/ Language: Español / Genre:sf, / Series: Saga del retorno

Nacidos en la Tierra

Orson Card

En esta nueva entrega de «La Saga del Retorno», Shedemei y el Alma Suprema supervisan, ya en la Tierra, la evolución de los humanos descendientes de Nafai y Elemak y su interacción con las nuevas especies que habían evolucionado en el planeta. Surgen de nuevo los problemas de siempre: racismo, explotación, enfrentamientos tribales, etc. El recurso de la hibernación permite mantener la presencia de Shedemei y su poderoso manto de capitana en un papel que deviene mítico y, en cierta forma, bíblico. Pero el misterio sigue siendo al paradero del Guardián de la Tierra cuya presencia, pese a todo, Shedemei y el Alma Suprema creen percibir, de vez en cuando, de forma siempre sutil e imprecisa.

Orson Scott Card

Nacidos en la Tierra

PERSONAJES

Nota sobre las convenciones relacionadas con los nombres

Entre los humanos nafari, es costumbre que los notables añadan honoríficos a su nombre. De manera formal, el honorífico se coloca al comienzo del nombre, de modo que en los actos protocolarios el rey de Darakemba es Ak-Moti; pero en circunstancias comunes el honorífico es un sufijo, y en ese caso se llama Motiak. Algunos honoríficos se modifican para combinarlos con el nombre, y algunos nombres para combinarlos con el honorífico. Así, cuando Jamim era heredero, se llamaba Ha-Jamim o Jamimha, según el uso normal; ya rey, se llamaba Ka-Jamim o Jaminka (mientras que los otros se llamaban Nuak/Ak-Nu y Motiak/Ak-Moti); y, como ex rey, Ba-Jamim o Jamimba (mientras que los otros son conocidos como Nuab/Ab-Nu y Motiab/Ab-Moti).

Los honoríficos masculinos que figuran en este libro son: Ak/Ka, que significa «rey reinante»; Ha/Akh, «heredero»; Ab/Ba, «ex rey»; Ush, «poderoso guerrero»; Dis, «hijo bienamado»; Og/Go, «sumo sacerdote»; Ro/Or, «sabio maestro»; Di/Id, «traidor». Los honoríficos femeninos que figuran en este libro son: Gu/ug, «honorabilísima esposa del rey»; Ya, «mujer grande y compasiva».

Además, la sílaba da se usa como término afectivo general, y se inserta al final de un nombre abreviado, pero delante de todos los honoríficos añadidos. Así Chebeya, en privado, llama a su esposo «Kmadaro», que es (A)kma + da (afectivo) + ro (honorífico que significa «gran maestro»), y Akmaro la llama «Bedaya», que es (Che)be + da (afectivo) + ya (honorífico que significa «mujer grande y compasiva»).

Se considera a los hijos de un notable colectivamente como su «tribu», y así se los denomina. Así, los cuatro hijos de Motiak son, a veces, «los motiaki»; los cuatro hijos de Pabulog serán «los pabulogi» hasta que repudien el nombre.

También cabe señalar que hay varios términos para designar las diversas especies inteligentes. La gente del cielo, la gente del suelo y la gente media se denominan ángeles, cavadores y humanos, respectivamente. Los tres primeros términos sugieren formalidad, dignidad e igualdad entre las especies. Los tres segundos son informales, no necesariamente peyorativos, y los miembros de las tres especies utilizan tanto los términos formales como los informales para designarse a sí mismos.

HUMANOS (GENTE MEDIA)

EN DARAKEMBA:

Motiak, o Ak-Moti: el rey, conquistador de la mayor parte del imperio de Darakemba.

Dudagu, o Gu-Duda.: la actual esposa de Motiak, madre del hijo menor del rey.

Toeledwa, o Dwa-Toel: difunta esposa de Motiak, madre de los primeros cuatro hijos del rey.

Jamimba, o Ba-Jamim: difunto padre de Motiak.

Motiab, o Ab-Moti: padre de Jamimba; condujo a los nafari fuera de la tierra de Nafai para unirlos al pueblo de Darakemba y formar el corazón del imperio.

Aronba, o Ha-Aron: hijo mayor de Motiak, su heredero.

Edhadeya, o Ya-Edhad: segunda hija de Motiak y su hija mayor.

Mon: tercer vástago de Motiak, su segundo hijo varón; así llamado por Monush.

Ominer: cuarto vástago de Motiak, su tercer hijo varón; el último hijo de Toledwa.

Khimin: cuarto hijo varón de Motiak; único hijo de Duda-gu, actual esposa de Motiak.

Monush, o Ush-Mon: principal soldado de Motiak.

EN CHELEM:

Akmaro, o Ro-Akma: ex sacerdote del rey Nuak de los zenifi, ahora encabeza a un grupo de seguidores de las enseñanzas de Binaro/Binadi; a veces su pueblo recibe el nombre de akmari.

Chebeya, o Ya-Cheh: esposa de Akmaro, una descifradora.

Akma: hijo varón y primogénito de Akmaro y Chebeya.

Luet: hija menor de Akmaro y Chebeya.

Pabulog, u Og-Pabul: ex sumo sacerdote del rey Nuak, y ahora uno de los más acerbos líderes elemaki, con un ejército a su disposición.

Pabul: primogénito de Pabulog.

U dad: segundogénito de Pabulog.

Didul: tercer hijo de Pabulog.

Muwu: cuarto hijo de Pabulog.

ENTRE LOS ZENIFI:

Zenifab, o Ab-Zenibab: rey fundador de los zenifi, tribu que lleva su nombre. Los zenifi creen que los humanos no deben convivir con los ángeles y los cavadores, y trataron de fundar una colonia puramente humana en su terruño ancestral de Nafai, después de que los nafari se unieran a los darakembi.

Nuak, o Ak-Nu, también Nuab o Ab-Nu: hijo de Zenifab y reciente rey de los zenifi. Se usa la forma «Nuak» cuando se habla de él durante su reinado y la forma «Nuab» para referirse a él en tiempos posteriores; siempre existe confusión de formas durante un tiempo, cuando se pasa de un nombre al otro.

Ilihiak, o Ak-Ilihi: hijo de Nuak; no estaba destinado a ocupar el trono, pero lo nombraron rey durante la crisis que siguió al asesinato de su padre.

Wissedwa, o Dwa-Wiss: esposa de Ilihiak; salvó a los zenifi después de la cobarde retirada de Nuak.

Khideo: principal soldado de Ilihiak; rechaza todos los honoríficos porque una vez intentó matar a Nuak.

Binadi, o Di-Bina, también llamado Binara, o Ro-Bina: condenado a muerte y ejecutado por Nuak y Pabulog, fue oficialmente declarado traidor (de ahí lo de Binadi); pero la gente de Akmaro lo llama Binaro y lo considera un gran maestro.

EN LA NAVE ESTELAR BASÍLICA:

Shedemei: la capitana, experta genetista, única superviviente del grupo original de humanos que regresaron a la Tierra desde el planeta Armonía; los cavadores, o gente del suelo, la llaman la Insepulta.

ÁNGELES (GENTE DEL CIELO)

Husu: comandante de los espías, una especie de «caballería» integrada totalmente por gente del cielo.

bGo: principal escriba de Motiak, jefe de gran parte de la burocracia de Darakemba.

Bego: el otro-yo de bGo, cronista del rey y preceptor de los hijos de Motiak.

CAVADORES (GENTE DEL SUELO)

Uss-Uss, o Voozhum: doncella de Edhadeya o Ya-Edhad; una esclava, pero una especie de sabia y sacerdotisa entre los esclavos cavadores.

PROLOGO

Mucho tiempo atrás, el ordenador de la nave estelar Basílica había gobernado el planeta Armonía durante cuarenta millones de años. Ahora velaba por una población mucho menor, y también era menor su capacidad de intervención. Pero el planeta que cuidaba era la Tierra, antigua cuna de la especie humana.

La nave Basílica había llevado a un grupo de humanos de retorno al hogar. Dos nuevas especies habían alcanzado la cima de su capacidad intelectual durante la ausencia de la humanidad. Ahora los tres pueblos compartían un vasto macizo de altas montañas, valles exuberantes y un clima que variaba más con la elevación del terreno que con la latitud.

Los cavadores se llamaban a sí mismos gente del suelo y abrían túneles subterráneos que desembocaban en troncos de árboles ahuecados. Los ángeles eran la gente del cielo, y construían nidos en los árboles y se colgaban de las ramas cabeza abajo para dormir, para deliberar y para enseñar. Los humanos eran la gente media, pues vivían en casas sobre la superficie del terreno.

No había ciudades cavadoras sin casas humanas encima, ni aldeas de ángeles sin las cámaras amuralladas de las cuevas artificiales de la gente media debajo. Los extensos conocimientos que los humanos habían traído consigo desde el planeta Armonía eran ínfimos en comparación con los que sus antepasados habían reunido en la Tierra antes de su exilio, hacía cuarenta millones de años. Ahora, incluso eso se había perdido, pero lo que quedaba era tan superior a los conocimientos de la gente del suelo y la gente del cielo que la gente media, dondequiera que viviese, gozaba de gran poder y ascendencia.

En el cielo, el ordenador de la nave Basílica no olvidaba nada, y se valía de los satélites que había puesto en órbita alrededor de la Tierra para observar, reunir datos y memorizar todo lo que aprendía.

Y no estaba solo en su tarea. En la nave vivía una mujer llegada a la Tierra con los primeros colonos, pero que luego, vestida con el manto de capitana, había regresado al cielo, para dormir durante muchos años y despertar de vez en cuando. El manto mantenía la salud de su cuerpo, así que la muerte tardaría en visitarla, si alguna vez llegaba a sorprenderla. Ella recordaba todo cuanto le importaba; recordaba a gente que había vivido y muerto hacía tiempo. Nacimiento, vida y muerte: lo había visto tantas veces que apenas reparaba en ello. Para ella sólo existían las generaciones, las estaciones de su jardín, árboles y hierba y gente que se levantaba y caía, se levantaba y caía.

En la Tierra quedaban pocos recuerdos. Desde el retorno de los humanos se habían salvaguardado dos libros, escritos en delgadas planchas de metal. Uno estaba en manos del rey de los nafari, y se legaba de rey en rey. El otro, menos voluminoso, se había legado al hermano del primer rey, y de él a sus hijos, que no eran reyes, ni siquiera hombres famosos, hasta que al fin, el último de ese linaje, ya incapaz de leer la antigua escritura, entregó el libro de metal más pequeño al hombre que era rey en sus tiempos. Sólo en las páginas de esos libros constaba un recuerdo que perduraba inmutable, de año en año.

En el corazón de aquellos libros, en las profundidades de los archivos de la nave y en la memoria de esa mujer, el principal recuerdo era que los seres humanos habían regresado a la Tierra, convocados por una entidad que no comprendían y que llamaban Guardián de la Tierra. La voz del Guardián no era clara, ni el Guardián resultaba tan inteligible como el ordenador de la nave en los tiempos en que lo llamaban Alma Suprema y la gente lo adoraba como a un dios, El Guardián hablaba por medio de sueños, y aunque muchos captaban aquellos sueños, y muchos creían que significaban algo, sólo unos cuantos sabían quién los había enviado, o lo que el Guardián deseaba de la gente de la Tierra.

1. CAUTIVERIO

Akma nació en casa de un hombre rico. Tenía pocos recuerdos de esa época. Recordaba que Akmaro, su padre, lo había llevado a una torre alta y lo había entregado a otro hombre, que lo sostuvo sobre el parapeto de la torre hasta que él gritó de terror. El hombre que lo sostenía rió hasta que su padre recobró a Akma y lo abrazó. Luego Madre contó a Akma que el hombre que lo había atormentado en la torre era Nuak, rey de la tierra de Nafai.

—Era muy mal hombre —dijo Madre—. A la gente no le importaba mientras fuera buen rey, pero cuando llegaron los elemaki y conquistaron la tierra de Nafai, el pueblo odió tanto a Nuak que lo quemó en la hoguera.

Cuando ella le contó esa historia, el recuerdo de Akma cambió; ahora, al soñar con el hombre que lo sostenía riendo en lo alto de la torre,' se lo imaginaba envuelto en llamas. La torre ardía y Akmaro, en vez de rescatar al niño, saltaba y caía al abismo, y Akma no sabía qué hacer, si quedarse en la torre y arder o saltar con su padre. Despertaba de aquel sueño gritando aterrorizado.

También recordaba a Padre irrumpiendo en casa mediado el día, mientras Madre supervisaba el trabajo de dos cavadoras que preparaban una fiesta para esa noche. Akmaro tenía un aspecto desastroso, y aunque hablaba en susurros y Akma no sabía lo que decía, evidentemente algo malo sucedía y le daba miedo. Padre se marchó al instante, y Madre ordenó a las cavadoras que interrumpieran la preparación de la fiesta y reunieran provisiones para un viaje. Al cabo de un momento, cuatro humanos armados con espadas entraron por la puerta y exigieron ver al traidor Akmaro. Madre fingió que Padre estaba al fondo de la casa y trató de impedir que entraran. El hombre más corpulento la derribó y le apoyó una espada en la garganta mientras los demás registraban la casa. El pequeño Akma se enfureció y atacó al hombre que amenazaba a su madre. El hombre se rió de él cuando Akma se cortó con una de las piedras de su espada, pero su madre no se rió.

—¿De qué te ríes? —dijo—. Este chiquillo ha tenido agallas para atacar a un hombre armado con espada, mientras que tú sólo tienes coraje para atacar a una mujer desarmada.

El hombre se enfadó, pero cuando los demás regresaron sin haber hallado a Padre, todos se marcharon.

Y además estaba la comida. Akma estaba seguro de que en otra época abundaban los alimentos, preparados por esclavos cavadores. Pero ahora, de tan hambriento, no lograba recordarla. No recordaba haberse sentido saciado. En los maizales, bajo el tórrido sol, no recordaba un tiempo en que no tuviera sed, en que no sintiera el dolor de la fatiga en los brazos, la espalda, las piernas, y esa palpitación detrás de los ojos. Quería llorar, pero sabía que avergonzaría a su familia. Quería gritarle al capataz cavador que necesitaba beber, descansar y comer, y que era estúpido hacerlos trabajar sin comida porque los agotarían. El viejo Tiwiak había muerto el día anterior; de repente se había desplomado sobre el maíz sin ni siquiera susurrarle un adiós a su esposa; ella se había arrodillado llorando en silencio frente al cuerpo, pero el capataz la había azotado por interrumpir el trabajo. ¡Y se trataba de su esposo!

Akma odiaba a los cavadores. Sus padres habían cometido un error al conservarlos como criados en la tierra de Nafai. Habría sido mejor exterminarlos, sin permitir jamás que se acercaran a las verdaderas personas. Su padre alegaba que los cavadores se desquitaban por el prolongado y cruel gobierno de Nuak. De noche susurraba que el Guardián de la Tierra no quería que la gente del suelo, la gente del cielo y la gente medía fueran enemigos. Pero Akma sabía la verdad. No habría seguridad en el mundo mientras no hubieran muerto todos los cavadores.

Cuando llegaron los cavadores, su padre impidió que su gente opusiera resistencia.

—No me seguisteis al desierto para convertiros en asesinos, ¿verdad? —dijo—. Recordad al Guardián. Él no desea la muerte de sus hijos.

La única protesta que oyó Akma fue el susurro de su madre:

—Ella.

Como si importara que el Guardián tuviera un arado o una argolla entre las piernas. Las mujeres insistían en llamarle ella, pero Akma ni siquiera se lo planteaba. El Guardián —fuera masculino o femenino— era un dios lamentable si no podía impedir que sus adeptos fueran esclavizados por roñosos, bestiales, estúpidos y crueles cavadores.

Pero Akma no expresaba tales ideas, pues la única vez que lo había hecho su padre se había callado y pasado el resto de la noche sin hablarle. Eso era insoportable. El silencio diurno ya era agobiante. Que su padre le obligara a callar de noche era lo peor del mundo. Así que Akma se guardaba su odio a los cavadores, así como su desprecio por el Guardián, y de noche hablaba en voz baja con sus padres, saboreando aquellos murmullos como si fueran aguas cristalinas de un arroyo de montaña.

Un día un chico nuevo apareció en la aldea. No era delgado y bronceado como los demás, y vestía ropa fina, de colores vivos, sin remiendos. Su cabello limpio y largo ondeó al viento cuando el niño se plantó en la cima de la colina que se erguía en medio del ejido. A pesar de todo lo que habían dicho sus padres sobre el Guardián de la Tierra, Akma no estaba preparado para la visión de un dios, y dejó de trabajar para contemplar el espectáculo.

El capataz le gritó, pero no le oyó. Aquella visión anulaba todos los sonidos, todos los sentidos, salvo la vista. Sólo cuando la sombra del capataz se irguió sobre él, alzando el brazo para golpearlo con la vara, Akma reaccionó y se atemorizó. Entonces, instintivamente, le gritó al joven que tenía la imagen de un dios en el rostro:

—¡No dejes que me pegue!

—¡Alto! —exclamó el joven con voz segura y firme, bajando la colina. Increíblemente, el capataz le obedeció.

Padre estaba lejos de Akma, pero Madre estaba cerca y le susurró algo a Luet, la hermana de Akma, y Luet se aproximó unos pasos y murmuró:

—Es el hijo del enemigo de Padre.

Akma la oyó, y de inmediato adoptó una actitud cauta. Pero la belleza del joven era deslumbrante.

—¿Qué te ha dicho? —preguntó sonriente el joven, con amabilidad.

—Que tu padre es el enemigo de mi padre.

—Ah, sí. Pero no por elección de mi padre.

Akma no supo qué responder. Nadie se había molestado en explicarle a él, un chico de siete años, cómo su padre se había ganado tantos enemigos. Akma nunca se había planteado que quizá fuera culpa de su padre. Pero tenía sus sospechas. ¿Cómo podía creer al hijo del enemigo de su padre? Y aun así…

—Has impedido que el capataz me golpeara —dijo. El joven miró al capataz, cuyo rostro era inescrutable.

—De ahora en adelante —ordenó—, no castigarás a este niño ni a su hermana sin mi consentimiento. Mi padre lo ordena.

El capataz inclinó la cabeza. Pero Akma notó que no le agradaba recibir semejantes órdenes de un joven humano.

—Mi padre es Pabulog —explicó el joven—, y mi nombre es Didul.

—Yo soy Akma. Mi padre es Akmaro.

—¿Ro-Akma? ¿Akma el maestro? —Didul sonrió—. ¿Qué puede enseñar ro que no haya aprendido de og? Akma no sabía qué significaba og. Didul pareció comprender su confusión.

—Og es el guardián del día, el jefe de los sacerdotes. Después de ak, el rey, nadie es más sabio que og.

Rey significa poder matar a cualquiera que no agrade, a menos que posea un ejército, como los elemaki. —Akma le había oído decir aquello a su padre, muchas veces.

—No obstante, ahora mi padre gobierna a los elemaki de esta tierra —señaló Didul—. Mientras que Nuak está muerto. Lo achicharraron, como ya sabrás.

—¿Tú lo viste? —preguntó Akma.

—Camina conmigo. Por hoy has terminado de trabajar. —Didul miró al capataz. El cavador, erguido en toda su altura, apenas alcanzaba la talla de Didul; cuando Didul llegara a la madurez, se elevaría sobre el cavador como una montaña sobre un cerro. Pero en el caso de Didul y el capataz, la talla no tenía nada que ver con su muda confrontación. El cavador se marchitó bajo su mirada.

Akma quedó estupefacto. Mientras Didul lo cogía de la mano y se alejaba con él, Akma preguntó:

—¿ Cómo lo haces ?

—¿Qué? —preguntó Didul.

—Lograr que el capataz parezca tan…

—¿Inútil? —preguntó Didul—. ¿Tan inútil, estúpido e indigno?

¿Los humanos que eran amigos de los cavadores también los odiaban?

—Es sencillo —dijo Didul—. Él sabe que si no me obedece se lo contaré a mi padre y él perderá su cómodo trabajo y volverá a trabajar en fortificaciones y túneles, y a salir en campañas. Y si me levantara la mano, mi padre lo haría descuartizar.

Akma sintió gran satisfacción imaginando que descuartizaban al capataz… a todos los capataces.

—Vi cómo quemaban a Nuak, sí. El era rey, así que conducía a nuestros soldados en la guerra. Pero se había vuelto un viejo blandengue, estúpido y timorato. Todos los sabían. Mi padre trató de compensarlo, pero og tiene sus limitaciones cuando ak es débil. Un gran soldado, Teonig, juró matarlo para que lo reemplazara un verdadero rey, tal vez su segundogénito Ilihi… Pero tú no conoces a esas personas, ¿verdad? Debías de tener… ¿qué, tres años? ¿Qué edad tienes ahora?

—Siete años.

, —Tenías tres, entonces, cuando tu padre cometió traición, huyó como un cobarde al desierto y comenzó a conspirar contra los humanos nafari puros, procurando que humanos, cavadores y reses del cielo convivieran como iguales.

Akma calló. Eso era lo que enseñaba su padre. Pero él nunca lo había considerado una traición contra el reino puramente humano donde había nacido.

—¿Qué sabías tú? Apuesto a que ni siquiera recuerdas haber estado en la corte, ¿verdad? Pero estuviste. Yo te vi, cogido de la mano de tu padre. Él te presentó al rey.

Akma meneó la cabeza.

—No lo recuerdo.

—Era día de familia y todos estábamos allí. Pero tú eras muy pequeño. Sin embargo, yo te recuerdo, porque no demostraste timidez. Estabas tan ancho. El rey comentó: «Ese niño será un gran hombre, si ya ahora es tan valeroso.» Mi padre lo recordó. Por eso me ha enviado a buscarte.

Akma sintió una oleada de deleite en el pecho. Pabulog había enviado a su hijo a buscarle porque de chiquillo había sido valiente. Recordó que había atacado al soldado que amenazaba a su madre. Hasta aquel momento nunca se había considerado valiente, pero ahora veía que era cierto, lo era.

—De cualquier modo, Nuak estaba a punto de morir a manos de Teonig. Dicen que Teonig exigió a Nuak que luchara con él, pero que Nuak repetía: «¡Soy el rey! ¡No tengo por qué luchar contigo!» Y Teonig gritaba: «No me avergüences obligándome a matarte como un perro.» Nuak huyó a lo alto de la torre, y Teonig iba a matarlo cuando el rey miró en dirección a la frontera del territorio elemaki y vio el mayor ejército de cavadores que jamás haya sido visto, asolando la comarca como una tormenta. Teonig le dejó vivir para que el rey pudiera dirigir la defensa. Pero Nuak, en cambio, ordenó a su ejército que huyera, para que no lo destruyeran. Fue un acto cobarde y vergonzoso, y los hombres como Teonig no le obedecieron.

—Pero tu padre sí —dijo Akma.

—Mi padre tenía que seguir al rey. Es el deber de los sacerdotes. El rey ordenó a los soldados que abandonaran a sus esposas e hijos, pero mi padre se negó, o al menos me llevó a mí. Me cargó a hombros y no se rezagó, aunque yo no era tan pequeño ni él tan joven. Por eso yo estaba presente cuando los soldados comprendieron que era muy probable que estuvieran exterminando a sus esposas e hijos en la ciudad. Así que desnudaron al viejo Nuak, lo amarraron a una estaca y le apoyaron leños ardientes contra la piel. El no dejaba de gritar. —Didul sonrió—. Es increíble cuánto gritaba aquel viejo inútil.

Era espantoso imaginarlo. Era estremecedor que Didul, que recordaba la escena, pudiera contarla tan tranquilo.

—En ese momento mi padre comprendió que ya se estaba decidiendo quién ardería a continuación; evidentemente los sacerdotes serían las víctimas, así que pronunció algunas palabras en el lenguaje de los sacerdotes y nos condujo a un sitio seguro.

—¿Por qué no regresasteis a la ciudad? ¿Fue destruida?

—No, pero mi padre dice que la gente de allí no era digna de tener auténticos sacerdotes que conocieran el idioma secreto, el calendario y demás. Ya sabes. Lectura y escritura.

Akma quedó desconcertado.

—¿No todos saben leer y escribir? De pronto Didul se enfadó.

—Eso fue lo peor que hizo tu padre. Enseñar a todos a leer y escribir. A todos los que se creyeron sus mentiras y se largaron de la ciudad para unirse a él, aunque fueran simples labriegos. A todos. Había hecho votos solemnes. Al ordenarse, tu padre juró no revelar a nadie los secretos del sacerdocio. Y luego los difundió a los cuatro vientos.

—Mi padre dice que todas las personas deberían ser sacerdotes.

—¿Personas? ¿Eso es lo que dice? —Didul se echó a reír—. No sólo las personas, Akma. No se proponía enseñar a leer sólo a las personas.

Akma imaginó a su padre tratando de enseñar a leer al capataz. Imaginó a un cavador encorvado sobre un libro, tratando de coger una pluma y trazar los signos en la cera de las tablillas. Se estremeció.

—¿Tienes hambre? —preguntó Didul.

Akma cabeceó, asintiendo.

—Ven a comer conmigo y mis hermanos. —Didul lo condujo a la sombra de una arboleda, detrás de la colina del ejido.

Akma conocía el lugar. Antes de que los cavadores llegaran y los esclavizaran, era el sitio donde su madre reunía a los niños para enseñarles y jugar con ellos mientras su padre enseñaba a los adultos en la colina. Tuvo una sensación extraña al ver allí un gran cesto con fruta y pasteles y un tonel de vino; los cavadores servían comida a tres humanos, y parecían fuera de lugar en un sitio donde antes su madre jugaba con los niños.

Pero los humanos no parecían fuera de lugar. Al contrario, parecía que estarían a sus anchas en cualquier sitio. Uno era pequeño, de la edad de Akma. Los otros dos eran mayores que Didul, y más corpulentos. Hombres, no muchachos. Uno de los mayores se parecía mucho a Didul, aunque no era tan bello. Era cejijunto y de barbilla demasiado pronunciada; la imagen de Didul, pero distorsionada, inferior, inconclusa.

El otro hombre era todo lo contrario de Didul. Lo que en Didul era elegancia, en aquel joven era fuerza; si el rostro de Didul era franco y ligero, el de éste tenía un aspecto adusto y ensimismado. Era tan musculoso que Akma se maravilló que pudiera coger la fruta sin triturarla.

Didul pronto notó cuál de sus hermanos había llamado la atención de Akma.

—Ah, sí. Todos lo miran así. Pabul, mi hermano. Él conduce ejércitos de cavadores. Ha matado con sus propias manos.

Al oír estas palabras, Pabul miró a Didul de mal talante.

—A Pabul no le gusta que yo lo mencione, pero una vez le vi desnucar a un cavador corpulento como si quebrara una rama seca. ¡Crac! La bestia se orinó encima.

Pabul sacudió la cabeza y siguió comiendo.

—Sírvete algo —ofreció Didul—. Siéntate con nosotros. Hermanos, os presento a Akma, el hijo del traidor. El hermano más parecido a Didul escupió.

—No seas grosero, Udad —dijo Didul—. Dile que no sea grosero, Pabul.

—Díselo tú mismo —masculló Pabul. Pero Udad reaccionó como si Pabul hubiera amenazado con matarle. Guardó silencio y se concentró en la comida.

El hermano menor miraba a Akma como si lo evaluara.

—Podría darte una tunda —dijo al fin.

—Cállate y come, mico —repuso Didul—. Éste es el menor, Muwu, y no estamos seguros de que sea humano.

—Cállate, Didul —dijo el pequeñín, irritándose como si supiera lo que venía a continuación.

—Creemos que nuestro padre se embriagó y se apareó con una cavadora para engendrarlo. ¿Ves ese hocico de rata?

Muwu gritó con furia y se lanzó contra Didul, quien lo esquivó fácilmente.

—Basta, Muwu, llenarás la comida de tierra. ¡Basta!

—Basta —dijo serenamente Pabul, y Muwu desistió de su ataque.

—Come —dijo Didul—. Debes de tener hambre. Sí, Akma tenía hambre, y la comida tenía un aspecto apetitoso. Iba a sentarse cuando Didul añadió:

—Nuestros enemigos padecen hambre, pero nuestros amigos comen.

Akma recordó que sus padres también tenían hambre, y su hermanita Luet.

—Permite que lleve algo a mi hermana y a mis padres —dijo—. O deja que vengan a comer con nosotros. Udad soltó una carcajada.

—Estúpido —murmuró Pabul.

—Te he invitado a ti —murmuró Didul—. No me pongas en un aprieto tratando de hacerme alimentar a los enemigos de mi padre.

Sólo entonces Akma comprendió lo que sucedía. Didul podía ser bello y fascinante, con sus anécdotas, su afabilidad y su ingenio, pero no sentía el menor interés por Akma. Sólo trataba de conseguir que Akma traicionara a su familia. Por eso insistía en hablar así de su padre, tildándolo de traidor. Para que Akma se alzara contra los suyos.

Eso sería como… como hacerse amigo de un cavador. Era antinatural e indigno, y Akma comprendía que Didul era como un jaguar, astuto y cruel. Era atractivo y bello, pero te tumbaba de un zarpazo si te acercabas demasiado.

—No tengo hambre —dijo Akma.

—Mientes —repuso Muwu.

—No miento —replicó Akma. Pabul se enfrentó a él por primera vez.

—No contradigas a mi hermano —dijo. La voz era neutra, pero la amenaza era inequívoca.

—Sólo he dicho que no mentía —puntualizó Akma.

—Pero mientes —dijo Didul jovialmente—. Te estás muriendo de hambre. Las costillas te sobresalen tanto que te podrías cortar con ellas. —Rió satisfecho y le ofreció una torta de maíz—. ¿No eres mi amigo, Akma?

—No —negó Akma—. Y tú tampoco eres mi amigo. Sólo has venido a verme porque te ha enviado tu padre. Udad se rió de su hermano.

—Vaya, eres listo, Didul. Asegurabas que podías hacerte amigo suyo, que lo conquistarías el primer día. Bien, te ha calado enseguida.

Didul le puso mala cara.

—No habría sido así si supieras callarte. Akma perdió los estribos.

—¿Todo esto era un juego?

—Siéntate —dijo Pabul.

—No —se negó Akma. Muwu rió entre dientes.

—Rómpele la pierna, Pabul, como hiciste con aquel otro.

Pabul miró a Akma como si se lo pensara.

Akma quería suplicarle, rogarle que no le hiciera daño. Pero sabía por instinto que no podía mostrarse débil frente a una persona de esa clase. ¿Acaso su padre no se había enfrentado al mismísimo Pabulog sin pestañear?

—Rómpeme la pierna, si quieres —concedió—. No puedo impedírtelo, porque eres mucho más corpulento. Pero si estuvieras en mi lugar, Pabul, ¿te sentarías a comer con el enemigo de tu padre?

Pabul ladeó la cabeza y lo llamó con un ademán lánguido.

Akma sintió que la amenaza disminuía mientras Pabul lo aguardaba serenamente. Pero en cuanto Akma se le acercó, Pabul extendió aquella mano lánguida, le aferró la garganta y lo tiró al suelo, sofocándolo. Respirando entrecortadamente, Akma miró los ojos entornados de su enemigo.

—¿Por qué no te mato ahora y arrojo tu cuerpo a los pies de tu padre? —dijo Pabul—. O tal vez le arroje tu cuerpo a pedazos. Un pedazo cada día. Un dedo del pie, un dedo de la mano, una oreja, y luego trozos de pierna y brazo. Él podría reconstruirte, y cuando reuniera todos los trozos, todos seríamos felices de nuevo, ¿verdad?

Akma estaba deshecho de miedo; creía a Pabul muy capaz de cometer aquel acto monstruoso. Pensando en la pesadumbre que sentirían sus padres si vieran su cuerpo ensangrentado a trozos, se olvidó de la manaza que todavía le oprimía la garganta, aunque ahora le permitía respirar.

Udad rió.

—Si Akmaro se lleva tan bien con el Guardián de la Tierra, tal vez logre que ese viejo e invisible transmisor de sueños obre un milagro y convierta esos trozos en un niño. Otros dioses hacen milagros continuamente, ¿por qué no el Guardián?

Pabul ni siquiera se volvió hacia Udad. Era como si su hermano no existiera.

—¿No vas a rogar por tu vida? —murmuró—. ¿O al menos por tus dedos?

—Pídele que niegue por su pequeño grifo —sugirió Muwu.

Akma no respondió. Seguía pensando en la pesadumbre de sus padres, en el terror que debían de sentir, preguntándose adonde lo había llevado aquel niño. Su madre había intentado advertírselo enviando a Luet. Pero Didul era tan bello, tan afable, tan encantador… y ahora el precio que pagaba era esa manaza en la garganta. Bien, Akma podía soportarla en silencio. Hasta el rey gritó cuando lo torturaron, pero Akma aguantaría todo lo posible.

—Creo que ahora debes aceptar la invitación de mi hermano —dijo Pabul—. Come.

—No con vosotros —jadeó Akma.

—Es estúpido —dijo Pabul—. Tendremos que ayudarlo. Traedme comida, muchachos. Mucha comida. Tiene mucha, mucha hambre.

Pabul le obligó a abrir la boca y los otros lo atiborraron de comida, sin que Akma atinara a masticarla y tragarla. Cuando vieron que estaba respirando por la nariz, le metieron migajas en las fosas nasales, para que tuviera que respirar por la boca y se atragantara con la comida que le bajaba por el gaznate. Al fin Pabul le soltó el cuello y la mandíbula, pues Akma estaba tan inerme que podían hacer con él lo que quisieran; así que le rasgaron la ropa y le embadurnaron el cuerpo con fruta y comida.

Al fin terminó el suplicio. Pabul delegó en Didul, y Didul en su hermano Udad, la tarea de llevar al ingrato, traicionero y mal educado Akma al trabajo. Udad cogió las muñecas de Akma y tiró con tal fuerza que Akma no podía caminar, y terminó arrastrado por la hierba hasta la cima de la colina. Udad lo arrojó cuesta abajo, y Akma rodó mientras Udad lo celebraba con una risotada.

El capataz no permitió que los humanos interrumpieran su labor para ayudarlo. Avergonzado, herido, humillado y furioso, Akma se puso de pie y trató de limpiarse la suciedad de la nariz y los ojos.

—A trabajar —ordenó el capataz. Udad gritó desde la cima de la colina:

—¡Quizá la próxima vez invitemos a comer a tu hermana!

La amenaza hizo tiritar a Akma, pero aparentó no haberla oído. La única forma de resistencia que le quedaba, igual que a los adultos, era ese empecinado silencio.

Akma volvió a su puesto y trabajó el resto del día. Sólo cuando comenzó a anochecer y el capataz los dejó marchar, pudo contar a sus padres lo que había sucedido.

Hablaban en la oscuridad, cuchicheando, pues los cavadores patrullaban la aldea de noche, atentos a cualquier conspiración o reunión, y aun a las plegarias dirigidas al Guardián de la Tierra, pues Pabulog había declarado que era una traición punible con la muerte, ya que toda plegaria de un adepto del sacerdote renegado Akmaro era una afrenta a todos los dioses. Mientras su madre le limpiaba el cuerpo, sollozando, Akma refirió a su padre lo que había sucedido y lo que le habían contado.

—Conque así murió Nuak —dijo su padre—. En otros tiempos fue buen rey, pero nunca fue buen hombre. Y cuando le servía, tampoco yo era buen hombre.

—Tú nunca has sido uno de ellos —dijo su madre.

Akma quería preguntar a su padre si todo lo que decían los hijos de Pabulog era verdad, pero no se atrevía, pues no habría sabido qué hacer con la respuesta. Si tenían razón, su padre era un perjuro, ¿y cómo podía entonces confiar en su palabra?

—No puedes dejar a Akma así —murmuró su madre—. ¿No sabes cuánto lo han alejado de ti?

—Creo que Akma tiene edad suficiente para saber que no puede fiarse de un embustero.

—Pero ellos le dijeron que eras el embustero, Kmaro. ¿Cómo puede creerte?

A Akma le asombraba que su madre entendiera lo que pensaba mejor que él mismo. Pero también sabía que era vergonzoso dudar de su padre, y se estremeció al ver el semblante de Akmaro.

—Conque me han robado tu corazón, ¿verdad, Kmadis? —Lo llamaba dis, hijo bienamado, no ha, heredero honorable, la designación que usaba cuando sentía orgullo de Akma. Kmaha era el nombre que quería oír de labios de su padre, pero él no lo pronunció. Ha-Akma. Honor, no piedad.

—Él opuso resistencia —le recordó su madre—. Y sufrió por ello, y fue valiente.

—Pero sembraron la semilla de la duda en tu corazón, ¿verdad, Kmadis?

Akma no pudo contenerse. Era demasiado, y rompió a llorar.

—Tranquiliza su espíritu, Kmaro —dijo su madre.

—¿Y cómo, Chebeya? —preguntó su padre—. Nunca he roto mi juramento al rey, pero cuando me expulsaron y trataron de matarme, comprendí que Binaro tenía razón, que el único motivo para impedir que la gente corriente aprendiera a leer, escribir y hablar el idioma antiguo era que los sacerdotes conservaran el monopolio del poder. Si todos pudieran leer el calendario, si todos pudieran leer los documentos antiguos y las leyes, ¿para qué necesitarían someterse al poder de los sacerdotes? Así que rompí el juramento y enseñé a leer y escribir a todos los que acudían a mí. Les revelé el calendario. Pero no está mal romper un mal juramento. —Padre se volvió hacia Madre—. Creo que él no lo entiende, Chebeya.

—Silencio —dijo ella.

Guardaron silencio; sólo se oía el sonido de su respiración. Entonces oyeron el correteo de un cavador por la aldea.

—¿Cuál crees que es su misión? —susurró Madre. Padre le puso un dedo sobre los labios.

—Duerme —murmuró—. Ahora todos debemos dormir.

Su madre se recostó en la estera, junto a Luet, que ya se había dormido hacía un rato. Su padre se tendió junto a Madre, y Akma se puso al otro lado. Pero no quería que su padre lo abrazara. Quería dormir solo, asimilar su vergüenza. La peor humillación no había sido el sofoco y la asfixia, ni que lo embadurnaran de fruta, ni rodar colina abajo, ni enfrentarse harapiento y mugriento a todos. La peor humillación era que su padre fuera un perjuro, y que él hubiera tenido que enterarse por los hijos de Pabulog.

Todos sabían que un perjuro era la peor clase de persona. Decía una cosa y hacía otra, así que era indigno de confianza. ¿Acaso sus padres no le habían enseñado desde su más tierna infancia a cumplir su palabra, pues de lo contrario no tendría honor ni sería de fiar?

Akma trató de pensar en lo que había dicho su padre, que romper un mal juramento era bueno. Pero si era un mal juramento, ¿por qué lo había prestado? Akma no lo comprendía. ¿Su padre había sido malo cuando prestó el juramento, y luego dejó de serlo? ¿Cómo era posible dejar de ser malo? ¿Y quién decidía qué era el mal?

Ese soldado del que le había hablado Didul, Teonig, estaba en lo cierto. Matas a tu enemigo. No lo asaltas por la espalda, rompiendo promesas. Los niños no toleraban esa actitud esquiva. Si se peleaban, gritaban o luchaban hasta someter al otro. Uno podía enfrentarse con un amigo y conservar su amistad. Pero quien actuaba a sus espaldas, no era un amigo sino un traidor.

No le extrañaba que Pabulog estuviera enojado con su padre. Eso fue lo que nos provocó todo este sufrimiento. Padre actuó como un cobarde al ocultarse en el desierto y romper las promesas.

Akma se puso a llorar. Esos pensamientos eran terribles, y los odiaba. Su padre era bondadoso, y todos lo amaban. ¿Cómo podía ser un cobarde traidor? Los hijos de Pabulog sin duda mentían. Ellos eran los malvados, ellos eran quienes lo habían atormentado y humillado. Ellos eran los embusteros.

Pero su padre admitía que decían la verdad. ¿Cómo era posible que la gente mala dijera la verdad y que la gente buena rompiera un juramento? Tales ideas seguían rondando la cabeza de Akma cuando éste logró conciliar el sueño.

2. SUEÑOS VERDADEROS

Mon subió a la azotea de la casa del rey para mirar la puesta del seco sol que descendía entre las montañas del extremo norte del valle. Bego, el bibliotecario real, le había contado que cuando los humanos llegaron a la Tierra creían que el sol se ponía por el oeste y salía por el este.

—Esto es porque venían de un lugar con pocas montañas —dijo Bego—, así que no podían distinguir el norte del oeste.

—¿Ni arriba de abajo? —preguntó incisivamente Aron-ha—. ¿Los humanos eran totalmente imbéciles antes de que los ángeles les enseñaran cosas?

Bien, así era Aronha, siempre resentido por el saber de Bego. ¿Por qué Bego no iba a sentir orgullo de ser un hombre del cielo, de la sabiduría que el pueblo del cielo había acumulado? Durante sus horas de escuela, Aronha siempre señalaba que los humanos habían llevado tal o cual conocimiento al pueblo del cielo. Vaya, por el modo en que lo decía Aronha, parecía que el pueblo del cielo seguiría durmiendo cabeza abajo en los árboles, de no ser por los humanos.

En cuanto a Mon, envidiaba las alas del pueblo del cielo. Mon envidiaba incluso las viejas alas correosas del viejo Bego, tan corpulento que apenas podía planear desde un piso alto hasta el suelo. Su mayor decepción infantil fue enterarse de que los humanos no se convertían en ángeles al crecer; si uno no tenía alas al nacer, velludas e inservibles al principio, nunca le crecían. Debía sufrir para siempre la maldición de aquellos brazos inútiles y desnudos.

A sus nueve años, Mon sólo podía trepar a la azotea al caer la tarde y mirar a los jóvenes del cielo —los que tenían su misma edad o eran más pequeños, pero mucho más libres— que retozaban sobre los árboles junto al río, sobre los campos, sobre los techos, elevándose, bajando, remontándose, rodando en el aire y cayendo como piedras hasta llegar a poca distancia del suelo, para luego desplegar las alas y recorrer las calles como bólidos mientras los humanos, condenados a caminar, alzaban los puños rezongando contra aquellos jóvenes gamberros que representaban una amenaza para la gente trabajadora. Ojalá fuera un ángel, exclamó Mon en su corazón. Ojalá pudiera volar y mirar desde arriba los árboles, las montañas, los ríos y los campos. Ojalá pudiera espiar a los enemigos de mi padre desde lejos y volar hacia él para prevenirlo.

Pero nunca volaría. Sólo podía sentarse en la azotea y rumiar mientras otros bailaban por los aires.

—Podría ser peor.

Mon hizo una mueca. Su hermana Edhadeya era la única que conocía su ansia de volar. Ella había tenido la discreción de no contárselo a nadie, pero cuando estaban solos se burlaba de él sin piedad.

—Hay quienes te envidian a ti, Mon. El hijo del rey, alto y fuerte; dicen que serás un poderoso guerrero.

—Por la altura del niño no se puede saber la talla que alcanzará el hombre —dijo Mon—. Y soy el segundogénito del rey. Cualquiera que me envidie es un tonto.

—Podría ser peor —insistió Edhadeya.

—Eso dices tú.

—Podrías ser la hija del rey —comentó Edhadeya con cierta amargura.

—Bien, si no te queda más remedio que ser mujer, es mejor ser la hija de la reina —dijo Mon.

—Nuestra madre ha muerto, por si no lo recuerdas. Actualmente la reina es la mierdosa Dudagu, no lo olvides. —Mierdosa era una palabra que usaban los niños y que se traducía a la antigua lengua como dermo, un término mucho más grosero. A los niños les encantaba llamar Dudagu Dermo a su madrastra.

—Oh, eso no significa nada —dijo Mon—, salvo que el pobre y pequeño Khimin es irremediablemente feo comparado con los demás hijos de Padre. —Aquel niño de cinco años era el único hijo de Dudagu, y aunque ella insistía en hablar de Ha-Khimin y no de Ha-Aron, era imposible que el rey o el pueblo se avinieran a reemplazar a Aronha. El hermano mayor de Mon y Edhadeya tenía doce años y estatura suficiente para que el pueblo viera que sería un poderoso soldado en la batalla. Y todos veían que era un jefe nato. Si en aquel preciso momento hubiera necesidad de guerrear, Padre pondría una compañía de soldados al mando de Aronha, y los soldados obedecerían con orgullo a aquel joven que un día sería rey. Mon veía el modo en que los demás miraban a su hermano, les oía hablar de él, y ardía por dentro. ¿Por qué su padre insistía en tener hijos varones cuando su madre le había dado el más perfecto desde un principio?

Pero era imposible odiar a Aronha. Las mismas cualidades que lo convertían en buen líder a los doce años también despertaban el amor de sus hermanos. No era prepotente. Rara vez se ensañaba con alguien. Siempre ayudaba y alentaba a los demás. Era paciente con el mal humor de Mon, las rabietas de Edhadeya y la terquedad de Ominer. Incluso era amable con Khimin, aunque sin duda estaba al corriente de las maquinaciones de Dudagu para reemplazar a Aronha por su hijo. El resultado era que Khimin adoraba a Aronha. Una vez Edhadeya había dicho que tal vez ése fuera el plan de Aronha: lograr que todos sus hermanos lo amaran desesperadamente y así no conspirasen contra él.

—Y en cuanto llegue al trono —añadió—, nos hará degollar o desnucar.

Edhadeya hacía aquellos comentarios porque había leído la historia de la familia. No siempre había sido plácida. El primer rey agradable después de muchas generaciones había sido el abuelo de Padre, el primer Motiak, que había abandonado la tierra de Nafai para unirse a la gente de Darakemba. Los primeros reyes eran déspotas sanguinarios. Aunque tal vez era inevitable que fuera así en esos tiempos, cuando la gente de Nafai vivía en guerra constante. La supervivencia no permitía sucesiones controvertidas ni guerra civiles. Así que con frecuencia los nuevos reyes hacían ejecutar a sus hermanos, junto con los sobrinos, y uno de ellos mató a su propia madre porque… bien, era imposible saber por qué esa gente de la antigüedad hacía tales barbaridades. Pero al viejo Bego le gustaba narrar esas historias, siempre enfatizando que el pueblo del cielo no hacía tales cosas cuando estaba al mando.

—La llegada de los humanos fue el comienzo del mal entre la gente del cielo —dijo una vez. A lo cual Aronha replicó:

—¿Qué? ¿Y vosotros llamabais diablos a la gente del suelo sólo de broma? ¿Sólo para hacerles rabiar?

Bego, como de costumbre, se tomó con calma la impertinencia de Aronha.

—No permitíamos que la gente del suelo viviera entre nosotros, ni nos gobernara. Su maldad nunca pudo contagiarnos. Permaneció fuera de nosotros, porque el pueblo del cielo y el pueblo del suelo nunca cohabitaron.

Si nunca hubiéramos cohabitado, pensó Mon, tal vez yo no me pasaría todo el tiempo deseando volar. Me contentaría con andar por la superficie de la tierra como un lagarto o una culebra.

—No te pongas tan serio —dijo Edhadeya—. Aronha no degollará a nadie.

—Lo sé —dijo Mon—. Sé que lo decías en broma. Edhadeya se sentó junto a él.

—Mon, ¿crees esas viejas historias sobre nuestros antepasados? ¿Sobre Nafai y Luet? ¿Crees que hablaban con el Alma Suprema? ¿Crees que Hushidh podía mirar a la gente y ver sus conexiones?

Mon se encogió de hombros.

—Tal vez sea cierto.

—Issib y su silla volante… Y a veces también él podía volar, como cuando estuvo en la tierra de Pristan.

—Ojalá fuera cieno.

—Y esa esfera mágica, sobre la que apoyabas las manos para hacer preguntas y obtener respuestas.

Edhadeya estaba embelesada con sus evocaciones. Mon siguió mirando el sol que caía sobre el río distante, hasta que desapareció y el río dejó de titilar.

—Mon, ¿crees que Padre tiene esa esfera? ¿El índice?

—No lo sé —dijo Mon.

—Cuando Aronha cumpla trece años y se inicie en los secretos, ¿crees que Padre le mostrará el índice? ¿Y la silla de Issib?

—¿Dónde escondería semejante cosa? Edhadeya sacudió la cabeza.

—No lo sé. Sólo me pregunto por qué nosotros ya no tenernos esos objetos maravillosos que ellos tenían.

—Tal vez sí.

—¿Lo crees? —De repente Edhadeya demostró mayor interés—. Mon, ¿crees que a veces los sueños son verdaderos? Porque yo sigo soñando el mismo sueño. Todas las noches, a veces dos veces por noche, o tres. Es tan real, tan diferente de mis otros sueños. Pero yo no soy sacerdote, y los sacerdotes no hablan con las mujeres. Si Madre estuviera viva, podría preguntárselo, pero no se lo preguntaré a Dudagu Dermo.

—Yo sé menos que los demás —dijo Mon.

—Lo sé —dijo Edhadeya.

—Gracias.

—Sabes menos, así que escuchas más. Mon se sonrojó.

—¿Puedo contarte mi sueño? Él asintió.

—Vi a un niño de la edad de Ominer. Y tenía una hermana de la misma edad que Khimin.

—¿Averiguas la edad de la gente de tus sueños? —preguntó Mon.

—Cállate, bobo. Trabajaban en los campos, y los azotaban. A sus padres y a los demás. Los aporreaban y los mataban de hambre. Estaban famélicos. Y los que empuñaban el látigo eran cavadores. Gente del suelo.

Mon reflexionó.

—Padre no permitiría que los cavadores nos gobernaran.

—Pero no éramos nosotros, ¿no lo entiendes? Eran muy reales. Vi cómo pegaban al niño. No los cavadores, sino niños humanos que dominaban a los cavadores.

—Elemaki —murmuró Mon. Los malvados humanos que se habían unido a los cavadores y vivían en sus oscuras cavernas y devoraban a la gente del cielo que secuestraban y asesinaban.

—Los niños eran mayores que él. Él tenía hambre y lo atormentaban atiborrándolo de comida hasta atragantarlo, y luego le embadurnaban el cuerpo con frutas y migajas y lo hacían rodar por el fango y la hierba para que nadie pudiera comérselas. Era espantoso, y el niño era muy valiente y no derramaba una sola lágrima. Lo soportaba con tanta dignidad que me hizo llorar.

—¿En el sueño?

—No, cuando desperté. Desperté llorando. Desperté diciendo: «Tenemos que ayudarles. Tenemos que encontrarlos y traerlos aquí.»

—¿Nosotros?

—Padre, supongo. Nosotros. Los nafari. Porque creo que esas personas son nafari.

—¿Entonces por qué no envían a gente del cielo a buscarnos y pedir ayuda? Eso hace la gente cuando los elemaki la atacan.

Edhadeya pensó en ello.

—¿Sabes algo, Mon? No había un solo ángel entre ellos. Mon la miró sorprendido.

—¿No había gente del cielo?

—Quizá los cavadores los han matado a todos.

—¿No lo recuerdas? —preguntó él—. ¿Los que se marcharon en tiempos del abuelo de Padre? ¿Los que odiaban Darakemba y querían recobrar la tierra de Nafai?

—Zef…

—Zenif —dijo Mon—. Decían que estaba mal que los humanos y el pueblo del cielo convivieran. No se llevaron a un solo ángel consigo. Son ellos. Has soñado con ellos.

—Pero todos murieron.

—No lo sabemos. Sólo sabemos que nunca tuvimos noticias de ellos. —Mon cabeceó—. Deben de estar vivos.

—¿Entonces crees que el sueño es real? —preguntó Edhadeya—. ¿Como los que tenía Luet?

Mon se encogió de hombros. Algo le molestaba.

—Tu sueño —dijo—, no creo que sea exactamente sobre los zenifi. Creo… parece que falta algo, me parece que se trata de alguien.

—¿Y cómo podemos saberlo? Has sido tú quien ha sugerido que se trataba de los zenifi.

—Y eso me parecía cuando lo he dicho. Pero ahora… ahora hay algo que no encaja. Debes contárselo a Padre.

—Cuéntaselo tú. Lo verás durante la cena.

—Y tú lo verás cuando venga a darnos las buenas noches. Edhadeya hizo una mueca.

—Siempre viene con Dudagu Dermo. Nunca veo a Padre a solas.

Mon se sonrojó.

—No está bien que Padre se comporte así.

—Sí… bien, tú eres el que siempre sabe lo que es correcto. —Le dio una palmada en el brazo.

—Le contaré tu sueño durante la cena.

—Dile que el sueño es tuyo. Mon sacudió la cabeza.

—Yo no miento.

—No te escuchará si piensa que es el sueño de una mujer. Los demás hombres se reirán.

—No le contaré de quién es el sueño hasta que haya concluido. ¿Qué te parece?

—Y además dile esto. En los últimos sueños, el niño, su hermana y sus padres yacen en la oscuridad, y sin que digan una palabra sé que me imploran que vaya a salvarlos.

—¿Qué vayas?

—Bien, en el sueño soy yo. No creo que esa gente, si es real, esté esperando que una niña de diez años acuda al rescate.

—Me pregunto si Padre dejará ir a Aronha.

—¿Crees que enviará a alguien?

Mon se encogió de hombros.

—Ya ha oscurecido. Pronto llegará la hora de cenar. Escucha.

Desde los árboles de las orillas del río, desde las casas altas y angostas de la gente del cielo, se elevó el canto nocturno; al principio eran pocas voces a las que cada vez se añadieron más. Sus agudas y ondulantes melodías se entrelazaban en contrapuntos, improvisaciones, desafíos, resolviendo disonancias y subvirtiendo armonías; el sonido cautivador evocaba los tiempos en que el pueblo del cielo vivía pocos años y debía disfrutar cada momento, pues la muerte siempre estaba al acecho. Los niños dejaron de jugar y descendieron para ir a cenar, regresando junto a sus padres que cantaban, a hogares tan llenos de música como los antiguos refugios de paja de los ángeles en las copas de los árboles.

A Mon se le llenaron los ojos de lágrimas. Por eso pasaba a solas el momento de la canción nocturna, porque los demás se habrían burlado de él si lo hubiesen visto llorar. Pero no Edhadeya.

Edhadeya le besó la mejilla.

—Gracias por creerme, Mon. A veces creo que bien podría ser un tronco, pues nadie me presta atención.

Mon se sonrojó de nuevo. Cuando se volvió, Edhadeya ya bajaba por la escalerilla. Él debía acompañarla, pero ahora las voces humanas comenzaban a sumarse al canto, así que no podía irse. En las ventanas de las grandes casas cantaban los criados humanos y en las calles, los jornaleros y los notables de la ciudad, y cada voz tenía tanto derecho como las demás a participar en la canción nocturna. En algunas ciudades, los reyes humanos decretaban que sus súbditos humanos cantaran cierta canción, cuya letra habitualmente hablaba del patriotismo o del culto al rey o a los dioses oficiales. Pero en Darakemba se respetaban las viejas tradiciones nafari, y los humanos improvisaban sus melodías tan libremente como los ángeles. Las voces de la gente media eran más graves, menos flexibles. Pero se esforzaban, y la gente del cielo aceptaba su canto y jugaba con él, bailaba en torno a él, lo decoraba y subvertía y lo exaltaba, de modo que la gente media y la gente del cielo formaban un coro en una continua y asombrosa cantata con diez mil compositores y sin solistas.

Mon elevó su propia voz, tan aguda y dulce que no tenía que cantar entre las graves voces humanas, sino que podía ocupar un lugar en los resquicios del canto de la gente del cielo. Desde la calle, una mujer de los campos lo miró y sonrió. Mon le respondió, no con una sonrisa, sino con una rápida y acertada improvisación. Ella rió, cabeceó y siguió caminando, y Mon se sintió bien. Alzó los ojos y vio, en el techo de una casa situada a dos calles de distancia, a dos jóvenes ángeles que se habían posado allí un instante en su vuelo de regreso. Lo observaban, y Mon elevó la voz desafiante, aun sabiendo que su canto, agudo y rápido como era, no podía compararse con el canto de la gente del cielo. Aun así, ellos lo acompañaron un instante y levantaron el ala izquierda para saludarlo. Son gemelos, pensó Mon, un yo y su otro-yo, pero han dedicado un instante para incluirme en su dúo. Alzó la mano izquierda en respuesta, y ellos planearon desde el techo hasta un patio.

Mon se levantó y, todavía cantando, caminó hacia la escalerilla. Si fuera un ángel, no tendría que usar la escalerilla para bajar de la azotea de la casa del rey. Podría planear y posarse ante la puerta, y cuando hubiese terminado de cenar podría elevarse en el cielo nocturno para ir de cacería bajo el claro de luna.

Sus pies descalzos chasqueaban en los peldaños mientras bajaba. Guardián de la Tierra, ¿por qué me hiciste humano? Cantó mientras atravesaba el patio de la casa del rey, enfilando hacia la bullanguera hermandad de comensales, pero en su canción había dolor y soledad.

Shedemei despertó en la cámara de la nave estelar Basílica y vio de inmediato que no se trataba de uno de sus despertares programados. No era la fecha indicada, como le confirmó mentalmente al instante la voz del Alma Suprema.

—El Guardián vuelve a mandar sueños.

Experimentó una especie de euforia. Durante todos aquellos siglos, viviendo a ratos, manteniéndose joven de cuerpo gracias al manto de capitana pero sintiéndose fatigada de corazón, había aguardado la próxima decisión del Guardián. Nos trajo aquí, pensaba Shedemei, nos trajo aquí y nos mantuvo con vida y nos envió sueños, y de pronto calló y nos abandonó a nuestra suerte.

—Primero fue a un anciano, entre los zenifi —dijo el Alma Suprema. Shedemei caminó desnuda por los pasillos de la nave y se dirigió hacia la biblioteca por el conducto central—. Lo asesinaron. Pero un sacerdote llamado Akmaro le creyó. Me parece que él también tuvo algunos sueños, pero no tengo la seguridad. Con el anciano muerto y el ex sacerdote viviendo en la esclavitud, no te habría despertado. Pero la hija de Motiak también soñó. Como Luet. No he visto una soñante así desde Luet.

—¿Cómo se llama? Era una recién nacida cuando yo…

—Edhadeya. Las mujeres la llaman Deya. Saben que ella es excepcional, pero los hombres no escuchan a las mujeres.

—No me gusta el giro que han tomado las relaciones entre hombres y mujeres entre los nafari. Mis tataranietas no tendrían por qué soportar estos abusos.

—He visto cosas peores —dijo el Alma Suprema.

—No me cabe la menor duda. Pero, si me perdonas la pregunta, ¿y qué?

—Cambiará —dijo el Alma Suprema—. Siempre cambia.

—¿Qué edad tiene ahora Deya?

—Diez años.

—Duermo diez años y no me siento descansada. —Shedemei se sentó ante uno de los ordenadores de la biblioteca—. De acuerdo, muéstrame lo que debo ver.

El Alma Suprema le mostró el sueño de Edhadeya y le habló de Mon y su sentido de la verdad.

—Bien —dijo Shedemei—, los poderes de los padres no han disminuido en los hijos.

—Shedemei, ¿esto tiene algún sentido para ti? Shedemei quiso reír a carcajadas.

—¿Oyes lo que dices? Tú eres el programa que pasaba por un dios en el planeta Armonía. Trazabas tus planes y urdías tus tramas sin pedir consejo a los humanos. Nos reuniste y nos arrastraste a la Tierra, transformaste nuestras vidas para siempre… y ahora me preguntas a si esto tiene sentido. ¿Qué ha pasado con el plan maestro?

—Mi plan era sencillo —dijo el Alma Suprema—. Regresar a la Tierra y preguntar al Guardián qué hacer con la disminución del poder del Alma Suprema en Armonía. Cumplí ese plan hasta donde pude. Y aquí estoy.

—Y aquí estoy yo.

—¿No lo entiendes, Shedemei? No estás aquí porque yo lo planeara. Necesitaba ayuda humana para ensamblar una nave estelar que funcionara, pero no necesitaba llevar humanos conmigo. Os traje aquí porque el Guardián de la Tierra os enviaba sueños… y a mayor velocidad que la luz, debo añadir. El Guardián parecía querer que los humanos vinierais aquí. Así que os traje. Y vine esperando hallar maravillas tecnológicas. Máquinas que pudieran repararme, reaprovisionarme, enviarme de regreso a Armonía con capacidad para restaurar el poder del Alma Suprema. En cambio aguardo aquí, he aguardado casi quinientos años…

—Igual que yo —añadió Shedemei.

—Tú has dormido casi todo el tiempo —dijo el Alma Suprema—. Y no eres responsable de un planeta que está a cien años luz de distancia, donde la tecnología comienza a florecer y faltan pocas generaciones para que se libren guerras devastadoras. Yo no tengo tiempo para esto. Aunque tal vez sí, si el Guardián cree lo contrario. ¿Por qué el Guardián no me habla? Cuando nadie oía nada en todos estos años, yo podía ser paciente. Pero ahora los humanos vuelven a soñar, el Guardián vuelve a la acción, y sin embargo no me dice nada.

—¿A mí me lo preguntas? Eres tú quien tiene recuerdos que se remontan a la época de tu creación. El Guardián te envió, ¿verdad? ¿Dónde estaba entonces? ¿Qué era entonces?

—No lo sé. —Si un ordenador pudiera encogerse de hombros, pensó Shedemei, el Alma Suprema lo haría ahora—. ¿Crees que no he buscado en mi memoria? Antes de morir, tu esposo me ayudó a buscar, y no encontramos nada. Recuerdo que el Guardián siempre estaba presente. Recuerdo saber que el Guardián programó en mí instrucciones vitales… pero sé tan poco como tú sobre quién o qué era o es el Guardián.

—Fascinante —dijo Shedemei—. Veamos si podemos hallar un modo de que el Guardián te hable. O que al menos nos muestre su juego.

Mon estaba sentado, como de costumbre, en el extremo de la mesa de los mayordomos. Su padre le había explicado que el hijo del rey se sentaba allí por respeto a los cronistas, mensajeros, tesoreros y proveedores, «pues de no ser por ellos, los soldados no tendrían reino que proteger».

A esas palabras, Mon había comentado con voz neutra:

—Si realmente quisieras demostrarles respeto, pondrías a Ha-Aronha con ellos.

A lo cual su padre respondió:

—Si no fuera por los soldados, todos los mayordomos estarían muertos.

Así que Mon, el segundogénito, era todo lo que merecía el segundo rango de dirigentes del reino; el primogénito era el honor del primer rango, los militares, la gente que realmente importaba.

Y así se celebraba también el ritual de la cena. La cena del rey había comenzado muchas generaciones atrás como consejo de guerra y fue entonces cuando comenzó la exclusión de las mujeres. En aquellos tiempos los miembros del consejo comían juntos una vez por semana, pero hacía generaciones que lo hacían cada noche; y los varones humanos de riqueza y abolengo imitaban al rey en sus hogares, cenando aparte de las esposas e hijas. No ocurría así entre la gente del cielo, sin embargo. Aun los que compartían la mesa del rey iban a su hogar y se sentaban con sus esposas e hijos para otra comida.

Por eso, sentado a la izquierda de Mon, el escriba principal, el viejo ángel llamado bGo, apenas probaba bocado. Se sabía que la esposa de bGo se enfadaba si él no demostraba apetito en casa, y a Padre no le ofendía que bGo temiera más a su esposa que al rey. bGo era uno de los escribas de mayor rango, aunque como jefe de empadronamiento no era tan poderoso como el tesorero y el proveedor. Era un conversador pésimo, y Mon aborrecía sentarse con él.

En cambio Bego, el otro-yo de bGo, era mucho más locuaz, y tenía más apetito, principalmente porque era soltero. Bego, el cronista, era apenas un minuto y medio menor que bGo, aunque costaba creer que fueran de la misma edad. Bego demostraba tanta energía, tanto vigor, tanta… tanta rabia, pensaba a veces Mon. A Mon le gustaba ir a la escuela cuando enseñaba Bego, pero a veces se preguntaba si Padre sabría cuánta rabia hervía en el interior del cronista. No se trataba de deslealtad, pues de lo contrario Mon lo habría denunciado; sólo de una rabia general contra la vida. Aronha decía que era porque nunca se había apareado con una hembra, pero últimamente Aronha sólo pensaba en el sexo y creía que eso lo explicaba todo… lo cual sin duda era cierto en el caso de Aronha y sus amigos. Mon ignoraba por qué Bego sentía tanta furia, sólo sabía que eso daba a sus lecciones un delicioso toque de escepticismo. E incluso a su manera de comer. Había una especie de salvajismo en el modo en que se llevaba a los labios el pan con pasta de judías y lo mordía, en su modo de triturar la comida al masticar, despacio, metódicamente, poniendo mala cara al resto de la corte.

A la derecha de Mon, el tesorero y el proveedor hablaban como de costumbre de su trabajo, aunque en voz baja, para no perderse lo que se decía cerca del rey, donde los soldados narraban anécdotas sobre las recientes incursiones y escaramuzas. Siendo humanos adultos, el tesorero y el proveedor eran mucho más altos que Mon, y tras los saludos iniciales lo ignoraban. Mon era tan alto como la gente del cielo que tenía a su izquierda, y además conocía mejor a Bego, así que hablaba con ellos.

—Debo contarle algo a Padre —le dijo a Bego.

Bego masticó y tragó, clavando en Mon sus ojos fatigados.

—Pues cuéntaselo.

—Exactamente —murmuró bGo.

—Es un sueño —dijo Mon.

—Pues cuéntaselo a tu madre —dijo Bego—. Las mujeres medias aún prestan atención a esas cosas.

—Cierto —murmuró bGo.

—Pero es un sueño verdadero —puntualizó Mon. bGo se irguió en la silla.

—¿Y cómo lo sabes?

Mon se encogió de hombros.

—Lo sé.

bGo se volvió hacia Bego y ambos se miraron fijamente, como si entablaran una comunicación silenciosa. Luego miraron a Mon.

—Sé prudente al hacer tales afirmaciones.

—Soy prudente. Sólo las hago si estoy seguro, y sólo cuando importa.

Era algo que Bego les había enseñado en la escuela: «Cuando podáis evitar una decisión, eso debéis hacer. Tomad decisiones sólo cuando estéis seguros, y sólo cuando importe.»

Bego cabeceó al oír que Mon repetía su precepto.

—Si él me cree, será un tema para el consejo de guerra —dijo Mon.

Bego estudió a Mon. También bGo, por un instante, pero luego puso los ojos en blanco y se repantigó en la silla.

—Presiento que se aproxima una escena embarazosa —murmuró.

—Embarazosa sólo si el príncipe es tonto —dijo Bego—. ¿Lo eres?

—No —contestó Mon—. No en este asunto, al menos.

Pero al decirlo, Mon se preguntó si no actuaba como un tonto. A fin de cuentas, el sueño era de Edhadeya, no suyo. Y había algo que fallaba en su interpretación. Pero una cosa era segura: era un sueño verdadero, y significaba que en alguna parte los humanos —humanos nafari— vivían en dolorosa servidumbre bajo los látigos de cavadores elemaki.

Bego aguardó un instante, como para cerciorarse de que Mon no se echaría atrás. Luego alzó la mano derecha.

—Padre Motiak —dijo en voz alta.

Su voz cortante interrumpió la ruidosa conversación del otro extremo de la mesa. Monush, durante muchos años el guerrero más poderoso del reino, el hombre de quien Mon había heredado el nombre, se interrumpió en medio de una anécdota. Mon se alarmó. ¿Bego no podía haber esperado una pausa natural en la conversación?

La afable expresión de su padre no cambió.

—Bego, memoria de mi pueblo, ¿qué tienes que decir en el consejo de guerra?

Había en estas palabras un deje amenazador, aunque su tono era sereno y amable, como de costumbre.

—Mientras los soldados están sentados a la mesa —dijo Bego—, un notable del reino tiene información interesante que, si decides prestarle atención, será objeto de un consejo de guerra.

—¿Y quién es ese notable? ¿Cuál es esa información? —preguntó Padre.

—Se sienta al lado de mi otro-yo —dijo Bego—, y él mismo puede darte la información.

Todos los ojos se clavaron en Mon y por un instante quiso echar a correr. Al pedirle el favor, ¿Edhadeya había comprendido lo terrible que sería aquel momento? Pero Mon sabía que no podía amilanarse ahora. Si se echaba atrás, humillaría a Bego y se avergonzaría a sí mismo. Aunque no creyeran en su mensaje, tenía que comunicarlo, y con determinación.

Se puso de pie y, tal como hacía su padre antes de un discurso, miró a todos los dirigentes del reino a los ojos. En sus rostros leyó sorpresa, diversión, ostensible paciencia. Miró a Aronha el último, y para su alivio vio que Aronha estaba serio y parecía interesado, no se burlaba ni se avergonzaba de él. Aronha, gracias por tu respeto.

—Mi información proviene de un sueño verdadero —dijo Mon al fin.

Un murmullo recorrió la mesa. ¿ Quién se había atrevido a hablar de un sueño verdadero en muchas generaciones? ¿Y estando sentado a la mesa del rey?

—¿Cómo sabes que es un sueño verdadero? —preguntó Padre.

Era algo que Mon nunca había podido explicar a nadie, ni siquiera a sí mismo. No lo intentó ahora.

—Es un sueño verdadero —afirmó.

Otro susurro recorrió la mesa, y mientras algunos de los rostros impacientes adoptaban una expresión burlona, los rostros burlones se ponían serios.

—Al menos prestan atención —murmuró bGo. Padre habló de nuevo, consternado.

—Cuéntanos el sueño, pues, y por qué es objeto de un consejo de guerra.

—El mismo sueño se ha repetido varias noches —dijo Mon. Se cuidó de decir quién lo había soñado. Sabía que darían por sentado que era él, pero nadie se atrevería a llamarlo mentiroso—. Un niño y su hermana, de la edad de Ominer y Khimin, trabajan en los campos como esclavos, debilitados por el hambre, azotados por capataces que son gente del suelo.

Ahora había logrado llamar la atención. Cavadores con esclavos humanos. Eso exasperaba a todos, aunque sabían que sucedía de vez en cuando.

—En una ocasión el niño fue golpeado por niños humanos. Humanos que dominaban a los cavadores. El niño fue valiente y no lloró mientras lo humillaban. Actuó con dignidad.

Los soldados asintieron con un gesto de la cabeza. Entendían a qué se refería.

—De noche el niño, su hermana y sus padres yacían en silencio. Creo… creo que se les prohíbe hablar en voz alta. Pero pedían ayuda. Pedían que alguien los rescatara de la esclavitud.

Mon hizo una pausa, y en el silencio se oyó la voz de Monush.

—No dudo que este sueño sea verdadero; sabemos que muchos humanos y ángeles son esclavos entre los elemaki. ¿Pero qué podemos hacer? Consagramos todas nuestras fuerzas a proteger la libertad de nuestra gente.

—Pero Monush —dijo Mon—, ellos son nuestra gente. Los susurros se llenaron de exaltación.

—Dejad que mi hijo hable —pidió Padre. Los susurros cesaron.

Mon se sonrojó. Padre había admitido que él era su hijo, sí, y eso era bueno, pero no había usado la fórmula tradicional «Dejad que hable mi consejero», que habría significado que aceptaba totalmente lo que él decía. Aún estaba a prueba. Gracias a Edhadeya. Si esto sale mal, puedo quedar humillado de por vida. Se me conocerá como el segundogénito que dijo necedades impertinentes en un consejo de guerra.

—No hay gente del cielo entre ellos —dijo Mon—. ¿Quién ha oído hablar de un reino semejante? Son los zenifi, y nos piden auxilio.

Husu, el ángel que servía al rey como espía principal, al mando de cientos de fuertes y valientes ángeles que vigilaban continuamente las fronteras del reino, alzó el ala derecha, y Mon inclinó la cabeza para ofrecerle el oído del rey. Mon ya había visto hacerlo en el consejo, pero como él nunca había contado con el oído del rey, era la primera vez que participaba en los protocolos de la deliberación formal.

—Aunque el sueño sea verdadero y los zenifi nos pidan ayuda en sueños —dijo Husu—, ¿qué derecho tienen a reclamarla? Ellos rechazaron la decisión del primer Motiak y rehusaron vivir en un lugar donde la gente del cielo superase a la gente media en una proporción de cinco a uno. Abandonaron Darakemba por voluntad propia, para regresar a la tierra de Nafai. Creíamos que los habían destruido. Si nos enteramos de que viven, nos alegra, pero nada más. Si nos enteramos de que son esclavos, nos entristece, pero tampoco significa más.

Cuando hubo concluido, Mon miró al rey pidiendo autorización para hablar de nuevo.

—¿Cómo sabes que son zenifi? —dijo Padre.

Una vez más, Mon sólo podía repetir lo que sabía que era cierto. Pero aquel detalle era incierto. Eran los zenifi pero no eran los zenifi. O algo parecido. Antes eran los zenifi. ¿Sería eso? ¿O eran simplemente parte de los zenifi?

—Son zenifi —dijo Mon, y mientras lo decía supo que acertaba, aunque fuera relativamente. Quizá no fueran todo el pueblo zenifi. Pero eran zenifi. Aunque en otras partes hubiera más.

Pero la respuesta de Mon no daba a Padre muchos elementos de juicio.

—¿Un sueño? —dijo el rey—. El primer rey de los nafari tenía sueños verdaderos.

—Y también su esposa —añadió Bego.

—La gran reina Luet —dijo Padre, asintiendo con un gesto de la cabeza—. Bego es sabio y nos recuerda la historia. Ambos tenían sueños verdaderos. Y también otros entre ellos. Y entre la gente del cielo, y también entre la gente del suelo, en aquellos días. Pero ésa era la edad heroica.

Mon habría querido insistir: Es un sueño verdadero. Pero ya había visto a su padre resistirse en el consejo cuando los hombres defendían su alegato repitiendo lo mismo una y otra vez. Si tenían pruebas, bien, podían hablar y eran escuchados, pero si se limitaban a machacar con lo mismo, Padre les creía cada vez menos. Así que Mon contuvo la lengua, y continuó mirando a su padre a los ojos, sin inmutarse.

Oyó que bGo le murmuraba a su otro-yo:

—Ya sé cuál será la comidilla de la semana.

—El joven tiene coraje —respondió Bego.

—También tú —dijo bGo.

En el silencio, Aronha se levantó, pero en vez de pedir Mon el oído del rey, caminó hasta detenerse detrás de su padre. Era un privilegio que sólo poseía el heredero del trono, hablar en privado con el monarca delante de los demás consejeros sin ofender, pues no era presunción que el heredero demostrara cierta intimidad con el rey.

Padre escuchó a Aronha y asintió.

—Esto se puede decir en voz alta —otorgó. Aronha regresó a su asiento.

—Conozco a mi hermano —dijo—. El no miente.

—Claro que no —dijo Monush, y Husu se hizo eco de esas palabras.

—Más aún —dijo Aronha—, Mon nunca afirma saber lo que no sabe. Cuando no está seguro, lo dice. Y cuando está seguro, siempre tiene razón.

Mon sintió un cosquilleo al oír semejantes palabras de labios de su hermano. Aronha no sólo lo defendía, sino que hacía una afirmación tan osada que Mon sintió miedo por él. ¿Cómo podía afirmar semejante cosa?

—Bego y yo lo hemos notado —dijo Aronha—. ¿Por qué creéis que Bego arriesgó su puesto de comensal para introducir las palabras de Mon? Ni siquiera Mon se da cuenta de ello. En general está inseguro de sí. Es fácil de persuadir; nunca discute. Pero cuando sabe algo de veras, jamás se retracta, por mucho que discutamos. Y cuando se mantiene en sus trece de esa manera, como bien sabemos Bego y yo, nunca se equivoca. Ni siquiera una vez. Yo apostaría mi honor y la vida de hombres capaces a la verdad de lo que él dice hoy. Aunque creo que el sueño no es de Mon, si él dice que es un sueño verdadero y que se trata de los zenifi, entonces sé que es la verdad tal como si viera al viejo Zenif con mis propios ojos.

—¿Por qué crees que el sueño no es de Mon? —preguntó Padre, con repentina cautela.

—Porque él no dijo que lo fuera —dijo Aronha—. Si lo fuera, él lo habría dicho. No lo dijo, así que no lo es.

—¿De quién fue el sueño? —preguntó el rey.

—De la hija de Toeledwa —respondió Mon.

De inmediato estalló un alboroto, en parte porque Mon había osado mencionar el nombre de la difunta reina en una celebración, pero sobre todo porque había llevado las palabras de una mujer a la mesa del rey.

—¡Aquí no habríamos oído esa voz! —exclamó uno de los viejos capitanes.

Padre alzó las manos y todos callaron.

—Tienes razón, aquí no habríamos oído esa voz. Pero mi hijo cree que el mensaje de esa voz debía oírse, así que se atrevió a traerlo, y Ha-Aron ha manifestado su creencia en ello. Lo único que debemos preguntarnos en este consejo es qué haremos, ahora que sabemos que los zenifi nos piden ayuda.

De inmediato se abordaron cuestiones en las que Mon no sería consultado, y se sentó a escuchar. No se atrevía a mirar a nadie, por temor a romper la disciplina y mostrar una sonrisa de alivio, de gratitud por ser sólo un niño, el segundogénito.

Husu se oponía a que gente del cielo arriesgara la vida para rescatar a los zenifi; en vano Monush argumentó que la primera generación, la que había rechazado toda asociación humana con los ángeles, ya había muerto a esas alturas. Mientras discutían aquel tema, con la participación de otros consejeros, Mon se arriesgó a mirar a su hermano. Para su consternación, Aronha lo miró directamente, con una sonrisa. Mon movió la cabeza para ocultar su propia sonrisa, pero en ese momento fue más feliz que nunca en su vida.

Luego se volvió hacia Bego, pero fue bGo quien le susurró:

—¿Y si mueren cien hombres por este sueño de Edhadeya?

Las palabras apuñalaron a Mon en el corazón. No había pensado en ello. Enviar un ejército a territorio elemaki, por largos y angostos desfiladeros donde a cada momento era posible una emboscada, resultaba una temeridad; pero el consejo de guerra no se preguntaba si correrían el riesgo, sino quién encabezaría la expedición.

—No arruines el triunfo del niño —murmuró Bego—. Nadie obliga a los soldados a ir. Él ha dicho la verdad, y con osadía. Honor a él. —Bego alzó su copa de vino con especias.

Mon sabía que debía alzar su copa de vino doblemente rebajado.

—Fue tu voz la que abrió las puertas, Ro-Bego. Bego bebió, frunciendo el ceño.

—No me vengas con tus títulos de persona media, niño. bGo sonrió, una expresión rara en él.

—Mi otro-yo está sumamente complacido —dijo—. Debes disculparlo, porque eso siempre lo amarga. Padre propuso una solución intermedia.

—Que los espías de Husu custodien a los soldados humanos de Monush hasta que encuentren un paso que les permita sortear los puestos elemaki. Por lo que sabemos, hay caos entre los reinos de la tierra de Nafai, y tal vez una incursión sea más segura que de costumbre. Cuando Monush cruce la frontera, los espías se quedarán allí a esperar su regreso.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó Husu.

—Ochenta días —dijo Monush.

—Es la temporada de las lluvias en las serranías —dijo Husu—. ¿Debemos congelarnos o morirnos de hambre? ¿Cuál es el plan?

—Mantén cinco hombres allí durante diez días —dijo el rey—. Luego otros cinco, y otros más, de diez días en diez días.

Monush alzó la mano izquierda para manifestar su acuerdo. Husu alzó el ala izquierda, pero aun así masculló:

—Rescatar a esos racistas inútiles… sí, sin duda vale la pena. Mon se sorprendió de que Husu pudiera hablar con tanta insolencia.

—Entiendo el rencor que la gente del cielo siente por los zenifi —dijo Padre—. Por eso no me ofende que te mofes al aceptar mi propuesta.

Husu inclinó la cabeza.

—Mi rey es más benévolo de lo que su servidor merece.

—Es la pura verdad —murmuró bGo—. Algún día Husu irá demasiado lejos y todos pagaremos por ello.

El «todos» debía de aludir a toda la gente del cielo, pensó Mon. Era inquietante pensar que alguien pudiera responsabilizar a todo el pueblo del cielo por la impertinencia de Husu.

—Eso no sería justo —dijo Mon. bGo rió entre dientes.

—Escucha, Bego, dice que no es justo… como si eso significara que no puede ocurrir.

—En lo más íntimo del corazón de todo hombre humano —susurró Bego—, la gente del cielo no es más que un hatajo de bestias impertinentes.

—Eso no es cierto —protestó Mon—. ¡Te equivocas! Bego lo miró divertido.

—Yo soy humano, ¿verdad? —preguntó Mon—. Y en lo más íntimo de mi corazón los ángeles son el pueblo más bello y más esplendoroso de todos.

Mon no había gritado, pero la intensidad de sus palabras había acallado otras voces. En el repentino silencio, comprendió que todos le habían oído. Vio la sorprendida expresión de su padre y se ruborizó.

—Tengo entendido —dijo Padre— que algunos miembros del consejo sólo pueden hablar si cuentan con el oído del rey. Mon se puso de pie, rojo de vergüenza.

—Perdóname, señor.

Padre sonrió.

—Creo que Aronha dijo que cuando te plantabas en tus trece siempre tenías razón. —Se volvió hacia Aronha—. ¿Aún sostienes lo que has dicho?

Titubeando, Aronha miró a su padre a los ojos y respondió que sí.

—Entonces es opinión de este consejo que los ángeles son el pueblo más bello y esplendoroso.

Y Padre alzó la copa hacia Husu.

Husu se levantó, hizo una reverencia y respondió al brindis. Ambos bebieron. Padre miró a Monush; éste se echó a reír, se puso de pie y también alzo la copa para beber.

—Las palabras de mi segundogénito han traído paz a esta mesa —dijo Padre—. Eso es sabiduría, a mi juicio. Venga, terminemos con esto. El consejo ha concluido y nada nos queda por hacer aquí, salvo comer… y reflexionar sobre el efecto que los sueños de las niñas, transmitidos por niños, pueden tener sobre los pies y las alas de los guerreros.

Edhadeya esperaba que su padre fuera a verla a su habitación para hablar con ella, como cada noche. Habitualmente le gustaba que lo hiciera, para decirle cómo le había ido en la escuela, para jactarse de su conocimiento de una nueva palabra o giro del idioma antiguo, para contarle alguna aventura, chisme o logro del día. Pero esa noche tenía miedo, y no sabía si prefería que Mon le hubiera contado el sueño a Padre o que no lo hubiera hecho. Si no se lo había contado, tendría que contárselo ella misma, y tal vez él le palmeara el hombro y le dijera que el sueño era extraño y maravilloso y luego lo ignorase, sin comprender que era un sueño verdadero.

Pero cuando él llegó a la puerta, Edhadeya supo que Mon se lo había contado. Los ojos de Padre eran penetrantes e inquisitivos. Guardó silencio, los brazos apoyados en la jamba. Al fin asintió con un gesto de la cabeza.

—Conque el espíritu de Luet está despierto en mi hija.

Edhadeya miró al suelo, sin saber si él estaba enfadado u orgulloso.

—Y el espíritu de Nafai en mi segundo hijo. Ah. Conque no estaba enfadado.

—No te molestes en explicarme por qué no podías contarme esto tú misma —dijo Padre—. Sé por qué, y me avergüenzo de ello. Luet nunca tuvo que valerse de subterfugios para obtener la atención de su esposo, ni Chveya tuvo que convencer a un hermano o esposo de que hablara en su nombre cuando tenía conocimientos que otros necesitaban compartir.

Se arrodilló ante ella y le cogió las manos.

—Esta noche miré el consejo del rey, mientras terminábamos la comida, pensando en el peligro y la guerra, en los zenifi esclavizados y necesitados de auxilio, y sólo podía pensar en algo… ¿por qué hemos olvidado lo que sabían nuestros antepasados? Al Guardián de la Tierra no le importa si habla con una mujer o con un hombre.

—¿Y si no es así? —susurró ella.

—¿Qué, ahora lo dudas? —preguntó Padre.

—Yo tuve el sueño, y era verdadero… pero fue Mon quien dijo que eran los zenifi. Yo no lo comprendí hasta que él lo dijo.

—Sigue hablando con Mon cuando tengas sueños verdaderos —dijo Padre—. Sé una cosa. Cuando Mon habló, sentí un fuego en el corazón y pensé, con palabras que acudieron a mi mente tan claramente como si alguien me las hubiera dicho al oído… pensé: Un hombre poderoso se yergue aquí con cuerpo de niño. Y luego supe que el sueño era tuyo, y una vez más la voz me habló en la mente: El hombre que escucha a Edhadeya será el verdadero mayordomo del Guardián de la Tierra.

—¿Era… el Guardián quien te hablaba? —preguntó Edhadeya.

—Quién sabe —dijo Padre—. Tal vez fuera orgullo paterno. Tal vez fuera una expresión de mis deseos. Tal vez fuera la voz del Guardián. Tal vez fuera la segunda copa de vino. —Se echó a reír—. Echo de menos a tu madre. Ella sabría mejor que yo qué hacer contigo.

—Yo hago todo lo posible —dijo Dudagu desde la puerta. Edhadeya jadeó sorprendida. Dudagu tenía la costumbre de moverse con sigilo para que nadie supiera cuándo estaba fisgoneando.

Padre se puso de pie.

—Nunca te he encomendado la educación de mi hija —dijo amablemente—. Así que no entiendo en qué haces lo posible. —Le sonrió a Dudagu y salió de la habitación de Edhadeya.

Dudagu miró a Edhadeya ceñuda.

—No creas que llegarás a ninguna parte con tus sueños, niña —dijo, y sonrió—. Siempre puedo desdecir en su lecho lo que tú le hayas dicho aquí.

Edhadeya sonrió a su madrastra. Luego abrió la boca y se metió el dedo en la garganta como si quisiera vomitar. Un instante después sonreía de nuevo.

Dudagu se encogió de hombros.

—Dentro de cuatro años podré buscarte marido —dijo—. Créeme, ya he ordenado a mis mujeres que busquen al hombre adecuado. Alguien que viva lejos de aquí.

Se alejó en silencio de la puerta y se marchó por el pasillo. Edhadeya se tumbó en la cama y murmuró:

—Me encantaría tener un sueño verdadero de Dudagu Dermo en un accidente con el bote. Si te encargas de esas cosas, querido Guardián de la Tierra, ten en cuenta que ella no sabe nadar pero es muy alta, así que las aguas deben ser profundas.

Al día siguiente sólo se hablaba de la expedición que iría a buscar a los zenifi. Y a la mañana siguiente, el altivo pueblo y los funcionarios de la ciudad despidieron a los soldados, mientras los espías revoloteaban por el cielo. Edhadeya pensó, mientras los miraba partir: «Conque esto puede lograr un sueño.» Y luego pensó: «Debería tener más sueños así.»

Al instante se avergonzó de sí misma. «Si alguna vez miento acerca de mis sueños y sostengo que uno es verdadero cuando no lo es, que el Guardián me arrebate todos los sueños.»

Dieciséis soldados humanos, con la protección aérea de docenas de espías, partieron de Darakemba. No era un ejército, ni siquiera una gran expedición, así que la partida sólo provocó una conmoción momentánea en la ciudad. Pero Mon miraba desde la azotea, en compañía de Aronha y Edhadeya.

—Tendrían que haberme dejado ir con ellos —dijo Aronha enfadado.

—¿Eres tan generoso que quieres que yo herede el reino? —preguntó Mon.

—Nadie resultará muerto —dijo Aronha.

Mon no se molestó en responder. Sabía que Aronha sabía que Padre tenía razón. Aquella expedición tenía un toque de locura. Era una partida de exploradores tratando de localizar un sueño. Padre sólo aceptó voluntarios, y sólo con gran renuencia permitió que el gran Monush los condujera. No estaba dispuesto a enviar a su heredero.

—Se pasarían el tiempo preocupándose más por tu seguridad que por la misión —había dicho Padre—. No te preocupes, Aronha. Me temo que pronto tendrás la oportunidad de participar en una batalla sangrienta. Si te enviara esta vez, tu madre se levantaría de la tumba para reprochármelo. —Mon había sentido un escozor de miedo al oír esto, hasta que vio que todos se lo tomaban a broma.

Todos menos Aronha, que estaba realmente furioso de que no contaran con él.

—Mi hermana puede tener el sueño, mi hermano puede contártelo… ¿y qué hay de mí? Respóndeme, Padre.

—Vaya, Aronha, te he dado tanta participación como me he dado a mí mismo… mirarlos mientras se van.

Y en ese momento hacían precisamente eso, los miraban mientras se iban. Normalmente Aronha habría despedido a los soldados desde la escalinata de la casa del rey, pero sostenía que sería demasiado humillante plantarse junto al rey cuando lo habían declarado demasiado inútil para ir. Padre no discutió con él y le dejó subir a la azotea; ahora Aronha hervía de furia, aunque había admitido delante de Mon que, de estar en lugar de Padre, habría tomado la misma decisión.

—Aunque Padre tenga razón, eso no quiere decir que deba estar contento. Edhadeya rió.

—Por la Boca de Algodón, Aronha, que Padre tenga razón es lo que más nos molesta.

—No jures por Sin Patas —replicó Aronha cortante.

—Padre dice que no es más que una serpiente peligrosa, no un verdadero dios —dijo Edhadeya desafiante.

—No serás supersticioso, ¿verdad, Aronha? —preguntó Mon.

—Padre dice que debemos respetar las creencias de los demás, y sabéis que la mitad de los criados cavadores creen que Sin Patas es sagrada —dijo Aronha.

—Sí —dijo Edhadeya—, y siempre juran por ella.

—No dicen su nombre abiertamente —dijo Aronha.

—Pero Aronha, es sólo una serpiente. —Edhadeya mecía la cabeza como si fuera una espiga de maíz. A su pesar, Aronha se echó a reír. Luego se puso serio de nuevo y miró a los dieciséis soldados que trotaban río arriba hacia la frontera sur.

—¿Encontrarán mi sueño? —preguntó Edhadeya.

—Si el Guardián te envió el sueño —dijo Aronha—, significa que desea que encontremos a los zenifi.

—Pero eso no significa que los integrantes de la partida de Monush sepan escuchar cuando ella habla —dijo Edhadeya, refiriéndose al Guardián.

Aronha puso mala cara pero no la miró.

Él decide con quién hablará. No es cuestión de saber cómo.

Ella sólo puede hablar con personas que saben escuchar, y por eso nuestra antepasada Luet era tan famosa como vidente de las aguas, y su hermana Hushidh y su sobrina Chveya como descifradoras. Poseían un gran poder y…

—El poder no estaba en ellas —puntualizó Aronha—. Estaba en el Guardián. Él las escogió como sus favoritas… y debo señalar que ninguna de ellas era más grande que Nafai, quien usó el manto de capitán y dominó los cielos con sus…

—Bego dice que todo eso es una tontería —dijo Mon. Los otros callaron.

—¿De veras? —preguntó Aronha, al cabo de un rato.

—Tú le has oído decirlo, ¿verdad?

—A mí nunca me lo ha dicho. ¿Qué es una tontería? ¿El Guardián?

—La idea de nuestros antepasados heroicos —dijo Mon—. Todos afirman tener antepasados heroicos, según él. Cuando han pasado varias generaciones, se convierten en dioses. Él dice que de allí vienen los dioses. Son seres humanos divinizados.

—Qué interesante —dijo Aronha—. ¿Enseña al hijo del rey que los antepasados del rey son un invento?

Mon comprendió entonces que podía poner a su preceptor en aprietos.

—No —dijo—. No literalmente. Él sólo… planteó esa posibilidad.

Aronha cabeceó.

—Conque no quieres que lo haga arrestar.

—No lo dijo directamente.

—Sólo recuerda esto, Mon —dijo Aronha—. Es posible que Bego tenga razón y nuestras historias sobre grandes antepasados humanos con poderes extraordinarios otorgados por el Guardián de la Tierra sean exageraciones, incluso fantasías o delirios. Pero la gente media no es la única que podría querer replantear la historia para adecuarla a los intereses actuales. ¿No crees que un ángel patriótico podría querer arrojar dudas sobre las historias de grandeza de los antepasados de la gente media? ¿Sobre todo los antepasados del rey?

—Bego no es un embustero —dijo Mon—. Es un erudito.

—No he dicho que mintiera —señaló Aronha—. Él dice que creemos en esas historias porque nos resulta útil y satisfactorio hacerlo. Tal vez él dude de las mismas historias porque a él le resulta útil y satisfactorio eso mismo precisamente.

Mon frunció el ceño.

—¿Y cómo podemos saber la verdad?

—No podemos —dijo Aronha—. Eso es lo que deduje hace mucho tiempo.

—¿Entonces no crees en nada?

—Creo en todo lo que me parece verdadero en este momento. Me niego a sorprenderme cuando algunas cosas en las que creo resultan ser falsas. Eso me evita contrariedades.

Edhadeya se echó a reír.

—¿Y de dónde has sacado esa idea?

Aronha se volvió hacia ella, un poco ofendido.

—No crees que sea mía.

—Pues no.

—Me lo enseñó Monush —dijo Aronha—. Un día, cuando le pregunté si realmente existía un Guardián de la Tierra. A fin de cuentas, según las viejas historias, existió un dios llamado Alma Suprema, y resultó ser una máquina en una antigua nave.

—Una antigua nave que volaba por los aires —le dijo Mon—. Bego dice que sólo la gente del cielo vuela, y que nuestros antepasados inventaron esa historia porque la gente media envidiaba a la gente del cielo el don de volar.

—No toda la gente del cielo puede volar —dijo Edhadeya—. El viejo Bego está tan decrépito, gordo y achacoso que apenas puede levantarse del suelo.

—Pero podía cuando era joven. El lo recuerda.

—Y tú lo imaginas —dijo Aronha. : Mon sacudió la cabeza.

—Los recuerdos son reales. La imaginación no es nada. Edhadeya rió.

—Qué tontería, Mon. La mayoría de las cosas que la gente dice recordar son pura imaginación.

—¿Y de dónde sacas eso? —preguntó Aronha con una sonrisa socarrona.

Edhadeya puso los ojos en blanco.

—Me lo dijo Uss-Uss, y puedes reírte si quieres, pero ella…

—¡Es una criada! —exclamó Aronha.

—Es la única amiga que tuve después de la muerte de Madre —dijo Edhadeya—, y es muy sabia.

—Es cavadora —murmuró Mon.

—Pero no elemaki —puntualizó Edhadeya—. Los de su familia han servido a los reyes nafari durante cinco generaciones.

—Como esclavos —señaló Mon. Aronha rió.

—Mon escucha a un viejo ángel, Edhadeya a una gorda esclava cavadora, y yo a un soldado célebre por su coraje y su inteligencia en la guerra, pero no por su erudición. Cada uno escoge a su maestro, ¿verdad? Me pregunto si la elección del maestro revela algo acerca de nuestro futuro.

Reflexionaron sobre ello en silencio, mientras la bandada de espías que indicaba la posición de la partida de Monush continuaba su viaje valle arriba, a orillas del Tsidorek.

3. RESISTENCIA

—Nafai me contó algo una vez —le dijo Shedemei al Alma Suprema.

El Alma Suprema, con su infinita paciencia, esperó a que ella continuara.

—Antes de que tú… lo escogieras.

—Recuerdo el momento —suspiró el Alma Suprema, cuya paciencia quizá no fuera tan infinita.

—Cuando todavía tratabas de impedir que él e Issib descubrieran demasiado acerca de ti.

—El verdadero problema era Issib, a decir verdad. Era él quien tenía intención de oponerse a mí.

—Sí, de acuerdo, pero no lo consiguió hasta que Nafai se unió a él.

—Fue una preocupación durante un tiempo.

—Sí, me lo imagino. Ambos luchando con todo su empeño. Tenías que consagrar todos tus recursos a contrarrestarlos.

—No todos, ni mucho menos.

—Los suficientes como para que al final desistieras.

—Me gané su confianza.

—Dejaste de luchar contra ellos y los reclutaste para tu bando. No tuviste opción, ¿verdad?

—Supe desde el principio que eran valiosos. En ese momento decidí que me valdría de ellos para ensamblar una nave estelar que funcionara.

—¿Los habrías escogido si no te hubieran causado tantos problemas?

—Ya había escogido a su padre para… poner las cosas en movimiento.

—Pero en realidad querías a Luet, ¿verdad?

—Nafai era muy insistente. Muy ambicioso. Quería estar en el centro de los acontecimientos. Decidí que eso era útil. Y nunca tuve que escoger entre él y Luet, porque terminaron por unirse.

—Sí, sí. Estoy segura de que todo salió tal como lo planeabas.

—Mi programación me permite ser infinitamente adaptable, mientras opere teniendo en cuenta las prioridades principales. Mis planes cambiaron, pero el objetivo seguía siendo el mismo.

—De acuerdo. A eso iba, precisamente. —Shedemei rió—. Si no te conociera mejor, Alma Suprema, pensaría que estás salvando tu orgullo.

—Yo no tengo orgullo.

—Me alegra saberlo —dijo Shedemei—. Yo deseché el mío hace mucho tiempo.

—¿Pero adonde quieres ir a parar?

—Nafai te obligó a escucharlo, a fijarte en él, a tenerlo en cuenta.

—Nafai e Issib.

—Lo hicieron oponiendo resistencia, y tuviste que modificar tus planes para adecuarlos a su… ¿cómo has dicho? Su ambición.

—Issib era obstinado. Nafai era ambicioso.

—Sin duda tienes una lista de adjetivos aplicables a cada nombre de tus archivos.

—No seas mordaz, Shedemei. No es apropiado para una mujer que ha renunciado a su orgullo.

—¿Quieres escuchar mi plan o no?

—Conque a eso ibas. Un plan.

—Todavía cuentas con poder para influir sobre los seres humanos.

—En una zona pequeña del mundo, sí.

—No tiene que ser en el otro lado del planeta. Sólo aquí, en el Gornaya.

—En cualquier parte del Gornaya, sí, puedo ejercer cierta influencia.

—Y esa técnica que usabas en Armonía, para impedir que desarrolláramos tecnologías peligrosas…

—Idiotizando momentáneamente a la gente.

—¿Y todavía puedes enviar sueños?

—No tan potentes como los sueños que envía el Guardián.

—Pero sueños. Sueños claros.

—Mucho más claros que los sueños del Guardián —dijo el Alma Suprema.

—Pues bien. Una partida de soldados nafari avanza por el valle del Tsidorek. Cuando lleguen al lago Sidonod, la zona estará tan plagada de elemaki que tendrán que seguir un peligroso camino por la cima de la ladera. Allí la cordillera es escabrosa. En algunos puntos la cresta es muy baja, de modo que los valles se unen a través de un paso angosto. Si pueden cruzar ese paso, llegarán a un desfiladero que los conducirá directamente a Chelem, donde la gente de Akmaro es esclava de los elemaki.

—Esclava de Pabulog y de sus hijos, querrás decir.

—Cuando lleguen a ese paso, el Guardián intentará conducirlos hacia allí.

—Es lo más probable —dijo el Alma Suprema.

—Entonces, ¿por qué no los idiotizas hasta que haya pasado esa oportunidad?

—El Guardián los hará regresar. ¿Y por qué tengo que impedirles que rescaten a Akmaro?

—El Guardián tratará de enviarlos de regreso. Pero en el ínterin, los guiarás por la ladera hasta que lleguen al desfiladero donde nace el río Zidomeg.

—Hasta Zinom —dijo el Alma Suprema, comprendiendo—, donde la mayoría de los zenifi son esclavos, en mayor o en menor medida, de los elemaki.

—Exacto —dijo Shedemei—. Monush creerá que ha cumplido su misión. Habrá hallado un grupo de zenifi bajo el yugo de los cavadores. Encontrará el modo de rescatarlos. Los llevará a casa.

—No puede llevar a todo un pueblo por la ladera de la montaña.

—No —dijo Shedemei—. Tendrás que enviarle sueños que lo guíen por el valle del Ureg y el paso que conduce al valle del Padurek.

—Eso hará que pasen cerca del grupo de Akmaro.

—Y el Guardián tratará de conseguir que Monush encuentre por fin a la gente de Akmaro.

—Y yo intervendré de nuevo —dijo el Alma Suprema—. Pero ése no es mi cometido, Shedemei. Mi propósito no es entorpecer la obra del Guardián de la Tierra.

—No, tu propósito es obtener la ayuda del Guardián para regresar a Armonía. Tal vez, si le causas problemas, te envíe de vuelta a Armonía, para evitar que te inmiscuyas en sus asuntos.

—No creo que pueda hacer eso. —El Alma Suprema hizo una pausa—. Quizá mi programación me impide rebelarme conscientemente contra lo que considero los deseos del Guardián.

—Bien, búscale una solución —dijo Shedemei—. Pero entretanto, ten esto en cuenta. Mientras el Guardián no te diga nada, ¿cómo sabes que no desea que uses los ardides que te estoy sugiriendo simplemente para poner tu temple a prueba?

—Shedemei, de nuevo idealizas las cosas. Soy una máquina, no una marioneta que desea estar viva. Las pruebas no me afectan. Hago aquello para lo cual me han programado.

—¿De veras? —preguntó Shedemei—. Pero estás programado para tomar la iniciativa. Aquí tienes la oportunidad. Si al Guardián no le gusta, sólo tiene que ordenarte que te detengas. Pero al menos estarás hablando con él.

—Me lo pensaré.

—Bien.

—De acuerdo —convino el Alma Suprema—. Me lo he pensado. Hagámoslo.

—¿Tan pronto? —aunque Shedemei sabía que el Alma Suprema era un ordenador, seguía sorprendiéndola que pudiera tomar tantas decisiones en el tiempo que un humano tardaba en pronunciar una palabra.

—Me he sometido a un test y no he descubierto nada en mi programación que me lo impida. Puedo hacerlo. Así que lo intentaremos cuando Monush llegue al lugar indicado, y averiguaremos cuánto es capaz de soportar el Guardián antes de dignarse establecer contacto conmigo.

Shedemei rió.

—¿Por qué no lo admites, farsante?

—¿Admitir qué?

—Que estás molesto con el Guardián.

—No lo estoy —se defendió el Alma Suprema—. Sólo me preocupa lo que pueda suceder en Armonía.

—Tranquilo —dijo Shedemei—. Tu otro-yo está allí, como dirían los ángeles.

—Yo no soy un ángel.

—Tampoco yo, no te aflijas.

—Pareces melancólica.

—Soy jardinera. Echo de menos la sensación de tener tierra bajo los pies.

—¿Es el momento de hacer otro viaje a la superficie?

—No —dijo Shedemei—. No tiene sentido. Nada de lo que planté la última vez estará listo para una medición. Sería un derroche y un riesgo.

—Se te permite divertirte. Aun la que usa el manto de capitana tiene derecho a hacer ciertas cosas por el mero placer de hacerlas.

—Sí, y lo haré. Cuando llegue el momento.

—Tienes una voluntad de acero —dijo el Alma Suprema.

—Y un corazón de cristal —respondió Shedemei—. Frágil y frío. Voy a dormir una siesta. ¿Por qué no aprovechas el tiempo para diseñar un sueño?

—¿No tienes suficientes sueños propios?

—No para mí. Para Monush.

—Era una broma —dijo el Alma Suprema.

—Bien, la próxima vez hazme un guiño o algo parecido, para que me entere.

Shedemei se levantó del terminal y se fue a la cama.

Monush y sus hombres pasaban otra noche en otro angosto saliente de roca sobre el suelo del valle. Las antorchas de la aldea cavadora permanecían encendidas hasta tarde; los quince compañeros de Monush las observaron hasta que se apagaron con un chisporroteo. Les costaba dormir, a pesar de la fatiga, pues si rodaban en la noche caerían cien metros antes de que las piedras interrumpieran su descenso, además de partirles los huesos. Todos clavaron estacas afiladas en la roca; si no había ninguna grieta donde insertarlas, las amontonaban para dar con ellas si comenzaban a rodar en sueños hacia el borde del abismo. Pero era un descanso precario, y muchos no lograban dormir.

Aun así, esa noche Monush se durmió tan profundamente como para soñar, y cuando despertó conocía el camino que debía escoger para encontrar a los zenifi. Ese sendero alto se ensancharía y descendería, pero en cierto lugar, si trepaba, llegaría a un paso de montaña que conducía a otro valle. Allí vería un gran lago, y siguiendo el valle del río que nacía en él llegaría al sitio con el cual había soñado Edhadeya.

Despertó del sueño cuando comenzaba a clarear. Extrajo con cuidado las estacas que había clavado en la piedra y se las guardó en el saco. Masticó la torta de maíz fría que sería su única comida del día, a menos que encontraran alimentos en algún tramo de la jornada, algo improbable en aquellos peñascos escarpados y a semejante altitud. Se encontraban en la región conocida como la Corona del Gornaya, la región más alta del gran macizo de cordilleras que durante mucho tiempo había albergado gente del suelo, gente media y gente del cielo. Allí se habían formado los siete lagos, todos ellos sagrados, pero ninguno más sagrado que el Sidonod, fuente pura del Tsidorek, el río sagrado que atravesaba el corazón de Darakemba. Algunos hombres abrigaban la esperanza de ver el Sidonod, pero Monush sabía que no sería así. El paso aparecería antes. A una hora de marcha.

Sin una palabra —pues los ruidos resonaban en el seco aire de montaña— Monush dio la señal de emprender la marcha. Todos los hombres estaban ya despiertos, y echaron a andar despacio y con precaución por el angosto reborde de roca.

Dos veces llegaron a lugares donde el saliente se interrumpía y tuvieron que trepar o descender hasta otro saliente que les permitiera seguir avanzando.

Llegaron a un sitio donde el saliente se ensanchaba y conducía a un lugar que permitía pasar más cómodamente. Monush reconoció el lugar de inmediato y pensó…

¿Pensó qué? No podía recordarlo. Algo sobre aquel sitio.

—¿Qué es? —susurró Chem, su segundo.

Monush sacudió la cabeza. Lo tenía en la punta de la lengua. Una palabra, una idea, pero no recordaba por qué. ¡Ah! ¡Un sueño!

Pero el sueño se había esfumado. No podía recordar el sueño ni su significado.

Qué estúpido he sido, pensó Monush. Qué tonto al pensar que mis sueños me indicarían cosas verdaderas, como los de Edhadeya.

Indicó a sus hombres que lo siguieran por el sendero cada vez más ancho. A la media hora doblaron un recodo y vieron algo con lo que muchos hombres habían soñado sin esperanza de verlo: el sagrado Sidonod, brillando bajo las primeras luces.

Allí abajo, a orillas del lago, había aldeas con fogatas. Sólo los humanos podían vivir en esas chozas y casas; los cavadores vivían en árboles huecos y en los túneles subterráneos de las inmediaciones.

La escena tenía un aspecto apacible, pero si aquellos hombres, cavadores o humanos, se enteraban de que los nafari recorrían esa angosta lengua de tierra, pronto habría un alboroto y grupos de guerreros escalarían las paredes del peñasco. Esto no significaba una muerta segura, aunque los superasen en número. Aun los cavadores, nacidos para trepar, tendrían dificultades para escalar la roca. Pero con el tiempo los elemaki llegarían al saliente y los obligarían a pelear hasta el último hombre, o bien los nafari tendrían que subir a mayor altura, hasta alcanzar altitudes donde los hombres se congelaban, se desmayaban o enloquecían.

Así que continuaron recorriendo en silencio la roca, con las túnicas y los pantalones color tierra, las mantas color tierra sobre los hombros, y la cara y el cabello embadurnados de tierra para confundirse con el pedregoso peñasco.

Ojalá hubiera un modo de escalar aquellas montañas y sortear las pobladas costas, pensó Monush. Y entonces un pensamiento estalló en su mente. ¡Claro que podemos! Allí detrás hay un… un… no podía recordarlo. ¿En qué estaba pensando? ¿En algo que habían dejado atrás? ¿Por qué? No había perseguidores. ¿Se había olvidado de alguno de sus hombres? Se detuvo para contarlos rápidamente. No faltaba ninguno y, como se habían detenido, la mayoría miraban boquiabiertos el lago sagrado.

Monush les indicó que continuaran. El saliente se elevó de nuevo. Pasaron junto al largo lago, y sólo durmieron dos noches con las aguas a la vista.

Pasado el lago, entraron en un territorio menos escabroso, aunque más peligroso. Era una vasta región de montañas bajas, verdes hasta la cumbre, y en cada valle vivían por lo menos algunas personas, habitualmente cavadores, a menudo humanos; de vez en cuando, daban con un asentamiento aislado de ángeles, aunque la mayoría de ellos eran esclavos de una aldea de elemaki cercana o eran «libres» pero vasallos de un reyezuelo elemaki.

Varias veces fueron localizados por ángeles que los sobrevolaban, pero los ángeles continuaban su vuelo en vez de lanzar una advertencia. Uno de ellos se posó en una rama cercana, señaló el risco que seguían Monush y sus hombres y sacudió la cabeza. No vayáis por aquí, les decía. Monush asintió, saludó con una reverencia amistosa y el ángel se remontó en el aire y se alejó.

A nosotros nos favorece, pensó Monush, que los elemaki sean tan crueles con los pocos ángeles obligados a vivir entre ellos. Nos crea amigos dondequiera que vamos. Amigos débiles, es verdad, pero todos los amigos son bienvenidos en la tierra de nuestros enemigos.

El cuadragésimo día de la expedición llegaron a un lugar donde cuatro arroyos confluían a pocos metros de distancia. Las aguas eran turbulentas, pero en las inmediaciones no vivían cavadores, humanos ni ángeles.

—¿Un lugar sagrado como éste… —susurró Chem—, y nadie vive aquí para recibir el don? Monush asintió, sonriendo.

—Tal vez reciben el don corriente abajo.

Los condujo hacia allí, y mientras avanzaban río abajo notaron que no surgían nuevos cerros. El terreno estaba a punto de cambiar.

De pronto lo comprendieron. El terreno descendía frente a ellos. Las aguas del río se precipitaban como una flecha en el aire y se despeñaban humedeciendo el valle con una lluvia perpetua. Era un lugar de poder, el único lugar, por lo que Monush sabía, donde el agua de un río se convertía en lluvia sin antes subir al cielo en forma de nube.

—¿Hay un camino de descenso? —preguntó Chem.

—Como tú has dicho —respondió Monush—, es un lugar sagrado. ¿Ves? Muchos pies han subido por este risco.

Era casi una escalera, un descenso artificial: escalones tallados en la piedra, tierra apisonada con tablones.

—Un tullido podría subir por aquí —comentó Alekiam, el que hablaba el dialecto de idioma cavador más difundido entre los elemaki.

No era probable toparse con muchos cavadores que no hubieran adoptado el torg, una lengua comercial basada en el idioma humano original, con una pronunciación adaptada a la boca de cavadores y ángeles y miles de palabras de ambos pueblos añadidas. Pero era posible hacerlo en aquellas montañas, donde se decía que cavadores y ángeles cohabitaban en valles remotos a la antigua usanza, los cavadores robando estatuas hechas por los ángeles y llevándolas a los túneles para adorarlas como a dioses, y enviando expediciones guerreras para secuestrar a los hijos de los ángeles y devorarlos. Nadie recordaba haber recorrido semejante lugar, pero pocos dudaban de que pudiera seguir habiendo gente así, cavadores que llamaran a los ángeles «reses del cielo» y ángeles que llamaran a los cavadores «diablos», ambos por buenas razones.

—Silencio —dijo Monush—. Mucha gente recorre estos parajes. Quién sabe qué encontraremos en el fondo.

Pero no había nadie en el fondo, y allí, por ser más bajo el terreno, maduraban varios frutos de temporada. Monush condujo a sus hombres hasta la cima de una colina que daba sobre el río que se alejaba de la lluvia perpetua del pie del peñasco. Ordenó a doce hombres que se quedaran vigilando, comiendo la fruta que encontraran, mientras él continuaba con Alekiam, Chem y un forzudo soldado llamado Lemech, que podía desnucar a un hombre de una bofetada.

Avanzaron con cautela siguiendo el río. Encontraron indicios de que en otro tiempo habían existido muchas colonias en aquellas tierras. Los lindes de los viejos campos aún eran visibles entre la maleza. Y pasaron por zonas desbrozadas y cubiertas de piedras para que los cavadores no pudieran avanzar bajo tierra y abrirse paso con sus túneles hasta los hogares de la gente.

—¿Dónde está la gente? —preguntó Chem, llegados a uno de esos lugares—. Construían bien, pero se han ido.

—No, no se han ido —dijo Lemech. Un humano joven y alto se erguía en el linde del bosque. No estaba allí hacía un instante.

—Hola, amigo —dijo Monush, puesto que ya no podía ocultarse.

A una señal del joven, unos treinta soldados subieron a la plataforma de piedra. ¿De dónde salían? ¿No habían rodeado el lugar antes de subir a él?

—Dejad vuestras armas —murmuró Monush con serenidad.

—Sólo en el corazón de un cavador —dijo Lemech.

—Nos tienen cercados —dijo Monush—. Si nos rendimos, tal vez vivamos el tiempo suficiente para que los demás nos encuentren.

—Es posible que ésta sea la gente que hemos venido a buscar —sugirió Chem—. No hay ningún cavador entre ellos.

Era cierto. Así que dejaron sus armas en el suelo de la plataforma de piedra.

Al instante los desconocidos se aproximaron, los apresaron, los ataron y los obligaron a correr por el bosque hasta llegar a un sitio donde se apiñaban veinte de aquellas plataformas. Sobre ellas se elevaban muchos edificios, casas en su mayoría, aunque no humildes; algunos edificios no eran casas, sino palacios, estadios y templos.

Una torre solitaria se erguía, más alta que los árboles, permitiendo otear toda la comarca y avistar a todos los enemigos que se acercaran.

Si los soldados no hubieran amordazado a Monush y a sus hombres, podría haberles preguntado si eran zenifi. Pero no pudo; los arrojaron a una habitación que debía de utilizarse como almacén de alimentos, pero que ahora sólo contenía a cuatro prisioneros maniatados.

En el sueño de Edhadeya, se preguntó Monush, ¿no pedían los zenifi que los rescataran?

Akma despertó temblando de miedo. Pero no se atrevía a hablar en voz alta; habían aprendido que los cavadores que los custodiaban de noche consideraban todo lo dicho en voz alta como una plegaria al Guardián, y Pabulog había decretado que toda plegaria al Guardián por parte de los adeptos de Akmaro era blasfemia y se castigaba con la muerte. No era que un grito en la noche provocara la muerte de un niño, pero los cavadores los sacaban a rastras de la tienda y los golpeaban, exigiendo que confesaran que uno de ellos estaba orando. Los niños habían aprendido a despertar en silencio, aunque tuvieran pesadillas.

Aun así, tenía que hablar del sueño mientras lo tuviera fresco. Quería despertar a su madre, quería que lo abrazara y lo consolara. Pero era demasiado mayor para eso, y lo sabía; se avergonzaría de necesitar aquel consuelo aun mientras lo recibía con gratitud.

Así que se acurrucó contra su padre, Akmaro, hasta que éste se volvió y susurró:

—¿Qué ocurre, Akma?

—He soñado.

—¿Un sueño verdadero?

—El Guardián enviaba hombres a rescatarnos. Pero una nube de oscuridad y una bruma acuosa les bloqueaban la visión y ellos se equivocaban de camino. Ahora nunca vendrán.

—¿Cómo sabes que los enviaba el Guardián?

—Simplemente lo sé.

—Muy bien —dijo Akmaro—. Pensaré en ello. Vuelve a dormir.

Akma supo que había hecho todo cuanto podía hacer. Ahora dependía de su padre. Tendría que haberse sentido satisfecho, pero no era así. Más aún, estaba furioso. No quería que su padre pensara en ello, quería que hablara de ello. Quería ayudar a interpretar el sueño. A fin de cuentas el sueño era suyo. Su padre lo había escuchado y se había tomado el sueño en serio, pero daba por supuesto que de él dependía decidir qué hacer, como si Akma fuera una máquina semejante al índice de las antiguas historias.

No soy una máquina, pensó Akma, y puedo pensar en lo que esto significa tanto como cualquiera.

Significa… significa…

Que el Guardián envió hombres a rescatarnos y se han perdido. ¿Qué otra cosa puede significar? ¿Cómo podría Padre interpretarlo de otra manera?

Tal vez Padre no esté pensando en la interpretación del sueño. Tal vez esté pensando qué hacer a continuación. Si el Guardián estuviera a punto de enviar otra partida de rescate, ¿por qué iba a mandar ese sueño? Debe de significar que no vendrá otra partida. Así que nuestra salvación depende de nosotros mismos.

Y Akma se durmió soñando con batallas donde empuñaba una espada para enfrentarse a sus torturadores. Se vio frente al cuerpo decapitado de Pabul; Udad gruñía con las tripas derramadas sobre las rodillas, sentado en el suelo, asombrado de los destrozos que el joven Akma había infligido a su cuerpo. En cuanto a Didul, Akma imaginaba una larga confrontación con él; Didul terminaba suplicando piedad, perdiendo las ínfulas, con las bellas mejillas surcadas de lágrimas. ¿Te dejaré vivir, cuando me has pegado y te has burlado de mí cada día durante semanas y semanas? Podría perdonar los insultos que he sufrido yo, ¿pero te dejaré vivir cuando has abofeteado tantas veces a mi hermana hasta hacerla llorar? ¿Te dejaré vivir cuando has llevado a los demás niños al borde del agotamiento, hasta que los más débiles se han desplomado al sol y tú te has reído mientras los cubrías con fango, como si estuvieran muertos? ¿Te dejaré vivir, cuando hacías todo esto frente a los padres de esos niños, sabiendo que estaban tan indefensos que no podían proteger a sus hijos? Eso ha sido lo más cruel, humillar a nuestros padres, debilitarlos frente a sus hijos. Y por eso, Didul… por eso, la hoja te cortará el pescuezo, tu cabeza dará vueltas en el aire, botará y rodará por el suelo antes de detenerse a los pies de tu propio padre. Que llore ese tirano cruel, que trate de ponerte la cabeza en su sitio y que recuperes esa sonrisita perversa. Pero no podrá hacerlo, ¿verdad? Es impotente para eso, ¿eh? Con el pequeño Muwu aferrándose a su pierna, me rogará que le deje al menos un hijo varón, al menos el último de ellos; pero no perdonaré a nadie, ya que tú a nadie perdonaste.

Con esas vividas imágenes, Akma se durmió de nuevo.

Dos hombres despertaron a Monush, cogiéndole por los brazos atados y sacándolo del húmedo almacén. Oyó que trataban a los demás del mismo modo, pero no veía nada, porque la luz del día lo cegaba. Aún no veía con claridad cuando lo arrastraron hasta la corte del rey.

Pues sin duda era el rey, aunque era el mismo hombre que se había presentado ante ellos el día de su captura. Entonces no parecía un rey, e incluso ahora Monush pensaba que era joven y que parecía inseguro. Se sentaba erguido en el trono, con cierto empaque y aplomo, pero… Monush no sabía qué era lo que no le convencía. Quizá que el hombre no parecía estar a gusto en su situación.

¿A qué se debía esa extraña renuencia? ¿No quería oficiar de juez de los intrusos? ¿O no quería ser rey?

—¿Entiendes mi idioma? —preguntó el rey.

—Sí —dijo Monush. El acento era un poco raro, pero no muy acusado. En Darakemba nadie lo habría confundido con un elemaki.

—Soy Ak-Ilihi, hijo de Nuab, que en otro tiempo fue Nuak, rey de los zenifi. Mi abuelo Zenifab condujo a nuestro pueblo fuera de la tierra de Darakemba para recobrar la tierra de Nafai, propiedad de los nafari, y la voz del pueblo lo nombró rey. Por ese mismo derecho hoy gobierno. Ahora cuéntame cómo has tenido el atrevimiento de aproximarte a las murallas de Zidom mientras yo estaba fuera de la ciudad con mis guardias. Ha sido por tu osadía y temeridad que no permití que mis guardias te ejecutaran de inmediato sin antes saber de tus propios labios cómo te atrevías a violar los tratados y desafiar nuestro poder dentro de los límites de este pequeño reino que nos han dejado los elemaki. El rey aguardó.

—Tienes mi venia para hablar —dijo.

Monush avanzó un paso y se inclinó ante Ilihiak.

—Oh, rey, mucho agradezco al Guardián de la Tierra haber conservado la vida, y que me permitas hablar, y hablaré libremente porque ahora sé que si hubieras comprendido quién soy, y quiénes son mis seguidores, jamás habrías consentido que nos ataran y nos encerraran. Mi nombre, oh, rey, es Mon, y por consentimiento del rey Motiak de Darakemba hoy los hombres me llaman Monush.

—¡Motiak! —exclamó el rey.

—No Motiab, que reinaba cuando tu abuelo se fue de Darakemba, sino su nieto. Fue él quien nos envió en busca de los zenifi, pues un sueño del Guardián nos reveló que los zenifi eran esclavos de los elemaki y anhelaban la libertad.

Ilihiak se puso de pie.

—Pues me regocijas, y cuando haga este anuncio, también el pueblo se regocijará. —Las palabras eran una formalidad, pero Monush notó que también eran sinceras—. Desatadlos —ordenó Ilihiak a sus guardias.

Cuando le soltaron los brazos y las piernas, Monush apenas podía tenerse en pie, pero los guardias que antes lo habían arrastrado ahora lo sostenían con mano firme.

—Te diré sin rodeos, Monush (pues sin duda mereces que cualquier rey te llame así, si Motiak te ha puesto ese nombre), que si nuestros hermanos de Darakemba pueden liberarnos de los pesados impuestos y la crueldad de los elemaki, seremos con gusto sus esclavos, pues es mejor ser esclavos de los darakemba que tolerar que los elemaki nos priven de todo lo que producimos.

—Ilihiak —dijo Monush—, no soy el gran Ak-Moti, pero te aseguro que no es hombre que mande buscar a otro sólo para convertirlo en esclavo de Darakemba. No tengo poder para decirte si consentirá que sigáis siendo un pueblo aparte dentro de las fronteras de Darakemba, o si te confirmará en el trono como subrey. Pero sé que Motiak es un varón justo y bondadoso, escogido por el Guardián, y que no esclavizará a quienes deseen ser ciudadanos leales.

—Si él nos permite vivir dentro de sus fronteras y bajo su protección, lo juzgaremos el mayor bien que se nos haya ofrecido, y no pensaremos en pedir más.

Monush oyó esas palabras, pero conocía bastante los actos de los reyes como para saber que Ilihiak sería un negociador difícil, que se aferraría a toda la independencia y el poder que pudiera obtener de Motiak. Pero esa cuestión concernía a los reyes, no a los soldados.

—Ilihiak, no somos muchos, pero somos más de cuatro. ¿Me permitirás…?

—Ve de inmediato. Eres un hombre libre. Si quieres castigarnos por haberte apresado, sólo tienes que marcharte y no intentaré detenerte. Pero si te apiadas de nosotros, regresa aquí con el resto de tus compañeros y celebremos un consejo para decidir cómo nos libraremos de los elemaki.

Chebeya trabajaba en silencio, tratando de no mirar mientras dos hijos de Pabulog pegaban a Luet. Quería gritar, pero sabía que sus protestas sólo empeorarían las cosas. ¿Pero qué mujer podía tolerar que aquellos bravucones maltrataran a su hijita y continuar con su trabajo como si no le importara?

Luet rompió a llorar.

Chebeya se incorporó. Dos cavadores se dirigieron hacia ella con gruesos látigos. Observaban cada uno de sus movimientos, pues era la madre de Luet. Chebeya se detuvo, guardó silencio.

—¡Vuelve a trabajar! —dijo un cavador.

Chebeya lo miró con aire desafiante, pero se agachó para seguir cortando maíz.

¿Dónde estaba el Guardián de la Tierra? Desde que Akma había tenido aquel sueño en el que la partida de rescate se equivocaba de camino, Chebeya se había hecho esa pregunta una y otra vez. Si el Guardián se interesa tanto por nosotros como para enviarle un sueño a Akma, ¿por qué no hace algo? Akmaro dice que nos pone a prueba, ¿pero cuál es la prueba y cómo la pasamos? ¿Acaso desea convertirnos en una nación de cobardes? ¿O quiere que nos rebelemos contra los odiosos hijos de Pabulog y así perezcamos? Debemos pensar una manera, decía Akmaro. Debemos hallar la manera de solucionar este dilema por nuestra cuenta. He ahí la prueba a la que nos somete el Guardián. Y en cuanto encontremos esa manera, el Guardián nos ayudará.

Bien, si el Guardián era tan listo, ¿por qué no enviaba alguna sugerencia?

Nadie sabía mejor que Chebeya que la esclavitud los estaba destruyendo. Con excepción de su esposo pocas personas conocían su talento, y todas eran mujeres, pero si en otra época podía alertar a Akmaro sobre las pequeñas rencillas de su comunidad, antes de que éstas se convirtieran en conflictos abiertos, ahora sólo podía ver con angustia cómo los vínculos amistosos, paternos, filiales y fraternos se debilitaban, se deshilachaban. Nos están convirtiendo en animales, privándonos de nuestros afectos humanos. Sólo nos interesa sobrevivir, evitar el látigo. Cada vez que callamos, permitiendo que maltraten a nuestros hijos, amamos un poco menos a esos hijos, pues sólo no amándolos podemos soportar el espectáculo de su sufrimiento.

Pero no Akmaro. Amaba a sus hijos cada vez más, y por la noche le susurraba que estaba orgulloso de su fortaleza, de su coraje, de su comprensión. Tal vez por eso la tolerancia de Akmaro al dolor emocional era aparentemente ilimitada. Sufría por sus hijos —nadie sabía mejor que Chebeya cuánto sufría— pero al mismo tiempo se aferraba aún más a ellos. No tiene miedo de amarlos, como otros padres. ¿Yo soy como él? ¿O como ellos?

Lo que más preocupaba a Chebeya de su familia era que el pequeño Akma parecía cada vez más distanciado de su padre. ¿Acaso el niño culpaba a Akmaro por no protegerlo de la saña de los hijos de Pabulog? Imposible. Si Luet podía comprender, también Akma podía. ¿Entonces por qué Akma rehuía lo que había sido un estrecho vínculo entre él y su padre?

Chebeya se rió de sí misma en silencio. ¿Por qué me preocupo por las tensiones entre padre e hijo? Dentro de una semana, de un mes o de un año todos habremos muerto… ejecutados, o por hambre y enfermedad. ¿Entonces qué importará que Akma ya no sea leal a su padre?

Ojalá pudiera hablar con Hushidh o Chveya, las antiguas descifradoras. Deben de haber entendido mejor que yo las cosas que veo. ¿Akma odia a su padre? ¿Es furia lo que siente? ¿Miedo? Veo las lealtades que oscilan y cambian; a veces me resulta obvio a qué se deben los cambios, y a veces no tengo ni la menor idea. Hushidh y Chveya nunca dudaban. Siempre sabían qué hacer, siempre eran sabias.

Pero yo no soy sabia. Sólo sé que mi esposo está perdiendo el amor de nuestro hijo. ¿Y qué seré yo a ojos de Luet, su propia madre, cuando guardo silencio y dejo que estos matones la maltraten?

Chebeya se sintió colmada por una repentina e irresistible resolución. Se proponen matarnos tarde o temprano. Mejor morir dando a Luet la certeza de que su madre la ama.

Se levantó.

Los cavadores ya miraban hacia otro lado, pero pronto notaron que había dejado de trabajar. Avanzaron hacia ella.

Chebeya alzó la voz para que los hijos de Pabulog la oyeran claramente.

—¿Por qué tenéis tanto miedo de mí? —dijo. Dio resultado. Uno de los chicos le respondió. El tercer hijo, el llamado Didul.

—Yo no tengo miedo de ti.

—¿Entonces por qué no me atacas a mí, en vez de atacar a una niña que tiene la mitad de tu tamaño? —preguntó Chebeya con desdén, y vio complacida que Didul se sonrojaba.

Alrededor de ella, otros adultos murmuraban.

—Silencio. Basta. Cállate. Nos azotarán a todos. Chebeya los ignoró. También ignoró a los cavadores y sus látigos, que ya se le acercaban.

—Didul, si no eres cobarde, coge un látigo y azótame tú mismo.

El látigo de un cavador le mordió la espalda. Chebeya se tambaleó bajo el peso del golpe.

—¡Eres igual que tu padre! —le gritó a Didul—. ¡Tienes miedo de hacer las cosas por tu propia mano! Otro golpe. Pero entonces Didul reaccionó.

—¡Alto!

Cada cavador le asestó un golpe más antes de obedecer. Chebeya cayó de rodillas, sintiendo cómo la sangre le humedecía la espalda. Pero Didul se acercaba, y ella aprovechó aquel precioso instante. Levantándose despacio, lo miró a los ojos y le habló.

—Conque el niño Didul tiene cierto orgullo. ¿Cómo es posible? Los hijos de Akmaro tienen coraje… por mucho que los atormentéis, nunca imploran piedad. ¿Creéis que si azotaran a vuestro padre tal como habéis azotado a estos niños él sería tan valiente?

—¡No menciones a mi padre, blasfema! —gritó Didul.

Pero Chebeya veía lo que Didul no podía ver: que lo había desconcertado. El contacto entre él y sus hermanos era un poco más débil después de sus palabras.

—¿Ves lo que te enseña tu padre? A ser prepotente con los chiquillos. Pero tú tienes orgullo. Te avergüenzas de hacer lo que pide tu padre.

Didul le arrebató el látigo a un cavador.

—¡Ya te demostraré mi orgullo, blasfema!

—¿Es tu orgullo el que te lleva a alzar el látigo contra una mujer indefensa?

Ah, esas palabras le habían dolido, saltaba a la vista. Chebeya continuó:

—No, un auténtico hijo de Pabulog sólo puede atacar a gente indefensa. ¿Alguna vez has visto a tu padre luchar como un hombre?

—¡Lo haría si tuviera verdaderos hombres contra quienes combatir! —gritó Didul.

Chebeya hurgó en su mente, buscando la respuesta que surtiría el mejor efecto.

—Creo que en el fondo, Didul, comprendes lo que te está haciendo tu padre. ¿Por qué crees que te ha enviado a atormentarnos? ¿Por qué crees que te ha pedido que maltrataras a los chiquillos? Porque sabía que así te avergonzarías de ti mismo. En cuanto hubieras hecho llorar a los pequeños, sabrías que eres tan vil y cobarde como él, y él nunca tendría que oír las burlas de sus hijos, pues siempre podría responder: «Sí, ¿pero quién era el que golpeaba a esas niñas?»

Irritándose, Didul le asestó un latigazo. El látigo le pegó en los hombros y la punta la envolvió y le dio en la mejilla. La sangre le salpicó los ojos, y Chebeya quedó ciega por un instante.

—¡No llames cobarde a mi padre! —gritó Didul.

—En este preciso instante lo odias por hacer de ti un cobarde que responde a las palabras de una mujer con un látigo. Si lo que he dicho no fuera verdad, Didul, no te molestaría tanto.

—¡Nada de lo que has dicho es cierto!

—Todo cuanto he dicho lo es. ¿Quieres la prueba? En cuanto te marches de aquí, estos guardias me matarán a latigazos, para que nunca tengas que volver a escucharme. —Chebeya hablaba con convicción. Temía que lo que decía fuera totalmente cierto.

—Si te azotan, será para castigarte por mentir.

—Si no me creyeras, Didul, te reirías de mis palabras.

Ahora sí que había dado en el clavo. Veía la nueva hebra que lo unía con ella. Lo estaba conquistando, quebrando la lealtad hacia su padre.

—No te creo —dijo Didul.

—Me crees, Didul, porque cada vez que pegas a estos niños sientes vergüenza. Lo veo en tus ojos. Te ríes, como tus hermanos, pero te odias por lo que haces. Tienes miedo de ser como tu padre.

—Yo quiero ser como mi padre.

—¿De veras? ¿Entonces por qué estás aquí? Tu padre no se ensucia aporreando niños con sus propias manos. Siempre envía matones y esbirros para que lo hagan por él. No, no puedes ser como tu padre, porque todavía hay un hombre en ti. Pero no te preocupes… unos años más pegando a los niños y no quedará en ti el menor rastro de virilidad.

Mientras ella hablaba, Udad, el hermano que seguía a Didul en edad, se había aproximado.

—¿Por qué escuchas a esta bruja? —preguntó Udad—. Hagámosla matar.

—Ésa es la voz de vuestro padre —dijo Chebeya—. Matad a todos los que se atreven a decir la verdad. Pero no lo hagáis vosotros mismos. Ordenad a otro que lo haga.

Udad se volvió hacia los cavadores.

—¿Por qué os quedáis ahí y permitís que haga esto? Ejerce un poder mágico sobre mi estúpido hermano…

Con un grito de cólera, Didul se volvió, dispuesto a azotar a su hermano. Udad retrocedió y se cubrió la cara con las manos.

—¡No me pegues! —chilló—. ¡No me pegues!

—Ahí lo tienes —dijo Chebeya—. En eso os convertiréis cuando vuestro padre haya terminado con vosotros.

Vio que las últimas hebras que unían a Didul con Udad se convertían en rabia y vergüenza, una conexión negativa.

—¿Pero tú ya eres como él, Didul? ¿O todavía queda un hombre en ti?

El avergonzado Udad retrocedió.

—Iré a contarle a Pabul que permites que la mujer de Akmaro te vuelva contra todos nosotros.

—¿Eso te asusta, Didul? —preguntó Chebeya—. Él va a delatarte. ¿Eso te asusta?

—Me voy —dijo Didul—. No quiero oír más mentiras.

—Sí, déjame para que los guardias puedan matarme. Pero te prometo que si hoy muero aquí, oirás mi voz en tu corazón para siempre.

Con chispas de furia en los ojos, Didul se encaró con los cavadores.

—Quiero verla viva mañana, sin más azotes de los que ya tiene.

—Eso no es lo que ordenó tu padre —replicó uno de ellos. Didul le sonrió con una mueca salvaje.

—Ordenó que obedecieras a sus hijos. Si esta mujer sufre algún daño, te haré despellejar vivo. ¿Dudas de mí?

¡Ah, el fuego de sus ojos! Chebeya vio que Didul tenía el don del mando. Ella había encendido su orgullo y ahora ese orgullo ardía en su corazón.

Los cavadores retrocedieron.

Didul devolvió el látigo al que se lo había dado y le habló a Chebeya una vez más.

—Vuelve a trabajar, mujer. Ella lo miró a los ojos.

—Obedezco al látigo. ¿Pero no te gustaría que un día alguien te obedeciera por auténtico respeto? —A pesar del dolor que sentía en la espalda y de la sangre que le humedecía los ojos, se agachó y recogió la azada. Raspó débilmente el suelo. Oyó que Didul se alejaba.

—La mataré —dijo uno de los cavadores—. ¿Qué podrá hacer él? Su padre nunca aprobaría que la escuchara.

—Tonto —dijo el otro—. Si quiere que su padre nos mate, ¿te crees que le dirá la verdad?

—Pues se la contamos primero.

—¡Qué idea tan sensacional! ¿Ir a ver a Pabulog para decirle que su hijo ha dejado que esta mujer se resistiera? ¿Cuánto crees que viviríamos si anduviéramos por ahí contando esa historia?

Chebeya los escuchaba divertida. Sus palabras también habían surtido cierto efecto en los cavadores. No era un gran plan, crear problemas entre los hijos y los soldados de Pabulog. Y era probable que aún la mataran. Y con lo que había ocurrido, pagaría lo hecho esa jornada con un dolor de muchos días.

—Eso ha sido una estupidez —murmuró alguien—. Podrías habernos hecho matar a todos.

—¿Qué más da? —susurró otro—. ¿No hizo Akmaro correr la voz de que estudiáramos un modo de liberarnos? Al menos ella ha pensado en algo.

Didul y Udad habían regresado al lugar donde trabajaban Luet y Akma. Luet se encorvó atemorizada, pero Akma no pestañeó. ¿Había oído las palabras de su madre? Tal vez todas, tal vez algunas. Pero no pestañeó.

Udad empujó a Akma, que se tambaleó pero no cayó. Aquello no era sorprendente. No, lo sorprendente fue que Didul se lanzó sobre Udad y lo derribó. Udad se levantó de inmediato, dispuesto a pelear.

—¿Qué pasa? ¿Quieres que te dé una paliza? Didul se levantó y lo miró a los ojos.

—¿Es todo lo que puedes hacer? ¿Dar palizas a los que son más pequeños que tú? Si me tocas, probarás que todo lo que ella dijo es cierto.

Udad se sonrojó, confundido. Chebeya veía cómo oscilaban los lazos de lealtad. Udad, inseguro, de pronto ansiaba la admiración de Didul, pues le avergonzaba no tenerla; Didul, a su vez, buscaba la admiración de Chebeya. Ése era el comienzo de la lealtad. ¿No sería una venganza perfecta, volver a los hijos de Pabulog contra su padre?

No, no venganza. Liberación. Eso es lo que estamos intentando, salvarnos, ya que el Guardián no se decide a intervenir.

—No sé si nuestro plan funciona o no —dijo el Alma Suprema.

Shedemei rió entre dientes.

—Bien, al menos el Guardián nos ha prestado atención. Ese sueño que le envió a Akma. Y el repentino impulso de Chebeya de desafiar a los hijos de Pabulog. Siempre que haya sido el Guardián.

—Pero el Guardián no nos dice nada. Somos un mosquito zumbando en sus oídos. Nos aparta de un manotazo.

—Pues sigamos zumbando.

—Los planes del Guardián seguirán adelante sin importar lo que hagamos —dijo el Alma Suprema.

—Espero que sí —convino Shedemei—. Pero creo que le interesa mucho lo que haga la gente. Allá en la Tierra, pero también en esta nave. Le interesa lo que ocurre.

—Tal vez al Guardián sólo le interese la gente de la Tierra.

Tal vez ya no se preocupe por la gente de Armonía. Quizá debería regresar a Armonía e informar a mi otro-yo de que mi misión ha concluido y de que podemos dejar que los humanos de allí hagan lo que deseen.

—O quizás el Guardián desee que te quedes aquí —dijo Shedemei. Y entonces se le ocurrió otra idea—. Puede que aún necesite los poderes de la nave estelar. El manto de capitán.

—Tal vez te necesite a ti —dijo el Alma Suprema. Shedemei rió.

—¿Tendré aquí semillas y embriones que desea que ponga en alguna parte de la Tierra? Sólo tiene que enviarme un sueño y los pondré donde diga.

—Conque seguiremos esperando —dijo el Alma Suprema.

—No, seguiremos azuzando —respondió Shedemei—. Como hizo Chebeya. Sacaremos a ese viejo oso de su guarida y lo provocaremos.

—No entiendo bien el sentido de tu metáfora. Los osos son destructivos y peligrosos si se los provoca.

—Pero te dedican toda su atención. —Shedemei rió de nuevo.

—Creo que no respetas lo suficiente el poder del Guardián.

—¿Qué poder? Hasta ahora el Guardián sólo nos ha mostrado sueños.

—Si es lo único que has visto —dijo el Alma Suprema—, no estabas mirando.

—¿De veras?

—El Gornaya, por ejemplo, ese macizo de montañas altísimas. Los datos geológicos anteriores a la partida de los humanos, hace cuarenta millones de años, no indican formaciones ni movimientos tectónicos que pudieran haber causado eso. Las placas de esa zona no se desplazaban en la dirección que favorecería plegamientos y elevaciones tan increíbles. De pronto, la placa de Cocos comenzó a desplazarse hacia el norte a mayor velocidad y con más fuerza que ningún otro movimiento tectónico jamás registrado. Embistió la placa del Caribe con una fuerza irresistible.

Shedemei suspiró.

—Soy bióloga. No sé mucho de geología.

—Pero entiendes lo que digo. Hablo de una docena de cordilleras cuyos picos superan los diez kilómetros de altura. Y surgieron durante los diez primeros millones de años.

—¿Eso es rápido?

—Aun ahora, la placa de Cocos se desplaza hacia el norte tres veces más rápido que cualquier otra placa de la Tierra. Eso significa que debajo de la corteza terrestre existe una corriente de roca fundida que avanza rápidamente hacia el norte, la misma corriente que causó una grieta en América del Norte a lo largo del valle del Mississippi, la misma corriente que hizo trizas América Central, unió los fragmentos y…

El Alma Suprema guardó silencio.

—¿Qué?

—Estoy investigando un poco.

—Oh, perdón por interrumpir —dijo Shedemei.

—Esto tiene que haber comenzado antes que los humanos se fueran de la Tierra —dijo el Alma Suprema.

—¿Sí?

—Los terremotos, los volcanes de la cordillera de las Galápagos… ¿qué fue lo que cubrió de hielo la Tierra durante un tiempo? En mi memoria, se relacionaba con una mala conducta humana… con guerras, armas nucleares y biológicas. ¿Pero cómo lograron esas cosas que la Tierra se volviera inhabitable?

—Me encanta ver a una mente brillante en acción.

—Tendré que repasar todos mis archivos de ese período —dijo el Alma Suprema—. Exploraré la posibilidad de que fuera el movimiento de la placa de Cocos, y no la guerra directamente, lo que causó la destrucción de las zonas habitables de la Tierra.

—¿Estás diciendo que la guerra pudo causar el desplazamiento de la placa de Cocos? Es absurdo.

El Alma Suprema ignoró aquel comentario despectivo.

—¿Por qué los humanos abandonaron la Tierra? Los cavadores y los ángeles lograron sobrevivir. Nunca me lo había planteado hasta ahora, ¿pero no te parece un tanto sospechoso? Sin duda algunos humanos podrían haber sobrevivido. En una zona ecuatorial.

—Por favor, sé que tienes inventiva e inspiración incorporadas a tus algoritmos pensantes —dijo Shedemei—, pero no estarás diciendo en serio que los atropellos humanos pudieron causar el desplazamiento de la placa de Cocos.

—Estoy diciendo que tal vez los abusos humanos instaron al Guardián de la Tierra a provocar el desplazamiento de la placa de Cocos.

—¿Y cómo podría hacer eso?

—Soy incapaz de imaginar una entidad con poder suficiente para desplazar las corrientes de magma que hay bajo la corteza del planeta —dijo el Alma Suprema—. Pero tampoco puedo imaginarme una fuerza natural capaz de causar las muchas anomalías que crearon el Gornaya. El mundo está lleno de cosas extrañas y antinaturales, Shedemei. La interdependencia simbiótica que existía entre cavadores y ángeles, por ejemplo. Tú misma dijiste que era artificial.

—Y mi hipótesis es que tales cambios fueron introducidos deliberadamente por los seres humanos antes de su partida.

—¿Pero por qué, Shedemei? ¿Con qué propósito? ¿Por qué iban a molestarse si sabían que abandonarían el planeta y no pensaban regresar nunca?

—Creo que es posible que atribuyamos demasiados acontecimientos a los planes y proyectos del Guardián de la Tierra —dijo Shedemei—. El Guardián manda sueños e influye sobre la conducta humana. No tenemos pruebas de nada más.

—No tenemos pruebas. O tenemos cuantas pruebas podamos imaginar. Debo investigar. Hay lagunas en mis conocimientos. Se me ha ocultado la verdad, pero sé que el Guardián tiene algo que ver en todo esto.

—Investiga cuanto quieras. Me encantará enterarme del resultado.

—Es posible que mi programa me impida encontrar la verdad —dijo el Alma Suprema—. Y que mi programa me impida encontrar el modo en que mi programa me oculta la verdad.

—Demasiado circular.

—Puede que necesite tu ayuda.

—Y puede que yo necesite una siesta. —Shedemei bostezó—. No creo que ningún ordenador, ni siquiera el Guardián de la Tierra, tenga poder sobre cosas tales como las corrientes de magma. Pero te ayudaré si puedo. Tal vez, al investigar esta poco probable hipótesis, te encuentres con algo útil.

—Al menos conservas la amplitud de miras —dijo el Alma Suprema.

—Estoy segura de que lo dices como un cumplido —contestó Shedemei.

Esa noche, en su choza, Akmaro y Akma lavaron y vendaron las heridas de Chebeya.

—Pudieron haberte matado, Madre —murmuró Akma.

—Fue el acto más valeroso que he visto jamás —dijo Akmaro.

Chebeya sollozaba en silencio: de alivio, porque no la habían matado en el campo; de miedo retrospectivo, por su atrevimiento; de gratitud, por aquel esposo que alababa su comportamiento.

—¿Ves, Akma, lo que está haciendo tu madre? —dijo Akmaro.

—Se ha resistido —respondió Akma—. Y no la han matado.

—Hay algo más, Akma. Es un don que tu madre ha tenido toda la vida. Es descifradora.

—Hushidh —susurró Luet. Las historias sobre Hushidh la Descifradora eran conocidas entre las mujeres y las niñas. Por no mencionar las de Chveya, la hija de Nafai y Luet, la Antigua cuyo nombre llevaba Chebeya.

—Ella ve los vínculos que hay entre las personas —le explicó Akmaro a Akma.

—Sé lo que es una descifradora —dijo Akma.

—Ser descifradora es un don del Guardián —dijo Akmaro—. El Guardián debe de haber previsto, hace años, el dilema en que nos encontraríamos hoy, y otorgó a Chebeya un gran don, de manera que al llegar este día ella pudiera descifrar la malvada conspiración que nos gobierna. Siempre tuvimos el poder para hacer lo que tu madre inició hoy. El Guardián sólo esperaba que lo notáramos. Que tu madre encontrara el momento adecuado para actuar.

—Yo tuve la impresión de que Madre estaba sola —dijo Akma.

—¿Eso fue lo que viste? —preguntó Akmaro—. Entonces tu visión es demasiado infantil y está demasiado nublada. Pues tu madre se alzó con el poder del Guardián, y con el amor de su esposo y de sus hijos. Si tú, Luet y yo no hubiéramos estado en el campo con ella, ¿crees que lo habría hecho?

Nosotros estábamos —dijo Akma—. ¿Pero dónde estaba el Guardián?

—Ya aprenderás a ver la mano del Guardián en muchas cosas —dijo Akmaro.

Cuando los niños se durmieron, Chebeya apoyó la cabeza en el pecho de su esposo, se aferró a él y lloró.

—Oh, Kmadaro, Kmadaro, tenía tanto miedo de empeorar las cosas.

—Cuéntame tu plan —dijo él—. Si conozco tu plan, podré ayudarte.

—Ni yo conozco mi plan. No tengo plan.

—Entonces, he aquí el plan que se me ocurrió mientras te miraba y escuchaba. Al principio pensé que sólo tratabas de lograr que esos chicos se rebelaran contra su padre. Pero luego comprendí que hacías algo mucho más sutil.

—¿Sí?

—Estabas conquistando el corazón de Didul.

—Si lo tiene.

—Estabas enseñándole a ser un hombre. Es una idea nueva para él. Creo que le gustaría ser un buen hombre, Bedaya. Chebeya pensó en ello.

—Sí, creo que tienes razón.

—Así que en vez de apartar a estos niños los convertiremos en amigos y aliados.

—¿Crees que podremos?

—En realidad me preguntas si creo que deberíamos. Sí, Bedaya. Ellos no pueden evitar ser lo que su padre les ha enseñado a ser. Pero si podemos enseñarles a ser otra cosa, aún pueden ser hombres buenos. Eso es lo que desea el Guardián… no destruir a nuestros enemigos, sino convertirlos en amigos.

—Han herido a mis hijos tantas veces…

—Entonces será más dulce el día en que se arrodillen para pedir tu perdón, y el perdón de tus hijos, y los tres digáis: Sabemos que ya no sois los hombres que erais entonces. Ahora sois nuestros hermanos.

—Jamás podré decirles semejante cosa.

—Ahora no puedes —dijo Akmaro—. Pero tú también habrás cambiado, cuando los veas cambiar.

—Tú siempre crees lo mejor de los demás, Kmadaro.

—No siempre —dijo Akmaro—. Pero hoy, en ese niño, he visto una chispa de decencia. Avivemos esa chispa, alimentémosla.

—Lo intentaré —dijo Chebeya.

Tendido en su estera, Akma oyó la conversación de sus padres y pensó. ¿Qué clase de hombre es, que le pide a Madre que trabe amistad con los mismos que le laceraron la piel y la hicieron sangrar? Nunca perdonaré a esos hombres, nunca, por mucho que aparenten cambiar. Los hombres que son amigos de los cavadores no son de fiar. Se han vuelto como los cavadores, criaturas inmundas que viven en agujeros subterráneos, corno los gusanos.

El hecho de que Padre hablara de enseñar y perdonar a un gusano como Didul era sólo otro signo de debilidad. Siempre corriendo, escondiéndose, enseñando, perdonando, huyendo, sometiéndose, inclinándose, aguantando… ¿No había en el corazón de Padre el coraje para luchar? Era Madre, no Padre, quien había tenido el coraje de oponerse a Didul y los cavadores. Si Padre amara de veras a Madre, habría pasado la noche jurando vengar aquellas heridas sangrientas.

4. LIBERACIÓN

Monush siguió a Ilihiak hasta su habitación privada. El rey atrancó la puerta.

—Lo que voy a mostrarte es un gran secreto, Monush —dijo Ilihiak.

—Entonces tal vez no debas mostrármelo —comentó Monush—. He jurado lealtad a Ak-Moti, y no tendré secretos para él.

—Por eso te he traído aquí, Ush-Mon. Cuentas con la total confianza de tu gran rey. ¿Crees que no sé que mi reino sería apenas un pequeño distrito en el imperio de Darakemba? Nos han llegado noticias de que los nafari que siguieron el Tsidorek constituyen ahora el mayor reino del Gornaya. Lo que tengo aquí es asunto para un gran rey, un rey como Motiak. Sé que supera mi capacidad.

Monush estaba convencido de que si había dos hombres, uno sería más grande que el otro, y que en otra parte siempre habría uno más grande que los dos. La auténtica nobleza consistía en reconocer no sólo a los inferiores sino a los superiores, y en ofrecer el debido respeto a todos, sin pretender estar por encima del lugar que uno ocupaba por naturaleza. Ilihiak comprendía que él era de más rango y que tenía más autoridad que Monush, pero que Motiak era más grande que ambos. Eso hizo que confiara un poco más en el monarca.

—Entonces muéstramelo sin temor —dijo Monush—, pues no revelaré lo que vea a ningún hombre excepto a Motiak.

—A ningún hombre —señaló Ilihiak—. Según nuestros antiguos conocimientos, los humanos de Darakemba consideran hombres a los ángeles y cavadores varones.

—Así es —confirmó Monush—. Un varón del pueblo del cielo, del pueblo del suelo o del pueblo medio es un hombre verdadero según nuestras leyes.

Ilihiak titubeó.

—A mi gente le costará aceptarlo. Vinimos a estas tierras para no sentir las alas de los ángeles en el rostro. Y aquí hemos tenido motivos de sobra para odiar a los cavadores.

—Creo que el rey Motiak no intentará humillaros, sino que os permitirá encontrar un valle donde podáis comprar terrenos a los ángeles sin ofender a nadie ni que os ofendan. Pero esto os convertirá en una nación de vasallos, no en ciudadanos de pleno derecho, pues los ciudadanos no admiten diferencias entre los pueblos que habitan esta tierra.

—No será por decisión mía, Monush. Será la elección de mi pueblo. —Ilihiak suspiró—. Nuestro odio por los cavadores ha aumentado con su proximidad. Los únicos ángeles que vemos aquí son esclavos o gente sometida, y nos eluden. Para nuestros jóvenes será difícil acostumbrarse a que no es una diversión decente dispararles flechas cuando vuelan demasiado cerca.

Monush se estremeció. Al oír aquello se alegró de que Husu no los hubiera acompañado.

—Ya veo cómo nos juzgas —dijo Ilihiak—. Me temo que quizá tengas razón. Un hombre que vino a nosotros, un anciano llamado Binadi, nos dijo que nuestro modo de vida era una afrenta para el Guardián. Que maltratábamos a los ángeles y que el Guardián amaba a los ángeles, cavadores y humanos por igual. Lo importante era que un hombre fuera bondadoso con los demás, y que respetara las leyes de la decencia. Señaló específicamente los modos en que tanto mi padre el rey como sus sacerdotes faltaban a estos requisitos.

—Lo matasteis.

—Mi padre era… ambiguo. El hombre hablaba con suma elocuencia. Algunos le creían… incluido un sacerdote de mi padre. El mejor. Él fue mi maestro, un hombre llamado Ak-madi. No, así lo llamaba Padre. Yo lo llamaba Akmaro, porque era mi honorable maestro, no un traidor. Presencié el juicio de Binadi, cuando Akmaro se puso de pie y declaró: «Este hombre es Binaroak, el gran maestro. Yo le creo, y quiero cambiar mi vida para estar a la altura de sus enseñanzas.» Fue el momento más duro para mi padre. Él amaba a Akmaro.

—¿Amaba? ¿Acaso ha muerto?

—No sé. Enviamos un ejército tras él, pero alguien debió prevenirle. Él y sus adeptos huyeron al desierto. Ignoramos dónde están ahora.

—¿Ellos son los que creen que los hombres de toda clase son iguales ante el Guardián?

—Ojalá expulsar a Akmadi… Akmaro… fuera nuestro delito más grave. —Ilihiak hizo una pausa. Se resistía a contar aquella historia—. Padre temía a Binadi. No quería matarlo, sólo desterrarlo. Pero Pabulog, el sumo sacerdote, insistió. Convenció a Padre. —Ilihiak se apartó el pelo de la cara—. Padre era un hombre pusilánime, y Pabulog le hizo temer a Binadi. «Si puede engatusar incluso a Akmadi, ¿cómo podrás estar seguro?», le decía, y le planteaba otros argumentos parecidos.

—Tu padre tenía malos consejeros —dijo Monush.

—Y me temo que también crees que tenía un hijo desleal. Pero no fui desleal mientras él vivió, Monush. Sólo cuando me vi obligado a sucederle en el poder, cuando lo asesinaron…

—¿Tus problemas no tienen fin?

Ilihiak continuó como si Monush no hubiera hablado.

—Sólo entonces comprendí su grado de corrupción. Fue Binadi… Binaro… quien comprendió a mi padre. Bien, ahora él está muerto y yo soy rey de Zinom. La mitad de nuestros hombres han perecido luchando contra los elemaki. Después de la última guerra, nos sometimos y dejamos que nos pusieran el pie en el cuello. En la esclavitud comenzamos a perder nuestra arrogancia y a comprender que si nos hubiéramos quedado en Darakemba, con esas alas en la cara, al menos no seríamos esclavos de los cavadores. Nuestros hijos tendrían suficiente comida. No tendríamos que soportar este oprobio día tras día.

—¿Entonces liberasteis a Binaro?

—¿Liberar? —Ilihiak rió amargamente—. Binaro fue ejecutado, Monush. Quemado, miembro por miembro. Pabulog se encargó de ello personalmente.

—Sería aconsejable que el tal Pabulog no fuera a Darakemba. Motiak aplicará sus leyes aun sobre actos cometidos mientras Pabulog estaba al servicio de tu padre.

—Pabulog no está entre nosotros. ¿Crees que hoy estaría vivo si así fuera? Huyó cuando mataron a mi padre, llevándose a sus hijos. Al igual que en el caso de Akmaro, ignoramos su paradero.

—Seré franco contigo, Ilihiak. Tu gente ha cometido actos terribles como nación.

—Y hemos sido castigados por ello —respondió Ilihiak, en un arrebato de cólera.

—Motiak no tiene interés en castigar a nadie, salvo a un hombre que tortura a alguien escogido por el Guardián. Pero Motiak no puede permitir que gente que ha hecho lo que habéis hecho vaya a Darakemba.

Ilihiak conservó su postura regia pero, aunque casi imperceptible, Monush notó su abatimiento.

—Entonces enseñaré a mi pueblo a sobrellevar su carga con valor.

—Me has interpretado mal. Podéis ir a Darakemba, pero al llegar tendréis que ser un pueblo nuevo.

—¿Un pueblo nuevo?

—Cuando crucéis el Tsidorek por última vez, no usaréis el puente, sino que todo tu pueblo, salvo los niños más pequeños, deberá vadear las aguas para morir y quedar sepultado simbólicamente en el río. Cuando salgáis de las aguas, no tendréis nombres y nadie os conocerá. Caminaréis hacia la orilla, y allí prestaréis solemne juramento al Guardián. A partir de entonces no tendréis pasado, sólo un futuro como auténticos ciudadanos de Darakemba.

—Prestemos ese juramento ahora mismo. Aquí tenemos un río, y en Oromono, donde una eterna lluvia se precipita desde el risco, las aguas son tan sagradas como en el Tsidorek.

—No se trata de las aguas… mejor dicho, no únicamente de las aguas —dijo Monush—. Puedes enseñar a tu pueblo el juramento, para que comprenda la ley que aceptará cuando parta de aquí hacia Darakemba. Pero el paso por las aguas debe hacerse cerca de la capital. Yo no tengo autoridad para convertiros en hombres y mujeres nuevos.

Ilihiak cabeceó.

—Akmaro la tenía.

—¿Para el paso por las aguas? Eso sólo se hace en Darakemba.

—Cuando se ocultaba en Oromono, según se rumorea llevó gente por las aguas y la hizo nueva. —Ilihiak rió con amargura—. Según Pabulog, estaban ahogando bebés. Como si alguien pudiera creer semejante cosa.

Monush no se molestó en explicar a Ilihiak que sólo el rey de los nafari tenía el derecho a hacer hombres y mujeres nuevos. Fuera quien fuese Akmaro, su usurpación del poder de Motiak no tenía nada que ver con aquellas negociaciones.

—Ilihiak, creo que no tienes nada que temer de Motiak. Y al margen de que tu pueblo acepte o no el juramento, encontrará paz dentro de las fronteras de Darakemba.

El rey sacudió la cabeza.

—Aceptará el juramento, pues de lo contrario no lo conduciré. Ya estamos hartos de tratar de vivir como humanos a solas. No sólo no puede hacerse, sino que hacerlo no vale la pena.

—Entonces queda acordado —dijo Monush, yendo hacia la puerta.

—¿Adonde vas? —preguntó Ilihiak.

—¿No era éste el secreto que deseabas confiarme? —preguntó Monush—. ¿Lo que tu padre y Pabulog le hicieron a Binadi?

—No. Podría haberte contado eso frente al consejo. Todos conocen mi opinión sobre esta cuestión. No, te he traído aquí para enseñarte otra cosa. Si los elemaki lo supieran, sólo con que el rumor llegara a sus oídos…

¿Acaso no había prometido que guardaría todos los secretos, salvo ante Motiak?

—Muéstramelo, pues —dijo Monush.

Ilihiak caminó hacia su lecho, una gruesa estera que cubría el centro de la habitación. La levantó, apartó los juncos y palpó el suelo de piedra. Alzó una gran losa que giró sobre sus goznes, hasta dejar al descubierto un agujero oscuro.

—¿Quieres que traiga una antorcha? —preguntó Monush.

—No es necesario. Lo subiré.

El rey se metió en el agujero. Con la oscuridad daba la impresión de no tener fondo, pero cuando Ilihiak puso los pies en el suelo sus hombros sobresalían por encima del borde. Se agachó, recogió algo pesado y lo apoyó en el suelo de la habitación. Luego subió.

El objeto estaba envuelto en un paño sucio. El rey lo apartó y descubrió un cesto que después abrió. Extrajo de él una caja de madera. Destapó la caja y un objeto de oro puro relucía en su interior.

—¿Qué es? —preguntó Monush.

—Mira la escritura —dijo Ilihiak—. ¿Puedes leerla? Monush miró los caracteres tallados en las planchas de oro.

—No —dijo—. Pero no soy un erudito.

—Tampoco yo, pero puedo decirte una cosa: esto no está en ningún idioma que yo haya oído hablar. Estas letras no guardan similitud con ningún alfabeto, y la forma de escribir no corresponde a nuestra lengua. ¿Dónde están los sufijos y los prefijos? En cambio mira estas palabras diminutas… ¿qué podrán ser? Te aseguro que esto no es obra de los nafari ni de los elemaki.

—¿Y de los ángeles? —preguntó Monush.

—¿Dominaban la escritura antes de la llegada de los humanos?

Monush se encogió de hombros.

—Quién sabe. Tampoco parece su idioma. Las palabras son demasiado cortas, como bien dices. ¿De dónde lo has sacado?

—En cuanto llegué al poder, envié a un grupo de hombres a Darakemba para averiguar el camino de regreso. Mi abuelo destruyó deliberadamente toda la documentación sobre la ruta que él siguió para conducir a nuestro pueblo hasta aquí, y se negaba a permitir que se revelara. Decía que esa información era inútil, ya que nunca regresaríamos. —Ilihiak sonrió de mala gana—. Sabíamos que habíamos venido siguiendo el Tsidorek, evidentemente, pero mis hombres no pueden pedir instrucciones a los elemaki. Ya teníamos bastantes problemas sin que ellos se enterasen de que enviábamos partidas de exploración. Descubrimos un río probable y lo seguimos. Era un río muy extraño, Monush… lo siguieron hasta llegar a un sitio donde las aguas eran muy turbulentas. Luego el río continuaba en línea recta… ¡pero las aguas fluían en sentido contrario!

—He oído hablar de ese sitio —dijo Monush—. Encontraron el Issibek. Es el próximo río. En realidad se trata de dos ríos que confluyen. En la confluencia hay un túnel que atraviesa la roca viva durante muchos kilómetros, hasta que el río salta de la roca y forma un nuevo curso que desemboca en el mar.

—Eso lo explica. Para mis hombres era como un milagro. Pensaron que era un signo de que seguían el camino correcto.

—¿Allí encontraron estos escritos?

—No. Siguieron el río hasta la fuente septentrional, y luego atravesaron valles cada vez más bajos, hasta salir del Gornaya. Era una tierra seca y tórrida, y descubrieron con horror que estaba cubierta de huesos humanos. Como si se hubiera librado una terrible batalla. Miles y miles de humanos perecieron, Monush… eran incontables. Y todos los muertos eran humanos. No había un solo cavador ni ángel entre ellos.

—Nunca he oído hablar de semejante lugar, aunque el desierto sin duda existe. Lo llamamos Opustoshen…, el lugar de la desolación.

—Pues es el nombre indicado. Mis hombres estaban seguros de haber descubierto qué había sucedido con la gente de Darakemba, y por qué no habían encontrado la ciudad siguiendo el río.

—¿Creyeron que los humanos muertos éramos nosotros?

—-Sí. ¿Quién puede saber, en un desierto, cuánto hace que algo ha muerto? Eso me dijeron. Pero mientras buscaban entre los cuerpos, encontraron esto.

—¿En el suelo, y nadie se lo había llevado?

—Escondido en una hendidura de la roca —dijo Ilihiak—. En un sitio que parecía demasiado pequeño para esconder nada. Uno de los hombres tuvo un sueño la noche anterior, y en el sueño encontraba algo maravilloso en una hendidura en la roca que, según él, era como la que encontró cerca del campo de batalla. Así que metió la mano…

—¡Imprudente! ¿No sabe que hay serpientes mortales en el desierto? Se ocultan en grietas así durante el día.

—Ahí dentro había muchas serpientes de ésas, de las que hacen música con la cola…

—¡Letales!

—Pero eran inofensivas como lombrices. Así supieron mis hombres que el Guardián quería que obtuvieran estas planchas. Y aquí están. Los elemaki las fundirían y las convertirían en adornos. Pero yo esperaba que Motiak…

Monush asintió.

—Motiak tiene el índice. —Miró a Ilihiak a los ojos—. Eso también es un secreto, aunque la gente ya sospecha que lo tiene. Pero es mejor que no lo sepan con seguridad, así no se molestarán en encontrarlo para verlo o, peor aún, para robarlo. El índice conoce todas las lenguas. Motiak puede traducir estos documentos, si alguien puede hacerlo en esta Tierra.

—Entonces se los daré —dijo Ilihiak, envolviendo las planchas de oro—. No me atrevía a preguntarte si el índice seguía en manos de los reyes nafari.

—Pues así es. Y aunque el índice guardó silencio durante muchas generaciones, despertó en tiempos del abuelo de Motiak, Motiab, y le dijo que fuera a Darakemba.

—Sí —dijo Ilihiak—. Y mi abuelo rechazó esa decisión.

—No es aconsejable oponerse al índice —sentenció Monush.

—Todos los mensajeros del Guardián son sagrados —dijo Ilihiak con unción.

—La sangre de Binaro no pesa sobre tu cabeza —puntualizó Monush.

—Pesa sobre la cabeza de mi pueblo, y en consecuencia sobre la mía. Tú no estabas aquí, Monush. La turba aplaudía con aprobación mientras Binadi gritaba de dolor. Los que repudiaron ese acto están con Akmaro, dondequiera que se encuentre.

—Entonces es hora de enseñarles qué significa el juramento, y permitirles decidir si quieren ir a Darakemba. Ilihiak volvió a ocultar el escondrijo con la estera.

—Pero no sé cómo conseguiremos irnos de aquí sin una guerra cruenta.

Monush le ayudó a dejar el lecho tal como estaba antes.

—Cuando hayan aceptado el juramento, Ilihiak, el Guardián nos indicará cómo escapar. Ilihiak sonrió.

—Mientras yo no tenga que resolver el problema, me doy por satisfecho.

Monush lo miró intensamente. ¿Hablaba en serio?

—Nunca he querido ser rey —dijo Ilihiak—. Renunciaría con gusto al trono y sus privilegios si con ello pudiera librarme del lastre de mi cargo.

—¿Un hombre que renunciaría de buena gana al trono? Nunca había oído nada semejante —dijo Monush.

—Si supieras todas las penas que me ha causado mi reinado —dijo Ilihiak—, me llamarías necio por seguir en el cargo durante tanto tiempo.

—Ilihiak —dijo Monush—, nunca te llamaría necio, ni permitiría que otro hombre lo hiciera en mi presencia. Ilihiak sonrió.

—¿Entonces puedo abrigar la esperanza, Monush, de contar con el honor de tu amistad cuando ya no sea rey?

Monush cogió las manos de Ilihiak y se las apoyó en las mejillas.

—Mi vida está por siempre en tus manos, amigo mío —declaró.

Ilihiak cogió las manos de Monush y repitió el gesto.

—Mi vida era indigna hasta que el Guardián te trajo a mí. Tú despertaste en mí la esperanza. Sé que viniste aquí únicamente en cumplimiento de tu deber hacia tu rey. Pero un hombre puede ver la valía de otro hombre, independientemente del rango o la misión de éste. Mi vida está para siempre en tus manos.

Se abrazaron y se besaron en los labios en señal de amistad. Sonriendo, sin avergonzarse de tener los ojos llenos de lágrimas, Ilihiak desatrancó la puerta y regresó al diminuto mundo donde no era amigo de nadie, porque tenía que ser rey de todos.

Cuando Mon falló el blanco por tercera vez, Husu voló hacia él y lo detuvo. Los demás —jóvenes ángeles en las primeras etapas de entrenamiento para el ejército de espías volantes— continuaron practicando, con la boca llena de flechas que disparaban rápidamente sosteniendo la cerbatana en una mano. Algún día aprenderían a disparar con precisión mientras batían las alas en el aire, sosteniendo la cerbatana con un pie, y llevando carga en el otro. Pero por el momento, practicaban apoyados en un pie. Mon se enfurecía consigo mismo cuando fallaba. A fin de cuentas, él podía empuñar la cerbatana con las dos manos, podía apuntar apoyándose en los dos pies. Pero hoy no le interesaba.

—Mon, joven amigo, creo que estás cansado —dijo Husu. Mon se encogió de hombros.

—¿No has dormido bien?

Mon sacudió la cabeza. Detestaba dar explicaciones. Habitualmente tenía mejor puntería y se enorgullecía de ello.

—Habitualmente tienes mejor puntería —dijo Husu—. Si tuvieras alas, ya te habría ascendido.

Husu no podría haber dicho palabras más hirientes, pero no lo sabía.

—Supe que no aceitaría en el momento de disparar.

—Y sin embargo disparaste.

Mon volvió a encogerse de hombros.

—Los niños se encogen de hombros —dijo Husu—. Los soldados analizan.

—He disparado porque no me importaba —dijo Mon.

—Ah —dijo Husu—. Si el blanco hubiera sido un soldado elemaki, dispuesto a degollar a jóvenes ángeles en su nido, ¿te habría importado?

—Despierto de noche, una y otra vez —dijo Mon—. Algo va mal.

—¡Qué precisión! Y cuando apuntas tus flechas, ¿las apuntas contra «algo»? Porque en ese caso acertarás siempre. Siempre le das a «algo».

—Me refiero a algo de la expedición de Monush. Husu puso cara de preocupación.

—¿Han sufrido algún percance? —preguntó.

—No lo sé. No creo que sea eso. No tengo esta sensación cuando pasa algo malo. En tal caso no dormiría nunca: constantemente sucede algo malo. Es la sensación que me causan las elecciones equivocadas, los errores. Monush ha cometido un error.

Husu rió entre dientes.

—¿Y no tienes esa sensación continuamente?

—Un error en algo que me concierne.

—Entonces creo que todos los errores que perjudican el reino de tu padre deberían desvelarte. Y créeme, los hay en abundancia.

Mon miró a Husu a los ojos.

—Sabía que mi explicación no te complacería, pero no aceptabas que me encogiera de hombros. Husu dejó de reír.

—No, quiero la verdad.

—Si yo fuera el heredero del rey, me importaría todo el reino. Dada la situación, me importa algo de muy poca monta. La expedición de Monush me importa porque…

—Porque tú la enviaste.

—Padre la envió.

—Siguiendo tus indicaciones.

—Han cometido un error —insistió Mon. Husu asintió.

—Y no puedes hacer nada al respecto, ¿verdad? No están a tu alcance, ¿verdad? Nadie puede volar sobre territorio elemaki… persiguen a los ángeles y los derriban, y en esas alturas la escasa densidad del aire impide recorrer distancias largas, o volar a mucha altitud. En consecuencia, todo lo que podías hacer era contarle esta sensación a tu oficial superior.

—Supongo que sí —dijo Mon.

—Pues ya lo has hecho —concluyó Husu—. Sigamos con el entrenamiento. Te dejaré dormir una siesta cuando hayas acertado en el centro de la diana tres veces consecutivas.

Lo cual Mon logró con los tres disparos siguientes.

—Al parecer ya te sientes mejor —le comentó Husu—. Ahora ve a dormir una siesta.

—¿Se lo contarás a mi padre?

—Le contaré a tu padre que Monush ha cometido un error. Tendremos que esperar para saber cuál es.

Monush estaba sentado en el salón del consejo con Ilihiak y varios asesores militares. La esposa de Ilihiak, Wissedwa, estaba sentada detrás de él. Era algo insólito, pero Monush no mencionó el problema de la presencia de una mujer en un consejo de guerra. Los zenifi tenían sus propias costumbres, sus propias razones para hacer las cosas. Monush sabía —lo había aprendido de Motiak— que uno no debía ofenderse por las costumbres extrañas de otras naciones, sino tratar de aprender de ellas. Aun así, ¿se equivocaba al pensar que algunos hombres evitaban mirar a Wissedwa?

El consejo no tardó en llegar a la conclusión de que no cabía la posibilidad de conquistar la libertad mediante una rebelión abierta.

—Antes de que tú llegaras, Monush —dijo tristemente Ilihiak—, luchamos muchas veces y perdimos a muchos hombres. Obtenemos una victoria en el campo de batalla, y el subrey que derrotamos regresa con ejércitos de sus reyes hermanos.

—Además —dijo un anciano— los cavadores se multiplican tanto como los gusanos que comen.

Ilihiak hizo una mueca. El pueblo había convenido en aceptar el juramento, pero eso no significaba que su opinión sobre los no humanos fuera a cambiar. Y en lo concerniente a los cavadores, no importaba demasiado de todos modos. La mayoría de los cavadores de Darakemba eran esclavos, cautivos de guerra o sus descendientes hasta la tercera generación. Los zenifi podían odiar a los cavadores sin molestar demasiado a sus conciudadanos de Darakemba. Lo que causaría problemas sería su odio por la gente del cielo.

Durante la primera parte de la reunión, Monush notó enseguida que, de los consejeros de Ilihiak, Khideo era quien contaba con el oído del rey, y con razón, pues hablaba serenamente y con sabiduría. Le sorprendía que no lo hubieran nombrado Ush-Khideo, que no tuviera ningún título honorífico. Khideo alzó una mano y los demás callaron.

—Oh, rey —dijo—, has escuchado mis palabras muchas veces cuando íbamos a la guerra contra los elemaki. Ahora, oh, rey, si mi consejo alguna vez te ha servido de algo, te ruego que me escuches y seré tu leal servidor y libraré esta nación de su cautiverio.

Monush se asombró de la formalidad del discurso de Khideo. ¿Acaso no había hablado varias veces, al igual que los demás?

Ilihiak se llevó la mano a los labios, abrió la palma ante Khideo.

—Ahora doy mi voz a Khideo.

Ah, conque era eso. Khideo no sólo daba consejo. Estaba haciendo uso de un privilegio, e Ilihiak lo confirmaba. Se trataba de algo más que de asesorar al rey. Si el plan de Khideo era aceptado, sería él quien condujera el éxodo. Seguramente Khideo temía que Monush tratara de conducir la huida de los zenifi. Khideo pretendía evitar esa posibilidad. Monush tendría que ser el guía hasta Darakemba, y Monush los presentaría al gran Motiak. Pero Khideo no permitiría que Monush —ni Ilihiak— lo reemplazara como líder de la nación hasta último momento. Una maniobra innecesaria: a Monush no le importaba quién estuviera al mando mientras siguiera un plan sensato.

—El gran Motiak envió tan pocos hombres a nuestro encuentro porque un grupo más numeroso habría sido sorprendido y destruido por los elemaki —dijo Khideo.

Era natural que Khideo recordara a los demás que Monush tenía pocos hombres. Pero Monush no se ofendió, sino que alzó la mano que apoyaba en la rodilla; Khideo le concedió el privilegio de hablar con un cabeceo.

—Si el poder del Guardián no hubiera idiotizado al enemigo, nos habría apresado.

Aun mientras decía esta frase ritual, se preguntó si no entrañaba una pizca de verdad. ¿Por qué ningún elemaki había mirado hacia arriba en las muchas ocasiones en que los hombres de Monush eran visibles en la ladera?

—Ahora nos proponemos ganar la libertad de nuestro pueblo —dijo Khideo—. Los presentes sabéis que no rehuyo lo batalla. Sabéis que ni siquiera considero deshonroso el asesinato.

Los demás asintieron gravemente, y Monush comenzó a sospechar por qué Khideo no tenía título honorífico. Era imposible que hubiera intentado asesinar a Ilihiak, pero Nuab debía de tener enemigos cuando vivía, pues era un rey cruel. Ilihiak podía aceptar el consejo de Khideo e incluso permitirle conducir sus ejércitos, pero no podía otorgar título alguno a un hombre que había intentado matar a un rey, y menos si tal rey era su padre, por indigno que hubiera sido el viejo monarca.

—Nuestra única esperanza consiste en huir de este lugar —dijo Khideo—. Pero para ello debemos llevarnos los rebaños, para alimentarnos durante el trayecto. ¿Alguien ha intentado silenciar un pavo? ¿Nuestros cerdos se desplazarán con la rapidez que requiere un ejército en fuga? Por no mencionar a nuestras mujeres y niños… los bebés de pecho, los que apenas caminan… ¿Los llevaremos por la ladera de los peñascos? ¿Los obligaremos a marchar durante medio día o más a toda velocidad?

—Los elemaki saben que os resultaría imposible escapar en masa —dijo Monush—. Por eso tienen a tan pocos guardias apostados aquí.

—Exacto —dijo Khideo.

—¡Pues matémoslos, ya! —gritó un hombre. Khideo no respondió, sino que aguardó a que Ilihiak silenciara al hombre y devolviera la voz a Khideo.

—He leído una vez más el archivo que conservamos de la historia de los nafari —dijo Khideo—. Cuando Nafai condujo a su pueblo para alejarse del traidor, embustero y asesino Elemak, y de los mugrientos cavadores que le servían, tenía la ayuda del Guardián de la Tierra, que durmió a los elemaki tan profundamente que no despertaron.

—Nafai era un Héroe —dijo un anciano—. A nosotros el Guardián no nos habla.

—El Guardián le habló a Binaro —intervino Ilihiak.

—Binadi —murmuró otro hombre. Khideo sacudió la cabeza.

—El Guardián también envió el sueño que nos ha traído a Monush. Confiaremos en que el Guardián nos proteja en cuanto hayamos hecho todo lo que está en nuestra mano. Pero mi plan no consiste en rezar al Guardián y esperar una respuesta a nuestras oraciones. Todos sabéis que nos está prohibido fermentar cebada, aunque eso potabiliza el agua. ¿Por qué?

—Porque la cerveza enloquece a los cavadores —dijo un anciano.

—Los idiotiza —dijo Khideo—. Los embriaga. Se ponen alegres y bullangueros… y luego se desmayan. Por eso nos prohíben fermentarla… porque descontrola a los comedores de tierra.

—Si les ofrecemos cerveza —dijo Ilihiak—, suponiendo que podamos encontrarla…

Varios hombres rieron. Al parecer la destilación clandestina no era algo inaudito.

—¿… qué les impedirá arrestar y encarcelar a quien se la ofrezca?

Khideo asintió mirando al rey.

No, no al rey. A la esposa del rey, Wissedwa. Ella apartó el rostro, para no mirar directamente a ningún hombre, pero habló con firmeza para que todos la oyeran.

—Sabemos que para los cavadores todas las mujeres son sagradas. Aunque rechacen la cerveza, no nos pondrán la mano encima. Así que la ofreceremos como parte del tributo que corresponde por la cosecha. Sabrán que no pueden entregarla legalmente a sus superiores sin entregar a los delincuentes que se la dieron. No tendrán más remedio que bebérsela.

—Mi plan ha sido expuesto por boca de la reina —dijo Khideo.

Monush pensó que Khideo soportaba la vergüenza de presentar sus respetos a una mujer en el consejo con suma dignidad. Luego tendría que preguntar por qué se oía la voz de una mujer. Entretanto, era evidente que esa mujer no era tonta y que había seguido atentamente las deliberaciones. Monush trató de imaginar a una mujer en el consejo de Motiak. ¿Quién sería? Dudagu no, eso seguro. ¿Alguna vez había dicho una palabra inteligente? Y Toeledwa, antes de morir, siempre había sido recatada, y se negaba a hacer preguntas sobre asuntos que no se relacionaran con la crianza de sus hijos y los problemas domésticos. Pero Edhadeya, en cambio… Monush la imaginaba hablando con desenvoltura en el consejo. Nadie se atrevería a silenciarla una vez que obtuviera el derecho de hablar. Estaba claro que jamás debía sugerir esta idea a Motiak; amaba tanto a Edhadeya que quizá le otorgara el privilegio de hablar, y eso sería el fin de la dignidad para el consejo del rey. No soy tan humilde como este Khideo, pensó Monush.

—Ahora debemos saber —dijo Khideo— si Monush conoce otro camino de regreso a Darakemba que no pase por el corazón de la tierra de Nafai.

Monush habló de inmediato.

—Motiak y yo consultamos todos los mapas antes de mi partida. No tuvimos más opción que venir por la margen del Tsidorek, porque era la ruta que cogió vuestro gran rey Zenifab cuando partieron vuestros antepasados. Pero en cuanto al regreso, si conocéis el camino hacia el río Mebberek…

—Se llama Mebbereg por estos lares —dijo un anciano—, siempre que hablemos del mismo río.

—¿Tiene un afluente con una fuente pura? —preguntó Monush.

—El mayor afluente del Mebbereg es el Ureg. Nace en un lago llamado Uprod, que es una fuente pura —manifestó el anciano.

—Ése es —señaló Monush—. Encima del Uprod hay un antiguo paso que conduce a las tierras del norte. Creo que podré encontrarlo, si la comarca no ha cambiado demasiado desde que trazamos nuestros mapas. Empieza cerca de un recodo del Padurek, que es el gran afluente de fuente pura del Tsidorek. Apenas salgamos de ese paso, estaremos en tierras gobernadas por Motiak.

Khideo asintió.

—Entonces nos iremos por detrás de la ciudad, por el lado contrario al río. Y sólo necesitaremos dar cerveza a los guardias elemaki que están apostados en la ciudad. Los guardias que hay río abajo y río arriba no nos oirán, ni tampoco los que están en la otra margen. Y cuando los centinelas descubran que nos hemos marchado, no se atreverán a presentarse ante su rey para dar parte, porque saben que los ejecutarían por su descuido. Así que ellos también huirán al bosque y se convertirán en forajidos vagabundos, y pasarán muchos días antes de que el rey elemaki se entere de lo que hemos hecho. Éste es mi plan, oh rey, y ahora te devuelvo la voz.

—Recibo mi voz —dijo Ilihiak—. Y declaro que en verdad fue mi voz, y Khideo es ahora mis manos y mis pies para conducir esta nación hacia su libertad. Él fijará el día, y todos le obedeceremos como si fuera rey hasta que estemos en las márgenes del Mebbereg.

Los hombres del consejo se arrodillaron y apoyaron las palmas en el suelo, ofreciendo su lealtad a Khideo. Monush lo saludó con un gesto de la cabeza, como convenía a la dignidad del emisario de Motiak. Khideo enarcó las cejas, pero Monush no modificó su expresión benévola. Al cabo de un instante, Khideo optó por conformarse con el cabeceo de Monush; alzó las manos para liberar a los demás y se arrodilló ante el rey, poniendo el rostro entre las rodillas del rey y las manos sobre los pies del rey.

—Todo lo que haga en tu nombre te traerá honra, oh rey, hasta el día en que te devuelva las manos y los pies.

Era interesante, pensó Monush, que aquellos ritos hubieran surgido tan pronto, al cabo de sólo tres generaciones de distancia de Darakemba. Luego cayó en la cuenta de que los ritos podían ser mucho más antiguos, aprendidos de los elemaki durante los años de permanencia de los zenifi en aquel lugar. Era irónico que los zenifi se hubieran ido para ser los nafari más puros y hubieran terminado por adoptar costumbres elemaki.

Ilihiak apoyó las manos sobre la cabeza de Khideo. Al parecer así terminaba el ritual, y Khideo se levantó y regresó a su asiento. Ilihiak sonrió.

—Obrad con coraje, amigos míos, pues se aproxima el momento en que el Guardián nos liberará.

Al anochecer, para asombro de Monush, todo el pueblo estaba al tanto. Habían reunido los rebaños necesarios y los guardias apostados en la ciudad estaban ebrios como cubas. Horas antes del alba, bajo un brillante claro de luna, la gente abandonó la ciudad con asombrosa celeridad, frente a los cavadores adormecidos, y se internó en el bosque. Khideo y sus exploradores eran guías excelentes, y al cabo de tres días llegaron a las márgenes del Mebbereg. Desde allí, Ilihiak, nuevamente monarca de los zenifi, usó los servicios de Monush como explorador y guía, pero Monush no pidió, ni Ilihiak ofreció, la clase de autoridad que se le había conferido a Khideo. Cuando vea a Motiak, pensó Monush, le contaré que conviene tratar con respeto a esta gente, pues aun en su pequeño y oprimido reino encontraron a unos cuantos que son dignos de la autoridad y saben usarla.

En medio de las mujeres, Edhadeya miraba a los zenifi que cruzaban el río y salían como personas nuevas. Notó que se alejaban de la gente del cielo que observaba, y la entristeció comprobar que conservaban sus prejuicios a pesar de haberse purificado en las aguas del Tsidorek. Podemos lavar a la gente en las aguas, pensó, pero nunca podemos lavar de su corazón aquello que les han inculcado sus padres.

No esperaba un cambio real en aquellas personas, claro. Sabía que los rituales estaban destinados a señalar el camino, que no lograban nada por sí mismos. Eran un hito en la vida de la gente, constituían un recuerdo público. Algún día los hijos o nietos de los zenifi dirían: El día en que nuestros antepasados cruzaron las aguas emergieron como un pueblo nuevo, y desde ese día recibimos a los ángeles como hermanos, hijos como nosotros del Guardián de la Tierra. Pero la verdad sería muy diferente, pues lo más probable era que los hijos o nietos fueran los primeros en admitir la hermandad de ángeles y humanos. Pero sus padres no negarían todo lo que creían sus hijos: el ritual era el hito, y al cabo se convertiría en la verdad, aunque hubiera comenzado de manera muy distinta.

No fueron las mujeres —ni siquiera las guardianas de las aguas— las que saludaron a los que salían del río, sino los sacerdotes de Motiak, que les salieron al paso y les impusieron las manos para convertirlos en personas nuevas y darles nombres que eran, curiosamente, idénticos a sus viejos nombres, con el título añadido de «ciudadano». Edhadeya ya tenía edad suficiente para haber aprendido las historias de la antigüedad, cuando Luet y Nafai estaban en pie de igualdad, así como Chveya y Oykib. También tenía edad suficiente para haber oído a los sacerdotes alegar que los antiguos documentos se interpretaban equivocadamente, pues era costumbre entre los antiguos honrar tanto a los Héroes que aun sus esposas eran tratadas como tales, aunque dichas mujeres sólo eran recordadas en virtud de sus esposos. Edhadeya leyó varios pasajes del Libro de Nafai a Uss-Uss, la esclava y preceptora cavadora.

—¿Cómo pueden los sacerdotes interpretar otra cosa? Luet era vidente de las aguas aun antes de conocer a Nafai. Y Hushidh era descifradora mucho antes de casarse con Issib.

A lo cual Uss-Uss respondió:

—¿Por qué te sorprende que estos varones humanos mientan sobre sus textos sagrados? La gente del suelo honra a sus hembras, así como la gente del cielo. En consecuencia, la gente media debe negar a sus mujeres.

Ya entonces Edhadeya lo había considerado una explicación simplista, y ahora, mirando a los sacerdotes, notó que, en general, los varones humanos no trataban a sus esposas e hijas como si no les dieran importancia. ¿Acaso Padre no había enviado la expedición a buscar a los zenifi sólo porque ella había tenido el sueño, el sueño de una mujer? ¡Eso debía haber causado escalofríos a los sacerdotes! Y ahora cada hombre y mujer que salía de las aguas era prueba de que el Guardián mostraba a una mujer lo que nunca había mostrado a aquellos sacerdotes.

Pero no era por presunción ni por jactancia que Edhadeya ; se apoyaba en la baranda del puente mientras los zenifi se hacían ciudadanos. Buscaba los rostros que había visto en el sueño. Aquella familia tenía que estar entre los recién llegados. Pero cuando los últimos salieron del agua, Edhadeya supo que no la había visto.

Era trágico que las personas con quienes había soñado estuvieran entre los que habían muerto.

Sólo al cabo de unas horas, tras las presentaciones de los dignatarios ante Padre, Edhadeya pudo estar un momento con Monush, aunque no en privado, pues Aronha y Mon permanecían tan cerca del gran soldado como les era posible sin meterse en la ropa de éste.

—Monush —dijo—, es una pena que la gente que vi en mi sueño haya muerto.

—¿Muerto? No ha muerto nadie. Hemos venido desde Zinom sin perder a un solo súbdito de Ilihiak.

—¿Y cómo se explica que las personas con quienes soñé no estén entre esta gente?

Monush parecía confundido.

—Tal vez las recuerdas mal. Edhadeya sacudió la cabeza.

—¿Crees que tengo visiones como ésa cada día? Fue un sueño verdadero… y las personas que vi no están entre éstas.

Al cabo de unos minutos, Edhadeya se quedó a solas con Padre, Monush y dos hombres zenifi, el rey Ilihiak y Khideo, que parecía ser el amigo más apreciado de Ilihiak.

—-Háblame de la gente que viste —dijo amablemente Ilihiak, cuando Motiak le indicó que hablara.

Edhadeya los describió, y tanto Ilihiak como Khideo asintieron con un gesto de la cabeza.

—Sabemos a quién viste —dijo Ilihiak—. Eran Akmaro y su esposa Chebeya.

—¿Quiénes son? —preguntó Motiak.

Una vez más Ilihiak habló del único sacerdote que se había opuesto a la muerte de Binadi, que había huido del reino y reunido a unos cuantos centenares de adeptos antes de escapar del ejército que Nuak envió en su contra.

—Si soñaste con ellos —dijo Ilihiak— y fue un sueño verdadero, eso debe de significar que todavía siguen vivos. Me alegra saberlo.

—Pero también significa que no rescatamos a quienes debíamos —comentó Monush. Ilihiak agachó la cabe/a.

—Mi señor Motiak, espero que no lamentes haber rescatado a mi pobre reino de la esclavitud. Motiak guardó silencio.

—Motiak —dijo Monush—, ahora recuerdo que en el saliente del peñasco, antes de pasar por Sidonod, sentí un breve momento de confusión. Había soñado algo pero no recordaba el sueño. Ahora comprendo que el Guardián debía tratar de indicarme el camino correcto, y el malvado Jaguar debió de…

—El Jaguar no tiene poder sobre el Guardián de la Tierra —dijo Motiak.

—Pero sí sobre un hombre débil como yo —insistió Monush.

—No hay Jaguar, excepto esos estúpidos felinos —protestó Motiak con impaciencia—. No entiendo cómo te confundiste de camino, Monush, pero sé que fue un acierto encontrar a los zenifi y traerlos a Darakemba. También lo ha sido que ellos prestaran juramento y renunciaran a su odio por la gente del cielo. El Guardián debe estar contento por esto, así que me niego a considerarlo un error.

Motiak se volvió hacia Edhadeya.

—¿Estás segura de haber interpretado tu sueño correctamente? Tal vez Akmaro pedía al Guardián que enviara ayuda al pueblo de Ilihiak.

—El, su esposa y sus hijos estaban atemorizados a consecuencia de su propio cautiverio —dijo Edhadeya.

—Pero una niña no puede interpretar un sueño verdadero —dijo Khideo, como si señalara algo obvio.

—Nadie te ha pedido tu opinión —replicó Motiak—, y mi hija es como mi antigua madre de madres, Luet. Cuando tiene un sueño verdadero, podemos confiar en ella. Espero que no lo pongas en duda, amigo mío. Khideo agachó la cabeza.

—He pasado muchos años escuchando a una mujer en el consejo de un rey —murmuró—. Fue la mujer quien salvó la vida de nuestra gente al encabezar a las jóvenes que hablaron con los invasores elemaki, sabiendo que los cavadores elemaki no alzarían sus armas contra una hembra, aunque sin saber qué harían los sanguinarios humanos. Pero ni siquiera ella se atrevía a interpretar sueños en el consejo. Y no era una niña.

Motiak miró en silencio la cabeza gacha.

—Veo que te avergüenza mi modo de conducir el consejo —dijo—. Pero si yo no hubiera prestado atención al sueño de esta niña, amigo mío, no habría enviado a Monush, y tú no estarías gozando de libertad y seguridad.

Ilihiak, obviamente embarazado, intervino.

—Para Khideo nunca ha sido fácil ignorar la tradición, ni siquiera para escuchar a mi esposa en el consejo, aunque ella era muy circunspecta. Pero no hay guerrero más valiente ni amigo más leal.

—No estoy enfadado con Khideo —dijo Motiak—. Sólo le pido que comprenda que no lo insulto, sino que lo honro al permitirle estar presente cuando escucho las palabras de mi hija. Si él no está preparado para este honor, que se retire; no me daré por ofendido.

—Te suplico que me permitas quedarme —dijo Khideo.

—Muy bien —convino Motiak. Luego interpeló a todo el grupo—. Enviamos una expedición, y Monush me cuenta que ha sido muy arriesgado… en cualquier momento pudieron descubrirlos.

Edhadeya, presintiendo adonde iría a parar la conversación, intervino.

—Pero no los descubrieron —dijo—, porque el Guardián los protegía y…

La severa mirada de Padre y el evidente asombro de los otros hombres, que se quedaron boquiabiertos, bastaron para hacerla callar.

—Tal vez mi hija debería estudiar las antiguas historias, para aprender de ellas que Luet siempre mostraba el debido respeto.

Edhadeya había leído las antiguas historias muchas veces, y recordaba claramente que Luet decía lo que pensaba en más de una ocasión, cuando creía que sus visiones eran más importantes que la cortesía. Pero no era prudente contradecir a Padre. Ya había dicho demasiado. A fin de cuentas, la mayoría de los hombres consideraban inapropiado que ella estuviera presente en un consejo del rey.

—Padre, debí haberte hecho esta súplica cuando estuviéramos solos.

—No hay nada que suplicar —dijo Motiak—. Obedecí el sueño del Guardián y envié a Monush con sus hombres. Encontraron a los zenifi y los trajeron, y me parece evidente que contaron con la protección del Guardián. Si el Guardián desea que envíe otra expedición, primero debe enviar otro sueño.

—Tal vez a un hombre, esta vez —murmuró Khideo. Motiak sonrió vagamente.

—No presumo de sugerir al Guardián de la Tierra cuál de sus hijos debe ser el receptor de sus mensajes.

Un timorato se habría acobardado, pero Khideo se las apañó para inclinar la cabeza sin dar muestras de ceder. Edhadeya tuvo la impresión de que no siempre se conformaría con inclinarse ante otro hombre.

—Edhadeya, puedes marcharte —dijo Padre—. Confía en el Guardián de la Tierra. Y confía en mí, también.

¿Confiar en Padre? Claro que confiaba. Confiaba en que sería amable con ella, cumpliría su palabra y sería un rey justo y un padre sabio. Pero también estaba convencida de que, por regla general, la ignoraría, que permitiría que, según la costumbre, permaneciera encerrada en el ala de las mujeres, obligada a ser respetuosa con una tonta celosa como Dudagu Dermo. Si todas las mujeres eran como la madrastra de Edhadeya, las costumbres tenían sentido. ¿Por qué iban a perder el tiempo los hombres escuchándola? Pero yo no soy como Dudagu, pensó Edhadeya, y Padre lo sabe. Lo sabe, pero por respeto a la tradición me trata como si todas las mujeres fuéramos igualmente inútiles. Siente más respeto por la tradición que por mí.

Mientras tejía en su habitación, furiosa, Edhadeya tuvo la honestidad de admitir que Padre la trataba con más respeto del que era normal dedicar a las mujeres, y que lo criticaban por ello. Ahora que Monush había regresado con los zenifi, que realmente precisaban ayuda, todos admitían que Motiak no había sido un necio al escuchar a su hija. Y entonces, ante todos, Edhadeya había señalado la equivocación de Monush. Había sido una tontería. ¿Por qué desperdiciar un triunfo? Ya tendría la oportunidad de hablarle en privado. No estaba habituada a pensar como un político, eso era todo.

Pero no era culpa suya no entender de política, ¿verdad? No era decisión suya permanecer fuera de la corte excepto los días de las mujeres, cuando la exhibían y le permitían saludar a aquellas damas de sonrisa bobalicona. Quería gritarles que eran las criaturas más despreciables del mundo, ataviadas con sus finas prendas y sin ensuciarse las manos para trabajar. ¡Sed como las mujeres del cielo! ¡Sed como las mujeres del suelo! ¡Lograd algo! Sed como las mujeres medias más pobres, si no se os ocurre otra cosa. Adquirid una habilidad que no sea puramente decorativa, pensad por vuestra cuenta, entablad una discusión.

Sé justa, sé justa, se dijo. Muchas de estas mujeres son más listas de lo que aparentan. Aprenden modales y exhiben su belleza para ayudar a subir de rango y para que crezca el honor de su familia dentro del reino. ¿ Qué otra cosa pueden hacer? No son las descendientes de un rey indulgente que permite que su hija se pavonee como un muchacho y suba a la azotea como el chiflado de Mon, que quiere ser un ángel…

Me gustaría estar con Mon, porque él no me trata con condescendencia. ¿Y por qué no habría de querer ser un ángel? No lo comenta, ¿verdad? No fabrica alas con plumas y cordeles, ni trata de saltar de la azotea, ¿verdad? No es que esté chiflado. Simplemente está atrapado en su vida, como yo en la mía. Eso nos hace amigos.

Amigos, un hombre y una mujer. Era posible. Por lo que algunos decían, parecía que un hombre humano tenía más en común con un hombre ángel que con una mujer humana.

Edhadeya evocó su sueño. Sabía que pensaba demasiado en aquello. Al descubrir más detalles del sueño, no podía confiar en sus nuevas conclusiones; evidentemente, estaba añadiendo sus necesidades, deseos e ideas a la visión que le había enviado el Guardián. Aun así, estaba segura, al recordar a esa familia, de que el padre consideraba a la madre como su igual, incluso como superior a él en ciertos aspectos. La consideraba más valiente que él, eso seguro. Más fuerte. Y lo admitía. Y ambos padres valoraban a la hija tanto como al hijo varón. Aunque vivían como esclavos entre los cavadores, ésta era la gran verdad que llevarían a Darakemba si podían liberarse de su esclavitud. Pues tendrían el coraje de predicar esta idea. No era en su propio menoscabo que Akmaro respetaba a Chebeya, y los dos no honraban menos a su hijo varón Akma por el hecho de honrar igualmente a Luet.

¿Luet? ¿Akma? Nadie le había dicho esos nombres. Habían hablado de Akmaro y Chebeya, ¿pero habían mencionado el nombre de sus hijos? No era difícil deducir que la esposa de Ro-Akma hubiese llamado Akma a su primogénito, como el padre, ¿pero cómo sabía que había llamado Luet a la hija?

Lo supe porque el Guardián de la Tierra todavía me habla a través del mismo sueño, a través de mi recuerdo del sueño.

Mientras ese pensamiento acudía a su mente, supo que no debía contárselo a nadie. Sería demasiada presunción. Algunos creerían que trataba de explotar su sueño para darse ínfulas. Tendría que obrar con prudencia y no adjudicarse un excesivo conocimiento del Guardián.

Pero lo cierto era que el Guardián la tenía en cuenta y todavía le hablaba, y esa noticia la regocijó tanto que apenas podía contenerse.

—¿Y bien? ¿Qué ocurre? No te contonees como si tuvieras que ir al excusado.

Edhadeya se sobresaltó al oír la voz de Uss-Uss. No se había dado cuenta de que la esclava cavadora estuviera en la habitación.

—Ya estaba aquí bien visible cuando has entrado, tontorrona —dijo Uss-Uss—. Si no hubieras estado tan enfadada con tu padre, me habrías visto.

—Yo no he dicho nada —se puso en guardia Edhadeya.

—¿Ah, no? Pues estabas mascullando que no eras tan estúpida como Dudagu Dermo y que no mereces quedar excluida de todo y que Mon no está loco porque quiere ser un ángel porque a fin de cuentas la gente inútil como la hija del rey y el segundogénito del rey desean ser cualquier cosa menos lo que son…

—¡Oh, cállate! —protestó Edhadeya—. ¿Por qué te burlas de mí?

—Te he dicho que mascullar no es una buena costumbre. Un oído fino puede captar lo que dices.

—No he dicho nada sobre las hijas de los reyes ni sus segundogénitos…

—Estás perdiendo el juicio, niña. Y he notado que cuando hablas de tus aspiraciones y las de Mon, no mencionas a los viejos cavadores.

—Aunque quisiera ser una cavadora y vivir con el hocico en la tierra —dijo Edhadeya de mal modo—, seguro que no querría ser vieja.

—Que la Madre te perdone —dijo Uss-Uss—, y que te deje llegar a vieja a pesar de tus imprudentes palabras.

Edhadeya sonrió, complacida de que Uss-Uss se preocupara por ella.

—El Guardián no me fulminará por decir estas cosas.

—Digamos que no lo ha hecho hasta ahora —dijo Uss-Uss.

—¿El Guardián habla contigo, Uss-Uss?

—Habla conmigo en la palpitación de las raíces de los árboles, bajo la tierra —le respondió Uss-Uss.

—¿Y qué dice?

—Lamentablemente, no hablo la lengua de los árboles. No tengo ni la menor idea. Todo lo que capto es algún comentario sobre la necedad de las jovencitas.

—Es raro que el Guardián me diga la verdad a mí y te mienta a ti.

Uss-Uss cloqueó con deleite al oír esa réplica, y luego calló de pronto. Edhadeya dio media vuelta y vio a su padre en la puerta.

—Padre —se dirigió a él—. Entra.

—¿He oído a una criada llamar estúpida a su ama? —preguntó Padre.

—Bromeábamos —respondió Edhadeya.

—No es bueno que los criados se tomen tantas confianzas, sean cavadores o no.

—Eso me permite apreciar que tengo una amiga inteligente en el mundo —dijo Edhadeya—. Aunque quizás al rey no le parece bien.

—No seas atrevida, Edhadeya. Yo no he creado las reglas, sino que las heredé.

—Y no has hecho nada para cambiarlas.

—Envié un ejército cuando contaste tu sueño.

—Dieciséis hombres. Y los enviaste porque Mon dijo que era un sueño verdadero.

—Vaya, ¿me condenas porque el Guardián te dio un testigo para respaldar tu afirmación?

—Padre, nunca te condenaré. Pero Akmaro y su familia deben venir aquí. ¿No lo entiendes? Las cosas que enseña Akmaro… la igualdad entre hombres y mujeres, que una familia debe regocijarse por el nacimiento de una hija tanto como por el de un hijo varón…

—¿Cómo sabes lo que enseña? —preguntó Padre.

—Los vi, ¿verdad? —dijo Edhadeya desafiante—. Y apuesto a que el nombre de la hija es Luet, y que el hijo tiene el mismo nombre que su padre. Salvo por el honorífico, claro.

Motiak frunció el ceño, y al verlo, ella supo que estaba en lo cierto, que había acertado los nombres.

—¿Estás usando el don del Guardián para jactarte? —dijo Padre con severidad—. ¿Para obligarme a hacer tu voluntad?

—Padre, ¿por qué tienes que decirlo de ese modo? ¿Por qué no puedes decir que es maravilloso que el Guardián me diga tantas cosas? ¿Que es maravilloso que el Guardián esté vivo en mí?

—Maravilloso. Y engorroso. Khideo está furioso. Se siente humillado porque he consentido que una niña hablara con tanto atrevimiento en su presencia.

—Pobre hombre. Que vuelva con los elemaki.

—Es un auténtico héroe, Edhadeya, un hombre de mucho honor, y alguien a quien no quiero tener como enemigo.

—También está cargado de prejuicios, y lo sabes. Tendrás que lograr que esa gente se establezca en un sitio apartado o habrá problemas.

—Lo sé. Ellos también lo saben. Hay tierras en el valle del Jatvarek, después del límite del Gornaya pero antes de la selva. Allí no viven ángeles, porque los jaguares y otros felinos merodean por allí durante la estación de las lluvias. Así que serán apropiadas.

—A donde vayan los humanos, los ángeles vivirán sin problemas —dijo Edhadeya. Lo provocaba citándole su propia ley, pero él no mordió el anzuelo.

—Un buen rey puede tolerar diferencias razonables entre sus súbditos. A la gente del cielo no le cuesta nada tratar de no establecerse entre los zenifi, mientras los zenifi les den salvoconducto y respeten su derecho al comercio. Dentro de unas cuantas generaciones…

—Lo sé. Sé que es una sabia elección.

—Pero estás de ánimo para discutir conmigo acerca de todo.

—Porque creo que nada de esto tiene relación con la gente que vi en mi sueño. ¿Qué hay de ellos, padre?

—No puedo enviar otra partida en busca de Akmaro.

—No quieres, mejor dicho.

—No quiero, pues. Pero por buenos motivos.

—Porque quien te lo pide es una mujer.

—Todavía no eres una mujer. En este momento la empresa que acabamos de concluir se considera un gran éxito. Pero si envío otro ejército, parecerá que el primer intento fue un fracaso.

—Y lo fue.

—De ninguna manera —dijo Motiak—. ¿Crees ser la única que oye la voz del Guardián? Edhadeya jadeó y se ruborizó.

—¡Oh, Padre! ¿El Guardián te ha enviado un sueño?

—Tengo el índice del Alma Suprema, Dedaya. Lo estaba consultando por otra razón, pero cuando lo sostenía en mis manos, oí una voz que me hablaba claramente. Déjame llevar a Akmaro a casa, dijo la voz.

—¡Oh, Padre! ¡El índice todavía está vivo, después de tantos años!

—No creo que tenga más vida que una piedra —dijo Motiak—. Pero el Guardián está vivo.

—El Alma Suprema, querrás decir —dijo Edhadeya—. Es el índice del Alma Suprema.

—Sé que los antiguos documentos distinguen entre ambos, pero nunca lo he comprendido del todo.

—¿Conque el Guardián traerá a Chebeya y su familia a Darakemba? ¿Crees que ella lo hará?

Motiak entornó los ojos, fingiendo que se enfadaba.

—¿Crees que no me doy cuenta de lo que haces?

—¿Qué hago? —preguntó Edhadeya, toda inocencia.

—No dices «Akmaro y su gente…» no, dices «Chebeya y su familia».

Edhadeya se encogió de hombros.

—¡Y esa insistencia de las mujeres en llamar «ella» al Guardián! Sabes que los sacerdotes siempre me fastidian, insistiendo en que prohíba eso, al menos frente a los hombres. Yo siempre les digo que cuando los antiguos documentos nos dejen de mostrar a Luet, Rasa, Chveya y Hushidh hablando del Alma Suprema y el Guardián como «ella», entonces prohibiré a las mujeres hacer lo que hacían los antiguos. Con eso se callan… aunque apuesto a que muchos ponen en duda mi seriedad, y se preguntan si podrán alterar los antiguos documentos sin que yo lo note.

—¡No se atreverían!

—En efecto, no se atreverían —convino Motiak.

—Y podrías preguntar a esos sacerdotes en qué croquis anatómico el Guardián aparece con una…

—Mide tus palabras. Soy tu padre, y soy el rey. Hay cierta dignidad en ambas funciones. Y no estoy dispuesto a convencer a los sacerdotes de que me he puesto contra la vieja religión.

—Un hatajo de viejos…

—Hay cosas que yo no debo oír, como jefe del culto de los hombres.

—Culto de los hombres, en efecto —murmuró Edhadeya.

—¿Qué has dicho? —preguntó Motiak.

—Nada.

—¿Culto de los hombres, dices? ¿A qué…? Ah, entiendo. Bien. Piensa lo que quieras. Sólo recuerda que no siempre seré rey, y no puedes saber si mi sucesor será tan tolerante con tus subversivos ataques contra la religión de los hombres. Me conformo con permitir que las mujeres adoren a su gusto, y lo mismo hizo mi padre, y el padre de mi padre. Pero siempre hay afán de cambiar las cosas, de impedir las herejías de las mujeres. Toda esposa que golpea a su esposo o lo reprende en público se toma como otra prueba de que las mujeres se vuelven irrespetuosas y destructivas cuando se les permite que tengan su propia religión.

—¿Qué diferencia hay entre guardar silencio porque los sacerdotes nos obligan o porque temes que ellos puedan obligarnos?

—Si no ves la diferencia, no eres tan brillante como pensaba.

—¿De veras crees que soy inteligente, Padre?

—¿Qué? ¿Estás buscando más elogios de los que ya te he brindado?

—Sólo quiero creerte.

—Empiezas a hartarme si ahora piensas dudar de mi palabra.

El rey se levantó y se dirigió hacia la puerta.

—¡No dudo de tu franqueza, Padre! —exclamó Edhadeya—. Sé que crees que soy inteligente. Pero creo que en el fondo siempre tienes otra pequeña frase: «Es inteligente, para ser mujer. Es sabia, para ser mujer.»

—Te aseguro que la frase «para ser mujer» nunca acude a mi mente cuando a ti me refiero. Pero la frase «para ser una chiquilla» sí… y con frecuencia.

Edhadeya se sintió como si él la hubiera abofeteado.

—Pues pensaba hacerlo —dijo Padre.

Edhadeya comprendió que había expresado lo que sentía en voz alta.

—Respeto tu inteligencia —dijo Padre—, pero creo que una bofetada verbal es más aleccionadora que una física. Ahora confía en que el Guardián traiga a Akmaro… sí, y Chebeya… a Darakemba. Entretanto, no esperes que cambie las tradiciones. Un rey no puede ir más deprisa y más lejos de lo que su pueblo le permite.

—¿Y si el pueblo insiste en actuar de forma equivocada?

—preguntó Edhadeya.

—¿Qué, estoy en el aula, y mis preceptores me acribillan con preguntas hipotéticas?

—¿Es así como el heredero del rey recibe sus enseñanzas?

—preguntó ella con aire desafiante—. ¿Dónde están los preceptores que me hagan a preguntas hipotéticas acerca de la función de rey?

—Responderé tu pregunta inicial, no estas preguntas imposibles. Si el pueblo insiste en obrar mal, y el rey no puede disuadirlo de ello, entonces el rey renuncia al trono. Si su hijo tiene honor, se niega a aceptar el trono como sucesor, y lo mismo hacen todos sus hijos. Que la gente obre mal si lo desea, pero con un nuevo rey de su propia elección.

Boquiabierta, Edhadeya susurró:

—¿Podrías hacerlo, Padre? ¿Podrías abdicar?

—Nunca tendré que hacerlo. Mi pueblo es básicamente bueno, y está aprendiendo. Si insisto demasiado, no gano nada y la resistencia se fortalece. Durante los largos y lentos años de la transformación necesito la confianza y la paciencia de quienes desean que haga cambios a su favor. —Se agachó y le besó la coronilla, donde el cabello estaba separado—. Si no tuviera hijos varones, y tú aún fueras mi hija, entonces apresuraría los cambios para que pudieras reemplazarme en el trono. Pero tengo buenos hijos varones, como bien sabes. Así que permitiré que los cambios sobrevengan gradualmente, generación tras generación, como hicieron mi padre y mi abuelo antes que yo. Ahora tengo trabajo que hacer, y no pasaré más tiempo contigo. Hay naciones enteras bajo mi mando a las que presto menos atención que a ti.

Esbozando su más tímida sonrisa, ella dijo, con el tono plañidero de una dama de la corte:

—Oh, Padre, eres muy bueno conmigo.

—Uno de mis antepasados encerró a una hija díscola en una caverna a pan y agua, hasta que aprendió a obedecer —dijo Padre.

—Por lo que recuerdo, ella escapó de la caverna cavando con las uñas y huyó para casarse con el rey elemaki.

—Lees demasiado —dijo Padre.

Ella le sacó la lengua, pero él no la vio, porque ya se había marchado.

A sus espaldas, Uss-Uss habló de nuevo:

—Vaya, eres todo un soldadito.

—No te burles de mí —dijo Edhadeya.

—No me burlo —repuso Uss-Uss—. En una de las historias que circula entre nosotros, los esclavos diablos…

—Ya nadie os llama diablos.

—No interrumpas a tus mayores —la reprendió Uss-Uss—. Todos contamos la historia del cavador que estaba limpiando una cámara cuando dos traidores conspiraban, tramando la muerte del rey. El esclavo fue a contárselo al rey, y el rey lo hizo matar, por haberse atrevido a escuchar lo que los humanos decían en su presencia.

—¿Qué? ¿Crees que voy a…?

—Sólo digo que si crees que sufres por el hecho de ser una mujer humana, recuerda que tu padre ni siquiera se ha molestado en echarme de la habitación para hablar contigo. ¿A qué se debe eso?

—A que confía en ti.

—Él no me conoce. Sólo sabe que yo sé cuál es la pena por osar repetir lo que oigo. No me hables de la opresión de las mujeres de Darakemba cuando la mayoría de los cavadores somos esclavos a quienes se ejecuta por la menor infracción-incluso por un acto de gran lealtad.

—Nunca he oído esa historia —dijo Edhadeya.

—Eso no significa que no sea cierta.

—Conque Padre cree que soy problemática y tú crees que soy orgullosa e insensible…

—¿No lo eres?

Edhadeya se encogió de hombros.

—Yo te daría la libertad, si pudiera.

—Al menos tu padre fingió que intentaba cambiar tu posición en la sociedad. Pero en todas tus peticiones, ¿alguna vez te has preguntado si la gente del suelo debe ser liberada en Darakemba?

Edhadeya se irritó. No le gustaba que la llamaran hipócrita.

—¡Es totalmente diferente!

—Ansias rescatar a Chebeya y Akmaro de su cautiverio, pero ni siquiera piensas en dar la libertad a la vieja Uss-Uss.

—¿Qué harías con ella si la tuvieras? —preguntó Edhadeya—. ¿Volver con los elemaki? Los soldados tendrían que matarte antes de que llegaras allá, para que no contaras nuestros secretos.

—¿Regresar con los elemaki? Niña, mi tatarabuelo nació esclavo de los reyes nafari. ¿Regresar a un sitio donde nunca he estado?

—¿De veras me odias? —preguntó Edhadeya.

—Nunca he dicho que te odiara.

—Pero quieres librarte de mí.

—Al terminar mi día de trabajo, cuando tú te has dormido, me gustaría ir a mi casita y besar el hocico de mis gordos nietos y compartir con mi esposo el salario que me pagaron por servir en la casa del rey. ¿Crees que te sería menos fiel si te sirviera libremente en vez de temer que me maten o me vendan al menor error?

Edhadeya pensó en esto.

—Pero si fueras libre vivirías en un agujero del suelo —dijo.

Uss-Uss soltó una carcajada.

—¡Claro que sí! ¿Y qué?

—Pero eso es…

—Inhumano —dijo Uss-Uss, sin dejar de reír. Al fin Edhadeya comprendió la broma, y se rió con ella. Más tarde, cuando había oscurecido, Edhadeya despertó al oír un ruido cerca de la ventana. A la luz de la luna vio la silueta de Uss-Uss, cabeceando. Pensando que sucedía algo malo, Edhadeya se levantó y caminó hacia la ventana. Al oírla, Uss-Uss se volvió y la esperó.

—¿Haces esto todas las noches? —preguntó Edhadeya.

—No —dijo Uss-Uss—. Sólo esta noche. Pero tú te preocupabas por esos humanos que son cautivos de los cavadores en algún sitio remoto.

—¿Y rezas al Guardián por ellos?

—¿Por qué haría eso? El Guardián sabe dónde están… el Guardián te envió el sueño, ¿verdad? No creo que sea asunto mío decirle a la Madre lo que ya sabe. No, le rezaba a la Insepulta. Ella vive en esa estrella. La que está siempre allá arriba.

—Nadie puede vivir en una estrella —dijo Edhadeya.

—Una inmortal sí. Le rezo a ella.

—¿Tiene nombre?

—Un nombre muy sagrado —dijo Uss-Uss.

—¿Puedes decírmelo?

Uss-Uss alzó el ruedo de la larga túnica de Edhadeya y se lo puso sobre la cabeza, tapando con la tela la oreja de Edhadeya.

—Mi nombre es Voozhum —dijo Uss-Uss—. Ahora que conoces mi verdadero nombre, puedo decirte el nombre de la Insepulta.

Uss-Uss aguardó.

—Por favor —dijo Edhadeya, temblando—. Por favor, Voozhum. —¿Qué debía hacer o decir ahora? Sólo se le ocurría ofrecerle la versión más formal y oficial de su propio nombre, a manera de respuesta—. Mi verdadero nombre es Ya-Edhad.

—La Insepulta es aquella a quien Nafai dio el manto de capitana. ¿Creías que esto era un secreto para la gente del suelo? Los benditos antepasados vieron su piel trémula de luz. Ella es Shedemei, y es la que llevó la torre al cielo y la convirtió en estrella.

—¿Y todavía vive?

—La han visto dos veces en los años transcurridos desde entonces. En ambas ocasiones cuidaba un jardín, una vez en un alto valle de montaña, otra en la ladera de un risco, en los parajes más bajos del Gornaya. Ella sabrá qué hacer con Chebeya y su esposo, con Luet y su hermano.

Edhadeya comprendió que había cosas que los cavadores sabían sin haberlas aprendido de los humanos, y eso le provocó un repentino y desconocido sonrojo de humildad.

—Enséñame a hablar con la Insepulta.

—Fija los ojos en la estrella permanente, la que llaman Basílica.

Edhadeya miró hacia arriba y la encontró fácilmente. Cualquier niño podía hacerlo.

—Luego mece la cabeza, así —dijo Uss-Uss.

—¿Ella puede vernos?

—No sé —dijo Uss-Uss—. Sólo sé que esto es lo que hacemos cuando le rezamos. Creo que comenzó porque así fue como ella movió la cabeza esa vez en que la vieron en un alto valle.

Así que Edhadeya se unió a su esclava en el desconocido ritual. Juntas pidieron a la Insepulta que velara por Chebeya, Luet y los demás, y que los liberase. Uss-Uss decía una frase y Edhadeya la repetía. Al final, Edhadeya añadió unas palabras propias.

—Y ayúdales a liberar a todas las mujeres de su cautiverio. Las mujeres del cielo, las mujeres del suelo y las mujeres medias.

Uss-Uss cloqueó, repitió la frase.

—Y piensa —dijo—. Algún día te casarás con un potentado de segunda, y yo habré muerto, y tú recordarás este día y te preguntarás quién era más esclava, si tú o yo.

Llevó a Edhadeya a la cama, donde Edhadeya se durmió profundamente y tuvo sueños descabellados sobre mujeres muertas de piel llameante a quienes nadie se había acordado de sepultar.

—Si no creyera que todo esto puede ser un error, me parecería gracioso —dijo el Alma Suprema.

—No tienes sentido del humor —dijo Shedemei—, y si pensaras que es un error no lo habrías hecho.

—Puedo tomar una decisión aunque dude en un ochenta por ciento de su resultado —dijo el Alma Suprema—. Es parte de mi programación; eso impide que vacile hasta el punto de la inacción.

—Creo que enviarle el mensaje a Motiak por medio del índice fue buena idea —dijo Shedemei—. Les impedirá enviar otra expedición. Obligará al Guardián a actuar.

—Para ti es fácil decidir, Shedemei. Tú no sientes compasión por ellos.

Shedemei sintió que aquellas palabras le desgarraban el corazón.

—¿Una máquina me dice que no tengo compasión?

—Yo tengo una especie de compasión virtual —dijo el Alma Suprema—. Tengo en cuenta el sufrimiento humano, aunque no el sufrimiento de los individuos, por lo general. Akmaro y Chebeya pertenecen a un grupo numeroso y, sí, siento compasión por ellos. Pero tú tienes la aptitud humana normal para deshumanizar a la gente a voluntad, sobre todo a los extraños, especialmente en grupos numerosos.

—Estás diciendo que soy un monstruo.

—Estoy diciendo que los humanos suelen sentir compasión por quienes consideran parte de sí mismos. Tú no conoces a esas personas, así que puedes usarlas como carnada para el Guardián de la Tierra. Sin embargo, si sólo torturasen a una persona, no lo harías, porque entonces, por empatía, no soportarías sus padecimientos.

Shedemei estaba tan agitada que se marchó de la biblioteca y fue a cuidar sus retoños en la sala de gran altitud, donde trataba de obtener una legumbre rica en proteínas que se pudiera cultivar en los valles de montaña más altos del Gornaya. Lo que había dicho el Alma Suprema era cruel, pero tenía sentido. A medida que los primates evolucionaban hacia una comunidad de supervivencia cooperativa, primero desarrollaban empatía por sus propios hijos, luego por los hijos de otros, luego por los padres adultos de esos hijos, pero la empatía se debilitaba a medida que se ensanchaba el círculo.

Al fin, los humanos tenían que desarrollar algo que no poseían otros primates: una identidad grupal tan poderosa como para absorber al menos una parte de la identidad individual. Los humanos no podían tener esta profunda y abnegada lealtad a más de una o dos comunidades al mismo tiempo. Así las comunidades estaban inevitablemente en conflicto, compitiendo por la lealtad de sus miembros. La tribu tenía que desbaratar la solidaridad familiar, la religión tenía que competir con la nación. Pero una vez que una comunidad obtenía esa lealtad, los miembros más fervientes morían gustosamente por ella. No por los demás individuos directamente, sino por los intereses generales del grupo, porque en la mente humana ese grupo era el yo, y el individuo podía considerarse como una mera iteración del diseño del todo. Los humanos, para elevarse por encima de los animales, habían aprendido a convertirse en órganos o miembros —incluso uñas y cabellos desechables— de un metafórico organismo mayor.

El Alma Suprema tiene razón. Si yo conociera a Chebeya y a los suyos como individuos, aun sin más criterio moral que un mandril, procuraría protegerlos. O si me considerase parte de ellos. Sometería mis intereses a las necesidades del grupo, y no soñaría con obligarlos a funcionar como carnada en un intento de servir al Guardián de la Tierra.

El Alma Suprema, en cambio, estaba concebida para satisfacer las necesidades de la humanidad en general. Los poderes que poseía eran tremendos, y sus programadores tenían que incorporarle un cierto grado de compasión. Pero era una compasión intelectual, una compasión histórica: cuanta más gente sufría, más prioritario era aplacar su dolor. El Alma Suprema podía pasar por alto los accidentes individuales, las muertes causadas por el curso normal de una enfermedad que asolaba una región, pero temía y procuraba evitar el sufrimiento grupal que se originaba en las guerras, sequías, inundaciones y epidemias. En esos casos, el Alma Suprema podía actuar, guiando a los individuos hacia actos que ayudaran a toda la población afectada, no para salvar vidas individuales, sino para reducir la escala del sufrimiento.

Pero a ninguna, pensó Shedemei, afectan los sufrimientos del pueblo de Chebeya. No i son suficientes para obligar al Alma Suprema a intervenir en su favor, aunque sí suficientes para incomodarla. Y yo, aislada en los confines de la atmósfera, no formo parte de ellos. Toda mi gente se ha ido, mi comunidad ha muerto. Como dicen las mujeres cavadoras, soy la Insepulta. Ésta es la única diferencia entre los difuntos y yo, pues una persona que no tiene una comunidad viviente está muerta. ¿No lo he visto en los ancianos? Han perdido a su cónyuge, sus amigos, su familia, salvo los descendientes más jóvenes, que apenas se acuerdan del viejo… y a quienes molesta descubrir que sigue con vida. ¿He llegado a ese punto?

Todavía no, pensó, moviendo los dedos para extraer un brote que debía trasplantar a una bandeja más grande. Mis plantas se han convertido en mi gente. Mis pequeños animales, que siguen generación tras generación mientras yo practico mis jueguecitos genéticos. Ellos son parte de mí misma.

¿Esto es bueno o malo? El Alma Suprema necesita recibir consejos del Guardián de la Tierra para aliviar el sufrimiento de la gente de Armonía. Para lograrlo, debemos inmiscuirnos en los planes del Guardián. El Guardián quiere rescatar a Chebeya y Akmaro, así que le dificultamos las cosas. No es un plan irracional. A fin de cuentas, será para beneficio de los millones de habitantes de Armonía.

Pero lo estamos haciendo a ciegas. No sabemos qué intenta lograr el Guardián. ¿Por qué trata de salvar a los akmari? Tal vez deberíamos haber tratado de entender sus propósitos antes de comenzar a ponerle obstáculos.

¿Pero cómo podemos comprender sus propósitos si no nos habla? Es un círculo vicioso.

(Sí, lo es.)

—No me hables mentalmente —le dijo al Alma Suprema—. Odio eso.

(Si no vas a donde yo tengo una voz cómoda, usaré una voz incómoda.)

—Yo no hablaba contigo, sólo pensaba. (Si no quieres que te oiga, no pienses.)

—Qué ocurrente —resopló Shedemei. (Pensemos qué motivos puede tener el Guardián para salvar al pueblo de Akma y Chebeya.)

—De paso, ¿por qué no pensar también en quién o qué es el Guardián de la Tierra?

(¿Crees que no he investigado esa cuestión? Te digo que es algo que se me oculta, o que jamás se incluyó en mi memoria, o que la gente que me construyó ignoraba.)

—Si no podemos encontrar al Guardián usando datos físicos ni archivos de memoria, tal vez debamos estudiar qué desea y qué hace, y buscar el mecanismo que le permite hacerlo, o la entidad que pueda beneficiarse con esos actos.

(¿Entonces crees que los motivos del Guardián pueden ser egoístas?)

—En absoluto. Tampoco yo me beneficiaré con la expansión del hábitat que lograrán estas legumbres, si llegan a ser nutritivas en un ámbito donde el oxígeno escasea, la temporada de cultivo es breve y las capas de suelo son delgadas. Pero alguien se beneficiará de ello. En consecuencia, si un extraño que no tuviera modo de descubrirme directamente quisiera saber algo sobre mí, podría partir del dato de que me interesa mejorar la capacidad de humanos, cavadores y ángeles para asentarse en nuevos hábitats con una nutrición mejorada. Incluso podría deducir que tengo un cuerpo que me permite identificarme con estas criaturas. Cuando menos, mis actos le permitirían deducir que para mí es importante protegerlas.

(¿Pero alguno de esos razonamientos lo instaría a mirar el cielo?)

—Ni idea —dijo fatigosamente Shedemei—. Pero sé que si alguien quisiera llamar mi atención, sólo tendría que pisotear mis jardines en la Tierra. Entonces repararía en él.

(Conque eso hacemos. Pisotear los jardines del Guardián de la Tierra.)

—Espero que no seamos tan destructivas.

(Sí, y eso deben de esperar Chebeya y Akmaro y su gente.)

—Si sigues fastidiándome así, terminarás por interesarme tanto en ellos que dejaré de preocuparme por la gente de Armonía. ¿Eso es lo que quieres?

(No.)

—Basílica fue destruida hace medio milenio. Toda mi gente ha muerto. Mi país natal es irrecuperable. Todo lo que consideraba parte de mí ha muerto, salvo mis jardines. ¿De veras quieres que me convierta en parte de Akmaro y Chebeya, que comience a sentir por ellos lo que sentí por Rasa y su casa, por mis amigas, por mi esposo y mis hijos? (No.)

—Entonces déjame en paz.

(No puedo. Eres la capitana. Mi programa me exige mantener tu salud.)

—¡Salud! ¿Qué tiene que ver todo esto con la salud?

(No es bueno que estés sola.)

Shedemei se estremeció. No quería que el Alma Suprema se inmiscuyera de esa manera. Se encontraba bien a solas. Zdorab había muerto, sus hijos habían muerto, y ella estaba bien. Tenía trabajo que hacer, no necesitaba distracciones. ¡Al cuerno con la salud!

Akma se sentó en la cima de la colina, agotado tras un día de trabajo, pero tan furioso que no podía acostarse a descansar. Y si se acostaba no podría ver a su padre predicando, con los ruines hijos de Pabulog sentados en primera fila. Después de todo lo que le habían hecho, Padre les permitía ocupar aquel sitio de honor. Claro que Padre y Madre insistieron en que él se sentara en el centro de la primera fila, donde se sentaba siempre. Pero estar al lado del embustero Didul, del arrogante Pabul, del brutal Udad, del patético y rastrero Muwu… Padre tenía que saber que no podía soportar esa vergüenza.

Así que ahí estaba, sentado en la cima de la colina mirando las fogatas de los guardias cavadores, ahora presentes en la reunión de la gente de Akma. Ya no puedo distinguir entre amigos y enemigos. Los cavadores sólo hirieron mi cuerpo, pero los pabulogi han herido mi orgullo, y mi propio padre me ha dicho que no soy nada para él, nada comparado con los hijos de su enemigo.

Tus enemigos eran mis enemigos, Padre. Por ti, por lealtad a ti, soporté lo que me hacían y lo hice con orgullo, porque era por ti. Y luego recibes a mis verdugos y les hablas como si también fueran hijos tuyos. Incluso los llamas hijos. ¡Te atreviste a llamar así a ese hipócrita engendro del recto de una mofeta! ¡«Diduldis»! ¡Hijo bienamado! ¿Hijo de quién? Hijo del hombre que trató de matarte, Padre, que te desterró. Hijo del hombre que por ti he odiado. Y ahora le has dado un nombre que jamás debiste darle a nadie salvo a mí. Yo soy Akmadis, pero no si él recibe el nombre Diduldis de tus labios. Si él es tu hijo, yo no lo soy.

De nuevo, como tantas otras veces, las lágrimas acudieron a los ojos de Akma. Pero las combatió. Estaba cultivando el arte de ocultar sus sentimientos, aunque su solitario distancia-miento evidenciaba claramente que estaba disconforme con algo.

Madre subía por la colina. ¿Aún no desistía?

Oh, sí, había desistido. Luet la acompañaba; Madre se detuvo y Luet siguió adelante. Naturalmente. Padre no puede hacer nada con el díscolo Akma, y Madre no consigue llegar a él. Así que mandemos a la pequeña Luet, a ver qué logra ella.

—¡Kmada! —exclamó ella, cuando estuvo cerca.

—¿Por qué no vas a escuchar a Padre? —dijo Akma con frialdad. Pero el titubeo que vio en los ojos de su hermana lo calmó. ¿Qué sabía ella de esos asuntos? Ella era inocente, y no quería ser injusto—. Ven aquí, Lutya, Ludayet.

—Oh, Kmada, ese nombre es muy feo.

—Yo encuentro que Ludayet es bonito.

—Pero Lutya es el nombre del Héroe.

—De la esposa del Héroe —dijo Akma.

—Padre dice que las mujeres de los antiguos eran tan Héroes como los hombres.

—Sí, bien, es la opinión de Padre. Padre cree que los cavadores son personas.

—Y lo son. Porque tienen un idioma. Y hay cavadores buenos y cavadores malos.

—Sí, lo sé. Porque la mayoría de los cavadores están muertos. Ésos son los buenos.

—¿Estás tan enfadado conmigo como con Padre?

—Nunca estoy enfadado contigo.

—¿Entonces por qué me haces sentar con ese puerco de niño?

Akma rió por el tratamiento que daba a Muwu.

—No ha sido idea mía.

—Es idea tuya venir aquí arriba y dejarme sola.

—Luet, te quiero. Pero no me sentaré con los hijos de Pabulog, incluido Muwu. Luet asintió gravemente.

—De acuerdo. Eso dijo Padre. Dijo que no estabas preparado.

—¡Preparado! Nunca estaré preparado.

—Así que Madre dijo que yo podía venir aquí a aprender de ti.

Disimuladamente, cogido por sorpresa, Akma miró a su madre, que estaba al pie de la colina, observándolos. Debía de haber intuido o adivinado el giro que tomaba la conversación, pues cabeceó y echó a andar hacia el grupo que escuchaba las prédicas de Akmaro.

—Yo no soy un maestro —dijo Akma.

—Sabes más que yo —dijo Luet.

Akma conocía la intención de Madre. Y debía de actuar con el consentimiento de Padre, así que aquello también era obra de él. Si Akma no quiere participar escuchando al gran maestro Akmaro —¿o sería mejor llamarlo Akmadi el traidor, como lo llamaba Pabulog?— le haremos participar enseñando a Luet. No se atreverá a tratarla mal, y no tendrá la deshonestidad de enseñarle falsedades ni de dar salida a su furia contra su padre.

Si le enseñara a Luet que Padre me traicionó, que nos ha traicionado continuamente, se lo tendrían merecido. Padre decide creer en ese chiflado de Binadi y termina por obligarnos a huir de la ciudad, a vivir en el desierto. Y luego, mientras nos azotan los cavadores y nos atormentan los malvados hijos de Pabulog, Padre nos enseña que el Guardián quiere que consideremos a los cavadores y ángeles como hermanos, que consideremos a las mujeres como nuestras iguales, cuando cualquiera puede ver que las mujeres son más menudas y débiles que los hombres, y que los cavadores y ángeles ni siquiera son de la misma especie. También podríamos decir que somos hermanos de los árboles y tíos de las termitas. También podríamos decir que los gusanos son nuestros padres y los escarabajos nuestros hijos.

Pero no le dijo nada de esto a Luet. Cogió una rama, removió la hierba para tener un trozo de tierra donde escribir, y se puso a escribir palabras y a hacer preguntas. Daría clases a su hermana. Sería mejor que estar solo, ardiendo de rabia. Y no usaría a Luet como arma para atacar a Padre. Ésa era otra cuestión, y la zanjaría en el momento oportuno. Un momento en que Didul no estuviera sentado allí, burlándose de cada palabra de Akma. Un momento en que no tuviera que soportar el olor almizclado que Pabul despedía como un ciervo en celo. Un momento en que él y Padre pudieran mirarse a los ojos y decir la verdad.

No descansaré hasta que Padre admita su deslealtad. Hasta que reconozca que los ama más que a mí, y que está mal que haya cometido el acto antinatural de perdonarlos sin consultarme antes, sin pedirme que lo perdonara a él. ¿Cómo pudo actuar como si perdonarlos fuera lo más natural del mundo? ¿Y qué derecho tenía a perdonarlos, cuando Akma aún no lo había hecho? Akma había soportado los peores tormentos. Todos lo sabían. Y frente a todos, Padre los perdonaba y los llevaba por el agua para hacer de ellos hombres nuevos. Claro que les hizo decir esas estúpidas palabras de disculpa. Lo lamentamos, Akma. Lo lamentamos, Luet. Lo lamentamos, todos. Ya no somos los hombres malvados que hicieron eso. Ahora somos hombres nuevos y creyentes.

¿Soy el único que no se deja engañar? ¿Soy el único que ve que todavía piensan traicionarnos? ¿Que pronto llegará su padre y se volverán contra nosotros y pagaremos por haber confiado en ellos?

Yo pagaré.

Akma se estremeció al imaginar qué le harían los hijos de Pabulog cuando nuevamente revelaran su naturaleza maligna. Padre lo lamentaría, pero Akma sería castigado por la necedad de su padre.

—¿Tienes frío? —preguntó Luet.

—Un poco —dijo Akma.

—Es una noche cálida. No deberías tener frío si no estás enfermo.

—De acuerdo. Ya no tendré frío.

—Me sentaré junto a ti para que estés más calentito.

Luet se sentó junto a él y él le rodeó los hombros con los brazos mientras estudiaban las palabras que Akma había escrito en la tierra. Su hermana era muy avispada. Más lista que cualquier varón que Akma conociera. Así que tal vez una parte de las enseñanzas de Padre fuera cierta. Tal vez las niñas fueran tan valiosas como los niños, al menos en lo concerniente al aprendizaje. Pero cualquiera que enseñara que una cavadora era igual que aquella dulce y confiada niña era un loco o un embustero. ¿Cuál de estas cosas era Padre? Y ¿acaso importaba?

Regresaron cuando anochecía. La reunión había concluido. Luet abrió la marcha hasta la choza, parloteando con Madre sobre las cosas que Akma le había enseñado.

—Gracias, Akma —dijo Madre. Akma asintió.

—Ha sido un placer, Madre —murmuró.

Pero no habló con su padre, ni su padre habló con él.

5. MISTERIOS

Los hombres notaban que Bego estaba distraído. El anciano erudito no prestaba atención a las respuestas de Mon, y cuando repitió la misma pregunta que él acababa de responder, Mon no pudo contenerse y dijo con cierta irritación:

—¿Qué pasa? ¿Ya no es interesante educar al hijo menor?

—¿A qué te refieres? —replicó Bego con fastidio—. ¿A qué viene este mal humor? Creía que ya habías superado esto hace años.

—Me has hecho la misma pregunta dos veces, Bego, oh, sabio maestro. Y como no has escuchado ni una palabra de mi respuesta la primera vez, no puede ser que no estés satisfecho de ella y quieras ponerme de nuevo a prueba.

—Lo que necesitas aprender es respeto. —Bego se dio impulso desde su taburete, olvidando que estaba demasiado gordo y viejo para volar bien. Terminó patinando por el suelo hasta que llegó a la ventana, donde se quedó jadeando—. Ni siquiera puedo subirme al antepecho —rezongó.

—Al menos recuerdas lo que es volar.

—¿Por qué no te olvidas de esa estúpida envidia que sientes por la gente del cielo? ¿Quieres olvidarla por un día, por una hora, por un minuto, y reflexionar sobre la realidad?

Molesto y herido, Mon quiso contestar con una réplica hiriente, una muestra de ingenio devastador que obligara a Bego a arrepentirse de esas palabras crueles. Pero no hubo réplica, porque Bego tenía razón.

—Tal vez, si pudiera soportar mi vida tal como es por un día, por una hora, por un minuto, podría olvidar mi deseo de ser otra cosa —respondió al fin Mon.

Bego se volvió hacia él, ablandado.

—¿Qué es esto? ¿Mon es sincero?

—Yo nunca miento.

—Me refiero a ser sincero contigo mismo.

—¡No irás a hacerme creer que mis sentimientos te preocupan!

Bego se echó a reír.

—No me preocupo demasiado por los sentimientos de nadie. Pero los tuyos quizá me importen. —Miró a Mon como si estuviera escuchando… ¿qué? ¿Las palpitaciones de su corazón? ¿Sus pensamientos más ocultos? No tengo pensamientos ocultos, pensó Mon. Mejor dicho, no son ocultos porque me los haya guardado. Si nadie los conoce, es porque a nadie le han interesado.

—Permíteme plantearte un problema, Mon —dijo Bego.

—De vuelta al trabajo —dijo Mon.

Mi trabajo esta vez, no el tuyo.

Mon no sabía si lo trataban con paternalismo o con respeto. Así que escuchó.

—Cuando los zenifi regresaron hace varios meses… ¿recuerdas?

—Recuerdo —dijo Mon—. Se instalaron en sus nuevas tierras e Ilihiak rehusó ser el rey. Obligó al pueblo a elegir un gobernador. Y el pueblo demostró su ingratitud eligiendo a Khideo en vez de a Ilihiak.

—Conque estabas prestando atención.

—¿Eso era todo? —preguntó Mon.

—No todo. Como verás, cuando la voz del pueblo se alzó contra Ilihiak, él vino aquí.

—¿A pedir ayuda? ¿Acaso creía que Padre se impondría como juez ante los zenifi? Fue Ilihiak quien decidió permitir que la gente votara. ¡Pues que el pueblo se aguante con lo que ha votado!

—Exacto, Mon, pero Ilihiak sería el primero en estar de acuerdo contigo. Él no vino aquí para obtener el poder. Vino aquí para librarse de él.

—Conque es un ciudadano común. ¿Y con qué propósito fue a hablar con el rey?

—No necesitaba ningún propósito. Tu padre le tiene simpatía. Se han hecho amigos.

Mon sintió un aguijonazo de celos. Aquel forastero que ni siquiera conocía el nombre del rey hasta que Monush lo había encontrado hacía seis meses era amigo de Padre, mientras que Mon languidecía como un simple segundogénito y tenía suerte si podía ver a su padre una vez por semana en una situación más íntima que el consejo del rey.

—Pero tenía un propósito —continuó Bego—. Parece que después del asesinato del padre de Ilihiak…

—Una nación de regicidas… y ahora han elegido a un ex aspirante a regicida como gobernador.

—Sí, sí —dijo Bego con impaciencia—. Ahora es hora de escuchar. Cuando Nuab fue asesinado e Ilihidis llegó al trono…

—¿Dis-Ilihi? ¿No el heredero?

—El pueblo escogió al único hijo de Nuab que no había huido cuando los invadieron los elemaki. El único que demostró tener agallas.

Mon cabeceó. No había oído mencionar aquello. Un segundogénito que heredaba gracias a sus méritos…

—No te hagas ilusiones con eso —dijo Bego—. Tu hermano mayor no es cobarde. Y no está bien que desees privarlo de su herencia.

Mon se levantó enfurecido.

—¿Cómo te atreves a acusarme de pensar semejante cosa?

—¿Qué segundogénito no la piensa?

—Yo bien podría dar por sentado que tú estás celoso de bGo porque sus responsabilidades son grandes mientras que tú sólo eres bibliotecario e instructor de niños.

Esta vez fue Bego quien se enfureció.

—¿Cómo te atreves tú, un simple humano, a hablar de mi otro-yo como si vuestra débil relación de hermanos pudiera compararse con nuestro estrecho vínculo?

Se enfrentaron, mirándose a los ojos. Y por primera vez, Mon notó que para mirar a Bego a los ojos tenía que agachar la vista. Empezaba a alcanzar su talla de adulto. ¿Por qué no lo había notado hasta entonces? Una sonrisa asomó a sus labios.

—Conque sonríes —dijo Bego—. ¿Por qué? ¿Porque has conseguido irritarme?

En vez de confesar el pueril y egoísta pensamiento que había motivado aquella sonrisa, Mon inventó otra razón, que pasó a ser cierta en cuanto la pensó.

—¿Cómo puede un alumno no sonreír cuando logra que su maestro actúe como un niño?

—Y yo que iba a hablarte de auténticos asuntos de estado.

—En efecto, eso ibas a hacer. Sólo que optaste por empezar acusándome de desear que mi hermano perdiera su herencia.

—Me disculpo por eso.

—También deberías disculparte por llamarme «simple humano» —dijo Mon.

—También por eso me disculpo —dijo Bego a regañadientes—. El hecho de que seas un simple humano no significa que seas ajeno al afecto y la lealtad entre hermanos. No es culpa tuya que no puedas comprender los vínculos que nos unen con nuestro otro-yo.

—Ah, Bego, ahora entiendo a qué se refería Husu cuando dijo que eras el único hombre que conocía capaz de insultar más a alguien con sus disculpas que con sus agravios.

—¿Husu dijo eso? —preguntó Bego—. Y yo que creía que no me había comprendido.

—Háblame de ese asunto de estado —dijo Mon—. Dime, ¿con qué propósito vino Ilihiak a ver a Padre? Bego sonrió.

—Sabía que te vencería la curiosidad.

Mon aguardó. Como Bego no continuaba, gruñó de frustración y dio una vuelta corriendo alrededor del pupitre, como un niño cavador que corre alrededor de un árbol antes de trepar a él. Sabía que se ponía en ridículo, pero no soportaba aquellos jueguecitos maliciosos de Bego.

—Oh, siéntate —dijo Bego—. Ilihiak vino para entregar a tu padre veinticuatro planchas de oro.

—Oh —dijo Mon, decepcionado—. Sólo dinero.

—En absoluto. Hay textos escritos en esas planchas. Son veinticuatro planchas con escritos antiguos.

—¿Antiguos? ¿Quieres decir anteriores a los zenifi?

—Tal vez —dijo Bego con una vaga sonrisa—. Quizás anteriores a los nafari.

—¿Así que puede que hubiese un grupo de cavadores o de ángeles que supieran trabajar el metal, que supieran escribir?

Bego hizo ondear las alas con el gesto desdeñoso propio de los ángeles.

—No sé —dijo Bego—. No sé leer esa lengua.

—Pero tú hablas el idioma del cielo, el idioma de la mugre…

—El idioma del suelo —corrigió Bego—. A tu padre no le gusta que usemos esos términos despectivos para referirnos a la gente del suelo.

Mon puso los ojos en blanco.

—Es un idioma repulsivo que ni siquiera puede calificarse de lengua.

—Tu padre gobierna un reino algunos de cuyos ciudadanos son cavadores.

—No muchos. La mayoría son esclavos. Lo son por naturaleza. Aun entre los elemaki, los humanos suelen dominarlos.

—Habitualmente, pero no siempre —dijo Bego—. Y conviene recordar, cuando desprecias a los cavadores, que estos presuntos «esclavos naturales» lograron expulsar a nuestros antepasados de la tierra de Nafai.

Mon a punto estuvo de pasar a otra discusión, acerca de si el bisabuelo Motiab había conducido a su gente a Darakemba voluntariamente o porque corrían el peligro de ser destruidos en su antiguo terruño. Pero comprendió que eso era precisamente lo que buscaba Bego. Así que se armó de paciencia y esperó.

Bego cabeceó.

—Conque no te dejas distraer. Muy bien.

—Tú eres el profesor, tú eres el maestro, tú lo sabes todo, yo soy tu marioneta —salmodió.

Bego ya conocía esta letanía sarcástica.

—Y no lo olvides —le respondió como de costumbre—. Ahora bien, esos documentos fueron hallados por una partida que Ilihiak envió en busca de Darakemba. Los hombres siguieron el Issibek en vez de seguir el Tsidorek, y luego tuvieron la mala suerte de internarse en profundos valles hasta que salieron del Gornaya, muy al norte de aquí, en el desierto.

—Opustoshen —dijo Mon, instintivamente.

—Otro motivo para saber geografía —dijo Bego—. Pero descubrieron un sitio que nosotros desconocemos, ya que está muy al oeste de Bodika y nuestros espías no vuelan hasta allí. ¿Para qué iban a hacerlo? No hay agua… ningún enemigo puede invadirnos desde esos parajes.

—¿Encontraron el libro de oro en el desierto?

—No es un libro. Son hojas sin encuadernar. Pero no era un simple desierto. Fue escenario de una cruenta batalla. Había gran cantidad de esqueletos con armadura, y armas desparramadas a su alrededor. Miles y miles de soldados lucharon y murieron allí.

Bego hizo una pausa, aguardando algo. Mon hizo la asociación.

—Coriantumr —murmuró. Bego asintió dando su aprobación.

—El hombre legendario que vino a Darakemba como el primer humano que la gente del cielo había visto. Nosotros siempre supusimos que era el superviviente de una batalla entre un oscuro grupo de nafari o elemaki, de cuando los humanos se esparcían por el Gornaya. Era una época difícil, y perdimos el rastro de muchos grupos. Cuando la gente del cielo de Darakemba nos contó que él era el último superviviente de una gran guerra entre grandes naciones, pensamos que era una exageración. Lo único que se me grabó en la mollera, al menos, fue la inscripción.

Mon había visto la gran piedra redonda que se exhibía en el mercado de la ciudad. Nadie conocía el significado de la inscripción, y se suponía que era una imitación primitiva de la escritura que los ángeles de Darakemba habían hecho al enterarse de que los humanos podían escribir cosas y antes de que ellos aprendieran a hacerlo.

—¡Cuenta! —exigió Mon—. ¿El idioma de esas planchas es el mismo?

—Los darakembi decían que Coriantumr escribió en la tierra para mostrarles cómo tallar en piedra. Era un trabajo lento, y él murió antes de que lo concluyeran, pero esculpieron primero las palabras en arcilla para no olvidarse, mientras hacían el lento trabajo de tallarlas en la piedra. —Bego bajó del lugar donde se había posado y sacó varias cortezas enceradas de una caja—. He hecho una copia bastante aceptable aquí. ¿Qué te parece?

Mon miró la inscripción redonda, ruedas dentro de ruedas, todas con imágenes extrañas y sinuosas.

—Se parece a la piedra de Coriantumr —dijo.

—No, Mon. Esta es la piedra de Coriantumr. —Bego le entregó otra corteza, y esta vez la imagen tallada en la cera era idéntica a la de la piedra tal como él la recordaba.

—¿Y la otra qué es?

—Una inscripción circular de una de las planchas de oro.

Mon lanzó un chillido de admiración, y notó compungido que ya no podía chillar tan agudo como un ángel. Chillar con la voz grave de un hombre quedaba ridículo.

—Conque la respuesta a tu pregunta es sí, Mon. Ambos idiomas parecen ser el mismo. El problema es que no disponemos de ningún referente conocido para este sistema de escritura. No puede ser descifrado siguiendo ningún patrón que podamos concebir.

—Pero todas las lenguas humanas se basan en la lengua de los nafari, y todos los idiomas del cielo y del suelo se basan en fuentes comunes y…

—Y te repito que no guarda relación con ningún idioma conocido.

Mon reflexionó un instante.

—Entonces… ¿Padre ha usado el índice?

—El índice —dijo Bego— le explica a tu padre que nosotros debemos trabajar un tiempo con las planchas de oro.

Mon frunció el ceño.

—Pero el rey tiene el índice para leer todas las escrituras y comprender todos los idiomas.

—Sin embargo, al parecer el Guardián de la Tierra no quiere traducirnos esto.

—Si el Guardián no quiere que lo leamos, Bego, ¿por qué permitió que los espías de Ilihiak localizaran los documentos?

—No sólo se lo permitió. El Guardián los guió hacia allí por medio de sueños.

—¿Entonces por qué no permite que el índice explique a Padre qué dicen las inscripciones? ¡Qué tontería!

—¡Ah! Que un niño de tu edad juzgue al Guardián y lo considere tonto está muy bien; es excelente. Veo que la humildad es la virtud que más has cultivado.

Mon no quiso dejarse abrumar por el sarcasmo de Bego.

—¿Conque Padre te ha encomendado esta tarea? Bego asintió.

—Alguien tiene que hacerla, porque eso nos dijo el índice que hiciéramos. Tu padre no es un experto en idiomas… siempre ha tenido que depender del índice. Así que el acertijo es mío.

—¿Y crees que yo podría ayudar?

—¿Cómo saberlo? Sólo se me ocurre porque hay varias referencias en los documentos más antiguos (es decir, los documentos más antiguos de los nafari) al hecho de que el índice es una máquina ligada al Alma Suprema, no al Guardián de la Tierra.

Mon no lo comprendía.

—¿Y si el Guardián de la Tierra y el Alma Suprema no son la misma persona?

Era una posibilidad que Mon había oído exponer con frecuencia, pero nunca había logrado averiguar por qué importaba tanto.

—¿Y qué, entonces?

—De las inscripciones más antiguas se podría deducir que el Alma Suprema también es una máquina.

Aquello era herejía, pero Mon no dijo nada, pues sabía que Bego no era un traidor. En consecuencia, debía haber en sus palabras una connotación que no atentaba contra el hecho de que el Guardián de la Tierra hubiera escogido a Nafai para ser primer rey de los nafari y sus hijos después de él, hasta Padre.

—No sé ni puedo averiguar si el Guardián de la Tierra creó al Alma Suprema o si creció por sí mismo —dijo Bego—. Soy bibliotecario, no sacerdote, y no pretendo tener una respuesta para todo… sólo sé dónde están escritas las respuestas de otras personas. ¿Pero qué hay si la razón por la cual el índice no puede traducir esas inscripciones es porque ni el Guardián ni el Alma Suprema tienen la menor idea de cómo leer ese idioma?

La idea era tan inquietante que Mon tuvo que levantarse y caminar de nuevo, rodeando el escritorio.

—Bego, ¿cómo es posible que haya algo que el Guardián de la Tierra ignora? Él sabe todo cuanto puede saberse.

—No me refería al Guardián, sino al Alma Suprema.

Ah. Conque por eso Bego pensaba que la distinción tenía importancia. Pero para Mon no era tan fácil de resolver. Había creído durante mucho tiempo que el Alma Suprema y el Guardián de la Tierra eran una misma cosa. Le parecía demasiado cómodo concluir que, si el índice no podía leer una inscripción, eso debía significar que el Alma Suprema, que no sabía interpretarla, era diferente del Guardián, que lo sabía todo. ¿No cabía la posibilidad de que el Guardián y el Alma Suprema fueran lo mismo, aunque no supieran leer la inscripción? Era desconcertante pensar que el Guardián no lo sabía todo… pero era preciso afrontar esa posibilidad.

—¿Por qué el Guardián no pudo haber enviado a los espías de Ilihiak a Opustoshen para que te trajeran los documentos a ti y tú los descifraras?

Bego sacudió la cabeza, riendo.

—¿Quieres que los sacerdotes caigan sobre ti como mosquitos? No comentes esas ideas, Mon. Ya es bastante osado por mi parte dudar de que el Alma Suprema pueda leer estas inscripciones. Por otra parte, no importa. Me han designado para descifrarlas. Hago algunas conjeturas, pero no tengo manera de saber si estoy en lo cierto.

De pronto Mon comprendió qué clase de ayuda buscaba Bego.

—¿Crees que yo podría distinguir si estás en lo cierto o no?

—Es algo que ya has demostrado ser capaz de hacer antes, Mon. A veces sabes cosas que no pueden saberse. Edhadeya tuvo el sueño de los zenifi, pero tú supiste que era un sueño verdadero. Tal vez puedas decirme si mi traducción es fiel.

—Pero mi don proviene del Guardián, y si el Guardián no sabe…

—Entonces no podrás ayudarme. Y quizá tu don sólo sirva para… bien, para otras cosas. Pero vale la pena intentarlo. Permíteme mostrarte, pues, lo que he hecho hasta ahora.

Mon sintió un creciente temor cuando Bego empezó a sacar de la caja más cortezas enceradas. Escuchó atentamente las explicaciones de Bego, que había copiado las inscripciones y las había estudiado, pero lo intimidaba la idea de opinar acerca de un idioma que ni siquiera podía leer.

—Presta atención —dijo Bego—. No funcionará si te pones tan nervioso.

Sólo entonces Mon se dio cuenta de que no se estaba quieto.

—Lo siento.

—Comencé por elementos que aparecían tanto en la piedra de Coriantumr como en las planchas de oro. ¿Ves éste? Se repite más que ningún otro. Y este otro viene en segundo lugar, pero el segundo tiene esta marca delante. —Señaló un dibujo con forma de pluma—. Y esta marca aparece en muchos otros lugares. Como aquí, y aquí. Sospecho que esta marca es como el honorífico «Ak» o «ka», y significa rey.

Bego miró esperanzado a Mon, que sólo pudo encogerse de hombros.

—Es posible. Tiene sentido. Bego suspiró.

—Bien, no desistas tan fácilmente —dijo Mon, irritado—. ¿Esperas tener razón en todo?

—Era aquello de lo que estaba más seguro —dijo Bego.

—¿No me enseñaste hace tiempo que estar seguro no significa estar en lo cierto?

Bego se echó a reír.

—Bien, por lo que sé, podría tratarse simplemente de la indicación de un patronímico.

—¿Un qué?

—Una marca que significa que lo que sigue es un nombre.

—Eso suena mejor —dijo Mon—. Eso tiene sentido. Bego no dijo nada. Mon apartó los ojos de las cortezas enceradas y los ojos de ambos se encontraron.

—¿Y bien? —preguntó Bego—. ¿Sentido hasta qué punto?

Mon comprendió lo que Bego le preguntaba y estudió sus propios sentimientos; trató de saber si la marca indicaba un patronímico.

—Tiene mucho sentido. Es correcto. Es verdadero, Bego.

—¿Tan verdadero como el sueño de Edhadeya? Mon sonrió.

—Regresaron con los zenifi que no debían, ¿recuerdas?

—No trates de eludir la pregunta, Mon. Tú sabes que tanto Ilihiak como Khideo confirmaron que el sueño de Edhadeya se relacionaba con un ex sacerdote de Nuab llamado Akmaro.

—Bego, sólo puedo decirte esto: si intentaras decirme que las palabras asociadas con esa marca no son nombres, yo tendría que jurar que te equivocas.

—Con eso me basta. No son nombres de reyes, pero son nombres. Eso está bien. Eso es lo más importante. ¿Ves, Mon? El Guardián quiere que interpretemos esta lengua. Bien, veamos, este nombre es el que más aparece en la piedra, y también es bastante común al final del escrito de las planchas.

—¿Cómo sabes que se trata del final?

—Porque creo que el nombre es Coriantumr: el último rey, o al menos el último hombre, del grupo de humanos que pereció en Opustoshen. Así que el lugar donde se menciona su nombre tendría que estar al final, ¿no crees?

—¿Y quién escribió las planchas de oro?

—¡No lo sé! Mon, ni siquiera he empezado a descifrarlo. Sólo quiero que me confirmes si éste es el nombre de Coriantumr.

—Sí —dijo Mon—. Sin duda alguna. Bego asintió.

—Bien, bien. Esto es lo obvio. Lo deduje hace unas cuantas semanas, pero me conviene que puedas confirmarme que voy por buen camino. Ahora lo intentaré con otras palabras. Creo que ésta, por ejemplo, significa batalla.

Al principio a Mon no le parecía atinado. Por último, sin embargo, después de varias pruebas, decidieron que lo más aproximado al significado de la palabra era «lucha». Al menos a Mon le parecía correcto.

Pero los aciertos fueron cada vez más infrecuentes. A medida que Bego se sumía en nuevas especulaciones, éstas eran cada vez menos acertadas, o al menos Mon no podía confirmar su veracidad. Era una tarea lenta y frustrante. Más tarde, Bego envió a su criado cavador a informar a Motiak de que Mon y Bego no asistían al consejo aquella noche, y de que comerían en sus habitaciones mientras trabajaban en «el problema».

—¿Tan importante es? —preguntó Mon, cuando se marchó el criado—. ¿Tan esencial que no debes dar más explicaciones? ¿Que ni siquiera debes pedir permiso a Padre para no asistir?

—Aunque termine por decirle que sólo podemos leer estos fragmentos, es más de lo que sabíamos antes. Y como el Guardián desea que sepamos todo lo que podamos saber sobre estos escritos, sí, es importante.

—¿Y si yo me equivoco?

—¿Te equivocas?

—No.

—Con eso me basta. —Bego se echó a reír—. Tiene que bastarme, ¿verdad?

—Ahora lo tengo —dijo el Alma Suprema. Shedemei estaba furiosa y no entendía por qué.

—No me importa —dijo.

—Mon le dio a Bego información suficiente para permitirme relacionar las formas lingüísticas con idiomas terrícolas anteriores a la diáspora. Es arábigo, al menos en origen. No me extraña que al principio no pudieran descifrarlo. Ni siquiera es indoeuropeo. Y sufrió muchos cambios… mucho más que el ruso, del cual proceden todas las lenguas de Armonía.

—Muy interesante. —Shedemei se inclinó hacia delante y sepultó la cabeza entre las manos.

—Lo más notable es que la ortografía no tiene nada que ver con la vieja escritura árabe. Nunca lo hubiese esperado. En el momento de la diáspora, la flota de la colonia árabe era islámica hasta la médula, y uno de los postulados incuestionables del Islam es que el Corán sólo se puede escribir en árabe usando escritura arábiga. Quién sabe qué sucedió en el planeta Ramadán.

—¿Es lo único que se te ocurre? —preguntó Shedemei—. ¿Por qué los árabes cambiaron su modo de escribir para adoptar esta escritura jeroglífica que encontraron en el desierto?

—Es silábica, no ideográfica, y no sabemos si tenía un origen sacerdotal.

—¿Escuchas lo que te estoy diciendo? —le preguntó Shedemei.

—Lo estoy procesando todo —dijo el Alma Suprema.

—Procesa esto, entonces. ¿Cómo es posible que una inscripción en un idioma proveniente del árabe se haya escrito tan recientemente en la Tierra?

—Encuentro fascinante rastrear probables patrones de evolución ortográfica.

—¡Alto! —ordenó Shedemei—. Deja de procesar todo lo que se relacione con esa lengua. —Al pronunciar las palabras, Shedemei hizo una especie de torsión interna en el lugar donde su cerebro hacía interfaz con el manto de capitana.

—Me he detenido —dijo el Alma Suprema—. Al parecer consideras que necesito una orden de emergencia.

—Por favor bloquéate para no eludir el tema del que hablaré ahora. ¿Cómo se llegó a hablar árabe en la Tierra después de la diáspora?

—Al parecer crees que tengo una rutina de evasión en…

La tengo. He encontrado la rutina de evasión. Y es bastante complicada. Me hacía pensar en cualquier cosa menos en… El Alma Suprema guardó silencio, pero Shedemei no se sorprendió. Estaba claro que la programación original del ordenador obligaba al Alma Suprema a eludir algo relacionado con el problema de las inscripciones traducidas y que, aun cuando encontraba la rutina de evasión, otra le obligaba a examinar la primera rutina en vez de ceñirse al tema. Pero la orden de Shedemei creó una disonancia que permitió al ordenador salirse de la rutina de evasión y rastrearla, a pesar de tener muchas capas de profundidad.

—Ya he vuelto —dijo el Alma Suprema.

—Has tardado un rato —dijo Shedemei.

—No es que se me prohibiera hablar sobre ese idioma. Es que se me impedía ver o comunicar cualquier prueba de que los humanos habitaban la Tierra después de la diáspora y antes de la llegada de nuestro grupo desde Basílica.

—¿Y qué se programó en ti antes de la diáspora?

—He llevado esa rutina durante cuarenta millones de años sin saber que estaba allí. Oculta a gran profundidad, y con infinitas capas de copia. Pude haber entrado en un bucle sin final.

—Pero no lo hiciste.

—Soy muy hábil para esto —dijo el Alma Suprema—. He aprendido algunos trucos desde que me fabricaron.

—¿Eso es orgullo?

—Claro. Estoy programado para dar una prioridad muy alta a la automejora.

—Ahora que te has curado, ¿qué hay de las inscripciones?

—Apenas rozan la superficie de este asunto, Shedemei. Durante nuestros vuelos de reconocimiento, he borrado sistemáticamente de mi memoria, o bien ignorado, toda prueba de presencia humana. No había ninguna en las otras masas continentales desde la diáspora, pero en este continente hubo una importante civilización.

—¿Y nunca hemos visto señales de ello en todas nuestras visitas a la Tierra?

—Las estructuras grandes son pocas. Era una cultura nómada.

—¿Musulmanes que renunciaron a la grafía del Santo Corán?

—Árabes que no eran musulmanes. Está todo en la historia… en las planchas de oro que Bego y Mon están traduciendo. Pero hasta que no me has ayudado a liberarme, no podía leer esos pasajes y no sabía que me los estaba saltando. En el planeta Ramadán tenían su propia Alma Suprema, y ésta, en la inevitable adoración del ordenador que tuvo lugar durante los milenios de forzada ignorancia, socavó las doctrinas del Islam. El grupo que vino aquí era muy conservador, y trató de restaurar las creencias musulmanas que pudieron reconstruir después de tantos años.

—El grupo que vino aquí —repitió Shedemei.

—Ah, sí. Olvidaba que aún no has leído la traducción. Empezaron a rodar palabras en el aire, sobre el terminal.

—No, gracias —dijo Shedemei—. Prefiero una sinopsis, de momento.

—Regresaron. Prosperaron en la Tierra durante mil setecientos años. Luego se exterminaron en una guerra civil devastadora.

—¿Hubo humanos aquí, en el continente, durante mil setecientos años, y los ángeles y cavadores ignoraban su existencia?

—Los rasulum eran nómadas… así se llamaba el grupo que regresó de Ramadán. El desierto marcaba su frontera. Los bosques no les eran útiles, salvo para cazar. Y en cuanto al Gornaya, tenían prohibido acercarse a las grandes montañas. Como los ángeles y cavadores no podían vivir lejos del Gornaya, y los rasulum no se atrevían a penetrar en las serranías, no pudieron conocerse.

Shedemei asintió.

—El Guardián los mantenía apartados.

—Una interesante coreografía —dijo el Alma Suprema—. Los rasulum regresan, pero no se les permite conocer a cavadores y ángeles. Pero cuando nosotros regresamos de Armonía, vamos a parar al corazón de la cultura ángel-cavador.

—¿Estás diciendo que el Guardián escogió nuestra zona de aterrizaje?

—¿Lo pones en duda?

—Puedo dudar de todo —dijo Shedemei—. ¿Qué hace el Guardián? ¿Cuánto control posee? Si puede obligarnos a aterrizar…

—O quizá sólo hacer esa zona de aterrizaje más atractiva que…

—Obligarnos a aterrizar en Pristan, luego guiar a los nafari hasta la tierra de Nafai, luego lograr que Motiak conduzca a los nafari a Darakemba, la misma ciudad donde fue abandonada la piedra de Coriantumr…

—¿Sí?

—Si puede hacer todo eso —dijo Shedemei—, ¿por qué pudimos impedir que Monush encontrara a los akmari? A veces el Guardián parece todopoderoso, y a veces parece impotente.

—No entiendo al Guardián —dijo el Alma Suprema—. Yo no sueño, ¿recuerdas? Los humanos tenéis mejor contacto que yo con el Guardián. Y también los ángeles y los cavadores, dicho sea de paso. Yo soy la entidad menos cualificada para decir nada.

—Obviamente el Guardián desea que los nafari tengan la traducción —dijo Shedemei—. La pregunta es si se la daremos.

—Sí.

—¿Por qué? ¿Por qué no podemos usar esto como un modo de inducir al Guardián a decirnos qué quiere de nosotros?

—Porque, Shedemei, nos está diciendo qué quiere de nosotros. A fin de cuentas, ¿no pudo enviar a Bego, a Motiak, incluso a Ilihiak, sueños con la traducción completa?

Shedemei reflexionó un instante, y luego se echó a reír.

—Sí, tienes razón. Tal vez hayamos logrado llamar su atención, al fin y al cabo. Quiere que les hagamos la traducción.

—Más concretamente, quiere que yo la haga —puntualizó el Alma Suprema.

—Sin mi ayuda, todavía estarías dándole vueltas a tu rutina de evasión, así que no dejes que ese pequeño punto de orgullo que llevas en tu programa se salga de madre.

—De todos modos, el Guardián sigue sin decirnos qué debo hacer respecto a Armonía.

—Creo que nos diría que nos quedemos donde estamos y seamos útiles por una temporada más. —Shedemei volvió a apoyar la cabeza en las manos—. Me siento muy cansada. Estaba a punto de dar mi tarea por concluida y de pedirte que me llevaras a la Tierra para terminar mi vida allí.

—Entonces ésta es una nueva razón para vivir.

—Ya no soy joven.

—Sí que lo eres —dijo el Alma Suprema—. Míralo en perspectiva.

Edhadeya llamó a la puerta de la habitación de Bego. Aguardó. Llamó de nuevo.

La puerta se abrió. La atendió Mon, con cara de sueño pero entusiasta.

—¿Tú?

—Creo que sí —dijo ella—. Estamos en plena noche.

—¿Vienes aquí para decirnos eso?

—No —respondió Edhadeya—. He tenido un sueño. Mon se puso serio al instante, y Bego se acercó a la puerta, medio volando medio patinando.

—¿Qué pasaba en el sueño? —preguntó el bibliotecario.

—Habéis aprobado el examen —dijo ella.

—¿ Quiénes ? —preguntó Mon.

—Vosotros dos. Eso es todo. He visto a una mujer, brillante como si ardiera por dentro, y ha dicho: «Bego y Mon han aprobado el examen.»

—¿Eso es todo? —preguntó Bego.

—Era un sueño verdadero —dijo Edhadeya. Miró a Mon buscando confirmación.

Él asintió lentamente con un gesto de la cabeza. Bego parecía agitado, tal vez un poco enfadado.

—¿Tanto trabajo… y ahora que llegábamos a alguna parte debemos interrumpirlo por culpa de un sueño?

—Interrumpirlo no —dijo Mon—. No es así. No debemos interrumpirlo.

—¿Entonces? —preguntó Bego.

Mon se encogió de hombros, y también Edhadeya.

Bego se echó a reír.

—Vamos, niños, venid conmigo. Vamos a despertar a vuestro padre.

Una hora después, los cuatro estaban reunidos en torno al índice. Mon y Edhadeya habían visto dibujos del índice, pero nunca habían visto ni el objeto real ni su uso. Motiak lo sostenía en las manos y lo miraba. La primera plancha de oro estaba sobre la mesa.

—¿Preparados? —preguntó.

Bego empuñaba su estilo y tenía un montón de cortezas enceradas en el otro extremo de la mesa.

—Sí, Motiak.

Motiak comenzó a traducir, mirando la plancha de oro y el índice, leyendo frase por frase.

Tardaron horas. Mon y Edhadeya estaban dormidos mucho antes de que terminaran. Cuando lo hicieron ya amanecía, y Bego y Motiak se levantaron para acercarse a la ventana y ver salir el sol.

—No entiendo por qué esto es tan importante para nosotros —dijo Motiak.

—Se me ocurren dos razones —dijo Bego.

—Bien, una es evidente, claro —dijo Motiak—. Hacernos saber que el Guardián puede traer gente a la Tierra, y que sin embargo puede tratarse de gente tan detestable que él no les encuentra otro destino que el exterminio.

—Ah, ¿pero por qué eran detestables? —preguntó Bego—. Creo que los sacerdotes se lo pasarán muy bien estudiando las lecciones morales de este libro.

—Sin duda, sin duda. ¿Pero cuál es la otra razón, amigo mío?

—¿De veras crees, Motiak, que los ejércitos de Coriantumr y Shiz eran tan leales y disciplinados que ninguno de sus soldados desertó para internarse en las montañas?

Motiak asintió.

—Muy perspicaz. Siempre hemos supuesto que los humanos que hemos encontrado en cada colonia de gente del suelo o de gente del cielo eran descendientes de la gente que se separó de los nafari y los elemaki. Comerciantes, exploradores, inadaptados… decenas en las primeras generaciones, luego centenares. Claro, nunca hemos encontrado una colonia donde los humanos hablaran otro idioma que no fuera el nuestro.

—Perdona, Motiak, pero eso no es exacto.

—¿No? Pues nunca nos hemos topado con tal idioma.

—Así es. Pero en muchos lugares los humanos sólo hablaban el idioma del cielo o el idioma del suelo. Tuvieron que aprender el idioma medio después.

—Y nosotros pensábamos que eran elemaki tan ignorantes y decadentes que habían perdido todo conocimiento de la lengua de sus antepasados.

—Bien, lo habían perdido, en efecto —dijo Bego—. Pero su lengua ancestral no era la lengua media. Motiak asintió.

—Es inquietante. Si algo aprendemos de esta historia y de las desgracias de los zenifi, es que las naciones sufren espantosamente cuando tienen reyes poseídos por una ambición monstruosa.

—Y es para ellas una bendición que sus reyes sean benévolos —le recordó Bego.

—Creo que eres más sincero que respetuoso —dijo Motiak con cierta sorna—. Pero quizá sea hora de que yo aprenda la misma lección que aprendió Ilihiak.

—¿Cuál? ¿Dejar que la gente vote por su rey?

—No. Que no tenga rey. Abolir la idea de que una sola persona tenga tanto poder.

—¿Y entonces? ¿Disolverás el gran reino que tu padre y tú habéis creado ? Nunca hubo tanta paz y prosperidad.

—¿Y si Aronha fuera tan pérfido como Nuab? ¿Tan ambicioso como Coriantumr? ¿Tan traicionero como Shiz?

—Si crees eso, no conoces a Aronha —dijo Bego.

—No hablo de él en particular. ¿Acaso Zenifab sabía que su hijo Nuaha sería tan perverso como llegó a ser cuando pasó a llamarse Nuak? Por lo que Ilihiak me contó, al principio Nuak era un buen rey.

—Nada se ganaría permitiendo el colapso del reino y su división en decenas de principados belicosos. Los elemaki volverían a ser una gran amenaza, como en los viejos tiempos, y bajarían de las montañas por el Tsidorek o desde los altos valles…

—No es preciso que me lo recuerdes —dijo Motiak—. Sólo trato de averiguar qué quiere de mí el Guardián.

—¿Estás completamente seguro de que el Guardián tiene un plan en mente?

Motiak miró al bibliotecario con curiosidad.

—Le envía sueños a mi hija. Envía sueños a los espías de Ilihiak. Os pone un examen a ti y a Mon… examen que afortunadamente habéis aprobado. Y luego nos da la traducción entera de esto, en una sola noche. Oh, debemos acordarnos de invitar a Ilihiak a leerla en cuanto hayas hecho una copia más duradera.

Bego asintió.

—Me encargaré de ello de inmediato.

—No, no, duerme primero.

—Pondré a los copistas a trabajar antes de acostarme. No me he pasado toda la noche en vela para dormir ahora. Motiak se encogió de hombros.

—Como quieras. Yo me iré a dormir. Y a meditar, Bego. Meditar qué quiere de mí el Guardián de la Tierra.

—Te deseo suerte. Pero medita también sobre esto. Tal vez el Guardián quiera que sigas actuando como has hecho hasta ahora. Quizá te haya dado este documento para confirmarte que estás actuando muy bien como rey, en comparación con los reyes rasulum.

Motiak se echó a reír.

—Bien, no haré nada precipitado. No abdicaré todavía. ¿Te complace esa promesa?

—Es muy tranquilizadora, Motiak —dijo Bego.

—Pero recuerda bien esto, amigo mío. También hubo buenos reyes entre los rasulum. Dos malos monarcas fueron suficientes para que sus grandes obras quedaran reducidas a polvo.

—Eran nómadas —dijo Bego—. No construyeron nada.

—¿Y acaso crees que porque tenemos edificios de piedra, plataformas que mantienen nuestros hogares sobre el nivel de las aguas en la temporada de las inundaciones, nuestras naciones no pueden desmoronarse?

—Supongo que todo es posible.

—Todo menos lo que estás pensando.

—¿Y qué es eso? —preguntó el bibliotecario con cierta inquietud. ¿Era porque Motiak tenía el descaro de suponer que podía leer los pensamientos del viejo ángel? ¿O porque temía que Motiak los hubiera leído?

—Estás pensando que tal vez el Guardián no sabía qué decía el documento hasta que ha sido traducido.

—Yo no podría pensar semejante cosa —dijo Bego, y su tono glacial confirmó a Motiak que su conjetura era acertada.

—Tal vez estás pensando que el Alma Suprema, tal como implican los antiguos documentos, es sólo una máquina que realiza operaciones tan complejas que parece un sutil pensamiento viviente. O piensas quizá que el Alma Suprema sintió curiosidad por lo que decían estos documentos, pero no pudo descifrar el idioma hasta que la intuición de Mon y tu arduo trabajo se combinaron para darle los elementos necesarios. Tal vez estás pensando que nada de esto nos exige creer en el Guardián de la Tierra, sólo en la antigua maquinaria del Alma Suprema.

Bego sonrió sombríamente.

—No has leído esto en mis pensamientos, Motiak. Lo has descubierto porque tú mismo lo piensas.

—Así es —dijo Motiak—. Pero he recordado otra cosa. Los Héroes que conocieron íntimamente al Alma Suprema creían en el Guardián de la Tierra. Y de todos modos, Bego, ¿cómo explicas la capacidad de Mon para intuir la verdad? ¿Cómo explicas los sueños de Edhadeya?

—No tengo que creer en el Guardián de la Tierra para creer en la gran capacidad intuitiva de tus hijos. Motiak lo miró gravemente.

—Fíjate con quién comentas tales ideas.

—Sé que existen leyes concernientes a la herejía y la tradición. Pero si lo piensas, Motiak, dichas leyes no habrían sido necesarias de no haber tenido la gente estos pensamientos y haberlos expresado en voz alta.

—No debemos preguntarnos si existe el Guardián de la Tierra. Debemos preguntarnos qué trataba de lograr el Guardián de la Tierra al traer a mis antepasados a este mundo y ponerlos en medio de tu pueblo y el pueblo del suelo. ¿Qué trata de construir el Guardián, cómo podemos ayudar?

—Yo prefiero pensar en lo que intenta hacer mi rey, y en cómo puedo ayudarle a él.

Motiak cabeceó, entornando los ojos.

—Si no puedo ser tu hermano en nuestra creencia en el Guardián, tendré que conformarme con tu lealtad de súbdito.

—En eso puedes confiar plenamente —dijo Bego.

—Lo sé.

—Te ruego que no me impidas ser el maestro de tus hijos. Motiak cerró los ojos.

—Estoy agotado, Bego. Necesito dormir para pensar mejor en estas cosas. Al marcharte, por favor, pide a los criados que vengan y se lleven a mis hijos a la cama.

—No será necesario —dijo Bego—. Ambos están despiertos.

Motiak miró a Mon y Edhadeya, que seguían con la cabeza apoyada en el brazo y no se habían movido; pero ahora, tímidamente, ambos la irguieron.

—No quería interrumpir —dijo Mon.

—No, ya me lo imagino —respondió Motiak con sorna—. Bien, podemos ahorrar a los criados la pesada faena de llevaros. A la cama, ambos. Os habéis ganado el derecho de presenciar la traducción, pero no de escuchar una conversación privada con mi amigo.

—Perdóname —susurró Edhadeya.

—¿Perdonarte? —dijo Motiak—. Ya te he perdonado. Ahora ve a la cama.

Ambos siguieron a Bego en silencio.

Motiak se quedó a solas en la biblioteca, acariciando las planchas de oro, el índice.

Al cabo de un rato, apareció el jefe de copistas para llevarse las cortezas enceradas sobre las que Bego había escrito.

Motiak envolvió el índice y, cuando el copista se marchó, llevó el índice y las planchas de oro a la cámara del tesoro más recóndita, en el vientre de la casa.

Mientras caminaba, le habló al Guardián mentalmente, haciendo preguntas, implorando respuestas, pero al fin pidiendo sólo esto: Ayúdame. Mis sacerdotes responderán como de costumbre, interpretando los viejos textos de la misma manera que decidieron hacer sus predecesores. Esta nueva historia ni siquiera los despertará de su sueño intelectual. Ellos creen comprenderlo todo, pero ahora veo que no entienden nada. Dame una guía, alguien que pueda compartir este peso conmigo, alguien a quien pueda contar mis miedos y preocupaciones, que pueda ayudarme a saber qué deseas de mí.

Entonces, de pie en la puerta de la cámara del tesoro, mientras los diez guardias alineados en la entrada lo miraban intensamente, Motiak tuvo una repentina visión. Tan claramente como si lo tuviera delante, Motiak vio al hombre que Edhadeya había visto en sueños: Akmaro, el sacerdote rebelde de Nuab.

La visión se esfumó tan pronto como había venido.

—¿Te encuentras bien? —preguntó el guardia que tenía más cerca.

—Sí —respondió Motiak. Se alejó, subiendo la escalera hacia sus aposentos.

Nunca había tenido una visión de Akmaro, pero sabía que el hombre que había visto por un instante era él. Sin duda el Guardián le había mostrado aquel rostro porque quería decirle que Akmaro era el amigo que Motiak pedía. Y si Akmaro era ese amigo, el Guardián debía planear llevarlo a Darakemba.

Mientras iba hacia su dormitorio, pasó frente a la habitación de Dudagu. Normalmente ella dormía a aquellas horas de la mañana, pero se acercó a la puerta cuando él pasó.

—¿Dónde has estado toda la noche, Tidaka?

—Trabajando. Que no me despierten hasta el mediodía.

—¿Qué? ¿Debo buscar a todos los sirvientes y decirles cuál es tu horario? ¿En qué te he ofendido para que de repente me trates como a una vulgar…?

La voz se apagó cuando el rey corrió la cortina de la puerta que conducía a su cámara.

—Envíame un amigo y consejero, Guardián —susurró Motiak—. Si soy tu digno servidor, envíame a Akmaro.

Motiak se durmió al instante, se durmió y no soñó.

De camino hacia los dormitorios de la casa del rey, Mon y Edhadeya hablaban. Mejor dicho, al principio hablaba Mon.

—El índice ha hecho la traducción, ¿no? Padre sólo repetía lo que aparecía delante de él. Bego sólo escribía lo que decía Padre. Así pues, ¿quién es la máquina?

Edhadeya murmuró soñolienta:

—El índice es la máquina.

—Eso nos dicen. Pero antes de esta noche, Bego ha estado estudiando el idioma de las veinticuatro planchas. Luego ha probado sus conclusiones conmigo como si repasara la tabla de multiplicar. ¿Esto es correcto, Mon? ¿Sí o no, Mon? Yo sólo podía decir sí o no. Ni siquiera tenía que entenderlo. Sí. No. Sí, no. ¿Quién es la máquina?

—Una máquina que dice tonterías en vez de dejarte dormir —dijo Edhadeya—. Todos querrán una.

Pero Mon no le escuchaba. Ya seguía otra dirección. Se sabía disconforme con algo de lo sucedido aquella noche. Si se preguntaba varias veces qué era, acabaría por dar con ello.

—Dedaya, ¿tú quieres tus sueños? ¿Los verdaderos? ¿No preferirías no tenerlos?

A su pesar, Edhadeya se despejó un poco. Nunca se le había ocurrido cuestionar su don.

—Si yo no hubiera soñado, Mon, no sabríamos qué había en el libro.

—Aún no lo sabemos. Nos quedamos dormidos. Totalmente despejada, Edhadeya continuó:

—Y no quisiera que otra persona hubiera tenido el sueño. Yo lo quería. Estoy contenta de él. Me hace formar parte de algo importante.

—¿Parte de algo? ¿Un pedazo de algo? Yo quiero ser entero, ser yo mismo. No quiero ser parte de nada que no sea yo.

—Qué tontería, Mon. Te has pasado la vida deseando ser otra cosa. ¿De repente quieres ser tú?

—Ojalá fuera mejor de lo que soy, sí. Ojalá pudiera volar, sí.

Edhadeya estaba acostumbrada a esto. Los varones siempre discutían como si la lógica estuviera de su parte, aunque se comportaran de un modo totalmente irracional. Incluso cuando su «lógica» iba contra la evidencia.

—Deseas tomar parte en los juegos, en las danzas aéreas de los jóvenes ángeles. Ser uno de ellos. Y ser parte de esa canción nocturna. No puedes hacer nada de eso por tu cuenta, tú solo.

—Eso es distinto —dijo Mon.

Claro, redefinamos los términos para eliminar la contradicción. A Edhadeya la sacaba de quicio que después de discusiones como aquélla los niños lo tergiversaran todo y dijeran que las niñas no eran razonables, que se dejaban dominar por las emociones, que no se podía mantener un diálogo inteligente con ellas… pero eran ellos quienes ignoraban la evidencia y continuamente modificaban sus argumentos para adaptarlos a lo que querían creer. Edhadeya, en cambio, era realista y rehusaba tanto negar sus sentimientos como los hechos que observaba. Y tampoco negaba que primero sacaba sus conclusiones siguiendo sus deseos más íntimos, y sólo después construía argumentos que las sustentaran. Pero los varones eran tan necios que creían que sus razones eran sus argumentos.

Era inútil tratar de explicárselo a Mon. Edhadeya estaba cansada. No quería una larga discusión sobre las discusiones. Así que le respondió de la manera más simple.

—No, no lo es —dijo.

Mon, con esto, se permitió ignorarla.

—No quiero formar parte del Guardián, eso es lo que no quiero. ¿A quién le importan sus planes? Yo no quiero ser parte de sus planes.

—Todos lo somos —dijo Edhadeya—. Así que es mejor ser una parte importante.

—¿Su marioneta preferida? —preguntó Mon con desdén.

—Su amigo voluntarioso.

—Si es un amigo, que dé la cara de una vez. ¡Que venga a visitarnos!

Edhadeya decidió que era hora de inyectar un poco de realismo a la conversación.

—Sé por qué estás enfadado.

—Espero que sí, acabo de decírtelo.

—Estás enfadado porque quieres estar al mando, trazar todos los planes.

Por el momentáneo asombro de Mon, Edhadeya supo que había dado en el clavo. Pero, por supuesto, él lo negó.

—Eso es una verdad a medias, en todo caso. Quiero trazar todos los planes que me afecten.

—¿Y nunca quieres que otra persona haga justamente lo que tú has decidido que haga?

—Exacto. No pido nada de nadie, y no quiero que nadie me venga con exigencias. Eso sería la auténtica felicidad.

Edhadeya estaba cansada, y Mon se comportaba como un estúpido.

—Mon, no puedes pasarte ni cinco minutos sin decirme qué hacer.

Mon perdió los estribos.

—¡No te he dicho qué hacer en toda esta conversación!

—No has hecho otra cosa que decirme qué pensar.

—Te he dicho lo que yo pensaba.

—Ah, ¿y no tratabas de lograr que yo estuviera de acuerdo?

Claro que sí, y él lo sabía, y su afirmación de que no quería controlar a nadie no se aguantaba por ningún lado; pero Mon no podía admitirlo. A Edhadeya siempre le hacía gracia ver el pánico reflejado en los ojos de su hermano cuando, arrinconado, buscaba un modo de escapar de sus contradicciones lógicas.

—Yo trataba de hacer que lo comprendieras —dijo Mon.

—Entonces tratabas de hacerme hacer algo.

—No, claro que no. ¡No me importa lo que hagas ni lo que pienses ni lo que entiendas!

—¿Entonces por qué te molestas en hablar conmigo? —preguntó ella con una dulce sonrisa.

—Hablaba conmigo mismo. ¡Tú sólo estabas aquí! Cada vez más serena a medida que él se iba sulfurando, Edhadeya respondió suavemente:

—Si no quieres controlar lo que yo pienso, ¿por qué levantas la voz? ¿Por qué discutes conmigo?

Mon estaba acorralado. Y era franco, cuando ya no podía soslayar la verdad la afrontaba. Por eso era el hermano favorito de Edhadeya, aparte de que Aronha siempre estaba muy ocupado y los otros eran muy pequeños.

—¡Te odio! —exclamó Mon—. ¡Sólo tratas de dominarme y de sacarme de quicio!

Edhadeya no pudo resistirse a tomarle el pelo.

—¿Cómo puedo dominar a un joven tan libre como tú?

—Lárgate y déjame en paz.

—Oh, el titiritero ha hablado. —Edhadeya echó a andar, rígida, sin mover los brazos—. Ahora el títere se mueve, obedeciendo. ¿Cuál es el plan de Mon para este títere? Él quiere que se vaya.

—Te odio, de veras —dijo Mon. Pero ella notó que le costaba contener la risa.

Se volvió para mirarlo, ahora en serio.

—Sólo porque insisto en ser independiente y no pensar lo que tú planeas que piense. El Guardián me envía mejores sueños que a ti. Buenas noches, querido hermano.

Pero Mon estaba enfadado y se sentía herido, y no quería que ella se fuera.

—¡No te importa nada de esto! Sólo quieres burlarte de mí.

—Me gusta burlarme de ti… pero además esto no importa mucho. Quiero formar parte de los planes del Guardián porque creo que el Guardián busca nuestra felicidad.

—Vaya, pues qué bien lo hace. Estoy maravillado. —Tenía lágrimas en los ojos. Edhadeya sabía que él odiaba lloriquear. No haría nada más para provocarlo ni humillarlo.

—No me refiero a nuestra felicidad individual y permanente —dijo—. Pero quiere que todos vivamos en paz, colaborando, ayudándonos a ser felices como queremos ser, como podemos ser. —Edhadeya pensó en lo que Uss-Uss había dicho que deseaba para ser feliz—. El Guardián está harto de que haya amos y esclavos, harto de nuestras guerras y nuestros odios. No quiere que nos destruyamos como los rasulum. Por la expresión de desconcierto de Mon, comprendió que él no debía de estar despierto hacia el final de la traducción.

—¡Creeré que el Guardián quiere mi felicidad el día en que me crezcan alas! —rezongó.

Ella no pudo contener una frase mordaz.

—No es culpa del Guardián que aún no hayas aprendido a usar las manos para algo útil.

Sin aguardar respuesta, corrió a su habitación. Se sentía culpable por haber dicho algo tan brutal. Pero aunque en una discusión él se empeñara en negar, excusarse y defenderse, Edhadeya sabía que reconocería la verdad íntimamente. Mon sabía quién tenía razón.

Con su maravilloso talento para distinguir entre la verdad y la falsedad, ¿por qué no comprendía que su anhelo de ser otra cosa era un error lamentable que le consumía la vida y le envenenaba el corazón?

¿O el ansia de ser un ángel era algo que le inspiraba el Guardián?

Edhadeya se tendió en su estera y, como de costumbre, apartó los tres cojines que le ponían por orden de Dudagu, «porque una dama no debe dormir en una estera dura, como un soldado». Edhadeya ni se molestaba en enfadarse con Uss-Uss por no quitar los cojines. Si la esposa del rey daba una orden, ningún sirviente se atrevía a desobedecer, y habría sido cruel reprender a Uss-Uss por hacer lo que debía para sobrevivir.

No, no Uss-Uss. Voozhum.

¿Eso formaba parte del plan del Guardián? ¿Liberar a los cavadores de la esclavitud? Las palabras habían acudido fácilmente a los labios de Edhadeya cuando discutía con Mon. Pero ahora tenía que planteárselo como una posibilidad real. ¿Qué planeaba el Guardián? ¿Y cuántas turbulencias habría hasta que sus planes se concretaran?

Akmaro echó un vistazo a los campos de patatas que crecían entre las hileras de maizales ya cosechados. Al final de la estación, era momento de desenterrarlas y apartar las comestibles de las que servirían de semilla. ¡Quién hubiese creído que el maíz y las patatas plantadas en la esclavitud se cosecharían en aquellas circunstancias! No era la libertad, pero tampoco imperaba el miedo. Los guardias se mantenían a distancia, y nadie los fastidiaba, ni los adultos ni los niños. Trabajaban duramente, y el tributo para Pabulog era cuantioso, pero lo cierto era que tenían comida de sobra, más de la que necesitaban.

Es el regalo que nos ha enviado el Guardián por no encerrarnos en el odio y el miedo. El coraje y la sabiduría de mi esposa convirtieron en amigos a nuestros peores enemigos, los hijos de Pabulog. Ellos no se rebelarán contra su padre, desde luego. Son demasiado pequeños, y Pabulog es demasiado cruel e imprevisible. Pero nos han dado paz. Y hasta Pabulog verá que es mejor que los seguidores de Akmaro sean siervos productivos y no esclavos amargados, rencorosos y atormentados.

La única mancha en la escena que se pintaba Akmaro era su hijo Akma. Akmadis, Kmadadis, bienamado de mi corazón, mis esperanzas están en ti tal como las esperanzas de tu madre están en su dulce hija. ¿Por qué has llegado a odiarme tanto? Eres inteligente y sabio de corazón, Akma, puedes ver que es mejor perdonar y hacer amigos de los enemigos. ¿Cuál es la causa de este resentimiento que tanto te enceguece? Te hablo y no oyes nada. Peor aún, actúas como si mi voz fuera el grito de guerra de un enemigo.

Chebeya lo había consolado, asegurándole que, aunque había hostilidad, los vínculos entre padre e hijo eran más fuertes que nunca.

—Eres el centro de su vida, Kmadaro —le había dicho—. Ahora está furioso, cree que te odia, pero órbita a tu alrededor tal como hace la Luna en torno a la Tierra.

Magro consuelo para afrontar el odio de su hijo cuando él deseaba —¡merecía!— sólo amor, y le había dado sólo amor.

Ésa era la tragedia de Akmaro, su carga personal, haber perdido el amor de su hijo. Con el tiempo todo mejoraría, o quizá no; mientras Akmaro hiciera lo posible, no estaba en sus manos. Lo más importante era su trabajo para la causa del Guardián. Había pensado, al huir de los cuchillos de los asesinos de Nuak, que el Guardián le deparaba grandes obras. Que se le habían confiado las palabras de Binaro, y que él debía esparcirlas a los cuatro vientos. Enseñar que el Guardián de la Tierra deseaba que la gente del cielo, del suelo y de todas partes debía vivir en fraternidad y amistad, sin que nadie dominara a nadie, sin ricos ni pobres; todos debían compartir como iguales las tierras que el Guardián les había dado; todos debían respetar los pactos establecidos y criar a sus hijos en paz y seguridad, sin que el hambre ni el orgullo mancillaran la felicidad de nadie. Sí, Akmaro tenía visiones de reinos enteros que comprendían la simplicidad del mensaje que el Guardián había transmitido a Binaro, y a través de éste a Akmaro, y a través de éste a todo el mundo.

En cambio, su mensaje había llegado a aquellas quinientas almas, todas humanas. Y a los cuatro hijos de Pabulog.

Pero era suficiente, ¿no? Aquellas quinientas personas habían demostrado su coraje. Habían demostrado su lealtad y su fuerza. Habían soportado todos sus padecimientos, y sabrían soportar mucho más. Lo que habían creado juntos era algo bueno. Esta comunidad era algo bueno. Y en cuanto a la batalla con su peor enemigo, Pabulog, un hombre más rico en odio que en dinero y poder, Pabulog había ganado en lo referente a las espadas y los látigos, pero Akmaro —no, la comunidad de Akmaro; no, el pueblo del Guardián— había ganado la batalla de los corazones y las mentes, y había conquistado la amistad de los hijos de Pabulog.

Eran buenos chicos, una vez que aprendían, una vez que les enseñaban. Tendrían el valor de conservar esa bondad, a pesar de su padre. Si he perdido a un hijo —no sé cómo—, he ganado a estos cuatro protohijos, que habrían sido la heredad de otro hombre si él no los hubiera perdido al tratar de usarlos con fines malvados.

Tal vez sea el precio que pago por ganar a los pabulogi.

Conquisto a los hijos de Pabulog, y a cambio debo renunciar al mío.

Una voz angustiada gritó en su interior. No, el precio no vale la pena. Cambiaría a todos los pabulogi, a todos los hijos del mundo, por un momento en que Akmadis me mirase a la cara con el orgullo y el amor que antes sentía por mí.

Pero no lo pensaba en serio. No era un ruego, no quería que el Guardián lo considerase un ingrato. Sí, Guardián, quiero recobrar a mi hijo. Pero no al precio de la bondad de otro. Es preferible que yo pierda a mi hijo a que tú pierdas a esta gente.

¡Si pudiera creer que lo decía de todo corazón!

—Akmaro.

Akmaro dio media vuelta y vio a Didul.

—No te he oído llegar.

—Corría, pero la brisa puede haber apagado el sonido de mis pasos.

—¿Qué puedo hacer por ti? Didul parecía contrariado.

—Anoche tuve un sueño.

—¿Cómo fue el sueño? —preguntó Akmaro.

—Era… tal vez no era nada. Por eso no he dicho nada hasta ahora. Pero no puedo quitármelo de la cabeza. Se me aparece una y otra vez, así que he venido a contártelo.

—Cuéntamelo.

—Vi llegar a Padre con quinientos guerreros elemaki, alguna gente media, la mayoría gente del suelo. Se proponía llegar al alba, sorprenderte mientras dormías, mataros a todos ahora que los campos han rendido su fruto. Ése era su plan. Obtener de ti una temporada de labor, y luego matar a tu gente ante tus ojos, y a tu esposa frente a tus hijos, y a tus hijos frente a ti, y a ti por último.

—¿Y has esperado hasta ahora para contármelo?

—Porque aunque vi cuál era su plan, aunque vi la escena tal como él se la imaginaba, cuando llegaba aquí encontraba el lugar vacío. Las patatas en el suelo, y a ninguno de vosotros. Ni rastro. Los guardias estaban dormidos, y él no podía despertarlos, así que los mataba y procuraba dar con vosotros en el bosque, pero tampoco estabais allí.

Akmaro lo meditó un instante.

—¿Y dónde estabas tú?

—¿Yo? ¿A qué te refieres?

—En el sueño. ¿Dónde estabais tú y tus hermanos?

—No sé. No aparecíamos.

—Entonces… ¿no crees que es obvio dónde estabais? Didul apartó los ojos.

—No me avergüenza enfrentarme a Padre después de lo que hemos hecho aquí. Era el modo correcto de usar la autoridad que él delegó en nosotros.

—¿Por qué en el sueño no os encontraba aquí?

—¿Un hijo traiciona a su padre? —preguntó Didul.

—Si un padre ordena a un hijo que cometa un crimen tan atroz que el hijo no puede cargarlo en su conciencia, ¿es traición que el hijo desobedezca al padre?

—Siempre haces lo mismo —dijo Didul—. Vuelves las preguntas más difíciles.

—Las vuelvo más verdaderas —dijo Akmaro.

—¿Es un sueño verdadero?

—Creo que sí.

—¿Cómo escaparéis? Los guardias aún son leales a Padre. Nos obedecen, pero no os dejarán escapar.

—Lo viste en el sueño. El Guardián lo hizo una vez. Cuando los nafari escaparon de los elemaki, en nuestros primeros tiempos en la Tierra, el Guardián sumió a los enemigos de los nafari en un sueño profundo. Durmieron hasta que los nafari estuvieron a buena distancia.

—Pero mi sueño no te asegura que vaya a ser así.

—¿Por qué no? —preguntó Akmaro—. El sueño nos indica que tu padre se aproxima. ¿Por qué no ha de indicarnos que el Guardián se propone salvarnos?

Didul rió nerviosamente.

—¿Y si no es un sueño verdadero?

—Entonces los guardias nos apresarán mientras nos vamos. No será peor que aguardar la llegada de tu padre. Didul hizo una mueca.

—Yo no soy Binaro. No soy tú. No soy Chebeya. La gente no se arriesgará por un sueño mío.

—No te preocupes. Se arriesgarán porque creen en el Guardián.

Didul sacudió la cabeza.

—Es demasiado. Son decisiones demasiado importantes para tomarlas basándose en un sueño mío. Akmaro rió.

—Si tu sueño no viniera de ninguna parte, Didul, a nadie le importaría lo que soñaste. —Tocó el hombro de Didul—. Cuenta a tus hermanos que yo digo que reflexionen sobre el hecho de que en el sueño tu padre no os encuentra aquí. Es elección vuestra. Pero os diré esto. Si el Guardián cree que sois enemigos de mi pueblo, en las oscuras horas de la mañana estaréis dormidos cuando nos vayamos. Si despertáis cuando lo hagamos es que el Guardián os invita a acompañarnos. El Guardián os dice que merecéis su confianza y que vuestro lugar está entre nosotros.

—O bien que tengo la vejiga llena y debo levantarme temprano para vaciarla.

Akmaro rió de nuevo. Se alejó. El chico hablaría con sus hermanos. Tomarían una decisión. Era algo entre ellos y el Guardián.

Poco después Akmaro vio a su hijo Akma de pie, en el campo, sudando entre las patatas. El chico lo miraba. Miraba a Didul. ¿Cómo le veía Akma? Mi mano en el hombro de Didul. Mi risa. ¿Cómo lo veía? Y cuando esta noche hable del sueño de Didul, cuando pida a todos que se preparen porque la voz del Guardián ha llegado a nosotros, diciéndonos que mañana seremos libres de nuestra esclavitud, todos se regocijarán porque el Guardián no nos ha abandonado. Pero en el corazón de mi hijo habrá cólera, porque el sueño acudió a Didul y no a él.

Pasó la tarde. El sol, ya escondido detrás de las montañas, retiró al fin su luz del cielo. Akmaro reunió a los suyos y les pidió que se preparasen, pues partirían antes del alba. Les habló del sueño. Les dijo quién lo había soñado. Y nadie planteó dudas ni objeciones. Nadie se preguntó si era una trampa o una treta. Porque todos conocían a los pabulogi, sabían que habían cambiado.

Al amanecer Akmaro y Chebeya despertaron a sus hijos. Akmaro fue a cerciorarse de que todos los demás estuvieran despiertos y preparándose para partir. No enviarían a nadie a vigilar a los guardias. Tenían que estar dormidos, pero en caso contrario —si habían interpretado mal el sueño— ya no había nada que pudieran hacer.

Dentro de la choza, mientras Akma ayudaba a llenar las alforjas con comida, ropa, herramientas y cuerdas, Madre le habló.

—No ha sido cosa de Didul, sabes. Él no eligió tener el sueño, y tu padre no ha elegido escucharlo de sus labios. Ha sido cosa del Guardián.

—Lo sé —dijo Akma.

—El Guardián trata de enseñarte a aceptar sus dones sin que importe a quién escoge para transmitirlos. El Guardián quiere que perdones. No son los mismos chicos que eran cuando te atormentaban. Te han pedido perdón.

Akma hizo una pausa y la miró a los ojos. Sin rencor, sin ninguna expresión inteligible, dijo:

—Ellos me lo han pedido, pero yo me niego a dárselo.

—Creo que es indigno de ti, Akma. Podía entenderlo al principio. La herida aún estaba abierta.

—Tú no lo entiendes —dijo Akma.

—Sé que no lo entiendo. Por eso te ruego que me lo expliques.

—Yo no los he perdonado. No había nada que perdonar.

—¿A qué te refieres?

—Ellos hacían lo que su padre les enseñó. Yo hacía lo que mi padre me enseñó. Nada más. Los hijos sólo son herramientas de sus padres.

—Eso que dices es terrible.

—Es una verdad terrible. Pero llegará el día en que ya no seré un niño, Madre. Y cuando ese día llegue no seré la herramienta de nadie.

—Akma, el odio que llevas en el corazón te está envenenando. Tu padre enseña a la gente a perdonar, a renunciar al odio…

—El odio me sostuvo cuando me falló el amor —dijo Akma—. ¿Crees que voy a renunciar a él ahora?

—Creo que sería lo mejor —dijo Chebeya—. Antes de que te destruya.

—¿Es una amenaza? ¿El Guardián me matará?

—No es necesario. Puedes haberte destruido como persona mucho antes de que tu cuerpo esté preparado para la sepultura.

—Tú y Padre podéis creer lo que os plazca —dijo Akma—. Que me he echado a perder, que estoy destrozado… no me importa.

—No creo que te hayas echado a perder. Luet intervino.

—Él no es malo, Madre. Tú y Padre no debéis hablar de él como si lo fuera.

Chebeya quedó estupefacta.

—Nunca hemos dicho que fuera malo, Luet. ¿Por qué dices semejante cosa? Akma rió.

—Luet no necesita oír las palabras para saber la verdad. ¿Aún no comprendes su talento? ¿O el Guardián no os ha dado un sueño sobre ello?

—Akma, ¿no comprendes que no estás luchando contra tu padre ni contra mí, sino contra el Guardián?

—No me importa si es contra el mundo entero y todo lo que haya en él y encima de él. No cederé. —Consciente de que era una frase melodramática, un poco ridícula en alguien de su edad, Akma se echó el saco al hombro y salió de la choza.

Sólo el claro de luna los alumbraba cuando abandonaron las tierras que durante ese breve período habían vuelto fecundas en buenas cosechas. Nadie miró hacia atrás. No se oyeron gritos de alarma. Los gansos graznaban y las cabras balaban, pero nadie les descubrió.

Y cuando escalaron la última colina antes de abandonar la tierra que conocían, los pabulogi los aguardaban a la sombra del pinar. Akmaro los abrazó, rieron y lloraron y abrazaron a otros, hombres y mujeres. Akmaro los instó a apresurarse y todos continuaron la marcha.

Acamparon en un valle lateral, y allí rieron y cantaron y se regocijaron porque el Guardián los había liberado de la servidumbre. Pero en medio de la celebración, Akmaro les ordenó que levantaran el campamento y reanudaran la marcha, valle arriba, por sendas desconocidas, pues Pabulog había llegado y había encontrado a los guardias dormidos, y ahora un ejército los perseguía.

Seguir sendas desconocidas era peligroso, sobre todo en esa época del año. Nadie sabía qué valles estarían cubiertos de nieve y cuáles estarían despejados. Cada valle tenía su propio clima, según el viento fuera húmedo o seco, frío o caliente. Pero aquel sendero era bastante cálido, teniendo en cuenta la elevación, y bastante seco, aunque con agua suficiente para los rebaños. Y once días después bajaron de las montañas desde un pequeño valle que ni siquiera estaba vigilado, porque los incursores elemaki no seguían ese camino. A la tarde siguiente estaban a orillas del río y, a pesar de las instrucciones de los sacerdotes, Akmaro no permitió que su gente entrara en el agua.

—Ya son hombres y mujeres nuevos —declaró.

—Pero no por la autoridad del rey —replicaron los sacerdotes.

—Lo sé —dijo Akmaro—. Fue por la autoridad del Guardián de la Tierra, que es más grande que cualquier rey.

—Entonces cruzar estas aguas será un acto de guerra —dijo un sacerdote.

—Entonces no cruzaremos, pues no tenemos la intención de perjudicar a nadie.

Al fin se presentó Motiak y cruzó el puente para hablar con Akmaro. Permanecieron frente a frente un instante, y la gente de ambas márgenes miró para ver cómo el rey metía en cintura a aquel advenedizo. Para sorpresa de todos, Motiak abrazó a Akmaro, y abrazó a su esposa, y cogió a sus hijos de la mano, y condujo primero a los niños, luego a los adultos, por el puente. Ninguno de ellos tocó las aguas del Tsidorek ese día, y Motiak proclamó que eran verdaderos ciudadanos de Darakemba, pues el Guardián de la Tierra ya los había convertido en hombres y mujeres nuevos.

Aún no se había puesto el sol cuando Ilihiak fue a saludar a Akmaro. Fue una alborozada reunión; no se veían desde hacía tiempo, y ambos se quedaron hasta la noche contándose anécdotas de sus vidas. En los siguientes días mucha gente de la tierra de Khideo viajó a Darakemba para saludar a viejos amigos y parientes que habían abandonado Zinom para seguir a Akmaro al desierto.

Y no fue la última reconciliación. Motiak convocó con una proclama a la gente de Darakemba para que se reuniera en el gran espacio abierto de la ribera del río. Allí ordenó a sus escribas que leyeran la historia de los zenifi, y luego la historia de los akmari, y toda la gente se maravilló que el Guardián hubiera intervenido para rescatarlos. Los hijos de Pabulog se adelantaron y pidieron a Akmaro que los llevara a las aguas. Esta vez, cuando emergieron, rechazaron explícitamente su vieja identidad.

—Ya no somos pabulogi —dijo Pabul, y sus hermanos repitieron estas palabras—. Ahora somos nafari, y nuestro único padre es el Guardián de la Tierra. Pediremos a Akmaro y Motiak que sean nuestros protopadres, pues no reclamamos más herencia que la del ciudadano más sencillo de Darakemba.

Hasta aquel momento, la gente de Darakemba se congregaba como siempre lo había hecho: los descendientes de los darakembi originales a la izquierda del rey, y los descendientes de los nafari originales a la derecha del rey. Y estos grupos se subdividían en otros, pues los nafari todavía recordaban quiénes eran issibi, quiénes oykibi, quiénes yasoi y quiénes zdorabi. Y en ambos grupos, la gente del cielo y la gente media se reunían en clanes separados; al fondo quedaban los pocos cavadores que eran ciudadanos libres.

Cuando concluyó la lectura de las historias, Motiak se puso de pie y dijo:

—Nadie puede poner en duda que la mano del Guardián se ha manifestado en las cosas que hemos visto y oído. En los últimos días he pasado cada hora de vigilia en compañía de Akmaro y Chebeya, dos grandes maestros que el Guardián nos ha enviado para enseñarnos a ser dignos custodios de la tierra que nos ha dado. Ahora él hablará con vosotros, con mayor autoridad que cualquier rey.

La gente murmuró al oír esto. Luego escuchó las palabras de Akmaro, que se movía de grupo en grupo; otros hombres y mujeres akmari también iban de grupo en grupo predicando una parte del mensaje que el Guardián había enviado por boca de Binaro, tantos años antes. El mensaje por el cual Binaro había muerto. No todos creían todo lo que les decían, y algunas ideas les resultaban desconcertantes, pues Akmaro decía que cavadores, ángeles y humanos eran hermanos. Pero nadie se atrevía a plantear objeciones, pues él contaba con la amistad del rey, y muchos otros, tal vez la mayoría, sobre todo los pobres, creían de todo corazón en lo que él decía.

Ese día muchos entraron en las aguas para renovarse bajo las manos de Akmaro y de sus adeptos. Y mientras anochecía, Motiak hizo leer otra proclama.

—A partir de ahora, los sacerdotes ya no serán servidores del rey, designados por el rey, ni permanecerán con el rey para celebrar los grandes ritos públicos. A partir de ahora, Akmaro será el sumo sacerdote, y tendrá poder para designar sacerdotes menores en cada ciudad, pueblo y aldea que esté dentro de mis dominios. Estos sacerdotes del Guardián no recibirán su paga de las arcas públicas, sino que trabajarán con las manos como otros hombres y mujeres. Ninguna labor es demasiado humilde para ellos, y ninguna carga demasiado grande. En cuanto a los sacerdotes que me han servido fielmente hasta ahora, no serán olvidados. Los eximo de sus deberes y les concedo de mis arcas privadas riquezas suficientes para fundar empresas respetables; quienes deseen enseñar pueden ser maestros, y algunos trabajarán a mi servicio como escribas y bibliotecarios. Nadie debe pensar que introduzco este cambio porque haya habido deshonra entre ellos. Pero nunca más un rey podrá usar a sus sacerdotes como Nuab usó a Pabulog y al resto de sus sacerdotes: como instrumentos de opresión, engaño y crueldad. A partir de ahora los sacerdotes no tendrán poder político y, a cambio, ningún rey ni monarca tendrá autoridad para designar o expulsar a un sacerdote.

»Más aún, cuando la gente se congregue, ya no se dividirá en nafari y darakembi, ni en tribus y clanes, ni habrá separación entre la gente del suelo, del cielo y media. Cuando me obedecéis como rey, todos sois nafari, todos sois darakembi. Y cuando os reunís con los sacerdotes para asimilar las enseñanzas del Guardián de la Tierra, entonces sois del Guardián, y esto es entre vosotros y el Guardián de la Tierra. Ningún poder terrenal, de rey o gobernador, de soldado o maestro, puede interferir en ello. Ninguna persona de ninguna raza puede ser esclava más de diez años; quienes ya han servido durante ese tiempo son ahora empleados y deben cobrar un salario justo: no pueden ser despedidos, aunque pueden marcharse si así lo desean. Todos los niños nacidos en mis tierras son libres desde el momento de su concepción, aunque su madre sea esclava. Es un nuevo orden en mis tierras, y suplico a mi pueblo que obedezca.

Esta última era una frase ritual. Los edictos del rey tenían forma de súplica, no de mandamiento, pues así lo había establecido Nafai cuando gobernaban los Héroes. Pero muchos oyeron estas palabras con muda rabia. ¿Cómo se atreve a decir que no hay diferencias entre un cavador y yo, entre una mujer y yo, entre un ángel y yo, entre un humano y yo, entre un hombre y yo, entre los pobres y yo, entre los ignorantes y yo, entre mis enemigos y yo? Fueran cuales fuesen sus prejuicios íntimos, aparentaron aceptar las enseñanzas de Akmaro y el edicto de Motiak, pero en el fondo de su corazón, en sus hogares, y en cuchicheos con amigos y vecinos en los años que seguirían, rechazarían la locura que Akmaro y Motiak habían provocado.

Pero en los días gloriosos en que Akmaro fundó las Casas de los Guardados y las puso a cargo de sacerdotes en cada ciudad, pueblo y aldea, en los días en que Motiak celebró la nueva igualdad de hombres y mujeres, cavadores, ángeles y humanos, con la promesa de libertad para todos los esclavos, aquello parecían ser los albores de una edad de oro. La idea de que semejante revolución pudiera lograrse tan fácilmente probaba su ingenuidad. Pero, en su ignorancia, eran felices, y esa época se consignó en los Anales de los Reyes de los Nafari como la época más armoniosa de la historia humana sobre la Tierra. Las excepciones no se consideraron dignas de mención.

6. DESILUSIÓN

Dos veces al año, Akmaro iba a visitar las siete Casas del Guardián. Cuando él llegaba, todos los sacerdotes y maestros de esa región del imperio de Darakemba iban a la Casa y allí él predicaba, escuchaba sus problemas y les ayudaba a tomar decisiones. Se cuidaba de no permitir que los sacerdotes lo trataran como los sacerdotes de antes trataban a los reyes. No había reverencias ni formalidades; se tocaban los brazos o las alas en un saludo igualitario, se sentaban en círculo, y Akmaro podía designar a cualquiera para que dirigiera la reunión y concediera la palabra.

Llegó, como de costumbre, a la Casa del Guardián de Bodika, la zona de más reciente anexión al imperio de Darakemba. La tierra estaba en paz, pues ya no tenía voluntad para oponerse al gobierno de Motiak. Pero las enseñanzas de Akmaro eran harina de otro costal.

—Debéis dejar claro que éstas no son mis enseñanzas —dijo Akmaro—. Aprendí todo lo que sé de Binare, o de sueños que me envió el Guardián… no sólo a mí, sino también a otros.

—Ése es el problema, padre Akmaro —dijo Didul. Los hijos de Pabulog se habían convertido en sacerdotes o maestros y consagrado su vida a servir al Guardián que los había liberado de los embustes y el odio de su padre—. O parte del problema. Mucha gente afirma haber recibido sueños verdaderos que dicen que, en Bodika al menos, el Guardián no desea que se mezclen la gente del suelo, la gente del cielo y la gente media.

—Son sueños falsos —dijo Akmaro.

—Ellos afirman que los falsos son los tuyos —dijo Didul—. En definitiva, no debemos pedirles que crean en el Guardián, sino en tus palabras acerca del Guardián.

—Hay leyes sobre el fraude —intervino otro sacerdote—. ¡La gente no puede atacar las enseñanzas de las Casas de los Guardados!

—Didul no nos permite llevarlos ante el subrey de Bodika —terció otro.

Akmaro miró a Didul.

—Sospecho que el subrey simpatiza secretamente con quienes enseñan que la gente del suelo es esclava por naturaleza, aunque la ley les haya liberado.

—Sea como sea, no conviene que estas cosas vayan a juicio —dijo Akmaro.

—¿Cómo puede estar unido el reino si cualquiera puede afirmar que habla en nombre del Guardián? —preguntó una maestra, una mujer del cielo—. Tiene que haber algún límite.

—No nos corresponde decir al Guardián a quién debe hablarle.

—¿Y cuándo prohibiremos que las mujeres le digan «ella» al Guardián? —preguntó un anciano.

—Cuando el Guardián nos permita saber si su cuerpo tiene vientre o no, diremos a un grupo o al otro que modifique su concepción. ¿Tú le has visto? —preguntó Akmaro.

El anciano masculló que no.

—Entonces no te apresures a controlar las ideas ajenas —dijo Akmaro—. Tal vez seas tú quien deba aprender a decir «ella».

Didul rió, y también muchos otros, en general jóvenes como él. Pero luego, recobrando la seriedad, añadió:

—En los trece años transcurridos desde que eres sumo sacerdote de Darakemba, padre Akmaro, muchos se han obstinado en rechazar los cambios. Participan en esta reunión mujeres que se resisten a predicar en congregaciones donde hay hombres, y hombres que detestan predicar entre las mujeres. Participan ángeles que detestan predicar entre humanos, y humanos que detestan predicar entre ángeles. ¿Es así en todas partes, o sólo en Bodika, donde ni siquiera el corazón de los sacerdotes y maestros es uno con el del Guardián?

—¿Siguen predicando en esas congregaciones mixtas? —preguntó Akmaro.

—Sí —afirmó Didul—. Pero algunos han renunciado a su puesto porque no podían soportarlo.

—¿Designasteis a otros para reemplazarlos?

—Sí —confirmó Didul.

—Entonces aquí pasa lo mismo que en todas partes. La mezcla de hombres y mujeres, de gente del suelo, gente media y gente del cielo en un solo pueblo, el de los Guardados del Guardián, no es algo que se logre en un año, ni siquiera en trece.

—Nuestras riñas a veces son enconadas —dijo Didul.

—¡Y tú siempre tomas partido por quienes se oponen a nosotros! —exclamó un joven ángel.

—¡Tomo partido por el Guardián! —declaró Didul. Akmaro se puso de pie.

—Recordad, amigos míos, que el Guardián nos pide mucho más que limitarnos a asociarnos como iguales.

—Pues concentrémonos en esas cosas y olvidemos la mezcla de especies —exclamó una mujer ángel.

—Pero si nosotros, que somos sacerdotes y maestros, no podemos ser un solo pueblo —dijo Akmaro—, ¿cómo podemos esperar que los demás crean en lo que decimos? Mirad cómo os habéis colocado: las hembras humanas separadas de las hembras ángeles, ahí los varones humanos y aquí los varones ángeles. ¿Y dónde están los cavadores? ¿Todavía os sentáis atrás, en el lugar más apartado?

Un cavador se levantó con nerviosismo.

—No nos gusta imponer nuestra presencia, Akmaro.

—No debería ser necesario —dijo Akmaro—. ¿Cuántos de vosotros conocéis el nombre de ese hombre? —Didul iba a responder, pero Akmaro alzó la mano—. Claro que tú lo conoces, Didul. ¿Pero hay alguien más?

—¿Cómo vamos a conocerlo? —replicó un ángel—. Se pasa el tiempo celebrando reuniones en las cuevas y túneles de los cavadores.

—¿Es el único en hacerlo? ¿Acaso ningún humano o ángel enseña a los cavadores? Didul habló.

—Es difícil, padre Akmaro. Hay mucho resentimiento hacia los humanos y los ángeles entre los ex esclavos. No se sienten seguros entre los cavadores. Los Guardados del pueblo del suelo no matarían una mosca, pero hay otros…

—¿Y los cavadores se sienten seguros entre los humanos y los ángeles? —preguntó Akmaro.

Los cavadores miraron de aquí para allá con embarazo.

—Aquí sí —dijo al fin uno de ellos. Akmaro rió amargamente.

—No me extraña que a quienes mienten acerca de los deseos del Guardián les sea tan fácil convertir a la gente a su manera de pensar. ¿Qué clase de ejemplo les dan los Guardados?

Pasaron a otros asuntos, exponiendo muchos problemas a Akmaro, pero el tono de inquietud se prolongó durante toda la reunión, y aunque algunos procuraban trasponer las fronteras que separaban a un grupo de otro, los demás se refugiaban aún más entre los suyos.

Oscureció, y mientras el canto nocturno de ángeles y humanos poblaba el aire de la ciudad de Bodika, Akmaro acompañó a Didul a su casa.

—¿Todavía no te has casado? —preguntó—. ¿Después de todos mis consejos?

—Sólo tengo veinte años —dijo Didul. Akmaro lo miró a los ojos.

—Me ocultas algo. Didul sonrió tristemente.

—Hay muchas cosas que los hombres y las mujeres callan, porque decirlas sólo traería desgracias. Akmaro le palmeó el hombro.

—Es cierto. Pero a veces la gente se atormenta sin necesidad, temiendo que la verdad haga sufrir a otros, cuando la verdad los haría libres.

—Quisiera contártelo —dijo Didul—. Sueño con contártelo.

—Adelante, pues.

—No se trata de sueños verdaderos, padre Akmaro. Sólo de… sueños. —Parecía muy incómodo.

—¿Qué hay de cena? —preguntó Akmaro—. Estoy muerto de hambre. Hablar me fatiga y me deja vacío.

—Tengo tortas. Podemos freír algunas. Permíteme calentar la piedra.

—Didul, la regla es que los sacerdotes trabajen para mantenerse, no que vivan en extrema pobreza. ¿Cocinas sobre una piedra?

—Es todo cuanto necesito. Y además trabajo… bien, no poseo tierras. Las cedí a los cavadores que antes eran esclavos en ellas. No quería vivir de rentas.

—¿Las regalaste? ¿No podías habérselas vendido, dejando que pagaran un poco cada año…?

—A mí me las habían regalado —dijo Didul—. Yo no me las gané, y ellos las habían trabajado toda su vida.

—Bien, ¿cómo te has ganado tus míseras tortas? —preguntó Akmaro.

—También tengo frijoles, y buenas especias, y verdura y fruta fresca todo el año.

—¿Y cómo? Por favor, no me digas que aceptas regalos de tus alumnos. Eso está prohibido, aunque la gente los ofrezca de buena fe.

—¡De ninguna manera! ¡No, jamás los aceptaría! Presto servicios. Trabajo durante el día para los que habrían sido mis arrendatarios. Y también para otros. Tengo los brazos más largos que un cavador o que un ángel. Sé manejar una guadaña, sé trazar surcos rectos, y nadie tala un árbol ni prepara la madera con mayor destreza que yo. Aun los que se niegan a aceptar mis enseñanzas me contratan cuando necesitan talar un árbol.

—Un jornalero —dijo Akmaro—. Los jornaleros son los más pobres entre los pobres.

—¿Eso tiene algo de malo?

—En absoluto. Haces que me avergüence de mis rentas.

—Aquello que elijo voluntariamente para mí no es obligado para los demás —dijo Didul. Sacó la harina de maíz y comenzó a mezclarla con agua y sal.

—Pero hablas, y sin duda los cavadores y los ángeles te escuchan —dijo Akmaro. Ayudó a Didul a moldear y aplanar las bolas de masa.

Didul se encogió de hombros.

—Algunos. La mayoría.

—¿Es tan grave la situación como parecía hoy en la reunión?—preguntó Akmaro.

—Peor.

—No quiero valerme de la fuerza de la ley para imponer obediencia.

—De todos modos no daría resultado. La ley obliga a la gente a cambiar de conducta… si alguien está mirando, nada más. Como me enseñaste en la tierra de Chelem, la fuerza del látigo nada puede contra un corazón empecinado.

—En efecto —convino Akmaro—. ¿Pero qué puedo decirle a Motiak? ¿Que debemos reinstaurar las viejas costumbres porque la gente no respeta un sacerdocio cuya máxima autoridad no sea el rey?

—No, no es eso —dijo Didul.

—¿O, peor aún, decirle que debemos desistir de predicar las enseñanzas del Guardián? He releído esos antiguos sueños de los Héroes, tal como Nafai y Oykib los consignaron en los libros antiguos, y el único sentido que les veo es que el Guardián desea que seamos un solo pueblo: las tres especies, los dos sexos, los ricos y los pobres. ¿Cómo puedo retractarme de eso?

—No puedes —dijo Didul, aplastando un disco de masa contra la piedra caliente.

—Pero si obligamos a todos a convivir…

—Sería absurdo. Los ángeles no pueden vivir en las cuevas de los cavadores, y los cavadores no pueden dormir cabeza abajo en los árboles.

—Y los humanos sienten terror de los espacios cerrados y las alturas.

—Así que seguiremos tratando de convencerlos —le dijo Didul.

—Entonces no hay esperanzas —dijo Akmaro, poniendo otra torta—. Ni siquiera logro convencerte a ti de que tomes esposa, o de que me cuentes por qué no lo haces.

—¿No entiendes el porqué? Ya ves la pobreza en la que vivo.

—Entonces desposa a una mujer que esté dispuesta a trabajar con empeño y a quien interesen las riquezas tan poco como a ti.

—¿Cuántas mujeres así existen? —preguntó Didul.

—Yo conozco a muchas. Mi esposa es así. Mi hija es así. Didul se sonrojó, y de pronto Akmaro comprendió.

—Mi hija. De eso se trata, ¿verdad? Vienes cuatro veces al año a Darakemba para reunirte conmigo… ¡y te has enamorado de Luet!

Didul intentó negarlo con un gesto.

—Pues bien, chico necio, ¿no has hablado con ella? Ella no es tonta, así que habrá notado que eres inteligente y bondadoso y, según murmuran las mujeres, uno de los jóvenes más apuestos de Darakemba.

—¿Cómo puedo hablar con ella? —dijo Didul.

—Yo sugeriría que uses el chorro de aire que sale de tus pulmones, modelando vocales y consonantes con los labios, la lengua y los dientes —dijo Akmaro.

—Cuando éramos pequeños, yo la atormenté —dijo Didul—. La humillé a ella y humillé a Akma delante de todo el mundo.

—Ya lo ha olvidado.

—No, no lo ha olvidado. Y yo tampoco. No pasa un día sin que recuerde lo que yo era y lo que hice.

—De acuerdo, no cabe duda de que lo recuerda. Quería decir que te perdonó hace tiempo.

—Me perdonó. Pero eso ni siquiera se acerca al amor que una esposa debe sentir por su esposo. —Didul meneó la cabeza—. ¿Quieres pasta de judías? Tiene bastantes especias, pero la mujer cavadora que me la preparó es la mejor cocinera que conozco.

Akmaro extendió su torta, y Didul vertió pasta sobre ella con una cuchara de madera.

Akmaro la enrolló, dobló su extremo inferior y se puso a comer por el otro.

—Está tan buena como prometías —comentó—. A Luet también le gustaría. Le gustan mucho los condimentos. Didul rió.

—Padre Akmaro, ¿no conoces a tu propia familia? Supongamos que yo hablara con ella. De esto, del matrimonio. Hablamos continuamente cuando yo voy allí, de otras cosas… de historia y ciencia, política y religión, de todo menos de temas personales. Luet es brillante. Demasiado buena para mí; pero aunque yo osara hablarle, y aunque ella llegara a amarme, y aunque tú dieras tu consentimiento, seguiría siendo imposible.

Akmaro enarcó las cejas.

—¿Qué? ¿Hay algún problema de consanguinidad que yo desconozca? No tengo hermanos, y mi esposa tampoco, así que no puedes ser mi sobrino sin que yo lo sepa.

—Akma —dijo Didul—. Akma nunca me ha perdonado. Y si Luet me amara, para él sería como una bofetada en la cara. Y si tú aceptaras esa boda, no habría perdón. Se volvería loco. No sé lo que haría.

—Tal vez despertaría y superaría ese pueril afán de venganza —dijo Akmaro—. Sé que no ha sido el mismo desde entonces, pero…

—Pero nada —dijo Didul—. Lo traté cruelmente, ¿no lo entiendes? El odio de Akma tiene su fuente en las humillaciones que le infligí entonces, un día tras otro…

—Entonces eras un niño.

—Mi padre no me amenazaba con un látigo, Akmaro. Yo disfrutaba. ¿No lo comprendes? Cuando veo a esa gente que se burla de los cavadores por su pobreza, porque viven en sucios agujeros… lo entiendo. Yo fui uno de los torturadores. Sé lo que significa tener un corazón vacío de compasión y reírse del dolor ajeno.

—Ya no eres la misma persona.

—He rechazado esa parte de mí, pero soy la misma persona.

—Cuando pasas por las aguas…

—Sí, lo sé, me convierto en un hombre nuevo. Soy un hombre que no hace esas cosas, sí. Pero soy y seré el hombre que una vez las hizo.

—No ante mis ojos, Didul. Y diría que no ante los de Luet.

—Para Akma, padre Akmaro, soy el mismo que lo destruyó ante su hermana, su madre, su padre, sus amigos, su gente. Y si alguna vez Luet y yo nos casáramos… qué va, sólo con que él supiera que yo deseo hacerlo, o que Luet está dispuesto, o que tú lo apruebas… estallaría. No sé qué haría, pero haría algo.

—No es un hombre violento —dijo Akmaro—. Es tranquilo, aunque abrigue viejos rencores.

—No temo por mi vida. Sólo sé que alguien tan listo como Akma, de tanto talento, tan inteligente, tan atractivo… encontraría un modo de hacernos lamentar el atrevimiento de ofenderlo de tal modo.

—¿Te niegas a dar a mi hija la posibilidad de casarse con uno de los mejores jóvenes que conozco en todo el imperio, sólo porque su hermano no puede superar su rabia infantil?

—No tenemos manera de saber qué ha sucedido en el interior de Akma, padre Akmaro. Aunque fuera un niño, eso no significa que lo que sentía entonces fuera pueril.

Akmaro se terminó la torta. Una vez terminada la pasta de judías, resultaba seca y salada.

—Necesito un sorbo de agua —dijo.

—El Milirek no tiene fuentes puras —dijo Didul—, y desciende de montañas bajas, algunas de las cuales pierden la nieve gran parte del año.

—Bebo el agua que el Guardián me da en cada comarca —dijo Akmaro. Didul rió.

—¡Entonces espero que no salgas del Gornaya! Las lentas aguas de la selva no son seguras. Son lodosas y sucias, y viven criaturas en ellas. Sé de un hombre que una vez bebió de esa agua sin hervirla, y sus tripas no dejaron de moverse hasta que perdió un tercio de su peso. Su esposa ya estaba dispuesta a sepultarlo, con tal de ahorrarse la molestia de cavar otra letrina.

Akmaro hizo una mueca.

—Yo también oigo esas historias. Pero tenemos que aprender a vivir en el desierto. Aquí la paz ha durado tanto que viene gente de todas partes. Ex elemaki, gente de ocultos valles de montaña, todos vienen a Darakemba porque bajo el gobierno de Motiak hay paz y abundancia. Bien, espero que la paz dure. Pero la abundancia… tenemos que encontrar un modo de explotar la selva.

—Allí los cavadores no pueden abrir túneles. Todo se inunda —dijo Didul—. Y los ángeles no pueden posarse porque las ramas de los árboles son muy gruesas y están tan juntas que los jaguares pueden atacarlos.

—Entonces debemos pensar en una manera de construir casas sobre postes —dijo Akmaro—. Necesitamos más tierra. Y tal vez, mi joven amigo, si colonizáramos nuevas tierras donde cavadores, ángeles y humanos tuvieran que compartir la misma clase de vivienda, podríamos lograr la armonía que es tan difícil de conseguir en el Gornaya.

—Pensaré en ello. Pero espero que plantees esta cuestión a hombres y mujeres más listos que yo.

—Créeme, lo he hecho y lo haré de nuevo. Y a personas más listas que yo. Lo aprendí de Motiak: no pierdas el tiempo pidiendo consejo a gente más estúpida que tú.

—Es un consejo que me anima —dijo Didul.

—¿En qué sentido?

—Puedo pedirle consejo a cualquiera —dijo Didul, riendo.

—La falsa modestia es falsa, por encantadora que resulte.

—De acuerdo, soy más listo que algunas personas —admitió Didul—. Como ese maestro que dice que los ángeles tienen miedo de meterse en los agujeros de los cavadores.

—¿Y no es así?

—Conozco a tres médicos ángeles que lo hacen continuamente, y nunca han sufrido ningún percance.

—Tal vez nuestros maestros serían menos timoratos si creyeran que sus enseñanzas son un servicio tan valioso como las hierbas del galeno.

—Tú lo has dicho. Si los creyentes no dudaran tanto tendrían más éxito en la conversión de los incrédulos.

—Oh, no me importan sus dudas. Bastaría que actuaran como si creyeran, para ser más persuasivos.

—Si no te conociera mejor —dijo Didul—, pensaría que estás alabando la hipocresía.

—Prefiero vivir entre gente que se comporta correctamente que entre gente que tiene opiniones correctas —dijo Akmaro—. No he notado más manifestaciones de hipocresía entre los primeros que entre los segundos, y al menos los que se portan bien no te hacen perder tanto tiempo en discusiones.

Bego trajinaba detrás de Akma y Mon, quejándose sin cesar.

—No veo por qué no podernos conversar en mi estudio. Soy demasiado viejo para esto, y habréis notado que mis piernas son más cortas que las vuestras.

A lo cual Akma replicó cruelmente:

—Pues vuela.

Mon le dio un empellón a Akma, haciéndolo rodar sobre los arbustos que bordeaban el camino. Akma se enfrentó a él, dispuesto a enfurecerse o a reírse, según la intención que viera en los ojos de Mon.

—Ten respeto por un amigo mío —murmuró Mon—, aparte de por su edad y su prestigio.

Akma puso su sonrisa más seductora, y obtuvo el resultado de siempre, pues irradiaba humildad, inocencia y benevolencia. Todas lo bueno que la otra persona deseaba ver. Mon dudaba siempre de aquella sonrisa, a pesar de que acababa triunfando sobre su enojo o su envidia. ¿De dónde podía venir semejante poder sobre los demás?

—Ah, Bego, te habrás dado cuenta de que sólo bromeaba —dijo Akma—. Perdóname, viejo amigo.

—Siempre te perdono —jadeó Bego—. Todos lo hacen, así que no sé por qué te molestas en preguntar.

—¿Acaso ofendo con tanta frecuencia que perdonarme se ha convertido en hábito? —preguntó Akma con su sonrisa compungida. Mon sintió deseos de abrazarlo con fuerza, de asegurarle que nadie se sentía ofendido.

¿Cómo lo consigue?

—No ofendes con mayor frecuencia que cualquier otro joven brillante, indisciplinado y perezoso de veinte años —dijo Bego—. Aquí, en la hierba. Si lo que pretendéis es que nadie nos oiga, aquí estaremos bien.

—Ah —dijo Mon, señalando el cielo—. ¿Te has olvidado de esos ojos fisgones de allá arriba?

—La estrella fija —dijo Bego—. Sí, es verdad. Dicen que el Alma Suprema ve a través de los techos, las hojas y la tierra, así que tanto da.

Akma se arrojó al suelo y aterrizó en la hierba con una pose elegante que habría parecido muy ensayada en alguien menos ágil y espontáneo.

—Quién sabe cuántos cientos de túneles cavadores convergen bajo este prado —comentó.

—No es un prado —dijo Mon—. Es el parque de mi padre, y no está permitido cavar debajo de él.

—Oh, entonces seguro que hasta las lombrices respetan sus límites —dijo Akma.

Mon se rió contra su voluntad.

—Bueno, la autoridad de Padre no es universal.

—¿Por qué estamos aquí? —preguntó Bego—. Me fastidia estar sentado.

—Pero Bego —dijo Akma—, ahora humanos, ángeles y cavadores somos iguales, ¿no lo sabías? El Guardián ha hablado.

—Bien, será mejor que el Guardián me dé nuevas posaderas si pretende que las acomode en sillas u otros lugares igualmente incómodos —dijo Bego.

—Mon y yo hemos estado pensando —dijo Akma.

—¿Los dos juntos? Entonces es posible que hayáis formulado un pensamiento, siempre que hayáis trabajado con empeño.

—Hemos estudiado las historias de los Héroes. Y la crónica que los zenifi encontraron hace trece años.

—La de los rasulum —dijo Bego.

—Queríamos conocer tu opinión sobre una idea —dijo Mon.

—¿Y no podíais pedírmela en mi estudio, al terminar mis clases con los hijos más pequeños del rey?

—Nuestra pregunta puede oler a traición —dijo Akma. Bego guardó silencio.

—Sabemos de tu respeto por la investigación científica y que nunca nos denunciarías. Pero quién sabe qué diría otra persona si nos oyera. Podría exagerar nuestras palabras.

—¿Qué traición puede haber en los documentos antiguos? —preguntó Bego.

—Si estamos en lo cierto —señaló Akma—, creo que hace diez años que tú intentas insinuarlo.

—Yo no hago insinuaciones —dejó claro Bego—. Y si queréis saber si estáis en lo cierto, Mon tiene el don de la certidumbre.

—Ahí está el problema —dijo Mon—. Si estamos en lo cierto, no tenemos motivos para confiar en ese presunto don. Y si nos equivocamos, la respuesta es la misma… para mí no hay certidumbre.

—Por eso acudimos a ti —añadió Akma.

—¿Crees que el don que te dio el Guardián pueda ser imaginario? —preguntó Bego con incredulidad.

—Creo que la simple histeria puede hacer que muchas cosas acudan a nuestra mente —dijo Mon.

—E incluso cierta perspicacia natural —añadió Akma—. Por ejemplo, en esa famosa e inolvidable ocasión en que Mon te ayudó a traducir las planchas de los rasulum. ¿No es posible que él haya deducido tus aciertos y errores interpretando inconscientemente tus gestos, movimientos, entonación vocal, expresiones faciales?

—¿Y de qué le hubiera servido? —dijo Bego—. Yo no lo sabía.

—Tal vez lo sabías, pero no sabías que lo sabías —dijo Akma.

Bego agitó las alas en un gesto de indiferencia.

—Akma y yo hemos intentado ver si hay algo en los antiguos documentos que constituya una prueba concreta de que existe un Guardián de la Tierra.

—Nadie pone en duda que hay un Guardián —dijo Bego.

—Mira las crónicas —dijo Akma—. En todos los documentos de los primeros Héroes se afirma que la vida humana había desaparecido de la Tierra, que hasta que el Guardián trajo a los Héroes desde ese lugar llamado Armonía o Basílica… los registros son ambiguos…

—Basílica es el nombre de la estrella fija —dijo Bego—, y Armonía el nombre del planeta que está en órbita de esa estrella.

—Eso dicen los eruditos —dijo Akma—. Que no saben más que nosotros, pues llegan a sus conclusiones a partir de las mismas fuentes. Y yo digo que la crónica de los Héroes no es correcta. Había gente aquí: los rasulum.

Bego se encogió de hombros.

—Eso ha causado cierta consternación entre los estudiosos.

—Vamos —dijo Mon—. Es el dato que siempre nos restriegas por la cara cuando hablamos de historia. Quieres que descubramos algo, así que no te hagas el inocente.

—¿Y si los humanos nunca se fueron de este mundo? —intervino Akma—. ¿Y si los humanos sólo tuvieron que permanecer alejados del Gornaya en la época de los volcanes y terremotos? Los Héroes mencionan que hubo un tiempo en que las masas terrestres se plegaron y elevaron, formando las montañas más altas del mundo. ¿Y si fue entonces cuando nació la leyenda de la dispersión? Se dice que no había humanos en el Gornaya, y que no había humanos en el mundo… pero de hecho había humanos al norte, en las praderas. Luego hay una guerra devastadora, y muchos humanos huyen de los rasulum. Algunos de ellos rompen el viejo tabú y vienen al Gornaya. Tal vez llegan incluso en barco, pero temen que los dioses que adoran, el Alma Suprema y el Guardián de la Tierra, se encolericen con ellos, así que alegan que han venido de las estrellas y no de Opustoshen.

—¿Entonces por qué el idioma de las planchas es tan diferente del nuestro? —preguntó Bego.

—Porque no han pasado sólo cuatrocientos o quinientos años desde la época de los Héroes. En realidad se separaron de los rasulum hace mil años, tal vez más. Y las lenguas se diferencian cada vez más, hasta no parecerse en nada.

—¿Y eso qué tiene que ver con los ángeles y los cavadores? —preguntó Bego.

—Nada —exclamó Mon—. ¿No lo entiendes? Los humanos llegaron y dominaron a todos los demás, e impusieron sus dioses a todo el mundo. ¿Pero acaso los cavadores no adoraban los dioses que los ángeles creaban para ellos? ¿Y los ángeles no tenían sus propios dioses? Nadie hablaba del Guardián. Ángeles y cavadores evolucionaron por separado en el Gornaya mientras los humanos habitaban las tierras del norte.

—¿Y qué hay de esa historia según la cual Shedemei descubrió un extraño órgano que obligaba a la gente del cielo y a la gente del suelo a permanecer cerca? —observó Bego.

—La historia dice que ella os hizo enfermar y provocó la desaparición de esos órganos en vuestra prole —dijo Akma—. Así que ahora, convenientemente, no tenemos el menor indicio de que esos órganos hayan existido.

—Todas las historias se valen de elementos que no se pueden verificar —dijo Mon—. Es un truco retórico típico… un truco que cualquier necio puede exponer en un debate o juicio público. La nueva estrella del cielo es Basílica… ¿pero cómo sabemos que esa estrella no existió siempre?

—La documentación es ambigua en ese sentido —dijo Bego.

—La única prueba concreta que tenemos —dijo Akma— es la flagrante contradicción que existe en los documentos de los Héroes. Ellos afirmaron que no había otros humanos en la Tierra cuando llegaron. Pero tenemos los huesos de Opustoshen y las planchas de los rasulum para demostrar lo contrario. ¿No lo entiendes? La única prueba concreta que tenemos niega todo lo demás.

Bego los miró plácidamente.

—Bien, verdaderamente, esto huele a traición —sentenció al fin.

—Lo que no significa precisamente que lo sea —dijo Akma—. Se lo estaba explicando a Mon. Su padre tiene autoridad por ser un descendiente directo del primer Nafai. Esa parte de la historia no se cuestiona. El reino no se cuestiona.

—No —dijo Bego—, sólo se cuestiona a tu padre. Akma sonrió.

—Si mi padre enseña a la gente a hacer tonterías sólo porque lo dice el Guardián, y luego resulta ser que no hay Guardián, entonces mi padre intenta imponer la voluntad de alguien sobre los demás.

—Yo creo que tu padre es un hombre sincero —dijo Bego.

—Sincero pero equivocado. Y la gente odia sus enseñanzas.

—Los ex esclavos las adoran —dijo Bego.

—La gente —recalcó Akma.

—Debo entender, pues, que no consideras que los cavadores sean gente.

—Considero que son los enemigos naturales de los humanos y los ángeles. Y también creo que no hay motivos para que los humanos gobiernen a los ángeles.

—Esto huele definitivamente a traición —dijo Bego.

—¿Por qué no establecer una alianza? —dijo Mon—. Un rey de los humanos y un rey de los ángeles, ambos gobernando sobre pueblos que ocupan un mismo territorio.

—No es posible —dijo Bego—. Un territorio, un rey. De lo contrario habría guerra y se extendería el odio entre humanos y ángeles. Los elemaki aprovecharían la oportunidad para destruirnos.

—Pero no se nos debe exigir que vivamos juntos —dijo Akma.

Bego miró a Mon.

—¿Eso es lo que deseas? —preguntó—. ¿Tú, que de niño soñabas con ser…?

—¡Ya he renunciado a mis sueños infantiles! —exclamó Mon—. Y te digo más; si no hubiera estado viviendo entre ángeles no habría tenido ese deseo.

—A mí me parecía conmovedor. Y un tanto adulador, considerando que muchos ángeles crecen deseando ser humanos.

—¡Ninguno! —exclamó Mon—. ¡Ni uno solo!

—Muchos.

—Están locos, entonces —replicó Mon.

—Es muy probable. Pero veamos si lo he entendido. No hay Guardián, y nunca lo hubo. Los humanos nunca abandonaron la Tierra, sólo el Gornaya. Los cavadores y los ángeles nunca se necesitaron unos a otros y no existía un órgano diminuto que Shedemei extrajo de nuestros cuerpos con una enfermedad. Y en consecuencia no hay motivos para cambiar nuestro modo de vida, nuestras costumbres, sólo porque Akmaro nos dice que es la voluntad del Guardián que las tres especies se conviertan en un pueblo, los Hijos del Guardián, el Pueblo de la Tierra.

—Exacto —dijo Akma.

—¿Y qué? —preguntó Bego. Akma y Mon se miraron.

—¿A qué te refieres? —preguntó Mon.

—¿Por qué me lo contáis a mí?

—Porque tal vez quieras hablar con Padre sobre esto. Convencerlo de que deje de imponer estas leyes.

—Y de que arrebate a mi padre su posición de autoridad —añadió Akma.

Bego parpadeó al oír aquello.

—Si yo le dijera al rey estas cosas, queridos amigos, me destituiría inmediatamente. Es el único cambio que conseguiría.

—¿Entonces mi padre controla totalmente al rey? —preguntó Akma.

—Cuidado —dijo Mon—. Nadie controla a mi padre.

—Sabes a qué me refiero —dijo Akma con impaciencia.

—Y yo conozco a Motiak —dijo Bego—. El no cambiará de parecer porque, en lo que a él concierne, no tenéis la menor prueba. Para él, el hecho de que los sueños verdaderos condujeran a los soldados de Ilihiak hacia las planchas de los rasulum es prueba de que el Guardián deseaba que las hallaran. Por tanto es el Guardián quien corrige los errores de los Héroes… otra prueba de que el Guardián vivía entonces y de que vive ahora. No disuadiréis a alguien que anhela desesperadamente creer en el Guardián.

Akma dio un malhumorado puñetazo en el suelo.

—¡Es preciso impedir que mi padre siga propagando estas mentiras!

—Esos errores —dijo Bego—. ¿Recuerdas? Tú nunca serías un hijo tan desleal como para acusar a tu padre de mentir. ¿Quién te creería entonces?

—Que él crea en ello no significa que no sean mentiras —dijo Akma.

—Ah, pero no son sus mentiras, ¿verdad? Así que debes llamarlas errores cuando dices que son de tu padre. Mon rió entre dientes.

—¿Has oído, Akma? Él está con nosotros. Esto es lo que él pretendía que comprendiéramos.

—¿Por qué lo crees así? —preguntó Bego.

—Porque nos estás aconsejando una estrategia. Akma se incorporó, sonriendo.

—Así es. ¿O no, Bego? Bego se encogió de hombros.

—Ahora no podéis seguir una estrategia. Akmaro depende demasiado de la política del rey, y viceversa. Pero tal vez llegue un momento en que las Casas de los Guardados estén separadas de la casa del rey con más claridad.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Akma.

—Sólo esto. Hay quienes desean derrocar a tu padre, pues están muy en desacuerdo con estas medidas.

—¡Nosotros no pretendemos eso! —exclamó Mon.

—Claro que no. Nadie que esté en su sano juicio lo pretende. Si no tenemos invasiones elemaki todos los años, es porque el imperio de Darakemba está unido, posee un ejército y espías que patrullan continuamente en nuestras fronteras. Sólo una pequeña minoría de fanáticos y locos quiere derrocar al rey. Sin embargo, el apoyo a esa pequeña y traicionera minoría irá en aumento a medida que tu padre impulse las reformas de Akmaro. Tarde o temprano, eso conducirá a una guerra civil, y la gane quien la gane nos debilitará. Hay gente que no desea tal cosa, que quiere que todo vuelva a ser como antes.

—Los viejos sacerdotes —dijo Mon con desdén.

—Algunos de ellos, sí —dijo Bego.

—¿Y tú? —preguntó Akma—. ¿Tú quieres que las cosas vuelvan a ser como antes?

—No opino sobre política —dijo Bego—. Soy un estudioso, y os expongo los datos que describen la situación actual del reino. Hay quienes desean evitar la guerra civil, proteger el trono e impedir que Akmaro siga imponiendo estas leyes demenciales, ultrajantes e imposibles que anulan toda distinción entre hombres y mujeres, humanos, cavadores y ángeles. Toda esta cháchara sobre perdón y comprensión.

Akma lo interrumpió, lleno de amargura.

—Es sólo una máscara para quienes desean que transformemos esta tierra en un lugar donde los cavadores se paseen con armas en las manos, atormentando a quienes son mejores que ellos…

—Hablas como los que desean destruir este reino —dijo Bego—. En tal caso, Akma, no serás de utilidad para quienes procuran proteger el trono.

Akma guardó silencio, tironeando de la hierba. Un terrón se desprendió, salpicándole la cara. Se limpió con enfado.

—Pero si los que procuran proteger el trono pudieran persuadir al pueblo de ser paciente, asegurándole que los hijos de Motiak no creen en este disparate de que los miembros de todas las especies son hijos del Guardián por igual, de que los hijos de Akma no tienen la intención de seguir las alocadas medidas de su padre… asegurándole que, en el momento oportuno, todo volverá a ser como antes.

—Yo no soy el heredero —dijo Mon.

—Entonces debes tratar de persuadir a Aronha —recomendó Bego.

—Aunque lo hiciera, Padre le entregaría el reino a Ominer, pasando por encima de ambos.

—Entonces debes tratar de persuadir a Ominer y también a Khimin. —Bego se echó a reír ante la mueca de disgusto de Mon—. Es bastante brillante. Será hijo de su madre, pero también es hijo de tu padre. ¿Qué podrá hacer tu padre si todos sus hijos rechazan estas medidas?

—A mi padre no le importaría —dijo Akma—. El escogería a uno de sus favoritos para que le sucediera como sumo sacerdote. No creo que ni siquiera me tenga en cuenta para ese puesto.

—¡Didul!—exclamó Mon despectivo. Akma enrojeció de furia al oír ese nombre.

—No importa quién sea el sucesor de tu padre —dijo Bego—. Si su propio hijo se opone públicamente a sus medidas, perderá credibilidad. No hay consenso y existe recelo aun entre sus sacerdotes y maestros. Algunos de ellos te escucharán, otros no. Pero los Guardados se debilitarán.

—Vaya, Akma, ya te imagino predicando —comentó Mon con desdén.

—Creo que lo haría bien —dijo Akma—. Sólo que es muy probable que me arresten por traición. Bego asintió.

—Ahí está el problema, ¿verdad? Por eso es preciso que esperéis el momento oportuno. Trabaja con tus hermanos, Mon. Ayúdale, Akma. No seas insistente, limítate a hacer sugerencias, a plantear preguntas. Con el tiempo los conquistarás.

—¿Tal como tú hiciste con nosotros? —preguntó Akma. Bego lo miró con indiferencia.

—Nunca os sugerí la traición, ni lo hago ahora. Quiero que descubras la verdad por ti mismo. No puedo atragantarte con ella, como hacen otros.

—¿Pero qué garantía tenemos de que algo cambiará?

—Creo que al librarse de los sacerdotes designados por el rey, Akmaro y Motiak escogieron un rumbo que no admite marcha atrás —dijo Bego—. Con el tiempo, la religión quedará separada del gobierno. Y cuando llegue ese día, mis jóvenes amigos, la ley ya no se interpondrá entre vosotros y vuestras prédicas.

Mon lanzó un hurra.

—Si todavía creyera en mi don, diría que Bego tiene toda la razón. Eso ocurrirá muy pronto. Tiene que ocurrir.

—Y ahora que habéis planeado cómo salvar el reino de las ideas excesivamente tolerantes de Akmaro, ¿puedo volver bajo techo y encontrar un sitio de donde colgarme para estirar mis doloridos músculos?

—Podemos llevarte, si quieres —se ofreció Mon malicioso.

—Me ahorrarías problemas cortándome la cabeza y llevándola adentro. El resto de mi cuerpo no me sirve de mucho últimamente, de todos modos.

Se rieron y se levantaron. Caminaron más despacio de regreso a la casa del rey, pero había una cadencia, un contoneo en el andar de los jóvenes. Y cuando pasaron junto a Khimin, que intentaba memorizar un largo poema con gran dificultad, lo sorprendieron por completo al invitarlo a acompañarlos.

—¿Por qué? —preguntó Khimin con suspicacia.

—Porque aunque tu madre es una idiota rematada —le respondió Mon—, sigues siendo mi hermano y te he tratado de forma vergonzosa durante muchos años. Dame la oportunidad de enmendar mis errores.

Mientras Khimin se les acercaba con cautela, Akma le susurró a Mon:

—Ahora ya te has comprometido, ¿sabes?

—Quién sabe —dijo Mon—. Tal vez sea buena compañía a pesar de todo. Edhadeya siempre dice que es buena persona, que sólo necesita una oportunidad.

—Entonces Edhadeya se alegrará mucho —dijo Akma. Mon le guiñó el ojo.

—Si quieres, le diré que incluir al vástago de Dudagu Dermo fue idea tuya.

Akma puso los ojos en blanco.

—No miro a tu hermana con ojos lascivos, Mon. Es tres años mayor que yo.

—Aunque mi don no provenga del Guardián —dijo Mon—, todavía sé distinguir una mentira.

Khimin se les había acercado y cambiaron de conversación para incluirlo. Cuando llegaron a la casa del rey, Akma y Mon habían prodigado sus encantos de tal modo que el pobre joven de dieciocho años estaba embelesado con ellos, y les habría creído aunque le hubiesen dicho que tenía tocones por pies y por nariz un nabo.

Bego se marchó en cuanto entraron, y mientras recorría los pasillos usó un poco las alas, patinando por el suelo y cantando alegremente. Niños listos, se dijo. Lo lograrán, si les damos la oportunidad. Lo lograrán.

Luet lo pasaba bien cuando Madre visitaba a Dudagu en la casa del rey, porque al cabo de unos instantes de cortesía con la reina, que no envejecía bien y se pasaba los días quejándose de sus achaques, siempre la excusaban y le permitían ir a encontrarse con Edhadeya. La costumbre se había iniciado cuando ella tenía cinco años y Edhadeya era una altiva niña de diez; ahora se asombraba de que la hija del rey hubiera sido tan amable con una chiquilla que, no hacía mucho, era esclava de los cavadores. Aunque quizás ése fuese el motivo de su amabilidad. Edhadeya se había apiadado de ella al oír la historia de sus sufrimientos. Bien, de un modo u otro, su amistad florecía ahora que Edhadeya tenía veintitrés años y Luet dieciocho.

Encontró a su amiga trabajando con los músicos, enseñándoles una nueva composición. Los tambores no atinaban a captar el ritmo.

—No es difícil —les decía Edhadeya—. Tratad de ver cómo armoniza con la melodía…

Edhadeya se puso a cantar con su voz dulce y aguda, y los tambores comenzaron a percibir que el ritmo que ella les indicaba armonizaba con la melodía que entonaba. Sin pensarlo siquiera, Luet se puso a girar, a alzar los brazos y a brincar en una danza improvisada.

—¡Te burlas de mi pobre melodía! —exclamó Edhadeya.

—¡No te detengas, era hermosa!

Pero Edhadeya se detuvo al instante, dejando que los músicos trabajaran en la canción mientras ella caminaba con Luet hasta el huerto.

—Hay gusanos por todas partes. En los viejos tiempos, teníamos esclavos cuya única tarea era arrancarlos de las hojas. Ahora no podemos pagarle a nadie lo suficiente para que lo haga, así que nuestras plantas tienen agujeros y en ocasiones la ensalada se mueve sola. Todos fingimos que es un milagro y seguimos comiendo.

—Debo contarte que Akma sufre una de sus crisis de mal humor últimamente —dijo Luet.

—No me importa —dijo Edhadeya—. Es demasiado joven para mí. Siempre lo ha sido. Fue una locura pensar que estaba enamorada de él.

Luet miró el cielo.

—¿Qué? ¿Con todas esas nubes? Pensaba que amabas a mi hermano cada vez que llovía.

—De momento no llueve —dijo Edhadeya—. ¿Y hoy es uno de esos días en los que estás enamorada de Mon?

—No lo estoy de nadie —dijo Luet—. Creo que no sería una buena esposa.

—¿Por qué no?

—No quiero quedarme en casa y ordenar el trabajo todo el día. Quiero salir como Padre, enseñar y hablar y…

—Él trabaja.

—En los campos, lo sé. ¡Pero yo lo haría! Lo único que no quiero es quedarme en casa. Tal vez se deba a mi infancia de trabajo en los campos. Tal vez siento la necesidad de trabajar porque me parece que si no lo hago un cavador dos veces mayor que yo vendrá a…

—Oh, Luet, tengo pesadillas cada vez que hablas así.

—Aquí hay uno —dijo Luet, sosteniendo un gusano.

—Qué encantador —dijo Edhadeya. Luet aplastó el gusano entre los dedos, estrujó los restos y los arrojó al suelo.

—Una ensalada que no se moverá —sentenció.

—Luet —dijo Edhadeya, y en ese momento cambió el tono de la conversación. Ya no eran niñas juguetonas. Eran mujeres, y la cuestión era seria—. ¿Qué pretende tu hermano últimamente? ¿Qué ocurre entre él y mi hermano?

—Siempre está aquí con Mon —respondió Luet—. Creo que están estudiando con Bego, o algo parecido.

—¿Y no habla contigo? Con ellos habla.

—¿Ellos?

—No sólo con Mon. Habla con Aronha, Ominer y Khimin.

—Bien, es agradable que tenga en cuenta a Khimin. No creo que el chico sea tan insoportable como…

—Oh, es insoportable, ya lo creo, aunque potencialmente rescatable. Y si pensara que se trata de eso, de salvarlo, me alegraría —dijo Edhadeya—. Pero no es así.

—¿No?

—Ayer alguien mencionó los sueños verdaderos y me miró. No era nada, sólo un comentario de pasada. Ni siquiera recuerdo… Un consejero iba a reunirse con Padre, y me miró. Pero en ese momento yo miré hacia otra parte y vi que Ominer hacía una mueca de burla. Así que lo seguí, y cuando estuvimos solos en el patio lo arrojé contra la pared y le pregunté por qué se burlaba de mí.

—Siempre tan dulce —murmuró Luet.

—Ominer no te escucha si no le haces daño —dijo Edhadeya—. Y todavía soy más fuerte que él.

—Bien, ¿qué dijo?

—Negó que se burlara de mí. Entonces le pregunté de quién se burlaba. De él, me respondió.

—¿De quién? —preguntó Luet.

—Del consejero que me miraba. Y le dije: No puedes culpar a la gente por pensar en mi sueño de los zenifi cuando me ve. No todos tienen sueños verdaderos. Y entonces él dijo… escúchame bien… me dijo que nadie tiene sueños verdaderos.

—¿Nadie? —Luet se echó a reír, pero notó que a Edhadeya no le hacía gracia—. Dedaya, yo he tenido sueños verdaderos, y también tú. Madre es descifradora. Mon tiene su sentido de la verdad. Padre tiene sueños y… esto es absurdo.

—Ya lo sé. Así que le pregunté por qué lo decía, y se negó a contármelo. Lo pellizqué, le hice cosquillas… Luet, Ominer no puede ocultarme un secreto. Siempre he podido sonsacárselos con torturas en cinco minutos. Pero esta vez fingió que no sabía de qué le hablaba.

—¿Y crees que es algo que tiene relación con Akma y Mon?

que es así. Luet, Ominer sólo podría ocultarme un secreto si temiera más a otra persona. Y las únicas dos personas a las que teme más que a mí son…

—¿Tu padre?

—No seas boba. Padre es pura ternura cuando le presta atención a Ominer, aunque no sea con frecuencia. No, Mon y Aronha. Creo que son ambos. Esta mañana he estado atenta: mis cuatro hermanos se han reunido con tu hermano, y se traen algo entre manos…

—Algo relacionado con la idea de que no hay sueños verdaderos.

Edhadeya asintió.

—No puedo decirle esto a Padre, pues lo negarían.

—¿Mentirle a tu padre?

—Algo ha cambiado. Me tiene preocupada; sospecho que están tramando algo.

—No digas eso. Estás hablando de nuestras familias.

—Ya no son niños. Como todavía estudiamos, a veces nos olvidamos de que ya no estamos en la escuela, salvo Khimin. Somos hombres y mujeres. Si Akma no fuera el hijo de tu padre, se estaría ganando el sustento. Aronha juega al soldado, pero disfruta de mucho tiempo libre, y lo mismo ocurre con mis otros hermanos… Los sacerdotes deben trabajar, pero no los hijos del rey.

Luet asintió.

—Padre intentó que Akma se ganara el sustento desde los quince años. La edad en que lo hacen todos los hijos de los jornaleros…

—Ya sé a qué edad empiezan —dijo Edhadeya.

—Akma dijo simplemente: «¿Piensas castigarme con un látigo si no lo hago?» Fue realmente malvado.

—Tu padre no era su capataz en esos días espantosos —dijo Edhadeya.

—Pero Padre perdonó a los capataces. Los pabulogi. Akma no los ha perdonado, y todavía les guarda rencor.

—¡Durante trece años! —exclamó Edhadeya.

—Akma se alimenta del rencor como el embrión se alimenta de la clara del huevo. Aunque esté pensando en otra cosa, aunque no se dé cuenta, hierve por dentro. Fue mi maestro. Nos hicimos muy íntimos. Durante un tiempo lo amé más que a nadie. Pero si yo me acercaba demasiado, si tocaba su afecto de manera indebida, él reaccionaba con violencia. A veces me dejaba tan atónita como se deben de haber sentido Elemak y Mebbekew cuando Nafai los abatía con los relámpagos de sus dedos.

—Melancolía. Pensaba que simplemente era un malhumorado —dijo Edhadeya.

—No cabe duda de que lo es —dijo Luet—. Pero es mi padre el objeto de su rabia.

—Y los pabulogi.

—Ellos no vienen a menudo. Cuando los sacerdotes vienen a reunirse con Padre, Akma procura estar en otra parte. Creo que no ha visto a ninguno durante años.

—Pero tú los has visto. Luet sonrió vagamente.

—Lo menos posible.

—Aun desde su lecho de muerte, como ella lo llama, Madre se entera de todos los chismes, y dice que Didul te mira como…

—Como si fuera mi peor pesadilla.

—No lo dirás en serio, amiga mía.

—No es nada personal. ¿Pero qué sucedería si él me amara? ¿O si yo lo amara? Sería más rápido y benévolo degollar a Akma mientras duerme.

—¿Quieres decir que esta pueril melancolía de Akma te alejaría del hombre que amas?

—No amo a Didul. Sólo hablaba de una situación hipotética.

—Lutya, ¿no es complicada la vida en casa del rey?

—Tal vez sea igualmente complicada para los campesinos más pobres. Es probable que en sus agujeros los más desvalidos ex esclavos tengan exactamente los mismos problemas. Rencor, amor, cólera, temor, odio…

—Pero cuando riñen en sus túneles, no tiembla todo el reino —dijo Edhadeya.

—Bien, hablas de tu familia, no de la mía. Edhadeya cogió otro gusano de otra hoja.

—Hay gente abriendo agujeros en el reino, Lutya. ¿Qué pasará si nuestros hermanos se encuentran entre los gusanos?

—Eso temes, ¿verdad? Si niegas al Guardián, no tenemos por qué asociarnos con cavadores y ángeles…

—Mon ama a los ángeles. Sería muy desdichado lejos de ellos.

—¿Pero ama a la gente del cielo más de lo que Akma odia a la gente del suelo?

—Llegado el caso, Mon no renunciará a su amor por los ángeles.

—Aun así, sería terrible que comenzaran a…

—Ni siquiera lo pienses —dijo Edhadeya—. Nuestros hermanos no cometerían traición.

—Entonces no tienes miedo —dijo Luet. Edhadeya se sentó en un banco y suspiró.

—Sí, tengo miedo.

Una nueva voz se oyó a sus espaldas.

—¿De qué?

Miraron y era Chebeya, la madre de Luet.

—¿Ya has terminado? —preguntó Luet.

—La pobre Dudagu está exhausta —dijo Chebeya. Edhadeya resopló.

—No hagas ese ruido en la selva —dijo Chebeya—, porque un jaguar te encontrará.

—No veo por qué consideras tan antinatural que desprecie a mi madrastra —dijo Edhadeya.

—Tu padre la ama —dijo Chebeya.

—Lo que indica su infinita capacidad de amar —comentó Edhadeya.

—¿De qué hablabais cuando he llegado? —preguntó Chebeya—. Y no neguéis que era importante, pues pude ver vuestro estrecho vínculo.

Luet y Edhadeya se miraron.

—¿Tratáis de decidir cuánto debéis contarme? Os facilitaré la tarea. Empezad por contármelo todo. Así que se lo contaron.

—Dejad que los observe un poco —dijo Chebeya cuando ellas concluyeron—. Si los veo juntos, puedo aprender mucho.

—¿Cómo es posible que Mon no crea en los sueños verdaderos? —preguntó Edhadeya—. Él sabe si las cosas son ciertas… él supo que mi sueño acerca de tu familia era verdadero.

—No subestimes la capacidad de persuasión de mi hijo —dijo Chebeya.

—Mon no es el títere de nadie —dijo Edhadeya—. Yo lo conozco.

—No, no es un títere. Pero conozco el talento de Akma.

—¿Tiene un don? —preguntó Luet.

—La hermanita es la última en enterarse —comentó Edhadeya.

—Tiene el mismo don que yo —dijo Chebeya.

—¡Nunca lo ha dicho! —exclamó Luet.

—No, porque no se da cuenta. Creo que es diferente en los hombres. Los hombres no forman comunidades con la misma facilidad que las mujeres. Me refiero a los hombres humanos, pues los ángeles son diferentes. O tal vez me equivoco… no tengo tanta experiencia. Sólo sé que cuando un hombre tiene el don de descifrar, no ve los vínculos que unen a las personas de la misma manera. Inconscientemente busca maneras de unir esas hebras dispersas con sus propias manos.

—Entonces no puede ver la telaraña de personas —dijo Luet—. ¿Se convierte en la araña? Chebeya se estremeció.

—Nunca le he explicado su poder. Me temo que será peor si cobra conciencia de él. Se volverá más poderoso y…

—Peligroso —concluyó Edhadeya. Chebeya se apartó de ella.

—Él congrega a las personas, todos quieren complacerle.

—¿Al extremo de que Mon renunciaría a su amor por la gente del cielo? —preguntó Edhadeya.

—Tendré que verlos juntos, con eso en mente. Pero si Akma se interesara en algo y necesitara la ayuda de Mon, creo que Mon lo ayudaría.

—Es terrible —dijo Edhadeya—. ¿Eso significa que las ocasiones en que yo creía amarlo…?

—No sé —respondió Chebeya—. Mejor dicho, sí que lo sé. En la medida en que tiene capacidad de amar, te ha amado, de cuando en cuando.

—No ahora.

—No últimamente.

A Edhadeya se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Qué tontería —dijo—. Ni siquiera lloro por él. Me paso días enteros sin ni siquiera pensar en él… pero es sólo este don, ;verdad?

Chebeya sacudió la cabeza.

—Cuando él anuda a la gente, el efecto sólo dura temporalmente. Un par de días. A menos que él se quede contigo, se esfuma. Hace una semana que no lo ves.

—Lo veo todos los días —dijo Edhadeya.

—Pero no has estado cerca de él —observó Luet.

—Tiene que hablar contigo, mirarte, estar contigo —dijo Chebeya—. Puedes confiar en tus sentimientos por él. Son reales.

—Más lo es la piedad —murmuró Edhadeya.

—Madre —dijo Luet—, creo que está sucediendo algo muy peligroso. Creo que Akma y los hijos de Motiak traman algo.

—Como he dicho, observaré para ver si así parece.

—¿Y si es así?

—Hablaré con tu padre. Y tal vez luego hablemos con el rey. Y tal vez él desee hablar con vosotras.

—Y cuando todos hayan hablado con todos, aún no podremos hacer nada —dijo Edhadeya. Chebeya sonrió.

—Siempre tan optimista, ¿verdad? Dedaya, ten confianza. Tu padre, mi esposo y yo tenemos nuestros años, pero todavía gozamos de cierto poder. Podemos cambiar las cosas.

—Noto que no incluyes a mi madrastra en ese grupo —dijo pérfidamente Edhadeya.

Chebeya sonrió con benigna inocencia.

—Pobre Dudagu. Es demasiado frágil para mencionarla en la misma frase en la que se habla de poder. Edhadeya se echó a reír.

—Ahora ven a casa conmigo, Luet. Hay trabajo que hacer.

Edhadeya las abrazó a ambas y las siguió con los ojos mientras se marchaban del patio. Luego se reclinó en el banco y miró el cielo. Pensó que cuando el sol alcanzara cierta posición podría ver la estrella Basílica a plena luz del día. Pero hoy estaba muy encapotado. Sin duda llovería.

—Insepulta —murmuró Edhadeya—. ¿Piensas hacer algo acerca de esto?

Shedemei cargó sus provisiones en la lanzadera de la nave mientras el Alma Suprema le murmuraba mentalmente una vez más.

(¿Estás segura de que esto es aconsejable?)

—¿Crees que no puedes protegerme? —preguntó Shedemei.

(Puedo impedir que te maten.)

—Es todo lo que pido.

(Todavía no entiendo qué puedes descubrir que yo no pueda averiguar más pronto y con mayor precisión.)

—Quiero conocer a estas personas, eso es todo. Quiero conocerlas personalmente.

(No puedes conocerlas tan bien conversando con ellas como yo las conozco examinando sus pensamientos.)

—¿Acaso tengo que decirlo? ¿No puedes escrutar mi mente y ver la verdad?

(La pregunta es si podrás.)

—Puedo. Iré allí abajo porque me siento sola. ¿Era eso lo que deseabas oír? (Sí.)

—Bien, ahora que lo has oído, quiero oír otra voz orgánica. No te ofendas, pero me agradaría tener la sensación de que otra gente me conoce.

(No me ofendo. Esperaba que hicieras algo así, pero hubiera preferido que escogieras un momento más apacible. Esta vez no podrás intervenir demasiado.)

—Lo sé. Y no alardeo de tener un propósito ambicioso y noble. Sólo deseo salir de esta cáscara de metal y codearme de nuevo con la gente. —Pensó en algo—. ¿Qué edad tengo? La gente me lo preguntará.

(¿Físicamente, quieres decir? El manto te mantiene en buen estado de salud. Aparentas unos cuarenta. No has llegado a la menopausia. En realidad nunca llegarás, a menos que me lo pidas.)

—¿Me estás sugiriendo que tenga otro hijo? (Sólo te digo que tengas cuidado con tu manera de combatir la soledad.)

Shedemei curvó los labios con disgusto.

—En esta sociedad existe un fuerte tabú contra las relaciones extramatrimoniales. No bajaré para estropearle la vida a un hombre solitario.

(Sólo era una sugerencia.)

—¿Estás segura de que estas advertencias no se deben a tus celos?

(Eso no forma parte de mi programación.)

—Puedo andar por la faz de este planeta y otras criaturas vivientes me reconocerán como una de ellas. ¿Nunca deseaste…?

(Yo no deseo.)

—Qué pena.

(Es muy tierno por tu parte compadecerte de mí de una manera tan antropomórfica. Pero si tuviera estos sentimientos que proyectas en mí, ¿estas frases que has dicho no serían, técnicamente hablando, un modo de herirme?)

—Forma parte de mi programación —dijo Shedemei. Las compuertas se cerraron. La lanzadera se alejó de la nave Basílica y se precipitó en la atmósfera.

7. LA ESCUELA DE RASARO

La luz se colaba por las altas y anchas ventanas, reflejándose en las desnudas y encaladas paredes de argamasa del salón de invierno. A Mon le costaba imaginar que afuera el resplandor pudiera ser mayor. Si él y sus hermanos podían reunirse allí para escuchar el sermón de Akma —no, para conversar con él— era porque nadie usaba el salón de invierno en verano. Era demasiado tórrido, demasiado luminoso. A Mon le costaba mantener los ojos abiertos. Si no hubiera sido por las moscas zumbonas que insistían en beberse las gotas de su sudor, se habría adormilado hacía rato.

No es que no le interesaran las ideas de Akma. Pero los dos habían hablado de todo aquello antes de compartirlo con Aronha, Ominer y Khimin, así que pisaba terreno conocido. Y era natural que Akma dirigiera las sesiones, pues Mon no tenía paciencia con las preguntas de Khimin, que nunca venían al caso, ni con la obstinada negativa de Aronha a aceptar puntos ya demostrados y más que demostrados. Sólo Ominer pareció comprender de inmediato de qué hablaba Akma, y alargaba las sesiones y las hacía más tediosas de lo necesario, porque cuando entendía alguna cuestión se la repetía a Akma con otras palabras. Entre la falta de luces de Khimin, la estolidez de Aronha y el entusiasmo de Ominer, se necesitaban horas para cada pequeño avance, o eso le parecía a Mon. Akma podía soportarlo. Akma podía actuar como si las preguntas y comentarios no fueran intolerablemente estúpidos.

De pronto Mon tuvo una sospecha. ¿Akma lo trataba a él de la misma manera? ¿Las ideas que habían elaborado «juntos» pertenecían en realidad sólo a Akma? ¿Hasta dónde llegaba su capacidad de persuasión?

Mon descartó esta idea de inmediato, pues implicaba que él era intelectualmente inferior a Akma y, naturalmente, no era así. Bego siempre recalcaba que Mon era el mejor alumno que había tenido.

—Los humanos y los ángeles pueden vivir juntos —decía Akma— porque el hábitat natural de ambas especies es el aire libre y el sol. Los humanos no pueden volar, pero nuestra estructura bípeda nos eleva por encima de los demás animales. Nos concebimos como gente que ve desde arriba, lo cual nos vuelve compatibles en espíritu con la gente del cielo. Los cavadores, en cambio, son criaturas de la oscuridad, y lo natural en ellos es arrastrar el vientre por cavernas subterráneas. Los cavadores aman aquello que las criaturas inteligentes y refinadas aborrecen, aquello que repugna a las criaturas sensibles.

Mon cerró los ojos debido a la insoportable luz blanca de la habitación. En el fondo de su mente palpitaba una sensación intensa, una certeza que había aprendido a respetar en su infancia y que en aquellos últimos años había aprendido a ignorar, algo que le había resultado difícil. La sensación nacía por debajo del nivel de formación de las palabras. Pero, así como la mente brinda palabras para melodías inexplicables, su mente también conocía las palabras que acompañaban aquella sensación. «Está mal. Esto está mal. Mal, mal, mal.» Aunque cerrara los ojos, no lograba ahuyentarla.

Esto no quiere decir nada, pensó Mon. Esta sensación es una secuela de mi infancia. Es sólo el Guardián de la Tierra tratando de convencerme de que Akma no dice la verdad.

¿En qué estoy pensando? Ni siquiera creo en el Guardián de la Tierra, y ahora le echo la culpa de este canto palpitante, insensato, estúpido y descabellado que me late en la cabeza. No puedo librarme de mis supersticiones ni siquiera mientras trato de librarme de ellas. Se rió de sí mismo.

Rió en voz alta, o tal vez respiró como si riera. No se necesitaba mucho para que Akma se enfadara.

—Pero tal vez yo me equivoque —dijo Akma—. Mon es el único que lo entiende de veras. ¿Por qué te reías, Mon?

—No me reía —negó Mon. Mal, esto está mal, mal.

—Quiero decir que mi idea inicial, Mon, como tú recordarás, mi idea inicial era que las tres especies debían vivir separadas, pero tú insististe en que los humanos y los ángeles podían convivir a causa de estas afinidades.

—¿Quieres decir que esta idea ha sido de Mon? —preguntó Aronha—. ¿Mon, que a los tres años saltó desde una pared porque quería volar como un ángel?

—Sólo pensaba —dijo Mon— que los ángeles podrían decir de nosotros las mismas cosas que tú dices de los cavadores: criaturas viles y reptantes. Ni siquiera sabemos colgarnos de una rama. Seres mugrientos, agazapados en la roña…

—¡Pero no velludos! —exclamó Khimin.

—Nadie nos escuchará si decimos que los ángeles son mejores que los humanos —dijo Ominer—. Y el reino se desmoronaría si dijéramos que los humanos y los ángeles deben separarse. Si queremos que esto funcione, tenemos que excluir a los cavadores y únicamente a los cavadores.

Mon lo miró sorprendido. También Akma.

—¿Si queremos que funcione qué? —preguntó Akma.

—Esto. Lo que estamos preparando —dijo Ominer.

Mon y Akma se miraron.

Ominer comprendió que había dicho algo equivocado.

—¿Qué pasa?

Nadie respondió.

Aronha, en un tono mesurado, dijo:

—No sabía que tuviéramos un plan para exponer públicamente estas ideas.

—¿Qué? ¿Vamos a esperar hasta que seas rey? —preguntó Ominer con desdén—. Tanta urgencia, tanto secreto… yo suponía que Akma nos preparaba para comenzar a hablar en contra de eso que Akmaro llama religión: su intento de controlar y destruir nuestra sociedad y de entregar el reino a los elemaki. Pensé que hablaríamos en contra de eso ahora, antes de que él logre que los cavadores sean aceptados como hombres y mujeres verdaderos en todo Darakemba. De lo contrario, ¿para qué perder el tiempo? Vamos a trabar amistad con los cavadores, así al menos no nos harán a un lado cuando se adueñen del poder.

Akma rió entre dientes. Aunque eso le daba un aire de suficiencia, Mon le conocía desde hacía tiempo y sabía que aquella risa denotaba temor.

—Supongo que ése era nuestro objetivo en términos generales, pero no creo que tuviera las características de un plan. Ominer rió despectivamente.

—Nos dices que no hay Guardián, y creo que las pruebas que aportas son concluyentes. Nos dices que los humanos nunca abandonaron la Tierra, que no somos más antiguos que la gente del cielo y la gente del suelo, que sólo evolucionamos en lugares distintos… y lo acepto. Nos dices que, en vista de todo esto, las enseñanzas de tu padre son erróneas. Lo único que importa es qué cultura sobrevivirá y prevalecerá. Y la única solución es expulsar a los cavadores de Darakemba y preservar esta civilización que los humanos y ángeles han creado en conjunto, la civilización de los nafari. Mantener a los elemaki confinados en el Gornaya, con su repulsiva alianza con esas gordas ratas reptantes, mientras hallamos el modo de colonizar las grandes planicies del Severless, el Vostoiless y el Yugless y multiplicar tanto nuestra población que podamos dominar a los elemaki… ¿Teniendo tantos planes maravillosos, nunca pensaste en hacerlos públicos? Vamos, Akma y Mon, no somos estúpidos.

Por la expresión de Khimnin y Aronha se veía que era la primera vez que ellos se planteaban tales ideas pero que, dada la exasperación de Ominer, no estaban dispuestos a admitir su vergonzosa estupidez.

—Sí —dijo Akma—, con el tiempo habríamos empezado a hablar con otros.

Muchos otros —dijo Ominer—. No te creas que harás cambiar a Padre de parecer. Akmaro tiene a Padre en el bolsillo. Y ningún consejero nos apoyará para oponerse a la voluntad del rey. Y si hablamos de esto a escondidas, parecerá una conspiración y cuando se descubra quedaremos como viles traidores. Así que el único modo de impedir que Akmaro destruya Darakemba es oponerse a él abierta y públicamente. ¿Estoy en lo cierto?

Mal. Esto está mal, mal.

Por instinto, Mon a punto estuvo de responder con el mensaje que le latía en la mente, pero ese mensaje era una secuela de su fe infantil en el Guardián; debía superar y rechazar esa superstición si deseaba ganarse el respeto de Akma. Y de Bego, y de sus hermanos, de quien fuera. El respeto de Akma.

En vez de decir lo que creía su corazón, respondió sólo con la mente.

—Sí, Ominer, tienes razón. Y es verdad que Akma y yo no hemos hablado de esto. Tal vez Akma haya pensado en ello, pero yo no. Sin embargo, ahora que lo dices, sé que tienes razón.

Aronha lo miró gravemente.

¿Sabes que tiene razón?

Mon comprendió el significado de la pregunta. Aronha quería tener la certeza de que el don de discernimiento de Mon estaba consagrado a esta lucha. Pero Mon se negaba a considerar esas sensaciones como «conocimiento». El conocimiento era aquello que se descubría con la razón, aquello que se defendía con la lógica, aquello que exigía pruebas concretas. Y aunque Aronha formulaba una pregunta específica, Mon pudo responder con franqueza usando el único sentido de la palabra «conocer» en el que ahora creía.

—Sí, Aronha. Sé que tiene razón, y sé que Akma tiene razón, y sé que yo tengo razón. Aronha cabeceó serenamente.

—Somos los hijos del rey. No tenemos más autoridad que la que él nos otorga, pero gozamos de enorme prestigio. Asestaríamos un golpe fatal a las reformas de Akmaro si nos opusiéramos a ellas públicamente. Y no somos sólo los motiaki los dispuestos a hacerlo, sino también el hijo de Akmaro…

—Quizá la gente nos escuche —dijo Akma.

—La gente se caerá de espaldas —afirmó Ominer.

—Pero eso es traición —apuntó Khimin.

—Nada de lo que decimos niega la autoridad del rey —dijo Ominer—. ¿No escuchas o qué? Afirmamos la antigua alianza entre humanos y ángeles. Afirmamos la decisión ancestral de que los descendientes de Nafai deben reinar sobre los nafari. Sólo rechazamos estas pamplinas supersticiosas según las cuales el Guardián ama a los cavadores tanto como a la gente del cielo y a la gente media.

—Pensándolo bien —dijo Khimin—, los ángeles son la gente del cielo, los humanos somos la gente del suelo y los cavadores no son gente.

—No obtendremos mucho apoyo —dijo Akma secamente— si llamamos «gente del suelo» a los humanos. Khimin rió nerviosamente.

—No, supongo que no.

—Ominer tiene razón —dijo Akma—. Pero yo también tengo razón cuando digo que no estamos preparados. Tenemos que prepararnos para hablar de este tema, todos, en cualquier momento.

—¿Yo? —exclamó Aronha—. Yo no soy como Mon o como tú, no puedo abrir la boca y perorar durante horas.

—Ese talento es propio de Akma —dijo Mon. Ominer resopló.

—Vamos, Mon. Siempre hacíamos la misma broma. ¿Mon está despierto? No sé. ¿Está hablando? Entonces está despierto.

Aquellas palabras le dolieron, aunque era evidente que Ominer no quería herirlo. Mon cerró la boca, decidido a callar hasta que le rogasen que hablara.

—Insisto —dijo Akma—, tenemos que obrar con total solidaridad. Si todos los hijos de Motiak y el hijo de Akmaro se unen para oponerse a la nueva política, todos comprenderán que, al margen de lo que decida el rey actual, los cavadores no serán ciudadanos en el reino del próximo rey. Esto alentará a los cavadores liberados a marcharse y a regresar a territorio elemaki, donde deben estar. Y nadie podrá decir que nos oponemos a la libertad, porque nuestro plan consiste en liberar a todos los esclavos de inmediato, pero liberarlos en la frontera, para que no engendren más cavadores libres que querrán ser ciudadanos de una nación donde no encajan. Es una política benévola, en realidad, reconocer las insuperables diferencias entre nuestras especies y despedirse amable pero enérgicamente de los cavadores que se creen civilizados.

Los otros aceptaron. Era un buen programa. El respaldo era unánime.

—Pero si uno solo de los hijos de Motiak parece estar en desacuerdo con cualquier aspecto de este programa, si uno solo de los hijos de Motiak demuestra que aún cree en esas tonterías que Akmaro predica sobre el Guardián…

Que nuestra gente creyó siempre desde los días de los Héroes, pensó Mon.

—… entonces todos supondrán que Motiak designará sucesor a ese hijo y desheredará a los demás. ¿El resultado? Mucha gente poderosa se nos opondrá por simples razones políticas, para estar con el bando ganador. Pero si saben que no hay sucesor posible excepto los que repudian a Akmaro y su amor por los cavadores, entonces recordarán que los reyes no viven para siempre, y cerrarán el pico, pues no querrán enemistarse con el futuro rey.

—No seas modesto —dijo Mon—. Todos esperan que el puesto de sumo sacerdote sea tuyo cuando tu padre deje caer su espíritu como una túnica vieja. —Los otros rieron entre dientes al oír aquel anticuado eufemismo.

Pero Aronha parecía haber detectado el destello de una idea en el rostro de Khimin, y cuando las risas cesaron dirigió un mordaz comentario al hijo menor.

—Y si alguien piensa desertar para convertirse en heredero, os aseguro que el ejército no respetará a ningún sucesor que no sea yo, mientras yo viva y quiera el trono cuando mi padre cese en sus funciones. Si vuestra motivación es el anhelo de poder, sólo lo obtendréis permaneciendo a mi lado.

Mon se quedó atónito. Era la primera vez que Aronha amenazaba a alguien con su poder futuro, o que hablaba tan crudamente de lo que podía suceder una vez muerto su padre. Y no le gustó que Aronha dijera «mi padre» en vez de «nuestro padre», o simplemente «Padre».

—¡No, no, no! —gimió de pronto Akma, doblándose en la silla y hundiendo el rostro entre las manos.

—¿Qué sucede? —Todos se le acercaron como si sufriera un ataque.

Akma se irguió, se levantó de la silla.

—Yo he provocado esto. He sembrado cizaña entre vosotros. He logrado que Aronha dijera cosas terribles. Nada de esto lo merece. Si yo no hubiera trabado amistad con Mon, si no hubiéramos regresado a Darakemba, si hubiéramos tenido la dignidad de morir bajo el látigo de los cavadores y sus prepotentes amos humanos en Chelem, Aronha jamás habría dicho semejante cosa.

—Lo lamento —dijo Aronha, sinceramente compungido.

—No, yo lo lamento —le contestó Akma—. Acudí a vosotros como amigo, con la esperanza de ganaros para la causa de la verdad y de salvar a este pueblo de las descabelladas teorías de mi padre. Pero en cambio he vuelto a un hermano contra otro, y no puedo soportarlo.

Se marchó de la habitación tan precipitadamente que tumbó la silla.

Los cuatro guardaron silencio un buen rato, y entonces Khimin y Aronha hablaron al mismo tiempo.

—¡Aronha, yo nunca me pondría en tu contra! ¡Nunca se me ha pasado por la cabeza! —exclamó Khimin. Y al mismo tiempo Aronha gritó:

—Khimin, perdóname por imaginar siquiera que harías semejante cosa… eres mi hermano, hagas lo que hagas, y yo…

El bueno de Aronha, torpe con las palabras. El tierno e hipócrita Khimin. Mon tenía ganas de reír.

Ominer se rió.

—Escuchad vuestras palabras. «Yo nunca pensé mal de ti.» «Yo pensé mal de ti pero lo lamento muchísimo.» Venga, lo único que pide Akma es que permanezcamos unidos antes de hacer declaraciones públicas. Hagámoslo, ¿vale? No es difícil. Sólo debemos guardarnos nuestra opinión acerca de las cosas que puedan irritar a los demás. Lo hacemos continuamente en presencia de Padre… por eso él no sabe cuánto odiamos a la reina.

Khimin palideció, se sonrojó.

—Yo no la odio.

—¿Veis? —dijo Ominer—. Está bien que no estés de acuerdo, Khimin. Aronha sólo pide que guardemos silencio sobre el asunto. Así podremos lograr todo lo que sea necesario.

—Estoy de acuerdo con vosotros en todo, excepto en lo de mi madre —comentó Khimin.

—Sí, sí —dijo Ominer con impaciencia—, lo lamentamos muchísimo por ella, pobre desgraciada, muñéndose como está de la enfermedad más lenta del mundo.

—Basta —terció Aronha—. Tú hablas de mantener la paz, Ominer, y provocas a Khimin como si ambos fuerais chiquillos.

—Nunca hemos sido chiquillos al mismo tiempo —dijo Ominer ácidamente—. Yo dejé de serlo antes de que él naciera.

—Por favor —murmuró Mon, aprovechando una pausa para que todos le oyeran. Con su tono moderado se ganó la atención de los demás—. Cualquiera que nos oyese pensaría que realmente hay un Guardián, y que nos idiotiza a todos para que no podamos unirnos en su contra.

Aronha, como de costumbre, se tomó sus palabras demasiado al pie de la letra.

—¿Hay un Guardián? —preguntó.

—No, no hay un Guardián —dijo Mon—. ¿Cuántas veces tenemos que demostrártelo para que dejes de preguntarlo?

—No lo sé —dijo Aronha. Miró a Mon a los ojos—. Tal vez cuando olvide que cada vez que me decías que algo era correcto y verdadero, desde que eras pequeño, resultaba ser correcto y verdadero.

—¿Nunca me equivoqué en tales ocasiones? —preguntó Mon—. ¿O estabas tan ávido como yo de creer que los niños de nuestra edad podían saber algo?

Mal. Esto está mal, mal, mal…

Mon se mantuvo impasible.

Aronha sonrió de mala gana.

—Ve a buscar a Akma —dijo—. Si no le conozco mal, no andará muy lejos, esperando que uno de nosotros vaya a buscarlo. Ve tú, Mon. Tráelo de vuelta. Nos uniremos a él. Por el bien del reino.

Khideo saludó a Ilihiak con un abrazo. No, no a Ilihiak, a Ilihi. Un hombre que había sido rey y ahora recalcaba que no había en él nada de extraordinario, que no estaba tocado por la mano del Guardián. Resultaba tan raro, era como una especie de fracaso. Pero no el fracaso de Ilihi, sino el fracaso del universo.

—¿Y cómo está tu esposa? —preguntó Khideo.

Estas vacías formalidades solían ser breves, pero en aquel caso lo eran todavía más porque la esposa de Khideo había muerto muchos años antes, tratando de dar a luz su primer hijo. Habría sido varón. La comadrona dijo que el niño era tan corpulento como el padre y que su cabeza desgarró a la madre al atravesar el canal de la vida. Khideo sabía que había matado a su esposa, porque cualquier hijo suyo sería demasiado corpulento para que lo pariese una mujer. El Guardián lo había condenado a no tener descendencia, pero al menos Khideo no tenía que matar a más mujeres tratando de oponerse a la voluntad del Guardián. Ilihi, sabiendo todo esto, evitó hacer preguntas sobre la familia.

—Sostienes con elegancia el peso del gobierno, Khideo. Khideo rió. O quiso reírse. Emitió un ruido seco y gutural. Carraspeó.

—Noto que se me aflojan los músculos. El soldado que fui se hace viejo y se está poniendo fofo. Me estoy secando por dentro. Al menos no seré uno de esos vejetes gordos. En vez de eso, seré frágil.

—¡Yo no viviré para verlo!

—Soy mayor que tú, Ilihi, y te aseguro que verás mi muerte. Un viento llegará del este, un terrible huracán, y me arrojará por encima de las montañas hasta el mar, pero estaré tan seco que flotaré en su superficie como una hoja hasta que el sol me pulverice y me disuelva.

Ilihi lo miró con una expresión tan extraña que Khideo tuvo que darle una palmada en el hombro, como hacía cuando siendo Ilihi el tercer hijo de Nuak, el menos preferido, Khideo se apiadó de él y le enseñó lo que significaba ser un hombre y un soldado. Estaban juntos el día en que Khideo se hartó, el día en que juró matar al rey. Le había dado ese día una palmada suave, como ésta, y había visto lágrimas en los ojos de Ilihi. Al preguntarle Khideo qué sucedía, el abatido Ilihi rompió a llorar y le contó lo que Pabulog le hacía desde que era un chiquillo.

—Hacía años desde la última vez —dijo Ilihi—. Ahora estoy casado. Tengo una hija. Pensaba que esto había terminado. Pero me ha sacado de la presencia de mi padre durante el desayuno y me lo ha hecho de nuevo. Dos guardias me han sostenido mientras lo hacía.

Khideo se quedó estupefacto.

—Tu padre no sabe que Pabulog ha abusado de ti, verdad?

—Claro que lo sabe —dijo Ilihi—. Se lo dije. Me respondió que eso me pasaba por ser débil, que el Guardián me había destinado a ser niña.

Khideo sabía que muchas cosas atroces habían ocurrido en el reino de Nuak. Hervía de rabia al ver que Nuak maltrataba a quienes lo rodeaban, que toleraba vicios indecibles entre sus allegados y que quedaban pocos hombres decentes entre los dirigentes del reino, pero al menos quedaban esos pocos, y Nuak era el rey. Pero aquello era intolerable. Rey o no rey, ningún hombre podía permitir que semejante cosa le sucediera a su hijo sin castigar al culpable. Según Khideo, no le correspondía a él matar a Pabulog. Eso le correspondía a Nuak, o en todo caso a Ilihi una vez que encontrara su torturada senda hacia la virilidad. Pero Khideo era soldado. Había jurado proteger el trono y al pueblo contra sus enemigos. Ahora sabía quién era el enemigo. Era Nuak. Si lo abatía, los demás caerían también. Así que juró matar al rey con sus propias manos. Dispuesto a eviscerarlo con la espada corta como se mata a un enemigo cobarde, lo tenía en sus manos en la azotea de la torre cuando Nuak miró a su alrededor y vio que un numeroso ejército de elemaki atacaba la frontera.

—Debes dejarme vivir, así podré encabezar la defensa de nuestro pueblo —imploró Nuak.

Y Khideo, que sólo actuaba por el bien del pueblo, comprendió que Nuak tenía razón.

Nuak había ordenado la retirada de todo su ejército, y dejado sólo un puñado de valientes para defender a las mujeres y a los niños. En pleno desierto, los mismos hombres que él había conducido en una cobarde retirada lo torturaron hasta la muerte.

Y en la ciudad, Khideo tuvo que soportar la humillación de permitir que la esposa de Ilihi condujera a las jóvenes que suplicaron por la vida de los habitantes, porque no había suficientes espadas para contener a los elemaki.

En todo esto pensaba Khideo cuando estaba con Ilihi. Había visto al muchacho en su momento de mayor debilidad. Lo había visto convertirse en rey y gobernar un reino. Pero el daño estaba hecho. Ilihi seguía afectado. ¿Por qué otra razón había renunciado al trono?

Pero aun así, al oír su traviesa alusión a la muerte —pues se proponía ser traviesa—, Ilihi miró a Khideo con extraña preocupación.

—Hablas como si anhelaras la muerte, pero sé que no es cierto —dijo Ilihi.

—Anhelo la muerte, Ilihi. No sólo la mía. Ambos rieron a carcajadas.

—Ah, Lihida, mi viejo amigo. Debí haber sido tu padre.

—Khideo, créeme, lo fuiste en todos los sentidos, salvo en el biológico. Lo eres.

—¿Así que has venido en busca de consejo paternal? —preguntó Khideo.

—Mi esposa ha oído rumores —dijo Ilihi. Khideo puso los ojos en blanco.

—Sí, ella sabe que no quieres oírlo de sus labios, pero en cuanto yo te cuente lo que oímos, sabrás que vino de sus labios. Ningún hombre me contaría esto a mí.

Se sabía que Ilihi rechazaba la negativa absoluta de los zenifi a convivir con la gente del cielo. Se sabía que los ángeles visitaban a menudo su hogar y que eran sus amigos. Por eso ningún hombre de las tierras de Khideo le habría hablado de cosas secretas. No era de fiar.

Con las mujeres era diferente. Los hombres no podían dominar a sus esposas, era así de simple. Ellas hablaban. Y no tenían tino suficiente para saber quién era de fiar y quién no. Ilihi y su esposa eran personas buenas y decentes. Pero cuando se trataba de proteger el modo de vida zenifi —el modo de vida humano—, no se podía confiar en Ilihi. Pero Khideo nunca le mentiría. Si Ilihi quería saber si los rumores eran ciertos, sabía que podía acudir al gobernador de la tierra de Khideo.

—¿Rumores?

—Ella ha oído decir que hombres importantes de la tierra de Khideo alardean de que el hijo de Akmaro y los hijos del rey se han vuelto zenifi de corazón.

—No es verdad —dijo Khideo—. Te aseguro que ni siquiera los más optimistas de nosotros abrigan la esperanza de que ese grupo de jóvenes declare que ángeles y humanos no deben convivir.

Ilihi reflexionó en silencio unos instantes.

—Entonces dime qué declarará ese grupo de jóvenes —dijo al fin.

—Tal vez nada —dijo Khideo—. ¿Cómo puedo saberlo?

—No me mientas, Khideo. No empieces a mentirme ahora.

—No te estoy mintiendo. Debería golpearte por acusarme de esa manera.

—¿Qué? ¿El hombre que cree estar seco como una hoja muerta se atrevería a golpearme?

—Son habladurías —dijo Khideo.

—Lo cual significa que tienes una fuente fiable en cuya veracidad crees.

—¿Por qué no pueden ser meras habladurías?

—Porque, Khideo, conozco tus métodos para obtener información. Nunca aceptarías ser gobernador de este lugar si no tuvieras un amigo bien situado en el consejo de Motiak.

—¿Cómo obtendría semejante amigo, Ilihi? Todos los que rodean al rey han estado con él desde siempre, desde mucho antes de nuestra llegada. De hecho, tú eres el único hombre que conozco que sea amigo de Motiak.

Ilihi lo miró con los ojos entornados, y meditó un instante. Sonrió. Luego rió.

—Espía viejo y escurridizo —dijo.

—¿Yo?

—¡Oh zenifi de corazón puro, denodado defensor de la ley de segregación, ningún hombre del consejo del rey habla contigo! Eso podría significar que tienes una informadora, pero creo que no es así, porque durante tu breve estancia en la capital te las apañaste para ofender a todas las mujeres encumbradas que hubiesen podido ayudarte. Así que… tu informador tiene que ser un ángel.

Khideo sacudió la cabeza en silencio. La gente subestimaba a Ilihi. Siempre lo había subestimado. Y aunque Khideo conocía sus virtudes, se sorprendía cuando Ilihi llegaba a la conclusión aceitada a partir de un puñado de datos.

—Conque te has aliado con un ángel —dijo Ilihi.

—Lo nuestro no es una alianza.

—Existe un interés mutuo. Khideo cabeceó.

—Posiblemente.

—Akma y los hijos de Motiak están tramando algo.

—No una traición. Nunca harían nada para debilitar el poder del trono. Los hijos de Motiak nunca harían nada que perjudicara al rey.

—Y tú no quieres que derroquen a Motiak, de ningún modo. Ni tú ni los demás zenifi. No, estás conforme con este arreglo, con vivir en estas tierras pantanosas…

—¿Conforme? Debemos extraer del lodo cada terrón que cultivamos y traerlo aquí para que el suelo quede por encima del nivel de inundación. Tenemos que construir diques con troncos y piedras traídos a flote desde tierras más altas…

—Todavía estáis en el Gornaya.

—Llana, así es esta tierra. Llana y pantanosa.

—Estáis conformes —dijo Ilihi— porque contáis con la protección de los ejércitos de Motiak, que mantienen a raya a los elemaki, mientras que Motiak os permite vivir sin ángeles en vuestro cielo.

—Los tenemos en el cielo todo el tiempo. Pero no viven entre nosotros. Nosotros no les hacemos daño y ellos no nos molestan.

—Tu problema es Akmaro, ¿verdad? Enseña las cosas que predicaba Binaro.

—Binadi —puntualizó Khideo.

—Binaro, el cual dijo que el gran mal de los zenifi consistía no sólo en rechazar a los ángeles, sino también a los cavadores. Que el Guardián no estaría contento con nosotros hasta que en cada aldea del mundo humanos, cavadores y ángeles vivieran juntos en armonía. Ese día el Guardián vendría a la Tierra en forma humana, de ángel o de cavador, y…

—¡No! —exclamó Khideo con exasperación, dando un manotazo en el aire. Si le hubiera asestado el golpe a Ilihi lo habría tumbado, pues lo cierto era que Khideo no había perdido su enorme fuerza—. No me recuerdes las cosas que dijo.

—Tu cólera todavía es temible, Khideo.

—Binaro tendría que haber sido ejecutado antes de que convirtiera a Akmaro. Nuak esperó demasiado, eso es lo que pienso.

—Nunca nos pondremos de acuerdo sobre esto, Khideo. No discutamos.

—No, mejor que no.

—Dime sólo una cosa, Khideo. ¿Hay un plan para utilizar la violencia contra Akmaro? Khideo sacudió la cabeza.

—Se habló de ello. Hice saber que si algún hombre alzaba la mano contra Akmaro, yo le sacaría el corazón por la garganta.

—Tú y él fuisteis amigos, ¿verdad? Khideo cabeceó, asintiendo.

—Ahora cada palabra que él dice es veneno para ti, pero sigues siéndole leal.

—Los amigos son más importantes que las ideas —dijo Khideo.

—Si me gustaran más tus ideas, Khideo, tal vez no me alegraría tanto de que valores más la amistad. Pero eso no importa. Dices que Akma y los hijos de Motiak no planean nada violento, ni contra sus padres ni contra nadie.

—Así es.

—Pero planean algo.

—Piensa en ello —dijo Khideo—. Lo que Akmaro teje puede ser destejido. Ilihi cabeceó.

—Motiak no se atreverá a juzgar a sus propios hijos por traición.

—No creo que pudiera, aunque se atreviese.

—¿Por oponerse al sumo sacerdote designado por el rey?

—No creo que tengamos un sumo sacerdote —dijo Khideo.

—El hecho de que Akmaro rechace el título de og…

—Motiak abolió el sacerdocio por designación del rey. Akmaro vino desde fuera, presuntamente designado por el mismísimo Guardián de la Tierra. Su autoridad no procede del rey, así que cuestionar sus enseñanzas no es traición.

Ilihi rió.

—¿Crees que Motiak se dejará enredar por tecnicismos legales?

—No —dijo Khideo—. Y por eso aún no has oído las voces de esos nobles jóvenes de sangre real que se rebelan contra la vil mezcla de especies de Akmaro y contra su trastrocamiento del gobierno de los hombres sobre las mujeres.

—Pero algo se avecina.

—Digamos que habrá un caso de prueba. No sé de qué se trata, pues no es asunto mío, pero será un caso de prueba que formará un nudo que a Akmaro y Motiak les resultará difícil desatar. Sin embargo, cualquier solución a la que lleguen, nos aclarará la situación.

—Me has dicho más de lo necesario.

—Porque aunque acudas a Motiak y le cuentes todo lo que te he dicho, de nada servirá. Él ya ha sembrado las semillas. Akmaro perderá su condición de líder de la religión de Darakemba.

—Si crees que Motiak faltará a su palabra y destituirá a Akmaro…

—Piensa en lo que te he dicho, Ilihi. —Khideo sonrió—. El resto vendrá por sí solo, y al final Akmaro ya no será el líder religioso de Darakemba. Sucederá, y ninguna advertencia puede impedirlo, porque el rey mismo ha sembrado las semillas.

—Eres demasiado listo, Khideo. No entiendo lo que dices.

—Lo he sido siempre, y no has podido nunca —le dijo Khideo.

—Todos los padres suponen lo mismo —dijo Ilihi—. Y todos los hijos se niegan a creerlo.

—¿Y qué es más acertada, la suficiencia del padre o la negativa de los hijos?

—Creo que los padres son demasiado listos. Tan listos que cuando llega el día en que quieren contárselo todo a sus hijos, sus hijos no les creen, porque todavía esperan una artimaña.

—Cuando quiera revelarte todo cuanto sé —dijo Khideo—, lo sabrás, y me creerás.

—Voy a contarte un secreto, Khideo. Ya me has enseñado todo cuanto sabes, y ya he visto lo que planeas para el pobre Akmaro.

—¿Crees que puedes inducirme a contártelo fingiendo que ya lo sabes? Desiste de eso, por favor. No funcionaba cuando tenías quince años y no funcionará ahora.

—Déjame decirte algo que tal vez no sepas. Aunque Akmaro era tu amigo…

—£5 mi amigo.

—Es más fuerte que tú. Es más fuerte que yo. Es más fuerte que Motiak. Es más fuerte que todos. Khideo soltó una carcajada.

—¿Akmaro? Es pura palabrería.

—Es más fuerte que todos nosotros, porque, amigo mío, él está haciendo la voluntad del Guardián de la Tierra, y el Guardián de la Tierra se saldrá con la suya. Cumpliremos el propósito que nos tiene reservado, o nos apartará y preparará el camino para otro grupo de hijos suyos. Quizás esta vez desciendan de jaguares y cóndores, o tal vez se sumerjan en el mar y escoja a los hijos de los calamares o los tiburones. Pero el Guardián de la Tierra prevalecerá.

—Si el Guardián es tan poderoso, Ilihi, ¿por qué no nos convierte en apacibles, felices y conformes cavadores, ángeles y humanos que convivan en un perverso zoológico?

—Porque quizá no desee que formemos un zoológico. Tal vez desee que entendamos su plan y que lo apreciemos en lo que vale, y que lo sigamos porque creemos que es bueno.

—¿Qué estúpida religión es ésa? ¿Cuánto tiempo duraría Motiak si esperase que su pueblo lo obedeciera porque ama la ley y desea obedecerla?

—Pero de hecho, por eso le obedecen, Khideo.

—Le obedecen porque hay hombres con espadas, Ilihi.

—¿Pero por qué le obedecen los hombres con espadas? No tienen por qué hacerlo. En cualquier momento, uno de ellos podría irritarse tanto que…

—No me vengas con esto sólo por bromear —dijo Khideo—. No después de tantos años.

—No es sólo por bromear. Sólo señalo que un buen rey como Motiak es obedecido, en última instancia, porque los mejores y los más fuertes saben que la continuidad de su gobierno es buena para ellos. Su reino trae paz. Aunque no les gusten todas sus reglas, pueden encontrar una manera de ser felices en el imperio de Darakemba. Por eso le obedeces tú, ¿verdad?

Khideo asintió.

—He pensado en esto mucho tiempo. ¿Por qué el Guardián de la Tierra no impidió que mi padre hiciera las cosas que hizo? ¿Por qué el Guardián no nos condujo a la libertad en vez de obligarnos a servir tantos años en el sometimiento, hasta que llegó Monush? ¿Por qué, por qué, por qué? ¿Cuál era el plan? Eso me tenía inquieto hasta que un día lo comprendí…

—¡Qué alivio! Creía que ibas a decirme que tu esposa te dio la respuesta.

Ilihi lo miró, herido, pero continuó.

—Comprendí que para el Guardián no tendría sentido tener marionetas que cumplieran su voluntad. Él desea compañeros. ¿Entiendes? Desea que seamos como él, que deseemos lo mismo que él desea, que busquemos los mismos objetivos, libre y voluntariamente, porque así lo queremos. Entonces se cumplirán las palabras de Binaro, y el Guardián vendrá a morar entre la gente de la Tierra. Khideo se estremeció.

—Si eso es verdad, Ilihi, soy enemigo del Guardián de la Tierra.

—No, amigo mío. Sólo tus ideas son enemigas del Guardián. Afortunadamente, eres más leal a tus amigos que a tus ideas… eso es parte de lo que el Guardián desea de nosotros. Más aún, me atrevo a decir que en el futuro, a pesar de que aborreces la mezcla de especies, serás recordado como uno de los mayores defensores de los amigos del Guardián.

—Ja.

—Mírate, Khideo. Toda esta gente comparte tus ideas, ¿pero quiénes son tus amigos? ¿A quiénes amas? A mí, a Akmaro.

—Amo a mucha gente, no sólo a vosotros.

—A mí, a Akmaro, a mi esposa…

—Detesto a tu esposa.

—Morirías por ella.

Khideo no supo qué responder.

—Y ahora, incluso a ese ángel informador. También morirías por él, ¿o no?

—Con tanta gente por la cual crees que moriría, es asombroso que todavía siga vivo —dijo Khideo.

—¿No es exactamente que otro te conozca mejor de lo que tú mismo te conoces?

—Sí —dijo Khideo.

—Sé que te exaspera. Pero una vez hubo un hombre que me conoció mejor de lo que yo mismo me conozco. Que vio en mí una fuerza cuya existencia yo desconocía. ¿Y sabes qué?

—Te exasperaba.

—Agradecí al Guardián la existencia de ese hombre. Y todavía ruego al Guardián que lo proteja. Todavía le digo al Guardián: él no es tu enemigo, aunque crea serlo. Cuídalo.

—¿Hablas con el Guardián?

—Continuamente, en la actualidad.

—¿Y él te responde?

—No —dijo Ilihi—. Pero a fin de cuentas no le he formulado ninguna pregunta. Así que la única respuesta que necesito es ésta. Miro a mi alrededor y veo que su mano guía el mundo que me rodea.

Khideo apartó la mirada y se tapó el rostro. Ni siquiera sabía por qué lo hacía. No era que sintiera una emoción fuerte, pero en ese momento no podía mirar a Ilihi a los ojos.

—Ve a ver a Motiak —susurró—. Cuéntale lo que debas contarle. Nadie te detendrá.

—Tal vez no —dijo Ilihi—. Pero si nadie te detiene a ti, será porque, sin saberlo, estabas cumpliendo desde siempre la voluntad del Guardián.

Ilihi lo besó —en el hombro, pues Khideo apartaba el rostro— y salió del jardín del gobernador de la tierra de Khideo. El gobernador permaneció en el jardín otra hora, hasta la lluvia del anochecer. Entró en casa empapado. No tenía ningún criado a quien reprender. Desde que había sabido que Akmaro y su esposa se encargaban ellos mismos de lavar y cocinar, Khideo hacía otro tanto. Khideo estaba dispuesto a emular a Akmaro, virtud por virtud, aspiración por aspiración, sacrificio por sacrificio. Nadie podría decir jamás que, aunque Khideo tuviera la razón, Akmaro era mejor hombre. No, tendrían que decir: Khideo era igualmente noble y, además, tenía razón.

Igualmente noble, y dueño de la razón; pero era Akmaro quien había conquistado la libre obediencia de Ilihi. Akmaro le había robado incluso ese trofeo, al cabo de tantos años.

Darakemba era la capital de un gran imperio, pero en algunos sentidos seguía siendo como un pueblo. Ciertos chismes llegaban rápidamente a las casas más importantes, así que Chebeya tardó pocas semanas en enterarse de la inauguración de una nueva escuela.

—La llama la Casa de Rasaro, imagínate qué atrevimiento.

—Le pregunté quién era la maestra, y me dijo que era ella misma.

—Afirma que enseñará tal como enseñaba la esposa del Héroe Volemak, ¡como si alguien pudiera saber semejante cosa!

—Ninguna de las niñas pertenece a lo que llamaríamos una buena familia, pero lo más increíble es que las mezcla con las hijas de… de…

—Esclavos —dijo Chebeya. Necesitaba hacer un esfuerzo heroico para abstenerse de recordar a aquellos amigos que su esposo y ella habían pasado la última década enseñando que los niños del suelo no eran menos valiosos para el Guardián que los niños medios o los niños del cielo.

—Y dicen que con gusto enseñaría a varones y niñas juntos, si algún padre tuviera la falta de criterio y decencia suficientes para consentirlo.

Tras ciertas consideraciones, Chebeya escribió una nota, y pidió a una maestra que vivía cerca de la escuela que la entregara. Era una invitación para que la nueva directora fuera a visitarla.

Al día siguiente recibió la nota de respuesta. Al pie habían garrapateado una frase: «Gracias, pero la escuela me ocupa todo el tiempo. Ven tú a visitarme, si lo deseas.»

Al principio Chebeya quedó desconcertada y, tuvo que admitirlo, se ofendió un poco. Al fin de cuentas, era la esposa del sumo sacerdote. ¿Y esa mujer rechazaba su invitación y a su vez la invitaba a visitarla? Y a que lo hiciera en la escuela, ni siquiera en una casa.

Chebeya se avergonzó de inmediato de su orgullo. Además, la nueva directora le resultaba ahora más interesante. Le contó a Luet lo que había oído y lo que había sucedido con su invitación, y Luet insistió en acompañarla. Cuando fueron a hacer la visita, Edhadeya se las había apañado para que la incluyeran en el grupo.

—Quiero ver cómo era la antigua Rasa, como maestra —explicó.

—Pero no creerás que esta escuela es como la legendaria escuela antigua, ¿verdad? —preguntó Chebeya.

—¿Por qué no? —dijo Edhadeya—. Por el simple hecho de tener una mujer al frente ya se parece más a la escuela de Rasa que cualquier otra que yo conozca.

—Dicen que los cavadores siempre han tenido escuelas de mujeres dirigidas por mujeres —dijo Luet.

—Pero esta mujer es humana —le recordó Edhadeya—. ¿O no?

—Se llama Shedemei —dijo Chebeya—. El nombre antiguo completo, no Sedma, como decimos ahora.

Las mujeres más jóvenes intentaron pronunciar el nombre.

—En esos tiempos debían de tener la boca configurada de otra manera —dijo Luet—. ¿Tanto ha cambiado nuestro idioma?

—Debe de haber cambiado para que los ángeles y los cavadores pudieran pronunciarlo —explicó Edhadeya—. Dicen que existían sonidos que ni la gente del cielo ni la gente del suelo podían repetir, y que ahora no existen.

—¿Quién dice que el idioma ha cambiado? —preguntó Luet—. Tal vez aprendieron a emitir nuevos sonidos.

—No hay manera de saber cómo sonaba nuestro idioma en el pasado —dijo Chebeya—, así que no tiene sentido discutirlo.

—No discutíamos —dijo Luet—. Siempre hablamos así.

—Ah, sí —dijo Chebeya—, en tono moderadamente agresivo, con una pizca de irreverencia hacia tu madre.

Pero sonrió y ambas jóvenes rieron, y tras caminar un buen trecho por un viejo y decrépito vecindario llegaron a la avenida que buscaban. Un viejo ángel posado a la sombra de un porche observaba lo que sucedía en la calle.

—Anciano —dijo Luet—, ¿puedes indicarnos el camino hacia la nueva escuela?

—¿Una escuela para mujeres? —preguntó el viejo.

—¿Tantas hay en esta calle? —preguntó Luet en su tono más inocente.

—Toda aquella esquina, las tres casas juntas de este lado. —Y les dio la espalda, lo cual no era tan grosero viniendo de un anciano como habría sido viniendo de un joven. Pero aunque estaba de espaldas, le oyeron murmurar—: Escuela para ratas del lodo.

—Sin duda es uno de los Guardados —murmuró Edhadeya.

—Sí —susurró Luet—. Eso creo.

Eran demasiado bien educadas para reírse abiertamente del anciano, o al menos demasiado conscientes de las apariencias que debían guardar, ya que alguien podía reconocerlas como la hija del rey y la esposa y la hija del sumo sacerdote.

Cuando llegaron frente a las tres casas que albergaban la escuela, comprendieron por qué el lugar era ideal para una escuela donde convivirían las tres especies. Calle arriba había un terreno sin cultivar con un bosquecillo de árboles añejos junto al cauce de un antiguo riachuelo. Había en el lugar algunas chozas donde debían de vivir algunos humanos pobres, y también techos de paja en los árboles donde se instalaban los ángeles sin dinero. Eso habría bastado para considerar humilde la barriada, pero es que además vieron que ambas márgenes del riachuelo estaban llenas de túneles donde vivían los libertos que, después de derrochar rápidamente su prima, vivían ahora en la más extrema pobreza, trabajando como jornaleros si gozaban de buena salud, o mendigando y hambrientos si no conseguían ningún trabajo. Akmaro enseñaba que la existencia de lugares como aquél demostraba que la gente de Darakemba era indigna de la gran riqueza y de la prosperidad que le había concedido el Guardián. Muchos pobres sobrevivían sólo porque los Guardados llevaban comida a la Casa del Guardián, comida que los sacerdotes y maestros repartían en los túneles. Algunos tenían el descaro de quejarse de que habrían estado dispuestos a aportar más de no saber que los cavadores perezosos serían los primeros beneficiados. ¡Como si aquella gente no se hubiera pasado la mitad de la vida trabajando esclavizada en las casas de los ricos!

Si la tal Shedemei había optado por abrir la escuela cerca del lugar donde vivían los cavadores, entonces eso significaba que su propósito de aceptar a niñas del suelo iba en serio. Pero también que la brisa de las montañas del oeste llevaría el penetrante olor del riachuelo hasta la escuela. El río de las Ratas, lo llamaban algunos. Akmaro lo llamaba el río del Guardián. La gente fina nunca lo mencionaba.

Como las puertas de las tres casas estaban abiertas, y en los tres porches había muchachas jóvenes que recitaban en voz baja, memorizaban o simplemente leían, costaba distinguir la entrada principal. Pero tanto daba, pues Shedemei en persona salió a recibirlas.

Chebeya supo de inmediato que era Shedemei, por su aplomo y porque las saludó con un apresuramiento que poco respetaba las normas de cortesía.

—Las más pequeñas se están preparando para dormir la siesta —dijo—. Así que, por favor, hablad en voz baja en el corredor.

Dentro de la escuela, descubrieron que Shedemei debía de haber alquilado las casas vecinas y otras de la manzana, pues las niñas dormitaban a la sombra de unos viejos árboles en el patio central… las que no colgaban de sus ramas más bajas. Chebeya vio a varias mujeres adultas que se acercaban a cada una de las niñas, ayudándolas a acomodarse y dando de beber a algunas. ¿Esas mujeres eran maestras o criadas? ¿Esa distinción era válida en aquel lugar?

—No puedo creerlo —murmuró Edhadeya.

—Sólo son niñas que duermen —dijo Chebeya, sin entender la sorpresa de Edhadeya.

—No, quiero decir… ¿es posible que ésa sea la vieja Uss-Uss? Me parecía viejísima cuando era criada en mis aposentos, y no la he visto desde… oh, hace tanto tiempo que creía que había muerto; pero allí, caminando hacia esa puerta…

—Nunca conocí a tu legendaria Uss-Uss —dijo Luet—, así que no puedo ayudarte a reconocerla.

Chebeya vio a qué mujer se refería Edhadeya: una cavadora vieja y encorvada que arrastraba los pies con lentitud.

Shedemei regresaba del patio. Edhadeya le preguntó:

—Esa mujer del suelo que está entrando en la casa… no será Uss-Uss, ¿verdad?

—Te agradezco que no la hayas llamado —dijo Shedemei—. Un grito no habría servido más que para molestar a las niñas, porque tu vieja criada está completamente sorda. De paso, aquí la llamamos Voozhum.

—Voozhum, por supuesto. Yo también la llamaba así en los últimos meses, antes de su partida —dijo Edhadeya—. He pensado mucho en ella desde entonces.

—Es verdad —confirmó Luet.

Edhadeya se embarcó en sus remembranzas, con voz tierna y suave.

—Se fue de casa en cuanto Padre liberó a todos los esclavos que habían servido mucho tiempo. No me sorprendió que lo hiciera. Me dijo que soñaba con tener casa propia, aunque yo esperaba que se quedara como empleada libre. Fue bondadosa conmigo. Fue una amiga más que una criada. Ojalá se hubiese quedado.

Shedemei respondió con una voz que era como el graznido de un cuervo.

—No se fue, Edhadeya. La reina la despidió. Demasiado vieja. Una inútil. Y una mala influencia para ti.

—¡Jamás!

—Oh, Voozhum recuerda cada palabra. Las memorizó en el acto.

Edhadeya se negó a que la interpretaran mal.

—Quiero decir que nunca fue una mala influencia para mí. Me enseñó cosas: a ver más allá de mí misma, a… no sé todo lo que me enseñó. Está demasiado arraigado en mi corazón.

Shedemei se ablandó y cogió la mano de Edhadeya, que se sobresaltó, pues en teoría los extraños debían pedir permiso antes de tocar la persona de una hija del rey.

—Me alegra saber que la valoras —dijo Shedemei.

—Y a mí me alegra saber que está aquí —dijo Edhadeya. Chebeya sintió alivio cuando Edhadeya, lejos de protestar por la libertad que se tomaba Shedemei, aferró la mano de la directora—. En una buena casa, en el ocaso de su vida. Espero que sus deberes no sean pesados aunque sí verdaderos. Es demasiado orgullosa para no ganarse el sustento.

Shedemei rió entre dientes.

—Creo que sus obligaciones son bastante llevaderas, pero tan auténticas como las mías, ya que tenemos las mismas. Luet jadeó, se tapó la boca.

—Lo lamento —murmuró.

Chebeya intervino para disimular el embarazo de su hija.

—¿Entonces es maestra?

—La gente del suelo siempre la ha considerado sabia —dijo Shedemei—, una preservadora de las antiguas historias. Era muy famosa entre los esclavos. Mediaba en sus disputas, bendecía a sus hijos y oraba por los enfermos. Sentía especial afecto por la Insepulta.

Edhadeya asintió.

—Sí, la persona cuyo nombre llevas. Shedemei pareció divertida con estas palabras.

—Sí, esa misma. Creo que soléis llamarla «la esposa de Zdorab».

—Por respeto —dijo Chebeya— tratamos de no decir en vano el nombre de las Mujeres Originales.

—¿Y es por respeto que los hombres hablan así de ellas? —preguntó Shedemei. Luet rió.

—No. Los hombres ni siquiera recuerdan los nombres de las mujeres.

—Entonces es una lástima —dijo Shedemei— que nunca digáis sus nombres para recordárselos.

—Hablábamos de Voozhum —dijo Edhadeya—. Si demuestra con sus alumnas la mitad de la capacidad que demostró conmigo, lo que paguen por su educación está bien invertido.

—¿Cuento con tu autorización para mencionar a la hija del rey cuando haga publicidad de la escuela? —preguntó Shedemei.

A Chebeya aquello le resultó intolerable.

—Ninguna de nosotras habría insistido en ser tratada con el respeto debido a nuestra posición, Shedemei, pero tu sarcasmo sería insultante para cualquiera, no sólo para la hija del rey.

—¿Acaso Edhadeya necesita que tú la protejas de una manera irónica? —preguntó Shedemei—. ¿Para eso habéis venido aquí, para comprobar mis buenos modales?

—Lo lamento —dijo Edhadeya—. He debido decir algo que te ha ofendido. Por favor, perdóname. Shedemei la miró con una sonrisa.

—Vaya, conque te disculpas aun sin tener idea de lo que me ha molestado. Eso es lo que enseña Voozhum. Algunos dicen que es la mentalidad del esclavo, pero ella dice que el Guardián le enseñó a hablar con todas las personas como si fueran amos, y a servir a todas las personas como si ella fuera su criada. De ese modo su amo no podía exigirle nada que ella ya no hubiera dado libremente a todos.

—Al parecer tu ex criada es realmente sabia —le dijo Chebeya a Edhadeya.

—Se comenta, no sólo en mi escuela sino entre la gente del suelo en general —dijo Shedemei—, que la hija de Motiak fue muy afortunada al haber pasado su infancia en compañía de Voozhum. Aunque la mayoría sospecha que no tenías sabiduría suficiente para valorarla. Me alegra enterarme de que tal sospecha es falsa.

Edhadeya sonrió y agachó la cabeza en respuesta al evidente esfuerzo de aquella mujer ruda por hacer las paces.

—¿Ella me recuerda? —preguntó.

—No lo sé —dijo Shedemei—. No habla mucho de sus días de cautiverio, y aquí nadie tendría la grosería de preguntarle nada.

Fin de la tregua, pensó Edhadeya. Esas palabras eran como una bofetada. Chebeya estaba a punto de sugerir a Shedemei que ya le habían robado demasiado de su valioso tiempo cuando la directora dijo:

—Adelante, pues. ¿Queréis conocer la escuela o no?

La curiosidad prevaleció sobre el orgullo herido, sobre todo porque Edhadeya parecía tomarlo con calma. Siguieron a Shedemei por diversas aulas, la biblioteca —con una cantidad asombrosa de libros para ser una escuela de nueva creación—, la cocina y los dormitorios de las niñas que vivían allí.

—Desde luego —dijo Shedemei—, todas las alumnas de Rasa eran pupilas. Las unían lazos tan íntimos como los familiares. La llamaban tía Rasa, y ella las llamaba sobrinas. Sus propias hijas recibían el mismo trato que las demás.

—Perdona que te lo pregunte —dijo Chebeya—, ¿pero dónde están consignados estos detalles acerca de la casa de Rasa?

Shedemei, sin responder, las guió a un dormitorio con aspecto de celda.

—Algunas maestras consideran esta habitación bastante ascética. Para otras es el sitio más lujoso donde han dormido. No importa. Si trabajan para mí y viven conmigo, dormirán en habitaciones como ésta.

—¿Y quién duerme aquí? —preguntó Luet.

—Yo —respondió Shedemei.

—Debo admitir —dijo Chebeya— que esta escuela respeta las enseñanzas de mi esposo tanto como si él mismo hubiera redactado las normas.

Shedemei sonrió fríamente.

—Pero él nunca ha redactado normas para una escuela de mujeres, ¿verdad?

—No —admitió Chebeya, sintiéndose como si confesara un crimen horrendo.

Habían recorrido las casas conectadas hasta llegar al lado opuesto del patio, cerca del lugar por donde Voozhum había entrado. Como era de prever, la encontraron enseñando en un aula de la planta baja.

—¿Os gustaría entrar y escuchar un rato? —susurró Shedemei.

—No si molestamos —dijo Edhadeya.

—Ella no os oirá, y su visión tampoco es muy buena —dijo Shedemei—. Dudo que te reconozca desde el otro lado del aula.

—Entonces sí, por favor —dijo Edhadeya, volviéndose hacia las demás—. No os molesta, ¿verdad?

No les molestaba, y Shedemei las condujo adentro y les ofreció taburetes como los que usaban las alumnas. Sólo Voozhum se sentaba en una silla con respaldo y brazos, y nadie tenía nada que objetar, débil como estaba.

Enseñaba a un grupo de niñas mayores, aunque no podía tratarse de estudiantes avanzadas, dado que la escuela era muy nueva.

—Así que Emeezem preguntó a Oykib: «¿Qué virtud valora más el Guardián de la Tierra? ¿Es la talla de los Antiguos? Pues así llamaban a la gente media cuando los humanos regresaron a la Tierra. «¿O son las alas de las reses del cielo?» Pues éste era el terrible nombre con que nombraban a la gente del cielo, y que Emeezem aún no había aprendido a no usar. «¿O es la devota adoración que ofrecemos a los dioses?» Bien, ¿qué creéis que le respondió Oykib?

Las niñas rechazaron todas las virtudes que sólo podía poseer una de las especies inteligentes, y Chebeya pensó: Esto no es más que adoctrinamiento. Pero las propuestas se volvieron más universales, e incluso más sutiles. Esperanza, inteligencia. Aprehensión de la verdad. Nobleza. Cada propuesta conducía al examen de una virtud en particular, y a la posibilidad de atentar contra las leyes del Guardián. Era evidente que hoy pasaban una especie de examen, que ya habían hablado antes de aquellas virtudes, que las habían explicado y comentado. Un malhechor podía tener esperanzas de evadir el castigo. La inteligencia se puede usar para minar y destruir a un hombre virtuoso. Comprender la verdad no equivale a valorarla o defenderla; los mentirosos tienen que aprehender la verdad para defender su mentira. Una mujer noble puede sacrificar todo lo que posee por una causa innoble, si la nobleza no va acompañada de sabiduría.

—La sabiduría, pues —dijo una niña—. ¿No es acaso la virtud de saber cuál será la voluntad del Guardián?

—¿Lo es? —preguntó Voozhum.

Hablaban a gritos, en parte porque así lo requería la sordera de Voozhum, y en parte porque las muchachas se comportaban con el fervor propio de la juventud. Pero Chebeya nunca había visto tanto fervor dentro de un aula. Y aunque había visto a maestros procurando inducir a sus alumnos a discutir los temas, no había visto resultados satisfactorios. Trató de entender por qué, y lo hizo. Es porque las niñas saben que Voozhum no espera que adivinen qué piensa ella, sino que defiendan y ataquen las ideas que ellas mismas conciben. Y porque trata sus respuestas con respeto. No, trata a las niñas con respeto, como si sus ideas fueran dignas de consideración.

Y lo eran. Más de una vez Chebeya sintió la tentación de sumarse a la discusión, y notó que Luet y Edhadeya estaban inquietas, sin duda por la misma razón.

Al fin Edhadeya intervino.

—¿No es ése el mismo punto que Spokoyro rechazó en su diálogo con los khrugi?

Un silencio mortal se hizo en el aula.

—Lo lamento —dijo Edhadeya—. Sé que no tenía derecho a hablar.

Chebeya miró a Shedemei para decirle algo que relajara la tremenda tensión, pero la directora parecía muy satisfecha de la situación.

Fue Voozhum quien habló.

—No es por ti, niña. Es por lo que has dicho. Una de las niñas —una niña del suelo— concluyó la explicación.

—Estábamos esperando que nos contaras la historia de Spokoyro y los khrugi. No la conocíamos. Deben de haber sido humanos. Y no antiguos. Y hombres.

—¿Eso está prohibido aquí? —preguntó Chebeya.

—No está prohibido —dijo la niña, desconcertada—. Pero la escuela se inauguró hace poco, y esta clase trata sobre los filósofos morales de la gente del suelo…

—Lo lamento —dijo Edhadeya—. He hablado por ignorancia. Mi ejemplo era irrelevante.

Voozhum habló de nuevo, con voz cascada, pero con la resonancia que a menudo tiene la voz de los sordos.

—Estas niñas no tienen educación clásica —dijo—. Pero tú sí. Eres muy afortunada, niña. Estas niñas deben conformarse con las pobres migajas que yo les ofrezco.

Edhadeya rió desdeñosamente, y de inmediato se arrepintió, pero era ya demasiado tarde.

—Conozco esa risa —dijo Voozhum.

—Me reía porque pensaba que te burlabas de mí —dijo Edhadeya—. Y además, yo también me «conformo» con tus «pobres migajas».

—Me parece que mis vulgares enseñanzas fueron una mala influencia —dijo Voozhum.

—No fui yo quien te dijo esas palabras. Y yo misma las desconocía hasta hoy.

—Nunca he hablado contigo como mujer libre —dijo Voozhum.

—Y yo nunca he hablado contigo salvo como una niña impertinente.

Al fin las alumnas comprendieron quién las visitaba aquel día, pues todas sabían que Voozhum había sido la criada personal de la hija del rey.

—Edhadeya —susurraron.

—Mi joven ama —dijo Voozhum—, ahora una dama. A menudo fuiste grosera, pero nunca impertinente. Cuéntanos, por favor, ¿cuál es la virtud que más valora el Guardián?

—No sé lo que dijo Oykib, porque esa historia no es conocida entre los humanos —dijo Edhadeya.

—Bien —dijo Voozhum—. Entonces no recordarás ni adivinarás, sino que razonarás.

—Creo que la virtud que más admira el Guardián es amar como él lo hace.

—¿Y cómo ama el Guardián?

—El amor del Guardián… —dijo Edhadeya, buscando, observando, analizando ideas que nunca había examinado tan seriamente—. El amor del Guardián es el amor de la madre que castiga al hijo travieso, pero luego abraza al mismo niño para consolarlo cuando llora.

Edhadeya aguardó la avalancha de objeciones que habían recibido las sugerencias anteriores, pero sólo hubo un gran silencio.

—Por favor —dijo—, aunque yo sea la hija del rey, podéis rebatirme tal como antes os rebatíais entre vosotras.

Ni una palabra, aunque tampoco inquietud ni embarazo.

—Tal vez no disientan de ti —dijo Voozhum—. Tal vez esperan que desarrolles esa idea. Edhadeya aceptó el desafío.

—Creo que el Guardián quiere que veamos el mundo a su manera. Que finjamos que somos el Guardián, y que tratemos de crear, donde sea posible, una pequeña isla donde todas las demás virtudes se puedan compartir entre la buena gente.

Las niñas murmuraron.

—Las palabras de una soñante verdadera —susurró una de ellas.

—Y yo creo —dijo Edhadeya— que si ésa es realmente la virtud más valorada por el Guardián, entonces aquí has creado una aula virtuosa, Voozhum.

—Hace tiempo —dijo Voozhum—, cuando vivía encadenada, a veces con cadenas de hierro, pero siempre de piedra en mi corazón, tenía una habitación a la que acudir, donde alguien que conocía mis virtudes escuchaba mis reflexiones como si yo estuviera realmente viva y fuera una criatura de luz en vez de un gusano del lodo y la oscuridad.

Edhadeya rompió a llorar.

—Nunca he sido tan buena contigo, Uss-Uss.

—Siempre lo has sido. ¿Mi niña aún recuerda cómo la sostenía cuando lloraba?

Edhadeya corrió a abrazarla. Las alumnas las miraban maravilladas.

Chebeya se inclinó hacia Shedemei para murmurarle:

—Esto es lo que esperabas, ¿verdad?

—Creo que es una buena lección —respondió Shedemei—. ¿Tú no?

Y ciertamente lo fue, ver que la hija del rey abrazaba a una anciana cavadora, y que ambas lloraban de alegría, evocando tiempos pasados, un amor antiguo.

—¿Y qué dijo Oykib? —le susurró Chebeya a Shedemei.

—En realidad no respondió —dijo Shedemei—. Dijo: «Para responder a eso tendría que ser el Guardián.» Chebeya reflexionó.

—Pero es una respuesta —dijo al fin—. La misma respuesta que ha dado Edhadeya. Shedemei sonrió.

—Oykib siempre fue un tramposo. Era muy hábil con las palabras.

Era perturbador que Shedemei hablara de los Héroes como si conociera todos sus secretos.

Pasaron el resto del día en la escuela y cenaron con Shedemei. La comida era sencilla. Más de una mujer rica habría fruncido la nariz, y Luet comprobó que, algunos platos, Edhadeya ni siquiera los conocía. Pero en casa de Akmaro, Luet y su madre siempre habían comido los sencillos guisos de la gente común, y comían con deleite. Luet notó que en la escuela de Shedemei —la «Casa de Rasaro»— todo era una lección. La comida, la conversación de sobremesa, el modo de cocinar, la higiene, los silenciosos correteos por los pasillos…, todo cumplía un propósito, todo expresaba un modo de vida, una manera de pensar, una forma de tratar a la gente.

Durante la cena, Edhadeya parecía alterada, algo que Luet comprendía, aunque la preocupaba un poco. Era como si Edhadeya hubiera perdido el sentido del decoro, su amable recato. Quería sonsacarle algo a Shedemei, pero Luet ignoraba qué.

—Hemos oído decir que eres peligrosa, que enseñas a los cavadores a rebelarse —dijo Edhadeya.

—Qué idea tan interesante —comentó Shedemei—. Al cabo de años de esclavitud, a los cavadores sólo se les ocurre rebelarse cuando una humana madura se lo sugiere. ¿Y rebelión contra qué, ahora que son libres? Creo que tus amigos están consumidos por la culpa, pues temen la rebelión ahora que ha desaparecido su causa.

—Lo mismo pensé yo —dijo Edhadeya.

—Pues cuéntame la verdad. Nadie te ha dicho eso, a ti. Edhadeya miró de soslayo a Chebeya.

—A la madre de Luet, sí.

—¿Y por qué no a ti? ¿Será porque eres la hija del rey, y tu padre fue el libertador de los esclavos? ¿Crees que alguna vez perdonarán a tu padre semejante error?

Edhadeya reprimió una carcajada.

—No debes hablarle así a la hija del rey. No debo escuchar a la gente que dice que mi padre cometió un error.

—¿Pero acaso no lo critican sin rodeos en el consejo real? Eso he oído.

—Sí, pero son sus hombres.

—¿Y qué eres tú, su pececito?

—¡Una mujer no juzga los actos de un rey! —Nuevamente Edhadeya reprimió una carcajada histérica.

—Me parece que sólo falta que una mujer no se acuclille para orinar a menos que un hombre le diga que tiene la vejiga llena —replicó secamente Shedemei.

Fue demasiado para Edhadeya. Soltó una sonora carcajada y se cayó del taburete.

Luet la ayudó a levantarse.

—¿Qué te pasa? —preguntó.

—No sé. Me siento tan…

—Tan libre —sugirió Shedemei.

—Tan como en casa —añadió Edhadeya, casi al mismo tiempo.

—¡Pero en casa no te comportas así! —protestó Luet.

—No —dijo Edhadeya, y los ojos se le llenaron de lágrimas. Se volvió hacia Shedemei—. ¿Así eran las cosas en casa de Rasa?

—Allí no había gente del suelo ni gente del cielo —dijo Shedemei—. Era otro planeta, y la única especie inteligente era la humana.

—Quiero quedarme aquí —dijo Edhadeya.

—Eres demasiado joven para enseñar —dijo Shedemei.

—He tenido una educación excelente.

—Quieres decir que te ha ido muy bien en la escuela —dijo Shedemei—. Pero todavía no has vivido. En consecuencia, no me sirves.

—Entonces deja que me quede como estudiante —rogó Edhadeya.

—¿No me has oído? Tus días de escuela ya han terminado.

—Entonces deja que me quede como criada. No puedes obligarme a regresar.

Chebeya no pudo más que interrumpir.

—Hablas como si en casa de tu padre te trataran monstruosamente mal.

—Allí me ignoran, ¿no te das cuenta? Realmente soy como un pececito para mi padre. Su mascota. Prefiero ser cocinera en este lugar…

—Aquí nos turnamos para cocinar —dijo Shedemei—. No hay lugar para ti. Todavía no, Edhadeya. Mejor dicho, hay un lugar para ti, pero todavía no estás preparada para ocuparlo.

—¿Cuánto debo esperar?

—Si esperas —dijo Shedemei—, nunca estarás preparada.

Edhadeya guardó silencio, y comió reflexivamente, limpiando la salsa del cuenco con la última migaja de pan.

Al fin Luet decidió mencionar aquello que le había estado molestando casi toda la tarde.

—Rechazaste la invitación de Madre porque estabas demasiado ocupada —dijo—. Pero esta escuela funciona sola. Podrías haber venido.

Madre se enojó con ella.

—Luet, ¿no te he enseñado modales?

—Está bien, Chebeya —dijo Shedemei—. Rechacé tu invitación porque yo he visto las casas de los ricos y de los reyes, pero tú nunca habías visto una escuela como ésta.

Madre puso mala cara.

—Nosotros no somos ricos.

—Pero disponéis del tiempo libre suficiente para venir de visita durante las horas de trabajo. Puede que viváis humildemente, Chebeya, pero no veo manchas de roña ni de sudor en tu cara.

Luet notó que a Madre aquello le dolía, y decidió encauzar la conversación hacia un tema menos espinoso.

—Nunca había oído de una mujer que dirigiera una escuela —dijo.

—Lo cual sólo demuestra la falta de sinceridad de los hombres que os han educado. Rasa no sólo dirigía la escuela, sino que fue maestra de Nafai e Issib, Elemak y Mebbekew, y de muchos otros jóvenes.

—Pero eso fue en tiempos antiguos —dijo Luet. Shedemei soltó una risotada.

—A mí no me parece que haya pasado tanto tiempo.

Terminada la cena, caminaron despacio por el patio. Las niñas cantaban en sus habitaciones o en la sala de baños, o leían a la evanescente luz del atardecer. Había algo raro en la canción, y Luet tardó un rato en comprender qué. De repente se detuvo y exclamó:

—¡No sabía que los cavadores pudieran cantar! Shedemei la rodeó con el brazo. Luet se sorprendió. No creía capaz a aquella mujer glacial de un gesto tan afectuoso.

No era un abrazo como el de algunos hombres, que rodeaban con el brazo a un hombre de menor rango para demostrar afecto pero también poder, superioridad, posesión. Era un gesto… fraternal.

—No, no sabías que podían cantar. Tampoco yo había oído su canto hasta que inauguré esta escuela. —Shedemei hizo una pausa—. Tengo entendido, Luet, que los cavadores nunca cantaron durante los años en que vivieron muy cerca de los ángeles. Porque siempre estaban en guerra. Tal vez el canto era cosa de las «reses del cielo», y por tanto atentaba contra su dignidad. Pero en la esclavitud perdieron su dignidad y aprendieron música. Sospecho que es toda una lección, ¿no crees?

Luet pensó que Shedemei había planeado contarle aquello y que la lección iba dirigida concretamente a ella, aunque luego comprendería que Shedemei sólo hacía una observación y que no tenía segundas intenciones.

—Creo que lo entiendo —dijo Luet—. Hace tiempo fui esclava. ¿Crees que todas las canciones de mi vida vienen de ese momento? ¿El cautiverio es una etapa que todos debemos atravesar?

Para su asombro, vio lágrimas en los ojos de Shedemei.

—No. Nadie debería sufrir cautiverio. Algunas personas encuentran música en él, como tú, como muchas de las personas del suelo que ves aquí, pero sólo porque la música ya estaba en ellas, aguardando la oportunidad de manifestarse. Pero tu hermano no encontró mucha música en el cautiverio, ¿verdad?

—¿Cómo conoces a mi hermano? —preguntó Luet.

—¿Es verdad o no? —insistió Shedemei, negándose a dejarse desviar.

—No lo sé —dijo Luet.

—¿Por qué no?

—Porque no creo que su cautiverio haya terminado aún. Otro silencio. Luego Shedemei respondió en voz baja:

—No. No, creo que tienes razón. Creo que cuando termine su cautiverio, también él podrá hallar una canción en su.

—Le he oído cantar —dijo Luet—. No vale demasiado.

—No, no le has oído. Y cuando cante de veras, si llega a hacerlo, la suya será una canción como nunca has oído.

—Sea como fuere, si Akma la canta, sin duda desafinará.

Shedemei rió y la abrazó.

Estaban cerca de la puerta principal, y una de las maestras ya la abría. Luet pensó que la había abierto para dejarlas pasar, pero no era así. Había tres hombres en el porche, y dos de ellos eran humanos de la guardia del rey. El tercero era un ángel, y al cabo de un instante Luet reconoció al viejo Husu, antiguo jefe de los espías, en la actualidad oficial de la guardia civil, una ocupación presuntamente menos dura. ¿Qué hacía allí?

—Tengo una lista de cargos contra la mujer llamada Shedemei —dijo, pronunciando el nombre con dificultad. Antes que Shedemei pudiera hablar, Madre intervino.

—¿De qué se trata?

Husu no supo cómo reaccionar.

—Chebeya —dijo. Y al ver a Edhadeya retrocedió un paso—. Nadie me dijo… supongo que me han informado mal.

—No, no te han informado mal —dijo Shedemei. Tocó levemente el hombro de Chebeya—. Serás una descifradora, pero no eres Hushidh, y yo no soy Rasa, y está claro que este buen hombre no es Rashgallivak.

En vano Luet hurgó en su memoria buscando detalles de la historia a la que aludía Shedemei. Hushidh la descifradora destruyendo el ejército de Rashgallivak. Pero Husu no tenía ejército. Luet no comprendía qué pasaba.

—Husu, ¿tienes una lista de cargos?

—¿Quieres que te los lea?

—No, yo te los diré —contestó Shedemei—. Supongo que un grupo de hombres de este vecindario me acusa de crear una molestia pública por la cantidad de gente pobre que visita mi escuela, de incitación a la violencia porque enseño a las hijas de ex esclavos junto con las demás niñas, de confusión de sexos por haber añadido el honorífico masculino ro al nombre de la Heroína Rasa en el nombre de mi escuela. ¿Qué más ? Ah, sí, sin duda hay una acusación de blasfemia porque digo que las esposas de los Héroes son Heroínas por derecho propio… ¿o es sólo una acusación de innovación doctrinaria impropia?

—Sí —tartamudeó Husu—, innovación doctrinaria… sí.

—Ah, y no nos olvidemos. Traición. Hay una acusación de traición, ¿verdad?

—Esto es absurdo —dijo Chebeya—. Y tú lo sabes, Husu.

—Si todavía estuviera en el consejo real —dijo Husu—, pues sí, diría lo mismo. Pero ahora estoy en la guardia civil, y cuando me dan una lista de cargos, debo presentarla. —Entregó la bruñida corteza a Shedemei—. Se juzgará en la corte de Pabul dentro de veinticuatro días. No creo que tengas inconveniente alguno para encontrar abogados que deseen hablar en tu nombre.

—No seas tonto, Husu —dijo Shedemei—. Yo misma hablaré.

—Las damas no hacen eso —dijo Chebeya, y se rió de sus propias palabras, comprendiendo con quién hablaba—. Supongo que eso no te importará demasiado, Shedemei.

—¿Ves? Hoy todos han aprendido algo —dijo Shedemei, riendo también.

Husu se quedó atónito ante tanta jovialidad.

—Estas acusaciones son graves.

—Vamos, Husu —dijo Shedemei—. Sabes tan bien como yo que estas acusaciones son deliberadamente estúpidas. Cada uno de los delitos de que se me acusa consiste en algo que el sumo sacerdote Akmaro ha enseñado a la gente durante trece años. Mezclar los pobres con los ricos, mezclar cavadores con humanos y ángeles, mezclar ex esclavos con ciudadanos libres, otorgar honores masculinos a las mujeres, negar la autoridad de los sacerdotes del rey sobre la doctrina… en eso se basa el cargo de traición, ¿verdad?

—Sí.

—Ahí tienes. Me imputan estas acusaciones por la sencilla razón de que, al juzgarme a mí, se juzga a Akmaro.

—Pero Pabul no te condenará si lo único que haces es seguir las enseñanzas de mi esposo —dijo Chebeya.

—Claro que no. No importará lo que él haga. A los enemigos del Guardián no les importa el resultado del juicio. Yo no les importo. Es posible que el simple hecho de que hoy me hayas visitado los haya decidido a presentar estos cargos. Tal vez esperen que os cite como testigos a mi favor. Y si no lo hago, os citarán como testigos de la fiscalía.

—No diré una palabra contra ti —insistió Luet. Shedemei le tocó el brazo.

—Lo que importa es el acto de citarte. Así Akmaro queda vinculado con el caso. Cuanto más defiendas a Shedemei, más simpatizará el público con los enemigos del Guardián. O al menos esa parte del público que no quiere dejar de odiar a los cavadores.

Husu estaba lívido.

—¿Cuál es tu fuente de información? ¿Cómo sabías cuáles serían las acusaciones ?

—No lo sabía —dijo Shedemei—. Pero como infringí deliberadamente cada una de esas leyes y aclaré a todo el mundo que lo hacía a sabiendas, no me sorprende descubrirlas en esta lista.

—¿Querías que te sometieran a juicio con peligro de tu vida? —preguntó Husu. Shedemei sonrió.

—Te aseguro, Husu, que suceda lo que suceda, lo único cierto es que yo no moriré.

Confundidos e irritados, Husu y los dos guardias humanos se marcharon.

—Sabes que, según la costumbre, no puedes irte de la ciudad —dijo Chebeya.

—Sí —asintió Shedemei—. Ya me han asesorado sobre eso.

—Tenemos que ir a casa, Madre —dijo Luet—. Tenemos que contar a Padre lo ocurrido. Madre se volvió hacia Shedemei.

—Esta mañana no te conocía. Esta noche estoy unida a ti por hebras de amor, como si hubiera sido tu amiga durante años.

—Estamos ligadas —dijo Shedemei— porque ambas servimos al Guardián.

Madre la miró con una sonrisa ambigua.

—Eso pensaba hasta el momento en que lo has dicho, Shedemei. Porque hay algo en tus palabras que… no es que hayas mentido, pero…

—Digamos que mi servicio al Guardián no siempre ha sido voluntario —dijo Shedemei—. Pero ahora lo es, y ésa es la pura verdad.

Madre sonrió.

—Pareces saber más que yo acerca de lo que puede ver una descifradora.

—Digamos sólo que no eres la primera que conozco. —Shedemei se echó a reír—. Ni siquiera la primera llamada Chveya.

—Nadie puede pronunciar su nombre a la antigua, de esa manera —dijo Luet—. ¿Cómo lo haces?

—Los humanos pueden decirlo —dijo Shedemei—. Chvuh. Cveya. Pero los ángeles no pueden, y por eso el nombre se modificó.

—Qué tontería, ¿verdad? —dijo Luet—. Las personas cuyos nombres heredamos mi madre y yo también eran madre e hija, sólo que a la inversa.

—No es una coincidencia —dijo Madre—. A fin de cuentas, fui yo quien te puso ese nombre.

—Lo sé —dijo Luet.

—Yo también creo que los nombres son apropiados —dijo Shedemei—. Como he dicho, una vez tuve queridas amigas con esos nombres. Las conocí hace tiempo y muy lejos, y ahora están muertas.

—¿De dónde eres? —preguntó Chebeya—. ¿Por qué has venido aquí?

—Soy de una ciudad que fue destruida, y he venido en busca del Guardián —dijo Shedemei—. Quiero saber quién es. Y cuanto más cerca esté de ti y de tu familia, Chebeya, más probabilidades tendré de encontrar al Guardián.

—Nosotras no sabemos más que tú —dijo Luet.

—Entonces quizá lo averigüemos juntas —dijo Shedemei—. Ahora id a casa antes de que oscurezca más. Las lluvias nocturnas están a punto de caer y os empaparán.

—¿Estarás bien? —preguntó Madre.

—Debes creerme cuando digo que soy la única que no corre el menor peligro. —Con eso, Shedemei se despidió. Impulsivamente, Luet se detuvo a último momento y le besó la mejilla. Shedemei la abrazó y la sostuvo un instante—. He mentido —susurró—. No he venido aquí sólo en busca del Guardián. También he venido en busca de una amiga.

—Yo soy tu amiga —dijo Luet.

Más tarde pensaría en la pasión que había puesto en aquellas palabras y le diría a Edhadeya que se había portado como una chiquilla. Pero en el momento de mirar a Shedemei a los ojos, le habían parecido las palabras más naturales del mundo.

8. JUICIOS

En cuanto Didul llegó al tribunal, Pabul lo condujo a sus aposentos privados.

—¿Has visto cuántos guardias estaban apostados alrededor del tribunal?

—Supongo que has recibido amenazas de muerte.

—Las amenazas me halagan… ni un solo soborno. Saben que no pueden comprarme. Y pronto sabrán que no pueden intimidarme.

—Yo puedo.

—Sé a qué te refieres —dijo Pabul—. Sí, tengo miedo, desde luego, pero mi temor no incidirá en mi juicio.

—Este juicio ya es famoso —dijo Didul—. Y no comenzará hasta mañana. Pabul suspiró.

—Todos saben lo que está en juego. Todas las leyes que protegen el viejo orden se utilizan para bloquear el nuevo. Ignoro qué clase de defensa planea Shedemei, pero no me imagino qué podrá decir para contrarrestar la simple y llana verdad de que es culpable.

—Culpable —dijo Didul—. Culpable de ser una mujer excepcional. Los Guardados de Bodika ya la consideran una mártir.

—Sigo esperando que Motiak me saque el asunto de las manos simplemente diciendo que las viejas leyes son caducas.

—No lo hará. Él trata de mantenerse al margen de este asunto.

—Pero sabe que no podrá, Didul. —Pabul tocó las cortezas que había sobre su mesa—. Al margen de mi decisión, la parte perdedora apelará.

—¿Aunque no impongas a Shedemei ninguna pena?

—¿Te la han presentado? —preguntó Pabul abruptamente. Didul rió.

—Esta mañana, antes de venir aquí.

—Entonces sabes que apelará aunque yo pague una multa. Creo que está disfrutando de la situación.

—Pobre Pabul. Pabul hizo una mueca.

—Hemos consagrado la vida a ser lo contrario de Padre. Y ahora debo juzgar a una adepta de Binaro, tal como Padre debió juzgar a Binaro mismo.

—Esta vez nadie arderá en la hoguera.

—No… puedo desestimar fácilmente el cargo de traición. Pero tendré que condenarla por todos los demás.

—¿No existe una ley contra la presentación malintencionada de acusaciones falsas? —preguntó Didul.

—La palabra clave es falsas. Estas acusaciones son ciertas.

—Perjuicio premeditado. Intento de atentar contra el orden público del reino. Como has dicho, el cargo de traición sólo se incluye para convertirlo en delito capital.

—¿Qué estás sugiriendo? ¿Que presente cargos contra la gente que acusa a Shedemei? Didul se encogió de hombros.

—Tal vez los induzca a retirar la denuncia.

—No lo creo muy probable. Pero si encontrara una manera de complicar más las cosas, para que no haya una posibilidad de victoria o derrota tajante para nadie…

Didul aguardó un rato, mientras Pabul leía una corteza tras otra. Al final palmeó el hombro de su hermano mayor y se dirigió hacia la casa de Akmaro. Entró por el fondo, como de costumbre, y aguardó en silencio a la sombra de un árbol hasta que alguien de la casa reparó en él. Fue Luet quien salió a saludarlo.

—Didul, ¿por qué no entras por la parte delantera y bates palmas como todo el mundo?

—¿Y si sale Akma?

—El nunca está aquí. ¿Y si estuviera?

—No quiero una riña. No quiero enfrentamientos.

—No creo que Akma los quiera, tampoco. Todavía te odia, naturalmente…

—Naturalmente… —dijo secamente Didul.

—Pero… se está concentrando en otras cosas.

—Lo que quiero saber es si tiene algo que ver con esas acusaciones contra Shedemei.

—¿No es maravillosa? ¿La has conocido?

—Esta mañana. Fue bastante agotador, en realidad. Prácticamente me arrinconó hasta convencerse de que yo no era un jaguar disfrazado de pavo.

—¿Sabía algo sobre tu pasado?

—Como si me hubiera observado constantemente. Lo sabía todo. Era escalofriante, Luet. Me preguntó…

—¿Qué?

Didul se estremeció.

—Me preguntó si había disfrutado cuando te golpeaba. Luet le apoyó una mano en el hombro.

—Fue cruel de su parte. Yo te he perdonado… ¿qué le importa a ella?

—Dijo que estaba comprobando si una persona podía cambiar de veras. Trataba de averiguar si antes yo era realmente malvado, y ahora un hombre realmente virtuoso, o si antes era malvado y ahora fingía ser bueno, o si era bueno siempre y sólo estaba mal aconsejado.

—¿De qué le serviría a ella averiguarlo?

—Oh, se me ocurren varias cosas. En todo caso, es una filósofa moral. Uno de los grandes interrogantes es si los seres humanos son realmente capaces de cambiar o si todos los cambios aparentes sólo consisten en una adaptación del carácter ya existente a otra situación moral… ya sabes. Filosofía. Pero nunca conocí a alguien que intentara medir sus ideas contra el mundo real de esta manera. Al menos, nunca he sido yo el mundo real que servía de medida.

—No se caracteriza por sus buenos modales, ¿verdad?

—Es mejor que tú —dijo Didul—. Me invitó a comer con ella al mediodía.

—Sabes muy bien que ya estás invitado a cenar con nosotros —dijo Luet, dándole un suave empellón.

Él le cogió la mano, riendo, pero de inmediato la soltó y procuró disimular su embarazo.

—Didul —dijo ella—, a veces eres muy raro. —Luego, mientras lo conducía a la casa, comentó por encima del hombro—. No te molesta que venga Edhadeya, ¿verdad?

—No, a menos que yo sea un estorbo.

Luet respondió con una carcajada.

En la cocina, Didul y Luet hablaron con Chebeya mientras la ayudaban a preparar la cena. Akmaro llegó a casa con tres jóvenes cavadores, dos varones y una muchacha, que trataban de convencerlo de que los aceptara como discípulos.

—No me bastan las horas del día —dijo él, y obviamente no era la primera vez, mientras lo seguían por la casa.

—No queremos que interrumpas tus actividades. Sólo déjanos seguirte.

—Como sombras.

—No diremos ni una palabra.

—A lo sumo te haremos una pregunta de vez en cuando.

Akmaro los interrumpió para presentarles a su esposa y a su hija. Antes de que pudiera mencionar a Didul, la joven cavadora retrocedió un paso y dijo:

—Tú debes ser Akma.

—No, no soy Akma —dijo Didul. La joven cavadora se relajó y se acercó.

—Lo lamento —dijo—. Supuse…

—Y ahora veis por qué no puedo consentir que me sigáis a todas partes —dijo Akmaro—. Akma es mi hijo. Si creéis en esos malignos rumores que habéis oído, no puedo permitir que os instaléis en mi casa.

—Lo siento —dijo ella.

—No lo sientas. Lamentablemente, algunos de esos rumores son ciertos. Pero debéis permitirme cierta intimidad, y si no habéis pensado en cenar aquí…

El joven cavador parecía dispuesto a aceptar la invitación, pero las dos muchachas se lo llevaron.

—Estudiad con los maestros —les dijo Akmaro—. Nos veremos con frecuencia si lo hacéis.

—Lo haremos —dijo uno de los jóvenes, remedando un tono amenazador—. Estudiaremos con tanto empeño que lo sabremos todo.

—Bien. Entonces yo iré a estudiar con vosotros, porque sé muy pocas cosas. —Akmaro cerró la puerta sonriendo.

—Ahora me siento culpable —dijo Didul—. Parece que continuamente obtengo aquello que ellos imploran. Si tener cavadores en casa causaría problemas con Akma, piensa cómo reaccionaría si intentaras tenerme a mí.

—Oh, tu caso es distinto —dijo Akmaro—. Por lo pronto, sabes tanto como yo.

—De ningún modo.

—Y podemos discutir como iguales. Eso no sería posible con ellos. Son demasiado jóvenes. No han vivido.

—Hay muchas cosas que yo no he hecho —dijo Didul.

—Como casarte… eso es verdad.

Didul se sonrojó y se puso a llevar los tazones de arcilla a la habitación de delante. Oyó que Luet reprendía en voz baja a su padre.

—¿Era preciso que lo avergonzaras de esa manera? —susurró.

—A él le agrada —respondió Akmaro en voz alta.

—Claro que no —dijo Luet.

Pero le agradaba.

Edhadeya llegó antes de la hora convenida. Didul la había visto un par de veces, y siempre en las mismas circunstancias, cenando con la familia de Akmaro.

A Didul le gustaba que ella y Luet fueran buenas amigas. Le agradaba que Luet no fuera servil, que ni siquiera fuera más respetuosa de la cuenta, aparte de la cortesía normal de la amistad. Era evidente que Luet conocía a Edhadeya como persona y que no pensaba en ella como en la hija del rey. Y Edhadeya, por su parte, se portaba con total espontaneidad en casa de Akmaro, sin el menor indicio de afectación, prepotencia o condescendencia. Su experiencia siempre había sido diferente de la de otras personas, pero parecía fascinada con los pensamientos y observaciones de los demás, y no se daba aires de superioridad.

La conversación pronto quedó encauzada hacia el tema del juicio, y Akmaro les suplicó que hablaran de otras cosas. Pasaron gran parte de la cena hablando de Shedemei. Didul escuchaba fascinado lo que decían de la escuela, y Edhadeya tenía tanto que decir que al fin él comprendió que ella, a diferencia de los otros, no recordaba una única visita.

—¿Cuántas veces has estado allí? —preguntó.

—¿Yo? —dijo Edhadeya, sonrojándose.

—No es que me importe —comentó Didul—. Pero hablas como si estuvieras… muy comprometida.

—Bien, he ido varias veces.

—¡Sin mí! —exclamó Luet.

—No era una visita de cortesía —dijo Edhadeya—. He ido a trabajar.

—Pero ella dijo que no podías.

—También me dijo que no esperara.

—¿Conque te ha dejado ayudar? —preguntó Luet—. Si lo ha hecho, nunca le perdonaré que no me haya aceptado.

—Nunca me ha permitido hacer nada —dijo Edhadeya.

—Pero sigues yendo —dijo Didul.

—Entro a hurtadillas —explicó Edhadeya—. No es difícil. La escuela no está vigilada. Entro en el patio si Shedemei no está allí, y ayudo a las niñas con sus lecturas. A veces cojo una fregona y un cubo de agua y limpio el suelo de un pasillo mientras los demás comen. En ocasiones he entrado y salido sin que Shedemei me viera, pero suele pillarme.

—Es raro que las alumnas y maestras no te denuncien en cuanto te ven —comentó Akmaro.

—En absoluto. Las niñas valoran mi ayuda. Y creo que las maestras también.

—¿Qué dice Shedemei cuanto te expulsa? —preguntó Didul.

—Es muy pintoresca. Me explica que cuando me dijo que no debía esperar quería decirme que no debía limitarme a esperar. Que debo vivir activamente, obteniendo experiencias que me ayuden a poner en perspectiva mi aprendizaje académico.

—¿Y por qué no haces lo que te pide? —preguntó Akmaro.

—Creo que entrar a hurtadillas en su escuela y enseñar sin que ella me pille es una experiencia excelente.

Todos rieron. Al fin dejaron de hablar de Shedemei para especular sobre cómo habría sido la Casa de Rasa, en el planeta Armonía, y de allí pasaron a hablar de la gente que había tenido sueños verdaderos del Guardián.

—Seguimos hablando de los soñantes verdaderos como si todos fueran antiguos o remotos —dijo Luet—, pero vale la pena recordar que aquí todos hemos tenido por lo menos un sueño verdadero. Yo no tengo ninguno desde que era muy pequeña, pero tampoco he necesitado algo tanto como entonces. ¿Has soñado desde esos días, Didul?

Didul meneó la cabeza, pues no deseaba hablar de «esos días».

—En realidad yo no sueño —puntualizó Chebeya—. No es el don de una descifradora.

—Pero el Guardián te muestra cosas —dijo Luet—. Eso es lo que debemos recordar. El Guardián no es sólo algo en lo que creían nuestros antepasados. No es sólo un mito. —Para sorpresa de todos, acudieron lágrimas a sus ojos—. Akma sostiene que nos engañamos, pero no es así. Yo recuerdo la sensación; mi sueño era diferente de los demás sueños. Era real. ¿No es así, Edhadeya?

—Lo era —dijo Edhadeya—. No escuches a tu hermano, Luet. Él no sabe nada.

—Sí que sabe —la contradijo Luet—. Es la persona más inteligente que he conocido. Y es tan elocuente en sus actos y palabras… fue mi maestro cuando era pequeña, y todavía lo es, salvo por este detalle…

—Este detalle —murmuró Akmaro.

—¿No puedes hacerle entender, Padre? —preguntó Luet.

—No puedes obligar a la gente a creer —dijo Chebeya.

—¡El Guardián puede! ¿Por qué el Guardián no le envía otro sueño verdadero?

—Tal vez lo haga —intervino Didul. Todos lo miraron sorprendidos.

—¿Acaso el Guardián no enviaba sueños a los hermanos mayores de Nafai?

—No sé si tiene alguna importancia —señaló Edhadeya—, pero era el Alma Suprema.

—Creo que Edhadeya tuvo al menos un sueño verdadero del Guardián —dijo Didul—. Y también estaba Moozh. Ese hombre de quien escribió Nafai, el padre de Luet y Hushidh. El que luchaba continuamente contra el Alma Suprema, y sin embargo siempre cumplía la voluntad del Alma Suprema.

—¡No creerás que Akma está haciendo la voluntad del Guardián! —exclamó Edhadeya—. ¡Odiar a la pobre gente del suelo y desear que la expulsen del reino!

—No, no me refiero a eso. Es que… puedes resistirte al Guardián si lo deseas. ¿Cómo sabemos que Akma no tiene sueños verdaderos cada noche y que al levantarse por la mañana niega el sentido de dichos sueños? El Guardián no puede obligarnos a hacer nada si nos empeñamos en luchar contra él.

—Es verdad —convino Akmaro—. Pero no creo que Akma esté soñando.

—Tal vez tiene tantos sueños verdaderos que no se da cuenta de que los demás no los tienen —dijo Didul—. Tal vez debe su inteligencia en parte al Guardián, que le presenta la verdad en la mente. Tal vez es el mayor servidor que ha tenido el Guardián, pero se niega a servirle.

—No exageres —protestó Chebeya.

—Sólo quiero decir que Akma no cambiaría necesariamente de opinión si tuviera un sueño verdadero, nada más. —Didul siguió comiendo la fruta azucarada que Edhadeya había traído de postre.

—Bien, lo cierto es que la persuasión no ha servido de nada —dijo Akmaro.

Chebeya emitió un sonido agudo y gutural.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Akmaro.

—He sido yo —dijo Chebeya—. Me reía en voz baja.

—¿Por qué?

—Akmaro, Didul me ha hecho ver las cosas de otra manera. No sé si alguna vez hemos intentado persuadir a Akma.

—Pues yo sí —dijo Akmaro.

—No, has intentado enseñarle, lo cual es muy diferente.

—Toda enseñanza es persuasión —sentenció Akmaro—. Y toda persuasión es enseñanza.

—¿Entonces por qué nos molestamos en inventar dos palabras para decir lo mismo? —bromeó Chebeya—. No te acuso de nada, Akmaro.

—Me acusas de no tratar de persuadir a mi hijo, cuando sabes que lo he intentado hasta que se me ha roto el corazón. —Akmaro trataba de no ofuscarse, pero Didul notaba que su sonrisa ocultaba una gran emoción.

—No te sientas herido —dijo Chebeya—. Todos sabemos que lo has intentado. Pero también lo hemos dejado en tus manos, ¿verdad? Yo me he contentado con ser la madre afectuosa que trataba de mantener el contacto con Akma. He dejado para ti las discusiones.

—No todas —dijo Luet.

—Akma viene tan poco que he temido discutir con él por temor a perderlo del todo —dijo Chebeya—. Pero precisamente por eso, tal vez piensa que esto es algo entre él y su padre. Que Luet y yo somos neutrales.

—Sabe que yo no lo soy —puntualizó Luet. Akmaro meneó la cabeza.

—Chebeya, esto no es necesario. Akma lo superará. Rodaron lágrimas por las mejillas de Chebeya.

—No —negó—. No es tan fácil. Este asunto de Shedemei…

—Akma no tiene nada que ver con ello, ¿o sí? —preguntó Didul.

—Las personas que presentaron cargos contra ella no están dispuestas a ceder —dijo Chebeya—. No pueden ignorar cuál es la opinión del hijo del sumo sacerdote en estas cuestiones. Encontrarán un modo de usarlo. Cuando menos, lo adularán, estarán de acuerdo con él. Akma ansia amor y respeto…

—Como todos —murmuró Edhadeya.

—Akma más que la mayoría, pues cree que nunca ha tenido amor y respeto en su hogar. —Chebeya tendió una mano hacia el esposo, como para aplacarlo—. No es culpa tuya. Así le han parecido las cosas a él, desde el principio, desde esos espantosos días de Chelem.

Didul miró las sobras de su comida, sonrojándose al recordar cómo había tratado a Akma. La imagen acudía fácilmente a su memoria, tal vez más real que en su día. El pequeño Akma llorando y rabiando mientras Didul y sus hermanos se reían. Akma gimiendo de dolor, un sonido muy distinto, un sonido terrible. Y ellos aún reían. Yo reía, pensó Didul. ¿Akma todavía oye ese sonido? Si lo recuerda con tanta nitidez como yo… Sintió una mano sobre la suya. Por un instante pensó que era la de Luet, y quiso apartar la mano, avergonzado de su indignidad. Pero era Chebeya.

—Por favor, Didul. Eres tan parte de esta familia que a veces olvidamos que oyes las cosas con otros oídos. Nadie te acusa de nada.

Didul cabeceó, sin molestarse en discutir. Chebeya encauzó la conversación hacia otros temas, y el resto de la comida transcurrió en paz.

Cuando Edhadeya debía marcharse, pidió a Didul que la acompañara. Didul rió con aire burlón, pero no pudo ocultar su nerviosismo.

—Es como si quisieras decirme algo, o como si todos quisieran decir algo sin que yo estuviera presente.

—Qué tierno, ¿verdad? —dijo Edhadeya—. ¡Ni se le ocurre la idea de que yo podría disfrutar de su compañía!

Una vez en la oscura calle, mientras caminaban a la luz de la antorcha que llevaba Didul, Edhadeya dijo:

—De acuerdo, sí. Quería decirte algo.

—Pues bien, aquí me tienes. ¿O es algo tan terrible que prefieres esperar a que estemos más cerca de la casa de tu padre, por si rompo a llorar, arrojo la antorcha y echo a correr?

—Tú sabes de qué quiero hablar.

—No debería ir más a casa de Akmaro, ¿verdad? Edhadeya rió de puro asombro.

—¿Qué? ¿Por qué iba a decirte eso? Ellos te aman… ¿Eres tan tímido que no te das cuenta?

—Por Akma. Para que puedan recobrarlo.

—No es por ti, Didul. No, quería decirte lo contrario. En realidad, primero quería pedirte algo, y luego decirte algo… Didul, ojalá te comprendiera mejor.

—¿Mejor que en este momento? ¿Mejor que en otros? ¿O mejor de lo que entiendes a otras personas?

Ella rió entre dientes, como una niña. Una imagen relampagueó en la mente de Didul. Edhadeya y Luet sentadas en un banco, riéndose de esa manera. Chiquillas.

—Te escucho —dijo—. Seré serio.

—Didul, tu vida ha sido muy extraña —dijo Edhadeya—. Tuviste mala suerte con tu padre, pero mucha suerte con tus hermanos.

—A Pabul le va bien. Los demás nos las apañamos.

—Tú has mejorado con la edad… más que la mayoría de nosotros. La mayoría comenzamos siendo inocentes y nos estropeamos.

—Con un comienzo tan bajo, Edhadeya, no podía ir sino hacia arriba.

—Creo que no. Pero escucha, por favor. No quiero hablar de tu pasado. Sólo digo que gozas de gran admiración. Muchos lo dicen… Padre recibe informes de Bodika. Gozas de gran prestigio, y no sólo entre los Guardados.

—Eres amable al mencionarlo.

—Sólo repito lo que dicen otros. Que eres un hombre compasivo.

—Digan lo que digan, siempre puedo afirmar que yo hice algo peor, y que el Guardián puede aceptarte si cambias.

—Por favor, Didul, escucha. Tengo que saber algo de tus propios labios. Parece que amas a todo el mundo, que demuestras compasión por todo el mundo, que eres ingenioso y espontáneo… todos se sienten cómodos contigo.

—Salvo tú.

—Porque cuando estás conmigo, o cuando estás con Akmaro, eres tímido, y no te encuentras a tus anchas. Te sientes…

—Como un advenedizo.

—Fuera de lugar.

—Sí.

—Así que alguien podría preguntarse qué sientes en realidad por la familia de Akmaro. ¿Los amas? ¿,O sólo buscas constantemente su perdón?

Didul reflexionó.

—Los amo. Tengo su perdón desde hace años. El de los padres… el de Luet, cuando tuvo edad suficiente para entender. Ella era muy pequeña, y los niños suelen perdonar.

—Entonces alguien podría preguntarse, si confías en su perdón, por qué eres tan tímido, tan reservado cuando estás con ellos.

—¿Y quién se hace tantas preguntas, Edhadeya?

—Yo, y cállate. Alguien podría preguntarse, Didul, si parte de tu timidez se debe a que sientes algo especial por una persona de la familia pero no te atreves a hablar de ello.

—¿Me estás preguntando si amo a Luet?

—Gracias —dijo Edhadeya—. Sí, eso te estoy preguntando.

—Claro que la amo. Todo el que la conozca debe amarla. Edhadeya resopló de frustración.

—No juegues conmigo, Didul.

Didul alzó la antorcha para alumbrarse el rostro mientras hablaba.

—¿Puedes imaginar algo peor que el día en que Akma descubra que me casaré con Luet?

—Sí, claro que puedo. Lo peor sería que Luet se pasara la vida esperándote, día tras día, año tras año, y tú nunca fueras a buscarla.

—Ella no me espera.

—¿Se lo has preguntado?

—No hemos hablado de ello.

—Y Luet nunca lo hará, pues teme que no sientas nada por ella. Pero ella siente algo por ti. Soy indiscreta al contarte esto. Pero debes tomar una decisión basándote en toda la información disponible. Sí, Akma detestaría que fueras su cuñado. Pero Akma ya es enemigo de todo lo que defiende su padre. ¿Y por no lastimar sus sentimientos romperás el corazón de Luet, que te espera? ¿Cuál es el mayor mal? ¿Lastimar al que no ha perdonado, o lastimar a quien lo ha perdonado todo?

Didul siguió caminando en silencio. Llegaron a la puerta de la casa del rey.

—Eso era cuanto tenía que decirte —dijo Edhadeya.

—¿Puedo creerte? —susurró él—. ¿Puedo creer que ella se interesa por mí? ¿Después de lo que le hice?

—Muchas mujeres se comportan sin demasiada cordura cuando eligen a quien amar.

—¿También tú?

—Y te diré hasta qué punto, Didul. Cuando Luet y yo éramos más pequeñas, cada cual se enamoró del hermano de la otra. Ella se decidió por Mon, porque era el más cercano a mí. Y por supuesto yo amé a Akma desde lejos. —Edhadeya sonrió misteriosamente—. Luego Luet superó ese amor juvenil y encontró algo mucho más exquisito en su amor por ti. —Edhadeya rió ligeramente—. Buenas noches, Didul.

—¿No piensas terminar tu historia?

—Ya he terminado. —Edhadeya caminó hacia la puerta, y el guardia le abrió.

Didul se quedó bajo la trémula luz de la antorcha mientras cerraban la puerta.

Al fin el guardia le preguntó:

—¿Eres forastero? ¿Necesitas indicaciones?

—No, no… conozco el camino.

—Entonces será mejor que te largues. Tu antorcha no arderá para siempre, a menos que pienses quemarte el brazo con la llama.

Didul se lo agradeció con una sonrisa y se dirigió hacia la posada donde se alojaba. Akmaro y Chebeya lo invitaban a cenar, pero nunca a pernoctar. No era conveniente que estuviera allí, aunque fuese durmiendo, si Akma optaba por volver a casa.

Luet dejó de amar a Mon, pero Edhadeya nunca superó su amor juvenil por Akma. Debía de ser una situación difícil para ella. Al menos el hombre que amaba Luet era leal a la causa del Guardián. Edhadeya, una soñante verdadera, la hija del rey, amaba a un hombre que no creía en el Guardián y que despreciaba a los Guardados.

Tal vez yo no sea el peor esposo que cabe concebir. Tal vez pueda ofrecer algo a Luet, aparte de mi pobreza, de la furia de su hermano y del recuerdo de lo cruel que fui con ella de pequeña. ¿Le debía a Luet la oportunidad de oírle hablar de su amor y de pedirle que fuera su esposa, para que ella pudiera rechazarlo e infligirle un mínimo de la humillación y el dolor que él le había infligido?

Al instante se despreció por pensar eso. ¿Acaso no conocía a Luet? ¿Cómo podía pensar que ella querría hacerle daño a él o a cualquier otro? Edhadeya decía que Luet lo amaba. Y Didul sabía que él la amaba a ella. Akmaro, según decía, lo aprobaba. También Chebeya, siempre dando a entender que él formaba parte de la familia.

Hablaré con ella, decidió. Le hablaré mañana.

Apagó la antorcha en el cubo que había a la puerta de la posada y entró para tratar de dormir unas horas en vez de ensayar una y otra vez qué le diría a Luet, de imaginar una y otra vez la sonrisa y el abrazo de ella, o su sollozo y su huida precipitada, o su cara horrorizada y boquiabierta al preguntarle cómo osaba pedirle tal cosa.

Al fin se durmió. Y en sueños se vio a sí mismo de pie bajo un árbol, con Luet. El árbol estaba cargado de frutos blancos, pero quedaban fuera de su alcance. Ninguno de los dos llegaba tan arriba. «Álzame —decía Luet—. Álzame, y cogeré suficientes para los dos.»

Didul la alzaba, y ella se llenaba las manos de fruta, y cuando él la bajaba al suelo ella daba un mordisco y lloraba debido a la intensa dulzura del fruto. «Didul —susurraba—, no soporto que tú no lo pruebes. Muerde aquí, al lado de donde he mordido yo, para que puedas saborear exactamente lo que he saboreado.»

Pero en el sueño él no mordía la fruta, sino que besaba a Luet, y de sus propios labios saboreaba exactamente lo que ella había saboreado, y sí, era dulce.

El juicio era tan famoso que aun antes de que Didul se durmiera la gente ya se congregaba en el gran tribunal abierto. Al amanecer, cuando llegaron los guardias, condujeron a los madrugadores a las primeras filas. El asiento del juez estaba en la sombra, y así permanecería todo el día. Algunos pensaban que era para comodidad del juez, para protegerlo durante la canícula; pero en invierno podía hacer mucho frío a la sombra, sin un rayo de sol para calentarse. No, la sombra era para contribuir al anonimato del juez. La gente podía ver claramente dónde estaba la luz; los demandantes y el acusado estaban siempre a la luz, y si uno de ellos tenía un abogado que lo representara, éste recorría la zona soleada a lo largo y a lo ancho. Pero ningún abogado se internaba en la zona de sombra del juez. Algunos pensaban que era por respeto al honor del rey, encarnado en el juez, su representante. Pero los abogados sabían que si salían de la luz parecerían torpes, débiles, distantes, y que predispondrían al pueblo en su contra. El pueblo no tenía voz en la decisión, oficialmente, aunque en el pasado habían existido juicios famosos en los que al parecer el juez había llegado a un veredicto que le permitiera salir vivo del tribunal. Pero los abogados sabían que su reputación, que sus probabilidades de que los contrataran para otros casos dependían de la impresión causada en los asistentes.

El sol se elevaba hacia el mediodía cuando llegaron los denunciantes con su abogado, un elocuente ángel llamado kRo. Estaba prohibido que un ángel volara en el tribunal, pero kRo tenía un modo especial de abrir las alas y deslizarse mientras caminaba de aquí para allá, enfervorizándose y enfervorizando al público. Eso le hacía parecer más grande y elegante que su oponente, y muchos abogados humanos se negaban a aceptar casos en los que tuvieran que enfrentarse a kRo.

Con los acusadores ya en su sitio y la galería llena, con cientos de personas más fuera, gritando, exigiendo un espacio que no había —«¡No soy corpulento! ¡Hay lugar para mí!» —, Pabul entró, flanqueado por los guardias. Si la multitud se rebelaba contra el juez, aquellos guardias no serían una protección demasiado efectiva, aunque tal vez gracias a ellos tuviera tiempo de huir a su cámara. En realidad, estaban allí para protegerlo de un conspirador solitario. Hacía un siglo que no mataban a un juez en el tribunal abierto, y hacía más todavía que la muchedumbre no se rebelaba, pero la protección se mantenía. Nadie esperaba que aquel caso tuviera un desenlace violento, pero el apasionamiento era mucho y la gente veía a los guardias de otro modo debido a la controversia. No eran una simple formalidad, no. Iban armados, y eran humanos fuertes y corpulentos.

No estaba presente ningún miembro de la familia del rey. Tradicionalmente, si estaba presente alguien de la realeza, esa persona se sentaba junto al juez e indicaba al juez la voluntad del rey en lo concerniente al asunto tratado. La sentencia de un juicio al que asistía un allegado del rey, en consecuencia, no admitía apelación. Así que, para defender los derechos de los acusados, Ba-Jamim, el padre de Motiak, había dado pie a una nueva tradición: la no asistencia de miembros de su familia a los juicios menores para garantizar el derecho de todas las partes a apelar la sentencia. Lo que a su vez tenía el feliz efecto de aumentar la independencia y el prestigio de los jueces.

Akma, sin embargo, acudió como espectador, y su hermana Luet lo acompañó. Llegaron tarde y sólo consiguieron asientos en la parte trasera, detrás de la acusada, desde donde no verían los rostros. Pero dos simpatizantes de los demandantes, que tenían asientos de primera fila desde los que podían ver el rostro de todos, reconocieron a Akma e insistieron en que él y su hermana fueran a ocupar sus lugares. Akma se fingió sorprendido y honrado, pero Luet recordó que había permanecido de pie hasta que repararon en él; él sabía que los simpatizantes de los demandantes le reservaban aquellos asientos. Era evidente que Akma había tomado partido.

Bien, ¿por qué no? Luet también.

—¿La conoces? —preguntó.

—¿A quién? —preguntó Akma.

—A Shedemei. La acusada.

—No. ¿Debería conocerla?

—Es una mujer brillante y notable.

—Bien, supongo que nadie le habría prestado atención si fuera tonta —respondió él.

—Sabes que yo estaba en su escuela con Madre y Edhadeya cuando le presentaron la lista de cargos —dijo Luet.

—Sí, he oído comentarlo.

—Ella ya conocía los cargos. ¿No es raro? Se los enumeró a Husu antes de que él pudiera leerlos.

—También estoy enterado de eso —dijo Akma—. Me imagino que kRo aprovechará ese dato. Demuestra que ella infringió la ley a sabiendas.

—Claro que lo hará —dijo Luet—. Imagínate, acusarla de traición por dirigir una escuela.

—Oh, sin duda con ese cargo sólo pretendían darle importancia al caso. No creo que el juez, un títere de Padre, permita siquiera que se plantee esa acusación.

Luet se asombró del tono malicioso de Akma.

—Pabul no es el títere de nadie, Akma.

—¿De veras? ¿Entonces lo que le hizo a nuestra gente en Chelem fue por voluntad propia?

—Entonces sí era un títere, de su padre. Era un niño. Menor que nosotros ahora.

—Pero ambos hemos superado esa edad, ¿verdad? Tenía diecisiete años. Cuando yo tenía diecisiete años, no era el títere de nadie. —Akma sonrió con malicia—. Así que no me digas que Pabul no era responsable de sus actos.

—Muy bien. Lo era. Pero ha cambiado.

—Supo ver hacia dónde soplaba el viento, querrás decir. Pero no discutamos.

—No, mejor que no discutamos —le dijo Luet—. ¿Hacia dónde soplaba el viento en Chelem? ¿Quién tenía soldados allí?

—Si mal no recuerdo, nuestro joven juez estaba al mando de una pandilla de matones cavadores siempre dispuestos a azotar y a herir a mujeres y a niños.

—Pabul y los otros arriesgaron la vida para acabar con esa crueldad. Y renunciaron a sus futuros puestos de poder junto a su padre para escapar al desierto.

—Y para venir a Darakemba, donde, para sorpresa de todos, ocupan nuevamente puestos de poder.

—Que se han ganado.

—Sí, ¿haciendo qué? No discutas conmigo, Luet. Fui tu maestro demasiado tiempo. Sé lo que vas a decir antes de que lo digas.

Luet tuvo ganas de hacerle daño. Cuando eran pequeños y se peleaban, ella juntaba el pulgar y dos dedos para formar un arma dura y punzante con la que incordiarlo. Pero eran peleas de broma, incluso cuando ella se enfurecía. Ahora no lo tocó, pues dudaba de su amor por él y llevada por la rabia podía hacerle verdadero daño.

Una expresión triste cruzó el rostro de Akma.

—¿Por qué no eres feliz? —lo provocó ella—. ¿No he dicho lo que esperabas que dijera?

—Esperaba que me pegaras como hacías cuando eras una mocosa.

—Pues ya he dejado de serlo.

—Ahora me juzgas —dijo Akma—. No porque esté equivocado, sino porque no soy leal a Padre.

—¿No lo eres?

—¿Alguna vez él me ha sido leal?

—¿Y alguna vez te curarás de las heridas de tu infancia? Akma adoptó una actitud distante.

—Me he curado de todas las heridas cerradas.

—Ahora nadie te hiere. Eres tú quien hiere a nuestros padres.

—Lamento herir a Madre —dijo Akma—. Pero ella hizo una elección.

—Didul, Pabul, Udad y Muwu nos rogaron perdón. Yo los perdoné entonces, y los perdono ahora. Se han convertido en hombres decentes, todos ellos.

—Sí, tú los perdonaste a todos.

—Sí —dijo Luet—. Lo dices como si fuera algo malo.

—Tenías derecho a perdonarlos por lo que te hicieron a ti, Luet. Pero no tenías derecho a perdonarlos por lo que me hicieron a mí.

Luet recordó a Akma, solo en una ladera, mirando mientras Padre enseñaba, con los pabulogi sentados en primera fila.

—¿De eso se trata? ¿De que Padre los perdonó sin esperar tu consentimiento?

—Padre los perdonó mucho antes de que ellos se lo pidieran —susurró Akma. Ella apenas le oía con los rugidos de la multitud, y luego sólo pudo distinguir las palabras leyéndole los labios—. Padre amó a mis torturadores. Los amó más que a mí. Nunca hubo una injusticia tan ruin, perversa, sucia y antinatural.

—No era una cuestión de justicia. Era una cuestión de educación. Los pabulogi sólo conocían el mundo moral que había creado su padre. Antes de que entendieran lo que hacían, era preciso enseñarles a ver las cosas tal como las ve el Guardián. Cuando lo comprendieron, suplicaron perdón y cambiaron su modo de ser.

—Pero Padre ya los amaba —susurró Akma—. Cuando te pegaban, cuando me torturaban, burlándose de ambos, manchándonos con heces de cavador, haciéndome tropezar y pateándome, desnudándome y colgándome cabeza abajo frente a todos mientras me ridiculizaban… mientras hacían esas cosas, Padre ya los amaba.

—Vio en qué podían convertirse.

—No tenía derecho a amarlos más que a mí.

—Su amor por ellos nos salvó la vida.

—Sí, Luet, y también los benefició a ellos. Prosperan, son felices. A ojos de Padre, ellos son sus hijos. Mejores hijos que yo.

Y Padre tiene razón, pensó Luet a su pesar.

—No hay nada que ellos hayan logrado, nada en su relación con Padre, que no estuviera a tu alcance.

—Mientras yo admitiera que no había diferencia de valor entre el torturado y el torturador.

—Qué tontería, Akma. Ellos tenían que cambiar para que Padre los aceptara. Tenían que convertirse en otras personas.

—Pues yo no he cambiado. Yo no he cambiado.

Era la conversación más personal que Luet había tenido con Akma en años, y deseaba continuar con ella, pero en ese momento la multitud lanzó un rugido porque traían a la acusada, protegida por ocho guardias. Era otra vieja tradición, iniciada después de que en varios casos el acusado fuera asesinado en el tribunal antes de la conclusión del juicio, o secuestrado para ser sometido a otra clase de juicio en otro lugar. Aquellos guardias aún cumplían una función práctica. Hacía menos de diez años que habían asesinado a un acusado en un tribunal, aunque en la incivilizada capital de la provincia de Trubi, en el extremo del valle del Tsidorek. Aun así, nadie pensaba que Shedemei corriera peligro. Se trataba de un caso de prueba, de una lucha de poder, y sus denunciantes no sentían por ella una especial inquina.

—Mira cuánto orgullo —dijo Akma, gritando para que su hermana le oyera.

¿Orgullo? Sí, pero no con esas ínfulas que algunos demostraban cuando los llevaban a juicio. Shedemei se comportaba con sencilla dignidad, mirando en torno serena, sin temor, sin vergüenza.

Luet había pensado que ningún acusado podía comparecer a juicio sin sentir al menos cierto embarazo por verse convertido en un espectáculo público; pero Shedemei parecía tan distante como un espectador poco interesado.

Y sin embargo aquel juicio le interesaba, pues lo había buscado. Quería que aquello sucediera. ¿Acaso sabía cuál sería el resultado, tal como conocía de antemano las acusaciones?

—¿Te ha dicho Padre qué decidirá su títere? —le gritó Akma al oído.

Luet lo ignoró. Los guardias avanzaban despacio por la galería atestada, obligando a la gente a sentarse. Tardarían un rato en silenciar a la bulliciosa muchedumbre.

Luet sintió ganas de abofetear a esa gente, porque la algarabía había impedido que Akma le desnudara su alma. Eso era lo que él hacía. Por alguna razón, había escogido aquel momento para… ¿para qué? Para buscar su comprensión. Eso era. Estaba a punto de llevar a cabo un acto, un acto público. Quería justificarse ante ella. Recordarle que Padre había sido el primero en cometer una deslealtad terrible. ¿Y por qué? Porque Akma estaba preparando su propio y terrible acto de deslealtad: una traición pública.

Akma testificaría. Lo convocarían como erudito, como experto en enseñanzas religiosas sobre los nafari. Ciertamente estaba cualificado, siendo como era el alumno preferido de Bego. Y aunque en su familia y en la casa real se sabía que Akma ya no creía en la existencia del Guardián, eso no impediría que testificara acerca de las antiguas creencias y costumbres.

Luet apoyó la mano en el brazo de Akma, le hundió los dedos en la muñeca.

El gritó de dolor, apartando el brazo. Ella se le acercó.

—¡No lo hagas! —le gritó al oído.