/ / Language: Español / Genre:thriller,

Mujeres peligrosas

Otto Penzler

Las mujeres más peligrosas son aquellas que resultan irresistibles. ¿Qué hace peligrosa a una mujer? Su gran belleza, su encanto, su inteligencia, la manera en que se aparta el cabello de los ojos, o el modo de reírse. Puede tener conciencia absoluta de su poder, o desconocerlo por completo. Utilizarlo comoa rma o protegerse detrás de él. La intención y el propósito no aumentan ni disminuyen el poder, y ése es mayor peligro de todos los que son seducidos y sometidos por él.

Otto Penzler, Ed McBain, Michael Connelly, Joyce Carol Oates, Walter Mosley, Laura Lippman, Nelson DeMille, Thomas H. Cook, Andrew Klavan, John Connolly, Lorenzo Carcaterra, J. A. Jance, Ian Rankin, Jay McInerney, S. J. Rozan, Anne Perry, Elmore Leonard, Jeffery Deaver,

Mujeres peligrosas

Traducción de Mirta Rosenberg

Título original: Dangerous women

Para Lisa Michelle Atkinson,

cuya perfección la vuelve peligrosa

Introducción

¿Qué hace peligrosa a una mujer? Existen innumerables opiniones al respecto, dependiendo de la experiencia del hombre o la mujer que responda.

Personalmente, creo que las mujeres más peligrosas son aquellas que resultan irresistibles. Cada uno de nosotros puede tener un punto débil particular, un talón de Aquiles indiscernible para los demás, o podemos compartir puntos sensibles universales que todo el mundo entiende. Puede ser la gran belleza de una mujer, o su encanto, o su inteligencia, aquello que conquista nuestros corazones. Puede ser la manera en que se aparta el cabello de los ojos, o la manera de reírse, o su forma de estornudar.

Puede ser intensamente consciente de su poder, o desconocerlo por completo. Una lo usará como si fuera un arma con filo de acero, otra como manto de seguridad, para ocultarse. La intención y el propósito no aumentan ni disminuyen el poder, y ese es el mayor peligro de todos los que son seducidos y sometidos por él.

El poder es peligroso. Podemos reconocerlo, incluso temerle, pero si deseamos el calor de esa llama, arriesgaremos todo para estar tan cerca de ella como sea posible.

Las mujeres peligrosas han existido siempre. ¿Recuerdan a Dalila? Los escritores siempre han entendido la feroz atracción que ejercen las mujeres peligrosas y la han usado incesantemente como recurso literario. Casi todas las grandes mujeres de la historia, así como las figuras femeninas literarias más significativas, han sido peligrosas. Tal vez no para todo el mundo, pero con frecuencia sí para los que se han enamorado de ellas. Por las mujeres peligrosas, los hombres han matado, traicionado a su patria, a sus seres queridos y a sí mismos, han abdicado de sus tronos y cometido suicidio. A veces, las mujeres peligrosas han sido dignas de esos gestos… dignas de que alguien arriesgara todo y abandonara las cosas más preciadas.

Muchos detectives de la literatura han reparado en las mujeres peligrosas. Sam Spade se enamoró de Brigid O'Shaughnessy, mientras que Philip Marlowe y Lew Archer han sido frecuentemente perseguidos por ellas, y a veces se dejaron atrapar.

Sherlock Holmes, aunque se permitió enamorarse de Irene Adler ("la cosa más primorosa que puede encontrarse en este planeta debajo de un sombrero"), sentía una famosa e intensa aversión hacia casi todos los miembros del sexo opuesto. "Nunca se puede confiar del todo en las mujeres… ni siquiera en las mejores", afirma Holmes en El signo de los cuatro. "Le aseguro que la mujer más encantadora que conocí en mi vida fue ahorcada por envenenar a tres niños pequeños, para cobrar el dinero del seguro".

Aunque Archie Goodwin ama a las mujeres, su jefe, Nero Wolfe, habla generalmente como un misógino. "Se puede confiar en las mujeres para cualquier cosa, salvo en su constancia", dice. Y más aún, cuando se lo encuentra particularmente de mal humor, declara: "Las vocaciones a las que mejor se adaptan son la argucia, el enredo, la autopromoción, la zalamería, la hipocresía y la procreación".

Y ni Holmes ni Wolfe se topan con mujeres peligrosas en estas páginas. Esas mujeres los habrían consternado y horrorizado. Y también fascinado, tal como presumo que le ocurrirá a usted. Verían frustado su deseo de saber qué se proponían ellas, hacia dónde pretendían ir, qué adorables trucos escondían en la manga.

A partir del duradero éxito de Hammett, Chandler, Mac Donald, Doyle y Rex Stout, resulta claro que esos escritores entendían mucho, incluyendo la capacidad de seducción, de cierta clase de mujeres peligrosas. Los autores incluidos en este volumen han demostrado similares logros al presentar un conjunto de femmes fatales para deleite del lector… y para provocarle un estremecimiento de alivio porque ninguna de ellas forme parte de su vida. Al menos, por su bien, es de esperar que no lo sean.

Lorenzo Carcaterra es autor de seis libros, incluida la polémica novela Sleepers, que se convirtió en el best seller que encabezó la lista del New York Times y también en una película importante protagonizada por Brad Pitt, Robert De Niro, Dustin Hoffman, Kevin Bacon y Minnie Driver. En la actualidad es guionista y productor para la serie La ley y el orden, de NBC.

Después de una exitosa carrera como periodista, Michael Connelly se dedicó a escribir ficción y publicó The Black Echo [El eco negro], donde presentó al detective Hyeronimus Bosch del Departamento de Policía de Los Ángeles, y con el que ganó el premio Edgar Allan Poe de la Sociedad de Escritores de Misterio de los Estados Unidos. Continuó con otras tres novelas de Bosch, Black Ice [Hielo negro], The Concrete Blonde [La rubia de hormigón] y The Last coyote [El último coyote], y después escribió un thriller independiente, The Poet [El poeta]. Por ser uno de los autores más celebrados por el mundo, sus libros se han convertido automáticamente en best sellers en muchos países.

El joven escritor irlandés John Connolly ha trabajado como barman, funcionario local del gobierno, camarero, portero de la tienda departamental Harrods y periodista. El ex policía Charlie Parker fue presentado en 1999 en el libro Every Dead Thing [Todo lo que muere], volumen al que le siguió la saga formada por Dark Hollow [El poder de las tinieblas], The Killing Kind [Perfil asesino] y The White Road [El camino blanco]. La novela más reciente de Connolly, Bad Men, es un thriller independiente. Ningún escritor de hoy combina mejor que él la novela policial con elementos sobrenaturales.

Cuando la Sociedad de Escritores de Misterio de los Estados Unidos distinguió a Thomas H. Cook con el premio Edgar Allan Poe en 1997 por The Chatham School Affair, reconoció con retraso a uno de los mejores escritores del género policial del país. Ya antes había sido nominado para ese premio en otras dos categorías, la de mejor primera novela y la de mejor crimen real, y había ganado el premio Herodoto por mejor cuento histórico del año con su relato "Fatherhood".

Jeffery Deaver trabajaba como periodista cuando decidió cursar leyes para convertirse en escritor legal. En cambio, practicó la abogacía durante varios años y, en sus viajes cotidianos, empezó a escribir narrativa de suspenso con extraordinario éxito. Ha sido nominado para cuatro premios Edgar, y ganó tres veces el premio Ellery Queen de los Lectores por el mejor cuento del año. Sus novelas de Lincoln Rhyme son un número fijo en todas las listas de best sellers; El coleccionista de huesos fue convertido en película, protagonizada por Denzel Washington en el papel del inválido ex oficial forense y por Angelina Jolie encarnando a la joven policía que logra llevar ante la Justicia a un asesino serial.

Pocos escritores venden tantos libros como Nelson DeMille, cuyos exitosos thrillers han vendido más de treinta millones de ejemplares en todo el mundo. Notables por su impecable trama y estilo distinguido, entre sus best sellers se cuentan The Lion's Game [El juego del león], Plum Island [Isla misteriosa], Spencerville [Triángulo mortal], Gold Coast [La costa de oro], Word of Honor [Conjura de silencio] y The General's Daughter [La hija del General], una novela puramente policial que llegó al cine protagonizada por John Travolta y con guión cinematográfico de William Goldman. "Cita" es su primer cuento en veinte años.

J. A. Janee no la pasó nada bien en su camino a convertirse en una autora de best sellers. Le negaron el ingreso a un programa de escritura creativa porque el profesor pensaba que las mujeres debían ser maestras o enfermeras, y el marido, alcohólico, coincidió plenamente con esa opinión. Después de divorciarse, y tras la muerte de su marido a los cuarenta y dos años a causa de una intoxicación alcohólica aguda, la autora se dedicó a escribir entre las cuatro y las siete de la mañana, antes de enviar a sus hijos al colegio. Sus series sobre el detective J. P. Beaumont empezaron modestamente en colecciones económicas, pero ahora figuran con regularidad en las listas de best sellers.

Andrew Klavan, escribiendo con su verdadero nombre y con el seudónimo Keith Peterson, ha ganado dos Edgars, pero por alguna razón no ha llegado a la lista de best sellers a pesar de que ha gozado de gran éxito en Hollywood. Clint Eastwood dirigió y protagonizó True Crime [Crimen verdadero], la historia de un periodista que intenta salvar a un hombre inocente. El elenco del film incluía también a Isaiah Washington, James Woods, Denis Lean' y Lisa Gay Hamilton. Dos años más tarde, Michael Douglas y Famke Janssen protagonizaron otro film basado en una novela de Klavan, Don't Say a Word [No digas ni una palabra].

Considerado con frecuencia como el mejor escritor policial vivo {Newsweek dijo que posiblemente fuera el mejor de todos los tiempos), Elmore Leonard ha producido veinte best sellers consecutivos, incluidos Mr. Paradise, Tishomingo Blues, Pagan Babies [Almas paganas] y el libro de cuentos When the Women Come Out to Dance. En sus obras se han basado numerosos films: Hombre, 3.10 to Yuma, The Moonshine War, Stick, The Big Bounce, Get Shorty [Tómatelo con calma], Out of Sight y Jackie Brown [Cóctel explosivo]. Ha sido distinguido con el título de Gran Maestro por los Escritores de Misterio de los Estados Unidos, con el que se honra la trayectoria de un escritor.

Tres de los primeros cuatro libros de Laura Lippman fueron nominados para el premio Edgar Allan Poe; una proeza inigualada en la historia de los Escritores de Misterio de los Estados Unidos; Charm City lo ganó. La serie de novelas policiales cuya protagonista es Tess Monaghan también ganó los premios Shamus, Agatha y Anthony otorgados por los Escritores Policiales, y las distinciones Malice Domestic y Bouchercon.

Evan Hunter y Ed McBain son dos novelistas de best seller que conviven en el mismo cuerpo. La primera novela adulta de Hunter, The Blackboard Jungle [La Jungla de pitarra], conmocionó a Estados Unidos, al igual que el film, enormemente taquillero, que se hizo a partir de ella. Con su verdadero nombre, McBain ha escrito más de cincuenta novelas, incluidas las icónicas ficciones del

Precinto 87, que esencialmente definieron el procedimiento policial durante medio siglo. Como Hunter, escribió el guión de Los pájaros de Alfred Hitchcock. También ha sido distinguido con el título de Gran Maestro y fue el primer estadounidense a quien se le otorgó la distinción Diamond Dagger por su trayectoria, un reconocimiento concedido por la Asociación Británica de Escritores Policiales.

Si hay un escritor que puede personificar el estilo de la década de 1980, ese es Jay McInerney, quien ascendió instantáneamente al estrellato con su primer libro, Luces de la ciudad. Aunque rara vez se aventuró en el ámbito del policial (dejando de lado el uso y abuso de las drogas), su cuento "Con Doctor" fue seleccionado para el volumen Best American Mystery Stories 1998.

Aunque Bill Clinton no hubiera dicho públicamente que Walter Mosley era su escritor policial favorito, la serie de Easy Rawlins lo mismo hubiera sido exitosa. Empezó con Devil in a Blue Dress [El demonio vestido de azul, obra nominada para el Edgar y luego filmada con actuaciones de Denzel Washington y Jennifer Beals. Como una de las voces más originales del mundo de la ficción policial, Mosley ha ingresado en la lista de best sellers del New York Times con novelas como Black Betty [Betty, la negra] y A Little Yellow Dog [Un perro amarillo]. Es ex presidente de los Escritores de Misterio de los Estados Unidos.

Entre los escritores vivos más distinguidos del mundo, Joyce Carol Oates se cuenta entre los más grandes que no han ganado el premio Nobel, aunque, según los rumores, ha figurado entre los finalistas varias veces. Ha producido una enorme variedad de obras a una velocidad prodigiosa, y es improbable que un escritor estadounidense vivo haya recibido tantos premios y galardones como ella, demasiado numerosos para consignarlos todos aquí, pero que incluyen seis nominaciones al premio nacional (incluyendo una obra ganadora, Them, en 1970) y tres obras finalistas al premio Pulitzer. Entre sus libros más recientes se cuentan Take Me, Take Me With You, Rape: A Love Story y The Tattooed Girl.

Después de haber escrito y sido rechazada durante veinte años, la primera novela de Anne Perry, The Cater Street Hangman [Los crímenes de Cater Street], fue publicada en 1979, veinte años después de haberla escrito y de que hubiera sido rechazada por las editoriales. Desde entonces, ha aparecido un libro de ella cada año, principalmente las aclamadas novelas policiales ambientadas en la época victoriana, que la han hecho figurar en la lista de best sellers. La primera serie estaba protagonizada por el inspector Thomas Pitt y su esposa Charlotte, en tanto que la segunda es una serie bastante más negra, que tiene como protagonista al inspector William Monk. Ganó un Edgar con su cuento "Héroes", protagonizado por el profesor universitario y el capellán Joseph Reavley, ahora publicado en una nueva serie que se inicia con No Graves As Yet [Las tumbas del mañana].

No hay muchos escritores de policiales que figuren en el Libro Guinness de los Records, pero Ian Rankin lo consiguió cuando siete de sus libros figuraron al mismo tiempo en la lista de best sellers del London Times. Ganó tres premios Dagger de la Asociación de Escritores Policiales británica, dos por cuentos y uno por Black and Blue, obra también nominada a un Edgar. Sus novelas del inspector Rebús, serie que se inició con Unos and Crosses en 1987, sirvieron como base de una serie de televisión de la BBC. Es uno de los primeros ganadores del premio Chandler-Fullbright.

Las novelas de S. J. Rozan sobre Lydia Chin y Bill Smith se encuentran entre las más galardonadas de los últimos años, ya que han ganado premios Shamus, Anthony y Edgar; Winter and Night [Invierno y noche] ganó el Edgar a la mejor novela en 2003, sumado a la estatuilla de Poe que la autora recibió por mejor cuento. Lydia es una joven detective china nacida en los Estados Unidos cuyos casos se originan principalmente dentro de la comunidad china, en tanto que Smith es un detective privado más maduro y experimentado, que vive arriba de un bar de Tribeca. Ambos trabajan juntos en tramas cuidadosamente construidas (la autora, después de todo, es arquitecta), turnándose como figura dominante de un libro a otro.

Estos gigantes del género han creado un grupo de mujeres peligrosas de todas clases que es casi un verdadero harén. ¿El sexo débil? No me hagan reír. Y manténganse en guardia para que estas mujeres no ganen su corazón, porque les gustaría mucho que se lo entregaran en bandeja. Posiblemente, con algunos guisantes y un buen Chianti.

Improvisación – Ed McBain

– ¿Por qué no matamos a alguien? -sugirió ella.

Era rubia, por supuesto, alta y flexible, y llevaba puesto un vestido negro ceñido al cuerpo, cuya falda trepaba sobre los muslos y cuyo escote bajaba sobre su pecho.

– Ya tengo esa experiencia -le dijo Will-. Lo he hecho.

Los ojos de ella se abrieron con la sorpresa, de un azul intenso que contrastaba con el negro del vestido.

– La guerra del Golfo -explicó él.

– Pero eso no es lo mismo en absoluto -dijo ella, y ensartó la aceituna de su martini y la dejó caer en su boca-. Yo hablo de un asesinato.

– Ajá, un asesinato -comentó Will-. ¿Y a quién querrías matar?

– ¿Qué te parece la chica que está sentada en el otro extremo del bar?

– Ah, una víctima al azar -dijo él-. ¿Y en qué sería diferente de matar a alguien en combate?

– Al azar pero específica-replicó-. ¿Y? ¿La matamos o no?

– ¿Por qué? -preguntó él.

– ¿Por qué no?

Will conocía a la mujer desde hacía apenas veinte minutos (como máximo). De hecho, ni siquiera sabía cómo se llamaba. Su sugerencia de que mataran a alguien había surgido como respuesta a una pregunta que él mismo había formulado y que muchas veces le había sido muy útil para levantar mujeres: “¿Qué podemos hacer para divertirnos un poco esta noche?”.

A lo que la rubia había respondido: “¿Por qué no matamos a alguien?”.

No había susurrado esas palabras, ni siquiera había bajado la voz. Solo sonrió por encima del borde de su copa de martini, y había dicho con voz absolutamente normal: “¿Por qué no matamos a alguien?”.

La víctima al azar pero específica que la rubia tenía en mente era una mujer de aspecto anodino que usaba una anodina chaqueta marrón sobre una blusa de seda marrón y una falda marrón un poco más oscura. Todo en su apariencia delataba a una agobiada archivista o una secretaria de un puesto de baja jerarquía: el arratonado cabello castaño, los ojos que no parpadeaban detrás de lo que llamaríamos más bien lentes que anteojos, la boca de labios delgados que denunciaban unos dientes superiores un poco salientes. Una mujer absolutamente carente de interés. No era raro que estuviera sola con una copa de vino blanco en la mano.

– Digamos que verdaderamente la matamos -dijo Will-. ¿Qué hacemos para divertirnos un poco después?

La rubia sonrió.

Y cruzó las piernas.

– Me llamo Jessica -dijo.

Le tendió la mano.

El se la estrechó.

– Yo soy Will-dijo.

Supuso que ella tenía la palma fría debido a la copa helada que había estado sosteniendo.

En esa helada noche de diciembre, tres días antes de Navidad, Will no tenía la menor intención de matar a la ratonil archivista del otro extremo del bar, ni a ninguna otra persona. Había matado una buena cantidad de gente mucho tiempo atrás, todas ellas víctimas al azar pero específicas porque llevaban puesto el uniforme del ejército iraquí, hecho que las convertía en el enemigo. Suponía que eso era lo más específico que uno podía encontrar en época de guerra. Eso era lo que justificaba hacerlos pedazos en sus trincheras. Eso era lo que justificaba asesinarlos, a pesar de la refinada distinción que Jessica hacía ahora entre el asesinato y el combate.

De todos modos, Will sabía que era tan solo un juego, una variación del ritual de apareamiento que ocurría en todos los bares de solos y solas de Manhattan cualquier noche del año. Uno abordaba con algún comentario ingenioso, obtenía una respuesta que indicaba interés, y así empezaba la cosa. De hecho, se preguntó cuántas veces y en cuántos bares antes de esa noche Jessica había usado su “¿Por qué no matamos a alguien?” como modo de inducir al juego. Era un enfoque por cierto aventurado, incluso posiblemente peligroso… ¿y si exhibía esas espléndidas piernas ante alguien que resultaba ser Jack el Destripador? ¿Y si levantaba a un tipo que realmente creía que podría ser divertido matar a la muchacha que estaba sentada sola en el otro extremo del bar? ¡Qué gran idea, Jess, hagámoslo! Y en realidad, eso era lo que él había dado a entender tácitamente, pero por supuesto que ella sabía que solo estaban jugando un juego, ¿verdad? Seguramente se daba cuenta de que no estaban planeando un asesinato de verdad.

– ¿Quién la aborda? -preguntó ella.

– Supongo que debería hacerlo yo -respondió Will.

– Por favor, no uses tu fórmula de “¿Qué podemos hacer para divertirnos un poco esta noche?”.

– Pensé que te había gustado.

– Sí, la primera vez que la escuché. Hace cinco o seis años.

– Pensé que estaba siendo absolutamente original.

– Trata de ser un poquito más original con la pequeña Alicia, ¿de acuerdo?

– ¿Crees que ese es su nombre?

– ¿Y tú cómo crees que se llama?

– Patricia.

– Muy bien, yo seré Patricia -dijo ella-. A ver qué me dices.

– Discúlpeme, señorita -dijo Will.

– Un gran comienzo -comentó Jessica.

– Mi amiga y yo la vimos aquí sentada, sola, y pensamos que tal vez le agradaría unirse a nosotros.

Jessica miró a su alrededor como si tratara de localizar a la amiga que él le había mencionado.

– ¿A quién se refiere? -preguntó, con los ojos muy abiertos y perpleja.

– La bella rubia que está sentada allá -dijo Will-. Se llama Jessica.

Jessica sonrió.

– Así que la bella rubia, ¿eh? -dijo.

– Preciosa -enfatizó él.

– Adulador -respondió ella, y le acarició la mano sobre el mostrador-. Entonces digamos que la pequeña Patty Pastel decide unirse a nosotros. ¿Y después qué?

– La llenamos de halagos y de alcohol.

– ¿Y después qué?

– La llevamos a algún callejón oscuro y la matamos a golpes.

– Tengo una botellita de veneno en mi bolso -dijo Jessica-. ¿No sería mejor?

Will entrecerró los ojos como un gángster.

– Perfecto -dijo-. La llevamos a algún callejón oscuro y la matamos con veneno.

– ¿Un departamento no sería un sitio mejor? -preguntó Jessica.

Y de repente a Will se le ocurrió que tal vez no estuvieran hablando para nada de asesinato, ni en broma ni en serio. ¿Sería posible que Jessica tuviera en mente una cama de tres?

– Ve a hablar con la dama -le dijo ella-. Después, improvisaremos.

Will no era muy bueno para abordar muchachas en los bares.

De hecho, aparte de su “¿Qué podemos hacer para divertirnos un poco esta noche?”, no tenía un repertorio de abordaje demasiado nutrido. Se sintió un poco más estimulado por el alentador gesto de Jessica, que lo miraba desde el otro extremo del bar, pero lo mismo se sentó con timidez en el taburete vacío junto a Alicia o Patricia o como se llamara.

Sabía por experiencia que las muchachas insignificantes eran menos receptivas a los halagos que las verdaderamente bellas. Suponía que se debía a que esperaban que les mintieran y a que no querían que las engañaran y las desilusionaran una vez más. Alicia o Patricia o como se llamara demostró no ser una excepción a esa regla de las Juanitas Insignificantes. Will se sentó en el taburete a su lado, se volvió hacia ella y le dijo “Disculpe, señorita”, exactamente como lo había ensayado con Jessica, pero antes de que pudiera pronunciar otra palabra, ella dio un salto como si él la hubiera abofeteado. Con los ojos muy grandes, con aspecto evidentemente sorprendido, dijo:

– ¿Qué? ¿Qué pasa?

– Lamento haberla asustado…

– No, no es nada -dijo ella-. ¿Qué pasa?

Tenía una voz aguda y quejosa, con un acento que él no pudo identificar. Detrás de los gruesos lentes redondos, sus ojos se veían de un marrón oscuro, y todavía muy abiertos por el miedo o la sospecha, o por ambos sentimientos. Mirándolo sin parpadear, esperó.

– No quiero molestarla -dijo él-, pero…

– No, no es nada, en serio -respondió-. ¿Qué pasa?

– Mi amiga y yo no pudimos evitar advertir…

– ¿Su amiga?

– La dama que está sentada allá. La rubia, en el otro extremo del bar, ¿la ve? -dijo Will, señalando a Jessica, quien amablemente alzó una mano para saludar.

– Oh, sí -dijo-. La veo.

– No pudimos evitar advertir que usted estaba aquí, bebiendo sola -continuó-. Pensamos que tal vez le agradaría unirse a nosotros.

– Oh -dijo ella.

– ¿Le parece que le agradaría? ¿Acompañarnos?

Hubo un momento de vacilación. Los ojos pardos parpadearon, se suavizaron. Una levísima sonrisa se insinuó en la boca de delgados labios.

– Sí, creo que me gustaría -dijo ella-. Me gustaría.

Se sentaron ante una pequeña mesa, en un rincón penumbroso del bar. Susan -ni Patricia ni Alicia, según se reveló- pidió otro Chardonnay. Jessica siguió con sus martinis. Will pidió otro bourbon con hielo.

– Nadie debería beber solo tres días antes de Navidad -dijo Jessica.

– Oh, estoy de acuerdo, estoy de acuerdo -dijo Susan.

Tenía el irritante hábito de repetir todo dos veces. Era como si el lugar tuviera eco.

– Pero este bar me queda en el camino a casa -dijo-, y pensé que estaría bien detenerme a beber una copa de vino rápida.

– Para combatir el frío -coincidió Jessica, asintiendo.

– Sí, exactamente. Para combatir el frío.

También repetía las palabras ajenas, advirtió Will.

– ¿Vives cerca? -preguntó Jessica.

– Sí. Justo a la vuelta.

– ¿Y de dónde eres?

– Oh, ¿todavía se nota?

– ¿Se nota qué? -preguntó Will.

– El acento. Por Dios, ¿todavía se nota? ¿Después de todas esas lecciones? Por Dios.

– ¿Y qué acento es ese? -preguntó Jessica.

– De Alabama. Montgomery, Alabama -dijo, y sonó como “Mangammy, Alabama”.

– Yo no escucho ningún acento en absoluto -dijo Jessica-. ¿Tú detectas algún acento, Will?

– Bueno, en realidad es un acento regional -dijo Susan.

– Suena como si hubieras nacido exactamente aquí en Nueva York -dijo Will, mintiendo descaradamente.

– Son muy amables, de veras -dijo ella-. De veras son muy amables.

– ¿Cuánto hace que estás aquí? -preguntó Jessica.

– Seis meses. Llegué a fines de junio. Soy actriz.

Una actriz, pensó Will.

– Yo soy enfermera -dijo Jessica.

Una actriz y una enfermera, pensó Will.

– ¿En serio? -preguntó Susan-. ¿Trabajas en algún hospital?

– Beth Israel -dijo Jessica.

– Creí que eso era una sinagoga -dijo Will.

– También un hospital -dijo Jessica, asintiendo antes de volver a dirigirse a Susan-. ¿Te habremos visto en algo? -le preguntó.

– Bien, no, a menos que hayan estado en Montgomery -dijo Susan, y sonrió-. ¿El zoo de cristal? ¿Conocen El zoo de cristal? ¿Tennessee Williams? ¿La obra de Tennessee Williams? Hice el papel de Laura Wingate en la producción de los Paper Players en Montgomery. Todavía no he actuado en nada aquí. De hecho, he estado trabajando de camarera.

Una camarera, pensó Will.

La enfermera y yo estamos por matar a la camarera más insignificante de la ciudad de Nueva York. O peor, estamos por llevarla a la cama.

Después, pensó que debía haber sido Jessica la que sugirió que compraran una botella de Moët Chandon y la llevaran al departamento de Susan para una última copa, dado que el departamento estaba tan cerca, justo a la vuelta de la esquina, en realidad, tal como Susan lo había señalado más temprano. O tal vez fue el propio Will quien hizo esa sugerencia, ya que para entonces había ingerido cuatro generosas medidas de Jack Daniels, y se sentía bastante más atrevido que de costumbre. O tal vez fue Susan quien los invitó a su casa, que estaba en el corazón del barrio de los teatros, justo a la vuelta de Flanagan's, donde ella misma había consumido cuatro copas de Chardonnay y había empezado a actuar para ellos la escena completa en la que el Caballero Visitante rompe el pequeño unicornio de cristal y Laura finge que no es una gran tragedia, haciendo ambos papeles para ellos, hecho que, Will supuso, con certeza había hecho que el barman anunciara el cierre diez minutos antes que la hora habitual.

Era una actriz espantosa.

¡Pero tan inspirada!

En el momento mismo que pisaron la calle, Susan levantó las manos hacia el cielo, con los dedos muy abiertos, y gritó con su horrible acento sureño:

– ¡Miren! ¡Broadway! ¡ La Gran Vía de las Luces! -Y luego hizo una pequeña pirueta, girando y danzando calle arriba, con los brazos aún en alto.

– ¡Dios mío, matémosla rápido! -le susurró Jessica a Will.

Los dos estallaron en carcajadas.

Susan debe haber pensado que ambos compartían su propia exuberancia.

Will supuso que no sabía lo que le esperaba. O tal vez sí.

A esa hora de la noche, las prostitutas habían empezado su ronda por la Octava Avenida, pero ninguna le echó siquiera una mirada a Will, probablemente suponiendo que era un tipo doblemente ocupado, con una chica de cada brazo. En una licorería abierta, no compró una botella de Moët Chandon sino de Veuve Clicquot, y los tres reanudaron su camino del brazo por la avenida.

El departamento de Susan era un monoambiente del tercer piso de un edificio sin ascensor en la esquina de la calle Cuarenta y Nueve y la Novena. Subieron detrás de ella, que se detuvo ante la puerta del 3 A, revolvió su bolso buscando la llave, la encontró y abrió la puerta. El lugar estaba amoblado en un estilo que Will denominaba Economía de Actriz Joven que Lucha por Triunfar. Una cocina diminuta a la izquierda de la entrada. Una cama doble contra la pared del fondo, donde también había una puerta que conducía, supuso Will, al baño. Un sofá y dos sillones y un tocador con espejo. En la pared de la entrada había otra puerta, que abierta reveló un placard. Susan colgó allí sus abrigos.

– ¿Les importa si me pongo cómoda? -les preguntó, y fue al baño.

Jessica enarcó las cejas.

Will fue hasta la cocina, abrió el refrigerador y vació dos cubeteras en un cuenco que encontró en la alacena. También encontró tres vasos de jugo que tendrían que servir para la ocasión. Jessica se sentó en el sofá observándolo mientras él se disponía a destapar el champán. Sonó un agudo pop en el momento en que otra rubia salía del baño.

Le llevó un minuto darse cuenta de que era Susan.

– El maquillaje y la ropa son grandes aliados para caracterizar a un personaje -dijo.

Ahora era una joven esbelta con cabello corto, lacio y rubio, un lindo par de pechos que asomaban por el profundo escote de una blusa roja, una breve y apretada falda negra, buenas piernas rematadas por zapatos negros de taco muy alto. Colgando de su mano se balanceaba la arratonada peluca castaña que había llevado puesta en el bar, y cuando abrió la mano izquierda y la extendió hacia él, con la palma hacia arriba, Will vio la prótesis dental que le había simulado esos clientes salientes. A través de la puerta abierta del baño, pudo ver el desaliñado traje marrón que colgaba del barrote de la ducha. Sus lentes estaban sobre el lavatorio.

– Un poco de relleno en la cintura me hizo más gruesa -dijo-. En clase usamos todos estos utilísimos accesorios.

Ya no se percibía ningún acento sureño, advirtió él. Ni tampoco ojos marrones.

– Pero tus ojos… -farfulló.

– Lentes de contacto -dijo Susan.

Sus verdaderos ojos eran tan azules como… bueno, los de Jessica.

De hecho, podían pasar por hermanas.

Dijo esto último en voz alta.

– Podrían pasar por hermanas -dijo.

– Tal vez porque lo somos -dijo Jessica-. Bien que te engañamos, ¿no es cierto?

– Maldición, sí.

– Probemos ese champán -dijo Susan, y fue hacia la cocina, donde la botella descansaba ahora en el cuenco con hielo. La levantó, escanció el vino en los vasos de jugo y llevó los tres vasos acunándolos en las manos. Jessica liberó uno de la maraña de dedos. Susan le entregó otro a Will.

– Por nosotros tres -brindó Jessica.

– Y por la improvisación -agregó Susan.

Todos bebieron.

Will supuso que sería una noche como pocas.

– Estamos en la misma clase de actuación -le dijo Jessica.

Seguía sentada en el sofá, con las piernas cruzadas. Piernas espléndidas. Will estaba en uno de los sillones. Susan, en el otro, frente a él, también con las piernas cruzadas, también espléndidas.

– Las dos queremos ser actrices -explicó Jessica.

– Creí que tú eras enfermera.

– Oh, sí, igual que Sue es camarera. Pero nuestra ambición es actuar.

– Algún día seremos estrellas.

– Y nuestros nombres brillarán en las carteleras de Broadway.

– Las Hermanas Carter. Todos volvieron a beber.

– En realidad, no somos de Montgomery -dijo Jessica.

– Bien, me doy cuenta ahora. Pero tu acento era muy bueno, Susan.

– Dialecto regional -lo corrigió ella.

– Somos de Seattle.

– Donde llueve todo el tiempo -dijo Will.

– Eso no es cierto en absoluto -dijo Susan-. En realidad en Seattle llueve menos que en Nueva York, es un hecho comprobado.

– Estadísticamente comprobado -dijo Jessica, asintiendo para demostrar su acuerdo, y vaciando su vaso-. ¿Queda algo de ese espumante?

– Oh, cantidad -dijo Susan, mientras se incorporaba enérgicamente de su sillón y mostraba sin pudor uno de sus muslos. Will le alcanzó también su vaso vacío. Había un asunto muy serio del cual había que ocuparse allí esta noche, había que realizar una improvisación de envergadura.

– Entonces, ¿cuánto hace que están viviendo aquí en Nueva York? -preguntó-. ¿Es cierto eso que dijiste allá en el bar? ¿En verdad hace apenas seis meses?

– Así es -dijo Jessica-. Desde fines de junio.

– Y desde entonces asistimos a las clases de actuación.

– ¿De veras actuaste en El zoo de cristal? ¿Con los Paper Players? ¿Existen los Paper Players?

– Claro que sí -dijo Susan, volviendo con los vasos llenos-. Pero en Seattle.

– Jamás hemos estado en Montgomery.

– Eso era parte de mi personaje -dijo Susan-, del personaje que interpretaba en el bar. La Pequeña Suzie Culo Triste.

Ambas rompieron a reír.

Will se rió con ellas.

– Yo interpreté a Amanda Wingate -dijo Jessica.

– En El zoo de cristal -explicó Susan-. Cuando hicimos la obra en Seattle. La madre de Laura. Amanda Wingate.

– En realidad yo soy la mayor -dijo Jessica-. En la vida real.

– Ella tiene treinta -explicó Susan-. Yo, veintiocho.

– Y aquí solitas en la gran ciudad perversa -dijo Will.

– Sí, aquí solitas -dijo Jessica.

– ¿Ahí es donde duermen?-preguntó Will-. ¿En esa cama que está allí? ¿Las dos solitas en esa gran cama perversa?

– Ajá -dijo Jessica-. Quiere saber dónde dormimos, Sue.

– Mejor ir con cuidado -dijo Susan.

A Will le pareció que era mejor retroceder un poco, hacer la jugada con mayor lentitud.

– ¿Y dónde está esa escuela de actuación a la que van?

– Sobre la Octava Avenida.

– Cerca del Biltmore -dijo Susan-. ¿Conoces el teatro Biltmore?

– No -dijo Will-. Lo siento.

– Bueno, cerca de ahí -dijo Jessica-. Madame D'Arbousse, ¿conoces lo que hace?

– No, lo siento, no la conozco.

– Bueno, tan solo es famosa -dijo Susan.

– Lo siento, no estoy familiarizado con…

– ¿La escuela D'Arbousse? ¿Nunca oíste hablar de la Escuela de Actuación D'Arbousse?

– No, lo siento.

– Es apenas mundialmente famosa -dijo Susan.

Parecía hacer mohines ahora, como una niña caprichosa. Will advirtió que estaba perdiendo terreno. Rápidamente.

– Entonces… eeeh… ¿por qué te disfrazaste esta noche? -preguntó-. Fuiste a ese bar como… bueno… espero que me disculpes… como una anticuada archivista, que fue lo que creí que eras.

– Fui muy buena, ¿no? -respondió Susan, sonriendo. Su sonrisa sin el postizo era adorable. Y su boca ya no parecía de labios finos, tampoco. Sorprendente lo que podía hacer un poco de lápiz labial para engordar los labios de una chica. El imaginó esos labios sobre los suyos, en la cama que estaba en el otro extremo de la habitación. También imaginó los labios de su hermana sobre los suyos. Imaginó todos sus labios enredados, entrelazados…

– Eso era parte del ejercicio -dijo Susan.

– ¿El ejercicio?

– Encontrar el lugar -dijo Jessica.

– El lugar del personaje -dijo Susan.

– Para un momento íntimo -explicó Jessica.

– Encontrar el lugar para el momento íntimo de un personaje.

– Pensamos que podía ser el bar.

– Pero ahora creemos que podría ser aquí.

– Bien, será aquí -dijo Jessica-. Una vez que lo creemos.

Se estaban alejando de Will. Y, más importante aún, Will sentía que lo dejaban atrás. Esa cama, tal vez a unos cuatro metros de distancia, parecía perderse de vista en una inalcanzable lejanía. Tenía que lograr que las cosas volvieran a su cauce. Pero todavía no sabía cómo. No mientras siguieran insistiendo con… ¿de qué hablaban, al final?

– Lo siento -dijo-, ¿pero qué es exactamente lo que tratan de crear?

– Un momento privado de un personaje -dijo Jessica.

– ¿Es este el lugar que usaremos? -preguntó Susan.

– Sí, creo que sí. ¿No te parece? Nuestro propio departamento. Un lugar real. A mí me parece muy real. ¿No te parece real, Sue?

– Sí. Claro que sí. Parece muy real. Pero no me siento íntima. ¿Tú te sientes íntima?

– No, todavía no.

– Disculpen, señoras… -dijo Will.

– Señoras, aaah -dijo Susan, poniendo los ojos en blanco.

– …pero podemos hacer esto mucho más íntimo, si eso es lo que ustedes están buscando.

– Estamos hablando de un momento íntimo -explicó Jessica-. La manera en que nos comportamos cuando nadie nos mira.

– Nadie nos mira ahora -dijo Will con tono alentador-. Podemos hacer lo que se nos antoje aquí, y nadie nunca…

– Creo que no entiendes -dijo Susan-. Lo que estamos tratando de crear aquí esta noche son las emociones y los sentimientos íntimos de un personaje.

– Entonces empecemos a crear todos esos sentimientos y emociones -sugirió Will.

– Esos sentimientos tienen que ser reales -dijo Jessica.

– Tienen que ser absolutamente reales -dijo Susan.

– Para que podamos aplicarlos a la escena que estamos haciendo.

– ¡Aaah! -dijo Will.

– Creo que lo entendió -dijo Jessica.

– Por suerte, lo entendió.

– Están ensayando una escena las dos juntas.

– ¡Bravo!

– ¿Qué escena? -preguntó Will.

– Una escena de Macbeth -dijo Susan.

– En la que ella le dice que debe azotar su coraje contra el escollo -dijo Jessica.

– Lady Macbeth.

– Le dice a Macbeth. Cuando él empieza a flaquear ante la idea de matar a Duncan.

– Azota tu coraje contra el escollo -repitió Jessica, esta vez con convicción-. Y no fallaremos.

Miró a su hermana.

– Eso estuvo muy bien -dijo Susan.

– Azotar el coraje, ¿eh? -dijo él, con sonrisa suficiente, y bebió otro sorbo de champán.

– Le está diciendo que no sea débil -dijo Susan.

– La cosa es que están conspirando para matar al rey, ¿te das cuenta? -dijo Jessica.

– Es un momento íntimo para los dos.

– Mientras analizan lo que están por hacer.

– Están planeando un asesinato, como verás.

– ¿Cómo se siente eso? -preguntó Susan.

– ¿Cómo se siente dentro de tu cabeza? -agregó Jessica.

– Ese momento íntimo dentro de tu cabeza.

– El momento en que una está planeando verdaderamente la muerte de alguien.

Por un instante reinó el silencio en la habitación. Las hermanas se miraron.

– ¿Alguien quiere más champán? -preguntó Susan.

– A mí me encantaría un poco -dijo Jessica.

– Yo lo traigo -dijo Will, y empezó a incorporarse.

– No, no, déjame a mí -dijo Susan, y tomando el vaso de él se dirigió con los tres vasos a la cocina. Jessica cruzó las piernas. En la cocina, a sus espaldas, Will podía oír a Susan que volvía a llenar los vasos. Contempló el pie de Jessica que se sacudía, con los zapatos de taco alto semisalidos, sostenidos solamente con los dedos del pie.

– Así que toda esa escena del bar era parte de un ejercicio, ¿no? -dijo Will-. ¿Cuando me sugeriste matar a alguien? ¿Y después elegiste a tu hermana como víctima?

– Bueno, algo así-dijo Jessica.

Su zapato cayó al suelo. Ella se agachó para recobrarlo, extendiendo las piernas, el vestido negro trepándose a sus muslos. Cruzó una pierna sobre la otra, volvió a calzarse el zapato, le sonrió a Will. Susan ya estaba de vuelta con los vasos llenos.

– Todavía queda un poco más -dijo, y les alcanzó los vasos. Jessica alzó el suyo para brindar.

– En un momento así -dijo Jessica-, pongo a prueba tu amor.

– Salud -dijo Susan, y bebió.

– ¿Y qué quiere decir? -dijo Will, y bebió también.

– Está en la escena -dijo Jessica-. En realidad, está al principio de la escena. Cuando él empieza a vacilar. Al final, ella está convencida de que el rey debe morir.

– Un falso rostro debe ocultar lo que un falso corazón revela -dijo Susan, y asintió.

– Ese es el parlamento final de Macbeth. Al final de la escena.

– ¿Por eso te habías vestido como una archivista? Un falso rostro debe ocultar… ¿cómo era eso que acabas de decir?

– Lo que un falso corazón revela -repitió Susan-. Pero no, no me había disfrazado por eso.

– ¿Por qué, entonces?

– Era mi manera de intentar crear un personaje.

– Tal vez él no entendió nada, después de todo -dijo Jessica.

– Un personaje que podría matar -dijo Susan.

– ¿Para eso tenía que convertirte en una antigualla?

– Bueno, tenía que convertirme en otra persona, sí. Alguien que no se pareciera a mí en absoluto. Pero eso no resultó suficiente. También tenía que encontrar el lugar adecuado.

– El lugar es aquí -dijo Jessica.

– Y ahora -dijo Will-. Así que, señoras, si no les molesta…

– Ooooh, otra vez señoras -dijo Susan, y otra voz puso los ojos en blanco.

– … ¿podemos olvidarnos por un momento de todo ese asunto de la actuación…?

– ¿Y qué hay de tus momentos íntimos? -preguntó Susan.

– Yo no tengo momentos íntimos.

– ¿Nunca te tiras un pedo cuando estás solo, en la oscuridad?

– ¿Nunca te masturbas cuando estás solo, en la oscuridad?

Will se quedó con la boca abierta.

– Esos son momentos íntimos -dijo Jessica.

Por algún motivo, Will no pudo volver a cerrar la boca.

– Creo que está empezando a hacerle efecto -dijo Susan.

– Quítale el vaso de la mano antes de que lo deje caer -ordenó Jessica.

Will las miró con los ojos y la boca bien abiertos.

– Apuesto a que cree que es curare -dijo Jessica.

– ¿De dónde demonios podríamos sacar curare?

– ¿De las selvas de Brasil?

– ¿De Venezuela?

Las dos chicas se rieron.

Will no sabía si era curare o no. Todo lo que sabía era que no podía hablar ni moverse.

– Bueno, sí sabe que no hicimos todo el viaje hasta el Amazonas para conseguir un veneno -dijo Jessica.

– Claro, sabe que eres enfermera -dijo Susan.

– Beth Israel, como bien sabes.

– Y allí tienes acceso a pilas de drogas.

– Incluso drogas con curare sintético.

– Hay miles de esas.

– Puedes hacerle una lista, Jess.

– No quiero aburrirlo, Sue.

– El curare hay que inyectarlo, ¿sabías, Will?

– Los nativos empapan sus dardos en curare.

– Y lanzan esos dardos con cerbatanas.

– Las víctimas quedan paralizadas.

– Indefensas.

– La muerte se produce por asfixia.

– Eso significa que no puedes respirar.

– Porque los músculos respiratorios se paralizan.

– ¿Ya tienes problemas para respirar, Will?

A él no le parecía que tuviera problema para respirar. ¿Pero qué era lo que decían? ¿Estaban diciendo que lo habían envenenado?

– Las drogas sintéticas vienen en forma de tableta -le dijo Susan.

– Es fácil pulverizarla.

– Fácil disolverla.

– Hay miles de usos legítimos para las drogas con curare sintético -dijo Jessica.

– Siempre que uno sea cuidadoso con la dosis.

– Nosotras no fuimos particularmente cuidadosas con la dosis, Will.

– ¿Tu champán no sabía un poco amargo?

Él quiso menear la cabeza para decir no. Su champán estaba muy rico. ¿O había estado demasiado borracho para sentirle el sabor? Pero no podía menear la cabeza, no podía hablar.

– Observémoslo -dijo Susan -. Estudiemos sus reacciones.

– ¿Por qué? -preguntó Jessica.

– Bueno, podría ser útil.

– No para la escena que estamos haciendo.

– Matar a alguien.

– Matar a alguien, sí, Susan.

Matándome a mí, pensó Will.

De veras me están matando.

Pero, no…

Chicas, pensó, están cometiendo un error. Esta no es la manera de hacerlo. Volvamos al plan original, chicas. El plan original era descorchar una botella de espumante y meternos juntos en la cama. El plan original era compartir esta encantadora noche tres días antes… en realidad ahora eran dos días, ya bien pasada la medianoche… dos días antes de Navidad, compartir esta noche agradable y poco complicada, se supone que todo lo que debía ocurrir acá era un acto de hermanas con un tercero servicial. Entonces, ¿cómo se puso tan seria la cosa de repente? No había motivo para que ustedes se pusieran tan serias con eso de las lecciones de actuación y los momentos íntimos, de veras, se suponía que esta noche íbamos a divertirnos y a jugar un rato. Entonces ¿por qué tuvieron que ponerme veneno en el champán? Quiero decir, por Dios, chicas, ¿por qué tuvieron que hacer eso cuando nos llevábamos tan bien?

– ¿Sientes algo? -preguntó Susan.

– No -dijo Jessica-. ¿Y tú? -Creí que sí sentiría algo…

– Yo también.

– No sé… algo siniestro o eso.

– Quiero decir… ¡matando a alguien! Creí que sería algo especial. Pero…

– Te entiendo. Es sólo como observar a alguien que… no sé, se está haciendo un corte de cabello o algo así.

– Tal vez deberíamos haber intentado otra cosa.

– ¿No veneno, quieres decir?

– Algo más dramático.

– Algo más terrorífico, eso quieres decir.

– Provocarle alguna reacción.

– En vez de tenerlo simplemente ahí sentado.

– Sentado ahí como un drogón muriéndose.

Las chicas se inclinaron sobre Will y escrutaron su rostro. Sus rostros se veían distorsionados de tan cerca que estaban. Parecía que los ojos azules se les escapaban de la cara.

– Haz algo -le dijo Jessica.

– Haz algo, pendejo -le dijo Susan.

Siguieron observándolo.

– Supongo que todavía podemos apuñalarlo -dijo Jessica.

Por favor, no me apuñalen, pensó Will. Los cuchillos me dan miedo. Por favor, no me apuñalen.

– Veamos qué hay en la cocina -dijo Jessica.

De pronto estuvo solo.

Las chicas habían desaparecido.

A sus espaldas…

No podía girar la cabeza para verlas.

…podía escucharlas a sus espaldas mientras revolvían lo que supuso era una de las gavetas de la cocina, alcanzó a escuchar el tintineo de los utensilios…

Por favor, no me apuñalen, pensó.

– ¿Qué te parece este? -preguntó Jessica.

– Es enorme para el trabajo -respondió Susan.

– Un buen tajo en su cochina garganta -dijo Jessica, y se rió.

– Entonces vamos a ver si sigue ahí sentado como un idiota.

– Si tiene alguna clase de reacción.

– Si nos ayuda a sentir algo.

– Ahora entendiste, Sue. Ese es el punto.

El pecho de Will había empezado a entumecerse. Empezaba a tener problemas para respirar.

En la cocina, las chicas volvieron a reírse. ¿Por qué se reían?

¿Habían dicho algo que él no había escuchado? ¿Iban a hacer algo más con ese cuchillo, además de cortarle la garganta? Anheló poder respirar hondo. Sabía que se sentiría tanto mejor si pudiera respirar hondo. Pero no… no parecía poder… no era capaz…

– ¡Ey! -dijo Jessica-. ¡Tú! ¡No nos arruines todo!

Susan la miró.

– Creo que se nos fue -dijo.

– ¡Mierda! -dijo Jessica.

– ¿Qué estás haciendo?

– Tomándole el pulso.

Susan esperó.

– Nada -dijo Jessica, y dejó caer la muñeca de Will. Las hermanas siguieron mirándolo, ahí derrengado en el sillón, con la boca todavía abierta, los ojos desorbitados.

– Se lo ve más muerto que el demonio -dijo Jessica.

– Mejor que lo saquemos de aquí.

– Es un buen ejercicio -dijo Jessica-. Deshacerse del cuerpo.

– Diría que sí. Apuesto a que pesa unos noventa kilos.

– No digo esa clase de buen ejercicio, Sue. Hablo de un buen ejercicio. Un buen ejercicio de actuación.

– Ah, sí. Lo que se siente al deshacerse de un cadáver. Sí.

– Hagámoslo -dijo Jessica.

Empezaron a levantarlo del sillón. Era de veras muy pesado. Lo llevaron a medias alzado, a medias arrastrándolo, hasta la puerta de entrada.

– Dime -dijo Susan-. ¿Y ahora… sientes algo… o todavía no?

– Nada -dijo Jessica.

Cielo azul – Michael Connelly

En el camino, el aire acondicionado se descompuso poco después de Bakersfield. Viajaba por el medio del Estado, era septiembre y hacía calor. Muy pronto pude sentir que mi camisa empezaba a pegarse al asiento de vinilo. Me quité la corbata y me desabotoné el cuello de la camisa. Ni siquiera sabía por qué me había puesto corbata. No estaba trabajando y no iba a ninguna parte que requiriera corbata.

Traté de ignorar el calor y de concentrarme en cómo trataría a Seguin. Pero era como el calor. Sabía que no había manera de manejarlo. De algún modo, siempre había sido al revés. Seguin me había manejado a mí, había hecho que la camisa se me pegara a la espalda. De una manera o de otra, eso terminaría después de este viaje.

Giré la muñeca sobre el volante y miré la fecha en mi Timex. Habían pasado exactamente doce años desde el día que había conocido a Seguin. Desde que había mirado en los fríos ojos verdes de un asesino.

El caso empezó en Mulholland Drive, la calle que serpentea como una culebra siguiendo la columna vertebral de las montañas de Santa Mónica. Un grupo de estudiantes se había detenido al costado del camino para beber cerveza y contemplar la brumosa ciudad de los sueños que se extendía a sus pies. Uno de ellos vio el cuerpo. Semioculta entre las malezas de la montaña y las latas de cerveza y las botellas de tequila arrojadas por juerguistas anteriores, la mujer estaba desnuda, con brazos y piernas separados y extendidos en una suerte de grotesca exhibición de sexo y muerte.

El llamado nos tocó a mí y a mi compañero, Frankie Sheehan. En esa época trabajábamos en la División de Robos y Homicidios del Departamento de Policía de Los Ángeles.

La escena del crimen era traicionera. El cuerpo estaba enganchado en una pendiente de más de sesenta grados de inclinación. Un resbalón y cualquiera podía caerse por la empinada ladera montaña abajo, terminando tal vez en el tibio baño de inmersión o en el patio de cemento de alguien. Usamos overoles y arneses de cuero y los bomberos del batallón 58 nos bajaron hasta el cadáver.

La escena estaba limpia. Ni ropas, ni documento de identidad, ni evidencias físicas, ninguna pista salvo la mujer muerta. Ni siquiera encontramos una fibra de tela que pudiera ser útil. Era algo inusual en un homicidio.

Estudié detalladamente a la víctima y advertí que no llegaba a ser una mujer… probablemente una adolescente. Mexicana, o de origen mexicano, tenía cabello castaño, ojos pardos y piel oscura. Me di cuenta de que en vida debía haber sido bella. En la muerte te partía el corazón. Mi compañero siempre dijo que las mujeres más peligrosas eran así. Bellas en vida, desgarradoras en la muerte. Podían obsesionarte, y permanecer aun cuando uno encontrara al monstruo que les había quitado todo.

Había sido estrangulada; las marcas de los dedos de su asesino se veían claramente en el cuello, la hemorragia petequial rodeaba sus ojos con un rouge criminal. El rigor mortis la había invadido y la había abandonado. Estaba laxa. Eso nos dijo que había estado muerta más de veinticuatro horas.

Supusimos que la habían arrojado allí la noche anterior, bajo la protección de la oscuridad. Eso significaba que había yacido muerta en algún otro sitio durante doce horas o más. Aquel otro sitio era la verdadera escena del crimen. Era el lugar que debíamos encontrar.

Cuando giré el auto hacia la bahía el aire finalmente empezó a refrescar. Bordeé el lado este de la bahía hasta Oakland y después crucé el puente hasta San Francisco. Antes de cruzar el Golden Gate me detuve a comer una hamburguesa en el Bar & Grill Balboa. Voy a San Francisco dos o tres veces al año, por mis casos. Siempre como en el Balboa. Esta vez comí en el mostrador, echando un vistazo ocasional al televisor para ver a los Giants que jugaban en Chicago. Iban perdiendo.

Pero lo que más hice fue pensar y repensar el caso. Ahora era un caso cerrado y Seguin nunca más volvería a hacerle daño a nadie. Salvo a sí mismo. Su última víctima sería él mismo. Sin embargo, el caso no me abandonaba. El asesino había sido atrapado, juzgado y condenado, y ahora sería ejecutado por sus crímenes. Aunque todavía quedaba una pregunta sin respuesta que me perseguía. Eso era lo que me había puesto en camino a San Quintín en mi día libre.

No conocíamos su nombre. Las huellas digitales del cadáver no coincidían con ninguna de los registros informáticos. Su descripción no coincidía con ninguna de las descripciones de personas desaparecidas del condado de Los Ángeles ni de los registros criminales del sistema nacional. El retrato que hizo un dibujante de su rostro y que se difundió por televisión y en los periódicos no produjo ningún llamado de un ser querido o un conocido. Los bocetos enviados por fax a quinientas dependencias policiales del sudoeste y a la policía judicial estatal de México no tuvieron respuesta. La víctima no fue reclamada y permaneció sin identificación: su cuerpo quedó descansando en el refrigerador de la oficina del forense mientras Sheehan y yo trabajábamos en el caso.

Fue difícil. Casi todos los casos empiezan por la víctima. Quién era esa persona y dónde vivía se convierten en el centro de la rueda, el punto de partida. Todo lo demás surge del centro. Pero desconocíamos esos datos y también la verdadera escena del crimen. No teníamos nada ni íbamos a ninguna parte.

Todo cambió con Teresa Corazón. Era la forense adjunta asignada al caso oficialmente conocido como Jane Doe #90-91. Mientras preparaba el cuerpo para la autopsia encontró la pista que nos llevaría primero a McCaleb y después a Seguin.

Corazón descubrió que el cuerpo de la víctima había sido lavado aparentemente con un limpiador industrial antes de ser arrojado a la ladera de la montaña. Era un intento del asesino de destruir rastros que pudieran servir como evidencia. No obstante, en sí mismo, ese dato era una pista sólida y una evidencia. El producto limpiador podía ayudar a develar la identidad del asesino o a relacionarlo con el crimen.

Sin embargo, fue otro descubrimiento de Corazón el que nos aclaró el caso. Mientras fotografiaba el cadáver, la forense advirtió una impresión en la parte posterior de la cadera izquierda. La lividez post-mortem indicaba que la sangre del cuerpo se había depositado sobre la mitad izquierda, lo que significaba que el cuerpo había yacido sobre el lado izquierdo en el lapso transcurrido desde que su corazón se detuvo hasta el momento en que arrojaron el cuerpo por la ladera junto a Mulholland. Tal evidencia indicaba que durante el tiempo en que la sangre se depositó, el cuerpo había yacido sobre el objeto que había dejado su marca en la cadera.

Usando luz angular para estudiar la marca, Corazón descubrió que podía ver con claridad el número 1, la letra J y parte de una tercera letra que podría ser el trazo superior izquierdo de una H, una K o una L.

– Una chapa patente -dije cuando Teresa me llamó a la sala de autopsias para que viera su descubrimiento. La puso sobre una patente.

– Exactamente, detective Bosch -dijo Corazón.

Sheehan y yo rápidamente elaboramos la teoría de que quien fuese que hubiera matado a la mujer sin nombre había ocultado el cuerpo en el baúl de un auto hasta que se hiciera de noche para poder llevarlo hasta las alturas de Mulholland con mayor seguridad y deshacerse de él. Después de limpiar con todo cuidado el cuerpo, el asesino lo guardó en el baúl de su auto, y había cometido el error de colocarlo sobre parte de una chapa patente que había quitado del auto y que también había guardado en el baúl. Esa zona de la teoría contemplaba que la chapa patente había sido quitada y posiblemente reemplazada por otra robada, como medida adicional de seguridad que ayudaría al asesino a evitar que se lo identificara en el caso de que su auto fuera visto por algún transeúnte suspicaz en el mirador de Mulholland.

La impresión sobre la piel no daba pistas sobre el Estado al que pertenecía la patente. Pero el uso del mirador de Mulholland nos sugería la idea de que nos enfrentábamos con alguien familiarizado con la zona, un residente local. Empezamos con el Departamento de Vehículos de California y conseguimos la lista de todos los autos registrados en el condado de Los Ángeles que tuvieran una patente que empezara con 1JH, 1JK y 1JL.

La lista contenía más de mil nombres de propietarios de autos. Eliminamos un cuarenta por ciento de esos nombres descartando a las mujeres propietarias. Los nombres restantes fueron cargados en el Index Criminal Nacional de nuestra computadora y nos quedamos con treinta y seis hombres que tenían un prontuario criminal que oscilaba entre los delitos menores y los más graves.

Lo supe la primera vez que estudié esa lista de treinta y seis nombres. Sentí con toda certeza que uno de los nombres que aparecían allí pertenecía al asesino de la mujer sin nombre.

El Golden Gate estaba a la altura de su nombre bajo el sol de la tarde. [1] Se hallaba atestado de autos que iban en ambas direcciones y la salida de turistas en el lado norte exhibía el cartel de completo. Seguí adelante hasta el túnel pintado con los colores del arco iris y a través de la montaña. Pronto pude ver San Quintín arriba, a la derecha. Un lugar ominoso en un paisaje idílico, alojaba a los peores criminales que California podía ofrecer. Y yo iba a ver al peor de los peores.

– ¿Harry Bosch?

Me alejé de la ventana por la que había estado mirando las lápidas blancas del cementerio de veteranos que se extendía abajo, al otro lado de Wilshire. Un hombre de camisa blanca y corbata granate estaba allí manteniendo abierta la puerta de los despachos del FBI. Parecía estar entre los treinta y los cuarenta años, con un físico esbelto y apariencia saludable. Sonreía.

– ¿Terry McCaleb?

– El mismo.

Nos estrechamos la mano y me invitó a seguirlo, conduciéndome a través de un tortuoso laberinto de pasillos y oficinas con paneles de madera hasta que llegamos a la suya. Parecía que alguna vez había sido el armario de un conserje. Era más pequeña que una celda de castigo y apenas si tenía lugar para albergar un escritorio y dos sillas.

– Creo que es una suerte que mi compañero no haya querido venir -dije, metiéndome a presión en el cuarto.

Frankie Sheehan se refería a los perfiles criminales como “huevadas de oficina” o bien como “charlatanerías”. Una semana antes, cuando yo había decidido contactar a McCaleb, el especialista en perfiles criminales residente de la oficina del FBI de Los Ángeles, habíamos tenido una discusión. Pero el caso era mío, así que hice la llamada.

– Sí, las cosas están un poco apretadas aquí -dijo McCaleb-. Pero al menos tengo un espacio privado.

– A casi todos los polis que conozco les gusta estar en la sala general del escuadrón. Supongo que les gusta la camaradería.

McCaleb sólo asintió y comentó:

– A mí me gusta estar solo.

Señaló la silla extra y me senté. Advertí una foto de una adolescente pegada a la pared encima de su escritorio. Parecía apenas unos años más joven que mi víctima. Pensé que tal vez, en el caso de que fuera la hija de McCaleb, podría representar un pequeño plus para mí. Algo que podría inducirlo a darle un impulso extra a mi caso.

– No es mi hija -dijo McCaleb-. Es un caso viejo. Un caso de Florida.

Lo miré. No sería la última vez que él pareció leerme el pensamiento con tanta claridad como si yo hubiera hablado en voz alta.

– Así que todavía ninguna identificación en el suyo, ¿verdad?

– No, nada todavía.

– Eso siempre resulta duro.

– En su mensaje me decía que había vuelto a revisar el archivo, ¿no?

– Sí, así es.

La semana anterior le había enviado copias fotográficas del asesinato y de la escena del crimen. No habíamos filmado en video la escena del crimen y eso preocupaba a McCaleb. Pero yo había conseguido una grabación que me había dado un periodista de televisión. El helicóptero de su canal había sobrevolado la escena del crimen aunque no habían emitido la filmación debido a que el contenido era demasiado crudo.

McCaleb abrió una carpeta sobre su escritorio y se concentró en ella antes de hablar.

– Antes que nada, ¿está familiarizado con nuestro programa ACRIV… Arresto Criminal Violento?

– Sé lo que es. Esta es la primera vez que presento un caso.

– Sí, usted es una rareza en el Departamento de Policía de Los Ángeles. La mayoría de ustedes no quieren ayuda ni confían en ella. Pero con unos pocos tipos más como usted tal vez me den una oficina más grande.

Asentí. No pensaba decirle que la desconfianza y suspicacia hacia la institución eran el motivo por el que la mayoría de los detectives del dpla no buscaba ayuda del FBI. Era un dictamen tácito que procedía del propio jefe de la policía. Se decía que se podía escuchar al jefe maldiciendo a los gritos en su oficina cada vez que se enteraba por las noticias que el FBI había hecho un arresto dentro de los límites de la ciudad. En el departamento se sabía que el escuadrón de robos bancarios habitualmente monitoreaba las transmisiones radiales del escuadrón bancario del FBI y con frecuencia caía sobre los sospechosos antes de que los federales tuvieran tiempo de moverse.

– Sí… bueno, sólo quiero aclarar el caso -dije-. No me importa si usted es un clarividente o Santa Claus; si tiene algo que pueda ayudarme lo escucharé.

– Bien, creo que tal vez lo tenga.

Dio vuelta una página de la carpeta y alzó una pila de fotografías de la escena del crimen. No eran las que yo le había enviado. Eran ampliaciones de 24 x 30 de las fotos originales de la escena del crimen. Las había hecho por su cuenta. Eso me dijo que McCaleb verdaderamente le había dedicado un poco de tiempo al caso. Me hizo pensar que tal vez estuviera tan obsesionado como yo. Una mujer sin nombre a la que habían arrojado sin vida en una ladera. Una mujer a la que nadie había reclamado. Una mujer que no le importaba a nadie. La clase más peligrosa. En lo más íntimo, a mí sí me había importado y yo la había reclamado. Y ahora parecía que tal vez McCaleb también.

– Permítame empezar diciéndole cuál es mi perspectiva, lo que creo que usted tiene entre manos -dijo McCaleb.

Revolvió las fotos un momento, quedándose finalmente con una que se había hecho del video del programa de noticias. Mostraba una toma aérea del cuerpo desnudo, con los brazos y las piernas extendidos y separados sobre la ladera. Extraje mis cigarrillos y sacudí el paquete para servirme uno.

– Tal vez usted haya llegado a las mismas conclusiones. Si es así, le pido disculpas. No quiero hacerle perder el tiempo. A propósito, no puede fumar aquí.

– No se preocupe -dije, guardando el tabaco-. ¿Qué es lo que tiene allí?

– La escena del crimen es muy importante porque nos da una entrada de acceso al pensamiento del asesino. Lo que veo aquí sugiere el trabajo de lo que llamamos un asesino exhibicionista. En otras palabras, es un asesino que quería que su crimen se viera -que fuera muy público- y que en virtud de ello infundiera horror y miedo en la población en general. Su gratificación derivaría de esa reacción del público. Es alguien que lee los periódicos y ve las noticias en televisión buscando cualquier información o avance de la investigación. Es su manera de ver cómo va el marcador. Así que creo que cuando lo encontremos, también hallaremos recortes de periódicos y tal vez incluso videos de las noticias sobre el caso difundidas por televisión. Probablemente todo ese material esté en su dormitorio porque le sirve para estimular fantasías masturbatorias.

Advertí que había usado el “nosotros” para referirse a los investigadores del caso, pero no reaccioné de ninguna manera. McCaleb prosiguió como su estuviera hablando consigo mismo y no hubiera nadie más en su oficina.

– Un elemento de la fantasía del asesino exhibicionista es el duelo. Exhibir su crimen ante el público incluye exhibirlo ante la policía. De hecho, está planteando un desafío. Está diciendo: “Soy mejor que ustedes, más listo y más inteligente. Demuéstrenme que estoy equivocado, si es que pueden. Atrápenme si pueden”. ¿Se da cuenta? Se está batiendo con usted en el ruedo público de los medios de comunicación.

– ¿Conmigo?

– Sí, con usted. En este caso en particular usted aparece en los medios. Es su nombre el que dan los periódicos en sus artículos.

– Estoy a cargo del caso. Yo fui el que habló con todos los periodistas.

McCaleb asintió.

– Muy bien -dije-. Todo esto sirve para entender que este tipo es un chiflado. ¿Pero qué tiene para ayudarnos a localizar al tipo?

McCaleb asintió.

– ¿Sabe lo que dicen siempre los agentes inmobiliarios? Ubicación, ubicación, ubicación. Yo digo lo mismo. El lugar que eligió para dejarla es significativo porque se relaciona con sus tendencias exhibicionistas. Las colinas de Hollywood. Mulholland Drive y toda la vista de la ciudad. Esta víctima no fue arrojada allí por casualidad. El lugar fue elegido, quizá tan cuidadosamente como fue elegida la víctima. La conclusión es que el sitio donde la dejó es un lugar con el que nuestro asesino puede estar familiarizado debido a las rutinas de su vida, pero sin embargo no fue elegido por razones de conveniencia o comodidad. Eligió ese lugar, quería que fuera ese porque era el mejor para anunciar su obra ante el mundo. Formaba parte del cuadro. Significa que tal vez puede haber recorrido mucha distancia para dejarla ahí. O podría haber recorrido unas pocas manzanas.

Reparé que había dicho “nuestro”, “nuestro asesino”. Sabía que si Frankie hubiera venido conmigo ya habría estallado. Yo lo dejé pasar.

– ¿Vio la lista de nombres que le envié?

– Sí, la leí toda. Y creo que sus instintos son buenos. Los dos potenciales sospechosos que usted destacó encajan en el perfil que construí para este asesinato. Alguien cerca de los treinta años con un prontuario criminal en escalada.

– El portero de Woodland Hills tiene acceso cotidiano a limpiadores industriales… podríamos comparar alguno de ellos con el agente limpiador que se usó sobre el cuerpo. Es uno de los candidatos que más nos gustan.

McCaleb asintió pero no dijo nada. Parecía estar estudiando las fotos, que ahora estaban desparramadas sobre el escritorio.

– A usted le gusta el otro tipo, ¿no? El escenógrafo de Burbank. McCaleb alzó la vista hacia mí.

– Sí, me gusta más. Sus delitos, aunque menores, encajan mejor con los modelos de maduración de los depredadores sexuales que hemos visto. Creo que cuando hablemos con él debemos asegurarnos de hacerlo en su casa. Así podremos estudiarlo mejor. Sabremos…

– ¿Nosotros?

– Sí. Y debemos hacerlo pronto.

Con la cabeza indicó las fotos que cubrían su escritorio.

– Esto no fue un hecho aislado. Sea quien fuere, va a hacerlo otra vez… si es que no lo ha hecho ya.

Yo había sido responsable de que muchos hombres fueran a parar a San Quintín pero nunca antes había estado ahí. En la puerta mostré mi identificación y me entregaron una hoja impresa con instrucciones que me encaminaron hacia un lote cercado destinado a vehículos del personal policial. En una puerta cercana, con un letrero que decía personal policial solamente me condujeron a través del gran muro de la prisión y guardaron mi arma bajo llave en una bóveda. Me dieron un recibo de plástico rojo con el número 7 impreso.

Después de que ingresaron mi nombre en la computadora y comprobaron las autorizaciones ya acordadas, un guardia que ni se molestó en presentarse me condujo a través de un patio de recreación vacío hasta un edificio de ladrillos que se había oscurecido con el tiempo hasta cobrar un matiz negruzco de chimenea. Era la casa de la muerte, el lugar donde Seguin recibiría la inyección dentro de una semana.

Pasamos por un cepo y por un detector de metales y me confiaron a un nuevo guardia. Éste abrió una sólida puerta de acero y me señaló un pasillo.

– La última a la derecha -dijo-. Cuando quiera salir haga señas a la cámara. Estaremos mirando.

Me dejó allí, cerrando la puerta de acero con un ruido atronador que pareció reverberar en mis huesos.

A Frankie Sheehan no lo hacía nada feliz, pero yo estaba a cargo y yo hice el llamado. Permití que McCaleb viniera con nosotros a las entrevistas. Empezamos con Víctor Seguin. Era el primero en la lista de McCaleb, el segundo en la mía. Pero había algo en la intensidad de la mirada y las palabras de McCaleb que me instó a hacerle una concesión e ir a ver primero a Seguin.

Seguin era un escenógrafo que vivía en Screenland Drive, en Burbank. Tenía una casa pequeña con mucha madera, como se podría esperar en la casa de un carpintero. Parecía que cuando Seguin no encontraba trabajo en el cine se quedaba en casa construyendo tiestos y marcos de ventanas.

El Ford Taurus con la chapa patente que contenía 1JK estaba estacionado en la entrada. Apoyé la mano sobre el capó mientras caminábamos hacia la puerta de entrada de la casa. Estaba frío.

A las 8.00 pm, en el momento justo en que la luz desaparecía del cielo, toqué el timbre. Seguin nos abrió, vestido con blue jeans y remera. Sin zapatos. Vi que sus ojos se abrían muy grandes cuando me miró. Sabía quién era antes de que le mostrara mi insignia y le dijera mi nombre. Sentí el frío dedo de la adrenalina deslizándose por mi espalda. Me acordé de lo que había dicho McCaleb sobre que el asesino le seguía la pista a la policía mientras la policía le seguía la pista a él. Yo había estado en la televisión hablando sobre el caso. Había aparecido en los periódicos.

Sin delatar nada de lo que sentía, dije con calma:

– Señor Seguin, soy el detective Harry Bosch del Departamento de Policía de Los Ángeles. ¿Es su auto ese que está en la entrada?

– Sí, es mío. ¿Qué ocurre con él? ¿Qué está pasando?

– Necesitamos hacerle algunas preguntas sobre el auto, si no le importa. ¿Podemos entrar unos minutos?

– Bien, no, primero me gustaría saber…

– Gracias.

Traspuse el umbral, obligándolo a dar un paso atrás. Los otros me siguieron…

– ¡Eh, un minuto! ¿Qué es esto?

Lo habíamos convenido antes de llegar. A mí me tocaba conducir la entrevista. Sheehan era mi segundo. McCaleb dijo que sólo quería observar.

El living era un alarde de carpintería. Bibliotecas empotradas en tres paredes. Alrededor de la pequeña chimenea de ladrillos se había construido una repisa de madera que era demasiado grande para el cuarto. Un gabinete de televisión de piso a techo cumplía la función de dividir el área de recepción de otra zona que parecía un pequeño espacio de oficina.

Asentí con aire aprobador.

– Buen trabajo. ¿Tiene mucho tiempo libre en su actividad?

Seguin asintió con reticencia.

– Hice casi todo esto cuando estuvimos en huelga hace un par de años.

– ¿A qué se dedica?

– Hago escenografías para el cine. Oiga, ¿qué es eso de mi auto? No pueden entrar aquí por la fuerza. Tengo mis derechos.

– Mejor siéntese, señor Seguin, y le explicaré. Creemos que es posible que su auto se haya usado para cometer un delito grave.

Seguin se dejó caer en un sillón acomodado en el mejor ángulo para mirar televisión. Advertí que McCaleb se movía por los bordes de la habitación, escudriñando los libros de los anaqueles y los diversos adornos y chucherías exhibidos sobre la repisa de la chimenea y otras superficies. Sheehan se sentó en el sofá que estaba a la izquierda de Seguin. Él lo miró con frialdad, sin decir una palabra.

– ¿Qué delito?

– Un asesinato.

Dejé que mi respuesta hiciera su efecto. Pero me pareció que Seguin ya se había recobrado de su impresión inicial y se estaba acorazando. Era una reacción que ya había visto antes. Parecía no admitir nada.

– ¿Alguien más conduce su auto aparte de usted, señor Seguin?

– A veces. Si se lo presto a alguien.

– ¿Se lo prestó a alguien hace unas tres semanas, el 15 de agosto?

– No lo sé. Tendría que fijarme. Creo que no quiero contestar más preguntas y creo que quiero que ustedes se vayan ya mismo.

McCaleb se deslizó en el sillón que estaba a la derecha de Seguin. Yo permanecí de pie. Miré a McCaleb y él asintió levemente y sólo una vez. Pero entendí lo que me estaba diciendo: este es el hombre.

Miré a mi compañero. Sheehan no había visto el gesto de McCaleb porque en ningún momento le había sacado los ojos de encima a Seguin. Volví a mirar a McCaleb. Él me devolvió la mirada, con la expresión más intensa que hubiera visto.

Con un gesto le indiqué a Seguin que se pusiera de pie.

– Señor Seguin, póngase de pie. Lo estoy arrestando como sospechoso de asesinato.

Seguin se incorporó lentamente y luego hizo un repentino movimiento en dirección a la puerta. Pero Sheehan lo estaba esperando y se le fue encima y puso su cara contra la alfombra antes de que el hombre hubiera dado tres pasos. Entonces lo ayudé a poner de pie a Seguin y lo llevamos hasta el auto, dejando a McCaleb adentro.

Frankie se quedó con el sospechoso. En cuanto pude, volví a entrar. Encontré a McCaleb todavía sentado en su sillón.

– ¿Qué pasa?

McCaleb extendió una mano hasta el anaquel más próximo de la biblioteca.

– Este es su sillón de lectura -dijo.

Sacó un libro del anaquel.

– Y este es su libro favorito.

El libro estaba muy manoseado, con el lomo quebrado y las páginas marcadas por las repetidas lecturas. Mientras McCaleb lo hojeaba alcancé a ver palabras y oraciones enteras subrayadas a mano. Me acerqué y cerré el libro para poder ver la tapa. Se llamaba El coleccionista.

– ¿Lo leyó? -preguntó McCaleb.

– No. ¿Qué es?

– Es sobre un tipo que rapta mujeres. Las colecciona. Las tiene en su casa, en el sótano.

Asentí.

– Terry, necesitamos irnos de aquí y conseguir una orden de allanamiento. Quiero hacer esto bien.

– También yo.

Seguin estaba sentado en la cama de su celda mirando un tablero de ajedrez apoyado sobre el inodoro. No alzó la vista cuando me acerqué a la reja, aunque vi que mi sombra había caído sobre el tablero.

– ¿Con quién está jugando?

– Con alguien que murió hace sesenta y cinco años. Registraron su mejor momento -esta partida- en un libro. Y sigue viviendo. Es eterno.

Alzó la vista para mirarme, sus ojos exactamente iguales que antes -fríos y verdes ojos de asesino- en un cuerpo que se había vuelto pálido y débil por los doce años pasados en cuartos pequeños y sin ventanas.

– Detective Bosch. No lo esperaba hasta la semana que viene.

Meneé la cabeza.

– No vendré la semana que viene.

– ¿No quiere ver el espectáculo? ¿No quiere ver la gloria de los justos?

– No es para mí. Antes, cuando usaban el gas, tal vez hubiera valido la pena verlo. ¿Pero ver cómo le ponen la inyección a un cabrón echado sobre una camilla de masaje, y cómo se va después a la Tierra del Nunca Jamás? No, voy a ver a los Dodgers que juegan contra los Giants ese día. Ya compré mi entrada.

Seguin se puso de pie y se acercó a las rejas. Recordé las horas que habíamos pasado en la sala de interrogatorios, así de próximos. Su cuerpo se había deteriorado, pero no sus ojos. No habían cambiado. Esos ojos eran la rúbrica de todo el mal que había conocido en mi vida.

– ¿Entonces qué lo ha traído a verme hoy, detective?

Me sonrió mostrándome los dientes, que se habían vuelto amarillos, sus encías tan grises como los muros. En ese momento supe que mi viaje había sido un error. Supe que no me daría lo que deseaba, que no me dejaría en paz.

Dos horas después de que pusimos a Seguin en el auto llegaron dos detectives del juzgado con una orden de registro firmada para revisar la casa y el auto. Como estábamos en la ciudad de Burbank, cumpliendo con la rutina yo había notificado de nuestra presencia a las autoridades locales y un equipo de detectives de Burbank y dos patrulleros llegaron a la escena. Mientras los patrulleros mantenían vigilado a Seguin, el resto de nosotros empezamos el registro de la casa.

Nos separamos. La vivienda no tenía sótano. McCaleb y yo nos ocupamos del dormitorio principal y Terry advirtió de inmediato que le habían agregado ruedas a las patas de la cama. Se arrodilló, empujó la cama a un costado y ahí estaba: una puerta trampa en el piso de madera. Tenía un candado.

Mientras McCaleb buscaba la llave en el resto de la casa yo extraje mis pinzas del bolsillo y empecé a trabajar sobre el candado. Estaba solo en la habitación. Mientras manipulaba el candado lo golpeé contra el cierre metálico y me pareció oír un ruido que venía desde debajo de la puerta. Era distante y ahogado pero para mí fue un sonido de terror producido por la voz de alguien. Se me revolvieron las entrañas con mi propio terror y esperanza.

Apliqué toda mi habilidad al candado y en otros treinta segundos logré abrirlo.

– ¡Lo tengo! ¡McCaleb, lo tengo!

McCaleb regresó corriendo a la habitación y entre los dos levantamos la puerta, revelando debajo una placa de contrachapado con pestillos en las cuatro esquinas. La levantamos también y allí, debajo del piso, había una muchacha joven. Tenía los ojos vendados, estaba amordazada y con las manos atadas a la espalda. Estaba desnuda debajo de una sucia frazada rosada.

Pero estaba viva. Se revolcó y se hundió en el revestimiento a prueba de sonido que recubría la caja parecida a un ataúd. Entonces me di cuenta de que ella creía que, por el hecho de que la puerta se abriera, significaba que él volvía. Seguin.

– Está bien -dijo McCaleb-. Estamos aquí para ayudarte.

McCaleb extendió una mano y la tocó suavemente en el hombro. Ella se sobresaltó como un animal pero luego se calmó. Entonces McCaleb se tendió en el suelo y extendió una mano hacia la caja para quitarle la venda de los ojos y la mordaza.

– Harry, pida una ambulancia.

Me incorporé y me alejé unos pasos de la escena. Sentí una garra en el pecho, una idea clara que crecía en mí. Durante años había hablado por los muertos muchas veces. Los había vengado. Me sentía a gusto con los muertos. Pero nunca antes había contribuido tan claramente como ahora a arrancar a alguien de las manos de la muerte. Y en ese momento supe que eso era exactamente lo que acabábamos de hacer. Y supe que en todo lo que me ocurriera después, donde fuera que mi vida me llevara, siempre persistiría en mí ese momento, que sería una luz que me indicaría la salida del más oscuro de los túneles.

– Harry, ¿qué está haciendo? Llame una ambulancia.

Lo miré.

– Sí, ya mismo.

La celda del carpintero era toda de cemento y acero. Había pasado una década desde la última vez que él posó sus dedos sobre las vetas de la madera. Me acerqué más a las rejas y lo miré.

– Se le está acabando el tiempo. Ya agotó sus apelaciones, le tocó un gobernador que necesita demostrar que es duro con el crimen. Así es la cosa, Víctor. En una semanita, la inyección.

Esperé su reacción, pero nada. Tan sólo me miró y esperó lo que sabía que yo diría a continuación.

– Llegó el momento de la verdad. Dígame quién era ella. Dígame de dónde la sacó.

Él se acercó a las rejas, lo suficiente como para que yo oliera la putrefacción en su aliento. No retrocedí.

– Todos estos años, Bosch. Todos estos años y usted todavía necesita saber. ¿Por qué?

– Lo necesito, simplemente.

– Usted y McCaleb.

– ¿Qué pasa con él?

– Oh, también él vino a verme.

Yo sabía que McCaleb ya estaba fuera de la fuerza. El trabajo le había arruinado el corazón. Le habían hecho un trasplante y se había mudado a Catalina. Tenía un barco para excursiones de pesca.

– ¿Cuándo vino?

– A ver, déjeme pensar. Aquí el tiempo no existe, es difícil calcular. Hace unos meses. Pasó para charlar un poco con su corazón nuevo, el pobre Terry. Dijo que andaba por el vecindario. No le gustó mi reseña del film. ¿A usted qué le pareció?

Hablaba del film en el que Clint Eastwood encarnó a McCaleb.

– No lo vi. ¿Para qué vino?

– Quería saber lo mismo. Quién era la chica, de dónde venía. Me dijo que usted le había puesto un nombre, en el momento del juicio. Cielo Azul. Es muy bonito, detective Bosch. Cielo Azul. ¿Por qué lo eligió?

– ¿Eso le dijo?

– Sí, de pie allí donde está usted. Eso es poco profesional, ¿no es cierto, detective Bosch? Acercarse tanto. Podría ser peligroso permitir que una mujer se acerque tanto. Viva o muerta.

Deseé irme, alejarme de él.

– Oiga, Seguin, ¿va a decírmelo o no? ¿O piensa llevárselo con usted?

Él sonrió y retrocedió alejándose de las rejas. Se acercó al tablero de ajedrez y lo observó como si estuviera pensando una jugada.

– Sabe, antes me permitían tener un gato aquí. Extraño a ese gato.

Levantó una de las piezas de ajedrez de plástico, pero después vaciló y volvió a apoyarla en el mismo lugar. Giró y me miró.

– ¿Sabe qué creo? Creo que ustedes dos no soportan la idea de que esa chica no tenga nombre, que no haya venido de un hogar con una mamá y un papá y un hermanito menor. La idea de que a nadie le importe y que nadie la eche de menos los deja vacíos, ¿no es cierto?

– Yo sólo quiero cerrar el caso.

– Pero si está cerrado. Usted no está aquí por ningún caso. Usted está aquí por su propia cuenta. Admítalo, detective. Igual que McCaleb vino por él mismo. La idea de que esa bonita chica -y, a propósito, si le pareció bonita cuando estaba muerta, tendría que haberla visto antes-, la idea de que esté allí, yaciendo en una tumba sin nombre durante todo este tiempo carcome todo lo que usted hace, ¿no es así?

– Es un cabo suelto. No me gustan los cabos sueltos.

– Es más que eso, detective. Yo lo sé.

No dije nada, con la esperanza de que si él seguía hablando podría cometer un error.

– Su rostro era el de un ángel -dijo-. Y ese largo cabello castaño… Siempre me encantó esa clase de cabello. Todavía recuerdo su olor. Me dijo que usaba un champú de frutilla y crema. Hombre, yo ni siquiera sabía que le pusieran esas cosas a un champú.

Se burlaba de mí, me provocaba. La sola idea de que pudiera lograr que me dijera el nombre parecía absurda ahora.

– Era una de esas mujeres, sabe.

– No, no sé. ¿Por qué no me cuenta?

– Bueno, tenía esa cosa, ese poder. Por eso la elegí.

– ¿Qué poder?

– Ya sabe, podía herirte con una mirada. Cara de ángel pero un cuerpo como… ¿Alguna vez advirtió que los autos rojos parecen ir muy rápido aunque estén detenidos? Ella era así. Era peligrosa. Tema que irse. Si yo no lo hubiera hecho, ella nos lo hubiera hecho a nosotros. A muchos de nosotros.

Me sonrió y supe que seguía provocándome. No me estaba dando nada, sólo quería sacarme de quicio.

– Eh, Bosch.

– ¿Qué?

– Si un árbol se cae en el bosque y nadie lo escucha, ¿hace ruido?

Su sonrisa se hizo más pronunciada.

– Si una mujer es asesinada en la ciudad y a nadie le importa, ¿tiene alguna importancia?

– A mí me importa.

– Exactamente.

Se acercó otra vez a las rejas.

– Y usted necesita que yo lo alivie de ese peso dándole un nombre, una mamá y un papá a los que sí les importe.

Estaba a treinta centímetros de mí. Si quería, podía pasar los brazos entre las rejas y estrangularlo. Pero eso era lo que él quería.

– Bueno, no lo liberaré, detective. Usted me puso en esta jaula. Yo lo pongo a usted en otra.

Dio un paso atrás y me señaló. Bajé la vista y me di cuenta de que mis dos manos se cerraban con fuerza sobre las barras de acero de la celda. Mi celda.

Volví a mirarlo y otra vez sonreía, tan inocente como un bebé.

– Raro, ¿no? Recuerdo ese día, hace exactamente doce años. Sentado en la parte trasera del auto mientras ustedes, los polis, jugaban a ser héroes. Tan pagados de sí mismos por haberla salvado. Pero nunca pensaron que les saldría así, ¿no? Salvaron a una pero perdieron a la otra.

Bajé la cabeza, apoyándola en las rejas.

– Seguin, va a quemarse. Se irá al infierno.

– Sí, supongo que sí. Pero me han dicho que es un calor seco.

Soltó una carcajada, y yo lo miré.

– ¿No lo sabe, detective? Para creer en el infierno hay que creer en el cielo.

Abruptamente me alejé de las rejas y me dirigí de regreso hacia la puerta de acero. Hice un gesto con la mano para que me abrieran y aumenté la velocidad a medida que me acercaba. Necesitaba salir de allí.

Escuché la voz de Seguin que reverberaba contra las paredes a mis espaldas.

– ¡La tendré conmigo, Bosch! ¡La tendré aquí conmigo! ¡Eternamente juntos! ¡Eternamente mía!

Cuando llegué a la puerta de acero la golpeé con los puños hasta que escuché el chasquido del cerrojo electrónico y el guardia empezó a deslizaría, abriéndola.

– Está bien, hombre, está bien. ¿Qué apuro hay?

– Sólo sáqueme de aquí -dije mientras lo empujaba para abrirme paso.

Mientras cruzaba el patio todavía podía escuchar la voz de Seguin resonando desde la casa de la muerte.

Dame tu corazón – Joyce Carol Oates

Querido Dr. K__:

Ha pasado mucho tiempo, ¿no es verdad? Veintitrés años, nueve meses y once días.

Desde la última vez que nos vimos. Desde que usted me tuvo, “desnuda” sobre sus rodillas desnudas, a mí.

¡Dr. K__! El saludo formal no pretende ser un halago, menos aún una burla… compréndalo, por favor. No le escribo después de tantos años para pedirle ningún favor delirante (espero), ni para exigirle algo, sino tan sólo para preguntarle si, en su opinión, debería tomarme el trabajo de hacer el trámite requerido para postularme a ser la afortunada receptora de su órgano más preciado, el corazón. Si es que tengo alguna posibilidad de cobrar lo que se me debe, después de tantos años.

Me he enterado que usted, el renombrado Dr. K__, es uno de los que generosamente han firmado un “testamento de vida” por el que dona sus órganos a los que los necesiten. No era para el Dr. K__ algo tan anticuado y egoísta como un funeral y una sepultura en el cementerio, ni siquiera la cremación. ¡Bien por usted, Dr. K__! Pero yo sólo quiero su corazón, no sus riñones, su hígado o sus ojos. Los cederé para beneficio de otros más necesitados.

Por supuesto, pienso presentar mi solicitud tal como lo hacen otros que se encuentran en una situación médica semejante a la mía. No pretendo ningún favoritismo. La solicitud se hará por intermedio de mi cardiólogo. Mujer caucásica de mediana edad juvenil, atractiva, inteligente, optimista aunque con corazón disfuncional, fuera de eso en perfecto estado de salud. No se hará mención alguna a nuestra vieja relación, al menos de mi parte. Aunque usted, Dr. K__, como potencial donante del corazón, por cierto podría indicar alguna preferencia, ¿verdad?

Quiero decir que todo esto se revelaría tras su muerte, Dr. K__.

¡Por supuesto! Ni un minuto antes.

(¿Presumo que tal vez usted no sea consciente de que está destinado a morir pronto? ¿Este mismo año? ¿En un “trágico” o “extravagante” accidente, como seguramente lo llamarán? ¿Poniendo un fin “irónico”, “inexpresablemente horrible” a una “carrera brillante”? Lamento no poder ser más específica con respecto al momento, el lugar, los medios; ni siquiera acerca de si usted morirá solo o con uno o dos miembros de su familia. Pero esa es la naturaleza del accidente, Dr. K__. Es una sorpresa.)

Dr. K__, ¡no frunza el ceño de ese modo! Todavía es un hombre apuesto, y vanidoso, a pesar de su ralo cabello gris que, como otros hombres vanidosos que pierden el cabello, acostumbra peinar hacia un costado sobre la lustrosa cúpula de su cabeza, imaginando que, como usted no puede ver ese ardid en el espejo, los demás tampoco pueden verlo. Pero yo sí puedo.

Buscando a tientas, revuelve los papeles hasta llegar a la última página de esta carta y encontrar mi firma… “Ángel”… y de repente se ve obligado a recordar… Con un ramalazo de culpa.

¡Ella!¿Todavía está… viva?

¡Claro que sí, Dr. K__! Más viva que nunca.

Naturalmente, usted había llegado a imaginar que yo había desaparecido. Que había dejado de existir. Porque usted había dejado de pensar en mí tanto tiempo atrás.

Está asustado. Su corazón, ese órgano culpable, ha empezado a latir con violencia. En una ventana de la planta alta de su casa de Richmond Street (victoriana con una restauración costosa, tejas planas de color gris pálido con molduras azul oscuro, “pintoresca” -”señorial”- entre otras de su tipo en el exclusivo y antiguo vecindario al este del Seminario Teológico) usted mira ansiosamente hacia afuera a… ¿qué cosa?

No a mí, obviamente. Yo no estoy allí.

En cualquier caso, no estoy visible.

Sin embargo… ¡con qué intensidad siniestra parece latir la luz pálida que centellea en el cielo!

Dr. K__, ¡no le deseo ningún mal! De veras. Esta carta no es de ninguna manera una exigencia de su (póstumo) corazón, ni siquiera “una amenaza verbal”. Si usted decide, neciamente, mostrársela a la policía, seguramente le asegurarán que es algo inofensivo, no es ilegal, sino tan sólo un pedido de información: ¿podría yo, el “amor de su vida” al que usted no ha visto en veintitrés años, postularme para ser receptora de su corazón? ¿Qué posibilidades tiene Ángel?

Sólo deseo cobrarme lo que es mío. Lo que me fue prometido hace tanto tiempo. ¡Yo sí he sido fiel a nuestro amor, Dr. K__!

Usted se ríe, con esfuerzo. Incrédulamente. ¿Cómo hacer para responderle a “Ángel”, si “Ángel” no ha puesto su apellido, ni dirección alguna? Usted tendrá que buscarme. Para salvarse, búsqueme.

Usted hace un bollo con esta carta, la arroja al suelo.

¿Se aleja a los tropezones, pretende olvidar, obviamente no puede, las hojas arrugadas de mi carta manuscrita en el suelo -¿en su estudio?, ¿en la planta alta de la señorial casa victoriana del número 119 de Richmond Street?-, donde alguien podría encontrarla y alzarla para leer eso que usted no querría que leyera ninguna otra persona, menos aún alguien “cercano” a usted. (Como si nuestra familia, especialmente nuestros parientes de sangre, estuvieran “cercanos” a nosotros en la verdadera intimidad del amor erótico.) De manera que usted vuelve sobre sus pasos, con dedos temblorosos recoge las hojas dispersas, las alisa y sigue leyendo.

¡Querido Dr. K__! Comprenda, por favor: no estoy resentida, no albergo obsesiones. Esa no es mi naturaleza. Tengo mi propia vida, e incluso he tenido una (moderadamente exitosa) carrera. Soy una mujer normal de mi lugar y mi época. Soy como la exquisita araña negra y plata, de cabeza de diamante, la llamada araña “feliz”; la única subespecie de Araneida que, según se dice, tiene la libertad de tejer telas en parte improvisadas, tanto ovales como en forma de embudo, y de vagar por el mundo a su antojo, igualmente cómoda en el pasto húmedo como en los secos, oscuros y protegidos interiores de los lugares hechos por el hombre, regocijándose en su (relativamente) libre albedrío dentro de las inevitables restricciones del comportamiento de las Araneida; posee un agudo aguijón venenoso, a veces letal para los seres humanos, especialmente para los niños.

Como la araña cabeza de diamante, tengo muchos ojos. Como la cabeza de diamante, se me puede considerar “feliz”, “dichosa”, “jubilosa” a los ojos de los demás. Porque ese es mi rol, mi actuación.

Es cierto que durante años me reconcilié estoicamente con mi pérdida, con mis pérdidas. (No es que lo culpe a usted de esas pérdidas, Dr. K__. Aunque un observador neutral podría concluir que mi sistema inmunitario quedó dañado como consecuencia del colapso físico y mental que sufrí después de que usted me expulsara súbitamente de su vida.) Pero después, el mes de marzo pasado, cuando vi su foto en el periódico -distinguido teólogo K__ nombrado director del seminario- y, unas semanas más tarde, cuando fue designado presidente de la Comisión de Religión y Bioética, reconsideré mi situación. La época del anonimato y el silencio terminó, pensé. Por qué no hacerlo, por qué no intentar cobrarle lo que te debe.

¿Recuerda ahora el nombre de Ángel? Ese nombre que, durante veintitrés años, nueve meses y once días usted no ha querido pronunciar.

Busque mi nombre en cualquier guía telefónica, no lo encontrará. Porque tal vez mi número no está consignado, o tal vez no tengo teléfono. Posiblemente mi nombre haya cambiado. (Legalmente.) Tal vez vivo en una ciudad lejana de una lejana región del continente, o tal vez, como la araña cabeza de diamante (cuando es adulta, tiene un tamaño aproximado a la uña de su pulgar derecho, Dr. K__), vivo calladamente bajo su techo, tejiendo mis exquisitas telas entre las sombrías vigas de su sótano, o en un nicho entre su imponente escritorio de caoba y la pared o, encantadora idea, en la mal ventilada cueva debajo de la antigua cama con dosel que usted y la segunda señora K__ comparten en la decadencia de la última etapa de la madurez.

¡Estoy tan cerca, aunque invisible!

¡Querido Dr. K__! Usted supo maravillarse ante mi piel “perfecta, digna de un Vermeer” y de mi cabellera de “rizos dorados” que caía en cascada sobre mi espalda, que usted acariciaba y tomaba entre sus dedos. Yo era su “ángel”… su “adorada”. Me regodeaba en su amor, porque no lo cuestionaba. Era joven, era virginal, en cuerpo y en espíritu, y no se me hubiera ocurrido cuestionar la palabra de un adulto distinguido. Y en el paroxismo de la relación amorosa, cuando usted se entregó por completo a mí, o al menos eso parecía, ¿cómo pudo… engañarme?

El Dr. K__ del Seminario Teológico, autoridad y erudito bíblico, protegé de Reinhold Niebuhr y autor de “brillantes”, “revolucionarias” exégesis de los Rollos del Mar Muerto, entre otros temas esotéricos.

Pero no tenía idea, protesta usted ahora. No le había dado motivos para creer, para esperar…

(¿Que creyera sus declaraciones de amor? ¿Que “le tomara la palabra”?)

Querida mía, mi corazón te pertenece. Siempre, para siempre. ¡Esa fue su promesa!

Ahora, Dr. K__, mi piel ya no es “perfecta”. Se ha convertido en la piel sincera y con defectos de una mujer de mediana edad que no hace ningún esfuerzo por ocultar sus años. Mi cabello, que era antes de un reluciente rubio rojizo, está ahora desteñido, seco y quebradizo como la paja de una escoba; lo mantengo muy corto, como el de un hombre, gracias a mis tijeras, y apenas me miro en el espejo mientras lo recorto con un chic-chac. Mi cara, aunque supongo que razonablemente atractiva, es de hecho apenas un manchón indistinto para la mayoría de los observadores, incluyendo especialmente a los hombres estadounidenses de mediana edad; usted mismo me ha mirado y no me ha visto, querido Dr. K__, en más de una ocasión recientemente, reconociendo a su Ángel tanto como hubiera podido reconocer un plato lleno de comida devorado veintitrés años atrás con vigoroso apetito, o una vieja fantasía sexual adolescente, gastada y descartada mucho tiempo atrás.

Para que quede constancia: yo era la mujer de impermeable sencillo de color caqui y sombrero haciendo juego que esperó pacientemente en la librería de la universidad mientras la fila de sus admiradores avanzaba lentamente para que el Dr. K__ les firmara sus volúmenes de La vida ética: los desafíos del siglo XXI. (Un delgado tratado teológico, no un mega best seller, por supuesto, pero un best seller bastante respetable, muy popular en las comunidades universitarias y suburbanas de la clase media alta.) Yo sabía que su “brillante” libro sería una desilusión, pero lo compré y lo leí ansiosamente para descubrir (una vez más) el mismo hecho que me dejaba perpleja: usted, Dr. K__, el hombre, no es el individuo que aparece en sus libros; los libros son una astuta ficción, estructuras artificiales que usted ha creado para habitarlas transitoriamente, tal como un individuo lisiado, deformado, podría habitar en una estructura de insuperable belleza, mirar a través de sus ventanas, enorgullecerse al posar como su dueño, pero sólo transitoriamente.

¿Sí? ¿Es esa la clave del renombrado “Dr. K__”?

Para que quede constancia: varios domingos atrás, usted y yo nos cruzamos en el Museo Estatal de Historia Natural; usted llevaba de la mano a su nieta de cinco años (se llama Lisie, me parece, ¿no?… adorable nombre) y usted no reparó en mí como no hubiera reparado en ningún desconocido que pasara a su lado en los empinados peldaños de mármol, descendiendo de la Sala de los Dinosaurios del penumbroso cuarto piso mientras usted subía; usted se había agachado para decirle algo a Lisie con una sonrisa, y en ese momento fue cuando advertí ese tonto y conmovedor ardid de su peinado (sobre el creciente parche de calvicie), vi la expresión de sobresalto en la dulce carita de Lisie (porque la niña, a diferencia de su abuelito miope, me había visto y me había “reconocido” en un segundo); sentí un estremecimiento de triunfo: qué fácil me hubiera resultado matarlo entonces, podría haberlo empujado sobre esos duros escalones de mármol, mis manos firmes sobre esos hombros suyos, ahora bastante agobiados, la fuerza de mi furia neutralizando cualquier resistencia que usted, un hombre jadeante de vientre flácido, cien kilos de peso y casi anciano, hubiera conseguido oponer; inmediatamente habría perdido el equilibrio, cayéndose hacia atrás con una expresión de incrédulo terror, y aferrando aún la mano de su nieta hubiera arrastrado con usted a la inocente niña, despeñándose por la escalera de mármol con un alarido: ¡conmoción cerebral, fractura de cráneo, hemorragia cerebral, muerte!

¿Por qué no hacerlo, por qué no intentar cobrarle lo que te debe?

¡Por supuesto, Dr. K__, no lo hice! No esa tarde de domingo.

¡Querido Dr. K__! ¿Le sorprende saber que su abandonado amor con los “rizos de oro” y los “pechos suaves como la seda” logró recobrarse de su crueldad y que a los veintinueve años había conseguido destacarse en su carrera, en otra parte del país? Jamás podría ser tan famosa en mi campo como usted, Dr. K__, lo es en el suyo, se entiende, pero gracias a mi diligencia y aplicación, a las privaciones que me impuse a mí misma y a mi astucia, me abrí camino en un campo tradicionalmente dominado por los hombres y logré lo que podría definirse como un éxito menor, “local”. Es decir que no tengo de qué avergonzarme, y tal vez incluso tenga algo para enorgullecerme. Si fuera capaz de sentir orgullo.

No seré más específica, Dr. K__, pero le daré una pista: mi campo de trabajo es similar al suyo, aunque no académico ni “intelectual”. Mi salario es muy inferior al suyo, por supuesto. No tengo identidad pública, ni reputación, y tampoco deseo tenerlas. Estoy en un campo de servicio; aprendí a servir hace mucho tiempo. En lo que se refiere a las fantasías ajenas, en especial de los hombres, me he vuelto experta en prestar servicio.

Sí, Dr. K__, es posible que incluso le haya prestado servicio a usted. Indirectamente, quiero decir. Por ejemplo: podría trabajar en, o incluso supervisar un laboratorio médico al que su médico envía muestras de sangre, muestras de tejido para biopsia, etcétera, y un día envía a nuestro laboratorio alguna muestra extraída del cuerpo del famoso Dr. K__. Cuya vida puede depender de la exactitud y la buena fe de los resultados de nuestro laboratorio.

¡Es sólo un ejemplo, Dr. K__, entre muchos otros!

No, querido Dr. K__, esta carta no es una amenaza. ¿Cómo podría ser una amenaza, si declaro en ella mi posición de manera tan abierta, y por lo tanto, tan inocentemente?

¿Le asombra enterarse de que una mujer puede ser una “profesional” -tener una carrera gratificante- y sin embargo seguir soñando con hacer justicia después de veintitrés años? ¿Le asombra enterarse de que una mujer puede estar casada, o haberlo estado, y seguir sin embargo obsesionada por su cruel y falso primer amor, que arrasó no sólo con su virginidad sino también con su fe en la especie humana?

Preferiría imaginar a su abandonada “Ángel” como una solterona amargada y solitaria, ¿verdad? Oculta entre las sombras, tejiendo horribles telas pegajosas con sus propias vísceras emponzoñadas, pero la verdad es exactamente a la inversa: así como hay arañas “felices”, que según observaciones de los entomólogos demuestran ser capaces de gozar de una (relativa) libertad, tejiendo sus telas con cierta variedad y originalidad, también hay mujeres “felices” que sueñan con lograr justicia, y que harán todo lo necesario para probar su dulce sabor algún día. Pronto.

(¡Dr. K__! ¡Qué afortunado es usted de tener una nietita como Lisie! Tan delicada, tan bonita, tan… angelical. Yo no he tenido una hija, lo confieso. Tampoco tendré una nieta. Si las cosas fueran de otro modo entre nosotros, “Jody”, podríamos compartir a Lisie.)

“Jody”…, ¡qué emocionante fue para mí, a los diecinueve años, llamarlo a usted por ese nombre! Y los demás se dirigían a usted formalmente, diciéndole Dr. K__. Era algo secreto, ilícito, un tabú -como llamar al propio padre con el nombre de un amante-, y también, por supuesto, era en parte la causa de mi emoción.

“Jody”, espero que su primera esposa, la angustiada E, no haya descubierto nunca ciertas pruebas incriminatorias en los bolsillos de sus pantalones, en su billetera, en su maletín, donde audazmente yo las escondía. Mensajes de amor, expresados de manera infantil. Adoro adoro adoro a mi Jody. A mi GRAN JODY.

Ahora usted ya no suele ser el gran jody con frecuencia, ¿verdad, Dr. K__?

“Jody” ha desaparecido con los años, según me he enterado. Con su cabello negro y espeso de gitano, esos sagaces ojos claros y esa postura erguida y esa capacidad de rejuvenecimiento de su pene grueso y corto, que podía reinventarse con una frecuencia impresionante. (Al menos, al principio de nuestra relación.) Ahora, a cualquier joven estudiante de diecinueve años llamarlo “Jody” le resultaría obsceno, ridículo.

Ahora lo que a usted más le gusta es que lo llamen “Abuelito”… con la voz de Lisie.

Sin embargo, en mis sueños a veces escucho mi propio susurro desvergonzado: Jody por favor no dejes de amarme, por favor perdóname, sólo quiero morirme, merezco morir si no me amas mientras en el baño tibio se escurrían los hilos de sangre que brotaban de mis muñecas laceradas; pero fue el Dr. K__, no “Jody”, quien habló secamente por teléfono para informarme Este no es el momento. Adiós.

(Usted debe haber averiguado, Dr. K__. Debe haberse enterado de que me encontró en la bañera ensangrentada, inconsciente, casi muerta, una amiga preocupada que había intentado llamarme por teléfono. Usted debe haberlo sabido, pero prudentemente se mantuvo a distancia, Dr. K__. ¡Todos estos años!)

Dr. K__, usted no solo ha conseguido borrarme a mí de su memoria, sino que supongo que también ha olvidado a su angustiada primera esposa E__, “Evie”. La hija del ricachón. Una mujer dos años mayor que usted, carente de confianza en sí misma, bastante fea, sin estilo. Cuando usted me amaba, se preocupaba de que “Evie” sospechara, no porque ella le importara gran cosa, sino porque el ricachón de su suegro también podía sospechar de usted. Y usted estaba muy endeudado con el ricachón, ¿verdad? Pocos miembros del cuerpo docente del Seminario pueden darse el lujo de vivir cerca del Seminario. En la elegante y antigua zona este de nuestra ciudad universitaria. (Así alardeaba, a su manera, y era desconcertante. Como si contemplara una ironía del destino y no una consecuencia de sus propias maniobras. Mientras tanto, sonriendo, me besaba en la boca y rozaba con un dedo mis pechos, mi vientre trémulo.)

¡Pobre “Evie”! Su muerte “accidental”, atropellada por un misterioso vehículo cuyo conductor huyó, después de patinar en el pavimento mojado por la lluvia, sin un solo testigo… Yo lo hubiera acompañado en su dolor, Dr. K__, y hubiera sido una amante madrastra de sus hijos, pero para entonces usted ya había desaparecido de mi vida.

O eso creyó.

(Para que quede constancia: no estoy insinuando que yo haya tenido algo que ver con la muerte de la primera señora K__. No se moleste en releer esta parte para determinar si hay algo “entre líneas”… no lo hay.)

Y después, Dr. K__, viudo con dos hijos, se marchó a Alemania. Un año sabático que se extendió a dos. Yo me quedé a hacer el duelo en lugar suyo. (No por la desafortunada “Evie”, sino por usted.) En ciertos círculos se calificó de “tragedia” a la muerte de su esposa, pero yo preferí considerarla exclusivamente como un accidente: una conjunción del momento, el lugar, la oportunidad. ¿Qué es un accidente sino la precisión para encontrar el momento justo?

Dr. K__, yo no lo acusaría de flagrante hipocresía (¿no es así?), y menos aún de ser un embaucador, pero no entiendo por qué, si estaba cobardemente aterrorizado de la familia de su primera esposa (a la que usted se consideraba tan superior intelectualmente), sin embargo volvió a casarse, después de dieciocho meses, con una mujer mucho más joven que usted, casi tan joven como yo, hecho que debe haber escandalizado y enfurecido a sus ex parientes políticos. ¿Sí? (¿O ya había dejado de importarle lo que ellos pensaran? ¿Ya le había exprimido suficiente dinero a su suegro, para ese entonces?)

A su segunda esposa, V__, se le ahorraría una muerte accidental, y lo sobrevivirá a usted por muchos años. Nunca he sentido ningún rencor contra la voluptuosa -ahora más bien gordita- “Viola”, que entró en su vida después de que yo partí de ella. Tal vez, en cierto modo, sentí alguna simpatía por la joven mujer, suponiendo que, llegado el momento, usted la traicionaría también a ella. (¿Y no lo ha hecho, acaso? ¿Innumerables veces?)

No me he olvidado de nada, Dr. K__. Mientras que usted, para su fatal desventaja, ha olvidado casi todo.

Dr. K__, “Jody”, tengo algo que confesar: incluso entonces tenía secretos que le ocultaba. Aun cuando a usted le pareciera tan transparente, translúcida. Había, en lo profundo de mí, un deseo de terminar con nuestro amor ilícito. Un final digno de la gran ópera, no del simple melodrama. Cuando usted me sentaba en sus rodillas, desnuda -“al desnudo”, prefería decir usted- y me comía con los ojos -“¡Bella! ¿No eres mi pequeña belleza?”-, incluso entonces, yo me regocijaba en mis pensamientos secretos. A veces usted parecía ebrio de amor -¿de lujuria?- por mí, besándome, lamiéndome, acariciándome, chupándome… chupando su alimento de mí como un vampiro. (La presión de la paternidad y de mantener la pose de yerno cumplidor y también de “teólogo renombrado” lo estaban agotando, enloqueciendo su vanidad masculina. Por supuesto, en mi ingenuidad, yo no tenía ni idea de eso.) Sin embargo, mientras posaba mi mano en la piel caliente de su nuca “vi” una hoja de afeitar aferrada entre mis dedos, y cómo saltaban los primeros chorros asombrados de su sangre de manera tan vívida como puedo “verlos” ahora mismo. Sentí que me desmayaba, se me pusieron blancos los ojos, usted me tomó en sus brazos… y por primera vez (supongo que por primera vez) advirtió que su ángel dorado era un problema, una desventaja, una carga no muy diferente de la carga que representaba una esposa neurótica, proclive a la angustia. Querida, ¿qué te ocurre?¿Es una broma, querida? Preciosa, no es divertido asustarme así, a mí que te adoro.

Aferrando mis dedos helados con sus dedos cálidos y duros y apretando mi mano contra los latidos de su corazón grande y poderoso.

¿Por qué no? ¿Por qué no intentar? ¿Cobrar?… ese corazón.

Es lo que se me debe.

¡Qué inspirada estoy componiendo esta carta, Dr. K__! La he estado escribiendo febrilmente, casi sin hacer una pausa para tomar aliento. Es como si un ángel guiara mi mano. (¡Uno de esos altos ángeles coléricos, con alas curtidas como cuero y feroces rostros medievales que se ven en los grabados alemanes!) He releído algunas de sus obras publicadas, Dr. K__, incluyendo el tratado densamente anotado sobre los Rollos del Mar Muerto que establecieron su reputación de ambicioso académico joven cuando usted tenía poco más de treinta años. Sin embargo, todo resulta tan pintoresco y anticuado, del siglo xx, cuando “Dios” y “Satán” eran de alguna manera más reales para nosotros, como objetos hogareños… He estado leyendo sobre nuestros orígenes religiosos primitivos, acerca de que “Dios-Satán” eran una unidad, pero ahora, en nuestra tradición cristiana, están siempre separados. Fatalmente separados. Porque nosotros, los cristianos, no podemos creer que haya maldad en nuestro Dios, porque de ese modo no podríamos amarlo.

Dr. K__, mientras escribo esta carta, mi corazón disfuncional con su misterioso “murmullo” a veces se acelera, otras se hace más lento, o da un bandazo al saber, con excitación, que usted está leyendo estas palabras con un creciente sentimiento de justicia. Ha empezado a caer una lluvia densa, que tamborilea sobre el techo y las ventanas del lugar donde vivo, una lluvia idéntica (¿lo es?) a la que tamborilea sobre el techo y las ventanas de su casa a pocos (¿o son muchos?) kilómetros de distancia; a menos que yo viva en una parte del país a miles de kilómetros de allí, y la lluvia no sea idéntica. Y sin embargo puedo llegar hasta usted en cualquier momento. Soy libre de ir y venir, de aparecer y desaparecer. Incluso es posible que haya contemplado la encantadora fachada del jardín de infantes La abejita industriosa al que asiste su preciosa nieta, así como he comprado zapatos en la empresa de V__, aunque, por supuesto, la mujer mofletuda, densamente maquillada y con pies tan grandes que debe calzar más de cuarenta ni siquiera reparó en mi presencia.

Y lo mismo el domingo pasado: volví al Museo de Historia Natural, sabiendo que existía la posibilidad de que usted regresara. Porque me había parecido posible que usted me hubiera reconocido cuando nos cruzamos en la escalera y que me hubiera enviado una señal con los ojos, sin que Lisie lo advirtiera, instándome a volver para encontrarme con usted, a solas. Sabe, el profundo vínculo erótico entre nosotros nunca se romperá: usted entró en mi cuerpo virginal, me arrancó mi inocencia, mi juventud, mi alma misma. ¡Mi ángel! Perdóname, vuelve a mí, te compensaré por el sufrimiento que has padecido por mi culpa.

Esperé, pero usted no vino.

Esperé, y el sentido de la misión que yo debía cumplir no desapareció, sino que se volvió más potente.

Descubrí que era la única visitante del sombrío cuarto piso, en la Sala de los Dinosaurios. Mis pasos retumbaban débilmente en el gastado piso de mármol. Un guardia del museo, de pelo blanco con una panza como la suya me miraba a través de sus párpados entrecerrados; estaba sentado en una silla de loneta, con las manos sobre las rodillas. Como un muñeco de cera. Como uno de esos maniquíes que engañan el ojo. Sabe a qué me refiero: esas extrañas figuras que parecen vivas y que se ven en las colecciones de arte contemporáneo, salvo que esa figura hundida en su silla no estaba cubierta de vendas blancas. En silencio pasé ante él como hubiera podido hacerlo un fantasma. Mi (enguantada) mano en la cartera, y mis dedos aferrando una hoja de afeitar que para entonces ya había aprendido a manejar con habilidad, y con coraje.

Sigilosamente recorrí toda la Sala de los Dinosaurios buscándolo a usted, pero en vano; sigilosamente me situé detrás del guardia que dormitaba, sintiendo que el errático latido de mi corazón se aceleraba con la excitación de la cacería… pero por supuesto dejé pasar el momento, la hoja de afeitar no estaba destinada a un guardia de museo sino al renombrado Dr. K__. (Aunque no tengo la menor duda de que podría haber blandido mi arma contra el viejo, simplemente por la frustración de no haberlo encontrado a usted, y por furia femenina debido a siglos de malos tratos y explotación; podría haberle abierto la arteria carótida y retirarme rápidamente sin que una sola gota de sangre salpicara mi ropa; mientras la vida del hombre se derramaba sobre el piso de mármol, hubiera descendido al casi desierto tercer piso del museo, y al segundo, para mezclarme, inadvertida, con los visitantes dominicales que se apiñaban en la nueva muestra de gráfica computada. ¿Tan fácil!) Me encontré a la deriva entre réplicas de caucho de dinosaurios, algunos enormes como el Tyrannosaurus rex, algunos del tamaño de bueyes, y otros bastante pequeños, de tamaño humano; admiré los reptiles voladores, con sus largos picos y alas con garras; en una superficie espejada sobre la que se alzaba una de esas criaturas prehistóricas admiré mi rostro pálido, de piel tibia y mi vaporosa cabellera cenicienta. Querida, susurraba usted, te adoraré siempre. ¡Esa sonrisa angelical!

¿Ve, Dr. K__? Todavía sigo sonriendo.

¡Dr. K__! ¿Por qué está de pie tan rígido, allí ante la ventana de la planta alta de su casa? ¿Por qué se encoge, arrasado por un miedo horrible? No le ocurrirá nada que no sea justo. Que usted no merezca.

Estas páginas que sostiene en su mano temblorosa… le gustaría romperlas, hacerlas pedazos… pero no se atreve. Su corazón late con fuerza, ¡aterrado de que lo arranquen de su pecho! Con desesperación considera la posibilidad -pero decidirá no hacer- de mostrarle mi carta a la policía. (¡Lo avergüenza lo que la carta revela sobre el renombrado Dr. K__!) Considera la posibilidad -pero decidirá no hacerlo- de mostrarle mi carta a su esposa, pero ya ha tenido agotadoras sesiones de sinceramiento, confesión, exoneración con ella, muchas veces; ya ha visto repugnancia en sus ojos. ¡No otra vez! Y no tiene estómago para mirarse en el espejo, porque ya ha tenido más que suficiente de su propia cara, de esos ojos acongojados y culposos. Mientras que yo, la venenosa cabeza de diamante, tejo con júbilo mi tela vaporosa entre las vigas de su sótano, o en el nicho entre su escritorio y la pared, o en la mal ventilada cueva debajo de su cama conyugal o, ¡encantadora perspectiva!, dentro del colchón mismo de la cama infantil en la que, cuando visita la casa de sus abuelos, en Richmond Street, duerme la pequeña y bella Lisie.

Invisible tanto de día como de noche, tejiendo mi tela con mis propias entrañas, incansable y fiel… “Feliz”.

Karma – Walter Mosley

Leonid McGill estaba sentado ante su escritorio, en el piso sesenta y siete del Empire State Building, limándose las uñas y contemplando Nueva Jersey. Eran las tres y cuarto. Leonid había jurado que haría ejercicio esa tarde, pero ahora que había llegado el momento se sentía letárgico.

“Fue ese sandwich de pastrami -pensó-. Mañana comeré algo liviano como pescado y después puedo ir al gimnasio de Gordo a hacer un poco de ejercicio”.

Gordo tenía un gimnasio para boxeadores en un tercer piso de la calle 31. Cuando Leonid tenía treinta años menos y era treinta kilos más liviano, iba a lo de Gordo todos los días. Durante un tiempo Gordo había querido que el detective privado se convirtiera en boxeador profesional.

– Ganarás más dinero en el ring que siguiéndole el rastro a unas bombachas -le decía el entrenador, que parecía no tener edad definida. A McGill le gustaba la idea, pero también le encantaban sus Lucky Strike y su cerveza.

– No consigo correr si alguien no me persigue -le decía McGill a Gordo-. Y siempre que alguien me lastima quiero hacerle mucho daño. Sabes, si un tipo me noqueara en el ring, probablemente lo esperaría con una barreta de hierro en la puerta del Madison Square.

Los años pasaron y Leonid siguió entrenándose con la bolsa de arena dos o tres veces por semana. Pero ya no se hablaba de una carrera en el box. Gordo perdió interés en Leonid como boxeador, aunque siguieron siendo amigos.

– ¿Cómo es que un negro se consiguió un nombre como Leonid McGill? -le preguntó una vez Gordo al detective.

– Papá era comunista y el tatarabuelo había venido de Escocia y tema esclavos -respondió Leo con rapidez-. Ya sabes que el árbol genealógico de un negro es casi todo raíz. Lo que ves por encima de la tierra es sólo un vestigio de la verdadera historia.

Leo se incorporó de su silla e hizo el intento de tocarse los dedos de los pies sin doblar las rodillas. Sus dedos llegaron poco más arriba del tobillo y el estómago le bloqueó el camino.

– Mierda -dijo el detective. Después regresó a su silla y continuó limándose las uñas.

Lo hizo hasta que la gran esfera del reloj de pared marcó las 4.07. Entonces sonó el timbre. Un timbrazo agudo, prolongado. Leonid maldijo por no haber conectado la cámara para ver quién estaba ante su puerta. Con un timbrazo como ese, podía ser cualquiera. Les debía más de cuatro mil setecientos dólares a los hermanos Wyant. Había vendido las nueces y todavía no había hecho la cosecha. A los Wyant no les importarían sus problemas de efectivo.

Pero podría ser un cliente que llamaba a su puerta. Un cliente de verdad. Alguien a quien su empleado le robaba. O tal vez una hija que actuaba bajo la influencia de malas compañías. Y otra vez podía ser uno de los treinta o cuarenta maridos irritados que buscaban venganza por haber sido descubiertos en medio de sus pasatiempos extramatrimoniales. Y después, estaba Joe Haller… ese pobre idiota, aunque Leonid jamás se había cruzado con Joe Haller. Era imposible que ese perdedor hubiera encontrado su puerta.

El timbre volvió a sonar.

Leonid se incorporó de la silla y caminó por el largo pasillo que conducía a la recepción. Llegó hasta la puerta de entrada. El timbre atronó una vez más.

– ¿Quién es? -gritó McGill con el acento sureño que utilizaba algunas veces.

– ¿Señor McGill? -dijo una mujer.

– No está.

– Oh. ¿No volverá hoy?

– No -dijo Leonid-. No. Está ocupado con un caso. En Florida. Si me dice qué necesita le dejaré una nota.

– ¿Puedo entrar? -sonaba joven e inocente, pero Leonid no pensaba correr el riesgo de que lo engañaran.

– Sólo soy el encargado del edificio, cariño -dijo-. No estoy autorizado a dejar entrar a nadie en ninguna oficina de este edificio. Pero anotaré su nombre y su número de teléfono y le dejaré el papel sobre el escritorio si a usted le parece bien.

Leonid ya había usado ese recurso en otras oportunidades. Nadie podía rebatirlo. No se podía inculpar al encargado.

Hubo un silencio del otro lado de la puerta. Si la chica tenía un cómplice estarían susurrando maneras de salirse con la suya. Leonid apoyó la oreja en la pared pero no alcanzó a escuchar nada.

– Karmen Brown -dijo la mujer. Agregó un número de teléfono con el nuevo prefijo 646. Probablemente un teléfono celular, pensó Leonid.

– Espere. Déjeme buscar un lápiz -se quejó-. ¿Brown, me dijo?

– Karmen Brown -repitió ella-. Karmen con K -y volvió a repetir el número de teléfono.

– Se lo dejaré sobre el escritorio -prometió Leonid-. Lo verá en el mismo momento que regrese a la ciudad.

– Gracias -dijo la joven.

Se notó cierta vacilación en su voz. Si era una chica con cerebro podría preguntarse cómo era que un encargado de edificio sabía por dónde andaba el detective privado. Al cabo de un momento él escuchó sus tacos repiqueteando en el corredor. Volvió a la oficina para quedarse un rato más por las dudas de que la chica, y su posible cómplice, decidieran esperar a que saliera.

No le molestaba quedarse en la oficina. Su departamento subalquilado no era tan agradable ni silencioso como la oficina, y al menos ahí podía estar solo. Los alquileres comerciales se habían ido a pique después del 11 de septiembre. Buscó música en la computadora.

Es cierto que no había pagado el alquiler desde hacía tres meses. Pero Leonid Trotter McGill no se preocupaba tanto por el dinero. Sabía que podía conseguirlo si era necesario. Había demasiada gente que tenía demasiados secretos. Y los secretos eran el producto más valioso en la ciudad de Nueva York.

A las 5.39 volvió a sonar el timbre. Esta vez fueron dos timbrazos largos seguidos de tres cortos. Leonid recorrió el pasillo y abrió la puerta sin preguntar quién era.

El hombre parado allí era bajo y blanco, calvo y delgado. Llevaba puesto un traje caro con gemelos verdaderos y una camisa blanca con el cuello y los puños almidonados.

– León -dijo el pequeño hombre blanco.

– Teniente. Pase.

Leonid condujo al atildado hombrecito a través del área de recepción y el pasillo (que tenía tres puertas en el trayecto), y finalmente lo hizo pasar a su oficina.

– Siéntese, teniente.

– Linda oficina. ¿Dónde está todo el mundo? -preguntó el visitante.

– Estoy solo por ahora. Estoy en una etapa de transición. Y sabe, tratando de desarrollar un nuevo plan comercial.

– Ya entiendo.

El delgado hombre blanco ocupó la silla situada frente al escritorio de Leonid. Desde allí podía ver las largas sombras que caían sobre Nueva Jersey. Desvió los ojos de la ventana para posar la mirada sobre su anfitrión, L. T. McGill, detective privado.

Leonid era bajo, su altura no superaba el metro sesenta y cinco, con una barriga prominente y mejillas regordetas. Su piel era del color del bronce sucio y estaba cubierta de pecas oscuras. Un escarbadientes sobresalía de la comisura derecha de su boca. Vestía un traje pardo con manchas acumuladas a lo largo del tiempo.

Su camisa era de color verde lima y la gruesa banda de oro que adornaba su meñique izquierdo pesaba dos o tres onzas.

Leonid McGill tenía manos poderosas y aliento fuerte. Sus ojos eran suspicaces y siempre parecía tener diez años más de los que en realidad tenía.

– ¿Qué puedo hacer por usted, Carson? -le preguntó el detective al policía.

– Joe Haller -dijo Carson Kitteridge.

– ¿Podría repetirlo? -Leonid frunció el ceño, fingiendo ignorancia si no inocencia.

– Joe Haller.

– Jamás lo oí nombrar. ¿Quién es?

– Un gigoló y un golpeador. Ahora me dicen que es un ladrón.

– ¿Quiere contratarme para que averigüe algo sobre él?

– No -dijo el poli-. No. Está a la sombra ahora. Lo pescamos in fraganti. Tenía treinta mil dentro de su armario. En el maletín con el que iba a trabajar todos los días.

– Eso lo hace muy fácil -dijo Leonid. Se concentró en su respiración, algo que había aprendido a hacer siempre que era interrogado por la ley.

– Eso creería usted, ¿no es cierto? -le dijo Carson.

– ¿Hay algún problema con el caso?

– A usted lo vieron hablando con Néstor Bendix el 4 de enero.

– ¿Sí?

– Sí Lo sé porque el nombre de Néstor se vinculó con el robo de una empresa llamada Financiera Amberson dos meses atrás.

– ¿De veras? -dijo Leonid-. ¿Y eso qué tiene que ver con Joe quéséyocuánto?

– Haller -dijo el teniente Kitteridge-. Joe Haller. El dinero que tenía en el maletín era del vehículo blindado que acababa de pasar por Amberson.

– ¿Un vehículo blindado dejó treinta mil dólares en ese lugar?

– Más bien trescientos mil -dijo Kitteridge-. Era de sus máquinas ATM. Parece que Amberson se había involucrado mucho en el negocio de ATM en ese barrio. Tienen sesenta máquinas en esa zona próxima al centro.

– ¡Que me cuelguen! ¿Y usted piensa que Joe Haller y Néstor Bendix se los robaron?

El teniente Carson Kitteridge permaneció en silencio por un momento, mientras sus ojos grises estudiaban al tosco detective.

– ¿Qué tenían para decirse usted y Néstor? -preguntó el poli.

– Nada -dijo Leo encogiéndose de hombros-. Era un lugar de pizza, cerca del Seaport, si no recuerdo mal. Entré allí para comer un calzone y vi a Néstor. Solíamos ser amigos hace tiempo, cuando Hell's Kitchen todavía era Hell's Kitchen.

– ¿Qué quería decirle?

– Nada. De veras. Fue un encuentro casual. Me quedé el tiempo suficiente para comer demasiado y enterarme de que tiene dos hijos en la universidad y dos en la cárcel.

– ¿Hablaron del robo?

– Ni siquiera me había enterado del asunto hasta que usted lo mencionó.

– Este Joe Haller -dijo el policía- practica lo que usted llamaría un estilo de vida alternativo. Le gustan las mujeres casadas. Se podría decir que eso es lo suyo. Busca señoras honestas y las tuerce. Dicen que está equipado como un caballo.

– ¿Sí?

– Sí. Lo que hace es hacer que las damas se reúnan con él en lugares próximos al sitio en donde trabaja y les enseña cómo vivir bien atendidas.

– Me perdí, teniente -dijo Leonid-. Quiero decir, a menos que una de las guardias femeninas de Amberson sea una pollita de Haller.

El elegante policía meneó levemente la cabeza.

– No. No. Le diré cómo lo veo yo, León -dijo el policía-. Néstor cometió el robo pero alguien lo delató y yo y mi gente le seguimos la pista. Entonces lo llama a usted para que le busque algún tonto que cargue con la cosa y usted le entrega a Haller. No me pregunte cómo. No lo sé. Pero usted le entrega a Romero, que ahora tiene un panorama de veinte años a la sombra.

– ¿Yo? -dijo Leonid, apoyándose los diez dedos contra el pecho-. ¿Cómo diablos cree que yo podría hacer algo así?

– Usted podría quitarle un huevo a un águila que está empollando y ella ni se daría cuenta de que el huevo ya no está -dijo Kitteridge-. Meto preso a un hombre y su novia, que era su coartada, dice que ni siquiera lo escuchó nombrar alguna vez. Tengo un ladrón armado que se ríe de mí y un detective privado más sinvergüenza que cualquier sinvergüenza que haya arrestado mintiéndome en mi propia cara.

– Carson -dijo Leonid-. Hermano, se equivoca conmigo. Sí vi a Néstor durante unos pocos minutos. Pero eso es todo, hombre. Jamás estuve en ese sitio, Amberson, y jamás oí hablar de Joe Haller ni de su novia.

– Chris -dijo Kitteridge-. Chris Small. Su esposo ya la ha dejado. Eso es lo que nuestra investigación ha logrado hasta el momento.

– Hombre, me gustaría poder ayudarlo, pero se equivocó conmigo. Ni siquiera sabría cómo conseguir un chivo expiatorio de un delito después de que se cometió.

Carson Kitteridge observó gentilmente al detective y el atardecer. Sonrió y dijo:

– No puede salirse con la suya, León. No puede infringir la ley de ese modo y salir ganando.

– No sé nada de nada, teniente. Tal vez el hombre que atrapó es realmente el ladrón.

Katrina McGill había sido una belleza en su época. Esbelta y de cabello azabache, de Letonia o Lituania… Leonid nunca sabía de cuál de los dos países. Tenían tres hijos, de los cuales al menos dos no eran de Leonid. Él nunca les había hecho hacer análisis para demostrar su paternidad. ¿Para qué molestarse? La belleza del este de Europa lo había abandonado pronto por un león de las finanzas. Pero engordó, y el viejo rico había quebrado, de modo que ahora toda la banda (menos el ex ricachón) vivía de los centavos de Leonid.

– ¿Qué hay para la cena, Kat? -preguntó, respirando con dificultad después de escalar los cinco tramos de escalera hasta la puerta de su departamento.

– Llamó el señor Barch -le respondió ella-. Dijo que si no le pagas para el viernes inicia el juicio de desalojo.

La forma cuadrada de su cara y la pesadez en torno de los párpados era lo que la afeaba. Cuando era joven la gravedad estaba suspendida, pero él debería haber previsto que bajaría el telón.

Los chicos estaban en la sala. La tevé estaba encendida aunque nadie la miraba. El mayor, el pelirrojo Dimitri, estaba leyendo un libro. Tenía piel ocre y ojos verdes. Y también tenía la boca de Leonid. Shelly, la chica, parecía más china que cualquier otra cosa. Habían tenido un vecino chino cuando vivían en Staten Island. El hombre trabajaba en un centro de joyeros hindúes en Queens. Shelly estaba cosiendo una de las chaquetas de Leonid. Amaba a su padre y nunca interrogaba a su madre ni al rostro que veía en el espejo.

Shelly y Dimitri tenían dieciocho y diecinueve años. Iban al City College y vivían en casa. Katrina no quería ni escuchar hablar de que se fueran a vivir a otra parte. Y a Leonid le gustaba tenerlos cerca. Sentía que lo anclaban a algo, que evitaban que derivara por la calle cuarenta y dos hasta el Hudson.

Twill era el más joven. Dieciséis años y autobautizado. Acababa de volver a su casa después de una estadía de tres meses en un centro de detención juvenil cerca de Wingdale, Nueva York. El único motivo por el que seguía en la escuela era porque formaba parte de las condiciones de liberación.

Twill fue el único que sonrió cuando Leonid entró en el cuarto.

– Hola, pa -le dijo-. ¿A que no sabes? El señor Tortolli quiere contratarme en su tienda.

– Hola. Qué bien.

Leonid tendría que llamar al ferretero para decirle que Twill le abriría la puerta trasera y le vaciaría el comercio en tres semanas. Leonid lo amaba, pero Twill era un ladrón.

– ¿Y qué pasa con el señor Barch? -dijo Katrina.

– ¿Y qué pasa con mi cena?

Katrina sí que sabía cocinar. Sirvió pollo con salsa de vino blanco y las pastas más vaporosas que él hubiera comido nunca. También había brócoli y pan con almendras, piñas asadas y una oscura salsa de pescado que se podía comer con cuchara.

A Katrina le resultaba difícil cocinar desde que su mano izquierda había sufrido una parálisis parcial. El especialista había dicho que probablemente se debía a un ataque leve. Ella estaba todo el tiempo angustiada. Ya hacía años que sus novios habían dejado de llamarla.

Leonid se ocupaba ahora de ella y de sus hijos. Hasta le pedía tener sexo con ella de tanto en tanto porque sabía que ella aborrecía hacerlo.

– ¿Llamó alguien más? -preguntó, cuando los estudiantes se habían ido a sus cuartos y Twill estaba nuevamente en la calle.

– Un hombre llamado Arman.

– ¿Qué dijo?

– Hay una pequeña cafetería francesa en la esquina de la diez y la diecisiete. Quiere verte ahí a las diez. Le dije que no sabía si podrías ir.

Cuando Leonid se acercó a besar a Katrina, ella se inclinó a un costado para evitarlo y él se rió.

– ¿Por qué no me abandonas?

– ¿Quién mantendría a nuestros hijos si lo hiciera? Esto hizo que Leonid se riera con más ganas.

Llegó a la Fiesta de Babette a las nueve y cuarto. Pidió un espresso doble y observó con fijeza las piernas de una mujer madura sentada en la barra. Tenía por lo menos cuarenta años pero estaba vestida como si tuviera quince. Leonid sintió los indicios de la primera erección en más de una semana.

Tal vez por eso llamó a Karmen Brown por el celular. La voz de Karmen había sonado como si tuviera puesto un vestido de esa clase.

Cuando respondió, Leonid se dio cuenta de que la mujer estaba en la calle.

– ¿Hola?

– ¿Señorita Brown?

– Sí.

– Soy Leo McGill. ¿Usted me dejó un mensaje?

– Señor McGill. Creí que estaba en Florida.

El rugido de un motor casi ahogó sus palabras.

– Lamento que no se me escuche muy bien -dijo-. Esa fue una moto que pasó por la calle.

– Está bien. ¿Cómo puedo ayudarla?

– Tengo un problema y… bien, es algo personal.

– Soy detective, señorita Brown. Escucho cosas personales todo el tiempo. Si quiere que nos encontremos tendrá que contarme de qué se trata.

– Richard -dijo ella- Mallory. Es mi prometido y creo que me está engañando.

– ¿Y usted quiere que yo lo pruebe?

– Sí -dijo-. No quiero casarme con un hombre que me trate de ese modo.

– ¿Cómo consiguió mi nombre, señorita Brown?

– En la guía telefónica. Cuando vi dónde quedaba su oficina, me pareció que usted debía ser bueno.

– Puedo verla mañana, en algún momento.

– Prefiero que nos encontremos esta noche. No creo que pueda dormir hasta que este asunto esté aclarado.

– Bueno… -vaciló el detective-. Tengo una reunión a las diez y después voy a ver a mi novia.

Era una broma privada, algo que la joven señorita Brown jamás entendería.

– Tal vez pueda reunirme con usted antes de que vea a su novia -sugirió Karmen-. Sólo llevará unos minutos.

Acordaron encontrarse en un pub sobre Houston, dos manzanas al este de Elizabeth Street, donde vivía Gert Longman.

En el momento en que Leonid quitaba el auricular de su oreja, Craig Arman entró en la cafetería. Era un hombre blanco, grandote, con un rostro amplio y amable. Hasta la nariz rota lo hacía parecer más vulnerable que peligroso. Llevaba puestos unos jeans desteñidos y una camiseta debajo de un amplio pulóver tejido. Había una pistola en medio de toda esa tela, Leonid lo sabía perfectamente. El contador callejero de Néstor Bendix jamás iba desarmado.

– Leo -dijo Arman.

– Craig.

La pequeña mesa que había elegido Leo estaba detrás de una columna, alejada del resto de la concurrencia del popular restaurante.

– Los polis consiguieron su paquete -dijo Arman-. Nuestro hombre entró y salió del lugar en diez minutos. Una rápida llamada al centro y ahora está a la sombra. Tal como dijiste.

– Eso significa que puedo pagar el alquiler -respondió Leo.

Arman sonrió y Leonid sintió que le ponían algo que pesaba más o menos unos cien gramos sobre un muslo, debajo de la mesa.

– Bueno, tengo que irme -dijo Arman entonces-. Temprano a la cama, como sabes.

– Sí -acordó Leonid.

La mayoría de los muchachos de Néstor no tenía demasiada afinidad con las razas más oscuras. El único motivo por el que Néstor lo llamaba era porque Leonid era el mejor en lo suyo.

Leonid tomó un taxi en la Séptima Avenida que lo llevó a Barney's Clover, sobre Houston.

La muchacha sentada en el extremo del bar era todo lo que Katrina había sido alguna vez, salvo que era rubia y su belleza nunca se marchitaría. Tenía un rostro de porcelana con rasgos pequeños y adorables. Nada de maquillaje excepto un atisbo de pálido brillo labial.

– ¿Señor McGill?

– Leo.

– Me alivia tanto que haya aceptado encontrarse conmigo -dijo ella.

Llevaba pantalones color ocre y una blusa color coral. En el regazo tenía un impermeable blanco, doblado. Sus ojos eran de ese tono castaño que un artista podría describir como rojo. Llevaba el cabello corto… masculino aunque sexy. Sus labios pintados estaban listos para besar nalgas de bebé y para reír.

Leonid respiró hondo y dijo:

– Cobro quinientos por día… más gastos. El kilometraje, alquiler de equipos y comida después de ocho horas de trabajo.

Craig acababa de darle doce mil dólares, pero negocios son negocios. La muchacha le entregó un gran sobre de papel manila.

– Aquí está su nombre completo y su dirección. También incluí una foto y la dirección de la oficina donde trabaja. Además hay ochocientos dólares ahí. Probablemente no necesite más porque estoy casi segura de que saldrá con ella mañana a la noche.

– ¿Qué va a tomar, amigo? -le preguntó el barman, un muchacho asiático de rostro encantador.

– Una soda -dijo el detective-, sin hielo.

El barman sonrió o hizo una mueca irónica, Leonid no supo bien cuál de las dos. Anhelaba tomarse un whisky con esa soda, pero su úlcera de estómago lo mantendría despierto toda la noche si lo hacía.

– ¿Por qué? -le preguntó Leonid a la bella muchacha.

– ¿Por qué quiero saber?

– No. ¿Por qué cree que saldrá con ella mañana a la noche?

– Porque me dijo que iría con su jefe a ver La flauta mágica en el Carnegie Hall. Pero en el teatro no hay ninguna ópera en programa.

– Parece haberlo averiguado todo por su cuenta. ¿Para qué necesita un detective?

– Por la madre de Dick -dijo Karmen Brown-. Me dijo que no era digna de su hijo. Dijo que yo era una persona vulgar y grosera y que sólo lo estaba usando.

La furia contorsionó el rostro de Karmen y hasta su etérea belleza se convirtió en algo horrible.

– ¿Y usted quiere restregarle esto en la cara? -preguntó Leonid-. ¿Por qué la mujer no estaría feliz de que su hijo se haya buscado otra novia?

– Creo que está viéndose con una mujer casada, y mayor, mucho mayor. Si puedo conseguir fotos de ellos, se le acabará la petulancia.

Leonid se preguntó si eso sería suficiente para hacerle mella a la madre de Dick. También se preguntó por qué Karmen sospechaba que Dick se veía con una mujer mayor y casada. Tenía una cantidad de preguntas pero no las planteó. ¿Por qué cuestionar a una vaca lechera? Después de todo, tenía dos alquileres que pagar.

El detective revisó la información y echó un vistazo al dinero, todo ello sujeto con un clip, mientras el joven barman le dejaba la soda junto a su codo.

La fotografía mostraba a un hombre que supuso sería Richard Mallory. Era un hombre joven, blanco, cuya cara parecía inacabada. Tenía un bigote que no era suficientemente espeso y una mata de cabello castaño que desafiaría a cualquier peine. Parecía incómodo de pie frente a la pista de patinaje del Rockefeller Center.

– Muy bien, señorita Brown -dijo Leonid-. Acepto el caso. Tal vez los dos tengamos suerte y el asunto esté terminado mañana a la noche.

– Karma -dijo ella-. Llámeme Karma. Así me llaman todos.

Leonid llegó a Elizabeth Street un poco después de las diez y media. Tocó el timbre de Gert y gritó su nombre por el micrófono del portero eléctrico. Tuvo que alzar la voz para que se lo escuchara por encima del rugido de una motocicleta que pasaba.

Gert Longman vivía en un pequeño estudio en el tercer piso de un edificio de estuco construido en la década del cincuenta. El techo era bajo pero la habitación era bastante amplia y Gert la había decorado con gusto. Había un sofá rojo y una mesa baja de caoba y armarios empotrados con puertas vidriadas en la pared del fondo. No tenía cocina aunque en un rincón había un refrigerador pequeño con una cafetera y una tostadora eléctricas encima. Gert también tenía un reproductor de cd. Cuando Leonid llegó, Ella Fitzgerald estaba cantando temas de Cole Porter.

Leonid apreció la música, y lo dijo.

– Me gusta -dijo Gert, arreglándoselas en cierto modo para rechazar el cumplido de Leonid.

Era una mujer de piel oscura cuya madre había venido de la parte española de Hispaniola. Sin embargo, Gert no hablaba con acento. Ni siquiera sabía hablar español. En realidad, Gert no sabía nada de su propia historia. Se enorgullecía de decir que era tan americana como cualquier Hija de la Revolución americana.

Se sentó en un extremo del sofá.

– ¿Néstor ya te pagó? -preguntó Gert.

– Sabes que te he extrañado, Gertie -dijo Leonid, pensando en su piel de satén y en la cuarentona con el provocativo vestido adolescente de la cafetería francesa.

– Eso ya fue, Leo. Terminó hace mucho tiempo.

– Todavía debes tener necesidades.

– No de ti.

– Una vez me dijiste que me amabas -respondió Leonid.

– Eso fue después de que me dijiste que no estabas casado.

Leonid se sentó a pocos centímetros de ella. Le acarició un nudillo con dos de sus dedos.

– No -dijo Gert.

– Vamos, nena. Allá abajo lo tengo duro como un palo.

– Y yo estoy seca hasta los huesos.

… pero para una mujer un hombre es vida, cantaba Ella.

Leonid se echó atrás y metió la mano derecha en el bolsillo de sus pantalones.

Después de que Karmen Brown se fue de Barney's Clover, Leonid se metió en el baño y descontó los tres mil de Gert de los doce mil que Craig Arman le había puesto en el regazo. Extrajo el fajo de su bolsillo.

– Al menos podrías darme un besito en mi palo por todo esto -dijo.

– También podría pinchártelo.

Leonid soltó una risita y Gert esbozó una sonrisa. Nunca serían amantes otra vez, pero a ella le gustaba su estilo. El podía leer eso en la mirada de Gert.

Tal vez tendría que haber abandonado a Katrina.

Le entregó el fajo de billetes de cien dólares y le preguntó:

– ¿Alguien podría encontrar el rastro entre tú y Joe Haller?

– Uh, uh. No. Yo trabajaba en una oficina totalmente diferente de la suya.

– ¿Cómo conseguiste sus antecedentes?

– Revisé una lista de probables empleados de la empresa y después hice una investigación de antecedentes de unos veinte.

– ¿Desde tu oficina?

– Desde la terminal informática de la biblioteca pública.

– ¿Y no pueden rastrearte allí?

– No. Compré mi cuenta con un número de Visa que me dio Jackie P. Es de algún pobre vago de St. Louis. No hay manera de rastrearlo. ¿Qué pasa, Leo?

– Nada -dijo el detective-. Sólo quiero ser cuidadoso.

– Haller es una mierda -agregó Gert-. Se lo ha estado haciendo a las mujeres de la oficina durante meses. Y cuando el marido de Cynthia Athol se enteró y fue a buscarlo, Joe le dio tal paliza que lo mandó al hospital. Le rompió la clavícula. Hace apenas dos semanas azotó con una correa a Chris Small.

Cuando Néstor le pidió a Leonid que le consiguiera un chivo expiatorio para un delito diurno, Leonid acudió a Gert y ella consiguió un empleo temporario en la Financiera Amberson. Todo lo que tuvo que hacer fue señalar a un tipo que tuviera antecedentes que lo hicieran sospechoso del golpe, un tipo que nadie pudiera relacionar con Néstor. Y ella lo hizo todavía mejor. Consiguió un tipo que no le gustaba a nadie.

Haller había robado una tienda doce años antes, cuando tenía dieciocho años. Y ahora era un gigoló con cinturón negro en algo. Le gustaba abrumar a las tontas secretarias de la oficina con sus músculos y su gran miembro. No le importaba que sus maridos o novios se enteraran porque creía que podía hacer pedazos a cualquier hombre en una pelea mano a mano.

A Gert le habían contado que en una oportunidad Haller había dicho: “Cualquier mujer que tenga un verdadero hombre a su lado no me permitiría tomarla de esa manera”.

– No te preocupes -dijo Gert-. Se merece lo que le ocurre y nunca podrán rastrearme.

– Okey -dijo Leonid.

Volvió a acariciarle el nudillo.

– No.

Él deslizó sus dedos hacia la muñeca de la mujer.

– Por favor, Leo. No quiero luchar contigo.

Leonid respiraba con agitación y la erección le hinchaba los pantalones. Pero se alejó.

– Mejor me voy -dijo.

– Sí -coincidió Gert-. Vete a casa con tu esposa.

No le llevó mucho tiempo pasar por el control de seguridad del Empire State Building. Leonid trabajaba hasta tarde al menos tres veces por semana.

No deseaba irse a casa después del rechazo de Gert.

Nunca había sabido por qué había aceptado otra vez a Katrina.

Nunca sabía por qué hacía las cosas salvo cuando tenían que ver con su trabajo.

Leonid se convirtió en detective privado porque era demasiado bajo para postularse como miembro del Departamento de Policía de Nueva York en la época que tenía la edad adecuada. Cambiaron los requisitos poco después, pero él ya había sido expulsado por haber ingresado de manera ilícita.

No le importó. El sector privado era más lucrativo y podía manejar a su antojo el horario de trabajo.

Encontró a un Richard Mallory en la guía telefónica, con la misma dirección del agente inmobiliario que Karmen Brown había consignado en su planilla. Leonid marcó el número. Alguien contestó al tercer telefonazo.

– ¿Hola? -dijo la voz trémula de un hombre.

– ¿Está Bobbi Anne? -preguntó Leonid con uno de su docena de acentos.

– ¿Qué?

– Bobbi Anne. ¿Está?

– Número equivocado.

– Oh, disculpe -dijo Leonid, y cortó la comunicación.

Durante unos doce minutos, según el registro del reloj de pared, Leonid pensó en la voz del hombre que podría haber sido Richard Mallory. Leonid creía que le resultaba posible conocer la naturaleza de cualquiera si tan sólo hablaba con él cuando se despertaba de un sueño profundo.

Eran las 2.34. Y Richard, si es que era Richard, le había sonado como un tipo franco, un severo trabajador, alguien que nunca cruzaba la frontera y se internaba en la Vida.

Era algo importante para Leonid. No quería meterse a seguir a alguien que pudiera darse vuelta y volarle la cabeza.

El timbre lo despertó. El reloj marcaba las nueve pasadas. La ventana estaba llena de nubes… una mullida gasa blanca que no permitía ver a diez centímetros de distancia.

El timbre volvió a retumbar en su mente embotada. Otro timbrazo largo. Pero esta vez Leonid no estaba suficientemente despierto como para sentir miedo. Se tambaleó a lo largo del pasillo vestido con el mismo traje que tenía puesto desde hacía veinticuatro horas.

Cuando abrió la puerta dos matones entraron violentamente.

Uno era negro, de cabeza calva y anteojos de marco metálico, y el otro era blanco con una densa melena grasosa.

Los dos le llevaban quince centímetros a Leonid.

– Los Wyant quieren cuatro mil novecientos -dijo el negro. El interior de su boca era del color de la gingivitis. Detrás de los lentes, sus ojos tenían un tono amarillento.

– Cuatro mil seiscientos -corrigió Leonid, atontado.

– Eso era ayer, Leo. Ese interés es un verdadero hijo de puta.

El negro cerró la puerta y el blanco se desplazó hacia la izquierda de Leonid.

El matón blanco tenía un grueso pelo castaño que había sido talado más que cortado. Sus ojos estaban divididos entre el azul y el pardo y tenía los labios partidos, como si se hubiera pasado una parte de su vida anterior besando a un leopardo dientudo.

– ¿Te despertamos? -preguntó el cobrador negro, que acaba de recuperar sus buenos modales.

– Un poquito -dijo Leonid, ahogando un bostezo-. ¿Cómo has estado últimamente, Bilko?

– Okey, León. Espero que tengas el dinero, porque si no lo tienes nos dijeron que te hagamos pedazos.

El blanco soltó una risita de gozo anticipado.

Leonid metió la mano en el bolsillo superior derecho y extrajo el grueso sobre pardo que había recibido la noche anterior.

Mientras contaba los cuarenta y nueve billetes de cien dólares, Leonid tuvo una sensación familiar: la sensación de que nunca tenía tanto dinero como creía. Después de pagar su deuda con intereses a los Wyant, el alquiler de su departamento de ese mes y del mes pasado, los gastos domésticos de su esposa y sus propias cuentas, se quedaría en cero y aún debería los tres meses de alquiler de la oficina.

Eso lo enojó aún más. Necesitaría el dinero de Karmen Brown, y todavía más si quería mantener la cabeza por encima del agua. Y ese idiota blanco seguía sonriendo, con su cabeza oscilante que parecía un conjunto de bolos de bowling esperando ser derribados.

Leonid le entregó el dinero a Bilko, quien lo contó lentamente mientras el otro matón se relamía los labios partidos.

– Creo que deberías darnos una propina por habernos tomado el trabajo de venir hasta aquí a cobrarte, Leonid -dijo el blanco.

Bilko levantó la vista y esbozó una sonrisa.

– León no da propina a los asistentes, Norman. Tiene su orgullo.

– Se la sacaré de un golpe en un segundo -dijo Norman.

– Me gustaría ver cómo lo haces, muchacho blanco -lo desafió Leonid. Después miró a Bilko para ver si tendría que enfrentarse con los dos al mismo tiempo.

– La cosa es entre ustedes dos -dijo el capo negro, extendiendo una mano vacía y la otra llena con la pasta de Leonid.

Norman era más rápido de lo que parecía. Lanzó un fornido puño contra la mandíbula de Leonid, que hizo retroceder violentamente al detective unos dos pasos.

– ¡Epa! -exclamó Bilko.

Los maltrechos labios de Norman se curvaron en una sonrisa. Se quedó ahí mirando a Leonid, esperando que cayera al suelo.

Ese era el error que habían cometido todos los contrincantes de Leonid en el gimnasio de Gordo. Creían que el rechoncho sujeto no podía absorber un golpe. Leonid respondió con golpes bajos y duros, acertándole al gran hombre blanco tres veces a la altura del cinturón. El tercer golpe hizo que Norman se agachara lo suficiente como para servirle en bandeja a Leonid la oportunidad de descerrajarle dos uppercut sucesivos. Lo único que evitó que Norman cayera fue la pared. Se estampó con fuerza contra ella, alzando la guardia por reflejo para protegerse del ataque que sabía se le vendría encima.

Leonid conectó tres golpes a la cabeza de Norman antes de que Bilko lo separara.

– Ya basta, muchacho -le dijo Bilko-. Es suficiente. Lo necesito de pie para salir a la calle.

– ¡Llévate a este mierda de aquí, Bilko! ¡Llévatelo antes de que lo haga pedazos!

Obedientemente, Bilko ayudó al casi inconsciente hombre blanco, lleno de sangre, a ponerse de pie. Lo encaminó hacia la puerta y luego se volvió hacia Leonid:

– Te veo el mes que viene, León -le dijo.

– No -respondió Leonid, jadeando pesadamente por el esfuerzo-. No volverás a verme.

Bilko se rió mientras conducía a Norman hacia los ascensores.

Leonid dio un portazo a sus espaldas. Todavía estaba enfurecido. Después de haber cobrado todo ese dinero, aún seguía en la ruina y acosado por idiotas como Bilko y Norman. Gert no atendía sus llamados y ni siquiera tenía una cama para dormir solo. De no haber sido por Bilko, hubiera matado a ese horrible imbécil de Norman.

Leonid Trotter McGill lanzó un rugido y de una patada abrió un agujero en el panel enchapado del cubículo de su inexistente recepcionista. Después fue al teléfono, llamó a Lenny's Delicatessen de la calle Treinta y Tres y pidió tres roscas con jalea y una taza grande de café con crema.

Volvió a llamar a Gert pero ella siguió sin atenderlo.

Era una pequeña oficina en el tercer piso sobre un restaurante japonés de dos plantas llamado Gai. No había ascensor, así que Leonid subió por la escalera. Eran apenas veintiocho escalones, pero suficientes para que se quedara sin aire. Si Norman hubiera respondido a sus golpes, advirtió el detective, ahora estaría en la quiebra, y quebrado.

La recepcionista pesaba menos de cuarenta y dos kilos con ropa, y no tenía mucha ropa. Todo lo que llevaba puesto era una enagua negra que pretendía pasar por un vestido y sandalias chatas de papel. Sus brazos carecían de músculos. Todo en ella era preadolescente, excepto sus ojos, que miraban con suspicacia al rechoncho detective privado.

– Richard Mallory -le dijo Leonid a la morena.

– ¿Y usted es…?

– Alguien que busca a Richard Mallory -declaró Leonid.

– ¿Por qué asunto quiere ver al señor Mallory?

– Por ninguno que a usted le interese, cariño. Son cosas de hombres.

La mandíbula de doscientos gramos de la joven se endureció mientras miraba fijamente a Leonid. A él no le afectó. La muchacha no le gustaba; estaba vestida de manera tan provocativa y le hablaba como si los dos fueran de la misma edad.

Ella levantó el teléfono y susurró unas pocas palabras con furia, después se alejó de su escritorio trasponiendo una puerta que estaba a sus espaldas, dejando a Leonid plantado ante el escritorio que le llegaba a la altura de la cintura. En el espejo que había en la pared Leonid podía ver la avenida Madison a través de la ventana que tenía tras de sí. También podía ver el chichón en el lado derecho de su cabeza, donde Norman lo había golpeado.

Unos momentos más tarde apareció un hombre alto con un bigote ralo, que entró en el vestíbulo a toda velocidad. Lucía pantalones negros y una chaqueta de lino pardo y la misma expresión de incomodidad que tenía en la fotografía que Leonid llevaba en su bolsillo.

Leonid lo aborreció también a él.

– ¿Sí? -le dijo Richard Mallory.

– Busco a Richard Mallory -dijo Leonid.

– Soy yo.

El detective privado respiró profundamente. Sabía que tenía que calmarse si quería hacer bien su trabajo. Volvió a respirar hondo.

– ¿Qué le ocurrió a su mandíbula? -le preguntó el apuesto hombre joven al boxeador amateur.

– Edema -dijo Leonid rápidamente-. Viene de la rama paterna de mi familia.

Ante eso, Richard Mallory no supo qué decir. Leonid pensó que probablemente no conocía el significado de la palabra.

– Quiero hablar de negocios con usted, señor Mallory. Es algo que puede darnos buen dinero a ambos.

– No entiendo lo que dice -dijo Mallory, con la más desabrida de las expresiones posibles.

Leonid extrajo una tarjeta del bolsillo superior de su chaqueta.

Asistencia en Servicios Domésticos Van Der Zee

Arnold DuBois. Representante

– No entiendo, señor DuBois -dijo Mallory, usando la pronunciación francesa del alias de McGill.

– Du boys -dijo Leonid-. Represento a la empresa Van Der Zee. Nos estamos estableciendo aquí en Nueva York. Somos originalmente de Cleveland. Lo que necesitamos es insertar a nuestra gente como asistentes domésticos, cuidadores de ancianos, paseadores de perros y niñeras en los edificios de más alto nivel. Todo nuestro personal es de muy buena presencia y excelente nivel profesional. Además, son personas de extrema confianza.

– ¿Y quiere que yo lo ayude a insertarse? -preguntó Mallory, todavía un poco receloso.

– Pagamos mil quinientos dólares por cada presentación exclusiva que nos consiga -dijo Leonid. Para entonces ya se había olvidado de su disgusto por la recepcionista y por Mallory. Ni siquiera seguía furioso con Norman.

La mención de los mil quinientos por presentación (sea lo que fuere que significara eso) indujo a Mallory a la acción.

– Acompáñeme, señor DuBois -dijo, pronunciando el apellido tal como lo prefería Leonid.

El agente inmobiliario condujo al falso representante por un corredor lleno de cubículos habitados por otros agentes de la empresa de bienes raíces.

Mallory llevó a Leonid a una pequeña sala de conferencias y cerró la puerta tras ellos. Había una mesa redonda de pino con tres sillas haciendo juego. Mallory hizo un gesto y los dos se sentaron.

– ¿Cómo es exactamente lo que me estaba diciendo, señor DuBois?

– Tenemos una muchacha joven -dijo Leonid-. Bonita. Instala su mesita en el vestíbulo de cualquier edificio que usted consiga. Les habla a los residentes de los diversos tipos de asistentes domésticos que podrían necesitar. Algunos podrían necesitar una asistente dos veces por semana para ordenar la finanzas y hacer las compras. Tal vez ya tengan ayuda doméstica, pero necesitan a alguien que se ocupe de sus mascotas cuando se van de viaje. Una vez que alguien contrata a un miembro de nuestro equipo, sabemos que contratará a otros cuando tenga necesidad. Todo lo que necesitamos es que usted nos confirme que podemos instalar a nuestra joven y le pagaremos mil quinientos dólares.

– ¿Por cada edificio que les consiga?

– Al contado.

– ¿Al contado?

Leonid asintió.

El hombre literalmente se relamió.

– Si usted puede garantizarnos el vestíbulo de un edificio de alto nivel, puedo pagarle esta noche misma -dijo Leonid.

– ¿Tiene que ser tan rápido?

– Soy representante de las Empresas Van Der Zee, y estoy a comisión, señor Mallory. Para obtener ganancias tengo que producir. No soy el único que está tratando de establecer contactos. Quiero decir, usted puede llamarme cuando quiera, pero si no puede prometerme un sitio en algún edificio para hoy a la noche tendré que seguir adelante con mi lista de contactos.

– Pero…

– Escuche -dijo Leonid, interrumpiendo cualquier objeción lógica que Mallory hubiera podido pergeñar. Metió una mano en el bolsillo y extrajo tres billetes de cien dólares. Los puso sobre la mesa-. Esto es una quinta parte por adelantado. Trescientos dólares para que me consiga un vestíbulo al que yo pueda enviar a Arlene mañana a la mañana.

– Mañana…

– Así es, Richard. Empresas Van Der Zee me dará el control de toda la operación en Manhattan si soy el primero que les lleva un edificio.

– ¿Y yo me guardo el dinero?

– Con otros mil doscientos que embolsará a las ocho de esta noche si ya me consiguió el vestíbulo del edificio.

– ¿A las ocho? ¿Por qué a las ocho?

– ¿Usted cree que es el único tipo con el que estoy hablando, Richard? Tengo otras cuatro entrevistas programadas para esta tarde. Quien me avise que está todo listo, a las ocho, consigue al menos parte de la remuneración. Y tal vez todo.

– Pero tengo una cita esta noche…

– Simplemente avíseme por teléfono. Dígame dónde está y yo le llevaré el dinero y la carta confirmándole al supervisor que Arlene puede instalar su mesa.

– ¿Qué carta?

– Espero que no crea que voy a darle mil quinientos dólares por semana en efectivo sin una carta de confirmación para que el supervisor se la muestre a mi jefe -dijo Leonid inexpresivamente-. No se preocupe, no mencionaremos el dinero, sólo que Empresas Van Der Zee puede instalarse en el edificio para ofrecer sus servicios.

– ¿Y qué pasa si alguien se queja?

– Siempre puede decirle a sus jefes que usted estaba pensando independientemente, tratando de ofrecer un servicio adicional. No sabrán que hubo dinero en el medio. Lo peor que puede pasar es que nos expulsen, pero eso llevará un par de días, y Arlene es muy buena promocionando nuestra empresa.

– ¿Y son mil quinientos en efectivo, por semana?

– El doble si podemos encontrar otra Arlene y usted nos engancha tal como le dije.

– Pero tenía planeado salir esta noche -se quejó Mallory.

– ¿Y qué? Simplemente llámeme. Deme la dirección. Y yo voy para allá con el formulario. Estamos hablando de diez minutos a cambio de mil doscientos dólares.

Richard tocó el dinero. Luego lo levantó tentativamente.

– ¿Puedo quedarme con esto?

– Quédeselo. Y tendrá el resto esta noche y la misma suma una vez por semana durante los próximos cuatro o cinco meses -dijo Leonid con un esbozo de sonrisa.

Richard dobló los billetes y se los guardó en el bolsillo.

– ¿Cuál es su número de teléfono, señor DuBois?

Leonid llamó a su esposa y le dijo que le tuviera preparado y bien planchado el traje marrón para cuando llegara a su casa.

– ¿Acaso soy tu criada? -le preguntó ella.

– Tengo el alquiler y los gastos en el bolsillo -rezongó Leonid-. Todo lo que te estoy pidiendo es un poco de cooperación.

El detective llamó luego al servicio de respuestas de su teléfono celular. Cuando la voz le dijo que grabara un nuevo mensaje, Leonid dijo:

– Hola. Soy Arnold DuBois, agente de Empresas Van Der Zee. Después del tono dígame qué consiguió.

Cuando llegó a su casa encontró el traje extendido sobre la cama y Katrina había desaparecido. Solo en la casa, se preparó un baño y se sirvió un vaso de agua helada. Ansiaba fumar un cigarrillo pero el médico le había dicho que sus pulmones apenas podían soportar el aire de Nueva York.

Se sentó en la anticuada tina de baño y abrió y cerró el agua caliente con los dedos de los pies. Le dolía la mandíbula y otra vez estaba casi en la ruina. Pero todavía le quedaba lo de Richard Mallory, y eso lo ponía contento.

– Por lo menos soy bueno en lo que hago -le dijo a nadie-. Por lo menos eso.

Después del baño, Leonid volvió a llamar a Gert. Esta vez el teléfono sonó y sonó. Era muy raro. Gert había programado que su servicio de contestador atendiera cuando ella estaba ocupando la línea.

A veces no hablaba con Gert durante meses. Ella había dicho muy claramente que nunca volverían a tener una relación íntima. Pero él todavía sentía algo por ella. Y quería asegurarse de que estuviera bien.

Cuando Leonid llegó al departamento de Gert encontró que la puerta del edificio estaba abierta y sostenida por una cuña.

La puerta del departamento de Gert estaba obstruida por la cinta policial amarilla.

– ¿La conoce? -le preguntó una voz.

Había una mujer pequeña de pie en una puerta del corredor. Era vieja y gris y llevaba ropas grises. Tenía ojos llorosos y pantuflas de dos pares diferentes. En el dedo índice de la mano derecha llevaba una esmeralda de baja calidad y el lado izquierdo de su boca se movía con un poco de dificultad.

Leonid se fijó en todos esos detalles en un vano intento de evadirse del miedo que le atenazaba el estómago.

– ¿Qué ocurrió?

– Dicen que debe haber entrado anoche -dijo la mujer-. El encargado dice que debe haber sido después de medianoche. Sólo la mató. No robó nada. Simplemente le disparó con un arma que no hizo más ruido que una pistola de juguete, eso dijeron. Ya se sabe que una ya no está segura ni en su propia cama. Allá afuera, a la gente se le mete alguna loca idea en la cabeza y una termina muerta sin ton ni son.

A Leonid se le secó la lengua. Miró a la mujer con tanta intensidad que ella interrumpió sus divagaciones, retrocedió hasta el interior de su departamento y cerró la puerta. El se apoyó contra el marco de la puerta, con los ojos secos, pero aturdido.

Leonid nunca había llorado. Ni cuando su padre se fue de casa a la revolución. Ni cuando su madre se fue a la cama y nunca más se levantó. Nunca.

Esa tarde había otro barman que servía los tragos en Barney's Clover. Una mujer con desteñidos tatuajes de un azul verdoso en las muñecas. Era delgada y de ojos pardos, blanca y de más de cuarenta años.

– ¿Qué va a tomar, señor?

– Whisky. Uno tras otro.

Estaba en la sexta copa cuando sonó su teléfono celular. Su hijo Twill había programado el sonido. Empezaba con el rugido de un león.

– ¿Hola?

– ¿Señor DuBois? ¿Es usted?

– ¿Quién habla?

– Richard Mallory ¿Está enfermo, señor DuBois?

– Ah, Dick. Lamento no haberlo reconocido. Tuve malas noticias hoy. Murió una vieja amiga mía.

– Lo siento. ¿Cómo fue?

– Fue una larga enfermedad -dijo Leonid, terminando su copa y pidiendo otra con un gesto.

– ¿Quiere que lo llame más tarde?

– ¿Me consiguió un edificio, Dick?

– Eh… bueno, sí. Un edificio grande en Sutton Place. El administrador es amigo mío y le prometí quinientos dólares.

– Así es cómo se hacen los negocios, Dick. Compartiendo la ganancia. Es lo que he hecho siempre. ¿Dónde está usted?

– En un lugar brasileño de la Veintiséis Oeste. Umberto's. En la planta alta, entre la Sexta y Broadway. No sé la dirección exacta.

– No hay problemas. La conseguiré en información. Lo veo a las nueve. Parece que haremos un buen negocio, usted y yo.

– Okey, mmm, está bien. Lamento lo de su amiga, señor DuBois. Pero, por favor, no me llame Dick. Odio ese apodo.

Umberto's era un restaurante de nivel, situado en una calle llena de mayoristas de baratijas de la India, ropa y alimentos. Leonid se quedó sentado enfrente dentro de su Peugeot modelo 63.

Ya eran las diez pasadas y el rechoncho detective estaba bebiendo de una petaca de bourbon en el asiento delantero. Pensaba en la primera vez que había visto a Gert, en cómo ella había sabido exactamente qué decirle.

– No eres tan mal tipo -había dicho la seductora neoyorquina-. Es tan sólo que has estado viviendo con tus propias reglas durante tanto tiempo que estás un poco confundido.

Habían pasado esa noche juntos. En realidad, él no había supuesto que el asunto de Katrina le molestaría tanto. Katrina era su esposa pero eso ya no significaba nada para él. Recordó la expresión dolorida de Gert cuando finalmente se enteró. A partir de ese momento, empezó a tratarlo con una fría cólera.

Siguieron siendo amigos y ella nunca más le permitió que la besara. Nunca más le dio acceso a su corazón.

Sin embargo, trabajaban bien juntos. Gert había estado en servicios de seguridad privada durante doce años antes de que él la conociera. Le gustaban lo que llamaba sus turbios casos. Gert no creía que la ley fuera justa y no le molestaba transgredir e infringir el sistema si eso era lo que había que hacer.

Tal vez Joe Haller no había robado en Amberson, pero había golpeado y humillado a hombres y mujeres para satisfacer su perverso apetito sexual.

Leonid se preguntó si Néstor Bendix podría tener algo que ver con el asesinato de Gert. Sin embargo, él nunca le había dicho su nombre a nadie. Tal vez Haller había salido de la cárcel y de alguna manera había rastreado el origen de sus desgracias hasta llegar a Gert. Tal vez.

Un león rugió dentro de su bolsillo.

– ¿Sí?

– ¿Señor McGill? Soy Karma.

– Hola. Estoy ocupado con el caso. Él está con alguien, pero todavía no la he visto. Tendré las fotos para usted mañana a la tarde. A propósito, tuve que gastar trescientos dólares para conseguir esta dirección.

– Está bien, supongo -dijo ella-. Se los pagaré si usted me trae pruebas de su novia.

– Muy bien. Cortemos ahora. La llamaré cuando tenga algo definitivo.

Cuando Leonid guardó el teléfono, una colonia de monos empezó a parlotear.

– ¿Sí? -respondió.

– Usted conocía a Gert Longman, ¿no es cierto? -le preguntó Carson Kitteridge.

Una garra de hielo atenaceó el intestino de Leonid. El recto se le cerró como una tenaza.

– Sí.

– ¿Qué se supone que significa eso?

– Usted me preguntó si conocía a cierta persona y le contesté. Sí. Fuimos íntimos durante un tiempo.

– Está muerta.

Leonid permaneció en silencio mientras la segunda aguja de su Timex recorría una cuarta parte de la esfera. Era un lapso suficiente para hacer ver que estaba conmocionado por la noticia.

– ¿Cómo ocurrió?

– La balearon.

– ¿Quién?

– Un tipo que tenía una pistola 22 de caño largo.

– ¿Tiene algún sospechoso?

– Esa es la clase de pistola que a usted le gusta usar, ¿no es cierto, León?

Por un momento Leonid pensó que el teniente sólo estaba haciendo una escena, tratando de alarmarlo para que hablara. Pero entonces recordó que había perdido un arma. Había ocurrido diecisiete años atrás. Nora Parsons había recurrido a él muy asustada de que su marido, que estaba libre bajo fianza antes de la sentencia de su juicio por malversación y desfalco, fuera a matarla. Leonid le había dado su pistola, y después de que su marido, Antón, fue sentenciado, ella le había dicho que le había dado miedo tener la pistola en su casa, así que la había arrojado a un lago.

Era un cebo podrido. No pasaba nada.

– ¿Entonces? -preguntó el detective Kitteridge.

– Hace más de veinte años que no tengo un arma, hombre. Y ni siquiera a usted se le ocurriría que yo podría usar mi propio fierro si quisiera matar a alguien.

De todos modos pensó que le haría una llamada a Nora Parsons. Tal vez…

– Me gustaría que viniera para un interrogatorio voluntario, León.

– En este momento estoy ocupado. Llámeme más tarde -dijo Leonid, y cortó la comunicación.

No quería ser grosero con un miembro de lo más granado de Nueva York, pero Richard estaba saliendo por la puerta de Umberto's Brazilian Food. Lo acompañaba la altiva recepcionista de la empresa de bienes raíces. Ahora ella lucía una enagua roja y zapatos negros de taco aguja con un vaporoso chal rosa cubriéndole los hombros. Llevaba recogido el mustio cabello castaño.

Richard oteó en ambas direcciones, seguramente buscando al señor DuBois, y después le hizo señas a un taxi.

Leonid le dio arranque al motor. Vio que el taxi se arrimaba para recogerlos. El chofer llevaba un turbante puesto.

Fueron hasta la calle Treinta y Dos, se encaminaron hacia el este hasta el parque y después hasta la Setenta.

Se bajaron delante de un edificio con grandes puertas de vidrio y dos porteros uniformados.

Como si estuvieran posando, los dos se detuvieron en la calle y soldaron sus labios en un prolongado beso, como si en él se les fuera el alma. Leonid había estado tomando fotos desde el momento en que cortó la comunicación con el poli. Tenía fotos de la numeración del taxi, del chofer, del frente del edificio y de la pareja hablando, tomándose de la mano, en pleno beso de lengua y en medio de ardientes caricias.

Hicieron que Leonid se acordara de Gert, de cuánto la echaba de menos. Y ahora estaba muerta. Bajó la cámara e inclinó la cabeza por un momento. Cuando volvió a levantarla, Richard Mallory y la recepcionista ya no estaban.

– ¿Estás despierta? -susurró Leonid acostado junto a Katrina.

Era temprano para él, apenas la una y media. Pero ella dormía desde hacía horas. Él lo sabía.

En las viejas épocas ella siempre salía hasta después de las tres y las cuatro. A veces no volvía hasta que había salido el sol… oliendo a vodka, cigarrillos y hombres.

Tal vez si la hubiera dejado y se hubiera ido con Gert. Tal vez Gert todavía estaría viva.

– ¿Qué? -dijo Katrina.

– ¿Quieres hablar?

– Son casi las dos de la mañana.

– Alguien con quien he trabajado durante los últimos diez años murió esta noche -dijo Leonid.

– ¿Estás en problemas?

– Estoy triste.

Durante algunos momentos, Leonid sólo escuchó la fuerte respiración de ella.

– ¿No querrías darme la mano? -le preguntó el detective a su esposa.

– Las manos me duelen -dijo ella.

Después de eso, él yació mucho tiempo boca arriba mirando con fijeza la oscuridad que precedía al techo. No podía pensar en nada que no lo condenara. No había nada de lo que hubiera hecho que pudiera recordar con orgullo.

Tal vez una hora después Katrina dijo:

– ¿Todavía estás despierto?

– Sí.

– ¿Tienes una póliza de seguro de vida? Sólo es porque estoy preocupada por los chicos.

– Tengo algo mejor. Tengo una filosofía de seguro de vida.

– ¿Qué es eso? -preguntó Katrina.

– Mientras valga más vivo que muerto no tendré que preocuparme por las cáscaras de banana ni por el caldo malo.

Katrina suspiró y Leonid se levantó de la cama. Cuando llegó a la pequeña habitación de la tevé, Twill entró en el departamento.

– Son las tres de la mañana, Twill -dijo Leonid.

– Lo siento, pa. Pero me metí en ese asunto con las hermanas Torcelli y Bingham. Era el auto de sus padres así que tuve que esperar hasta que estuvieran dispuestos a volver a casa. Les dije que estaba en libertad condicional pero no me hicieron caso…

– A mí no tienes que mentirme, muchacho. Ven, siéntate conmigo.

Se sentaron frente a frente ante una mesa baja. Twill encendió un cigarrillo mentolado y Leonid disfrutó del humo de segunda mano.

Twill era delgado y más bien bajo, pero su porte revelaba una discreta autosuficiencia. Los muchachos más grandes lo dejaban en paz, y las chicas lo llamaban todo el tiempo. Su padre, fuera quien fuese, tenía algo de negro. Leonid agradecía eso. Twill era el hijo al que se sentía más próximo.

– ¿Algún problema, pa?

– ¿Por qué lo preguntas?

– Porque no te la tomas conmigo. ¿Ocurre algo?

– Hoy murió alguien a quien conocía desde hacía mucho tiempo.

– ¿Un hombre?

– No. Una mujer llamada Gert Longman.

– ¿Cuándo es el funeral?

– Yo… no lo sé -dijo Leonid, advirtiendo que nunca se había preguntado quién se ocuparía de sepultar a su ex amante. Los padres estaban muertos. Sus dos hermanos, en la cárcel.

– Yo te acompañaré, pa. Sólo dime cuándo es y faltaré a la escuela.

Y con esas palabras Twill se dirigió a su habitación. Al llegar a la puerta se detuvo y se volvió hacia Leonid.

– Eh, pa.

– ¿Qué?

– Cómo quedó el que te golpeó en la mandíbula?

– Tuvieron que cargarlo para llevárselo. Twill le mostró a su adorado padre un pulgar hacia arriba y después se escurrió hacia la oscuridad de su habitación.

Leonid estaba trabajando a las cinco. Estaba oscuro en Manhattan y también en Nueva Jersey, al otro lado del río. Había puesto dos mil quinientos dólares en la cartera de Katrina, había dejado las fotos en el Servicio de Revelado 24 horas Krome Addict y se había comprado un sandwich de huevo con cebollitas y queso. No encendió las luces de la oficina. A medida que la mañana avanzaba, el amanecer invadió lentamente la habitación. El cielo se aclaró y luego se despejó… al poco rato se volvió azul.

Carson Kitteridge llegó a su puerta un poco antes de las siete.

Leonid lo condujo hasta la oficina, donde ambos se sentaron en sus sitios habituales.

– ¿Gertie y usted tuvieron una pelea, Leo? -preguntó el poli.

– No. No en realidad. Quiero decir, yo me propasé, me puse un poco insistente, ella me mostró la puerta, y yo lo lamenté mucho. Quería invitarla a cenar. ¿No será tan tonto como para suponer que yo podría haber matado a Gert?

– Si alguien me diera la información de que usted tuvo algo que ver con John Wilkes Booth, me tomaría el trabajo de investigarlo, León. Esa es justamente la clase de tipo que es usted.

– Escuche, hombre. Jamás he matado a nadie. Jamás apreté el gatillo, jamás ordené que hicieran esa clase de trabajo. Yo no maté a Gert.

– Usted la llamó -dijo Kitteridge-. La llamó desde ese teléfono que tiene sobre el escritorio justo cuando estaban por matarla. Eso habla a favor de su inocencia, pero me pregunto: ¿de qué tenía que hablar con ella a esa hora, esa noche? ¿De qué se estaba disculpando?

– Ya le dije… me había propasado un poco.

– Pensé que usted tenía esposa.

– Escuche. Ella era mi amiga. Me gustaba… mucho. No sé quién la mató, pero si lo averiguo puede estar seguro de que se lo haré saber.

Kitteridge hizo el gesto de aplaudirlo, aunque sin sonido.

– Saque su culo de mi oficina -dijo Leonid.

– Tengo unas pocas preguntas más.

– Pregúnteme en el vestíbulo. -Leonid se incorporó de su silla.- Ya he terminado con usted.

El policía esperó un momento. Tal vez creyó que Leonid volvería a sentarse. Pero a medida que los segundos pasaron, registrados por el reloj de pared, empezó a darse cuenta de que los sentimientos del detective estaban verdaderamente heridos.

– ¿Lo dice en serio? -preguntó.

– Tan serio como un ataque al corazón. Ahora saque su culo de aquí y vuelva con una orden de arresto si espera que vuelva a dirigirle la palabra.

Kitteridge se puso de pie.

– No sé a qué está jugando, León -dijo-. Pero no puede echar a la ley.

– Pero sí puedo echar a un idiota que no tiene una orden judicial.

El teniente se demoró un momento más y luego empezó a ponerse en movimiento.

Leonid fue tras él por el corredor y hasta la puerta, que cerró con un fuerte golpe detrás del agente del orden. De una patada abrió otro agujero en el tabique y volvió a la oficina, donde empezó a dolerle el vientre a causa del whisky y de la bilis.

– Sí, señorita Brown -le decía Leonid a su cliente por teléfono, esa misma tarde-. Tengo las fotografías aquí. No se trataba de una mujer mayor como usted sospechaba.

– ¿Pero era una mujer?

– Más bien una muchacha.

– ¿Hay alguna duda sobre su… eeeh… sobre la relación entre ambos?

– No. No hay ninguna duda de la naturaleza íntima de la relación. ¿Qué quiere que haga con estas fotografías y cómo arreglaremos cuentas?

– ¿Puede traérmelas? ¿A mi departamento? Tendré el dinero que usted invirtió en el caso y tengo otra cosa que me gustaría que hiciera.

– Por cierto que iré, si eso es lo que usted quiere. ¿Cuál es la dirección?

Karmen Brown vivía en un sexto piso. Tocó el portero eléctrico del número que ella le había dado, el sesenta y dos, y la encontró esperándolo en la puerta del departamento.

La recatada joven tenía puesta una falda de cuero de color marrón oscuro que no la convertiría en un espectáculo decente si se sentaba sin cruzar las piernas. Su blusa tenía desprendidos los tres botones superiores. No era una muchacha de grandes senos pero lo que tenía estaba perfectamente a la vista.

Sus rasgos delicados revelaban una expresión seria, pero Leonid no hubiera dicho que se la veía desconsolada.

– Pase, señor McGill.

El departamento era pequeño… como el de Gert.

En el medio del cuarto había una mesa y sobre ella se veía un sobre marrón de papel manila.

Leonid llevaba un sobre similar en la mano derecha.

– Siéntese -dijo Karmen, indicándole un sofá azul.

Frente a él había una mesa pequeña con un botellón semilleno de un líquido ambarino, flanqueado por dos vasos panzones y bajos.

Leonid abrió su carpeta para buscar las fotos que había tomado.

Ella levantó una mano para detenerlo.

– Me acompaña con un trago primero? -le preguntó la joven sirena.

– Creo que sí.

Ella sirvió y los dos bebieron el contenido hasta el fondo. Ella volvió a servir la bebida.

Después de tres copas llenas y con otra servida, Karmen dijo:

– Sabe, era lo que más quería.

– ¿De veras? -dijo Leonid, mientras sus ojos iban de la hendidura de sus senos hasta sus piernas cruzadas-. A mí me pareció una especie de perdedor.

– Yo moriría por él -dijo ella, mirando fijamente a los ojos al detective.

Él extrajo la docena de fotos.

– ¿Por este piojo? Ni siquiera la respeta a usted, y tampoco a ella -Leonid sintió el whisky detrás de los ojos y debajo de la lengua-. Mírelo acá, con las manos debajo del vestido de ella.

– Mire esto -le respondió ella.

Leonid alzó la vista y vio su amplia mata de vello púbico. Karmen se había alzado la falda, revelando que no llevaba nada puesto debajo.

– Esta es mi venganza -dijo-. ¿La quiere?

– Sí, señora -respondió Leonid, pensando que esa era la otra cosa que ella le había avisado que necesitaba que hiciera.

Él se había sentido excitado desde la última noche que había visto a Gert. No exactamente erótico, pero sí preso del hambre sexual. El whisky había liberado ese apetito.

Ella se puso de rodillas en el sofá azul y Leonid se bajó los pantalones. No recordaba cuándo había sido la última vez que había experimentado tanto deseo sexual. Se sentía un adolescente. Sin embargo, por más que lo intentaba, no lograba penetrarla.

Finalmente ella le dijo:

– Espera un momento, papi -y extendió la mano para lubricar la erección de Leonid con su propia saliva.

En cuanto la penetró plenamente supo que iba a eyacular. No había nada que pudiera hacer para evitarlo.

– ¡Hazlo, papi! ¡Hazlo! -gritó ella.

Leonid pensó en Gert, advirtiendo en ese momento que siempre la había amado, y en Katrina, para quien él nunca había sido suficientemente bueno. Pensó en esa pobre criatura tan enamorada de su hombre que para vengarse de él tenía que degradar su amor entregándose a un detective privado, excedido de peso y de edad madura.

Todo eso le pasó por la cabeza, pero nada podía interponerse en el camino del ritmo incontenible. Estaba martillando el esbelto trasero de Karmen Brown. Ella aullaba. Él aullaba.

Y de repente, todo terminó… así como así. Leonid ni siquiera sintió la eyaculación. Todo se mezcló en su violento ataque espasmódico.

Karmen Brown había terminado en el suelo. Estaba llorando.

El extendió la mano para ayudarla pero ella lo rechazó.

– Déjeme en paz -le dijo-. Suélteme.

Estaba hecha un lío, con la falda alrededor de la cintura y los muslos pegajosos y brillantes de saliva.

Leonid se levantó los pantalones. Sentía algo parecido a la culpa por haber tenido sexo con la muchacha. Era apenas unos años más grande que la joven hija de su esposa, la hija del joyero indio.

– Me debe trescientos dólares -dijo.

Tal vez en algún momento, en el futuro, le contaría a alguien que el mejor trasero que había tenido en su vida le había pagado trescientos dólares por el privilegio.

– En el sobre, arriba de la mesa. Hay mil dólares allí. Eso y el anillo y el brazalete que él me regaló. Quiero que se los devuelva. Lléveselos y váyase. Váyase.

Leonid rasgó el sobre para abrirlo. Encontró el dinero, un anillo con un gran rubí y un brazalete engarzado con diamantes de un cuarto de carat.

– ¿Qué quiere que le diga? -preguntó Leonid.

– No tendrá que decir ni una palabra.

Leonid quería decir algo, pero no lo hizo.

Fue hacia la puerta, y decidió bajar por la escalera en vez de esperar el ascensor.

Durante el primer tramo pensó en Karmen Brown, que había rogado tener sexo y que luego había llorado tan amargamente. En el tercer tramo comenzó a pensar en Gert. Ansiaba extender las manos y tocarla, pero ella había desaparecido.

En el primer piso se cruzó con un joven tatuado que esperaba ante la puerta del ascensor.

Cuando Leonid lo miró, el joven desvió la mirada.

Llevaba puestos unos guantes de cuero.

Leonid traspuso la puerta y se dirigió hacia el oeste.

Dio cuatro pasos, cinco.

Recorrió la distancia hasta el final de la manzana y fue entonces, cuando se quitó la chaqueta por el calor, que se preguntó por qué a alguien se le ocurriría usar guantes de cuero en un día tan caluroso. Pensó en los tatuajes y le vino a la cabeza la imagen de una moto.

La había visto estacionada justo ante la puerta del edificio de Karmen Brown.

Oprimió todos los timbres hasta que alguien lo dejó entrar. Estaba dispuesto a subir corriendo por la escalera pero el ascensor estaba en la planta baja, y abierto.

Mientras subía intentó encontrar el sentido de todo eso.

Las puertas se abrieron y él se abalanzó hacia el departamento de Karmen.

El joven con los brazos tatuados estaba saliendo. Saltó hacia atrás y metió la mano en el bolsillo, pero Leonid saltó sobre él y lo golpeó. El joven recibió el golpe de lleno pero no soltó la pistola. Leonid le aferró la mano y se abrazaron, describiendo una intrincada danza que giraba en torno de la fuerza de ambos y de esa pistola. Cuando el muchacho logró arrebatar la pistola de la mano de Leonid, el detective, más pesado, se abalanzó sobre el otro con todo su peso muerto y ambos cayeron al suelo. La pistola se disparó.

Leonid sintió un agudo dolor en el lugar en el que estaba situado su hígado. Se alejó de un salto del hombre de la moto, agarrándose el vientre. Había sangre en la mitad inferior de su camisa.

– ¡Mierda! -gritó.

Su mente retrocedió hasta noviembre de 1963. Tenía quince años y estaba anonadado por el asesinato de Kennedy. Después Oswald fue baleado por Ruby. El disparo le dio en el hígado y sufrió un dolor atroz.

En ese momento Leo se dio cuenta de que el dolor se le había pasado. Se volvió hacia su contrincante y lo vio yaciendo en el suelo, debatiéndose por respirar. Y de pronto, en medio de un jadeo, dejó de respirar.

Al darse cuenta de que la sangre de su camisa era del muchacho, Leo se puso de pie.

Karmen yacía en el suelo en un rincón, desnuda. Tenía los ojos abiertos y muy inyectados de sangre. Tenía el cuello oscuro por el estrangulamiento.

Pero no estaba muerta.

Cuando Leonid se inclinó sobre ella, sus ojos destruidos lo reconocieron. En lo profundo de su garganta surgió un confuso gorgoteo y ella trató de golpearlo. Graznó una inarticulada maldición, muy audible, y se sentó. El esfuerzo fue demasiado. Murió sentada, con la cabeza apoyada sobre las rodillas.

No tenía sangre debajo de las uñas.

“¿Por qué está desnuda?”, se preguntó Leonid.

Fue al baño para ver si había agua en la bañera… pero estaba vacía. Pensó en llamar al hospital, sin embargo…

El muchacho había usado una pistola de cañón largo de calibre 22. Leonid estaba seguro de que era la pistola que Nora Parsons dijo que había perdido diecisiete años atrás.

En la billetera de la muchacha, su licencia de conducir estaba a nombre de Lana Parsons.

En ese momento Leonid sintió dentro de su propio bolsillo el calor de las joyas y el dinero.

El asesino tenía una mochila. Contenía dos sobres estampillados, uno estaba dirigido a un abogado llamado Mazer y el otro a Nora Parsons, de Montclair, Nueva Jersey.

La carta dirigida a su madre incluía una de las fotografías que Leonid le había sacado a Richard Mallory y a su novia.

Querida mamá:

Mientras estuviste con Richard en las Bahamas el año pasado fui a tu casa a buscar cualquier cosa que hubiera pertenecido a papá. Sabes que lo amaba muchísimo. Sólo pensé que podrías tener algo que yo podría guardar como recuerdo.

En el garaje encontré una vieja caja de metal oxidada. Todavía conservabas la llave en el cajón de las herramientas. Supongo que no debería sorprenderme que hubieras contratado a un detective privado para probar que papá le estaba robando a su empresa. Debe habértelo contado y tú supusiste que podías quedarte con su dinero y con tus novios mientras él se moría en la cárcel.

Esperé mucho tiempo hasta saber qué debía hacer. Finalmente decidí usar al hombre que usaste para matar a papá para romperte el corazón. Acá tienes una foto de tu precioso Richard de su verdadera novia. El muchacho que dijiste que amabas. El muchacho que enviaste a la universidad. ¿Qué te parece?

Y me llevé el informe que Leonid McGill te dio sobre papá. Se lo envío ahora a mi abogado. Tal vez él pueda demostrar que existió una conspiración. Estoy segura de que le tendiste una trampa a papá, y si el abogado puede demostrarlo tal vez los mande a los dos a la cárcel. Tal vez incluso el señor McGill atestigüe en tu contra. Te veo en el juicio.

Tu amante hija,

Lana

Al abogado le enviaba el informe, amarillento y gastado, que Leonid había hecho tantos años atrás. En él se detallaba que el esposo de Nora tenía una cuenta secreta con el dinero que había desfalcado de unos fondos que administraba. Leonid recordó su encuentro con la señora Parsons. Ella le había dicho que no podía confiar en un hombre que era un ladrón. Leo no discutió. Sólo estaba allí para cobrar un cheque.

Lana había incluido una copia de la carta a su madre dentro del sobre dirigido al abogado. Le pedía que la ayudara a conseguir justicia para su padre.

Leonid se lavó cuidadosamente las manos y después eliminó cualquier señal de que hubiera estado en el departamento de la chica. Frotó cada superficie y lavó el vaso del que había bebido. Recogió las pruebas que había traído y las cartas, después se abotonó la chaqueta sobre la camisa ensangrentada y salió rápidamente de la escena del crimen.

Twill levaba puesto un traje azul oscuro con una camisa amarillo pálido y una corbata granate que tenía una ondulada línea azul en el centro. Leonid se preguntó de dónde había sacado su hijo un traje tan elegante, pero no formuló la pregunta en voz alta.

Los dos estaban solos en la pequeña capilla funeral donde Gert Longman yacía en un ataúd de pino abierto. Parecía más pequeña de lo que había sido en vida. Su rostro rígido parecía moldeado en cera.

Los hermanos Wyant le habían prestado dos mil quinientos dólares para el funeral. Se los dieron con su interés preferencial de dos por ciento semanal.

Leonid se demoró junto al ataúd mientras Twill permanecía a su lado… a medio paso de distancia.

Detrás de ambos, dos filas de sillas plegables constituían un mudo grupo de espectadores. El director de la funeraria había dispuesto la sala para un servicio religioso pero Leonid no sabía si Gert era religiosa. Y tampoco conocía a ninguno de sus amigos.

Después de los cuarenta y cinco minutos que se les habían asignado, Twill y Leonid abandonaron la funeraria de Little Italy. Salieron al sol que brillaba con fuerza sobre la calle Mott.

– Eh, León -dijo una voz detrás de ellos. Twill se volvió pero Leonid no.

Carson Kitteridge, vestido con un traje marrón oscuro, se les puso a la par.

– Teniente. Usted ya conoce a mi hijo Twill.

– ¿No tienes escuela hoy, hijo? -preguntó el poli.

– Permiso por duelo, oficial -respondió Twill con soltura-. Hasta las prisiones contemplan esos casos.

– ¿Qué quiere, Carson? -dijo Leonid.

Miró por encima de la cabeza del policía. El cielo estaba de una manera que Gert solía llamar azul glorioso. Eso era en la época en que todavía eran amantes.

– Me pareció que usted querría saber lo de Mick Bright.

– ¿Quién?

– Hace unos cinco días recibimos una llamada anónima -dijo Carson-. Era acerca de un alboroto en un edificio de departamentos del Upper East Side.

– ¿Sí?

– Cuando los agentes llegaron allí encontraron a una muchacha muerta, de nombre Lana Parsons, y a este Mick Bright… también muerto.

– ¿Quién los mató? -preguntó Leonid, controlando la respiración.

– Parece violación y robo. El muchacho era un adicto. Conocía a la joven del instituto de Arte Teatral.

– ¿Pero dijo que él también estaba muerto?

– Sí, eso dije, ¿no es cierto? La mejor versión que pudieron dar los agentes es que el muchacho estaba drogado y cayó sobre su propia pistola. Se disparó y le perforó el corazón.

Twill miró a su padre y después desvió los ojos.

– Cosas más raras han ocurrido -dijo Leonid.

Leonid ya se había dado cuenta hacía rato de que Lana había encontrado también la pistola en la caja metálica de su madre. Sabía por qué ella había matado a Gert y por qué Bright la había matado a ella. Lana quería hacerle daño a él, y después mandarlo a la cárcel como él había hecho con su padre.

Era un plan incriminatorio tan bien calculado como el que él mismo hubiera podido armar. El abogado habría entregado las cartas a la policía. Ya sobre la pista, los polis hubieran comparado el semen de Leonid con el semen hallado en la víctima. Seguramente ella había esperado que él se guardara las costosas joyas. Robo, violación y asesinato, y él habría sido en realidad tan inocente como Joe Haller.

“Moriría por él”, había dicho Lana. Estaba refiriéndose a su padre.

– Estoy al tanto del caso desde hace días -dijo Kitteridge-. El nombre de la muchacha se me quedó grabado y después recordé. Lana Parsons era la hija de Nora Parsons. ¿Alguna vez escuchó algo de ella?

– Sí. Le conseguí información sobre el marido. La mujer estaba pensando en divorciarse.

– Así es -dijo Kitteridge-. Pero él no andaba con otras. Estaba desfalcando dinero de su propia empresa. Lo mandaron a la cárcel con el material que usted desenterró.

– Sí.

– Murió en la cárcel, ¿no es cierto?

– Nunca me enteré.

Leonid quemó las cartas con las que Lana había tramado incriminarlo.

El trabajo que había hecho para la madre de Lana había impulsado a la muchacha al asesinato y el suicidio. Durante un rato consideró la idea de enviarle la foto de Richard y su novia a la madre de Lana. Al menos así cumpliría con una de las cosas que ella se había propuesto. Pero decidió no hacerlo. ¿Por qué herir a Nora si él mismo era tan culpable como ella?

Sin embargo, guardó la foto en el primer cajón de su escritorio.

La foto de Richard metiendo la mano debajo del vestido rojo de la recepcionista, en Park Avenue después de un especiado banquete brasileño. Junto a la foto guardó un recorte del New York Post. Era un brevísimo artículo acerca de un prisionero de Ryker's Island llamado Joe Haller. Había sido arrestado por robo. Mientras esperaba el juicio, se había ahorcado en su celda.

Querido foro de Penthouse (un primer borrador) – Laura Lippman

No lo van a poder creer, pero esto de veras me sucedió el otoño pasado, y todo porque llegué cinco minutos tarde, algo que pareció una tragedia en ese momento. “Solo son cinco minutos”, le repetía una y otra vez a la mujer detrás del mostrador, que ni se molestaba en alzar la vista de la pantalla de su computadora para mirarme. Y era espantoso, porque no necesito mucho para ser encantador, pero necesito al menos algo que me permita operar. ¿Por qué teclean tanto las empleadas encargadas de los pasajes? ¿Qué hay en la computadora que les hace fruncir el ceño de ese modo? Yo había impreso la constancia de mi pasaje electrónico, y no dejaba de empujarlo hacia ella sobre el mostrador, y ella no dejaba de devolvérmelo con la punta de un bolígrafo, como yo solía hacer con la ropa interior sucia de Bruce, mi compañero de cuarto, cuando estábamos en la universidad. Solía recogerla con un palo de hockey y apilarla en un rincón, solo para abrir una senda en nuestro cuarto. Bruce era un maldito vago.

– Lo siento -me dijo ella, oprimiendo una tecla una y otra vez-. No puedo hacer nada por usted esta noche.

– Pero yo tenía una reservación. Andrew Sickert. ¿No la tiene allí?

– Sí -dijo ella, silbando la “s” con un siseo húmedo, como una chica de secundaria con una ortodoncia nueva. Dios, ¿cómo logran hacerlo los hombres mayores? Yo no puedo verlo, en especial si de verdad es más difícil conseguir una erección cuando uno se hace mayor, y tampoco imagino eso. Pero si la cosa se pone más difícil, ¿no hace falta tener una mejor visual?

– Compré ese pasaje hace tres semanas. -En realidad, hacía dos, pero estaba desesperado por ganar algo de ventaja, desesperado por subirme a ese avión.

– En el listado dice que no se le garantiza el asiento si no está aquí treinta minutos antes de la partida. -Su voz era de oh-qué-aburrimiento, el tono de una persona que simplemente adora el dolor ajeno.- Tuvimos un vuelo sobrevendido más temprano y había una docena de personas en lista de espera. Como usted no se presentó a las 9.25, asignamos su asiento a otro.

– Pero ahora son apenas las 9.40 y no tengo equipaje. Podría alcanzarlo, si la fila de seguridad no es demasiado larga. Aunque fuera en la última puerta, llegaría. Tengo que tomar ese vuelo. Tengo… tengo… -Casi podía sentir cómo mi imaginación intentaba estirarse, saltando por toda mi cabeza, buscando algo que a esa mujer le resultara atendible.- Tengo una boda.

– ¿Se casa usted?

– ¡No!-Ella frunció el ceño ante la cavilosa estridencia de mi voz.- Quiero decir, no, por supuesto que no. Si fuera mi propia boda estaría allí desde hace, por lo menos, una semana. Es mi… eeh, mi hermano. Soy el padrino.

El “eeeh” fue desafortunado.

– ¿La boda es en Providence?

– En Boston, pero es más sencillo volar a Providence que a Logan.

– ¿Y es mañana, viernes?

Mierda, nadie se casaba un viernes a la noche. Hasta yo conocía eso.

– No, pero hay una cena de ensayo y, ya sabe, esas cosas.

Más tecleo.

– Puedo darle el vuelo de las 7 de la mañana si me promete registrarse noventa minutos antes. Estará en Providence a las 8.30. Me parece que tendrá tiempo más que suficiente. Para el ensayo y esas cosas. A propósito, ese vuelo cuesta treinta y cinco dólares más.

– Okey -dije, extrayendo una tarjeta Visa que estaba peligrosamente cerca de alcanzar su cupo máximo, pero me sentía reticente a entregar mi dinero en efectivo, que necesitaría en abundancia el viernes a la noche-. Supongo que será suficiente tiempo para mí.

Y ahora sólo tenía que pasar el tiempo en el más desabrido aeropuerto, Baltimore-Washington International, del más desabrido suburbio, Linthicum, de toda la Costa Este. Irme a casa no era una opción. El tren ya había dejado de pasar, y no podía afrontar los treinta dólares de taxi para volver a Baltimore Norte. Además, debía registrarme a las 5.30 de la mañana para garantizarme un asiento, y eso significaba que tendría que levantarme a las cuatro. Si me quedaba en el aeropuerto, al menos no podría perder el vuelo.

Vagué por el área de pasajes, pero estaba todo muerto, las ventanillas estaban a punto de cerrar. Tomé una cerveza; el último llamado era a la 11, y ya no podía ir a los comercios y restaurantes del otro lado de los detectores de metales porque no tenía tarjeta de embarque. Me quedé junto a las escaleras un rato, observando a la gente que salía de las terminales, con rostros exhaustos aunque felices porque sus viajes ya habían terminado. Era casi como si hubiera dos aeropuertos: “Partidas”, la ciudad fantasma donde yo estaba atrapado, y “Llegadas”, donde la gente salía en torrente por las puertas y hacia las escaleras mecánicas, luchando por su equipaje y arrojándose después en los atestados carriles del nivel inferior, encaminándose a casa, encaminándose hacia el exterior. Yo debería haber estado haciendo lo mismo, a unos seiscientos kilómetros de distancia. Mi avión estaría aterrizando ahora, los muchachos me estarían buscando, listos para irnos. Traté de llamarlos, pero mi celular estaba muerto. Esa era la clase de noche que estaba pasando.

Me tendí en uno de los bancos tapizados frente al mostrador de mi línea aérea e intenté dormitar un poco. Un viejo estaba empujando una aspiradora justo al lado de mi cabeza, algo que me resultó un poquito hostil. No obstante, cerré los ojos y traté de no pensar en lo que me estaba perdiendo en Boston. Los muchachos probablemente estuvieran en un bar para entonces, consiguiéndose unas cervezas. Al menos podría llegar para los grandes festejos de la noche siguiente. Lo de la boda había sido una completa mentira. En realidad, iba a la despedida de soltero de un amigo, aunque no estaba invitado a la boda, pero eso era simplemente porque la novia no me tenía ninguna simpatía. Le había dicho a Bruce que yo era un tarado; sin embargo, la verdad es que habíamos tenido una pequeña aventura cuando ellos dos rompieron durante un tiempo en segundo año de la universidad, y tiene terror de que yo pueda contárselo a él. Y además, yo creo, porque la cosa le gustó, que disfrutó con el viejo Andy, quien aportó mucho más a la cosa de lo que podría haber hecho nunca Bruce. No estoy hablando mal de mi amigo, pero viví con el hombre en cuestión cuatro años. Sé muy bien qué le tocó en suerte en el reparto, fisiológicamente hablando.

Detrás de mis ojos cerrados, pensé en aquella semana de hace dos años, cuando ella había venido a mi cuarto en el momento que sabía que Bruce estaba ausente, y había cerrado la puerta con llave y, sin ningún preámbulo, se había arrodillado y…

– ¿Estás varado aquí?

Me incorporé sobresaltado, sintiendo que me habían atrapado justo en algo, aunque por suerte mis zonas bajas no estaban notoriamente desarregladas. Había una mujer de pie a mi lado, mayor, más o menos entre los treinta y los cuarenta, vestida con uno de esos trajes completamente serios y un peinado tirante, arrastrando una pequeña maleta rodante. Desde mi ventajosa posición inferior, no pude evitar advertir que tenía lindas piernas, al menos desde el tobillo hasta la rodilla. No obstante, el efecto general era formal, prodigiosamente aseñorado.

– Sí. Sobrevendieron mi vuelo, y no tengo otro hasta la mañana, y mi casa está demasiado lejos.

– Nadie debería dormir en un banco. Una sola noche podría arruinarte la espalda para toda la vida. ¿Necesitas dinero? Probablemente podrías conseguir una habitación en uno de esos moteles del aeropuerto por tan sólo cincuenta dólares. El Sleep-Inn es barato.

Extrajo una billetera de su bolso, y aunque esa clase de detalles no es mi fuerte, puedo decir que a mí me pareció que era una billetera costosa, y que estaba repleta de billetes. Casi nunca me siento angustiado por el dinero -tengo apenas veintitrés años y empezando en la vida, ya conseguiré suficiente plata-, pero no me resultó fácil la decisión, viendo todos esos billetes y pensando en la brecha generacional que existía entre ambos. ¿Por qué no podía aceptarle cincuenta dólares? Era obvio que ella no los echaría de menos.

Sin embargo, por alguna razón no pude hacerlo.

– No. Porque nunca se los devolvería. Quiero decir, podría hacerlo, tengo trabajo. Pero me conozco bien. Perdería su dirección o algo por el estilo, nunca le devolvería el dinero.

Ella sonrió, y la sonrisa transformó su rostro. Definitivamente, entre los treinta y los cuarenta, aunque más cerca de los treinta ahora que la observaba con detenimiento. Tenía ojos grises, una boca grande y curva, con el labio superior más grueso que el inferior, de modo que sus dientes sobresalían apenas un poco. Me pierde esa mordida. Y el traje era una especie de camuflaje, me di cuenta, un camuflaje positivo. La mayoría de las mujeres se visten de manera de ocultar sus defectos, pero hay unas pocas que usan la ropa para cubrir sus virtudes. Ella intentaba ocultar sus mejores cualidades, si bien pude distinguir las curvas bajo la ropa… tanto adelante, arriba, como en la espalda, donde su trasero se alzaba casi desafiando la chaqueta de sastrería y la falda recta. Es imposible aplastar un buen trasero.

– No seas tan galante -dijo ella-. No te estoy ofreciendo un préstamo. Estoy haciendo una buena acción. Me gusta hacer buenas acciones.

– No parece correcto -respondí.

No sé por qué me había puesto tan firme, pero creo que era porque ella era básicamente encantadora y dulce. No podía evitar pensar que volveríamos a encontrarnos, y que no querría ser recordado como el tipo que le sacó cincuenta dólares.

– Bien… -y otra vez esa sonrisa, más amplia ahora- llegamos a un callejón sin salida.

– Así parece. Será mejor que vaya hasta la parada de taxis si quiere volver a casa esta noche. Hay una fila de veinte personas.

Miramos por la ventana hacia el nivel inferior, que era un completo caos. Allá arriba, sin embargo, todo estaba silencioso e íntimo, ya que el tipo de la aspiradora se había ido por fin a hacer ruido a otra parte, y todas las ventanillas de venta de pasajes estaban cerradas.

– Soy afortunada, tengo mi propio auto.

– Creo que más afortunado es el hombre que la está esperando en casa.

– Oh -dijo un poco nerviosa, lo que le dio un aspecto aún más sensual-. No hay nadie… quiero decir… bueno, estoy sola.

– Eso es difícil de creer.

El típico y trillado comentario estúpido era, sin embargo, sincero. ¿Cómo podía ser que alguien como esa bruja de los pasajes tuviera un anillo en el dedo, mientras esta mujer andaba suelta por ahí?

– Es un problema como el del huevo o la gallina.

– ¿Eeh?

– Si estoy sola porque soy una adicta al trabajo o si soy una adicta al trabajo porque estoy sola.

– Oh, es muy simple. Es la primera opción. No hay duda.

Su rostro pareció iluminarse y juro que vi que se le nublaban los ojos, como si estuviera a punto de llorar.

– Eso es lo más lindo que me han dicho en mi vida.

– Entonces, tiene que salir con gente un poco mejor.

– Mira… -Puso su mano sobre la mía, y era fresca y suave, la clase de mano que recibe una capa de crema con regularidad, la mano de una mujer que cuida cada parte de sí misma. Sabía que estaría brillante y pulida, con una fina terminación debajo de su traje conservador, con las uñas de los pies pintadas y con un lindo perfume-. Tengo un departamento con dos dormitorios en la parte sur de la ciudad, a pocas calles de los grandes hoteles. Puedes pasar la noche en mi cuarto de huéspedes, alcanzar el primer transporte al aeropuerto que sale del Hyatt a las cinco. Sólo cuesta quince dólares, y llegarás a donde vayas descansado y fresco.

Es raro, pero me sentía protector con ella. Era casi como si fuera dos personas: alguien que quería protegerla de un tipo como yo, que deseaba meterse en su departamento y arrancarle ese traje, ver lo que ella le ocultaba al resto del mundo.

– No podría hacer eso. Ese es un favor aun más grande que darme cincuenta dólares para que me vaya a dormir a un hotel.

– No sé. Me parece que existen maneras en que podrías retribuirme, si te pones a pensarlo un poco.

No sonrió ni arqueó una ceja ni hizo gesto alguno que subrayara lo que acababa de ofrecerme. Simplemente me dio la espalda y empezó a arrastrar su maleta hacia las puertas corredizas de vidrio.

Nunca en mi vida estuve más seguro de que una mujer me deseaba. Me incorporé, aferré mi propia maleta y la seguí, mientras las ruedas de nuestros equipajes iban repiqueteando al unísono. Me condujo hasta un BMW negro estacionado en el área de estadías breves. Ninguno de los dos dijo una sola palabra, apenas si podíamos mirarnos; yo ya le tenía la falda a mitad del muslo mientras ella le entregaba dos dólares al encargado del estacionamiento. Él ni siquiera se molestó en mirar hacia abajo, sino que tan sólo le dio el cambio, aburrido con su vida. Es asombroso lo que la gente no ve, pero después de todo… la gente no la veía a ella, esa asombrosa mujer. Porque era pequeña y modesta, pasaba por el mundo sin que la reconocieran. Me alegré de no haber cometido el error de no haberla visto.

Su departamento estaba a sólo veinte minutos de distancia, y si yo hubiera tenido veinticinco años, creo que la hubiera hecho detenerse a un lado de la calle para no correr el riesgo de reventar. Le había subido la falda hasta la cintura para entonces, y sin embargo ella mantenía el control del auto y los ojos clavados en el camino, algo que me volvió todavía más loco por aquella mujer. Una vez que se detuvo, no se molestó en abrir el baúl, y para entonces yo no estaba demasiado preocupado por mi maleta. No iba a necesitar ropa hasta la mañana siguiente. Ella subió corriendo la escalera y la seguí.

El edificio estaba un poco más venido a menos de lo que yo esperaba, y en un vecindario un poco más dudoso de lo que supuse, pero esos lofts construidos en viejos depósitos suelen estar en zonas raras de la ciudad. Me hizo entrar de un tirón en la sala a oscuras y cerró la puerta con llave, poniendo la traba como si temiera que yo fuera a cambiar de idea, aunque no había riesgo de que se me ocurriera algo así. No tuve tiempo ni disposición para estudiar el ambiente que me rodeaba, aunque sí advertí que la habitación estaba escasamente amoblada… sólo un sofá, un escritorio con una laptop abierta, y ese enorme anaquel lleno de frascos con centelleantes tapas doradas, que se parecían a esos enormes envases de pimientos que se ven en algunas fiambrerías, aunque no exactamente iguales. No pude evitar pensar que era un proyecto de ella, que tal vez fueran jarrones distorsionados por la luz de la luna.

– ¿Eres artista? -le pregunté mientras retrocedía y empezaba a quitarle la ropa, revelando un cuerpo que era todavía mejor de lo que había esperado.

– Soy una mujer de negocios.

– Quiero decir, ¿como un hobby? -hice un gesto con la cabeza hacia los anaqueles, mientras trataba de quitarme los pantalones sin caerme.

– Hago conservas.

– ¿Cómo? -En realidad no me importaba mucho la respuesta, porque ya tenía mis manos sobre ella. Me dejó besar y acariciar todo lo que estaba a mi alcance, después se arrodilló, como si su intención fuera complacerme. Bueno, había dicho que le gustaba hacer buenas acciones, y yo había estado bastante bien en su auto.

– Conservas -dijo, con aliento cálido y húmedo-. También les pongo frutas y vegetales y otras cosas, para poder disfrutarlas durante todo el invierno.

Y entonces dejó de hablar porque…

Maureen se detiene, frunciendo el ceño ante lo que ha escrito. ¿Ha logrado dominar el género? Esta es su sexta carta, y aunque las ideas mejoran, la prosa se vuelve más dura. Parte del problema es que los hombres aportan tan poco a sus personajes, y la obligan a ser más imaginativa acerca de sus vidas y sus propósitos. Aun cuando le cuenten un poco de sus vidas, como este, Andy, es todo tan aburrido, tan banal. Llega tarde al aeropuerto, pierde el avión, sin dinero suficiente para hacer otra cosa que dormir en un banco, bla, bla, bla. Ah, pero ella no puede darse el lujo de elegirlos por el material que le ofrecen. Tiene que conseguir la materia prima y amoldarla a sus necesidades.

Hasta ahora, los editores de Penthouse no han publicado ninguna de sus cartas. Demasiada acumulación de detalles, supone, que en lo que a ella se refiere es igual a demasiado juego sexual previo. Pero esa es la diferencia entre hombres y mujeres, el abismo infranqueable. Una quiere seducción, el otro quiere acción. Y por eso también es que sus guiones no se venden… demasiada acumulación de detalles, demasiado relato. Y, francamente, sabe muy bien que sus escenas de sexo son malas. Parte del problema es que en la vida real Maureen nunca completa el acto que está intentando describir en la ficción; está demasiado ansiosa por llegar a su parte favorita. Entonces, sí, tiene todo un tema con el juego preliminar.

No, definitivamente tiene un problema con las voces de este relato. ¿Acaso un hombre joven podría recordar el sonido sibilante que hacen las abrazaderas de la ortodoncia, o es que ella está poniendo en eso demasiado de sus propios años difíciles de la adolescencia? ¿Un hombre de veintitrés años podría reconocer una billetera costosa? ¿O usar la palabra “prodigiosamente”? Además, también debería ser más cuidadosa con los hechos en sí mismos. Los dos dólares de la tarifa del estacionamiento… una persona más astuta, cualquiera que no tuviera la mano debajo de la falda de una mujer, tanteando a ciegas como si estuviera buscando monedas caídas debajo del cojín de un sofá, podría preguntarse por qué alguien que regresa de un viaje de negocios sólo está pagando por una hora de estacionamiento. También debería corregir el departamento de ella, hacerlo más sofisticado, de la misma manera que había ascendido de categoría a su Nissan Sentra, convirtiéndolo en un reluciente BMW negro. Y, hablando del tema, tiene que llevar su auto a lavar y lustrar, por las dudas, y cambiar el nombre de Andy en las siguientes versiones. No le preocupa que los detectives de homicidio puedan leer el foro de Penthouse buscando pistas para los casos no resueltos, aunque es casi seguro que lo leen. Mientras tanto, se deshizo de la maleta de él, que arrojó en un contenedor detrás del Sleep-Inn, cerca del aeropuerto, y también se deshizo del propio Andy.

Bueno… mira la fila de frascos relucientes, que tiene que volver a guardar dentro del aparador, pero son tan bonitos a la luz de la luna, casi como lámparas caseras de lava. Se deshizo de casi todo Andy.

Cita – Nelson DeMille

Según aprendí en biología, en la escuela secundaria, la hembra de una especie suele ser más peligrosa que el macho. Tal vez eso fuera cierto en el reino animal, recuerdo haber pensado, pero en el caso de los seres humanos, el macho es más peligroso.

Cambié de opinión cuando mi camino se cruzó con el de una dama muy mortífera equipada con un rifle, que estaba decidida a matarme, a mí y a todos los que me rodeaban.

Yo era un joven oficial de infantería que cumplía un turno de servicio en Vietnam entre 1971 y 1972. Después de unos pocos meses en combate, equivocadamente me ofrecí como voluntario para una tarea de mierda. Me encontró comandando una Patrulla de Reconocimiento de Largo Alcance, también llamada PARLA. Ya estaba próximo al final de mi turno, con doce patrullajes hechos, y todo lo que podía pensar era en volver a casa con vida.

Estábamos patrullando cerca de la frontera con Laos, al oeste de Khe Sanh, un área montañosa con densa selva subtropical, interrumpida de tanto en tanto por claros donde crecía hierba de elefante hasta la altura de la cabeza y algunos bosquecillos de bambú. La población local de montagnards autóctonos había evacuado hacía tiempo esa zona de combate para refugiarse en la seguridad de las barracas fortificadas, más al oeste.

Tenía la sensación -completamente ilusoria- de que mis nueve hombres y yo éramos los únicos seres humanos en ese lugar abandonado por la mano de Dios. La realidad era que había miles de soldados enemigos desplazándose a nuestro alrededor, pero no los habíamos visto, y ellos no nos habían visto a nosotros, lo cual constituía la verdadera gracia del juego que estábamos jugando.

Nuestra misión no era atacar al enemigo, sino descubrir y cartografiar la elusiva Ruta Ho Chi Minh, que en realidad se trataba de una red de estrechas sendas usadas por el enemigo para infiltrar soldados y suministros en Vietnam del Sur. También debíamos informar por radio sobre todos los movimientos para que la artillería, los helicópteros artillados y los bombarderos de combate entraran en acción para desalentar adecuadamente al enemigo.

Era julio, hacía calor, había humedad y estaba lleno de alimañas. Las serpientes y los mosquitos adoraban ese clima. A la noche, escuchábamos los parloteos de los monos y los gruñidos de los tigres.

Las patrullas de reconocimiento de largo alcance duraban habitualmente alrededor de dos semanas. Después de las dos semanas, las raciones que llevábamos empezaban a escasear y los nervios de la patrulla comenzaban a aumentar. Ese era todo el tiempo que uno podía soportar en la jungla, internado en el territorio bajo control enemigo, en desventaja numérica ante las fuerzas hostiles, que podían aniquilar a una patrulla de diez hombres en un abrir y cerrar de ojos si es que te descubrían.

Llevábamos dos radios -prc-25s, llamada Perece Dos Cincos- para mantenernos en contacto con nuestro cuartel general que estaba tan pero tan lejos, transmitir informes, pedir artillería o bombardeos y, finalmente, para acordar nuestra evacuación del lugar en helicóptero cuando la misión fuera completada, o si la misión se encontrara en problemas, es decir, en cuanto los viets nos estuvieran respirando en el cuello.

Las radios a veces fallan. O sufren daños. Las frecuencias de radio a veces no funcionan. A veces el enemigo te está escuchando desde su radio, de manera que hay un plan de emergencia si las radios ya no sirven para su función. Había sitios predeterminados para que nos sacaran de allí, marcados en mi mapa del terreno, con tres horas de encuentro acordadas con los helicópteros. Esos sitios se llaman Cita Alfa, Bravo y Charlie. Si uno no ve su helicóptero en Alfa en la fecha y la hora acordadas, debe desplazarse a Bravo, y si esa cita falla, va a Charlie. Si eso falla, uno vuelve a Alfa. Después de eso, se queda solo. Y como dicen nuestros amigos viets, Xin Loi. Buena suerte.

Las cosas que podían impedir que uno cumpliera con la cita preacordada eran el clima y la actividad enemiga en esa área. Hasta aquel momento, el clima era despejado y no habíamos visto ni oído al enemigo. Pero estaba allí. Vimos surcos y huellas frescas en la telaraña de senderos, y llegamos a campamentos recién abandonados, y de noche olíamos los fuegos en los que cocinaban. Estaban a nuestro alrededor, por todas partes, pero eran invisibles, al igual -esperaba yo- que nosotros.

El Día Diez todo eso cambió.

Estábamos patrullando un área que me preocupaba un poco; era un lugar donde antes había habido un lozano bosque, y que era ahora una extensión de troncos calcinados por el napalm, gentileza de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos. Nuestra misión era informar los efectos del reciente ataque aéreo, y yo intentaba abarcar y evaluar lo que tenía ante mis ojos: ceniza negra, camiones carbonizados y docenas de cuerpos grotescamente contorsionados e incinerados, blancos dientes que sobresalían de rostros de color carbón. Teníamos que contar los vehículos y los cadáveres.

El problema de ese lugar, además del obvio, era que nos ofrecía muy poco reparo: mis hombres y yo no teníamos dónde ocultarnos ni ponernos a cubierto.

Le hablé en un susurro a mi operador de radio, que estaba a mis espaldas, un tipo llamado Alf Muller.

– Radio -le dije, extendiendo la mano hacia atrás para recibir el auricular, pero no me lo puso en la mano como esperaba.

Me volví para ver a Alf, que yacía boca abajo sobre la ceniza negra, con la radio sujeta a la espalda y los brazos extendidos a cada lado, una mano sosteniendo el teléfono que pendía del cable.

Me llevó medio segundo darme cuenta de que le habían acertado.

Grité “¡Francotirador!” y me arrojé a tierra y rodé sobre la ceniza junto con todos los demás. Yacimos allí, con la esperanza de parecer algo inanimado entre los restos ennegrecidos del terreno calcinado.

Francotirador. La cosa más aterradora en el campo de batalla, donde abundan las cosas aterradoras. Yo no había oído el disparo, y tampoco oiría el siguiente. Tampoco vería al francotirador aunque siguiera con vida después del próximo disparo. El francotirador opera a larga distancia -a cien o doscientos metros- y siempre tiene un rifle muy bueno, equipado con mira telescópica, silenciador y supresor del fogonazo. Lleva ropa de camuflaje y el rostro ennegrecido como la ceniza en la que yo yacía. Es el Sombrío Segador que cosecha a los vivos.

Nadie se movió, porque moverse significaba la muerte.

No había manera de decir de dónde había venido el disparo, así que no podíamos ocultarnos detrás de algo porque eso podría dejarnos directamente en la línea de fuego. No podíamos correr porque tal vez corriéramos directamente hacia donde estaba el francotirador.

Giré lentamente la cabeza hacia Alf. Tenía la cara en la ceniza, y no había señal de que respirara.

En la medida que podía pensar en algo que no fuera el terror, me pregunté por qué el francotirador había elegido a Alf, el operador de radio, en vez de a mí; el hombre que está al lado del operador es el oficial o el sargento, que siempre son los primeros blancos en combate, como inutilizar al capitán del equipo. Raro. Pero no me quejaba de que hubiera sido así.

No hay gran cosa para hacer en esta situación, pero lo mejor que se puede hacer en segundo lugar es no hacer nada. Mis muchachos estaban entrenados, y sabían cómo dominar sus nervios y quedarse inmóviles. Si el francotirador volvía a disparar, y le daba a alguien -suponiendo que nos enteráramos de que alguien había caído-, no tendríamos más alternativa que dispersarnos y correr el albur de que el francotirador sólo pudiera acertarles a algunos blancos móviles antes de que el resto de nosotros quedáramos fuera de su alcance.

Me pagan por tomar decisiones, así que decidí que el francotirador estaba demasiado alejado para escucharnos. Necesitaba que alguien contara cuántos quedábamos, por lo que dije en voz alta:

– Dawson. Informe.

El sargento de la patrulla, Phil Dawson, me respondió audiblemente:

– Le dieron a Landon. Se movía, pero creo que está muerto.

El médico de la patrulla, Peter García, agregó:

– Trataré de acercarme a él.

– ¡No! -grité-. Quédate quieto. Repórtense todos.

Los hombres se reportaron siguiendo el orden del número que se les asignaba en la patrulla. “Smitty presente”, después “Andolotti presente”, seguido de “Johnson presente” y, después de algunos largos segundos, Markowitz y Beatty también se reportaron.

El sargento Dawson, cuya tarea es contar a los efectivos, me informó:

– Nueve presentes, teniente. ¿Muller está con usted?

– Muller está muerto -respondí en voz muy alta.

– Mierda -dijo Dawson.

Así que los dos operadores de radio estaban muertos, lo cual no era una coincidencia. Aunque resultaba desconcertante.

Tenía que acercarme a la radio y pedir que los helicópteros de observación y los de combate formaran un anillo de fuego a nuestro alrededor para que hicieran salir a ese hijo de puta. Eché un vistazo hacia donde estaba Muller, a unos dos metros de distancia. Tenía el radioteléfono en la mano derecha, la que estaba más alejada de mí.

Bien, pensé, podríamos quedarnos aquí para que nos mataran uno a uno, podríamos esperar la puesta del sol y rogar que el francotirador no tuviera una mira nocturna, o yo podría ganarme un poco de paga extra por combate. Tenía la idea, basada en un año pasado con esa clase de situaciones de mierda, de que el francotirador se había ido. Lo pensaba porque toda nuestra estrategia de hacernos los muertos servía de poco, considerando lo expuestos que estábamos en ese terreno calcinado. Entonces, pensaba, si el francotirador estuviera aún allí, ya hubiera hecho algunos disparos más. Grité “reportarse”.

Todos los que estaban vivos unos minutos atrás seguían aún con vida.

Respiré hondo y rodé dos veces, después una tercera por encima del cuerpo de Alf y me detuve, inmóvil, sobre su brazo extendido. Desprendí el radioteléfono de sus dedos, que empezaban a ponerse rígidos, y me lo llevé a la oreja, esperando el disparo que me volaría el cerebro. Oprimí el botón de comunicación y dije en el micrófono:

– Pato Real Seis, aquí Comadreja Negra.

Solté el botón de comunicación y apreté con fuerza el auricular contra mi oreja, pero hubo un silencio mortal. Lo intenté otra vez, pero ni siquiera se escuchaba un zumbido ni descarga radial en el auricular. La radio estaba tan muerta como Alf Muller.

Esperé el impacto de una bala en alguna parte de mi cuerpo. Casi podía sentir el acero hirviente desgarrando mi carne.

Esperé. Me encabroné. Me puse de pie y le grité a mi patrulla:

– ¡Si me bajan, a dispersarse!

Me quedé allí de pie y no sucedió nada.

Volví a ordenar:

– ¡Reportarse!

Los otros siete sobrevivientes volvieron a reportarse.

Bajé la vista para mirar a Alf Muller y entonces vi el agujero de bala en su radio. Caminé siguiendo la fila de la patrulla y vi a mis hombres tendidos en la ceniza negra levantando la cara para mirarme, y algunos de ellos me dijeron:

– ¡Al suelo, teniente! ¿Está loco?

Uno tiene ese sexto sentido que le dice que no le ha tocado el turno ese día, que todo estará bien, que el destino le está reservando algo peor más adelante.

Encontré a Landon tirado boca abajo como Muller y, como en el caso de Muller, se veía un solo orificio de bala en la parte superior de su radio. La batería está en la base; las conexiones están arriba. El francotirador lo sabía y fue capaz de hacer un solo disparo que pasó a través del equipo electrónico y se incrustó en la médula de los dos operadores.

Lo que no entendía era por qué el francotirador no había eliminado al menos a algunos de los otros. Por cierto, había tenido tiempo, había tenido alcance, había tenido un campo de tiro despejado y obviamente era buen tirador.

En realidad, sabía la respuesta. El tipo estaba jugando con nosotros. Un poco de guerra psicológica, hecha con un rifle mortal en vez de con panfletos o con emisiones de Radio Hanoi. Un mensaje para los americanos. Y el juego aún no había terminado.

Los francotiradores piensan y actúan de manera diferente que la gente normal, y a nuestros propios francotiradores, algunos de los cuales yo había conocido, también les gustaban esos jueguitos. Es aburrido esperar horas o días o semanas hasta que aparece un blanco. La mente de un francotirador imagina cosas extrañas durante las esperas largas y solitarias, de manera que cuando finalmente aparece un blanco en su mira telescópica, el francotirador se convierte en un cómico que hace cosas graciosas. Graciosas para él, no para sus blancos. Un francotirador estadounidense me contó una vez que de un disparo le había quitado la pipa de hashish de la boca a un soldado enemigo.

Pensé en compartir esos pensamientos con mis hombres, pero si no se habían dado cuenta para entonces, no tenían necesidad de saberlo, o lo sabrían muy pronto.

Momento de tomar decisiones.

– Okey -dije-, tenemos que dejar a estos hombres aquí para el cálculo de recuperación de cadáveres. Desnuden los cuerpos, y pongámonos en marcha.

No hubo ningún movimiento entusiasta hasta que finalmente el sargento Dawson se puso de pie y dijo:

– Ya escucharon al teniente. ¡Muévanse!

Todo el mundo se incorporó lentamente, y todas las cabezas y los ojos se movían de un lado a otro como presas acorraladas. Los hombres desnudaron los cuerpos de los dos operadores de radio muertos, quitándoles todo lo que pudiera resultarle de utilidad al enemigo: rifles, municiones, cantimploras, placas de identificación, raciones, brújulas, botas, morrales y demás.

Dawson me preguntó:

– ¿Y las radios?

– Las llevamos -respondí-. Tal vez entre las dos podamos armar una que funcione.

Salimos con rapidez del área deforestada y nos internamos en un denso bosquecillo de bambú que ofrecía algún reparo, pero que nos delataba por el movimiento de las cañas altas y frondosas a medida que nos abríamos paso con nuestros machetes.

Pasamos la noche entre los bambúes, formando un perímetro defensivo, y nos permitimos creer que nos habíamos sacado de encima al francotirador.

Algunos de los muchachos intentaron armar una radio que funcionara con los restos de las dos destruidas, pero los que sabían de radios habían quedado seis kilómetros atrás y en un estado en el que no podían ayudarnos.

Al amanecer abandonamos el intento y enterramos las radios junto con nuestras herramientas para hacer trincheras para no regalarle nada al enemigo.

No habíamos podido transmitir nuestro informe de situación durante la noche, así que ahora nuestro jefe, el coronel Hayes, también conocido como Pato Real Seis, sabía que su patrulla, conocida como Comadreja Negra, tenía algún problema. Un problema con la radio, pensaría, o tal vez un problema de captura, o un problema de muerte.

Esas cosas suelen pasar con las patrullas de reconocimiento de largo alcance. Un momento uno está allí y al siguiente ha desaparecido para siempre.

Cargamos nuestro equipo y nos pusimos en marcha hacia las coordenadas que en el mapa señalaban nuestra Cita Alfa.

Salimos de los bambúes a un hermoso tramo de espesa selva. Llegamos a un arroyo pedregoso que debíamos cruzar y allí hicimos un alto. Los cauces son como campos de tiro al blanco. Dawson se ofreció como voluntario para cruzar primero y atravesó como un rayo la corriente que le llegaba a las rodillas y trepó con premura a la ribera opuesta, donde se tendió boca abajo en posición de tiro, barriendo con su rifle M-16 el arroyo hacia ambos lados.

Dos fusileros, Smitty y Johnson, lo siguieron y llegaron sin contratiempos a la otra margen. Después el paramédico, García, cargando a la espalda el pesado botiquín, se lanzó al cauce y los otros lo ayudaron a trepar la orilla. El hombre que llevaba el lanzagranadas, Beatty, respiró hondo y se desplazó con tanta velocidad que me pareció que caminaba sobre las aguas. Otro fusilero, Andolotti, esperó cinco segundos y luego corrió tan rápido que casi alcanzó a Beatty.

Quedamos Markowitz y yo en la orilla, y le dije:

– Tu turno.

El sonrió y respondió:

– Lo está esperando a usted, teniente. Su turno.

– Cubriré la retaguardia. Buena suerte.

– Lo veo del otro lado -dijo Markowitz.

Se lazó al arroyo y cuando estaba en la mitad del cruce, resbaló y cayó. Esperé que se levantara y siguiera su marcha, pero no parecía poder incorporarse. Entonces vi que el agua se volvía oscura a su alrededor. Volvió a caer y se quedó allí, sumergido pero todavía moviéndose.

– ¡Francotirador!

García, el paramédico, y yo, nos lanzamos simultáneamente desde ambas orillas en dirección a Markowitz. Los que estaban en la otra orilla abrieron fuego, rastrillando y acribillando los árboles en ambas direcciones del arroyo.

García y yo llegamos hasta Markowitz al mismo tiempo, y cada uno aferró un brazo y lo arrastramos mientras corríamos hacia la orilla. Le eché un vistazo al herido, y vi que su boca estaba llena de sangre con espumarajos blancos.

Nos encontrábamos a unos cuatro metros de los árboles que crecían en la ribera cuando la muñeca de Markowitz se me escapó de la mano, propinándome un tirón. Me volví y vi a García tendido boca arriba en la pedregosa corriente, con un enorme orificio en el lado izquierdo de su cara, lo cual significaba que era el orificio de salida, lo cual a su vez significaba que el disparo había venido desde la derecha.

Me arrojé de cabeza a la corriente y me arrastré hasta una pequeña roca que me proporcionaría algo de protección si me acurrucaba tras ella.

Miré corriente arriba en la dirección de la que había venido el disparo, sin esperar ver a nadie, pero allí, en un prominente recodo del arroyo a unos cien metros de distancia, había un tipo vestido de negro arrodillado entre las rocas. Lo miré fijo, y el tipo pareció devolverme la mirada. Desde donde estaban mis hombres, en medio de la maleza, no podían ver lo que yo veía desde el arroyo.

Lentamente, extraje mis binoculares del estuche y los dirigí hacia la figura. No parecía tener un rifle, lo cual era bueno, y llevaba puesto el tradicional pijama vietnamita de seda negra. Lo enfoqué más claramente y vi que no era un hombre; era una mujer de cabello largo y negro. Una mujer joven, tal vez de poco más de veinte años, con pómulos altos y grandes ojos que me miraban directamente sin un solo parpadeo.

Se me ocurrieron dos cosas completamente contradictorias: es el francotirador; no puede ser el francotirador. Sólo para asegurarme, me descolgué el fusil del hombro, pero antes de que pudiera adoptar la posición de tiro ella meneó la cabeza y se incorporó. Ahora pude ver el rifle en su mano, de caño largo, probablemente un rifle Draganov ruso, equipado con mira telescópica.

La miré fijamente a través de mis binoculares, y supe que si me movía o movía el rifle, ese Draganov estaría entre sus manos, y yo estaría muerto. Yo estaba a su alcance, como podrían probarlo Markowitz o García si hubieran podido hablar, y con seguridad la maldita sabía muy bien cómo dispararlo.

Mis muchachos seguían disparando salvajemente desde la orilla, y en medio de los disparos escuché que me gritaban:

– ¡Vamos, teniente! ¡Salga de ahí! ¡Tenemos que irnos de este agujero! ¡Vamos, venga!

Miré una vez más a la mujer de pie en el prominente recodo del arroyo, y me pareció absolutamente tranquila. Tal vez estaba desilusionada porque no representábamos un desafío para ella.

La observé con fijeza. Levantó la mano con cuatro dedos extendidos, después apretó el puño y me señaló. Se me heló la sangre. Ella se volvió y desapareció entre la maleza.

Me incorporé de un salto y corrí por el cauce, y trepé la barrosa ribera, ayudado por las manos que me tendían desde la maleza.

– ¡Francotirador! ¡La vi! ¡Aguas arriba! ¡Vamos! -Jadeé mientras empezaba a correr por una senda paralela a la sinuosa corriente en dirección hacia el lugar donde la había visto por última vez.

Dawson corrió detrás de mí y me detuvo dándole un tirón a mi morral. Dijo en un audible susurro:

– ¿De qué demonios está hablando?

– ¡La vi! ¡Es una mujer! Está aguas arriba. A unos cien metros.

Los otros nos alcanzaron, y les expliqué rápidamente lo que había visto. Debo haberles parecido un poco chiflado o algo así porque no dejaban de mirarse entre ellos. Finalmente, les entró en la cabeza.

Como dije, son profesionales, y el instinto de supervivencia de un profesional no es salir corriendo sino más bien correr hacia aquello que intenta matarte para poder matarlo antes.

En cualquier caso, teníamos que correr porque habíamos delatado nuestra posición con todos aquellos disparos y nos habíamos adentrado demasiado en territorio enemigo, así que cuando se abre fuego hay que salir de donde uno está con la velocidad de un relámpago.

A nadie le gusta dejar atrás a los compañeros muertos, pero no estábamos en una situación habitual de combate, en la que uno recupera sus muertos y sus heridas a cualquier precio; estábamos en una misión de reconocimiento de largo alcance, donde es absolutamente posible que a uno lo dejen atrás.

Corrimos unos cien metros por la senda, y Andolotti dijo:

– Podríamos estar corriendo directamente hacia una emboscada.

– Prefiero eso antes de que me maten más tarde. ¡Muévete! -respondió Dawson respirando con pesadez.

Llegamos al recodo del arroyo, y yo corrí hasta la orilla, donde vi un cartucho de bronce que centelleaba bajo el sol. Lo recogí y observé que era de 7,62 milímetros, muy probablemente de un Draganov. No necesitaba pruebas, pero el hecho de encontrar el cartucho hizo que de algún modo me sintiera más seguro de que no había sufrido una alucinación. Me guardé el cartucho en el bolsillo.

Volvimos con rapidez al sendero, donde hallé algunas huellas en el húmedo suelo. Con reticencia, aunque sabiendo que se trataba de ella o nosotros, seguimos adelante.

Avanzamos casi al trote durante una hora, pero para entonces ya sabíamos que no íbamos a encontrarla. Ella nos encontraría a nosotros.

Nos habíamos estado alejando de la Cita Alfa, adonde podríamos llegar, si las cosas iban bien, en los tres días que nos quedaban antes del momento del encuentro, planificado al amanecer.

Nunca se debe regresar por el mismo camino en que se ha venido, de modo que nos internamos en la jungla y nos abrimos paso con los machetes entre la maleza hasta que nos topamos con una senda que parecía conducir en la dirección que debíamos seguir.

Avanzamos tan rápido como podíamos, pero el calor y la fatiga, y los casi treinta kilos de equipo que cargábamos se hacían sentir.

Descansamos algunos minutos por hora y seguimos adelante hasta el anochecer sin hablarnos demasiado, pero estoy seguro de que todos, incluyéndome, pensábamos por qué la mujer no me había liquidado cuando me encontraba en el agua. Tenía algunas respuestas a eso, que tenían menos que ver con algún súbito sentimiento compasivo de parte de ella que con el hecho de pudrirnos la cabeza.

El sol se había puesto en Laos, y el enemigo se movía de noche. Oímos camiones y tanques que ronroneaban en algún lugar hacia la derecha; después, hombres que conversaban y se reían a poca distancia de donde nos encontrábamos. Si hubiera tenido una radio, hubiera transmitido su posición a la artillería. En realidad, de haber tenido una, habría llamado a los helicópteros para que nos sacaran de esa mierda inmediatamente después de que la chica liquidara a Muller y a Landon. Pero ella nos había dejado mudos y sordos al mundo exterior.

Nos alejamos rápidamente de los movimientos de las tropas enemigas y alrededor de una hora más tarde hallamos una pequeña colina cubierta de hierba de elefante donde establecimos un perímetro defensivo, aunque servía de poco. Éramos seis tipos con armamento ligero, rodeados de un gran número de tropas enemigas. Más una francotiradora que sabía dónde estábamos, y quería reservarnos para ella.

Comimos algunas raciones deshidratadas que preparamos en sus propios envases con agua tibia de nuestras cantimploras. Nadie dijo gran cosa.

Alrededor de la medianoche nos turnamos para dormir y hacer guardia: dos despiertos, cuatro durmiendo. Pero nadie durmió demasiado. Cerca del alba, yo estaba de guardia con el sargento Dawson, un hombre viejo a los treinta años, que salía de patrulla por segunda vez, probablemente la última.

Me dijo en voz baja:

– ¿Está seguro de que era una mujer?

Yo asentí y solté un gruñido.

– ¿Está seguro? ¿Le vio tetas y esas cosas?

Casi solté una carcajada.

– La vi con los binoculares -respondí-. Era una mujer. -Y añadí:- Son buenas como francotiradoras. Él asintió.

– Me tocó una en Quang Tri una vez. Mató a cuatro de los nuestros antes de que la hiciéramos volar en pedazos con cohetes. -Y agregó:- Encontramos su cabeza.

No contesté. Él hizo la pregunta obvia:

– ¿Por qué no lo liquidó a usted?

– No lo sé.

– Tal vez es… tal vez tiene un límite de dos hombres por día en su permiso de caza.

– No es gracioso.

– No. Nada gracioso -y me preguntó-: ¿Cree que nos la sacamos de encima?

– No.

– Yo tampoco.

Y ese fue el fin de nuestra conversación.

Con la primera luz nos encaminamos hacia el sur, hacia la Cita Alfa.

Alrededor del mediodía empezamos a creer que lo lograríamos. Ya no quedaban corrientes de agua importantes por cruzar, sino apenas unos pocos arroyuelos ahogados por malezas y arbustos que ofrecían buen reparo, y en el mapa no se veían zonas abiertas que no pudiéramos evitar. Entonces advertimos que los árboles y arbustos cobraban una apariencia bastante marchita, y al cabo de media hora nos dimos cuenta de que nos encontrábamos en un Área Naranja deforestada por los bombardeos que no teníamos señalada en nuestro mapa.

Muy pronto avanzábamos a través de una zona muerta, de árboles desnudos y arbustos pardos y marchitos que no nos ofrecían ningún resguardo.

– Teniente, tenemos que regresar y rodear toda esta zona -dijo Dawson.

– No sabemos cuánto terreno abarca -repliqué-. Podría ser un rodeo de un día entero, y no llegaríamos a Alfa a tiempo.

Él asintió y miró a su alrededor.

– Al menos los viets no andan por aquí. No les gustan las áreas defoliadas -dijo.

– Tampoco a mí.

Interrumpimos la marcha, nos dispersamos y nos echamos al suelo, como indica el procedimiento usual cuando una patrulla debe detenerse.

Smitty extrajo una tableta para la selva de su paquete y mordió un pedazo de ese supuesto “chocolate” de consistencia terrosa.

– Esa perra -dijo. Refiriéndose, por supuesto, a la francotiradora-. Esa perra podría habernos liquidado a todos en aquella zona bombardeada con napalm. Podría haberlo liquidado a usted, teniente, en aquel arroyo, y tal vez a algunos de nosotros. ¿A qué carajo está jugando?

No contesté, y tampoco lo hicieron los otros.

Ese lugar me estaba dando mala espina, así que me incorporé, me cargué la mochila a la espalda y dije:

– Carguen su equipo y muévanse.

Todo el mundo se puso de pie y Andolotti se bajó el cierre de la bragueta y dijo:

– Un momento. Tengo que orinar.

Cuando todavía estaba orinando, se inclinó hacia atrás y cayó a tierra ruidosamente, sobre su espalda, todavía sosteniendo su miembro, del que aún manaba una meada amarilla.

Todos nos lanzamos al suelo y yacimos allí, congelados sobre la tierra muerta, que olía a sustancias químicas.

– ¡Andolotti! -grité.

No hubo respuesta. Giré la cabeza para mirar en dirección a él. Su pecho subía y bajaba con violencia y vi sangre brotando de su boca. Boqueó por última vez y quedó inmóvil.

Por la manera en que había sido arrojado hacia atrás, sabía que el impacto le había dado de lleno en el pecho, y sabía de dónde había venido el disparo. A través de la vegetación muerta, vi una leve pendiente en el terreno a unos cien metros, hacia el oeste. Grité:

– ¡Sigan mis balas trazadoras!

Apunté desde mi posición, tendido boca abajo y descargué una larga ráfaga sobre la cuesta. Cada sexta bala era una trazadora que dejaba una estela roja semejante a un rayo láser que señalaba el supuesto blanco.

Dawson, Smitty y Johnson se me unieron con largas ráfagas de fuego de sus M-16, y acribillamos la loma, mientras Beatty, que tenía el lanzagranadas, lanzó tres proyectiles contra la cuesta, envolviendo en llamas la vegetación muerta.

– ¡Salgamos de aquí! -grité.

Retrocedimos a toda velocidad, acurrucados, disparando para cubrir nuestra retirada.

Beatty volvió a cargar su lanzagranadas y estaba a punto de disparar, con el arma apoyada en la cadera, cuando el lanzagranadas cayó de sus manos, y él mismo fue impulsado hacia atrás como si lo hubiera atropellado un camión.

– ¡Le dieron a Beatty! -aulló Dawson.

– ¡Retrocedan! ¡Retrocedan! -grité.

Me encontraba a unos diez metros de Beatty, y podía ver que aún seguía con vida. Me arrojé a tierra y empecé a gatear hacia él, y entonces vi que su cuerpo se contorsionaba con tres movimientos rápidos. Un cuarto disparo le acertó a su lanzagranadas y un quinto me echó tierra en la cara. Entendí el mensaje y me fui de allí rápido como el carajo.

Me uní a Dawson, Smitty y Johnson. Corrimos como condenados hasta que llegamos a un barranco seco en el que nos arrojamos de un salto. Avanzamos agazapados por el barranco durante unos cientos de metros hasta que di la orden de alto. No era el rumbo en el que debíamos marchar, así que ordené que todos salieran del barranco, y nos dirigimos rápidamente hacia el sur, hacia nuestro punto de encuentro, del que todavía nos separaban unos treinta kilómetros de distancia.

Salimos del área defoliada y entramos en una zona que había sido bombardeada por los B-52. La selva había sido calcinada por las bombas de media tonelada y de doscientos kilos, y cráteres grandes como casas salpicaban el paisaje. Por todas partes había pedazos de cadáveres en estado de putrefacción, y los árboles que habían sobrevivido estaban envueltos en restos humanos. Alguna clase de pájaros carroñeros se estaban dando un banquete, y apenas si repararon en nuestra presencia.

El sol se ponía, y nosotros habíamos llegado casi al límite de nuestras fuerzas físicas y de nuestra resistencia mental, por lo que ordené que todos nos metiéramos en un cráter dejado por las bombas. Yacimos contra las empinadas paredes de tierra del cráter, recuperamos el aliento y bebimos agua de nuestras cantimploras. El sitio hedía a carne en estado de putrefacción.

Dawson levantó un brazo y lo arrojó fuera del cráter, y después hizo la broma habitual, diciendo:

– Entonces, contemos los brazos y las piernas, dividimos por cuatro y tendremos el número de cuerpos.

Nadie se rió.

Terminó de beber el agua de la cantimplora y nos informó:

– Las zonas bombardeadas tienen dos cosas negativas. Una, que el enemigo viene a buscar cosas rescatables y gente para enterrarla. Dos, los B- 52 a veces vuelven al mismo sitio para buscar a los tipos que pretenden llevarse equipos y esas cosas. -Y agregó, innecesariamente:- Tenemos que salir de aquí.

Yo coincidí y dije:

– Cinco minutos y nos vamos -y saqué mi mapa para estudiarlo.

– Eh, teniente -me dijo Smitty-, ¿por qué ella nunca le dispara a usted?

No le contesté.

– ¿Cree que todavía nos sigue? -me preguntó Johnson.

Yo seguí observando el mapa y respondí:

– Supongo que sí.

Trepé hasta el borde del cráter y miré con mis binoculares. Hice un barrido del área en un círculo de 360 grados, deteniéndome cada diez grados para captar cualquier posible movimiento, cualquier relumbre de metal, o un hilo de humo, o cualquier cosa que pareciera ajena al entorno.

Era una presa fácil ahí, pero había desarrollado una actitud fatalista durante los últimos días: ella me reservaba para el final.

Primero eliminaría a Smitty y a Johnson en el orden que se le antojara, después al sargento Dawson, a quien había identificado como líder, después a mí.

Me la imaginé acechándonos como un gran felino, lenta y paciente, antes de atacar. Los sobrevivientes huimos, y ella nos persiguió. Era muy rápida, conocía bien el terreno, era silenciosa, y sabía cuánto se podía acercar sin exponerse demasiado. No teníamos buenas posibilidades de tenderle una emboscada. Todo lo que podíamos hacer era huir.

Volví a dejarme caer dentro del cráter y dije:

– Parece despejado. -Miré mi reloj.- Treinta minutos hasta que oscurezca. -Desplegué el mapa y lo estudié en la poca luz que quedaba.- Muy bien, si nos apuramos podemos hacer cinco kilómetros antes de que oscurezca, y eso nos llevará a un área rocosa donde podremos pasar la noche.

Todo el mundo asintió. Las zonas rocosas eran fortificaciones naturales, que ofrecían refugio y escondite, y casi siempre una posición ventajosa para abrir fuego. Y un beneficio agregado era que el enemigo eludía el terreno rocoso abierto a causa de nuestros helicópteros de avanzada, así que seguramente no nos toparíamos con ellos. Y con suerte, los nuestros tal vez nos verían desde el aire.

El único punto en contra era la dama del rifle. Tenía un mapa o conocía el terreno, y era lo suficientemente lista como para saber adónde nos dirigiríamos. Aun cuando la hubiéramos perdido, ella sabría dónde encontrarnos. Se lo dije a Dawson en privado.

– Tal vez le está dando demasiado crédito -me contestó.

– Y tal vez usted no le esté dando suficiente.

Se encogió de hombros.

– Me gusta estar rodeado de rocas, y me gustan los helicópteros sobre mi cabeza que pueden llegar a vernos y a sacarnos de esta mierda.

– Okey, carguen sus equipos.

Todo el mundo cargó la mochila y con intervalos de diez segundos salimos del cráter en diferentes puntos para reunimos rápidamente en el borde sur del hoyo, y después nos alejamos a paso ligero del área bombardeada.

Media hora más tarde, el terreno empezó a subir y vimos unas rocas blancas y planas que sobresalían de la tierra húmeda y cubierta de arbustos, como peldaños que condujeran a un antiguo templo cubierto por la jungla.

Diez minutos después estábamos en el área rocosa, con escasa vegetación. Al oeste había altas colinas de una cadena que se había desmoronado tiempo atrás y había dado origen a la zona rocosa.

Encontramos un punto elevado rodeado de piedras de buen tamaño y establecimos un pequeño y estrecho perímetro defensivo. En verdad, se podía resistir a todo un ejército desde allí, si se tenía suficiente comida, agua y municiones. Nosotros teníamos comida, agua y municiones extras gracias a Muller y Landon.

Nos dispusimos a pasar una larga noche. No podíamos prender un cigarrillo y no podíamos usar las tabletas para calentar agua para las raciones deshidratadas. Así que las mezclamos con el agua de las cantimploras, y Dawson y Johnson, que eran fumadores, se arreglaron mascando el tabaco de sus cigarrillos.

Cerca de la medianoche, me tocó el primer turno de guardia, y los otros tres se fueron a dormir.

Busqué la mira nocturna en el interior de mi mochila y observé el terreno más alto que se extendía hacia el oeste, donde terminaba la cadena de colinas. La mira nocturna funciona con baterías, y da una visión teñida de verde amplificando la luz de las estrellas y de la luna.

Advertí una pequeña cascada que caía sobre una pequeña cornisa rocosa a unos cien metros de distancia. Después percibí un movimiento, enfoqué la mira y apoyé los codos con firmeza en la roca plana que tenía ante mí.

Ella estaba en cuclillas en una saliente rocosa junto a la cascada, y era fácil verla porque estaba completamente desnuda. Estaba bebiendo del hueco de sus manos, luego se acercó más a la cascada y dejó que el agua corriera sobre su cuerpo mientras se pasaba las manos por el cabello, luego sobre su torso y sus piernas, después por la espalda, después por la entrepierna.

Me quedé mirándola, petrificado por el cuadro. Era muy sensual fuera de contexto, pero dentro del contexto era grotesco, como si uno estuviera viendo a un tigre que se lamía después de una buena comida.

Extendí la mano hacia atrás y apoyé mi rifle M-16 sobre la roca, eché un último vistazo y luego llevé la mira sobre el rifle. Tanteando, tal como me habían enseñado, monté la mira y apunté. Ella aún seguía allí, y había puesto el pie derecho bajo el agua que caía, donde lo mantuvo durante unos segundos antes de cambiar el punto de apoyo para poner el otro pie bajo el agua.

La mira, que cuadruplicaba el tamaño, hacía que pareciera a veinticinco metros de distancia, pero la distancia verdadera, cien metros, era una enorme exigencia para el alcance del M-16, hecho para disparar a una distancia inferior.

La puse en el centro de la mira y apunté con firmeza. Sólo tendría un único disparo. Un disparo estruendoso, ya que no tenía silenciador. Acertara o fallara, tendríamos que salir de ahí más rápido que el demonio.

Se alejó de la cascada y me di cuenta de que se estaba calzando las sandalias. Estaba directamente de frente a mí, completamente desnuda, con el centro de mi mira sobre el corazón.

Por alguna razón, tenía que volver a mirar su rostro, fijarlo en mi memoria, grabarlo a fuego en mi mente. Miré su rostro por encima del centro de la mira, y vi esa misma expresión desinteresada y distante que había observado en la ribera del arroyo.

Extendió la mano y trajo su largo pelo negro sobre su hombro derecho para exprimirle el agua.

Volví a mirar fijamente el sitio entre sus pechos y apreté el gatillo, justo en el momento en que ella se agachaba para recoger su pijama negro.

El estruendo del rifle resonó con fuerza en el silencio de la noche, y el eco rebotó contra las piedras. Los pájaros y animales nocturnos rompieron a chillar, y los tres hombres estuvieron de pie antes de que el sonido del disparo empezara perderse en las lejanas montañas.

Eché una última mirada, pero ella ya no estaba.

– ¿Qué demonios…? -dijo Dawson, alarmado.

– Ella.

– ¡A la mierda! -dijo Smitty.

– ¿Le dio? -preguntó Johnson.

– Tal vez…

– ¿Tal vez? -dijo Dawson-. ¿Tal vez? Tal vez tendríamos que sacar nuestros culos de aquí en el acto.

– Correcto. Carguen.

Recogimos nuestro equipo y, como habíamos dormido con las botas puestas, estuvimos listos para partir en un minuto.

Encabecé la marcha por la ladera sur del terreno rocoso. El avance era lento y traicionero en la oscuridad. Una tajada de luna apenas iluminaba las rocas blancas, y también a nosotros. No oí el disparo porque lo había realizado con silenciador, pero escuché cuando rebotó sobre una roca próxima.

Nos arrojamos al suelo, después nos agazapamos y avanzamos a los tumbos, zigzagueando, cayendo, rodando, haciendo todo lo que podía convertirnos en blancos difíciles.

Otro disparo rebotó en algún lugar hacia la derecha, después otro y otro más. Me la imaginé de rodillas, desnuda detrás de algo, concentrada en la mira, buscando movimiento y sombras bajo la luna, tratando de adivinar nuestros movimientos, disparando de tanto en tanto para hacernos saber que no dejaba de tenernos en cuenta.

Llegamos a un lugar en el que el terreno rocoso se internaba en una fila de árboles, y corrimos a toda velocidad para ganar la protección de la jungla.

Yo iba al frente, y avanzábamos tan rápido como podíamos a través de la oscuridad absoluta que reinaba entre los árboles.

Llegamos a un ancho sendero por el que recientemente habían pasado tanques, vehículos y muchas sandalias de goma. Contrariando lo que me dictaba mi intuición, giré en la misma dirección que habían tomado las tropas enemigas, y seguimos el sendero hacia el sur.

Más o menos una hora más tarde escuché el ronco sonido de un gran motor diesel, y el traqueteo de las orugas de los tanques.

Disminuimos el paso y los seguimos a distancia, esperando que no se les ocurriera detenerse inesperadamente a hacer un descanso.

Caminamos toda la noche, siguiendo al ejército enemigo que avanzaba a paso moderado. Yo sabía que antes del amanecer esos vehículos y hombres se dispersarían en la jungla para esconderse de nuestros aviones y helicópteros. Debíamos hacer un rodeo alrededor de su campamento diurno, así que conduje a mi patrulla hacia el este a través de la jungla. Encontramos un arroyo que fluía desde las montañas hacía la costa, y lo seguimos durante una hora, después volvimos a tomar rumbo sur, esperando haber evitado así al enemigo, que para entonces ya se dispersaba por la densa jungla de tres niveles de follaje.

Al alba nos detuvimos en un bosquecillo de bambú para descansar. De hecho, estábamos tan exhaustos que simplemente nos tendimos en el lugar donde nos detuvimos, y nos quedamos dormidos entre los bambúes y las víboras de los bambúes.

El sol de media mañana me despertó, y me senté, con el sudor que me caía de la cara y corría por mi cuello.

El sargento Dawson también estaba despierto, bebiendo algo que parecía café instantáneo de la tapa de su cantimplora.

– ¿Cómo fue que le erró? ¿Y por qué disparó? -me preguntó.

– Erré porque le erré -respondí-. Y le disparé porque tomé la decisión de hacerlo. ¿Tiene algún problema? Se encogió de hombros.

Estudié mi mapa del terreno, y Dawson me preguntó:

– ¿A qué distancia estamos de Alfa?

Guardé el mapa y respondí:

– No sé dónde estamos, así que tampoco sé dónde está Alfa.

Esa respuesta no le gustó, por lo que añadí:

– Cuando nos pongamos en marcha, encontraré algunos accidentes del terreno y me daré cuenta de dónde estamos. No se preocupe por eso, sargento.

– Sí, señor.

Es necesario dejar en claro quién está al mando si uno quiere sobrevivir, de modo que ordené:

– Despierte a los hombres y póngalos en marcha. Que coman en el camino. Ya hemos estado aquí demasiado tiempo.

– Sí, señor.

El sargento Dawson hizo que Smitty y Johnson se levantaran y en un minuto marchábamos hacia el sur entre los bambúes, que finalmente dejaron paso a unos árboles dispersos, y después a un denso macizo subtropical de arbustos de palma que nos lastimaban los brazos, las manos y las caras.

Al cabo de una hora pude encontrar nuestra localización en el mapa.

– La Cita Alfa está a unos veinte kilómetros hacia el sur y el oeste -anuncié-. No llegaremos con la luz del día, pero debemos estar allí para la cita de las 6.

Todo el mundo asintió, si bien no con entusiasmo, al menos con un poco de optimismo. Un día y una noche más de infierno y con la primera luz estaríamos en la alfombra mágica, y media hora más tarde, comiendo huevos con tocino de verdad y presentando nuestro informe, no necesariamente en ese orden. Tal vez todo al mismo tiempo, si conseguía salirme con la mía.

Me quedaban veintinueve días en este pozo de mierda y, según la costumbre, uno no salía de patrulla si le quedaban menos de treinta días de servicio. En cualquier caso, esa sería mi última patrulla.

Nos internamos en una zona de jungla con tres niveles de follaje donde la falta de sol reducía la maleza al mínimo, por lo que deberíamos haber avanzado a buen ritmo, pero apenas si podíamos poner un pie delante del otro. Todos estábamos cubiertos de erupciones por el calor, infecciones en la entrepierna, llagas causadas por la jungla y ampollas en los pies del tamaño de cebollas. Tenía la impresión de que apenas hacíamos dos kilómetros por hora.

En la jungla se hizo oscuro mucho antes de la puesta del sol y para las 19, cuando todavía debía haber luz, todo estaba tenebroso, aunque de tanto en tanto entraba algún rayo de sol oblicuo desde el oeste.

Seguimos adelante, el sargento Dawson, Smitty, Johnson y yo, los sobrevivientes de la patrulla sin radio, conocida por el código radial de Comadreja Negra. Habíamos localizado movimiento de tropas, pero no habíamos podido informarlos. Habíamos eludido a un gran número de enemigos, pero no habíamos podido eludir a una mujer sola que se había tomado un interés obsesivo por nosotros. Si de verdad lograba encontrarme comiendo huevos revueltos mientras informaba de mi misión a Pato Real y a los tipos de inteligencia, todo lo que se me ocurriría decirles es que mejor mandaran un buen equipo antifrancotiradores, antes de enviar a cualquier otro grupo. Y que no se sorprendieran si jamás volvían a saber del primer par de equipos que enviaran.

Entramos en un largo tramo soleado que contrastaba con una zona oscura y sombría más adelante, y todos mis sentidos se alertaron al máximo. Estaba a punto de decir “Dispersarse, busquen protección” cuando percibí un movimiento adelante.

Aunque su rifle tenía supresor del fogonazo, vi el chispazo en lo alto de la jungla, a no más de setenta y cinco metros de distancia. Johnson soltó un fuerte gruñido a mis espaldas, y escuché el ruido de su cuerpo que se desplomaba.

Me dejé caer de rodillas, en posición de tiro, y disparé todo el cargador sobre el sitio donde había visto el ahogado fogonazo.

Mientras disparaba hacia donde supuestamente estaba ella, percibí otro movimiento a mi izquierda y giré en esa dirección. Vi una larga liana que pendulaba describiendo un arco hacia el sitio que yo había estado acribillando un momento antes. Ella no estaba aferrada a la liana, pero había estado, y ahora se encontraba en un árbol situado en algún punto a mi izquierda. Dawson y Smitty habían estado disparando ráfagas contra el mismo sitio al que yo había dirigido el fuego y antes de que pudiera tirar contra el lugar donde creía que ella se había apostado gracias a la liana, Smitty soltó un grito de dolor, luego se incorporó, se tambaleó unos pasos y se desplomó boca abajo. Vi que su cuerpo se sacudía como si hubiera recibido otro disparo.

Dirigí el fuego hacia donde suponía que estaba la mujer, pero Dawson seguía tirando contra el sitio anterior, y le grité:

– ¡Liana de mono!

Me entendió y cambió la dirección de su descarga para que sus disparos intersectaran los míos. Las trazadoras rojas abrían surcos en el techo de la jungla, arrancando ramas, hojas y el follaje de las palmas.

Retrocedimos agazapados, sin dejar de abrir fuego, nos reagrupamos a unos cincuenta metros en el sendero, y nos zambullimos en la espesa broza.

Dawson se veía visiblemente conmocionado, la primera vez desde que yo lo conocía. No dejaba de repetir:

– Jesucristo. Oh, Dios. Oh, Dios.

– Silencio -le dije.

Se desplomó en el suelo con las piernas cruzadas, después empezó a hamacarse, adelante y atrás, mascullando algo.

– Repóngase, sargento. Ya mismo -le dije con suavidad.

Él no pareció escucharme, pero de pronto se iluminó y dijo:

– La tenemos. Sé que la tenemos. La vi caer. Reventamos a esa perra.

Yo no lo creía, pero era una hermosa idea.

– Levántese -le dije.

Se incorporó.

– Sígame.

Encabecé la marcha hasta unos cien metros de distancia, encontré otro matorral espeso y dije:

– Nos quedamos aquí hasta medianoche, después marchamos hacia nuestra cita. ¿Entiende?

Él asintió.

Nos quedamos sentados muy quietos hasta que oscureció, y entonces bebimos un poco de agua y comimos unas galletas caseras que habíamos encontrado en el cadáver de Landon.

El sargento Dawson ya había recuperado el control y para compensar su estallido emocional dijo:

– Vamos a buscarla y liquidémosla. Usted tiene su mira nocturna. Ella no tiene nada de eso, ¿verdad? Nosotros podemos ver en la oscuridad, ella no.

Lo escuché como si estuviera considerando esa locura, y después respondí, en tono reflexivo:

– Creo que por ahora lo mejor que podemos hacer es quedarnos quietos. Creo que puedo encontrar Alfa desde aquí, incluso en la oscuridad. Si vamos tras ella, nos desorientaremos y no llegaremos al punto de encuentro. ¿Qué le parece?

Fingió pensar en lo que le había dicho, y después asintió.

– Sí. Tenemos que regresar e informar lo sucedido. Tienen que mandar algún grupo antifrancotiradores contra esta perra.

– Así es. Que los profesionales se ocupen de ella.

– Sí…

– Nosotros podemos darles algunos datos.

No respondió durante un rato.

– No lo lograremos, teniente -dijo luego, con voz tranquila-. ¿No se da cuenta? Ella es demasiado buena. No nos dejará lograrlo.

Permanecí un momento en silencio, después le di una buena noticia y otra mala, que sabía que acabaría por compartir con él en algún momento.

– Uno de los dos va a lograrlo -le dije-. Ella quiere que uno de nosotros, el jefe de la patrulla, yo, o el sargento de la patrulla, usted, regrese y les cuente sobre ella. De otro modo, todo su esfuerzo de mierda habrá sido inútil. Podría habernos liquidado a todos en cualquier momento desde el primer día, pero no lo hizo. Hizo que nos meáramos encima, que frunciéramos el culo, que sudáramos frío y que corriéramos como conejos. Arriesgó su propia vida para volvernos locos como la mierda y humillarnos, y no hizo todo eso para un público completamente formado por muertos. Uno de los dos, usted o yo, va a subirse a ese helicóptero al amanecer. Y si es usted, quiero que informe muy precisa y profesionalmente todo lo que ocurrió aquí. Y asegúrese de que los muertos queden en buen lugar y cúbralos de honor. Entonces usted, o yo, nos ofreceremos como voluntarios para regresar aquí y saldar las cuentas pendientes. ¿Me entiende?

No contestó durante largo rato y después dijo:

– Entiendo.

– Bien -dije, y nos dimos un apretón de manos.

Caminamos toda la noche, y me orienté lo mejor que pude, usando la brújula y contando los pasos.

Una hora antes del amanecer, el terreno empezó a mostrar una acentuada pendiente hacia abajo, y supe que nos encontrábamos en las cercanías de la Cita Alfa, que estaba señalada en una depresión en forma de cuenco de un kilómetro de diámetro, cubierta de densa hierba de elefante.

Teníamos menos de veinte minutos para llegar al centro aproximado de ese lugar, y debía ser fácil: simplemente debíamos seguir bajando hasta que empezáramos a subir. Muy simple, había dicho Pato Real. ¿Cómo es posible no encontrar el fondo de un cuenco, aun en la oscuridad?

Miré la esfera luminosa de mi reloj. Faltaban apenas unos minutos para las 6 y no oía el motor de ningún helicóptero, y tampoco sabía si me encontraba en el fondo mismo de esa depresión.

Normalmente, no hubiera importado que estuviéramos incluso a cien metros de distancia porque podríamos haber usado un espejo para hacer señales, o arrojar una lata de humo como último recurso. Pero los genios que habían elegido este lugar no habían tenido en cuenta que la bruma matinal se depositaría en la depresión. La buena noticia era que la dama del rifle, si se encontraba en alguna parte del borde de la olla, no podía vernos. Tal vez los dos pudiéramos salir de allí.

En algún sitio, por encima de la bruma, salía el sol, y desde el aire el terreno estaría suficientemente iluminado como para que los helicópteros encontraran esta olla de sopa de arvejas.

Dawson y yo decidimos que habíamos llegado a un punto en que el terreno subía en todas direcciones, así que nos detuvimos y nos quedamos esperando el ruido de las hélices, que esperábamos poder oír por encima de nuestra agitada respiración.

Esperamos. Habían pasado ya diez minutos de la hora de la cita, pero eso no me preocupaba. Los pilotos de los helicópteros eran siempre cautos con las misiones de recuperación de efectivos en el medio de ninguna parte, y solían demorarse y hacer mucho trabajo previo de reconocimiento. Habría dos Huey para recoger a diez hombres, aunque sólo quedábamos dos, y dos o más aviones de combate Cobra para cubrirnos. Si nos disparaban, ellos tratarían de eliminar a los atacantes, y a veces podían incluso ser derribados. Pero no siempre.

Ahora habían pasado ya quince minutos desde la hora establecida para la cita, y Dawson dijo:

– No vendrán. No tuvieron noticias de nosotros, así que no van a venir.

– Estamos aquí, en el lugar preestablecido porque no tuvieron noticias nuestras -repliqué.

– Sí, pero…

– No nos dejarán aquí.

– Sí… lo sé, pero… tal vez estamos en el lugar equivocado.

– Sé leer un condenado mapa.

– ¿Sí? Déjeme ver el mapa.

Se lo di, y él lo miró con gran concentración. El sargento Dawson sabía hacer muchas cosas, pero la lectura de mapas terrestres no era una de ellas.

– Tal vez deberíamos seguir hasta Bravo -dijo.

– ¿Por qué?

– Tal vez los helicópteros vieron amarillos en las cercanías.

– Si no les disparan, vendrán. Quédese tranquilo.

Esperamos. Dawson preguntó:

– ¿Cree que ella está allí afuera?

– Ya lo sabremos.

Esperamos y escuchamos. A las 6.30 oímos el distintivo batir de hélices de helicópteros en el fresco aire de la mañana. Nos miramos, y por primera vez en mucho tiempo conseguimos esbozar una sonrisa.

Escuchamos que los helicópteros se acercaban y supe que los pilotos estarían preocupados por aterrizar en una zona envuelta en bruma en la que no podían ver el suelo. Pero les habían avisado que había hierba de elefante, un aterrizaje fácil, y las ráfagas de aire producidas por las hélices disiparían la niebla. Sin embargo, como no teníamos manera de contactarnos por radio, no sabrían quién los estaría esperando en tierra. Pensé arrojar una lata de humo verde, que significaba todo despejado, o una amarilla que indicaba precaución. Eso les diría que los estábamos esperando, aunque también le anunciaría nuestra presencia a gente que no tenía ninguna necesidad de saber que nos encontrábamos allí.

– Voy a tirar humo. Elija el sabor -me dijo Dawson.

– Espere. Tienen que estar más cerca. No quieren que haya más de tres minutos entre el humo y el momento del rescate, o se asustan y vuelven a casa.

Escuché el ruido de los helicópteros que se acercaban, conté hasta sesenta y después lancé una lata de humo amarillo. El penacho de humo brotó del suelo al aire húmedo y sin viento, después empezó a elevarse a través de la niebla. En algún momento debe haber traspasado el volumen de bruma gris porque de inmediato el ruido de los helicópteros se hizo intenso. Unos segundos más tarde, pude ver una enorme sombra sobre mi cabeza, y la bruma empezó a arremolinarse como si la agitara un tornado.

El primer helicóptero estaba a veinte metros de distancia, con un aspecto fantasmal en la bruma gris mientras se acercaba a tierra. El segundo estaba veinte metros más allá.

Dawson y yo corrimos hacia el primer helicóptero, haciéndole señas a la tripulación para hacerles entender que sólo estábamos allí nosotros dos, e indicándole al otro helicóptero que podía marcharse. Alguien entendió, porque la segunda nave despegó antes de que nosotros llegáramos a la más cercana. Nuestro helicóptero se mantenía inmóvil a dos metros de la tierra, y yo le di una palmada en el trasero a Dawson para indicarle que él subiera primero. Extendió los brazos y aferró la mano del jefe de la tripulación. Sus pies encontraron el soporte inferior del helicóptero, y en poco menos de dos segundos estuvo dentro de la cabina. Yo estaba justo detrás de él, y creo que en realidad subí a la cabina de un salto, gritando por encima del ruido de las hélices y el motor:

– ¡Sólo dos! ¡Ocho muertos! ¡Vámonos! ¡Vámonos!

El capitán asintió y habló con el piloto por el intercomunicador.

Miré a Dawson, que estaba arrodillado en el suelo de la cabina y ya había encendido un cigarrillo. Nos miramos y me hizo un gesto con los pulgares hacia arriba. Justo cuando el helicóptero salía de la depresión cubierta por la bruma, el cigarrillo de Dawson cayó de su boca y él se derrumbó hacia adelante, con la cara sobre mi regazo. Grité “¡Fuego!” mientras aferraba los hombros de Dawson y lo hacía rodar hasta ponerlo de espaldas.

Él miraba el techo de la cabina, mientras la sangre manaba de la herida de salida del proyectil, en su pecho.

Los dos tiradores de las puertas habían abierto fuego con sus ametralladoras, acribillando la jungla mientras el Huey aceleraba alejándose del área. Los Cobra dispararon sus cohetes y abrieron fuego con sus Gaitlin sobre el terreno circundante, pero era más que nada una bravata. Nadie sabía de dónde había venido el disparo, aunque yo sí sabía quién lo había hecho.

Me acerqué mucho a Dawson, hasta que estuvimos cara a cara, y nos miramos fijamente a los ojos.

– Está bien. Estará bien -le dije-. Iremos directamente al hospital. Simplemente, aguante. Aguante, unos minutos más.

Él trató de hablar, pero yo no podía oírlo por encima del ruido. Puse mi oreja junto a su boca y lo escuché decir “Perra”. Después se aflojó y murió.

Me senté a su lado sosteniéndole la mano, que empezaba a enfriarse. El capitán y los dos artilleros no dejaban de mirarnos de soslayo, al igual que el piloto y el copiloto.

La alfombra mágica aterrizó primero en el hospital de campaña, y los paramédicos se llevaron el cadáver del sargento Dawson; después el helicóptero sobrevoló el campamento y me depositó en la zona del cuartel general de las PARLA.

El piloto había avisado por radio, y el coronel Hayes -Pato Real- se encontraba allí esperándome en su jeep. Estaba solo, algo que me pareció un buen detalle.

– Bienvenido, teniente -me dijo.

Asentí.

Me preguntó, como confirmación, si yo era el único que quedaba.

Asentí.

Me palmeó la espalda.

Subimos a su jeep, que él condujo directamente hasta su guarida, una pequeña estructura de madera con techo de chapa. Entramos, y me pasó una botella de Chivas. Tomé un largo sorbo y después me condujo hasta un sillón de lona.

– ¿Tiene ganas de hablar del asunto ahora? -me preguntó.

– No.

– ¿Más tarde?

– Sí. Sí, señor.

– Bien. -Me palmeó el hombro y se dirigió hacia la puerta del único ambiente del cobertizo.

– Mujer -dije. Él se volvió hacia mí.

– ¿Cómo es eso?

– Una francotiradora. Una mujer muy peligrosa.

– Está bien… tómese su tiempo. Termine la botella. Lo veré cuando esté listo para hablar. En mi oficina.

– Voy a volver para liquidarla.

– Okey. Hablaremos de eso más tarde.

Me lanzó una mirada de preocupación y se marchó.

Me quedé allí sentado, pensando en Dawson, Andolotti, Smitty, Johnson, Markowitz, García, Beatty, Landon y Muller y, finalmente, en la francotiradora.

Después de que presenté mi informe, la Fuerza Aérea bombardeó a fondo el área de mi patrulla durante una semana. El día que acabó el bombardeo, enviamos tres equipos con dos antifrancotiradores a la zona. Yo quería volver, pero el coronel Hayes vetó mi iniciativa. Menos mal, ya que sólo un equipo consiguió regresar con vida al cuartel.

Durante algunas semanas mantuvimos a los nuestros fuera de la zona, después enviamos una compañía de infantería de doscientos hombres para localizar y recobrar los cadáveres de los ocho hombres que habíamos dejado allí y también, por supuesto, a buscar a la dama del rifle. Nunca encontraron los cuerpos; tal vez las bombas y la artillería los destruyeron. En cuanto a la dama, ella también parecía haberse evaporado.

Volví a casa y me saqué el asunto de la cabeza. O intenté hacerlo.

Seguí en contacto con una cantidad de tipos de las PARLA que seguían en Vietnam cuando yo me fui, y solían escribirme de tanto en tanto para contestarme la pregunta que siempre les hacía en mis cartas: ¿La encontraron? ¿Mató a alguien más?

La respuesta era siempre “No” y “No”.

Ella parecía haber desaparecido o muerto en los bombardeos o en los ataques de artillería que siguieron, o simplemente se había marchado del lugar. Entre los hombres que conocían la historia, se convirtió en una leyenda, y su desaparición solo había aumentado su casi mítica estatura.

Hasta hoy no tengo idea de qué la motivaba, a qué juego secreto estaba jugando o por qué. Especulé que posiblemente los estadounidenses habían matado a su familia, o tal vez los soldados la hubieran violado, o tal vez simplemente estaba cumpliendo con su deber por su país, tal como lo hacíamos nosotros.

Todavía tengo el cartucho de bronce que recogí en la ribera del arroyo, y de tanto en tanto lo saco del cajón de mi escritorio y lo miro un rato.

No quise obsesionarme con la historia, pero a medida que pasaban los años empecé a creer que seguía viva y que algún día, en algún lugar, me encontraría con ella, aunque no sabía cómo ni dónde.

Lo que sí sé con certeza es que reconocería su cara, que todavía puedo ver con claridad, y que ella me reconocería a mí… el hombre al que dejó escapar para contar su historia. Ahora ya la he contado, y si alguna vez volvemos a encontrarnos, sólo uno de los dos saldrá con vida.

Lo que ella me ofreció – Thomas H. Cook

– Suena a mujer peligrosa -dijo mi amigo. Él no había estado conmigo en el bar la noche anterior, así que no la había visto irse ni me había visto a mí salir detrás de ella.

Bebí un sorbo de vodka y eché un vistazo a la ventana. Afuera, la luz de la tarde era la misma de siempre, pero a mí ya no me parecía igual.

– Supongo que lo era -dije.

– Entonces, ¿qué fue lo que pasó? -preguntó mi amigo.

Esto: yo estaba en el bar. Eran las dos de la mañana. La gente que me rodeaba era como grabaciones de Misión imposible, solo que sin la misión, únicamente la advertencia de autodestrucción. Uno casi podía escuchar la grabación repitiéndose dentro de sus cabezas, escueta e implacable como el proverbio chino: Si sigues por el camino en que estás, llegarás adonde quieres ir.

¿Adónde querían ir? Por lo que veía, casi todos iban hacia más de lo mismo. Acabarían ese trago, esa noche, esa semana… y así. En algún momento, morirían como animales después de un largo y agotador esfuerzo, entumecidos por la fatiga hasta que finalmente se desplomaran bajo el peso de su carga. Peor aún, según me parecía, ese bar era el mundo, y sus desanimadas moscas que zumbaban débilmente apenas sustitutos de todos nosotros.

Yo había escrito sobre “nosotros” en una novela tras otra. Mi tono era siempre funesto. En mis libros no había finales felices. Las personas estaban perdidas, impotentes, incluso los más inteligentes… en especial los más inteligentes. Todo era vanidad, todo era efímero. Las emociones más intensas declinaban con rapidez. Había unas pocas cosas que importaban, pero solo porque nosotros las volvíamos importantes insistiendo en que lo eran. Si necesitábamos pruebas de que lo eran, las inventábamos. Por lo que yo sabía, había básicamente tres clases de personas: las que engañaban a los demás, las que se engañaban a sí mismas, y las que entendían que la gente de las dos categorías anteriores eran las únicas que podrían encontrarse en el camino. Yo me clasificaba definitivamente en la tercera categoría, por supuesto, como el único miembro de mi club, el único tipo que comprendía que ver las cosas con total claridad significaba vivir en medio de la mayor oscuridad.

Así que vagaba por las calles y frecuentaba los bares y era, según yo mismo, el único hombre sobre la tierra que no tenía nada que aprender.

Entonces, de pronto, ella traspuso la puerta.

Al negro, ella le ofrecía una sola concesión. Una sarta de perlas blancas. Todo lo demás, el sombrero, el vestido, las medias, los zapatos, el pequeño bolso… todo lo demás era negro. Y así, lo que ofrecía a primera vista era el viejo estereotipo del cine clase B de la mujer peligrosa, el sombrero de ala ancha que cubre discretamente un ojo, tacos altos que resuenan sobre calles mojadas por la lluvia, dinero extranjero en el pequeño bolso negro. Ofrecía la imagen de la espía, la asesina, la seducción de un pasado secreto y, por supuesto, la insinuación del peligro erótico.

Sabe cómo piensan los hombres, me dije para mis adentros mientras se acercaba a la barra y se sentaba. Sabe cómo piensan los hombres… y se está aprovechando de eso.

– Entonces… ¿qué te pareció que era? -preguntó mi amigo.

– Intrascendente -dije encogiéndome de hombros.

Y por eso había observado sin interés cómo se acumulaban los gestos melodramáticos. Encendió un cigarrillo y lo fumó pensativa, mientras sus ojos se abrían y cerraban lánguidamente, con la clase de cansancio del mundo que uno ve en las heroínas de las viejas películas en blanco y negro.

Sí, eso es, me dije a mí mismo. Es noir en el peor sentido posible, como una delgada tira de película, e igualmente transparente en los bordes. Miré mi reloj. Hora de irme, pensé, hora de ir a mi departamento y tenderme en la cama y regodearme en mi oscura superioridad, felicitarme porque una vez más no había sido engañado por las cosas que suelen engañar al resto de los hombres.

Pero eran apenas las dos de la mañana, temprano para mí, así que me quedé allí en el bar y me pregunté, aunque sólo vagamente, apenas con un interés fugaz, si ella tenía alguna otra cosa que ofrecer más allá de su número de mujer “peligrosa”.

– ¿Y entonces qué pasó? -preguntó mi amigo.

Entonces ella abrió su bolso, extrajo un pequeño anotador negro, lo abrió, escribió algo y me pasó la hoja de papel deslizándola sobre la barra.

El papel estaba doblado, por supuesto. Lo desplegué y leí lo que ella había escrito: Sé lo que tú sabes de la vida.

Era exactamente la clase de estupidez que yo esperaba, así que rápidamente garrapateé una respuesta en el papel y lo deslicé sobre la barra hacia ella.

Ella lo abrió y leyó lo que yo había escrito: No, no lo sabes. Y nunca lo sabrás.

Entonces, sin levantar la vista, escribió una respuesta con la rapidez del relámpago y la lanzó sobre el mostrador, recogiendo con celeridad sus cosas y dirigiéndose a la puerta mientras el papel estaba en viaje, de manera que ella ya había salido del lugar para el momento en que llegó a mis manos.

Abrí la nota y leí su respuesta: Mediocre.

Eso atizó mi furia. ¿Mediocre? ¡Cómo se atrevía! Hice girar mi banqueta y salí con premura del bar, y la encontré apoyada despreocupadamente contra la pequeña verja de hierro que rodeaba el establecimiento.

Agité la nota ante su cara.

– ¿Qué se supone que significa esto? -le dije. Ella sonrió y me ofreció un cigarrillo.

– He leído tus libros. Son espantosos.

No fumo, pero le acepté el cigarrillo de todos modos.

– Entonces, ¿te dedicas a la crítica?

Ella no prestó atención a lo que acababa de decirle.

– La escritura es bella -dijo mientras me encendía el cigarrillo con un encendedor de plástico rojo-. Pero la idea es verdaderamente mala.

– ¿Y cuál es esa idea?

– Sólo tienes una -dijo con total seguridad-. Que todo termina mal, hagamos lo que hagamos. -Su rostro se puso tenso.- Quiero ofrecerte algo. Cuando escribí Sé lo que tú sabes de la vida, no era exactamente cierto. Sé más que tú.

Di una larga pitada a mi cigarrillo.

– Entonces -dije con tono leve-, ¿esto es una cita?

Ella meneó la cabeza y de pronto sus ojos se hicieron oscuros y sombríos.

– No -dijo-, esto es una relación amorosa.

Empecé a decir algo, pero ella levantó una mano y me detuvo.

– Podría hacerlo contigo, ¿sabes? -susurró, con una voz ahora muy grave-. Porque tú sabes casi tanto como yo, y quiero hacerlo con alguien que sabe tanto.

Por la expresión de sus ojos supe exactamente qué era lo que quería “hacer” conmigo.

– Necesitamos una pistola -le dije con una sonrisa de superioridad.

Ella meneó la cabeza.

– Nunca usaría una pistola. Tendrán que ser píldoras. -Dejó caer el cigarrillo de sus dedos.- Y tendremos que estar en la cama, los dos juntos -agregó con absoluta naturalidad-. Desnudos y abrazados.

– ¿Por qué debe ser así?

Su sonrisa fue leve como la luz.

– Para demostrarle al mundo que estabas equivocado. -Su sonrisa se ensanchó, casi traviesa.- Que algo puede terminar bien.

– ¿Con un suicidio? -pregunté-. ¿A eso le dices terminar bien?

Ella se rió y agitó un poco su melena.

– Es la única manera de terminar bien.

Y pensé Está chiflada, pero por primera vez en muchos años deseé escuchar un poco más.

– Un pacto de suicidio -susurró mi amigo.

– Eso fue lo que me ofreció, sí -le dije-. Pero no inmediatamente. Dijo que antes había algo que yo debía hacer.

– ¿Qué?

– Enamorarme de ella -respondí con suavidad.

– ¿Y sabía que lo harías? -preguntó mi amigo-. Quiero decir, ¿que te enamorarías de ella?

– Sí, lo sabía -le dije.

Aunque también sabía que habitualmente ese proceso está lleno de penurias, que es un camino sembrado de trampas y obstáculos. Así que decidió prescindir del cortejo, esa tediosa tarea de intercambiar montañas de trivial información biográfica. La intimidad física vendría en primer término, dijo. Era la puerta para que cada uno de nosotros entrara en el otro.

– Ahora tendríamos que ir a mi casa -concluyó, después de darme una breve explicación sobre todo eso-. Tenemos que coger.

– ¿Coger? -me reí-. No eres precisamente una mujer del tipo romántico, ¿no es cierto?

– Puedes desvestirme si quieres -dijo-. O, si no, puedo hacerlo yo misma.

– Tal vez será mejor que lo hagas tú -respondí, bromeando-. Así no te disloco un hombro.

Ella se rió.

– Siempre sospecho cuando un hombre sabe hacerlo bien. Me hace pensar que está demasiado familiarizado con todos esos broches y ojales y cremalleras de las mujeres. Y eso me lleva a preguntarme si tal vez… él mismo no ha usado todas esas prendas.

– Dios mío -gemí-. ¿De veras se te ocurren cosas así?

Su mirada y su voz cobraron una enorme seriedad.

– No puedo satisfacer todas las necesidades -dijo.

En sus ojos había una expresión interrogante, y supe cuál era su pregunta. Quería saber si yo tenía algún anhelo secreto, algún extraño capricho sexual, alguna “necesidad” que ella no podría “satisfacer”.

– Soy absoluta y estrictamente pura vainilla -le aseguré-. Ningún sabor extravagante.

Ella pareció ligeramente aliviada.

– Me llamo Verónica -me dijo.

– Temía que no me lo dijeras. Que esta fuera una de esas situaciones en las que yo nunca sabría quién eras tú, y viceversa. Ya sabes, barcos que se cruzan en la noche.

– Qué banal sería eso -dijo ella.

– Sí, lo sería.

– Además -agregó-, yo ya sabía quién eras.

– Sí, por supuesto.

– Mi departamento está en la otra manzana -y se ofreció a conducirme hasta allí.

Resultó que su departamento quedaba un poco más allá de la manzana siguiente, pero no importaba demasiado. Eran más de las dos de la mañana y las calles estaban bastante desiertas. Aun en Nueva York, ciertas calles, especialmente ciertas calles de Greenwich Village, nunca están demasiado frecuentadas, y una vez que la gente ha dejado de ir y volver de su trabajo, se convierten prácticamente en senderos rurales. Esa noche los árboles que bordeaban Jane Street ondulaban suavemente en el fresco aire otoñal, y me permití aceptar lo que creí que ella me ofrecía, que, a pesar de toda el aura de “peligro”, probablemente no fuera más que un breve episodio erótico, tal vez un desayuno a la mañana, un poco de conversación ligera con el café y los bizcochos. Después ella seguiría su camino y yo el mío, porque uno de nosotros querría que así fuera y al otro no le importaría lo suficiente como para discutirlo.

– El vodka está en el congelador -me dijo mientras abría la puerta de su departamento, entraba y encendía la luz.

Fui a la cocina mientras Verónica se internaba en un corredor cercano. El refrigerador estaba en el otro extremo de la habitación, con su puerta adornada con fotos de Verónica y de un hombrecito pequeño y calvo que parecía tener poco más de cuarenta años.

– Ese es Douglas -dijo Verónica desde el vestíbulo-, mi marido.

Experimenté un pinchazo de aprensión.

– Está de viaje -agregó.

Mi aprensión desapareció.

– Eso suponía -dije, mientras abría la puerta del congelador.

El rostro del marido de Verónica volvió a quedar frente a mí cuando cerré la puerta, con la helada botella de vodka sana y sal ya en mi mano derecha. Ahora advertí que Douglas era bastante robusto, con profundas arrugas alrededor de los ojos, y sienes que empezaban a encanecer. Okey, pensé, tal vez un poco más de cincuenta. Y sin embargo, a pesar de todo, tenía una cara juvenil. En las fotos, Verónica se veía mucho más alta que él, cuya cabeza calva apenas llegaba a los anchos hombros de la mujer. Ella aparecía en todas las fotos, y él le rodeaba afectuosamente la cintura con un brazo. Y en todas las fotos Douglas sonreía con lisa y llana alegría, de modo que supe que toda su felicidad provenía de ella, de estar con ella, de ser su esposo, de que cuando estaba con ella se sentía alto y moreno y apuesto, agudo e inteligente y tal vez incluso un poquito elegante. Eso es lo que ella le ofrecía, supuse, la ilusión de que él la merecía.

– Era barman cuando lo conocí -me dijo ella entrando en la cocina-. Ahora vende software.

Extendió un brazo imposiblemente largo y gracioso hasta la alacena que estaba a su lado, abrió la puerta de madera sin adornos y sacó dos vasos decididamente comunes, que depositó con brusquedad sobre el sencillo mostrador de fórmica antes de volverse hacia mí.

– Desde el primer momento me sentí completamente a mis anchas con Douglas -me dijo.

No podría haberlo expresado con mayor claridad. Douglas era el hombre con el que había elegido casarse porque poseía las características -fueran cuales fueren- que ella necesitaba para sentirse completamente a gusto cuando estaba en casa, completamente ella misma cuando estaba con él. Si había tenido algún gran amor en su vida, ella lo había elegido a Douglas por encima del otro porque con Douglas podía vivir sin cambiar nada, sin ninguna alteración, sin tener que maquillar su alma. Por ese motivo, de pronto sentí que envidiaba vagamente a ese hombrecito regordete, envidiaba la paz que le había dado, la manera en que ella seguramente podía descansar en el hueco del brazo de él, respirando cada vez con mayor lentitud hasta dormirse.

– Parece… agradable -dije.

Verónica no dio ninguna señal de haber oído lo que dije.

– Lo tomas puro -dijo refiriéndose a mi manera de beber, algo que evidentemente había advertido cuando estábamos en el bar.

Asentí.

– Yo también.

Sirvió las copas y me condujo a la sala. Las cortinas estaban herméticamente cerradas y parecían un poco polvorientas. Los muebles habían sido elegidos por su comodidad más que por su estilo. Había unas pocas plantas en macetas, casi todas ellas con las hojas amarronadas y marchitas. Casi se las podía oír rogando que les dieran agua. Nada de perros. Ni gatos. Ni pececitos de colores ni hámsters ni serpientes ni ratas blancas. Parecía que cuando Douglas estaba de viaje, Verónica vivía sola.

Salvo por los libros, que estaban por todas partes. Llenaban un anaquel tras otro, hasta el techo, o se amontonaban en pilas altísimas y a punto de derrumbarse contra las cuatro paredes de la habitación. Los autores abarcaban todas las gamas, desde los clásicos más antiguos hasta los best sellers más recientes. Stendhal y Dostoievski estaban hombro a hombro con Anne Rice y Michael Crichton. Algunos de mis crudos títulos se encontraban alineados entre Robert Stone y Patrick O'Brien. En su colección no había títulos de historia ni de ciencias sociales, y tampoco poesía. Todo era ficción, tal como parecía serlo la propia Verónica, un personaje que había fabricado ella misma y que estaba dispuesta a encarnar hasta el final. Lo que ofrecía, me pareció en ese momento, era una excelente interpretación de una excéntrica de Nueva York.

Chocó su vaso con el mío, mirándome directamente a los ojos.

– Por lo que estamos por hacer -brindó.

– ¿Todavía seguimos hablando de suicidarnos juntos? -me burlé mientras bajaba mi vaso sin haber bebido-. ¿Qué es esto, Verónica? ¿Una reescritura de Sweet November?

– No sé de qué hablas -dijo ella.

– Ya sabes, esa estúpida película en la que la chica agonizante se lleva al tipo a vivir con ella durante un mes y…

– Yo jamás viviría contigo -me interrumpió Verónica.

– No me refiero a eso.

– Y no me estoy muriendo -agregó Verónica. Tomó un rápido sorbo de vodka, puso su vaso en la mesa que estaba junto al sofá, luego se incorporó como si hubiera sido llamada de repente por una voz invisible, y me ofreció su mano-. Hora de irse a la cama -dijo.

– ¿Así como así? -preguntó mi amigo.

– Así como así.

Me miró con desconfianza.

– Todo esto es una fantasía, ¿verdad? -me preguntó-. Es algo que inventaste.

– Lo que ocurrió a continuación es algo que nadie podría haber inventado.

– ¿Y qué fue lo que pasó?

Me condujo al dormitorio. Nos desvestimos en silencio. Ella se metió bajo la única sábana y palmeó el colchón a su lado.

– Este es tu lado -dijo.

– Hasta que vuelva Douglas -respondí mientras me tendía a su lado.

– Douglas no va a volver -dijo, después se inclinó sobre mí y me besó muy suavemente.

– ¿Por qué?

– Porque está muerto.

Y así me enteré de la lenta declinación de su esposo, del cáncer que había empezado en sus intestinos y había migrado a su hígado y a su páncreas. La agonía había durado seis meses y Verónica lo había atendido cada día. Lo iba a ver camino al trabajo cada mañana, después volvía a la noche, se quedaba junto a su cama hasta que estaba segura de que no se despertaría y entonces, finalmente, volvía allí, a esa misma cama, para dormir una o dos horas, tres como máximo, antes de empezar de nuevo su rutina.

– Seis meses -dije-. Eso es mucho tiempo.

– Una persona agonizante es mucho trabajo -dijo ella.

– Sí, lo sé -respondí-. Estuve con mi padre hasta que murió. Para el momento en que finalmente falleció, yo estaba exhausto.

– Oh, no me refiero a eso -dijo-. La parte física, la falta de sueño. Eso no fue lo más duro en el caso de Douglas.

– ¿Y qué fue lo más duro?

– Hacerle creer que lo amaba.

– ¿No lo amabas?

– No -dijo, y volvió a besarme, un beso que duró apenas un poco más que el primero y que me dio tiempo para recordar que pocos minutos antes me había dicho que ahora Douglas vendía software.

– Software -dije, alejando mis labios de los de ella-. Me dijiste que ahora vendía software.

Ella asintió.

– Sí, lo hace.

– ¿A otros muertos? -Me senté en la cama y me sostuve la cabeza con una mano.- Me muero por una explicación.

– No hay ninguna explicación -dijo-. Douglas siempre quiso vender software. Entonces, en vez de decir que está bajo tierra o en el cielo, simplemente digo que está vendiendo software.

– Entonces le das a la muerte un nombre bonito. Y de ese modo no tienes que enfrentarte a ella.

– Digo que está vendiendo software porque no quiero la conversación que seguiría si te hubiera dicho que está muerto -dijo Verónica con aspereza-. Aborrezco que me consuelen.

– ¿Entonces por qué acabaste por decírmelo?

– Porque necesitas saber que soy como tú -respondió-. Sola. Que nadie me llorará.

– Ya veo que hemos vuelto otra vez al suicidio -dije-. ¿Siempre giras en círculos alrededor de la muerte?

Ella sonrió.

– ¿Sabes lo que dijo La Rochefoucauld sobre la muerte?

– No, no lo tengo en la punta de la lengua.

– Dijo que era como el sol. No era posible mirarla de frente mucho tiempo sin quedar enceguecido. -Se encogió de hombros.- Pero yo creo que si uno la mira de frente todo el tiempo, comparándola con la vida, puede elegir.

La tomé en mis brazos.

– Eres un poquito estrafalaria, Verónica -le dije en tono de broma.

Ella meneó la cabeza y su tono fue muy firme y seguro.

– No -insistió-. Soy la persona más sensata que has conocido.

– Y lo era -le dije a mi amigo.

– ¿Qué quieres decir?

– Quiero decir que ofrecía mucho más que cualquier persona que haya conocido.

– ¿Qué ofrecía?

Esa noche me ofreció el dulce y fresco lujo de su carne, un beso tan colmado de sentimiento que creí que brotarían chispas de sus labios.

Hicimos el amor durante un rato y después, de repente, ella se detuvo y se alejó de mí.

– Hora de charlar -dijo, y fue a la cocina y volvió con otros dos vasos de vodka.

– ¿Hora de charlar? -pregunté, todavía desconcertado por la manera abrupta en que se había alejado de mí.

– No tengo toda la noche -dijo mientras me tendía el vaso.

Acepté el trago que me ofrecía.

– ¿Entonces no vamos a brindar juntos por el amanecer?

Ella se sentó en la cama, con las piernas cruzadas y desnuda, su cuerpo terso y elegante bajo la luz azulada.

– Eres un charlatán -dijo mientras chocaba su vaso contra el mío-. Yo también. -Se inclinó un poquito hacia adelante, y sus ojos brillaban en la oscuridad.- Así es la cosa -agregó-. Si eres un hablador, no quedan palabras para las cosas importantes. Solo palabras bonitas. Inteligentes. Insustanciales. Ese es el momento en que sabes que has ido tan lejos como es posible, que ya no te queda nada para ofrecer salvo puro palabrerío.

– Eso es bastante duro, ¿no te parece? -Bebí un sorbo de vodka.- Y además, ¿qué alternativa queda salvo hablar?

– El silencio -respondió Verónica.

Me reí.

– Verónica, no se puede decir que seas muy silenciosa.

– Casi todo el tiempo lo soy.

– ¿Y qué oculta ese silencio?

– Furia -respondió sin la menor vacilación-. Furia. Su rostro se tensó, y pensé que la furia que de repente había visto dentro de ella acabaría por envolver su cabello en llamas.

– Por supuesto, uno puede llegar al silencio de otras maneras -dijo. Bebió un trago rápido y brutal de su vaso-. Douglas llegó allí, pero no por ser un conversador brillante.

– ¿Cómo lo hizo, entonces?

– Por el sufrimiento.

La miré para ver si le temblaban los labios, pero no. Busqué humedad en sus ojos, pero se los veía secos y calmos.

– Porque estaba aterrorizado -agregó. Miró hacia la ventana, dejó que su mirada se demorara allí un momento y después volvió a clavar sus ojos en mí-. La última semana no dijo una sola palabra. Entonces supe que había llegado el momento.

– ¿El momento de qué?

– El momento de que Douglas consiguiera un nuevo trabajo.

Sentí que mi corazón se detenía.

– ¿Vendiendo… software? -pregunté.

Ella encendió una vela, la puso en el angosto estante que había sobre la cama y abrió de un tirón el primer cajón de su mesa de luz, extrajo una caja plástica de píldoras y la sacudió para que yo escuchara el seco repiqueteo de las grageas guardadas en su interior.

– Había planeado darle estas -dijo-, pero no hubo tiempo.

– ¿Qué quieres decir con que no hubo tiempo?

– Lo vi en su rostro -me respondió-. Estaba viviendo como alguien que ya estuviera bajo tierra. Alguien enterrado que esperaba que se le acabara el aire. Esa clase de sufrimiento, puro terror. Sabía que un solo minuto de más sería demasiado largo.

Puso las píldoras sobre la mesa, después levantó la almohada sobre la que había descansado su cabeza, la ahuecó con suavidad y la apretó contra mi cara un momento, antes de levantarla otra vez de una manera que me hizo sentir extrañamente como si hubiera vuelto a la vida.

– Era todo lo que me quedaba para ofrecerle -dijo gentilmente, luego bebió un largo y lento trago de su vodka-. Tenemos tan poco que ofrecer.

Y pensé con súbita y devastadora claridad: “Su oscuridad es verdadera; la mía es sólo una pose”.

– ¿Y qué hiciste? -preguntó mi amigo.

– Le acaricié la cara.

– ¿Y ella qué hizo?

Ella me retiró la mano casi con violencia.

– Esto no se trata de mí -me dijo.

– En este momento, todo se trata de ti -le dije.

Ella hizo una mueca de disgusto.

– No digas sandeces.

– Lo digo en serio.

– Y eso solo empeora las cosas -me respondió con acritud. Miró el cielo y volvió a bajar los ojos hasta mí, oscuros y acerados como los dos caños de una escopeta-. Se trata de ti -dijo con resolución-. Y no permitiré que hagas trampa.

Me encogí de hombros.

– La vida entera es hacer trampa, Verónica.

Sus ojos se endurecieron.

– Eso no es verdad y tú lo sabes -dijo, casi con un siseo-. Y por eso eres un mentiroso y todos tus libros son una mentira. -Su voz era tan firme, tan dura e inflexible que la sentí como un viento que me azotaba-. La cosa es así. Si realmente te sintieras como lo que escribes, te matarías. Si todos esos sentimientos estuvieran verdaderamente en tu interior, en lo profundo de ti, no serías capaz de seguir viviendo un solo día más. -Me desafió a que la contradijera, y como no lo hice siguió hablando.- Ves todo salvo a ti mismo. Y ahora te diré lo que no ves de ti mismo, Jack: no ves que eres feliz.

– ¿Feliz? -pregunté.

– Eres feliz -insistió Verónica-. No quieres admitirlo, pero lo eres. Y está bien que lo seas.

Entonces me enumeró los elementos de mi felicidad: la pura buena suerte que había tenido, salud, dinero suficiente, un trabajo que amaba, una buena dosis de éxito.

– Comparado contigo, Douglas no tenía nada -dijo.

– Te tenía a ti -dije con cautela.

Su rostro volvió a endurecerse.

– Si vuelves a hablar de mí -me advirtió-, tendrás que irte.

Lo decía en serio, y yo lo sabía. Así que le pregunté:

– ¿Qué quieres de mí, Verónica?

– Quiero que te quedes -dijo sin vacilar.

– ¿Que me quede?

– Mientras me tomo las píldoras.

Recordé lo que me había dicho en la puerta del bar apenas unas horas antes: “Podría hacerlo contigo, ¿sabes?”.

Yo había creído que eso significaba que lo haríamos juntos, pero ahora sabía que nunca me había incluido. No había ningún pacto de suicidio. Era sólo Verónica.

– ¿Lo harás? -me preguntó con tono sombrío.

– ¿Cuándo? -le pregunté suavemente.

Ella tomó las píldoras y las vertió sobre su palma.

– Ahora -dijo.

– No -le espeté, y empecé a incorporarme.

Ella me retuvo con fuerza, con una expresión de inflexible resolución en la mirada, así que supe que haría lo que se proponía, que no había manera de impedírselo.

– Quiero salir de este ruido -dijo, apretándose el oído derecho con su mano libre-. Todo es tan ruidoso.

En la intensidad de sus palabras atisbé en toda su medida la dimensión de su tormento, todo lo que ella ya no quería escuchar, el cotidiano estrépito de todas las vanidades y el estruendo de las repeticiones, los maullidos de los inferiores, el trompeteo de las mediocridades, todo lo que convertía el insoportable rechinar de la rueda en un rugido que desgarraba el alma. Ella quería terminar con todo eso, quería un silencio que nadie podría negarle.

– ¿Te quedarás? -me preguntó en voz baja.

Supe que mis argumentos le parecerían tan sólo un poco más de ese ruido que ya no podía soportar. Repicaría como un címbalo, y sólo se sumaría al sinsentido de esa cacofonía de la que ella deseaba escapar.

Y por lo tanto le dije:

– Está bien.

Sin una sola palabra más, se tragó las píldoras de a dos, haciéndolas bajar con rápidos sorbos de vodka.

– No sé qué decirte, Verónica -le dije cuando tragó la última y apoyó su vaso en la mesa de luz.

Ella se acurrucó junto a mí.

– Dime lo que yo le dije a Douglas -me contestó-. Al final es lo único que cualquiera puede ofrecerle a otro.

– ¿Qué le dijiste? -le pregunté suavemente.

– Estoy aquí. La abracé estrechamente.

– Estoy aquí -le dije.

Ella se acurrucó aún más cerca.

– Sí.

– ¿Y te quedaste? -preguntó mi amigo.

Asentí.

– ¿Y ella…?

– Una hora más o menos -le dije-. Después me vestí y caminé hasta que finalmente llegué aquí.

– Entonces en este momento ella…

– Está muerta -dije rápidamente, y de pronto la imaginé sentada en el parque, frente al bar, inmóvil y en silencio.

– ¿No pudiste detenerla?

– ¿Con qué? -le pregunté-. No tenía nada que ofrecerle. -Miré hacia fuera, a través de la ventana del bar.- Y además, para una mujer realmente peligrosa, un hombre no es nunca la respuesta. Eso es lo que la vuelve peligrosa. Al menos para nosotros.

Mi amigo me miró con perplejidad.

– Y entonces, ¿qué vas a hacer ahora? -me preguntó.

En el otro extremo del parque, una joven pareja se gritaba; la mujer enarbolaba un puño en el aire, el hombre meneaba la cabeza en un estado de violenta confusión. Pude imaginarme a Verónica alejándose de ellos, caminando en silencio.

– Voy a quedarme callado -respondí-, durante un largo tiempo.

Después me puse de pie y salí del bar al torbellino de la ciudad. La disonancia habitual me engulló, todo ese caos y esa confusión, pero no sentí ninguna necesidad de agregar mi propia discordancia a la ya existente.

Era un sentimiento extrañamente dulce, advertí mientras me dirigía a casa en el silencio que me ceñía.

Desde las profundidades de su envolvente calma, Verónica me ofreció sus últimas palabras.

Yo sé.

Su Amo y Señor – Andrew Klavan

Era obvio que ella lo había matado, pero solamente yo sabía por qué. Había sido amigo de Jim y él me lo había contado todo. Era una historia espeluznante, a su manera. Por lo menos a mí me pareció espeluznante. Más de una vez, mientras me la confiaba, yo sentía que el sudor se acumulaba en mi cuello, sobre el pecho. Se me ponía la piel de gallina y sentía lo que en una época más decorosa hubiéramos llamado “cierta agitación en la entrepierna”. En nuestros días, por cierto, se supone que podemos hablar con franqueza de esas cosas; en realidad, de cualquier cosa. Hay tantos libros y películas y programas de televisión que se jactan de destruir “el último tabú” que no llegaría a pensar que estamos en peligro de quedarnos sin ninguno.

Bien, ya veremos. Ya veremos.

Jim y Susan se conocieron en el trabajo y empezaron una relación después de una fiesta de la oficina, un principio bien habitual. Jim era vicepresidente a cargo del rubro entretenimiento de una de las cadenas radiales más grandes.

“No sé muy bien cuál es mi trabajo -solía decir-, pero de algún modo debo estar haciéndolo”. Susan era subgerente de personal, lo que significaba que era una secretaria a cargo de la programación.

Jim era un alto y elegante graduado de Harvard, de treinta y cinco años. En el trabajo tenía un estilo lento, pensativo, una manera de transmitirle al otro que consideraba cada palabra que decía. Y una manera de mirarlo fijamente a los ojos cuando hablaba, como si cada una de sus neuronas estuviera ocupada en el tedioso asunto que el otro le estuviera planteando. Al cabo de unas horas, por fortuna, se volvía más satírico, casi sardónico. Para ser franco, creo que para él la mayoría de la gente era casi idiota. Algo que, en mi opinión, lo convertía en un disparatado optimista.

Susan era aguda, morena, enérgica, de poco más de veinte años. Un poquito delgada y narigona para mi gusto, pero suficientemente bonita con ese cabello largo, lacio y negro, muy negro. Además poseía una buena figura, pequeña y compacta, graciosamente redondeada en el pecho y la cadera. Tenía un estilo agresivo, divertido, desafiante: ¿vas a aceptarme como soy, compañero, o qué? Actitud que, según creo, disfrazaba un sentimiento defensivo debido a que era de Queens, a su educación y tal vez incluso a su inteligencia. En cualquier caso, podía infundir energía en la vida de uno al aparecer con una falda corta, o al quitarse el cabello de la cara con una larga uña. Era un Buen Polvo contra el bebedero, según el consenso masculino generalizado. En esos debates sociológicos en los que los caballeros suelen discutir la mejor manera de acoplarse con sus colegas y conocidas, Susan usualmente resultaba la chica que a todos les gustaría penetrar contra el bebedero, de pie, mientras el equipo de limpieza nocturno pasaba la aspiradora por el vestíbulo.

Entonces, en una fiesta del mes de febrero en la que celebrábamos el lanzamiento y seguro fracaso de algún nuevo plan por completo imbécil de la gerencia, observamos con alborozo y envidia que Jim y Susan estaban juntos, hablaban entre ellos y finalmente se marchaban juntos. Y eventualmente dormían juntos. No pudimos ver esa parte, pero a mí me la relataron con detalles más tarde.

Soy editor de noticias, treinta y ocho años, divorciado una vez, hace siete años, dos meses y dieciséis días. Pero todos hemos dado más de una vuelta a la manzana en esta época. Posiblemente tendrían que ensanchar las aceras de la manzana para facilitar el tránsito. Así que al principio, lo que Jim me contaba solo provocó en mis ojos un leve brillo de lujuria, por no hablar de la delgada línea de saliva que manaba inadvertidamente de mis comisuras.

A ella le gustaba la cosa violenta. Ese era el tema. Ahora se puede contar. A nuestra Susan le gustaba un buen chirlo ocasional en las ancas. Jim, amado de Dios, parecía al principio un poco desconcertado con el asunto. Había dado también más de una vuelta a la manzana, por supuesto, pero una manzana de un barrio más tranquilo. Y supongo que nunca había ido a esa dirección en particular.

En apariencia, cuando ambos fueron al departamento de Jim, Susan le había puesto en las manos el lazo de su propia bata de felpa y le había dicho: “Átame”. Jim consiguió cumplir esas simples instrucciones y también las que siguieron, que le ordenaban aferrar el cabello negro muy negro de Susan en su mano y obligarla a poner su boca sobre lo que cortésmente supondré que era su palpitante tumescencia. La parte de los golpes vino más tarde, después de que él la hubiera arrojado boca abajo sobre la cama y la embestía desde atrás. Los golpes también fueron por específico pedido de ella.

– Fue algo más bien pervertido -me dijo Jim.

– Eh, te compadezco -le dije-. ¿En qué te convierte esto, sino apenas en el segundo o tercer hombre más afortunado en la faz de la tierra?

Bien, era excitante, Jim lo admitía. Y no era que jamás hubiera hecho algo así antes. Era tan solo que, en su experiencia, uno tenía que llegar a conocer un poco a una chica antes de empezar a cascarla. Era algo íntimo, en el terreno de las fantasías privadas, no la clase de cosa que uno hace en una primera cita.

Además, a Jim de veras le gustaba Susan. Le gustaba su estilo dura en el trabajo y sus bromas resentidas y toda la vulnerabilidad que eso ocultaba. Deseaba llegar a conocerla, estar con ella un tiempo, tal vez un largo tiempo. ¿Y si empezaban de ese modo, se preguntaba, adonde llegarían?

Pero resultó que toda la incomodidad era del lado de Jim. Susan parecía perfectamente a gusto cuando se despertó en sus brazos a la mañana siguiente. “Fue una hermosa última noche”, le susurró, estirándose para besarle los pelos de la barba. Y lo tomó de la mano mientras llamaban un taxi para que la llevara hasta su casa a cambiarse de ropa. Y lo volvió loco y lo hechizó con el protocolo que cumplió al pie de la letra en la oficina, sin ofrecerle al mundo un solo indicio del cambio de estado de cosas entre ellos cuando se cruzaron en el vestíbulo, saludándose con una inclinación de cabeza, mientras ella murmuraba: “Dios, somos tan profesionales”.

Y habían comido juntos en el Moroccan de Columbus y ella no dejó de hablar, comiquísima, sobre los gerentes de su departamento. Y Jim, que usualmente expresaba su diversión achicando los ojos y esbozando una estrecha sonrisa, se echó atrás en su silla y se rió mostrando los dientes, y tuvo que enjugarse las lágrimas de las patas de gallo con cuatro dedos de una mano.

Esa noche, ella quiso que la azotara con su cinturón de cuero. Jim puso reparos.

– ¿Nunca llegaremos a hacerlo, bien, simplemente, de la manera usual? -preguntó.

Ella se apoyó contra él, muy cerca, provocativa y seductora.

– Hazlo. Quiero que lo hagas.

– Me preocupa un poco el ruido. Por los vecinos y esas cosas.

Bien, eso era algo atendible. Susan fue a la cocina y volvió con una cuchara de madera. Aparentemente, no restalla como el cinturón. Jim, siempre un caballero, procedió a atarla a los postes de la cama.

– Esa mujer me está matando. Estoy exhausto -me dijo un par de semanas más tarde.

Me puse una mano bajo la camisa y la moví hacia adelante y hacia atrás para que se diera cuenta de que mi corazón latía por él.

– Lo digo en serio -agregó-. Quiero decir, me gustan estas cosas de tanto en tanto. Es excitante, es divertido. Pero, Dios, me gustaría verle la cara alguna vez.

– Se calmará. Recién empiezan -le dije-. Entonces ella pide estas cosas. Más tarde, podrás instruirla gentilmente en los placeres de la posición del misionero.

Sostuvimos esa conversación en una mesa de McCord's, el último bar irlandés que no está arruinado del aburguesado West Side. Los equipos de noticias tienden a derivar hasta allí a la noche, así que hablábamos en voz baja. Jim se inclinó para que estuviéramos aún más cerca. Nuestras frentes prácticamente se tocaban y miró hacia ambos lados antes de seguir hablando.

– La cosa es -dijo- que creo que lo hace en serio.

– ¿Qué quieres decir?

– Quiero decir que estoy a favor de las fantasías en la cama y todo eso. Pero creo que lo hace en serio.

– ¿Qué quieres decir? -repetí, más roncamente y con un poco de sudor juntándose detrás de mi oreja.

Resultaba que la relación ya había progresado hasta el punto en que se empezaban a repartir las tareas domésticas. Susan había repartido las funciones y le tocaba a ella limpiar el departamento de Jim, prepararle la cena y lavar los platos. Desnuda. La tarea de Jim era obligarla a hacer esas cosas y azotarla, darle una zurra o violarla si ella manifestaba reticencia o cometía, o pretendía cometer, alguna clase de error.

Ahora bien, siempre hay un elemento de jactancia en los hombres que se quejan de su vida sexual, pero Jim parecía verdaderamente perturbado por lo que ocurría.

– No digo que no me excite. Lo admito, es excitante. Pero ya se está convirtiendo en… algo feo. ¿No es así? -dijo.

Me sequé la boca y me recosté en la silla. Cuando finalmente pude dejar de jadear y empezar a mover la boca, le dije:

– No sé. Cada uno con su gusto. Quiero decir, mira, si no te gusta, eyéctate. ¿Entiendes? Si para ti no funciona, oprime el botón.

Obviamente, esa idea ya se le había ocurrido. Asintió con lentitud, como si lo estuviera considerando.

Pero no se eyectó. De hecho, más o menos al cabo de una semana, a pesar de todas las intenciones y propósitos, Susan estaba viviendo con él.

A partir de ese momento, mi información se vuelve menos detallada. Obviamente, un tipo que vive con alguien no habla demasiado de su vida sexual. Todo el mundo en la cadena sabía que la relación existía y se había concretado, pero Susan y Jim siguieron siendo distantes y absolutamente profesionales en el trabajo. Caminaban hasta la puerta con las manos entrelazadas. Se besaban una vez antes de entrar al edificio. Y después, era la rutina de siempre. Nada de conversaciones en voz baja en el corredor, ni puertas de los despachos cerradas. Las pocas veces que íbamos a beber juntos después del trabajo, ellos ni siquiera se sentaban uno al lado del otro. A través de la ventana del bar, cuando ellos se iban, veíamos que Jim la llevaba abrazada. Eso era todo.

La última vez que Jim y yo hablamos sobre el tema antes de su muerte fue otra vez en McCord's. Fui allí una noche y ahí estaba él, sentado solo en una mesa del rincón. Supe, por la manera en que estaba sentado -muy tieso, con los ojos semiabiertos, fijos, vidriosos-, que estaba tan borracho como Dios el domingo. Me senté frente a él y me hizo un descuidado gesto con la mano y dijo:

– Los tragos corren por mi cuenta.

Ordené un scotch.

Si hubiera sido inteligente, me hubiera limitado a hablar de deporte. Los Knicks estaban por el piso; los Yanks, después del campeonato, se esforzaban por mantenerse a la altura de Baltimore al inicio de la nueva temporada. Podría haber hablado de todo eso. Debería haberlo hecho. Pero estaba curioso. Si es que curioso es la palabra que busco. Tal vez “lascivo” sea el mot juste.

Y dije:

– ¿Y cómo andan las cosas con Susan?

Y él respondió, como lo hace todo el mundo cuando tiene una relación seria con alguien:

– Muy bien. Las cosas con Susan andan muy bien. -Aunque luego agregó:- Soy su Amo y Señor. -Sentado muy tieso. Oscilando apenas como un farol en la tormenta.

Susan había puesto las rutinas por escrito, pero él ya se las sabía de memoria y las cumplía sin que se las recordaran. Eso resultaba aparentemente más eficaz porque le permitía a ella suplicarle que no lo hiciera. El la ataba y ella le rogaba y él la golpeaba en medio de sus súplicas. La sodomizaba y le tiraba del pelo, obligándola a girar la cabeza y mirarlo mientras él lo hacía. “¿Quién es tu Amo y Señor?”, le decía. Y ella le respondía: “Tú eres mi Amo y Señor. Tú”. Más tarde ella hacía las tareas domésticas, desnuda o con ese conjunto de encaje con portaligas que se había comprado. Solía hacer algo con torpeza, derramar algo, y él la golpeaba, y eso lo ponía en condiciones de volver a poseerla.

Después de que me contó aquello, sus párpados se cerraron, sus labios se entreabrieron. Dio la impresión de haberse dormido durante algunos minutos, luego se despertó con un pequeño sobresalto. Pero siempre erguido y rígido, siempre derecho. Incluso cuando se incorporó para irse, su postura era erguida, perfecta. Puso rumbo hacia la puerta como si fuera uno de esos viejos profesores de etiqueta y comportamiento social. Era en realidad un raro tipo de borracho, aún más majestuoso y digno que cuando estaba sobrio, una suerte de versión exagerada y cómica de su carácter reservado y circunspecto. Lo vi marcharse esbozando una ligera sonrisa. Lo echo de menos.

Susan lo apuñaló con un cuchillo de cocina, uno de esos bien grandes. Solo una única estocada convulsiva pero eficaz, que le cercenó la vena cava. Él se desangró sobre el piso de la cocina, mirando el techo mientras ella gritaba en el teléfono, clamando por una ambulancia.

Como Jim era bastante importante, la noticia llegó a los titulares de noticias. Después las feministas se apropiaron de la historia, las chicas verdaderamente combativas que consideran que matar al novio es una forma de autoexpresión. Querían que el caso no fuera a juicio directamente. Y mucha gente coincidió en ese momento en que tenían razón. Se descubrió que Susan tenía magullones en todo el torso, y sangraba de diversos orificios. Y estaba perfectamente claro que Jim había estado blandiendo un instrumento sexual de tienda erótica en el momento en que ella buscó el cuchillo. Según el dictamen político del momento, era un caso obvio de maltrato y abuso prolongado y de defensa propia que había demorado mucho tiempo en producirse.

Pero la policía, por algún motivo, no quedó convencida. En general, los polis pasan suficiente tiempo en las profundidades de la depravación humana como para tener allí abajo una muda extra para cambiarse la ropa sucia. Saben que incluso los axiomas políticos más obvios a veces no se cumplen cuando uno se encuentra frente a un romance verdadero. De modo que la oficina del fiscal de distrito de Manhattan estaba atrapada entre la espada y la pared. Susan se había conseguido con rapidez un buen abogado y no le había dicho nada a nadie. La policía sospechaba que encontraría pruebas de una vida sexual voluntariamente perversa en la vida de Susan pero hasta el momento no había ocurrido. La prensa, mientras tanto, empezaba a vincular cada vez más el nombre de Susan con la palabra “ordalía”, y se ocupaba de su historia con columnas laterales acerca del abuso sexual, y esa era su manera de ser “objetiva” mientras se ponían por completo a favor de Susan. De todas maneras, lo último que deseaba el fiscal de distrito era mandar a la cárcel a la mujer para después tener que liberarla. Así que evadió el tema. Retuvo los cargos durante uno o dos días más, sujetos a los resultados de investigaciones más profundas. Y, mientras tanto, la sospechosa fue dejada en libertad.

En cuanto a mí, todo era depresión y confusión. Jim no era mi hermano ni nada por el estilo, pero era un buen camarada. Y sabía que yo era el mejor amigo que tenía en la cadena radial, tal vez incluso en la ciudad, quizás en el mundo. Sin embargo había algunos momentos, mientras miraba a las feministas en la tevé, mientras veía al abogado de Susan, en los que me preguntaba, ¿cómo puedo estar seguro? El tipo dice una cosa, la chica dice otra. ¿Cómo sé que todo lo que Jim me había contado no era alguna clase de loca mentira, alguna justificación del maltrato que le propinaba?

Por supuesto, dejando todo eso de lado, llamé a la policía el día después del crimen, el viernes, cuando me enteré. Llamé a un contacto que tenía en Homicidios y le dije que tenía información sólida sobre el caso. Creo que casi esperaba oír las ululantes sirenas de los patrulleros que venían a buscarme en el momento mismo que colgué el teléfono. En cambio, me dijeron que pasara por la comisaría para hablar con los detectives a cargo del caso el lunes a la mañana. Lo que me dejaba el fin de semana libre.

Me lo pasé anclado al sofá, triste y con náuseas. Mirando el techo, con los brazos cruzados sobre la frente. Tratando de llorar a la fuerza, tratando de culparme, tratando de no culparme. El teléfono sonó y sonó, pero no atendía. Eran sólo algunos amigos -los escuché en el contestador- que querían hablar del asunto: expresarme su solidaridad, transmitirme su pesar, chismorrear. Todo el mundo ansiaba una parte del crimen. Yo no tenía energía para actuar.

Finalmente, el domingo por la noche llamaron a mi puerta. Vivo en el último piso de un viejo edificio de piedra roja, y lo usual es que suene el timbre de la puerta de calle, pero no, llamaron a mi puerta. Supuse que sería uno de mis vecinos que había visto la historia por televisión. Grité que ya iba mientras me ponía los zapatos. Me metí la camisa dentro del pantalón mientras caminaba hacia la puerta. La abrí sin mirar siquiera por la mirilla.

Y ahí estaba Susan.

Muchas cosas se me pasaron por la cabeza en ese momento, mientras ella estaba ahí, combativa e inolvidable al mismo tiempo. El mentón erguido, beligerante; una mirada de soslayo, tímida. Pensé: ¿quién se supone que debo ser ahora? ¿Cómo se supone que debo mostrarme? ¿Furioso? ¿Vengativo? ¿Frío? ¿Justo? ¿Noble? ¿Compasivo? Dios, era algo paralizante. Al final, simplemente retrocedí y la dejé entrar. Ella avanzó hasta el centro de la habitación y me miró a los ojos mientras yo cerraba la puerta.

Entonces se encogió de hombros. Un hombro desnudo más alto que el otro, una comisura levantada, con una sonrisita de sabelotodo. Llevaba un pálido vestido primaveral, los delgados breteles anudados sobre su cuello con un moño. Mostraba su piel morena. Advertí debajo de su falda una medialuna de piel descolorida sobre su muslo.

– No estoy demasiado seguro de lo que indica el protocolo en este caso -dije.

– Sí. Tal vez deberías buscar en el capítulo titulado “Cómo recibir a la muchacha que mató a tu mejor amigo”.

Le devolví la sonrisita de suficiencia.

– No digas demasiado, Susan, ¿te parece? Tengo que ver a la policía el lunes.

Dejó de sonreír, asintió, me dio la espalda.

– Entonces… ¿qué? ¿Acaso Jim te lo contó todo? ¿Sobre nosotros?

Jugueteó con el anotador que yo tenía sobre la mesa del teléfono.

La observé. Mis reacciones eran sutiles pero intensas. Fue su manera de darme la espalda, lo que había dicho. Me hizo pensar en lo que Jim me había contado. Me hizo contemplar, larga y lentamente, la parte baja de su espalda. Hizo que la piel me ardiera, que mi estómago se helara. Una combinación interesante.

Me humedecí los labios y traté de pensar en mi amigo, ahora muerto.

– Sí, así es -dije con brusquedad-. Me lo contó prácticamente todo.

Susan se rió por encima del hombro.

– Bien, es embarazoso para mí, de todas maneras.

– Eh, no coquetees conmigo, ¿entiendes? No mates a mi amigo y después vengas aquí a coquetear conmigo.

Ella volvió a girar hacia mí, con las manos remilgadamente cruzadas sobre el pecho. La miré tan fijamente que debe haberse dado cuenta de que estaba pensando en sus pechos.

– No estoy coqueteando contigo -dijo-. Sólo quiero contarte.

– ¿Contarme qué?

– Lo que él me hacía, que me pegaba, que me humillaba. Era dos veces más grande que yo. Piensa si te gustaría, piensa en lo que habrías hecho si alguien te hubiera tratado de ese modo.

– ¡Susan! -dije, tendiéndole las manos-. ¡Tú le pediste que lo hiciera!

– Ah, claro, “ella lo pedía”, ¿no es cierto? Y tú automáticamente le creíste. Tu amigo lo dijo y entonces debe ser verdad.

Solté una risotada. Lo pensé. La miré. Pensé en Jim.

– Sí -dije finalmente-. Le creo. Era cierto.

Ella no me discutió. Simplemente siguió hablando.

– Sí, sí, bueno, aun cuando sea cierto eso no mejora las cosas, ¿sabes? Quiero decir, deberías haber visto cómo lo excitaba. Quiero decir, podría haber parado la cosa. Yo hubiera parado. El podría haber cambiado todo en cualquier momento, si hubiera querido. Pero le gustaba tanto… Y allí estaba, lastimándome como loco, todo excitado. ¿Cómo crees que eso puede hacer sentir a alguien?

No estoy muy orgulloso de admitir que en realidad me rasqué la cabeza, tan tonto como un mono.

Susan deslizó una larga uña sobre el anotador de la mesa del teléfono. Bajó los ojos y la observó. Yo también.

– ¿En verdad vas a ir a la policía?

– Sí. Demonios, sí -dije. Después, como si necesitara una excusa, agregué-: No soy el único que encontrarán. Habrá algún otro con el que seguramente hiciste estas cosas. Él dirá lo mismo.

Ella meneó la cabeza.

– No. Eres el único. El único que lo sabe.

Y eso ya no dejaba nada más que decir. Permanecimos allí en silencio. Ella, pensando, yo tan sólo mirándola, contemplando sus líneas y sus colores.

Después, al fin, ella alzó los ojos para mirarme, inclinó la cabeza. No se acercó a mí, ni me acarició el pecho. No se acurrucó contra mí para que pudiera sentir el calor de su aliento ni aspirar su perfume. Dejó todo eso para las películas, para las femmes fatales. Todo lo que hizo fue quedarse allí y mirarme de esa manera tan típicamente Susan, con el mentón erguido, los puños en alto, el alma expuesta, casi temblorosa en mi mano.

– Eso te da un enorme poder sobre mí, ¿no es cierto? -dijo.

– ¿Y qué? -le respondí.

Ella volvió a encogerse de hombros.

– Ya sabes qué es lo que me gusta.

– Vete -dije. Ni siquiera me di el tiempo necesario para empezar a sudar-. Cristo. Vete al carajo, sal de aquí, Susan.

Caminó hacia la puerta. Yo la miré irse. Sí, está bien, pensé. Tengo poder sobre ella. Como si fuera cierto. Tengo poder sobre ella hasta que decidan no acusarla, hasta que desaparezcan los titulares. ¿Y después qué? Después soy su Amo y Señor. Tal como lo era Jim.

Pasó junto a mí. Tan cerca como para escuchar mis pensamientos. Alzó la vista, sorprendida. Se rió de mí.

– ¿Qué? ¿Crees que también te mataría a ti?

– Siempre tendría que preguntármelo, ¿no es cierto? -dije. Aún sonriendo, alzó las cejas de manera cómica.

– Si eso te excita… -dijo.

Fue la situación de comedia lo que me provocó. No pude resistir el impulso de borrar esa sonrisa de su rostro de asesina. Extendí la mano y aferré su cabellera en un puño. Su cabello negro, muy negro.

Era todavía más suave de lo que había creído.

La extravagancia del señor Gray – John Connolly

Era, dijo mi esposa, la cosa más espantosa que había visto nunca. Y tuve que admitir que su juicio era acertado. Era una situación que, en general, no solía darse en nuestro matrimonio. A medida que se aproximaba el final de la edad madura (con toda la gracia y ligereza, debería añadir, de un cortejo fúnebre que llega a los tumbos hasta el cementerio), Eleanor se había puesto cada vez más intolerante con las opiniones que no coincidían con las de ella. Inevitablemente, las mías parecían discrepar con mayor frecuencia que el resto, así que cualquier forma de acuerdo era causa de una considerable, aunque muda, celebración.

Norton Hall era una maravillosa adquisición, una residencia de campo de fines del siglo XVIII con jardines paisajísticos y cincuenta acres de tierra de primera calidad. Una verdadera gema arquitectónica que sería para nosotros un estupendo hogar, ya que era al mismo tiempo suficientemente pequeño como para resultarnos manejable y suficientemente espacioso como para permitir que cada uno de nosotros evitara al otro durante una parte importante del día. Desafortunadamente, tal como mi esposa había señalado con acierto, el templete que se erguía al fondo del jardín era en verdad otra historia: feo y brutal, con columnas rectangulares y sin adornos y una desnuda cúpula blanca rematada por una cruz. No había peldaños que permitieran el ingreso y la única manera de acceder al interior parecía ser escalar la base. Hasta los pájaros lo evitaban, y preferían en cambio posarse sobre un roble cercano, donde intercambiaban arrullos y chillidos como solteronas en un baile de la parroquia.

Según el agente inmobiliario, uno de los dueños anteriores de Norton Hall, un tal señor Gray, había construido el templete en memoria de su difunta esposa. Tuve la impresión de que no había albergado demasiado afecto por ella, dado el monumento que había construido en su memoria. Yo mismo no me sentía particularmente encariñado con mi propia esposa la mayor parte del tiempo, pero tampoco me disgustaba tanto como para erigir una monstruosidad semejante en su memoria. Como mínimo, hubiera suavizado las líneas y hubiera puesto un dragón en la parte superior como recordatorio de la amada difunta. La base había sido un poco dañada por el señor Ellis, el caballero propietario de la casa antes que nosotros, quien parecía haberse arrepentido de su impulso original y hecho reparar y repintar el destrozo que había infligido a la construcción.

Visto desde donde se viera, era un adefesio horrible.

Mi primer impulso fue hacer demoler esa condenada cosa, pero en las semanas siguientes, el templete empezó a resultarme atractivo. No, “atractivo” no es el término adecuado. Más bien empecé a sentir que la cosa tenía un propósito, que yo aún no había logrado conjeturar, y que sería imprudente tomar alguna decisión mientras no supiera más al respecto. En cuanto a cómo fue que empecé a experimentar esa sensación, tengo que remontarme a un incidente en particular que se produjo cinco semanas después de que tomáramos posesión de Norton Hall.

Había buscado una silla y la había puesto sobre el suelo desnudo del templete; era un hermoso día de verano y el templete me ofrecía tanto la posibilidad de sombra como una hermosa vista. Estaba apenas acomodándome para leer el periódico cuando ocurrió algo extraño: el suelo se movió, como si, sólo por un momento, se hubiera vuelto líquido en vez de sólido y alguna corriente oculta hubiera originado una ola sobre la superficie. La luz del sol se hizo débil y enfermiza, y el paisaje quedó envuelto en sombras fugaces. Sentí como si me hubieran puesto sobre los ojos una banda de gasa de un hombre enfermo, porque podía percibir débilmente en el aire el olor a deterioro. Me puse de pie de repente, experimentando un ligero mareo, y vi a un hombre entre los árboles, observándome.

– ¡Hola, usted! -dije-. ¿Puedo ayudarlo en algo?

Era alto y estaba vestido con un traje de tweed: un tipo de aspecto claramente enfermizo, pensé, con rostro enflaquecido y ojos oscuros y penetrantes. Y juro que lo escuché hablarme, aunque sus labios no se movieron. Lo que dijo fue:

– Deje el templete en paz.

Bien, eso me resultó un poquito raro, debo admitirlo, aun en el confuso estado en que me hallaba. No soy un hombre acostumbrado a que algún perfecto desconocido me hable de esa manera. Hasta Eleanor tiene la cortesía de introducir sus órdenes con un “¿Te importaría…?”, seguido ocasionalmente con un “por favor” o un “gracias” destinados a suavizar el golpe.

– Le informo -dije- que soy el propietario de estas tierras. No puede venir aquí a decirme lo que puedo o no puedo hacer con esto. ¿Y quién es usted?

Pero maldito sea si no repitió las mismas cinco palabras.

– Deje el templete en paz.

Y, con eso, el tipo simplemente giró sobre sus talones y desapareció entre los árboles. Estaba a punto de seguirlo y escoltarlo hasta el límite de mi propiedad cuando escuché un movimiento sobre la hierba, a mis espaldas. Giré, casi esperando verlo aparecer allí también, pero era Eleanor. Por un momento, ella también fue parte del paisaje distinto, un espectro entre espectros, y luego volvió gradualmente a la normalidad y fue una vez más mi alguna vez amada esposa.

– ¿Con quién hablabas, querido? -me preguntó.

– Había un tipo por acá, justamente allá -respondí, indicando con un gesto del mentón en dirección a los árboles.

Ella miró hacia el bosquecillo, después se encogió de hombros.

– Bien, no hay nadie allí ahora. ¿Estás seguro de que viste a alguien? Tal vez el calor te ha afectado, o algo peor. Deberías consultar a un médico.

Y así estábamos. Yo era Edgar Merriman: esposo, propietario, hombre de negocios y potencial lunático a los ojos de su esposa. A este paso, no pasaría mucho tiempo antes de que un par de hombres fornidos se me sentaran sobre el pecho hasta que llegara la ambulancia del loquero, mientras mi esposa derramaba, tal vez, una lágrima de cocodrilo para manifestar su dolor al firmar los papeles de internación.

Me dio la impresión, y no por primera vez, de que Eleanor parecía haber perdido algo de peso durante las últimas semanas, o tal vez fuera tan sólo la manera en que la luz reflejada en el templete iluminaba su cara. Le daba una apariencia hambrienta, impresión reforzada por un brillo en sus ojos que no había visto antes. Me hizo pensar en un ave rapaz y, por alguna razón, esa idea me hizo estremecer. La seguí de regreso a la casa para tomar el té, pero no pude comer, en parte a causa de la manera en que ella me miraba por encima de los scones, como un buitre impaciente esperando que algún pobre desgraciado pasara a mejor vida, pero también porque ella no dejaba de hablar del templete.

– ¿Cuándo lo vamos a hacer demoler, Edgar? -empezó a decirme-. Quiero que se haga lo más pronto posible, antes de que llegue el mal tiempo. ¡Edgar! ¿Edgar, me estás escuchando?

Y maldito sea si no me aferró el brazo con tanta fuerza que, consternado, dejé caer mi taza, y los pedazos de pálida porcelana se desparramaron sobre el suelo de piedra como restos de sueños de juventud. La taza era parte del juego de porcelana que nos habían regalado para la boda, sin embargo, la pérdida no pareció perturbar tanto a mi esposa como podría haberlo hecho antes. De hecho, apenas pareció advertir la taza rota, o el té que se filtraba lentamente por las juntas del piso. Siguió aferrándome el brazo con fuerza, y sus manos eran como garras, largas y delgadas con uñas duras y filosas. Gruesas venas azules recorrían el dorso de sus manos como serpientes entrelazadas, apenas contenidas por la piel. Sus poros exhalaban un olor acre, y apenas pude evitar arrugar la nariz con asco.

– Eleanor -le dije-, ¿estás enferma? Tienes las manos tan delgadas, y creo que se te ve en la cara que has perdido peso.

Con reticencia, me soltó el brazo y dio vuelta la cara.

– No seas tonto, Edgar -respondió-, estoy fuerte como un roble.

Pero la pregunta pareció haberla incomodado, porque de inmediato se atareó acomodando los armarios, haciendo ese tipo de barullo que suele asociarse más con el enojo que con la diligencia. La dejé ocupada en aquello, frotándome el brazo dolorido y un poco perplejo e inseguro de la clase de mujer con la que me había casado.

Esa noche, por falta de algo mejor que hacer, fui a la biblioteca de la casa. Norton Hall había sido puesto en venta por alguna hermana del difunto señor Ellis, y la biblioteca y la mayoría de los muebles se vendieron con la casa. Por lo que parecía, el señor Ellis había tenido un mal fin: según el cotilleo local, su esposa lo había dejado y, en un acceso de depresión, él se había pegado un tiro en la habitación de un hotel de Londres. Su esposa ni siquiera se presentó en el funeral, pobre desdichado. En realidad, entre nuestros vecinos más imaginativos se especulaba que el señor Ellis había liquidado a su digna señora esposa, aunque la policía nunca pudo encontrar ninguna prueba en su contra. Siempre que aparecían unos huesos en algún basural, o algún perro inquisitivo los desenterraba en la ribera de un río, el señor Ellis y su desaparecida esposa solían ser mencionados en el periódico local, a pesar de que ya habían pasado veinte años del suicidio. En estas circunstancias, alguien más supersticioso tal vez no hubiera comprado Norton Hall, pero yo no era esa clase de persona. En cualquier caso, por lo que sabía, el señor Ellis parecía haber sido un hombre inteligente y, por lo tanto, si había matado a su esposa era muy improbable que hubiera dejado sus restos mortales cerca de la casa, donde cualquiera podría haber tropezado con ellos y pensado: “Epa, esto no está nada bien”.

Sólo había visitado la biblioteca una o dos veces -para decir la verdad, no soy hombre aficionado a los libros- y había hecho poco más que echar un vistazo a los títulos y quitarles el polvo y las telarañas a los volúmenes más antiguos. Por eso me sorprendí cuando encontré un libro sobre una mesa pequeña, junto a un sillón. Al principio pensé que Eleanor podría haberlo dejado allí, pero ella era aún menos lectora que yo. Lo levanté y lo abrí al azar, revelando una página de caligrafía elegante y apretada. Fui a la portada y encontré esta inscripción: Un viaje a Oriente Medio, por J. F. Gray. Una pequeña y arrugada fotografía adornaba la página y, mientras la miraba, no pude evitar que un desagradable escalofrío me corriera por la espalda. El hombre de la fotografía, obviamente el autor J. F. Gray, se parecía pavorosamente al tipo que había visto merodeando por los jardines y que me había ofrecido un consejo no requerido acerca del templete. Pero eso no podía ser posible, pensé: después de todo, Gray estaba muerto desde hacía casi cincuenta años ya, y probablemente estuviera ocupado en otras cosas, como los coros celestiales o las erupciones provocadas por el calor, dependiendo de la vida que hubiera llevado en la tierra. Desplacé esa idea de mi cabeza y concentré mi atención en el libro. Era, según resultó, mucho más que un diario de viaje de Gray a Oriente Medio.

Era, en realidad, una confesión.

Parecía que, en un viaje a Siria realizado en 1900, John Frederick Gray había conseguido, por medio de un robo, los huesos de una mujer que, según se creía, era Lilit, la primera esposa de Adán. Según Grey, quien sabía un poco de los apócrifos bíblicos, Lilit era considerada un demonio, la bruja primigenia, un símbolo del miedo masculino al desconocido e inexplotado poder de las mujeres. Gray se enteró de la historia de los huesos por un tipo de Damasco que le vendió algo que era, supuestamente, una parte de la coraza de Alejandro Magno, y que luego lo condujo hasta una pequeña aldea del norte del país donde se decía que los huesos estaban guardados en una cripta sellada.

El viaje fue largo y dificultoso, aunque esos desafíos eran cosas de todos los días para tipos como Gray, quien aparentemente consideraba que un sillón confortable y una buena pipa eran vicios comparables a las costumbres de los sodomitas. Cuando Gray llegó a la aldea con sus guías, descubrió que no era bien recibido por los nativos. De acuerdo con su diario, los aldeanos le dijeron que a los extranjeros se les prohibía entrar en la cripta, y especialmente a las mujeres. Le pidieron que se marchara, pero estableció su campamento por una noche a poca distancia de la aldea y reflexionó sobre lo que le habían dicho.

Era pasada la medianoche cuando uno de los malvivientes locales llegó al campamento y le dijo a Gray que, por una suma nada insignificante, estaba dispuesto a sacar el ataúd que contenía los huesos de su sitio de descanso y traérselo. Y era un hombre de palabra. Al cabo de una hora estaba de vuelta, trayendo consigo un ataúd muy ornamentado, claramente de gran antigüedad, que, según dijo, contenía los restos mortales de Lilit. La caja medía alrededor de un metro de largo, sesenta centímetros de ancho y unos cuarenta de profundidad, y estaba seguramente acerrojada. El ladrón le dijo a Gray que la llave permanecía en poder del imán local, sin embargo el inglés no pareció preocupado por el asunto. La historia de Lilit era un mito, solo una creación de hombres temerosos, pero Gray creía que podría vender el bello ataúd como curiosidad cuando volviera a casa. Lo embaló junto con el resto de sus adquisiciones, y no volvió a pensar en él hasta que estuvo de regreso en Inglaterra y se reunió con su joven esposa, Jane, en Norton Hall.

Gray comenzó a advertir un cambio en la conducta de su esposa poco tiempo después de que los huesos llegaron a su hogar. Ella cobró una apariencia extrañamente delgada, casi descarnada, y empezó a manifestar un interés insano por los restos encerrados en la caja. Después, una noche, cuando creía que Jane estaba en la cama y profundamente dormida, la encontró intentando abrir el cerrojo con un formón. Cuando trató de quitarle la herramienta de las manos, ella le lanzó un par de estocadas salvajes antes de descerrajar un último golpe contra el cerrojo, que lo desprendió haciéndolo caer al suelo, roto en dos pedazos. Antes de que él pudiera detenerla, había logrado abrir la tapa y revelar el contenido: viejos huesos pardos y retorcidos, con retazos andrajosos de carne aún adheridos a ellos, y un cráneo casi igual al de un reptil o de un pájaro, estrecho y alargado que, sin embargo, aún conservaba rastros de primitiva humanidad.

Y entonces, según el relato de Gray, los huesos se movieron. Al principio fue apenas un movimiento levísimo, un susurro que podría haber sido tan sólo una acomodación de los huesos tras la súbita perturbación, pero muy pronto se hizo más pronunciado. Los dedos se extendieron, como impulsados por músculos y tendones invisibles, después los huesos de los dedos de los pies tamborilearon suavemente contra los lados del ataúd. Por último, el cráneo osciló sobre sus expuestas vértebras y las quijadas semejantes a un pico se abrieron y cerraron con un leve chasquido.

El polvo empezó a levantarse dentro del ataúd y los restos quedaron envueltos con rapidez en un vapor rojizo. Pero el vapor no emanaba del ataúd, sino de la propia esposa de Gray: brotaba de su boca en un torrente, como si de alguna manera su sangre se hubiera secado hasta convertirse en polvo y alguien se la arrancara ahora de las venas. Mientras él la miraba, asombrado, la mujer se hizo más y más delgada; la piel de su cara se arrugó y se rasgó como si fuera papel, sus ojos se agrandaron mientras la cosa del ataúd le chupaba la vida. A través de la bruma, Gray tuvo un atisbo del terrorífico rostro que se reconstituía gradualmente. Unos redondos ojos verdinegros lo devoraban con hambre, la piel como pergamino pasó del gris a un negro escamoso, y las mandíbulas que parecían un pico se abrían y cerraban con un sonido como el de un hueso al quebrarse mientras la cosa probaba el aire. Gray percibió su deseo, su baja urgencia sexual. Lo consumiría, y él agradecería sus apetitos, aun cuando sus garras se hundieran en su carne y su pico lo cegara y sus miembros lo rodearan en un abrazo final. Sintió que respondía, acercándose cada vez más al ser que empezaba a revelarse, justo en el momento en que una delgada membrana se deslizó sobre los ojos de la criatura, como el parpadeo de un lagarto, y su hechizo se rompió durante un breve lapso.

Gray se recobró y se lanzó con toda su fuerza sobre el ataúd, cerrando la tapa con energía sobre la cabeza de la criatura. Podía sentir que el asqueroso ser se retorcía y aporreaba dentro de la caja mientras él buscaba el formón y lo encajaba trabando el cerrojo, sellando el ataúd. El vapor rojo desapareció al instante, la lucha de la cosa cesó y, ante sus propios ojos, su amada esposa se desplomó y exhaló su último aliento.

Sólo quedaba una página del relato, dedicada a detallar los orígenes del templete: la excavación de sus profundos cimientos, la colocación del ataúd en el fondo, y la construcción del templete por encima, con la intención de inmovilizar y refrenar a Lilit para siempre. Era un cuento ridículo, por supuesto. Tenía que serlo. Era una fantasía, algo que había hecho Gray para asustar a los criados o para ganarse una mención en alguna revista de quinta categoría.

Sin embargo, mientras yacía junto a Eleanor esa noche, no pude dormir y sentí que ella también estaba desvelada, y eso me inquietó.

Los días siguientes no lograron calmar mi sentimiento de desdicha, ni mejorar las relaciones entre mi esposa y yo. Me descubrí volviendo una y otra vez al relato de Gray, por más que al principio me hubiera resultado una absoluta tontería. Soñaba que cosas invisibles golpeaban a la ventana de nuestro dormitorio y cuando, en mi sueño, me acercaba a los cristales para averiguar la causa del ruido, una cabeza alargada emergía de la oscuridad, con sus ojos oscuros y rapaces centellando ávidamente mientras atravesaba el vidrio y trataba de devorarme. Mientras me resistía, podía sentir la forma de sus pechos caídos contra mi carne, y sus piernas enroscadas alrededor de mi cuerpo en una parodia del ardor de una amante. Pero en ese momento me despertaba para encontrar una pequeña sonrisa impresa en el rostro de Eleanor, como si conociera mi sueño y estuviera secretamente complacida del efecto que me causaba.

A medida que nuestra relación se volvía cada vez más distante, empecé a pasar más tiempo en el jardín, o caminando por las lindes de mis tierras, casi esperando ver al anónimo visitante cuyo parecido con el desafortunado F. J. Gray había llamado tanto mi atención. Fue en una de esas ocasiones que advertí que una figura en bicicleta avanzaba laboriosamente por la pendiente de la colina que desembocaba en la verja de Norton Hall. El agente Morris emergió ante mi vista… de manera bastante literal, porque era un hombre grande y su considerable contorno, combinado por el efecto brumoso provocado por el calor del día, le daba la apariencia de un enorme barco negro que emergía con lentitud sobre el horizonte. Finalmente pareció darse cuenta de la futilidad de su esfuerzo por conquistar la colina en dos ruedas, ya que la fuerza de gravedad era demasiado frustrante para él, por lo que razonablemente desmontó y recorrió a pie, empujando su bicicleta, el último tramo hasta la verja de la casa.

El agente Morris era uno de los dos policías asignados a la pequeña comisaría de Ebbingdon, el pueblo más próximo a Norton Hall. Él y el sargento local, Ludlow, eran responsables de mantener el orden no solo en Ebbingdon sino en las aldeas cercanas de Langton, Bracefield y Harbiston, así como en las zonas circundantes, tarea que cumplían usando una combinación de un único auto policial en mal estado, un par de bicicletas y la vigilancia de los pobladores locales. Yo apenas había hablado con Ludlow un puñado de veces, y había advertido que se trataba de un hombre bastante taciturno, pero veía a Morris habitualmente en el camino que pasaba delante de nuestra propiedad, y era alguien mucho más proclive que su superior a dedicar un momento a la conversación (y a recuperar el aliento).

– Un día caluroso -comenté.

El agente Morris, con el rostro enrojecido por el esfuerzo, se enjugó la frente con la manga de la camisa y coincidió conmigo en que sí, era por cierto un día endemoniado. Le ofrecí un vaso de limonada casera, y él lo aceptó con gusto. Hablamos de asuntos locales durante la breve caminata, y lo dejé junto al templete mientras entraba en la cocina a servirle la limonada. No se veía a Eleanor por ningún lado, pero la podía escuchar moviéndose en el ático de la casa, haciendo un tremendo barullo mientras apilaba cajas y desparramaba canastos. Preferí no molestarla con la noticia de la llegada de Morris.

Afuera, el policía se paseaba despreocupadamente alrededor del templete, con las manos anudadas a la espalda. Le di el vaso de limonada cuando me acerqué a él, con el hielo crujiendo audiblemente en su interior, y lo contemplé mientras trasegaba un enorme sorbo. Debajo de sus brazos y en su espalda se veían grandes manchas de sudor, de un color azul más oscuro sobre el matiz más claro de su camisa, como si fuera un mapa del relieve de los océanos.

– ¿Qué le parece? -le pregunté.

– Está muy buena -respondió, creyendo que me refería a la limonada-. Justo lo que me recetó el doctor para un día como el de hoy.

Lo corregí.

– No, me refería al templete.

Morris cambió ligeramente su punto de apoyo, incómodo, y bajó la cabeza.

– No me corresponde a mí decirlo, señor Merriman -dijo-. Jamás me jactaría de ser experto en la materia.

– Experto o no, seguramente tendrá una opinión al respecto.

– Bien, con franqueza, señor, no me gusta demasiado. Nunca me gustó.

– Lo que dice suena como si se hubiera visto obligado a involucrarse con esta construcción más de una vez -dije.

– Fue hace tiempo -dijo, con cautela-. El señor Ellis…

Se interrumpió. Esperé. Estaba ansioso por hacerle más preguntas, pero no quería que pensara que quería fisgonear.

– Oí decir -dije finalmente- que su esposa desapareció, y que el pobre hombre se quitó la vida poco después.

Morris tomó otro trago de limonada y me miró con atención. Era fácil subestimar a ese hombre, pensé: su torpeza, su peso, sus luchas con la bicicleta… todo eso resultaba bastante cómico a primera vista. Pero el agente Morris era un hombre sagaz, y el hecho de que no hubiera sido ascendido dentro de las filas policiales no se debía a ninguna deficiencia de su carácter o de su trabajo, sino a su propio deseo de permanecer en Ebbingdon y atender a los que estaban a su cargo. Ahora fue mi turno de sentirme incómodo bajo su mirada.

– Esa es la historia -dijo Morris-. Estaba por decir que al señor Ellis tampoco le gustaba mucho el templete. Quería demolerlo, pero las cosas se pusieron feas y, bien, usted ya conoce lo demás.

Pero, por supuesto, no lo conocía. Sólo sabía lo que había escuchado en el cotilleo local, e incluso eso me había sido retaceado, y se me había comunicado, por ser un recién venido, en módicas cantidades. Le conté a Morris cómo habían sido las cosas, y él sonrió.

– Chismes discretos -dijo-. Nunca escuché algo semejante.

– Sé que así son las cosas en un pueblo pequeño -dije-. Supongo que si mis nietos vivieran aquí todavía los seguirían mirando con cierta suspicacia.

– ¿Entonces tiene usted hijos, señor?

– No -repliqué, sin poder controlar un matiz de pesar en la voz. Mi esposa no era particularmente maternal, y la naturaleza al parecer había confirmado esa característica temperamental.

– Es raro -dijo Morris, sin dar señal de haber percibido ninguna alteración en mi tono de voz-. Han pasado muchos años desde que hubo niños en Norton Hall, desde antes de la época del señor Gray. El señor Ellis tampoco tenía hijos.

No era un tema del que yo quisiera seguir hablando, pero la mención de Ellis me permitió timonear la conversación hacia aguas más interesantes, y aproveché la oportunidad con un poquito de excesiva rapidez.

– Dicen… bien, dicen que el señor Ellis podría haber matado a su esposa.

De inmediato me sentí avergonzado de haber hablado con tanta crudeza, pero a Morris no pareció importarle. De hecho, por lo que percibí, el hombre había apreciado mi franqueza al abordar el tema tan directamente.

– Se sospechó eso -admitió-. Lo interrogamos, y vinieron dos detectives de Londres a investigar, pero fue como si ella hubiera desaparecido de la faz de la tierra. Inspeccionamos toda la propiedad, y todos los campos y las tierras circundantes, pero no hallamos nada. Había rumores de que ella tenía un amiguito en Brighton, así que lo rastreamos y lo interrogamos también a él. Nos dijo que hacía semanas que no la veía, a pesar del poco valor que uno pueda darle a la palabra de un hombre que duerme con la esposa de otro. Finalmente, tuvimos que dejar las cosas como estaban. No había cadáver, y sin un cadáver no había crimen. Después el señor Ellis se pegó un tiro, y la gente llegó a sus propias conclusiones sobre lo que podría haberle pasado a la esposa.

Bebió lo que le quedaba de la limonada, después me entregó el vaso vacío.

– Gracias -me dijo-. Fue muy refrescante.

Le dije que de nada, que siempre era bienvenido, y lo observé mientras se preparaba a montar una vez más en su bicicleta.

– ¿Agente?

Interrumpió sus preparativos.

– ¿Qué cree usted que le ocurrió a la señora Ellis?

Morris meneó la cabeza.

– No lo sé, señor, pero sí sé una cosa. Que Susan Ellis ya no camina sobre la faz de la tierra. Yace enterrada en ella.

Y con esas palabras, se alejó en su bicicleta.

La semana siguiente debía atender en Londres unos negocios impostergables. Tomé el tren y pasé casi todo un día frustrante discutiendo asuntos financieros, frustración agravada por una creciente inquietud, de modo que el tiempo que estuve en Londres se dividió en sólo una fracción de mi atención puesta en mis finanzas y el resto dedicado a la naturaleza del mal que parecía haber mancillado Norton Hall. Aunque no era supersticioso, me sentía cada vez más inquieto debido a la historia de nuestro nuevo hogar. Los sueños se me habían estado repitiendo cada vez con mayor regularidad, siempre acompañados por el ruido de garras golpeando y mandíbulas que entrechocaban y, a veces, por la visión de Eleanor inclinada sobre mí en el momento en que por fin me despertaba, con sus ojos brillantes y cómplices, sus pómulos a punto de entrar en erupción como cuchillos que le atravesaran la tensa piel de la cara. Inexplicablemente, además, el volumen de relatos de viaje de Gray se había perdido, y cuando interrogué a Eleanor al respecto sentí que ella me mentía al afirmar que no sabía nada de su paradero. Además, el ático y el sótano eran una jungla de cajas apiladas y papeles descartados, y ese caos desmentía lo que decía mi esposa, quien alegaba que solo estaba “reorganizando” nuestro orden doméstico.

Finalmente, se habían producido algunos cambios perturbadores en los aspectos más íntimos de nuestra vida marital. Esos asuntos deben quedar entre marido y mujer, pero baste decir que nuestras relaciones se volvieron más frecuentes -y en lo que a mi esposa se refiere, más violentas- de lo que habían sido nunca. La situación había llegado al punto de que yo temía apagar la luz, y había acabado por preferir quedarme lejos de nuestro dormitorio hasta altas horas de la noche, con la esperanza de que Eleanor se hubiera dormido en el momento en que yo finalmente me acostaba a su lado. Sin embargo Eleanor rara vez estaba dormida, y su apetito era horriblemente insaciable.

Estaba oscuro cuando llegué a casa esa noche, no obstante alcancé a ver que había huellas de un vehículo sobre el césped, y un enorme pozo en el sitio en el que había estado el templete. Los escombros de la construcción estaban tirados en un revoltijo de piedra y cemento y plomo sobre el sendero de grava junto a la casa, dejados allí por los hombres responsables de la demolición, revelando ahora la escasez de su base, pues la estructura misma era simplemente una excusa, una manera de cubrir el enorme hoyo que yacía debajo de ella. Una figura se encontraba en el borde del hoyo, con una lámpara en la mano. Cuando se volvió hacia mí, esbozó una sonrisa que, me pareció, estaba colmada de lástima y malicia.

– ¡Eleanor! -grité-. ¡No!

Era demasiado tarde. Me dio la espalda y empezó a bajar por una escalera, mientras la luz que llevaba desaparecía con rapidez de mi vista. Dejé caer mi maletín y corrí por el césped, con el pecho agitado y un pánico creciente aferrándome las entrañas, hasta llegar al borde del foso. Abajo, Eleanor excavaba la tierra con las manos desnudas, revelando lentamente la esquelética figura contraída de una mujer, sus restos aún cubiertos con un andrajoso vestido rosa, y supe instintivamente que era la señora Ellis, y que las sospechas del agente Morris eran fundadas. Ella no había abandonado a su esposo. Más bien él la había enterrado aquí después de que ella excavara bajo el templete; él la había matado y luego se había suicidado en un acceso de horror y remordimiento. El cráneo de la señora Ellis era levemente alargado alrededor de la nariz y de la boca, como si alguna espantosa transformación se hubiera interrumpido a causa de su súbita muerte.

Para entonces, Eleanor ya había conseguido dejar al descubierto un pequeño ataúd, oscuro y ornamentado. Empecé a bajar la escalera para acercarme a ella en el momento en que enarbolaba una barra metálica y la lanzaba contra el gran cerrojo que Gray había colocado a la caja antes de enterrarla. Ya había llegado a los últimos peldaños de la escalera cuando escuché el sonido de goznes y, con un grito de triunfo, Eleanor abrió la tapa del ataúd. Allí, tal como Gray lo había descripto, yacían los restos encorvados, coronados por un extraño cráneo alargado. Ya había empezado a alzarse el polvo y la boca de Eleanor había comenzado a exhalar una delgada estela de rojo vapor. Su cuerpo se convulsionó como si lo sacudieran manos invisibles. Sus ojos parecían salirse de las órbitas, muy blancos, y las mejillas parecieron hundirse en su boca abierta, mientras todas las líneas de su cráneo se hacían muy visibles bajo la piel. La barra se deslizó de su mano y yo la aferré rápidamente. Empujando a Eleanor a un lado, alcé la barra sobre mi cabeza y me erguí junto al ataúd. Desde adentro un rostro gris y negro me miraba con grandes ojos verde oscuro y orificios en lugar de orejas, y su afilado pico chasqueó cuando el ser comenzó a alzarse para atacarme. Las garras se debatían contra los costados de su prisión mientras luchaba por alzarse, y su cuerpo era una parodia de todo lo que era bello en una mujer. Su aliento olía a cosas muertas.

Cerré los ojos y descerrajé el golpe. Algo gritó, y el cráneo se partió con un ruido hueco y húmedo como si fuera un melón. La criatura cayó hacia atrás, y yo cerré la tapa con violencia. A mis pies, Eleanor yacía inconsciente, mientras las últimas volutas del vapor rojo brotaban lentamente de sus labios. Tal como lo había hecho Gray años atrás, usé la barra de hierro para trabar el cerrojo. Desde adentro brotaba el ruido de un furioso golpeteo, y la barra se agitó con violencia sobre el cerrojo. La cosa gritó repetidamente, con un sonido largo y agudo semejante a los chillidos de los cerdos en el matadero.

Cargué a Eleanor sobre mis hombros y, con cierta dificultad, trepé por la escalera hasta el nivel de la tierra, mientras los golpes y la agitación que venían del ataúd disminuían poco a poco. Llevé a mi esposa en auto hasta Bridesmouth, donde la dejé al cuidado del hospital local. Permaneció inconsciente durante tres días, y cuando recobró el conocimiento no recordaba nada del templete ni de Lilit.

Mientras ella estaba en el hospital, hice arreglos para que ambos regresáramos a Londres de manera permanente, y para que Norton Hall fuera cerrado. Y después, una tarde brillante, observé cómo el hoyo del jardín era revestido con cemento reforzado con vigas de acero. Luego vertieron en él más cemento, tres camiones enteros, hasta que sus fauces estuvieron rellenas hasta la mitad. Después, los albañiles emprendieron la tarea de construir un segundo templete para tapar todo, esta vez más grande y más ornamentado que su predecesor. Me costó medio año de ganancias, pero no tuve dudas de que valía la pena. Finalmente, mientras Eleanor continuaba su convalecencia con su hermana, en Bournemouth, vi cómo colocaban las últimas piedras y los albañiles empezaban a retirar su equipo del jardín.

– Supongo que a la señora no le gustaba el otro templete, ¿no es cierto, señor Merriman? -me dijo el capataz, mientras contemplábamos la puesta del sol detrás de la nueva estructura.

– Me temo que no era adecuado para su temperamento -respondí.

El capataz me lanzó una mirada perpleja.

– Son criaturas muy raras, las mujeres -añadió al fin-. Si se salieran con la suya, dominarían el mundo.

– Si se salieran con la suya -repetí.

Pero no lo harán, pensé.

Al menos no mientras yo pudiera evitarlo.

A mil millas de ninguna parte – Lorenzo Carcaterra

El hombre alto estaba sentado con la espalda apoyada contra el grueso cristal de la ventana. Tenía los ojos cerrados, y con tres dedos de la mano derecha aferraba el cuello de una botella de cerveza tibia. En una radio que murmuraba a la distancia, las Dixie Chicks se hacían oír con el tema “Give it up or let me go”. El hombre respiró hondo y se pasó la mano libre sobre la rodilla izquierda, tratando de aliviar el dolor que demasiados años de medicación y tres operaciones no habían logrado apaciguar. Estaba cansado, sin la paciencia necesaria para esperar que pasara otra invernal tormenta de nieve, con el estrépito que había añadido, apenas unas horas antes, al trajín de una terminal de aeropuerto, ahora reducido a los plácidos movimientos de los equipos de limpieza y a las intermitentes cabeceadas de los pasajeros varados que conseguían conciliar fugazmente el sueño.

Se suponía que debía haber estado en Nashville cuatro horas atrás, para terminar su trabajo una hora más tarde, y a esta hora ya habría dado cuenta de la mitad de una buena cena consistente, algo así como una costilla ahumada y alubias al horno. En cambio, ahí estaba, sentado en el fondo de un bar cuyo nombre ignoraba, atendido por un barman de mediana edad que prestaba tanta atención a lo que se le pedía como él mismo al juego de lacrosse que transmitían en diferido y que aparecía sin sonido en el aparato de televisión instalado en un ángulo del local. El hombre alto abrió los ojos, giró la cabeza y miró por la ventana cubierta de vapor. La nieve caía oblicua; los densos copos se amontaban sobre las silenciosas pistas de aterrizaje y contra las ruedas de los Boeing varados. Un equipo terrestre del aeropuerto estaba rociando un jet de American Eagle con una espuma amarilla, en un vano esfuerzo por impedir que sus motores se congelaran en medio del viento implacable. El hombre alto se retiró de la ventana y alzó su botella de cerveza, terminándola con dos sorbos generosos. No habría vuelos esa noche.

– Puede echarme la culpa a mí, si quiere -dijo una voz de mujer-. Ocurre cada vez que vuelo. En cuanto salgo de casa empieza el mal tiempo.

Estaba de pie frente a la enorme ventana, contemplando los copos que caían y se deslizaban lentamente sobre el grueso cristal, con un bolso gris apoyado contra la punta de sus botas negras, y un largo cabello rubio que le ocultaba la mitad de la cara. Un abrigo de cuero negro la cubría hasta la rodilla, aunque no lograba disfrazar su cuerpo esbelto y bien formado. Su voz era tan suave como el algodón y su piel blanca centelleaba bajo el resplandor de las luces de pocos vatios que se alineaban en la habitación y de los enormes reflectores que iluminaban afuera las pistas de aterrizaje.

– Será mejor que me dé una compensación -le dijo el hombre alto.

Ella se volvió para mirarlo, con un reflejo rojizo en sus ojos oscuros, como un gato atrapado por el haz de una linterna.

– ¿De qué manera? -le preguntó.

– Permítame invitarla con un trago -dijo el hombre alto-. Gracias a la tormenta que usted atrajo, parece que no hay nada que hacer más que esperar. Y no tengo demasiadas ganas de leer el diario… una vez más.

La mujer apartó su bolso con el pie y se desprendió los botones de su abrigo de cuero. Lo arrojó sobre una silla vacía que estaba entre ambos, se quitó de los ojos unos mechones de cabello, retiró una silla y se sentó frente al hombre alto.

– Bourbon -dijo-. Un vaso de agua con hielo y limón aparte.

El hombre alto le dedicó un esbozo de sonrisa, empujó su silla hacia atrás, aferró la botella de cerveza vacía y se encaminó hacia el mostrador. La mujer lo observó marcharse y luego se volvió para mirar la tormenta, arremolinadas ráfagas de partículas de hielo que danzaban en círculos bajo los grandes reflectores.

– Tendrá que conformarse con cáscaras de limón -dijo el hombre alto, apoyando los tragos sobre el lado de la mesa de la mujer. Se sentó e inclinó la perlada botella de Heineken hacia ella-. Salud -dijo con una leve sonrisa y un guiño, y bebió un largo sorbo de su cerveza fría.

La mujer asintió y sorbió su bourbon, el ardor familiar en su garganta y en su pecho era tan bienvenido como un viejo amigo. Se echó atrás en su silla y miró al hombre alto sentado frente a ella. Tenía más de cuarenta años y estaba en forma, un torso firme modelado por el ejercicio diario, una camisa blanca, de marca J. Crew, muy justa alrededor de los brazos y el cuello. Su rostro era atractivo y bronceado, y en él resaltaban los ojos de color oliva y el marco de tupido cabello oscuro. Sus gestos y movimientos eran lentos y deliberados, nunca apresurados, su lenguaje corporal calmo y libre de tensión, todos ellos hábitos típicos de un hombre cómodo dentro de su propia piel.

– ¿A qué ciudad no irá esta noche? -le preguntó él.

– Los Ángeles -dijo la mujer, bajando la vista hacia el reloj Tiffany de plata que abrazaba su delgada muñeca-. Si el cielo estuviera despejado, hubiera estado en el aeropuerto de Los Ángeles hace veinte minutos.

– ¿Qué hay allá? -preguntó el hombre.

– Clima cálido, palmeras, estrellas de cine y un océano donde se puede nadar -contestó la mujer.

– ¿Qué hay allá para usted? -preguntó él, inclinándose hacia ella, con la botella de cerveza aún aferrada en la mano derecha.

– Todo lo que ya le dije. Además de una casa desde la que puedo ir caminando a la playa, un auto al que le encantan los tortuosos caminos de montaña y dos gatos que siempre se alegran de verme.

– La playa, un auto y dos gatos -dijo el hombre-. Eso usualmente significa que no hay hijos ni marido.

– No se puede tener todo.

– Eso depende de qué es lo que uno quiere que sea todo.

– ¿Y qué es todo para usted?

El sujeto bebió un trago de su cerveza y se encogió de hombros.

– Esto, en este momento -respondió-. Beber una cerveza, estar sentado frente a una bella mujer en un aeropuerto vacío. Estar en el presente y disfrutarlo. No tener que acurrucarme en un rincón y consumir toda la batería del teléfono celular para desearles buenas noches a unos niños a los que nunca veo suficiente tiempo como para dejarles marca o escuchar a una esposa quejarse de algo que nunca supe que era un problema y que no podría importarme menos. Nada de hipotecas, ni de cuentas, ni de preocupaciones.

– Hace falta dinero para vivir de esa manera -dijo la mujer-. Y para tenerlo hace falta un buen empleo o un padre rico que quiera dárselo. ¿En qué categoría se encuentra usted?

– Si voy a abrir mi corazón me gustaría saber ante quién -dijo el hombre, revelando una hermosa sonrisa.

– Puede llamarme Josephine -dijo la mujer-. Pero eso no me gustaría demasiado. Hasta cuando mi madre me llamaba así me crispaba los nervios. Casi toda la gente con la que hablo me llama Joey. Eso hace las cosas más sencillas para todos.

– Una vez conocí una monja que se llamaba Josephine -dijo el hombre-. A ella tampoco parecía gustarle mucho el nombre. Entonces, será Joey.

– ¿Y de quién es el corazón que está a punto de abrirse ante Joey? -preguntó la mujer, con una mueca burlona más que una sonrisa en los labios, mientras sostenía el vaso de bourbon muy cerca de la boca.

– Me llamo Frank -dijo el hombre-. Igual que mi padre y mi abuelo. A mi familia le gustaba no complicar las cosas.

– Y a usted también, por lo que me he enterado hasta el momento.

– Lo más posible. Habitualmente no hay ninguna ventaja en agregar complicaciones.

– Pero eso no siempre resulta fácil de evitar -dijo Joey-. A veces las complicaciones aparecen solas.

– Mayor razón aún para no sumar las que nosotros fabricamos. Siempre aparece alguien ansioso por hacer difícil algo muy simple. Viven para eso, y yo hago todo lo posible por evitarlo.

– En mi campo de trabajo los llamamos abogados defensores y jueces.

– ¿Eso es lo que hace en Los Ángeles cuando no está en la playa o en su casa con los gatos? -le preguntó Frank-. ¿Practicar la abogacía?

– No necesito practicarla tanto -respondió Joey-. Ya domino bastante bien todo lo que necesito saber.

– Lo que significa que es buena.

– Lo que significa que soy muy buena.

– Lo que significa una mala noticia para los tipos malos, supongo -dijo Frank, bebiendo lo último que le quedaba de su cerveza.

– No si cubren sus huellas -respondió Joey con voz calma y natural-. Pero la mayoría no lo hace, motivo por el cual llego a conocerlos. A menos que cometan el crimen perfecto, el crimen absolutamente perfecto, siempre terminan viéndome hablar de ellos en el tribunal.

– ¿Alguna vez le toca alguno? -preguntó Frank-. ¿Algún crimen perfecto?

– He oído hablar de unos cuantos -dijo Joey. Bebió un largo sorbo de su bourbon, enjugándose la última gota del labio inferior con la lengua y respiró hondo, muy lentamente-. Pero sólo he visto uno.

– ¿Fue un caso suyo?

Joey meneó la cabeza.

– Todavía estudiaba en la escuela de leyes. Era mi primer año. Una joven fue hallada muerta en su dormitorio. Su departamento estaba en el segundo piso de un edificio de cinco pisos que tenía acceso directo desde la calle. Ningún rastro de violencia, ni en la puerta de entrada ni en ninguna de las ventanas. No hubo robo, no faltaba nada, no había huellas, ni ADN, ni casquillos de bala. Sólo una muchacha muerta y tres balas.

– ¿Y cree que eso lo marcaba como un crimen perfecto? -preguntó Frank, irguiéndose e inclinándose más cerca de Joey-. No hace falta ser un genio para saber cómo hay que hacer para no dejar impresiones digitales, ADN o casquillos de bala. Cualquiera que vea muchas series policiales o que lea demasiados thrillers se entera de eso con facilidad.

– Tiene razón -dijo Joey-. Lo que hizo perfecto a ese crimen fue que nunca atraparon al culpable.

– Los polis le dedican a un caso tanto o tan poco tiempo como creen que merece -dijo Frank-. Son como vendedores de autos. No pretenden vender todos los autos de la concesionaria, sino la cantidad de autos que les permita conservar el empleo.

– Parece que le ha dedicado mucha reflexión al asunto -dijo Joey.

– En realidad no -dijo Frank-. Soy tan solo uno de esos tipos que ve demasiados programas policiales y lee demasiados thrillers.

– Conseguí hacerme del archivo del caso -dijo Joey-. Los polis hicieron un trabajo muy cuidadoso, pero no tenían gran cosa sobre la cual trabajar. El homicidio fue cometido en mitad del día, cuando la mayoría de los residentes estaba fuera de su casa, trabajando, en la escuela, en el gimnasio o de compras. No hacía mucho tiempo que ella vivía allí, así que no tenía muchos amigos en el edificio.

– ¿Y cómo entró? -preguntó Frank-. O más bien debería preguntar, ¿cómo creen que entró?

– No es necesario forzar la puerta para entrar -dijo Joey-. Quizás ella lo conocía, aunque no lo creo. Es probable que lo haya dejado entrar porque él la obligó a hacerlo, pero tampoco creo que haya sido así.

– ¿Y qué es lo que cree que pasó la Sherlock Holmes de Los Ángeles? -preguntó Frank, ahora con una sonrisa más fría y los ojos clavados en el rostro de Joey.

– Creo que él conocía sus costumbres -dijo Joey-. Sabía a qué hora se levantaba. A qué hora salía a correr y durante cuánto tiempo corría. Cuáles eran sus horarios, de clase y en qué edificios las dictaban. La estudió. Se ocupó de llegar a conocerla, aunque nunca hubieran sido presentados.

– Si hizo todo eso, debe haber tenido un motivo -dijo Frank-. O alguien más se lo proporcionó.

– Los motivos siempre son muy fáciles de descubrir -dijo Joey-, una vez que uno ha encontrado el mejor lugar para buscarlos.

– ¿Y qué motivo encontró? -preguntó Frank-. Quiero decir, una vez que encontró el mejor lugar donde buscarlo.

– Que alguien había pagado para que la mataran -dijo Joey, mientras sus dedos acariciaban la superficie de su vaso de agua.

– Si escarbó tan profundamente como para desenterrar eso, entonces sabe por qué lo hizo el asesino -dijo Frank-. ¿Qué era, algo personal o por negocios?

Joey acabó su agua y deslizó el vaso vacío en dirección a Frank.

– Siempre tengo sed, habitualmente -dijo-, y hablar me da más sed. ¿Quiere otra ronda? Ahora invito yo.

– Usted está contando la historia -dijo él, poniéndose de pie y encaminándose hacia el mostrador-. Yo me ocupo de abastecer los tragos.

Ella lo observó mientras se apoyaba contra el mostrador de madera y esperaba mientras el barman buscaba una cerveza fría y luego llenaba dos vasos, uno con bourbon y el otro con hielo y agua.

– A ella le gusta el agua con limón -escuchó que decía Frank.

– Y a mí me encantaría irme ya mismo a casa -dijo el barman, dejando caer dos cascaritas de limón en el vaso de agua-. Es el último aviso. Si quiere algo más aparte de lo que acabo de servirle, pídalo ahora. Cierro en veinte minutos.

– ¿Qué apuro hay? -le preguntó Frank-. Ningún avión saldrá de aquí hasta mañana, si es que entonces sale alguno.

– Pero mi auto sí saldrá -dijo el barman-. Dentro de veinte minutos.

Frank apoyó los vasos sobre la mesa.

– Antes un barman solía ser mejor que un psicoanalista -dijo-. Era más solidario o al menos escuchaba como si lo fuera. Supongo que dimos con uno que no cursó esas materias en la escuela de coctelería.

– Tal vez es uno de los afortunados -dijo Joey-. Tal vez tiene alguien que lo está esperando, preocupada.

Frank giró para mirar al barman, sosteniendo la botella con las dos manos.

– No lo creo -dijo-. En mi opinión, usted y yo somos la compañía más íntima que él tendrá esta noche.

– Algunas personas aprenden a vivir sin compañía -dijo Joey-. O sin familia. Como usted.

– Eso ayuda a mantener las cosas simples, sin complicaciones -dijo Frank, mirándola otra vez y dejando la cerveza sobre la mesa-. Las cosas pueden complicarse muy rápidamente, casi siempre sin razón, en el momento en que uno permite que otras personas crucen su línea de radar.

– ¿No le molesta vivir así? -le preguntó Joey.

– No lo sé -dijo Frank-. ¿Cómo cree que vivo?

– Viajando de ciudad en ciudad, de trabajo en trabajo -dijo Joey con aire confidencial-. Le va bastante bien en el trabajo, a juzgar por la ropa que lleva puesta y por el billete de primera clase que tiene en el bolsillo de la camisa.

– Si uno se toma la molestia de dedicarle su tiempo a algo -dijo Frank-, es mejor que se asegure de que será bien recompensado por el esfuerzo.

– Pero el suyo no es un trabajo para cualquiera -dijo Joey-. Al menos, eso supongo.

– Pocos trabajos son para cualquiera -dijo Frank.

– Pero debe tener sus gratificaciones -dijo Joey-. Todos los buenos trabajos las tienen.

– ¿Y cuáles son, en su caso? -dijo Frank-. ¿Qué hay en ser abogada que la hace desear levantarse de la cama cada mañana?

– El hecho de que puedo poner un límite -dijo Joey-. Aunque sea solo para unos pocos afortunados.

– ¿Poner un límite a qué?

– A la maldad que está del otro lado -dijo Joey-. Y al dolor que sienten los inocentes que se sientan a mis espaldas en el juzgado cada día, en cada caso. Sus rostros cambian con cada juicio, pero para mí todos son iguales. Ni siquiera necesito mirarlos para saber lo que sienten, lo que piensan, lo que sufren, todas sus lágrimas desperdiciadas.

– ¿Meter a alguien en un calabozo hace que se sientan mejor? -preguntó Frank.

– En realidad, no -dijo Joey-, pero creo que tampoco agrava el dolor que sienten por haber perdido a alguien a quien aman. Un crimen cometido contra una persona es siempre una memoria compartida por muchas.

– Dicho más como una víctima que como abogada -señaló Frank.

– A veces se pueden ser las dos cosas -replicó Joey.

– ¿Alguna vez piensa en el tipo que está del otro lado? ¿El que usted parece estar tan ansiosa por meter en la cárcel?

– Cada día. Pienso en los que contribuí a hacer condenar y en los que no fueron condenados y en el único que no pude llevar a juicio.

– ¿Y qué ve cuando mira hacia ese lado? -le preguntó él-. ¿Alguna vez se toma el tiempo necesario para ver más allá de los ojos duros, del cuerpo trabajado en el gimnasio de la prisión y de las manos apoyadas, laxas, sobre la superficie de la mesa?

– ¿Y si lo hiciera? ¿Qué vería?

– Depende de lo que esté buscando. Si está buscando sentir lástima, lo conseguirá rápidamente. Cada tipo vestido con el uniforme carcelario tiene una historia triste que está ansioso por contar o por vender. Pero si lo que está buscando son las razones por las que un tipo termina sentado junto a un abogado que no puede pagar, tal vez encuentre algo más que una historia triste.

– ¿Y eso bastará para hacerme olvidar de la víctima? -preguntó Joey-. ¿O para perdonar lo ocurrido?

– No si usted no quiere.

– ¿Acaso esas historias no son todas casi iguales? Maltratos en la infancia, padres abandónicos, o drogadictos si se quedaron con los hijos, y el delito es la única puerta que se abrió ante ellos. ¿Me he olvidado de algo?

– Eso es cierto nueve de cada diez veces -dijo Frank.

– ¿Y qué hay en esa décima vez?

– Un buen disfraz de un tipo que tuvo un hogar sólido y una familia a la que le importaba. Asistió a la mejor escuela de la zona, jugó un poco de béisbol en la liga local y algo de fútbol y se sentó junto a su madre todos los domingos en la iglesia. Tuvo buenas notas y un trabajo de tiempo parcial después de la escuela para financiar sus revistas de historietas y sus figuritas.

– Suena ideal -dijo Joey, sosteniendo el vaso cerca de su cara, con el codo apoyado sobre la mesa.

– Es el estilo de vida estadounidense. Pero sólo si se lo juzga por lo que aparece en la superficie. No le gustará si profundiza un poco más.

– ¿Y si profundizo? ¿Qué pasa entonces?

– Entonces verá tal vez una serie de escenas que no le gustarán demasiado -dijo Frank-. Verá una madre que va a una reunión de la asociación de padres y maestros con demasiado maquillaje para disfrazar todo lo que bebió la noche anterior. Verá un padre que llega a cualquier hora y que hace largos viajes de negocios de los que nadie habla. Verá que tiene tres pistolas cargadas en el segundo cajón del escritorio de su cuarto y bolsas llenas de billetes prolijamente doblados escondidas en el ático bajo una pequeña montaña de acolchados invernales.

– ¿Y cómo conduce todo eso al punto de quitarle la vida a alguien sin que importe demasiado?

– Esa clase de vida te endurece. Te enseña a mantener sepultada cualquier cosa que se parezca al afecto o el respeto por los demás. Antes de que la piel haya tenido oportunidad de curarse del acné, uno ya ha aprendido que las personas nunca son lo que dicen y que incluso la persona más inocente que lo rodea está escondiendo en su interior algún grado de culpa. Para decirlo sencillamente, es muy fácil no preocuparse. Por nada ni por nadie.

– ¿Y eso incluye a las víctimas que uno deja a su paso?

– Especialmente a las víctimas. Tienen que permanecer en el estado al que siempre estuvieron destinadas. Invisibles. De hecho, si uno es realmente profesional, desaparecen en el momento en que se hace el trabajo y salen del campo visual. Y su nombre es tan fácil de olvidar como es fácil olvidar el estado del tiempo de ayer. Allá en la calle, se convierten en lo mismo que es para usted el acusado durante el juicio. Un rostro que trata de sacarse de la cabeza y olvidar.

Joey bebió la mitad de su bourbon de un solo trago, su mano derecha víctima de un leve temblor, y ella misma bastante nerviosa por primera vez desde el momento en que se había sentado. Era mucho más fácil controlar sus emociones en la corte. Allí era ella la que manejaba la situación, o al menos sentía que la manejaba. Formulaba las preguntas y esperaba recibir las respuestas que quería y que necesitaba escuchar. Pero las cosas eran muy diferentes en la atmósfera cargada de un cálido bar, a millas de distancia de cualquier juzgado. El hombre duro y curtido sentado frente a ella, del otro lado de la mesa, era un enemigo mucho mejor equipado que cualquiera de los que se había enfrentado en todos sus años de abogada. Él era rápido para percibir sus puntos débiles y aún más rápido para saltar sobre ellos. Y en especial, parecía encontrar placer en ese intercambio, sin ningún temor a las preguntas o a las respuestas que exigían de él.

Joey bebió otro sorbo de bourbon, dejó de nuevo su vaso sobre la mesa y se frotó el cuello para eliminar la tensión acumulada. Alzó la vista hacia Frank y lo atrapó observándola fijamente.

– Creo que esto es lo que ocurre cuando uno se queda varado por la nieve -dijo con la intención de cambiar la atmósfera, ansiosa por recuperar una vez más el control de la conversación.

– Mal tiempo y cerveza fría -dijo Frank, levantando su botella casi vacía-. Una combinación letal.

– Usted hubiera sido un buen abogado.

– Nunca se lo hubiera imaginado por la manera en que me visto. Debo haber hecho algo muy tonto para darle esa impresión.

– Argumentó muy bien su caso. Expresó bien sus argumentos, pero no cayó en la emoción. Controló todo. Esa suele ser la manera de conseguir un triunfo en la corte.

– Eso no solo ocurre en el caso de los abogados. Es así en casi todas las profesiones que se me ocurren, las buenas y las malas. Hay algunos oficios en los que mostrar las emociones, permitir que el corazón haga salir tu mente por la boca, puede matarte más rápido que una bala perdida.

– Pero solo los mejores pueden funcionar a un nivel tan alto -replicó Joey, sintiendo que otra vez había entrado en el juego ofensivo y cruzando despreocupadamente las piernas-. Y hasta los mejores pierden ese control, aun cuando sea apenas por un segundo. Y es un momento por el que pagan un precio muy alto.

– Si uno es el mejor, y quiero decir realmente el mejor, no alguien que únicamente piensa o dice que lo es, sin importar lo que haga, no puede permitirse perder -dijo Frank-. Nunca. En algunas profesiones, sólo se puede perder una única vez.

– Pero ocurre. Por más que lo planeemos, que nos preparemos, por mejor equipados que creamos estar, por buenos que creamos ser. Ocurre.

– Tal vez en el tribunal o en un ring de boxeo. La suerte puede incidir en esos sitios. Pero en casi todos los otros campos, uno no puede dejar espacio libre para el error o para la suerte.

– A menos que la suerte sea buena -dijo Joey, ofreciéndole una cálida sonrisa, cómoda otra vez y trabajando dentro de la zona de esa soltura que se había impuesto a sí misma.

– Yo nunca cuento con la suerte -respondió Frank, mientras golpeaba enfáticamente el índice contra el borde de la mesa-. Es un riesgo que no vale la pena correr.

– ¿Y esto? Usted y yo, sentados aquí, conversando. Si no fuera por la tormenta y dos vuelos cancelados, nada de esto hubiera ocurrido jamás. Eso suena como suerte. Al menos, para mí.

– No, suerte no -dijo Frank, meneando la cabeza y esbozando con esfuerzo una débil sonrisa-. El destino.

– ¿Que hizo que nos conociéramos?

– Que usted me encontrara -dijo Frank, y sus ojos le decían que sabía quién era ella incluso antes de que se sentara a su mesa.

Joey se irguió en la silla, desvió los ojos y miró la tormenta, cuya furia se manifestaba en toda su potencia.

– Siempre supe que lo encontraría -susurró, pero en voz suficientemente alta como para que él la oyera-. Jamás imaginé que no lo encontraría.

– Tampoco yo -dijo Frank, mirándola con fijeza, más allá del resplandor de la lámpara que estaba sobre la mesa-. Siempre supe que usted estaba allá afuera, mirando, haciendo preguntas, siempre un paso o dos detrás de mí.

Joey volvió a mirar a Frank e hizo a un lado su vaso de agua.

– No me lo hizo fácil -le dijo-. Cada vez que creía estar cerca, usted se esfumaba, aparecía otra vez meses más tarde en alguna otra ciudad, dejando otra pista que yo debía seguir.

– Una parte de lo que hago es lograr que no me atrapen -dijo Frank, encogiéndose de hombros-. Otra parte es saber quién anda buscándome.

– ¿Desde cuándo sabe? -preguntó ella-. ¿Desde cuándo sabe de mí?

Frank bebió lo que quedaba de cerveza y se rió, en tono bajo y calmo, casi sin cambiar de expresión.

– Probablemente desde mucho antes de que usted supiera de mí -dijo-. Número uno en su clase, en el colegio secundario y en la universidad. Dio cuenta de la escuela de leyes con tanta celeridad como las llamas dan cuenta de un viejo granero. Evitó las grandes firmas y el dinero grande, porque no quería ser parte de ese mundo. No era lo que se proponía y no la conduciría a donde debía llegar. Convertirse en asociada no era lo que le importaba. Conseguir condenas era lo que le interesaba, y por cierto que consiguió muchas.

– Usted podría haber terminado con el asunto. Podría haberme borrado del mapa. No le hubiera costado gran cosa hacerlo.

– No me hubiera reportado ganancias. Y eso hizo que no valiera la pena.

– ¿Y qué ganó matando a mi hermana? -preguntó Joey. Estaba sorprendida por su propia tranquilidad, por la comodidad de su cuerpo y la soltura de sus modales. Siempre había creído que ese momento llegaría, pero no se había permitido ir más allá de ese punto, imaginar qué haría cuando el momento llegara, qué diría entonces.

– Alguien creía que ella era una amenaza y pagó para hacerla desaparecer -dijo Frank-. Para mí fue tan sólo un trabajo pago.

– ¿Cuánto? -preguntó Joey-. ¿Cuánto dinero embolsó por la muerte de mi hermana?

– Quince mil -dijo Frank-. Más gastos. Todo en efectivo y por adelantado. Eso es más o menos el promedio de lo que usted se lleva a casa por conseguir una condena de veinticinco años de prisión o perpetua.

Joey respiró hondo, tratando de deshacerse de la imagen del rostro de su hermana, eliminando el sonido de su risa feliz, borrando la visión de sus pinturas, que tapizaban el vestíbulo de la casa de sus padres. Tragó para contener el furioso rugido de su estómago y el nudo agrio que se acumulaba en su garganta. Tenía que mantenerse distanciada de todos sus sentimientos, trasladar su mente de la sombría penumbra de un bar vacío a la deslumbrante luz que reinaba en un juzgado. Tenía a su presa a la vista, lo tenía en el banquillo de los testigos, lo tenía en un lugar del que no podría volver a escapar. Todo lo que debía hacer ahora, tal como lo había hecho tantas veces antes, durante tantos años, era llegar al final. Conseguir la condena y escuchar el veredicto.

– Creyeron que había visto un accidente automovilístico en el que el conductor mató a una persona y escapó -dijo Joey-. Creyeron que había visto lo suficiente como para identificar la marca y el modelo, incluso quizá parte del número de la patente. Pero se equivocaban. Ella caminaba de espaldas al accidente, no de frente hacia él. Cuando escuchó el ruido y se dio vuelta para mirar, la víctima ya estaba muerta en la calle, y el automóvil, a una manzana de distancia.

– Estaba en las cercanías -dijo Frank-. Y fue la única persona próxima con la que la policía se tomó el trabajo de hablar. Eso era todo lo que ellos necesitaban para llamarme.

– Ese fue un llamado que nunca debió existir. Todo lo que tenían que hacer era agenciarse del informe policial. Mi hermana era lo que los polis llaman un PM. Un punto muerto. No les dijo nada porque no tenía nada para decirles. Pero nada fue más que suficiente para sellar su condena de muerte. Una chica inocente fue marcada y asesinada solo porque algún gángster de Nueva York quería que su hijo drogadicto no fuera acusado de asesinato.

– No elijo a las personas para las que trabajo -dijo Frank-. Ellas me eligen a mí.

– Lo eligen porque saben que hará el trabajo. Que será limpio y silencioso. Y casi imposible de rastrear, ya sea hasta usted, o hasta el dinero o la voz del otro lado del teléfono.

– No tan imposible, o usted no estaría sentada aquí.

– Mi trabajo ha sido encontrarlo a usted. Mi vida ha sido eso.

– Siempre supe que lo haría. Todos estos años supe que usted estaba buscándome y sabía que no se detendría.

– Hubo momentos en los que deseé que usted me detuviera -dijo Joey, con un halo de tristeza en sus palabras-. Que terminara con todo. Que todo acabara para los dos.

– Nunca se me ocurrió.

Joey respiró hondo y cerró los ojos por un momento. Esa era siempre la parte más dura del interrogatorio, la parte de formular las preguntas breves y directas destinadas a evocar el rostro de la victima ante el jurado. Mantener a las víctimas con vida, convertirlas en una presencia en un juzgado con frecuencia seducido por un acusado de buen comportamiento y mejores modales, era la parte más penosa del alegato. “La víctima es la única persona que no pueden ver pero que deben ver”, le había dicho en una oportunidad un viejo juez. “Para el jurado es muy sencillo olvidar. La tarea del fiscal es mantener a la víctima viva. El juicio sólo puede cerrarse definitivamente con un veredicto de culpabilidad y una condena. Todo lo demás no sirve”.

El barman apagó el mudo aparato de tevé y accionó el interruptor que extinguía las luces azules que iluminaban la hilera de botellas de whisky. Se quedó mirando a Frank y a Joey, con su rostro maduro agotado y desprovisto de expresión. Era bajo, con un torso regordete equilibrado por dos anchos brazos, por los que corría una larga línea de viejos tatuajes violáceos. Su cráneo calvo relucía con diminutas gotas de sudor y aceite para el cuero cabelludo. Ralph Santo era la clase de hombre que andaba por la vida esperando poco a cambio y que nunca se iba desilusionado.

– ¿Por qué lo dejó entrar ella? -preguntó Joey-. ¿Qué historia le contó que la hizo confiar en usted y dejarlo pasar?

– ¿Por qué no la llama por su nombre? -replicó Frank, contestándole con otra pregunta-. No es una víctima más. Es su hermana.

– Usted no merece escuchar su nombre -dijo Joey, en voz baja, casi un siseo venenoso.

– Tenía buen corazón -dijo Frank-. Como muchos chicos de su edad. Le dije que había perdido mi billetera y que necesitaba hacer un llamado telefónico. Que debía tratar de encontrar a mi novia y decirle que me viniera a buscar.

– Y ella le creyó.

– Como casi todo el mundo. También usted me hubiera creído.

– ¿Y si ella no tenía buen corazón? ¿Si le hubiera dicho que no y hubiera seguido caminando o si le hubiera ofrecido dinero para el taxi? ¿Qué habría ocurrido en ese caso?

– Nunca pensé en eso. Casi nunca ocurre algo así.

– ¿Pero si hubiera ocurrido? ¿La hubiera matado en la calle?

– Sólo si hubiera estado verdaderamente ansioso de que me atraparan. Y no lo estaba.

– ¿Cuándo lo supo ella? Que usted en realidad no pretendía hacer un llamado telefónico.

– ¿Por qué está haciendo esto? -le preguntó Frank-. Ya sabe todo lo que necesita saber. Ahórrese los detalles. Le hará más fácil la vida. Independientemente de cómo vaya a terminar esta noche.

– ¿Cuándo lo supo ella? -preguntó Joey, ahora más directa y concisa, su furia apenas oculta bajo la superficie.

– Estábamos en el departamento y ella me condujo hasta el pequeño comedor, giró hacia mí y me señaló el teléfono. Ahí vio la pistola por primera vez.

– ¿Soltó una exclamación? -preguntó Joey-. ¿Gritó pidiendo auxilio?

– No.

– ¿Le dijo algo a usted?

– Me pidió que no la violara.

– ¿Y por eso no lo hizo?

– Usted me conoce demasiado para decirme algo así. No la violé porque nunca violo a nadie. Estaba allí para hacer un trabajo. Lo hice y me marché. Si significa algo para usted, no quería causarle mucho dolor. Lo hice lo mejor y lo más rápido que pude.

– ¿Ella dijo algo antes de morir? -le preguntó Joey.

– No. Tan sólo cerró los ojos y esperó que ocurriera.

– ¿Alguna vez pensó en no hacerlo? ¿El hecho de ver a esa chica dulce e inocente temblando sobre la cama, esperando que usted le llenara el cuerpo de balas, no le hizo desear marcharse y abandonar todo eso?

– ¿En qué podría mi respuesta cambiar las cosas para usted? No importa lo que pensé ni cómo me sentí. Lo único que importa es lo que hice.

– Usted se hizo un nombre a partir de ese crimen -dijo Joey-. Empezó a ser muy solicitado. No paraban de llamarlo, ofreciéndole más trabajo del que podía atender.

– Digamos que las cosas se hicieron más fluidas después de eso.

– Y usted se hizo cada vez mejor. Aquí está, veinte años después, y nadie ha estado siquiera cerca de ponerle las esposas.

– ¿Eso es lo que usted espera ver?

– Tal vez eso hubiera bastado hace veinte años -dijo Joey-. Pero no ahora. Ahora necesito algo más.

– Si iba a matarme lo hubiera hecho cuando tuvo la oportunidad -dijo Frank-. Y esa oportunidad fue cuando entró aquí, y antes de pedir su primer trago.

– Ojalá pudiera matarlo. Ojalá pudiera sacar una pistola y balearlo hasta que estuviera muerto. Ojalá pudiera hacerle lo mismo que usted le hizo a mi hermana. Pero los dos sabemos que no puedo y hablar de eso es tan sólo una pérdida de tiempo.

– Recorrió un largo camino y esperó muchos años para escucharme decirle que lo hice. ¿Le alcanza con eso?

– No se puede conseguir una condena sin una declaración de culpabilidad. Y yo no la tuve hasta esta noche.

– Bien, entonces ya tiene lo que vino a buscar. Soy culpable de lo que se me acusa, abogada. ¿Y con eso qué? Llamar a la policía no servirá de mucho. Haría falta un ataque terrorista para hacerlos salir con esta tormenta, no un caso de asesinato de hace veinte años que ya nadie recuerda. Y los del departamento de seguridad del aeropuerto no podrían atrapar su propio culo con las dos manos, por no hablar de alguien acostumbrado a escaparse desde hace tantos años, como yo.

– Sólo me queda una cosa por hacer -dijo Joey-, y para hacerla no necesito a la policía ni a los de seguridad.

– ¿Tengo que adivinarlo? ¿O arruinará el suspenso y me lo dirá?

– He esperado más de veinte años para hacerlo. Voy a sentenciarlo.

– Esa es tarea de un juez. ¿La ascendieron y no me dijo nada?

– En este caso, soy un comercio multirrubro -dijo Joey-. Fiscal, jurado y juez.

– Espero que no me condene a prestar servicio comunitario. Verdaderamente me resultaría aborrecible.

– Y tampoco es cadena perpetua. No tengo poder para condenarlo a eso. Ni tampoco deseo hacerlo.

– ¿Y eso en qué punto nos deja?

Joey empujó su silla hacia atrás y se puso de pie, fulminando a Frank con la mirada.

– En la pena de muerte -dijo-. Lo sentencio a morir por el asesinato de mi hermana. No habrá apelaciones y los veinte años que han pasado desde que el crimen fue cometido compensan cualquier suspensión de la ejecución que usted podría haber conseguido.

– Sólo he bebido un par de cervezas -dijo Frank, sonriendo para despojar las palabras de ella de toda severidad y dureza-. Eso no es gran cosa como última cena.

– Usted eligió el lugar -dijo Joey, recogiendo su abrigo de cuero negro-. No yo. Pero pagaré la cuenta. Un condenado no debe pagar por otra cosa más que por su crimen.

– No está respetando los procedimientos usuales -dijo Frank-. Siempre la consideré una persona muy cuidadosa de los detalles. Pero aquí estoy, sentenciado a muerte y ni siquiera he podido ducharme y ponerme ropa limpia. Nunca hubiera creído que usted pudiera ser tan desatenta, abogada.

– Tengo que arreglarme con lo que tengo a mano -replicó Joey, cargando su abrigo y buscando su bolso-. Además, usted no parece necesitar una ducha ni ropa limpia. Pero sí preví el destino de sus restos mortales.

– ¿Serán sepultados o cremados? -preguntó él.

– Eso queda librado a la discreción del verdugo -respondió Joey. Alzó su bolso, le echó una mirada final a Frank y giró sobre sus talones para salir del bar.

– Si es un profesional, probablemente hará las dos cosas -dijo Frank, cuyos ojos no se despegaban de la mesa.

– Seguramente usted lo sabe mejor que yo -dijo Joey, con la cabeza gacha, caminando hacia la puerta abierta del bar.

– Espero que volvamos a encontrarnos, abogada -repuso Frank, alzando un poco la voz y observando la espalda de ella.

Joey se detuvo y dejó caer su bolso; el ahogado impacto reverberó dentro del bar vacío y silencioso. La mujer bajó la cabeza y cerró los ojos, ambas manos contraídas en un puño.

– Me temo que no, Frank -dijo, llamándolo por su nombre por primera vez en toda la noche-. Este es nuestro primer y último encuentro. Todo ha terminado entre nosotros. Este caso está cerrado.

Frank asintió. No necesitaba darse vuelta para saber que lo habían encerrado en la trampa perfecta desde el momento mismo en que había entrado al bar. No necesitaba escuchar los pasos ahogados que se aproximaban a él ni el chasquido de la nueve milímetros que seguramente le apuntaba a la cabeza. Sabía que su carrera había terminado.

Alzó los ojos hacia Joey, que le daba la espalda, con el cuerpo inmóvil y la cabeza gacha. Sabía que ella había estado siguiéndole los pasos durante todos esos años y se preguntó por qué los dos habían esperado hasta esa noche para poner brusco fin a la cacería. Estuvo distendido y alivianado durante esos pocos silenciosos segundos anteriores al impacto de la primera bala. Había elegido su vida y ahora había elegido la manera de abandonarla. Le alegraba que hubiera sido a manos de Joey, sabía que ella finalmente encontraría el valor para seguir adelante. En esa noche tormentosa había dos personas en aquel bar que se habían sacado un peso de encima.

Joey oyó los tres disparos ahogados y después oyó que Frank soltaba un gemido bajo y gutural y después oyó un ruido sordo cuando su cuerpo se desplomó de cara sobre la mesa, y una botella de cerveza se hizo añicos contra el suelo. Permaneció inmóvil, congelada en su sitio, esperando con la cabeza gacha que se acercaran los pasos que avanzaban hacia ella.

– Ya está -dijo el barman, de pie junto a ella-. Está muerto.

– Gracias -dijo ella.

– Limpiaré el lugar y me desharé del cadáver. Para el momento en que amaine la tormenta, él habrá desaparecido.

– Y también usted.

– No es bueno quedarse por acá -dijo el barman-. Odio los bares y aborrezco los aeropuertos. Definitivamente, este no es lugar para mí.

Joey se agachó y recogió su bolso.

– ¿Era bueno en lo suyo? -le preguntó-. ¿Lo sabe usted?

– Frank Corso era el mejor -respondió el barman-. No había nadie mejor que él. Hay suficientes historias suyas como para llenar una docena de libros.

– Pero usted lo mató -dijo ella-. ¿Eso lo hace ahora mejor que él?

– Lo maté porque él quiso que lo matara. Créame, si él no hubiera querido morir, sería mi cadáver el que terminaría ahora sepultado bajo un montículo de nieve.

– ¿Y por qué quiso eso? -preguntó ella-. ¿Por qué se dejó matar de este modo?

– Tal vez simplemente se cansó del juego. A veces ha ocurrido. O tal vez sintió que se lo debía a usted. Eso también ocurre. O tal vez fue otra cosa. Algo que un tipo como él no puede permitirse que le ocurra.

– ¿Qué?

– Tal vez Frank se enamoró de usted -dijo el barman-. Como lo persiguió durante tantos años, él acabó por conocerla tanto como usted a él. Uno se aproxima mucho a alguien de esa manera, más incluso que a cualquier otra persona que uno ve todos los días. Y acaba por sentir algo por ella. Usualmente es odio. Pero una vez en un millón resulta ser amor.

– Entonces, nunca lo sabremos -dijo Joey.

– Si quiere, puede conseguir un taxi en el nivel inferior. También hay autobuses, pero probablemente tendrá que esperar toda la noche para conseguir uno que la lleve de regreso a la ciudad.

– No tengo apuro -dijo Joey, saliendo lentamente de la penumbra del bar a las deslumbrantes luces de la terminal, flanqueada a ambos lados por comercios cerrados-. No tengo otro lugar adonde ir.

Testigo – J. A. Jance

– ¿Qué piensas hacer? -pregunté.

Eludiendo mi mirada, Mindy Harshaw hundió el tenedor en su ensalada, pero no comió nada. Su labio superior tembló.

– ¿Qué puedo hacer? -preguntó con tono indefenso.

Un año atrás yo había sido dama de honor en la boda de Mindy. Se la veía radiante entonces. Pocos meses después, cuando ella, nuestra otra amiga, Stephanie, y yo misma nos encontramos en Starbucks a tomar un café, Mindy ya había perdido su aura de felicidad. Se la veía inusualmente silenciosa y apagada, y se había ocultado detrás de un par de enormes anteojos, alegando que padecía una infección relacionada con la queratitis. Ahora, tras haber escuchado lo que tenía para contar, sospeché que la historia de la queratitis era solo eso… una historia. Y la mujer sentada frente a mí no se parecía en nada a mi amiga de toda la vida, que apenas unos pocos meses atrás había sido una novia radiante.

Me había llevado un susto cuando la vi sentarse del otro lado de la mesa. Lucía demacrada y pálida, y me pareció que había perdido más peso del que podía permitirse. No le dije “¡Por Dios, Mindy! ¡Tienes un aspecto espantoso!”, aunque probablemente debería habérselo dicho. Ahora, después de que me contara al menos parte de lo que le había estado ocurriendo, me sentí en condiciones de darle mi opinión con toda franqueza.

– Lo que tienes que hacer es dejar a ese imbécil -dije-. No eres la primera Cenicienta que se despierta después de la luna de miel para descubrir que se ha casado con un sapo en vez de con el Príncipe Encantador.

Mindy suspiró.

– A ti no te pasó eso con Jimmy.

Era cierto. Yo era una “solterona” de treinta y ocho años cuando me presentaron a James Drury en el foyer de un teatro antes de la función de Esposas enojadas, un musical originalmente hecho en Seattle sobre un grupo de madres frustradas que forman una banda de rock y logran un inusual éxito con el tema “Cómete tus condenados copos de maíz”. Como yo no era un ama de casa en aquel momento, no había tenido muchas intenciones de ir, pero una amiga de la escuela me había arrastrado al teatro. A James Drury, un amigo del banco en el que trabajaba también lo había obligado a ir a ver la obra. En el momento que nos presentaron, James y yo encajamos con un clic. Así de simple. Ninguno de los dos se había casado antes, y nuestro idilio arrollador y nuestra boda relámpago dejó a nuestros amigos, Mindy incluida, meneando la cabeza. Jimmy y yo disfrutamos de once gloriosos años juntos antes de que un conductor borracho, que iba a contramano por el puente I-90, acabara con la vida de Jimmy y desarticulara la mía.

Habían pasado tres años de eso. El dolor de perderlo aún persistía, pero su muerte ya había quedado bastante en el pasado cuando Mindy me pidió que fuera su dama de honor, y accedí con gusto. Conocía a Mindy Crawford desde la escuela primaria. En el colegio secundario y en la universidad siempre se había involucrado con los tipos equivocados… con los más salvajes, los que vivían al borde de la delincuencia, con los grandotes musculosos que hacían deportes y que se veían maravillosos en jeans y remeras a pesar de que no tenían nada en absoluto en la azotea. Pero en los días y semanas que precedieron a la boda de Mindy con Lawrence Miles Harshaw III, di por sentado que finalmente había dado con algo de primera calidad.

Larry tenía dinero, buena apariencia y cerebro, no necesariamente en ese orden. Obviamente, el dinero no lo es todo, pero yo agradecía que, tras años de haberse visto obligada a contar las monedas, Mindy por fin alcanzara una situación en la que ya no tendría que vivir con lo justo. Por lo que podía ver, Larry estaba loco por ella. Y esa era una de las razones por las que ahora me sentía tan furiosa con él. Larry Harshaw había conseguido vendarnos los ojos, a Mindy y a mí. Ella tenía una disculpa: estaba enamorada del sujeto. Por mi parte, me había pasado los últimos veinticinco años trabajando como consejera orientadora en colegios secundarios, y me enfurecía como el demonio haber sido engañada. Dos décadas y media de trabajar con chicos con problemas me habían enseñado más de lo que nunca había querido saber sobre la realidad y la generalización de la violencia doméstica. Me preocupaba que Mindy pareciera estar totalmente ajena de lo que le esperaba.

– ¿Qué crees que debería hacer? -me preguntó.

– Veamos nuevamente lo que acabas de contarme -le dije-. Él lee tu correspondencia, revisa tu correo electrónico. Monitorea tus llamados telefónicos y controla el kilometraje cada vez que usas el auto. ¿Cómo te suena todo eso?

– ¿Me quiere toda para él? -preguntó Mindy dócilmente.

– Es algo mucho más grave -le dije-. Se llama aislamiento. Te está aislando de tu red de contención. Me sorprende que te haya permitido encontrarte a almorzar conmigo.

– Lo tomé desprevenido -admitió Mindy-. En realidad, no se lo dije claramente.

“Ni le pediste permiso”, pensé.

De pronto me sentí mucho más vieja y sabia de lo que era a los cincuenta y dos años, y Mindy me pareció una inocente… un bebé perdido en el bosque. Tratar de orientar adolescentes recalcitrantes me había enseñado que no se podía conseguir demasiado diciéndole a la gente lo que tenía que hacer. Si verdaderamente quiero ayudarlos, debo lograr que los estudiantes que me consultan vean con claridad, y por sí mismos, sus propios problemas y dificultades. Mindy no era una de mis estudiantes, pero lo mismo valía en su caso. Si quería salvarse, tendría que entender y aceptar, por sí misma, lo que estaba ocurriendo en su vida y en su matrimonio. Comprender la existencia de un problema es el primer paso esencial para resolverlo.

– He visto cómo actúa Larry Harshaw -dije-. En público, es un perfecto caballero. ¿Cómo es en privado? -Mi pregunta fue seguida por un largo silencio incómodo.- ¿Bien? -la urgí finalmente-. ¿No vas a decírmelo?

– No es muy agradable -dijo Mindy con un hilo de voz.

– ¿Qué hace? -le pregunté-. ¿Te dice que eres una estúpida, por ejemplo?

Mindy asintió.

– Sí, y que no sirvo para nada en el tema del dinero.

– ¿Por qué…?

– Porque no apunto mis gastos en la chequera.

– Min, por lo que sé, jamás apuntaste tus gastos en la chequera… no te vi hacerlo ni una vez durante cuarenta años. ¿Alguna vez te rebotaron un cheque?

– No.

– ¿Y entonces? No tienes ningún problema con el manejo del dinero. ¿Qué más?

– Hay cosas mucho peores que la chequera -dijo Mindy-. Aunque no es cierto, me preocupa mucho que crea que me casé con él por su dinero. Cuando nos comprometimos, todos sus amigos no dejaban de decirle que teníamos que firmar un contrato prenupcial. En ese momento, le dije que me parecía bien, pero él me contestó que no fuera tonta. Que me amaba y que estaba dispuesto a compartir conmigo todo lo que tenía.

“Hasta cierto punto”, pensé.

– Okey -dije-. Te trata como una prisionera en tu propia casa. Controla tus idas y venidas. Te denigra. ¿Qué más?

– ¿A qué te refieres? -preguntó Mindy.

– ¿Alguna vez te ha lastimado?

– Ha herido mis sentimientos -respondió.

– ¿Alguna vez te ha golpeado o te ha lastimado físicamente? -insistí.

– En realidad, no.

– ¿Qué quiere decir eso?

– Hace un par de semanas habíamos ido a esquiar cerca de Lake Kachess -dijo ella lentamente-. Se avecinaba una tormenta, y yo tenía esa terrible sensación de que él se iba a marchar con el auto y a dejarme allí completamente sola. Que me iba a dejar allí para que me muriera congelada.

– ¿Y qué hiciste? -le pregunté.

– Le dije que me había torcido el tobillo y que me quedaría en el auto.

Un involuntario escalofrío me corrió por la espalda. No tenía dudas de que había sido el instinto de conservación lo que había hecho que Mindy no se calzara los esquíes ese día, y que por eso estaba viva para contarme esa espeluznante historia.

– ¿Pero nunca te golpeó? -le pregunté-, ¿nunca te magulló ni te propinó un empujón?

Mindy meneó la cabeza.

– No -dijo-, nada de eso.

Sin embargo, llevaba puesto un suéter de cuello alto. Con mangas largas. Yo sé bien cómo funciona la violencia doméstica. Sé que los golpeadores pueden ser muy cuidadosos para que los golpes no dejen marcas. También sé que a las mujeres les resulta muy difícil admitir que han sido golpeadas. Creen que de alguna manera ellas han sido la causa de que las aqueje esa calamidad, y si admiten lo ocurrido también confiesan su propia culpabilidad implícita.

– Tienes que dejarlo -le dije con suavidad-. Tienes que dejarlo ahora, antes de que la cosa empeore. Porque va a empeorar.

– No puedo. Quiero decir, apenas he terminado de enviar las tarjetas de agradecimiento por los regalos de casamiento.

– A la mierda con los regalos de casamiento. No permitas que eso se interponga…

Sonó el teléfono celular de Mindy, y ella lo sacó rápidamente de su bolsillo.

– Hola, querido -dijo, con tono excesivamente animado-. Sí, me detuve a comer algo. Estaré en casa en unos minutos.

Extrajo un billete de veinte dólares de su billetera y lo dejó caer sobre la mesa junto a su ensalada casi sin tocar.

– Te tiene sujeta de la correa -dije-. Te está llamando al orden.

– Lo sé. Sin embargo, tengo que irme -agregó. Y se fue.

Me quedé allí sentada unos minutos antes de pagar la cuenta y dirigirme a mi casa. Esa misma sombría mañana de sábado, más temprano, cuando me había llamado Mindy para coordinar nuestro improvisado almuerzo, yo estaba en el garaje ocupada revisando las cosas de Jimmy. Era un trabajo que había venido postergando una y otra vez. Al principio lo había demorado porque me resultaba demasiado doloroso. Y después lo postergué porque siempre estaba demasiado cansada. Pero ahora, tres años más tarde, había llegado el momento de hacerlo. Planeaba viajar el próximo verano. Eso significaba que debía dejar en el garaje suficiente espacio libre para guardar allí mi flamante Escarabajo.

De modo que ahora, cargada con el peso de lo que me había contado Mindy, volví a la tarea con el corazón abrumado. Jimmy había comprado la pequeña casa en Capitol Hill cinco años antes de conocernos, y se había puesto a reformarla. Había sacado y renovado los hermosos pisos de madera dura. Había repintado e instalado molduras en todas partes. Había quitado los viejos caños y alacenas y los había reemplazado con cañerías modernas y armarios que él mismo había diseñado y construido. Cuando nos casamos, vendí mi departamento del centro y me mudé con él. Deshacerme de todas sus herramientas era una parte del trabajo que me esperaba. También debía ocuparme de dar algún destino a su ropa.

Mi familia había vuelto a Seattle unos meses después del funeral. Mi madre había insistido en guardar en cajas la ropa de Jimmy, e hizo que mi padre las llevara al garaje. “Es una parte de la idea de seguir adelante”, me dijo. Si por ella hubiera sido, habría donado la ropa en aquel mismo momento a sociedades de caridad, pero yo le dije que quería revisarla antes. Y era cierto, es decir, quería ocuparme yo misma. La funda plástica que protegía el esmoquin que Jimmy había usado en nuestra boda estaba encima de todo en la segunda caja que abrí. Verlo fue demasiado para mí. Me quebré y rompí a llorar. Una vez más. Pero reuní fuerzas y me aboqué a la tarea. Puse el esmoquin en la pila destinada a ser donada.

No había nada que James Drury no hiciera bien. Mientras revisaba su ropa, gran parte de ella aún en las bolsas de la lavandería, volví a echarlo de menos. Sólo después que murió descubrí cuánto le importaba yo. Estaban sus seguros de vida, que yo ni siquiera sabía que existían. Uno de ellos significaba que la hipoteca ya estaba paga por completo. El otro me proporcionaba una cifra considerable, de la que podría hacer uso para retirarme de la enseñanza tempranamente en vez de tener que seguir trabajando más tiempo del que deseaba.

Y esa era exactamente la clase de estabilidad que yo había deseado que Mindy también tuviera. En verdad, había creído que ella había encontrado a alguien que la amaría y le proporcionaría un sentimiento de estabilidad duradero. El contraste entre mi situación y la suya era agudo… y terriblemente triste.

Suele ocurrir que la idea de un trabajo que nos espera nos resulta más pesada que el simple hecho de decidirse a hacerlo. A las seis de la tarde, la tarea que había postergado durante años por considerarla imposible, estaba casi terminada. Había llenado a reventar mi bote de basura y tenía además una docena de bolsas de plástico negras, repletas, preparadas para donarlas. Con un simple llamado telefónico a Don Williams, maestro de taller y compañero mío en la Escuela Superior Franklin, había conseguido una encantada promesa de su parte de que al día siguiente vendría con una pickup para recoger todas las herramientas de las que había decidido deshacerme. Fue en el preciso momento en que corté la comunicación con Don cuando recordé las armas. No las de Jimmy, que no las tenía, sino las de Larry Harshaw.

Las había visto la noche de su fiesta de compromiso, cuando Larry me mostró su espaciosa casa que dominaba Elliott Bay, en Magnolia, uno de los más hermosos vecindarios antiguos de Seattle. Me había conducido a su estudio con paredes revestidas en madera, donde se veía una amplia colección de armas dentro de una vitrina vidriada y cerrada con llave. Sobre su escritorio había un documento enmarcado. Era una elogiosa carta de la Sociedad Nacional de Armas, honrando a Larry por sus muchos años de afiliación. La carta estaba firmada, con trazo firme, por el propio ex presidente de la Sociedad, el mismísimo Charlton Heston.

En ese momento, acababa de conocer a Larry Harshaw. Estaba comprometido con una de mis mejores amigas. Y como deseaba causarle una buena impresión, fingí mucho más interés del que realmente sentía por su colección de armas. Desde aquella noche, no había tenido ocasión de volver a entrar en el estudio de Larry. Ahora, sin embargo, había recordado la ominosa presencia de todas esas armas. La posibilidad de que hubiera allí más armas de las que había visto entonces me provocaba un terrible espanto. ¿Y si él…?

Tomé el teléfono y digité el número del celular de Mindy. No contestó, y no dejé ningún mensaje. Durante la media hora siguiente no paré de caminar de arriba abajo por mi casa, tratando de decidir qué haría. ¿Debía llamar a la policía? ¿Para decirles qué? ¿Que temía que pudiera pasarle algo a una amiga… que su esposo podría estar a punto de hacerle algún daño grave… sin tener ninguna prueba que apoyara mis palabras?

Finalmente, incapaz de calmarme, me metí en mi VW y conduje hasta lo de Mindy. Al igual que todas las casas del mundo situadas a orillas del mar, el frente de la casa tenía el propósito primordial de ofrecer una gran vista. En realidad, los visitantes entraban a la casa por una puerta trasera que daba a un pequeño callejón. En cuanto me bajé del auto, oí voces que venían de la puerta abierta del garaje. Dejando entreabierta la puerta de mi auto, me quedé quieta y escuché.

– Vamos, Wes -decía Mindy-, tienes que hacerlo un poco mejor. Aférrame de los brazos y pellízcalos con tanta fuerza como puedas. Necesitamos magullones… magullones que sean claramente visibles. Y después, dame una buena bofetada… justo sobre la boca. Afortunadamente, eres zurdo como Larry.

Me encogí, impresionada, cuando escuché el sordo porrazo en el momento en que la piel martilló sobre la piel, pero evidentemente el golpe no fue suficiente para satisfacer a Mindy.

– Otra vez -ordenó-. Tienes que sacarme sangre.

Escuché otro golpe, seguido por la voz de un hombre.

– Uf, ya está. Ahora me he manchado toda la camisa.

– Dios mío, Wes. Nunca creí que fueras tan condenadamente remilgado. Es una suerte que no seas tú quien tiene que apretar el gatillo. También me aseguraré de que haya mucha sangre mía en la camisa de Larry. Ahora vete volando de aquí. Él llegará a casa en unos minutos. No quiero que haya nadie por aquí cuando él llegue.

– ¿Estás segura de que esto va a salir bien?

– Por supuesto que va a salir bien -respondió Mindy-. En cuanto los policías vengan a buscarme, los mandaré directamente a hablar con Francine. Después de todas las tonterías que le conté esta tarde, no hay dudas de que creerán que fue en defensa propia.

¡Francine! ¡Esa era yo! La que se había tragado todas esas tonterías. Larry Harshaw no se proponía matar a Mindy. Era exactamente al revés, y yo sería la testigo principal… de la defensa.

Durante unos minutos, permanecí congelada en donde estaba. Finalmente, conseguí recuperarme lo suficiente como para poder moverme. Salté dentro de mi auto, cerré la puerta de golpe, encendí el motor y volé hasta el pie de la colina. Temiendo que Wes me hubiera seguido, me oculté en una entrada para autos, dos casas antes de la intersección. Segundos más tarde, la pickup Dodge Ram que había estacionada junto al garaje bajó rugiendo por la colina. El conductor se detuvo ante la entrada para autos y pareció observar con detenimiento hacia ambos lados. Contuve el aliento, pero evidentemente no debe haber visto mi auto en el momento en que salí a toda velocidad de la casa de Mindy. O no me había visto ahora, estacionada allí. Después de un tiempo que me pareció eterno, siguió su camino. Desde donde me encontraba no alcancé a ver el número de su placa patente, y por nada del mundo pensaba seguirlo para verlo más de cerca.

Me disponía a llamar al 911 cuando apareció otro auto en la calle, haciendo señas de que giraría en el callejón de acceso a la casa de Mindy. Con enorme desaliento advertí que se trataba de los faros del Cadillac de Larry Harshaw. Encendí el motor y salí a toda velocidad, marcha atrás. Haciendo señas de luces, seguí a Larry colina arriba. Se detuvo a mitad de camino y se bajó del auto.

– ¿Puedo ayudarla? -gritó en dirección a mí-. ¿Ocurre algo?

– Sí -dije-. Ocurre algo horrible. Soy Francine, Francine Drury. Tengo que decirte algo, Larry. Es muy importante.

– Bien, sube a casa -dijo-. Podemos hablar allí.

– No -dije con desesperación-. No podemos ir a tu casa.

– ¿Por qué no? ¿Qué pasa? ¿Le ha ocurrido algo a Mindy? Dios mío, ¿Mindy está bien?

– Tienes que escucharme, Larry. Mindy está muy bien, pero tiene un amante. Planean matarte y hacer creer que fue en defensa propia. Acabo de escucharlos hablar de eso hace un minuto.

– ¿Matarme? -dijo Larry-. ¿Estás bromeando? Mindy me ama, y además ella no mataría a una mosca. Es lo más ridículo que he escuchado nunca. ¿No habrás estado bebiendo, verdad, Francine?

– Por supuesto que no he estado bebiendo -dije-. Yo estaba allí, de pie junto a la puerta. Los escuché hablar dentro del garaje… a Mindy y a alguien llamado Wes.

– Wes Noonan, sin duda -dijo Larry, con tono confiado-. Tengo que decirte que Wes es un buen amigo mío. Estoy seguro de que todo esto es tan sólo un tonto malentendido. Vamos a casa ahora, Francine. Hablaremos de esto más tranquilos, tomaremos una copa y nos reiremos un rato cuando despejemos el equívoco.

– ¿No escuchaste lo que acabo de decirte? -insistí con desesperación-. Mindy va a matarte y tratará de demostrar que tú la atacaste.

– Ella no hará nada de eso -me dijo Larry Harshaw-. Vamos, vamos. Está empezando a llover. No tengo intención de quedarme aquí, mojándome y discutiendo esto. ¿Vienes o no?

– No -dije-. Pero, por favor, no vayas.

– Me voy -dijo. Y se fue.

Me metí en mi auto, busqué mi celular y llamé al 911.

– Patrulla estatal de Washington -respondió una voz-. ¿Cuál es la naturaleza de su emergencia?

– Mi nombre es Francine Drury -dije-. Estoy en Magnolia, en Seattle. Y alguien está a punto de ser asesinado.

Todavía seguía hablando por teléfono, dándoles la dirección de Mindy, cuando escuché un ruido inconfundible, el ruido producido por el disparo de un arma. Hubo una pausa, y después un segundo disparo.

– ¡Oh, Dios mío! -exclamé en el teléfono-. Por favor, apúrese. Ya lo hizo. Lo baleó. ¡Envíe también una ambulancia!

Me quedé allí temblando, apoyada contra el techo de mi Escarabajo mientras dos patrulleros de la policía, azules, y una ambulancia, con las luces centelleando y la sirena aullando, subieron a toda velocidad la colina y pasaron a mi lado. Nunca me había sentido tan inútil. Si al menos hubiera logrado que él me creyera…

Un tercer patrullero se estacionó detrás de mi auto y bajó un oficial uniformado.

– ¿Francine Drury? -me preguntó-. ¿Usted fue quien hizo la llamada al 911?

– Sí -logré articular-. Fui yo -y rompí en sollozos-. Es todo culpa mía -barboteé-. Escuché que ella iba a matarlo. Traté de advertírselo a él, pero no quiso escucharme, y ahora está muerto.

Dijeron algo por la radio del patrullero. Distinguí una voz gangosa, pero no las palabras que decía.

– Siéntese, por favor-me urgió el patrullero-. Deje que le traiga un poco de agua.

Lo hice. Me sentía demasiado débil para objetar o hacer otra cosa, salvo lo que me decían. Me senté donde él me indicó. Había más gente en la calle ahora, que salía de las casas vecinas, esforzándose por enterarse de lo que había ocurrido y de lo que estaba ocurriendo ahora.

Unos segundos más tarde la ambulancia bajó rugiendo desde lo alto de la colina. Los curiosos se hicieron a un lado para dejarla pasar.

– Ahí llevan a la víctima masculina -me explicó el oficial, entregándome una botella de agua. En su chaqueta, la placa de identificación decía que era el sargento Lowrey-. Ella le disparó. Una herida superficial en el hombro. Lo llevan a Harborview. Estará bien.

– ¿Y Mindy? -le pregunté-. ¿Qué pasará con ella?

El sargento extrajo una libreta.

– ¿Así se llama? ¿Mindy qué?

– Mindy Harshaw -respondí-. ¿Qué pasa con ella?

Lowrey meneó la cabeza.

– Cuando las cosas no salieron como ella esperaba, usó el arma contra sí misma.

– ¿Quiere decir que murió? -tartamudeé-. ¿Está muerta?

El sargento Lowrey asintió.

– Eso me temo -respondió-. Espero que no fuera amiga suya.

– Creí que lo era -dije suavemente, conteniendo el llanto que pugnaba por brotar-. Pero creo que ya había dejado de serlo.

Debilidad por ella – Ian Rankin

Casi todas las noches, Dennis Henshall se llevaba su trabajo a casa.

Los demás no lo sabían. El suponía que a la mayoría de sus colegas guardias de prisión no le importaba demasiado. Para ellos, Dennis era ya bastante raro, allí sentado casi todo el día en su oficina, revisando minuciosamente la correspondencia, con una regla y una hoja de afeitar a mano. Tenía que tener mucho cuidado con esas hojas de afeitar: esa era una de las reglas del trabajo. Tenerlas siempre bajo llave, lejos de los dedos diestros. Cada mañana, abría el cajón con su llave y las contaba, después sacaba una, siempre la misma. Cuando se desafilaba, se la llevaba a su casa y la tiraba en el bote de basura de la cocina. El cajón de su escritorio, en la oficina, permanecía cerrado el resto del día y también la puerta de su oficina, salvo cuando él estaba allí. Si salía dos minutos para orinar, cerraba la puerta, la hoja de afeitar nuevamente dentro del cajón, el cajón también cerrado con llave.

Todas las precauciones eran pocas.

Su mueble archivador estaba trabado con una barra de metal que, colocada en sentido vertical, impedía abrir los cuatro cajones. La primera vez que el director de la prisión había ido a verlo, no había hecho ningún comentario sobre esa precaución extra, aunque tampoco había logrado despegar los ojos del alto mueble verde durante todo el tiempo que había durado su conversación con Dennis.

Los otros guardias suponían que Dennis ocultaba cosas allí: revistas porno y whisky. Y que se escondía en su oficina con la botella en una mano y la otra mano atareada dentro de sus pantalones. Él no hizo nada por disipar el mito; en realidad, le gustaba bastante esa otra vida que le habían inventado. De hecho, su archivero sólo contenía correspondencia ordenada alfabéticamente: cartas que conectaban a los presos con sus seres queridos y amigos del mundo exterior. Eran cartas que habían sido consideradas ide: Imposibles de Enviar. Una carta se consideraba ide si daba demasiada información sobre la rutina carcelaria, o si parecía amenazante. No había problemas con los insultos y con el contenido sexual, pero casi todas las cartas eran más bien decorosas una vez que los presos se daban cuenta de que Dennis, como censor, leería toda la correspondencia antes de despacharla.

Ese era su trabajo, y lo hacía con gran diligencia. Su regla señalaba alguna oración conflictiva, y de inmediato aplicaba la hoja de afeitar. Los fragmentos extirpados quedaban guardados en el archivo, pegados a una hoja donde se consignaban comentarios: fecha, la identidad del preso y el motivo de la extirpación. Cada mañana lo esperaba una nueva pila de correspondencia entrante; cada tarde, controlaba el correo saliente. Esos sobres ya estaban estampillados y con la dirección de destino, pero no se los enviaba hasta que Dennis hubiera autorizado su contenido.

Abría la correspondencia entrante con un cortapapeles de madera que había comprado en una tienda de curiosidades de la calle Cockburn. Era africano, con el mango tallado semejando una mano alargada. También lo dejaba guardado bajo llave cuando salía de su oficina. Su habitación no siempre había sido una oficina. Suponía que había iniciado su vida como alguna clase de depósito. Tenía quizás unos ocho metros cuadrados, con dos pequeñas ventanas con barrotes en lo alto de una pared. Había cañerías metálicas enfrente del archivo, que parecían transmitir los sonidos del exterior: voces distorsionadas, órdenes dadas con severidad, estrépitos y traqueteos. Dennis había colgado un par de pósters en las paredes. Uno de ellos mostraba el oscuro vacío de Glencoe -un lugar al que nunca había ido, a pesar de que regularmente se prometía visitarlo-, y el otro era una fotografía de uno de los pueblos pesqueros de East Neuk, tomada desde el muro del puerto. A Dennis le gustaban ambos por igual. Contemplando cualquiera de esas imágenes, se podía transportar a los yermos de las tierras altas o al puerto costero, consiguiendo de ese modo un brevísimo respiro de los ruidos y los olores de la cárcel de Edimburgo.

Los olores eran peores a la mañana: se abrían las celdas nada ventiladas, salían los presos, sin lavarse, rascándose y eructando mientras arrastraban los pies camino al desayuno. Él rara vez tenía contacto -verdadero contacto- con esos hombres, aunque sin embargo sentía que los conocía. Los conocía a través de sus cartas, llenas de oraciones torpes y errores de ortografía, y a pesar de ello elocuentes, y a veces incluso conmovedoras. Dale a los chicos un gran abrazo de mi parte… Trato de pensar solamente en los buenos tiempos… Cada día que paso sin verte se derrumba un pedazo más de mí… Cuando salga empezaremos de nuevo…

Salir: muchas cartas hablaban de ese momento mágico en el que los errores del pasado quedarían borrados y sería posible un nuevo comienzo. Hasta los viejos reincidentes, los que se las habían arreglado para pasar más tiempo en la cárcel que afuera, juraban que no volverían a descarriarse, que en adelante harían todo bien. Otra vez no estaré allí para nuestro aniversario, Jean, pero tú nunca estás lejos de mis pensamientos… Pobre consuelo para las esposas como Jean, cuyas propias cartas ocupaban diez o doce carillas, colmadas de las penurias cotidianas de una vida de constante lucha en ausencia del ganapán y sostén de la familia. Johnny está cada vez más rebelde e incontrolable, Tam. El médico dice que eso es lo que agrava mi enfermedad. Necesita un padre, pero lo único que me dan son píldoras y más píldoras.

Jean y Tam: sus vidas separadas se habían convertido en una especie de telenovela para Dennis. Todas las semanas intercambiaban cartas, a pesar de que Jean visitaba a su esposo con esa misma frecuencia. A veces Dennis observaba la llegada de las visitantes, tratando de identificar a los corresponsales. Después las estudiaba dirigirse a una mesa u otra, pues eso lo ayudaba a vincular a cada preso con su corresponsal. Tam y Jean siempre se tomaban de las manos, nunca se abrazaban ni se besaban, y parecían incómodos ante la conducta menos pudorosa de las parejas que los rodeaban.

Dennis prácticamente no censuraba sus cartas, incluso en las raras ocasiones en que aparecía en ellas algo conflictivo. Su propia esposa lo había abandonado una década atrás. Todavía conservaba algunas fotografías enmarcadas sobre la repisa de la chimenea. En una, él aparecía tomándole la mano, sonriendo para la cámara. A veces estaba sentado mirando televisión, con una lata de cerveza en la mano, y de pronto sus ojos empezaban a derivar hacia esa foto. Como Glencoe y el puerto, esa foto lo llevaba a un lugar diferente. Entonces se incorporaba e iba hasta la mesa del comedor, donde había dejado las cartas.

No se llevaba a casa toda la correspondencia, sino tan sólo las cartas de los integrantes de las relaciones que le interesaban. Se había comprado una máquina de fax que también funcionaba como copiadora… más barata, según le había informado el vendedor, que comprar una fotocopiadora de verdad. Extraía las cartas de su portafolio de cuero y las cargaba en la máquina. A la mañana siguiente, llevaba los originales nuevamente a la oficina. Sabía que estaba haciendo algo que no debía, que el director se enojaría con él, o que por lo menos le causaría consternación. Pero a Dennis no le parecía que estuviera haciendo ningún daño. Nadie más leería esas cartas. Eran sólo para él.

Había un preso reciente que comenzaba a revelarse como un espécimen interesante. Escribía un par de veces al día… obviamente tenía dinero más que suficiente para los sellos. Su novia se llamaba Jemma, y había estado embarazada, pero había perdido el bebé. Tommy estaba angustiado pensando que tenía la culpa, que tal vez el shock que le había causado a Jemma su sentencia la había hecho abortar. Dennis pensaba que tendría que ir a ver a Tommy; sabía que podría decirle algunas palabras que lo tranquilizarían.

Pero no lo haría. No se involucraría.

Otro preso, llamado Morris, le había interesado algunos meses antes. Morris había escrito una o dos cartas por semana… tórridas cartas de amor. Siempre, le parecía a Dennis, dirigidas a una mujer diferente. Un guardia le había señalado a Morris en la fila del desayuno. El hombre no parecía nada especial: un espécimen escuálido con una mueca asimétrica en el rostro.

– ¿Alguna vez recibe visitas? -le preguntó Dennis al guardia.

– Estás bromeando, ¿no es cierto?

Dennis tan sólo se había encogido de hombros, perplejo. Las mujeres a las que Morris escribía vivían en la ciudad. No había motivos para que no lo visitaran. Cada una de sus cartas llevaba impreso su número de preso y su dirección.

Y después el director le pidió “que se diera una vuelta” por su despacho, y le informó que en adelante a Morris se le prohibía enviar cartas. Resultó que el tarado ese elegía nombres del directorio telefónico, y les estaba escribiendo a absolutas desconocidas, enviándoles pormenorizados relatos de sus fantasías eróticas.

Los guardias se habían reído mucho del asunto cuando se enteraron. “Supuso que si enviaba una buena cantidad, acabaría por tener suerte”, había explicado uno. “Y tal vez lo hubiera logrado, además. A algunas mujeres les encantan los rudos convictos…”

Ah, sí, los rudos convictos. Había muchísimos de esos en la cárcel de Edimburgo. Pero Dennis sabía quién era el que verdaderamente se llevaba el primer premio: Paul Blaine. Blaine estaba un peldaño por encima de los ladronzuelos y drogadictos que orbitaban a su alrededor y que él conseguía ignorar. Cuando caminaba por los corredores de la prisión, era como si lo hiciera rodeado de algún invisible campo de fuerza, y nadie se le acercaba a más de un par de metros de distancia, salvo que él se los ordenara. Tenía un “lugarteniente” llamado Chippy Chalmers, cuya ominosa presencia actuaba como recordatorio del campo de fuerza. Aunque nadie creía que a Blaine le hiciera falta. Medía un metro noventa, tenía hombros muy anchos y sus manos casi siempre estaban cerradas en un puño. Todo lo que hacía, lo hacía lentamente, con deliberación. No estaba allí para hacerse enemigos o para tener problemas con los guardias. Lo único que quería era cumplir su condena y volver afuera, donde su imperio aún lo seguía esperando.

No obstante, desde el momento en que había llegado había sido el líder natural del presidio. Todas las bandas y facciones giraban en puntas de pie a su alrededor, mostrándole respeto. Había sido condenado a seis años de cárcel, después de que, finalmente, hubiera sido atrapado por evasión de impuestos, estafa y fraude… aunque probablemente estuviera afuera a los tres años, y ya llevaba un poco más de dos meses a la sombra. Había perdido un poco de peso desde su llegada, pero eso lo había favorecido, a pesar del tinte un poco grisáceo que habían cobrado sus mejillas… la misma palidez característica de todos los convictos… “el bronceado de prisión”, como lo llamaban. Cuando la esposa de Blaine venía a visitarlo, en la sala se apiñaban más guardias que habitualmente, no porque fuera a ocurrir algo, sino porque Blaine se había casado muy bien.

– Dolorosamente bien -le había susurrado un guardia a Dennis, haciéndole un guiño.

Ella se llamaba Selina. Tenía veintinueve años, diez menos que Blaine. Cuando los guardias hablaban de ella durante el descanso, a la hora del té y los sandwiches, Dennis tenía que mantener la boca cerrada. El asunto era que él sabía mucho más de Selina que todos ellos.

El sabía prácticamente todo de ella.

Vivía en una dirección de Bearsden, en un elegante suburbio de Glasgow; visitaba a su esposo cada quince días en vez de hacerlo semanalmente, aun cuando solo estaba a unos sesenta kilómetros de distancia. Escribía cuatro o cinco cartas por cada una de él. Y las cosas que decía…

¡Extraño tanto tus habilidades! Oh, sabes, Paul, innegablemente te amo con locura… si estuvieras aquí, haría el amor contigo toda la noche.

Y párrafos enteros de ese tenor se intercalaban con chismes y noticias de todos los días: Igual no le fallé a Rose: temí olvidarme. Pero no, recordé su cumpleaños.

Esos pasajes le gustaban a Dennis tanto como los detalles más personales, porque le proporcionaban datos sobre la vida de Selina. En una de las primeras cartas, hasta había incluido una polaroid de ella, posando con una falda corta y corpiño, la cabeza inclinada, las manos sobre las caderas. Y después, siguieron más fotos. Dennis había tratado de copiarlas, pero no entraban en su fax, de modo que había ido a la fotocopiadora y había usado la máquina de la tienda. Las copias no eran buenas, sino granuladas e imperfectas. Sin embargo, las incluyó en su colección.

Anoche traté de satisfacerme sola, en la cama, pero no fue lo mismo. ¿Cómo podría serlo? Tenía una foto tuya junto a mí, sobre la almohada, pero nada que ver con la realidad. Espero que las fotos que te mando te consuelen. No tengo mucho más que contarte. Hoy amaneció lluvioso. Aborrecible día oscuro. Grace reunió a cuatro íntimas amigas y saldremos de compras. Fred está en el norte. (Denise no le dirige la palabra.)

En otras ocasiones hablaba de lo difícil que le resultaba su situación económica. Todavía no había encontrado trabajo, pero seguía buscando. Dennis había investigado un poco y había descubierto artículos de los diarios que decían que la policía “no había encontrado los millones de Blaine”. ¿Millones? ¿Entonces de qué se quejaba Selina?

Durante la última visita de la mujer, Dennis le había pedido a un guardia que le avisara. Mientras entraba en la sala, se había sentido un poco nervioso, no sabía por qué. Y ahí estaba ella, sentada de espaldas a Dennis, con las piernas cruzadas, la falda sobre los muslos, revelando una pantorrilla bronceada y musculosa. Una ajustada camiseta blanca con un suéter rosado de lana encima. Cabello rubio en cantidad, cayendo en cascada sobre los hombros.

– ¿No es impresionante? -le había dicho el guardia, con una mueca.

Es aún mejor que en las fotos, tuvo ganas de responderle Dennis. Pero entonces advirtió que Blaine no le sacaba los ojos de encima, y desvió la mirada justo en el momento en que Selina giraba en su silla para ver qué era lo que había atraído la atención de su marido, desviándola de ella.

Dennis había regresado apresuradamente a su oficina. Y unos pocos días más tarde, mientras caminaba por uno de los corredores, se cruzó con Blaine y Chalmers, que venían en dirección contraria.

– Es adorable, ¿verdad? -había dicho Blaine.

– ¿De qué hablas?

– Ya sabes lo que quiero decir -Blaine se detuvo directamente delante de Dennis, mirándolo de arriba abajo-. Supongo que debería estar agradecido.

– ¿Por qué?

Blaine se encogió de hombros.

– Sé cómo pueden ser algunos guardias. Algunos podrían guardarse sus fotos… -Hizo una pausa-. Me han dicho que usted es un tipo tranquilo, señor Henshall. Eso es bueno. Es algo que respeto. Las cartas… ¿no las ve nadie, sólo usted?

Dennis había logrado responder meneando la cabeza, sosteniendo la mirada de Blaine.

– Eso es bueno -había repetido el gángster.

Y había seguido su camino, con Chalmers un paso atrás, echándole a Dennis una mirada torva.

Más investigación: Blaine se metía en problemas desde que estaba en la escuela. Jefe de una banda a los dieciséis años, dedicado a aterrorizar los suburbios de Glasgow. Condenado a prisión por apuñalar a un rival, se salvó por poco de ir de nuevo a la cárcel por haber participado en el asesinato del hijo de otro gángster. Después más sabio y maduro, se dedicó a construir ese campo de fuerza a su alrededor. Todo un regimiento de “soldados” que iban a la cárcel en su lugar. Su reputación se consolidó, de manera que ya no se veía obligado a matar, mutilar o amenazar: otros lo hacían en su lugar, permitiéndole usar un traje respetable, trabajar cada día en una oficina, como titular de una empresa de taxis, una empresa de seguridad y una docena de empresas más.

Selina había llegado a la escena como su recepcionista, luego como su secretaria, ascendida a la categoría de socia con anterioridad al momento en que se casó con él ante una congregación que parecía salida de El padrino. Pero no era una rubia tonta: venía de una buena familia, había estudiado en la universidad. Cuanto más sabía de ella, tanto más difícil le resultaba concebir que lo amara “con locura”. Eso también debía ser una fachada. Seguramente quería que Blaine se mantuviera dócil, y por eso lo alimentaba de fantasías. ¿Por qué? Una nota periodística de una publicación sensacionalista le había sugerido una respuesta: Con su triunfal combinación de inteligencia y belleza, y con la pasada conducción de un manipulador maestro, ¿será esta chica de un gángster capaz de manejar todos los negocios, sin quedar atrapada en medio del fuego cruzado?

Sentado ante la mesa de su comedor, Dennis se quedó pensando. Después revisó las fotos de Selina, y siguió cavilando. La comida se le enfrió en el plato, la tevé siguió desatendida, y él se dedicó a releer una por una las cartas de ella… conjuró su imagen en la imaginación, sus piernas bronceadas, el cabello cayendo sobre sus hombros. Ojos claros, de mirada inocente, un rostro que atraía todas las miradas.

Inteligencia y belleza. Si se la ponía junto a su marido, uno tenía la Bella y la Bestia. Dennis se obligó a comer un poco de su fritanga helada, y empezó a contar las horas que faltaban para el fin de semana.

El sábado por la mañana estacionó su auto junto a la acera, frente a la casa de ella. Había esperado que la casa fuera mejor. En los periódicos hablaban de una “mansión”, pero en realidad era una simple casa de dos pisos, construida tal vez en la década de 1960. El jardín delantero había sido pavimentado para crear un par de lugares de estacionamiento. Se podía admirar allí un Merc deportivo, plateado. Junto a él, un auto más grande había sido cubierto por una lona impermeable. Dennis supuso que sería el de Blaine, y que había sido protegido de ese modo hasta que el hombre saliera de la cárcel. Todas las ventanas tenían visillos, y detrás de ellas no se vislumbraba ninguna señal de vida. Dennis miró su reloj: todavía no eran las diez. Había supuesto que ella dormiría hasta tarde el fin de semana; eso era lo que hacía la mayoría de las personas que conocía. Él no: siempre se despertaba antes del amanecer, y nunca podía volver a conciliar el sueño. Esa mañana había ido a un bar próximo a su casa, a leer el periódico mientras sorbía su té para bajar las tostadas con mermelada. Ahora volvía a sentir sed, y advirtió que debería haber traído un termo, tal vez algunos sandwiches también, y algo para leer. El suyo no era el único auto en esa calle, pero sabía que la gente empezaría a extrañarse si se quedaba allí sentado toda la mañana. Aunque, en realidad, probablemente estuvieran acostumbrados a eso: los periodistas y cosas semejantes.

Como no tenía nada que hacer, encendió la radio, probó con ocho o nueve emisoras -de amplitud modulada y de frecuencia modulada- antes de quedarse en una que ofrecía mucha música clásica sin mucha charla en el medio. Pasó otra hora antes de que ocurriera algo. Un auto se detuvo ante la casa, y tocó tres veces la bocina. Era un viejo Volvo, de color desteñido. El hombre que se bajó de él era de estatura mediana y de físico normal, peinado con fijador, el pelo tirante sobre la cabeza. Llevaba un suéter de cuello alto negro, jeans negros y un abrigo de cuero también negro. Y anteojos para sol, a pesar del cielo gris y encapotado. Estaba bronceado, probablemente por cortesía de algún salón cosmético de la ciudad. Abrió la verja, caminó hasta la casa y golpeó la puerta con el puño. Dennis vio que algo sobresalía de su boca, y le pareció un palillo de cóctel.

Selina ya se había puesto el abrigo: una chaqueta de denim con incrustaciones plateadas. Le dio un beso a su visitante, leve como un picotazo en la mejilla, y se escurrió cuando él intentó rodearla con los brazos. Se la veía deslumbrante, y Dennis advirtió que a él mismo se le había cortado la respiración por un momento al verla aparecer. Trató de no aferrar el volante con demasiada fuerza y bajó la ventanilla para escuchar lo que decían mientras se dirigían hacia el auto que los esperaba.

El hombre se inclinó hacia Selina y le susurró algo. Ella le propinó un golpe en el hombro.

– ¡Fred! -chilló. El hombre llamado Fred soltó una risita socarrona y sonrió. Pero ahora Selina estaba mirando su auto y meneando la cabeza.

– Llevaremos el Merc.

– ;Qué tiene de malo mi auto?

– Parece una mierda, Fred, eso tiene de malo. Si quieres llevar a una chica de compras, necesitas un vehículo con más clase.

Ella volvió a entrar en la casa para buscar las llaves, mientras Fred abría las rejas. Después los dos se subieron al auto de Selina. Dennis ni siquiera se molestó en ocultarse. Un parte de él deseaba que ella lo viera, que supiera que la admiraba. Pero era como si fuera invisible, ella no paraba de hablar con Fred.

¿Fred?

Fred está en el norte. Denise no le dirige la palabra.

Pero Fred no estaba en el norte; estaba exactamente aquí. ¿Por qué había mentido ella? Tal vez para que su esposo no sospechara…

– Niña traviesa -masculló Dennis para sí mientras seguía al pequeño automóvil plateado.

Selina conducía como un demonio, pero el tráfico que iba a la ciudad avanzaba a paso de tortuga: todos iban de compras el sábado. Dennis no tuvo problemas para mantener a la vista el Merc, y lo siguió hasta uno de los centros comerciales de la calle Sauchiehall. Selina esperó que una mujer dejara libre el último lugar para estacionar en el nivel tres. Dennis se arriesgó a ir hasta el nivel cuatro, donde encontró muchos espacios libres para dejar su automóvil. Lo cerró con llave y bajó caminando por la rampa, justo cuando Selina y Fred entraban al centro comercial.

Eran novio y novia: Selina se probó varios conjuntos mientras Fred aprobaba o se encogía de hombros, hasta que al final, al cabo de una hora, se hartó de estar allí. Ambos salieron del centro comercial y se dirigieron a un conjunto de tiendas de diseño situadas del otro lado de George Square. Para entonces, Selina cargaba tres bolsas; Fred sostenía una cuarta. Ella había tratado de convencerlo de que se comprara una chaqueta de gamuza parda, pero él no había querido comprar nada. Hasta ahora, todas las compras eran de ella y, Dennis lo advirtió, las había pagado con dinero en efectivo. Varios cientos de libras, según su cálculo, que ella había extraído de unos rollos de billetes que llevaba en el bolsillo de su chaqueta.

Y eso a pesar de todas las quejas que le presentaba a Blaine en sus cartas, por falta de dinero.

Fueron a almorzar a un restaurante italiano. Dennis decidió que también era su turno para tomarse un descanso. Entró en un pub para usar el baño, después fue a una tienda a comprarse un sandwich y una botella de agua, más la primera edición del periódico de la tarde.

“¿Qué demonios estoy haciendo?”, se preguntó para sus adentros mientras desenvolvía su sandwich. Aunque después se sonrió, porque en realidad se estaba divirtiendo. De hecho, lo estaba pasando mejor ese sábado que cualquier otro que recordara, al menos últimamente. Cuando la pareja salió del restaurante, parecía que Fred había bebido algo más que una copa de vino. Su brazo libre rodeaba los hombros de Selina, pero solo hasta que dejó caer algunas de las bolsas. Después de eso, se concentró en cargarlas. Volvieron al centro comercial. Dennis volvió a seguir el Merc, advirtiendo muy pronto que se dirigían a Bearsden y que allí terminaba la excursión sabatina. Cuando pasó frente a la casa, el Merc estaba estacionado. Al echar un vistazo hacia la izquierda, lo sobresaltó descubrir que Selina lo miraba con fijeza mientras cerraba la puerta del lado del conductor. Vio que los ojos de la mujer se entrecerraban, como si tratara de recordar dónde lo había visto antes. Después le dio la espalda y ayudó al tambaleante Fred a entrar en la casa.

La señora Beeton, la secretaria del director, se mostró de lo más cooperativa cuando Dennis le explicó por qué quería ver el prontuario.

– Las cartas recientes mencionan a alguien llamado Fred. Quiero controlar si es alguien por el que deberíamos preocuparnos.

Era una razón suficientemente buena para que la señora Beeton buscara y le entregara el prontuario de Paul Blaine. Dennis le agradeció y se retiró a su oficina, cerrando la puerta al salir. El prontuario era abultado; demasiado para que pensara en fotocopiarlo. En cambio, se sentó a leer. Encontró casi de inmediato a Fred: Frederick Hart, nominalmente a cargo de la empresa de taxis de la que Blaine era propietario. Hart había tenido problemas con la ley por intimidar a la competencia, peleando por las paradas y las zonas de trabajo. Había sido procesado pero no condenado a prisión. No había nada acerca de una esposa llamada Denise, pero Dennis descubrió lo que estaba buscando en un recorte de periódico. Fred era casado y tenía cuatro hijos adolescentes. Vivía en una ex casa municipal rodeada por una tapia de dos metros de altura. Incluso había una granulada foto del hombre en cuestión, con un aspecto mucho más juvenil, frunciendo el ceño mientras salía de un edificio del juzgado.

– Hola, Fred -susurró Dennis.

Cuando llegó la siguiente carta de Selina, Dennis sintió que su corazón latía muy fuerte, como si la carta fuera para él y no para el marido. Olió el sobre, estudió la dirección manuscrita, se tomó su tiempo para abrirla. Desplegó la hoja… una única hoja, escrita de ambos lados.

Empezó a leer.

Me siento un poco sola aquí sin ti. Denise viene a veces y salimos de compras.

Mentirosa.

Me paso varios días sin salir de casa, ¡así que sé muy bien lo que es estar encerrada!

Y Dennis se dijo que él sabía perfectamente con quién se la pasaba encerrada.

Empezó a realizar algunos viajecitos nocturnos a Bearsden. A veces estacionaba a varias calles de distancia y fingía ser un residente que había salido a caminar, por lo que lograba pasar frente a la casa de ella un par de veces, tal vez deteniéndose para mirar su reloj, atarse el lazo de un zapato o responder a un imaginario llamado a su teléfono celular. Si no había buen tiempo, se sentaba en el auto, o simplemente daba vueltas por el vecindario. Llegó a conocer la zona, incluso podía reconocer a uno o dos vecinos. Y ellos, a su vez, empezaron a reconocerlo a él, o al menos conocían su cara. Ya no era un extraño, y por lo tanto no despertaba más sospechas. Tal vez suponían que acababa de mudarse al vecindario. Lo saludaban con la cabeza y le sonreían, y a veces incluso conversaban con él.

Entonces, una noche, mientras conducía por la calle, vio el cartel de EN VENTA. Su primera reacción fue pensar: ¡yo podría comprarla! ¡Comprarla y estar cerca de ella! Pero después se dio cuenta de que el cartel estaba firmemente plantado en el terreno delantero de la propia Selina. ¿Blaine estaría enterado de esto? Dennis no lo creía; en la correspondencia no se había mencionado nada al respecto. Por supuesto, lo podrían haber hablado durante una de las visitas de ella, pero él tenía la sensación de que era un secreto más que ella no le contaba a su marido. ¿Por qué vender la casa? ¿Significaría que verdaderamente tenía problemas de dinero? Y si era así, ¿qué hacía con grandes rollos de billetes en los bolsillos? Dennis estacionó su auto y anotó el número telefónico del cartel, intentó llamar con su teléfono celular, pero un mensaje le respondió que el despacho abría a las nueve de la mañana.

Volvió a llamar a las nueve de la mañana siguiente, explicando que estaba interesado en la casa.

– ¿Cree que el dueño pretende hacer una venta rápida? -preguntó.

– ¿A qué se refiere, señor?

– Me preguntaba si el precio sería negociable, en el caso de que apareciera alguien con una oferta sólida.

– Es un precio fijo, señor.

– Eso habitualmente significa que están apurados por vender.

– Oh, se venderá bien. Le sugiero que arregle para visitarla esta semana, si le interesa.

– ¿Visitarla? -dijo Dennis, mordiéndose el labio inferior-. Tal vez sea buena idea, sí.

– Me cancelaron otra visita esta noche, si eso le conviene.

– ¿Esta noche?

– A las ocho.

Dennis vaciló.

– A las ocho -repitió.

– Excelente, señor. Y su nombre es…

Tragó saliva con dificultad.

– Denny. Me llamo Frank Denny.

– ¿Y un número donde contactarlo, señor Denny?

Dennis estaba sudando.

Le dio el número de su teléfono celular.

– Perfecto -le dijo la mujer-. El señor Appleby le mostrará la casa.

– ¿Appleby? -dijo Dennis, frunciendo el ceño.

– Trabaja para nosotros -le explicó la mujer.

– ¿Entonces el dueño no estará allí? -preguntó Dennis, empezando ya a tranquilizarse un poco.

– Algunos propietarios prefieren que sea así.

– Muy bien… no hay problema. A las ocho, entonces.

– Hasta luego, señor Denny.

– Gracias por su ayuda…

Pasó el resto del día como atontado. En un esfuerzo final por aclarar su cabeza, fue a dar un paseo alrededor de la prisión… el patio primero, después las salas. Algunos de los hombres lo conocían… no siempre había sido censor. Hubo un tiempo en que era guardia como los otros: turnos de trabajo incluso durante los fines de semana, viviendo con los olores de las cocinas y las celdas. Algunos de sus colegas decían que era un tonto por haber aceptado el puesto vacante de censor… allí no había posibilidad de horas extras.

– Me conviene -había explicado en ese momento. El director había estado de acuerdo. Pero ahora Dennis ya no estaba seguro. Su cabeza todavía no se había despejado cuando subió por la escalera metálica hasta el nivel superior… sabía adónde iba, y aparentemente no podía detenerse. Chalmers apoyaba su considerable peso contra una pared de ladrillos encalados, custodiando la puerta abierta que estaba al lado. Adentro, Blaine estaba tendido en una cama, con la cabeza cubierta por las manos.

– ¿Cómo está hoy, señor Henshall? -le dijo desde adentro, y Dennis advirtió que se había detenido ante la puerta. Cruzó los brazos, como si hubiera algún motivo para la visita.

– Estoy bien. ¿Y cómo está usted?

– En realidad, no de lo mejor -dijo Blaine, levantando lentamente una mano para palmearse el pecho-. Mi viejo corazón ya no es lo que solía ser. Pero, bueno, nos pasa a todos. -Blaine sonrió y Dennis trató de no hacerlo-. Debe ser lindo para usted, acabar su turno, caminar un poco fuera de aquí. Ir al pub a tomar una cerveza… ¿o es derecho a casa, a ver a la hermosa y cálida señora? -Blaine hizo una pausa.- Lo siento, lo olvidé. Su esposa lo dejó, ¿verdad? ¿Fue por otro hombre?

Dennis no respondió. En cambio, él también formuló una pregunta.

– ¿Y qué pasa con su propia esposa?

– ¿Selina? Es de oro, eso es lo que es. Usted lo sabe… lee todo lo que me cuenta en las cartas.

– Pero no lo visita con tanta frecuencia como podría.

– ¿Qué sentido tendría? Yo prefiero que no venga mucho aquí. Este lugar se te queda pegado… ¿nunca se dio cuenta cuando vuelve a casa cada noche que el olor se le ha quedado pegado a la nariz? ¿Le gustaría que una mujer a quien ama viniera mucho a este lugar? -Volvió a apoyar la cabeza, mirando el techo de su celda.- A Selina nada le gusta más que quedarse en casa con sus crucigramas. Revistas llenas. Palabras cruzadas, sopas de letras… eso es lo que le gusta.

– ¿De veras? -Dennis trató de no sonreír ante esa imagen de Selina.

– ¿Cómo se llaman… acrobáticos?

– ¿Le gusta la acrobacia? -Dennis hubiera apostado a que sí. Blaine meneó la cabeza.

– Una palabra parecida. Selina es oro puro, créame lo que le digo.

– Le creeré.

– ¿Y usted, señor Henshall? Ha pasado bastante tiempo desde que su esposa lo dejó… ¿Alguna otra mujer en su vida?

– Eso es algo que a usted no le importa.

Blaine soltó una risita.

– Nunca conocí a ningún hombre que no tuviera debilidad por ella -gritó mientras Dennis giraba y se iba.

Dennis pensaba: “Apuesto a que no lo conociste”. Tal vez no era sólo Fred. Tal vez había otros que patrocinaban sus salidas de compras. O estaba gastando el botín de su marido sin que él lo supiera. Y ahora estaba a punto de huir, llevándose todo con ella. Dennis se dio cuenta de algo: él tenía ahora poder sobre ella, sabía cosas que ella no querría que Blaine supiera. Y, para el caso, también tenía poder sobre Fred. Y esa idea lo reconfortó durante el resto de su caminata.

– ¿Señor Denny?

– Así es -dijo Dennis-. Y usted debe ser el señor Appleby. -Adelante, pase.

El señor Appleby era un hombre bajo, con sobrepeso, sesentón, elegantemente vestido y con aspecto profesional. Hizo que Dennis agregara su nombre a una lista que estaba sobre la mesa del angosto vestíbulo, y después le preguntó si necesitaba una guía. Dennis respondió que sí, y le entregó un folleto impreso: cuatro páginas de fotos en colores de la casa, junto con las comodidades y el terreno.

– ¿Prefiere que lo guíe yo o le gusta más mirarlo todo por su cuenta?

– Me las arreglaré solo -contestó Dennis.

– Cualquier pregunta que quiera hacerme, me encontrará aquí.

Y el señor Appleby se sentó en una silla mientras Dennis fingía estudiar el folleto. Entró en la sala y comprobó que no era visible desde el vestíbulo. Después miró a su alrededor. Los muebles tenían apariencia de ser nuevos aunque eran chillones: un sofá de color naranja subido, un enorme aparato de televisión y un bar aún más grande. Revistas y periódicos se apilaban en un estante. Dennis advirtió que algunas eran revistas de crucigramas, así que tal vez Blaine no se había equivocado tanto en lo que le había dicho sobre Selina. No había fotos en exhibición, ni recuerdos de vacaciones en el exterior. Sí había una mezcla de adornos, que parecía un lote entero de alguna de las tiendas grandes más de moda: jarrones estrechos, pisapapeles, candelabros. Volvió al vestíbulo y le sonrió al señor Appleby antes de dirigirse a la cocina. Habían derribado una pared, así que las puertas vidriadas conducían ahora a un comedor con puertas francesas que daban al jardín trasero. “Equipamiento de la cocina de Nijinsky”, decía el folleto, agregando que todos los electrodomésticos, cortinas y revestimientos estaban incluidos en la venta. Fuese cual fuese el destino de Selina, había decidido no llevarse nada de todo eso con ella.

Los dos últimos cuartos de la planta baja eran un baño atestado y lo que el folleto describía como “cuarto dormitorio”, pero que en realidad se utilizaba como depósito: estaba repleto de cajas de cartón, percheros llenos de ropa de mujer. Dennis pasó la mano sobre uno de los vestidos, frotando la tela entre el pulgar y el índice. Después acercó su nariz a él, percibiendo un desvaído rastro del perfume de ella.

Arriba había tres dormitorios. El “principal” era “una suite de Ballard”. Era el más grande, y el único que en realidad se usaba como dormitorio. Dennis abrió los cajones, tocando las ropas de ella. Abrió el armario, incorporó la imagen de sus diversos vestidos, faldas y blusas. Por supuesto, también había ropa de Blaine: unos pocos trajes de apariencia costosa, camisas rayadas con los gemelos ya colocados en los puños. Dennis se preguntó si ella desecharía también todo eso antes de irse.

Los otros dormitorios parecían ser los estudios, el “de ella” y el “de él”. En el de Blaine: anaqueles llenos de libros -casi todos novelas policiales o de guerra, más biografías de deportistas-, un escritorio cubierto de papeles y un centro musical con discos de Glen Campbell, Tony Bennett y otros.

El estudio de Selina era otra cosa: más revistas de palabras cruzadas, todo muy ordenado. Había una máquina de tejer nueva en un rincón y una mecedora en otro. Dennis sacó de un estante un álbum de fotografías y lo hojeó, deteniéndose en las imágenes de unas vacaciones en la playa, Selina con un bikini rosado, sonriéndole púdicamente a la cámara. Dennis echó una mirada en dirección al vestíbulo, escuchó que el señor Appleby ahogaba un estornudo en la planta baja y extrajo una de las fotos, deslizándola en su bolsillo. Cuando bajó la escalera, estaba leyendo una vez más el folleto.

– Una encantadora residencia familiar -le dijo el señor Appleby.

– Absolutamente.

– Y precio fijo. Tiene que decidirse rápido. Apuesto una libra contra un penique que esta casa estará vendida para mañana a las cuatro de la tarde.

– ¿Eso cree usted?

– Una libra contra un penique.

– Bien, lo consultaré con la almohada -dijo Dennis, advirtiendo que su mano estaba apoyada sobre el bolsillo de su chaqueta.

– Hágalo, señor Denny -dijo su guía, abriéndole la puerta para que saliera.

A la mañana siguiente, cuando Dennis se despertó, estaba rodeado de ella.

Se había detenido en una tienda abierta toda la noche y había usado la fotocopiadora color. Decidió no ahorrar: imprimió veinte copias de calidad. Se dio cuenta de que el empleado quería preguntarle por la foto y por la cantidad, pero decidió que no le permitiría curiosear.

Imágenes de ella sobre su cama, en el sofá, sobre la mesa del comedor, hasta en el piso del vestíbulo, donde habían caído. Esa tarde, durante el horario de visita, llamaron a la puerta de su oficina. La abrió. Era uno de los guardias, con los brazos cruzados.

– ¿Vienes a echar un vistazo?

– Supongo que la señora Blaine está en el edificio -comentó Dennis, logrando parecer tranquilo aunque su corazón latía con violencia. El guardia abrió las manos delante del pecho.

– Hora del espectáculo -dijo, haciendo una mueca.

Pero, para gran sorpresa de Dennis, Selina no estaba sola. Había traído con ella a Fred. Los dos estaban sentados frente a Blaine, y Selina era la que más hablaba. Dennis se sentía abrumado e impresionado en igual medida. Estás a punto de abandonar a tu marido, y la última vez que lo ves traes contigo al hombre que te mantiene caliente durante las noches. Era un juego peligroso, Blaine se pondría furioso cuando lo descubriera, y tenía muchos amigos allá afuera. Dennis dudaba de que ordenara que lastimaran a Selina: era obvio que la amaba hasta la locura. Pero Fred… Fred era absolutamente otra cosa. Matarlo equivalía a ser demasiado bueno con él. Sin embargo, allí estaba, con un brazo apoyado en el respaldo de la silla, despreocupado, como si no pasara nada. Tan sólo visitando a su antiguo jefe, a su camarada, asintiendo cada vez que Blaine se dignaba a dirigirle la palabra, manteniendo entre Selina y él una distancia prudente, para que Blaine no pudiera advertir nada en su lenguaje corporal. Tal vez estaba explicando su ficticio viaje “al norte”, su reconciliación con Denise.

Dennis advirtió que odiaba a Fred, aun cuando en realidad no lo conociera. Odiaba lo que era y quién era, odiaba el hecho de que obviamente había amasado mucho dinero pero conducía un auto destartalado. Odiaba la manera en que había abrazado a Selina aquella vez en Glasgow. Odiaba que tuviera más dinero y probablemente más mujeres de las que Dennis tendría nunca.

¿Qué demonios estaba haciendo Selina, desperdiciándose con un tipo así? No tenía sentido. Salvo que… seguramente necesitaría que alguien cargara con la culpa cuando ella se fuera, alguien sobre quien Blaine pudiera descargar su furia. Dennis se permitió esbozar una sonrisa. ¿Era posible que ella fuera tan calculadora, tan astuta? No lo dudó ni por un segundo. Sí, ella estaba jugando con Fred, tal como jugaba con su propio marido engañado. Era perfecto.

Además de otro detalle: el propio Dennis, quien sentía que ahora lo sabía todo. Se dio cuenta de que había estado mirando sin ver. Cuando parpadeó para aclararse la vista, vio que Selina había girado la cabeza para mirarlo. Sus ojos se entrecerraron cuando le obsequió una brevísima sonrisa.

– ¿Para cuál de nosotros dos fue eso? -preguntó el guardia que estaba junto a Dennis.

Pero Dennis no tuvo ninguna duda. Ella lo había reconocido, tal vez lo había identificado como el hombre al que había visto pasar en auto frente a su casa. Se volvió para decirle algo a su marido, y Fred se dio vuelta con violencia y fulminó a los guardias con la mirada.

– Oooh, qué miedo tengo -masculló el guardia que estaba junto a Dennis, antes de soltar una risita. Pero Fred no lo miraba a él: miraba a Dennis.

Blaine simplemente miraba fijo la mesa, asintiendo lentamente; después le dijo unas palabras a su esposa, quien también asintió. Cuando llegó la hora, ella le dio a Blaine un beso más efusivo que lo habitual. Ese es el beso de despedida, pensó Dennis. Hasta lo saludó agitando el brazo mientras se alejaba con sus ruidosos tacos de seis centímetros. Le mandó otro beso en el aire, mientras Fred se permitió echar un vistazo a su alrededor, evaluando a las otras mujeres disponibles y levantando los hombros como si estuviera contento de irse con la más elegante de todas.

Dennis regresó a su oficina e hizo un llamado telefónico.

– Me temo que ha llegado demasiado tarde -le dijeron-. La propiedad se vendió esta mañana.

Colgó el auricular. Ella ya se había ido… posiblemente no volvería a verla nunca más. Y no podía hacer nada al respecto, ¿verdad?

Tal vez no.

Media hora más tarde, salió de su oficina, cerrándola con llave como siempre. Su caminata por la prisión lo condujo directamente a la puerta abierta de la celda de Blaine. Chalmers hacía guardia junto a ella, como siempre.

– Visitas, jefe -gruñó.

Blaine había estado sentado en la cama, pero se puso de pie para enfrentar a Dennis.

– ¿Qué es esto que me han dicho de usted, señor Henshall? Parece que le ha gustado Selina. Ella lo vio pasar en auto frente a la casa. -Blaine se acercó más, con tono jocoso pero con una expresión pétrea-. Dígame, ¿por qué haría eso? No creerá que sus jefes se sentirán encantados con…

– Ella debe haberse confundido.

– ¿Hasta ese punto? Me dijo el modelo y el color del auto: un Vaushall Cavalier verde. ¿Le recuerda algo?

– Se equivocó.

– Eso es lo que usted dice. Sé que le dije que a muchos hombres les ha gustado, pero no todos ellos llegan a ese extremo, señor Henshall. ¿La ha estado siguiendo? ¿Vigilando la casa? Como sabe, también es mi casa. ¿Cuántas veces lo hizo? ¿Cuántas veces pasó por allí… para espiar a través de las cortinas…?

Las mejillas de Blaine estaban sonrojadas, su voz temblaba. Dennis se dio cuenta de que estaba hecho un sandwich entre esos dos hombres, Blaine y Chalmers. No había guardias en los alrededores.

– ¿Es usted un poquito pervertido, señor Henshall? Allí encerrado en esa oficina suya, leyendo todas esas cartas de amor… Eso le provoca una erección, ¿no es cierto? Sin esposa en casa, por eso empieza a olisquear a las esposas ajenas. ¿Qué pensará el director de eso, eh?

A Dennis se le arrugó la cara.

– ¡Bastardo! ¡Ni siquiera puede ver más allá de su nariz! Ella está allá afuera gastando todo su botín, acostándose con su amigo Fred. Yo los he visto. Ahora ha vendido la casa y se marcha. ¡Acaba de tener su última visita conyugal, Blaine, pero es demasiado estúpido para darse cuenta!

– Usted está mintiendo. -La frente de Blaine se había perlado de sudor. Tenía la cara casi morada, y respiraba entrecortadamente, con esfuerzo.

– Lo ha estado engañando desde el momento en que usted entró aquí -le espetó Dennis-. Diciéndole que está en apuros cuando gasta fajos enteros de billetes en todas las tiendas de ropa de la ciudad. Él le lleva las bolsas, se las lleva directamente hasta su casa. Se queda horas enteras allí.

– ¡Embustero!

– Pronto lo sabremos, ¿no es cierto? Puede llamar a su casa, ver si ya han desconectado la línea. O esperar la próxima visita. Créame, ella demorará mucho en llegar.

Las manos de Blaine volaron hacia él, y Dennis se atajó. Pero el hombre se estaba apoyando en él, no atacándolo. De todas maneras, Dennis soltó un grito, justo en el momento en que Blaine caía de rodillas, asiendo todavía con sus manos su uniforme. Chalmers gritaba pidiendo ayuda, mientras se escuchaba el ruido de pies que corrían. Blaine se ahogaba, tomándose el pecho mientras caía de espaldas y sus piernas se agitaban en el aire. Entonces Dennis recordó: “Mi viejo corazón ya no es lo que solía ser…”.

– Creo que es un infarto -dijo cuando llegó el primer guardia.

El director había querido escuchar la versión de Dennis, quien había tenido tiempo suficiente para pensarla. Simplemente pasaba… se detuvo a conversar… y al momento, Blaine se derrumbaba.

– Parece coincidir con la versión de Chalmers -había dicho el director, para gran alivio de Dennis. Por supuesto, Blaine podría tener otras ideas, suponiendo que se salvara.

– ¿Blaine estará bien, señor?

– Muy pronto nos avisarán desde el hospital.

Lo habían llevado de urgencia al Western General, dejando a Chalmers en el umbral de la celda, con aspecto atontado. Sus únicas palabras habían sido: “Tal vez no vuelva a verlo nunca más…”.

Dennis se refugió en su oficina, ignorando los llamados a su puerta: otros guardias que querían escuchar su historia. Extrajo la foto de Selina con su bikini rosado. Tal vez ahora ella se saliera con la suya, tendría todo lo que había deseado. Y Dennis la había ayudado.

Y ella nunca se enteraría.

Era casi la hora de irse a casa cuando volvieron a llamarlo al despacho del director. Dennis sabía que le darían malas noticias, pero cuando su jefe abrió la boca, se llevó la sorpresa de su vida.

– Blaine escapó.

– ¿Cómo dice, señor?

– Huyó del hospital. Parece que estaba armado. Un hombre y una mujer lo esperaban, ella vestida de enfermera, él de camillero. Un miembro del equipo de escolta recibió un golpe fuerte, otro perdió un par de dientes. -El director miró a Dennis-: Lo engañó, Henshall; nos engañó a todos. El bastardo no tenía un infarto. Hoy lo visitó su esposa junto con otro hombre. Probablemente para convenir los últimos detalles.

– Pero yo…

– Usted entró en la escena en el momento equivocado, Henshall. Como en ese momento había un oficial presente, tomamos la cosa en serio. -El director volvió a sus papeles.- Un mal momento para usted, simplemente… pero un terrible dolor de cabeza para todos los demás.

Dennis se tambaleó hasta su oficina. No podía ser… no era posible. ¿Qué demonios…? Se quedó allí sentado, atontado, hasta mucho después de su hora de salida. Condujo hasta su casa como por control remoto. Se desmoronó en el sillón. La historia ya estaba en las noticias de la noche: dramático escape de una ambulancia. Entonces ese había sido siempre el plan… vender la casa y huir limpiamente, ya sea como una pareja o con Fred. Fred: cómplice y no amante. Conspirando con Selina para liberar a su marido. Buscó la correspondencia de Selina con Blaine y leyó cada carta con atención, buscando algo que se le hubiera pasado por alto.

No, por supuesto que no había nada. Ellos podían haber hecho sus planes cada vez que se veían. Siempre con el riesgo de que lo escucharan, de que les leyeran los labios. Pero así debía haber sido. Ni más ni menos… Dennis no soportaba quedarse allí un minuto más, rodeado por sus cartas, sus fotos, sus sentidos inundados de recuerdos de ella: el paseo de compras, su casa, su ropa…

Fue a pie hasta el bar local y pidió un whisky y una pinta de cerveza. Bebió el whisky de un solo trago y pasó el resto al vaso de cerveza.

– ¿Un mal día, Dennis? -le preguntó uno de los parroquianos habituales.

Dennis lo conocía, o al menos sabía cómo se llamaba: Tommy. Hacía muchos años que venía a beber aquí, tantos años como el propio Dennis. Pero todo lo que Dennis sabía de él era su nombre y el hecho de que trabajaba como plomero. Era sorprendente lo poco que uno podía saber de alguien.

Aunque había otra cosa: a Tommy le gustaban los rompecabezas y los juegos de palabras. Era capitán del equipo del bar, y detrás del mostrador había trofeos que testimoniaban su habilidad. En ese preciso momento estaba dedicado a eso, con el periódico abierto en la página de entretenimientos. Ya había hecho los dos crucigramas y trabajaba ahora en otro. Selina y sus palabras cruzadas.

Crucigramas… ¿y cómo era esa otra cosa que había mencionado Blaine? ¿Acrobáticos?

– Tommy -dijo Dennis-, ¿hay algún tipo de crucigrama llamado acrobático?

– No que yo sepa -respondió Tommy, sin tomarse la molestia de levantar los ojos de su periódico.

– Una palabra semejante, entonces.

– Acrósticos, tal vez.

– ¿Y qué es un acróstico?

– Es cuando uno tiene una cantidad de palabras y hay que usar la primera letra de cada una de ellas. Los criptógrafos usan mucho ese método.

– ¿La primera letra de…?

Tommy parecía dispuesto a darle más explicaciones, pero Dennis ya estaba en camino hacia la puerta.

¡Extraño tanto tus habilidades! Oh, sabes, Paul, innegablemente te amo con locura…

Y encastrada allí, la palabra “hospital”. Dennis miró su trabajo, el trabajo que le había llevado varias horas. Muchas de las cartas no contenían mensajes ocultos. Algunas los escondían en los pasajes más escabrosos, presumiblemente para que nadie los descubriera porque -como Dennis- todos se concentrarían en leer y releer las partes más ardientes.

Igual no le fallé a Rose: temí olvidarme.

Mientras Dennis se la había pasado preguntándose quién sería Rose, especulando qué relación tendría con Selina, ella se las había arreglado para enviar otro mensaje: “infarto”. Lo había engañado por completo. Nunca había sospechado nada.

Hoy amaneció lluvioso. Aborrecible día oscuro. Grace reunió a cuatro íntimas amigas y saldremos de compras.

“Hallado. Gracias”.

¿Hallado qué? El dinero, por supuesto: otro buen fajo del dinero de Blaine. Él se lo había ido dando de a poco, su manera de asegurarse de que ella no desapareciera, o de que no lo gastara de inmediato. Las cartas que él le enviaba contenían mensajes para informarle en dónde estaba escondido el dinero. Fragmentos pequeños repartidos por toda la carta. Blaine era más torpe que Selina. Tal vez Dennis hubiera podido advertirlo, si no hubiera estado mucho más interesado en ella.

Infatuado. Esas fotos… todas las partes eróticas… estaban allí para que él no localizara el código.

Y ahora ella se había ido. Verdaderamente. Había terminado el juego, había dejado de jugar con él. Tendría que volver Jean y Tam, y a todos los otros corresponsales, tendría que volver al mundo real.

O tratar de seguirle el rastro. La manera en que ella le había sonreído… casi con complicidad, como si hubiera disfrutado el papel que él desempeñaba en esa farsa. ¿Enviaría alguna otra carta, dirigida a él esta vez? Y si lo hacía, ¿él se dispondría a buscarla, resolviendo todas las claves sobre la marcha? Todo lo que le quedaba ahora era esperar.

La tercera persona – Jay McInerney

Difícil de describir con precisión: el sabor de ese octavo o noveno cigarrillo del día, una mezcla de ozono, tabaco rubio y angustia crepuscular sobre la lengua. Pero él lo reconocía siempre. Era el sabor del amor perdido.

Alex empezaba a fumar cada vez que perdía a una mujer. Cuando volvía a enamorarse, dejaba de fumar. Y cuando el amor moría, volvía. En parte se trataba de una reacción física al estrés; en parte era algo metafórico: la sustitución de una adicción por otra. Y una parte nada desdeñable de este reflejo era mitológica: permitirse una imagen romántica de sí mismo como solitaria figura de pie en un puente de una ciudad extranjera, con el cigarrillo en la mano y la chaqueta de cuero abierta a los elementos.

Imaginaba que los transeúntes especulaban sobre su pena mientras él permanecía allí en el Pont des Art, misterioso, húmedo e inabordable. Su sentimiento de pérdida parecía más real cuando lo imaginaba a través de los ojos de desconocidos. Los peatones con sus baguettes para la cena y sus guías Michelin y sus paraguas, encorvándose bajo la precipitación de marzo, una aleación de llovizna y bruma.

Cuando todo terminó con Lydia, él decidió ir a París. No sólo porque era un buen sitio para fumar, sino porque parecía el telón de fondo apropiado. Su pena era más patética y pintoresca en esa ciudad. Ya era suficientemente malo que Lydia lo hubiera dejado; lo que empeoraba las cosas es que había sido por su propia culpa; sufría entonces tanto el dolor de la víctima como los remordimientos del villano. Sin embargo, su apetito no estaba afectado; su estómago se quejaba como un terrier que pide su paseo nocturno, felizmente inconsciente de que la familia está de duelo. Por ennoblecedor que pareciera sufrir en París, sólo un tonto pasaría hambre allí.

De pie en medio del río, trató de decidir adonde iría. Tras haber cenado la noche anterior en un bistró que, para sus propósitos, tenía una apariencia suficientemente sombría y auténtica, pero que resultó estar repleto de volubles americanos y alemanes vestidos como para el gimnasio o para los trópicos, decidió encaminarse hacia el Hotel Coste, donde, al menos, los americanos tendrían un aspecto de hastío más a la moda, todos vestidos de gris o de negro.

El bar estaba lleno y, por supuesto, no había una sola mesa libre cuando llegó. La anfitriona, una bonita sílfide asiática con acento del oeste de Londres, lo evaluó con una mirada escéptica. La suya no era la tradicional soberbia parisina, el desdén de un maître d'hotel de un restaurante de tres estrellas; ella era más bien el guardián del templo de esa tribu internacional que incluía a estrellas del rock, modelos, diseñadores, actores y directores… y también a todos los que los fotografiaban, escribían sobre ellos y se acostaban con ellos. Como director de arte de una agencia de publicidad, Alex vivía en los suburbios de ese mundo. En Nueva York conocía a muchos porteros y maîtres, pero aquí lo mejor que podía esperar era que su aspecto fuera el adecuado para su papel. La anfitriona parecía estar indecisa respecto de sus condiciones para ser miembro de la tribu; su expresión era levemente esperanzada, como si estuviera a punto de concederle el beneficio de la duda. De repente, su mirada suspicaz dio paso a una sonrisa de reconocimiento.

– Lo siento, no lo reconocí -le dijo-. ¿Cómo está?

Alex sólo había estado allí dos veces, durante una visita que había hecho unos años atrás; parecía improbable que ella lo recordara. Por otra parte, daba propinas generosas y era, razonó, un tipo nada mal parecido.

Ella lo condujo hasta una mesa pequeña pero muy visible, dispuesta para cuatro personas. Él le dijo que esperaba a alguien con la esperanza de aumentar así sus posibilidades de sentarse.

– Enseguida le envío un camarero -dijo ella-. Hágame saber si puedo hacer algo más por usted.

Su sonrisa era tan benévola que él trató de pensar en algo más que pudiera pedirle, sólo para darle alguna gratificación.

Aún de talante expansivo cuando llegó el camarero, pidió una botella de champán. Escrutó la habitación. Aunque reconoció a varios clientes -un robusto novelista estadounidense de la escuela de Montana, el delgadísimo cantante de una banda pop británica-, no vio a nadie que realmente conociera en el sentido anticuado del término. Un poco cohibido por estar solo, estudió el menú y se preguntó por qué nunca había traído a Lydia a París. Ahora lo lamentaba, tanto por ella como por él; los placeres de viajar eran menos reales para él cuando no podían ser verificados por un testigo.

Había dado por sentado que era un relación segura… eso era una parte del problema. ¿Por qué siempre le ocurría lo mismo? Cuando alzó los ojos, una joven pareja estaba de pie en un costado de la habitación, examinando a la clientela. La mujer era impresionante… una belleza alta de raza indeterminada. Parecían desorientados, como si los hubieran invitado a una fiesta brillante que había emigrado a otra parte. La mirada de la mujer se cruzó con la de él… y sonrió. Alex le devolvió la sonrisa. Ella le tironeó la manga a su compañero y le indicó con un gesto la mesa de Alex.

De pronto ambos se acercaron.

– ¿Te molesta si nos sentamos contigo un momento? -le preguntó la mujer-. No encontramos a nuestros amigos.

No esperó la respuesta y ocupó la silla que estaba junto a Alex, exponiendo en el proceso una parte del muslo color topo, despojado de medias.

– Frederic -dijo el hombre, tendiéndole la mano. Parecía un poco más tímido que su compañera-. Y ella es Tasha.

– Por favor, tomen asiento -dijo Alex. Algún instinto le impidió dar su propio nombre.

– ¿Qué estás haciendo tú en París? -le preguntó Tasha.

– Sólo, ya sabes, viajando un poco.

Llegó el camarero con el champán. Alex pidió dos copas más.

– Creo que tenemos algunos amigos en común -dijo Tasha-. Ethan y Frederique.

Alex asintió sin comprometerse a responder.

– Adoro Nueva York -dijo Frederic.

– Ya no es lo que solía ser -le rebatió Tasha.

– Sé lo que quieres decir -dijo Alex, que quería ver adónde iba a parar todo eso.

– Sin embargo -dijo Frederic-, es mejor que París.

– Bueno -dijo Alex-, sí y no.

– Barcelona -dijo Frederic- es la única ciudad de onda en Europa.

– Y Berlín -dijo Tasha.

– Ya no.

– ¿Conoces bien París? -le preguntó Tasha.

– En realidad, no.

– Deberíamos mostrártelo.

– Es una mierda -dijo Frederic.

– Hay algunos sitios nuevos -dijo ella-, que no son demasiado aburridos.

– ¿Y de dónde eres tú? -le preguntó Alex a la muchacha, tratando de analizar su exótica apariencia.

– Vivo en París -dijo ella.

– Cuando no está en Nueva York.

Bebieron la botella de champán y pidieron otra. Alex estaba feliz por la compañía. Más aún, no podía evitar que le encantase encarnar a quien fuera que ellos habían imaginado que era. La idea de que lo habían confundido con otra persona le resultaba tremendamente liberadora. Y estaba fascinado con Tasha, que definitivamente flirteaba con él. Varias veces le había tocado la rodilla para enfatizar algo que decía y en varios momentos se había rascado el seno izquierdo. ¿Un gesto distraído o un gesto deliberadamente provocativo? Alex trató de determinar si su relación con Frederic era romántica. Las señales apuntaban en ambas direcciones. El francés la miraba con atención, y sin embargo no parecía estar resentido por el flirteo. En un momento ella dijo: “Frederic y yo solíamos salir juntos”. Cuanto más la miraba Alex, tanto más se fascinaba. Ella era un perfecto cóctel de rasgos raciales, suficientemente familiar para satisfacer un ideal de aculturación y a la vez suficientemente exótico como para que resultara sorprendente.

– Ustedes los americanos son tan puritanos -dijo-. Todo ese escándalo tan sólo porque su presidente se consiguió una mamada.

– No tiene nada que ver con el sexo -dijo Alex, consciente de que el rubor le había coloreado las mejillas-. Es un ataque de la derecha.

Había querido que sus palabras sonaran indiferentes y llenas de hastío. Pero de alguna manera lo había dicho con tono defensivo.

– Todo tiene que ver con el sexo -dijo ella, mirándolo a los ojos.

Ante esa provocación, mientras el Veuve Clicquot cosquilleaba en sus venas como un isótopo brillante, Alex rozó con la mano la cara interna del muslo de ella, deteniéndose tan sólo al borde de su estrecha falda corta. Sosteniéndole la mirada, ella abrió la boca y se humedeció los labios con la lengua.

– Esto es una mierda -dijo Frederic.

Aunque Alex estaba seguro de que el otro hombre no alcanzaba a ver su propia mano, la afirmación de Frederic resultaba preocupante, dado que era imposible saber a qué se refería.

– Tú piensas que todo es una mierda.

– Porque lo es.

– Eres un experto en mierda.

– Ya no hay más arte. Solo mierda.

– Ahora que ya sabemos eso… -dijo Tasha.

Comenzó un debate acerca de la cena: Frederic quería ir al bar Buddha, Tasha quería quedarse donde estaban. Llegaron a un acuerdo, y pidieron caviar y otra botella de champán. Cuando llegó la cuenta, Alex recordó a último momento que no debía pagar con su tarjeta de crédito. Decidió, como primer paso hacia la elucidación del misterio de su nueva identidad, que era la clase de tipo que pagaba las cuentas en efectivo. Mientras Alex contaba los billetes, Frederic clavó deliberadamente sus ojos a la distancia con el aire de un hombre habituado a ignorar las cuentas. Alex tuvo brevemente la intuición, un poco irritante, de que lo estaban usando. Tal vez fuera la rutina de ellos fingir que reconocían a un desconocido que tenía una buena mesa. Antes de que pudiera desarrollar la idea, Tasha ya lo había tomado del brazo y lo conducía afuera, a la noche. La presión de su brazo, el aroma de su piel, eran estimulantes. Decidió ver adonde iría a parar todo eso. No tenía otra cosa que hacer.

El automóvil de Frederic, estacionado a unas manzanas de distancia, no parecía en condiciones de funcionar. La parrilla frontal estaba abollada, y uno de los faros apuntaba hacia arriba en un ángulo de cuarenta y cinco grados.

– No te preocupes -dijo Tasha-. Frederic es un excelente conductor. Sólo choca cuando siente que lo necesita.

– ¿Cómo te sientes esta noche? -le preguntó Alex.

– Siento que estoy con ganas de bailar -dijo Frederic. Empezó a cantar el tema de Bowie, “Let's Dance”, siguiendo el ritmo con los dedos sobre el volante mientras Alex subía atrás.

Le Bain Douche estaba semivacío. La única persona que reconocieron era Bernard Henri Levy. O bien habían llegado demasiado temprano, o un par de años demasiado tarde. La conversación había pasado al francés y Alex no podía seguirla del todo. Tasha se dedicaba a él, acariciándole el brazo e, intermitentemente, su propio seno izquierdo, y Alex estaba un poco nervioso por la posible reacción de Frederic En un momento hubo entre ambos una áspera discusión que Alex no entendió. Frederic se puso de pie y se marchó.

– Mira -dijo Alex-, no quiero causar ningún problema.

– No hay problema -dijo ella.

– ¿Es tu novio?

– Solíamos salir. Ahora solo somos amigos.

Le tiró de un brazo y lo besó, explorando lentamente el interior de su boca con la lengua. De pronto se alejó de él y observó a una mujer de chaqueta de cuero blanco que bailaba junto a una mesa vecina.

– Creo que las tetas grandes son hermosas -dijo antes de volver a besarlo con renovado ardor.

– Yo creo que tus tetas son hermosas -dijo él.

– Lo son, en realidad -dijo ella-, pero no son grandes.

Cuando Frederic volvió parecía estar de buen humor. Dejó varios billetes sobre la mesa.

– Vamos -dijo.

Alex no iba a bailar desde hacía varios años. Cuando Lydia y él se habían ido a vivir juntos, los clubes habían perdido su atractivo. Ahora sentía el retorno de la vieja emoción, la anticipación de la cacería… la sensación de que la noche guardaba secretos que serían revelados antes del amanecer. Tasha hablaba de alguien de Nueva York que supuestamente Alex conocía.

– La última vez que lo vi no paraba de golpearse la cabeza contra la pared, y le dije, Michael, tienes que parar con esas drogas. Eso fue hace quince años.

La primera escala fue en un salón de baile de Montmartre. Había una banda en el escenario, tocando una versión casi creíble de “Smells Like Teen Spirit”. Mientras esperaban en la barra, Frederic tocó vigorosamente una guitarra invisible en el aire y cantó a los gritos el estribillo: “Aquí estamos, ahora diviértenos”. Después de sorber sus cosmopolitans, derivaron hacia la pista de baile. El estrépito era apenas suficiente para obviar la conversación.

La banda atacó “Goddamn the Queers”. Tasha dividió la atención entre ellos dos, incrustando su pelvis contra Alex durante una versión particularmente mala de “Champagne SuperNova”. Cerrando los ojos y envolviéndola con sus brazos, él perdió registro de sus coordenadas espaciales. ¿Estaban verdaderamente en sus manos esos pechos, esas nalgas? Ella le metió la lengua en la oreja; él se imaginó a una cobra que se erguía en su canasto de mimbre.

Cuando abrió los ojos vio a Frederic hablando con otro hombre y mirándolo desde el borde de la pista de baile.

Alex se fue a buscar el baño de hombres y otra cerveza. Cuando volvió, Tasha y Frederic bailaban una lenta balada francesa mientras se besaban. Decidió irse como un buen perdedor. Fuere cual fuese el juego, de repente se sentía demasiado cansado para jugarlo. En ese momento Tasha levantó la vista y lo saludó con la mano desde la pista de baile. Se acercó zigzagueando entre los bailarines, con Frederic a la zaga.

– Vamos -gritó.

En la acera, Frederic se volvió obsequioso.

– Hombre, debes pensar que París es una absoluta mierda.

– La estoy pasando bien -dijo Alex-. No te preocupes.

– Me preocupo, hombre. Es una cuestión de honor.

– Estoy muy bien.

– Al menos podríamos conseguir un poco de droga -dijo Tasha.

– No necesito drogas -dijo Alex.

– No quiero drogarme -cantó Frederic-. Pero no quiero no drogarme.

Empezaron a discutir sobre la próxima escala. Tasha defendía la idea de ir a un lugar llamado, aparentemente, Faster Pussycat, Kill Kill. Frederic insistía en que no estaba abierto. Él estaba a favor de ir a L'Enfer. El debate siguió en el auto. Finalmente cruzaron el río y un poco más tarde hicieron alto bajo la torre de Montparnasse.

Los dos porteros saludaron con calidez a sus compañeros. Bajaron la escalera hasta un espacio que parecía arder bajo una luz violeta, cuya fuente Alex no pudo distinguir. Los bailarines estaban envueltos en un riff de bajo y percusión. Aferrándolo de la punta del cinturón, Tasha lo condujo a una zona elevada sobre la pista de baile, que parecía ser la sección vip.

La conversación se hizo casi imposible, lo cual era una especie de alivio. Alex conoció a varias personas, o más bien saludó con la cabeza a varias personas que lo saludaron a él del mismo modo. Una japonesa le gritó algo en la oreja, en lo que probablemente hayan sido varios idiomas, y más tarde volvió con un catálogo de espantosas pinturas. El asintió mientras hojeaba el catálogo. En apariencia, se lo estaba regalando. Un hombre le alcanzó una botella sin etiqueta llena hasta el tope de un líquido claro, algo que recibió con mayor agradecimiento. Se sirvió un poco y lo probó. Sabía a destilado ilegal.

Tasha lo llevó a la rastra a la pista de baile. Él la rodeó con los brazos y le metió la lengua en la boca. Justo en el momento en que sintió que su lengua estaba a punto de ser arrancada, ella se la mordió con fuerza. Al instante sintió el gusto de su sangre. Tal vez eso era lo que ella quería, porque siguió besándolo mientras frotaba su pelvis contra él. Le sorbía la lengua con fuerza. El imaginó que era succionado entero dentro de la boca de ella. Le gustó la idea. Y sin perder ni por un momento su concentración en Tasha, de pronto pensó en Lydia y en la muchacha que vino después de Lydia, la muchacha con la que la había traicionado. ¿Cómo era posible, pensó, que el deseo por una mujer siempre volviera a despertar el deseo por todas las otras mujeres de su vida?

– Salgamos de aquí -gritó, loco de deseo. Ella asintió y se alejó un poco, en una pequeña danza solipsista a pocos pasos de distancia. Alex la observó, tratando de captar el ritmo de ella y seguirlo, hasta que abandonó y la atrapó en sus brazos. El forzó su lengua entre los dientes de ella, sorprendido por el dolor que le causaba la herida reciente. Por fortuna, ella no lo mordió esta vez; de hecho, se separó de él. De repente emprendió la marcha de regreso a la zona VIP, donde Frederic parecía estar discutiendo con el camarero. Cuando vio a Tasha, aferró una botella y la arrojó al suelo cerca de los pies de la mujer, donde se hizo añicos.

Frederic gritó algo ininteligible antes de subir la escalera a la carrera. Tasha se dispuso a seguirlo.

– No vayas -le gritó Alex, tomándola del brazo.

– Lo siento -gritó ella, soltándose de su mano. Lo besó suavemente en la boca.

– Dime adiós -dijo Alex.

– Adiós.

– Di mi nombre.

Ella lo miró socarronamente y luego, como si de repente hubiera entendido el chiste, sonrió y lanzó una carcajada sin alegría, señalándolo como si le dijera “casi me pescaste”.

La vio desaparecer escaleras arriba, sus largas piernas que parecían aún más largas a medida que se alejaba.

Alex bebió otra copa del licor claro, pero ahora la escena empezó a parecerle de mal gusto y tonta. Eran las tres pasadas. Mientras salía, la japonesa le puso en la mano varias invitaciones para night-clubs.

En la acera trató de recomponerse. Empezó a caminar hacia St. Germain. Le levantó el ánimo pensar que en Nueva York apenas eran las diez de la noche. Llamaría a Lydia. De pronto creyó saber qué le diría. Mientras apresuraba el paso advirtió un haz de luz que se movía lentamente sobre la pared, a su lado y por encima de él; se volvió para ver el arruinado Renault de Frederic que lo seguía por la calle.

– Sube -le dijo Tasha.

Se encogió de hombros. Cualquier cosa que pasara sería mejor que caminar.

– Frederic quiere ir a esos lugares after-hours.

– Tal vez podrían dejarme de paso en mi hotel.

– No seas pelma.

La mirada que le lanzó volvió a despertarle el loco deseo que había experimentado en la pista de baile; estaba cansado de que lo sacudieran de aquí para allá y sin embargo su deseo superaba su orgullo. Después de todo lo que había pasado sentía que merecía su recompensa, y se dio cuenta de que estaba dispuesto a casi cualquier cosa para conseguirla. Subió al asiento trasero. Frederic aceleró y soltó el embrague. Tasha se dio vuelta para mirar a Alex, mandándole un beso silencioso, y después se volvió hacia Frederic. Su lengua emergió entre los labios y desapareció lentamente en la oreja de Frederic. Cuando Frederic se detuvo ante un semáforo ella se estiró para besarlo en la boca. Alex advirtió que estaba involucrado… que era parte de una transacción entre ellos. Y de repente pensó en Lydia, en cómo él le había dicho que su traición no tenía nada que ver con ella, que era lo que uno decía en esos casos. Cómo explicarle que mientras se sacudía encima de otra mujer era ella, Lydia, quien le llenaba el corazón.

De pronto Tasha se pasó al asiento trasero y empezó a besarle Metiéndole su industriosa lengua en la boca, hizo correr la mano hasta la entrepierna de él.

– Oh, ¿de dónde salió esto?

Apresó el lóbulo de su oreja entre los labios y le desprendió la bragueta.

Alex gimió cuando la mano de ella se deslizó dentro de sus calzoncillos. Miró a Frederic, que lo miraba fijo a él… y que parecía conducir a mayor velocidad mientras ajustaba el espejo retrovisor. Tasha bajó por su pecho, lamiéndole el vello del vientre. Una vaga intuición de peligro se disipó en la vívida oleada de sensaciones. Ella apretaba su pene en la mano y después se lo llevó a la boca, y él se sintió impotente para intervenir. No le importaba qué pasara con tal que ella no se detuviera. Al principio casi no podía sentir el roce de sus labios; el placer residía más bien en anticipar lo que seguiría. Finalmente ella lo oprimió con suavidad entre sus dientes. Alex gimió y se recostó más en el asiento mientras el automóvil aumentaba la velocidad.

La presión de sus labios se hizo más potente.

– ¿Quién soy? -susurró él-. Dime quién crees que soy.

La respuesta, aunque ininteligible, le arrancó un gemido de placer. Echando un vistazo al espejo retrovisor, vio que Frederic seguía mirando, observando lo que ocurría en el asiento trasero, aunque seguía acelerando. Cuando Frederic puso bruscamente la cuarta, la cabeza de Alex se fue hacia delante y se mordió la lengua, en el mismo lugar donde tenía la herida fresca.

En un impulso súbito alejó la boca de Tasha de su pene justo en el momento en que Frederic pisaba los frenos y el automóvil hacía un trompo.

No tenía idea de cuánto tiempo había pasado antes de que lograra salir del automóvil con esfuerzo. El choque había parecido casi lento; el automóvil había dado vueltas como una hoja que caía hasta que la ilusión de ingravidez quedó anulada por la colisión con la barandilla de seguridad. Trató de recordarlo todo mientras estaba allí sentado, plegado como un contorsionista en el asiento trasero, haciendo inventario de sus extremidades. Reinaba un plácido silencio de domingo. Nadie parecía moverse. Le dolía una mejilla, que sangraba por dentro porque se la había golpeado contra el cabezal del asiento delantero. Cuando ya empezaba a sospechar que se había quedado sordo escuchó a Tasha que gemía a su lado. La serenidad de la supervivencia fue reemplazada por la furia cuando vio que la cabeza de Frederic se movía sobre el tablero, y recordó lo que podría haber pasado.

Rengueando hasta el otro lado del auto, abrió la puerta de un tirón y sacó bruscamente a Frederic, hasta dejarlo sobre el pavimento.

– ¿Qué fue eso? -dijo Alex.

El francés parpadeó e hizo una mueca de dolor, metiéndose un dedo en la boca para comprobar el estado de su dentadura. En un acceso de furia, pateó a Frederic en las costillas.

– ¿Quién carajo creen que soy?

Frederic sonrió y alzó los ojos hasta él.

– Sólo eres un tipo -dijo-. No eres nadie.

Mientras caminaba de regreso a su hotel, se encontró pensando en Lydia. Le dolía la mejilla lastimada; cuando Frederic había chocado contra la barandilla de seguridad se la había golpeado otra vez contra la ventanilla. Y el humo del cigarrillo lo hacía aún más consciente de las heridas en la lengua. Pero estaba agradecido de haber escapado de esa con heridas superficiales. El automóvil había girado ciento ochenta grados y había reventado un neumático contra la acera antes de detenerse. Alex los había dejado allí, alejándose sin una sola palabra mientras Tasha lo llamaba.

Cuando lo habían atrapado, cuando se había hecho imposible negar su cita con Tracey, le había dicho a Lydia que eso no tenía nada que ver con ella -lo que uno decía siempre-, pero no era cierto. Todo tenía que ver con ella. Aunque había mentido y había intentado ocultar su trasgresión, al final, y ahora se daba cuenta, él necesitaba que ella lo supiera. Todo el asunto era la traición, la transacción más íntima entre dos personas. Ella era parte de la ecuación. Cómo explicarle que mientras se sacudía encima de otra mujer era ella, Lydia, quien le llenaba el corazón. Que era un poco como estrellar el automóvil contra un árbol. Que el momento antes del impacto estaría lleno de amor por la misma cosa que uno estaba a punto de perder.

El último beso – S. J. Rozan

Mientras se lavaba de las manos la sangre de ella (pegajosa, persistente, caliente y resbalosa, hilos rojos que se arremolinaban, nubes rosadas que se diluían), pensó en aquel primer beso. Nunca hasta entonces le había sucedido, y había sido raro: él la había deseado tan ardientemente, y ese beso lo había puesto en llamas. Diferente de todos los demás, por ser nuevo; electrizante no sólo por el calor de ella y su especiado sabor salado, sino por la novedad, por la excitación casi incontenible de lo que vendría.

La suavidad y el escozor de ese beso habían regresado a él ocasionalmente durante los meses pasados, cuando no estaba con ella, aunque también cuando sí estaba; a veces incluso mientras la besaba, ese beso recubría a los otros; podía avocarlo, y con frecuencia lo hacía, pero la emoción era mucho más grande cuando el beso se le aparecía imprevistamente, como ahora. A veces su impacto era tan enorme que él se tambaleaba, tenía que extender la mano y sostenerse de algo para no caer.

“Esta noche no”, había dicho ella aquella primera velada, mientras las yemas de sus dedos, leves como mariposas, inflamaban su piel, sus labios mordisqueando los de él, alejándose luego con ligereza y fundiéndose enseguida en su boca con tal urgencia que llegó a pensar que había cambiado de idea y sí sería esa noche. Pero ella se separó, le sonrió y no le dijo “No”, sino tan solo “Esta noche no”.

Ella creyó que era ella quien se negaba, que tenía el control de la situación. No. Él no había esperado porque ella así lo quería, sino porque esperar tensaba la soga, hacía aumentar la fiebre.

Y debe haber sido la espera la que logró que ocurriera: ese beso -durante unos pocos días, lo único que él tuvo- fluyó por su memoria y por su carne, lo saturó. Y a veces, en momentos que no podía predecir, se concentraba, se alzaba y rompía sobre él como una ola.

Momentos como este.

Pero, por primera vez, ahora llegó acompañado con un dolor. No absolutamente desagradable; un dolor que añadía dulzura, suavizaba el filo. El dolor era arrepentimiento: el recuerdo, todo lo que tenía al principio, era todo lo que le quedaba, ahora que ella ya no estaba.

Como tenía que ser.

Como ella había querido que fuera.

Eso era lo que él había visto, aunque ninguno de los otros lo hubiera visto. Ella lo había declarado con claridad, y si lo había hecho con él, seguramente lo habría hecho también con cada uno de los otros. Pero él había pensado que era una terrible exageración, y sin duda los demás habían pensado lo mismo. Sólo más tarde, cuando ella había tirado del único hilo que dejó caer la red sobre él y se quedó allí sonriendo, él advirtió quién estaba destinado a ser la verdadera presa.

No él, sino ella misma.

Deseó haberse dado cuenta antes, pero no había sido así. Era más listo que los otros, y por cierto más listo que ella, pero era tan solo un hombre. Cuando ella había acudido a él, él la había deseado. Cuando se había acercado a él para aquel primer beso, él había sentido esperanza y orgullo.

Ella había llegado a él como cliente. En la misma calidad, entendió más tarde, que había acudido a todos los demás, solo que en ese momento él no lo sabía.

– Jeffrey Bettinger fue mi abogado hasta ahora -dijo, con voz resuelta, cuando se sentó en la silla de su despacho. Llevaba puesto un suave traje de lana del mismo color caoba que su cabello, una blusa apenas un tono más oscuro que su piel de marfil. Sus mejillas estaban brillantes por el frío. Cuando cruzó las piernas, una gema de hielo que se fundía, se deslizó de su bota a la alfombra. Él revistió sus facciones con una máscara de cortés interés, mientras su atención verdaderamente se concentraba en la lana y la seda, en las sinuosidades y los huecos y en la oscuridad que estaba debajo.

La había visto con Bettinger, por supuesto, había quedado tan sorprendido como cualquiera al ver su riqueza de pintura al óleo compartiendo una copa con la instantánea desteñida que era Bettinger. No había sabido que era su cliente y tampoco había sabido nada de Cramer o de Robbins o de Sutton. No había sabido qué era lo que ella quería, ni qué había hecho. Aunque cuando descubrió la verdad, no podría haber dicho con honestidad que hubiera hecho nada de manera diferente.

En el primer encuentro ella había llevado consigo una cartera de cabritilla con un diminuto cerrojo de plata. Papeles valiosos, le dijo. Como su nuevo abogado, él no tendría que ocuparse de esos papeles, salvo en caso de que ella muriera, y si eso ocurría ella le pedía que rompiera el cerrojo y cumpliera con los deseos que allí encontraría indicados. Por el momento todo lo que tenía que hacer era guardar la cartera en la caja fuerte de su despacho. ¿Tenía una caja fuerte, por supuesto?

Por supuesto. Había tomado la carpeta, permitiendo que sus dedos se demoraran sobre los de ella, aspirando lentamente su rica fragancia estival.

Desde el principio él se había comportado de manera completamente profesional. Lo que ocurría entre ellos -primero en su imaginación, después, muy pronto, de noche y de día- nunca lo distrajo de sus obligaciones, como si le hubiera sucedido a un hombre más débil. Probablemente, se dijo a sí mismo, por eso ella había dejado a Bettinger: el tipo era un pelele. Con seguridad, nunca la había aconsejado, sino que tan sólo había dejado que ella lo llevara de la nariz. Pero él no era así: había puesto objeciones, había ofrecido alternativas cada vez que ella le decía que vendiera una propiedad a un precio ridículamente bajo, o que redactara un codicilo a su testamento para dejar un legado a alguna causa sospechosa. Ella era una mujer rica, le había dicho él, pero la riqueza se terminaba si no se la mantenía bajo control, esposada.

La expresión le suscitó una risa amarga: por la palabra “esposada”, le dijo. Su esposo había sido un abogado, un hombre frío y malvado que le había prohibido tener hijos o amigos, que la había golpeado y esposado, que la había hecho vivir en un infierno sin fin. Más de una vez la amenazó con matarla si lo desafiaba, y ella se despreciaba por la cobardía que le impidió provocarlo para que le diera muerte, o que no le permitió matarse por su propia mano. Había conspirado contra él en oscuras fantasías secretas; pensó -había admitido sin parpadear- que tal vez no hubiera estado en sus cabales durante un tiempo, a causa del aislamiento, el dolor y el miedo.

– ¿Y lo intentó? -preguntó él, sintiendo que su deseo crecía mientras ella hablaba, viendo en su imaginación imágenes de ella temblando, magullada, encogiéndose bajo una sombra enorme y amenazante.

– ¿Qué? ¿Matarlo? Él murió -dijo despectivamente- antes de que yo reuniera el valor necesario para matarlo o matarme.

La súbita muerte de su esposo, dijo, había sido una sorpresa, y la riqueza que él le había dejado era su única fuente de placer. (Cuando escuchó eso el rostro de él se sonrojó, mientras su mente recordaba la noche anterior, el calor de los besos, el crescendo de su balanceo, juntos, juntos.) Ella hizo una pausa deliberada. Con una sonrisa, y sin enmendar ni hacer una sola salvedad a su declaración, prosiguió diciendo que ahora gastaría su dinero cómo y dónde se le antojara. Él no respondió. Atravesó la habitación y cerró la puerta, y la poseyó ahí mismo sobre la alfombra de su despacho.

Cuando la carne de ambos se entrelazaba, ella hacía todo lo que él le pedía, por extraño, penoso o humillante que fuera. Sin embargo, bajo la luz del día laboral, él fracasaba estrepitosamente en cualquier intento de persuadirla, engatusarla, tentarla.

Pero lo intentaba en cada oportunidad, porque ella no lo llevaba de la nariz.

Ahora, mientras trabajaba, con el recuerdo de aquel primer beso inundando todo su ser, descubrió que también otros recuerdos lo colmaban, recuerdos que él no había buscado pero eran bienvenidos. Mientras envolvía su cuerpo en unas mantas para el viaje a la ladera donde la dejaría, un lugar que ella le había mostrado diciéndole que lo amaba, escuchó su voz, ese entrecortado susurro que se deslizó como hielo por su espalda. El olor a cobre de la sangre se metamorfoseó en los capullos selváticos de su perfume mientras limpiaba la habitación. Nadie la buscaría allí, ni iría hasta allí por ninguna razón, a esa gloriosa casa aislada y ruinosa del otro lado del río. Él era cuidadoso por naturaleza. Lavó las manchas de sangre, dio vuelta el colchón.

No tenían necesidad de escurrirse a ese lugar secreto, salvo por la emoción que eso les causaba a ambos. Ninguno de los dos tenía ataduras, eran adultos, podrían haber mantenido relaciones en pleno mediodía, en la Calle Mayor. Pero ella había encontrado la casa, y cuando se lo dijo mientras comían en un restaurante junto a la carretera, sus pies descalzos rozando los tobillos de él, ambos habían acordado que estaban de acuerdo en que lo mejor sería que solo los vieran juntos como abogado y cliente.

El calor en sus palmas cuando, terminado ya su trabajo, se las secó con una toalla, le hizo pensar en su piel, pálido terciopelo siempre más cálido que la piel de él, como si ella viviera envuelta en una nube febril, en un tórrido trópico privado del que sólo salía por él.

En ese momento había pensado que salía hacia él, hacia él. Pero estaba equivocado.

La semana anterior había venido a su despacho sin anunciarse y, sentándose en la misma silla (esta vez brillante de sudor: el día era húmedo y caluroso), declaró que no estaba satisfecha. ¿No estaba satisfecha? ¿Entonces qué eran esos gemidos, el martilleo de su corazón, esos suaves suspiros?

– Lo despido -dijo-. Ya no requeriré más sus servicios.

– ¿Qué te pasa? -siseó él con ferocidad, cruzando la habitación para cerrar la puerta.

Ella se puso inmediatamente de pie y siguió.

– Me llevaré mis papeles, por favor.

Siguió de pie e hizo un gesto severo indicando la caja fuerte.