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Esaú

Philip Kerr

La gran novela sobre el yeti Un alpinista y una antropóloga se embarcan en una expedición al Himalaya en busca de lo que podría ser el eslabón perdido, pero los demás miembros de la expedición tienen propósitos ocultos.

Philip Kerr

Esaú

Título original: Esau

© Philip Kerr, 1996

© por la traducción, Ana Juandó, 1999

Para Charles Foster Kerr

***

***

PRIMERA PARTE

El descubrimiento

El tema de los eslabones perdidos y el de la relación del hombre con el reino animal ejercen aún tal fascinación que se hace difícil exorcizar del estudio comparativo de los primates, tanto vivos como fósiles, los mitos que un ojo no experimentado extrae sin cesar de un mundo regido no por la razón sino por la pura fantasía.

Solly Zuckerman

UNO

Del encuentro del hombre con las montañas nacen grandes cosas.

William Blake

El picacho de hielo, con sus delicadas formaciones esculpidas en la ladera del Machhapuchhare que semejaban innumerables velos de novia en una ceremonia nupcial celeste, se elevaba por encima de su dolorida cabeza a la luz deslumbrante de primera hora de la tarde. A sus pies, que tenía protegidos con crampones y cuyas puntas apenas si se apoyaban en la pared vertical de hielo, se extendía la profunda garganta que es el glaciar sur del Annapurna. A unos doce kilómetros, a su espalda, que se resentía del peso de una mochila excesivamente cargada, se alzaba, como un pulpo gigante, la inconfundible cumbre del Annapurna. Él no la miraba, pues a seis mil metros de altitud uno no podía pensar en nada más que en ir cavando sin descanso, piolet en mano, puntos de agarre para las manos y puntos de apoyo para los pies; había que olvidarse de tomarse un respiro y disfrutar de las vistas con el cuerpo relajado, colgado de la cuerda, en posición de sentado. El paisaje no contaba para nada cuando uno iba a coronar una cumbre. Sobre todo si era una cumbre a la que estaba oficialmente prohibido ascender.

Los escaladores occidentales la llaman pico Cola de Pez, nombre que describe muy bien lo difícil que lo tiene el hombre para dominar esta esquiva montaña de formas sinuosas y escurridizas. Bastó una propuesta de un británico sentimental, que fracasó en el intento de conquistar la cumbre en 1957 y que adoptó la personalidad y la forma de vida de los indígenas, para que el gobierno nepalés declarara inviolable el Machhapuchhare. Esta montaña, tres veces más grande que el Matterhorn, debía permanecer para siempre inmaculada. Como consecuencia, es imposible conseguir un permiso para escalar uno de los picos más bellos, y que representa un mayor desafío para el alpinista, de todos cuantos rodean el Santuario del Annapurna.

La mayoría de los escaladores renuncian a ir por temor a las consecuencias: no sólo se imponen multas sino que uno puede ser incluso condenado a prisión. El temerario escalador se expone también a que le denieguen futuros permisos de expedición. Y también detienen a los sherpas. Pero Jaek había acudido porque aquella montaña, el Machhapuchhare, representaba una afrenta, una burla a su intención, declarada públicamente, de conquistar los picos de mayor altitud del Himalaya. Y en cuanto él y su compañero hubieron efectuado con éxito la ascensión del Annapurna por su vertiente suroeste, que cuenta con la aprobación oficial, decidieron seguir escalando, aunque esta vez ilegalmente. Un asalto relámpago les había parecido una buena idea hasta que llegó el mal tiempo.

Jack subió y se apoyó en uno de los escalones que había cavado anteriormente; levantó el piolet y talló otro punto de agarre para la mano en la pared de hielo.

Ya es una desgracia, se dijo, que los alpinistas se vean obligados a poner fin a la escalada en Kangchenjunga, a tan sólo escasos metros de la cima, porque no puede profanarse el pico sagrado. Pero que hubiera montañas que estuviera prohibido escalar era aberrante. Uno de los motivos por los cuales uno se aventura a escalar es, ante todo, el deseo de escapar a las normas y a las leyes a las que nos vemos sometidos y que regulan nuestras vidas. Jack estaba muy habituado a oír comentarios sobre la dificultad insuperable de tal o cual montaña, de tal o cual pared. Él había demostrado que la mayoría de las veces se equivocaban. Pero que hubiera una montaña que estuviera prohibido escalar, que un gobierno hubiera prohibido la ascensión de una montaña, eso ya era harina de otro costal. Por lo que al oficial de enlace de Katmandu se refería, ellos seguían en el Annapurna, pues habían sobornado a los sherpas para que guardaran silencio. Nadie iba a decirle a él los lugares que podía escalar y los que no.

Este pensamiento bastó para que Jack clavará el piolet en la pared con redoblada ferocidad provocando una lluvia de astillas de hielo y una rociada de agua que le salpicaron el rostro curtido por la intemperie; hasta que tuvo que parar porque sintió que el peldaño en el que tenía apoyado el pie era inestable. Cuando por fin recobró el equilibrio, tentó con la mano la pared e insertó otro tornillo. Cosa nada fácil cuando se llevan guantes Dachstein.

– ¿Qué tal estás? -le gritó su compañero de escalada, que estaba unos quince metros más abajo.

Jack no contestó. Le dolían los músculos. Se agarró a la pared con una mano al tiempo que con la otra intentaba enroscar un tornillo con los dedos entumecidos por el frío. Si no bajaba pronto de aquella pared, corría el riesgo de quedarse congelado. No había tiempo que perder informando sobre su progreso. O sobre la falta de progreso. Si no llegaban pronto a la cumbre, tendrían graves problemas. Habían gastado una gran cantidad de combustible los días que habían pasado en la tienda montada en la pendiente empinada. Ya sólo les quedaban reservas para un día, o todo lo más dos, y sin combustible no podrían derretir nieve para hacer café.

Por fin, el tornillo quedó bien firme y Jack pudo desprenderse del peso que sostenía en el brazo. Respiró hondo llenándose los pulmones del aire enrarecido de la montaña, e intentó estabilizar el pulso desbocado que le latía fuerte en las sienes.

Jack no recordaba ninguna escalada tan dura como aquélla. Ni siquiera la ascensión del Annapurna le había parecido tan ardua. Vista de cerca, la cima del Machhapuchhare no tenía aspecto de cola de pez sino que parecía más bien la punta de una lanza que algún guerrero gigante subterráneo hubiera clavado en la tierra hasta atravesarla. No cabía ninguna duda sobre este punto: la escalada en hielo por paredes cortadas a pico seguía siendo el mayor desafío para un alpinista moderno. Y las paredes del Machhapuchhare, de una altura que rivaliza con la de las catedrales góticas y que son tan perpendiculares como las de cualquier rascacielos neoyorquino, eran quizá el reto mayor de todos, la prueba definitiva. Qué temeridad la suya. Pero primero había que concluir la escalada; ya se preocuparía después de las consecuencias que le acarrearía el hecho de que las autoridades descubrieran su hazaña, si es que llegaban a descubrirla.

El martilleo en las sienes disminuyó un poco. En cambio, los oídos le silbaban de un modo extraño. Al principio le pareció que padecía tinnitus, después el silbido se hizo más fuerte, hasta que se convirtió en un rugido, como el ruido de proyectiles de mortero lanzados por un buque de guerra en una bahía lejana; y se preguntó si no estaría sufriendo algún efecto terrible de la altura, un edema pulmonar o incluso una hemorragia cerebral.

Por un momento, fugaz y angustioso, en el que sintió atroces náuseas, Jack oyó cómo los tornillos que lo mantenían sujeto a la pendiente escarpada crujían en el hielo y la montaña temblaba, y cerró los ojos.

Al cabo de unos segundos el ruido cesó en algún punto del glaciar que había al norte. Suspendido en el vacío, soltó el aire que involuntariamente había retenido, y de sus labios agrietados salió una exclamación de gratitud. Volvió a abrir los ojos.

– ¿Qué demonios ha sido? -le gritó Didier desde el fondo de la pared de hielo.

– Me alegra que tú también lo hayas oído -dijo Jack.

– Me ha parecido que provenía de la otra vertiente de la montaña. ¿Qué ha sido?

– Yo creo que venía de más al norte.

– Tal vez ha sido un alud.

– Entonces tiene que haber sido un alud gigantesco -comentó Jack.

– A esta altitud siempre lo son.

– Puede que haya sido un meteorito.

Jack oyó que Didier se reía.

– Mierda -exclamó Didier-. Lo que nos faltaba. Por si esto no fuera ya bastante peligroso, el Altísimo ha querido también arrojarnos piedras.

Jack se apartó de la pared de hielo echando el cuerpo hacia atrás y, apoyándose en el arnés, miró hacia arriba, hacia el saliente enorme de hielo que pendía sobre él.

– Me parece que todo va bien -gritó.

A su mente acudió una imagen de las deyecciones de un alud que él y Didier habían visto esparcidas al pie del pico en el que se encontraban. Una advertencia desagradable del peligro al que tanto él como su compañero canadiense estaban expuestos.

– Bueno, supongo que muy pronto lo sabremos -añadió en voz queda.

La semana anterior a su llegada al Santuario del Annapurna, adonde habían ido con el objetivo de planear la escalada en ensemble ligera a la montaña que por altitud es la décima del mundo, y a su pico gemelo prohibido, una expedición alemana, mucho más numerosa e importante que la de ellos, pereció sepultada bajo un ingente alud que se desprendió de la pared meridional del Lhotse, el impresionante y sombrío pico que está unido al Everest por el famoso collado. Fallecieron seis hombres. Según uno de los sherpas que había presenciado el accidente, les cayó encima un serac de varios centenares de toneladas de hielo sólido.

Jack, con el fin de evitar un desprendimiento similar de hielo, había trazado un recorrido por la ladera, pero ahora se hallaba justo debajo de una zona realmente peligrosa: un enorme bloque de hielo duro pegado a la roca tan sólo por una fina capa de escarcha.

Si se desprende, se dijo, estamos acabados. Para desterrar de su mente la amenaza del peligro, halló una distracción: pugnó por recordar el nombre del héroe griego condenado por Zeus a subir eternamente a la cima de una colina una piedra gigantesca sin conseguirlo jamás porque, cuando estaba a punto de llegar a la cima, el peso de la piedra le obligaba a retroceder y ésta se precipitaba al fondo una vez más. ¿Cómo se llamaba?

Justo en el momento en que se preguntaba por el nombre del héroe, de la cima del saliente se desprendió un montón de nieve polvo que, como un espectro, voló hasta reunirse con los restos de una nube que avanzaba por el cielo límpido e inmaculado. Jack sintió que la nieve le salpicaba la cara y le refrescaba como unas gotas de agua de colonia aplicada con un vaporizador. Se pasó la lengua por los labios agrietados que la nieve había refrescado y humedecido, levantó el piolet y se dispuso a tallar otro asidero, para seguir la peligrosa ruta que había trazado mentalmente y que le conduciría hasta un lugar seguro en el que estaría a resguardo de la amenaza del desprendimiento de hielo.

Se detuvo cuando de la cima del picacho cayeron, como si de diminutos y ruidosos lemmings blancos se tratase, cientos de fragmentos de nieve y de hielo; al cesar el aluvión, advirtió que la sangre le martilleaba otra vez en la cabeza.

– Sísifo -murmuró Jack al recordar el nombre del héroe griego, al tiempo que terminaba de cavar el punto de apoyo para la mano-. Se llamaba Sísifo.

Una eternidad de segundas oportunidades. Eso es lo que parecía. El bloque de hielo sólo se desprendería una vez. Una vez nada más. El último descenso del hombre. Mortal. Metió un largo de cuerda por el ollado del tornillo y alzó el piolet.

– Cuanto antes salga de este perro sitio, mejor.

Los oídos volvían a jugarle malas pasadas. Esta vez tenía la sensación de haberse quedado sordo. Jack dejó lo que estaba haciendo y repitió la última frase que había pronunciado, pero fue como si hubieran aspirado todos los sonidos. Sintió la vibración de las palabras en su boca pero no oyó nada, como si se hubiera formado un vacío que le impidiera oír cualquier ruido que se produjera en aquel picacho de hielo. Le hacía pensar a uno en la calma total que precede a una tempestad en el mar, y la sensación de que se cernía una amenaza era angustiosa.

Miró hacia abajo y llamó a Didier, pero una vez más su grito se lo tragó el vacío, al tiempo que se mezclaba con un ruido retumbante y prolongado. Un segundo después, la montaña se sacudió de encima miles de toneladas de nieve y de hielo tapando el cielo azul bajo la cascada helada y tenebrosa de un gigantesco alud.

Envuelto por un cúmulo enorme de nieve sofocante y de asfixiante vapor, Jack sintió que era arrojado del altar rocoso de la montaña.

Cayó y cayó durante unos minutos que se le hicieron eternos.

Atrapado en el vientre de la ballena blanca del alud, completamente aislado del mundo exterior, con los sentidos anulados, era incapaz de sentir la velocidad, la aceleración y el peligro, y sólo percibía una fuerza abrumadora y elemental. Era como si el invierno lo tuviera en sus garras. Formando un todo con el frío, al chocar contra el suelo se derretiría y desaparecería. Para siempre.

Casi tan abruptamente como se había desencadenado, la dirección del alud cambió y, al sentir una creciente presión en su cuerpo, Jack, instintivamente, se puso a nadar. Braceaba, movía las piernas y luchaba por subir a una superficie imaginaria.

Después todo quedó quieto, a oscuras y en silencio.

Nada le impedía mover las piernas, pero de cintura para arriba estaba cubierto de nieve. Haciendo un esfuerzo por retroceder, Jack se desplomó en una superficie rocosa. Estuvo varios minutos tendido, inmóvil, aturdido y deslumbrado por la nieve. Descubrió que podía mover los brazos y poco a poco fue quitándose la nieve que le cubría la nariz, la boca, las orejas y los ojos. Miró a su alrededor y advirtió que se hallaba en una especie de fisura: era una grieta grande y horizontal en la pendiente escarpada del glaciar. La nieve bloqueaba la entrada a la fisura, pero Jack dedujo, por la luz que se filtraba por ella, que no estaba a demasiada profundidad.

La cuerda seguía ciñéndole la cintura y atravesaba el montón de nieve que obstruía la salida. Con gran esfuerzo consiguió arrodillarse y tiró fuerte de la cuerda. Pero, aunque podía avanzar a rastras por el suelo, supo que Didier había perdido la vida. Que él siguiera vivo le parecía ya un verdadero milagro.

Tras tirar varias veces frenéticamente de la cuerda, apareció el cabo deshilachado. Se arrastró hasta la boca de la fisura y asomó la cabeza. Una ojeada a la masa de hielo y nieve acumulados en la pendiente que había más abajo confirmó sus peores temores. La avalancha había sido impresionante. Había arrasado la parte inferior del glaciar, desde los seis mil metros hasta el campamento base situado en la cima del riñón, a unos cinco mil metros de altitud. Las probabilidades de que los sherpas que se hallaban en él hubieran sobrevivido eran escasas. Lo más seguro era que hubieran corrido la misma suerte que Didier.

Jack advirtió que el alud, sin saber cómo, lo había arrojado hasta el borde de la fisura. Si hubiera caído desde otro ángulo, el impacto de la dureza del borde inferior hubiera sido mortal. Pero afortunadamente la fisura lo había protegido de la deyección de hielo letal que ahora hacía irreconocible el trayecto realizado desde la pared norte hasta el riñón y el campamento I.

Jack, aturdido por las náuseas y a la vez maravillado de haber salido ileso del accidente, se sentó y fue quitándose la nieve y el hielo que se le habían metido por dentro del anorak y de los pantalones, mientras reflexionaba sobre qué debía hacer. Calculó que estaba a unos ciento cincuenta metros del campamento II, que se hallaba al pie de la pendiente escarpada. Habían levantado el campamento, que estaba a cinco mil doscientos metros, justo en el lugar en el que la pendiente sobresalía por encima del glaciar, de modo que cabía una remota posibilidad de que la pared hubiera protegido a los dos sherpas del alud, aunque lo más probable era que se hallaran sepultados bajo la nieve y el hielo a una profundidad mucho mayor de la que estaba él.

Aun así, sabía que no podía iniciar el descenso porque estaba ya a punto de oscurecer. Se había quedado sin radio y el recorrido hasta el campamento estaba demasiado lleno de dificultades para ser emprendido en aquellas condiciones. Además, tenía la mochila llena de reservas y era consciente de que lo mejor que podía hacer era pasar la noche en la fisura y descender en cuanto rayara el alba.

Jack se quitó la mochila y con mucho esfuerzo, pues no había ni un solo músculo del cuerpo que no le doliera, se puso en pie con el objeto de inspeccionar el lugar en el que iba a hospedarse aquella noche, y uno de los larguísimos carámbanos que colgaban del techo abovedado, y que parecían los dientes de un olvidado animal prehistórico hincados en la oscuridad, por poco le atraviesa la cabeza. El carámbano, largo como una jabalina, se rompió y cayó al suelo.

Abrió la mochila y sacó la linterna Maglite.

– Esto no es precisamente el hotel Stein Eriksen -dijo Jack al tiempo que recordó que aquel lugar podría muy bien haber sido su tumba.

¿Por qué no habían abandonado la escalada en la vertiente suroeste del Annapurna? La mayoría se hubiera contentado con haber ido hasta allí. Fue justamente su buena suerte, la de Didier y la suya, la que los había derrotado, porque la meteorología les había sido propicia cuando iniciaron la ascensión sin oxígeno del Annapurna, y habían podido llevarla a cabo en la mitad del tiempo previsto. Pero por culpa de su desmesurada ambición, que no se arredraba ante ningún obstáculo, Didier Lauren y los sherpas que se hallaban en el glaciar habían, con toda probabilidad, perecido.

Volvió a sentarse e iluminó con la linterna el espacio que le envolvía.

La fisura tenía forma de túnel horizontal; medía unos nueve metros de ancho y, en la entrada, unos seis metros; la parte posterior era más estrecha y formaba un pasadizo que no medía más de un metro y medio cuadrado.

Decidió, para matar el tiempo, explorar el túnel, resuelto a averiguar si era muy largo y hasta dónde llegaba. Fue a la parte trasera de la caverna, se puso en cuclillas y el haz potente de luz halógena de la linterna penetró en la oscuridad del cañón.

Jack sabía que en el Himalaya había osos, ciertos monos de la India e incluso leopardos, pero pensó que era improbable que hubiesen escogido vivir en aquel lugar tan inaccesible y tan alejado de los árboles, que estaban mucho más abajo.

Se adentró en el túnel andando en cuclillas. Cuando llevaba recorridos unos cien metros, advirtió que se empinaba, lo que le trajo a la memoria el pasadizo largo y angosto que conducía a la cámara sepulcral de la reina en Keops, en la Gran Pirámide de Egipto, un recorrido que ciertamente no estaba hecho para los que padecían del corazón, ni para los que sufrían claustrofobia, ni para los que llevaban aparatos ortopédicos. Tras un breve momento de vacilación, Jack decidió seguir adelante e inspeccionar la cueva para ver lo profunda que era.

En su mayor parte, las montañas se originaron en el período Precámbrico por el plegamiento de la corteza continental del margen septentrional del subcontinente indio y están formadas por esquistos y rocas cristalinas. Pero en aquel lugar, en la fisura y a poca distancia de la cumbre, las rocas eran de piedra caliza y provenían de un período en el que la cordillera más alta del mundo era el fondo del poco profundo mar Tetis. Estos sedimentos del Paleoceno se habían levantado casi veinte kilómetros desde el principio de la formación de las montañas del Himalaya, que se produjo hace aproximadamente cincuenta y cinco millones de años. Jack había oído decir que había partes de la cordillera que seguían levantándose a razón de casi un centímetro por año. El Everest que él y Didier habían conquistado sin oxígeno era casi medio metro más alto que el que escalaron sir Edmund Hillary y el sherpa Tensing en 1953.

La cuesta del túnel iba nivelándose y el techo se iba haciendo cada vez más alto, de modo que ya podía andar de pie. Gracias a la luz potente de la linterna, Jack descubrió que se hallaba en una caverna enorme y, al ver que el haz de la Maglite no llegaba a iluminar el techo, estimó que debía de medir como mínimo treinta metros de altura.

Lanzó un grito y oyó cómo su propia voz rebotaba en los muros y el techo invisibles, y el eco, que resonó fuerte y prolongadamente porque la cámara era fría y oscura hasta dar pavor, le heló la sangre en las venas. Al percibir aquel sonido tuvo la impresión de hallarse no en una caverna bajo el Machhapuchhare Himal sino bajo la bóveda de una catedral gótica altísima, en ruinas y olvidada, la morada secreta de un malvado rey de la montaña. Un silencio sepulcral llenaba aquella bóveda, una construcción arquitectónica destinada a elevar al cielo, a las alturas que son la mansión de Dios, las alabanzas y las plegarias humanas.

¿Cuánto tiempo había perdurado aquel silencio antes de que él lo profanara con su presencia? ¿Era él el primer ser humano que pisaba aquella caverna desde que terminó de formarse la cordillera del Himalaya un millón y medio de años atrás?

Al principio pensó que lo que iluminaba la Maglite era una roca. Sus ojos no habituados a la oscuridad tardaron unos segundos en percibir que lo que había en el suelo húmedo de la cueva era un cráneo, del tamaño de un melón, al que casi no le faltaba ningún hueso y que parecía estar mirándolo fijamente.

Se arrodilló junto al objeto recién descubierto e inmediatamente se dispuso a quitarle la tierra y la grava con sus manos enguantadas. Jack sabía de sobra que en el Himalaya había abundantes fósiles. A sólo escasos kilómetros de allí, en las laderas septentrionales del Dhaulagiri, la montaña que ocupa el séptimo lugar entre las más altas del mundo, él había hallado un amonites, un molusco en forma de espiral de ciento cincuenta o doscientos millones de años. El Muktinath era famoso por los fósiles del Jurásico superior que contenía. Al oeste, en el Churen Himal, en el Nepal, y en la cordillera de los Siwalik, en el norte de Pakistán, se habían descubierto abundantes e importantes fósiles de homínidos. Pero era la primera vez que él hallaba restos fósiles de un homínido.

Levantó el cráneo, limpio ya de tierra, y lo examinó detenidamente bajo el haz de luz de la Maglite. Le faltaba el maxilar inferior, pero por lo demás se había conservado en excelente estado; el maxilar superior estaba casi intacto y el hueso occipital y el frontal lo estaban totalmente. Visto de cerca parecía más grande y por un momento pensó que debía de ser de un oso, pero advirtió en seguida que no tenía colmillos. Parecía el cráneo de un homínido y, tras inspeccionarlo unos minutos, se dijo que no lo parecía sino que efectivamente lo era; aunque no tenía ni idea de si lo que tenía frente a él guardaba relación con los fósiles de homínidos que se habían hallado en el Himalaya y ni siquiera estaba seguro de que fuera un fósil.

Pensó en la única persona que podría darle información sobre el cráneo, una mujer que había sido su amante. Era testaruda y se había negado una y otra vez a casarse con él, pero era también una famosa doctora en paleoantropología de la Universidad de California, de Berkeley. Él la llamaba simplemente Swift. Tal vez le regalaría lo que acababa de descubrir. A ella aquel cráneo le haría muchísima más ilusión que cualquiera de los souvenirs -una alfombra o un thangka- que él le había prometido llevarle del Nepal.

Casi podía oír el consejo amoral que Didier le hubiera dado.

– Te creo, Didier -dijo Jack en un tono de voz lastimero-. Además, tengo todavía un pequeño problema sin importancia: descender de esta montaña.

Jack volvió a la entrada de la fisura con el cráneo en las manos. Miró dentro de la repleta mochila y decidió que, si se iba a llevar el cráneo, debía dejar algo a cambio. Pero ¿qué? No podía dejar el saco de dormir. Ni el botiquín. Ni los calcetines, ni las raciones de supervivencia que llevaba para consumir en el campamento avanzado, ni la Nikon F4.

Empezó a vaciar la mochila.

Cogió de pronto una botella de whisky de malta Macallan medio vacía. Aparte del hecho de que a él y a Didier les gustaba beber whisky, esta bebida es un tratamiento para la congelación más eficaz que los vasodilatadores como el Ronicol.

La escalada en roca y en hielo en montañas de gran altura es una de las escasas ocasiones en las cuales las propiedades medicinales del alcohol justifican un buen trago. Y en aquel momento se trataba de una emergencia.

Jack se sentó en el suelo de la fisura, descorchó la botella y se dispuso a bebérsela a la salud de su amigo.

DOS

Salud a la trucha arco iris verde…

Robert Lowell

India.

Sonó el teléfono.

Pakistán.

Volvió a sonar el teléfono y el hombre se movió en la cama.

En las últimas semanas, cuando sonaba el teléfono por la noche, la mayoría de las veces era por algún motivo relacionado con el agravamiento del conflicto que había estallado entre estos dos antiguos enemigos.

El hombre se incorporó, encendió la luz de la mesilla de noche, cogió el auricular y se apoyó en la cabecera tapizada de la cama. Echó una rápida ojeada al reloj, en la ciudad de Washington eran las cuatro y cuarto de la madrugada. Pero sus pensamientos estaban a dieciséis mil kilómetros de allí. Pensó que en el subcontinente indio debía de ser primera hora de la tarde de un día no sólo caluroso sino también caliente a causa de la postura mantenida por los jefes de Estado de la India y de Pakistán y la posibilidad, espantosa de imaginar, de que uno de ellos decidiera que la mejor manera de ganar una guerra no declarada era emprender un ataque nuclear preventivo.

– Perrins -dijo bostezando, aunque estaba totalmente despierto, y es que la cena a la que había asistido en el Sequoia, el yate presidencial, mientras navegaba por las aguas del río Potomac, le había provocado una pesada indigestión.

Escuchó atentamente la voz lúgubre que hablaba desde el otro lado del hilo telefónico por la línea blindada y gruñó unas palabras.

– De acuerdo -dijo-. Dentro de media hora estoy ahí. Colgó el teléfono y soltó un reniego en voz baja. Su mujer estaba despierta y lo miraba con cara de preocupación.

– ¿No habrá…?

– No, gracias a Dios no -la cortó con las piernas bamboleando fuera de la cama-. Al menos no de momento, pero tengo que ir al despacho de todos modos. Un asunto que «requiere urgentemente mi presencia».

Ella se destapó.

– No es preciso que te levantes -le dijo él-. Quédate en cama.

Pero ella se levantó y se puso apresuradamente un albornoz.

– Ya me gustaría, cariño -repuso-. Qué mal me sentó la cena. Me parece que vuelvo a estar en estado. Y avanzado, además. -Se dirigió a la cocina-. Voy a preparar un poco de café.

Perrins se fue arrastrando los pies hasta el cuarto de baño y se duchó con agua helada. El agua fría y el café serían el único tonificante que iba a recibir su cuerpo aquel día, al igual que había sucedido el día anterior.

Al cabo de quince minutos estaba ya vestido y había salido al porche colonial de ladrillo rojo. Le dio un beso a su mujer al despedirse y se metió en el asiento trasero del Cadillac negro que le habían mandado desde el despacho para recogerlo.

Recorrieron un tramo de la autovía Henry G. Shirley Memorial en dirección norte sin que el conductor ni el guardia armado que iba sentado delante abrieran la boca durante el trayecto. Aquellos dos hombres, las clásicas personas de rango inferior que no inician una conversación a menos que primero les dirijan la palabra, eran militares y habían sido el chófer y el guardaespaldas de Perrins durante aquel año. Sabían que cuando se va a asistir a una reunión en el Pentágono al alba, se tiene la cabeza llena de preocupaciones y no se está para hablar sobre el tiempo o lo bien que jugaron los Redskins en el último partido disputado.

Justo al sur del cementerio nacional de Arlington, en el punto en el que la autovía se desvía hacia el este, surgió ante ellos la estructura familiar de cemento del edificio de oficinas más grande del mundo. A Perrins le parecía muy apropiado que el Departamento de Defensa de Estados Unidos estuviera situado en un lugar desde donde podían verlo los norteamericanos que habían muerto en las guerras.

El Cadillac se detuvo frente a una de las numerosas entradas del Pentágono, y Perrins bajó del vehículo y se dirigió al edificio. A veces pensaba que en el Pentágono el número cinco era clave: había cinco alas, cinco pisos, cinco vestíbulos concéntricos y un patio central de cinco acres. Quién sabía si cuando llegara habría ya, sentados detrás de sus escritorios, cinco mil trabajadores de los veinticinco mil que trabajaban en el Pentágono, aunque fueran las cinco de la madrugada. Desde luego, daba la impresión de que en el edificio había mucho movimiento.

La NRO estaba ubicada en el departamento 4C956 y, si bien oficialmente no existía, la Oficina de Sistemas Espaciales, nombre por el que también se la conocía a veces, era fácil de encontrar: 4 indicaba el cuarto piso; C, el anillo C: el anillo A daba al patio central, mientras que el anillo C se hallaba en el centro; 9 hacía referencia al pasillo nueve, y 56 era el número del conjunto de despachos.

Perrins fue directamente a la sala de juntas, en la que estaban reunidos varios hombres y mujeres que, si bien algunos se distinguían por el uniforme que vestían, tenían todos la misma expresión ceñuda en el rostro; esperaban la llegada del director de la NRO, Bill Reichhardt, que entró en la sala escasos segundos después de Perrins.

Reichhardt, un hombre de elevada estatura, delgado y de pelo entrecano que vestía un traje oscuro, tomó asiento a la cabeza de la mesa, le sonrió brevemente a Perrins y saludó con un movimiento de cabeza a un asistente cuyos hombros caídos, calva reluciente, gafas y manos unidas en actitud reverente le conferían el aspecto de un devoto sacerdote suplicante que estuviera a punto de rogarle al Altísimo que bendijera aquella reunión.

– Bien, Griff -dijo Reichhardt con voz ronca subiéndose el cuello del jersey y tapándose la nuez de Adán, como si en su garganta hubiera algo más que enfurecimiento porque le hubieran obligado a levantarse de la cama-. Te escuchamos.

El asistente de aspecto sacerdotal se aclaró la garganta y empezó a hablar:

– No me cabe duda de que todos los aquí presentes están al corriente de los datos que ha facilitado esta noche el complejo de rastreo situado en el monte Cheyenne -dijo-. En los informes que tienen ante ustedes encontrarán todos los detalles. Señoras y señores, tengo que decirles que tanto el Centro de Control de Misiones noruego de Tromso como el CCM francés de Toulouse nos han confirmado la situación.

– Dios mío -exclamó uno de los asistentes-. ¿Y se sabe por qué?

– De momento no hemos podido recabar más información.

– Griff -intervino uno de los uniformes de las fuerzas navales-, ¿cuál es el grado de confidencialidad de este material?

– Hay que tener en cuenta que se trata de información de alto secreto.

Se refería a la más secreta de todas las clasificaciones del gobierno de Estados Unidos, que se le da a los asuntos extremadamente confidenciales y de auténtico alto secreto.

– ¿Qué opción tenemos? -preguntó un militar.

Reichhardt alzó la vista, que tenía clavada en un bloc de notas, y enarcó las cejas.

– ¿Qué opinas, Griff? ¿Se te ocurren soluciones inteligentes?

– Yo propondría un reconocimiento aéreo a baja altura, señor. Deberíamos enviar a la zona algunos U-2R que la sobrevolaran día y noche.

– ¿Alvin? -Reichhardt miraba ahora a un uniforme de las fuerzas aéreas.

– Bien, señor, me preocupa la conservación de los bienes. con ello me refiero a los aviones. El problema de los U-2R es que no son muy resistentes. Fueron construidos con la finalidad de realizar vuelos largos a baja altura y a poca velocidad. A principios de los sesenta, cuando los rusos cogieron a Gary Powers, era fácil abatirlos. -Se encogió de hombros-. Ahora más que nunca. No obstante…

Perrins había estado escuchando y asintiendo.

– Mi opinión -intervino- es que los dos bandos van a ver con malos ojos una interferencia militar americana en la zona. Los hindúes ven en nosotros a un aliado natural de Pakistán. El problema es que, desde que empezó todo esto, son los chinos quienes han apoyado a los pakistaníes, no nosotros. Si uno de esos U-2 cae abatido, esto podría poner en entredicho nuestra capacidad de actuar como honrados mediadores en el proceso de paz.

– ¿Es esto lo que nos proponemos? -preguntó Reichhardt-. ¿Actuar como honrados mediadores en el proceso de paz?

– No obtendremos ninguna ventaja estratégica si dejamos que entren en guerra, Bill.

Reichhardt asintió lentamente y examinó la cubierta del informe que tenía ante él sin dejar de repiquetear con el bolígrafo sobre la hoja de papel hasta que ésta quedó cubierta por una constelación de puntos.

– ¿Alvin? Me parece que ibas a añadir algo -dijo dirigiéndose al militar de las fuerzas aéreas y apremiándolo a hablar.

– No obstante, cuando se trata de obtener fotografías de primera calidad, los U-2 no tienen rival. Si pudiéramos enviar sólo un corto número de aviones que sobrevolaran la zona de reconocimiento en días de tiempo espléndido, digamos cuando el cielo está más del setenta y cinco por ciento despejado, entonces mi confianza en obtener un resultado en la mayor brevedad posible sería mucho mayor.

– Lo tendremos mejor para bombardear el terreno -gruñó Perrins-. Pero también lo tendrán más fácil las baterías de sus misiles antiaéreos.

– Esto no se puede remediar -repuso Reichhardt con irritación. Le lanzó una mirada a Perrins y añadió-: Comprendo lo que dices, Bryan, pero no veo que a corto plazo tengamos otra alternativa.

– Lo que tú digas, Bill -dijo Perrins encogiéndose de hombros.

– ¿Alvin? Quiero que envíen ahora mismo esos U-2.

– Sí, señor.

– El nombre en clave… -Reichhardt se golpeteó en los dientes con el bolígrafo-. ¿Se le ocurre a alguien algún nombre? Preferiría no tener que recurrir al ordenador. Da unos nombres tan endiabladamente absurdos que soy incapaz de recordarlos.

– ¿Qué te parece Ícaro? -apuntó Perrins.

– No me parece un buen nombre -contestó Reichhardt riéndose-. Me refiero a que sería tentar la suerte, ¿no?

Perrins sonrió haciéndose el tonto.

– ¿Quién iba a querer que se le derritieran las alas? No, la llamaremos Belerofonte. B-E-L-E-R-O-F-O-N-T-E. Si no sabes lo que significa, Bryan, búscalo en una enciclopedia. Belerofonte voló al cielo montado en el lomo de Pegaso. -Volvió a reír satisfecho y pagado de sí mismo-. Haber estudiado en Harvard ofrece algunas ventajas.

Perrins, que había estudiado en Yale, asintió en silencio e iba a apuntar que Zeus había enviado un tábano a fin de que picara al caballo, por lo que Belerofonte se había caído, pero se lo pensó mejor y decidió esperar a decirlo en la próxima reunión. Si los U-2 tenían éxito y conseguían obtener información, a nadie le importaría el nombre en clave. Pero si los U-2 no obtenían ningún resultado, entonces sí le comentaría a Reichhardt la historia que encerraba aquel nombre, y lo haría como si acabara de recordarlo. Infantil pero divertido. En el juego del espionaje uno se divertía como podía. Y las situaciones que se creaban en el Pentágono eran especialmente cómicas.

TRES

La primera insensatez de Dios: el hombre no encontró que los animales fueran divertidos; los dominó y él mismo no quiso ser «un animal».

Friedrich Nietzsche

Saliendo de San Francisco por la interestatal 80 se cruza el Puente de la Bahía hacia el este, una zona que comprende los condados de Alameda y Contra Costa; Oakland y Berkeley son los lugares de destino más probables de los viajeros que recorren dicha autopista. Aunque las dos ciudades son prácticamente colindantes, un terreno ondulado y borroso de colinas separa la portuaria y obrera Oakland de su vecina septentrional, mucho más rica. Berkeley es una ciudad universitaria, la ciudad de la Universidad de California. Para unos cuantos espíritus ilustrados, Berkeley es, desde el punto de vista intelectual, el lugar más importante que hay al oeste de Chicago y la consideran la Atenas de la costa del Pacífico. Pero para la mayoría de americanos, y ciertamente para quienes recuerdan los movimientos pacifistas de los últimos años de la década de los sesenta y de los primeros de los setenta, Berkeley sigue siendo sinónimo de radicalismo a ultranza. Drogas, manifestaciones de protesta pacíficas y el gas lacrimógeno lanzado en el Peoples Park son imágenes que acuden a la mente de todos.

La realidad, no obstante, es otra. Casi tres décadas después de que la universidad fuera la escena de las detenciones masivas más importantes de la historia de California, Berkeley es más bien una ciudad conservadora. Eso sí, en la Sproul Plaza, justo en el exterior del Sather Gate, por donde se accede a la zona más antigua del campus, sigue habiendo numerosos activistas y panfletistas. Pero a los ojos de la doctora Stella Swift, Berkeley era una pequeña ciudad universitaria con todos los vicios y virtudes de una pequeña ciudad universitaria. El radicalismo que, según la opinión general, caracteriza a Berkeley apenas hubiera impresionado a las personas de izquierdas con las que ella se había relacionado desde su infancia y en su adolescencia que, pasó en Australia y en Inglaterra, pues era hija única de un matrimonio que se contaba entre los socialistas más cultivados y avanzados de su generación. Tom, el padre de Swift, catedrático de filosofía de la Universidad de Melbourne, en Australia, y más tarde de Cambridge, era un escritor y un intelectual muy influyente. Y su madre, Judith, una artista de éxito, era hija de Max Bergmann, uno de los fundadores de la denominada Escuela de Frankfurt de Marxismo Liberal. Antes de ir a Oxford con la intención de licenciarse en biología humana, Swift conoció a todos los miembros más destacados del socialismo internacional. Pero, decepcionada del mundo en el que se movían sus padres, acabó por autoexcluirse de él, al igual que el joven panfletista que veía ahora manifestándose en la Sproul Plaza junto con sus compañeros contra la política exterior norteamericana desplegada en Próximo Oriente con toda seguridad había rechazado los valores conservadores de sus propios padres.

Al cruzar la Sproul Plaza, Swift se dijo que por ser extranjera, y por tanto alguien que no podía votar, le era más fácil desentenderse de la política y concentrarse en la investigación y la docencia. Sin ir más lejos, ésta era una de las razones por las cuales había elegido doctorarse en paleoantropología en Berkeley.

Su actividad académica y profesional transcurría casi enteramente en la parte sureste del campus, en Kroeber Hall. Al entrar en el edificio se dirigió a la primera planta y después a una de las aulas en la que la estaban esperando una multitud de estudiantes de primer curso.

Dejó la cartera sobre la mesa y miró con desdén a uno de sus alumnos, un atleta de elevada estatura y musculatura muy desarrollada llamado Todd, que estaba leyendo un ejemplar de Penthouse y haciendo gran alarde de ello.

– ¿Qué estás leyendo, Todd? -le preguntó Swift dando la vuelta a la mesa y colocándose delante-. ¿Te estás poniendo al día en biología humana? Me parece una buena idea, porque tengo entendido que estás muy pez en esta asignatura.

Uno de los amigos de Todd soltó una ruidosa carcajada y le dio un codazo en las costillas. Aprovechando la momentánea distracción del alumno, Swift le arrebató la revista de sus manos de dedos del tamaño de un plátano y fue pasando las páginas muy concentrada.

El amigo de Todd volvió a propinarle otro codazo, como incitándole, casi, a actuar.

– De hecho -dijo Todd haciendo una mueca de satisfacción-, doctora Swift, hay una foto de una mujer que me recuerda a usted.

– ¿De veras? -le preguntó Swift con frialdad-. ¿En qué página?

– En la página treinta y dos.

– Hay que reconocer, Todd -comentó ella mientras pasaba las páginas- que eres muy valiente al traerte un Penthouse a esta universidad. Espero que alguien te haya leído la Miranda.

– ¿La qué?

– El Tribunal Supremo de Estados Unidos ha establecido las normas que deben cumplirse en las detenciones con el fin de garantizar los derechos de los detenidos.

– Detenido, cautivo… no sé, pero cautivado sí está -rió el compañero de Todd que propinaba codazos.

Swift encontró la página y la miró con la cándida atención con que debía mirarla, puesto que se la había comparado con aquella fémina esbelta, de ojos verdes y pelirroja, cuya fotografía venía a doble página. Tenía una nariz larga pero distinguida, y la boca, ancha y sensual. Su cuerpo, como el suyo, estaba bien proporcionado, aunque Swift pensó que sus piernas eran más bonitas que las de aquella chica. A pesar de la pose, Swift advirtió el innegable parecido.

– Así que te recuerdo a ésta, ¿no es eso, Todd?

– Un poco.

Swift le devolvió la revista arrojándosela sobre la mesa y regresó a la pizarra, donde cogió una tiza y empezó a escribir una palabra en letras mayúsculas y muy grandes. Cuando hubo terminado, señaló el vocablo escrito y dijo:

– Tú, Todd, me recuerdas esto.

Con el ceño fruncido, Todd leyó la palabra escrita en la pizarra en voz alta y con bastante dificultad.

– Acantocéfalo -dijo-. ¿Qué demonios es esto?

– Me alegra que me lo preguntes, Todd -repuso Swift con una sonrisa en la boca-. El acantocéfalo es un parásito común que vive en los peces. Es un gusano de cabeza puntiaguda con el cual tú tienes en común un rasgo físico muy poco frecuente.

– ¿Y cuál es?

– Sus órganos reproductores son mucho más grandes que su cerebro.

La clase estalló en carcajadas y Todd sonrió azorado.

Swift esperó a que los ánimos se calmaran. A veces la enseñanza se convertía en una actividad tribal. En ciertas ocasiones, con el objeto de mantener el dominio contractual, uno se veía obligado a aceptar un desafío y a derrotar al adversario delante de todo el grupo. A Swift estas luchas, poco frecuentes, en las que se medía la fuerza de los contrincantes machos como Todd, le causaban genuino placer. Al comprobar que volvían a estar todos pendientes de ella, Swift decidió que empezaría la clase con una improvisación que basó en su comentario jocoso sobre el acantocéfalo.

– Al contrario de lo que cree Todd -explicó-, los órganos reproductores humanos no existen de forma aislada. Su evolución está inextricablemente ligada a cómo dan a luz las mujeres, al tamaño del cerebro humano y a nuestra habilidad para fabricar herramientas. Y nuestra conducta sexual, que nos distingue de la que siguen las demás especies, aun en el caso tan poco común de la que exhibe Todd, que reduce a los machos menos dominantes al papel de meros espectadores en la totalidad del proceso de reproducción, es igual de importante que el mayor tamaño de nuestros cerebros a la hora de intentar explicar los distintos caminos evolutivos de los simios y del hombre.

»Digo «intentar explicar» porque el origen del hombre actual, del Homo sapiens, de personas como vosotros y como yo, es una cuestión espinosa entre nosotros los paleoantropólogos, pues las pruebas de que disponemos son, literalmente, fragmentarias. Estos fragmentos pueden compararse a piezas irregulares de un rompecabezas, sólo que ni siquiera hay un único rompecabezas sino muchos y, del mismo modo, hay muchas piezas irregulares y están todas revueltas.

»Por ejemplo, no poseemos de hecho ninguna respuesta a la pregunta de por qué nuestro cerebro tiene el tamaño que tiene, como tampoco nos explicamos por qué el pene humano es más grande que el del gorila. Sí, incluso el tuyo, Todd. Y si el pene humano es más grande que el del gorila, ¿por qué son más pequeños los testículos humanos que los del chimpancé? ¿Es esto el simple resultado de la mayor actividad reproductora del chimpancé? ¿O es que el hombre desarrolló unos testículos más pequeños con el fin de facilitar la bipedación?

Swift se sentó en el canto de la mesa y se encogió de hombros. Luego prosiguió:

– Las teorías abundan pero, si hemos de ser honrados, la verdad no la sabemos. Como tampoco sabemos qué fue primero, si el mono que andaba erguido o el mono con un cerebro mayor. ¿Qué condiciones externas se dieron, en épocas tempranas, que trajeron como consecuencia el que una cierta clase de simio tuviera un cerebro significativamente mayor? Recordad que el tamaño del cerebro no está necesariamente relacionado con la inteligencia. Vamos a servirnos de un ejemplo. Dos famosos poetas tenían cerebros que se distinguían por su peso. El de Walt Whitman pesaba sólo un kilo doscientos cincuenta gramos, el cerebro de Byron, en cambio, pesaba dos kilos trescientos gramos, casi el doble. ¿Significa esto que Byron era un poeta el doble de bueno que Whitman? Por supuesto que no.

»Y, sin embargo, no tendría sentido que tuviéramos un cerebro cuatro veces mayor que el de un chimpancé si no pudiéramos sacar ningún provecho de ello. A fin de cuentas, el cuerpo destina una energía considerable a mantener el cerebro en funcionamiento. A pesar del hecho de que constituya sólo el dos por ciento del cuerpo, el cerebro humano necesita, por increíble que parezca, un veinte por ciento de la energía del cuerpo. Si el hombre desarrolló un cerebro mayor y más potente fue por alguna razón, pero esta razón la ignoramos y sólo nos cabe hacer conjeturas.

»Si se los compara con sus parientes más cercanos, los cercopitécidos o los monos del Viejo Mundo, no puede decirse que los simios antropoideos fueran un grupo de primates particularmente aventajado. En comparación con ellos, en efecto, su historia se caracteriza, a decir verdad, por su decadencia en términos de número y de diversidad. Los fósiles conservados indican que los simios antropoideos ya estaban en decadencia en el Mioceno medio hace entre diez y quince millones de años, momento en que los monos eran mucho más numerosos y existía una variedad de clases incomparablemente mayor de ellos.

»Si pudiéramos olvidarnos de nuestra naturaleza simiesca y si, al mismo tiempo, pudiéramos subirnos a la máquina del tiempo de Michael J. Fox y remontarnos a cinco o seis millones de años, a la época del Plioceno medio, descubriríamos que los monos eran los primates dominantes en el planeta. Y es que, a fin de cuentas, formaban una población muy numerosa. Incluso estaríamos dispuestos a admitir de buen grado que ellos iban a convertirse, en el futuro, en los amos de la tierra y que, en cambio, sus primos, más grandes y más lentos, que andaban apoyándose en los nudillos y balanceando los brazos de un lado a otro, representaban un callejón sin salida en el proceso evolutivo.

»Pero si, montados en la máquina del tiempo, pudiéramos avanzar unos cientos de miles de años, aunque ningún paleontólogo se ha puesto de acuerdo sobre el tiempo en que esto ocurrió, advertiríamos que cierto simio bípedo descollaba entre los demás y pensaríamos que merecía la pena observar de cerca su trayectoria.

»El porqué estos miembros insignificantes de una especie poco numerosa, que parecía condenada a desaparecer, evolucionaron de pronto de forma espectacular es algo que sigue siendo un enigma para los científicos. Un enigma, qué duda cabe, de máximo interés para nosotros. Pero esta cuestión adquiere aún mayor relevancia si pensamos en nuestra naturaleza simiesca. Y no hablo sólo de Todd sino de todos nosotros.

»Algunos de vosotros recordaréis, quizá, que en 1540 Copérnico publicó los resultados de sus observaciones astronómicas que barrieron, y para siempre, la visión ptolemaica tradicional del universo, según la cual el sol y las estrellas giraban alrededor del planeta Tierra. Pensaréis, sin que os falte razón, que es extraño que la paleoantropología tardara otros cuatrocientos años en poder superar la idea prevaleciente hasta entonces de que el hombre era el ápice de la creación. Sabemos que es un error pensar que la evolución es una progresión constante, como si se tratara de una línea de montaje cuyo fin último fuera el hombre. Nada en la naturaleza tiene fronteras bien definidas. Y cuanto antes erradiquéis de vuestras mentes el mito de un progreso evolutivo que considera al simio un ser inferior al cual un primo suyo, más agresivo y al que nada detenía en el cumplimiento de su destino nietzscheano, dejó rezagado, antes llegaréis a ser auténticos paleoantropólogos. Me gustaría, por ello, dedicar el tiempo que nos queda a reflexionar sobre nuestra naturaleza simiesca.

»En 1962 no era Johnny Weissmuller quien interpretaba el papel de Tarzán sino Jock Mahoney. No sé muy bien quién hacía de Chita, el chimpancé que era su fiel amiga, pero baste con decir que no había muchos especímenes entre los cuales elegir. En cualquier caso, estábamos dispuestos a suspender momentáneamente nuestro raciocinio y a creer en la historia de Edgar Rice Burroughs, en la cual el hombre y el mono son tan afines que el primero puede crecer entre los monos y, al llegar a la edad viril, dominarlos.

»Por la misma época, un científico llamado Morris Goodman trajo a colación algo que la gente había más o menos olvidado: el descubrimiento, realizado por George Nuttall, un catedrático de biología de la Universidad de Cambridge, del uso de la química de las proteínas del plasma sanguíneo en la determinación del parentesco genético entre los primates superiores. Basándose en las conclusiones a las que había llegado Nuttall sobre las proteínas séricas, Goodman descubrió que los antígenos del hombre y de los chimpancés son prácticamente idénticos. Por aquel entonces, todo el mundo, salvo quizá Tarzán y Chita, creía que el chimpancé tenía más rasgos en común con un gorila que con un hombre. Pero Goodman demostró que esto no era cierto.

»Desde entonces, mediante técnicas inmensamente superiores a las que empleó Goodman, los antropólogos moleculares, y, ocupando un lugar destacado entre ellos, Vince Sarich y Alian Wilson, profesor de esta universidad, han podido completar el asombroso descubrimiento de Goodman y dar cifras.

Swift bebió un poco de agua de un vaso que tenía a mano y explicó cómo, utilizando albúmina, una de las proteínas comúnmente presentes en la sangre, pudieron aislar los aminoácidos, que son de un tamaño reducidísimo, y establecer las diferencias entre ellos, y también la diferencia, en términos de ADN, entre especies y géneros distintos.

– Las cifras son muy impresionantes -comentó-. Y también sorprendentes. Mientras que el ADN entre dos especies de rana puede diferir hasta en un ocho por ciento, la diferencia entre el ADN del hombre y el del chimpancé se reduce al uno coma seis por ciento. Uno coma seis por ciento.

Escribió la cifra en la pizarra y guardó silencio con la intención de que las cabezas de sus alumnos la asimilaran bien. Meneó la cabeza como si todavía no saliera de su asombro.

– ¿Os dais cuenta? La diferencia es menor de la que se da entre el ADN de dos especies de gibones, entre un caballo y una cebra, entre un perro y un zorro y, lo que es más importante, entre un chimpancé y un gorila. En otras palabras, tenemos más rasgos en común con un chimpancé de los que tienen un chimpancé y un gorila entre ellos.

»Uno coma seis por ciento no es una diferencia importante que pueda explicar la existencia de seres como Aristóteles, Shakespeare, Miguel Ángel, Mozart, Wagner, Picasso y Einstein. Pero lo que estos genios han creado es tal vez más sorprendente si lo consideráis desde otro punto de vista. Quizá recordéis la observación de sir Arthur Stanley Eddington: si un número infinito de simios aporrearan las teclas de unas máquinas de escribir, podrían escribir todos los libros contenidos en el Museo Británico. Pero el hecho es que cada uno de los libros contenidos en el Museo Británico fue escrito por un hombre cuyo noventa y ocho coma cuatro por ciento de su genética es idéntica a la de un chimpancé.

»Jared Diamond, que es un catedrático de fisiología de esta universidad, sostiene que el hombre es el tercer chimpancé. Su tesis se funda en cierta escuela de taxonomía denominada cladística según la cual la clasificación de los seres vivos debería ser objetiva, uniforme y basada en la distancia genética o el tiempo en que emprendieron caminos distintos y divergentes. Diamond defiende que los chimpancés, los gorilas y el hombre pertenecen al mismo género. Y afirma que, puesto que nuestro género, el género Homo, se dio primero, es innegable, desde el punto de vista zoológico, que somos también más importantes. La consecuencia de este argumento antropocéntrico es que en la tierra en la actualidad no hay una sino cuatro especies de Homo: el chimpancé común, el chimpancé pigmeo, el hombre y el gorila, que es un poquitín distinto.»La verdad es que es una idea nada despreciable, sobre todo si se tiene en cuenta la etimología de los nombres de los primeros especímenes de simios. Se dice que la palabra chimpancé procede de un vocablo bantú, medio portugués y medio angolano, que significa «falso hombre». Orangután significa en malayo «hombre de los bosques». Y aunque gorila sea un nombre griego, puede que también proceda de una palabra de una lengua africana que significa «hombre salvaje». Quizá estas palabras latinas nos han hecho olvidar quiénes y qué son estas criaturas. Reflexionad sobre ello.

»Habría, pues, cuatro especies de hombre, cuando anteriormente pensábamos que sólo había una. Lo dicho hasta aquí puede servir para responder a la pregunta que se hacen todos los astrónomos y todos los cosmólogos: ¿estamos solos? Es evidente que la respuesta es que no lo estamos. Y que nunca lo hemos estado.

»Puede que algunos de vosotros sepáis que, con el objeto de proteger de los cazadores furtivos a los gorilas y a los chimpancés en peligro de extinción, hay países africanos que han adoptado las tesis del profesor Diamond y están cambiando las leyes sobre el homicidio e incluyen en ellas estas nuevas especies del género Homo. En estos países matar a un gorila pronto va a ser considerado un asesinato y sobre el criminal recaerá la pena máxima. Esto es ciertamente muy encomiable. Pero es preciso tener en cuenta que el Homo sapiens no es la única especie de Homo capaz de asesinar en masa a los de su propia especie. Jane Goodall estuvo observando a lo largo de un período de varios años a un grupo de chimpancés que exterminó sistemáticamente a otro. Goodall creyó que el hecho de que la exterminación se prolongara durante tanto tiempo había que atribuirlo a la falta de esas poderosas armas mortales que el Homo sapiens es un consumado experto en fabricar. La investigación llevada a cabo por Dian Fossey sobre los gorilas demuestra sobradamente que un simio, y en especial si es joven, tiene las mismas probabilidades que un norteamericano de morir a manos de un ser de su misma especie.

»Como he dicho, son las herramientas las que convierten al hombre en el asesino más poderoso del planeta. Pero ¿qué fue primero, el tamaño del cerebro o las herramientas? Pensaréis quizá que el tamaño del cerebro es un requisito esencial para poder fabricar herramientas eficaces. No obstante, los fósiles hallados hasta hoy demuestran que no está ni mucho menos claro que una cosa dependa de la otra. Tal vez os sorprenderá saber que hace cuarenta mil años el hombre de Neandertal poseía un cerebro cuyo tamaño era mayor que el del hombre actual y, sin embargo, los utensilios que fabricaba no eran demasiado sofisticados. Aun así, creo que la mayor capacidad craneana de los neandertales, un tres por ciento mayor que la nuestra, debería bastar para eliminar el prejuicio de que eran estúpidos porque tenían un cráneo huidizo. Aunque nadie sepa de qué le servía esta mayor capacidad craneana.

»Sea cual sea, la causa de la bifurcación, tal como convencionalmente se sostiene, entre el hombre y el simio, lo que a nosotros nos gusta llamar «el gran salto hacia adelante», está contenida en sólo el uno coma seis por ciento de nuestros genes. Quizá deseéis aventuraros a meditar por vuestra cuenta sobre todo lo que os acabo de decir. Sean cuales sean las conclusiones a las que lleguéis, no serán más válidas, ni tampoco menos, que cualquiera de las teorías que ya se han elaborado. Como espero que pronto descubráis por vuestros propios medios, en el mundo de la paleoantropología son pocas las cosas que se saben a ciencia cierta. De hecho, aunque la incluyamos entre las ciencias naturales, es muy poco científica. El método empírico apenas tiene cabida en nuestra…

Swift echó una ojeada a su reloj al oír los toques del carillón de sesenta y una campanas del campanario de la Sproul Plaza. Tocaban manualmente aquel concierto, que duraba diez minutos, tres veces al día. El que se oía en aquel momento indicaba que era mediodía y que su clase había terminado. Sus alumnos ya se habían levantado y recogían sus libretas y bolígrafos.

– Muy bien -dijo alzando la voz entre el creciente estrépito-, mejor será que lo dejemos aquí. Recordad lo que dijo una vez Matt Cartmill de la Universidad de Duke. Dijo que todas las ciencias son extrañas pero que la paleoantropología era la más extraña de todas.

– Eso por descontado -gruñó Todd-. Jo, me estaba haciendo a la idea de que era un simio.

– Me parece que te falta bien poco -comentó una compañera con sarcasmo-. Te he visto comer, Todd.

Todd hizo una mueca bonachona.

– Pero ¿cuatro especies distintas de hombres? -exclamó meneando la cabeza-. No entiendo cómo podéis haberos enterado de esto y quedaros tan anchos. Quizá ahora vais a dejar que os apaleen. Pues para mí no tiene ninguna gracia, si tengo que deciros la verdad. ¡Pensad en todos esos chimpancés y en todos esos gorilas que hay enjaulados en los zoos! Imaginaos que descubrieran que no son animales y que leyeran la Constitución. Se verían metidos en verdaderos problemas.

«Conócete a ti mismo, no pretendas conocer a Dios; el objeto de estudio propio del hombre es el hombre.»

Desde que leyó a los dieciséis años de edad, siendo todavía una colegiala, los versos de Alexander Pope, éstos se convirtieron en el lema de Swift y en su filosofía de la vida. Tenía la impresión de que el tema del origen del hombre le había interesado siempre y su temprano y precoz interés por el sexo y la reproducción humana se vio pronto sustituido por un afán mucho más fundamental: descubrir el legado genético del hombre.

A pesar de ello, se produjo un momento de revelación en el que tomó conciencia de que iba a consagrar su vida al «objeto de estudio propio del hombre». Seguramente no fue ninguna casualidad el hecho de que dicho momento ocurriera al contemplar una escena reveladora y cargada de símbolos. Se trataba de la escena de 2001: una odisea del espacio, la película de Kubrick, en la que, con exquisita precaución, el simio toca el monolito y queda fascinado, aquella losa le despierta el recuerdo de algo que estaba como dormido en él: su habilidad para fabricar armas letales. Como si aquel ser hubiera excitado también la imaginación de la joven Swift con su leve roce, ése fue el momento en que, acompañado del toque tumultuoso de trompetas nietzscheanas, Swift comprendió cuál iba a ser el camino que iba a seguir en la vida.

Ahora, transcurridos unos años después de iniciar su propia odisea intelectual, el enigma del «gran salto hacia adelante» del hombre, el legado genético que iba a hacer del Homo sapiens un ser tan especial, era un misterio no menos diamantino que el monolito negro y amenazador de Kubrick. Y, en lo fundamental, el misterio seguía siendo eso: un misterio.

El período en que los neandertales y el Homo sapiens se escindieron ocurrió hace sólo doscientos mil años, una treintava parte del tiempo que se necesitó para que los simios y los seres humanos se separaran, con una diferencia de porcentaje de sus respectivos genomas que se reducía a menos de la mitad. Y, sin embargo, los neandertales habían sucumbido, mientras que el Homo sapiens había triunfado y se había impuesto.

¿Por qué?

No había ninguna pista que pudiera ayudar a aclarar este misterio insondable.

La explicación prevaleciente sobre la bifurcación del hombre de Neandertal y del Homo sapiens, es decir, que el hombre moderno había desarrollado esa superioridad evolutiva que es el lenguaje (la paleoantropología había abandonado la hipótesis de que su superioridad se debiera a la habilidad del simio asesino para fabricar armas que tanto había atraído a Stanley Kubrick), conducía a un misterio, si cabe, más grande.

¿Cuál fue el desarrollo anatómico que los neandertales no fueron capaces de desplegar y que había hecho posible que el hombre moderno inventara el lenguaje articulado al dotarlo de la facultad de emplear sonidos articulados para expresarse?

El camino de vuelta a su casa por la avenida Euclid era todo cuesta arriba.

Como muchas casas de Northside, la zona septentrional de Berkeley, un barrio tranquilo y con mucha vegetación cuyo vecindario está compuesto por personas que ejercen profesiones liberales y profesores universitarios, la de Swift era un chalet de madera que parecía esculpido de los frondosos árboles del lugar. Le había costado mucho dinero pero gracias a la venta, a muy buen precio, de los valiosos bronces de su abuela en unas casas de subastas de Londres y Manhattan se la había podido comprar.

Al entrar en su estudio, una habitación llena de plantas y bien ventilada en la que tenía su bonito piano de cola, Swift descolgó el teléfono y se tumbó en el sofá con el deseo de fumarse un pitillo y relajarse. Fumaba sólo en contadas ocasiones y, de hecho, utilizaba el tabaco con finés medicinales, pues lo único que buscaba en él eran sus efectos sedantes. Dio solamente dos caladas al Marlboro y lo apagó con sus dedos, tan cargados de sortijas de oro que parecían saxofones con sus pistones. Estaba todavía pensando en qué iba a hacer antes de que oscureciera cuando se quedó adormilada…

Se despertó con un sobresalto y echó una ojeada al reloj.

Eran las cinco.

Había atardecido ya y se le habían pasado las horas durmiendo.

El telefonillo sonó varias veces como una avispa enfurecida. ¿Quién podía ser? ¿Sería algún alumno? ¿Un colega, tal vez? ¿Algún vecino que venía a quejarse del piano, que ella tocaba hasta altas horas de la noche?

– Mierda.

Swift bajó sus largas piernas del sofá, cruzó la habitación de suelo de parquet de fresno bien pulido y pulsó el botón del telefonillo.

– ¿Quién es? -susurró de mal humor.

– Jack -respondió la voz.

– Jack -repitió ella como un eco-. ¿Jack qué más?

– Por Dios, Swift. ¿A cuántos Jacks conoces? Soy Jack Furness, quién voy a ser.

– ¿Jack?

Swift lanzó un grito de alegría y le dio al botón para abrir la puerta del jardín. Después de mirarse al gran espejo de marco dorado del vestíbulo y comprobar que estaba presentable, bajó los escalones de dos en dos y se fue volando a abrir la puerta.

Jack ni se movió, se quedó casi en posición de firmes en el umbral sosteniendo, debajo de su musculoso brazo, una jaula de madera bastante grande. Vestía un polo azul marino, un abrigo de tweed marrón de sport y en su cara había una sonrisa tan amplia y radiante como su reloj de pulsera de deportista. Estaba más delgado que la última vez que se habían visto e incluso tenía ojeras. Se adivinaba fácilmente, al mirar su rostro curtido por la intemperie, que en su reciente expedición al Himalaya había sufrido considerables penalidades. Pero ella no sabía casi nada de la desgracia que le había sobrevenido, fuera de la breve noticia que había oído en «Online» de la CNN y de las cuatro líneas que le había dedicado la semana anterior el San Francisco Chronicle a la ascensión, emprendida por dos hombres, de una de las cumbres de mayor altitud del Himalaya; la expedición, se decía, había terminado trágicamente al perecer Didier Lauren sepultado bajo un alud.

Swift se echó a los brazos de Jack y lo abrazó fuerte antes de apartarse de él y dedicarle una mirada llena de reproche.

– ¿Y si hubiera salido, Jack? -le regañó-. ¿Por qué no llamaste antes?

– Te llamé, pero tienes el teléfono descolgado.

– Lo que quiero decir es que por qué no me llamaste desde el Nepal. ¿O por qué no me escribiste? ¡Al menos podías haber utilizado el correo electrónico!

Jack se encogió de hombros.

– No quería hablar con nadie. Me imagino que te habrás enterado de lo que ocurrió.

– Fue la noticia más impactante del Chronicle -repuso-. Pero no decía gran cosa más de lo que habían dicho ya por la radio. Se limitaron a informar de que Didier murió al producirse un alud y que tú habías sobrevivido.

Swift volvió a abrazarlo; después tiró de él y lo hizo entrar en el vestíbulo.

– Didier no fue el único -comentó Jack-. También murieron cinco sherpas.

– Dios mío, qué terrible debió de ser para ti.

– Sí, eso es lo que fue: terrible.

– Me alegra que estés bien, Jack -dijo al cerrar la puerta.

Swift hizo pasar a su amigo al salón, lo sentó, dándole un cariñoso empujón, en un sofá amplio y mullido, y le ofreció una copa de Macallan, que era lo que más le gustaba.

– ¿Cuándo llegaste?

– Ayer.

– ¿Ayer? ¿Y tanto has tardado en venir a verme?

– En realidad llegué anoche. Y llegué molido.

Jack apuró la copa y se quedó mirando a Swift. Estaba todavía más guapa de lo que él la recordaba. Tenía las piernas bronceadas y extraordinariamente bien torneadas, y las cruzó al sentarse en una butaquita más bien incómoda enfrente de él.

– ¿Esperas a alguien esta noche? -le preguntó Jack-. Quiero decir si hay alguien en tu vida.

– No, nadie.

– Estupendo. ¿Puedo servirme otra copa?

– Por supuesto.

Jack se levantó y se acercó a la bandeja de las bebidas. Se llenó la copa de whisky de malta y volvió a sentarse en el sofá, adoptando esta vez una posición distinta con la intención de poder contemplar las piernas de ella sin que nada le impidiera disfrutar de aquella espléndida vista.

– ¿De veras no hay nadie? No me lo puedo creer. ¡Hace siete u ocho meses que no te veo! A la fuerza tiene que haber habido alguien en tu vida.

– Yo no he dicho que no hubiese habido nadie.

– Ahora sí has conseguido ponerme celoso. -Jack entornó los ojos-. ¿Quién era?

Swift se encogió de hombros con estudiada indiferencia.

– Si uno es discreto, muy discreto, están siempre los alumnos.

– Te estás cachondeando de mí.

– Puede -dijo Swift descruzando las piernas, gesto que a Jack le permitió ver fugazmente sus braguitas antes de que ella se estirara la falda.

– No hay que ser adivino para ver que has permanecido célibe en tu estancia en el Nepal -comentó-. Por favor, deja ya de hablar así, Jack. Yo no soy Sharon Stone.

– Bueno, vale, vale -gruñó-. Lo decía en broma. Estaba diciendo tonterías.

– Pues no lo hagas. No las digas. Por cierto, ¿qué hay en esa caja?

– Un regalo.

– ¿Para mí?

– Puede.

Swift se emocionó.

– ¿Qué es? ¿Me gustará?

Jack negó con la cabeza. La conocía demasiado bien, y de momento no iba a decirle que en la caja había un fósil. Deseaba disfrutar de una cena agradable, pues hacía meses que no disfrutaba de una buena comida, en compañía de aquella mujer. No tenía ninguna intención de cenar solo mientras Swift, emulando a Richard Leakey, examinaba el cráneo que él había hallado en la fisura del Machhapuchhare.

– Pues claro que te gustará -contestó al fin-. Pero primero cenamos, ¿de acuerdo?

– Bueno -dijo Jack cuando terminaron la cena que Swift había preparado-. Casi ha valido la pena esperar tanto tiempo. Hacía muchos meses que no comía nada tan exquisito.

– ¿Tan mala es la comida en el Nepal? -preguntó ella.

– En general, no. Pero como formábamos un equipo ligero y la carga imprescindible era forzosamente muy reducida, teníamos que apañarnos y comer siempre mucho de lo mismo. La mayor parte del tiempo, mientras escalábamos, tuvimos que echar mano de raciones que eran todas idénticas. Cuando estábamos en los campamentos base, la comida era un poco mejor. Carne de búfalo, huevos, lentejas, cabra y arroz. Pero incluso en estos casos… bueno, digamos que es una comida que lo único que hace es provocar pedos a los valientes que se atreven con ella.

Swift puso cara de asco.

– Sigo sin comprender por qué lo haces -manifestó-. No entiendo por qué sigues escalando. ¿Qué te reporta? Me imagino que emociones fáciles. Diversión sin compromiso.

– De fácil y divertido, o de sin compromiso, nada -protestó él-, teniendo en cuenta lo que puede ocurrir. Teniendo en cuenta lo que de hecho ocurrió.

– Sí, lo siento. He dicho una sandez.

– No te preocupes. Los reproches, viniendo de ti, son un halago. Es como si de verdad te importara lo que pueda ocurrirme.

– ¿Ah, sí? ¿Y qué te induce a pensar una cosa así? En serio, Jack, dime por qué lo haces.

– ¿Que por qué salgo de casa y voy a ver todas las maravillas que hay por este mundo? Pues de la misma forma podría yo preguntarte a ti por qué te quedas en esta pequeña ciudad de mala muerte.

– Salgo -replicó ella conteniéndose-. Viajo. Trabajo de campo, viajes de investigación en busca de fósiles. El año pasado fui a África occidental. Pero tú no te limitas a viajar. Tú vas y arriesgas tu vida. Eres como un grandullón con una moto nueva, Jack. ¡Que tienes cuarenta años, por el amor de Dios!

– Tal como hablas, se diría que a los cuarenta se es ya viejo.

– ¿No te parece que es tiempo ya de sentar la cabeza?

– De momento no he visto que hubiera razones para hacerlo. ¿Me estás haciendo una proposición?

– No, desde luego que no -se rió Swift.

– Pues entonces, no me parece para nada que haya llegado el momento de sentar la cabeza.

– Así que es todo culpa mía, ¿no es eso?

– Por supuesto que lo es.

– Cabrón -le espetó al tiempo que le daba juguetonamente una palmada en el hombro-. A lo mejor es el mono que llevas dentro el que hace que te guste escalar -apuntó.

– Pues a lo mejor. Pero si tengo que contestar a tu pregunta con seriedad, debo decir que escalo montañas porque es una Pasión, una pasión con mayúscula. Sufrimiento, derrota, justicia. Encierra algo que es casi religioso, como si se tratara de tu propio Oberammergau. -Soltó una sonora carcajada-. Dios mío, la de tonterías que estoy diciendo esta noche. He bebido demasiado.

Pero Swift tuvo la sensación de que su verborrea no cabía achacarla sólo al efecto del alcohol, pues dejaba entrever algo extraño y muy personal.

– Quiero saberlo todo. De veras.

Jack guardó silencio un momento, y después, tras inspirar hondo, habló.

– Los sherpas creen que los montes del Himalaya son lugares sagrados. No sólo los han bautizado con nombres de héroes de la región o de los animales con los que guardan un parecido por su forma, sino que son nombres sagrados. Chomo Lungma, por ejemplo, que es el nombre que recibe el Everest en el Tibet, significa «tierra de la Diosa, madre de la Tierra». Y Annapurna significa «diosa de las cosechas abundantes». Esa gente cree que las montañas son sagradas y hay unos picos que son de hecho inviolables, porque sería una blasfemia escalarlos. La cuestión es que yo mismo casi estoy dispuesto a creerlo. Porque es una blasfemia, porque es enfrentarse a Dios, porque es una provocación a seguir un comportamiento que es en realidad una porfía, por todo eso es por lo que me seduce hacerlo. Y por todo eso es por lo que sigo haciéndolo una y otra vez. Incluso escalo montañas que están prohibidas.

»Tal vez, no sé… tal vez haya una explicación freudiana que pueda aclararlo todo… -Volvió a reírse-. Por Dios, te lo ruego, hazme callar. Estoy diciendo muchos disparates esta noche. Debe de ser que vuelvo a los tiempos de Oxford.

– Cuando estudiabas en Oxford no eras para nada así -repuso Swift-. Eras muy práctico, muy americano, y no hacías ostentación de tu capacidad intelectual. Eras inteligente sin ser pretencioso. Esto es lo que me atrajo de ti.

Entre él y Swift había un acuerdo en lo referente al sexo: si no había nadie en sus vidas, dormían juntos. De todas formas, siempre era mejor no dar nada por sentado. Jack tenía que lograr llevársela a la cama antes de que viera el fósil.

Swift preparó café y lo llevó al salón en una bandeja de bordes de latón indio que Jack le había regalado al regresar a casa después de haber ascendido al Dunagiri, una montaña de siete mil metros de altura que se halla en el norte de la India y que fue el primer pico de la cordillera del Himalaya que él escaló, junto con Didier, cuando ambos se entrenaban para ascender al Changabang al año siguiente. Jack advirtió, súbitamente sobresaltado, que desde aquello habían transcurrido exactamente diez años. Tal vez ella tuviera razón; tal vez era ya demasiado viejo para andar escalando montañas.

Estaban sentados en el sofá. Tras un largo silencio, Swift se inclinó hacia él y le acarició la mejilla con el dorso de su mano cargada de anillos.

– ¿En qué estás pensando?

Jack le contó los pensamientos que se habían desatado en él al ver la bandeja.

– Me pregunto quién será mi nuevo compañero de cordada ahora que Didier ha muerto -añadió.

Swift se pegó a él y Jack le rodeó la cintura con los brazos, apretándola suavemente, y posó sus labios sobre los de ella como si anhelara que su amiga le devolviera el soplo vital, porque se sentía en verdad exánime.

Pasaron varios minutos. De pronto Swift se apartó y se lo quedó mirando muy concentrada, como si estuviera reflexionando sobre qué era aquello que le atraía de su rostro.

Se puso en pie sin vacilar, se bajó la cremallera de la falda, la tiró al suelo y dejó al descubierto ante los ojos de Jack, impresionado al ver que no llevaba ropa interior, el dorado tepe cortado en forma triangular, pero vuelto hacia abajo, en el nadir de su vientre.

– Antes me ha parecido oírte decir que no eras Sharon Stone -le reprochó él apretando su cara contra el cuerpo de ella.

Swift le acarició el pelo, feliz de sentir que él siguiera deseándola tanto.

Jack fue tras ella hasta el vestíbulo sin apartar la vista de las curvas perfectas de sus nalgas. Swift subió la escalera que llevaba al dormitorio, volviendo la cabeza de vez en cuando con aire provocativo como para cerciorarse de que él la seguía. Y fue entonces cuando sus ojos se posaron de pronto en la jaula de madera que él había traído.

Swift se paró en seco.

– ¡Eh! -exclamó-. ¿Y el regalo?

Se volvió, se sentó en un escalón y dejó que él metiera la cabeza entre las piernas hasta que le cogió por los pelos y lo apartó.

– Después -acertó a decir él mientras deslizaba la mano entre sus piernas.

Swift se levantó entre risas huyendo de sus torpes caricias, y subió otro peldaño.

– Ni hablar. Primero el tributo, después la recompensa.

– ¿No puede esperar? -le preguntó Jack con voz quejumbrosa.

– ¿Para que luego cambies de opinión y no me lo quieras dar? -Su comportamiento infantil le producía a Swift un extremo placer-. Ni soñarlo. Además, tú quieres que cuando nos acostemos yo me entregue totalmente, ¿verdad? Pues yo no podré hacerte el amor si tengo la cabeza en otra parte.

– No lo entiendes, Swift. De eso se trata precisamente, es justamente eso lo que me preocupa. Que no te entregues totalmente.

Swift lo empujó con suavidad y lo llevó de nuevo al vestíbulo.

– Te falta mucho que aprender sobre psicología femenina -le soltó; la evidente decepción de él la divertía mucho-. Tenías que haber dejado el regalo en el coche.

– ¡No te falta razón, mierda! -repuso, enfadado-. Pero tienes que saber que esto es… no es un regalo normal… no es una bandeja india, ni tampoco una alfombra.

– De eso ya me he dado cuenta.

– Lo que quiero decir es que se trata de algo relacionado con la ciencia y que quizá ahora no sea el momento más adecuado para dártelo.

– Ahora sí me tienes intrigada -se rió Swift-. ¿Qué es?

– Mierda.

Jack aceptó su derrota. Fue hacia la puerta y recogió la jaula del suelo.

– No puedes ni figurarte lo que me costó pasar la aduana -gruñó Jack.

– Es un fósil, ¿verdad? ¡Oh, Jack! ¡Me has traído un fósil!

Ella le siguió hasta la cocina y Jack, fastidiado, dejó la caja sobre la mesa, buscó un cuchillo e hizo palanca para abrirla. Cuando lo hubo conseguido, sacó un puñado de paja y Swift reconoció en seguida que lo poco que se veía era el cráneo de un homínido. Se estremeció, entusiasmada.

– Dios mío -exclamó sin aliento-. Es un cráneo.

– Venga, vamos -le apremió-. Sácalo. No se va a romper, es muy resistente.

– Espera. Un momento, un momento.

Swift salió precipitadamente de la cocina y al segundo volvió a entrar con la falda puesta.

Jack hizo un esfuerzo por no mostrar su contrariedad, aunque, a decir verdad, al cabo de nada, Swift le había contagiado su entusiasmo y ardió en deseos de saber qué haría ella con su hallazgo.

Con mucho cuidado, al igual que haría una madre al coger a su hijo recién nacido, Swift extrajo el cráneo de la jaula y se lo quedó mirando fijamente un buen rato sin abrir la boca.

– Es precioso, Jack -declaró al fin.

– ¿Lo dices de veras? En la caja hay un fragmento del maxilar inferior. Lo encontré más tarde. Y también te he traído una muestra de tierra y de roca. Espero que te ayude a datarlo.

– ¿Cómo es que sabes en qué consiste la geocronología? -le preguntó Swift sin apartar los ojos del cráneo.

Jack se encogió de hombros.

– No sé por qué te sorprende. Me he pasado veinticinco años trepando por las rocas. Me parece que no es nada extraño que tenga algunas nociones de geología.

– Sí, claro, claro -repuso ella abstraída.

Jack cruzó los brazos y se apoyó en la encimera de madera; disfrutaba al verla tan fascinada. Tras un prolongado silencio, hizo una mueca y comentó:

– Pareces Hamlet.

– Basta que te lo quedes mirando atentamente un buen rato para que empiece a hablarte -murmuró-. Exactamente igual que el pobre Yorick.

– Así pues, ¿cuál es el veredicto?

– ¿El veredicto?

– ¿Es una pieza interesante?

– Una se pasa la mayor parte de la vida en busca de fósiles aguzando la vista para ver si encuentra algunos viejos fragmentos. Puedes acabar con la espalda destrozada y quedarte ciega a fuerza de buscar trocitos de huesos fosilizados. O fragmentos rotos de un esqueleto. O pedazos irregulares de un todo esparcidos por el suelo. Tal vez sólo dos o tres de ellos. Unos cuantos huesos malares. Un fragmento de un maxilar. Con mucha suerte, medio maxilar entero. Pero ¿esto? Es fantástico, Jack. Un cráneo prácticamente entero. E intacto. Es el hallazgo con el que sueña todo el mundo.

– ¿En serio crees que puede ser importante?

– Jack, jamás había visto un resto fósil en tan buenas condiciones.

Swift meneaba la cabeza como queriendo hacerle comprender su absoluta fascinación, y Jack vio que se le saltaban las lágrimas.

– Es fabuloso. ¿Dónde lo encontraste?

Jack le contó el derrumbamiento del alud que había matado a Didier Lauren y que a él lo había arrastrado hasta una fisura, por la que había caído. Allí, en el suelo de una caverna que se hallaba a mucha profundidad bajo tierra, encontró el cráneo. Pero no le dijo que había ocurrido en el Machhapuchhare, pues a las autoridades nepalés les constaba que el accidente se había producido en el Annapurna, no en el Machhapuchhare, y cuantas menos personas supieran la verdad, mejor.

– ¿Dices que estaba en el suelo?

Jack asintió.

– Justamente así se halló el primer fósil neandertal -susurró-. Fue en el año 1856. Unos obreros que trabajaban en una cantera encontraron un cráneo en el suelo de una cueva.

– ¿Pertenece éste también a un neandertal?

– ¿Éste? No, en absoluto. Éste es mucho más interesante. Dime, ¿a qué altura de la montaña estaba la cueva?

– A unos seis mil metros -contestó de forma evasiva-. Estuve a punto de morir allí sepultado. Aquella cueva por poco se convierte en mi tumba. ¿Vas a decirme de una vez qué es o voy a tener que esperar a leer un artículo tuyo en Nature?

– ¿Un artículo? -El tono de voz de Swift era de incredulidad-. Con este material podría escribir un libro entero. O, quién sabe, quizá me cambie del todo la vida. Quizá mi carrera dé un vuelco. Ha llegado justo en el momento oportuno. ¿Sabes?, estoy pendiente de que la universidad me haga un contrato fijo.

Hizo girar el cráneo que sostenía en las manos como si fuera una bola de cristal, aunque no una bola que fuera a predecirle el futuro sino a iluminar el pasado.

– Para empezar, es bastante grande; podría ser el cráneo de un primate gigante. ¿Ves estas suturas alrededor de los temporales y del occipital en la parte anterior y en la parte posterior del cráneo? Recuerdan mucho los huesos del Paranthropus robustus, los australopitécidos descubiertos en el sur de África. Sólo que éste es muy extraño. La sutura sagital es mucho más pronunciada de lo que cabría esperar.

Se quedó callada y alzó el cráneo acercándolo a los focos del techo con el objeto de examinarlo al trasluz.

– También la bóveda craneana es más alta. Esto podría ser un indicio de que contuviera un cerebro de mayor tamaño. Mayor que el de un gorila, en todo caso, pero no tan grande como el del hombre.

Colocó el cráneo mirando hacia ella y pasó los pulgares por el poco protuberante arco superciliar; parecía una escultora alisando el barro.

– La cara es corta, no es nada simiesca. Los dientes, en cambio… los dientes tampoco parecen los de un simio, a no ser por el tamaño.

Le dio luego la vuelta, poniéndolo cara abajo, con el fin de examinar la parte inferior del maxilar superior.

– El arco dentario es parabólico, no tiene forma de U. En cuanto al esmalte de los molares, parece muy grueso. Estos dos factores bastarían para afirmar sin lugar a dudas que no es ningún cráneo de simio. Dejando a un lado el tamaño inmenso de los dientes, y tengo que decirte, Jack, que jamás había visto unos dientes tan grandes como éstos, quizá pueda darle el visto bueno a mi observación sobre su relación con el Paranthropus robustus. Los dientes son ciertamente similares en cuanto a la forma a los de un robustas; los molares son más grandes y más planos; los anteriores, en cambio, sobre todo los caninos, son proporcionalmente más pequeños. Pero ningún robustus tenía unos dientes tan grandes.

Hizo una pausa, depositó el cráneo sobre la mesa, junto a la caja de embalar, se puso en cuclillas y se lo quedó mirando fijamente con el cejo fruncido.

– Los únicos candidatos en quienes se me ocurre pensar son los ramapitécidos. Las estribaciones del Himalaya son una de las zonas donde más fácilmente se encuentran fósiles ramapitécidos.

– En la cordillera de los Siwalik -apuntó Jack.

– Hasta ahora se han hallado tres tamaños de ramapitécidos -prosiguió Swift-. Ya veo que con este tipo tendré que desplegar una amplia investigación detectivesca y formular muchas hipótesis. Esto no es más que una suposición, desde luego, pero yo diría que los dientes son característicos de los ramapitécidos más grandes. Por cierto, el homínido más grande que se conoce es el Gigantopithecus.

Metió la mano en la jaula, extrajo el fragmento del maxilar que había puesto Jack en ella y asintió.

– Esto confirma lo que he dicho. Por el tamaño de estos maxilares diría que se trata de un gigantopitécido, pero la disposición de las suturas craneales, por el contrario, parece indicar que tenemos ante nosotros un australopitécido.

– Tal vez sea un híbrido de los dos -sugirió Jack.

Swift negaba con la cabeza.

– Pero hay algo de este cráneo que no entiendo.

– ¿Qué? ¿Cuál es el problema?

– No lo sé. -Se interrumpió y luego agregó-: Supongo que me desconcierta el hecho de que este espécimen, que vivió en épocas tan remotas, esté tan extraordinariamente bien conservado.

– ¿Es esto lo que te desconcierta? -se rió Jack-. Eres muy difícil de complacer.

– Es mi obligación ser escéptica. ¿Qué condiciones atmosféricas se daban en el interior de la cueva?

Jack se encogió de hombros mientras que con la mente se transportaba a la fisura en la que había sido arrojado.

– Bueno, supongo que era un ambiente seco. La cueva, o mejor dicho, la caverna, era de roca caliza y se adentraba unos cien metros en la montaña, al final de un angosto pasillo. Era como la entrada a una cámara sepulcral egipcia. El suelo era de tierra.

– ¿Había estalagmitas o estalactitas?

– Si las había, yo no las vi. Pero tampoco estoy muy seguro de haber explorado toda la caverna. En el exterior había unos cuantos carámbanos.

– ¿Dirías que era un lugar bien resguardado?

– Sí, muy bien resguardado. Dormí muy cómodo la noche que pasé allí, me había bebido media botella de buen whisky.

– Lo que ocurre es que en un lugar así lo normal es que hubiera muchos fósiles.

– ¿Ah, sí?

– Sobre todo teniendo en cuenta que era de roca caliza. Aunque dices que el suelo era de tierra, ¿no?

– Exacto.

– Aun así -comentó Swift pensativa-, me extraña que el cráneo no parezca de piedra. Su aspecto óseo original no se ha alterado. La fosilización es una metamorfosis lenta que acabamos de explicarnos muy bien, pero aun así es extraño que este fósil no presente signos más evidentes de mineralización.

Swift volvió a menear la cabeza mordiéndose el labio.

– Pero en cuanto a mis observaciones preliminares…

– Un gigantopitécido con una pincelada de australopitécido, ¿no era eso?

– Exacto. Pero yo me aventuraría a afirmar…

Frunció el entrecejo.

– No, eso es del todo imposible.

– Estás cansada -la consoló Jack-. Estás cansada y nos hemos dado un banquete. Mañana lo verás todo diferente. A la luz del día se ven las cosas con otros ojos. Hazme caso.

Jack le rodeó la cintura con sus brazos.

– Vamos a acostarnos.

– Quizá tengas razón -dijo bostezando fuerte-. He bebido un poquitín demasiado.

Lo siguió hasta la puerta de la cocina y, antes de apagar la luz, le echó una última ojeada al cráneo y se rió de lo absurdo que era lo que acababa de pensar.

El fósil gigantopitécido más perfecto jamás hallado no parecía en absoluto un fósil. La idea era ciertamente de lo más absurda.

CUATRO

Todo hallazgo de reliquias fósiles que venga a arrojar luz sobre los eslabones que unen al hombre con sus antepasados ha suscitado siempre polémicas y siempre las suscitará.

Wilfred Le Gros Clark

Swift se pasó casi toda la noche en blanco, aunque su insomnio se debía menos a la presencia de Jack que al cráneo. Sabía que sus colegas la tenían en alta estima y que gozaba de popularidad entre el alumnado, porque era una profesora excelente. Pero tenía treinta y seis años y apenas había publicado nada. Dentro de poco la Facultad de Paleoantropología decidiría si le ofrecía o no un contrato laboral fijo, que le permitiría seguir enseñando, y era consciente de que tenía que realizar un trabajo de investigación importante o, mejor aún, publicar un libro. El fósil que le había regalado Jack le proporcionaba el valioso material que tanto necesitaba.

A las seis se escabulló de la cama sin hacer ruido, se vistió apresuradamente y se fue abajo. Tenía una idea fija en la cabeza. Le dejó una nota a Jack, metió el cráneo en la caja, la llevó hasta el coche y se fue directamente a la universidad.

En el campus reinaba la calma más absoluta. A aquellas horas de la mañana todavía no habían hecho su aparición los profetas, los músicos, los vendedores ambulantes de objetos de artesanía, los camellos, los radicales, los artistas y los más variopintos profesores de la universidad con quienes se cruzaba uno normalmente en la avenida Telegraph.

En cuanto entró en el laboratorio, cerró la puerta con llave. Sólo entonces se atrevió a sacar el cráneo y el fragmento de maxilar de la caja y depositarlos cuidadosamente sobre la mesa, que estaba debidamente forrada y acolchada con el fin de proteger de posibles golpes los fósiles, a veces frágiles, que se examinaban en ella.

Midió el cráneo minuciosamente con calibradores y un micrómetro; a continuación dejó en la mesa unas reglas y montó la Canon EOS 5 sobre un trípode; le puso un objetivo de cien milímetros, un flash indirecto Speedlite y un cable de diez metros para disparar a distancia. Cargó luego la cámara con un carrete de Fuji Reala de treinta fotografías y empezó a disparar; apuró otro carrete, también de treinta fotografías, porque la seguridad era primordial.

Después de haber tomado y anotado concienzudamente las medidas básicas y de haber hecho las fotografías, que serían un testimonio fiel de la apariencia del cráneo, se dispuso a seguir con el segundo paso del plan de trabajo, a cuya preparación había dedicado casi la noche entera.

Swift pintó el cráneo con Bedacryl, una especie de cola que se emplea normalmente para endurecer los fósiles frágiles antes de trasladarlos del suelo donde han sido hallados. Aquel cráneo era la pieza más resistente que había manejado, pero Swift prefería extremar las precauciones y pecar de precavida. Hasta los huesos más sólidos podían romperse si se caían de una mesa o de un banco de trabajo.

Mientras esperaba a que la cola se secara, se dispuso a calentar yeso con el objeto de realizar un molde de escayola. Más tarde ya haría moldes de resina y estereográficos más perfeccionados; en aquel momento lo único que quería era una copia que pudiera manejar y transportar por la universidad sin correr ningún tipo de riesgo. En cuanto tuvo el molde hecho, Swift guardó el cráneo original y el hueso maxilar en su caja fuerte del laboratorio. Había planeado llevarlo luego a las cámaras acorazadas de la universidad, donde se almacenaban otros especímenes de valor.

Swift había dedicado asimismo un tiempo a meditar sobre los pasos que debería dar para establecer y defender la propiedad intelectual sobre el espécimen. Si, tal como ella sospechaba, se demostraba que el cráneo era un hallazgo importante, era esencial mantener una absoluta confidencialidad sobre su trabajo de investigación hasta que éste estuviera maduro para ser publicado. Pero era también evidente que no podía trabajar sola y aislada de todos porque, si quería someterlo a un examen exhaustivo, necesitaría la ayuda de sus colegas de la universidad.

Éste era su principal motivo de preocupación.

En el mundo de la paleoantropología abundan las disputas y los litigios; muchas veces el hallazgo de un nuevo fósil sirve para que alguien edifique su reputación a costa de otros y en detrimento de ellos. Al carecer de un método empírico sólido y al ser los paleoantropólogos profesionales que carecen frecuentemente de objetividad, la paleoantropología es una ciencia endeble, basada más en la teoría que en los datos empíricos. Y teorías las hay a granel. A veces a Swift le daba la impresión de que la avidez insaciable que el público muestra por la divulgación científica popular traía como consecuencia el que cada semana apareciera una nueva teoría sobre los orígenes del hombre. Pero los fósiles eran muy difíciles de conseguir y por lo general se aceptaba que los paleoantropólogos más famosos basaran en ellos su reputación. La gente recuerda a Dart, a Johanson, a Leakey, porque sus hallazgos son tangibles. Casi nadie, en cambio, recuerda a teóricos como Le Gros Clark o Clark Howell, que partieron de teorías y en ellas basaron sus trabajos.

A veces se hace que unos fósiles encajen en una determinada teoría en lugar de proceder al revés, y no es infrecuente que la gente compre fósiles que proceden de un competidor con el propósito expreso de demoler una teoría que contradice la propia. El robo es menos frecuente pero en modo alguno desconocido. Y el mundo de la paleoantropología en su totalidad no se ha recuperado del descubrimiento que reveló en 1955 que el cráneo de Piltdown hallado en 1912 en una cantera del sur de Inglaterra era un fraude.

En 1912 Charles Dawson, un arqueólogo aficionado, halló un cráneo simiesco en una pedrera cerca del pueblo de Piltdown en la región de Sussex. Su hallazgo parecía los restos de un ser que había vivido en épocas muy remotas y, por otro lado, todo se ajustaba, de forma harto oportuna, a la teoría dominante entonces según la cual el antepasado del hombre estaba dotado de capacidades intelectuales considerables. Pero en realidad el hombre de Piltdown era una mera combinación de un cráneo humano y una mandíbula de orangután.

La única certeza absoluta con la que cuenta esta ciencia escindida y plagada de incertidumbres es que todo hallazgo de importancia tiene muchas probabilidades de convertirse en un nuevo motivo que desatará disputas y enconadas rivalidades.

No es de extrañar, pues, que la primera persona a la que Swift telefoneara para hablarle de su hallazgo fuera un abogado.

Harztmark, Fry y Palmer eran los abogados de su madre; trabajaban en Londres, donde administraban un consorcio establecido a nombre de Swift, que le reportaba a ésta unos sustanciosos ingresos anuales que recibía a través de su oficina de San Francisco. Swift sólo había visto una vez a Gil McLellan, el socio que administraba su dinero, pero en las excepcionales ocasiones en las que necesitaba asesoramiento legal era a él a quien acudía.

– Stella -le saludó McLellan en cuanto la secretaria le hubo pasado la llamada-. Es un poco temprano para alguien que vive en Berkeley, teniendo en cuenta que en Berkeley no son ni siquiera las nueve de la mañana. No tenía ni idea de que la antropología exigía un horario de trabajo tan estricto.

Su risa ronca sonó como si estuviera tosiendo.

Esto es una de las cosas irritantes de los abogados: se creen los únicos que saben lo que es estar en el despacho desde buena mañana y los únicos que saben lo que es trabajar duro.

– Escúchame, Gil -le dijo Swift yendo directa al grano, antes de que a él le diera tiempo de invitarla a cenar, como solía hacer casi siempre-. Necesito que me ayudes.

– Para eso estoy.

– Deseo que me redactes un contrato de confidencialidad. Ya sabes, algo así como: el abajo firmante se compromete a no mencionar ni de palabra ni por escrito tal objeto, ni a reclamar ningún derecho de propiedad sobre él, sin mi autorización escrita; y si se demuestra que alguien ha utilizado sin mi consentimiento, expreso o tácito, esta información que yo le he facilitado directa o indirectamente, será culpable de haber violado mis derechos, por lo que deberá ser procesado por un tribunal de justicia.

– ¿Estás segura de que necesitas mi ayuda, Stella? Me parece que lo dominas perfectamente. ¿Sabes?, quizá deberías haber estudiado derecho en lugar de paleoantropología.

– ¿Lo harás?

– Por supuesto. Pero ¿puedo hacerte un par de preguntas? En primer lugar, ¿de qué se trata exactamente?

– De un fósil. Un fósil importante. -Se quedó callada un momento-. Mejor será llamarlo cráneo para evitar confusiones.

– Mi segunda pregunta se refiere al grado de la confidencialidad -señaló Gil-. Ninguna información puede ser confidencial si es de dominio público, ¿de acuerdo?

– Nadie sabe nada del fósil salvo yo misma y la persona que lo halló. No se puede hablar de dominio público.

– Muy bien, pues. Voy a redactar un borrador del contrato y te lo mando por fax dentro de media hora. Hasta que tengas el contrato definitivo impreso en papel de carta legal, el que te mande te servirá igual. No sabes cómo se acojonan todos cuando lo ven.

– Gil, eres un sol.

– Dame el número del fax, así me ahorro tener que buscarlo. Llámame si tienes alguna duda. Bueno, llámame de todas maneras. En lugar de cobrarte, dejaré que me invites a almorzar.

En cuanto el cartero le entregó en mano el contrato legal definitivo del cual Gil McLellan había redactado el borrador, Swift fue a ver a Byron Cody.

La Facultad de Zoología de la universidad era una de las que se hallaban en el edificio de Geociencias, una construcción arquitectónica que, por su falsa columnata, recordaba vagamente el ideal helénico. Pero por su estructura de fortaleza, con torreones rectangulares y un patio central, el edificio recordaba más bien a la sede principal de un banco o de una institución del gobierno federal.

Swift no encontró al zoólogo especializado en primates de fama internacional en el despacho en el que solía trabajar sino en otro. Era una habitación sólida y acogedora, casi tan ancha como el propio edificio, que almacenaba una colección de libros inmaculados y encuadernados en piel que tenían aspecto de no haber sido apenas leídos.

– Estoy redecorando mi nuevo despacho -le explicó Cody después de haberla besado en las mejillas-. Tengo entendido que es de un botánico que está ahora en la Amazonia.

Swift se sentó y rechazó la invitación a tomar un café de la máquina que había en el horrible vestíbulo.

– Las críticas de tu nuevo libro han sido muy buenas -le dijo Swift-. Tengo verdaderos deseos de leerlo.

– Yo nunca me creo las críticas buenas -repuso él-. Sólo me merecen consideración las malas. Creo que puedo prescindir de los elogios, aun si son certeros. La crítica es como viajar en avión: cuando todo va bien, ni te das cuenta de que estás volando; sólo cuando tienes un accidente te lo tomas en serio.

Swift sonrió. Cody era uno de sus colegas preferidos.

– Tienes suerte, me pillas de casualidad -le comentó-. Dentro de nada tengo que estar en Moe's firmando libros. No entiendo que mi firma pueda cambiar nada a menos que aparezca en un talón. Bueno, en realidad no tengo que ir hasta dentro de una hora. Tenía intención de ojear libros primero, pero prefiero quedarme y hablar contigo, Swift.

– De hecho me gustaría que leyeras y que firmaras un documento que he traído -le comentó.

– Así que has solicitado una subvención. Será un placer -le aseguró Cody cogiendo el documento de McLellan y depositándolo sobre un montón de papeles desordenados.

– Me interesaría que le echaras un vistazo ahora, si no te importa -insistió Swift-. No es ninguna solicitud para una subvención. Es más bien un documento legal.

– Ahora sí que estoy intrigado.

Byron leyó el documento con una mezcla de orgullo herido y de placer. Una vez concluida la lectura del documento de confidencialidad, Cody, un hombre lento y meticuloso cuya barba a lo Darwin hacía honor a estos rasgos de su personalidad, volvió a leerlo desde el principio. Al acabar, lanzó un fuerte suspiro.

– ¿A qué viene todo esto, Swift? -le preguntó quitándose las gafas de media luna que utilizaba para leer y que se puso a limpiar con nerviosismo con la punta de su corbata de lana azul.

– Lo que te he dicho -explicó Swift-. Es un documento legal, un contrato de confidencialidad. Lo que deseo decirte se convierte así en una información no divulgable, como la que comparten un cliente y su abogado. Eso es todo.

– ¿Y tú eres el cliente?

Swift asintió.

– Hay que reconocer, Swift, que eres una persona cabal, de lo más concienzuda y minuciosa. Ésta es la primera vez que alguien me pide una cosa así. Para la mayoría, la inteligencia es sólo un don; para ti es un deber moral.

– Pues entonces permíteme que vaya directa al grano. He hallado algo que puede que tenga mucho valor. Si éste es el caso, quiero mantenerlo en secreto todo el tiempo que pueda. Lo último que deseo es que alguien del IHO publique un artículo antes que yo.

– ¿Cabe esta posibilidad?

Swift se encogió de hombros.

– Don Johanson dio a conocer su nueva especie, el Australopithecus afarensis, después de arrebatarle unos fósiles de Kenia a Mary Leaky, y sin darle tiempo ni la oportunidad de hablar sobre ellos.

– Pero fue él quien descubrió a Lucy.

Lucy es el nombre que le dio Johanson en un primer momento a los fósiles de afarensis que él halló en Tanzania.

– Sí, pero no le bastó con esto. Tuvo primero que cargarse los fósiles de ella para promover los suyos.

– Entendido.

Cody cogió una pluma, pero se resistía a firmar el documento.

– Mira, Byron, los fósiles son información. Y el nombre que se le pone a cada uno de ellos es algo absolutamente vital en este negocio.

– ¿Negocio? Acabas de mencionar la palabra clave. Ahora sí lo entiendo todo. Yo pensaba que los paleoantropólogos erais científicos.

– La ciencia no es más que un negocio, sólo que quienes se dedican a ella llevan bata blanca -arguyó Swift-. Si quieres descubrir nuevas verdades, no puedes ir con el culo al aire, tienes que protegerte. Si Galileo hubiera sido más precavido a la hora de pronunciarse sobre la teoría copernicana…

– O si hubiera contado con el asesoramiento de un buen abogado… -la atajó Cody haciendo una mueca-. De acuerdo, de acuerdo, me has convencido. Me has herido, sí, pero también me has convencido. -Garabateó una firma y le arrojó el documento de malos modos-. Y ahora dime de qué va todo esto.

– Deseo conocer la opinión del zoólogo especializado en primates más importante del país…

– No soporto que me adules, limítate a decir la verdad.

– … sobre el cráneo de un homínido que ha llegado recientemente a mis manos.

– Esto se pone cada vez más interesante.

Swift abrió la jaula de madera, extrajo el molde del cráneo y esperó a que Cody despejara el escritorio, donde finalmente lo depositó. De la bolsa que llevaba colgada al hombro sacó un ordenador portátil; lo encendió y se dispuso a anotar las primeras impresiones de su colega.

Cody volvió a ponerse las gafas de media luna en la punta de la nariz y cogió el cráneo, haciéndolo girar expertamente con las dos manos como si fuera un melón al que estuviera examinando para saber si estaba maduro.

– Bonito molde -murmuró-. ¿Lo has hecho tú?

– Sí, esta mañana.

– ¿Dónde está el original?

– En un lugar más que seguro.

– ¡Huy! -Cody soltó una risita maliciosa-. La información sólo se da en casos imprescindibles, sólo si te aporta algo a ti, ¿eh? Estás haciendo de James Bone, ¿verdad? -comentó jugando con las palabras Bond y bone, que significa hueso-. Era muy grande, de talla considerable. Observa el tamaño de este cráneo.

Swift empezó a teclear.

– Y los maxilares son enormes. Sólo mi mujer tiene unas mandíbulas más grandes. Pero es por el ejercicio, no tiene nada que ver con la herencia. De tanto hablar y comer. ¡Cielos! jamás había visto un fósil con unos dientes tan grandes como éste. Son más grandes que los de un gorila. Estoy absolutamente seguro, aunque siempre se puede hacer una radiografía por si me equivoco.

– ¿Más grandes? ¿Puedes ser más preciso, Byron?

– Tal vez el doble de grandes. Sí, ¿por qué no? Y observa las suturas de los huesos. No son nada frecuentes. La sutura occipital es más pequeña que la de un gorila. No obstante, el tamaño de estos dientes requería con toda probabilidad músculos masticatorios extremadamente fuertes, en cuyo caso la mayoría de ellos debía de estar unida a la coronilla, a la sutura sagital, cosa que, naturalmente, debía incrementar la talla de la cabeza. Una barbaridad. Puede que de alto midiera, como mínimo, uno coma cinco más que la de un gorila. Eso es algo realmente extraordinario, ¿verdad? Por el tamaño de la sutura occipital, y por su disposición, casi se diría que el ser que poseía este cráneo mantenía la cabeza más erguida que un gorila. Lo cual nos obliga a no descartar la hipótesis de que caminara erguido. Una criatura simiesca que andaba con las dos piernas en lugar de apoyarse en los nudillos, como hubiese sido de esperar. Ahora empiezo a ver claro por qué querías que te asesorasen legalmente. Dios mío, Swift, ¿de dónde lo has sacado?

– Eso, Byron, de momento no puedo decírtelo. Lo único que puedo decir es que no es ningún fósil del Viejo Mundo.

– Me sorprende usted, señora. Iba a exponer mi hipótesis de que en realidad se trata de un australopitécido. Sólo que ninguno de los fósiles de primates hallados en el sur de África ha tenido jamás las dimensiones de este tipo. Ni siquiera el Paranthropus crassidens.

Swift alzó los ojos de la pantalla del ordenador portátil cuando Cody dejó de hablar.

– ¿Y si fuera un simio del Mioceno? -apuntó ella-. ¿No podría ser un ramapitécido?

– Sí, es posible -contestó Cody meditabundo-. Tal vez sea un Gigantopithecus, el primate de mayor estatura de cuantos se conocen. De más está decir que jamás he visto ningún fósil completo. Ni yo ni nadie. Sólo tenemos los tres dientes que Von Koengswald halló en una tienda de Hong Kong, los denominados «dientes de dragón». Sí, podría ser un Gigantopithecus. ¡Dios! ¡Sería fantástico!

– Eso es lo que pensé yo en un primer momento -admitió Swift-. Pero quería oír la opinión de un especialista competente.

Empezó a subrayar algunas de las observaciones de Cody en el texto que tenía escrito en la pantalla del ordenador.

– Has dicho que, según tú, la cabeza medía de alto uno coma cinco veces más que la de un gorila.

– Como mínimo. Tal vez le sacaba quince centímetros por encima de la oreja. Me parece que estoy viendo un pericráneo como el casco vikingo. Debía de tener una cabeza más bien puntiaguda, como la de un gorila de los que tienen el pelo de la espalda blanco, sólo que mucho más, muchísimo más puntiaguda que la de un gorila. Y, si esto no está en contradicción con lo que sabemos sobre el dimorfismo corporal de los primates y de los fósiles de primates, yo diría que se trata, casi con absoluta certeza, de un macho.

Swift tecleó el vocablo «macho».

– El dimorfismo corporal de los primates -comentó- es casi siempre la consecuencia natural de la lucha que entablan los machos entre ellos por acceder a una comunidad de hembras, ¿verdad?

– Sí, y también lo es de la poligamia. -Cody sopesó el molde en sus manos y sonrió de oreja a oreja-. Seguro que este cabrón tenía la suerte de disponer de un harén de hembras deseosas de complacerle.

– Conque es eso lo que te vuelve loco, Byron. Y yo que estaba convencido de que eras monógamo y que estabas encantado de serlo.

– ¿Monógamo yo? ¿Qué te hace pensar una cosa así? Si tengo que describir mi sexualidad, lo mejor que se me ocurre es calificarla de neoconfuciana. Dicho de otro modo, lo que yo quiero es una relación heterosexual en la que haya un benevolente ser superior, por ejemplo yo mismo, y una subordinada obediente que me complazca en todos y cada uno de mis deseos.

– Me recuerdas a uno de esos gorilas sobre los que tú has escrito tanto -observó Swift riendo.

A modo de contestación, Cody hizo una mueca, visible entre el pelo largo de su barba patriarcal.

– Supongo que el mono tira -comentó-. Pero a veces, ¿sabes?, creo que tenemos más cosas en común con los babuinos. Las últimas investigaciones demuestran que las hembras que sobresalen pueden escoger entre los mejores machos, sólo que a un alto precio: corren más riesgo de abortar que las demás. Existen pruebas fehacientes de que entre las hembras humanas ocurre algo similar. Las mujeres con carrera y que triunfan encuentran extraordinariamente difícil dar a luz.

A Swift, que se preguntaba si algún día tendría hijos, no le cupo más remedio que esbozar una sonrisa forzada.

– ¿Acaso es cierto -objetó- que podamos escoger entre los mejores hombres?

– Mejores o peores, qué más da -repuso Cody-. El caso es que la experiencia me ha demostrado que las mujeres guapas, inteligentes y con éxito en el trabajo consiguen exactamente todos los hombres que quieren, buenos, mejores o peores.

– Qué tontería -dijo Swift.

Cody se encogió de hombros y sonrió.

– Te he firmado tu estúpido documento, ¿no?

A veces a Swift le preocupaba mucho el hecho de trabajar en una universidad que había fabricado todas las armas nucleares del arsenal norteamericano.

Veinticinco años antes de que el Departamento de Paleoantropología de Berkeley ocupara un puesto preeminente entre los más prestigiosos del mundo gracias a Vincent Sarich y Alian Wilson, el Departamento de Física de la universidad, ubicado en Le Conte Hall, ya le aseguró a Berkeley un sitio en la historia cuando un grupo de científicos, entre los que se contaba el insigne físico de la universidad, Ernest Lawrence, se reunió con el objeto de elaborar planes para fabricar una nueva bomba.

Lawrence ganó el Premio Nobel de Física en 1939 por haber inventado el ciclotrón, un acelerador de partículas desprendidas de un átomo inscritas en una órbita magnética, un aparato con una especie de sistema de bombeo nuclear, que actúa mediante fuerzas electromagnéticas que hacen que las partículas sirvan de proyectiles para bombardear otros átomos. Lo construyó en una colina desde la que se domina el campus de la universidad, lugar en el que en la actualidad se halla el Lawrence Hall de Ciencia. De los experimentos realizados con el ciclotrón se derivó el descubrimiento del plutonio, llevado a cabo en 1941, fecha a partir de la cual los científicos de Berkeley elaboraron otras bombas y descubrieron otros trece elementos sintéticos, entre ellos el berkelio y el californio, el antiprotón, el antineutrón y el carbono-14.

Fue el químico de Berkeley Williard F. Libby quien descubrió en 1946 que el carbono-14 existe en la naturaleza; los neutrones, los núcleos atómicos, emitidos en la irradiación cósmica, provocan en las altas capas de la atmósfera la transmutación del nitrógeno en carbono radiactivo, nombre por el cual se conoce también al carbono-14; allí se combina con el oxígeno del aire y forma el anhídrido carbónico. Del aire es absorbido, directa o indirectamente, a través del alimento en el caso de los animales y el hombre, por todos los seres vivos. El carbono radiactivo, al iniciar su proceso de desintegración muy rápidamente, es una técnica de datación muy útil de los restos vegetales o animales. Supuso el inicio de una geocronometría precisa, un medio fiable de obtener la cronología de residuos orgánicos, vegetales u osamentas, una especialidad que hoy en día abarca técnicas mucho más perfeccionadas y exactas y a la que Berkeley le ha dedicado un departamento en el edificio de Geociencias.

El catedrático Stewart Ray Sacher era un ilustre geocronólogo de Berkeley, una autoridad mundial en su especialidad. Su obra Geología estratigráfica y cronología relativa era un libro de texto absolutamente imprescindible. Sacher era también un paleontólogo de reputación muy respetado que había publicado obras científicas de divulgación sobre la era paleozoica que se habían convertido en éxitos de venta; entre ellas cabe destacar su libro El mundo futuro: la cantera de Walcott y la explosión cámbrica, un análisis de una famosa biota cámbrica y de su importancia en la historia de la vida en el planeta que le valió el Premio Pulitzer.

Sacher, un hombre metido en carnes, de desaliñado pelo castaño y espeso bigote, estaba trabajando en su amplio laboratorio, rodeado de varios espectrómetros configurados de distintas formas; con él estaba una estudiante de posgrado de físico despampanante cuando Swift le interrumpió.

Como siempre, sonaba una pieza de música coral en el potente equipo de alta fidelidad del laboratorio. De vez en cuando, Sacher solía dejar lo que estaba haciendo y se ponía a dirigir un movimiento o una frase que le entusiasmaba particularmente. Es lo que estaba haciendo justo cuando Swift entró; al verla en el umbral de la puerta, con su fuerte acento de Brooklyn y su absoluto desenfado, le largó una cita de Shakespeare.

– «¡La esperanza legítima es rápida y vuela con dos alas de golondrina [1]

Hizo una mueca, muy ufano de su memoria y de su habilidad para recitar, y le dio un caluroso abrazo.

– ¿Qué tal estás, cariño?

Swift le estampó dos besos en las mejillas y se quedó mirando sus pantalones y su chaleco de cuero; Sacher seguía mostrando predilección por las prendas de cuero.

– ¡Qué quieres, yo voy en bici!

– A veces pienso que se trata más bien de fetichismo -le dijo ella para meterse con él en tono de broma.

– Desearía exponer una explicación alternativa sobre el significado de los denominados fetichismos -enunció-. Si todos nuestros esfuerzos, tanto intelectuales como sexuales, representan una lucha por alcanzar la naturaleza divina, entonces seguro que Dios nos ha otorgado nuestras manías y nuestros caprichos sexuales para frustrar nuestros esfuerzos en este sentido. No necesitaríamos a Dios para nada si nos rodeásemos de medias, zapatos y malolientes fluidos primordiales. Entonces seríamos dioses. ¿En qué puedo ayudarte, querida?

– Me gustaría hablar contigo sobre un problema de datación.

– Nunca hubiera dicho que una chica tan guapa como tú tuviera problemas. -Hizo una mueca y meneó la cabeza-. Ojalá me hubieran dado un dólar cada vez que he hecho este chiste tan malo. Siéntate, Swift. Dentro de un instante estoy contigo. El tiempo de sacudir unos isótopos de plomo.

Señaló a un sillón giratorio de piel que había delante de un escritorio de persiana y junto a un carrito en el que estaban apilados varios aparatos de un equipo de música.

Swift se sentó y echó una ojeada al escritorio atiborrado de objetos buscando con los ojos la funda del disco que sonaba. Aquella música era La Creación de Haydn, sólo que una versión más buena que la que tenía ella; ella la había comprado de oferta y aquélla era de las caras. Desistió de la búsqueda y se reclinó en el asiento procurando no fijarse en los cachivaches de béisbol que adornaban la pared -Sacher era un fiel entusiasta de los Oakland Athletics-, y se concentró en la música.

Se dijo que escuchar música clásica en un lugar y en un momento en los que uno no esperaba oírla producía un placer añadido. Se preguntó qué hubiera pensado de Stewart Ray Sacher, o de ella misma, el compositor que en cierta ocasión comentó que siempre que pensaba en Dios se sentía pletórico de alegría. A ella, siempre que pensaba en Dios, se le venía a las mientes la idea de que la predisposición biológica del hombre a la religión quizá fuera como la capacidad de los seres humanos para aprender el lenguaje que, según Chomsky, es innata. Para ella, Dios no era más que un nombre que uno invoca cuando se ve en apuros y necesita algo urgentemente, como por ejemplo uno de esos supermercados que abren toda la noche.

– ¿Te gusta?

Swift abrió sus ojos verde esmeralda.

– ¿Haydn? Sí. Claro.

– ¿Cuál es el pasaje que más te gusta?

Se quedó pensativa unos instantes.

– «La representación del caos» -contestó.

– ¡Oh, te gusta lo sombrío, lo misterioso! Eso te delata, querida. A mí el trozo que más me gusta es aquel en el que el gusano hace por fin su aparición, después de que han salido a escena los tigres y los corderos. In langen Zügen kriecht am Boden Das Gewürm. ¿Qué lugar ocuparía en la escala evolutiva?

Se oyó una risa cascada de fumador empedernido. Los cigarrillos eran la razón principal de que su voz tuviera una modulación tan menguada como la que pueda tener el mugido de una vaca enfurruñada; por la voz, seca y ronca, se parecía a Al Pacino. Más que pronunciar las palabras, las expectoraba.

– Me da la impresión, ¿sabes?, de que Franz Joseph Haydn hubiera aceptado la idea de que todos descendemos de unos cuantos invertebrados muy simples.

– Yo estaba pensando lo mismo -confesó Swift.

– ¿Qué te trae por aquí? ¿Tienes algo interesante que quieres que date?

Swift abrió la bolsa que llevaba colgada al hombro y le entregó una copia del contrato de confidencialidad.

– Siento tener que pedirte que me firmes eso, Ray -dijo-. De veras que lo siento. Pero creo que, en cuanto veas lo que poseo, comprenderás que tome tantas medidas. Hoy en día toda precaución es poca.

– Vaya, así que has hallado algo importante -la atajó.

Sin añadir ni una palabra más, firmó el contrato y se lo devolvió.

– ¿Y bien? Venga, venga, querida, basta ya de suspense. ¿Dónde está? ¿Dónde lo tienes?

Swift lanzó una mirada a la ayudante de su colega.

– ¿Helen? -la llamó Sacher-. ¿Te importaría devolver estos libros a la biblioteca?

– Voy ahora mismo -contestó la joven. Recogió los libros que había apilados en el suelo, se fue hacia la puerta y le dedicó una sonrisa burlona a su jefe.

– ¡Ah! ¿Te has fijado en su sonrisa? -preguntó Sacher en cuanto la chica hubo desaparecido-. Me apuesto lo que quieras a que cree que tú y yo estamos liados. ¿Sabes?, me parece que mi reputación saldrá ganando. -Se rió y sacó un paquete de Winston Select-. Gracias a Dios que se ha ido. Por fin podré fumarme un pitillo.

– No deberías fumar tanto -le dijo Swift.

– Et tu Brute.

– Me preocupas.

– ¡Eh, que éstos son inocuos! Los anuncian en Omni.

Swift metió la mano en la bolsa y sacó una bolsita de plástico que contenía las muestras de roca y de tierra que le había entregado Furness. Después colocó sobre el escritorio el fragmento del maxilar inferior que había envuelto en una gasa.

– Desde luego no parece muy viejo -declaró él con voz áspera cogiendo el hueso con sus dedos color sepia.

– Sí y no, la parece y no lo parece. Tienes razón, apenas está fosilizado y, en cambio, debería estarlo. Según la clasificación filogenética existente, este fragmento de maxilar debería tener más de un millón de años. Incluso si descartamos la posibilidad de que quedara incrustada, esta mandíbula debería tener la apariencia de una roca.

– ¿Por qué la descartas? -le preguntó Sacher-. ¿Cómo conseguiste este espécimen?

– Me lo proporcionó una persona de confianza.

– ¿De confianza? ¿De entera confianza? ¿Te había proporcionado fósiles con anterioridad?

– No, nunca. Pero no es el tipo de persona capaz de urdir con toda malicia y sangre fría un fraude, como hizo Charles Dawson con el hombre de Piltdown. Es totalmente incapaz. Dawson se tomó la molestia de tratar el cráneo y la mandíbula para darles una pátina de antigüedad. Si alguien hubiera querido de verdad engañarme, sin duda habría hecho lo mismo. -Se quedó callada esperando a que él le diera la razón-. ¿No lo crees tú así?

– Sí, me imagino que sí -admitió Sacher-. Pero hay que analizar siempre los fósiles sin ideas preconcebidas. Este fragmento de maxilar reviste un gran interés para la datación isotópica. La muestra de roca probablemente carece de relevancia.

– Sí.

– Puede que se den condiciones atmosféricas especiales que hayan impedido la petrificación.

Swift describió cómo Furness había hallado el espécimen en una cueva de roca caliza situada a una altitud considerable en la cordillera del Himalaya.

– En este caso -observó Sacher- es muy posible que permaneciera miles de años incrustado en el hielo.

– ¿Te refieres a que ha permanecido sepultado como un cadáver en un glaciar?

– Exacto. Sabemos que no siempre los cuerpos son aplastados por la acción de los glaciares. ¿Recuerdas el cadáver que se halló en los Alpes austríacos enterrado en el hielo hace unos años? Me parece que fue en 1991.

– Sí, ya me acuerdo. El Hombre de Hielo.

– Resultó ser un cazador del Neolítico que había muerto hace más de cinco mil años. Todos los tejidos del cuerpo, los tatuajes que tenía en la piel, incluso sus Reebocks se habían conservado en perfectas condiciones.

Sacher desvió la mirada y disipó una nube de humo.

– Si no recuerdo mal, lo hallaron a una altitud de unos tres mil metros. ¿Y tu espécimen? ¿A qué altitud fue hallado?

– A seis mil metros.

– Eso es el doble. A bote pronto, ésta es la primera hipótesis que se me ocurre, provisional, por supuesto. Como he dicho, es preciso no proyectar sobre el fósil ideas preconcebidas, hay que dejarlo hablar. Supongamos que el Hombre de Hielo hubiera podido conservarse otros cinco mil años. Supongamos asimismo que tu espécimen, que se hallaba a una altitud el doble de la que fue hallado el Hombre de Hielo, se hubiera conservado el doble o el triple de años. Digamos unos treinta mil años. Supongamos que hubiera permanecido todos estos años sepultado bajo el hielo. Sólo cuando el hielo hubiera empezado a derretirse, habría iniciado su proceso, aunque muy lentamente, de descomposición. Creo que es muy posible que tu espécimen tenga como mínimo cincuenta mil años.

– Entonces tenemos un vacío de novecientos cincuenta mil años -protestó Swift.

Sacher se encogió de hombros.

– Ya conoces mis métodos, Watson. Primero los hechos. Hay que alcanzar los conocimientos necesarios y la indispensable precisión recurriendo a una cantidad mínima de análisis. Después volveremos a examinar las teorías a la luz de lo que nos diga el fósil. Éste es el método científicamente correcto.

Apagó el cigarrillo en una muestra de pirita de hierro que utilizaba de cenicero.

– ¿Y qué método vas a utilizar exactamente?

– Normalmente recurriría a un método cosmogénico. Con el espectrómetro de masas podemos precisar la edad de un objeto o cuerpo analizando un miligramo de carbono. No obstante, el esmalte de los dientes de este maxilar está en tan buen estado que creo que procederé a realizar una resonancia del espín.

– Una resonancia del espín de los electrones -asintió Swift-. Así mides la energía de los electrones que se mueven en el esmalte de los dientes.

– Sí. Se obtiene la datación del material a partir de la relación entre la medición de la energía de los electrones y la velocidad de su movimiento.

Sacher se quedó pensativo un momento; después apagó el aparato de música y sopesó todas las técnicas de datación de las que podía disponer.

– Por otro lado, en este laboratorio poseemos series de uranio o series de torio. Yo empleé el torio para datar unos nuevos especímenes de neandertales que hallaron el año pasado en Israel. ¿Sabías que en Israel vivían neandertales hace tan sólo cincuenta mil años?

– ¿Y si resulta que este espécimen es más antiguo?

– Si tiene más de mil años, nos veremos obligados a utilizar la roca. Pero, por lo que me has dicho, creo que su utilidad será muy limitada. Nunca he sido partidario de utilizar muestras de roca con el fin de datar muestras óseas a menos que hayan sido halladas en el mismo estrato geológico.

– Haz lo que creas que es mejor, Ray.

– Por supuesto, pero será largo.

– ¿Mucho?

– Te llamaré en cuanto tenga algo.

– Pero hazlo en seguida, ¿de acuerdo?

Sacher encendió otro pitillo.

– Sabe Dios cuánto tiempo hemos tenido ya que esperar. Esperar un poquito más no cambia nada las cosas.

Swift enarcó las cejas.

– Es la tercera vez que mencionas a Dios, Ray. ¿Qué tiene que ver Dios con todo esto?

Sacher se encogió de hombros con una expresión vagamente avergonzada en el rostro.

– Le he dado vueltas, nada más.

– Ray. -Swift estaba tan sorprendida que fue a abrir la boca y tuvo que cerrarla-. Eres ateo.

Él se pasó su mano regordeta por el pelo tupido. Swift no recordaba que lo tuviera tan cano. Su colega movió las cejas, insinuante.

– No irás a tomártelo a la ligera, ¿verdad? -le preguntó ella con el entrecejo fruncido.

– Es sabido que las personas a quienes se les amputa un miembro experimentan un fenómeno denominado fantasmagoría: sienten dolor en el brazo o la pierna amputados; incluso hay mujeres a quienes les sigue doliendo el seno después de haber sido extirpado. Se puede sentir la presencia de este miembro inexistente, especialmente la mano o el pie en su parte más extrema, muchos años después de que haya sido amputado. Puede incluso llegar a escocer.

»¿Swift? Es así. Supongo que tras un largo período de ateísmo, empiezo a tener la misma sensación respecto a Dios. Y grosso modo he llegado a la conclusión de que ésta es la mejor prueba de su existencia, nunca hallaré ninguna más convincente. La experiencia religiosa es en realidad el único modo de verificar este escozor, esta comezón, aunque dudo mucho que exista una religión con la que mi heterodoxia se sienta cómoda. ¿Comprendes lo que te estoy diciendo?

Swift se levantó, le dio un beso en la mejilla y se dirigió hacia la puerta del laboratorio.

– ¡Eh! ¡Swift! -exclamó él riéndose azorado-. ¿No puedes aceptar la religión?

Swift dio media vuelta.

– Mira, Ray, para mí el ateísmo es como plantarle cara a la mafia. Cuanto más numeroso sea nuestro bando, más seguros estaremos.

Imitó con los dedos una pistola con la que apuntó a su colega.

– Eres lista -dijo él riéndose.

– Llámame en cuanto tengas algo.

– Te llamaré de todas maneras.

CINCO

Oh, la mente, la mente tiene montes, precipicios cortados a pico, de espanto, por nadie sondados.

Gerard Manley Hopkins

Jack Furness, desde su casa situada en las afueras de Danville, intentó llamar a Swift unas cuantas veces; primero a su casa, donde lo único que oyó fue el mensaje del buzón de voz, y después al laboratorio de la universidad en el que trabajaba, sin lograr tampoco hablar con Swift. Durante dos o tres días dejó varios mensajes, pero Swift no le devolvió las llamadas; Jack decidió entonces quitársela de la cabeza y preparar a fondo las reuniones que tenía pendientes con la National Geographic Society y la White Fang, la casa de equipos deportivos, que habían patrocinado conjuntamente su expedición al Himalaya.

No es que le importara mucho su silencio. Conocía a Swift demasiado bien para tomárselo a mal. En cierto modo casi se alegraba de que no hubiera llamado, porque así podría dedicarse por entero a cumplir con sus obligaciones: redactar los informes, hacer una valoración de la expedición y revelar los múltiples carretes de fotografías que había realizado durante su estancia de seis meses en el Nepal.

Había otra razón por la cual se alegraba de que ella no diera señales de vida, y es que eso daba a entender, en efecto, que estaba muy ocupada y que el fósil era tal vez un hallazgo importante.

¿Y si de verdad lo fuera? ¿Qué ocurriría entonces?

A medida que pasaba el tiempo, iba creciendo en él la sospecha de que había actuado muy a la ligera al regalarle el fósil. Se había dejado llevar por los impulsos. No es que quisiera que se lo devolviera, ni mucho menos. Más bien lo que le preocupaba era la cuestión de la legalidad de su acción, porque lo que menos deseaba era verse metido en enredos legales con sus patrocinadores. Para empezar, no estaba muy seguro de que el fósil perteneciera a aquel que lo hubiera hallado, o sea él, y por tanto era razonable sospechar que no estaba en condiciones de poder regalarlo y que esto podría acarrearle problemas. De modo que decidió telefonear a su abogado, quien lo tranquilizó al asegurarle que, si bien cabía la posibilidad de que el gobierno nepalés desaprobara el hecho de que hubieran sacado del país un objeto sin los permisos correspondientes, en el contrato que Jack había firmado con sus patrocinadores no se hacía mención alguna a los derechos de propiedad sobre hallazgos científicos o arqueológicos que pudieran producirse en el transcurso de la expedición.

Jack le dijo a su abogado que había pagado en dólares americanos el papeleo concerniente al permiso de exportación que la burocracia nepalés le había obligado a cumplimentar. Pero, al mismo tiempo, se dijo a sí mismo que lo mejor sería no mencionarles para nada el fósil a los representantes de la National Geographic Society, al menos hasta que Swift supiera, aunque fuera someramente, qué clase de fósil era aquél.

Sí, esperaría lo que hiciera falta a que Swift le dijera algo.

Al llegar al aeropuerto de Washington, como sólo llevaba una bolsa, no vio ninguna razón para coger un taxi. Media hora después de haber subido a un metro de la línea azul que lo llevó a Metro Center, donde hizo transbordo y cogió un tren de la línea roja hasta Dupont Circle, ya estaba en la recepción del hotel Jefferson, que está en la calle Dieciséis; la sede principal de la National Geographic Society quedaba a la vuelta de la esquina.

El Jefferson, situado en un cruce de denso tráfico, era un hotel pequeño pero elegante en el que solían alojarse políticos y altos cargos de la administración pública. El interior guardaba un parecido con el de una casa de principios del siglo pasado y las habitaciones estaban decoradas con muebles antiguos. Jack iba con frecuencia a aquel hotel acogedor y, aunque la National Geographic Society no hubiera accedido a pagar la factura, habría escogido de todas formas alojarse en él.

Era demasiado tarde para salir a tomar una copa, de modo que tuvo que contentarse con lo que le ofrecía el minibar. Se sentó frente al televisor y se bebió varias botellitas de whisky en miniatura apurándolas como si no contuvieran otra cosa que un jarabe inofensivo. Esas botellitas de los minibares parecían tan poco reales, de hecho se parecían tanto a los juguetes hechos para las casitas de muñecas, que Jack era incapaz de pensar que contuvieran alcohol de verdad, y en cierto modo era como si diera por descontado que el efecto del alcohol iba a ser siempre tan minúsculo como el tamaño de la botella. Pero no fue éste el caso, y a la mañana siguiente se despertó con una resaca mayúscula.

Jack se encontró con Chuck Farrell, el director de patrocinio de White Fang, para desayunar, pero la verdad era que no tenía ningún apetito.

– Me alegro de haberte visto, Jack -dijo Farrell cuando terminaron de desayunar-. La próxima vez que vengas a Washington dame un telefonazo. Tengo unos pies de gato nuevos muy adherentes que me gustaría que probaras. Están hechos de una mezcla de goma nueva que creemos que os van a cambiar totalmente las cosas a los escaladores de este país que escogéis paredes escarpadas de roca o de hielo. Los llamamos zapatos Brundle -añadió-. Piénsatelo. Y cuídate mucho, ¿me oyes? No tienes muy buena cara.

A Jack no le cabía ni la más mínima duda sobre este punto. En cuanto Farrell se marchó, decidió que, puesto que faltaban todavía dos horas para la reunión con los representantes de la National Geographic Society, iría a dar un paseo; le vendría bien tomar el aire. Así qué volvió a su habitación, cogió el abrigo y salió a la calle a arrostrar valientemente el frío de una típica mañana de invierno de Washington.

Sus pasos le llevaron hacia el sur: dejó atrás la Casa Blanca y luego cogió el Mall en dirección este. Poco a poco iba sintiéndose mejor, pero también el frío se hacía por momentos más insoportable. Se metió en el Smithsonian en busca de un poco de calor; era el último día de una exposición titulada «La ciencia en Norteamérica», cuyo propósito era mostrar al público el impacto de la ciencia en Estados Unidos. Una parte sustancial de la exposición estaba consagrada al proyecto Manhattan y al desarrollo de la primera bomba nuclear. Esta última era la sección más interesante, pues Jack no había visto nunca algunas de las fotos que allí se exponían y que mostraban escenas de Hiroshima después de la explosión de la bomba atómica. Se preguntó si los gobiernos de la India y de Pakistán seguirían deseando lanzar explosiones y aniquilarse mutuamente después de ver aquellas fotografías.

Las noticias no eran precisamente buenas. Al parecer, varios países árabes estaban realizando preparativos para efectuar un despliegue de fuerzas en Pakistán como acto de solidaridad musulmana, mientras que el primer ministro indio había convocado con urgencia una reunión con los generales de todos los ejércitos. En un esfuerzo activo por resolver la crisis, el secretario de Estado de Estados Unidos había emprendido un viaje a Islamabad, para dirigirse a continuación a Nueva Delhi por cuarta vez consecutiva en las cuatro últimas semanas.

Jack esperaba que el secretario de Estado comprendiera mejor que él, que tenía las ideas harto confusas, los motivos que habían desencadenado la crisis. Como la mayoría de norteamericanos, desconocía las razones por las cuales los hindúes y los pakistaníes andaban otra vez a la greña y se amenazaban con aniquilarse mutuamente.

Al salir del Smithsonian, Jack cogió un taxi, que lo dejó en el hotel. A escasos metros de allí se hallaba el alto edificio modernista que alberga la National Geographic Society.

En 1888, el año de fundación de la National Geographic Society y de la mundialmente famosa revista de cubiertas amarillas, se había acordado que los beneficios que aportara esta última servirían para ayudar a financiar las expediciones de la sociedad. Pero hoy, cuando el siglo xx está a punto de terminar y la revista cuenta con casi once millones de lectores, la mayoría de las actividades de la sociedad se financian mediante las cuotas anuales de sus miembros.

La National Geographic Society se cuenta entre las organizaciones científicas más ricas y benévolas. No obstante, por más que el lema de la revista fuera «nunca publicaremos nada que no ofrezca una visión amable de los países y de los pueblos sobre los que escribimos», Jack sabía, a aquellas alturas, que no cabía esperar que semejante amabilidad fuera a traducirse, de forma automática, en un patrocinio que destacara por su generosidad. Sabía muy bien que la lucha por lograr ser patrocinado por la National Geographic Society era encarnizada y que no podría restar importancia al desastre ocurrido en el Machhapuchhare, por mucho que insistiera en que se había producido en el Annapurna.

En la reunión con los representantes de la sociedad y de la revista, no obstante, Jack se mostró hasta tal punto candoroso y autocrítico que él mismo fue el primero en sorprenderse. Sabía que lo ocurrido había sido un accidente. De igual modo, estaba convencido de que, más allá de exponerse al evidente peligro que supone siempre, para cualquier alpinista, emprender la ascensión, con un solo compañero de cordada, de las enormes paredes escarpadas de los montes del Himalaya, sobre todo cuando, como él, se había decidido a prescindir del oxígeno, él no había actuado con negligencia. Pero en el fondo de su corazón Jack se sentía responsable de lo ocurrido, puesto que la idea de escalar los picos más altos del mundo de aquel modo tan arriesgado había partido de él.

Cuando Jack hubo terminado su relato de la expedición, el director de patrocinio, Brad Schaffer, asintió con solemnidad y dijo:

– Me gustaría darte las gracias por haber sido tan franco y honrado al exponernos lo que ocurrió, Jack. Estoy convencido de que hablo en nombre de todos nosotros si te digo que te agradecemos que hayas venido tan de prisa, cuando la tragedia es todavía reciente, y que nos hayas dado una explicación cabal. Estoy seguro de que esto facilitará enormemente el que podamos indemnizar a la familia de Didier Lauren con celeridad, ¿no es así, señorita Harman?

La señorita Harman, la representante de la compañía de seguros, una mujer atractiva de pelo castaño que vestía con gran sobriedad, alzó la vista, que tenía clavada en el informe que les había entregado Jack sobre el accidente, y se aclaró la garganta.

– Sí -dijo con vaguedad, como si hubiera algo que no consiguiera ver con claridad-. Supongo que tiene usted razón. -Echó una ojeada al informe y añadió-: Quisiera, de todos modos, hacerle un par de preguntas.

– ¿Ah, sí? -repuso Jack haciendo un esfuerzo porque su voz sonara imperturbable al dirigirse a aquella mujer que lo escrutaba con frialdad.

– Sobre los gastos de los funerales de los sherpas y las indemnizaciones que ya se han pagado a sus familiares, señor Furness.

– ¿En serio?

Jack, a fin de mantener en secreto la ascensión ilegal del Machhapuchhare, se había visto obligado a costear las exequias de los cinco sherpas.

– Sí.

Jack hizo girar el ratón de bola del ordenador portátil y encontró los gastos a los que aludía la representante de la compañía de seguros.

– La escucho -le dijo.

– Pagó usted diez mil dólares en concepto de indemnización a las familias de los sherpas, dos mil dólares a cada una de ellas. Y también pagó los cinco funerales, que costaron quinientos dólares cada uno. ¿Es correcto?

– Sí.

– Sin embargo, nos acaba de decir que sólo rescató tres cuerpos.

– Exacto. Didier y dos de los sherpas siguen allí arriba, no pudieron ser localizados.

El rostro menudo de la señorita Harman adoptó una expresión de exasperación.

– No lo entiendo -declaró-. ¿Cómo se puede celebrar un funeral sin un cadáver? ¿Y por qué son tan caros los funerales en comparación con la cantidad de dinero que pagó usted en concepto de indemnización? Quinientos dólares representan un veinticinco por ciento de la indemnización.

Jack le lanzó una mirada a Brad Schaffer en busca de apoyo. Pero el responsable del patrocinio de la casa White Fang cambió de posición en su asiento sin decir palabra. Jack, con una sonrisa nerviosa en la boca, cogió un pedazo de silicona Exer-Flex y empezó a apretarlo con los dedos.

– En el Nepal, las ceremonias, en comparación con otras cosas, son muy caras -explicó-. Y de modo especial lo son las honras fúnebres. A veces tienen que ahorrar durante años para poder pagarse el entierro. Aunque no puedan recuperar el cuerpo, aunque no se lo puedan permitir, se ven obligados por la tradición a celebrar honras fúnebres a sus muertos, y eso es algo de lo que los integrantes de las expediciones de escaladores occidentales nos hemos hecho siempre responsables. Si no lo hiciéramos, señorita Harman, es muy improbable que los sherpas arriesgaran sus vidas por nosotros.

– Comprendo -repuso ella con frialdad-. Pero es indudable que, teniendo en cuenta las circunstancias, hubiera bastado con pagar, digamos, la mitad de lo que pagó usted por los entierros.

– Me parece que no lo ha comprendido usted -empezó a decir él.

– No, me parece que no, señor Furness. Usted mismo ha dicho que esa gente ahorra durante años para costearse el entierro. ¿Y los sherpas que fallecieron? ¿Es que no tenían nada ahorrado? Intento simplemente averiguar qué ocurrió con sus ahorros.

Era una buena pregunta, pero aun así Jack sintió náuseas. Imaginó por un momento que el trozo de Exer-Flex era la tráquea de la señorita Harman y lo apretó con furia.

– ¿O es que los sherpas que usted contrató no eran personas prudentes?

– Si a la sociedad le importara la prudencia, señorita Harman -repuso Jack-, dudo mucho que se hubiera molestado en patrocinar la expedición.

– Amén -salmodió Schaffer.

Pero Jack no había hecho más que empezar. Tiró el pedazo de Exer-Flex en la mesa de caoba con la esperanza de que la superficie, impecablemente bruñida, se ensuciara.

– La muerte acarrea un gasto considerable en el Himalaya, señorita Harman -explicó-. La gente muere en los lugares más impensables. ¿Por qué no contempla estos gastos con otros ojos? No hallamos el cuerpo sin vida de Didier Lauren, de modo que su compañía se ahorró el tener que alquilar un helicóptero que lo trasladara hasta Katmandu y pagar un ataúd especial que cumpliese la normativa internacional que rige el transporte aéreo, por no hablar de los gastos de la repatriación a Canadá.

– Me parece, Jack -intervino Schaffer-, que ha quedado todo muy claro. Nadie te discute las cuentas. La señorita Harman sólo quería saber a qué respondían exactamente. ¿No es así, señorita Harman?

La representante de la casa de seguros esbozó una débil sonrisa.

– Sí.

Iba a añadir algo, pero Schaffer la atajó.

– Vamos a dejarlo ya -dijo con firmeza, y luego cogió el Exer-Flex y se lo quedó mirando con curiosidad.

– ¿Qué demonios es esto? -le preguntó a Jack.

– Desarrolla la flexibilidad de la muñeca y de los dedos, fortalece los antebrazos y mejora el agarre de las manos. -Jack se encogió de hombros-. Infinidad de cosas.

– ¿Quiere esto decir que piensas volver allí y acabar lo que empezaste? ¿Vas a escalar todos los picos del Himalaya de mayor altitud sin oxígeno? ¿No dijiste que lo primero que querías hacer ahora era subir a la Torre de Trango?

– Por supuesto -contestó sin mucho entusiasmo, enfadado aún por el cariz que había tomado la conversación, aunque más que nada consigo mismo-. Siempre acabo lo que empiezo.

Pero incluso en el momento en que pronunciaba estas palabras, Jack era consciente de que antes de poder regresar al Himalaya, tendría que demostrarse a sí mismo que seguía siendo lo bastante valiente como para escalar paredes escarpadas de gran altura. Puesto que nunca había sufrido una caída hasta aquel día, ciertamente eran muy pocos los escaladores que sobrevivían a una caída, no sabía todavía si el alud se había limitado a dejarlo sin su compañero de escalada o también sin alguna otra cosa. Tenía que averiguar si sería capaz de dejar de pensar en la gravedad y volver a escalar con el brío y el desprecio por el peligro que le había caracterizado hasta entonces.

El valle Yosemite era el hogar espiritual de Jack Furness. Era allí, en las alturas de la vertiente oeste de la Sierra Nevada de California, en un abismo de granito que medía once kilómetros de largo, un kilómetro y medio de ancho y setenta y cinco metros de profundidad, donde Jack había perfeccionado su técnica de escalada libre. Con sus paredes cortadas a pico, el valle es el centro donde practican los escaladores de paredes escarpadas de roca de Estados Unidos y el lugar donde se salta a la fama o se cae en el olvido. En los veinticinco años que Jack llevaba yendo al valle, se habían matado seis de sus amigos.

Seis amigos y uno de sus hermanos mayores.

En teoría, el descenso en rápel, o lo que en Europa se llama abseiling, es una de las partes de la escalada más seguras y excitantes. Tiene la emoción de ir bajando dando saltos por una pared vertical, trazando amplias y elegantes curvas en el espacio, de descender con la aceleración de una caída libre y de parar luego con la suavidad y seguridad que permite el mosquetón.

Su hermano Gary estaba emprendiendo el descenso en rápel del Obelisco de Washington, de seiscientos metros de altura, cuando el anillo por el que pasa la cuerda y que se ata directamente al punto de anclaje, sobrecargado por los múltiples tirones, se rompió justo cuando le faltaba más o menos un metro para llegar a la llamada cornisa de la Comida, una plataforma que no llama la atención para nada y que se halla a trescientos metros de tierra. Hacía diecinueve años que Gary se había matado, pero no pasaba una semana sin que Jack pensara en él. Cuando escalaba, lo tenía en la mente casi continuamente.

En la actualidad, los escaladores consideran el Obelisco de Washington un lugar ideal donde entrenarse para poder escalar, después, las paredes cortadas a plomo de Yosemite, entre las cuales ninguna es más grande y vertiginosa, y ninguna más imponente, que la famosa El Capitán.

Un día, a media tarde, salió de Danville y tras seis horas de viaje se inscribió en el hotel Ahwanhee justo antes de las diez. Desde el hotel Yosemite, El Capitán le hubiera pillado más cerca, pero el Ahwanhee era mejor, aunque también más caro. Allí pidió una comida abundante en proteínas y en cuanto hubo terminado de cenar se acostó en seguida. A la mañana siguiente, a las cinco de la madrugada ya estaba en pie.

Diciembre, con su frío y sus días cortos, no es la mejor época del año para escalar El Cap. En contrapartida, son días en los que apenas hay turistas en el valle, y Jack, que había efectuado varias escaladas en Yosemite en invierno, dio casi por seguro que tendría la roca para él solo. Además, el día había amanecido tan límpido y soleado como habían pronosticado los meteorólogos y, allí arriba, en lo alto de la pared, un calor excesivo hubiera sido igual de peligroso que un frío excesivo. En verano la roca puede llegar a calentarse como una sartén. Aquel día parecía idóneo para escalar.

Antes de llegar a El Cap, Jack encontró una roca dura en la que estuvo haciendo unos completos ejercicios de calentamiento. Había infinidad de recorridos perfectamente trazados para ascender a El Cap, pero nunca se sabía si uno se vería obligado a adoptar posiciones difíciles enganchando las punteras lateralmente, o a efectuar algo todavía más extraño. Merecía la pena estar en buena forma física para superar lo que pudiera presentarse.

Cada año que pasaba le costaba más trabajo efectuar los ejercicios de calentamiento. Cuando tenía entre veinte y treinta años, su cuerpo era tan flexible que parecía casi que tuviera articulaciones dobles. Ahora confiaba más en la fuerza del torso que en la agilidad de la totalidad de su cuerpo. Tal vez Swift había dicho una gran verdad. Tal vez a los cuarenta años se era ya demasiado mayor para escalar.

Mientras se aproximaba a la pared, se ataba los dedos con cinta adhesiva con el objeto de mejorar el soporte rígido de los tendones, pues traccionar con los dedos muy arqueados puede provocar lesiones. En la escalada libre, la parte del cuerpo que más se resiente es la punta de los dedos; son la pesadilla de todo manicuro. Jack, en varias escaladas anteriores, se había quedado sin cutículas y las puntas de los dedos le sangraban dolorosamente.

Al pie de la lisa pared de granito marrón y blanco de El Cap era fácil subestimar su altitud. Al mirar hacia arriba, a lo alto de la pared de noventa grados, uno podía pensar erróneamente que el único pino solitario que se veía en la roca no era más grande que un árbol de Navidad y que la roca no medía más de ciento cincuenta o ciento ochenta metros de altura. Pero el árbol, un pino Ponderosa, medía veinticuatro metros y la cima de El Cap se hallaba a una altitud de vértigo: novecientos metros por encima del lecho del valle, en ángulo recto.

El Capitán, que nadie había escalado antes de mediados de la década de los años cincuenta, y la ruta de la pared Salathé escogida por Jack, y que según el sistema decimal empleado para valorar la dificultad de la escalada de las paredes de Yosemite es de 5,13, parecía menos un desafío para el deportista que una proeza circense. Jack, sin más ayuda que unos lisureros de expansión por levas que se insertan en las grietas denominados friends, unas zapatillas de escalada de goma antideslizante que proporcionan una excelente adherencia y que reciben el nombre de pies de gato, y los puntos de agarre naturales que permiten avanzar hacia arriba, había emprendido la ascensión de la pared rocosa en solitario y sin cuerda de una vía, sin estribos y sin mosquetones, una escalada llamada solo integral, en una fecha no muy lejana: en 1994.

El alba era fría y la luz cada vez más intensa. Se pasó talco por las manos y revisó los friends, los usureros curvos, los excéntricos con cable de acero y la bolsa del talco, que colgaba de la bandolera del arnés de cintura. Los únicos mosquetones que llevaba eran los que emplearía para atarlos al arnés cuando necesitara descansar.

Estiró bien el brazo y dio con un punto de agarre para la mano; y, apoyándose en él y dándose un empujón con un solo brazo, se levantó un metro. Igual que un simio. Cuando, pasadas unas dos horas, el sol invernal hubiera calentado la roca, le sería más fácil agarrarse con las botas de escalada Boreal que llevaba (a Jack no le gustaban mucho los pies de gato que su patrocinador, White Fang, le pagaba para que calzara). La primera parte de la escalada, trepar por la roca fría y a veces helada, sería la más difícil y peligrosa. Le faltaban novecientos once metros por subir.

Después de su viaje a Washington, había esperado este momento ansiosamente, y no le costó mucho trabajo encontrar su ritmo.

Su habilidad de escalador no podía verse afectada por la caída sufrida en el Machhapuchhare. No había razón alguna para creer que ya no era la misma lagartija que había escalado El Cap en un tiempo récord. Pero a medida que iba ascendiendo el primer tramo, iba creciendo en él la sensación de que aquel ascenso no iba a ser una simple escalada; algo le decía que aquello iba a ser un ejercicio cuyo fin era el conocimiento de sí mismo. Tendría que bucear en su interior y bajar hasta profundidades nunca sondadas. Hasta aquel momento escalar había sido para él una pura diversión; ahora, en cambio, llevaba a sus espaldas un lastre nuevo que le pesaba lo mismo que una bolsa de herramientas. La caída. La muerte de Didier. Sus propios pensamientos, sus propias emociones, la breve insinuación de una duda, la leve insinuación de un temor, todo esto le fascinaba, le atemorizaba, le intimidaba con una intensidad jamás experimentada hasta aquel momento. Y todo apuntaba a la gran pregunta que su Torquemada interior le formulaba: ¿escalaba El Cap con el abandono y con la absoluta confianza en sí mismo con los que había emprendido las cuatro ascensiones previas?

Durante dos horas escaló con la eficacia de siempre; sus movimientos eran rápidos, se desplazaba con la agilidad acostumbrada por la pared rocosa cortada a pico, compacta y gris, bajo las primeras luces del día, gozando del silencio y de la conciencia de su propia insignificancia. De vez en cuando, el peso de su cuerpo entero pendía de sólo tres dedos, o levantaba una pierna hasta la altura del hombro para encontrar un punto donde apoyar el pie. Esto no tenía nada de divertido, pues requería mucho, muchísimo esfuerzo. Era duro. No había terminado de escalar el primer tramo y las puntas de los dedos le dolían ya como si hubiera lijado con ellas un suelo de madera.

Se había visto escalar infinidad de veces en vídeo y siempre le había sorprendido lo mucho que se parecía a un escorpión o a una lagartija reptando por un muro. Parecía todo menos un ser humano. A Swift tal vez le complaciera creer que era el mono que llevaba dentro el que le empujaba a escalar, pero a él ya le hubiese gustado ver a un chimpancé con la paciencia necesaria para efectuar una ascensión, en solitario y sin ningún medio artificial, de una pared como la Salame. Era como correr una maratón. Cientos de movimientos a lo largo de cientos de metros. Sí, era como correr una maratón en un día, sólo que mucho más peligroso.

La pared Salathé no tenía nada de especial aparte de su dificultad. Era lisa y llanamente difícil. La primera vez que la escaló, con la suerte de la inconsciente juventud, tenía veinte años. No era, desde luego, ninguna escalada que pudiera ser calificada de estética. Y las vistas tampoco eran particularmente bellas. A sus espaldas, abajo, no había nada digno de ser contemplado. Sólo aire enrarecido que lo arrastraba con la fuerza incesante de la gravedad. Como el famoso experimento de Galileo, la ley de la aceleración uniforme de los cuerpos al caer. Y ante él sólo roca, roca y más roca, monótona, implacable, siempre allí, ante sus ojos.

El viento le alborotaba el pelo, pues Jack nunca llevaba casco. Si se desprende algún objeto y te da en la cabeza, ya puedes llevar casco que de nada te sirve. En una ocasión, en que emprendió otra ruta de El Cap llamada pared del Alba, efectuó un movimiento con la cuerda que causó el desprendimiento de un fragmento de roca del que se salvó por los pelos. Era un fragmento del tamaño de un radiador. En otra ocasión, la cuerda a la que estaba atada la bolsa en la que transportaba el material se rompió, y la bolsa, cargada de clavos, mosquetones, fisureros y mazas, cayó rozando casi su oreja. Ésta era otra de las razones por las cuales prefería la escalada libre. Lo más extraño que le había sucedido fue cuando escalaba la fachada del edificio Transamerica de San Francisco para un anuncio publicitario de televisión: uno de los cámaras rompió accidentalmente una ventana y a escasos centímetros de su cabeza cayó una espada de cristal de dos metros. Ningún casco le hubiera podido proteger de semejante impacto.

La roca estaba ya más caliente.

Quizá fue sólo el aburrimiento, después de tanto rato de no ver otra cosa que la pared de roca, pero cuando estaba a una altura de ciento cincuenta metros, hizo algo que no había hecho jamás en un solo integral.

Algo que no se hace nunca.

Miró abajo.

De pronto, la cabeza le empezó a funcionar aceleradamente. La memoria le arrojó, como si fuera una piedra que cayera sobre él, el recuerdo exacto de lo que había sentido al caer de la pared norte del Machhapuchhare. Esta vez no había ni siquiera una cuerda que pudiera romperse. Y ciertamente tampoco había ninguna fisura llena de nieve que pudiera amortiguarle la caída.

A Jack le dio un vuelco el corazón y por un momento sólo pudo pensar en una cosa: se vio a sí mismo y a Swift haciendo el amor en la cama; ella estaba ausente, pensando en el fósil, y él entraba y salía de su cuerpo como un loco.

Y en aquel momento la memoria triunfó, como si hubiera sacado el as que tenía escondido.

Recordó que no hacía diecinueve años que su hermano se había matado. Hacía veinte. Veinte años. Intentó quitárselo de la cabeza, pero antes de lograrlo sintió que sus entrañas se desintegraban en su interior, como si estuviera a punto de padecer un cólico.

Se había matado en aquel valle en el que ahora estaba él. Y hacía veinte años de aquello; veinte años, aquel mismo mes. Era sólo una coincidencia, pero el coraje resbala al pisar minúsculas coincidencias como aquélla y cae al suelo, indefenso y sin aliento. Cuando Jack consiguió ayudarlo a levantarse, sosteniéndolo hasta que recuperó la respiración, empezó a dudar de que pudiera llegar a la cima.

Vio su mano, cubierta de talco, con los dedos despellejados y sangrantes. Debajo de sí empotró un friend cilíndrico en una grieta y aseguró el arnés de cintura anudándolo a la cuerda del friend.

– Descansa. Dentro de nada estarás mejor.

Jack, que se quedó clavado en la roca como el pino Ponderosa que crecía en lo alto de la pared, meneó la cabeza, paralizado de terror.

– ¿Qué demonios hago yo aquí? -se preguntó apoyando la cabeza en la roca-. No puedo hacerlo. Mierda, esto es una locura.

Permaneció sentado en el arnés, contemplando el paisaje, esperando a que las piernas y el estómago recobraran la calma antes de seguir escalando. Cerró los ojos e hizo un esfuerzo por convencerse de que había salido ileso en ocasiones anteriores. El rey de las paredes escarpadas no iba a abdicar tan fácilmente. La idea de que tuvieran que rescatarlo los rangers no se le había pasado por la cabeza nunca. Pero es que no era algo que dependiera de él. Era muy improbable que los rangers estuvieran buscando a escaladores accidentados en aquella época del año.

Podía seguir escalando. O podía descender. O podía saltar. Fin.

– Venga, anda, eres un cagado -gritó-. Muévete.

Pasaron los minutos pero él seguía inmóvil. Jack empezó a pensar que por primera vez en su vida tenía ante él una pared muy distinta de las demás. Era quizá el muro más alto de todos: él mismo.

SEIS

Toda belleza proviene de una sangre bella y un cerebro bello.

Walt Whitman

El Centro Médico de la Universidad de California ocupaba un kilómetro cuadrado en la ladera cubierta de tupidos árboles del monte Sutro, a medio camino entre las tejas rojas del distrito Haight-Ashbury de San Francisco y el Golden Gate Park. Es un barrio agradable y Swift rara vez iba al Centro Médico sin pasar por algunas de las librerías de Haight, famosas por su radicalismo. Pero en esta ocasión fue directamente al Departamento de Radiología del hospital, donde había quedado con una vieja amiga.

Joanna Giardino era una beldad americana de procedencia italiana y estatura menuda, abundante pelo negro y mirada provocativa que tenía a todos los hombres subyugados como si fueran estúpidos animales domésticos. Swift la conoció en una época en que las dos eran miembros del equipo femenino de esquí y rivales en la lucha por conquistar el amor de cierto joven del equipo masculino que estaba como un tren y que moriría al cabo de poco tiempo en un accidente de moto. Desde entonces, las dos chicas se hicieron amigas y de vez en cuando se veían en el Edinburgh Castle, un pub inglés que estaba en la calle Geary y que era el que escogía Swift, o bien en Capp's Corner, un restaurante italiano situado en North Beach que solía escoger Joanna.

Además de ser una buena amiga, Joanna era también una de las neurólogas dedicadas a la investigación más prometedoras de la UCSF; tenía varios artículos publicados, uno de los cuales había escrito junto con Swift y trataba sobre la frontera paleoneurológica que separa a los homínidos de los humanoides.

Las dos se abrazaron efusivamente bajo la mirada de un hindú de físico muy atractivo que llevaba bata blanca y una corbata estampada con una selección de personajes de un cómic DC.

– Te presento a Manareet -le dijo Joanna.

El colega hindú de su amiga la saludó con una breve reverencia.

– Es el neurorradiólogo principal del departamento. Si el cráneo presenta alguna anormalidad, Manareet la verá. Manareet, te presento a Swift. No es que no tenga un nombre de pila, es sólo que el que tiene no le gusta demasiado.

– Encantado de conocerte -dijo Manareet muy educadamente mientras estrechaba la mano que Swift le tendía.

Su pronunciación era tan clara y sus maneras tan impecables que Swift pensó que debía de haber estudiado en Inglaterra. En Oxford conoció a varios hindúes como él, y la mayoría eran viejos estudiantes de Eton que hablaban con un acento que era puro cristal tallado, que procedían de familias fabulosamente ricas y que habían tenido mejor crianza que la familia real británica.

– Swift me parece un nombre refinado, muy sutil -comentó Manareet-. Como un pájaro, o un pensamiento, o un pequeño planeta.

Swift, a quien los cumplidos le hacían sentirse azorada, se mordió el labio inferior al tiempo que hacía un esfuerzo por dejar de contraer la cara en una mueca boba que amenazaba con permanecer en ella eternamente.

– No le hagas caso -le advirtió Joanna-. Lo que más le gusta en el mundo es halagar.

– ¿Eres inglesa? -le preguntó a Swift.

– Australiana -confesó ella-. Pero estudié en Inglaterra.

– Yo también. Primero en Winchester y después en Standford -explicó.

Manareet echó una ojeada al reloj y, dirigiendo la mirada a la caja que llevaba Swift, asintió con la cabeza.

– ¿Es ahí donde transportas a nuestro paciente?

Swift colocó la caja que contenía el cráneo original sobre la mesa de trabajo de Joanna y tamborileó ligeramente en la tapa con los dedos.

– Aquí está -anunció.

– Después de haber leído tu carta, no puedo esperar ni un minuto para verlo -reconoció Joanna.

Joanna ya había firmado el contrato de confidencialidad, pero Swift había decidido que no era necesario pedirle a Manareet que lo hiciera. Trabajaban en campos distintos y Manareet, además, tenía la amabilidad de acceder a dedicarle parte de su tiempo y de ofrecerle de forma gratuita el escáner con el que se practican las tomografías axiales computerizadas.

– Bien, pues vamos a empezar. La máquina está lista. ¿Sois tan amables de venir por aquí?

Manareet las condujo a una habitación enorme que había al final del pasillo en la que estaba instalado el aparato, enorme y negro, con el que se efectuaban las TAC.

– Hace unos cinco o seis años -explicó-, este aparato, el Picher 1200, era el no va más. Pero en la actualidad casi no lo usamos. Prácticamente a todos los pacientes que exploramos los sometemos a la misma técnica de diagnóstico: la resonancia magnética.

A pesar de haber quedado anticuado, el aparato de tomografías axiales computerizadas impresionó mucho a Swift. Bruñido, negro y dotado de un dispositivo que tenía la forma de un salvavidas de dos metros de altura, el Picher 1200 le recordó un equipo de música de esos que valen una fortuna y que le invitan a uno a tumbarse en su interior para deleitarse con su sonido.

Manareet sacó el cráneo de la caja, hizo un comentario sobre su tamaño y lo depositó encima de la parte de cuero acolchada que corresponde a la almohada, en donde los pacientes apoyan la cabeza en la cama que se extiende en el interior del salvavidas donde se hallan el emisor de rayos X y los detectores. En la tomografía axial computerizada o TAC, un rayo láser gira alrededor de la cabeza del paciente; a su vez, aquél está rodeado por varios cientos de detectores de fotones de rayos X circularmente dispuestos que miden la fuerza de los fotones que penetran en él desde una infinidad de ángulos distintos. Un ordenador analiza, integra y reconstruye la información facilitada por la radiación, lo que permite obtener la imagen completa de varias secciones transversales de la región corporal explorada, que puede verse en un monitor de televisión. En cuanto obtuvieron una imagen del interior del cráneo, estuvieron en condiciones de construir una imagen del cerebro que había ocupado en el pasado dicha cavidad.

Manareet ajustó los mandos de control y un técnico puso en funcionamiento el láser antes de reunirse con Swift y los dos neurólogos detrás de una pantalla protectora de plomo.

Unos segundos después, un finísimo rayo láser que parecía un hilito rojo de caramelo empezó a radiar con intermitencias el cráneo.

– Muy bien -dijo Joanna en el tono de voz de alguien que está trabajando concienzudamente y busca por encima de todo la eficacia-. Que el ordenador nos dé ahora una imagen digital del cerebro que ocupó el interior del cráneo.

– Ningún inconveniente.

Manareet se sentó frente al ordenador y tecleó una serie de órdenes.

– ¿Quieres una imagen en tres dimensiones o en realidad virtual?

– En realidad virtual -contestó Joanna-. Quiero una imagen de esta cabeza que parezca salida de una película de Spielberg. Y una copia en tres dimensiones impresa.

– ¿Piensas pedir que te hagan una morfización del cráneo más adelante?

– Sí.

La morfización se efectuaba en el laboratorio de visualización biomédica de la universidad; se reconstruían caras, y a veces cuerpos enteros, a partir de un cráneo y de un esqueleto humanos empleando para ello programas informáticos de distorsiones algorítmicas y de disolución que fueron concebidos inicialmente para ser utilizados por los estudios de Hollywood con el fin de rodar películas como Terminator II. Swift esperaba que pudieran obtener una imagen de una criatura viva de su espécimen.

– Entonces, te daré también los datos estereolitográficos -dijo Manareet-. Así les ahorraremos trabajo.

– Muchísimas gracias -contestó Swift-. Si no es ninguna molestia, te lo agradeceré mucho.

– No es en absoluto ninguna molestia.

En una estereolitografía, un láser guiado por un ordenador solidificaría capas de resina que adoptarían la forma de las secciones transversales del cráneo. Después, los analistas informáticos del laboratorio de visualización biomédica de la universidad podrían utilizar una réplica sólida con el objeto de reconstruir la cara del cráneo. El yeso blanco y el Bedacryl habían sido casi enteramente sustituidos por los ordenadores, que eran las herramientas utilizadas con preferencia a la hora de reconstruir y copiar fósiles.

– Tardará un poco -comentó Manareet, que se recostó en el asiento y cogió una lata de Pepsi que había sobre la mesa.

La pantalla del ordenador se quedó un momento negra y Manareet se inclinó otra vez hacia adelante.

Al cabo de unos minutos, el ordenador mostraba con precisión los contornos y las dimensiones del interior del cráneo; tenían ante sus ojos una copia en color, de alta resolución y en realidad virtual, que el Picher 1200 había enviado a la pantalla Trinitron de cincuenta centímetros.

– Bien -dijo Manareet-. ¿Qué os parece si nos adentramos en la gruta?

Deslizó el ratón hacia adelante, entró en el interior del cráneo por una de las cuencas de los ojos y lo inspeccionó como si fuera un agente inmobiliario en el momento de enseñar a un posible comprador el interior de una casa vacía.

– No está nada mal -comentó Joanna-. Pero me gustaría ver el cerebro que le correspondería a este cráneo.

– Eso no plantea ninguna dificultad -respondió Manareet, que pulsó la tecla Intro y sustituyó la imagen en realidad virtual del cráneo por una del cerebro.

A Swift la imagen le pareció tan real que tuvo la sensación de que iba a poder coger el cerebro del monitor y depositarlo en un tanque de formaldehído, como Frankenstein cuando efectuaba los preparativos para devolverle la vida al cadáver.

– Qué maravilla -exclamó Swift-. Se pueden ver casi todos los lóbulos.

– Nada de casi -dijo Manareet mientras movía el ratón para darle la vuelta a la imagen y hacía clic con el objeto de ampliar una parte concreta, y luego hacía clic otra vez para ampliarla todavía más.

– Se pueden ver todos y cada uno de los lóbulos.

Como si quisiera demostrarlo, colocó el puntero sobre la zona que cubrían los huesos occipitales y dio la orden con el ratón varias veces hasta que apareció en pantalla una imagen clarísima del córtex.

– ¿Qué me decís de esto? -preguntó lleno de orgullo.

– Es fantástico -contestó Joanna.

Manareet pulsó el ratón una vez más y al cabo de unos segundos le entregó a Swift un disco compacto que contenía todas las imágenes y la información digital que la TAC había grabado en el ordenador.

– Un regalo.

– Gracias, Manareet -dijo ella abanicándose con el estuche del disco compacto.

– Por favor.

– Vamos a mi despacho a ver el disco compacto -intervino Joanna-. Utilizaremos el programa de análisis de contornos neurológicos.

Swift recogió el cráneo de la camilla del escáner y lo metió en la caja. Al salir de la sala miró a Manareet y le dedicó una sonrisa llena de afecto.

– Encantada de haberte conocido.

– El gusto ha sido mío. Espero que algún día me dejes invitarte a comer. Guisaré yo.

– No te lo pierdas -intervino Joanna-. Manareet es famoso en este hospital por los platos a base de bario que prepara. Él lo llama curry. Te digo una cosa, una vez probé uno que estaba tan picante que si me hubieran hecho una fotografía del estómago habrían salido los contornos perfectamente dibujados.

Swift soltó una carcajada y siguió sonriendo a Manareet.

– No le hagas ningún caso -comentó-. A mí me encantaría probar un buen guiso a base de curry.

Joanna introdujo el disco compacto en la bandeja del ordenador, escogió una de las opciones de la lista que apareció en pantalla y esperó a que los datos de realidad virtual seleccionados se cargaran.

– Es encantador, ¿verdad? -preguntó.

– Es simpático.

– Lo debe de estar pasando mal ahora -agregó Joanna- con todo lo que está sucediendo en el Punjab. Manareet es sikh y tiene familia allí. Aunque si está preocupado, la verdad es que no lo demuestra.

Swift meneó la cabeza muy seria.

– ¿Cree que va a estallar una guerra? -preguntó.

– No habla de ello para nada. Y yo tampoco. Pero lo que dije del curry lo dije muy en serio -dijo Joanna más animada-. Me pareció magma fundido.

– Cuando estudiaba en la universidad en Inglaterra solía comer toda clase de currys -reconoció Swift-. Algunos eran de lo más picante.

– Tal vez sea por eso por lo que los ingleses sois tan inhibidos. Tantos años de imperio en la India os dejaron con el culo estrecho. Con la cantidad de curry picante que llegasteis a comer se os puso cara de estreñimiento.

Swift no trató de desmentir a su colega, que daba por supuesto que ella era inglesa y no australiana. La vida era demasiado breve para perder el tiempo aclarando una y otra vez que había nacido en Australia. Y con el tiempo que hacía que no ponía los pies en su tierra natal, además.

La pantalla del ordenador de Joanna parpadeó y al cabo de un momento reapareció la imagen en realidad virtual: el cerebro rosa sobre un fondo azul brillante flotaba dentro del monitor como una extraña criatura que habitara el fondo de los mares.

A primera vista, el cerebro no parecía muy distinto del de un ser humano. Estaba dividido verticalmente desde la parte anterior hasta la parte posterior en dos hemisferios, el derecho y el izquierdo, que a su vez estaban divididos en cuatro lóbulos, cada uno de los cuales era el responsable de una serie de funciones distintas. Swift pensó que aquel cerebro virtual parecía el cerebro prototípico de un homínido.

– Bien -dijo Joanna-. Vamos a ver si podemos calcular el tamaño. -Pulsó un par de teclas y leyó en voz alta el resultado-. Mil milímetros. Un tamaño que, en el caso de los humanos, estaría en el límite, por lo pequeño.

– Pero es más del doble de grande que el de un gorila.

– Supongo que si relacionas este dato con la dentición podrás establecer unas cuantas variables biográficas, ¿verdad?

– Ya he hablado con una antropóloga dental -le aclaró Swift-. Es una especialista en dientes de fósiles de homínidos.

– ¿Te firmó también el papelito ese de la confidencialidad?

– Claro. Ella cree que le estaban saliendo los molares terceros cuando murió.

– Sigo sin entender tu paranoia.

– No estoy paranoica, soy precavida, sólo eso. Y ahora, dime, si establecemos la hipótesis de que, por su trayectoria de crecimiento, ocupa un lugar entre el hombre y el gorila, eso significaría que el ser al que perteneció este cráneo tenía unos quince años cuando murió. Así pues, el primer molar le salió a los cuatro años o a los cuatro años y medio, y probablemente la duración máxima de vida era de unos cincuenta años.

Swift dio unos golpecitos en la imagen virtual que aparecía en la pantalla con una de las pocas uñas que no se había mordido del todo de pura excitación desde que Jack le había regalado el cráneo.

– En este cerebro, Joanna, ¿crees que puede hablarse de predominio del hemisferio izquierdo?

– En parte -concedió la colega de Swift-. Pero no de forma tan acusada como en los humanos.

Mantuvo pulsado el botón del ratón e hizo girar el cerebro para poder verlo desde el lado opuesto.

– Vamos a ver. El lóbulo occipital es más grande que el del hombre -agregó-. Los lóbulos temporales y parietales, en cambio, son más pequeños.

– Éste es también un rasgo típico de los simios -afirmó Swift.

Joanna movió el ratón y amplió los lóbulos frontales del cerebro virtual.

– Esto es muy interesante. Estos grandes bulbos olfativos podrían ser un indicio de que el espécimen poseía el sentido del olfato extraordinariamente desarrollado.

– Eso es algo que ignorábamos.

Joanna escudriñó la parte inferior del cerebro.

– Eso sí podría tener una importancia capital. La posición de este agujero magno no es propia de los simios -murmuró cada vez más absorta en el análisis.

El agujero magno es el punto que pone en comunicación la cavidad craneal con la medular.

– Sí, tienes razón -dijo Swift-. Un gorila no tendría el agujero occipital tan adelantado.

– Eso significa que tenía la cabeza mucho más erguida sobre los hombros.

– Es un indicio de que esta criatura andaba en posición erecta y no apoyándose en los nudillos como un mono.

– Exacto. Empiezo a comprender por qué este tema te tenía tan entusiasmada, Swift.

Joanna hizo girar la imagen del cerebro con el objeto de ver el lado izquierdo con más detalle.

– Oh, espera un momento.

Sus ojos acostumbrados a esas imágenes habían visto algo. Hizo clic con el ratón y amplió un área del cerebro que a primera vista no parecía que pudiera revelar gran cosa. Deslizó el ratón hacia adelante y la imagen ampliada avanzó hacia el ojo del espectador.

Joanna señaló una pequeña protuberancia que había justo encima de un pliegue de la arquitectura cerebral que Swift reconoció en seguida; se trataba de la cisura de Silvio.

– Me parece que esto es un área de Broca pequeña pero perfectamente identificable -sentenció Joanna.

Los neurólogos sostienen comúnmente que la habilidad lingüística humana está relacionada con el área de Broca, aunque sea imposible afirmar con certeza si la facultad del habla está localizada en esta protuberancia insignificante o bien debajo de ella.

Swift escudriñó atentamente la pantalla mientras Joanna intentaba ampliar al máximo aquel posible centro del lenguaje en la organización del cerebro de aquel homínido desconocido.

– Estoy de acuerdo, aquí puede haber un detalle de absoluta importancia -convino con cautela.

Joanna alteró el ángulo de ampliación de manera que apareció en pantalla un contorno del lóbulo que se veía con toda claridad.

– Sí, míralo. Aquí está -dijo.

– Esto no significa, desde luego, que este homínido hablara -afirmó Swift-, pero tal vez esta criatura poseía una notable habilidad para producir sonidos vocálicos. Tal vez poseía unas dotes de imitación muy perfeccionadas.

– Anda, Swift -la cortó Joanna-. ¿A qué viene esta súbita cautela? Nadie ha hallado jamás un área de Broca en ningún cerebro fosilizado.

Swift asintió.

– Pero no tenemos otra cosa más que rasgos superficiales. No podemos afirmar con certeza dónde se hallan escondidas las habilidades lingüísticas básicas en la organización cerebral de los homínidos.

Joanna se volvió con cara de fatiga.

– En neurología no se puede afirmar nada con certeza, ni siquiera de los humanos. Cuanto más sé, menos sé. Anda, Swift, reconócelo, tal vez hemos descubierto algo trascendental: vestigios de una habilidad lingüística que indicarían los albores de la evolución humana. ¿No te parece que sería un descubrimiento absolutamente extraordinario?

Swift sonreía, pero al mismo tiempo era muy consciente de que no podía elaborar ninguna teoría sobre el puesto que debió de ocupar aquel espécimen en la historia de la evolución hasta que Stewart Ray Sacher le diera los resultados de las pruebas geocronológicas que iba a llevar a cabo. Apenas se atrevía a pensar en llevar hasta sus últimas consecuencias lo que los indicios que acababa de descubrir parecían apuntar. Y antes de construir la teoría que ya estaba tomando cuerpo y que empezaba a obsesionarla como un espectro silencioso, tendría que ser capaz de afirmar, desde el más puro escepticismo pero sin sombra de duda, la realidad de unos hechos.

Cuando Swift quería desterrar de su cabeza algo que la inquietaba, se sentaba al piano de cola y, con una dificultad considerable, ponía todo su empeño en interpretar una de las piezas del Clave bien temperado de Bach, que había aprendido a tocar ella sola. El primer preludio en do mayor con sus arpegios era el que más le gustaba; lo tocaba bien hasta que aparecía una fuga, que parecía retomar el tema principal con una voz distinta, más segura. Se preguntó si llegaría un momento en su trabajo en que la incertidumbre dejaría paso a una resolución como aquella que se expresaba en aquel preludio. En cuanto la analogía hubo tomado cuerpo en su mente, la fuga se desvaneció bajo sus dedos como se desvanecen los copos de nieve cuando los tocan unos dedos humanos.

Se levantó del taburete, cogió una cajetilla de Malrboro Light, encendió un pitillo con mucha calma y lo sostuvo como si fuera un globo deshinchado entre sus labios, que estaban despellejados después de tanto mordérselos. Arrojó la cerilla a una papelera que había debajo del piano sin advertir que no había encestado y que había caído sobre el parquet encerado.

Swift salió afuera a fumar. El cielo de Berkeley estaba, hecho insólito, tan negro que no le cupo más remedio que pensar en su propia insignificancia. Las estrellas, que parecían fijas, eran en realidad luz en movimiento que viajaba desde un punto del pasado en el que los primeros hombres se desplazaban sobre la tierra. O tal vez de un tiempo más remoto aún. Swift sintió un escalofrío, porque pensar que en aquel orden de cosas su persona era absolutamente irrelevante era en efecto estremecedor. Todas aquellas generaciones de antepasados, de precursores que la habían precedido y que habían permanecido en el olvido tanto tiempo, eran reconocibles a duras penas. Al alzar la vista y contemplar la terrible grandeza del techo de aquella inmensa basílica, deseó casi que la Iglesia católica hubiera tenido más éxito en su intento de aplastar la gran revolución astronómica y que hubiera quemado a Copérnico, a Galileo y a Kepler junto con Tycho Brache.

Sonó el teléfono. Tiró el cigarrillo al suelo, lo apagó con el pie y entró. Le bastó percibir la agitación y el entusiasmo en la voz ronca de Stewart Ray Sacher para que le diera un vuelco el corazón. Aun antes de que él le comunicara los resultados de las pruebas geocronológicas, Swift supo que su vida ya nunca volvería a ser igual.

Warren Fitzgerald, director del Laboratorio de Estudios Evolutivos Humanos y decano de la Facultad de Paleoantropología de Berkeley, se frotó con aire pensativo la barbilla mal afeitada. Una sonrisa encendía y apagaba sin cesar el rostro de rasgos correctos, pelo blanco y gafas de montura metálica del anciano profesor, que a Swift le parecía de una sabiduría casi beatífica. Fitzgerald, una de las autoridades más eminentes del campo de la evolución humana, era famoso entre el público no especializado por haber sido el invitado de la serie científica «Changes» del PBS, que había recibido varios premios. Oriundo de Boston, Fitzgerald hablaba con tal abundancia de vocales que a Swift le recordaba siempre a John F. Kennedy.

– Bueno, si tú y Sacher tenéis razón, Stella, aunque sea a medias, creo sin lugar a dudas que este hallazgo vendría a cambiar radicalmente nuestra concepción, en términos temporales, de la evolución de los homínidos. Como mínimo, el Ramapithecus volvería a cobrar importancia en la investigación sobre el origen del hombre. Pero comprendo, desde luego, tu cautela, dada la proximidad de nuestros amigos del IHO.

Volver a establecer la posición filética del Ramapithecus causará estragos entre los bioquímicos y su investigación en el campo de la filogenia molecular. No van a ahorrar esfuerzos para desacreditarte en cuanto des a conocer los resultados de tu investigación. Han tenido que soportar durante años la acusación de que la bioquímica no tenía sentido porque se apartaba de lo que apuntaban los fósiles. Y ahora tú vas y dices que los fósiles siempre han tenido razón.

– Me parece que no es exactamente eso lo que yo digo -repuso Swift-. Al menos de momento -añadió muy seria apartándose el pelo rojizo de la cara-. Mira, lo que dicen los bioquímicos es que los datos inmunológicos que explicarían la bifurcación entre el hombre y los grandes simios de África indican que ésta se produjo hace cuatro o seis millones de años. Puesto que los homínidos del género Ramapithecus se remontan al Mioceno superior, hace, pues, catorce millones de años, y puesto que el Sivapithecus, tan relacionado con el Ramapithecus, guarda al parecer más afinidades con el orangután que con los monos africanos, se ha aceptado comúnmente la hipótesis de que el Ramapithecus no es ningún homínido.

»Pero aquí tenemos un fósil que, según parece, posee las características tanto del Ramapithecus como del Paranthropus robustus. Además, es un cráneo que apunta con toda claridad a unos orígenes aparentes considerablemente más recientes que los de los ramapitécidos hallados hasta ahora.

Swift se puso en pie, entusiasmada, y empezó a andar de un lado a otro por el despacho atiborrado de libros de Fitzgerald mientras su propia teoría iba cobrando cuerpo.

– Muy bien -prosiguió-. Siempre hemos creído que el Ramapithecus vivió hace sólo catorce millones de años. Todo cuanto indica este cráneo es que este género pudo haber sobrevivido hasta fechas mucho más recientes de lo que habíamos sospechado. Hasta hace sólo cincuenta mil años.

– Esto es lo que me cuesta aceptar, Stella -gruñó Fitzgerald-. Esta idea de Sacher. El cadáver del glaciar. Hablar de cincuenta mil años es pura conjetura. ¿Y por qué no cien mil? ¿O ciento cincuenta mil? Pero incluso en este caso queda un vacío de catorce millones de años sin explicar. ¿De veras crees que alguna clase de ramapitécido pudo haber sobrevivido casi catorce millones de años?

Swift se encogió de hombros.

– Los dinosaurios sobrevivieron sesenta y cinco millones de años. Y eso no es nada en comparación con el celacanto. El celacanto abundaba en los océanos hace trescientos cincuenta millones de años. Pensamos que se habían extinguido hace unos sesenta millones de años hasta el día en que un pescador encontró un espécimen vivo en 1938. ¿Por qué razón, pues, no iba a poder sobrevivir sólo catorce millones de años un ramapitécido?

– ¿Cuántos análisis ha efectuado Sacher, Stella?

– Varios, y todos con diferentes resultados. Sostiene que puede haber muchas razones por las cuales haya más radiación natural en los dientes de la que esperábamos. Ha realizado la prueba de datación con carbono, pero sin que ésta aportara nada más preciso.

– Comprendo. ¿Y la muestra de roca que le entregaste?

– Según Sacher, la muestra de roca demuestra que el entorno en el que se movía el espécimen debió de carecer originariamente de carbono-14.

Fitzgerald dejó escapar un suspiro y movió la cabeza.

– Con todo el dinero que nos gastamos en sus dichosos aparatitos, va y nos dice que lo que pasa es que hay algo en las muestras que falla. Si tengo que serte franco, Stella, nunca he comprendido por qué deberíamos aceptar que la cantidad de carbono radiactivo que se produce en la atmósfera sea siempre constante. ¿Sabías que Sacher analizó una vez la cantidad de carbono radiactivo de una uña viva y el resultado fue que su propietario llevaba tres mil años muerto?

– Ya lo había oído -admitió.

– Bueno, querrás un permiso para dejar las clases temporalmente y dedicarte a la investigación, ¿verdad?

– Sí, en efecto. En este momento estoy redactando y elaborando una solicitud para conseguir una subvención de la Fundación Nacional de la Ciencia y de la National Geographic Society con el propósito de ir al Himalaya a estudiar in situ el entorno donde fue hallado el cráneo.

– Supongo que sabes que soy miembro del comité asesor de la Fundación Nacional de la Ciencia.

En el mundo de la investigación científica académica, las solicitudes para la concesión de subvenciones se dejan en manos de relevantes expertos, que son quienes pueden juzgar los méritos de las personas que las presentan.

– Sí, ya lo sé.

– En este momento andamos bastante escasos de dinero. Así que en tu lugar me dirigiría primero a la National Geographic. Y si consigues la subvención, Stella, podrías llegar a ser famosa.

Swift asintió.

– Esta idea ya se me había pasado por la cabeza.

– Me lo creo -dijo él haciendo una mueca-. Sí señor, podrías llegar a ser tan famosa como Mary Leaky. No le vendría nada mal a esta ciencia una reputación femenina. Y no hablemos de la celebridad que aportarías a Berkeley.

Fitzgerald tamborileó con los dedos sobre la mesa con entusiasmo.

– Tu investigación podría ser la más importante realizada aquí en el campo de la antropología desde los tiempos de Vince Sarich. Señor, espero que sea realmente así, Stella. Nunca he sentido mucha simpatía por esos químicos. Yo soy una persona a quien sólo le importan los fósiles. Siempre lo he sido y siempre lo seré. Toda la bioquímica del mundo no cambiará el hecho de que son huesos, Stella. Son los huesos lo que cuenta.

Swift salió del despacho de Fitzgerald con la impresión de que las cosas empezaban a ir por buen camino.

Lo que contaba eran los huesos. Sí señor, una gran verdad. En el campo de la paleoantropología había muchos más científicos que fósiles. Pero los fósiles lo eran todo. Todo consistía, desde luego, en hacerse con ellos. Hasta que no los tenías en tus manos, lo único que tenías eran teorías y la mayor parte de ellas, la totalidad casi, estaban basadas en los hallazgos que habían efectuado otros.

No era que las teorías no tuvieran también sus alicientes.

Se había pasado el invierno anterior trabajando con Byron Cody con la esperanza de poder elaborar sus propias teorías; le había ayudado a reunir el material que había recogido en su libro sobre los gorilas, que era ahora un éxito de ventas. Había sido una experiencia que recordaba con placer.

Hubo un momento de su vida que Swift iba a guardar siempre en la memoria como un tesoro: el momento en que se sentó en una jaula con un gorila joven de las montañas. Lo miró fijamente a los ojos y el gorila, en lugar de apartar la vista, como solía ser el caso, le sostuvo la mirada, y a ella le invadió una sensación que le llegó a lo más hondo, aunque era incapaz de explicarla. Percibió en su mirada interrogación y asentimiento a la vez; la mejor forma de describirla era compararla con la mirada impávida de una criatura. No recordaba haber experimentado nunca un sentimiento de tan profunda empatía por ningún ser vivo.

Un gorila, al igual que un niño, es capaz de derramar lágrimas. Y Swift había llegado a la conclusión de que lo que definía al hombre no eran tanto las emociones como el lenguaje. Es un hecho que muchos animales se comunican a un nivel rudimentario y simbólico. Como Chomsky, no obstante, Swift creía que lo que hace del hombre un ser único es su ilimitada capacidad de expresarse y, en consecuencia, su ilimitada capacidad de imaginar y pensar.

Le gustaba hacer a sus alumnos la siguiente pregunta: si tuvierais un perro que pudiese hablar, un perro que fuera tan hablador y ocurrente como Robin Williams, ¿seguiríais tratándolo como si fuera un perro o lo trataríais como si fuera un ser humano?

A veces, para recalcar la importancia del lenguaje humano o a la hora de definir qué significa ser humano, mencionaba a sus alumnos algunos casos de niños salvajes o niños lobo, niños que nunca habían aprendido a hablar y que se comunicaban mediante un reducido número de símbolos. Y entonces les preguntaba si tratarían a aquellos niños como si fueran humanos o más bien como si fueran perros.

Sin lenguaje, les decía, no habría conciencia; y el lenguaje no es más que el medio susceptible de ser transportado y más accesible del que disponía el hombre primitivo para trasladar una cultura de un lugar a otro en los períodos de cambios climáticos; hubo una explosión de la población homínida en el corazón de África en el Pleistoceno superior, desde el año 70000 hasta el 80000 a. J.C.

La mayor ambición de Swift había sido hallar un fósil que le aportase un indicio de la existencia de la capacidad lingüística en los albores de los tiempos y, por tanto, de la aparición del nacimiento de la conciencia humana.

Los albores del hombre.

Pero en aquel momento se dijo que quizá estuviera en posesión de algo más valioso que un simple hueso. Los huesos siempre son materia de disputa. Tenía la sensación de que aquello acabaría por manifestarse como algo procedente de un pasado que no había desaparecido, algo perdido pero no irrecuperable.

SIETE

La ciencia ha de considerar primero los mitos y la crítica de los mitos.

Sir Karl Popper

El reloj del campanario acababa de tocar las seis cuando Swift se subió a su Chevy Camaro. Convencida de que probablemente estaba perdiendo el tiempo y de que la razón por la cual Jack tenía el teléfono descolgado era que estaba con alguna chica que se había ligado cuando se fue a escalar al valle, se dirigió hacia el interior en dirección este por la interestatal que llevaba a Diablo State Park y a Danville con la esperanza de poder ver a Jack y regresar a Berkeley antes de la hora del almuerzo.

La suavidad de la autopista contrastaba con la intolerancia de los conductores del norte de California; a pesar de lo temprano de la hora y de que sólo circulaban unos cuantos camiones, sus conductores parecían considerar a una mujer que iba al volante de un cupé rojo llamativo un desafío a su hombría. En varias ocasiones se vio metida en una guerra encarnizada de gestos obscenos.

En momentos como aquéllos, Swift pensaba que los hombres no eran mejores que los monos, capaces como eran de pelearse por cosas de lo más ridículas. Se preguntó por qué la especie humana sería tan numerosa y no una especie en extinción, como lo era el oso panda gigante.

Danville es un pueblecito rodeado de onduladas tierras de labranza y campamentos que se halla a corta distancia de Mount Diablo, un trayecto que el autobús del condado de Contra Costa recorre en pocos minutos. Sesenta años atrás, el habitante más famoso del pueblo era el dramaturgo Eugene O'Neill. Pero en la actualidad la mayoría de los lugareños ya no saben quién era O'Neill; para ellos, el habitante más famoso del pueblo es el alpinista número uno de Norteamérica, Jack Shackleton Furness.

Jack, al igual que O'Neill, vivía en un pequeño rancho situado a unos cuantos kilómetros del pueblo, en las colinas que se hallan al pie de Mount Diablo. Swift pasó dos veces por delante del camino anónimo por el cual se iba a la casa de Jack sin distinguir el lugar en el que arrancaba oblicuamente de la carretera principal y bajaba por una pendiente muy inclinada que llevaba a una pequeña hondonada, por la que discurría un riachuelo hacia la zona occidental de la bahía para desembocar luego en el mar.

Swift subió por la pendiente y dejó atrás el riachuelo, hasta llegar al punto en que el camino de pronto se nivelaba. Entonces vio la casa de Jack y el Grand Cherokee negro aparcado en la suave suave, de cara a la montaña del demonio, que se divisaba a oriente.

Swift bajó del coche y echó una mirada a su alrededor. No había ni un alma, ni siquiera el «perro peligroso» anunciado en un letrero.

Subió la escalera que llevaba a la puerta, llamó al timbre y esperó más o menos un minuto. Intentó entonces abrir la puerta y descubrió que no estaba cerrada con llave.

– ¿Jack? -llamó asomando la cabeza-. ¿Estás ahí? Soy yo, Swift.

Se dirigió hacia los dormitorios que había en la parte trasera; reparó en una botella vacía de Macallan que habían dejado en el suelo, en un cenicero lleno a rebosar de colillas y en una bandeja con restos de comida. Oyó un ruido, que procedía de la habitación contigua, de algo que caía al suelo y a un hombre que tosía con determinación.

– ¿Jack? ¿Es un mal momento? ¿Interrumpo algo?

Jack apareció por la puerta del dormitorio fumando un pitillo y desnudo, aunque llevaba el Rolex GMT Master que todavía anunciaba en las páginas del National Geographic y un par de náuticos muy usados.

Tal vez fuera que llevaba días sin afeitarse, pero a ella le pareció aún más peludo de lo que lo recordaba. Y también había engordado.

– Dios mío, tienes una pinta horrible.

Jack soltó una fuerte risotada, se rascó los testículos con una expresión ausente en la mirada, intentó deshacerse del mal sabor que se le había pegado a la boca y echó una ojeada al reloj.

– Swift, ¿qué caray haces aquí a estas horas? -le preguntó bostezando-. Mejor dicho, ¿qué caray haces aquí?

– El teléfono. Lo tienes descolgado.

– ¿De veras?

– Hace días que intento hablar contigo.

– Tampoco es nada fácil contactar contigo -repuso con desdén-. Desde que desapareciste aquella mañana te llamé varias veces, te dejé mensajes en el buzón de voz, te dejé recados por todas partes.

Jack recogió la botella vacía del suelo.

– Me tenías preocupada.

– Y una mierda -le espetó inspeccionando la botella; al comprobar que estaba vacía, hizo una mueca y negó con la cabeza-. Te conozco. ¿O se te ha olvidado? Tú quieres algo. Por eso has venido hasta aquí. Lo sé. ¿Por qué, si no, te has puesto tan sexy? -Señaló con un gesto de la cabeza las prendas que lucía ella, como si fuera del todo evidente-. Cariño, vas elegantísima.

Debajo del largo abrigo de lana, Swift llevaba una minifalda rosa, una blusa blanca y un chaleco de toile de jouy de color rojo y dorado con escenas de un friso de una misteriosa villa de Pompeya.

– Jack, eso no es verdad.

– Mira qué chaleco te has puesto. Si no estuviera tan dormido como estoy, me apuesto a que vería por ahí fuera a un tío empalmado. -Se pasó la lengua por los labios, enfebrecido-. Tú sólo te pones una minifalda cuando quieres conseguir algo.

– Te ha ocurrido algo, ¿verdad?

– Normalmente ocurren cosas.

– Algo más bien desagradable.

– Llámalo una pena con efectos retardados. -Jack se encogió de hombros-. Didier era un buen amigo.

Swift se quedó pensativa un momento y asintió con la cabeza.

– ¿Por qué no me dejas que te prepare el desayuno?

Jack entornó los ojos.

– Todavía no sé qué quieres, pero pronto lo sabré.

– Me he ofrecido a prepararte el desayuno, nada más.

Jack se tiró de la punta del pene casi inconscientemente, y Swift pensó que parecía un niño pequeño intentando consolarse.

– Tengo un poquito de hambre -admitió.

– Mientras lo preparo, tú te duchas -le dijo ella-. Y te pones ropa limpia. Y cuando hayas terminado de desayunar, ya hablaremos.

– Me figuro que no habrás traído nada de alcohol -dijo él con vaguedad-. Ya sabes, para quitarme la resaca.

Swift negó con la cabeza y Jack se encogió de hombros.

– Sí, me apetece un buen desayuno -reconoció-. Pero con una condición: que no me eches la bronca. Si cojo una cogorza es cosa mía, ¿de acuerdo? No quiere decir que sea un borracho. Estoy en mi casa y hago lo que me da la gana, ¿de acuerdo?

– De acuerdo.

– Esto tiene que quedar muy claro, ¿vale?

– Vale.

– Porque no estoy de humor. -Se le había puesto duro el pene y empezó a sonreír-. Me imagino que no te apetecerá echar un polvo antes de desayunar, ¿o sí?

– Dúchate primero -le contestó ella-. Y mejor será que lo hagas con agua fría.

Jack terminó de comer los huevos con jamón, apuró la taza sorbiendo el café ruidosamente y miró con creciente desconfianza el ordenador portátil que asomaba de la bolsa de Swift. Una vez duchado y afeitado, y vestido con una camisa limpia y vaqueros, parecía otro hombre. Y hablaba también como un hombre distinto.

– Me encuentro muchísimo mejor. Gracias por tu delicioso desayuno. Y te agradezco que hayas venido. Me he sentido bastante solo estos días.

– ¿Cuánto bebiste?

– ¿De whisky? Sólo una botella. -Se encogió de hombros casi imperceptiblemente, con timidez-. Nunca he tenido buen saque.

Swift asintió esperando que surgiera el momento oportuno para abordar el tema que la había llevado hasta allí. Se reclinó en la silla, le cogió un pitillo a Jack y lo encendió. Durante un momento, ella fingió que la distraía el ruido que llegaba del exterior de unos grajos que se peleaban en un árbol y que se veían por la ventana de la cocina. De repente rompió el silencio.

– ¿Qué tal te fue con los de la National Geographic?

– Ya sabes cómo son. -Jack se encogió de hombros-. Burócratas. Me hicieron la vida imposible por unos dólares que pagué en concepto de indemnización a los familiares de los sherpas que murieron. ¿Te lo puedes creer? -Negó con la cabeza y lanzó un triste suspiro-. Son un hatajo de contables mezquinos.

– No te habrás peleado con ellos, ¿verdad?

– No, no me he peleado con ellos.

Aquellas palabras habían salido de la boca de Swift con demasiada rapidez.

– ¿Por qué lo dices? -le preguntó él frunciendo el ceño-. ¿Qué más te da a ti si me peleo con ellos?

– No seas tan susceptible, Jack. Ellos son tus principales patrocinadores, ¿no? -Cambió de posición, incómoda-. Se me hace difícil imaginar que puedas enemistarte con ellos tontamente. Hoy en día son los contables quienes dirigen el mundo. Mejor será que vayas haciéndote a la idea de que es así.

– Si tú lo dices.

Swift cruzó los brazos y se acercó a la ventana; tenía la impresión de que todavía no se había presentado el momento de hablar del objetivo principal de su misión.

– Me encanta este sitio -dijo con calma.

– Si tú lo dices.

– ¿Qué vas a hacer ahora?

– Voy a beberme otra taza de café.

– Me refiero a qué planes tienes, Jack.

– Descansar un tiempo. Después no lo sé. Me imagino que volveré y escalaré los picos que me faltan. Supongo que en solitario. La Torre de Trango no está mal, por lo difícil.

– No pareces muy convencido.

– ¿Qué quieres que te diga? -Jack volvió a fruncir el ceño-. A eso has venido, ¿verdad? Sea lo que sea lo que te traes entre manos, a eso has venido.

– ¿De qué estás hablando, Jack?

– De la razón por la cual estás aquí.

Swift, enfurecida, dio una patada en el suelo.

– ¿No puedo hacer nada por ti sin que pienses que tengo algún motivo oculto? ¿Por qué tienes que ser tan desconfiado, Jack?

– Porque te conozco. No eres la madre Teresa. Es algo relacionado con el dichoso fósil, ¿verdad?

Aparentando enojo, Swift no dijo nada. Las cosas no iban por el camino que ella había imaginado.

– ¿Verdad? -repitió Jack.

– Muy bien. Pues sí -contestó Swift con brusquedad.

Jack hizo una mueca.

– Ahora eres la Swift que yo quiero.

Jack se inclinó, le cogió la mano y la arrastró hasta la mesa de la cocina.

– ¿Por qué no te sientas y yo intentaré no mirar esta exigua falda que llevas, si es que se la puede llamar falda, mientras tú me cuentas qué es lo que quieres exactamente?

Swift se sentó de cara a él con las rodillas apretadas y una sonrisa en la boca. Luego las abrió y las cerró rápidamente provocándole en broma y riendo.

– Creo que se trata de un nuevo espécimen tipo -dijo entusiasmada.

– Pues qué bien, ¿no?

– Es fantástico.

Sacó el Toshiba de la bolsa, lo colocó encima de la mesa, levantó la pantalla y lo encendió. Se oyó un ruido como el de una pequeña aspiradora, y el ordenador empezó a emitir un chirrido sordo, señal de que estaba leyendo un disco compacto.

– Un espécimen tipo es el estandarte de una nueva especie, un fósil con el que tendrá que cotejarse cualquier material fósil que se le asemeje. Es el sueño de todo paleoantropólogo, Jack. Espero que, con el tiempo, todas las citas formales que hagan referencia a él incluyan el nombre o el número de la especie y el autor con él asociado, es decir, yo. Pero todos hablarán de él empleando su nombre popular. Nadie habla del cráneo 1470, todo el mundo habla de Lucy, a eso me refiero. Jack asintió.

– Ya he oído hablar de Lucy.

– Le voy a poner tu nombre, Jack. Con tu permiso.

– ¿Jack? No me parece del todo acertado.

– No, no quería decir eso. ¿Te acuerdas de cómo te llamaban algunos en Oxford por lo peludo que eres?

– Claro que me acuerdo. Me llamaban Esaú. -Jack hizo un movimiento afirmativo con la cabeza-. Esaú. Sí, eso me gusta más. Este nombre suena más apropiado para un hombre mono. -Se encogió de hombros-. No te ha sido muy difícil, ¿eh? Te podías haber figurado que iba a decirte que sí. ¿Por qué iba a poner reparos si para mí es un honor?

Swift movió la cabeza.

– Esto no es todo.

– Ah.

– Deseo que me ayudes a presentar una solicitud para una subvención a la National Geographic Society. Quiero que redactemos juntos un proyecto para inspeccionar el Santuario del Annapurna y explorar algunas de las cuevas con el objeto de dar con paratipos y material relacionados con el cráneo. Dicho en pocas palabras, quiero que seas el responsable oficial de la expedición que se monte para rastrear fósiles que puedan guardar relación con Esaú.

– ¿Yo? Pero si no soy antropólogo.

– Es cierto, pero conoces la cordillera del Himalaya y el santuario mejor que nadie. -Se quedó callada un momento-. Además, todo este rollo es sólo para redactar la solicitud y que nos concedan la subvención. En realidad lo que quiero es que organicemos una expedición, porque estoy convencida de que vamos a hallar algo mucho más interesante que unos cuantos huesecillos.

– ¿Como qué, por ejemplo?

– Según Stewart Ray Sacher, que es el jefe del Área de Geocronometría de Berkeley, es imposible datar el cráneo mediante la técnica del carbono. En otras palabras, tiene menos de mil años. Dice que la razón puede que estribe en que el cadáver haya permanecido en un glaciar durante, como mínimo, cincuenta mil años y que sólo cuando el glaciar se fundió, el carbono-14 empezó a descomponerse. Warren Fitzgerald cree que debió de permanecer en el glaciar muchísimos más años. Tal vez cien mil o ciento cincuenta mil.

»Pero yo no he dejado de preguntarme por qué suponer que tiene más años cuando es igual de verosímil suponer que es más joven. «Hay que dejar hablar al fósil», dice siempre Sachen Sólo que él no lo hace. Pero lo que yo creo es lo siguiente: ¿por qué no tomar en consideración la posibilidad de que tenga menos de mil años? ¿Por qué descartar la posibilidad de que el cráneo sea exactamente lo que parece ser? Algo que no es para nada un fósil.

Jack frunció el ceño.

– Espera un momento. No lo veo claro. Has dicho que hay que dejar hablar al fósil. Pero ahora dices que quizá no sea ningún fósil. -Se encogió de hombros-. Bueno, aclárate.

– Muy bien. El prefijo paleo viene de una palabra griega que significa «antiguo». Creo que esto es de lo más irrelevante en este caso. -Fue Swift quien se encogió ahora de hombros-. De hecho, me parece que es lo único que digo. Que hemos de dejar a un lado la antigüedad.

– Es evidente que dices más de lo que dices. Y que además lo sabes. Así que ¿por qué no dejas ya de largarme rollos y vas al grano?

– De acuerdo, te voy a decir lo que pienso, Jack. ¿Qué pasaría si el cráneo es reciente? ¿Tan reciente, de hecho, que si fuéramos al Himalaya hallaríamos no huesos sino un fósil vivo?

– ¿Te refieres a algo así como un dodó?

– No exactamente. El dodó es un ave extinta. Me refiero a que deberíamos ir porque puede que encontremos algo cuya existencia hemos ignorado siempre. Una especie nueva.

– Una especie nueva. -Jack levantó las cejas, meditabundo-. ¿A qué altitud? No debes de hablar en serio. La única especie nueva que podrías encontrar allí arriba es una variante mutante del virus del catarro.

Swift se contuvo un momento antes de jugar la siguiente carta. Todos aquellos nombres antiguos que tejían los mitos, las leyendas y las películas baratas de serie B eran un poco absurdos, cómicos casi. En la palabra Esaú, en cambio, veía una forma novedosa de expresar las cosas.

– Jack, quiero que vayamos al Himalaya porque allí encontraremos a los parientes vivos de Esaú. Nada de montar una expedición en busca de fósiles. Será una expedición zoológica. Quiero que vayamos allí con el objeto de capturar un animal de una especie nueva.

Jack se quedó reflexionando, con las cejas fruncidas, sobre lo que acababa de decirle Swift. O en lo que él creía que ella le había dicho. Y de pronto comprendió por fin cuáles eran sus intenciones.

Se reclinó en la silla, se pasó ambas manos por el pelo y soltó una fuerte carcajada.

– Espera un momento. Esaú no es nada. -Sonrió con amargura y agitó un dedo acusador, señalándola a ella-. Eres muy lista, te lo concedo, Swift. Eres lista. Todas estas patrañas sobre un fósil vivo. Me debes de tomar por un imbécil, Swift. Ya sé de qué estás hablando y… francamente, lo encuentro ridículo.

– No siempre lo encontraste ridículo -repuso ella con sarcasmo.

Jack se puso en pie y se alejó dándole la espalda.

– Déjame que te diga que esto es tan ridículo como lo del monstruo del lago Ness -insistió él.

– No pensabas así hace diez años, cuando lo viste en el Everest -le dijo Swift, que empezó a buscar en el disco compacto que había introducido en el Toshiba las páginas del libro de Jack que ella había escaneado-. ¿Quieres que te recuerde lo que escribiste en tu libro Los mantras de la montaña?

– No tengo especial interés.

Jack estaba junto a la ventana y encendió un cigarrillo. Estuvieron un par de minutos sin decir nada. De repente Swift empezó a leer en voz baja y calmosa.

– «El 20 de mayo habíamos levantado un campamento en el collado norte, a siete mil metros de altitud; gracias a Dios disponíamos de todas las comodidades, porque al día siguiente se levantó un terrible huracán que hizo bajar el termómetro muchos grados bajo cero. Le pregunté a Karma Paul por qué el tiempo empeoraba si teníamos el verano encima, y me dijo que guardaba relación con ciertos festejos religiosos que se celebraban en el monasterio de Thyangboche. Me explicó que los demonios de la montaña luchaban porque cesaran las ceremonias y que por eso chillaban muy fuerte. También dijo que en cuanto terminaran aquellos servicios religiosos, igualmente cesaría la tempestad.»

– Ya sé lo que escribí -murmuró Jack.

– «Pasamos tres noches seguidas en el refugio del collado norte; fueron las tres noches en que el vendaval arreció. Pero al cuarto día amainó y yo efectué una expedición hasta el Lhakpa La, desde donde pude contemplar una vista magnífica de la vertiente norte del Everest y otra, más inquietante, del monzón que se acercaba. Me puso muy nervioso pensar que no podría concluir la ascensión a tiempo, de modo que decidí que al día siguiente intentaría escalar sin oxígeno. Iba ya a regresar al campamento III cuando me salió al encuentro un pajarito (creo que debía de tratarse de un Lammergeyer de Wollaston, pues no hay ninguna otra ave que vuele tan alto), como si algo que se acercara a mí en dirección contraria lo hubiese espantado. Y fue entonces cuando vi una figura que parecía un mono gigante; estaba frente a mí, a no más de cincuenta metros. Casi al mismo tiempo, aquel ser extraño me vio y se quedó inmóvil. Los dos permanecimos quietos mirándonos como unos tontos. Poca cosa puedo decir, aparte del simple hecho de que aquella criatura era de elevada estatura y muy hirsuta, porque yo la veía a contraluz y el sol me deslumbraba; cuando fui a coger los prismáticos, aquel ser extraño se alejó a gran velocidad avanzando por la nieve, que era de considerable grosor, de un modo que a mí me habría dejado extenuado en pocos segundos. Cuando por fin pude enfocar a aquella criatura de naturaleza desconocida con mi Nikon, era ya una mancha diminuta en el horizonte…»

– Ya sé lo que escribí -repitió, esta vez más alto-. No necesito que nadie me lo recuerde. En cambio, tal vez convenga recordarte a ti qué sucedió cuando se publicó el libro. Algunos críticos apuntaron que me lo había inventado todo para introducir un detalle sensacionalista en un libro que consideraron, por lo demás, aburrido. Lo llamaron criptozoología. Después, un cretino del Scientific American escribió una historia en la que contaba cómo muchos otros escaladores antes que yo habían padecido alucinaciones provocadas por el mal de altura. -Jack movió la cabeza con una expresión triste en el rostro-. Dios mío, incluso tuve el privilegio de que se contara un chiste sobre mí en el show de Carson y también fui el protagonista de una escena cómica en «Saturday Night Live».

– ¿Y tú? ¿Qué piensas tú? ¿Crees que fue una alucinación provocada por el mal de altura?

– Sí -contestó sin demasiada convicción.

– ¿Y todos los otros escaladores que también lo vieron?

– ¿A qué te refieres?

Swift volvió a concentrarse en la pantalla del Toshiba y repasó una larga lista de otros testimonios que había grabado en un disco compacto.

– Hace cinco años, Hidetaka Atoda vio, según se dice, en las laderas del Machhapuchhare, en el Santuario del Annapurna, a una criatura de gran estatura que nadie ha identificado. Incluso hizo una fotografía. El Machhapuchhare es una montaña sagrada. No se conceden permisos para escalarla.

– Y me lo dices a mí -dijo Jack riéndose sarcásticamente.

– Según parece, fue incapaz de perseguir a aquel ser nunca visto por miedo a perder la licencia para escalar en aquella zona.

– Sí. Pero perdió la vida -repuso Jack-. El Sapo era un buen amigo mío. Murió tres semanas después, cuando escalaba la vertiente suroeste del Annapurna. Igual que Didier. Un alud acabó con él y se llevó su cámara. -Jack le sonrió a Swift con agresividad-. Así que nadie ha visto jamás la famosa fotografía. Y otra cosa, como alpinista, es sabido que el Sapo actuaba con precipitación. Que yo sepa, nunca se aclimató del todo y siempre corría, desaforado. Probablemente eso es lo que le mató.

– De acuerdo -concedió Swift con paciencia-. ¿Y Chris Bonington?

– ¿Qué quieres que te diga de Chris Bonington?

– Él también lo vio en el transcurso de una expedición que montaron en 1970 con el objeto de escalar el Annapurna. Según dijo él, se hallaba casi a la misma altura de la entrada del Santuario, un poco más arriba, cerca de la cueva Hinko, a unos tres mil seiscientos metros. Eso está muy cerca del Machhapuchhare, ¿verdad?

– Tal vez -admitió Jack.

– Y es más, Chris Bonington estaba totalmente aclimatado.

– Es un buen alpinista -reconoció Jack-. El mejor.

– En su libro, La vertiente sur del Annapurna, explica que vio un mono o una criatura simiesca que corría a gran velocidad por la nieve a refugiarse en unos peñascos. Dice que era un animal muy vigoroso, que dejaba huellas perfectamente visibles, pero que más tarde los sherpas fingieron no haberlas visto. Bonington estaba convencido de que había visto al yeti.

Swift sonrió, casi como si pidiera disculpas.

– Al fin lo he dicho, ¿eh? El yeti.

– Te felicito. Has ganado un muñeco de peluche.

– Greg Topham vio al yeti en 1982, cuando escalaba el Annapurna III.

– Topham. -Jack resopló, mofándose de ella-. Un hippy memo y drogata.

– Afirmó que había visto un animal parecido a un oso caminando por la cresta en dirección sur, hacia el Machhapuchhare.

– Es probable que fuera un oso. Oye, ¿a qué viene esta obsesión por el Machhapuchhare?

– Pues a que tres personas han visto el mismo ser extraño en el Machhapuchhare o en los alrededores. Una montaña, además, a la que los escaladores y los turistas tienen prohibido ir.

– El Machhapuchhare no tiene nada de mágico, si es eso lo que insinúas -afirmó Jack, incómodo.

– Yo no he dicho que lo tuviera. Y tienes razón, se han visto yetis por todo el Himalaya.

Echó una ojeada al ordenador.

– No me refería a eso.

– En 1955, Tony Streather informó, antes que Bonington, de que durante una expedición que iba a efectuar la ascensión del Kangchenjunga había oído unos silbidos muy fuertes. El mismo ruido que había oído dos años antes Wilfred Noyce en la expedición de sir John Hunt que se organizó para escalar el Everest. Los sherpas dijeron que el silbido era el de un yeti. -Alzó la vista de la pantalla del Toshiba-. ¿Te acuerdas de que el invierno pasado ayudé a Byron Cody a escribir un libro sobre gorilas?

Jack se encogió de hombros.

– Lo que más me interesa de lo que cuenta este tal Noyce es que el grito de alarma de un gorila es un chillido largo y agudo que suena como un silbido desgarrador y que, además, el espectrógrafo lo registra así.

– Qué mundo tan cerrado. -Jack meneó la cabeza-. Podía haber sido cualquier cosa. Un águila. Un lémur… ¿Has terminado?

– Si ni tan siquiera he empezado, Jack. En 1951 sir Eric Shipton fotografío e hizo moldes de una serie de pisadas que él y otros vieron en la nieve del glaciar Menlung, cerca del Everest, a una altitud de unos cinco mil quinientos metros. Shipton y el sherpa Tenzing, que con posterioridad coronaría el Everest con sir Edmund Hillary, siguieron el rastro de las huellas hasta que les perdieron la pista. Tenzing había visto un yeti en 1949. Lo describió como un ser de una estatura muy superior a la del hombre, muy hirsuto, de pelo rojizo, pero con la cara lisa como un caramelo.

– ¿Como un caramelo o como un camelo? -se rió Jack-. Y huellas. -Resopló-. Las huellas pueden ser el resultado de la acción de cualquier fenómeno atmosférico. Lo leí en algún lado. Una corriente de aire cálido que penetra en la atmósfera fría provoca que pequeñas bolsas de humedad se conviertan en agua que, al caer, forma unas depresiones en la nieve que no se distinguen de unas pisadas.

– ¿Unas pisadas dispuestas regularmente? ¿Separadas siempre un metro una de otra? -Ahora era Swift quien tenía razones para mofarse-. Tu explicación es mucho más fantástica de la que yo propongo. Pero aun si desechas las afirmaciones de Shipton y de Tenzing por falsas, cosa que no creo que puedas hacer, ¿vas a descartar también el testimonio de sir John Hunt, que en 1937 vio no una sino dos series de extrañas huellas cerca del glaciar Zemu? Dijo que era imposible que las pisadas fueran de un oso y no supo qué explicación dar a lo que vio. Más tarde afirmó que creía en la existencia de un antropoide superior indígena, desconocido por la ciencia.

Jack miró al techo como si estuviera deseando que Swift acabara de una vez por todas.

– Muy bien -dijo Swift-. Pero hay decenas de testimonios que han visto al animal. Montgomery McGovern en 1924, el coronel Howard-Bury en 1924, Henry Elwes en 1921, el comandante L. A. Waddell en 1899, W. Rockhill en 1884 y el teniente George White en 1838. La leyenda, Jack, se remonta a 1820, y empieza con el Diario de una excursión a través de una parte de la cordillera nevada de las montañas del Himalaya de J. B. Frazer. No puedes tacharlos a todos de locos, mentirosos, hippies o ilusos. Existen testimonios que han visto yetis y huellas de yetis en zonas tan alejadas unas de otras como el Nepal, el Tibet, Sikkim, Garwhal, el Karakoram, la zona del Alto Sahween y Bhutan.

Jack gruñó sin dar su brazo a torcer y apoyó la frente en el cristal frío de la ventana. Fuera, el sol ardiente se abría paso entre las nubes y un buitre surcaba lentamente el cielo azul como un avión de pasajeros lleno de almas humanas.

– Tú lo has visto, Jack -insistió ella-. Sabes que lo has visto. ¿Qué sacas con negarlo?

– No sé lo que vi -repuso él, irritado-. Como he dicho, es probable que se debiera a los efectos de la altura. La falta de oxígeno provoca incontables trastornos físicos: edema pulmonar, insomnio, pérdida de apetito, pérdida de peso y retención de líquidos. La retención de líquidos, por ejemplo, produce una hinchazón del cerebro, que, al hacer presión en el cráneo, te provoca alucinaciones. Por si esto no fuera suficiente, también eres propenso a padecer conjuntivitis, a causa de un exceso de luz ultravioleta. Sientes como si tuvieras arena en los ojos y después te duelen tanto que ya no puedes abrirlos del todo.

Swift asintió.

– Por supuesto -dijo Swift pacientemente-. Es comprensible que se desee contar con una prueba mejor que la visión defectuosa de unos ojos dañados. -Se interrumpió-. Por eso mandé un fax al Museo de Historia Natural de Londres y me enviaron por Federal Express unas fotografías de un molde de yeso que hizo un zoólogo ruso, Vladimir Tschernezky, a partir de las fotos de Shipton.

Movió el ratón de bola del Toshiba con el pulgar y seleccionó una imagen del molde que ella había escaneado en el disco compacto.

– El pie es más del doble de ancho que el pie de un gorila -comentó-. Pero mide más o menos igual de largo. Y mira el tamaño del dedo gordo.

Jack seguía mirando por la ventana.

– Es excepcionalmente grueso. Yo no soy alpinista pero diría que este pie es perfecto para agarrarse a las rocas verticales.

Jack no pudo evitar echar un vistazo a la pantalla y su sentido crítico de experto le hizo apretar los labios.

– Sí, podría ser.

– Además, el tamaño del talón parece indicar que se trata de un ser más grueso y más pesado que un gorila.

Al ver que había despertado por fin el interés de Jack, Swift seleccionó un dibujo en el que se comparaban unas pisadas.

– La de la izquierda es la huella de un gorila -explicó-. La del medio la encontró Shipton a una altitud de tan sólo cinco mil quinientos metros. Algunas de las huellas llegaban hasta una grieta de un glaciar… un salto de entre cuatro metros y medio y seis metros. Y no había ninguna señal de garras. La diferencia es bien visible.

– ¿Y la de la derecha? -preguntó Jack.

– Es una huella que se reconstruyó utilizando los restos de un esqueleto de un neandertal hallado en Crimea. Como puedes ver, llama la atención la anchura de los tres pies, que miden el doble de ancho que de largo. Pero sólo las huellas de Shipton muestran un hallux tan desviado, el dedo gordo. Y el segundo dedo es también extraordinariamente largo.

»Les pedí a los del laboratorio de visualización biomédica que digitalizaran una imagen del cráneo que hallaste y que añadieran las pisadas que descubrió Shipton. Utilizando señales craneanas y la profundidad de los tejidos obtenidas a partir de los datos anatómicos de gorilas, pudieron efectuar una reconstrucción completa del fósil del tipo de antropoide que nos interesa.

– Que te interesa a ti -intervino él sin apartar la vista de la pantalla.

Swift sonrió para sí y seleccionó una breve secuencia animada del disco compacto que ilustraba la reconstrucción de aquel ser desde los pies. La cantidad de pelo que debía de cubrirle el cuerpo era imposible de deducir a partir del fósil y de la pisada y, por tanto, no se reconstruyó. Al contemplarlo con atención, sin embargo, a Jack le dio un vuelco el corazón, porque la secuencia animada desplegada en la pantalla del ordenador mostró una ilustración en color y tridimensional de un antropoide bípedo que le pareció reconocer.

– Dios mío -susurró-. ¿Cómo lo has hecho?

– Lo ha hecho un ordenador -contestó ella con toda la tranquilidad del mundo.

Jack giró la cara, como si necesitara recuperar el autodominio perdido.

Swift se quedó callada; esperaba a que él volviera a mirar la pantalla y, cuando lo hizo, giró el ratón de bola y seleccionó una imagen ampliada del rostro de aquella criatura.

– Lo interesante de esta secuencia -le dijo- es que la forma del cráneo concuerda exactamente con la del que tú hallaste en el Santuario del Annapurna.

Arrastró un pequeño icono que había en un rincón de la pantalla y lo dejó encima de la cabeza de aquel ser virtual. El icono estalló y se convirtió en una de las fotografías en color que Swift había hecho del cráneo en su laboratorio.

Jack, que asentía con la cabeza, admitió que encajaban perfectamente.

– Me alegra que lo veas así, Jack. Lo valoro mucho.

– No estaría mal, ¿sabes? -murmuró-. Quiero decir, volver allí y demostrarles a todos esos cabrones que se equivocan.

– ¿Verdad que sí?

– Además, tengo la sensación de haber dejado algo más que a un buen amigo en el Santuario.

– ¿Ah, sí? ¿Y qué es?

Jack meneó la cabeza.

– Increíble -dijo en voz queda.

– Desde un punto de vista anatómico -prosiguió Swift-, Esaú ocupa un puesto aproximadamente intermedio entre un gorila y el fósil del Paranthropus crassidens, conocido también con el nombre de Australopithecus afarensis.

Jack seguía sacudiendo la cabeza, maravillado por lo que Swift le había enseñado.

– Es el ser que vi en el Everest, Swift, es un yeti.

Swift asintió.

– Por fin -exclamó-. Me alegro de que coincidas conmigo.

– ¿De veras crees que podríamos encontrarlo? -le preguntó Jack-. El Himalaya es un sitio inmenso. No será fácil.

– No vamos a buscarlo en el Himalaya, Jack, sino en el Santuario. Y más concretamente en el Machhapuchhare. Aunque tú hallaste el cráneo en el Annapurna, los casos más recientes de gentes que dicen haber visto yetis se han dado todos en el Machhapuchhare.

Jack dio un respingo.

– Hay algo que no te he dicho -confesó-. No hallé el cráneo en el Annapurna.

Jack le contó que él y Didier estaban escalando ilegalmente el Machhapuchhare cuando sufrieron el accidente.

– Puede que tengas razón -concluyó, pensativo-. Puede que haya una razón nunca revelada que explique por qué está prohibido subir al Machhapuchhare. Puede que los lugareños sepan algo que nosotros ignoramos. Puede que no le hayan permitido a nadie encontrarlo.

– En este caso haremos lo que yo digo -dijo Swift-. Oficialmente, para conseguir la subvención y para que el gobierno nepalés no sospeche la verdad, nuestra expedición será una expedición que rastreará fósiles y se desplazará por el Santuario. Pero en realidad iremos al Machhapuchhare y buscaremos al abominable hombre de las nieves.

Jack asintió con la cabeza.

– Al carajo -exclamó-. Que se vaya al carajo el abominable hombre de las nieves. Es una patraña, es un personaje de cómic. Esto, esto es ciencia. Nosotros vamos a buscar a Esaú.

OCHO

Nada es tan costoso como los inicios.

Friedrich Nietzsche

La visita guiada al Pentágono es gratis y empieza cada media hora los días laborables entre las nueve y media de la mañana y las tres y media de la tarde, excepto los festivos. Se permite el acceso al edificio incluso a los extranjeros, siempre que presenten el pasaporte. En el pasillo llamado del Comandante en Jefe se puede admirar un modelo de un Stealth SR-71, un avión que, técnicamente al menos, sigue siendo un secreto. Era justamente este deseo de los militares de abrir su cuartel general al público y alardear de sus juguetes la causa de la aversión que él sentía por el Pentágono y el personal del Departamento de Defensa. O bien se tienen secretos o bien no se tienen. Cada vez que tenía que acudir allí a una reunión, esperaba siempre a que se abriese la puerta y que el guía uniformado entrase andando de espaldas (cosa que hacen siempre los guías para no perder de vista al rebaño de sus visitantes), seguido de un grupo de pueblerinos con los ojos abiertos y cara de bobos, masticando todavía los perritos calientes comprados en el puesto que hay en el centro del patio del Pentágono.

Perrins, de casi cincuenta años, parecía más bien un diseñador de ropa cara que el subdirector de Inteligencia, vestía un traje elegante y lucía una barba negra, dura y perfectamente recortada. Estaba sentado apartado de la mesa de la sala de juntas como si asistiera a una reunión del Comité de Reconocimiento Aéreo en calidad de observador.

Había muchos expertos uniformados, que decían todos lo mismo. La operación Belerofonte, los vuelos de reconocimiento de los U-2 por el subcontinente indio habían sido un fracaso y no habían aportado nada. Uno de los expertos, un general de las Fuerzas Aéreas de Estados Unidos, no dejaba de repetir, machacón, una retahíla de excusas.

– A causa de la necesidad de economizar nuestros recursos, y a fin de obtener fotografías de calidad óptima en los vuelos de reconocimiento, decidimos que no saldría ninguna misión si la predicción del tiempo en aquella zona era que estaría cubierta en más del veinticinco por ciento. Por desgracia, el tiempo ha jugado en nuestra contra. Las fotografías tomadas en muchos de los vuelos no son aprovechables. No obstante, hemos podido obtener un mosaico moderadamente completo de la región, aunque sin resultado alguno.

»Señores, junto a los informes encontrarán ustedes una breve lista de las predicciones meteorológicas de la zona. Como pueden ver, estamos en pleno invierno y a pesar de la evidente gravedad de la situación, que requiere una acción inmediata, no puedo recomendar que se reanuden los vuelos de reconocimiento de los U-2 hasta, como mínimo, finales de febrero.

Cuando el general de las fuerzas aéreas se sentó por fin, Reichhardt dejó escapar un suspiro, se quitó las gafas de cristales ahumados, se pasó la mano por la calva como si acabaran de cortarle el pelo y le dio las gracias.

– Esperaba que esta reunión aportara datos que nos pudieran ser útiles -dijo hablando con calma-. Debo confesar que estoy un poco decepcionado por la falta de avances. Sin embargo, me imagino que todos sabíamos que, hiciéramos lo que hiciéramos, la responsabilidad última de esta operación Belerofonte iba a corresponderle a la CIA.

Perrins sonrió y se acercó más a la mesa.

– Belerofonte -dijo moviendo la cabeza-. Tal y como me indicaste, Bill, me informé sobre el mito y, puesto que la CIA va a asumir de todas maneras la responsabilidad de esta situación, creo que sería mejor que cambiásemos el nombre en clave. ¿Sabías que se llama carta de Belerofonte a los documentos que son peligrosos o bien perjudiciales para el que los entrega? Eso viene del hecho de que Belerofonte cayó de Pegaso cuando le picó un tábano al caballo. Ya te informaremos del nombre que nos dé el ordenador.

Los labios apretados de Perrins esbozaron una sonrisa, pues le causaba placer mortificar a Reichhardt. El director de la NRO ponía cara de haber descubierto que llevaba pegada una cosa muy desagradable en la suela de los zapatos.

– Desde luego, hemos estudiado diversas acciones que llevará a cabo el personal de campo -prosiguió Perrins-. Teniendo en cuenta el ruido de fondo constante en aquella zona, siempre hemos creído que, sea cual sea la acción que vayamos a emprender, ésta deberá realizarse de forma encubierta. Pueden estar tranquilos, en cuanto hayamos tomado una determinación sobre la línea de acción que vamos a seguir, la ejecutaremos sin vacilaciones. No me cabe ninguna duda de que encontraremos lo que buscamos.

Reichhardt, consciente de que era Perrins quien tenía ahora la sartén por el mango, asintió. Su departamento había fracasado. No tenía más remedio que tragarse la mierda que Perrins le ofrecía. Pero aun así sabía, a aquellas alturas, que el optimismo de la CIA sólo podía abordarse con pesimismo. Tal vez tuviera la posibilidad de meter un pie dentro de la Agencia, para que sus puertas no llegaran a cerrársele.

– Esperemos que así sea -dijo-. A ver. La próxima reunión de la COMOR está programada para mañana. Espero que puedas exponernos las líneas de acción en las que has pensado.

– Bill, ¿qué te parece si te llamo -le preguntó Perrins- en cuanto tengamos el menú a punto y pueda leértelo?

– Sí -respondió Reichhardt con la cara descompuesta; veía con claridad que Perrins estaba disfrutando de lo lindo-. No dejes de hacerlo.

– No lo haría ni borracho -se dijo Perrins una vez en el coche, de camino hacia Langley.

El cuartel general de la CIA no tenía nada que ver con el del Pentágono. Era un edificio sin complicaciones, moderno, blanco y de siete pisos que se hallaba en un entorno idílico, entre árboles y amplias extensiones de césped. Lo que atrae a los turistas a Langley es el placer de navegar por el Potomac, alguna extraña manifestación ante la CIA en el paseo George Washington y tal vez la Burbuja.

La Burbuja es un auditorio en forma de cúpula, que sólo en apariencia es un edificio aislado, porque, en realidad, está conectado al cuartel general a través de un túnel subterráneo. Aquí se permite a las personas que no tienen autorización formal para acceder a información secreta ponerse en contacto con el personal de la Agencia. El jefe de Perrins había jurado su cargo en la Burbuja ante un juez del Tribunal Supremo. En los años setenta, la televisión entró en la Agencia por primera vez y justamente fue en la Burbuja donde se grabaron los documentales que se emitieron en los programas «60 Minutes» y «Good Morning America».

Solamente se permite el acceso a este pasillo secreto y la entrada al corazón del cuartel general de la CIA a un corto número de periodistas. Perrins iba a reunirse con uno de los privilegiados que se contaba entre ellos.

Brindley, que había sido corresponsal en el extranjero de varios periódicos y diversas cadenas de televisión antes de incorporarse al National Geographic, siempre había gozado de una estrecha relación con la CIA. Al principio era una relación informal y se reducía a conversaciones esporádicas sobre temas de interés mutuo. Pero con el tiempo se habían estrechado los vínculos y Brindley aceptó recabar información para la Agencia y facilitarle personal especializado.

Como periodista, Brindley había sido siempre un hombre de acción, el típico reportero que se marcha sin pensarlo a lugares remotos e inaccesibles, y que arriesga a menudo la vida. Era de los que se unía a las expediciones que iban a escalar montañas jamás escaladas o a adentrarse en selvas impenetrables. Cuando se incorporó al National Geographic, lo hizo en calidad de editor jefe de la sección de expediciones.

Brindley era un cuarentón en plena forma física, aunque padecía un glaucoma crónico que le había obligado a abandonar su vida errante. Al principio se reunía con su antiguo condiscípulo de Yale en la Burbuja y después en el despacho de Perrins, que se hallaba en la séptima planta, donde estaban todas las oficinas de los directivos de la CIA. Con vistas al río, las fotografías del viejo equipo de los Orioles colgadas en las paredes y montones de hojas impresas en ordenadores sobre el suelo enmoquetado, el despacho era sólo un poquitín menos destartalado que el resto del edificio.

Los dos hombres intercambiaron palabras intrascendentes mientras Brindley abría un maletín de piel inglés y extraía un ejemplar de la famosa revista en cuya portada figuraban los familiares márgenes amarillos. En la del ejemplar que cogió Brindley se apreciaba una fotografía borrosa de una góndola.

– ¿Te interesa Venecia? -preguntó Brindley, que arrojó la revista encima del escritorio.

– Desde el punto de vista profesional, no -sonrió Perrins.

– Pues a mí no me gusta nada. No sé, me parece una ciudad claustrofóbica. Exhala podredumbre, da la sensación de contener agentes infecciosos.

– ¿Qué dijo Henry James de Venecia? Es del todo imposible decir algo original sobre la ciudad. -Al sentir que Brindley había comprendido su comentario malicioso, sonrió sádicamente-. Pero no desfallezcas, tal vez algún día se te ocurra algo nunca dicho.

– Cabrón. No tengo ni idea de lo que le gusta leer a la gente. Me imagino que mayormente cosas sobre parques nacionales.

– Bueno, Dunham, hay que reconocer que normalmente tú sí sabes qué te gusta leer. Y es por eso por lo que estás aquí, ¿verdad?

Brindley hizo un gesto afirmativo con la cabeza con los ojos clavados en la revista.

– «Entre bastidores.» En la página seis o siete. Es una sección nueva, una idea del editor. Historias divertidas, a veces inverosímiles, de los miembros del equipo de la revista, y también de colaboradores, sobre experiencias que han vivido mientras trabajaban. Para serte franco, me parece una gilipollez.

Perrins pasó las páginas.

– Tragedia en el Himalaya del «trepador de rocas» -dijo de pronto Brindley, echando una ojeada a una fotografía que mostraba a dos alpinistas, y empezó a leer en voz alta la breve reseña que había escrita debajo.

– «Jack Furness, el "trepador de rocas" más grande de Norteamérica, abandonó su proyecto de escalar los catorce picos más altos del Himalaya y regresó a California, donde vive, después de la trágica muerte de su compañero de cordada, el alpinista canadiense Didier Lauren. Lauren y Furness formaban un equipo de escaladores de fama internacional cuyas primeras ascensiones en ensemble ligeras, sin parangón en la historia del alpinismo, fueron una fuente de inspiración para toda una generación de escaladores de estilo clásico norteamericanos. Furness y Lauren, que habían obtenido dos subvenciones de investigación de la NGS, escalaban la vertiente suroeste del Annapurna cuando les sobrevino la catástrofe.»

Perrins lanzó un suspiro y alzó la vista.

– ¿A qué viene esto, Dunham?

– Sigue leyendo -insistió Brindley.

Perrins leyó el resto del artículo en silencio. Cuando terminó, asintió con la cabeza.

– Podría ser -admitió.

– Se encuentra aquí, en Washington. Se aloja en el Jefferson.

– ¿En el Jefferson, dices? -Perrins parecía impresionado-. Yo hubiera dicho que un tipo acostumbrado a estar tanto tiempo al aire libre como él estaría más a gusto en un Howard Johnson.

Brindley negó rotundamente con la cabeza.

– Furness es una celebridad.

– Será por eso que nunca he oído hablar de él.

– Se escriben libros sobre él. Los directores de cine lo llaman. Hizo de doble de Stallone en una película, se encargó de todas las escenas peligrosas. Ha ganado muchísimo dinero. Estudió en la Universidad de Oxford con una beca Rodhes.

– Eso, Dunham, no significa nada de nada. También a Clinton le concedieron una beca Rodhes.

– Sólo quiero que entiendas que no es ningún memo que apeste a humo de hoguera de campamento.

– De acuerdo, de acuerdo, es Gore Vidal. ¿Y qué hace en Washington?

– Presentar una solicitud para una subvención. Él y una antropóloga llamada Stella Swift quieren volver al Santuario del Annapurna a buscar fósiles.

– Santo cielo. ¿Es que no leen los periódicos? En cualquier momento puede estallar la guerra en el Punjab.

– Pero el Punjab está a tres o cuatro mil kilómetros.

– Muy cerca si resulta que estalla una guerra nuclear.

– Por eso mismo deberías ser consciente de lo valiosos que son para ti, Bryan. No hay muchas personas dispuestas a pedir dinero para irse al escenario de una posible contienda armada.

– Entendido: la presencia de una expedición científica en aquella zona sería para nosotros la tapadera ideal.

– Las solicitudes de subvención se dirigen al Comité de Investigación y de Exploración. Está integrado por unas dieciséis personas. Cada una de ellas escribe una crítica de la solicitud y la evalúa según una clasificación que va de excelente a pobre. Una vez leídas las críticas, se hace un promedio de los resultados de las evaluaciones y se concede o no la subvención. Sobre el papel, su solicitud no tiene pegas. Cosa que me recuerda…

Brindley cogió el maletín y extrajo un documento encuadernado y grueso como el guión de una película. Lo dejó sobre la mesa, encima de la revista, y volvió a reclinarse en el sillón.

– Te he traído una copia. Yo no formo parte del comité, y éste es el problema. Por lo que me han dicho, no han aprobado la solicitud.

– ¿Y por qué no?

– Andan algo escasos de dinero, y por eso la cantidad destinada a este tipo de investigaciones es ahora muy pequeña. Me temo que no hemos tenido más remedio que apretarnos el cinturón.

Los ojos inteligentes de Perrins repararon en el cinturón de piel carísimo que su interlocutor llevaba ajustado a unos pantalones de un traje Brook Brothers, y sonrió imperceptiblemente. Junto a la hebilla de latón se veía en la piel del cinturón un trozo más oscuro, claro indicio de que Brindley, de grueso vientre, había tenido que aflojárselo.

– Ya entiendo -dijo Perrins secamente mientras cogía la pluma estilográfica-. ¿Y quién está en el comité? Tal vez podamos conseguir que cambien de decisión.

– Brad Schaffer. Es amigo mío. Ya lo conoces. Creo que si le contamos cuál es la situación, nos podrá ayudar.

– ¿Te refieres a que nos ayudará si le contamos la verdad? ¿O te refieres más bien a que nos ayudará si le contamos lo que nos convenga a nosotros, sin necesidad de poner en peligro la seguridad transmitiendo información confidencial?

– Me refiero a que podemos convencerlo contándole lo que sea.

– Tal vez. ¿Y los demás?

– En la revista viene una lista de los nombres de todos ellos. Es un «Quién es Quién» internacional. Dicho en pocas palabras, los del Consejo de Administración se encargan de conseguir dinero, y muchas veces lo ponen de sus propios bolsillos.

Perrins hojeó su ejemplar del National Geographic hasta que encontró una página completamente llena de nombres. Eran los nombres de personas relacionadas con la revista o la sociedad. Muchos de ellos figuraban en el Consejo de Administración y las compañías a las que representaban le eran familiares. Uno de los nombres le llamó la atención.

Joel Beinart, que, entre otros cargos, desempeñaba el de presidente de la Corporación Semath.

– El conglomerado de electrónica. Sí, ya lo conozco.

– Yo también -dijo Perrins-. Fue secretario de Comercio. Trabajamos juntos en muchas ocasiones. Comercio escogía con frecuencia un país o un área de actividad financiera y luego nos pedían a nosotros que les mandáramos informes sobre los hombres de negocios apropiados. Beinart ha mostrado siempre mucha comprensión hacia los objetivos de la Agencia. Tal vez él pueda proporcionarnos una tapadera. Organizar lo que los rusos llaman «una operación conjunta». Con una inyección de dinero del gobierno a través de la Semath, Schaffer podría convencer a los del Comité de Investigación y de Exploración para que cambiaran de parecer.

– Mira que hace años que te conozco, Perrins, y todavía me sorprendo cuando te oigo expresar mis propias ideas como si las hubieras parido tú.

– Calla -sonrió Perrins-. Por cierto, ¿qué cuesta montar este tipo de expedición?

– Esto consta en la solicitud de la subvención -respondió Brindley-. Si la memoria no me falla, creo que querían una cantidad que rondaba los setecientos cincuenta mil dólares. Sin contar con lo que aporten los patrocinadores privados.

– No van a tener tiempo de encontrar patrocinadores -afirmó Perrins-. Tres cuartos de millón, ¿eh? ¿Sabes lo que esta cantidad representa para el presupuesto de Defensa de 1996?

Brindley se encogió de hombros.

– Pues te lo digo. -Con una mueca de colegial en el rostro, Perrins se puso a teclear números en su ordenador-. Cerca de dos minutos.

– Ya me figuraba que sería algo irrisorio.

– ¿Qué puedes decirme de este tal Furness? -preguntó Perrins-. ¿Crees que podremos hacerlo nuestro?

– Supongo que sí. Hizo un anuncio publicitario de unos bonos muy turbios para la televisión, así que no debe de ser hombre de principios.

– ¿Y ella?

– No sabría decirte. Me parece que es australiana o inglesa. Algo así.

Perrins se inclinó hacia adelante y pulsó un botón del interfono.

– Connie, ¿puedes traerme los expedientes de…? -Echó una ojeada a la solicitud de la subvención y leyó los dos nombres que figuraban en la portada-. De un tal Furness. F-U-R-N-E-S-S. Y de una tal doctora Stella Swift, se deletrea como el pájaro, de la Universidad de California, de Berkeley. Oh, y pregúntale a Chaz Mustilli si puede venir a verme aquí al despacho. Gracias, Connie.

Soltó el botón, hojeó la solicitud que tenía ante él y echó una rápida ojeada a los objetivos de la expedición que constaban en ella.

– Fósiles humanos, ¿eh?

– Paleoantropología -dijo Brindley asintiendo con la cabeza-. ¿No has oído hablar de ella? Es la nueva religión.

– La gente tiene que creer en algo -comentó Perrins encogiéndose de hombros-. Si tengo que serte franco, yo soy incapaz de imaginarme a un Dios que prefiere ir a misa que ir al cine.

– No salgamos esta noche -dijo Swift-. Quedémonos a cenar en el hotel.

Estaba viendo el telediario.

– Pero si ayer cenamos aquí -protestó Jack-. ¿No prefieres que vayamos a otro sitio?

– No me apetece ir a ningún lado. Lo único que me apetece es quedarme aquí y compadecerme de mí misma.

– Bueno, si es eso lo que quieres.

– Mierda. ¿No te parece increíble?

– ¿Qué?

Swift señaló la televisión.

– Las noticias -dijo abstraída-. El secretario de Estado ha logrado convencer a los indios y a los pakistaníes de que se abstengan durante tres meses de pasar a la acción.

– ¿Y qué hay de malo en ello? -preguntó Jack, extrañado.

– Nada -respondió Swift encogiéndose de hombros-. Sólo que tres meses nos hubieran venido de perlas para ir al Nepal y poder salir del país sin problemas.

– Tres meses es lo que lleva, como mínimo, preparar la mayoría de las expediciones -comentó Jack.

– Ésta no tiene nada que ver con la mayoría de las expediciones. Bueno, tenía.

Swift le besó en la mejilla.

– Voy a bañarme, Jack.

– ¿No puedo quedarme y mirarte?

Ella se rió flojito, azorada. Había veces en las que Jack tenía salidas de colegial. Pero desde que volvía a acostarse con él, había caído en la cuenta de lo mucho que lo había echado de menos, aun sin saberlo.

– ¿Por qué no nos vemos luego en el bar?

– La verdad es que me sentaría bien tomarme una copa -reconoció Jack-. Detesto los comités. -Sacudió la cabeza con rabia-. No lo entiendo, no entiendo por qué nos la han denegado.

– Pero ¿qué dices? Si tú me advertiste de lo difícil que lo teníamos. -Swift se encogió de hombros con garbo-. Además, me la han denegado a mí. A ti te han dicho que, si lo deseas, puedes volver y escalar todas las cumbres que te quedan por escalar.

– Esto no es lo que yo quiero. Ya no.

– Bueno, todavía nos queda la Fundación Nacional de la Ciencia. En el comité de selección está Warren Fitzgerald. Es el decano de la Facultad de Paleoantropología de Berkeley.

– Conque para hacer carrera no importan tanto los conocimientos como los conocidos, ¿eh?

– De hecho, los conocidos tampoco. Sólo con quién te acuestas.

– No lo dirás en serio.

Swift se echó a reír.

– Es un poco así. Me parece que, desgraciadamente, en estos momentos los de la Fundación no andan precisamente boyantes.

– Ya encontraremos quien nos financie. Ya verás. A lo mejor conseguimos dinero de un periódico o de una cadena de televisión. Seguro que hay muchísima gente dispuesta a embarcarse en una aventura como ésta. Si pudiéramos contarles la verdad, si pudiéramos decirles cuál es en realidad el objetivo de la expedición…

– Ni hablar -dijo Swift con firmeza-. No nos conviene nada que los medios de comunicación metan sus narices en esto antes de que nos hayamos puesto en marcha. No hay que abandonar el plan inicial. Ni una palabra sobre la posibilidad de que Esaú esté vivo. ¿De acuerdo?

– Sí, tienes razón.

Swift hizo un movimiento afirmativo con la cabeza y se fue hacia el cuarto de baño.

– Nos vemos abajo.

El salón del Jefferson parecía el salón de una casa del siglo xviii. Encima de la chimenea de mármol verde y blanco, en la que chisporroteaba un tronco muy grande, había un retrato de Thomas Jefferson, que aparecía junto a su perro, un lebrel blanco de carreras que husmeaba la mano de su amo.

Jack se sentó en una gran butaca, pidió un whisky al camarero y se repantigó para contemplar el fuego a sus anchas. El viento huracanado azotaba las ventanas con tal furia que lo transportó al Himalaya. En las noches frías como aquélla se alegraba de estar recogido. La comida de Virginia del chef del hotel, que gozaba de gran fama, era justo lo que más le apetecía. Cuando le sirvieron la copa, la cogió entre las palmas de las manos y estuvo un buen rato así, sin bebérsela. Después la apuró y pidió otra lamentando no haber cogido un buen libro o una buena revista, porque Swift tenía la costumbre de pasarse horas en el cuarto de baño. Como casi todas las mujeres.

– ¿Señor Furness?

– ¿Hum?

Jack alzó la vista, que tenía clavada en la lumbre, y vio ante sí a un hombre de elevada estatura, ataviado con un blazer muy conservador que parecía de una talla ligeramente superior a la suya, a pesar de lo cual su aspecto era el de una persona en plena forma física.

– Espero que me disculpe por haberle interrumpido, señor -se excusó el intruso, quien, señalando a una butaca, preguntó-: ¿le importa que me siente?

Jack lo invitó a tomar asiento y leyó la tarjeta de visita que le había dado.

– «Jon Boyd, director, Instituto de Investigación Alpina y Ártica.» ¿Qué puedo hacer por usted, señor Boyd?

El camarero llegó con la copa de Jack, y Boyd le entregó su tarjeta de crédito, le pidió un Daiquiri y le dijo que le cobrara las dos copas. Al estirar los brazos para acercar sus manos al fuego, Jack advirtió que tenía grabado en la piel un impresionante tatuaje. Por su pelo cortado al rape, su mandíbula cuadrada y su bigote corto, Boyd le recordaba un clon gay de los que todavía podían verse en el barrio Castro de San Francisco. Dejando a un lado el blazer, que parecía lo que se ponen los militares cuando no están de servicio.

– Lo malo de la madera es que no contiene mucho calor -gruñó, y acto seguido cambió bruscamente de tercio-. Para serle franco, he venido porque espero que pueda usted ayudarme.

– ¿Ah, sí? ¿En qué puedo yo ayudarle?

– Soy geólogo -explicó Boyd-. Pero desde hace un tiempo me dedico a la meteorología. ¿Tiene usted nociones de climatología, señor Furness?

– En mi trabajo no tener nociones de meteorología puede costarte la vida -repuso Jack-. Me temo que es un tema recurrente en la conversación de la mayoría de los alpinistas. Aprendes a mezclar unos cuantos conocimientos teóricos con la infinidad de situaciones reales que te brinda la experiencia. Pero, en gran medida, es sólo cuestión de escuchar los pronósticos de los partes meteorológicos que dan por la radio. Yo soy un experto en escuchar partes meteorológicos.

– ¿Le dice algo el término katábico?

– Es un viento que se forma cuando el aire frío de un terreno de gran altura se condensa lo suficiente para escurrirse hacia abajo, ¿no?

– Exacto.

– Sé lo bastante de este fenómeno como para ser consciente de que no hay que acampar nunca en el fondo de un valle ni en depresiones, si se quiere pasar una noche tranquila -aclaró Jack.

– En la meseta antártica estos vientos alcanzan a veces velocidades tremendas -comentó Boyd-. Y como consecuencia se llevan la nieve recién caída. Por eso he venido: la nieve y el hielo. Mire, yo estoy especializado en la investigación de los factores climáticos que afectan a la conservación de la nieve.

El camarero volvió con las copas, y los dos hombres se quedaron mirando los vasos un momento, en silencio.

– ¿La nieve? -Jack hizo un esfuerzo por simular interés, aunque estaba ya arrepintiéndose de haber sido tan tolerante con aquel intruso-. ¿Qué interés puede tener alguien en conservar la nieve?

– La nieve y el hielo. En concreto, el efecto del calentamiento global de grandes capas de hielo.

Jack gimió para sus adentros. Un fanático de la ecología, justo lo que más le podía entusiasmar. ¿Dónde diablos estaba Swift?

– Hemos llevado a cabo la mayoría de nuestras investigaciones en la península y en las islas de la Antártida. Esperamos poder llegar a determinar cuáles serán las consecuencias de la amenaza del devastador efecto invernadero. La información que se tiene es, para ser sinceros, muy contradictoria. La capa de hielo de Groenlandia es cada vez más gruesa. Y ha aumentado la cantidad de nieve de los polos. Sin embargo, el clima sigue indicando que el derretimiento del hielo se acelera.

Jack echó una ojeada al reloj.

– En un momento dado, hace entre cinco y diez mil años, el nivel del mar subió rápidamente a consecuencia de la desaparición de capas de hielo en todo el planeta. Después bajó considerablemente. En la actualidad estimamos que el nivel del mar sube de forma acelerada: dos milímetros por año.

– Es fascinante, señor Boyd -observó Jack reprimiendo un bostezo-. Pero no veo qué tiene esto que ver conmigo.

– Esto es algo que nos afecta a todos -repuso Boyd.

– Lo que he querido decir es…

Boyd levantó una mano y le atajó.

– Es muy probable que la fusión de los glaciares sea una de las causas de este fenómeno.

Jack aguzó los oídos. Los glaciares. Ahora veía qué pintaba él en todo aquello.

– La cuestión es: ¿en qué medida? ¿En qué medida influye la fusión de los glaciares en el aumento del nivel del mar y en qué medida lo hacen las masas de hielo flotante? Por esta razón deseo ir a la cordillera formada por las montañas de mayor altura del mundo. Tengo que ir al Himalaya a llevar a cabo una urgente investigación.

– Por fin conectamos -dijo Jack.

– Washington es un lugar pequeño, señor Furness. Cuando me enteré de que había usted solicitado una subvención con el fin de organizar una expedición al Himalaya, me dije que me pondría en contacto con usted para convencerle de que me permitiera participar en ella en calidad de invitado, aunque colaborando yo en todos los gastos. Yo no quiero escalar. No señor, eso es algo que no me dice nada. Sólo deseo poder realizar unos experimentos geológicos. En concreto, lo que me propongo es efectuar unas perforaciones en el hielo, recoger muestras de sondaje del glaciar y ese tipo de cosas. Francamente, la situación política en el subcontinente indio no invita a nadie a ir allí. No hay muchas personas como usted.

Jack intentó interrumpirle para comunicarle que la expedición no iba a realizarse, pero Boyd no se dejaba cortar.

– Ciertamente no hay nadie que conozca el Himalaya tan bien como usted, señor Furness. Nadie mejor que usted para montar esta clase de expediciones. Por eso…

– Siento defraudarle, señor Boyd, pero me temo que nos han denegado la subvención. -Jack se encogió de hombros-. Nos acabamos de enterar.

– No. -Boyd parecía indignado de verdad-. No me lo puedo creer. ¿Cómo pueden denegar una subvención al mejor alpinista del país?

– Es usted muy amable al decir eso, pero esta vez no se trataba de organizar ninguna escalada. Íbamos en busca de fósiles. Pero ahora qué más da.

– ¿Qué puedo decirle? Entonces tendré que ir solo. Lo siento de veras. Estaba plenamente convencido…

– Nada, olvídelo. Y que tenga usted mucha suerte.

Se estrecharon la mano para despedirse y en aquel momento apareció Swift en el salón. Parecía muy entusiasmada. Jack echó una ojeada al reloj, enojado.

– No puedes imaginarte lo que ha ocurrido -dijo sin mirar a Boyd.

– Ya me figuro que ha sucedido algo, con la de horas que has estado en la habitación -respondió Jack, e intentó presentarle a Boyd, pero Swift estaba tan nerviosa que ni siquiera escuchaba.

– Justo cuando iba a salir ha sonado el teléfono. Era Brad Schaffer. ¿Te acuerdas de él? Es miembro del Comité de Investigación y de Exploración. Llamaba desde un despacho de la National Geographic.

– ¿Que estaba en el despacho? ¿A estas horas?

– En vista de que los indios y los pakistaníes han llegado al acuerdo de dejar pasar un período de reflexión de tres meses, unos cuantos miembros han reconsiderado su decisión previa. ¿Y sabes qué? Pues que han decidido concedernos la subvención.

– Es fantástico.

Jack hizo una extraña mueca y miró a Boyd.

– Swift, te presento a Jon Boyd. Señor Boyd, le presento a la doctora Stella Swift. Pero no se le ocurra llamarla Stella.

Boyd volvió a sacar una tarjeta de visita y se la dio a Swift.

– El señor Boyd es geólogo y climatólogo. Esperaba sumarse a nuestra expedición, aunque sin participar en ella y compartiendo los gastos.

Mientras Jack hablaba, Swift leyó la tarjeta y la giró con los dedos como si quisiera hacerla desaparecer; luego la arrojó sobre la mesa como se arroja en la papelera un papel inservible. Atrajo sin ninguna dificultad la mirada del camarero y pidió una botella de champán.

– Me apetece celebrarlo -se limitó a decir antes de sentarse.

Jack asintió.

– ¿Qué les ha hecho cambiar de parecer? ¿Te lo han dicho?

– Han conseguido un poco de dinero que no esperaban conseguir. A uno de los miembros del comité, Joel Beinart, nuestra solicitud le impresionó mucho, aunque no pudo decirlo en la reunión. Y cuando negociaron este período de reflexión de tres meses, lo interpretó como una señal. El caso es que ha sido él quien ha ofrecido el dinero. El dinero de su compañía, la Corporación Semath. Aunque ha puesto una pequeña condición. Algo relacionado con los impuestos, con el año fiscal, no sé qué. Concede la subvención sólo con la condición de que el dinero se utilice lo antes posible, porque así la compañía puede deducir la aportación por donativos y sumas destinadas a obras de caridad en la declaración de renta.

– ¿Lo antes posible? ¿Cuánto tiempo nos da?

– Hasta finales de mes.

– ¿Hasta finales de mes? -Jack soltó una carcajada-. Faltan menos de quince días para finales de mes, Swift, y organizar una expedición de estas características lleva tiempo. Mucho tiempo. ¿Quince días? Es totalmente imposible tenerlo todo listo en quince días.

– Venga, anda, Jack. Poder es querer.

Los ojos de Jack revolotearon por la sala y de pronto se quedó mirando fijamente el retrato de Thomas Jefferson. Lanzó un suspiro.

– Como dijo Jefferson, el error es preferible al retraso. ¿A qué vienen tantas prisas?

Swift se encogió de hombros.

– Los contables sólo piensan en el plazo para presentar la declaración de renta. Incluso nos facilitan más dinero del que habíamos pedido, Jack. Un millón de dólares. Por no hablar de la cantidad de prendas, aparatos y dispositivos nuevos que quieren que probemos. Además, no podemos perder de vista que el período de reflexión que han acordado acaba dentro de tres meses. Si pudiéramos sacar partido de este acuerdo entre la India y Pakistán, nos sería mucho más fácil convencer a otros científicos para que vinieran con nosotros.

Llegó el camarero con el champán. Swift brindó por las buenas noticias.

– Yo preferiría… -comenzó a decir Boyd, cauteloso-. Si ustedes aceptan que me una a la expedición, claro. Por supuesto, colaboraría en los gastos. Y llevaría muchísimos aparatos y utensilios nuevos que ya hemos probado en la Antártida. A mí me iría bien que partiéramos cuanto antes. Dentro de doce semanas hay una cumbre sobre el control climático en Londres. No sé cuál es su opinión sobre los combustibles fósiles, pero mi compañía se opone a que la comunidad internacional no tome medidas para reducir las emisiones de gases que son la causa del efecto invernadero. Como mínimo hasta que se haya logrado establecer cuánto CO2 puede absorber la atmósfera sin peligro de que se produzca un cambio climático catastrófico.

– ¿Y eso se puede hacer en el Himalaya? -preguntó Swift.

Boyd le explicó su interés por recoger muestras de sondaje de los glaciares.

– Es vital obtener unos datos que sean lo más exactos posible, de lo contrario acabaremos por comprometernos en la consecución de objetivos innecesarios que con casi toda seguridad tendrán un efecto negativo en el crecimiento económico norteamericano.

– ¿Y si los datos que obtiene usted no confirman las teorías de su instituto? -preguntó Jack-. ¿Qué ocurrirá entonces?

– Para serle honrado, eso no soy yo quien tiene que decirlo. Yo soy sólo un científico, Jack. Algún día los gobiernos tendrán que poner fin a las emisiones de CO2. Y cuando lo hagan, saben que va a ser una medida impopular. Impopular es poco. No hay ningún político que quiera demorar hasta el último momento la adopción de medidas impopulares.

– Me imagino que funciona así -intervino Jack-. ¿Pero quince días? ¿Tiene usted idea, o tú, Swift, del tiempo que hace ahora allí?

Jack apuró la copa de champán, pensativo, antes de seguir hablando.

– Dejando a un lado los efectos de la altura, tendremos que soportar vientos fortísimos, temperaturas tan bajas que ni siquiera se registran y menos de siete horas de luz al día. No son precisamente las condiciones ideales para realizar una expedición científica.

Boyd se encogió de hombros.

– Pido disculpas si lo que voy a decir suena como si yo quisiera competir con usted, a ver quién lo ha tenido más crudo, pero la verdad es que mi viaje a la Antártida no fue lo que se llama una excursión de colegiales que se van a pasar el domingo al campo. Y como ya he dicho, el instituto va a mandar los instrumentos, aparatos y prendas más modernos. Algunos de los que utilizamos nosotros en el polo fueron elaborados y diseñados por la NASA. Son el último grito.

Swift hizo un movimiento afirmativo con la cabeza.

– Yo no pongo ningún inconveniente, señor Boyd. ¿Qué dices tú, Jack?

Este último miró absorto su copa vacía y asintió, sombrío.

– Por más piezas que se lleven, nunca se llevan bastantes. Las cosas se tuercen. Ocurre lo imprevisto. En un lugar como el Himalaya todo esto sucede. ¿Conque un equipo de la NASA que es lo último de lo último? Puede estar usted seguro de que lo vamos a necesitar. Porque en invierno el Himalaya es un lugar tan frío e inhóspito como… como la superficie de Plutón.

Jack tamborileaba con los dedos sobre la mesa.

Cuando Boyd se fue por fin del hotel, él y Swift se sentaron a una mesa del comedor y cenaron espléndidamente. Habría podido disfrutar más de aquellos platos exquisitos si no le hubiera preocupado tanto el hecho de no hallar una explicación verosímil al súbito cambio de decisión del comité. Aquella pregunta sin respuesta le atormentaba insidiosamente como un persistente dolor de muelas.

– Encuentro tu actitud muy perversa -le dijo ella-. Hemos conseguido el dinero e incluso un margen de tiempo.

Jack gruñó, estupefacto.

– Me refiero al período de reflexión de tres meses. ¿Qué más queremos? Nos han regalado un coche envuelto con un lazo de color de rosa y tú vas y quieres revisar los neumáticos.

– Alguien tiene que hacerlo si queremos evitar accidentes.

– No veo por qué.

– Las compañías no sueltan un millón de dólares así por las buenas. Hay gato encerrado.

– Pero si ya te lo he dicho, es sólo que les ha interesado nuestra propuesta.

– Tú serías capaz de aceptar una subvención fueran cuales fueran las razones por las que te la concedieran. Si Jimmy Hoffa se presentara con un maletín lleno de billetes, no le harías ni una pregunta. ¿Tengo razón o no la tengo?

A Swift le divertía aquella conversación.

– Puede.

– ¿Quién es aquí el perverso, entonces? ¿No hay una parte de ti que desee saber la verdad de todo esto? ¿Cómo te puedes lanzar así, sin ninguna cautela?

– Muy bien, pues. Explícame por qué debería desconfiar. ¿Es porque alguien se imagina que el verdadero objetivo de la expedición es que vamos en busca de un yeti? Si acaso, lo que pienso es que, si realmente lo creyeran así, esto sería una causa para no darnos un millón de dólares, ¿no lo ves tú así? ¿Qué indicios tenemos para desconfiar? Por favor, Jack, me gustaría que me contestaras.

– Me huelo que hay gato encerrado. Me lo huelo, pero no puedo explicarlo.

– No pones mucho empeño en ello, que digamos. Soy científica. Necesito algo más que una impresión inexplicable, Jack.

Swift se puso en pie.

– Me voy a la habitación. ¿Vienes?

– No, voy a dar un paseo. Necesito aire fresco para aclararme las ideas.

– Me parece muy bien. Siempre que bebes vino, te vuelves paranoico.

En el vestíbulo se despidieron secamente. Cuando Jack iba a salir, el recepcionista le llamó.

– Señor Furness, ha llegado un paquete para usted, señor.

– ¿Un paquete? ¿Para mí? No espero ningún paquete.

– En la etiqueta viene su nombre, señor.

– Gracias, Harvey.

Desconcertado, Jack se aproximó al mostrador y examinó el paquete; en seguida reconoció las señas de la White Fang, su patrocinador. En el interior había una nota de Chuck Farrell y varios pares de unos pies de gato adherentes de un material nuevo, todos del número que calzaba Jack. El recepcionista le observaba atentamente. Jack sacó un par de pies de gato que se ajustaban con Velero y que eran de colores vivos y estaban adornados con motivos de los indios navajos; se parecían más a unos mocasines que a un calzado para escalar.

El conserje leyó el nombre que figuraba en la caja de los zapatos.

– Zapatos Brundle -dijo-. ¿Qué son los zapatos Brundle?

– ¿Vas mucho al cine, Harvey?

– Algunas veces.

– ¿Has visto una película que se llama La mosca? Basada en el doctor Martin Brundle. El personaje de Jeff Goldblum.

– Sí, ya me acuerdo -repuso Harvey-. Pero sigo sin entender la relación.

– Son zapatos de escalador.

– Zapatos de escalador. Ah, pues me parecen muy cómodos.

– Pues a mí no -comentó Jack-. Ya no. Te los puedes quedar. Un regalo de Navidad.

– Gracias, señor Furness. ¿Pero dónde se puede escalar por aquí cerca?

– Puedes intentar escalar el monumento a Washington.

Salió a la calle Dieciséis y, envuelto por el frío glacial, se dirigió hacia el sur; al pasar por delante de una mansión muy recargada que albergaba la embajada rusa, se rió en voz queda para sí. El monumento a Washington. Eso sí era escalar. Un obelisco de granito de Nueva Inglaterra de ciento cuarenta metros de altura. Lo que le asombraba es que no lo hubiera intentado antes. Hubo un tiempo en que el mero hecho de pensarlo le hubiera incitado ya a la acción.

En la esquina de la calle M giró hacia la derecha y sus pasos le llevaron automáticamente al edificio de la National Geographic. En la penúltima planta, la que ocupaba la dirección, había un par de luces encendidas. Allí se tomaban todas las decisiones, incluso aquellas que no se podía explicar. ¿Por qué habían cambiado de parecer y en un tiempo tan corto, además? ¿Tenía algo que ver con el período de reflexión de tres meses negociado por el secretario de Estado?

Aquella forma de actuar era del todo incomprensible. Era totalmente inusitada. ¿Qué razones se ocultaban tras aquella decisión precipitada e inaudita? ¿Qué podía ser, que él no veía? Swift tenía razón, no bastaba con dejarse llevar por una corazonada. Decidió subir allí con la intención de que le dieran una respuesta a sus preguntas. Jack intentó abrir la puerta de entrada al edificio pero estaba cerrada. Entonces se dijo que era absurdo intentarlo; aunque hubiera alguien, le soltarían el rollo que le habían soltado a Swift sobre los contables de la Corporación Semath y el año fiscal.

Siguió andando sin dejar de mirar fijamente la parte superior del edificio y las luces encendidas, y al dar la vuelta a la esquina vio que alguien muy negligente había dejado una ventana abierta en la planta superior, justo en el ángulo del edificio. La luz estaba apagada, pero se veían claramente unas cortinas que ondeaban en el aire nocturno como las velas de un barco que hubiera soltado amarras.

Tal vez lo único que tenía que hacer, para averiguar por qué habían cambiado de opinión, era subir, entrar por la ventana abierta y meterse en algún despacho en busca de una prueba. En el despacho de Brad Schaffer, del Comité de Investigación y de Exploración, por ejemplo. Encendería el ordenador. Abriría una carpeta y encontraría el documento que necesitaba. Qué fácil parecía. Escalar la fachada, entrar y husmear. No ofrecía ninguna dificultad, pues ni siquiera era un edificio muy alto. En Washington estaba prohibido edificar por encima de una determinada altura, que correspondía más o menos a la altura de la cúpula del Capitolio y del monumento a Washington; así, desde el centro de la ciudad, siempre se podía ver el cielo y el Capitolio. Unos trece pisos. La Pirámide del Transamérica que había escalado para el anuncio aquel de los bonos tan turbios era muchísimo más alta. En comparación, el edificio que tenía ahora ante sí parecía cosa de niños.

Jack se apresuró a volver al hotel mientras el corazón le latía alocadamente, de lo agitado que estaba al verse ya en acción. Quién sabe si no tenía que estar agradecido por haber bebido. La valentía que infunde el alcohol le bastaría si no podía contar con nada más. Puesto que quería volver a escalar paredes rocosas cortadas a pico, escalar ahora aquel edificio era una buena forma, y rápida, de recobrar el ánimo. O esto o iba a ser una manera muy fácil de matarse.

El recepcionista estaba sentado detrás del mostrador leyendo el Post.

– Dame aquel par de zapatos, haz el favor -le dijo Jack.

– No faltaba más, señor Furness.

Jack se quitó el abrigo. Vestía un jersey de cachemir de cuello vuelto y vaqueros. Se sentó detrás del mostrador y se quitó los mocasines y los calcetines.

Se ajustó bien los zapatos Brundle y se levantó, flexionando los pies. Qué cómodo era el nuevo calzado de Chuck. Puso un pie plano sobre el suelo de mármol y apretó con fuerza. La suela apenas se movió.

– No está mal -murmuró-. No está nada mal, Chuck. -Echó una mirada por la parte del interior del mostrador-. ¿No tenéis tiritas?

El recepcionista sacó un botiquín y Jack cogió unas tiritas.

– ¿Y no tendréis por casualidad talco?

– ¿Talco? -El recepcionista se quedó pensativo-. No, señor. Talco no tenemos. Pero en el gimnasio hay resina. Se la ponen cuando hacen ejercicios en las anillas. ¿Le sirve?

Jack hizo un movimiento afirmativo con la cabeza.

– Voy a buscarla.

Jack empezó a envolverse los dedos con las tiritas bien fuerte para que los tendones le quedaran lo más rígidos posible sin cortar la circulación. Había desechado la idea de ponerse guantes. Hacía muchísimo frío pero temía que le impidiesen agarrarse con la suficiente precisión y acoplarse perfectamente a la estructura de la superficie del edificio. Lo único que esperaba era poder llegar arriba antes de que se le entumecieran los dedos.

Llegó el recepcionista con una bolsita de resina y se la entregó.

Jack dio media vuelta y se fue hacia la puerta de salida andando ágilmente.

– No va a escalar el Obelisco, ¿verdad, señor?

– Esta noche no -contestó Jack, y salió precipitadamente a la calle.

En su interior, la voz de la sensatez, aunque no muy audible, insistía en hacerle ver la locura de lo que se proponía emprender. Aunque lograra llegar hasta la ventana abierta, ¿qué iba a conseguir con ello? ¿Dónde encontrar lo que buscaba? A aquellas alturas, la expedición nocturna había dejado de ser un simple robo perpetrado por un inocente aficionado. Un peso añadido, y decisivo, lastraba ahora aquella escalada, que le ofrecía una última oportunidad de seguir con éxito su carrera.

Con toda la calma de que fue capaz, pasó por delante de las oficinas de la National Geographic sin detenerse. Lo último que podían imaginar los vigilantes es que alguien entrara por una ventana del último piso que resultaba estar abierta. Jack siguió andando. Cuando escaló el Transamérica, planeó hacerlo por el ángulo del edificio; era una suerte que la ventana que estaba abierta se encontrara justo en el ángulo del edificio de las oficinas de la National Geographic.

Jack echó una mirada en torno a él y, al ver que la calle M estaba desierta, dio un salto y se agarró con una mano al saliente de la primera ventana, que tenía una profundidad de unos ocho centímetros. Lo más difícil era siempre empujarse hacia arriba haciendo toda la tracción con un brazo. Asió con la mano otro punto de apoyo y subió un pie soltando un gruñido tan fuerte que temió que alguien lo hubiera oído. Trepó por el saliente, rozando casi con la cara el cristal frío de la ventana, hasta que estuvo a una altura de unos tres metros por encima del suelo. Respirando trabajosamente después de este primer esfuerzo realizado, fue reptando por la fachada del edificio en dirección a la ventana abierta situada en el ángulo.

El edificio era de cristal, de líneas netas y de una brutal simplicidad. Tenía una estructura de acero, que es por donde podría agarrarse y apoyar las manos hasta llegar arriba. Para el escalador que practica la técnica de la escalada libre clásica, aquel edificio moderno de cristal era el equivalente de una pared rocosa con fisuras de anchura siempre igual. Había que recurrir a la técnica de oposición o bavaresa y ofrecía una dificultad del 5,9, como la Grieta de la Muerte de la Torre Inclinada de Yosemite. O el Sueño del Relámpago de Tahoe. Mejor aún. Entre el marco de acero y el cristal había una grieta de como mínimo dos centímetros. Una grieta inmaculada, sin las huellas dejadas por los lisureros, los clavos, los buriles, los empotradores que habían echado a perder muchas de las mejores rutas de Yosemite. Era únicamente cuestión de insertar los dedos de las manos a ambos lados de la estructura y, con los brazos completamente estirados concentrando en ellos el peso del cuerpo para controlar el centro de gravedad de éste, ir empujándose hacia arriba con los pies.

La adherencia del nuevo compuesto de goma era excelente y Jack avanzaba con increíble seguridad y rapidez. Con los zapatos Brundle subía como una mosca. Es mucho mejor, se dijo, que mi campo de visión sea tan limitado. Así no le dejo sitio a la imaginación, que podría jugarme malas pasadas.

Al llegar casi a lo alto del edificio, notó que hacía mucho más viento. Ahora sí podía ver sin dificultad la colina del Capitolio y el monumento a Washington; las luces de aviso de dos aviones que volaban a ambos lados del Obelisco le conferían a éste el aspecto de una especie de dinosaurio de ojos que despidieran llamas. Iba a alcanzar la meta. Se hallaba a sólo un metro de su cabeza.

Jack levantó el pie, fue a colocarlo en un nuevo punto de apoyo, deslizó los dedos por la grieta, hacia arriba, y tocó algo que estaba vivo y que de pronto le saltó a la cara. Tuvo la sensación de que el corazón, que se le disparó al momento y se puso a latir como un loco, iba a desprenderse de él y a surcar el cielo nocturno batiendo las alas como la paloma a la que había asustado. Se echó instintivamente hacia atrás para que el ave, que había emprendido un vuelo de emergencia, no chocara con él; pero se apartó demasiado de la fachada y su pie no encontró el punto de apoyo que buscaba, ni aquel en el que descansaba el cuerpo. Durante un momento, eterno y vertiginoso, se quedó colgando de las puntas de los dedos y con los pies bamboleando como los de un ahorcado. Hizo un esfuerzo desesperado por hallar un nuevo punto de apoyo; pasaron los segundos y las puntas de los pies eran como un cuerpo extraño que se negaba a cumplir las órdenes que su cabeza dictaba. Por fin tomaron contacto otra vez con el edificio y Jack se quedó agarrado a la fachada igual que un koala, sudando como un condenado a pesar del frío.

Inspiró hondo, fue calmándose, sintió la presencia del alcohol corriéndole por las venas y reemprendió la marcha; al cabo de unos segundos había llegado ya a la ventana abierta. Al poner el pie en el despacho desierto tuvo la sensación de haber conquistado algo más que la cima, de una altura mediana, de un monolito de cristal. Sintió que le invadía una nueva fuerza vital, descomunal, pues tal vez había superado el miedo para siempre.

Entendió por qué habían dejado la ventana abierta, ya que el despacho estaba recién pintado y olía mucho. Abrió la puerta y escudriñó el pasillo escasamente iluminado. No había nadie a la vista. Andando de puntillas se dirigió hasta la escalera y bajó al piso inferior, donde se hallaban los despachos del Comité de Investigación y de Exploración. Las luces seguían encendidas, pero parecía que se habían marchado todos a sus casas.

El despacho de Brad Schaffer no fue nada difícil de encontrar. Incluso había una placa con su nombre en la puerta, que no estaba cerrada con llave. Jack entró y la cerró con pestillo por si uno de los guardias de seguridad se acercaba por allí. Echó una ojeada al ordenador de Brad y se dijo que estaba haciendo el ridículo, pues pretender saber cómo funcionaba su sistema operativo era una locura. De todos modos, lo encendió y mientras el ordenador se ponía en funcionamiento, se inicializaba, comprobaba su memoria y leía las carpetas operativas con mucho ruido, Jack se fijó en los archivadores de madera reluciente que había alineados junto a una de las paredes. Fue hasta ellos y leyó las etiquetas que había en la parte frontal de los cajones. Casi inmediatamente localizó una que decía: «SOLICITUDES DE SUBVENCIONES.» Unos segundos más tarde estaba sentado en el sillón de Schaffer leyendo las notas que habían adjuntado a la solicitud que Swift y él habían redactado con mucho esmero a fin de no dejar traslucir el verdadero objetivo de su expedición. Junto con la solicitud de la subvención estaban los informes de los miembros expertos del comité, que eran por lo general favorables, y una nota del comité de contabilidad en la que se informaba de que andaban escasos de dinero y no podían dar nuevas subvenciones hasta finales del próximo año. A continuación leyó el documento siguiente, una carta que confirmaba formalmente que habían aceptado la solicitud.

Jack gruñó en voz baja y fijó la mirada en la pantalla del ordenador de Schaffer. Era un sistema Windows estándar de Microsoft, el mismo que utilizaba él en el ordenador que tenía en su casa, en Danville. Pero al intentar acceder a los documentos de Schaffer descubrió que estaban bloqueados, protegidos por un nombre en clave. Se concentró en el programa y se quedó mirando fijamente los iconos de colores, que parecían los objetos que se ven en las casitas de muñecas, con la esperanza de que alguno de ellos le diera alguna indicación de lo que debía hacerse a continuación. Y así fue. El icono Compuserve le dio la idea. Jack se preguntó si Schaffer se había molestado en proteger su correo electrónico. Si Brad se parecía aunque fuera mínimamente a él, debía amontonar los mensajes hasta que algún día se tomaba la molestia de borrarlos.

Hizo clic en el icono Compuserve y examinó la bandeja que contenía los mensajes recientes. Advirtió de inmediato que uno de aquellos contenía justamente la información que andaba buscando. Era un mensaje de un tal Bryan Perrins que incluso adjuntaba un número de correo electrónico por si se deseaba mandar una respuesta. Jack lo apuntó para investigar sobre él más adelante.

Querido Brad:

Gracias otra vez por tu cooperación en este asunto. Dunham me ha dicho que tu ayuda ha sido inestimable. Dadas las circunstancias, lo menos que puedo hacer es explicarte con detalle cómo están las cosas. Desde que empezó todo, los nepalíes han intentado mantenerse neutrales, y su neutralidad es nuestra mejor baza para resolver nuestro pequeño problema. Se trata de una misión cuyo riesgo es en verdad insignificante. Si la situación acaba en fracaso, el que sea, la única compensación real es más o menos ésta: si nuestro hombre no logra salir victorioso, hay poquísimas probabilidades de que otra persona pueda hacerlo. El hombre que mandamos ya ha participado en misiones anteriores con excelentes resultados. Teniendo en cuenta la naturaleza de la expedición, le corresponde a la doctora Swift decidir a quién se lleva con ella. Estoy absolutamente convencido de que cuando ella haya hablado con él, deseará que nuestro hombre forme parte del equipo. Es una persona muy capaz, con vastos conocimientos sobre el área científica de su especialidad, y sobre quien, además, las expediciones de este tipo ejercen un atractivo especial. No obstante, a pesar de los acontecimientos políticos recientes, nosotros creemos que hay que actuar con urgencia. De ahí que insistamos en que se desplacen a la zona cuanto antes. Por último, deseo tranquilizarte sobre un punto: más allá de los peligros que obviamente pueden surgir, los miembros del equipo no tienen nada que temer de nuestro hombre. Dudo que lleguen a saber nunca cuáles son sus verdaderos propósitos.

Jack leyó la nota con una sonrisa sombría en la boca.

– Yo no estaría tan seguro de ello -susurró. Después se fue otra vez al piso de arriba y se encaminó a la ventana por la que iba a salir.

De vuelta en el hotel, no vio al recepcionista por ningún lado. Jack cogió la chaqueta, los zapatos y los calcetines y subió directamente a la habitación, donde Swift lo recibió con cara de espanto.

– ¿Dónde demonios te has metido? Parece que te hayas arrastrado por la calle.

Jack se miró por encima. Ella tenía razón, estaba asqueroso.

– He tenido un accidente sin importancia -dijo con vaguedad-. He resbalado y me he caído. -Se fue hacia el cuarto de baño y se quitó el jersey de cuello vuelto-. Las calles están cubriéndose de hielo.

– Di más bien que has bebido más de la cuenta -le sugirió Swift aproximándose a él y abrazándolo con ternura.

»Me duele que nos hayamos peleado. Pero es que esta expedición lo representa todo para mí, ¿lo entiendes? Es una ocasión única en la vida. Es la ocasión de dar sentido a mi vida profesional. Lo entiendes, ¿verdad?

– Sí. Ya veo que para ti es muy importante.

– Pero tú eres el jefe, Jack. Eres el jefe de la expedición. Tú eres el que domina la logística, tú eres el que sabe lo que hay que hacer en un sitio como ése.

Swift lo estrujó cariñosamente en sus brazos y procuró dar la impresión de que tenía que hacer un gran esfuerzo por decir lo que iba a decir. Había estado ensayando su discurso mientras él estaba fuera y esperaba transmitirle la combinación exacta de aquiescencia y seducción.

– Si crees que hay algún motivo por el cual debemos dejar todo esto para más adelante… -musitó-. Si crees que hay algún motivo por el que debamos decirles al señor Beinart y a la Semath, y a los de la National Geographic que ya nos espabilaremos y conseguiremos el dinero en otra parte, a mí me parece bien. ¿De acuerdo?

– No -replicó Jack-. No hay ningún motivo para hacerlo. Ninguno.

Tal vez no convenía que Swift supiera lo que Jack sabía. Además, él tampoco lo había entendido del todo. Lo único que sabía es que tendría que ir con ojo, aunque no sabía muy bien qué era lo que debía vigilar.

SEGUNDA PARTE

La expedición

¿No es acaso indiferente la montaña?

Ah, pero el hombre debe aspirar a alcanzar lo inaccesible; ¿para qué, si no, existe el cielo?

Robert Browning

NUEVE

El fin máximo de la vida no es el conocimiento sino la acción.

T. H. Huxley

Es un mundo aparte, extraño, como un cuerpo que navega a la deriva en el espacio, un asteroide o un cometa, un lugar hostil, separado del resto de la tierra, helado, un mundo de nieve y roca, perdido, abstracto, en el que el tiempo y el espacio tienen significados diferentes y a veces no tienen ningún significado en absoluto. Diez minutos o diez kilómetros no son nada, una forma vacía, sin contenido, de medir el tiempo y el espacio. En el Himalaya, el reloj avanza más lentamente que en el resto del mundo, y lo único que cuenta es la distancia que se puede recorrer o la altura a la que se puede escalar, o desde la que se puede descender, desde las primeras luces del día hasta el anochecer. Las montañas hacen que todo sea muy relativo.

Swift percibía por todos sus poros su presencia arcana e inquietante, como si sintiera la presencia de hombres venerables de tiempos muy remotos, cuyos cuerpos estuvieran amortajados, desde sus puntiagudas cabezas hasta los enormes dedos de los pies, con largas vestiduras blancas de nieve, porque quién sabía si sus rostros eran demasiado viejos, demasiado arrugados y terribles para ser contemplados.

Al igual que sus compañeros de equipo, después de una caminata de seis días que iniciaron en Chomrong, Swift apenas hablaba y, en medio del silencio de las montañas que sentía como algo antinatural, empezó a redescubrir la intimidad callada de su propia mente. Era como entrar en un jardín rodeado de muros, abandonado desde hacía mucho tiempo y cubierto de maleza.

No era de extrañar, pensó, que el Himalaya fuera considerado un lugar sagrado, donde, en medio de un silencio helado, glacial, hostil, no se oía otra cosa que el ruido apagado de los propios pasos hundiéndose en la nieve compacta; en un lugar como aquél era fácil confundir la voz queda y delgada de la conciencia con las palabras reales pronunciadas por un ser inmanente.

Mientras caminaba lentamente por el sendero empinado que llevaba al Santuario del Annapurna, Swift meditaba sobre lo fuerte que debió de sonarle al hombre de épocas remotas aquella voz callada. ¿Era así como habían sucedido las cosas? ¿En qué otra parte si no en las montañas podían los dioses hablarles a los hombres? En el Himalaya, la cordillera formada por montañas muchísimo más altas que las más altas montañas que poblaban el mundo de las religiones y de los mitos, reinaba un silencio mucho más profundo, de voces mucho más claras y de un sentido de la epifanía mucho más sagrado. Para un científico de finales del siglo xx esta percepción de lo eterno y de lo numinoso es a un tiempo vivificante y aterradora.

El Santuario del Annapurna, el valle de un glaciar protegido y sagrado, tal como su nombre indica, es un anfiteatro natural formado por diez montañas cuyas cumbres son las más altas del mundo. Era la cuarta vez que Jack iba al santuario pero, al igual que en las restantes ocasiones, también esta vez, al ver ante él la vertiente noroeste del Machhapuchhare, una montaña de siete mil metros de altura que es un símbolo de Siva y que marca la entrada al Santuario, se sintió como un ladrón de tumbas al que pillan en el momento en que se dispone a profanar la pirámide de un antiguo rey y robar un objeto precioso.

El campamento base del Annapurna, o el CBA, como familiarmente era conocido, se extiende en el extremo superior de un valle cubierto de metros y metros de nieve. De allí partió la expedición que en 1970 escaló con éxito una de las grandes paredes del Himalaya, a pesar de que en aquel momento, al alzar la vista y mirar la masa compacta de roca, Jack vio reflejado en ella su fracaso por coronarla, y le pareció casi inconcebible que alguien hubiera podido hacerlo.

A fin de cuentas, tal vez fuera ésta la razón por la cual había fracasado. Una duda, la que sea, puede ser mortal en una montaña como el Annapurna.

Era como estar ante una ola de roca y nieve que amenazaba con avanzar y tragarle a uno en cualquier momento. Aunque al hallarse tan lejos del pie de la montaña, el campamento base del Annapurna era un sitio bastante seguro, salvo que se produjera un desprendimiento de nieve y hielo auténticamente catastrófico.

Allí, a una altura de cuatro mil cien metros, el aire estaba sensiblemente enrarecido. Por encima de los tres mil metros, la cantidad de oxígeno concentrado en el interior de los pulmones humanos empieza a descender. Con el objeto de asegurarse de que todos los integrantes de la expedición se aclimataran sin problemas, Jack insistió mucho en que tenían que efectuar la caminata desde Chomrong hasta el Santuario.

Los últimos cuatrocientos metros, desde el campamento base del Machhapuchhare (CBM), fueron los más duros de todos y algunos de los miembros del equipo se resintieron ya de la extrema dificultad de la caminata. Llegaron cincuenta minutos después que Jack y el sirdar (el jefe de los sherpas), extenuados, sin aliento y mareados, preguntándose, irritados, qué se había hecho de las chozas de piedra que, en teoría, debían estar allí y que en las guías se las describía como simples refugios para los turistas que se dejaban ver por aquella zona en la temporada de trekking. Ninguno de los integrantes de aquel equipo mixto de científicos y escaladores se consideraba a sí mismo un turista, pero, después de andar seis días seguidos en las condiciones meteorológicas más diversas, todos anhelaban hasta la más básica de las comodidades ofrecidas a los turistas. Pero el misterio de los refugios desaparecidos quedó en seguida resuelto: Jack, que no había dudado ni un instante de que estaban allí, ordenó a los porteadores que empezaran a excavar en la nieve.

Había preferido montar el campamento en el CBA, en lugar de hacerlo en el CBM, que estaba más cerca del Machhapuchhare, la montaña prohibida a la que Swift quería limitar su rastreo por varias razones: los refugios del CBA eran, para empezar, mejores; por otro lado, esperaba que el equipo se aclimatara a una altitud ligeramente superior; y, lo más importante de todo, deseaba mantener en secreto el hecho de que la zona que de verdad iban a explorar era el Machhapuchhare, pues debían ocultárselo a las autoridades todo el tiempo que les fuera posible. En cuanto éstas sospecharan que el objetivo de la expedición era infringir lo estipulado en el permiso, su oficial de enlace en Khat obligaría a los sherpas a abandonarlos.

Boyd localizó algunos de los suministros más pesados, incluida la tienda principal, que un helicóptero del ejército procedente de Pokhara había arrojado cerca de allí. Mientras el meteorólogo montaba la tienda, Jack descendió por un pozo vertical de nieve, que tenía varios metros de profundidad, y horadó el techo de bambú de uno de los habitáculos enterrados, el llamado refugio Jardín del Paraíso, hasta caer en su interior, que estaba perfectamente seco. Descendió por otro pozo, perforó otro techo, y pronto estuvieron excavados dos túneles horizontales que comunicaban las dos puertas de entrada de los dos refugios. Al cabo de unas horas, Jack y los sherpas nepalíes habían localizado los cuatro refugios y los habían comunicado unos con otros a través de un laberinto helado de túneles excavados en la nieve. Colocaron escaleras de aluminio en dos de los pozos verticales para poder entrar y salir de ellos, e instalaron un sistema de luces halógenas a fin de que los ocho miembros del equipo, los sherpas y los porteadores, que por lo menos eran doce, pudieran alojarse sin problemas en aquellos refugios que se hallaban bajo una espesa capa de nieve y cuyo mobiliario era muy simple: unas literas, unas mesas y unas sillas sencillas.

La tienda principal, suministrada por la compañía de Boyd y construida para poder ser utilizada en la Antártida, iba a ser el laboratorio de la expedición, el centro de comunicaciones y el lugar en el que pasarían la mayor parte del tiempo. Jack, que se tenía a sí mismo por un experto en tiendas a prueba de tempestades, se quedó impresionado por la estructura de aquélla, porque no parecía una tienda en absoluto, sino más bien un edificio hinchable, de un tipo similar a los que usó el ejército de Estados Unidos en la operación Tormenta del Desierto durante la guerra del Golfo.

La estructura circular, de un diámetro de veinte metros, en forma de iglú, que Boyd llamaba «la concha», estaba hecha de kevlar, un material que se utiliza comúnmente en la fabricación de chalecos antibalas, y tenía un armazón de tubos, «vigas de aire», que eran casi tan gruesos como una lata de cerveza y que se hinchaban a una presión unas trescientas veces superior a la presión a la que se hincha una lancha de dimensiones normales. Estos tubos hacían de soporte y eran casi tan resistentes como unas vigas de aluminio de idéntico grosor. Pero además de ser resistente, la concha, de unos tres metros de altura, se mantenía a una temperatura cálida. Mientras que los edificios hinchables utilizados en la guerra del Golfo disponían de un circuito de aire refrigerado, en el Himalaya el aire del interior de la concha era caliente, de modo que ésta, fuera cual fuera la temperatura exterior, estaba siempre lo bastante caldeada como para que los miembros del equipo pudieran estar en ella sin necesidad de ponerse la ropa de abrigo que utilizaban para salir. Hasta había una compuerta hermética que evitaba que la nieve entrara en el interior de la concha. La estructura estaba fijada a la nieve y el hielo del valle del glaciar mediante estaquillas de titanio «inteligentes» que contenían cables con memoria de la forma y de la condición, que se expandían y se quedaban rígidos cuando eran sometidos a presión. Boyd dijo que en la Antártida la concha había soportado vientos de hasta doscientos cuarenta kilómetros por hora.

El mismo helicóptero que había arrojado la concha había dejado también la cabina de combustible Semath Johnson-Mathey. De la misma medida, aproximadamente, que el motor de un coche pequeño, la cabina de combustible era esencialmente una batería que no podía agotarse nunca, que generaba unos cinco kilovatios y que suministraría a la expedición toda la energía que iba a necesitar para mantener la climatización, la luz y varias piezas del equipo eléctrico que eran demasiado delicadas para ser arrojadas desde un helicóptero, por lo que los porteadores habían tenido que cargar con ellas desde Chomrong. Entre ellas había cuatro ordenadores portátiles Toshiba Portégé reforzados, un sistema Gel Documentation para un PC, un horno microondas Toshiba para calentar los alimentos que venían listos para comer, una cámara de presurización para casos graves de mal de altura y una diminuta estación meteorológica digital.

Las comunicaciones se efectuarían mediante unidades de GPS portátiles, mientras que del contacto regular entre el campamento base del Annapurna y el despacho de la expedición situado en Pokhara se encargarían unos transceptores Satcom, dotados de una potencia de emisión de dieciocho vatios. Éstos eran lo bastante potentes como para que las tarjetas de fax-módem 14400 PCMCIA de US-Robotics que había en el interior de cada uno de los ordenadores portátiles pudieran funcionar, facilitando a la expedición la comunicación, a través del correo electrónico, con despachos que se hallaban en zonas horarias muy alejadas.

– En mi vida había participado en una expedición tan bien equipada -le confesó Jack a Boyd.

– No has visto nada todavía -aseguró Boyd-. Ya verás cuando te pruebes uno de los trajes capaces de mantener su propio sistema de calefacción. Mi instituto le encargó la fabricación de estos trajes a la Corporación Internacional de Látex, de Delaware, con el objetivo de que pudieran ser utilizados en las exploraciones efectuadas en la Antártida. Son parecidos a los trajes que se fabricaron para los astronautas que participaron en el programa de la lanzadera espacial.

– ¿Te refieres a que es como un vestido espacial? -se rió Jack-. Venga, tío, menos bromas.

– Lo digo muy en serio. Ya te lo dije cuando nos conocimos, Jack. Sólo hay un sitio más frío que estas cumbres heladas: el espacio. Cero absoluto. ¿Qué es ese traje? Pues muy sencillo. Es como ir en Rolls-Royce. Cuando lo has probado una vez, ya no te conformas con ningún otro coche. Créeme, Jack, cuando tengas que salir de la concha con un tiempo de perros, no comprenderás cómo has podido pasarte sin él todo este tiempo.

Bajo la mirada atenta de Jack, el equipo empezó a trabajar bajo la concha instalando los ordenadores, comprobando el buen funcionamiento de las comunicaciones, ordenando el material, revisando los equipos y planeando las futuras exploraciones. Mientras, los porteadores almacenaron gran parte de las provisiones en uno de los refugios recién excavados.

El sirdar era Hurké Gurung, un cuarentón delgado pero muy fuerte y agraciado, y un sherpa, según la opinión de Jack, de los de antes. Aunque no sabía leer ni escribir, su rostro expresaba una serena confianza y una sólida experiencia, adquiridas con los años de escalar con algunos de los mejores alpinistas del mundo. Había coronado dos veces el Everest (una de ellas con Jack) y participó en una desafortunada expedición japonesa que se propuso escalar el Chanbang o K2, nombre por el que es más conocido en Occidente, y en la que perecieron diez personas. Hurké Gurung fue uno de los pocos supervivientes que llegaron a la cumbre de la montaña que, por altitud, es la segunda del mundo por su vertiente oriental «imposible». Además de ser un extraordinario escalador, el sirdar era también un soldado experimentado. Antes de trabajar de sherpa, sirvió con los Fusileros Gurka y alcanzó el grado de naik o sargento. También era un rastreador muy hábil. Pero Gurung aportaba, además, un requisito especial, que hacía indispensable su presencia en aquella expedición. Y es que, al igual que Jack, había visto un yeti.

El sirdar ayudante, Ang Tsering, que era más joven, carecía de la experiencia de Gurung, pero, como había estudiado en la Sir Edmund Hillary School, sabía leer y escribir e incluso había estado en Estados Unidos. Hablaba, al igual que Gurung, un dialecto del tibetano, tibetano propiamente dicho y nepalés. Su inglés era mejor que el del sirdar, aunque lo hablaba con una formalidad tan arcaica que parecía a veces un personaje extraído de una novela de Henry James. Asimismo, hablaba un poco de alemán, el cual Jutta Henze, la doctora de la expedición, estaba resuelta a ayudarle a perfeccionarlo. De elevada estatura, esbelto, de pelo como el de un erizo de mar, de ojos que casi no tenían párpados, de nariz ancha y sonrisa incierta, Tsering era un hombre de aspecto cauteloso. Con la ropa de invierno nueva y elegante que le habían dado y con el sempiterno cigarrillo Yak entre los labios, a Swift le parecía más que nada un engreído monitor francés de esquí. Jack le dijo a su amiga que no iba muy desencaminada, puesto que Tsering no había participado en ninguna expedición de alpinistas ni tampoco en ninguna expedición científica, y su experiencia se limitaba a haber ejercido de guía turístico de excursionistas, y que las mujeres occidentales que iban al Himalaya muchas veces acababan liándose con los guías.

Jack creía que Jutta Henze era el tipo de mujer que escogía a los hombres con los que quería enrollarse. De complexión robusta, pelo rubio pajizo y pecosa, era una guerrera de terracota, la encarnación del ideal neoclásico de heroína a una escala desmesurada. Jutta, que había enviudado hacía dieciocho meses de Gunther Genze, el famoso alpinista alemán que se mató en el Matterhorn, era también, por derecho propio, una excelente escaladora de mirada acerada y ojos azules verdosos en los que se hallaban inscritas la tragedia superada, la devoción por el montañismo y la libertad que éste le proporcionaba, todo a la vez. A Swift, aquella alemana maciza le parecía despiadada, como si, cual la Libertad guiando al Pueblo, no le importara avanzar por encima de los cuerpos de los muertos y de los moribundos. A Swift le parecía también que Jutta no tenía aspecto de médico, pero Jack le aseguró que, en cuanto la conociera mejor, comprendería que era justamente esa determinación lo que la convertía en la candidata ideal al puesto de médico de la expedición. Todos los miembros del equipo tenían una personalidad fuerte, con tendencia a restar importancia a cualquier dolencia, y había que ser todavía más fuerte para dar las órdenes que daba el médico y que se obedecían siempre sin rechistar. Byron Cody, el zoólogo especializado en primates, y Lincoln Warner, un antropólogo nuclear, eran un buen ejemplo de ello. Nada más llegar a Katmandu, los dos contrajeron una disentería grave y Jutta les dio la orden de internarse en la clínica CIWEC de Baluwatar y permanecer allí hasta restablecerse del todo, cosa que implicaba que iban a llevar un día de retraso respecto al resto del equipo que partió de Chomrong en dirección al Santuario del Annapurna.

Dougal MacDougall era el cámara de la expedición. Escocés nacido en Edimburgo, MacDougall abandonó los estudios a los dieciséis años para ponerse a trabajar de ebanista hasta que, movido por el deseo de hacer carrera en el mundo del cine, consiguió, contra todo pronóstico, entrar en la Escuela Cinematográfica de Londres. A pesar de que jamás había escalado, el primer trabajo que le encargó la BBC fue unirse a una expedición que iba a escalar la pirámide Carstenz de Nueva Guinea; desde entonces MacDougall se hizo un nombre entre los mejores fotógrafos alpinistas y gozaba de una reputación internacional.

Al parecer de Swift, al escocés le interesaba más el dinero que la fama profesional. A sus ojos encarnaba al escocés típico: groseramente tatuado, bebedor empedernido, malhablado, amante de las disputas y falto de los modales más elementales de paciencia y de voluntad para establecer lo que podría llamarse una conversación agradable. No obstante, Jack, que había escalado con él el Everest y la cresta norte del Kangchenjunga, le admiraba mucho y le dijo a Swift que esperaba que ni ella ni el resto del equipo en ningún momento se vieran metidos en apuros por su culpa porque MacDougall sacaría, sin lugar a dudas, su peor parte de él y lo haría, además, sin contemplaciones.

Miles Jameson entró a formar parte del equipo gracias a Byron Cody, aunque por ser director del Parque Nacional de Chitwan, que se halla en la región de Tarai, en la tierra baja del sur del Nepal, y veterinario, era natural que lo llamaran a él para unirse a la expedición. Jameson fue el jefe de veterinaria del zoo de Los Ángeles y allí conoció a Cody cuando se publicó el libro de éste sobre los gorilas. Con anterioridad, este hombre blanco natural de Zimbabwe trabajó con Richard Leaky en el Servicio de Fauna Silvestre de Kenia. Al igual que Leaky, Jameson procedía también de una distinguida familia del este de África. Su padre, Max, era director de Parques y Fauna Silvestre de Zimbabwe, mientras que su hermana Sally era muy famosa por su lucha en defensa de los elefantes en el Parque Nacional de Whange, de Zimbabwe. Los grandes felinos eran la especialidad de Jameson y más concretamente la colección de koalas y tigres blancos de Los Ángeles. Los tigres son la principal atracción del parque de Chitwan, que es visitado por quince mil personas al año, y se cuenta que el príncipe Gyanendra del Nepal quedó tan impresionado por la labor de Jameson en Los Ángeles que quiso conocer inmediatamente al joven veterinario de Zimbabwe y le propuso tomar las riendas de la administración del Chitwan y, además, ponerse al frente de un ejército de mil cuatrocientos soldados cuya misión era proteger de los cazadores furtivos a los tigres y rinocerontes del parque. Chitwan, desde el inicio de las hostilidades entre la India y Pakistán, había recibido un escaso número de visitantes y Jameson, cuando se enteró del auténtico objetivo de la expedición, se apresuró a unirse al equipo expedicionario. De elevada estatura, tez blanca, pelo negro y ojos azules, Jameson tenía los modales exquisitos de un diplomático; por eso dejó a todos perplejos que él y MacDougall se entendieran tan bien. Se contaban chistes, se reían, hablaban con infinito entusiasmo de la pesca de la trucha y se instalaron juntos en el refugio Jardín del Paraíso, donde sus sonoras carcajadas y el humo incesante de sus cigarrillos no molestaban a nadie.

El último en llegar al CBA, sesenta minutos después de que lo hiciera Byron Cody, era también el más distinguido desde el punto de vista académico. Lincoln Warner era catedrático de antropología molecular de la Universidad de Georgetown de Washington e investigador científico adjunto del Museo Smithsonian de Antropología. Parecía extenuado, y es que él, a diferencia de Cody, había transportado sus pertenencias desde Chomrong.

– ¿Por qué demonios ha querido cargar con todo? -le preguntó Jack a Warner-. Tenía que haberle pedido a un porteador que le llevara sus cosas, profesor, que para eso están.

– Yo ya se lo he dicho -le respondió Cody encogiéndose de hombros.

Warner, un negro de elevada estatura, meneó la cabeza y dejó la mochila en la nieve. Estaban fuera, junto a la concha.

– Ni hablar -dijo Warner-. Un porteador no es otra cosa que un esclavo, aunque se le llame de distinta manera.

– A los esclavos no se les paga diez dólares al día -señaló Cody.

Lincoln Warner le lanzó una mirada llena de animadversión, y se puso así de manifiesto que ambos habían discutido ya sobre aquel tema.

– Creo que un hombre debe cargar él solo con sus cosas mientras viva -opinó Warner-. ¿Entienden lo que les digo?

– Ah, supongo que su ordenador vino hasta aquí andando sólito -intervino Jack-. Todos utilizamos ordenadores portátiles ligeros, menos usted. Usted necesitaba traerse un PC.

– Yo no puedo trabajar sin un UVP. Si hubiera un portátil lo bastante potente, lo habría traído. Pero no lo hay. Lo que quiero decir, de todos modos, es que no veo por qué no habría de llevar yo una carga cuando los demás la llevan.

– Bueno, profesor, supongo que es cosa suya -concluyó Jack-. Pero lo que yo quiero decir es que ha dejado a una persona sin trabajo. Esta gente necesita dinero desesperadamente y la única manera que tienen de conseguirlo es cargándose a la espalda bultos pesados, cosa que están muy acostumbrados a hacer y que saben hacer muy bien. No hay razón, pues, para sentirse culpable de nada. Muchos occidentales vienen aquí y cometen este mismo error. Lo cierto es que los nepaleses no entienden que un hombre de medios, y que puede pagarles, cargue él mismo con sus cosas. No lo consideran por ello una buena persona, ni un buen demócrata, ni nada por el estilo. Lo consideran sólo un agarrado. ¿No es cierto, Hurké?

El sirdar hizo un gesto afirmativo con solemnidad.

– Es muy cierto, Jack sahib. Para los porteadores llevar pesos representa un montón de dinero. Especialmente ahora que no hay mucho turista. Para un hombre con familia quizá sea la mejor oportunidad de todo el año de hacer mucho dinero, sahib. Diez dólares al día son sesenta de Chomrong.

– No recuerdo haber dicho que tuviera un problema con la aritmética mental -refunfuñó Warner-. Mire, ha dejado usted muy claro lo que quería decir. Y yo estoy demasiado cansado para discutir. Estoy demasiado cansado y tengo demasiado frío -añadió haciéndole una mueca a Jack.

Jack le dio una palmada en el hombro.

– Yo creía que era usted de Chicago -dijo-. Hace mucho frío y mucho viento en Chicago, ¿no es cierto, profesor?

– Lincoln, llámeme Lincoln. O Link. Que me llamen profesor me hace sentir viejo, que es lo que soy. En realidad nací en un pueblo de la costa del lago, al norte de Chicago. Un pueblo llamado Kenosha. Kenosha está en Wisconsin. En Kenosha sólo se han hecho tres cosas buenas. La primera es la carretera que va hacia el sur, hasta Chicago. La segunda, Orson Welles. Y la tercera, yo, Lincoln Orson Warner. Como la mayoría de los habitantes de Kenosha, mi madre, bueno, pues siempre sintió algo especial por aquel viejo gordo.

El científico, de cuarenta años, se parecía algo a aquel hombre más grande que la vida, Welles. Alto, tirando a gordo, con un fino bigote, Warner recordaba a Welles cuando interpretaba Otelo. Su físico era impactante, pues era el de un hombre al que nada ni nadie podían someter. Y, al igual que en el caso del niño prodigio del cine, no había en la niñez y adolescencia de Warner nada que anunciara su talento científico precoz: antes de los treinta era un eminente antropólogo molecular, entre los más brillantes de su generación. Warner había publicado libros importantes sobre las consecuencias genéticas que se derivaban de los fósiles humanos y sobre la naturaleza biológica de la raza humana. En el momento en que se organizó la expedición, estaba embarcado en la elaboración de una teoría que explicaba la razón por la cual había personas de piel oscura y personas de piel blanca. Pero era por su investigación sobre las secuencias del ADN de los aborígenes australianos y de los orangutanes por lo que Swift creyó que su participación en la expedición sería de incalculable valor, si eran lo bastante afortunados como para capturar un espécimen vivo. Warner sostenía que el ADN mitocondrial indicaba que los aborígenes y los orangutanes se habían bifurcado en una época distinta que la del hombre africano y los simios africanos. En este descubrimiento se basó para postular que los animales antropoides habían evolucionado separadamente en distintas partes del mundo y que sólo con posterioridad se habían fusionado. Era la teoría más radical que se había formulado en el mundo de la paleoantropología en toda la década anterior.

Con la llegada de Cody y Warner se reunió el equipo al completo, que estaba formado por diez miembros, sin contar el sirdar y su ayudante, que supervisaban a los encargados de la cocina, los mensajeros que iban a transportar películas y los diez o quince porteadores, que iban y venían del CBA, Chomrong y Pokhara.

En Pokhara, un pueblecito que era el lugar de acceso a los recorridos más populares del Nepal, el teniente Surjabahandur Tuhte era el responsable de atender a la expedición y suministrarle el material, y al igual que Hurké Gurung, también él había servido en el cuerpo de Fusileros Gurka. A más de ciento cincuenta kilómetros de distancia, en Katmandu, Helen O'Connor, una corresponsal de la Reuters, dirigía el despacho de la expedición, un piso muy elegante que daba a la plaza Durbar. Helen, que hablaba de corrido nepalés e indostanés, mantenía buenas relaciones con el gobierno y además, como Jack pudo comprobar en múltiples ocasiones, conocía a la perfección cómo funcionaba la burocracia del país y en particular el Departamento de Aduanas y Aranceles. Tendrían que confiar en el buen oficio de Helen si las autoridades nepalesas llegaban a enterarse del objetivo real de la expedición y del lugar prohibido en el que pensaban llevar a cabo sus investigaciones.

Estaban conectados. La revolución digital había supuesto un cambio radical no sólo para los fanáticos de la informática sino también para la comunidad del espionaje. Bryan Perrins podía ponerse directamente en contacto con cualquier agente con tan sólo pulsar el botón del ratón nada más levantarse. Solamente unos años atrás había departamentos enteros compuestos de personas que se dedicaban a manejar receptores de radio, leer mensajes radiados, analizar transmisiones y procesar la información. En la actualidad, la mayoría de esos mismos departamentos había reducido el número de trabajadores drásticamente, pues a Perrins le bastaba con abrir su correo electrónico para leer los informes de mayor relevancia de cualquier agente. En aquel momento lo que más le interesaba era recibir el correo electrónico dirigido a Hustler [2] que le mandaban directamente desde el Nepal. Podía incluso contestar automáticamente a través de una simple función «por favor, conteste» y así se ahorraba tener que utilizar el nombre en clave del agente, que en aquel caso era Castorp, o el número de su correo electrónico. Desde los tiempos en que el ministro de Guerra se había acostado con Mata Hari, nadie había gozado de una relación tan íntima y directa con un agente.

Normalmente Perrins no aprobaba que el personal en activo incluyera bromas en sus informes, pero cuando leyó el primer mensaje que le mandaron desde el Santuario del Annapurna, casi no pudo contenerse; el sarcasmo de la frase de Castorp, «todavía sin yeticias de su paradero», le arrancó una carcajada.

– Menuda pandilla, están todos zumbados -exclamó Perrins.

Titubeó un momento, preguntándose si no sería desafortunado contestar con la misma frivolidad, porque después de todo Castorp estaba arriesgando la vida. Pero acababa de llegar y le quedaban muchos días por delante. Así que ¿por qué no? Un poco de humor quizá le infundiera los ánimos que necesitaba. Perrins escribió, pues, el siguiente mensaje:

Su informe es de un mal gusto abominable. En el futuro por favor utilice el término persona de las nieves. Hustler.

Sería la última vez que Castorp haría reír a Perrins.

A Jack no le cabía ninguna duda de que era la CIA quien había decidido aprovecharse de la expedición para efectuar sus operaciones. En cuanto a qué era lo que se proponían, estaba casi totalmente seguro de que, fuera lo que fuera, guardaba relación con el conflicto indopakistaní. A pesar del período de reflexión impuesto, no dejaba de ser una situación crítica. Había pocas personas bien informadas que no pensaran que, en cuanto terminara el período de reflexión de tres meses impuesto, los dos bandos reanudarían las hostilidades. Pero, como el Santuario del Annapurna estaba mucho más cerca de la frontera nepalesa-tibetana que de la frontera con la India, no se explicaba qué perseguía exactamente la CIA. Aunque por otro lado, el Tibet, un país controlado por la China comunista, justificaba también, a su juicio, el interés de la CIA. Los chinos lo habían invadido y ocupado en 1950 y desde entonces era imposible conseguir un permiso para escalar cualquier montaña del Himalaya por la vertiente tibetana. Las autoridades ni siquiera se molestaban en dar explicaciones, pero desde su primer viaje al Himalaya, Jack había oído insistentes rumores de que los chinos utilizaban el Tibet con el fin de construir fábricas secretas de armas nucleares, y también bases de misiles, estaciones de radar y vertederos para residuos radiactivos. ¿Tendría algo que ver el interés de la CIA por el Santuario con el arsenal nuclear chino?

La tercera y última posibilidad que se le ocurrió a Jack también tenía en cuenta a los chinos, y era la más inquietante de todas: los chinos tenían intención de sacar partido de las hostilidades entre la India y Pakistán e invadir el Nepal cruzando el Tibet, al igual que hizo la Unión Soviética cuando invadió Afganistán en 1979.

Jack hubiera intervenido gustoso en cualquier operación que tuviera como fin evitar una guerra en la India o abortar las ambiciones militares de los chinos en la zona. Pero le exasperaba que les hubieran utilizado a él y a sus colegas de la expedición.

No desconfiaba de Mac ni de Jutta ni del sirdar, puesto que habían sido compañeros suyos en anteriores expediciones. De Swift ni que decir tiene que no podía sospechar ni por asomo. Así pues, a Jack sólo le cabía vigilar atentamente a Tsering, Jameson, Cody, Warner y Boyd, porque estaba convencido de que tarde o temprano uno de ellos iba a decir algo que lo delataría.

Y cuando esto ocurriera, Jack estaría preparado para desenmascararlo.

DIEZ

La filosofía persigue cortarle las alas a un ángel, conquistar todos los misterios con argumentos exactos, vaciar el aire hechizado y la mina donde habitan los gnomos…

John Keats

A poco de llegar Lincoln Warner y Byron Cody al CBA, el tiempo empeoró. Cuando la luz crepuscular envolvió por segunda vez al reducido grupo que estaba acampado en el valle del glaciar, la visibilidad se hizo prácticamente nula y el viento sopló con tal furia que sus aullidos lo convertían casi en un ser vivo.

Byron Cody, al salir del pozo que conducía al refugio Tierra Blanca, sintió que el vendaval le cortaba literalmente la respiración. Su barba de nada le protegía, su cara recibió el impacto del viento como si le hubieran arrojado un chorro de arena, y se alegró de que alguien previsor hubiera colocado una cuerda a modo de barandilla entre el refugio y la concha.

– Vaya noche -murmuró iluminando con la linterna los diversos depósitos en los que estaban almacenadas las provisiones y el resto del material y que habían cubierto con lonas fijadas en el suelo que el viento agitaba como si la tierra tuviera un violento acceso de fiebre. Después enfocó la concha.

Un ruido como de pisadas le hizo pararse en seco y, agarrado a la cuerda, proyectó el potente haz de luz por la zona del campamento. Escudriñó las tinieblas que lo envolvían por si aquel ruido misterioso volvía a repetirse.

– ¿Hay alguien ahí? -gritó.

Pero no obtuvo respuesta. Agarrándose otra vez a la cuerda y encogiéndose de espaldas para protegerse del viento, se encaminó hacia la concha. Aunque ésta estaba a menos de veinte metros de distancia, cuando llegó, a pesar de llevar un anorak Berghaus y unos gruesos pantalones de esquiador, Cody estaba aterido.

La primera persona con la que habló al cruzar la compuerta hermética fue Jack.

– Me ha parecido oír algo ahí fuera -comentó frotándose las manos y tiritando de frío.

– ¿Ah, sí? ¿Quieres que vayamos a echar una ojeada?

Cody se encogió de hombros. No le apetecía lo más mínimo volver a salir en busca de algo desconocido en medio de la tempestad.

– No, me imagino que no habrá sido nada -repuso con una mueca nerviosa en los labios-. Nada de nada. Sólo el viento y mi imaginación. ¡Qué fácil es mirar un arbusto y creer que estás viendo un oso! O un yeti. Desde que aprendí a leer, me da miedo la oscuridad, y empecé a leer a una edad muy temprana, puedes creerme. De noche este lugar es fantasmal y horripilante. Me tiene asustado.

– Aquí, a esta altitud, el viento arrastra de todo -afirmó Jack-. Y la cabeza también se resiente y queda azotada a su paso.

– Vaya noche de perros -exclamó Cody, sacudido por un escalofrío-. Si el tiempo es aquí tan espeluznante, cómo será más arriba, en la vertiente sur del Annapurna.

Jack hizo una mueca.

– Muy lejos de ser agradable.

– Ya intentaste escalar la hija de puta esa, ¿verdad?

– Sí, lo intenté pero fracasé, Byron. No tiene nada de hija, es sólo una gran puta. Annapurna significa diosa de las cosechas abundantes. Debe de responder a la idea que alguien tiene de una diosa, pero te aseguro que no es la mía.

Cody husmeó fuerte como si fuera un perro hambriento.

– ¿Qué hay de cena?

Jack sonrió y señaló con el pulgar a su espalda por encima del hombro.

– El microondas está allí atrás. Si quieres, caliéntate un plato de comida precocinada.

Mientras los porteadores, que se habían acostado pronto, dormían en el refugio del Santuario del Annapurna, metidos en sus sacos de dormir, tras un día de trabajo agotador, los miembros de la expedición y los dos jefes de los sherpas estaban reunidos en la concha, cenando; escuchaban la radio y conversaban. Habían traído las sillas y las mesas de los refugios, y la temperatura en el interior del edificio hinchable era de doce grados centígrados, una temperatura agradable, teniendo en cuenta el frío que hacía fuera. Sentados, comiendo sus platos de comida preparada, intentaban todos olvidar la tempestad que azotaba el glaciar. De vez en cuando oían ráfagas fuertes, de la intensidad de un obús, y alguno de ellos dejaba escapar un silbido, con la mano en la pared de la concha, perplejo de que pudiera resistir aquella tormenta.

Como si quisieran de alguna manera compensar la aspereza del tiempo inhóspito, todos se esforzaban en ser amables con los demás, aunque estaba claro que la altitud ya había hecho estragos en dos de los miembros del equipo, que se mostraban irritables y nerviosos. Boyd sacó una botella de bourbon y al poco rato se pusieron a discutir sobre el objetivo de la expedición.

– No creo que con este tiempo salga esta noche -comentó Cody, y se quitó las gafas sin montura, que le daban un cierto parecido con Karl Marx en los tiempos en que éste iba con asiduidad a la Biblioteca Británica, y empezó a limpiarlas vigorosamente.

– ¿De quién hablas? -preguntó Jutta.

– Del yeti, de quién va a ser.

Boyd se rió, burlón, y apuró su vaso.

– No creo que salga ni ahora ni nunca -sentenció sirviéndose una abundante cantidad de whisky.

El equipo se dividió rápidamente en tres grupos: Swift, Jack, Byron Cody, Dougal MacDougall, Hurké Gurung y Ang Tsering creían en la existencia del yeti; Jutta Henze, Miles Jameson y Lincoln Warner eran agnósticos los tres; y Boyd sostenía que era una leyenda que contaban los viajeros o, en el mejor de los casos, un fenómeno local que debía de tener una explicación perfectamente racional.

– No veo que tenga nada de irracional creer que en estas montañas pueda habitar un gran simio del que nadie sabe nada todavía -opinó Cody-. Tengo que confesar que ésta es una explicación que me parece muchísimo más probable que algunas de las que he oído sobre el yeti, como extrañas condiciones atmosféricas, perezosos o lémures gigantes y otras cosas por el estilo.

– Me tenéis un poquitín desconcertado -les hizo saber Boyd, que se pasaba, abstraído, el índice por el bigotito-. Yo creía que erais científicos. Pero esto…

Dejó en paz su bigote y empezó a pasarse la mano por la cabeza, que tenía forma de bala, visiblemente exasperado.

– En Khat, cuando me explicasteis que no teníais intención de rastrear unos cuantos huesos viejos sino otra cosa, no dije nada. Pero francamente, creo que estáis persiguiendo una quimera.

– ¿Qué sabrás tú de quimeras? -le preguntó Lincoln Warner, cuya voz, muy grave, al resonar en el interior de la concha, parecía la de Darth Vader.

»-Pues, para que lo sepas, lo que tú llamas una quimera no es nada fantástico, ni ninguna ilusión. En realidad es algo más fácil de cazar que el más esquivo de los animales.

Swift estaba callada. En Washington había sentido una gran simpatía por Boyd, pero en Katmandu, una noche que él estuvo bebiendo una cerveza detrás de otra, intentó ligársela y Swift, que también había bebido lo suyo, le dijo que antes se acostaría con un yak que con él. Ahora, en la concha, el escepticismo de aquel hombre le pareció simple y llanamente mala educación, además de ser peligroso porque estaba sembrando la desmoralización en el equipo. Se preguntó si no era el rencor personal lo que explicaba su postura. Quién sabe si lo que estaba haciendo era sólo vengarse mezquinamente, con todo su sarcasmo, porque ella le había rechazado con brusquedad.

– ¿Sabes?, hace mucho que vengo coleccionando viejos huesos, para decirlo con tus palabras -dijo Swift con mucha calma-. Desde que era una niña. Nunca me interesó coleccionar sellos, ni monedas, ni nada. Para mí este tipo de colecciones no tenía ningún sentido. En cambio, coleccionar fósiles, en especial fósiles de humanos, era algo que sí lo tenía. Mira, Jon, creo que la posibilidad de hallar una colección viviente, por decirlo así, existe. Puede que encontremos un espécimen vivo. Muchas veces se ha llegado a descubrir una nueva verdad partiendo de proposiciones improbables. Pero no veo por qué nuestro empeño debe tildarse de quimera.

Boyd se encogió de hombros afirmando con la cabeza como si no estuviera muy satisfecho de su manera de expresarse.

– Retiro lo de quimera. Me parece que perseguís a un ser muy concreto pero que no existe. No sé. En cualquier caso, es una locura.

Estaba claro que no había escuchado nada de lo que Swift acababa de decir, y Swift decidió que tal vez Boyd había bebido demasiado bourbon.

– ¿Qué les dirías, pues, a estas dos personas que están aquí sentadas y que han visto un yeti? -le preguntó ella-. ¿Qué les dirías a Jack y al sirdar?

– Señor, pues no lo sé -contestó Boyd riéndose-. Que padecían mal de altura, seguramente.

– Perdone, sahib -intervino Gurung-, pero yo nací en estas montañas.

– Los sherpas también necesitan oxígeno -soltó Boyd.

– Pero menos que nosotros -le aclaró Jack.

– Muy bien, pues contéstame a esta pregunta, Hurké -insistió Boyd-. Cuando subiste a la cumbre del Everest, ¿lo hiciste con o sin oxígeno?

– Sí, tiene razón, sahib. La primera vez ascendí con oxígeno. La segunda vez, con Jack sahib, ascendimos sin oxígeno. Pero se ha formulado bien la cuestión. Hasta los sherpas pueden ver cosas extrañas. Y aunque estoy horriblemente seguro de que vi lo que vi, quizá Boyd sahib es demasiado educado y no dice lo que es evidente: que muchos sherpas son gente muy supersticiosa.

Boyd asintió, satisfecho.

– Bien dicho, Hurké -dijo llenándole el vaso.

Se quedaron todos en silencio un momento. De pronto se oyó el ruido sordo que hizo algo al golpear el exterior de la concha. Incluso Jack se sobresaltó un poco y, andelantándose a la pregunta, negó con la cabeza y dijo:

– Seguramente habrá sido un trozo de hielo. El viento arrastra de todo aquí arriba. En cuanto traigan la tela metálica de Chomrong, colocaremos una cerca, por si acaso.

– ¿Por si acaso qué? -se rió Boyd-. ¿Por si viene a vernos un yeti?

Jack sonrió, paciente.

– Por si acaso se producen aludes. Ésta es otra de las razones por las que no quise acampar en el CBM. La nieve que había en la vertiente del Machhapuchhare me pareció traicionera.

A Jack no le faltaban razones para temer los aludes en el Machhapuchhare, pero tampoco tenía por qué dar más explicaciones sobre las precauciones que debía tomar.

– Mal de altura -resopló MacDougall, furioso-. Todo eso no es más que una gilipollez, y voy a decirte por qué. Porque estoy más que convencido de que no vas a poder decirme que lo que vi fue una alucinación, tío, por la sencilla razón de que no vi nada de nada. Pero oí un ruido. Sí, estoy más que seguro de haberlo oído, estoy absolutamente convencido.

– Fue en el Nuptse, ¿verdad, Mac? -le preguntó Swift, que había introducido en su ordenador prácticamente todos los casos de personas que afirmaban haber visto yetis.

MacDougall hizo un gesto afirmativo con la cabeza.

– En el Nuptse, sí -contestó.

– El Nuptse es una de las estribaciones del Everest -explicó Jack a los que no eran escaladores.

– Está a casi ocho mil metros de altura, ¿no es cierto, Jack?

– Sí.

– Sí, una mañana, muy temprano, estábamos a una altitud de unos cinco mil quinientos metros cuando me despertó el ruido de algo que se movía fuera de la tienda. Era un ruido de pasos. Unos pasos lentos e intencionados. En un primer momento pensé que era Jack. Él y Didier se habían adelantado, por lo que me figuré que habían subido ya a la cima de la montaña y estaban de vuelta. Le llamé. Le dije: «¿Eres tú, Jack?» No recibí ninguna respuesta. Volví a llamarle: «¿Qué? ¿Estás sordo, yanqui cabrón? ¿Cómo te ha ido? ¿Conseguiste llegar arriba?» Nada, otra vez silencio. Yo estaba metido en mi saco, con la cremallera subida, y me dije: ¿quién coño andará por ahí? Porque empecé a oír el ruido que hacía alguien al abrir unas mochilas; quienquiera que fuese, estaba revolviendo nuestras provisiones. Me dije: Señor, hay un ladrón. No me lo podía creer. Estábamos a una altura de cinco mil quinientos metros, en la ladera del Nuptse, y había un hijo puta que quería robarnos.

»Entonces me puse a gritar como un loco y le dije a aquel ladrón de mierda que lo iba a matar en cuanto le pillase. Pero justo cuando fui a bajar la cremallera de la tienda para salir, me quedé petrificado, porque oí una respiración que no era la de un ser humano. Era algo mucho más grande que un hombre, ¿me entendéis? Y al tiempo que ocurría esto, me llegó un olor fuerte y desagradable. Apestaba a animal, ¿lo entendéis?

– Ya lo entiendo -le interrumpió Boyd-. Lo que dices es que, fuera lo que fuera aquello, apestaba, ¿no?

MacDougall le lanzó a Boyd una mirada asesina, pero Boyd estalló en carcajadas riendo su propia gracia.

– Sí, quizá sí -repuso entreabriendo los labios y dejando al descubierto sus dientes mellados y picados-. El caso es que, fuera lo que fuera, al cabo de un momento el cabrón se fue corriendo. Corriendo con los dos pies. Y muy de prisa, además. Entonces me asusté. El tío con el que compartía la tienda también lo había oído y estaba tan muerto de miedo como yo. Abrí la tienda y nos asomamos un poco. Fuera lo que fuera se había esfumado sin dejar rastro. Ninguna huella, nada. Supongo que el suelo era demasiado duro. Pero las provisiones…

»Incluso ahora, cuando pienso en ello, todavía siento escalofríos. Las provisiones y las cosas estaban todas por el suelo cubierto de nieve repartidas con toda precisión, como cuando uno coloca sobre la cama sus pertrechos el día de inspección en el ejército. En las mochilas había unas hebillas muy pequeñas abiertas. No estaban rotas, ni mordidas, ni nada, no, no habían intentado arrancarlas. Sólo las habían desabrochado. Aquello no podía haberlo hecho ningún animal, en todo caso sólo un mono o un simio, quizá. Pero no un animal con garras. Para hacer aquello habían utilizado los dedos.

Mac sacudió la cabeza y metió su diminuta mano en el bolsillo de la chaqueta.

– Hice una fotografía de todo, tal como lo encontré. Ahora que lo pienso, probablemente disparé un carrete entero. Pero ésta es la mejor. Por razones obvias, la he llevado encima desde que empezamos esta maldita excursión.

Swift había visto ya la fotografía de Mac. Al igual que la historia que había contado, saldría en el libro que tenía proyectado escribir sobre el yeti. Aunque no hallaran ningún espécimen vivo, el cráneo era material suficiente para establecer hipótesis sólidas.

Mac le dirigió una mirada acusadora a Boyd y le dio la fotografía, como retándole a contradecirle.

– Una foto, ¿vale? -le dijo-. No es ninguna alucinación. No es nada provocado por el mal de altura. No es ninguna película de terror de la Hammer. Es una fotografía.

Mac señaló con el dedo la fotografía que Boyd tenía en la mano y su rostro pálido enrojeció, como si alguien le hubiera conectado a la cabina de combustible Semath Johnson-Mathey.

– ¿Quieres decirme si una alucinación pudo haber esparcido mis cosas de este modo? Contéstame.

Otro pedazo de hielo volvió a golpear la tienda y todos dieron un respingo, asustados.

– ¿Me dejas ver la foto? -le preguntó Jameson a Boyd después de que éste la hubiera mirado unos segundos.

– Puede que fuera un mono de la India -afirmó Boyd al tiempo que le daba la fotografía a su compañero.

– Qué mono ni qué leches -refunfuñó Mac-. Era un animal grande.

– Has sido tú quien has dicho que podía tratarse de un mono -replicó Boyd-. Y como tú mismo has confesado, no lo viste, así que ¿cómo puedes estar tan seguro de que era un animal grande?

– Yo te creo, Mac -dijo Jameson dándole una palmada en el hombro al fotógrafo escocés-. Los monos de la India, por lo que sé, no miden más de un metro.

– Sí, yo también sé que no miden más de un metro -dijo Cody.

– Pues yo nunca he oído que los monos de la India se alejaran mucho del bosque. Si subiera por una montaña, se arriesgaría fácilmente a que lo devoraran los leopardos de las nieves.

El acento de Zimbabwe de Jameson, que para un oído que no estuviera acostumbrado a él sonaba como el acento sudafricano, les parecía a algunos de ellos tan fuerte que tenían que hacer un gran esfuerzo por comprender lo que decía. Swift se dijo que era otra de las razones por las que él y Mac se entendían tan bien. El acento de Mac era igual de fuerte y a veces igual de ininteligible. Su amistad íntima era tan inefable como difícil de entender.

– Eres escocés, ¿verdad, Mac? -le preguntó Boyd.

– ¿Serás tonto, yanqui finolis? ¿A qué viene hacer preguntas estúpidas?

– Sólo quería saber si también crees en las historias del monstruo del lago Ness -le contestó Boyd.

– No todos los escoceses creemos en el monstruo del lago Ness, como tampoco todos los yanquis creéis en Santa Claus.

Mac se sacó una cajetilla de tabaco del bolsillo de la pechera de la chaqueta y encendió un cigarrillo con rabia.

Boyd alzó las manos pidiendo calma.

– Eh, ¿qué quieres que te diga? Ni siquiera creo en la evolución. Si tengo que serte sincero, está todo explicado en la Biblia.

– ¿La Biblia? -Mac soltó una sonora carcajada-. El monstruo del lago Ness y el yeti me parecen de lo más normal comparados con la dichosa Biblia. Señor, he leído cómics para niños que son más creíbles que la Biblia.

– ¿No crees en la evolución? -Jack enarcó las cejas-. Es extraño que eso lo diga un geólogo.

– Ciertas investigaciones sobre la edad de la tierra han aportado pruebas de que nuestro planeta puede tener muchos más años de lo que sostienen los darwinistas -dijo Boyd-. Tal vez tenga 175.000 años. Muchos geólogos, y yo entre ellos, creemos que sólo un modelo catastrofista del cambio puede dar cuenta del estado actual de la tierra. Muchos de los supuestos en que se basaba Darwin pueden ser erróneos.

– Se han cargado a Darwin decenas de veces -sonrió Swift-. Y sin embargo, él no se deja enterrar. Con las ideas que tienes, Jon, no me extraña que decidieras hacerte climatólogo.

– Pues tienes toda la razón -convino él-. Sólo que no decidí hacerme climatólogo. Me vi obligado a serlo por las circunstancias. Porque mis teorías sobre la geología fueron consideradas una herejía. En mi opinión, los darwinistas contemporáneos no son menos intolerantes que la Inquisición española.

Byron Cody se aclaró la garganta por ver si así lograba evitar las opiniones encontradas.

– Tal vez, dadas las circunstancias -sugirió moviendo la cabeza y con una sonrisa en la boca-, sería mejor dejar la discusión para otro momento.

Cody siguió meneando la cabeza y siguió sonriendo afablemente. Al zoólogo especializado en primates de Berkeley le pareció una forma de comportarse simiesca que se adecuaba a su personalidad.

Swift repasó con la mirada las caras de sus compañeros de equipo. Cody tenía razón. Si se ponían a discutir acaloradamente, por más que fuera en términos científicos, la moral se resentiría. Tal vez, pensó, dado que soy la máxima responsable por haberlos traído hasta aquí, debería intervenir, pronunciar algunas palabras educadamente y dar la discusión por zanjada.

– Mirad, voy a deciros por qué creo que nuestra expedición tiene bastantes probabilidades de demostrar al mundo que el yeti existe, aunque otras hayan fracasado, como la expedición británica patrocinada por el Daily Mail en 1953. Escogieron la región de sherpas de Sola Khumbu del noreste del Nepal y llevaron a cabo en ella sus pesquisas.

– Está cerca del Everest -intervino Jack-. Es una tierra inhóspita.

– No estamos precisamente en una zona residencial -señaló Lincoln Warner, en un momento en que se oyó una fuerte ráfaga de viento.

– No, es verdad -dijo Swift-. Pero creo que fracasaron por diversas razones y el hecho de que se efectuara hace cuarenta años no es de las menos importantes. El Himalaya encerraba entonces más misterios de los que encierra ahora, pues estamos mucho mejor equipados para poder encontrar al yeti ahora de lo que estaban en 1953.

– Ni que lo digas -murmuró Jack.

– Creo también que algunas de aquellas expediciones fracasaron porque se emprendieron en una época del año en que sólo podían fracasar. Tened presente que muy probablemente se trate de un animal extremadamente asustadizo y reservado. Mucho más aún que un panda gigante o un gorila de las montañas.

– Un gorila -apuntó Cody- es capaz de recorrer largas distancias con el objetivo de esquivar a los seres humanos.

– En primavera, verano y otoño -prosiguió Swift-, el yeti debe de permanecer a una mayor altura para alejarse de los turistas. Quizá sólo en invierno, cuando ya casi no hay turistas, se atreva a bajar. Y desde luego, ahora que la industria turística del Nepal se ha venido totalmente abajo por culpa de la amenaza de guerra en el Punjab, puede que el Himalaya esté más tranquilo de lo que ha estado en los últimos cincuenta años. Quizá desde que personas como nosotros empezaron a venir aquí, el yeti nunca había conocido semejante tranquilidad; por eso nuestra expedición tiene las mejores cartas para tener éxito.

– Sólo serán buenas cartas si renuncian a la guerra -observó Warner-. Sólo si esos carcamales se abstienen de lanzar bombas nucleares. -Sacudió la cabeza, nervioso-. Porque si lo hacen, es imposible saber qué ocurrirá. Puede que entonces no sea únicamente el paradero del yeti lo difícil de encontrar, puede que nosotros mismos también nos perdamos.

– El período acordado de reflexión juega a nuestro favor -dijo Swift armándose de paciencia-. Es el plazo que nos han dado. Tres meses es tiempo más que suficiente para explorar a fondo la zona, salir del país y volver a casa -añadió; después se quedó callada y le lanzó una mirada a Jack.

»Pero hay otro factor que puede ser para nosotros una ventaja. Las autoridades nepalesas creen que hemos venido aquí a buscar fósiles en el Annapurna. Como algunos de vosotros ya sabéis, en realidad vamos a centrar nuestra búsqueda en otra montaña, el Machhapuchhare, o pico Cola de Pez, como la llaman algunos alpinistas. El acceso al Machhapuchhare y a sus alrededores está prohibido a los escaladores, pero como en realidad tampoco tenemos planeado subir muy arriba, todo lo más, seguramente, a unos cuatro mil quinientos o cinco mil metros de altura, creemos que no estamos infringiendo las normas sino sólo flexibilizándolas en nombre de la ciencia. Vamos a explorar una zona que nos consta que nadie ha explorado con anterioridad, pero en la que se han dado tres casos de personas que han visto al yeti a lo largo de los últimos veinticinco años. Y ha habido otros en el Santuario, por no hablar de los huesos que Jack halló en la ladera del Annapurna.

»Podrá pareceros un optimismo exagerado venir hasta aquí con la esperanza de encontrar un yeti, sobre todo si se piensa en la escalofriante cantidad de años que esta criatura debe de haber permanecido sin que nadie la descubriera. Pero, si se juntan todos los factores que he mencionado, considero que las probabilidades de que logremos nuestro propósito son muy grandes. Nadie ha estado nunca tan cerca del éxito. Y no olvidéis que, al hallar el cráneo a sólo unos dos kilómetros de aquí, Jack ya ha aportado más pruebas de la existencia del yeti que todas las que se han aportado hasta ahora.

»Señoras y señores, si no lo encontramos nosotros -añadió Swift para terminar-, no creo que nadie lo haga nunca.

Jack y Swift fueron los últimos en retirarse de la concha aquella primera noche. Cuando los demás se hubieron acostado, los dos se quedaron con el único propósito de poder estar a solas. Jack había aceptado la propuesta de Swift de dormir separados; según ella, y Jack estuvo de acuerdo, convenía que se centraran exclusivamente en la expedición y, si mantenían relaciones íntimas, eso supondría sólo una distracción. Por eso le sorprendió que ella le rodeara la cintura con los brazos y le abrazara fuertemente.

– No me puedo creer que estemos aquí -le dijo-. Gracias, Jack. Sin ti no habría sido posible.

– Me gustaría poder decir que me ha encantado volver a este sitio -confesó-, pero la verdad es que me pone muy nervioso. Es como si supiera que hay algo que debo hacer y que no hago. Tal vez sea el hecho de que sé que no voy a escalar. Es extraño, pero si supiera que mañana por la mañana iba a ascender por la vertiente suroeste, me sentiría más tranquilo. Supongo que es lo que deben de sentir los pilotos de carreras que van de espectadores a un gran premio sabiendo que no van a poder participar en él.

Jack sacudió la cabeza y sonrió al pensar en lo que acababa de decir. Casi se había convencido a sí mismo.

– Has hecho un buen discurso, Swift.

– ¿De veras lo crees así? Tenía la sensación de que era preciso decir algo después de que ese tonto del culo empezara a jactarse de que no creía en la existencia del yeti.

– No es mala persona. No os da la gana de entenderos.

– Puede que tengas razón. ¿No crees que mi discurso ha sonado como el discurso de un candidato? Decir cualquier cosa, aunque sea mentira, para que te elijan. ¿Entiendes lo que quiero decir?

– Pero tú creías lo que decías, ¿verdad?

– Pues claro. Pero… ¿y ellos?

Jack se encogió de hombros.

– A veces, cuando estás al frente de una expedición como ésta, tienes que decir cosas, aunque no sean verdad, para que la gente se mantenga unida y no te abandone. No importa si la gente se cree o no lo que dices; lo importante es que vean que tú te lo crees. En esto consiste mandar. Si quieres mandar, tienes que comportarte así.

Swift asintió en silencio. Después soltó un gemido y se frotó las sienes.

– ¿Tienes dolor de cabeza?

– Hum, no sé si es la altura o el bourbon.

– Seguramente la altura. Tienes que beber mucha agua antes de acostarte.

Swift bostezó.

– Tal vez mañana por la mañana ya me haya aclimatado. Jack se rió.

– Lo dudo. Uno no se aclimata totalmente hasta pasadas siete semanas. Si mañana por la mañana no te encuentras mejor, te daré un poco de Lasix.

– Si no le importa, doctor, me parece que esto es un poco dar palos de ciego.

– Aquí arriba no existen leyes matemáticas -le explicó él-. Cada cual debe aprender por sí mismo, o por sí misma, lo que mejor le conviene. Y ahora lo que nos conviene a los dos, me parece, es acostarnos y descansar. Yo en tu lugar, me tomaría un par de Seconales y me metería en la cama.

– Muy bien. -Swift sonrió-. Me has convencido.

Se pusieron la ropa a prueba de tempestades y se aventuraron a salir; hacía una noche tan fría y el viento era tan fuerte que casi tira a Swift. Con los ojos cerrados para protegerse del vendaval, se agarró a Jack, que le gritó algo que ella no oyó. La corriente de aire y de ruido se llevó rápidamente sus palabras glaciar abajo. Después de andar con mucho trabajo varios minutos cogiéndose a la barandilla de cuerda, llegaron al pozo al que habían quitado la nieve y que conducía a los refugios. Jack le indicó que bajara ella primero y luego él descendió por la escalera.

Cuando llegaron abajo, Swift le dio las buenas noches, le besó y se fue a su cuarto, frío y oscuro. Tal como Jack le había dicho, se tomó un Seconal y bebió un vaso bien lleno de agua, se quitó la ropa que se había puesto para salir, subió a su litera y se metió en su saco de dormir, sin poder evitar la sensación de que la enterraban prematuramente, como el personaje de la historia de Edgar Alian Poe. Jutta Henze, que ocupaba la litera de abajo, estaba ya dormida, como si la claustrofobia, que ahogaba a Swift y que ella intentaba combatir, no la hubiese afectado lo más mínimo. Mientras esperaba que el somnífero le hiciera efecto, escuchaba el viento e intentaba distinguir los múltiples ruidos que oía: el redoblar de tambores, una toalla de baño grande ondeando en el tendedero, disparos a lo lejos: El Almamein, un periódico zarandeado y doblado por la mitad, un tren que pasaba a toda velocidad por un andén desierto. El viento del Himalaya era como un ser vivo, pues hasta podía convertirse en una voz: el llanto de un niño, el chillido de un pavo real o los lamentos de un alma en pena; y, a veces, si ponía mucho empeño en ello, podía oír el aullido del mítico hombre-simio de las montañas…

ONCE

Aquellas huellas me impresionaron y me dejaron harto confuso. Pero mis sherpas las miraron y no les cupo ninguna duda. Sonam Tensing, una persona sumamente juiciosa a la que conocía desde hacía mucho tiempo, dijo: «Son de yeti.» Yo poseo una mente abierta, no tengo ideas preconcebidas. Pero mis sherpas miraron aquellas huellas y no les cupo ninguna duda.

Sir Eric Shipton

El día amaneció radiante después de la noche de tormenta; el cielo era de un azul tan intenso como los ojos de Buda y el sol convertía la nieve y la roca en oro resplandeciente. Pero la sensación de calor era puramente estética, pues seguía soplando el viento en ráfagas cortas como puñetazos, y tan frías que te cortaban el aliento y el habla, si hablabas, y te obligaban a cerrar los ojos llorosos o dar la espalda a quien estuviera a tu lado. El viento mantenía la temperatura exterior muy por debajo de los cero grados.

Jack fue uno de los primeros en salir de los refugios para inspeccionar el campamento temiendo que la tempestad hubiera causado destrozos. El extremo norte de la concha estaba sepultado bajo la nieve, y también lo estaban varias cajas en las que se guardaban las provisiones y que pesaban demasiado para bajarlas a los refugios; por lo demás, sin embargo, todo parecía haber sobrevivido intacto. Jack inspiró hondo, eufórico, llenándose los pulmones de aquel aire helado, como si allí, en el valle de uno de los glaciares más increíbles del mundo, el hálito vital estuviera cargado de una especial dulzura.

A su izquierda, formando el pórtico sur del Santuario, se veía el Hiunchuli, que, con seis mil cuatrocientos metros, es una de las cumbres más bajas de las que forman el Annapurna. Es una montaña, pensó, bien recortada. Le recordaba la cabeza y el pico de un ave rapaz: el viento levantaba la nieve, que subía hacia el cielo como una rociada y que semejaba una cresta de plumas blancas; si miraba el picacho de hielo, le parecía ver un ala afilada que ascendía ondeante hacia el pico Modi, llamado también Annapurna Sur.

Jack estaba todavía saboreando el placer gozoso que le causaba el aire y el paisaje cuando oyó un grito que procedía de más arriba del valle, al pie de la cresta del Hiunchuli. Protegiéndose los ojos del destello cegador de la nieve, puesto que no llevaba gafas de sol, vio una figura que le hacía señas con la mano. Cogió los pequeños prismáticos Leica que llevaba colgados, se los acercó a los ojos y vio el trípode de una cámara; en seguida se dio cuenta de que era MacDougall.

Jack le devolvió el saludo y fue a su encuentro.

A medio camino se encontró con un Mac extremadamente entusiasmado y para entonces el norteamericano sabía ya cuál era la causa del nerviosismo del que era presa el escocés. En la ladera, por lo demás prístina e inmaculada, más allá de donde estaba Mac hacía un momento, se veía en la nieve una hilera de pisadas que, semejantes a una larga cremallera negra, partían de los alrededores del campamento en dirección este, hacia la salida del Santuario.

– ¿Ha salido alguien más esta mañana? Quizá uno de los sherpas.

– No, he sido el primero en salir -dijo Mac-. Quería fotografiar la salida del sol por encima de las montañas. Y ya estaban aquí.

Ambos se dirigieron hacia el rastro de pisadas dibujado en la nieve.

– Por un momento he pensado que eran mis propias huellas, pero luego, cuando he visto lo mucho que subían, me he dado cuenta de que no podían ser las mías.

Se detuvieron justo antes de las pisadas. Jack se arrodilló para examinarlas de cerca y Mac quitó la tapa de la lente de la Nikon y empezó a disparar.

– ¿Qué opinas, Jack? Lo parecen, ¿verdad?

– Podría ser, Mac.

– ¿A que es genial? Quiero decir que acabamos de llegar y nos encontramos con esto. Es como ganar la lotería a la primera. -Echó un vistazo al diafragma de la Nikon y después a Jack-. Sea lo que sea, ha bajado por la arista de la montaña hasta casi el campamento.

– A lo mejor es verdad que Cody oyó algo anoche.

– Sí, claro, lo había olvidado. -Mac hizo más fotografías-. Hay que dar gracias a Dios por toda esta nieve. Todo el santuario es como hormigón fresco. Mira estas huellas, son perfectas. No habría obtenido un resultado mejor aunque yo mismo hubiera sido el director de estilismo y el director de arte.

Jack cogió la radio GPS que llevaba asegurada al pecho y acercó los labios al micrófono. Le contestó el sirdar.

– ¿Hurké? ¿Qué están haciendo en este momento?

– Están desayunando, sahib.

– Pues diles que se terminen los cereales de una vez, que muevan el culo y que salgan. Y si alguien puede traer una cinta métrica, mejor. Hemos encontrado unas huellas. Por lo visto, anoche por poco tenemos una visita.

Miles Jameson extendió la cinta métrica sobre una de las huellas que se percibían en la nieve y pareció que hubiera tendido un diminuto puente metálico sobre una fisura en forma de pera.

– Mide treinta y cinco centímetros y medio -le dijo a Swift, que estaba tomando notas.

Sin mover la cinta métrica, Miles se echó hacia atrás para que Mac pudiera hacer fotografías detalladas que mostraran la escala de la pisada.

– Genial -soltó el escocés.

– Ninguno de los porteadores ha querido venir a verlas -les hizo saber Jutta-. ¿Acaso tienen miedo, Tsering?

– Ciertamente, memsahib -respondió el sirdar ayudante-. Me temo que son todos bastante supersticiosos y creen que ver un yeti o hasta escuchar un grito de yeti es un mal augurio. No se sorprendan de que ahora estén celebrando alguna ceremonia estúpida para alejar la mala suerte. -Se encogió de hombros como pidiendo disculpas-. Éste es el carácter de mi gente.

– Si ahora se comportan así -reflexionó Swift-, ¿qué va a ocurrir cuando, con un poco de suerte, capturemos un espécimen vivo?

– Los dólares americanos pueden alejar toda futura mala suerte por grande que sea -repuso Tsering.

– Ahora sí has dicho una gran verdad -intervino Boyd.

Jameson introdujo el extremo de la cinta métrica en la huella.

– Mide entre treinta y treinta y ocho centímetros de hondo.

Examinó la parte interna de la huella como un jugador de golf mesura el golpe que debe dar a la pelota para que entre en el hoyo, haciendo un esfuerzo por determinar el contorno. Cuando hubo terminado, hizo lo mismo con la siguiente pisada.

– Es difícil ver con claridad -dijo.

Swift volvió a tomar notas.

– La nieve se ha depositado en cada uno de los hoyos. Pero, en términos generales, se trata de una pisada considerablemente larga. Es un pie cuyos dedos son cortos, excepto el dedo gordo, que es muy alargado. No es lo ancha que yo hubiera esperado, pero se puede descartar que sean las huellas de una garra. Estoy totalmente seguro de que no son huellas de un oso. No puedo concretar más, pero de lo que no cabe duda es de que tienen todo el aspecto de ser las pisadas de un antropoide superior.

Se oyeron varios gritos de alegría. Mac dio un puñetazo al aire en señal de triunfo y Jutta abrazó a Lincoln Warner.

– No podíamos haber empezado mejor -reconoció Swift-. Esto supera nuestras expectativas más optimistas.

– Son exactamente iguales que las huellas que fotografió Shipton en el glaciar Menlung del Everest -observó Mac-. Y el caso es que también son idénticas a las que fotografió Don Whillans en el Annapurna -dijo riendo, encantado-. Señor, ¡pero si acabamos de llegar!

El sirdar se agachó y escudriñó atentamente las pisadas, mientras fumaba, meditabundo.

– Por favor, sahib -dijo arrojando el cigarrillo y alargándole la mano a Miles Jameson-. ¿Tiene la bondad de prestarme el metro Stanley?

Jameson, que advirtió que Hurké Gurung le estaba pidiendo la cinta métrica, se la dio y lo observó, mientras éste medía la distancia entre las huellas. Finalmente, el sirdar se puso en pie y hundió su bota Berghaus en una de las pisadas y luego en otra.

– El rey Wenceslao el bueno -bromeó Warner.

Gurung sacudió la cabeza de hombro a hombro, como si dudara de algo.

– Casi dos metros, tal vez. Y no son muy pesadas -dijo-. Creo que es un yeti bien pequeño. Tal vez muy joven o una hembra quizá.

– ¿Has oído? -dijo Mac, triunfante, dirigiéndose a Jon Boyd, que contemplaba el examen forense con un interés entre divertido y distante-. Ha dicho «un yeti». No ha dicho nada de monos de la India, ni ha hablado para nada del dichoso monstruo del lago Ness. Ha dicho «un yeti».

– Si tú lo dices, Mac -repuso Boyd-. Pero como tú comentaste, todavía es pronto.

– Uno joven o una hembra -repitió Swift.

– Hajur, memsahib. Podría ser.

– No lo sabremos hasta que no demos con él -apuntó Jack.

– Lo que me gustaría saber es qué dirección seguiremos -comentó Jameson.

– ¿Qué quieres decir?

– Las huellas provienen de un punto de partida. ¿Vamos a seguir al animal o vamos a seguir las huellas hasta el punto de origen?

Jack miró hacia donde miraba Jameson: la arista de hielo que unía el Hiunchuli con el Annapurna Sur, que era de donde procedían las pisadas. El cielo estaba todavía sereno, pero las ráfagas de viento levantaban nieve polvo con tanta furia que parecían presagiar un empeoramiento del tiempo.

– Normalmente se siguen las huellas hasta el punto de origen -dijo Jameson.

– Yo tenía planeado que nos quedásemos todos aquí, en el CBA, un par de días hasta que nos hubiésemos aclimatado del todo a la altura de cuatro mil metros, y empezar a ascender después -explicó Jack-. Hay entre mil doscientos y mil quinientos metros hasta la cima de aquella cresta. Será difícil llegar sin estar perfectamente adaptados a la altitud. -Sacudió la cabeza-. Además, las huellas llevan al Machhapuchhare, que es donde vamos a centrar principalmente nuestro rastreo. Así que creo que ya está todo dicho. En este caso me parece preferible seguir al animal. Swift, Hurké, Miles, mejor será que os marchéis antes de que se ponga a nevar otra vez y perdáis el rastro.

– ¿No vas a venir? -le preguntó Swift.

– No podemos ir todos. Además, hay cantidad de cosas que hacer aquí.

El sirdar hizo un gesto afirmativo con la cabeza.

– Jack tiene razón, memsahib. Se caza mejor si el grupo es pequeño.

Jameson adoptó una actitud altiva y se dirigió al sirdar en nepalés.

– Huncha. Kahile jaane?

– Turantai, Jameson sahib. Ahora mismo.

– Muy bien -dijo el zimbabwés, y después le dedicó una sonrisa a Swift-. Estupendo. Mejor será que vaya a recoger mis cosas.

Se encaminaron todos hacia el campamento; Jameson, Swift y Hurké se adelantaron a los demás, ansiosos de ponerse en camino, dejando a Mac solo haciendo fotos. Jack andaba despacio, junto con Warner, Boyd y Cody.

– Has dicho que había mucho que hacer -comentó Boyd-. ¿Puedo ayudar en algo?

– Pues si la tela metálica llega hoy, creo que podríamos empezar a colocar una cerca para contener los aludes. Gracias por prestarte a colaborar, pero ya me ayudarán los sherpas. Tú podrías empezar a recoger muestras de sondaje.

– Gracias, creo que es lo que voy a hacer.

– Fue un alud lo que os arrastró a ti y a tu compañero, ¿verdad, Jack? -le preguntó Warner-. Vino una noticia en el National Geographic.

– Sí.

– Debió de ser espantoso. No me puedo figurar lo que debe de sentir uno cuando le pilla un alud allí arriba. Aunque a mí nunca va a pillarme ninguno. -El norteamericano negro movió la cabeza, cauteloso. Con sus gafas de sol de colores brillantes sujetadas con una cinta y su parka de buena calidad parecía un cantante de rap-. A mí me gusta tener los pies en tierra firme.

– Aunque es imposible decir con seguridad lo que ocurrió, siempre he tenido la impresión de que fue un meteorito lo que causó la avalancha.

– Un meteorito, ¿eh? -dijo Boyd-. Qué interesante.

– Siempre me he preguntado si no fue así cómo empezó la vida en este planeta -intervino Warner-. Unas cuantas moléculas en un pedazo de roca intergaláctica. ¿Sabíais que unos papiros egipcios de hacia el año 2000 antes de Cristo contienen las noticias más antiguas sobre meteoritos?

Warner le dirigió una mirada a Boyd.

– No ha sido mi intención ofender a nadie -aclaró.

– No me has ofendido -repuso Boyd-. En realidad, a mí el tema de los meteoritos siempre me ha interesado.

– Si fue un meteorito, Jack, tuviste suerte -comentó Warner-. El que hay en el Planetario Hayden de Nueva York pesa treinta toneladas. ¿Tienes idea de dónde pudo haber caído?

– ¿Qué es lo que quieres, buscar un souvenir? -rió Boyd-. Llevarte treinta toneladas de roca a Estados Unidos sería un exceso de equipaje que no te admitirían.

– Lo he preguntado sólo por curiosidad.

– Es difícil decirlo con precisión -admitió Jack-. Lo que sé es que cayó a nuestras espaldas, en un lugar imposible de precisar del glaciar que teníamos al sur. -Indicó con el dedo un punto en la entrada del Santuario, más allá de la hilera de las extrañas huellas recién descubiertas, y más allá del CBA-. Hacia allí. Hacia el Machhapuchhare.

– El pico Cola de Pez, ¿eh? -musitó Cody-. Sí, lo parece, ¿verdad? ¿Cuántos metros de altitud tendrá? Unos seis mil o seis mil quinientos, ¿no?

– Seis mil novecientos noventa y dos -dijo Jack.

– Sea como sea, una caminata de miedo -se rió Boyd.

– Desde un punto de vista técnico, no es una escalada especialmente difícil.

– ¿Creen de veras que es una montaña sagrada? -preguntó Warner-. ¿Que es un lugar sagrado donde moran los dioses y todas esas historias?

– Sí, lo creen de verdad -afirmó Jack.

– Parece imposible que en nuestra época se crea todavía en esas cosas.

– Cuanto más tiempo llevas aquí -respondió Jack-, menos imposible te parece.

Miles Jameson estaba habituado a usar drogas para anestesiar e inmovilizar a los animales salvajes. Durante el tiempo que estuvo trabajando en el zoológico de Los Ángeles, drogó a todo tipo de animales, desde un elefante indio hasta un ajolote. Había empleado varios de los agentes químicos de su arsenal a lo largo de dos décadas, casi desde el momento en que habían salido a la venta. Pero su medio predilecto de administrar narcóticos para anestesiar a los animales era una cerbatana, que se utilizaba desde épocas remotas. Cuando trabajaba en el zoológico, empleaba muy a menudo una cerbatana que le habían regalado unos indios ecuatorianos en uno de los múltiples viajes que efectuó a Centroamérica en busca de nuevos especímenes. Era una caña hueca de bambú de dos metros de largo que ofrecía la posibilidad de inyectar anestesia desde una distancia de entre quince y veinte metros lanzando de forma silenciosa y efectiva bolitas o flechas cuyo impacto, además, causaba una lesión insignificante. Jameson se había llevado la cerbatana al Parque Nacional de Chitwan. Pero si en el Himalaya, donde soplaban siempre vientos muy fuertes, se veía obligado a inmovilizar a un animal no le quedaría más remedio que utilizar un rifle.

Además de una selección de pistolas de aire modificadas para el uso general de los miembros de la expedición, se había traído consigo un par de armas proyecturas Palmer Cap-Chur de Chitwan. El primer par eran dos rifles de largo alcance propulsados por dióxido de carbono comprimido, con una línea de tiro de treinta y dos metros. Pero era en el segundo par de armas en el que Jameson confiaba más; se trataba de dos rifles Zuluarms de una línea de tiro larguísima. Cada uno de ellos estaba constituido por una combinación modificada superior e inferior de un rifle del calibre 22 y una escopeta del veintiocho, propulsada con casquetes de percusión, que era efectiva desde una distancia de setenta y cinco metros. El rifle Zuluarms disparaba una jeringa especial de aluminio Cap-Chur que era semejante a las que Jameson disparaba con la cerbatana ecuatoriana.

Escoger el producto químico para dejar inconscientes a los animales presentaba más problemas. Si la presión a la que se inyectaba un líquido era excesiva, se corría el riesgo de desgarrar el músculo. Lo peor era que hasta que el animal quedaba completamente inmovilizado transcurrían entre quince y veinte minutos, o tal vez más, dadas las bajísimas temperaturas propias del Himalaya, tiempo suficiente para que el animal se perdiera y, desamparado, muriera por disminución de temperatura y fallo respiratorio. Lo más complicado de todo era calcular la dosis, segura y efectiva a la vez, que necesitaría un animal que Jameson no había visto en la vida y del que no sabía nada.

La dosis de ketamina que había que administrar a los grandes simios era de dos a tres miligramos por kilogramo de peso corporal. A Miles no le quedaba más alternativa que imaginar el peso de la criatura; por las descripciones que Jack y el sirdar habían dado del yeti, del que habían dicho que era una tercera parte más grande que un gorila de espalda de pelo blanco adulto, debía de pesar entre doscientos y doscientos veinticinco kilos. Pero teniendo en cuenta el examen de las pisadas efectuado por el sirdar y su propia opinión, según la cual estaban persiguiendo a un yeti joven, había preparado también una jeringa Cap-Chur que contenía una dosis mucho más pequeña.

Antes de abandonar el CBA, Jameson examinó la enorme jaula que él y unos sherpas habían montado el día anterior. Si tenían la suerte de capturar un espécimen vivo, lo encerrarían en ella. Transportarlo sobre una litera en aquella jaula sería bastante menos fácil, y se dijo que, si el tiempo lo permitía, a lo mejor tendrían que pedir un helicóptero.

Jameson cogió un Zuluarms, insertó un casquete de percusión en el cañón del rifle y una jeringa Cap-Chur, que contenía una droga menos fuerte, en el cañón de la escopeta. Después pasó el fiador, se metió en el bolsillo un par de jeringas más, cuyas puntas protegió bien, cogió los prismáticos, se echó el rifle al hombro y subió la escalera del refugio para reunirse con Swift y el sirdar.

DOCE

La gran tragedia de la ciencia: la muerte de una hipótesis hermosa a manos de un hecho desprovisto de belleza.

T. H. Huxley

El yeti, o lo que fuera aquel animal, había bajado por el valle hacia el lugar en el que en verano estaba el campamento base del Machhapuchhare, o CBM, formado por dos o tres refugios sepultados ahora bajo varios metros de nieve, a los pies de la montaña de Siva. Desde el CBA hasta el CBM, que estaba cuatrocientos veinticinco metros más abajo, había una distancia que se recorría en más o menos una hora y media. Era fácil seguir el rastro de las huellas, que casi parecían, por su aparente obstinación, las huellas de un ser humano. Tras más de una hora de observar aquella hilera prácticamente recta de pisadas, el sirdar señaló unas marcas que había en la nieve y que indicaban que el animal que buscaban se había sentado en una roca.

– Yeti aquí se cansa -se rió.

– Sé perfectamente cómo ha debido sentirse -dijo Swift, vencida por la fatiga.

– ¿Se encuentra bien, memsahib?

– Cansada, pero es soportable, Hurké.

– Quizá hizo un alto en el camino para fumarse un pitillo -sugirió Jameson encendiéndose uno y ofreciéndole la cajetilla al sirdar.

– Yeti también es hombre Marlboro, ¿eh? -Hizo un gesto negativo con la cabeza rechazando lo que le ofrecían-. Pero mejor no perder tiempo, Jameson sahib. Me parece que el tiempo cambiará pronto. Nada bueno para nosotros. Malo para seguir huellas. Sólo bueno para yeti.

Señaló hacia arriba, hacia el lugar de donde venían.

– Señor -exclamó Swift-. No me había dado cuenta de lo lejos que estamos.

Cuando habían partido, el cielo era de color azul intenso y resplandeciente. Hacía sólo un cuarto de hora, al alzar la vista, había visto unas cuantas nubes que empezaban a cercar el sol como lobos grises atraídos por el calor de una hoguera. Después advirtió que se había formado una densa niebla y que era imposible ver nada a más de cien metros. Era una sensación que llenaba de pavor, porque parecía que la niebla les estuviera persiguiendo a ellos, que perseguían a su vez a aquel ser misterioso.

– El tiempo cambia muy de prisa en el Himalaya -dijo el sirdar, que se dispuso a reemprender la marcha.

Al cabo de media hora, dejaron atrás el Machhapuchhare.

– Tal vez el yeti sabe que está prohibido escalar el Machhapuchhare -se rió Jameson-. Igual que todos nosotros.

– Yo he pensado lo mismo -sonrió Swift.

– Suerte que por lo menos no tenemos que volver a subir. Me parece que hoy no hubiéramos podido llegar muy lejos.

El rastro de las huellas les condujo pronto a la salida del Santuario y, después de cruzar unos riachuelos que si no estaban helados era sólo porque el agua corría demasiado de prisa, pasaron por un barranco que bordeaba un bosque ralo. A veces Swift perdía totalmente de vista el rastro de las pisadas, cuando la criatura saltaba los riachuelos o se arrojaba de las cornisas que había en el barranco, pero el sirdar siempre adivinaba, aunque no se supiera cómo, por dónde seguía. Al final, sin embargo, cuando la niebla les envolvió como una fría mortaja hasta el punto que apenas podían verse unos a otros, incluso él perdió el rastro.

– Ek chhin, ek chhin -murmuró, mientras sus ojos penetrantes de gurkha escudriñaban el suelo cubierto de nieve-. Un momento, por favor, sahibs. Kun dishaa? Kun dishaa?

– ¿En qué dirección? -tradujo Jameson para que Swift se enterara de lo que había dicho el sirdar.

– Huncha -dijo. Y añadió-: Ustedes esperan aquí, por favor. Yo doy una vuelta y miro quizá diez minutos, quizá quince. Intento encontrar el rastro y vuelvo, ¿huncha?

– Huncha -asintió Jameson.

El sirdar se llevó a la cara las palmas de sus manos enfundadas en guantes de lana, como si fuera a rezar.

– Namaskaar -dijo.

– Namaste -repuso Jameson, devolviéndole el saludo.

El gurkha se alejó rápidamente de allí.

– Por favor, no alejarse, sahibs -gritó por encima del hombro-. Sherpa conoce el lugar, aun con niebla, aun si no puede ver nada. Pero peligroso para sahibs.

Al cabo de un momento se desvaneció como un espectro.

Jameson encendió otro pitillo y dio vagamente un golpe en la nieve con el pie. Swift se sonó la nariz y después un escalofrío sacudió su cuerpo.

– Me figuro que sabrá lo que hace -comentó.

– Es un buen hombre -dijo Jameson descolgándose el rifle del hombro.

– Tengo que decir que no me haría ni pizca de gracia tener que volver al CBA sin él. -Echó una mirada a su alrededor, inquieta-. Este tiempo es puro… Wilkie Collins.

– Es un escritor inglés, ¿verdad?

Swift asintió.

– Es una putada, ¿no? Si llegamos a tropezamos con un yeti, lo más probable es que no pueda utilizar el rifle porque estaremos demasiado cerca. A una distancia de menos de veinte metros la jeringa puede causar una fractura o incluso atravesar el cuerpo. No sé por qué no se me ocurriría traer una pistola.

– ¿Es posible? Me refiero a si de verdad podrías herirlo.

– Desde luego que podría. -Jameson dio una calada al cigarrillo, impaciente-. Pero aun en el caso de que pudiera alcanzarlo, no estoy seguro de que me apeteciera correr detrás de él con este tiempo. Quiero decir que hay que perseguir siempre a la bestia a la que se alcanza, porque podríamos romperle una pierna o causar algo peor. No, cuanto más pienso en ello…

Jameson dobló el cañón del arma, sacó la jeringa, tapó la punta parecida a una estilográfica y se la metió en el bolsillo.

– Por si acaso tengo tentaciones -explicó.

Swift asintió con la cabeza.

– Creo que tienes toda la razón.

En aquel preciso momento oyeron un grito. El sirdar había encontrado algo.

– U yahaa -exclamó-. Por aquí, sahibs.

Jameson le lanzó un grito.

– Haani aaudai chhau.

Él y Swift se pusieron en marcha.

– Qué mala leche si lo encontráramos ahora, ¿verdad? -comentó Jameson.

Boyd dejó transcurrir media hora desde la partida del grupo, integrado por Swift, Jameson y el sirdar, que había salido tras el rastro de aquellas extrañas huellas y entonces se puso en camino al sureste siguiendo la misma dirección. De vez en cuando se detenía y comprobaba su posición con la ayuda de un aparato electrónico manual. Mientras caminaba, iba cavilando sobre la naturaleza del animal cuyas huellas seguían. Le asombraba que hubiera científicos que creyeran en tamaña absurdidad. Aun en el caso de que existiera una criatura que hubiera sobrevivido sin ser detectada en el transcurso de la historia, ¿cómo podían esperar encontrarla, así por las buenas? Él daba por supuesto que había una explicación racional que aclararía la existencia de aquellas extrañas huellas, una explicación que, desde luego, no tendría nada que ver con el abominable hombre de las nieves. Un oso, tal vez. O incluso un águila gigante del Himalaya. Todavía recordaba el susto de muerte que le había dado una de esas raras aves de camino al campamento. Vista de espaldas, agachada en el suelo, semejaba un mono. Hasta las huellas enormes que dejaba esa colosal ave rapaz se podían confundir fácilmente con las de un simio gigante. Cuanto más pensaba en ello, más seguro estaba de que acabaría demostrándose que aquellas huellas eran de un águila. Probablemente la misma que había visto él. Al pensarlo, se carcajeó. ¡Cuánto deseaba estar presente cuando pillaran al animal, o lo que fuera, que había dejado aquel rastro, si es que algún día llegaban a pillarlo!

Se detuvo sin dejar de reírse, se descolgó la mochila y se dispuso a tomar una muestra de sondaje.

La niebla amainaba con la misma rapidez con la que se había formado, y Swift y Jameson, que subían por la cresta del barranco, en el lugar en el que la corriente del Modi Khola se ensanchaba, se encontraron con una corta hilera de mojones, que indicaban que aquél era un lugar sagrado.

Hallaron un tarch, un pequeño número de banderas de trapo y papel que ondeaban al viento en lo alto de unos largos palos de madera que parecía que las hubieran tendido allí a secar; una roca en la que había pintados unos símbolos sagrados y unos mantras de color verde; y un pequeño chorten, que es un relicario de forma cónica construido de ladrillos rojos y que simboliza los cuatro elementos. Entonces vieron al sirdar.

Con una sonrisa en la boca como si pidiera disculpas, les condujo entre la niebla cada vez más débil junto al río y señaló una lengua de nieve que penetraba en sus aguas rápidas.

Ante sus ojos vieron algo extraordinario, aunque aquella aparición insólita e insospechada no era, desde luego, la causa por la que habían andado tantos kilómetros.

Descansando sobre las manos firmemente apoyadas en una roca plana y grande, con el cuerpo color tierra paralelo al suelo cubierto de nieve, con las piernas totalmente estiradas y los pies descalzos, muy juntos, y con la larga melena cubriéndole el rostro, como si fuera las serpientes de Medusa, había un hombre. Estaba desnudo; sólo llevaba un diminuto taparrabos.

Swift y Jameson se quedaron tan atónitos que no pudieron articular palabra. Con una temperatura de quince grados bajo cero, a ninguno de los dos se le había pasado por la imaginación que las huellas pudieran ser las de un hombre que andaba descalzo.

– He aquí a nuestro yeti -dijo Jameson al fin-. El cabrón de Boyd se reirá de lo lindo cuando se lo contemos.

– ¿Quién es? -le preguntó una Swift exasperada al sirdar-. ¿Y qué hace aquí?

– Hindú sadhu -explicó Hurké Gurung-. Un seguidor de Siva.

Señaló un tridente de madera que había en el suelo junto a una fina túnica, como si aquello a ellos les dijera algo. -Ha tenido que parar aquí por la niebla, igual que nosotros. Practica yoga tummo. Muy bueno para mantener el calor, no necesita ropa. -El sirdar se frotó el vientre, un gesto que podía interpretarse como que tenía hambre-. Él tiene el cuerpo muy caliente en el interior.

– Dios, sólo de mirarlo me entran escalofríos -reconoció Jameson.

– A mí también -dijo Swift.

– Esta posición llamada mayurasana. Temo no saber palabra inglesa para mayara.

– Pavo real -dijo Jameson, y se encogió de hombros como reflexionando sobre lo exacto de la traducción-. Sí, me imagino que eso es lo que significa. Antes de que el pavo real levante y despliegue las plumas de la cola en forma de abanico, ésta permanece estirada y paralela al suelo.

El sirdar seguía frotándose el vientre.

– Exacto, sahib. También sirve para hacer fuertes músculos de la barriga.

– Ni que lo digas.

– Como mayara mata serpiente, así mayara mata veneno del cuerpo. Genera mucho calor. Justo como la cabina de combustible Semath Johnson-Mathey.

Lentamente, el sadhu puso los pies en el suelo y adoptó la postura de loto o padmasana.

Haciendo varias reverencias, Hurké Gurung saludó al sadhu con un namaste; cuando el asceta barbudo le devolvió el saludo, empezó a hablar con él.

– O, daai. Namaste. Sadhuji, tapaa kahaa jaanu huncha? Bhannuhos?

Estuvieron unos minutos hablando los dos y, durante gran parte de la conversación, el sirdar mantuvo las manos juntas, como si le rezara al sadhu. Finalmente, se volvió hacia sus compañeros occidentales.

– Es un hombre muy santo -explicó en un tono de voz que denotaba una extrema reverencia-. Él es el swami Chandare, un dasnami sannyasin del gran Siva. Ha hecho el voto más estricto de la nada para someter su mente a disciplinas físicas y espirituales.

El swami asintió lentamente como si comprendiera lo que decía el sirdar.

– Pasa la vida andando por el Machhapuchhare, dice que es el cuerpo de Siva, el destructor de todas las cosas, para dejar vía libre a nuevas creaciones. En el pasado estuvo en la India, para estar cerca de otra montaña. Se llama Astilla; dice… siento tener que decir estas palabras en su presencia, memsahib… dice que es miembro de Siva.

El sirdar sacudió la cabeza, expresando así su desaprobación.

– Cómo, desde entonces, he visto esta montaña y es sólo la sombra del sol en la montaña lo que a veces mira como el miembro de un hombre. Runcha. Le he dicho que somos personas de mentalidad muy científica que hemos venido a buscar yeti y swami ahora pregunta: ¿por qué quieren encontrarlo, por favor?

– ¿Ha visto el swami algún yeti, Hurké? -preguntó Swift.

– Oh, sí, por favor, memsahib. Una vez, mientras rezaba en la ladera del Machhapuchhare, abajo, llegó un yeti que llevaba una piedra muy grande en su brazo poderoso. Yeti parecía muy fiero, muy fuerte. Pero swami no tenía ningún miedo para nada. En todos estos años ha visto muchas veces yetis pero nunca le han hecho daño. Sólo porque yeti sabe que él no quiere hacer ningún daño a yeti. ¿Entienden? Yeti incluso ayuda al swami con dhyana. Jameson sahib, ¿en inglés bhaasha maa kasari dhyana bhanchha?

– Meditación.

– Meditación, sí -asintió el sirdar-. Swami dice que yeti no le habla pero es muy listo.

El swami volvió a dirigirle la palabra a Hurké Gurung.

– Swami pregunta por qué queremos encontrar yeti, otra vez por favor.

– Dile que no es nuestra intención hacerle ningún daño al yeti -dijo Swift-. Sólo deseamos estudiarlo.

– Entonces, ¿por qué llevan arma, por favor? -dijo Gurung traduciendo la respuesta del swami.

Jameson se sacó del bolsillo la jeringa Cap-Chur cogiéndola por la cola de tela, dobló el cañón del arma e hizo una especie de demostración metiéndola dentro de éste. Después volvió a extraerla y explicó en un nepalés fluido que aquel rifle sólo contenía una pequeña dosis de un somnífero, suficiente para inmovilizar a la criatura durante una hora o menos.

El swami cerró los ojos un momento y murmuró unas palabras para sí. Cuando volvió a hablar, lo hizo en inglés.

– Para comprender la inteligencia de un yeti -dijo con una vocecita débil y aguda-, hay que ser el doble de listo de lo que es él. Y él es muy listo. ¿Cómo, si no, hubiese podido evitar ser capturado y estudiado durante tantísimo tiempo? ¿Son ustedes el doble de inteligentes o sólo el doble de arrogantes?

Swift y Jameson intercambiaron una mirada de sorpresa.

– Habla usted inglés -dijo Swift.

– Puesto que lo estoy hablando, no puede pretender que considere su comentario una pregunta. Y como comentario es, desde luego, redundante. ¿Por qué se sorprenden? Según su constitución, que es la constitución cuyo texto es el más largo del mundo, el inglés es una de las lenguas oficiales de la India. Sin que se especifique ninguna fecha fija en la que puede dejar de serlo. Antes de ser lo que ven ustedes, yo era abogado.

– Como Gandhi -murmuró Jameson.

– Es lo único que tengo en común con él -replicó el swami-. Díganme, ¿qué esperan que les aporte el conocimiento del yeti?

– Conociéndolo a él, esperamos poder conocernos mejor a nosotros mismos -contestó Swift.

El swami lanzó un suspiro de fatiga.

– Aquel cuyo conocimiento es atento y puro llega al final del viaje del que no se retorna jamás. Pero es natural que las personas busquen, como hacen ustedes. ¿De dónde venimos? ¿Cuál es la fuerza que nos mantiene vivos? ¿Dónde hallar reposo? Más allá de los sentidos están los objetos, y más allá de los objetos está la mente, y más allá de ella, la razón pura. Conocer las respuestas a estas preguntas, sin embargo, no siempre es fuente de satisfacción y de tranquilidad, porque más allá de la razón está el espíritu del hombre.

»La ciencia aparta al hombre del centro del universo. ¿No es así? Le aparta tanto que se siente pequeño e insignificante. Existe una verdad, pero no aporta mucha satisfacción. Hay que luchar por alcanzar lo más alto, hasta poder permanecer en la luz, pero el sendero que conduce hasta ella es tan estrecho como el borde de un cuchillo y está lleno de obstáculos. A todos nos fascina aquello que nos une físicamente a nuestros antepasados. ¿No es así? En Occidente las personas intentan encontrar en los árboles genealógicos aquello que se perdió. ¿Pero por qué han caído en el olvido tantas y tantas cosas? ¿Por qué es tan difícil? ¿Por qué sólo una minoría es capaz de conocer las líneas de descendencia? Quizá no es éste el camino que debemos seguir. Quizá para vivir lo mejor sea, después de todo, ignorar estas cosas.

– Me resisto a creer que sea bueno vivir en la ignorancia -dijo Swift.

– Una vez -dijo el swami-, había un hombre que se empeñó en saberlo todo de sus ascendientes. Y descubrió que la mujer que era su madre era en realidad una tía suya y que la mujer que siempre había creído que era su tía era en realidad su madre. Había descubierto más cosas de las que podía digerir y fue tal su cólera que las despachó. Y ahora no tiene ni madre ni tía. Se pueden, si uno lo desea, sacudir las ramas de un árbol de aspecto complaciente. Ciertamente caerán frutos en su regazo. Frutos que tal vez le sirvan de alimento. Pero que nadie se sorprenda si la rama se le rompe en las manos. -El swami soltó una risita-. El árbol de la vida depara también muchas sorpresas. Nuestras palabras y nuestras mentes van hacia Él, pero no llegan hasta Él y vuelven a nosotros. Hay que conocer al pensador, no el pensamiento.

Dicho esto, el swami se levantó, recogió la túnica y se la echó a sus hombros delgados y huesudos. Recogió después el báculo y se dispuso a marcharse dejando tras él el familiar rastro de huellas en la nieve y que era ahora una burla.

– Qué hombre más extraordinario -exclamó Swift sin dejar de contemplarlo mientras se alejaba.

– Sí, es impresionante -dijo Jameson.

– Oh, sí, sahib. Un hombre muy santo y religioso.

Swift gruñó.

– Yo no me refería a eso.

– ¿Ah, no? ¿A qué se refería usted?

– El universo es exactamente como debería ser si no existe ningún designio sobrenatural, ni ningún fin, sólo una indiferencia completa. A mí me parece muy extraordinario que gastemos energía en dotarlo de un significado que no sea puramente científico.

– Swift, eres demasiado elemental -le dijo Jameson con una media risa-. Si los dioses intervienen es porque necesitamos creer que somos alguna cosa más que simples átomos. Es lo que distingue a la naturaleza humana del resto de la naturaleza.

Swift, muy decepcionada porque aquel rastro no los había conducido a ninguna parte, se encogió de hombros sin tomarse la molestia de discutir con él.

– Vamos -dijo lanzando un suspiro-. Mejor será que regresemos al campamento.

TRECE

Lo más bello que podemos experimentar es el misterio. Es el origen de todo arte y de toda ciencia dignas de este nombre.

Albert Einstein

Transcurrieron tres semanas y, sin señales de vida del yeti, ni huellas, la moral alta del primer día fue viniéndose poco a poco abajo. A medida que los integrantes del equipo aprendían a valorar la enormidad del Santuario y tomaron conciencia de sus múltiples peligros, de los cuales los cambios de tiempo súbitos y extremos no eran los de menor magnitud, comenzaron a comprender la envergadura de lo que se habían propuesto llevar a cabo. Swift hacía lo que podía por mantenerse optimista, pero al principio de la cuarta semana incluso a ella le embargó la duda de poder hallar a Esaú, su fósil vivo. Fue con el fin de recuperar la confianza perdida y de levantar los ánimos de todos, por lo que le dijo al sirdar que les anunciara a los sherpas que recibirían una paga extraordinaria de cincuenta dólares norteamericanos si alguno de ellos hallaba huellas de yeti auténticas. Los sherpas redoblaron sus esfuerzos, pero fue en vano, y a medida que pasaban los días, la expedición fue desmoralizándose más y más.

Jack había llegado a pensar que la expedición se había propuesto explorar un terreno demasiado extenso y decidió levantar otro campamento en la falda del Machhapuchhare, en un punto que había escogido con los prismáticos y que él llamó campamento avanzado I. Cuando Jutta y Cody fueran a explorar, junto con Ang Tsering, un valle próximo al Annapuma III, Jack, al frente de un grupo integrado por Swift, Mac y Jameson, subiría a la falda del Machhapuchhare con la intención de montar el campamento en el que se instalarían unos días. Warner se quedaría en el CBA, mientras que Boyd se dedicaría a recoger muestras de sondaje.

– Necesitaremos contar con un campamento a mayor altura -les dijo Jack señalando con un movimiento de cabeza el ya familiar Cola de Pez-. Tenemos probabilidades si concentramos nuestra búsqueda allí arriba. El sitio en el que he pensado es aquella isla rocosa que se ve en la parte inferior del glaciar, en la falda del Machhapuchhare. Los escaladores llamamos a estos salientes riñón. La nieve, por no hablar de la altitud, nos va a poner las cosas difíciles. Estos seiscientos metros de más os van a parecer tres mil.

– Creo recordar que habías dicho que ya estábamos aclimatados -protestó Swift.

Jack se rió.

– A una altitud de poco más de cuatro mil metros sí, pero no a una de cinco mil. Pero así es siempre, chicos. En cuanto te has adaptado a una altitud, tienes que subir más y empezar de nuevo todo el proceso. -Señaló a los cuatro sherpas, guiados por Hurké Gurung, que avanzaban a buen ritmo por el glaciar a pesar de que la nieve les llegaba hasta las rodillas y a pesar del peso de las mochilas. A Swift le parecían un diminuto enjambre de moscas revoloteando sobre un pastel recién cubierto de azúcar.

– Venga, vamos -dijo Jack-. Cuanto antes nos pongamos en camino, antes estaremos de vuelta.

Hacía una mañana espléndida, pero el grupo a cuyo frente estaba Jack seguía con mucha dificultad a los sherpas, a quienes pronto perdieron de vista. Éstos habían marcado la ruta con palos y cañas de bambú, de modo que era imposible extraviarse. Cuando llegaron a unas torres de hielo puntiagudas, Swift y Jameson empezaron a sentir los efectos de la altura y tuvieron que tomar unas pastillas de acetazolamida que les había dado Jutta Henze previendo dicha eventualidad. Las pastillas deshidrataban a quien las tomaba induciéndole a orinar, por lo que a Swift le tocó padecer la desagradable experiencia de tener que acuclillarse para hacer pipí detrás de los carámbanos que colgaban de una de las torres semejantes a los enormes colmillos de un monstruo prehistórico.

Jack la llamó desde detrás de otra de aquellas aglomeraciones de bloques de hielo que se forman en los glaciares y que reciben el nombre de seracs.

– Eres un fenómeno a la hora de escoger los sitios, Swift. Si uno de estos palillos te cae encima, cariño, te va a dejar sin vida, como los colmillos de Drácula.

Swift terminó en seguida y se unió a los demás, que la esperaban en la entrada de un corredor, por el cual iban a tener que pasar entre los seracs, según la indicación del sirdar. Vio que Jack estaba un poco rezagado en un agujero negro, como el de una boca abierta, de una enorme grieta y en aquel momento advirtió lo peligrosa que era aquella zona. Rodeada de un laberinto de precarias torres de hielo, carámbanos puntiagudos como espinas y abismos ocultos, Swift pensó que aquel lugar había sido creado por una reina de las nieves vengativa con el único objetivo de impedirles avanzar.

Había sido un año difícil para los sherpas y los porteadores. Por culpa de la guerra indopakistaní, eran pocos los turistas occidentales que llegaban a Delhi en avión y había pocos vuelos directos a Katmandu, de modo que los ingresos que aportaba el turismo se habían reducido a cero y la economía nepalesa se había resentido muchísimo. Hurké Gurung no recordaba tiempos tan malos desde que empezó a hacer de guía de las expediciones de escaladores que acudían al Himalaya.

Había pensado que la presencia de una expedición científica en el Santuario del Annapurna y, lo que era más importante todavía, las cuantiosas cantidades de dólares norteamericanos iban a traer suerte a los nepaleses, que podrían trabajar a gusto, agradecidos y dóciles para con sus patronos. Sin embargo, el sirdar descubrió que la expedición, lejos de haber traído beneficios, había producido los efectos contrarios: cada uno de ellos estaba decidido a sacarles a los norteamericanos hasta el último centavo y los últimos avíos. Había pasado vergüenza muchas veces por las exigencias aparentemente groseras de sus paisanos, exigencias que él estaba obligado, muy a su pesar, a transmitir a Jack sahib: más cigarrillos, más sudaderas, más jerséis de lana, más guantes Dachstein, más chaquetas enguatadas, más gorras de lana, un calzado mejor… en pocas palabras, más de cualquier cosa que podrían vender luego y así obtener divisas. Hurké sabía muy bien que la gente estaba pasando horribles estrecheces, porque dependían de los dólares que les daban los turistas para mejorar, aunque fuera mínimamente, su economía, que no pasaba, por lo demás, de ser una economía de subsistencia. Era muy consciente de que todos los occidentales, en comparación con ellos, eran riquísimos, y eso era muy comprometido para él, porque tenía muy presente la amistad y la admiración que suscitaba en él el hombre que le había salvado la vida en una ocasión. Le resultaba difícil exigirle precisamente a él cosas que no eran estrictamente necesarias, sobre todo porque la verdad era que el objetivo de aquella expedición había dejado en un estado de extremo nerviosismo al resto de los sherpas, y no se podía confiar en ellos porque representaban un peligro potencial.

Cuando era cuestión de caminar por la nieve a alturas superiores a los siete mil quinientos metros, con una carga que pesaba tres kilos y medio o más, el sirdar creía que sus hombres eran valientes y fuertes y que nada les hacía desfallecer. Pero los yetis eran otra cosa. El grito de un yeti, un silbido fuerte que parecía el gañido quejumbroso de un ave rapaz grande, bastaba para aterrorizarles y hacerles creer que sus vidas estaban en peligro.

Hurké Gurung, al igual que uno de los sherpas más valientes y resistentes, los llamados tigres, no sentía ningún miedo. Y en las contadas ocasiones en las que le sobrecogía algún temor, normalmente por una tormenta o una ruta a gran altura, no lo demostraba. En eso consistía precisamente ser sirdar.

Jack había trepado a un banco de nieve y con los prismáticos miraba la falda del Machhapuchhare, que estaba al otro lado del bosque de hielo.

– De momento no hay rastro de ellos.

Jack cogió la radio.

– Hurké, soy Jack. ¿Me recibes? Cambio.

Tras una breve pausa oyeron todos la voz tranquila del sirdar.

– Le recibo perfectamente, Jack sahib.

– ¿Qué tal la ruta por el glaciar?

– Estamos cruzando, sahib. No es muy recta. Pero no pudimos encontrar otro camino. Quizá usted encontrará camino mejor. Pero creo que no es tan malo como salto de hielo cerca de Everest.

– Es bueno saberlo.

Jack dejó de pulsar el botón de la radio.

– Un amigo mío se mató en aquel salto de hielo -dijo, y escupió en la grieta.

– Nos lo dice ahora -le reprochó Jameson, y, alzando las cejas, añadió-: De todas maneras éste parece el sitio idóneo para ver un yeti.

– Un yeti debe de ser demasiado sensato para dejarse ver en un sitio así -intervino Mac.

– Mac tiene razón -opinó Jack-. Es hora de ponerse en marcha. Este sitio me pone los pelos de punta.

Mac se quedó en el banco de nieve sin moverse, mirando con los prismáticos.

– Anda, vamos, Mac.

– Un segundo -gruñó, malhumorado. Bajó los prismáticos y, frunciendo el cejo, se quedó con la mirada fija más allá de la barrera de hielo, hacia la falda del Machhapuchhare-. Nada, no será nada.

– ¿Qué has visto? -le preguntó Swift.

Mac volvió a levantar los prismáticos.

– ¿Verdad que deberían de estar a punto de ascender la montaña en dirección al riñón?

Jack se encaramó al banco de nieve y se puso al lado del escocés.

– Sí, en teoría, sí.

– Entonces, ¿quiénes son aquéllos?

Mac le dio los prismáticos mientras le indicaba un punto en una dirección.

– Justo debajo de la cresta del riñón -dijo en voz queda-. A unos doscientos metros por encima del salto de hielo. ¿Los ves?

Jack siguió la línea del brazo de Mac y advirtió dos puntitos negros que estaban quietos en la falda por la que se accedía a la montaña sagrada.

– Se han parado -observó Mac-. Pero juraría que se movían hace un momento.

– Ya los veo -dijo Jack-. ¿Estás seguro? A mí me parecen un par de rocas.

– Desde luego que estoy seguro. Estoy segurísimo.

– Un momento. Tienes razón, se mueven. -Giró el anillo para enfocar mejor-. Es imposible que sean los sherpas. Ni siquiera el sirdar anda tan de prisa.

– Los sherpas están subiendo -apuntó Mac. Se quitó el guante y se dispuso a colocar rápidamente un largo teleobjetivo en la cámara-. Aquellos dos parece que están bajando.

Swift sacó un monocular de su mochila y, cogiéndose de la mano que Jack le tendía, subió al banco de nieve. Miró con el monocular hacia el riñón.

– Sí, ya los veo -dijo, entusiasmada.

Cuando una de aquellas dos diminutas figuras empezó a bajar rápidamente por la falda a saltos, le dio un vuelco el corazón.

– Señor -exclamó Jack-. Mirad cómo corre.

Mac intentó enfocar con el teleobjetivo la lejana falda de la montaña.

Jameson cogió la radio y llamó al sirdar.

– ¿Hurké? Soy Jameson.

– Adelante, Jameson sahib.

– Estamos observando con los prismáticos la falda de la montaña, un poco más arriba de donde estáis vosotros. Dos figuras están bajando por la montaña y van a vuestro encuentro.

– No veo nada, Jameson sahib. Pero sol me da en ojos.

– Sea lo que sea, parece indudablemente muy fuerte -dijo Mac pulsando el disparador.

Hizo tantas fotografías que su cámara parecía un robot pequeñísimo en movimiento perpetuo.

– Mac, nada de sea lo que sea -insistió Swift-. Son yetis. A la fuerza.

– ¡Sí! -gritó Mac. Su chillido de victoria resonó por los seracs ahogando la voz de Jameson, que hablaba con el sirdar. Mac sacó el carrete y metió otro-. Señor, espero que estas dichosas fotos puedan ampliarse sin problemas.

– ¿Puede repetir, por favor? -preguntó el sirdar.

Jameson se lo repitió en nepalés.

– Haami herchhau dui wataa yeti, timiharu ukaado maathi.

– Debe de ser un simio grande -dijo Mac-. Cómo corre, qué bestia.

– El otro también corre -dijo Swift-. Parece que van directamente al extenso banco de nieve flotante, en dirección a los sherpas.

Advirtiendo, por lo que oía a través del aparato, que el sirdar era presa de un ataque de nervios, Jameson pulsó el botón para hablar.

– ¿Ke bhayo, Hurké? ¿Qué ocurre?

Entonces oyó las voces de los sherpas y al sirdar, que lanzaba un grito.

– Roknu, roknu. Deteneos. Aanu yahaa. Venid aquí. Hera! Hera!

– Hurké, habla, por favor. ¿Qué demonios ocurre?

A continuación oyó sólo un ruido agudo y pensó que había una mala conexión entre su radio y la de Hurké. Echó una mirada a su alrededor y vio que Jack sostenía los prismáticos otra vez.

Volvió a oír el silbido y esta vez lo reconoció. No era ninguna conexión defectuosa. Era como el grito agudo de una gran ave marina sobrevolando un puerto azotado por el viento. Era el grito de un mamífero grande.

Cuando los sherpas entendieron que lo que le decía Jameson a Hurké Gurung por la radio era que por la montaña descendían dos yetis en dirección al extenso banco de hielo flotante, les sobrecogió el terror. Pero cuando oyeron entre las torres de hielo el grito inconfundible del hombre de las nieves, el terror se transformó al instante en pánico.

Hurké Gurung les gritó que se quedaran donde estaban y hasta llegó a insultarles y a llamarles cobardes. Pero para entonces ya habían arrojado la carga al suelo y habían puesto pies en polvorosa deshaciendo el camino que habían hecho para subir.

El extenso banco de hielo flotante que había al pie del Machhapuchhare, al igual que otro más grande que se veía al pie del Annapurna, era una catarata helada, un río que nacía en la ladera de la montaña. Adentrarse en aquel caos helado era como andar por un campo de minas: había que extremar las precauciones. Alguien lo bastante insensato como para precipitarse contra aquel obstáculo mortal automáticamente ponía su vida en peligro, como han demostrado las numerosas personas que han hallado la muerte en los diversos saltos de hielo dispersos por todo el Himalaya.

El primero en echar a correr fue Narendra, el hijo de uno de los sherpas que se habían quedado en el CBA y que era un tigre llamado Ngati. La última vez que el sirdar vio a Narendra, éste corría como un rayo a través de un espacio marcado con tres palos de bambú, en lugar de rodearlo. No habían transcurrido ni quince minutos desde que Hurké había sondeado la nieve del aquel sitio con uno de los palos y había llegado a la conclusión de que debía de haber una grieta oculta. No se había equivocado: en cuanto Narendra pasó corriendo por la nieve, desapareció y sólo se oyó un grito que provenía del abismo invisible.

El segundo sherpa, Ang Dawa, al ver que Narendra se precipitaba al vacío y se mataba, giró bruscamente hacia la derecha y chocó contra una aguja de hielo altísima que se mantenía precariamente en equilibrio. Un instante después Hurké oyó el estrépito sordo de un desprendimiento, y varias toneladas de nieve y hielo sepultaron a Dawa y a dos sherpas más, Wang Chuk y Jang Po. El quinto sherpa, Danu, saltó para apartarse del serac que caía con furia, pero lo único que consiguió después de dar un salto casi sobrehumano fue aterrizar en el borde de otra grieta. Agitó los brazos un segundo como si fueran las aspas de un molino, pero fue en vano, pues el sherpa resbaló y cayó. Antes de hallar la muerte en el fondo del abismo, un grito de horror, que se siguió oyendo todavía unos instantes después de desaparecer él de la vista, desgarró el aire.

El sirdar, temblando y con el estómago revuelto, se dejó caer en la nieve y contempló desesperado una enorme nube de partículas de hielo, que, como el vapor de una descomunal explosión, se alzaba por encima de la torre que se había derrumbado, hasta que poco a poco se disipó.

La voz de Jack por la radio le sobresaltó y le sacó de la contemplación anonadada, en la que se hallaba sumido, del desastre que les había sobrevenido a sus hombres.

– ¿Hurké? Contéstame, por favor. Soy Jack.

– Jack sahib.

– ¿Estás bien?

– No bien, sahib. Los hombres están muertos. Huían, sahib. Salieron corriendo por el banco de hielo flotante y ahora…

Se interrumpió y miró a su alrededor. De la falda de la montaña, de más arriba, le llegó un ruido fuerte, vocalizado, como una serie de eructos prolongados, seguido por unos gruñidos más ásperos y entrecortados que le recordaron a los cerdos de su pueblo cuando comían, y después un silbido agudo que le hizo tomar conciencia de la razón por la cual los sherpas habían escapado.

– ¿Cuántos hombres ha dicho que han muerto?

– Cinco hombres -contestó Jack con voz tétrica.

– Dios santo. ¿Cinco?

– ¿Hurké? ¿Sigues ahí? Contesta, por favor. Soy Jack. ¿Me oyes?

La radio permaneció muda un momento.

– ¿Qué caray le ocurre? ¿Por qué no contesta? ¿Hurké? Habla, por favor.

Entonces Jack oyó un susurro.

– Jack sahib, calle, por favor. No diga nada de nada si quiere a mí. Están aquí.

Swift se bajó de un salto del banco de nieve y se dispuso a seguir el rastro de los desafortunados sherpas.

– Vamos -dijo-. No hay tiempo que perder.

Las dos criaturas bajaban por la ladera de la montaña a grandes zancadas y balanceando sus voluminosos brazos; estaban a punto de adentrarse en el banco de hielo flotante cuando avistaron al sirdar y se detuvieron. Una distancia de no más de treinta metros separaba a los dos yetis de Hurké Gurung. La primera y única vez que había visto un yeti había sido desde una distancia de al menos cien metros y el animal se había alejado corriendo como un loco, pero ahora los tenía lo bastante cerca como para ver que eran dos machos imponentes, de dos metros de altura como mínimo y muy fornidos. La forma de sus cuerpos era, a grandes rasgos, como la del hombre; parecían gorilas, aunque estaban recubiertos de un pelo corto de color marrón rojizo que guardaba más parecido con el del orangután. Tenían la cabeza muy grande, puntiaguda, lampiña y más chata que la de un hombre, si bien no tanto como la de un mono.

El instinto le dijo al sirdar que tenía que estarse bien quieto y bien callado, pues era obvio que los yetis eran inmensamente fuertes, y tuvo la impresión de que, si hacía un movimiento brusco, iban a descuartizarlo. Lo único que quería era salir de allí corriendo. Pero incluso en el caso de que consiguiera sacarles unos cuantos metros de ventaja, ¿qué iba a ganar con ello? El único sitio por el que podía escapar era a través del extenso banco de hielo flotante, y la ruta que antes estaba bien señalizada con palos de bambú ahora no existía. Si echaba a correr, sabía que sufriría la misma suerte que el resto de los sherpas, que quedaría sepultado bajo una torre de bloques de hielo o bien se precipitaría por la grieta oculta. Así pues, se quedó donde estaba. Un terror desconocido hasta aquel momento hizo presa en él, y rezó a todos los dioses que conocía para que aquellos dos yetis perdieran pronto todo su interés por él y se marcharan.

CATORCE

… un mono convertido al budismo vivía como un ermitaño en las montañas; lo amaba una diablesa, que se casó con él. Sus descendientes eran también velludos y tenían largas colas, y éstos eran los miteh kangmi, los hombres de las nieves: los yetis.

Peter Matthiessen

Lincoln Warner lanzó una mirada, malhumorado, a todos los ordenadores y el equipo del laboratorio que habían instalado en la concha. Pensó en la infinidad de medios que tenía al alcance de la mano en aquel lugar apartado del mundo (mapas, enlaces, expresiones genéticas, secuencias de ADN, espectroscopias obtenidas a distancia, micro fotometrías, visualizaciones cuantitativas de fluorescencia y muchísimos más) y dejó escapar un suspiro. Estaba harto. En las tres semanas que llevaba en el santuario había instalado el programa Gel Analysis y había comprobado las concentraciones de los reagentes de aislamiento de ADN y de ARN. El resto del tiempo se había distraído jugando al ajedrez con el ordenador, escuchando música con el walkman de discos compactos, leyendo libros, paseando por el glaciar y, más que nada, esperando que el resto de sus colegas consiguieran realizar el hallazgo zoológico del siglo, que le facilitaría material para seguir trabajando. Pero estaba empezando a pensar que las posibilidades de tener éxito en aquella empresa tan extraordinaria eran nulas. Probablemente, lo único que conseguirían serían unos Cuantos minutos de película rodada a una distancia de varios centenares de metros que quizá mostraría algún antropoide del Himalaya o quizá no. Ya se estaba arrepintiendo de haber cedido a la insistencia con que finalmente le habían convencido de que se uniera a la expedición. En realidad, fuera de mejorar su juego de ajedrez, no iba a sacar nada de ese viaje. Hasta aquel momento había logrado dominar el programa de análisis filogenético y de simulación, y poca cosa más.

Escrito por uno de sus colegas de la Universidad de Georgetown de la ciudad de Washington, este programa era un método que servía para predecir cómo, a partir de los cromosomas de las mitocondrias, los árboles evolutivos se unían entre sí y cómo los cambios ambientales afectaban estos enlaces de ADN. En 1987, los bioquímicos de Berkeley habían anunciado a la comunidad científica internacional los resultados de sus investigaciones sobre el ADN, que venían a demostrar que todos los seres humanos compartían un antepasado común, una hembra africana que había vivido hacía unos doscientos mil años y a la que llamaban Eva mitocondrial. Pero Lincoln Warner sospechaba que los humanos poseyeron en el pasado más de un tipo de ADN y que había pocas pruebas reales que justificaran la suposición de que Eva hubiera sido africana. Su escepticismo lo llevaba hasta el extremo de dudar de uno de los dogmas fundamentales de la antropología: que la especie humana tuviera un único origen. La evolución, se afirmaba siempre, no funcionaba de ninguna otra manera: las especies nuevas lograban establecerse únicamente gracias a ciertos hechos muy concretos. Lincoln Warner lo ponía en duda y, cuanto más jugaba con las innumerables posibilidades teóricas evolutivas que le facilitaba su programa de análisis filogenético y de simulación, más inclinado estaba a sostener un concepto de la evolución multirregional.

El programa que utilizaba Warner planteaba la posibilidad de carácter ambiental de una mutación provocada por un holocausto. ¿Quedaría para siempre afectada la estructura genética básica de la especie humana por la aparición de nuevas y sucesivas mutaciones nocivas a consecuencia de una catástrofe nuclear? Warner esperaba que ni él ni su amigo de Washington llegaran a saberlo jamás.

Al ver de pronto su cara reflejada en la pantalla negra del ordenador personal, movió la cabeza con tristeza. Decidió que la barba que se había dejado crecer desde su llegada al Santuario no le sentaba nada bien. Tal vez en la intemperie le protegiera del frío, pero le picaba horrores. Tendría que afeitársela.

Warner miró su reloj y vio que era hora de llamar a los grupos que habían salido. Por ser el único miembro del equipo que se encontraba en el campamento base del Annapurna, era responsabilidad suya echarle un vistazo a la estación meteorológica y asegurarse de que todos estuvieran al corriente de cualquier cambio.

Se puso su parka carísima forrada de piel y salió afuera, donde soplaba un viento casi constante y el anemómetro daba vueltas como si fuera la hélice de un helicóptero diminuto. Pulsó unas cuantas teclas del teclado hecho de un material a prueba de la intemperie y anotó las indicaciones que aparecieron digitalmente en la pantalla, que era del tamaño de una cajetilla de tabaco. Debido a las altas presiones, por encima de las montañas del Himalaya se extendía un cielo azul y límpido, que por lo visto iba a durar algún tiempo; esta vez, y para variar, podría dar buenas noticias.

Warner volvió a la concha y, después de quitarse la parka, se sentó frente al centro de comunicaciones que Boyd y Jack habían montado en un rincón.

Sin reparar en el efecto que su llamada de rutina tendría en el Machhapuchhare, cogió el aparato microtelefónico.

– CBA llamando a Hurké Gurung. CBA llamando a Hurké Gurung. ¿Me recibes? Cambio.

Al igual que un martillo al golpear un cristal, el ruido de la radio de Hurké hizo añicos el silencio petrificado del glaciar y asustó a los dos yetis, que adoptaron un comportamiento absolutamente defensivo. Enseñando los dientes y dando unos chillidos ensordecedores, bajaron a la carga por la ladera; caminaban sobre sus dos pies hacia donde estaba el sirdar como si fueran a embestirlo. Hurké, que pensó que le había llegado la hora y que iban a descuartizarlo vivo, juntó las manos, como se juntan al saludar y decir namaste, agachó la cabeza y lentamente se dejó caer de rodillas.

Esta postura sumisa le salvó la vida.

El más grande de los dos yetis, cuyo pelo rojizo era casi blanco por la espalda, se paró en seco justo a medio metro de la figura arrodillada del sherpa.

Hurké notó cómo le arrancaban algo del anorak y con los ojos cerrados se preparó para recibir el golpe que iba a asestarle un brazo inmensamente poderoso. Pero, cuando al cabo de varios minutos los dos yetis cesaron de chillar y él vio que estaba ileso, se sintió con fuerzas para arriesgarse a abrir primero un ojo y luego el otro.

Las dos criaturas estaban agachadas delante de él a cuatro patas, como dos voluminosos jugadores de fútbol americano, con el pelo de sus cabezas puntiagudas completamente erizado y enseñando sus dientes largos y amarillos en actitud agresiva al máximo. El ojo del sirdar se cruzó con el iris rojo y enfurecido del yeti más pequeño y la criatura soltó un rugido, expresando así su desaprobación.

El sirdar volvió a cerrar los ojos y susurró una plegaria corta; entonces advirtió que había sido tanto su terror que se había ensuciado.

Poco a poco le llegó el mal olor producto del efecto de su acto reflejo. Pero aquello no era nada comparado con el hedor de los yetis. En cuanto los tuvo cerca, reparó en la pestilencia atroz que corrompía el aire fresco de la montaña y que recordaba un lugar en el que hay muchos gatos. Era tan fuerte que casi tuvo arcadas, y se preguntó si no sería un olor que segregarían los yetis aterrorizados. Estaba convencido de que el miedo de ellos no era nada comparado con el suyo propio.

En un momento dado le llegó una fuerte vaharada mucho más intensa, y al volver a entreabrir un ojo vio que la criatura defecaba. Su asco dio paso al horror al contemplar cómo el yeti se metía la mano debajo del trasero, cogía sus excrementos antes de que cayeran en la nieve y se comía aquella materia fecal como si fuera el más exquisito de los manjares.

Hurké no pudo reprimir una arcada, que sonó tan fuerte que los dos yetis se pusieron a chillarle histéricamente en la cara, esta vez, sin embargo, tan cerca de él que podía sentir su aliento cálido y sus salivazos en las pálidas mejillas. Pero seguían sin golpearle ni morderle y poco a poco el sirdar empezó a pensar que sólo querían intimidarle. Durante los treinta minutos que siguieron, el más mínimo movimiento del sirdar provocaba rugidos que no cesaban hasta que las dos criaturas estaban absolutamente seguras de haberle amedrentado y de que ya no era ninguna amenaza para ellas.

Fueron los treinta minutos más largos de la vida de Hurké Gurung.

Cuando finalmente los dos yetis se alejaron por la montaña en dirección al riñón de donde habían venido, el sirdar le ofreció una plegaria en acción de gracias a Siva por haberle salvado la vida.

Estaba todavía arrodillado rezando cuando Jack y sus compañeros le encontraron.

QUINCE

¡Y aún hay quien habla de misterios! Si basta con pensar en nuestra vida en medio de la naturaleza: diariamente somos testigos de la materia y de nuestro contacto con ella, ¡las rocas, los árboles, el viento que nos acaricia o nos latiga la cara!, ¡la tierra sólida!, ¡el mundo real!, ¡el sentido común! ¡Contacto! ¡Contacto! ¿Quiénes somos? ¿Dónde estamos?

Henry Thoreau

Jack encendió un cigarrillo y lo puso entre los labios azulados y temblorosos del sirdar. Luego inspeccionó la radio rota que los dos yetis le habían arrancado a Hurké del anorak.

– Estos individuos te estrechan la mano y te la machacan. Me parece, Hurké, que te has librado de una buena.

El sirdar asintió en silencio; en su rostro había una expresión de enfado y de perplejidad; tenía la frente arrugada como pidiendo disculpas. A Jack le sorprendió ver que se le saltaban las lágrimas y se preguntó si eran lágrimas de gratitud por haber sobrevivido a la experiencia que acababa de relatarles o si lloraba por los hombres que habían hallado la muerte en el extenso banco de hielo flotante.

Hurké Gurung dio una ruidosa chupada al cigarrillo y dejó que el humo flotara alrededor de su boca abierta como si fuera el humo de un arma de fuego; al cabo de unos instantes esbozó una sonrisa forzada, a pesar de que le seguían castañeteando los dientes.

– Has sufrido un shock muy fuerte -le dijo Jameson-. Deberías volver al CBA.

– Han muerto cinco hombres -dijo Jack-. Quizá deberíamos volver todos.

– De eso nada -intervino Swift señalando la ladera del riñón y la montaña prohibida y sagrada que se veía detrás-. Mirad el rastro de estas pisadas. Tal vez nunca más volvamos a encontrar un rastro tan perfecto. Venga, Jack, esta vez sabemos de verdad que son yetis, que no son ninguna invención nuestra.

– Sí, no son ningún Maharishi de las montañas -intervino Jameson-. Jack, Swift tiene razón.

Jack le lanzó una mirada a Mac, que le estaba haciendo una fotografía al sirdar.

– ¿Mac? ¿Qué dices tú?

El escocés se encogió de hombros.

– Tendríamos que hacer lo que teníamos planeado: subimos todo este material al riñón, dos de nosotros instalamos el campamento I y los otros dos siguen el rastro. El pronóstico dice que el tiempo se mantendrá. Y quedan aún muchas horas de sol. Jack, ella tiene razón. Quizá nunca más tengamos una ocasión tan buena como ésta. Y además, caray, hemos venido hasta aquí para eso.

Jack le preguntó al sirdar si se veía con ánimos de regresar solo al CBA.

– Creo que sí.

– ¿Y las familias de los sherpas que han muerto? -preguntó Swift-. Alguien tendrá que decírselo.

– Yo lo haré -contestó el sirdar.

Jack miró los ojos de Hurké Gurung y se azoró.

– Será mejor que te asegures de que comprendan bien que se mataron al intentar huir. Que no fueron los yetis -recalcó-. Y diles también que recibirán la indemnización que les corresponde.

– Comprendo, sahib. Y no debe reprocharse nada. No fue culpa de usted, Jack sahib. Como tampoco vez anterior. Es como usted dice. Sherpas no tenían que haber huido. Pero instintivamente se desea hacerlo. Yeti es terrorífico. Y lo que es más, su olor es abominable, como Boyd sahib nos dice.

Mac husmeó el aire con desconfianza. Flotaba todavía un vago olor a bestia.

– Así olía en Nuptse -dijo-. ¿Y dices que se comían sus propios excrementos? -preguntó Jameson.

El sirdar hizo una mueca.

– Yeti es muy sucio. Come su propia mierda, sí. Como banquete muy raagako maasu.

– Esto sin duda explica por qué nadie ha hallado jamás excrementos de yeti -observó Swift.

– La mayoría de los grandes simios son coprófagos -aclaró Jameson-. Así absorben nutrientes adicionales. Es una cuestión pura y simple de extraer todos los minerales y todas las vitaminas posibles de lo que comen. Si es que me entendéis.

– Lo tendré en cuenta -comentó Jack- la próxima vez que tenga hambre.

– Lo cierto es que si se cagó, probablemente estaba tan asustado como el pobre Hurké.

El sirdar se movió, incómodo, como si algo le molestara dentro de los pantalones.

– No pienso así, Jameson sahib. Además, yo no creo que yeti es un animal. Parece mucho más un hombre. Quizá conducta de mono, sí. Pero los dientes no tan afilados. Tampoco grandes dientes de perro. Y la cara no tan plana como un mono. Antes lo he visto muy cerca, cara a cara. Es, como dice la gente, un hombre de las nieves. Y ahora pienso que algunos sherpas lo llaman yeti, pero es nombre distinto para lo mismo. Teh es el nombre de criatura, sahibs. Yeh significa sitio de rocas. Yeti significa criatura de rocas. Pero algunos sherpas lo llaman Maai-teh. Miti. Maai significa hombre. Así que no Yet-teh, sino Maai-teh. Creo que éste es un nombre mejor para lo que he visto. Miti. Pues era como un hombre muy grande, sahibs. Una criatura como un hombre muy grande.

El sirdar apuró el pitillo y arrojó la colilla en la grieta. Jack le encendió otro y le dio su radio. Dirigiéndose a los demás, dijo:

– Muy bien, vosotros lo habéis querido. Para llegar a la cima del riñón faltan unos trescientos metros. Si estuviéramos al nivel del mar, sería como subir a una colina. Pero a casi cinco mil metros será una caminata muchísimo más dura, creedme.

Jack le pidió al sirdar que le ayudase a cargarse al hombro una caja grande que había dejado abandonada uno de los sherpas que habían muerto.

– ¿Y con una carga de veintidós kilos y medio a la espalda? -Hizo una mueca cruel-. Bueno, digamos que vais a recibir una lección práctica de lo crudo que lo tienen Hurké y sus compañeros todos los días. Vamos, chicos. Vais a enteraros de lo que significa ser sherpa.

Cuando llevaban andada la mitad de la pendiente cubierta de azúcar glaseado, Swift se detuvo e intentó pensar en algo que no fuera el esfuerzo infinito que le representaba subir al riñón del Machhapuchhare. Nunca se había imaginado que fuera posible sentirse tan extenuado y al mismo tiempo con tantas fuerzas para seguir adelante. Lo que más deseaba era desprenderse de aquel peso, porque la espalda le dolía mucho, pero sabía que, si lo hacía, jamás tendría fuerzas para volver a cargar con él.

La única cosa que la mantenía en pie era la certeza de que estaba a punto de encontrar su santo grial particular: Esaú. El hallazgo zoológico del siglo. Y que era ella quien iba a realizarlo. Saldría en todas las revistas científicas del mundo y en todos los periódicos. De no haber caído en la cuenta de que esto le supondría un esfuerzo con el que no contaba y que podía provocarle un ataque al corazón, hubiera sonreído. Era sólo cuestión de seguir la ruta que Jack había trazado en la nieve. Hasta lo alto del riñón. Hasta la cima.

¿Cómo eran capaces los sherpas de realizar aquel trabajo? ¿Cómo podía ser que personas más menudas que ella fueran capaces de cargar con tanto peso y a pesar de ello avanzar con más rapidez que cualquier occidental sin carga alguna que le entorpeciera la marcha? Jack tenía razón. Había que tenerles mucho respeto a aquellos hombres vigorosos y de corta estatura; en su pecho, en sus muslos, en sus hombros, en su espalda, cada vez que daba un nuevo paso, sentía nacer una nueva admiración por ellos. Tenía la sensación de que sus músculos estaban saturados de ácido láctico.

– ¿Estás bien?

Jack y MacDougall hacía mucho que habían desaparecido por la cresta del riñón. El que habló fue Miles Jameson, que le llevaba una ventaja de unos cincuenta metros.

– Sí -dijo sin resuello-. Estoy tan cansada que no puedo respirar, sólo es eso.

Esperó a que el martilleo en la cabeza disminuyera algo y luego, despacio, siguió andando. Era tanto el esfuerzo que debía hacer para caminar con toda aquella carga a su espalda hasta el riñón que pronto desterró de su cabeza hasta los pensamientos referentes al yeti. Hacía ya mucho que había dejado de fijarse en el rastro que habían dejado las dos criaturas al subir y al bajar del riñón. Ahora pensaba sólo en una cosa: en el trabajo desesperadamente lento y tedioso de subir la vertiente inferior del Machhapuchhare.

Cuando al fin alcanzó la cima, empapada de sudor, con los pulmones que le ardían como si se hubiera enjuagado la boca con un ácido, vio que Mac y Jack ya habían montado una de las tiendas Stormhaven. Jameson había instalado un fogón de parafina y había puesto agua a hervir para preparar un poco de té. Swift se dejó caer en la nieve y Jack le quitó aquel peso inmenso de la espalda. Liberada de la carga, se quedó tumbada de lado como un cadáver.

– Estoy orgulloso de ti -le dijo Jack-. Has hecho un esfuerzo impresionante y has llegado hasta el final.

Muda por la fatiga, Swift hizo un movimiento afirmativo con la cabeza y se tumbó de espaldas en la nieve con la vista fija en el Machhapuchhare que, mucho más cerca ahora, se alzaba por encima del riñón como las murallas de un enorme castillo blanco. Una obra construida por Ludwig de Baviera, el rey aquel que había perdido la razón. Había algo en aquella montaña que le confería, en efecto, el aspecto de un edificio de cuento de hadas. Las paredes de la cima eran tan verticales que únicamente el pico propiamente dicho estaba cubierto de nieve, como el logotipo de la Paramount Pictures. ¿O era el de la Columbia? No lo recordaba. El viento cortante del Himalaya había dispersado la nieve con tanta delicadeza que parecía que la cumbre estuviera luchando por desprenderse de la gran masa que había a sus pies, pero no lo conseguía porque ésta era como una membrana blanca pegada con cola de impacto. El monte de Siva era muchísimo más impresionante visto desde la cima del riñón que visto a cinco kilómetros de distancia y seiscientos metros más abajo, desde el glaciar en el que estaba el CBA. Cerró los ojos e intentó imaginarse en Berkeley, en su casa, metida en la cama o en la bañera llena de agua caliente, pero fue un breve ensueño que Jack, que ya estaba dando órdenes, interrumpió.

– ¿Mac? Tú y Miles os quedáis aquí y acabáis de montar el campamento. En cuanto nos hayamos terminado el té, Swift y yo continuaremos buscando a los yetis. Seguiremos el rastro y volveremos antes de que anochezca.

Algo que había en la nieve, cerca de ella, la hizo apartarse, asqueada. Era el cadáver de un animalito peludo, de unos cuarenta y cinco centímetros de largo, al que habían dejado sin vísceras.

– ¡Uf! ¿Qué es? -preguntó.

Jameson lo miró por encima.

– Una marmota muerta. Probablemente un águila le comió las entrañas. Tuvo suerte, porque es difícil encontrar carne por estas montañas.

Swift se incorporó despacio y cogió la taza de té humeante que Miles le ofrecía. Quería decir que no se veía con fuerzas de ir, que estaba acabada, que ya no podía dar ni un paso más, y lo hubiera dicho de no ser porque no tenía ni idea de cómo se montaba una tienda. Además, la idea de seguir el rastro de los yetis había sido suya, y de nadie más. Así que se lo pensó mejor.

– ¿Vamos a pasar la noche aquí, Jack?

– En principio, sí.

Swift lanzó una mirada a la tienda y frunció el entrecejo. Después del lujo de los refugios sepultados bajo la nieve y la concha climatizada, la tienda Stormhaven parecía tan frágil como un farolillo de papel. Sorbió el té ruidosamente y fijó la vista en el valle que se extendía a sus espaldas hacia el macizo en forma de pulpo que es el Annapurna. Se dio cuenta de que Jack tenía razón, podía haber estado a treinta kilómetros. Era imposible seguir el rastro de los yetis y regresar al CBA antes de la caída de la noche.

Se terminó el té e inspeccionó la depresión llana que había en la cima del riñón por si veía pisadas de los yetis. En aquel momento advirtió que el banco de hielo flotante se extendía también entre el riñón y el pie de la montaña y que las pisadas llevaban a él.

– A partir de ahora necesitaremos crampones y piolets -dijo Jack, que le estiró las piernas a Swift y le fijó unas puntas amarillas, de aspecto letal, en las suelas de las botas. Cuando acabó, la ayudó a levantarse.

– ¿Qué tal?

– ¿Qué? ¿Las piernas? Es como si no fuesen mías, como si fueran las piernas de otra persona. De una persona vieja y lisiada.

– Me refería a los crampones.

Swift levantó un pie y luego el otro.

– Supongo que bien.

– Si se te aflojan, dímelo y te los ajustaré.

Jack le puso la empuñadura recubierta de goma antideslizante de un piolet DMM en la mano enguantada. Swift lo levantó experimentalmente y asintió, pero al ver que Jack se ponía un arnés de pecho y que luego recogía del suelo una cuerda enroscada no pudo reprimir un ataque repentino de ansiedad.

– ¿Qué es esto? ¿Tienes intención de remolcarme? -preguntó esperanzada al pasarle él la cuerda por la cintura.

– Sólo si no me queda más remedio.

Con sus manos expertas hizo un nudo en forma de ocho a un metro del extremo de la cuerda y medio nudo de pescador en la cuerda principal. Después la enganchó al mosquetón que colgaba del arnés de pecho.

– El ocho es un nudo que sirve de freno -explicó-. Por si ocurre que tienes que pararte de golpe.

– Jack, no necesito ayuda para pararme, la necesito para ponerme en marcha. Átame un nudo que me haga mover las piernas. -Sacudió la cabeza, exasperada-. ¿Por qué habría de querer pararme de golpe?

Mac soltó una sonora carcajada.

– No hay forma de que lo entienda, Jack.

– ¿Qué tengo que entender?

– Que puedes caerte por una grieta, querida. -Mac volvió a reírse-. Por eso puede que quieras pararte de golpe. ¡Para no precipitarte hasta el fondo!

– Fantástico. -Swift se tragó una mezcla de terror y de amor propio herido.

Para gran desconsuelo suyo, Mac sacó de improviso una cámara compacta y, sin dejar de reírse, le hizo una fotografía.

– Ésta para el álbum. Anda, querida, ten un poco de fe. ¿No sabías que la fe mueve montañas?

– ¿Ah, sí? -Esbozó una breve sonrisa-. ¿Y para qué?

Jack se colgó al hombro el rifle Zuluarms de Jameson.

– Tú primera, Swift. Así, si te caes, podré salvarte.

– Qué tranquilizador.

Se cargó la mochila a la espalda y le dio a Swift una cuerda enroscada.

– Toma -dijo-. Cógela. Y ahora tómatelo con calma. No pierdas de vista las huellas de los yetis. Lo más probable es que sepan mucho mejor que nosotros dónde están escondidos los peligros.

Swift se ajustó las gafas de sol, se subió del todo la cremallera del anorak y lanzó un suspiro, incómoda.

– ¿Por qué tengo la sensación de que me ponen a prueba, de que me tienden una trampa? -refunfuñó.

A continuación se puso en marcha en dirección al corredor de hielo que se extendía a lo largo de la parte superior del glaciar y que terminaba en un punto donde un picacho que se hallaba enmarcado por el centro de la pared escarpada lo dividía en dos.

El segundo grupo de exploradores recorría un valle que quedaba al noreste del CBA y que conducía al Annapurna III cuando Lincoln Warner les dio por radio la noticia de la muerte de los cinco sherpas y de que habían visto dos yetis.

– Me imagino que no hay ninguna posibilidad de que alguno de estos hombres esté con vida, ¿verdad? -dijo Cody.

Jutta meneó la cabeza.

– Las personas que caen en una grieta por lo general no sobreviven. Es como caer por un precipicio.

– Qué desgracia que haya ocurrido esto. ¿Qué es lo que se hace habitualmente en estos casos, Tsering? ¿Debemos de volver e intentar rescatar los cuerpos?

El joven sirdar ayudante negó con la cabeza lentamente.

– Dudo que semejante cosa sea posible. De hecho, podría costar la vida a muchos más hombres. Pero ¿qué mejor sepultura para un sherpa que la nieve y el hielo donde ha caído? Ya habrá tiempo para las ceremonias. Pero éste no es el momento, Cody sahib, y usted verá cómo los supervivientes se comportarán con dignidad y no mostrarán en exceso su dolor.

Cody asintió educadamente, pero pensó que Ang Tsering era un tonto del culo, pomposo y creído. Sentía animadversión por el sirdar ayudante, porque creía que era engreído y no podía comprender que Jutta estuviera tan deseosa de ayudarle a perfeccionar su alemán. O tal vez ocurría sólo que, al igual que muchos otros de su raza, pensaba que los que hablaban alemán tenían que asestarles un azote en la cara a los que hablaban inglés. Fuera como fuera, Cody estaba cansado de oír cómo se pedía en alemán un plato en un restaurante, o cómo se contaba o cómo reservaba uno una habitación en un hotel. Hasta Tsering, sospechaba Cody, mostraba ya señales de hastío por todo lo teutónico.

Tsering anduvo un corto trecho y subió hasta lo alto de la pendiente en la que estaban. El mensaje de Warner los había interrumpido cuando estaban buscando en un mapa aquella vertiente llamada Gandharba Chuli, una larga cresta que ascendía suavemente hacia las alturas más escarpadas del Machhapuchhare, adonde se había dirigido el otro equipo.

Cody lanzó un suspiro.

– Es un hijo de puta caprichoso y malhumorado.

Al momento se arrepintió de haberlo dicho, pues imaginó que Jutta saltaría en defensa del sirdar y que le recordaría que cinco compañeros suyos habían muerto. Pero en lugar de ello se encontró con que le daba la razón.

– Yo hago un esfuerzo por ser amable con él, pero entiendo perfectamente lo que quieres decir.

– No tenía que haberlo dicho. Acaban de morir cinco de sus compañeros.

Jutta se encogió de hombros.

– Pero antes de enterarse de la noticia su humor era el mismo -dijo-. Está siempre de un humor de perros.

– Me parece que prefiero la compañía de los monos que la de una persona como Ang Tsering -dijo Cody-. No es que sea racista ni nada por el estilo. Es sólo que…

Jutta sonrió.

– No te disculpes. Te entiendo perfectamente. ¿Has trabajado siempre con monos?

– He hecho todo lo que se puede hacer con ellos. Todo menos emparejarme con una hembra, y no creas que me faltaron ofertas. Las hembras del gorila pueden ser muy insistentes. En los años setenta, unos amigos míos de la CIA trataron incluso de que les ayudara a elaborar un programa con el objeto de utilizar a los grandes primates para el ejército. Querían que los chimpancés aprendieran a conducir coches bomba, adiestrar gorilas para librar combates en la selva y otras cosas por el estilo. -Advirtió la expresión de horror en el rostro de Jutta y en seguida se apresuró a añadir-: Yo, por supuesto, no me presté a ello.

Jutta hizo un gesto afirmativo con la cabeza expresando su aprobación.

– Bueno, ¿qué hacemos ahora? -preguntó Cody-. Supongo que si han visto dos yetis no hay ninguna necesidad de que sigamos dando paseos por esta zona del Santuario.

Tsering les estaba haciendo una señal con la mano para que subieran.

– ¿Qué querrá ahora? -gruñó Cody.

Se pusieron los dos en marcha, y al llegar arriba vieron que el sirdar miraba con unos viejos prismáticos el valle que había a sus pies. En silencio les indicaba un punto, a lo lejos. Sus ojos avezados habían reparado en algo: una figura diminuta que se encaminaba hacia el valle, hacia Tarke Kang, la cúpula del glaciar.

Tanto Cody como Jutta cogieron sus propios prismáticos y los apuntaron hacia la figura. Por un instante ambos pensaron que el Santuario estaba poblado de yetis, pero en seguida vieron que un poco más al norte había unos triangulitos negros. Eran tiendas.

Era otro campamento.

El corredor, que se extendía entre los dos brazos del glaciar, tenía a la derecha paredes de nieve y, a la izquierda, cascajos de hielo. La ruta les acercó a la pendiente escarpada que había impedido la constante acción erosiva del hielo. Intimidada por la proximidad de la montaña y el silencio sobrenatural, Swift andaba sobre las huellas de los dos yetis, tal y como le habían aconsejado que hiciera, con la precaución propia de alguien que medio esperaba la súbita aparición de las dos criaturas de detrás de un montón de nieve, dispuestas a atacarla con toda la ferocidad de un tigre que defiende su territorio.

Pero sentía también otra cosa. La sensación extraña de que les observaban, de que en realidad era a ellos a quienes les seguían el rastro. En aquel lugar alejado del CBA, remoto, inhóspito y que te aplastaba como una losa, Swift advirtió que tenía miedo. Tuvo que detenerse un par de veces y echar una mirada a su alrededor para cerciorarse de que seguía atada a Jack con la cuerda, pues el glaciar y la montaña y la naturaleza de su búsqueda les habían dejado mudos a los dos.

Cuando al cabo de una hora se detuvo por tercera vez, no fue por miedo de descubrir que estaba sola y abandonada en aquel lugar imponente, sino porque las pisadas de pronto se desviaban del corredor principal y subían tres metros por la pared del glaciar que había a su izquierda.

Jack la alcanzó y fijó la mirada en la pared helada; instintivamente trazó en su cabeza una ruta y subió con rapidez hasta la cima.

– Tal vez han creído que les estábamos siguiendo -dijo Swift medio en broma.

Jack soltó un gruñido y buscó el rastro. Al volver a encontrarlo, y al ver adónde llevaba, le dijo:

– Puede que tengas razón. Mejor será que subas y lo contemples con tus propios ojos.

Preocupado no tanto por la posibilidad de caerse él como porque se desmoronara la pared de hielo y cayera sobre Swift, se sentó e, intentando repartir el peso de su cuerpo por el rellano de hielo, mantuvo la cuerda bien tensa hasta que tuvo a su amiga sentada a su lado. La ayudó a ponerse en pie y le dijo:

– Ahora mira bien donde pones los pies. Aquí arriba, el glaciar está muy resquebrajado y, si das un paso en falso, te puedes…

– Ya lo sé, ya lo sé -repuso ella con irritación, que ya no podía con su alma-. Soy historia.

– Exacto. Pura teoría. Nada de fósiles.

Se volvió con cuidado y la guió por una corta pendiente que era un revoltijo de hielo y nieve hasta el lugar donde se esfumaban las pisadas, en el arrugado labio azul y blanco de una enorme grieta.

Llegaron, extremando las precauciones, al borde de la grieta y, llenos de un creciente desconcierto, clavaron sus ojos en la otra orilla de aquel abismo negro, y después en la resonancia helada de las profundidades escondidas.

– No lo entiendo -dijo Swift mirando alrededor de sus pies-. Las huellas terminan aquí, justo en el borde de la grieta. ¿Crees que habrán saltado? Debe de tener seis metros.

– Siete y medio -especificó Jack.

Cogió los prismáticos y contempló la orilla opuesta de la grieta. No vio huellas en la nieve reciente, tanto que parecía que acabaran de elaborarla para un anuncio de una revista. Jack movió la cabeza.

– ¿Estaremos en una dimensión desconocida o qué? No se ve ni siquiera una huella digital.

– Podría ser que algo hubiera tapado las huellas. Quizá la nieve.

– ¿Sólo en un lado de la grieta? Esto que dices es demasiado extraño, incluso en el Himalaya. -Miró a su alrededor como si buscara alguna pista-. Han desaparecido. Simplemente se han esfumado.

– Los dos sabemos que eso es imposible.

– Cuando uno se pone a perseguir un mito y una leyenda, quién sabe lo que es posible o lo que no lo es.

– A mi entender hay dos posibilidades. Una, han saltado a la grieta.

– Como los lemmings, quieres decir -dijo Jack encogiéndose de hombros-. Se han suicidado.

– Dos, son más listos de lo que creíamos. Quizá se han dado cuenta de que los seguíamos y se han puesto a andar de espaldas, como los indios, poniendo los pies sobre sus propias huellas. -Ahora fue ella quien se encogió de hombros-. No lo sé. Pero tiene que haber una explicación lógica.

Jack asintió.

– Sea como sea, nos hemos quedado sin nada -dijo-. Sería mejor volver. -Intentó coger la radio que llevaba colgada al anorak, pero advirtió que estaba atrapada debajo de la correa del arnés de pecho. Jack levantó la correa y logró coger la radio-. Les voy a decir que volvemos.

Swift no se opuso. Seguía con dolor de cabeza, pero no quería tomar más acetazolamida, pues prefería aguantarlo y aguantarse. Deseosa de regresar al campamento I y bajar a una altura inferior, donde la cabeza ya no le dolería tanto, se apartó del borde de la grieta y se volvió demasiado bruscamente clavando un crampón en las correas del otro.

– Deja que te lo arregle -le dijo Jack.

Interrumpiendo su intento de volver a ajustarse el arnés, se inclinó hacia adelante para separar las puntas de un crampón de las correas del otro, pero automáticamente Swift ya había levantado el pie y, como estaba muy cansada, perdió el equilibrio. Un instante después ya no tenía pies en los que apoyarse y cayó pesadamente de culo en el hielo.

No sintió dolor y las pocas molestias que le ocasionó la caída desaparecieron al instante. Swift advirtió que seguía deslizándose y, sin oír lo que Jack le gritaba, se giró instintivamente, quedándose boca abajo, cosa que únicamente aceleró la velocidad a la que se precipitaba. Al darse cuenta de que iba a caerse por la grieta, sintió que el corazón le saltaba en el pecho hacia arriba, como si con aquel movimiento pudiera ayudarla a arrastrar su cuerpo hacia arriba.

El grito que salió de sus labios agrietados se amplificó instantáneamente, mientras el gran vacío azul y negro de hielo y nieve se la tragaba.

De camino hacia el campamento mal equipado y reducido, a Cody, Jutta y Ang Tsering les salió al encuentro un perro. No era la clase de perro cruzado que Cody había visto tantas veces en el Nepal, sino un animal muy normal y corriente, que incluso llevaba un collar. Al oír que el perro empezaba a ladrar, un asiático oriental robusto y fuerte salió de una de las tiendas más bien sucias. Ang Tsering juntó las manos en un gesto de cortesía, inclinó ligeramente la cabeza y le dirigió la palabra.

– Namaste, aaraamai hunuhunchha?

El hombre no contestó.

– Tapaai nepaali hunuhunchha? -preguntó Tsering haciendo otra ligera reverencia. Al ver que su interlocutor sacudía la cabeza, añadió-: Tapaaiko ghar kahaa chha? ¿Tiene usted la amabilidad de decirme de dónde es?

El hombre soltó un gruñido.

– Chin.

– Achchha.

Tsering se volvió hacia Jutta y Cody.

– Es chino -dijo negando con la cabeza, y agregó-: Yo no hablo chino.

– Yo lo hablo un poco -dijo Cody, que dio unos pasos adelante e intentó decir algunas palabras en mandarín.

– Nin hao -soltó con una sonrisa en la boca-. Nin hao Byron. Wo Xing Cody. Nin gui xing?

– Wo xing Chen -gruñó el chino con su tono de voz de malos amigos.

– Wo shi meigno -dijo Cody-. Ni zuò shénme göngzuò? ¿Qué hace usted aquí?

El chino frunció el entrecejo y se quedó un momento pensativo.

– Wo bu dong -dijo al fin (no lo entiendo)-. Qing ni zài shuo yíbiàn? -¿Puede repetirme la pregunta, por favor?

– Keyi -contestó Cody (por supuesto).

En aquel momento salieron otros hombres. Cody contó cuatro. Tres de ellos miraban a Tsering y a los dos occidentales con visible desconfianza, pero el cuarto se adelantó y los saludó educadamente.

– Nin hao -dijo el cuarto hombre-. Sí, hablo inglés. Bienvenidos.

– Estupendo -exclamó Cody-. Somos científicos. Nuestro campamento base está en el glaciar, más arriba, cerca del Annapurna.

– También nosotros somos científicos -dijo el chino-. Nos ocupamos de los pronósticos del tiempo. -Se encogió de hombros y añadió-: Somos meteorólogos.

– ¿De veras? -preguntó Cody-. Uno de los miembros de nuestro equipo es también meteorólogo. Le presento a la doctora Henze.

Jutta sonrió y dijo:

– ¿Quieren cigarrillos americanos? -se desabrochó el anorak y les ofreció una cajetilla de Marlboro.

– Xiangyan -repuso muy agradecido el chino que hablaba inglés-. Sí, por favor. Nos hemos quedado sin tabaco.

– Pues claro -intervino Cody-. Xiangyan.

– Quédense con el paquete.

– Es usted muy amable -dijo el chino que hablaba inglés.

Los otros tres se acercaron y aceptaron tímidamente los cigarrillos; Jutta les ofreció también fuego con un mechero a prueba de tempestad.

– Nosotros creíamos que éramos los únicos que estábamos aquí arriba -comentó Cody-. ¿Cuántos son ustedes?

– Somos un equipo reducido. Sólo seis. ¿Les gusta el cha?

– Cha -repitió Jutta-. Nos apetecería mucho un poco de cha.

Se quedaron media hora, más o menos, tomando té y después improvisaron unas disculpas y prometieron volver algún día con whisky y más cigarrillos y acompañados del meteorólogo de su equipo.

– Es agradable saber que no estamos solos -les dijo Cody al despedirse.

– ¿Qué crees tú que hacen éstos aquí? -le preguntó Cody a Tsering de camino al CBM y al lugar en el que girarían hacia el oeste en dirección al campamento.

– No tienen sherpas -observó Tsering.

– Sí, a mí eso me ha extrañado mucho -confesó Jutta.

– Si hubieran contratado los servicios de unos sherpas, yo me habría enterado. En este caso quizá hayan entrado en el país sin ningún permiso. La frontera con el Tibet está a menos de cuarenta kilómetros al norte. En mi opinión son soldados del ejército chino.

– ¿Serán desertores? -Jutta se encogió de hombros-. Yo no he visto ningún arma.

– Los desertores normalmente no tienen antenas parabólicas -concluyó Cody.

DIECISÉIS

Corría a gatas, y muy de prisa, por la nieve a refugiarse en los peñascos. En aquel momento me dije: «Esto es un mono o una criatura simiesca.»

Chris Bonington

En el mismo instante en que Swift desaparecía al caerse por el borde de la grieta, Jack se arrojó al suelo de hielo antes de que la cuerda pudiera arrastrarlo detrás de ella. No le sorprendió nada que Swift no hubiera sido capaz de detener la caída. Él le había gritado que se tumbara de espaldas y que clavara los crampones y el piolet en el hielo, pero detenerse por los propios medios cuando uno se caía no era una técnica fácil de dominar. Como la mayoría de las técnicas de alpinismo, requería práctica. Cuando él empezó a escalar, aprendió a utilizar el piolet para detener una caída en pendientes cóncavas con un margen seguro y tiempo suficiente para perfeccionar el ejercicio. Se dejó caer de espaldas y giró el cuerpo hacia la mano que sostenía el regatón del piolet. Cuando empezó a apoyarse en la maza y a abrir las piernas procurando clavar las puntas de los crampones en el hielo con el objeto de aumentar la capacidad de frenado del piolet, Swift llegó al final de la cuerda.

Jack apretó los dientes al sentir el súbito impacto del cuerpo de ella que amenazó con arrancarle el piolet que sostenía con una mano. Con los brazos totalmente estirados, apoyó con fuerza la cara contra el hielo, suplicando al cielo que los músculos de los brazos y de los hombros soportaran aquella tensión sin desgarrarse. Y que el arnés de pecho que tenía desabrochado aguantara; si no lo había perdido al caerse Swift, era gracias a la mochila, que lo mantenía sujeto.

Cuando al fin dejó de deslizarse y haciendo de tripas corazón miró por encima del hombro, vio que tenía los pies a menos de un metro de la grieta. Un segundo más y los dos se hubieran matado.

Los gritos de Swift que procedían del interior de la grieta se oían cada vez menos fuertes; su amiga pugnaba por controlar su miedo. Respiró hondo.

– ¿Estás bien, Swift? -le gritó.

Hubo un largo silencio, y por fin oyó una voz casi inaudible.

– Sí, me parece que sí.

Jack maldijo su propia estupidez, se dijo que nunca debió haberse aflojado el arnés sin antes haberse asegurado, y haberla asegurado a ella, a otro punto de anclaje, y que no debió dejarla subir desde el riñón. Debió haberse llevado con él a Miles o a Mac. Debió haberse dado cuenta de lo extenuada que estaba Swift, pero fue incapaz de verlo.

Se miró el abdomen, buscando la radio para pedir auxilio a los otros dos, que estaban en el campamento I, pero había desaparecido. Se le debió de haber caído justo antes de resbalar Swift, cuando había estado a punto de llamar al campamento I. Echó una mirada desesperada en torno a él y vio que estaba a varios metros, junto al piolet de Swift, y totalmente fuera de su alcance.

Iba a tener que tirar de ella para izarla. Si el arnés resistía hasta que él pudiese agarrar la cuerda y sostenerla sin peligro… Como si este pensamiento le hubiera hecho cobrar la conciencia, el mosquetón que aguantaba la cuerda empezó a deslizarse por su hombro apretando la correa acolchada de la mochila.

A Swift se le hicieron eternos los minutos que estuvo colgada de la cuerda, dando vueltas, con los ojos cerrados y sin osar mirar hacia arriba por miedo de ver a Jack arrastrándose por la grieta hasta llegar a donde estaba ella. Pero cuando notó que subía unos cuantos centímetros, abrió los ojos.

Poco a poco la vista fue acostumbrándose a las tinieblas gélidas hasta que fue capaz de distinguir formas, y lo primero que acudió a su mente al ver el frío abismo que había bajo sus pies inservibles fueron ideas relacionadas con la fuerza de fractura, el alargamiento, la elasticidad, la fuerza de impacto, el número de caídas que podían soportarse y la incapacidad de absorción de agua de la cuerda que la sostenía. Había visto muchas películas y no podía quitarse de la cabeza la imagen de la cuerda que, allí arriba, al rozar con el borde de una grieta, iba segándose lentamente hasta que al fin se rompía, mientras Jack, luchando desesperadamente, tiraba de ella con fuerza.

Pugnando por desterrar estas imágenes de la cabeza, intentó ayudar a Jack y le dijo de cuánta cuerda tendría que tirar; entonces reparó en que había caído a una profundidad de unos seis metros y de ello dedujo que le llevaría probablemente más de una hora sacarla de allí.

– ¿Jack? Estoy a una profundidad de unos seis metros -le gritó a pleno pulmón, aunque su voz sonaba como la de alguien más muerto que vivo, como un alma en pena errando por el espacio insondable-. ¿Quieres que haga algo?

Poco a poco, Jack empezó a arrastrarse, con la mano agarrada al regatón del piolet, y a alejarse del borde de la grieta. Aguantar el peso muerto que había en el otro extremo de la cuerda le requería un esfuerzo excesivo; además, ahora tenía el mosquetón a medio brazo, pero consiguió, muy despacio, poner la cabeza a la altura de la azuela del piolet, que era una hoja en forma de pala. Cuando estuvo absolutamente seguro de que no corría ningún peligro, giró el piolet y con el brazo totalmente extendido lo levantó y lo clavó rápidamente en el hielo por encima de su cabeza. Después volvió a arrastrarse hacia arriba, cogido al piolet, hasta la altura de la hoja.

Jack repitió esta maniobra hasta que estuvo como mínimo a seis metros de la grieta. Sólo entonces se volvió muy lentamente de espaldas y a tientas buscó la cuerda, preparándose para iniciar la lentísima, laboriosa y extenuante tarea de rescatar a Swift e izarla de la grieta.

En aquel mismo instante sintió que se soltaba algo debajo de su hombro, como cuando se cae un botón de la camisa.

El arnés era de una calidad superior, muy seguro para los escaladores que llevaban una pesada mochila, porque ayudaba a evitar que éstos, si sufrían una caída, invirtieran su posición. Quedaba perfectamente ceñido y era imposible que se desabrochara; además, repartía el peso del escalador de forma equilibrada. Pero cuando el peso de la cuerda que aguantaba a Swift le obligó a concentrarlo en sólo una mitad del arnés, supo que los puntos de la costura de la correa del hombro no iban a poder resistir mucho tiempo.

Le bastó un instante para ver con claridad lo que ocurría y se abalanzó desesperadamente sobre la cuerda, pero falló. Se puso a gritar hasta que la correa que sostenía el mosquetón se abrió como un puño diminuto y la cuerda que aguantaba a Swift desapareció por la grieta.

Swift oyó que Jack le gritaba, pero no alcanzó a oír qué le decía porque, de pronto, cuando sus ojos se habían habituado ya a la oscuridad y podía distinguir formas en aquel sitio siniestro, empezó a caer otra vez.

Seguía con el chillido en los labios cuando aterrizó, y comprendió casi inmediatamente cómo habían desaparecido los dos yetis. En aquel preciso momento sintió un golpe en la cabeza. Al ver que era el mosquetón que tenía Jack atado al arnés, junto con el resto de la cuerda que la había mantenido sujeta a ella, supo que se había salvado por los pelos.

Unos pelos del grosor de la cornisa en la que había aterrizado.

Si hubiera caído un metro más allá, ya no estaría viva para contarlo. Después de precipitarse por la garganta de aquel abismo negro, de aquella boca de labios arrugados, Swift se encontró sentada, a unos nueve metros de profundidad, en una larga y sinuosa plataforma cubierta de hielo y de nieve en la que se apreciaban las mismas huellas visibles en el glaciar; era un sendero natural del paisaje montañoso que se adentraba cientos de metros en la oscuridad y lo desconocido. Los dos yetis debían de conocer la existencia de aquel rellano, porque era evidente que habían saltado desde el borde de la grieta hasta aquella parte de la fisura más oscura: un salto prodigioso que simplemente no cabía achacar, como Swift sabía muy bien, a los instintos de animales salvajes por inteligentes que fueran y por más recursos que tuvieran.

Jack asomó la cabeza por el borde de la grieta y gritó su nombre con una voz enronquecida por el miedo.

– Estoy bien -le gritó ella a su vez-. No me ha ocurrido nada. Aquí hay una especie de cornisa de un metro de ancho. Estoy sentada en ella.

– Gracias a Dios.

– Ahora ya sabemos por qué han desaparecido los yetis -dijo.

Jack se echó a reír.

Apoyándose en la pared de la grieta, se levantó despacio; sus piernas temblorosas le recordaban lo cerca de la muerte que había estado. Al pensarlo, le entraron náuseas y un sudor frío le empapó el cuerpo.

– ¿Estás bien?

– Me parece que sí. No debo de haber caído más de unos tres metros. Estaré a una profundidad de unos nueve metros.

– Eso sí que es un salto -comentó Jack.

Al darse cuenta de lo que habían hecho los yetis, Swift comprendió un poco por qué aquellos seres legendarios habían conseguido evitar ser observados y capturados durante tantísimo tiempo. Si eran capaces de saltar desde semejante altura hasta una cornisa de roca invisible, ¿de qué otras hazañas no iban a ser también capaces?

– ¿Puedes tirarme la cuerda hasta aquí arriba, Swift?

Como pudo, Swift se quitó en seguida la mochila y la cuerda enroscada, y cogió una Maglite pequeña, porque había que disipar rápidamente la penumbra inquietante de aquel lugar tenebroso. El haz potente de la linterna le permitió ver perfectamente la cornisa, que tenía más de un metro de ancho, aunque se iba estrechando a medida que se perdía en la oscuridad, al igual que las huellas. Tendrían que volver más tarde, o quizá al día siguiente, y proseguir la búsqueda de los yetis. Era imposible perder el rastro porque era a todas luces evidente que se movían por un lugar bien concreto: el interior de la grieta.

Guardó la Maglite, desenroscó la cuerda, midió el largo, y repasó mentalmente el acto de lanzarla hacia arriba.

– Me parece que no -le dijo a Jack-. No hay espacio suficiente.

Levantó la vista y vio el cielo azul por el estrecho ojo de la grieta. Swift esperaba que Jack le comunicara qué tenía que hacer a continuación y comenzó a tiritar. Había sentido tanto miedo que se había olvidado del intenso frío que hacía allí abajo.

– ¿Qué hacemos ahora? -le preguntó a Jack.

– Buena pregunta -contestó él apartándose del borde de la grieta para ir a coger la radio.

En cuanto la tuvo en sus manos, vio que en la pantallita gris no había ninguna señal, que el LCD no funcionaba. La radio no le servía para nada. La antena debió de haber saltado al caer en el hielo. Jack escudriñó detenidamente el borde de la grieta pero no vio por ningún lado la protuberancia negra de goma que hacía funcionar la radio.

– Mierda.

Cuando una pieza del equipo se avería, eso significa que habrá más averías, porque las averías nunca se presentan solas.

Echó una ojeada al reloj; después miró al cielo y vio lo que ya sabía. No tenía tiempo de bajar al campamento I y volver con Mac y Jameson antes de que anocheciera. Sabía que el frío que hacía en el interior de la grieta sería pronto imposible de soportar. Si en pleno día el frío era espantoso, de noche aquello sería como la cámara de congelación de una carnicería. Al ver en el suelo el piolet de Swift, lo cogió. Ya no le cabía ninguna duda de que no le quedaba más remedio que bajar por la pared de la grieta con los dos piolets, recoger él mismo la cuerda y volver a subir.

A Jack le vinieron arcadas al pensar que iba a tener que hacer, porque no le quedaba más remedio, lo que siempre había ido dejando hasta estar mejor preparado.

Iba a tener que escalar una pared de hielo cortada a pico sin cuerdas, con la única ayuda de los crampones y dos piolets. Sería lo más parecido a volver a escalar el Annapurna que cabía imaginar.

Cuando se acercaron al CBA, Jutta, Cody y Ang Tsering se encontraron a Boyd colocando en una lona especial muestras cilíndricas de hielo del glaciar que había obtenido con un punzón portátil. Estos especímenes, llamados muestras de sondaje, medían casi dos metros de largo y siete u ocho centímetros de diámetro; cada uno de ellos estaba conectado mediante un par de alambres a un pequeño ordenador digital. Cuando Boyd les vio llegar, dejó lo que estaba haciendo, se levantó y adoptó una expresión sombría.

– Os habéis enterado de lo que ha ocurrido, ¿eh? -les preguntó-. De lo que les ha ocurrido a aquellos pobres chicos.

Los tres asintieron.

– Señor, lo siento, Tsering. Mi organización pagará la parte correspondiente de los gastos, naturalmente. Honras fúnebres. Indemnizaciones. Lo que sea.

– Gracias, sahib.

– Al menos el sirdar está bien. Según Link, viene de camino.

Entraron todos en la concha y vieron que Warner ya había hervido agua.

– Os oí llegar -les dijo-, y he preparado café.

– ¡Café! Estupendo.

– ¿Qué tal va tu trabajo? -le preguntó Jutta a Boyd con amabilidad.

– Supongo que bien.

– Yo creía que para obtener esas muestras de sondaje había que taladrar a mucha profundidad -comentó Warner.

– No, para obtener estas muestras no es preciso. Éstas son una indicación de lo que ha ocurrido durante los últimos mil años. En la Antártida obtuvimos muestras a gran profundidad, a una profundidad de verdad. La mayoría mar adentro. En la plataforma de hielo Amery, a la altura del glaciar Lambert, taladramos a una profundidad de quinientos metros, diez mil años atrás.

Boyd cogió la taza humeante que le ofrecía Warner y sorbió el café con ruidoso entusiasmo.

– Muchas gracias. Pero vosotros sí tenéis buenas noticias, ¿eh, chicos? Me he enterado de que Hurké vio no sólo uno sino dos disfraces. ¡Eh, Link, a lo mejor ahora podrás trabajar un poco!

– Espero que así sea, porque, la verdad, ya me estaba aburriendo mucho.

Tsering frunció el ceño y sacudió la cabeza.

– ¿Dos disfraces? No lo entiendo, sahib…

– Boyd tiene un sentido del humor un tanto extraño -le explicó Jutta-. Se refiere a los dos yetis.

– Nosotros también hemos visto algo muy interesante -dijo Cody-. Algo que a ti, Boyd, que eres meteorólogo, te puede interesar mucho.

– Soy climatólogo -aclaró Boyd-. La meteorología es otra cosa.

– Unos colegas. Un reducido equipo de científicos chinos. Meteorólogos. Seis chicos de aspecto desastroso.

– ¡No me digas!

– ¿Dónde los habéis visto? -preguntó Warner-. Yo pensaba que éramos los únicos que estábamos aquí arriba.

– Según Tsering, son desertores del ejército chino -añadió Cody-. Es lo que él cree porque no tenían sherpas.

– Si hubieran alquilado porteadores en Khat, yo me habría enterado. -La voz inflexible de Tsering no admitía réplicas.

– Quizá sean invasores -se rió Cody-. Del Tibet.

– ¿Dónde los habéis visto? -insistió Warner.

– En el valle que hay encima del CBM -le explicó Jutta-. El que se extiende hacia el Tarke Kang. Han acampado al pie del pico Acanalado.

– ¿Habéis hablado con ellos? -les preguntó Warner.

– Sí -contestó Jutta-. Byron habla un poco de chino.

– Un poquito.

– ¿Dónde aprendiste chino, Byron? -le preguntó Boyd.

– En Vietnam. Estuve en las Fuerzas Especiales un tiempo. Interrogaba a los prisioneros y hacía otras cosas por el estilo.

– ¿Lo dices en serio? -exclamó Boyd-. ¿Torturaste a alguno?

Cody soltó una carcajada despectiva y meneó la cabeza.

– Las Fuerzas Especiales. ¡Vaya! ¿Os han dicho a qué clase de meteorología se dedican?

– No. Pero les he prometido que iríamos a visitarlos otro día. Que les llevaríamos cigarrillos y whisky. Tal vez podamos averiguar qué hacen aquí.

– Sí, eso haremos.

– Me sorprendería mucho que siguieran en el mismo sitio cuando vayamos -dijo Tsering-. Me sorprendería mucho que no hayan liado los petates y se hayan marchado del campamento en cuanto nos hemos ido nosotros.

– ¿Sabes cuál es tu problema, Tsering? -le dijo Boyd-. Que no confías en tus compatriotas.

Hustler. ¿Sabes qué? Pues que tenemos compañía. Hay un equipo chino en la zona, a 83,75° de Greenwich y 28,45° al norte. Uno de nuestros sherpas cree que son desertores. Pero puede que sean un grupo de enemigos que quiera humillarnos. Yo me inclino por esta última posibilidad. Quiero borrarlos del mapa inmediatamente. Dime algo, por favor. Saludos, Castorp.

Jack respiró hondo y se arrodilló en el borde de la grieta. Sentía deseos de rezar. Quería confesar sus pecados, pedir valor, suplicar que le guiaran ahora que iba a rescatar a Swift, y lo quería todo a la vez. Lo que deseaba más que nada en el mundo era precisamente no tener que hacer lo que se disponía a hacer. Tenía ardor de estómago, como si hubiera bebido vinagre, y el corazón le latía tan aceleradamente que creyó estar a punto de sufrir un infarto.

Serénate, anda. Si la dejas ahí abajo, se morirá congelada.

Se giró con mucho cuidado y clavó el piolet en el hielo. Cuando quedó completamente satisfecho de los puntos de apoyo, se volvió del todo, metió las piernas en la grieta como hacemos cuando nos metemos despacio en una piscina deslizándonos junto a la pared, y después clavó las puntas dobles de los crampones en la pared lisa de hielo.

No era la primera vez que efectuaba una escalada libre en una pared de hielo y Jack tenía presentes todos los peligros, que dependían en gran medida de la calidad del hielo. Las puntas de los crampones podían salirse. El hielo podía astillarse. O, lo que era peor, podía romperse por el impacto del piolet y el fragmento entero podía arrastrarte con él como si bajaras por un tobogán. Era una suerte que los picos de los dos piolets fueran delgados, facilitando así la penetración, y al mismo tiempo lo bastante afilados como para ser extraídos sin dificultad. Lo más arduo de todo era la técnica de escalar con piolets a la inversa. Después de encontrar un par de buenos puntos de agarre, uno tenía que sacar un crampón del hielo y a continuación un pico, bajar el cuerpo hasta que uno tenía la mano en el extremo del mango del piolet clavado en el hielo, y luego insertar el otro crampón. Era la técnica de descenso con más posibilidades de destrozarte los nervios jamás inventada.

Nueve metros no eran mucho. Pero si se caía de la pared azulada y verdosa de roca incrustada de hielo, Jack sabía que sería una caída mortal. Sabía también que su peso y el ángulo de su cuerpo serían suficientes para precipitarse rozando el borde de la cornisa y caer al fondo del abismo. En semejante escalada no cabía ningún margen de error.

Bryan Perrins se sentó a su escritorio, echó una ojeada al Post y lo tiró a la papelera. Él prefería el City Paper, un semanario que contenía chismorreos más sabrosos y una sección dedicada a las artes y a los espectáculos mucho más buena. A Perrins le gustaba el cine, y el Post, que se había dormido, literalmente, sobre sus laureles, nunca contenía tantas reseñas cinematográficas como el City. Encendió el ordenador y con la mirada perdida en el río Potomac, que se veía por la ventana, se preguntó si aquel fin de semana iba a poder ir al American Film Institute a ver alguna de las primeras películas de Hitchcock, a las que estaba dedicado el ciclo aquellos días. Vértigo, quizá, que era una de sus preferidas. Al pensar en alturas vertiginosas le acudió a la cabeza el Himalaya, y seleccionó el correo electrónico de Hustler para ver si había algún mensaje de Castorp en la bandeja.

La noticia de la presencia de un campamento militar chino en el Santuario del Annapurna no le sorprendió especialmente. La Agencia ya se esperaba algo por el estilo de los chinos. Pero lo que sí le sorprendió a Perrins fue la celeridad con la que Castorp estaba dispuesto a liquidar a los chinos, sin ni siquiera tomarse la molestia de verificar antes su propia hipótesis, según la cual cabía la posibilidad de que en realidad fueran desertores del ejército. Perrins no vio que tuviera sentido autorizar un ataque quirúrgico, a menos que fuera absolutamente necesario, e inmediatamente le mandó un mensaje a Castorp en el que le comunicaba que no hiciera nada hasta que la Agencia hubiera organizado un reconocimiento aéreo de la posición china. Después se puso en contacto con la NRO y Reichhardt, quien convino en enviar allí un U-2R desde la base aérea de Arabia Saudí. Los ordenadores instalados a bordo del U-2R podrían captar las señales procedentes del campamento chino montado en el Santuario del Annapurna desde una distancia de veintisiete mil metros y enviarlas después, vía satélite, a Langley. Las señales serían allí analizadas y evaluadas antes de llegar a manos de Perrins, junto con una recomendación sobre las medidas que debían tomarse.

Swift iluminó con la Maglite la pared por la que descendía Jack, y sólo le daba ánimos de vez en cuando para no distraerlo. Pero cuando a medio camino se detuvo por completo, Swift se dio cuenta de que algo le sucedía.

– ¿Jack? ¿Estás bien?

Él estaba inmóvil; parecía una estatua colocada en una capilla construida a gran altura en la pared de una extraña catedral, un santo o un ángel paralizado mientras daba una bendición sobrenatural.

Eso era lo que le sucedía: estaba paralizado por el miedo.

– ¿Jack?

– Calla, calla, calla.

Swift detectó pánico en la voz que le llegaba de lo alto y supo, sin sentir la más mínima satisfacción por ello, que había acertado.

– Jack, escúchame. Escucha, estás a más de medio camino. Tómatelo con calma.

Él no se movió. Ni dijo nada. Lo único que Swift oía era el ruido de su propia respiración, tan rápida como si estuviera corriendo una maratón.

También ella se quedó callada sin saber qué hacer. Si él no lograba bajar, ella nunca saldría de allí. Los dos morirían. Era así de simple. Lo que le dijera ahora sería probablemente lo más importante que iba a decir en toda su vida.

– ¿Jack? No sé si éste es el mejor lugar ni el mejor momento. Tal vez cuando termine esta pesadilla, los dos nos reiremos mucho. Pero los dos sabremos que de todos modos era verdad. Lo que te decía. Lo que te digo. Te quiero, Jack. A mi manera siempre te he querido. Cuando todo esto haya terminado, no quiero que nos separemos nunca más. Esto parece una escena de balcón de Shakespeare, sólo que soy yo la que debería estar allí arriba y tú aquí abajo. Pero te lo digo de veras, Jack. Así que ahora no puedes quedarte parado. No puedes hacerlo. Tienes que bajar y decirme que me quieres. Tienes que bajar para que podamos seguir viviendo los dos. ¿Lo entiendes?

Swift calló y esperó un largo rato. Entonces, despacio, como un muerto resucitado, como una momia de la tumba de un faraón, Jack movió primero un brazo, después una pierna, y reemprendió el descenso.

Cuando al fin llegó a la cornisa, se abrazaron en silencio hasta que Jack sintió que la situación no les permitía seguir paralizados, fundidos en un abrazo.

– Gracias -dijo al dejar de estrecharla fuertemente entre sus brazos-. Estaba absolutamente perdido y tú me has dado fuerzas para bajar. Lo has hecho muy bien.

– Lo que he dicho era todo verdad.

Jack asintió, recogió la cuerda y empezó a atársela a la cintura.

– Ya lo sé -dijo él-. Si lo hubiera dudado, aunque hubiera sido un poco, lo más probable es que todavía siguiera allí arriba. -Alzó la vista y por la boca de la grieta vio el cielo azul oscureciéndose por momentos-. Supongo que será más fácil subir que bajar.

– De todos modos, me parece que deberías llevarte esto. -Le dio un fortísimo beso en la boca-. Por si acaso vuelves a quedarte sin gasolina.

Jack se acercó a la pared dispuesto a emprender la ascensión.

– Espera -dijo ella-. Todavía no me has dicho que me quieres.

– ¿Ah, no? -Jack volvió la cabeza con una sonrisa en los labios-. Pues prepárate para ver a un hombre enamorado escalar esta pared.

Castorp. Altas fuentes lanza, rubí y de reconocimiento comint. Elint. Indican que los soldados chinos presentes en el santuario a los que aludiste en tu último mensaje son efectivamente soldados del ejército popular. Aunque su presencia en el Nepal es, según la ley, ilegal, su cometido debe de ser detener a los auténticos desertores de su mismo ejército. Estas pequeñas incursiones son bastante frecuentes. El gobierno nepalés las tolera porque no desea molestar a las autoridades chinas ni promover la emigración ilegal a su país, ya bastante pobre, en consecuencia, no es preciso llevar a cabo ninguna acción, puesto que su presencia no compromete en absoluto tu misión. Hustler.

Cuando Swift y Jack regresaron al campamento I, extenuados y con un hambre feroz, ya estaba anocheciendo. Mac y Jameson habían preparado un estofado de ternera y pastel de arroz con fruta de lata. Metidos en sus sacos de dormir, Mac y Jameson fumaban, bebían whisky y escuchaban a la pareja devorar la comida como lobos hambrientos y relatar los acontecimientos del día.

– ¿Crees, pues, que los yetis han saltado nueve metros hasta caer en la cornisa?

– Sin duda alguna -contestó Swift-. Había huellas por toda la plataforma.

»El rellano se adentra en la montaña. El rastro de las pisadas se veía claramente. Quiero decir que es lo de menos si se borran. Lo único que tenemos que hacer es ir hasta el final de la cornisa. ¿Qué opinas, Jack?

Jack asintió.

– Pero necesitaremos uno de los trajes de supervivencia de Boyd. En el interior de la cornisa puede llegar a hacer mucho frío.

– No me lo recuerdes -dijo Swift con un escalofrío-. Era como una tumba.

– Y por lo que contáis, no lo ha sido por los pelos -comentó Mac, que se bajó la cremallera del saco de dormir y se arrastró hasta la puerta de la tienda.

»Voy a salir -anunció con fingida solemnidad-. Puede que tarde.

Jack le hizo un gesto afirmativo con la cabeza a Jameson, que le ofrecía la botella de whisky.

– Me vendrá bien un trago.

– Claro. -Jameson le llenó un vaso-. ¿Swift?

– No, gracias. ¿No habéis bebido ya bastante?

– No lo entiendes -sonrió Jameson-. Tenemos una razón para beber.

– ¿Quién necesita razones? -preguntó Jack.

– Es que estamos tan cerca de la arista de la montaña… -Jameson bajó la voz-. Mac cree que si hay un alud nos pillará de lleno. Más que un alud, será un alud terrible. Dice que, si nos arrastra, prefiere no enterarse de nada.

Jack se encogió de hombros y bebió un poco de whisky.

– Tal vez tenga razón. Y sabe mucho mejor que un Seconal.

– Desde luego, no voy a necesitar ningún Seconal esta noche para coger el sueño -dijo Swift-. Con alud o sin alud podría dormirme sobre la punta de una espada.

Swift se quitó las botas y sus prendas a prueba de tormenta, y se arrastró hasta su saco de dormir; se metió en él y subió la cremallera. Mac entró en la tienda y dio la noticia de que había empezado a nevar.

– Justo lo que necesitábamos -dijo-. Dichosa nieve. Si queréis que os diga lo que pienso, el tiempo está poniéndose feo. No me sorprendería nada que…

La radio de Jameson, como si fuera el invitado de piedra del que nadie se acordaba, le interrumpió.

– Hola, Jack. Soy Link. Contéstame, por favor. Cambio.

– Ya era hora de que llamaran, caramba -refunfuñó Mac.

Jack cogió la radio y pulsó un botón.

– Hola CBA, soy Jack, hablo desde el campamento I del Machhapuchhare. Te oigo perfectamente. Cambio.

Esperó un momento y luego volvió a oír la voz de Link.

– ¿Qué tal todo?

– Bien. ¿Link? ¿Ha regresado Hurké? ¿Está bien?

– Afirmativo. Jutta le ha dado algo para dormir. Estaba muy afectado. No quiere hablar de lo que ha pasado. Dice que no quiere asustar al resto de los chicos.

– Muy sensato. ¿Cómo se lo han tomado? Me refiero a la muerte de sus compañeros.

– No muy bien. Pero yo creo que se podrá arreglar.

– Estupendo. ¿Está Jon Boyd por ahí?

– Espera un momento.

– Hola, Jack. Soy Jon.

– Jon, me gustaría probarme uno de aquellos trajes espaciales de los que me hablaste esta mañana. ¿Podrías mandar a uno de los chicos para que me lo trajera? Y también el resto del material del campamento I.

– Dalo por hecho.

– Y que traiga también mucha cuerda.

– ¿Vas a escalar?

– No exactamente. Voy a bajar por una grieta. Hace mucho frío allí dentro. Y está muy oscuro.

– ¿Vas a rescatar los cadáveres de los sherpas?

– No. Voy a seguir el rastro de los yetis. Se han ido por allí.

– Muy bien, Jack. Encontrarás las instrucciones de uso del traje en la caja. Es como un juguete de niños. No te olvides de que el traje se mantiene en funcionamiento solamente doce horas y basta. Después no esperes ni calor, ni luz, ni poder comunicarte. Nada. ¿Lo has entendido?

– Sí, lo he entendido perfectamente.

– ¡Eh! ¡Casi se me olvidaba! El equipo B ha encontrado otra expedición en el Santuario. Un grupo de meteorólogos chinos. Aunque Ang Tsering opina que son desertores del ejército chino.

– Qué interesante.

– Cody quiere acercarse y saludarles.

– Dile que se ande con cuidado. ¿Cuál es el pronóstico del tiempo? Aquí arriba ha empezado a nevar.

– Aquí está despejado. La temperatura ha descendido en picado, pero la presión se mantiene. Así que supongo que seguiremos con buen tiempo.

– Fantástico. Bueno, pues me parece que ya está todo dicho. Saludos a todos.

– Muy bien.

– Cambio y corto.

Jack dejó caer la radio encima de la lona.

– Conque el ejército chino, ¿eh? -dijo-. ¿Qué opináis?

– Yo diría que Tsering no anda desencaminado -señaló Jameson.

– No sé qué pensar -confesó Jack.

Jameson apuró su vaso y encendió otro pitillo. Se quedó mirando, abstraído, la punta del cigarrillo y después dijo:

– ¿Qué me decís de esto, chicos? He advertido que, aquí arriba, el proceso físico de fumar facilita la respiración. Mi teoría es que la falta de oxígeno te hace pensar sobre la respiración, que, por lo general, es un proceso involuntario, y que el hecho de pensar en ella provoca, como consecuencia, una leve sensación de ahogo. Abajo, a nivel del mar, respirar no exige ningún esfuerzo, porque el dióxido de carbono estimula los centros nerviosos que hacen que la respiración parezca un proceso que no cuesta ningún esfuerzo. ¿Me seguís? Pero a gran altura, junto con la falta de oxígeno, existe también una falta de dióxido de carbono. Y aquí viene lo más ingenioso: el humo del cigarrillo, no sé cómo, compensa la falta de dióxido de carbono, normalmente presente en el cuerpo humano, y en consecuencia estimula la respiración involuntaria, es decir, la normal. He advertido que el efecto de un cigarrillo puede durar hasta un par de horas.

Mac se rió, disfrutando visiblemente.

– Esto explicaría también por qué casi todos los sherpas fuman como chimeneas -comentó el escocés.

– Exacto, Mac.

– Quién sabe, a lo mejor los yetis también fuman -prosiguió Mac-. Quizá por eso son tan rápidos cuando suben esas dichosas pendientes. -Soltó una sonora carcajada-. Cuando vayas a buscar un patrocinador que nos financie otro viaje por estos parajes, sólo tienes que hablar con los de Philip Morris. ¿Qué opinas, eh, Swift?

Pero Swift se había quedado profundamente dormida.

Castorp observaba a la luz de la luna el campamento chino con los prismáticos. El aspecto era de completa inocencia: unas cuantas tiendas de gruesa lona a prueba de tormenta, un montón de provisiones respetablemente civiles y la antena parabólica. Los soldados que persiguen desertores no necesitan antenas parabólicas. La nieve empezaba a ceder bajo sus pies y tuvo que cambiar de postura. El suelo que pisaba parecía muy inseguro. Peligroso incluso. Se le ocurrió una idea.

Castorp volvió a meter los prismáticos en la mochila y sacó una herramienta para cavar trincheras, que extendió y con la que se dispuso a horadar un hoyo en la profundidad de la capa de nieve con una pared vertical posterior. Desde el CBA hasta allí se había dado una buena caminata, y a oscuras, además. Excavó después una chimenea de unos treinta centímetros de hondo a un lado de la pared y al otro lado hizo una ranura en forma de V y dejó al descubierto un bloque de nieve, separado del resto, de unos treinta centímetros de ancho. Por último, hundió la pala detrás del bloque y con mucho cuidado fue sacándola sin hacer apenas fuerza. De pronto, el bloque empezó a desplazarse a lo largo de la cara de contacto y él inmediatamente dejó de mover la pala. El desplazamiento del bloque de nieve indicaba que la pendiente se hallaba en unas condiciones muy inestables. Se preguntó si los soldados chinos se habían siquiera molestado en efectuar aquella rudimentaria prueba que él estaba realizando y llegó a la conclusión de que era del todo imposible, porque de lo contrario no hubieran acampado allí. Por otro lado, tal vez llevaban tiempo allí. Era un valle de dimensiones más reducidas que el valle en el que habían instalado el CBA, y últimamente había nevado copiosamente. De todos modos, pensó, mejor no dejar nada al azar. Y Hustler tampoco le había prohibido de forma expresa pasar a la acción.

Se enjugó la frente y esbozó una media sonrisa de desprecio por la gente de Washington. ¿Qué sabían ellos de la gente de aquel campamento? Quien libraba los combates era él. Él era el hombre de acción. No tenía que haberle dicho nada a Hustler, eso para empezar. Tenía que haber actuado primero y comunicárselo después. Aquello le incumbía a él. Él estaba en mejores condiciones para valorar la situación. Si uno advierte un peligro, no espera a que se le venga encima. Pasa a la acción.

Sacó de la mochila un par de pequeñas cargas explosivas y las colocó con cuidado a intervalos irregulares a lo largo de la arista que había por encima del campamento chino. Y sin darse cuenta se puso a cantar.

El buen rey Wenceslao, precavido,

miró hacia afuera,

el día de San Esteban,

cuando la nieve recién caída

se amontonaba, inmaculada, a su alrededor.

Castorp desanduvo lo andado y desde un lugar seguro, y sin titubear, hizo detonar las cargas con un mando a distancia. La nieve amortiguó el ruido de las explosiones, que no sonaron más fuerte que una palmada. Al principio la nieve apenas se movió y se preguntó si no habría calculado mal. Pero poco a poco, toda la pendiente, transformada en una enorme losa de nieve y hielo, empezó a desplazarse, como la pasta de avena cocida con leche cuando se vierte en una fuente. Rápidamente aumentó de velocidad y de volumen hasta que se convirtió en una ola ensordecedora, una nube de toneladas de restos fríos cada vez más hinchada, como un gran edificio que se derrumba después de hacer estallar los cimientos.

Cuando todo quedó en quietud y el polvo que flotaba en el aire se hubo disipado, el valle, bajo la luz de la luna, parecía, de tan plácido, una estampa de Navidad, y era como si los chinos no hubieran existido jamás. El hombre que los había hecho desaparecer dio la vuelta y se puso en marcha; de camino al CBA iba cantando:

Aquella noche la luna resplandecía en el cielo,

aunque hacía un frío riguroso y gélido,

cuando apareció un pobre hombre,

que recogía leña para calentarse durante el invierno.

DIECISIETE

De todas las cosas admirables, ninguna lo es tanto como el hombre.

Sófocles

Hacía un frío cortante. Swift se despertó y vio que Jack le tapaba la boca con su mano enguantada. Estaba todo muy oscuro y apenas le veía la cara, sólo notaba su aliento cálido, que olía todavía a whisky, cuando le susurró:

– Tenemos compañía.

Swift se incorporó bruscamente y por poco le dio un coscorrón a Mac o a Jameson, no sabía a cuál de los dos; conteniendo la respiración, escuchó con mucha atención.

Había cesado de nevar. Hasta el viento había amainado. Fuera de la tienda la fuerte helada nocturna del Himalaya había provocado que la nieve se congelara. Oyó que ésta crujía bajo las pisadas del visitante que se paseaba por el campamento I.

– ¿Será alguien del CBA? -susurró, esperanzada.

– Está demasiado lejos y es demasiado peligroso -dijo Jack-. Sería suicida intentar subir hasta aquí de noche.

– ¿Serán, entonces, los chinos aquellos?

– Lo tendrían igual de crudo. Están demasiado lejos. No, no es ninguna persona.

Jameson había encontrado la pistola e intentaba cargarla con una jeringa. Los pasos se oían ahora más cerca de la tienda.

– Coge el rifle -le dijo Jack-. Aún está cargado.

– Demasiado potente. ¿Podéis tú y Mac ocuparos de sostener las linternas? Si no acierto a la primera, se acabó. Tengo que dar en el blanco…

Jameson se quedó callado para escuchar un ruido de un ser que husmeaba fuerte el aire de la noche fría en el exterior de la tienda.

– Huele el estofado -susurró Swift-. Huele el estofado de ternera.

– Conque gourmet, ¿eh? -comentó Jameson-. Esto habla en favor de él. -Metió la jeringa en el cañón de la pistola y cerró la recámara-. Listos.

Se oyó cómo daban un golpe en la pared de la tienda, que se combó cuando un cuerpo inmenso se apoyó en ella. A Swift dejó de latirle el corazón en el momento en que le llegó un fuerte hedor a animal.

La criatura volvió a golpear la pared, sólo que esta vez el ruido fue acompañado de un estruendo de latas que caían y entrechocaban. Había encontrado lo que andaba buscando: los restos del estofado de ternera.

Con el frío que tenía, Swift hubiera jurado que era imposible tiritar de miedo, pero se le había puesto la carne de gallina, como si su piel hubiera sido la primera en reconocer algo que sus oídos y su cabeza tardarían en comprender. Allí fuera había un animal enorme de verdad.

– Será mejor que salga yo primero -dijo Mac, que tragó saliva ruidosamente aunque no se movió.

Aquel ruido fuerte de algo que rasgaba la lona le dejó paralizado. Era el ruido inconfundible de unas garras. La criatura estaba desgarrando la pared trasera de la tienda, la que estaba detrás de Swift, con unas garras más afiladas que una navaja. Ella evocó la descripción de los yetis que había hecho el sirdar, pero no recordaba que hubiera mencionado para nada que tuvieran garras afiladas. ¿Era posible que unos antropoides superiores pudieran tener uñas largas y afiladas? A juzgar por lo que había comentado Hurké Gurung, eran tan agresivos que no les faltaba nada para atacar con eficacia.

– Me parece que no es preciso que salgas -le dijo en voz queda a Mac-. Sea lo que sea, está a punto de entrar.

– Está a punto de entrar -repitió Jack-. Santo cielo, lo que dice Swift es verdad.

El ruido que hacía el animal al desgarrar la lona de color naranja de la tienda Stormhaven en varias tiras se oía ahora más fuerte. Swift atisbó algo por una de las aberturas de la lona rota y con toda la serenidad de que fue capaz dijo:

– Mejor dejarle que haga un agujero grande, Miles. No querrás disparar a la tienda, ¿verdad?

– Preparaos para encender las linternas -les ordenó Jameson.

La luz de la luna penetró en la tienda y con ella una ráfaga de aire helado, y a Swift le llegó a la nariz aquel olor pestilente, sólo que ahora era más penetrante.

– Espera -dijo entre dientes, porque le castañeteaban de frío y de miedo.

Tenía la sensación de que el corazón había dejado de bombearle sangre al cerebro, y se puso tensa esperando que sucediera lo inevitable: que la criatura entrara.

Resonó por toda la tienda un gruñido grave y después otro, y luego se oyó cómo rompía con furia la pared de nailon en la que apareció un agujero tan grande que Swift pudo salir por él a cuatro patas. Y tan grande, también, como para que entrara a cuatro patas un animal. Por un momento no vio nada, salvo la nieve del suelo. A la luz de la luna algo se movió, despacio primero y después cada vez más de prisa. Se oyó un gruñido más fuerte, y aquella silueta negra adquirió formas y volúmenes más visibles: algo parecido a una cabeza se metió entre los colgajos de nailon que había alrededor del agujero de la tienda. De pronto, un ojo amarillo y casi luminoso miró a Swift a los ojos.

– Ahora -dijo-, ahora. -Y se arrojó de bruces al suelo de la tienda para no recibir ella el disparo.

Un segundo antes de que Jameson apretase el gatillo, la tienda quedó iluminada por la luz de las linternas. Se oyó un breve ruido, una tos, semejante al ruido de una ballesta al dispararse, cuando el cilindro de dióxido de carbono que había en la pistola descargó su reserva química. Después hubo un bramido fortísimo, absolutamente inhumano, cuando la criatura se echó hacia atrás, deslumbrada por la luz de las linternas, seguido de un bramido de dolor cuando el dardo la alcanzó. A continuación oyeron un cuerpo que corría con ligereza por la capa de nieve helada.

Se precipitaron todos en busca de un lugar por el que salir.

– ¿Le has dado? -preguntó Jack.

– Creo que sí.

– Eso espero -dijo Swift. Mac se reía casi histéricamente.

– Qué dientes. Qué dientes, jo, qué dientes. Yo no he visto nada más que sus dientes. Dios mío, todavía tiemblo. ¿Dónde caray está mi cámara?

– No es tan grande como yo creía -dijo Jameson.

– Eso lo dices porque no estabas a su lado -le contestó Swift.

Jack fue el primero en salir, e iluminó con su linterna la cima del riñón buscando algún rastro del animal. Cerca del corredor, un cuerpo seguía corriendo; su respiración era fuerte, agitada y estentórea.

– Vuelve a bajar hacia el corredor de hielo -gritó Jack-. Corre hacia la montaña.

Swift sintió una punzada de dolor. Si salta por la grieta cuando la droga haga su máximo efecto, pensó, se va a matar.

Mac, con la cámara en la mano, estaba ahora junto a Jack. Disparó varias fotografías y el riñón quedó iluminado por los destellos de las luces del flash, que eran como relámpagos. Swift y Jameson se unieron a ellos y entre todos recogieron el material necesario para emprender la persecución de la criatura. Jameson cogió el rifle Zuluarms por si acaso era necesario efectuar un segundo disparo desde más lejos.

A cuarenta y cinco metros de allí, la criatura volvió a soltar bramidos, y es que el hidrocloruro de ketamina del dardo empezaba a hacer efecto. A Jameson aquellos bramidos le eran muy familiares, como la voz de un viejo amigo.

– No es ningún antropoide -dijo primero para sí y después lo repitió en voz más alta dirigiéndose a los demás.

Sus ojos avezados repararon en el cansado colear de un rabo largo y musculoso cuando la criatura avanzaba a trompicones por el corredor en dirección a la pared rocosa.

– ¡Para! -le chilló-. Santo cielo, es un felino. Un felino enorme.

Con las patas extendidas y la cabeza gacha, el felino les plantó cara a sus perseguidores gruñendo con rabia. De casi dos metros de largo, con una cola gruesa y larga que semejaba una bufanda de piel, aquel felino de extraordinarias dimensiones tenía un pelaje de color gris pálido con unas manchas oscuras como rosetones.

– Hay que ir con muchísimo cuidado -les previno Jameson-. Puede que aún le queden fuerzas para atacar.

– ¿Qué es? -preguntó Swift mientras avanzaban los cuatro, despacio, hacia el felino, que sucumbía rápidamente al narcótico-. ¿Es un león de montaña?

El felino dobló las patas como si aceptara con resignación su destino.

– Es uno de los animales menos comunes del mundo -dijo Jameson-. Panthera uncia. Un leopardo de las nieves. Pensaba que nunca en mi vida vería un leopardo de las nieves al natural. Por lo general no traspasan la frontera del Tibet. Hay gente que cree que algunos de los grandes lamas se convierten en esta clase de felinos, que viven en las nieves para poder desplazarse por las montañas o para huir de sus enemigos.

El leopardo de las nieves gruñó como si expresara su conformidad con lo que acababa de decir Jameson, y se tumbó de lado. Un movimiento lento de la cola y un hondo suspiro le bastaron a Jameson para saber que podían acercarse sin peligro.

– A lo mejor es el lama que huye de los comunistas chinos -observó Mac.

– Fijaos en el tamaño de las patas -comentó Jameson, pues sus conocimientos especializados de veterinario le habían arrancado una sonrisa de admiración por aquel animal.

– Es una belleza, sí señor -convino Mac, que le hizo una fotografía.

– Es un macho -explicó Jameson-. Debe de pesar más de cuarenta y cinco kilos.

La jeringa se le había quedado clavada profundamente; le atravesó el abundante pelaje pálido hasta alcanzar la masa muscular, justo debajo de su hombro izquierdo. Jameson se arrodilló junto al animal y con suavidad le extrajo el dardo. Tenía los ojos abiertos y las pupilas verticales completamente fijas. Apenas respiraba.

– ¿Se pondrá bien? -preguntó Swift, angustiada-. Los ojos… parece que se esté muriendo.

– Es el efecto de la ketamina -explicó Jameson-. Los párpados se quedan abiertos.

El leopardo tragó saliva ruidosamente.

– Creo que se recuperará sin problemas. Dentro de media hora, más o menos, seguramente intentará levantarse. De todas maneras, me parece que me quedaré aquí y lo vigilaré, por si acaso. No me gustaría que la muerte de uno de los felinos más escasos del mundo pesara sobre mi conciencia el resto de mi vida. Vosotros podéis volver al campamento. Suerte que hemos montado las dos tiendas, ¿eh?

– Pues si es una bestia rara, quiero hacerle fotos. -Mac dio una vuelta alrededor del animal y se arrodilló para conseguir un buen encuadre de la preciosa cabeza del leopardo de las nieves-. Quédate donde estás, Miles. Voy a sacarte a ti también.

Jack se volvió para marcharse cuando un ruido de algo que corría por la nieve le hizo detenerse.

– ¿Habéis oído? -preguntó.

Jameson se puso en pie y echó una mirada en derredor.

Una sombra fue a esconderse detrás de un bloque de hielo.

– ¿Otro leopardo?

– Podría ser.

Él y Jack iluminaron el riñón con sus Maglites y en un abrir y cerrar de ojos las rocas cubiertas de nieve cobraron vida como por arte de magia. Mac, asustado por lo que veía, soltó una exclamación de terror y se pegó a sus compañeros. Varios pares de ojos, cada uno de los cuales era como dos lunas verdes que resplandecían en la oscuridad, miraban fijamente el haz potente de una de las linternas.

– Son lobos -dijo Jameson.

Contó ocho. Eran del tamaño de un poni pequeño y su reluciente pelaje, moteado de finas manchas de nieve polvo, era del color del granito. El más grande y el de pelaje más oscuro de la manada, que era también el que estaba más cerca de ellos, bostezó, hambriento, extendió las patas, bajó la cabeza y se puso a husmear, con el morro pegado al hielo. Jameson advirtió que rastreaba sangre con el olfato y se preguntó si habría habido una cacería. Al mismo tiempo se dijo que la cadena de acontecimientos habría atraído con toda probabilidad a aquellos animales hasta el riñón.

– Deben de ir a la caza del leopardo -dijo.

– ¿Cómo? ¿Un lobo zampándose a un leopardo? -preguntó Mac-. Me parece del todo inverosímil.

– Pues que no te lo parezca. Yo he visto a un lobo de un tamaño medio arrancar con los dientes los barrotes de una jaula construida para encerrar en ella a perros domésticos rabiosos. Tiene una fuerza increíble. En Zimbabwe es muy corriente que una manada de hienas se enfrenten a un león y lo obliguen a soltar su presa.

– Déjate de rollos, que no estamos para escuchar vídeos del National Geographic -le atajó Jack-, y dinos qué vamos a hacer ahora. Estos cabrones me dan mala espina.

Jameson se descolgó el Zuluarms del hombro y dobló el cañón para extraer la jeringa Cap-Chur, pero dejó el casquete de percusión dentro.

– No parece que nos tengan miedo -señaló Swift justo cuando otro lobo asomaba por el bloque de hielo.

– Me imagino que no habrán visto a demasiadas personas -comentó Jack-. A decir verdad, yo nunca había visto lobos en esta zona del Himalaya.

– Por Dios, dispara de una vez -le apremió Mac.

– Tú eres el que tiene miedo de los aludes -dijo Jameson con sarcasmo-. Dime, Jack, ¿corremos algún peligro?

Jack alzó la vista y echó una ojeada a la pared escarpada. Seguramente estaban lo bastante lejos como para poder salir ilesos si se desprendía un alud provocado por causas naturales. ¿Pero qué decir de un alud producido por un disparo? Era difícil prever las consecuencias.

– ¿Qué alternativa tenemos? -preguntó-. ¿Nos atacarán?

– Mientras nos mantengamos unidos, lo más probable es que no nos hagan nada. Pero no podemos quedarnos toda la noche aquí.

– ¿Qué os parece si nos cogemos de las manos, formando un cuadrado con los brazos extendidos, y volvemos al campamento? Allí tenemos fuego. Los podríamos ahuyentar -apuntó Jack.

– ¿Y el leopardo? -preguntó Jameson-. No podemos dejarlo aquí para que lo devoren.

– ¿Se te ocurre algo mejor?

– No.

– Pues entonces, andando.

Juntaron las manos, con los brazos extendidos, y se pusieron en camino; Jameson andaba de espaldas y cubría la retaguardia. Los lobos los miraron fijamente un momento, y en seguida uno de ellos lanzó un fuerte gruñido y fue a morderle la pierna a Jack, que le dio un puntapié y, dando un grito, detuvo a sus compañeros.

– Está visto que mi idea no sirve.

– La verdad es que a mí no acababa de gustarme -observó Jameson.

Jack volvió a mirar atentamente la pared escarpada. Allí arriba había acumuladas tal vez unas dos mil toneladas de nieve. Pero ahora no parecía que hubiese otra alternativa.

– Muy bien, dispara.

A Jameson no hubo que pedírselo dos veces. El jefe de la manada se le acercaba muy decidido. Apuntó el rifle justo a la cabeza del lobo y disparó. En la cima del riñón el disparo sonó como un obús.

El lobo dio un espantoso aullido de terror, pegó un salto hacia atrás y se alejó corriendo; los demás huyeron en desbandada por delante de él. Jack volvió a clavar los ojos en la pared escarpada y luego miró a los lobos.

– Otra vez -dijo.

Jameson cargó otro casquete y volvió a disparar para que la manada de lobos huyera más de prisa. Dio la sensación de que el disparo rebotaba en la pared escarpada, como si buscara provocar un desprendimiento. Pero esta vez los lobos corrían y corrían, más aterrados aún que antes.

– Gracias a Dios -exclamó Mac-. Por un momento he pensado que me iba a convertir en el desayuno de uno de esos perros malvados.

– Los muy bastardos puede que hayan olfateado el rastro del leopardo desde una distancia de cien kilómetros -comentó Jameson.

– Sé muy bien cómo deben sentirse -dijo Swift-. Esta vez no he dudado ni por un momento de que íbamos a tener suerte.

– Esta vez hemos tenido mucha suerte -repuso Jameson, que cargó otro casquete y escudriñó el riñón con la mirada.

Pero los lobos se habían ido.

– Me refería al yeti.

– Ya -dijo Jameson-. Pero ahora eres una cazadora. Tendrás que aprender a armarte de paciencia si quieres que esta expedición se salde con éxito, ¿sabes?

Jack echó una ojeada al reloj y después al felino anestesiado.

– Son las cinco, dentro de poco amanecerá.

– ¿Le apetece a alguien una taza de té? -preguntó Mac-. Después de todos los nervios que he pasado, un té me sentaría de maravilla.

– Voy a esperar aquí un rato -dijo Jameson-. Vigilaré al leopardo hasta que recobre el conocimiento. Quiero asegurarme de que está en perfectas condiciones, por si a los hermanos de Mowgli se les ocurre volver por aquí.

Jack se desperezó.

– Voy a acostarme. No podemos hacer gran cosa hasta que vengan los sherpas con uno de los trajes espaciales de Boyd.

Cuando los sherpas, con Ang Tsering a la cabeza, llegaron al campamento I procedentes del CBA, era ya media mañana. Con bastante diferencia de tiempo, aparecieron Byron Cody y Jutta Henze. Habían efectuado la ascensión sin incidentes aunque con un viento helado, que estuvo levantando nieve constantemente; al final, a Byron Cody se le congeló la punta de la nariz, y los pies le dolían como si también se le hubieran congelado. En cuanto se hubo quitado la pequeña mochila, Jutta Henze lo acompañó a la tienda que seguía intacta, le tapó la nariz con vendas para, por lo menos, mantenerla caliente, y le dio unos antibióticos. Después le puso una inyección de dextrán de bajo peso molecular.

El paciente de Jutta salió de la tienda bostezando exageradamente; ninguno de los gorilas que había observado a lo largo de su vida había abierto jamás la boca de aquel modo.

– Tenías que haberte quedado en la cama -le dijo Jack.

– Lo siento. Anoche apenas dormí.

– Yo creía que tenías intención de ir a ver a los chinos -comentó Jameson.

– Tsering tiene razón, lo más seguro es que sean desertores. Además, no quería perderme nada de lo que sucediera aquí arriba.

– Lo que vas a perder, me parece, es la punta de la nariz -observó Jutta-. Si no veo mejoría en el día de hoy, tendrás que bajar al campamento base y ser tratado con oxígeno y un anticoagulante.

– ¿Dónde está Hurké? -le preguntó Jack a Jutta-. Yo contaba con él.

– Hurké quería subir, desde luego, pero yo no le he dejado. Ha tenido un shock muy fuerte. No puede quitarse de la cabeza lo que ha ocurrido. Y si es incapaz de centrarse en lo que hace y está con la cabeza en otra parte, no puede subir hasta aquí.

Jack, consciente de que era inútil discutir con la alemana, asintió. En su tono de voz se detectaba tanto sentido común, tanta sensatez, que le pareció muy natural aceptar su decisión de que fuera Ang Tsering quien encabezara el grupo de los sherpas que se trasladó al campamento I.

– Vendrá esta tarde. Pero sólo si está en condiciones.

– Has hecho bien, Jutta. Tienes toda la razón del mundo. A esta altitud, el más ligero error te cuesta casi siempre la vida.

Vio que Ang Tsering estaba bebiéndose con avidez su sexta o séptima taza de té tibetano y charlando con Mac. Los sherpas siempre bebían grandes cantidades de té, sabedores de que la fatiga extrema que le acomete a uno en la alta montaña es con más frecuencia debida a la avidez con que el cuerpo reclama los líquidos perdidos. El té tibetano se hervía con sal y mantequilla y tenía un sabor al que había que habituarse, pero Jack no lo había conseguido nunca. Que a Mac, por lo visto, le gustara aquella bebida casi tanto como al sherpa era del todo incomprensible.

– Delicioso -dijo el escocés haciendo una mueca y lamiéndose los labios con avidez.

– En cuanto te parezca que los chicos están listos, vamos a bajar por el corredor -le dijo Jack a Tsering.

El sirdar ayudante asintió lentamente y cogió un cigarrillo de Mac.

– ¿Ha habido problemas con ellos esta mañana?

– Naturalmente -contestó Tsering encendiendo el pitillo con el mechero de Mac-. La pérdida de tantos amigos íntimos les confirma sus expectativas de que ir a la caza de un yeti es exactamente lo mismo que buscarse problemas. Han quemado incienso antes de marcharse del CBA. Y hemos tenido que pararnos varias veces en el camino porque querían rezar plegarias. Sin duda, le suplicaban a los dioses buena salud para poder gastarse el dinero extra que Boyd sahib les ha dado a todos para que no abandonen la expedición.

– Conque eso ha hecho, ¿eh? -Jack hizo un movimiento con la cabeza como diciendo «ya, ya».

Boyd había sido un crítico acérrimo de la misión que habían planeado llevar a cabo, pero no se podía negar que era un hombre muy capaz. Por no hablar de su facilidad en rascarse el bolsillo para atajar cualquier problema que surgiera entre los porteadores. Allí arriba, si los porteadores se iban, podía darse la expedición por terminada.

– Eran billetes nuevos, además -añadió Tsering-. Los chicos prefieren los billetes nuevos, por supuesto, y Boyd lo sabe. Si tengo que decir la verdad, con la cantidad de dólares de que dispone, se diría que Boyd los fabrica él mismo. Menos mal que somos gente honrada. Yo, en su lugar, tendría mucho miedo de que intentaran robarme.

– Yo no me preocuparía por Boyd -le dijo Jack-. Él sabe cuidar de sí mismo.

Jack se desnudó detrás de la tienda rota y se dio un baño rápido, frotándose el cuerpo con nieve; después de secarse enérgicamente, se puso la ropa interior especial. Luego Mac y Jameson le ayudaron a meterse en el traje espacial de una sola pieza por una abertura de acceso, que quedó a la vista cuando abrieron la mochila que estaba precintada con un material impermeabilizado y que contaba con un sistema que la hacía apta para sobrevivir en la Antártida. Después de ajustar el largo de las mangas y de los pantalones a la talla de Jack, encajaron las bayonetas metálicas de las dos mangueras de aire acondicionado en sus receptáculos, situados en la parte anterior del traje. Luego hubo que encajar los conductos conectados a la ropa interior, que se mantenía caliente con agua; el agua, que se calentaba en la mochila, circulaba a través de una diminuta red de tubos microscópicos fijada en la tela. Jameson y Mac empalmaron cada conducto en el lugar que le correspondía según las sencillas instrucciones que venían con el traje.

– Esto es como ponerle la armadura a Aquiles -comentó Jameson, que le dio a Jack un casco transparente en forma de burbuja que estaba hecho de plástico fotocrómico y que protegía de la fortísima luz solar.

– ¿No crees que sería más prudente que fuera alguien contigo? -le preguntó Swift-. Al fin y al cabo, tenemos dos trajes.

– No -repuso Jack-. Voy sólo a inspeccionar el terreno. No tiene ningún sentido poner en peligro la vida de dos personas. Voy a recorrer la cornisa hasta el interior de la grieta para ver adónde conduce y luego volveré en seguida.

Jack se puso el casco y, mientras Jameson y Mac lo conectaban al traje, comprobó el funcionamiento del micrófono del casco a través de una pequeña unidad de control que llevaba a la altura del pecho. Gracias a ella, también se pusieron en funcionamiento unas pantallas en las que podían leerse instrucciones sobre el manejo de la mochila.

Mac habló por el micrófono que había en la parte exterior del traje y que le permitía a quien lo llevara recibir el ruido circundante.

– ¿No sería mejor que conectaras el soporte vital?

– Buena idea -dijo Jack que, tocando otro interruptor, activó las minúsculas bombas y ventiladores de la mochila, que empezaron a dar los zumbidos tranquilizadores de la micromecánica que le ayudaría a mantenerlo caliente en las profundidades heladas de la grieta.

– Los guantes son un poco rígidos -dijo flexionando los dedos-. Pero todo lo demás es perfecto. Me estoy calentando. Jo, qué gustazo. Ojalá hubiera dispuesto de esta maravilla anoche. Qué frío hacía. Espera. ¿Qué es esto? Parece un conducto suelto. ¿Lo ves? Justo en la mejilla.

– Es para beber agua -le explicó Mac.

Jack giró la cabeza encasquetada y el tubo de plástico se le metió sin problema entre los labios. Sorbió y sintió que la boca se le llenaba de agua fresca.

– Por lo visto han pensado en todo.

Mac señaló los genitales de Jack con un movimiento negativo de cabeza.

– En todo no -dijo-. Si quieres hacer pipí, tendrás que hacértelo en el traje. O bien quitártelo. Lo que quieras.

Jack sintió que el aire rozaba su cara mientras el traje se hinchaba suavemente; después dio un golpe en el suelo con la bota para comprobar el agarre de los crampones.

– Me parece que me sería imposible escalar embutido en este traje -dijo-. Al menos, una pared como la vertiente suroeste. Pero me imagino que te mantiene vivo por espantoso que sea el tiempo que haga.

– Según las instrucciones -dijo Mac-, el casco se ilumina automáticamente cuando entras en un lugar oscuro. La luz que hay arriba se controla manualmente con el interruptor que hay junto al control de la radio. Hay dos bombillas. De carburo la normal, que puedes utilizar cuando quieras ahorrar energía, y la halógena, que puedes encender si necesitas mayor potencia.

Mac señaló el panel de control que había en la parte anterior del traje.

– La otra pantalla es una brújula y un localizador de posición. Te permite usar un sistema de navegación por satélite que te dice en qué lugar de la superficie de la tierra te encuentras, con una precisión de cincuenta metros. En el caso de que quisieras desviarte de tu ruta una vez en el interior de la grieta, te bastaría con dar las coordenadas del lugar al que quisieras ir y el aparato te marcará la dirección precisa con la brújula.

– Ya lo entiendo.

Los sherpas saludaron a Jack entusiasmados como colegiales; no dejaban de señalarle y de reírse. Uno de ellos, un tal Kusaang, hizo una mueca y le ofreció un cigarrillo a Jack con histrionismo; Jack lo aceptó desplegando a su vez gestos igualmente histriónicos, consciente de que no podía fumárselo, y lo metió entre el casco y uno de los conductos, cosa que hizo desternillarse de risa a los sherpas.

– Bien, chicos, se acabó el show. Vamos a encarrilar de una vez por todas esta expedición.

Jack recogió el piolet y se alejó lentamente en dirección al corredor de hielo.

Después de coger cuerda, escaleras de aluminio, una tienda, armas, el equipo fotográfico, comida y las mochilas, el resto del grupo se puso en marcha.

Mientras algunos de los sherpas montaban una tienda en el corredor, Jack esperó a que Mac atase la cuerda al mosquetón que tenía colgado de su arnés de cintura.

– Estaréis más seguros si acampáis aquí que si lo hacéis junto a la grieta -les dijo Jack. Iba a ser en esa tienda desde donde el resto del equipo se mantendría en contacto con él a través de la radio-. Y también más al abrigo.

– No sufras por nosotros -le dijo Mac-. Estaremos muy bien. En cuanto te vayas, descorcharemos una botella de whisky.

Desde el otro lado del corredor, Swift se llevó la radio a la boca.

– Jack. Soy Swift. ¿Me oyes bien?

– Te oigo perfectamente.

En cuanto Mac se hubo apartado, apareció Jameson para atarle con una correa una funda de arma en la cintura y le dio una pistola hipodérmica.

– Está cargada, ¿lo oyes? Contiene una dosis fortísima, así que cuidado con lo que haces y no vayas a disparártela, por el amor de Dios.

Jack intentó meter el dedo en el agujero del gatillo y vio que encajaba justo en él sin que sobrara ni un milímetro.

– Me figuro que estos guantes no habrán sido hechos para disparar armas -dijo enfundando la pistola; después subió la escalera que Tsering había fijado a la pared del corredor con tornillos y con alambre-. Deseadme suerte.

Cuando llegó arriba de la escalera, Jack subió a la pared y se volvió a mirarlos.

– Jack -dijo Swift-. Por favor, ve con cuidado. Si te ocurriera algo…

– Claro, claro, no te lo perdonarías nunca.

Después agitó la mano y desapareció al bajar la suave pendiente que llevaba a la grieta.

Tsering y Mac, que sostenían el extremo de la cuerda de Jack, le hicieron un movimiento afirmativo con la cabeza a Swift.

– Tenemos la cuerda sujeta -dijo ella por radio-. Puedes bajar cuando estés listo.

Jack se sentó con cuidado en el borde de la grieta y clavó el piolet en el hielo.

– Aflojad -ordenó él.

Y lentamente fue descendiendo por la pared hacia el saliente que se hallaba en las profundidades casi insondables que había a sus pies.

DIECIOCHO

En la Casa del Tesoro de las Magníficas Nieves.

Joe Tasker

Mientras descendía y se adentraba en las tinieblas, Jack encendió la bombilla corriente que había en lo alto del casco y el hielo azulado adquirió una tonalidad amarilla fantástica. Era como si se hubiera metido en el interior del estómago de un gigantesco animal extraterrestre y hostil que llevase muchísimo tiempo muerto. Los hilos de agua que resbalaban por las paredes, causados por el calor del traje que derretía el hielo, parecían una señal ominosa, como si el animal extraterrestre hubiera detectado la presencia del explorador, que había estimulado la secreción de sus jugos gástricos. Y ahora que se hallaba en el interior de la grieta advirtió que era mucho más ancha de lo que parecía desde fuera. De una pared a otra había una distancia de como mínimo dieciocho metros y el fondo estaba a cientos, si no miles, de metros de profundidad.

Una vez, cuando escalaba el Everest, se vio obligado a cruzar una grieta y eso exigió cinco escaleras de aluminio atadas unas a otras. Atravesar aquel extenso banco de hielo flotante, con treinta puentes improvisados de aluminio, fue uno de los momentos más peligrosos de la escalada. En cierto modo, el hecho de que no viera nada bajo sus pies, pues el fondo estaba sumido en la oscuridad, le facilitaba las cosas: la altura y la caída potencial, y por tanto el peligro, eran imposibles de cuantificar. Aunque pensó que nunca volvería a ser capaz de caminar por uno de aquellos puentes de escaleras colgantes. Al notar que tocaba la cornisa con el pie, alzó la vista, miró al cielo azul, como el Danubio azul, y vio con claridad lo arriesgado que era cruzar una grieta tan monstruosa como aquélla. Por no hablar de saltar por ella a ciegas y dejarse caer sobre la cornisa oculta. Hay que tener fe ciega, había dicho Mac; y en realidad así era. Imaginar a los dos yetis saltando desde tamaña altura le hizo comprender la capacidad de aquellas criaturas legendarias para no dejarse cazar nunca.

– Ya estoy abajo -dijo-. Soltad un poco de cuerda.

– Muy bien -contestó Swift.

Jack se quedó un momento callado; tiró de la cuerda y abrió el mosquetón del arnés de cintura por el que pasaba el cabo. No tenía ni idea de cuánto tendría que andar y corría el peligro de que la cuerda se enredara o hasta que se congelara y le hiciera tropezar. Era mejor confiar en los crampones y en el piolet.

– Ya estoy desatado.

Se volvió para contemplar la ruta. No cabía ninguna duda sobre qué debía hacer. A la izquierda, la cornisa desaparecía bajo unas enormes estalactitas que se adentraban en la oscuridad como si fueran los tubos de un órgano. Encendió un momento la luz halógena. A la derecha, la cornisa tenía unas formas tan bien definidas que casi parecía un camino de verdad; hasta donde alcanzaba la luz, a unos veinte o veinticinco metros, era muy recta. Aquí y allá en las capas de hielo y nieve se veían unas franjas de formas y dibujos fantásticos que él creyó que eran cenizas volcánicas.

– A Boyd le entusiasmaría -dijo un poco impresionado por todo lo que le rodeaba-. Jamás había visto un hielo más extraño.

Volvió a cambiar de luz y echó a andar.

– Bueno, pues voy para allá. Tengo la impresión de que soy uno de los siete enanitos.

– ¿Cuál de ellos?

– Atontado, supongo. Hay que estar atontado para hacer lo que hago.

– Tú lo has dicho -intervino Mac.

– Gracias, Regañón. Gracias a Dios que llevo ropa interior con calefacción. Por el momento estoy estupendamente. Como si estuviera dando un paseo.

La cornisa era recta a lo largo de unos cien metros y después empezaba a girar hacia la izquierda. Arriba, la abertura de la grieta se estrechaba. Jack comprobó el funcionamiento de la brújula en el panel de control del traje.

– A partir de aquí la ruta va hacia el oeste. Hay una pendiente muy suave que baja. Lo más extraño, sin embargo, es que el hielo de la pared tiene unas marcas tan finas que parece el pellejo de un animal.

Con los crampones atados a las botas no hubiera podido mantener el paso regular. Anduvo otros doscientos metros apoyándose en el piolet como si fuera un bastón; lo cogía por el pico con su mano izquierda enguantada y clavaba el regatón del mango en el hielo, cerca del precipicio. El ángulo de la cornisa hacía que él se decantara hacia la pared y tenía que apoyarse en ella casi constantemente con la mano libre para mantener el equilibrio. Al cabo de quinientos o seiscientos metros dejó de verse el cielo por la abertura, que se cerraba y que cada vez estaba más cerca de su casco. Jack, que conocía bien el Himalaya, supo que la boca de la profunda grieta había quedado parcialmente tapada por un alud.

– Se acabó la luz del sol. A partir de ahora nos adentramos en la gruta de algún rey de la montaña. Esperad un momento -añadió-. ¿Qué es esto?

Había algo en la cornisa que estaba inclinado, y al principio creyó que era una estalactita. Redujo el paso mientras pugnaba por ver qué era en la oscuridad. De pronto se detuvo en seco. ¿Era su propia imaginación o había allí una figura de aspecto vagamente humano? Encendió la luz halógena para ver mejor y le pareció distinguir una cabeza y un brazo. Fuera lo que fuera, parecía estar esperándolo.

– Aquí enfrente hay algo.

– Jack -dijo Swift-. Por favor, sé muy prudente.

– Estoy desenfundando la pistola, por si acaso.

Con la pistola hipodérmica en la mano, se dispuso a dar unos pasos hacia adelante, muy despacio.

– Veo algo que parece una cabeza, y también un brazo -explicó-. Pero no se mueve nada.

– ¿Jack? Soy Miles. Recuerda que si disparas desde una distancia de más de quince metros puedes no dar en el blanco. Y en la jeringa hay anestesia para abatir un yak.

– Mejor -susurró Jack-. Porque las palabras que se me han ocurrido de forma automática son escopeta de balines y rinoceronte.

– En cuanto estés lo bastante cerca, Jack, dispara.

– Muy bien. Tiene un aspecto del todo humano. Señor, y qué grande es. Debe de tener una estatura de unos dos metros, o dos metros y medio. Sigue sin moverse. Y tampoco hace ningún ruido. Debe de estar a unos veinte metros, o veinticinco. Me estoy acercando más.

– Jack, soy Byron. Si la descripción de Hurké es verdadera, el comportamiento del yeti es muy semejante al del gorila, así que es muy probable que esté quieto para despistar y esté esperando a atacarte.

Jack, considerablemente asustado, se detuvo.

– ¿Qué caray has querido decir? ¿Tengo también que estarme quieto?

– Lo más seguro es que te esté observando, porque has despertado su curiosidad. No te toques el pecho. Creerá que te lo golpeas y los grandes gorilas lo consideran una señal de excitación o de alarma.

– Conque de excitación o de alarma, ¿eh? -En el interior del traje espacial y amplificados en parte por el micrófono que había debajo de su nuez de Adán, los latidos de su corazón hacían el mismo ruido que unos bongos-. No sé de dónde habrás sacado tú eso.

– Sobre todo no hagas ningún movimiento brusco… ninguno.

– Estupendo.

Jack avanzó unos centímetros sosteniendo el arma como si fuera un talismán. Confiaba en no tener que servirse del piolet para defenderse. Aunque hasta que la ketamina hiciera efecto, tendría que defenderse con el piolet o bien quedarse inmóvil, tumbado en el suelo, e intentar clavarle las puntas de acero cromado al yeti.

– Lo tengo casi a tiro -dijo apuntando con la pistola lo que él creía que era el hombro del animal. Al menos, si le atacaba ahora, le sería imposible no dar en el blanco.

– Diecinueve metros… Dieciocho… sigue sin moverse y sin hacer ningún ruido… a lo mejor se cree que no lo veo… diecisiete metros…

– Vas demasiado de prisa, Jack -dijo Cody-. Quédate quieto un momento.

Jack se detuvo. Ahora lo distinguía con mayor claridad. Aquella criatura parecía mucho más humana de aspecto de lo que él se había figurado. A decir verdad, no se la había imaginado así en absoluto. Ciertamente era muy distinta a la que había visto en el collado norte del Everest.

Y, sin embargo, había en él algo más siniestro. La ausencia de cualquier tipo de movimiento le confería un aspecto mucho más terrorífico.

– No es ningún simio, no lo parece para nada -dijo-. Sigue sin moverse. Qué extraño es esto.

– Jack, soy Miles. Una distancia de diecisiete metros es suficiente para disparar a un blanco que está quieto. Pero apunta un poco más arriba.

– Quieto no es la palabra. Tal vez lo que está es dormido.

– Jack, soy Byron otra vez. Creo que deberías retirarte. No me gusta nada todo eso. Es la conducta defensiva clásica de los gorilas que viven en las montañas. Te está tendiendo una trampa. Aléjate, por favor.

– Creo que voy a acercarme un poquito más y luego me voy.

– Vete ahora, Jack, ahora -dijo Miles.

A menos de diecisiete metros, Jack disparó. Vio cómo el dardo se clavaba en el hombro de la criatura, que estaba al descubierto. Pero, para gran sorpresa suya, siguió sin moverse ni lo más mínimo y sin hacer el menor ruido, como si fuera insensible.

– No entiendo qué ocurre -les dijo a los de arriba-. Le he disparado, veo el dardo clavado en su hombro, pero sigue sin pasar nada.

– Calculo que tarda varios minutos en hacer…

– No, no. Me refiero a que es como si fuera insensible.

– Si tiene una piel gruesa y mucha grasa, porque para sobrevivir en estas montañas hace falta tener mucha grasa, sentirá como si le hubieran hecho una pequeña herida -explicó Jameson-. Para un animal de este tamaño el impacto del dardo habrá sido como una picada de pulga.

– Un momento. Voy a acercarme para verlo mejor.

– Jack, no -protestó Swift.

Dio unos pasos y frunció el entrecejo.

– Creo que no pasará nada. Me parece que sea lo que sea lleva mucho tiempo muerto.

Estaba lo bastante cerca como para tocarlo si alargaba el brazo. Jack enfundó la pistola y empezó a sacudirle el hielo y la nieve que le cubrían el cuerpo. La cabeza cayó lentamente hacia atrás. El pelo que se veía entre la nieve, que formaba como un mosaico, era rubio. La boca, ligeramente abierta, dejaba al descubierto unos dientes mellados y manchados de nicotina. Y los ojos abiertos, en un rostro que parecía casi vivo. Ojos azules. Que le miraban fijamente. Como si fuera…

Jack lanzó un grito de espanto y echó a andar hacia la pared de hielo.

– ¿Qué ocurre, Jack? -dijo una voz dentro de su casco-. Jack, ¿estás bien?

Mareado y temblando de la impresión, Jack se dejó caer en la cornisa de hielo y respiró hondo y agitadamente el aire caliente que circulaba dentro del casco. Si hubiera podido tocarse la cara, se habría enjugado el sudor frío que de repente le cubrió la frente. Era como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago. Y ahora se había disparado el mecanismo del recuerdo y volvía a revivirlo todo. Los últimos segundos antes del alud que le arrastró montaña abajo y mató a su amigo y compañero de cordada. Aquí estaba, colgado al revés sobre la cornisa, incrustado en la nieve y el hielo compactos que le habían arrojado allí meses atrás.

Como un guante extraviado.

Jack se puso en pie, aturdido, y sacudió un poco la nieve que cubría el rostro sin vida de su amigo. Aunque no parecía un rostro sin vida. No tenía ni un rasguño, ni una magulladura, nada. Más bien parecía que estuviera posando, muy quieto, para que le hicieran una fotografía. Como si sólo necesitara frotarse las manos para volver a la vida. Como si en cualquier momento fuera a arrancarse los numerosos carámbanos de hielo adheridos a la barba y romper a hablar.

Al fin contestó a las voces que le llamaban insistentemente dentro del casco.

– Didier -suspiró.

Sentado en la tienda a prueba de tormentas que habían montado en el corredor de hielo, en lo alto del glaciar, Byron Cody se encogió de hombros.

– ¿Quién es Didier? -preguntó.

– Didier Lauren -dijo Swift-. Le mató un alud la última vez que Jack y él subieron aquí. El mismo alud que arrastró a Jack hasta la cueva donde halló a Esaú debió de arrojar a Didier al interior de la grieta.

– Señor -exclamó Jameson-. Qué manera más terrible y solitaria de morir.

– Tú también le conocías, ¿verdad, Mac? -preguntó Swift.

Mac emitió un gruñido afirmativo y quemó el extremo del cigarrillo sin ningún entusiasmo y con mucha amargura.

– No es el primer amigo mío que se ha matado en estas montañas. Y seguramente no será el último.

– Llevar tanto tiempo sepultado bajo la nieve -comentó Cody.

– Yo también conocía a Didier -dijo Jutta-. Era un buen alpinista. Pobre Jack, haberlo encontrado en estas circunstancias.

– ¿Jack? -dijo Swift-. ¿Estás bien?

– No te lo vas a creer -dijo Jack enfurecido-. Le han robado el reloj y la sortija.

– Quizá los perdió cuando fue arrastrado por el alud -apuntó ella.

– Era el reloj que le dieron los patrocinadores, Rolex Oyster Explorer. Fuimos los dos a Londres para recogerlos antes de venir aquí. Y la sortija casi le apretaba. Además, llevaba guantes.

Byron Cody se quedó pensativo un momento, y recordó la extrema curiosidad que los gorilas de las montañas mostraban por objetos extraños. Cogió la radio y dijo:

– Jack, soy Byron. Aunque no es más que una idea, se me acaba de ocurrir que un gorila con el que trabajé me robaba con mucha frecuencia las llaves del coche y las gafas. O cualquier objeto brillante. Podría ser que uno de los yetis hubiera cogido el reloj de Didier.

– Así que ahora ya sabe a qué hora tiene que venir para verme cagado de miedo, ¿eh?

– Jack, soy Miles. Mira, olvida lo del reloj un momento. Te has quedado sin el único dardo hipodérmico que tenías. Quiero que lo extraigas del cuerpo de tu amigo y que le eches un vistazo.

– Muy bien, pero ¿para qué?

– Cuando la jeringa alcanza el objetivo, la presión contra la aguja hace que un peso minúsculo situado en la parte posterior de la carga presione a su vez un pequeño resorte. La punta afilada del peso atraviesa un precinto provocando que el émbolo salga disparado hacia adelante y descargue la anestesia. Es muy posible que no haya ocurrido nada de todo esto porque el cuerpo de Didier debe de estar congelado y rígido, y que la ketamina siga en la jeringa. ¿Lo entiendes?

Jack extrajo la jeringa Cap-Chur del hombro de su amigo y la examinó detenidamente a la luz amarilla. Con los guantes y el casco, poca cosa podía decir del estado del dardo, aparte de que parecía intacto. Y así se lo comunicó a Miles Jameson por radio.

– De todos modos, coge el dardo y cárgalo otra vez en la pistola -le dijo Jameson-. Podría ser mejor que nada.

– Quizá deberías volver -opinó Swift.

Jack consultó la unidad de control del traje. Llevaba más o menos una hora en el interior de la grieta. Le quedaban todavía muchas más, diez por lo menos, antes de quedarse sin energía.

– Negativo. Voy a seguir explorando. En el traje queda todavía muchísima gasolina. Y además estoy perfectamente. El objetivo de esta caminata espacial no era capturar a un yeti sino intentar localizar su madriguera, o como se llame el refugio de los grandes simios.

– Se llama guarida -dijo Cody.

Jack cogió el piolet y se puso en marcha en silencio prometiéndole a Didier que, pasara lo que pasara, no lo dejaría allí.

– Decidles a los chicos que monten la camilla. Cuando vuelva, me lo llevaré de aquí.

Hustler. Me temo que la cuestión china ya no tiene ninguna importancia. Esta mañana he ido allí para controlarles y me he encontrado con que un alud había sepultado su campamento. Uf. No hay supervivientes. Pero quizá sea mejor así. A pesar de lo que dijiste, aquellas pendientes me daban mala espina. Entretanto he caminado de un extremo a otro del santuario, pero sin ningún éxito. Castorp.

Movidos por el afán de hacer algo útil, Miles Jameson y Jutta Henze salieron de la tienda y montaron una camilla de rescate Bell. Construida con un tubo cuadrado de acero reforzado y equipada con una almohada para reclinar la cabeza, correas para atar el pecho y las piernas y esquíes de plástico, el cometido de aquella camilla era, llegado el caso, transportar un yeti anestesiado hasta el CBA en un helicóptero que vendría desde Pokhara.

– Pensaba que la precisábamos para transportar un yeti -observó Jutta-, y no un cadáver.

– No te preocupes que ya capturaremos uno -le dijo Jameson.

– Me parece que eres muy optimista.

– Para cazar animales salvajes, mi querida Jutta, hay que serlo. Pero yo creía que también había que ser optimista para ser alpinista. -Señaló con un movimiento de cabeza la implacable cara sur del Annapurna y explicó-: Quiero decir que hay que ser muy optimista para pensar que se puede escalar eso.

Jutta sacudió la cabeza.

– No, yo soy pesimista. En un lugar como éste, el optimismo puede fácilmente llevarte a la tumba. Mi marido era optimista, como tú dices. Exageró, se exigió a sí mismo más de lo que podía. Pero no se puede hacer nada para cambiar a este tipo de personas. Jack es igual. Sabe que tiene mucha suerte de estar vivo después de lo que le ocurrió la última vez, pero no puede cambiar. Ni quiere.

Al darse cuenta de que estaba a punto de caer en lo morboso, Jutta esbozó una sonrisa resplandeciente.

– Espero que tengas razón, Miles. Sería fantástico capturar ese animal, ¿verdad?

– Sí. Sería como descubrir un dinosaurio vivo.

– Sería muchísimo más interesante. No estamos emparentados con ningún animal de sangre fría. Al menos, no somos parientes cercanos de ellos. -Hizo una mueca con pillería-. Salvo Jon Boyd, tal vez. Él no es nada optimista respecto a nuestras posibilidades de capturar un yeti.

– Sí, me encantaría capturar un yeti, aunque sólo fuera para ver la cara de Boyd cuando lo sacáramos de la red.

– O mejor aún, cuando lo metiéramos a él en una red junto con un yeti.

Jameson entornó los ojos.

– Cómo me gustaría -murmuró.

– No tendría más remedio que aceptarlo.

Pero Jameson estaba cavilando otra cosa.

Dejó lo que estaba haciendo y subió por la escalera hasta lo alto de la pared de hielo.

– ¿Adónde vas?

– A echar un vistazo a la grieta. Se me acaba de ocurrir una idea. ¿Van a traer los chicos el resto del material esta tarde?

– Sí. ¿Qué clase de idea?

– Digamos que es mi Magic Johnson.

La grieta estaba ahora completamente a oscuras. Jack andaba con mucho tiento por la cornisa, sin más luz que la del casco; el techo, abovedado, era de hielo compacto y tenía conos minúsculos, como los altavoces de un estudio de grabación o de una sala de conciertos, o como cristales de sal o de azúcar aumentados centenares de veces. Jack decidió que la vista de un yeti debía de ser mucho más aguda que la de los seres humanos, una observación que le transmitió a Byron Cody por radio.

– Lo que dices es muy interesante, Jack -comentó el zoólogo especializado en primates-. El resto de los grandes simios, sin excepción, son criaturas diurnas. Si el yeti fuera un animal nocturno, se trataría de un caso excepcional. Por otro lado, al no haber grandes predadores que representen para él una amenaza por la noche, debe de haber evolucionado para poder beneficiarse de esta ventaja. Tal vez hasta para convertirse él mismo en una especie de predador.

– Vaya, qué tranquilidad me da saberlo ahora que estoy caminando en la oscuridad -ironizó Jack-. Aunque eso podría explicar por qué los hombres han visto tan pocos yetis.

– Hay otra posibilidad -señaló Swift-. Y es que los yetis se hayan convertido en animales nocturnos justamente para rehuir el contacto con el hombre. Si las historias que cuentan los sherpas son ciertas, el hombre puede haber sido el principal enemigo del yeti.

Al escuchar la teoría de Swift, Jack recordó un siniestro trofeo que había visto una vez cuando participó en la expedición que escaló el Himalaya.

– En Pangboche hay un pequeño templo budista -explicó-, en las estribaciones del Everest. Por unas pocas rupias él lama te enseña algo que, según se afirma, es el cuero cabelludo de un yeti. Y también en Khungjung, que está en la misma zona, a una distancia de trescientos metros. Pero si las cosas no se desarrollan como…

De pronto se encontró con que la cornisa formaba una cuesta muy empinada, que giraba bruscamente hacia la derecha. Tan empinada, en efecto, que era imposible subir por ella sin la ayuda de puntos de agarre tallados con el piolet y quizá de unos cuantos tornillos. A un lado, la pared era completamente lisa, mientras que en el otro estaba el precipicio que desaparecía en la oscuridad. Con el piolet golpeó el suelo de la cornisa y la hoja de molibdeno cromado rebotó contra el hielo duro como una roca. La pared no resultó menos compacta. Intentó clavar un tornillo y después una clavija, pero no lo consiguió.

– Parece que voy a tener que escalar un poco -dijo-. Sólo que no tengo ni idea de cómo voy a poder hacerlo. Nunca había visto un hielo tan duro como éste.

Se puso el piolet debajo del cinturón, metió el martillo y los tornillos en la bolsa y pasó la mano por la pared. Por fin encontró algo: entre el suelo que subía empinado y la pared había un espacio de unos cinco centímetros, suficientes para emplear la misma técnica de escalada, que no admitía ningún error por mínimo que fuera, que utilizó para escalar el edificio de la National Geographic. Llamada bavaresa, esta técnica implica desplazar el centro de gravedad del cuerpo hacia atrás agarrándose con las puntas de los dedos a las rendijas ocultas de la pared y después ascender sobre las puntas de los crampones.

– A los peludos esos hay que reconocerles una cosa -dijo con un gruñido mientras intentaba escalar haciendo una serie de movimientos fluidos y continuos entre un punto de apoyo y el siguiente-. Y es que su técnica para escalar las montañas es perfecta. Desde luego, bajar por esta suave pendiente… va a ser… mucho más divertido que subir por ella.

Llegó arriba jadeando por el tremendo esfuerzo y sus ojos vieron algo extraordinario.

Estaba en la entrada de una enorme caverna cuyas paredes heladas eran altísimas y reflejaban débilmente la luz de un lejano disco de cielo azul. A unos cien metros, al otro lado de una pista de asalto hecha de bloques de hielo de tamaño corriente y quiebras diminutas, vio la salida de la caverna, un enorme portal de hielo que, erosionado por el viento, era de una forma parecida a un ocho y medía dieciocho metros de alto. Se alzaba allí un extraño y gigantesco grupo de pináculos blancos, que resplandecían a la luz de media tarde y que rodeaban un espacio más reducido y exclusivo, como si fuera un santuario, que no era de hielo blanco sino de color verde y de nieve.

– Acabo de descubrir algo -les anunció a los demás-. Debo de haber salido por el otro lado del Santuario, por la parte occidental del Machhapuchhare.

Saltó de un bloque a otro y finalmente pisó un suelo lleno de morrenas (los aluviones arrastrados y depositados por el glaciar), en el cual habían trazado ya un sendero muy deficiente. Con la sensación de estar a punto de descubrir algo importante, echó a andar rápidamente hacia aquella salida de la caverna de forma fabulosa que parecía sacada de un libro de leyendas.

– Hay un pequeño valle de no más de un kilómetro y medio cuadrado oculto tras un círculo reducido de picos. Es un lugar increíblemente bien protegido. Y al parecer hay vegetación. Sí. Es fantástico. Cuánto me gustaría que pudierais verlo. Yo jamás había visto nada parecido.

Cruzó la salida en forma de ocho y se encontró en el límite de un bosque frondoso de pinos y de rododendros gigantes. Había oído decir que en los países más remotos que limitan con la frontera del Nepal, como Sikkim y Zanskar, existen bosques de gran altura, pero ignoraba que también los hubiera en aquella zona montañosa. En muchas ocasiones Jack creía que lo sabía todo sobre el Himalaya, pero esta vez no era una de ellas. Maravillado por lo que veía, intentó describirlo por radio a sus compañeros.

– Hay abetos blancos del Himalaya, abedules, enebros y arbustos de coníferas que nunca había visto. Y los rododendros son absolutamente increíbles. He visto algunos que medían diez metros de altura, pero éstos deben de medir quince. Y son muy frondosos. Esto parece más una selva tropical que un paisaje alpino.

Miró el cielo y, al hacerlo, el plástico fotocrómico del casco fue oscureciéndose con la luz del sol; entonces vio una enorme ave rapaz, que le pareció que era un buitre del Himalaya que sobrevolaba el valle desde muy alto en busca de alimento.

Oyó un ruido de algo que correteaba cerca de donde él estaba. Era una liebre pequeña, casi mansa.

– Hay también vida animal. Acabo de ver un conejo. Si el yeti tiene un hábitat natural, estoy seguro de que es éste. Swift, lo hemos encontrado.

– Jack, soy Byron. Odio ser aguafiestas, pero tengo que advertirte una vez más de que debes extremar las precauciones. Si este hábitat es tan parecido a una selva tropical como dices, es de suponer que hay bastantes probabilidades de que el yeti se comporte como cualquier gorila de montaña. Abrirte paso entre una vegetación alta y frondosa con el traje espacial que llevas podría ser muy peligroso. Sobre todo si los yetis están con sus crías. Y también si han aprendido a tratar al hombre como a un enemigo, porque entonces cabe esperar que defiendan su hábitat con muchísima agresividad. Jack, bajo ningún concepto debes intentar encontrar una guarida. Los gorilas de las montañas colocan comúnmente centinelas, que vigilan y protegen al resto del grupo. Lo más probable es que ya te hayan avistado, pero no reaccionarán a no ser que consideren que eres una amenaza para ellos.

– Lo que tú digas, Byron, tú eres el experto. Pero me parece un pecado volver ahora, después de haber llegado tan lejos.

– Acuérdate de la experiencia de Hurké Gurung.

– Tienes razón.

Un silbido, tan fuerte como el de un obrero de la construcción, resonó por todo el bosque como para confirmar lo que acababa de decir Cody.

– ¿Lo habéis oído? -preguntó Jack.

– Sí, lo hemos oído -afirmó Cody-. Y ahora sal de ahí de una vez.

– Voy para allá.

Jack se volvió de mala gana con la intención de desandar lo andado. La verdad es que tampoco le hubiera resultado fácil seguir adelante. El bosque de rododendros parecía tan impenetrable que habría necesitado un machete de los que se utilizan en la selva, un khukuri, para abrirse camino en él y atravesarlo.

Otro silbido, esta vez más fuerte. ¿Estaría acercándose un yeti? No importaba. Él ya se marchaba. Ya estaba en la morrena central que conducía a la caverna de hielo.

Echó una mirada al panel de control; le quedaba energía para ocho horas, más que suficiente para volver a la superficie. Oyó un crujido y sintió que el corazón se le disparaba protestando por la ansiedad a la que lo sometía. Jack se volvió para mirar el bosque otra vez, y vio que entre los arbustos gigantes de rododendros algo se movía. Por primera vez desde que había llegado al límite del bosque, se alarmó. Se alegraba de haber seguido el consejo de Cody, pues habría sido una locura adentrarse en el bosque. Jack se volvió y, aunque oyó un ruido que bien podían ser animales golpeándose el pecho, siguió andando a paso ligero. La alarma se había convertido en miedo. Cuanto antes saliera de allí, mejor. La próxima vez vendría acompañado de Jameson y traerían un arma y una red. Un arma no, varias.

De nuevo el sonido de un simio golpeándose el pecho. Era como el ruido que hacen los cocos al caer al suelo cuando se abre el saco en el que están metidos. O como el ruido lejano de un taladro al perforar un muro. Volvió a acelerar el paso. Ahora corría, casi. En la morrena dio trompicones, pues los crampones no eran adecuados para aquel terreno y era consciente de que debía habérselos quitado, y miró al suelo para ver dónde ponía los pies. Al adentrarse en la negrura, la luz que tenía en lo alto del casco se encendió automáticamente e iluminó el techo altísimo y a una especie de demonio que soltaba bramidos y se abalanzaba sobre él desde la caverna a oscuras.

Jack oyó que alguien chillaba «¡mierda!», y emitió un gemido cuando el golpe le vació de aire los pulmones y le hizo caer de espaldas al suelo, como si hubiera chocado con el jugador de fútbol americano más fuerte que cupiese imaginar. Sintió un dolor agudo en las costillas similar al de un fuerte puñetazo, y después un tormento más prolongado cuando aquel tornado de brazos y piernas le arrastraba unos diez o doce metros hasta el bosque. Entonces le mordieron salvajemente. Lo último que notó, antes de perder el conocimiento, fue que le arrastraban entre los rododendros por una pendiente no muy larga y el dolor insoportable cuando volvieron a hincarle los dientes.

DIECINUEVE

Recordad vuestra naturaleza humana y olvidad todo lo demás.

Bertrand Russell y

Albert Einstein, Manifiesto

Sentados en el interior de la tienda que habían montado en el corredor, Cody, Swift, Jameson, Jutta, Mac y Tsering se miraron unos a otros llenos de angustia. Todos habían oído los horrísonos rugidos, mezclados con los gritos de terror y de dolor del propio Jack, justo antes de que su radio dejara de funcionar. Swift seguía intentando restablecer la comunicación.

– ¡Jack, por favor, contesta! ¿Estás bien?

– Debe de haberle atacado un yeti -dijo Cody retorciéndose la barba, nervioso.

– Eso parece -afirmó Mac.

– Le habrán vapuleado hasta tumbarle.

– ¿Me oyes?

Swift dejó de apretar el botón de emisión y esperó un momento, pero, aparte del viento, no se oía nada más. Arrojó la radio y se cubrió el rostro con las manos, pugnando por dominarse y reprimir un grito fiero de desesperación que amenazaba con escapársele.

– Una vez me atrapó un gorila de las montañas -comentó Cody-. Fue culpa mía, porque violé el protocolo normal de los gorilas. Ocurrió en el santuario de gorilas de Kigezei. Era uno de esos que tienen el pelaje de la espalda blanco y pesaba por lo menos ciento ochenta kilos, era muy grande. Me rompió la clavícula y me dio un mordisco muy cerca de la arteria femoral. Todavía tengo las cicatrices. Hay una…

– ¿Queréis decirme -le atajó Swift- cómo vamos a ayudar a Jack?

– Me parece que debería ir uno de nosotros a rescatarle -afirmó Mac.

– Sí, pero ¿quién? -preguntó Swift.

– Pues evidentemente tú no, cariño. No es cosa de mujeres.

Instintivamente Swift empezó a argumentar que ella era tan buena candidata como cualquiera de los demás, pero de pronto vio con claridad que probablemente era la que menos preparada estaba.

– A no ser que, aparte de mujer, sea además médico y alpinista -señaló Jutta-. No veo que haya nadie mejor preparado que yo para ir a rescatarle.

– Pero imagina que tienes que cargar con él -protestó Mac-. ¿Podrías?

– Quienquiera que vaya tiene que saber cómo hay que comportarse con los grandes primates -señaló Cody.

– ¿Cómo vas a ir si tienes la nariz congelada? -intervino Jutta-. Imposible.

– ¿Y por qué tiene que ir sólo una persona? -preguntó Jameson-. ¿Por qué no dos? Con la camilla Bell. Es mucho más sensato que vayan dos que sólo uno, ¿no?

– Aquí sólo tenemos un traje climatizado -dijo Mac-. Dentro de dos horas habrá anochecido y en el interior de la grieta hará muchísimo frío. Sin traje, ninguno de nosotros podrá resistirlo.

– Mac tiene razón -dijo Jutta-. Sólo puede ir una persona.

– Iré yo -decidió el escocés.

– ¿Tú? -exclamó Jutta-. Tú eres más menudo que yo.

– Pero soy más fuerte.

– ¿No estarás confundiendo la fuerza con la agresividad? -preguntó la alemana-. Yo soy tan fuerte como tú y soy mejor alpinista. Si está malherido, necesitará cuidados médicos. Y quizá con urgencia. No sabemos cuánto tiempo puede sobrevivir sin ser atendido.

– Suponiendo que el traje no haya sufrido desperfectos, puede sobrevivir toda la noche -dijo Mac.

– ¿Después de lo que hemos oído? -declaró Cody-. Eso es mucho suponer, teniendo en cuenta que la radio ya no funciona. Por los ruidos, parecía que le hubiera derribado un jugador de la línea delantera de los Fortyniners, incluido Joe Montana.

Se oyeron gritos fuera; llegaba un grupo de sherpas del CBA, con más provisiones y más material. Al frente de ellos iba el sirdar, que se agachó y entró en la tienda respirando agitadamente por el esfuerzo realizado. El cielo estaba gris y había empezado a nevar otra vez.

Jameson le contó lo que le había sucedido a Jack.

El sirdar escuchó atentamente, sin pestañear. Se quedó un momento pensativo, asintió y dijo:

– Me jaanchhu, Jameson sahib. Deseo ir a buscarle. Jack sahib es amigo de Hurké Gurung y una vez, hace dos, quizá tres años, él salva vida de Hurké. Así, sahib, por favor, no se puede discutir quién va y le ayuda. Si la situación fuese al revés, sería Jack sahib quien viene y me salva a mí. Es así. Además, éste es mi país y yo he estado más cerca de yeti que cualquiera de ustedes. También soy mejor escalador. Incluso sé de primeros auxilios. No se hable más. Yo voy. ¿Bujhina? En cuanto bebo té y pongo ropa espacial que pareces un astronauta, iré a buscar a mi amigo Jack sahib.

La cara adusta del sirdar tenía una expresión de torva obstinación tal que nadie osó llevarle la contraria. Jameson intercambió una mirada con Swift, que le hizo un movimiento afirmativo con la cabeza.

– De acuerdo -le dijo Jameson al sirdar-. Vas a ir tú.

– Hajur. Pugna kati samay laagcha?

– Creemos que te llevará, como mucho, unas tres horas. Deberás seguir la cornisa que hay en el interior de la grieta, que es más o menos recta.

Hurké echó una ojeada a su reloj deportivo Casio y después afuera. El tiempo había empeorado en los minutos que llevaban allí él y los sherpas que habían subido desde el riñón. El cielo estaba plomizo y caía nieve, aunque no mucha.

– Para entonces será de noche. Y quizá viene mal tiempo. En cuanto llego a la grieta, resto de equipo debe bajar a campamento I. No quedarse aquí.

– Tiene razón -dijo Mac-. Mejor será que vaya a organizar con los chicos los preparativos para marcharnos.

– Mac sahib. Antes de irse. Mero tasbir khichnukos? Laai ke bhaanchha? -Se encogió de hombros como pidiendo disculpas-. ¿Podría hacer mi fotografía, por favor?

– Pues claro -dijo Mac, quien cogió la Nikon, que llevaba colgada del cuello, y rápidamente le sacó una foto al sirdar.

– Gracias, sahib. Es para mujer e hijo. En caso ocurre algo feo, ¿puede encargar que la reciban?

– Desde luego. Pero no digas tonterías. No te va a pasar nada.