/ Language: Español / Genre:detective,

Réquiem Alemán

Philip Kerr

Berlín 1947. Tras la derrota de la Alemania Nazi en la II Guerra Mundial Bernie Gunther,sobrevive como detective privado en una dura postguerra en que los berlineses se encuentran atemorizados por la represión que sufren por parte de las tropas soviéticas (el Ejército Rojo) sobre todo en la llamada Zona Este de la ciudad. Gunther luchó en el frente ruso y pasó una temporada en un campo de concentración soviético antes de poder regresar a Berlín con 15 kilos menos de peso y una ligera cojera como recuerdo. En Réquiem Alemán Bernie Gunther recibe el encargo por parte de un coronel de la inteligencia soviética de investigar el caso de Emil Becker, un amigo común antiguo compañero de Gunther en la policía criminal (la Kripo). Becker, que después de la guerra controlaba parte del mercado negro en la ciudad austríaca de Viena, ha sido detenido por los estadounidenses acusado del asesinato de uno de los suyos. Pero Becker se declara inocente y reclama a Gunther como el único hombre en que confía para demostrar la verdad. Pero para conseguir la verdad, Gunther deberá sumergirse en las luchas secretas entre los distintos servicios de inteligencia aliados en lo que fueron los inicios de la llamada Guerra Fría.

Philip Kerr

Réquiem Alemán

Berlín Noir 03

Título original: Berlin Noir. A German Requiem

Traducción cedida por: Random House Mondadori

© 1991. Philip Kerr

© de la traducción: 2001. Isabel Merino

***

No es lo que construyeron. Es lo que destruyeron.

No son las casas. Son los espacios entre las casas.

No son las calles que existen. Son las calles que ya no existen.

No son tus recuerdos lo que te persigue.

No es lo que has anotado.

Es lo que has olvidado, lo que debes olvidar.

Lo que debes seguir olvidando toda tu vida.

De «Un réquiem alemán»,

de James Fenton

Primera parte

Berlín, 1947

En estos tiempos, si eres alemán, pasas tu tiempo en el Purgatorio antes de morir, sufriendo en la tierra por todos los pecados cometidos por tu país, de los que no se ha arrepentido y por los que no ha sido castigado, hasta el día en que, con la ayuda de las preces de las potencias -bien, al menos de tres de ellas-, Alemania quede finalmente purificada.

Porque ahora vivimos en el miedo. Sobre todo es miedo a los ivanes, igualado sólo por el terror casi universal a las enfermedades venéreas, que se han convertido en algo muy parecido a una epidemia, aunque suele pensarse que ambas aflicciones son sinónimas.

1

Era un día frío y hermoso. De esa clase que se aprecia mejor si tienes un fuego que avivar y un perro al que acariciar. Yo no tenía ninguna de las dos cosas, además tampoco había combustible alguno y nunca me han gustado mucho los perros. Pero gracias al edredón en que me había envuelto las piernas, no tenía frío y justo empezaba a felicitarme por poder trabajar en casa -con la sala haciendo las veces de despacho- cuando alguien llamó a lo que pasaba por ser la puerta principal.

Solté un taco y me levanté del sofá.

– Me llevará un minuto -grité a través de la madera-, así que no se vaya. -Di la vuelta a la llave en la cerradura y empecé a tirar de la enorme manija de bronce-. Sería una ayuda si usted empujase desde su lado -grité de nuevo. Oí el roce de los zapatos en el descansillo y luego noté la presión al otro lado de la puerta. Finalmente se abrió de golpe.

Era un hombre de unos sesenta años. Con sus pómulos altos, su nariz pequeña y fina, sus patillas anticuadas y su expresión de enfado, me recordaba a un babuino dominante, viejo y malvado.

– Me parece que me he roto algo -gruñó frotándose el hombro.

– Lo siento -dije, y me hice a un lado para dejarlo pasar-. Ha habido muchos hundimientos en el edificio. Sería necesario volver a colocar la puerta, pero, claro, no es posible encontrar herramientas. -Lo acompañé a la sala-. Con todo, no podemos quejarnos. Nos han puesto cristales nuevos y parece que el tejado no deja entrar la lluvia. Siéntese.

Señalé al único sillón y yo volví a ocupar mi sitio en el sofá.

El hombre dejó el maletín en el suelo, se quitó el sombrero hongo y se sentó exhalando un suspiro fatigado. No se desabrochó el abrigo, de color gris, y yo no le culpé por ello.

– He visto su anuncio en una pared de la Kurfürstendamm -explicó.

– ¿De verdad? -dije, recordando vagamente las palabras que había escrito en un pequeño trozo de cartulina la semana anterior. Fue idea de Kirsten. Con todos los letreros anunciando personas en busca de pareja y comercios matrimoniales que cubrían los muros de los ruinosos edificios de Berlín, suponía que nadie se habría molestado en leerlo. Pero ella había tenido razón, después de todo.

– Me llamo Novak -dijo mi visitante-. Doctor Novak. Soy ingeniero, de procesos metalúrgicos, en una fábrica de Wernigerode. Mi trabajo tiene que ver con la extracción y producción de metales no ferruginosos.

– Wernigerode -dije-, eso está en las montañas Harz, ¿no?

Cabeceó asintiendo.

– He venido a Berlín a dar una serie de conferencias en la universidad. Esta mañana he recibido un telegrama en el hotel, el Mitropa…

Fruncí el ceño, tratando de recordar el hotel.

– Es uno de esos hoteles búnker -dijo Novak. Durante un momento pareció inclinado a hablarme de ello, pero luego cambió de opinión-. El telegrama era de mi mujer, instándome a interrumpir mi viaje y volver a casa.

– ¿Por alguna razón en particular?

Me dio el telegrama.

– Dice que mi madre no está bien.

Desdoblé el papel, miré el mensaje mecanografiado y observé que lo que realmente decía era que estaba gravemente enferma.

– Lo siento.

El doctor Novak negó con la cabeza.

– ¿No la cree?

– No creo que mi esposa enviara esto -dijo-. Puede que mi madre sea anciana, pero tiene una buena salud extraordinaria. Hace sólo dos días que estaba cortando leña. No, sospecho que es una treta de los rusos para hacerme volver lo antes posible.

– ¿Por qué?

– Hay una enorme escasez de científicos en la Unión Soviética. Me parece que intentan deportarme para quetrabaje en una de sus fábricas.

Me encogí de hombros.

– Entonces, ¿por qué dejarlo venir a Berlín?

– Eso sería conceder a la Autoridad Militar Soviética un grado de eficacia que sencillamente no tiene. Sospecho que la orden de mi deportación acaba de llegar de Moscú y que la AMS quiere que vuelva lo antes posible.

– ¿Ha telegrafiado a su esposa? Para que le confirme el telegrama.

– Sí. Lo único que me ha dicho es que tengo que volver enseguida.

– Así que quiere saber si los ivanes la han cogido.

– He ido a la policía militar, aquí en Berlín -dijo-, pero…

Su hondo suspiro me informó del éxito que había tenido.

– No, no le ayudarán -dije-. Ha hecho bien en venir a verme.

– ¿Puede ayudarme, Herr Gunther?

– Eso significa entrar en la Zona -dije, medio para mis adentros, como si necesitara que me convencieran, lo cual era cierto-. A Potsdam. Conozco a alguien a quien podría sobornar en el cuartel general de las fuerzas armadas soviéticas en Alemania. Tendrá que pagarlo, y no me refiero a un par de chocolatinas.

Asintió solemnemente.

– ¿No tendrá algunos dólares, por casualidad, doctor Novak? Negó con la cabeza.

– Y también está la cuestión de mis honorarios.

– ¿Qué me sugeriría?

Señalé su maletín.

– ¿Qué tiene?

– Me temo que sólo papeles.

– Debe de tener algo. Piense. Quizá algo en el hotel.

Bajó la cabeza y suspiró de nuevo mientras trataba de recordar alguna posesión que pudiera tener algún valor.

– Escuche, Herr Doktor, ¿se ha preguntado qué hará si resulta que los rusos tienen a su mujer?

– Sí -dijo, sombrío, y los ojos se le nublaron durante un momento.

Estaba suficientemente claro. Las cosas no pintaban bien para Frau Novak.

– Espere un momento -dijo metiendo la mano en la americana y sacando una pluma de oro-. Tengo esto.

Me dio la pluma.

– Es una Parker, de dieciocho quilates.

Valoré rápidamente lo que valía.

– Unos mil cuatrocientos dólares en el mercado negro -dije-. Sí, con esto será suficiente para los ivanes. Adoran las plumas estilográficas, casi tanto como los relojes.

Arqueé las cejas insinuante.

– Me temo que no puedo separarme del reloj -dijo Novak-. Es un regalo de mi esposa. -Sonrió apenas al darse cuenta de la ironía.

Asentí, comprensivo, y decidí seguir con el asunto antes de que el sentimiento de culpa lo dominara.

– Y en lo que respecta a mis honorarios… Mencionó la metalurgia. No tendrá acceso a un laboratorio, ¿verdad?

– Sí, claro que lo tengo.

– ¿Y a una fundición?

Asintió, pensativo, y luego con más decisión cuando comprendió de qué se trataba.

– Quiere carbón, ¿es eso?

– ¿Puede conseguir algo?

– ¿Cuánto quiere?

– Cincuenta kilos estaría bien.

– De acuerdo.

– Vuelva dentro de veinticuatro horas -le dije-. Para entonces debería de tener alguna información.

Treinta minutos más tarde, después de dejar una nota para mi esposa, salía del apartamento y me dirigía a la estación de ferrocarril.

A finales de 1947, Berlín seguía pareciéndose a una colosal Acrópolis de muros derrumbados y edificios en ruinas, un vasto y rotundo megalito en honor a los desechos de la guerra y al poder de 75.000 toneladas de explosivos. La destrucción que había inundado la capital de las ambiciones de Hitler no tenía paralelo; una devastación de una escala wagneriana en la que el Anillo [1] hubiera completado su círculo; la iluminación definitiva de aquel crepúsculo de los dioses.

En muchas partes de la ciudad un plano habría sido casi de tanta utilidad como la bayeta de un limpiaventanas. Las calles principales serpenteaban como ríos alrededor de montones de escombros. Los caminos se abrían vertiginosamente en inestables montañas de traicioneros escombros que, a veces, cuando hacía más calor, daban al olfato una pista inequívoca de que allí había enterrado algo más que los muebles de una casa.

No era fácil hacerse con una brújula y se necesitaba mucho valor para encontrar el camino a lo largo de aquellas calles de imitación en las cuales sólo las fachadas de las tiendas y los hoteles se mantenían en pie, inestables, como si fueran los decorados abandonados de una película; y se necesitaba muy buena memoria para recordar dónde todavía vivía alguien, en húmedos sótanos o, con mayor precariedad, en los pisos inferiores de los edificios de los que había desaparecido limpiamente un muro entero, dejando al descubierto todas las habitaciones y la vida interior, como si de una casa de muñecas gigante se tratara. Pocos eran los que se arriesgaban a ocupar los pisos superiores, sobre todo porque había pocos tejados intactos y muchas escaleras peligrosas.

La vida en medio de los restos del hundimiento de Alemania seguía siendo, con frecuencia, tan poco segura como lo había sido en los últimos días de la guerra: una pared que se hundía aquí, una bomba sin explotar allí. Todavía se parecía bastante a una lotería.

En la estación de ferrocarril compré lo que esperaba que fuera un billete ganador.

2

Por la noche, en el último tren de vuelta a Berlín desde Potsdam, tenía un vagón para mí solo. Debería haber tenido más cuidado, pero me sentía satisfecho de mí mismo por haber resuelto con éxito el caso del doctor y, además, estaba cansado porque aquel asunto me había ocupado casi todo el día y una parte importante de la noche.

Buena parte de ese tiempo se lo había llevado el viaje. Por lo general, ahora los viajes duraban dos o tres veces más que antes de la guerra, y lo que antes era un trayecto de media hora hasta Potsdam ahora llevaba casi dos. Estaba cerrando los ojos para echar un sueñecito cuando el tren empezó a frenar y luego se detuvo bruscamente.

Pasaron varios minutos antes de que se abriera la puerta del vagón y subiera a bordo un soldado ruso que apestaba. Murmuró un saludo dirigido a mí al que correspondí con un cortés cabeceo. Pero casi inmediatamente me preparé para lo peor cuando, oscilando suavemente sobre sus enormes pies, se quitó del hombro la carabina Mosin Nagant y le quitó el seguro. En lugar de apuntarme, se dio media vuelta y disparó el arma a través de la ventana. Después de una breve pausa mis pulmones volvieron a funcionar cuando comprendí que aquello había sido una señal para el conductor.

El ruso eructó, se dejó caer pesadamente en el asiento cuando el tren empezó a moverse otra vez, se quitó el gorro de piel de cordero con el dorso de la mugrienta mano y, echándose hacia atrás, cerró los ojos.

Saqué del bolsillo de la chaqueta un ejemplar del Telegraph, editado por los británicos y, con un ojo en el iván, fingí leer. La mayoría de las noticias eran sobre delitos: en la Zona Este, las violaciones y los robos a mano armada eran algo tan habitual como el vodka barato, que la mitad de las veces era precisamente la causa de que se cometieran. A veces parecía como si Alemania siguiera en las sangrientas garras de la guerra de los Treinta Años.

Entre las mujeres que yo conocía, eran solo un puñado las que no podían describir un incidente en el cual hubieransido acosadas o violadas por un ruso. Incluso excluyendo las fantasías de unas cuantas neuróticas, seguía habiendo un número pasmoso de delitos relacionados con el sexo. Mi mujer conocía a varias chicas que habían sido atacadas hacía muy poco, en vísperas del trigésimo aniversario de la Revolución Rusa. Una de estas chicas, violada por no menos de cinco soldados del Ejército Rojo en una comisaría de policía en Rangsdorff y contagiada de sífilis a raíz de la agresión, trató de presentar una denuncia, pero se vio sometida a un examen médico forzoso y fue acusada de prostitución. Claro que también había quien decía que los ivanes se limitaban a tomar por la fuerza lo que las mujeres alemanas estaban más que dispuestas a vender a los británicos y a los norteamericanos.

Presentar una queja en la Kommendatura soviética porque los soldados del Ejército Rojo te habían robado era, igualmente, vano. Lo más probable era que te informaran de que «todo lo que el pueblo alemán tiene es un regalo del pueblo de la Unión Soviética». Esto era una autorización suficiente para los robos indiscriminados en toda la Zona, y a veces tenías suerte si sobrevivías para presentar la denuncia. El expolio practicado por el Ejército Rojo y sus muchos desertores apenas era ligeramente menos peligroso que un vuelo en el Hinderburg. Se sabía de pasajeros del tren entre Berlín y Magdeburgo que habían sido despojados de toda la ropa y tirados del tren en marcha. La carretera de Berlín a Leipzig era tan peligrosa que, con frecuencia, los vehículos solo la recorrían formando convoyes; el Telegraph había publicado la noticia de un asalto en el cual a cuatro boxeadores, que iban de camino a un combate en Leipzig, los habían asaltado y les habían robado todo salvo la vida. Los más famosos eran los setenta y cinco atracos cometidos por la banda de la limusina azul, que actuaba en la carretera Berlin-Michendorf y que contaba entre sus cabecillas al subcomisario jefe de la policía de Potsdam, controlada por los soviéticos.

A las personas que pensaban en visitar la Zona Este, yo les aconsejaba que no lo hicieran y, si alguien persistía ensu idea, le decía:

– No lleve reloj de pulsera, a los ivanes les encanta robarlos; no lleve nada excepto su chaqueta y sus zapatos más viejos, a los ivanes les gusta la calidad; no discuta ni replique, los ivanes no tienen ningún reparo en matar; si tiene que hablar con ellos, despotrique de los fascistas norteamericanos y no lea ningún periódico que no sea el de ellos, el Taegliche Rundschau.

Eran, todos, buenos consejos y habría hecho bien en seguirlos yo mismo, porque, de repente, el iván de mi compartimiento se había puesto de pie y se balanceaba inseguro por encima de mí.

– Vi vihodeetye?, ¿va a bajar? -le pregunté.

Parpadeó con expresión de crápula y luego fijó los ojos con malevolencia en mí y en mi periódico antes de arrancármelo de las manos.

Era un tipo de las tribus de las montañas, un enorme y estúpido checheno con ojos negros almendrados, una mandíbula angulosa tan ancha como la estepa y un pecho como una campana de iglesia puesta al revés; el tipo de iván sobre el que se hacen chistes; por ejemplo, que no sabían lo que eran los retretes y metían la comida en la taza pensando que era una nevera (algunas de las historias incluso eran verdad).

– Lzhy, mentiras -rugió, blandiendo el periódico delante de su cara, exhibiendo en la boca abierta y babeante unos dientes amarillentos grandes como adoquines. Poniendo la bota a mi lado en el asiento, se inclinó acercándose más-. Lganyo -repitió en un tono inferior al olor a salchicha y cerveza que su aliento lanzaba ante mi impotente nariz.

Pareció darse cuenta del asco que yo sentía y le dio vueltas a esa idea en su cabezota de oso como si fuera un caramelo. Dejando caer el Telegraph al suelo, tendió la callosa mano hacia mí.

– Ya hachoo padarok -dijo y luego, lentamente, en alemán-: Quiero regalo.

Le sonreí asintiendo como un idiota, y comprendí que iba a tener que matarlo o dejar que me matara.

– Padarok -repetí-, padarok.

Me puse lentamente en pie y, sin dejar de sonreír ni de asentir, me arremangué la chaqueta para dejar al descubierto la muñeca desnuda. Ahora también el iván sonreía, convencido de que había tropezado con algo bueno. Me encogí de hombros.

– Oo menya nyet chasov -dije, explicando que no tenía ningún reloj para darle.

– Shto oo vas yest?, ¿qué tienes?

– Nichto -dije sacudiendo la cabeza e invitándolo a que me registrara los bolsillos de la chaqueta-. Nada.

– Shtoo oo vas yest? -repitió, esta vez más alto.

Hacía, reflexioné, lo mismo que yo cuando hablaba con el pobre doctor Novak, cuya esposa, como había podido confirmar, estaba en poder del MVD, la policía política secreta soviética: tratar de averiguar qué tenía para canjear.

– Nichto -repetí.

La sonrisa desapareció de la cara del iván. Escupió al suelo del compartimiento.

– Vroon, mentiroso -gruñó, y me golpeó en el brazo.

Sacudí la cabeza y le dije que no mentía.

Extendió el brazo para volver a empujarme, solo que esta vez no llegó a hacerlo y cogió la manga de la chaqueta entre sus sucios pulgar e índice.

– Doraga, cara -dijo, con aprobación, palpando el tejido.

Negué con la cabeza, pero la chaqueta era de cachemira negra (justo la clase de chaqueta que resultaba absurdo llevar en la Zona) y no servía de nada discutir; el iván ya se estaba desatando el cinturón.

– Ya hachoo vashi koyt -dijo quitándose su propio chaquetón, lleno de remiendos. Luego fue hasta el otro lado del compartimiento, abrió la puerta de un golpe y me informó de que ya estaba dándole la chaqueta o me tiraría del tren.

Yo no tenía ninguna duda de que me tiraría tanto si se la daba como si no. Ahora me tocó a mí escupir.

– Nu, nyelzya, ni hablar -dije-. ¿Quieres esta chaqueta? Ven y cógela, svinya, idiota de mierda, cretino kryestyan'in, asqueroso. Anda, ven, cógela, borracho, cabrón de mierda.

El iván soltó un gruñido furioso y cogió la carabina del asiento donde la había dejado. Ese fue su primer error. Yolo había visto avisar al conductor del tren disparando el arma por la ventana y sabía que no podía quedarle ningún cartucho en la recámara. Fue un proceso de deducción que él también hizo, solo que unos segundos después que yo, y para entonces y mientras él manipulaba el cerrojo, yo ya le había incrustado la punta de la bota en la entrepierna.

La carabina golpeó ruidosamente contra el suelo mientras el iván se doblaba de dolor, metiéndose una mano entre las piernas; con la otra me soltó un trallazo, atizándome un golpe terrible en el muslo que me dejó la pierna más muerta que un cordero en la carnicería.

Cuando se enderezaba le lancé un golpe con la derecha para encontrarme con el puño apresado con fuerza dentro de su enorme zarpa. Trató de agarrarme por la garganta y le golpeé con la cabeza en plena cara, lo cual hizo que me soltara el puño al llevarse la mano instintivamente a su nariz del tamaño de un nabo. Golpeé de nuevo y esta vez se agachó y me agarró por las solapas de la chaqueta. Ese fue su segundo error, pero durante un breve instante de desconcierto no lo comprendí. De forma incomprensible chilló y se apartó de mí tambaleándose, con las manos alzadas delante de él como si fuera un cirujano que acabase de lavárselas; de las yemas heridas de los dedos manaba la sangre. Solo entonces recordé las hojas de afeitar que había cosido debajo de las solapas hacía muchos meses, justo en previsión de esta eventualidad.

Mi placaje aéreo lo estrelló contra el suelo y con medio tronco por fuera de la puerta abierta del tren, que avanzaba velozmente. Me eché encima de sus piernas y me esforcé en impedir que el iván se pusiera de nuevo en pie en el interior. Unas manos pegajosas por la sangre me arañaron la cara y luego me aferraron desesperadamente por la garganta. Apretó más y oí el gorgoteo del aire al salir de mi garganta, como si fuera una cafetera exprés.

Le golpeé con fuerza en la barbilla, no una vez, sino varias, y luego presioné con la mano esforzándome para enviarlo de vuelta al raudo aire de la noche. La piel de la frente se me tensó al boquear para recuperar la respiración.

Un horrible estruendo me llenó los oídos, como si una granada me hubiera explotado justo delante de la cara y, durante un segundo pareció que se le aflojaban los dedos. Le lancé un golpe contra la cabeza y di contra el espacio vacío señalado ahora, gracias a Dios, por un muñón, bruscamente interrumpido, de vértebras humanas sanguinolentas. Un árbol, o quizá un poste de telégrafos, lo había decapitado limpiamente.

Con el pecho como un saco lleno de aterrorizados conejos jadeantes, me dejé caer al interior del vagón, demasiado exhausto para ceder a la oleada de náuseas que empezaba a inundarme. Pero al cabo de unos segundos no pude resistirme más y, doblado por una súbita contracción del estómago, vomité copiosamente encima del cuerpo del soldado muerto.

Pasaron varios minutos antes de que me sintiera lo bastante fuerte para empujar el cuerpo afuera, seguido inmediatamente de la carabina. Recogí el maloliente chaquetón del iván del asiento para tirarlo también, pero su peso me hizo vacilar. Al registrar los bolsillos encontré una 38 automática, de fabricación checa, un puñado de relojes de pulsera, probablemente todos robados, y una botella medio vacía de Moscovskaya. Después de decidir quedarme con la pistola y los relojes, destapé el vodka, limpié el gollete y alcé la botella al helado cielo de la noche.

– Alla rasi bo sun, Dios te salve -dije, y eché un generoso trago. Luego tiré la botella y el chaquetón fuera del tren y cerré la puerta.

Cuando llegué de vuelta a la estación del ferrocarril, la nieve flotaba en el aire como si fueran fragmentos de pelusa y se acumulaba en pequeñas pistas de esquí en el rincón entre el muro de la estación y la calle. Era el día más frío de toda la semana y el cielo estaba cargado de amenazas de algo peor. La niebla envolvía las blancas calles como el humo de los puros se desliza a través de un mantel bien almidonado. Cerca, un farol ardía sin demasiadaintensidad, pero con el brillo suficiente para iluminarme la cara y que la viera un soldado británico que se dirigía a casa, haciendo eses, con varias botellas de cerveza en cada mano. La boba sonrisa de la borrachera que le iluminaba la cara cambió a una expresión más circunspecta cuando me echó la vista encima, y el juramento que lanzó denotaba temor.

Pasé a su lado cojeando y oí el ruido de una botella al romperse contra el suelo después de resbalar de entre unos dedos nerviosos. De repente se me ocurrió que llevaba las manos y la cara cubiertas con la sangre del iván y la mía propia. Debía tener el mismo aspecto que la última toga de Julio César.

Me oculté en una callejuela cercana y me lavé con un poco de nieve. Me pareció que no solo eliminaba la sangre, sino también la piel, y que probablemente seguía con la cara igual de roja que antes. Completado mi helado aseo, seguí andando, tan rápido como podía, y llegué a casa sin más incidentes.

Era bien pasada la medianoche cuando abrí la puerta de entrada con un golpe de hombro; por lo menos, entrar era más fácil que salir. Como esperaba que mi esposa estuviera ya en la cama, no me sorprendió encontrar el piso a oscuras, pero cuando entré en el dormitorio vi que allí no había nadie.

Me vacié los bolsillos y me preparé para acostarme.

Esparcidos por encima de la mesita de noche, todos los relojes del iván -un Rolex, un Mickey Mouse, un Patek de oro y un Doxas- funcionaban y marcaban la misma hora, con una diferencia de apenas uno o dos minutos. Pero la visión de un control del tiempo tan preciso solo parecía acentuar la tardanza de Kirsten. Me habría preocupado por ella si no hubiera sospechado dónde estaba y qué estaba haciendo, aparte del hecho de que estaba hecho polvo.

Con las manos temblorosas por la fatiga, el córtex doliéndome como si me lo hubieran golpeado con un ablandador de carne, me arrastré a la cama con menos ánimos que si me hubieran expulsado de entre los hombres, condenándome a comer hierba como un buey.

3

Me despertó el lejano sonido de una explosión. Siempre andaban dinamitando algún edificio en ruinas. El aullido de lobo del viento azotaba la ventana, y me apreté contra el cálido cuerpo de Kirsten mientras mi cerebro descifraba las claves que me conducían de vuelta al oscuro laberinto de la duda: el perfume de su cuello, el humo de tabaco en su pelo.

No la había oído meterse en la cama.

Gradualmente, un dúo de dolor empezó a hacerse sentir entre mi pierna derecha y mi cabeza y, volviendo a cerrar los ojos, gemí y me di la vuelta, con fatiga, para ponerme de espaldas, recordando los horribles sucesos de la noche anterior. Había matado a un hombre. Y lo peor de todo era que había matado a un soldado ruso. Que hubiera actuado en defensa propia no tendría, lo sabía, apenas importancia para un tribunal nombrado por los soviéticos. Solo había un castigo por matar soldados del Ejército Rojo.

Me preguntaba cuántas personas me habrían visto volviendo de la estación de ferrocarril Potsdamer con las manos y la cara como las de un cazador de cabezas de América del Sur. Decidí que, por lo menos durante algunos meses, sería mejor que me mantuviera alejado de la Zona Este. Pero mirar el techo del dormitorio, dañado por las bombas, me recordó la posibilidad de que la Zona quizá decidiera venir a mí: ahí estaba Berlín, un boquete destripado, con los listones al aire, en una extensión, por lo demás, inmaculada, y en un rincón de la habitación estaba el saco de yeso, conseguido en el mercado negro, con el cual tenía la intención de taparlo cualquier día. Había pocas personas, yo incluido, que no creyeran que Stalin tenía intención de llevar a cabo una misión similar para tapar el pequeño y desnudo islote de libertad que era Berlín.

Me levanté por mi lado de la cama, me lavé en el aguamanil, me vestí y fui a la cocina a buscar algo paradesayunar.

Encima de la mesa había varios comestibles que no estaban allí la noche anterior: café, mantequilla, una lata de leche condensada y un par de tabletas de chocolate, todo del Economato Militar, o EM, las únicas tiendas que tenían algo, tiendas, además, restringidas a los militares estadounidenses. El racionamiento significaba que las tiendas alemanas se vaciaban casi en el mismo momento en que llegaban los suministros.

Cualquier alimento era bienvenido. Con unos cupones que nos proporcionaban en total menos de 3.500 calorías al día entre Kirsten y yo, con frecuencia pasábamos hambre; yo había perdido más de quince kilos desde el final de la guerra. Al mismo tiempo, tenía mis dudas sobre el sistema de Kirsten para obtener ese abastecimiento extra. Pero, por el momento, dejé de lado mis sospechas y freí unas cuantas patatas con granos de sucedáneo de café para darles algo de sabor.

Atraída por el olor de la comida, Kirsten apareció en la puerta de la cocina.

– ¿Hay bastante para dos? -preguntó.

– Claro -dije, y le puse un plato delante.

Entonces se dio cuenta de la magulladura que tenía en la cara.

– Dios santo, Bernie, ¿qué demonios te ha pasado?

– Tuve un encontronazo con un iván anoche. -Dejé que me tocara la cara y mostrara su preocupación durante un momento y luego me senté a tomar el desayuno-. El cabrón trató de robarme. Nos enzarzamos a golpes unos minutos y luego se largó. Me parece que había tenido una noche muy ocupada. Se dejó unos relojes.

No iba a contarle que estaba muerto. No tenía sentido que los dos nos preocupáramos.

– Los he visto. Son bonitos. Valdrán un par de miles de dólares.

– Iré al Reichstag esta mañana para ver si puedo encontrar algunos ivanes que los quieran comprar.

– Vigila que él no esté por allí buscándote.

– No te preocupes. No me pasará nada. -Me llevé algunas patatas a la boca con el tenedor, cogí la lata de cafénorteamericano y la miré, impasible-. Volviste un poco tarde anoche, ¿no?

– Dormías como un bebé cuando llegué. -Kirsten se alisó el pelo con la palma de la mano y añadió-: Tuvimos mucho trabajo ayer. Uno de los yanquis se apoderó del local para celebrar su fiesta de cumpleaños.

– Ya veo.

Mi esposa era maestra, pero trabajaba como camarera en un bar en Zehlendorf, abierto solo para los militares estadounidenses. Debajo del abrigo que el frío la obligaba a llevar en el interior del piso, ya llevaba el vestido de cretona rojo y el diminuto delantal con volantes que era su uniforme.

Sopesé el café en la mano.

– ¿Robaste este lote?

Asintió, evitando mirarme.

– No sé cómo te las arreglas -dije-. ¿No se molestan en registraros a ninguna de vosotras? ¿No se dan cuenta de que faltan cosas en el almacén?

Se echó a reír.

– No tienes ni idea de la cantidad de comida que hay allí. Esos yanquis tienen una dieta de más de cuatro mil calorías al día. Un GI se come tu ración mensual de carne en una sola noche y aún le queda sitio para el helado. -Se acabó el desayuno y sacó un paquete de Lucky Strike del bolsillo del abrigo-. ¿Quieres?

– ¿También los has robado?

Aun así cogí uno y bajé la cabeza para acercarla al fósforo que ella acababa de encender.

– Siempre el detective -murmuró, añadiendo algo más irritada-: En realidad, estos son un regalo de uno de los yanquis. Algunos de ellos son solo unos niños, ¿sabes? Pueden ser muy amables.

– Apuesto a que sí -me oí gruñir.

– Les gusta hablar; eso es todo.

– Estoy seguro de que tu inglés debe de estar mejorando. -Sonreí abiertamente para suavizar cualquier sarcasmo que pudiera haber en mi voz. Me pregunté si me diría algo del frasco de Chanel que hacía poco había encontradoescondido en uno de sus cajones. Pero no lo mencionó.

Mucho después de que Kirsten se hubiera marchado al bar, llamaron a la puerta. Todavía nervioso por la muerte del iván, me metí su automática en el bolsillo antes de ir a abrir.

– ¿Quién es?

– El doctor Novak.

Acabamos rápidamente con nuestro asunto. Le expliqué que mi informador en el cuartel general del GSOV había confirmado con una llamada telefónica por línea interna a la policía de Magdeburgo, la ciudad más cercana a Wernigerode dentro de la Zona, que Frau Novak estaba «detenida para su propia protección» por el MVD. Cuando Novak volviera a casa, tanto él como su mujer serían deportados inmediatamente, «para hacer un trabajo vital para los intereses de los pueblos de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas», a la ciudad de Járkov, en Ucrania.

Novak asintió, sombrío.

– Eso tiene sentido -dijo con un suspiro-. La mayoría de sus investigaciones metalúrgicas las realizan allí. -¿Qué va a hacer ahora? -le pregunté.

Meneó la cabeza con una expresión de desaliento tal que sentí lástima de él. Pero no tanta como la que sentía por Frau Novak. Para ella no había ninguna salida.

– Bueno, ya sabe dónde encontrarme si puedo serle útil en algo más.

Novak señaló con un gesto el saco de carbón que le había ayudado a subir desde el taxi y dijo:

– Por el aspecto de su cara, diría que se ha ganado ese carbón.

– Digamos que aun quemándolo todo de una vez esta habitación no llegaría a estar ni siquiera templada. -Hice una pausa-. No es asunto mío, doctor Kovak, pero ¿va a volver?

– Tiene razón, no es asunto suyo.

Le deseé suerte de todos modos y, cuando se hubo ido, llevé una paletada de carbón a la sala y con un cuidado solo inquietado por mis crecientes expectativas de volver a estar caliente en casa, preparé y encendí el fuego en laestufa.

Pasé una mañana agradable, tendido en el sofá, y casi me sentía tentado a quedarme en casa durante el resto del día. Pero por la tarde saqué un bastón del armario y fui cojeando hasta la Kürfurstepdamm, donde, después de hacer cola durante al menos media hora, cogí un tranvía hacia el este.

– Mercado negro -gritó el revisor cuando estuvimos a la vista de las ruinas del viejo Reichstag, y el tranvía se vació.

Ningún alemán, por respetable que fuera, consideraba vergonzoso hacer un poco de estraperlo de vez en cuando, y con una renta media de unos doscientos marcos -suficiente para pagar un paquete de cigarrillos- incluso las empresas legales dependían en muchas ocasiones de los productos del mercado negro para pagar a los empleados. La gente utilizaba sus prácticamente inútiles Reichsmarks para pagar el alquiler y para comprar sus miserables asignaciones del racionamiento. Para los estudiosos de la economía clásica, Berlín representaba el modelo perfecto de un ciclo económico determinado por la codicia y la necesidad.

Enfrente del ennegrecido Reichstag, en un solar del tamaño de un campo de fútbol, había casi mil personas, en pequeños grupos conspiradores, sosteniendo ante sí lo que habían ido a vender, como si fuera un pasaporte en una frontera muy concurrida: paquetes de sacarina, cigarrillos, agujas de máquinas de coser, café, cartillas de racionamiento (la mayoría falsificadas), chocolate y condones. Otras deambulaban de un lado para otro, ojeando con deliberado desdén los artículos exhibidos para su inspección y buscando lo que fuera que hubieran ido a comprar. No había nada que no pudiera comprarse allí, desde los títulos de propiedad de algún edificio destruido por las bombas hasta un certificado de desnazificación falso, garantizando que el portador estaba libre de la «infección» nazi y, por lotanto, podía dársele empleo en cualquier sector sujeto al control aliado, ya fuera director de orquesta o barrendero.

Pero no eran solo los alemanes quienes iban a comerciar. Ni mucho menos. Los franceses iban a comprar joyas para sus novias, que se habían quedado allá, en casa, y los británicos para comprar cámaras para sus vacaciones en la costa. Los estadounidenses compraban antigüedades que habían sido hábilmente falsificadas en cualquiera de los muchos talleres cercanos a la Savignyplatz. Y los ivanes acudían a gastarse las mensualidades atrasadas que acababan de cobrar en relojes; o eso esperaba yo.

Me situé al lado de un hombre con muletas cuya pierna de metal sobresalía del macuto que llevaba a la espalda. Exhibí mis relojes sosteniéndolos por la correa. Al cabo de un rato saludé amistosamente a mi vecino de una sola pierna, que no parecía tener nada para vender, y le pregunté qué vendía.

Con un gesto de la cabeza me señaló el macuto.

– La pierna -dijo sin la más leve señal de pesar.

– Mala suerte.

Su cara mostró una callada resignación. Luego miró mis relojes.

– Bonitos -dijo-. Hace quince minutos había un iván por aquí buscando un reloj de oro. Por un diez por ciento veré si se lo puedo traer.

Intenté calcular cuánto tiempo tendría que esperar allí de pie, soportando el frío, antes de hacer una venta.

– Cinco -me oí decir-, si compra.

El hombre asintió y se fue dando bandazos, como un trípode viviente, en dirección al Teatro de la Ópera Kroll. Volvió al cabo de diez minutos, jadeante y acompañado no de uno, sino de dos soldados rusos, que, después de mucho discutir, compraron el Mickey Mouse y el Patek de oro por mil setecientos dólares.

Cuando se hubieron marchado saqué nueve de los grasientos billetes del taco que me habían dado los ivanes y selos di.

– A lo mejor ahora podrá conservar esa pierna suya.

– A lo mejor -dijo con un resoplido, pero más tarde vi cómo la vendía por cinco cartones de Winston.

Ya no tuve suerte aquella tarde y, después de ponerme los dos relojes que me quedaban en las muñecas, decidí irme a casa. Pero cuando pasaba junto a los fantasmales muros del Reichstag, con las ventanas tapiadas con ladrillos y la cúpula con aquel aspecto tan precario, cambié de opinión al ver una de las pintadas que había y que se me reprodujo en el interior del estómago: «Lo que hacen nuestras mujeres hace llorar a un alemán y a un GI correrse en los calzoncillos».

El tren a Zehlendorf y al sector estadounidense de Berlín me dejó a muy poca distancia al sur de la Kronprinzenallee y del bar americano Johnny's, donde trabajaba Kirsten, a menos de un kilómetro del cuartel general de Estados Unidos.

Era ya de noche cuando encontré Johnny's, un lugar lleno de luz y ruido, con las ventanas empañadas y varios jeeps aparcados delante. Un letrero colgado por encima de la entrada, de aspecto vulgar, anunciaba que el bar solo estaba abierto para los tres primeros rangos, cualquier cosa que eso fuera. Al lado de la puerta había un viejo con una joroba tan grande como un iglú; uno de los miles de colilleros de la ciudad que se ganan la vida recogiendo los restos de cigarrillos. Igual que las prostitutas, cada colillero tenía su propio territorio, y las aceras de delante de los bares y clubes norteamericanos eran los más codiciados de todos; allí, en un día bueno, un hombre o una mujer podían recuperar hasta cien colillas, lo suficiente para liar diez o quince cigarrillos enteros, con un valor total de unos cinco dólares.

– Eh, abuelo -le dije-, ¿quiere ganarse cuatro Winston?

Saqué el paquete que había comprado en el Reichstag y me puse cuatro cigarrillos en la palma de la mano. Losojos legañosos del hombre se desplazaron, ansiosos, de los cigarrillos a mi cara.

– ¿Qué hay que hacer?

– Dos ahora y dos cuando venga y me avise cuando salga esta mujer.

Le di una foto de Kirsten que llevaba en la cartera.

– Vaya tía estupenda.

– Olvide eso ahora. -Con un gesto del pulgar señalé un café de aspecto sucio algo más arriba de la calle, en dirección al cuartel general de Estados Unidos-. ¿Ve aquel café? -Él asintió-. Estaré allí.

El colillero saludó militarmente con un dedo y metiéndose rápidamente en el bolsillo la fotografia y los dos Winston, empezó a darse media vuelta para seguir escudriñando el suelo. Pero yo lo agarré por el mugriento pañuelo que llevaba alrededor del mal afeitado cuello.

– No se olvidará, ¿eh? -dije retorciéndoselo con fuerza-. Este parece un buen sitio. Así que sabré dónde buscar si no se acuerda de venir a avisarme. ¿Entendido?

El viejo pareció notar mi ansiedad y sonrió de una forma horrible.

– Puede que ella le haya olvidado, pero puede estar seguro de que yo no lo haré.

Su cara, parecida a la puerta de un garaje con puntos brillantes y manchas aceitosas, enrojeció cuando yo apreté más fuerte durante un momento.

– Mejor será -dije, y lo dejé ir, sintiéndome algo culpable por haberlo tratado con tanta rudeza. Le di otro cigarrillo como compensación y, sin tener en cuenta sus exageradas alabanzas a mi buen carácter, me dirigí calle arriba hacia el sombrío café.

Durante lo que me parecieron horas, pero no llegaron a dos, permanecí sentado en silencio en compañía de una copa grande de coñac bastante malo, fumando varios cigarrillos y escuchando las voces a mi alrededor. Cuando llegó el colillero a buscarme, sus rasgos escrofulosos exhibían una sonrisa triunfal. Le seguí al exterior y de vuelta a la calle.

– La dama, señor -dijo señalando nerviosamente a la estación de ferrocarril-. Se fue hacia allí.

Hizo una pausa mientras le pagaba el resto de sus honorarios y luego añadió:

– Con su schätzi. Un capitán, creo. En todo caso un joven apuesto, sea quien sea.

No me quedé a seguir escuchando y me encaminé tan rápidamente como pude en la dirección que me había indicado.

Pronto vi a Kirsten y al oficial norteamericano que la acompañaba, rodeándole los hombros con el brazo. Los seguí a distancia; la luna llena me proporcionaba una visión clara de su lento avance, hasta que llegaron a un bloque de pisos bombardeado, con seis niveles de pisos desplomados uno encima de otro como capas de hojaldre. Desaparecieron en el interior. Me pregunté si debía seguirlos. ¿Era necesario que lo viera todo?

Una amarga bilis se filtró desde el hígado para disolver la grasienta duda que me pesaba en los intestinos.

Al igual que con los mosquitos, los oí antes de verlos. Su inglés era más fluido que mi comprensión, pero parecía que ella le estaba explicando que no podía llegar tarde a casa dos noches seguidas. Una nube pasó por delante de la luna, oscureciendo el paisaje, y me deslicé hasta detrás de un enorme montón de piedras, donde pensaba que tendría una vista mejor. Cuando la nube desapareció y la luz de la luna brilló en todo su esplendor a través de las vigas desnudas del techo, pude verlos claramente, callados ahora. Durante un momento fueron una reproducción de la inocencia, con ella arrodillada delante de él, mientras él le ponía las manos sobre la cabeza como si le otorgara su santa bendición. Me intrigó que la cabeza de Kirsten se balanceara, pero cuando él soltó un gemido mi comprensión de lo que pasaba fue tan rápida como veloz la sensación de vacío que la acompañó.

Me marché sigilosamente y me emborraché hasta perder el sentido.

4

Pasé la noche en el sofá, algo que Kirsten, dormida en la cama cuando finalmente conseguí arrastrarme hasta casa, habría atribuido erróneamente a la bebida que perfumaba mi aliento. Fingí estar dormido hasta que la oí salir del piso, aunque no pude evitar que me besara en la frente antes de irse. Iba silbando mientras bajaba las escaleras y salía a la calle. Me levanté y la miré desde la ventana mientras se dirigía hacia el norte por la Fasanenstrasse, hacia la estación del Zoo, a coger su tren para Zehlendorf.

Cuando la perdí de vista puse manos a la obra para rescatar algún residuo de mí mismo con el que pudiera enfrentarme al día. La cabeza me latía de dolor, igual que si fuera un dobermann en celo, pero después de lavarme con una esponja helada, de tomarme un par de tazas del café del capitán y de fumarme un cigarrillo, empecé a sentirme un poco mejor. En cualquier caso, seguía demasiado obsesionado por el recuerdo de Kirsten haciéndole un francés al capitán norteamericano y por las ideas del daño que me gustaría hacerle a éste para recordar siquiera el daño que ya había causado a un soldado del Ejército Rojo; así que no tuve tanto cuidado como hubiera debido cuando llamaron a la puerta y fui a abrir.

El ruso era bajo, pero parecía más alto que el soldado más alto del Ejército Rojo gracias a las tres estrellas de oro y a los galones trenzados de color azul pálido que llevaba en las hombreras plateadas del abrigo y que lo identificaban como palkovnik, coronel del MVD.

– ¿Herr Gunther? -preguntó cortésmente.

Asentí, hosco, furioso conmigo mismo por no haber tenido más cuidado. Me pregunté dónde habría dejado la pistola del iván y si podía atreverme a intentar. ¿O quizá había hombres esperando al pie de las escaleras por si se producía esa eventualidad?

El oficial se quitó la gorra, saludó golpeando los talones como un prusiano y dio un cabezazo al aire.

– Palkovnik Poroshin, a su servicio. ¿Puedo entrar?

No esperó la respuesta. No era el tipo de persona acostumbrada a esperar por nada que no fuera su propio capricho.

Con no más de treinta años, el coronel llevaba el pelo largo para un militar. Apartándoselo de los ojos azul pálido y llevándolo hacia atrás de su pequeña cabeza, me ofreció la sombra de una sonrisa al volverse para mirarme, ya en la sala. Estaba disfrutando con mi incomodidad.

– Es Herr Bernard Gunther, ¿verdad? Tengo que estar seguro.

Que conociera mi nombre completo fue toda una sorpresa. Y también lo fue la elegante pitillera de oro que abrió con un gesto de invitación. Las manchas marrones que tenía en la punta de los cadavéricos dedos indicaba que no se ocupaba tanto de vender cigarrillos como de filmárselos. Y en el MVD no solían molestarse en compartir un cigarrillo con un hombre que estaban a punto de arrestar. Así que cogí uno y reconocí que ése era mi nombre.

Insertó un cigarrillo entre sus maxilares y sacó un Dunhill a juego para darnos fuego a los dos.

– ¿Es usted -hizo una mueca cuando se le metió el humo en los ojos-… sh'pek? ¿Cómo se dice en alemán?

– Detective privado -dije traduciendo automáticamente y lamentando mi presteza casi en el mismo momento.

Las cejas de Poroshin se elevaron en su amplia frente.

– Vaya, vaya -dijo con una ligera sorpresa que se convirtió enseguida primero en interés y luego en un placer sádico-, habla ruso.

Me encogí de hombros.

– Un poco.

– Ah, pero no era una palabra corriente. No para alguien que solo habla un poco de ruso. Sh'pek es también la palabra rusa para grasa de cerdo salada. ¿También lo sabía?

– No -dije. Pero como prisionero de guerra soviético había comido bastante de esa grasa, untada encima de pan negro, como para no conocer, y demasiado bien, el término. ¿Lo habría adivinado?

– Nye shooti?, ¿en serio? -dijo con una sonrisa-. Apuesto a que sí. Igual que apuesto a que sabe que soy del MVD ¿verdad? No llevo ni cinco minutos hablando con usted y ya puedo decir que tiene interés en ocultar el hecho de que habla un buen ruso. Pero ¿por qué?

– ¿Por qué no me dice qué quiere, coronel?

– Vamos, vamos -dijo-. En tanto que oficial de Inteligencia es natural que sienta curiosidad. Usted, precisamente, debería comprender esa clase de curiosidad, ¿no es cierto?

El humo le fluía de la nariz, fina como una aleta de tiburón, al fruncir los labios en un rictus de disculpa.

– A los alemanes no les conviene ser demasiado curiosos -dije-. Al menos en estos tiempos.

Se encogió de hombros, fue hasta mi escritorio y miró los dos relojes que había encima de él.

– Quizá -murmuró, pensativo.

Confiaba que no tuviera intención de abrir el cajón donde ahora recordaba que había guardado la automática del iván. Tratando de llevarlo de nuevo a lo que fuera que lo hubiera traído a verme, pregunté:

– ¿No es verdad que todos los detectives privados y las agencias de información están prohibidos en su zona?

– Vyerno, exacto, Herr Gunther. Y es así porque esas instituciones no sirven para nada en una democracia…

Poroshin chasqueó la lengua cuando yo empecé a interrumpirle.

– No, por favor, no lo diga, Herr Gunther. Iba a decir que no puede decirse que la Unión Soviética sea una democracia. Pero si lo dijera, el camarada presidente podría oírlo y enviar a unos hombres horribles que le secuestrarían a usted y a su esposa. Por supuesto, los dos sabemos que los únicos que ahora se ganan la vida en esta ciudad son las prostitutas, los estraperlistas y los espías. Siempre habrá prostitutas, y los estraperlistas solo durarán mientras no se reforme la moneda alemana. Queda el espionaje. Esa es la nueva profesión que hay que tener, Herr Gunther. Tendría que olvidarse de ser detective privado cuando hay tantas nuevas oportunidades para las personascomo usted.

– Eso suena casi como si me estuviera ofreciendo un empleo, coronel.

Sonrió irónicamente.

– Bien mirado, no es mala idea. Pero no he venido por eso. -Volvió la cabeza y miró el sillón-. ¿Puedo sentarme?

– No faltaría más. Me temo que no puedo ofrecerle nada más que café.

– Gracias, pero no. Encuentro que es demasiado excitante.

Me acomodé en el sofá y esperé que empezara.

– Tenemos un amigo común, Emil Becker, que se ha metido en la boca del lobo, como dicen ustedes.

– ¿Becker? -Pensé un momento y recordé una cara de la ofensiva rusa de 1941 y, antes de eso, de la policía Reichskriminal, la Kripo-. No lo he visto desde hace mucho tiempo. No diría que es exactamente un amigo mío, pero ¿qué ha hecho? ¿Por qué lo han detenido?

Poroshin negó con la cabeza.

– Lo ha entendido mal. No tiene problemas con nosotros, sino con los estadounidenses. Para ser preciso, con su policía militar en Viena.

– O sea que, si ustedes no lo han cogido y los estadounidenses sí, es que, de verdad, ha cometido un delito.

Poroshin dejó pasar mi sarcasmo.

– Lo han acusado del asesinato de un oficial estadounidense, un capitán del ejército.

– Bueno, todos hemos sentido ganas de hacer algo así en algún momento. -Hice un gesto de negación ante la mirada interrogadora de Poroshin-. No importa.

– Lo que importa es que Becker no lo mató -dijo con firmeza-. Es inocente. Sin embargo, los estadounidenses tienen pruebas sólidas y, sin ninguna duda, lo colgarán si alguien no hace algo para ayudarlo.

– No veo qué puedo hacer yo.

– Quiere contratarlo, en calidad de detective privado, naturalmente. Para probar su inocencia. Y le pagará generosamente; tanto si pierde como si gana, una suma de cinco mil dólares.

Se me escapó un silbido.

– Eso es un montón de dinero.

– La mitad a pagar ahora, en oro. El resto se le pagará a su llegada a Viena.

– ¿Y cuál es su interés en esto, coronel?

Tensó los músculos dentro del apretado cuello de su inmaculada guerrera.

– Como le he dicho, Becker es un amigo.

– ¿Le importa explicarme por qué?

– Me salvó la vida, Herr Gunther. Tengo que hacer todo lo que pueda por ayudarlo. Pero, como comprenderá, me resultaría políticamente difícil hacerlo de un modo oficial.

– ¿Cómo es que conoce tan bien los deseos de Becker en este asunto? Me cuesta imaginar que le telefonea desde una prisión estadounidense.

– Tiene un abogado, por supuesto. Fue el abogado de Becker quien me pidió que tratara de encontrarlo a usted para pedirle que ayudara a su viejo camarada.

– Nunca fue mi camarada. Es cierto que en una ocasión trabajamos juntos. Pero no somos «viejos camaradas».

Poroshin se encogió de hombros.

– Como quiera.

– Cinco mil dólares. ¿De dónde saca Becker cinco mil dólares?

– Es un hombre de recursos.

– Es una forma de decirlo. ¿Qué hace ahora?

– Dirige una empresa de importación y exportación aquí y en Viena.

– Un eufemismo muy elegante. Mercado negro, supongo.

Poroshin asintió, excusándose, y me ofreció otro cigarrillo de su pitillera de oro. Lo fumé con parsimonia, pensando qué pequeño porcentaje de todo esto sería trigo limpio.

– Bien, ¿qué me dice?

– No puedo hacerlo -dije finalmente-. Primero le daré la razón cortés.

Me puse en pie y fui hasta la ventana. En la calle había un BMW nuevo y reluciente con un banderín de la Unión Soviética en el capó; apoyado en él había un soldado del Ejército Rojo, grande y con aspecto duro.

– Coronel Poroshin, no habrá escapado a su atención que cada vez es más difícil entrar y salir de esta ciudad. Después de todo, ustedes tienen Berlín rodeado por medio Ejército Rojo. Pero al margen de las restriccionescorrientes para viajar que afectan a los alemanes, las cosas parecen haber empeorado bastante en estas últimas semanas, incluso para sus llamados aliados. Y con tantas personas desplazadas tratando de entrar en Austria ¿legalmente, a los austríacos no les molesta en absoluto que no se fomenten los viajes. Bueno, esa es la razón cortés.

– Pero todo eso no es un problema -dijo Poroshin tranquilamente-. Por un viejo amigo como Emil, tiraré de unos cuantos hilos con mucho gusto. Vales de ferrocarril, pases rosa, billetes… todo eso puede arreglarse fácilmente. Puede confiar en mí para hacer todos los arreglos necesarios.

– Bueno, supongo que esa es la segunda razón por la que no voy a hacerlo. La menos cortés. No confio en usted, coronel. ¿Por qué tendría que hacerlo? Habla de tirar de unos cuantos hilos para ayudar a Emil. Pero le sería igual de fácil tirar de ellos en sentido contrario. Las cosas son bastante inestables a su lado de la valla. Conozco a alguien que volvió de la guerra y se encontró a unos cargos del partido comunista viviendo en su casa, personas para las que nada era más fácil que tirar de unos cuantos hilos a fin de asegurarse de que lo encerraran en un manicomio y así poder quedarse con la casa.

»Y hace solo un mes o dos, dejé a un par de amigos bebiendo en un bar de su sector de Berlín, para enterarme más tarde de que unos minutos después de haberme marchado fuerzas soviéticas habían rodeado el lugar y obligado a todos los que estaban allí a cumplir un par de semanas de trabajos forzados.

»Así que, coronel, se lo repito: no me fio de usted y no veo razón alguna por la que debiera fiarme. Por lo que sé, podrían arrestarme en cuanto pusiera los pies en su sector.

Poroshin soltó una carcajada.

– Pero ¿por qué? ¿Por qué tendríamos que arrestarlo?

– Nunca he visto que necesitaran muchas razones -me encogí de hombros, exasperado-. Quizá porque soy detective privado. Para el MVD eso es casi tanto como ser un espía estadounidense. Se dice que el antiguo campo deconcentración de Sachsenhausen, en el que su gente sustituyó a los nazis, ahora está lleno de alemanes acusados de espiar para los estadounidenses.

– Si me permite una pequeña arrogancia, Herr Gunther, ¿piensa en serio que yo, un palkovnik del MVD, consideraría la cuestión de engañarlo y detenerlo más importante que los asuntos de la Junta Aliada de Control?

– ¿Es usted miembro de la Kommendatura? -dije sorprendido.

– Tengo el honor de ser oficial de Inteligencia del gobernador militar adjunto soviético. Puede preguntarlo en el cuartel general en la Elsholzstrasse si no me cree. -Hizo una pausa, esperando alguna reacción por mi parte-. Venga, ¿qué me contesta?

Cuando seguí sin decir nada, suspiró y meneó la cabeza.

– Nunca les entenderé a ustedes, los alemanes.

– Pues habla el alemán muy bien. No olvide que Marx era alemán.

– Sí, y también judío. Sus compatriotas dedicaron doce años a tratar de hacer que esas dos circunstancias fueran mutuamente excluyentes. Esa es una de las cosas que no comprendo. ¿Ha cambiado de opinión?

Negué con la cabeza.

– Muy bien.

El coronel no mostraba señales de que le irritara mi negativa. Miró el reloj y se puso en pie.

– Tengo que marcharme -dijo. Sacando un cuaderno de notas, empezó a escribir algo en un papel-. Si llega a cambiar de opinión me encontrará en este número de Karlshorst. Es el 55 16 44. Pregunte por la sección especial de Seguridad del general Kaverntsev. Y aquí tiene también el número de mi casa: 05 00 19.

Poroshin sonrió y señaló la nota con la cabeza cuando la cogí.

– Si llegaran a arrestarlo los estadounidenses, yo que usted no dejaría que vieran eso. Probablemente pensarían que era un espía.

Seguía riéndose de sus propias palabras mientras bajaba las escaleras.

5

Para los que habían creído en la Patria, no era la derrota lo que desmentía esa vision patriarcal de la sociedad, sino la reconstrucción. Y con el ejemplo de Berlín, arruinado por la vanidad de los hombres, se podía aprender la lección de que cuando se ha librado una guerra, cuando los soldados han muerto y los muros están destruidos, a una ciudad la constituyen sus mujeres.

Anduve hacia un cañón de granito gris que podría haber ocultado una mina muy explotada, desde donde un corto convoy de camiones cargados de ladrillos surgía, incluso en aquel mismo momento, bajo la supervisión de un grupo de mujeres desescombradoras. En el lateral de uno de sus camiones, alguien había escrito con tiza: «No hay tiempo para el amor». El recordatorio no era necesario, a juzgar por sus caras polvorientas y sus cuerpos de luchadoras. Pero tenían un ánimo tan grande como sus bíceps.

Sonriendo a pesar de sus gritos y silbidos de burla -«¿Dónde tenía las manos ahora que había que reconstruir la ciudad?»- y blandiendo mi bastón como si fuera una baja por enfermedad, seguí andando hasta llegar a la Pestalozzistrasse, donde Friedrich Korsch (un viejo amigo de los tiempos de la Kripo y ahora Kommissar de la policía de Berlín, dominada por los comunistas) me había dicho que podía encontrar a la mujer de Emil Becker.

El número 212 era un edificio bombardeado, de cinco plantas de pisos como pañuelos, con ventanas de papel. Al otro lado de la puerta principal, donde había un fuerte olor a pan quemado, se podía ver un letrero que advertía: «¡Escalera peligrosa! Utilizar bajo la responsabilidad del usuario». Por suerte para mí, los nombres y números de los pisos, escritos con tiza al lado de la puerta, me informaron de que Frau Becker vivía en la planta baja.

Bajé por un oscuro y húmedo pasillo hasta su puerta. Entre esta y el lavabo del rellano, una anciana iba recogiendo grandes fragmentos mohosos de la pared chorreante y metiéndolos en una caja de cartón.

– ¿Es usted de la Cruz Roja? -preguntó.

Le dije que no, llamé a la puerta y esperé.

Sonrió.

– Todo va bien, ¿sabe? En realidad, aquí tenemos bastante de todo.

En su voz había un tono de resignada locura.

– No pasamos hambre -dijo la anciana-. El Señor provee. -Señaló los fragmentos mohosos de su caja-. Mire. Incluso crecen hongos frescos.

Y al decirlo, arrancó un trozo de la pared y se lo comió.

Cuando por fin se abrió la puerta, durante un momento no conseguí hablar debido al asco. Frau Becker, al ver a la anciana, me hizo a un lado y salió decidida al pasillo, donde, insultándola a voz en grito, la ahuyentó.

– Vieja bruja asquerosa -murmuró-. No para de meterse en el edificio para comerse ese moho. Está loca. Como una regadera.

– Sin duda por algo que ha comido -dije medio mareado.

Frau Becker fijó en mí la mirada penetrante de sus ojos tras las gafas.

– Bueno, ¿quién es usted y qué quiere? -preguntó con brusquedad.

– Me llamó Bernhard Gunther -empecé a decir.

– He oído hablar de usted -soltó-. Está en la Kripo.

– Lo estuve.

– Será mejor que entre.

Entró detrás de mí en la helada sala, cerró la puerta de golpe y corrió los cerrojos como si tuviera un miedo mortal de algo. Al ver mi desconcierto, añadió a guisa de explicación:

– Todo cuidado es poco en estos tiempos.

Miré las repugnantes paredes, la desgastada alfombra y los viejos muebles. No había mucho, pero estaba bien cuidado. Contra la humedad no se podía hacer gran cosa.

– Charlottenburg no está tan mal -dije a guisa de atenuante-, en comparación con otras zonas.

– Puede que no -dijo-, pero puedo decirle que si hubiera venido después de anochecer, aunque hubiera estado llamando hasta el día del juicio final, yo no le habría abierto. De noche, por aquí, hay todo tipo de ratas.

Diciendo esto, cogió una tabla grande de contrachapado del sofá y, por un momento, en la penumbra de la habitación, pensé que estaba haciendo un puzzle. Luego vi los numerosos paquetes de papel de fumar Olleschau, las bolsas de colillas, los montoncitos de tabaco recuperado y las apretadas filas de los nuevos cigarrillos.

Me senté en el sofá, saqué mis Winston y le ofrecí uno.

– Gracias -dijo a regañadientes, y se puso el cigarrillo detrás de la oreja-, me lo fumaré más tarde.

Pero yo no dudé ni por un momento de que lo vendería con los demás.

– ¿Qué precio se paga ahora por uno de esos pitillos reciclados?

– Unos cinco marcos -dijo-. Yo les pago a mis colilleros cinco dólares por ciento cincuenta colillas. De ahí salen unos veinte cigarrillos. Los vendo por unos diez dólares. ¿Qué pasa, que está escribiendo un artículo sobre el tema para el Tagesspiegel? Ahórreme el habitual «Salvad Berlín», deVictor Gollancz. Usted está aquí a causa de esa mierda de marido mío, ¿no? Mire, no lo he visto desde hace mucho tiempo. Y espero no ponerle los ojos encima nunca más. Supongo que sabe que está en una cárcel de Viena, ¿verdad?

– Sí.

– Vale más que sepa que cuando los PM estadounidenses vinieron a decirme que lo habían detenido, me alegré. Podría perdonarle que me hubiera abandonado a mí, pero no a nuestro hijo.

No era posible saber si Frau Becker se había vuelto una arpía después de que el marido hubiera huido de ella o ya lo era antes. Pero, a primera vista, no era el tipo como para convencerme de que el fugado marido hubiera hecho la elección equivocada. Tenía un rictus de amargura en la boca, la mandíbula inferior prominente y pequeños dientes afilados. En cuanto le expliqué el motivo de mi visita, empezó a despotricar como una descosida. Me costó el resto de mis cigarrillos aplacarla lo suficiente para que contestara a mis preguntas.

– ¿Qué pasó exactamente? ¿Puede contármelo?

– Los PM dijeron que había disparado contra un capitán del ejército estadounidense en Viena y lo había matado. Parece que lo cogieron con las manos en la masa. Eso es todo lo que me dijeron.

– ¿Qué hay de ese coronel Poroshin? ¿Sabe algo de él?

– Usted quiere saber si puede fiarse de él o no. Eso es lo que quiere saber. Bueno, es un iván -dijo con desprecio-. Eso es lo único que necesita saber.

Meneó la cabeza y añadió con impaciencia:

– Se conocieron aquí en Berlín a raíz de uno de los asuntos de Emil. Penicilina, me parece que era. Emil dijo que Poroshin había cogido sífilis de una chica que le gustaba. Yo pensé que era más probable que fuera al revés. De cualquier modo, era sífilis de la peor; de la que hace que te hinches. El Salvarsan no parecía hacer efecto. Emil le llevó penicilina. Bueno, ya sabe lo escasa que es, la buena, quiero decir. Puede que esa sea una de las razones por las que Poroshin trata de ayudar a Emil. Son todos iguales, esos rusos. No es solo el cerebro lo que tienen en los huevos, el corazón también. La gratitud de Poroshin le sale directamente de los testículos.

– ¿Y la otra razón?

La cara se le ensombreció.

– Ha dicho que era una de las razones -insistí.

– Está claro. No puede ser solo por haberle salvado el pellejo, ¿verdad? No me sorprendería nada que Emil hubiera hecho de espía para él.

– ¿Tiene alguna prueba de eso? ¿Se veía mucho con Poroshin cuando estaba todavía aquí, en Berlín?

– No puedo decir que lo hiciera ni que no lo hiciera.

– Pero no lo acusan de nada más que de asesinato. No lo acusan de espionaje.

– ¿Para qué? Ya tienen bastante para colgarlo.

– No es así como funciona. Si hubiera estado espiando, habrían querido saberlo todo. Esos PM le habrían preguntado a usted muchas cosas sobre los socios de su marido. ¿Lo hicieron?

– No, que yo recuerde -dijo encogiéndose de hombros.

– Si hubiera habido la más leve sospecha de espionaje, lo habrían investigado, aunque solo fuera para averiguar qué clase de información podía haber conseguido. ¿Registraron el piso?

Frau Becker negó con la cabeza.

– En cualquier caso, espero que lo cuelguen -dijo implacable-. Puede decírselo si lo ve. Seguro que yo no lo veré.

– ¿Cuándo fue la última vez que lo vio?

– Hace un año. Volvió de un campo de concentración soviético en julio y se largó a los tres meses.

– ¿Y cuándo lo capturaron?

– En febrero de 1943, en Briansk. -Se le torció la boca-. Pensar que esperé tres años a ese hombre… Con todos los otros a quienes rechacé. Me reservé para él, y mire lo que pasó. -Pareció ocurrírsele una idea-. Ahí tiene sus pruebas del espionaje, si necesita alguna. ¿Cómo se las arregló para que lo soltaran, eh? Contésteme a eso. ¿Cómo volvió a casa cuando tantos otros siguen todavía allí?

Me levanté para marcharme. Puede que la situación con mi propia esposa me inclinara a tomar partido por Becker. Pero había oído lo suficiente para comprender que él necesitaría toda la ayuda que pudiera conseguir, y posiblemente más, si dependía de aquella mujer.

Le dije:

– Yo también estuve en un campo de concentración soviético, Frau Becker. Y da la casualidad de que estuve allí menos tiempo que su marido. Eso no me convierte en espía; en un tipo con suerte, quizá, pero no en espía. -Fui hasta la puerta, la abrí y vacilé-. ¿Quiere que le diga en qué me ha convertido aquello? Para gente como la policía, para gente como usted, Frau Becker, gente como mi propia esposa, que apenas me ha dejado tocarla desde que volví a casa, ¿quiere que le diga en qué me ha convertido? En alguien que está de más.

6

Se dice que un perro hambriento se comerá su propia mierda. Pero el hambre no afecta solo a tus normas de higiene. También adormece la inteligencia, embota la memoria -por no hablar de los impulsos sexuales- y suele producir una sensación de apatía. Así que no fue una sorpresa para mí que, durante el año 1947, hubiera habido una serie de ocasiones en las cuales, despojado de mis sentidos por la desnutrición, hubiera estado a punto de tener un accidente. Fue por esta misma razón por la que decidí reflexionar, con el beneficio de un estómago lleno, sobre mi actual, y bastante irracional, inclinación a aceptar el caso de Becker después de todo.

El que antes había sido el más elegante y famoso hotel de Berlín, el Adlon, era ahora poco más que una ruina. De alguna manera, seguía abierto a los huéspedes, con quince habitaciones disponibles que, puesto que el hotel se encontraba en el sector soviético, solían estar ocupadas por oficiales de esa nacionalidad. Un pequeño restaurante en el sótano no solo sobrevivía, sino que era un buen negocio, como resultado de ser exclusivo para los alemanes con cupones para comida que podían, así, almorzar o cenar allí sin temor de que los echaran de una mesa para favorecer a algunos estadounidenses o británicos evidentemente más ricos, como sucedía en la mayoría de los restaurantes de la ciudad.

El inverosímil vestíbulo del Adlon quedaba debajo de un montón de escombros, en la Wilhelmstrasse, a corta distancia del Führerbunker donde Hitler había encontrado la muerte, y que podía visitarse por el precio de un par de cigarrillos puestos en la mano de cualquiera de los policías cuya función se suponía que era impedir que la gente entrara. Todos los polis de Berlín tenían un doble empleo como pedigüeños desde el final de la guerra.

Tomé un almuerzo tardío de sopa de lentejas, «hamburguesa» de nabos y fruta enlatada y, después de haberle dado suficientes vueltas en mi metabolizada cabeza al problema de Becker, entregué mis cupones y subí a lo que pasaba por ser el mostrador de la recepción del hotel para utilizar el teléfono.

Me pusieron con la Autoridad Militar Soviética, la AMS, bastante rápido, pero me pareció tener que esperar eternamente para que me pasaran al coronel Poroshin. Hablar en ruso no aceleró el progreso de mi llamada; solo me valió la mirada de desconfianza del portero del hotel. Cuando finalmente me pusieron con Poroshin, pareció alegrarse sinceramente de que hubiera cambiado de parecer y me dijo que lo esperara al lado del cuadro de Stalin en Unter den Linden, donde su coche oficial me recogería en quince minutos.

El frío de la tarde era tan cortante como los labios de un boxeador, y me quedé diez minutos a la puerta del Adlon antes de volver a subir por la pequeña escalera de servicio y encaminarme hacia el extremo de la Wilhelmstrasse. Luego, con la Puerta de Brandeburgo a mis espaldas, me dirigí hacia el retrato del camarada presidente, grande como una casa, que dominaba el centro de la avenida, flanqueado por dos pedestales más bajos, cada uno con la hoz y el martillo soviéticos.

Mientras esperaba el coche, Stalin parecía vigilarme, una sensación que, supongo, era intencional: los ojos eran tan profundos, negros y desagradables como el interior de la bota de un cartero y, bajo los bigotes de cucaracha, la sonrisa era más fría que el hielo. Siempre me ha desconcertado que hubiera personas que se refirieran a ese monstruo asesino como el «Tío» Pepe; a mí me parecía tan paternal y amistoso como el rey Herodes.

El coche de Poroshin llegó, y el ruido del motor quedó ahogado por un escuadrón de cazas YAK 3 que nos sobrevolaron. Subí al coche y rodé impotente en el asiento trasero cuando el chófer, con cara de tártaro y unos hombros muy anchos, pisó el acelerador del BMW, lanzando el coche a toda velocidad hacia el este, en dirección a la Alexanderplatz y después hacia la Frankfurter Allee y Karlshorst.

– Siempre había creído que no estaba permitido que los civiles alemanes fueran en coches oficiales -le dije en ruso.

– Cierto -respondió-, pero el coronel me ha dicho que si nos paraban, me limitara a decir que estaba arrestado.

El tártaro se rió a mandíbula batiente ante mi mirada de evidente alarma y mi único consuelo fue que, mientras fuéramos a aquella velocidad, no era probable que pudiera pararnos nada salvo un cañón antitanque.

Llegamos a Karlshorst a los pocos minutos.

Una colonia de chalés con un campo para carreras de obstáculos, Karlshorst, apodada «el pequeño Kremlin», era ahora un enclave totalmente aislado, en el cual los alemanes solo podían entrar con un permiso especial. O con el tipo de banderín que había en el coche de Poroshin. Pasamos sin que nos detuvieran por varios puestos de control y finalmente nos detuvimos al lado del antiguo hospital de Saint Antonius en la Zeppelin Strasse, que ahora albergaba la AMS de Berlín. El coche tomó tierra a la sombra de un pilar de cinco metros de alto encima del cual había una enorme estrella roja soviética. El chófer de Poroshin se bajó de un salto, me abrió la puerta rápidamente y, sin prestar atención alguna a los centinelas, me escoltó escaleras arriba hasta la puerta de entrada. Me detuve en el umbral un momento, contemplando las motocicletas y los BMW nuevos y relucientes del aparcamiento.

– ¿Alguien ha ido de compras? -dije.

– Son de la fábrica BMW de Eisenbach -contestó mi chófer orgullosamente-. Ahora es rusa.

Me dejó con esta deprimente idea en una sala que olía fuertemente a ácido fénico. La única concesión de la habitación a la decoración era otro retrato de Stalin con un eslogan debajo que decía: «Stalin, el sabio maestro y protector de la clase obrera». Incluso Lenin, retratado en un marco más pequeño, al lado del sabio, parecía tener, por su expresión, un par de problemas con ese argumento en particular.

Volví a encontrarme con esas dos populares caras en la pared del despacho de Poroshin en el último piso del edificio de la AMS. La guerrera del coronel, de color marrón oliva y perfectamente planchada, colgaba detrás de la puerta de cristal y él vestía una camisa al estilo circasiano, ceñida a la cintura por una correa negra. Salvo por el brillode sus botas de suave piel de becerro, podría haber pasado por un estudiante de la Universidad de Moscú. Dejó su taza sobre la mesa y se levantó de detrás de su escritorio cuando el tártaro me hizo entrar en el despacho.

– Siéntese, por favor, Herr Gunther -dijo Poroshin, señalando una silla de madera alabeada. El tártaro esperó el permiso para retirarse. Poroshin levantó la taza y la sostuvo para que yo la viera-. ¿Le apetecería un poco de Ovaltine, Herr Gunther?

– ¿Ovaltine? No, gracias, lo odio.

– ¿De verdad? -dijo, y parecía sorprendido-. A mí me entusiasma.

– Es un poco temprano para estar pensando en irse a la cama, ¿no?

Poroshin sonrió pacientemente.

– Tal vez preferiría un poco de vodka.

Abrió un cajón y sacó una botella y un vaso, que colocó encima del escritorio, delante de mí.

Me serví un buen vaso. Con el rabillo del ojo vi cómo el tártaro se secaba los labios con el reverso de su manaza. Poroshin también lo vio. Llenó otro vaso y lo puso encima del archivador de forma que quedaba al lado mismo de la cabeza del hombre.

– Hay que enseñar a estos cosacos cabrones igual que a los perros -explicó-. Para ellos la embriaguez es casi como una imposición religiosa. ¿No es verdad, Yeroshka?

– Sí, señor -respondió éste sin entender.

– Destrozó un bar, agredió a una camarera, golpeó a un sargento y, de no ser por mí, lo hubieran fusilado. Y aún podrían hacerlo, ¿eh,Yeroshka? En cuanto toques ese vaso sin mi permiso. ¿Entiendes?

– Sí, señor.

Poroshin sacó un enorme y pesado revólver y lo dejó sobre la mesa para hacer hincapié en lo que decía. Luego volvió a sentarse.

– Supongo que sabe mucho de disciplina, con su historial, ¿verdad Herr Gunther? ¿Dónde ha dicho que sirvió durante la guerra?

– No lo he dicho.

Se recostó en la silla y apoyó las botas en el escritorio. El vodka tembló, vertiéndose de mi vaso cuando las dejó caer pesadamente sobre el cartapacio.

– No, no lo ha dicho, ¿verdad? Pero supongo que con sus aptitudes habrá servido en alguna tarea de inteligencia.

– ¿Qué aptitudes?

– Vamos, vamos, está siendo demasiado modesto. Lo bien que habla ruso, su experiencia con la Kripo… Ah, sí, el abogado de Emil me lo ha contado. Me han dicho que él y usted formaban parte de la brigada de Homicidios de Berlín. Y además era usted kommissar. Es un rango bastante alto, ¿no?

Tomé un sorbo de mi vodka y traté de conservar la calma. Me dije que tendría que haber esperado algo así.

– Solo era un soldado corriente, que obedecía órdenes -dije-. Ni siquiera era miembro del partido.

– Ahora parece que casi nadie lo era. Es algo que encuentro extraordinario. -Sonrió y levantó el índice en señal de advertencia-. Puede ser tan evasivo como quiera, Herr Gunther, pero haré averiguaciones sobre usted, aunque solo sea para satisfacer mi curiosidad.

– A veces la curiosidad es como la sed de Yeroshka -dije-… es mejor que no llegué a satisfacerse. A menos que sea la clase de curiosidad intelectual y desinteresada que corresponde a los filósofos. Las respuestas tienen la mala costumbre de resultar decepcionantes. -Me acabé la bebida y dejé el vaso encima del cartapacio, al lado de sus botas-. Pero no he venido aquí con un código cifrado en los calcetines para debatir con usted esa cuestión tan peliaguda, coronel. Así que, ¿por qué no me proporciona uno de esos Lucky Strike que fumaba esta mañana y satisface mi curiosidad por lo menos en cuanto a aclararme uno o dos datos sobre este caso?

Poroshin se inclinó hacia adelante y abrió una caja de plata para cigarrillos que había sobre la mesa.

– Sírvase.

Cogí uno y lo encendí con un extravagante encendedor, también de plata, en forma de cañón; luego lo miré detenidamente, como si calibrara qué valor tendría en una casa de empeños. Me había irritado y quería devolverle el golpe de alguna manera-. Tiene aquí un botín muy bonito -dije-. Esto es un cañón alemán. ¿Lo compró o no habíanadie en casa cuando entró?

Poroshin entrecerró los ojos, soltó una risita y luego se levantó y fue a la ventana. Se levantó el fajín y se desabrochó la bragueta.

– Este es el problema de tomar tanto Ovaltine -dijo, sin parecer molesto por mi intento de insultarlo-; pasa directamente a través de ti. -Cuando empezó a orinar, miró por encima del hombro al tártaro que seguía de pie al lado del archivador y del vaso de vodka que había encima-. Bébetelo y lárgate, cerdo.

El tártaro no vaciló. Vació el vaso de un trago y salió rápidamente del despacho, cerrando la puerta al hacerlo.

– Si viera cómo dejan los lavabos los campesinos como él, comprendería por qué prefiero orinar por la ventana – dijo Poroshin, abotonándose de nuevo. Cerró la ventana y volvió a sentarse. Las botas volvieron a golpear el cartapacio-. Mis compatriotas rusos pueden hacer que, a veces, la vida en este sector resulte bastante difícil. Doy gracias a Dios porque haya gente como Emil. En ocasiones, es el hombre más divertido que hay para tener a tu lado. Y además es hombre de recursos. Sencillamente, no hay nada que no pueda conseguir. ¿Cómo llaman ustedes a esos tipos del mercado negro?

– Martín estraperlista.

– Eso es, estraperlista. Si querías divertirte, Emil era el tipo adecuado para organizaría. -Se rió con ganas al recordarlo, que era más de lo que yo podía hacer-. Nunca he sabido de nadie que conociera a tantas chicas. Por supuesto, todas son prostitutas y chocolateras, pero eso no es un crimen tan terrible en estos días, ¿verdad?

– Depende de la chica -dije.

– Además, Emil es muy hábil para pasar cosas por la frontera… -La Frontera Verde, la llaman ustedes, ¿no?

Asentí.

– Sí, a través de los bosques.

– Un contrabandista consumado. Ha hecho un montón de dinero. Hasta que le pasó esto, vivía muy bien en Viena. Una gran casa, un coche estupendo y una amiguita muy atractiva.

– ¿Ha utilizado alguna vez sus servicios? Y no me refiero a su amistad con las chocolateras.

Poroshin se limitó a repetir que Emil podía conseguir cualquier cosa.

– ¿Incluida información?

– De vez en cuando -dijo encogiéndose de hombros-. Pero cualquier cosa que Emil haga, la hace por dinero. Me extrañaría que no hubiera estado haciendo lo mismo para los estadounidenses.

»Pero, en este caso, tenía un trabajo con un austríaco. Un hombre llamado König, de una empresa de publicidad y propaganda. La compañía se llamaba Reklaue and Werbe Zentrale, y tenían oficinas aquí en Berlín y en Viena. König quería que Emil llevara maquetas desde la oficina de Viena a Berlín, de forma periódica. Decía que el trabajo era demasiado importante para confiar en el correo o en un mensajero, y König no podía hacerlo él mismo porque estaba esperando la desnazificación. Por supuesto, Emil sospechaba que los paquetes contenían algo más que anuncios, pero era muy buen dinero como para preguntar nada y como, de cualquier modo, venía a Berlín con bastante frecuencia, no iba a causarle ningún problema extra. O eso era lo que él pensaba.

»Durante un tiempo, las entregas de Emil se desarrollaron sin problemas. Cuando traía cigarrillos o algo parecido de contrabando a Berlín, traía también uno de los paquetes de König. Se los entregaba a un hombre llamado Eddy Holl y recogía su dinero. Así de sencillo.

»Bueno, una noche Emil estaba en Berlín y fue a un club nocturno en Berlin-Schönberg llamado Gay Island. Por casualidad, se encontró allí con ese Eddy Holl; estaba borracho y le presentó a un capitán del ejército estadounidense llamado Linden. Eddy presentó a Emil como «nuestro mensajero vienés». Al día siguiente Eddy telefoneó a Emil para disculparse por haber estado bebido y le dijo que, por el bien de todos, sería mejor que Emil olvidara todo lo relativo al capitán Linden.

»Al cabo de varias semanas, cuando Emil estaba de vuelta en Viena, recibió una llamada de ese capitán Linden, quien le dijo que le gustaría volver a reunirse con él. Así que se encontraron en un bar y el estadounidense empezó ahacerle preguntas sobre la agencia de publicidad, Reklaue and Werbe. No era mucho lo que Emil podía decirle, pero que Linden estuviera allí le preocupaba. Pensaba que si estaba en Viena, quizá ya no necesitaran sus servicios. Sería una pena, pensaba, que se acabara aquel dinero tan fácil. Así que siguió a Linden por Viena durante un tiempo. Unos dos días más tarde, Linden se reunió con otro hombre y, seguidos por Emil, fueron a unos viejos estudios de cine. Unos minutos después, Emil oyó un disparo y el otro hombre salió, solo. Emil esperó hasta que el hombre hubo desaparecido y luego entró y encontró el cuerpo del capitán Linden y un cargamento de tabaco robado. Como es natural, no informó a la policía. Emil procura tener que ver lo mínimo posible con ellos.

»Al día siguiente, König y otro hombre fueron a verlo. No me pregunte su nombre; no lo sé. Dijeron que un amigo estadounidense había desaparecido y que les preocupaba que le hubiera pasado algo. Puesto que Emil había sido detective de la Kripo, ¿podría investigarlo, a cambio de una recompensa sustanciosa? Emil aceptó, pensando que era una manera fácil de ganar dinero y quizá una oportunidad para quedarse parte del tabaco.

»Al cabo de un par de días y después de tener vigilados los estudios durante un tiempo, Emil y un par de sus chicos decidieron que era seguro volver con una camioneta. Se encontraron con que los estaba esperando la Patrulla Internacional. A los chicos de Emil les encantaba apretar el gatillo y consiguieron que los mataran. A Emil lo detuvieron.

– ¿Sabe quién dio el chivatazo?

– Le pedí a mi gente en Viena que lo averiguara. Parece que fue una llamada anónima. -Poroshin sonrió con satisfacción-. Ahora viene lo bueno. La pistola de Emil es una Walther P38. La llevaba cuando fue a los estudios, pero cuando lo arrestaron y la entregó, vio que no era su P38. La suya tenía un águila alemana en la culata. Y había otra diferencia importante. El experto en balística la identificó rápidamente como la misma que había disparado ymatado al capitán Linden.

– Así que alguien la cambió por la de Becker, ¿eh? -dije-. Sí, no es algo de lo que te des cuenta inmediatamente, ¿verdad? Muy limpio. Un hombre que vuelve a la escena del crimen, en apariencia para recoger el tabaco que le han robado, y providencialmente lleva con él el arma del crimen. Un caso sin fisuras, diría yo.

Di una última calada a mi cigarrillo antes de apagarlo en el cenicero de plata de la mesa de Poroshin y coger otro.

– No estoy seguro de qué podría hacer yo -dije-. Convertir el agua en vino no es exactamente mi especialidad.

– Emil está preocupado, así que su abogado, Liebl, me dice que usted tendría que encontrar a ese hombre, König. Parece que ha desaparecido.

– Seguro que lo ha hecho. ¿Cree que fue König el que dio el cambiazo cuando fue a casa de Becker?

– Eso es lo que parece. König o, quizá, el tercer hombre.

– ¿Sabe algo de König o de su agencia de publicidad?

– Nyet.

Llamaron a la puerta y entró un oficial.

– Am Kumfergraben al teléfono, señor -anunció en ruso-. Dicen que es urgente.

Agucé el oído. Am Kumfergraben es donde está situada la cárcel más grande del MVD. Con tantas personas desplazadas y desaparecidas en mi tipo de negocio, valía la pena aguzar el oído.

Poroshin me miró de soslayo, casi como si supiera lo que estaba pensando, y luego le dijo al otro oficial:

– Tendrá que esperar, Jegoroff. ¿Alguna otra llamada?

– Zaisser, del K-5.

– Si ese nazi cabrón quiere hablar conmigo, será mejor que venga y espere delante de mi puerta. Dile eso. Ahora déjanos, por favor. -Esperó hasta que se cerró la puerta detrás de su subordinado-. ¿El K-5 significa algo para usted, Gunther?

– ¿Debería?

– No, todavía no. Pero, con el tiempo, ¿quién sabe? -No aclaró nada más; en lugar de ello, miró su reloj de pulsera-. Tenemos que apresurarnos. Tengo una reunión esta noche. Jegoroff se encargará de arreglar todos los papeles que necesita: pase rosa, permiso de viaje, tarjeta de racionamiento, carné de identidad austríaco… ¿tiene unafotografía? No importa. Jegoroff se encargará de que le hagan una. Ah, sí, me parece que sería una buena idea que tuviera uno de nuestros nuevos permisos para tabaco. Permite vender cigarrillos en toda la Zona Este y obliga a todo el personal soviético a prestarle ayuda siempre que sea posible. Podría sacarle de cualquier problema.

– Creía que el mercado negro era ilegal en su zona -dije, intrigado por las razones de ese flagrante ejemplo de hipocresía oficial.

– Es ilegal -dijo Poroshin sin mostrar la más mínima señal de incomodidad-. Se trata de un mercado negro con licencia oficial. Nos permite conseguir algunas divisas. Una idea bastante buena, ¿no le parece? Naturalmente, le proporcionaremos unos cuantos cartones de cigarrillos para que parezca convincente.

– Parece haber pensado en todo. ¿Y qué hay de mi dinero?

– Se le entregará en su casa al mismo tiempo que los papeles. Pasado mañana.

– ¿Y de dónde procede ese dinero, de ese doctor Liebl o de sus concesiones tabacaleras?

– Liebl me enviará dinero. Hasta entonces este asunto lo llevará la AMS.

Esto no me gustó mucho, pero no tenía otra alternativa. Coger el dinero de los rusos o ir a Viena y confiar en que lo pagaran en mi ausencia.

– De acuerdo -dije-. Solo una cosa más. ¿Qué sabe del capitán Linden? Ha dicho que Becker lo conoció en Berlín. ¿Estaba destacado aquí?

– Sí. Me olvidaba de él, ¿verdad? -Poroshin se levantó y se acercó al archivador donde el tártaro había dejado el vaso vacío. Abrió uno de los cajones y fue siguiendo la solapa de las carpetas con el dedo hasta encontrar la que buscaba.

– Capitán Edward Linden -leyó, mientras volvía a la silla-. Nacido en Brooklyn, Nueva York, el 22 de febrero de 1907. Graduado en la Universidad de Cornell, con una licenciatura en lengua alemana, 1930; sirvió en el Cuerpo de Contraespionaje 970; antes el 26 de Infantería, estacionado en el centro de interrogatorios Camp King, Oberusel, como oficial de desnazificación; actualmente destacado en el Centro de Documentación de Estados Unidos en Berlíncomo oficial de enlace de Crowcass. Crowcass es el registro central de crímenes de guerra y sospechosos de espionaje del ejército de Estados Unidos. Me temo que no es mucho.

Dejó la carpeta delante de mí. Las extrañas letras, con aspecto griego, no cubrían más de media página.

– No soy muy bueno con los caracteres cirílicos -dije.

Poroshin no parecía convencido.

– ¿Qué es exactamente el Centro de Documentación de Estados Unidos?

– Es un edificio en el sector estadounidense, cerca del límite del Grünewald. Es el depósito de los documentos del partido y de los ministerios nazis incautados por los estadounidenses y los británicos hacia el final de la guerra. Es muy amplio. Tienen los historiales completos de los miembros del NSDAP, lo cual hace que sea fácil averiguar cuando alguien miente en sus formularios de desnazificación. Apuesto a que incluso tienen su nombre allí, en algún sitio.

– Como ya le he dicho, nunca fui miembro del partido.

– No -dijo con una sonrisa-, claro que no. -Poroshin cogió la carpeta y la devolvió al archivador-. Solo obedecía órdenes.

Era evidente que no me creía, como tampoco creía que era incapaz de descifrar el alfabeto bizantino de san Cirilo; en eso, por lo menos, estaba justificado.

– Y ahora, si no tiene más preguntas, tengo que dejarle. Me esperan en la Opera Estatal en el Admiralspalast dentro de media hora. -Se quitó el cinturón y, llamando a gritos a Yeroshka y Jegoroff, se puso la guerrera.

– ¿Ha estado alguna vez en Viena? -preguntó, sujetando el correaje por debajo de la charretera.

– No, nunca.

– La gente es igual que la arquitectura -dijo mirándose en el reflejo de la ventana-. Son todo fachada. Todo lo interesante que hay en ellos parece estar en la superficie. Por dentro son muy diferentes. Eso sí, es gente con la que yo podría trabajar bien. Todos los vieneses nacieron para ser espías.

7

– Anoche llegaste tarde otra vez -dije.

– No te desperté, ¿verdad? -Salió desnuda de la cama y fue hasta el espejo de cuerpo entero que había en un rincón del dormitorio-. En cualquier caso, tú también llegaste tarde la otra noche. -Empezó a examinarse el cuerpo-. Es muy agradable que la casa vuelva a estar caliente. ¿Dónde diablos conseguiste el carbón?

– De un cliente.

Mientras la observaba allí, de pie, acariciándose el vello pubico y apretándose el estómago con la palma de la mano, levantándose los pechos, escudriñándose la boca, apretada y llena de finas arrugas, con sus mejillas cóncavas y con un brillo céreo y las hundidas encías, y, finalmente, dándose media vuelta para evaluar su trasero, ligeramente caído, con la huesuda mano, donde los anillos le quedaban algo más flojos que antes, tirando de la carne de una nalga, no era necesario que me dijera en qué estaba pensando. Era una mujer madura y atractiva decidida a sacar el máximo partido del tiempo que le quedara.

Sintiéndome herido e irritado, me levanté de un salto para descubrir que me fallaba la pierna.

– Tienes muy buen aspecto -le dije, cansado, y caminé cojeando hasta la cocina.

– Suena un poco corto como soneto amoroso -dijo en voz alta.

Había más artículos del economato militar en la mesa de la cocina; un par de latas de sopa, una pastilla de jabón de verdad, unos cuantos sobres de sacarina y un paquete de condones.

Todavía desnuda, Kirsten me siguió al interior de la cocina y me observó mientras contemplaba su botín. ¿Había solo aquel americano? ¿O eran más?

– Ya veo que has vuelto a estar muy ocupada -dije, cogiendo el paquete de Parisians-. ¿Cuántas calorías tienen estos?

Se rió, tapándose la boca con la mano.

– El director guarda un montón debajo del mostrador. -Se sentó en la silla-. Pensé que sería agradable. Ya sabes,hace bastante tiempo que no hacemos nada. -Dejó que los muslos se entreabrieran como para dejarme ver un poco más-. Ahora tenemos tiempo, si quieres.

Pronto estuvo hecho, liquidado por su parte casi con una indiferencia profesional, como si administrara un edema. Apenas yo hube terminado, se dirigió al cuarto de baño, sin ni siquiera un ligero rubor en las mejillas, llevándose el Parisian usado como si fuera un ratón muerto que hubiera encontrado debajo de la cama.

Media hora más tarde, vestida y lista para irse a trabajar, se detuvo en la sala donde yo había animado las cenizas de la estufa y estaba añadiendo un poco más de carbón. Durante un momento miró cómo avivaba el fuego de nuevo.

– Lo haces muy bien -dijo.

No sabría decir si había algo de sarcasmo en sus palabras. Me dio un beso apresurado y se marchó.

La mañana era más fría que el cuchillo de un mohel y me alegré de empezar el día en una biblioteca de la Hardenbergstrasse. El empleado era un hombre con la boca tan llena de cicatrices que era imposible decir dónde tenía los labios hasta que empezaba a hablar.

– No -dijo, con una voz que parecía la de un león marino-, no hay libros sobre el BDC. Pero se han publicado un par de artículos en los periódicos en los últimos meses. Uno en el Telegraph, creo, y el otro en el Boletín Informativo del Gobierno Militar.

Cogió las muletas y se abrió paso sobre su única pierna hasta un archivador que contenía un amplio índice de tarjetas donde, tal como recordaba, encontró las referencias de los dos artículos; uno publicado en el Telegraph en mayo, una entrevista con el jefe del Centro, un tal teniente coronel Hans W. Helm; y el otro un resumen histórico de los inicios del Centro, escrito por un joven oficial, miembro del Estado Mayor, en agosto.

Le di las gracias al empleado, que me dijo dónde encontrar los ejemplares de ambas publicaciones en la biblioteca.

– Ha tenido suerte de venir hoy -dijo-. Mañana me voy a Giessen, para que me pongan la pierna ortopédica.

Leyendo los artículos me di cuenta de que nunca había pensado que los estadounidenses pudieran ser capaces de tanta eficiencia, aun admitiendo que habían contado con cierta cantidad de suerte en la acumulación de algunas de las colecciones documentales del Centro. Por ejemplo, las tropas del séptimo ejército de Estados Unidos habían tropezado con los registros de miembros del partido nazi en una fábrica de papel cerca de Munich, donde estaban a punto de ser convertidos en pulpa. Pero el personal del Centro se había encargado de la creación y organización del archivo más completo, de tal forma que podía determinarse con total precisión exactamente quién era nazi. Además de los archivos maestros del NSDAP, el Centro incluía en su colección las solicitudes de ingreso en el partido, la correspondencia del mismo partido, el registro de los servicios de las SS, los informes de la Oficina de Seguridad del Reich, los informes raciales de las SS, las sesiones del Tribunal Supremo del Partido y del Tribunal del Pueblo; todo, desde los archivos de los miembros de la Organización de Maestros Nacionalsocialistas hasta una carpeta donde se detallaban las expulsiones efectuadas en las Juventudes Hitlerianas.

Cuando salía de la biblioteca y me dirigía hacia la estación de ferrocarril se me ocurrió otra idea. Nunca habría creído que los nazis pudieran ser tan estúpidos como para anotar sus propias actividades con tantos y tan incriminadores detalles.

Dejé el U-Bahn una parada antes de lo debido en una estación del sector estadounidense que, sin ninguna razón relacionada con su ocupación de la ciudad, se llamaba Cabaña del Tío Tom y bajé por la Argentinische Allee.

Rodeado por los altos abetos del Grünewald y a solo una corta distancia de un pequeño lago, el Centro deDocumentación de Berlín se elevaba en unos terrenos bien guardados al final de la Wasserkäfersteig, un callejón sin salida con pavimento de guijarros. Detrás de una alambrada, el Centro comprendía un conjunto de edificios, pero la parte principal parecía ser una construcción de dos plantas al final de una pasarela, pintada de blanco, con contraventanas verdes. Era un lugar agradable, aunque pronto recordé que había sido el cuartel general del viejo Forschungsamt, el centro de escuchas telefónicas de los nazis.

El soldado que estaba a la entrada, un negro grande, de dientes separados, me miró con suspicacia cuando me detuve frente a su garita. Probablemente estaba más acostumbrado a vérselas con personas en coche o con vehículos militares que con un peatón solitario.

– ¿Qué quiere, Fritz? -dijo dando palmadas con sus guantes de lana y patadas con las botas para mantener el calor.

– Era amigo del capitán Linden -dije, en mi vacilante inglés-. Acabo de enterarme de las horribles noticias y he venido para decir lo mucho que mi esposa y yo lo sentimos. Fue muy amable con los dos. Nos dio paquetes del economato, ¿sabe? -Del bolsillo saqué la corta carta que había escrito en el tren-. ¿Sería tan amable de entregarle esto al coronel Helm?

El tono del soldado cambió inmediatamente.

– Sí, señor, se lo daré. -Cogió la carta y la miró incómodo-. Ha sido muy amable al pensar en él.

– Son solo unos pocos marcos, para unas flores -dije, meneando la cabeza-. Y una tarjeta. Mi esposa y yo querríamos que hubiera algo en la tumba del capitán Linden. Iríamos al funeral si fuera en Berlín, pero pensamos que su familia se lo querrá llevar a casa.

– Bueno, no, no señor -dijo-. El funeral será en Viena, este viernes por la mañana. La familia lo ha querido así. Menos molestias que enviar el cuerpo a casa, supongo.

– Para un berlinés -dije encogiéndome de hombros- eso es casi igual que si estuviera en América. Viajar no es fácil en estos tiempos. -Suspiré y eché una mirada al reloj-. Será mejor que me marche; me queda un buen paseo por delante.

Al volverme para marcharme, solté un quejido y, sujetándome la rodilla y exhibiendo una amplia mueca, me senté en el suelo, delante de la barrera, mientras mi bastón golpeaba sonoramente los guijarros a mi lado. Toda una actuación. El soldado salió de la garita.

– ¿Está bien? -dijo recogiéndome el bastón y ayudándome a ponerme de pie.

– Un trozo de metralla rusa. Me molesta de vez en cuando. Se me pasará en un par de minutos.

– Oiga, venga a la garita y siéntese un par de minutos.

Me acompañó al otro lado de la barrera y, cruzando la puertecilla, al interior de la caseta.

– Gracias. Es usted muy amable.

– Nada de eso. Cualquier amigo del capitán Linden…

Me senté pesadamente y me froté la rodilla, que casi no me dolía.

– ¿Lo conocía bien?

– ¿Yo? No soy más que un soldado de primera clase. No puedo decir que lo conociera, pero solía hacerle de chófer de vez en cuando.

Sonreí y moví la cabeza.

– ¿Podría hablar más despacio? Mi inglés no es demasiado bueno.

– Le llevaba en coche de vez en cuando -dijo el soldado en voz más alta e imitó la acción de girar el volante-. ¿Ha dicho que le dio cosas del economato?

– Sí, fue muy amable.

– Sí, suena a algo típico de Linden. Siempre tenía muchas cosas del economato para regalar. -Hizo una pausa al ocurrírsele una idea-. Había una pareja en particular… bueno, era como un hijo para ellos. Siempre les llevaba paquetes de la asistencia. A lo mejor los conoce: los Drexler.

Fruncí el entrecejo y me froté la barbilla pensativo.

– No será la pareja que vive en… -chasqueé los dedos como si tuviera el nombre de la calle en la punta de la lengua- ¿Cómo se llama?

– Steglitz -dijo él, ayudándome-. Handjery Strasse.

Negué con la cabeza.

– No, estaba pensando en otras personas. Lo siento.

– No pasa nada, no tiene importancia.

– Supongo que la policía debe de haberle hecho muchas preguntas sobre el asesinato del capitán Linden.

– Nada. No nos preguntaron nada… como ya habían cogido al tipo que lo había hecho…

– ¿Han atrapado a alguien? Eso son buenas noticias. ¿Quién es?

– Un austríaco.

– Pero ¿por qué lo hizo? ¿Lo ha dicho?

– No. Debe de ser un loco. Y usted, ¿cómo conoció usted al capitán?

– En un club nocturno. El Gay Island.

– Sí, lo conozco. Aunque yo nunca he ido. Yo prefiero esos sitios que hay al final del Ku-damm: el bar de Ronny y el Club Royale. Pero Linden iba mucho al Gay Island. Tenía muchos amigos alemanes, me parece, y ahí es donde les gustaba ir.

– Bueno, como hablaba alemán tan bien.

– Sí que es verdad; como un nativo.

– A mi mujer y a mí nos sorprendía que no saliera con una chica de forma regular. Incluso le ofrecimos presentarle una. Chicas agradables, de buena familia.

El soldado se encogió de hombros.

– Demasiado ocupado, supongo -dijo riendo entre dientes-. Seguro que tenía muchas otras. Vaya si le gustaba confraternizar a ese hombre.

Al cabo de un momento comprendí lo que quería decir con confraternizar; era un eufemismo del uso militar para describir lo que otro oficial estadounidense hacía con mi mujer. Me sujeté la rodilla con cuidado y me levanté.

– ¿Seguro que está bien? -dijo el soldado.

– Sí, gracias. Ha sido usted muy amable.

– No ha sido nada. Siendo amigo del capitán Linden…

8

Pregunté por los Drexler en la oficina de correos de la Sintenis Platz, una plaza tranquila y silenciosa, en un tiempo cubierta de hierba y ahora dedicada al cultivo de cosas comestibles.

La encargada, una mujer con un enorme bucle jónico a cada lado de la cabeza, me informó, eficiente, de que sabía quiénes eran los Drexler y que, como la mayor parte de la gente del barrio, recogían el correo en la oficina. Por lo tanto, explicó, no se conocía su dirección exacta en la Handjery Strasse. Pero lo que sí añadió fue que el considerable correo que recibían los Drexler era ahora aún mayor debido a que hacía varios días que no se habían molestado en ir a recogerlo. Utilizó la palabra «molestado» con algo más que desagrado y me pregunté si tendría alguna razón para que no le gustaran los Drexler. Mi ofrecimiento de entregarles el correo fue rechazado sin dudar. Eso no sería correcto. Pero me dijo que, por supuesto, podía recordarles que fueran a llevárselo, ya que empezaba a resultar un incordio.

A continuación decidí probar en el Presidium de la policía de Schönberg, en la cercana Grünewald Strasse. En mi camino hasta allí, bajo la inestable sombra de unas paredes de queso gorgonzola que se inclinaban hacia adelante como si estuvieran permanentemente de puntillas, pasando frente a edificios sin ningún daño salvo una esquina de balaustrada desaparecida, como un pastel de bodas que alguien ha probado a escondidas, pasé justo por delante del club nocturno Gay Island, donde, según me habían dicho, Becker se había reunido con el capitán Linden. Era un lugar deprimente, con un aspecto desangelado y un barato letrero de neón, ahora apagado, y casi me alegré de que estuvieracerrado.

En el Presidium, el poli de detrás del mostrador tenía una cara tan larga como la uña del pulgar de un mandarín, pero era un tipo servicial y mientras consultaba el registro me contó que los Drexler no eran desconocidos para la policía de Schönberg.

– Son una pareja judía -explicó-. Abogados. Bastante conocidos por aquí. Incluso podría decirse que «mal» conocidos.

– ¿De verdad? ¿Y cómo es eso?

– No es que infrinjan las leyes, entiéndame. -El dedo del sargento, del tamaño de una salchicha, encontró el nombre en el libro y recorrió la página en diagonal hasta llegar a la calle y el número-. Aquí está. Handjery Strasse. Número diecisiete.

– Gracias, sargento. ¿Qué me decía de ellos?

– ¿Es usted amigo suyo? -dijo con cautela.

– No, no lo soy.

– Verá, señor, simplemente es que a la gente no le gusta esa clase de cosas. Quieren olvidar lo que ha pasado. No creo que esté bien escarbar en el pasado de esa manera.

– Perdóneme, sargento, pero ¿qué es lo que hacen exactamente?

– Cazan a los llamados criminales de guerra nazis.

Asentí.

– Ya, se entiende que por eso quizá no sean muy populares entre sus vecinos.

– Lo que sucedió estuvo mal, pero tenemos que reconstruir, empezar de nuevo. Y no sé cómo vamos a hacerlo si la guerra nos sigue a todas partes como una peste.

Como necesitaba más información, le di la razón. Luego le pregunté por el Gay Island.

– No es la clase de sitio donde me pillaría mi mujer. Lo lleva una pájara llamada Kathy Fiege. Está lleno de otras como ella. Pero nunca hay problemas, aparte de un yanqui borracho de vez en cuando. Y a eso no se le puede llamarproblemas. Además, si los rumores son ciertos, pronto seremos todos yanquis, por lo menos todos los que estamos en el sector estadounidense, ¿no?

Le di las gracias y me dirigí a la puerta.

– Solo una cosa más, sargento -dije dando media vuelta-. Esos Drexler… ¿Encuentran alguna vez a algún criminal de guerra?

En la larga cara del sargento apareció un gesto divertido y malicioso.

– No si podemos evitarlo, señor.

Los Drexler vivían algo más al sur, cerca de la comisaría, en un edificio recientemente restaurado al lado de la línea del S-Bahn y frente a una pequeña escuela. Pero no contestó nadie cuando llamé a la puerta de su apartamento en el último piso.

Encendí un cigarrillo para quitarme de la nariz el fuerte olor a desinfectante que había en el rellano y volví a llamar. Al bajar la vista vi en el suelo, junto a la puerta, dos colillas que sorprendentemente nadie había recogido. No parecía que nadie hubiera entrado por aquella puerta desde hacía tiempo. Al inclinarme para recoger las puntas de cigarrillo, me encontré con que el olor era aún más fuerte. Me coloqué en posición de flexión, apreté la nariz contra el espacio entre el suelo y la puerta y me vinieron arcadas cuando el aire del interior del piso me llenó la garganta y los pulmones. Me aparté rápidamente y tosí hasta sacar medio hígado en las escaleras que bajaban.

Cuando recuperé el aliento me levanté y sacudí la cabeza. No parecía posible que nadie pudiera vivir en un ambiente así. Miré hacia abajo por el hueco de la escalera. No había nada por allí.

Me aparté de la puerta y di una fuerte patada contra la cerradura con mi pierna buena, pero apenas se movió. Una vez más miré por el hueco de la escalera para ver si el ruido había hecho salir a alguien de su piso, y viendo que nadie había detectado mi presencia allí, volví a golpear.

La puerta se abrió de golpe y un olor horrible y pestilente se deslizó hacia adelante, un olor tan fuerte que me hizo tambalear y casi caer escaleras abajo. Tapándome la boca y la nariz con las solapas de la chaqueta, entré de un salto en el piso, que estaba en penumbra, y distinguiendo apenas la vaga silueta de unas cortinas, rasgué el pesado terciopelo y abrí la ventana.

El aire frío me enjugó las lágrimas de los ojos cuando me asomé para aspirar aire fresco. Unos niños que volvían a casa desde la escuela me saludaron con la mano y yo les devolví el saludo.

Cuando estuve seguro de que la corriente de aire entre la puerta y la ventana había ventilado la habitación, volví al interior para encontrar lo que fuera que iba a encontrar. No creía que se tratara de la clase de olor pensado para liquidar nada de menos tamaño que un elefante solitario.

Fui hasta la puerta de entrada y la abrí y la cerré varias veces para hacer entrar un poco más de aire limpio mientras observaba el escritorio, las sillas, las librerías y las pilas de libros y papeles que llenaban la pequeña habitación. Más allá había una puerta abierta y el extremo de un cabezal de cama de bronce.

Mientras me dirigía hacia el dormitorio, di con el pie contra algo que había en el suelo. Era una de esas bandejas baratas de hojalata, del tipo que se encuentra en un bar o en un café.

Salvo por la congestión de las dos caras que yacían juntas, una al lado de otra, se podría haber pensado queseguían durmiendo. Si tu nombre está escrito en la lista fúnebre de alguien, hay peores formas de morir que por asfixia.

Aparté el edredón y desabroché la chaqueta del pijama de Herr Drexler, dejando al descubierto una barriga hinchada y recorrida por venas y pústulas como si fuera un trozo de queso azul. La apreté con el dedo; se notaba dura. Como era de esperar, al presionar con más fuerza, hice que el cadáver se tirara una ventosidad, lo cual señalaba un trastorno gaseoso de los órganos internos. Parecía que los dos llevaran muertos al menos una semana.

Volví a taparlos con el edredón y regresé a la primera habitación. Durante un rato miré impotente los libros y papeles que había en el escritorio, incluso hice un desganado intento para descubrir alguna pista, pero dado que solo contaba con una muy vaga idea del puzzle, pronto abandoné mi intento, ya que era una pérdida de tiempo.

En el exterior, bajo un cielo color de madreperla, empezaba a encaminarme calle arriba, hacia el S-Bahn, cuando algo atrajo mi mirada. Había tanto equipamiento militar abandonado por todo Berlín que, salvo por la manera en que habían muerto los Drexler, no habría prestado ninguna atención a aquello. Sobre un montón de escombros que se habían ido acumulando en la cuneta había una máscara antigás. Una lata vacía rodó hasta mis pies cuando tiré de la cinta de goma. Completando rápidamente la escena del crimen, abandoné la máscara y me puse en cuclillas para leer la etiqueta que había en la lata oxidada.

«Zyklon-B. ¡Gas venenoso! ¡Peligro! ¡Manténgase en lugar fresco y seco! Protéjase del sol y de las llamas. Abrir y usar con extrema precaución. Kaliwerke A. G. Kolin.»

En mi mente, imaginé a un hombre de pie ante la puerta de los Drexler. Era bien entrada la noche. Nervioso, fumó a medias un par de cigarrillos antes de ponerse la máscara antigás y ajustar las correas para que le quedara bien apretada. Luego, abrió la lata de ácido prúsico cristalizado, volcó las bolitas, que ya se estaban licuando al contacto con el aire, en la bandeja que había traído con él, la deslizó rápidamente por debajo de la puerta, metiéndola en el piso de los Drexler. La pareja dormía, respirando profundamente, y perdió el conocimiento cuando el gas Zyklon-B, utilizado por primera vez con seres humanos en los campos de concentración, empezó a bloquear la producción de oxígeno en su sangre. No había muchas probabilidades de que los Drexler hubieran dejado una ventana abierta con aquel tiempo. Pero quizá el asesino colocara algo -una chaqueta o una manta- en la ranura inferior de la puerta para impedir que entrara aire fresco en el apartamento o para evitar que muriera alguien más en el edifìcio. Solo una parte de cada dos mil del gas era letal. Finalmente, al cabo de quince o veinte minutos, cuando las bolitas se hubieran disuelto completamente y el asesino estuviera seguro de que el gas había hecho su mortal y silencioso trabajo – consistente en que dos judíos más, por las razones que fuera, se reunieran con los otros seis millones- recogería la chaqueta, la máscara y la lata vacía (puede que no tuviera intención de dejar la bandeja; aunque no importaba, con seguridad llevaría guantes para manipular el Zyklon-B) y desaparecería en la noche.

Uno casi podía admirar tanta simplicidad.

9

En algún punto calle arriba, un jeep se alejó gruñendo en la negrura cargada de nieve. Limpié el vapor de la ventana con la manga y vi el reflejo de una cara que reconocí.

– Herr Gunther -dijo cuando yo me volví en el asiento-, me pareció que era usted.

Una fina capa de nieve le cubría la cabeza. Con su cráneo cortado a escuadra y sus orejas salientes y perfectamente redondeadas, me recordaba un cubo del hielo.

– Neumann -dije-, estaba seguro de que habías muerto.

Se secó la cabeza y se quitó la chaqueta.

– ¿Le importa si me siento? Mi novia aún no ha llegado.

– ¿Desde cuándo tienes novia, Neumann? Por lo menos, una que no hayas pagado.

Se removió nervioso.

– Mire, si va a…

– Relájate -dije-. Siéntate. -Llamé al camarero-. ¿Qué vas a tomar?

– Solo una cerveza, gracias. -Se sentó y me miró fijamente con los ojos entrecerrados-. No ha cambiado mucho, Herr Gunther. Algo más viejo, con el pelo algo más gris y bastante más delgado que antes, pero el mismo de siempre.

– No quiero ni pensar qué aspecto tendría si pensaras que he cambiado -dije irónicamente-. Pero lo que acabas de decir me parece una descripción bastante precisa de ocho años.

– ¿Tanto tiempo hace? ¿Desde la última vez que nos vimos?

– Guerra más o guerra menos. ¿Sigues escuchando por las cerraduras?

– Herr Gunther, no sabe ni la mitad de la historia -dijo con un resoplido-. Soy celador de la prisión de Tegel.

– No te creo. ¿Tú? Tienes más conchas que un galápago.

– De veras, Herr Gunther, es verdad. Los yanquis me han puesto a vigilar a los criminales de guerra nazis.

– Y tú eres sus trabajos forzados, ¿a que sí?

Neumann volvió a mostrarse agitado.

– Aquí llega tu cerveza.

El camarero dejó el vaso delante de él. Empecé a hablar, pero los estadounidenses de la mesa de al lado rompieron a reír a carcajadas. Luego uno de ellos, un sargento, dijo algo y esta vez incluso Neumann se rió.

– Ha dicho que no cree en la confraternización -explicó Neumann-. Dice que no quiere tratar a ninguna Fräulein igual que trata a su hermano.

Sonreí y miré a los estadounidenses.

– ¿Has aprendido a hablar inglés trabajando en Tegel?

– Claro. Allí aprendo muchas cosas.

– Siempre has sido un buen informador.

– Por ejemplo -dijo bajando la voz-, me he enterado de que los soviéticos han detenido un tren militar británico en la frontera para sacar dos coches con pasajeros alemanes. Se dice que es una represalia por el establecimiento de dos zonas. -Se refería a la fusión de las zonas británica y estadounidense de Alemania. Neumann bebió un poco de cerveza y se encogió de hombros-. Puede que haya otra guerra.

– No veo cómo -dije-. A nadie le queda estómago para otra dosis.

– No sé… quizá no.

Dejó el vaso y sacó una caja de rapé, que me ofreció. Rehusé con un ademán e hice una mueca al verlo coger un pellizco y metérselo dentro de la boca.

– ¿Vio algo de acción durante la guerra?

– Venga, Neumann, ya sabes que eso no se pregunta. Nadie pregunta una cosa así en estos días. ¿Me has oído preguntarte cómo conseguiste tu certificado de desnazificación?

– Puedo informarle de que lo conseguí legítimamente. -Sacó la cartera y desdobló un trozo de papel-. Nunca estuve implicado en nada. Libre del contagio nazi, dice aquí, y eso es lo que estoy, y me siento orgulloso de ello. Ni siquiera estuve en el ejército. -Solo porque no te aceptaron.

– Libre del contagio nazi -repitió enfadado.

– Debe ser lo único que no se te ha contagiado.

– ¿Y usted que está haciendo aquí? -replicó con cierta sorna.

– Me encanta venir al Gay Island.

– Nunca lo había visto antes, y hace tiempo que vengo por aquí a menudo.

– Sí que parece la clase de sitio en el que tienes que sentirte cómodo. Pero ¿cómo puedes permitírtelo, con el sueldo de un celador?

Neumann se encogió de hombros, evasivo.

– Debes de hacer muchos recados -sugerí.

– Bueno, hay que hacerlos, ¿no? -Sonrió entre dientes-. Apuesto a que está aquí por un caso, ¿verdad?

– Quizá.

– A lo mejor podría ayudarlo. Como he dicho, vengo mucho por aquí.

– De acuerdo. -Saqué la cartera y le enseñé un billete de cinco dólares-. ¿Has oído hablar alguna vez de alguien llamado Eddy Holl? Viene por aquí algunas veces. Está en el negocio de la publicidad. En una empresa llamada Reklaue and Werbe Zentrale.

Neumann tragó saliva y miró con desánimo el billete.

– No -dijo a regañadientes-, no lo conozco. Pero podría preguntar por ahí. El camarero es amigo mío. Podría preguntar…

– Ya lo he intentado. No es del tipo hablador. Pero, por lo que llegó a decir, no creo que conociera a Holl.

– Esa gente de la publicidad. ¿Cómo ha dicho que se llaman?

– Reklaue and Werbe Zentrale. Están en la Wilmersdorfer Strasse. Estuve allí esta tarde. Según ellos, Herr Eddy Holl está en las oficinas de su central en Pullach.

– Bueno, a lo mejor sí que está allí. En Pullach.

– Nunca he oído hablar de ellos. No puedo imaginarme que haya ninguna oficina central de nada en Pullach.

– Vaya, pues se equivoca.

– De acuerdo -dije-, sorpréndeme.

Neumann sonrió y señaló con la cabeza los cinco dólares que yo estaba volviendo a meter en la cartera.

– Por cinco dólares podría decirle todo lo que sé.

– Nada de rollos.

Asintió y le tiré el billete.

– Será mejor que valga la pena.

– Pullach es un pequeño suburbio de Munich. También es el cuartel general de la Dirección de Censura Postal del Ejército de Estados Unidos. Todo el correo para los Gl de Tegel tiene que pasar por allí.

– ¿Eso es todo?

– ¿Qué más quiere, la pluviosidad media anual?

– Está bien, no estoy seguro de para qué me sirve eso, pero gracias de todos modos.

– A lo mejor puedo tener los ojos abiertos por si veo a ese Eddy Holl.

– ¿Por qué no? Me voy a Viena mañana. Cuando llegue te telegrafiaré la dirección donde voy a estar por si te enteras de algo. El pago a la entrega.

– Joder, me gustaría poder ir. Me entusiasma Viena.

– Nunca me has dado la impresión de ser un tipo cosmopolita, Neumann.

– Supongo que no querrá entregar unas cuantas cartas cuando esté allí, ¿eh? Tengo unos cuantos austríacos en mi planta.

– ¿Qué dices? ¿Hacer de cartero para unos cuantos criminales de guerra nazis? No, gracias. -Me acabé la bebida y miré la hora-. ¿Crees que todavía vendrá, esa amiga tuya?

Me levanté para marcharme.

– ¿Qué hora es? -dijo frunciendo el ceño.

Le enseñé la esfera de mi Rolex de pulsera. Casi había decidido no venderlo. Neumann hizo una mueca cuando vio la hora.

– Supongo que algo la habrá retenido -dije.

Movió la cabeza tristemente.

– Ahora ya no vendrá. Mujeres.

Le di un cigarrillo.

– En estos tiempos, la única mujer en la que puedes confiar es en la esposa de otro.

– Es un mundo asqueroso, Herr Gunther.

– Sí, pero, oye, no se lo digas a nadie.

10

En el tren a Viena había un hombre que hablaba de lo que les habíamos hecho a los judíos.

– Mire -decía-, no pueden culparnos por lo que pasó. Estaba predestinado. Solo nos limitamos a cumplir la profecía de su propio Antiguo Testamento, la que habla de José y sus hermanos. Ahí tenemos a José, el hijo más joven y el favorito de un padre represor, a quien tomamos como símbolo de toda la raza judía. Y luego están todos los demás hermanos, símbolo de los gentiles de todas partes, pero supongamos que son alemanes y que, naturalmente, están celosos del niño bonito. Es más guapo que los demás; tiene una chaqueta de muchos colores. Por Dios, no es de extrañar que lo odien. No es de extrañar que lo vendan como esclavo. Pero lo que es importante observar es que lo que los hermanos hacen es tanto una reacción contra un padre severo y autoritario, o una patria, si lo prefiere, como contra un hermano que parece gozar de demasiados privilegios. -El hombre se encogió de hombros y empezó a frotarse el lóbulo de una oreja con forma de interrogante pensativamente-. En realidad, si lo piensas bien, tendrían que agradecérnoslo.

– ¿Cómo llega a esa conclusión? -pregunté con una considerable falta de fe.

– De no ser por lo que hicieron los hermanos de José, los hijos de Israel nunca habrían sufrido esclavitud en Egipto, nunca habrían sido conducidos hasta la tierra prometida por Moisés. Del mismo modo, de no ser por lo que nosotros, los alemanes, hicimos, los judíos nunca habrían vuelto a Palestina. Fíjese, si incluso están a punto de establecer un nuevo Estado. -Los ojillos del hombre se entrecerraron como si fuera uno de los pocos elegidos para echar una ojeadaa la agenda de Dios-. Oh, sí -dijo- ha sido el cumplimiento de una profecía, justo eso.

– No sé nada de ninguna profecía -dije gruñendo, y señalé con el pulgar la escena que pasaba casi rozando la ventanilla del vagón: un convoy de tropas del Ejército Rojo, que parecía interminable, yendo hacia el sur por la autobahn, paralela a la línea del ferrocarril-, pero lo que si sé seguro es que, a lo que parece, hemos acabado en el mar Rojo.

Era famosa, esa columna infinita de hormigas rojas, omnívoras y salvajes, que asolaban el país y cogían todo lo que podían acarrear -más de lo que cada una pesaba- para llevarlo a sus colonias semipermanentes, dirigidas por obreros. Y al igual que un plantador brasileño que ha visto cómo su cosecha de café es devastada por esas criaturas sociales, mi odio hacia los rusos se atemperaba con un grado igual de respeto. Durante siete largos años había luchado contra ellos, los había matado, había sido su prisionero, había aprendido su lengua y, finalmente, había escapado de uno de sus campos de trabajos forzados. Siete delgadas espigas de trigo malogradas por el viento del este, que devoraba las siete espigas buenas.

Al estallar la guerra yo era Kriminalkommissar de la sección 5 de la Oficina de Seguridad del Reich y, automáticamente, quedé clasificado como teniente de las SS. Aparte de jurar lealtad a Adolf Hitler, ser un SS Obersturmführer no pareció representar un gran problema hasta junio de 1941, cuando a Arthur Nebe, antes jefe de la policía criminal del Reich y ascendido entonces a SS Gruppenführer, le dieron el mando de un grupo de combate como parte de la invasión de Rusia.

Yo fui solo uno de los diversos miembros del personal de la policía reclutados para el grupo de Nebe, cuyo objetivo era, o así lo creía yo, seguir a la Wehrmacht a la Rusia blanca ocupada y combatir las infracciones de la ley y el terrorismo de cualquier tipo. Entre mis propios deberes en el cuartel general del grupo en Minsk estaba requisar los archivos de la NKVD rusa y capturar a la escuadra de la muerte de la NKVD que había asesinado a cientos de rusos blancos, prisioneros políticos, para impedir que fueran liberados por el ejército alemán. Pero los asesinatos en masa son algo endémico en cualquier guerra de conquista y pronto fue evidente para mí que mi propio bando también estaba asesinando a prisioneros rusos. Luego llegó el descubrimiento de que el principal propósito de los grupos de combate no era la eliminación de terroristas, sino el asesinato sistemático de civiles judíos.

En mis cuatro años de servicio en la primera gran guerra nunca había visto nada que tuviera un efecto tan devastador para mi espíritu como lo que presencié en el verano de 1941. Aunque no estaba personalmente al mando de ninguna de esas brigadas de ejecución en masa, comprendí que solo era una cuestión de tiempo que me lo ordenaran y que, como inevitable corolario, fuera fusilado por negarme a obedecer. Por ello, solicité mi traslado inmediato a la Wehrmacht y el frente.

En tanto que general al mando del grupo de combate, Nebe podría haberme enviado a un batallón de castigo; incluso podría haber dado órdenes para que me ejecutaran. En lugar de ello, accedió a mi petición de ser trasladado y, después de unas cuantas semanas más en la Rusia blanca, durante las cuales ayudé a la sección oriental deInteligencia de los ejércitos extranjeros del general Gehlen a organizar los archivos requisados de la NKVD, me trasladaron, no al frente, sino a la Oficina de Crímenes de Guerra del Alto Mando Militar en Berlín. Para entonces, Arthur Nebe había supervisado personalmente el asesinato de más de treinta mil hombres, mujeres y niños.

Después de mi regreso a Berlín nunca volví a verlo. Años más tarde me encontré con un viejo amigo de la Kripo que me contó que Nebe, que siempre fue un nazi un tanto ambiguo, había sido ejecutado a principios de 1945 por ser uno de los miembros del complot del conde Stauffenberg para matar a Hitler.

Siempre me ha producido un sentimiento muy extraño pensar que posiblemente le debo la vida al culpable de numerosas matanzas.

Con gran alivio por mi parte, el hombre de la curiosa obsesión por la hermenéutica bajó del tren en Dresde y pude dormir entre esa ciudad y Praga. Pero la mayor parte del tiempo pensé en Kirsten y en la lacónica nota que le había dejado, explicando que estaría ausente durante varias semanas y explicando la presencia de los soberanos de oro en el piso, soberanos que constituían la mitad de mis honorarios por hacerme cargo del caso Becker y que Poroshin se había encargado de entregarme personalmente el día anterior.

Me maldije por no escribirle algo más, por no ser capaz de decirle que no había nada que no hubiera hecho por ella, ningún trabajo hercúleo que no hubiera realizado sin dudarlo por ella. Todo esto ella lo sabía, claro, y era manifiesto en el paquete de desmesuradas cartas que guardaba en el cajón… junto al innombrado frasco de Chanel.

11

El viaje entre Berlín y Viena dura mucho tiempo, demasiado para dedicarlo a darle vueltas a la infidelidad de tu esposa, así que no fue mal que el ayuda de campo de Poroshin me consiguiera un billete en un tren que seguía la ruta más directa; diecinueve horas y media, vía Dresde, Praga y Brno, en lugar de las veintisiete y media que tardaba el tren que pasaba por Leipzig y Nuremberg. Con un chirriar de ruedas, el tren se detuvo lentamente en la Balhnhof Franz Josef, ocultando a los escasos ocupantes del andén en un limbo humeante.

En la barrera entregué mis papeles a un PM estadounidense y, después de explicar mi presencia en Viena a su entera satisfacción, dejé la bolsa en el suelo y miré alrededor para ver si mi llegada era conocida y bienvenida por alguien entre el pequeño grupo de gente que esperaba.

Cuando se me acercó un hombre de estatura media y cabello gris, supe que había acertado en mi primera suposición, aunque pronto me harían saber que la segunda era pura vanidad. El hombre me informó de que se llamaba doctor Liebl y que tenía el honor de ser el representante legal de Emil Becker.

– Tengo un taxi esperando -dijo mirando con escepticismo mi equipaje-. Aunque, como mi despacho no está lejos, si hubiera traído una bolsa más pequeña, podríamos haber ido a pie.

– Ya sé que suena pesimista -dije-, pero pensé que tendría que quedarme a pasar la noche.

Lo seguí cruzando la estación.

– Espero que haya tenido un buen viaje, Herr Gunther.

– Estoy aquí, ¿no? -dije obligándome a soltar una risa amable-. ¿De qué otra forma se puede definir un buen viaje en estos tiempos?

– La verdad es que no sabría decírselo -dijo con sequedad-. Yo nunca salgo de Viena. -Señaló con un ademán desdeñoso a un grupo de personas desplazadas, con aspecto andrajoso, que parecían haber acampado en la estación-. Ahora, con todo el mundo haciendo algún tipo de viaje, parece imprudente esperar que Dios cuide de la clase de viajero que sólo desea poder volver al lugar de donde salió.

Me acompañó hasta un taxi, le di la bolsa al conductor y entré en la parte de atrás, para encontrarme con que la bolsa volvía conmigo de nuevo.

– Hay una carga extra para el equipaje que se lleva fuera -explicó Liebl, empujando la bolsa encima de mis rodillas-. Como le decía, no está muy lejos y los taxis son caros. Mientras esté aquí le recomiendo que use los tranvías; el servicio es muy bueno.

El coche arrancó a gran velocidad, lanzándonos a uno contra el otro como si fuéramos un par de enamorados en un cine. Liebl soltó una risita.

– Además, también es más seguro, siendo como son los conductores vieneses.

Señalé hacia mi izquierda.

– ¿Eso es el Danubio?

– Por todos los cielos, no. Eso es el canal. El Danubio está en el sector ruso, más al este. -Señaló a la derecha, a un edificio de aspecto sombrío-. Esa es la prisión de la policía, donde nuestro cliente reside en la actualidad. Tenemos una cita allí mañana a primera hora, después de lo cual quizá quiera asistir al funeral del capitán Linden en el Cementerio Central. -Liebl hizo un nuevo gesto hacia la prisión-. En realidad, hace poco que Herr Becker está ahí. Al principio los norteamericanos se inclinaban por tratar el caso como un asunto de la seguridad militar y, como resultado, lo tenían con los prisioneros de guerra en el Stiftskaserne, el cuartel general de su policía militar en Viena. Me costaba Dios y ayuda entrar y salir de allí, se lo aseguro. Sin embargo, el oficial de Seguridad Pública del Gobierno Militar ha decidido ahora que el caso corresponde a los tribunales austríacos, así que lo tendrán aquí hasta la celebración del juicio.

Liebl se inclinó hacia adelante, le dio unos golpecitos al conductor en el hombro y le dijo que girara a la derecha y fuera hacia el Hospital General.

– Ya que pagamos, más vale que dejemos su bolsa -dijo-. Solo es un pequeño rodeo. Por lo menos, ya ha visto donde está su amigo y puede apreciar la gravedad de su situación. No quiero ser grosero, Herr Gunther, pero debodecirle que yo estaba en contra de que viniera a Viena. No nos faltan detectives privados aquí. Los hay. Yo mismo he utilizado muchos y conocen Viena mejor que usted. Espero que no se ofenda por lo que digo. Quiero decir, usted no conoce esta ciudad en absoluto, ¿verdad?

– Aprecio su franqueza, doctor Liebl -dije, aunque no la apreciaba mucho-. Y tiene razón, no conozco esta ciudad. De hecho no había estado aquí en mi vida. Así que deje que le hable con franqueza. Con veinticinco años de trabajo en la policía a mis espaldas, me parece que me importa un pito lo que usted piense. La razón de que Becker me contratara en lugar de a algún sabueso local es asunto suyo. El hecho de que esté preparado para pagarme generosamente es mío. No hay nada más en medio, ni para usted ni para nadie más. No en este momento. Cuando llegue el juicio, me sentaré en sus rodillas y le peinaré el pelo si quiere que lo haga. Pero hasta ese momento, lea sus libros de leyes y yo me ocuparé de lo que usted va a decir para sacar a ese estúpido cabrón a la calle.

– Me parece bien -gruñó Liebl, con los labios curvándose casi en una sonrisa-. La franqueza le sienta bastante bien. Como la mayoría de abogados, siento una oculta admiración por los que parecen creer en lo que dicen. Sí, tengo en alta estima la probidad de los demás, aunque solo sea porque nosotros, los abogados, rebosamos artificio.

– Creí que hablaba usted bastante claro.

– Un mero intento, se lo aseguro -dijo con altivez.

Dejamos mi equipaje en una pensión de aspecto confortable en el Bezirk 8, en el sector norteamericano, y seguimos hasta las oficinas de Liebl en el centro. Al igual que Berlín, Viena estaba dividida entre las cuatro potencias y cada una controlaba un sector. La única diferencia era que el centro de Viena, rodeado por el amplio bulevar lleno de grandiosos hoteles y palacios llamado el Ring, estaba bajo el control de las cuatro potencias conjuntamente, en forma de la Patrulla Internacional. Otra diferencia, visible de forma inmediata, era el estado de la capital de Austria.Era cierto que la ciudad había sido bombardeada, pero, comparada con Berlín,Viena tenía un aspecto más limpio que el escaparate de un enterrador.

Cuando por fin estuvimos sentados en el despacho de Liebl, buscó las carpetas de Becker y repasó los datos del caso conmigo.

– Naturalmente, la prueba más sólida contra Becker es su posesión del arma del crimen -dijo Liebl, pasándome un par de fotografías de la pistola que había matado al capitán Linden.

– Walther P38 -dije-. Culata de las SS. Yo mismo usé una así durante el último año de la guerra. Vibran un poco, pero una vez que dominas la fuerza del gatillo, por lo general, puedes disparar con bastante precisión. De todos modos, a mí nunca me gustó mucho el percutor exterior. No, yo prefiero la PPK. -Le devolví las fotos-. ¿Tiene alguna de las fotos hechas por el patólogo al capitán?

Liebl me entregó un sobre con un desagrado evidente.

– Es extraño el aspecto que tienen una vez limpios de nuevo -dije mientras miraba las fotos-. Le disparas a un tipo en la cara con una 38 y no tiene peor aspecto que si le hubieran quitado un lunar. Un cabrón atractivo, hay que reconocerlo. ¿Encontraron la bala?

– En la siguiente foto.

Asentí al verla. «No se necesita mucho para matar a un hombre», pensé.

– La policía encontró también varios cartones de cigarrillos en casa de Herr Becker -dijo Liebl-. Cigarrillos de la misma clase que los que había en el viejo estudio donde mataron a Linden.

Me encogí de hombros.

– Le gusta fumar. No entiendo de qué pueden acusarlo unas cuantas cajetillas de tabaco.

– ¿No? Deje que se lo explique. Se trataba de cigarrillos robados de la fábrica de tabaco de la Thaliastrasse, que está bastante cerca del estudio. Quienquiera que los robara usaba el estudio como almacén. Cuando Becker encontró el cuerpo del capitán Linden por primera vez, se apropió de unos cuantos cartones antes de irse a casa.

– Sí, eso suena típico de Becker -dije suspirando-. Siempre ha tenido las manos muy largas.

– Bueno, ahora lo que importa es la longitud de su cuello. No necesito recordarle que se trata de un crimen castigado con la pena de muerte, Herr Gunther.

– Puede recordármelo siempre que lo crea conveniente, Herr Doktor. Dígame, ¿a quién pertenece el estudio?

– Drittemann Film-und Senderaum GMBH. Por lo menos ese es el nombre de la compañía en el contrato de arrendamiento. Pero nadie parece recordar que se haya hecho ninguna película allí. Cuando la policía registró el lugar no encontraron ni siquiera un foco viejo.

– ¿Podría echar un vistazo por dentro?

– Veré si puedo arreglarlo. Bueno, si tiene otras preguntas, Herr Gunther, le sugiero que las reserve para mañana por la mañana, cuando veamos a Herr Becker. Entretanto, hay dos o tres cosas que tenemos que arreglar; por ejemplo, el pago del resto de sus honorarios y sus gastos. Por favor, perdóneme un momento mientras saco su dinero de la caja fuerte.

Se levantó y salió de la sala.

El despacho de Liebl, en la Judengasse, estaba en el primer piso por encima de una zapatería. Cuando volvió a su despacho, con dos paquetes de billetes de banco, me encontró mirando por la ventana.

– Dos mil quinientos dólares estadounidenses, en efectivo, según lo acordado -dijo fríamente- y mil schillings austríacos para cubrir sus gastos. Cualquier suma adicional tendrá que ser autorizada por Fraülein Braunsteiner, la novia de Herr Becker. Del coste de su alojamiento se encargará esta oficina. -Me alargó una pluma-. ¿Me firmará este recibo, por favor?

Eché una ojeada al escrito y luego lo firmé.

– Me gustaría conocerla -dije-. Me gustaría conocer a todos los amigos de Becker.

– Según las órdenes que me han dado, ella se reunirá con usted en la pensión.

Me embolsé el dinero y volví a la ventana.

– Confío en que si la policía lo pilla con todos esos dólares puedo confiar en su discreción. Hay normas sobredivisas que…

– Dejaré su nombre fuera de todo, no se preocupe. Por curiosidad, ¿qué me impide coger el dinero y volver a casa?

– Está repitiendo mi propia advertencia a Herr Becker. En primer lugar, dijo que usted era un hombre de honor y que si le pagaban para hacer un trabajo, lo hacía. Que no era la clase de gente que lo dejaría colgado. Fue muy tajante al respecto.

– Me conmueve -dije-. ¿Y en segundo lugar?

– ¿Puedo ser franco?

– ¿Por qué detenerse ahora?

– Muy bien. Herr Becker es uno de los peores mañosos de Viena. Pese a sus apuros actuales, no carece por completo de influencias en ciertos, digamos, sectores nefandos de la ciudad. -Su cara mostró una expresión afligida-. Me resisto a decir nada más para no parecer un vulgar matón.

– Ha sido lo bastante sincero, Herr Doktor. Gracias.

Se acercó a la ventana.

– ¿Qué está mirando?

– Me parece que me siguen. ¿Ve aquel hombre?

– ¿El que está leyendo el periódico?

– Estoy seguro de haberlo visto en la estación.

Liebl sacó unas gafas del bolsillo superior de la chaqueta y las sujetó a sus viejas orejas peludas.

– No parece austríaco -dictaminó finalmente-. ¿Qué periódico está leyendo?

Entrecerré los ojos un momento.

– El Wiener Kurier.

– Hum… En cualquier caso, no es comunista. Probablemente, estadounidense, un agente de campo de la sección de Investigaciones Especiales de su policía militar.

– ¿Vestido de paisano?

– Me parece que ya no les obligan a llevar uniforme. Por lo menos, en Viena. -Se quitó las gafas y se dio media vuelta-. Me atrevería a decir que es algo rutinario. Querrán saberlo todo sobre cualquier amigo de Herr Becker. Tiene que estar preparado para que lo detengan en algún momento para interrogarlo.

– Gracias por la advertencia. -Empecé a apartarme de la ventana, pero mi mano quedó detenida en la enorme contraventana, con su travesaño de aspecto sólido-. No hay duda de que sabían cómo construir estos viejos edificios,¿verdad? Esto parece pensado para impedir el paso a un ejército.

– No a un ejército, Herr Gunther. A una turba. Esto era el corazón del gueto. En el siglo xv, cuando se construyó la casa, tenían que estar preparados para un pogromo de vez en cuando. Nada cambia demasiado, ¿verdad?

Me senté frente a él y fumé un Memphis del paquete que había comprado con el dinero de Poroshin. Le ofrecí el paquete a Liebl, que cogió un cigarrillo y lo guardó con cuidado en una pitillera. Él y yo no habíamos tenido el mejor de los comienzos. Era hora de reparar unos cuantos puentes-. Quédese el paquete -dije.

– Es usted muy amable -respondió, pasándome un cenicero a cambio.

Al observarlo mientras encendía un cigarrillo, me pregunté qué genealogía de perversiones le había marcado la cara, en un tiempo atractiva. Las grises mejillas estaban profundamente señaladas por unas estrías casi glaciares, y la nariz, fruncida como si alguien acabara de contar un chiste de muy mal gusto. Tenía los labios muy rojos y delgados y sonreía como una vieja y artera culebra, una sonrisa que solo servía para acentuar el aire de disipación que los años y, más probablemente, la guerra le habían grabado en la cara. Él mismo lo explicó.

– Pasé una temporada en un campo de concentración. Antes de la guerra era miembro del Partido Social Cristiano. Ya sabe, la gente prefiere olvidar, pero en Austria había mucha simpatía por Hitler. -Tosió un poco cuando el humo le alcanzó los pulmones-. Nos fue muy bien que los Aliados decidieran que Austria había sido una víctima de la agresión nazi en lugar de colaborar con ella. Pero también es absurdo. Somos los burócratas perfectos, Herr Gunther. Es extraordinario el número de austríacos que llegaron a ocupar puestos cruciales en la organización de los crímenes de Hitler. Y muchos de esos mismos hombres, y bastantes alemanes, viven ahora aquí, en Viena. En este mismo momento la Junta de Seguridad para la Alta Austria está investigando el robo de una gran cantidad de carnés deidentidad de la Oficina Estatal de Imprenta de Viena. Así que, como ve, los que se quieren quedar aquí siempre pueden encontrar medios para hacerlo. La verdad es que a esos hombres, a esos nazis, les gusta vivir en mi país. Pueden contar con quinientos años de odio a los judíos para sentirse como en casa.

»Le comento estas cosas porque como pifke… -sonrió disculpándose- como prusiano, puede tropezar con una cierta hostilidad en Viena. Ahora los austríacos tienden a rechazar todo lo alemán. Se están esforzando mucho por ser austríacos. Un acento como el suyo puede recordar a algunos vieneses que durante siete años fueron nacionalsocialistas. Un hecho difícil de digerir que, ahora, la mayoría prefiere creer que fue poco más que una pesadilla.

– Lo tendré presente.

Después de la reunión con Liebl regresé a la pensión de la Skodagasse, donde encontré un mensaje de la novia de Becker diciendo que pasaría a verme hacia las seis para asegurarse de que estaba cómodo. La Pensión Caspian era un lugar pequeño, pero de primera clase. Tenía un dormitorio con salita y cuarto de baño. Incluso había una diminuta galería cubierta donde habría podido sentarme si fuera verano. Tenía una temperatura agradable y parecía haber un suministro de agua inacabable; un lujo desusado. Hacía poco que acababa de tomar un baño, un baño tan largo que incluso Marat le habría puesto objeciones, cuando alguien llamó a la puerta de la sala y, al mirar la hora, vi que eran casi las seis. Me puse el abrigo y abrí la puerta.

Era pequeña y con ojos brillantes, con las mejillas sonrosadas de un niño y un pelo negro que parecía no necesitar un peine. La sonrisa, que mostraba unos dientes perfectos, se desdibujó un poco cuando vio que estaba descalzo.

– ¿Herr Gunther? -dijo, vacilante.

– Fräulein Traudl Braunsteiner.

Asintió.

– Pase. Me temo que me he quedado más de lo debido en el baño, pero la última vez que disfruté de agua calientede verdad fue cuando volví del campo de concentración soviético. Siéntese mientras me pongo algo de ropa.

Cuando volví a la sala, vi que había traído una botella de vodka y que estaba llenando dos vasos en una mesa al lado del ventanal. Me tendió mi bebida y nos sentamos.

– Bienvenido a Viena -dijo-. Emil me pidió que le trajera una botella. -Dio un golpecito con el pie al bolso que tenía en el suelo, a su lado-. En realidad, he traído dos. Las he tenido colgando fuera de la ventana del hospital todo el día, así que el vodka está bien frío. No me gusta el vodka si no está frío.

Entrechocamos los vasos y bebimos; el fondo de su vaso se posó en la mesa antes que el mío.

– ¿No estará enferma, verdad? Ha hablado del hospital.

– Soy enfermera, en el General. Puede verlo si va hasta el final de la calle. En parte, esa es la razón de que le buscara esta pensión, porque está muy cerca. Pero también porque conozco a la propietaria, Frau Blum-Weiss. Era amiga de mi madre. Y también pensé que preferiría estar cerca del Ring y del sitio donde mataron al capitán norteamericano. Está en la Dettergasse, al otro lado del cinturón exterior de Viena, el Gürtel.

– Es un sitio perfecto. A decir verdad, es mucho más cómodo que lo que tengo en casa, en Berlín. Las cosas son bastante difíciles allí. -Llené de nuevo los vasos-. ¿Cuánto sabe exactamente de lo que ha pasado?

– Sé todo lo que Liebl le ha dicho y todo lo que Emil le dirá mañana por la mañana.

– ¿Y de los negocios de Emil?

Traudl Braunsteiner sonrió, coqueta, y soltó una risita burlona.

– Tampoco hay mucho que no sepa de los negocios de Emil. -Al notar que uno de los botones de su arrugada gabardina colgaba de un hilo, lo acabó de arrancar y se lo metió en el bolsillo. Era como un bello pañuelo de encaje que necesitara un buen lavado-. Supongo que, como soy enfermera, no me importa tanto eso del mercado negro. Yo misma he robado algunos medicamentos, no me importa admitirlo. En realidad, todas lo hacemos en un momento otro. Para algunas la opción es sencilla: o vendes penicilina o te vendes tú. Imagino que tenemos suerte de tener algo que vender. -Se encogió de hombros y se tragó su segundo vodka-. Ver cómo sufre y muere la gente no te lleva a tener un gran respeto por la ley y el orden. -Se rió, como disculpándose-. El dinero no vale para nada si no estás en condiciones de gastarlo. ¡Dios!, ¿cuánto tendrá la familia Krupp? Probablemente miles de millones, pero uno de ellos está encerrado aquí, en Viena, en el manicomio.

– Está bien -dije-, no le pedía que se justificara ante mí.

Pero estaba claro que trataba de justificarse ante sí misma.

Traudl dobló las piernas, metiéndolas debajo del trasero. Sentada despreocupadamente en el sillón, parecía importarle tan poco como a mí que yo le viera la parte superior de las medias, el liguero y el inicio de sus suaves y blancos muslos.

– ¿Qué le vamos a hacer? -dijo, mordisqueándose una uña-. De vez en cuando todo el mundo en Viena tiene que comprar algo y acude al Parque Ressel.

Me explicó que ese era el principal centro del mercado negro de la ciudad.

– En Berlín es la Puerta de Brandeburgo -dije-. Y delante del Reichstag.

– ¡Qué curioso! -dijo soltando una risita maliciosa-. En Viena estallaría un escándalo si eso pasara a las puertas del Parlamento.

– Pero eso es porque tienen un Parlamento. Aquí los Aliados se limitan a supervisar. En Alemania gobiernan de verdad.

Mi visión de su ropa interior desapareció cuando ella se estiró el borde de la falda.

– No lo sabía. Pero no importa. Aquí seguiría habiendo un escándalo, con Parlamento o sin él. Los austríacos son muy hipócritas. Uno pensaría que tendrían que sentirse cómodos con esas cosas; aquí el mercado negro ha existido desde los tiempos de los Habsburgo. Entonces no se trataba de cigarrillos, claro, sino de favores, de influencias. Los contactos personales siguen pesando mucho.

– Hablando de eso, ¿cómo conoció a Becker?

– Arregló unos papeles para una amiga mía, una enfermera del hospital. Y nosotras robamos algo de penicilina para él. Eso fue cuando aún era posible encontrarla. Fue poco después de morir mi madre. -Abrió más los brillantes ojos, como tratando de comprender algo-. Se tiró al paso del tranvía. -Forzando una sonrisa y soltando una especie de risa desconcertada, se las arregló para controlar sus sentimientos-. Mi madre era una austríaca muy vienesa, Bernie. Siempre nos estamos suicidando. Es nuestra manera de vivir. De cualquier modo, Emil fue muy amable y divertido. En realidad, me ayudó en mi dolor. ¿Sabe?, ella era mi única familia. Mi padre murió en un bombardeo y mi hermano en Yugoslavia, luchando contra los partisanos. Sin Emil, de verdad que no sé qué habría sido de mí. Si a él le pasara algo… -Los labios de Traudl se tensaron al imaginar el destino que, muy probablemente, aguardaba a su amante-. Harás todo lo que puedas por él, ¿verdad? Emil dijo que eras la única persona en la que podía confiar para descubrir algo que le diera alguna posibilidad.

– Haré todo lo que pueda por él, Traudl, te lo prometo. -Encendí dos cigarrillos y le di uno-. Quizá te interese saber que, normalmente, declararía culpable a mi propia madre si la encontrara de pie al lado de un cadáver con una pistola en la mano. Pero, si te sirve de algo, creo la historia de Becker, aunque solo sea porque, de tan mala que es, resulta verosímil. Por lo menos, hasta que él me la cuente. Puede que eso no te sorprenda mucho, pero tan seguro como que hay infierno que a mí sí que me impresiona. Eso sí, mírame las manos. No están bañadas en un aura de santidad. Y el sombrero que hay en el aparador… tampoco es para cazar ciervos. Así que si tengo que sacarlo de esa maldita celda, tu amigo tendrá que darme un ovillo de hilo. Mañana por la mañana, será mejor que tenga algo que decir en su favor o para este espectáculo no valdrá la pena gastar ni el precio del maquillaje.

12

El castigo más terrible de la ley es siempre lo que pasa en la imaginación de alguien; la perspectiva de la propia muerte, ejecutada por sentencia judicial, alimenta ideas del tipo más ingeniosamente masoquista. Someter a un hombre a un juicio en que se juega la vida es llenarle la cabeza de pensamientos más crueles que cualquier castigo que pueda inventarse. Y, como es natural, la idea de cómo debe de ser caer varios metros a través de una trampilla, para verte detenido bruscamente por una cuerda atada alrededor del cuello, afecta a cualquiera. Es difícil dormir, se pierde el apetito y no es raro que el corazón empiece a sufrir bajo la tensión de lo que la propia mente le impone. Incluso para la inteligencia más mediocre y carente de imaginación, solo se necesita girar la cabeza de un lado a otro del cuello y oír el crujido de las vértebras para sentir en el fondo del estómago el espantoso horror del ahorcamiento.

Así que no me sorprendió ver que Becker se había convertido en una versión más delgada y descolorida de sí mismo. Nos reunimos en un locutorio pequeño y sin apenas muebles de la prisión de Rossauer Lände. Cuando entró en la sala, me estrechó la mano en silencio antes de dirigirse al guardián que se había apostado al lado de la puerta.

– Eh, Pepi -dijo Becker jovialmente-, ¿te importa? -Metió la mano en el bolsillo de la camisa y sacó un paquete de cigarrillos que lanzó a través de la sala. El vigilante llamado Pepi los cogió al vuelo y miró la marca-. Fumátelos fuera, ¿vale?

– De acuerdo -dijo Pepi, y se marchó.

Becker asintió, agradecido, cuando los tres nos sentamos en torno a la mesa atornillada a la pared de azulejos amarillos.

– No se preocupe -le dijo a Liebl-. Aquí todos los guardias están en el ajo. Mucho mejor que en el Stiftskaserne, puede estar seguro. No había forma de untar a ninguno de aquellos jodidos yanquis. No hay nada que esos cabronesquieran que no puedan conseguirlo ellos mismos.

– A mí me lo cuentas -dije, y saqué mis propios cigarrillos. Liebl los rechazó con un gesto cuando se los ofrecí-. Estos son de tu amigo Poroshin -expliqué mientras Becker sacaba uno del paquete.

– Todo un personaje, ¿verdad?

– Tu mujer cree que es tu jefe.

Becker encendió los dos cigarrillos y soltó una nube de humo por encima de mi hombro.

– ¿Has hablado con ella? -dijo, pero no parecía sorprendido.

– Aparte de los cinco mil, ella es la única razón de que esté aquí -dije-. Con ella en contra tuya, decidí que probablemente necesitabas toda la ayuda que pudieras conseguir. En lo que a ella respecta, ya estás colgando.

– Tanto me odia, ¿eh?

– Como a una llaga abierta.

– Bueno, supongo que tiene derecho. -Suspiró y sacudió la cabeza. Luego dio una larga y nerviosa calada al cigarrillo que apenas dejó papel encima del tabaco. Durante un segundo me miró fijamente con los ojos inyectados en sangre, parpadeando a través del humo. Al cabo de unos segundos, tosió y sonrió al mismo tiempo-. Adelante, pregunta.

– De acuerdo. ¿Mataste al capitán Linden?

– Pongo a Dios por testigo de que no. -Soltó una carcajada-. ¿Puedo irme ahora, señor?- Dio otra calada desesperada al cigarrillo-. Me crees, ¿verdad, Bernie?

– Creo que si estuvieras mintiendo, tendrías una historia mejor. Te reconozco la suficiente sensatez. Pero, como le decía a tu novia…

– ¿Has visto a Traudl? Bien. Es estupenda, ¿verdad?

– Sí, lo es. Solo Dios sabe qué habrá visto en ti.

– Disfruta de mi conversación de sobremesa, claro. Por eso no le gusta que esté encerrado aquí. Echa en falta nuestras agradables charlas sobre Wittgenstein, al lado del fuego. -La sonrisa se le borró del rostro cuando tendió la mano y me cogió del brazo-. Mira, tienes que sacarme de aquí, Bernie. Los cinco mil eran solo para que entraras en eljuego. Demuestra que soy inocente y triplicaré esa suma.

– Los dos sabemos que no va a ser fácil.

Becker me entendió mal.

– El dinero no es problema; tengo mucho. Hay un coche aparcado en un garaje de Hernals con treinta mil dólares en el maletero. Es tuyo si me sacas de aquí.

Liebl hizo un gesto de desagrado mientras su cliente continuaba demostrando su evidente falta de visión para los negocios.

– Realmente, Herr Becker, en tanto que abogado suyo tengo que protestar. Esta no es la manera de…

– Cierre la boca -dijo Becker rabioso-. Cuando quiera su opinión, se la pediré.

Liebl se encogió de hombros diplomáticamente y se recostó en la silla.

– Mira, hablaremos de una prima extra cuando estés fuera. El dinero es estupendo. Ya me has pagado bien. No hablaba de dinero. No, lo que querría ahora son unas cuantas ideas. Así que, ¿por qué no empiezas por hablarme de Herr König? Dónde lo conociste, qué aspecto tiene, y si crees que le gusta el café con leche, ¿vale?

Becker asintió y apagó el cigarrillo, pisándolo contra el suelo. Cerró y abrió las manos y empezó a chascar los nudillos, incómodo. Probablemente había repasado la historia demasiadas veces para sentirse cómodo repitiéndola.

– De acuerdo. Bien, veamos. Conocí a Helmut König en el Koralle. Es un club nocturno en el Bezirk 9. En la Porzellangasse. Se me acercó y se presentó. Dijo que había oído hablar de mí y que quería invitarme a tomar algo. Yo acepté. Hablamos de las cosas corrientes: de la guerra, de que él había estado en Rusia, de que yo estaba en la Kripo antes de las SS; igual que tú, en realidad. Solo que tú te fuiste, ¿no, Bernie?

– No te vayas por las ramas.

– Dijo que unos amigos le habían hablado de mí. No dijo qué amigos. Había un negocio que quería ofrecerme: una entrega regular al otro lado de la Frontera Verde. Dinero en metálico, sin hacer preguntas. Era fácil. Lo único quetenía que hacer era recoger un paquete pequeño en una oficina aquí, en Viena, y llevarlo a otra oficina en Berlín. Pero solo cuando yo tuviera que ir, con un camión cargado de cigarrillos o algo por el estilo. Si me hubieran cogido, probablemente ni se hubieran fijado en el paquete de König. Al principio pensé que eran medicamentos, pero luego abrí uno y vi que eran documentos; archivos del partido, del ejército, de las SS, todo eso. No entendía por qué valía tanto dinero.

– ¿Siempre eran solo documentos?

Asintió.

– El capitán Linden trabajaba para el Centro de Documentación de Estados Unidos en Berlín -expliqué-. Era un cazanazis, Esos documentos, ¿recuerdas algún nombre?

– Bernie, eran sabandijas, morralla. Cabos y encargados de pagar los sueldos en el ejército. Cualquier cazanazis los habría tirado a la basura. Esos tipos van detrás de los peces gordos, gente como Bormann y Eichmann, no de jodidos funcionarillos.

– Sin embargo, esos documentos eran importantes para Linden. Quienquiera que le matara, también hizo que mataran a un par de detectives aficionados que él conocía. Dos judíos que habían sobrevivido a los campos y que querían saldar algunas cuentas. Los encontré muertos hace unos días. Llevaban algún tiempo así. Puede que los documentos fueran para ellos. O sea, que me ayudaría si procuraras recordar algunos de los nombres.

– Claro, lo que tú digas, Bernie. Trataré de encontrar un hueco en mi ocupadísima agenda.

– Hazlo. Ahora, háblame de König. ¿Qué aspecto tenía?

– Veamos: alrededor de los cuarenta años, diría yo. Robusto, moreno, con un bigote espeso, pesaría unos noventa kilos, con un metro noventa de estatura; llevaba un traje de tweed de buena calidad, fumaba puros y siempre lo acompañaba un perro… un terrier pequeño. Con toda seguridad era austríaco. A veces aparecía con una chica. Su nombre era Lotte. No sé el apellido, pero trabajaba en el Club Casanova. Una lagarta atractiva, rubia. No recuerdonada más.

– Has dicho que hablasteis de la guerra. ¿Te contó cuántas medallas había ganado?

– Sí, sí que lo hizo.

– ¿No crees que tendrías que decírmelo?

– No creí que tuviera importancia.

– Yo decidiré qué tiene importancia. Venga, Becker, suéltalo.

Fijó la mirada en la pared y después se encogió de hombros.

– Por lo que recuerdo, dijo que se había unido al partido nazi austríaco cuando todavía era ilegal, en 1931. Más tarde lo arrestaron por pegar carteles. Así que se escapó a Alemania y entró en la policía bávara en Munich. Se unió a las SS en 1933 y se quedó allí hasta el final de la guerra.

– ¿Rango?

– No lo dijo.

– ¿Mencionó algo acerca de dónde había servido y qué hacía?

Becker negó con la cabeza.

– No puede decirse que tuvierais una conversación muy interesante vosotros dos. ¿De qué hablabais, del precio del pan? Bueno. ¿Y qué hay del segundo hombre, el que fue a tu casa con König y te pidió que buscaras a Linden?

Becker se presionó las sienes.

– He tratado de recordar su nombre, pero no me viene a la cabeza -dijo-. Tenía la clase de un oficial de alto rango. Ya sabes, muy tieso y correcto. Puede que un aristócrata. También de unos cuarenta, alto, delgado, bien afeitado, con poco pelo. Llevaba una chaqueta Schiller y una corbata de algún club… -Meneó la cabeza-. No sé mucho de corbatas de clubes. Puede que fuera del Herrenklub, no lo sé.

– Y el hombre que viste salir del estudio donde mataron a Linden, ¿qué aspecto tenía?

– Estaba demasiado lejos para verlo bien, solo sé que era bajo y muy fornido. Llevaba chaqueta y sombrero oscuros y tenía prisa.

– Apuesto a que sí -dije-. La empresa de publicidad, la Reklaue and Werbe Zentrale. Está en la Mariahilferstrasse, ¿no?

– Estaba -dijo Becker, sombrío-. Cerró poco después de que me detuvieran.

– Háblame de ella de todos modos. ¿Era siempre a König a quien veías allí?

– No. Por lo general, era un tipo llamado Abs, Max Abs. Un tipo con aire académico, perilla, gafas pequeñas, ya sabes. -Becker cogió otro de mis cigarrillos-. Había una cosa que quería decirte. Una de las veces que estuve allí, oí cómo Abs hablaba por teléfono con alguien llamado Pichler, un cantero. Puede que tuviera un funeral. Pensaba que quizá podrías encontrar a Pichler y averiguar algo de Abs cuando mañana vayas al funeral de Linden.

– A las doce -dijo Liebl.

– Pensaba que podría valer la pena que echaras un vistazo, Bernie -explicó Becker.

– Tú mandas, eres el cliente -dije.

– Para ver si aparece alguno de los amigos de Linden. Y luego para buscar a Pilcher. La mayoría de los canteros están a lo largo de los muros del Cementerio Central, así que no tendría que resultar muy difícil encontrarlo. A lo mejor puedes descubrir si Max Abs dejó una dirección cuando encargó la lápida.

No me gustaba mucho que Becker me organizara el trabajo de la mañana de aquella manera, pero me pareció más fácil seguirle la corriente. Un hombre que se enfrenta a una posible pena de muerte puede exigirle una cierta indulgencia a su investigador privado. Especialmente cuando hay dinero por medio. Por eso dije:

– ¿Por qué no? Me entusiasman los funerales.

Luego me levanté y me paseé por la celda, como si fuera yo quien estuviera nervioso por estar encerrado. Quizá él estuviera más acostumbrado que yo.

– Hay algo que me intriga -dije, después de andar arriba y abajo, reflexionando, un par de minutos.

– ¿Qué?

– Liebl me ha dicho que no careces de amigos e influencias aquí en la ciudad.

– Hasta cierto punto.

– Bueno, ¿cómo es que ninguno de esos supuestos amigos ha tratado de encontrar a König? ¿O, si a eso vamos, a su amiguita Lotte?

– ¿Quién dice que no lo hayan hecho?

– ¿Te lo vas a guardar para ti o es que tengo que darte un par de chocolatinas?

Becker adoptó un tono conciliador.

– Mira, Bernie, no sé seguro qué ha pasado, así que no quiero que te hagas una idea equivocada de este trabajo. No hay razones para suponer que…

– Corta el rollo y cuéntame qué pasó.

– De acuerdo. Un par de socios míos, gente que sabe lo que está haciendo, preguntaron por ahí sobre König y la chica. Comprobaron unos cuantos clubes nocturnos y -hizo un gesto de incomodidad- no se les ha vuelto a ver desde entonces. Puede que me traicionaran. Puede que se fueran de la ciudad.

– O puede que recibieran el mismo tratamiento que Linden -sugerí.

– ¿Quién sabe? Pero por eso estás tú aquí, Bernie. Puedo confiar en tí. Sé la clase de tipo que eres. Respeto lo que hiciste allá en Minsk, de verdad. No eres de esos que dejan que cuelguen a un inocente. -Sonrió significativamente-. No puedo creer que yo sea el único que tenga necesidad de alguien con tus cualidades.

– No me va mal -dije rápidamente, porque no me apetecía que me adularan, y menos alguien como Emil Becker-. ¿Sabes?, probablemente mereces que te cuelguen -añadí-. Incluso si no mataste a Linden, habrá habido muchos otros.

– Pero yo no vi lo que se nos venía encima. No hasta que fue demasiado tarde. No como tú. Tú fuiste listo y te largaste mientras podías hacerlo. Yo nunca tuve esa oportunidad. Era obedecer órdenes o enfrentarse a un consejo de guerra y al pelotón de fusilamiento. No tuve el valor de hacer otra cosa que lo que hice.

Negué con la cabeza. En realidad ya no importaba.

– Quizá tengas razón.

– Sabes que la tengo. Estábamos en guerra, Bernie. -Acabó el cigarrillo y se puso en pie para acercarse al rincón donde me apoyaba. Bajó la voz como si no quisiera que Liebl lo oyese.

– Mira -dijo-, sé que es un trabajo peligroso. Pero solo tú puedes hacerlo. Hay que hacerlo sin armar ruido ypersonalmente, como tú lo consideres mejor. ¿Necesitas una pipa?

No había traído la pistola que le había quitado al ruso muerto en Berlín, porque no tenía ganas de arriesgarme a que me arrestaran por cruzar la frontera con un arma. Dudaba que el pase de Poroshin solucionara ese problema. Me encogí de hombros y dije:

– Dímelo tú. Es tu ciudad.

– Yo diría que necesitarás una.

– De acuerdo -dije-, pero, por todos los santos, que esté limpia.

Cuando estuvimos fuera de la prisión, Liebl sonrió sarcástico y dijo:

– ¿Una pipa es lo que supongo que es?

– Sí, pero es solo por precaución.

– La mejor precaución que puede tomar mientras esté en Viena es no meterse en el sector ruso. Especialmente entrada la noche.

Seguí la mirada de Liebl hasta el otro lado de la carretera y más allá, hasta el otro lado del canal, donde una bandera roja ondeaba con la brisa de la mañana.

– Hay una serie de bandas de secuestradores que trabajan para los ivanes en Viena -explicó-. Raptan a cualquiera que piensen que espía para los estadounidenses y, a cambio, los rusos les dan concesiones en el mercado negro para trabajar fuera del sector ruso, lo cual los pone, de hecho, fuera del alcance de la ley. Se llevaron a una mujer de su propia casa, enrollada dentro de una alfombra, igual que Cleopatra.

– Bueno, tendré cuidado de no dormirme en el suelo -dije-. Y ahora, ¿cómo puedo ir al Cementerio Central?

– Está en el sector británico. Tiene que coger un 71 en la Schwarzenbergplatz, solo que en su mapa pondrá Stalinplatz. No tiene pérdida; hay una enorme estatua de un soldado soviético como liberador que nosotros, los vieneses, llamamos el Saqueador Desconocido.

Sonreí.

– Como digo siempre, Herr Doktor, podemos sobrevivir a la derrota, pero Dios nos libre de cualquier otra liberación.

13

«La ciudad de los otros vieneses» era como lo había descrito Traudl Braunsteiner. No era ninguna exageración. El Cementerio Central era mayor que muchas ciudades que yo conocía y bastante más rico, además. Había menos posibilidades de que el austríaco medio se quedara sin su lápida que de que no fuera a su cafetería favorita. Parecía que no había nadie tan pobre como para no tener un trozo decente de mármol y, por vez primera, empecé a valorar el atractivo del negocio de los enterramientos. El teclado de un piano, una musa inspirada, los compases iniciales de un vals famoso… no había nada demasiado recargado para los artesanos de Viena, ninguna fábula grandilocuente o alegoría exagerada que la mano muerta de su arte no alcanzara. La enorme necrópolis reflejaba incluso las divisiones políticas y religiosas de su homóloga viva, con sus secciones judía, protestante y católica, por no hablar de las de las cuatro potencias.

Había mucho movimiento en los servicios de la capilla del tamaño de la primera maravilla del mundo donde se celebraban las exequias de Linden, y me encontré con que el cortejo fúnebre del capitán acababa de marcharse hacía solo unos minutos.

No era difícil distinguir el pequeño cortejo mientras circulaba lentamente a través del parque, cubierto de nieve, hacia el sector francés donde iban a enterrar a Linden, ya que era católico. Pero para alguien que iba a pie, como yo, era algo más difícil alcanzarlo; cuando lo logré, ya estaban bajando el lujoso ataúd al foso de color marrón oscuro, como si fuera un bote que se hunde en un sucio puerto. La familia Linden, con los brazos entrelazados al estilo de una brigada de la policía antidisturbios, se enfrentaba a su dolor con un valor tan indómito como si hubiera una medalla en juego.

La guardia de honor levantó los rifles y apuntó a la nieve que caía. Tuve una sensación incómoda cuandodispararon y, durante un momento, me pareció estar de nuevo en Minsk un día que, al dirigirme hacia el Estado Mayor, me atrajo el sonido de unos disparos; desde lo alto de un terraplén vi a seis hombres y mujeres arrodillados al borde de una fosa común ya llena de innumerables cuerpos, algunos de ellos todavía vivos, y detrás de ellos, un pelotón de fusilamiento de las SS mandado por un joven oficial de policía. Su nombre era Emil Becker.

– ¿Era amigo suyo? -me preguntó un hombre, un estadounidense, que apareció detrás de mí.

– No -dije-. He venido hasta aquí porque no es un sitio donde uno espere oír disparos. -No sabía si el estadounidense estaba en el funeral antes o si me había seguido desde la capilla. No parecía el hombre que había visto frente a la oficina de Liebl. Señalé la tumba.

– Dígame, ¿quién es?

– Un tipo llamado Linden.

Es difícil para alguien cuya lengua materna no es el alemán, así que quizá me equivocara, pero no parecía haber signo alguno de emoción en la voz del estadounidense.

Cuando hube visto bastante y asegurándome de que no había nadie que se pareciera, aun vagamente, a König entre los asistentes -y no es que esperara encontrarlo allí- me alejé tranquilamente. Me sorprendió que el estadounidense me acompañara.

– La cremación es mucho más amable para los pensamientos de los que quedan -dijo-. Consume todo tipo de ideas espantosas. Para mí, la putrefacción de un ser amado es algo inimaginable. Permanece en la cabeza con la persistencia de una tenia. La muerte ya es bastante mala sin que los gusanos se den un banquete. Yo tendría que saberlo. He enterrado a mis padres y a una hermana. Pero estas personas son católicas. No quieren poner en peligro sus posibilidades de una resurrección de los cuerpos. Como si Dios fuera a ocuparse de… -hizo un ademán abarcandotodo el cementerio- todo esto. ¿Es usted católico, Herr…?

– A veces -dije-. Cuando corro para coger un tren o cuando trato de recuperarme de una borrachera.

– Linden solía rezar a san Antonio -dijo el estadounidense-. Me parece que es el santo patron de las causas perdidas.

Me pregunté si trataba de ser críptico.

– Yo nunca lo invoco -dije.

Me acompañó por el camino que llevaba de vuelta a la capilla. Era una larga avenida de árboles cuidadosamente podados en la cual los copos de nieve que descansaban en los extremos de las ramas, parecidas a candelabros, se asemejaban a los cabos de las velas fundidas procedentes de algún réquiem extraordinario.

Señalando uno de los coches aparcados, un Mercedes, dijo:

– ¿Puedo llevarle a la ciudad? Tengo el coche ahí.

Era cierto que yo no soy muy católico. Matar hombres, incluso si son rusos, no era el tipo de pecado que resulta fácil de explicar a tu Hacedor. De cualquier modo, no tuve que consultar a san Miguel, el santo patrón de los policías, para oler a un PM.

– Puede dejarme en la puerta principal, si quiere -me oí contestar.

– Desde luego, entre.

No prestó más atención ni al funeral ni al cortejo fúnebre. Después de todo, ahora me tenía a mí, una cara nueva, para interesarse. Quizá fuera alguien que pudiera derramar algo de luz en algún oscuro rincón de todo aquel asunto. Me pregunté qué habría dicho si hubiera sabido que mis intenciones eran las mismas que las suyas y que era por la vaga esperanza de un encuentro como aquel por lo que me había dejado convencer de ir al funeral de Linden.

El estadounidense conducía lentamente, como si formara parte del cortejo, sin duda confiando en ampliar sus posibilidades de descubrir quién era yo y qué hacía allí.

– Me llamo Shields -dijo-, Roy Shields.

– Bernhard Gunther -respondí, no viendo razón alguna para engañarlo.

– ¿Es usted de Viena?

– No originariamente.

– ¿De dónde, originariamente?

– De Alemania.

– Ya, no me pareció que fuera austríaco.

– Su amigo… Herr Linden -dije, cambiando de tema-, ¿lo conocía bien?

El norteamericano se echó a reír y sacó unos cigarrillos del bolsillo superior de su chaqueta.

– ¿Linden? No lo conocía en absoluto. -Cogió un cigarrillo directamente con los labios y luego me pasó el paquete-. Lo asesinaron hace unas semanas y mi jefe pensó que sería una buena idea que yo representara a nuestro departamento en el funeral.

– ¿Y qué departamento es ese? -pregunté, aunque estaba casi seguro de conocer la respuesta.

– La Patrulla Internacional. -Mientras encendía el cigarrillo, imitó el estilo de las emisiones de radio estadounidenses-. Para su protección, llame al A29500. -Luego me pasó un librillo de fósforos de un sitio llamado Club Zebra-. Una pérdida de tiempo, si quiere saber mi opinión, venir hasta aquí.

– No es tan lejos -dije, y añadí-: A lo mejor su jefe esperaba que el asesino apareciera por aquí.

– ¡Joder!, espero que no -dijo riendo-. Ya tenemos a ese tipo entre rejas. No, el jefe, el capitán Clark, es el tipo de persona que gusta de observar el protocolo apropiado. -Shields giró en dirección sur, hacia la capilla-. Dios – murmuró-, este sitio es como un maldito campo de fútbol. ¿Sabe, Gunther?, el camino que hemos dejado tiene casi un kilómetro de largo, y va tan recto como una flecha. Le vi a usted cuando aún estaba a una distancia de unos doscientos metros del funeral de Linden y me pareció que tenía prisa por unirse a nosotros. -Sonrió, parecía que para sí mismo-. ¿Estoy en lo cierto?

– Mi padre está enterrado muy cerca de la tumba de Linden. Cuando llegué allí y vi la guardia de honor, decidívolver más tarde, cuando todo estuviera más tranquilo.

– ¿Ha recorrido todo ese camino a pie y no ha llevado una corona?

– ¿La ha llevado usted?

– Claro, y me ha costado cincuenta schillings.

– ¿A usted o al departamento?

– Supongo que pasamos la gorra para pagarla.

– ¿Y tiene que preguntarme por qué yo no he traído una corona?

– Vamos, Gunther -dijo Shields riendo-, no hay ni uno de ustedes que no esté metido en algún tinglado. Todos están cambiando schillings por dólares en billetes pequeños o vendiendo cigarrillos en el mercado negro. ¿Sabe?, a veces pienso que los austríacos están sacando más infringiendo las leyes que nosotros.

– Eso es porque usted es policía.

Atravesamos la puerta principal, en la Simmeringer Hauptstrasse, y nos detuvimos al lado de la parada del tranvía, donde varios hombres iban colgados del exterior de un atestado coche como si fuesen una carnada de hambrientos cerditos aferrándose a la barriga de una cerda.

– ¿Está seguro de que no quiere que le lleve hasta la ciudad? -dijo Shields.

– No, gracias. Tengo algo que hacer en donde están los canteros.

– Bueno, es su funeral -dijo con una sonrisa, y se marchó.

Anduve a lo largo del muro del cementerio, donde parecían tener sus locales la mayoría de jardineros y canteros de Viena, y encontré a una patética vieja que me bloqueaba el paso. Levantó una velita de penique y me pidió fuego.

– Tenga -dije, y le di los fósforos de Shields.

Cuando hizo ademán de coger solo uno, le dije que se quedara el librillo.

– No puedo pagárselo -dijo, disculpándose en serio.

Tan seguro como que un hombre que espera un tren mirará la hora, sabía que volvería a ver a Shields. Pero me habría gustado que estuviera allí en aquel momento para poderle mostrar a un austríaco que no tenía dinero ni parauna cerilla, por no hablar de una corona de cincuenta schillings.

Herr Josef Pichler era un austríaco bastante típico: más bajo y delgado que el alemán medio, con la piel pálida y de aspecto suave y una especie de bigote ralo y juvenil. La expresión abatida de su cara hocicuda le daba el aspecto de alguien que hubiera consumido demasiada cantidad de ese vino absurdamente joven que los austríacos parecen considerar bebible. Lo encontré de pie en su patio, comparando el boceto de una inscripción para una lápida con el resultado final.

– Buenos días nos dé Dios -dijo huraño.

Le contesté adecuadamente.

– ¿Es usted Herr Pichler, el célebre escultor? -le pregunté. Traudl me había advertido de que los vieneses adoran los títulos pomposos y la adulación.

– Sí -dijo, con jactancia, orgulloso-. ¿Este elegante caballero está pensando en encargar un trabajo? -Hablaba como si fuera el conservador de una galería de arte en la Dorotheergasse-. ¿Una bella lápida, quizá? -Señaló una gran pieza de mármol negro pulido en la cual había inscritos y pintados en oro nombres y una fecha-. ¿Algo de mármol? ¿Una figura tallada? ¿Tal vez una estatua?

– Para ser sincero, no estoy totalmente seguro, Herr Pichler. Creo que hace poco creó una hermosa pieza para un amigo mío, el doctor Max Abs. Quedó tan satisfecho con ella que me preguntaba si podría hacerme algo parecido.

– Sí, me parece que recuerdo a Herr Doktor -Pichler se quitó el pequeño gorro, parecido a un pastel de chocolate, y se rascó la gris coronilla-, pero en este momento no consigo recordar el diseño preciso. ¿Recuerda qué tipo de pieza?

– Me temo que solo sé que estaba entusiasmado con ella.

– No importa. Tal vez al honorable caballero no le importaría volver mañana y para entonces yo ya habré podidoencontrar los detalles de Herr Doktor. Permítame que le explique.

Me mostró el boceto que tenía en la mano, hecho para alguien fallecido cuya inscripción lo describía como «Ingeniero de Conductos Urbanos y Conservación».

– Tomemos este cliente -dijo, animándose al hablar de su propio trabajo-. Aquí tengo un diseño con su nombre y número de orden. Cuando el trabajo esté completado, el dibujo quedará archivado según la naturaleza de la pieza. A partir de ese momento, tendré que consultar mi libro de ventas para encontrar el nombre del cliente. Pero justo ahora tengo un poco de prisa para acabar esta pieza y -se dio unos golpecitos en la barriga- estoy exhausto. -Se encogió de hombros, disculpándose-. Anoche, ya sabe. Además, estoy escaso de personal.

Le di las gracias y lo dejé con su ingeniero de Conductos Urbanos y Conservación. Es de suponer que así sería como te llamabas si eras uno de los fontaneros de la ciudad. Me pregunté qué tipo de título se darían los investigadores privados. De vuelta a la ciudad y mientras mantenía el equilibrio en la parte exterior de un tranvía, evité pensar en mi precaria postura construyendo una serie de títulos elegantes para mí un tanto vulgar profesión: practicante de un estilo de vida masculino y solitario; agente de indagaciones no metafísicas; intermediario interrogador para los perplejos y ansiosos; abogado confidencial para los desplazados y desaparecidos; encargado de la búsqueda del Grial; persona en pos de la verdad. El que más me gustaba era este último. Pero, por lo menos en lo relativo a mi cliente en el caso concreto que tenía entre manos, nada reflejaba adecuadamente la sensación de trabajar por una causa perdida que habría desanimado incluso al más dogmático de los que defendían que la Tierra es plana.

14

Según todas las guías, a los vieneses les gusta bailar casi con tanta pasión como les gusta la música. Pero todos esos libros se escribieron antes de la guerra, y era evidente que sus autores no habían pasado toda una noche en el Club Casanova de la Dorotheergasse. La dirección de la banda era tal que te hacía pensar en la más ignominiosa retirada, y el torpe pisoteo inspirado en Terpsícore se parecía a la imitación de un oso polar encerrado en una jaula demasiado pequeña. Para encontrar pasión tenías que mirar el hielo que se rendía ruidosamente al alcohol de tu vaso.

Después de una hora en el Casanova me sentía tan irritado como un eunuco en un baño lleno de vírgenes. Recomendándome paciencia, me recosté en mi reservado de terciopelo y satén rojo y contemplé tristemente los cortinajes de tienda india que colgaban del techo. Lo último que podía hacer, a menos que quisiera acabar como los dos amigos de Becker (dijera él lo que dijera, a mí no me quedaban muchas dudas de que estaban muertos) era dar vueltas por aquel sitio preguntando a los habituales si conocían a Helmut König o quizá a su novia Lotte.

Con aquella decoración tan ridiculamente lujosa, el Casanova no parecía el tipo de sitio que un alma pusilánime habría preferido evitar. No había esmóquines extragrandes en la puerta ni nadie por allí con aspecto de llevar algo más letal que un palillo de plata, y los camareros eran todos loablemente atentos. Si König había dejado de frecuentar el local no era porque tuviera miedo a que le metieran los dedos en el bolsillo.

– ¿Ya ha empezado a girar?

Era una chica alta, despampanante, con ese tipo de cuerpo exuberante que habría podido adornar un fresco italiano del siglo XVI: toda pechos, vientre y trasero.

– El techo -explicó, moviendo la boquilla en vertical hacia arriba.

– Todavía no.

– Entonces podrías invitarme a tomar algo -dijo, y se sentó a mi lado.

– Empezaba a preocuparme que no aparecieras.

– Lo sé, soy el tipo de chica con la que llevas tiempo soñando. Bueno, pues aquí estoy.

Llamé al camarero y dejé que ella pidiera un whisky con soda.

– No soy de los que sueñan mucho -le dije.

– Vaya, eso sí que es una lástima, ¿no? -dijo encogiéndose de hombros.

– Y tú, ¿con qué sueñas?

– Mira -dijo, moviendo la cabeza y haciendo oscilar su cabello castaño, largo y brillante-, estamos en Viena. No puedes ir por ahí describiendo tus sueños a cualquiera. Nunca se sabe, podrían decirte exactamente lo que significan y entonces, ¿qué pasaría?

– Suena casi como si tuvieras algo que ocultar.

– No veo que tú vayas por ahí como un hombre-anuncio. La mayoría de la gente tiene algo que ocultar. Especialmente en estos tiempos. Sobre todo lo que tienen en la cabeza.

– Bueno, un nombre no parece demasiado difícil. El mío es Bernie.

– ¿Diminutivo de Bernhard, como el perro que rescata a los montañeros?

– Más o menos. Que me dedique a rescatar o no depende de la cantidad de coñac que lleve encima. No soy tan fiel cuando voy cargado.

– No he conocido nunca a ningún hombre que lo fuera. -Señaló con la cabeza mi cigarrillo-. ¿Puedes darme uno de esos?

Le pasé el paquete y la observé mientras colocaba uno en la boquilla.

– No me has dicho cómo te llamas -dije encendiendo un fósforo con la uña.

– Veronika, Veronika Zartl. Es un placer conocerte. No me parece haber visto tu cara por aquí antes. ¿De dónde eres? Tu acento es de un pifke.

– De Berlin.

– Me lo parecía.

– ¿Hay algo malo en ello?

– No si te gustan los pifkes. Da la casualidad de que a la mayoría de los austríacos no les gustan. -Hablaba con el acento lento, casi campesino, que parecía típico de los vieneses modernos-. Pero a mí no me importa. A veces me confunden con una pifke. Eso es porque no quiero hablar como los demás. -Soltó una risita-. Es tan divertido oír a un abogado o un dentista hablar como si fuera un tranviario o un minero solo para que no lo confundan con un alemán.En su mayoría, solo lo hacen en las tiendas, para estar seguros de que reciben el buen servicio al que todos los austríacos creen tener derecho. Tienes que probarlo, Bernie, y verás cómo cambia la forma en que te tratan. El vienés es bastante fácil, ¿sabes? Solo tienes que hablar como si mascaras algo y añadir «ss» al final de todo lo que digas. Hábiles, ¿verdad?

El camarero volvió con la bebida y ella la miró con cierta desaprobación.

– Sin hielo -murmuró mientras yo ponía un billete en la bandeja de plata y dejaba el cambio ante la ceja interrogativamente enarcada de Veronika.

– Con una propina así, debes estar pensando en volver por aquí.

– No se te pasa nada por alto, ¿verdad?

– ¿Es así? Que piensas en volver, quiero decir.

– Puede que sí. Pero ¿siempre está así? Hay tanto movimiento como en una chimenea vacía.

– Espera hasta que se llene y entonces desearás que vuelva a estar como ahora.

Bebió un sorbo y se apoyó en el asiento de terciopelo rojo y oro, acariciando la tapicería de satén que cubría la pared de nuestro reservado con la palma de la mano extendida.

– Tendrías que agradecer la tranquilidad -me dijo-. Nos da la oportunidad de conocernos. Igual que aquellas dos. – Hizo un ademán significativo con la boquilla hacia una pareja de chicas que estaban bailando juntas. Con su ropa chabacana, sus moños apretados y sus chillones collares de pasta parecían un par de caballos de circo. Al cruzarse sus miradas con la de Veronika sonrieron y luego se relincharon mutuamente una pequeña confidencia al oído, a una cierta distancia, para no estropearse el peinado.

Las observé mientras giraban en pequeños círculos elegantes.

– ¿Amigas tuyas?

– No exactamente.

– ¿Están… juntas?

Se encogió de hombros.

– Solo si aceptas que les merezca la pena. -Expulsó un poco de humo por la respingona nariz, riendo al mismotiempo-. Están proporcionando un poco de ejercicio a sus tacones altos, eso es todo.

– ¿Quién es la más alta?

– Ibolya. Significa «violeta» en húngaro.

– ¿Y la rubia?

– Mitzi. -Veronika estaba un poco molesta cuando dijo el nombre de la segunda chica-. A lo mejor preferirías hablar con ellas. -Sacó su maquillaje compacto y observó atentamente el carmín de los labios en el diminuto espejo-. En cualquier caso, me esperan pronto en casa. Mi madre empezará a preocuparse.

– No hay ninguna necesidad de jugar a la Caperucita Roja conmigo -le dije-. Los dos sabemos que a tu madre no le importa que te salgas del sendero y cruces el bosque. Y en cuanto a esas dos luciérnagas de allí, uno puede mirar los escaparates, ¿o no?

– Claro, pero no es necesario pegar la nariz al cristal. No cuando estás conmigo, en todo caso.

– Me parece, Veronika, que no te costaría mucho parecer una esposa. Con franqueza, no es la clase de cosas que empujan a un hombre hasta un sitio como este. -Le sonreí para que viera que seguía cayéndome bien-. Y entonces llegas tú con el rodillo de amasar en la voz. Es algo que podría devolver a cualquiera al sitio donde estaba antes de entrar por la puerta.

Me devolvió la sonrisa.

– Me parece que tienes razón -dijo.

– ¿Sabes? Me parece que eres nueva en este tipo de asuntos.

– Por Dios -dijo, y la sonrisa empezó a volverse amarga-, ¿no lo somos todos?

Salvo porque estaba cansado, quizá me habría quedado un poco más en el Casanova, incluso podría haberme ido a casa con Veronika. En lugar de ello, le di el paquete de cigarrillos en pago por su compañía y le dije que volvería al día siguiente.

Ya bien entrada la noche en la ciudad, no era el mejor momento para comparar Viena con cualquier otra metrópoli, con la posible excepción de la ciudad perdida de la Atlántida. He visto un paraguas comido por las polillas quedarse más tiempo abierto que Viena. Veronika me había explicado, mientras nos bebíamos varias copas más, quelos austríacos preferían pasar la noche en casa, pero que cuando decidían salir de juerga, empezaban temprano, tan temprano como las seis o las siete; lo cual me dejaba volviendo lentamente hacia la Pensión Caspian, por una calle desierta, cuando solo eran las diez y media, con la única compañía de mi propia sombra y el sonido de mis pasos zigzagueantes.

Después de la enrarecida atmósfera de Berlín, el aire de Viena sabía tan puro como la canción de los pájaros. Pero era una noche fría y, tiritando dentro del abrigo, apresuré el paso, sintiendo desagrado por el silencio y recordando la advertencia de Liebl sobre la predilección de los soviéticos por los secuestros nocturnos.

Sin embargo, al mismo tiempo, al cruzar la Heldenplatz en dirección al Volksgarten y más allá del Ring, Josefstadt y mi pensión, era fácil darte cuenta de que estabas pensando en los ivanes. Incluso tan lejos del sector soviético como estaba, había abundante evidencia de su omnipresencia. El Palacio Imperial de los Habsburgo era uno de los muchos edificios públicos del centro de aquella ciudad administrada por fuerzas internacionales ocupado por el Ejército Rojo. Encima de la puerta principal había una estrella roja colosal, en el centro de la cual se veía una foto de Stalin de perfil, contrastando con otra significativamente más borrosa de Lenin.

Fue cuando pasaba al lado del Kunsthistorische Museum en ruinas cuando noté que había alguien detrás de mí, alguien que se ocultaba entre las sombras y los montones de escombros. Me detuve, miré alrededor y no vi nada. Luego, a unos treinta metros, junto a una estatua de la que solo quedaba el torso, parecida a algo que, en una ocasión, había visto en un cajón del depósito de cadáveres, oí un ruido y un momento después vi cómo rodaban algunas piedrecitas por el alto terraplén de los escombros.

– ¿Te sientes un poco solo? -chillé, lo bastante bebido para no sentirme estúpido al hacer aquella pregunta tanridícula. La voz resonó contra el lateral del museo en ruinas-. Si lo que te interesa es el museo, hemos cerrado. Las bombas, ¿sabes?, esas cosas horribles. -No hubo respuesta y me eché a reír-. Si eres un espía, tienes suerte. Esa es la profesión que hay que tener, especialmente si eres vienés. No tienes que creer en mi palabra; me lo ha dicho uno de los ivanes.

Sin dejar de reír, me di media vuelta y seguí andando. No me molesté en ver si me seguían, pero al entrar en la Mariahilferstrase, volví a oír pasos cuando me paré a encender un cigarrillo.

Como te diría cualquiera que conociera Viena, aquella no era exactamente la ruta más directa para ir a la Skodagasse. Yo mismo me lo dije. Pero había una parte de mí, probablemente la que estaba más afectada por el alcohol, que quería averiguar con obstinación quién me seguía y por qué.

El centinela estadounidense que hacía guardia delante del Stiftskaserne estaba pasando frío. Me observó atentamente mientras pasaba por el otro lado de la vacía calle y pensé que quizá incluso reconociera que el hombre que me seguía era un compatriota y miembro de la sección de Investigaciones Especiales de su propia policía militar. Es probable que estuvieran en el mismo equipo de béisbol o en cualquier juego que los soldados norteamericanos practicaran cuando no estaban comiendo o corriendo detrás de las mujeres.

Algo más arriba de la cuesta de la ancha calle eché una mirada a mi izquierda y, a través de un portalón, vi un estrecho pasaje cubierto que parecía llevar, bajando varios tramos de escalones, a una calle lateral. Instintivamente me escondí en el interior. Quizá Viena no gozara de una vida nocturna fabulosa, pero era perfecta para cualquiera que fuera a pie. Alguien que supiera moverse por las calles y las ruinas, que recordara los pasajes más convenientes, ofrecería, pensé, incluso al cordón de policía más esforzado, una caza mejor que Jean Valjean.

Delante de mí, fuera de mi vista, alguien más bajaba los escalones y, pensando que mi perseguidor quizáconfundiera sus pasos con los míos, me pegué a la pared y lo esperé en la oscuridad.

Al cabo de menos de un minuto, oí el ruido cada vez más cercano de alguien que corría ágilmente. Luego los pasos se detuvieron en lo alto del pasaje mientras trataba de decidir si era seguro o no entrar detrás de mí. Al oír los pasos del otro hombre, empezó a avanzar.

Salí de las sombras y le di un fuerte puñetazo en el estómago -tan fuerte que pensé que tendría que agacharme para recuperar los nudillos- y mientras jadeaba tratando de recuperar el aliento, le saqué la chaqueta de los hombros y la bajé para inmovilizarle los brazos. No llevaba armas, así que le cogí la cartera del bolsillo y extraje un carné de identidad.

– Capitán John Belinsky -leí-, del 430 del CIC de Estados Unidos. ¿Y eso qué es? ¿Eres un amigo de Shields?

El hombre se sentó lentamente.

– Que te jodan, boche -dijo con rabia.

– ¿Tienes órdenes de seguirme? -Le tiré el carné encima de las piernas y registré los otros compartimientos de la cartera-. Porque será mejor que pidas otro destino, Johnny. No vales mucho para este tipo de cosas; he visto bailarinas de striptease que llaman menos la atención que tú.

No había mucho interesante en el billetero: algunos billetes pequeños de dólar, unos cuantos schillings austríacos, una entrada para el cine Yanqui, algunos sellos, una tarjeta con un número de habitación del Hotel Sacher y la fotografia de una chica.

– ¿Has acabado? -preguntó en alemán.

Le tiré la cartera.

– Es guapa esa chica que llevas ahí, Johnny -dije-. ¿A ella también la perseguiste? A lo mejor tendría que darte una foto mía. Con la dirección al dorso, para que te resultara más fácil.

– Que te jodan, boche.

– Johnny -dije, empezando a subir los escalones hacia la Mariahilferstrasse-, apuesto a que eso se lo dirás a todas.

15

Pilcher yacía bajo una enorme losa, igual que un mecánico primitivo que estuviera reparando un eje de piedra neolítico, con las herramientas propias de su oficio, un martillo y un cincel, fuertemente apretadas en sus manos polvorientas y manchadas de sangre. Era casi como si mientras estaba tallando la inscripción en la negra roca, se hubiera detenido un momento para respirar y descifrar las palabras que parecían emerger verticalmente desde su pecho. Pero ningún cantero había trabajado nunca en aquella posición, en ángulo recto con su obra. Y respirar era algo que no volvería a hacer nunca más, porque aunque el pecho humano es una jaula lo bastante resistente para contener a esos animalillos tiernos y activos que son el corazón y los pulmones, resulta aplastada fácilmente por algo tan pesado como media tonelada de mármol pulido.

Parecía un accidente, pero solo había una manera de estar seguro. Dejando a Pichler en el patio donde lo había encontrado, entré en su oficina.

No había retenido mucho de la descripción que el muerto había hecho de su sistema de contabilidad. Para mí, las sutilezas de una contabilidad por partida doble son casi tan útiles como un par de chanclos de cuero. Pero, en tanto que alguien que lleva también un negocio, aunque sea pequeño, tenía unos conocimientos rudimentarios de ese engorroso y exigente sistema en el que se supone que los detalles de un libro deben corresponder con los de otro. Y no hacía falta ser un William Randolph Hearst para ver que los libros de Pilcher habían sido alterados, no por medio de una contabilidad sutil, sino por el sencillo expediente de arrancar un par de páginas. El único análisis financiero que valía algo era que la muerte de Pichler era cualquier cosa menos un accidente.

Preguntándome si el asesino habría pensado en robar el boceto de la lápida del doctor Max Abs, además de las páginas importantes de los libros, volví al patio para intentar encontrarlo. Miré alrededor y, al cabo de unos minutos, descubrí una serie de cartapacios polvorientos apoyados contra una pared del taller, al fondo del patio. Desaté laprimera carpeta y empecé a revisar los dibujos del artesano; trabajaba rápidamente, ya que no tenía ningunas ganas de que me encontraran registrando el local de un hombre que yacía muerto, aplastado, a menos de diez metros de distancia. Y cuando por fin encontré el dibujo que estaba buscando no le eché más que una ojeada rápida antes de doblarlo y metérmelo dentro del bolsillo de la chaqueta.

Cogí un número 71 de vuelta a la ciudad y fui al Café Schwarzenberg, cerca de la terminal de tranvías en el Kärtner Ring. Pedí un café con leche, mitad y mitad, y luego extendí el dibujo sobre la mesa, delante de mí. Era del tamaño aproximado de un desplegable de periódico a doble página, con el nombre del cliente -Max Abs- anotado claramente en una copia de pedido grapada a la derecha, en la parte superior del papel.

La nota para la inscripción decía: consagrado a la memoria de Martin Albers, nacido en 1899. Sufrió martirio el 9 de abril de 1945. Amado por su esposa Leni y sus hijos Manfred y Rolf, ¡mirad! Os revelo un misterio: no moriremos todos, mas todos seremos transformados. En un instante, en un pestañear de ojos, al toque de la trompeta final, pues sonará la trompeta, los muertos resucitarán incorruptibles y nosotros seremos transformados (Corintios 15: 51-52).

En el pedido de Max Abs aparecía su dirección, pero aparte del hecho de que el doctor había pagado una lápida a nombre de alguien muerto -¿quizá un cuñado?-, lápida que ahora acababa de causar la muerte del hombre que la había tallado, no me parecía haber averiguado mucho.

El camarero, que llevaba el pelo gris y encrespado alrededor de la parte posterior de la calva cabeza, como si fuera un halo, volvió con la pequeña bandeja de estaño con mi café con leche y el vaso de agua que es costumbre servir con el café en las cafeterías vienesas. Echó una ojeada al dibujo antes de que yo lo doblara para dejar sitio a la bandeja y dijo, con una sonrisa comprensiva: «Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados».

Le agradecí sus amables palabras y, dándole una generosa propina, le pregunté, primero, desde dónde podía enviarun telegrama y, luego, dónde estaba la Berggasse.

– La oficina central de Telégrafos está en la Börseplatz -respondió-, en el Schottenring. Y encontrará la Berggasse a un par de manzanas de allí, hacia el norte.

Alrededor de una hora más tarde, después de enviar telegramas a Kirsten y a Neumann, subí hasta la Berggasse, que iba desde la prisión donde Becker estaba encerrado hasta el hospital donde trabajaba su novia. Esta coincidencia era más notable que la misma calle, la cual parecía ocupada en su mayor parte por médicos y dentistas. Tampoco me pareció especialmente sorprendente averiguar, a través de la anciana propietaria del edificio cuyo entresuelo Abs había ocupado, que hacía solo unas horas que éste le había comunicado que se marchaba de Viena para siempre.

– Dijo que su trabajo lo requería urgentemente en Munich -explicó la mujer con un tono que me hizo pensar que seguía un poco desconcertada por tan súbita marcha-. O por lo menos, en algún lugar cerca de Munich. Mencionó el nombre, pero me temo que lo he olvidado.

– No sería Pullach, ¿verdad?

Trató de parecer pensativa, pero solo consiguió parecer malhumorada.

– No sé si lo era o no -dijo por fin. Se le aclaró el ceño cuando recuperó su aire bovino habitual-. En cualquier caso, me dijo que me haría saber dónde estaba cuando se hubiera instalado.

– ¿Se llevó todas sus cosas?

– No había mucho que llevarse. Solo un par de maletas. El piso está amueblado, ¿sabe? -Frunció el ceño de nuevo-. ¿Es usted un policía o algo así?

– No, pensaba en el piso.

– Pero ¿por qué no lo ha dicho? Entre, Herr…

– Professor, para ser precisos -dije con lo que traté de que sonara como el tono típicamente puntilloso de los vieneses-. Professor Kurtz. -También existía la posibilidad de que con ese título académico pudiera resultar atractivo para el esnobismo de la mujer-. El doctor Abs y yo tenemos un conocido mutuo, Herr König, que me comentó que le parecía que Herr Doktor estaba a punto de dejar libre un piso excelente en esta dirección.

Pasé al interior siguiendo a la mujer y entré en el enorme vestíbulo que llevaba a una alta puerta cristalera. Al otro lado había un patio donde crecía un solitario plátano. Subimos por la escalera de hierro forjado.

– Espero que perdone mi indiscreción -dije-. La verdad es que no estaba seguro de la fiabilidad de la información de mi amigo. Insistió tanto en que era un piso excelente y, como usted bien sabrá, en estos días, en Viena, es extremadamente difícil encontrar un piso de calidad, digno de un caballero. ¿Conoce usted a Herr König?

– No -respondió con firmeza-. No creo haber visto a ninguno de los amigos del Doktor Abs. Era un hombre muy reservado. Pero su amigo está bien informado. No encontrará un piso mejor por cuatrocientos schillings al mes. Este es un barrio muy bueno. -Al llegar a la puerta del piso bajó la voz-. Y libre por completo de judíos. -Sacó una llave del bolsillo de la chaqueta y la introdujo en la cerradura de la gran puerta de caoba-. Por supuesto, antes del Anschluss teníamos unos cuantos. Incluso aquí en esta casa. Pero para cuando empezó la guerra, la mayoría ya se habían marchado.

Abrió la puerta y me invitó a entrar.

– Aquí tiene -dijo con orgullo-. Son seis habitaciones en total. No es tan grande como algunos de los pisos que hay en esta calle, pero tampoco es tan caro. Y completamente amueblado, como creo que ya le he dicho.

– Estupendo -dije mirando a mí alrededor.

– Me temo que todavía no he tenido tiempo de limpiarlo -dijo excusándose-. El Doktor Abs dejó mucha basura para tirar. No es que me importe. Me pagó cuatro semanas para compensarme por no haber avisado con antelación. – Señaló una puerta cerrada-. Ahí dentro todavía se pueden ver los daños causados por las bombas. Cayó una incendiaria en el patio cuando vinieron los ivanes, pero van a repararlo todo muy pronto.

– Estoy seguro de que está bien -dije generosamente.

– De acuerdo entonces. Le dejaré que eche una mirada tranquilamente, Professor Kurtz. Para que se familiarice con el sitio. Cuando lo haya visto todo, solo tiene que cerrar con llave y llamar a mi puerta.

Cuando la mujer se marchó deambulé por las habitaciones y vi que, para ser un hombre solo, Abs parecía recibir muchos paquetes CARE, el auxilio norteamericano en todo el mundo, esos paquetes con comida procedentes de Estados Unidos. Conté las cajas de cartón vacías con las iniciales distintivas y la dirección de Broad Street en Nueva York y descubrí que había más de cincuenta.

Parecía más un buen negocio que un auxilio.

Cuando acabé de mirarlo todo le dije a la mujer que estaba buscando algo más grande y le agradecí que me hubiera dejado ver el piso. Luego volví paseando a mi pensión en la Skodagasse.

No hacía mucho que había vuelto cuando llamaron a la puerta.

– ¿Herr Gunther? -dijo el que llevaba los galones de sargento.

Asentí.

– Me temo que tendrá que venir con nosotros, por favor.

– ¿Estoy arrestado?

– Perdone, ¿cómo dice?

Repetí la pregunta en mi vacilante inglés. El PM norteamericano cambió el chicle de un lado al otro de la boca con aire impaciente.

– Se lo explicarán en el cuartel general, señor.

Recogí la chaqueta y me la puse.

– No olvide coger sus papeles, señor, por favor -dijo con una sonrisa cortés-. Nos ahorrará tener que volver.

– Por supuesto -dije cogiendo el sombrero y el abrigo-. ¿Tienen vehículo o vamos a pie?

– La furgoneta está justo delante de la puerta.

La propietaria me miró cuando pasábamos por el vestíbulo. Me sorprendió ver que no parecía alterada en absoluto. Quizá ya estaba acostumbrada a que la Patrulla Internacional se llevara a sus huéspedes. O quizá se dijera que mi habitación la pagaba alguien tanto si dormía en ella como si lo hacía en una celda de la policía.

Subimos a la furgoneta y nos dirigimos hacia el norte. A los pocos metros giramos a la derecha y fuimos hacia el sur por la Lederergasse, alejándonos del centro de la ciudad y del cuartel general de la PMI.

– ¿No vamos a la Kärtnerstrasse? -pregunté.

– No es un asunto de la Patrulla Internacional, señor -explicó el sargento-. Estamos en jurisdicción estadounidense. Vamos al Stiftskaserne, en la Mariahilferstrasse.

– ¿Para ver a quién? ¿A Shields o a Belinsky?

– Ya se lo explicarán…

– … cuando lleguemos allí, ¿verdad?

La entrada al Stiftskasserne, el cuartel general del 796 de la policía militar, una imitación barroca, con sus columnas dóricas, sus grifos y sus guerreros griegos, estaba situada, algo que resultaba un tanto incongruente, entre las dos puertas gemelas de los almacenes Tiller y era parte de un edifìcio de cuatro pisos con fachada a la Mariahilferstrasse. Pasamos por el enorme arco de la entrada, dejamos atrás la parte trasera del edificio principal y cruzamos una plaza de armas hasta llegar a otro edificio, que albergaba un cuartel.

La furgoneta atravesó varios portales y se detuvo frente al cuartel. Me escoltaron al interior y, después de subir un par de tramos de escalera, hasta un despacho grande y luminoso que dominaba una vista impresionante de la torre antiaérea que se levantaba al otro lado del patio.

Shields se levantó de detrás de un escritorio y sonrió como si tratara de impresionar a un dentista.

– Entre, entre, siéntese -dijo como si fuéramos viejos amigos. Miró al sargento-. ¿Ha venido sin causar problemas, Gene? ¿O tuviste que zurrarle la badana a conciencia?

El sargento sonrió ligeramente y murmuró algo que no entendí. No era extraño que nadie entendiera nunca su inglés; los estadounidenses siempre estaban mascando algo.

– Mejor te quedas por aquí, Gene -añadió Shields-. Solo por si tenemos que ponernos duros con este tipo.

Soltó una risita y, subiéndose los pantalones, se sentó frente a mí, con las fuertes piernas bien separadas, como un samurái, salvo que probablemente era dos veces más grande que cualquier japonés.

– Antes de nada, Gunther, tengo que decirle que hay un cierto teniente Canfield, un gilipollas británico de la cabeza a los pies, en el cuartel general internacional al que le gustaría que alguien le ayudara a resolver un problemita que tiene. Parece que un cantero del sector británico ha resultado muerto cuando se le cayó una roca encima de las tetillasLa mayoría, incluyendo el jefe del teniente, piensa que probablemente fue un accidente. Lo que pasa es que el teniente es del tipo concienzudo. Ha leído a Sherlock Holmes y quiere ir a una escuela de detectives cuando deje el ejército. Tiene la teoría de que alguien ha hurgado en los libros del muerto. Bueno, yo no sé si eso es motivo suficiente para matar a nadie, pero sí que recuerdo que le vi entrar a usted en la oficina de Pichler ayer por la mañana, después del funeral del capitán Linden. -Soltó una risa cloqueante-. Joder, lo admito, Gunther. Lo estaba espiando. Vamos, ¿qué me dice?

– ¿Pichler está muerto?

– ¿Qué tal si prueba a decirlo con un tono más sorprendido? «¡No me diga que Pichler está muerto!», o «¡Cielos, no puedo creerlo!». ¿Por casualidad no sabrá lo que le ha pasado, eh, Gunther?

Me encogí de hombros.

– Puede que el trabajo se le estuviera echando encima.

Shields me rió el chiste. Se rió como si hubiera hecho un curso de risa, enseñando todos los dientes, estropeados en su mayoría, dentro de una mandíbula como un guante de boxeo azul, más ancha que la parte superior de su cabeza, de ralo cabello oscuro. Parecía vulgar, como la mayoría de estadounidenses, y de qué manera. Era un hombre grande, musculoso, con una espalda como la de un rinoceronte, y vestía un traje de franela de color marrón claro con unas solapas tan anchas y afiladas como dos alabardas suizas. Su corbata era digna de servir de toldo a la terraza de un café y llevaba unos pesados zapatos Oxford marrones. Los norteamericanos parecen sentir una atracción irresistible por los zapatos resistentes, del mismo modo que los ivanes por los relojes de pulsera; la única diferencia era que, por lo general, los compraban en las tiendas.

– Francamente, me importan un bledo los problemas de ese teniente. Es su patio el que está lleno de mierda, no el mío. Que la barran ellos. No, solo le explico que le conviene colaborar conmigo. Puede que no tenga nada que ver con la muerte de Pichler, pero estoy seguro de que no querrá malgastar todo un día explicándoselo al teniente Canfield. Así que si me ayuda, yo le ayudaré. Me olvidaré de haberlo visto en el taller de Pichler. ¿Comprende lo quele digo?

– Su alemán no deja nada que desear -dije. De cualquier modo, me chocó la rabia con que atacaba el acento, lanzándose contra las consonantes con un nivel de precisión teatral, casi como si considerara que era un idioma que necesitara hablarse con crueldad-. Supongo que no importaría que le dijera que no sé nada en absoluto sobre lo que le ha pasado a Herr Pilcher.

Shields se encogió de hombros, como excusándose.

– Como ya le he dicho, es un problema británico, no mío. Puede que usted sea inocente, pero, como le digo, seguro que sería un coñazo explicárselo a esos británicos. Le juro que creen que todos ustedes, los boches, son unos nazis hijos de puta.

Levanté las manos rindiéndome.

– Bien, entonces, ¿en qué puedo ayudarlo?

– Bueno, cuando supe que antes de ir al entierro del capitán Linden había visitado a su asesino en la cárcel, no pude controlar mi natural inquisitivo. -Su tono se hizo más penetrante-. Venga ya, Gunther. Quiero saber qué diablos está pasando entre usted y Becker.

– Doy por supuesto que conoce la versión de Becker.

– Como si la tuviera grabada en mi pitillera.

– Bueno, Becker se la cree. Y me paga para que la investigue y, eso espera, demuestre que es cierta.

– Dice que está investigando. Entonces, ¿eso en qué lo convierte?

– En un investigador privado.

– ¿Un sabueso? Vaya, vaya. -Se inclinó hacia adelante y, cogiendo el borde de mi chaqueta, palpó la tela entre los dedos. Fue una suerte que no hubiera hojas de afeitar cosidas en aquella chaqueta en particular-. No, no me lo trago. No es lo bastante cobista.

– Cobista o no, es la verdad. -Saqué la cartera y le mostré mi carné de identidad. Y luego mi vieja placa de la policía-. Antes de la guerra estaba en la policía de Berlín. Seguro que no tengo que decirle que Becker también estaba allí. De eso lo conozco. -Saqué los cigarrillos-. ¿Le importa si fumo?

– Fume, pero sin dejar de mover los labios.

– Bueno, después de la guerra no quise volver a la policía. El cuerpo estaba lleno de comunistas. -Al decir esto, lanzaba un mensaje. No conocía a un solo estadounidense a quien le gustara el comunismo-. Así que monté mi propio negocio. En realidad, a mediados de los treinta estuve un tiempo fuera del cuerpo y entonces también trabajé por mi cuenta. Así que no soy exactamente nuevo en este juego. Con tantas personas desplazadas desde la guerra, la mayoría de la gente necesita un poli honrado. Créame, gracias a los ivanes, en Berlín somos muy pocos.

– Sí, bueno, aquí pasa lo mismo. Como los soviets llegaron aquí primero, colocaron a su gente en los puestos más importantes de la policía. Las cosas están tan mal que el gobierno austríaco tuvo que acudir al jefe de los bomberos de Viena cuando buscaba un hombre recto para subcomisario de policía. -Movió la cabeza, incrédulo-. Así que es usted uno de los antiguos compañeros de Becker. ¿Qué te parece? Por todos los demonios, ¿qué clase de policía era?

– De la clase corrupta.

– No me extraña que este país ande tan mal. Supongo que también estuvo usted en las SS.

– Durante poco tiempo. Cuando averigüé lo que estaba pasando, pedí que me trasladaran al frente. Algunos lo hicieron, ¿sabe?

– No los suficientes. Por ejemplo, su amigo no lo hizo.

– No es exactamente mi amigo.

– Entonces, ¿por qué aceptó el caso?

– Necesitaba el dinero. Y necesitaba alejarme de mi mujer durante un tiempo.

– ¿Le importa decirme por qué?

Hice una pausa al darme cuenta de que era la primera vez que hablaba de ello.

– Se ha estado viendo con otro. Uno de sus compañeros oficiales. Pensé que si yo me iba por un tiempo, ella quizá decidiera qué era más importante: su matrimonio o ese schätzi suyo.

Shields asintió y luego gruñó comprensivo.

– Naturalmente, todos sus papeles están en orden.

– Naturalmente -dije, se los di y observé cómo examinaba mi carné de identidad y mi pase rosa.

– Veo que ha entrado por la zona rusa. Para alguien a quien no le gustan los ivanes, debe tener algunos contactos muy buenos en Berlín.

– Solo unos cuantos poco honrados.

– Rusos poco honrados.

– ¿Qué otra clase hay? Claro que tuve que untar a algunas personas, pero los documentos son auténticos.

Shields me los devolvió.

– ¿Lleva su Fragebogen encima?

Busqué mi certificado de desnazificación en la cartera y se lo di. Le echó una ojeada, sin ningunas ganas de leer las 133 preguntas y respuestas que había.

– Exonerado, ¿eh? ¿Cómo es que no lo clasificaron como delincuente? Todos los SS eran arrestados automáticamente.

– Vi el final de la guerra en el ejército. En el frente ruso. Y, como ya le he dicho, hice que me trasladaran fuera de las SS.

Shields resopló y me devolvió la Fragebogen.

– No me gustan las SS -dijo con un gruñido.

– Ya somos dos.

Shields contempló el enorme anillo de una fraternidad que adornaba con poca elegancia uno de sus bien almohadillados dedos.

– Comprobamos la historia de Becker, ¿sabe? No había nada cierto en ella -dijo.

– No estoy de acuerdo.

– ¿Y qué le hace pensar eso?

– ¿Cree que estaría dispuesto a pagarme cinco mil dólares para husmear por ahí, si su historia fuera solo palabrería?

– ¿Cinco mil? -Shields soltó un silbido.

– Vale la pena, si estás con la soga al cuello.

– Claro. Bueno, quizá pueda probar que el tipo estaba en algún otro sitio cuando lo cogimos. Quizá pueda encontrar algo que convenza al juez de que sus amigos no dispararon contra nosotros o de que él no llevaba encima la pistola que mató a Linden. ¿Tiene alguna idea brillante, sabueso, por ejemplo, como la que le llevó a ver a Pichler?

– Era un nombre que Becker recordó haber oído a alguien en Reklaue and Werbe Zentrale.

– ¿A quién?

– A Max Abs.

Shields asintió, reconociendo el nombre.

– Diría que fue él quien mató a Pichler. Es probable que fuera a verlo poco después que yo y averiguara que alguien que decía ser amigo suyo había estado haciendo preguntas. Puede que Pichler le contara que me había dicho que volviera al día siguiente. Así que, antes de que lo hiciera, Abs lo mató y se llevó todos los papeles donde aparecíasu nombre y dirección. O eso pensaba. Se olvidó algo que me llevó hasta esa dirección. Solo que, cuando llegué, ya se había largado. Según la propietaria, ahora estará a medio camino de Munich. ¿Sabe, Shields?, no sería mala idea que hiciera que alguien lo estuviera esperando cuando bajara de ese tren.

Shields se acarició la mal afeitada cara.

– Bien mirado, puede que no sea mala idea.

Se levantó y fue hasta detrás de su escritorio, donde cogió el teléfono y procedió a hacer una serie de llamadas, pero utilizando un vocabulario y un acento que no pude comprender. Cuando por fin colgó el aparato en la horquilla, miró la hora en su reloj y dijo:

– El tren de Munich tarda once horas y media, así que hay tiempo de sobra para asegurarnos de que reciba una cálida bienvenida cuando llegue.

Sonó el teléfono. Shields contestó, mirándome fijamente, con la boca abierta y sin parpadear, como si no hubiera creído mucho de mi historia. Pero cuando colgó el teléfono por segunda vez, sonreía.

– Una de mis llamadas ha sido al Centro de Documentación de Berlín -dijo-. Estoy seguro de que sabe qué es y que Linden trabajaba allí.

Asentí.

– Les he preguntado si tenían algo de ese Max Abs. Han sido ellos los que acaban de llamar. Parece que también fue de las SS. No es que lo busquen por crímenes de guerra, pero de todos modos es una gran coincidencia, ¿no le parece? Usted, Becker, Abs, todos viejos alumnos del pequeño y selecto círculo universitario de Himmler.

– Una coincidencia, eso es lo único que es -dije cansado.

Shields volvió a sentarse en la silla.

– ¿Sabe?, estoy totalmente dispuesto a creer que Becker sólo apretó el gatillo contra Linden y que su organización, la de usted, lo quería muerto porque había descubierto algo sobre ustedes.

– Ah, ¿y qué organización es esa? -dije sin mucho entusiasmo por la teoría de Shields.

– El movimiento clandestino Werewolf.

Me di cuenta de que me estaba riendo a carcajadas.

– ¿Esa vieja historia de la quinta columna nazi? ¿Los fanáticos que siguen escondidos para continuar una guerra deguerrillas contra nuestros conquistadores? Debe de estar de broma, Shields.

– ¿Qué es lo que no le gusta?

– Bueno, para empezar llegan un poco tarde. La guerra terminó hace tres años. Sin duda, ustedes los norteamericanos se han tirado ya a bastantes de nuestras mujeres como para saber que nunca hemos tenido intención de cortarles el cuello en la cama. El movimiento clandestino Werewolf… -Sacudí la cabeza con desdén-. Pensaba que era algo que su gente de la inteligencia se había inventado. Pero tengo que decir que nunca pensé que alguien se creyera de verdad esa mierda. Mire, puede que Linden descubriera algo sobre un par de criminales de guerra y puede que ellos quisieran quitarlo de enmedio. Pero no los hombres lobo. A ver si encontramos algo un poco más original, ¿eh?

Encendí otro cigarrillo y observé que Shields asentía y reflexionaba sobre lo que yo le había dicho.

– ¿Qué dice el Centro de Documentación de Berlín sobre el trabajo de Linden? -pregunté.

– Oficialmente, solo era un oficial de enlace del Crowcass -el registro central de crímenes de guerra y sospechosos de espionaje del ejército de Estados Unidos-. Insisten en que Linden era solo un administrador y no un agente de campo. Pero claro, si estuviera trabajando en espionaje, tampoco nos lo dirían. Tienen más secretos que la superficie de Marte. -Se levantó de detrás del escritorio y fue hasta la ventana-. ¿Sabe?, el otro día tuve entre las manos un informe que decía que dos de cada mil austríacos espiaban para los soviéticos. Mire, Gunther, en esta ciudad hay más de 1,8 millones de personas, lo cual significa que si el Tío Sam tuviera tantos espías como el Tío Pepe, habría más de siete mil justo delante de mi puerta. Por no hablar de lo que están haciendo los británicos y los franceses, o de lo que prepara la policía estatal de Viena; me refiero a la policía política dominada por los comunistas, no a la policía vienesa corriente, aunque también son un puñado de comunistas. Y hace solo unos meses se infiltró en Viena todo un grupo de policías húngaros para secuestrar o asesinar a unos cuantos de sus disidentes nacionales.

Se apartó de la ventana y volvió a sentarse frente a mí. Agarrando el respaldo de la silla como si estuviera pensando en levantarlo y estampármelo contra la cabeza, suspiró y dijo:

– Lo que trato de decir, Gunther, es que estamos en una ciudad podrida. Me parece que Hitler dijo que era una perla. Bueno, querría decir una cuenta amarilla y gastada como el último diente que le queda a un perro muerto. Francamente, miro por la ventana y veo tantas cosas que valgan la pena en esta ciudad como veo el azul del cielo cuando meo en el Danubio.

Shields se enderezó. Luego se inclinó hacia adelante y, agarrándome por las solapas de la chaqueta, me hizo poner en pie.

– Viena me decepciona, Gunther, y eso hace que me sienta mal. No haga lo mismo, compañero. Si da con algo que yo creo que tendría que saber y no viene a decírmelo, me sentiré muy ofendido. Puedo pensar en cien buenas razones para sacar su culo a patadas de esta ciudad incluso cuando estoy de buen humor, como ahora. ¿Hablo claro?

– Como el agua.

Le aparté las manos de mi chaqueta y me la alisé en los hombros. A medio camino de la puerta me detuve y dije:

– ¿Esta nueva cooperación con la policía militar estadounidense llega hasta retirarme al tipo que ha hecho que me siguiera?

– ¿Le sigue alguien?

– Lo hacía hasta que anoche le aticé.

– Estamos en una ciudad muy rara, Gunther. A lo mejor es que usted le gustaba.

– Seguro que fue por eso por lo que di por sentado que trabajaba para usted. El hombre es norteamericano y se llama John Belinsky.

Shield negó con la cabeza, con una mirada inocente en los ojos.

– Nunca había oído hablar de él. Se lo prometo, nunca he ordenado que le sigan. Si alguien le sigue, no tiene nada que ver con este despacho. ¿Sabe qué tendría que hacer?

– Sorpréndame.

– Volver a casa, a Berlín. Aquí no se le ha perdido nada.

– Quizá sí que tendría que hacerlo, lo que pasa es que no estoy seguro de que allí haya nada. Esa era una de las razones por las que he venido, ¿se acuerda?

16

Era tarde cuando llegué al Club Casanova. Estaba lleno de franceses, que estaban llenos de lo que fuera que bebieran los franceses cuando querían agarrar una buena. Veronika tenía razón, después de todo; prefería el Casanova cuando estaba tranquilo. Al no conseguir encontrarla entre la muchedumbre, le pregunté al mismo camarero al que había dado una propina tan generosa la noche anterior si la había visto por allí.

– Estaba aquí hace solo unos diez o quince minutos -respondió-. Me parece que se ha ido al Koralle. -Bajó la voz e inclinó la cabeza hacia mí-. No le gustan mucho los franceses. Y a decir verdad, a mí tampoco. Los británicos, los norteamericanos, incluso los rusos… como mínimo se puede respetar a los ejércitos que tuvieron algo que ver con nuestra derrota. Pero ¿los franceses? Son unos cabrones. Créame, lo sé. Vivo en el Bezirk 15, en el sector francés. – Alisó el mantel-. ¿Qué va a tomar, señor?

– Creo que yo también iré a echar un vistazo al Koralle. ¿Sabe dónde está?

– Está en el Bezirk 9. En la Porzellangasse, al lado de la Berggasse y muy cerca de la prisión policial. ¿Sabe dónde?

Me eché a reír.

– Empiezo a saberlo.

– Veronika es una buena chica -añadió el camarero-. Para ser una chocolatera.

La lluvia descargaba contra el centro de la ciudad empujada desde el este y el sector ruso. Se convirtió en granizo al contacto con el frío aire de la noche y azotó los cuatro flancos de la Patrulla Internacional cuando aparcaron frente al Casanova. Con apenas un gesto de saludo al portero y sin decir una palabra pasaron a mi lado y entraron en busca de vicios soldadescos, esa manifestación acomodaticia de lujuria exacerbada por la combinación de país extranjero, mujeres hambrientas y una provisión inagotable de cigarrillos y chocolate.

En el ya familiar Schottenring crucé para pasar a la Währinger Strasse y me dirigí hacia el norte a través de IaRooseveltplatz bajo la sombra lunar de las torres gemelas de la Votivkirche, que, pese a su enorme altura, que taladraba el cielo, había logrado, no se sabía cómo, sobrevivir a todas las bombas. Estaba a punto de entrar en la Berggasse por segunda vez aquel día cuando, procedente de un gran edificio en ruinas al otro lado de la calle, oí a alguien gritar pidiendo socorro. Diciéndome que no era asunto mío, me detuve sólo un segundo, con intención de proseguir mi camino. Pero luego volví a oír el grito, una voz de contralto casi reconocible.

Noté el miedo en la piel mientras andaba rápidamente en dirección al sonido. Había un montón de escombros amontonados contra la abombada pared del edificio y, después de trepar a lo alto, miré por el hueco vacío de una ventana de arco al interior de una sala semicircular con las proporciones de un pequeño teatro.

Eran tres los que forcejeaban en el pequeño espacio iluminado por la luna junto a una pared recta frente a las ventanas. Dos eran soldados rusos, sucios y andrajosos, que reían a carcajadas mientras trataban de arrancarle la ropa a una tercera figura: una mujer. Supe que era Veronika incluso antes de que ella levantara la cabeza hacia la luz. Chilló, y el ruso que le sujetaba los brazos y los dos faldones del vestido que su camarada, arrodillado sobre los pies de Veronika, había rasgado, la abofeteó con fuerza.

– Pakazhitye, dushka, enséñamelo, cariño -dijo entre grandes risotadas bajando de un tirón la ropa interior de Veronika hasta sus temblorosas rodillas. Se puso en cuclillas para admirar su desnudez-. Pryekrasnaya, precioso – dijo, como si estuviera contemplando un cuadro, y luego metió la cara entre el vello pubico-. Vkoosnaya, tozhe, sabroso, además -dijo con un gruñido.

El ruso volvió la cara desde las piernas de la chica al oír mis pasos entre los escombros que cubrían el suelo y, al ver el trozo de tubería de plomo que yo llevaba en la mano, se levantó poniéndose al lado de su amigo, que empujó aVeronika a un lado.

– Sal de aquí, Veronika -grité.

Sin necesitar que la animara, cogió el abrigo y corrió hacia una de las ventanas, pero el ruso que la había lamido parecía tener una idea diferente y la agarró por la melena. En aquel mismo momento balanceé la tubería golpeando un lado de su repugnante cabeza con un sonido metálico y adormeciéndome el brazo con la vibración del golpe. Empezaba a pensar que le había dado demasiado fuerte cuando noté una tremenda patada en las costillas y luego un furibundo rodillazo en la entrepierna. La tubería se me cayó al suelo lleno de trozos de ladrillo y noté el sabor a sangre en la boca mientras la seguía lentamente. Doblé las piernas contra el pecho y me quedé inmóvil esperando que la enorme bota del hombre me alcanzara de nuevo y acabara conmigo. En lugar de ello oí un golpe sordo, corto y mecánico como el sonido de una remachadora, y cuando la bota golpeó de nuevo, lo hizo muy por encima de mi cabeza. Con una pierna todavía en el aire, el hombre osciló durante un momento como un bailarín de ballet borracho y luego cayó muerto a mi lado, con la frente trepanada limpiamente por una bala certera. Gemí y cerré los ojos un momento. Cuando volví a abrirlos y me incorporé apoyándome en el antebrazo, había un tercer hombre acuclillado frente a mí y durante un segundo escalofriante me apuntó directamente a la cara con el cañón con silenciador de su Luger.

– Jódete, boche -dijo, y luego, sonriendo, me ayudó a levantarme-. Iba a zurrarte yo mismo, pero parece que esos dos ivanes me han ahorrado el trabajo.

– Belinsky -resollé, sujetándome las costillas-. ¿Tú qué eres? ¿Mi ángel de la guardia o qué?

– Sí. Es una vida maravillosa. ¿Estás bien, boche?

– Lo del pecho iría mejor si dejara de fumar. Sí, estoy bien. ¿De dónde diablos has salido?

– ¿No me habías visto? Estupendo. Después de lo que dijiste de seguir a alguien, me leí un libro sobre el asunto.Me disfracé de nazi para que no te fijaras en mí.

Miré alrededor.

– ¿Has visto adonde ha ido Veronika?

– ¿Quieres decir que conoces a la dama? -Zigzagueó hasta el soldado que yo había derribado con la tubería y que yacía sin sentido en el suelo-. Creía que eras un don Quijote.

– Solo la conozco desde anoche.

– Antes de tropezarte conmigo, supongo. -Belinsky contempló al soldado un momento, luego le apuntó con la Luger en la nuca y apretó el gatillo-. Está fuera -dijo sin demostrar más emoción que si hubiera disparado contra una botella de cerveza.

– Joder -dije entre dientes, abrumado por su exhibición de insensibilidad-. Habrías sido útil en un grupo de combate.

– ¿Qué?

– He dicho que espero que perdieras el tranvía anoche por mi culpa. ¿Tenías que matarlo?

Se encogió de hombros y empezó a desenroscar el silenciador de la Luger.

– Dos muertos son mejor que uno vivo para testificar en los tribunales. Créeme, sé lo que digo. -Golpeó la cabeza del iván con la punta del zapato-. De todos modos, a estos ivanes no los echarán en falta. Son desertores.

– ¿Cómo lo sabes?

Belinsky señaló dos fardos de ropa y equipo que había en el suelo al lado de la puerta y, junto a ellos, los restos de una fogata y una comida.

– Parece que llevaban un par de días escondidos por aquí. Supongo que se aburrían y les apetecía un poco de… – buscó la palabra adecuada en alemán y luego, sacudiendo la cabeza, completó la frase en inglés-… coño. -Enfundó la Luger y dejó caer el silenciador en el bolsillo del abrigo-. Si los encuentran antes de que las ratas los devoren, los polis imaginarán que fue el MVD quien lo hizo. Pero yo apuesto por las ratas. Viena tiene las ratas más enormes que hayas visto nunca. Suben directamente desde las cloacas. Bien pensado, por como huelen esos dos, yo diría quetambién han estado allá abajo. La cloaca principal sale en el Stadt Park, justo al lado de la comandancia soviética y el sector ruso. -Se encaminó hacia la ventana-. Venga, boche, vamos a buscar a esa chica tuya.

Veronika estaba un poco más abajo de la Währinger Strasse, lista para echar a correr como alma que lleva el diablo si hubieran sido los dos rusos quienes salieran del edificio.

– Cuando he visto entrar a tu amigo, he esperado para ver qué pasaba -explicó.

Se había abotonado el abrigo hasta el cuello y, salvo un pequeño moretón en la mejilla y las lágrimas en los ojos, no habría dicho que parecía una chica que había escapado por los pelos de que la violaran. Volvió, nerviosa, la mirada hacia el edificio con una pregunta en los ojos.

– No te preocupes -dijo Belinsky-. No volverán a molestarnos.

Cuando Veronika acabó de darme las gracias por salvarla y a Belinsky por salvarme a mí, los dos la acompañamos hasta el edificio medio derrumbado de la Rotenturmstrasse donde tenía una habitación. Allí nos dio las gracias de nuevo y nos invitó a subir, una invitación que rechazamos, y solo después de que le prometiera visitarla por la mañana logramos convencerla de que cerrara la puerta y se fuera a la cama.

– Por el aspecto que tienes, diría que no te sentaría mal una copa -dijo Belinsky-. Déjame invitarte. El Bar Renaissance está a la vuelta de la esquina. Es un lugar tranquilo y podremos hablar.

Cercano a la catedral de San Esteban, que estaba siendo restaurada, el Renaissance de la Singerstrasse era una imitación de taberna húngara con música zíngara. La clase de sitio que aparece en un puzzle; no había duda de que era popular entre los turistas, pero resultaba una pizca demasiado ostentoso para mi gusto sencillo y melancólico. Había una única compensación importante, como explicó Belinsky: servían Csereszne, un aguardiente húngaro de cerezas. Y para alguien a quien acababan de darle de patadas, sabía incluso mejor de lo que Belinsky habíaprometido.

– Es una buena chica -dijo-, pero tendría que ir con más cuidado en Viena. Y tú también, si a eso vamos. Si vas a ir por ahí como un flamante Errol Flynn, tendrías que llevar algo más que pelo debajo del brazo.

– Supongo que tienes razón -dije bebiendo un sorbo de mi segundo vaso-, pero resulta extraño que me lo digas, siendo un poli y todo eso. Llevar un arma no es exactamente legal para nadie, excepto para el personal aliado.

– ¿Quién ha dicho que yo fuera poli? -dijo negando con la cabeza-. Soy del CIC, el cuerpo de contraespionaje. La policía militar no tiene ni puta idea de en qué estamos.

– ¿Eres espía?

– No, más bien somos como los detectives de hotel de Estados Unidos. No dirigimos espías; los atrapamos. Espías y criminales de guerra.

Se sirvió un poco más de Csereszne.

– ¿Y por qué me estás siguiendo?

– La verdad es que es difícil decirlo.

– Estoy seguro de que podríamos encontrar un diccionario de alemán.

Belinsky sacó una pipa ya cargada del bolsillo y mientras explicaba qué quería decir, le iba dando pipadas hasta conseguir que se encendiera.

– Estoy investigando la muerte del capitán Linden -dijo.

– Vaya coincidencia. Yo también.

– Para empezar, queremos tratar de descubrir qué le trajo a Viena. Le gustaba guardar las cosas muy en secreto. Trabajaba mucho solo.

– ¿También estaba en el CIC?

– Sí, en el 970, estacionado en Alemania. El mío es el 430. Estamos estacionados en Austria. La verdad es que tendría que habernos informado de que venía a nuestro sector.

– Y ni siquiera envió una postal, ¿eh?

– Ni una palabra. Es probable que porque no había ninguna razón para que viniera. Si estaba trabajando en algo que afectaba a su país, tendría que habérnoslo dicho. -Belinsky soltó un anillo de humo y se lo apartó de la cara con un gesto-. Era lo que podríamos llamar un investigador de despacho. Un intelectual. La clase de hombre que podríassoltar ante una pared llena de archivos con la orden de encontrar la receta óptima de Himmler. El único problema es que, como era un tipo tan brillante, no anotaba nada. -Belinsky se dio unos golpecitos en la frente con la boquilla de la pipa-. Todo lo guardaba aquí, lo cual hace que resulte un incordio averiguar qué estaba investigando para ganarse un almuerzo de plomo.

– Tus policías militares creen que el movimiento clandestino Werewolf puede tener algo que ver en el asunto.

– Eso me han dicho.

Observó atentamente el humeante contenido de la cazoleta de su pipa de madera de cerezo y añadió:

– Con franqueza, todos estamos dando palos de ciego en este asunto. De cualquier modo, ahí es donde tú entras en mi vida. Pensamos que quizá descubrieras algo que nosotros no podríamos conseguir, al ser nativo, en comparación, quiero decir. Y si lo hacías, yo estaría allí en aras de la democracia libre.

– Investigación criminal por poderes, ¿eh? No sería la primera vez que pasa. Odio decepcionarte, pero yo también estoy bastante a oscuras.

– Puede que no. Después de todo, conseguiste que mataran al cantero. En mi marcador, eso se anota como resultado. Significa que molestaste a alguien, boche.

Sonreí.

– Puedes llamarme Bernie.

– Tal como yo lo veo, Becker no te haría entrar en el juego sin darte algunas cartas. El nombre de Pichler probablemente sería una de ellas.

– Puede que tengas razón -admití-, pero en cualquier caso, no tengo un juego como para apostarme la camisa.

– ¿Me dejas echarle una mirada?

– ¿Por qué tendría que hacerlo?

– Te he salvado la vida, boche -gimió.

– Demasiado sentimental. Sé más práctico.

– Está bien. Entonces, quizá te pueda ayudar.

– Eso está mucho mejor.

– ¿Qué quieres?

– Es más que probable que a Pichler lo asesinara un hombre llamado Abs, Max Abs. Según los PM, estuvo en lasSS, pero poco tiempo. De cualquier modo, se ha subido a un tren para Munich esta tarde y van a hacer que alguien lo reciba allí. Espero que me cuenten lo que suceda, pero necesito saber más cosas de Abs. Por ejemplo, quién era este tipo. -Saqué el dibujo de la lápida de Martin Albers hecho por Pilcher y lo extendí sobre la mesa delante de Belinsky-. Si puedo descubrir quién era Martin Albers y por qué Max Abs pagó su lápida, quizá esté en camino de descubrir por qué Abs decidió que era necesario matar a Pichler antes de que hablara conmigo.

– ¿Quién es ese Abs? ¿Qué relación tiene con todo esto?

– Antes trabajaba para una empresa de publicidad, aquí en Viena. La misma firma que dirigía König. König es el hombre que dio instrucciones a Becker para pasar archivos a través de la Frontera Verde. Documentos que iban a parar a manos de Linden.

Belinsky asintió.

– De acuerdo -dije-. Veamos mi segunda carta. König tenía una amiguita llamada Lotte que solía ir por el Casanova. Quizá alternara un poco por allí, aceptara un poco de chocolate, todavía no lo sé. Algunos amigos de Becker se presentaron allí y en otros sitios y no volvieron a casa a merendar. Mi idea era poner a Veronika sobre la pista. Pensaba que primero tendría que conocerla un poco. Pero claro, ahora que ya me ha visto cabalgando mi caballo blanco vestido con mi armadura blanca de los domingos, no tendré que esperar tanto.

– ¿Y si Veronika no conoce a esa Lotte? Entonces, ¿qué?

– ¿Y si piensas en algo mejor?

Belinsky se encogió de hombros.

– Por otro lado, tu plan tiene sus ventajas.

– Y otra cosa. Tanto Abs como Eddy Holl, el contacto de Becker en Berlín, trabajan para una empresa con sede en Pullach, cerca de Munich. La Compañía de Utilización Industrial del Sur de Alemania. Quizá quieras tratar de averiguar algo sobre ella. Por no hablar de por qué Abs y Holl han decidido trasladarse allí.

– No serían los dos primeros boches en ir a vivir en la zona norteamericana -dijo Belinsky-. ¿No te has fijado? Las relaciones están empezando a ponerse un poco tensas con nuestros aliados comunistas. Según las noticias de Berlín, han empezado a destruir muchas de las carreteras que conectan los sectores este y oeste de la ciudad.

Puso una cara que dejaba clara su falta de entusiasmo y luego añadió:

– Pero veré qué puedo descubrir. ¿Algo más?

– Antes de marcharme de Berlín me tropecé con una pareja de cazadores de nazis llamados Drexler. Linden les llevaba paquetes del auxilio americano de vez en cuando. No me sorprendería que trabajaran para él; todo el mundo sabe que es así como el contraespionaje estadounidense paga los servicios.

– ¿No se lo podemos preguntar a ellos?

– No serviría de mucho. Están muertos. Alguien deslizó una bandeja llena de bolitas de Zyklon-B por debajo de su puerta.

– De todos modos, dame la dirección. -Sacó un cuaderno y un lápiz.

Cuando se la di frunció los labios y se frotó el mentón. Tenía una cara tan ancha que parecía imposible, con unas cejas espesas en forma de cuerno de caza que se curvaban hasta la mitad de la cuenca de los ojos, el cráneo de algún animalillo como nariz y unas arrugas absurdas grabadas, que, añadidas a la cuadrada barbilla y a las ventanas de la nariz, de un fuerte ángulo, completaban un rostro perfectamente heptagonal. La impresión global era la de una cabeza de carnero apoyada sobre un pedestal en forma de uve.

– Tenías razón. No es una gran ayuda, ¿verdad? Pero es mejor que la que yo tenía.

Con la pipa apretada entre los dientes, cruzó los brazos y fijó la mirada en el vaso. Quizá fuera lo que bebía o quizá el pelo, que llevaba más largo que el corte militar preferido por la mayoría de sus compatriotas, pero curiosamente no parecía estadounidense.

– ¿De dónde eres? -pregunté al rato.

– De Williamsburg, Nueva York.

– Belinsky -dije, separando cada sílaba-. ¿Qué clase de nombre es ese para un norteamericano?

Él se encogió de hombros, impasible.

– Soy norteamericano de primera generación. Mi padre procede de Siberia. Su familia emigró para escapar a uno de los pogromos judíos del zar. Como ves, los ivanes tienen una tradición antisemita casi tan buena como la vuestra. Belinsky era el nombre de Irving Berlin antes de que se lo cambiara. Y en lo que respecta a nombres estadounidenses, no creo que un nombre judío como el mío suene peor que un nombre boche como Eisenhower, ¿no te parece?

– Supongo que no.

– Hablando de nombres, si vuelves a hablar con los PM, quizá sería mejor que no me mencionaras a mí ni al CIC. La razón es que hace poco jorobaron una operación que teníamos en marcha. El MVD se las arregló para robar unos cuantos uniformes de la policía militar de Estados Unidos del cuartel general del batallón en el Stiftskaserne. Se los pusieron y convencieron a los PM de la comisaría del Bezirk 19 para que los ayudaran a arrestar a uno de nuestros mejores informadores en Viena. Un par de días más tarde, otro informador nos comunicó que estaban interrogándolo en el cuartel general del MVD en la Mozartgasse. Poco después supimos que lo habían matado, pero no antes de que hablara y les diera otros nombres. Bueno, hubo un follón de todos los diablos y el comisario jefe estadounidense tuvo que darle una buena patada en el culo a más de uno por la mala seguridad de la 796. Le hicieron un consejo de guerra a un teniente y degradaron a un sargento a soldado raso. Como resultado de lo cual, el que yo sea un CIC me convierte en una especie de leproso a ojos del Stiftskaserne. Supongo que puede resultarte difícil de entender siendo alemán.

– Al contrario -dije-. Yo diría que ser tratados como leprosos es algo que los boches entendemos demasiado bien.

17

El agua que llegaba a mi grifo desde los Alpes sabía más limpia que el crujir de los dedos de un dentista. Me llevé un vaso lleno para contestar el teléfono que sonaba en la sala y tomé otro sorbo mientras esperaba que Frau Blum-Weiss me pasara la llamada.

– Hola, buenos días -dijo Shields con un afectado entusiasmo-. Espero no haberle sacado de la cama.

– Me estaba lavando los dientes.

– ¿Y qué tal está hoy? -dijo, negándose a ir al grano.

– Solo con un ligero dolor de cabeza -dije. Había bebido demasiado del licor favorito de Belinsky.

– Vaya, la culpa la tiene el föhn -sugirió Shields, refiriéndose a ese viento cálido y seco, tan impropio de la estación, que de vez en cuando baja sobre Viena desde las montañas-. Todo el mundo en esta ciudad le echa la culpa de todos los comportamientos extraños. Pero yo lo único que noto es que hace que la bosta de caballo huela todavía peor de lo habitual.

– Es un placer volver a hablar con usted, Shields. ¿Qué quiere?

– Su amigo Abs no llegó a Munich. Estamos bastante seguros de que subió al tren, pero no había rastro de él a la llegada.

– Puede que se bajara en algún otro sitio.

– La única parada que hace el tren es Salzburgo y también la teníamos vigilada.

– Quizá alguien lo tiró del tren. Mientras el tren estaba en marcha.

Yo sabía muy bien que ese tipo de cosas pasaban.

– No en la zona norteamericana.

– Bueno, la zona no empieza hasta Linz. Hay más de cien kilómetros de Austria en manos rusas desde aquí hasta su zona. Usted mismo ha dicho que está seguro de que subió al tren. ¿Qué otra cosa nos queda? -Entonces recordé lo que Belinsky había dicho sobre la mala seguridad de la policía militar de Estados Unidos-. Claro que es posible quese zafara de sus hombres, que fuera demasiado listo para ellos.

Shields suspiró.

– Alguna vez, Gunther, cuando no esté demasiado ocupado con sus viejos camaradas nazis, lo llevaré al campo de personas desplazadas en Auhof y verá a todos los emigrantes judíos ilegales que pensaron que eran más listos que nosotros. -Se echó a reír-. Es decir, si no le preocupa que pueda reconocerlo alguien del campo de concentración. Podría ser divertido dejarlo allí. Esos sionistas no comparten mi sentido del humor sobre las SS.

– Y eso sí que lo echaría en falta.

Alguien llamó a la puerta, casi furtivamente.

– Mire, tengo que dejarle.

– Vaya con ojo. Si llego a sospechar que le huelen a mierda los zapatos, lo echaré a la jaula.

– Bueno, si huele algo, probablemente será el föhn.

Shields soltó su risa, que sonaba como un tren fantasma, y colgó.

Fui a abrir la puerta y entró un tipo bajo, de aspecto sospechoso, que me recordó la copia de un retrato de Klimt que había en el comedor. Llevaba una gabardina marrón, con cinturón y pantalones que dejaban ver sus calcetines blancos y, apenas cubriéndole la larga melena rubia, un pequeño sombrero tirolés negro cargado de insignias y plumas. De un modo un tanto incongruente, llevaba las manos metidas en un gran manguito de lana.

– ¿Qué vende, bailarín? -le pregunté.

La mirada furtiva se volvió desconfiada.

– ¿No es usted Gunther? -dijo arrastrando una voz inverosímil, más grave que un fagot robado.

– Tranquilo -dije-, soy Gunther. Usted debe ser el armero personal de Becker.

– Justo. Me llamo Rudi. -Echó una ojeada en torno suyo y se tranquilizó-. ¿Está solo en esta jaula?

– Como un pelo en la teta de una viuda. ¿Me trae un regalo?

Rudi asintió y con una sonrisa astuta sacó una mano del manguito. Sostenía un revólver y apuntaba al cruasán de mi desayuno. Después de un momento incómodo, sonrió más abiertamente y aflojó la presión sobre la culata hasta dejar que la pistola colgara de su índice por el gatillo.

– Si me quedo en esta ciudad tendré que hacerme con un nuevo sentido del humor -dije cogiéndole el revólver. Era un Smith 38 con un cañón de seis pulgadas y las palabras «Ejército y Policía» grabadas claramente en la culata negra-. Supongo que el poli a quien pertenecía esto te dejó que te lo llevaras a cambio de unos cuantos paquetes de cigarrillos. -Rudi empezó a hablar, pero yo lo hice primero-. Mira, le dije a Becker que quería un arma limpia, no la prueba número uno de un juicio por asesinato.

– Es nueva -dijo Rudi, indignado-. Mire el cañón. Todavía está engrasado; aún no ha sido disparado. Le juro que los de arriba ni siquiera saben que ha desaparecido.

– ¿De dónde la sacó?

– Del almacén de la fábrica. De verdad, Herr Gunther, esta pistola es un arma limpia donde las haya.

Asentí a regañadientes.

– ¿Has traído municiones?

– Hay seis en el cargador -dijo, y sacando la otra mano del manguito puso un mísero puñado de cartuchos en el aparador, al lado de las dos botellas que me había dado Traudl-, y estos.

– ¿Qué pasa, es que los has comprado de racionamiento?

Rudi se encogió de hombros.

– Es lo único que he podido conseguir de momento, me temo. -Mirando el vodka se relamió los labios.

– Yo ya he desayunado -le dije-, pero puedes servirte.

– Solo un poco contra el frío, ¿eh? -dijo y se sirvió, nervioso, un vaso lleno, que se bebió de un trago.

– Adelante, toma otro. Nunca me interpongo entre un hombre y una buena sed. -Encendí un cigarrillo y fui hasta la ventana. Afuera una flauta de pan hecha de carámbanos colgaba del borde del tejado de la terraza-. Especialmente en un día tan helado como este.

– Gracias -dijo Rudi-, muchas gracias. -Sonrió apenas y se sirvió otro vaso, lleno hasta el borde, que sorbió lentamente-. ¿Y cómo va? La investigación, quiero decir.

– Si tienes alguna idea, me encantaría que me lo contaras. En este momento no es que los peces se metan solos en la red.

Rudi flexionó los hombros.

– Bueno, tal como yo lo veo, ese capitán norteamericano, el que cogió el 71…

Hizo una pausa mientras yo hacía la asociación: el número 71 era el tranvía que iba hasta el Cementerio Central. Asentí, animándolo a continuar.

– Bueno, tiene que haber estado metido en algún tipo de chanchullo. Piénselo -me sugirió, animándose al hablar-. Va a un almacén con otro tipo y el sitio está lleno hasta la bandera de tabaco. Quiero decir, para empezar, ¿cómo es que estaban allí? No puede ser que el asesino hubiera planeado matarle allí. No lo habría hecho cerca del alijo, ¿verdad? Debían de ir a echar una mirada a la mercancía y se pelearon.

Tuve que admitir que había algo de verdad en lo que decía. Reflexioné un momento.

– ¿Quién vende cigarrillos en Austria, Rudi?

– ¿Además de todo el mundo?

– Los principales estraperlistas.

– Dejando de lado a Emil, están los ivanes, un sargento norteamericano del Estado Mayor que está loco y vive en un castillo cerca de Salzburgo, un judío rumano aquí en Viena y un austríaco llamado Kurtz. Pero Emil era el más grande; la mayoría de la gente ha oído el nombre de Emil Becker relacionado con eso.

– ¿Cree que es posible que uno de ellos le hubiera tendido una trampa a Emil, para eliminarlo como competidor?

– Seguro, pero no a costa de perder todos aquellos cigarrillos. Cuarenta cajas, Herr Gunther. Es una pérdida enorme para cualquiera.

– Exactamente, ¿cuándo robaron esa fábrica de tabaco de la Thaliastrasse?

– Hace meses.

– ¿Los PM no tenían ninguna idea de quién lo había hecho? ¿No tenían ningún sospechoso?

– Nada de nada. La Thaliastrasse está en el Bezirk 16, forma parte del sector francés. Los PM franceses no podrían coger ni grasa en esta ciudad.

– ¿Y qué hay de los polis de aquí, la policía vienesa?

Rudi negó con la cabeza sin dudar.

– Están demasiado ocupados peleándose con la policía estatal. El ministro del Interior ha estado tratando de que los estatales sean absorbidos por las fuerzas regulares, pero a los rusos no les gusta y están tratando de boicotear el invento. Aunque eso signifique hundirlo todo. -Sonrió-. No es que me molestase. No, los locales son casi tan malos como los franchutes. Para ser sincero, los únicos polis que valen la pena en esta ciudad son los estadounidenses. Incluso los ingleses son bastante estúpidos, si quiere saberlo.

Rudi miró uno de los diversos relojes que llevaba en el brazo.

– Mire, tengo que marcharme; si no, perderé sitio en el Ressel. Allí es donde me encontrará todas las mañanas si me necesita, Herr Gunther. Allí o en el Café Hauswirth, en la Favoritenstrasse, por la tarde. -Acabó de vaciar el vaso-. Gracias por la bebida.

– La Favoritenstrasse -repetí frunciendo el ceño-. Está en el sector ruso, ¿no?

– Cierto -dijo Rudi-, pero eso no me convierte en comunista. -Se levantó el sombrero y sonrió-. Solo en un hombre prudente.

18

La triste expresión de su cara, con la mirada abatida y la incipiente papada, por no hablar de la ropa barata y con aspecto de segunda mano, me hizo pensar que Veronika no debía sacar mucho de hacer de prostituta. Y no había nada en la habitación, fría y del tamaño de una cueva, que tenía alquilada en el centro del distrito rojo de la ciudad, que indicara nada más que una existencia precaria, ganando apenas para sobrevivir.

Volvió a darme las gracias por ayudarla y, después de interesarse por mis heridas, procedió a preparar un poco de té mientras explicaba que un día tenía intención de llegar a ser pintora. Miré sus dibujos y acuarelas sin demasiado placer.

Profundamente deprimido por el lóbrego ambiente, le pregunté cómo había acabado haciendo la calle. Fue una tontería, porque no tiene sentido cuestionar a una prostituta sobre nada y mucho menos sobre su propia inmoralidad; mi única excusa era que sentía auténtica lástima por ella. ¿Habría tenido alguna vez un marido que la habría visto haciéndole un francés a un estadounidense en un edificio en ruinas a cambio de un par de tabletas de chocolate?

– ¿Quién dice que haga la carrera? -respondió con acritud.

Me encogí de hombros.

– No es el café lo que te mantiene levantada la mitad de la noche.

– Puede que no. De todos modos, no me encontrarás trabajando en uno de esos sitios del Gürtel donde los tíos solo tienen que subir al piso de arriba. Y no me encontrarás haciendo la calle delante de la oficina de información norteamericana ni del Hotel Atlantis. Quizá sea una chocolatera, pero no soy una buscona. El caballero tiene que gustarme.

– Eso no evitará que te hagan daño. Como anoche, por ejemplo; por no hablar de las enfermedades venéreas.

– Escúchate -dijo con divertido desdén-. Pareces uno de esos cabrones de la brigada Antivicio. Te cogen, hacenque un médico te examine para ver si estás contagiada y luego te echan un sermón sobre los peligros de la gonorrea. Empiezas a hablar como un poli.

– Puede que la policía tenga razón. ¿Lo has pensado alguna vez?

– Mira, nunca han podido acusarme de nada… y nunca podrán. -Sonrió un poco con aire astuto-. Como he dicho, tengo cuidado. El caballero tiene que gustarme. Lo cual significa que no acepto ni ivanes ni negros.

– Supongo que nadie ha oído hablar nunca de un estadounidense blanco ni de un inglés con sífilis.

– Solo tienes que mirar las estadísticas -dijo mirándome con cara de pocos amigos-. Además, ¿qué coño sabes tú de eso? Que me salvaras el pellejo no te da derecho a leerme los diez mandamientos, Bernie.

– No hay que saber nadar para lanzarle un salvavidas a alguien. En mis tiempos he conocido a suficientes busconas para saber que muchas empezaron siendo tan selectivas como tú. Luego llega alguien y las zurra a gusto y la siguiente vez, cuando el casero las persigue para cobrar el alquiler, no pueden permitirse ser tan exigentes. Hablas de porcentajes. Bueno, no queda mucho porcentaje en un francés por diez schillings cuando llegas a los cuarenta. Mira, Veronika, eres una buena chica. Si hubiera un cura por aquí, pensaría que te mereces una homilía corta, pero como no lo hay, tendrás que arreglártelas conmigo.

Sonrió con tristeza y me acarició el pelo.

– No estás tan mal. Aunque no tengo ni idea de por qué crees que sea necesario este discurso. De verdad que estoy bastante bien. Tengo dinero ahorrado. Pronto tendré suficiente para entrar en una escuela de arte en algún sitio.

Pensé que eso era tan probable como que consiguiera un contrato para volver a pintar la Capilla Sixtina, peroobligué a mi boca a curvarse hacia arriba en una especie de sonrisa optimista.

– Seguro que sí -dije-. Mira, quizá yo pueda ayudarte. Quizá podamos ayudarnos mutuamente.

Era una manera inequívocamente policial de dirigir la conversación al objetivo principal de mi visita.

– Quizá -dijo, sirviendo el té-. Solo una cosa más y luego puedes darme tu bendición. La brigada Antivicio tiene registradas a más de cinco mil chicas en Viena. Pero no son ni la mitad de las que hay. En estos tiempos, todos tenemos que hacer cosas que en otro tiempo eran impensables. Probablemente tú también. No queda mucho porcentaje en pasar hambre y menos aún en volver a Checoslovaquia.

– ¿Eres checa?

Tomó un sorbo de té, y luego cogió un cigarrillo del paquete que le había dado la noche anterior y sacó una cerilla.

– Según mis papeles, nací en Austria, pero la verdad es que soy checa; una judía alemana de los Sudetes. Pasé la mayor parte de la guerra escondiéndome en retretes y buhardillas. Luego estuve un tiempo con los partisanos, y después en un campo para personas desplazadas durante seis meses, hasta que escapé a través de la Frontera Verde. ¿Has oído hablar de un lugar llamado Wiener Neustadt? ¿No? Bueno, es una ciudad a unos cincuenta kilómetros de Viena, en la zona rusa, con un centro de reunión para los repatriados soviéticos. En todo momento hay unos sesenta mil esperando allí. Los ivanes los clasifican en tres grupos: enemigos de la Unión Soviética a los que envían a los campos de trabajos forzados; a los que no pueden demostrar de verdad que son enemigos los envían a trabajar fuera de los campos, así que de un modo u otro acabas haciendo un trabajo de esclavo; es decir, a menos que estés en el tercer grupo, los enfermos o los viejos o los demasiado jóvenes, en cuyo caso te matan directamente.

Tragó saliva y dio una larga calada al cigarrillo.

– ¿Quieres saber algo? -siguió-. Creo que me acostaría con todo el ejército británico para que los rusos no pudieran reclamarme. Y eso incluye a los que tienen sífilis. -Trató de sonreír-. Pero da la casualidad de que tengo un amigo médico que me ha conseguido unos frascos de penicilina y me pongo una dosis de vez en cuando solo por si acaso.

– Eso suena caro.

– Como digo, es un amigo. No me cuesta nada que se pudiera gastar en la reconstrucción. -Cogió la tetera-. ¿Quieres un poco más de té?

Negué con la cabeza. Tenía muchas ganas de salir de aquella habitación.

– Vayamos a alguna parte -sugerí.

– De acuerdo. Es mejor que quedarse aquí. ¿Qué tal cabeza tienes para las alturas? Porque solo hay un sitio al que se puede ir en Viena un domingo.

El parque de atracciones del Prater, con su enorme noria, los carruseles y la montaña rusa, resultaba un tanto incongruente en la parte de Viena que, por ser la última en caer en manos del Ejército Rojo, todavía mostraba los mayores efectos de la guerra y era la prueba más clara de que estábamos en un sector, por lo demás, poco atractivo.

Tanques y cañones despanzurrados seguían esparcidos por los campos vecinos, mientras que en las ruinosas paredes de todas las casas a lo largo de la Ausstellungsstrasse aparecía escrita con tiza y en caracteres cirílicos la palabra Atak'ivat (registrada) que en realidad significaba «saqueada».

Desde lo alto de la noria, Veronika me señaló los pilares del Puente del Ejército Rojo, la estrella encima del obelisco cercano y, más allá, el Danubio. Luego, mientras nuestra góndola iniciaba su lento descenso hacia el suelo, me metió la mano debajo del abrigo y me cogió las pelotas, pero apartó la mano enseguida cuando yo suspiréincómodo.

– Quizá habrías preferido el Prater antes de los nazis -dijo malévola-, cuando todos aquellos muñecos venían aquí a buscar clientes.

– No es eso en absoluto -dije riendo.

– Quizá sea eso lo que querías decir cuando comentaste que yo podría ayudarte.

– No, es solo que soy un tipo nervioso. Vuelve a probar en otra ocasión, cuando no estemos a sesenta metros del suelo.

– Un manojo de nervios, ¿eh? Pensaba que habías dicho que no te importaban las alturas.

– Mentí. Pero tienes razón, sí que necesito tu ayuda.

– Si tu problema es el vértigo, entonces la posición horizontal es el único tratamiento que estoy cualificada para prescribir.

– Estoy buscando a alguien, Veronika; una chica que solía andar por el Casanova.

– ¿Para qué van los hombres al Casanova si no es para buscar a una chica?

– Es una chica en particular.

– Puede que no te hayas dado cuenta, pero ninguna de las chicas del Casanova es nada en particular. -Me lanzó una mirada penetrante, como si de repente desconfiara de mí-. Pensaba que hablabas como los de arriba. Toda esa propaganda sobre los contagios y demás. ¿Trabajas con aquel estadounidense?

– No, soy investigador privado.

– ¿Cómo el Hombre Delgado?

Se echó a reír cuando asentí.

– Pensaba que eso solo era cosa de las películas. Y quieres que yo te ayude con algo que estás investigando, ¿es así?

Volví a asentir.

– No me veo mucho en el papel de Myrna Loy -dijo-, pero te ayudaré si puedo. ¿Quién es esa chica que andas buscando?

– Se llama Lotte. No sé su apellido. Puede que la hayas visto con un tipo llamado König. Lleva bigote y un terrier pequeño.

Veronika asintió lentamente.

– Sí, los recuerdo. En realidad, conozco bastante bien a Lotte. Se llama Lotte Hartmann, pero hace semanas que noaparece por allí.

– ¿No? ¿Sabes dónde está?

– No exactamente. Se fueron a esquiar juntos, Lotte y Helmut König, su schätzi. En algún sitio del Tirol austríaco, me parece.

– ¿Cuándo fue eso?

– No lo sé. Hará dos o tres semanas. Parece que König tiene un montón de dinero.

– ¿Sabes cuándo van a volver?

– No tengo ni idea. Lo que sé es que ella dijo que estaría fuera por lo menos un mes si todo iba bien entre ellos. Conociendo a Lotte, eso significa que dependería de lo bien que él se lo hiciera pasar.

– ¿Estás segura de que va a volver?

– Sería necesaria una avalancha para impedir que Lotte volviera aquí. Es vienesa hasta las orejas; no sabe vivir en otro sitio. Supongo que quieres que tenga los ojos bien abiertos para saber cuándo vuelven.

– Eso es -dije-. Naturalmente, te pagaría.

– No es necesario -dijo encogiéndose de hombros, y apretó la nariz contra la ventana-. La gente que me salva la vida tiene derecho a todo tipo de generosos descuentos.

– Debo advertirte que puede ser peligroso.

– No tienes que decírmelo -dijo con calma-. Conozco a König. Es suave y encantador en el club, pero a mí no me engaña. Es de esos tipos que no se quita las nudilleras metálicas ni para irse a confesar.

Cuando estuvimos de nuevo en tierra firme, utilicé algunos cupones para comprar una bolsa de lingos, unos buñuelos húngaros fritos espolvoreados con ajo, en uno de los tenderetes cercanos a la noria. Después de este modesto almuerzo, cogimos el tren Lilliput hasta el Estadio Olímpico y volvimos paseando por la nieve a través de los bosques de Hauptallee.

Mucho más tarde, cuando volvíamos a estar en su habitación, dijo:

– ¿Sigues estando nervioso?

Tendí la mano hacia sus pechos en forma de calabaza y noté que la blusa estaba húmeda de sudor. Me ayudó a desabotonársela y, mientras yo gozaba del peso de su seno en la mano, se desabrochó la falda. Me aparté para que pudiera quitársela por los pies y cuando la hubo dejado en el respaldo de una silla, la cogí de la mano y la atraje hacia mi.

Durante un breve momento, la abracé con fuerza, disfrutando de su respiración entrecortada y cálida en el cuello, antes de bajar la mano hacia la curva de su trasero, la parte superior de las apretadas medias y luego la suave y fresca carne entre los muslos. Y una vez que ella se las ingenió para desprenderse de la escasa ropa que quedaba para cubrirla, la besé y permití que un intrépido dedo disfrutara de una corta exploración de sus partes ocultas.

En la cama no dejó de sonreír mientras yo trataba lentamente de medir sus profundidades. Al ver sus ojos abiertos, que solo eran soñadores, como si no fuera capaz de olvidar mi satisfacción en su busca de la suya propia, descubrí que estaba demasiado excitado para que me importara mucho más allá de lo que parecía cortés. Cuando, finalmente, ella sintió que la herida que estaba abriendo en ella se volvía más apremiante, levantó los muslos hasta el pecho y, bajando las manos, se abrió con las palmas, como si tensara un trozo de tela para que penetrara la aguja de la máquina de coser, a fin de que me viera periódicamente absorbido con fuerza hacia su interior. Al cabo de un momento, me doblé sobre ella mientras la vida activaba su propulsión independiente y trepidante.

Aquella noche nevó mucho y luego la temperatura cayó hasta las alcantarillas, helando toda Viena, para conservarla para un día mejor. Soñé, no con una ciudad perdurable, sino con la ciudad que iba a venir.

Segunda parte

19

– Ya se ha fijado la fecha del juicio contra Herr Becker -me informó Liebl-, lo cual hace que sea absolutamente imperativo apresurarnos en la preparación de la defensa. Confío en que me perdonará, Herr Gunther, si le recalco la urgente necesidad de pruebas para corroborar el relato de nuestro cliente. Aunque tengo fe en su capacidad como detective, querría saber exactamente qué progresos ha hecho hasta ahora, a fin de poder aconsejar mejor a Herr Becker sobre la forma de llevar su caso en el tribunal.

Esta conversación tenía lugar varias semanas después de mi llegada a Viena, pero no era la primera vez que Liebl me presionaba para que le diera alguna idea de mis avances.

Estábamos sentados en el Café Schwarzenberg, que era lo más parecido a una oficina que había tenido desde antes de la guerra. La cafetería vienesa se parece en todo a un club de caballeros ingleses, salvo en que ser socio por un día cuesta poco más que el precio de una taza de café. Por ese importe puedes quedarte todo el tiempo que quieras, leer los periódicos y las revistas disponibles, dejar recados a los camareros, recibir el correo, reservar una mesa para reuniones y, en general, llevar un negocio con total discreción delante del mundo entero. Los vieneses respetan la privacidad de la misma forma que los estadounidenses adoran la antigüedad, y un habitual del Schwarzenberg no metería la nariz por encima de tu hombro del mismo modo que tampoco removería el café con el dedo.

En anteriores ocasiones, le había dicho a Liebl que una idea exacta de los progresos no era algo que existiera en el mundo del investigador privado; que no era el tipo de negocio en el cual uno puede informar de que, con toda seguridad, se va a producir una serie específica de acontecimientos dentro de un período determinado. Ese es el problema con los abogados. Dan por supuesto que el resto del mundo funciona como el código napoleónico. No obstante, en esta ocasión concreta, tenía bastante más para contarle a Liebl.

– La novia de König, Lotte, ha vuelto a Viena -dije.

– ¿Por fin ha vuelto de sus vacaciones de esquí?

– Eso parece.

– Pero todavía no la ha encontrado.

– Alguien que conozco en el Club Casanova tiene una amiga que habló con ella hace solo un par de días. Puede que incluso lleve de vuelta alrededor de una semana.

– ¿Una semana? -repitió Liebl-. ¿Por qué ha costado tanto averiguarlo?

– Esas cosas llevan tiempo -dije con un encogimiento de hombros provocativo. Estaba harto del constante escrutinio de Liebl y había empezado a disfrutar como un niño pinchándolo con esas exhibiciones de aparente despreocupación.

– Sí -gruñó-, eso es lo que ha dicho otras veces.

No parecía nada convencido.

– No es como si tuviéramos la dirección de esas personas -dije-. Y Lotte Hartmann no se ha acercado por el Casanova desde que ha vuelto. La chica que habló con ella dice que Lotte ha estado tratando de conseguir un pequeño papel en una película en los Estudios Sievering.

– ¿Sievering? Eso está en el Bezirk 19. El estudio es propiedad de un vienés llamado Karl Hartl. Antes era cliente mío. Hartl ha dirigido a todas las grandes estrellas: Pola Negri, Lya de Putti, Maria Corda, Vilma Banky, Lilian Harvey. ¿Ha visto El barón gitano? Bueno, pues era de Hartl.

– ¿Cree usted que, por casualidad, podría saber algo de los estudios donde Becker encontró el cuerpo de Linden?

– ¿Drittemann Film? -Liebl removió el café distraídamente-. Si hubiera sido una compañía cinematográfica legalmente constituida, Hartl la conocería. En la producción vienesa de películas no pasan muchas cosas que Hartl no sepa. Pero solo se trataba de un nombre en un contrato de alquiler. En realidad, allí no se había rodado ninguna película, ni siquiera se había disparado ninguna cámara. Usted mismo lo comprobó, ¿no?

– Sí -dije recordando la estéril tarde que había pasado allí hacía dos semanas. Resultó que incluso el contrato de arrendamiento había caducado y la propiedad volvía a ser del Estado-. Es cierto, lo primero y lo único que se disparóallí fue el arma que mató a Linden. -Me encogí de hombros-. Tiene razón, era solo una idea.

– Entonces, ¿qué va a hacer ahora?

– Procurar encontrar a Lotte Hartmann en Sievering. No tendría que ser demasiado difícil. Si tratas de conseguir un papel en una película, dejas una dirección donde pueden ponerse en contacto contigo.

Liebl sorbió su café ruidosamente y luego se secó delicadamente la boca con un pañuelo del tamaño de un spinnaker.

– Por favor, no desperdicie el tiempo buscando a esa persona -dijo-. Siento presionarlo así, pero hasta que descubramos dónde está Herr König, no tenemos nada. Cuando lo haya encontrado, podremos por lo menos tratar de obligarlo a declarar llamándolo como testigo principal de los hechos.

Asentí dócilmente. Podría haberle contado más cosas, pero su tono me irritaba y cualquier otra explicación habría generado preguntas que todavía no estaba en disposición de contestar. Por ejemplo, podría haberle comunicado lo que había sabido por Belinsky, en la misma mesa del Schwarzenberg, una semana después de haberme salvado el pellejo, una información a la que todavía daba vueltas en mi cabeza, tratando de encontrarle sentido. Nada era tan simple como Liebl parecía imaginar.

– Para empezar -me había dicho Belinsky-, los Drexler eran lo que parecían. Ella sobrevivió al campo de concentración de Matthausen y él al gueto de Lodz y a Auschwitz. Se conocieron en un hospital de la Cruz Roja después de la guerra y vivieron en Frankfurt durante un tiempo antes de ir a Berlín. Parece que colaboraron muy estrechamente con la gente del Crowcass y con la oficina del fiscal. Mantenían al día el historial de un gran número de nazis buscados y llevaban muchos casos simultáneamente. En consecuencia, nuestra gente de Berlín no ha podido determinar si alguna investigación en concreto guardaba relación con su muerte o con la del capitán Linden. La policía local está confundida, como suele decirse, que es probablemente como prefiere estar. Francamente, no creo que les importe un bledo quién mató a los Drexler y no parece que la investigación de la PM estadounidense vaya allegar a ningún sitio.

»Pero no parece probable que los Drexler pudieran haber tenido mucho interés en Martin Albers. Era uno de los jefes de las operaciones clandestinas de las SS y las SD en Budapest hasta 1944, cuando fue arrestado por haber tomado parte en el complot de Stauffenberg para matar a Hitler y colgado en el campo de concentración de Flossenburg en abril de 1945. Pero me atrevería a decir que se lo tenía bien merecido. Por lo que dicen todos, Albers era un cabrón, aunque tratara de liquidar al Führer. A muchos de vosotros todo eso os costó un carajo de tiempo. ¿Sabes?, nuestra gente de Inteligencia cree que incluso Himmler estaba enterado de la existencia del complot, pero dejó que siguiera adelante confiando en ocupar él mismo el lugar de Hitler.

»De cualquier modo, resulta que este Max Abs era el criado, chófer y hombre para todo de Albers, así que parece como si estuviera honrando a su antiguo jefe. La familia Albers murió en un ataque aéreo, así que supongo que no quedaba nadie más que erigiera una lápida en su memoria.

»-Un gesto bastante caro, ¿no te parece?

»-¿Tú crees? Bueno, yo odiaría que me mataran cuidándote el culo, boche.

Luego Belinsky me habló de la compañía Pullach.

– Es una organización patrocinada por los estadounidenses, dirigida por los alemanes y fundada con el objetivo de reconstruir el comercio alemán interzonal. La idea es que Alemania llegue a ser económicamente autónoma lo más rápidamente posible para que el Tío Sam pueda dejar de sacaros a todos vosotros de apuros. La sede de la empresa está en una misión estadounidense llamada Camp Nicholas, que hasta hace pocos meses estaba ocupada por las autoridades de la censura postal del ejército de Estados Unidos. Camp Nicholas es un lugar enorme que fue construido para Rudolf Hess y su familia. Pero cuando se «ausentó sin permiso», Bormann se lo quedó durante un tiempo, y luego Kesselring y su Estado Mayor. Ahora es nuestro. Hay las suficientes medidas de seguridad paraconvencer a la gente del lugar de que el campo alberga algún tipo de establecimiento de investigación técnica, pero eso no es extraño teniendo en cuenta su historia. En cualquier caso, la buena gente de Pullach lo evita, prefiriendo no saber mucho de lo que hay allí, incluso si es algo tan inofensivo como un equipo de especialistas económicos y comerciales. Supongo que son expertos, teniendo en cuenta que Dachau está a apenas unos kilómetros de allí.

Pensé que eso parecía eliminar a Pullach, pero ¿qué pasaba con Abs? Matar a un inocente solo para conservar el anonimato no parecía encajar en el carácter de alguien que quiere recordar la memoria de un héroe de la resistencia alemana (si existía algo así). ¿Y qué relación podía tener Abs con Linden, el cazador de nazis, salvo como informador de algún tipo? ¿Sería posible que también hubieran matado a Abs, al igual que a Linden y a los Drexler?

Me acabé el café, encendí un cigarrillo y por el momento me conformé con que esas y otras preguntas no pudieran plantearse en otro foro que el de mi cabeza.

El número 39 iba hacia el oeste a lo largo de la Sieveringer Strasse y luego seguía por Döbling para parar justo antes de los bosques de Viena, un espolón de los Alpes que llega hasta el Danubio.

Unos estudios cinematográficos no es un lugar donde sea probable ver muchas pruebas de laboriosidad. El equipo descansa sin funcionar en las camionetas alquiladas para transportarlo. Los decorados nunca están más que a medio construir, incluso cuando están terminados. Pero lo que sí hay son miles de personas, todas ellas cobrando, que parecen hacer poco más que estar de pie por allí, fumando cigarrillos y sosteniendo tazas de café; y están de pie porque no se las considera lo bastante importantes como para darles una silla. A cualquiera lo bastante tonto como para financiar una empresa tan evidentemente derrochadora, la película debía parecerle el material más caro después de la seda de China, y pensé que sin ninguna duda todo eso habría vuelto casi loco de impaciencia a Liebl.

Le pregunté a un hombre que llevaba una tablilla dónde podía encontrar al gerente del estudio y me indicó un pequeño despacho en el primer piso. Allí había un hombre alto y panzudo, con el pelo teñido, vestido con una chaqueta de punto de color lila y con los modales de una tía solterona y excéntrica. Escuchó cuál era mi misión con una mano descansando encima de la otra, como si yo le estuviera pidiendo la mano de la sobrina que tutelaba.

– ¿Qué es usted, una especie de policía? -dijo alisándose una ceja rebelde con el índice. Desde algún lugar del edificio llegó el sonido muy fuerte de una trompeta, lo cual le provocó una mueca de desagrado.

– Detective -dije, faltando a la verdad.

– Bueno, seguro que siempre estamos dispuestos a colaborar con los de arriba. ¿Qué papel me ha dicho que quería conseguir esa chica?

– No se lo he dicho. Me temo que no lo sé. Pero ha sido en las dos o tres últimas semanas.

Cogió el teléfono y apretó un botón.

– ¿Willy? Soy yo, Otto. Sé bueno y ven un momento a mi despacho. -Volvió a colgar el auricular y comprobó que no se había despeinado-. Willy Reichmann es el jefe de producción. Quizá pueda ayudarnos.

– Gracias -dije, y le ofrecí un cigarrillo.

Se lo colocó detrás de la oreja.

– Muy amable. Me lo fumaré luego.

– ¿Qué están rodando ahora? -le pregunté mientras esperábamos. Quienquiera que estuviera tocando la trompeta emitió dos notas altas que no parecían armonizar.

Otto soltó un gemido y fijó la mirada con aire de superioridad en el techo.

– Bueno, se llama El ángel de la trompeta -dijo con una evidente falta de entusiasmo-. Más o menos ya está acabada, pero el director es tan perfeccionista…

– ¿No será Karl Hartl?

– Sí, ¿lo conoce?

– Solo por El barón gitano.

– Ah, eso -dijo en tono agrio.

Llamaron a la puerta y entró un hombre bajo con el pelo rojo como una zanahoria. Me recordó a un gnomo.

– Willy, este es Herr Gunther. Es detective. Si estás dispuesto a perdonar el hecho de que le gustara El baróngitano, quizá quieras ayudarlo. Está buscando a una chica, una actriz que participó en unas pruebas para un reparto, no hace mucho.

Willy sonrió vagamente, dejando ver unos dientes pequeños y desiguales que parecían un puñado de sal gorda, asintió y dijo con voz aflautada:

– Será mejor que venga a mi despacho, Herr Gunther.

– No entretenga a Willy demasiado rato, Herr Gunther -me ordenó Otto mientras yo seguía la diminuta figura de Willy al pasillo-; tiene una cita dentro de quince minutos.

Willy se dio media vuelta y miró al jefe de los estudios sin comprender. Otto suspiró exasperado.

– ¿Es que nunca anotas nada en la agenda, Willy? Viene ese inglés de London Films. El señor Lyndon-Haynes, ¿te acuerdas?

Willy gruñó algo como respuesta y luego cerró la puerta. Recorrió el pasillo hasta otro despacho y me invitó a entrar.

– Veamos, ¿cómo se llama esa chica? -dijo, indicándome una silla.

– Lotte Hartmann.

– Supongo que no sabe el nombre de la empresa de producción.

– No, pero sé que vino durante las dos últimas semanas.

Se sentó y abrió uno de los cajones del escritorio.

– Bueno, solo ha habido tres películas buscando actores en el último mes, así que no tendría que ser muy difícil. – Sus cortos dedos sacaron tres carpetas. Las dejó sobre el cartapacio, y empezó a ojear su contenido-. ¿Tiene algún problema?

– No, solo que quizá conozca a alguien que nos puede ayudar en una investigación que estamos haciendo. -Esto, por lo menos, era verdad.

– Bueno, si ha venido por aquí para un papel en el último mes, estará en una de estas carpetas. Puede que no tengamos muchas ruinas atractivas en Viena, pero lo que sí tenemos son muchas actrices. Aunque, claro, la mitad de ellas son chocolateras. Incluso en las mejores épocas una actriz es solo una chocolatera con otro nombre.

Acabó con una pila de papeles y empezó otra.

– Yo no diría que echo de menos su falta de ruinas -comenté-. Soy de Berlín y nosotros tenemos ruinas a unaescala épica.

– Como si no lo supiera… Pero este inglés que tengo que ver quiere montones de ruinas aquí, en Viena. Igual que Berlín, igual que Rosellini. -Suspiró desconsolado-. Y yo le pregunto: ¿qué hay aparte del Ring y el barrio de la Ópera?

Cabeceé comprensivo.

– ¿Qué espera? La guerra acabó hace tres años. ¿Imagina que hemos retrasado la reconstrucción por si se le ocurría aparecer a un equipo de filmación inglés? Quizá es que esas cosas llevan más tiempo en Inglaterra que en Austria. No me sorprendería, a la vista de todo el papeleo que producen los británicos. No había conocido nunca a una gente tan burocrática. Dios sabe qué voy a decirle a ese tipo. Para cuando empiecen a rodar tendrán suerte si encuentran una ventana rota.

Deslizó una hoja de papel a través del escritorio. Sujeta a la esquina izquierda del papel había una fotografía de tamaño pasaporte.

– Lotte Hartmann -anunció.

Miré el nombre y la fotografía.

– Eso parece.

– La verdad es que me acuerdo de ella -dijo-. No era del todo lo que estábamos buscando en aquella ocasión, pero le dije que era probable que pudiera encontrarle algo en esa producción inglesa. Hay que reconocerle que era guapa, pero, para ser sincero con usted, no muy buena actriz. Un par de papeles de figurante en el Burgtheater durante la guerra y eso es todo. Pero los ingleses van a hacer una película sobre el mercado negro y necesitan muchas chocolateras. A la vista de la experiencia particular de Lotte Hartmann, pensé que podía ser una de ellas.

– ¿Ah, sí? ¿Y cuál es esa experiencia?

– Solía ser relaciones públicas en el Club Casanova y ahora trabaja de crupier en el Casino Oriental. Al menos, eso es lo que me dijo. Por lo que yo sé, podría ser una de las bailarinas exóticas que tienen allí. De cualquier modo, si la está buscando, esta es la dirección que me dio.

– ¿Puedo llevarme este papel?

– Por supuesto.

– Una cosa más: si por alguna razón Fräulein Hartmann se pusiera en contacto con usted, le agradecería que no lecomentara nada de esto.

– Mi boca está sellada.

Me levanté para marcharme.

– Gracias -dije-, me ha sido de mucha ayuda. Ah, y buena suerte con esas ruinas.

Sonrió irónico.

– Sí, ya, si ve alguna pared poco sólida, sea un buen chico y dele un buen empujón.

Aquella noche, fui al Oriental justo a tiempo para el primer número de las 8.15. La chica que bailaba desnuda en la pista de baile estilo pagoda, con acompañamiento de una orquesta de seis músicos, tenía unos ojos tan fríos y duros como el trozo más negro de pórfido del taller de Pilcher. Llevaba el desprecio grabado en la cara de una forma tan indeleble como los pájaros tatuados en sus pechos pequeños adolescentes. Un par de veces tuvo que contener un bostezo y una vez le hizo una mueca al gorila encargado de protegerla en caso de que alguien quisiera demostrarle su aprecio. Cuando, al cabo de cuarenta y cinco minutos, llegó al final de su actuación, su saludo fue una burla a quienes la habíamos contemplado.

Llamé a un camarero y centré la atención en el propio club. «El maravilloso cabaré nocturno egipcio» era como el Oriental se describía a sí mismo en la caja de cerillas que había cogido del cenicero de bronce, y no había duda de que estaba lo bastante grasiento como para pasar por algo de Oriente Próximo, por lo menos, ante los estereotipados ojos de algún creador de decorados de los Estudios Sievering. Una larga escalinata curvada conducía al piso inferior de estilo vagamente árabe, con sus pilares dorados, el techo en forma de cúpula y muchos tapices persas en las paredes cubiertas de mosaicos de imitación. El olor frío y húmedo del sótano, el humo a tabaco turco barato y las muchas prostitutas solo potenciaban aquel auténtico ambiente oriental. Casi esperaba ver cómo el ladrón de Bagdad venía a sentarse a la mesa de marquetería que yo ocupaba. En lugar de eso, vino un chulo vienés.

– ¿Busca una chica guapa? -preguntó.

– Si así fuera, no habría venido aquí.

El macarra lo entendió al revés y señaló a una enorme pelirroja que estaba sentada a la anacrónica barraamericana.

– Puedo arreglarlo para que lo pase bien con aquella de allí.

– No gracias, desde aquí se le huelen las bragas.

– Oiga, pifke, esa chocolatera es tan limpia que podría cenar en su coño.

– No tengo tanta hambre.

– Otra cosa, entonces. Si lo que le preocupa es el contagio, sé dónde encontrar una estupenda nieve fresca, sin huellas dactilares. ¿Me entiende? -Se inclinó hacia mí por encima de la mesa-. Una niña que ni siquiera ha terminado la escuela. ¿Qué tal le suena una primicia así?

– Desaparece, cerdo, antes de que te vuele la bragueta de un tiro.

Se echó hacia atrás de golpe.

– Tranquilo, pifke -dijo con sorna-. Sólo trataba de…

Soltó un chillido de dolor cuando tuvo que enderezarse siguiendo a una de sus patillas sujeta entre el pulgar y el índice de Belinsky.

– Ya has oído a mi amigo -dijo con tono frío y amenazador y, dándole un empujón al tipo para apartarlo, se sentó frente a mí-. Dios, cómo odio a los chulos -murmuró meneando la cabeza.

– Nunca lo hubiera imaginado -dije, y volví a llamar al camarero, quien al ver la forma en que el chulo se marchaba se acercó a la mesa más obsequioso que un criado egipcio-. ¿Qué quieres tomar? -le pregunté al estadounidense.

– Una cerveza.

– Dos Gosser -le dije al camarero.

– Inmediatamente, señores -dijo, y se marchó apresuradamente.

– Bueno, no hay duda de que se ha vuelto más atento -observé.

– Ya, bueno, no vienes al Casino Oriental por su exquisito servicio. Vienes para perder dinero en las mesas o en una cama.

– ¿Y el espectáculo? Te olvidas del espectáculo.

– Y una mierda. -Se echó a reír y procedió a explicarme que procuraba ver el espectáculo del Oriental por lo menos una vez a la semana.

Cuando le hablé de la chica con los tatuajes en los pechos, cabeceó con una indiferencia mundana, y durante un buen rato me vi obligado a escucharlo mientras me contaba cosas de las bailarinas exóticas y de striptease que habíavisto en el Extremo Oriente, donde una chica con un tatuaje no era nada del otro mundo. Este tipo de conversación no me interesaba lo más mínimo y cuando, al cabo de varios minutos, Belinsky agotó sus pecaminosas anécdotas, me alegré de poder cambiar de tema.

– He encontrado a la amiga de König, Fräulein Hartmann -anuncié.

– ¿Sí? ¿Dónde?

– En la sala de al lado. Repartiendo cartas.

– ¿La crupier? ¿Esa rubia bronceada y más tiesa que si llevara un carámbano metido en el culo?

Asentí.

– Traté de invitarla a una copa -dijo-, solo que igual podía haber tratado de venderle una escoba. Si vas a congraciarte con ella, te espera una buena tarea, boche. Es tan fría que su perfume hace que te duela la nariz. Quizá si la raptaras tendrías una posibilidad.

– Estaba pensando más o menos lo mismo. En serio, ¿en qué abismo se encuentra tu crédito con la PM aquí en Viena?

Belinsky se encogió de hombros.

– Tan abajo como el culo de una serpiente. Pero cuéntame qué tienes en mente y te lo diré seguro.

– A ver qué te parece esto. La Patrulla Internacional entra aquí una noche y nos arresta a mí y a la chica con algún pretexto. Luego nos llevan a la Kärtnerstrasse, donde yo empiezo a ponerme terco sobre que se ha cometido un error. Quizá algo de dinero cambia de manos para que parezca convincente de verdad. Después de todo, a la gente le gusta creer que la policía es corrupta, ¿no? Así que tanto ella como König pueden apreciar esos pequeños detalles. De cualquier modo, cuando la policía nos suelta, le digo a Lotte Hartmann que la razón de haberla ayudado es que la encuentro atractiva. Bueno, naturalmente, ella está agradecida y le gustaría demostrármelo, solo que tiene un amigo. Quizá él pueda compensarme de un modo u otro. Facilitarme algún negocio, ese tipo de cosas. -Hice una pausa y encendí un cigarrillo-. Bien, ¿qué te parece?

– Para empezar -dijo Belinsky pensativo-, la PI no puede entrar aquí. Hay un letrero enorme en la entrada que lodice. Tu entrada de diez schillings te da derecho a ser socio por una noche de lo que es, después de todo, un club privado, lo cual significa que la PI no puede entrar aquí y ensuciar la alfombra con sus botas y asustar a la florista.

– De acuerdo -dije-, esperan fuera y montan un control para la gente que sale del club. Seguro que no hay nada que pueda impedírselo. Nos cogen a Lotte y a mí como sospechosos: ella de ser una chocolatera y yo de tener montado algún tinglado.

Llegó el camarero con las cervezas. Mientras, ya estaba empezando el segundo número. Belinsky echó un trago a su bebida y se apoyó en el respaldo para mirar.

– Me gusta esa -gruñó, encendiendo la pipa-. Tiene un culo como la costa oeste de África. Espera y verás.

Fumando, satisfecho, con la pipa sujeta firmemente entre los sonrientes dientes, Belinsky no le quitaba ojo a la chica, que se despojaba del sostén.

– Puede que hasta funcione y todo -dijo finalmente-. Solo que olvídate de sobornar a los norteamericanos. No; si lo que tratas de simular es que untas a alguien, entonces tendrá que ser un iván o un franchute. Da la casualidad de que el CIC ha enviado a un capitán ruso a la PI. Parece que está tratando de ganarse el pasaje a Estados Unidos, así que es bueno para los servicios manuales, los documentos de identidad, los chivatazos, lo de costumbre. Un arresto falso debería estar entre sus habilidades. Y por una feliz coincidencia los rusos ocupan la silla presidencial de la Patrulla este mes, así que tendría que resultar bastante fácil organizado una noche en que esté de servicio.

La sonrisa de Belinsky se hizo más amplia cuando la bailarina se bajó las bragas para mostrar un diminuto tanga.

– Oh, mira eso -dijo riendo entre dientes, con un regocijo de adolescente-. Ponle un bonito marco a ese culo y podría colgarlo de la pared. -Se bebió la cerveza de un trago y me hizo un guiño lascivo-. Hay que reconoceros una cosa, boche: construís a vuestras mujeres igual de bien que vuestros coches.

20

Parecía que la ropa me sentaba mejor. Los pantalones ya no me colgaban de la cintura como si fueran los bombachos de un payaso. Meterme dentro de la chaqueta ya no me hacía recordar a un chico que, optimista, se prueba la ropa de su padre muerto. Y el cuello de la camisa se me ajustaba al cuello como un vendaje al brazo de un cobarde. No cabía duda, dos meses en Viena me habían hecho ganar algo de peso, así que ahora me parecía más al hombre que había ido a un campo soviético de prisioneros de guerra y menos al que había salido de allí. Pero, aunque esto me gustaba, no pensaba que fuera una excusa para perder la buena forma y había decidido pasar menos tiempo sentado en el Café Schwarzenberg y hacer más ejercicio.

Era esa época del año cuando los desnudos árboles del invierno empiezan a tener brotes y cuando la decisión de llevar abrigo ya no es algo automático. Con solo una franja blanca de nubes en un cielo, por lo demás, completamente azul, decidí dar un paseo por el Ring y exponer mi piel al cálido sol primaveral.

Como una araña de cristal que resulta demasiado grande para la habitación donde está, también los edificios oficiales de la Ringstrasse, construidos en un tiempo de abrumador optimismo imperial, eran demasiado grandiosos, demasiado opulentos, para la realidad geográfica de la nueva Austria. Con sus seis millones de habitantes, Austria erapoco más que la colilla de un enorme puro. El lugar por el que fui a pasear, más que un anillo de puro parecía una corona mortuoria.

El centinela estadounidense que hacía guardia frente al Hotel Bristol, requisado por Estados Unidos, levantaba su rosada cara hacia arriba para que le dieran los rayos del sol matinal. Su homólogo ruso, que vigilaba el también requisado Grand Hotel, en la puerta de al lado, tenía un rostro tan oscuro que parecía haberse pasado la vida al aire libre.

Cruzando al lado sur del Ring a fin de estar más cerca del parque cuando llegara al Schubertring, me encontré cerca de la comandancia, antes el Hotel Imperial, en el momento en que un gran coche del Estado Mayor soviético se detenía frente a la enorme estrella roja y las cuatro cariátides que enmarcaban la entrada. La puerta del coche se abrió y apareció el coronel Poroshin.

No pareció en absoluto sorprendido de verme. Es más, era casi como si esperara encontrarme paseando por allí y, durante un segundo, se limitó a mirarme como si solo hiciera unas pocas horas que hubiera estado sentado en su despacho en el pequeño Kremlin de Berlín. Supongo que me quedé boquiabierto, porque al cabo de un momento sonrió, murmuró «Dobraye ootra», «buenos días», y luego prosiguió su camino al interior de la comandancia, seguido de cerca por un par de oficiales jóvenes que se volvieron para mirarme con recelo mientras yo me quedaba allí, sinsaber qué decir.

Bastante intrigado sobre la razón de que Poroshin hubiera aparecido en Viena en aquel momento, crucé la calle para dirigirme hacia el Café Schwarzenberg y por poco me atropella una anciana en bicicleta que hizo sonar la bocina, furiosa conmigo.

Me senté a mi mesa habitual para pensar en la llegada de Poroshin a la escena y pedí algo de comer, abandonando mi resolución de mantenerme en forma.

La presencia del coronel en Viena me pareció más fácil de explicar con un café y una porción de pastel en el estómago. Después de todo, no había ninguna razón para que no viniera. Como coronel del MVD, era probable que pudiera ir a donde quisiera. Pensé que el que no me hubiera dicho nada más ni me hubiera preguntado cómo iba mi trabajo para ayudar a su amigo se debía, probablemente, a que no tenía ningún interés en hablar de aquel asunto delante de los otros dos oficiales. Y sólo tenía que coger el teléfono y llamar al cuartel general de la Patrulla Internacional para descubrir si Becker seguía en prisión o no.

Pese a todo, una sensación en la suela del zapato me decía que la llegada de Poroshin desde Berlín estaba relacionada con mi propia investigación y no necesariamente para bien. Igual que alguien que ha desayunado ciruelas pasas, me dije que seguro que no tardaría mucho en notar algo.

21

Cada una de las cuatro potencias asumía, durante un mes y de forma rotativa, la responsabilidad administrativa de la policía del centro de la ciudad. «Ocupan la silla presidencial», era como Belinsky lo había descrito. La silla en cuestión estaba en una sala de reuniones en el cuartel general de las fuerzas combinadas en el Palais Auersperg, aunque también afectaba a la persona que se sentara al lado del conductor en el vehículo de la Patrulla Internacional. Pero aunque la PI era un instrumento de las cuatro potencias y obedecía, en teoría, las órdenes de las fuerzas combinadas, a todos los efectos prácticos eran los estadounidenses quienes la dirigían y proveían. Todos los vehículos, la gasolina y el aceite, las radios, los recambios para las radios, el mantenimiento de los vehículos y las radios, el funcionamiento del sistema de la red radiofónica y la organización de las patrullas eran responsabilidad del 796 de Estados Unidos. Esto significaba que era siempre el miembro norteamericano de la patrulla quien conducía el vehículo, hacía funcionar la radio y llevaba a cabo el mantenimiento de primer nivel. Así que, por lo menos en lo relativo a la patrulla misma, la idea de «la silla» se parecía a la de una fiesta móvil.

Aunque los vieneses se referían a «los cuatro hombres del jeep» o a veces a «los cuatro elefantes del jeep», en realidad «el jeep» había quedado abandonado hacía tiempo porque era demasiado pequeño para acomodar a una patrulla de cuatro hombres, más su transmisor de onda corta, por no hablar de algún detenido, y ahora el medio de transporte favorito era un vehículo de tres cuartos de tonelada del Mando y Reconocimiento.

Todo esto me lo explicó el cabo ruso que mandaba el furgón de la PI aparcado a corta distancia del Casino Oriental en la Petersplatz, en el cual yo estaba sentado, bajo arresto, esperando que los colegas del kapral cogieran también a Lotte Hartmann. El kapral, que no hablaba ni francés ni inglés y solo un poco de alemán, estaba encantado de haber encontrado a alguien con quien podía conversar, aunque fuera un prisionero de habla rusa.

– Me temo que no le puedo decir mucho sobre por qué está bajo arresto, aparte de que es por estar en el mercado negro -dijo a guisa de excusa-. Se enterará mejor cuando lleguemos a la Kärtnerstrasse. Los dos nos enteraremos, ¿eh? Lo único que puedo explicarle es el procedimiento. Mi capitán llenará un formulario de arresto, por duplicado (todo es por duplicado) y le dejará las dos copias a la policía austríaca. Ellos enviarán una al oficial de Seguridad Pública del Gobierno Militar. Si va a juzgarlo un tribunal militar, mi capitán preparará una hoja de cargos, y si lo tiene que juzgar un tribunal austríaco, la policía recibirá las instrucciones precisas. -El kapral frunció el ceño-. Para ser sincero, ahora no nos molestamos mucho con los delitos del mercado negro. O de la moralidad, si a eso vamos. A quienes perseguimos es a los contrabandistas o a los emigrantes ilegales. Puedo decirle que los otros tres cabrones piensan que me he vuelto loco, pero yo tengo mis órdenes.

Sonreí comprensivo y le dije que le agradecía que me explicara todo aquello. Estaba pensando en ofrecerle un cigarrillo cuando la puerta se abrió y el patrullero francés ayudó a una Lotte Hartmann muy pálida a subir y sentarse a mi lado. Luego él y el británico entraron también y cerraron la puerta desde dentro. El olor del miedo de Lotte solo era levemente más débil que el empalagoso aroma de su perfume.

– ¿Adónde nos llevan? -me preguntó en un susurro.

Le dije que a la Kärtnerstrasse.

– No se permite hablar -dijo el PM inglés en un alemán atroz-. Los prisioneros se mantendrán en silencio hasta que lleguemos a la central.

Sonreí para mis adentros. El lenguaje de la burocracia era la única segunda lengua que un inglés no sería nunca capaz de hablar bien.

La PI tenía su cuartel general en un viejo palacio a un tiro de colilla de la Ópera. La furgoneta se detuvo en el exterior y nos condujeron a través de unas enormes puertas cristaleras al interior de un vestíbulo de estilo barroco, donde todo un surtido de atlantes y cariátides exhibían la mano omnipresente de los canteros vieneses. Subimos una escalinata tan ancha como el tendido del ferrocarril, pasamos frente a urnas y bustos de olvidados nobles, cruzamos un par de puertas más largas que las piernas del contorsionista de un circo y entramos en una zona de oficinas con paredes de cristal. El kapral ruso abrió la puerta de una de ellas, hizo entrar a sus dos prisioneros y nos dijo que esperáramos allí.

– ¿Qué ha dicho? -preguntó Fräulein Hartmann en cuanto se cerró la puerta.

– Ha dicho que esperáramos. -Me senté, encendí un cigarrillo y eché una ojeada a la sala. Había un escritorio, cuatro sillas y, en la pared, un gran tablero de madera del tipo que se ve en la parte exterior de las iglesias, salvo que este estaba escrito en cirílico, con columnas de nombres escritos con tiza, encabezadas por «Personas buscadas», «Ausentes», «Vehículos robados», «Mensajes urgentes», «Órdenes. Parte I», «Órdenes. Parte II». En la columna de «Personas buscadas» aparecía mi propio nombre y el de Lotte Hartmann. El ruso favorito de Belinsky estaba haciendo que todo pareciera muy convincente.

– ¿Tiene idea de qué va todo esto? -me preguntó temblorosa.

– No -mentí-, ¿y usted?

– No, por supuesto que no. Tiene que ser un error.

– Claro.

– No parece estar muy preocupado. O quizá es que no se da cuenta de que han sido los rusos quienes han ordenado que nos trajeran aquí.

– ¿Habla ruso?

– Por supuesto que no -dijo impaciente-. El PM norteamericano que me arrestó me dijo que era una orden de los rusos y que él no tenía nada que ver.

– Bueno, los ivanes tienen el mando de la patrulla este mes -dije reflexivo- ¿Qué dijo el francés?

– Nada. Lo único que hizo fue no quitarme los ojos del escote.

– Seguro que lo hizo -dije sonriéndole-. Vale la pena.

Me brindó una sonrisa sarcástica.

– Sí, pero no creo que me hayan traído aquí para contemplar la leña apilada delante del refugio, ¿verdad?

Hablaba con un desagrado crispado, pero aceptó el cigarrillo que le ofrecía.

– No se me ocurre una razón mejor.

Soltó un taco entre dientes.

– Yo la conozco, ¿no? -dije-. ¿Del Oriental?

– ¿Qué era durante la guerra, observador aéreo?

– Sea amable. A lo mejor puedo ayudarla.

– Será mejor que se ayude usted mismo primero.

– Puede estar segura de ello.

Cuando por fin se abrió la puerta, fue un oficial del Ejército Rojo, alto y fornido, quien entró en la habitación. Se presentó como capitán Rustaveli y se sentó detrás del escritorio.

– Oiga -exigió Lotte Hartmann-, ¿le importaría decirme por qué me han traído aquí en mitad de la noche? ¿Qué demonios está pasando?

– Todo a su tiempo, Fräulein -replicó en un impecable alemán-. Por favor, siéntese.

Ella se dejó caer en una silla al lado de la mía y lo miró hoscamente. El capitán me miró.

– ¿Herr Gunther?

Asentí y le dije en ruso que la chica solamente hablaba alemán.

– Pensará que soy un hijo de puta si usted y yo hablamos solo una lengua que ella no entiende.

El capitán Rustaveli me miró fríamente y durante unos segundos me pregunté si algo habría marchado mal y Belinsky no le habría dejado claro a aquel oficial soviético que nuestro arresto era fingido.

– Muy bien -dijo después de un momento que duró mucho-. Sin embargo, por lo menos tendremos que cumplir con las formalidades de un interrogatorio. ¿Puedo ver sus papeles, Herr Gunther?

Por su acento supe que era georgiano; como el camarada Stalin.

Introduje la mano en la chaqueta y le di mi carné de identidad, en el cual, siguiendo la sugerencia de Belinsky, había metido dos billetes de cien dólares mientras íbamos en el furgón. Rustaveli deslizó rápidamente el dinero en el bolsillo del pantalón sin ni siquiera parpadear y por el rabillo del ojo vi cómo la boca de Lotte Hartmann se abría tanto que la mandíbula inferior le llegaba a las rodillas.

– Muy generoso -murmuró dándole la vuelta a mi carné de identidad entre sus peludos dedos. Luego abrió una carpeta que llevaba escrito mi nombre-, aunque era totalmente innecesario, se lo aseguro.

– Tenemos que pensar en los sentimientos de la señorita, capitán. No querría usted que decepcionara sus prejuicios,¿verdad?

– Por supuesto que no. Es una chica guapa, ¿no le parece?

– Mucho.

– Una puta, ¿no cree?

– Eso o algo que se le acerca mucho. Solo es una suposición, claro, pero diría que es del tipo de las que les gusta despojar a un hombre de bastante más que diez schillings y su ropa interior.

– No del tipo para enamorarse de ella, ¿eh?

– Sería como poner la verga en un yunque.

Hacía calor en el despacho de Rustaveli y Lotte empezó a darse aire con la chaqueta, dejando que el ruso entreviera su amplio escote.

– No sucede a menudo que un interrogatorio sea tan divertido -dijo Rustaveli, y mirando los papeles añadió-: Tiene unas tetas bonitas. Es una evidencia que respeto sinceramente.

– Supongo que a ustedes los rusos les resulta mucho más fácil mirarla.

– Bueno, sea lo que sea lo que quieran lograr con este número que hemos montado, espero que al final ella consiga lo que quiera. No puedo imaginar una razón mejor para tomarnos todo este trabajo. Yo, es que tengo una enfermedad sexual: se me hincha la verga cada vez que veo una mujer.

– Me parece que eso le convierte en un ruso bastante típico.

Rustaveli sonrió, irónico.

– Por cierto, habla usted un ruso excelente, Herr Gunther… para ser alemán.

– Lo mismo digo, capitán… para ser georgiano. ¿De dónde es?

– De Tbilisi.

– ¿El lugar de nacimiento de Stalin?

– No, gracias a Dios. Esa desgracia le corresponde a Gori. -Rustaveli cerró mi carpeta-. Esto debería ser suficiente para impresionarla, ¿no le parece?

– Sí.

– ¿Qué le digo?

– Que tiene información de que es una puta -expliqué-, así que no está muy dispuesto a dejarla ir. Pero luego me deja que yo lo convenza.

– Bien, todo parece estar en orden, Herr Gunther -dijo Rustaveli, volviendo a hablar alemán-. Mis disculpas por haberlo detenido. Puede marcharse.

Me devolvió el carné de identidad, me levanté y me dirigí a la puerta.

– ¿Y qué pasa conmigo? -gimió Lotte.

Rustaveli negó con la cabeza.

– Me temo que usted tendrá que quedarse, Fräulein. El médico de la brigada Antivicio vendrá enseguida. Parahacerle unas preguntas sobre su trabajo en el Oriental.

– Pero soy crupier -gimió-, no una chocolatera.

– No es esa la información que tenemos.

– ¿Qué información?

– Su nombre ha sido mencionado por otras chicas.

– ¿Qué otras chicas?

– Prostitutas, Fräulein. Es posible que tenga que someterse a un examen médico.

– ¿Un examen médico? ¿Para qué?

– Para ver si tiene alguna enfermedad venérea, claro.

– ¿Una enfermedad venérea?

– Capitán Rustaveli -dije por encima del agudo grito de ofendida indignación de Lotte-, puedo responder por esta señorita. No diría que la conozco muy bien, pero sí lo bastante para declarar categóricamente que no es una prostituta.

– Bueno… -dijo dubitativo.

– Déjeme que le pregunte: ¿parece una prostituta?

– Francamente, todavía tengo que encontrar una chica austríaca que no se esté vendiendo. -Cerró los ojos un segundo y luego negó con la cabeza-. No puedo ir contra el protocolo. Son cargos graves. Muchos soldados rusos han resultado contagiados.

– Por lo que yo recuerdo, el Oriental, donde ha sido arrestada Fräulein Hartmann, queda fuera de la jurisdicción del Ejército Rojo. Tenía la impresión de que sus hombres tienen tendencia a ir al Moulin Rouge en la Walfischgasse.

Rustaveli frunció los labios y se encogió de hombros.

– Eso es verdad, pero con todo…

– Quizá si volviera a reunirme con usted, capitán, podríamos hablar de la posibilidad de que yo compensara al Ejército Rojo por cualquier molestia debida a no cumplir el protocolo. Entretanto, ¿querría aceptar mi garantía personal de la reputación de la señorita?

Rustaveli se frotó la barba, pensativo.

– De acuerdo -dijo-, su garantía personal. Pero recuerde, tengo sus direcciones. Siempre pueden ser arrestados de nuevo.

Se volvió hacia Lotte Hartmann y le dijo que también estaba libre para marcharse.

– Gracias a Dios -musitó ella con un suspiro, y se puso en pie de un salto.

Rustaveli hizo un gesto al kapral que hacía guardia al otro lado de la sucia puerta cristalera y luego le ordenó quenos escoltara hasta el exterior del edificio. Luego dio un taconazo y se disculpó por «el error», tanto para beneficio de su kapral como para cualquier efecto que pudiera tener en Lotte Hartmann.

Ella y yo seguimos al kapral de vuelta a la escalinata, oyendo el eco de nuestros pasos en el ornamentado trabajo que adornaba la cornisa del alto techo, y a través de las puertas de cristal en forma de arco hasta la calle donde el kapral, inclinándose en el bordillo de la acera, escupió abundantemente en la calzada.

– Un error, ¿eh? -soltó una risa amarga-. Miren bien lo que digo, yo seré el que cargue con las culpas.

– Confío en que no -dije, pero el hombre se limitó a encogerse de hombros, se encasquetó el gorro de piel de carnero y volvió a entrar con andares cansinos en el cuartel.

– Supongo que tendría que darle las gracias -dijo Lotte abrochándose el cuello de la chaqueta.

– Olvídelo -dije, y empecé a dirigirme hacia el Ring. Vaciló un momento y luego echó a andar detrás de mí.

– Espere un momento -dijo.

Me detuve y la miré. Vista de frente su cara era aún más atractiva que de perfil porque la longitud de la nariz era menos visible. Y no era fría en absoluto. Belinsky se había equivocado, confundiendo el cinismo con la indiferencia hacia todo. En realidad, pensé que parecía capaz de tentar a los hombres, aunque toda una noche observándola en el Casino había dejado sentado que era probablemente una de esas mujeres insatisfactorias que ofrecen intimidad solo para retirarla en una etapa posterior.

– ¿Sí? ¿Qué sucede?

– Mire, ha sido usted muy amable -dijo-, pero ¿le importaría acompañarme a casa? Es muy tarde para que una chica decente ande por las calles y dudo que pueda encontrar un taxi a estas horas de la noche.

Me encogí de hombros y miré la hora.

– ¿Dónde vive?

– No está muy lejos. En el Bezirk 3, en el sector británico.

– Está bien. -Suspiré con una notoria falta de entusiasmo-. Adelante.

Fuimos hacia el este, por calles que estaban tan silenciosas como la casa de unos terciarios franciscanos.

– No me ha explicado por qué me ha ayudado -dijo, rompiendo el silencio al cabo de un rato.

– Me gustaría saber si eso es lo que dijo Andrómeda cuando Perseo la salvó del monstruo marino.

– Su heroísmo parece un poco menos evidente, Herr Gunther.

– No se deje engañar por mis modales -le contesté-. Tengo un cajón lleno de medallas en la casa de empeños.

– Así que tampoco es un tipo sentimental.

– No, me gusta el sentimiento. Queda bien en las labores de costura y en las postales de Navidad. Solo que no se graba demasiado bien en los ivanes. O puede que no estuviera usted mirando.

– Claro que estaba mirando. Fue admirable la manera en que lo manejó. No sabía que se podía untar así a los ivanes.

– Solo hay que conocer el punto exacto del eje. El kapral habría estado demasiado asustado para aceptar nada y un mayor habría sido demasiado orgulloso. Eso sin mencionar que ya conocía a nuestro capitán Rustaveli cuando solo era simplemente el teniente Rustaveli y él y su novia cogieron una gonorrea y les conseguí penicilina de la buena, que me agradeció muchísimo.

– No tiene aspecto de ser un estraperlista.

– No tengo aspecto de estraperlista; no tengo aspecto de héroe. ¿Qué es usted, la directora de reparto de Warner Brothers?

– Ya me gustaría -murmuró-. Además, ha sido usted quien ha empezado. Le ha dicho a aquel iván que yo no tenía aspecto de chocolatera. Viniendo de usted, diría que casi suena a cumplido.

– Como le he dicho, la he visto en el Oriental, y no vendía nada más que mala suerte. Por cierto, confío en que sea una buena jugadora de cartas, porque se supone que tengo que volver y darle algo al iván por su libertad. Suponiendo que quiera seguir fuera de chirona.

– ¿Cuánto será?

– Unos doscientos dólares tendrían que bastar.

– ¿Doscientos? -Sus palabras resonaron por toda la Schwarzenbergplatz mientras pasábamos al lado de una enorme fuente y cruzábamos a Rennweg-. ¿De dónde voy a sacar toda esa pasta?

– Del mismo sitio de dónde sacó ese bronceado y esa bonita chaqueta, supongo. Si eso falla, siempre puedeinvitarlo al club y pasarle un par de ases por debajo de la mesa.

– Lo haría si fuera tan buena, pero no lo soy.

– Mala suerte.

Se quedó en silencio durante un momento mientras le daba vueltas al asunto.

– Quizá podría convencerlo para que se conformara con menos. Después de todo, parece que habla muy bien ruso.

– Quizá -admití.

– Supongo que no serviría de mucho ir a los tribunales para defender mi inocencia, ¿verdad?

– ¿Con los ivanes? -solté una estridente carcajada-. También podría apelar a la diosa Kali.

– No, tampoco yo lo creía.

Pasamos un par de calles laterales y luego nos detuvimos frente a un edificio de pisos junto a un pequeño parque.

– ¿Le gustaría subir a tomar algo? -Rebuscó en el bolso hasta encontrar la llave-. Yo necesito una copa.

– Yo hasta la lamería de la alfombra -dije, y la seguí cruzando la puerta y escaleras arriba hasta un piso acogedor y bien amueblado.

No era posible ignorar que Lotte Hartmann era atractiva. A algunas mujeres, las miras y calculas con cuánto tiempo estarías dispuesto a conformarte. Por lo general, cuanto más guapa es la chica, con menos tiempo piensas que estarías satisfecho. Bien mirado, una mujer verdaderamente atractiva tendría que dar cabida a muchos deseos similares. Lotte era el tipo de chica con quien yo habría estado dispuesto a aceptar cinco minutos ardientes y sin trabas. Sólo cinco minutos para que te dejara hacer lo que tú y tu imaginación quisierais. No era pedir demasiado. Tal como iban las cosas, parecía que me habría concedido bastante más que cinco minutos. Puede que incluso una hora entera. Pero yo estaba muerto de cansancio y quizá bebí demasiado de su excelente whisky para prestar suficiente atención a la forma en que se mordía el labio inferior y me contemplaba a través de aquellas pestañas de viuda negra. Probablemente se suponía que me quedaría tumbado tranquilamente con el morro descansando en su falda, de una convexidad impresionante, y dejaría que doblara mis enormes orejotas caídas; solo que acabé dormido en el sofá.

22

Cuando me desperté entrada la mañana, garabateé mi dirección y mi teléfono en un trozo de papel y, dejando a Lotte dormida en la cama, cogí un taxi y volví a la pensión. Allí me lavé, me cambié de ropa y tomé un copioso desayuno, que hizo mucho para que me recuperara. Estaba leyendo el matutino Wiener Zeitung cuando sonó el teléfono.

Una voz de hombre, con apenas un ligero acento vienés, me preguntó si hablaba con Herr Bernhard Gunther. Cuando me identifiqué, la voz dijo:

– Soy un amigo de Fräulein Hartmann. Me ha dicho que fue muy amable al ayudarla a salir de una situación incómoda ayer noche.

– Todavía no está del todo fuera -dije.

– Exacto. Confiaba en que nos podríamos ver y hablar del asunto. Fräulein Hartmann mencionó la suma de doscientos dólares para ese capitán ruso. Y también que usted se ofreció para actuar como intermediario.

– ¿De verdad? Supongo que debí hacerlo.

– Confiaba en poder darle el dinero para entregarle a ese maldito individuo. Y me gustaría poder darle las gracias a usted, personalmente.

Estaba seguro de que era König, pero me quedé callado durante un momento, porque no quería parecer demasiado ansioso por conocerlo.

– ¿Sigue ahí?

– ¿Dónde le parece que nos encontremos? -dije con desgana.

– ¿Conoce el Amalienbad, en la Reumannplatz?

– Lo encontraré.

– ¿Digamos dentro de una hora? ¿En los baños turcos?

– De acuerdo. Pero ¿cómo lo reconoceré? Ni siquiera me ha dicho su nombre todavía.

– No, no lo he hecho -dijo misterioso-, pero silbaré esta melodía.

Y se puso a silbarla del principio al final.

– Bella, bella, bella, Marie -dije, reconociendo una melodía que había oído por todas partes hacía unos meses.

– Exactamente -dijo el hombre, y colgó.

Parecía un sistema de reconocimiento curiosamente conspiratorio, pero me dije que si era König, tenía buenas razones para ser cauto.

El Amalienbad estaba en el Bezirk 10, en el sector ruso, lo cual significaba coger un 67 hacia el sur por la Favoritenstrasse. El distrito era un barrio obrero con gran cantidad de fábricas sucias y viejas, pero los baños municipales de la Reumannplatz ocupaban un edificio de siete plantas de construcción relativamente moderna y, sin que pareciera exagerado, se anunciaban como los baños más grandes y modernos de Europa.

Pagué por un baño y una toalla y, después de cambiarme, fui a buscar la sauna de hombres. Estaba al otro extremo de una piscina tan grande como un campo de fútbol y ocupada solo por unos pocos vieneses que, envueltos en sus toallas-sábana, se esforzaban por eliminar a través del sudor parte del peso que tan fácil era ganar en la capital de Austria. A través del vapor, al fondo de la sala revestida de azulejos pálidos, oí que alguien silbaba de forma intermitente. Me dirigí al lugar de donde llegaba la melodía y la repetí mientras me acercaba.

Llegué hasta la figura sentada de un hombre con un cuerpo uniformemente blanco y una cara uniformemente morena; casi parecía como si se la hubiera ennegrecido, como Jolson, pero la disparidad de color era, claro, un recuerdo de sus recientes vacaciones de esquí.

– Odio esa melodía -dijo-, pero Fräulein Hartmann no para de tararearla y no se me ocurrió otra cosa. ¿Herr Gunther?

Asentí, circunspecto, como si hubiera ido a regañadientes.

– Permítame que me presente. Me llamo König.

Nos estrechamos la mano y me senté a su lado.

Era un hombre fornido, con cejas oscuras y espesas y un bigote grande y exuberante; parecía como si alguna rara especie de marta se hubiera escapado de un clima más frío y septentrional para refugiarse en su labio superior. Cayéndole por encima de la boca, aquella pequeña cibelina completaba una expresión enteramente lúgubre, que empezaba en los melancólicos ojos castaños. Era casi exactamente como Becker lo había descrito, salvo por la ausencia del perrito.

– Confío en que le gusten los baños turcos, Herr Gunther.

– Sí, cuando están limpios.

– Entonces ha sido una suerte que haya escogido este -dijo- en lugar del Dianabad. Claro que el Dianabad ha sufrido daños por los bombardeos, pero parece atraer, además, bastantes más incurables y otras variedades de seres humanos inferiores de lo que le corresponde. Van por las piscinas termales que hay allí. Si te metes en ellas ya sabes a lo que te arriesgas. Puede que entres con eczema y salgas con sífilis.

– No suena muy sano.

– Quizá esté exagerando un poco -dijo König con una sonrisa-. No es usted de Viena, ¿verdad?

– No, soy de Berlín, voy y vengo de un sitio al otro.

– ¿Qué tal está Berlín en este momento? Por lo que se oye, la situación empeora. La delegación soviética abandonó la Comisión de Control, ¿no es así?

– Sí -dije-, dentro de poco la única forma de entrar o salir será por medio del transporte aéreo militar.

König chasqueó la lengua y se frotó el peludo pecho cansinamente.

– Comunistas -suspiró-, eso es lo que pasa cuando se hacen tratos con ellos. Fue terrible lo que sucedió en Potsdam y Yalta. Los norteamericanos dejaron que los ivanes cogieran lo que quisieran. Un gran error, que hace que otra guerra sea prácticamente segura.

– Dudo que nadie tenga estómago para otra -dije, repitiendo la misma idea que había usado con Neumann en Berlín. Era una reacción casi automática por mi parte, pero creía sinceramente que era verdad.

– Todavía no, quizá. Pero la gente olvida y con el tiempo… -Se encogió de hombros-. ¿Quién sabe qué puede pasar? Hasta entonces, seguimos con nuestras vidas y con nuestros asuntos, haciéndolo lo mejor que sabemos.

Durante un momento se frotó el cuero cabelludo furiosamente. Y luego dijo:

– ¿A qué se dedica? Solo lo pregunto porque espero que haya algún modo de que pueda pagarle la ayuda que le prestó a Fraülein Hartmann. Por ejemplo, facilitarle algún negocio.

Negué con la cabeza.

– No es necesario. Si de verdad quiere saberlo, trabajo en importación y exportación. Pero, para serle franco, Herr König, la ayudé porque me gustaba mucho su perfume.

Asintió comprensivo.

– Es bastante natural. Es encantadora. -Pero lentamente, el arrobamiento dejó paso a la perplejidad-. Algo extraño, no obstante, ¿no le parece? El que los cogieran a los dos de esa manera.

– No puedo responder por su amiga, Herr König, pero en mi trabajo siempre hay rivales que estarían muy contentos de verme desaparecer. Un riesgo profesional, podríamos decir.

– Por lo que dice Fräulein Hartmann, parece estar usted a la altura de ese riesgo. Me ha contado que manejó a aquel capitán ruso con mucha habilidad. Además, a ella le impresionó mucho que hablara ruso.

– Fui prisionero de guerra en un campo de concentración en Rusia -dije.

– Claro, eso lo explica todo. Pero, dígame, ¿cree que ese ruso hablaba en serio, que había cargos contra Fräulein Hartmann?

– Me temo que hablaba muy en serio.

– ¿Tiene alguna idea de dónde puede haber sacado esa información?

– Tan poca como de dónde sacó mi nombre. Puede que haya alguien que tenga algo contra la señorita.

– Quizá podría usted averiguar quién. Estaría dispuesto a pagarle.

– No me dedico a eso -dije negando con la cabeza-. Lo más probable es que fuera un chivatazo anónimo, hecho, posiblemente, por rencor. Estaría tirando el dinero. Si sigue mi consejo, le dará al iván lo que quiere y saldará la cuenta. Doscientos no es un soborno tan caro para borrar un nombre de los ficheros. Y cuando los ivanes deciden dejar de azuzar al perro contra la perra, es mejor saldar la cuenta sin crear problemas.

König sonrió y luego asintió.

– Puede que tenga razón -dijo-, pero, ¿sabe?, se me ha ocurrido que usted y ese iván pueden estar juntos en esto. Después de todo sería una bonita manera de sacar dinero, ¿no? El ruso le aprieta las tuercas a alguien inocente y ustedse ofrece inmediatamente como intermediario. -Iba asintiendo al contemplar la sutileza de su propio plan-. Sí, podría ser muy provechoso para alguien con los antecedentes adecuados.

– Siga, siga -dije riendo-. Quizá pueda hacer que el olmo dé peras.

– Pero admitirá que es posible.

– Todo es posible en Viena. Pero si quiere creer que trato de engañarlo por doscientos miserables dólares, es asunto suyo. Puede que no se haya dado cuenta, König, de que fue su amiguita la que me pidió que la acompañara a casa y usted quien me pidió que viniera aquí. Francamente, tengo cosas mejores a que dedicarme.

Me levanté e hice ademán de marcharme.

– Por favor, Herr Gunther -dijo-, acepte mis disculpas. Tal vez me estaba dejando llevar por la imaginación. Pero tengo que confesar que todo este asunto me tiene intrigado. Y es que, incluso en el mejor de los casos, me vuelvo suspicaz respecto a tantas cosas como pasan hoy.

– Bueno, eso suena a buena receta para los tiempos que corren -dije volviéndome a sentar.

– En mi trabajo, vale la pena ser un poco desconfiado.

– ¿Y qué clase de trabajo es ese?

– Antes estaba en publicidad, pero es un negocio odioso y poco gratificante, lleno de gente con una mente muy pequeña sin ninguna visión. Disolví mi empresa y me dediqué a la investigación económica. La circulación de una información precisa es esencial en todas las áreas del comercio. Pero es algo que hay que tratar con cierto grado de cautela. Los que quieren estar bien informados primero tienen que equiparse con una buena dosis de duda. La duda engendra preguntas y las preguntas requieren respuestas. Estas cosas son esenciales para el crecimiento de cualquier nueva empresa y las nuevas empresas son esenciales para el desarrollo de una nueva Alemania.

– Habla como un político.

– La política… -dijo con una sonrisa cansada, como si el tema fuera demasiado infantil para considerarlo- es algosecundario respecto a lo principal.

– ¿Que es…?

– El comunismo contra el mundo libre. El capitalismo es nuestra única esperanza de resistir a la tiranía soviética, ¿no está de acuerdo?

– No soy amigo de los ivanes -dije-, pero el capitalismo viene con sus propios fallos.

Pero König apenas escuchaba.

– Hicimos la guerra equivocada -dijo-, contra el enemigo equivocado. Teníamos que haber luchado contra los soviéticos, y solo contra ellos. Ahora los estadounidenses lo saben. Saben el error que cometieron dejando las manos libres a Rusia en el este de Europa. Y no están dispuestos a dejar que pase lo mismo con Alemania o Austria.

Flexioné los músculos en el calor y bostecé cansadamente. König estaba empezando a aburrirme.

– ¿Sabe? -dijo-, a mi empresa podría resultarle útil un hombre de su talento. Un hombre con sus antecedentes. ¿En qué sección de las SS estuvo?

Al observar la sorpresa que debió de aparecer en mi cara, añadió:

– La cicatriz que tiene debajo del brazo. No hay duda de que tenía mucho interés en hacer desaparecer el tatuaje de las SS antes de que lo capturaran los rusos.

Levantó el brazo para revelar una cicatriz casi idéntica en su axila.

– Estaba en la Inteligencia Militar, la Abwehr, al acabar la guerra -expliqué-, no en las SS. Eso fue mucho antes.

Pero había acertado respecto a la cicatriz, resultado de una quemadura atrozmente dolorosa que me hice, para borrar el tatuaje, con el fogonazo a quemarropa de una automática disparada debajo del brazo, en su parte superior. Era aquello o arriesgarme a ser descubierto y condenado a muerte a manos de la NKVD.

König, por su parte, no ofreció ninguna explicación para la eliminación de su tatuaje. En lugar de ello, pasó a extenderse en su oferta de empleo.

Era mucho más de lo que había esperado. Pero debía seguir teniendo cuidado; solo hacía unos minutos que prácticamente me había acusado de estar confabulado con el capitán Rustaveli.

– No es que trabajar para otro me dé tres patadas en el hígado ni nada de eso -dije-, pero en este momento tengo otra botella por acabar. -Me encogí de hombros-. Quizá cuando esté vacía… ¿quién sabe? Pero gracias de todos modos.

No pareció ofenderse por que rechazara su oferta y se limitó a encogerse de hombros con resignación.

– ¿Dónde puedo encontrarlo si cambio de opinión?

– Fräulein Hartmann, en el Casino Oriental, sabrá cómo ponerse en contacto conmigo. -Cogió un periódico doblado de al lado de su muslo y me lo dio-. Ábralo con cuidado cuando esté fuera. Hay dos billetes de cien dólares para liquidar la cuenta del iván y otro más para usted por las molestias.

En aquel momento gimió y se puso las manos sobre los carrillos, mostrando unos incisivos y unos caninos que eran tan uniformes como una hilera de botellas de leche. Al observar el gesto de mis cejas y tomando mi extrañeza por interés, explicó que estaba bien, pero que hacía poco que le habían colocado dos placas dentales.

– Parece que no consigo acostumbrarme a tenerlas en la boca -dijo, y permitió brevemente que el gusano ciego y lento de su lengua se deslizara a lo largo de las galerías superior e inferior de su mandíbula-. Y cuando me miro en un espejo, es como encontrarme con un perfecto extraño que me devuelve la sonrisa. Muy desconcertante. -Suspiró y meneó la cabeza con tristeza-. Una verdadera lástima. Yo que siempre había tenido unos dientes tan perfectos.

Se levantó, ajustándose la sábana alrededor del pecho, y luego me estrechó la mano.

– Ha sido un placer conocerlo, Herr Gunther -dijo con el natural encanto vienés.

– No, el placer ha sido todo mío -repliqué.

König soltó una risita.

– Acabaremos haciendo todo un austríaco de usted, amigo mío.

Luego se marchó, desapareciendo entre el vapor, silbando la misma melodía enloquecedora.

23

No hay nada que les guste más a los vieneses que estar en lugares «acogedores». Tratan de recrear este ambiente cordial en bares y restaurantes, con el acompañamiento de un cuarteto de música formado por un contrabajo, un violín, un acordeón y una cítara, un extraño instrumento que se parece a una caja de bombones vacía con treinta o cuarenta cuerdas que se tañen como las de una guitarra. Para mí, esta combinación omnipresente encarna todo lo falso de Viena, igual que el sentimiento almibarado y la cortesía afectada. Me hacía sentir «acogido», solo que se trataba de la clase de acogimiento que experimentarías una vez embalsamado, sellado dentro de un ataúd forrado de plomo y pulcramente depositado en uno de esos mausoleos de mármol que hay en el Cementerio Central.

Estaba esperando a Traudl Braunsteiner en el Herrendorf, un restaurante de la Herrenstrasse. Era ella quien había escogido el lugar, pero se retrasaba. Cuando por fin llegó, tenía la cara roja porque había venido corriendo y también debido al frío.

– Tiene un aire muy poco tranquilizador, ahí sentado entre las sombras -dijo sentándose a la mesa.

– Hago todo lo que puedo -respondí-. Nadie quiere un detective que parece un honrado cartero rural. Permanecer en penumbra es bueno para el trabajo.

Llamé al camarero y encargamos la comida.

– Emil está disgustado porque no ha ido a verlo últimamente -dijo Traudl, dejando a un lado el menú.

– Si quiere saber qué he estado haciendo, dígale que le enviaré la cuenta por poner suelas nuevas a los zapatos. Herecorrido a pie esta maldita ciudad de una punta a la otra.

– Ya sabe que el juicio es la semana próxima, ¿verdad?

– No es probable que lo olvide, sobre todo con Liebl llamándome casi a diario.

– Tampoco es fácil que Emil lo olvide.

Habló en voz baja, evidentemente alterada.

– Lo siento -dije-, he dicho algo estúpido. Mire, tengo buenas noticias. Por fin, he hablado con König.

La cara se le iluminó de entusiasmo.

– ¿De verdad? -dijo-. ¿Dónde? ¿Cuándo?

– Esta mañana, en el Amalienbad.

– ¿Qué le ha dicho?

– Quería que trabajara para él. Me parece que quizá no sería mala idea, como medio para estar lo bastante cerca de él para descubrir algún tipo de prueba.

– ¿No podría decirle a la policía dónde está para que lo arresten?

– ¿Con qué cargos? -dije encogiéndome de hombros-. En lo que respecta a la policía, ya tienen a su hombre. De cualquier modo, incluso si los convenciera para que lo detuvieran, König no sería tan fácil de atrapar. Los norteamericanos no pueden entrar en el sector ruso y arrestarlo, aunque quisieran hacerlo. No, lo mejor para Emil es que yo me gane la confianza de König lo más rápidamente posible. Por eso he rechazado su oferta.

Traudl se mordió el labio, exasperada.

– Pero ¿por qué? No lo entiendo.

– Tengo que asegurarme de que König crea que no quiero trabajar para él. Desconfiaba un poco de la forma en queyo había conocido a su novia. Así pues, esto es lo que quiero hacer. Lotte trabaja como crupier en el Oriental. Quiero que me dé algo de dinero para perderlo allí mañana por la noche. Suficiente para que parezca que me he quedado limpio, lo cual me daría una razón para replantearme la oferta de König.

– Esto cuenta como gastos justificados, ¿no?

– Me temo que sí.

– ¿Cuánto?

– Tres o cuatro mil schillings será suficiente.

Lo pensó un momento y luego llegó el camarero con una botella de Riesling. Cuando nos hubo llenado los vasos, Traudl tomó un sorbo del vino y dijo:

– De acuerdo. Pero con una única condición: que yo esté allí para ver cómo los pierde.

A juzgar por el gesto de su mentón comprendí que estaba totalmente decidida.

– Supongo que no serviría de mucho que le recordara que podría resultar peligroso. No es igual que si me pudiera acompañar. No puedo dejar que me vean con usted, por si alguien la reconoce como la chica de Emil. Si este no fuera un sitio tan tranquilo, habría insistido en que nos reuniéramos en su casa.

– No se preocupe por mí -dijo con firmeza-. Le trataré como si fuera transparente como el cristal.

Intenté volver a hablar, pero se tapó los oídos con las manos.

– No, no voy a escuchar nada más. Voy a ir y no hay nada más que decir. Está loco si cree que voy a darle más de cuatro mil schillings, así por las buenas, sin vigilar qué pasa con ellos.

– No le falta razón.

Fijé la mirada en el transparente círculo de vino que había en mi vaso y luego dije:

– Lo quiere usted mucho, ¿verdad?

Traudl tragó saliva y asintió con convicción. Al cabo de una breve pausa añadió:

– Estoy esperando un hijo suyo.

Suspiré y traté de pensar en algo que la animara.

– Mire -murmuré-, no se preocupe. Lo sacaremos de este lío. No hay necesidad de arrastrarnos por el suelo como cucarachas; venga, levante ese ánimo. Todo saldrá bien, para usted y para el bebé, estoy seguro.

«Un discurso bastante inadecuado y carente de convicción», pensé.

Traudl sacudió la cabeza y sonrió.

– Estoy bien, de verdad. Solo estaba pensando que la última vez que estuve aquí fue con Emil, cuando le dije que estaba embarazada. Veníamos mucho aquí. Nunca tuve intención de enamorarme de él, ¿sabe?

– Nadie la tiene -dije observando que tenía la mano encima de la suya-. Es algo que pasa porque sí. Como un accidente de coche.

Pero al mirarla a la cara menuda y delicada, no estaba muy seguro de estar de acuerdo con lo que decía. Su tipo de belleza no era de los que se borran al contacto con la almohada, sino del que haría que un hombre se sintiera orgulloso de que su hijo tuviera una madre así. Comprendí cuánto le envidiaba aquella mujer a Becker, cuánto me habría gustado, a mí también, enamorarme de ella si hubiera tenido esa suerte. Le solté la mano y encendí rápidamente un cigarrillo para ocultarme detrás del humo.

24

La noche siguiente me encontró huyendo de su frío cortante con indicios de nieve, aunque el calendario indicaba algo menos inclemente, para meterme en la cálida, lujuriosa y viciada atmósfera del Casino Oriental, con los bolsillos repletos de fajos de billetes, el dinero fácil de Emil Becker.

Compré un montón de fichas del valor más alto y luego fui hasta el bar para esperar la llegada de Lotte a una de las mesas de juego. Después de pedir una copa, lo único que tenía que hacer era alejar a las animadoras y chocolateras que zumbaban a mi alrededor, decididas a hacerme compañía, a mí y a mi cartera, lo que me hizo apreciar con más precisión qué debe significar ser el culo de un caballo en pleno verano. Ya habían dado las diez cuando apareció Lotte en una de las mesas y para entonces las pulsaciones de mi verga estaban empezando a ser más desganadas. Esperé unos cuantos minutos más, por guardar las apariencias, antes de llevarme el vaso hasta el tapete verde de Lotte y sentarme directamente frente a ella.

Lotte midió la pila de fichas que yo había ordenado pulcramente delante de mí y frunció los labios en un gesto igualmente pulcro.

– No creía que fuera un tipo extravagante -dijo, queriendo decir un jugador-. Pensaba que tenía más sentido común.

– Quizá sus dedos me traigan suerte -dije alegremente.

– Yo no contaría con ello.

– Bien, de acuerdo, lo tendré presente.

No soy nada especial como jugador de cartas. Ni siquiera podría decir cómo se llamaba el juego en el que participaba. Así que fue con una considerable sorpresa como, al cabo de veinte minutos de juego, descubrí que casi había doblado mi fondo original de fichas. Me parecía de una lógica perversa que tratar de perder dinero a las cartas fuera igual de difícil que tratar de ganarlo.

Lotte me dio cartas del mazo y volví a ganar. Al levantar la vista de la mesa observé a Traudl sentada frente a mí, jugando con una pequeña pila de fichas. No la había visto entrar en el club, pero a esas alturas había tanta gente que podía no haber visto a Rita Hayworth.

– Supongo que es mi noche de suerte -comenté para nadie en particular cuando Lotte empujó mis ganancias haciamí. Traudl se limitó a sonreír como si fuera un extraño para ella y se preparó para hacer su modesta apuesta.

Pedí otra bebida y, concentrándome al máximo, traté de hacer un intento para ser un auténtico perdedor, cogiendo carta cuando tenía que haberme plantado, apostando cuando tendría que haberlo dejado y tratando de soslayar la suerte en todas las oportunidades posibles. De vez en cuando, procuraba jugar de forma sensata para que lo que estaba haciendo fuera menos evidente. Pero al cabo de otros cuarenta minutos había conseguido perder todo lo que había ganado, así como la mitad de mi capital original. Cuando Traudl dejó la mesa, después de verme perder el suficiente dinero de su novio como para quedar satisfecha de que había sido usado para el propósito que le había dicho, apuré la copa y suspiré con exasperación.

– Parece que, después de todo, no es mi noche de suerte -dije sombrío.

– La suerte no tiene nada que ver con la forma en que juega -murmuró Lotte-. Solo espero que fuera más hábil en el acuerdo que hizo con aquel capitán ruso.

– No se preocupe por él, eso ya está resuelto. No tendrá ningún otro problema por ese lado.

– Me alegro.

Me jugué la última ficha, la perdí y luego me levanté de la mesa diciendo que quizá tendría que agradecerle a König su oferta de trabajo, después de todo. Con una sonrisa compungida, volví a la barra, donde pedí una copa y observé, durante un rato, a una chica en topless que danzaba una parodia de baile latinoamericano en la pista, al sonido metálico y espasmódico de la banda de jazz del Oriental.

No vi que Lotte dejara la mesa para hacer una llamada, pero al cabo de un rato König bajó por las escaleras del club. Iba acompañado por un pequeño terrier, que se mantenía pegado a sus talones, y por un hombre más alto y de aspecto más distinguido, que llevaba una chaqueta Schiller y la corbata de un club. El segundo hombre desapareció detrás de una cortina al fondo del club mientras König se dedicaba a la farsa de fingir que acababa de verme.

Vino hasta la barra, saludando con un gesto a Lotte y sacando un puro del bolsillo de arriba de su traje de tweed verde mientras se acercaba.

– Herr Gunther -dijo, sonriendo-, qué placer verlo de nuevo.

– Hola, König -dije-. ¿Cómo están los dientes?

– ¿Los dientes? -Su sonrisa se desvaneció como si le hubiera preguntado qué tal iba su chancro.

– ¿No se acuerda? -explicó-. El otro día me habló de las placas dentales.

La cara se le relajó.

– Es verdad. Están mucho mejor, gracias.

Volviendo a colocarse la sonrisa, añadió:

– Me han dicho que ha tenido mala suerte en las mesas.

– No, si hacemos caso a Fräulein Hartmann. Me ha dicho que la suerte no tenía nada que ver con mi modo de jugar a las cartas.

König acabó de encender su puro de cuatro schillings y soltó una risita.

– Entonces tiene que permitirme que lo invite a tomar algo. -Llamó al barman con un gesto y pidió un escocés para él y lo que yo estuviera bebiendo-. ¿Ha perdido mucho?

– Más de lo que puedo permitirme -dije tristemente-, unos cuatro mil schillings. -Vacié el vaso y lo empujé a través de la barra para que me lo volvieran a llenar-. Una estupidez, en realidad. No tendría que jugar nunca. No tengo ninguna aptitud para las cartas. Así que ahora estoy limpio. -Brindé por König en silencio y bebí otro trago de vodka-. Gracias a Dios, tuve el buen sentido de pagar la cuenta del hotel hace días. Aparte de eso, hay poco por lo que sentirme contento.

– Entonces tiene que permitirme que le enseñe algo -dijo.

Dio una fuerte calada al puro, soltó un gran anillo de humo por encima de la cabeza de su terrier y añadió:

– Es hora de fumar, Lingo. -Y a continuación y con gran diversión de su dueño, el animal empezó a dar saltos, husmeando entusiasmado el aire enriquecido por el humo como si fuera el más ansioso de los adictos a la nicotina.

– Es un buen truco -dije sonriendo.

– Oh, no es ningún truco -respondió König-. A Lingo le gusta un buen puro casi tanto como a mí. -Se inclinó ypalmeó la cabeza del perro-. ¿No es verdad muchacho?

El perro ladró en contestación.

– Bueno, comoquiera que lo llame, es dinero, no risas, lo que necesito en este preciso momento. Por lo menos, hasta que pueda volver a Berlín. ¿Sabe?, es una suerte que haya aparecido usted por aquí. Aquí estaba yo, sentado preguntándome cómo podría volver a abordar el tema de aquel trabajo que me ofreció.

– Mi querido amigo, cada cosa a su tiempo. Primero hay alguien a quien quiero que conozca. Es el barón Von Bolschwing y dirige una sección de la Liga Austríaca para las Naciones Unidas, aquí en Viena. Es una editorial llamada Österreichischer Verlag. Además es un viejo camarada y sé que le interesaría conocer a un hombre como usted.

Sabía que König se refería a las SS.

– No estará asociado con esa empresa de investigación suya, ¿verdad?

– ¿Asociado? Sí, asociado -admitió-. Una información precisa es esencial para un hombre como el barón.

Sonreí y meneé la cabeza, irónico.

– ¡Qué gran ciudad es esta para decir «una fiesta de despedida» cuando lo que de verdad se quiere decir es «una misa de réquiem»!. Su «investigación» suena muy parecido a mi «importación y exportación», Herr König: una elegante cinta alrededor de un pastel bastante corriente.

– No puedo creer que a alguien que sirvió en el Abwehr le resulten tan extraños estos necesarios eufemismos, Herr Gunther. No obstante, si así lo desea, pondré, como suele decirse, mis cartas sobre la mesa. Pero antes apartémonos de la barra.

Me llevó hasta una mesa tranquila y nos sentamos.

– La organización de la que soy miembro es, fundamentalmente, una asociación de oficiales alemanes, cuyo primer objetivo y propósito es reunir investigación… perdón, información secreta… sobre la amenaza que el Ejército Rojo representa para una Europa libre. Aunque pocas veces usamos el rango militar, funcionamos, no obstante, bajo una disciplina militar y seguimos siendo oficiales y caballeros. La lucha contra el comunismo es una lucha desesperada y hay veces en que tenemos que hacer cosas que quizá nos parezcan desagradables. Pero para muchos antiguoscamaradas que se esfuerzan por adaptarse a la vida civil, la satisfacción de continuar sirviendo a la creación de una nueva Alemania libre compensa tales consideraciones. Y, por supuesto, hay muchas y generosas recompensas.

Sonaba como si König hubiera dicho esas u otras palabras equivalentes en múltiples ocasiones. Empezaba a pensar que había más viejos camaradas de lo que yo podía imaginar cuyo esfuerzo por adaptarse a la vida civil quedaba solucionado por el sencillo expediente de seguir bajo cierta forma de disciplina militar. Dijo muchas más cosas, la mayoría de las cuales me entró por una oreja y me salió por la otra, y al cabo de un rato se acabó de un trago el resto de su bebida y dijo que si me interesaba su propuesta, entonces tendría que conocer al barón. Cuando le respondí que estaba muy interesado, asintió satisfecho y me condujo hacia una cortina de abalorios. Recorrimos un pasillo y luego subimos un tramo de escaleras.

– Estamos en el local de la sombrerería de al lado -explicó König-. El propietario es miembro de nuestra organización y nos lo presta para los reclutamientos.

Se detuvo ante una puerta y llamó suavemente con los nudillos. Después de oír un grito, me hizo entrar en una sala que solo estaba iluminada por la farola de la calle. Pero era suficiente para vislumbrar la cara del hombre sentado al lado de la ventana. Alto, delgado, bien rasurado, con el pelo oscuro que raleaba; le eché unos cuarenta años.

– Siéntese, Herr Gunther -dijo, y me señaló una silla al otro lado del escritorio.

Retiré la pila de sombrereras que había encima mientras König iba a sentarse en el ancho alféizar de la ventana.

– Herr König cree que podría ser usted adecuado como representante de nuestra compañía -dijo el barón.

– Quiere decir un agente, ¿verdad? -dije, y encendí un cigarrillo.

– Como prefiera. -Vi cómo sonreía-. Pero antes de que eso pueda suceder, tengo que averiguar algo más de su personalidad y sus circunstancias. Interrogarlo a fin de que podamos decidir el mejor uso que podemos darle.

– ¿Una especie de Fragebogen? Sí, lo comprendo.

– Empecemos con su pertenencia a las SS -dijo el barón.

Le conté todo sobre mi servicio con la Kripo y la RSHA y cómo me había convertido automáticamente en oficial de las SS. Le expliqué que había ido a Minsk como miembro del grupo de combate de Arthur Nebe pero que, como no tenía estómago para el asesinato de mujeres y niños, había pedido que me trasladaran al frente y cómo, en lugar de eso, me habían enviado a la Oficina de Crímenes de Guerra de la Wehrmacht. El barón me interrogó a fondo, pero con amabilidad; parecía el perfecto caballero austríaco. Salvo que había en él un aire de falsa modestia, un aspecto furtivo en sus gestos y un modo de hablar que parecía indicar algo de lo cual cualquier auténtico caballero no se habría sentido tan orgulloso.

– Hábleme de su servicio con la Oficina de Crímenes de Guerra.

– Eso fue entre enero de 1942 y febrero de 1944 -expliqué-. Tenía el rango de Oberleutnant y llevé a cabo investigaciones sobre las atrocidades tanto alemanas como rusas.

– ¿Y dónde era eso exactamente?

– Tenía la base en Berlín, en Blumeshof, frente al Ministerio de la Guerra. De vez en cuando me ordenaban que hiciera algún trabajo de campo. Específicamente en Crimea y Ucrania. Más tarde la OKW trasladó sus oficinas a Torgau debido a los bombardeos.

El barón exhibió una sonrisa desdeñosa y meneó la cabeza.

– Perdóneme -dijo-, es solo que no tenía ni idea de que existiera una institución así dentro de la Wehrmacht.

– No fue diferente de lo que había en el ejército prusiano durante la Gran Guerra -le expliqué-. Tienen que existir algunos valores humanitarios aceptados, incluso en tiempo de guerra.

– Supongo que sí -suspiró el barón, pero no parecía muy convencido-. De acuerdo, ¿qué pasó entonces?

– Con la escalada bélica, se hizo necesario enviar a todos los hombres hábiles al frente ruso. Me incorporé al cuerpo de ejército del general Schorner en el norte, en la Rusia blanca en febrero de 1944, ascendido a Hauptmann.Era oficial de Inteligencia.

– ¿En la Abwehr?

– Sí, hablaba bastante bien el ruso para entonces y también algo de polaco. El trabajo era sobre todo de interpretación.

– Y finalmente lo capturaron, ¿dónde?

– En Königsberg, en el este de Prusia, en abril de 1945. Me enviaron a las minas de cobre de los Urales.

– ¿Dónde exactamente de los Urales, si no le importa?

– En las afueras de Sverdlovsk. Allí es donde perfeccioné mi ruso.

– ¿Le interrogó la NKVD?

– Claro, muchas veces. Estaban muy interesados en cualquiera que hubiera sido oficial de Inteligencia.

– ¿Y qué les dijo?

– Sinceramente, todo lo que sabía. La guerra había acabado para entonces, así que no parecía tener mucha importancia. Naturalmente, les oculté mi anterior servicio en las SS y mi trabajo en la OKW. A los SS los llevaban a un campo separado donde los fusilaban o los convencían para que trabajaran para los soviéticos en el Comité de la Alemania Libre. Parece que es así como reclutaron a la mayoría de los policías de su zona. Y me atrevería a decir que de la Staatspolizei, aquí en Viena.

– Ciertamente. -Su tono sonaba irritado-. Siga, por favor, Herr Gunther.

– Un día nos dijeron a un grupo que íbamos a ser trasladados a Frankfurt del Oder. Eso debió ser en diciembre de 1946. Dijeron que nos iban a enviar a un campamento de reposo allí. Bueno, en el tren de transporte oí que un par de guardias decían que nos llevaban a una mina de uranio de Sajonia. Supongo que ninguno de los dos se dio cuenta de que yo hablaba ruso.

– ¿Recuerda el nombre de ese lugar?

– Johannesgeorgenstadt, en el Erzebirge, junto a la frontera checa.

– Gracias -dijo el barón secamente-. Sé donde está.

– Salté del tren en cuanto tuve una oportunidad, poco después de cruzar la frontera germano-polaca, y finalmente conseguí llegar a Berlín.

– ¿Estuvo en alguno de los campos para los prisioneros de guerra que regresaban?

– Sí, en Staaken. No estuve mucho tiempo, gracias a Dios. Las enfermeras no tenían muy buena opinión de nosotros, los ex prisioneros. En los únicos en que estaban interesadas era en los soldados estadounidenses. Por suerte,la Oficina de Bienestar Social del Ayuntamiento encontró a mi esposa en mi antigua dirección casi inmediatamente.

– Tuvo mucha suerte, Herr Gunther -dijo el barón-. En muchos aspectos. ¿No dirías lo mismo, Helmut?

– Como le he dicho, barón, Herr Gunther es un hombre de recursos -dijo König, acariciando a su perro distraídamente.

– Sí que lo es. Pero, dígame, Herr Gunther, ¿nadie le pidió informes sobre sus experiencias en la Unión Soviética?

– ¿Quién, por ejemplo?

Fue König quien respondió.

– Los miembros de nuestra organización han interrogado a muchos ex prisioneros a su vuelta -dijo-. Nuestra gente se presenta como asistentes sociales, historiadores, ese tipo de cosas.

Negué con la cabeza.

– Puede que si me hubieran soltado de forma oficial, en lugar de escaparme…

– Sí -dijo el barón-. Esa debe de ser la razón, en cuyo caso tiene que considerarse doblemente afortunado, Herr Gunther. Porque si hubiera sido liberado oficialmente, casi con toda certeza nos habríamos visto obligados a tomar la precaución de matarlo, a fin de proteger la seguridad de nuestro grupo. Verá, lo que dijo sobre los alemanes a los que se convencía para que trabajaran para el Comité para una Alemania Libre es absolutamente cierto. Eran esos traidores los primeros en ser liberados. Enviado a una mina de uranio en el Erzebirge como usted lo fue, ocho semanas es lo máximo que podía esperar vivir. Habría sido más fácil que los rusos lo mataran de un tiro. Así que, como ve, ahora podemos confiar en usted, sabiendo que a los rusos no les importó enviarle a la muerte.

El barón se levantó. Era evidente que el interrogatorio había concluido. Vi que era más alto de lo que yo había supuesto. König se bajó del alféizar y se puso a su lado.

Me levanté de la silla y estreché en silencio la mano que me ofrecía el barón y luego la de König. Entonces, König sonrió y me dio uno de sus puros.

– Amigo mío -me dijo-, bienvenido a la organización.

25

Durante los dos días siguientes, König se reunió conmigo en la sombrerería contigua al Oriental en varias ocasiones, para instruirme en los muchos y muy secretos métodos de trabajo de la Org. Pero primero tuve que firmar una solemne declaración comprometiéndome por mi honor de oficial alemán a no desvelar nada de las actividades encubiertas de la Org. La declaración también estipulaba que cualquier violación del secreto sería castigada severamente y König me dijo que sería aconsejable ocultar mi nuevo empleo no solo a cualquier amigo o pariente sino «incluso» -y esas fueron las palabras exactas- «incluso a nuestros colegas norteamericanos». Este y uno o dos comentarios más que hizo me llevaron a pensar que, en realidad, la Org estaba totalmente financiada por la Inteligencia estadounidense. Así que cuando acabó mi entrenamiento, considerablemente acortado debido a mi experiencia en la Abwehr, le exigí a Belinsky airadamente que habláramos lo antes posible.

– ¿Qué mosca te ha picado, boche? -dijo cuando nos reunimos en una mesa que yo había reservado en un rincón discreto del Café Schwarzenberg.

– Si me ha picado algo, ha sido porque me diste el mapa equivocado.

– ¿Ah sí? ¿Y cómo es eso? -dijo poniendo manos a la obra con uno de sus mondadientes con perfume a clavo.

– Lo sabes demasiado bien. König forma parte de una organización de inteligencia alemana montada por tu propia gente, Belinsky. Lo sé porque acaban de reclutarme. Así que o me pones al tanto de la situación o voy a la Stiftstrasse y explico que ahora estoy convencido de que a Linden lo asesinó una organización de espías alemanes patrocinada por los estadounidenses.

Belinsky miró alrededor suyo un momento y luego se inclinó hacia adelante sobre la mesa deliberadamente, abrazándola con sus enormes brazos como si tuviera intención de levantarla y dejarla caer sobre mi cabeza.

– No creo que sea una buena idea -dijo en voz baja.

– ¿No? Tal vez crees que puedes detenerme. Igual que detuviste a aquel soldado ruso. También podría mencionar eso de paso.

– También podría matarte, boche. No me resultaría muy difícil; tengo una pistola con silenciador. Podría matarte aquí y nadie se daría cuenta. Esa es una de las cosas buenas de los vieneses; tendrían las tazas llenas de salpicaduras de los sesos de alguien y seguirían procurando ocuparse de sus jodidos asuntos. -Soltó una risa entre dientes ante la idea y luego negó con la cabeza, impidiéndome hablar cuando yo intenté decir algo-. Pero ¿qué estamos diciendo? – dijo-. No hay necesidad de que nos peleemos. Ninguna necesidad en absoluto. Tienes razón. Quizá tendría que habértelo explicado antes, pero si te ha reclutado la Org, entonces sin duda te han obligado a firmar un compromiso de silencio. ¿Es así?

Asentí.

– Puede que no te lo tomes muy en serio, pero por lo menos puedes comprenderme cuando te digo que mi gobierno me exigió que firmara un compromiso similar y yo me lo tomo muy, pero que muy en serio. Solo ahora puedo confiar en ti plenamente, lo cual es una ironía; estoy investigando la misma organización en la que acabas de ingresar, y ese ingreso es el que me permite tratarte como alguien que ya no plantea un riesgo a la seguridad. ¿Qué tal te parece eso como ejemplo de una lógica disparatada?

– De acuerdo -dije-. Ya me has dado tu excusa. Ahora, ¿qué te parece si me cuentas toda la historia?

– Ya te he hablado del Crowcass antes, ¿verdad?

– ¿El Comité de Crímenes de Guerra? Sí.

– Veamos, ¿cómo te lo diría? La persecución de nazis y el empleo del personal de Inteligencia alemán no son exactamente ideas independientes. Desde hace tiempo, Estados Unidos ha estado reclutando antiguos miembros de la Abwehr para que espiaran a los soviéticos. Se formó una organización independiente en Pullach, encabezada por unoficial alemán de alto rango para reunir información para el CIC.

– ¿La Compañía de Utilización Industrial del Sur de Alemania?

– La misma. Cuando se formó la Org, tenía unas instrucciones explícitas sobre a quiénes podía reclutar. Se supone que es una operación limpia, ¿comprendes? Pero desde hace algún tiempo, sospechamos que la Org está reclutando a personal de las SS, el SD y la Gestapo, infringiendo su mandato original. Queríamos gente de Inteligencia, por todos los santos, no criminales de guerra. Mi tarea es averiguar el nivel de penetración que esa clase de personal fuera de la ley ha alcanzado dentro de la Org. ¿Me sigues?

Asentí.

– Pero ¿dónde encajaba el capitán Linden en todo esto?

– Como ya te he explicado, Linden trabajaba en los archivos. Es posible que su puesto en el Centro de Documentación de Estados Unidos le permitiera actuar como consultor para los miembros de la Org en lo tocante a los reclutamientos. Verificar las historias de la gente para ver si lo que contaban encajaba con lo que podía descubrirse de su hoja de servicios, ese tipo de cosas. Seguro que no tengo que decirte que la Org tiene mucho interés en evitar cualquier posible penetración por alemanes que ya han sido reclutados por los soviéticos en sus campos de prisioneros.

– Sí -dije-, eso ya me lo han explicado en términos muy claros.

– Quizá Linden incluso les asesoraba sobre quién valdría la pena reclutar. Pero esa es la parte sobre la que no estamos seguros. Eso y qué era el material que tu amigo Becker transportaba como correo.

– Puede que también les prestara algunos historiales cuando interrogaban a posibles fichajes que despertaban sus sospechas -sugerí.

– No, eso es algo imposible. La seguridad en el Centro es más impenetrable que la concha de una almeja. Verás, después de la guerra, al ejército le preocupaba mucho que vuestra gente tratara de recuperar el contenido del centro…o destruirlo. Por eso no hay modo de salir de allí con un montón de carpetas. Cualquier estudio de documentos debe hacerse in situ y justificarse.

– Entonces puede que Linden alterara algunos expedientes.

Belinsky negó con la cabeza.

– No, ya hemos pensado en eso y lo hemos verificado con el archivo original de cada uno de los expedientes que Linden había mirado. No hay señal alguna de que nada se retirara o destruyera. Parece que la mejor oportunidad que tenemos de averiguar en qué coño andaba metido Linden depende de tu pertenencia a la Org, boche. Por no hablar de que también es la mejor que tú tienes para descubrir algo que deje limpio a Becker.

– Casi se me ha acabado el tiempo para eso. El juicio es a principios de la semana que viene.

Belinsky se quedó pensativo.

– Quizá pueda ayudarte a acelerar las cosas con tus nuevos colegas. Si te proporcionara alguna información confidencial soviética de alto nivel, eso te situaría en una buena posición en la Org. Claro que tendría que ser un material que mi gente ya hubiera visto, pero eso es algo que los chicos de la Org no sabrían. Si, además, lo aliñara con la procedencia adecuada, haría que parecieras un espía muy bueno. ¿Qué tal te suena?

– Bien. Y ya que estás de un humor tan inspirado, me puedes ayudar a salir de otro lío. Cuando König acabó de instruirme en el uso del buzón secreto, me asignó mi primera misión.

– ¿De verdad? Bien. ¿Cuál es?

– Quieren que mate a la novia de Becker,Traudl.

– ¿Aquella enfermera tan bonita? -Parecía indignado de verdad-. ¿La del Hospital General? ¿Te dijeron por qué?

– Entró en el Casino Oriental para comprobar que perdía el dinero de su novio. Se lo advertí, pero no quiso escucharme. Supongo que eso los habrá puesto nerviosos o algo por el estilo.

Pero no era esa la razón que König me había dado.

– Con frecuencia se exige algún trabajo sucio al principio, como prueba de lealtad -explicó Belinsky-. ¿Te dijeroncómo hacerlo?

– Tengo que hacer que parezca un accidente -dije-. Así que, naturalmente, necesitaré sacarla de Viena lo más rápidamente posible. Y ahí es donde entras tú. ¿Puedes conseguir un permiso de viaje y un billete de ferrocarril para ella?

– Claro -dijo-, pero procura convencerla de que se lleve lo mínimo posible. La llevaremos en coche a través de la Zona y la meteremos en un tren en Salzburgo. Así podemos lograr que parezca que ha desaparecido, quizá muerto, lo cual te ayudaría, ¿no?

– Sobre todo, asegúrate de que deja Viena sin novedad -le dije-. Si alguien tiene que correr riesgos, prefiero ser yo que ella.

– Dejámelo a mí, boche. Me llevará unas horas arreglarlo, pero es como si la damita ya estuviera fuera de aquí. Te sugiero que vuelvas al hotel y esperes allí a que te lleve los papeles. Luego podemos ir a recogerla, en cuyo caso quizá sería mejor que no hablaras con ella antes. Puede que no quiera dejar que tu amigo Becker afronte sus problemas él solo. Sería mejor que pudiéramos recogerla y meterla en un coche directamente para llevárnosla de aquí. De esa manera, si decide protestar no será mucho lo que pueda hacer.

Después de que Belinsky se marchara para hacer los preparativos necesarios, me pregunté si se habría mostrado tan dispuesto a ayudar a Traudl a salir de Viena sin peligro si hubiera visto la fotografía que König me había dado. Me había dicho que Traudl Braunsteiner era agente del MVD. Conociéndola parecía totalmente absurdo, pero a cualquier otra persona, y sobre todo a un miembro del CIC, las cosas le habrían parecido mucho menos claras si hubiera visto la fotografia tomada en un restaurante de Viena, en la cual era evidente que Traudl estaba disfrutando de la compañía de un coronel ruso del MVD llamado Poroshin.

26

Había una carta de mi esposa esperándome cuando volví a la Pensión Caspian. Al reconocer la letra apretada, casi infantil, en el barato sobre de papel manila, arrugado y sucio después de un par de semanas sometido a los azares del servicio postal, la apoyé en la repisa de la chimenea de la sala y la contemplé fijamente durante un rato, recordando la carta que yo le había dejado a ella, igualmente apoyada en nuestra propia repisa de nuestro piso en Berlín, y lamentando su tono perentorio.

Desde entonces, solo le había enviado dos telegramas, uno para decir que había llegado bien a Viena y darle mi dirección y el otro para avisarla de que el caso podía llevar más tiempo de lo que había previsto.

Imagino que a un grafólogo le habría resultado fácil analizar la letra de Kirsten y lograr convencerme de que indicaba que la carta del interior había sido escrita por una mujer adúltera con un estado de ánimo inclinado a decirle a su poco atento marido que, pese a que le había dejado dos mil dólares en oro, seguía teniendo la intención de divorciarse de él y utilizar el dinero para emigrar a Estados Unidos con su apuesto schätzi norteamericano.

Seguía contemplando el sobre sin abrir con una cierta inquietud cuando sonó el teléfono. Era Shields.

– ¿Qué tal vamos hoy? -preguntó en su alemán excesivamente preciso.

– Yo voy bien, gracias -dije imitando su modo de hablar, pero no pareció darse cuenta-. Exactamente, ¿en qué puedo serle útil, Herr Shields?

– Bueno, con su amigo Becker a punto de ir a juicio, francamente me gustaría saber qué clase de detective es usted. Me preguntaba si habría encontrado algo pertinente al caso; si su cliente iba a conseguir algo a cambio de sus cinco mil dólares. -Se detuvo, esperando que yo hablara y, al ver que no decía nada, continuó con bastante más impaciencia-. Bien, ¿qué me responde? ¿Ha encontrado la prueba vital que salvará a Becker de la soga? ¿O tendrá que dejar que lo cuelguen?

– He encontrado al testigo de Becker, si eso es lo que quiere decir, Shields. Solo que no tengo nada que lo relacionecon Linden. Por lo menos, todavía no.

– Bueno, será mejor que trabaje deprisa, Gunther. Cuando empiezan, los juicios en esta ciudad suelen ir bastante rápidos. Detestaría ver que consigue probar que un muerto era inocente. Estará de acuerdo en que eso resulta muy desagradable. Desagradable para usted, desagradable para nosotros, pero, sobre todo, desagradable para el ahorcado.

– Supongamos que pudiera tenderle una trampa a ese tipo para que usted lo arrestara como testigo material de los hechos.

Era un intento casi desesperado, pero pensé que valía la pena probarlo.

– ¿No hay otro medio de que comparezca ante el tribunal?

– No. Por lo menos, eso le daría a Becker alguien a quien señalar.

– Me pide que ensucie un suelo reluciente -dijo Shields con un suspiro-. Detesto no dar una oportunidad a la otra parte. Le diré lo que vamos a hacer. Hablaré con mi oficial ejecutivo, el mayor Wimberley, y veré qué me aconseja. Pero no puedo prometerle nada. Lo más probable es que el mayor me diga que le eche un par de cojones y consiga que lo condenen y al diablo con su testigo. Tenemos mucha presión para llegar a un resultado rápido, ¿sabe? Al general no le gusta que asesinen a los oficiales estadounidenses en esta ciudad. Hablo del general de brigada Alexander O. Gorder, al mando del 796. Un cabrón de mucho cuidado. Estaremos en contacto.

– Gracias, Shields. Aprecio lo que hace.

– No me dé las gracias todavía, amigo -dijo.

Colgué el auricular y cogí la carta. Después de usarla para abanicarme y para limpiarme las uñas, la abrí.

Kirsten nunca había sido muy buena escribiendo cartas. Se le daban mejor las postales, solo que no era probable que una postal de Berlín lograra ilusionarme. ¿Una vista de la iglesia Kaiser-Wilhelm en ruinas, o del Teatro de la Ópera destruido por las bombas? ¿Quizá el cobertizo de las ejecuciones en Plotzensee? Pensé que pasaría mucho, mucho tiempo antes de que se enviaran postales desde Berlín. Desdoblé el papel y empecé a leer:

Querido Bernie:

Espero que recibas esta carta, pero las cosas aquí están tan difíciles que quizá no lo hagas, en cuyo caso trataré de enviarte un telegrama, aunque solo sea para decirte que todo va bien. Sokolovsky ha exigido que la policía militar soviética controle todo el tráfico desde Berlín hacia el oeste, y eso puede significar que el correo no pase.

Lo que preocupa de verdad a la gente aquí es que esto se convierta en un asedio a gran escala de la ciudad, en un intento por echar a los estadounidenses, los británicos y los franceses de Berlín; aunque no creo que a nadie le importara dejar de ver a los franceses. A nadie le importa que los estadounidenses y los británicos nos den órdenes, por lo menos lucharon y nos vencieron. Pero ¿los franchutes? Son unos hipócritas. La mentira de un ejército francés victorioso es casi demasiado difícil de soportar para los alemanes.

Se dice que los norteamericanos y los ingleses no se quedarán de brazos cruzados viendo cómo Berlín cae en manos de los ivanes. De los británicos no estoy tan segura. Tienen las manos muy ocupadas en Palestina ahora mismo (todos los libros sobre el nacionalismo sionista han desaparecido de las librerías y las bibliotecas de Berlín, algo que resulta demasiado familiar). Pero justo cuanto te enteras de que los británicos tienen cosas más importantes que hacer, oyes que han destruido más barcos alemanes. ¡El mar está lleno de peces que podríamos comer y están haciendo estallar los barcos! ¿Es que quieren salvarnos de los rusos para poder matarnos de hambre?

Se siguen oyendo rumores de canibalismo. Por Berlín se cuenta la historia de que la policía acudió a una casa en Kreuzberg donde los vecinos de la planta baja habían oído un terrible escándalo y descubierto sangre que goteaba a través del techo. Irrumpieron en el piso y encontraron a una pareja de viejos comiendo la carne cruda de una corista a la que habían recogido de la calle y matado a pedradas. Puede que sea verdad y puede que no, pero tengo la terrible sensación de que sí que lo es. Lo quesí es cierto es que la moral se ha hundido a un nivel aún más bajo. El cielo está lleno de aviones de transporte y las tropas de las cuatro potencias están cada vez más nerviosas.

¿Recuerdas a Karl, el hijo de Frau Fersen? Volvió de un campo de prisioneros ruso la semana pasada, pero muy mal de salud. Parece que el doctor ha dicho que el pobre chico tiene los pulmones destrozados. La madre me ha contado lo que su hijo le ha explicado de su estancia en Rusia. ¡Suena espantoso! ¿Por qué nunca me hablaste de eso, Bernie? Quizá yo habría sido más comprensiva. Quizá podría haberte ayudado. Soy consciente de que no he sido muy buena esposa para ti desde la guerra. Y ahora que ya no estás aquí, es algo que parece más difícil de soportar. Por eso he pensado que cuando vuelvas podríamos usar parte del dinero que dejaste -¡cuánto dinero!, ¿es que robaste un banco?- para irnos de vacaciones a algún sitio. Dejar Berlín durante una temporada y pasar tiempo juntos.

Entretanto, he gastado parte del dinero en reparar el techo. Sí, ya sé que pensabas hacerlo tú mismo, pero también sé que le ibas dando largas. En cualquier caso, ahora ya está hecho y ha quedado muy bonito.

Vuelve pronto para verlo. Te echo de menos.

Tu esposa que te quiere, Kirsten

«Tanto peor para mi grafólogo imaginario», me dije, feliz, y me serví lo que quedaba del vodka de Traudl. Esto tuvo el efecto inmediato de disolver mi miedo a llamar a Liebl para informarle de mi casi imperceptible progreso. «Al diablo con Belinsky», pensé, y decidí pedirle a Liebl su opinión sobre si sería mejor o no para los intereses de Becker tratar de conseguir que arrestaran inmediatamente a König, para que se viera obligado a prestar declaración.

Cuando Liebl por fin contestó parecía alguien que llegara al teléfono después de caerse por un tramo de escaleras. Su actitud normalmente directa e irascible sonaba acobardada y la voz se aguantaba en precario al borde mismo de una crisis nerviosa.

– Herr Gunther -dijo, y tragó saliva para alcanzar un silencio más decoroso. Luego lo oí respirar hondo mientrasrecuperaba el control de sí mismo-. Ha habido un accidente terrible. Fräulein Braunsteiner ha resultado muerta.

– ¿Muerta? -repetí atónito-. ¿Cómo?

– La ha atropellado un coche -dijo Liebl en voz baja.

– ¿Dónde?

– Prácticamente a la puerta del hospital donde trabajaba. Parece que fue instantáneo. No pudieron hacer nada por ella.

– ¿Cuándo ha sucedido?

– Hace solo un par de horas, después de acabar su turno de guardia. Por desgracia, el conductor no se detuvo.

Esa parte podía haberla adivinado yo solo.

– Probablemente se asustó. Posiblemente iba bebido. ¿Quién sabe? Los austríacos son tan malos conductores…

– ¿Alguien vio el accidente?

Las palabras sonaron casi con ira en mi boca.

– Hasta ahora no se han encontrado testigos. Pero alguien cree recordar que vio un Mercedes negro que iba demasiado rápido, un poco más allá de la Alser Strasse.

– Dios -dije con voz débil-, eso está casi a la vuelta de la esquina. Pensar que quizá incluso haya oído el chirriar de los neumáticos.

– Sí, es verdad, es verdad -murmuró Liebl-. Pero no sufrió. Fue tan rápido que no es posible que sufriera. El coche la golpeó en mitad de la espalda. El doctor con quien hablé dijo que tenía la columna completamente destrozada. Probablemente había muerto antes de caer al suelo.

– ¿Dónde está ahora?

– En el depósito del Hospital General -suspiró Liebl. Oí cómo encendía un cigarrillo y daba una larga calada-. Herr Gunther -dijo-, por supuesto, tendremos que informar a Herr Becker. Ya que usted lo conoce mucho mejor que yo…

– Ah, no -le interrumpí-, ya tengo suficientes tareas asquerosas sin hacerme cargo también de esa. Llévese su póliza de seguros y el testamento si así le resulta más fácil.

– Le aseguro que estoy tan disgustado como puede estarlo usted, Herr Gunther. No hay necesidad de ser…

– Sí, tiene razón. Lo siento. Mire, no quiero parecer insensible, pero veamos si podemos utilizar esto paraconseguir una suspensión del juicio.

– No sé si puede calificarse de motivo humanitario -murmuró Liebl-. No es como si estuvieran casados o algo así.

– Estaba esperando un hijo de Becker, por todos los santos.

Se produjo un silencio breve y horrorizado. Luego Liebl farfulló:

– No tenía ni idea. Sí, tiene usted razón, claro. Veré qué puedo hacer.

– Hágalo.

– Pero ¿cómo se lo voy a decir a Herr Becker?

– Dígale que la han asesinado -dije. Liebl trató de decir algo, pero yo no estaba de humor para que me contradijeran-. No ha sido ningún accidente, créame. Dígale a Becker que han sido sus antiguos compañeros quienes lo han hecho. Dígale exactamente eso. Él lo entenderá. Puede que así se le refresque la memoria. A lo mejor ahora se acuerda de algo que debería haberme dicho antes. Dígale que si esto no hace que nos diga todo lo que sabe, entonces se merece que le partan el cuello. -Alguien llamó a la puerta. Era Belinsky con los papeles de Traudl-. Dígaselo.

Colgué el auricular de golpe, con rabia. Luego atravesé la sala y abrí la puerta de un tirón.

Belinsky sostenía los papeles de Traudl delante de él y los agitó alegremente cuando entró en la habitación, demasiado satisfecho de sí mismo como para darse cuenta de mi malhumor.

– No fue fácil, eso de conseguir un pase rosa tan rápido -dijo-, pero el viejo Belinsky se las arregló. No me preguntes cómo.

– Está muerta -dije en tono inexpresivo, y observé cómo le cambiaba la cara.

– Mierda -dijo-, ¡qué mala suerte! ¿Qué diablos ha pasado?

– Un conductor que se dio a la fuga. -Encendí un cigarrillo y me dejé caer en el sillón-. Murió inmediatamente. Acabo de hablar con el abogado de Becker por teléfono y me lo ha dicho. Fue no muy lejos de aquí, hace un par de horas.

Belinsky asintió y se sentó en el sofá frente a mí. Aunque evité mirarlo a la cara, sentía que sus ojos trataban de ver el fondo de mi alma. Sacudió la cabeza durante un rato y luego sacó la pipa y la llenó de tabaco. Cuando acabó,empezó a encender el artefacto y, entre pipada y pipada para que no se apagase, dijo:

– Perdona que… te lo pregunte… pero no… cambiarías… de opinión, ¿verdad?

– ¿Sobre qué? -gruñí belicosamente.

Se sacó la pipa de la boca y echó una mirada a la cazoleta antes de volvérsela a colocar entre sus grandes e irregulares dientes.

– Quiero decir, respecto a matarla tú.

Averiguando la respuesta por la expresión de mi cara que se iba encendiendo de rojo, negó rápidamente con la cabeza.

– No, claro que no. Qué pregunta tan estúpida. Lo siento. -Se encogió de hombros-. De cualquier modo, tenía que preguntarlo. Tienes que reconocer que es mucha coincidencia, ¿no? La Org te pide que arregles las cosas para que ella tenga un accidente y luego casi inmediatamente la atropellan y la matan.

– Puede que lo hicieras tú -me oí decir.

– Puede -Belinsky se incorporó en el sofá-. Veamos: me paso toda la tarde tratando de conseguir un pase rosa para que esa desgraciada señorita salga de Austria. Y luego voy y la atropello y la mato a sangre fría mientras vengo de camino a verte. ¿Es así?

– ¿Qué coche llevas?

– Un Mercedes.

– ¿De qué color?

– Negro.

– Alguien vio un Mercedes negro circulando a gran velocidad un poco más arriba en la misma calle del accidente.

– ¿Y qué hay de raro en eso? Todavía tengo que ver un coche que vaya despacio en Viena. Y por si no te has dado cuenta, en esta ciudad casi uno de cada dos vehículos no militares es un Mercedes negro.

– Así y todo -insistí-, quizá tendríamos que echar una ojeada al parachoques delantero de tu coche y ver si está abollado.

Levantó las manos con expresión inocente, como si estuviera a punto de pronunciar el sermón de la montaña.

– Adelante. Solo que encontrarás abolladuras por todo el coche. Parece que aquí haya una ley en contra de conducir con cuidado. -Aspiró un poco más del humo de la pipa-. Mira, Bernie, si no te importa que te lo diga, me parece quecorremos el riesgo de llevar esto demasiado lejos. Es lamentable que Traudl haya muerto, pero no tiene sentido que tú y yo nos peleemos por ello. ¿Quién sabe?, puede que haya sido un accidente. Lo de los conductores vieneses es verdad, ¿sabes? Son peores que los soviéticos y es difícil superar esa marca. Dios, es como si hicieran carreras de cuadrigas por esas carreteras. Estoy de acuerdo en que es mucha coincidencia, pero no es algo imposible, de ningún modo. Eso tienes que admitirlo.

Asentí lentamente.

– De acuerdo, admito que no es imposible.

– Por otro lado, puede que la Org diera la orden a más de un agente para que la matara, de forma que si tú fallabas, hubiera otro que lo hiciera. No es raro que los asesinatos funcionen así. Al menos, por lo que yo sé. -Se detuvo y luego me señaló con la pipa-. ¿Sabes qué pienso? Que la próxima vez que veas a König no le digas nada de esto. Si él lo menciona, entonces puedes dar por supuesto que seguramente fue un accidente y quedarte tranquilamente con el mérito. -Buscó en la chaqueta y sacó un sobre de color beige que me tiró encima de las rodillas-. Hace que esto sea un poco menos necesario, pero eso no tiene solución.

– ¿Qué es?

– Es de una comisaria del MVD cerca de Sopron, al lado de la frontera austríaca. Son los detalles del personal y los métodos del MVD en toda Hungría y en la Baja Austria.

– ¿Y cómo se supone que puedo explicar que lo tengo yo?

– Pensaba que podías encargarte tú del hombre que nos lo dio. Francamente, es el tipo de material que buscan como locos. El nombre del tipo es Yuri. Es lo único que necesitas saber. Hay mapas y la localización del buzón secreto que ha estado usando. Hay un puente de ferrocarril cerca de una pequeña ciudad llamada Mattersburg. En el puente hay un sendero y a unos dos tercios del camino la baranda está rota. La parte superior es metal fundido hueco. Todo lo que tienes que hacer es recoger tu información allí una vez al mes y dejar dinero e instrucciones.

– ¿Cómo explico mi relación con él?

– Hasta hace poco Yuri estaba destacado en Viena y tú comprabas documentos de identidad para él. Pero ahora se ha vuelto más ambicioso y tú ya no tienes el dinero para comprar lo que él ofrece. Así que puedes ofrecérselo a la Org. El CIC ya ha evaluado lo que vale. Ya hemos sacado todo lo que podemos conseguir de él, por lo menos a corto plazo. No nos perjudica en nada si le da lo mismo a la Org.

Belinsky volvió a encender la pipa y aspiró con fuerza mientras esperaba mi reacción.

– En realidad -dijo-, no vale mucho. Una operación de este tipo apenas merece la palabra «inteligencia»; créeme, muy pocas la merecen. Pero todo junto, una fuente como esta y un asesinato, aparentemente llevado a cabo con éxito, te da muy buenas credenciales, tío.

– Me perdonarás mi falta de entusiasmo -dije secamente-, es que estoy empezando a perder de vista qué estoy haciendo aquí.

Belinsky asintió vagamente.

– Pensaba que querías salvar a tu viejo camarada.

– Puede que no hayas estado escuchando. Becker nunca ha sido amigo mío. Pero creo que es inocente del asesinato de Linden. Y lo mismo pensaba Traudl. Mientras ella estaba viva me parecía que este caso valía la pena, parecía que tenía sentido tratar de demostrar que Becker era inocente. Ahora ya no estoy tan seguro.

– Venga ya, Gunther -dijo Belinsky-, la vida de Becker sin su chica sigue siendo mejor que no tener ninguna vida. ¿De verdad crees que Traudl habría querido que tiraras la toalla?

– Quizá, si hubiera sabido la clase de mierda en la que él andaba metido, la clase de gente con la que trataba.

– Tú sabes que eso no es verdad. Becker no es ningún santo, de eso no hay duda, pero, por lo que me has contado de ella, apostaría a que lo sabía. Ya no queda mucha inocencia, no en Viena.

Suspiré y me froté la nuca, cansado.

– Puede que tengas razón -admití-. Puede que sea solo yo. Estoy acostumbrado a que las cosas estén un poco mejor definidas que en este caso. Antes llegaba un cliente, me pagaba mis honorarios y yo hacía mi trabajo comomejor me parecía. A veces incluso resolvía el caso. Y es una sensación muy buena, ¿sabes? Pero ahora es como si hubiera demasiada gente a mi alrededor diciéndome cómo tengo que trabajar, como si hubiera perdido mi independencia. He dejado de sentirme un investigador privado.

Belinsky meneó la cabeza como alguien que ha agotado algo. Probablemente las explicaciones. De todos modos, hizo un intento.

– Vamos, seguro que has trabajado en secreto antes de ahora.

– Claro -dije-, solo que con una mayor sensación de que tenía un propósito. Por lo menos, tenía alguna idea de cómo eran los criminales. Sabía qué estaba bien. Pero ahora ya no hay nada tan bien definido y está empezando a afectarme.

– Nada es igual, boche. La guerra lo ha cambiado todo para todo el mundo, incluidos los investigadores privados. Pero si quieres ver cómo son los criminales, yo puedo enseñarte cientos de fotos, miles quizá. Criminales de guerra, todos ellos.

– ¿Fotografías de boches? Escucha Belinsky, eres estadounidense y judío. Para ti resulta mucho más fácil ver lo que está bien aquí. Pero yo… yo soy alemán y durante un breve y repugnante tiempo incluso estuve en las SS. Si me tropezara con uno de tus criminales de guerra, lo más probable es que me estrechara la mano y me llamara viejo camarada.

Para eso no tuvo respuesta.

Saqué otro cigarrillo y lo fumé en silencio. Cuando lo acabé, moví la cabeza apenado.

– Quizá sea Viena, quizá sea estar lejos de casa tanto tiempo. Mi mujer me ha escrito. Las cosas no nos iban demasiado bien cuando me fui de Berlín. Francamente, solo tenía ganas de salir corriendo de allí, así que acepté este caso sabiendo que era un error. Pero ella dice que confía en que podamos volver a empezar y, ¿sabes qué?, me muero de ganas de volver con ella e intentarlo de nuevo. Quizá… -negué con la cabeza- quizá necesito una copa.

Belinsky sonrió con entusiasmo.

– Así se habla, boche -dijo-. Una cosa he aprendido en este oficio: si tienes dudas, ahógalas en alcohol.

27

Era tarde cuando volvimos del Melodies, un club nocturno en el Bezirk 1. Belinsky aparcó frente a mi pensión, y cuando yo bajaba del coche una mujer salió rápidamente de entre las sombras de un portal cercano. Era Veronika Zartl. Le sonreí apenas, ya que había bebido demasiado para querer compañía.

– Gracias a Dios que has venido -dijo-. Llevo horas esperando.

Luego se sobresaltó al oír el comentario obsceno de Belinsky desde dentro del coche.

– ¿Qué pasa? -le pregunté.

– Necesito que me ayudes. Hay un hombre en mi habitación.

– Pues vaya novedad.

Veronika se mordió el labio.

– Está muerto, Bernie. Tienes que ayudarme.

– No sé qué puedo hacer yo -dije dubitativo, deseando que nos hubiéramos quedado un poco más en el Melodies y diciéndome para mis adentros que una chica no tendría que fiarse de nadie en estos tiempos.

A ella le dije:

– ¿Sabes?, es trabajo de la policía.

– No puedo llamar a la policía -gimió impaciente-. Eso significaría la brigada Antivicio, la policía criminal austríaca, los funcionarios de la salud pública y un interrogatorio. Probablemente perdería mi habitación, todo. ¿Es que no lo comprendes?

– Está bien, está bien… ¿Qué ha pasado?

– Me parece que ha tenido un ataque al corazón -dijo bajando la cabeza-. Siento molestarte, pero no puedo acudir a nadie más.

Me maldije de nuevo y luego metí la cabeza en el coche de Belinsky.

– La señora necesita nuestra ayuda -gruñí sin mucho entusiasmo.

– Eso no es lo único que necesita -dijo.

Pero puso en marcha el motor y añadió:

– Venga, subid, vosotros dos.

Condujo hasta la Rotenturmstrasse y aparcó frente al edificio bombardeado donde Veronika tenía su habitación. Cuando bajamos del coche, señalé al otro lado de los guijarros oscurecidos de la Stephansplatz, a la catedral parcialmente reconstruida.

– Mira a ver si encuentras una lona por allí -le dije a Belinsky-. Yo subiré a echar una mirada. Si encuentras algo que nos sirva, tráelo al segundo piso.

Estaba demasiado borracho para discutir. En lugar de ello, se dirigió obedientemente hacia el andamiaje de la catedral mientras yo daba media vuelta y seguía a Veronika escaleras arriba.

Un hombre grande, del color de la langosta y de unos cincuenta años yacía muerto en la gran cama de roble. Es muy corriente vomitar en los casos de un fallo cardíaco de tipo congestivo. Y el vómito le cubría la boca y la nariz como si fuera una grave quemadura solar. Puse los dedos en el pegajoso cuello del hombre.

– ¿Cuánto hace que está aquí?

– Tres o cuatro horas.

– Es una suerte que lo dejaras tapado -le dije-. Cierra la ventana. -Aparté la ropa de la cama del cuerpo y empecé a levantar la parte superior del torso-. Échame una mano -ordené.

– ¿Qué estás haciendo?

Me ayudó a doblar el torso por encima de las piernas como si tratáramos de cerrar una maleta excesivamente llena.

– Mantengo en forma a este cabrón -le dije-. Un poco de quiropráctica debería retrasar la rigidez para que nos resulte más fácil meterlo y sacarlo del coche. -Apreté con fuerza en la nuca y luego, resoplando debido al esfuerzo, lo empujé para recostarlo de nuevo en las almohadas sembradas de vómito-. Este tipo ha estado consiguiendo cupones extra para comida -dije tomando aire-. Debe de pesar más de cien kilos. Es una suerte que tengamos a Belinsky para ayudarnos.

– ¿Belinsky es policía? -preguntó.

– Más o menos -dije-, pero no te preocupes, no es el tipo de poli que se interesa mucho por las cifras del crimen. Belinsky tiene cosas más importantes que hacer. Caza criminales de guerra nazis.

Empecé a doblarle los brazos y las piernas al muerto.

– ¿Qué vas a hacer con él? -preguntó como si sintiera náuseas.

– Tirarlo a las vías del tren. Desnudo como está, parecerá que los ivanes le dieron una pequeña fiesta y luego lo tiraron de un tren. Con un poco de suerte, el expreso le pasará por encima y le proporcionará un buen disfraz.

– Por favor, no… -dijo con voz débil-. Se portó muy bien conmigo.

Cuando acabé con el cuerpo me puse en pie y me enderecé la corbata.

– Es un trabajo duro cuando solo has cenado vodka. Pero ¿dónde coño está Belinsky?

Al ver la ropa del hombre pulcramente colocada en el respaldo de una silla en el comedor, al lado de los grasientos visillos, pregunté:

– ¿Has mirado qué hay en los bolsillos?

– No, claro que no.

– Sí que eres nueva en este juego, ¿eh?

– No comprendes nada. Era amigo mío.

– Evidentemente -dijo Belinsky al entrar. Llevaba un trozo de tela blanca-. Me temo que esto es todo lo que he podido encontrar.

– ¿Qué es?

– Un mantel de altar, me parece. Lo encontré en un armario dentro de la catedral. No parecía que lo estuvieran usando.

Le dije a Veronika que ayudara a Belinsky a envolver a su amigo en la tela mientras yo registraba los bolsillos.

– Se le da muy bien -le dijo Belinsky-. Una vez me registró los bolsillos cuando yo todavía respiraba. Dime, cariño, ¿tú y tu gordo amigo lo estabais haciendo cuando lo alcanzó la guadaña?

– Déjala en paz, Belinsky.

– Benditos son los muertos que mueren en Dios -dijo con su risita cloqueante-, pero yo, yo confío morir en una mujer divina.

Abrí la billetera del muerto y dejé caer un montón de billetes de dólar y schillings encima del tocador.

– ¿Qué estás buscando? -preguntó Veronika.

Si voy a hacer desaparecer el cuerpo de alguien, al menos quiero saber algo más de él que el color de su ropa interior.

– Se llamaba Karl Heim -dijo en voz baja.

Encontré su tarjeta profesional.

– Doctor Karl Heim -dije-. Dentista, ¿eh? ¿Era él el que te conseguía la penicilina?

– Sí.

– Un hombre al que le gustaba tomar precauciones, ¿verdad? -murmuró Belinsky-. A juzgar por el aspecto de esta habitación, comprendo por qué. -Señaló con un gesto el dinero del tocador-. Será mejor que te quedes con ese dinero, preciosa. Consigue un nuevo decorador.

Había otra tarjeta profesional en la cartera de Heim.

– Belinsky -dije-. ¿Has oído hablar de un tal mayor Jesse P. Breen, de algo llamado Proyecto de Investigación de Antecedentes de las Personas Desplazadas?

– Claro que sí -dijo, viniendo hasta donde yo estaba y cogiéndome la tarjeta de las manos-. Es una sección especial del 430. Breen es el oficial de enlace local del CIC con la Org. Si alguno de los hombres de la Org se mete en problemas con la policía militar de Estados Unidos, se supone que Breen los ayudará a arreglarlo. Bueno, a menos que sea algo muy grave, como el asesinato. Y no me extrañaría que también fuera capaz de arreglar eso, siempre quela víctima no fuera ni un norteamericano ni un inglés. Parece que nuestro gordo amigo podría ser uno de tus viejos camaradas, Bernie.

Mientras Belinsky hablaba, registré rápidamente los bolsillos de los pantalones de Heim y encontré unas llaves.

– En ese caso, sería una buena idea que tú y yo echáramos una ojeada a la consulta del buen doctor -dije-. Me da en la nariz que quizá encontremos algo interesante allí.

Tiramos el cuerpo desnudo de Heim en un tramo tranquilo de las vías del tren cerca de la Ostbahnhof, en el sector ruso de la ciudad. Yo quería marcharme lo más rápidamente posible, pero Belinsky insistió en quedarse en el coche y esperar hasta ver cómo el tren acababa nuestro trabajo. Al cabo de unos quince minutos, un mercancías con destino a Budapest y Oriente llegó traqueteando y el cadáver de Heim se perdió bajo sus muchos cientos de pares de ruedas.

– Porque toda la carne es hierba -recitó Belinsky-, y toda su importancia es como la flor de los campos: la hierba se mustiará y la flor se marchitará.

– Corta ya, ¿quieres? -dije-. Me pones nervioso.

– Pero las almas de los justos están en manos de Dios y ningún tormento las tocará. Como tú digas, boche.

– Vámonos -dije-, larguémonos de aquí.

Fuimos hacia el norte hasta Währing, en el Bezirk 18, y una elegante casa de tres plantas en la Türkenschanzplatz, al lado de un parque de buen tamaño dividido por una pequeña línea de ferrocarril.

– Podríamos haber tirado a nuestro pasajero aquí -dijo Belinsky-, a su propia puerta. Y nos hubiéramos ahorrado el viaje al sector ruso.

– Este es el sector estadounidense -le recordé-. La única manera de que te echen de un tren aquí es que viajes sin billete; incluso entonces esperan a que el tren pare.

– Así es como hace las cosas el Tío Sam, ya sabes. No, tienes razón, Bernie. Le irá mejor con los ivanes. No sería la primera vez que tiran a uno de los nuestros de un tren. Lo que no me gustaría nada es trabajar de guardavías allí; corres un terrible peligro.

Dejamos el coche y anduvimos hacia la casa.

No se veían señales de que hubiera nadie dentro. Por encima de la amplia y dentada sonrisa de una corta valla demadera, las oscuras ventanas de la casa estucada de blanco nos devolvían la mirada como si fueran las cuencas vacías de una enorme calavera. Una placa de bronce deslustrada en el pilar de la verja que, con la típica exageración vienesa, exhibía el nombre del doctor Karl Heim, especialista en ortodoncia, por no hablar de la mayoría de letras del alfabeto que lo seguían, indicaba dos entradas diferentes, una a la residencia de Heim y la otra a su consulta.

– Tú miras en la casa -dije abriendo la puerta frontal con las llaves-. Yo iré a la parte de atrás y registraré la consulta.

– Como quieras -dijo Belinsky sacando una linterna del bolsillo del abrigo.

Al ver que mis ojos se quedaban pegados a la linterna, añadió:

– ¿Qué te pasa? ¿Es que te da miedo la oscuridad? -Se echó a reír-. Vale, cógela. Yo puedo ver en la oscuridad; en mi trabajo tienes que hacerlo.

Me encogí de hombros y le alivié del peso de la linterna. Entonces metió la mano en el bolsillo y sacó su pistola.

– Además -dijo colocando el silenciador-, me gusta tener una mano libre para abrir las puertas.

– Vigila contra quien disparas -dije y me alejé.

Al otro lado de la casa, abrí la puerta de la consulta y, después de cerrarla sin hacer ruido, encendí la linterna. Mantuve la luz enfocada hacia el suelo y lejos de las ventanas por si acaso un vecino entrometido estuviera vigilando.

Me encontré en una pequeña sala de espera, donde había una serie de plantas en macetas y un terrario con tortugas de agua; por lo menos y para variar, no eran peces de colores, me dije, y consciente de que su dueño estaba muerto, espolvoreé en la superficie del agua un poco de la apestosa comida que tomaban.

Era mi segunda buena acción del día. La caridad empezaba a convertirse en una costumbre.

En el mostrador de recepción, abrí la agenda de la consulta e iluminé las páginas con la linterna. No parecía que Heim tuviera muchos clientes que dejar en herencia a sus competidores, suponiendo que tuviera alguno. En aquellos días, no había mucho dinero sobrante para dedicar al cuidado dental y no tenía ninguna duda de que Heim se ganaríamejor la vida vendiendo medicamentos en el mercado negro. Volviendo las páginas hacia atrás me encontré con dos nombres conocidos: Max Abs y Helmut König. Ambos estaban apuntados para extracciones completas a pocos días de distancia uno de otro. Había muchos otros nombres anotados para hacer extracciones completas, pero no reconocía ninguno.

Fui hasta los archivos, pero los encontré vacíos en su mayoría, con la excepción de uno que solo contenía detalles de pacientes anteriores a 1940. El archivo no tenía aspecto de haberse abierto desde entonces, lo cual me pareció raro, ya que los dentistas tienden a ser muy meticulosos con esas cosas y, en realidad, el Heim de antes de 1940 había sido muy cuidadoso con los historiales de sus pacientes, anotando los dientes residuales, los empastes y las dentaduras postizas en cada uno de ellos. ¿Se habría vuelto descuidado o sería que un volumen inadecuado de trabajo hacía que no valiera la pena mantener esos historiales tan precisos? ¿Y por qué habría tantas extracciones últimamente? No se podía negar que la guerra había dejado a un gran número de hombres, yo entre ellos, con los dientes en mal estado. En mi caso, era un legado del hambre pasado durante mi año como prisionero soviético. Pero, sin embargo, me las había arreglado para conservarlos todos. Y había otros muchos como yo. Entonces, ¿qué necesidad habría de que a König, que según sus palabras antes tenía tan buenos dientes, tuvieran que sacárselos todos? Aunque nada de esto era suficiente para que Conan Doyle escribiera un buen relato, sin ninguna duda a mí me dejó intrigado.

El consultorio se parecía mucho a cualquier otro donde yo hubiera estado. Puede que estuviera un poco más sucio, pero también es verdad que nada estaba tan limpio como antes de la guerra. Al lado de la silla de cuero negro había una gran bombona de gas anestésico. Giré la llave en el cuello de la botella, y al oír un ruido sibilante la volví a cerrar. Todo parecía estar en buen estado de funcionamiento.

Al otro lado de una puerta cerrada con llave había un pequeño almacén, y fue allí donde me encontró Belinsky.

– ¿Has encontrado algo? -me preguntó.

Le hablé de la inexistencia de historiales.

– Tienes razón -respondió Belinsky, y su voz sonaba como si estuviera sonriendo-, eso no parece alemán en absoluto.

Iluminé los estantes con la linterna.

– Mira, ¿qué tenemos aquí?

Alargó el brazo y tocó un bidón de acero con la fórmula química H2S04 pintada en amarillo en un lateral.

– Yo que tú no lo haría -dije-. Eso no procede del juego de química de un escolar. A menos que me equivoque mucho, es ácido sulfúrico. -Enfoqué la luz de la linterna hacia arriba por el lateral del bidón donde también aparecían pintadas las palabras máxima precaución-. Hay suficiente para convertirte en un par de litros de grasa animal.

– Espero que kosher -dijo Belinsky-. ¿Para qué querrá un dentista un bidón lleno de ácido sulfúrico?

– Por lo que yo sé, debe de meter su dentadura postiza dentro por la noche.

En un estante al lado del bidón, apiladas una encima de la otra, había varias bandejas de acero en forma de riñón. Cogí una de ellas y la puse bajo la luz de la linterna. Los dos contemplamos fijamente lo que parecía un puñado de pastillas de menta con una forma extraña, todas pegadas juntas como si un niño maleducado las hubiera chupado un rato y luego las hubiera guardado para después. Pero también había sangre seca en algunas de ellas.

Belinsky arrugó la nariz con un gesto de asco.

– ¿Qué coño es esto?

– Dientes. -Le pasé la linterna y saqué uno de los objetos blancos y puntiagudos para ponerlo bajo la luz-. Dientes extraídos, y no sólo uno sino varias dentaduras completas.

– Odio a los dentistas -dijo Belinsky entre dientes. Rebuscó en su chaleco y sacó uno de sus mondadientes para mordisquearlo.

– Diría que esto acaba normalmente en un bidón de ácido.

– ¿Y? -Pero Belinsky se había dado cuenta de mi interés.

– ¿Qué clase de dentista no hace más que extracciones completas? -pregunté-. En la agenda solo aparecen citas para extracciones completas. -Hice girar el diente entre los dedos-. ¿Dirías que hay algún problema en este molar? Ni siquiera tiene un empaste.

– Puede que Heim hiciera algún tipo de trabajo a destajo. O puede que le gustara extraer dientes.

– Más de lo que le gustaba tener al día los historiales de sus pacientes. No hay ninguna ficha de ninguno de suspacientes recientes.

Belinsky cogió otra de las bandejas en forma de riñón y estudió su contenido.

– Otra dentadura completa -informó. Pero algo rodó en la bandeja siguiente. Parecían cojinetes de bolas diminutos-. Vaya, ¿qué tenemos aquí? -Cogió uno y lo contempló, fascinado-. O mucho me equivoco, o cada uno de estos pequeños inventos contiene una dosis de cianuro potásico.

– Píldoras letales.

– Exacto. Eran muy populares entre algunos de tus viejos camaradas, boche. Especialmente entre el Estado Mayor de las SS y los dirigentes del partido que quizá tuvieran las agallas de preferir suicidarse antes que caer en manos de los ivanes. Creo que, al principio, fueron creadas para los agentes secretos alemanes, pero Arthur Nebe y las SS decidieron que los altos mandamases las necesitaban más. Un tipo le pedía a su dentista que le hiciera un diente falso o utilizaba una cavidad ya existente, y luego metía esta pequeña píldora dentro. Limpio y cómodo, no te creerías hasta qué punto. Cuando lo capturaban, puede que llevara un cartucho de cianuro en el bolsillo como señuelo, lo cual hacía que nuestra gente no se preocupara por examinarle los dientes. Y luego, cuando el tipo decidía que había llegado el momento, hacía saltar el diente falso, extraía la cápsula con la lengua y la mordía hasta que se rompía. La muerte era casi instantánea. Así se mató Himmler.

– Y también Goering, según me han dicho.

– No -dijo Belinsky-, él utilizó uno de los cartuchos señuelo. Un oficial estadounidense se lo devolvió a escondidas mientras estaba en la cárcel. ¿Qué te parece eso, eh? Uno de los nuestros ablandándose ante aquel gordo hijo de puta.

Soltó la cápsula de nuevo en la bandeja y me la devolvió. Me dejé caer unas cuantas bolitas en la mano para verlas más de cerca. Parecía casi increíble que unas cosas tan pequeñas pudieran ser tan mortales. Cuatro perlas diminutas como semillas para la muerte de cuatro hombres. No creo que yo hubiera podido llevar una de ellas en la boca, tanto si era con un diente falso como si no, y seguir disfrutando de la comida.

– ¿Sabes qué pienso, boche? Creo que hemos tropezado con un montón de nazis desdentados sueltos por Viena.Le seguí de vuelta a la consulta-. Supongo que estás familiarizado con las técnicas dentales para la identificación de los muertos.

– Tan familiarizado como cualquier poli -dije.

– Fue jodidamente útil después de la guerra -dijo-. Era la mejor manera de establecer la identidad de un cadáver. Como es natural, había muchos nazis muy interesados en hacernos creer que estaban muertos. Y se tomaron un montón de molestias para tratar de convencernos de ello. Cuerpos medio calcinados con documentos falsos, ya sabes, ese tipo de cosas. Bueno, por supuesto, lo primero que hacíamos era que un dentista echara una ojeada a los dientes del muerto. Incluso sin tener el historial dental, al menos se puede determinar la edad a partir de los dientes: periodontitis, hundimiento de las encías, etcétera; puedes decir con seguridad que un cadáver no es quien se supone que es.

Belinsky se detuvo y echó una mirada alrededor.

– ¿Has acabado de mirar todo esto?

Le dije que sí y le pregunté si había encontrado algo en la casa. Meneó la cabeza y dijo que no. Entonces le dije que lo mejor era que nos largáramos de allí.

Continuó con sus explicaciones cuando estuvimos dentro del coche.

– Toma el caso de Heinrich Müller, el jefe de la Gestapo, por ejemplo. La última vez que lo vieron vivo fue en el búnker de Hitler, en abril de 1945. Se supone que resultó muerto en la batalla de Berlín en mayo de 1945. Pero cuando se exhumó el cadáver, después de la guerra, un experto dental especializado en cirugía de la mandíbula en un hospital del sector británico de Berlín no pudo identificar los dientes del cadáver como los pertenecientes a un varón de cuarenta y cuatro años. En su opinión, aquel cuerpo era más probablemente el de un hombre de no más de veinticinco.

Belinsky le dio al contacto, aceleró unos segundos y luego embragó.

Inclinado sobre el volante, conducía mal para ser estadounidense, haciendo dobles embragues, fallando al meter las marchas y moviendo demasiado el volante. Para mí, estaba claro que la conducción exigía toda su atención, pero continuó con su explicación, tranquilamente, incluso después de que casi matáramos a un motociclista.

– Cuando encontramos a alguno de esos bastardos, tienen documentos falsos, se peinan de modo diferente, llevan bigote, barba, gafas, lo que quieras. Pero los dientes son como un tatuaje, o a veces como una huella dactilar. Así que si algunos de ellos han hecho que les extrajeran todos los dientes, eso elimina otro posible medio de identificarlos. A fin de cuentas, un tipo que puede dispararse un cartucho debajo del brazo para eliminar un número de las SS, probablemente no tendría muchos reparos en llevar dentadura postiza, ¿verdad?

Pensé en la cicatriz que yo mismo tenía debajo del brazo y pensé que probablemente tenía razón. Para ocultarme de los rusos, no me cabía ninguna duda de que habría recurrido a sacarme los dientes, siempre que hubiera tenido la oportunidad de hacerlo sin dolor, como Max Abs y Helmut König.

– No, supongo que no.

– Puedes apostar la vida a que no. Por eso he robado la agenda de Heim. -Palmeó la parte delantera de la chaqueta, donde supuse que la tenía guardada-. Podría ser interesante descubrir quiénes eran realmente esos hombres con los dientes en mal estado. Tu amigo König, por ejemplo. Y también Max Abs. Quiero decir: ¿por qué sentiría un chófer sin importancia de las SS la necesidad de ocultar lo que tenía en la boca? A menos que no fuera un cabo de las SS en absoluto. -Belinsky se rió entusiasmado al pensarlo-. Por eso tengo que ver en la oscuridad. Algunos de tus viejos camaradas saben muy bien cómo barajar las cartas. ¿Sabes?, no me extrañaría que siguiéramos persiguiendo a algunos de esos cabrones nazis cuando sus hijos tengan que darles la comida porque ellos no pueden ni comer solos.

– En cualquier caso -añadí-, cuanto más tardes en atraparlos, más difícil será conseguir una identificación positiva.

– No te preocupes -rugió vengativo-. No nos faltarán testigos dispuestos a dar un paso adelante y declarar contra esos mierdas. ¿O es que crees que tipos como Müller y Globocnik tendrían que salirse con la suya?

– ¿Quién es Globocnik, cuándo lo han invitado?

– Odilo Globocnik. Dirigió la Operación Reinhard, construyendo la mayoría de los grandes campos de concentración de Polonia. Es otro que se supone que se suicidó en el 45. Así que, venga, dime, ¿qué crees? Ahora mismo, hay un juicio en Nuremberg. Otto Ohlendorf, comandante de uno de esos grupos especiales de las SS. ¿Crees que tendrían que colgarlo por sus crímenes de guerra?

– ¿Crímenes de guerra? -repetí cansinamente-. Mira, Belinsky, yo trabajé para la Oficina de Crímenes de Guerra de la Wehrmacht durante tres años. Así que me parece que no puedes darme clases sobre ninguna mierda de crimen de guerra.

– Solo me interesa saber cuál es tu posición, boche. Además, exactamente, ¿qué crímenes de guerra investigabais vosotros los tudescos?

– Atrocidades, por ambas partes. ¿Has oído hablar del bosque de Katyn?

– Claro. ¿Investigasteis eso?

– Yo formaba parte del equipo.

– No me digas. -Parecía verdaderamente sorprendido. Le pasaba a la mayoría de la gente.

– Francamente, creo que la idea de acusar a los combatientes de crímenes de guerra es absurdo. Los asesinos de mujeres y niños deben ser castigados, esos sí. Pero no fueron sólo judíos y polacos los que murieron a manos de gente como Müller y Globocnik. También mataron alemanes. Quizá si nos hubierais dado la más mínima oportunidad, nosotros mismos los habríamos llevado ante la justicia.

Belinsky dejó la Währinger Strasse y se dirigió hacia el sur, pasando frente al gran edificio del Hospital General y entrando en la Alser Strasse, donde, recordando lo mismo que yo, redujo la velocidad del coche a niveles más mesurados. Me di cuenta de que había estado a punto de rebatir mis palabras, pero ahora se quedó callado, casi como si se sintiera obligado a evitar ofenderme. Deteniéndose frente a mi pensión, dijo:

– ¿Traudl tenía familia?

– No, que yo sepa. Solo Becker. -Sin embargo, no estaba seguro. Aquella fotografía suya con el coronel Poroshin todavía me obsesionaba.

– Bueno, entonces no hay problema. No voy a perder ni un minuto de sueño preocupándome por su dolor.

– Es mi cliente, por si lo has olvidado. Al ayudarte a ti, se supone que estoy trabajando para demostrar que él es inocente.

– ¿Estás convencido de eso?

– Sí.

– Pero, sin duda, debes de saber que está en la lista del Crowcass.

– Eres muy listo -dije como un tonto- al dejarme hacer todo el recorrido de esta manera, solo para decirme eso.Supón que tengo suerte y gano la carrera, ¿me dejarán recoger el premio?

– Tu amigo es un asesino nazi, Bernie. Mandaba un escuadrón de la muerte en Ucrania, asesinó a hombres, mujeres y niños. Diría que merece que lo cuelguen, tanto si mató a Linden como si no lo hizo.

– Eres muy listo, Belinsky -repetí con amargura, y empecé a bajar del coche.

– Pero, para mí, es gente de poca monta. Yo voy detrás de peces más grandes que Emil Becker. Tú puedes ayudarme, puedes tratar de reparar parte del daño que ha hecho tu país. Un gesto simbólico, si quieres. Quién sabe… si suficientes alemanes hicieran lo mismo, quizá se podría saldar la cuenta.

– ¿De qué hablas? -dije desde la calle-. ¿A qué cuenta te refieres?

Me apoyé en la puerta del coche y me incliné hacia adelante para ver cómo Belinsky se sacaba la pipa de la boca.

– La cuenta de Dios -dijo en voz baja.

Me eché a reír y moví la cabeza en un gesto de incredulidad.

– ¿Qué pasa? ¿Es que no crees en Dios?

– Lo que no creo es que podamos hacer tratos con Él. Tú hablas de Dios como si vendiera coches de segunda mano. Te he juzgado mal. Eres mucho más norteamericano de lo que pensaba.

– Ahí es donde te equivocas. A Dios le gusta hacer tratos. Mira el pacto que hizo con Abraham, y con Noé. Dios es un mercader, Bernie. Solo un alemán podría pensar que un trato es una orden directa.

– Ve al grano, ¿quieres? Porque hay grano, ¿no?

Su forma de actuar parecía indicarlo así.

– Voy a ser franco contigo…

– Oh, creía que ya lo habías sido hace un rato.

– Todo lo que te he dicho es verdad.

– Solo que aún queda algo más, ¿no?

Belinsky asintió y encendió la pipa. Sentí ganas de arrancársela de la boca de un manotazo. En vez de hacerlo, volví a entrar en el coche y cerré la puerta.

– Con tu inclinación a decir las verdades que te convienen, tendrías que conseguir trabajo en una agencia de publicidad. Oigámoslo.

– Pero no te pongas como una furia hasta que haya acabado, ¿vale?

Asentí secamente.

– Bien. Para empezar, nosotros, el Crowcass, creemos que Becker es inocente del asesinato de Linden. Verás, la pistola con que lo mataron fue utilizada para matar a alguien en Berlín hace casi tres años. Los de balística compararon aquella bala con la que mató a Linden y las dos fueron disparadas con la misma arma. Para el momento de la primera muerte, Becker tenía una coartada bastante buena: estaba prisionero en un campo ruso. Claro que podría haber comprado la pistola después, pero todavía no he llegado a la parte interesante, la parte que me hace desear que Becker sea inocente.

»La pistola era una Walther P38, especial para las SS. Examinamos los números de serie del archivo del Centro de Documentación de Estados Unidos y descubrimos que la misma pistola pertenecía a una serie entregada a los oficiales de alto rango de la Gestapo. Esta arma en concreto se la dieron a Heinrich Müller. Era una posibilidad muy remota, pero comparamos la bala que mató a Linden con la que mató al hombre que desenterramos y que se suponía que era Heinrich Müller y… ¿qué te parece? Dimos en el blanco. El que mató a Linden quizá fuera también responsable de meter a un falso Heinrich Müller en la tumba. ¿No lo ves, Bernie? Es la mejor pista que hemos tenido de que el Müller de la Gestapo todavía vive. Significa que hace solo unos meses puede que estuviera aquí en Viena, trabajando para la Org, de la cual tú eres ahora miembro. Puede que incluso siga aquí.

» ¿Sabes lo importante que es eso? Piénsalo, por favor. Müller fue el artífice del terror nazi. Durante diez años controló la policía secreta más brutal que el mundo haya conocido. Ese hombre tenía tanto poder como el mismo Himmler. ¿Tienes idea de la cantidad de gente que habrá torturado, de cuántas muertes habrá ordenado, de cuántos judíos, polacos, incluso alemanes habrá matado? Bernie, esta es tu oportunidad de ayudar a vengar a todos esos alemanes muertos, de que se haga justicia.

Solté una carcajada desdeñosa.

– ¿Es así como lo llamas cuando dejas que cuelguen a alguien por algo que no ha hecho? Corrígeme si me equivoco, Belinsky, pero ¿no es eso parte de tu plan, dejar que ahorquen a Becker?

– Naturalmente, espero que no sea necesario llegar a eso, pero sí lo es, entonces que así sea. Mientras la policíamilitar tenga a Becker, Müller no se asustará. Y si eso implica colgar a Becker, de acuerdo. Sabiendo lo que sé de Emil Becker, no perderé el sueño. -Belinsky estudió mi cara atentamente en busca de alguna señal de aprobación-. Vamos, eres un poli. Tú sabes cómo funcionan las cosas. No me digas que nunca has tenido que trincar a alguien por una cosa porque no podías probar otra. Al final todas las cuentas acaban cuadrando.

– Claro que lo he hecho, pero no cuando se trataba de la vida de alguien. Nunca he jugado con la vida de nadie.

– Siempre que nos ayudes a encontrar a Müller, estamos dispuestos a olvidarnos de Becker. -La pipa emitió una corta señal de humo, que parecía expresar una creciente impaciencia por parte de su dueño-. Mira, lo que te estoy diciendo es que pongas a Müller en el banquillo en lugar de a Becker.

– Y si encuentro a Müller, ¿qué? No creo que deje que me acerque y le ponga las esposas. ¿Cómo se supone que voy a encerrarlo sin que me vuele la cabeza?

– Eso puedes dejármelo a mí. Lo único que tienes que hacer es descubrir exactamente dónde está. Me telefoneas y mi equipo del Crowcass hará el resto.

– ¿Cómo lo reconoceré?

Belinsky tendió el brazo hacia el asiento trasero y cogió una cartera de piel barata. La abrió y sacó un sobre del cual sacó una fotografia de tamaño pasaporte.

– Este es Müller -dijo-. Parece que habla con un fuerte acento de Munich, así que, incluso si ha cambiado radicalmente de aspecto, no tendrás ninguna dificultad en reconocer su voz.

Me observó mientras yo colocaba la foto para que le diera la luz del farol y la miraba fijamente durante un rato.

– Tendrá cuarenta y siete años ahora. No es muy alto, y tiene unas grandes manos de campesino. Puede que siga llevando su anillo de casado.

La fotografía no decía mucho del hombre. No era una cara muy reveladora, pero, sin embargo, sí que era extraordinaria. Müller tenía un cráneo cuadrado, una frente alta y unos labios finos y tensos. Pero eran los ojos lo que te atrapaba, incluso en una foto como aquella. Los ojos de Müller eran como los de un muñeco de nieve; dos trozos de carbón negro y helado.

– Aquí tienes otra -dijo Belinsky-. Que se sepa, son las dos únicas fotos suyas que existen.

La segunda era una foto de grupo. Había cinco hombres sentados en torno a una mesa de roble como si hubieran estado cenando en un agradable restaurante. Reconocí a tres de ellos. A la cabecera de la mesa estaba Heinrich Himmler, jugueteando con su lápiz y sonriendo a Arthur Nebe, que estaba a su derecha. Arthur Nebe, mi viejo camarada, como hubiera dicho Belinsky. A la izquierda de Himmler, y visiblemente pendiente de cada una de las palabras del Reichsführer SS, estaba Reinhard Heydrich, el jefe de la RSHA, asesinado por terroristas checos en 1942.

– ¿Cuándo se tomó esta foto? -pregunté.

– En noviembre de 1939. -Belinsky se inclinó y señaló a uno de los otros dos hombres de la foto con la boquilla de la pipa-. Este de aquí es Müller -dijo-, el que está sentado al lado de Heydrich.

La mano de Müller se había movido en el mismo instante en que el objetivo de la cámara se abría y se cerraba; estaba borrosa como si tapara el papel que había encima de la mesa, pero incluso así el anillo de boda era visible con toda claridad. Tenía la mirada baja, casi como si no escuchara a Himmler. En comparación con Heydrich, la cabeza de Müller era pequeña. Llevaba el pelo cortado muy corto, afeitado incluso hasta la parte superior del cráneo, donde lo había dejado crecer un poco en una zona pequeña y muy bien cuidada.

– ¿Quién es el que está sentado frente a Müller?

– ¿El que toma notas? Es Franz Josef Huber. Era el jefe de la Gestapo en Viena. Puedes quedarte las dos si quieres. Son solo copias.

– Todavía no he aceptado ayudarte.

– Pero lo harás. Tienes que hacerlo.

– En este mismo momento tendría que decirte que te den por culo, Belinsky. ¿Sabes?, yo soy como un piano viejo, no me gusta que me manipulen. Pero estoy cansado. Y he bebido demasiado. Puede que mañana pueda pensar con un poco más de claridad.

Abrí la puerta del coche y bajé de nuevo.

Belinsky tenía razón: la carrocería del gran Mercedes negro estaba llena de abolladuras.

– Te llamaré por la mañana -dijo.

– Hazlo -dije, y cerré la puerta de golpe.

Se alejó conduciendo como si fuera el cochero del mismísimo diablo.

28

No dormí bien. Inquieto por lo que Belinsky me había dicho, mis pensamientos hacían que mis brazos y mis piernas se movieran sin cesar y, al cabo de muy pocas horas, cuando aún no había amanecido, me desperté bañado en un sudor frío para no volverme a dormir. «Si por lo menos no hubiera hablado de Dios», me dije.

Yo no era católico hasta que estuve prisionero en Rusia. El régimen del campo era tan duro que me pareció que había una posibilidad cierta de que acabara conmigo y, deseando estar en paz con lo más profundo de mi mente, acudí al único hombre de Iglesia que había entre mis compañeros de prisión, un sacerdote polaco. Me crié en la religión luterana, pero las creencias religiosas parecían una cuestión de escasa importancia en aquel sitio atroz.

Convertirme en católico cuando esperaba la muerte sólo me hizo aferrarme con más tenacidad a la vida y, cuando conseguí escapar y regresar a Berlín, continué asistiendo a misa y honrando la fe que parecía haberme librado de esa muerte.

Mi nueva Iglesia no tenía un buen historial en sus relaciones con los nazis, y también ahora se había distanciado de cualquier imputación de culpabilidad. De ahí se deducía que si la Iglesia católica no era culpable, tampoco lo eran sus miembros. Había, parecía, alguna base teológica para rechazar la culpabilidad colectiva de los alemanes. La culpa, decían los sacerdotes, era algo personal entre un hombre y su Dios, y su atribución a una nación por otra era una blasfemia, ya que solo podía ser una prerrogativa divina. Después de todo, lo único que quedaba por hacer era rogarpor los muertos, por los que habían pecado y porque toda aquella horrible y embarazosa época se olvidara lo más rápidamente posible.

Eran muchos los que seguían sintiéndose incómodos por la forma en que se escondía la suciedad moral debajo de la alfombra, pero es verdad que una nación no puede sentir una culpabilidad colectiva, que cada hombre debe hacerle frente personalmente. Solo ahora comprendía la naturaleza de mi propia culpa, y quizá no era muy diferente de la de muchos otros; era que no había dicho nada, que no había levantado la voz contra los nazis. También comprendí que me sentía resentido contra Heinrich Müller, porque como jefe de la Gestapo había hecho más que cualquier otro hombre para lograr la corrupción del cuerpo de policía al cual en una época yo me sentí orgulloso de pertenecer. De aquello había nacido un horror absoluto.

Ahora parecía que no era demasiado tarde para hacer algo, después de todo. Era posible que, al encontrar a Müller, símbolo no solo de mi propia corrupción, sino también de la de Becker, y llevarlo ante la justicia, pudiera quedar limpio de mi parte de culpa por lo que había sucedido.

Belinsky telefoneó temprano, casi como si ya hubiera adivinado mi decisión, y le dije que le ayudaría a encontrar al Müller de la Gestapo, no por el Crowcass ni por el ejército de Estados Unidos, sino por Alemania. Pero sobre todo, le dije, lo ayudaría a atrapar a Müller por mí mismo.

29

Lo primero que hice por la mañana, después de telefonear a König y concertar una reunión para entregarle el material aparentemente secreto de Belinsky, fue ir al despacho de Liebl en la Judengasse para que lo arreglara todo para que yo pudiera ver a Becker en la prisión.

– Quiero enseñarle una fotografía -le expliqué.

– ¿Una fotografía? -Liebl parecía esperanzado-. ¿Es una fotografía que puede llegar a ser una prueba?

Me encogí de hombros.

– Eso depende de Becker.

Liebl hizo un par de rápidas llamadas telefónicas, explotando la muerte de la prometida de Becker, la posibilidad de nuevas pruebas y la proximidad del juicio, que nos ganaron un acceso casi inmediato a la prisión. Hacía un hermoso día y fuimos hasta allí a pie, con Liebl enarbolando el paraguas como si fuera el abanderado de un regimiento de la guardia imperial.

– ¿Le ha contado lo de Traudl? -pregunté.

– Anoche.

– ¿Cómo se lo tomó?

Las grises cejas del viejo abogado se movieron con aire dubitativo.

– Sorprendentemente bien, Herr Gunther. Al igual que usted, yo esperaba que nuestro cliente quedaría deshecho por las noticias. -Las cejas volvieron a moverse, esta vez con un aire de consternación-. Pero no fue así. No, era su propia y desgraciada situación lo que parecía preocuparle. Además de sus progresos, o de la falta de ellos. Herr Becker parece tener una fe extraordinaria en su poder de detección. Un poder del cual, si puedo serle sincero, he visto pocas pruebas.

– Tiene derecho a tener su opinión, Doktor Liebl. Imagino que es usted como la mayoría de los abogados que he conocido: si su propia hermana le enviara una invitación a su boda, solo se daría por satisfecho si viniera firmada y sellada y en presencia de dos testigos. Puede que si su cliente se hubiera mostrado más comunicativo…

– ¿Sospecha que está ocultando algo? Sí, ya recuerdo que dijo algo de eso por teléfono ayer. Sin saber muy bien de qué estaba hablando, no me sentí en disposición de aprovecharme del… -vaciló un segundo mientras trataba de decidir si era razonable utilizar la palabra y luego decidió que sí-… dolor de Herr Becker para hacer esa acusación.

– Muy sensible por su parte, estoy seguro. Pero quizá esta fotografía le refresque la memoria.

– Así lo espero. Y puede que haya comprendido mejor su pérdida y muestre mejor su dolor.

Me pareció un sentimiento muy vienés.

Pero cuando vimos a Becker, apenas parecía afectado. Después de que un paquete de cigarrillos hubiera convencido al guardia para que nos dejara solos a los tres en el locutorio, traté de averiguar por qué.

– Siento lo de Traudl -dije-, era una chica encantadora de verdad.

Asintió con rostro inexpresivo, como si hubiera estado escuchando algún aburrido aspecto del procedimiento legal explicado por Liebl.

– Debo decir que no pareces muy disgustado -comenté.

– Lo estoy llevando de la mejor manera que sé -dijo en voz baja-. No hay mucho que yo pueda hacer desde aquí. Lo más probable es que ni siquiera me dejen asistir al funeral. ¿Cómo crees que me siento?

Me volví hacia Liebl y le pregunté si no le importaría salir de la sala unos minutos.

– Hay algo que quiero comentarle a Herr Becker en privado.

Liebl miró a Becker, que asintió secamente. Ninguno de los dos habló hasta que la pesada puerta se cerró detrás del abogado.

– Escúpelo, Bernie -dijo Becker bostezando a medias al mismo tiempo-. ¿Qué tienes en la cabeza?

– Fueron tus amigos de la Org los que la mataron -dije, observando atentamente su larga y delgada cara en buscade alguna señal de emoción. No estaba seguro de si era verdad o no, pero tenía interés en ver qué podía hacerle revelar. Pero no hubo nada-. En realidad, me pidieron que la matara yo.

– Así que estás en la Org -dijo entrecerrando los ojos. Su tono era cauto-. ¿Cuándo fue?

– Tu amigo König me reclutó.

Pareció que la cara se le relajaba un poco.

– Bueno, ya suponía que solo era cuestión de tiempo. Para ser sincero, no estaba del todo seguro de que no estuvieras en la Org cuando viniste a Viena. Con tus antecedentes, eres el tipo de persona que reclutan enseguida. Si estás dentro ahora, quiere decir que has trabajado rápido. Estoy impresionado. ¿Te dijo König por qué quería que eliminaras a Traudl?

– Me dijo que era una espía del MVD. Me enseñó una fotografía suya hablando con el coronel Poroshin.

Becker sonrió con tristeza.

– No era una espía -dijo negando con la cabeza-, y no era mi novia. Era la novia de Poroshin. Al principio se hizo pasar por mi prometida para que pudiera mantenerme en contacto con Poroshin mientras estaba en prisión. Liebl no sabía nada. Poroshin dijo que no te habías mostrado muy entusiasmado con venir a Viena; dijo que no parecías tener muy buena opinión de mí, se preguntaba si te quedarías mucho tiempo cuando vinieras. Así que pensó que sería una buena idea que Traudl te trabajara un poco y te persuadiera de que había alguien fuera que me quería, alguien que me necesitaba. Es un juez muy perspicaz del carácter, Bernie. Venga, admítelo, en gran parte, ella es la razón de que siguieras con mi caso. Porque pensabas que la madre y el niño se merecían el beneficio de la duda, incluso si yo no lo merecía.

Era Becker quien me observaba ahora, buscando alguna reacción. Era extraño, pero descubrí que no estabaenfadado en absoluto. Estaba acostumbrado a descubrir que, en cualquier momento dado, solo sabía la mitad de la verdad.

– Así que imagino que tampoco era enfermera.

– Sí que lo era. Solía robar penicilina para que yo la vendiera en el mercado negro. Fui yo quien se la presenté a Poroshin. -Se encogió de hombros-. No supe lo suyo hasta el cabo de un tiempo. Pero no me sorprendió. A Traudl le gustaba pasarlo bien, como a la mayoría de mujeres de esta ciudad. Ella y yo fuimos amantes durante un breve período, pero nada así dura mucho tiempo en Viena.

– Tu mujer dijo que le habías conseguido penicilina a Poroshin para una gonorrea. ¿Es verdad?

– Le conseguí penicilina, sí, pero no era para él. Era para su hijo. Tenía meningitis. Hay una epidemia, creo. Y escasez de antibióticos, especialmente en Rusia. Hay escasez de todo, salvo mano de obra, en la Unión Soviética.

»Después de eso, Poroshin me hizo un par de favores. Me arregló papeles, me dio una concesión de cigarrillos, ese tipo de cosas. Nos hicimos bastante amigos. Y cuando los de la Org decidieron reclutarme, se lo conté. ¿Por qué no? Pensaba que König y sus amigos eran una pandilla de sonados. Pero me gustaba sacarles dinero y, francamente, no estaba muy involucrado en la Org aparte de aquel trabajo de mensajero a Berlín. No obstante, Poroshin tenía mucho interés en que me acercara más a ellos, y cuando me ofreció un montón de dinero, acepté. Pero son absurdamente suspicaces, Bernie, y en cuanto expresé un cierto interés en hacer más trabajos para ellos, insistieron en que me sometiera a un interrogatorio sobre mi servicio en las SS y mi estancia en el campo de prisioneros soviético. Les preocupaba mucho que me hubieran soltado. No me dijeron nada en aquel momento, pero en vista de lo que hasucedido después, supongo que deben de haber decidido que no podían confiar en mí y me han quitado de en medio.

Becker encendió uno de sus cigarrillos y se recostó en la dura silla.

– ¿Por qué no le has contado todo esto a la policía?

Se echó a reír.

– ¿Crees que no lo he hecho? Cuando les hablé de la Org, aquellos estúpidos hijos de puta pensaron que les hablaba del movimiento clandestino Werewolf, ya sabes, esa mierda sobre un grupo terrorista nazi.

– Así que de ahí sacó Shields la idea.

– ¿Shields? -resopló Becker-. Es un maldito idiota.

– Bueno, pero ¿por qué no me hablaste a mí de la Org?

– Como te he dicho, Bernie, no estaba seguro de que no te hubieran reclutado ya en Berlín. Ex Kripo, ex Abwehr, habrías sido exactamente lo que andaban buscando. Pero si no hubieras estado en la Org y yo te hablaba de ellos, quizá habrías ido por toda Viena haciendo preguntas, en cuyo caso habrías acabado muerto, igual que mis dos socios. Y si estabas en la Org, pensé que quizá solo fuera en Berlín; que aquí, en Viena, serías solo otro detective más, aunque fueras uno que yo conocía y en quien confiaba. ¿Lo entiendes?

Gruñí a modo de respuesta y saqué mis propios cigarrillos.

– A pesar de todo, debiste habérmelo dicho.

– Quizá. -Dio unas enérgicas caladas al cigarrillo-. Escucha, Bernie, mi oferta original sigue en pie. Treinta mil dólares si puedes sacarme de este agujero. Así que si tienes algo en la manga…

– Tengo esto -dije interrumpiéndolo. Le enseñé la fotografía de Müller, la que era tamaño pasaporte-. ¿Lo reconoces?

– Creo que no. Pero he visto la foto antes, Bernie. Por lo menos, eso me parece. Traudl me la enseñó antes de que tú vinieras a Viena.

– ¿Ah, sí? ¿Y te dijo de dónde la había sacado?

– De Poroshin, supongo. -Estudió la foto con más atención-. Hojas de roble en el cuello, galones plateados en los hombros. Por su aspecto, un Brigadeführer de las SS. ¿Quién es?

– Heinrich Müller.

– ¿El Müller de la Gestapo?

– Oficialmente está muerto, así que me gustaría que no dijeras nada de esto por el momento. Me he asociado con el agente estadounidense de la Comisión de Crímenes de Guerra que está interesado en el caso Linden. Trabajaba para el mismo departamento. Parece que la pistola utilizada para matar a Linden pertenecía a Müller y se usó para matar a un hombre que se suponía que era Müller, lo cual puede querer decir que Müller sigue vivo. Naturalmente, los de Crímenes de Guerra quieren coger a Müller a cualquier precio, lo cual me temo que te deja a ti dónde estás, por lo menos de momento.

– No me importaría si fuera firme, pero el sitio que ellos tienen pensado para mí tiene una trampilla que se abre. ¿Te importa explicarme qué significa todo esto exactamente?

– Significa que no están dispuestos a hacer nada que asuste a Müller y haga que se marche de Viena.

– Suponiendo que esté aquí.

– Exacto. Como es una operación de espionaje, no están dispuestos a dejar que la policía militar sepa nada. Si se retiraran los cargos contra ti ahora, eso podría convencer a la Org de que el caso va a abrirse de nuevo.

– Por todos los santos, entonces, ¿eso dónde me deja a mí?

– El agente norteamericano con el que trabajo me ha prometido soltarte si podemos poner a Müller en tu sitio. Vamos a tratar de hacerlo salir de su madriguera.

– ¿Y hasta entonces van a dejar que el juicio siga su curso y quizá también la sentencia?

– Esa es la idea, más o menos.

– ¿Y tú me estás pidiendo que mantenga la boca cerrada mientras tanto?

– ¿Qué puedes decir? ¿Que es posible que a Linden lo matara un hombre que lleva muerto tres años?

– Es tan… -Becker tiró el cigarrillo a un rincón de la sala- tan jodidamente inhumano…

– Oye, ¿quieres quitarte el birrete? Mira, saben lo que hiciste en Minsk. Jugar con tu vida no les produce ningún escrúpulo. Para ser sincero, no les importa mucho si te cuelgan o no. Esta es tu única oportunidad y tú lo sabes.

Becker asintió, hosco.

Me levanté para marcharme, pero una idea repentina me hizo detenerme.

– Solo por curiosidad -dije-, ¿por qué te soltaron del campo de prisioneros de guerra soviético?

– Tú también estuviste preso, y ya sabes cómo era aquello: siempre con el terror de que descubrieran que habías estado en las SS.

– Por eso lo pregunto.

Vaciló un momento y luego dijo:

– Había un tipo que iban a soltar. Estaba muy enfermo e iba a morir de todos modos. ¿Qué sentido tenía repatriarlo? -Se encogió de hombros y me miró a los ojos con franqueza-. Así que lo estrangulé. Comí alcanfor para ponerme enfermo (por poco me mato) y ocupé su lugar. -Me aguantó la mirada-. Estaba desesperado, Bernie. Acuérdate de cómo era aquello.

– Sí, lo recuerdo -dije tratando de ocultar mi asco sin conseguirlo-. De cualquier modo, si me lo hubieras dicho antes, habría dejado que te colgaran.

Alargué la mano hacia la manija de la puerta.

– Todavía estás a tiempo. ¿Por qué no lo haces?

Si le hubiera dicho la verdad, Becker no habría comprendido de qué le hablaba. Probablemente pensara que la metafísica era algo que se usaba para fabricar penicilina barata para el mercado negro. Así que hice un gesto de negar con la cabeza y dije:

– Digamos que he hecho un trato con alguien.

30

Me reuní con König en el Café Speri en la Gumpendorfer Strasse, que estaba en el sector francés, pero cerca del Ring. Era un lugar grande y sombrío que los numerosos espejos estilo art nouveau de las paredes no conseguían alegrar y que albergaba varias mesas de billar de reducido tamaño. Cada una de esas mesas estaba iluminada por una luz fijada en el amarillento techo con una instalación de metal que parecía sacada de un viejo submarino.

El terrier de König estaba sentado a corta distancia de su amo, como el perro de las etiquetas de los discos, observando cómo jugaba una partida solitaria pero concentrada. Pedí un café y me acerqué a la mesa.

Estudió su jugada, a una distancia de emboque, y luego puso tiza en la punta del taco, dándose por enterado de mi presencia con un silencioso gesto de la cabeza.

– Nuestro Mozart era muy aficionado a este juego -dijo bajando la mirada al tapete-. Sin duda lo encontraba un facsímil muy agradable del dinamismo tan preciso de su intelecto. -Fijó la vista en la bola blanca como un francotirador afinando la puntería y, después de un prolongado y concentrado momento, disparó la blanca contra la primera roja y luego contra la otra. La segunda roja se deslizó a lo largo de la mesa, vaciló en el reborde de la tronera y, provocando un pequeño murmullo de satisfacción en su ejecutor (porque no existe manifestación más elegante de las leyes de la gravedad y el movimiento), resbaló sin ruido perdiéndose de vista.

– Yo, por otro lado, disfruto del juego por razones más sensuales. Adoro el sonido de las bolas al golpearse unas contra otras y la forma en que ruedan tan suavemente. -Recuperó la roja de la tronera y la volvió a colocar a su entera satisfacción-. Pero sobre todo adoro el color verde. ¿Sabía que entre los celtas el verde se considera un color de mala suerte? ¿No? Creen que al verde le sigue el negro, probablemente porque los ingleses colgaban a los irlandeses porque vestían de verde. ¿O eran los escoceses?

Durante unos momentos, König contempló casi como un demente la superficie de la mesa de billar, como si fuera a lamerla con la lengua.

– Mírelo -dijo-, el verde es el color de la ambición y de la juventud. Es el color de la vida y del descanso eterno.«Requiem aeternam dona eis.» -A desgana, dejó el taco encima de la mesa y, haciendo aparecer un enorme puro de uno de sus bolsillos, se apartó de la mesa. El terrier se levantó, expectante-. Por teléfono me dijo que tenía algo para mí. Algo importante.

Le entregué el sobre de Belinsky.

– Siento que no esté escrito en tinta verde -dije observando cómo sacaba los papeles-. ¿Sabe leer cirílico?

König negó con la cabeza.

– Me temo que igual podría ser gaélico. -Pero siguió adelante y desplegó los papeles en la mesa de billar y luego encendió el puro. Cuando el perro ladró, le ordenó que se callara-. ¿Sería tan amable de explicarme qué estoy mirando exactamente?

– Son los detalles de las disposiciones y sistemas del MVD en Hungría y en la Baja Austria. -Sonreí fríamente y me senté a la mesa de al lado, donde el camarero acababa de dejarme el café.

König asintió lentamente y siguió mirando los papeles fijamente, sin comprender nada, durante unos segundos más; luego los recogió, los devolvió al sobre y se los metió dentro del bolsillo de la chaqueta.

– Muy interesante -dijo sentándose a mi mesa-, suponiendo que sean auténticos…

– Ah, sí, lo son sin ninguna duda -dije enseguida.

Sonrió con aire paciente, como si yo no tuviera ni idea del demorado proceso por el que se verificaba adecuadamente esa información.

– Suponiendo que sean auténticos -repitió con tono firme-, ¿exactamente cómo llegaron a su poder?

Un par de hombres fueron a la mesa de billar y empezaron una partida. König apartó la silla y con un gesto de la cabeza me indicó que le siguiera.

– No se molesten -dijo uno de los jugadores-, hay sitio de sobra para moverse.

Pero nosotros nos apartamos igualmente. Y cuando estuvimos a una distancia más discreta de la mesa, empecé a contarle la historia que había ensayado con Belinsky. Sólo entonces König negó firmemente con la cabeza y cogió al perro, que le lamió la oreja, juguetón.

– Este no es ni el lugar ni el momento adecuados -dijo-. Pero estoy impresionado por lo rápido que ha ido.Enarcó las cejas y observó a los dos hombres de la mesa de billar con aire distraído-. He sabido esta mañana que le ha conseguido algunos cupones de gasolina a aquel amigo mío médico, el del Hospital General. -Comprendí que se refería al asesinato de Traudl-. Y tan poco tiempo después de que habláramos del asunto. No hay duda de que ha sido usted muy eficiente. -Le echó el humo al perro que tenía sobre las rodillas, el cual lo olió y luego estornudó-. En estos tiempos es tan difícil obtener suministros fiables de cualquier cosa en Viena…

Me encogí de hombros.

– Solo es cuestión de conocer a la gente adecuada, eso es todo.

– Como es su caso, evidentemente. -Palmeó el bolsillo de la chaqueta de su traje de tweed verde, donde había guardado los documentos de Belinsky-. En estas especiales circunstancias, creo que tendría que presentarle a alguien de la organización que podrá juzgar mejor que yo la calidad de su fuente. Alguien que da la casualidad de que quiere encontrarse con usted y decidir cuál es la mejor manera de utilizar a un hombre de su capacidad y de sus recursos. Habíamos pensado esperar unas semanas antes de hacer las presentaciones, pero esta nueva información lo cambia todo. No obstante, primero tengo que hacer una llamada. Tardaré unos minutos. -Miró al café y señaló una de las mesas de billar libres-. ¿Por qué no prueba unas cuantas tiradas mientras yo estoy fuera?

– No valgo mucho para los juegos de habilidad -dije-. Desconfío de cualquier juego que se base en algo que no sea la suerte. Así no tengo que culparme si pierdo. Tengo una enorme capacidad para la autorrecriminación.

En los ojos de König apareció un destello.

– Mi querido amigo -dijo levantándose de la mesa-, eso no parece alemán.

Lo observé mientras iba al fondo del bar para utilizar el teléfono, con el terrier trotando fielmente a su lado. Me pregunté quién sería la persona a quien iba a llamar, la persona que podía juzgar mejor la calidad de mi fuente; podría ser incluso Müller. Me parecía que era esperar demasiado tan pronto.

Cuando König volvió al cabo de unos minutos, parecía excitado.

– Como pensaba -dijo, asintiendo entusiasmado-, hay alguien que tiene muchas ganas de ver este material inmediatamente y de conocerlo a usted. Tengo el coche fuera. ¿Vamos?

El coche era un Mercedes, como el de Belinsky. Y al igual que Belinsky, König conducía demasiado rápido para que fuera seguro en una carretera sobre la que había llovido mucho. Le dije que era mejor llegar tarde que no llegar, pero no me hizo caso. Mi sensación de incomodidad se agravaba por culpa del perro, que iba sentado en las rodillas de su amo y no dejó de ladrar, excitado, a la carretera durante todo el viaje, como si el animal fuera indicando por dónde teníamos que ir. Reconocí la carretera: era la que llevaba a los Estudios Sievering, pero justo en ese momento se bifurcaba y giramos hacia el norte por la Grinzinger Allee.

– ¿Conoce Grinzing? -gritó König por encima de los incesantes ladridos del perro. Le dije que no-. Entonces no conoce de verdad a los vieneses -opinó-. Grinzing es famoso por su producción de vinos. En verano todo el mundo viene aquí por la noche para ir a las tabernas que venden la nueva cosecha. Beben demasiado, escuchan un cuarteto Schrammel y cantan antiguas canciones.

– Suena muy hogareño -dije sin demasiado entusiasmo.

– Sí que lo es. Yo mismo tengo un par de viñedos por aquí. Solo dos campos pequeños, ¿sabe? Pero es un comienzo. Un hombre debe tener tierras, ¿no le parece? Volveremos en verano y entonces podrá probar el vino nuevo. El alma de Viena.

Grinzig casi no parecía las afueras de Viena, sino más bien un pueblecito encantador. Pero debido a su proximidad a la capital, su acogedor encanto campestre parecía tan falso como uno de los decorados que construían en Sievering. Subimos una colina por una carretera estrecha y llena de curvas que pasaba entre viejas posadas Heurige y jardines de casitas de campo, con König proclamando lo bonito que era todo ahora que había llegado la primavera. Pero para lo único que servía la visión de tanto provincianismo de libro de cuentos era para despertar el desdén de mis facetas ciudadanas, y me limité a un gruñido malhumorado y a murmurar algo sobre los turistas. Para alguien más habituadoa ver siempre escombros, Grinzing, con sus numerosos árboles y viñedos, parecía muy verde. No obstante, no mencioné esa impresión por temor a que hiciera que König se lanzara a uno de sus extraños monólogos sobre ese enfermizo color.

Detuvo el coche frente a un alto muro de ladrillo amarillo que rodeaba una casa grande, pintada de amarillo, y un jardín que parecía haberse pasado el día en un salón de belleza. La casa misma era un edificio alto, de tres plantas, con un tejado abuhardillado. Dejando de lado su brillante colorido, había una cierta austeridad de detalles en la fachada, que prestaba a la casa un aspecto institucional. Parecía una especie bastante opulenta de ayuntamiento.

Seguí a König a través de la verja y por un sendero con unos bordes inmaculados hasta una pesada puerta de roble tachonada del tipo que parece esperar que enarboles un hacha de guerra al llamar. Entramos directamente en la casa y pisamos un suelo de madera que crujía tanto que habría provocado un infarto a un bibliotecario.

König me condujo hasta una salita, me dijo que esperara allí y se fue, cerrando la puerta. Eché una mirada alrededor, pero no había mucho que ver, salvo el hecho de que el propietario tenía un gusto bucólico en lo referente al mobiliario. Una mesa toscamente labrada bloqueaba la puerta cristalera y un par de sillas rústicas de media luna estaban dispuestas frente a una chimenea vacía más grande que el pozo de una mina. Me senté en una otomana algo más cómoda, volví a atarme los cordones de los zapatos y luego me limpié las puntas con el borde de la gastada alfombra. Debí de esperar una media hora hasta que volvió König a buscarme. Me llevó por un laberinto de pasillos y por unas escaleras hasta la parte trasera de la casa, con los modales de alguien cuya chaqueta lleva un forro de paneles de roble. Sin importarme si se sentía ofendido o no ahora que iba a conocer a alguien más importante, dije:

– Si se cambiara ese traje, resultaría un maravilloso mayordomo.

König no se volvió, pero le oí mostrar la dentadura postiza y soltar una risa corta y seca.

– Me alegro de que lo crea. ¿Sabe?, aunque me gusta el sentido del humor, no le aconsejaría que lo ejercitara con general. Francamente, tiene un carácter muy severo.

Abrió la puerta y entramos en una sala luminosa y aireada, con fuego en la chimenea y hectáreas de librerías vacías. Al lado de la gran ventana, detrás de una larga mesa de biblioteca, había una figura vestida de gris, con el pelo muy corto, que me pareció reconocer. El hombre se volvió y sonrió, y no me cupo ninguna duda de que su nariz aguileña pertenecía a una cara de mi pasado.

– Hola, Gunther -dijo.

König me miró burlonamente mientras yo parpadeaba, sin palabras, ante la sonriente figura.

– ¿Cree usted en fantasmas, Herr König? -pregunté.

– No, ¿y usted?

– Ahora sí. Si no me equivoco, al caballero de la ventana lo colgaron en 1945 por su participación en el complot para matar a Hitler.

– Puedes dejarnos, Helmut -sugirió el hombre de la ventana.

König asintió concisamente, se dio media vuelta y se marchó.

Arthur Nebe señaló una silla frente a la mesa en la cual estaban desplegados los documentos de Belinsky al lado de unas gafas y una pluma.

– Siéntate -dijo-. ¿Una copa? -Se echó a reír-. Tienes aspecto de necesitarla.

– No pasa todos los días que te encuentres a un resucitado -dije lentamente-. Mejor que sea larga.

Nebe abrió un enorme mueble-bar de madera tallada, desvelando un interior de mármol lleno de botellas. Sacó una botella de vodka y dos vasos pequeños, que llenó hasta el borde.

– Por los viejos camaradas -dijo, levantando el vaso.

Sonreí, vacilante.

– Bébetelo, no hará que vuelva a desaparecer.

Me bebí el vodka de un trago y respiré profundamente cuando me llegó al estómago.

– La muerte te sienta bien, Arthur. Tienes muy buen aspecto.

– Gracias. Nunca me había sentido mejor.

Encendí un cigarrillo y lo dejé entre los labios un rato.

– ¿Fue en Minsk, verdad? -dijo-. En 1941. La última vez que nos vimos.

– Exacto. Hiciste que me trasladaran a la Oficina de Crímenes de Guerra.

– Tendría que haberte llevado a juicio por lo que me pediste. Incluso hacerte fusilar.

– Por lo que sé, eras muy aficionado a fusilar a la gente aquel verano. -Nebe hizo caso omiso de mis palabras-. ¿Por qué no lo hiciste?

– Porque eras muy buen policía. Por eso.

– Tú también lo eras; por lo menos antes de la guerra. -Di una intensa calada al cigarrillo-. ¿Qué te hizo cambiar, Arthur?

Nebe saboreó la bebida durante un momento y luego se la acabó de un trago.

– Es un buen vodka -comentó en voz baja, casi para sí mismo-. Bernie, no esperes que te dé una explicación. Tenía unas órdenes que ejecutar, y era ellos o yo. Mata o déjate matar. Así fue siempre en las SS. Diez, veinte, treinta mil… después de calcular que para salvar la vida tienes que matar a otros, entonces el número carece de importancia. Esa fue mi solución final, Bernie, la solución final al acuciante problema de mi propia supervivencia. Tuviste suerte de que nunca te exigieran que hicieras ese cálculo.

– Gracias a ti.

Nebe se encogió de hombros modestamente, antes de señalar los papeles extendidos delante de él.

– Me alegro de no haberte hecho fusilar, ahora que he visto esto. Naturalmente, este material tendrá que ser evaluado por un experto, pero a primera vista parece que te ha tocado la lotería. De todos modos, me gustaría que me dijeras algo más de tu fuente.

Le repetí mi historia, después de lo cual Nebe dijo:

– ¿Crees que es de fiar, ese ruso tuyo?

– Nunca me ha fallado -dije-. Claro que entonces solo me arreglaba papeles.

Nebe volvió a llenar los vasos y frunció el ceño.

– ¿Hay algún problema? -pregunté.

– Es solo que en los diez años que hace que te conozco, Bernie, no puedo encontrar nada que me convenza de que ahora eres un vulgar estraperlista.

– Eso no tendría que resultar más difícil de lo que me resulta a mí convencerme de que eres un criminal de guerra, Arthur. O, si a eso vamos, aceptar que no estés muerto.

Nebe sonrió.

– Ahí tienes razón. Pero con tantas oportunidades ofrecidas a ese enorme número de personas desplazadas, me sorprende que no volvieras a tu antiguo oficio, a hacer de investigador privado.

– La investigación privada y el mercado negro no son mutuamente excluyentes -dije-. La buena información como la penicilina o los cigarrillos: tiene su precio. Y cuanto mejor, cuanto más ilícita es la información, más alto es su precio. Siempre ha sido así. Por cierto, mi ruso quiere cobrar.

– Siempre quieren cobrar. A veces creo que los ivanes tienen más confianza en el dólar que los mismos norteamericanos. -Nebe entrelazó las manos y puso los índices a lo largo de su nariz, de aspecto astuto. Luego me señaló con ellos como si llevara una pistola-. Lo has hecho muy bien, Bernie. Muy bien de verdad. Pero tengo que confesar que sigo intrigado.

– ¿Por qué me dedique al mercado negro?

– Puedo aceptar esa idea más fácilmente que la de que mataras a Traudl Braunsteiner. El asesinato no fue nunca tu especialidad.

– Yo no la maté -dije-. König me dijo que lo hiciera y pensé que podría, porque era comunista. Aprendí a odiar a los comunistas cuando estuve en un campo de prisioneros soviético. Incluso lo bastante para matar. Pero cuando lo pensé bien, me di cuenta de que no podría hacerlo. No a sangre fría. Quizá habría podido hacerlo si hubiera sido un hombre, pero no una chica. Iba a decírselo esta mañana, pero cuando me felicitó por haberlo hecho, decidí mantener la boca cerrada y quedarme con el mérito. Calculé que podría sacar algo de dinero.

– Así que alguien la mató. Qué interesante. No tienes idea de quién fue, supongo.

Negué con la cabeza.

– Un misterio, entonces.

– Igual que tu resurrección, Arthur. ¿Cómo te las arreglaste?

– Me temo que no fue obra mía -dijo-. Fue algo que idearon los de Inteligencia. En los últimos meses de la guerra, amañaron los historiales de servicio del personal de alto rango de las SS y del partido para que pareciera que habíamos muerto. A la mayoría nos ejecutaron por nuestra participación en el complot del conde Stauffenberg para matar al Führer. Bueno, ¿qué eran otras cien ejecuciones en una lista que ya tenía miles de nombres? A otros nos pusieron en las listas de víctimas de los bombardeos o de la batalla de Berlín. Luego lo único que quedaba por hacer era asegurarse de que esos historiales caían en manos de los estadounidenses. Así que las SS transportaron losficheros a un molino de papel cerca de Munich y se le dieron instrucciones al propietario, un buen nazi, para que esperara hasta que los estadounidenses estuvieran en el umbral de su puerta antes de empezar a destruirlos. -Nebe se echó a reír-. Me acuerdo de haber leído en el periódico lo satisfechos consigo mismos que estaban los norteamericanos. ¡Qué golpe maestro creían haber dado! Por supuesto, la mayor parte de lo que encontraron era auténtico. Pero para aquellos de entre nosotros que corríamos un mayor riesgo por sus ridículas investigaciones sobre los crímenes de guerra, los documentos falsos nos proporcionaron espacio para respirar y suficiente tiempo para establecer una nueva identidad. No hay nada como estar muerto para conseguir un poco de espacio. -Se rió de nuevo-. En cualquier caso, ese Centro de Documentación de Estados Unidos en Berlín sigue trabajando para nosotros.

– ¿Qué quieres decir? -dije, preguntándome si estaría a punto de averiguar algo que arrojara luz sobre por qué habían matado a Linden. ¿O es que había descubierto que los historiales habían sido amañados antes de caer en manos de los Aliados? ¿No habría sido eso suficiente para justificar su muerte?

– No, ya te he dicho bastante por ahora. -Nebe bebió un poco más de vodka y se lamió los labios con satisfacción-. Estamos viviendo una época interesante, Bernie. Un hombre puede ser quien quiera ser. Mírame a mí, mi nuevo nombre es Nolde, Arthur Nolde, y elaboro vino en esta finca. Resucitado, has dicho. Bueno, aquí no estamos tan lejos de eso. Solo nuestros nazis muertos se levantan incorruptos. Hemos cambiado, amigo mío. Son los rusos los que llevan los gorros negros y tratan de dominar la ciudad. Ahora que trabajamos para los estadounidenses, somos los buenos de la película. El doctor Schneider, el hombre que montó la Org con ayuda de su CIC, se reúne regularmente con ellos en nuestro cuartel general de Pullach. Incluso ha estado en Estados Unidos para conocer a su secretario de Estado. ¿Puedes imaginártelo? ¡Un oficial alemán de alto rango trabajando con el segundo del presidente! No sepuede llegar a ser más incorruptible que eso, no en estos tiempos.

– Si no te importa -dije-, me resulta difícil pensar en los estadounidenses como santos. Cuando volví de Rusia mi mujer conseguía una ración extra de un capitán norteamericano. A veces pienso que no son mejores que los ivanes.

Nebe se encogió de hombros.

– En la Org no eres el único que piensa así -dijo-, pero, por mi parte, nunca he sabido que los ivanes le pidieran permiso a una dama ni le dieran unas cuantas tabletas de chocolate antes. Son animales. -Sonrió al ocurrírsele algo-. De cualquier modo, tengo que admitir que algunas de esas mujeres deberían estar agradecidas a los rusos. De no ser por ellos, quizá nunca habrían sabido cómo era.

Era un chiste malo y de mal gusto, pero me reí con él. Nebe seguía asustándome, lo bastante como para querer ser una buena compañía para él.

– ¿Y qué hiciste con tu mujer y ese capitán norteamericano? -dijo cuando dejó de reír.

Algo hizo que me contuviera antes de contestar. Arthur Nebe era un hombre inteligente. Antes de la guerra, como jefe de la policía criminal, había sido uno de los policías más destacados de Alemania. Habría sido arriesgado darle una respuesta que indicara que había querido matar a un capitán estadounidense. Nebe veía hechos corrientes que merecían ser investigados donde otros solo veían la mano de un dios caprichoso. Lo conocía demasiado bien para creer que habría olvidado que, en una ocasión, había designado a Becker para una investigación de asesinato que yo llevaba a cabo. Si había cualquier cosa que sugiriera una relación, por accidental que fuera, entre la muerte de un oficial estadounidense que afectaba a Becker y la muerte de otro que me afectaba a mí, no tenía ninguna duda de que Nebe daría órdenes de que me mataran. Un oficial estadounidense ya era bastante malo; dos habrían sido demasiada coincidencia. Así que me encogí de hombros, encendí un cigarrillo y dije:

– ¿Qué puedes hacer, salvo asegurarte de que es ella y no él quien recibe el puñetazo en la boca? A los oficiales norteamericanos no les gusta mucho que los abofeteen, sobre todo los boches. Uno de los pequeños privilegios de laconquista es que no tienes que dejar que te toque los cojones ninguno de tus enemigos derrotados. Imagino que no lo habrás olvidado, precisamente tú, Herr Gruppenführer.

Observé su sonrisa con una gran curiosidad. Era una sonrisa astuta en una cara de zorro viejo, pero los dientes parecían bastante reales.

– Fue muy sensato por tu parte -dijo-, eso de ir matando norteamericanos por ahí no funciona.

Después de una larga pausa y confirmándome mis temores respecto a él, añadió:

– ¿Recuerdas a Emil Becker?

Habría sido estúpido hacer como si tratara de recordar. Me conocía demasiado bien.

– Claro -dije.

– La chica que König te dijo que mataras era su novia. Bueno, en cualquier caso, una de sus novias.

– Pero König dijo que era del MVD -dije frunciendo el ceño.

– Y lo era. Y Becker también. Mató a un oficial estadounidense. Pero antes había tratado de infiltrarse en la Org.

Negué con la cabeza, lentamente.

– Un sinvergüenza, quizá -dije-, pero no veo a Becker como espía de los ivanes. -Nebe asintió repetidamente-. ¿Aquí, en Viena? -Volvió a asentir-. ¿Sabía que tú estabas vivo?

– Por supuesto que no. Lo utilizamos para hacer algunos trabajos de mensajero de vez en cuando. Fue un error. Becker estaba en el mercado negro, como tú, Bernie. Y con bastante éxito, por lo que parece. Pero se engañaba respecto a su valor para nosotros. Pensaba que era el centro de un enorme lago, pero no estaba ni siquiera cerca de allí. Con franqueza, si un meteorito hubiera aterrizado en mitad del lago, Becker ni hubiera visto las ondas del agua.

– ¿Cómo lo descubristeis?

– Nos lo dijo su mujer. Cuando Becker volvió del campo de prisioneros soviético, nuestra gente de Berlín envió a alguien a su casa para ver si lo podíamos reclutar para la Org. Bueno, no lo encontraron, y para cuando lograron hablar con la mujer, él ya se había marchado y vivía en Viena. La mujer les contó la relación de Becker con un coronel ruso del MVD. Pero por alguna razón (en realidad fue solo jodida ineficacia), pasó bastante tiempo hasta que la información llegó aquí, a la sección vienesa. Y para entonces ya lo había reclutado uno de nuestros hombres.

– ¿Y dónde está ahora?

– Aquí en Viena, en prisión. Los estadounidenses lo van a juzgar por asesinato y, con toda certeza, lo colgarán.

– Eso debe haber sido muy conveniente para vosotros -dije hurgando en el asunto-. Un poco demasiado conveniente, si me permites decirlo.

– ¿Instinto profesional, Bernie?

– Llámalo un pálpito. De ese modo, si me equivoco, no pareceré un aficionado.

– Sigues confiando en lo que dicen tus vísceras, ¿eh?

– Y más ahora que vuelvo a tener algo dentro de ellas, Arthur. Viena es una ciudad rica comparada con Berlín.

– ¿Así que crees que nosotros matamos al estadounidense?

– Eso dependería de quién fuera y de si teníais una buena razón. Entonces lo único que tendríais que hacer era aseguraros de que le cargaran el muerto a alguien. A alguien de quien quisierais libraros. De ese modo matabais dos pájaros de un tiro. ¿Tengo razón?

Nebe inclinó la cabeza hacia un lado.

– Quizá. Pero no te atrevas siquiera a recordarme lo buen detective que eras haciendo algo tan estúpido como demostrarlo. Sigue siendo una cuestión muy delicada para alguna gente de esta sección, así que sería mejor que cerraras el pico sobre este asunto.

» ¿Sabes?, si de verdad quieres jugar a los detectives, podrías darnos el beneficio de tus consejos para que podamos encontrar a una persona desaparecida, uno de los nuestros. Se llama Karl Heim y es dentista. Se suponía que un par de los nuestros tenían que acompañarlo a Pullach a primera hora de esta mañana, pero cuando fueron a su casa, no había señales de él. Por supuesto, puede que haya ido a hacer la cura local (Nebe quería decir una ronda por los bares), pero en esta ciudad siempre cabe la posibilidad de que se lo hayan llevado los ivanes. Hay un par de bandas autónomas con las que trabajan los rusos. A cambio, les dan concesiones para vender cigarrillos en el mercado negro. Por lo que hemos podido averiguar, las dos bandas dependen del coronel ruso de Becker. Probablemente, así es como conseguía la mayoría de sus suministros.

– Claro -dije nervioso por esta última revelación de la asociación de Becker con el coronel Poroshin-. ¿Quéquieres que haga?

– Habla con König -me ordenó Nebe- y dale algún consejo para tratar de encontrar a Heim. Si tienes tiempo, incluso podrías echarle una mano.

– Es bastante fácil -dije-. ¿Algo más?

– Sí, me gustaría que volvieras mañana por la mañana. Hay uno de los nuestros que se ha especializado en todo lo relativo al MVD. Tengo la sensación de que estará especialmente interesado en hablar contigo sobre esa fuente tuya. ¿Digamos a las diez?

– A las diez -repetí.

Nebe se levantó y rodeó la mesa para darme la mano.

– Es agradable ver una vieja cara, Bernie, incluso si se parece a mi conciencia.

Sonreí débilmente y le estreché la mano con fuerza.

– Lo pasado, pasado está -dije.

– Exactamente -dijo, poniéndome la otra mano sobre el hombro-. Hasta mañana, entonces. König te acompañará a la ciudad. -Nebe abrió la puerta y me precedió escaleras abajo hasta la parte delantera de la casa-. Siento lo de ese problema con tu mujer. Podría hacer que le enviaran algo del economato si quieres.

– No te molestes -dije rápidamente. Lo último que quería era que alguien de la Org se presentara en mi piso en Berlín y empezara a hacerle preguntas embarazosas que ella no sabría cómo contestar-. Trabaja en un café norteamericano y consigue todo lo que necesita.

En el vestíbulo nos encontramos con König jugando con su perro.

– Mujeres -dijo Nebe riendo-. Fue una mujer la que le compró el perro a König, ¿no es verdad, Helmut?

– Sí, Herr General.

Nebe se inclinó para hacerle cosquillas al perro en la barriga. Este se puso panza al aire para ofrecerse sumisamente a la mano de Nebe.

– ¿Y sabes por qué le compró un perro? -Noté la incómoda imitación de sonrisa de König y supe que Nebe estaba a punto de gastarle una broma-. Para que este hombre aprendiera a obedecer.

Me reí con los dos, pero después de solo unos días de estrecha relación con König, pensé que Lotte Hartmann habría preferido enseñarle a su novio a recitar la Torá.

31

El cielo estaba encapotado cuando llegué a mis habitaciones. Oí cómo una ráfaga de lluvia golpeaba contra los cristales y unos segundos más tarde hubo un corto relámpago y un tremendo trueno que hizo que las palomas de la terraza huyeran en busca de cobijo. Me levanté y contemplé cómo la tormenta hacía oscilar los árboles e inundaba las alcantarillas, descargando la atmósfera de toda su energía sobrante hasta que el aire quedó limpio y agradable de nuevo.

Diez minutos después, los pájaros cantaban en los árboles, como si celebraran el purificador aguacero. Parecía que había mucho que envidiarles en aquella rápida cura climática y deseé que la presión que sentía en mis propios nervios hubiera podido resolverse con la misma facilidad. El esfuerzo por no dejarme atrapar por todas aquellas mentiras, incluyendo las mías, me estaba llevando rápidamente al agotamiento de mi ingenio y corría el peligro de no poder seguir el ritmo de todo el asunto. Por no hablar de mi vida.

Eran alrededor de las ocho cuando llamé a Belinsky al Sacher, un hotel de la Philharmonikerstrasse requisado por los militares. Pensaba que quizá fuera demasiado tarde para encontrarlo, pero allí estaba. Parecía relajado, como si hubiera sabido todo el tiempo que la Org se tragaría su cebo.

– Te dije que te llamaría -le recordé-. Es un poco tarde, pero he estado ocupado.

– No pasa nada. ¿Se la tragaron… la información?

– Casi se me tragan también la mano. König me llevó a una casa en Grinzing. Posiblemente es su cuartel general aquí, en Viena, pero no estoy seguro. Sin duda es lo bastante grandioso.

– Bien. ¿Viste a Müller por alguna parte?

– No, pero vi a alguien más.

– ¿Ah, sí? ¿Y quién era?

La voz de Belinsky sonaba fría.

– Arthur Nebe.

– ¿Nebe? ¿Estás seguro de eso?

Ahora volvía a estar excitado.

– Claro que estoy seguro. Conozco a Nebe desde antes de la guerra. Pensaba que había muerto, pero esta tarde hablamos casi una hora. Quiere que ayude a König a encontrar a nuestro amigo el dentista y que vuelva mañana por la mañana a Grinzing a una reunión para hablar de tus cartas de amor rusas. Tengo la impresión de que Müller estará allí.

– ¿Qué te hace creer eso?

– Nebe dijo que habría alguien especializado en todas las cuestiones relativas al MVD.

– Sí, viniendo de Arthur Nebe esa descripción podría encajar con Müller. ¿A qué hora es la reunión?

– A las diez.

– Eso solo me deja esta noche para organizado todo. Déjame que piense un minuto. -Se quedó en silencio tanto tiempo que empecé a dudar de que siguiera al otro lado del teléfono. Pero entonces oí que suspiraba profundamente-. ¿A qué distancia está la casa de la carretera?

– Unos veinte o treinta metros en la parte de delante y en el lado norte. Detrás de la casa y hacia el sur hay un viñedo. No sabría decirte cómo de lejos queda la carretera por ese lado. Hay una hilera de árboles entre la casa y los viñedos. Y algunos edificios anexos.

Le di indicaciones sobre la casa lo mejor que pude.

– De acuerdo -dijo con tono de eficiencia-, esto es lo que haremos: después de las diez, empezaré a hacer que mis hombres rodeen la casa a una discreta distancia. Si Müller está allí, nos haces una señal, y entraremos y lo cogeremos Esa será la parte difícil, porque te estarán vigilando de cerca. Mientras estuviste allí, ¿usaste el cuarto de baño?

– No, pero pasé delante de uno en el primer piso. Si la reunión es en la biblioteca donde estuve con Nebe, como imagino, ese será el que use. Da al norte, hacia Josefstadt y la carretera. Y hay una ventana, con una persiana enrollable de color beige. Quizá podría usar la persiana para hacerte una señal.

Hubo otro silencio. Y luego dijo:

– A las diez y veinte, o lo más cerca que puedas de esa hora, vas a la sala de música. Cuando estés allí bajas la persiana y cuentas cinco segundos y luego la subes durante cinco segundos más. Lo haces tres veces. Yo estaré vigilando con prismáticos y cuando vea la señal haré sonar la bocina del coche tres veces. Esa será la señal para que mis hombres se pongan en marcha. Entonces tú te reincorporas a la reunión, te sientas y esperas a que llegue la caballería.

– Suena bastante sencillo. Demasiado sencillo, en realidad.

– Mira, boche, te sugeriría que sacaras el culo por la ventana y silbaras «Dixie», pero eso podría llamar la atención. -Emitió una especie de suspiro irritado-. Una redada así exige un montón de papeleo, Gunther. Tengo que idear nombres en clave y conseguir todo tipo de autorizaciones especiales para una importante operación sobre el terreno. Y luego, si todo resulta ser una falsa alarma, habrá una investigación. Espero que estés en lo cierto respecto a Müller. ¿Sabes?, me voy a pasar la noche levantado organizando esta fiestecita.

– Esta es la gota que colma el vaso -dije-. Seré yo el que estará atrapado en la playa y aquí estás tú quejándote de que haya un poco de arena en el aceite. Bueno, siento de verdad que tengas que hacer todo ese jodido papeleo.

Belinsky se echó a reír.

– Venga ya, boche. No te enfades por esto. Solo quería decir que estaría bien si supiéramos con seguridad que Müller va a estar allí. Sé razonable. Todavía no sabemos seguro que forme parte del tinglado de la Org en Viena.

– Claro que lo sabemos -mentí-. Esta mañana he ido a la prisión y le he enseñado a Emil Becker una de las fotos de Müller. Lo ha identificado inmediatamente como el hombre que estaba con König cuando le pidió a Becker que tratara de encontrar al capitán Linden. A menos que Müller esté enamorado de König, eso significa que forma parte de la sección vienesa de la Org.

– Joder -dijo Belinsky-, ¿por qué no se me ocurriría a mí hacer eso? Es tan sencillo. ¿Está seguro de que era Müller?

– No tiene ni la más mínima duda. -Seguí dándole cuerda de esa manera durante un rato hasta que estuve seguro de él-. Vale, tranquilízate. En realidad, Becker no lo identificó en absoluto, pero había visto la foto antes. Traudl Braunsteiner se la enseñó. Solo quería estar seguro de que no fuiste tú quien se la había dado.

– Sigues sin confiar en mí, ¿eh, boche?

– Si voy a meterme en la boca del lobo por ti, tengo derecho a ponerte a prueba antes.

– Sí, por supuesto, eso nos deja todavía con el problema de dónde conseguiría Traudl Braunsteiner una foto deMüller.

– De un cierto coronel Poroshin, del MVD, supongo. Le dio a Becker una concesión de cigarrillos aquí en Viena a cambio de información y algún que otro secuestro. Cuando Becker fue abordado por la Org, se lo contó todo a Poroshin y aceptó tratar de averiguar todo lo que pudiera. Después de que Becker fuera arrestado, Traudl actuó como mensajera entre ellos. En realidad, solo se hizo pasar por novia de Becker.

– ¿Sabes qué significa esto, boche?

– Significa que los ivanes también van detrás de Müller, ¿no?

– Pero ¿has pensado en lo que pasaría si lo atraparan? Francamente no tiene muchas posibilidades de tener un juicio en la Unión Soviética. Como ya te he dicho, Müller hizo un estudio especial de los métodos de la policía soviética. No, los rusos quieren a Müller porque puede serles muy útil. Por ejemplo, podría decirles quiénes eran todos los agentes de la Gestapo en la NKVD. Hombres que posiblemente siguen en el mismo sitio en el MVD.

– Esperemos que esté allí mañana.

– Será mejor que me digas cómo llegar a ese sitio.

Le di unas indicaciones claras y le pedí que no llegara tarde.

– Tengo miedo de esos cabrones -le expliqué.

– ¿Quieres saber una cosa? A mí me dais miedo todos vosotros, los boches, pero no tanto como los ivanes. -Soltó aquella risita que casi había empezado a gustarme-. Adiós, boche -dijo-, y buena suerte.

Y luego colgó, dejándome mirando fijamente el ronroneante auricular con la curiosa sensación de que la voz incorpórea con la que había estado hablando procedía de mi propia imaginación.

32

El humo se desplazaba hacia el techo abovedado del club nocturno como si fuera la más espesa niebla del averno. Envolvía la solitaria figura de Belinsky, que, como un Bela Lugosi surgiendo de un cementerio, se acercó a la mesa donde yo estaba. La banda que estaba escuchando mantenía el ritmo casi tan bien como un bailarín de claqué con una sola pierna, pero de alguna manera él se las arregló para andar siguiendo la melodía que sonaba. Sabía que seguía enfadado conmigo por haber dudado de él y que era muy consciente, incluso ahora, de que seguía tratando de averiguar por qué no había pensado en enseñarle la foto de Müller a Becker. Así que no me sorprendió cuando me agarró por el pelo y me golpeó la cabeza contra la mesa dos veces, diciéndome que era un boche suspicaz. Me levanté y me encaminé hacia la puerta tambaleándome para encontrarme con que Arthur Nebe me bloqueaba la salida. Su presencia allí era tan inesperada que por un momento no pude resistirme cuando Nebe me agarró por las dos orejas y me golpeó el cráneo contra la puerta una vez y luego otra vez, por si acaso, diciendo que si no había matado a Traudl Braunsteiner, entonces quizá tendría que averiguar quién lo había hecho. Liberé la cabeza de sus manos y le dije que igual podría adivinar que Rumpelstiltskin se llamaba Rumpelstiltskin.

Volví a sacudir la cabeza, sin querer, y parpadeé en la oscuridad. Sonó otro golpe en la puerta y oí una voz que hablaba casi susurrando.

– ¿Quién es? -dije alargando el brazo para encender la luz de la mesita de noche y luego para coger el reloj. El nombre no me hizo ninguna impresión mientras saltaba de la cama e iba a la sala.

Todavía iba soltando tacos cuando abrí la puerta un poco más de lo aconsejable. Lotte Hartmann estaba en el pasillo, con el rutilante vestido de noche negro y la chaqueta de astracán con que recordaba haberla visto la última noche que estuvimos juntos. Tenía una mirada impertinente e interrogadora.

– ¿Sí? -dije-. ¿Qué pasa? ¿Qué quieres?

Resopló con un frío desprecio y empujó la puerta ligeramente con la mano enguantada, de modo que retrocedí al interior de la habitación. Ella entró, cerró la puerta y, apoyándose en ella, miró lentamente alrededor mientras mi nariz hacía un poco de ejercicio gracias al olor a tabaco, alcohol y perfume que llevaba en su cuerpo venal.

– Siento haberte despertado -dijo.

No me miraba tanto a mí como a la habitación.

– No, no lo sientes -dije.

Ahora hizo una pequeña excursión por el piso, examinando el dormitorio y luego el baño. Se movía con una suave elegancia y con la confianza de cualquier mujer que está acostumbrada a la sensación de tener los ojos de un hombre fijos en su trasero.

– Tienes razón -dijo con una sonrisa-, no lo siento en absoluto. ¿Sabes?, este sitio no está tan mal como esperaba.

– ¿Sabes qué hora es?

– Muy tarde -dijo, y soltó una risita-. No le causé la más mínima impresión a tu casera, así que tuve que decirle que era tu hermana y que había venido desde Berlín para darte una mala noticia.

Volvió a reírse.

– ¿Y tú eres la mala noticia?

Hizo un mohín de enfado. Pero era solo una actuación. Seguía demasiado divertida consigo misma para ofenderse.

– Cuando me preguntó si llevaba equipaje, le dije que los rusos me lo habían robado en el tren. Se mostró muy comprensiva y encantadora de verdad. Espero que tú no vayas a ser diferente.

– Vaya, yo pensaba que esa era la razón de que estuvieras aquí. ¿O es que la brigada Antivicio te está causando problemas otra vez?

No hizo caso del insulto, suponiendo que se hubiera molestado en darse cuenta.

– Bueno, iba de camino a casa desde el Flottenbar, el que está en la Mariahilferstrasse, ¿lo conoces? No dije nada. Encendí un cigarrillo y me lo puse en la comisura de los labios para evitar soltarle un gruñido. -En cualquier caso, no está lejos de aquí. Y pensé que podía dejarme caer por aquí. ¿Sabes? -su tono se suavizó se volvió más seductor-, no he tenido oportunidad de darte las gracias como es debido -dejó que la sugerencia flotara en el aire durante un segundo y yo empecé a desear llevar puesta una bata- por sacarme de aquel pequeño embrollo con los ivanes. -Se soltó el cinturón de la chaqueta y lo dejó resbalar al suelo-. ¿Es que ni siquiera vas a ofrecerme algo de beber?

– Diría que ya has bebido bastante.

Pero, de todos modos, fui a buscar un par de vasos.

– ¿No crees que te gustaría averiguarlo por ti mismo?

Se echó a reír sin esfuerzo y se sentó sin ninguna señal de inestabilidad. Parecía del tipo que puede chutarse el alcohol directamente en la vena y seguir siendo capaz de andar por una línea recta sin hipar ni una vez.

– ¿Quieres algo dentro? -Levanté un vaso con vodka al hacer la pregunta.

– Quizá -contestó pensativa-, después de tomarme mi bebida.

Le di el vaso y me eché uno rápidamente al fondo del estómago para que defendiera el fuerte. Di otra calada al cigarrillo y confié en que me diera la energía suficiente para echarla de una patada.

– ¿Qué te pasa? -dijo casi triunfalmente-. ¿Es que te pongo nervioso o qué?

Supuse que probablemente era el qué.

– No a mí -dije-, solo a mi pijama. No está acostumbrado a la mezcla de sexos.

– Por el aspecto que tiene, yo diría que está más acostumbrado a mezclar cemento.

Cogió uno de mis cigarrillos y me lanzó una bocanada de humo directamente a la entrepierna.

– Puedo quitármelo si te molesta -dije estúpidamente. Cuando di otra calada al cigarrillo, tenía los labios resecos. ¿Quería que se fuera o no? No estaba haciéndolo demasiado bien si lo que quería era cogerla por su perfecta orejita y ponerla de patitas en la calle.

– Hablemos un poco primero. ¿Por qué no te sientas?

Me senté, aliviado de que todavía pudiera doblarme por la mitad.

– De acuerdo -dije-, ¿por qué no me cuentas dónde está hoy tu amiguito?

Hizo una mueca.

– No es un buen tema, Perseo. Escoge otro.

– ¿Tenéis guerra?

– ¿Hemos de tenerla?

Me encogí de hombros.

– A mí tanto me da.

– Ese tipo es un cabrón -dijo-, pero no quiero hablar de ello. Especialmente hoy.

– ¿Qué tiene hoy de especial?

– He conseguido un papel en una película.

– Enhorabuena. ¿Qué papel haces?

– Es una película inglesa. No es un papel muy importante, ¿comprendes? Pero habrá algunas grandes estrellas en la película. Yo hago el papel de chica de un club nocturno.

– Bueno, eso parece bastante sencillo.

– ¿No es apasionante? -dijo con voz chillona-. Yo actuando con Orson Welles.

– ¿El de La guerra de los mundos?

Se encogió de hombros sin comprender.

– No he visto esa película.

– Olvídalo.

– Claro que no están seguros de Welles. Pero creen que hay una buena posibilidad de que lo convenzan para que venga a Viena.

– Todo eso me suena a conocido.

– ¿Qué quieres decir?

– Ni siquiera sabía que eras actriz.

– ¿Quieres decir que no te lo había dicho? Mira, ese trabajo en el Oriental es solo algo temporal.

– Pareces hacerlo muy bien.

– Bueno, siempre he sido buena con los números y el dinero. Antes trabajaba en el Departamento de Hacienda de la ciudad. -Se inclinó hacia mí y adoptó una expresión un poco demasiado burlona, como si me fuera a interrogar sobre mis gastos profesionales del año-. Hace tiempo que quería preguntártelo -dijo-: aquella noche que tiraste toda aquella pasta, ¿qué querías demostrar?

– ¿Demostrar? Me parece que no te comprendo.

– ¿No? -Acentuó un poco más la sonrisa para lanzarme una mirada de conspiración, cómplice-. Veo muchos tipos raros, caballero. Y acabo por reconocerlos. Un día de estos incluso voy a escribir un libro sobre esto. Como Franz Josef Gall. ¿Has oído hablar de M?

– Me parece que no.

– Era un médico austríaco que fundó la ciencia de la frenología. De eso sí que has oído hablar, ¿no?

– Claro -dije-. ¿Y qué puedes decirme de las protuberancias que exhibo en la cabeza?

– Puedo decirte que no eres de la clase de tipo que tira tanto dinero sin una buena razón. -Enarcó una ceja digna de un ajedrecista hacia lo alto de su lisa frente-. También tengo una idea sobre eso.

– Oigámosla -dije animándola, y me serví otro vaso-. Puede que tengas más suerte al leerme la mente que al leerme el cráneo.

– No te hagas el escéptico -me dijo-. Los dos sabemos que eres la clase de hombre al que le gusta impresionar.

– ¿Y lo conseguí? ¿Te impresioné?

– Estoy aquí, ¿no? ¿Qué quieres… Tristán e Isolda?

Así que era eso. Pensaba que había perdido el dinero por ella. Para parecer un pez gordo.

Vació el vaso, se levantó y me lo devolvió.

– Sírveme un poco más de esa poción de amor tuya mientras me empolvo la nariz.

Mientras estaba en el baño, volví a llenar los vasos con un pulso no demasiado firme. No me gustaba especialmente la mujer, pero no tenía nada en contra de su cuerpo; era magnífico. Tenía la impresión de que mi cabeza iba a objetar contra aquella cana al aire cuando mi libido hubiera perdido el control, pero en aquel momento no podía hacer nada más que sentarme cómodamente y disfrutar del momento. Incluso así, no estaba preparado para lo que sucedió a continuación.

Oí que abría la puerta del baño y decía algo vulgar sobre el perfume que llevaba, pero cuando me di la vuelta con las bebidas, vi que el perfume era lo único que llevaba puesto. En realidad, no se había quitado los zapatos, pero a mis ojos les costó un rato abrirse camino más allá de sus pechos y de su equilatero púbico. Salvo por aquellos tacones altos, Lotte Hartmann estaba tan desnuda como la hoja del cuchillo de un asesino, y probablemente era igual de mortífera.

Se quedó de pie en el umbral del dormitorio, con las manos colgando sobre los desnudos muslos, radiante deplacer al ver cómo me pasaba la lengua por los labios de una manera que dejaba claro que no pensaba utilizarla en ningún otro sitio que en ella. Quizá habría podido echarle un sermón. En mis tiempos, había visto suficientes mujeres desnudas, y algunas de ellas en muy buena forma, además. Tendría que haberla rechazado como a un pez demasiado pequeño, pero el sudor que empezaba a brotarme de las manos, la agitación de las ventanas de la nariz, el nudo en la garganta y el dolor sordo e insistente en la entrepierna me decían que la machina tenía unas ideas diferentes en cuanto al rumbo a seguir que el deus que se alojaba en ella.

Encantada con el efecto que provocaba en mí, Lotte sonrió, feliz, y me quitó el vaso de la mano.

– Espero que no te importe que me haya desnudado -dijo-, es que el traje es muy caro y tenía la extraña impresión de que me lo ibas a arrancar.

– ¿Por qué tendría que importarme? No es como si no hubiera acabado de leer el periódico de la tarde. De todos modos, me gusta tener una mujer desnuda en casa.

Contemplé el ligero bamboleo de su trasero mientras caminaba perezosamente hasta el otro lado de la sala, donde se bebió de un trago su bebida y dejó caer el vaso vacío en el sofá.

De repente quise ver cómo su trasero se agitaba como gelatina contra mi abdomen en celo. Pareció darse cuenta y, doblándose hacia adelante, agarró el radiador como un boxeador que tira de las tensas cuerdas de su rincón.

Luego se enderezó, con los pies un poco separados, y permaneció quieta, dándome la espalda, como esperando un registro corporal totalmente innecesario. Me miró por encima del hombro, flexionó las nalgas y volvió a mirar a la pared.

He tenido invitaciones más elocuentes, pero con la sangre zumbándome en los oídos y golpeando las escasas células cerebrales todavía no afectadas por el alcohol o la adrenalina, en realidad no recordaba cuándo. Probablemente ni siquiera me importaba. Me arranqué el pijama y me lancé, espada en ristre, sobre ella.

Ya no soy lo bastante joven, ni lo bastante delgado, para compartir una cama individual con otra cosa que no sea una resaca o un cigarrillo. Así que fue quizá una sensación de sorpresa lo que me despertó de un sueño inesperadamente cómodo hacia las seis. Lotte, que de otro modo podría haberme causado una noche agitada, ya no descansaba en el hueco de mi brazo, y durante un breve y feliz momento supuse que debía de haber vuelto a su casa. Fue entonces cuando oí, procedente de la sala, un pequeño sollozo sofocado. De mala gana, me deslicé fuera de las mantas, me puse el abrigo y fui a ver qué le pasaba.

Todavía desnuda, Lotte se había ovillado en el suelo, al lado del radiador, donde se estaba caliente. Me acuclillé a su lado y le pregunté por qué lloraba. Una gruesa lágrima rodó por su sucia mejilla y quedó detenida en su labio superior como una verruga translúcida. Se la lamió y la sorbió cuando le di mi pañuelo.

– ¿A ti qué te importa? -dijo con amargura-. Ahora ya te has divertido.

Tenía razón, pero igualmente protesté, lo suficiente como para ser educado. Lotte me escuchó hasta el final y cuando su vanidad quedó satisfecha, ensayó una especie de sonrisa atrofiada que me recordó la forma en que un niño triste se anima cuando le regalas cincuenta pfennings o un chicle.

– Eres muy amable -admitió finalmente, y se secó los ojos enrojecidos-. Ya estoy bien, gracias.

– ¿Quieres contármelo?

Lotte me miró de reojo.

– ¿En esta ciudad? Será mejor que primero me diga cuánto cobra, doctor. -Se sonó y luego emitió una risa breve y vacía-. Podrías resultar un buen médico para locos.

– A mí me pareces bastante cuerda -dije ayudándola a sentarse en un sillón.

– Yo no apostaría por eso.

– ¿Es un consejo profesional?

Encendí un par de cigarrillos y le pasé uno. Empezó a fumar con desesperación y parecía que sin demasiado placer.

– Es mi consejo como mujer que está lo bastante loca como para tener un asunto con un hombre que acaba de darlemás bofetadas que a un payaso de circo.

– ¿König? Nunca he pensado que fuera del tipo violento.

– Si parece cortés es solo por la morfina.

– ¿Es adicto?

– No sé si «adicto» es la palabra adecuada. Pero hiciera lo que hiciera cuando estuvo en las SS, necesitó morfina para llegar al final de la guerra.

– ¿Y por qué te pegó?

Se mordió el labio con rabia.

– Bueno, no fue porque pensara que necesitaba un poco de color.

Me reí. Tenía que reconocérselo: era dura.

– No con ese bronceado -le dije.

Cogí la chaqueta de astracán del suelo donde la había dejado caer y se la puse por encima de los hombros. Lotte se la ajustó al cuello y sonrió amargamente.

– Nadie me pone la mano en la cara -dijo-, no si alguna vez quiere ponerla en algún otro sitio. Esta noche ha sido la primera y la última vez que me ha dado un par de bofetadas, como que hay Dios. -Sacó humo por la nariz con tanta fiereza como si fuera un dragón-. Eso es lo que recibes cuando tratas de ayudar a alguien, supongo.

– ¿Ayudar a quién?

– König vino al Oriental a eso de las diez anoche -explicó-. Estaba de un humor de todos los diablos y cuando le pregunté por qué, quiso saber si recordaba a un dentista que solía venir por el club a jugar un poco. -Se encogió de hombros-. Bueno, sí que lo recordaba. Un mal jugador, pero seguro que ni la mitad de malo de lo que tú finges ser.

Me lanzó una mirada de soslayo, llena de dudas. Asentí, apremiante.

– Sigue.

– Helmut quería saber si el doctor Heim, el dentista, había estado por allí en los dos últimos días. Le dije que me parecía que sí. Luego quiso que preguntara a algunas de las chicas si recordaban haberlo visto. Bueno, había una chica en concreto con la que le dije que hablara. Un caso de mala suerte, pero bonita. Los médicos siempre la buscaban. Supongo que era porque parecía un poco más vulnerable y hay hombres a los que les gusta ese tipo dechicas. Dio la casualidad de que estaba en el bar y se la indiqué.

Noté como si el estómago se me llenara de arenas movedizas.

– ¿Cómo se llama esa chica? -pregunté.

– Veronika no sé qué -dijo-. ¿Por qué? ¿La conoces? -añadió al notar mi preocupación.

– Un poco. ¿Y qué pasó?

– Helmut y uno de sus amigos se la llevaron a la casa de al lado.

– ¿A la sombrerería?

– Sí. -Ahora hablaba en voz baja y como si estuviera avergonzada-. Con el genio de Helmut… -se estremeció al recordarlo-… estaba preocupada. Veronika es una buena chica. Un poco tonta, pero buena chica, ya sabes. Ha tenido una vida bastante dura, pero tiene agallas. Quizá demasiadas para su propio bien. Pensé que tal y como es Helmut y del humor que estaba, sería mejor que ella le dijera si sabía algo o no y que se lo dijera rápido. No es un hombre con mucha paciencia. Para evitar que se pusiera desagradable. -Hizo una mueca-. Es mejor no dar muchos rodeos, cuando conoces a Helmut. Así que fui detrás de ellos. Veronika estaba llorando cuando los encontré. Ya le habían pegado y fuerte. Había recibido bastante y les dije que pararan. Fue entonces cuando me golpeó a mí. Dos veces. -Se llevó las manos a las mejillas como si el dolor siguiera vivo-. Luego me echó al pasillo y me dijo que me ocupara de mis propios asuntos y no me metiera en los suyos.

– ¿Y qué pasó después?

– Me fui al lavabo, a un par de bares y vine aquí, en ese orden.

– ¿Viste lo que pasó con Veronika?

– Se fueron con ella, Helmut y el otro hombre.

– ¿Quieres decir que se la llevaron a algún sitio?

Lotte se encogió de hombros con desánimo.

– Supongo que sí.

– ¿Dónde pueden haberla llevado? -Me levanté y me fui al dormitorio.

– No lo sé.

– Intenta pensar.

– ¿Vas a ir a buscarla?

– Como tú has dicho, ya ha pasado bastante. -Empecé a vestirme-. Y además, yo la metí en esto.

– ¿Tú? ¿Cómo?

Mientras acababa de vestirme le describí cómo, cuándo volvíamos de Grinzing con König, le había explicado qué haría yo para tratar de encontrar a alguien desaparecido, en este caso el doctor Heim.

– Le dije que podríamos mirar en los sitios habituales de Heim, si me decía cuáles eran -le expliqué.

Pero me callé que pensaba que nunca llegarían a hacerlo; que supuse que con Müller, y posiblemente Nebe y König también, arrestados por Belinsky y la gente del Crowcass, la necesidad de buscar a Heim no llegaría a producirse; que pensaba que, hasta que terminara la reunión en Grinzing, había dejado a König a la espera y que no empezaría a buscar a su dentista muerto.

– ¿Por qué pensarían que tú podrías encontrarla?

– Antes de la guerra era detective en la policía de Berlín.

– Tendría que haberlo sabido -gruñó.

– En realidad no -dije enderezándome la corbata y poniéndome un cigarrillo en la boca, un cigarrillo que tenía un sabor amargo-, pero yo sí que tendría que haber sabido que tu amigo era lo bastante arrogante como para empezar a buscar a Heim por sí mismo. Fui un estúpido al creer que esperaría. -Me puse el abrigo y cogí el sombrero-. ¿Crees que pueden haberla llevado a Grinzing? -le pregunté.

– Ahora que lo pienso, me pareció que iban a la habitación de Veronika, donde sea que esté. Pero si no está allí, Grinzing es un sitio tan bueno como cualquier otro.

– Bueno, confiemos en que esté en casa.

Pero incluso mientras hablaba, mi instinto me decía que no era nada probable.

Lotte se levantó. La chaqueta le cubría el pecho y la parte superior del cuerpo, pero dejaba al descubierto la mata ardiente que hacía poco me había hablado tan convincentemente y me había dejado tan irritado como un conejo despellejado.

– ¿Y qué pasa conmigo? -dijo en voz baja-. ¿Qué voy a hacer?

– ¿Tú? -Con un gesto señalé su desnudez-. Guarda la magia y vete a casa.

33

La mañana era brillante, clara y fría. De camino al centro, al cruzar el parque de delante del nuevo ayuntamiento, una pareja de ardillas aparecieron de un salto para decirme hola y ver si llevaba algo para desayunar. Pero antes de acercarse captaron la angustia que me nublaba el rostro y el olor a miedo que emitía. Es probable que incluso tomaran nota mental del pesado bulto que tenía en el bolsillo de la chaqueta y se lo pensaran mejor. Eran unas criaturitas muy listas. Bien mirado, no hacía tanto que en Viena se disparaba contra los pequeños mamíferos para comérselos. Así que se apresuraron a desaparecer, como peluches de piel vivos.

En el agujero donde vivía Veronika estaban acostumbrados a que la gente, en su mayoría hombres, entraran y salieran a cualquier hora del día o de la noche, y aun si la casera hubiera sido la más misántropa de las lesbianas, dudo que me hubiera prestado mucha atención de haberme encontrado en las escaleras. Pero dio la casualidad de que no había nadie por allí y subí hasta la habitación de Veronika sin que nadie me preguntara nada.

No necesité reventar la puerta para entrar. Estaba abierta de par en par, igual que todos los cajones y armarios. Me pregunté por qué se habían tomado la molestia cuando todas las pruebas que necesitaban colgaban todavía del respaldo de la silla donde el doctor Heim las había dejado.

– Esa zorra estúpida -murmuré con ira-. ¿De qué sirve deshacerse del cuerpo de alguien si dejas su traje en la habitación?

Cerré un cajón de golpe. El impacto desprendió uno de los patéticos bocetos de Veronika de la cómoda y lo hizo caer flotando hasta el suelo como una enorme hoja muerta. König había puesto la habitación patas arriba por pura maldad. Y luego se la había llevado a Grinzing. Con una importante reunión allí durante la mañana, no se me ocurría que hubieran ido a ningún otro sitio. Eso suponiendo que no la mataran directamente. Por otro lado, si Veronika les había dicho la verdad de lo sucedido, que una pareja de amigos la habían ayudado a librarse del cuerpo de Heimdespués de que sufriera un ataque al corazón, entonces (si había omitido mencionar el nombre de Belinsky y el mío propio) quizá la dejarían marchar. Pero había una posibilidad muy real de que la maltrataran igualmente, solo para asegurarse de que les había contado todo lo que sabía, y que para cuando yo llegara para tratar de ayudarla, ya supiesen que yo era el hombre que se había deshecho del cuerpo de Heim.

Me acordé de lo que Veronika me había contado de su vida de judía en los Sudetes durante la guerra, cómo se había ocultado en los retretes, en sótanos sucios, en armarios y en desvanes. Y luego los seis meses que había pasado en un campo para personas desplazadas. «Un poco de mala suerte», era como lo había descrito Lotte Hartmann. Cuanto más lo pensaba, más me parecía que Veronika había disfrutado muy poco de lo que se pudiera llamar una vida de verdad.

Miré la hora en mi reloj de pulsera y vi que eran las siete. Todavía faltaban tres horas para la reunión; y más tiempo aún antes de que llegara Belinsky con «la caballería», como él decía. Y como los hombres que se habían llevado a Veronika eran quienes eran, había una posibilidad muy real de que no viviera tanto. Parecía que no me quedaba otra alternativa que ir a buscarla yo mismo.

Saqué el revólver, abrí el barrilete de seis cartuchos y comprobé que estuviera totalmente cargado antes de dirigirme escaleras abajo. Afuera, cogí un taxi en la parada de la Kärtnerstrasse y le dije al conductor que fuera a Grinzing.

– ¿Adónde de Grinzing? -preguntó, separándose rápidamente del bordillo.

– Se lo diré cuando lleguemos allí.

– Usted manda -dijo, acelerando al entrar en el Ring-. Solo lo preguntaba porque allí todo estará cerrado a estas horas de la mañana. Y no parece que vaya usted a dar una caminata por las colinas, al menos con ese abrigo. -El coche traqueteó cuando pasamos por un par de baches enormes-. Y además no es austríaco. Lo sé por el acento. Parece un pifke. ¿Estoy en lo cierto?

– Sáltese la clase de la universidad de la vida, ¿quiere? No estoy de humor.

– Está bien. Solo lo preguntaba por si estaba buscando un poco de diversión. Verá, a unos minutos de Grinzing, en la carretera a Cobenzl, hay un hotel, el Schloss-Hotel Cobenzl. -Luchó por hacerse con el volante cuando el coche se metió en otro bache-. Ahora lo usan como campo para personas desplazadas. Hay chicas allí que puede tener a cambio de unos cigarrillos. Incluso a estas horas de la mañana, si le apetece. Alguien con un abrigo como el suyo podría tener dos o tres a la vez. Hacer que representen una bonita actuación entre ellas, si sabe a qué me refiero. – Soltó una risotada vulgar-. Algunas de esas chicas han crecido en los campos de personas desplazadas. Tienen la moral de los conejos, se lo digo yo. Harán cualquier cosa; créame señor, sé de lo que hablo, yo crío conejos. -Rió con entusiasmo al pensar en ello-. Podría arreglarle algo; en la parte de atrás del coche. A cambio de una pequeña comisión, claro.

Me incliné hacia adelante en el asiento. No sé por qué me tomé la molestia. Quizá porque no me gustan los chulos. Quizá porque no me gustaba mucho su cara, clavada a la de Trotski.

– Eso sería espléndido -dije en tono muy duro-. Si no fuera por una mesa-trampa rusa con la que me tropecé en Ucrania. Los partisanos habían puesto una granada con detonador de tensión detrás de un cajón que dejaron medio abierto con una botella de vodka dentro, solo para llamar la atención. Yo llegué, tiré del cajón, liberé la presión y la granada detonó. Me arrancó limpiamente la carne y dos legumbres del vientre. Estuve a punto de morir del shock y luego de la pérdida de sangre. Y cuando por fin salí del coma, estuve a punto de morir de amargura. Le aseguro que si veo un poco de almeja, es probable que me vuelva loco de frustración. Es probable que mate al que tenga más cerca, de pura envidia.

El taxista miró hacia atrás por encima del hombro.

– Lo siento -dijo nerviosamente-, no quería…

– Olvídelo -dije casi sonriendo.

Cuando pasamos por delante de la casa amarilla le dije al taxista que siguiera hacia lo alto de la colina. Había decidido que me acercaría a la casa de Nebe desde atrás, cruzando los viñedos.

Como los contadores de los taxis de Viena eran viejos y desfasados, era costumbre multiplicar la tarifa que mostraban por cinco para llegar a la suma total que había que pagar. En el contador aparecían seis schillings cuando le dije que parara y eso fue lo único que el taxista me pidió, y le temblaba la mano cuando cogió el dinero. El coche ya se había marchado con el motor rugiendo cuando me di cuenta de que el hombre se había olvidado de sus matemáticas.

Me quedé allí, en un sendero barroso al lado de la carretera, preguntándome por qué no habría tenido la boca cerrada, ya que había pensado en pedirle al taxista que esperara un rato. Ahora, si encontraba a Veronika, tendría el problema de cómo escapar de allí. «Yo y mi labia -pensé-. El pobre imbécil solo me ofrecía un servicio.» Pero se equivocaba en una cosa. Había algo abierto: un café algo más arriba en la Cobenzlgasse, el Rudelshof. Decidí que si me iban a matar, prefería recibir el tiro con algo en el estómago.

El café era un lugar acogedor, si no te molesta la taxidermia. Me senté debajo del ojo, redondo y brillante como una cuenta, de una comadreja con aspecto de tener ántrax y esperé que el propietario, de cara congestionada, llegara arrastrando los pies hasta mi mesa.

– Buenos días nos dé Dios -dijo-, hace una hermosa mañana.

Me aparté de su aliento a destilado.

– No hay duda de que usted ya está disfrutando de ella -dije, volviendo a utilizar mi bocaza una vez más.

Se encogió de hombros y anotó lo que quería.

El desayuno vienes de cinco schillings que engullí sabía como si el taxidermista lo hubiera preparado durante su tiempo libre entre disecado y disecado; el café tenía posos, el panecillo era tan fresco como una talla de marfil y huevo estaba tan duro que podía haber salido de una cantera. Pero me lo comí. Tenía tantas cosas en la cabeza que, probablemente, me habría comido la comadreja si alguien se hubiera tomado la molestia de ponerla encima de una tostada.

Al salir del café, anduve calle abajo un trecho y luego salté por encima de un muro a lo que pensé que debía de ser el viñedo de Arthur Nebe.

No había mucho que ver. Las viñas, plantadas en pulcras hileras, eran todavía jóvenes, apenas más altas que mi rodilla. Aquí y allí, en una especie de vagonetas altas, había lo que parecían motores a reacción abandonados pero que eran, en realidad, los quemadores que utilizaban por la noche para calentar el aire alrededor de los brotes y protegerlos de las últimas heladas. Todavía estaban calientes al tacto. El campo tendría unos cien metros cuadrados y no ofrecía muchas posibilidades para ocultarse. Me pregunté cómo desplegaría Belinsky a sus hombres. Aparte de arrastrarte sobre la barriga a lo largo del campo, lo único que podías hacer era permanecer cerca del muro mientras te dirigías hacia los árboles que había justo detrás de la casa amarilla y los edificios anexos.

Cuando llegué a los árboles, miré si veía algún signo de vida, y al no ver ninguno avancé cautelosamente, hasta que oí voces. Al lado del mayor de los anexos, una construcción larga y con entramado de madera que parecía un granero, había dos hombres, a ninguno de los cuales reconocí, de pie, charlando. Cada uno acarreaba un bidón de metal a la espalda, conectado por una manguera de goma a un tubo de metal, largo y delgado, que llevaba en la mano y que supuse que sería algún tipo de artefacto para rociar las cosechas.

Por fin acabaron la conversación y se dirigieron al lado opuesto del viñedo, como si fueran a iniciar su ataque contra las bacterias, los hongos y los insectos que les amargaban la vida. Esperé hasta que estuvieron lejos, al otro lado del campo, antes de salir del cobijo de los árboles y entrar en el edificio.

Un olor afrutado y mohoso me dio en la nariz. Grandes cubas y barriles de madera de roble estaban alineados debajo de las vigas del techo como si fueran enormes quesos. Recorrí toda la longitud del piso de piedra y salí al otro extremo del primer edificio para encontrarme con otro, construido en ángulo recto con respecto a la casa.

Esta segunda edificación contenía cientos de barriles de roble, que descansaban de lado como si esperaran que aparecieran unos perros San Bernardo gigantes a recogerlos. Había unas escaleras que se internaban en la oscuridad. Parecía un buen lugar para encerrar a alguien, así que encendí la luz y bajé a echar una mirada. Pero solo había miles de botellas de vino, cada estante señalado por una pequeña pizarra en la cual había, escritos con tiza, unos números que debían de significar algo para alguien. Regresé arriba, apagué la luz y me quedé de pie al lado de la ventana. Empezaba a parecerme que Veronika podría estar en la casa después de todo.

Desde donde estaba tenía la vista despejada a través de un corto patio empedrado y hasta la parte oeste de la casa. Delante de una puerta abierta, un gato, sentado, me contemplaba fijamente. Al lado de la puerta vi la ventana de lo que parecía una cocina. Había una forma grande y brillante en la repisa que pensé que sería un cazo o una tetera. Al cabo de un rato, el gato se dirigió, andando lentamente, hacia el edificio donde yo me escondía y le maulló a algo que estaba al lado de la ventana donde yo me encontraba. Durante un segundo o dos me miró fijamente con sus ojos verdes y luego, sin razón aparente, echó a correr alejándose. Volví a mirar hacia la casa y continué vigilando la puerta y la ventana de la cocina. Al cabo de unos minutos, decidí que no había peligro en dejar la nave de los barriles y empecé a cruzar el patio.

No habría dado tres pasos cuando oí el ruido rasposo del seguro de una automática y, casi al mismo tiempo, noté el frío acero del cañón de una pistola contra la nuca.

– Pon las manos detrás de la cabeza -dijo una voz no muy clara.

Hice lo que me decían. La pistola presionándome debajo de la oreja se notaba lo bastante pesada como para ser una 45. Suficiente como para dar cuenta de una gran parte de mi cráneo. Me estremecí cuando me encajó el arma entre la mandíbula y la yugular.

– Muévete y mañana te echamos a los cerdos como pienso -dijo golpeándome los bolsillos y quitándome el revólver.

– Descubrirás que Herr Nebe me está esperando -dije.

– No conozco a ningún Herr Nebe -dijo con voz pastosa, casi como si la boca no le funcionara bien.

Naturalmente no tenía muchas ganas de volverme y echarle una buena mirada para estar seguro.

– Sí, es verdad que se cambió de nombre.

Traté de recordar el nuevo apellido de Nebe. Mientras, oí cómo el hombre se apartaba un par de pasos.

– Ahora ve hacia la derecha -me dijo-, hacia los árboles. Y no tropieces con los cordones de los zapatos ni nada por el estilo.

Parecía enorme y no muy listo. Y hablaba un alemán con un acento extraño, como prusiano, pero diferente; más parecido al viejo prusiano que había oído hablar a mi abuelo, casi como el alemán que había oído en Polonia.

– Mira, estás cometiendo un error -dije-. ¿Por qué no lo compruebas con tu jefe? Me llamo Bernhard Gunther. Hay una reunión aquí esta mañana a las diez. Tengo que tomar parte en ella.

– Todavía no son ni las ocho -gruñó mi captor-. Si vienes a una reunión, ¿por qué llegas tan temprano? ¿Y por qué no has venido por la puerta principal, como las visitas normales? ¿Cómo es que has venido a través de los campos? ¿Y por qué husmeabas por las otras construcciones?

– Llego temprano porque tengo un par de tiendas de vinos en Berlín -dije-. Pensé que sería interesante echar un vistazo por la finca.

– Desde luego que estabas echando un vistazo. Eres un fisgón. -Soltó una risita de cretino-. Y yo tengo órdenes de matar a los fisgones.

– A ver, espera un minuto…

Me volví para encontrarme con un demoledor golpe de la pistola y, mientras caía, vi por un momento a un hombre enorme con la cabeza afeitada y una especie de mandíbula asimétrica. Me agarró por el pescuezo, tiró de mí para volver a ponerme de pie y yo me pregunté por qué nunca se me habría ocurrido coser una hoja de afeitar debajo de esa parte del cuello. Me llevó a empujones a través de la hilera de árboles y bajando una pendiente hasta un pequeño claro donde había varios cubos de basura. Una columna de humo y un olor nauseabundo y dulzón salían del tejado de una pequeña cabaña de ladrillo: allí era donde incineraban los residuos. Al lado de varias bolsas de lo que parecía cemento y encima de algunos ladrillos había una chapa de hierro oxidado. El hombre me ordenó que la apartara.

Ya lo tenía. Era letón. Un enorme y estúpido letón. Decidí que si estaba trabajando para Arthur Nebe debía de ser de una división de las SS letonas, que sirvieron en uno de los campos de exterminio polacos. Se utilizaron muchos letones en lugares como Auschwitz. Los letones ya eran antisemitas entusiastas cuando Moses Mendelssohn era uno de los hijos favoritos de Alemania.

Tiré de la chapa, apartándola de lo que se reveló como una especie de viejo desagüe o pozo negro. Y no había duda de que olía igual de mal. Fue entonces cuando volví a ver al gato. Surgió de entre dos sacos etiquetados como óxido de calcio al lado del pozo. Maulló con desdén, como si dijera: «Te advertí de que había algo en el patio, pero no quisiste escucharme». Un olor acre, terroso, surgió del pozo y se me puso la carne de gallina. «Tienes razón -maulló el gato, como salido de un cuento de Edgar Allan Poe-, el óxido de calcio es un álcali barato para tratar los suelos ácidos. Justo lo que esperarías encontrar en un viñedo, pero también se llama cal viva y es un compuesto muy, muy eficaz para acelerar la descomposición humana.»

Horrorizado, comprendí que el letón sí que tenía intención de matarme. Y ahí estaba yo tratando de situar suacento como si fuera una especie de filólogo y de recordar las fórmulas químicas que había aprendido en la escuela.

Fue entonces cuando lo vi bien por primera vez. Era grande y musculoso como un caballo de circo, pero apenas te fijabas en eso al mirarle la cara; toda la parte derecha estaba torcida, como si tuviera una enorme bola de tabaco de mascar en la boca; el ojo derecho miraba fijamente y muy abierto, como si fuera de cristal. Seguramente habría podido besarse su propia oreja. Y con tanta sed de cariño como debía de tener con aquella cara, probablemente tenía que hacerlo.

– Arrodíllate al lado del pozo -gruñó, como un neanderthal al que le faltaran un par de cromosomas vitales.

– No irás a matar a un viejo camarada, ¿verdad? -dije, tratando desesperadamente de recordar el nuevo nombre de Nebe o incluso el de uno de los regimientos letones. Pensé en gritar pidiendo ayuda, salvo que sabía que si lo hacía me mataría sin vacilar.

– ¿Tú, un viejo camarada? -dijo despectivo, sin que pareciera costarle mucho.

– Obersturmführer en el Primer Regimiento Letón -dije tratando, sin lograrlo, de parecer despreocupado.

El letón escupió entre los arbustos y me miró sin expresión con su ojo saltón. La pistola, un enorme Colt automático de acero azul, siguió apuntándome directamente al pecho.

– El Primero Letón, ¿eh? No pareces letón.

– Soy prusiano -dije-. Mi familia vivía en Riga. Mi padre trabajaba en los astilleros en Dantzig. Se casó con una rusa.

Le ofrecí unas palabras en ruso para confirmar mis palabras, aunque no podía recordar si en Riga se hablaba principalmente ruso o alemán.

Entornó los ojos, uno más que el otro.

– A ver, ¿en qué año se fundó el Primero Letón?

Tragué saliva y escarbé en mi memoria. El gato maulló dándome ánimos. Razonando que la formación de un regimiento letón debía haber seguido a la Operación Barbarroja de 1941, dije:

– 1942.

Desplegó una sonrisa horrible y cabeceó negando con un lento sadismo.

– 1943 -dijo, avanzando un par de pasos-. Fue en 1943. Ahora arrodíllate o te dispararé en la barriga.

Lentamente me dejé caer de rodillas al borde el pozo, sintiendo la humedad del suelo a través de la tela del pantalón. Había visto demasiados asesinatos de las SS para no saber qué iba a hacer: un tiro en la nuca, mi cuerpo cayendo limpiamente dentro de una tumba ya preparada y unas cuantas paletadas de cal viva por encima. Se me acercó por detrás dando un amplio rodeo. El gato se sentó para observar, con la cola envolviéndole pulcramente el trasero. Cerré los ojos y esperé.

– Rainis -dijo una voz, y pasaron varios segundos. Apenas me atrevía a levantar la mirada para ver si me había salvado.

– Está bien, Bernie. Puedes levantarte.

Expulsé el aliento en un único y enorme erupto de terror. Débil, con las rodillas temblequeantes, me levanté del borde del pozo y me volví para ver a Arthur Nebe, de pie a unos pocos metros detrás de la bestia letona. Me irritó mucho ver que estaba sonriendo.

– Me alegro de que lo encuentres tan divertido, doctor Frankenstein -dije-. Ese jodido monstruo tuyo por poco me mata.

El letón asintió enfurruñado y enfundó el Colt.

– Estaba fisgando -dijo, sumiso-. Lo pillé.

Me encogí de hombros.

– Hace una bonita mañana. Pensé que podía venir y echar una ojeada a Grinzing. Solo estaba admirando tu finca cuando aquí, Lon Chaney, me metió una pistola por la oreja.

El letón sacó mi revólver del bolsillo de la chaqueta y se lo dio a Nebe.

– Llevaba un hierro, Herr Nolde.

– Pensando en dedicarte a la caza menor, ¿no es así, Bernie?

– Todo cuidado es poco en estos tiempos.

– Me alegra que pienses eso -dijo Nebe-. Me ahorra el trabajo de disculparme. -Sopesó el arma en la mano y luego se la metió en el bolsillo-. De cualquier modo, me la quedaré de momento, si no te importa. Las armas ponen nerviosos a algunos de nuestros amigos. Recuérdame que te la devuelva antes de que te vayas. -Se volvió hacia el letón-. Está bien, Rainis, no te preocupes. Solo estabas haciendo tu trabajo. ¿Por qué no vas y desayunas algo?

El monstruo asintió y se dirigió hacia la casa con el gato detrás de él.

– Apuesto a que puede comerse su propio peso en cacahuetes.

Nebe sonrió fríamente.

– Algunas personas tienen perros fieros para que las protejan; yo tengo a Rainis.

– Ya, bueno, espero que esté enseñado para no ensuciarse dentro de la casa. -Me quité el sombrero y me enjugué la frente con el pañuelo-. Yo no lo dejaría pasar de la puerta. Lo tendría atado con una cadena en el patio. ¿Dónde se cree que está? ¿En Treblinka? Ese hijo de puta se moría de ganas de matarme, Arthur.

– No lo dudo. Disfruta matando.

Nebe rechazó con un gesto de la cabeza el cigarrillo que le ofrecía, pero tuvo que ayudarme a encender el mío, ya que mi mano temblaba tanto como si estuviera hablando con un apache sordo.

– Es letón -explicó Nebe-. Era cabo en el campo de concentración de Riga. Cuando los rusos lo capturaron le pisotearon la cara y le partieron la mandíbula con las botas.

– Créeme, sé cómo debían de sentirse.

– Le paralizaron la mitad de la cara y lo dejaron un poco débil de cabeza. Siempre fue un asesino brutal, pero ahora es más parecido a un animal. Pero igual de leal que cualquier perro.

– Bueno, como es natural, ya pensaba que tendría sus puntos buenos. Riga, ¿eh? -Señalé con la cabeza hacia el pozo abierto y el incinerador-. Apuesto a que esta pequeña instalación de eliminación de residuos hace que se sienta como en casa.

Di unas caladas agradecidas al cigarrillo y añadí:

– Si a eso vamos, apuesto a que hace que los dos os sintáis como en casa.

Nebe frunció el ceño.

– Me parece que necesitas beber algo -dijo en voz baja.

– No me sorprendería. Pero asegúrate de que los cubitos no tengan mucha cal. He perdido el gusto por la cal, para siempre.

34

Seguí a Nebe al interior de la casa y al piso de arriba, a la biblioteca donde habíamos hablado el día anterior. Me trajo un coñac del mueble-bar y lo dejó en la mesa delante de mí.

– Perdóname que no te acompañe -dijo observando cómo me lo bebía de un trago-. Normalmente me gusta tomarme un coñac con el desayuno, pero esta mañana tengo que tener las ideas claras. -Sonrió con indulgencia cuando dejé la copa sobre la mesa-. ¿Mejor?

Asentí.

– Dime, ¿habéis encontrado a vuestro dentista desaparecido, al doctor Heim?

Ahora que ya no tenía que preocuparme por mis propias perspectivas inmediatas de supervivencia, Veronika volvía a ocupar el primer lugar en mis pensamientos.

– Está muerto, me temo. Eso ya es bastante malo, pero ni la mitad de malo que no saber qué le había pasado. Por lo menos, ahora sabemos que no lo tienen los rusos.

– ¿Qué le pasó?

– Tuvo un ataque al corazón. -Nebe soltó aquella risita seca que yo le conocía tan bien de la época del Alex, la comisaría central de la policía criminal de Berlín-. Parece que estaba con una chica en aquel momento. Una chocolatera.

– ¿Quieres decir que le pasó mientras estaban…?

– Eso exactamente es lo que quiero decir. Con todo, puedo imaginar formas peores de morir, ¿tú no?

– Después de lo que acabo de pasar, eso no me resulta especialmente difícil, Arthur.

– Seguro -dijo, y sonrió casi avergonzado.

Dediqué unos momentos a buscar una excusa que me permitiera preguntar inocentemente qué le había pasado a Veronika.

– ¿Y qué hizo ella? La chocolatera, quiero decir. ¿Telefoneó a la policía? -Fruncí el ceño-. No, supongo que no.

– ¿Por qué dices eso?

Me encogí de hombros ante la evidente simplicidad de mi explicación.

– No puedo imaginarme que se hubiera arriesgado a que la arrestara la brigada Antivicio. No, apuesto a que trató de tirarlo en algún sitio. Le pediría a su chulo que lo hiciera, como de costumbre. -Enarqué las cejas, con aire interrogador-. ¿Qué? ¿Tengo razón?

– Sí, tienes razón, como de costumbre. -Sonaba casi como si admirara mi razonamiento. Luego soltó una especiede suspiro nostálgico-. ¡Qué lástima que ya no estemos en la Kripo, no tienes ni idea de lo que echo en falta todo aquello!

– Yo también.

– Pero tú podrías volver. ¿No tendrás ninguna cuenta pendiente, verdad, Bernie?

– ¿Y trabajar para los comunistas? No, gracias. -Fruncí los labios y traté de adoptar un aire preocupado-. De todos modos, prefiero quedarme lejos de Berlín durante un tiempo. Un soldado ruso trató de robarme en el tren. Fue en defensa propia, pero lo maté. Y me vieron dejar la escena del crimen cubierto de sangre.

– «La escena del crimen» -citó Nebe, paladeando la frase como si fuera un buen vino-. Es agradable volver a hablar con un detective.

– Solo para satisfacer mi curiosidad personal, Arthur: ¿cómo encontraste a la chocolatera?

– No fui yo, fue König. Me ha dicho que fuiste tú quien le explicó la mejor manera de buscar al pobre Heim.

– Solo le dije las cosas de rutina, Arthur, cosas que tú mismo le podrías haber dicho.

– Puede que sí. De cualquier modo, parece que la chica de König reconoció a Heim en una foto. Parece que solía frecuentar el club donde ella trabaja. Recordaba que Heim le tenía una especial afición a una de las furcias que trabajan allí. Lo único que Helmut tenía que hacer era convencerla para que se lo contara todo. Así de sencillo.

– Sacarle información a una furcia nunca es algo «así de sencillo» -dije-. Puede ser como sacarle una blasfemia a una monja. El dinero es el único medio de hacer hablar a una chica de alterne, el único que no deja moretones. – Esperé que Nebe me contradijera, pero no dijo nada-. Claro que un moretón es más barato y no deja margen al error. -Le sonreí como para decir que no tenía ningún escrúpulo en absoluto cuando se trataba de zurrar a una chocolatera en interés de una investigación eficaz-. Yo diría que König no es de los que tiran el dinero, ¿estoy en lo cierto?

Con gran decepción por mi parte, Nebe se limitó a encogerse de hombros y luego miró la hora.

– Será mejor que se lo preguntes tú mismo cuando lo veas.

– ¿También va a venir a la reunión?

– Estará aquí. -Nebe consultó de nuevo la hora-. Me temo que tengo que dejarte. Todavía me quedan un par de cosas por hacer antes de las diez. Quizá sería mejor que te quedaras aquí. La seguridad es muy estricta hoy y no querríamos otro incidente, ¿verdad? Haré que alguien te traiga café. Enciéndete la chimenea si quieres. Aquí hace algo de frío.

Di unos golpecitos en la copa.

– Me parece que ahora ya no lo noto tanto.

Nebe me miró pacientemente.

– Sí, bueno, sírvete más coñac si crees que lo necesitas.

– Gracias -dije alargando la mano para coger la botella-, no me irá mal.

– Pero mantente despierto. Te harán muchas preguntas sobre tu amigo ruso. No me gustaría que se pusiera en duda tu opinión de su valía solo porque hubieras bebido demasiado.

Cruzó el crujiente suelo hacia la puerta.

– No te preocupes por mí -dije contemplando los estantes vacíos-, leeré un libro.

La notable nariz de Nebe se frunció en gesto de desaprobación.

– Sí, es una verdadera lástima que la biblioteca haya desaparecido. Parece que los anteriores dueños dejaron una colección soberbia, pero cuando llegaron, los rusos utilizaron todos los libros como combustible para la caldera. – Cabeceó con aire triste-. ¿Qué se puede hacer con subhumanos así?

Cuando Nebe se fue, seguí su consejo y encendí la chimenea. Me ayudó a concentrarme en lo que iba a hacer a continuación. Cuando las llamas prendieron en el pequeño edificio de troncos y palos que había construido, pensé que el patente regocijo de Nebe sobre las circunstancias de la muerte de Heim parecía indicar que la Org aceptaba que Veronika les había dicho la verdad.

Era cierto que seguía sin saber dónde podían tenerla, pero me daba la impresión de que König todavía no estaba en Grinzing, y sin un arma no veía cómo podía marcharme a buscarla en otro sitio. Faltando solo dos horas para la reunión de la Org,