobrevivido al campo de batalla pero tenía el alma destrozada por los males de lo que el doctor llamaba la enfermedad del soldado. Daniel cayó lamentablemente en sus propios excesos nada más mudarnos a Boston y cuando supe lo del accidente tuve que preguntarme si no habría reanudado sus malos hábitos con la ginebra. No, yo habría notado las marcas. Se lo habría visto en la cara. No me habría cabido ninguna duda, señor Osgood. Y habría tomado cartas en el asunto inmediatamente.

Osgood dijo comprensivo:

– Yo tampoco pude entenderlo.

– ¿No pudo entender que la policía tuviera razón o que Daniel hubiera traicionado su confianza? -preguntó Rebecca.

Osgood la miró y se encontró con sus ojos furibundos. Una encendida rosa se había abierto en sus suaves mejillas y tenía los ojos entrecerrados. Osgood, escarmentado, cedió con un movimiento de cabeza.

– Tiene mucha razón al enfadarse conmigo por no haberle contado todo esto. ¿Está enfadada? Quiero que se exprese con entera libertad.

– No puedo creer que me ocultara los detalles del informe policial, tanto si era correcto como si no. Si debo cuidar de mí misma como lo haría un hombre sin depender de nadie más, entonces espero que no se me trate como un objeto indefenso. ¡Me arrebató la posibilidad de defender su buen nombre! Estoy agradecida por mi puesto, y mi supervivencia depende de él, de manera que no puedo exigir demasiado en mis circunstancias, lo sé. Pero creo que me merezco su respeto.

– Ya lo tiene. Se lo aseguro -dijo Osgood.

Rebecca estaba alojada en los camarotes menos lujosos del barco. No tenían timbres eléctricos para llamar a los camareros, y tampoco lámparas ornamentales, paneles pintados ni techos en cúpula como los de la cubierta superior, ocupada por las clases más altas. Rebecca aprovechaba el tiempo que pasaba en aquel diminuto camarote para leer. Al contrario que la mayoría de las chicas que conocía en Boston, ella no leía en busca de sensaciones, sino para comprender su propia vida de un modo más directo y para aprender más cosas del oficio de la edición. Para la travesía en el transatlántico se había llevado un libro bastante técnico sobre la historia de la navegación.

También llevaba consigo uno de los barcos embotellados de Daniel. Y pensar que era ella la que navegaba a través del océano y no su hermano, que tanto había deseado aquel viaje… Si existía una parte inmortal de Daniel, seguro que estaba allí junto a ella.

A veces, por la noche, salía a cubierta y se apoyaba en la barandilla para contemplar en silencio el mar y las estrellas, y el horizonte donde se encontraban.

– ¡Un viaje por mar es tan romántico! -exclamó una joven pasajera al ver la actitud de Rebecca una mañana. Era Christie, una chica de ojos verdes cubierta de pecas de la cabeza a los pies que compartía el camarote con Rebecca-. ¿No le parece, señorita?

– Romántico -repitió Rebecca sacudiendo la cabeza-. No lo sé.

La chica pecosa insistió en su argumento.

– Es usted un poco simple, ¿verdad, señorita? ¿Cómo es posible que no lo crea? ¡No me diga que no se ha dado cuenta de la cantidad de caballeros apuestos que hay en el barco! No tengo intención de seguir mucho tiempo trabajando como niñera y viviendo con perezosas doncellas irlandesas, ¿sabe?

– ¿No le gustan los niños que tiene a su cargo, señorita Christie?

– ¡Esos diablillos! No me va mal, porque les digo que existe un hombre negro que se traga a los niños pequeños que no hacen caso a sus niñeras. Pero, ah, esas doncellas irlandesas, las Sallys, las Marys y las Bridgets, no tardan mucho en volver a soliviantar los espíritus de los niños.

– Desdichada -dijo Rebecca.

– No lloraré por ellos durante mucho tiempo después de que encuentre un marido. ¡Este barco está lleno de posibilidades! Piense en los solteros, los hombres de negocios y los socios de clubes, y en los jóvenes con padres ricos y en las posibilidades que ofrece el amor con uno de ellos. Supongo que una podría incluso intentar caer por accidente a las olas y esperar a ser rescatada.

– Sí -dijo Rebecca tranquilamente. La brisa había soltado su pelo negro como ala de cuervo que le caía de forma atractiva sobre la cara-. Una podría incluso ahogarse -añadió sarcástica.

– ¡Oh, o naufragar juntos solos los dos! -fue la inconsciente respuesta. Christie siguió parloteando-. Se comenta que es usted una de las cuatro chicas más guapas a bordo. Y eso a pesar de ser demasiado intelectual y de que no se puede decir una palabra a favor de su estilo, con esa ropa de luto que le da una apariencia demasiado pálida y resuelta. ¿Por qué no ponerse una flor en el cinturón de vez en cuando para dar pie a algún galanteo ocasional de los hombres? Y siempre lleva un libro apoyado en la cadera, como si fuera un chicazo. ¿Qué me dice de ese caballero encantador con el que viaja? Hay muchas mujeres que tienen las miras puestas en él si se pone usted demasiado selectiva.

– Estoy aquí para trabajar -dijo Rebecca retirando la mirada para que la chica no viera el color que subía a sus mejillas; su cuerpo la traicionaba cuando mas necesitaba su discreción-. Me gustaría mucho demostrar que soy perfectamente capaz de actuar como una persona autosuficiente. Eso es todo lo que busco del señor Osgood.

– Viste bien y nunca pierde los estribos.

– Sí, eso es cierto.

– Eso es lo que importa.

– Es muy especial por muchas otras cosas -objetó Rebecca.

– ¿Qué me aconseja?

– ¿A qué se refiere?

– ¡Sí, para impresionar a su señor Osgood!

– No es mi… Mi consejo es que el señor Osgood está dedicado a sus asuntos de negocios y no tiene tiempo para tonterías.

– ¡Qué lástima! -respondió su compañera, decepcionada por las desordenadas prioridades de James Osgood-. La habría invitado a usted a la boda, desde luego.

Durante la travesía Rebecca se reunía a menudo con Osgood en la biblioteca del barco para ayudarle a redactar cartas para los representantes editoriales de Dickens en Londres o escribir borradores de otros documentos. Aunque no podía comer en su mesa o participar en otros pasatiempos de los viajeros de primera clase, una agradable tarde se sentó en una tumbona al aire libre a leer los papeles de Drood envuelta en un chal que la protegía del viento. Se habían unido a ella algunas chicas que hacían punto. A través de un ojo de buey cercano se veía el resplandor de un salón en el que Osgood jugaba al ajedrez, juego que Rebecca le había enseñado a Daniel para pasar las tardes en la pensión de Boston cuando dejó de beber.

Al principio, consciente de que no debía espiar, se esforzó por concentrar la atención en la lectura, pero no pudo resistirse. Le fascinaba la idea de observar a su jefe sin que él lo supiera. Tuvo que recordarse a sí misma que seguía un tanto decepcionada por Osgood y, como si le aplicara una especie de castigo, decidió contener su interés por él. Pero al poco rato se encontraba tan embelesada por las maniobras del juego que también ella tramaba en silencio sus propias estrategias. Osgood alcanzó un punto crítico y se quedó con la mano paralizada sobre la mesa, y ella le instó mentalmente a mover el caballo a la izquierda del tablero de su oponente.

¡Con eso lo conseguirá, señor Osgood! pensó. Sabía que, si ganaba, él no haría más que sonreír cortésmente para no menospreciar al otro jugador.

Un instante después, tras retirar la mano descartando varios movimientos, eligió el que le aconsejaba ella. Rebecca dio palmadas encantada y dos de las chicas la miraron por encima de sus labores de punto sacudiendo las cabezas.

Después de tan sólo unos días en el mar se sentía como si estuviera en un mundo completamente diferente al de Boston. El viaje no eliminó a Daniel de su pensamiento. En su ausencia, había llegado a darse cuenta de hasta qué punto parte de la resistencia y la capacidad de recuperación de su hermano había impregnado sus propias ambiciones. La voz del muchacho se había convertido en parte de su vida interior de una manera que no era capaz de describir. La travesía la ayudó a sentirse temporalmente en paz con la muerte de Daniel, como si él formara parte de la interminable extensión de cielo, agua salada y brisas cálidas.

Una templada mañana Osgood paseaba por la cubierta superior abstraído en sus pensamientos. Se había levantado viento y el barco se movía más que de costumbre. Las náuseas se iban apoderando cada día de más personas. El médico del barco repartía pequeñas dosis de morfina para calmar los nervios. Los pasajeros que no sufrían de mareos se habían aburrido de jugar a las cartas y al ajedrez y de hablar de política mientras fumaban puros. Al cabo de un tiempo ni siquiera la campana de la comida conseguía interesarles; sólo el avistamiento de algunas ballenas conseguía acabar temporalmente con el amodorramiento general. Pero Osgood no; él había conseguido eludir el aburrimiento por completo.

Se mantenía ocupado, bien vestido y absorbido por su futura misión. Mientras que algunos hombres se dejaban ver cada vez más frecuentemente sin afeitar, él llevaba el bigote bien recortado y la cara limpia. Osgood no lo consideraba sencillamente un hábito, sino una necesidad. Su rostro, aunque compuesto por rasgos bastante agradables, era muy corriente, por no decir anodino. De hecho, no era del todo infrecuente que una persona que hubiera conocido a Osgood en un lugar (la oficina de Tremont Street, pongamos por caso) y luego volviera a coincidir con él en otro sitio (el puente de Public Garden) no mostrara el menor signo de reconocerle. A veces, era notorio que el simple cambio de la luz solar a la luz de gas, o del sábado al martes, causaba la misma confusión en aquellos que intentaban situar la identidad del editor en su memoria. Este problema se habría visto agravado si Osgood hubiera cambiado alguna vez el corte de un solo pelo de su cara, lo que el editor no se atrevía a hacer. Con ello se arriesgaría a despertar una mañana y descubrir que su casa y su posición le habían sido arrebatadas.

Osgood no había dejado de analizar las páginas de El misterio de Edwin Drood que había llevado consigo. El libro era diferente del resto de las novelas de Dickens y su empeño más artístico desde Historia de dos ciudades. Era la obra de un genio maduro, sobrio y conciso, y Osgood estaba convencido de que, una vez acabada, habría sido una obra maestra y, como todas las obras maestras, admirada e incomprendida a partes iguales. Mórbida y siniestra, describía a una familia dividida del pueblo ficticio de Cloisterham con apenas una mínima esperanza de ser felices. Los personajes estaban poseídos de tal vitalidad que uno casi podía sentir que eran capaces de salir de las páginas y llevar a cabo el resto de la historia sin contar con la ayuda de la pluma de Dickens. La gran pregunta quedaba en el aire al final de las páginas existentes: ¿Edwin Drood, el joven héroe, había sido asesinado? ¿O estaba escondido a la espera de un regreso triunfal?

Naturalmente, era imposible pensar en la desaparición de Drood sin pensar en la muerte de Dickens. Ambas estaban fundidas ya para todos los tiempos. ¿Podría suavizarse la triste realidad del uno sabiendo más del otro? Ésa era la línea de pensamiento de Osgood mientras paseaba sin rumbo por la cubierta cuando perdió el equilibrio al pisar una plancha resbaladiza y, antes de que pudiera asirse a la barandilla, cayó de espaldas estrepitosamente.

Tras un instante de confusión, se dio cuenta de que le ofrecían una mano. O una cabeza para ser exactos, la cabeza de oro de un pesado bastón de paseo. Osgood alargó la mano reticente hacia la fea cabeza tallada del monstruo con grandes colmillos y se puso de pie. Osgood había visto a aquel hombre del bigote poblado y el turbante marrón, que solía estar todo el tiempo solo y de vez en cuando daba órdenes a base de gruñidos a algún camarero o criado, blandiendo siempre su extraño bastón. Osgood había oído que le llamaban Herman y pensó que parecía un parsi, pero no sabía nada mas de él.

– ¿Está bien? -preguntó Herman con su voz áspera.

Osgood volvió a encogerse al sentir un dolor que le recorría toda la espalda.

– Pediré que venga el médico del barco -dijo Herman en un tono frío pero educado.

Para entonces, se había reunido alrededor del lugar donde se había producido la caída un corro de pasajeros de todas las clases y varios miembros de la tripulación. Rebecca vio la aglomeración que se había formado y corrió todo lo que le permitían sus piernas enfundadas en el estrecho vestido. Tuvo que abrirse camino como pudo entre las otras chicas, que expresaban su preocupación con aspavientos.

– ¡Vaya, qué fresca! -dijo Christie.

– Nosotras estábamos aquí antes, señorita -dijo otra chica de su cubierta, una llamativa pelirroja.

– Señorita Sand -exclamó Osgood aliviado-. Siento mucho este espectáculo. ¿Sería tan amable de ayudarme?

– Dispénsenme -les dijo Rebecca a la pelirroja y a su pecosa compañera con un placer mal disimulado mientras se las quitaba de delante. El viento pegaba el modesto vestido negro a su figura revelando en sus sencillas formas una belleza digna de rivalizar con cualquiera de las otras chicas más lujosamente acicaladas y adornadas que se alineaban detrás de ella. Le ofreció un brazo a Osgood.

– ¡Señor Osgood, qué mala suerte! -dijo compasivamente-. ¿Se ha hecho daño?

– La suerte, de la que dicen en el mundo de los negocios que se reparte de forma caprichosa, no ha jugado ningún papel en este fraude, mi querida damisela -le llegó una voz del círculo de mirones. Era el hombre de negocios inglés, Wakefield. El mayorista de té iba elegantemente ataviado con una capa tradicional y pantalones de cuadros. Se detuvo para hacerle una cortés inclinación de cabeza a Rebecca y continuó su camino adelante-. ¡Mi amigo Osgood, víctima!

– Señor Wakefield, se equivoca usted. El océano ha salpicado mucho la cubierta y me he resbalado en un charco -insistió Osgood.

– No. Eso es lo que este hombre querría que usted creyera -Wakefield se volvió bruscamente hacia el hombre corpulento que había ayudado a levantarse a Osgood.

– ¿Perdone? -preguntó Herman al atrevido acusador con las manos aferradas al cordón que ajustaba su túnica y estaba anudado por cuatro sitios.

– El mar ha estado ferozmente agitado, es muy cierto -continuó Wakefield-, y ése es el motivo por el que estaba paseando en vez de quedarme mareado en mi camarote. Y por eso he podido ver a este hombre echando agua de un cubo en ese rincón. Parecía estar esperando a que llegara alguien para hacerlo.

– ¿Quiere decir que lo ha hecho a propósito? ¿Por qué iba a hacer una cosa tan espantosa? -preguntó Rebecca dirigiendo la mirada a Herman. Al encontrar los ojos y la inocente sonrisa del acusado, una repulsión repentina y casi magnética la obligó a dar un paso atrás. Los ojos oscuros y maliciosos despertaron en ella una inexplicable sensación de miedo y odio.

Wakefield observó a Rebecca.

– ¡Estimada y joven señora, es usted muy inocente! Me avergüenza reconocer que en Inglaterra tenemos estafadores que abordarían a cualquier caballero de buen fondo. Viajo a menudo en este y otros transatlánticos y me han robado ya dos veces. Creo que este hombre es lo que la policía llama un descuidero o un zancadillero.

– ¿Qué? -preguntó Osgood.

– ¡Ni caso! -la cara de Herman se encendió. Se metió un palillo en la boca y lo mordisqueó tenazmente-. No sé de qué está hablando este sujeto y le sugiero que se retire.

– Un instante nada más, mi estimado señor Wakefield -dijo Osgood, el diplomático nato-. Este hombre me ha ayudado a levantarme.

– Consideremos por qué podría hacer una cosa como ésa, qué oportunidades podría facilitarle -reflexionó Wakefield a la vez que enmarcaba la parte inferior de su rostro colocando un dedo en cada curva de su mostacho descolorido.

Herman disparó una mano hacia la cabeza de Wakefield y lanzó su sombrero por el aire. La brisa lo arrastró hasta Rebecca, que lo atrapó.

– Registren a ese sujeto -ordenó el capitán, un hombre velludo y cuadrado que se había unido al corro. Señaló a Herman y los marineros le inmovilizaron. De los bolsillos de su túnica extrajeron un reloj y una cartera de piel de becerro.

– ¿Son suyos, señor? -preguntó el capitán a Osgood.

– Lo son -admitió éste consternado.

– ¡Te voy a arrancar las tripas, y a ti también! -amenazó Herman a Osgood primero y luego a Wakefield.

– Las amenazas no le servirán de nada -dijo Wakefield, a pesar de que las manos le temblaban al intentar enderezar el alfiler de su chalina. Recogió el sombrero que le ofrecía Rebecca haciendo una nueva inclinación como medio de contener el temblor.

Dos miembros de la tripulación forcejearon con Herman hasta reducirle e inmovilizaron al ladrón. La mayoría de las mujeres se cubrían el rostro con sus pañuelos o lloraban, pero Rebecca, de pie junto a Osgood, le miraba fijamente como hipnotizada. Herman dirigió la mirada hacia Osgood.

– ¡Maldito canalla! ¡Les voy a dar de comer tus piernas a los tiburones, no lo olvides!

Su voz era chirriante y profunda, una voz de barítono que le hacía desear a uno no haberla oído nunca.

– ¡Vete al diablo, villano! -dijo el capitán. Se volvió hacia uno de los marineros que tenía más cerca-. ¡Encerradle en la bodega! La policía de Londres sabrá qué hacer con él.

El médico del barco dictaminó que las heridas de Osgood eran superficiales. El capitán le ofreció una visita especial al barco, incluido el calabozo, donde a Osgood le sorprendió encontrar una hilera de celdas reforzadas más propia de un barco de guerra.

– La construcción de todos los transatlánticos ingleses está subvencionada por la Marina británica. En compensación, los construyen de manera que puedan ser utilizados como buques de guerra -le explicó el capitán-. Cañones, celdas de prisioneros y todo lo que se le ocurra.

Herman, encorvado en un rincón sobre el suelo de una de las celdas, con la mirada fija en la caldera al rojo vivo que se veía fuera de la celda, levantó los ojos hacia los visitantes, y luego volvió a mirar a la caldera. Para la evidente satisfacción del capitán, el hombre parecía derrotado. Sin embargo, Herman mantenía una sonrisa enigmática de lo más extraña, como si todos los demás pasajeros a bordo estuvieran en prisión y él fuera el único totalmente libre. Tenía los pies unidos por una cadena y las muñecas encadenadas a la pared, y las ratas corrían de acá para allá por encima de sus piernas. Le habían quitado el turbante y llevaba la cabeza completamente rasurada, salvo por unos foscos mechones de pelo en las sienes. Osgood descubrió que, por miedo o por humildad, no era capaz de mirar a los ojos de su asaltante.

Cuando Osgood y el capitán subían de nuevo las escaleras, el prisionero se puso a cantar una tonadilla infantil:

En faenas de trajín o habilidad

me mantendré haciendo cosas:

porque Satán siempre encuentra una maldad

para las manos ociosas.

Luego se oyó un sonido, como el chillido de una rata.

En los días siguientes al ataque Osgood se vio agasajado cenando en la mesa del capitán y aclamado como un héroe cada vez que coincidía con sus compañeros de viaje. Su salida diaria a cubierta para dar el paseo matinal atraía ahora una procesión de mujeres solteras. Rebecca se sentaba en su tumbona y lo observaba todo de mala gana por debajo del ala de su sombrero.

Su compañera de camarote, Christie, se sentó a su lado.

– ¡El señor Osgood es la viva imagen del romanticismo! -sonrió a Rebecca inclinándose hacia ella-. ¡Ahora es más admirado que nunca!

Rebecca se esforzó por parecer concentrada en el libro que tenía sobre el regazo.

– No me parece que haya motivos de alegría. Podría haberse hecho daño -dijo.

– Bueno, y entonces ¿cuál es exactamente su idea del romanticismo? A lo mejor es que no la tiene, señorita.

Rebecca mantuvo los ojos fijos en el libro e intentó ignorarla. Pero, contra su propia decisión, habló.

– Hasta que resucites en el Juicio Final, vives aquí y moras en los ojos de los amantes.

Christie escuchó el verso del soneto de Shakespeare y luego dijo:

– ¿Cómo dice?

– El amor no es un concepto, Christie, sino un instante. Una mirada silenciosa que te clava en los ojos alguien que sabe exactamente quién eres y lo que necesitas.

La otra chica se incorporó con una energía maliciosa.

– ¡Vaya, qué bonito! Ahora averigüemos la opinión de un caballero sobre el mismo asunto.

– ¿Qué? -preguntó Rebecca pillada por sorpresa. Giró la cabeza y vio con horror que Osgood se encontraba detrás de las sillas. Con un ligero escalofrío se preguntó cuánto tiempo llevaría en aquel lugar.

– Y bien, señor Osgood -dijo la elocuente Christie-, ¿cómo define un auténtico caballero de Boston el verdadero amor?

– Bueno -dijo Osgood tartamudeando-, la entrega absoluta a la persona amada. Supongo que eso es lo que pienso.

– ¡Qué irresistible! -replicó Christie-. Supongo que habla de ese sentimiento que experimentan los hombres, ¿verdad, señor Osgood? Oh, es mucho más encantador. ¿No le parece, señorita Rebecca? Oh, qué mala cara tiene, querida muchacha.

Rebecca se puso de pie y se alisó el vestido.

– El barco se mueve mucho esta mañana -dijo.

– La acompañaré a su camarote, señorita Rebecca -Osgood le ofreció el brazo preocupado.

– Gracias, pero puedo ir sola, señor Osgood. Querría pasarme por la biblioteca del barco.

Rebecca dejó a Osgood de pie mientras Christie seguía mirándole jugueteando con el pelo.

– La señorita no tenía por qué agarrarse esa rabieta, ¿verdad, señor Osgood?

Éste le dedicó una torpe inclinación de cabeza antes de alejarse apresuradamente.

– ¡Se ha hecho usted más popular entre las mujeres que el mismísimo capitán! -le dijo más tarde Wakefield mientras compartían sendos puros en el salón principal.

– Entonces, mañana volveré a caer de cabeza al suelo -dijo Osgood. Su compañero pareció alarmarse ante sus intenciones. Osgood se repitió el propósito de no intentar hacer chistes.

– Bueno, sospecho que con una joven como la que tiene para cantar la segunda voz en su dúo, la atención femenina no le llamará demasiado la atención.

El editor arqueó una ceja.

– ¿Se refiere a la señorita Sand?

– ¿Lleva a alguna otra bella jovencita en el baúl? -bromeó Wakefield-. Le pido perdón, señor Osgood. ¿Me equivoco al suponer que tiene planes para la joven? No me lo diga: ella proviene de una clase social diferente a la suya, no es más que una mujer entregada a su carrera, etcétera. Soy una persona bastante filosófica, como irá comprobando, mi querido amigo americano. Estoy totalmente convencido de que hacemos de nosotros lo que queremos ser y no somos esclavos de las opiniones de los chismosos que quieren juzgarnos. Puede descuidar a su familia y amigos, puede descuidar su forma de vestir, dejarse ir al demonio en definitiva, ¡pero no descuide el amor! ¡No pierda esa sirena en favor del primer Tom o Dick que no sea tan cauteloso e íntegro como usted!

Osgood tenía una sensación extraña en la garganta: no era capaz de responder adecuadamente.

– La señorita Sand es una magnífica asistente, señor Wakefield. No hay otra persona en la empresa en la que pudiera confiar más que en ella.

Wakefield asintió pensativo. Tenía el hábito de tocarse su propia rodilla, a veces con un masaje, otras con un inaudible pero concienzudo ritmo.

– Mi padre decía que soy un maestro en dejar volar mi imaginación. Y cuando lo hago olvido por completo mis modales. Le pido perdón, en serio.

– Para depositar mi confianza en su discreción, señor Wakefield, le diré que está divorciada desde hace sólo unos años. Según las leyes de la Commonwealth de Massachusetts, no puede tener ningún vínculo amoroso hasta dentro de un año más o su solicitud de divorcio quedará revocada y ella perderá los privilegios de un futuro matrimonio -Osgood hizo una pausa-. Le cuento esto para poner de relieve que es una persona muy sensata, por su carácter y por necesidad. No le interesa la emoción por la emoción como a muchas otras chicas.

Tras este rato que pasó en el salón, Osgood se sorprendió al ver a Rebecca de pie en la cubierta, con la mirada perdida en el mar.

– ¿Le preocupa algo, señorita Sand? -preguntó Osgood acercándose a ella.

– Sí -respondió girándose hacia él con un enérgico asentimiento de cabeza-. Creo que sí, señor Osgood. Si usted fuera un ratero a bordo de un barco, ¿no esperaría al final del viaje para robar?

– ¿Cómo? -preguntó Osgood sorprendido por la cuestión.

– De otro modo -continuó Rebecca en tono confidencial-, sí, de otro modo, cuando alguien informara al capitán de lo sucedido, el criminal sería atrapado en posesión de lo robado.

Osgood se encogió de hombros.

– Bueno, supongo que sí. El señor Wakefield comentó que este tipo de delito no es raro en Inglaterra, ni siquiera en los barcos.

– No. Pero ese parsi, Herman, no tiene pinta de ser el clásico carterista, ¿verdad? -preguntó Rebecca-. Piense en la descripción que el propio Dickens hace de esa especie de criminales. Suelen ser pilluelos bastante jóvenes, dispuestos a todo y afectos al beneficio rápido que pasan inadvertidos. Nada que ver con él. ¡Me pregunto si mide menos de un metro ochenta!

Unos días después el tiempo había empeorado, hacía demasiada humedad para salir a cubierta y Osgood, contraviniendo su instinto natural, estaba sentado en la biblioteca del barco, dándole vueltas al asunto de Herman. Había encontrado una edición inglesa de Oliver Twist publicada por Chapman & Hall, y buscó los capítulos en los que se describen las experiencias de Oliver en el círculo de carteristas. Era difícil regresar a la rutina cotidiana de la vida en el barco bajo la sombra de aquel ataque y las agudas observaciones de Rebecca. Y aquellas abrasadoras órbitas del ladrón que permanecían grabadas a fuego en la memoria de Osgood.

Recordando el laberinto de salas que había recorrido durante la visita con el capitán, trajo una vela de su camarote y repitió minuciosamente por los oscuros pasillos sus pasos hasta el calabozo. No temía por su seguridad, sabiendo que el prisionero estaba encadenado y que unas rejas de hierro les separaban. No, quizá sentía más temor por algo indefinido que Herman podía revelar: un peligro que todavía Osgood no era capaz de predecir. Aguijoneado por las dudas de Rebecca, había empezado a preguntarse qué podía estar haciendo un hombre como Herman en Boston, para empezar.

Cuando llegó al nivel más bajo del buque y entró en el pasillo de las celdas, negros huecos de hierro y metal, cubiertas de mugre y polvo, se detuvo delante de la de Herman. Levantó la vela y resolló sonoramente. La celda estaba vacía salvo por una rata muerta a la que le faltaba la cabeza y un puñado de cadenas colgantes.

10

Osgood se quedó un momento parado en el sitio, paralizado por el miedo y la sorpresa, a pesar de que era consciente de que tenía que reaccionar rápidamente. La duda podía ponerle ante un peligro todavía mayor y, peor aún, poner en peligro a su amigo Wakefield, ¡e incluso a Rebecca! Herman podía estar en cualquier lugar del barco y, si era capaz de fugarse de una celda pensada para la guerra, también podría demostrar que era mucho más peligroso que un insignificante carterista.

Osgood corrió en la oscuridad y subió las escaleras de dos en dos.

– ¿Qué le ocurre, señor? -le preguntó un camarero al que casi derriba.

Osgood le relató la situación precipitadamente y el capitán y su camarilla no tardaron en hacer acto de presencia. Se dividieron en grupos para registrar el vapor de arriba abajo en busca de Herman. Osgood y el resto de los pasajeros fueron confinados en el salón con un centinela armado para garantizar su seguridad. Cuando regresó el capitán, con la gorra en la mano, el rifle bajo el brazo y secándose el sudor que le había provocado la expedición, les informó de que Herman no se encontraba a bordo.

– ¿Cómo es posible? -quiso saber Rebecca.

– No lo sabemos, señorita Sand. Le vieron ayer por la mañana, cuando uno de mis asistentes le llevó su plato de sopa. Debe de haber forzado el cerrojo y huido durante la noche.

– ¿Huido adónde, capitán? -exclamó Wakefield mientras se daba un frenético masaje en las rodillas con ambas manos.

– No lo sé, señor Wakefield. Tal vez viera otro barco y decidiera llegar nadando hasta él. Aunque ayer la mar estaba bastante picada: es poco probable que sobreviviera a tan insensato intento. Casi seguro que haya perecido en las profundidades y descanse eternamente en el fondo del mar.

Al oír esta hipotética explicación, los pasajeros suspiraron aliviados y para cuando llegaron a sus respectivos camarotes ya estaban otra vez aburridos. Al cabo de unos cuantos días la idea de la llegada a Inglaterra borró los recuerdos del prisionero fugado. Los pasajeros guardaron los contenidos de sus camarotes en unas cuantas maletas pequeñas y pagaron a los camareros unas facturas sorprendentemente altas por las bebidas consumidas. Osgood también intentó erradicar las preguntas de su pensamiento. No así Rebecca.

– No tiene sentido, señor Osgood -le insistió una tarde en la biblioteca mientras tamborileaba nerviosamente con los dedos en la mesa.

– ¿El qué, señorita Sand?

– ¡La desaparición del ladrón!

Osgood, con una mano detrás de la nuca en su habitual postura de concentración, levantó abruptamente la mirada del libro de cuentas pero no tardó en recobrar la mencionada postura de cara a la ventana.

– No debe pensar demasiado en ese tema, señorita Sand. Ya ha oído decir al capitán que ese hombre falleció. Si nos empeñamos en creer otra cosa, podríamos creer igualmente que existen los monstruos marinos. Y si creemos en ellos, ¡seguramente habrían devorado al ladrón!

– ¿Qué clase de hombre se arriesgaría a ahogarse para escapar de una insignificante acusación de robo? ¿Y si…? -la voz de Rebecca se desvaneció, reemplazada por la percusión de sus dedos.

Unas horas más tarde se pudo ver a Osgood paseando a solas por la cubierta como la mañana de la treta de Herman. Se acercaban ya a Inglaterra y él contemplaba abstraído los navíos lejanos con destinos desconocidos que se divisaban en el horizonte. Pensaba en la expresión de zozobra que había observado en el rostro de Rebecca y sabía lo que había querido decirle antes en la biblioteca. ¿Y si Herman estuviera todavía vivo, y si vuelve por usted? Se esforzó por alejar aquellos pensamientos de su cabeza imaginando lo que habría respondido Fields, con la cabeza bien alta y la barba apuntando al frente. Recuerde el motivo de este viaje. Se trata de acabar con el misterio de Dickens, no de crear uno propio. De otro modo, nuestra empresa puede venirse abajo y nuestras vidas quedar fuera de control.

SEGUNDA ENTREGA

Conozco a una niña que, cuando está alegre, lee Nicholas Nickleby; cuando está triste, lee Nicholas Nickleby; cuando está cansada, lee Nicholas Nickleby; cuando está en la cama, lee Nicholas Nickleby; cuando no tiene nada que hacer, lee Nicholas Nickleby, y cuando ha acabado el libro lee Nicholas Nickleby otra vez.

WILLIAM THACKERAY

11

Dos años y medio antes: Boston, 19 de noviembre de 1867

En cuanto se anunció que las entradas para la primera lectura pública del novelista se pondrían a la venta la mañana siguiente, se empezó a formar una cola en la puerta de la calle de la editorial. James Osgood ordenó a Daniel que sacara colchones de paja para aquellos que fueran a pasar la noche en la calle fría y azotada por el viento. Fields añadió que, si querían un público realmente feliz, el muchacho debería además sacar cervezas.

Al amanecer del día de la venta, la multitud que se había acumulado en la puerta se extendía una milla y media por Tremont Street. Algunos se habían llevado sus propios sillones para dormir.

Los dos socios, Fields y Osgood, observaban desde una ventana en la que se habían hecho instalar barrotes precipitadamente, por miedo a que los compradores escalaran para conseguir entradas. Quedaron estupefactos al ver que no sólo se apiñaban hombro con hombro caballeros de la aristocracia con trabajadores irlandeses, sino que entre la multitud se podía distinguir a varios negros… ¡y que tres mujeres habían ocupado un lugar en la bulliciosa fila! Los hombres que esperaban en el frío polar consideraron este último hecho tan conmovedor que, después de una votación, invitaron a la primera de las mujeres a ocupar el lugar de cabecera en la cola. En honor del cariz predominantemente británico del evento, se sirvió té, aunque parte de él se mezcló con el contenido de unas pequeñas botellas negras.

En la cola se encontraban también los especuladores de entradas, que las compraban por un precio y las revendían con un recargo. Se esperaba a aquellos emprendedores buitres que abundaban en América, pero no tantos. Uno de los revendedores, entre los más agresivos a la hora de obtener y acumular entradas, iba vestido de George Washington, con la peluca, el sombrero y todo.

Mientras se producía la venta, entregaron un telegrama al calvo y cabezón George Dolby, que iba y venía entre la multitud.

– Viene del puerto de Halifax -dijo el señor Dolby después de leerlo en silencio-. Anuncia la llegada del Cuba. ¡Dickens se aproxima a Boston en este mismo instante! ¡El Jefe pisará suelo americano antes del anochecer! -las últimas palabras quedaron sofocadas por los gritos de júbilo.

Eso había pasado hacía horas. Ya era noche entrada en el puerto, hacía un frío cortante y no se veía ni rastro del Cuba. ¡Qué muchedumbre! Los periodistas recorrían los muelles en grupos, dispuestos a describir los primeros pasos del escritor en suelo americano para las ediciones de la mañana. El oficial de aduanas prestó el vapor Hamblin a Fields para que saliera a la bahía. A Osgood y a él se les sumó a bordo Dolby, que había llegado de Londres previamente con varios ayudantes. Los ingleses se ceñían los abrigos para protegerse del gélido aire.

– ¡Cuba a la vista! -gritó el vigía.

Navegaron de frente hasta que se pusieron a la altura del navío de mayor tamaño. Mientras se acercaban advirtieron que había encallado en un banco de arena. El grupo solicitó que se bajara la pasarela de desembarco entre las dos naves. En el cielo oscuro estallaban brillantes cohetes en un espectacular despliegue de bienvenida para el novelista.

El vigía, entrecerrando los ojos, le dijo a Dolby en un murmullo:

– Ése no parece un autor para nada. ¡Ése se parece más a un viejo caballero pirata!

A una buena distancia por encima de ellos, Charles Dickens en persona se mostraba en la cubierta del buque con un llamativo chaleco y la leontina del reloj de oro iluminados por el resplandor de la deslumbrante demostración que se veía en el cielo. Ágil y de porte orgulloso, aparentando una mayor altura que su metro setenta y seis, miraba hacia abajo con los brazos extendidos.

Los americanos del navío más pequeño no pudieron reprimir su sorpresa al ver que Dickens llevaba la cabeza descubierta. Después de intercambiar instrucciones a gritos con la tripulación del Cuba, ayudaron a Dickens a cruzar la pasarela hasta su barco, donde saludó estrechando las manos de dos en dos.

El autor pareció complacido y molesto al mismo tiempo cuando le hablaron de la multitud que le esperaba en el puerto.

– Ya veo -dijo Dickens rascándose la imperial barba entrecana-. ¿O sea, que voy a tener que enfrentarme al público inmediatamente?

– El accidente de su barco en el banco de arena, mi estimado Dickens, puede actuar a su favor -dijo Fields-. Hemos arrendado dos carruajes que nos esperan en el Long Wharf para que nos lleven directamente al hotel. Mientras todos los ojos continúen fijos en el Cuba, usted podrá pasar inadvertido y llegar en paz a su hotel, con tiempo suficiente para tomar una cena ligera.

Pero, como suele pasar cuando hay demasiada gente interesada en un secreto, el público descubrió el truco. En el hotel Parker House, el grupo recién llegado tuvo que abrirse paso entre el gentío que se agolpaba y no le dejaba pasar.

– ¡Quítense los sombreros! -gritaban los que se encontraban atrás.

El ambiente no se empezó a relajar hasta que el grupo consiguió entrar en el hotel y se sentaron a cenar. Entonces Dickens cayó en la cuenta. No dijo nada, pero su plato de ganso arañó la mesa al alejarlo de sí. El camarero había dejado la puerta del comedor privado ligeramente entreabierta para permitir que el público pudiera echar un vistazo al famoso escritor.

– ¡Branagan! -susurró Dolby apurado al joven mayordomo que había traído de Londres, que se levantó, cruzó la estancia y cerró la puerta de golpe. Luego le lanzó una mirada de reproche al camarero y le dijo algo en voz baja. Éste asintió nerviosamente como pidiendo perdón, o tal vez con miedo, porque el tal Branagan era grande y fuerte.

Aquella misma noche, más tarde, Dickens se desmoronó en el salón de la habitación 338, mientras se estaba llenando la bañera.

– Esta gente no ha cambiado lo más mínimo en los últimos veinticinco años -dijo cayendo rápidamente en una actitud sombría-. Siguen haciendo lo mismo que hace todos esos años, ¡convertirme en un objeto novedoso que se mira con curiosidad! Dolby, tenía que haber mantenido mi palabra.

– ¿Cuándo no lo ha hecho, jefe? -preguntó su representante indignándose por él.

– Me juré a mí mismo que no volvería a América. Cuando uno viene aquí sólo le pueden pasar cosas malas.

La última vez que Dickens había viajado allí, en 1842, se había convertido en el centro de un debate público al pedir a los editores estadounidenses que adoptaran la ley internacional de derechos de autor para detener la libre reproducción de libros británicos. Calificaron a Dickens de avaricioso y mercenario y le acusaron de venir a su país sólo para incrementar sus riquezas.

El representante intentaba aplacar al jefe contándole con todo lujo de detalles la venta de las entradas y las grandes expectativas que tenían.

– ¡Una cola de dos millas desde la ta-taquilla! -Dolby había superado mucho tiempo antes un molesto tartamudeo, pero no dejaba de ser una piedra en el camino de su conversación con la que tenía que tener cuidado de no tropezar. Para dominarlo había desarrollado un extraño hábito: pronunciaba las palabras más prosaicas con la elaboración de un pronunciamiento regio. Efectivo, telegráfico, taquilla sonaban shakesperianas al salir de las prominentes mandíbulas de Dolby-. Fíjese en esto -dijo. Levantó unos cuantos fardos grandes como cojines de sofá.

Dickens sacó la lengua.

– Debe de ser la colada de la familia -dijo.

– Nuestros recibos, ¡sólo de la primera tanda! El señor Kelly y yo empezaremos a enviar el dinero a Coutts, en Londres, mañana por la mañana -Dickens sopesó una bolsa en cada mano mientras Dolby hablaba-. Recuerde, jefe, siete dólares la libra.

Dickens dijo:

– Sabía que podía confiar en que te ocuparías de que la venta de entradas fuera un éxito total, mi buen amigo. Nunca lo he dudado.

– Podrá disfrutar de toda la paz que quiera. ¿Ve esa puerta de allá? Es una escalera privada que da a la parte de atrás del hotel, de manera que no necesita mezclarse con la gente si no lo desea.

– Muy bien, muy bien. Y el baño frío y caliente -comentó Dickens divagando otra vez, impresionado por la bien acondicionada habitación y las flores que había puesto Annie Fields y que ahora tenía debajo de la nariz-. Dolby, ahora ocúpese de convertir esos billetes en oro. Nunca se fíe de la moneda americana.

– ¡Nunca lo hago, jefe!

Tras el baño, Dickens se sentó a la mesa. Sacó su estuche de escritura, que contenía una variedad de lápices y plumas. Tenía un pequeño diario de cuero rojo que abrió en una página del final para analizarla. Empuñando uno de los útiles de escritura, buscó el tintero que el hotel le proporcionaba. Humedeció la punta de la pluma hasta que se empapó de negro y se dispuso a redactar un breve mensaje.

– Dolby -dijo Dickens doblando el papel cuando hubo concluido-, haga llegar esto a la oficina de telégrafos, ¿quiere? Es importante.

Dolby abrió la puerta y chasqueó los dedos para llamar a Tom Branagan.

12

Tom Branagan sintió que los ojos del representante se posaban en él con aprobación mientras salía de la habitación 338 a cumplir su última misión. En las oficinas situadas en la planta baja del hotel, el telegrafista se ajustó las gafas y acercó la hoja de papel a la lámpara.

– Del señor Dickens. «Sanos y salvos, aguarda carta llena de esperanza.» ¿Eso es todo? -preguntó el telegrafista estrechando los ojos como para distinguir la apretada caligrafía. Parecía algo decepcionado de no haber recibido un mensaje algo más excitante de transmitir del escritor más famoso del mundo-. Supongo que usted ha venido desde la lejana y querida Inglaterra para subir y bajar pedazos de papel emborronados de tinta.

– Gracias por su colaboración. Buenas noches -respondió Branagan en tono neutro.

Mientras cruzaba el bullicioso bar y subía las escaleras hasta el tercer piso, iba pensando en la discreta conversación que había escuchado entre Dickens y Do1by sobre Nelly Ternan, la joven actriz que residía en Inglaterra, acerca de si debía unírseles en América. Branagan presumía que aquella nota aparentemente insustancial era una fórmula secreta para dar instrucciones a la señorita Ternan, aunque no sabía si significaba que debía ir o no. Pero Branagan también podía adivinarlo.

Las multitudes que esperaban a Dickens desde su llegada sugerían que no sería muy discreto que una actriz de veintiséis años se reuniera con el escritor, un hombre casado padre de ocho hijos adultos cuya madre se había marchado del hogar familiar hacía diez años. Branagan no creía que a Dickens le apeteciera ese exceso de interés en su persona. No, en América nada parecía mantenerse en secreto y aquella decepción había sido lo que se traslucía en el rostro de Dickens durante la cena. A través de la estrecha abertura de aquella puerta Charles Dickens había visto toda la nación como si fuera un inmenso globo ocular clavado en él.

Tom Branagan era uno de los cuatro asistentes del equipo que Dickens se había traído para la gira. Éstos compartían dos habitaciones en el mismo piso que Dickens, cuyas espaciosas dependencias acogían también a George Dolby. Tom compartía la suya con Henry Scott, el ayuda de cámara y sastre del novelista. Henry era la única persona, con la sola excepción de Dolby, a la que se permitía el acceso al camerino de Dickens antes y después de las conferencias. Henry, un hombre melancólico, vestía al escritor y le arreglaba el cabello hasta que éste se ajustara a la perfecta imagen de hombre más joven que se veía en tantos escaparates de tantas librerías: el genio brillante y despreocupado cuyos ojos parecían atravesar el mundo que le circundaba como en las novelas que le habían hecho famoso.

A Henry le gustaba creer que pertenecía a una clase diferente a la de otros asistentes y, cuando no estaba en compañía de Dickens, se mostraba muy reservado. Henry siempre se dirigía al mayordomo irlandés como «Tom Branagan», no utilizando simplemente su nombre o su apellido. Estaba además Richard Kelly, un agente de ventas muy bravucón pero con una constitución delicada, que todavía se estaba recuperando del agitado episodio a bordo del Cuba. George, el especialista en lámparas de gas, ajustaba la iluminación de todos los teatros a las exigencias precisas de Dickens. Las conversaciones con George eran imposibles porque en cuanto veía cualquier disposición de luz, como la del lustroso vestíbulo de mármol del Parker, se paraba y empezaba a murmurar para sí una lista interminable de posibles mejoras.

Tom, con veinte años, era el más joven del grupo. Su padre, que había emigrado de Irlanda a Inglaterra, había trabajado como cochero para Dolby durante diez años en la ciudad de Ross. Hasta que murió de la coz que le propinó un caballo en el pecho y Dolby, en un ataque de humanidad, resolvió contratar a Tom, que necesitaba ayudar a la manutención de su anciana madre y dos hermanas solteras.

El joven estaba bien proporcionado y era sobrio y sensato, las condiciones idóneas para un mayordomo. Tom no tenía un cometido tan específico como ocuparse de la ropa, la luz o los beneficios de Dickens. Un silbido, un chasquido de dedos, un taconazo, todo valía como señal para indicar a Tom que se le requería para hacer algo.

No todo el mundo estaba de acuerdo con la decisión de llevar a Tom a América.

Porque cada uno de los fiables consejeros a los que se había consultado cuando se planificaba el viaje de Dickens había aportado su opinión sobre lo que podía ir mal en América. El mismo Charles Dickens estaba muy preocupado por la Hermandad Feniana, los radicales irlandeses que se extendían por todos los Estados Unidos, en particular en Boston y Nueva York, dedicados a la labor de buscar la ruina a Inglaterra. Aprovecharían cualquier oportunidad para agraviar a un reputado inglés como él en suelo americano. Por su parte, a George Dolby le preocupaba que los revendedores americanos les arruinaran la venta de entradas al comprarlas en gran cantidad. John Forster, que se consideraba a sí mismo uno de los mejores amigos y el consejero más desinteresado de Dickens… Bueno, al señor Forster le preocupaba todo. Le preocupaba que la presencia de Dickens provocara disturbios antiingleses, como los que había habido contra el actor shakesperiano William Macready en Nueva York. Forster también pensaba, en general, que era inoportuno que un hombre de la talla de Dickens, y a los ojos de John Forster no había nadie de mayor estatura, llegara a tal extremo sin otro propósito que el de obtener un beneficio.

Dickens no se paró en barras a la hora de rebatir este particular.

– En mi vida los gastos son de tal calibre -dijo- que me siento arrastrado hacia América como una roca de magnetita, como Darnay en Historia de dos ciudades se siente arrastrado hacia París. América es el terreno ideal para hacer campaña.

Forster frunció el ceño y fruncido lo dejó. ¿Qué beneficios podían obtenerse en América, la tierra de los pobres y los ladrones? Incluso aunque hubiera dinero por ganar, los irlandeses encontrarían un medio de robar todo el dinero de los bancos americanos. Y si los bancos lograban defender el dinero, ellos mismos se arruinarían, ¡como todos los bancos de aquella tierra!

– Dickens no debería ir a América -dijo Forster medio gritando-. Me opongo tajantemente a esa idea como una inaceptable ofensa a la dignidad y no quiero oír hablar más de ello. ¡In-to-le-ra-ble!

Cuando le hablaron a Forster sobre los asistentes que iban a viajar con el novelista, se quedó aún mas sorprendido de que entre ellos hubiera un irlandés. ¿Y si aquel aparentemente inofensivo Paddy era uno de los fenianos con un plan de ataque secreto? Ni Dickens ni Dolby podían asegurar con certeza que Forster se equivocara respecto a Tom Branagan, pero lograron convencerle de que era más un sencillo mayordomo que un revolucionario.

Tom, por su parte, encontró interesante observar que los miembros del público que más querían a Dickens eran los que despertaban mayor preocupación. Tom había ayudado a mantener a los mirones a raya cuando llegaron al Parker House y no le sorprendió su presencia, sino su insistencia. Una mujer joven arrancó un trozo de fleco del grueso chal azul marino y gris que llevaba Dickens; un hombre, emocionado de tocar al novelista, aprovechó la oportunidad para quitarle un mechón de piel de su abrigo. Una señora daba saltos sin parar agitando unas páginas de un manuscrito suyo que le rogaba a Dickens que leyera. Tom les miraba a la cara. ¿Creía cada uno de ellos que Dickens se iba a girar y marcharse con ellos a su casa agarrado de su brazo?

Una cosa sí sabía Tom. Nunca en toda su vida había conocido a un hombre al que las mujeres cedieran el asiento en un transporte público o una sala de espera hasta que conoció a Dickens.

La segunda mañana tras la llegada de Dickens al Parker House se produjo una conmoción en la planta donde estaban las habitaciones del escritor y su personal. Al principio, Tom sólo notó que Henry Scott, su compañero de habitación, tenía la cabeza apoyada en la pared y estaba llorando.

– ¿Va todo bien, señor Scott? -le preguntó Tom preocupado.

Henry miró a Tom agradecido de tener un testigo. Abandonando su habitual distanciamiento, se desmoronó en uno de los sillones de terciopelo.

– ¿Maleteros? ¡Destrozaequipajes!

Los baúles con la ropa de Dickens que venían del Cuba habían llegado al hotel maltrechos y abollados. Tom se sentó en la alfombra y ayudó a Henry a reorganizar la ropa.

– Gracias, Tom Branagan -dijo Henry apurado-. Es más doloroso de lo que un hombre puede soportar que traten el trabajo de uno de esta manera. ¡País de bestias!

Una vez que los dos hombres recuperaron un poco el orden del vestuario, un nuevo escándalo se oyó al otro lado del corredor. George Dolby gritaba y alborotaba. Estaba de pie en medio del pasillo con Dickens y los demás pasándose un ejemplar del Harper's Weekly. Tom les preguntó si se encontraban bien.

– Véalo usted mismo, Branagan -dijo Dolby pronunciando su nombre con un seco chasquido de lengua que transmitía cierto tono de censura-. ¿Bien? Naturalmente que no.

En la revista se podía ver un dibujo que mostraba en grotesca caricatura las figuras de Dickens y Dolby bloqueando las puertas de una estancia en la que se leía «Parker House» contra hordas de americanos en el otro lado. Un acobardado señor Dickens gritaba: «¡En mi casa no!».

– No creo que el artista estuviera aquí en persona -dijo Tom tras un momento de reflexión-. El dibujo muestra al señor Dickens escondiéndose de los mirones en su habitación, que no era el caso.

– ¡Por supuesto que no se estaba escondiendo! -dijo Dolby furioso.

Dickens se acarició la mecha gris metálico de su barba y, empujando hacia afuera la mejilla con la lengua, como hacía en las situaciones incómodas, levantó la mirada del dibujo con aire cansado.

– ¿No nos escondíamos? ¿No he venido aquí a hacer precisamente eso, esconderme y salir luego arrastrándome de mi guarida el tiempo justo para recaudar mis beneficios?

El novelista suspiró y entró en la habitación cojeando con su débil pierna derecha, en la que la travesía por mar había reavivado una antigua lesión.

Aquella noche Tom se despertó de madrugada. Sus ojos bailaron en la oscuridad de la habitación buscando el reloj de sobremesa.

– ¿Ha oído eso, Scott? -susurró en dirección a Henry.

Henry Scott se rebulló en la cama.

– Un ruido -explicó Tom-. ¿No ha oído un ruido?

Henry tenía la cara hundida en la almohada.

– Duérmase, Tom Branagan.

A Tom le estaba costando dormir en el Parker House; había algo en su opulencia que le desorientaba. Tom no estaba seguro de que hubiera oído un ruido realmente, o al menos un ruido diferente a los habituales en las bulliciosas calles de Boston que les rodeaban, pero necesitaba justificar su inquieto insomnio. El nervioso tictac del reloj le hizo salir de la cama.

Salió al pasillo llevando una vela y sólo con un chaquetón sobre sus calzoncillos largos de franela blanca. Al pasar por delante de la habitación de Dickens vio que tenía la puerta abierta.

Parecía que la hubieran abierto de una patada. El pestillo interior estaba roto.

– Señor Dickens -llamo Tom.

Tom entró en la habitación. Por un instante, un pensamiento extraño cruzó su mente: sería muy inconveniente que alguien viera dormir a Charles Dickens. Pero la cama estaba revuelta y vacía, y no se veía ni rastro del novelista.

Recorrió el dormitorio del escritor buscando alguna señal de lucha y llamó con el puño a la puerta que daba a la habitación de Dolby. Cuando entró, Dolby se estaba poniendo la bata de noche.

– ¿Qué pasa, Branagan? ¡Vas a despertar al jefe!

– Señor Dolby -dijo Tom señalando-, Dickens ha desaparecido.

– ¿Qué? Dios santo -Dolby empezó a tartamudear, apenas capaz de llamar a la «¡po-policía!».

Y en ese momento Dickens en persona entró en la habitación.

– ¿Qué está pasando aquí? -preguntó alarmado. Llegaba por la escalera secreta que conectaba a través de la puerta privada con su habitación.

– ¡Jefe! -gritó Dolby yendo hacia el novelista a toda velocidad para abrazarle-. ¡Gracias a Dios! ¿Va todo bien?

– Por supuesto, mi querido Dolby.

Dickens les explicó que el recuerdo de la espantosa caricatura del Harper's, unido al punzante dolor de su pie, habían interrumpido su sueño y había decidido salir a dar una vuelta.

Dolby, anudándose el cinturón de su bata con aire de dignidad, se dirigió a su asistente.

– ¿Lo ve, Branagan? Aquí no pasa nada. ¡El Jefe salió por la parte de atrás!

– Pero era la puerta de delante la que estaba abierta, y el pestillo roto -dijo Tom.

Dickens adoptó de repente una expresión de preocupación al comprobar en la puerta lo que le estaban contando.

– Dolby, llame a un empleado del hotel. ¡No, no llame! No quiero que toda la plantilla oiga el timbre. Vaya a buscar a alguien con discreción -Dickens se dirigió rápidamente a su escritorio e intentó abrir el cajón del centro. Pareció aliviado al descubrir que estaba cerrado con llave-. ¿Usted cree que ha entrado alguien aquí, señor Branagan? -preguntó Dickens.

– Señor, me parece muy probable -después de examinar la habitación durante unos instantes, Tom encontró un papel encima de la cama. Dolby regresó a la habitación.

– He mandado abajo a Kelly. ¿Falta algo, jefe?

Dickens había revisado sus pertenencias.

– Nada relevante. Excepto…

– ¿Qué ocurre? -preguntó Dolby.

– Bueno, es una cosa muy rara, se van a reír. Pero he notado que ha desaparecido una de las almohadas, Dolby.

– ¿Una almohada, jefe? -preguntó el aludido-. Branagan, ¿ha encontrado algo?

– Una carta, señor. La letra es difícil de leer.

Soy su más entusiasta incondicional en todo este país donde reina la vulgaridad. Anticipo con exquisito fervor el momento de tener su próximo libro en mis manos. Su próximo libro será el mejor de todos, lo sé sin lugar a dudas, porque es usted…

Tanto Dolby como Dickens estallaron en una carcajada de alivio, interrumpiendo la lectura de Tom.

– Señor Dickens, señor Dolby, no me parece que esto sea en absoluto cosa de risa. Es verdaderamente preocupante -rogó Tom.

– Señor Branagan, ¡por lo menos no era un soldado de la Hermandad Feniana! -exclamó Dickens.

– No es más que un inofensivo admirador que adora al jefe -dijo Dolby-. Nunca nos libraremos de ellos. Vamos a dejarlo así -añadió.

Tom insistió.

– Alguien ha entrado en la habitación por la fuerza y ha robado algo. ¿Y si el señor Dickens se hubiera encontrado en ella en ese momento? ¿Y si ese «inofensivo admirador» vuelve cuando el señor Dickens esté solo?

– ¿Robado? ¿Ha dicho usted «robado»? Una nadería, una simple almohada -dijo Dolby ahora casi divertido con el incidente-. ¿Es que no ha visto el bar del hotel? Caramba, puede uno emborracharse con todo tipo de licor. Es el sitio perfecto para que cualquiera reúna el valor necesario para ese tipo de bromas.

Henry Scott le consiguió otra almohada al jefe y estiró la ropa de su cama. Tom le contó a Richard Kelly la versión abreviada de lo sucedido, pero también el agente de ventas encontró en el relato de los hechos un singular motivo de hilaridad.

– ¡Y todo por una almohada dura como una piedra! -se regodeó Richard-. ¡La república de América!

– Señor Dolby, me gustaría quedarme haciendo guardia en la puerta del señor Dickens -dijo Tom volviéndose hacia su patrono.

– ¡Ni hablar de eso! Yo le diré lo que tiene que hacer, Branagan -respondió Dolby con un grandilocuente gesto de la mano. Deslizó ésta hasta el extremo del bigote como si empuñara el tirador de una campanilla, pero fue interrumpido antes de que pudiera acabar.

Era Dickens.

– Si el señor Branagan desea enfrentarse a la humanidad en la puerta de mi habitación, yo le doy mis bendiciones.

– Gracias, señor -dijo Tom con una pequeña reverencia a Dickens.

Mientras ocupaba su lugar de vigilancia delante de la puerta, Tom dobló la nota y se la guardó en el bolsillo.

13

Los visitantes ingleses no tardaron en adaptarse a las peculiaridades de la vida en América: para que mereciera la pena, todo tenía que ser difícil. El viernes fue el incidente de la habitación de Dickens. El sábado por la tarde quedó decidido que bien alguien de su equipo o del personal del Parker estaría permanentemente en la puerta de la habitación de Dickens y le acompañaría en sus paseos diarios. Dolby informó a Tom Branagan de esta resolución durante el desayuno del sábado con aire de autoridad, pero él sospechaba que había sido Dickens en persona quien había solicitado este cambio. En apariencia, el novelista había adoptado una actitud frívola respecto a su propia seguridad, pero Tom había visto en sus ojos algo mas serio.

En un momento dado, Tom creyó que había localizado a su hombre. Pilló a un sujeto delgado con rasgos marcados merodeando alrededor de la habitación de Dickens. Resultó ser un revendedor de Nueva York que había tomado unas habitaciones junto a las del escritor con la esperanza de escuchar la hora y el lugar de la siguiente venta de entradas.

Cuando Dolby estaba de viaje por cuestiones de negocios y el señor Fields y el señor Osgood ocupados, Tom le acompañaba en sus largos paseos.

Si se paraba ante un escaparate, Dickens sólo contaba con unos segundos antes de que se agolpara una muchedumbre. Le complacía que las librerías de Boston celebraran su visita llenando las vitrinas con sus retratos fotográficos y pilas altísimas de sus libros que en ocasiones arrinconaban a El ángel guardián, la nueva novela del doctor Oliver Wendell Holmes, y a la recién publicada sensación literaria, el Dante de Longfellow. El novelista también frenaba el paso para ver cómo las tiendas de tabaco más emprendedoras ponían en primera fila el rapé Pickwick, los puros Little Nell y un juego de Navidad de Dickens (para chicos y mayores).

– ¡Qué ingenuidad la del Centro del Universo! Eso es un americanismo, fíjese. En este país le llaman centro al eje de la rueda. ¡Puros Little Nell! Recuerde que hay que contárselo a Forster para mi biografía.

Dickens le dejó a Tom su bastón de paseo mientras entraba a echar un vistazo más detallado. En la espera, Tom casi se corta en la mano con un gran tornillo que sobresalía por un lado de la empuñadura.

Cuando Dickens salió fumando felizmente un puro Little Nell, Tom le preguntó si quería que le quitara el tornillo para evitar que se hiciera daño con él sin querer.

– ¡Ni se le ocurra, Branagan! Es un tornillo puesto a propósito con el fin de hacerlo más útil. Verá, de vez en cuando acabo paseando por los pantanos -le contó mientras cruzaban la calle-. Los convictos trabajan en los alrededores. En caso de que uno escape, puedo utilizar el puño de este bastón como arma. Venga -dijo adoptando su voz un repentino tono agudo al tiempo que agarraba a Tom del brazo-. Huyamos del señor Pumblechook, que cruza la calle con intención de saludarnos -y luego, con una voz diferente-: No, por ese callejón. Viene el señor Micawber, apartémonos de su camino.

Tom ya estaba acostumbrado a esto. Dickens interpretaba con frecuencia los papeles de Pip, Ralph Nickleby o Dick Swiveller mientras paseaba para ensayar sus lecturas en público. A veces daba su paseo de después del desayuno por Beacon Street, conocida también como la Tierra Nueva, que, en su última visita a Boston, no era más que una desoladora ciénaga. Tras las nevadas alternadas con lluvia, ahora un espeso barro cubría las aceras. En aquel paseo en particular, cuando Dickens y Tom doblaron una esquina, una mujer vestida con traje formal que caminaba unos pasos detrás de ellos se detuvo, dedicando un cuidado extremo al lugar donde ponía el pie. Se inclinó mientras sacaba meticulosamente una hoja de papel de un bolso de tapicería. La presionó contra la grava donde ambos hombres habían pisado unos instantes antes. Después de dejar que se empapara de barro, la recogió. Con una cuchilla recortó el papel sobrante alrededor de la huella que había dejado la bota del novelista. Una huella de Dickens. Una huella de Dickens perfecta.

Mientras tanto, los dos hombres corrían en busca de un cobijo para protegerse de la lluvia sin percatarse del éxtasis que experimentaba aquella mujer al estrechar la inestimable huella.

El equipo de Dickens pasó el día de la primera lectura pública acondicionando el Tremont Temple. Dickens tanteaba el mejor sitio del escenario desde el que leer. Henry Scott se desplazaba a su alrededor de puntillas como una bailarina de ballet disponiendo en la mesa del escritor su agua y sus libros. George Allison orientaba escrupulosamente las lámparas de gas para que arrojaran la cantidad justa de luz en los lugares exactos de la cara de Dickens.

Dolby había elegido aquella sala antes que otros espacios más modernos como el Boston Theater porque la inclinación gradual de la platea hacía que todos los asientos tuvieran buena visibilidad. A Dickens le había gustado la idea.

– ¡Exactamente la misma calidad para todos mis oyentes! -dijo.

Le molestaba pensar que los más acaudalados pudieran pagarse un sitio con mejor visibilidad y se negaba a consentir que se subiera el precio de las entradas por encima del democrático único dólar, incluso teniendo en cuenta que, de hacerlo así, habría acabado con las especulaciones. Mientras tanto, encargaron a Tom que inspeccionara las entradas a la sala.

– ¿Está todo en orden? -inquirió Dolby.

– ¿Dice usted que entrarán aquí cientos de personas, señor Dolby?

– ¡La mayor aglomeración de público que se haya reunido nunca en Boston desde que tiraron fardos de té de nuestros barcos al agua! -Dolby se puso nervioso al ver que Tom no sonreía.

– Ésta va a ser la primera aparición en público del señor Dickens aquí. Para serle sincero, señor Dolby, me preocupa que la persona que entró en el hotel le busque también aquí.

– ¿De qué estás hablando? -dijo Dolby sacudiendo la cabeza enérgicamente-. ¿Ese fulano? ¿Te refieres a «el gran ladrón americano de almohadas»?

A Tom le dejó pasmado que el representante pudiera haber alejado el incidente de su cabeza de tal manera.

– Es posible, señor, y me temo que, sin saber cuáles eran sus intenciones aquella noche y sin conocer su aspecto…

– ¡Basta! ¡Ya has sido bastante sincero! -exclamó Dolby. Se mordió el labio mientras examinaba a su subalterno-. Joven Branagan, para mí es una cuestión de honor conseguir que la gira tenga éxito y que al mismo tiempo sea agradable para el jefe: se trata de no ponerle nervioso y no arriesgarnos a socavar su genio.

Dickens, que estaba de pie ante su escritorio de caoba sobre el escenario para probar el sonido, miró hacia el punto del arrebato de Dolby.

– ¡Jefe, desde aquí se le escucha de primera! -dijo-. Me voy al siguiente anfiteatro a ver qué tal se oye -luego, volviéndose de nuevo hacia Tom, dijo en voz baja-: ¿Sabes que cuando murió mi predecesor fue el mismo jefe quien escribió las palabras que grabaron en su lápida?

– No -respondió Tom. ¿Pensaría Dolby que iba a necesitar una lápida en el futuro inmediato?

Por un instante, Tom pensó acercarse directamente al estrado y contarle él mismo al jefe lo que le preocupaba. Tal vez Dolby lo presintiera, porque le dio de inmediato nuevas órdenes.

– Recuerda, Branagan, hay que sentar a la invitada especial antes que a todos los demás. Si hay una cosa que vayas a aprender del jefe durante nuestra estancia en América es la consideración por los demás -le dijo. La invitada especial a la que se refería Dolby había escrito una carta a Dickens unos días antes en la que le explicaba que era paralítica y le preguntaba si sería posible que le abrieran las puertas del Tremont Temple un poco antes. Dickens hizo que se le enviaran unas entradas de regalo y dio órdenes a Dolby para que se le garantizara un acceso cómodo.

Cuando llegó la mujer paralítica, casi llorando de emoción, Tom la llevó en brazos al interior de la sala. Al hacerlo pudo ver los cientos de personas que esperaban fuera del edificio a que se abrieran las puertas. De hecho, el follón de carruajes que se había formado en las calles que rodeaban el teatro casi había paralizado toda la actividad de Boston. Los que no tenían entradas deambulaban por el exterior del edificio mirando con resentimiento a los espectadores que se abrían camino al interior con dificultad, donde por fin Tom y la policía les conducían a sus asientos. En un momento dado se escuchó un ruido inesperado, como una explosión, desde una de las galerías.

Tom corrió hacia el lugar. El ruido lo había causado un hombre al sentarse encima del sombrero de copa de su vecino de asiento, que lo había dejado donde no debía, reventándolo y asustando a todos los asistentes. A continuación se suscitó una discusión entre los dos aristócratas sobre quién había tenido la culpa, luego sobre el precio del sombrero, para desplazarse después sobre cómo el destocado caballero iba a parar, al salir a la calle, a un cochero de punto con la cabeza descubierta como un vagabundo.

Por fin subió Dickens al estrado a las ocho y quince minutos, con un traje oscuro elegido por Henry realzado por una flor blanca y roja en la solapa. Un fragor de aplausos, gritos de bienvenida, un mar ondulante de pañuelos, y Dickens saludó a la izquierda, a la derecha y al frente. El único sonido que pudo apaciguar al público fueron las primeras palabras del novelista:

– Señoras y caballeros, voy a tener el honor y el placer de leer para ustedes una selección de mi obra…

Y así dio comienzo la gira. Dickens elegía largos fragmentos de dos novelas diferentes para cada lectura y ponía en escena una interpretación condensada y dramática de cada una de ellas. Los personajes cobraban vida al darles a todos ellos su propia voz, actitud y alma: era autor, personaje y actor. El autor nunca hacía un punto y aparte, anticipando la siguiente frase en la medida de lo posible. Tampoco reducía la velocidad ni hacía pausas para dar énfasis en momentos de sutil ingenio o significado, confiando plenamente en su público. Tom permaneció de guardia en las puertas todo el tiempo. Las órdenes de Dolby resonaban en su cabeza, aunque no podía dejar de preguntarse cómo sería el intruso del hotel y si se encontraría perdido entre la masa de rostros.

En una de las lecturas, mientras Dickens interpretaba al Magwitch de Grandes esperanzas corriendo por el pantano, Tom estaba observando a la arrebatada concurrencia del Tremont Temple cuando escuchó un ruido. Como un rápido susurro ininteligible… No, como un gato arañando la madera. Intentó identificar la fuente, pero no venía de un solo sitio. Se escuchaba por todas partes. Entre el público había unas cuantas personas que tomaban notas con lápices a toda velocidad… Más rápido de lo que había visto nunca escribir a nadie.

A la mañana siguiente, después de que Tom pusiera en conocimiento de Dolby lo que había visto, el representante le escoltó hasta la oficina de la editorial, en el otro extremo de la calle, y preguntó allí si podían ver al señor Fields.

– ¿Tomando notas, dice? -preguntó Fields con las manos en las caderas-. ¿Periodistas, tal vez?

Tom dijo que no creía que lo fueran; a los miembros de la prensa se les habían asignado asientos en las primeras filas siguiendo instrucciones de Dolby, mientras que aquellos hombres y mujeres estaban dispersos por las diferentes plantas y en la zona sin asientos.

Osgood entró en la Sala de los Autores mientras Tom explicaba lo que había visto. Al oír la descripción del joven sacudió la cabeza.

– ¿Cómo no lo hemos previsto? ¡Los bucaneros!

– Le ruego que explique lo que quiere decir, señor Osgood -dijo Dolby, que compartía el sofá con Tom.

– Como usted sabe, de cara a estas lecturas el jefe ha condensado sus novelas, y de forma bastante ingeniosa, para que cada una de ellas dure una hora. Verá, señor Dolby, sin duda otras editoriales esperan piratear «nuevas. ediciones», ediciones ilegales, con el fin de minar nuestras ventas autorizadas de sus libros. Me atrevería a asegurar que Harper es uno de los culpables.

– Pero, señor Osgood, ¿a qué se refiere con «los bucaneros»? -preguntó Tom.

Osgood pensó cómo se lo podía explicar al mozo.

– Son una especie de rateros literarios, señor Branagan. Los editores piratas los contratan para tareas como merodear por los muelles en busca de originales que llegan de Inglaterra y conseguirlos por medio de sobornos o incluso del robo. A pesar de que tienen el aspecto de rufianes normales y corrientes, son por definición de comportamiento frío y muy inteligentes. Se dice que con un solo vistazo fugaz a un papel son capaces de identificar a un autor y de calcular el valor de un manuscrito inédito.

– Supongo que no es una hazaña tan extraordinaria -intervino Dolby.

– De un solo vistazo, señor Dolby -continuó Osgood-, a través de un catalejo a una distancia de cincuenta pies. Se dice que cada uno de ellos conoce tres o cuatro idiomas de los países con los autores más populares de nuestros días.

– ¿Qué les empuja a trabajar en una dirección tan dañina, si poseen semejantes talentos? -preguntó Dolby.

– Sus esfuerzos son bien recompensados. Aparte de eso, cualquier suposición sobre sus motivos es pura especulación. Se sabe que uno de ellos, una mujer llamada Kitten, trabajó como espía durante la guerra de Secesión y sabía transmitir párrafos enteros de valiosa información a sus colaboradores mediante linternas y banderas. Se dice que otro miembro de su nefanda cofradía aprendió a leer los labios con un sordomudo. Varios de ellos son también expertos en taquigrafía con el fin de registrar las conversaciones que escuchan entre editores y que pagarían de buen grado sus rivales. Y se comenta en voz baja que algunos de los bucaneros son los responsables de los artículos más maliciosos en el terreno de la crítica literaria. Apostaría a que nuestros competidores enviaron a varios bucaneros al teatro con el fin de anotar todo lo que improvisaba el jefe. El Alcalde Harper no se detendría ante nada con tal de superarnos, y su hermano Fletcher, al que llaman el Mayor, le aconseja que ponga en práctica planes todavía más intrigantes.

– Me fijé en que el jefe creaba frases nuevas, frases brillantes, debería decir, durante la lectura del juicio de Pickwick -añadió Dolby asintiendo con la cabeza-. Es como si escribiera un libro nuevo ante nuestros ojos, ¡libro que esos piratas pueden robar ahora en directo y del que pueden beneficiarse! ¿Qué podemos hacer, señor Osgood?

– Para empezar, su socio -dijo Osgood señalando a Tom Branagan- podría echar a todos y cada uno de esos piratas armados con lápices a la calle.

– Sí. Pero es poco probable que consigamos detenerlos a todos, ni siquiera con un joven tan fuerte como él a nuestro lado -señaló Fields-. ¡Y ya han atrapado parte del «nuevo» texto en sus cuadernos!

– Tengo una idea -esta frase resonó tímidamente desde el fondo de la habitación. La había pronunciado un mozo larguirucho que llevaba un rato reparando una grieta de la pared causada por un marco caído.

Fields frunció el ceño ante la interrupción, pero Osgood le hizo al muchacho un gesto con la mano para que se acercara.

– Caballeros, mi nuevo aprendiz, Daniel Sand.

– Si me permiten -dijo Daniel-. Ustedes, señores, tienen algo que los piratas no tienen: me refiero al mismo señor Dickens. Con sus versiones condensadas personalmente, pueden publicar ediciones especiales de inmediato.

– Pero lo que queremos es vender las ediciones del libro que ya hemos imprimido, muchacho -objetó Fields-. Ahí es donde está el dinero.

Osgood sonrió abiertamente.

– Señor Fields, creo que Daniel ha tenido una buena idea. Podemos vender las dos. Las nuevas ediciones especiales, con tapas blandas, serían únicas. Recuerdos para los asistentes a las lecturas y regalos poco costosos para familiares y amigos que no han podido obtener entradas para ver a Dickens. Mientras que las ediciones normales seguirían vendiéndose para las bibliotecas personales. Una idea excelente, Daniel.

Rebecca, que traía a la Sala de los Autores una caja de puros para los hombres, se detuvo junto a la puerta y el rostro se le iluminó de orgullo al escuchar los halagos que dedicaba Osgood a su hermano.

Aquel día, al salir del edificio de la oficina, complacido con la decisión tomada, Dolby compró varios periódicos al muchacho de la esquina.

– Ese Osgood es un hombre genial, Branagan, aunque su sonrisa tiene algo sombrío -le iba diciendo-. ¿No se ha dado cuenta? Sonríe como si no creyera nada de lo que ve. ¡Dios mío! ¡Que me trague la tierra! -exclamó Dolby al hojear uno de los periódicos.

El artículo, titulado «Dickensiana», hablaba de la oferta floral que una mujer joven le había hecho a Dickens en una de sus lecturas. Se dice que Dickens no vive con su mujer. Este hecho añade picante a la pequeña anécdota. Las fiestas que da son por lo general para varias personas, en su gran mayoría del género femenino, todas ellas cautivadas por la sopa y las frases del que firma como Boz [3]. ¡Oh, Charles, a tu edad y con esa calva y esa perilla gris!

En otro periódico, una caricatura mostraba a un altanero Dickens paseando por las calles de Boston al que seguía un muchacho corriendo. El chico llevaba en la mano una gran letra H, la letra que no se pronunciaba en la mayoría de las palabras cockneys, mientras gritaba: «Oiga, señor, espere, se le ha caído una cosa». No era el primer periódico que se burlaba de sus modestos orígenes cockneys.

– «A tu edad», ¡Dios del cielo! Esto le pondrá de un humor de perros durante seis días. ¡Branagan, no dejes que el jefe lo vea o lo pagarás con tu vida! -Dolby interceptó al siguiente chico de los periódicos y le compró todos los ejemplares que llevaba.

Tras una serie de triunfales lecturas en Boston, todo el grupo se subió a un tren exprés nueve horas hasta Nueva York, donde había estado nevando copiosamente. Unos días después de su llegada, el suelo estaba cubierto por una capa de cuarenta y cinco centímetros, revistiendo los laterales de las calles con un muro blanco. Dolby alquiló un trineo para uso del equipo de Dickens ya que los carruajes no podían desplazarse. Cada vez que Dickens salía del hotel Westminster, recordaba a un antiguo emperador del Viejo Mundo subiendo al trineo rojo, amontonando sobre su regazo pieles de búfalo para mantener el frío a raya.

El New York World, en un artículo sobre el deseo de intimidad de Dickens, citaba el número de su habitación en el hotel. El mismo artículo también señalaba, en un tono bastante crítico, que el escritor no había utilizado ni una sola vez la mostaza que tenía sobre la mesa en su primera cena. El Herald sugería que la escoria de Nueva York rodeara al visitante Homero de los barrios bajos y los callejones para que no pudiera escabullirse sin ser visto, como había intentado hacer en Boston.

Tom llegó al hotel con parte del equipaje que habían enviado más tarde y se encontró a Dickens y a Dolby consolando a una anciana que sollozaba con lágrimas de humillación. El detective del hotel estaba de pie a su lado.

Tom se acercó a Richard Kelly, el agente de ventas.

– ¿Qué ha pasado? -preguntó Tom en un susurro.

Kelly le explicó que se trataba de una viuda a la que el dueño del hotel tenía en gran aprecio y que se había acercado a llevar unas flores a la habitación de Dickens. Cuando salía ya del cuarto del escritor se encontró en el pasillo con otra mujer que se lanzó sobre la señora y empezó a aporrearla con los puños. Para cuando los gritos de la víctima atrajeron a Dickens y a un camarero del hotel, la otra mujer ya había desaparecido.

– Imagine, una pobre viuda de cabello blanco…, una admiradora de Su Majestad… ¡Agredida!

– ¿Por qué habrá hecho eso la otra mujer?

– ¡Porque tenía un poco perdida la cabeza! -concluyó Kelly.

Tom, preocupado por lo que había pasado, se separó de Kelly y volvió al pasillo.

– No lo sé -escuchó decir a la viuda entre sollozos-. Me dijo que tenía muy poca vergüenza por entrar en las habitaciones de Charles Dickens sin carabina, como si fuera su esposa. No dejaba de pegarme, primero con el bolso y luego con los puños. ¡Oh, señor Dickens!

Éste le respondió

– Lamento lo que ha sucedido. Es chocante que constantemente me estén pasando cosas que nadie más en el mundo podría creer.

Para la siguiente campaña de ventas, Do1by desarrolló un plan para combatir a los especuladores. Se haría estampar en todas las entradas un número único antes de su venta, impidiendo los denunciados intentos de falsificación. Con diez mil entradas para la próxima venta de Nueva York, más las ocho mil de Baltimore y las seis mil de Washington, esto supondría varios días de trabajo para Tom, Richard y Marshall Wild, un modesto agente de ventas americano que habían contratado para ayudarles. La tarea de sellado despertaba constantemente a Dickens, de manera que Dolby trasladó el grupo al pasillo, donde tuvieron que sentarse en el suelo. Más tarde, Dolby dio instrucciones a su equipo para que a los primeros compradores de la cola (que solían ser por lo general revendedores o enviados suyos) sólo se les vendieran entradas de las últimas filas del teatro, a fin de que no pudieran hacerse con las mejores localidades.

Por supuesto, los periódicos publicaron reportajes en los que se decía que Dolby, en su caza del revendedor, atropellaba al inocente ciudadano neoyorquino y se señalaba regocijadamente que ningún «Dolby ex machina» iba a resolver el problema. ¡Sin duda ya es hora de que el cabeza de chorlito de Dolby -arengaba el World- regrese a lo más profundo de las tinieblas autóctonas de las que ha salido!

En esta ocasión la venta se iba a llevar a cabo en Brooklyn y en un día desapacible, más frío que los que habían vivido en Boston. Su trineo llegó, después de cruzar el río a bordo de un ferry, a las ocho en punto de la mañana. Do1by se apeó de él con su maletín de entradas, seguido de Tom, Kelly y Wild.

– Dios del cielo -juró para sí en un susurro Dolby cuando vio el espectáculo.

La cola tenía una longitud de tres cuartos de milla. Más tarde, como consecuencia del incidente que estaba a punto de ocurrir, los periódicos declararían que había tres mil personas. Habían elegido la iglesia de Plymouth para la lectura porque era el único edificio con capacidad para la cantidad de público que se esperaba. Tuvieron que desmontar el púlpito para dejar espacio a la iluminación de gas y la mampara.

El personal de taquilla fue zarandeado por la multitud a su paso.

– ¡Te lo vamos a comprar todo, Dolby, trineo incluido!

– Así que Charley te ha dejado usar el trineo, ¿eh, Dolby? ¿Cómo se encuentra esta mañana? ¿Nos está escribiendo un libro nuevo?

– ¡Déjame que te lleve la valija de las entradas, cabeza de chorlito! ¡Dile a Dickens que se lleve a mi mujer a la madre patria si ya no quiere a la suya!

Ya había policía y detectives allí presentes para intentar contener a la muchedumbre. Uno de los agentes se acercó a Dolby y le dijo algo al oído. Dolby asintió y puso rumbo a la taquilla con el fin de prepararse para la acometida. Durante la noche, el termómetro de Réaumur había caído por debajo de los cero grados. Los hombres que habían formado la cola yacían en colchones de paja, bebían whisky barato, cantaban canciones escandalosas, encendían hogueras. Las pistolas de bolsillo se exhibían para disuadir a los recién llegados que intentaban colarse.

La policía había identificado a un gran número de revendedores conocidos no sólo de Nueva York, sino de Filadelfia, New Haven y Jersey City. Los ayudantes de los revendedores brindaban a la salud de Dickens con bourbon y comían pan con carne que sus jefes les habían proporcionado en bolsitas. En el grupo se incluía el revendedor visto ya anteriormente, vestido de George Washington. Parloteaba sobre la visita de Charles Dickens considerándola el asunto más importante de toda la historia de América. Resultaba una extraña apreciación viniendo de George Washington.

– ¡Porque no nos iremos a casa hasta que amanezca, hasta que la luz del día aparezca!

La canción empezó a sonar hacia la mitad de la cola y se extendió por toda la variopinta concurrencia. Un sujeto propuso un brindis por los dos hombres que habían dejado su impronta en la civilización del siglo XIX:

– Por William Dickens y Charles Shakespeare. ¡A ver quién se atreve a negarlo!

Otro hombre salió de la fila y le dio unos golpecitos a Tom en el brazo con su bastón de bambú.

– ¡Tú! ¿Qué significa esto?

– ¿Cómo dice? -respondió Tom.

– ¿Pretende colocarme al lado de dos puñeteros negros?

Tom echó un vistazo a la cola que venía detrás y vio a dos jóvenes con el más leve tono marrón en sus rostros.

– Se sentará usted en la iglesia, señor, exactamente en el lugar que indica su entrada -dijo Tom.

– ¡Si me voy a sentar al lado de uno de esos dos, será mejor que me cambie de sitio!

– Estoy convencido de que el señor Dickens no admitiría su objeción -dijo Tom con ecuanimidad y tensando los músculos por si tenía que reducir al hombre-. Puede irse ahora si lo prefiere.

El hombre, echando humo y con aspecto de estar a punto de arrancarse los cabellos, se dio la vuelta y se marchó gritando improperios contra Charles Dickens por hacer lecturas abiertas y contra Abraham Lincoln por liberar a los negros permitiéndoles asistir a ellas. Los dos hombres de la fila se tocaron el ala del sombrero en agradecimiento a Tom.

Mientras tanto, la policía se dedicaba a extinguir hogueras demasiado cercanas a las casas de madera que había a ambos lados de la estrecha calle, provocando una oleada de amenazas y bravatas de la turba. Tom siguió inspeccionando la cola, impactado por la interminable variedad del género humano. Como había pasado en Boston, las clases altas tenían empleados o criados que les guardaban el puesto: en consecuencia, alrededor de las nueve de la mañana, la composición de la fila empezó a cambiar de gorras a sombreros, de mitones a guantes de seda y bastones de paseo.

Tom desvió su atención hacia una mujer que miraba inquisitivamente en dirección a él. Con ojos fríos y claros pero apagados, permanecía fuera de la fila de gente, casi como si estuviera realizando el mismo tipo de inspección que Tom. Llevaba un cuaderno de notas y escribía pensativa con un lápiz corto, con el ceño fruncido de una manera que parecía indicar que ésa era la expresión habitual de su rostro. ¿Sería otra taquígrafa de las que enviaban los editores piratas? La observadora pasó algunas hojas en busca de una limpia. Una de las hojas tenía un borrón de lodo o una especie de huella de barro pegada encima.

– ¿Quiere usted ponerse en la cola de las entradas, señora? -le preguntó Tom acercándose a ella y haciendo el gesto de levantarse el sombrero-. Permitimos que las mujeres se pongan en la fila, o puede usted pedir a alguien que le guarde el puesto.

En ese preciso momento, los bulliciosos hombres de la fila volvieron a prorrumpir en canciones.

Cantaremos, bailaremos y estaremos alegres,

y besaremos a las queridas muchachas.

Porque no volveremos a casa hasta que amanezca,

hasta que la luz del día aparezca…

– ¡Esos bribones horrendos y tan, tan vulgares! -comentó la mujer en voz alta del astroso grupo. Había extraído una navaja con empuñadura de nácar para sacar punta a la mina del lápiz. Tom observó que, para ser una navaja pequeña, tenía la hoja muy afilada-. No son en absoluto de los que apreciarían a Charles Dickens. He oído cómo esos rufianes necios se citaban unos a otros fragmentos… totalmente equivocados. ¡Uno de ellos atribuía una cita a Nickleby cuando era claramente de Oliver Twist! «Las sorpresas, como las desgracias, rara vez llegan solas.»

Había algo en la mujer que despertaba un vago recuerdo en la memoria de Tom.

– ¿Ha asistido a alguna lectura anterior del señor Dickens? -le preguntó.

– ¿Que si he asistido a alguna? Acérquese más. ¿Cómo se llama usted, estimado muchacho?

Tom dudó, luego se inclinó hacia la mujer y se lo dijo. Tenía un aplomo masculino, pero sus rasgos, ensombrecidos por el amplio sombrero de plumas negras que estaba de moda, eran hermosos. Calculó que andaría por su cuadragésimo año de vida, pero hacía gala de una seguridad en sí misma digna de una belleza de dieciséis años o de una matrona de setenta.

– ¡Por supuesto que he asistido a sus lecturas! -dijo de repente con un tono de voz aún más elevado-. ¡Las adapta para mí, sabe usted! -hizo una pausa y frunció los labios-. Cambia sus libros a medida que los lee y con ello realiza todo tipo de locas improvisaciones para mí. Me refiero a Dickens -dijo tras comprobar la duración del silencio de Tom-. Me atrevería a asegurar que piensa usted que soy muy rara.

– ¿Señora?

– ¡Ah, sí! -exclamó-. Se está diciendo a sí mismo, aquí tenemos a una de esas americanas vulgares y horrendas. Pues bien, es cierto. No soy una buena chica. La verdad es que soy un íncubo. Y también soy medio inglesa, ¿sabe usted? Pero usted… usted es de la tierra de las patatas, ¿verdad? Sueña con la necesidad y el infortunio y lleva mantequilla en las venas -de repente dio un salto como si le hubiera asustado un trueno. Sacó un reloj de su bolso de tapicería-. ¡Llego espantosamente tarde! En el tiempo que llevamos hablando he faltado a dos citas. Adiós, au revoir.

Tom siguió su ronda cayendo en la cuenta de lo que le había llamado la atención de aquella mujer. No era exactamente la mujer, aunque con seguridad la había visto antes entre la muchedumbre que se formaba siempre alrededor de Dickens. Lo que le había llamado la atención había sido el cuaderno. El papel era exactamente del mismo color melocotón y del mismo tamaño (exactamente el mismo, de eso estaba seguro) que la carta que habían encontrado en la habitación de Dickens y que todavía conservaba. Sacó la carta del bolsillo de la chaqueta. La autora declaraba ser la mayor lectora de Dickens en todo este país donde reina la vulgaridad, unas palabras similares a las que había pronunciado la señora. Tom se giró y vio que se alejaba de la fila.

– Señora -exclamó Tom, y ella empezó a apretar el paso-. Espere. ¡Señora!

Entonces Tom escuchó que alguien le llamaba de lejos. Intentó no hacer caso. Si la mujer era quien él creía que era, aquélla podía ser su oportunidad para quitarse de encima el peso de las preguntas sobre el incidente del hotel. Tom se abrió camino zigzagueando entre la aglomeración sin retirar la mirada de las plumas de su sombrero, que se balanceaban por encima de la marea de gente.

– ¡Branagan! -un nuevo grito, más alto, que esta vez no podía ignorar-. ¡Bra-Branagan!

Tom miró por encima de su hombro y descubrió que lo que hasta entonces había sido un pequeño altercado en la fila se había convertido en toda una batalla. Los combatientes se atacaban fieramente unos a otros con leños que habían cogido de las hogueras y pisoteaban a los caídos. En el centro de todo aquello se encontraba un grupo de especuladores y policías de Brooklyn. Los policías blandían las porras contra los palos. El señor George Washington se tambaleaba con la nariz chorreando sangre y mechones arrancados de la peluca blanca colgando de las orejas. Aprovechando que el combate se recrudecía, varios de los compradores más emprendedores, con las caras ensangrentadas, arrastraron sus colchones apresuradamente hasta los primeros puestos de la fila.

Tom se sumergió en el corazón de la pelea, embistió a uno de los atacantes y liberó a un policía. Un hombre, gritando como un salvaje, intentó pegar a Tom en la cabeza con un leño, pero él lo detuvo en el aire, lo rompió con las manos y lanzó al agresor a un banco de nieve. En ese momento, un refuerzo de policías cargó con las porras en ristre, ahuyentando a los alborotadores. Lo que muchos de ellos querían sobre todas las cosas era mantener sus puestos en la fila, y se aferraban a los barrotes de la verja que rodeaba la iglesia como si sus vidas dependieran de ello. Para su asombro, Tom se percató de que varios policías secretos, en vez de ayudar, sacaban provecho de la situación para ponerse en una posición privilegiada de la cola.

El revendedor vestido de George Washington vociferaba su ofendida protesta mientras era arrastrado del cinturón.

– ¡Dadle al soez forastero por sus mugrientos panfletos literarios honores que nunca se dieron a nuestros héroes nacionales, a nuestros propios demócratas como el mismísimo George Washington! ¡La guerra literaria entre el Nuevo Mundo y el Viejo Mundo ha empezado!

– Branagan, ¿va to-todo bien. por ahí? -Dolby llegó a su lado corriendo, sin aliento y observando con atención a todos los hombres derribados alrededor de su empleado. Luego miró a Tom con un recién encontrado respeto.

Tom se miraba la palma de la mano, que se había quemado con el leño encendido y necesitaba vendarse de inmediato.

– ¿Qué ha pasado? -le preguntó a Dolby.

– ¡Un desastre! -exclamó éste. Con un tartamudeo fortalecido por el susto, le explicó que habían empezado la venta de entradas ateniéndose a su nueva política contra los especuladores. Cuando quedó claro que la primera sección de la cola iba a obtener las entradas de las últimas filas, los impulsivos especuladores protestaron y maldijeron a grandes voces, mientras los más sensatos intentaban sobornar a los de atrás para cambiar de sitio con ellos. Los que no eran revendedores también protestaron. Los diversos jaleos fueron creciendo hasta generar un auténtico caos por toda la fila.

– ¿Dónde estabas? -le dijo Dolby a Tom acusadoramente-. ¡Querían hacerme pe-pedazos!

Tom miró hacia atrás pero sabía que la mujer del cuaderno habría desaparecido. Ahora ya no tenía sentido sacar de quicio a su superior.

– Le pido perdón, señor Dolby. Estaba revisando las hogueras.

– Deberías haber estado al tanto.

– Lo siento, señor.

Dolby se enderezó el traje y la chalina, aunque siguió teniendo la apariencia de un modelo del desaliño.

– Bueno, sigamos adelante. Todavía tenemos que sacarle a esta caterva dos mil dólares por lo menos, ¡si queda un dólar! ¿No es ése el american way?

Tras una serie de lecturas en Nueva York, el calendario exigía que Dickens, Dolby y el resto del equipo fueran a Boston. Como la nieve había bloqueado el ferrocarril, esperaron hasta el sábado en Nueva York, donde tuvieron que sufrir las columnas de los periódicos que condenaban los acontecimientos de la venta de entradas en Brooklyn y culpaban a un «irlandés irascible» empleado de Dickens de haber comenzado lo que casi se convirtió en un motín. Este hecho fue confirmado por un irreprochable testigo «de peluca, hebillas y sombrero de tres picos», el revendedor vestido de George Washington, que instó a la policía a detener a Tom de inmediato. Entretanto, Dickens había caído en las simas de un resfriado tremendo («los resfriados ingleses son malos, pero no se pueden comparar con los de este país», anunció gravemente), pero a Dolby le preocupaba que fuera algo peor, tal vez la gripe. En aquellas circunstancias, otro extenuante trayecto en tren no sería de gran ayuda. Dickens indicó con un gesto a Henry Scott que sacara una petaca de la bolsa de viaje tan pronto como ocuparon sus asientos.

Henry por su parte rezaba por Dickens antes de cada viaje en tren.

– ¿Pasa algo malo, Henry? -le preguntó Tom al ver por primera vez aquel despliegue.

– ¡Staplehurst! -respondió él sombríamente.

– ¿Staplehurst?

– Sí, nada más que eso. Si Staplehurst no hubiera existido, ni aquel 9 de junio, tal vez el jefe no fuera un hombre tan melancólico.

– A mí me sigue pareciendo bastante alegre -señaló Tom-, para lo que usted califica de hombre melancólico.

– ¿Es que no lee los periódicos? ¿Es que no sabe nada de nada, Tom Branagan?

Le contó entonces que aproximadamente dos años antes, el 9 de junio de 1865, Dickens había estado a punto de morir. Un terrible accidente de tren cerca de la aldea de Staplehurst. Los raíles que cubrían un puente habían sido retirados para su reparación sin avisar a los trenes que debían pasar por allí. Dickens y su cuadrilla iban en el «tren de la marea» que venía de Francia y que, al llegar al tramo sin raíles, quedó colgado sobre el puente.

Dickens logró rescatar a Nelly Ternan y a su madre del vagón de primera clase que colgaba en el vacío y después el novelista escaló por el barranco que tenían debajo para salvar a cuantas víctimas le fue posible. A pesar de sus denodados esfuerzos, aquel día murieron diez personas ante la mirada impotente del escritor. Dickens volvió a descolgarse dos veces más hasta el vagón de tren suspendido durante aquel calvario. La primera para ir a buscar brandy para los pacientes que sufrían. Entonces se dio cuenta de que tenía que volver por muy peligroso que fuera. En su abrigo guardaba una nueva entrega de la novela que estaba escribiendo, Nuestro común amigo, cuyas páginas estaban deterioradas pero enteras. Después de aquello, siempre que ponía el pie en el vagón de un tren, en un barco, o incluso en un coche de punto, no podía evitar pensar que éste podría ser nuestro trayecto final en esta tierra. El brandy le ayudaba a templar los nervios en estas ocasiones.

– Staplehurst -repitió Henry, y acabó su relato con una oración silenciosa-. Amén -dijo en voz baja.

– Amén -coreó Tom.

Una estufa calentaba el vagón en el que se instalaron en su viaje de vuelta a Boston, pero era difícil decir si hacía que el compartimento resultara más cómodo o más miserable en combinación con el número de pasajeros y los movimientos secos del tren. La ruta exprés de nueve horas se veía considerablemente retrasada por los ríos de Stonington y New London, ambos en el camino de Connecticut. En cada uno de estos lugares el tren navegaba sobre un ferry para cruzar el río y los viajeros tenían plena libertad de quedarse a bordo del tren o de explorar el barco y comer en su restaurante. Dickens se quedó en el tren durante estas travesías en ferry, incluso cuando un navío de guerra americano que pasaba cerca enarboló una bandera británica y atacó una interpretación del Dios salve a la Reina en su honor. El escritor se limitó a observar por la ventanilla.

Su ánimo parecía particularmente contenido en aquel trayecto, que pasaba concentrado en una parsimoniosa partida de cartas a tres manos con Tom y Henry.

– Recuerdo -dijo Dickens con un inesperado entusiasmo sin dirigirse a nadie en particular- que en mi primera visita a América, sí, ¡entonces fue cuando practiqué por primera vez el arte del mesmerismo! Es extraño apreciar que el ferrocarril parece haberse estancado mientras que la mayoría de las cosas en este país ha cambiado para mejor. Era horrible entonces y sigue siéndolo ahora.

– ¿Mesmerismo, Jefe? -preguntó Tom-. ¿Lo ha experimentado usted mismo?

– Ah, Branagan, el espiritualismo no es más que un camelo, pero los insondables lazos entre hombre y hombre son tan reales, y tan peligrosos, como este tren plantado sobre un desvencijado bote.

Dickens describió cómo puso en práctica las lecciones recibidas del afamado espiritualista John Elliotson para mesmerizar a su mujer mientras estaban en Pittsburgh en 1842.

– Admito que sentí cierta alarma al ver que Catherine caía en un profundo sueño magnético durante seis minutos, aunque me sentí lo bastante alentado por el imprevisto éxito como para repetirlo la noche siguiente. Cuando regresé a Inglaterra lo intenté con Georgy, la tía de mis hijos, mi cuñada y mi mejor y más íntima amiga. Georgy, la más dulce de las personas, se volvió casi violenta bajo su influjo -Dickens rió de buena gana al recordarlo, pero pronto se volvió a quedar callado y abatido de nuevo, tal vez por el recuerdo de Catherine. Nunca hablaba de Catherine, la madre de sus ocho hijos, del mismo modo que nunca hablaba realmente de Nelly Ternan y, por supuesto, tampoco consentía que hablara nadie mas-. Bueno, es posible que el señor Scott ya haya oído todo esto con anterioridad -continuó-. ¿Qué le parecería poner a prueba mis habilidades como mesmerizador, señor Branagan?

– ¿Conmigo? -preguntó Tom.

– ¡Qué divertido, Jefe! -exclamó Henry.

– Vamos, vamos -dijo Dickens con aire eficiente-. Ya he magnetizado a incrédulos antes. ¡Estoy completamente persuadido de que sería capaz de hipnotizar a una sartén! De todas formas, cuando despierte no recordará nada.

Tom suspiró y se dejó ir mientras Dickens pasaba las manos por delante de sus ojos hasta que se le cerraron; luego empezó a desplazar los pulgares en un movimiento transversal por su cara. De repente se quedó observando el rostro de Tom con un extraño brillo en sus ojos. El tren se balanceaba de un lado a otro.

– ¿Jefe? -preguntó Henry.

Tom abrió los ojos y se encontró al novelista con las fosas nasales dilatadas y la mirada inquieta. Dickens ya no intentaba hipnotizarle. Las sacudidas del tren habían llevado su pensamiento por otros derroteros.

– Tal vez, Branagan, no sea éste el mejor momento para… -Dickens se agarró con fuerza a los brazos del asiento y se puso pálido. La frente se le perlaba de sudor cada vez que el tren se movía y los labios le temblaban como si fuera él quien estuviera bajo el hechizo. Este estado de animación suspendida duró varios minutos antes de que el novelista volviera a la vida y tomara un largo trago de su petaca. Los tres olvidaron la idea del mesmerismo y volvieron al juego de cartas donde lo habían dejado. Tom no sabia lo que había pasado.

Cuando desembarcaron en la estación, Scott le susurró a Tom como única explicación:

– ¿Lo ve usted? ¡Staplehurst!

Éste era el acontecimiento más esperado de la gira. Dickens iba a hacer una lectura de su Cuento de Navidad en Nochebuena en el Tremont Temple de Boston. Se habían vendido más de tres mil dólares en entradas para el acto en menos de dos horas.

– Es -alardeó Dolby con altanería mientras contaban el dinero de las ventas cuando regresaron al Parker- como si el jefe se hubiera inventado las Navidades con el Cuento.

Tom no le había contado a Dolby lo que pensaba en ese momento acerca del intruso del hotel: que se había encontrado cara a cara con el culpable en Brooklyn, que era una mujer y que había hablado con ella. Que casi con total seguridad era la misma mujer que había cometido el peregrino asalto a la pobre viuda en el hotel Westminster. Y no sólo eso, Tom ahora recordaba dónde la había visto antes; había sido la noche de la llegada de Dickens a América, en la densa muchedumbre que se agolpaba a las puertas del hotel, agitando unos papeles que pedía al novelista que leyera. Tom sabia que esas pruebas no eran muy convincentes y le parecía estar escuchando la respuesta de Dolby: ¿Usted cree que esa señora, una señora que no ha visto en su vida, nos ha seguido todo el camino de Boston a Nueva York y vuelta, y cree todo eso a causa de un cuaderno de notas? ¿No habría ninguna otra mujer interesada en las lecturas de Dickens con un cuaderno de notas de ese tamaño, no habría cientos de personas con cientos de cuadernos?

La noche de la llegada de Dickens al Parker House la mujer iba vestida de gitana, con un pañuelo de colores anudado al cuello y una chaqueta azul demasiado entallada. En Brooklyn llevaba un fino vestido de seda, fajín y chal, como una aristócrata. Pero lo que había dejado un recuerdo más imborrable en la memoria de Tom era el calificativo que se había dado a sí misma. Un íncubo. Cuando era un niño había leído los cuentos de hadas de los hijos de otros criados de la casa en la cocina subterránea de la finca de Dolby: íncubos y súcubos, los demonios que visitan a los desprevenidos mortales para atormentarlos. Pero los súcubos eran los demonios femeninos y los íncubos los masculinos. ¿Qué había querido decir?

Muchos especuladores y reporteros les habían seguido de ciudad en ciudad, pero con motivos muy claros. Era el elemento de lo desconocido que rodeaba a esta mujer lo que empezaba a inquietar y preocupar a Tom. Aquella imagen: la cola de las entradas, gente que no quería más que ver a Dickens, y una mujer plantada fuera de la fila, observando suspicazmente a la gente que no consideraba digna de ver al Maestro. La rodeaba un aura deslumbrante, cautivadora y rechazable.

A su vuelta a Boston, el grupo sufrió dos peripecias de poca importancia. Primero, el Jefe no lograba encontrar su diario de bolsillo. Su personal buscó por todas partes y no logró dar con él. Dickens creía recordar que lo había visto por última vez en Nueva York, en su habitación del hotel. Insistió en que no tenía importancia, ya que era el diario de 1867 y el año estaba a punto de expirar. Los quemaba al final de cada año y así se evitaba muchas complicaciones.

¿No se lo habrá llevado ella, pensó Tom. ¿Era eso lo que quería merodeando por los pasillos del hotel Westminster? La segunda peripecia fue George Allison. Se había puesto enfermo dos veces en el curso de unos cuantos días. El médico del Parker House descubrió que las dos veces había sucedido después de comer perdiz en mal estado, ya que en invierno solían envenenarse con bayas cuando el suministro habitual de comida del ave se encontraba enterrado bajo la nieve. El iluminador suplente, un bostoniano nervioso, pasó la tarde del 24 de diciembre con el resto del equipo preparando el teatro para la noche. George le había dado instrucciones muy precisas desde la cama, como si estuviera dictando sus últimas voluntades. El recién llegado estaba tan ávido de agradar a Dickens que se lesionó una pierna subiendo las escaleras del teatro a toda velocidad.

Esto facilitó un ejemplo práctico de Charles Dickens tomando las riendas de una emergencia, lo que hizo con gran presencia de ánimo y deleite. Llevó al lesionado con Tom hasta una farmacia, donde pidió un tipo especial de árnica silvestre.

– ¡Caramba, señor Dickens, es usted como un médico de verdad! -exclamó el iluminador agradecido, con las mejillas arreboladas por haber tenido la bendición de lastimarse en semejante compañía.

– Cuando se viaja con tanta frecuencia como yo, muchacho, y con tantos hombres, no te queda otra elección. Tendrías que ver la cantidad de ampollas y líquidos azules y negros que llevo en mi botiquín. Láudano, éter, sal amónica, polvos de Dover, píldoras del doctor Brinton. Confía en tu Jefe. Vivimos rodeados de milagros. Esto te curará el cuerpo y el espíritu.

Aquella noche, cuando se abrieron las puertas para la lectura de Nochebuena, las plateas parecieron llenarse de inmediato. Los dos mil asistentes buscaron sus sitios con tal voracidad que apenas hubo alguno de los acomodadores y la policía de la puerta que quedara con la chaqueta o el sombrero puestos y las guirnaldas decorativas y los ramos de acebo perdieron sus bayas, que acabaron pisoteadas en el suelo.

– ¡Menudo guirigay! -le comentó un policía a Tom mientras intentaban mantener el orden-. ¿Ha pasado lo mismo en todas las lecturas o ésta es especial por ser Navidad?

– Creo que las dos cosas -dijo Tom.

– Usted es de Dublín, ¿no?

– Mi familia es de origen irlandés -admitió Tom-, pero yo soy inglés.

– Por su acento sé que es dublinés. No es que le dé mucha importancia a eso, oiga. Tenemos casi cuarenta irlandeses en el cuerpo, oiga. Y dígame -preguntó el agente en plan confidencial-, ¿no será usted el mismo irlandés que provocó los disturbios de la venta de entradas en Brooklyn como he leído?

– Ha leído usted los periódicos equivocados -dijo Tom.

– Se lo digo sin mala intención, amigo. Sólo por charlar. Ahora, mi mujer sí que adora a su señor Dickens. Yo le digo: «Gasta el dinero que tanto cuesta ganar en algo útil, lo que menos necesitamos es otro libro para que se quede en la estantería y ocupe espacio y sirva de comida a las ratas». Pero no me escucha, me dice que yo qué sé, que el único libro que he leído es la Biblia. Es verdá. Es el mejor libro que existe. ¿Es usté casao?

Mientras Tom se giraba para contestar, recorrió con la mirada un grupo de personas que pasaban a su lado y la sorpresa le hizo parpadear: la misma mujer que había perseguido en Nueva York. El íncubo, ataviada una vez más con las vestiduras de mendiga.

– ¿No sabe si está casao o no, compadre? -inquirió el policía. Luego se rió para sí-. Claro que, según tengo entendido, el señor Dickens tampoco sabe si lo está. Ese hombre debería avergonzarse, si quiere saber mi opinión. He leído que se enredó con la propia hermana de su mujer. ¡Qué vergüenza!

– ¿Ha visto a esa señora que acaba de pasar? -preguntó Tom.

– ¿Señora? -respondió el policía-. ¡Acaban de pasar por delante de nosotros mil personas!

El hombre tenía razón; Tom la había perdido entre la turba excitada. Pero había una cosa segura: que la mujer estaba en el teatro y él tenía una hora para encontrarla antes de que las puertas se abrieran en el intermedio.

Tom se puso a recorrer los pasillos en pendiente mientras los asistentes se atropellaban unos a otros para llegar a sus asientos. Una mano se aferró a su brazo, paralizándole: Dolby. El representante iba acompañado de un hombre menudo y bien vestido que inspeccionaba el teatro de arriba abajo.

Tom tuvo que pensar con rapidez. No quería mentir, pero sabía que Dolby no iba a aceptar la verdad. Probablemente le pondría de patitas en la calle sin pensárselo mucho.

– La policía vigila las puertas, señor Dolby. He pensado que podría buscar a algunos de los piratas conocidos que hemos visto en otras ocasiones.

Dolby asintió con entusiasmo.

– Bien hecho, Branagan. El señor Osgood dice que, después de Año Nuevo, las ediciones resumidas dejarán a los filibusteros fuera de combate.

Tom estaba deseando librarse del representante, pero Dolby no se movía. En lugar de eso, agarró el brazo de Tom con una mano y el del otro hombre con la otra.

– Bueno, caballeros, el señor Aldrich nos decía el otro día al señor Osgood y a mí que el gran Dickens, así lo decía, el gran Dickens tiene en el escenario unos ojos que no se parecen a ninguno de los que haya visto en su vida, rápidos y amables, que ven lo que ha hecho el Señor y cuáles son sus intenciones. Ojos como signos de admiración. Por eso, señor Leypoldt -dijo dirigiéndose al otro hombre-, por eso trabajamos tanto. Puede contarles esto a sus lectores que hayan asistido admirados a las lecturas. Gracias a los avances que han experimentado los transportes en los últimos años, ahora el público lector puede conocer a Dickens no sólo como autor sino como hombre, con su voz, sus rasgos y sus expresiones faciales. Han tenido la oportunidad de venir a conocerle como persona como nunca había pasado en toda la historia de la literatura. ¡Para eso trabajamos!

Dolby, resplandeciente de orgullo, continuó con el soliloquio al reportero, pero Tom, que ya no escuchaba, se puso a buscar entre las filas de butacas cualquier pista que le ayudara a localizar la situación e intenciones del íncubo. Para cuando Dolby aflojó la presión en el brazo de Tom, las luces parpadearon y se apagaron, salvo por un dramático borrón plateado en el escenario, en el que apareció Dickens ante la superficie limpia de la mampara en medio de una ensordecedora bienvenida de vítores y varias salvas de aplausos.

– Señoras y señores -dijo Dickens-, esta noche voy a tener el placer de leer para ustedes, en primer lugar, Cuento de Navidad en cuatro partes. Primera parte: el fantasma de Marley. Empecemos por decir que Marley estaba muerto. De eso no cabía la menor duda. Firmaron su certificado de defunción el clérigo, el sacristán, el comisario de entierros y el presidente del duelo. También la firmó Scrooge. ¡Y el nombre de Scrooge era válido para cualquier cosa en la que se comprometiera! El viejo Marley estaba tan muerto como el clavo de una puerta.

Tom tenía la impresión de que su investigación era infructuosa en aquellas galerías oscuras. No le quedaba más alternativa que esperar a que se encendieran las luces en el intermedio. Si la mujer estaba allí con intención de causar algún problema, como había hecho con la viuda en el hotel, Tom estaría alerta. Estaría preparado. Y si intentaba escapar, él advertiría a gritos a los policías que custodiaban la puerta para que la detuvieran. Era imposible que saliera de allí.

Los ojos ágiles de Tom descubrieron un rápido movimiento en uno de los asientos de pasillo. Era otro de aquellos malditos taquígrafos, un lápiz veloz como una centella que brillaba en las manos del innoble Esquire, el bucanero. Sin pararse en tonterías, Tom se plantó a su lado, le quitó el lápiz y lo partió en dos. Esquire protestó ante la injusta agresión a su propiedad. Tom respondió a la protesta dejando caer los dos trozos del lápiz en el sombrero del sujeto, que descansaba en el suelo. Otro de los modélicos piratas sentados a lo largo del pasillo, el ex soldado suplente Melaza, dejó de escribir su taquigrafía y se sujetó el lápiz entre los dientes irregulares para aplaudir el infortunio de su rival. Al pasar a su lado, Tom le dio un golpe a Melaza en la espalda. El lápiz se rompió entre los dientes del bucanero y aterrizó en su regazo.

Mientras tanto, Dickens seguía leyendo.

La escena: Nochebuena. Dickens, en el papel de Scrooge, se volvía en pantomima hacia su pobre empleado y le rugía: Supongo que mañana querrá tener todo el día por ser Navidad, ¿no? Y de repente era el humilde empleado con una radiante sonrisa tímida, que decía: Si le parece conveniente, señor. Sólo es una vez al año, señor.

– ¡Branagan!

– ¡Una pobre excusa para robarle el dinero a un hombre cada 25 de diciembre!

– ¡Branagan!

Tom escuchó el conocido susurro apremiante y localizó a Dolby en la delantera del anfiteatro. Estaba pálido, tan pálido como uno de los fantasmas que poblaban el cuento del Jefe. El representante mimó con la boca unas palabras que Tom no pudo entender y gesticuló. Tom se acercó todavía más al pie del escenario y se quedó con la boca abierta.

Dickens estaba iluminado por un armazón de lámparas de gas suspendido de un resistente cable galvanizado a doce pies de altura. El armazón arrojaba una dramática sombra sobre la mampara roja oscura que tenía detrás el autor. El sustituto del iluminador había colocado sin darse cuenta los cables de cobre directamente sobre las llamas de gas, haciendo que aquéllos se pusieran al rojo vivo. Si el gas fundía los cables, el armazón de hierro caería y podía no sólo herir a Dickens, sino aterrizar sobre el público.

Si se avisaba del peligro, podía cundir el pánico entre la multitud y hacer que saliera corriendo atropelladamente, aumentando así el riesgo de tropezar y tirar piezas del equipamiento, que podría hacer que los cables se rompieran, además de arrollar a mujeres y niños a su paso. Incluso si el armazón de hierro caía sin alcanzar a ningún miembro del público de las primeras filas de la sala, existía la posibilidad de que se declarara un incendio y devorara todo el local en cuestión de minutos. No se podía hacer otra cosa: Dickens tenía que seguir leyendo.

Tom volvió su mirada a Dolby y asintió con un gesto de complicidad. Estando el nuevo iluminador en su lamentable condición, no cabía esperar ninguna ayuda por su parte. Tom se dirigió al fondo del escenario y buscó el cable sobrante. Mientras lo preparaba se escuchó un alboroto en las escaleras que llevaban a uno de los anfiteatros. Tom miró al armazón de hierro y luego otra vez a las escaleras y salió corriendo hacia el lugar del bullicio. ¿Sería ella a punto de cargar sobre Dickens con un cuchillo? Pero fue un hombre el que bajó por las escaleras agitando ambos puños.

El hombre se aferró a la manga de la chaqueta de Tom como si necesitara ayuda desesperadamente.

– ¿Quién diantres es ese hombre que está leyendo en el estrado?

– Charles Dickens -replicó Tom.

– ¿Pero no es el auténtico Charles Dickens, el hombre cuyos libros llevo años leyendo?

– ¡Sí!

– Pues entonces, lo único que puedo decir al respecto es que no sabe del señor Scrooge más de lo que sabe una vaca de plisar una camisa, al menos de mi idea de Scrooge.

– ¡Le conozco! ¡Es el espectro de Marley! -Dickens se mordió las uñas como lo hacía Scrooge en el cuento. Se frotó los ojos y miró fijamente a la aparición. Los músculos de su cara se tensaron, su rostro adoptó los rasgos del rostro de un anciano.

Tom corrió hasta el fondo del escenario y subió las escaleras de atrás hasta alcanzar la cúpula que remataba el techo de la sala. Le rodeaban paneles de cristal que ofrecían una visión completa de la ciudad y hasta de las islas del puerto. Filas de respiraderos cuadrados se alineaban alrededor de la cúpula para dejar salir de forma constante el calor y el aire del interior. Tom se echó en el suelo y deslizó la cabeza y la mano entre el entramado de tuberías de gas que separaba la cúpula de la sala. Podía ver a Dolby abajo del todo, instándole a cumplir con su misión.

– ¡Piedad! Pavorosa aparición, ¿por qué me atormentas?-preguntaba Scrooge.

Una mujer joven con el pelo rojo brillante y un vestido del mismo color, sentada en la primera fila, levantó la mirada hacia el artefacto de gas y resolló sonoramente. Dickens hizo una pausa, dirigió la mirada a la mujer y, con un imperceptible gesto de la mano, le pidió que conservara la calma. ¡O sea, que el jefe lo había visto! También él sabía que era necesario evitar el pánico; y aquella preciosa chica, que seguramente había hecho grandes esfuerzos durante meses para conseguir un asiento a los pies de su autor favorito de todo el mundo, de repente tenía que confiarle su vida.

Desde un asiento del centro, una mujer chilló. Tom se estremeció al comprender la impotencia de su posición y tener que admitir que estaban a punto de presenciar una escena de pánico colectivo… Pero entonces se dio cuenta de que se trataba de una joven de luto que sufría al escuchar la desdicha del pequeño Tim. Un acomodador acompañó atentamente a la joven madre atormentada hasta la puerta.

Mientras tanto, Tom estiró el brazo hasta el armazón de hierro para bajar la llama de gas. Luego, tras hacer una señal a Dolby para que estuviera preparado en caso de que se cayera algo, Tom sujetó el armazón con una mano mientras enrollaba meticulosamente el cable en otra parte de la estructura de hierro y empezó a asegurar el extremo contrario a un gancho del techo que había quedado allí de alguna actuación anterior. Oleadas de risas le llegaban desde el público. Dickens bebió un trago de agua del vaso que tenía a su lado en la mesa de lectura. Mientras anudaba el cable, con la cabeza y los brazos apenas asomando del techo a la vista del público (le habrían visto de no estar fascinados por Dickens), Tom miró para abajo y la vio de inmediato.

En el fondo del segundo anfiteatro. ¡El íncubo que perseguía! Estaba rebuscando en el interior de su bolso. ¿Y miraba a Tom? ¿Había descubierto que la estaba viendo desde allí arriba?

El corazón se le aceleró.

– ¡Venga! ¡Termina ya! -apremió Dolby desde abajo con un susurro ronco de desesperación-. ¡Deprisa, Branagan! ¡Deprisa!

Tom deseaba acabar con aquello más de lo que Dolby podía suponer. Casi había concluido su trabajo cuando cayó en la cuenta: Dickens estaba dando fin a su lectura del Cuento de Navidad. Eso significaba que llegaba el intermedio. Las puertas se abrirían y el íncubo, que posiblemente ya había visto que la había descubierto, tendría libertad para huir.

– Y para el pequeño Tim, que no murió… (atronadora salva de vítores). Y, como el pequeño Tim había señalado, ¡que Dios os bendiga a todos!

Un objeto grande cayó volando al estrado y rodó hacia el orador. Tom dio un respingo. Un ramo de rosas de todos los colores.

Una vez rematada la reparación, Tom hizo un intento de retroceder y notó que se le había quedado el brazo atrapado entre dos tuberías. No podía moverlo. Abajo, Dickens cerraba el libro y el público estallaba en una ovación arrebatada. Dickens saludó y dejó el escenario.

Con una mueca de dolor, Tom tiró con fuerza del brazo cortándoselo en ambos lados con las tuberías al sacarlo. Se levantó, corrió hasta las estrechas escaleras y las bajó a toda velocidad. Hombres y mujeres se levantaron de los asientos como si fueran uno, unos para aplaudir, otros para dirigirse a las puertas a tomar el aire, fumar o estirar las piernas antes de la segunda hora de lectura. Hubo un remolino de color cuando una mujer…, no, no una, sino cuatro o cinco mujeres, saltaron al escenario para hacerse con los pétalos de geranio que habían caído de la solapa de Dickens durante la lectura.

Dolby se acercó a un lado del estrado con una sonrisa de felicitación para Tom y una mano afectuosamente extendida, pero Tom no tenía tiempo que perder. En cuanto llegó a la sala se lanzó en una carrera enloquecida por el pasillo inclinado del teatro, subió al primer piso, llegó al segundo y, casi saltando por encima de dos filas, agarró a la mujer por los hombros como si la abrazara.

– ¿Fue usted quien entró en la habitación de Dickens en el Parker House? -interrogó Tom.

Ella rechazó la expresión acusadora en los ojos de Tom con su poderosa mirada. Luego sonrió y, con una voz audible e irreverente, dijo:

– ¡Sí que me considera rara!

Tom pudo observar que la bolsa de la mujer estaba repleta de papeles. Sacó unas cuantas hojas. Eran idénticas en forma y tamaño a la nota que había encontrado en la cama de Dickens.

– Fue usted.

Ella le concedió una exigua sonrisa.

– Usted es capaz de ver cosas que otros no ven. Mi marido no. Usted lo entiende. Él me necesita. El Jefe. El Jefe me necesita. Todas esas no están a la altura de la gente de su categoría -lo que más sorprendió a Tom fue aquella palabra informal: el Jefe. El Líder, el Gran Hechicero, el Inimitable, eran los sobrenombres que le daba su público fervoroso. Pero nadie de fuera de su círculo le llamaba el Jefe. ¿Hasta qué punto se había acercado a él?

De repente, los ojos de la mujer se nublaron y le miró con desprecio como si él le acabara de escupir a la cara.

– Es usted el hombre más malvado y desagradable del mundo -ahora fue ella la que, efectivamente, le escupió a la cara con una mueca de asco-. Tengo montones de amigos, todos ellos son más que amables conmigo y nadie que me conoce me olvida nunca. ¡El príncipe de Gales es un gran amigo y protector mío! El Jefe volverá a ser amado -esta última frase la pronunció para ella haciendo una imitación escalofriantemente perfecta del ligero acento irlandés de Tom.

Tom se percató entonces de que en el respaldo de madera de la butaca que quedaba delante de ella había algo grabado. Eran marcas profundas y estaban hechas con una navaja. Palabras y frases, citas de las novelas de Dickens se montaban unas sobre otras formando un galimatías ininteligible. La única palabra que Tom pudo distinguir pasando los dedos por encima de la butaca fue «amado».

Para entonces se había empezado a formar a su alrededor un corro de espectadores. Tom rebuscaba en la bolsa de la mujer la navaja con empuñadura de nácar que le había visto empuñar en Brooklyn, pero se detuvo cuando, en su lugar, dio con una pequeña pistola.

– No es fácil amar a un hombre que posee el fuego de los genios -dijo ella confidencialmente mientras hacía un gesto con la cabeza en dirección a la pistola-. Su voz perdura en mis oídos incluso cuando no quiero oírla. «No te haces una idea de lo que es tener a alguien maravilloso encariñado de ti», dice él, «a no ser que hayas sufrido la depresión y las amarguras de la soledad».

– ¿Branagan? -prorrumpió Dolby nadando contracorriente entre la multitud-. Branagan, ¿qué significa esto? La gente está mirando hacia aquí. ¿Quién es esta mujer? ¿Qué está haciendo?, ¡retire eso! ¡Va a provocar un tumulto!

El policía que antes había estado haciendo guardia con Tom en la puerta también se abrió paso entre la gente con dos agentes más a su lado. Inesperadamente, echaron a Tom a un lado.

– ¡Retírese! -dijo uno de ellos.

– Agente -se explicó Tom-, esta mujer irrumpió en la habitación de Dickens en el hotel Parker House y aseguraría que fue quien asaltó a la viuda en Nueva York. Quiere hacerle daño… ¡Lleva un arma consigo!

Uno de los policías sacó el arma del bolso. Ella asintió con la cabeza.

– Sí, es mía, agente. Para protegerme. Por si a alguien se le pasara por la cabeza robarme las entradas para la lectura. Y éste no es más que un insolente con muy mala pinta, ¿no es verdad? -dijo mirando a Dolby-. ¿Quién es usted?

– Deben alejar a esta mujer de Dickens de inmediato, agentes -dijo Tom.

– ¡Diablos! -dijo el policía boqueando pasmado ante la situación, sin saber cómo reaccionar por un momento-. Lo siento mucho, señora Barton -dijo por fin quitándose el sombrero. Se volvió hacia Tom-: Después de todo no eres más que un dublinés camorrista. Ya lo decían los periódicos al comentar tu intervención en. Brooklyn. ¿Tienes la menor idea de quién es esta señora? -dijo poniendo el énfasis en la palabra como para distinguirla de una simple mujer-. Espero por tu bien que no presente cargos por agresión.

– ¡Vamos a ver! -dijo Tom volviendo a cargar contra ella-. ¿Qué importa su nombre?

– Haznos caso, irlandesito, o tendremos que escribir a tu madre para que te lleve a casa a cuidar de los cerdos -el agente se puso delante de la señora para interceptar a Tom-. ¡No te acerques a ella o nos veremos obligados a encerrarte!

– No será necesario, agente, no será necesario en absoluto -dijo Dolby agarrando a Tom de la mano y bajando la voz hasta convertirla en un susurro para ocultar la escena a los periodistas-. Ha sido una simple equivocación por parte de un hombre bienintencionado. Va a regresar al hotel y se va a quedar allí el resto de la lectura.

– ¡Señor Dolby! -intentó protestar Tom.

– ¡Branagan! -bramó Dolby-. ¡Ahora cállese!

– Hay que ver, todo este escándalo por mí. ¿Me da lo que es mío, señor? -dijo la señora Barton tranquilamente. El agente de policía le entregó su pistola. Ella la aceptó con una espeluznante sonrisa y la guardó en su extraño bolso de tapicería-. Ese Thomas es un chico verdaderamente adorable. Me recuerda un poema de… En fin, no consigo acordarme de quién. Uno de los trágicos. Hay demasiados poetas hoy en día.

Dolby se llevó a Tom Branagan a rastras por los pasillos intentando que el muchacho dejara de mirar desafiante a la mujer.

– Au revoir, Thomas -dijo despidiéndole con la mano-. Como dice el señor Weller, «¡He venido a ocuparme de ti, cariño!».

– ¡Que no se acerque a Dickens! -gritó Tom impotente a los policías-. ¡Que no se le acerque!

TERCERA ENTREGA

14

Kent, Inglaterra, 30 de junio de 1870

James R. Osgood y su asistente Rebecca Sand no encontraron un comité de bienvenida ni pañuelos agitándose por su llegada cuando el vapor atracó en el puerto de Liverpool. Osgood esperaba que John Forster, el albacea de Dickens, o Frederic Chapman, el editor inglés, les mandaran un coche a buscarles al muelle después de que Fields les comunicara las noticias de su visita. Pero fue el señor Wakefield, su compañero de viaje a bordo del barco, quien, al ver que se encontraban desamparados y solos, les organizó galantemente un transporte que les acercara a la estación de Higham, en la campiña de Kent. Aconsejó a Osgood que acordara una tarifa con el cochero antes de subirse al vehículo o se exponían al abuso. Antes de abordar el carruaje, Wakefield les recomendó también que buscaran alojamiento en un hostal llamado Falstaff Inn, «un pequeño y encantador establecimiento… ¡y el único que hay!».

En la antigua ciudad provinciana de Rochester, en sus pintorescas y estrechas callejuelas, Dickens parecía estar por todas partes. Al pasar delante del cementerio que rodeaba la iglesia, en la primera lápida que vieron se leía DORRIT; Osgood conjeturó que allí Dickens debió de pensar por primera vez en la historia de avaricia y encarcelamiento de La pequeña Dorrit. Un cartel sobre la puerta de un almacén en High Street decía BARNABY y en otro lugar, tal vez para completarlo, se leía RUDGE.

Osgood pensó en la popularidad de Dickens. La gente había ido a la iglesia a rezar por la pequeña Nell, había llorado por Paul Dombey como lo haría por su propio hijo, había gritado de júbilo (y cómo habían gritado en el Tremont Temple) cuando el pequeño Tim salvó la vida. Sus libros se convertían en realidad para cualquiera que los leyera, fuera un humilde trabajador del puerto o un patricio de Mayfair. Por eso, incluso aquellos que nunca en su vida habían leído una novela, leían las suyas.

Su carruaje remontó lentamente una empinada colina verde hasta la cima, donde se asentaba un atrayente edificio blanco bañado por un rústico encanto estival. El descolorido rótulo de la casa estaba decorado con el obeso personaje de Shakespeare, el alegre Falstaff, con el príncipe Hal y una escena con Falstaff metido dentro de una cesta de ropa sucia mientras las Alegres Comadres reían. El hostal estaba situado sobre una pradera ondulante justo enfrente de las vallas de madera de la finca de Dickens, conocida por el nombre de Gadshill Place.

El patrón del hostal les recibió en los escalones y su aspecto les dejó inmovilizados por un instante. De constitución sólida, pero no gordo, iba vestido con un atuendo isabelino colorista y amplio, y bien acolchado por añadidura. Su abullonada gorra de terciopelo llevaba las plumas marchitas de un pájaro entero. Les dijo que le llamaran Falstaff o «Sir John» y sostenía una copa de cerveza para brindar a la menor ocasión que se presentara.

– Podrían ustedes arruinarnos con su apetito y seguirían siendo bienvenidos -dijo-. ¡Ése es el lema del Falstaff Inn!

– Me pregunto si todos los hosteleros ingleses van vestidos así -susurró Rebecca mientras el dueño y un muchacho cargaban sus baúles.

– ¡Vengan, Sir Falstaff les acompañará a sus habitaciones! -exclamó el alegre hostelero.

A la mañana siguiente John Forster, tras ser advertido de su llegada, se reunió con ellos en la sala de café mientras se recuperaban de la travesía atlántica con huevos, jamón cocido y café. A pesar de que llevaba un costoso traje a medida de estilo londinense, Forster se parecía más a Falstaff que el hostelero, con un cuerpo esférico, los andares lentos y cara de niño mimado. Pero, al contrario que en el caso del hostelero, este Falstaff no transmitía ninguna alegría.

– Y ésta debe de ser la señora Osgood -tanteó Forster extendiendo su mano.

Osgood se apresuró a corregirle, explicando su posición de asistente.

– Ah, ya -respondió Forster secamente, retirándole la mano con premura y sentándose a la mesa-. O sea, que lleva luto por su marido -comentó intuitivamente del atuendo negro.

– Lo cierto es que es por mi hermano, señor. Por mi hermano Daniel.

Forster frunció el ceño consternado, no por la posible turbación de la joven dama, sino por haberse equivocado dos veces seguidas.

– ¡Supongo que hay que agradecer a América que se pueda llevar como compañeras de viaje a ruborosas jovencitas en calidad de asistentes! Es una buena cosa.

En ese momento uno de los camareros se acercó a Forster y le habló al oído:

– Eso está en contra de las normas de la sala de café, señor.

Forster se sacó de la boca el puro que estaba medio fumando y medio mordisqueando y lo miró como si no lo hubiera visto en toda su vida. Luego se puso de pie y vociferó:

– ¡Márchese de aquí, bribón! ¡Cómo se atreve, señor, a entrometerse en mis asuntos! ¡Desaparezca y traiga a este caballero y esta dama unos bizcochos para el desayuno!

El camarero salió disparado y él volvió a tomar asiento.

– Yo no tomaré bizcochos, señor Osgood, porque ya he desayunado, muchas gracias -dijo Forster sin que nadie se los hubiera ofrecido-. Me levanto todas las mañanas a las cinco, antes incluso que mi criado, porque tomar la primera comida temprano ayuda a las labores de la digestión y mantiene las enfermedades a raya. Y ahora, pasemos al pequeño asunto que le interesa, ¿no le parece?

Después de que Osgood le explicara su deseo de examinar las pertenencias personales de Dickens, Forster comunicó cortésmente que volvería a Gadshill y comentaría el asunto con sus residentes. Al poco rato cruzó la carretera y entró en la finca de Dickens. Al cabo de una hora Osgood y Rebecca recibieron una nota en papel con orla negra de luto en la que se les decía que serían bien recibidos cuando les pareciera conveniente.

– Tal vez yo debería quedarme aquí, en el hostal -sugirió Rebecca mientras terminaba de escribir la nota de respuesta en la que aceptaba la oferta-. El señor Forster parece, bueno, poco cordial conmigo.

Osgood no quería hacer que se sintiera cohibida, aunque tenía razón.

– Es poco cordial en general. Recuerde que era uno de los mejores amigos de Dickens. Su ánimo no puede estar muy entero después de semejante pérdida -dijo-. Vamos, señorita Sand. Con un poco de suerte podremos confirmar la información que tenemos y disponer de algo de tiempo libre para hacer algo muy inglés por Londres antes de partir.

Por fuera la casa de ladrillo rojo de Dickens era austera, pero sin dejar de ser acogedora. Unos escalones de piedra llevaban a un pórtico espacioso donde se habría reunido el numeroso clan en otros tiempos. Robles imponentes marcaban los límites de la propiedad, en la que los niños jugaban y corrían, separándola de los bosques que había más allá de jardines y campos de críquet ahora vacíos en los que el dueño de la casa había permitido celebrar partidos a sus conciudadanos.

Pasear por esos campos producía la sensación de estar recorriendo las leyendas de la vida del novelista. Charles Dickens había escrito sobre la primera vez que vio la casa cuando era un chiquillo, pero lo bastante mayor para darse cuenta de lo pobre que era su propia familia. Antes de que sus problemas de deudas le encerraran en la cárcel, John Dickens llevaba a su extraño hijo a que viera Gadshill desde la calle. Si eres perseverante y trabajas mucho, y no descuidas tus estudios, puede que algún día llegues a vivir en ella, le decía al chico, a pesar de que el padre mismo nunca perseveró ni trabajó mucho.

Dos grandes perros terranova, un mastín y un San Bernardo salieron corriendo de detrás de la casa. Un soplo de decepción pareció recorrer los cuerpos de todos los animales al ver a Osgood y Rebecca. Uno de los canes en particular, el más grande de todos, inclinó su hermosa cabeza lentamente con un aire desolado que rompía el corazón. El jardinero jefe los llamó y los perros regresaron en tropel al patio de establos y entraron cansinamente de puntillas en el fresco túnel que conducía al otro lado de la carretera.

Mucha menos vitalidad les aguardaba en el interior de Gadshill. La casa, de hecho, estaba siendo despojada de todo ante sus ojos. Una cuadrilla de trabajadores retiraba cuadros y esculturas de las paredes y mesas; otros intrusos de rostro sombrío con chalecos de seda y trajes de lino examinaban el mobiliario y toqueteaban cada uno de los objetos y accesorios. La atmósfera quedaba completada por una melancólica interpretación de Chopin al piano que flotaba en el aire.

Un trabajador cargaba un retrato oval de una niña mientras Forster acompañaba a Osgood y Rebecca a través del vestíbulo de entrada hasta el umbral del salón.

– No pueden ustedes visitar Gadshill -anunció inesperadamente acompañándose de un ceño fruncido que era todavía menos cordial que su comportamiento durante el desayuno.

– ¿Qué quiere decir, señor Forster? -preguntó Osgood.

– ¿Es que no lo ve con sus propios ojos? Gadshill ya no existe… tal como era. Una maldita subasta de sus pertenencias tendrá lugar la semana que viene y están desmantelando todo lo que está a la vista -explicó Forster agitando los brazos furiosamente. Luego se volvió y lanzó una mirada furibunda al mejor vestido de los invasores-. Esos otros hombres que disponen los restos del lugar con artificial afabilidad son los representantes de otra empresa de subastas diferente que venderá la casa en la que usted se encuentra al mejor postor. ¡In-to-le-ra-ble sin paliativos! -cada palabra del albacea parecía como si hubiera sido memorizada de antemano y ahora las recitara ante una comisión investigadora encargada de expulsar a un viejo enemigo de la administración pública.

– ¿Tienen que vender absolutamente todo lo que hay en la casa, señor Forster? -preguntó Rebecca con genuina tristeza.

– ¡No me lo diga a , señorita! Absolutamente todo, hasta el último clavo de la puerta -gritó Forster acusador, como si Rebecca acabara de decretar el destino de la casa-. La familia Dickens es muy extensa -su voz se apagó hasta ser un susurro sonoro-, y sus múltiples hijos, que no se parecen a él en otro aspecto que en el nombre, llevan vidas dispendiosas y desaprovechadas. De sus dos hijas, una está casada con un pintor inválido hermano de Wilkie Collins, y no sé qué es peor, si que sea pintor, que sea inválido o que sea pariente de Wilkie Collins. La otra chica, a pesar de ser bastante guapa, nunca se ha casado. No, sin los ingresos de futuros libros Gadshill no puede seguir como antes -miró por la ventana a los prados que les rodeaban y esperó a que Osgood y Rebecca hicieran lo mismo antes de seguir hablando-. Esta tierra será recordada por tres cosas. La primera, por los robos a los caminantes perpetrados por Falstaff con el príncipe Harry y los vagabundos de la región. La segunda, por los peregrinos de Chaucer que pasaban por aquí camino de Canterbury. Y la tercera, por el novelista más popular que haya existido. De la primera, el bufón de su hostelero ya ha hecho mofa por dinero. Yo siempre le llamaré William, el verdadero nombre de ese sujeto, aunque sólo sea para fastidiarle. Esperemos que no llegue el día en que algún hostelero sin escrúpulos se vista como uno de los personajes de Dickens o haré que me arranque los ojos de inmediato el viejo cuervo que el señor Dickens solía tener como mascota.

Osgood consideró que era el momento oportuno para interponer una pregunta, pero Forster le puso una mano imperial en el hombro y le obligó a desplazarse.

– Fíjese en la acuarela que en este momento saca del comedor ese obrero. Eso, señor Osgood y señorita Sand (se llama así, ¿verdad, querida?), es una pintura del vapor Britannia en el que el señor Dickens realizó su primer viaje a América, el 4 de enero de 1842. Ese episodio se relatará en el capítulo decimonoveno de mi libro La vida de Dickens. ¡Levanten mas eso, hombres, tengan cuidado de que la esquina del marco no estropee la pared!

Osgood percibió cierta dureza, cierta recriminación en la palabra América.

– Espero que esté de acuerdo en que la segunda gira por América del señor Dickens -señaló Osgood- fue un auténtico éxito.

Forster rió sombríamente y se retorció las manos como si estuviera escurriendo ropa mojada.

– ¡Monstruosa idea! ¡Su gira dejó a Dickens enfermo, cojo de un pie y privado de toda la vitalidad con la que partió de nuestras costas! Me opuse rotundamente a su partida, como le dije a ese gorila ávido de oro que es Dolby. Si los lectores americanos no hubieran adquirido los libros del señor Dickens sin pagar los derechos de autor durante tantos años, si nos hubieran hecho participes de sus leyes de propiedad intelectual, no habría necesitado ese ingreso extra. ¡Pensar que todos los que daban brincos a su alrededor le llamaban «Jefe», como si fuera un indio salvaje…!

– Recuerdo que a Charles le gustaba que le llamaran jefe -interrumpió una voz femenina-. Con todos los motivos que tenemos para ponernos tristes, podemos al menos alegrarnos de que tuviera vigor suficiente para viajar.

La voz de las alturas correspondía a una mujer elegante y esbelta, recién rebasados los cuarenta años, que bajaba las escaleras.

– Les presento a la señorita Georgina Hogarth -farfulló indiferente Forster a sus visitantes-. Mi colega albacea de la casa y todas sus posesiones.

– Por favor, llámenme Georgy. Todos me llaman así en Gadshill -dijo en un tono relajante que se impuso a la estridencia de Forster.

Osgood supo por su nombre que era la cuñada de Dickens. Aun después de que Catherine, la mujer de Dickens, se fuera de Gadshill, la tía Georgy siguió siendo la confidente y ama de llaves del escritor, y una madre para sus dos sobrinas y sus seis sobrinos. La separación entre Dickens y Catherine nunca fue un divorcio oficial; el cronista de la armonía doméstica no podía permitirse una mancha permanente como ésa en su imagen pública. Las novelas de Dickens ensalzaban la familia y los ideales de lealtad y perdón. Su público esperaba que él fuera un ejemplo de ese comportamiento.

Dickens y Georgy se hicieron tan inseparables que otros miembros de la familia Hogarth, furiosos por que hubiera tomado partido por Charles, supuestamente difundieron perversas calumnias sobre que él la había seducido. El hecho de que la encantadora Georgy nunca se casara no contribuyó a aplacar las murmuraciones.

Osgood recordaba que la revista Harper's había disfrutado de una venta extraordinaria al importar los rumores sobre Dickens y Georgy a América. Para hacer que el asunto sea aún más escandaloso, una joven dama, la hermana de la señora Dickens, ha asumido las «labores del hogar» de Dickens, había comentado la revista, cuando Catherine se había marchado hacía ya más de diez años. Todo este asunto repugna enormemente a nuestras ideas sobre la permanencia del matrimonio.

– Gracias a los dos. Me doy perfecta cuenta de que están ya bastante ocupados sin nuestra visita -dijo Osgood.

– A decir verdad, señor Osgood, desearíamos tener más invitados que no fueran horrendos subastadores o agentes inmobiliarios subiendo y bajando por toda la casa -la tía Georgy lucía una sonrisa radiante que evocaba en la mente la imagen del bullicioso hogar que debió de ser-. ¿Pasamos?

En el salón se encontraba sentada una joven y atractiva mujer con aspecto de matrona, aproximadamente de la edad de Osgood, acariciando las teclas del piano de palo de rosa. Llevaba un vestido de luto a la moda bajo el peso de unas aparatosas joyas de luto y tocaba con un aire abstraído. Osgood, momentáneamente distraído por la música y su ejecutante, explicó a sus anfitriones la misión que les llevaba allí.

– Nuestra empresa tiene intención de publicar El misterio de Edwin Drood en América. Pero en nuestro país estamos rodeados de piratas literarios que utilizan la impunidad que les ofrece el fallecimiento del señor Dickens para saquear el texto en su beneficio.

– ¡Típico de América! -salmodió Forster-. La avaricia abunda en la tierra del yankee-doodle.

– Tampoco escasea aquí, señor Forster -regañó Georgy al amigo de Dickens.

– Debido a la peculiaridad de nuestras leyes -continuó Osgood-, nos encontraremos en una situación comprometida si los piratas ponen en circulación sus copias baratas. Habíamos depositado todas las esperanzas de éxito para nuestra empresa, y naturalmente para los derechos del señor Dickens, basándonos en nuestros ideales morales, no en las leyes. Ahora todo eso pasaría a usted y a su familia -dijo dirigiéndose a Georgy-. Pero eso nunca llegará a suceder si los deseos de Dickens de que seamos sus editores exclusivos se desvanecen con su muerte.

En este punto de la entrevista, una difusa mancha blanquecina, que al fijarse mejor resultó ser una perra Pomerania, cruzó la habitación y aterrizó a los pies de Osgood. Le dedicó un ladrido agudo al editor, pero cuando éste le acercó una mano, el perro sacudió el hocico y le ladró en tono recriminatorio. La mujer que tocaba el piano dejó de hacerlo con una nota discordante y, levantándose las amplias faldas, se acercó a su lado apresurada. La virtuosa se retiró el velo negro mostrando la cara para presentarse como Mamie Dickens, la primera hija del novelista, la que Forster había calificado de hermosa y soltera.

– Pido disculpas por su comportamiento, señor Osgood -dijo Mamie tímidamente-. Ésta es la señora Bouncer, es una criatura encantadora, pero cuando se enfada se pone como el perro de Mefistófeles. Como toda joven inglesa realmente bien educada, nunca tolera que un hombre le acerque una mano. En cambio, le gusta que los hombres la acaricien con el pie.

La señora Bouncer daba vueltas y vueltas alrededor de Osgood acompañándose de un ladrido asmático. Osgood intercambió una mirada fugaz con Rebecca, quien parecía estar a punto de romper a reír pero se reprimía. Osgood se desató un zapato y, cuando la señora Bouncer saltó de inmediato sobre él, le rascó la barriga con el pie.

– ¡Oh, qué encanto! -exclamó Mamie mordiéndose el labio inferior emocionada-. Eso era lo que más echaba de menos. Oh, ¿también tienen que llevarse eso? -dijo volviéndose desazonada. Un trabajador estaba envolviendo una fuente de pie de color rosa que había retirado de la repisa de la chimenea-. Cuando era pequeña me fascinaba. ¿Puedo detener a ese horrible operario, tía? -susurró.

– Lo siento mucho, Mamie. Ya sabes que sólo podemos quedarnos con lo estrictamente necesario.

Osgood le dirigió a Mamie una mirada de conmiseración. Rebecca observó cómo miraba Osgood a la patética señorita Dickens. Durante unos instantes los tres quedaron tan abstraídos e imprecisos como las figuras de un esbozo.

– Teníamos la esperanza -dijo Osgood regresando a su asunto- de que tal vez aquí se hubieran encontrado más páginas de El misterio de Edwin Drood aparte de las seis entregas que el señor Forster nos ha enviado a Boston.

Georgy sacudió la cabeza tristemente.

– Me temo que no las hay. La tinta de las últimas hojas de papel de la sexta entrega todavía se estaba secando en su escritorio cuando sufrió el colapso. Lo vi con mis propios ojos.

– ¿Quizá haya memorandos o fragmentos? O correspondencia personal sobre cómo pensaba continuar la novela que pudiera satisfacer la curiosidad natural de los lectores.

– Podía haber sido así -respondió Georgy-. Pero el señor Dickens quemaba toda su correspondencia privada periódicamente y les pedía a sus amigos que hicieran lo mismo. Le daba espanto la utilización inadecuada que con frecuencia se da a las cartas de las personas célebres. Todavía recuerdo una vez, hace años, que hizo una hoguera y los niños asaron cebollas en las cenizas de cartas de grandes nombres como Tennyson, Thackeray o Carlyle.

– Dígame, señor Osgood -interrumpió Forster con una extraña expresión de desprecio-, ¿de qué le servirían las notas sobre el libro, suponiendo que existieran, sin Charles Dickens que escribiera los capítulos en sí?

– ¡Me servirían de mucho, señor Forster! -respondió Osgood atajando expertamente el tono negativo de Forster-. Si pudiéramos publicar una edición especial que revelara en exclusiva a los lectores americanos cómo iba a acabar de verdad el misterio podríamos tomar la delantera en esta competición fraudulenta. Pero no podemos permanecer en Inglaterra en busca de respuestas más que un tiempo limitado, o todo habrá sido inútil. Los piratas pondrán sus zarpas en el resto de los capítulos que se conocen, imprimirán el libro y lo venderán por todas partes.

– ¿Qué quiere decir, Osgood? -Forster se inclinó hacia adelante con una mueca de desconfianza. Agarró los brazos del sillón con sus manos desmesuradas como si, a falta de esa contención, se fueran a lanzar al cuello de Osgood-. ¡Increíble! ¿Qué quiere decir con «cómo iba a acabar de verdad»?

Osgood y Rebecca intercambiaron miradas sorprendidas ante la reacción del albacea.

– Me refiero, señor mío, a cómo se iba a resolver finalmente el misterio de la novela.

– Vaya, ¡a mí no hace falta que me lo diga! ¡Eso ha quedado bastante claro, creo yo! John Jasper, el desvergonzado villano del libro que lleva una vida secreta de depravación, ha matado cruelmente a su sobrino Edwin Drood. ¿Es que no resulta eso de lo más evidente para cualquier persona que tenga dos ojos?

– Ciertamente, así lo parece al final de la sexta entrega, sí -admitió Osgood-. Sin embargo, nuestro socio principal, el señor Fields, ha señalado que tal vez el señor Dickens guardara en la manga alguna otra sorpresa para sus lectores en las seis partes siguientes. El señor Dickens decía en una carta dirigida a nuestras oficinas que el libro iba a ser «peculiar y novedoso».

Forster negó con la cabeza.

– Jasper iba a confesar su crimen, eso era lo «peculiar y novedoso». Hombre, el propio Dickens me lo dijo.

– ¿Se lo dijo el señor Dickens? -preguntó Osgood.

Forster cruzó los brazos sobre el pecho y frunció los gruesos labios en un gesto de desagrado.

– Es posible que no haya dejado mi relación con el señor Dickens lo bastante clara para usted, señor Osgood. Las crónicas de nuestra amistad tal vez no fueran tan comentadas al otro lado del océano como lo son aquí. No peco de presuntuoso si digo que el señor Dickens y yo éramos íntimos amigos y, aunque me temo que no era igualmente receptivo a los consejos que afectaban a asuntos de la conducta personal, me confiaba prácticamente todos los detalles de sus libros.

– Bueno, a no me dijo nada de cómo pensaba terminar el libro, a pesar de habérselo preguntado unos días antes de su muerte -intervino Georgy mirando a Forster con suspicacia.

– ¿Usted también se lo preguntó, tía Georgy? -quiso saber Rebecca.

– Sí, querida. Después de escuchar la lectura en voz alta que nos hizo de las seis entregas, le dije: «Charles, ¡espero que no hayas matado realmente al pobre Edwin Drood!». Él me respondió: «Georgy, he titulado mi libro el misterio, no la historia de Edwin Drood», pero no quiso decirme más.

– ¡Monstruoso! -exclamó Forster, su ancha frente ahora arrugada y retorcida-. ¡Me tiro de los pelos! ¡Es ridículo! ¡Podría significar cualquier cosa, señorita Hogarth! ¿No es cierto?

Georgy ignoró sus objeciones.

– Señor Osgood, señorita Sand. Si desean ver con sus propios ojos los papeles de su escritorio, gozan de absoluta libertad para hacerlo. En los meses de verano le gustaba escribir en el chalet suizo. Allí era donde estaba trabajando el último día antes de entrar en la casa y desplomarse. Hay un segundo escritorio en su biblioteca. No he tenido fuerza para hacer nada más que mantener sus escritorios y cajones en orden.

– Gracias, tía Georgy -dijo Osgood.

– Si encuentran algo que pueda servir de ayuda, nos alegraremos con ustedes -dijo Georgy.

Forster volvió a cruzar sus rollizos brazos al escuchar esas palabras.

Osgood y Rebecca, conducidos por un jardinero, cruzaron al otro lado de la carretera por el túnel de ladrillo en el que descansaban los cuatro perros. Un chalet apartado hecho de madera al estilo suizo se alzaba oculto entre los arbustos y los árboles. En aquel pequeño santuario de madera subieron una escalera de caracol hasta el piso superior.

La apartada calma del chalet de Dickens permanecía al margen de los preparativos para la subasta. En las paredes de aquel estudio de verano había cinco espejos altos que reflejaban los árboles y los campos de maíz hasta el lejano río y sus velas distantes. Las sombras de las nubes parecían flotar por la habitación.

– Ya veo por qué al señor Dickens le gustaba este sitio para escribir, lejos de todo lo demás -comentó Rebecca al entrar.

Junto a una ventana abierta había un caro telescopio. Osgood arrimó un ojo a su lente. En medio de los prados, junto a los campos de lúpulo, se veía a un hombre alto con el pelo revuelto que parecía estar mirando hacia aquella ventana. Osgood desplazó el telescopio hacia la colina y localizó el Falstaff Inn y pudo ver a su propietario en los establos. Mientras peinaba las crines de uno de los caballos, el hospedero se frotaba los ojos como poseído de una melancolía soñadora. Al parecer, la desolación por la muerte de Dickens había alcanzado todos los rincones de Gadshill.

La fecha en el escritorio seguía siendo la del 8 de junio, el último día que Dickens se había sentado a escribir. Amontonados en el escritorio también se veían varias plumas y tinteros, una pizarra de memorandos, unas cuantas baratijas, entre las que se incluían dos ranas de bronce, y un manojo de papeles de color azul cubiertos de caligrafía en tinta del mismo color.

– Aquí están -dijo Osgood sobrecogido al ver este último elemento y sentándose en la silla polvorienta-. Las primeras seis entregas de El misterio de Edwin Drood de su propia mano con correcciones del impresor en los márgenes.

Recorrió delicadamente con los dedos los bordes de las páginas. La caligrafía de Dickens, no siempre clara, era fuerte y dinámica. No parecía escrita para ser leída por nadie más que el escritor, y que se fastidiaran impresores y cajistas. Por lo general, cuando Osgood visitaba el lugar de trabajo de uno de sus autores no solía ser un gran descubrimiento, era como visitar las sucias naves de una fábrica. De hecho, había llegado a ser algo demasiado común que al conocer a un autor que hasta entonces había tenido en gran estima, el resultado era la decepción ante la mediocridad de la persona que había detrás de las palabras. Pero con Dickens siempre había una sensación de magia, como si Osgood no fuera un editor experimentado de Boston y volviera a ser el colegial de Maine o aquel aprendiz en su primer día de trabajo en Old Corner con su delantal de hule manchado de tinta. Hasta el día de hoy, incluso con Dickens ya desaparecido, seguía pareciéndole excitante ser el editor de Dickens.

– ¿Está usted lista? -preguntó Osgood aspirando el olor de todo aquello-. Empecemos, señorita Sand.

A lo largo de los días siguientes, la dedicación de los investigadores se vio rota por breves treguas e interrupciones ocasionales del mundo exterior. La más importante de ellas ocurrió cuando retomaban el trabajo la mañana siguiente. Para entonces ya habían encontrado unas cuantas joyas entre el inmenso despliegue de material. Osgood descubrió una página de las primeras notas de Dickens en la que había escrito una lista de títulos antes de decidirse por El misterio de Edwin Drood: Desaparición y búsqueda, Un objeto en la vida, ¿Muerto o vivo? Se los estaba dictando a Rebecca cuando se detuvo en medio de una frase.

– ¿Señor Osgood?

– Disculpe, señorita Sand. Se me han ido los ojos hacia eso. Una cosa bastante grotesca, ¿no le parece?

Sobre la chimenea descansaba una figurita de escayola de color amarillo claro. Representaba a un hombre oriental con un fez inclinado que fumaba una pipa sentado en un sofá con las piernas cruzadas. Osgood la levantó y la separó a la distancia del brazo para examinarla. Pesaba más de lo que parecía.

En ese momento un hombre subió corriendo las escaleras del chalet y entró en el estudio. El intruso llevaba un traje raído y el pelo desordenado y sin sombrero, rematando un rostro tostado por el sol. Era el mismo hombre que el editor había visto por el telescopio caminando por los campos de lúpulo el día anterior. Tenía la boca abierta como en un gesto de terror inesperado y agarró el brazo de Osgood.

– ¿Necesita ayuda, señor? -le preguntó Osgood.

El hombre estudió al editor con mirada escrutadora. Alargó la otra mano hacia Osgood y la dejó extendida. Cautelosamente, Osgood ofreció la suya para que la estrechara. El desconocido la agarró con ambas manos y la estrechó con fuerza. Rebecca ahogó un grito.

– ¡Sí, ya lo veo! Es usted. Es usted. ¡Está preparado! -dijo atropelladamente el hombre, mientras un criado de Gadshill entraba como una tromba.

– Vámonos -el bigotudo criado se llevó al invasor tirándole de la oreja como si fuera un niño travieso-. Vamos, compañero. Acaba ya con ese comportamiento salvaje. Hay mucho trabajo que hacer. Lo siento mucho, señor, señorita. Yo me ocuparé de que no les moleste más.

Aquella misma tarde Osgood tomó el tren a Londres mientras Rebecca continuaba con su investigación. Utilizando el mapa de su guía, localizó las oficinas de Chapman & Hall, los editores ingleses de Dickens. El día de su llegada, Osgood les había mandado un mensajero con su tarjeta y una nota en la que pedía una entrevista, pero todavía estaba aguardando una respuesta. Osgood no podía permitirse el lujo de esperar si quería que su estancia en Inglaterra diera resultados a tiempo.

Pero tuvo que esperar más todavía en las animadas oficinas de la editorial en Piccadilly. Era el día de las revistas, cuando todos los editores, impresores, encuadernadores y libreros de Londres se apuraban para hacer llegar sus últimos folletines y publicaciones periódicas a los lectores. En el caso de Chapman & Hall, esto significaba la nueva entrega de El misterio de Edwin Drood. Los chicos de reparto llenaban sus sacas con los cuadernillos de portada verde de la entrega para repartirla por kioscos y puestos de libros de toda la ciudad y hasta de los pueblos más lejanos, gritándose instrucciones unos a otros. El primer día del mes siguiente, el próximo día de las revistas, se distribuiría y vendería al ávido público el último capítulo en manos de los editores… Y los piratas de América tendrían todo lo que necesitaban.

Mientras contemplaba aquel desbarajuste de oficinistas y mensajeros, Osgood reparó en que la sola mención del nombre del señor Chapman provocaba un alud de reverencias y miradas huidizas entre los trabajadores de la casa. Llevaba esperando una hora sentado en la antesala cuando hizo su aparición Chapman, de anchos hombros e indumentaria de sport.

– Lo siento terriblemente, muchacho -dijo después de que Osgood se hubiera presentado-. Tengo que irme corriendo al campo para ir de caza con una gente importantísima… Unos aburridos de espanto, la verdad, pero importantísimos. ¿Puede pasar a vernos en otro momento?

Osgood echó una nueva y prolongada mirada a la oficina de Chapman y su plantilla antes de emprender su regreso a Rochester con una creciente sensación de inutilidad. Después de alquilar una calesa en la estación de Higham, Osgood se encontró con que la fiel Rebecca continuaba inmersa en el trabajo en el chalet de Gadshill.

Al cabo de otras dos horas, los hombres de la casa de subastas Christie's llegaron para acabar por fin con la tranquilidad del chalet. Los trabajadores se apoderaron de la figurita oriental y de otros objetos vendibles del interior del sanctasanctórum de Dickens. Iban acompañados por una eficiente tía Georgy, que les daba instrucciones.

Georgy sacudía la cabeza con un gesto de digna frustración mientras los hombres hacían su labor.

– Supongo que es inútil intentar fingir que las cosas no han cambiado para siempre. ¡Qué vacío me parece ahora el mundo!

– ¿Adónde irá cuando se venda Gadshill, tía Georgy? -preguntó Rebecca.

– Mamie y yo vamos a buscar una casita en Londres, a pesar de que se me ponen los pelos de punta al pensar en los largos y duros inviernos de la ciudad.

– Creo que usted y el señor Dickens serán siempre parte de esta tierra, pase lo que pase -dijo Osgood-. Dondequiera que vayan.

Georgy miró a Osgood fijamente.

– Debo confesar que mi papel como albacea es algo nuevo para mí. No en el sentido de intervenir en las trayectorias de los niños, que ha sido la dedicación de mi vida, sino en lo que se refiere a leer documentos y contratos.

– Puedo imaginar la tensión -dijo Osgood.

– He tenido que aprender demasiado deprisa que es raro encontrar un hombre de negocios que pueda presumir de honesto. Perdóneme, pero me pregunto si podría abusar de usted mientras se encuentra en Rochester. ¿Sería tan amable de repasar el testamento del señor Dickens si le dejo una copia en el Falstaff?

– Será para mí un honor y un placer -dijo Osgood levantándose y haciendo una reverencia- poder compensar su amabilidad.

– Gracias. Me tranquilizará dedicar una hora a aclarar dudas con alguien… Con alguien que no sea el señor Forster, para ser totalmente sincera. Para empezar, ¡me siento tan inmadura a su lado! Como si no tuviera fuerza de voluntad propia cuando está cerca de mí.

Se quedaron callados al oír unas sonoras pisadas que subían las escaleras. Acto seguido apareció la figura corpulenta de Forster, que recordó a voces a los obreros el valor de lo que estaban transportando en sus inexpertas manos.

– Criaturas inútiles -sentenció Forster volviéndose hacia el escritorio, donde sus ojos cayeron sobre el rimero de papeles azules. Se frotó las manos una contra otra-. ¡Ah, ahí está! Verá usted, señor Osgood. Todos los manuscritos del libro del señor Dickens me fueron legados en su testamento para que yo me hiciera cargo de ellos.

Forster, con manos delicadas y temblorosas, agarró el manuscrito de Drood por los lados y lo recogió. Su veneración era conmovedora, si bien excesiva.

– Son las últimas que quedan en la casa, creo -consultó a la tía Georgy.

– Es el último manuscrito que queda aquí -dijo Georgy suspirando-. El último que queda en todas partes.

Con el manuscrito a buen recaudo en su maletín, los ojos de Forster se dirigieron hacia una pluma en particular. Era una larga pluma de ganso, blanca y flexible, con la punta manchada de tinta azul seca.

– Es ésa, ¿verdad? -preguntó.

Georgy asintió con la cabeza.

Rebecca preguntó de qué se trataba.

– Ésa es la pluma con la que escribió El misterio de Edwin Drood, señorita Sand -respondió Georgy-. A Charles le gustaba usar una sola pluma para cada libro, de esa manera le confería una cierta pureza. No quería que el espíritu de la pluma se mezclara con facturas insignificantes y cheques diversos. Con ésta acabó la sexta entrega de la novela inmediatamente antes de entrar en la casa.

Osgood preguntó si podía verla. La levantó de la mesa y le dio vueltas en la mano, luego la empuñó como si ella sola fuera capaz de terminar las últimas seis entregas de Drood.

– ¿Puedo -empezó a decir Forster pasándose la lengua por los labios agrietados y carnosos- guardarla en mi despacho?

Georgy carraspeó con intención.

– Sólo por ahora -aclaró Forster carraspeando a su vez como en respuesta al gesto de ella-. Hasta que usted decida lo que quiere hacer con ella, señorita Hogarth. Luego podrá… Bueno, ¡podrá tirarla al Támesis si es ése su gusto!

– Quédesela por el momento -concedió Georgy, instante en el que Forster le arrancó la pluma de las manos a Osgood, la metió en el maletín y corrió escaleras abajo sin despedirse de nadie.

15

Por la mañana, Osgood y Rebecca habían pensado en ir cada uno por su lado. Osgood volvería a intentarlo en Chapman & Hall, en Londres, y Rebecca seguiría el trabajo en Gadshill. En el último momento, Osgood llamó a Rebecca desde el carruaje del Falstaff. La miró con una expresión extraña.

– Creo que debería venir conmigo a Londres esta mañana, señorita Sand. Si el señor Chapman accede a recibirme, me gustaría que tomara usted notas.

Rebecca titubeó.

– ¡Será la primera vez que vaya a Londres! -exclamó. Luego contuvo su entusiasmo con su habitual formalidad-. Voy por mi estuche de lápices.

– Buena idea -dijo Osgood-. Estoy convencido de que a sus ojos les vendrá bien un descanso de todos esos papeles de Dickens.

Al llegar a la estación de Charing Cross, en el Strand, Osgood y Rebecca caminaron a la sombra de teatros y tiendas entre un número sorprendente de artistas callejeros y puestos de venta ambulante en cada esquina que hacían parecer a Boston silenciosa en comparación. Los ojos de Rebecca bailaban de un sitio a otro. Los mercachifles ofrecían a gritos reparación de calzado, herramientas, fruta, cachorros, pájaros…, cualquier cosa que se pudiera vender por un puñado de chelines. La variedad de acentos y dialectos sonaba al oído americano como si las promociones orales de cada uno de los vendedores ingleses estuvieran hechas en un idioma diferente.

– ¿No nota algo extraño en los vendedores? -le preguntó Osgood a Rebecca.

– El atronador ruido que hacen -respondió ella-. Es algo asombroso.

Mientras hablaban, pasaron delante de un espectáculo de Punch y Judy. Los títeres de madera daban brincos por el diminuto escenario, Judy pegando a Punch en la cabeza con una cachiporra.

– ¡Yo te daré tu merecido por tirar al niño por la ventana! -le gritaba la marioneta Judy a su esposo marioneta.

– Fíjese mejor -dijo Osgood-. Hay algo más extraño que el ruido, señorita Sand, ¡y es que los hombres de negocios londinenses no parecen notar el ruido en absoluto! Para vivir en Londres uno debe poseer una capacidad de concentración de hierro. Así es como sigue siendo la ciudad más rica del mundo. Ya hemos llegado -dijo Osgood señalando a un elegante edificio de ladrillo que lucía un letrero de CHAPMAN & HALL en las ventanas.

En esta ocasión, cuando Chapman entró en el recibidor, se detuvo y retrocedió unos cuantos pasos cortos al ver a los visitantes que esperaban en el sofá. El editor de piel rubicunda, con su fornido porte y brillante pelo oscuro peinado con una llamativa raya que le partía la magnífica cabeza, daba mucho más la imagen de un hombre deportista y ocioso que la de un hombre dedicado a los libros.

– Eh, tenemos visita por lo que veo -dijo Chapman, aunque su mirada no se posaba en ambos visitantes, sino en la figura esbelta de Rebecca. Finalmente se resignó a admitir también la presencia del caballero.

– Frederic Chapman -se anunció a sí mismo extendiendo una mano.

– James Osgood. Nos conocimos ayer -le recordó Osgood.

Chapman miró al forastero entrecerrando los ojos.

– Recuerdo su cara claramente. El editor americano. Y esta mujercita es…

– Mi asistente, la señorita Sand -la presentó Osgood.

Él tomó delicadamente la mano de la mujer en la suya.

– Sea usted muy bienvenida a nuestra humilde empresa, querida mía. Bueno, entrará con nosotros en mi despacho para la entrevista con el señor Osgood, ¿verdad?

Osgood y Rebecca siguieron a un empleado que seguía a Chapman en procesión hasta su despacho privado. En la estancia había expuestos algunos libros caros, pero era mayor el número de animales muertos y disecados: un conejo, un zorro, un ciervo. Aquellos horripilantes objetos despedían un olor rancio y desolador y la mirada de todos ellos parecía seguir a Chapman dondequiera que fuera con muda fidelidad. El despacho tenía un amplio mirador; sin embargo, en vez de abrirse a las calles de Londres, daba a las oficinas y las dependencias de Chapman & Hall. Periódicamente, Chapman volvía la cabeza para ver si sus empleados continuaban concentrados en el trabajo. Uno de los agobiados trabajadores llevó a la reunión una botella de oporto acompañándose de una reverencia que parecía más un incontrolable temblor de rodillas.

– Ah, excelente. Supongo que usted y el señor Fields tendrán una bodega en Boston -comentó mientras llenaba dos copas.

– Nuestro sótano está lleno de listas de suscripción y de material de embalaje.

– Nosotros tenemos una muy grande. Y también una despensa para piezas de caza. Estamos pensando en añadir una sala de billar. La próxima vez jugaremos una partida. Siempre es un placer ver a un colega del otro lado del charco.

– Señor Chapman, supongo que ya habrá investigado concienzudamente lo que todavía pueda quedar de El misterio de Edwin Drood. Nos beneficiaría mucho que usted compartiera con nosotros cualquier tipo de información que pueda haber recibido.

– ¿Investigar? ¿Por qué habla usted, señor Osgood, como uno de esos detectives de las novelas nuevas? Me hacen gracia sus conceptos americanos.

– No es mi intención -replicó Osgood con seriedad.

– ¿No? -preguntó Chapman decepcionado-. Pero ¿qué es lo que hay que investigar?

Osgood, estupefacto, dijo:

– Si el señor Dickens dejó alguna clave, alguna indicación de hacia dónde iba su historia.

Chapman le interrumpió con una carcajada franca y sincera, certificando así la mencionada gracia.

– Mire, Osgood, viejo amigo -dijo-, es usted realmente divertido al estilo americano, ¿no es verdad? Bueno, yo estoy perfectamente satisfecho con lo que tengo de Drood, seis magníficas entregas.

– Son soberbias, estoy de acuerdo. Pero si estoy en lo cierto, usted pagó una buena cifra por el libro -señaló Osgood incrédulo.

– ¡Siete mil quinientas libras! La cifra más alta jamás pagada a un autor por una novela nueva -esta frase la pronunció fanfarronamente en dirección a Rebecca.

– Yo habría dicho que su empresa estaría dispuesta a hacer cualquier cosa para proteger su inversión -dijo Osgood.

– Le voy a decir cómo lo veo yo. Cada lector que compre el libro y encuentre que está inacabado, le dedicará un tiempo a adivinar cómo sería el final. Y aconsejará a sus amigos que compren un ejemplar y hagan lo mismo, para que así puedan discutirlo.

– En América, el hecho de que no esté terminada animará a todos los filibusteros, como les llaman -explicó Osgood.

– Ese bellaco del Mayor Harper y los de su calaña -dijo Chapman volcando su copa y bebiendo su oporto con una presteza depredadora mientras contemplaba su colección de cabezas de animales. Sus ojos de cazador, siempre inquietos, se posaron de nuevo en Osgood-. Eso es lo que le preocupa, ¿verdad? -continuó por fin. Se inclinó hacia Rebecca, no exactamente arisco, para desazón de Osgood, pero sí mostrando una absoluta falta de interés por la hermosa asistente sentada enfrente de él-. Eh, supongo que su patrono luchó valientemente en su guerra de Secesión, ¿verdad? Qué suerte. Aquí no hemos tenido últimamente ninguna guerra de la que podamos hablar. Algunas pequeñas, pero nada que merezca la pena comentarse. Ninguna que le sirva a uno para demostrar al mundo su hombría e impresionar a las mujeres.

– Me hago cargo, señor Chapman -respondió Rebecca negándose a amedrentarse ante la intensidad de su atención.

– Recuérdeme en qué batallas luchó usted, viejo amigo -inquirió Chapman dirigiéndose a Osgood.

– En realidad -dijo Osgood-, sufrí los efectos adversos del reuma cuando era joven, señor Chapman.

– ¡Qué pena!

– Ahora estoy mejor. Sin embargo, me impidió cualquier intención de alistarme como soldado.

– Aun así, el señor Osgood ayudó a publicar aquellos libros y poemas -intervino Rebecca- que contribuyeron al entusiasmo y el compromiso de la Unión para perseverar en su causa.

– ¡Qué pena que no haya combatido como soldado! -respondió Chapman-. Cuenta usted con mi comprensión, Osgood.

– Gracias, señor Chapman. Respecto a Drood -dijo Osgood con la intención de cambiar el derrotero de su persuasión-, piense en el interés de comprender mejor la última obra de Dickens. Por el bien de la literatura.

Por el guiño de sus ojos y el gesto de su boca, parecía que Chapman estaba a punto de sufrir otro ataque de risa. Sin embargo, su impresionante estructura se desplazó hacia la ventana y puso la yema de un dedo sobre el cristal.

– Vaya, habla usted como uno de los empleados más jóvenes de ahí fuera. La mayor parte del tiempo no soy capaz de distinguirlos, son muy parecidos, ¿no le parece, señorita Sand?

– No sabría decirle, señor Chapman -señaló Rebecca-. Parecen estar entregados a su trabajo.

– ¡Tú! -la poderosa frente de Chapman se arrugó y se asomó al exterior donde unos cuantos empleados embalaban un envío de libros en cajas.

Uno de ellos entró nerviosamente en el despacho. Todos los demás interrumpieron lo que estaban haciendo y se dispusieron a ver el destino que esperaba a su compañero.

– Bueno, empleado, ¿no puedes embalar esas cajas más rápido? -inquirió Chapman.

– Señor -respondió el empleado-, lo siento mucho, es el olor lo que nos impide ir más deprisa.

– ¡El olor! -repitió Chapman con una indignación que sugería que se le había acusado de emitirlo personalmente. Soltó una ristra de furiosas palabrotas sobre la incompetencia del empleado. Cuando el editor terminó, el empleado explicó tímidamente que la última aportación de Chapman a la despensa, una pata de venado, desprendía un hedor infecto a causa del calor estival.

Chapman, tras levantar la nariz para comprobarlo, cedió y asintió con la cabeza.

– Muy bien. Ponga ese venado en una carreta y me lo llevaré a casa para la cena -ordenó.

Chapman había interrumpido sus insultos encendiendo un puro mientras el empleado esperaba que le dejara retirarse. Cuando Chapman volvió a dirigir la mirada al joven le contempló como si no supiera de dónde había salido.

– ¡No tiene muy buen aspecto! -le notificó Chapman al joven.

– ¿Cómo dice?

– Un aspecto nada bueno. Pálido, incluso. Bueno, ¿puede tomar una copa de oporto?

– Eso creo.

– Bien. Dígales a los del sótano que le manden un par de botellas -el empleado salió disparado-. Esta oficina funciona como un reloj -dijo Chapman a los invitados con un impaciente sarcasmo-. En fin, estaba usted… estaba usted hablando de literatura -levantó un puñado de papeles-. ¿Ve este libro de poesía? Muy bonito. Esto es lo que llaman literatura. Y yo lo voy a guardar en el armario para quemarlo en mi chimenea el próximo invierno. ¿Por qué? Porque la poesía no vende. Nunca se ha vendido. No vale de nada, ¿sabe, señorita Sand?

– Bueno, señor Chapman, yo adoro las novelas -dijo Rebecca enderezándose en su silla y mirando fijamente a su anfitrión-. Pero en nuestros momentos más tristes o más alegres, ¿qué haríamos sin la poesía para que nos hable?

Chapman se sirvió otra copa de oporto.

– Cinco libras es demasiado para cualquier poema, sobre todo teniendo en cuenta que todos los poetas están siempre en apuros. Cinco libras seria suficiente para pagar lo mejor que pueda hacer cualquiera de ellos. No, no, son las aventuras, las expediciones al aire libre, lo que la gente quiere leer hoy en día, con el lamentable estado del negocio. Ouida, Edmund Yates, Hawley Smart, sus novelas americanas de whisky e indios, ésa es la nueva literatura que la gente recordará. Dios bendiga a Dickens con sus causas sociales y su solidaridad, pero debemos olvidar el pasado y mirar adelante. Sí, no podemos mirar atrás.

Fuera de las oficinas, en las profundas sombras del callejón, el insignificante empleado que había sido reprendido por Chapman, con la cabeza aturdida por el oporto, se subió a la trasera de un furgón. Intentó arrastrar la inmensa y apestosa pata de venado con una cuerda. Luchaba y resollaba hasta que una mano más fuerte la levantó sin esfuerzo del suelo.

– Gracias, señor -dijo-. Maldito sea este venado. Maldito sea todo el venado del mundo.

El hombre que le había ayudado estaba abrigado por las sombras. Lanzó entonces una moneda al aire que el empleado atrapó torpemente con ambas manos contra el pecho.

– Vaya, ¿no debería ser yo quien le pagara, señor?

– ¿Ha escuchado lo que le ha dicho su patrono al señor Osgood? -preguntó el desconocido.

– ¿Ese americano? -el empleado lo pensó y luego asintió.

– Entonces hay más de éstas para usted. Venga -alargó la mano para ayudarle a bajar del furgón, pero, surgiendo entre las tinieblas, quedó claro que no era una mano. Era una cabeza de bestia en oro que remataba la empuñadura de un bastón. Sus refulgentes ojos negros brillaban como agujeros que perforaban la oscuridad.

– Vamos. No le morderá -insistió el oscuro desconocido.

– Pero ¿por qué quiere saber cosas del señor Osgood? -preguntó el empleado mientras se agarraba al bastón y descendía del furgón.

– Digamos que estoy aprendiendo el oficio de los libros.

16

Ya de vuelta en la casa familiar de Dickens en Gadshill, Osgood y Rebecca volvieron a enfrascarse en los libros y documentos de la biblioteca. Osgood contemplaba la biblioteca con el celoso interés de un editor en los libros de otro hombre. Había una hilera de volúmenes de Wilkie Collins y la edición inglesa de la poesía de Poe, además de múltiples ediciones de Fields, Osgood & Co.

Entre las estanterías, las paredes se decoraban con famosas ilustraciones de Cruikshank, «Phiz», Fildes y otros artistas que habían adornado las novelas de Dickens. Oliver Twist se tambalea al recibir en el brazo la bala de la pistola aún humeante de Giles, que se esconde detrás de la esquina… De la misma novela, Bill Sikes se prepara para asesinar a la pobre Nancy… En una tenebrosa celda de la Bastilla en Historia de dos ciudades se hacinan la muerte y la fatalidad… En una mesa retirada, la honesta Rosa confiesa a su buen tutor, el señor Grewgious, que sospecha que el tío de Edwin Drood, John Jasper, ha cometido una terrible maldad…

Encontraron múltiples libros sobre el tema del mesmerismo y Rebecca se fijó en que Dickens había escrito notas en los márgenes de algunos de ellos. Uno se titulaba, misteriosamente, Huellas en las fronteras de otro mundo.

– Leía estos libros minuciosamente -dijo Rebecca tocando las tantas veces manoseadas páginas con respeto y delicadeza.

– ¿De qué trata? -preguntó Osgood mientras repasaba las columnas de libros.

– No estoy segura -respondió Rebecca-. Cuestiones referentes a lo sobrenatural.

Leyó un fragmento. El investigador puede avanzar a tientas y tropezar, como si viera a través de un cristal oscuro. La muerte, que a tantos millones ha liberado de su desdicha, aclarará sus dudas y resolverá sus dificultades. La muerte, la que esclarece las adivinanzas, descorrerá las cortinas y dejará pasar la luz que todo lo explica. Aquello que es esta fase de la existencia apenas comienza, proseguirá mejorado en otra.

– Me suena a camelo -señaló Osgood-. Veamos qué más tenia.

En otra de las estanterías intentó sacar unos libros hasta que cayó en la cuenta de que no eran libros de verdad.

– El señor Dickens se mandó hacer esos falsos lomos de libros -dijo un criado que acababa de entrar en la habitación; el mismo hombre del mostacho que había despachado con firmeza al intruso del chalet. Dejó sobre la mesa una bandeja de pastas con una inclinación y luego se acercó a Osgood-. Verá, señor Osgood, es una puerta oculta para que el señor Dickens pudiera acceder cómodamente a la biblioteca desde la otra habitación. ¡Tan ingenioso en su casa como en su escritura! -el criado empujó la estantería tapizada de libros falsos y descubrió la sala de billar, donde, en otros tiempos, juegos y cigarros puros esperaban a los invitados masculinos de Gadshill.

– ¡Ingenioso! -admitió Osgood encantado con el artefacto. Leyó con una sonrisa los títulos de los libros falsos que Dickens había elegido. Sus favoritos eran Una historia del pleito civil breve en veintiún volúmenes, Cinco minutos en China en tres volúmenes, cuatro volúmenes de La revista de la pólvora y Vidas de gatos, un juego de nueve volúmenes que le recordó al perezoso señor Puss hecho un cálido ovillo sobre algún cojín de su casa de Boston.

– ¡Me encantaría tener la oportunidad de publicar alguno de estos libros! -dijo Osgood.

– ¡Señor Osgood! Creo que ya tiene bastante de que ocuparse en el 124 de Tremont Street -dijo el criado con complicidad.

– ¿Cómo sabe…? -empezó a preguntar Osgood al escuchar la dirección de su oficina de Boston. Se volvió para observar más atentamente al criado-. Vaya, ¿es usted, querido Henry Scott? ¡Es usted, Scott! -estudió la cara familiar, tan alterada por los dos años de dificultades y el largo y poblado bigote retorcido, esmeradamente peinado hacia arriba en los extremos. Una gran diferencia en su apariencia la marcaba la librea de Gadshill, un amplio sobretodo blanco con esclavina y botas de montar.

– Si, señor Osgood -dijo-. Tal vez usted recuerde, señorita Sand, que acompañé al señor Dickens y al señor Dolby en sus viajes por América, como ayuda de cámara del jefe y, me atrevería a decir, su hombre de máxima confianza. ¡Recordará que fue cuando pasó todo aquello con Tom Branagan! Pues bien, cuando estábamos justo a punto de iniciar la gira, Scotland Yard descubrió que el hombre de confianza del jefe aquí en la casa, su criado, había estado robando dinero de la caja de caudales. ¡Un hombre que llevaba veinticinco años trabajando para el jefe y al que pagaba generosamente! Me alegro de decir que el jefe tuvo la consideración hacia mí de ofrecerme el trabajo con un puesto para mi mujer cuando regresamos de América. Cinco años justos.

– ¿Perdón?

– Su muerte, señor Osgood. Sucedió exactamente cinco años después del accidente de tren en Staplehurst. Cuando se puso enfermo repasé su agenda y no pude evitar pensar en un mal viento que no trae nada bueno.

Cuando Henry se inclinaba para retirarse, Osgood le pidió que se quedara.

– Señor Scott, ¿qué me puede contar de lo que pasó ayer en el chalet con aquel hombre?

– Una vez más, le repito que siento mucho lo sucedido -dijo Scott añadiendo una nueva reverencia aún más profunda-. Supongo que, como dice el refrán, una bestia indómita necesita una mano sobria que la conduzca. Si el pobre Jefe hubiera estado presente en cuerpo o en espíritu, o en un estado intermedio, no habría importunado tanto a sus invitados. Y si hay un hombre lo bastante sensato para volver a nosotros en espíritu, ¡ése es el Jefe! ¿No le parece, señorita Sand?

Rebecca tenía algo tan íntegro en su persona que hacia que todos los hombres buscaran en ella aprobación a sus ideas.

– De hecho, ahora mismo estaba mirando sus lecturas sobre temas de espiritismo, señor Scott -dijo Rebecca.

– Siento curiosidad por saber lo que inquietaba a aquel hombre -interrumpió Osgood.

– ¡Ah, puede usted nombrar cualquier cosa y seguramente podría considerarse inquietante para ese gandul quemado por el sol! -Henry les explicó que Dickens a veces aplicaba terapia de hipnosis a individuos enfermos o perturbados. Hacía que se tumbaran en el suelo o en el sofá y les inducía a un sueño magnético hasta que despertaban temblorosos y fríos. Había una mujer ciega que atribuía su recuperación de la vista al tratamiento magnético de Dickens-. Sin embargo, este hombre fue un caso especial -apuntó Henry.

Los médicos de Londres le habían diagnosticado unos meses antes a aquel hombre, un pobre granjero, una enfermedad incurable. Habiendo oído hablar de las habilidades especiales de Dickens se plantó en la puerta del novelista suplicando un tratamiento moral y espiritual a través del mesmerismo. Dickens llevaba algunos años menos activo en este terreno, pero accedió y empezó a tratar al hombre con terapia magnética.

– ¿Dio resultado, señor Scott? -preguntó Rebecca.

– Bueno, tal vez le diera resultado a él, señorita Sand… Pero en el sentido contrario -dijo Henry.

– ¿Qué quiere decir? -preguntó Osgood.

– Uno de los cocineros me dijo que la enfermedad del granjero había mejorado, pero que sus condiciones mentales habían ido debilitándose a lo largo de las sesiones de mesmerismo. Ahora ese pobre vagabundo sigue merodeando por aquí, lo mismo que esos perros inútiles de los establos, como si el Jefe estuviera escondido en el bosque con los ladrones de Falstaff y los peregrinos de Chaucer, y estuviera a punto de volver -Henry, inconscientemente, dijo esto con un tono más comprensivo con el vagabundo de lo que él mismo se dio cuenta.

Con los ojos rojos de leer y copiar, Osgood y Rebecca decidieron regresar al hostal al acabar el día. Forster les esperaba en el porche de Gadshill.

– ¿Van a hacer más expediciones mañana por la mañana? -preguntó el albacea como si realmente le interesara y no estuviera sólo curioseando.

– Al cabo de tres días, no hemos podido encontrar mucho más que una lista de títulos, algunas notas sobre el libro escritas deprisa y algunas páginas desechadas, señor Forster -admitió Osgood-. Me temo que hemos acabado con el material que tienen aquí.

Forster asintió con una satisfacción apenas disimulada; luego, fingió apresuradamente una expresión de decepción.

– Supongo que regresarán a Boston.

– Todavía no -respondió Osgood.

– ¿Oh? -dijo Forster.

– Si no podemos encontrar nada en las habitaciones de Dickens, tal vez haya algo fuera de ellas…, en algún sitio.

Las pupilas de Forster se dilataron con interés y cogió una hoja de papel y una pluma.

– Usted es un americano emprendedor y sé que los americanos emprendedores detestan perder el tiempo. Su búsqueda, me temo, señor Osgood, puede ser precisamente eso: una pérdida de tiempo. Ésta es la dirección en la que me puede encontrar cuando vuelva a Londres, donde desempeño la labor de delegado de salud mental [4], por si me necesita. El señor Dickens era un hombre demasiado bueno para engañar a los lectores que confiaban en él. El final de El misterio de Edwin Drood habría sido exactamente como parece: un hombre perverso y celoso se proponía liquidar a un joven y lo hizo, no hay nada más. ¡Cualquier otra idea al respecto es pura monserga!

17

Ordeno tajantemente que se me entierre de manera modesta, no ostentosa y estrictamente privada, que no se haga anuncio público de la hora y lugar de mi sepelio, que se alquilen como mucho tres coches fúnebres sencillos y que aquellos que asistan a mi funeral no lleven velo, capa, chalina negra, larga cinta en el sombrero ni ningún otro de esos repugnantes despropósitos. Ordeno que mi nombre se escriba con sencillas letras inglesas en mi lápida sin añadirle ni «señor» ni «caballero». Conmino a mis amigos a que en ningún caso me hagan motivo de monumento, mausoleo o recuerdo de ninguna clase. Dejo en manos de la memoria de mi país el destino de la obra que he publicado, y en las de la memoria de mis amigos el de su experiencia de mi; asimismo, confío mi alma a la misericordia de Dios a través de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

Osgood revisó la redacción del testamento con Georgina Hogarth en el café del Falstaff Inn y le expuso sus opiniones sobre las obligaciones contraídas con respecto a Forster. El documento establecía una distribución de responsabilidades y obligaciones admirablemente complicada. Forster controlaba todos los manuscritos de las obras publicadas por Dickens. Pero el documento cedía a Georgy todos los papeles privados de la casa, además de las decisiones relacionadas con las joyas y los objetos familiares del escritorio de Dickens, tales como la pluma de ganso que Forster se había quedado temporalmente.

– El señor Forster -le contó Georgy a Osgood- entiende que su deber consiste en recordar al mundo que Charles debe ser adorado. Por eso está enterrado en el Rincón de los Poetas en vez de en nuestra humilde aldea, como habría sido su deseo. Si el señor Forster hubiera podido manejar la pluma de Dickens por él sobre las líneas de su testamento, lo habría hecho.

Aquella tarde, tras un trayecto en tren de una hora entre Higham y Londres, Osgood y Rebecca entraron en el lugar hecho por la mano del hombre más sobrecogedor de toda Inglaterra: la abadía de Westminster. Tanto Osgood como su asistente levantaron automáticamente las cabezas hacia el extraordinario techo de gran altura, donde las prolongaciones de las columnas se juntaban como las copas de los árboles de un bosque se entrelazan sobre el cielo de la mañana. La luz que entraba a chorros en la abadía estaba teñida por los cristales de colores de los rosetones que les rodeaban.

En la nave lateral sur, los visitantes americanos encontraron la lápida de mármol que cubría el ataúd de Charles Dickens. El aparatoso monumento del Rincón de los Poetas en la famosa catedral estaba rodeado por las tumbas de los escritores más grandes. La del propio Dickens estaba flanqueada por las estatuas de Addison y Shakespeare, y el busto de Thackeray. A pesar de que se habían seguido pocas más de sus instrucciones, las palabras incrustadas en la losa rezaban como lo había pedido Dickens:

Charles Dickens

Nacido el 7 de febrero de 1812

Muerto el 9 de junio de 1870

Un tropel de gente entraba en fila para dejar versos o flores sobre la tumba del novelista y los restos de las ofrendas del día anterior empezaban a marchitarse con el aire cálido de la abadía.

Mientras se encontraban allí, una flor pasó volando ante ellos en dirección a la tumba. El capullo tenía pétalos grandes y carnosos de un violeta encendido. El editor miró por encima de su hombro y vio alejarse a un hombre con sombrero de ala ancha que le cubría la mayor parte de su rostro anguloso y rojizo.

– ¿Ha visto a ese hombre? -le preguntó Osgood a Rebecca.

– ¿Quién? -respondió ella.

Osgood había visto antes aquella cara.

– Creo que era el hombre del chalet… El paciente de ese extraño experimento de hipnosis.

En ese momento apareció en la abadía otra caravana de dolientes que lloraban a Dickens. Habían llegado de la lejana Dublín para ver el lugar de descanso definitivo del escritor, le explicaron entusiasmados a Osgood, como si él fuera el encargado. Abarrotaron el Rincón de los Poetas, arrinconando a Osgood, y mientras el paciente de la terapia de mesmerismo desapareció.

Sin saber muy bien adónde dirigirse, Osgood y Rebecca pasearon por las calles de Londres.

Habían dado con toda una sucesión de callejones sin salida en la investigación que llevaban a cabo en Gadshill. Habían oído decir que existía una residente en Londres llamada Emma James que aseguraba tener el manuscrito completo de El misterio de Edwin Drood. Resultó ser una médium espiritista que estaba dictando las últimas seis entregas de la novela en contacto con la «pluma espiritual» de Charles Dickens y pensaba comenzar en breve la siguiente novela fantasmal del autor, titulada La vida y aventuras de Bockley Wickleheap. Otros rumores (por ejemplo, que Wilkie Collins, el popular novelista colega de Dickens y su colaborador ocasional, había sido contratado para terminar la novela) resultaron ser igualmente improductivos. También habían oído que, unos meses antes de su muerte, Dickens se había ofrecido en una audiencia en la Corte a contarle el final a la reina Victoria.

– ¿Señor Osgood? -dijo Rebecca-. Parece usted inquieto.

– Quizá hoy me encuentre demasiado acalorado. Vamos a hacerle una visita al señor Forster en su oficina, puede que él sepa algo de Dickens y la Reina.

Osgood no quería desanimar a Rebecca diciendo nada más. Temía la posibilidad de regresar a Boston y tener que decirle a J. T. Fields que El misterio de Edwin Drood nunca se desvelaría, que Drood seguiría perdido en todos los sentidos. Y que el declive económico de Fields, Osgood & Co. podría no estar muy lejos.

Proteger a nuestros autores era el lema de Fields sobre todo lo demás. En eso iba pensando Osgood mientras caminaban. Sus esfuerzos en Inglaterra no iban sólo dirigidos a la supervivencia financiera de su empresa y sus empleados, sino también de los autores: Longfellow, Lowell, Holmes, Stowe, Emerson y otros. Si la editorial se desplomaba en el precipicio financiero que les amenazaba, ¿cómo se las arreglarían los autores desamparados? Sí, eran escritores queridos, pero ¿le importaría eso a un editor de la calaña que representaba el Mayor Harper? Sin Fields y Osgood para protegerles, ¿quedarían sepultados en la oscuridad, como Edgar Allan Poe o el una vez prometedor Herman Melville? El verdadero futuro de la edición no estaba en que los editores se convirtieran en industriales, como preveía Harper, sino en que fueran socios de los autores, la unión de las dos mitades de la portada.

Osgood pensaba en toda la responsabilidad que descansaba sobre sus hombros. En otro tiempo había llegado a plantearse ser poeta: ¡ahora aquello le hacía reír por dentro! Un joven Osgood, estudiante ejemplar, que recitaba un poema a la clase de la Standish Academy. Aquel octubre vio cómo una docena de sus compañeros de clase dejaban los estudios para ir a buscar oro en California, pero él prefería las silenciosas salas de la escuela a las agrestes colinas de California. Phi Beta Kappa en Bowdoin, delegado de clase, miembro del Club Pecunian, pero amigo de los rivales Atenienses. Todo el mundo que le rodeaba esperó siempre que triunfara en la vida. Abrazar la causa de otros artistas y genios que sin su ayuda podrían no haber salido adelante había supuesto un tremendo sacrificio de sus propias ambiciones artísticas.

Con el peso de estos pensamientos sobre su cabeza, llegaron al edificio oficial que albergaba la Delegación de Salud Mental, donde Forster ejercía su cargo. Les recibió un funcionario del Gobierno. Osgood le explicó que querían hablar con el señor Forster.

– ¿Son ustedes americanos? -preguntó el funcionario levantando las cejas con interés.

– Sí, así es -respondió Osgood.

– ¡Americanos! -sonrió el funcionario-. Bueno -dijo con renovada seriedad-, me temo que no tenemos escupideras en la sala de espera.

– No hay problema -dijo Osgood cortésmente-, ya que nosotros no mascamos tabaco.

– ¿No? -preguntó sorprendido el funcionario y luego miró a Rebecca a la boca como si quisiera confirmar que efectivamente no estaba mascando tabaco-. ¿Pueden esperar un momento?

El funcionario regresó con una dirección escrita en un papel.

– El señor Forster salió de la oficina hace unas horas. Creo que pueden encontrarle aquí. Les he escrito unas indicaciones detalladas, porque los americanos siempre se pierden en Londres.

– Gracias, le buscaremos allí -dijo Osgood.

El día era cada vez más caluroso y húmedo. Londres, con sus pavimentos y sus aglomeraciones de transeúntes en vacaciones y atareados hombres de negocios, era menos agradable que Gadshill, con sus campos ondulantes y sus generosos ramilletes de vegetación.

Después de trazar lo que le parecieron varios círculos, Osgood miró la placa de la esquina de la calle y la comparó con el papel que les había escrito el funcionario.

– Blackfriars Road, a la izquierda de St. George's Circus… Aquí es donde dijo que hallaríamos al señor Forster -se encontraban delante de un macizo edificio con forma de pentágono que ensombrecía toda la calle. Osgood se apoyó en una columna de piedra del pórtico para enjugarse la frente y el cuello con el pañuelo. Mientras lo hacía pudo escuchar un sonoro diálogo que les llegaba como a través de una trompeta:

– Es un auténtico fenómeno en la historia de la amistad, lo de este tío y su sobrino.

A la voz masculina la siguió una femenina que dijo:

– ¿Tío y sobrino?

– Sí, ése es el parentesco que tienen -respondió el hombre-. Pero ellos nunca lo mencionan. El señor Jasper no quiere ni oír «tío» o «sobrino». Siempre se llaman Jack y Ned, creo.

La mujer replicó:

– Sí, y tengo entendido que, mientras que nadie más en el mundo se atrevería a llamar «Jack» al señor Jasper, sólo él llama «Ned» a Edwin Drood.

Osgood y Rebecca se quedaron escuchando incrédulos.

– Ahí -señaló Rebecca nerviosamente.

Osgood se volvió sobresaltado. Un cartel a lo largo de la fachada del inmenso edificio anunciaba las futuras producciones de la temporada en el teatro Surrey: En la cima del mundo, Certificado de libertad condicional y… El misterio de Edwin Drood. La obra de Dickens adaptada por el señor Walter Stephens y alardeando en el cartel: «¡Con nuevo y mejorado argumento!» y «¡un reparto de personajes irresistible y sin precedentes que llevará al público a un estado de vibrante emoción!» con «¡el nuevo libro de Charles Dickens! ¡Ahora completo!».

– Ahora completo -leyeron en voz alta Osgood y Rebecca.

Tras entrar en el vestíbulo y subir la enorme escalera, se encontraron una sala más grande que las que habían visto en Boston o Nueva York. Tenía forma de herradura. De quince metros de altura y con una asombrosa cúpula dorada, decorada con delicados dibujos, que cubría la superficie completa. En la base de la cúpula había paneles de rojo veneciano con los nombres de los más grandes dramaturgos de la nación: Shakespeare, Jonson, Goldsmith, Byron, Jerrold…

Una barahúnda de gente sobre el escenario atrajo la atención de Osgood. Los actores y actrices de aquella versión de Drood estaban pasando de ensayar la conversación de Septimus Crisparkle con la recién llegada al pueblo Helena Landless a una escena en el fumadero de opio. Pero al parecer no podían encontrar al actor que interpretaba al proveedor chino de opio.

Osgood halló detrás del escenario a un hombre que permanecía de pie teatralmente quieto mientras una joven le anudaba al cuello una estridente chalina. Al tiempo que ella trabajaba, él se estudiaba el interior de la boca y se ahuecaba el largo cabello oscuro en un espejo de cuerpo entero. Tenía una cabeza enorme, una especie de obra maestra de la fisiognomía, y un cuerpo delicado que parecía esforzarse para sostener la parte superior. Cuando el hombre dejó de pronunciar aes y oes, Osgood se presentó y le preguntó por la persona responsable.

– Se refiere al albacea del señor Dickens, ¿verdad? -dijo el hombre-. Ha estado aquí para espiar y cotillear el ensayo, pero ya ha volado, creo, como un águila gigantesca y gordísima.

– O sea, que John Forster ha autorizado esta función -dijo suavemente Osgood-. ¿Y usted es uno de los actores, señor?

El hombre abrió y cerró sus fuertes mandíbulas unas cuantas veces en un intento de superar su asombro ante tal pregunta.

– Si soy… Arthur Grunwald, señor -dijo extendiendo una mano orgulloso-. Groon-woul-d, señor -se corrigió a sí mismo con pronunciación francesa antes de que Osgood pudiera decirlo.

– Armando Duval en La dama de las camelias de Alejandro Dumas del teatro St. James la temporada pasada -dijo discretamente la chica que le estaba ajustando la chalina mientras Grunwald aparentaba no escuchar la lista de sus éxitos-. Falstaff en el Enrique IV del Lyceum. Y seguramente habrá visto usted la temporada del señor Groon-woul-d como Hamlet en el Princess. Su Majestad fue a verlo cuatro veces.

– Me temo que yo no estoy en Londres tan a menudo como la Reina -aseguró Osgood.

– ¡Bueno, señor! -exclamó Grunwald-. Sé lo que está pensando: «Groon-woul-d es una pizca demasiado esbelto y apuesto para interpretar al más bien corpulento caballero de una manera realista». ¡No es así! Pusieron mi Falstaff por las nubes. Mi papel en este drama es el de Edwin Drood. ¡Su amigo Forster cree que porque ha autorizado el montaje tiene derecho a supervisarme a mí también! Dígame, ¿dónde está Stephens?

– ¿Quién?

– ¡Nuestro dramaturgo! ¡Walter Stephens! ¿No me ha dicho usted hace escasos minutos que es su editor? ¿Se le ha olvidado? ¿Tiene usted siempre la cabeza tan atolondrada? ¿O es un impostor, un especulador que busca mi autógrafo para venderlo?

Osgood le explicó que era el editor del difunto Charles Dickens, no del escritor que había adaptado la novela a la escena. Grunwald recuperó la calma.

– Toda la fama de Dickens -se lamentó Grunwald dirigiéndose al espejo. Visto de cerca, al actor le sobraban diez años para hacer el papel de Edwin Drood, aunque su piel ostentaba el brillo de falsa juventud y romance propio del artista marchito-. Tanta fama y no le ha servido de nada porque no tenía lo más importante.

– ¿Y qué es lo más importante? -preguntó Osgood.

– Estar satisfecho de sus hijos. Vaya, ¿nos ha traído usted otra aspirante a actriz? Me temo que no valga. ¡La siguiente!

– Perdone -dijo Osgood-, es mi asistente, la señorita Rebecca Sand -Rebecca avanzó y le hizo una reverencia al actor.

– Menos mal. No va a conseguir usted muchos papeles, querida mía, yendo por ahí vestida toda de negro como si fuera de luto y sin unas formas más generosas por arriba.

– Gracias por el consejo -respondió Rebecca ásperamente-, pero es que estoy de luto.

– Grunwald, aquí está usted -dijo Walter Stephens saliendo de detrás del escenario a grandes zancadas-. Lo siento, creo que no he sido presentado a sus amigos -dijo señalando a Osgood.

– No es amigo mío, Stephens. Hasta hace un instante era su editor.

Stephens miró de arriba abajo a Osgood confundido al mismo tiempo que Grunwald era requerido en el escenario para ensayar una escena. Se trataba del momento en que él (en el papel de Edwin Drood) y Rosa, la hermosa joven con la que está comprometido, charlan amistosamente en secreto de disolver su no deseada unión. Mientras tanto, Jasper, el adicto al opio enamorado de Rosa, intriga en el extremo opuesto del escenario para eliminar a su sobrino Drood.

Osgood se presentó al escritor Stephens, quien agarró al editor por el brazo y le condujo hacia el escenario. Rebecca les siguió contemplando emocionada la compleja maquinaria que ocultaba la tramoya del teatro.

– ¿Qué les ha traído a ustedes dos a Inglaterra? -preguntó Stephens.

– Lo cierto es que el mismo Misterio de Edwin Drood que ha acaparado su atención recientemente, señor Stephens.

– La muerte del señor Dickens nos distrajo mucho de su progreso.

– Entonces espero poder tomarme la libertad de preguntarle: ¿cómo la va a convertir en un drama completo sin final?

Stephens sonrió.

– Verá, ¡yo mismo he escrito un final, señor Osgood! Sí, la vida de los dramaturgos no es tan lujosa como la de los escritores que usted publica. Tenemos que trabajar en lo que se nos presenta con gran respeto, pero nunca con tanto respeto que nos impida cumplir nuestra tarea de agradar al público. Cuando leemos utilizamos el cerebro, pero cuando vemos una obra de teatro utilizamos los ojos, unos órganos mucho más triviales.

»Bueno, ahora me temo que tengo que atender otros muchos asuntos. ¿Nos harán usted y su compañera el honor de ser nuestros invitados en el mejor palco del teatro? -preguntó Stephens.

Osgood y Rebecca se quedaron a presenciar el ensayo del día. Por supuesto, lo que más les interesaba era ver el final original que Stephens había dado a la obra. En sus últimas entregas, Dickens había introducido al misterioso Dick Datchery, un visitante en el pueblo imaginario de Cloisterham que trabaja como investigador en el caso de la desaparición del joven Drood después de que otros hayan señalado con dedo acusador a Neville Landless, el rival de Edwin Drood. Datchery sospecha otra cosa. Pero en la versión de Stephens se descubría que Datchery, con un flotante cabello blanco cubriéndole el rostro, era el combativo joven Neville en persona, disfrazado. Neville utilizaba el disfraz de Datchery para enfrentarse a John Jasper, el tío de Drood, con pruebas que empujaban a éste, devorado por los remordimientos, a acabar con su vida mediante una sobredosis de opio.

Osgood y Rebecca se disponían a partir durante el cuarto intento de ensayo de dicha escena cuando Grunwald interrumpió al resto de los actores.

– ¿Dónde está Stephens? Ah, Stephens, ¿qué es esto? ¿Qué pasa con la versión revisada de este acto?

– Ésta es la versión revisada, Grunwald. Y ahora, haz el favor de recordar que en este punto de la historia estás demasiado muerto y tu cuerpo incinerado para tener una presencia tan carnal en el escenario.

Grunwald lanzó las páginas de su libreto por los aires.

– ¡Al diablo con eso! ¡Que os cuelguen a todos y se os desparramen los sesos! ¡Tal vez deberíais buscar otro maldito Edwin Drood!

Stephens respondió también a gritos:

– ¡Hay damas presentes, señor, y americanos, que no tienen por qué soportar la vulgaridad de su lengua!

– ¿Vulgar? -preguntó Grunwald inmediatamente antes de lanzarse sobre Stephens puño en ristre. Stephens agarró al actor por su espeso cabello.

El director sacó al dramaturgo y al actor y les recomendó que acabaran de asesinarse fuera del escenario.

Osgood reparó en dos trabajadores que se dirigían a las escaleras a fumar.

– Veo que el señor Grunwald y el señor Stephens discuten mucho -les dijo Osgood.

– Sí, señor.

– ¿Saben ustedes por qué? -quiso saber el editor.

Uno de los trabajadores se rió al oír la pregunta.

– ¿Cómo no? Tienen la misma pelea estúpida todos los días. Art Grunwald cree a pies juntillas que Charles Dickens quería que Edwin Drood sobreviviera y regresara al final de la historia para vengarse del hombre que intentó matarle. El señor Stephens considera que es totalmente evidente que Drood ha muerto y se pudre metido en cal viva.

– ¿Y ustedes qué piensan? -inquirió el editor.

– Yo pienso que Grunwald se cree un actor demasiado bueno para quedarse fuera de las tablas todo el último acto. Ojalá no hubiera muerto Dickens, se lo juro por Dios, así no habríamos tenido que soportar sus peleas.

18

Osgood paseaba de un lado a otro por el salón del Falstaff. Rebecca le había leído hacía breves instantes una nota del secretario de la Reina en la que se le comunicaba que Su Majestad no había aceptado la oferta de Dickens de contarle el final de Drood, considerando más apropiado esperar a verse sorprendida con las entregas como todos sus súbditos.

– Casi desearía ser capaz de creer en la médium que le hace compañía al fantasma de Dickens -comentó Osgood.

– Tal vez el propio Dickens la habría creído -contestó Rebecca con una sonrisa-. Al parecer estaba muy impresionado con el espiritismo. No sé si no deberíamos estudiarlo nosotros también.

– No creo que tenga usted un gran concepto de esas prácticas, ¿verdad, señorita Sand?

– Podríamos encontrar una ventana a su mente cuando escribía la novela.

Osgood se sentó en una mesa y apoyó la cabeza en las manos.

– Si una médium es capaz de decirnos ahora mismo cómo ganar un cuarto de millón de dólares en tres meses, me convertiré en el más entusiasta de sus devotos. No nos podemos permitir perder más tiempo.

– Es usted un escéptico nato -dijo Rebecca dejando el tema, pero claramente dolida al ver que Osgood desechaba su sugerencia tan rápidamente.

– Yo diría que sí. No me interesan los fenómenos extraños, señorita Sand. Me desagrada profundamente la incomodidad que significa la especulación. Olvídese del mesmerismo, pero piense en el paciente. ¿Recuerda lo que Henry Scott dijo de él? -preguntó.

– Sí -respondió Rebecca-. Que era un granjero que buscaba la ayuda de Dickens.

– Scott dijo que ese hombre iba regularmente a Gadshill durante los últimos meses de vida de Dickens a someterse a sesiones «espirituales». Si ese pobre sujeto visitaba tan frecuentemente el estudio de Dickens -continuó Osgood-, ¿es posible que escuchara algunas claves de los planes que tenía Dickens para acabar el libro?

– Señor Osgood, estaría dando crédito a las palabras de un hombre con la razón perturbada -señaló Rebecca-. Ya vio cómo se comportó en el chalet.

– Noto que se van estrechando los caminos que se presentaban ante nosotros, señorita Sand. Al haber autorizado el señor Forster el montaje teatral de El misterio de Edwin Drood en interés de su reputación y de su cartera, si existen otras claves por descubrir sólo deben revelarse en la medida en que coincidan con el final que ha escrito Walter Stephens. Del mismo modo, aunque Wilkie Collins no tenga intención de acabar la última novela de su amigo, ese rumor puede dar lugar a que algún miembro de la familia Dickens piense en buscar a otra persona que realice dicha tarea. Teniendo hasta el último tablero del parqué y el último adorno de Gadshill a punto de salir a subasta, la familia está ávida de ingresos. Nos hemos quedado sin aliados en nuestra investigación, señorita Sand.

– Pero, si encuentra al paciente, ¿cómo le convencerá para que hable con sensatez?

– ¿Cómo fue lo que dijo Henry Scott? Una bestia indómita necesita una mano sobria que la conduzca.

Rebecca interrogó en Gadshill a Henry Scott, quien indagó entre los demás criados y descubrió que el paciente de hipnosis no se había dejado ver por allí desde su encuentro en el chalet. Entre el personal se cruzaron apuestas sobre si el fulano se había rendido o había muerto. Pero Rebecca sugirió que si el paciente estaba en la abadía de Westminster el día en que ellos fueron a visitarla, tal vez ése fuera uno de sus destinos habituales.

Osgood estuvo de acuerdo y regresó al Rincón de los Poetas. Cuando volvió a visitar la tumba de Dickens encontró de nuevo la peculiar flor de color violeta. A partir de ese momento, Osgood fue a la abadía regularmente con la esperanza de encontrarse con el otro hombre.

– Es sólo cuestión de tiempo, estoy seguro -le decía a Rebecca.

En una de esas visitas, Osgood y Rebecca cruzaron las verjas al mismo tiempo que Mamie Dickens, que llevaba su perrito en el bolso e iba enlazada por el brazo a otra joven mujer. Mamie se enjugó las lágrimas y sonrió dulcemente al ver a Osgood y Rebecca.

La mujer que iba del brazo de Mamie era menuda y vivaracha y guardaba un gran parecido con Charles Dickens en la cara. Llevaba un anticuado pañuelo de muselina en la cabeza del que se escapaban rizos rojizos, decorado con malvarrosas dobles que no tenían nada que ver con el luto. Su toquilla de encaje apenas escondía sus pequeños hombros, y su cuello y escote iban casi totalmente al descubierto.

Fue presentada a Osgood y Rebecca como Katie Collins, la más joven de las dos chicas Dickens.

– ¡Oh, pórtate como Dios manda, Katie! -riñó Mamie a su hermana subiéndole la toquilla sobre los hombros-. Además, ¡estamos en una iglesia!

– ¡Como Dios manda! Ahora hablas como el viejo cancerbero Forster. A veces me pregunto si me casé para hacer feliz a mi querido padre en un momento en que en nuestra casa no había más que tristezas. ¿O me casé porque sabía que padre y su cancerbero despreciaban a mi marido?

– ¡Katie Collins!

– ¡Intolerable y todo eso! -dijo Katie imitando la voz de Forster, y luego se frotó las manos como él lo haría.

– Díganme -intervino Osgood-, ¿saben ustedes quién es el hombre que acudió a Gadshill en busca de tratamiento en los últimos meses, un hombre alto con porte militar y largo pelo blanco?

Mamie asintió.

– Creo que he visto al hombre al que se refiere en la casa. Era un seguidor de los métodos de padre muy entregado e insistente. Incluso cuando padre se retrasaba por sus compromisos, él esperaba durante horas delante de su estudio.

– ¿Saben cómo se llama? -preguntó Osgood.

– Me temo que no -dijo Mamie suspirando-. Padre era un fanático del mesmerismo de tomo y lomo y creía que era un buen remedio para cualquier enfermedad. Sé de varios casos, el mío entre muchos otros, en los que utilizó su poder en este terreno con absoluto éxito. Siempre estuvo interesado en la curiosa influencia que puede ejercer una personalidad sobre otra.

– Bueno, señor Osgood -Katie, aburrida de la conversación, examinó al editor con aire coqueto-. ¿Y dónde estaba usted cuando una chica tenía que buscar marido?

A Rebecca pareció abochornarle la pregunta tanto como a Osgood. Katie levantó una ceja para demostrar que lo había notado.

– Señorita Sand -dijo la deslenguada Katie-, ¿no le parece que Mamie estaría radiante vestida de novia del brazo de un hombre como éste?

– Supongo que sí, señora -respondió Rebecca recatadamente.

– ¿Es usted de esa clase de chicas que tienen un buen concepto de las bodas, señorita Sand? -insistió Katie.

– No dedico demasiado tiempo a pensar en bodas -contestó Rebecca.

Mamie interrumpió el incómodo momento.

– El señor Osgood y la señorita Sand han hecho un largo viaje hasta aquí por negocios, Katie, y para saber más de El misterio de Edwin Drood.

– Los negocios son un aburrimiento -dijo Katie chascando los dedos-. Oh, muy bien. ¿De verdad quieren abrirse camino en el intrincado laberinto y llegar al corazón del misterio? ¡Si quieren saber el final de Drood no tienen más que comprarme una cinta nueva para el pelo! Todas las mías se van a subastar.

– ¡Oh, no tomes el pelo a todo el mundo, Katie! -exclamó Mamie.

– Bueno, se lo contaré -dijo Katie mientras se enroscaba los rizos cobrizos en un dedo con aire coqueto-. Drood está vivo o está muerto; Rosa se casa con Tartar o se mete a monja; Dick Datchery encuentra el cadáver de Drood o a Drood jugando a las cartas en el sótano con el tutor de Rosa, Grewgious. ¡No tengo ni la menor idea! Y ésa es la respuesta a la adivinanza.

– ¿Qué quiere decir? -preguntó Osgood.

– Ni el viejo cancerbero, ni la fiel tía Georgy, ni mis descarriados hermanos, ninguna de esas queridas criaturas sabe cómo iba a terminar porque mi padre no quería que lo supieran; no quería que lo supiera nadie en el universo excepto él, señor Osgood. Para él era un juego. Siempre le encantó sorprendernos y una vez que se lo proponía era tremendamente testarudo.

Al volver al Falstaff Inn aquella misma noche, «Sir Falstaff» le llevó un té a Osgood, que estaba sentado absorto junto a la chimenea del salón. Rebecca se había retirado a su habitación a leer. Sir Falstaff parecía perdido en sus pensamientos y la bandeja se le resbaló estrellando la tetera y la taza.

– Lo siento mucho, señor Osgood -dijo el hospedero después de que su hermana barriera los añicos y recogiera con una mopa el té derramado. El hombre parecía triste por algo más que la porcelana rota.

Osgood siguió la mirada del hospedero y descubrió su punto de atención. Era una de las densas flores violetas que dejaban en la abadía: Osgood la había traído con la intención de pedirle a uno de los vendedores callejeros de plantas que la identificara.

– Qué cosa más fea, ¿verdad, Sir Falstaff? Siento mucho haber adornado su mesa con un hierbajo tan descaradamente horrendo -le dijo-. ¿No se encuentra bien? ¿Quiere que le traiga un poco de agua fría?

El hombre declinó la oferta con un gesto trémulo.

– Señor Osgood, ¿no lo sabía? Esa flor… ¡es una amapola de opio! Me siento como si me hubieran golpeado en el corazón con un mazo.

– ¡No lo sabía! -dijo Osgood a modo de disculpa, a pesar de que seguía sin entender la reacción del dueño.

El hospedero miró con expresión de fatalidad al fuego de la chimenea, se quitó la gorra y la plegó sobre su regazo.

– No podía saberlo, señor Osgood. Hace muchos años que aprendí a odiar esa planta perversa. Mi hijo no tenía más que veinte primaveras de edad y de juicio y tuvimos que enterrarle por culpa de la maligna seducción de esa planta. La casa quedó completamente vacía sin él. Por eso, cuando se fue, mi hermana y yo nos mudamos aquí desde nuestra casa en la ciudad para encargarnos de este pequeño hostal: proporcionar placer a otra gente cuando has perdido todo el tuyo es un pequeño milagro.

Osgood estrujó la flor y la guardó en el bolsillo de su chaleco como sin darle importancia. El pobre Sir Falstaff, con la cara inexpresiva y baja, no se movió.

– Pero ¿qué es esto? Basta ya de esta actitud solemne -el hospedero se levantó de repente de su silla, se puso el sombrero y recuperó la alegría-. Sí, ya basta. Ahora ¿qué le parece un poco de cerveza para levantar el ánimo?

Al día siguiente Osgood volvió a tomar el ruidoso tren a Charing Cross. Había pensado asistir a la subasta en la que se venderían las pertenencias de Gadshill en beneficio de la familia Dickens.

Se había dado tiempo de sobra para llegar a la casa de subastas situada en King Street bastante antes del anunciado comienzo «a la una en punto sin demora». Además, pensó Osgood, era el día del partido de críquet anual entre Eton y Harrow, que embotellaría las calles. Su sensación de frustración había ido en aumento las últimas horas. Cada vez tenía menos esperanza de que volviera a aparecer el paciente, pero la amapola le había hecho pensar en la figurita oriental del fumador de opio que adornaba el estudio de verano de Dickens. ¿Se habría fijado en ella mientras escribía las escenas de consumo de opio en El misterio de Edwin Drood? ¿Sería aquel objeto la fuente de sus ideas? De ser así, Osgood quería otra oportunidad para observarla detalladamente.

La gran sala de subasta de Christie, Manson & Woods era una institución en Londres y lo demostraba lo polvorienta y mugrienta que estaba. Para sorpresa de Osgood, la caldeada sala estaba abarrotada ya a las doce de la mañana. Y tampoco se trataba sólo de los habituales coleccionistas arrogantes, comerciantes mercenarios y representantes de otros compradores; codo a codo con los hombres y mujeres de la alta sociedad que vestían sus elegantes linos, la sala acogía a una multitud de personas con los sencillos atavíos de las clases trabajadoras. A1 mirar alrededor parecía que todos los personajes de cada una de las novelas de Dickens, aristócratas y llanos, pomposos y austeros, habían cobrado vida para acudir a Christie's con las carteras abiertas.

Osgood comprobó que no podía llegar contracorriente a través de la muchedumbre ansiosa hasta ninguna de las mesas cubiertas por un tapete verde más próximas al subastador. En cambio, encontró una silla libre junto a la mesa del secretario de la subasta.

Osgood marcó con un círculo dos artículos en su catálogo. Los vecinos que ocupaban las sillas que le rodeaban se miraban unos a otros suspicazmente, convencido cada uno de ellos de que los demás estaban allí exclusivamente para quedarse con el objeto que él ya había elegido de entre los efectos personales de Dickens. Los ojos de Osgood también se encontraron con los de Arthur Grunwald, el actor del Surrey, que le saludó con un teatral gesto de cabeza como si uno de ellos fuera a morir ese mismo día o, como mucho, al día siguiente. Llevaba una ancha bufanda a pesar de que hacía calor y humedad.

Uno de los primeros artículos que se presentaron entre las dos mesas fue el cuadro del Britannia que había visto en Gadshill.

– Representa el navío en el que el señor Dickens viajó por primera vez a América. Reproducido en la popular edición de Notas americanas… -salmodió el señor Woods, el subastador, desde su estrado.

La competición fue feroz.

– ¡Ochenta guineas!

– ¡Noventa!

– ¡Noventa y cinco guineas!

– ¡Cien guineas! ¡Ciento cinco!

– A la una, a las dos, ¡adjudicado!

El señor Woods bajó el martillo. Las primeras docenas de lotes fueron retratos y pinturas cuyos precios estaban fuera del alcance del pujador aficionado. Luego, el señor Woods anunció que pasaban a «los objetos decorativos antes propiedad del difunto caballero». En esta categoría de objetos, el fanático general de Dickens podía ser una competencia mucho más dura. De hecho, el rostro bien educado del señor Woods parecía revelar su gran asombro ante las cifras que llegaban a alcanzar trastos sin valor que simplemente habían sido tocados por los dedos de un hombre. Mujeres aparatosamente vestidas levantaban sus binoculares de ópera y se balanceaban de un lado a otro para ver mejor.

El ayudante mostró un gong con su maza que Dickens utilizaba para reunir a su familia en Gadshill. Mientras se libraba una batalla que subió hasta las treinta guineas, el espectador que Osgood tenía detrás susurró en tono chirriante:

– Siempre le encantaron los gongs.

Osgood, sin saber muy bien qué contestar, sonrió cortésmente.

– Oh, sí -continuó el obstinado estridente mientras aplicaba un pañuelo contra su mejilla derecha, respondiendo a una objeción que Osgood no había formulado-. ¿No se acuerda del joven cegato y su gong en la escuela del doctor Blimber de Dombey e hijo?

A estas alturas Grunwald se había hecho con un par de acuarelas que representaban la casa y la tumba de la pequeña Nell de Almacén de antigüedades. Cuando el actor se levantó para marcharse, se detuvo junto a la fila de Osgood. Le seguía pisándole los talones la misma joven que le arreglaba la chalina en el Surrey.

– Ahí está, Osgood, sentado con las manos en los bolsillos -dijo sacudiendo su negra cabellera-. ¿Ha visto lo que ha pasado?

– Sí, enhorabuena por su compra, señor Grunwald.

– No ha sido una compra. Ha sido una victoria. Se lo he arrancado de las manos a esos malvados mercachifles gracias a la entereza y la determinación. No encarné a Hamlet en el Princess sin aprender algo de valor. La gente se ha confundido con Hamlet durante siglos, ¿sabe? No es él el indeciso; él posee una determinación perfectamente normal. ¡Son los críticos los que no acaban de decidirse sobre él! Buenas tardes, señor Osgood.

Antes de salir de la estancia, Grunwald recorrió la sala de subastas con la mirada como si hubiera burlado no sólo a unos cuantos especuladores, sino a todos los presentes.

Por fin:

– Lote setenta y nueve, una fuente de pie, rosa, con pie de bronce dorado, antes adornaba la repisa de la chimenea del salón de Gadshill.

Osgood entró en la refriega rebasando su precio real de tres libras y superando las cifras de todos los demás comerciantes y admiradores hasta alcanzar las siete libras con quince. Con ese precio los derrotó.

El secretario le entregó una papeleta en la que había escrito el precio de venta. El editor salió por el pasillo a la sala contigua, donde, a cambio del pago, le entregaron la bonita pieza de cristal que sacaron de una caja donde guardaban otros artículos de la casa. Al regresar a su asiento, Osgood encontró la subasta en su punto álgido de emoción.

«¡Grip! ¡Grip! ¡Grip!», se oía por todas partes. En el centro, delante del público, se veía una urna de cristal que contenía un cuervo disecado llamado Grip que había sido la mascota favorita de Dickens y el modelo del pájaro parlanchín del mismo nombre que aparece en su novela Barnaby Rudge. Entre la algarabía de voces nerviosas se escuchaba citar las frases favoritas de Grip en la novela. La puja fue encarnizada y el martillo no cayó hasta que se alcanzaron las ciento veinte libras.

Le siguió una cerrada ovación y se oyó gritar «¡Nombre!» como forma de honrar al comprador.

– ¡Señor George Nottage, de Cheapside! -accedió el aludido campechano.

– ¿Qué sucede? -preguntó Osgood a su confidente cuando el público empezó a sisear y quejarse.

– Nottage -respondió el vecino- es el dueño de la Stereoscopic Company. ¡Demontres, sólo va a utilizar el pájaro para hacerle fotos estereoscópicas y venderlas para ganar dinero!

A Osgood le pareció que aquello era bastante extraño: una pandilla de moralistas que, en una sala de subastas, criticaban el beneficio económico en nombre de Charles Dickens. Tras unos cuantos lotes más llegaron por fin al siguiente artículo que había marcado en su catálogo: la figura de escayola de un turco sentado fumando opio. La grotesca estatuilla que había visto en el chalet suizo de Gadshill junto al escritorio de Dickens y podía darle pistas útiles para él. Pero el subastador pasó a los siguientes artículos. Mientras Woods los describía, Osgood se puso de pie y levantó la mano.

– Le ruego que me disculpe, señor Woods, pero se ha olvidado usted del lote ochenta y cinco. El turco…

– Lote ochenta y seis…

– Pero, señor, con todo respeto -continuó Osgood-, se supone que el ochenta y cinco…

El sudoroso vecino de Osgood le tiraba de la manga con una voz más chirriante que nunca:

– Si no se calla…

El martillo dio un golpe.

– ¡Ochenta y seis! -anunció Woods investido de autoridad divina, como si el número ochenta y cinco hubiera sido eliminado sin rastro de la aritmética aceptable-. ¡Noche y Mañana, dos relieves de la escuela de Thorwaldsen con marcos dorados!

Osgood se volvió a sentar derrotado. Los asistentes habían empezado a murmurar con curiosidad sobre el lote eludido, pero pronto les distrajo contemplar una entretenida contienda entre dos especuladores por los relieves enmarcados. Osgood se dispuso a abandonar la subasta con la fuente de pie en la mano.

Un hombre fornido con las manos en los bolsillos se intentaba abrir camino poco a poco entre la muchedumbre. Tenía la mirada clavada en los pies, pero Osgood observó que, de vez en cuando, le miraba directamente a él. Tal vez sólo fuera cosa de su imaginación, disparada por el disgusto que le había ocasionado la omisión del subastador. Pero entonces Osgood se volvió y miró hacia atrás. Bloqueando la salida, un hombre más corpulento y serio, con una cara como un pedernal, le miraba fijamente. Comenzó a acercársele.

Durante unos segundos Osgood intentó quitarse de la cabeza la idea de que aquellos dos hombres fueran tan amenazadores como parecían. Obligándose a ser racional, decidió poner en práctica una prueba. Se puso de pie lentamente y los dos hombres se detuvieron, se miraron el uno al otro, luego aceleraron el paso con mayor agresividad, cerrándose sobre él como las dos piezas de una prensa. El observador fornido ya no disimulaba sus miradas. Por otro lado, Osgood se encontraba acorralado por todas partes por la inmensa población de dickensistas amontonados en la sala.

Entonces Osgood sintió una mano en el hombro.

– Perdone -dijo Osgood en enérgica protesta-. ¿Le pasa algo, señor?

– Nos gustaría acompañarle al piso de arriba -respondió el hombre fornido.

– ¿Quiénes son ustedes? -preguntó Osgood-. Insisto en saber lo que quieren, caballeros, antes de ir con ustedes.

Sin dar respuesta, el hombre le agarró del brazo y empezó a arrastrarle hacia la salida que había detrás del subastador.

Osgood levantó una mano.

– ¿Puja usted, señor? -le preguntó Woods carraspeando nerviosamente.

El ayudante del subastador sostenía en alto un pequeño salero sin interés que hasta entonces no había atraído la menor atención.

– Con un valor de diez chelines, señor -dijo Woods.

– ¿Por cuánto va la puja? -preguntó Osgood en voz alta.

– Nueve chelines, señor.

– Diez guineas -dijo Osgood, y de inmediato subió su propia oferta-: ¡Diez y media!

Un murmullo se elevó del público ante la nada despreciable cantidad por el salero. Aquello parecía sugerir que el resto de los asistentes había pasado por alto su valor y otras pujas se escucharon por toda la sala hasta que Osgood la acabó en dieciocho guineas y media. Los espectadores estallaron en una salva de aclamaciones para celebrar la extravagante compra. Osgood lanzó el sombrero al aire. Esto arrojó al público a un paroxismo de excitación y todos los presentes en la sala se levantaron y aplaudieron. Osgood aprovechó la atención y la confusión para escapar de su captor.

Pero un instante después el hombre estaba detrás de él y la multitud seguía siendo demasiado densa para moverse.

Con una formidable maniobra de evasión, antes de que se diera cuenta de lo que estaba pasando, Osgood se encaramó en los hombros de dos personas. Al soltarse de ellos, casi cayó sobre la cabeza de su segundo acosador, mientras se aferraba desesperadamente a la recién adquirida fuente de pie. Osgood se colocó el objeto a salvo bajo el brazo y salió corriendo, pero al escapar de la multitud perdió el equilibrio y tropezó justo cuando cruzaba el umbral de la antesala. La fuente salió volando.

– ¡No! -gritó Osgood sin poder hacer otra cosa que esperar el momento en que se hiciera trizas.

Un hombre surgió de las sombras y atrapó la fuente antes de que cayera al suelo.

Osgood respiró aliviado. La fuente había sobrevivido. El hombre que le miraba desde debajo de un sombrero de ala ancha tenía unos ojos inteligentes y resueltos. En el ojal de su solapa lucía una carnosa flor violeta.

– ¡Todavía están detrás de usted! -dijo-. Sígame.

19

El rescatador condujo a Osgood a través de un pasillo de servicio de Christie's hasta el sótano y de allí a la calle. Ambos salieron a un estrecho callejón que les llevó al anonimato de las bulliciosas aglomeraciones de Londres.

– ¿Qué ha hecho usted para resultarles tan incondicionalmente interesante? -preguntó el hombre después de que miraran a su alrededor y comprobaran que no les seguía nadie.

– Sinceramente, no lo sé -respondió Osgood-. Le pregunté al subastador por un objeto que había olvidado, el lote ochenta y cinco. Está aquí, en el catálogo. Me había fijado en él en Gadshill el día que estuvo usted allí… Incluso vi cómo lo embalaban los trabajadores de la subasta al día siguiente -Osgood le entregó el catálogo.

El hombre asintió con la cabeza mientras cruzaban la animada plazoleta de edificios de ladrillo y mortero. Todos los peatones de Londres, hasta los más pobres vendedores de periódicos, llevaban una flor en la solapa, pero ninguno lucía una amapola de opio.

– Si vio usted sacar de la casa esa figura de escayola y está impresa en el catálogo, sabemos que llegó hasta las dependencias de la casa de subastas. Entonces ¿por qué iba a olvidarla? Sólo queda una suposición posible. Que fuera robada en las dependencias de Christie's cuando el catálogo ya estaba impreso y sin tiempo suficiente para corregirlo, o sea, poco antes de la una en punto. Eso explicaría que fueran detrás de usted.

– ¿Quiere decir que creyeron que yo había robado la figura? -exclamó Osgood.

– ¡Poco probable! Pero usted estaba llamando la atención sobre el hecho de su desaparición. Piénselo desde su punto de vista. Si apareciera en los periódicos un robo en la casa Christie's se enterarían todos los mejores marchantes de Londres. También repararían en que había ocurrido en una subasta importante como la de Dickens. ¿Cuántos clientes les abandonarían en favor de las casas de subastas competidoras?

Osgood se quedó pensándolo. Recordó lo que le había dicho el señor Wakefield en el Samaria sobre utilizar Christie's para sus negocios de té y decidió que le escribiría para pedirle que indagara sobre lo que había pasado con la figurita. Por el momento, Osgood se dedicó a estudiar el porte y los modales equilibrados del hombre que de un modo tan irracional se había comportado en el chalet de Gadshill.

– Quería hablar con usted, señor -dijo Osgood cautelosamente.

– Lo sé -respondió su compañero de paseo sin perder el paso.

– ¿Lo sabe?

– Me ha estado buscando en la abadía.

– ¿O sea, que vio que volvíamos allí? ¡Nos ha estado siguiendo! -exclamó Osgood.

– No, no ha hecho falta la menor investigación. Sin embargo, se aprenden muchas cosas con sólo tener los ojos abiertos, amigo mío.

– ¿Como qué? -preguntó Osgood con auténtica curiosidad, pero también como prueba la cordura del hombre.

– En primer lugar, le vi profundamente interesado en mi flor cuando coincidimos en el Rincón de los Poetas.

– La amapola de opio.

Él asintió.

– Luego, otro día, comprobé que alguien se había llevado una de mis flores. Supuse que lo más probable era que hubiera sido la misma persona que con tanta atención la contempló la primera vez: usted.

– Supongo que eso tiene lógica.

– ¿Ha recibido alguna respuesta sobre mí de sus cartas a los expertos en mesmerismo?

– ¿Cómo? -Osgood se quedó boquiabierto-. ¡Pero si he dejado a mi asistente en el hostal escribiendo las cartas de las que hablamos! Le he pedido que se encargara de ello esta misma mañana, pensando que, al faltar el señor Dickens, tal vez hubiera usted buscado dichos servicios en otro lugar. ¿Cómo es posible que lo sepa?

– ¡Ah, no lo sabia! También eso era una simple suposición, lo que es una manera mucho más cómoda de recabar información que conocerla de verdad.

Osgood estaba impresionado.

– ¿Ha ido a ver a otros mesmerizadores?

– El señor Dickens me curó por completo. No lo necesito.

– Señor, le debo mi agradecimiento por lo que podía haber pasado hoy en la casa de subastas. Me llamo James Ripley Osgood.

El hombre se volvió hacia el editor con aire militar. En esta ocasión, su lacio pelo blanco estaba peinado con un cuidado meticuloso, aunque la ropa estaba desaliñada y floja. Sus rasgos curtidos por el sol eran atractivos, grandes y cincelados. A Osgood no le sorprendía que Dickens hubiera aceptado en su casa a aquel granjero; su empeño en ayudar a los trabajadores pobres era tan grande como su empeño en escribir, porque recordaba su propia infancia humilde.

– Creo que ya está usted preparado, Ripley -dijo el hombre con una enigmática sonrisa de dientes torcidos tras adoptar sin dudarlo un apodo para el editor.

– Dijo usted lo mismo en el chalet. Pero ¿preparado para qué?

– Hombre, para descubrir la verdad sobre Edwin Drood.

Osgood tuvo mucho cuidado de no mostrar su excitación, ni siquiera sorpresa ante aquella extraordinaria declaración.

– ¿Puedo tomarme la libertad de preguntarle su nombre, señor? -respondió Osgood.

– Le pido disculpas. Estaba en una de mis fases alteradas cuando me vio en Gadshill y no me comportaba con corrección. No me presenté. ¡Qué pensará de mí! -sacudió la cabeza como reprochándoselo a sí mismo-. Me llamo Dick Datchery. Ahora que ya sabe quién soy, podemos hablar con libertad.

20

Rebecca recibió aviso por una nota que le llevó un mensajero de que esperara a Osgood en la sala de café del Falstaff. Cuando llegó, ella aguardó pacientemente sentada a que él dejara el sombrero y la chaqueta ligera en el colgador y depositara su cartera y un paquete cuidadosamente envuelto en papel encima de la mesa. Parecía encontrarse en un estado de excitación e impaciencia contenidas. Le relató todo lo sucedido en la subasta, su huida y lo que había descubierto en su reunión con el paciente hipnotizado.

– O sea, que sí está loco -declaró Rebecca levantando las manos-. Supongo que esto lo deja claro. No nos va a servir de gran ayuda para recordar lo que escuchó decir al señor Dickens.

Osgood hizo un gesto ambiguo.

– Señor Osgood -prosiguió ella-, ¿no me acaba usted de explicar durante un cuarto de hora que este pobre granjero se cree que es Dick Datchery, uno de los personajes de la novela inacabada?

Osgood cruzó los brazos sobre el pecho.

– ¿Qué relación puede tener hasta qué punto está completada la novela con su cordura, señorita Sand?

Rebecca observó a su patrón con un aire decididamente práctico, pero su voz, por lo general firme, temblaba de agitación.

– De algún modo, resultaría más razonable creerse un personaje de una novela terminada. Al menos, uno podría saber si su destino final es aciago o grandioso.

Osgood sonrió ante su desazón.

– Señorita Sand, admito que su escepticismo está bien fundado, por supuesto. Este hombre que se llama a sí mismo Dick Datchery ha sufrido algún tipo de trastorno mental, como vimos con nuestros propios ojos en Gadshill. Al parecer, no recuerda nada que pasara antes de empezar con sus sesiones, ni de dónde vino. Pero, sólo piense en ello, ¿y si las sesiones de mesmerismo a las que le sometió Dickens hubieran tenido algún efecto imprevisto en su ya maltrecha constitución, un efecto que pudiera sernos de utilidad? ¿Y si en el proceso de hipnosis Dickens hubiera transferido, mediante una profunda intervención, las habilidades para la investigación desplegadas por el personaje de ficción de Datchery a este hombre? ¡Ese hombre incluso hablaba como Dick Datchery! Fíjese en esto.

Rebecca observó desconfiada cómo Osgood sacaba de la cartera unos libros que dijo había adquirido en Paternoster Row de regreso al hotel. Cada uno de los volúmenes trataba un aspecto del espiritismo o el mesmerismo.

– Este libro habla del fluido de la vida que nos recorre. De la capacidad de ahuyentar el dolor y reparar los nervios a través de las fuerzas magnéticas…

Rebecca, que escuchaba incrédula la terminología de su patrón, dejó de golpe la taza que acababa de llevarse a los labios.

– ¿Qué le pasa, señorita Sand?

– Algunos de esos títulos son los mismos que había en la biblioteca de Gadshill.

– ¡Sí, es cierto!

– Señor Osgood, usted no quiso que examinara esos libros en la biblioteca de Gadshill. Entonces dijo que no creía ni un poquito en esos fenómenos.

– Y no he cambiado de idea. Pero Mamie Dickens y su hermana Katie confirmaron en la abadía lo mucho que Charles Dickens creía en ellos. Mamie incluso declaró que el mesmerismo había dado buen resultado en ella. Si Dickens, intencionada o accidentalmente, transmitió a ese hombre más información sobre la novela, incluso aunque él no lo sepa de manera consciente, ésta podría ser nuestra oportunidad, la mejor oportunidad para marcharnos de Inglaterra con más información que cuando llegamos. La mente de este hombre, por muy perturbada que esté, puede contener en su interior las últimas hebras del hilo argumental de El misterio de Edwin Drood.

– ¿Qué propone usted?

– Tratarle como si fuera Datchery. Dejar que continúe las investigaciones. Quiere que nos veamos esta noche en la abadía. Ha prometido llevarme a un lugar secreto donde dice que encontraremos las respuestas que buscamos.

Rebecca miró con los ojos entornados al paquete que había sobre la mesa.

– Eche un vistazo -dijo Osgood orgulloso-. Eso es lo que compré en la subasta antes de que se lanzaran tras de mí por preguntar dónde estaba la figura.

Ella abrió un lado del papel.

– ¡La fuente de pie de cristal que estaba en la chimenea de Gadshill!

– Quería devolvérsela a la señorita Dickens, he pensado que sería una pequeña muestra de nuestra gratitud a la familia.

El corazón de Rebecca se aceleró ante aquel gesto de cortesía, pero experimentaba sentimientos contradictorios y tenía la boca seca.

– Es -tragó saliva- muy amable por su parte.

– Gracias, señorita Sand. Tengo que prepararme para la excursión. Este tipo de traje sería un fenómeno extraño donde iremos esta noche, según dice Datchery -citó a su nuevo amigo complacido-. Me temo que no he traído nada realmente apropiado. Pero usted ha estado sacudiendo tanto la cabeza que se le están soltando las cintas de la capota.

– ¿Ah, sí? -respondió inocentemente-. Es sólo porque no me gusta no saber adónde va a ir. Con un hombre en un estado mental inestable y potencialmente perturbado como guía en una ciudad que no conoce… ¡Piénselo!

Osgood asintió.

– Había pensado ponerme en contacto con Scotland Yard para pedir escolta policial, pero lo más seguro es que eso espantase al hombre que me tiene que guiar. Soy editor, señorita Sand. Sé lo que eso significa. Significa que, con mucha frecuencia, tengo que encontrar el medio de creer en las personas que creen en otras cosas, cosas a las que a menudo puedo no ser en absoluto proclive. Una historia, una filosofía…, una realidad diferente a la que siempre he conocido o conoceré.

Mientras Osgood se preparaba para su expedición Rebecca permaneció sentada con la mirada fija en las hojas del té como si éstas también estuvieran dotadas de los atributos espirituales o proféticos que su patrón parecía querer encontrar en su nueva amistad. No podía evitar sentirse en cierto modo perdida por esa decisión y por cómo su jefe había llegado a ella.

Osgood regresó con un traje sólo un poco menos formal.

– Me temo que seguiré llamando la atención -dijo sonriendo-. Por cierto, hoy hemos recibido una carta de Fields -prosiguió Osgood cambiando de tema con un relajado tono comercial. Se llevó una mano inquieta a la nuca-. Ya sabe que Houghton y su esbirro Mifflin son como las dos hojas de una tijera. Han sacado una publicación para competir directamente con nuestra revista juvenil y están invirtiendo en ella. Y el Mayor anuncia que los hermanos Harper van a abrir oficinas en Boston, ¡sin duda para intentar ocasionarnos todavía más problemas! Harper no se equivoca. No puedo mantenerme al margen de la realidad del negocio, al menos si quiero continuar con lo que ha construido el señor Fields. Y demostrar que puedo ser un editor del mismo calibre, que puedo descubrir el último Dickens. Señorita Sand, tengo que intentar todo lo que se me ocurra.

– Tiene que hacerlo -dijo ella.

– Pero usted no está de acuerdo -dijo Osgood. Al verla titubear, añadió-: Por favor, señorita Sand, hábleme de esto con entera libertad.

– ¿Por qué me pidió el otro día que le acompañara a Chapman & Hall, señor Osgood?

Él fingió no entenderla.

– Pensé que tal vez tendríamos que copiar documentos, en el caso de que nos hubiera dado alguno. ¿Qué tiene que ver con todo esto?

– Perdone que se lo diga, pero a mí me dio la impresión de que estaba allí sólo para ser, en fin, femenina.

Osgood parecía estar deseando hablar de otra cosa, pero la resuelta mirada de Rebecca no le iba a permitir cambiar de tema.

– Es cierto -respondió él por fin- que en mi visita anterior a la empresa había notado que no había mujeres empleadas y deduje que el señor Chapman era el tipo de hombre vanidoso que habla con mayor soltura en presencia de una mujer guapa. Usted me dijo que quería ser de utilidad en este viaje a Inglaterra.

El color de las mejillas de Rebecca se encendió indiscretamente ante el inoportuno cumplido.

– No por ser guapa.

– Tiene razón, no debería haber hecho eso con Chapman, al menos sin antes explicarle mis planes a usted. Sin embargo, debo señalar que está usted exageradamente molesta por este asunto.

– Puede que yo no tenga tanto talento como la señora Collins para hablar sin rodeos y hacer insinuaciones de matrimonio la primera vez que veo a alguien -dijo Rebecca plantándose con las manos en jarras.

– Señorita Sand… -dijo Osgood aturullándose nervioso de un modo que alteró aún más a Rebecca-. Toda esta conversación me resulta inexplicable.

Rebecca supo que aquello marcaba el final del intercambio de opiniones y que no debía haber hablado a su patrón de aquella manera. Pero su mirada no dejaba de irse hacia la fuente de pie de cristal, cuyo reflejo distorsionado le atormentaba como un demonio interior.

– Me doy cuenta de por qué Mamie puede ser mucho más persuasiva que yo -añadió-. Sería un buen partido para cualquier hombre. Es una Dickens.

– ¡Señorita Sand! -profirió impaciente Osgood-. La he traído aquí para que me ayude y para ayudarla a superar la muerte de Daniel. Tal vez la idea de traerla conmigo haya sido un error. Pensar que tengo intenciones con Mamie Dickens porque es una… ¡No busco una Dickens! -parecía tener otra frase en la punta de la lengua, pero se la tragó.

Osgood consultó su reloj de pulsera, salió de la estancia y sus pasos se pudieron escuchar bajando a toda prisa las escaleras del hostal. Rebecca se quedó de pie, asustada. Asustada por lo que acababa de pasar entre ellos, asustada por lo que su disputa pudiera significar para su futuro en Boston, asustada por lo que pudiera acontecer a Osgood en las oscuras esquinas de Londres.

21

Bengala, India, julio de 1870

El dacoit del opio había sido capturado. Ahora había que interrogarle para sacarle más información sobre el crimen, incluido el paradero del opio robado. Fuera de la habitación donde este interrogatorio iba a tener lugar, Mason y Turner, de la Policía Montada bengalí, intentaban tener paciencia.

– Me sorprende que le encontráramos oculto cerca de su aldea familiar -dijo Mason-. ¡Un lugar muy evidente para que se esconda un ladrón fugado!

Turner hizo una mueca desdeñosa.

– No lo bastante evidente, ¿no te parece, Mason? Perdimos toda la tarde apostados en las montañas esperándole mientras Dickens tenía la puñetera suerte de tropezarse con él.

– ¿Cree que el inspector de la Policía Especial tendrá suerte en este caso, Turner?

– Puñetera suerte. Eso es lo que tiene Frank Dickens.

– ¿Eres inocente del robo de ese opio?

El ladrón hizo un gesto afirmativo con la cabeza.

– Tengo entendido que eso es lo que les has estado contando a nuestros policías montados -dijo el inspector delegado-. Sin embargo, eres un dacoit reconocido. Échate ahí, hijo mío.

El ladrón se echó en el chabutra con la atenta ayuda del inspector, que le ofreció una mano para situarse de manera que los pies le quedaran en la parte alta de la plataforma y la cabeza en la más baja. Tembló de miedo ante lo que sabía que le esperaba.

– La budna, por favor -dijo el inspector a su ayudante. Luego miró al prisionero frunciendo el ceño, como si le pidiera disculpas por una pequeña descortesía personal.

– He oído que se ha quedado mudo como una esfinge egipcia.

– No murmures -gruñó Turner en respuesta y luego añadió-: No se ha quedado mudo.

– Apenas ha dicho una sola palabra desde que le arrestaron -señaló Mason-. Eso es lo que quería decir. Incluso cuando le azotaron brutalmente. ¿Podía usted imaginar algo así después de ver cómo capturamos a su amigo con su carabina y mi espada? Claro, que tuvo que saltar por la ventana del tren; aquél perdió la cabeza.

Turner gruñó.

– Dickens dice…

– ¿Qué?

– El comisario Dickens dice que el ladrón está asustado. Que está ocultando algo más que el robo.

– Dickens, ¡ese granuja tartamudo! -respondió Turner-. Fue el quien hizo llamar al inspector. Yo podría haberme encargado de esa labor perfectamente; dame un látigo o una vara y uno de esos paganos de piel oscura cuando quieras, no hace falta llamar a ninguna fuerza especial -Turner separó su silla y se alejó por el pasillo.

– ¿Turner? ¿Adónde va? Todavía tenemos que recoger al prisionero cuando acabe el inspector.

El inspector situó la budna, una vasija de cobre con una embocadura alargada, encima del prisionero. Derramó agua lentamente sobre el labio superior del sujeto. El agua corrió por las pequeñas grietas de sus labios y formó charcos alrededor de las fosas nasales que provocaron en el hombre espasmos de ahogo.

Mason se levantó de su silla tembloroso.

– ¿Le está oyendo gritar, Turner? Hiela la sangre. Turner se giró hacia atrás y miró por la pequeña ventana cuadrada de la puerta por la que salían los gritos; de repente, pareció asustado.

– ¿Qué crees que dirá, Mason?

Los ojos del ladrón se llenaron de lágrimas y parecía que fueran a reventar.

– Ahora siéntate -dijo el inspector sin perder la sonrisa y pasándole la vasija de cobre a su ayudante.

El ladrón tardó unos minutos en recuperar el aliento.

– ¡Lléveme ante el babu, por favor! -dijo tan pronto como pudo articular palabra-. Lo confesaré todo, señoría, y le contaré mis otros robos, pero basta ya, ¡por el amor de Dios! ¡Lléveme ante él!

– De inmediato, hijo mío -el inspector ayudó al prisionero a ponerse de pie-. ¿Y nos dirás dónde has escondido el opio? -añadió.

– ¡Sí! ¡Sí! -dijo el ladrón.

Mientras le interrogaban, Frank Dickens se dedicaba a buscar otras respuestas, respuestas que no creía que pudiera suministrar el forajido. Para eso, necesitaba viajar a la aldea en la que había vivido su socio en el crimen, el famoso Narain.

No estaba siendo un viaje agradable. Los nativos corrían llevando sobre los hombros los dos pares de pértigas, delantera y trasera, de un palanquín o palki. En el interior del palki, tirado sobre una delgada manta, estaba el magullado viajero. Frank intentaba dormir y los nativos cantaban a la diosa Kali para que les diera fuerza. ¿Cuándo se librarán de sus dioses y diosas, se preguntaba Frank mientras se balanceaba dentro de la desvencijada estructura. No era el calor de la noche, ni el primitivo cántico de los nativos lo que le impedía dormir a lo largo de su trayecto nocturno, sino el desagradable olor de la antorcha hecha con trapos sucios y aceite rancio que iluminaba el camino del palki, situada en el frente del vehículo.

Al cabo de un rato se detuvieron. Frank se revolvió, dándose cuenta de que se había quedado dormido, y se preguntó qué habría soñado. Al parecer, en India nunca recordaba los sueños. Era por la mañana y el comisario Dickens había llegado a la lejana aldea bengalí que era su destino. No salió a recibirle ningún magistrado ni funcionario nativo, porque premeditadamente no había avisado con antelación de su llegada.

En el camino que llevaba a un templo ruinoso que se veía a lo lejos los fértiles campos estaban salpicados del rojo violáceo de las amapolas de opio. Las amapolas sustituían la mayoría de los cultivos alimentarios y dejaban el resto de la tierra seca y quebradiza.

Mientras cruzaba los campos de opio con el latón de su uniforme de policía destellando al sol de la mañana, vio a los ryots o granjeros campesinos, hombres, mujeres y niños. Rascaban el residuo de las amapolas con un sittooha de hierro y lo metían en recipientes de barro. Después la droga sería empaquetada para su envío en bolas por largas hileras de nativos en almacenes controlados por británicos. Frank sintió que le recorría una oleada de náuseas al pasar junto a las amapolas de acre olor. Un ryot levantó la mirada del azadón con el que estaba trabajando, lo soltó y salió corriendo. Dickens localizó el trozo de tierra que estaba trabajando y vio que lo que cultivaba en él era arroz. Frunció el ceño. El opio estaba autorizado, el arroz era ilegal.

El gobierno británico pagaba a los ryots por cultivar opio en lugar de otros productos, pero también lo exigía a punta de bayoneta cuando era necesario hacerlo.

Dickens sabía que aquélla era una de las aldeas más pobres, en permanente lucha contra la amenaza de hambruna por la pérdida de su agricultura natural. Tres años antes, durante la hambruna de Orissa, la inanición se había extendido rápidamente por aldeas como aquélla. Entre los policías y funcionarios ingleses se decía que los padres se comían a sus hijos vivos. El Gobierno no quería que el cultivo de opio ganara una mala reputación entre los moralistas de Inglaterra, de manera que el Ejército llevó toda la comida que le fue posible a las aldeas más pobres. Aun así, más de quinientos mil acres de Bengala se dedicaban al cultivo de opio en cualquier época y ningún envío de alimento podía subsanar esa deficiencia en la agricultura.

El río adyacente, que una vez bulló con el comercio de ida y vuelta con Calcuta, discurría pacíficamente ahora que los británicos habían acabado la construcción del ferrocarril para transportar más rápido el opio y las especias. En vez de la actividad del pasado, ahora hombres, mujeres y niños se bañaban y jugaban en sus aguas. Los mayores rezaban y charlaban mientras los niños chapoteaban por allí. Todos los habitantes de la aldea iban a aquella hora temprana, porque más tarde haría todavía más calor.

Tras preguntarle la dirección a un grupo de nativos semidesnudos, Frank, secándose la frente y bebiendo agua, llegó a una cabaña de barro en un callejón estrecho. A un lado de la casa había una pila de plantas secas, animales muertos y basura. Un olor todavía más fuerte le atacó desde arriba. Pegados a las paredes de la casa, pegotes de excremento de vaca se calentaban y secaban al sol para ser utilizados como combustible. Una llamativa mujer joven, descalza y con la cabeza descubierta, preparaba comida en el porche. No había encendido el fuego, señal de que estaba de luto. Un bebé desnudo buscaba el equilibrio apoyándose en las dos piernas de la mujer. Las moscas volaban alrededor de la mujer, el niño, el grano, la mantequilla.

– ¿Es usted la viuda de Narain? -preguntó Frank Dickens dando un paso al frente.

Ella asintió.

– Fueron mis agentes los que, hace unas semanas, le detuvieron en la provincia de Bagirhaut después de que robara opio con otros cómplices.

– Ésta es una aldea muy pobre, señor -señaló la viuda sin la menor sombra de disculpa en su fuerte voz-. Trabajó en el campo hasta que hubo demasiados trabajadores y poca tierra que trabajar.

La cabaña estaba sorprendentemente limpia. Frank vio los aperos de labranza, un arado tosco, una hoz rota, colgados del techo, sin usar hacía mucho tiempo. En el dormitorio había una cama hecha de cuerda y madera, y un solo libro sobre los dioses hindúes en un hueco de la pared con espacio para algunos volúmenes más. Dando a la cama el uso de sofá, Frank se sentó y hojeó las páginas del libro hindú.

Volviendo a la viuda, que ahora estaba amamantando al niño, le preguntó si el libro pertenecía a su marido. Ella asintió con la cabeza.

– ¿Leía a menudo?

– Nunca le faltaba un libro.

Después de preguntarle por la dirección del librero al que había vendido los demás libros, Frank cruzó la aldea y encontró el puesto en un extremo tranquilo del bullicioso bazar.

– La viuda de Narain le ha vendido algunos de los libros de su marido, según tengo entendido. Tratados de mitología y religión hindú. ¿Lo recuerda?

El librero se bajó las gafas y miró al inglés.

– ¡Perfectamente!

– ¿Y todavía los tiene en su puesto?

– Creo que sí, buen señor. Pero todos los libros están mezclados.

– Le compraré todos los libros que tenga de esos temas.

Aquella noche, después de su viaje de regreso en el desvencijado palki, Frank se reunió con el inspector que había interrogado al fugitivo capturado.

– Ah, sí, superintendente, le ha confesado todo al magistrado de su pueblo. Estos dacoits no son tan resistentes al malestar físico como los thugs que tuve que entrevistar en otros tiempos.

– ¿Cree usted que le ha dicho la verdad? -preguntó Dickens.

– Sí, pero…

– ¿De qué se trata, inspector?

– Sólo que, aunque me ha dicho la verdad, me da la impresión de que hay más que no dice, como si tuviera miedo, una clase de miedo diferente al que le puedo infundir yo en el chabutra. Es posible que el ladrón guarde un secreto que sigue sin contarnos. Su subalterno Turner ha pasado todo el día intentando descubrir qué pasó. Está bastante obsesionado con este asunto.

Dickens ignoró este comentario.

– ¿Le ha dicho el ladrón dónde encontraremos el opio robado?

– Le advertí que no jugara conmigo. Me ha dibujado un mapa.

– Recuperar el opio debe ser nuestra máxima prioridad. Luego me ocuparé de su secreto y del agente Turner.

22

Londres, noche profunda, 1870

«Datchery» le estaba esperando en la abadía aquella noche. Loco o cuerdo, se podía confiar en que estaría donde había dicho que estaría, pensó Osgood. Puntualmente loco. Datchery (porque Osgood no conocía más que aquel ridículo nombre para referirse a él) agarró al editor del brazo y se pusieron a caminar por las húmedas calles. Una molesta lluvia vespertina había confinado a la gente en sus casas. Pero a medida que los dos hombres se iban adentrando más y más en los barrios del este de Londres se notaba más animación; si el resto de Londres se calmaba al caer la noche, aquel lugar empezaba a despertar. En contraste con las débiles y crepitantes farolas de la calle, las tabernas y bares arrojaban una iluminación deslumbrante por sus ventanas. Letreros luminosos anunciaban servicios telegráficos a India para comunicarse con familiares y marineros; en carteles se anunciaban relojes y sombreros nuevos. Los marineros llegaban dispuestos a gastarse hasta el último penique en su poder antes de volver a zarpar por la mañana. Lloviznaba a un ritmo irritantemente lento sobre los dos hombres que seguían su camino. Un líquido turbio corría por los desagües y para cuando era engullido por los sumideros se había convertido en algo que no se parecía en nada al agua. Los hombres dejaron las calles anchas para entrar en un laberinto de callejones, patios, callejuelas y pasadizos. Estaba el Puente Sangriento, así llamado por la cantidad de gente que había elegido aquel lugar para acabar con su vida y bajo el cual el agua se parecía más al barro.

– ¿Vive usted por aquí cerca? -preguntó Osgood.

– No, no -dijo Datchery-. Yo no vivo en ningún sitio.

– ¡Vamos! -objetó Osgood al escuchar semejante disparate.

– Quiero decir que soy más pobre que el pavo de Job, de manera que me alojo principalmente en habitaciones alquiladas y pensiones, para que ellos no puedan encontrarme.

– ¿Para que no puedan encontrarle quiénes, señor Datchery? -inquirió Osgood, pero el tema quedó relegado por la actitud impasible de Datchery y los lejanos gemidos y gritos inhumanos que se escuchaban a su alrededor. Osgood probó con otra pregunta-. ¿Adónde vamos?

– Cuando lleguemos a donde tenemos que parar, pararemos -dijo Datchery-. Aunque yo soy el guía, no soy yo el que guía.

– ¿Quién es el guía entonces? -preguntó Osgood a sabiendas de que no recibiría respuesta alguna, probablemente porque no existía.

Hombres y mujeres enfermos se arrebujaban en las esquinas. Los enviados de las casas de misericordia recogían vagabundos, en su mayoría mujeres con niños pequeños, algunas con tres bebés en equilibrio entre sus brazos. Osgood sabía que Dickens había realizado aquel tipo de paseos, incursiones en los rincones perdidos de Londres para observar e inmortalizar a sus habitantes. Como un geólogo, Dickens había construido sus libros excavando todas las capas de vida bajo la ciudad.

De vez en cuando la expresión de Datchery se apagaba y perdía el brillo, y a veces los ojos parecían instrumentos más claros y agudos que un momento antes.

Se encontraban en la zona más inhóspita que Osgood hubiera visto en Londres. De hecho, el editor sólo hallaba consuelo en el hecho de que ninguno de los componentes de la lenguaraz masa humana con los que se cruzaban (que, por su aspecto, podrían haber pasado las horas de luz diurna a bordo de barcos o robando) se les había acercado todavía. Algunos les desearon unas sarcásticas «buenas noches» desde ventanas o portales abiertos. Entonces Osgood se percató de que su compañero llevaba un largo garrote. En realidad era algo más complicado que un garrote. En el extremo superior llevaba un gancho y un pincho que sobresalía por un lado.

Datchery notó el interés de Osgood y dijo:

– Sin esto ya nos habrían robado hasta la camisa, estimado Ripley. ¡Estimadísimo Ripley! ¡Esto es Tiger Bay y estamos llegando a Palmer's Folly! -los mismos nombres sonaban como advertencias.

En un estrecho patio había un callejón sin salida al que se accedía bajo un destartalado arco y que acababa en un edificio de tres pisos de ladrillo ennegrecido con una puerta negra y ventanas cegadas. A cada uno de sus lados se levantaban una taberna y una pensión de mala muerte. Al caminar, los pasos de los dos hombres producían un crujido quebradizo. Osgood tardó unos minutos en darse cuenta de que el camino estaba cubierto de huesos de animales y espinas de pescado. Delante de la taberna se había formado una columna de personas de ambos sexos y todas las razas que se empujaban unas a otras para conseguir tener una visión mejor de los escalones de la entrada.

Un hombre llamado el Rey del Fuego llevaba a cabo una exhibición en ellos. Ofrecía, a cambio de una recompensa en billetes pequeños, demostrar su poder de resistencia a toda clase de calor. «¡Poderes sobrenaturales!», prometía a la multitud.

Entre los aplausos y vítores de sus arrebatados seguidores, el Rey del Fuego tragó tantas cucharadas de aceite hirviendo como compraron las donaciones y sumergió las manos en una cacerola de «lava derretida». A continuación, el Rey cruzó las puertas abiertas de la taberna y, por una tarifa algo más alta que la filantrópica muchedumbre aportó de buen grado, allí se introdujo en el horno de la taberna junto a una pieza de carne y no salió hasta que la carne (un filete crudo que había mostrado a su público) estuvo cocinada.

Sin embargo, los dos peregrinos en esta región no permanecieron fuera el tiempo suficiente para verlo, porque Datchery se había acercado a la puerta negra y llamaba ya a ella. Un hombre recostado en un sofá zarrapastroso y desgastado les franqueó la entrada a un pasillo tras el cual subieron unas escaleras estrechas en las que todos los escalones crujían bajo sus pies; tal vez por su estado de deterioro, tal vez para advertir a los ocupantes. El edificio olía a moho y… ¿a qué más? Era un olor denso, embriagador. Entraron por error en una sala en la que se veía un piano con unas pocas personas de público enfrente; todos se volvieron a mirarles y no movieron un músculo hasta que se fueron. Camareras y bailarinas se sentaban junto a, o en las piernas de, marineros y oficinistas. Uno de los miembros del público parecía sostener un puñal entre los dientes.

Osgood no podía ni imaginar qué tipo de exhibición se llevaría a cabo cuando ellos se fueran, ya que no se había escuchado música de piano en el tiempo que llevaban en el edificio.

Siguieron subiendo entre el humo y la bruma.

– Aquí -dijo Datchery con escalofriante rotundidad-. Tenga cuidado, señor Osgood, todas las puertas en la vida pueden conducir a un reino desconocido o a una trampa fatal.

La puerta se abrió a la oscuridad y el humo.

– ¡Nada de armas! -ése fue el saludo pronunciado por una voz grave que parecía pertenecer a una mujer.

Datchery dejó el garrote en el pasillo, al otro lado de la puerta.

Tras un breve y lento ajetreo, se encendió una vela. La exigua habitación estaba abarrotada de personas, la mayoría enroscadas unas junto a otras encima de una cama hundida. Algunas estaban dormidas y otras tantas parecían estar a punto de hacerlo en cualquier momento. A los pies de la cama se sentaba una mujer de pelo plateado demacrada y nerviosa que sostenía una varita de bambú larga y fina.

– Acordaos de pagar, queridos, ¿estamos? -saludó a los recién llegados-. A Yahee, el del otro lado del patio, le ha caído un mes de prisión por mendigar. ¡De todas maneras él no la mezcla tan bien como yo!

La mujer manipulaba una sustancia negra pegajosa sobre una pequeña llama. Tirado en la cama se encontraba un hombre chino en trance profundo, y un marinero lascar con la boca abierta murmuraba para sí, ambos con los ojos brillantes y vacíos. De la boca del lascar se escapaba la saliva entre los dientes podridos y corría sobre las llagas como cráteres de sus labios. Trapos y sábanas colgaban de una cuerda puestos a secar en medio del humo. ¡El humo! Mientras la mujer levantaba la pipa de bambú, Osgood reconoció el olor repulsivo del opio.

Osgood pensó en los libros de Coleridge y De Quincey, dos escritores que, como casi todo el mundo, incluido Osgood, habían tomado opiáceos de la farmacia para paliar los dolores del reuma y de otros padecimientos físicos. Pero los escritores habían consumido en cantidad suficiente para experimentar el torbellino de éxtasis y postración que el opio ejercía en el cerebro. Como De Quincey había escrito en una serie de confesiones publicadas antes de que se convirtiera en el lema de miles, «Ahora la felicidad se puede comprar por un penique y llevarse en el bolsillo del chaleco». Osgood pensó también en la acusación de la policía contra Daniel Sand, que tan lejos quedaba en Boston, asegurando que el muchacho había abandonado todo por la exaltación y el placer del consumo de opio.

– La que tiene Sally es mejor que la de Yahee… Pagaréis como corresponde, ¿verdad, queridos? -repitió la jefa del establecimiento-. Aspirad esto. Después de pagar, naturalmente.

Mientras recitaba sus consignas, una joven menuda que estaba en el otro lado de la inmunda cama de Sally se cayó al suelo con un gemido.

– ¿No se encuentra bien? -preguntó Osgood. Sally le explicó que la joven se hallaba en un estado de sueño pacífico, mejor que si estuviera en la sucia y espantosa tasca donde solía llevarla su madre.

Entonces Osgood cayó en la cuenta. De repente era capaz de poner nombre a la sensación que había experimentado al entrar en aquel lugar. Era una palabra que nunca habría adivinado. Familiaridad.

Ser testigo de aquella inmundicia era como mirar fotografías de escenas de El misterio de Edwin Drood. Le recordaba a la primera escena del libro, cuando el pervertido John Jasper se refugia en sus sueños de opio mientras se dispone a poner en marcha sus malévolos planes contra su sobrino Drood; y la Princesa del Humo era la vieja que preparaba el opio e interrogaba a sus visitantes. También era como la escena que habían montado en el teatro Surrey, sólo que aquí con la aportación del olor real de la droga y su desesperanza.

Aquí tienes otra preparada para ti, queridito. Recordarás, como buena persona que eres, que los precios del mercado últimamente se han puesto por las nubes, ¿verdad que sí?

¡Quedaba demostrado que la expectativa de Osgood no estaba fuera de lugar! Algo debía de haber asimilado Datchery, consciente o no, del proceso de escritura de la novela si conocía aquel sitio. Entonces, una impresión menos tranquilizadora tensó sus nervios al girarse y mirar a Datchery, que estaba detrás de él. Datchery y Sally se miraban con la confianza de un pretendiente y su antiguo amor.

Un movimiento inesperado y repentino desvió la atención de Osgood: cuatro ratones blancos corretearon por una estantería polvorienta y pasaron por encima de los ocupantes de la cama. Sally les aseguró que eran mascotas muy dóciles y, tras unos cuantos intentos torpes, logró encender otra vela, como si quisiera demostrar lo tremendamente civilizado del uso de dos velas. La luz descubrió una escalera de mano que subía hasta un agujero en el techo. En el tiempo que llevaban allí de pie había abandonado la habitación un marinero malayo, y un mendigo chino había entrado, salido y vuelto a entrar. Sally habló con este último, al parecer, de su habitual cobro por adelantado del opio, sólo que esta vez en chino. También sermoneó a un cocinero bengalí, al que llamó Booboo, que parecía no ser sólo comprador de opio, sino también su inquilino y sirviente.

La transacción era siempre la misma. Después de recibir un chelín del cliente, la traficante tostaba una espesa bola negra, que había mezclado lentamente con una aguja, sobre la llama de una lámpara rota. Cuando ya estaba bastante caliente, introducía la mezcla oscura en la cazoleta de una pipa de bambú, que no era más que un tintero de cristal viejo con un agujero practicado en el costado. Entonces el cliente aspiraba por el extremo de la sibilante pipa hasta que se consumía el opio, por lo general al cabo de un solo minuto, como mucho.

Mientras preparaba la mixtura, Sally clavó la mirada en Osgood, impaciente ante la falta de pago. Incluso uno de los adormilados fumadores de opio parecía haberse interesado en el bien vestido editor. Osgood había descubierto en ese rato entre los trapos húmedos que cubrían el suelo un pequeño folleto o panfleto entre otros papeles sucios. Aunque la luz era demasiado escasa para distinguir los detalles, le pareció que ya había visto antes la maltrecha portada del librito.

– Bien, queridos -dijo Sally, la jefa del opio, un poco enfurruñada-, ¿buscáis algo más aquí, aparte de unas cuantas caladas? -entretanto, también el lascar había logrado ponerse en pie y les miraba fijamente.

Osgood sintió una segunda oleada de náuseas ante el renovado aumento de los vapores. Al arrodillarse para tomar una bocanada del aire más limpio que había junto al suelo, aprovechó para deslizar el librito en el interior de su bolsillo. Datchery le preguntó si se encontraba bien.

– Un poco de aire -respondió Osgood aturdido por haberse agachado. Encontró la puerta y bajó un tramo de escaleras hasta una ventana abierta que había en el descansillo. Sacó la cabeza y cerró los ojos, que aún le ardían por el humo. Cuando volvió a abrirlos se dio cuenta de que tenía la vista borrosa por las lágrimas y trató de secarse los ojos con el pañuelo. El aire en la cara le alivió; a pesar de ser caliente, parecía la brisa del océano comparada con el caldero de arriba.

Entonces sacó el librito del bolsillo y sus sospechas se vieron confirmadas. Tenía en sus manos la última entrega de El misterio de Edwin Drood, la misma que había visto salir de Chapman & Hall el día de las revistas.

– ¡Drood!-dijo para sí. ¿Cómo demonios habría llegado allí también? Qué verdad era que a Charles Dickens se le leía en todas partes.

Al volver a subir las escaleras, firmemente aferrado a la barandilla, sintió que la vista se le nublaba otra vez según se acercaba a la oscura habitación del opio. Ahora, la entrada parecía un bloque sólido de humo. Dos pasos más allá de la puerta se sintió cegado y dio con algo tirado en el suelo. Cuando miró para abajo al tiempo que caía hacia adelante comprobó que acababa de tropezar con Datchery, que estaba tumbado. Osgood sintió que le agarraban y empujaban contra la pared, donde el lascar le inmovilizó y le propinó un puñetazo en el estómago.

– ¡Basta! ¡Ripley! -el grito provenía de Datchery, que se levantó del suelo y se lanzó tambaleándose contra el agresor. Datchery luchó con el lascar, pero Booboo, el bengalí, le apartó con fuerza y volvió a tirarle al suelo, donde quedó inconsciente por el golpe.

Osgood, cegado por las lágrimas y la sangre, intentó salir de la habitación a tientas, pero el lascar le agarró y le atizó con los puños una y otra vez, derecha e izquierda, aplastándole contra la pared. Luego le abrió el chaleco de un tirón y le registró los bolsillos. Osgood podía oír cómo Booboo, agachado en el suelo, desvalijaba del mismo modo al inconsciente Datchery.

Su cuerpo perdió toda la fuerza y Osgood notó que se derrumbaba contra la pared dándose un fuerte golpe en la cabeza. De repente, todo acabó. Gritos. El lascar se desplomó con la cabeza inerte hacia un lado. Booboo pareció volar por la habitación salpicando sangre en su vuelo. Sally salió atropelladamente hacia la escalera de mano y, como uno de sus ratones, subió los travesaños a toda velocidad y desapareció. Osgood se vio nuevamente asido de ambos brazos, pero por una persona diferente.

Entre brumas, el editor creyó reconocer a la figura que le había agarrado.

– ¡Imposible!

Conocía a su asaltante. ¡Cómo era posible que estuviera allí! La gigantesca figura se cernía sobre él agarrándole violentamente de la parte alta del brazo. Unos segundos después, Osgood cayó al suelo y todo se volvió negro a su alrededor.

Lo siguiente que sintió fue que despertaba rodeado de oscuridad. Su ropa estaba empapada y revuelta. Curiosamente, se encontraba en un estado de pacífica ensoñación; la llamada del sueño, el rumor del océano, un inmóvil cielo estrellado, esto era todo lo que experimentaba. El aire se había vuelto de un azul denso y alargó una mano para tocarlo.

Luego, un pensamiento impreciso perforó la paz. Peligro: tuvo que buscar la palabra a pesar de que debería haber sido evidente. Él estaba en peligro. Una serpiente, primero amarilla y negra y luego toda amarilla, pasó reptando a su lado, casi tocándole; y habló, o alguien habló, y luego diez, quince, cincuenta voces se escucharon a la vez intentando sumergirle en un coro incoherente.

Pensó en Rebecca, que le había advertido… Rebecca, que tan leal había sido y que creía que podían culminar con éxito su misión… Rebecca, a la que ahora sabía que había amado desde la primera vez que la vio. Sintió ganas de llorar, creyendo que con eso, derramando lágrimas, aliviaría una parte de su desoladora frustración, pero no lo consiguió. Sin levantarse, porque eso parecía estar fuera de su alcance, buscó alguna señal de Datchery.

Tenía ganas de cerrar los ojos pero sentía que, si lo permitía, no sería capaz de abrirlos otra vez. Sus ojos ganaron la lucha y Osgood volvió a caer en la oscuridad.

El cazador de las cloacas entró con cuidado en la sección más baja del túnel. Al contrario que la mayoría de sus colegas, Steve Williams había logrado conservar sus caras botas de cuero altas hasta la rodilla. Eso le proporcionaba una gigantesca ayuda para vadear la basura y el lodo borboteante que llenaban las dos mil millas de alcantarillado que recorrían el subsuelo de Londres.

Armado de una larga vara de hierro con una azada plana en la punta, Steve hurgó en una grieta en la que había algo alojado. Abrió la portezuela de la lámpara que llevaba colgada de la cintura para poder ver con mayor claridad en el aire opaco y viciado.

– ¡Dios bendito! -dijo para sí alargando un brazo para extraer dos cuchillos de mesa fabricados en plata-. ¡Dios bendito, plata! -exclamó guardándoselos en el bolsillo. Aquello, unido a la jarra para la leche en oro que había encontrado el día anterior, le confirió a Steve una recuperada sensación de heroico triunfo. Distinguió un bulto sobre el enfangado suelo cerca del desagüe del lado este. Al empujar el mazacote de limo con la azada, un tropel de ratas del tamaño de gatos pequeños pasó corriendo por su lado. Steve avanzó la distancia de dos botas y tosió. No le hizo toser el aire infecto, espesado por los desperdicios que los carniceros tiraban por las alcantarillas, sino el ver un cadáver más tirado en los túneles. Aunque la búsqueda de tesoros a la que se dedicaban era ilegal, la policía hacia la vista gorda mientras los cazadores de las cloacas dieran parte de los cadáveres y restos humanos que encontraban. Éste llevaba un buen traje.

Pero al observarlo más de cerca descubrió que el hombre postrado no estaba muerto. Incluso respiraba.

– Venga, vamos, compadre, ¿cómo ha llegado usted hasta aquí? -dijo Steve tirando al hombre del brazo-. ¡Fuera de aquí, bestias! -exclamó. Unas ratas inmensas se aferraban a los brazos, las piernas y la cabeza del hombre chillando a un volumen ensordecedor-. ¡Fuera! -Steve utilizó la vara para espantar a las ratas y echar a las que intentaban subirse encima de su descubrimiento. Sacó una bolsita y le metió en la boca unos polvos.

– Tómese estas sales Epsom… Tome un poco de esto. Le bajará la sangre de la cabeza.

Por fin, el hombre se levantó palpándose las partes doloridas y, tras dar unos pasos inseguros, volvió a caer en la inmundicia.

– ¡Rebecca! ¡Díganselo! -gritó.

– ¿Qué quiere decir? ¿A qué viene este sinsentido? -replicó Steve.

– ¡Deténganle! ¡Le he visto! ¡Tienen que…!

– ¿A quién? ¿A quién ha visto, jefe?

– Herman -rugió Osgood-. ¡Ha sido Herman!

CUARTA ENTREGA

23

Boston, 24 de diciembre de 1867

De nuevo en el hotel Parker House, en el salón de la habitación de George Dolby, Tom Branagan se encontraba en estado de postración. Dolby le había sentado en una desgastada silla de roble de cara a la chimenea, que estaba enmarcada en calcetines de Navidad y muérdago; era un castigo cruel verse obligado a contemplar cómo caían las cenizas del hogar una a una cuando había tanto que hacer. Tom tenía el pensamiento fijo en la mujer que había provocado todo aquello. Le ardían las entrañas, no tanto de rabia como de deseo de conocer la verdad. De repente, todos los detalles de ella que era capaz de recordar cobraban importancia. De repente, el año nuevo entrante le parecía premonitorio.

Dolby paseaba de un lado a otro de la habitación y James Osgood, allí presente para personificar debidamente la indignación de la firma editorial que patrocinaba la gira, se sentaba en diagonal a Tom. Los regalos de Navidad que los admiradores dejaban en el hotel para Dickens, y que no cabían en las habitaciones del novelista, estaban amontonados descuidadamente bajo los muebles.

La atención de Tom regresó al presente. Dolby estaba gritando:

– No sé qué decir. ¿Acaso no…?, recuérdemelo, por favor, puede que me esté fallando la memoria, ¿acaso no le di instrucciones precisas de que se olvidara de ese juego del escondite con la intrusa del hotel después del incidente? No tengo mas remedio que deducir que cometí un error al confiar en usted, muchacho, empujado por mi fidelidad a su padre. ¿Es esto un despliegue de su excitabilidad celta?

– Señor Dolby, por favor, comprenda que… -intentó interrumpir Tom.

– Tiene usted suerte de que el señor Fields posea tanta influencia política como tiene y haya elegido utilizarla en su favor, señor Branagan -intervino Osgood.

Dolby siguió enumerando las ofensas:

– Acosa a una dama, a una elegante dama de sangre azul, en el teatro, arma un escándalo y le roba el protagonismo al gran éxito del señor Dickens. Y por si todo eso no fuera bastante malo, ¡encima en Nochebuena! Bastante tiene que soportar ya el jefe en este momento con la gripe y teniendo que pasar las vacaciones alejado de su familia. ¡Y lo que dirá la prensa cuando se enteren!

– Sus irresponsables actos han estado a punto de dar al traste con toda la gira de lecturas ante la opinión pública, señor Branagan -dijo Osgood-. La futura reputación de nuestra editorial está en juego.

Tom sacudió la cabeza.

– Esa mujer es peligrosa. Lo siento en el corazón y en los huesos. ¡No deberían haberla soltado y tenemos que decir a la policía que la busque!

– Una mujer -gritó Dolby-. ¡Pretende que parezca que Charles Dickens le tiene miedo a una mujer! Esa mujer, por cierto, se llama Louisa Parr Barton, y su marido es un reconocido diplomático y gran erudito de la historia europea. Pertenece a una rama americana de la familia Lockley de Bath.

– ¿Demuestra eso que esté cuerda o tenga buenas intenciones? -preguntó Tom.

– Tiene razón -respondió Osgood-. Entienda, señor Branagan, que la señora Barton es conocida por sus excentricidades y no es bien recibida en muchas casas de la alta sociedad de Boston y Nueva York debido a su extraño comportamiento. Algunos dicen que el señor Barton se casó principalmente por emparentar con el apellido familiar y que ella nunca ha logrado dominar las labores de la casa ni ser un ama adecuada para con los criados. Otros dicen que Barton se enamoró locamente de ella. Sea cual sea la verdad, él pasa la mayor parte del tiempo viajando. Se rumorea que habría sido nombrado nuestro embajador en Londres de no ser por el comportamiento de su mujer. Desde que le dio una bofetada en la cara al príncipe de Gales cuando le fue presentada, se le ha prohibido que acompañe al señor Barton en sus viajes.

– Por eso puede hacer lo que le da la gana aquí -dijo Tom.

Osgood asintió.

– Con su marido fuera, ella está sola y libre con sus comportamientos extraños y su dinero. Es inofensiva.

– ¡Le pegó a una anciana en el hotel Westminster! -adujo Tom.

– No lo podemos probar. ¿No se da cuenta de que pisa terreno poco firme, Branagan? -respondió Dolby-. ¿Qué le impulsó a usted a hacerlo?

– Tal vez hable más de lo que corresponde a mi posición, pero actué por instinto -respondió Tom.

Dolby volvió a sacudir la cabeza.

– Habla y actúa usted más de lo que corresponde a su posición, Branagan. La policía de Boston no tenía más alternativa que dejarla en libertad.

– ¿Y qué me dice del hecho de que se colara en la habitación del señor Dickens, señor Dolby?

– Bueno, ¿y qué si fue ella? Podríamos darle un cachete, hacer que la policía le ponga una multa, ya que nunca amenazó al jefe ni se llevó ninguna de sus pertenencias. Salvo una almohada del hotel, ¡por lo que el más severo de los jueces ordenaría a esta aristócrata bostoniana que pagara un dólar!

– Creo que podría ser quien se llevó el diario de bolsillo del Jefe -señaló Tom.

– ¿Y qué pruebas tiene usted? -preguntó Dolby esperando una respuesta que no llegó-. Eso creía. Y, además, ¿para qué iba a querer un viejo diario?

– Para enterarse de detalles privados -insistió Tom-. Señor Dolby, sólo estoy pensando en la protección del Jefe.

– ¿Quién le ha pedido que lo haga? -preguntó Dolby.

– Usted me indicó que estuviera a su servicio -respondió Tom.

– Pues bien, lo ha llevado demasiado lejos -dijo Dolby-. Y no va a seguir haciéndolo.

Osgood dio un largo trago de ponche, sacudió la cabeza con tristeza y añadió un comentario con aire pensativo:

– Dice usted que actuó por instinto. Los hombres como el señor Dolby y yo mismo actuamos por lo que es correcto y apropiado, lo que está dentro de las normas. Lo que es más seguro para la gente que pone su confianza en nosotros. Si pudiéramos, señor Branagan, estaríamos tentados de enviarle de vuelta a Inglaterra. Pero eso atraería la atención de los periódicos.

– En lugar de eso -terció Dolby con la voz de un padre severo-, a partir de este momento su labor será estrictamente la de mozo de carga, para lo que fue contratado. Se quedará en el hotel, a no ser que se le indique otra cosa, y realizará las tareas que se le asignen. Cuando regresemos a Ross ya decidiré su futuro. Si no hubiera pagado tres guineas por su librea, ahora mismo le pondría de patitas en la calle.

Tom, desinflado, clavó la mirada en la chimenea de mármol.

– ¿Y el Jefe? ¿Está de acuerdo con esto?

– ¡Preocúpese usted de sus propias circunstancias! El Jefe estará perfectamente a nuestro cargo, muchas gracias, señor Branagan -dijo Dolby desdeñoso.

– Sin duda -añadió Osgood-. Nos encargaremos de que el señor Dickens esté bien ocupado mientras acabamos de solucionar las cosas con las autoridades, de manera que no se les preste más atención a sus temores, señor Branagan. De hecho, ya he reclutado a Oliver Wendell Holmes para que le enseñe los lugares de interés de Boston. Si hay alguien que pueda distraer a un hombre hasta el aturdimiento, ése es el doctor Holmes.

Después de que Dolby acompañara a la puerta a Osgood, un camarero le paró en el camino de vuelta.

– ¿Señor Dolby? Hay un caballero abajo que quiere verle… Un asunto urgente.

– Son las diez de la noche y es Nochebuena -señaló Dolby sacando el reloj de su chaleco-. Las diez y media, en realidad, y llevo desde las seis de la mañana corriendo por la ciudad solucionando problemas. ¿Ha enviado una tarjeta el visitante?

– No, señor. Sin embargo, utilizó las palabras muy urgente. Yo diría que, por su aspecto, parecía ser algo verdaderamente urgente.

Menuda urgencia. Probablemente sería otro desconocido que necesitaba entradas para alguna de las lecturas con aforo completo para sus hermanas, tías o esposas ciegas, sordas o mudas. «Escritores americanos muy conocidos» de los que Dickens no había oído hablar nunca escribían solicitando un pase gratuito, en primera fila, para honrar la visita de Dickens a la ciudad como se merecía, más otros cinco para sus amigos, si eran tan amables.

En el bar de la planta baja Dolby buscó entre las caras la del misterioso visitante. Un hombre se distinguía entre todos. Las manos rígidamente cruzadas sobre el pecho. Una cara gruesa, juvenil, pero recorrida por cicatrices y vetas grises en la barba. Era bajo, pero tenía una constitución robusta que podría calificarse de fornida, con una presencia imponente. Saludó a Dolby con la mano.

– Me temo, amigo mío -empezó Dolby su discurso amable pero distante-, que ya hemos vendido todas las entradas para las próximas lecturas. Puede volver a intentarlo en la próxima serie de lecturas que hemos organizado para que puedan asistir más oyentes.

El hombre le entregó una pila de documentos y una placa.

– No busco entradas, señor Dolby. O no…, a menos que las tenga que confiscar junto con todas las demás propiedades en posesión de ustedes -sonrió sin humor.

Dolby examinó los documentos. Formularios de impuestos. La placa llevaba el nombre de Simon Pennock, recaudador de impuestos.

– Tengo entendido que se les ha visto con bolsas de papel llenas de billetes de las entradas vendidas, señor Dolby -dijo Pennock con el mismo tono que habría utilizado si las bolsas hubieran sido de huesos humanos. La silla del recaudador estaba frente a un fuego de carbón que perfilaba al hombre con un perturbador halo azul oscuro y servía para inquietar aún más a Dolby.

– Señor Pennock, me parece recordar que, según las leyes de su país, las «conferencias ocasionales», tal es el término que aparece en las Actas del Congreso, dadas por extranjeros en su suelo están exentas de pago de impuestos.

– Han interpretado mal la ley. Y explicársela no es mi deber. Tiene que empezar a pagarme por sus actividades inmediatamente, Dolby, un cinco por ciento exactamente, si quiere evitar asuntos más desagradables que los que ha sufrido hasta ahora.

– Le garantizo que no hemos sufrido ningún asunto desagradable, señor.

Pennock le miró fijamente.

– Lo está sufriendo en este preciso instante, señor Dolby.

Éste recorrió todo el bar con la mirada, como si quisiera buscar ayuda. En lugar de eso, lo que vio fue a un hombre con gorra de piel de foca y chaquetón marinero, en cuyo chaleco desabrochado se veía la esquina de otra placa del Ministerio de Hacienda. A Dolby no le agradaba la idea de que aquellos hombres le hubieran estado vigilando mientras sacaba el dinero de las taquillas y todavía le molestaba más que fueran superiores en número. Pensó que ojalá Tom, por lo menos, estuviera allí con él. No es que Dolby creyera que los agentes del Gobierno fueran a atacarle, pero pensaba que la presencia de Tom, más joven y fuerte, le habría ayudado a demostrar más confianza en sí mismo.

– Incluso aunque tenga usted razón en la afirmación que plantea, señor Pennock… -empezó a responder Dolby.

– La tengo -interrumpió Pennock con tono neutro-. Tiene que pagar diez mil, en oro o billetes de banco, o ustedes, cada uno de ustedes incluido su adorado patrón, se verán encerrados como rehenes antes de que su barco se aleje de la costa.

– Aunque yo aceptara el cinco por ciento como justa reclamación -dijo Dolby esforzándose por no parecer airado-, incluso en ese caso, ya he enviado los recibos de nuestras ventas a Inglaterra. El dinero ha sido ingresado en el banco. No podría pagarle aunque quisiera.

– Hay soluciones alternativas -Pennock hizo un gesto con la mano al hombre de la gorra de foca, que se acercó a ellos-. Señor Dolby, no es usted el único empresario teatral con el que tengo asuntos pendientes. Creo que el señor Dickens es un hombre al que le gustan las cosas en orden. Sugiero que envíe los pagos antes de las últimas lecturas en Nueva York o meterá al señor Dickens en un atolladero del que no podrá salir fácilmente y que hará que se arrepienta de haber puesto un pie en suelo americano. Buenas noches.

A la mañana siguiente, mientras Dickens disfrutaba en casa de los Fields de su habitual desayuno compuesto por una loncha de bacon y un huevo con té, Osgood le preguntó si había algo más que al novelista le gustaría ver de Boston y que hubieran pasado por alto. Cuando Osgood repitió la pregunta insistentemente, Dickens le dijo que sentía curiosidad por ver la localización del extraordinario asesinato de George Parkman en la facultad de Medicina. El doctor Oliver Wendell Holmes, que se había unido a ellos para desayunar y que hasta ese momento se había dedicado a aburrir a Dickens con su incesante charla, resultó que daba clases en ella y le ofreció de inmediato una expedición a dicho lugar.

– Ahora tenga cuidado, cuidado, señor Dickens… -le advirtió el doctor Holmes. Habían llegado al emplazamiento y se encontraban descendiendo a una cámara subterránea debajo de la facultad-. Hay que bajar otros dos escalones.

Los dos hombres alzaron los candiles. Alrededor de ellos, en la oscura cámara, estantes y brillantes frascos clínicos que contenían fragmentos anatómicos. Dickens levantó uno para observarlo a la luz.

– Trozos de cruda mortalidad -comentó-. ¡Como los cuarenta ladrones de Alí Babá después de morir escaldados!

– ¡Todo esto es terriblemente morboso! -dijo Holmes mientras Dickens volvía a colocar el frasco en la estantería junto a los demás-. Nuestro señor Fields diría que esto no es un tema para después del desayuno. ¡Es terrible!

– ¿No fue idea mía que me trajera aquí, doctor Holmes? No podía irme de Boston sin verlo.

– Tal vez fuera idea suya, señor Dickens -admitió Holmes-. Pero no debe culparse. Hacerlo nunca ha servido de nada. Mi Wendy, Wendell Junior, me miraría con desprecio por perder el tiempo en este tipo de «trivialidades» cuando se pueden dedicar todas las horas del día a la empecinada consecución del dólar.

Dickens rió.

– Considérese afortunado, mi querido doctor Holmes. ¡Hasta que Babbage no acabe su máquina calculadora será imposible sumar los billetes que me expolian mis hijos todos los días! Creo que ha caído sobre ellos la maldición de la desidia. Le aseguro que hay algunos días en que tengo los pelos de punta de tal manera que no puedo ni ponerme el sombrero. Usted tiene la bendición de no saber lo que es mirar alrededor de la mesa y ver en cada uno de los asientos que la rodean una expresión de inadaptación que recuerda espantosamente a la del propio padre. Bueno, éste es el punto, ¿no es verdad?

Holmes asintió.

– Estar en un lugar tan siniestro le produce a uno la sensación de que le corre por la espalda agua fría y caliente alternativamente.

Aquí mismo, ocultos a la vista de ojos ajenos, lo impensable… -dijo Holmes.

El doctor Holmes, poeta y profesor de la facultad de Medicina, degustaba la oportunidad de convertirse en narrador. Fue en el laboratorio subterráneo, contó Holmes, donde se cometió el crimen un gélido día de noviembre. Aquella tarde de 1849 George Parkman, un hombre alto y delgaducho, entró en las dependencias de la facultad de Medicina para visitar a John Webster, profesor de química y colega de Holmes. Aquélla fue la última vez que se vio a Parkman vivo.

El bedel de la facultad, Littlefield, se hallaba presente cuando Parkman entró en el edificio. Littlefield había oído cómo Parkman le susurraba severamente a Webster «Pues algo hay que hacer», como si hubiera habido algún tipo de discusión entre los dos hombres. Littlefield subió al laboratorio del doctor Holmes para ayudarle a limpiar después de una clase y no volvió a pensar en Parkman el resto de la tarde.

– Al cabo de varios días sin saber nada de él, la familia de Parkman estaba preocupada, como podrá usted imaginar, mi querido Dickens. Cuando se supo que éste había sido el último sitio donde se le había visto, el bedel Littlefield, un desconocido para la mayor parte de nuestra sociedad, se convirtió en objetivo de muchas miradas suspicaces, ¡incluida la mía!

Era un tranquilo miércoles, la semana de Acción de Gracias, cuando Littlefield descubrió que Webster estaba en su laboratorio con las puertas cerradas. El bedel, decidido a defender su buen nombre, tenía sus propias sospechas y se dedicó a espiar por la cerradura mientras el profesor iba de un lado a otro en frenética actividad. Cuando Littlefield pasó la mano por el muro de ladrillo casi soltó un grito. Estaba ardiendo.

El bedel esperó a que Webster se marchara esa noche. Luego hizo un agujero desde el sótano hasta la cámara en la que se encontraban Holmes y Dickens en aquel preciso instante. Cuando Littlefield se coló en la cámara, lo vio. Un cuerpo humano, o parte de él, colgado de un gancho. Horas más tarde la policía continuaba la búsqueda y encontraba en el horno los huesos calcinados de un cuerpo descuartizado.

– Desde entonces, nadie de la facultad ha vuelto a utilizar este laboratorio, a pesar de que estamos desesperadamente faltos de espacio y han pasado ya quince años o más desde que el cuerpo fue incinerado. Ya ve usted que la superstición cala hondo incluso entre los hombres de ciencia… No, especialmente entre los hombres de ciencia.

Dickens escuchó la historia del doctor atentamente.

– Y sin embargo, si hay un lugar en todo Boston que tiene toda la impunidad para estar repleto de huesos, ése es la facultad de Medicina -comentó.

– ¡Eso alegó el abogado de la defensa! Aquí hay huesos y cuerpos por todas partes. Pero fueron los dientes postizos -dijo Holmes-. Eso fue lo que traicionó al pobre Webster. El dentista que se los había hecho a Parkman dijo que sería capaz de reconocerlos en cualquier parte. La mandíbula rota con los dientes postizos que se encontró en este horno dio el testimonio más irrefutable que se haya visto nunca en un tribunal.

– Constantemente se desenmascara a los criminales más listos gracias a algún pequeño defecto en sus cálculos -señaló Dickens.

– Pobre Webster. ¡Ver a un hombre inmediatamente antes de que le ahorquen es como ver un fantasma!

– Sin duda, sin duda -reflexionó Dickens-. Con frecuencia he pensado en lo restringida que debe de verse la conversación con un hombre que van a colgar en media hora. Si está lloviendo, no podrías decir: «¡Mañana tendremos buen tiempo!», porque no significaría nada para él. Por mi parte, ¡creo que limitaría mis comentarios a los tiempos de Julio César y el rey Alfredo!

Dickens tuvo un acceso de tos mientras los dos hombres reían y se arrebujó más estrechamente en su deteriorado abrigo. Tras meses de asaltos de sus admiradores americanos que se llevaban recuerdos arrancados de su prenda de piel, tenía el aspecto de un pobre animal tiñoso.

– ¡Bueno, señor Dickens, ya es suficiente! -dijo amablemente el doctor Holmes. Desde que el autor había pisado tierra americana, los rumores de sus enfermedades habían corrido y su debilidad era para él un asunto privado. Resultaba evidente que Dickens se encontraba más débil en cada lectura que ofrecía y cojeaba cada día más-. Sí, ¡sin lugar a dudas! -exclamó Holmes-. Fields se enojará conmigo si no le restituyo a sus reconfortantes cuidados para que descanse hasta su próxima lectura.

– Casi se puede oler -murmuró Dickens.

– ¿Cómo dice, mi querido Dickens?

– La carne quemada en el aire. Quedémonos sólo unos instantes más.

24

A medida que la órbita de la gira se alejaba más de Nueva York y Boston, y llegaba a Filadelfia, Baltimore, Washington, Hartford y Providence, George Dolby y sus sufridos agentes de ventas viajaban con frecuencia por delante del resto del equipo para organizar las ventas y allanar el camino. En todo ese tiempo, Tom nunca protestó contra las restricciones impuestas a sus deberes. Estaba más preocupado por el hecho de que se hubiera permitido que Louisa Parr Barton se fuera sin hacerle un interrogatorio o un concienzudo registro de su bolso. Por lo menos, que Dickens viajara a ciudades más pequeñas se lo pondría más difícil a la mujer íncubo, ya que parecía una criatura de ciudad. Mientras realizaba sus tareas, acarrear los equipajes entre las estaciones de ferrocarril y los hoteles, Tom mantenía los ojos muy abiertos, que era más de lo que estaban haciendo todos los otros. Su padre le había enseñado en Ross que lo importante no eran las tareas que a uno le han encomendado, sino cómo las cumplía.

En Syracuse su alojamiento era un lugar sombrío que parecía haber sido construido el día anterior, como pasaba con toda la ciudad, y para desayunar les sirvieron algo que tenía el aspecto de un cerdo viejo. Henry Scott se sentó en el salón y rompió a llorar mientras George intentaba reclutar un batallón de emergencia para limpiar el pasillo del piso en el que se alojaba.

Entre Rochester y Albany, el país entero parecía estar bajo el agua a causa de la furiosa tormenta que había arrastrado la nieve y el hielo de la noche a la mañana. Tuvieron que quedarse toda la noche en una región desolada que llevaba el nombre de Utica. Hasta los postes de telégrafo se habían derrumbado y flotaban como mástiles de un barco naufragado, imposibilitando por completo cualquier clase de comunicación con el teatro de la siguiente lectura.

Cuando se encontraron a una distancia prudencial de Albany, recorrieron la extensión inundada que les separaba de su hotel a bordo de un barco de palas. Puentes rotos y vallas se cruzaban en su camino junto a bloques de hielo. Entretanto el bote navegaba contra la corriente, Tom se preocupaba por Dickens. Durante su viaje a través de los Estados Unidos Tom había presenciado en múltiples ocasiones la repetición de los repentinos ataques de pánico de Dickens mientras se encontraban en el vagón de un tren o en un ferry, o en algo que el escritor no tenía la capacidad de detener en caso de emergencia. Con la costumbre, los ataques ya no les sobresaltaban, pero seguían creando una angustiosa imagen de terror interno. No era raro que Dickens le dijera «Más despacio, por favor» al conductor del carruaje una y otra vez hasta que se desplazaban a la velocidad de un paseo a pie.

Flotando sobre la aparentemente interminable extensión de agua, Dickens sacó su reloj cronómetro para ver si eran capaces de mantener el horario previsto. Era posible que el público con entrada no pudiera llegar al teatro, pero para Dickens eso no era lo importante; para él, la puntualidad era una cuestión de principios y de autodominio. Sacudió el reloj.

– Es algo extraordinario, señores -dijo-. Mi reloj siempre ha llevado la hora a la perfección y se podía confiar en él a ciegas, pero desde el momento de mi des gracia en el tren, hace tres años, no ha vuelto a funcionar correctamente. El recuerdo de Staplehurst sigue aumentando, en lugar de suavizarse. Persiste una vaga sensación de pánico que no tengo el poder de controlar, que llega y pasa, pero no puedo evitar que aparezca. Un momento, ¿qué es eso? -preguntó Dickens al guía, un maestro de obra. Delante de ellos, un tren entero flotaba en el agua.

– Un tren de mercancías atrapado por la inundación. Vacas y ovejas. Los hombres pudieron salir, pero supongo que el ganado deberá perecer. Empezarán a comerse unos a otros en un par de días, supongo yo.

Dickens se volvió hacia él con una mirada feroz.

– Eso es lo que hacen los animales estúpidos cuando se mueren de hambre, señor Dickens -continuó el maestro nervioso.

Dickens se quedó mirando fijamente al tren abandonado que se balanceaba arriba y abajo en las inmundas aguas. Cuando pasaron a su lado escucharon gritos y gemidos de su interior; sonaba como una catástrofe humana.

– No morirán -dijo Dickens con calma y luego se desplazó a la proa del pequeño barco-. Ni uno solo de ellos. Vuelva atrás. Hacia allí.

– Pero, señor, mis órdenes estrictas son llevarle a tiempo a Albany para… -intentó protestar el guía.

– Usted no ha dicho nada, ¿verdad? -le preguntó Dickens echando fuego por los ojos.

– Supongo que no, señor -respondió después de comprobar lo que le decían las miradas del resto del equipo a bordo.

– En Albany pueden esperarnos -dijo el escritor-. ¡Que todo el mundo reme en dirección al tren, y sin escatimar esfuerzos! ¡Hoy vamos a emular a Noé!

Tras un esfuerzo de varias horas, lograron liberar a las ovejas y las vacas para que nadaran hasta la tierra y llevaron a los animales más débiles hasta una buena distancia de la orilla para que estuvieran a salvo hasta que les llevaran comida. Todo el tiempo, a pesar de que se puso a nevar y granizar, Dickens animó y espoleó a hombres y bestias con tal entusiasmo que hasta el guía arrimó el hombro en el rescate de un escuálido ternero.

Entre infortunios llegaron a Albany. En el hotel, Dickens se sentó enfrente de la chimenea acercando el sombrero al calor del fuego. Era casi un trozo de hielo sólido, lo mismo que su barba. Intentó soltarse la chalina pero estaba congelada y pegada al cuello de la camisa.

Al empezar el año nuevo, la mayor parte de los componentes de la plantilla se encontraban horriblemente enfermos. Tom era uno de los pocos que conservaban una buena salud y Dickens cada vez dependía más de él, ya que la salud del escritor continuaba oscilando entre la efusividad y la fragilidad. En una de las lecturas, los asistentes que habían acudido a escuchar Nickleby y La fiesta del señor Bob Sawyer recibieron el siguiente aviso: «El señor Dickens ruega su indulgencia por un severo resfriado, pero espera que sus efectos no sean perceptibles al cabo de unos minutos de lectura». La primera cláusula la habían redactado Dolby y un médico; la segunda, el Jefe. Aparte de sus pequeños desayunos, Dickens empezó a limitarse a comer un huevo batido con jerez antes de cada lectura y otro en el intermedio, que Henry tenía preparado y listo en su camerino.

Para entonces, Osgood había terminado de poner en práctica la idea de su aprendiz Daniel de hacer versiones «especiales» condensadas de las lecturas, delgados volúmenes que Fields, Osgood & Co. vendía por veinticinco centavos en la entrada de los teatros.

– Ya no necesitamos espantar a los bucaneros de nuestras lecturas, señor Branagan -le dijo Osgood cuando Fields y él fueron a la estación para despedir al grupo-. La idea del señor Sand ha funcionado exactamente como lo planeamos.

– ¡Ese chico está en camino de ascender a oficial en nada de tiempo! -dijo Fields felicitando a Osgood por la innovación-. No se parece a ninguno de los aprendices que yo pueda recordar.

De camino a Filadelfia, Tom se vio obligado a jugar a las cartas con el Jefe mientras Henry Scott dormitaba con las piernas fuertemente entrelazadas para que su bota no estuviera disponible cuando algún grosero americano escupiera el tabaco. Dickens, como siempre que estaban en un tren, tenía la petaca abierta a su lado. Cada pocos minutos, a Henry se le caía la cabeza a un lado y luego la levantaba con gran dignidad, como si hubiera estado bien despierto todo el rato.

– A nadie le gusta dormir en público de esa manera -le dijo Dickens a Tom-. Por lo general, yo nunca lo hago. Una partida de cartas es una buena manera de mantenerte activo y despierto. El coraje te mantiene despejado.

Dickens, que tal vez encontraba a Tom demasiado callado, parecía conformarse con hablar por los dos mientras jugaban.

– Es imposible decir todo lo que ha cambiado este país. La última vez que fui a Filadelfia, hace veinticinco años, recuerdo que prácticamente toda la ciudad se presentó en el hotel con la intención de entrevistarse conmigo. Hasta el último mono, y Edgar… Edgar Allan Poe, quiero decir. Nunca hubo ni rey ni emperador en la Tierra tan acosado por las multitudes como lo fui yo en Filadelfia.

– ¿Ha dicho Edgar Allan Poe, Jefe? -preguntó Henry, cuya cabeza al desplomarse había vuelto bruscamente a la consciencia. El ayuda de cámara quedaba profunda mente impresionado cada vez que se mencionaba el nombre de cualquier persona famosa, sobre todo si había muerto-. Poe escribía cuentos siniestros y fantasmagóricos -dijo Henry a Tom como aparte didáctico-. Luego se murió.

– También era poeta -dijo Dickens-, como solía recordarme a menudo. Le hablé un poco de nuestro querido cuervo Grip, que murió tras comerse parte de nuestras escaleras de madera. También hablamos de la penosa situación de las leyes de derechos para los autores que no recibían un céntimo mientras los editores piratas se enriquecían con ediciones espurias. Poe escribía entonces cuentos de «raciocinación», o sea, de misterio, igual que yo. También hablé con Poe…, sí, lo recuerdo a la perfección, como si hubiera sido ayer…, del Caleb Williams de William Godwin, una obra que ambos admirábamos.

– Yo leí esa novela en un solo día -dijo alegremente Henry.

Dickens continuó.

– Le dije a Poe que conocía la peculiar forma en que se había redactado, que Godwin había escrito primero la captura de Caleb. Sólo entonces se planteó cómo se había llegado a eso y escribió la primera mitad del libro después. Poe me dijo que también él escribía sus historias de raciocinación hacia atrás. Deseaba más que nada que llegara a considerarle un espíritu afín y así intentara conseguirle editor en Inglaterra, lo que luego hice, aunque no lo logré, con Fred Chapman. En aquel momento nadie había oído hablar de Poe y publicar escritores americanos era una aventura arriesgada. Él estaba convencido de que los europeos le apreciarían más que los americanos. Después de eso, el pobre Poe se enfadó conmigo, miserable criatura -Dickens pareció arrepentirse inmediatamente de haber dicho aquello-. Era un hombre desilusionado, que vivía muy pobre. Puede que haya sido mi estado de ánimo, o el nerviosismo, o no sé qué otra cosa, lo que me haya hecho pensar en él ahora.

A las dos lecturas de Filadelfia les siguieron cuatro en Washington y otras dos en Baltimore. A la primera de Washington asistieron congresistas y los embajadores de casi todos los países, al igual que un perro perdido que se le coló a la policía de la puerta y se puso a aullar durante la lectura. El presidente Johnson asistió a todas las lecturas de Washington e invitó a Dickens y Dolby a la Casa Blanca el día del cumpleaños del escritor, aunque la enfermedad de Dickens había empeorado. Después de aquella visita Dickens estaba persuadido de que Andrew Johnson saldría bien parado a pesar de los rumores de fracaso por intentar la reconciliación con los estados del sur a través de un Congreso hostil.

– He ahí a un hombre que tendrán que matar si quieren quitárselo de en medio -le comentó Dickens a Dolby más tarde.

Dolby abandonó pronto Washington para dirigirse a Providence a organizar la venta de entradas, mientras los demás se iban a Baltimore antes de regresar a Filadelfia. Durante uno de los trayectos más largos en tren, con todo el grupo agotado, Dickens se despertó de un profundo y agitado sueño.

– ¿Por qué sonríes, muchacho? -le preguntó a Tom, que estaba sentado frente a él.

– Se ha quedado dormido -dijo Tom sin perder su amable sonrisa.

Dickens lo pensó un momento.

– ¡Sí, señor! Y supongo que me vas a decir que tú no has cerrado los ojos.

En Baltimore, seguramente instigado por las duras palabras que había pronunciado en el tren a Filadelfia, Dickens localizó a Maria Clemm, la suegra de Edgar Allan Poe, que vivía de la caridad del estado.

– Él murió en este mismo edificio -le dijo la anciana cuando la llevaron al patio de la Casa de Misericordia donde el escritor la esperaba acompañado de Tom-. Entonces era un hospital. ¿Era usted amigo de Eddie? ¿Sabe usted lo que pasó? -preguntó con aire ausente. El celador ya le había explicado quién era, pero ella lo había olvidado.

– Soy un hermano escritor. Todo autor, mi querida señora Clemm, todo poeta y todo editor han sabido de su desesperación -dijo Dickens con mucha delicadeza. Le suplicó que aceptara 150 dólares para sus cuidados.

Dolby volvió a reunirse con el resto del grupo en Filadelfia la noche de la última lectura en esta ciudad. El representante había dejado de dirigir intencionadas miradas de furia a Tom por la debacle de Nochebuena; a cambio, simplemente le ignoraba. En ese momento Dolby ya tenía bastantes preocupaciones. El anuncio de prensa que notificaba la lectura de Hartford decía equivocadamente que el acto duraría dos minutos y que los asistentes debían llegar por lo menos diez horas antes a ocupar sus localidades.

Dickens se limitó a reír, pero le sorprendió ver a Dolby tan furioso por el anuncio.

– Mi querido Dolby -dijo Dickens ofreciéndole una silla con un gesto-. Hoy parece encontrarse fuera de sus casillas. No se tome demasiado en serio a la prensa. Caramba, si dependiendo de qué periódico se lea mis ojos son azules, rojos y grises, y al día siguiente se asegura que soy francmasón. Fíjese que yo solía sufrir intensamente al leer las críticas sobre mis libros, antes de hacer un solemne pacto conmigo mismo de no volver a leerlas, simplemente, y nunca he roto esa norma. Sin lugar a dudas, soy mucho más feliz desde entonces, y desde luego no he perdido sabiduría.

El representante sacudió la cabeza sombríamente y tomó asiento.

– Los periódicos pueden hacer conmigo lo que quieran, Jefe. ¡Que me llamen cabeza de chorlito y todo lo demás! No quería preocuparle, pero recibí la visita de un recaudador de impuestos que nos reclama el cinco por ciento de todo lo recaudado en América.

– ¡El cinco por ciento! -exclamó Dickens-. ¿Puede hacer eso?

– ¡No! Pero amenaza con confiscar las entradas y todas nuestras propiedades y encerrarnos en prisión si intentamos salir del país. He escrito algunas cartas a abogados de Nueva York, pero están tardando mucho en responder.

– ¡Lo que hay que oír! -Dickens intentó mantener el espíritu en alto-. Bueno, hicimos amigos en Washington, ¿no?

– ¡Prácticamente la totalidad de la clase política asistió a sus lecturas!

– Apostaría a que estarán encantados de utilizar su influencia para librarnos de esta monserga, ¿no le parece? Viaje usted otra vez allí.

Como le había sido ordenado, Do1by volvió a Washington durante un día. Cenó con el delegado de la Agencia Tributaria del Gobierno Federal, quien confirmó que las lecturas de Dickens se consideraban ocasionales y, como tal, exentas.

– Siempre tendremos recaudadores sin escrúpulos, algún elemento perturbador aquí y allá por el departamento -le dijo el delegado a Do1by en tono de disculpa mientras escribía una carta en la mesa-. Caramba, si hasta el Congreso tuvo que investigar la tendencia de algunos de nuestros hombres a hacer…, en fin, proposiciones poco caballerosas a las nuevas auxiliares femeninas del Tesoro. Llévese esta carta mía, señor Dolby. Ella debería acabar con el abuso. Verá, muchos de los recaudadores de los estados del este son irlandeses y sufren de una gran anglofobia. Tenemos la esperanza de aclararles las cosas con visitas como la suya de nuestros primos ingleses.

Do1by regresó inmediatamente a Boston para asistir a la cena del sábado que habían organizado en honor de Dickens y él los Fields, donde se sintieron como si hubieran vuelto a casa en comparación con sus recientes vidas errantes.

Antes de la comida dieron un largo paseo por Boston. El afable señor Osgood les fue enseñando lugares de interés. Estaban construyendo mucho. El edificio Sears, que en aquel momento era un amasijo de pilares de piedra, polvo y andamios, se decía que iba a ser un gran palacio de oficinas y tiendas con siete pisos de altura.

– Allí -dijo Osgood señalándolo- se instalará el primer ascensor de vapor de Boston cuando se termine el edificio. Fíjense, dicen que aquí es donde irá.

En el centro de cada planta del edificio en construcción se había dejado un hueco y en el fondo del todo se veía un cuarto de máquinas con una bomba de vapor conectada a una serie de tuberías que se extendían hasta lo más alto del edificio. Junto a éste, tumbada sobre un costado, había una cabina de ascensor profusamente decorada, como un pequeño salón.

– Dicen que dentro de poco -comentó Osgood- nadie usará las escaleras y preservaremos las vidas de las cincuenta personas que mueren al año al caer por los huecos. Sólo me pregunto si en Boston no estarán cambiando las cosas demasiado deprisa para comprenderlas. Nos moveremos todos arriba y abajo gracias al vapor.

– Cualquier político con eso en su programa tiene asegurado mi voto -dijo Dolby, que era abiertamente contrario a caminar tanto como le exigían Boston y Dickens.

A la cena que aquella noche ofrecieron los Fields se sumó también Ralph Waldo Emerson, que había venido desde Concord. Al contrario que la mayoría de los representantes literarios de Cambridge (Longfellow, Lowell, Holmes), Emerson sólo parecía estar ligeramente interesado en Dickens como hombre y menos todavía en Dickens como escritor. Sin embargo, el sabio de Concord no pudo contener la risa ante la interpretación de Dickens de una antigua balada irlandesa (Chrush ke lan ne chouskin!) con la que el escritor deleitó al grupo mientras tomaban el ponche que Dickens había preparado para el grupo; la risa de Emerson, en contra de su filosofía, parecía dolerle.

Hubo otras cuantas caras sombrías en la cena que, como una fuerza imperceptible, extendieron un nubarrón oscuro sobre la frivolidad. Esas caras pertenecían a políticos de alto nivel de Massachussets que insistían en que, tras la irreflexiva destitución del secretario de Guerra por parte del presidente Johnson, la moción de censura era poco menos que inevitable. Los líderes del Congreso se pasaron la noche haciendo reuniones secretas. El caos flotaba en el aire.

25

La crisis política nacional que se presagiaba en la cena llegó aquel mismo lunes: se presentó una moción de censura contra Andrew Johnson por crímenes y faltas graves derivados de su desafío al Congreso durante la reconstrucción de la Unión, y el público entró en un estado de exaltación. Aquel día las colas de las taquillas estuvieron escasamente pobladas, ¡incluso habían desaparecido la mayoría de los revendedores! Observando la dispersión del público y considerando el estado de salud de Dickens, Dolby canceló la siguiente tanda de lecturas de Boston.

La cuadrilla hizo todo lo que pudo por distraer a Dickens durante aquel período de calma. Dolby y Osgood se desafiaron a una competición de marcha ideada por Dickens, lo que también le dio una excusa válida para ofrecer una gran cena.

– ¡Ese Osgood! -le comentaba Dolby a Henry, que le ayudaba a prepararse para la competición probándole unos calcetines sin costuras-. Apenas pesa sesenta y siete kilos y, ¡maldita sea mi suerte!, me atrevería a asegurar que se mueve más rápido que yo con cualquier tiempo, incluso con nieve y hielo. Con esa sonrisa reumática todo el rato. Fíjate en lo que te digo, es más rápido y más fuerte de lo que parece…, corriendo y en cualquier otra cosa. Maldito sea ese Johnson por su moción de censura.

Pronto Dolby y Osgood salieron de la ciudad para abordar los cambios de programa. Tom y Henry Scott se quedaron en el hotel Parker House con Dickens. Comparados con el resto del tiempo que habían pasado en América, aquellos días en el Parker sin lecturas les parecían ridículamente lentos. El clima y su salud retenían al novelista en sus habitaciones casi todo el tiempo. Se encontraba debilitado por los estornudos y la tos y, sobre todo, por la nostalgia de Gadshill.

Cuando no estaba sentado a su mesa, escribiendo, Dickens hablaba con cualquiera que tuviera al lado, camarero, empleado o huésped del hotel. Tom estaba encargado de llevar a la habitación de Dickens los últimos informes telegráficos que enviaran Dolby y Osgood. En una ocasión Dickens recibió una carta de casa que le sumió en un estado de melancolía. Cuando Tom entró para llevarse el correo antes de la última recogida del día, Dickens seguía con la mirada- fija en la carta.

– ¡John Thompson, no puede ser! -exclamó Dickens.

– ¿Jefe?

– Thompson es uno de mis hombres de Gadshill. La policía ha descubierto que me estaba robando dinero de la caja del despacho. ¡Al cabo de todos estos años! Caramba, si hasta le confiaba mis niños… Me refiero a mis manuscritos, él los llevaba de acá para allá. ¡Sólo Dios sabe qué voy a hacer con ese miserable, o por él!

– Lo siento mucho, Jefe.

– Dígame -inquirió el Jefe-, mi querido Branagan, ¿lee usted mis libros?

Tom se quedó sorprendido. Por lo general, Dickens hablaba cerca de él, pero no a él directamente. También recordó las palabras de Dolby sobre su misión de mantener contento a Dickens.

Dickens rió ante su titubeo.

– ¡Oh, puede usted decir la verdad, señor Branagan! Un puñetero admirador de Dickens más y el peso no me permitirá moverme. Nada aterroriza más a un escritor que hablar por primera vez con su lector.

– No suelo leer novelas muy a menudo, señor.

– ¿Señor? Sólo quiero que me llamen «señor» los desconocidos y, a decir verdad, prefiero que los desconocidos no me llamen nada de nada. ¿Sabe por qué me llaman Jefe?

– No.

– Dolby no se sentía cómodo llamándome Charles o Dickens. Bueno, al menos había conseguido convencerle de que me llamara Boz… -Dickens siguió la historia contando cómo una tarde, durante una gira de lecturas en Chester, Dolby entró en la habitación y se encontró a Dickens sentado delante del fuego con un fez turco y una gruesa bufanda alrededor del cuello porque el aire frío se colaba en sus dependencias del hotel Queen's.

«¿Cómo se encuentra?», le había preguntado Dolby preocupado.

A esto, Dickens había gruñido: «Como algo rico de comer guardado en una despensa fría. ¿Qué le parezco?».

«Un viejo jefe -había contestado Dolby-, pero sin pipa».

– De ahí viene. Respeto a Dolby más de lo que puedo expresar con palabras, porque superó el mismo defecto del habla que mi chico de India (o sea, mi tercer hijo, Frank, que ahora se encuentra en Bengala con la policía) sufrió de pequeño por una severa ansia de aplicación. Bueno, ¿así que nada de novelas, dice usted?

Tom había olvidado ya el tema original.

– Las novelas y los cuentos fingen.

– ¿Que mienten, es lo que quiere decir?

– Sí -respondió Tom-. Fingen ser lo que no son.

– Es cierto que los libros mienten, señor Branagan. Sin duda. Pero la cosa no acaba ahí. Las novelas están llenas de mentiras, pero ocultas entre ellas hay todavía más verdades; sin lo que usted califica de mentiras las páginas serían demasiado frágiles para la verdad, ¿comprende? El escritor del libro siempre se incluye en él, su auténtico ser, pero hay que tener mucho cuidado de no confundirle con el vecino de al lado.

– Pero no deja de ser sólo imaginación, ¿no es cierto?

– Déjeme que le enseñe una cosa. Supongamos que esta copa de vino que hay encima de la mesa es un personaje -Tom aceptó la suposición con un cabeceo-. Bien. Ahora, imagine que es un hombre, incúlquele ciertas cualidades y pronto una fina y sutil red de pensamientos se crea y crece a su alrededor hasta que asume forma y belleza y se impregna profundamente de vida. A partir de ahí, la escritura fluye sola hasta que esa palabra en mayúsculas, escrita por fin con pena, me mira fijamente: FIN. Pero si no ataco mientras el hierro está todavía bien caliente (y con el hierro me refiero a mí mismo), me vuelvo a perder.

Tom no estaba seguro de haberlo entendido del todo, pero le dijo a Dickens que sabía a lo que se refería.

– ¿Ah, sí? -preguntó Dickens-. Ha sido un cambio de postura muy rápido, Branagan. Creo que es usted un hombre de buen criterio. La próxima vez prefiero que sea sincero conmigo. Lo preferiré siempre, por mucho que el apreciado Dolby le diga otra cosa.

Tomando al pie de la letra la orden de Dickens de ser sincero, los pensamientos de Tom volvieron a lo que le preocupaba de verdad desde que se habían cancelado las lecturas. Si, como Tom sospechaba, la señora Barton había asistido a todas las lecturas de Dickens en Boston, debía de estar decepcionada, y mucho, por las cancelaciones. Se habría sentido insultada personalmente. Cualquier otra persona del país habría estado demasiado desazonada por la moción de censura contra el presidente para darse cuenta, pero ella no; tal vez ella ni siquiera supiera que existía la moción.

Aquella noche, a Tom le despertaron los habituales camiones de bomberos que alborotaban en la calle. Estaba soñando cuando los ruidos interrumpieron su descanso.

Sacudió la cabeza al tiempo que se sentaba en la cama con sus viejos calzones de franela dados de sí. El sueño había sido muy raro. El escenario era un terrible accidente de tren como el de Staplehurst en el que casi había perdido la vida Dickens. Sólo que, en aquella visión, Tom se encontraba en el lugar del novelista y descendía de farallón en farallón de las rocas hasta el ensangrentado barranco donde gritaba la gente. También ovejas y vacas pasaban ante su cara mientras intentaba arrastrar a las víctimas hacia la ribera del río, pero todos, humanos y animales, estaban ya muertos. Sobre ellos, el primer vagón del tren colgaba sobre el puente roto, esparciendo páginas de todos los libros de Dickens sobre el río.

Tom pensó en el aterrador sueño mientras se salpicaba la cara con agua del lavamanos y se frotaba los ojos. Sintió en su rostro las yemas de los dedos entumecidas y en carne viva. En ese momento tuvo una apremiante premonición. Puesto que al día siguiente salían de Boston, si Louisa Barton iba a actuar lo haría esa noche. Si no se encontraba ya en el Parker House, pronto se presentaría. Tom sabía que era así.

Tal vez estuviera envalentonado por el hecho de que ni Dolby ni Osgood se encontraban allí para reprenderle. Tom se vistió a toda prisa y recorrió el pasillo hasta la habitación de Dickens, donde un camarero del hotel hacía guardia junto a la puerta.

– ¿Qué pasa ahora? -preguntó el camarero, saliendo con un sobresalto de un sueño superficial. Se quitó la mano de Tom del hombro-. Esta noche estoy hecho polvo, chaval.

– Tengo que hablar con el señor Dickens.

– ¡Dudo mucho que él quiera tener una audiencia con nadie a estas horas! ¡Y menos aún con un mozo irlandés! Vuelve por la mañana.

– Has bebido demasiado en el bar -Tom esperó sin retirar los ojos del camarero.

– Muy bien -dijo el camarero enfurruñado. Llamó a la puerta de la habitación y anunció que había una visita. ¿Le permitía entrar el señor Dickens?

– ¡Antes muerto que permitirlo! -fue la respuesta del novelista desde el otro lado de la puerta.

El camarero sonrió triunfante. Tom se quedó unos instantes más allí de pie y luego, vencido, empezó a alejarse. Justo antes de abrir la puerta de su habitación escuchó ruidos de pelea (una voz estrangulada, el grito de auxilio de una mujer) que salían de la habitación de Dickens. El camarero de la puerta parecía inmovilizado por el miedo. Tom volvió corriendo y entró como una exhalación en la habitación del escritor.

Allí estaba Dickens, con su bata de terciopelo, de pie ante un espejo inmenso, con la cara espantosamente contraída y las manos estrujando una manta como si fuera el cuello de un agresor.

– ¡Branagan! Entre -dijo alegremente.

– Jefe, me había parecido oír… -empezó a decir Tom dudando de sus propios sentidos.

– Ah, sí -dijo Dickens riendo primero y tosiendo después-. Estaba ensayando una nueva forma de lectura que he ideado, muy diferente a las anteriores. He adaptado y recortado el texto cuidadosamente. Cierre la puerta, si hace el favor, y le haré una demostración.

La lectura de Oliver Twist, una de las primeras novelas de su carrera, contaba la historia de Bill Sikes, el criminal que golpea y mata a su amante Nancy por traicionarle y ayudar al huérfano Oliver en su causa. Dickens lo interpretó paso a paso con la energía y violencia que desencadenaba la inevitabilidad de la muerte. Tom sintió que un escalofrío le recorría el cuerpo y le pareció presenciar la muerte de la honesta prostituta ante sus propios ojos.

Cuando acabó, Dickens se derrumbó en un sillón y giró la cabeza en círculos a derecha e izquierda.

– Todavía no lo ha visto nadie -le dijo excitado cuando recuperó el aliento-. Se lo conté a Osgood, Fields y Dolby en la cena. Lo he estado ensayando en secreto, pero consigo un resultado tan horrible que me da miedo probarlo ante el público.

– Ha sido aterrador, Jefe. Si una sola de las mujeres del público grita, podría desencadenarse un brote de histeria.

– Lo sé.

– Supongo que no puede dormir bien con esa idea en la cabeza -aventuró Tom.

– ¡No puedo dormir de ninguna manera! Llevo ya tres horas tosiendo sin parar y no he pegado ojo. El láudano es lo único que me ayuda, pero esta noche hasta los somníferos me fallan. Lo he intentado con alopatía, homeopatía, cosas frías, cosas calientes, cosas dulces, cosas amargas, estimulantes, narcóticos.

Dickens sacó la mezcla de opio hecha con las diversas ampollas que llevaba en el maletín de viaje y tomó otra amarga cucharada. Su energía anterior le había abandonado del mismo modo que a un actor cuando cae el telón tras una escena intensa. Daba la impresión de que se había apoderado de él una mezcla de extenuación y narcóticos.

– Espero volver a empuñar la espada pronto -dijo Dickens con aire cansado-. Me siento tan inquieto, Branagan, como si me encontrara encerrado entre barrotes en el parque zoológico. Si tuviera melena para derrochar, perdería parte de ella frotándola contra las paredes de mi jaula.

– Jefe, usted me dijo antes que le fuera sincero -dijo Tom.

– ¿Ah, sí? -dijo Dickens chasqueando la lengua-. ¿Cuál es su opinión? ¿Interpreto la escena nueva o no? Pensaba que era una de las mejores que he escrito. Pero quizá sea demasiado fuerte para la sensibilidad de este país.

Tom levantó la voz para hacerse oír por encima de los constantes accesos de tos de su interlocutor.

– Señor Dickens, no me refiero a eso. Me preocupa Louisa Barton, la mujer que entró en su habitación en aquella ocasión y ha asistido a sus lecturas regularmente, que nos siguió a Nueva York, que atacó a aquella viuda y posiblemente robó su diario. Estoy convencido de que esa mujer va a venir a buscarle esta noche.

– ¿Incluso con ese Argos de cien ojos apostado a mi puerta? -preguntó Dickens con tono sarcástico-. Deduzco, señor Branagan, que tiene usted una buena razón para creer eso.

– La última tanda de lecturas de Boston se ha cancelado; estoy seguro de que habría asistido y no sé qué consecuencias tendrá en su estado mental no poder hacerlo. Ésta es la última noche… Intentará algo para salirle al paso y conseguir lo que quería de usted.

– ¿Qué es…?

La confianza de Tom se tambaleó.

– No lo sé.

– ¿Ha terminado usted? -preguntó Dickens airado.

– He dicho lo que sentía.

– ¡Uno de estos días ese exceso de celo suyo le va a llevar a la ruina! -dijo Dickens, que soltó un sonoro suspiro y se sentó ante su escritorio. Tom sabía que sus palabras no habían sido suficientemente persuasivas, ni siquiera para sus propios oídos, pero le sorprendía el furor de Dickens. Se dispuso a salir de la habitación.

– Espere. Muy bien, Branagan.

– ¿Jefe? -preguntó Tom. Se dio la vuelta y vio que Dickens se secaba una lágrima de los ojos.

– Perdóneme. Sé que tiene razón. Verá, antes de irnos de Inglaterra recibí una serie de cartas que me advertían del peligro de viajar a América. Sentimientos anti-Dickens, sentimientos antiingleses, el comportamiento incívico de Nueva York y no sé cuántas cosas más. Como ya había decidido venir, resolví que, por mi alma, no diría ni una sola palabra a nadie, ni siquiera a Dolby, y menos aún a ese mojigato de Forster, ¡que creía que mi alma se iba a evaporar en el mismo momento en que se despedía de mí!

– Entonces ¿cree que las medidas que le insté a tomar a Dolby eran necesarias?

– Por eso estuve de acuerdo con que vigilara mi puerta aquella noche. Imagínese, ¡un hombre que necesita un guardaespaldas para defenderle de fantasmas, duendes y espíritus! Me pregunto si a Milton le visitaban ángeles o diablos cuando escribía… ¿Y quién se me aparece a mí?

»Sé que ha pasado malos ratos para entenderlo, mi querido Branagan -continuó Dickens-. Usted ha visto con sus propios ojos cómo las muchedumbres me asedian, asaltan, machacan, golpean y zarandean. Nunca en toda mi vida me había reconocido menos a mí mismo que en estos Estados Unidos de América. Muchacho, si le recibí con poco entusiasmo cuando llamó a la puerta, le aseguro que me arrepiento. Un carácter sobre el que no tengo un control absoluto se apodera de mí cuando ensayo una lectura. Ahora, ¿qué es lo que sugiere que hagamos? Si hay que poner en marcha algo, lo haré de inmediato.

Tom todavía no había trazado un plan. Pero pensó a toda prisa.

– Jefe, lo que yo querría es atrapar a esa señora con las manos en la masa para que no pueda molestarle más.

– ¡Ojalá! Entonces ¿qué cree que podemos hacer? -preguntó impaciente el novelista-. Es mejor morir haciendo, Branagan, que esperando. Siempre he creído que algún día moriría con las botas puestas.

La propuesta que improvisó Tom fue la siguiente: él ocuparía el lugar de Dickens en la cama. El escritor pasaría sigilosamente a la suite adyacente, generalmente ocupada por Dolby. Si la intrusa irrumpía en su cuarto como había hecho la primera semana que estuvieron en Boston con la idea de ver al novelista, se encontraría con Tom esperándola. Y si la señora Barton no aparecía, podrían celebrar la inmunidad del jefe cuando se marcharan de la ciudad.

Dickens consideró el plan y no tardó en aceptarlo. Primero recogió algunas de sus pertenencias personales de la cómoda y de los cajones del escritorio y las guardó en un maletín de piel.

– ¿Cree usted en el significado de los sueños, Branagan? -le preguntó el escritor mientras recogía.

Tom pensó en el extraño sueño de Staplehurst.

– ¿Pregunta si creo que nos advierten de lo que está por venir?

– Exacto, exacto. O lo que acaba de pasar. Una vez soñé con mi buen amigo Jerrold, el dramaturgo. En el sueño me entregaba algo que había escrito, aunque no de su propia mano, y me pedía nervioso que lo leyera por mi propia seguridad. ¡Lo miraba pero no podía entender nada de lo que ponía! Desperté totalmente perplejo y recordando todo el sueño tan claro como si lo estuviera viendo. Al día siguiente, para mi asombro, me enteré de que Jerrold había muerto.

Tom buscó una respuesta. Dickens inclinó la cabeza levemente, como si acabara de terminar otra de sus dramáticas lecturas. Tom se preocupó por el efecto que la fascinación por los sueños pudiera tener en su salud y bienestar.

– He llegado a tomarle cariño, Tom. No deje de rezar sus oraciones, como probablemente haga. Yo nunca he dejado de hacerlo y sé la serenidad que aporta. Si vivo para publicar más libros me gustaría que los leyera tanto si cree que pueden tener algo que ver con su vida como si no. ¿Lo hará?

– Sí -dijo Tom.

– Bien, será un lector del que me sienta orgulloso.

Cuando acabó de recoger sus cosas, Dickens entró en las habitaciones de Dolby y cerró la puerta tras de sí. Tom esperó con el corazón al galope. Con cada crujido, roce o murmullo de las paredes del hotel, Tom se imaginaba la entrada de la intrusa en la habitación y la consiguiente captura. Tampoco podía evitar imaginar la furia de Dolby si el representante llegara a regresar antes de tiempo a Boston por casualidad. Se imaginó a Dolby contándoselo todo al extremadamente correcto señor Osgood y éste, de manera predecible, a su socio el señor Fields, y a un furioso Fields haciendo venir a la policía una vez más, pero en esta ocasión para encerrar a Tom.

La noche pasaba sin novedades y Tom empezó a pensar que se había equivocado y que Louisa Barton no iba a hacer acto de presencia. Ya había asustado bastante al agotado novelista por aquella noche. Golpeó suavemente en la puerta que comunicaba con las habitaciones de Dolby, donde Dickens estaba durmiendo.

– Jefe -dijo Tom en un susurro. Abrió la puerta ligeramente-. Jefe, creo que ya hemos hecho la prueba bastante rato. ¿Quiere volver a su cama?

Dentro no había nadie. Alguien había dormido en la cama, pero las sábanas apenas estaban revueltas. No era improbable que hubiera salido a dar otro paseo. A no ser que Louisa Barton se hubiera presentado, como Tom sospechaba.

Tom salió al pasillo para preguntarle al camarero que estaba haciendo guardia en la puerta de Dickens, pero tampoco se veía al camarero por ninguna parte. Bajó las escaleras, buscó a un vigilante de noche y le pidió que localizara al camarero, que salió del bar con una copa de brandy en la mano.

– ¿Qué está usted haciendo en el bar? -le dijo Tom.

El camarero observó a Tom con gesto ofendido.

– ¿Ahora es usted de la liga antialcohólica?

– Son las tres de la mañana. ¿Por qué no está haciendo guardia en la habitación del señor Dickens?

– Porque no hay nada que guardar, por eso. El señor Dickens ha salido.

– ¿Cuándo? -preguntó Tom.

– Hace menos de media hora. Dijo que quería salir a hacer un poco de ejercicio. Bajó por las escaleras de atrás.

Tom se dio cuenta en ese instante de lo tonto que había sido. ¡En ningún momento había logrado persuadir a Dickens del peligro que suponía la intrusa! Ahora, la voz airada de Dolby resonaba a gritos en la cabeza de Tom repitiendo una sola cosa: ¡Has perdido al jefe, has perdido a Dickens!

Fuera Tom encontró a un conserje del hotel que había visto a Dickens salir por la puerta de atrás, parar un coche de alquiler y alejarse de allí. El conserje decía que el vehículo había partido en dirección norte con Dickens dentro. Tom empezó a caminar hacia el río buscando cualquier señal del novelista o del coche de alquiler. Las calles estaban prácticamente desiertas a tan temprana hora. Una carreta destartalada pasó a su lado cargada de pan. Tom se subió en el carro abierto del panadero, donde se acurrucó de manera que las pilas de barras le ocultaran de la visión del conductor. Tras volver al suelo de un salto e inspeccionar los alrededores, Tom dio por inútil su búsqueda.

Entonces oyó un sonido inesperado en la calma de la madrugada… Un gemido. Los ruidos salían a unos pasos de la ribera. Tom siguió los sonidos y encontró a un hombre pelirrojo tirado boca abajo en la orilla pedregosa y helada. Probablemente un borracho del barrio que había perdido el equilibrio. Tom arrastró al hombre a terreno mas seguro y comprobó que le habían dado una paliza, que le habían rasgado la ropa, posiblemente al asaltarle. Tenía la cabeza descubierta y no se veía ningún sombrero cerca.

– ¿Qué ha pasado? -le preguntó Tom aflojándole el cuello de la camisa.

El hombre gimió otra vez, intentando decir una palabra.

– ¡Coche!

– Voy a buscar ayuda.

Antes de que Tom pudiera moverse, el hombre le agarró por el cuello, decidido a hacerse entender. Entre respiraciones entrecortadas y mareos, consiguió comunicar que iba conduciendo su coche cuando vio a una mujer que pedía auxilio con gestos. Se agarraba el tobillo como si le doliera terriblemente. Cuando el hombre se bajó del pescante del conductor y fue hacia ella, la mujer salió corriendo, le quitó el sombrero y saltó al asiento del conductor, haciéndose con las riendas. Él volvió hacia el carruaje, pero la mujer fustigó a los caballos violentamente y le arrolló. Luego, ella descendió y empujó al aturdido hombre hasta la orilla.

Entre el hielo y el barro negro Tom pudo ver que el hombre llevaba el uniforme de los cocheros de alquiler.

– ¿Llevaba a algún pasajero en el coche? -preguntó.

El conductor asintió.

– ¿Quién? ¿Era Charles Dickens?

El conductor tuvo un acceso de tos y escupió sangre.

– ¿Puede levantarse? -al ver que el intento era inútil, Tom puso un brazo alrededor del cuello del hombre, que estaba medio congelado, y el otro debajo de las piernas y lo levantó con un fuerte impulso. Le llevó a la calle.

En ese momento, una berlina pasaba zumbando en dirección al hotel. Tom intentó detenerla con gestos de auxilio, pero el vehículo se inclinó peligrosamente y pasó a velocidad de vértigo, muy por encima del límite permitido de trote lento. Pasó demasiado deprisa para que Tom viera nada más que el sombrero del conductor y observara que no llevaba pasajero alguno. Pero el cochero que Tom sostenía en sus brazos estiró una mano al ver el vehículo.

– Quédese tranquilo, amigo -dijo Tom. Tensando las piernas para llevar su carga un trecho mas por la carretera, Tom encontró al conductor de un carromato que daba de beber a sus dos caballos cubiertos con mantas en un poste de amarre.

– Este hombre necesita ayuda inmediatamente. Llévele a un hospital -ordenó Tom dejando su carga con cuidado. Luego empezó a desatar uno de los caballos del cochero diciendo-: Necesito que me lo preste.

El sorprendido cochero estaba demasiado boquiabierto para oponerse y Tom se subió en el caballo desensillado y lo espoleó para lanzarlo al galope.

No tardó mucho en estar tras los pasos del veloz carruaje que había pasado por su lado. Cuando se puso a la altura de la trasera del vehículo respiró profundamente y saltó del caballo, aferrándose a la capota del vehículo. Descolgando una mano desde el techo del carruaje, Tom dio un volatín, abrió el pestillo y saltó al interior. El carruaje no estaba vacío. Dickens se encontraba en el suelo.

El Jefe estaba tirado, fuera del campo de visión de la ventana. Su cabeza descansaba en una almohada. ¡La almohada robada en el hotel Parker!

Este momento ha sido cuidadosamente planeado.

Allí estaba el bolso de tela de tapicería de Louisa Barton lleno de manojos de páginas manuscritas. Tom sacó la página del título. Un nuevo libro de Job por Charles John Huffam Dickens, se leía en una apretada caligrafía. Además, dentro de la bolsa había zapatillas, rulos, un espejo, brillantina y una cuerda.

– Jefe, soy Tom Branagan. ¿Está usted herido? -susurró Tom sacudiéndole.

– Despacio, despacio, por favor -murmuró Dickens en respuesta.

Tom se dio cuenta de que Dickens no estaba atado ni físicamente inmovilizado. Pero el letargo excesivo que sufría el escritor era el mismo que le asaltaba cada vez que se encontraba en cualquier transporte.

En ese momento, los caballos frenaron bruscamente haciendo que el carruaje se levantara por el aire. Dickens intentó decir algo, pero Tom le indicó con gestos que permaneciera en silencio. El novelista estaba semiinconsciente y confuso; además, Tom no estaba armado pero sabía que Louisa Barton podía estarlo. Si la secuestradora le veía allí podía volverse loca.

El carruaje tenía dos filas de asientos enfrentados y espacio debajo de cada una de ellas para poner el equipaje. Al oír que el conductor se bajaba del pescante, Tom se echó en el suelo y rodó hasta colocarse debajo de uno de los asientos, en el espacio del equipaje. Agarró el bastón de Dickens y lo pegó a su cuerpo donde no podía verse.

– Vamos allá -dijo Louisa teatralmente mientras abría la puerta. Su abundante melena estaba medio embutida en el sombrero que le había robado al conductor, que se quitó y tiró a un lado.

– Jefe, ahora va a tener que despertarse. Necesitará estar animado, animado y lleno de energía como está siempre, para demostrar de lo que es capaz. ¡Esta lectura superará a todas las que ha dado para esos espectadores necios, necios, necios!

Con considerable fuerza, la mujer levantó a Dickens por debajo de los brazos y lo sacó por la puerta lateral. Mientras, Tom rodó hasta el otro lado del carruaje y abrió aquella puerta para poder observarles. Se hallaban bajo la impresionante sombra del Tremont Temple.

La asaltante conducía a Dickens dulcemente hacia el teatro con una mano y sujetaba la navaja de cachas de nácar en la otra. Llevaba puesto un fajín rosa sobre un deslumbrante vestido rojo fuego, con geranios muertos cayendo de la revuelta cabellera.

Tom esperó hasta que hubieron entrado en el teatro y entonces subió las escaleras que llevaban al vestíbulo principal. Conocía el teatro de arriba abajo por las lecturas y sabía que dentro tendría mejores oportunidades de separar a Dickens de la mujer el tiempo suficiente para liberarle. Se planteó la idea de ir a buscar a un policía, pero seguramente se resistirían a creer su historia; en particular que la agresora fuera una mujer de clase alta de la ciudad de Boston llamada Louisa Parr Barton.

Tom entró por la puerta lateral que en otras ocasiones había vigilado para evitar que la gente intentara colarse a las lecturas. Ahora era él quien se colaba. Subió en silencio las escaleras del anfiteatro y se asomó por encima de la barandilla para contemplar la escena. Louisa había colocado a Dickens, que había despertado pero seguía sumido en un estado de confusión, en el estrado, delante del atril. Ella estaba sentada a sus pies en el estrado con su ampuloso vestido ahuecado alrededor, como la imagen fantasmagórica de una niña de colegio. La navaja colgaba en su mano.

Sus intenciones eran tan claras como peregrinas: Dickens iba a tener que hacer una lectura del manuscrito de la mujer. Pobre Jefe. Las arrugas de su cara parecían haberse profundizado desde su llegada a América; sin la iluminación de George y el sombrero de moda elegido por Henry, su cabello desgreñado le caía sobre las mejillas de la cabeza medio calva. Era la sombra de sí mismo.

Dickens hurgó entre los papeles del manuscrito y empezó a leer:

– Mataron a los criados con los filos de sus espadas, yo sólo he escapado para contar a la gente sencilla que Dios ha descendido sobre nuestra ciudad -Louisa parecía en trance escuchando las palabras que salían de la boca de su ídolo.

Tom se asomó ligeramente por encima de la barandilla de hierro. Dejó que Dickens le viera y éste, sin revelar la presencia de Tom, hizo un gesto de asentimiento. Dickens levantó la voz y empezó a leer el extraño y discordante texto de la mujer más alto, permitiendo que Tom bajara las escaleras y recorriera el pasillo lateral del auditorio sin que se le oyera.

Pero llegó un momento en que no podía seguir avanzando sin arriesgarse a ser descubierto. Dickens, que se había dado cuenta del dilema de Tom, dejó de lado las páginas de la mujer y empezó a declamar en un tono ampuloso:

– ¡Déjalo! Hay luz suficiente para lo que tengo que hacer…

¡Era Bill Sikes en la escena del asesinato de Oliver Twist! Dickens apretaba los dientes con furia, transformándose por completo en un asesino salvaje, y miraba directamente a Louisa Barton. Alargaba la mano hacia ella como si fuera a agarrarla de la muñeca.

Ella temblaba con un estremecimiento de temor. Su rostro estaba teñido de un rojo intenso.

– Esta noche te han vigilado, mujer diabólica. ¡Cada palabra que has pronunciado ha sido escuchada!

La dramática interpretación tenía hipnotizada a Louisa y Tom logró desplazarse hasta el costado del estrado sin ser visto. Pudo ver que la mujer apretaba la navaja con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos. Tom podría atacarla por sorpresa entrando en el escenario por el camerino, pero, si tenía que luchar con ella, le preocupaba la proximidad de Dickens al arma que ella empuñaba.

Mientras decidía cuál era su mejor posibilidad, Louisa pareció presentir que algo iba mal. Volvió de golpe la cabeza hacia atrás.

– ¡Vaya, tú! -gritó con violencia, como contagiada del veneno de Bill Sikes. Le atrapó con su hipnótica mirada de odio y cortó el aire con la navaja-. ¡No puedes estar aquí!

Antes de que Tom pudiera moverse, la mujer se levantó de un salto y puso la navaja contra la carne suave del cuello de Dickens.

– ¡Siga leyendo! -le ordenó.

– Cada palabra que has pronunciado… -Dickens repitió tembloroso la amenaza de Sikes.

– Sí, eso es, siga adelante… -le dijo a Dickens y luego se volvió a Tom-. ¡Y tú vete!

Tom, con los ojos clavados en la hoja de la navaja, retrocedió por el pasillo central.

– Ya me voy, señora Barton -dijo Tom-. Mire, me voy.

Entonces se le ocurrió otra idea y se dejó caer en una de las butacas con un sonoro golpe. Tom se acomodó en el asiento y se recostó.

La mujer volvió a desviar la mirada de Dickens a Tom, pero luego, como si decidiera que no quería volver a separarse del escritor, dijo:

– Usted me guarda rencor porque nunca nos hemos llevado bien. ¡De acuerdo, quédese! ¡No entendería lo que está a punto de presenciar!

Tom puso las botas encima del respaldo de la butaca que tenía delante.

– Yo creo que sí.

Entonces se hizo la luz y la mujer abrió la boca de par en par.

– Por eso se ha sentado… ¡Ese asiento es mío!

Tom se hundía más y más en el asiento desde el que ella había presenciado la lectura de Nochebuena, en el que había grabado una serie de palabras sobre Dickens. Espoleada por la ira, la mujer corrió por el pasillo en dirección a él, navaja en ristre.

– ¡Corra, Jefe! ¡Rápido! -gritó Tom a Dickens.

– ¡No! -exclamó Dickens.

– ¡Jefe, corra! -repitió Tom, pero, para su asombro, Dickens no se movió-. ¡Busque a la policía!

Ante su apremio, Dickens afortunadamente pareció reaccionar. Primero lanzó las páginas del manuscrito de Louisa por el aire y luego salió a toda velocidad del teatro.

– ¡No! -gritó ella al ver las hojas de su libro volando en todas direcciones. Tom aprovechó ese momento de distracción para golpearle en la mano con la empuñadura del bastón de Dickens, acertando con el tornillo saliente justamente en los nudillos, donde le produjo un profundo corte. La navaja salió despedida por el aire. Tom retrocedió tambaleándose cuando la mujer sacó una pistola de su bolsillo, pero acto seguido se abalanzó sobre ella y se la arrancó de las manos. Los dos se lanzaron a donde había caído y lucharon por hacerse con ella. Tom tomó impulso con el puño, pero, incluso en la exaltación de la pelea, supo que no era capaz de pegar a una mujer. Ella liberó una de sus manos y estrelló el puño contra su mandíbula una y otra vez con una fuerza sorprendente.

– Hay una actriz -le dijo Tom defendiéndose de los golpes con el brazo. Al mismo tiempo que hablaba no podía evitar tener la sensación de que estaba traicionando al jefe. Inconscientemente, siguió hablando en un susurro-. Hay una joven actriz en Inglaterra de la que el Jefe está enamorado. Por eso se separaron su mujer y él. No por usted.

– ¡No, se lo ha inventado todo! -aulló Louisa.

– Me lo dijo el jefe en persona. Ha venido aquí para ganar dinero suficiente con el que comprarle todo lo que ella quiera… ¡Para comprarle las joyas de la Corona, la Torre de Londres y Buckingham Palace si es lo que ella desea!

– ¡No, ha venido por mí!

Pero las emponzoñadas palabras habían hecho su labor. La cara de la mujer se desfiguró confusa, empezó a sollozar y aflojó las manos. Tom la tomó en sus brazos. Al cabo de un rato Dickens regresó con varios policías y ciudadanos que habían oído su llamada.

Al ver a Dickens de nuevo fue como si la vida regresara a Louisa. Se puso a cantar en voz baja para sí, como una niña pequeña. Con un movimiento inesperado, se separó del abrazo de Tom y se sacó una cuchilla de dentro de un zapato.

– ¡No! -gritó Tom-. ¡Jefe, cuidado! -de un salto se puso delante de Dickens.

Ella se clavó la cuchilla en su propio cuello y comenzó a cortarlo de derecha a izquierda, desplomándose en un charco de su propia sangre.

Uno de los policías salió corriendo a buscar un médico y otro se arrodilló junto a la mujer e intentó contener el terrible corte del cuello con el fajín del vestido. Dickens, que observaba en estado de shock, cayó a su lado y le quitó la cuchilla de la mano. Ella intentaba hablar otra vez, pero sólo regurgitaba sangre. Sus brazos se agitaron desmañadamente hasta que puso una mano sobre las de Dickens, quedando al momento tranquila y quieta.

– Jefe… Nuestro próximo libro… ¿Qué? -dijo arrojando brillantes hilos de sangre que le corrieron por la barbilla, incapaz de seguir.

Dickens se inclinó hacia el oído de la mujer y le susurró algo. Tom no pudo escuchar lo que le dijo pero una sonrisa extraña y cómplice se dibujó en el rostro de Louisa Barton y, mientras la vida se le escapaba, soltó una risita ronca. Dickens, abatido, se retiró y dejó que la policía y el recién llegado doctor se ocuparan de ella.

Tom le preguntó al aturdido Dickens:

– Jefe, ¿qué es lo que le ha dicho?

Dickens casi se arrojó de bruces en brazos de su protector debido al agotamiento y el alivio, apoyando todo el cuerpo en él.

– Eso no tiene importancia. Uno de nuestros demonios ha encontrado la paz, Branagan.

26

La prensa de Nueva York había decidido organizar una cena en honor del novelista antes de su partida, que se celebraría en el famoso restaurante Delmonico's. Una vez más estaba sufriendo una grave inflamación en el pie derecho (erisipela, de acuerdo con un médico local) y sólo pudo salir a la calle tras la aplicación de unas lociones especiales de las mejores farmacias y de unos dolorosos vendajes, ocultos bajo un calcetín especial de seda negra confeccionado por Henry Scott. Dickens decía apretando los dientes que no quería que los periodistas telegrafiaran a Inglaterra con una relación de sus enfermedades.

– Ha habido puntos de discrepancia, y probablemente siempre los seguirá habiendo, entre los dos grandes pueblos -dijo Dickens después de múltiples brindis a su salud que se hicieron en la mesa-. Pero si sé algo de los ingleses, y me atribuyen saber un poco, si sé algo de mis compatriotas, caballeros, es que el corazón se conmueve con el ondear de sus estrellas y sus barras como no se conmueve con la visión de ninguna otra bandera salvo la suya propia. Me despido de ustedes y les recordaré a menudo como ahora les estoy viendo, tanto junto al fuego de invierno en Gadshill como en el verde verano inglés. En palabras de la Peggotty de Copperfield, «Mi vida futura está al otro lado del mar». Dios les bendiga y que Dios bendiga la tierra en la que les dejo -Dickens hizo una pausa con una lágrima en los ojos- para siempre.

Los doscientos periodistas, habiendo dado ya buena cuenta de su menú literario, compuesto por timbales á la Dickens, agneau farci á la Walter Scott y côtelettes á la Fenimore Cooper, se pusieron de pie y le vitorearon. La orquesta del restaurante interpretó el Dios salve a la Reina.

– Me dan ganas de levantar una estatua a su resistencia, mi estimado Dickens -le dijo Fields en voz baja al autor mientras agitaba una mano y le ayudaba a ponerse en marcha.

– No -dijo el jefe en tono sombrío-, no lo haga. Mejor derribe una de las antiguas.

Después de enterarse de su heroico comportamiento en Boston, Dolby felicitó efusivamente a Tom, casi pidiéndole disculpas por haber dudado de él. Le insistió en que buscara a los cómplices de Louisa.

– No los tenía -aseguró Tom.

– ¡Imposible! Esa damita… -respondió Dolby todavía estupefacto con toda aquella situación.

– Señor Dolby, la obsesión de una mujer resuelta puede ser más peligrosa que diez hombres.

La última noche que pasaron en América Dolby le confió a Tom una preocupación aún sin resolver: las amenazas del recaudador de impuestos que le había asaltado en el hotel. Dolby le pidió a Tom que le ayudara a estar al tanto de cualquier problema.

La advertencia del recaudador, fuera o no una fanfarronada, se le había quedado al representante en la cabeza. Tiene que pagar, le había dicho el agente Pennock, o ustedes, cada uno de ustedes incluido su adorado Boz, se verán encerrados como rehenes antes de que su barco se aleje de la costa. ¿Sobreviviría el novelista, con su frágil salud, a un período de reclusión si llegaba el caso? ¿A un lugar sórdido como la prisión por deudas que había visto soportar a su padre en Marshalsea en su juventud?

– Voy a llevar encima la carta del delegado de la Agencia Tributaria todo el tiempo, por si acaso -dijo Dolby.

– No creo que deba haber ningún problema -respondió Tom.

– Espero que no -dijo Dolby-. Pero parece que hay muchos americanos que prefieren no reconocer la autoridad.

Sólo cuando subieron a bordo del Russia a la mañana siguiente sin ningún incidente, Dolby sonrió por fin por primera vez en lo que parecían haber sido semanas. Los mozos cargaron en el barco no sólo el equipaje, sino los múltiples retratos, ramos de flores, libros, puros y vinos de regalo.

Mientras el barco estaba todavía anclado en el puerto recibiendo a los pasajeros, se sentaron a almorzar un poco de sopa caliente en el salón de a bordo. Pero antes de que hubieran probado el primer bocado, escucharon un alboroto en cubierta. Dolby observó que varios pasajeros señalaban a una lancha de la policía que se dirigía hacia ellos.

Mientras se abría camino escaleras abajo para investigar, Dolby se dio de bruces con dos hombres con trajes oscuros y gorras de piel de foca a bordo, a pesar de que la lancha de la policía todavía no les había alcanzado. Ambos desabotonaron sus chaquetas y mostraron unas placas de latón brillante del Ministerio de Hacienda. Dolby, conteniendo la respiración, sacó la carta de protección del delegado de la Agencia Tributaria.

El agente que le había visitado con anterioridad, Simon Pennock, surgió para hacerse con la carta y leerla. Levantó la mirada lentamente y la clavó en los ojos de Dolby. Luego rompió la carta y pisoteó los fragmentos en el suelo con la punta de su bota.

– Esto es lo que pienso de la carta.

– ¡Señor! -exclamó Dolby-. Ésa es la palabra oficial del jefe de su departamento. ¡Su superior! Él me ha asegurado que ni el señor Dickens ni yo estamos sujetos a impuestos en este país.

Pennock sonrió con una perversa mueca desdeñosa.

– Permítame que aclare la situación para que lo comprendan sus anquilosados cerebros británicos. No nos importa un puñetero bledo la opinión del jefe de nuestro departamento, como usted le llama. Con el presidente bajo la amenaza de la moción de censura, no hay gobierno ni departamento. No hay más que justicia e injusticia y nosotros nos presentamos ante usted como jueces.

– ¡El señor Dickens sería la última persona del mundo en eludir lo que se le exige si fuera justo! -Dolby decidió probar una última técnica-. ¿Es la sangre irlandesa lo que le hace odiar al señor Dickens, señor Pennock?

– No hay ni una sola gota de ella en este cuerpo, señor -dijo el recaudador.

– Entonces ¿por qué nos acosa de esta manera? ¿Es la vil codicia lo que le ha trastornado hasta este punto?

– ¿Quiere usted codicia? -preguntó Pennock-. No mire más allá de su jefe, señor. Que viene aquí en busca de dinero y deificación y no quiere dar nada, ni siquiera amistad, a cambio. ¡Tal vez el señor Dickens debería haber tenido más cuidado a la hora de ser cortés con los ciudadanos de este país!

– ¿Cortés? Ese hombre ha agotado sus energías, se ha puesto enfermo p-p-p… -Dolby luchaba con las palabras-, por aportar alegría a los americanos. ¿Q-q-qué quiere decir con eso?

– ¡Pare su lengua si es demasiado servil para hablar, Dolby! Mi querido hermano es un respetado caballero de Boston, uno de los venerables concejales de la ciudad. Lleva veinte años leyendo todos los libros del señor Dickens. Sin embargo, cuando dejó su tarjeta en el hotel Parker House con una carta de presentación tras la llegada del señor Dickens, la respuesta que obtuvo fue una nota en la que declinaba (ni siquiera de su puño y letra, qué va, no tenía tiempo para eso), porque su sultán estaba demasiado ocupado descansando. ¡Yo no llamaría cortesía a eso! ¡Yo lo llamo insulto! ¡Que su Boz beba ahora los amargos posos de la copa que sirve a los demás! -con esto, conminó a sus hombres a subir las escaleras.

– ¡Alto! -dijo a los dos hombres Tom, que entraba por arriba-. Expongan sus intenciones.

– ¡Posiblemente nada que a ti te importe, irlandés! -dijo el que tenía más aspecto de matón.

– Quieren arrestarnos al señor Dickens y a mí -le informó un tembloroso Dolby a Tom.

Tom, sin dudarlo, se plantó delante de Dolby y se dirigió a los hombres de Hacienda.

– Llévenme a mí en su lugar y dejen que ellos se vayan. Yo me quedaré aquí hasta que se aclaren las cosas.

El agente con pinta de matón empujó con fuerza a Tom en el pecho haciéndole perder el equilibrio. Agarrándose a la barandilla en el último momento, evitó partirse el cráneo.

Pennock sacó una pistola del bolsillo.

– Nos vamos a ocupar de Dolby primero y de Dickens después.

No había escapatoria posible; aquellos agentes sin escrúpulos iban en serio. De repente se escucharon detrás de Dolby los pasos sonoros de unas botas pesadas. Cuatro detectives de la lancha de policía, que acababa de llegar, aparecieron con las chaquetas también desabrochadas para exhibir sus placas. Rodearon a Dolby y exigieron saber qué querían los cobradores de impuestos.

– ¡Hola! Somos del Ministerio de Hacienda -respondió uno de los inspectores.

– ¿Ministerio de Hacienda? Demasiado tarde. La policía de Nueva York está aquí y nosotros les detenemos a los dos por lo que deben a la ciudad de Nueva York -dos de los detectives agarraron a Dolby del brazo. Otro retuvo a Tom Branagan. Mientras se formaba un griterío confuso por cuál de las detenciones tenía prioridad sobre la otra, sonó por encima de las voces la campana que avisaba a aquellos que debían regresar a la orilla que abordaran el ferry.

– Tenemos la lancha de la policía a un lado del barco -dijo uno de los detectives-. Puesto que, según parece, subieron a bordo en el muelle, yo de ustedes desembarcaría con los demás antes de que no tengan quien los lleve a tierra; a no ser, amigos, que quieran conocer Liverpool a fondo.

Pennock y sus frustrados agentes se rindieron y, tras regresar a toda prisa a la cubierta, abordaron el último ferry que se llevaba a los visitantes y criados de los pasajeros. Cuando se fueron, los detectives hablaron entre ellos:

– ¿Les ponemos los grilletes ahora mismo o en la lancha?

– Primero vamos a acorralar a Dickens para que no escape.

– Entonces, prepara la porra.

– ¡Imaginad! ¡El partido que le habrían sacado los chicos de la prensa si ven al Inimitable Dickens encadenado!

De repente, los cuatro hombres rompieron a reír. Dolby, sorprendido por este cambio de actitud, se quedó mirándoles asombrado.

Uno de los detectives se quitó la gorra y sonrió.

– Lo sentimos mucho, señor. Nuestro jefe de policía es un gran admirador de su señor Dickens. Cuando se enteró del plan del recaudador de impuestos, nos envió para que les espantáramos. Ahora será mejor que regresemos a nuestra lancha y les dejemos que continúen su viaje. Pero ¿tal vez el querido Boz sea tan amable de proporcionarnos un par de autógrafos para nuestro jefe?

Dolby y Tom se miraron sin salir de su asombro. Antes de que volvieran a la lancha policial, los agentes llevaban los brazos cargados de autógrafos. Los cañones de un remolcador cercano dispararon una salva de despedida. Después de interminables vítores y adioses desde el ferry y desde la orilla, Dickens, de pie junto a la barandilla, puso su sombrero en la empuñadura del bastón y, levantándolo por el aire, saludó a la multitud.

Tom permaneció muy cerca de él en la cubierta, por si acaso le fallaba el equilibrio. Desde su privilegiado punto de vista, pudo ver que a Dickens se le llenaban los ojos de lágrimas.

– Puede que vuelva usted a América alguna vez, Jefe -sugirió Tom.

– Probablemente -convino Dickens-. No obstante, tal vez ya haya dejado demasiado de mí en esta tierra.

QUINTA ENTREGA

27

Londres, Inglaterra, 16 de julio de 1870

Los cinco días posteriores al ataque que Osgood había sufrido en el fumadero de opio, Rebecca cuidó de su patrono en el Falstaff Inn, donde estuvo dormido casi todo el tiempo. El médico rural de Rochester le hacía frecuentes visitas. Datchery también había ido a verle, con aire preocupado y lloroso ante el estado de Osgood. En los momentos en que intentaba andar, el editor trataba de respirar, pero la tos le vencía.

– No escupe sangre al toser -hizo notar el doctor Steele a Rebecca un día después del ataque-. Lo más probable es que las fracturas estén en la superficie de las costillas y los pulmones no hayan sufrido daños. No soy partidario de aplicar purgantes o sanguijuelas en estos casos si no hay inflamación.

– Gracias a Dios -dijo Rebecca.

– Hay que lavarle con agua fría con regularidad. Usted parece haber tenido alguna experiencia previa como enfermera, señorita.

– ¿Se recuperará del todo, doctor? -preguntó Rebecca con interés.

– El cloroformo y el brandy deberían limpiarle el cuerpo, eso se lo aseguro, señorita. Si tiene suerte.

Osgood seguía sin ser capaz de describir lo que había ocurrido en el fumadero de opio aquella madrugada que había acabado con dos de los adictos muertos y mutilados, ni siquiera cuando tenía la cabeza más clara. Rebecca estaba sentada al escritorio redactando una carta a Fields para ponerle al tanto de las últimas novedades y Datchery medio dormido en el sillón cuando Osgood despertó otra vez.

– ¡Era Herman! -gimió Osgood igual que había hecho cuando le encontró el cazador de las cloacas. Tenía las costillas envueltas en un ancho vendaje que le daba dos vueltas al cuerpo, constriñendo sus movimientos y respiración. Los mordiscos de las ratas de la cloaca se le habían inflamado por toda la cara y el cuello, formando gigantescos habones enrojecidos.

– ¿Está totalmente seguro de que era él, señor Osgood? -preguntó Rebecca acercándose a un lado de su cama.

Osgood se asió la frente con las dos manos.

– No, no estoy nada seguro, señorita Sand. ¡Después de todo, sabemos que no puede haber sobrevivido al océano! ¿Y quién le habría impedido hacerme algo peor si estaba allí para acabar conmigo? Debió de ser una visión provocada por el opio, como las serpientes y las voces. Había caído bajo su influjo.

– Averiguaremos lo que ha ocurrido, ¡eso se lo prometo! -exclamó Datchery-. Querido Ripley, querida señorita Sand, ¡se lo prometo a los dos sin sombra de duda! -tomó una de las manos de Osgood e intentó hacer lo mismo con Rebecca, pero ella se retiró desconfiada-. Dicen que te vas a poner fuerte como un toro en breve, viejo amigo. ¡Sólo dime que vas a vivir un día más y me pondré a dar brincos de alegría!

A pesar de que seguía teniendo la cabeza vendada, las lesiones de Datchery habían sido mucho más superficiales que las de Osgood. No había visto nada de lo que había ocurrido después de que le atacaran, y antes de que le dejaran sin conocimiento no se había percatado de la presencia de Herman. Como a Osgood, alguien le había arrastrado inconsciente hasta la calle. Rebecca no quería tener nada que ver con el hombre que era, responsable de haber llevado a Osgood a un lugar tan despreciable, y eso ya había provocado antes varias discusiones que se habían convertido en penosos recuerdos.

Datchery dijo:

– Señorita Rebecca, quiero ayudarles. Y usted sabe que puedo hacerlo. Permita que esa idea madure en su cabeza.

– Creo que ya nos ha ayudado suficiente -dijo ella-. Y si tiene usted la amabilidad, puede referirse a mi patrono como señor Osgood.

Datchery se mordió el labio con frustración. Luego se volvió hacia el paciente que yacía en la cama y de nuevo a Rebecca.

– Quizá deba decir algunas cosas que pueden ayudar a que usted confíe en mí, como tan rápidamente ha aprendido a hacer su patrono.

– Ah, el señor Datchery, ¿verdad? -era el doctor Steele que entraba en la habitación-. ¿Puedo hablar con usted en privado?

Datchery contempló el pálido rostro de Osgood sobre las sábanas, asintió y salió de la habitación. Para gran alivio de Rebecca, el visitante no regresó en toda la tarde.

La siguiente vez que despertó Osgood preguntó por el traje de chaqueta que llevaba la noche de la agresión y que ahora estaba colgado en el armario. Rebuscó en los bolsillos y extrajo el panfleto verde que había recuperado del mugriento suelo.

– ¡Edwin Drood! Mire.

Allí estaba. La portada era un mosaico de escenas ilustradas de la novela de Dickens. El panfleto era en realidad la quinta entrega publicada de El misterio de Edwin Drood. El doctor Steele, que volvía en ese momento para hacerle otra revisión, se acercó a la cama al ver que Osgood se había movido. Aquel doctor, un hombre enjuto y concienzudo, se había convertido en un tirano de los cuidados con Osgood. Ordenó que la luz sólo entrara por la ventana filtrada por las contraventanas y a breves intervalos.

– Le he pedido al señor Datchery que deje en paz al señor Osgood -le explicó el médico a Rebecca-. Parece que no hace otra cosa que alterarle, se lo aseguro.

– Eso creo yo -dijo Rebecca con firmeza.

Luego, el médico desaconsejó a Osgood la lectura del panfleto, que, al parecer, también le alteraba. Rebecca consintió en retirarle el cuadernillo al paciente, pero se quedó reflexionando sobre la extraña coincidencia que suponía la presencia de ese objeto en aquel lugar. ¿Las desventuras de Osgood en los bajos fondos se habían debido realmente a los peligros habituales de la zona o tenían alguna conexión con la misión que les había llevado a Inglaterra? Abrió el folleto y observó que las páginas parecían haber sido leídas, quizá muchas veces. Guardó la entrega en un cajón.

– No lo entiendo -suspiró Osgood mientras el médico le retiraba la ropa y colocaba nuevas vendas-. No entiendo cómo pueden haber tenido un efecto semejante en mí los opiáceos que respiré.

– Ah, tiene usted mucha razón -dijo el doctor Steele de manera concluyente-. Por sí solos, los vapores no pueden hacer tanto daño. Espero que la dama presente no se sienta excesivamente violenta -dijo con cautela, y esperó a que ella se diera la vuelta. Cuando vio que no lo hacía, levantó la manga de franela de Osgood y reveló lo que había encontrado en su reconocimiento.

– No comprendo -protestó Rebecca.

– Mire ahí -dijo el doctor Steele-. Una sola marca de pinchazo en el brazo del señor Osgood… de una aguja hipodérmica. ¿Lo ve?

El médico continuó hablando con un interés distante.

– Alguien introdujo en su organismo una dosis masiva del narcótico, señor. Ésa es la razón de que haya necesitado tanto tiempo para expulsarla de su cuerpo.

Rebecca notó que estaba temblando. Osgood se sentó erguido en la cama. Ambos se sorprendieron mutuamente en un momento de conmoción sin reservas. Habían viajado al otro extremo del mundo en parte intentando dejar atrás la tragedia de Daniel y ahora se encontraban con la misma inyección venenosa marcada en la piel de Osgood como la había sufrido Daniel. Todo parecía converger en una única línea de acción siniestra, aunque por qué y dónde había comenzado todo aquello era en aquel momento más misterioso que nunca.

Rebecca sabía que si el doctor Steele consideraba que cualquier conversación era demasiado inquietante para el paciente, intervendría para detenerla. Así que esperó, aparentando con toda su habilidad que la marca del pinchazo era la visión menos interesante que había presenciado en su vida. El médico no tardó en pasar a la habitación contigua para dar instrucciones muy prolijas a un recadero a fin de que obtuviera más ampollas de medicina en la farmacia del pueblo.

– Señor Osgood, ¿es lo mismo que vio usted en… en el cuerpo de Daniel? -preguntó Rebecca hablando en el susurro más tranquilo que logró producir para que el médico no les escuchara desde el otro lado de la puerta-. No debe ocultarme nada. Lo es, ¿verdad?

– Sí -susurró Osgood a su vez.

– ¿Qué puede significar?

– Nos hemos enfrentado al mismo adversario que la mañana en que murió Daniel.

– Pero ¿quién?

– No lo sé -luego Osgood susurró medio desconsolado y medio triunfante-: No fue Daniel quien se inyectó el opio a sí mismo. Ahora lo sabemos con certeza. ¡Fue envenenado, señorita Sand, exactamente igual que lo he sido yo!

– ¿Cree usted eso?

– ¡Tiene que ser así! ¡Ni siquiera el propio Dickens sería capaz de atribuir este descubrimiento a la coincidencia! Esto cambia las cosas por completo. Debemos buscar una visión más clara de todo el asunto: de Daniel, de los fumadores de opio, de Drood. Señorita Sand -añadió con una inesperada urgencia-. ¡Señorita Sand, traiga papel!

Rebecca le llevó papel timbrado del hotel, un lápiz de plomo y un libro en el que apoyarse.

Osgood escribió en el papel, tachando las palabras y volviendo a intentarlo hasta que llegó a una conclusión:

Es Dios.

Esdios.

Esdeos. Es de Osgood.

Daniel Sand no profirió una expresión de paz religiosa, pero, a pesar de ello, sus palabras tenían un hermoso significado.

– Mire -dijo-, Bendall estaba equivocado, Daniel no exclamó una última palabra antes de morir. Daniel no quería que me enfadara, ni siquiera en su último aliento. No falló a la empresa en absoluto.

Cuando el doctor Steele regresó a terminar el examen médico, la oscuridad de la habitación ocultó las lágrimas ardientes que anegaban los ojos de Rebecca.

La cálida madrugada de la agresión no había sido sólo la integridad física de Osgood lo que había estado en peligro, sino también su situación legal. Cuando recuperó parcialmente la consciencia por primera vez se encontró a sí mismo arrastrado a lo largo de los túneles del alcantarillado por dos hurgadores, los cazadores de las cloacas, que le llevaron a una comisaría de policía. Allí no pudo explicar a los agentes cómo había llegado hasta el alcantarillado.

Mas aún, el aspecto de Osgood en aquel momento, su ropa mojada y astrosa, su habla y sus sentidos embotados y el olor acre del humo de narcóticos y la inmundicia, le convertían en blanco de los reproches de los agentes como si fuera un molesto hurgador más. Cuando contó lo que había pasado, enviaron a otros agentes a las sórdidas dependencias que les describió, donde encontraron los cadáveres de un marinero láscar y un bengalí conocido como Booboo por los residentes de la zona.

– Esto no es bueno para nosotros -le dijo el sargento de guardia a Osgood-. Y tampoco para usted, señor. Su historia no está nada clara.

– ¡Porque no sé lo que me pasó, señor! -protestó Osgood.

– Entonces ¿quién va a saberlo? -inquirió el sargento.

Sólo la aparición de un respetado hombre de negocios, Marcus Wakefield, le salvó de ser acusado de afrenta pública. El señor Wakefield había sido advertido de la existencia de un americano desconocido que habían llevado a la comisaría porque habían hallado su tarjeta de visita en el traje que llevaba Osgood cuando le encontraron.

– ¿Conoce usted a este pobre desgraciado, señor? -le preguntó el sargento con escepticismo-. O tal vez robó su tarjeta de sus pertenencias.

Osgood estaba echado en un banco debatiéndose entre el dolor y el delirio.

Wakefield golpeó la mesa con un puño.

– ¡Esto es un escándalo! Tienen que soltarle de inmediato, caballeros. He cruzado el océano con él. Su nombre es Osgood. James Osgood. No es nada parecido a un vagabundo, sino un respetado editor de Boston que ocupaba un camarote en primera clase del navío. Han detenido ustedes a un caballero. Tenía entendido que se alojaba en un lugar cercano a Rochester por motivos de negocios.

El sargento miró a Osgood de arriba abajo.

– ¡Nunca he conocido a un editor que se vistiera así y que, si se me permite decirlo, apestara como éste, señor! Tendremos que escribir un informe.

– Escriba su informe y déjenle en libertad.

Wakefield utilizó su influencia para aligerar la puesta en libertad de Osgood y después envió un mensaje a Rebecca para que fuera a buscarles a la estación de Higham, donde Wakefield la esperaba con Osgood con el fin de trasladar al doliente al Falstaff Inn para su restablecimiento. Cuando se encontraron en la estación, Wakefield solicitó hablar con Rebecca a solas.

– ¿Podemos dar un paseo juntos, querida? -preguntó Wakefield.

Rebecca le ofreció un brazo a su visitante mientras atravesaban la estación.

– Querida mía, les acompañaría hasta el Falstaff, pero me temo que tengo que regresar a Londres de inmediato a atender mis negocios -dijo en tono de disculpa.

– Ha sido usted muy amable al traerle hasta Kent, señor Wakefield -respondió ella.

Él se encogió de hombros.

– Le confieso que, a pesar de que estoy terriblemente alarmado por el sorprendente estado en que he hallado al señor Osgood y por estas circunstancias, me regocijo en el placer de estar de nuevo en su compañía. Y usted, ¿se encuentra bien, querida mía?

– Tan bien como puedo estar, señor Wakefield -replicó Rebecca cortésmente-. No dejo de pensar que ojalá no hubiera permitido al señor Osgood ir a un lugar como ése con el horrible señor Datchery.

– Mucho me temo que la delicada mujer, por más que deba intentarlo, no puede impedir al sexo menos cauteloso nuestros imprudentes propósitos, señorita Sand -dijo Wakefield con una sonrisa-. Al parecer, el señor Osgood ha descubierto, demasiado tarde para su salud, que en Londres no todo es una fiesta. Muchas veces las mujeres aciertan con su intuición. El señor Osgood me envió una nota donde hablaba de no sé qué figura de escayola que fue a ver en la casa de subastas Christie's y que sospechaba que había desaparecido. Le pregunté sobre ella a uno de mis socios; según me dijo, la figura que interesaba a su patrono se le cayó a una empleada de la casa de subastas en un descuido y, avergonzados, no quisieron que se supiera. Espero que usted le insista en que abandone estas absurdas actividades en lugares tan sórdidos, sean éstas las que hayan sido.

Rebecca sacudió la cabeza.

– No sé si habrá nadie en el mundo que ahora pueda hacerle cambiar de idea. Tal vez ni siquiera el señor Fields.

Wakefield suspiró preocupado, pero con un toque de admiración.

– Es un hombre de recursos, eso es evidente, y confieso que es como si me mirara en un espejo. ¡No sabía que ser editor llevaba consigo semejante espíritu de aventura! Le sugiero que le mantenga bajo vigilancia estricta a partir de ahora, señorita Sand. Tengo amigos por toda la ciudad. Mande a buscarme si surge la menor complicación. Como hombre de negocios, me temo que sé demasiado bien que cualquiera que sea la llama de ambición que arde en el corazón del señor Osgood, no se extinguirá a menos que alcance su objetivo.

– Gracias de parte de los dos -dijo ella insegura, ya que la entrevista parecía llegar a su fin.

Wakefield tomó la mano de Rebecca y posó los labios lentamente en ella.

– Espero que no le parezca demasiado atrevido, querida mía -dijo-. Es usted verdaderamente un dechado de virtudes, un tipo excepcional de mujer que no se encuentra muy a menudo entre los engreídos pavos reales londinenses. El señor Osgood es muy afortunado por contar con su lealtad.

Invadida por una peculiar sensación de vulnerabilidad y pudor, se encontró incapaz de pronunciar palabra.

– El señor Osgood me dijo que había estado casada -continuó Wakefield en tono amable-. Pero las leyes son diferentes en Inglaterra. Si usted quisiera, no tendría que volver a pensar en eso.

– ¿El señor Osgood le dijo que estaba divorciada? -preguntó Rebecca sorprendida.

– Sí, cuando estábamos a bordo del Samaria -dijo. Al observar la confusión de la mujer, añadió-: Su intención no era otra que protegerla a usted, señorita Sand. Creo que advirtió mi inmediato y sincero afecto por usted y quiso prevenir cualquier equívoco. ¿Mi interés por su vida es tan sorprendente, querida amiga, como parece reflejar la expresión de su rostro?

Los cascabeles del carruaje que se disponía a trasladar al paciente a Falstaff repicaron.

– Tengo que ir a ayudarle, señor Wakefield -dijo Rebecca.

El editor despertaba cada día con un poco más de energía física y una inquietud mental más pronunciada. Las fracturas de las costillas, aunque le seguían doliendo, mejoraban poco a poco. El doctor Steele le había dado a Osgood instrucciones precisas para que no se quitara los vendajes del torso y limitara la respiración profunda y cualquier esfuerzo, a riesgo de causarse graves lesiones permanentes en los pulmones. Una mañana, mientras recogía el desayuno de Osgood, el dueño del hostal colocó un jarrón de flores frescas en un aguamanil.

– Es muy amable por su parte, señor Falstaff -dijo Rebecca, que estaba sentada al lado de Osgood y le refrescaba la frente.

– Mis sinceras disculpas si perturbo con asuntos triviales la salud del paciente -dijo el hospedero con aire vacilante-. Me temo que necesito su firma en algunos papeles, señor Osgood, para prolongar su estancia más allá de lo establecido en nuestro acuerdo original, dadas las circunstancias.

– Por supuesto -dijo Osgood.

Al comprobar la factura de recargos que había dejado sobre la almohada, Osgood se detuvo de golpe. Sobre el membrete del impreso constaba el nombre auténtico de Sir John Falstaff: William Stocker Trood. Trood; Osgood repitió el nombre sin emitir sonido.

– ¿Hay algún problema, mi estimado señor Osgood? -preguntó el propietario.

– Me estaba fijando en el parecido de su apellido con el del título de la última obra del señor Dickens.

– ¡Ah, pobre señor Dickens! ¡No puedo ni explicar lo mucho que le echamos de menos por aquí! Tengo que confesarle, señor Osgood, que esto es… -el hostelero se detuvo en este punto y tiró de su viejo chaleco deforme y su chalina-. Quiero decir, estos ropajes y mi intento de parecerme al corpulento caballero. Todo es por su causa.

– ¿De Dickens?

Él asintió.

– Durante años y años la gente venía a Rochester desde todas partes del mundo para echar un vistazo a la casa del señor Dickens y ¡puede que también al hombre en cuestión! Los americanos venían aquí y dejaban su tarjeta de visita con la esperanza de que les invitaran a Gadshill, surtiéndose de pan y vino en nuestro hogar mientras lo hacían. En otras ocasiones, la familia Dickens tenía demasiados invitados y utilizaban nuestras instalaciones para contar con un alojamiento adicional. La situación de nuestro modesto negocio ha supuesto que podamos cargar unas tarifas decentes por nuestras camas y comidas. Ahora que ha desaparecido y que la familia se va, bueno, voy a tener que inventarme otros modos de atraer a los viajeros. Como dice mi hermana, ¡que Dios nos proteja si tenemos que fundar nuestros humildes ingresos en mi imitación de Falstaff «Lo más importante del valor es la discreción y esa parte me ha salvado la vida.» He procurado memorizar algunas frases, pero se dará cuenta de que en mí no hay nada de teatral.

Tras terminar con sus asuntos, el dueño del Falstaff Inn hizo una reverencia y salió de la habitación.

– ¿Señor Osgood? ¿Qué tiene? ¿Qué le ocurre? -preguntó Rebecca al ver que el color abandonaba su rostro de repente.

– Su hijo, su hijo murió… -murmuró Osgood antes de que su voz se apagara.

– ¿Qué? -preguntó Rebecca confusa y preocupada por el estado mental del hombre-. ¿El hijo de quién?

Destellos de las conexiones entre aquella pequeña ciudad de Rochester y los libros de Dickens desfilaban por la cabeza de Osgood. Dickens había tomado nombres, personajes y situaciones de la vida diaria que se veía desde la ventana de su estudio. Las novelas de Rudge y Dorrit contenían indicios de las vidas que transcurrían en los caminos de Rochester, ¿y la vida de Edwin Drood? Osgood habló más para sí que para Rebecca.

– Se puso triste al ver la amapola de opio en la mesa de abajo y dijo que el opio había sido el causante de la muerte de su hijo… Pero nunca pensé que…

De repente, el editor saltó de la cama, con las rodillas tambaleantes al esforzarse sus piernas por mantener el equilibrio. Con un brazo rodeando su torso, luchó por arrastrar su maltrecho cuerpo hasta el pasillo.

– ¡Señor Trood! ¡Su hijo!

El rostro del hostelero se volvió de un blanco níveo, esfumado de nuevo su autodesignado personaje de alegre anfitrión.

– Tal vez ya hayamos hablado suficiente por hoy -dijo ásperamente. Notó que Osgood esperaba algo más. Deslizó la mirada escaleras arriba y abajo-. No puedo hablar de eso aquí. ¿Se encuentra usted lo bastante bien como para venir a la ciudad, señor Osgood? Si camina conmigo, prometo contarle una historia.

Osgood insistió:

– Su hijo, señor, ¿cómo se llamaba su hijo?

El hostelero aspiró una gran bocanada de aire para recuperar la voz.

– Se llamaba Edward. Edward Trood -dijo-. Tendría más o menos su edad, de no haber desaparecido.

28

La última desaparición de Edward Trood antes de su muerte no despertó una gran preocupación porque no era la primera vez.

Edward había tenido una juventud difícil. Siempre fue pequeño para su edad y nació con el pie derecho deforme. Los otros chicos del pueblo lo atormentaban sin ninguna piedad. Luego empezaron los robos. Al principio eran pequeñas cantidades, algo de comida de los armarios, prendas de ropa. En parte, según pudieron deducir sus padres, eran regalos para los compañeros bajo amenazas de un castigo violento. Pero de vez en cuando descubrían un objeto desaparecido (un candelabro de la familia, por ejemplo) enterrado en el jardín, como si en la febril imaginación del muchacho inválido fuera a germinar y crecer.

Era todavía peor que aquello. Peor porque el muchacho era por todas las señales externas un buen chico. En presencia de extraños, incluso la mayoría de las veces en presencia de la familia, Eddie era educado, acostumbrado a mostrar buenos modales y un aspecto decoroso. Era realmente cordial y amistoso cuando estaba de buenas.

Cuando William y su mujer le pedían consejo sobre su hijo al clérigo de la ciudad, siempre se encontraban con una carcajada como respuesta. ¿Eddie? ¿Qué problemas podía darles el pequeño, complaciente, educado y correcto Eddie Trood? Los padres intentaron obligarse a adoptar esa misma actitud. ¿Nuestro Eddie? Travesuras de chiquillos, eso era todo lo que le pasaba. Había largos períodos de calma en los que Edward, un buen estudiante según sus profesores (algunos decían que excepcional), se portaba bien en casa y en la escuela y conseguía evitar meterse en líos con sus torturadores.

Pero luego volvió a robar, esta vez en el pequeño hotel donde William y su mujer trabajaban ocupándose de la cocina y el mantenimiento. Edward forzó el cajón cerrado del viejo dueño y se llevó una bolsa que contenía varias libras. ¡Y el verdadero horror fue que cometió el robo ante los ojos de su madre! Pasó a su lado como si no la distinguiera de una criada.

Aquella noche Eddie volvió a presentarse en casa con una actitud huraña, pero sin remordimientos.

– A mi pobre esposa apenas le salían las palabras -contó William Trood hablando en un suspiro grave y débil como el de un moribundo obligado a repetir la historia. Osgood y Rebecca estaban sentados a su lado en un banco de la vacía pero sublime catedral de Rochester, llena de una luz y de una atmósfera antigua, donde el hostelero había insistido en ir a hablar. Se había negado a decir una sola palabra más en el Falstaff, como si allí hubiera demasiados fantasmas escuchando. En la catedral se podía contar la historia bajo la protección de Dios.

»Yo le dije: "Edward, hijo mío. Eddie. No habrás hecho lo que tu madre cree que has hecho; tú no lo harías, ¿verdad?". Y él me miró de frente, me miró a los ojos, señor Osgood, así…

Pasó otro minuto antes de que Trood pudiera seguir la línea de sus pensamientos, para contar que Edward admitió haber cometido aquella acción.

– No vi nada malo en ello -añadió Edward. Acto seguido los ojos del chico se humedecieron y cayó al suelo llorando y pataleando. Las lágrimas paralizaron a William por un momento.

Pero William Trood sabía que no tenía elección. Desterró al muchacho de quince años de su casa y de su familia.

Las depresiones debilitaron por completo a la mujer de William y no tardaron en conducirla a la tumba. Llevaba años enferma, pero William culpó del desenlace final a la perniciosa influencia de su hijo. La hermana soltera de William, Elizabeth, se mudó a la casa para ayudarle a llevar el Falstaff. Al enterarse de las andanzas de su sobrino, lo primero que dijo Elizabeth fue: «¡Como Nathan!».

Eso fue lo último que dijo del asunto. Elizabeth prohibió que se mencionara a Nathan Trood bajo el techo del Falstaff Inn.

Nathan Trood era el hermano mayor de William. Durante sus años de juventud, Nathan había hecho gala de todos los desmanes de su futuro sobrino Eddie, sin ninguno de sus aspectos tristes y compasivos, sin la excusa de ser un lisiado. Huraño, perezoso, burlón, desagradable, así era Nathan Trood desde el momento en que tuvo edad para hablar, y edad para hablar significaba en su caso edad para mentir. El padre de William, que había llevado a su familia de Escocia a Kent, solía decir que Nathan no era más que una sombra desagradable de un chico de verdad, una criatura desabrida con la nariz roja encendida de llorar demasiado que no podía parar ni cuando se le daba una dosis de los polvos más fuertes. Edward sólo había visto una vez de niño a su tío Nathan. Nathan, que vivía en Londres desde que huyera de joven, se presentó sin ser invitado en la celebración del sexto cumpleaños de Edward, una sencilla reunión con algunos amigos del pueblo y dos pasteles hechos para la ocasión.

Aquél fue el momento: Nathan mostrando los dientes amarillos y podridos mientras pellizcaba las mejillas al chaval y le revolvía el pelo. En lo más profundo de su alma William culpaba a aquel preciso momento de haber transformado a Eddie para siempre, como si una especie de polvos mágicos mezclados con la muerte hubieran pasado del aliento del hombre al corazón del muchacho. Nathan, que tanto tiempo llevaba desaparecido a todos los efectos, se había transformado en un hombre aún más maligno de lo que había sido de joven. Se decía que frecuentemente visitaba en Londres establecimientos mal iluminados llenos de fumadores de opio llegados de China y otras tierras idólatras. Se codeaba con granujas, prostitutas, contrabandistas, ladrones y pordioseros y entre ellos encontraba sus ingresos y sus formas de placer.

Tras guardar luto por la muerte de su mujer y las traiciones de su hijo, William hizo todo lo que pudo por olvidar al proscrito Edward. Pero ¿cómo olvida un hombre a su único hijo? Es una tarea imposible; sólo intentarlo era ya demasiado doloroso y dejaba a William inmerso en una nube de sentimientos y recriminaciones contra sí mismo. Todo Rochester murmuraba sobre la desaparición del lisiado. William lo sabía. Los habitantes del condado de Kent se transmitían las historias de los fracasos ajenos como se cantan los villancicos de casa en casa en Navidades. Entonces William escuchó algo nuevo entre los murmullos: Edward, después de ser expulsado de su casa, había buscado refugio con Nathan, que había acogido de buen grado a su sobrino errante, a quien llevaba sin ver por lo menos diez años. La venganza que Nathan ansiaba tomarse contra una familia que nunca le había aceptado se había hecho realidad.

Con el tiempo empezó a decirse que había tratado a Edward como si fuera su propio hijo. Le llevaba a conocer a sus amigos y compinches. El sufrimiento físico que le provocaba el pie deforme se veía aliviado por el consumo habitual de opio en el que Nathan le introdujo.

No se puede decir que la relación entre tío y sobrino fuera totalmente armoniosa. Lo cierto es que Edward (William lo supo mucho después, cuando todo había acabado) se portaba en general bastante bien con su tío, renunciando a todas sus tendencias a la rebeldía que había cultivado en Rochester, tal vez porque sabía que las consecuencias con Nathan serían más rigurosas. Pero los instintos generosos de Nathan hacia su sobrino sólo aparecían en ocasiones, siendo reemplazados regularmente por rapapolvos, amenazas e insultos degradantes. Corrían rumores persistentes de que existía una dama de Londres que había enardecido el corazón de Edward y que las perspectivas de felicidad del joven habían provocado la ira de Nathan. Fuera lo que fuese lo que causara el distanciamiento entre ambos, Edward no tardó mucho en desaparecer. Tras múltiples pesquisas por parte de algunos de sus nuevos amigos, se descubrió que había huido al extranjero sin decírselo absolutamente a nadie. Se decía que en el curso de aquellas aventuras, como muchos chicos ingleses de su edad, navegó por Hong Kong y otros puertos exóticos. Cuando, ocho meses después, regresó a Londres, su tío le dio una calurosa bienvenida al hogar.

No obstante, el joven marinero y su tío cayeron en una peligrosa rutina de permanente desidia y consumo de opio. Nathan parecía, por su aspecto demacrado y los cambios de estado de ánimo entre la apatía y los arrebatos violentos, haberse vuelto definitivamente más insatisfecho en el último año. Ni siquiera sus miserables vecinos querían tener nada que ver con él. Entonces, Edward volvió a desaparecer.

– ¿A quién le podría sorprender cuando hacía menos de un año que se había ido voluntariamente para hacerse al mar? -preguntó William-. Más tarde me contaron que nadie de su entorno se preocupó lo más mínimo. Ni siquiera su tío Nathan. Su tío Nathan el que menos.

De hecho, habían empezado a propagarse nuevos chismes (porque éstos también se dan en Londres, sólo que con un tono más cruel que en Rochester). Se decía que Nathan y Edward habían tenido una pelea brutal por un negocio de opio que afectaba a los amigos de Nathan. Los rumores contaban que Nathan había asesinado a Edward, o había pagado a alguien para que lo matara, y que con la ayuda de sus viles secuaces se habían desembarazado del cuerpo del joven donde nunca pudiera ser encontrado. Fuera lo que fuera lo que hubiese pasado en esta ocasión, lo cierto es que Edward nunca volvió a aparecer.

Nathan, cada vez más enfermo, no tardó en fallecer en la miseria y asfixiado por las deudas. Como familiar más cercano, avisaron a William, quien tuvo que ocuparse de la pequeña casa en un sórdido barrio de Londres. Aquella casa era la imagen del desbarajuste; para sorpresa de William, Nathan, que se había deshecho de su familia tanto tiempo atrás, al parecer nunca se había vuelto a deshacer de nada más. Ratas y otras sabandijas dominaban el lugar. Con la esperanza de vender la vieja casa para quitarse un peso de encima, William contrató a un obrero que le ayudara a hacer algunas reparaciones y cambios en la estructura.

Estaban tirando los restos podridos de una pared cuando ocurrió. Un trozo de lienzo se desmoronó desde arriba y el esqueleto entero de un ser humano les cayó encima. El esqueleto, William lo supo en seguida, era el de su hijo Edward Trood. Los rumores estaban en lo cierto.

– Imaginen si pueden, señor Osgood y señorita Sand, ¡que los huesos de tu propio hijo te caigan encima de la cabeza! No existe horror comparable a ése, el último abrazo que le di a mi chico. A pesar de que nos habíamos separado enfurecidos el uno con el otro, confieso que a medida que iban pasando los años había ido imaginando más y más volver a ver a mi hijo Eddie sentado a mi lado junto al fuego. En mi imaginación había querido creer que seguía navegando por el mar… A veces sigo haciéndolo y me rindo a las lágrimas cuando nadie me ve.

Una vez más intentó recobrar el aliento que se le escapaba a chorros.

– Oh, señor Trood -dijo Rebecca compasiva-, tiene todo el derecho a estar afligido. Perdí a mi hermano sin poder despedirme de él y ahora debo decirle adiós todos los días.

Perdiendo toda esperanza de mantener una actitud contenida frente a sus inquilinos, el agradecido hostelero se echó a llorar en el hombro de Rebecca. Cuando se hubo recuperado, llevó a sus huéspedes a la parte de atrás de la catedral.

– ¿Qué dijo la policía cuando encontró sus huesos? -quiso saber Osgood.

Trood se detuvo junto al panteón de su familia en el camposanto que rodeaba la iglesia.

– Señor Osgood, no les llamé. Y tampoco me arrepiento de esa decisión.

– Pero ¿por qué?

El hostelero se sentó en el suelo como un niño, colocando una mano temblorosa sobre la humilde lápida de su mujer y la otra en la de su hijo.

– Había perdido a mi chico. ¿Iba a tener que ver ahora a mi difunto hermano, por mucho que le despreciara, arrastrado por las columnas de los periódicos como su asesino? No habría sido capaz de soportarlo. No habría sido capaz de seguir viviendo con el apellido Trood. Quizá por eso haya preferido convertirme en una sola cosa con mi hostal y la imagen del desafortunado Sir Falstaff. Hay razones por las que los asesinatos no siempre se descubren, y no siempre es una cuestión de astucia. La razón puede ser la fatiga que domina a aquellos que han quedado insensibilizados por dentro. Enterré aquí a Eddie discretamente y le dije a la gente que había tenido un accidente en el mar. El obrero que trabajaba conmigo en la casa de mi hermano juró que mantendría las circunstancias del descubrimiento en secreto, aunque era consciente de hasta qué punto podía confiar en su promesa. Surgieron leyendas y fábulas, algunas contadas con mas contenido de verdad que otras. No quería escuchar aquellas historias, pero tenía que hacerlo. Una decía que Eddie, tal como le he dicho ya, se había encontrado envuelto en una operación de contrabando de opio y le habían asesinado en el transcurso de ella. El horrible final de Eddie a manos de Nathan u otros adictos se convirtió en tema de conversación que los cotillas de Rochester resucitaban una y otra vez.

– ¿Y el señor Dickens? -preguntó impaciente Osgood.

– ¿Qué quiere decir? -le preguntó a su vez el hostelero sin comprender.

– Bueno, su último libro, el que dejó sin terminar… Seguro que cuando usted vio el argumento, aunque la serie haya quedado incompleta… -Osgood no sabía cómo terminar la frase.

– Se refiere al nombre -interrumpió el dueño del Falstaff.

– El misterio de Edwin Drood. Sí, el nombre, el argumento de la historia… ¿no le llamó la atención?

– El señor Dickens era un hombre de genio. En sus novelas con frecuencia empleaba para sus propósitos nombres y anécdotas que había escuchado por ahí. Vaya, en el otro lado de la carretera está la vieja mansión de ladrillo rojo donde «la señorita Havisham» vivía con su patético vestido de novia tal como la imaginó en sus páginas; y en otros sitios se pueden degustar la carne y la cerveza donde Richard Watts hizo otro tanto en la imaginación del señor Dickens. Yo, por mi parte, he estado demasiado ocupado intentando salvar el hostal para leer más que un par de entregas publicadas de su última obra. Había pensado leerlo entero cuando se publicara completo en forma de libro. Es decir, antes de que el genial señor Dickens muriera el mes pasado. Y cuando falleció y el estado de nuestro hostal se vio amenazado por su desaparición, no tenía tiempo que perder. La verdad, tengo muy pocas ganas de conocer historias sensacionalistas sobre la tragedia de mi hijo aparte de la que guardo en mi interior. Tuve su calavera en mis manos, señor Osgood. Estaba rota por arriba. ¡No necesito leer otra historia sobre la muerte de mi chico que la que estaba escrita en sus huesos!

Cuando regresaron al Falstaff Osgood hizo de inmediato los preparativos necesarios para viajar a Londres con Rebecca a fin de continuar las averiguaciones sobre el insólito relato de Edward Trood. Lo hizo con la oposición rotunda del doctor Steele, que Osgood creyó que le iba a poner una camisa de fuerza para impedir su marcha. Steele advirtió a su paciente de que los brotes reumáticos que le habían molestado desde su juventud podrían reproducirse si no esperaba a encontrarse totalmente restablecido. Pero Osgood no estaba dispuesto a dejarse convencer. El editor dejó dicho en el Falstaff que le remitieran toda la correspondencia a su nombre al hotel St. James, Piccadilly, y que si Datchery aparecía preguntando por él, le mandaran allí inmediatamente.

Al sacar algunas de sus pertenencias al pasillo del hostal Osgood se vio plantado delante de un espejo por primera vez que pudiera recordar desde el asalto. Al ver su reflejo se llevó involuntariamente las dos manos a la cara y las bajó por las mejillas hasta el cuello como si quisiera sujetarse la cabeza en su sitio. Parpadeó. ¿Adónde había ido a parar su aspecto juvenil, el aire inocente que siempre había maldecido y apreciado? Su lugar lo ocupaba un semblante de una palidez fantasmagórica, casi demacrado, con una compleja red de arrugas de fatiga, grietas y sombras oscuras alrededor de los ojos. El pelo estaba frágil y lacio. O bien había cruzado un atajo a una prematura máscara de la muerte, o bien había pasado de una dulce adolescencia a una endurecida madurez; no era capaz de decir cuál de las dos cosas. Con todo, había un elemento estimulante en su aspecto. Ya no pasaría inadvertido ni sería intercambiable con otros jóvenes delfines del mundo de los negocios de Boston. Por muy maltrecho que se le viera, aquél era James R. Osgood, no cabía la menor duda de ello.

Sólo entonces se dio cuenta, confirmando sus sospechas al volver a entrar en su habitación, de que el espejo que antes estaba allí había sido retirado. Se preguntó si habría sido el dictatorial doctor Steele o Rebecca, motivado por el control en el caso del primero y por el afecto en el de esta última. Reflexionó durante unos instantes mientras permanecía en el umbral de su cuarto y decidió no preguntárselo a Rebecca.

– ¿Qué hay de su regalo, señor Osgood? -era Rebecca, que sostenía la fuente de pie de cristal rosa de la subasta.

– Tal vez debiéramos dejársela al señor Trood para que se la entregue a la señorita Dickens -respondió Osgood.

– Sería mejor entregársela en persona. Tenemos una hora antes de que salga el próximo tren a Londres.

– A usted no le… -dijo Osgood-. Quiero decir, ¿no pondría usted objeción a que vayamos a ver a la señorita Dickens?

Rebecca negó con la cabeza.

– Creo que es una gran idea, señor Osgood.

Cruzaron la carretera en dirección a Gadshill pero encontraron la casa todavía más desolada de lo que ya estaba. La puerta principal estaba abierta y no había nadie que recibiera a las visitas. Prácticamente todos los objetos habían desaparecido desde la subasta de Christie's. Montones de maletas llenaban el pasillo principal y la biblioteca. Al principio Osgood y Rebecca ni siquiera vieron a Henry Scott, que se encontraba arrebujado en un rincón de la biblioteca emparedado entre dos baúles de ropa, llorando. Su elegante librea blanca estaba recorrida por manchas de lágrimas.

– Oh, señor Scott, ¿se encuentra bien? -preguntó Rebecca arrodillándose a su lado y poniéndole una mano en el hombro.

Henry intentó inútilmente hablar entre los sollozos para comunicarles en sílabas rotas como un salvaje de ultramar que tenían que abandonar Gadshill por la mañana. Al poco rato, una mujer cubierta con un largo velo negro y un vaporoso vestido negro con chaqueta corta ribeteada de volantes y un gran polisón detrás (de luto al estilo de la reina Victoria por su Albert) descendió las escaleras.

– Otros asuntos me han impedido regalarle esto antes, señorita Dickens -le dijo Osgood tendiéndole la fuente.

– Leímos en el Telegraph que se había vendido por siete libras y pico, ¡pero no decía a quién! -exclamó Mamie Dickens asombrada.

– No me parecía oportuno que lo tuviera nadie más que usted.

– ¡Es extraordinariamente amable por parte de ustedes dos! -se levantó el velo y se secó los ojos-. ¡Oh, cómo se reiría mi hermana de mí si me viera llorar por un insignificante jarrón! Mañana me iré de Gadshill, pero esto vendrá conmigo a cualquier parte del mundo donde vaya -dejó la fuente en su antiguo lugar de la chimenea y tomó una mano de Osgood y otra de Rebecca.

– Considero a mi padre dijo con suavidad- en lo más profundo de mi corazón como un hombre diferente al resto de los hombres, como un hombre diferente al resto de los seres humanos. Ojalá nunca me casara y así no tendría que cambiar mi nombre. Para ser siempre una Dickens. ¿Le parece que es demasiado raro, señorita Sand?

– Tiene usted mucha suerte de haber sido querida por un hombre a quien todo el mundo admira.

– Adiós y que Dios les bendiga a ambos -dijo Mamie estrechando las manos de sus visitantes una vez más.

La tía Georgy entró acompañada de una visita inesperada que hizo una fría reverencia a los presentes.

– ¡Doctor Steele! -dijo Osgood-. Me temo que no va a poder convencerme de que me quede en Rochester.

– No he venido aquí por eso -dijo el médico fríamente.

– Espero que no haya nadie enfermo, ¿verdad, tía Georgy? -preguntó Osgood.

– Yo le hacía ya de camino a Londres, señor Osgood -dijo el doctor Steele con tono reprobatorio.

– El doctor Steele ha venido a zanjar nuestras facturas antes de que nos marchemos -dijo la tía Georgy-. Me temo que no he tenido tiempo desde que… desde que el buen doctor hizo todo lo que estaba en su mano para reanimar al pobre Charles -con estas palabras, la gobernanta de la casa echó una mirada hacia el comedor-. Desgraciadamente, todavía no hemos recibido los fondos de la subasta. Le agradezco al doctor Steele su paciencia.

– A su servicio -dijo el médico inclinándose, aunque no exactamente sugiriendo paciencia.

– ¿Trató usted al señor Dickens después de que se desplomara?

– Puede estar bien seguro de que así lo hice, señor Osgood -dijo el doctor-. Veo que además de desobedecer mis instrucciones hacia su propia salud, ha acrecentado el dolor de la señorita Dickens. Tal vez lo más conveniente sería que ustedes dos abandonaran Gadshill.

Mamie se había sentado en un rincón tranquilo con la fuente para que nadie la viera llorando.

– Doctor Steele, quizá… -empezó a discutir sus órdenes la tía Georgy.

Pero el imperioso galeno le lanzó con ojos de acero una mirada que combinaba la estricta prescripción médica con el reproche de un cobrador de una factura impaga da. Hasta la voz voluntariosa de Georgina Hogarth quedó en silencio.

– Adiós, entonces, señor Osgood -dijo Steele vengándose por la desobediencia del paciente.

– Adiós -respondió Osgood.

– Espere -era Henry, de pie y con los ojos secos-. Hace bastante tiempo que no veo a la señorita Dickens sonreír de esa manera. Si llora es por la alegría de la pequeña muestra de recuerdos que usted y la señorita Sand le han devuelto. Venga, señor Osgood, permítame que le muestre dos cosas antes de que se vaya, si tiene usted un momento -estas palabras del criado estaban dedicadas claramente al doctor Steele, pero se las dijo a Osgood.

Osgood y Rebecca salieron de la estancia detrás de Henry bajo la mirada enfurecida del doctor Steele.

– Desde el 9 de junio se ha permitido a muy poca gente entrar en este lugar -dijo Henry cruzando el umbral del comedor con los ojos cerrados-. Aquí fue donde falleció -se trataba de un sofá de terciopelo verde cuyo respaldo trazaba una estilizada curva.

– ¿Se encontraba usted en esta habitación, señor Scott? -preguntó Osgood.

Henry asintió con un gesto de cabeza.

– Sí, y no me da miedo hablar de ello. El dolor contenido revienta el corazón, como suele decirse -sus ojos se fueron abriendo a medida que describía la escena de la muerte de Dickens-. El Jefe cayó al suelo de la sala cuando fue a sentarse a comer después de trabajar todo el día en El misterio de Edwin Drood. Se enviaron mensajeros a toda prisa al pueblo en busca del doctor Steele mientras yo ayudaba a bajar un sofá de la planta superior al comedor y echaba una mano a la tía Georgy para levantarle. Él balbucía.

– Señor Scott -interrumpió Osgood-. ¿Escuchó usted algo de lo que dijo el señor Dickens en ese momento?

– No. No se le entendía absolutamente nada. Bueno, salvo una palabra que pude oír.

– ¿Cuál fue? -preguntó Osgood.

– Un nombre. Forster. El pobre Jefe llamaba a John Forster para que estuviera a su lado. Ése debió de ser el momento de mayor orgullo del señor Forster. Estoy seguro de que habría sido el mío de haber sido mi nombre el que pronunciaran sus labios.

Al ver que Dickens estaba cada vez peor, la tía Georgy le pidió a Henry que empezara a calentar ladrillos en el horno.

– Cuando regresé a esta habitación, los siniestros médicos habían cortado la chaqueta y la camisa del jefe. ¡Había que verlo! Para entonces la estancia se había llenado de gente; la señorita Dickens y la señora Collins habían venido corriendo dejando una cena a la que asistían en Londres. Las horas pasaban y él continuaba en un sueño inconsciente. ¡Cuánto deseaba yo que me encargaran que volviera a calentar ladrillos o cualquier otro recado por el estilo! Fui a ver los geranios rojos del invernadero y barrí las baldosas que les rodeaban. Eran los favoritos de Dickens y quería que todo estuviera bien limpio para cuando despertara el Jefe. Desde la ventana abierta se podía ver el invernadero y oler su dulce fragancia.

En medio de todo aquello, hizo su entrada una joven rubia y hermosa rigurosamente tapada, una mujer cuya existencia todos conocían, aun a pesar de que no debían. Pero el señor de la casa tampoco se movió ante la mirada sobrecogida de sus ojos azules. Aquella misma inmovilidad se prolongó toda la noche. Un médico de Londres todavía más sombrío se unió a los otros en el comedor. Pálido y agitado, el médico de Londres diagnosticó una hemorragia cerebral.

– El pobre Jefe nunca volvería a moverse de ese sofá.

Con un gesto apesadumbrado, Henry aseguró que no podía contar nada más.

– Gracias, señor Scott -dijo Osgood-. Sé que debe de ser muy doloroso recordarlo.

– Por el contrario. Es para mí un gran honor haber estado presente.

El tren que les llevaba a Londres no iba a la velocidad que hubieran deseado los dos viajeros. Unas horas después de su llegada a la capital, Datchery había recibido el mensaje del dueño del Falstaff y se reunía con ellos en el hotel de Piccadilly. Osgood no podía acudir a Scotland Yard sin traicionar la confianza de William Trood, pero el excéntrico Datchery, hipnotizado o no, podía investigar sin problemas. Osgood vertió toda la información sobre Edward Trood y sus contactos con los traficantes de opio amigos de su tío.

– ¡Extraordinario! -espetó Datchery paseando su espigado y largo esqueleto de un lado a otro de la habitación. Parecía estar a punto de romper a reír-. Vaya, Ripley, ¡estoy convencido de que ha dado un giro a la investigación!

Osgood chasqueó los dedos.

– Si eso es cierto, ahora todo encaja, mi querido Datchery, ¿no es verdad? Cuando Dickens dijo que iba a ser algo «peculiar y novedoso» se refería a esto: estaba abriendo el caso de un auténtico asesinato sin resolver. Era diferente a cuanto había hecho antes, diferente a lo que había escrito Wilkie Collins o cualquier otro novelista. Piense en cómo empieza uno de los primeros capítulos de Drood.

Osgood había leído las entregas tantas veces que podía recitarlas de memoria, pero sacó la primera entrega de su maletín para mostrársela a Datchery.

– Por motivos que la misma narración irá desvelando por sí misma a medida que avanza -leyó desde la primera frase del capítulo 3-, es necesario dar un nombre ficticio a la ciudad de la vieja catedral. Que figure en estas páginas como Cloisterham.

– ¡Por supuesto! -exclamó Datchery.

– La razón por la que Rochester aparece bajo el nombre de Cloisterham -explicó Osgood- es que estaba a punto de desvelar un crimen real y señalar a un criminal de verdad.

Datchery asintió con vigorosos cabezazos.

– Y cuando se empezó a publicar en serie El misterio de Edwin Drood, todas las miradas estaban posadas en la novela y todos los ojos pertenecientes al mundillo de esos contrabandistas y traficantes de opio podían descubrir en ella la historia del pobre Edward Trood. Piénselo: Nathan Trood ha muerto, pero si tuvo ayuda en el asesinato de su sobrino, alguien temería ser descubierto.

– Sólo que William nunca alertó a la policía. El asesino de Edward habrá vivido tranquilo todos estos años -comentó Osgood.

– Efectivamente. ¡Pero si la novela de Dickens revelaba nuevas pistas, podría llevar a la policía a descubrir hechos del caso real y a los otros asesinos de Edward Trood! -Datchery se interrumpió a sí mismo levantando una mano para pedir silencio. Señaló a la puerta, donde se oía un ligero sonido de roce.

– ¿Señorita Rebecca? -susurró Datchery.

– No, no creo que pueda ser ella… La señorita Sand ha salido a hacer los trámites para solicitar un crédito a nuestro banco de Londres para prolongar nuestra estancia -dijo Osgood en voz baja-. El dinero que trajimos se ha evaporado. Estará fuera por lo menos otra hora más.

Datchery le hizo un ademán a Osgood para que se retirara a un lado y le dijo con gestos que alguien les estaba espiando. Luego agarró un atizador de hierro de la chimenea. Atravesó con paso firme toda la longitud de la bien amueblada habitación y abrió la puerta despacio. Una mano poderosa salió disparada y atrapó a Datchery por la muñeca, retorciéndosela hasta que el atizador cayó al suelo.

– ¡Dios santo! -gritó Datchery trastabillando hacia atrás. Alcanzado por un certero puñetazo en la mandíbula, se tambaleó y cayó.

– ¡Auxilio! ¡Pida auxilio! -gimió Datchery mientras intentaba retirarse a rastras.

– No es necesario, señor Osgood -dijo el agresor.

Osgood se había aproximado al tirador de la campana de servicio, pero, al oír que se dirigía a él por su nombre, se detuvo y observó con asombro al recién llegado.

El joven que se acercaba a él se quitó la capa y el gorro para descubrir la figura de Tom Branagan. ¡Tom Branagan! ¡Un hombre al que Osgood no había visto desde hacía más de dos años (desde el fin de la gira americana de Dickens) ahora irrumpía en su habitación con una violencia injustificable!

Branagan, que ya no se parecía al chaval que era cuando estuvo en América, sino a un hombre de constitución vigorosa, arrancó los cordones de las cortinas y comenzó a atarle las manos a Datchery.

– ¡Señor Branagan! -exclamó Osgood-. ¿Qué está pasando aquí?