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El temor de un hombre sabio. Crónicas del Asesino de Reyes segundo día

Patrick Rothfuss

Músico, mendigo, ladrón, estudiante, mago, héroe y asesino. Kvothe es un personaje legendario, el héroe o el villano de miles de historias que circulan entre la gente. Todos le dan por muerto, cuando en realidad se ha ocultado con un nombre falso en una aldea perdida. Allí simplemente es el taciturno dueño de Roca de Guía, una posada en el camino. Hasta que hace un día un viajero llamado Cronista le reconoció y le suplicó que le revelase su historia, la auténtica, la que deshacía leyendas y rompía mitos, la que mostraba una verdad que sólo Kvothe conocía. A lo que finalmente Kvothe accedió, con una condición: había mucho que contar, y le llevaría tres días. Es la mañana del segundo día, y tres hombres se sientan a una mesa de Roca de Guía: un posadero de cabello rojo como una llama, su pupilo Bast y Cronista, que moja la pluma en el tintero y se prepara a transcribir… El temor de un hombre sabio empieza donde terminaba El nombre del viento: en la Universidad. De la que luego Kvothe se verá obligado a partir en pos del nombre del viento, en pos de la aventura, en pos de esas historias que aparecen en libros o se cuentan junto a una hoguera del camino o en una taberna, en pos de la antigua orden de los caballeros Amyr y, sobre todo, en pos de los Chandrian. Su viaje le lleva a la corte plagada de intrigas del maer Alveron en el reino de Vintas, al bosque de Eld en persecución de unos bandidos, a las colinas azotadas por las tormentas que rodean la ciudad de Ademre, a los confines crepusculares del reino de los Fata. Y cada vez parece que tiene algo más cerca la solución del misterio de los Chandrian, y su venganza.

Patrick Rothfuss

El temor de un hombre sabio. Crónicas del Asesino de Reyes: segundo día

Título original: The Wise Man's Fear. The Kingkiller Chronicle: Day Two

© 2011, Patrick Rothfuss

© 2011, Gemma Rovira Ortega, por la traducción

A mis pacientes lectores, por consultar mi blog y asegurarme que preferían un libro excelente, aunque me llevase algo más de tiempo.

A mis brillantes lectores beta, por su inestimable ayuda y por tolerar mi obsesión por la confidencialidad, rayana en la paranoia.

A mi fabuloso agente, por ahorrarme trabajo y hacerme la vida más fácil.

A mi sabia editora, por concederme el tiempo y el espacio para escribir un libro del que me enorgullezco.

A mi querida familia, por apoyarme y recordarme que es bueno salir de casa de cuando en cuando.

A mi comprensiva compañera, por no abandonarme cuando la tensión de unas revisiones interminables me convertía en un monstruo insufrible.

A mi adorado hijito, por quererme aunque siempre tenga que marcharme a escribir. Incluso cuando nos lo estamos pasando en grande. Incluso cuando estamos hablando de patos.

Prólogo

Un silencio triple

Amanecía. En la posada Roca de Guía reinaba el silencio, un silencio triple.

El silencio más obvio era una calma inmensa y resonante, constituida por las cosas que faltaban. Si hubiera habido una tormenta, las gotas de lluvia habrían golpeado y tamborileado en la enredadera de selas de la fachada trasera de la posada. Los truenos habrían murmurado y retumbado y habrían perseguido el silencio calle abajo como hacían con las hojas secas del otoño. Si hubiera habido viajeros agitándose dormidos en sus habitaciones, se habrían removido inquietos y habrían ahuyentado el silencio con sus quejidos, como hacían con los sueños deshilachados y medio olvidados. Si hubiera habido música… pero no, claro que no había música. De hecho, no había ninguna de esas cosas, y por eso persistía el silencio.

En la posada Roca de Guía, un individuo moreno cerró con cuidado la puerta trasera. Moviéndose en la oscuridad más absoluta, cruzó la cocina y la taberna con sigilo y bajó por la escalera del sótano. Con la facilidad que confiere una larga experiencia, evitó los tablones sueltos que pudieran crujir o suspirar bajo su peso. Cada paso lento que daba solo producía un levísimo tap en el suelo. Su presencia añadía un silencio, pequeño y furtivo, al otro silencio, resonante y mayor. Era una especie de amalgama, un contrapunto.

El tercer silencio no era fácil reconocerlo. Si pasabas largo rato escuchando, quizá empezaras a notarlo en el frío del cristal de la ventana y en las lisas paredes de yeso de la habitación del posadero. Estaba en el arcón oscuro que había a los pies de una cama dura y estrecha. Y estaba en las manos del hombre allí tumbado, inmóvil, atento a la pálida insinuación de la primera luz del amanecer.

El hombre tenía el pelo rojo como el fuego. Sus ojos eran oscuros y distantes, y yacía con el aire de resignación de quien ha perdido hace ya mucho toda esperanza de conciliar el sueño.

La posada Roca de Guía era suya, y también era suyo el tercer silencio. Así debía ser, pues ese era el mayor de los tres silencios, y envolvía a los otros dos. Era profundo y ancho como el final del otoño. Era grande y pesado como una gran roca alisada por la erosión de las aguas de un río. Era un sonido paciente e impasible como el de las flores cortadas; el silencio de un hombre que espera la muerte.

Capítulo 1

Manzana y baya de saúco

Bast estaba apoyado en la barra de caoba, aburrido. Paseó la mirada por la estancia vacía, suspiró y rebuscó hasta que encontró un trapo de hilo limpio. Entonces, con gesto de resignación, empezó a limpiar una parte de la barra.

Pasados unos momentos, se inclinó hacia delante y, entornando los ojos, examinó una mota apenas visible. La rascó y frunció el entrecejo al ver la mancha de grasa que había dejado con el dedo. Se encorvó un poco más, echó el aliento sobre la barra y la frotó con ímpetu. Luego se detuvo, volvió a exhalar con fuerza sobre la madera y escribió una palabra obscena en la película que había formado el vaho.

Dejó el trapo y avanzó entre las mesas y las sillas vacías hacia las amplias ventanas de la taberna. Se quedó allí de pie largo rato, contemplando la calle polvorienta que atravesaba el centro del pueblo.

Bast dio otro suspiro y empezó a pasearse por la estancia. Se movía con la elegancia desenfadada de un bailarín y con la perfecta indolencia de un gato. Pero cuando se pasó las manos por el cabello oscuro, su gesto reveló inquietud. Sus ojos azules recorrían incesantemente la habitación, como si buscaran una salida. Como si buscaran algo que él no hubiera visto ya un centenar de veces.

Pero no había nada nuevo. Mesas y sillas vacías. Taburetes vacíos junto a la barra. Detrás de esta, sobre un aparador, se erguían dos barriles inmensos: uno de whisky y el otro de cerveza. Entre los dos barriles había una amplia colección de botellas de diversas formas y colores. Sobre las botellas colgaba una espada.

Bast posó la mirada en las botellas. Se concentró en ellas y las examinó largo rato; fue detrás de la barra y cogió una pesada jarra de arcilla.

Inspiró hondo, apuntó con un dedo a la primera botella de la hilera inferior y empezó a recitar para sí mientras iba contando:

Arce. Mayo.

Canta y baila.

Ceniza y brasa.

Del saúco la baya.

En el momento de pronunciar la última palabra, Bast señalaba una botella rechoncha de color verde. Le quitó el corcho, dio un sorbo tentativo, arrugó la cara y se estremeció. Dejó rápidamente la botella y cogió otra, roja y curvilínea. De esa también dio un sorbo; se restregó los labios con aire pensativo, asintió con la cabeza y vertió un chorro generoso en la jarra.

Señaló la siguiente botella y empezó a contar de nuevo:

Lana. Dama.

Noche lunera.

Sauce. Ventana.

Luz de candela.

Esa vez le tocó a una botella transparente que contenía un líquido de color amarillo pálido. Bast le quitó el corcho y, sin molestarse en probar antes, vertió un buen chorro en la jarra. Dejó la botella, cogió la jarra y la agitó con gesto teatral antes de beber un trago. Compuso una sonrisa de satisfacción y le dio a la última botella con un dedo, haciéndola sonar brevemente antes de empezar de nuevo a entonar su cancioncilla:

Piedra. Duela.

Barrica y cebada.

Viento y agua…

Se oyó crujir una tabla del suelo. Bast alzó la mirada y esbozó una sonrisa.

– Buenos días, Reshi.

El posadero pelirrojo estaba al pie de la escalera. Se pasó las manos, de dedos largos, por el delantal limpio y por las mangas de la camisa.

– ¿Se ha despertado ya nuestro invitado?

Bast negó con la cabeza.

– No ha dicho ni mu ni pío.

– Ha pasado dos días muy agitados -repuso Kote-. Seguramente le estarán pasando factura. -Vaciló un momento; luego levantó la barbilla y olfateó el aire-. ¿Estabas bebiendo? -El tono de la pregunta era más de curiosidad que acusador.

– No -contestó Bast.

El posadero arqueó una ceja.

– Estaba «catando» -puntualizó Bast-. Catar va antes que beber.

– Ah -replicó el posadero-. Entonces, ¿estabas preparándote para beber?

– ¡Dioses minúsculos, sí! Y en exceso. ¿Qué más se puede hacer aquí? -Bast sacó su jarra de debajo de la barra y miró en ella-. Confiaba en encontrar licor de baya de saúco, pero solo había un brebaje de melón. -Hizo girar el contenido de la jarra mientras lo examinaba-. Y algo con especias. -Dio otro sorbo y entornó los ojos con aire pensativo-. ¿Canela? -preguntó mirando las hileras de botellas-. ¿No tenemos licor de saúco?

– Debe de estar por ahí -contestó el posadero sin molestarse en mirar las botellas-. Deja eso un momento y escúchame, Bast. Tenemos que hablar de lo que hiciste anoche.

Bast se quedó muy quieto.

– ¿Qué hice, Reshi?

– Detuviste a esa criatura del Mael -dijo Kote.

– Ah. -Bast se relajó e hizo un ademán quitándole importancia-. Solo lo paré un poco, Reshi. Nada más.

– Te diste cuenta de que no era simplemente un loco -dijo Kote meneando la cabeza-. Trataste de prevenirnos. Si no llegas a ser tan rápido…

– No fui muy rápido, Reshi. -Bast frunció el entrecejo-. Mató a Shep. -Bajó la mirada hacia las tablas del suelo, bien fregadas, cerca de la barra-. Shep me caía bien.

– Todos pensarán que nos salvó el aprendiz del herrero -dijo Kote-. Y seguramente sea mejor así. Pero yo sé la verdad. Si no llega a ser por ti, ese monstruo se los habría cargado a todos.

– Eso no es cierto, Reshi -lo contradijo Bast-. Tú lo habrías matado sin ninguna dificultad. Lo que pasa es que yo me adelanté.

El posadero descartó ese comentario encogiéndose de hombros.

– Lo que sucedió anoche me ha hecho pensar -prosiguió-. No sé qué podríamos hacer para protegernos. ¿Has oído alguna vez «La cacería de los jinetes blancos»?

– Esa canción era nuestra antes de que os la apropiarais, Reshi -respondió Bast con una sonrisa. Inspiró y cantó con una dulce voz de tenor:

En caballos níveos cabalgaban.

Arcos de asta y cuchillos de plata.

Y a sus frentes ceñían, verdes y rojas,

frescas y flexibles, unas ramas.

El posadero asintió.

– Esa es precisamente la estrofa en que estaba pensando -dijo-. ¿Crees que podrías ocuparte mientras yo lo preparo todo aquí?

Bast asintió con entusiasmo y salió disparado; sin embargo, antes de entrar en la cocina se detuvo y preguntó con ansiedad:

– No empezaréis sin mí, ¿verdad?

– Empezaremos tan pronto como nuestro invitado haya comido y esté preparado -respondió Kote. Y, al ver la expresión de su joven alumno, se ablandó un poco-. De modo que calculo que tienes un par de horas.

Bast echó un vistazo al otro lado del umbral y, vacilante, volvió a mirar al posadero. Este, divertido, esbozó una sonrisa.

– Si no has vuelto para entonces, te llamaré antes de empezar. -Y ahuyentándolo con un gesto de la mano, añadió-: Vete ya.

El hombre que se hacía llamar Kote realizó su rutina habitual en la posada Roca de Guía. Se movía como un mecanismo de relojería, como un carromato que avanza por las profundas roderas de un camino.

Primero hizo el pan. Mezcló con las manos harina, azúcar y sal, sin molestarse en pesar las cantidades. Añadió un trozo de levadura del tarro de arcilla que guardaba en la despensa, trabajó la masa, dio forma redonda a las hogazas y las puso a fermentar. Con un badil retiró la ceniza acumulada en el horno de la cocina y encendió el fuego.

A continuación fue a la taberna y prendió la leña en la chimenea de piedra negra que ocupaba la pared norte, después de barrer la ceniza del inmenso hogar. Bombeó agua, se lavó las manos y subió una pieza de cordero del sótano. Recogió encendajas, entró más leña; golpeó el pan, que empezaba a subir, y lo acercó al horno, ya caliente.

Y de pronto ya no había nada más que hacer. Todo estaba preparado. Todo estaba limpio y ordenado. El posadero pelirrojo se quedó de pie detrás de la barra; su mirada fue regresando poco a poco de la distancia para concentrarse en la posada, en aquel momento y en aquel lugar, y acabó deteniéndose en la espada que colgaba en la pared, por encima de las botellas. No era una espada especialmente bonita, ornamentada ni llamativa. Era amenazadora, en cierto modo. Como lo es un alto acantilado. Era gris, sin melladuras y fría al tacto. Estaba tan afilada como un cristal roto. Tallada en la madera negra del tablero había una única palabra: «Delirio».

El posadero oyó unos pasos pesados en el porche de madera. El pasador traqueteó ruidosamente sin que llegara a abrirse la puerta, y a continuación se escucharon un retumbante «¡Hola!» y unos golpes.

– ¡Un momento! -gritó Kote. Se apresuró hacia la puerta principal y giró la enorme llave metida en la resplandeciente cerradura de latón.

Al otro lado estaba Graham, con la gruesa mano en alto, a punto de llamar de nuevo. Al ver al posadero, en su rostro curtido se dibujó una sonrisa.

– ¿Ha tenido que abrir hoy Bast por ti otra vez? -preguntó.

Kote sonrió, tolerante.

– Es buen chico -continuó Graham-. Un poco nervioso, quizá. Pensaba que hoy no abrirías la posada. -Carraspeó y se miró los pies un momento-. No me habría sorprendido, dadas las circunstancias.

Kote se guardó la llave en el bolsillo.

– La posada está abierta, como siempre. ¿En qué puedo ayudarte?

Graham se apartó del umbral y apuntó con la barbilla hacia fuera, donde había tres barriles junto a una carreta. Eran nuevos, de madera clara y lustrada, y con aros de metal reluciente.

– Ya sabía que anoche no podría dormir, y aproveché para terminar el último. Además, he oído decir que los Benton vendrán hoy con las primeras manzanas tardanas.

– Te lo agradezco.

– Los he apretado bien, para que aguanten todo el invierno. -Graham se acercó a los barriles y, orgulloso, golpeó uno de ellos con los nudillos-. No hay nada como una manzana de invierno para que el hambre no duela. -Miró a Kote con un destello en los ojos y volvió a golpear el barril-. Duela. ¿Lo has captado? ¿Las duelas del barril?

Kote gruñó un poco y se frotó la cara.

Graham rió para sí y pasó una mano por los brillantes aros de uno de los barriles.

– Nunca había hecho un barril con cercos de latón, pero me han quedado bien. Si ceden un poco, me avisas y los ajustaré.

– Me alegro de que hayas podido hacerlos -dijo el posadero-. En el sótano hay mucha humedad. El hierro solo aguantaría un par de años sin oxidarse.

– Tienes razón -coincidió Graham asintiendo-. La gente no suele pensar a largo plazo. -Se frotó las manos-. ¿Me echas una mano? No quiero que se me caiga uno y te deje marcas en el suelo.

Se pusieron a ello. Bajaron dos barriles al sótano, y el tercero lo pasaron por detrás de la barra; cruzaron la cocina y lo dejaron en la despensa.

Después los dos hombres volvieron a la taberna y se quedaron cada uno a un lado de la barra. Hubo un momento de silencio mientras Graham recorría con la mirada la estancia vacía. En la barra faltaban dos taburetes, y donde debería haber habido una mesa quedaba un espacio desocupado. En la ordenada taberna, esas ausencias llamaban tanto la atención como los huecos en una dentadura.

Graham desvió la mirada de una parte del suelo muy bien fregada, cerca de la barra. Se metió una mano en el bolsillo y sacó un par de ardites de hierro sin brillo; casi no le temblaba la mano.

– Sírveme una jarra pequeña de cerveza, ¿quieres, Kote? -dijo con voz áspera-. Ya sé que es temprano, pero me espera un día largo. Tengo que ayudar a los Murrion a recoger el trigo.

El posadero sirvió la cerveza y se la puso delante sin decir nada. Graham se bebió la mitad de un largo trago. Tenía los bordes de los párpados enrojecidos.

– Mal asunto, lo de anoche -dijo sin mirar al posadero, y dio otro sorbo.

Kote asintió con la cabeza. «Mal asunto, lo de anoche.» Lo más probable era que Graham no hiciera ningún otro comentario sobre la muerte de un hombre al que había conocido toda la vida. Aquella gente lo sabía todo de la muerte. Sacrificaban ellos mismos sus animales. Morían de fiebres, de caídas o de fracturas que se complicaban. La muerte era como un vecino desagradable: no hablabas de él por temor a que te oyera y decidiera pasar a hacerte una visita.

Excepto en las historias, por supuesto. Los relatos de reyes envenenados, de duelos y guerras antiguas no causaban ningún problema; vestían a la muerte con ropajes exóticos y la alejaban de tu puerta. El crup o una chimenea que se incendiaba podían resultar aterradores; el juicio de Gibea o el asedio de Enfast, en cambio, eran diferentes. Las historias eran como oraciones, como conjuros musitados a altas horas de la noche cuando caminabas solo en la oscuridad. Eran como amuletos de medio penique que le comprabas a un mercachifle por lo que pudiera pasar.

– ¿Cuánto tiempo va a quedarse por aquí ese escribano? -preguntó Graham al poco rato, y su voz resonó dentro de su jarra-. Quizá debería pedirle que me pusiera por escrito algunas cosas, por si acaso. -Frunció un poco la frente-. Mi padre siempre los llamaba «codicilios». No recuerdo cuál es su verdadero nombre.

– Si se trata de bienes tuyos de los que tiene que ocuparse otra persona, se llama transmisión de bienes -dijo el posadero con naturalidad-. Si se refiere a otras cosas, se llama mandamus de últimas voluntades.

Graham miró a su interlocutor y arqueó una ceja.

– Al menos eso es lo que yo tengo oído -dijo el posadero bajando la mirada y frotando la barra con un trapo blanco limpio-. El escribano mencionó algo de eso.

– Mandamus… -murmuró Graham con la jarra muy cerca de la cara-. Creo que le pediré que me escriba unos codicilios y que los legalice como mejor le parezca. -Miró de nuevo al posadero-. Supongo que seguramente habrá otros interesados en hacer algo parecido, en los tiempos que corren.

El posadero frunció el ceño, y al principio pareció un gesto de irritación. Pero no, no era eso. De pie detrás de la barra, ofrecía el aspecto de siempre, y su expresión era plácida y cordial. Asintió ligeramente.

– Comentó que se levantaría hacia mediodía -señaló Kote-. Estaba un poco alterado por lo que pasó anoche. Si aparece alguien antes de esa hora, me temo que no lo encontrará.

– No importa -dijo Graham encogiéndose de hombros-. De todas formas, hasta la hora de comer no habrá ni diez personas en todo el pueblo. -Dio otro sorbo de cerveza y miró por la ventana-. Hoy es un día de mucha faena en el campo, y eso no tiene vuelta de hoja.

El posadero se relajó un tanto.

– Mañana todavía andará por aquí, así que no hay necesidad de que vengan todos hoy. Le robaron el caballo cerca del vado de Abbott, y está buscando otro.

Graham aspiró entre dientes expresando compasión.

– Pobre desgraciado. En plena época de cosecha no encontrará un caballo por mucho que busque. Ni siquiera Cárter ha podido sustituir a Nelly después de que aquella especie de araña lo atacara junto al Puente Viejo. -Sacudió la cabeza-. Parece mentira que pueda ocurrir algo así a solo tres kilómetros de tu propia casa. Antes…

Graham hizo una pausa.

– ¡Divina pareja, parezco mi padre! -Metió la barbilla e imprimió aspereza a su voz-: «Cuando yo era niño, las estaciones guardaban un orden. El molinero no metía el pulgar en el platillo de la balanza y cada uno se ocupaba de sus asuntos».

En el rostro del posadero se insinuó una sonrisa nostálgica.

– Mi padre afirmaba que la cerveza sabía mejor y que los caminos tenían menos roderas -dijo.

Graham sonrió, pero su sonrisa enseguida se descompuso. Miró hacia abajo, como si le incomodara lo que se disponía a decir:

– Ya sé que no eres de por aquí, Kote. Y eso no es fácil. Hay quien piensa que los forasteros no saben ni la hora que es.

Inspiró hondo; seguía sin mirar al posadero.

– Pero creo que tú sabes cosas que otros ignoran. Tú tienes una visión más… amplia, por así decirlo. -Levantó la mirada y, con seriedad y cautela, la clavó en el posadero; tenía ojeras por la falta de sueño-. ¿Están las cosas tan mal como parece últimamente? Los caminos se han vuelto peligrosos. Hay muchos robos y…

Graham hizo un esfuerzo evidente para no dirigir la vista a la parte de suelo vacía.

– Todos esos impuestos nuevos nos hacen pasar muchos apuros. Los Grayden están a punto de perder su granja. Esa especie de araña… -Dio otro trago de cerveza-. ¿Están las cosas tan mal como parece? ¿O me he vuelto viejo, como mi padre, y a todo le encuentro un sabor amargo comparado con cuando era niño?

Kote se entretuvo frotando la barra, como si se resistiera a hablar.

– Creo que las cosas siempre van mal de un modo u otro -declaró-. Quizá sea que solo nosotros, los mayores, nos damos cuenta.

Graham fue a asentir, pero frunció el entrecejo.

– Pero tú no eres mayor, ¿no? Siempre se me olvida. -Miró de arriba abajo al pelirrojo-. Es decir, te mueves como un viejo y hablas como un viejo, pero no lo eres, ¿verdad? Calculo que tendrás la mitad de mis años. -Lo miró entornando los ojos-. ¿Qué edad tienes, por cierto?

– La suficiente para sentirme viejo -contestó el posadero con una sonrisa que denotaba cansancio.

Graham soltó una risotada.

– Pero no la suficiente para hacer ruidos de viejo. Deberías andar por ahí persiguiendo mujeres y metiéndote en líos. Y dejar que los viejos nos quejemos de lo mal que está el mundo y de cómo nos duelen los huesos.

El anciano carpintero se separó de la barra empujando con ambos brazos y se dirigió hacia la puerta.

– Volveré para hablar con tu escribano cuando paremos para comer. Y no seré el único. Hay muchos que querrán poner por escrito algunas cosas de modo oficial si tienen ocasión.

El posadero inspiró y expulsó el aire despacio.

– Graham…

El carpintero, que ya tenía una mano en la puerta, se volvió.

– No eres solo tú -dijo Kote-. Las cosas van mal, y me dice el instinto que van a empeorar. A nadie le haría daño prepararse para un crudo invierno. Y quizá asegurarse de que podría defenderse, en caso de que fuera necesario. -Se encogió de hombros-. Al menos eso es lo que me dice el instinto.

Graham apretó los labios formando una línea fina. Luego inclinó una vez la cabeza con gesto serio.

– Bueno, me alegro de no ser el único que lo intuye. -Entonces forzó una sonrisa y empezó a arremangarse la camisa al mismo tiempo que se volvía hacia la puerta y decía-: ¡Pero hay que aprovechar mientras se pueda!

Poco después de eso, pasaron los Benton con un carro lleno de manzanas tardanas. El posadero les compró la mitad de las que llevaban y pasó una hora escogiéndolas y almacenándolas.

Metió las más verdes y más firmes en los barriles del sótano; las colocó con cuidado y las cubrió con serrín antes de clavar la tapa. Las que madurarían pronto las llevó a la despensa, mientras que las que tenían algún golpe o algún punto marrón las cortó en cuartos y las metió en una gran tina de peltre para hacer sidra con ellas.

Mientras seleccionaba y guardaba, el hombre pelirrojo parecía contento. Pero si alguien se hubiera fijado, quizá habría visto que, si bien tenía las manos ocupadas, su mirada estaba lejos de allí. Y si bien tenía una expresión serena, casi agradable, no había alegría en ella. El posadero no tarareaba ni silbaba mientras trabajaba. No cantaba.

Cuando hubo seleccionado la última manzana, cruzó la cocina con la tina de peltre y salió por la puerta trasera. Era una fría mañana de otoño, y detrás de la posada había un pequeño jardín privado, resguardado por unos árboles. Kote echó un montón de manzanas cuarteadas en la prensa de madera y enroscó la tapa hasta que esta empezó a ofrecer resistencia.

A continuación se arremangó la camisa hasta más arriba de los codos, asió el mango de la prensa con sus largas y elegantes manos y lo hizo girar. La tapa descendió, juntando primero las manzanas y luego triturándolas. Girar y asir. Girar y asir.

Si hubiera habido allí alguien mirando, se habría fijado en que aquel hombre no tenía brazos blancuchos de posadero. Cuando hacía girar el mango de madera, se le marcaban los músculos de los antebrazos, duros como cuerdas retorcidas. En la piel se le dibujaba un entramado de cicatrices viejas. La mayoría eran pálidas y finas como las grietas del hielo invernal. Otras eran rojas y terribles, y destacaban en su piel clara.

Las manos del posadero asían y giraban, asían y giraban. Solo se oían el crujido rítmico de la madera y el chorrito lento de la sidra al caer en el cubo que había debajo. Aquella operación tenía ritmo, pero le faltaba música; y la mirada del posadero era ausente y cargada de tristeza, los ojos de un verde tan pálido que casi parecían grises.

Capítulo 2

Acebo

Cronista llegó al pie de la escalera y entró en la taberna de la Roca de Guía con su cartera de cuero colgada del hombro. Se paró en el umbral y vio al posadero pelirrojo encorvado sobre la barra, examinando algo minuciosamente.

Cronista carraspeó y entró en la estancia.

– Discúlpame por haber dormido hasta tan tarde -dijo-. No suelo… -Se interrumpió al ver lo que había encima de la barra-. ¿Estás preparando una tarta?

Kote, que estaba haciendo el reborde de la tarta con dos dedos, levantó la cabeza y, poniendo énfasis en el plural, dijo:

– Tartas. Sí, ¿por qué?

Cronista abrió la boca y la cerró. Desvió la mirada hacia la espada que colgaba, gris y silenciosa, en la pared, detrás de la barra, y luego volvió a dirigirla al posadero, que plisaba meticulosamente el borde de la tapa de masa alrededor del molde.

– Y ¿de qué son? -preguntó.

– De manzana. -Kote se enderezó y, con cuidado, hizo tres cortes en la tapa de masa de la tarta-. ¿Sabes lo difícil que es preparar una buena tarta?

– Pues no -admitió Cronista, y miró alrededor con nerviosismo-. ¿Dónde está tu ayudante?

– Esas cosas solo Dios puede saberlas -respondió el posadero-. Es muy difícil. Me refiero a hacer tartas. Nunca lo dirías, pero el proceso conlleva mucho trabajo. El pan es fácil. La sopa es fácil. El pudín es fácil. Pero la tarta es complicada. Es algo que no descubres hasta que intentas hacer una tú mismo.

Cronista asintió distraídamente, sin saber si se esperaba alguna otra cosa de él. Se descolgó la cartera del hombro y la dejó en una mesa cercana.

Kote se limpió las manos en el delantal.

– ¿Sabes esa pulpa que queda cuando prensas manzanas para hacer sidra? -preguntó.

– ¿El bagazo?

– ¡Bagazo! -exclamó Kote con profundo alivio-. Eso es, el bagazo. ¿Qué hace la gente con él, después de extraer el zumo?

– Con el bagazo de uva se puede hacer un vino flojo -contestó Cronista-. O aceite, pero para eso necesitas mucha cantidad. Pero el bagazo de manzana no sirve para gran cosa. Puedes usarlo como fertilizante o mantillo, pero no es muy bueno. La gente se lo echa como alimento al ganado.

Kote asintió con aire pensativo.

– No pensaba que lo tiraran sin más. Por aquí lo aprovechan todo de una forma u otra. Bagazo. -Hablaba como si saboreara la palabra-. Es algo que me tenía preocupado desde hace dos años.

– En el pueblo cualquiera habría podido decírtelo -replicó Cronista, desconcertado.

– Si es algo que sabe todo el mundo, no puedo permitirme el lujo de preguntarlo -dijo el posadero frunciendo el entrecejo.

Se oyó una puerta que se cerraba y, a continuación, unos alegres y distraídos silbidos. Bast salió de la cocina cargado de pinchudas ramas de acebo envueltas en una sábana blanca.

Kote asintió con gravedad y se frotó las manos.

– Estupendo. Y ahora, ¿cómo…? -Entrecerró los ojos-. ¿Son esas mis sábanas buenas?

Bast miró el bulto que llevaba en las manos.

– Bueno, Reshi -dijo despacio-, eso depende. ¿Tienes sábanas malas?

Los ojos del posadero llamearon airados durante un segundo; luego Kote suspiró.

– Supongo que no importa. -Estiró un brazo y separó una larga rama del montón-. Muy bien, y ¿qué hacemos con esto?

Bast se encogió de hombros.

– Yo tampoco sé qué hacer, Reshi. Sé que los Sithe salían a caballo con coronas de acebo cuando perseguían a los bailarines de piel…

– No podemos pasearnos por ahí con coronas de acebo en la cabeza -dijo Kote con desdén-. La gente hablaría de nosotros.

– Me da igual lo que piensen y digan estos pueblerinos -murmuró Bast, y empezó a trenzar varias ramas largas y flexibles-. Cuando un bailarín se mete en tu cuerpo, eres como un títere movido por hilos. Si quieren, pueden hacer que te muerdas la lengua. -Levantó la corona, inacabada, y se la puso sobre la cabeza para comprobar la medida. Arrugó la nariz-. Pincha.

– Según las historias que he oído -dijo Kote-, con el acebo también se los puede atrapar en un cuerpo.

– ¿No bastaría con que lleváramos hierro? -preguntó Cronista. Los otros dos lo miraron con curiosidad desde detrás de la barra, como si casi se hubieran olvidado de su presencia-. No sé, si es una criatura mágica…

– No digas «criatura mágica» -le espetó Bast-. Pareces un niño pequeño. Es un ser fata. Un Faen, si quieres.

Cronista vaciló un momento antes de continuar.

– Si esa cosa se metiera en el cuerpo de alguien que llevara encima algo de hierro, ¿no le haría daño? ¿No saldría inmediatamente?

– Pueden hacer. Que te muerdas. La lengua -repitió Bast, separando las palabras como si hablara con un niño particularmente estúpido-. Una vez dentro de ti, pueden utilizar tu mano para sacarte los ojos con la misma facilidad con que arrancarías una margarita. ¿Qué te hace pensar que no podrían quitarte una pulsera o un anillo? -Meneó la cabeza y se miró los dedos mientras entrelazaba hábilmente otra rama de acebo, de un verde brillante, en la corona que sostenía-. Además, yo no pienso llevar hierro.

– Si pueden salir de los cuerpos -dijo Cronista-, ¿por qué el de anoche no salió del cuerpo de aquel hombre? ¿Por qué no se metió en alguno de nosotros?

Hubo un largo silencio, y entonces Bast se dio cuenta de que los otros dos lo estaban mirando.

– ¿Me lo preguntas a mí? -Soltó una risita incrédula-. No tengo ni idea. Anpauen. A los últimos bailarines de piel los cazaron hace cientos de años. Mucho antes de mi época. Yo solo he oído historias.

– Entonces, ¿cómo sabemos que no saltó? -preguntó Cronista despacio, como si hasta preguntarlo le diera apuro-. ¿Cómo sabemos que no sigue aquí? -Estaba muy tieso en la silla-. ¿Cómo sabemos que ahora no está en alguno de nosotros?

– Pareció que muriese cuando murió el cuerpo del mercenario -dijo Kote-. Lo habríamos visto marchar. -Le lanzó una mirada a Bast-. Se supone que cuando abandonan el cuerpo toman la forma de una sombra oscura o de humo, ¿no es así?

Bast asintió.

– Además -señaló-, si hubiera salido del cuerpo, habría empezado a matar gente con el nuevo cuerpo. Eso es lo que suelen hacer. Van saltando de un cuerpo a otro hasta que no queda nadie con vida.

El posadero miró a Cronista y compuso una sonrisa tranquilizadora.

– ¿Lo ves? Quizá ni siquiera fuera un bailarín de piel. Quizá solo fuera algo parecido.

La mirada de Cronista delataba espanto.

– Pero ¿cómo podemos estar seguros? Ahora mismo podría estar dentro del cuerpo de cualquiera de los vecinos…

– Podría estar dentro de mí -dijo Bast con desenvoltura-. A lo mejor solo estoy esperando a que bajes la guardia y entonces te morderé en el pecho, justo a la altura del corazón, y me beberé toda su sangre. Como si succionara el jugo de una ciruela.

Los labios de Cronista dibujaban una delgada línea.

– No tiene gracia -dijo.

Bast levantó la cabeza y miró a Cronista con una sonrisa maliciosa, mostrando los dientes. Pero había algo inquietante en su expresión. La sonrisa duraba demasiado. Era demasiado radiante. Y Bast no miraba directamente al escribano, sino ligeramente hacia un lado.

Se quedó quieto un momento; sus dedos ya no trabajaban, ágiles, entre las verdes hojas. Se miró las manos con curiosidad y dejó caer la corona de acebo sin terminar sobre la barra. Su sonrisa se apagó poco a poco y dejó paso a un semblante inexpresivo; echó un vistazo a la taberna, como embobado.

– ¿Te veyan? -dijo con una voz extraña. Sus ojos, vidriosos, reflejaban confusión-. ¿Te-tanten ventelanet?

Entonces, moviéndose a una velocidad asombrosa, Bast se lanzó hacia Cronista desde detrás de la barra. El escribano saltó de la silla, apartándose de un brinco. Derribó dos mesas y media docena de sillas antes de tropezar y caer al suelo, moviendo los brazos y las piernas desesperadamente en un intento de llegar hasta la puerta.

Mientras se arrastraba, muerto de miedo, pálido y horrorizado, Cronista lanzó una rápida mirada por encima del hombro, y vio que Bast no había dado más de tres pasos. El joven moreno estaba de pie junto a la barra, doblado por la cintura y temblando muerto de risa. Con una mano se tapaba la cara, y con la otra apuntaba a Cronista. Sus carcajadas eran tan violentas que apenas podía respirar. Al cabo de un momento tuvo que sujetarse con ambos brazos a la barra.

Cronista estaba furioso.

– ¡Imbécil! -gritó mientras se ponía de pie con dificultad-. ¡Eres… eres un imbécil!

Bast, todavía falto de aire por la risa, levantó los brazos y, casi sin fuerzas, hizo ver que arañaba el aire, como un niño que imita a un oso.

– Bast -lo reprendió el posadero-. Venga. Por favor. -Pero si bien el tono de Kote era severo, la risa se reflejaba en sus ojos. Le temblaban los labios, tratando de no dejar escapar una sonrisa.

Ofendido, Cronista puso las sillas y las mesas en su sitio, golpeándolas contra el suelo con más fuerza de la necesaria. Cuando por fin llegó a la mesa a la que antes estaba sentado, tomó de nuevo asiento, con la espalda muy tiesa. Para entonces Bast volvía a estar detrás de la barra, con la respiración agitada y muy concentrado en el acebo que tenía en las manos.

Cronista lo fulminó con la mirada y se frotó la espinilla. Bast sofocó algo que, teóricamente, habría podido ser una tos.

Kote rió para sus adentros y sacó otra rama de acebo del fardo, añadiéndola al largo cordón que estaba trenzando. Levantó la cabeza y miró a Cronista.

– Antes de que me olvide, creo que hoy vendrá gente a solicitar tus servicios de escribano.

– Ah, ¿sí? -Cronista parecía sorprendido.

Kote asintió y dio un suspiro de irritación.

– Sí. La noticia ya ha empezado a correr, no podemos hacer nada. Tendremos que ocuparnos de ellos como podamos. Por suerte, todo aquel que tenga dos buenas manos estará trabajando en el campo hasta mediodía, de modo que no tendremos que preocuparnos por eso hasta…

Los dedos del posadero, que manejaban las ramas de acebo con torpeza, partieron una rama, y una espina se le clavó en la yema del pulgar. El pelirrojo no se inmutó ni maldijo en voz alta; se limitó a fruncir el ceño y mirarse las manos mientras se formaba una gota de sangre, roja como una baya.

El posadero, arrugando la frente, se llevó el pulgar a la boca. Su expresión ya no era risueña, y tenía la mirada dura e inescrutable. Dejó a un lado el cordón de acebo sin terminar, con un gesto tan deliberadamente desenfadado que casi daba miedo.

Volvió a mirar a Cronista y, con una voz absolutamente calmada, agregó:

– Lo que quiero decir es que deberíamos aprovechar el tiempo antes de que nos interrumpan. Pero antes, supongo que querrás desayunar algo.

– Si no es mucha molestia -contestó Cronista.

– En absoluto -dijo Kote; se dio la vuelta y entró en la cocina.

Bast lo vio marchar con gesto de preocupación.

– Tendrías que apartar la sidra del fuego y ponerla fuera a enfriar -le gritó-. La última tanda parecía mermelada y no jugo. Ah, y he encontrado unas hierbas ahí fuera. Están encima del barril del agua de lluvia. Míratelas, a ver si sirven para la cena.

Una vez solos en la taberna, Bast y Cronista se miraron largamente por encima de la barra. El único sonido que se oyó fue el golpe de la puerta trasera al cerrarse.

Bast le hizo un último arreglo a la corona que tenía en las manos y la examinó desde todos los ángulos. Se la acercó a la cara como si fuera a olería; pero en lugar de eso, inspiró hondo llenando los pulmones, cerró los ojos y sopló sobre las hojas de acebo, tan suavemente que estas apenas se movieron. Abrió los ojos, compuso una sonrisa adorable de disculpa y fue hacia Cronista.

– Toma. -Ofreció la corona de acebo al escribano, que seguía sentado.

Cronista no hizo ademán de cogerla, pero Bast no borró la sonrisa de sus labios.

– No lo has visto porque estabas muy entretenido cayéndote -dijo con voz queda-, pero cuando has salido corriendo, se ha reído. Ha soltado tres buenas carcajadas desde lo más hondo del vientre. Tiene una risa maravillosa. Es como la fruta. Como la música. Llevaba meses sin oírla.

Bast volvió a tenderle la corona de acebo sonriendo con timidez.

– Esto es para ti. Le he puesto toda la grammaría que tengo. Se mantendrá viva y verde más tiempo del que imaginas. Cogí el acebo de la manera adecuada y le he dado forma con mis propias manos. Está cogido, tejido y movido con un propósito. -Alargó un poco más el brazo, como un niño tímido entregando un ramo de flores-. Tómala. Es un regalo que te hago de buen grado. Te lo ofrezco sin compromiso, impedimento ni obligación.

Cronista, vacilante, estiró el brazo y cogió la corona. La examinó dándole vueltas con las manos. Entre las hojas verde oscuro había unas bayas rojas que parecían gemas, y estaba hábilmente trenzada, de manera que las espinas apuntaban hacia fuera. Se la colocó con cuidado sobre la cabeza y comprobó que se ajustaba muy bien al contorno de su frente.

– ¡Aclamemos todos al Señor del Desgobierno! -gritó Bast, sonriendo y levantando las manos. Luego soltó una risa jubilosa.

Una sonrisa se asomó a los labios de Cronista mientras se quitaba la corona.

– Bueno -dijo en voz baja al mismo tiempo que bajaba las manos hasta el regazo-, ¿significa esto que estamos en paces?

Bast ladeó la cabeza, confuso.

– ¿Cómo dices?

– Me refiero a lo que me dijiste… anoche… -Cronista parecía incómodo.

Bast parecía sorprendido.

– Ah, no -dijo con seriedad, negando con la cabeza-. No. En absoluto. Me perteneces, hasta la médula de los huesos. Eres un instrumento de mis deseos. -Echó un vistazo hacia la cocina, y su expresión se tornó amarga-. Y ya sabes qué es lo que deseo. Hacerle recordar que es algo más que un posadero que prepara tartas. -La última palabra fue casi un escupitajo.

– Sigo sin saber qué puedo hacer yo -repuso Cronista, removiéndose en la silla y desviando la mirada.

– Harás todo lo que puedas -replicó Bast en voz baja-. Lo harás salir de dentro de sí mismo. Lo despertarás. -Esto último lo dijo con fiereza.

Puso una mano en el hombro de Cronista y entrecerró ligeramente los ojos azules.

– Le harás recordar. Lo harás.

Cronista vaciló un momento; luego agachó la cabeza, miró la corona de acebo que tenía en el regazo y asintió con una leve inclinación.

– Haré lo que pueda.

– Eso es lo único que todos nosotros podemos hacer -dijo Bast, y le dio una palmadita amistosa en la espalda-. Por cierto, ¿qué tal el hombro?

El escribano lo hizo girar, y el movimiento pareció fuera de lugar, porque el resto de su cuerpo se mantuvo rígido y quieto.

– Dormido. Frío. Pero no me duele.

– Era de esperar. Yo en tu lugar no me preocuparía. -Bast le sonrió alentadoramente-. La vida es demasiado corta para que os preocupéis por cosas sin importancia.

Desayunaron: patatas, tostadas, tomates y huevos. Cronista se sirvió una ración respetable, y Bast comió por tres. Kote iba haciendo sus tareas: fue a buscar más leña, echó carbón al horno para prepararlo para cocer las tartas y vertió en jarras la sidra que había puesto a enfriar.

Estaba llevando un par de jarras de sidra a la barra cuando se oyeron unas pisadas de botas en el porche de madera de la posada, más fuertes que unos golpes dados en la puerta con los nudillos. Al cabo de un momento, el aprendiz del herrero irrumpió en la taberna. Pese a tener solo dieciséis años, era uno de los hombres más altos del pueblo, y tenía unos hombros anchos y unos brazos gruesos.

– Hola, Aaron -dijo el posadero con serenidad-. Cierra la puerta, ¿quieres? Entra mucho polvo.

Cuando el aprendiz del herrero se dio la vuelta para cerrar la puerta, el posadero y Bast, sin decirse nada y actuando perfectamente coordinados, escondieron con rapidez casi todo el acebo debajo de la barra. El aprendiz del herrero se dio la vuelta de nuevo y vio a Bast jugueteando distraídamente con algo que habría podido ser una pequeña guirnalda inacabada. Algo con que mantener los dedos ocupados para combatir el aburrimiento.

Aaron no dio muestras de haber notado nada raro cuando se apresuró hacia la barra.

– Señor Kote -dijo, emocionado-, ¿podría prepararme unas provisiones de viaje? -Agitó un saco de arpillera vacío-. Cárter me ha dicho que usted sabría a qué me refiero.

El posadero asintió.

– Tengo pan y queso, salchichas y manzanas. -Le hizo una seña a Bast, que agarró el saco y se dirigió a la cocina-. ¿Adónde va Cárter?

– Nos vamos los dos -dijo el chico-. Hoy los Orrison van a vender unos añojos en Treya, y nos han contratado a Cárter y a mí para que los acompañemos, ya que los caminos están muy mal y todo eso.

– Treya -musitó el posadero-. Entonces no volveréis hasta mañana.

El aprendiz del herrero depositó despacio un delgado sueldo de plata sobre la brillante barra de caoba.

– Cárter confía en encontrar también un sustituto para Nelly. Pero dice que si no encuentra ningún caballo, quizá acepte la paga del rey.

– ¿Cárter piensa alistarse? -preguntó Kote arqueando las cejas.

El chico sonrió con una extraña mezcla de regocijo y tristeza.

– Dice que no tiene alternativa si no encuentra un caballo para su carro. Dice que en el ejército se ocupan de ti, que te dan de comer y que ves mundo. -La emoción se reflejaba en la mirada del joven, cuya expresión se debatía entre el entusiasmo de un niño y la seria preocupación de un hombre-. Y ahora ya no te dan un noble de plata por alistarte. Ahora te dan un real. Un real de oro.

El rostro del posadero se ensombreció.

– Cárter es el único que se está planteando alistarse, ¿verdad? -Miró al chico a los ojos.

– Un real es mucho dinero -admitió el aprendiz del herrero, con sonrisa furtiva-. Y la vida es dura desde que murió padre y madre vino a vivir aquí desde Rannish.

– Y ¿qué opina tu madre de que te alistes en el ejército?

El chico se puso serio.

– Espero que no se me ponga usted de su lado -protestó-. Creí que lo entendería. Usted es un hombre, sabe que un hombre debe cuidar de su madre.

– Lo que sé es que tu madre preferiría tenerte en casa, sano y salvo, que nadar en una bañera de oro, muchacho.

– Estoy harto de que la gente me llame «muchacho» -le espetó el aprendiz del herrero, ruborizándose-. Puedo ser útil en el ejército. Cuando los rebeldes juren lealtad al Rey Penitente, las cosas empezarán a mejorar otra vez. No tendremos que pagar tantos impuestos. Los Bentley no perderán sus tierras. Los caminos volverán a ser seguros. -Entonces su expresión se entristeció, y por un instante su rostro dejó de parecer joven-. Y entonces madre no tendrá que esperarme, angustiada, cada vez que yo salga de casa -añadió con voz lúgubre-. Dejará de despertarse tres veces por la noche para comprobar los postigos de las ventanas y la tranca de la puerta.

Aaron miró al posadero a los ojos y enderezó la espalda; al dejar de encorvarse, le sacaba casi una cabeza al pelirrojo.

– Hay veces en que un hombre tiene que defender a su rey y su país.

– ¿Y Rose? -preguntó el posadero con voz suave.

El aprendiz se sonrojó y bajó la mirada, avergonzado. Volvió a dejar caer los hombros y se desinfló como una vela cuando el viento deja de soplar.

– Señor, ¿lo saben todos?

El posadero asintió al tiempo que esbozaba una sonrisa amable.

– En un pueblo como este no hay secretos.

– Bueno -dijo Aaron con decisión-, esto también lo hago por ella. Por nosotros. Con mi paga de soldado y con lo que tengo ahorrado, podré comprar una casa para nosotros, o montar mi propio taller sin tener que recurrir a ningún prestamista miserable.

Kote abrió la boca y volvió a cerrarla. Se quedó pensativo el tiempo que tardó en inspirar y expirar lentamente, y luego, como si escogiera sus palabras con mucho cuidado, preguntó:

– ¿Sabes quién es Kvothe, Aaron?

El aprendiz del herrero puso los ojos en blanco.

– No soy idiota. Anoche mismo hablábamos de él, ¿no se acuerda? -Miró más allá del hombro del posadero, hacia la cocina-. Mire, tengo que marcharme. Cárter se pondrá furioso si no…

Kote hizo un gesto tranquilizador.

– Te propongo un trato, Aaron. Escucha lo que quiero decirte, y entonces podrás llevarte la comida gratis. -Deslizó el sueldo de plata sobre la barra hacia el muchacho-. Así podrás utilizar esto para comprarle algo bonito a Rose en Treya.

– De acuerdo -dijo Aaron asintiendo con cautela.

– ¿Qué sabes de Kvothe por las historias que has oído contar? ¿Qué aspecto crees que tiene?

– ¿Aparte de aspecto de muerto? -dijo Aaron riendo.

Kote compuso un amago de sonrisa.

– Aparte de aspecto de muerto.

– Dominaba todo tipo de magias secretas -respondió Aaron-. Sabía seis palabras que, susurradas al oído de un caballo, le hacían correr ciento cincuenta kilómetros sin parar. Podía convertir el hierro en oro y atrapar un rayo en una jarra de litro para utilizarlo más tarde. Sabía una canción que abría cualquier cerrojo, y podía romper una puerta de roble macizo con una sola mano…

Aaron se interrumpió.

– En realidad depende de la historia. A veces es un buen tipo, una especie de Príncipe Azul. Una vez rescató a unas muchachas de una cuadrilla de ogros…

Otra sonrisa apagada.

– Ya.

– … pero en otras historias es un cabronazo -continuó Aaron-. Robó magias secretas de la Universidad. Por eso lo echaron de allí, ¿sabe? Y no le pusieron el apodo de Kvothe el Asesino de Reyes por lo bien que tocaba el laúd.

La sonrisa desapareció de los labios del posadero, que asintió con la cabeza.

– Cierto. Pero ¿cómo era?

– Era pelirrojo, si se refiere a eso -dijo Aaron frunciendo un poco el ceño-. En eso coinciden todas las historias. Un diablo con la espada. Era sumamente listo. Y además tenía mucha labia, y la empleaba para salir de todo tipo de aprietos.

El posadero asintió.

– Muy bien -dijo-. Y si tú fueras Kvothe, y sumamente listo, como tú dices, y de pronto pagaran por tu cabeza mil reales de oro y un ducado, ¿qué harías?

El aprendiz del herrero sacudió la cabeza y se encogió de hombros; no sabía qué responder.

– Pues si yo fuera Kvothe -dijo el posadero-, fingiría mi muerte, me cambiaría el nombre y buscaría un pueblecito perdido. Entonces abriría una posada y haría todo lo posible por desaparecer del mapa. -Miró al joven-. Eso sería lo que yo haría.

Aaron desvió la mirada hacia el cabello del posadero, hacia la espada colgada sobre la barra y, por último, de nuevo a los ojos del hombre pelirrojo.

Kote asintió lentamente, y entonces señaló a Cronista.

– Ese hombre no es un escribano como otro cualquiera. Es una especie de historiador, y ha venido a escribir la verdadera historia de mi vida. Te has perdido el principio, pero si quieres, puedes quedarte a oír el resto. -Esbozó una sonrisa relajada-. Yo puedo contarte historias que nadie ha oído nunca. Historias que nadie volverá a oír. Historias sobre Felurian, sobre cómo aprendí a luchar con los Adem. La verdad sobre la princesa Ariel.

El posadero tendió un brazo por encima de la barra y tocó el del chico.

– La verdad es que te tengo aprecio, Aaron. Creo que eres muy espabilado, y no me gustaría nada ver cómo echas a perder tu vida. -Respiró hondo y miró al aprendiz del herrero con intensidad. Sus ojos eran de un verde asombroso-. Sé cómo empezó esta guerra. Sé la verdad sobre ella. Cuando la hayas oído, ya no estarás tan impaciente por marcharte corriendo a pelear y morir en ella.

El posadero señaló una de las sillas vacías de la mesa, junto a Cronista, y compuso una sonrisa tan fácil y tan adorable que parecía la de un príncipe de cuento.

– ¿Qué me dices?

Aaron miró muy serio al posadero por un momento; su mirada subió hacia la espada, y luego volvió a descender.

– Si de verdad es usted… -No terminó la frase, pero su expresión la convirtió en una pregunta.

– Sí, lo soy de verdad -afirmó Kote con amabilidad.

– En ese caso, ¿puedo ver su capa de ningún color? -preguntó el aprendiz con una tímida sonrisa.

La sonrisa adorable del posadero se quedó rígida y crispada como un vidrio roto.

– Confundes a Kvothe con Táborlin el Grande -dijo Cronista desde el otro extremo de la habitación, con toda naturalidad-. El de la capa de ningún color era Táborlin.

Aaron se volvió y miró al escribano con gesto de desconcierto.

– Entonces, ¿qué era lo que tenía Kvothe?

– Una capa de sombra -respondió Cronista-. Si no recuerdo mal.

El chico se volvió de nuevo hacia la barra.

– Pues ¿puede enseñarme su capa de sombra? -preguntó-. ¿O hacer algún truco de magia? Siempre he querido ver alguno. Me contentaría con un poco de fuego, o con un relámpago. No quiero que se canse por mi culpa.

Antes de que el posadero pudiera dar una respuesta, Aaron soltó una carcajada.

– Solo estaba tomándole un poco el pelo, señor Kote. -Volvió a sonreír, más abiertamente que antes-. ¡Divina pareja!, jamás en la vida había hablado con un mentiroso de su talla. Ni siquiera mi tío Alvan podía soltarla tan gorda con esa cara tan seria.

El posadero miró hacia abajo y murmuró algo incomprensible.

Aaron tendió un brazo por encima de la barra y puso su ancha mano sobre el hombro de Kote.

– Ya sé que solo intenta ayudar, señor Kote -dijo con ternura-. Es usted un buen hombre, y pensaré en lo que me ha dicho. No iré corriendo a alistarme. Solo quiero estudiar bien mis opciones.

El aprendiz del herrero sacudió la cabeza, contrito.

– De verdad. Esta mañana todos me sueltan alguna. Mi madre me ha venido con que tiene tisis. Rose me ha dicho que está embarazada. -Se pasó una mano por el cabello y chascó la lengua-. Pero lo suyo se lleva la palma, he de reconocerlo.

– Bueno, es que… -Kote consiguió forzar una sonrisa-. No habría podido mirar a tu madre a la cara si no lo hubiera intentado.

– Si hubiera escogido cualquier otro detalle, quizá me lo habría tragado -repuso el chico-. Pero todo el mundo sabe que la espada de Kvothe era de plata. -Desvió la mirada hacia la espada colgada en la pared-. Y tampoco se llamaba Delirio. Se llamaba Kaysera, la asesina de poetas.

El posadero se estremeció un poco al oír eso.

– ¿La asesina de poetas?

– Sí, señor -confirmó Aaron asintiendo con obstinación-. Y su escribano tiene razón. Llevaba una capa hecha de telarañas y sombras, y anillos en todos los dedos. ¿Cómo era?

Cinco anillos llevaba en una mano:

de piedra, hierro, ámbar, madera y hueso.

En…

El aprendiz arrugó la frente.

– No me acuerdo del resto. Decía algo del fuego…

El hombre pelirrojo adoptó una expresión insondable. Miró hacia abajo, hacia sus manos, extendidas y posadas sobre la barra, y al cabo recitó:

En la otra, invisibles, otros cinco:

una sortija de sangre, el primero;

de aire, tenue como un susurro, el segundo;

el de hielo encerraba una grieta,

con un fulgor débil brillaba el de fuego,

y el último anillo no tenía nombre.

– Eso es -dijo Aaron sonriendo-. No tendrá ninguno de esos anillos escondido detrás de la barra, ¿verdad? -Se puso de puntillas e hizo como si se asomara.

Kote esbozó una sonrisa avergonzada.

– No. No tengo ninguno.

Ambos se sobresaltaron cuando Bast dejó caer un saco de arpillera sobre la barra con un golpazo.

– Creo que con esto habrá comida suficiente para dos días para Cárter y para ti, y quizá hasta sobre -dijo Bast con brusquedad.

Aaron se cargó el saco a la espalda y se dirigió hacia la puerta, pero titubeó y miró a los dos hombres que estaban detrás de la barra.

– No me gusta pedir favores. El viejo Cob me ha prometido que cuidará de mi madre, pero…

Bast salió de detrás de la barra y fue a acompañar al chico hasta la puerta.

– Seguro que estará bien. Si quieres, yo puedo pasar a ver a Rose. -Miró al aprendiz con una sonrisa lasciva en los labios-. Solo para asegurarme de que no se siente sola, ya sabes.

– Se lo agradecería mucho -repuso Aaron, aliviado-. Cuando me he ido la he dejado un poco compungida. Le iría bien que alguien la reconfortara un poco.

Bast, que ya había empezado a abrir la puerta de la posada, se quedó quieto y miró, incrédulo, al corpulento Aaron. Entonces meneó la cabeza y terminó de abrir.

– Bueno, buen viaje. Pásalo bien en la gran ciudad. Y no bebas agua.

Bast cerró la puerta y apoyó la frente en la madera, como si de pronto se sintiera muy cansado.

– ¿«Le iría bien que alguien la reconfortara un poco»? -repitió con incredulidad-. Retiro todo lo dicho alguna vez de que ese chico sea listo. -Se volvió hacia la barra mientras apuntaba con un dedo a la puerta cerrada-. Eso -dijo con firmeza, sin dirigirse a nadie en particular-, eso es lo que pasa por trabajar con hierro todos los días.

El posadero chascó la lengua y se apoyó en la barra.

– Ya ves lo que queda de mi labia legendaria.

Bast dio un resoplido de desprecio.

– Ese muchacho es un idiota, Reshi.

– ¿Y debería sentirme mejor porque no he sabido persuadir a un idiota, Bast?

Cronista carraspeó débilmente.

– Parece, más bien, un testimonio del gran papel que has hecho aquí -dijo-. Has interpretado tan bien al posadero que ya no pueden concebir que seas alguna otra cosa. -Abrió un brazo abarcando la taberna vacía-. Francamente, me sorprende que estés dispuesto a arriesgar la vida que te has construido aquí solo para impedir que el muchacho no se aliste en el ejército.

– No es un gran riesgo -dijo el posadero-. No es una gran vida. -Se enderezó, salió de detrás de la barra y fue hasta la mesa a la que estaba sentado Cronista-. Soy responsable de todas las muertes de esta estúpida guerra. Solo pretendía salvar una vida. Por lo visto, ni siquiera de eso soy capaz.

Se sentó enfrente de Cronista y continuó:

– ¿Dónde lo dejamos ayer? Si puedo evitarlo, prefiero no repetirme.

– Acababas de llamar al viento y de darle a Ambrose una muestra de lo que le esperaba -dijo Bast desde la puerta-. Y lloriqueabas como un bobo por tu amada.

– Yo no lloriqueo como un bobo, Bast -protestó Kote levantando la cabeza.

Cronista abrió su cartera de cuero y sacó una hoja de papel que tenía tres cuartas partes escritas con letra pequeña y precisa.

– Si quieres, puedo leerte lo último.

Kote tendió una mano.

– Recuerdo tu clave lo suficientemente bien para leerlo por mí mismo -dijo cansinamente-. Dámelo. Quizá me ayude a refrescar la memoria. -Miró a Bast-. Si vas a escuchar, ven aquí y siéntate. No quiero verte rondando.

Bast fue correteando hasta la silla mientras Kote inspiraba hondo y leía la última página de la historia que había relatado el día anterior. El posadero guardó un largo silencio. Sus labios temblaron un instante, como si fueran a fruncirse, y luego dibujaron algo parecido a la débil sombra de una sonrisa.

Asintió con aire pensativo; todavía seguía mirando la hoja.

– Había dedicado gran parte de mi corta vida a intentar entrar en la Universidad -dijo-. Quería estudiar allí antes incluso de que mataran a mi troupe. Antes de saber que los Chandrian eran más que una historia para contar alrededor de una fogata. Antes de empezar a buscar a los Amyr.

El posadero se reclinó en el respaldo de la silla; su expresión de cansancio desapareció y se tornó pensativa.

– Creía que cuando llegara allí, todo sería fácil. Aprendería magia y encontraría respuestas para todas mis preguntas. Creía que todo sería sencillo como en los cuentos.

Kvothe sonrió, un poco abochornado, y su expresión hizo que su rostro pareciera asombrosamente joven.

– Y tal vez lo habría sido, si no tuviera tanto talento para crearme enemigos y buscarme problemas. Lo único que yo quería era tocar mi música, asistir a las clases y buscar mis respuestas. Todo lo que quería estaba en la Universidad. Lo único que quería era quedarme allí. -Asintió para sí-. Por ahí es por donde deberíamos empezar.

El posadero le devolvió la hoja de papel a Cronista, que, distraído, la alisó con una mano. A continuación, Cronista destapó el tintero y mojó la pluma. Bast se inclinó hacia delante, expectante, sonriendo como un niño impaciente.

Kvothe paseó la mirada por la estancia observándolo todo. Inspiró hondo y de pronto sonrió. Y por un instante no pareció en absoluto un posadero. Tenía los ojos intensos y brillantes, verdes como una brizna de hierba.

– ¿Preparados?

Capítulo 3

Suerte

Los bimestres de la Universidad siempre empezaban igual: con el sorteo de admisiones, seguido de todo un ciclo dedicado a exámenes. Eran una especie de mal necesario.

No pongo en duda que, al principio, ese proceso fuera razonable. Cuando la Universidad era más pequeña, imagino que los exámenes debían de ser auténticas entrevistas. Una oportunidad para que el alumno mantuviera una conversación con los maestros sobre lo que había aprendido. Un diálogo. Una discusión.

Pero la Universidad ya tenía más de mil alumnos. No había tiempo para discusiones. En lugar de eso, los alumnos se sometían a una batería de preguntas que solo duraba unos pocos minutos. Dado que las entrevistas eran muy breves, una sola respuesta incorrecta o un titubeo demasiado largo podían tener un grave efecto en tu matrícula.

Antes de las entrevistas, los alumnos estudiaban obsesivamente. Y después bebían para celebrarlo o para consolarse. Como consecuencia de ello, durante los once días de admisiones la mayoría de los alumnos andaban nerviosos y exhaustos, en el mejor de los casos. En el peor, se paseaban por la Universidad como engendros, pálidos y ojerosos por haber dormido poco, por haber bebido demasiado o por ambas cosas.

A mí, personalmente, me parecía extraño que todo el mundo se tomara aquel proceso tan en serio. La mayoría de los estudiantes eran nobles o miembros de familias adineradas de comerciantes. Para ellos, una matrícula cara no era más que un inconveniente, pues los dejaba con menos dinero de bolsillo para gastar en caballos y prostitutas.

Yo me jugaba mucho más. Una vez que los maestros habían determinado una matrícula, no había forma de cambiarla. De modo que si me ponían una matrícula demasiado alta, no podría entrar en la Universidad hasta haber reunido suficiente dinero para pagarla.

La primera jornada de admisiones siempre tenía un aire festivo. No había clases, y el sorteo ocupaba la primera mitad del día. Los desafortunados alumnos que obtenían las horas más tempranas se veían obligados a pasar por el examen de admisión pocas horas después.

Cuando llegué, ya se habían formado largas colas que serpenteaban por el patio, mientras que los alumnos que ya habían sacado sus fichas iban de un lado para otro, quejándose de la hora que les había tocado y tratando de venderla, intercambiarla o de comprar otra.

Como no veía a Wilem ni a Simmon por ninguna parte, me puse en la primera cola que encontré e intenté no pensar en el poco dinero que llevaba en mi bolsa: un talento y tres iotas. En otra época de mi vida, eso me habría parecido una fortuna. Pero no era suficiente, ni mucho menos, para pagar mi matrícula.

Repartidas por el patio había carretas donde se vendían salchichas y castañas, sidra caliente y cerveza. Me llegó el olor a pan caliente y a grasa de una cercana. Tenía montones de pasteles de carne de cerdo para quienes pudieran permitirse ese lujo.

El sorteo siempre se celebraba en el patio más grande de la Universidad. La mayoría lo llamaban la plaza del poste, aunque unos pocos cuyos recuerdos se remontaban más allá se referían a ella como el Patio de las Interrogaciones. Yo la conocía por un nombre aún más antiguo: la Casa del Viento.

Me había quedado contemplando unas hojas que se arrastraban por los adoquines, y cuando levanté la cabeza vi a Fela mirándome. Estaba en la misma fila que yo, unos treinta o cuarenta puestos por delante de mí. Me sonrió con calidez y me saludó con la mano. Le devolví el saludo; ella dejó su sitio y vino hacia mí.

Fela era hermosa. La clase de mujer que no te sorprendería ver en un cuadro. No tenía la belleza elaborada y artificial que tanto abunda entre la nobleza; Fela era natural y sin afectación, de ojos grandes y labios carnosos que sonreían constantemente. Aquí, en la Universidad, donde había diez veces más hombres que mujeres, ella destacaba como un caballo en un redil de ovejas.

– ¿Te importa que espere contigo? -me preguntó colocándose a mi lado-. No soporto no tener a nadie con quien hablar. -Sonrió, adorable, a los dos jóvenes que iban detrás de mí-. No me estoy colando -aclaró-. Solo he retrocedido unos puestos.

Ellos no pusieron ninguna objeción, aunque no dejaban de mirarnos. Casi podía oírles preguntándose por qué una de las mujeres más encantadoras de la Universidad iba a dejar su puesto en la cola para ponerse a mi lado.

Era una pregunta lógica. Yo también sentía curiosidad.

Me hice a un lado para dejarle sitio y nos quedamos un momento codo con codo, sin decir nada.

– ¿Qué vas a estudiar este año? -pregunté.

Fela se apartó el cabello del hombro.

– Supongo que seguiré trabajando en el Archivo. Química, también. Y Brandeur me ha invitado a apuntarme a Matemáticas Múltiples.

– Demasiados números -dije estremeciéndome un poco-. A mí no se me dan nada bien.

Fela se encogió de hombros, y los largos y oscuros rizos de cabello que acababa de apartar aprovecharon la oportunidad para volver a enmarcar su rostro.

– Cuando le coges el truco, no es tan difícil como parece. Más que nada, es un juego. -Me miró ladeando la cabeza-. Y tú, ¿qué harás?

– Observación en la Clínica -dije-. Estudiar y trabajar en la Factoría. Simpatía también, si Dal me acepta. Seguramente también le daré un repaso a mi siaru.

– ¿Sabes siaru? -me preguntó, sorprendida.

– Un poco -respondí-. Pero según Wil, mi gramática da pena.

Fela asintió; luego me miró de reojo mordiéndose el labio inferior.

– Elodin también me ha pedido que coja su asignatura -dijo con una voz cargada de aprensión.

– ¿Elodin tiene una asignatura? -pregunté-. Creía que no le dejaban dar clases.

– Empieza este bimestre -me explicó Fela mirándome con curiosidad-. Creía que te apuntarías. ¿No fue él quien propuso que te ascendieran a Re'lar?

– Sí, fue él -confirmé.

– Ah. -Se turbó un poco y, rápidamente, añadió-: Seguramente es que todavía no te lo ha pedido. O quizá prefiera darte clases individuales.

Le quité importancia con un ademán, aunque me dolía pensar que Elodin me hubiera descartado.

– Con Elodin nunca se sabe -dije-. Si no está loco, es el mejor actor que he conocido jamás.

Fela fue a decir algo; miró alrededor, inquieta, y se acercó más a mí. Nuestros hombros se rozaron, y su rizado cabello me hizo cosquillas en la oreja cuando, en voz baja, me preguntó:

– ¿Es verdad que te tiró desde el tejado de las Gavias?

Chasqué la lengua, un poco abochornado.

– Es una historia complicada -dije, y cambié de tema con bastante torpeza-. ¿Cómo se llama su asignatura?

Fela se frotó la frente y soltó una risita de frustración.

– No tengo ni la menor idea. Dijo que el nombre de la asignatura era el nombre de la asignatura. -Me miró-. ¿Qué significa eso? Cuando vaya a Registros y Horarios, ¿figurará como «El nombre de la asignatura»?

Admití que no lo sabía, y a partir de ahí era fácil que empezáramos a compartir historias sobre Elodin. Fela me contó que un secretario lo había encontrado desnudo en el Archivo. Yo había oído que una vez se había pasado un ciclo entero paseándose por la Universidad con los ojos vendados. Fela había oído que se había inventado todo un idioma. Yo había oído que había empezado una pelea en una de las tabernas más sórdidas de los alrededores porque alguien se había empeñado en decir la palabra «utilizar» en lugar de «usar».

– Esa también la había oído yo -dijo Fela riendo-. Pero en mi versión, era en la Calesa y se trataba de un baronet que no dejaba de repetir la palabra «además».

Ni nos habíamos dado cuenta y ya estábamos en los primeros puestos de la cola.

– Kvothe, hijo de Arliden -dije.

La mujer, con aburrimiento, tachó mi nombre, y extraje una ficha lisa de marfil de la bolsa de terciopelo negro, «abatida, mediodía», rezaba. Octavo día de admisiones, tiempo de sobra para prepararme.

Fela sacó también su ficha y nos apartamos de la mesa.

– ¿Qué te ha tocado? -pregunté.

Me mostró su pequeña ficha de marfil. Prendido, cuarta campanada. Fela había tenido mucha suerte: era una de las últimas horas que podían tocarte.

– Caramba, enhorabuena.

Fela se encogió de hombros y se guardó la ficha en el bolsillo.

– A mí no me importa. No estudio mucho. Cuanto más me preparo, peor lo hago. Solo consigo ponerme nerviosa.

– Entonces deberías cambiarla. -Señalé a la masa de alumnos que pululaban por el patio-. Seguro que hay alguien dispuesto a pagar un talento entero por esa hora. Tal vez más.

– Es que tampoco se me da muy bien regatear -dijo ella-. Cualquier ficha que saque me parece buena, y me la quedo.

Como ya habíamos salido de la cola, no teníamos más excusa para seguir juntos. Pero a mí me agradaba su compañía, y ella no parecía estar deseando marcharse, así que nos pusimos a pasear por el patio sin rumbo fijo, mientras la multitud hormigueaba alrededor de nosotros.

– Tengo hambre -dijo Fela de pronto-. ¿Te apetece que vayamos a comer algo?

Yo era dolorosamente consciente de lo vacía que estaba mi bolsa de dinero. Si me empobrecía un poco más, tendría que meter una piedra dentro para que el viento no la agitara. En Anker's comía gratis, porque tocaba el laúd. Por eso, gastarme el dinero en comida en otro sitio era un disparate, sobre todo estando tan próximos los exámenes de admisión.

– Me encantaría -dije sinceramente. Y luego mentí-: Pero tendría que echar un vistazo por aquí para ver si hay alguien que quiera cambiarme la hora. Soy un regateador empedernido.

Fela se metió la mano en el bolsillo.

– Si necesitas más tiempo, puedes quedarte mi hora.

Miré la ficha que Fela sostenía entre el índice y el pulgar, y sentí una fuerte tentación. Dos días más de preparación habrían sido un regalo del cielo. Y si no, podía sacar un talento vendiendo la ficha de Fela. Quizá dos.

– No quiero que me regales tu suerte -dije con una sonrisa-. Y te aseguro que tú tampoco quieres la mía. Además, ya has sido muy generosa conmigo. -Me ajusté la capa con gesto harto elocuente.

Fela sonrió y estiró un brazo para acariciar mi capa con el dorso de la mano.

– Me alegro de que te guste. Pero por lo que a mí respecta, todavía estoy en deuda contigo. -Se mordió el labio inferior, nerviosa, y luego bajó la mano-. Prométeme que si cambias de idea me lo dirás.

– Te lo prometo.

Volvió a sonreír, hizo un gesto de despedida y echó a andar por el patio. Verla caminar entre la multitud era como ver moverse el viento sobre la superficie de un estanque. Solo que en lugar de provocar ondas en el agua, los jóvenes giraban la cabeza para verla pasar.

Todavía la estaba mirando cuando Wilem llegó a mi lado.

– Bueno, ¿ya has acabado de flirtear? -me preguntó.

– No estaba flirteando -desmentí.

– Pues deberías -dijo él-. ¿Qué sentido tiene que espere educadamente, sin interrumpir, si desaprovechas las oportunidades como esta?

– No es lo que te imaginas -dije-. Solo es simpática conmigo.

– Evidentemente -dijo él, y su marcado acento ceáldico enfatizó aún más el sarcasmo de su voz-. ¿Qué te ha tocado?

Le mostré mi ficha.

– Un día más tarde que yo. -Me enseñó la suya-. Te la cambio por una iota.

Titubeé.

– Venga -insistió-. Tú no puedes estudiar en el Archivo como el resto de nosotros.

Lo miré, un poco ofendido.

– Tu empatía es apabullante.

– Reservo mi empatía para los que son lo bastante listos para no enfurecer al maestro archivero -replicó-. A la gente como tú solo les ofrezco una iota. ¿La quieres o no?

– Tendrían que ser dos -dije escudriñando el gentío, buscando a alumnos con cara de desesperados-. Si puede ser.

Wilem entrecerró sus oscuros ojos.

– Una iota y tres drabines -ofreció.

Me volví hacia él y lo miré atentamente.

– Una iota con tres -dije-. Y la próxima vez que juguemos a esquinas, vas de pareja con Simmon.

Wilem soltó un bufido y asintió. Intercambiamos nuestras fichas y metí el dinero en la bolsa. «Un talento con cuatro.» Ya estaba un poco más cerca. Pensé un momento y me guardé la ficha en el bolsillo.

– ¿No vas a seguir negociando? -me preguntó Wil.

Negué con la cabeza.

– Creo que me quedaré con esta hora.

– ¿Por qué? -me preguntó frunciendo el entrecejo-. ¿Qué vas a hacer con cinco días, salvo ponerte nervioso y jugar con los pulgares?

– Lo mismo que todos -dije-. Prepararme para el examen de admisión.

– ¿Cómo? Todavía tienes prohibido entrar en el Archivo, ¿no?

– Existen otras formas de preparación -dije con aire misterioso. Wilem soltó una risa burlona.

– Eso no suena nada sospechoso -dijo-. ¡Y luego te preguntas por qué la gente habla de ti!

– No me pregunto por qué hablan -dije-. Me pregunto qué dicen.

Capítulo 4

Por el mosaico de tejados

La ciudad que había ido creciendo alrededor de la Universidad con el paso de los siglos no era muy extensa. En realidad era poco más que un pueblo grande.

Sin embargo, el comercio prosperaba en nuestro extremo del Gran Camino de Piedra. Los comerciantes llegaban con carretas llenas de materias primas: brea y arcilla, gibatita, potasa y sal marina. Traían artículos de lujo como café de Lenatt y vino víntico. Traían tinta negra y brillante de Arueh, arena pura y blanca para nuestras fábricas de vidrio, y muelles y tornillos ceáldicos de delicada elaboración.

Cuando esos comerciantes se marchaban, sus carretas iban cargadas de artículos que solo podías encontrar en la Universidad. En la Clínica hacían medicinas. Medicinas auténticas, no aguachirle coloreada ni panaceas de pacotilla. El laboratorio de alquimia producía sus propias maravillas, de las que yo solo tenía un vago conocimiento, así como materias primas como nafta, esencia de azufre y doblecal.

Quizá mi opinión sea tendenciosa, pero creo que es justo decir que la mayoría de las maravillas tangibles de la Universidad salían de la Artefactoría. Lentes de vidrio esmerilado. Lingotes de tungsteno y acero de Glantz. Láminas de pan de oro tan finas que se rasgaban como el papel de seda.

Pero hacíamos muchas más cosas. Lámparas simpáticas y telescopios. Devoracalores y termógiros. Bombas de sal. Brújulas de trifolio. Una docena de versiones del torno de Teccam y del eje de Delevari.

Quienes fabricábamos esos objetos éramos los artífices como yo, y cuando los comerciantes los compraban, nosotros nos llevábamos una comisión del sesenta por ciento de la venta. Esa era la única razón por la que yo tenía algo de dinero. Y como durante el proceso de admisiones no había clases, tenía por delante todo un ciclo para trabajar en la Factoría.

Me dirigí a Existencias, el almacén donde los artífices nos proveíamos de herramientas y materiales. Me sorprendió ver a un alumno alto y pálido de pie junto a la ventana; parecía profundamente aburrido.

– ¡Jaxim! ¿Qué haces aquí? Este no es trabajo para ti.

Jaxim asintió con aire taciturno.

– Kilvin todavía está un poco… enfadado conmigo -dijo-. Ya sabes, por lo del incendio y eso.

– Lo siento -dije. Jaxim era Re'lar, como yo. Habría podido estar realizando un montón de proyectos propios. Verse obligado a ocuparse de una tarea de tan baja categoría como aquella no solo era aburrido, sino que humillaba a Jaxim públicamente al mismo tiempo que le costaba dinero y le impedía dedicarse a estudiar. Como castigo, era considerablemente riguroso.

– ¿De qué andamos escasos? -pregunté.

Escoger los proyectos que realizarías en la Factoría era todo un arte. No se trataba de fabricar la lámpara simpática más luminosa ni el embudo de calor más eficaz de la historia de la Artificería. Si nadie los compraba, no te llevarías ni un penique abollado de comisión.

Había muchos trabajadores que ni siquiera se planteaban esa cuestión. Podían permitirse el lujo de esperar. Yo, en cambio, necesitaba algo que se vendiera rápidamente.

Jaxim se apoyó en el mostrador que nos separaba.

– Caravan acaba de comprar todas tus lámparas marineras -dijo-. Solo queda esa tan fea de Veston.

Asentí. Las lámparas simpáticas eran perfectas para los barcos. No se rompían fácilmente; salían más baratas, a la larga, que las de aceite, y no tenías que preocuparte por si le prendían fuego al barco.

Hice unos cálculos mentalmente. Podía fabricar dos lámparas a la vez, ahorrando algo de tiempo al duplicar el esfuerzo, y estaba casi convencido de que se venderían antes de que terminara el plazo para pagar mi matrícula.

Por desgracia, las lámparas marineras eran un trabajo tremendamente monótono. Me esperaban cuarenta horas de labor concienzuda, y si hacía alguna chapuza, no funcionarían. Entonces mi esfuerzo no habría servido de nada, y solo habría conseguido endeudarme con Existencias por los materiales que habría desperdiciado. Sin embargo, no tenía muchas opciones.

– En ese caso, creo que haré lámparas -dije.

Jaxim asintió y abrió el libro de contabilidad. Empecé a recitar de memoria lo que necesitaba:

– Necesitaré veinte emisores medianos. Dos juegos de moldes altos. Una aguja de diamante. Un matraz. Dos crisoles medianos. Cuatro onzas de zinc. Seis onzas de acero fino. Dos onzas de níquel…

Jaxim asentía con la cabeza mientras iba anotándolo todo en el libro.

Ocho horas más tarde, entré por la puerta principal de Anker's oliendo a bronce caliente, brea y humo de carbón. Era casi medianoche, y la taberna estaba casi vacía, con la excepción de un puñado de bebedores concienzudos.

– Pareces cansado -observó Anker cuando me acerqué a la barra.

– Estoy cansado -confirmé-. Supongo que ya no queda nada en la olla, ¿verdad?

Anker negó con la cabeza.

– Hoy estaban todos muy hambrientos. Me quedan unas patatas frías que pensaba echar en la sopa de mañana. Y media calabaza cocida, creo.

– Hecho -dije-. ¿No tendrás también un poco de mantequilla salada?

Anker asintió y se apartó de la barra.

– No hace falta que me lo calientes -dije-. Me lo llevaré a mi habitación.

Regresó con un cuenco con tres patatas de buen tamaño y media calabaza dorada con forma de campana. En el centro de la calabaza, de donde había retirado las semillas, había una generosa porción de mantequilla.

– También me llevaré una botella de cerveza de Bredon -dije mientras cogía el cuenco-. Tapada, porque no quiero derramarla por la escalera.

Mi habitacioncita estaba en el tercer piso. Después de cerrar la puerta, le di con cuidado la vuelta a la calabaza, puse la botella encima y lo envolví todo con un trozo de tela de saco, formando un hatillo que podría llevar bajo el brazo.

A continuación abrí la ventana y salí al tejado de la posada. Desde allí solo tenía que dar un salto para llegar a la panadería del otro lado del callejón.

El creciente de luna que brillaba en el cielo me proporcionaba suficiente luz para ver sin ser visto. Y no es que me preocupara mucho que alguien pudiera verme. Era cerca de medianoche, y las calles estaban tranquilas. Además, es asombroso lo poco que la gente mira hacia arriba.

Auri me esperaba sentada en una ancha chimenea de ladrillo. Llevaba el vestido que yo le había comprado y balanceaba distraídamente los pies descalzos mientras contemplaba las estrellas. Su fino cabello formaba alrededor de su cabeza un halo que se desplazaba con el más leve soplo de brisa.

Pisé con cuidado al centro de una plancha de chapa del tejado. La plancha produjo un sonido hueco bajo mis pies, como un lejano y melodioso tambor. Auri dejó de balancear los pies y se quedó quieta como un conejillo asustado. Entonces me vio y sonrió. La saludé con la mano.

Bajó de un salto de la chimenea y vino corriendo hasta mí, la melena ondeando.

– Hola, Kvothe. -Dio un pasito hacia atrás-. Hueles mal.

Compuse mi mejor sonrisa del día.

– Hola, Auri -dije-. Tú hueles como una muchacha hermosa.

– Sí -coincidió ella, jovial.

Dio unos pasitos hacia un lado, y luego otra vez hacia delante, de puntillas.

– ¿Qué me has traído? -me preguntó.

– Y tú, ¿qué me has traído? -repliqué.

Ella sonrió.

– Tengo una manzana que piensa que es una pera -dijo sosteniéndola en alto-. Y un bollo que piensa que es un gato. Y una lechuga que piensa que es una lechuga.

– Entonces es una lechuga inteligente.

– No mucho -dijo ella con una risita delicada-. Si fuera inteligente, ¿por qué iba a pensar que era una lechuga?

– ¿Ni siquiera si fuera una lechuga? -pregunté.

– Sobre todo si fuera una lechuga -dijo ella-. Ya es mala pata ser una lechuga. Pero peor aún pensar que se es una lechuga. -Sacudió la cabeza con tristeza, y su cabello siguió su movimiento, como si flotara bajo el agua.

Abrí mi hatillo.

– Te he traído patatas, media calabaza y una botella de cerveza que piensa que es una hogaza de pan.

– ¿Qué piensa que es la calabaza? -me preguntó con curiosidad, contemplándola. Tenía las manos cogidas detrás de la espalda.

– Sabe que es una calabaza -dije-. Pero hace ver que es la puesta de sol.

– ¿Y las patatas?

– Las patatas duermen -dije-. Y me temo que están frías.

Auri me miró con unos ojos llenos de dulzura.

– No tengas miedo -me dijo; alargó una mano y posó brevemente los dedos sobre mi mejilla, y su caricia fue más ligera que la caricia de una pluma-. Estoy aquí. Estás a salvo.

Hacía frío, así que en lugar de comer en los tejados como solíamos hacer, Auri me guió hasta la rejilla de drenaje de hierro y entramos en el laberinto de túneles que se extendía por debajo de la Universidad.

Auri llevaba la botella en una mano y sostenía en alto un objeto del tamaño de una moneda que desprendía una suave luz verdosa. Yo llevaba el cuenco y la lámpara simpática que había fabricado yo mismo, esa que Kilvin había llamado «lámpara para ladrones». Su luz rojiza era un extraño complemento a la azul verdosa, más intensa, de Auri.

Auri se metió por un túnel con tuberías de diversas formas y tamaños que discurrían junto a las paredes. Algunas de esas tuberías de hierro, las más grandes, transportaban vapor, y pese a estar forradas de tela aislante proporcionaban un calor constante. Auri, con cuidado, puso las patatas en el codo de una tubería a la que habían arrancado la tela convirtiéndola en una especie de horno.

Utilizando mi tela de saco como mesa, nos sentamos en el suelo y compartimos la cena. El bollo estaba un poco duro, pero era de frutos secos y canela. El cogollo de lechuga estaba sorprendentemente fresco, y me pregunté dónde lo habría encontrado. Auri tenía una taza de té de porcelana para mí, y un diminuto cuenco de limosnas de plata para ella. Sirvió la cerveza con tanta solemnidad que parecía que estuviera tomando el té con el rey.

Guardamos silencio mientras cenábamos. Esa era una de las normas que yo había ido aprendiendo por ensayo y error. No podía tocarla. No podía hacer movimientos bruscos. No podía hacerle ninguna pregunta que fuera ni remotamente personal. No podía hacer preguntas sobre la lechuga ni sobre la moneda verde. Si lo hacía, Auri se escondería en los túneles, y después pasaría días sin verla.

La verdad es que ni siquiera sabía su nombre. Auri era el que yo le había puesto, pero en mi corazón pensaba en ella como mi pequeña Fata lunar.

Auri comía delicadamente, como siempre. Sentada con la espalda recta, daba pequeños bocados. Tenía una cuchara, y la utilizamos por turnos para comernos la calabaza.

– No has traído tu laúd -me comentó cuando hubimos terminado de comer.

– Esta noche tengo que irme a leer -dije-. Pero pronto lo traeré.

– ¿Cuándo?

– Dentro de cinco noches -dije. Para entonces ya habría hecho el examen de admisión, y no haría falta que siguiera estudiando.

Auri arrugó su carita.

– Cinco días no es pronto -dijo-. Pronto es mañana.

– Cinco días es pronto para una piedra -argumenté.

– Pues entonces toca para una piedra dentro de cinco días -replicó ella-. Y toca para mí mañana.

– Creo que tú puedes ser una piedra durante cinco días -razoné-. Es mejor que ser una lechuga.

– Sí -admitió ella sonriendo.

Después de terminarnos la manzana, Auri me guió por la Subrealidad. Recorrimos el Viasí en silencio, avanzamos saltando por Brincos y entramos en Trapo, un laberinto de túneles donde soplaba un viento lento y constante. Seguramente yo habría podido encontrar el camino, pero prefería que Auri me guiara. Ella conocía la Subrealidad como un calderero sus fardos.

Wilem tenía razón: me habían prohibido entrar en el Archivo. Pero siempre he tenido un don para meterme en sitios donde no debería meterme. Qué se le va a hacer.

El Archivo era un edificio inmenso, un bloque de piedra sin ventanas. Pero los estudiantes que había dentro necesitaban aire para respirar, y los libros necesitaban algo más que eso. Si el aire fuera demasiado húmedo, los libros se pudrirían y les saldría moho. Si el aire fuera demasiado seco, el pergamino se resecaría y se haría pedazos.

Me había llevado mucho tiempo descubrir cómo entraba el aire en el Archivo. Pero no me resultaba fácil acceder a él, ni siquiera después de encontrar el modo adecuado. Tenía que arrastrarme por un túnel muy largo y angustiosamente estrecho, con el suelo de piedra sucia, durante un cuarto de hora. Guardaba una muda de ropa en la Subrealidad, y después de solo una docena de viajes, las prendas ya estaban destrozadas y tenían las rodillas y los codos casi completamente desmenuzados.

Aun así, era un precio que valía la pena pagar por acceder al Archivo.

Si me descubrían, lo pagaría mucho más caro. Como mínimo me enfrentaría a la expulsión. Pero si no hacía bien el examen de admisiones, y si me imponían una matrícula de veinte talentos, sería lo mismo que me hubieran expulsado. Tenía mucho que perder, pero también mucho que ganar.

De todas formas, no me preocupaba que me descubrieran. La única luz que había en Estanterías era la que llevaban los alumnos y los secretarios. Eso significaba que en el Archivo siempre era de noche, y yo siempre me he manejado bien en la oscuridad.

Capítulo 5

El Eolio

Los días avanzaban lentamente. Trabajaba en la Factoría hasta que se me quedaban los dedos entumecidos, y después leía en el Archivo hasta que mi visión se volvía borrosa.

El quinto día de admisiones terminé por fin mis lámparas marineras y las lleve a Existencias con la esperanza de que se vendieran deprisa. Me planteé empezar otro par, pero sabía que no tendría tiempo de terminarlas antes de que se cumpliera el plazo para pagar la matrícula.

Así pues, me dispuse a ganar dinero por otros medios. Acordé tocar un día más en Anker's, y eso me procuró bebidas gratis y un puñado de monedas que me dieron algunos clientes agradecidos. Fabriqué piezas sueltas en la Factoría, artículos sencillos pero útiles como engranajes de latón y planchas de vidrio reforzado que podía vender de nuevo al taller obteniendo un pequeño beneficio.

Después, como esas pequeñas ganancias no iban a ser suficiente, hice dos lotes de emisores amarillos. Acostumbrado a fabricar lámparas simpáticas, su luz tenía un agradable color amarillo, muy parecido al de la luz solar. Costaban bastante dinero, porque para barnizarlas se requería el empleo de materiales peligrosos.

Los metales pesados y los ácidos volátiles no eran los únicos ni los más peligrosos: los peores eran los extraños compuestos alquímicos. Había agentes conductores que te traspasaban la piel sin dejar ninguna marca y que luego te comían el calcio de los huesos sin que te dieras cuenta. Otros sencillamente se quedaban escondidos en tu cuerpo durante meses, latentes, hasta que empezaban a sangrarte las encías y se te empezaba a caer el cabello. Comparado con las cosas que fabricaban en el laboratorio de alquimia, el arsénico parecía tan inofensivo como el azúcar del té.

Yo ponía muchísimo cuidado, pero mientras trabajaba en la segunda tanda de emisores, se me rompió el matraz, y unas gotitas de agente conductor salpicaron el vidrio de la campana de gases donde estaba trabajando. Ni una sola gota llegó a tocarme la piel, pero una aterrizó en mi camisa, más arriba de los largos puños de los guantes de cuero que llevaba puestos.

Moviéndome despacio, utilicé un calibrador que tenía cerca para levantar la camisa y apartarla de mi cuerpo. A continuación, con dificultad, recorté aquel trozo de tela para eliminar toda posibilidad de que me tocara la piel. Ese incidente me dejó tembloroso y empapado de sudor, y decidí que había mejores maneras de ganar dinero.

Sustituí a un compañero en su turno en la Clínica a cambio de una iota; ayudé a un comerciante a descargar tres carretas de cal, a medio penique la carreta. Más tarde, esa misma noche, encontré a un puñado de feroces jugadores dispuestos a dejarme entrar en su partida de aliento. En el transcurso de dos horas me las ingenié para perder dieciocho peniques y algunas monedas pequeñas de hierro más. Me dio mucha rabia, pero me obligué a levantarme de la mesa antes de que las cosas empeoraran.

Después de tanto esfuerzo, aún tenía menos dinero en mi bolsa que cuando había empezado.

Por suerte, todavía me quedaba un as en la manga.

Me fui a pie a Imre por el ancho camino de piedra.

Me acompañaban Simmon y Wilem. Wil había acabado vendiéndole a buen precio su hora a un secretario desesperado, de modo que tanto él como Sim habían hecho el examen de admisión y eran libres como pájaros. A Wil le impusieron una matrícula de seis talentos con ocho, mientras que Sim no paraba de regodearse con sus cinco talentos con dos, una cifra increíblemente baja.

Yo llevaba un talento con tres en la bolsa. Era un número desfavorable.

Manet completaba nuestro cuarteto. La despeinada melena entrecana y las ropas arrugadas, que componían su atuendo habitual, le daban cierto aire de perplejidad, como si acabara de despertar y no recordara dónde estaba. Le habíamos pedido que nos acompañara en parte porque necesitábamos a un cuarto para jugar a esquinas, pero también porque considerábamos que era nuestro deber sacar al pobre hombre de la Universidad de vez en cuando.

Juntos, atravesamos el río Omethi por el alto arco del Puente de Piedra, y llegamos a Imre. Eran los últimos días del otoño, y yo llevaba mi capa para protegerme del frío. También llevaba el laúd cómodamente colgado a la espalda.

Llegamos al centro de Imre, cruzamos un gran patio adoquinado y pasamos al lado de la fuente central, llena de estatuas de sátiros que perseguían ninfas. Nos pusimos en la cola de entrada del Eolio, donde nos salpicaba la rociada que el viento arrastraba de la fuente.

Cuando llegamos a la puerta, me sorprendió ver que Deoch no estaba allí. En su lugar había un hombre serio y de escasa estatura con el cuello grueso. El hombre levantó una mano.

– Será una iota, joven -dijo.

– Perdón. -Aparté de mi hombro la correa del estuche del laúd y le mostré el caramillo de plata que llevaba prendido en la capa. Señalé a Wil, Sim y Manet-. Vienen conmigo.

El hombre examinó mi caramillo con desconfianza.

– Pareces muy joven -dijo desviando la mirada hacia mi cara y escudriñándola.

– Es que soy muy joven -repuse con toda naturalidad-. Eso forma parte de mi encanto.

– Muy joven para tener ya tu caramillo -aclaró él, convirtiendo su afirmación en una acusación razonablemente educada.

Vacilé. Era cierto que parecía mayor de lo que era, pero solo aparentaba algo más que los quince años que tenía. Que yo supiera, era el músico más joven del Eolio. Normalmente eso jugaba a mi favor, pues me confería el valor de lo novedoso. Pero en ese momento…

Antes de que se me ocurriera nada que decir, oí una voz que venía de la cola.

– No miente, Kett. -Una joven alta que llevaba un estuche de violín me saludó con la cabeza-. Se ganó el caramillo cuando tú estabas fuera. Puedes fiarte de él.

– Gracias, Marie -dije mientras el portero nos indicaba que podíamos entrar.

Encontramos una mesa cerca de la pared del fondo con buenas vistas del escenario. Paseé la mirada para ver quién había por allí, y disimulé la familiar punzada de desencanto al comprobar que Denna no estaba.

– ¿Qué ha pasado en la puerta? -preguntó Manet mientras miraba alrededor, observando el escenario y el alto techo abovedado-. ¿Paga la gente para entrar aquí?

Lo miré.

– ¿Llevas treinta años estudiando en la Universidad y nunca habías estado en el Eolio?

– Ya, bueno. -Hizo un ademán impreciso-. He estado ocupado. No suelo venir a este lado del río.

Sim rió y se sentó a la mesa.

– ¿Cómo te lo explicaría, Manet? Si la música tuviera una universidad, sería esto, y Kvothe sería un arcanista con todas las de la ley.

– Mala analogía -dijo Wil-. Esto es una corte musical, y Kvothe es un miembro de la nobleza. Nosotros vamos montados en su carro. Por eso hemos tolerado tanto tiempo su fastidiosa compañía.

– ¿Pagan una iota solo para entrar? -Manet no salía de su asombro.

Asentí. Manet dio un gruñido que expresaba su incomprensión y miró alrededor, fijándose en los nobles elegantemente vestidos que pululaban por el balcón superior.

– Mira por dónde -dijo-. Hoy ya he aprendido algo.

El Eolio todavía no se había llenado, así que matamos el tiempo jugando a esquinas. No era más que una partida amistosa, a un drabín la mano, doble por un farol; pero con lo arruinado que estaba, cualquier apuesta era arriesgada. Por suerte, Manet jugaba con la precisión de un reloj de engranajes: nada de trampas fuera de lugar, nada de intentos alocados, nada de corazonadas.

Simmon pagó la primera ronda de bebidas y Manet, la segunda. Cuando empezaron a atenuarse las luces del Eolio, Manet y yo ya llevábamos diez manos ganadas, sobre todo gracias a la tendencia de Simmon a apostar por encima de sus posibilidades. Me guardé la iota de cobre con sombría satisfacción. «Un talento con cuatro.»

Subió al escenario un músico mayor que yo. Tras una breve introducción por parte de Stanchion, tocó una conmovedora versión de «El último día de Taetn» con la mandolina. Sus dedos, ágiles, rápidos y seguros, se desplazaban con autoridad por las cuerdas. Pero su voz…

Con la edad se deterioran muchas cosas. Las manos y la espalda cobran rigidez. La visión empeora. La piel se vuelve áspera y la belleza se apaga. La única excepción es la voz. Si se cuida bien, con la edad y con el uso continuado la voz no hace otra cosa que ganar suavidad. La de aquel hombre era dulce como un vino de miel. Al terminar su canción, recibió un aplauso caluroso, y al cabo de un momento volvieron a encenderse las luces y se reanudaron las conversaciones.

– Entre una actuación y otra hay un descanso -expliqué a Manet-. Para que la gente pueda hablar y pasearse y pedir sus bebidas. Ni Tehlu con todos sus ángeles podría protegerte si hablaras durante una actuación.

– No temas, no te haré quedar mal -dijo Manet, enfurruñado-. No soy tan bárbaro.

– Solo era un aviso bienintencionado -dije-. Tú me adviertes de los peligros en la Artefactoría. Yo te advierto de los peligros de este local.

– Su laúd era diferente -observó Wilem-. No sonaba como el tuyo. Y era más pequeño.

Reprimí una sonrisa y decidí no darle importancia.

– Esa clase de laúd se llama mandolina -expliqué.

– Vas a tocar, ¿verdad? -me preguntó Simmon, removiéndose en la silla como un cachorro impaciente-. Deberías tocar aquella canción que compusiste sobre Ambrose. -Tarareó un poco, y luego cantó-:

La mula aprende magia, la mula tiene clase

porque no es como el joven Rosey, solo es medio salvaje.

Manet rió sin apartar la jarra de su boca. Wilem sonrió, cosa poco habitual en él.

– No -dije con firmeza-, he terminado con Ambrose. Por mi parte, pienso dejarlo en paz.

– Claro -dijo Wil con gesto inexpresivo.

– Lo digo en serio -afirmé-. No saco nada con eso. Con este tira y afloja solo conseguimos enojar a los maestros.

– Enojar es una palabra muy suave -señaló Manet con aspereza-. No es exactamente la que yo habría elegido.

– Se la debes -dijo Sim con un destello de rabia en los ojos-. Además, no te van a acusar de Conducta Impropia de un Miembro del Arcano solo por cantar una canción.

– No -intervino Manet-. Solo elevarán el precio de su matrícula.

– ¿Qué? -dijo Simmon-. No pueden hacerle eso. La matrícula se basa en el resultado del examen de admisión.

La risa de Manet resonó dentro de la jarra de la que estaba echando un trago.

– La entrevista solo es una parte del juego. Si puedes permitírtelo, te estrujan un poco. Otro tanto si les causas problemas. -Me miró con seriedad-. Esta vez te van a caer por todas partes. ¿Cuántas veces tuviste que presentarte ante las astas del toro el bimestre pasado?

– Dos -admití-. Pero la segunda vez no fue por culpa mía.

– Claro. -Manet me miró con franqueza-. Y por eso te ataron y te dieron latigazos hasta hacerte sangrar, ¿verdad? Porque no fue culpa tuya.

Me removí en la silla, incómodo, y noté los tirones de las cicatrices que tenía en la espalda.

– No fue solo culpa mía -puntualicé.

– No se trata de ser o no culpable -razonó Manet-. Un árbol no provoca una tormenta, pero cualquier idiota sabe dónde va a caer el rayo.

Wilem asintió con gesto grave.

– En mi tierra decimos: el clavo más alto es el que primero recibe el martillazo. -Arrugó el entrecejo-. En siaru suena mejor.

– Pero la entrevista de admisiones determina la mayor parte de tu matrícula, ¿no es así? -preguntó Sim con aire preocupado. Por el tono de su voz imaginé que Sim ni siquiera se había planteado la posibilidad de que las rencillas personales o la política formaran parte de la ecuación.

– Sí, la mayor parte -confirmó Manet-. Pero cada maestro escoge sus preguntas, y todos dan su opinión. -Empezó a enumerar, ayudándose con los dedos-: A Hemme no le caes nada bien, y es especialista en acumular rencillas. A Lorren te lo pusiste en contra desde buen principio, y te las has ingeniado para seguir teniéndolo en contra. Eres un alborotador. A finales del bimestre pasado te saltaste casi un ciclo entero de clases. Sin avisar antes y sin dar ninguna explicación después. -Me miró de forma elocuente.

Bajé la vista hacia la mesa, consciente de que varias de las clases que me había saltado formaban parte de mi aprendizaje con Manet en la Artefactoría.

Al cabo de un momento, Manet encogió los hombros y continuó:

– Por si fuera poco, esta vez te examinan como Re'lar. La matrícula aumenta cuando se sube de grado. Por algo llevo tanto tiempo siendo E'lir. -Me miró con fijeza-. ¿Quieres saber qué pienso yo? Que tendrás suerte si te libras por menos de diez talentos.

– Diez talentos. -Sim aspiró entre los dientes y sacudió la cabeza, solidarizándose conmigo-. Menos mal que andas bien de dinero.

– No tanto -dije.

– ¿Cómo que no? -dijo Sim-. Los maestros le impusieron una multa de casi veinte talentos a Ambrose cuando te rompió el laúd. ¿Qué hiciste con todo ese dinero?

Miré hacia abajo y le di un golpecito al estuche del laúd con el pie.

– ¿Te lo gastaste en un laúd nuevo? -preguntó Simmon, horrorizado-. ¿Veinte talentos? ¿Sabes qué podrías comprar con esa cantidad de dinero?

– ¿Un laúd? -preguntó Wilem.

– Ni siquiera sabía que pudieras gastarte tanto dinero en un instrumento -añadió Simmon.

– Puedes gastarte mucho más -dijo Manet-. Los instrumentos musicales son como los caballos.

Ese comentario frenó un poco la conversación. Wil y Sim miraron a Manet, desconcertados.

– Pues mira, es una buena comparación -dije riendo.

Manet miró a los otros dos con aire de entendido.

– Los caballos ofrecen un amplio abanico. Puedes comprarte un caballo de tiro viejo y hecho polvo por menos de un talento. Y puedes comprarte un elegante vaulder por cuarenta.

– Lo dudo -masculló Wil-. Por un vaulder auténtico, no.

– Exactamente -dijo Manet con una sonrisa-. Por mucho dinero que te parezca que alguien pueda gastarse en un caballo, puedes gastarte fácilmente eso comprándote un arpa o un violín.

Simmon estaba anonadado.

– Pero si una vez mi padre se gastó doscientos cincuenta en un kaepcaen -dijo.

Me incliné hacia un lado y señalé.

– ¿Ves a ese hombre rubio de allí? Su mandolina vale el doble.

– Pero -dijo Simmon-, pero los caballos tienen pedigrí. Un caballo puedes criarlo y venderlo.

– Esa mandolina también tiene pedigrí -dije-. La hizo el propio Antressor. Hace ciento cincuenta años que circula.

Sim asimilaba esa información mirando alrededor y fijándose en todos los instrumentos que había en el local.

– Aun así… -dijo-. ¡Veinte talentos! -Sacudió la cabeza-. ¿Por qué no esperaste hasta después de admisiones? Habrías podido gastarte el dinero que te hubiera sobrado en el laúd.

– Lo necesitaba para tocar en Anker's -expliqué-. Me dan comida y alojamiento gratis porque soy su músico fijo. Si no toco, no puedo quedarme allí.

Era verdad, pero no era toda la verdad. Anker habría sido tolerante conmigo si le hubiera explicado mi situación. Pero si hubiera esperado, habría tenido que pasar casi dos ciclos sin un laúd. Habría sido como si me faltara un diente, o una extremidad. Habría sido como pasar dos ciclos con los labios cosidos. Era impensable.

– Además, no me lo gasté todo en el laúd -aclaré-. También me surgieron otros gastos. -Concretamente, había pagado a la renovera que me había prestado dinero. Eso me había costado seis talentos, pero saldar mi deuda con Devi había sido como quitarme un gran peso que me oprimía el pecho.

Sin embargo, notaba cómo aquel mismo peso empezaba a instalarse en mí de nuevo. Si los cálculos de Manet eran medianamente acertados, mi situación era mucho peor de lo que yo había imaginado.

Por suerte, las luces se atenuaron y la sala quedó en silencio, librándome de tener que seguir dando explicaciones. Todos miramos hacia el escenario, adónde Stanchion había acompañado a Marie. Stanchion se puso a charlar con los clientes que estaban más cerca mientras ella afinaba el violín y el público se preparaba para su actuación.

Marie me caía bien. Era más alta que la mayoría de los hombres, orgullosa como un gato, y dominaba como mínimo cuatro idiomas. Muchos músicos de Imre se esforzaban para vestir a la última moda, con la esperanza de mezclarse así con la nobleza; pero Marie llevaba ropa de viaje: unos pantalones con los que podrías trabajar todo un día, y botas con las que podrías recorrer treinta kilómetros.

No estoy diciendo que llevara prendas burdas, cuidado. Lo que quiero decir es que no le interesaban ni la moda ni las fruslerías. Llevaba ropa hecha a medida, ceñida y favorecedora. Esa noche iba vestida de granate y marrón, los colores de su mecenas, lady Jhale.

Los cuatro mirábamos hacia el escenario.

– Tengo que admitir -dijo Wilem en voz baja- que he considerado detenidamente a Marie.

Manet rió por lo bajo.

– Esa mujer es una mujer y media -aseveró-. Demasiada mujer para cualquiera de vosotros. No sabríais ni por dónde empezar con ella. -En cualquier otro momento, una afirmación así habría sido para los tres un acicate para empezar a protestar y a fanfarronear. Pero Manet la hizo sin intención de insultar, así que se la dejamos pasar. Sobre todo, porque seguramente tenía razón.

– No es mi tipo -dijo Simmon-. Parece siempre preparada para hacerle una llave a alguien. O para montar un caballo salvaje y domarlo.

– Sí. -Manet volvió a reír por lo bajo-. Si viviéramos en una época mejor, construirían un templo alrededor de una mujer así.

Guardamos silencio mientras Marie terminaba de afinar su violín y empezaba a tocar un rondó dulce y tierno como una suave brisa primaveral.

No tuve tiempo para decírselo, pero Simmon estaba cargado de razón. En una ocasión, en el Pedernal y Cardo, había visto a Marie darle un puñetazo en el cuello a un hombre por referirse a ella como «la bocazas de esa zorra violinista». Y cuando el hombre cayó al suelo, Marie le propinó una patada. Pero fue solo una, y no en un sitio donde pudiera herirlo permanentemente.

Marie continuó su rondó; el ritmo lento y suave fue aumentando gradualmente hasta volverse mucho más animado. Era la clase de melodía que solo te atrevías a bailar si tenías unos pies excepcionalmente ágiles o si estabas excepcionalmente borracho.

Marie siguió aumentando el ritmo hasta alcanzar una cadencia que nadie habría soñado poder bailar. Ya no era un trote. Iba a toda velocidad, como un par de niños haciendo carreras. Me admiraron la claridad y la limpieza de su digitación, pese al ritmo frenético de la canción.

Más deprisa. Rápido como un ciervo perseguido por un perro salvaje. Empecé a ponerme nervioso, porque sabía que solo era cuestión de tiempo que Marie se equivocase, que le resbalara un dedo o se saltara una nota. Pero ella seguía adelante, y todas las notas eran perfectas: claras, limpias y dulces. Sus incansables dedos se arqueaban al presionar sobre las cuerdas. La muñeca de la mano con que sujetaba el arco mantenía una posición suelta y relajada pese a aquella vertiginosa velocidad.

Más deprisa todavía. La concentración se reflejaba en el rostro de Marie. El brazo con que manejaba el arco era una mancha borrosa. Más deprisa aún. Marie tenía las largas piernas firmemente plantadas sobre el escenario, y el violín apretado con fuerza contra la mandíbula. Cada nota poseía la nitidez del canto matutino de un pájaro. Más deprisa todavía.

Terminó con una última descarga musical e hizo una bonita reverencia sin haber cometido ni un solo error. Yo sudaba como un caballo sometido a una carrera, y el corazón me latía muy deprisa.

Y no era el único. Wil y Sim tenían la frente cubierta de sudor. Manet estaba agarrado al borde de la mesa, con los nudillos blancos.

– Tehlu misericordioso -dijo, casi sin aliento-. Y ¿todas las noches tocan músicos de esta categoría?

– Todavía es temprano -dije sonriéndole-. Y no me has oído tocar a mí.

Wilem pagó la siguiente ronda de bebidas e iniciamos nuestra charla frívola sobre la Universidad. Manet llevaba allí más tiempo que la mitad de los maestros y sabía más historias escandalosas que nosotros tres juntos.

Un músico con una poblada barba gris tocó con su laúd una conmovedora versión de «En Faeant Morie». Después, dos mujeres adorables -una de cuarenta y tantos años y la otra lo bastante joven para ser su hija- cantaron un dueto sobre Laniel la Rejuvenecida que yo no había oído nunca.

Pidieron a Marie que volviera a subir al escenario, y la joven interpretó una sencilla giga con tanto entusiasmo que la gente se puso a bailar en el espacio que había entre las mesas. Hasta Manet se levantó en el estribillo final y nos sorprendió exhibiendo la notable agilidad de sus pies. Nosotros le aplaudimos, y cuando volvió a sentarse, Manet tenía las mejillas coloradas y la respiración entrecortada.

Wil lo invitó a una copa, y Simmon me miró con ojos chispeantes.

– No -dije-. No voy a tocar. Ya te lo he dicho.

Sim se quedó tan profundamente decepcionado que no pude contener la risa.

– Mira, voy a dar una vuelta. Si veo a Threpe, le pediré que toque.

Fui avanzando despacio por la abarrotada sala, y aunque tenía un ojo puesto en encontrar a Threpe, la verdad es que buscaba a Denna. No la había visto entrar por la puerta principal, pero con la música, las cartas y el alboroto general, cabía la posibilidad de que se me hubiera escapado.

Tardé un cuarto de hora en recorrer metódicamente toda la planta principal, mirando todas las caras y deteniéndome a charlar con algunos de los músicos por el camino.

Subí al primer piso, y justo entonces las luces volvieron a atenuarse. Me situé junto a la barandilla para escuchar a un camarillero de Yll que interpretó una canción triste y cadenciosa.

Cuando la sala volvió a iluminarse, recorrí el primer piso del Eolio, un balcón ancho con forma de creciente de luna. Más que otra cosa, mi búsqueda era un ritual. Buscar a Denna era un ejercicio de futilidad, como rezar para que hiciera buen tiempo.

Pero esa noche fue la excepción que confirmaba la regla. Todavía iba paseándome por el primer piso cuando la vi caminando con un caballero alto y moreno. Rectifiqué mi rumbo entre las mesas para fingir que los interceptaba por casualidad.

Denna me vio medio minuto más tarde. Me sonrió con gesto emocionado, se soltó del brazo del caballero y me hizo señas para que me acercara.

El hombre que la acompañaba era atractivo y orgulloso como un halcón, con una mandíbula que parecía de cemento. Llevaba una camisa de seda de un blanco cegador, y una chaqueta de ante de color sangre con pespuntes de plata. También eran de plata la hebilla y los gemelos. Era el prototipo del caballero modegano. Con lo que valía su ropa, sin contar los anillos, habría podido pagar mi matrícula de todo un año.

Denna interpretaba el papel de acompañante hermosa y encantadora. En el pasado, la había visto vestida más o menos como yo, con ropa sencilla y resistente, apropiada para trabajar y para viajar. Pero esa noche llevaba un vestido largo de seda verde. Su oscuro cabello formaba rizos sutiles alrededor de su cara y caía en cascada por sus hombros. En el cuello llevaba un collar con una lágrima de esmeralda cuyo color hacía juego con el del vestido. Una combinación tan perfecta no podía ser una coincidencia.

Me sentí un poco andrajoso a su lado. Más que un poco. Mi vestuario se reducía a cuatro camisas, dos pantalones y algunas piezas sueltas. Todo de segunda mano y más o menos raído. Esa noche llevaba mis mejores prendas, pero comprenderéis que cuando digo «mejores» no quiero decir que fueran muy lujosas.

La única excepción era mi capa, regalo de Fela. Era caliente y maravillosa, hecha a medida, de color verde y negro con numerosos bolsillos en el forro. No era en absoluto ostentosa, pero era la prenda más bonita que tenía.

Al acercarme a ella, Denna dio un paso adelante y, con gesto comedido, casi altanero, me tendió una mano para que se la besara.

Mostraba una expresión sosegada y una sonrisa cortés. Cualquiera que la hubiera visto habría podido pensar que era la típica dama refinada que se mostraba amable con un joven músico empobrecido.

Pero si se hubiera fijado en sus ojos, habría visto algo más. Eran oscuros y profundos, del color del café y el chocolate. Destellaban divertidos y risueños. El caballero que estaba de pie a su lado frunció levemente el entrecejo cuando Denna me ofreció la mano. Yo ignoraba a qué estaba jugando Denna, pero imaginaba cuál era mi papel.

Así que me incliné sobre su mano y la besé suavemente al mismo tiempo que hacía una pronunciada reverencia. Me habían enseñado los modales de la corte desde muy pequeño, de modo que sabía muy bien lo que hacía. Cualquiera puede doblarse por la cintura, pero para hacer una buena reverencia hay que tener estilo.

La mía fue elegante y halagadora, y cuando posé los labios en el dorso de la mano de Denna, me aparté la capa hacia un lado con una delicada sacudida de la muñeca. Ese último detalle era el más difícil, y, de niño, me había pasado horas practicando con tesón ante el espejo de la casa de baños hasta lograr que el movimiento pareciera natural.

Denna me devolvió una reverencia grácil como una hoja que cae y se retiró un poco hasta colocarse junto a su caballero.

– Kvothe, te presento a lord Kellin Vantenier. Kellin, te presento a Kvothe.

Kellin me miró de arriba abajo, formándose una opinión de mí en lo que tardas en coger aire. Adoptó una expresión desdeñosa y me saludó con un gesto de la cabeza. Estoy acostumbrado al desdén, pero me sorprendió lo mucho que me dolió el de aquel hombre.

– A su servicio, mi señor. -Hice una educada reverencia y desplacé el peso del cuerpo para apartar la capa de mi hombro, exhibiendo mi caramillo de plata.

El caballero se disponía a desviar la mirada con ensayado desinterés cuando sus ojos se fijaron en mi reluciente broche de plata. Como joya no era nada especial, pero allí tenía mucho valor. Wilem tenía razón: en el Eolio, yo formaba parte de la nobleza.

Y Kellin lo sabía. Tras considerarlo un instante, me devolvió el saludo. En realidad no fue más que una brevísima inclinación de cabeza, lo indispensablemente pronunciada para que pudiera considerarse educada.

– Al suyo y al de su familia -dijo en un atur perfecto.

Tenía una voz más grave que la mía, de bajo, dulce y con suficiente acento modegano para conferirle un deje levemente musical.

Denna inclinó la cabeza hacia él.

– Kellin me está enseñando a tocar el arpa.

– He venido a ganar mi caramillo -declaró él con una voz cargada de confianza.

Al oírlo, las mujeres de las mesas de alrededor giraron la cabeza y lo miraron con avidez, entornando los ojos. Su voz tuvo el efecto contrario sobre mí. Que fuera rico y atractivo era bastante insoportable, pero que además tuviera una voz como la miel sobre una rebanada de pan caliente era sencillamente inexcusable. Al oír el sonido de su voz me sentí como un gato al que agarran por la cola y al que frotan el lomo a contrapelo con la mano mojada.

– ¿Es usted arpero? -pregunté mirándole las manos.

– Arpista -me corrigió él con aspereza-. Toco el arpa pendenhale. El rey de los instrumentos.

Inspiré y apreté los labios. La gran arpa modegana había sido el rey de los instrumentos quinientos años atrás. Hoy en día solo era una curiosidad, una antigualla. Lo dejé pasar y evite la discusión pensando en Denna.

– Y ¿piensa probar suerte esta noche? -pregunté.

Kellin entornó ligeramente los ojos.

– Cuando toque, la suerte no entrará en juego. Pero no. Esta noche quiero disfrutar de la compañía de milady Dinael. -Le levantó la mano a Denna, se la acercó a los labios y la besó distraídamente. Con aire de amo y señor, paseó la mirada por la muchedumbre que murmuraba, como si toda aquella gente le perteneciera-. Me parece que aquí estaré en respetable compañía.

Miré a Denna, pero ella esquivó mi mirada. Con la cabeza ladeada, jugaba con un pendiente que hasta ese momento ocultaba su cabello: una diminuta esmeralda, también con forma de lágrima, a juego con el collar.

Kellin volvió a mirarme de arriba abajo, examinándome. Mi ropa, poco elegante. Mi cabello, demasiado corto según la moda, y demasiado largo para que no pareciera descuidado.

– Y usted es… ¿camarillero?

El instrumento más barato.

– Camarillista -dije con soltura-. Pero no, no. Yo me inclino más por el laúd.

Kellin arqueó las cejas.

– ¿Toca el laúd de corte?

Mi sonrisa se endureció un poco pese a todos mis esfuerzos.

– El laúd de troupe.

– ¡Ah! -dijo él, riendo como si de pronto lo entendiera todo-. ¡Música folclórica!

Le dejé pasar también eso, aunque me costó más que la vez anterior.

– ¿Ya tienen asientos? -pregunté con desenvoltura-. Mis amigos y yo tenemos una mesa abajo, con buenas vistas del escenario. Si lo desean, pueden unirse a nosotros.

– Lady Dinael y yo ya tenemos una mesa en el tercer círculo. -Kellin apuntó con la barbilla a Denna-. Prefiero la compañía que hay arriba.

Denna, que estaba fuera de su campo de visión, me miró y puso los ojos en blanco.

Sin mudar la expresión, volví a inclinar educadamente la cabeza: la mínima expresión del saludo.

– En ese caso, no quisiera retenerlos más.

Luego me volví hacia Denna.

– ¿Me permites que vaya a visitarte un día de estos?

Ella suspiró, la viva imagen de la víctima de una agitada vida social; pero sus ojos seguían riéndose de la ridícula formalidad de aquel diálogo.

– Estoy segura de que lo entenderás, Kvothe. Tengo la agenda muy llena para los próximos días. Pero si quieres, puedes pasar a visitarme hacia finales del ciclo. Me hospedo en el Hombre de Gris.

– Eres muy amable -dije, y la saludé con una inclinación de cabeza mucho más esmerada que la que le había hecho a Kellin. Ella puso los ojos en blanco, esta vez riéndose de mí.

Kellin le ofreció el brazo y, de paso, me ofreció a mí el hombro, y se perdieron los dos entre la multitud. Viéndolos juntos, avanzando con elegancia entre el gentío, habría sido fácil creer que eran los propietarios del local, o que quizá se estaban planteando comprarlo para utilizarlo como residencia de verano. Solo los auténticos nobles se mueven con esa arrogancia natural, conscientes, en el fondo, de que en el mundo todo existe únicamente para hacerlos felices a ellos. Denna fingía maravillosamente, pero para lord Kellin Mandíbula de Cemento, aquello era tan espontáneo como respirar.

Me quedé observándolos hasta que llegaron a la mitad de la escalera del tercer círculo. Entonces Denna se paró y se llevó una mano a la cabeza. Miró por el suelo con expresión angustiada. Hablaron un momento, y ella señaló la escalera. Kellin asintió y siguió subiendo hasta perderse de vista.

Tuve una corazonada. Miré al suelo y vi un destello plateado cerca de donde había estado Denna, junto a la barandilla. Me acerqué y me quedé allí de pie, obligando a apartarse a un par de comerciantes ceáldicos.

Hice como si mirara a la gente que había abajo hasta que Denna se me acercó y me dio unos golpecitos en el hombro.

– Kvothe -me dijo, aturullada-, perdona que te moleste, pero he perdido un pendiente. Sé bueno y ayúdame a buscarlo, ¿quieres? Estoy segura de que hace un momento lo llevaba puesto.

Me ofrecí a ayudarla, por supuesto, y así pudimos disfrutar de un momento de intimidad; agachados, y sin perder el decoro, nos pusimos a buscar por el suelo con las cabezas muy juntas. Por suerte, Denna llevaba un vestido de estilo modegano, con la falda holgada, larga y suelta alrededor de las piernas. Si hubiera llevado un vestido con un corte a un lado, según la moda de la Mancomunidad, no habría podido agacharse sin llamar la atención.

– Cuerpo de Dios -murmuré-. ¿De dónde lo has sacado?

Denna rió por lo bajo.

– Cállate. Tú mismo me sugeriste que aprendiera a tocar el arpa. Kellin es buen maestro.

– El arpa de pedal modegana pesa cinco veces más que tú -comenté-. Es un instrumento de salón. Nunca podrías llevártela de viaje.

Denna dejó de fingir que buscaba el pendiente y me miró a los ojos.

– Y ¿quién ha dicho que nunca vaya a tener un salón donde tocar el arpa?

Seguí buscando por el suelo y encogí los hombros.

– Supongo que para aprender servirá. ¿Te gusta, de momento?

– Es mejor que la lira -respondió ella-. De eso ya me he dado cuenta. Pero todavía no puedo tocar ni «La ardilla en el tejado».

– Y él ¿qué tal? ¿Es bueno? -La miré con picardía-. Me refiero a si es bueno con las manos.

Denna se sonrojó un poco y por un momento pensé que iba a darme un manotazo. Pero recordó a tiempo que debía comportarse con decoro y optó por entrecerrar los ojos.

– Eres horrible -dijo-. Kellin ha sido un perfecto caballero.

– Que Tehlu nos salve de los perfectos caballeros -repuse.

– Lo he dicho en sentido literal -dijo ella meneando la cabeza-. Nunca había salido de Modeg. Es como un gatito en un gallinero.

– Y así que ahora te llamas Dinael -dije.

– De momento. Y para él -dijo ella mirándome de reojo y esbozando una sonrisa-. Para ti sigo prefiriendo Denna.

– Me alegro. -Levanté una mano del suelo y le mostré la suave lágrima de esmeralda de un pendiente. Denna fingió alegrarse muchísimo de haberlo encontrado, y lo alzó para que le diera la luz.

– ¡Ah, ya está!

Me levanté y la ayudé a ponerse en pie. Denna se apartó el cabello del hombro y se inclinó hacia mí.

– Soy muy torpe para estas cosas -dijo-. ¿Te importa?

Me arrimé a ella, y ella me dio el pendiente. Denna olía a flores silvestres. Pero por debajo de ese olor olía a hojas de otoño. Al misterioso olor de su cabello, a polvo del camino y al aire antes de una tormenta de verano.

– Y ¿qué es? -pregunté en voz baja-. ¿Un segundón?

Denna negó sin apenas mover la cabeza, y un mechón de su cabello se soltó y me rozó la mano.

– Es un lord con todas las de la ley.

– Skethe te retaa van -maldije-. Encierra a tus hijos y a tus hijas bajo llave.

Denna volvió a reír por lo bajo. Le temblaban los hombros al intentar contener la risa.

– Quédate quieta -dije, y le sujeté la oreja con suavidad.

Denna inspiró hondo y soltó el aire despacio para serenarse. Le coloqué el pendiente en el lóbulo de la oreja y me aparté. Ella levantó una mano y comprobó si estaba bien puesto; luego dio un paso hacia atrás e hizo una reverencia.

– Muchísimas gracias por tu ayuda.

Yo también la saludé con una reverencia. No fue tan esmerada como la que le había hecho antes, pero era más sincera.

– Estoy a su servicio, milady.

Denna sonrió con ternura y se dio la vuelta. Sus ojos volvían a reír.

Terminé de explorar el primer piso por respetar las formas, pero no parecía que Threpe estuviera por allí. Como no quería arriesgarme a tener otro encuentro con Denna y su caballero, decidí no subir al segundo piso.

Sim ofrecía un aspecto muy animado, como solía pasarle cuando iba por la quinta copa. Manet estaba repantigado en la silla, con los ojos entornados y con la jarra cómodamente apoyada en la barriga. Wil estaba como siempre, y sus oscuros ojos eran insondables.

– No he visto a Threpe por ninguna parte -dije, y me senté en mi sitio-. Lo siento.

– Qué pena -se lamentó Sim-. ¿Todavía no te ha encontrado un mecenas?

– Ambrose ha amenazado o sobornado a todos los nobles en más de cien kilómetros a la redonda -expliqué con gesto sombrío-. No quieren tener nada que ver conmigo.

– Y ¿por qué no te acoge el propio Threpe? -preguntó Wilem-. Le caes muy bien.

Negué con la cabeza.

– Threpe ya patrocina a tres músicos -dije-. Bueno, en realidad son cuatro, pero dos de ellos son un matrimonio.

– ¿Cuatro? -dijo Sim, horrorizado-. Es un milagro que todavía le quede algo para comer.

Wil ladeó la cabeza con curiosidad, y Sim se inclinó hacia delante para explicar:

– Threpe es conde. Pero sus tierras no son muy extensas. Patrocinar a cuatro músicos con sus ingresos es, en cierto modo, un despilfarro.

– En copas y cuerdas no se puede gastar tanto -dijo Wil frunciendo el entrecejo.

– Un mecenas no solo se responsabiliza de eso. -Sim empezó a contar ayudándose con los dedos-. En primer lugar está el título de mecenazgo. Luego tiene que proporcionar a sus músicos comida y alojamiento, un salario anual, un traje con los colores de su familia…

– Tradicionalmente son dos trajes -intervine-. Todos los años. -Cuando vivía con la troupe, nunca valoré la ropa que nos proporcionaba lord Greyfallow. Pero ahora no podía evitar imaginar cómo habría mejorado mi vestuario con dos trajes nuevos.

Simmon sonrió al ver llegar a un camarero, despejando toda duda sobre quién era el responsable de los vasos de aguardiente de moras que nos sirvió a cada uno. Sim alzó su vaso en un brindis silencioso y dio un gran trago. Yo alcé mi vaso también, y lo mismo hizo Wilem, aunque era evidente que le dolía. Manet permaneció inmóvil, y empecé a sospechar que se había quedado dormido.

– Sigue sin cuadrarme -dijo Wilem, dejando el vaso de aguardiente en la mesa-. Lo único que consigue el mecenas son unos bolsillos vacíos.

– El mecenas gana buena reputación -expliqué-. Por eso los músicos llevan su librea. Además, tiene personas que lo entretienen cuando a él se le antoja: en fiestas, bailes y celebraciones. A veces le componen canciones u obras por encargo.

– Aun así, da la impresión de que el mecenas se lleva la peor parte -comentó Wil con escepticismo.

– Eso lo dices porque no tienes todo el contexto -dijo Manet enderezándose-. Eres un chico de ciudad. No sabes qué significa crecer en un pueblecito levantado en la propiedad de un terrateniente.

»Aquí están las tierras de lord Poncington, por ejemplo. -Utilizó un poco de cerveza derramada para dibujar un círculo en el centro de la mesa-. Donde tú vives como un buen plebeyo.

Manet cogió el vaso vacío de Simmon y lo puso dentro del círculo.

– Un buen día, llega al pueblo un individuo que lleva los colores de lord Poncington. -Manet cogió su vaso lleno de aguardiente y lo arrastró por la mesa hasta colocarlo junto al vaso vacío de Sim, que seguía dentro del círculo-. Y ese tipo se pone a cantar canciones para todos en la taberna del pueblo. -Manet vertió un poco de aguardiente en el vaso de Sim.

Sin esperar a que nadie se lo indicara, Sim sonrió y bebió un sorbo.

Manet arrastró su vaso alrededor de la mesa y volvió a meterlo en el círculo.

– Al mes siguiente, llegan un par de tipos más con sus colores y montan un espectáculo de marionetas. -Vertió más aguardiente y Simmon bebió-. Al mes siguiente se representa una obra de teatro. -Otra vez.

Entonces Manet cogió su jarra de madera y la hizo avanzar por la mesa hasta meterla dentro del círculo.

– Entonces aparece el recaudador de impuestos, que lleva los mismos colores. -Manet golpeó impacientemente la mesa con la taza vacía.

Sim se quedó confuso un momento; luego cogió su jarra y vertió un poco de cerveza en la de Manet.

Manet lo miró y volvió a golpear la mesa con la jarra, con gesto de enojo.

Sim vertió el resto de su cerveza en la jarra de Manet, riendo.

– De todas formas, me gusta más el aguardiente de moras.

– Y a lord Poncington le gustan más sus impuestos -repuso Manet-. Y a la gente le gusta que la distraigan. Y al recaudador de impuestos no le gusta que lo envenenen y lo entierren de cualquier manera detrás del viejo molino. -Dio un sorbo de cerveza-. Así que todos se quedan contentos.

Wil observaba aquel diálogo con sus oscuros y serios ojos.

– Ya lo entiendo mejor.

– No siempre es una relación tan interesada -intervine-. Threpe se preocupa de que sus músicos mejoren su arte. Algunos nobles los tratan igual que a los caballos de sus establos. -Suspiré-. Hasta eso sería mejor que lo que tengo ahora, que es nada.

– No te vendas barato -dijo Sim con jovialidad-. Espera a que te salga un buen mecenas. Te lo mereces. Eres tan bueno como cualquiera de los músicos que hay aquí.

Me quedé callado, demasiado orgulloso para contarles la verdad. La mía era una pobreza que ellos ni siquiera podían entender. Sim pertenecía a la nobleza atur, y la familia de Wil eran comerciantes de lana de Ralien. Ellos creían que ser pobre significaba no tener suficiente dinero para ir a beber tan a menudo como les habría gustado.

Con la matrícula tan cerca, yo no me atrevía a gastar ni un penique abollado. No podía comprar velas, ni tinta, ni papel. No tenía joyas que empeñar, ni asignación, ni padres a los que escribir. Ningún prestamista respetable me habría dado ni un solo ardite. Y no era extraño, pues era un Edena Ruh huérfano y desarraigado cuyas posesiones habrían cabido en un saco de arpillera. Y en un saco no muy grande.

Me levanté antes de que la conversación pudiera entrar en terreno peligroso.

– Ya va siendo hora de que toque algo.

Cogí el estuche del laúd y me dirigí hacia Stanchion, que estaba sentado al final de la barra.

– ¿Qué nos has preparado para esta noche? -me preguntó acariciándose la barba.

– Una sorpresa.

Stanchion, que iba a levantarse del taburete, se detuvo y me preguntó:

– ¿Es una de esas sorpresas que provocan disturbios o que hacen que la gente le prenda fuego a mi local?

Sonreí y negué con la cabeza.

– Estupendo. -Sonrió también y echó a andar hacia el escenario-. En ese caso, me gustan las sorpresas.

Capítulo 6

Amor

Stanchion me acompañó al escenario y me trajo una silla sin brazos. Luego fue hasta el borde de la tarima y se puso a hablar con el público. Mientras extendía mi capa por encima del respaldo de la silla, las luces empezaron a atenuarse.

Dejé el maltrecho estuche de mi laúd en el suelo. En su día había sido un estuche precioso, pero ya tenía muchos años y muchos kilómetros, y su aspecto era aún más lamentable que el mío. Las charnelas de cuero ya estaban agrietadas y rígidas, y en algunos sitios las paredes de la caja estaban tan gastadas que parecían de pergamino. Solo conservaba uno de los cierres originales, de plata labrada; los otros los había ido sustituyendo con piezas que había encontrado por ahí, y había unos de latón brillante y otros de hierro mate.

Pero lo que había dentro del estuche era completamente diferente. Dentro estaba la razón por la que al día siguiente iba a pelear por mi matrícula. Había empleado todo mi ingenio para regatear por él, y aun así me había costado más dinero del que jamás me había gastado en nada. Me había costado tanto dinero que no pude comprarme un estuche apropiado, y tuve que contentarme con ponerle parches al viejo.

La madera era de color café oscuro, o de tierra recién removida. La curva de la caja era perfecta, como las caderas de una mujer. Era eco sordo y rasgueo cantarín. Mi laúd. Mi alma tangible.

He oído lo que los poetas escriben sobre las mujeres. Componen rimas y rapsodias, y mienten. He visto a marineros en la orilla contemplando en silencio la lenta ondulación del mar. He visto a viejos soldados con el corazón de cuero que derramaban lágrimas al ver los colores de su rey ondeando al viento.

Creedme: esos hombres no saben nada del amor.

No lo encontraréis en las palabras de los poetas ni en la mirada anhelante de los marineros. Si queréis saber algo del amor, miradle las manos a un músico de troupe cuando toca un instrumento. Los músicos de troupe sí saben.

Miré a mi público, que poco a poco iba quedándose callado. Simmon me saludó con la mano, entusiasta, y yo le sonreí. Distinguí el cabello blanco del conde Threpe cerca de la barandilla del segundo balcón. Hablaba con seriedad con una pareja bien vestida y me señalaba. Seguía haciendo campaña a mi favor, aunque ambos supiéramos que era una causa perdida.

Saqué el laúd de su viejo y gastado estuche y empecé a afinarlo. No era el mejor laúd que había en el Eolio, ni mucho menos. El mástil estaba ligeramente torcido, pero no doblado. Una de las clavijas estaba suelta y tendía a alterar el sonido de la cuerda.

Rasgueé suavemente un acorde y acerqué la oreja a las cuerdas. Levanté la cabeza y vi la cara de Denna, clara como la luna. Ella me sonrió, emocionada, y me saludó agitando los dedos por debajo de la mesa para que no lo viera su caballero.

Toqué suavemente la clavija suelta y pasé las manos por la tibia madera del laúd. Había sitios donde el barniz tenía arañazos y rozaduras. En el pasado lo habían tratado mal, pero eso no lo hacía menos maravilloso.

Sí, mi laúd tenía defectos, pero ¿qué importa eso cuando se trata de asuntos del corazón? Amamos lo que amamos. La razón no entra en juego. En muchos aspectos, el amor más insensato es el amor más verdadero. Cualquiera puede amar algo por algún motivo. Eso es tan fácil como meterse un penique en el bolsillo. Pero amar algo a pesar de algo es otra cosa. Conocer los defectos y amarlos también. Eso es inusual, puro y perfecto.

Stanchion me señaló trazando un arco con el brazo. Hubo un breve aplauso seguido de un silencio atento.

Le arranqué dos notas punteadas al laúd y observé que el público se inclinaba hacia mí. Acaricié una cuerda, la afiné ligeramente y empecé a tocar. Cuando solo habían sonado unas pocas notas, todos sabían ya qué canción iban a escuchar.

Era «El manso». Una canción que los pastores llevan diez mil años silbando. La más sencilla de las melodías sencillas. Una canción que cualquiera podría entonar. Un crío. Un majadero. Un analfabeto.

Era, para decirlo sin rodeos, música folclórica.

Se han escrito un centenar de canciones basadas en la melodía de «El manso». Canciones de amor y de guerra. Canciones de humor, tragedia y lujuria. Pero no toqué ninguna de esas versiones. No me interesaba la letra, sino la música. Solo la melodía.

Miré hacia arriba y vi a lord Mandíbula de Cemento junto a Denna, haciendo un ademán desdeñoso. Sonreí mientras iba sonsacándole la canción a las cuerdas de mi laúd.

Pero al poco rato, mi sonrisa fue volviéndose forzada. El sudor empezó a brotar en mi frente. Me encorvé sobre el laúd, concentrado en lo que hacían mis manos. Mis dedos corrían, danzaban, volaban.

Toqué con la dureza de una granizada, como un martillo golpeando una pieza de latón. Toqué con la suavidad del sol sobre el trigo en otoño, como el tenue temblor de una hoja. Al poco rato, empecé a jadear a causa del esfuerzo. Mis labios dibujaban una línea fina y descolorida.

Cuando iba por el estribillo intermedio, sacudí la cabeza para apartarme el cabello de los ojos. Unas gotas de sudor salieron despedidas describiendo un arco y salpicaron la madera del suelo del escenario. Respiraba hondo, y mi pecho subía y bajaba como un fuelle, esforzándose como un caballo que corre hasta el agotamiento.

La canción inundaba la sala de notas limpias y diáfanas. Estuve a punto de equivocarme una vez: el ritmo vaciló apenas un instante… pero me recuperé, seguí adelante y conseguí terminar la última frase, pulsando las cuerdas con suavidad y dulzura pese a lo cansados que tenía los dedos.

Entonces, cuando ya era evidente que no podía continuar ni un momento más, resonó el último acorde y me derrumbé en la silla, agotado.

El público me dedicó un aplauso atronador.

Pero no todo el público. Dispersas por el local, una docena de personas se echó a reír; algunos golpeaban las mesas y daban pisotones en el suelo mientras lanzaban gritos de júbilo.

La ovación cesó rápidamente. Hombres y mujeres se quedaron parados con las manos en alto, contemplando a aquellos miembros del público que reían en lugar de aplaudir. Algunos parecían enojados, y otros, confundidos. Era evidente que muchos se sentían ofendidos, y un murmullo de desaprobación empezó a recorrer la sala.

Antes de que pudiera iniciarse una discusión seria, toqué una sola nota aguda y levanté una mano, reclamando de nuevo la atención del público. Todavía no había terminado, ni mucho menos.

Me puse cómodo e hice rodar los hombros. Rasgueé las cuerdas, ajusté la clavija suelta y, sin ningún esfuerzo, me puse a tocar mi segunda canción.

Era un tema de Illien, «Tintatatornin». Dudo que lo hayáis oído. Comparado con las otras obras de Illien, es una rareza. En primer lugar, no tiene letra. En segundo lugar, pese a ser una canción de amor, no es tan pegadiza ni tan enternecedora como muchas de sus melodías más conocidas.

Pero sobre todo, es condenadamente difícil de tocar. Mi padre la llamaba «la canción más bonita jamás escrita para quince dedos». Me hacía tocarla cuando me veía demasiado orgulloso de mí mismo y consideraba que necesitaba una dosis de humildad. Baste decir que la practicaba con bastante regularidad, a veces más de una vez al día.

Así que me puse a tocar «Tintatatornin». Me apoyé en el respaldo de la silla, crucé los tobillos y me relajé un poco. Mis manos se movían despreocupadamente por las cuerdas. Después del primer estribillo, inspiré hondo y di un breve suspiro, como un muchacho encerrado en su casa en un día soleado. Mi mirada empezó a pasearse por la estancia, aburrida.

Sin dejar de tocar, me removí en el asiento, buscando una postura cómoda y sin encontrarla. Fruncí el ceño, me levanté y miré la silla como si ella tuviera la culpa. Volví a sentarme y me sacudí con expresión de fastidio.

Mientras hacía todo eso, las diez mil notas de «Tintatatornin» corrían y brincaban. Entre un acorde y el siguiente aproveché para rascarme detrás de una oreja.

Estaba tan metido en mi papel que me dieron ganas de bostezar. Di el bostezo sin contenerme, y abrí tanto la boca que estoy seguro de que los que estaban en las primeras filas pudieron contarme los dientes. Sacudí la cabeza como si quisiera despejarme, y me enjugué los ojos, llorosos, con la manga.

Entretanto, seguía sonando «Tintatatornin». La enloquecedora armonía y el contrapunto se entrelazaban y a ratos se separaban. Y todo ello impecable, dulce y fácil como respirar. Cuando llegué al final, juntando una docena de enredados hilos musicales, no hice ningún floreo. Dejé de tocar, sencillamente, y me froté un poco los ojos. Sin crescendo. Sin saludo. Nada. Hice crujir los nudillos distraídamente y me incliné hacia delante para guardar el laúd en el estuche.

Esa vez se oyeron primero las risas. Eran los mismos que se habían reído antes, y silbaban y golpeaban las mesas con más estrépito que la vez anterior. Mi gente. Los músicos. Abandoné la expresión de aburrimiento y les sonreí con complicidad.

Momentos después llegaron los aplausos, pero fueron dispersos y titubeantes. Antes de que se hubieran encendido las luces, ya se habían disuelto y el murmullo de las discusiones los habían absorbido por completo.

Cuando bajé los escalones, Marie corrió a mi encuentro, con la risa pintada en el rostro. Me estrechó la mano y me dio unas palmadas en la espalda. Ella fue la primera, pero muchos la siguieron, todos ellos músicos. Antes de que me quedara atrapado, Marie entrelazó su brazo con el mío y me guió hasta mi mesa.

– Caramba, muchacho -dijo Manet-. Aquí eres como un pequeño rey.

– Pues esto no es nada comparado con la atención que suele recibir -comentó Wilem-. Normalmente todavía lo están vitoreando cuando vuelve a la mesa. Las mujeres le hacen caídas de ojos y cubren su camino de flores.

Sim miró alrededor con curiosidad.

– La reacción de la gente me ha parecido… -buscó una palabra- heterogénea. ¿A qué se debe eso?

– A que nuestro joven Seis Cuerdas es tan afilado que casi se corta -respondió Stanchion, que había venido hasta nuestra mesa.

– ¡Vaya! ¿Usted también lo ha notado? -preguntó Manet con aspereza.

– Calla -dijo Marie-. Ha sido genial.

Stanchion suspiró y meneó la cabeza.

– A mí no me importaría saber de qué estáis hablando -dijo Wilem un tanto molesto.

– Kvothe ha tocado la canción más sencilla del mundo y ha hecho que pareciera que hilaba oro con un copo de lino -explicó Marie-. Luego ha cogido un tema musical de verdad, una pieza que solo unos pocos de los que están hoy en este local podrían tocar, y ha hecho que pareciera tan fácil que se diría que un niño podría tocarla con un silbato.

– No voy a negar que lo ha hecho con gran habilidad -admitió Stanchion-. El problema es cómo lo ha hecho. Los que se han puesto a aplaudir después de la primera canción se sienten imbéciles. Piensan que se ha jugado con ellos.

– Es que eso es lo que ha pasado -dijo Marie-. Un intérprete manipula a su público. Esa es la gracia de la broma.

– A la gente no le gusta que jueguen con ella y hagan chistes a su costa -replicó Stanchion-. Es más, le molesta. A nadie le gusta que le hagan bailar al son que otro toca.

– En realidad -intervino Simmon sonriente-, los hizo bailar con el laúd.

Todos se volvieron hacia él, y a Simmon se le apagó un poco la sonrisa.

– ¿No lo pilláis? Los hizo bailar. Al son del laúd. -Bajó la vista hacia la mesa, se le borró del todo la sonrisa y se puso colorado-. Lo siento.

Marie soltó una carcajada.

– Es como si hubiera dos públicos, ¿no? -dijo Manet hablando despacio-. Están los que saben suficiente de música para entender el chiste y los que necesitan que les expliquen el chiste.

Marie miró a Manet e hizo un gesto triunfante.

– Eso es exactamente -le dijo a Stanchion-. Si vienes aquí y no sabes suficiente para entender el chiste por ti mismo, te mereces que te regañen un poco.

– Solo que la mayoría de esa gente son nobles -puntualizó Stanchion-. Y nuestro listillo todavía no tiene mecenas.

– ¿Qué? -dijo Marie-. Pero si ya hace meses que Threpe hizo correr la voz sobre ti. ¿Por qué nadie te ha fichado todavía?

– Ambrose Anso -dije a modo de explicación.

Por la expresión de Marie, ignoraba de quién le hablaba.

– ¿Es un músico? -preguntó.

– Es el hijo de un barón -aclaró Wilem.

Marie arrugó el ceño sin comprender.

– ¿Y cómo va a impedir él que consigas un mecenas?

– Gracias a que tiene mucho tiempo libre y el doble de dinero que Dios -dije con aspereza.

– Su padre es uno de los hombres más poderosos de Vintas -añadió Manet, y se volvió hacia Simmon-. ¿Qué es, el decimosexto en la línea del trono?

– Decimotercero -le corrigió Simmon hoscamente-. La familia Surthen, entera, murió en el mar hace dos meses. Ambrose no para de recordar a todos que su padre está a solo doce pasos de convertirse en rey.

– Lo que ocurre -dijo Manet dirigiéndose a Marie- es que el hijo de ese barón tienen mucha influencia, y no duda en ejercerla.

– Para ser completamente sinceros -intervino Stanchion-, deberíamos mencionar que el joven Kvothe no es la persona con mayores habilidades sociales de la Mancomunidad. -Carraspeó antes de añadir-: Como queda demostrado por su actuación de esta noche.

– No soporto que me llamen «el joven Kvothe» -le dije en un aparte a Sim. Mi amigo me miró con compasión.

– Yo sigo pensando que ha sido genial -dijo Marie mirando a Stanchion y plantando los pies firmemente en el suelo-. Es lo más ingenioso que ha hecho nadie aquí en el último mes, y tú lo sabes.

Le puse una mano en el brazo a Marie.

– Stanchion tiene razón -dije-. Ha sido una estupidez. -Encogí los hombros con cierta vacilación-. O al menos lo sería si todavía conservara algún resquicio de esperanza de conseguir un mecenas. -Miré a Stanchion a los ojos-. Pero no la tengo. Los dos sabemos que Ambrose me ha envenenado ese pozo.

– Los pozos no se quedan envenenados para siempre -objetó Stanchion.

Volví a encogerme de hombros.

– Entonces, ¿qué te parece esta excusa? Prefiero tocar canciones que divierten a mis amigos que complacer a quienes me juzgan basándose solo en habladurías.

Stanchion inspiró hondo y soltó el aire de golpe.

– Está bien -dijo esbozando una sonrisa.

A continuación se produjo un breve silencio, y Manet carraspeó de forma significativa y miró alrededor.

Capté su indirecta e hice las presentaciones.

– Stanchion, ya conoces a mis compañeros Wil y Sim. Este es Manet, alumno y, ocasionalmente, mi mentor en la Universidad. Este es Stanchion: anfitrión, propietario, y dueño del escenario del Eolio.

– Encantado de conocerte -dijo Stanchion; inclinó educadamente la cabeza y luego miró alrededor con nerviosismo-. Y hablando de anfitriones, debo ocuparme de mi negocio. -Antes de marcharse, me dio una palmada en la espalda-. Aprovecharé para ver si puedo apagar un par de fuegos.

Le di las gracias con una sonrisa; luego hice un ademán elegante y dije:

– Os presento a Marie. Como habéis podido comprobar con vuestros propios oídos, es la mejor violinista del Eolio. Como podéis ver con vuestros propios ojos, es la mujer más hermosa en miles de kilómetros a la redonda. Como habrá percibido vuestra inteligencia, es la más sabia de…

Sonriente, Marie me interrumpió con un manotazo.

– Si mi sabiduría fuera la mitad de mi estatura, no saldría a defenderte -dijo-. ¿Es verdad que el pobre Threpe te ha estado haciendo publicidad todo este tiempo?

– Sí -contesté-. Ya le advertí que era una causa perdida.

– Lo es si te empeñas en burlarte de la gente -dijo ella-. Te juro que nunca he conocido a un hombre con un don como el tuyo para caer mal a los demás. Si no tuvieras ese encanto personal, a estas alturas ya te habrían apuñalado.

– No lo sabes bien -murmuré.

Marie miró a mis amigos.

– Encantada de conoceros.

Wil asintió con la cabeza, y Sim sonrió. Manet, en cambio, se puso en pie con un movimiento fluido y le tendió una mano a Marie. Ella le ofreció la suya, y Manet se la tomó con ambas manos, con ternura.

– Marie -dijo-, me has dejado intrigado. ¿Tendré alguna posibilidad de invitarte a una copa y de disfrutar del placer de tu conversación en algún momento de la noche?

Me quedé demasiado perplejo para hacer otra cosa que mirarlos. Allí de pie, los dos parecían unos sujetalibros desparejados. Marie le sacaba quince centímetros a Manet, y sus botas conseguían que sus piernas parecieran aún más largas.

Manet, por su parte, tenía el aspecto de siempre, entrecano y desaliñado, y aparentaba como mínimo diez años más que Marie.

Marie parpadeó y ladeó un poco la cabeza, como si considerara la proposición.

– Ahora estoy con unos amigos -dijo-. Cuando haya terminado con ellos, quizá se haya hecho un poco tarde.

– No me importa cuándo -repuso Manet con tranquilidad-. Si es necesario, estoy dispuesto a perder unas horas de sueño. Ya no recuerdo la última vez que compartí la compañía de una mujer que expresa sus ideas con tanta firmeza y sin vacilación. Hoy en día no abundan las personas como tú.

Marie volvió a inspeccionarlo.

Manet la miró a los ojos y compuso una sonrisa tan segura y adorable que parecía aprendida en los escenarios.

– No quisiera que tuvieras que abandonar a tus amigos por mí -dijo-. Pero hacía diez años que ningún violinista me hacía bailar. Creo que lo mínimo que puedo hacer es invitarte a una copa.

Marie le sonrió entre sorprendida e irónica.

– Ahora estaré en el segundo piso. -Señaló hacia la escalera-. Pero quedaré libre dentro de, no sé, un par de horas…

– Te agradezco tu amabilidad -dijo él-. ¿Quieres que vaya a buscarte?

– Sí, por favor. -Lo miró una vez más y se dio la vuelta.

Manet se sentó y cogió su jarra.

Simmon estaba tan estupefacto como todos nosotros.

– ¿Qué demonios ha sido eso? -preguntó.

Manet rió por debajo de la barba y se reclinó en el respaldo de la silla sujetando la jarra contra el pecho.

– Pues eso ha sido -empezó con suficiencia- otra cosa más de la que yo entiendo y vosotros, que solo sois unos cachorros, no. Tomad nota. Prestad atención.

Cuando los miembros de la nobleza quieren mostrar su agradecimiento a un músico, le ofrecen dinero. Cuando empecé a tocar en el Eolio, recibí algunos regalos de esa clase, y durante un tiempo ese dinero me había bastado para ayudar a pagar mi matrícula y mantenerme a flote aunque solo fuera por los pelos. Pero Ambrose no había cejado en su campaña contra mí, y hacía meses que yo no recibía ninguna propina.

Los músicos son más pobres que los nobles, pero saben disfrutar de una actuación. Y cuando les gusta cómo tocas, te invitan a copas. Esa era la verdadera razón por la que yo había ido al Eolio esa noche.

Manet fue a la barra a buscar un trapo húmedo con que limpiar la mesa para que pudiéramos echar otra partida de esquinas. Todavía no había vuelto cuando un joven caramillero ceáldico se acercó y nos preguntó si podía invitarnos a una ronda.

Sí podía, por supuesto. El caramillero llamó a una camarera que pasaba cerca y cada uno pidió lo que más le apetecía, además de una cerveza para Manet.

Bebimos, jugamos a cartas y escuchamos música. A Manet y a mí nos tocaron cartas malas y perdimos tres manos seguidas. Eso me deprimió un poco, pero no tanto como la inquietante sospecha de que Stanchion podía tener razón con lo que había dicho.

Un mecenas rico me habría solucionado muchos problemas. Hasta un mecenas pobre me habría proporcionado un poco de espacio para respirar, económicamente hablando. Al menos, tendría alguien a quien podría pedir prestado dinero en caso de apuro, en lugar de verme obligado a tratar con personajes peligrosos.

Mientras pensaba esas cosas, jugué mal y perdimos otra mano; ya llevábamos cuatro seguidas, y además con una prenda.

Manet me lanzó una mirada asesina mientras recogía las cartas.

– A ver si te aprendes esto antes de presentarte al examen de admisiones. -Levantó una mano apuntando con tres dedos hacia arriba-. Imagínate que tienes tres picas en la mano, y que ya han salido cinco picas. -Levantó la otra mano, extendiendo los cinco dedos-. ¿Cuántas picas hay en total? -Se recostó en la silla y se cruzó de brazos-. Tómate tu tiempo.

– Todavía no se ha recuperado del impacto de saber que Marie ha aceptado tomarse una copa contigo -dijo Wilem con aspereza-. A nosotros nos pasa lo mismo.

– A mí no -dijo Simmon-. Yo ya sabía que tenías encanto.

Nos interrumpió Lily, una de las camareras habituales del Eolio.

– ¿Qué pasa aquí? -nos preguntó, jovial-. ¿Habéis montado una fiesta?

– Lily -dijo Simmon-, si te invitara a tomar una copa, ¿te lo pensarías?

– Sí -contestó ella sin dudarlo-. Pero no mucho rato. -Le puso una mano en el hombro-. Estáis de suerte, chicos. Un admirador anónimo de la música os ha invitado a una ronda.

– Para mí, scutten -dijo Wilem.

– Aguamiel -dijo Simmon con una sonrisa.

– Yo me tomaré un sounten -dije yo. Manet arqueó una ceja.

– ¿Un sounten? -preguntó lanzándome una mirada-. Yo también. -Miró a la camarera con aire de complicidad y me apuntó con la barbilla-. A su cuenta, claro.

– ¿Seguro? -dijo Lily, y encogió los hombros-. Vuelvo enseguida.

– Ahora que nos has dejado a todos impresionados, ya puedes divertirte un poco, ¿no? -me dijo Simmon-. ¿No nos cantarías algo sobre un burro…?

– Por última vez: no -dije-. No quiero saber nada de Ambrose. No gano nada con seguir fastidiándolo.

– Le rompiste un brazo -apuntó Wil-. Creo que ya lo has fastidiado bastante.

– Él me rompió el laúd -repliqué-. Estamos en paces. Estoy dispuesto a olvidar el pasado.

– Y un cuerno -terció Sim-. Tiraste una libra de mantequilla rancia por su chimenea. Le aflojaste la cincha de la silla…

– ¡Manos negras! ¡Cállate ya! -dije mirando alrededor-. De eso ya hace casi un mes, y nadie sabe que fui yo excepto vosotros dos.

Y ahora Manet. Y todos los que están cerca.

Sim se puso muy colorado, y la conversación se detuvo hasta que Lily regresó con nuestras bebidas. El scutten de Wil venía en la tradicional taza de piedra. El dorado aguamiel de Sim brillaba en una copa alta. A Manet y a mí nos dio jarras de madera.

Manet sonrió.

– No recuerdo la última vez que pedí un sounten -caviló-. Y creo que nunca había pedido uno para mí.

– Yo nunca se lo había visto tomar a nadie -aportó Sim-. Kvothe se los pule como si nada. Tres o cuatro en una noche.

– ¿No lo saben? -me preguntó Manet arqueando una de sus pobladas cejas.

Negué con la cabeza y di un sorbo de mi jarra, sin saber si debía reírme o morirme de vergüenza.

Manet empujó su jarra hacia Simmon, que la cogió y bebió un sorbo. Frunció el entrecejo y dio otro.

– ¿Agua?

Manet asintió.

– Es un viejo truco de prostitutas. Estás charlando con una en la taberna del burdel, y quieres demostrarle que no eres como los demás. Tú eres un hombre refinado. Así que la invitas a una copa.

Estiró el brazo y recuperó su jarra.

– Pero ellas están trabajando. Ellas no quieren beber. Prefieren el dinero. Piden un sounten, un peveret o algo por el estilo. Tú pagas, el camarero le da a ella agua, y al final de la noche, la chica se reparte el dinero con la casa. Si sabe escuchar, una chica puede ganar tanto en la barra como en la cama.

– Aquí hacemos tres partes -intervine yo-. Un tercio para la casa, un tercio para el camarero y un tercio para mí.

– Pues te están timando -dijo Manet con franqueza-. El camarero debería obtener su parte de la casa.

– En Anker's nunca te he visto pedir un sounten -observó Sim.

– Debe de ser el aguamiel de Greysdale -apuntó Wil-. Allí lo pides mucho.

– Pero si yo he pedido Greysdale -objetó Sim-. Sabía a encurtidos y a meados. Además…

Manet terminó la frase por él:

– ¿Era más caro de lo que pensabas? No tendría mucho sentido montar tanto lío por lo que cuesta una cerveza pequeña, ¿no crees?

– Cuando pido Greysdale en Anker's, saben perfectamente lo que quiero decir -expliqué-. Si pidiera algo que no existiera, alguien podría descubrir el juego.

– Y tú ¿cómo lo sabes? -le pregunto Sim a Manet.

– Más sabe el diablo por viejo que por diablo -contestó.

Las luces empezaron a atenuarse y nos volvimos hacia el escenario.

Avanzaba la noche. Manet nos abandonó por pastos más verdes, y Wil, Sim y yo hicimos todo lo posible para mantener nuestra mesa limpia de vasos mientras los músicos que se habían divertido nos invitaban a una ronda tras otra. De hecho, nos invitaron a una cantidad escandalosa de copas. Muchas más de las que yo me habría atrevido a soñar.

Yo casi siempre pedía sounten, porque recoger dinero para pagar mi matrícula era el motivo principal por el que había ido al Eolio esa noche. Wil y Sim también pidieron varias rondas de sounten, ahora que ya conocían el truco. Y yo se lo agradecí por partida doble, pues de otro modo me habría visto obligado a llevarlos a casa en una carretilla.

Al final nos hartamos los tres de música, chismorreos, y, en el caso de Sim, de perseguir sin éxito a las camareras.

Antes de irnos, pasé a hablar un momento por la barra y le expliqué al camarero la diferencia entre una mitad y una tercera parte. Al final de la negociación, me embolsé un talento y seis iotas. La mayor parte de ese dinero provenía de las consumiciones a que los otros músicos me habían invitado esa noche.

Me guardé las monedas de la bolsa del dinero: «Tres talentos».

De mis negociaciones también saqué dos botellas de color marrón oscuro.

– ¿Qué es eso? -me preguntó Sim mientras yo me disponía a guardar las botellas en el estuche del laúd.

– Cerveza de Bredon -respondí, mientras colocaba los trapos con los que envolvía mi laúd para que las botellas no lo rozaran.

– Las Bredon -dijo Wil con desdén-. Parecen más gachas que cerveza.

– A mí no me gusta tener que masticar el licor -dijo Sim con una mueca.

– No está tan mala -dije poniéndome a la defensiva-. En los pequeños reinos las mujeres la beben cuando están embarazadas. Arwyl lo mencionó en una de sus conferencias. La fabrican con polen de flores, aceite de pescado y huesos de cereza. Tiene un montón de micronutrientes.

– No te juzgamos, Kvothe. -Wilem me puso una mano en el hombro y me miró consternado-. A Sim y a mí no nos importa que seas una preñada de Yll.

Simmon dejó escapar un resoplido, y el sonido le hizo soltar una carcajada.

Los tres juntos volvimos sin prisa a la Universidad, cruzando el alto arco del Puente de Piedra. Y como no había por allí nadie que pudiera oírnos, le canté «El asno erudito» a Sim.

Wil y Sim se marcharon, con algún tropezón, a sus habitaciones de las Dependencias. Pero yo no tenía ganas de acostarme y seguí paseando por las calles desiertas de la Universidad, disfrutando del fresco nocturno.

Pasé por delante de los oscuros escaparates de boticarios, sopladores de vidrio y encuadernadores. Atajé por una cuidada extensión de césped, y aspiré el limpio y polvoriento aroma de las hojas de otoño y de la verde hierba que había debajo. Casi todas las posadas y las casas de bebidas estaban a oscuras, pero en los burdeles había luces encendidas.

La piedra gris de la Casa de los Maestros adquiría un resplandor plateado bajo la luz de la luna. Dentro solo había una luz tenue que iluminaba la vidriera donde estaba representado Teccam en la postura clásica: descalzo ante la entrada de su cueva, hablando con un grupo de jóvenes alumnos.

Pasé por delante del Crisol. Sus incontables y puntiagudas chimeneas se destacaban, oscuras y casi todas sin humo, contra el cielo. Incluso por la noche olía a amoníaco y flores quemadas, a ácido y alcohol: un millar de olores mezclados que habían impregnado la piedra del edificio a lo largo de los siglos.

Por último, el Archivo. Un edificio de cinco plantas sin ventanas que me recordaban a una enorme roca de guía. Sus grandes puertas estaban cerradas, pero vi la luz rojiza de las lámparas simpáticas que se filtraba por los bordes. Durante el proceso de admisiones, el maestro Lorren mantenía el Archivo abierto por la noche para que todos los miembros del Arcano pudieran estudiar cuanto quisieran. Todos los miembros del Arcano excepto uno, por supuesto.

Volví a Anker's y encontré la posada oscura y silenciosa. Tenía una llave de la puerta trasera, pero para no tropezar en la oscuridad me dirigí hacia un callejón cercano. Pie derecho en el barril del agua de lluvia, pie izquierdo en el alféizar de la ventana, mano izquierda en el bajante de hierro. Trepé sin hacer ruido hasta mi ventana de la tercera planta, abrí el cerrojo con un trozo de alambre y me metí dentro.

Estaba oscuro como boca de lobo, y yo me sentía demasiado cansado para ir a buscar lumbre a la chimenea de abajo. Así que toqué la mecha de la lámpara que tenía junto a la cama, y me manché un poco los dedos de aceite. Entonces murmuré un vínculo y noté que se me enfriaba el brazo al salir de él el calor. Al principio no pasó nada, y arrugué la frente, concentrándome para controlar el ligero aturdimiento producido por el alcohol. Se me enfrió más el brazo, tanto que me estremecí, pero al final la mecha se encendió.

Sintiendo frío, cerré la ventana y recorrí con la mirada la diminuta habitación con su techo inclinado y su estrecha cama. Sorprendido, comprobé que no habría querido estar en ningún otro sitio de los cuatro rincones. Casi me sentía en casa.

Quizá a vosotros no os parezca extraño, pero para mí sí lo era. Había crecido entre los Edena Ruh, y para mí, el hogar nunca había sido un lugar. El hogar era un grupo de carromatos y canciones alrededor de una hoguera. Cuando mataron a mi troupe, perdí algo más que a mi familia y a mis amigos de la infancia. Fue como si todo mi mundo hubiera ardido hasta los cimientos.

Tras casi un año en la Universidad, empezaba a sentir que pertenecía a ese lugar. Era una sensación extraña, ese cariño a un sitio. En cierto modo era reconfortante, pero el Ruh que llevaba dentro estaba inquieto, pues se rebelaba contra la idea de echar raíces como una planta.

Me quedé dormido preguntándome qué habría pensado mi padre de mí.

Capítulo 7

Admisiones

A la mañana siguiente me mojé la cara y bajé medio dormido. La taberna de Anker's iba llenándose de clientes que querían comer pronto; también había unos cuantos estudiantes particularmente desconsolados que ya empezaban a beber.

Había dormido poco, y con los ojos todavía empañados me senté en mi mesa del rincón y empecé a inquietarme por mi inminente entrevista.

Kilvin y Elxa Dal no me preocupaban. Estaba preparado para sus preguntas. Y, en gran medida, también para las de Arwyl. Sin embargo, los otros maestros entrañaban misterios de diversas dimensiones.

Al inicio del bimestre, cada maestro ponía a disposición de los alumnos una selección de libros en Volúmenes, la sala de lectura del Archivo. Había textos básicos pensados para los E'lir de rango inferior, y obras progresivamente más avanzadas para los Re'lar y los El'the. Esos libros revelaban los conocimientos que los maestros consideraban valiosos. Eran los libros que los alumnos listos estudiaban antes de presentarse al examen de admisión.

Pero yo no podía pasearme por Volúmenes como los demás. Era el único alumno al que habían prohibido la entrada en el Archivo desde hacía doce años, y todo el mundo lo sabía. Volúmenes era la única sala bien iluminada de todo el edificio, y durante las admisiones siempre había allí gente leyendo.

Así pues, me vi obligado a buscar copias de los textos propuestos por los maestros sepultadas en Estanterías. Os sorprendería cuántas versiones del mismo libro puede haber. Si tenía suerte, el libro que encontraba era idéntico al que el maestro había apartado en Volúmenes. La mayoría de las veces, las versiones que encontraba estaban anticuadas, expurgadas o mal traducidas.

Llevaba varias noches leyendo cuanto podía, pero perdía un tiempo muy valioso buscando los libros, y mi preparación todavía era deplorable.

Iba dándoles vueltas a esos pensamientos angustiantes cuando me distrajo la voz de Anker.

– Mira, Kvothe es ese de ahí -decía.

Levanté la cabeza y vi a una mujer sentada a la barra. No vestía como una alumna. Llevaba un bonito vestido granate de falda larga y cintura ceñida, y guantes a juego hasta el codo.

Con un movimiento calculado, consiguió bajar del taburete sin que se le enredaran los pies; vino hacia mí y se paró junto a mi mesa. Llevaba el cabello rubio cuidadosamente rizado, y los labios pintados de color rojo intenso. No pude evitar preguntarme qué hacía en un sitio como Anker's.

– ¿Tú eres el que le rompió el brazo al idiota de Ambrose Anso? -me preguntó.

Hablaba atur con un marcado y musical acento modegano. Eso hacía que costara un poco entenderla, pero mentiría si dijera que no lo encontré atractivo. El acento modegano tiene una notable carga sexual.

– Sí -afirmé-. No lo hice del todo a propósito, pero sí.

– En ese caso, tienes que dejar que te invite a una copa -dijo ella con el tono de una mujer acostumbrada a salirse con la suya.

Le sonreí y lamenté no llevar más de diez minutos despierto, porque todavía tenía el ingenio embotado.

– No serías la primera que me invita a una copa por ese motivo -dije con franqueza-. Si insistes, me tomaré un aguamiel de Greysdale.

La mujer se dio la vuelta y volvió a la barra. Si era una alumna, era nueva. Si hubiera llevado allí aunque solo fueran unos días, Sim me habría hablado de ella, porque llevaba la cuenta de todas las muchachas hermosas de la ciudad, y las cortejaba con ingenuo entusiasmo.

La modegana regresó al cabo de un momento y se sentó enfrente de mí, acercándome una jarra de madera. Anker debía de haber acabado de lavarla, porque el asa le dejó unas marcas de humedad en los guantes de color granate.

Levantó su vaso, lleno de vino tinto.

– Por Ambrose Anso -dijo con repentina fiereza-. Que se caiga en un pozo y se muera.

Cogí la jarra y di un sorbo, y me pregunté si habría alguna mujer en cien kilómetros a la redonda a la que Ambrose no hubiera maltratado. Me sequé discretamente la mano en los pantalones.

La mujer dio un gran sorbo de vino y golpeó la mesa con el vaso. Tenía las pupilas muy dilatadas. Pese a lo temprano que era, ya debía de llevar un buen rato bebiendo.

De repente percibí un olor a nuez moscada y a ciruela. Olisqueé mi jarra y miré el tablero de la mesa pensando que quizá alguien había derramado una bebida. Pero no había nada.

Entonces la mujer que estaba sentada enfrente de mí rompió a llorar. Y no fueron unas lagrimitas discretas. Fue como si alguien hubiera abierto un grifo.

Se miró las manos enguantadas y sacudió la cabeza. Se quitó un guante húmedo, me miró y, entre sollozos, pronunció unas palabras en modegano.

– Lo siento -me disculpé, desconsolado-. No hablo…

Pero ella ya había retirado la silla y se levantaba. Corrió hacia la puerta mientras se enjugaba las lágrimas.

Anker me observaba desde detrás de la barra, como el resto de los que estaban en la taberna.

– No ha sido culpa mía -aclaré señalando la puerta-. Se ha puesto así ella sola.

La habría seguido y habría intentado resolverlo todo, pero ella ya estaba fuera, y faltaba menos de una hora para mi entrevista de admisiones. Además, si trataba de ayudar a todas las mujeres que Ambrose había traumatizado, no tendría tiempo para comer ni para dormir.

Lo bueno fue que aquel extraño encuentro me despejó la mente, y ya no estaba espeso y atontado por la falta de sueño. Decidí aprovechar aquella circunstancia y liquidar mi entrevista de admisiones. Como decía mi padre, cuanto antes empiezas, antes acabas.

Camino del Auditorio, me paré a comprar un dorado pastel de carne en el carrito de un vendedor ambulante. Sabía que iba a necesitar hasta el último penique para pagar mi matrícula de ese bimestre, pero de todas formas, el precio de una comida decente no iba a cambiar mucho mi situación. Era un pastel sólido y caliente, relleno de pollo, zanahorias y salvia. Me lo comí mientras andaba, deleitándome con la pequeña libertad de comprarme algo que me apetecía en lugar de contentarme con lo que Anker tuviera a mano.

Cuando me terminé el último trozo de corteza, olí a almendras garrapiñadas. Me compré una palada generosa, y me la sirvieron en una ingeniosa bolsa hecha con una chala de maíz seca. Me costó cuatro drabines, pero llevaba años sin probar las almendras garrapiñadas, y pensé que no me vendría mal tener un poco de azúcar en la sangre cuando estuviera contestando las preguntas.

La cola de admisiones recorría el patio. No era exageradamente larga, pero aun así era un fastidio. Reconocí una cara de la Factoría y me puse junto a una joven de ojos verdes que también esperaba su turno.

– Hola -la saludé-. Eres Amlia, ¿verdad?

Ella me sonrió con timidez y afirmó con la cabeza.

– Me llamó Kvothe -dije, e hice una pequeña reverencia.

– Ya sé quién eres -repuso ella-. Te he visto en la Artefactoría.

– Deberías llamarla la Factoría -dije. Le ofrecí la bolsa de almendras-. ¿Te apetece una almendra garrapiñada?

Amlia negó con la cabeza.

– Están muy buenas -dije, y sacudí la chala de maíz para tentarla.

Amlia estiró un brazo, vacilante, y cogió una.

– ¿Esta es la cola del mediodía? -pregunté señalando.

Ella negó con la cabeza.

– Todavía faltan un par de minutos para que podamos empezar a formar la cola.

– Es absurdo que nos hagan pasar tanto rato aquí de pie -opiné-. Como ovejas en un cercado. Este proceso es una pérdida de tiempo para todos, y además es insultante. -Vi una sombra de ansiedad en el rostro de Amlia, y pregunté-: ¿Qué pasa?

– Es que hablas en voz muy alta -contestó ella mirando alrededor.

– No me asusta decir en voz alta lo que piensa todo el mundo -dije-. Todo el proceso de admisiones es una chapuza de una imbecilidad apabullante. El maestro Kilvin sabe perfectamente de qué soy capaz. Y Elxa Dal también. Brandeur no me conoce de nada. ¿Por qué tiene que opinar él sobre mi matrícula?

Amlia se encogió de hombros sin mirarme a la cara.

Mordí otra almendra y rápidamente la escupí en los adoquines.

– ¡Puaj! -Le acerqué la bolsita-. ¿A ti también te saben a ciruela?

Me miró un poco asqueada, y luego su mirada se fijó en algo que había detrás de mí.

Giré la cabeza y vi a Ambrose, que cruzaba el patio hacia nosotros. Iba muy elegante, como siempre, con ropa blanca de lino, terciopelo y brocado. Llevaba un sombrero con una larga pluma blanca, y esa imagen me produjo una rabia irracional. De modo inusual, Ambrose iba solo, sin su acostumbrado séquito de aduladores y lameculos.

– Maravilloso -dije en cuanto estuvo lo bastante cerca para oírme-. Ambrose, tu presencia es el baño de estiércol que cubre el pastel de estiércol que es este proceso de admisiones.

Curiosamente, Ambrose sonrió al oírme.

– Hola, Kvothe. Yo también me alegro de verte.

– Precisamente hoy he conocido a una de tus ex amantes -dije-. Supongo que trataba de superar el profundo trauma emocional que sufre por haberte visto desnudo.

Mis palabras le agriaron un tanto la expresión; me incliné hacia Amlia y le dije en un susurro teatral:

– Según mis fuentes, Ambrose tiene un pene minúsculo, y no solo eso: además, únicamente puede tener una erección si se encuentra ante un perro muerto, un cuadro del duque de Gibea y un tambor de galera sin camisa.

Amlia estaba paralizada. Ambrose la miró.

– ¿Por qué no te vas? -le dijo educadamente-. No tienes por qué escuchar esta clase de groserías.

Amlia echó a correr.

– He de admitir -dije mientras la veía marchar- que no conozco a nadie capaz de hacer correr a una mujer como tú. -Me quité un sombrero imaginario-. Podrías dar clases. Podrías enseñar una asignatura.

Ambrose se quedó de pie asintiendo con la cabeza como si nada y observándome con un extraño aire de amo y señor.

– Con ese sombrero pareces un pederasta -añadí-. Y si no te largas, puede que te lo quite de la cabeza de un manotazo. -Lo miré y agregué-: Por cierto, ¿qué tal tu brazo?

– Mucho mejor, gracias -me contestó. Se lo frotó distraídamente y siguió allí plantado, sonriendo.

Me metí otra almendra en la boca, hice una mueca y volví a escupir.

– ¿Qué pasa? -me preguntó Ambrose-. ¿No te gustan las ciruelas? -Y sin esperar una respuesta, se dio la vuelta y se alejó. Todavía sonreía.

El hecho de que me quedara allí de pie viéndolo marchar, desconcertado, dice mucho de cuál era mi estado. Me llevé la bolsa a la nariz y aspiré. Me llegó el olor polvoriento de la chala de maíz, el de la miel y la canela. Ni rastro de olor a ciruela ni a nuez moscada. ¿Cómo podía saber Ambrose…?

De pronto todas las piezas colisionaron en mi cabeza. Y en ese preciso instante sonó la campana del mediodía y todos los que tenían una ficha parecida a la mía empezaron a formar una cola larga y serpenteante por el patio. Había llegado la hora de mi examen de admisión.

Salí del patio a toda velocidad.

Me puse a golpear la puerta como un desesperado, casi sin aliento después de subir corriendo al tercer piso de las Dependencias.

– ¡Simmon! -grité-. ¡Abre la puerta, necesito hablar contigo!

Se abrieron varias puertas a lo largo del pasillo, y algunos estudiantes se asomaron para ver a qué venía tanto jaleo. Una de las cabezas era la de Simmon, con el cabello rubio rojizo despeinado.

– ¡Kvothe! ¿Qué haces aquí? Pero si esa ni siquiera es mi puerta.

Fui hacia él, le hice entrar en su habitación de un empujón y, una vez yo dentro, cerré la puerta.

– Simmon, Ambrose me ha drogado. Creo que algo no va bien en mi cabeza, pero no sé qué es.

Simmon sonrió.

– Eso llevo pensándolo yo desde… -Se interrumpió y me miró con gesto de incredulidad-. Pero ¿qué haces? ¡No escupas en mi suelo!

– Es que noto un sabor raro en la boca -expliqué.

– No me importa -repuso él, enojado y confuso-. ¿Qué te pasa? ¿Naciste en un granero, o qué?

Le di un fuerte bofetón que lo envió tambaleándose hacia atrás contra la pared.

– Pues sí, nací en un granero -dije con gravedad-. ¿Pasa algo?

Sim se quedó de pie apoyado en la pared con una mano y con la otra tocándose la mejilla, que se le estaba poniendo roja. Estaba completamente perplejo.

– En el nombre de Dios, ¿qué te pasa?

– No me pasa nada, pero será mejor que vigiles tu tono. Me caes bastante bien, pero que no tenga unos padres ricos no significa que seas mejor que yo. -Fruncí el ceño y volví a escupir-. Dios, qué asco, odio la nuez moscada. La odio desde que era pequeño.

De pronto Sim mudó la expresión.

– Ese sabor que tienes en la boca… -dijo-. ¿Es sabor a ciruela y especias?

Asentí.

– Es repugnante.

– ¡Divinas cenizas! -dijo Sim en voz baja, profundamente consternado-. Vale. Tienes razón. Te han drogado. Ya sé qué es. -Enmudeció cuando yo me di la vuelta y fui a abrir la puerta-. ¿Qué haces?

– Voy a matar a Ambrose -respondí-. Por envenenarme.

– No es un veneno. Es… -Se interrumpió bruscamente, y luego continuó con voz calmada y serena-: ¿De dónde has sacado esa navaja?

– La llevo siempre atada a la pierna, bajo el pantalón -contesté-. Para casos de emergencia.

Sim respiró hondo y soltó el aire despacio.

– Antes de ir a matar a Ambrose, ¿me das un minuto para que te lo explique?

Me encogí de hombros.

– Vale.

Sim señaló una silla.

– ¿Te importaría sentarte mientras hablamos?

– Muy bien. -Di un suspiro y me senté-. Pero date prisa. Tengo que ir a examinarme.

Sim asintió tranquilamente y se sentó en el borde de su cama, enfrente de mí.

– Veamos, ¿sabes cuando alguien ha bebido y se le mete en la cabeza hacer alguna estupidez? Y no hay manera de convencerlo para que no lo haga, aunque sea evidente que no es una buena idea.

– ¿Como el día que querías ir a hablar con aquella arpista delante del Eolio y vomitaste encima de su caballo? -dije riendo.

– Exactamente -confirmó Sim asintiendo con la cabeza-. Pues los alquimistas hacen una cosa que produce el mismo efecto, pero mucho más extremo.

– No estoy borracho ni nada parecido -dije meneando la cabeza-. Tengo la cabeza completamente despejada.

Sim volvió a asentir sin impacientarse.

– No es como estar borracho -aclaró-. Solo te afecta en ese sentido. No te mareas, ni te cansas. Pero es mucho más fácil que cometas alguna estupidez.

Reflexioné un momento.

– Dudo que sea eso -dije-. Yo no tengo ninguna intención de cometer estupideces.

– Hay una forma de saberlo -replicó Sim-. ¿Se te ocurre algo ahora mismo que creas que no deberías hacer?

Cavilé un poco mientras golpeaba el borde de mi bota con la parte plana de la hoja de la navaja.

– No debería… -No terminé la frase.

Seguí pensando bajo la atenta mirada de Sim.

– ¿… saltar desde el tejado? -dije tentativamente.

Sim se quedó mirándome sin decir nada.

– Creo que ya entiendo el problema -dije-. Es como si no tuviera filtros conductuales.

Simmon compuso una sonrisa de alivio y asintió, más animado.

– Es exactamente eso. Todas tus inhibiciones están hechas picadillo, hasta tal punto que ni siquiera te das cuenta de que han desaparecido. Pero todo lo demás sigue igual. Te mantienes firme, sabes expresarte y puedes razonar.

– Me tratas con condescendencia -dije apuntándolo con la navaja-. Y eso no me gusta.

– Vale -dijo él parpadeando varias veces seguidas-. ¿Se te ocurre alguna forma de solucionar el problema?

– Claro que sí. Necesito algún tipo de piedra de toque conductual. Vas a tener que ser mi brújula, porque tú todavía tienes los filtros intactos.

– Es lo mismo que estaba pensando yo -dijo Sim-. Entonces, ¿confiarás en mí?

Asentí con la cabeza.

– Excepto cuando se trate de mujeres -puntualicé-. Porque no entiendes ni iota de mujeres.

Cogí un vaso de agua de una mesa y me enjuagué la boca; después escupí en el suelo.

Sim sonrió, inquieto.

– Vale. En primer lugar, no puedes matar a Ambrose.

– ¿Estás seguro? -pregunté, indeciso.

– Sí, estoy seguro. De hecho, cualquier cosa que se te ocurra hacer con esa navaja sería una mala idea. Deberías dármela.

Me encogí de hombros y le di la vuelta a la navaja en la palma de mi mano, ofreciéndosela a Sim por el mango de cuero.

Eso pareció sorprender a mi amigo, pero la cogió.

– Tehlu misericordioso -dijo; dio un hondo suspiro y dejó la navaja encima de la cama-. Gracias.

– ¿Eso era un caso extremo? -pregunté, y volví a enjuagarme la boca-. Deberíamos establecer un sistema de categorías. Una escala de uno a diez.

– Escupir agua en el suelo de mi habitación es un uno -dijo Sim.

– Ah -dije yo-. Lo siento. -Volví a dejar el vaso encima de la mesa.

– No pasa nada -dijo Sim sin rencor.

– Un uno, ¿es mucho o poco? -pregunté.

– Poco -me contestó-. Matar a Ambrose es un diez. -Vaciló un momento-. Quizá un ocho. -Se removió en la silla-. O un siete.

– ¿En serio? ¿Tanto? De acuerdo. -Me incliné hacia delante-. Tienes que darme algunas pistas para admisiones. Tengo que volver a la cola enseguida.

– No. Esa es una idea pésima. Un ocho -dijo Simmon sacudiendo la cabeza enérgicamente.

– ¿En serio?

– En serio. Es una situación social delicada. Muchas cosas podrían salir mal.

– Pero si…

Sim dio un suspiro y se apartó el rubio cabello de los ojos.

– ¿Soy tu piedra de toque o no? Si tengo que decírtelo todo tres veces para que me escuches, esto va a ser muy aburrido.

Reflexioné un momento.

– Tienes razón, sobre todo si estoy a punto de hacer algo potencialmente peligroso. -Miré alrededor-. ¿Cuánto va a durar esto?

– No más de ocho horas. -Fue a decir algo más, pero cerró la boca.

– ¿Qué pasa? -pregunté.

Sim volvió a suspirar.

– Podría haber efectos secundarios. Esa sustancia es liposoluble, de modo que permanecerá un tiempo en tu organismo. Podrías experimentar pequeñas recaídas provocadas por el estrés, las emociones intensas, el ejercicio… -Me miró, contrito-. Serían como pequeñas réplicas de esto.

– Ya me preocuparé por eso más adelante -dije. Extendí una mano-. Dame tu ficha de admisiones. Tú puedes ir ahora al examen de admisión. Yo me quedo con tu hora.

Sim extendió ambas manos con las palmas hacia arriba, en un gesto de impotencia.

– Yo ya me he presentado -explicó.

– ¡Por las pelotas de Tehlu! -blasfemé-. Vale. Ve a buscar a Fela.

Sim agitó violentamente ambas manos delante del cuerpo.

– ¡No! No no no. ¡Eso es un diez!

– No es para eso, hombre -dije riendo-. Fela tiene una ficha para última hora de Prendido.

– ¿Crees que te la cambiará?

– Ya se ha ofrecido.

– Voy a buscarla -anunció Sim poniéndose en pie.

– Te espero aquí.

Sim asintió con entusiasmo y miró con nerviosismo alrededor.

– Lo mejor será que no hagas nada hasta que yo vuelva -dijo mientras abría la puerta-. Quédate sentado sobre las manos y no te muevas.

Sim solo tardó cinco minutos en volver, y seguramente fue una suerte.

Oí unos golpes en la puerta.

– Soy yo -dijo Sim desde fuera-. ¿Va todo bien ahí dentro?

– ¿Sabes qué? -dije a través de la puerta-. He intentado pensar algo gracioso que hacer mientras no estabas, pero no se me ha ocurrido nada. -Miré alrededor-. Creo que eso significa que el humor tiene su origen en la transgresión social. No puedo transgredir porque no sé distinguir qué es lo socialmente inaceptable. A mí todo me parece lo mismo.

– Es posible que tengas razón -dijo, y entonces me preguntó-: Pero ¿has hecho algo?

– No -contesté-. He decidido portarme bien. ¿Has encontrado a Fela?

– Sí. Está aquí, conmigo. Pero antes de que entremos, tienes que prometer que no harás nada sin preguntármelo primero. ¿De acuerdo?

– De acuerdo -dije riendo-. Pero no me hagas hacer estupideces delante de ella.

– Te lo prometo -dijo Sim-. ¿Por qué no te sientas? Por si acaso.

– Ya estoy sentado.

Sim abrió la puerta. Vi a Fela asomándose por encima de su hombro.

– Hola, Fela -la saludé-. Necesito que me cambies la ficha.

– Antes -dijo Sim- tendrías que ponerte la camisa. Eso es un dos.

– Ah -dije-. Lo siento. Tenía calor.

– Podrías haber abierto la ventana.

– He pensado que sería más seguro limitar mis interacciones con los objetos externos -expliqué.

– Eso sí que ha sido buena idea -dijo Sim arqueando una ceja-. Solo que en este caso te ha desviado un poco.

– ¡Uau! -oí exclamar a Fela en el pasillo-. ¿Lo dice en serio?

– Completamente -confirmó Sim-. Mira, no estoy seguro de que debas entrar.

– Ya estoy vestido -dije tras ponerme la camisa-. Si vas a estar más tranquilo, puedo quedarme sentado sobre las manos. -Volví a meter las manos bajo las piernas.

Sim dejó entrar a Fela, y luego cerró la puerta.

– Eres bellísima, Fela -declaré-. Te daría todo el dinero que llevo en mi bolsa si me dejaras verte desnuda solo dos minutos. Te daría todo lo que tengo, excepto mi laúd.

No sabría decir cuál de los dos se puso más colorado. Creo que fue Sim.

– No debería haber dicho eso, ¿verdad?

– No -confirmó Sim-. Eso ha sido un cinco.

– Pues no tiene ningún sentido -protesté-. En los cuadros aparecen mujeres desnudas. Y la gente compra esos cuadros, ¿no? Las mujeres posan ante los pintores.

– Es verdad -admitió Sim-. Pero no importa. Quédate sentado un momento y no digas ni hagas nada, ¿vale?

Asentí.

– No puedo creerlo -dijo Fela. El rubor se estaba borrando de sus mejillas-. Lo siento, pero no puedo dejar de pensar que me estáis gastando una broma.

– Ojalá -dijo Sim-. Esa sustancia es peligrosísima.

– ¿Cómo es que recuerda los cuadros de desnudos y no recuerda que en público debes llevar la camisa puesta? -le preguntó a Sim sin dejar de mirarme.

– No me parecía que fuera importante -expliqué-. Cuando me azotaron, me quité la camisa. Y eso fue en público. Es curioso que una cosa así pueda acarrearte problemas.

– ¿Sabes qué pasaría si trataras de apuñalar a Ambrose? -me preguntó Sim.

Pensé un momento. Era como tratar de recordar lo que habías desayunado un mes atrás.

Supongo que habría un juicio -dije despacio-. Y la gente me invitaría a copas.

Fela se tapó la boca con una mano para ahogar una risa.

– Veamos -dijo Simmon-. ¿Qué es peor, robar un pastel o matar a Ambrose?

Medité unos momentos y pregunté:

– ¿Un pastel de carne o de fruta?

– ¡Uau! -exclamó Fela, impresionada-. Es… -Sacudió la cabeza-. Casi me pone la piel de gallina.

– Es una obra de alquimia aterradora -dijo Simmon asintiendo con la cabeza-. Se trata de una variación de un sedante llamado plombaza. Ni siquiera tienes que ingerirlo. Se absorbe a través de la piel.

Fela se quedó mirándolo.

– ¿Cómo es que sabes tanto de eso? -preguntó.

– Mandrag nos habla de esa sustancia en todas sus clases de alquimia -aclaró Sim esbozando una débil sonrisa-. He oído esa historia un montón de veces. Es su ejemplo favorito de los malos usos de la alquimia. Hace unos cincuenta años, un alquimista la empleó para destrozarles la vida a varios funcionarios del gobierno de Atur. Lo descubrieron porque una condesa enloqueció en medio de una boda, mató a una docena de personas y… -Sim se interrumpió y meneó la cabeza-. En fin, fue espantoso. Tan espantoso que la amante del alquimista lo entregó a los guardias.

– Espero que recibiera su merecido.

– Ya lo creo -dijo Sim con gravedad-. El caso es que no afecta a todos de la misma manera. No produce solamente una reducción de la inhibición. También hay una amplificación de la emoción. Una liberación del deseo oculto combinada con una extraña variedad de memoria selectiva, así como amnesia moral.

– Yo no me encuentro mal -dije-. Es más, me encuentro muy bien. Pero me preocupa el examen de admisión.

– ¿Lo ves? -Sim me señalaba-. Se acuerda del examen de admisión. Es importante para él. En cambio, otras cosas… han dejado de existir.

– ¿Se conoce alguna cura? -preguntó Fela sin disimular su inquietud-. ¿No deberíamos llevarlo a la Clínica?

– Creo que no -dijo Simmon con nerviosismo-. Tal vez le administraran un purgante, pero no hay ninguna droga en su organismo. La alquimia no funciona así. Kvothe está bajo la influencia de principios desvinculados. Y esos principios no los puedes eliminar como harías con el mercurio o el ófalo.

– Lo del purgante no suena nada bien -tercié-. Lo digo por si mi voto cuenta para algo.

– Y cabe la posibilidad de que crean que se ha derrumbado por el estrés de admisiones -siguió diciéndole Sim a Fela-. Les pasa a unos cuantos alumnos todos los años. Lo encerrarían en el Refugio hasta estar seguros…

Me levanté y apreté los puños.

– Prefiero estar cortado en pedazos en el infierno que encerrado en el Refugio -dije furioso-. Ni que sea una hora. Ni que sea un minuto.

Sim palideció y dio un paso hacia atrás al mismo tiempo que alzaba las manos con las palmas hacia fuera, como si quisiera defenderse. Pero habló con voz firme y serena:

– Te lo digo tres veces, Kvothe. Para.

Paré. Fela me observaba con los ojos muy abiertos, asustada.

– Te lo digo tres veces, Kvothe. Siéntate -continuó Simmon con firmeza.

Me senté.

Fela, que estaba de pie detrás de Simmon, lo miraba sorprendida.

– Gracias -dijo Simmon, y bajo las manos-. Estoy de acuerdo. La Clínica no es el mejor sitio para ti. Podemos solucionar esto aquí.

– A mí también me parece mejor -dije.

– Aunque todo saliera bien en la Clínica -continuó Simmon-. Porque supongo que se acentuará tu tendencia a decir lo que piensas. -Esbozó una sonrisa irónica-. Los secretos son la piedra angular de la civilización, y sé que tú tienes más que la mayoría de la gente.

– Yo no creo que tenga secretos -lo contradije.

Sim y Fela rompieron a reír a la vez.

– Me temo que acabas de demostrar que Sim tiene razón -dijo Fela-. A mí me consta que tienes unos cuantos.

– Y a mí también -dijo Sim.

– Eres mi piedra de toque. -Me encogí de hombros. Luego sonreí a Fela y saqué mi bolsa de dinero.

– ¡No, no, no! -saltó Sim-. Ya te lo he dicho. Verla desnuda sería lo peor que podrías hacer ahora mismo.

Fela entrecerró un poco los ojos.

– ¿Qué pasa? -pregunté-. ¿Temes que la tire al suelo y la viole? Solté una carcajada.

– ¿No lo harías? -Sim me miró a los ojos.

– Claro que no.

Sim desvió la mirada hacia Fela; luego volvió a mirarme a mí y preguntó con curiosidad:

– ¿Puedes explicarme por qué?

Me quedé pensándolo.

– Porque… -Dejé la frase en el aire y sacudí la cabeza-. Es que… No, no puedo. Sé que no puedo comerme una piedra ni atravesar una pared. Es así.

Me concentré un instante y empecé a sentir mareo. Me tapé los ojos con una mano e intenté ignorar un vértigo repentino.

– Dime que es así, por favor -dije, muy asustado-. No puedo comerme una piedra, ¿verdad?

– Tienes razón -se apresuró a confirmar Fela-. No puedes.

Dejé de hurgar en mi mente en busca de respuestas, y aquel extraño vértigo desapareció.

Sim me miraba de hito en hito.

– Me gustaría saber qué ha sido eso -dijo.

– Creo que yo tengo una ligera idea -murmuró Fela.

Saqué la ficha de marfil de admisiones de mi bolsa de dinero.

– Solo quería que intercambiáramos nuestras fichas -dije-. A menos que estés dispuesta a dejar que te vea desnuda. -Levanté la bolsa con la otra mano y miré a Fela a los ojos-. Sim dice que eso está mal, pero él no entiende nada de mujeres. Quizá no tenga los tornillos bien apretados, pero de eso me acuerdo perfectamente.

Tardé cuatro horas en empezar a recuperar mis inhibiciones, y dos más en afianzarlas. Simmon pasó todo el día conmigo, paciente como un sacerdote, explicándome que no, que no tenía que ir a comprar una botella de aguardiente. No, no tenía que ir a darle una patada al perro que ladraba al otro lado de la calle. No, no tenía que ir a Imre a buscar a Denna. No. Tres veces no.

Cuando se puso el sol, volvía a ser el de siempre y volvía a tener mi moral más o menos intacta. Simmon me sometió a un extenso interrogatorio antes de acompañarme a mi habitación de Anker's, donde me hizo jurar por la leche de mi madre que no saldría de la habitación hasta la mañana siguiente. Lo juré.

Pero no estaba normal del todo. Mis emociones todavía corrían en caliente, y prendían por cualquier cosa. Peor aún: no solo había recuperado la memoria, sino que esta había vuelto con un entusiasmo intenso e incontrolable.

Mientras estaba con Simmon, la situación no me había parecido tan grave. Su presencia me ofrecía una agradable distracción. Pero a solas en mi buhardilla de Anker's, me hallaba a merced de mi memoria. Era como si mi mente estuviera decidida a desenvolver y examinar cada cosa afilada y dolorosa que había visto.

Quizá penséis que los peores recuerdos eran los del día que mataron a mi troupe. De cómo volví a nuestro campamento y lo encontré todo en llamas. Las macabras siluetas de los cadáveres de mis padres bajo la débil luz del crepúsculo. El olor a lona chamuscada y a sangre y a pelo quemados. Mis recuerdos de quienes los habían asesinado. De los Chandrian. Del hombre que habló conmigo, sin parar de sonreír. De Ceniza.

Eran malos recuerdos, pero a lo largo de los años los había rescatado y los había examinado tan a menudo que ya apenas me producían dolor. Recordaba el tono y el timbre de la voz de Haliax con la misma claridad con que recordaba los de la voz de mi padre. Podía visualizar sin dificultad el rostro de Ceniza. Aquella sonrisa que mostraba unos dientes perfectos. Su cabello blanco y rizado. Sus ojos, negros como gotas de tinta. Su voz, cargada de frío invernal, diciendo: «Sé de unos padres que han estado cantando unas canciones que no hay que cantar».

Quizá penséis que esos eran los peores recuerdos. Pero os equivocáis.

No. Los peores recuerdos eran los de mis primeros años de vida. El lento balanceo y las sacudidas del carromato, mi padre llevando las riendas sueltas. Sus fuertes manos sobre mis hombros, mostrándome cómo debía colocarme sobre el escenario para que mi cuerpo dijera «orgulloso», o «triste», o «tímido». Sus dedos colocando bien los míos sobre las cuerdas de su laúd.

Mi madre cepillándome el cabello. Sus brazos rodeándome. La perfección con que mi cabeza encajaba en la curva de su cuello. Cómo por la noche me acurrucaba en su regazo junto al fuego, adormilado, feliz y seguro.

Esos eran los peores recuerdos. Preciosos y perfectos. Afilados como un bocado de cristales rotos. Tumbado en la cama, tensaba todos los músculos de mi cuerpo hasta formar un nudo tembloroso, sin poder dormir, sin poder pensar en otras cosas, sin poder dejar de recordar. Otra vez. Y otra. Y otra.

Entonces oí unos golpecitos en mi ventana. Era un sonido tan débil que no lo percibí hasta que cesó. Entonces oí abrirse la ventana detrás de mí.

– ¿Kvothe? -susurró la voz de Auri.

Apreté los dientes para contener los sollozos y me quedé tan quieto como pude, confiando en que ella pensara que estaba dormido y se marchase.

– ¿Kvothe? -Volvió a llamar-. Te he traído… -Hubo un momento de silencio, y luego dijo-: Oh.

Oí un leve sonido detrás de mí. Auri entró por la ventana, y la luz de la luna proyectó su diminuta sombra en la pared. Noté moverse la cama cuando se sentó en ella.

Una mano pequeña y fría me acarició la mejilla.

– No pasa nada -dijo Auri en voz baja-. Ven aquí.

Empecé a llorar en silencio, y ella deshizo con cuidado el apretado nudo de mi cuerpo hasta que mi cabeza reposó en su regazo. Empezó a murmurar, apartándome el cabello de la frente; yo notaba el frío de sus manos contra la ardiente piel de mi cara.

– Ya lo sé -dijo con tristeza-. A veces es muy duro, ¿verdad?

Me acarició el cabello con ternura, y mi llanto se intensificó. No recordaba la última vez que alguien me había tocado con cariño.

– Ya lo sé -repitió-. Tienes una piedra en el corazón, y hay días en que pesa tanto que no se puede hacer nada. Pero no deberías pasarlo solo. Deberías haberme avisado. Yo lo entiendo.

Contraje todo el cuerpo y de pronto volví a notar aquel sabor a ciruela.

– La echo de menos -dije sin darme cuenta. Antes de que pudiera agregar algo más, apreté los dientes y sacudí la cabeza con furia, como un caballo que intenta liberarse de las riendas.

– Puedes decirlo -dijo Auri con ternura.

Volví a sacudir la cabeza, noté sabor a ciruela, y de pronto las palabras empezaron a brotar de mis labios.

– Decía que aprendí a cantar antes que a hablar. Decía que cuando yo era un crío ella tarareaba mientras me tenía en brazos. No me cantaba una canción; solo era una tercera descendente. Un sonido tranquilizador. Y un día me estaba paseando alrededor del campamento y oyó que yo le devolvía el eco. Dos octavas más arriba. Una tercera aguda y diminuta. Decía que aquella fue mi primera canción.

Nos la cantábamos el uno al otro. Durante años. -Se me hizo un nudo en la garganta y apreté los dientes.

– Puedes decirlo -dijo Auri en voz baja-. No pasa nada si lo dices.

– Nunca volveré a verla -conseguí decir. Y me puse a llorar a lágrima viva.

– No pasa nada -dijo Auri-. Estoy aquí. Estás a salvo.

Capítulo 8

Preguntas

Los días siguientes no fueron ni agradables ni productivos.

La hora de admisiones de Fela era para finales del ciclo, así que me propuse sacarle el máximo partido al tiempo que había ganado. Intenté hacer algunas piezas sueltas en la Factoría, pero volví rápidamente a mi habitación cuando me puse a llorar mientras inscribía un embudo de calor. No solo no podía mantener el Alar adecuado, sino que además no me convenía que la gente creyera que me había derrumbado por el estrés del examen de admisión.

Esa noche, cuando traté de arrastrarme por el estrecho túnel que conducía al Archivo, volví a notar el sabor a ciruela y me invadió un miedo tremendo a aquel espacio reducido y oscuro. Afortunadamente, solo había avanzado unos tres metros; aun así, estuve a punto de provocarme una conmoción cerebral al tratar de salir del túnel marcha atrás, y me dejé las palmas de las manos en carne viva escarbando la piedra, presa de pánico.

Así que pasé los dos días siguientes encerrado en mi diminuta habitación fingiendo estar enfermo. Tocaba el laúd, dormía a ritos, y tenía siniestros pensamientos sobre Ambrose.

Cuando bajé la escalera, encontré a Anker limpiando.

– ¿Ya te encuentras mejor? -me preguntó.

– Un poco -respondí. El día anterior solo había notado el sabor a ciruela dos veces, y muy brevemente. Y mejor aún: había conseguido dormir toda la noche de un tirón. Parecía que ya había pasado lo peor.

– ¿Tienes hambre?

Negué con la cabeza.

– Hoy tengo el examen de admisión.

– Entonces deberías comer algo -dijo Anker arrugando la frente-. Una manzana. -Se puso a buscar detrás de la barra y sacó una taza de loza y una jarra pesada-. Y bebe un poco de leche. Tengo que terminarla antes de que se eche a perder. El maldito helador se fue al traste hace un par de días. Ese cacharro me costó tres talentos. Ya sabía yo que no debería haberme gastado ese dinero con lo barato que está el hielo por aquí.

Me incliné sobre la barra y eché un vistazo a la caja de madera alargada metida entre las tazas y las botellas.

– Si quieres, puedo intentar arreglarlo -me ofrecí.

– ¿Crees que sabrás? -dijo Anker arqueando una ceja.

– Puedo probar. A lo mejor es una tontería.

– No puedes romperlo más de lo que ya está -dijo Anker escogiéndose de hombros. Se secó las manos en el delantal y me hizo señas para que fuera detrás de la barra-. Mientras te lo miras, voy a prepararte unos huevos. También se me van a pasar. -Abrió la caja alargada, sacó unos huevos y fue a la cocina.

Pasé al otro lado de la barra y me arrodillé para examinar el helador. Era una caja con las paredes revestidas de piedra, del tamaño de un baúl de viaje pequeño. En cualquier otro sitio que no fuera la Universidad, habría sido un milagro de artificería, un auténtico lujo. Sin embargo, allí, donde era fácil encontrar esas cosas, no era más que otro cacharro innecesario que no funcionaba debidamente.

De hecho, no podía haber obra de artificería más sencilla. No tenía ninguna pieza móvil, solo dos tiras planas de estaño cubiertas de sigaldría que trasladaban el calor de un extremo a otro de la tira de metal. En realidad no era más que un sifón de calor lento e ineficaz.

Me puse en cuclillas y apoyé los dedos en las tiras de estaño. La de la derecha estaba caliente, lo que significaba que la mitad del interior de la caja debía de estar proporcionalmente fría. Pero la de la izquierda estaba a temperatura ambiente. Estiré el cuello para ver la sigaldría y descubrí un profundo rayón en el estaño que tachaba dos runas.

Ese era el problema. Una obra de sigaldría es como una frase. Si eliminas un par de palabras, la frase no tiene sentido. O mejor dicho, normalmente no tiene sentido. A veces, una obra de sigaldría estropeada puede tener efectos francamente desagradables. Me quedé mirando la tira de estaño con el ceño fruncido. Aquello era una chapuza de artificería. Las runas deberían haber estado grabadas en la cara interna de la tira, donde era más improbable que se estropearan.

Hurgué hasta encontrar un picador de hielo abandonado en el fondo de un cajón, y, con cuidado, golpeé sobre las dos runas estropeadas, aplastándolas en la superficie de estaño. Entonces me concentré y, con la punta de un cuchillo de cocina pequeño, volví a grabarlas.

Anker salió de la cocina con un plato de huevos y tomates.

– Me parece que lo he arreglado -dije. Me puse a comer para no hacerle un feo a Anker, y entonces me di cuenta de que tenía hambre.

Anker examinó la caja y levantó la tapa.

– ¿Así de fácil?

– Como todo -respondí con la boca llena-. Si sabes lo que tienes entre manos, es fácil. Debería funcionar. Espérate un día para ver si enfría.

Me terminé el plato de huevos y me bebí la leche todo lo rápido que pude sin parecer grosero.

– Voy a tener que cobrar mi parte de la barra hoy -dije-. Este bimestre la matrícula me va a salir más cara.

Anker asintió y revisó un pequeño libro de contabilidad que guardaba bajo la barra, donde había apuntado todo el aguamiel de Greysdale que yo había fingido beberme en los dos últimos meses. A continuación cogió su bolsa y puso diez iotas de cobre encima de la barra. Un talento: el doble de lo que yo esperaba. Lo miré, desconcertado.

– Si hubiera tenido que venir uno de los chicos de Kilvin a arreglarme ese trasto, me habría cobrado como mínimo medio talento -me explicó Anker, y le dio un golpecito con el pie al helador.

– Es que no estoy seguro de que…

Anker me hizo callar con un ademán.

– Si no funciona, te lo restaré de la paga del mes que viene. O lo usaré como palanca para que empieces a tocar también las noches de Captura. -Sonrió-. Lo considero una inversión.

Me guardé el dinero en la bolsa: «Cuatro talentos».

Iba a la Factoría a ver si por fin se habían vendido mis lámparas cuando atisbé una cara conocida con la túnica oscura de maestro cruzando el patio.

– ¡Maestro Elodin! -grité al ver que se acercaba a la puerta lateral de la Casa de los Maestros. Era uno de los pocos edificios donde casi nunca entraba, porque contenía poco más que los alojamientos de los maestros, los de los guilers residentes y las habitaciones de invitados para los arcanistas que venían de visita.

Elodin se volvió al oír su nombre. Cuando me vio correr hacia él, levantó los ojos al cielo y fue hacia la puerta.

– Maestro Elodin -dije respirando entrecortadamente-, ¿puedo hacerle una pregunta?

– En términos estadísticos, es bastante probable -me contestó, y abrió la puerta con una reluciente llave de latón.

– Entonces, ¿puedo hacerle una pregunta?

– Dudo que exista fuerza conocida por el hombre capaz de impedírtelo. -Abrió la puerta y se metió dentro.

No me habían invitado, pero me colé detrás de él. Era difícil encontrar a Elodin, y me preocupaba que si no aprovechaba esa oportunidad, quizá no volviera a verlo hasta pasado otro ciclo.

Lo seguí por un angosto pasillo de piedra.

– Me he enterado de que está formando un grupo de alumnos para estudiar Nominación -dije con cautela.

– Eso no es una pregunta -objetó Elodin subiendo por una escalera larga y estrecha.

Contuve el impulso de soltar algún improperio y respiré hondo.

– ¿Es verdad que va a dar esa asignatura?

– Sí.

– ¿Pensaba incluirme en el grupo?

Elodin se paró en la escalera y se dio media vuelta para mirarme. Estaba raro con la túnica oscura de maestro. Llevaba el cabello alborotado y su rostro parecía demasiado joven, casi infantil.

Se quedó observándome largo rato. Me miró de arriba abajo como si yo fuera un caballo por el que pensara apostar, o una ijada de ternera que pensara vender al peso.

Pero eso no fue nada comparado con cuando cruzó conmigo la mirada. Por un instante fue sencillamente inquietante. Luego fue como si la luz de la escalera se atenuara. O como si de pronto me hundieran bajo el agua y la presión me impidiera llenar de aire los pulmones.

– Maldita sea, imbécil -oí a una voz conocida que parecía provenir de muy lejos-. Si vas a quedarte catatónico otra vez, ten la decencia de hacerlo en el Refugio para ahorrarnos el trabajo de llevar tu carcasa cubierta de espumarajos hasta allí en un carro. Y si no, apártate.

Elodin dejó de mirarme y de pronto todo volvió a verse claro y luminoso. Me contuve para no inspirar con una ruidosa bocanada.

El maestro Hemme bajó la escalera pisando fuerte, e hizo a un lado a Elodin de un empujón. Al verme, dio un resoplido y dijo:

– Claro. El otro retrasado también está aquí. ¿Quieres que te recomiende un libro para tu examen? Es una obra muy interesante titulada Pasillos, forma y función: manual para deficientes mentales.

Me lanzó una mirada fulminante, y como no me aparté de inmediato, compuso una sonrisa antipática.

– Ah, pero si todavía tienes prohibido entrar en el Archivo, ¿verdad? ¿Quieres que organice una presentación de la información básica en un formato más adecuado a los de tu clase? ¿Quizá una pantomima o una especie de espectáculo de títeres?

Me aparté, y Hemme pasó a mi lado murmurando por lo bajo. Elodin fijó la mirada como si clavara puñales en la ancha espalda del otro maestro, y hasta que Hemme no dobló la esquina, no volvió a prestarme atención.

– Quizá sería mejor que te dedicaras a tus otras asignaturas, Re'lar Kvothe -dijo tras dar un suspiro-. Dal te tiene aprecio, y Kilvin también. Creo que con ellos estás progresando adecuadamente.

– Pero, señor -dije tratando de disimular mi consternación-, fue usted quien propuso que me ascendieran a Re'lar.

Elodin se volvió y siguió subiendo la escalera.

– Entonces deberías valorar mis sabios consejos, ¿no te parece?

– Pero si va a enseñar a otros alumnos, ¿por qué a mí no?

– Porque eres demasiado entusiasta para tener la paciencia necesaria -me contestó con ligereza-. Eres demasiado orgulloso para escuchar como es debido. Y eres demasiado listo. Eso es lo peor.

– Hay maestros que prefieren a los alumnos inteligentes -murmuré al entrar en un pasillo ancho.

– Sí -admitió Elodin-. Dal, Kilvin y Arwyl prefieren a los alumnos inteligentes. Ve y estudia con alguno de ellos. Así, tu vida y la mía serán considerablemente más fáciles.

– Pero…

Elodin se paró en seco en medio del pasillo.

– Muy bien -dijo-. Demuéstrame que vale la pena que te enseñe. Sacude mis prejuicios hasta los cimientos. -Se palpó la túnica teatralmente, como si buscara algo perdido en algún bolsillo-. Lamentablemente, no tengo forma de entrar por esa puerta. -Dio unos golpecitos en ella con los nudillos-. ¿Qué harías tú en esta situación, Re'lar Kvothe?

Sonreí pese a mi ligero enojo. Elodin no habría podido escoger un reto más adecuado para mis talentos. Saqué un trozo de acero elástico largo y delgado de uno de los bolsillos de mi capa, me arrodillé ante la puerta y examiné el ojo de la cerradura. La cerradura era sólida, fabricada para durar. Pero si bien las cerraduras grandes y pesadas parecen imponentes, en realidad son más fáciles de burlar, siempre y cuando hayan estado bien cuidadas.

Y aquella la habían cuidado. Solo tardé lo que se tarda en respirar tres veces lentamente en abrirla produciendo un satisfactorio chasquido. Me levanté, me sacudí el polvo de las rodillas y abrí la puerta hacia dentro con un floreo.

Elodin, por su parte, se mostró un tanto impresionado. Al abrirse la puerta, arqueó las cejas.

– Muy listo -dijo, y entró.

Lo seguí. Nunca me había preguntado cómo serían las habitaciones de Elodin. Pero si me lo hubiera preguntado, no me las habría imaginado como aquellas.

Eran enormes y lujosas, con techos altos y alfombras gruesas. Las paredes estaban forradas de madera noble, y los ventanales dejaban entrar la luz matutina. Había cuadros al óleo y muebles de madera antiguos y enormes. Todo destilaba una extraña normalidad.

Elodin entró deprisa por el recibidor, cruzó una bien decorada salita y llegó al dormitorio. O mejor dicho, a la cámara. Era inmensa, con una cama con dosel del tamaño de una barca. Elodin abrió de par en par un armario ropero y empezó a sacar de él varias túnicas largas y oscuras, parecidas a la que llevaba puesta.

– Toma. -Elodin me llenó los brazos de túnicas hasta que ya no pude sujetar ni una más. Algunas eran de algodón, de uso diario, pero había otras de hilo, finísimas, y de terciopelo denso y suave. Elodin se puso media docena de túnicas más en el brazo y las llevó a la salita.

Pasamos al lado de viejas estanterías cargadas de centenares de libros, y de un escritorio enorme y lustroso. Una de las paredes la ocupaba una enorme chimenea de piedra, lo bastante grande para asar un cerdo entero, aunque en ese momento solo había un pequeño fuego que combatía el frío de principios del otoño.

Elodin cogió una licorera de cristal de una mesa y se colocó delante de la chimenea. Me puso las túnicas que había cogido él en los brazos; yo apenas podía mirar por encima del montón de ropa que sujetaba. El maestro levantó delicadamente el tapón de la licorera, dio un sorbo de su contenido y arqueó una ceja en señal de apreciación, sosteniéndola contra la luz.

Decidí volver a intentarlo.

– ¿Por qué no quiere enseñarme Nominación, maestro Elodin?

– Pregunta incorrecta -dijo él, e inclinó la licorera sobre las brasas de la chimenea. Cuando las llamas se reavivaron, Elodin me quitó unas cuantas túnicas y, despacio, arrojó una de terciopelo al fuego. La tela prendió enseguida, y cuando empezó a arder, Elodin arrojó otras túnicas al fuego, en rápida sucesión. El resultado fue un enorme montón de tela ardiendo y lanzando densas nubes de humo por la chimenea-. Vuelve a intentarlo.

No pude evitarlo y formulé la pregunta obvia:

– ¿Por qué quema sus túnicas?

– No. Esa ni siquiera se acerca a la pregunta correcta -dijo; me quitó más túnicas de los brazos y las echó al fuego. Entonces cogió el pomo del tiro y lo cerró con un chasquido metálico. Unas nubes de humo enormes empezaron a invadir la habitación. Elodin tosió un poco, se apartó y miró alrededor con aire de vaga satisfacción.

De pronto entendí qué estaba pasando.

– Dios mío. ¿De quién son estas habitaciones?

Elodin asintió, satisfecho.

– Muy bien. También habría aceptado «¿Por qué no tiene la llave de esta habitación?» o «¿Qué hacemos aquí?». -Me miró con seriedad-. Las puertas están cerradas con llave por algo. Los que no tienen llave han de quedarse fuera por algo.

Dio un golpecito al montón de ropa en llamas con la punta del pie, como si quisiera asegurarse de que no saldría de la chimenea.

– Sabes que eres listo. Ese es tu punto débil. Das por hecho que sabes dónde te metes, pero no lo sabes.

Elodin se dio la vuelta para mirarme con sus ojos oscuros y serios.

– Crees que puedes confiar en que te enseñaré -prosiguió-. Crees que te mantendré a salvo. Pero esa es la peor clase de insensatez.

– ¿De quién son estas habitaciones? -repetí, atontado.

Elodin me mostró todos sus dientes en una sonrisa.

– Del maestro Hemme.

– ¿Por qué quema todas las túnicas de Hemme? -pregunté tratando de ignorar el hecho de que la habitación se estaba llenando rápidamente de un humo acre.

Elodin me miró como si yo fuera imbécil.

– Porque lo odio -respondió. Cogió la licorera de cristal de la repisa de la chimenea y la arrojó violentamente contra el fondo de la chimenea, donde se hizo añicos. El fuego se avivó con el poco líquido que quedaba en la botella-. Es un gilipollas. A mí nadie me habla así.

La habitación seguía llenándose de humo. De no ser por la altura del techo, ya nos habríamos asfixiado. Aun así, empezaba a costarnos respirar cuando fuimos hacia la puerta. Elodin la abrió y el humo invadió el pasillo.

Nos quedamos allí de pie, mirándonos, mientras salían nubes de humo. Decidí enfocar el problema de otra manera.

– Entiendo que tenga dudas, maestro Elodin -declaré-. A veces no pienso las cosas detenidamente.

– Eso es evidente.

– Y reconozco que ha habido ocasiones en que mis actos han sido… -Hice una pausa tratando de pensar algo más humilde que «poco meditados».

– ¿De una estupidez incomprensible para cualquier mortal? -sugirió Elodin.

Me encolericé, y mi breve intento de humildad quedó en nada.

– ¡Bueno, menos mal que soy el único que ha tomado una decisión equivocada alguna vez en la vida! -salté, casi a voz en grito. Lo miré con dureza-. A mí también me han contado historias sobre usted, ¿sabe? Dicen que usted también la cagó bastante cuando estudiaba aquí.

La expresión risueña de Elodin se atenuó ligeramente, y se quedó con cara de haberse tragado algo y de que se le hubiera atascado en el gaznate.

– Si cree que soy insensato -continué-, haga algo. ¡Enséñeme el camino más recto! ¡Moldee mi flexible y joven mente! -Respiré humo y me puse a toser, y tuve que interrumpir de golpe mi perorata-. ¡Haga algo, maldita sea! -Me quedé sin aire-. ¡Enséñeme!

No lo dije gritando, pero aun así acabé sin aliento. Mi cólera se desvaneció tan deprisa como había surgido, y temí haber ido demasiado lejos.

Pero Elodin solo me miraba.

– ¿Qué te hace pensar que no esté enseñándote? -me preguntó sorprendido-. Aparte del hecho de que te niegas a aprender.

Se dio la vuelta y echó a andar por el pasillo.

– Yo, en tu lugar, me largaría de aquí -me aconsejó por encima del hombro-. Querrán saber quién ha sido el responsable de esto, y todo el mundo sabe que Hemme y tú no os lleváis demasiado bien.

Me dio un sudor frío.

– ¿Qué?

– Y me lavaría antes de presentarme al examen de admisión -añadió-. No conviene que te presentes apestando a humo. Yo vivo aquí -dijo Elodin sacando una llave de su bolsillo y abriendo una puerta al final del pasillo-. ¿Qué excusa tienes tú?

Capítulo 9

Lenguaje respetuoso

Todavía tenía el cabello húmedo cuando crucé un pequeño vestíbulo y subí una escalera hasta el escenario de un teatro vacío. La sala estaba a oscuras, a excepción de la gran mesa con forma de media luna. Fui hasta el borde de la zona iluminada y esperé educadamente.

El rector me hizo señas para que me acercara y di unos pasos hasta el centro de la mesa; estiré un brazo y le entregué mi ficha. Entonces retrocedí y me quedé de pie en el círculo de luz un poco más intensa entre los dos extremos de la mesa, semejantes a las astas de un toro.

Los nueve maestros me miraban. Me gustaría decir que ofrecían una imagen espectacular, como cuervos posados en una valla o algo parecido. Pero aunque todos llevaban la túnica de gala, eran demasiado dispares como para parecer una colección de nada.

Es más, vi señales de cansancio en ellos. Solo entonces se me ocurrió pensar que, así como los estudiantes odiaban el proceso de admisiones, seguramente para los maestros tampoco era una merienda en el campo.

– Kvothe, hijo de Arliden -dijo el rector con solemnidad-. Re'lar. -Hizo un ademán hacia el extremo derecho de la mesa-. ¿Maestro fisiólogo?

Arwyl bajó la mirada hacia mí, su rostro anciano escudado tras unas gafas redondas.

– ¿Cuáles son las propiedades medicinales de la mhenka? -preguntó.

– Potente anestésico -dije-. Potente catatonizante. Purgante ligero. -Vacilé un momento-. También tiene numerosos efectos secundarios. ¿Quiere que los enumere todos?

Arwyl negó con la cabeza y prosiguió:

– Un paciente llega a la Clínica quejándose de dolores en las articulaciones y dificultad para respirar. Tiene la boca seca, y afirma notar un sabor dulce en la boca. Se queja de escalofríos, pero está sudoroso y afiebrado. ¿Cuál es su diagnóstico?

Inspiré y titubeé.

– Yo no hago diagnósticos en la Clínica, maestro Arwyl. Iría a buscar a uno de sus El'the para que lo examinara.

Arwyl me sonrió, y aparecieron arrugas en las comisuras de sus ojos.

– Correcto -dijo-. Pero aunque solo sea para conocer su opinión, ¿qué creería usted que le ocurre?

– El paciente, ¿es un alumno?

Arwyl arqueó una ceja.

– ¿Qué tiene eso que ver con el precio de la mantequilla?

– Si trabaja en la Factoría, podría tratarse de fiebre del fundidor -especulé. Arwyl me miró extrañado, y añadí-: En la Factoría se expone uno a toda clase de envenenamientos con metales pesados. Aquí no se dan muchos casos, porque los alumnos están bien entrenados, pero cualquiera que trabaje con bronce caliente puede morir por inhalación de vapores si no toma las debidas precauciones. -Vi que Kilvin asentía con la cabeza, y me alegré de no tener que admitir que la única razón por la que sabía aquello era que yo mismo había sufrido un caso leve hacía solo un mes.

Arwyl dejó escapar un pensativo «hummm» y señaló al otro lado de la mesa.

– ¿Maestro aritmético?

Brandeur estaba sentado en el extremo izquierdo de la mesa.

– Suponiendo que el cambista se lleva el cuatro por ciento, ¿cuántos peniques se pueden sacar de un talento? -Hizo la pregunta sin levantar la vista de los papeles que tenía delante.

– ¿Qué clase de penique, maestro Brandeur?

Levantó la vista y frunció el ceño.

– Si no recuerdo mal, todavía estamos en la Mancomunidad.

Calculé mentalmente, recordando las cifras de los libros que el maestro había dejado apartados en el Archivo. No eran las tarifas de cambio reales que ofrecería un prestamista, sino las tarifas de cambio oficiales que utilizaban los gobiernos y los financieros para engañarse unos a otros.

– Peniques de hierro. Trescientos cincuenta -dije, y añadí-: Cincuenta y uno. Y medio.

Brandeur volvió a fijar la vista en sus papeles antes de que yo hubiera terminado de hablar.

– Su brújula lee oro a doscientos veinte puntos, platino a ciento veinte puntos y cobalto a treinta y dos puntos. ¿Dónde se encuentra usted?

La pregunta me dejó atónito. La orientación mediante trifolio requería mapas detallados y triangulaciones meticulosas. Normalmente solo la practicaban los capitanes de barco y los cartógrafos, y utilizaban mapas detallados para hacer sus cálculos. Yo solo había visto una brújula de trifolio dos veces en mi vida.

O se trataba de una pregunta que aparecía en alguno de los libros que Brandeur había apartado para que los estudiáramos, o estaba deliberadamente pensada para fastidiarme. Dado que Brandeur y Hemme eran amigos, deduje que se trataba de lo último.

Cerré los ojos, visualicé un mapa del mundo civilizado y me la jugué.

– ¿En Tarbean? -dije-. ¿En algún lugar de Yll? -Abrí los ojos-. Francamente, no tengo ni idea.

Brandeur anotó algo en un trozo de papel.

– Maestro nominador -dijo sin levantar la cabeza.

Elodin me miró con una sonrisa traviesa y cómplice, y de pronto me asaltó el temor de que revelara mi participación en el incendio de las habitaciones de Hemme esa misma mañana.

Pero en lugar de eso, levantó tres dedos con gesto teatral.

– Tienes tres picas en la mano -dijo-. Y ya se han jugado cinco picas. -Levantó los dedos y me miró con seriedad-. ¿Cuántas picas hacen eso?

– Ocho picas -contesté.

Los otros maestros se rebulleron ligeramente en los asientos. Arwyl dio un suspiro. Kilvin se recostó en la silla. Hemme y Brandeur se miraron y pusieron los ojos en blanco. En general, expresaron diversos grados de resignación y exasperación.

Elodin los miró con el ceño fruncido y entrecerró los ojos.

– ¿Qué pasa? -dijo con cierta dureza-. ¿Queréis que coja esta canción y que baile más en serio? ¿Queréis que le haga preguntas que solo puede contestar un nominador?

Los otros maestros se quedaron quietos; parecían incómodos y le rehuían la mirada. Hemme fue la excepción y lo fulminó con la vista.

– Muy bien -dijo Elodin volviéndose hacia mí. Tenía los ojos muy oscuros, y su voz cobró una extraña resonancia. No subió el tono, pero cuando habló, fue como si su voz llenara toda la sala, sin dejar espacio para ningún otro sonido-. ¿Adónde va la luna -me preguntó Elodin, muy serio- cuando ya no está en nuestro cielo?

Cuando dejó de hablar, un extraño silencio se apoderó de la sala. Como si su voz hubiera dejado un agujero en el mundo.

Esperé para ver si Elodin añadía algo a su pregunta.

– No tengo ni idea -confesé. Después de oírse la voz de Elodin, la mía parecía débil e inconsistente.

Elodin se encogió de hombros, e hizo un gesto elegante dirigido al otro lado de la mesa.

– Maestro simpatista.

Elxa Dal era el único que parecía realmente cómodo con su túnica de gala. Como siempre, su barba oscura y su rostro enjuto me recordaron al mago malvado de tantas obras de teatro atur. Me miró con cierta cordialidad.

– ¿Cuál es el vínculo de la atracción galvánica lineal? -me preguntó como si tal cosa.

Lo recité sin dificultad. El maestro asintió.

– ¿Cuál es la distancia de deterioro insalvable para el hierro?

– Ocho kilómetros -contesté dando la respuesta del libro de texto, pese a que tenía algunas objeciones con relación al término «insalvable». Si bien era cierto que era estadísticamente imposible mover cierta cantidad de energía más de nueve kilómetros, podías utilizar la simpatía para alcanzar distancias mucho mayores.

– Una vez que empieza a hervir una onza de agua, ¿cuánto calor hace falta para que se consuma por completo?

Rescaté cuanto pude recordar de las tablas de vaporización con que había trabajado en la Factoría.

– Ciento ochenta taumos -respondí con más seguridad de la que en realidad tenía.

– Nada más -dijo Dal-. ¿Maestro alquimista?

Mandrag agitó una mano cubierta de manchas y dijo:

– Paso.

– Se le dan bien las preguntas sobre picas -lo animó Elodin.

Mandrag miró con el ceño fruncido a Elodin.

– Maestro archivero -se limitó a decir.

Lorren me miró fijamente, con gesto imperturbable.

– ¿Cuáles son las normas del Archivo?

Me sonrojé y agaché la cabeza.

– Andar sin hacer ruido -dije-. Respetar los libros. Obedecer a los secretarios. Nada de agua. Nada de comida. -Tragué saliva-. Nada de fuego.

Lorren asintió. No había nada en su tono ni en su postura que indicara desaprobación, pero eso solo lo hacía más difícil. Recorrió la mesa con la mirada.

– Maestro artífice.

Maldije por dentro. Durante el ciclo pasado había leído los seis libros que el maestro Lorren había apartado para que los Re'lar los estudiáramos. Solo La caída del imperio de Feltemi Reis me había llevado diez horas. Había pocas cosas que yo deseara más que entrar en el Archivo, y confiaba en impresionar al maestro Lorren contestando cualquier pregunta que pudiera ocurrírsele hacerme.

Pero no podía hacer nada. Me volví hacia Kilvin.

– Rendimiento galvánico del cobre -dijo el maestro con apariencia de oso a través de su barba.

Se lo di, en cinco medios. Había tenido que utilizarlo cuando realizaba los cálculos para las lámparas marineras.

– Coeficiente conductivo del galio.

Era un dato que yo había necesitado para incrustar los emisores de la lámpara. ¿Me estaba regalando Kilvin preguntas fáciles? Di la respuesta.

– Muy bien -dijo Kilvin-. Maestro retórico.

Inspiré hondo y me volví para mirar a Hemme. Había conseguido leer tres de sus libros, pese a que detestaba la retórica y la filosofía inútil.

Con todo, podía controlar mi aversión durante dos minutos e interpretar el papel de alumno humilde y disciplinado. Soy un Ruh, podía hacer ese papel.

Hemme me miró con el ceño fruncido; su cara, redonda, parecía una luna enfadada.

– ¿Has prendido fuego a mis habitaciones, miserable liante?

La crudeza de la pregunta me pilló completamente desprevenido. Estaba preparado para preguntas dificilísimas, o preguntas con trampa, o preguntas a las que Hemme pudiera dar la vuelta para que cualquier respuesta que yo diera pareciera errónea.

Pero esa repentina acusación me cogió absolutamente por sorpresa. «Liante» es un término que detesto especialmente. Me invadió una oleada de emoción que me trajo el sabor a ciruela a la boca. Mientras una parte de mí todavía estaba buscando la manera más elegante de contestar, de pronto las palabras escaparon de mis labios:

– No he prendido fuego a sus habitaciones -dije con sinceridad-. Pero ojalá lo hubiera hecho. Y ojalá hubiera estado usted dentro cuando empezó el incendio, durmiendo a pierna suelta.

La expresión de enojo de Hemme se tornó en otra de perplejidad.

– ¡Re'lar Kvothe! -me espetó el rector-. ¡Haga el favor de expresarse en lenguaje respetuoso, o yo mismo lo denunciaré por Conducta Impropia!

El sabor a ciruela se esfumó tan deprisa como había aparecido, y me quedé sintiendo un ligero mareo y sudando de miedo y de vergüenza.

– Le ruego que me disculpe, rector -me apresuré a decir mirándome los pies-. Me he dejado llevar por la ira. «Liante» es una palabra que mi gente encuentra especialmente ofensiva. Su empleo le quita importancia a la matanza sistemática de miles de Ruh.

Una arruga de curiosidad apareció entre las cejas del rector.

– He de admitir que no conozco esa etimología en concreto -reflexionó-. Creo que la utilizaré para formular mi pregunta.

– Un momento -le interrumpió Hemme-. Todavía no he terminado.

– Sí, has terminado -zanjó el rector con voz dura y firme-. Eres peor que el chico, Jasom, y tienes menos excusa que él. Has demostrado que no sabes comportarte como un profesional, así que cierra el pico y considérate afortunado si no pido un voto de censura oficial.

Hemme palideció de ira, pero se mordió la lengua.

El rector se volvió hacia mí.

– Maestro lingüista -anunció él mismo con formalidad-. Re'lar Kvothe: ¿cuál es la etimología de la palabra «liante»?

– Tiene su origen en las purgas instigadas por el emperador Alcyon -dije-. Hizo pública una proclama para anunciar que toda esa «chusma liante» que circulara por los caminos podía ser multada, encarcelada o deportada sin juicio. El término se acortó a la forma «liante» mediante metaplasmo sincopático.

– Ah, ¿sí? -dijo el rector arqueando una ceja.

Asentí con la cabeza.

– Aunque creo que también está relacionado con el sustantivo «lío», que hace referencia a los fardos con que las troupes de artistas transportaban sus pertenencias.

El rector asintió solemnemente.

– Gracias, Re'lar Kvothe. Siéntese mientras deliberamos.

Capítulo 10

Como un tesoro

Me pusieron una matrícula de nueve talentos con cinco. Era mejor que los diez talentos que había predicho Manet, pero más de lo que guardaba en mi bolsa. Tenía hasta el mediodía del día siguiente para pagar al tesorero, o me vería obligado a perder todo un bimestre.

Tener que aplazar mis estudios no habría sido ninguna tragedia. Pero solo los estudiantes tienen acceso a los recursos de la Universidad, como el material de la Artefactoría. Eso significaba que si no podía pagar mi matrícula, se me impediría trabajar en el taller de Kilvin, y ese era el único empleo de donde podía sacar suficiente dinero para pagar mi matrícula.

Pasé por Existencias y Jaxim me sonrió cuando me acerqué a la ventanilla abierta.

– Esta mañana he vendido tus lámparas -me dijo-. Les hemos sacado un poco más porque eran las últimas que quedaban.

Hojeó el libro de contabilidad hasta que encontró la página que buscaba.

– Tu sesenta por ciento queda en cuatro talentos y ocho iotas. Si les restamos los materiales y las piezas que utilizaste… -Deslizó el dedo por la hoja-. Te quedan dos talentos, tres iotas y ocho drabines.

Jaxim anotó la cifra en el libro y me extendió un recibo que yo podría cambiar por dinero en la tesorería. Doblé el papel con cuidado y me lo guarde en la bolsa. No tenía el agradable peso de las monedas, pero sumado a lo que ya tenía arrojaba un total de más de seis talentos. Mucho dinero, pero todavía no era suficiente.

Si no hubiera perdido los estribos con Hemme, me habrían puesto una matrícula bastante baja. Habría podido estudiar más, o ganar más dinero si no me hubiera visto obligado a permanecer escondido en mi habitación casi dos días enteros, sollozando y rabiando con el sabor a ciruela en la boca.

Entonces se me ocurrió una idea.

– Creo que debería empezar algo nuevo -comenté con fingido desinterés-. Necesitaré un crisol pequeño. Tres onzas de estaño. Dos onzas de bronce. Cuatro onzas de plata. Un carrete de hilo fino de oro. Un…

– Espera un momento -me interrumpió Jaxim. Pasó un dedo por mi nombre en el libro de contabilidad-. Veo que no tienes autorización para usar oro ni plata. -Levantó la cabeza y me miró-. ¿Es un error?

Titubeé, porque no quería mentir.

– No sabía que se necesitara autorización -dije.

– No eres el primero que intenta algo así. -Jaxim me sonrió con complicidad-. ¿Se han pasado con tu matrícula?

Asentí.

– Lo siento -dijo Jaxim, comprensivo-. Kilvin sabe que Existencias podría convertirse en un tenderete de prestamista si no se andaba con cuidado. -Cerró el libro de contabilidad-. Tendrás que ir a la casa de empeños, como todos.

Levanté las manos y le mostré la palma y el dorso para que viera que no llevaba joyas.

– Mala suerte. -Jaxim hizo una mueca-. Conozco a un prestamista decente en la plaza de Platería. Solo cobra el diez por ciento al mes. Aun así, es como si te arrancaran los dientes, pero es mejor que la mayoría.

Asentí y di un suspiro. La plaza de Platería era donde los prestamistas del gremio tenían sus tiendas. Y ellos no me habrían dado ni la hora.

– Al menos es mejor de lo que he tenido que pagar otras veces -dije.

Analicé la situación mientras iba a pie hasta Imre, con el agradable peso de mi laúd cargado en un hombro.

Estaba en un aprieto, pero mi situación todavía no era apurada. Ningún prestamista del gremio prestaría dinero a un Edena Ruh huérfano sin ninguna garantía, pero podía pedírselo a Devi. Sin embargo, habría sido preferible no tener que acudir a ella. Su tarifa de interés era abusiva, y además me preocupaban los favores que pudiera exigirme en caso de que no pudiera devolver el préstamo. No creía que fueran pequeños. Ni fáciles. Ni muy legales.

En eso iba pensando cuando atravesé el Puente de Piedra. Paré en una botica y me dirigí al Hombre de Gris.

Al abrir la puerta vi que el Hombre de Gris era una pensión. No había una taberna donde la gente pudiera reunirse y beber. Solo un saloncito muy bien decorado, con un portero muy bien vestido que me miró con aire de desaprobación, por no decir de profundo desagrado.

– ¿En qué puedo ayudarlo, joven señor? -me preguntó cuando entré por la puerta.

– Vengo a visitar a una dama -contesté-. Se llama Dinael.

– Ya -dijo él-. Veré si se encuentra en su habitación.

– No se moleste -dije, y me dirigí hacia la escalera-. Me está esperando.

El portero me cerró el paso.

– Me temo que eso no será posible -dijo-. Pero no tengo ningún inconveniente en ir a comprobarlo yo mismo.

Me tendió una mano con la palma hacia arriba. Me quedé mirándola.

– ¿Me permite su tarjeta de visita? -me preguntó-. Para que pueda presentársela a la señorita.

– ¿Cómo va a darle mi tarjeta si no está seguro de que ella esté en su habitación? -le pregunté a mi vez.

El portero volvió a sonreírme. Era una sonrisa tan elegante, educada y profundamente desagradable que tomé buena nota de ella y la grabé en mi memoria. Una sonrisa como aquella es una obra de arte. Como había crecido en los escenarios, supe apreciarla en varios sentidos. Una sonrisa como aquella es como un puñal en ciertos escenarios sociales, y quizá algún día la necesitara.

– Ah -dijo el portero-, la señorita sí está -dijo con cierto énfasis-. Pero eso no significa necesariamente que esté para usted.

– Dígale que Kvothe ha venido a visitarla -dije, más divertido que ofendido-. Esperaré aquí.

No tuve que esperar mucho rato. El portero bajó la escalera con expresión avinagrada, como si lamentara muchísimo no poder echarme.

– Por aquí -me indicó.

Subí detrás de él. El portero abrió una puerta, y yo pasé a su lado confiando en transmitir un nivel de aplomo y desdén lo bastante irritante.

Era un salón con grandes ventanas por las que entraba el último sol de la tarde. Era lo bastante grande para parecer espacioso pese a la gran cantidad de butacas y sofás que había repartidos por él. En la pared del fondo había un dulcémele, y una inmensa arpa modegana ocupaba por completo una de las esquinas.

Denna se hallaba de pie en medio de la habitación con un vestido de terciopelo verde. Su peinado estaba pensado para realzar la elegancia de su cuello, dejando entrever los pendientes con lágrimas de esmeralda y el collar a juego.

Hablaba con un joven… ¿Cómo lo diría? El mejor adjetivo para describirlo es «bello». Tenía un rostro suave, bien rasurado, y unos ojos grandes y oscuros.

Parecía un joven noble que llevara de mala racha demasiado tiempo para que pudiera considerarse algo pasajero. Su ropa era elegante, pero estaba arrugada. Llevaba un corte de pelo pensado para ir rizado, pero se notaba que no se lo había cuidado últimamente. Tenía los ojos hundidos, como si no hubiera estado durmiendo bien.

Denna me tendió ambas manos.

– Hola, Kvothe -dijo-. Ven, te presentaré a Geoffrey.

– Es un placer conocerte, Kvothe -dijo Geoffrey-. Dinael me ha hablado mucho de ti. Eres una especie de… ¿cómo lo llamáis? ¿Brujo? -Sonreía abiertamente, sin ninguna malicia.

– Arcanista, más bien -dije tan educadamente como pude-. «Brujo» recuerda demasiado a las tonterías de los libros de cuentos. La gente nos imagina con túnicas negras hurgando en las entrañas de pájaros. ¿Y tú?

– Geoffrey es poeta -dijo Denna-. Y muy bueno, aunque él se empeñe en negarlo.

– Sí, lo niego -confirmó él, y la sonrisa se borró de sus labios-. Tengo que marcharme. Tengo una cita con gente a la que no conviene hacer esperar. -Besó a Denna en la mejilla, me estrechó la mano con cordialidad y se fue.

– Es un chico muy sensible -dijo Denna mientras veía cerrarse la puerta.

– Lo dices como si lo lamentaras -comenté.

– Si fuera un poco menos sensible, quizá pudiera meter dos ideas en su cabeza al mismo tiempo. Y quizá entonces las dos ideas se frotarían y harían saltar una chispa. Bastaría con un poco de humo; así, al menos, parecería que ahí dentro estaba pasando algo. -Suspiró.

– ¿Tan corto es?

– No -dijo ella meneando la cabeza-. Solo es confiado. No tiene nada de calculador, y desde que llegó aquí, hace un mes, no ha hecho otra cosa que tomar decisiones erróneas.

Me metí la mano en la capa y saqué un par de paquetitos envueltos con tela: uno azul y otro blanco.

– Te he traído un regalo.

Denna estiró un brazo para coger los paquetitos, aunque como si estuviera desconcertada. De pronto, lo que unas horas antes me había parecido una idea excelente parecía ahora una estupidez.

– Son para tus pulmones -dije con un poco de vergüenza-. Sé que a veces tienes problemas.

– Y ¿cómo sabes tú eso, si no es indiscreción? -me preguntó ladeando la cabeza.

– Lo mencionaste en Trebon -respondí-. He investigado un poco. -Señalé uno de los paquetes-. Con eso te puedes preparar un té: plumiente, ortiga muerta, lohatm… -Señalé el otro-. Esas hojas las hierves con un poco de agua y aspiras el vapor.

Denna miró uno y otro paquete.

– Dentro he metido unos papelitos con las instrucciones -expliqué-. El azul es lo que tienes que hervir para aspirar el vapor -dije-. Azul, por el agua.

Ella me miró.

– ¿Acaso el té no se prepara también con agua? -dijo.

Parpadeé varias veces seguidas, me sonrojé y fui a decir algo, pero Denna rió y sacudió la cabeza.

– Solo era una broma -dijo con ternura-. Gracias. Es el detalle más bonito que nadie ha tenido conmigo desde hace mucho tiempo.

Fue hasta una cómoda y guardó los dos paquetitos en una caja de madera ornamentada.

– Veo que te van bien las cosas -observé señalando la bonita habitación.

Denna se encogió de hombros y miró alrededor con indiferencia.

– Es a Kellin a quien le van bien las cosas -me corrigió-. Yo solo aprovecho la luz que irradia.

Asentí dando a entender que comprendía.

– Creía que habías encontrado un mecenas.

– No, no es nada tan formal como eso. Kellin y yo paseamos juntos, como dicen en Modeg, y él me enseña a tocar el arpa. -Señaló el enorme instrumento que estaba en el rincón.

– ¿Me enseñas lo que has aprendido?

Denna negó con la cabeza, avergonzada, y su cabello se deslizó alrededor que sus hombros.

– Todavía lo hago muy mal.

– Controlaré mi impulso natural de abuchear y silbar -dije con gentileza.

– Está bien. Pero solo un poco -aceptó ella riendo. Se colocó detrás del arpa y acercó un taburete alto para apoyarse en él. Puso las manos sobre las cuerdas, hizo una larga pausa y empezó a tocar.

La melodía era una variante de «El manso». Sonreí.

Tocaba despacio, casi con majestuosidad. Mucha gente cree que la velocidad es lo que distingue a un buen músico. Es comprensible. Lo que Marie había hecho en el Eolio era asombroso. Pero la velocidad a la que puedas marcar la digitación de las notas no es lo más importante de la música. La verdadera clave es el ritmo.

Es como contar un chiste. Cualquiera puede recordar las palabras. Cualquiera puede repetirlo. Pero para hacer reír necesitas algo más. Contar un chiste más deprisa no lo hace más gracioso. Como ocurre con muchas cosas, es mejor vacilar que precipitarse.

Por eso hay tan pocos músicos buenos de verdad. Mucha gente sabe cantar o arrancarle una canción a un violín. Una caja de música puede tocar una canción impecablemente, una y otra vez. Pero no basta con saber las notas. Tienes que saber cómo tocarlas. La velocidad se adquiere con el tiempo y la práctica, pero el ritmo es algo con lo que se nace. Lo tienes o no lo tienes.

Denna lo tenía. Hacía avanzar la canción despacio, pero no pesadamente. La tocaba con la lentitud de un beso lujurioso. Y no es que en esa época de mi vida yo supiera mucho de besos. Pero viéndola allí de pie, con los brazos alrededor del arpa, concentrada, con los ojos entrecerrados y los labios ligeramente fruncidos, supe que quería que algún día me besaran con ese cuidado lento y deliberado.

Además, Denna era hermosa. Supongo que a nadie le extrañará que sienta debilidad por las mujeres por cuyas venas corre la música. Pero mientras Denna tocaba, la vi por primera vez ese día. Hasta entonces me habían distraído su peinado, diferente, y el corte de su vestido. Pero viéndola tocar, todo eso desapareció de mi vista.

Me estoy yendo por las ramas. Baste decir que Denna tocaba de forma admirable, aunque era evidente que todavía tenía mucho que aprender. Le fallaron algunas notas, pero no las rechazó ni se estremeció. Como dicen, un joyero sabe reconocer la gema en bruto. Y yo lo soy. Y ella lo era. Bueno.

– Ya tienes muy superada la etapa de «La ardilla en el tejado» -dije en voz baja cuando Denna hubo tocado las últimas notas.

Ella recibió mi cumplido sin mirarme a los ojos, quitándole importancia con un encogimiento de hombros.

– No hay gran cosa que hacer, aparte de practicar -dijo-. Y Kellin dice que tengo cierto don.

– ¿Cuánto hace que tocas?

– ¿Tres ciclos? -Arrugó un poco la frente y asintió-. Un poco menos de tres ciclos.

– Madre de Dios -dije sacudiendo la cabeza-. No le digas nunca a nadie lo rápido que has aprendido. Los otros músicos te odiarían.

– Mis dedos todavía no se han acostumbrado -dijo mirándoselos-. No puedo practicar tanto como me gustaría.

Le cogí una mano y le puse la palma hacia arriba para examinarle las yemas de los dedos. Vi que tenía pequeñas ampollas.

– Tienes…

La miré y me di cuenta de lo cerca que estábamos. Su mano estaba fría. Me miró con fijeza, con sus ojos grandes y oscuros. Tenía una ceja ligeramente levantada. No arqueada, ni siquiera traviesa, solo un poco curiosa. De pronto noté una extraña sensación de debilidad en el estómago.

– ¿Qué tengo?

No me acordaba de lo que quería decirle. Estuve a punto de contestar «No tengo ni idea de lo que iba a decirte», pero me di cuenta de que era una estupidez. Y no dije nada.

Denna bajó la vista, me cogió la mano y le dio la vuelta.

– Tienes las manos suaves -dijo, y me tocó las yemas de los dedos-. Creía que los callos serían ásperos, pero no. Son suaves.

Cuando dejó de mirarme a los ojos, recobré un poco la compostura.

– Es cuestión de tiempo -dije.

Denna levantó la mirada y sonrió con timidez. Me quedé con la mente en blanco.

Al cabo de un momento, me soltó la mano y fue al centro de la habitación.

– ¿Puedo ofrecerte algo de beber mientras tanto? -me preguntó, y se sentó con gracia en una butaca.

– Sí, gracias, muy amable de tu parte -contesté, pero solo fue un acto reflejo. Me di cuenta de que todavía tenía la mano suspendida en el aire; me sentí estúpido y la bajé junto al costado.

Denna señaló una butaca cerca de la de ella y me senté.

– Ya verás. -Cogió una campanilla de plata que estaba en una mesita y la hizo sonar débilmente. Entonces levantó una mano con los dedos extendidos. Dobló primero el pulgar, luego el índice, y fue contando hacia atrás.

Antes de que hubiera doblado el meñique, llamaron a la puerta.

– Pase -dijo Denna, y el elegante portero abrió la puerta-. Creo que tomaré un poco de chocolate caliente -dijo-. Y Kvothe… -Me miró interrogándome.

– Chocolate caliente, muy buena idea -dije.

El portero asintió y desapareció cerrando la puerta tras de sí.

– A veces toco la campanilla solo para hacerle correr -admitió Denna un tanto avergonzada, mirando la campanilla-. No me explico cómo puede oírla. Al principio estaba convencida de que se quedaba sentado en el pasillo con la oreja pegada a mi puerta.

– ¿Me dejas ver esa campanilla? -pregunté.

Me la dio. A simple vista parecía normal, pero cuando le di la vuelta vi que había sigaldría en la superficie interna de la campanilla.

– No, no escucha detrás de la puerta -dije, y se la devolví-. Abajo hay otra campanilla que suena cuando suena esta.

– ¿Cómo? -preguntó Denna, y entonces contestó ella misma su pregunta-: ¿Magia?

– Es una forma de llamarlo.

– ¿Es eso lo que hacéis vosotros allí? -Apuntó con la cabeza hacia el río, en dirección a la Universidad-. Suena un poco… trivial.

– Es la aplicación más frívola de la sigaldría que he visto jamás -admití.

Denna soltó una carcajada.

– No pongas esa cara de ofendido -dijo, y añadió-: ¿Se llama sigaldría?

– Fabricar una cosa así se llama artificería. La sigaldría consiste en escribir o grabar las runas que hacen que funcione.

Al oír eso, los ojos de Denna se iluminaron.

– Entonces, ¿la magia consiste en escribir cosas? -me preguntó inclinándose hacia delante-. ¿Cómo funciona?

Vacilé, y no solo porque era una pregunta difícil de contestar, sino también porque la Universidad tiene normas estrictas sobre divulgar los secretos del Arcano.

– Es un poco complicado -dije.

Por suerte, en ese momento volvieron a llamar a la puerta y llegó nuestro chocolate en unas tazas humeantes. Al olerlo, se me hizo la boca agua. El portero dejó la bandeja en una mesita y salió sin decir palabra.

Di un sorbo y sonreí saboreando su densa dulzura.

– Hacía años que no probaba el chocolate -dije.

Denna levantó su taza y miró alrededor.

– Es raro pensar que hay gente que vive siempre así -caviló.

– ¿No te gusta? -pregunté, sorprendido.

– Me gustan el chocolate y el arpa -respondió-. Pero me sobra la campanilla, y tener una habitación tan grande solo para estar sentada. -Frunció ligeramente los labios-. Y detesto que siempre haya alguien vigilándome, como si yo fuera un tesoro que alguien pudiera intentar robar.

– ¿Quiere eso decir que no hay que guardarte como un tesoro?

Denna entrecerró los ojos por encima de la taza, como si no estuviera segura de si yo hablaba en serio.

– No me gusta estar encerrada bajo paño y llave -aclaró con un deje de severidad-. No me importa que me ofrezcan unas habitaciones bonitas, pero si no tengo libertad para ir y venir, es como si no fueran mías.

Arqueé una ceja, pero antes de que pudiera decir nada, ella hizo un ademán para quitar importancia a sus palabras.

– Bueno, tampoco es eso. -Suspiró-. Pero estoy segura de que Kellin está informado de mis idas y venidas. Sé que el portero le dice quién viene a visitarme. Eso me duele un poco, nada más. -Compuso una sonrisa torcida-. Supongo que debo de parecerte terriblemente desagradecida, ¿verdad?

– En absoluto -contesté-. Cuando yo era más joven, mi troupe viajaba mucho. Pero todos los años pasábamos unos ciclos en la propiedad de nuestro mecenas, actuando para su familia y sus invitados.

Sacudí la cabeza, abrumado por aquel recuerdo.

– El barón de Greyfallow era un anfitrión cortés. Nos sentábamos a su mesa. Nos hacía presentes… -De pronto me acordé de un regimiento de soldaditos de plomo que me había regalado. Meneé la cabeza de nuevo para alejar aquel pensamiento-. Pero mi padre lo odiaba. Se subía por las paredes. No toleraba la sensación de estar a entera disposición de alguien.

– ¡Eso! -dijo Denna-. ¡Es exactamente eso! Cuando Kellin me dice que quizá pase a visitarme determinada noche, de pronto siento como si me hubieran clavado un pie al suelo. Si salgo, soy obstinada y grosera, pero si me quedo, me siento como un perro que espera junto a la puerta.

Nos quedamos un rato callados. Denna hacía girar distraídamente el anillo que llevaba en el dedo, y la luz del sol hacía destellar la piedra de color azul claro que tenía engastada.

– Ya -dije-. Pero son unas habitaciones muy bonitas.

– Son bonitas cuando tú estás aquí -afirmó ella.

Unas horas más tarde, subí por la estrecha escalera que había detrás de una carnicería. Del callejón ascendía un débil pero penetrante olor a grasa rancia, pero yo sonreía. Una tarde con Denna para mí solo era todo un lujo, y para estar a punto de cerrar un trato con un demonio, mis pasos eran sorprendentemente ligeros.

Llamé a la puerta de madera maciza del final de la escalera y esperé. Ningún prestamista del gremio me habría fiado ni un penique abollado, pero siempre había alguien dispuesto a hacerte un préstamo. Los poetas y otros románticos los llaman halcones de cobre, o aceros, pero «renovero» es el término más acertado. Son peligrosos, y la gente sensata no se acerca a ellos.

La puerta se abrió apenas una rendija, y luego de par en par revelando a una joven con cara de duendecillo y cabello rojizo.

– ¡Kvothe! -exclamó Devi-. Empezaba a temer que este bimestre no te vería.

Entré y Devi cerró la puerta. La estancia, grande y sin ventanas, tenía un olor agradable a cínaro y a miel, muy distinto del del callejón.

Un lado de la habitación lo dominaba una enorme cama con dosel que tenía las oscuras cortinas corridas. En el otro lado había una chimenea, una gran mesa de madera y una estantería con las tres cuartas partes llenas de libros. Me acerqué para examinar los títulos mientras Devi echaba la llave y atrancaba la puerta.

– ¿Este ejemplar de Malcaf es nuevo? -pregunté.

– Sí -confirmó ella, y vino hasta mí-. Un joven alquimista que no podía saldar su deuda me dejó escoger unos libros de su librería para arreglar las cosas conmigo. -Devi sacó el libro del estante con cuidado, y vi el título, en pan de oro, en la cubierta: Visión y revisión. Me miró con una sonrisa picara-. ¿Lo has leído?

– No -respondí. Era uno de los libros que me habría gustado estudiar antes de admisiones, pero no lo había encontrado en Estanterías-. Pero he oído hablar de él.

Devi se quedó pensativa un momento, y luego me lo ofreció.

– Cuando lo acabes, ven y hablaremos de él. Últimamente no tengo conversaciones interesantes, por desgracia. Si la discusión resulta decente, quizá te preste algún otro libro.

Cuando ya tenía el libro en mis manos, Devi le dio unos golpecitos en la cubierta con un dedo.

– Vale mucho más dinero que tú. -Lo dijo muy seria, sin ni pizca de picardía-. Si me lo devuelves estropeado, tendrás que darme explicaciones.

– Tendré mucho cuidado -le aseguré.

Devi asintió, pasó a mi lado y fue hasta la mesa.

– Muy bien, hablemos de negocios. -Se sentó-. Apuras mucho, ¿no? El plazo para pagar la matrícula termina mañana a mediodía.

– Llevo una vida peligrosa y emocionante -dije mientras iba hacia la mesa y me sentaba enfrente de Devi-. Y pese a lo agradable que me resulta tu compañía, confiaba en no tener que recurrir a tus servicios este bimestre.

– ¿Qué te parece la matrícula de Re'lar? -me preguntó con aire de complicidad-. ¿Se han pasado mucho contigo?

– Esa es una pregunta muy personal.

Devi me miró con franqueza.

– Estamos a punto de llegar a un acuerdo muy personal -repuso-. No creo que me esté sobrepasando.

– Nueve y medio -confesé.

– Vaya, se suponía que eras listísimo -dijo Devi con un resoplido de desdén-. Cuando yo era Re'lar, nunca tuve que pagar más de siete.

– Tú tenías acceso al Archivo -le recordé.

– Tenía acceso a un ingente almacén de intelecto -dijo ella con indiferencia-. Además, estoy buena. -Sonrió y le salieron dos hoyuelos en las mejillas.

– Eres brillante como un penique nuevo -admití-. Ningún hombre se atrevería a oponerse a ti.

– A algunas mujeres también les cuesta mantenerse firmes -replicó ella. Su sonrisa cambió ligeramente: pasó de adorable a traviesa y, por último, se tornó absolutamente malvada.

Como no tenía ni la más remota idea de cómo reaccionar ante eso, pasé a un terreno más seguro.

– Me temo que necesito que me prestes cuatro talentos -expuse.

– Ah -dijo Devi. De pronto adoptó una pose formal y cruzó las manos sobre la mesa-. Pues yo me temo que últimamente he introducido ciertos cambios en el negocio. Ahora solo concedo préstamos de seis talentos o más.

No me molesté en disimular mi consternación.

– ¿Seis talentos? Devi, esa deuda adicional será una carga para mí.

Devi dio un suspiro que, cuando menos, sonó remotamente a disculpa.

– El problema es que cuando hago un préstamo, corro ciertos riesgos. Me arriesgo a perder mi inversión si mi deudor muere o intenta huir. Corro el riesgo de que intente denunciarme. Corro el riesgo de tener que responder ante la ley del hierro, o peor aún, ante el gremio de prestamistas.

– Sabes perfectamente que soy incapaz de hacerte eso, Devi.

– Y el hecho -continuó Devi- es que mi riesgo es el mismo, ya sea el crédito grande o pequeño. ¿Por qué voy a correr esos riesgos por un préstamo pequeño?

– ¿Pequeño? ¡Con cuatro talentos yo podría vivir todo un año!

Devi dio unos golpecitos en la mesa con un dedo y frunció los labios.

– ¿Garantía?

– La de siempre -respondí componiendo mi mejor sonrisa-. Mi inagotable encanto.

Devi dio un bufido nada cortés.

– Con la garantía de un encanto inagotable y tres gotas de sangre puedes pedirme un préstamo de seis talentos con la tarifa estándar. Un interés del cincuenta por ciento a pagar en dos meses.

– Devi -dije con tono halagador-, ¿qué voy a hacer con el dinero que me sobre?

– Monta una fiesta -me propuso-. Pasa un día en La Hebilla. Búscate una buena partida de faro, con apuestas altas.

– El faro es un impuesto que paga la gente que no sabe calcular probabilidades.

– Pues sé la banca y recauda los impuestos -replicó ella-. Cómprate algo bonito y póntelo la próxima vez que vengas a verme. -Me miró de arriba abajo con una mirada peligrosa-. Quizá entonces esté más predispuesta a hacer un trato contigo.

– ¿Qué te parece seis talentos al veinticinco por ciento, a pagar en un mes? -insistí.

Devi negó con la cabeza, con cierta amabilidad.

– Respeto el impulso de regatear, Kvothe, pero no tienes ninguna fuerza. Si estás aquí es porque estás desesperado. Yo estoy aquí para sacar provecho de esa situación. -Extendió las manos mostrándome las palmas, en un gesto de impotencia-. Me gano la vida así. Que tengas un dulce rostro no entra en la ecuación.

Me miró con seriedad y agregó:

– Y a la inversa: si un prestamista del gremio se dignara decirte la hora, pensaría que has venido aquí solo porque soy guapa y porque te gusta el color de mi pelo.

– Es un color muy bonito -dije-. Los pelirrojos deberíamos ayudarnos.

– Deberíamos -coincidió ella-. Por eso te propongo que nos ayudemos con un interés del cincuenta por ciento a pagar en dos meses.

– Está bien -dije, y me recosté en la silla-. Tú ganas.

Devi me regaló una sonrisa encantadora y volvieron a salirle los hoyuelos.

– Solo podría ganar si los dos estuviéramos jugando. -Abrió un cajón de la mesa y sacó una botellita de cristal y una aguja larga.

Estiré un brazo para cogerlas, pero en lugar de acercármelas, Devi me miró con aire pensativo.

– Ahora que lo pienso, podría haber otra opción.

– Me encantaría tener otra opción -reconocí.

– La última vez que hablamos -dijo Devi lentamente-, insinuaste que tenías una forma de entrar en el Archivo.

– Sí, lo insinué -dije con vacilación.

– Esa información tendría bastante valor para mí -dijo ella con exagerada indiferencia. Aunque Devi tratara de ocultarlo, detecté una avidez insaciable y feroz en su mirada.

Me miré las manos y no abrí la boca.

– Te doy diez talentos ahora mismo -dijo sin rodeos-. No es un préstamo. Te compro la información. Si me descubren en Estanterías, negaré que me la hayas dado tú.

Pensé en todo lo que podría comprarme con diez talentos. Ropa nueva. Un estuche que no se cayera a trozos para mi laúd. Papel. Guantes para el invierno.

Suspiré y negué con la cabeza.

– Veinte talentos -dijo Devi-. Y las tarifas del gremio en cualquier préstamo que me pidas en el futuro.

Veinte talentos significarían medio año sin preocuparme por la matrícula. Podría realizar mis propios proyectos en la Factoría en lugar de trabajar como un burro para fabricar lámparas marineras. Podría comprarme ropa hecha a medida. Fruta fresca. Podría llevar mi ropa a una lavandería en lugar de lavarla yo mismo.

Inspiré expresando mi reticencia.

– Yo…

– Cuarenta talentos -dijo Devi con rabia-. Tarifas del gremio. Y me acuesto contigo.

Con cuarenta talentos podría comprarle a Denna un arpa pequeña. Podría…

Levanté la vista y vi a Devi mirándome desde el otro lado de la mesa. Tenía los labios húmedos, y sus ojos azul claro emanaban intensidad. Hizo rodar los hombros hacia atrás y hacia delante con el movimiento lento e inconsciente de un gato antes de abalanzarse sobre su presa.

Pensé en Auri, feliz y a salvo en la Subrealidad. ¿Qué sería de ella si un extraño invadiera su pequeño reino?

– Lo siento -dije-. No puedo. Entrar es… complicado. Tendría que implicar a una amiga, y no creo que esté dispuesta. -Decidí ignorar la otra parte de su oferta, porque no tenía ni idea de qué decir sobre eso.

Hubo un prolongado y tenso silencio.

– Maldito seas -dijo Devi por fin-. Suena como si me estuvieras diciendo la verdad.

– Te digo la verdad. Es molesto, ya lo sé.

– Maldito. -Frunció el ceño y me acercó la botella y la aguja.

Me pinché en el dorso de la mano, viendo brotar la sangre y resbalar por mi mano hasta caer en la botella. Conté tres gotas e introduje también la aguja dentro de la botella.

Devi untó el tapón con adhesivo y lo metió con rabia en la botella. A continuación abrió un cajón y sacó un estilete con punta de diamante.

– ¿Te fías de mí? -me preguntó mientras grababa un número en el cristal-. ¿O quieres que selle la botella?

– Me fío de ti -contesté-. Pero prefiero que la selles.

Derritió un poco de lacre sobre el tapón de la botella. Imprimí mi caramillo en el lacre dejando una marca reconocible.

Devi metió la mano en otro cajón, sacó seis talentos y los tiró encima de la mesa. El gesto habría podido parecer propio de un crío enfurruñado si su mirada no hubiera sido tan dura y colérica.

– Voy a entrar allí de una forma o de otra -dijo con frialdad-. Habla con tu amiga. Si eres tú quien me ayuda, te recompensaré.

Capítulo 11

El Refugio

Volví a la Universidad de buen humor pese a la carga que suponía la deuda que acababa de contraer. Hice algunas compras, cogí mi laúd y me dirigí a los tejados.

Desde el interior, orientarse por la Principalía era una pesadilla: un laberinto de pasillos y escaleras de trazado irracional que no conducían a ninguna parte. Pero moverse por sus tejados traslapados era pan comido. Fui hasta un pequeño patio que, en algún momento de la construcción del edificio, había quedado cerrado y aislado, atrapado como una mosca en el ámbar.

Auri no me esperaba, pero allí era donde la había conocido, y a veces, en las noches despejadas, ella salía a contemplar las estrellas. Comprobé que las aulas que daban al patio estuvieran vacías y a oscuras, y entonces saqué mi laúd y empecé a afinarlo.

Llevaba casi una hora tocando cuando oí un rumor abajo, en el patio cubierto de maleza. Entonces apareció Auri; trepó por el manzano y subió al tejado.

Corrió hacia mí; sus pies descalzos daban ágiles saltitos por la brea, y su cabello ondulaba tras ella.

– ¡Te he oído! -exclamó al acercarse-. ¡Te he oído desde Brincos!

– Me parece recordar -dije lentamente- que iba a tocar el laúd para alguien.

– ¡Para mí! -Se llevó las manos al pecho y sonrió. Saltaba sobre un pie y luego sobre el otro, casi bailando de entusiasmo-. ¡Toca para mí! He sido paciente como dos piedras juntas -dijo-. Llegas a tiempo. No podría ser paciente como tres piedras.

– Bueno -dije, vacilante-, supongo que todo depende de lo que me hayas traído.

Auri rió y se puso de puntillas, con las manos todavía entrelazadas sobre el pecho.

– ¿Y tú? ¿Qué me has traído?

Me arrodillé y empecé a desatar mi hatillo.

– Te he traído tres cosas -contesté.

– Qué tradicional -dijo ella con una sonrisa-. Esta noche pareces todo un joven caballero.

– Lo soy. -Saqué una botella oscura y pesada.

Auri la cogió con ambas manos.

– ¿Quién lo ha hecho?

– Las abejas -respondí-. Y los cerveceros de Bredon.

– ¡Las abredonjas! -dijo ella sin dejar de sonreír, y depositó la botella junto a sus pies.

A continuación saqué una hogaza redonda de pan fresco de cebada. Auri estiró un brazo, la tocó con un dedo, y asintió en señal de aprobación.

Por último saqué un salmón ahumado entero. Me había costado cuatro drabines, pero me preocupaba que Auri no consumiera suficientes proteínas, porque cuando yo no iba a verla, se alimentaba de lo que encontraba por ahí. El salmón le convenía.

Auri se quedó mirándolo con curiosidad y ladeó la cabeza para examinarle su único ojo.

– Hola, pescado -dijo. Luego levantó la vista hacia mí-. ¿Tiene un secreto?

Asentí.

– Tiene un arpa en lugar de corazón.

– No me extraña que parezca tan sorprendido -dijo Auri volviendo a mirar el salmón.

Me lo quitó de las manos y, con cuidado, lo puso sobre el tejado.

– Levántate. Tengo tres cosas para ti. Es lo justo.

Me puse en pie y Auri me tendió una cosa envuelta en un trozo de tela. Era una vela gruesa que olía a lavanda.

– ¿Qué hay dentro? -pregunté.

– Sueños felices. Los he puesto ahí para ti.

Di vueltas a la vela en mis manos, y una sospecha empezó a formarse en mi mente.

– ¿La has hecho tú misma?

Auri asintió con la cabeza y sonrió feliz.

– Sí. Soy tremendamente lista.

Me guardé la vela con cuidado en uno de los bolsillos de la capa.

– Gracias, Auri.

– Ahora -dijo ella poniéndose seria- cierra los ojos y agáchate para que pueda darte tu segundo regalo.

Cerré los ojos, desconcertado, y me doblé por la cintura preguntándome si también me habría hecho un sombrero.

Noté las manos de Auri a ambos lados de mi cara, y entonces me dio un beso suave y delicado en la frente.

Abrí los ojos, sorprendido. Pero Auri ya se había apartado varios pasos, y, nerviosa, se cogía las manos detrás de la espalda. No se me ocurrió nada que decir.

Auri dio un paso adelante.

– Eres especial para mí -dijo con seriedad y con gesto grave-. Quiero que sepas que siempre cuidaré de ti. -Estiró un brazo, vacilante, y me secó las mejillas-. No, nada de eso esta noche.

»Este es tu tercer regalo. Si te van mal las cosas, puedes quedarte conmigo en la Subrealidad. Es un sitio agradable, y allí estarás a salvo.

– Gracias, Auri -dije en cuanto pude-. Tú también eres especial para mí.

– Claro -dijo ella con naturalidad-. Soy adorable como la luna.

Me serené mientras Auri iba dando brincos hasta un trozo de tubería metálica que sobresalía de una chimenea y lo utilizaba para abrir el tapón de la botella. Volvió junto a mí sujetando la botella con ambas manos, con cuidado.

– ¿No tienes frío en los pies, Auri? -pregunté.

Ella se los miró.

– La brea es agradable -dijo moviendo los dedos-. Conserva el calor del sol.

– ¿Te gustaría que te trajera unos zapatos?

– ¿Qué tendrían dentro?

– Tus pies. Pronto llegará el invierno.

Encogió los hombros.

– Tendrás los pies fríos -insistí.

– En invierno no subo a lo alto de las cosas. No se está muy bien.

Antes de que yo pudiera responder, Elodin salió de detrás de una gran chimenea de ladrillo tan tranquilo, como si hubiera salido a dar un paseo por la tarde.

Los tres nos quedamos mirándonos un momento, cada uno asombrado a su manera. Elodin y yo estábamos sorprendidos, pero con el rabillo del ojo vi que Auri permanecía completamente inmóvil, como un ciervo a punto de ponerse a salvo de un brinco.

– Maestro Elodin -dije con el tono más cordial y amable de que fui capaz, con la esperanza de que él no hiciera nada que pudiera asustar a Auri incitándola a echar a correr. La última vez que se había asustado y se había refugiado en la Subrealidad, había tardado todo un ciclo en reaparecer-. Me alegro de verlo.

– Hola -me saludó Elodin imitando a la perfección mi tono despreocupado, como si no fuera nada raro que los tres nos hubiéramos encontrado en un tejado en plena noche. Bien mirado, quizá a él no le resultara extraño en absoluto.

– Maestro Elodin. -Auri puso la punta de un pie detrás del otro y, sujetándose los extremos del raído vestido, hizo una pequeña reverencia.

Elodin permaneció en la sombra que proyectaba la alta chimenea de ladrillo bajo la luz de la luna y saludó a Auri con una inclinación de cabeza admirablemente formal. No podía verle bien la cara, pero imaginé sus curiosos ojos examinando a aquella muchacha descalza con aspecto de huérfano desamparado y con un nimbo de cabello flotante.

– ¿Qué os trae a vosotros dos por aquí esta agradable noche? -preguntó Elodin.

Me puse en tensión. Con Auri, las preguntas eran peligrosas. Por suerte, aquella no pareció inquietarla.

– Kvothe me ha traído cosas bonitas -contestó-. Me ha traído cerveza de abejas y pan de cebada y un pescado ahumado que tiene un arpa en lugar de corazón.

– Ah -dijo Elodin apartándose de la chimenea. Se palpó la túnica hasta que encontró algo en un bolsillo. Se lo tendió a Auri-. Me temo que yo solo te he traído un cínaro.

Auri dio un pasito de bailarina hacia atrás y no hizo ademán de cogerlo.

– ¿Le ha traído algo a Kvothe?

La pregunta cogió a Elodin a contrapié. Se quedó quieto un momento, cortado, con el brazo extendido.

– Me temo que no -contestó-. Pero supongo que Kvothe tampoco me ha traído nada a mí.

Auri entrecerró los ojos y frunció un poco el ceño con profunda desaprobación.

– Kvothe ha traído su música -dijo con gesto severo-, que es para todos.

Elodin volvió a quedarse quieto, y he de admitir que me encantó verlo, por una vez, desconcertado por el comportamiento de otra persona. Se volvió hacia mí e hizo una inclinación de cabeza.

– Te ruego que me disculpes -dijo.

– No tiene importancia -repliqué, y acompañé mis palabras con un ademán cortés.

Elodin se volvió de nuevo hacia Auri y le tendió la mano por segunda vez.

Ella dio dos pasitos adelante, titubeó y dio otros dos. Estiró despacio un brazo, se quedó quieta con la mano sobre el pequeño fruto, y luego dio varios pasitos hacia atrás, llevándose ambas manos al pecho.

– Muchas gracias -dijo, e hizo otra pequeña reverencia-. Ahora, si lo desea, puede acompañarnos. Y si se porta bien, después podrá quedarse a oír tocar a Kvothe. -Ladeó un poco la cabeza, convirtiendo la frase en una pregunta.

Elodin vaciló un momento y luego asintió.

Auri correteó hasta el otro lado del tejado y bajó al patio por las ramas desnudas del manzano.

Elodin la siguió con la mirada. Ladeó la cabeza, y en ese momento la luz de la luna me permitió distinguir una expresión pensativa en su semblante. Noté que una repentina e intensa ansiedad me atenazaba el estómago.

– Maestro Elodin…

Se volvió hacia mí.

– ¿Hummm?

Yo sabía por experiencia que Auri solo tardaría tres o cuatro minutos en traer lo que fuera que había ido a buscar a la Subrealidad. Tenía que darme prisa.

– Ya sé que esto parece extraño -dije-. Pero tenga cuidado, por favor. Es muy sensible. No intente tocarla. No haga movimientos bruscos. Se asustaría.

El rostro de Elodin volvió a quedar oculto en la sombra.

– Ah, ¿sí?

– Ni ruidos fuertes. Ni siquiera una carcajada. Y no puede preguntarle nada con el más leve matiz personal. Si lo hace, ella huirá.

Inspiré hondo; mi mente iba a toda velocidad. Tengo bastante labia, y si me dan tiempo, soy capaz de convencer a cualquiera de casi cualquier cosa. Pero Elodin era demasiado imprevisible para que yo lo manipulara.

– No puede decirle a nadie que ella está aquí. -Mis palabras sonaron más contundentes de lo que habría querido, y de inmediato lamenté haberlas pronunciado. Yo no era nadie para darle órdenes a un maestro, aunque estuviera medio loco, por no decir completamente loco-. Lo que quiero decir -me apresuré a añadir- es que si no hablara de ella con nadie yo lo consideraría un gran favor personal.

– Y ¿a qué se debe eso, Re'lar Kvothe? -me preguntó mirándome atentamente, como si me evaluara.

Su tono, fríamente burlón, hizo que me pusiera a sudar.

– La encerrarán en el Refugio -respondí-. Usted, mejor que nadie… -me interrumpí; tenía la boca seca.

Elodin me miró con fijeza; su rostro no era más que una sombra, pero vi que fruncía el entrecejo.

– Yo mejor que nadie ¿qué, Re'lar Kvothe? ¿Acaso insinúa que sabe lo que pienso del Refugio?

Sentí que todo mi elegante y calculado poder de persuasión caía hecho añicos alrededor de mis pies. Y de pronto sentí que volvía a estar en las calles de Tarbean, que mi estómago era un nudo apretado de hambre, que la desesperanza embargaba mi pecho, y yo tironeaba de las mangas de marineros y comerciantes, mendigando peniques, medios peniques, ardites. Mendigando lo que fuera para conseguir algo de comer.

– Por favor-supliqué-. Por favor, maestro Elodin. Si la persiguen, se esconderá, y no podré encontrarla. No está muy bien de la cabeza, pero aquí es feliz. Y yo puedo cuidar de ella. No mucho, pero un poco. Si la descubren, será mucho peor. El Refugio la mataría. Por favor, maestro Elodin, haré lo que usted me pida. Pero no se lo diga a nadie.

– Chis -dijo Elodin-, ya viene. -Me cogió por el hombro, y la luna le iluminó la cara. Su expresión no era en absoluto dura ni feroz. Solo denotaba desconcierto y preocupación-. Divina pareja, estás temblando. Respira y pon en práctica tus dotes de actor. Si te ve así, se espantará.

Respiré hondo y me concentré en relajarme. La expresión de preocupación de Elodin desapareció, y el maestro dio un paso atrás y me soltó el hombro.

Me di la vuelta justo a tiempo para ver corretear a Auri por el tejado hacia nosotros, con los brazos llenos. Se detuvo a escasa distancia y nos miró a los dos antes de recorrer el resto del camino, pisando con cuidado, como una bailarina, hasta llegar al sitio donde había estado antes. Entonces, con un movimiento grácil, se sentó en el tejado y cruzó las piernas bajo el cuerpo. Elodin y yo también nos sentamos, aunque no con tanta elegancia como ella.

Auri desplegó una tela, la extendió con cuidado en el tejado, entre nosotros tres, y puso una gran bandeja de madera, lisa, en el centro. Sacó el cínaro y lo olisqueó, mirándonos por encima del fruto.

– ¿Qué tiene dentro? -le preguntó a Elodin.

– La luz del sol -contestó él sin vacilar, como si estuviera esperando esa pregunta-. Del sol de la primera hora de la mañana.

Ya se conocían. Claro. Por eso Auri no había huido al verlo llegar. Noté que la sólida y tensa barra que tenía entre los omoplatos cedía ligeramente.

Auri volvió a olisquear el fruto y se quedó un momento pensativa.

– Es precioso -declaró-. Pero las cosas de Kvothe son aún más preciosas.

– Eso es lógico -replicó Elodin-. Supongo que Kvothe es más agradable que yo.

– Eso es evidente -dijo ella con remilgo.

Auri nos sirvió la cena, repartiendo el pan y el pescado. También sacó un tarro de arcilla con aceitunas en salmuera. Me tranquilizó comprobar que sabía abastecerse por su cuenta cuando yo no aparecía por allí.

Auri me ofreció cerveza en mi taza de té de porcelana. A Elodin le tocó un pequeño tarro de cristal como los que se usan para guardar la mermelada. Auri se lo llenó una sola vez, y me quedé pensando si era sencillamente porque Elodin estaba más lejos y Auri no llegaba con facilidad hasta él, o si aquello era una señal sutil de desagrado.

Comimos en silencio. Auri lo hacía con delicadeza, dando mordiscos muy pequeños, con la espalda muy recta. Elodin, con cautela, lanzándome de vez en cuando una mirada, como si no estuviera seguro de cómo debía comportarse. Deduje que era la primera vez que comía con Auri.

Cuando nos lo hubimos terminado todo, Auri sacó un cuchillo pequeño y reluciente y partió el cínaro en tres trozos. En cuanto el cuchillo atravesó la piel del fruto, me llegó su olor, dulce e intenso. Se me hizo la boca agua. El cínaro venía de muy lejos y era demasiado caro para la gente como yo.

Auri me ofreció mi trozo, y yo lo cogí con cuidado.

– Muchas gracias, Auri.

– Muchas gracias, Kvothe.

Elodin nos miró a uno y a otro.

– ¿Auri?

Esperé a que el maestro terminara su pregunta, pero resultó que eso era todo.

Auri lo entendió antes que yo.

– Es mi nombre -dijo sonriendo con orgullo.

– Ah, ¿sí? -preguntó Elodin con curiosidad.

– Me lo regaló Kvothe -confirmó Auri asintiendo con la cabeza. Me lanzó una sonrisa-. ¿Verdad que es maravilloso?

– Es un nombre precioso -dijo el maestro con gentileza-. Y te sienta muy bien.

– Sí -coincidió ella-. Es como tener una flor en mi corazón. -Miró a Elodin con seriedad-. Si su nombre le pesa demasiado, puede pedirle a Kvothe que le dé uno nuevo.

Elodin volvió a asentir con la cabeza y comió un poco de cínaro. Mientras lo masticaba, se volvió hacia mí. La luz de la luna me permitió ver sus ojos. Unos ojos fríos, serios y completamente cuerdos.

Después de cenar, canté unas cuantas canciones y nos despedimos. Elodin y yo nos marchamos juntos. Yo sabía al menos media docena de rutas para bajar del tejado de la Principalía, pero dejé que me guiara él.

Pasamos al lado de un observatorio redondo de piedra que sobresalía del tejado y recorrimos un largo tramo de planchas de plomo bastante planas.

– ¿Cuánto tiempo llevas viniendo a verla? -me preguntó Elodin.

– ¿Medio año? -contesté tras reflexionar un momento-. Depende de desde cuándo empecemos a contar. Estuve tocando durante un par de ciclos hasta que se dejó ver, pero tardó más en confiar en mí lo suficiente para que pudiéramos hablar.

– Has tenido más suerte que yo -repuso el maestro-. Yo llevo años. Esta es la primera vez que se ha acercado a mí a menos de diez pasos. Los días buenos apenas nos decimos una docena de palabras.

Trepamos por una chimenea ancha y baja y descendimos por una suave pendiente de madera gruesa sellada con capas de brea. Mientras caminábamos, mi ansiedad iba en aumento. ¿Por qué quería Elodin acercarse a Auri?

Recordé el día que había ido al Refugio con Elodin a visitar a su guíler, Alder Whin. Me imaginé a Auri allí. La pequeña Auri, atada a una cama con gruesas correas de cuero para que no pudiera autolesionarse ni revolverse cuando le dieran la comida.

Me paré. Elodin dio unos pasos más antes de darse la vuelta y mirarme.

– Es mi amiga -dije lentamente.

– Eso es obvio -dijo él asintiendo con la cabeza.

– Y no tengo tantos amigos como para soportar la pérdida de uno -añadí-. A ella no quiero perderla. Prométame que no hablará a nadie de Auri y que no la llevará al Refugio. No es lugar para ella.-Tragué saliva, pese a lo seca que tenía la boca-. Necesito que me lo prometa.

Elodin ladeó la cabeza.

– ¿Me ha parecido oír un «y si no»? -preguntó con un deje de burla-. Aunque no hayas llegado a decirlo. «Necesito que me lo prometa, y si no…» -Levantó una comisura de la boca componiendo una sonrisa irónica.

Al verlo sonreír, sentí una oleada de ira mezclada con ansiedad y temor. A continuación noté el intenso sabor a ciruela y nuez moscada en la boca, y me acordé de la navaja que llevaba atada al muslo bajo los pantalones. Mi mano se deslizó lentamente hacia uno de mis bolsillos.

Entonces vi el borde del tejado detrás de Elodin, a solo dos metros, y noté que mis pies se desplazaban ligeramente, preparándose para echar a correr, hacerle un placaje y caernos los dos del tejado a los duros adoquines de abajo.

Noté un repentino sudor frío en todo el cuerpo y cerré los ojos. Inspiré hondo y despacio, y el sabor desapareció de mi boca.

– Necesito que me lo prometa -dije al abrir de nuevo los ojos-. Y si no, seguramente cometeré la mayor estupidez que pueda imaginar cualquier mortal. -Tragué saliva-. Y los dos acabaremos mal.

– Qué amenaza tan inusualmente sincera -dijo Elodin mirándome-. Por lo general son mucho más siniestras y crujulentas.

– ¿Crujulentas? -pregunté-. Querrá decir truculentas.

– Ambas cosas -me contestó-. Normalmente van acompañadas de frases como «te romperé las rodillas» o «te partiré el cuello». -Se encogió de hombros-. Eso me hace pensar en huesos crujiendo.

– Ya -dije.

Nos quedamos mirándonos un momento.

– No voy a mandar a nadie a buscarla -dijo Elodin por fin-. El Refugio es el lugar adecuado para determinadas personas. Para muchas es el único lugar posible. Pero no me gustaría ver encerrado allí a un perro rabioso si hubiera alguna otra opción.

Se volvió y echó a andar. Como no lo seguí, se dio la vuelta de nuevo para mirarme.

– Con eso no hay suficiente -declaré-. Necesito que me lo prometa.

– Lo juro por la leche de mi madre -dijo Elodin-. Lo juro por mi nombre y mi poder. Lo juro por la luna en constante movimiento.

Nos pusimos de nuevo en marcha.

– Necesita ropa de abrigo -dije-. Y zapatos y calcetines. Y una manta. Y tiene que ser todo nuevo. Auri no acepta nada de segunda mano. Ya lo he intentado.

– De mí no lo aceptará -dijo Elodin-. A veces le he dejado cosas. Ni las toca. -Se volvió y me miró-. Si te las doy a ti, ¿se las darás?

Hice un gesto afirmativo con la cabeza y añadí:

– En ese caso, también necesita unos veinte talentos, un rubí del tamaño de un huevo y un juego nuevo de herramientas de grabado.

Elodin soltó una carcajada sincera y campechana.

– Y ¿no necesita cuerdas de laúd?

Volví a asentir.

– Dos pares, si puede ser.

– ¿Por qué Auri? -preguntó Elodin.

– Porque no tiene a nadie más -respondí-. Y yo tampoco. Si no nos ocupamos el uno del otro, ¿quién lo hará?

– No, no -dijo él meneando la cabeza-. ¿Por qué elegiste ese nombre para ella?

– Ah -dije con cierto bochorno-. Porque es alegre y amable. No tiene motivos para serlo, pero lo es. Auri significa «luminosa».

– ¿En qué idioma?

Vacilé antes de contestar:

– Creo que en siaru.

Elodin negó con la cabeza.

– Leviriet es «luminoso» en siaru.

Traté de recordar dónde había aprendido esa palabra. ¿Había tropezado con ella en el Archivo?

Todavía estaba preguntándomelo cuando Elodin dejó caer con indiferencia:

– Estoy preparando un grupo para quienes estén interesados en el arte delicado y sutil de la nominación. -Me miró de reojo-. He pensado que quizá para ti no sería una absoluta pérdida de tiempo.

– Quizá me interese -dije con cautela.

Elodin asintió con la cabeza.

– Deberías leer los Principios subyacentes de Teccam para prepararte. No es un libro muy largo, pero sí espeso. No sé si me explico.

– Si me presta usted una copia, lo leeré con mucho gusto -repliqué-. Si no, tendré que apañármelas sin él. -Elodin me miró sin comprender-. Tengo prohibido entrar en el Archivo.

– ¿Cómo? ¿Todavía? -me preguntó, extrañado.

– Todavía.

– Pero ¿cuánto hace? ¿Medio año? -Parecía indignado.

– Dentro de tres días hará tres cuartos de año -concreté-. El maestro Lorren ha dejado claras sus intenciones respecto al levantamiento de mi castigo.

– Eso solo son sandeces -dijo Elodin con un tono que denotaba una extraña actitud protectora-. Ahora eres mi Re'lar.

Cambió de trayectoria y se dirigió hacia un trozo de tejado que yo solía evitar porque estaba cubierto de tejas de arcilla. Desde allí saltamos por encima de un estrecho callejón, cruzamos el tejado inclinado de una posada y pasamos a un terrado de piedra trabajada.

Al final llegamos ante una gran ventana detrás de la que se veía el cálido resplandor de la luz de las velas. Elodin golpeó el cristal con los nudillos, tan fuerte como si fuera una puerta. Miré alrededor y comprendí que estábamos en lo alto de la Casa de los Maestros.

Al cabo de un momento vi la alta y delgada figura del maestro Lorren detrás de la ventana, tapando momentáneamente la luz de las velas. Quitó el pestillo, y la ventana se abrió entera sobre un solo gozne.

– ¿En qué puedo ayudarte, Elodin? -preguntó Lorren. Si la situación le pareció extraña, no se le notó nada.

Elodin me apuntó con un pulgar por encima del hombro.

– Este muchacho dice que todavía tiene prohibido entrar en el Archivo. ¿Es eso cierto?

Lorren desplazó hacia mí su mirada imperturbable y luego volvió a mirar a Elodin.

– Sí, es cierto.

– Pues levántale el castigo -exigió Elodin-. Necesita leer cosas. Ya has conseguido lo que querías.

– Es un imprudente -declaró Lorren sin cambiar el tono de voz-. Pensaba prohibírselo durante un año y un día.

Elodin suspiró.

– Sí, sí, muy tradicional -dijo-. ¿Por qué no le das una segunda oportunidad? Yo respondo por él.

Lorren me miró largamente. Intenté parecer todo lo prudente que pude, que no era mucho, teniendo en cuenta que me encontraba de pie en un tejado en plena noche.

– Muy bien -dijo Lorren-. Pero solo Volúmenes.

– La Tumba es para gilipollas sin propósito en la vida que ni siquiera saben masticar la comida -replicó Elodin con desdén-. Mi chico es un Re'lar. ¡Tiene más propósito que veinte hombres juntos! Necesita explorar las Estanterías y descubrir toda clase de cosas inútiles.

– El chico no me preocupa -aclaró Lorren con serenidad-. Lo que me preocupa es el Archivo.

Elodin me cogió por el hombro y me hizo acercarme un poco más.

– A ver qué te parece esto. Si vuelves a encontrarlo haciendo el tonto, dejaré que le cortes los pulgares. Sería una buena lección, ¿no te parece?

Lorren nos miró a los dos sosegadamente y asintió con la cabeza.

– Muy bien -dijo, y cerró la ventana.

– Ya está -dijo Elodin, satisfecho.

– ¿Cómo que ya está? -pregunté retorciéndome las manos-. Yo… ¿cómo que ya está?

Elodin me miró sorprendido.

– ¿Qué pasa? Ya puedes entrar. Problema resuelto.

– ¡Pero usted no puede proponerle que me corten los pulgares! -protesté.

– ¿Acaso piensas violar las normas otra vez? -me preguntó arqueando una ceja.

– ¿Qué…? No, pero…

– En tal caso, no tienes nada de qué preocuparte. -Se dio la vuelta y subió por la pendiente del tejado-. Probablemente. Sin embargo, yo en tu lugar tendría cuidado. Nunca sé cuándo Lorren está de broma.

Al día siguiente, nada más despertar, fui a la tesorería y arreglé cuentas con Riem, el cara agria encargado de atar los cordones de la bolsa de la Universidad. Desembolsé los nueve talentos con cinco que tanto me había costado ganar y me aseguré una plaza en la Universidad para un bimestre más.

Después fui a Registros y Horarios y me apunté a Observación en la Clínica, además de a Fisiognomía y a Fisiología. También me apunté a Metalurgia Ferrosa y Cúprica con Cammar en la Factoría. Por último, me apunté a Simpatía Experta con Elxa Dal.

Entonces reparé en que no sabía cómo se llamaba la asignatura de Elodin. Hojeé el libro hasta dar con el nombre de Elodin, y deslicé el dedo hasta la columna donde aparecía el nombre de la asignatura, escrito recientemente con tinta negra: «Introducción a cómo no ser un asno redomado».

Suspiré y anoté mi nombre en el único espacio en blanco que había debajo.

Capítulo 12

La mente dormida

Cuando desperté al día siguiente, la clase de Elodin fue lo primero que me vino al pensamiento. Noté un cosquilleo agradable en el estómago. Tras largos meses intentando que el maestro nominador me enseñara algo, por fin iba a tener la oportunidad de estudiar Nominación. Magia de verdad. Magia como la de Táborlin el Grande.

Pero antes del ocio, el negocio. La clase de Elodin no empezaba hasta mediodía. Con la amenaza de la deuda que había contraído con Devi pendiente sobre mi cabeza, necesitaba trabajar un par de horas en la Factoría.

Entré en el taller de Kilvin, y el estrépito de medio centenar de manos ocupadas me rodeó como la música. Aunque el taller era un lugar peligroso, yo lo encontraba curiosamente relajante. A muchos estudiantes les molestaba mi rápido ascenso en los rangos del Arcano, pero me había ganado el respeto, aunque fuera a regañadientes, de la mayoría de los otros artífices.

Vi a Manet trabajando cerca de los hornos y fui hacia él sorteando las mesas. Manet siempre sabía qué trabajos se pagaban mejor.

– ¡Kvothe!

La inmensa estancia se quedó en silencio; me di la vuelta y vi al maestro Kilvin en el umbral de su despacho. Me hizo señas para que me acercara y, sin esperarme, se metió dentro.

Poco a poco el sonido volvió a llenar la habitación cuando los alumnos reanudaron su actividad, pero sentía sus ojos clavados en mí mientras cruzaba de nuevo el taller, serpenteando entre las mesas de trabajo.

Al acercarme, vi a Kilvin a través de la amplia ventana de su despacho, escribiendo en una pizarra colgada en la pared. Era un palmo más alto que yo, y tenía un torso como un tonel. Su poblada y erizada barba y sus ojos oscuros le hacían parecer aún más corpulento de lo que era en realidad.

Golpeé educadamente el marco de la puerta con los nudillos, y Kilvin se dio la vuelta y dejó la tiza que tenía en la mano.

– Re'lar Kvothe. Pasa. Cierra la puerta.

Entré en el despacho, intrigado, y cerré la puerta detrás de mí. El jaleo y el estrépito del taller cesó por completo, e imaginé que Kilvin debía de haber puesto alguna astuta sigaldría para amortiguar el ruido. Como resultado, en la habitación reinaba un silencio casi sobrecogedor.

Kilvin cogió una hoja de papel que había en una esquina de su mesa de trabajo.

– Me he enterado de una cosa inquietante -dijo-. Hace unos días, se presentó en Existencias una muchacha que buscaba a un joven que le había vendido un amuleto. -Me miró a los ojos-. ¿Sabes algo de eso?

Negué con la cabeza y pregunté:

– ¿Qué quería?

– No lo sabemos -contestó Kilvin-. El E'lir Basil estaba trabajando en Existencias en ese momento. Dice que la muchacha era muy joven y que parecía muy consternada. Buscaba… -echó un vistazo a la hoja de papel- a un joven mago. No sabía su nombre, pero lo describió como joven, pelirrojo y atractivo.

Kilvin dejó la hoja en la mesa.

– Basil dice que la muchacha se fue alterando a medida que hablaban. Parecía asustada, y cuando él le preguntó cómo se llamaba, ella se marchó llorando. -Se cruzó de brazos y me miró con severidad-. Te lo preguntaré sin rodeos. ¿Has estado vendiendo amuletos a jovencitas?

La pregunta me pilló desprevenido.

– ¿Amuletos? ¿Amuletos para qué?

– Eso deberías decírmelo tú -dijo Kilvin misteriosamente-. Amuletos del amor, o de la buena suerte. Para ayudar a una mujer a quedarse embarazada, o para impedirlo. Amuletos contra los demonios y esas cosas.

– Pero ¿se pueden fabricar esas cosas? -pregunté.

– No -dijo Kilvin con firmeza-. Y por eso nosotros no los vendemos. -Aquellos ojos oscuros y penetrantes se clavaron en mí-. Te lo preguntaré otra vez: ¿has estado vendiendo amuletos a gentes ignorantes?

Esa acusación me cogió tan por sorpresa que no se me ocurrió nada sensato que decir en mi defensa. Entonces comprendí lo ridículo de la situación y me puse a reír.

– No tiene ninguna gracia, Re'lar Kvothe -dijo Kilvin entrecerrando los ojos-. Esos objetos están expresamente prohibidos por la Universidad, y además, cualquier estudiante que vendiera amuletos falsos… -Se interrumpió y sacudió la cabeza-. Eso denotaría un grave defecto de carácter.

– Míreme, maestro Kilvin -dije tirándome de la camisa-. Si estuviera estafando a gentes crédulas, no tendría que llevar ropa de segunda mano.

Kilvin me miró de arriba abajo, como si se fijara en mi ropa por primera vez.

– Es verdad -dijo-. Sin embargo, se podría pensar que un alumno con pocos recursos estaría muy tentado de cometer acciones así.

– Y lo he pensado -admití-. Con un trozo de hierro de un penique y con diez minutos de la sigaldría más sencilla, podría fabricar un colgante que se pusiera frío al tocarlo. No sería muy difícil vender un objeto así. -Me encogí de hombros-. Pero sé perfectamente que eso entraría en la categoría de Transacción Fraudulenta. Yo no me arriesgaría a eso.

– Un miembro del Arcano evita ese comportamiento porque es incorrecto, Re'lar Kvothe -dijo Kilvin frunciendo el entrecejo-, y no porque haya mucho en juego.

Lo miré con una sonrisa triste.

– Maestro Kilvin, si tuviera usted tan poca fe en mi categoría moral, no estaríamos manteniendo esta conversación.

Su expresión se suavizó un tanto, y sus labios dibujaron un amago de sonrisa.

– He de reconocer que no esperaría algo así de ti. Pero ya me he llevado otras sorpresas. Si no investigara estos casos, estaría faltando a mi obligación.

– ¿Venía la muchacha a quejarse del amuleto? -pregunté.

– No. Ya te he dicho que no dejó ningún mensaje. Pero no me explico por qué motivo una muchacha acongojada con un amuleto podría venir buscándote, sabiendo tu descripción pero no tu nombre. -Arqueó una ceja, convirtiendo la frase en una pregunta.

Suspiré.

– ¿Quiere saber mi sincera opinión, maestro Kilvin?

Esa vez Kilvin arqueó ambas cejas.

– Por supuesto, Re'lar Kvothe.

– Creo que alguien intenta crearme problemas -dije. Comparado con administrarme un veneno alquímico, extender rumores era un comportamiento casi refinado para Ambrose.

Kilvin asintió mientras se acariciaba distraídamente la barba.

– Sí. Entiendo.

Se encogió de hombros y cogió la tiza.

– Muy bien. Consideraré este asunto resuelto, de momento. -Se volvió hacia la pizarra y me miró por encima del hombro-. Espero que no venga por aquí una horda de mujeres encinta agitando colgantes de hierro y maldiciendo tu nombre.

– Tomaré medidas para impedirlo, maestro Kilvin.

Trabajé unas horas en la Factoría fabricando piezas sueltas, y luego me dirigí al aula de la Principaba donde Elodin daba su clase. Tenía que empezar a mediodía, pero me presenté allí el primero con media hora de antelación.

Los otros alumnos fueron apareciendo poco a poco. En total éramos siete. Primero llegó Fenton, mi amigo y rival de Simpatía Avanzada. Luego entró Fela con Brean, una hermosa joven de unos veinte años de cabello rubio rojizo cortado a lo chico.

Nos presentamos y charlamos un poco. Jarret era un tímido modegano al que había visto en la Clínica. También reconocí a Inyssa, una joven de brillantes ojos azules y cabello de color miel, pero tardé un rato en recordar dónde la había conocido: había sido una de las efímeras parejas de Simmon. Por último llegó Uresh, un El'the que rozaba la treintena. Su tez y su acento delataban que provenía de la lejana Lenatt.

Sonó la campanada del mediodía, pero Elodin seguía sin aparecer.

Pasaron cinco minutos. Diez minutos. Media hora más tarde Elodin llegó resollando al aula, con un fajo desordenado de papeles en los brazos. Los dejó caer encima de una mesa y empezó a pasearse enfrente de nosotros.

– Antes de empezar, deberíamos aclarar bien varias cosas -anunció sin saludar ni pedir disculpas por su retraso-. En primer lugar, debéis hacer lo que yo diga. Debéis hacerlo lo mejor que podáis, aunque no entendáis por qué motivo. Me parece bien que me hagáis preguntas, pero en definitiva: yo mando y vosotros hacéis. -Nos miró-. ¿Sí?

Todos asentimos afirmativamente y murmuramos nuestra conformidad.

– Segundo: debéis creerme cuando os diga determinadas cosas. Algunas de las cosas que os diré quizá no sean ciertas. Pero debéis creerlas de todos modos, hasta que yo os ordene parar. -Nos miró uno por uno-. ¿Sí?

Me pregunté vagamente si Elodin empezaba todas sus clases así. El se fijó en que yo no había dado ninguna señal afirmativa. Me fulminó con la mirada, enojado.

– Todavía no hemos llegado a lo más difícil -espetó.

– Haré todo lo posible por intentarlo -dije.

– Con respuestas como esa, llegarás a abogado en un periquete -me dijo Elodin con sarcasmo-. ¿Por qué no lo haces y punto, en lugar de hacer todo lo posible por intentarlo?

Asentí con la cabeza. Eso lo apaciguó, y volvió a dirigirse a toda la clase.

– Hay dos cosas que debéis recordar. La primera es que nuestros nombres nos dan forma, y que nosotros damos forma a nuestros nombres. -Dejó de pasearse y nos miró-. La segunda es que hasta el nombre más sencillo es tan complejo que vuestra mente jamás podría tantear siquiera sus límites, y mucho menos entenderlo lo bastante bien para pronunciarlo.

Hubo un largo silencio. Elodin esperó mirándonos con fijeza.

Fenton acabó picando.

– Si es así, ¿cómo se puede ser nominador?

– Buena pregunta -dijo Elodin-. La respuesta obvia es que no se puede. Que hasta los nombres más sencillos están muy lejos de nuestro alcance. -Levantó una mano-. Recordad: no me refiero a los nombres pequeños que utilizamos a diario. Los nombres para llamar cosas como «árbol», «fuego» o «piedra». Me refiero a algo completamente diferente.

Se metió una mano en el bolsillo y sacó una piedra de río, lisa y oscura.

– Describid la forma exacta de esta piedra. Habladme del peso y la presión que la forjaron a partir de arenas y sedimentos. Decidme cómo se refleja en ella la luz. Decidme cómo atrae la tierra su masa, cómo la envuelve el viento cuando se mueve por el aire. Decidme cómo las trazas de hierro dentro de ella sentirán la llamada de una piedra imán. Todas esas cosas y mil cien más configuran el nombre de esta piedra. -Alargó el brazo, sosteniéndola-. Esta sola y sencilla piedra.

Elodin bajó la mano y nos miró.

– ¿Veis lo compleja que puede ser incluso esta cosa tan sencilla? Si la estudiarais durante un largo mes, quizá llegarais a conocerla lo bastante bien para atisbar los bordes exteriores de su nombre. Quizá.

»Ese es el problema a que se enfrentan los nominadores. Debemos comprender cosas que están más allá de nuestra comprensión. ¿Cómo puede hacerse eso?

No esperó a que contestáramos, sino que cogió unas cuantas hojas de las que había traído y nos dio varias a cada uno.

– Dentro de quince minutos lanzaré esta piedra. Desde aquí. -Afianzó los pies en el suelo-. Mirándoos a vosotros. -Cuadró los hombros-. Haré un lanzamiento bajo, con un impulso de unos tres grips. Quiero que calculéis de qué manera se desplazará por el aire para que tengáis la mano en el sitio exacto y atraparla cuando llegue el momento.

»Podéis proceder -concluyó, y dejó la piedra encima de una mesa.

Me puse a resolver el problema con buena voluntad. Dibujé triángulos y arcos, y calculé utilizando fórmulas que no recordaba muy bien. No tardé en sentirme frustrado ante aquella tarea imposible. Faltaban demasiados datos, había demasiadas variables que era sencillamente imposible calcular.

Cuando llevábamos cinco minutos trabajando solos, Elodin nos animó a trabajar en grupo. Entonces fue cuando descubrí el talento que tenía Uresh para los números. Sus cálculos sobrepasaban los míos hasta tal punto que yo apenas entendía lo que hacía. Fela no le iba a la zaga, aunque ella además había dibujado una serie detallada de arcos parabólicos.

Los siete hablamos, discutimos, lo intentamos, fracasamos y volvimos a intentarlo. Transcurridos quince minutos, todos nos sentíamos frustrados. Yo el que más. Odio los problemas que no puedo resolver.

– Y bien, ¿qué podéis decirme? -inquirió Elodin mirándonos a todos.

Algunos empezamos a ofrecer medias respuestas o nuestras mejores conjeturas, pero él nos hizo callar con un ademán.

– ¿Qué podéis decirme con certeza?

Tras una pausa, habló Fela:

– Que no sabemos cómo caerá la piedra.

Elodin dio una palmada en señal de aprobación.

– ¡Muy bien! Esa es la respuesta correcta. Y ahora, mirad.

Fue hasta la puerta y asomó la cabeza.

– ¡Henri! -gritó-. Sí, tú. Ven un momento. -Se apartó de la puerta e hizo entrar a uno de los recaderos de Jamison, un niño de no más de ocho años.

Elodin se apartó media docena de pasos y se volvió poniéndose de cara al chico. Cuadró los hombros y esgrimió una sonrisa de loco.

– ¡Cógela! -dijo, y le lanzó la piedra a Henri.

El niño, desprevenido, atrapó la piedra al vuelo.

Elodin aplaudió con entusiasmo, y luego felicitó al desconcertado Henri antes de pedirle que le devolviera la piedra y ordenarle que se marchara.

El maestro se volvió hacia nosotros.

– ¿Y bien? -preguntó-. ¿Cómo lo ha hecho? ¿Cómo ha podido calcular en un segundo lo que siete brillantes miembros del Arcano no han podido resolver en un cuarto de hora? ¿Acaso sabe más geometría que Fela? ¿Sabe calcular más deprisa que Uresh? ¿Deberíamos pedirle que venga y nombrarlo Re'lar?

Todos reímos un poco, más relajados.

– A ver si me explico. En todos nosotros hay una mente que utilizamos para todos nuestros actos conscientes. Pero también hay otra mente, una mente dormida. Es tan poderosa que la mente dormida de un niño de ocho años puede lograr en un segundo lo que las mentes despiertas de siete miembros del Arcano no han logrado en quince minutos.

Describió un arco con un brazo.

– Vuestra mente dormida es lo bastante vasta y virgen para contener los nombres de las cosas. Eso lo sé porque a veces ese conocimiento aflora a la superficie. Inyssa ha pronunciado el nombre del hierro. Su mente despierta no lo sabe, pero su mente dormida es más sabia. En algún rincón dentro de ella, Fela entiende el nombre de la piedra. -Elodin me señaló-. Kvothe ha llamado al viento. Si hemos de dar crédito a los textos de aquellos que murieron antaño, el suyo es el camino tradicional. El del viento era el nombre que los aspirantes a nominadores buscaban y encontraban cuando aquí se estudiaban cosas, hace mucho tiempo.

Se quedó callado un momento, mirándonos con seriedad, con los brazos cruzados.

– Quiero que cada uno de vosotros piense qué nombre le gustaría encontrar. Debería ser un nombre pequeño. Algo sencillo: hierro o fuego, viento o agua, madera o piedra. Debería ser algo con lo que sintáis afinidad.

Elodin fue dando zancadas hasta la gran pizarra colgada en la pared y empezó a escribir una lista de títulos. Su caligrafía era asombrosamente pulcra.

– Estos libros son importantes -dijo-. Leed uno.

Al cabo de un momento, Brean levantó una mano. Entonces comprendió que era un gesto inútil, puesto que Elodin todavía nos daba la espalda.

– Maestro Elodin -dijo, titubeante-. ¿Cuál tenemos que leer?

Elodin giró la cabeza sin dejar de escribir.

– No me importa -dijo con fastidio-. Escoged uno. Los otros podéis leerlos por encima por partes. Podéis mirar las ilustraciones. Oledlos, como mínimo. -Giró de nuevo la cabeza hacia la pizarra.

Los siete nos miramos. Lo único que se oía en el aula eran los golpecitos de la tiza de Elodin.

– ¿Cuál es el más importante? -pregunté.

Elodin hizo un ruidito de desagrado.

– No lo sé. Yo no los he leído. -Escribió En temerant voistra en la pizarra y encerró las palabras en un círculo-. Ni siquiera sé si este está en el Archivo. -Anotó un signo de interrogación a su lado y siguió escribiendo-. Pero os diré una cosa. Ninguno está en Volúmenes. De eso me he asegurado bien. Tendréis que buscarlos en Estanterías. Tendréis que ganároslos.

Terminó de escribir el último título y se apartó de la pizarra, asintiendo con la cabeza para sí. En total había veinte libros. Puso estrellitas junto a tres de ellos, subrayó otros dos y dibujó una cara triste junto al último de la lista.

Y entonces salió del aula sin decir nada más, y nos dejó pensando en la naturaleza de los nombres y preguntándonos dónde nos habíamos metido.

Capítulo 13

La cacería

Decidido a hacer un buen papel en la clase de Elodin, fui a buscar a Wilem y negocié con él un intercambio: copas en el futuro a cambio de ayuda para orientarme en el Archivo.

Recorrimos juntos las calles adoquinadas de la Universidad; soplaba un fuerte viento, y la silueta sin ventanas del Archivo se alzaba sobre nosotros al otro lado del patio. Las palabras vorfelan rhinata morie estaban cinceladas en la fachada, sobre la puerta de piedra de doble hoja.

Cuando estuvimos cerca, me di cuenta de que tenía las manos sudadas.

– Divina pareja, espera un momento -dije, y me paré.

Wil arqueó una ceja.

– Estoy nervioso como una prostituta inexperta -expliqué-. Dame un momento.

– Dices que Lorren te levantó el castigo hace dos días -dijo Wilem-. Creía que entrarías en cuanto te dieran el permiso.

– He esperado para que puedan actualizar los registros. -Me sequé las manos húmedas en la camisa-. Estoy seguro de que pasará algo -añadí con nerviosismo-. Mi nombre no aparecerá en el registro. Ambrose estará en el mostrador y sufriré una recaída de la droga y acabaré arrodillándome sobre su cuello y chillando.

– Me encantaría verlo -dijo Wil-, pero hoy Ambrose no trabaja.

– Bueno, ya es algo -admití, y me relajé un poco. Señalé las palabras escritas sobre la puerta-. ¿Sabes qué significa eso?

Wil alzó la vista.

– El deseo de conocimiento forma al hombre -dijo-. O algo parecido.

– Me gusta. -Inspiré hondo-. Bueno. Vamos allá.

Tiré de la enorme puerta de piedra y entré en una pequeña antecámara; Wil abrió las puertas interiores de madera y entramos en el vestíbulo. En medio de la habitación había un gran mostrador de madera con varios registros grandes y encuadernados en piel. Unas puertas, también imponentes, llevaban en diferentes direcciones.

Fela, con el rizado cabello recogido en una cola, estaba sentada detrás del mostrador. La luz rojiza de las lámparas simpáticas la hacía parecer diferente, pero no menos hermosa. Nos sonrió.

– Hola, Fela -la saludé intentando disimular mi nerviosismo-. Me han dicho que Lorren me ha inscrito de nuevo en los libros buenos. ¿Puedes comprobarlo, por favor?

Fela asintió y empezó a hojear el registro que tenía delante. Se le iluminó la cara y señaló en una hoja. Pero entonces su expresión se ensombreció.

Noté un vacío en el estómago.

– ¿Qué pasa? ¿Algo malo?

– No, no pasa nada -me contestó Fela.

– Pues nadie lo diría -refunfuñó Wil-. ¿Qué pone?

Fela vaciló, pero le dio la vuelta al libro para que pudiéramos leerlo: «Kvothe, hijo de Arliden. Pelirrojo. Tez clara. Joven». Al lado, anotado en el margen con una caligrafía distinta, ponía: «Miserable Ruh».

– Todo está correcto -dije sonriendo a Fela-. ¿Puedo entrar?

Ella asintió.

– ¿Necesitáis lámparas? -nos preguntó, y abrió un cajón.

– Yo sí -respondió Wil, que ya estaba escribiendo su nombre en otro libro.

– Yo ya llevo una -dije sacando mi lamparita de un bolsillo de la capa.

Fela abrió el registro de entradas y nos pidió que firmáramos en él. Cuando escribía mi nombre, me tembló la mano y se me escapó el plumín, manchando la página de tinta. Fela secó la tinta con papel secante y cerró el libro. Me sonrió.

– Bienvenido -dijo.

Dejé que Wilem me guiara por Estanterías y aparenté admiración lo mejor que pude.

Tampoco me costó mucho fingir. Pese a que llevaba tiempo entrando en el Archivo, me había visto obligado a moverme por allí con el sigilo de un ladrón. Ponía la lámpara al mínimo y evitaba los pasillos principales por temor a tropezarme con alguien.

Los estantes cubrían por completo las paredes de piedra. Algunos pasillos eran amplios y despejados, con techos altos, mientras que otros formaban pasadizos estrechos donde apenas quedaba espacio para que pasaran dos personas de medio lado. Había un olor intenso a cuero y polvo, a pergamino viejo y a cola de encuadernar. Olía a secretos.

Wilem me llevó entre estanterías de formas retorcidas, subimos por una escalera y atravesamos un pasillo largo y ancho con las paredes forradas de libros idénticos encuadernados con piel roja. Por último llegamos ante una puerta por cuyas rendijas se filtraba una tenue luz rojiza.

– Hay habitaciones cerradas para estudiar en privado -dijo Wilem en voz baja-. Se llaman «rincones de lectura». Sim y yo utilizamos mucho este. Lo conoce poca gente. -Llamó a la puerta brevemente antes de abrirla revelando una habitación sin ventanas donde apenas cabían una mesa y unas sillas.

Sim estaba sentado a la mesa, y la luz roja de su lámpara simpática hacía que su cara pareciera aún más rubicunda que de costumbre. Abrió desmesuradamente los ojos al verme.

– ¡Kvothe! ¿Qué haces aquí? -exclamó. Se volvió hacia Wilem, horrorizado-. ¿Qué hace aquí?

– Lorren le ha levantado el castigo -explicó Wilem-. Nuestro joven amigo tiene una lista de lecturas. Está planeando su primera cacería de libros.

– ¡Enhorabuena! -Sim me sonrió-. ¿Puedo ayudarte? Me estaba quedando dormido. -Me tendió la mano con la palma hacia arriba.

Me di unos golpecitos en la sien.

– El día que no sea capaz de memorizar veinte títulos dejaré de pertenecer al Arcano -dije. Pero esa era una media verdad. Toda la verdad era que solo tenía seis preciosas hojas de papel. No podía malgastar una para algo tan banal.

Sim se sacó del bolsillo un trozo de papel doblado y un lápiz corto.

– Pues yo necesito apuntar las cosas -dijo-. No todos memorizamos baladas por diversión.

Me encogí de hombros y empecé a anotar los títulos.

– Creo que ganaremos tiempo si nos dividimos la lista -propuse.

Wilem me miró con extrañeza.

– ¿Acaso crees que puedes pasearte por aquí y encontrar los libros tú solo? -Miró a Sim, que sonreía de oreja a oreja.

Claro. Se suponía que yo no sabía nada de la distribución de Estanterías. Wil y Sim ignoraban que llevaba casi un mes colándome por la noche.

No es que no confiara en ellos, pero Sim no sabía mentir ni para salvar la vida, y Wil trabajaba de secretario. No quería que tuviera que elegir entre mi secreto y su deber para con el maestro Lorren.

Así que decidí hacerme el tonto.

– Bah, ya me las apañaré -dije con desenfado-. No puede ser tan difícil pillarle el truco.

– En el Archivo hay tantos libros -dijo Wil despacio- que tardarías un ciclo entero solo para leer todos los títulos. -Hizo una pausa y me miró de hito en hito-. Once días enteros sin pausa para comer ni para dormir.

– ¿En serio? -preguntó Sim-. ¿Tanto tiempo?

Wil asintió.

– Lo calculé hace un año. Me ayuda a atajar el lloriqueo de los E'lir cuando tienen que esperar a que les vaya a buscar un libro. -Me miró-. También hay libros que no tienen título. Y rollos de pergamino. Y tablillas. Y muchas lenguas.

– ¿Qué clase de tablillas? -pregunté.

– Tablillas de arcilla -explicó Wil-. Fueron de las pocas cosas que se salvaron cuando ardió Caluptena. Algunas las han transcrito, pero no todas.

– Pero no es solo eso -intervino Sim-. El problema es la organización.

– La catalogación -continuó Wil-. A lo largo de los años ha habido muchos sistemas diferentes. Unos maestros prefieren uno, y otros, otro. -Arrugó la frente-. Algunos crean sus propios sistemas para organizar los libros.

– Lo dices como si hubiera que ponerlos en la picota por ello -dije riendo.

– Tal vez -refunfuñó Wil-. Yo no lloraría si eso pasara.

– No puedes reprocharle a un maestro que intente organizar las cosas de la mejor manera posible -objetó Sim.

– Sí puedo -le contradijo Wilem-. Si el Archivo estuviera mal organizado, tendríamos que trabajar en condiciones desagradables pero uniformes. Pero en los últimos cincuenta años ha habido muchos sistemas diferentes. Libros mal etiquetados. Títulos mal traducidos.

Se pasó las manos por el pelo; de pronto parecía cansado.

– Y continuamente llegan libros nuevos que hay que catalogar. Y siempre hay algún E'lir perezoso en la Tumba que nos pide que le busquemos algo. Es como intentar cavar un hoyo en el fondo de un río.

– Por cómo lo cuentas -dije despacio-, se ve que el tiempo que pasas trabajando de secretario te resulta agradable y gratificante.

Sim se tapó la boca con ambas manos para amortiguar una risa.

– Y luego estáis vosotros. -Wil me miró, y su voz adoptó un tono grave y amenazador-. Alumnos con libertad para entrar en Estanterías. Venís, leéis un libro hasta la mitad y lo escondéis para poder seguir leyéndolo cuando os convenga. -Wil apretaba los puños como si estuviera agarrando a alguien por la camisa. O tal vez por el cuello-. Luego olvidáis dónde habéis puesto el libro, que desaparece como si lo hubierais quemado.

Wil me apuntó con un dedo.

– Si alguna vez me entero de que haces eso -dijo con ira- no habrá Dios que te libre de mí.

Pensé, arrepentido, en los tres libros que había escondido de la forma que Wil acababa de describir mientras estudiaba para los exámenes.

– Te prometo -dije- que jamás lo haré. -«Otra vez», añadí mentalmente.

Sim se levantó de la mesa frotándose enérgicamente las manos.

– Vale. Dicho de otro modo, esto es un desastre, pero si te ciñes a los libros que aparecen en el catálogo de Tolem, deberías poder encontrar lo que buscas. Tolem es el sistema que utilizamos ahora. Wil y yo te enseñaremos dónde se guardan los catálogos.

– Y unas cuantas cosas más -añadió Wil-. Tolem no es muy completo. Quizá algunos de tus libros requieran una búsqueda más exhaustiva. -Se dio la vuelta y abrió la puerta.

Resultó que en los catálogos de Tolem solo había cuatro libros de mi lista. Tras comprobarlo, tuvimos que abandonar las partes mejor organizadas de Estanterías. Wil se había tomado mi lista como un desafío personal, así que ese día aprendí mucho sobre el Archivo. Wil me llevó a Catálogos Muertos, la Escalera Inversa, el Ala Inferior.

Aun así, pasadas cuatro horas solo habíamos conseguido localizar el paradero de siete libros. Eso pareció frustrar a Wil, pero le di las gracias efusivamente, y le aseguré que me había proporcionado lo necesario para continuar la búsqueda por mi cuenta.

Los días siguientes me pasé todos mis momentos libres en el Archivo, de caza y captura buscando los libros de la lista de Elodin. Nada deseaba más que empezar aquella asignatura con buen pie, y estaba decidido a leer todos los libros que nos había dado.

El primero era un libro de viajes que encontré bastante ameno. El segundo era un libro de poesía bastante mala, pero era corto, y conseguí leérmelo apretando los dientes y cerrando de vez en cuando un ojo para que mi cerebro no saliera demasiado perjudicado. El tercero era un libro de filosofía retórica, escrito sin fluidez.

A continuación venía un libro que detallaba la flora silvestre del norte de Atur. Un manual de esgrima con ilustraciones bastante confusas. Otro libro de poesía, pesado como un ladrillo y aún más lamentable que el primero.

Me llevó horas, pero los leí todos. Y hasta tomé notas en dos de mis valiosas hojas de papel.

A continuación venía el diario de un loco, o eso me pareció que era. Suena interesante, pero en realidad solo era un dolor de cabeza comprimido entre dos cubiertas. El hombre escribía con una caligrafía muy prieta, sin espacio entre las palabras. No había párrafos. Ni puntuación. Ni gramática u ortografía consistentes.

Fue entonces cuando empecé a leer por encima. Al día siguiente, al enfrentarme a dos libros escritos en modegano, una serie de ensayos relacionados con la rotación de cultivos y una monografía sobre los mosaicos vínticos, dejé de tomar notas.

Los últimos libros me limité a hojearlos, preguntándome por qué Elodin querría que leyéramos el registro de tributos de doscientos años de antigüedad de una baronía de los Pequeños Reinos, un texto médico obsoleto y un drama moral mal traducido.

Aunque no tardé en perder mi fascinación por leer los libros de Elodin, seguía disfrutando con la caza y captura. Fastidié a no pocos secretarios con mis constantes preguntas: ¿quién se encargaba de guardar los libros en los estantes? ¿Dónde estaban los panléxicos vínticos? ¿Quién tenía las llaves del almacén de rollos del cuarto sótano? ¿Dónde guardaban los libros dañados mientras esperaban a que los repararan?

Al final encontré diecinueve libros. Todos excepto En temerant voistra. Y no fue porque no lo intentara. Calculé que había invertido casi cincuenta horas en la tarea de buscar y leer.

Llegué a la siguiente clase de Elodin con diez minutos de antelación, orgulloso como un sacerdote. Llevaba mis dos hojas de meticulosas notas, ansioso por impresionar a Elodin con mi dedicación y mi esmero.

Los siete alumnos nos presentamos antes de que sonara la campana de mediodía. La puerta del aula estaba cerrada, así que nos quedamos de pie en el pasillo esperando a que llegara Elodin.

Nos contamos cómo nos había ido la búsqueda en el Archivo, y dimos mil vueltas a por qué Elodin consideraba importantes aquellos libros. Fela era secretaria desde hacía años, y solo había localizado siete títulos. Nadie había encontrado En temerant vóistra ni lo había visto siquiera mencionado.

Elodin seguía sin llegar cuando sonó la campana de mediodía, y quince minutos más tarde me harté de esperar de pie en el pasillo e intenté abrir la puerta del aula. Al principio el picaporte no se movió, pero cuando lo sacudí con impaciencia, el pestillo giró y la puerta se abrió un poco.

– Creía que estaba cerrada con llave -dijo Inyssa frunciendo el entrecejo.

– No, solo estaba atascada -dije, y acabé de abrirla de un empujón.

Entramos en la gran sala vacía y bajamos por la escalera hasta la primera fila de asientos. En la gran pizarra que teníamos delante, había una única palabra escrita con la pulcra caligrafía de Elodin: «Discutan».

Nos sentamos y nos pusimos a esperar, pero Elodin seguía sin aparecer. Miramos la pizarra, y luego entre nosotros, sin saber exactamente qué se suponía que teníamos que hacer.

Por las caras que ponían los demás, comprendí que no era el único que estaba enojado. Me había pasado cincuenta horas buscando aquellos condenados e inútiles libros. Había cumplido mi parte. ¿Por qué Elodin no cumplía la suya?

Los siete aguardamos dos horas más, charlando y esperando a que llegara Elodin.

Jamás llegó.

Capítulo 14

La ciudad escondida

Si bien las horas que había perdido de caza y captura buscando los libros de Elodin me habían dejado profundamente irritado, la experiencia me proporcionó un sólido conocimiento sobre el funcionamiento del Archivo. Lo más importante que aprendí fue que no era un mero almacén lleno de libros. El Archivo era una auténtica ciudad. Tenía calles y callejones tortuosos. Tenía pasajes y atajos.

Como en cualquier ciudad, algunas partes del Archivo eran un hervidero de actividad. En el Scriptorium había hileras de mesas donde los secretarios se afanaban con traducciones o copiaban textos desvaídos en libros nuevos con tinta negra y fresca. En la Sala de Clasificación los secretarios pasaban los libros por la criba y los colocaban de nuevo en los estantes.

La Sala de Descocados no era lo que había imaginado. Allí se desparasitaban los libros nuevos antes de añadirlos a la colección. Por lo visto, hay un sinfín de bicharracos que adoran los libros: unos devoran el pergamino y el cuero, y otros tienen afición al papel o la cola. Las lepismas eran solo un ejemplo, y después de que Wilem me contara unas cuantas historias, me dieron ganas de ir corriendo a lavarme las manos.

La Jaula del Catalogador, el Taller de Encuadernación, Rollos, Palimpsestos… En todas esas salas, llenas de silenciosos y laboriosos secretarios, se vivía el ajetreo de una colmena.

Pero en otras partes del Archivo ocurría todo lo contrario. La Oficina de Adquisiciones, por ejemplo, era muy pequeña y estaba permanentemente a oscuras. A través de la ventana vi que toda una pared de la oficina estaba ocupada por un mapa inmenso, con las ciudades y los caminos marcados con tanto detalle que parecía un telar enmarañado. El mapa estaba recubierto con una capa de laca alquímica transparente, y en varios puntos había notas escritas con lápiz rojo que localizaban rumores de libros atractivos y las últimas posiciones conocidas de los diferentes equipos de adquisición.

Volúmenes era como un gran parque público. Todos los estudiantes tenían libertad para entrar allí y leer los libros de los anaqueles. También podían presentar una solicitud a los secretarios, que de mala gana iban a Estanterías para encontrar, si no el libro exacto que les habían pedido, al menos algún otro relacionado.

Pero en Estanterías era donde se concentraba el grueso del Archivo. Allí era donde vivían los libros. Y como en cualquier ciudad, había barrios buenos y barrios malos.

En los barrios buenos todo estaba debidamente organizado y catalogado. Allí, la referencia del catálogo te guiaba hasta un libro con extrema precisión, como si alguien te lo señalara con un dedo.

Luego estaban los barrios malos. Secciones de! Archivo olvidadas, abandonadas o simplemente demasiado problemáticas para que se ocuparan de ellas de momento. Allí los libros estaban organizados según catálogos viejos, o no obedecían a catálogo alguno.

Había paredes de estantes que parecían bocas donde faltaban dientes, allí donde, en el pasado, los secretarios habían canibalizado un catálogo viejo para ordenar los libros según el sistema que estuviera de moda en ese momento. Treinta años atrás, habían trasladado dos pisos enteros de libros de un barrio bueno a otro malo cuando una facción rival de secretarios quemó los catálogos de Larkin.

Y estaba, por supuesto, la puerta de las cuatro placas. El secreto del corazón de la ciudad.

Era agradable pasear por los barrios buenos. Era gratificante ir a buscar un libro y encontrarlo exactamente donde debía estar. Era fácil. Reconfortante. Rápido.

Pero los barrios malos eran fascinantes. Los libros guardados allí estaban abandonados y polvorientos. Cuando abrías uno, quizá leyeras palabras que ningunos ojos habían tocado durante centenares de años. Allí, entre la basura, había auténticos tesoros.

Era allí donde yo buscaba información sobre los Chandrian.

Me pasé horas, días enteros buscando. Una de las razones por las que había ido a la Universidad era mi obsesión por descubrir la verdad sobre ellos. Ahora que por fin tenía fácil acceso al Archivo, me propuse recuperar el tiempo perdido.

Pero pese a mis largas horas de exploración, no encontré prácticamente nada. En varias antologías de cuentos para niños aparecían los Chandrian haciendo pequeñas travesuras como robar tartas o agriar la leche. En otros, regateaban como demonios en dramas morales atures.

Esparcidos por esas historias había unos pocos y delgados hilos de realidad, pero nada que yo no supiera ya. Los Chandrian estaban malditos. Había señales que anunciaban su presencia: fuego azul, herrumbre y putrefacción, una sensación de frío.

Mi cacería se hacía más difícil al no poder pedirle ayuda a nadie. Si corriese la voz de que me pasaba horas leyendo cuentos para niños, mi reputación no mejoraría mucho.

Y lo más importante: una de las pocas cosas que sabía sobre los Chandrian era que se esforzaban brutalmente para reprimir cualquier conocimiento de su existencia. Habían matado a mi troupe porque mi padre había compuesto una canción sobre ellos. En Trebon habían matado a todos los invitados de una boda porque algunos los habían visto representados en una pieza de cerámica antigua.

Dadas las circunstancias, hablar de los Chandrian no parecía lo más prudente ni sabio.

Así que seguí buscando yo solo. Al cabo de unos días, perdí la esperanza de hallar algo tan útil como un libro sobre los Chandrian, o incluso algo tan sustancioso como una monografía. Sin embargo, seguí leyendo con la esperanza de dar con un retazo de verdad oculto en algún rincón. Un solo hecho. Una pista. Algo.

Pero los cuentos para niños no abundan en detalles, y los pocos que encontré eran a todas luces descabellados. ¿Dónde vivían los Chandrian? En las nubes. En los sueños. En un castillo de caramelo. ¿Cuáles eran sus señales? Truenos. El oscurecimiento de la luna. En un relato hasta mencionaban los arcos iris. ¿A quién se le ocurriría escribir eso? ¿Por qué hacer que los niños le tuvieran miedo al arco iris?

Encontrar los nombres resultó más sencillo, pero era evidente que estaban todos robados de otras fuentes. Casi todos eran nombres de demonios mencionados en el Libro del camino, o de alguna obra de teatro, sobre todo de Daeonica. Una historia alegórica penosa nombraba a los Chandrian como a siete famosos emperadores de los días del imperio de Atur. Al menos eso me arrancó una breve y amarga risotada.

Al final descubrí un delgado volumen, titulado El libro de los secretos, enterrado en lo más profundo de Catálogos Muertos. Era un libro extraño: estaba organizado como un bestiario, pero escrito como un abecedario para niños. Tenía ilustraciones en que aparecían seres de cuentos de hadas como ogros, troles y resinillos. Cada entrada tenía una ilustración acompañada de un poema breve e insípido.

La entrada de los Chandrian era la única que no llevaba ilustración, por supuesto. En su lugar solo había una página vacía enmarcada con volutas decorativas. El poema no aportaba absolutamente nada:

De un sitio a otro los Chandrian van,

pero nunca dejan rastro ni sabes dónde están.

Guardan sus secretos con mucho cuidado,

pero nunca te arañan ni te pegan un bocado.

No montan peleas ni arman jaleos.

De hecho con nosotros son bastante buenos.

Llegan y se van, te vuelves y se han ido,

como un rayo en el cielo, como un suspiro.

Pese a lo irritante que resultaba un texto tan superficial, al menos dejaba algo muy claro: para el resto de la gente, los Chandrian no eran más que cuentos de hadas infantiles. Tan irreales como los engendros o los unicornios.

Yo sabía otra cosa, por supuesto. Los había visto con mis propios ojos. Había hablado con Ceniza, el de los ojos negros. Había visto a Haliax, envuelto en un manto de sombra.

Continué mi infructuosa búsqueda. No me importaba lo que creyera el resto de la gente. Yo sabía la verdad, y no soy de los que se rinden fácilmente.

Me acomodé al ritmo del nuevo bimestre. Como antes, asistía a las clases y tocaba el laúd en Anker's, pero pasaba la mayor parte del tiempo en el Archivo. Lo había deseado tanto que poder entrar por la puerta principal siempre que quisiera me parecía casi un sueño.

Ni siquiera mi continuado fracaso en la búsqueda de algún dato objetivo sobre los Chandrian me amargaba la experiencia. Mientras iba a la caza y captura, cada vez me distraían más otros libros que encontraba. Un herbario medicinal escrito a mano con ilustraciones a la acuarela de varias plantas. Un pequeño libro en cuarto con cuatro obras de teatro que jamás había oído mencionar. Una biografía considerablemente amena de Hevred el Precavido.

Pasaba tardes enteras en los rincones de lectura, saltándome las comidas y descuidando a mis amigos. Más de una vez fui el último alumno que salió del Archivo por la noche, antes de que los secretarios cerraran las puertas con llave. Si hubiera estado permitido, habría dormido allí.

Algunos días, cuando tenía el horario demasiado apretado para quedarme mucho rato seguido leyendo, me limitaba a pasearme por Estanterías unos minutos entre clase y clase.

Estaba tan encaprichado con mis recientes libertades que pasé varios días sin ir a Imre. Cuando volví al Hombre de Gris, llevé una tarjeta de visita que había hecho con un trozo de pergamino. Pensé que Denna la encontraría graciosa.

Pero cuando llegué, el entrometido portero del Hombre de Gris me dijo que no, no podía entregar mi tarjeta. No, la joven dama ya no se alojaba allí. No, no podía dejarle ningún mensaje. No, no sabía adónde había ido.

Capítulo 15

Hechos interesantes

Elodin entró con aire resuelto en el aula, con casi una hora de retraso. Llevaba manchas de hierba en la ropa, y hojas secas enredadas en el pelo. Sonreía.

Ese día solo éramos seis alumnos esperándolo. Jarret no se había presentado a las dos últimas clases. Dados sus comentarios cáusticos antes de desaparecer, yo dudaba mucho que volviera.

– ¡Bueno! -gritó Elodin sin preámbulo-. ¡Contadme cosas!

Esa era su nueva manera de hacernos perder el tiempo. Al comienzo de cada clase nos pedía que le contáramos un hecho interesante que él no hubiese oído nunca. Por descontado, Elodin era quien decidía qué era interesante, y si el primer hecho que presentabas no estaba a la altura, o si Elodin ya lo había oído, te pedía otro, y otro, hasta que por fin dabas con algo que le divertía.

– ¡Adelante! -exclamó apuntando a Brean.

– Las arañas respiran bajo el agua -dijo ella de inmediato.

– Bien -dijo Elodin asintiendo con la cabeza. Miró a Fenton.

– Al sur de Vintas hay un río que fluye al revés -dijo Fenton-. Es un río de agua salada que discurre hacia el interior desde el mar de Centhe.

– Eso ya lo sabía -dijo Elodin negando con la cabeza.

Fenton miró un trozo de papel que tenía en la mano.

– Una vez, el emperador Ventoran aprobó una ley…

– Aburrido -lo atajó Elodin.

– ¿Si ingieres más de dos litros de agua salada vomitas? -preguntó Fenton.

Elodin movió la boca mientras cavilaba, como si tratara de soltar un trozo de cartílago que se le hubiera quedado entre los dientes. Al final expresó su satisfacción con una cabezada.

– Eso está bien. -Señaló a Uresh.

– Se puede dividir el infinito un número infinito de veces, y las partes resultantes seguirán siendo infinitamente grandes -dijo Uresh con su extraño acento lenatti-. Pero si divides un número no infinito un número infinito de veces, las partes resultantes son no infinitamente pequeñas. Como son no infinitamente pequeñas, pero hay un número infinito de ellas, si las sumas, obtienes una suma infinita. De lo que se desprende que, de hecho, cualquier número es infinito.

– ¡Uau! -exclamó Elodin tras una larga pausa. Se puso muy serio y apuntó con un dedo al alumno de Lenatt-. Uresh. Tu próxima tarea es acostarte con una mujer. Si no sabes cómo hacerlo, ver a hablar conmigo después de clase. -Se volvió y miró a Inyssa.

– Los Yll nunca llegaron a desarrollar una lengua escrita.

– No es cierto -la contradijo Elodin-. Utilizaban un sistema de nudos. -Hizo unos movimientos complejos con las manos, como si trenzara algo-. Y ya lo hacían mucho antes de que nosotros empezáramos a garabatear pictogramas en pieles de oveja.

– Yo no he dicho que no tuvieran una lengua documentada -murmuró Inyssa-. He dicho una lengua escrita.

Elodin consiguió transmitir su tremendo aburrimiento con un simple encogimiento de hombros. Inyssa frunció el entrecejo.

– Está bien. En Esceria hay una raza de perro que pare por un pene vestigial.

– Uau -dijo Elodin-. Vale. Muy bien. -Señaló a Fela.

– Hace ochenta años, la Clínica descubrió la forma de eliminar las cataratas de los ojos -dijo Fela.

– Ya lo sabía -replicó el maestro agitando una mano.

– Déjeme acabar -dijo Fela-. Eso también significaba que podrían devolver la visión a personas que nunca habían podido ver. Esas personas que no se habían quedado ciegas, sino que habían nacido ciegas.

Elodin ladeó la cabeza con gesto de curiosidad.

– Cuando recuperaron la visión -continuó Fela- les mostraron objetos. Una esfera, un cubo y una pirámide colocados encima de una mesa. -Mientras hablaba, Fela iba trazando las formas con las manos-. Entonces los fisiólogos les preguntaron cuál de los tres objetos era redondo.

Fela hizo una pausa teatral y fijó la vista en todos nosotros.

– No sabían decirlo solo con mirar las figuras. Primero necesitaban tocarlas. Hasta que no tocaron la esfera no se dieron cuenta de que era la redonda.

Elodin echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada, encantado.

– ¿En serio?

Fela asintió.

– ¡El premio es para Fela! -gritó Elodin alzando los brazos. Luego se metió una mano en el bolsillo, sacó un objeto alargado de color marrón y se lo puso en las manos a Fela.

Ella lo examinó con curiosidad. Era una vaina de algodoncillo.

– Kvothe todavía no ha dicho nada -le recordó Brean al maestro.

– No importa -dijo Elodin con brusquedad-. Kvothe siempre la caga con Hechos Interesantes.

Fruncí el ceño dejando clara constancia de mi enfado.

– Muy bien -concedió Elodin-. A ver qué tienes.

– Los mercenarios adem tienen un arte secreto llamado Lethani -dije-. Es la clave de lo que los convierte en guerreros tan fieros.

– ¿En serio? -preguntó Elodin inclinando la cabeza hacia un lado-. ¿En qué consiste?

– No lo sé -dije con ligereza, solo para fastidiarlo-. Como ya he dicho, es secreto.

Elodin reflexionó un momento y negó con la cabeza.

– No. Es interesante, pero no es un hecho. Viene a ser como decir que los prestamistas ceáldicos tienen un arte secreto llamado Financia que es lo que los convierte en tan fieros banqueros. No tiene consistencia. -Volvió a mirarme con expectación.

Traté de pensar en otra cosa, pero no se me ocurrió nada. Tenía la cabeza llena de cuentos de hadas y líneas de investigación sobre los Chandrian que no conducían a ninguna parte.

– ¿Lo ves? -le dijo Elodin a Brean-. Siempre la caga.

– No entiendo por qué perdemos el tiempo de esta manera -le solté.

– ¿Tienes algo mejor que hacer? -me preguntó.

– ¡Pues sí! -estallé-. ¡Tengo mil cosas más importantes que hacer! ¡Como aprender el nombre del viento!

Elodin levantó un dedo en un intento de adoptar una pose de sabio y fracasó por culpa de las hojas que tenía en el pelo.

– Los hechos pequeños nos llevan al gran conocimiento -recitó-. De igual modo, los nombres pequeños nos llevan a los grandes nombres.

Dio una palmada y se frotó enérgicamente las manos.

– ¡Muy bien! ¡Fela! Abre tu premio para que podamos darle a Kvothe la lección que él tanto desea.

Fela partió la reseca cáscara de la vaina de algodoncillo. El vilano blanco de las semillas flotantes se derramó en sus manos.

El maestro nominador le hizo señas para que lo lanzara al aire. Fela lo lanzó, y todos nos quedamos mirando cómo la masa de vilano blanco ascendía hacia el alto techo del aula para luego caer lentamente hasta el suelo.

– Maldita sea -dijo Elodin. Indignado, fue hasta el montón de semillas, las cogió y las agitó vigorosamente hasta que el aire quedo lleno de vilano de semillas de algodoncillo que flotaban suavemente.

Entonces Elodin empezó a perseguir con frenesí las semillas por toda la sala, intentando apresarlas al vuelo. Se encaramó a las sillas corrió por la tarima del aula y se subió de un salto a su mesa tratando de agarrarlas. Al principio lo hacía con una sola mano, como quien va a coger una pelota. Pero no tenía mucho éxito, así que empezó a dar manotazos, como si matara moscas. Como esa técnica tampoco le funcionaba, quiso atraparlas con ambas manos, como un niño que intenta cazar luciérnagas ahuecando las palmas.

Pero no conseguía coger ni una pizca de vilano. Cuanto más le perseguía, cuanto más frenético se ponía, cuanto más deprisa corría, menos atrapaba. La escena se prolongó durante un minuto. Dos minutos. Cinco minutos. Diez.

Habría podido durar toda la hora de clase, pero al final tropezó con una silla y cayó de bruces en el suelo de piedra, desgarrándose la pernera de los pantalones y lastimándose una rodilla.

Elodin se sentó en el suelo, sujetándose la pierna, y soltó una sarta de blasfemias furiosas como yo no había oído en toda mi vida. Gritaba, gruñía y escupía. Empleó como mínimo ocho idiomas, e incluso cuando yo no entendía lo que decía, el sonido de sus palabras hacía que se me encogiera el estómago y se me erizara el vello de los brazos. Dijo cosas que me hicieron sudar. Dijo cosas que me produjeron náuseas. Dijo cosas que yo ignoraba que fuera posible decir.

Supongo que podría haber continuado, pero al inspirar, jadeando y con la boca abierta, aspiró una de las semillas flotantes de algodoncillo, se atragantó y empezó a toser con violencia.

Al final escupió la semilla, recobró el aliento, se levantó y salió cojeando del aula sin decir una palabra más.

Aquella no fue una de las clases más extrañas del maestro Elodin.

Después de la clase de Elodin comí algo en Anker's y fui a realizar mi turno en la Clínica, donde los El'the con más experiencia diagnosticaban y trataban a los pacientes. Después crucé el río con la esperanza de encontrar a Denna. Era la tercera vez que iba en tres días, pero hacía un día fresco y soleado, y después de pasar tanto tiempo en el Archivo, me apetecía estirar un poco las piernas.

Primero pasé por el Eolio, aunque era demasiado temprano para que Denna se encontrara allí. Estuve charlando un rato con Stanchion y Deoch antes de ir a unas cuantas tabernas más que sabía que ella solía frecuentar: La Espita, La Bala y el Tonel, y El Perro en la Pared. Tampoco estaba en ninguna.

Atravesé unos cuantos parques públicos, cuyos árboles estaban desprovistos de hojas casi por completo. Luego visité todas las tiendas de instrumentos que encontré, examinando los laúdes y preguntando si habían visto a una hermosa joven morena interesada en comprar un arpa. Nadie la había visto.

Para entonces había oscurecido. Volví a pasar por el Eolio y me abrí paso lentamente entre la gente. Denna no estaba allí, pero sí me encontré al conde Threpe. Nos tomamos una copa y escuchamos unas cuantas canciones; luego me marché.

Me ceñí la capa alrededor de los hombros y eché a andar hacia la Universidad. Las calles de Imre estaban más animadas que durante el día, y pese al frío que hacía, reinaba en la ciudad una atmósfera festiva. Por las puertas de tabernas y teatros se filtraba música de todos los estilos. La gente entraba y salía de restaurantes y salas de exposiciones.

Entonces oí una risa que se destacaba, aguda y radiante, por encima del monótono murmullo del gentío. La habría reconocido en cualquier sitio: la risa de Denna. La conocía como la palma de mis manos.

Me di la vuelta, mientras se me pintaba una sonrisa en la cara. Siempre me pasaba lo mismo: solo la encontraba cuando había abandonado toda esperanza.

Escudriñé los rostros del remolino de gente y no me costó localizarla. Denna estaba de pie junto a la puerta de un pequeño café, con un largo vestido de terciopelo azul marino.

Di un paso hacia ella, y entonces me paré en seco. Denna hablaba con alguien que estaba de pie detrás de la puerta abierta de un carruaje. La única parte de su acompañante que alcancé a ver fue la coronilla. Llevaba un sombrero con una larga pluma blanca.

Al cabo de un momento, Ambrose cerró la puerta del carruaje. Dedicó a Denna una amplia y seductora sonrisa y dijo algo que la hizo reír. La luz de una lámpara sacaba destellos del brocado de oro de su chaqueta, y llevaba unos guantes teñidos del mismo morado real oscuro de sus botas. Contrariamente a lo que podría parecer, ese color no resultaba demasiado chillón en él.

Me quedé plantado mirando, y un carro ligero tirado por dos caballos estuvo a punto de tirarme al suelo y arrollarme; y me habría estado bien empleado, porque estaba de pie en medio de la calle. El conductor lanzó una blasfemia y chasqueó el látigo al pasar de largo. Me dio en la nuca, pero ni siquiera lo noté.

Recuperé el equilibrio y levanté la cabeza justo a tiempo para ver que Ambrose besaba la mano a Denna. Entonces, con un gesto grácil, le ofreció el brazo y entraron juntos en el café.

Capítulo 16

Temor acallado

Después de ver a Ambrose y a Denna en Imre, me puse de un humor sombrío. De regreso a la Universidad, no podía quitármelos de la cabeza. ¿Lo hacía Ambrose por pura maldad? ¿Cómo había podido pasar? ¿En qué estaba pensando Denna?

Tras una noche prácticamente en vela, intenté no pensar más en ello y me refugié en el Archivo. Los libros no son un gran sustituto de la compañía femenina, pero es más fácil encontrarlos. Me consolé buscando a los Chandrian por los oscuros rincones del Archivo. Leí hasta que me escocieron los ojos y se me quedó la cabeza espesa y entumecida.

Pasó casi un ciclo, y apenas hice nada más que asistir a clase y saquear el Archivo. La recompensa de mis esfuerzos fueron unos pulmones llenos de polvo, un dolor de cabeza persistente de pasarme horas leyendo con luz simpática, y un nudo entre los omoplatos de encorvarme sobre una mesa baja mientras hojeaba los desvaídos restos de los catálogos gileanos.

También encontré una sola mención de los Chandrian. Fue en un manuscrito en octavo titulado Curioso compendio de creencias populares. Calculé que debía de tener doscientos años.

El libro era una colección de historias y supersticiones recopiladas por un historiador aficionado de Vintas. A diferencia de Los ritos nupciales del draccus común, no pretendía demostrar ni desmentir esas creencias. El autor se había limitado a recoger y organizar las historias y añadir algún breve comentario sobre las variaciones en las creencias de unas regiones a otras.

Era un volumen admirable que, evidentemente, comprendía años de investigación. Había cuatro capítulos sobre demonios. Tres capítulos sobre hadas (uno de ellos, dedicado exclusivamente a cuentos sobre Felurian). Había páginas sobre los engendros, los descalandrajos y los troles. El autor reproducía canciones sobre las damas grises y los jinetes blancos. Una extensa sección sobre los draugar de los túmulos. Había seis capítulos sobre magia popular: ocho maneras de curar las verrugas, doce maneras de hablar con los muertos, veintidós hechizos de amor…

La única entrada sobre los Chandrian ocupaba menos de media página:

Por lo que refiérese a los Chaendrian, no hay mucho que dezir. Todo Hombre los conoce. Todo niño entona su canción. Y aun así, las gentes no cuentan historias.

Por una poca de cerveza, un Labriego hablará dos largas horas de los Ressiniyos. Mas menciónesele a los Chaendrian, y aprieta la boca como el culo de una solterona, toca fierro y aparta con ímpetu la silla.

Muchos piensan que trae mala ventura hablar de los Fata, y aun así las gentes lo hazen. Por qué causa sea distinto con los Chaendrian, ignórolo. En el pueblo de Monstumulo, un Curtidor bastante borracho díjome en voz baja: «Si hablares de ellos, vinieren por ti». Ese parece ser el temor acallado destas gentes comunes.

Así que escribo de lo que he recopilado aquí y allá, muy general e inespecífico. Los Chaendrian son un grupo que varía en número. (A bien seguro siete, dado su nombre.) Aparécense y acometen actos de violencia sin razones fundadas.

Hay señales que anuncian su Llegada, mas no hay acuerdo sobre ellas. El fuego azul es la más común, aunque yo assimismo he oído hablar de vino que tórnase vinagre, de ceguera, de cultivos que marchítanse, de tormentas impropias de la estación, de preñeces interrumpidas y del sol escureciéndose en el cielo.

En suma, que pareciéronme un tema de Estudio Desalentador e Infructuoso.

Cerré el libro. «Desalentador e infructuoso» me sonaba de algo.

Lo peor no era que ya sabía todo lo que estaba escrito en aquella entrada, sino que era la mejor fuente de información que había descubierto en más de un centenar de largas horas de búsqueda.

Capítulo 17

Interludio: papeles

Kvothe alzó una mano, y Cronista levantó la pluma del papel.

– Hagamos una breve pausa aquí -propuso Kvothe, y señaló la ventana con un movimiento de la cabeza-. Veo a Cob bajando por la calle.

Se puso de pie y se sacudió el delantal.

– ¿Qué os parece si os tomáis los dos un momento para serenaros? -Apuntó con el mentón a Cronista-. Por la cara que tienes, se diría que estabas haciendo algo que no deberías. -Fue con calma hasta detrás de la barra-. Aunque nada podría estar más lejos de la verdad, por supuesto.

»Cronista, estás aburrido, esperando trabajo. Por eso has sacado tus cosas de escribir. Lamentas estar atrapado y sin caballo en este pueblo de mala muerte. Pero aquí estás, y piensas sacarle partido a la situación.

– ¡Oh! ¡Dame algo a mí también! -exclamó Bast con una sonrisa.

– Aprovecha tu potencial, Bast -dijo Kvothe-. Estás bebiendo con nuestro único cliente porque eres un holgazán sin remedio al que a nadie se le ocurriría jamás pedir que lo ayudara en el campo.

Bast seguía sonriendo.

– Y ¿también estoy aburrido?

– Claro que sí, Bast. ¿Cómo vas a estar? -Dobló el trapo de hilo y lo puso sobre la barra-. Yo, en cambio, estoy demasiado ocupado para aburrirme. Voy de un lado para otro realizando las mil pequeñas tareas que hacen funcionar esta posada. -Los miró a los dos-. Recuéstate en la silla, Cronista. Bast, ya que no puedes parar de sonreír, al menos empieza a contarle a nuestro amigo la historia de los tres sacerdotes y la hija del molinero.

– Esa sí que es buena -dijo Bast ensanchando un poco más la sonrisa.

– ¿Ya sabe cada uno cuál es su papel? -Kvothe cogió el trapo de la barra y entró en la cocina diciendo-: Entra el viejo Cob por la izquierda del escenario.

Se oyó un rumor de pasos en el porche de madera, y el viejo Cob entró pisando fuerte, enojado, en la posada Roca de Guía. Miró más allá de la mesa donde Bast seguía sonriendo y gesticulando para acompañar algún relato, y se dirigió a la barra.

– ¿Hola? Kote, ¿estás ahí?

Al cabo de un segundo, el posadero salió con presteza de la cocina, secándose las manos con el delantal.

– Hola, Cob. ¿En qué puedo ayudarte?

– Graham ha enviado al pequeño de los Owen a buscarme -dijo Cob con fastidio-. ¿Tienes idea de por qué estoy aquí en lugar de estar recogiendo avena?

Kvothe negó con la cabeza y contestó:

– Tenía entendido que hoy iba a recoger el trigo de los Murrion.

– Maldita sea -masculló Cob-. Esta noche va a llover, y yo aquí con montones de avena seca en mi campo.

– Ya que estás aquí -dijo el posadero-, ¿puedo ofrecerte un poco de sidra? Recién hecha de esta mañana.

El arrugado rostro del anciano suavizó la expresión de fastidio.

– Ya que estoy aquí y tengo que esperar -dijo-, una jarra de sidra me vendría bien.

Kote entró en la cocina y volvió con una jarra de loza. Se oyeron más pasos fuera, en el porche, y Graham entró con Jake, Cárter y el aprendiz del herrero pisándole los talones.

Cob se dio la vuelta y les lanzó una mirada asesina.

– ¿Qué es eso tan importante por lo que me haces venir al pueblo a esta hora de la mañana? -preguntó-. Se hace tarde, y…

De pronto resonó una carcajada que provenía de la mesa donde estaban sentados Cronista y Bast. Todos se volvieron y vieron a Cronista muy colorado, riendo y tapándose la boca con una mano. Bast reía también y golpeaba la mesa con un puño.

Graham guió a los otros hasta la barra.

– Me he enterado de que Cárter y el chico van a ayudar a los Orrison a llevar sus ovejas al mercado -dijo-. A Baedn, ¿no es eso?

Cárter y el aprendiz del herrero asintieron.

– Ya entiendo. -El viejo Cob se miró las manos-. Entonces os perderéis el funeral.

Cárter asintió con solemnidad, pero el rostro de Aaron cobró una expresión afligida. Clavó la vista en todos ellos, uno a uno, pero los demás estaban quietos, observando al viejo granjero que estaba junto a la barra.

– Muy bien -dijo Cob al fin mirando a Graham-. Has hecho bien haciéndonos venir. -Vio la cara del chico y soltó un resoplido-. Parece que acabes de matar a tu gato, muchacho. Hay que llevar las ovejas al mercado. Eso lo sabía Shep. El no te reprocharía que hicieras lo que hay que hacer.

Estiró un brazo y le dio una palmada en la espalda al aprendiz del herrero.

– Nos tomaremos una copa juntos para despedirlo como es debido. Eso es lo que importa. Lo de esta noche en la iglesia no son más que monsergas de sacerdotes. Nosotros, nosotros sí sabemos cómo despedir a un amigo. -Miró detrás de la barra-. Sírvenos unas jarras de su favorita, Kote.

El posadero ya había reunido unas jarras de madera y empezó a llenarlas de una cerveza marrón oscuro de un barril más pequeño que había detrás de la barra.

El viejo Cob alzó su jarra, y los otros lo imitaron.

– Por nuestro Shep.

Graham habló primero.

– Cuando éramos niños, me rompí la pierna un día que habíamos salido a cazar -empezó-. Le dije que fuera corriendo a pedir ayuda, pero él no quiso dejarme solo. Construyó un pequeño trineo con cuatro cosas que encontró y mucha terquedad, y me arrastró hasta el pueblo.

Todos bebieron.

– Me presentó a mi parienta -dijo Jake-. No sé si jamás le di debidamente las gracias.

Todos bebieron.

– Cuando tuve crup, venía a visitarme todos los días -dijo Cárter-. No lo hacía mucha gente. Y me traía sopa preparada por su mujer, además.

Todos bebieron.

– Se portó bien conmigo cuando llegué aquí-dijo el aprendiz del herrero-. Me contaba chistes. Y una vez estropeé un enganche de carromato que me había traído para que se lo arreglara, y nunca se lo dijo a maese Caleb. -Tragó saliva y miró alrededor con nerviosismo-. Me caía muy bien.

Todos bebieron.

– Fue más valiente que todos nosotros -aseveró Cob-. Anoche, fue el primero en clavarle un puñal a aquel individuo. Si aquel desgraciado hubiera sido normal, ahí se habría acabado todo.

A Cob le tembló un poco la voz, y por un momento pareció pequeño, cansado y todo lo viejo que era.

– Pero no era normal. No son buenos tiempos para ser un hombre valiente. Pero él fue valiente de todas formas. Ojalá hubiera sido yo el valiente y hubiera muerto en lugar de él, y ojalá él estuviera en su casa ahora, besando a su joven esposa.

Los otros murmuraron, y todos apuraron sus jarras. Graham tosió un poco antes de dejar la suya encima de la barra.

– No sabía qué decir -dijo el aprendiz del herrero en voz baja.

Graham le dio una palmada en la espalda, sonriendo.

– Lo has hecho muy bien, muchacho.

El posadero carraspeó y todos lo miraron.

– No quisiera parecer atrevido -empezó-. Yo no lo conocía tanto como vosotros. No lo suficiente para el primer brindis, pero quizá sí para el segundo. -Toqueteó las cintas de su delantal, como si le diera vergüenza haber abierto la boca-. Ya sé que es temprano, pero me gustaría mucho compartir con vosotros un vaso de whisky en memoria de Shep.

Hubo un murmullo de aprobación; el posadero sacó unos vasos de debajo de la barra y empezó a llenarlos. Y no con un whisky de botella: el pelirrojo lo sirvió de uno de los inmensos barriles que había sobre el aparador, detrás de la barra. El whisky de barril costaba un penique el trago, así que todos alzaron los vasos con mayor fervor de lo acostumbrado.

– ¿Y cuál va a ser el brindis? -preguntó Graham.

– ¿Por el fin de un año de mierda? -propuso Jake.

– Eso no es un brindis -refunfuñó el viejo Cob.

– ¿Por el rey? -dijo Aaron.

– No -terció el posadero con voz sorprendentemente firme. Alzó su vaso-. Por los viejos amigos que merecían algo mejor de lo que tuvieron.

Al otro lado de la barra, los hombres asintieron con solemnidad y bebieron de un trago.

– Divina pareja, a esto lo llamo yo un buen tentempié -dijo el viejo Cob con respeto; se le habían puesto los ojos un poco llorosos-. Eres un caballero, Kote. Y me alegro de haberte conocido.

El aprendiz del herrero dejó el vaso en la barra, pero este se volcó y rodó hacia el borde. El chico lo atrapó antes de que cayera y le dio la vuelta, observando la base redondeada con recelo.

Jake soltó una fuerte carcajada de granjero al ver la cara de desconcierto de Aaron, y Cárter dejó ostensiblemente su vaso sobre la barra boca abajo.

– No sé cómo lo hacen en Rannish -le dijo Cárter al chico-, pero aquí por algo lo llamamos un tentempié.

El aprendiz del herrero pareció debidamente avergonzado y puso su vaso boca abajo como habían hecho los demás. El posadero le sonrió amablemente antes de recogerlos todos y meterse en la cocina.

– Muy bien -dijo el viejo Cob con decisión, frotándose las manos-. Le dedicaremos una noche entera a esto cuando vosotros dos volváis de Baedn. Pero la lluvia no me esperará, y seguro que los Orrison están impacientes por ponerse en camino.

Después de que se marcharan de la Roca de Guía en grupo, Kvothe salió de la cocina y volvió a la mesa donde estaban Cronista y Bast.

– Shep me caía bien -comentó Bast-. Puede que Cob sea un viejo cascarrabias, pero la mayor parte del tiempo sabe lo que dice.

– Cob no sabe ni la mitad de lo que cree saber -dijo Kvothe-. Anoche los salvaste a todos. De no ser por ti, esa cosa habría destrozado la taberna, devastándola como un campesino trillando el trigo.

– Eso no es cierto, Reshi. -Bast parecía muy ofendido-. Lo habrías parado tú. Tú puedes.

El posadero rechazó el comentario con un ademán, sin ganas de discutir. Los labios de Bast dibujaron una línea dura y colérica, y sus ojos se entrecerraron.

– Pero Cob tiene razón -intervino Cronista en voz baja rebajando la tensión antes de que se volviera demasiado espesa-. Shep demostró un gran valor. Eso hay que respetarlo.

– No, yo no -dijo Kvothe-. Cob tiene razón: no son buenos tiempos para ser valiente. -Le hizo una seña a Cronista para que cogiera la pluma-. Sin embargo, también yo pienso que ojalá hubiera sido más valiente y Shep estuviera ahora en su casa besando a su joven esposa.

Capítulo 18

Vino y sangre

Al final Wil y Sim me apartaron del cálido abrazo del Archivo. Me resistí y los maldije, pero ellos se mostraron firmes en sus convicciones, y los tres juntos afrontamos el frío viento que soplaba en el camino de Imre.

Llegamos al Eolio y conseguimos una mesa cerca de la chimenea del lado este, desde donde veíamos el escenario y manteníamos la espalda caliente. Después de un par de copas, noté que mi ansia de libros se reducía a un dolor sordo. Charlamos, jugamos a cartas y al final empecé a pasarlo bien pese a saber que Denna debía de andar por algún sitio cogida del brazo de Ambrose.

Al cabo de unas horas estaba repantigado en mi silla, amodorrado y caliente por efecto del fuego de la chimenea, mientras Wil y Sim discutían sobre si el gran rey de Modeg era de verdad un monarca reinante o solamente una figura decorativa. Me había quedado casi dormido cuando oí el fuerte golpe de una botella en nuestra mesa, seguido del delicado tintineo de unas copas de vino.

Denna estaba de pie junto a nuestra mesa.

– Seguidme la corriente -urgió en voz baja-. Me estabais esperando. Llego tarde y estáis enfadados.

Me enderecé, adormilado, y parpadeé varias veces intentando despejarme.

Sim aceptó el reto sin titubear.

– Llevamos más de una hora aquí -dijo frunciendo el ceño con expresión severa. Golpeó firmemente la mesa con dos dedos-. No creas que esto se arregla invitándome a una copa. Exijo una disculpa.

– No ha sido solo culpa mía -dijo Denna, mostrándose debidamente abochornada. Giró la cabeza y apuntó hacia la barra.

Me volví temiendo ver a Ambrose allí de pie, mirándome con aire de suficiencia con su maldito sombrero. Pero solo era un ceáldico medio calvo. Nos hizo una extraña y breve inclinación de cabeza, a medio camino entre un saludo y una disculpa.

Sim lo miró con mala cara, se volvió hacia Denna y, a regañadientes, señaló la silla vacía que yo tenía delante.

– Está bien. Y ¿qué? ¿Vamos a jugar a esquinas o no?

Denna se sentó en la silla, de espaldas a la sala. Luego se inclinó y besó a Simmon en la frente.

– Perfecto -dijo.

– Yo también he puesto cara de pocos amigos -protestó Wilem.

Denna le acercó la botella.

– Y como recompensa, puedes servirnos el vino. -Nos puso una copa delante a cada uno-. Es un regalo de mi obstinado pretendiente. -Dio un suspiro de hastío-. Qué manía, siempre tienen que regalarte algo. -Me estudió con ojos pensativos-. Estás muy callado.

– No esperaba verte esta noche -dije pasándome una mano por la cara-. Me has pillado a punto de quedarme dormido.

Wilem sirvió el vino de color rosa pálido y nos pasó las copas mientras Denna examinaba el grabado de la parte superior de la botella.

– Cerbeor -caviló Denna-. Ni siquiera sé si es de una añada decente.

– No, no lo es -dijo Simmon con naturalidad al coger su copa-. El Cerbeor es de Atur. En sentido estricto, solo los vinos de Vintas tienen añada. -Dio un sorbo.

– Ah, ¿sí? -pregunté observando mi copa.

Sim asintió y explicó:

– Es un mal uso muy habitual de la palabra.

Denna dio un sorbo y asintió para sí.

– Pues está bueno -dijo-. ¿Sigue en la barra?

– Sí -confirmé sin mirar.

– En ese caso -dijo sonriendo-, me temo que tendréis que aguantarme.

– ¿Has jugado alguna vez a esquinas? -preguntó Sim, esperanzado.

– No, pero aprendo deprisa -respondió Denna.

Sim le explicó las reglas con alguna ayuda de Wil y mía. Denna hizo algunas preguntas muy oportunas, demostrando que había entendido lo esencial del juego. Me alegré. Como estaba sentada enfrente de mí, le correspondía ser mi pareja.

– ¿Cuántas manos tiene la partida? -preguntó.

– Eso depende -contestó Wil-. A veces jugamos una sola mano. Otras, un set.

– Muy bien, pues entonces un set -propuso Denna-. ¿Cuánto?

– Podemos hacer un set de prueba -dijo Sim apartándose el cabello de los ojos-. Como estás aprendiendo y eso.

Denna entrecerró los ojos.

– No necesito ningún trato especial. -Se metió una mano en el bolsillo y sacó una moneda que puso encima de la mesa-. ¿Una iota es demasiado para vosotros, chicos?

Para mí era demasiado, sobre todo con una pareja que no había jugado nunca.

– Ten cuidado con esos dos -dije-. Juegan a muerte, y se te quedarán hasta la sangre.

– La verdad -intervino Wilem- es que yo no quiero la sangre para nada, así que juego por dinero. -Hurgó en su bolsa de dinero hasta que encontró una iota y la puso encima de la mesa con aire decidido-. Estoy dispuesto a jugar una mano de prueba, pero si a ella le parece insultante, le daré una paliza y me llevaré todo lo que ponga encima de la mesa.

– Así me gusta, Wil -dijo Denna con una sonrisa.

La primera mano nos fue bastante bien. Denna perdió una baza, pero de todas formas no habríamos podido ganar, porque teníamos unas cartas muy malas. Pero en la segunda mano se equivocó al declarar. Sim la corrigió, y ella se aturulló y sacó una carta demasiado alta. Luego salió sin querer cuando no era su turno; no fue un error grave, pero salió con la jota de corazones, revelando a todos qué clase de baza tenía. Ella también se dio cuenta, y la oí mascullar algo claramente impropio de una dama.

Wil y Sim, fieles a su palabra, jugaron sin piedad para aprovecharse de la situación. Con las cartas tan malas que yo tenía en la mano, no podía hacer gran cosa más que quedarme sentado viendo cómo ellos ganaban las dos bazas siguientes y empezaban a acorralar a Denna como lobos hambrientos.

Pero no pudieron con ella. Hizo un truco de cartas muy inteligente, y luego sacó el rey de corazones, lo cual no tenía ningún sentido porque anteriormente había intentado salir con la jota. A continuación, además, sacó el as.

Comprendí que su torpeza era fingida un poco antes que Wil y Sim. Conseguí disimular hasta que vi esa revelación reflejada en el rostro de mis amigos. Entonces me eché a reír.

– No seas tan creído -me dijo Denna-. A ti también te he engañado. Cuando he mostrado la jota, parecía que fueras a desmayarte. -Se tapó la boca con una mano y abrió mucho los ojos fingiendo inocencia-. ¡Ay, nunca he jugado a esquinas! ¿Podéis enseñarme? ¿Es verdad que a veces se juega por dinero?

Denna puso otra carta en la mesa y recogió la baza.

– ¡Por favor! Deberíais alegraros de que solo vaya a daros un cachete en la mano en lugar de desplumaros, que es lo que os merecéis.

Jugó el resto de la mano implacablemente, y nos dio una ventaja tan sólida que el resto del set fue un puro trámite. Después de eso, Denna no volvió a perder ninguna baza, y jugó con una astucia que hacía que a su lado Manet pareciera un caballo de carga.

– Ha sido una partida muy instructiva -dijo Wil al mismo tiempo que deslizaba su iota hacia Denna-. Creo que necesitaré lamerme un poco las heridas.

– Por la credulidad de los bien educados -brindó Denna alzando su copa.

Entrechocamos nuestras copas con la suya y bebimos.

– ¿Dónde os escondéis últimamente? -nos preguntó entonces-. Llevaba casi dos ciclos buscándoos.

– ¿Y eso? -preguntó Sim.

– Vosotros dos también estudiáis en la Universidad, ¿verdad? -preguntó Denna dirigiendo una mirada calculadora a mis amigos-. En esa especial donde enseñan magia.

– Así es -confirmó Sim-. Estamos hasta los topes de secretos arcanos.

– Jugueteamos con fuerzas oscuras que es mejor dejar en paz -añadió Wil con desenfado.

– Por cierto, se llama el Arcano -puntualicé.

Denna asintió con seriedad y se inclinó hacia nosotros.

– Supongo que, entre los tres, ya sabéis cómo funciona casi todo. -Nos lanzó una mirada penetrante-. Explicádmelo. ¿Cómo funciona?

– Cómo funciona ¿qué? -pregunté.

– La magia -dijo ella-. La magia de verdad.

Wil, Sim y yo nos miramos.

– Es un poco complicado -dije.

– Tengo todo el tiempo del mundo -replicó Denna encogiéndose de hombros y recostándose de nuevo en la silla-. Y necesito saber cómo funciona. Enseñádmelo. Haced algún truco de magia.

Los tres nos removimos, incómodos, en las sillas. Denna se rió.

– Es que no debemos -dije.

– ¿Por qué? -preguntó ella-. ¿Acaso alteraríais algún equilibrio cósmico?

– Alteraríamos a los alguaciles -contesté-. No les hace ninguna gracia que la gente haga esas cosas por aquí.

– Y a los maestros de la Universidad tampoco les gusta mucho -añadió Wil-. Se toman muy en serio la reputación de la Universidad.

– Venga ya -dijo Denna-. Me han contado que nuestro amigo Kvothe invocó a no sé qué demonio del viento. -Apuntó con el pulgar hacia la puerta que tenía detrás-. Aquí mismo, en el patio.

¿Se lo habría contado Ambrose?

– Fue solo el viento -la corregí-. No hubo ningún demonio implicado.

– Y lo azotaron por ello -añadió Wil.

Denna lo miró como si no supiera discernir si estaba bromeando, y encogió los hombros.

– Bueno, no me gustaría causarle problemas a nadie -dijo con una falta de sinceridad palmaria-. Pero siento una profunda curiosidad. Y estoy dispuesta a ofrecer secretos a cambio.

Sim se animó al oír eso.

– ¿Qué clase de secretos?

– Los innumerables y diversos secretos del género femenino -dijo ella con una sonrisa-. Resulta que sé algunas cosas que podrían contribuir a mejorar vuestras insatisfactorias relaciones con el sexo débil.

Sim se inclinó hacia Wil y le susurró, teatralmente, en un aparte:

– ¿Qué habrá querido decir, insatisfactorias o satisfactorias?

Wil se señaló el pecho y luego señaló el de Sim, y dijo:

– Yo: satisfactorias. Tú: insatisfactorias.

Denna arqueó una ceja y ladeó la cabeza, mirándonos a los tres con aire expectante.

Carraspeé, un poco molesto.

– No está bien visto que revelemos secretos del Arcano. No va estrictamente contra las leyes de la Universidad, pero…

– Sí va contra las leyes -me corrigió Simmon, y me miró como disculpándose-. Contra varias leyes.

Denna dio un dramático suspiro y alzó los ojos al techo.

– Ya me lo imaginaba -dijo-. Solo me venís con cuentos de vieja. Reconocedlo: no sabéis ni convertir la nata en mantequilla.

– De hecho, yo sé con toda certeza que Sim saber convertir la nata en mantequilla -la contradije-. Lo que pasa es que no le gusta hacerlo porque es un vago.

– No os estoy pidiendo que me enseñéis a hacer magia -aclaró Denna-. Solo necesito saber cómo funciona.

– Eso no entraría dentro de Divulgación No Autorizada, ¿no? -dijo Sim mirando a Wil.

– No. Sería Revelación Ilícita -dijo Wil con gravedad.

Denna se inclinó de nuevo hacia delante, con aire conspirador, y apoyó los codos en la mesa.

– En ese caso -dijo-, también estoy dispuesta a financiar una noche de borrachera, mucho más allá de la botella que tenéis ante vosotros. -Dirigió su mirada hacia Wil-. Uno de los camareros de este local ha descubierto hace poco una polvorienta botella de piedra en el sótano. No solo es un scutten excelente y viejísimo, la bebida de los reyes ceáldimos, sino que además es un Merovani.

Wilem no mudó la expresión, pero aprecié un destello en sus ojos oscuros.

Eché un vistazo a la sala, poco concurrida.

– Odren es una noche de poco trabajo. Si somos discretos, no creo que tengamos ningún problema. -Miré a los otros dos.

Sim sonreía como un niño.

– Me parece un trato razonable. Un secreto a cambio de otro.

– Si de verdad es un Merovani -dijo Wilem- estoy dispuesto a correr el riesgo de ofender un poco la sensibilidad de los maestros.

– Muy bien -dijo Denna componiendo una amplia sonrisa-. Vosotros primero.

Sim se inclinó hacia delante en la silla.

– Probablemente la simpatía sea lo más fácil de entender -dijo, y se detuvo, como si no supiera muy bien cómo continuar.

Intervine:

– Ya sabes que con un aparejo de poleas puedes levantar algo demasiado pesado que no podrías levantar con las manos, ¿verdad?

Denna asintió con la cabeza.

– La simpatía nos permite hacer cosas así -dije-. Pero sin todo ese lío de cuerdas y poleas.

Wilem dejó caer un par de drabines de hierro sobre la mesa y murmuró un vínculo. Empujó el que tenía a su derecha con un dedo, y el que tenía a su izquierda se deslizó por la mesa al mismo tiempo, imitando el movimiento del otro.

Denna abrió un poco más los ojos, y aunque no dejó escapar un grito ahogado de asombro, sí inspiró largamente por la nariz. Solo entonces se me ocurrió pensar que seguramente nunca había visto nada parecido. Dado el tiempo que dedicaba a mis estudios, olvidaba fácilmente que alguien pudiera vivir a escasos kilómetros de la Universidad sin tener ningún contacto ni siquiera con la simpatía más elemental.

He de reconocer que Denna se recuperó rápidamente de su sorpresa. Con solo una ligera vacilación, acercó un dedo hasta tocar uno de los drabines.

– Así es como funcionaba la campanilla de mi habitación -caviló.

Asentí.

Wil deslizó su drabín por la mesa, y Denna lo cogió. El otro drabín también se levantó de la mesa, cabeceando en el aire.

– Pesa mucho -observó Denna, y asintió para sí-. Claro, porque es como una polea. Los estoy levantando los dos.

– El calor, la luz y el movimiento únicamente son energía -expliqué-. No podemos crear energía ni hacerla desaparecer. Pero la simpatía nos permite moverla o cambiarla de forma.

Denna volvió a dejar el drabín encima de la mesa, y el otro descendió también.

– Y esto, ¿qué utilidad tiene?

Wil dio un resoplido, como si le hiciera gracia el comentario de Denna.

– ¿Es útil una noria? -preguntó-. ¿Es útil un molino de viento?

Metí la mano en un bolsillo de mi capa.

– ¿Has visto alguna vez una lámpara simpática? -pregunté.

Denna asintió.

Le acerqué mi lámpara de mano por encima de la mesa.

– Funcionan gracias al mismo principio. Absorben un poco de calor y lo convierten en luz. Convierten un tipo de energía en otro.

– Igual que un cambista -dijo Wil.

– ¿De dónde saca el calor? -preguntó Denna dándole vueltas a la lámpara con las manos, curiosa.

– El propio metal acumula calor -expliqué-. Si la dejas encendida, al final notarás que el metal se enfría. Si se enfría demasiado, no funciona. -Señalé-. Esa la hice yo, y es bastante eficaz. El calor de tu mano debería bastar para que funcione.

Denna giró el regulador, y una tenue luz roja brilló formando un arco estrecho.

– Entiendo que el calor y la luz estén relacionados -dijo, pensativa-. El sol es luminoso y caliente. Lo mismo que una vela. -Arrugó el entrecejo-. Pero no entiendo lo del movimiento. Un fuego no puede empujar nada.

– Piensa en la fricción -terció Sim-. Cuando frotas algo, se pone caliente. -Lo demostró frotando enérgicamente la tela de sus pantalones con una mano-. Así.

Siguió frotándose el muslo con entusiasmo, sin darse cuenta de que, como lo estaba haciendo por debajo de la mesa, el movimiento resultaba ostentosamente obsceno-. Es solo energía. Si sigues haciéndolo, notarás que se calienta.

Denna se las ingenió para permanecer seria. Pero Wilem se puso a reír, tapándose la cara con una mano, como si se avergonzara de estar sentado a la misma mesa que Sim.

Simmon paró en seco y se puso muy colorado.

Acudí en su rescate:

– Es un buen ejemplo. El cubo de la rueda de un carromato está caliente al tacto. Ese calor proviene del movimiento de la rueda. El simpatista puede hacer que la energía vaya en sentido inverso, del calor al movimiento. -Señalé la lámpara-. O del calor a la luz.

– Vale -dijo ella-. Sois cambistas de energía. Pero ¿cómo lo conseguís?

– Existe una forma específica de pensar llamada Alar -explicó Wilem-. Crees en algo con tanta fuerza que sucede. -Levantó un drabín, y el otro lo siguió-. Yo creo que estos dos drabines están conectados, y por eso lo están. -De pronto, el otro drabín cayó sobre la mesa-. Si dejo de creerlo, dejan de estarlo.

– Entonces, ¿es como la fe? -dijo Denna, escéptica, recogiendo el drabín.

– Se trata más bien de fuerza de voluntad -dijo Sim.

Denna ladeó la cabeza.

– Entonces, ¿por qué no lo llamáis fuerza de voluntad? -preguntó.

– Porque Alar suena mejor -respondió Wilem.

Asentí y añadí:

– Si no tuviéramos nombres con sonido impresionante para las cosas, nadie nos tomaría en serio.

Denna asintió en señal de aprobación, mientras una sonrisa apuntaba en las comisuras de su hermosa boca.

– Y ¿ya está? ¿Energía y fuerza de voluntad?

– Y el vínculo simpático -dije-. El ejemplo de la noria de Wil es muy bueno. El vínculo es como una cañería que conduce hasta la noria. Un mal vínculo es como una cañería agujereada.

– ¿Qué es lo que hace que un vínculo sea bueno? -inquirió Denna.

– Cuanto más similares son dos objetos, mejor es el vínculo. Mira. -Vertí un poco de vino en mi copa y metí un dedo-. Aquí tienes un vínculo perfecto para el vino: una gota del propio vino.

Me levanté y me acerqué a la chimenea. Murmuré un vínculo y dejé caer la gota de vino sobre el morillo de metal que sujetaba los troncos en llamas.

Volví a sentarme; el vino de mi copa empezó a humear, y al cabo de un momento, a hervir.

– Y por eso -dijo Wilem con seriedad- debes evitar que un simpatista se haga con una gota de tu sangre.

Denna miró a Wilem, volvió a mirar la copa y palideció.

– Manos negras, Wil -dijo Sim, horrorizado-. Menudas cosas dices. -Miró a Denna-. Ningún simpatista haría nada parecido -declaró con convicción-. Eso se llama felonía y nosotros no lo hacemos. Nunca.

Denna compuso una sonrisa un tanto forzada.

– Si nadie lo hace nunca, ¿cómo es que tiene nombre?

– Antes había gente que lo hacía -dije-. Pero ya no. Desde hace cien años.

Deshice el vínculo y el vino dejó de hervir. Denna estiró el brazo y tocó la botella.

– ¿Por qué no hierve también el vino de la botella? -preguntó, confusa-. Es el mismo.

– Por el Alar -dije dándome golpecitos en la sien-. Mi mente proporciona el enfoque y la dirección.

– Si eso es un vínculo bueno -dijo ella-, ¿cómo es un vínculo malo?

– Mira, te lo enseñaré. -Saqué mi bolsa de dinero pensando que las monedas parecerían menos alarmantes después del comentario de Wilem-. ¿Tienes un penique duro, Sim?

Sim me dio el penique, y formé dos líneas de monedas sobre la mesa, delante de Denna. Señalé un par de drabines de hierro y murmuré un vínculo.

– Levántalo -dije.

Denna cogió un drabín, y el otro lo siguió.

Señalé la segunda pareja de monedas: un drabín y el único talento de plata que me quedaba.

– Ahora ese.

Denna cogió el segundo drabín, y el talento lo siguió por el aire. Movió ambas manos arriba y abajo como si fueran los brazos de una balanza.

– Este es más pesado.

– Diferentes metales -dije asintiendo con la cabeza-. Como son menos parecidos, tienes que emplear más energía. -Señalé el drabín y el penique de plata y murmuré un tercer vínculo.

Denna se puso los dos primeros drabines en la mano izquierda y cogió el tercero con la derecha. El penique de plata siguió su recorrido por el aire.

– Y este es aún más pesado porque es de un metal diferente y, además, tiene una forma diferente -dijo Denna asintiendo para sí.

– Exactamente -confirmé. Señalé el cuarto y último par: un drabín y un trozo de tiza.

Denna apenas podía meter los dedos por debajo del drabín para levantarlo.

– Pesa más que todos los otros juntos -observó-. ¡Al menos pesa un kilo y medio!

– Hierro con tiza es un vínculo pésimo -comentó Wilem-. Hay muy mala transferencia.

– Pero antes habéis dicho que la energía no podía crearse ni destruirse -objetó Denna-. Si tengo que hacer fuerza para levantar este trocito de tiza, ¿adónde va la energía adicional?

– Eres lista -dijo Wilem riendo entre dientes-. Muy lista. A mí tardó un año en ocurrírseme preguntar eso -y la miró con admiración-. Parte de la energía se pierde por el aire. -Agitó una mano-. Otra parte va a parar a los propios objetos, y otra, al cuerpo del simpatista que controla el vínculo. -Frunció el entrecejo-. Puede resultar peligrante.

– Peligroso -le corrigió Simmon con gentileza.

Denna me miró.

– Entonces, ¿ahora mismo estás creyendo que cada uno de estos drabines está conectado a cada una de esas otras cosas?

Asentí.

Denna agitó las manos. Las monedas y la tiza cabecearon en el aire.

– Y… ¿no es difícil?

– Sí, lo es -afirmó Wilem-. Pero nuestro Kvothe es un poco fanfarrón.

– Por eso me he quedado tan callado -intervino Sim-. No sabía que se podían mantener cuatro vínculos a la vez. Eso es una auténtica proeza.

– Podría mantener hasta cinco si fuera necesario -afirmé-. Pero creo que ese es mi límite.

Sim sonrió a Denna y dijo:

– Una cosa más. ¡Mira esto! -Señaló el trozo de tiza flotante.

No pasó nada.

– Venga -dijo Sim con tono suplicante-. Solo intento enseñarle algo.

– Pues enséñaselo -dije con petulancia, y me recosté en la silla.

Sim respiró hondo y clavó la mirada en el trozo de tiza, que tembló.

Wil se inclinó hacia Denna y le explicó:

– Un simpatista puede luchar contra el Alar de otro simpatista. Se trata únicamente de creer con firmeza que un drabín no es lo mismo que un penique de plata.

Wil apuntó con un dedo, y el penique cayó ruidosamente en la mesa.

– Trampa -protesté riendo-. Dos contra uno: no es justo.

– En este caso sí lo es -dijo Simmon, y la tiza volvió a temblar.

– Muy bien -dije, y respiré hondo-. Hazlo lo mejor que sepas, que no será mucho.

La tiza no tardó en caer sobre la mesa, seguida del drabín. Pero el talento de plata permaneció donde estaba.

Sim se recostó en la silla.

– Eres repulsivo -declaró, y sacudió la cabeza-. Muy bien, tú ganas. -Wilem asintió y se relajó también.

Denna me miró.

– ¿Tu Alar es más fuerte que el de ellos dos juntos?

– Seguramente no -dije con elegancia-. Si ellos practicaran juntos, seguramente podrían vencerme.

Denna contempló las monedas esparcidas por la mesa.

– Y ¿ya está? -preguntó; parecía un tanto decepcionada-. ¿Se reduce todo a cambio de moneda pero con energía?

– Hay otras disciplinas -dije-. Sim estudia alquimia, por ejemplo.

– Y yo -terció Wilem- me concentro en estar guapo.

Denna nos miró otra vez a los tres, con los ojos serios.

– ¿Hay algún tipo de magia que sea solo…? -Agitó los dedos con vaguedad-. ¿Solo… como escribir cosas?

– Está la sigaldría -dije-. Como lo de la campanilla de tu habitación. Es una especie de simpatía permanente.

– Pero sigue siendo cambio de moneda, ¿no? -preguntó ella-. Solo energía.

Asentí.

Denna parecía incómoda cuando preguntó:

– ¿Y si alguien os dijera que conoce un tipo de magia que hace algo más que eso? Una magia que consistiera en escribir cosas, de modo que lo que escribieras se hiciera realidad.

Bajó tímidamente la mirada, y sus dedos trazaron dibujos en el tablero de la mesa.

– Y si alguien viera aquello escrito, aunque no supiera leerlo, sería real para esa persona. Pensaría determinada cosa, o se comportaría de determinada manera dependiendo de lo que dijera el texto. -Volvió a levantar la cabeza; su expresión era una extraña mezcla de curiosidad, esperanza e incertidumbre.

Nos miramos los tres. Wilem se encogió de hombros.

– Suena mucho más fácil que la alquimia -dijo Simmon-. Preferiría hacer eso que pasarme todo el día desvinculando principios.

– Suena a magia de cuento de hadas -opiné-. Cosas de cuentos para niños, pero que en realidad no existen. Desde luego, nunca he oído hablar de nada parecido en la Universidad.

Denna miró el tablero de la mesa, donde sus dedos seguían trazando dibujos. Tenía los labios ligeramente fruncidos y la mirada ausente.

No habría sabido decir si estaba decepcionada o sencillamente ensimismada.

– ¿Por qué lo preguntas? -me aventuré.

Denna me miró y, rápidamente, mudó la expresión y esgrimió una sonrisa irónica. Se encogió de hombros quitándole importancia al asunto.

– Solo es algo que he oído por ahí -dijo-. Ya me parecía que era demasiado bonito para ser cierto. -Miró por encima del hombro y añadió-: Veo que he aguantado más que mi entusiasta pretendiente.

Wil levantó una mano con la palma hacia arriba y dijo:

– Hemos hecho un trato. Había copas y secretos de mujer.

– Hablaré con el camarero antes de marcharme -dijo Denna, risueña-. En cuanto al secreto, es este: hay dos jóvenes sentadas detrás de vosotros. Llevan toda la noche haciéndoos caídas de ojos. A la de verde le gusta Sim, y creo que a la del cabello corto rubio le interesan los ceáldicos que se concentran en estar guapos.

– Ya nos hemos fijado en ellas -dijo Wilem sin girar la cabeza-. Por desgracia, las acompaña un joven caballero modegano.

– El caballero no las acompaña en el sentido romántico de la palabra -dijo Denna-. Mientras las damas os lanzaban miraditas, el caballero ha dejado sobradamente claro que prefiere a los pelirrojos. -Me puso una mano en el brazo con ademán posesivo-. Desafortunadamente para él, ya he reivindicado mis derechos.

Dominé el impulso de girar la cabeza.

– ¿Lo dices en serio? -pregunté.

– No os preocupéis -dijo Denna a Wil y a Sim-. Enviaré a Deoch a distraer al modegano. Así, a vosotros dos se os quedará la puerta abierta.

– Y ¿qué quieres que haga Deoch? -preguntó Simmon riendo-. ¿Juegos malabares?

Denna lo miró con franqueza.

– ¿Qué? -dijo Simmon-. ¿Qué de…? Deoch no es homosexual.

Denna parpadeó varias veces sin dejar de mirarlo.

– Stanchion y él llevan juntos el Eolio -dijo-. ¿No lo sabías?

– Llevan juntos el local -repuso Sim-. Pero no… están juntos.

– Claro que sí -dijo Denna riendo.

– Pero si Deoch tiene que ahuyentar a las mujeres a manotazos -protestó Simmon-. Deoch… Deoch… no puede…

Denna lo miró como si fuera necio, y luego clavó la mirada en Wil y en mí.

– Vosotros sí lo sabíais, ¿no?

Wil se encogió de hombros.

– Yo no sabía nada. Pero no me extraña que sea un basha. Es muy atractivo. -Vaciló un momento y arrugó la frente-. Basha. ¿Cómo se dice eso aquí? Un hombre que tiene intimidad tanto con mujeres como con hombres.

– ¿Afortunado? -sugirió Denna-. ¿Cansado? ¿Ambidextro?

– Ambisextro -la corregí.

– Eso no sirve -me censuró Denna-. Si no tenemos nombres con sonido impresionante para las cosas, nadie nos tomará en serio.

Sim se quedó mirándola; era evidente que todavía no había asimilado la noticia.

– Mira -dijo Denna lentamente, como si se lo explicara a un niño pequeño-, todo es energía. Y podemos dirigirla en diversas direcciones. -Compuso una sonrisa radiante, como si hubiera encontrado la forma perfecta de explicarle la situación a Sim-. Es como cuando haces esto. -Empezó a frotarse enérgicamente los muslos con ambas manos, imitando a Sim-. Es solo energía.

Para entonces, Wilem se había tapado la cara con ambas manos y reía sin hacer ruido, aunque le temblaban los hombros. El semblante de Simmon seguía expresando incredulidad y desconcierto, pero además se había puesto de un rojo rabioso.

Me levanté y cogí a Denna por el codo.

– Deja en paz al pobre chico -dije mientras la guiaba suavemente hacia la puerta-. Es de Atur. Ya sabes que por allí son un poco mojigatos.

Capítulo 19

Caballeros y ladrones

Ya era tarde cuando Denna y yo salimos del Eolio, y las calles estaban vacías. A lo lejos se oía música de violín y el ruido hueco de cascos de caballo sobre los adoquines.

– Bueno, y ¿debajo de qué roca te escondías? -me preguntó.

– De la roca de siempre -contesté, y entonces se me ocurrió una cosa-. ¿Fuiste a buscarme a la Universidad? ¿A ese edificio grande y cuadrado que huele a humo de carbón?

– No sabría por dónde empezar a buscarte -dijo Denna sacudiendo la cabeza-. Es como un laberinto. Si no te encuentro tocando en Anker's, sé que tengo las de perder. -Me miró con curiosidad-. ¿Por qué lo dices?

– Porque una joven estuvo preguntando por mí -respondí quitándole importancia con un ademán-. Dijo que le había vendido un encanto o un amuleto. Pensé que quizá hubieras sido tú.

– Sí, quizá te busqué alguna vez allí, hace ya tiempo -dijo ella-. Sin embargo no mencioné tu desbordante encanto.

La conversación se extinguió, y fue como si el silencio se hinchara entre nosotros. No pude evitar imaginarme a Denna paseando del brazo de Ambrose. No quería saber nada más de aquello, pero al mismo tiempo, era lo único en que podía pensar.

– Fui a verte al Hombre de Gris -dije para llenar el espacio que nos separaba-. Pero ya te habías marchado.

– Kellin y yo nos peleamos -repuso ella asintiendo con la cabeza.

– Espero que no fuera muy grave. -Señalé su cuello-. Veo que todavía llevas puesto el collar.

Denna acarició distraídamente la lágrima de esmeralda.

– No, no fue nada muy terrible. Tengo que reconocer que Kellin es muy tradicional. Cuando te regala algo, te lo regala para siempre. Me dijo que el color me favorecía, y que debía quedarme también los pendientes. -Suspiró-. Me sentiría mejor si él no hubiera sido tan gentil. Pero me alegro de tenerlos. Es una especie de red de seguridad. Si no tengo pronto noticias de mi mecenas, estas joyas me harán la vida más fácil.

– ¿Es que aún sigues esperando noticias suyas? -pregunté-. ¿Después de lo que pasó en Trebon? ¿Después de no haber sabido nada de él durante más de un mes?

– El es así -dijo Denna encogiéndose de hombros-. Ya te lo dije, es muy reservado. No es nada raro en él que desaparezca durante largos periodos.

– Tengo un amigo que me está buscando un mecenas -dije-. Podría pedirle que te buscara uno a ti también.

Denna me miró con unos ojos insondables.

– Es enternecedor que pienses que merezco algo mejor, pero no lo merezco. Solo tengo buena voz, nada más. ¿Tú contratarías a un músico medianamente entrenado que ni siquiera tuviera instrumento propio?

– Yo y cualquiera con oídos para oírte -afirmé-. Cualquiera con ojos para verte.

Denna agachó la cabeza, y el cabello le tapó la cara como una cortina.

– Eres muy amable -dijo en voz baja, e hizo un extraño movimiento con las manos.

– Dime, ¿qué estropeó las cosas con Kellin? -pregunté para dirigir la conversación a terreno más seguro.

– Que recibía demasiadas visitas de caballeros -dijo ella con aspereza.

– Deberías haberle explicado que no soy nada ni remotamente parecido a un caballero -dije-. Quizá eso lo habría tranquilizado. -Pero sabía que el problema no podía ser yo. Solo había conseguido ir a verla una vez. ¿Habría sido Ambrose el que iba a visitarla? No me costó nada imaginármelo en aquel fastuoso salón. Su maldito sombrero colgado en la esquina del respaldo de una butaca mientras él bebía chocolate caliente y contaba chistes.

Denna hizo una mueca burlona.

– El que más le molestaba era Geoffrey -me contó-. Por lo visto, se suponía que tenía que quedarme sentada, sola y en silencio en mi cajita, hasta que él viniera a verme.

– ¿Cómo está Geoffrey? -pregunté por educación-. ¿Ya ha conseguido meter alguna otra idea en su cabeza?

Esperaba que Denna se riera, pero se limitó a dar un suspiro.

– Sí, pero ninguna buena. -Sacudió la cabeza-. Vino a Imre a hacerse un nombre con su poesía, pero perdió hasta la camisa apostando.

– No es la primera vez que oigo esa historia -repliqué-. En la Universidad pasa continuamente.

– Eso solo fue el principio -dijo ella-. Creyó que podría recuperar su dinero, claro. Primero fue a una casa de empeños. Luego pidió prestado dinero y también lo perdió. -Hizo un gesto conciliador-. Aunque ese no lo apostó, todo hay que decirlo. Lo estafó una mala mujer. Lo engañó con la viuda llorosa, imagínate.

– ¿Con qué? -pregunté, extrañado.

Denna me miró de reojo y se encogió de hombros.

– Es un timo muy sencillo -dijo-. Una joven se pone delante de una casa de empeños, muy aturullada y llorosa, y cuando pasa algún rico caballero, le explica que ha ido a la ciudad a vender su anillo de boda. Necesita dinero para pagar los impuestos, o para saldar su deuda con un prestamista. -Agitó las manos con impaciencia-. Los detalles son lo de menos.

»E1 caso es que cuando llegó a la ciudad le pidió a alguien que empeñara el anillo por ella. Porque ella no sabía regatear, claro.

Denna se paró delante del escaparate de una casa de empeños; fingiendo una profunda aflicción, exclamó:

– ¡Pensé que podía confiar en él! ¡Pero empeñó mi anillo y salió corriendo con el dinero! ¡Mire, es ese anillo de ahí!

Señaló a través del cristal del escaparate con gesto teatral.

– Pero -continuó Denna levantando un dedo-, afortunadamente, vendió el anillo por una pequeña parte de su valor real. Es una reliquia de la familia valorada en cuarenta talentos, pero la casa de empeños lo vende por cuatro. -Se acercó más a mí y me puso una mano en el pecho, mirándome con ojos suplicantes-. Si usted comprase el anillo, podríamos venderlo al menos por veinte talentos. Y yo le devolvería sus cuatro talentos de inmediato.

Se retiró y encogió los hombros.

– Algo así.

– ¿Y eso es un timo? -dije frunciendo el entrecejo-. Descubriría el engaño en cuanto fuéramos a ver a un tasador.

Denna puso los ojos en blanco.

– No funciona así. Acordamos encontrarnos mañana a mediodía. Pero cuando llego, tú ya has comprado el anillo y te has largado con él.

De pronto lo entendí.

– ¿Y tú te repartes el dinero con el dueño de la casa de empeños?

Me dio unas palmaditas en el hombro.

– Sabía que tarde o temprano lo entenderías.

Me pareció casi infalible, salvo por un detalle.

– Pero el dueño de la casa de empeños, tu compinche, tendría que ser una persona digna de confianza y, al mismo tiempo, deshonesta. Una extraña combinación.

– Cierto -admitió ella-. Pero normalmente las casas de empeño están marcadas. -Señaló la parte superior del marco de la puerta de la casa de empeños. La pintura tenía una serie de marcas que habrían podido confundirse fácilmente con arañazos.

– Ah. -Vacilé un momento antes de añadir-: En Tarbean, esas señales significaban que aquel era un lugar seguro donde vender… -busqué un eufemismo adecuado- mercancías adquiridas por medios cuestionables.

Si a Denna le sorprendió mi confesión, lo disimuló muy bien. Se limitó a menear la cabeza y señalar las marcas con mayor precisión, desplazando el dedo por encima y diciendo:

– Aquí pone: «Propietario de fiar. Abierto a estafas sencillas. Reparto equitativo». -Examinó el resto del marco y el letrero de la tienda-. No dice nada de compra-venta de joyas de tu tía abuela.

– Nunca supe cómo se leían -admití. La miré de reojo y, con cuidado de borrar toda crítica de mi voz, añadí-: Y tú sabes cómo funcionan estas cosas porque…

– Lo leí en un libro -contestó ella con sarcasmo-. Si no, ¿cómo quieres que lo sepa?

Siguió caminando por la calle, y yo la seguí.

– Yo no suelo hacerme pasar por una viuda -dijo Denna como de pasada-. Soy demasiado joven. Prefiero decir que es el anillo de mi madre. O de mi abuela. -Se encogió de hombros-. Puedes cambiar el guión en función de las circunstancias.

– ¿Y si el caballero es honrado? -pregunté-. ¿Y si se presenta a mediodía dispuesto a ayudar?

– No suele pasar -dijo ella con una sonrisita irónica-. A mí solo me ha ocurrido una vez. Me pilló completamente desprevenida. Ahora lo arreglo de antemano con el dueño, por si acaso. No me importa estafar a algún canalla dispuesto a aprovecharse de una muchacha indefensa. Pero no me gusta robar a alguien que intenta ayudar. -Su semblante se endureció-. No como esa zorra que engañó a Geoffrey.

– Geoffrey se presentó a mediodía, ¿no?

– Claro -confirmó Denna-. Y le dio el dinero. «No hace falta que me devuelva lo mío, señorita. Usted tiene que salvar la granja de su familia.» -Denna se pasó las manos por el pelo y miró al cielo-. ¡Una granja! ¡Eso no tiene ningún sentido! ¿Cómo iba a tener la mujer de un granjero un collar de diamantes? -Me miró y agregó-: ¿Por qué los hombres buenos son tan idiotas con las mujeres?

– Geoffrey es noble -dije-. ¿Por qué no escribía a su familia?

– Nunca se ha llevado bien con su familia -me explicó Denna-. Y ahora, menos. En la última carta no le enviaban dinero, solo la noticia de que su madre está enferma.

Su voz tenía un deje que me llamó la atención.

– ¿Muy enferma? -pregunté.

– Enferma. -Denna no levantó la vista-. Muy enferma. Y Geoffrey ya ha vendido su caballo, claro, y no puede pagarse un pasaje de barco. -Volvió a suspirar-. Es como uno de esos horripilantes dramas tehlinos. El mal camino, o algo por el estilo.

– Si es así, lo único que tiene que hacer es entrar en una iglesia al final del cuarto acto -razoné-. Rezará, aprenderá la lección y será un muchacho recto y virtuoso el resto de su vida.

– Si hubiera venido a pedirme consejo, no habría pasado nada. -Hizo un gesto de frustración-. Pero no, vino a verme después para contarme cómo lo había arreglado. Como el prestamista del gremio le había cortado el crédito, ¿sabes qué hizo?

– Fue a ver a un renovero -dije, y noté que se me encogía el estómago. +

– ¡Y no sabes lo contento que estaba cuando vino a decírmelo! -Denna me miró con gesto de desesperación-. Como si por fin hubiera encontrado la manera de salir de este lío. -Se estremeció-. Entremos ahí. -Señaló un pequeño jardín-. Hoy hace más viento del que creía.

Dejé el estuche de mi laúd en el suelo y me quité la capa.

– Toma, yo no tengo frío.

Denna iba a rechazar mi ofrecimiento, pero al final se puso mi capa.

– Y luego dices que no eres un caballero -bromeó.

– No lo soy -dije-. Lo que pasa es que sé que olerá mejor después de que tú te la hayas puesto.

– Ah, ya -replicó ella, ingeniosa-. Y luego se la venderás a un perfumero y ganarás una fortuna.

– Sí, ese era mi plan desde el principio -admití-. Un plan astuto y elaborado. Ya lo ves, tengo más de ladrón que de caballero.

Nos sentamos en un banco, protegidos del viento.

– Me parece que has perdido una hebilla -comentó Denna.

Miré el estuche de laúd. El extremo más estrecho estaba abierto, y la hebilla de hierro había desaparecido.

Suspiré y, distraído, metí la mano en uno de los bolsillos interiores de mi capa.

Denna soltó una exclamación -no muy fuerte, solo una inspiración brusca- y de pronto me miró con los ojos muy abiertos y oscuros bajo la luz de la luna.

Retiré la mano como si me hubiera quemado y balbuceé una disculpa.

Denna se echó a reír.

– Qué situación tan violenta -dijo en voz baja, para sí.

– Lo siento -me apresuré a decir-. Ha sido sin querer. Tengo un poco de alambre ahí dentro que podría usar para cerrar el estuche, de momento.

– Ah. Claro. -Metió las manos debajo de la capa, rebuscó un poco y sacó el trozo de alambre.

– Lo siento -volví a decir.

– Es que no lo esperaba -explicó-. No creía que fueras de esos hombres que se le tiran encima a una mujer sin previo aviso.

Miré el laúd, avergonzado, y me entretuve pasando el alambre por el agujero que había dejado la hebilla y enroscando bien los extremos.

– Es un laúd muy bonito -dijo Denna tras un largo silencio-. Pero ese estuche se cae a pedazos.

– Cuando compré el laúd me quedé desplumado -expliqué, y levanté la cabeza como si de pronto se me hubiera ocurrido una idea-. ¡Ya lo sé! ¡Le pediré a Geoffrey que me diga cómo se llama su renovero! ¡Así podré comprarme dos estuches!

Denna me dio un cachete juguetón, y me arrimé a ella en el banco.

Nos quedamos callados un momento, y entonces Denna se miró las manos y volvió a hacer aquel gesto extraño que ya había hecho varias veces durante nuestro paseo. Entonces comprendí qué era lo que hacía.

– ¿Y tu anillo? -pregunté-. ¿Qué le ha pasado?

Denna me lanzó una mirada extraña.

– Tenías un anillo. Siempre te he visto con él, desde que te conozco -expliqué-. De plata, con una piedra azul claro.

– Ya sé cómo era -dijo arrugando la frente-. Pero tú ¿cómo lo sabes?

– Siempre lo llevas -dije fingiendo desinterés, como si no me fijara en todos sus detalles. Como si no supiera que siempre lo hacía girar en el dedo cuando estaba nerviosa o ensimismada-. ¿Qué le ha pasado?

Denna se miró las manos.

– Lo tiene un joven caballero.

– Ah -dije. No pude contenerme y añadí-: ¿Quién?

– Dudo que… -Hizo una pausa y me miró-. Bueno, quizá lo conozcas. También estudia en la Universidad. Se llama Ambrose Anso.

De pronto se me llenó el estómago de hielo y ácido.

Denna desvió la mirada.

– Tiene un brusco encanto -explicó-. Más brusco que encanto, la verdad. Pero… -Encogió los hombros sin terminar la frase.

– Ya veo -dije. Y añadí-: La cosa debe de ir en serio.

Denna me miró con gesto de extrañeza, y entonces comprendió y rompió a reír. Negó enérgicamente con la cabeza, agitando las manos para enfatizar la negación.

– No, no. No, por Dios. No hay nada de eso. Vino a visitarme unas cuantas veces. Fuimos a ver una obra de teatro. Me invitó a bailar. Baila bastante bien.

Inspiró hondo y soltó el aire con un suspiro.

– La primera noche fue muy educado. Hasta gracioso. La segunda noche, lo fue un poco menos. -Entrecerró los ojos-. La tercera noche empezó a avasallarme. Después, las cosas se pusieron feas. Tuve que dejar mis habitaciones en La Cabeza de Jabalí porque no paraba de presentarse con chucherías y poemas.

Me invadió una sensación de inmenso alivio. Por primera vez desde hacía varios días notaba que podía llenar los pulmones de aire por completo. Noté que una sonrisa amenazaba con apoderarse de mi cara y la reprimí, porque habría sido tan radiante que me habría hecho parecer loco de remate.

Denna me lanzó una mirada irónica.

– No sabes cómo se parecen la arrogancia y la seguridad a simple vista. Y era generoso y rico, y esa es una buena combinación. -Levantó una mano desnuda-. El engaste de mi anillo estaba suelto y él dijo que lo llevaría a reparar.

– Pero después de que las cosas se pusieron feas, ya no se mostró tan generoso, ¿verdad?

Sus labios rojos dibujaron otra sonrisa irónica.

– No tanto.

– Quizá pueda hacer algo -dije-. Si ese anillo es importante para ti.

– Era importante -dijo Denna, y me miró con franqueza-. Pero ¿qué vas a hacer exactamente? ¿Recordarle, de caballero a caballero, que debería tratar a las mujeres con dignidad y respeto? -Alzó los ojos al cielo-. Te deseo suerte.

Me limité a dedicarle mi más encantadora sonrisa. Ya le había dicho la verdad: yo no era un caballero, sino un ladrón.

Capítulo 20

Un viento veleidoso

Al día siguiente, por la noche, me encontraba en El Pony de Oro, posiblemente la posada más elegante de nuestro lado del río. Presumía de excelentes cocinas, un buen establo y un personal experto y obsequioso. Era un establecimiento de categoría que solo podían permitirse los estudiantes más adinerados.

No estaba dentro, por supuesto, sino agazapado en el tejado, al amparo de la oscuridad, procurando no pensar demasiado en el hecho de que lo que estaba planeando iba mucho más allá de los límites de la Conducta Impropia. Si me descubrían entrando en las habitaciones de Ambrose, con toda seguridad me expulsarían.

Era una noche despejada de otoño y soplaba un fuerte viento. Eso tenía sus pros y sus contras. El susurro de las hojas disimularía cualquier pequeño ruido que hiciera, pero temía que el ondular de mi capa llamara la atención.

Nuestro plan era sencillo. Había deslizado una nota sellada por debajo de la puerta de Ambrose. Era una insinuante invitación, anónima, para una cita en Imre. La había escrito Wil, pues Sim y yo opinábamos que era el que tenía una caligrafía más femenina.

Era una locura, pero pensé que Ambrose mordería el anzuelo. Habría preferido que alguien lo hubiera distraído personalmente, pero cuantas menos personas participaran, mejor. Habría podido pedirle a Denna que me ayudara, pero quería darle una sorpresa cuando le devolviera el anillo.

Wil y Sim eran mis vigías. Wil estaba en la taberna, y Sim, apostado en el callejón, junto a la puerta trasera. Su misión consistía en avisarme cuando Ambrose saliera del edificio. Y lo más importante: me alertarían si volvía antes de que yo hubiera terminado de registrar sus habitaciones.

Noté un fuerte tirón en mi bolsillo derecho al agitarse la ramita de roble que llevaba en él. Al cabo de un momento, se repitió la señal. Wilem me estaba indicando que Ambrose había salido de la posada.

En el bolsillo izquierdo llevaba una ramita de abedul. Simmon tenía otra parecida en su puesto de vigilancia cerca de la puerta trasera de la posada. Era un sistema de señales sencillo y eficaz si sabías suficiente simpatía para hacerlo funcionar.

Bajé arrastrándome por la pendiente del tejado, moviéndome con cuidado sobre las pesadas tejas de arcilla. Sabía, de mis días de juventud en Tarbean, que se partían y resbalaban y podían hacerte perder pie.

Llegué al borde del tejado, que quedaba a unos cuatro metros del suelo. No era una altura que produjera vértigo, pero sí la suficiente para partirme las piernas o el cuello. Un estrecho tejadillo discurría por debajo de la larga hilera de ventanas del segundo piso. En total había diez, y las cuatro del medio correspondían a las habitaciones de Ambrose.

Doblé un par de veces los dedos para desentumecerlos, y empecé a andar por aquel tejadillo estrecho.

El secreto consiste en concentrarte en lo que estás haciendo. No debes mirar al suelo. No debes girar la cabeza. Debes olvidarte del mundo y confiar en que el mundo te devuelva el favor. Por eso llevaba puesta la capa. Si alguien me veía, no sería más que una silueta oscura en la noche, imposible de identificar. Tenía que ser optimista.

La primera ventana estaba a oscuras y la segunda tenía las cortinas corridas. Pero la tercera estaba débilmente iluminada. Vacilé un momento. Si tienes la tez clara, como yo, no debes asomarte a una ventana por la noche, porque tu cara destaca contra la oscuridad como una luna llena. En lugar de arriesgarme a asomarme, hurgué en los bolsillos de mi capa y di con un trocito de estaño de la Factoría que había pulido hasta convertirlo en un rudimentario espejo, y lo utilicé para mirar a través de la ventana.

Dentro había unas cuantas lámparas de luz tenue y una cama con dosel tan grande como toda mi habitación de Anker's. La cama estaba ocupada. Activamente ocupada. Es más, me pareció contar más extremidades desnudas de las correspondientes a dos personas. Por desgracia, mi trocito de estaño era pequeño, y no podía ver la escena en toda su complejidad; si no, habría podido aprender algunas cosas interesantes.

Me planteé retroceder y llegar a las habitaciones de Ambrose desde el otro lado, pero de pronto sopló una ráfaga de viento que arrastró las hojas secas por los adoquines y estuvo a punto de hacerme perder mi precario equilibrio. Con el corazón latiéndome con fuerza en el pecho, decidí arriesgarme y pasar por delante de aquella ventana. Supuse que las personas que había dentro tenían mejores cosas que hacer que contemplar las estrellas.

Me bajé la capucha de la capa y sujeté los bordes con los dientes, tapándome la cara pero dejándome las manos libres. Así, a ciegas, avancé poco a poco por delante de la ventana, aguzando el oído por si captaba alguna señal de que me habían visto. Oí exclamaciones de sorpresa, pero no me pareció que tuvieran nada que ver conmigo.

La primera ventana de las habitaciones de Ambrose era una elaborada vidriera. Muy bonita, pero no podía abrirse. La siguiente era perfecta: una ventana ancha de doble hoja. Me saqué un trocito de alambre de cobre de otro bolsillo de la capa y lo utilicé para abrir el sencillo pestillo que la mantenía cerrada.

Pero la ventana no se abrió, y me di cuenta de que Ambrose había añadido una barra. Eso supuso varios minutos de laborioso trabajo, con una sola mano y casi completamente a oscuras. Por fortuna, el viento había dejado de soplar, al menos de momento.

Había solventado el problema de la barra, pero la ventana seguía sin ceder. Empecé a maldecir las paranoias de Ambrose mientras buscaba el tercer cerrojo. Dediqué casi diez minutos y entonces comprendí que la ventana estaba sencillamente atascada.

Tiré de ella un par de veces, lo que no fue tan fácil como podría parecer. No sé si os habréis fijado, pero en la parte exterior de las ventanas no suele haber picaportes. Al final me extralimité y tiré demasiado fuerte. La ventana se abrió de golpe y me empujó hacia atrás. Me incliné sobre el borde del tejado, conteniendo el impulso de llevar un pie hacia atrás para apuntalarme, pues sabía que detrás de mí solo había cuatro metros de vacío.

¿Tenéis presente esa sensación de cuando inclináis demasiado la silla y empezáis a caer hacia atrás? Fue algo parecido, mezclado con recriminaciones y miedo a morir. Agité los brazos pese a saber que eso no me ayudaría; de pronto el pánico me había dejado la mente en blanco.

Me salvó el viento. Sopló cuando empezaba a tambalearme al borde del tejado, y me empujó lo suficiente para que recobrara el equilibrio. Con una mano logré asir la ventana, ya abierta, y me metí precipitadamente dentro, sin importarme mucho si hacía ruido.

Una vez dentro, me agaché en el suelo y me quedé allí respirando entrecortadamente. El ritmo de mi corazón empezaba a normalizarse cuando el viento golpeó la ventana y la cerró por encima de mi cabeza, sobresaltándome una vez más.

Saqué mi lámpara simpática, la encendí, la gradué a una intensidad moderada y desplacé su estrecho arco de luz por la habitación. Kilvin tenía razón al llamarla lámpara de ladrones: era perfecta para ese tipo de actividades furtivas.

Ir y venir de Imre eran varios kilómetros, y yo confiaba en que la curiosidad de Ambrose lo tendría esperando a su admiradora secreta al menos media hora. En condiciones normales, buscar un objeto tan pequeño como un anillo habría podido llevarme un día entero. Pero suponía que a Ambrose ni siquiera se le habría ocurrido esconderlo. El no debía de pensar que lo había robado. Debía de considerarlo una baratija o un trofeo.

Empecé a registrar metódicamente las habitaciones de Ambrose. El anillo no estaba en su cómoda ni en su mesilla de noche. No estaba en ninguno de los cajones de su escritorio, ni en la bandejita de las joyas de su vestidor. Ni siquiera tenía un joyero que se cerrara con llave, sino solo una bandeja con toda clase de agujas, anillos y cadenas, mezclados y revueltos.

Lo dejé todo donde estaba, lo cual no quiere decir que no me planteara desvalijar a aquel capullo. Con unas pocas de sus joyas habría podido pagarme la matrícula de todo un año. Pero eso iba contra mi plan: entrar, coger el anillo de Denna y salir. Si no dejaba ningún rastro de mi visita, suponía que Ambrose pensaría sencillamente que había perdido el anillo, si es que lo echaba de menos. Era el delito perfecto: sin sospechas, sin persecución, sin consecuencias.

Además, es muy difícil vender joyas robadas en una ciudad tan pequeña como Imre. Habría sido demasiado fácil que alguien me siguiera la pista hasta dar conmigo.

Aclarado eso, yo nunca he presumido de tener la moral de un sacerdote, y las habitaciones de Ambrose ofrecían numerosas oportunidades para hacer gamberradas. Así que me di el gusto. Mientras rebuscaba en los bolsillos de sus pantalones, aflojé unas pocas costuras para que hubiera grandes probabilidades de que se le rompieran por el trasero la próxima vez que se sentara o montara su caballo. Aflojé el mango del tiro de la chimenea y lo dejé a punto de caer, para que su habitación se llenara de humo mientras él intentaba ponerlo de nuevo en su sitio.

Estaba pensando qué podía hacerle a aquel maldito sombrero con una pluma cuando la ramita de roble que llevaba en el bolsillo se agitó violentamente, sobresaltándome. Entonces volvió a agitarse y se partió por la mitad. Maldije por lo bajo. Ambrose solo llevaba unos veinte minutos fuera. ¿Qué le había hecho volver tan pronto?

Apagué mi lámpara simpática y me la guardé en la capa. Me escabullí hacia el cuarto por el que me había colado con intención de salir por la ventana. Era un fastidio tener que marcharme después de lo que me había costado entrar, pero si Ambrose no sospechaba que alguien había entrado en sus habitaciones, yo podría volver cualquier otra noche.

Pero la ventana no se abría. Empujé más fuerte, preguntándome si se habría cerrado sola con el golpe del viento.

Entonces distinguí una delgada tira de latón a lo largo del antepecho de la ventana. Casi a oscuras, no podía leer la sigaldría, pero sé reconocer una guarda. Eso explicaba por qué Ambrose había vuelto tan pronto: sabía que alguien había entrado en sus habitaciones. Es más, una buena guarda no solo te avisaba de la presencia de un intruso, sino que podía mantener cerrada una puerta o una ventana para dejar al ladrón encerrado dentro.

Corrí hacia la puerta, buscando en los bolsillos de mi capa algo largo y delgado que pudiera usar para forzar la cerradura. Como no encontré nada adecuado, agarré una pluma del escritorio de Ambrose, la introduje en el ojo de la cerradura y tire con fuerza hacia un lado, rompiendo el plumín, que quedó dentro. Al cabo de un momento oí un ruido metálico: Ambrose intentaba abrir la puerta desde su lado, y blasfemaba al no poder meter la llave.

Yo volvía a estar junto a la ventana, iluminando con mi lámpara la tira de latón y murmurando runas por lo bajo. Era bastante sencillo. Podía inutilizar la sigaldría inscribiendo unas pocas runas de conexión, abrir la ventana y huir.

Volví corriendo al salón y agarré el abrecartas del escritorio y, con las prisas, volqué el tintero, que estaba tapado. Me disponía a empezar a borrar las runas cuando caí en la cuenta de que era una estupidez. Cualquier ladronzuelo podía entrar en las habitaciones de Ambrose, pero el número de personas que sabían suficiente sigaldría para inutilizar una guarda era muy reducido. Habría sido como escribir mi nombre en el marco de la ventana.

Me paré un momento a pensar; devolví el abrecartas al escritorio y coloqué el tintero en su sitio. Volví a la ventana y examiné detenidamente la larga tira de latón. Romper una cosa es sencillo, pero entenderla es más difícil.

Y es aún más difícil si al mismo tiempo estás oyendo imprecaciones al otro lado de la puerta, acompañadas de los ruidos de alguien que intenta desobstruir una cerradura.

Entonces el pasillo quedó en silencio, lo que todavía me puso más nervioso. Al final conseguí descifrar la secuencia de la guarda y, al mismo tiempo, oí pisadas de más de una persona al otro lado de la puerta. Dividí mi mente en tres partes y concentré mi Alar mientras empujaba la ventana. Las manos y los pies se me enfriaron al extraer calor de mi cuerpo para contrarrestar la guarda, y procuré no dejarme llevar por el pánico al oír una fuerte sacudida, como si algo pesado golpeara la puerta.

La ventana se abrió por fin, y yo salté por ella al tejadillo; en ese momento algo volvió a golpear la puerta y oí el fuerte crujido de la madera al astillarse. Todavía habría podido huir sin que me vieran, pero cuando puse el pie derecho en el tejado, noté que una de las tejas de arcilla se partía bajo mi peso. Me resbaló el pie, y me agarré al alféizar con ambas manos para no caer.

Entonces sopló una ráfaga de viento que empujó una de las hojas de la ventana y la lanzó contra mi cabeza. Levanté un brazo para protegerme la cara; la ventana me golpeó en el codo, y uno de los cristales se rompió. El impacto me echó hacia un lado, obligándome a apoyar todo mi peso sobre el pie derecho, que acabó de resbalar del todo.

Entonces, dado que al parecer todas las otras opciones estaban agotadas, decidí que lo mejor que podía hacer era caerme del tejado.

Llevadas únicamente por el instinto, mis manos intentaron frenéticamente asir algo. Solté unas cuantas tejas más, y al final me agarré al borde del tejado. No pude sujetarme bien, pero al menos me frené un poco y me di la vuelta para no caer de cabeza ni de espaldas. Caí boca abajo, como un gato.

Solo que los gatos tienen todas las patas igual de largas. Yo aterricé sobre manos y rodillas. En las manos noté un fuerte escozor, pero al golpearme las rodillas contra los adoquines me hice un daño como jamás me había hecho en toda mi joven vida. Era un dolor cegador, y me oí gañir como un perro que recibe una patada.

Al cabo de un segundo me cayó encima una lluvia de pesadas tejas rojas. La mayoría se rompieron al chocar contra los adoquines, pero una me dio en la nuca, y otra en el codo, y se me quedó todo el antebrazo entumecido.

No hice ni caso. Un brazo roto se me curaría, pero la expulsión de la Universidad la arrastraría toda la vida. Me puse la capucha y, con gran esfuerzo, me levanté. Sujetándome la capucha con una mano para que no resbalara, me tambaleé hasta llegar bajo el alero de El Pony de Oro, donde no pudieran verme desde la ventana.

Y entonces corrí, corrí, corrí…

Por fin, con cuidado y cojeando, me subí a los tejados y entré en mi habitación de Anker's por la ventana. Me llevó tiempo, pero no tenía elección. No podía pasar por delante de todos en la taberna, desaliñado, renqueando y con toda la pinta de haberme caído de un tejado.

Después de recuperar el aliento y de pasar un buen rato insultándome y acusándome de diversos tipos de imbecilidad, me examiné las heridas. La buena noticia era que no me había roto ninguna pierna, aunque tenía unos formidables cardenales justo debajo de las rodillas. La teja que me había golpeado en la cabeza me había dejado un chichón, pero no me había hecho ningún corte. Tenía un dolor sordo y pulsante en el codo, pero la mano ya no estaba dormida.

Llamaron a la puerta. Me quedé inmóvil un momento; saqué la ramita de abedul de mi bolsillo, murmuré un rápido vínculo y la agité. Oí unos ruidos de asombro en el pasillo, seguidos de la risa apagada de Wilem.

– No tiene gracia -oí decir a Sim-. Déjanos entrar.

Les dejé entrar. Simmon se sentó en el borde de la cama, y Wilem, en la silla del escritorio. Cerré la puerta y me senté en la otra mitad de la cama. Incluso estando los tres sentados, la pequeña habitación parecía abarrotada.

Nos miramos unos a otros, muy serios, y entonces Simmon dijo:

– Por lo visto, esta noche Ambrose ha sorprendido a un ladrón que había entrado en sus habitaciones. El tipo ha preferido saltar desde la ventana que dejarse atrapar.

Solté una risita amarga.

– No, qué va. Casi había salido cuando el viento me ha cerrado la ventana. -Acompañé mis palabras con un movimiento torpe-. Me ha tirado. Del tejado.

Wilem soltó un suspiro de alivio.

– Creía que había hecho mal el vínculo -dijo.

– No, si he recibido el aviso -dije meneando la cabeza-. Lo que pasa es que no he tenido todo el cuidado que debería.

– ¿Por qué habrá vuelto tan pronto? -preguntó Simmon mirando a Wilem-. ¿Has oído algo cuando ha entrado?

– Seguramente habrá pensado que mi caligrafía no es muy femenina -dijo Wilem.

– Tiene guardas en las ventanas -dije-. Seguramente están ligadas a un anillo o algo que lleva él encima. Deben de haberle avisado en cuanto he abierto la ventana.

– ¿Lo has encontrado? -preguntó Wilem.

Negué con la cabeza.

Simmon estiró el cuello para verme mejor el brazo.

– ¿Estás bien?

Seguí la dirección de su mirada, pero no vi nada. Entonces tiré de mi camisa y vi que estaba adherida a la parte de atrás de mi brazo. Con todos mis otros dolores, no me había fijado.

Con cuidado, me quité la camisa por la cabeza. El codo de la manga estaba roto y manchado de sangre. Maldije por lo bajo. Solo poseía cuatro camisas, y había estropeado aquella.

Intenté verme la herida, y rápidamente comprobé que no puedes mirarte la parte de atrás del propio codo, por mucho que lo intentes. Al final se la enseñé a Simmon para que me la examinara.

– No es gran cosa -dijo, y para mostrarme el tamaño de la herida separó los dedos índice y pulgar dejando un espacio de unos cinco centímetros-. Solo tienes un corte, y apenas sangra. Lo demás son rasguños. Por lo visto te has rozado contra algo.

– Se me ha caído encima una teja -dije.

– Has tenido suerte -gruñó Wilem-. ¿Cuánta gente se cae de un tejado y acaba solo con unos pocos arañazos?

– En las rodillas tengo unos cardenales del tamaño de manzanas -dije-. Tendré suerte si mañana puedo caminar.

Pero en el fondo sabía que Wil tenía razón. La teja que me había caído en el codo habría podido romperme el brazo. A veces, los bordes rotos de las tejas de arcilla eran afilados como cuchillos, y si me hubiera golpeado de otra forma, habría podido hacerme un corte hasta el hueso. Odio las tejas de arcilla.

– Bueno, podría haber sido peor -concluyó Simmon, y se levantó-. Vamos a la Clínica a que te pongan un parche.

– Kraem no -dijo Wilem-. No puede ir a la Clínica. Ya deben de estar preguntando para ver si hay alguien herido.

Simmon volvió a sentarse.

– Claro -dijo; parecía vagamente disgustado consigo mismo-.

Ya lo sé. -Me miró de arriba abajo-. Al menos no tienes ninguna herida visible.

– Tú tienes un problema con la sangre, ¿verdad? -pregunté a Wilem.

Wilem se mostró ligeramente ofendido.

– Yo no diría tanto… -Me miró el codo e inmediatamente palideció un poco, pese a su oscura tez ceáldica. Apretó los labios-. Bueno, sí.

– Muy bien. -Empecé a hacer tiras con la camisa; de todas formas, ya se había echado a perder-. Te felicito, Sim. Acabas de ser ascendido a médico de campaña. -Abrí un cajón y saqué una aguja, tripa, yodo y un tarro pequeño de grasa de oca.

Sim miró primero la aguja y luego a mí con los ojos como platos.

Le dediqué mi mejor sonrisa.

– Es fácil -le aseguré-. Tranquilo, yo te iré guiando.

Me senté en el suelo, con el brazo por encima de la cabeza, mientras Simmon me lavaba, cosía y vendaba el codo. Me sorprendió comprobar que no era tan aprensivo como yo esperaba. Sus manos eran más delicadas y seguras que las de muchos estudiantes de la Clínica que practicaban continuamente aquellas curas.

– Entonces, ¿hemos estado los tres aquí, jugando a aliento toda la noche? -preguntó Wil evitando mirar en mi dirección.

– Suena bien -dijo Sim-. ¿Puedo decir que gané yo?

– No -dije-. Deben de haber visto a Wil en el Pony. Si mentimos, seguro que me descubren.

– Ah -dijo Sim-. Entonces, ¿qué decimos?

– La verdad. -Señalé a Wil-. Tú estabas en el Pony cuando ha pasado todo, y luego has venido aquí a contármelo. -Señalé la mesita, donde había esparcidos una serie de engranajes, muelles y tornillos-. Os he enseñado el reloj armónico que he encontrado, y vosotros me habéis aconsejado cómo arreglarlo.

Sim parecía decepcionado.

– No es muy emocionante.

– Las mejores mentiras son las sencillas -dije poniéndome en pie-. Gracias otra vez a los dos. Si no hubierais estado vigilando, esto podría haber acabado muy mal.

Simmon se levantó y abrió la puerta. Wil se levantó también, pero no hizo ademán de marcharse.

– La otra noche oí un extraño rumor -dijo.

– Ah, ¿sí? ¿Algo interesante? -pregunté.

– Sí, mucho -dijo Wil asintiendo con la cabeza-. Recuerdo haber oído que ya te habías hartado de fastidiar a cierto poderoso miembro de la nobleza. Me sorprendió que por fin hubieras decidido dejarlo tranquilo.

– Venga, Wil -intervino Simmon-. Ambrose nunca está tranquilo. Es un perro rabioso y deberían sacrificarlo.

– Más bien parece un oso furioso -dijo Wilem-. Un oso que tú pareces decidido a molestar con un hierro al rojo.

– ¿Cómo puedes decir eso? -saltó Sim, acalorado-. En los dos años que lleva de secretario, ¿alguna vez te ha llamado otra cosa que no sea «miserable ceáldico»? ¿Y qué me dices de la vez que casi me dejó ciego mezclando mis sales? Kvothe tardará mucho en expulsar toda la plombaza de su organismo, y…

Wil levantó una mano y asintió con la cabeza dándole la razón a Simmon.

– Ya lo sé, y por eso me he dejado arrastrar a cometer esta locura. Solo quería comentar una cosa. -Me miró-. Te das cuenta de que has ido muy lejos en lo que se refiere a Denna, ¿verdad?

Capítulo 21

Piezas sueltas

Aquella noche, el dolor de las rodillas apenas me dejó dormir.

Así que cuando, al otro lado de mi ventana, despuntó en el cielo la primera luz tenue del amanecer, me di por vencido, me levanté, me vestí y, lenta y trabajosamente, fui a las afueras de la ciudad en busca de corteza de sauce para mascar. Por el camino descubrí varias contusiones nuevas y fascinantes que no había detectado la noche anterior.

La caminata fue una verdadera agonía, pero me alegré de hacerla a primera hora de la mañana, cuando todavía había muy poca luz y las calles estaban vacías. Sabía que iba a hablarse mucho de lo ocurrido en El Pony de Oro. Si alguien me veía cojeando, sería fácil que extrajera la conclusión correcta.

Por suerte, al andar se me desentumecieron las piernas, y la corteza de sauce me alivió un poco el dolor. Para cuando hubo acabado de salir el sol, me sentía lo bastante recuperado para aparecer en público. Me dirigí a la Factoría con la intención de pasar unas horas fabricando piezas sueltas antes de mi clase de Simpatía Experta. Necesitaba empezar a ganar dinero para pagar la matrícula del siguiente bimestre y el préstamo de Devi, por no mencionar vendajes y una camisa nueva.

Jaxim no estaba en Existencias cuando llegué, pero reconocí al alumno que lo sustituía. Habíamos entrado en la Universidad al mismo tiempo y habíamos dormido en literas cercanas en Dependencias. Me caía bien. No era uno de aquellos hijos de nobles que se paseaban alegremente por allí, protegidos por el apellido y el dinero de su familia. Sus padres eran comerciantes de lana, y tenía que trabajar para pagarse la matrícula.

– Basil -dije-, creía que el bimestre pasado te habían hecho E'lir. ¿Qué haces en Existencias?

Basil se ruborizó un poco; parecía avergonzado.

– Kilvin me descubrió añadiendo agua al ácido.

Sacudí la cabeza y lo miré con severidad.

– Eso va contra el procedimiento correcto, E'lir Basil -dije bajando mi voz una octava-. Un artífice debe actuar siempre con suma precaución.

– Hablas igual que él -dijo Basil sonriendo. Abrió el registro-. ¿Qué necesitas?

– No estoy muy inspirado. Me limitaré a hacer algunas piezas sueltas -dije-. Veamos…

– Espera un momento -me interrumpió Basil, y frunció el entrecejo sin levantar la vista del libro.

– ¿Qué pasa?

Le dio la vuelta al libro para enseñármelo y señaló con un dedo.

– Hay una nota junto a tu nombre.

Miré. Había una nota escrita con lápiz, con la caligrafía curiosamente infantil de Kilvin: «No suministrar materiales ni herramientas al Re'lar Kvothe. Que venga a verme. Klvn.».

Basil me miró con lástima.

– Se añade el ácido al agua -bromeó-. ¿A ti también se te olvidó?

– Ojalá -dije-. Entonces sabría qué está pasando.

Basil miró alrededor, inquieto; se inclinó hacia delante y me habló en voz baja:

– Oye, volví a ver a esa chica.

Lo miré con cara de bobo y parpadeé varias veces.

– ¿Cómo?

– La chica que vino aquí preguntando por ti -me recordó Basil-. Esa que buscaba al mago pelirrojo que le había vendido un amuleto.

Cerré los ojos y me pasé una mano por la cara.

– Ah, ¿sí? ¿Entró aquí? ¡Lo que me faltaba!

– No, aquí no entró -aclaró Basil-. Al menos, que yo sepa. Pero la he visto un par de veces fuera. Por el patio. -Apuntó con la barbilla a la puerta sur de la Factoría.

– ¿Se lo has dicho a alguien? -pregunté.

– Yo jamás haría eso -dijo Basil, profundamente ofendido-. Pero es posible que ella hablara con alguien más. Deberías librarte de ella. Kilvin se pondría como una fiera si creyese que has estado vendiendo amuletos.

– No los he vendido -dije-. No tengo ni idea de quién es esa chica. ¿Cómo es?

– Joven -dijo Basil encogiéndose de hombros-. No es ceáldica. Creo que tiene el pelo claro. Lleva una capa azul con capucha. Intenté acercarme y hablar con ella, pero se escabulló.

– Maravilloso. -Me froté la frente.

– Pensé que debía avisarte -dijo Basil con cara de circunstancias-. Si entra aquí y pregunta por ti, tendré que decírselo a Kilvin. -Hizo una mueca de disculpa-. Lo siento, pero ya tengo bastantes problemas.

– Lo comprendo -dije-. Gracias por avisarme.

Cuando entré en el taller, de inmediato noté algo extraño en la luz. Lo primero que hice fue mirar hacia arriba, para comprobar si Kilvin había añadido una lámpara nueva a la colección de esferas de cristal que colgaban entre las vigas. Confiaba en que el cambio de la luz se debiera a la presencia de una nueva esfera. Kilvin se ponía de muy mal humor cada vez que se apagaba una de sus lámparas.

Recorrí las vigas con la mirada, pero no vi ninguna lámpara apagada. Tardé en comprender qué era eso extraño que había percibido: la luz del sol entraba sesgadamente por las ventanas bajas de la pared este, y normalmente yo no iba a trabajar hasta más tarde.

A aquella hora reinaba en el taller un silencio casi sobrecogedor. La inmensa estancia parecía hueca y sin vida, y solo había un puñado de alumnos trabajando en sus proyectos. Eso, combinado con aquella luz inusual y con el mensaje inesperado de Kilvin, hizo que sintiera cierta aprensión mientras me dirigía hacia el despacho del maestro artífice.

Pese a ser muy temprano, en un rincón del despacho de Kilvin ya había una pequeña fragua bien cargada. Cuando me planté en el umbral, me golpeó un chorro de calor. Resultaba agradable después del frío que hacía fuera, propio de principios del invierno. Kilvin estaba de pie, de espaldas a mí, accionando con ímpetu un fuelle.

Golpeé el marco de la puerta con los nudillos para atraer su atención.

– ¿Maestro Kilvin? He ido a buscar unos materiales a Existencias. ¿Ocurre algo?

– Re'lar Kvothe -dijo Kilvin girando la cabeza-. Será solo un momento. Pasa.

Entré en su despacho y cerré la gruesa puerta detrás de mí. Si estaba en un brete, prefería que no nos oyera nadie.

Kilvin siguió dándole al fuelle un buen rato. Entonces extrajo un tubo largo y me di cuenta de que no era una fragua lo que había encendido, sino un pequeño horno de vidrio soplado. Moviéndose con destreza, sacó una gota de vidrio fundido con el extremo del tubo y procedió a soplar hasta obtener una burbuja cada vez más grande.

Al cabo de un minuto, el vidrio perdió su resplandor anaranjado.

– Fuelle -dijo Kilvin sin mirarme, y volvió a introducir el tubo por la boca del horno.

Me acerqué, obediente, y empecé a accionar el fuelle a buen ritmo, hasta que el vidrio volvió a resplandecer. Kilvin me indicó que parara, retiró el tubo y volvió a soplar por él, haciéndolo girar hasta que la burbuja alcanzó el tamaño de un melón pequeño.

Metió de nuevo el tubo en el horno, y yo accioné el fuelle sin esperar a que Kilvin me lo pidiera. La tercera vez que repetimos esa operación, yo ya estaba empapado de sudor. Lamenté haber cerrado la puerta del despacho, pero no quería dejar el fuelle para ir a abrirla.

A Kilvin no parecía afectarle el calor. La burbuja de vidrio creció hasta alcanzar el tamaño de mi cabeza, y luego el de una calabaza. Pero la quinta vez que la apartó del fuego y empezó a soplar, la burbuja se combó en el extremo del tubo, se desinfló y cayó al suelo.

– Kist, crayle, en kote -maldijo el maestro con rabia. Soltó el tubo metálico, que produjo un fuerte ruido al caer al suelo de piedra-. ¡Kraemet brevetan Aerin!

Contuve las repentinas ganas de echarme a reír. Mi siaru no era perfecto, pero estaba casi seguro de que Kilvin había dicho «Mierda en la barba de Dios».

El maestro, corpulento como un oso, se quedó un momento de pie contemplando la estropeada pieza de vidrio que había quedado en el suelo. Entonces, irritado, expulsó ruidosamente el aire por la nariz, se quitó las gafas protectoras y se volvió hacia mí.

– Tres juegos de campanillas sincronizadas, de latón -dijo sin preámbulo-. Un atractor, de hierro. Cuatro embudos de calor, de hierro. Seis sifones, de estaño. Veintidós hojas de vidrio reforzado, y otras piezas sueltas.

Era una lista de los trabajos que había realizado aquel bimestre en la Factoría. Cosas sencillas que no me llevaba mucho tiempo acabar y que podía vender a Existencias obteniendo un beneficio rápido.

– ¿Te satisface ese trabajo, Re'lar Kvothe? -me preguntó Kilvin mirándome con sus ojos oscuros.

– Son proyectos fáciles, maestro Kilvin -respondí.

– Ahora eres Re'lar -dijo él con una voz cargada de reproche-. ¿Te contentas con avanzar sin ningún esfuerzo, fabricando juguetes para los ricos y perezosos? ¿Es eso lo que esperas del tiempo que empleas en la Factoría? ¿Trabajo fácil?

Notaba el sudor empapándome el pelo y resbalando por mi espalda.

– Tengo cierto recelo a emprender proyectos por mi cuenta -expuse-. Usted no aprobó las modificaciones que le hice a mi lámpara de mano.

– Hablas como un cobarde -replicó Kilvin-. ¿No piensas salir nunca más de la casa porque una vez te regañaron? -Me miró-. Te lo preguntaré otra vez. Campanillas. Piezas fundidas. ¿Te satisface ese trabajo, Re'lar Kvothe?

– Me satisface pensar que podré pagar la matrícula del próximo bimestre, maestro Kilvin. -El sudor me resbalaba por la cara. Intenté enjugármelo con la manga, pero tenía la camisa empapada. Miré hacia la puerta del despacho de Kilvin.

– ¿Y el trabajo en sí? -continuó Kilvin. Tenía gotas de sudor en la oscura piel de la frente, pero por lo demás, el calor no parecía molestarle.

– ¿La verdad, maestro Kilvin? -pregunté; notaba un ligero mareo.

El maestro se mostró un poco ofendido.

– Valoro la verdad en todos los sentidos, Re'lar Kvothe.

– La verdad es que este último año he fabricado ocho lámparas marineras, maestro Kilvin. Si tengo que hacer una más, creo que me cagaré en los pantalones de puro aburrimiento.

Kilvin dio un resoplido que interpreté como una risa, y luego me sonrió.

– Estupendo. Así es como debe pensar un Re'lar. -Me apuntó con un grueso dedo-. Eres listo, y tienes buenas manos. Espero grandes cosas de ti, no trabajos monótonos. Haz algo inteligente, y ganarás más que con una lámpara. Más que con las piezas sueltas, sin duda. Eso déjaselo a los E'lir. -Señaló con desdén la ventana que daba al taller.

– Haré todo lo que pueda, maestro Kilvin -me comprometí. Mi propia voz me sonó extraña, lejana y embrollada-. ¿Le importa que abra la puerta para que entre un poco de aire?

Kilvin me dio permiso con un gruñido, y di un paso hacia la puerta. Pero me flaquearon las piernas, y todo empezó a rodar. Me tambaleé y estuve a punto de dar de bruces al suelo, pero conseguí asirme al borde del banco de trabajo y me caí de rodillas.

Cuando mis magulladas rodillas golpearon el suelo de piedra, sentí un dolor insoportable. Pero no grité. De hecho, el dolor parecía provenir de muy lejos.

Desperté desorientado, con la boca seca como el serrín. Me costaba despegar los párpados y estaba tan aletargado que tardé un buen rato en identificar aquel característico olor a antiséptico. Eso, combinado con el hecho de estar tendido bajo una sábana desnudo, me permitió saber que estaba en la Clínica.

Giré la cabeza y vi una cabeza de pelo rubio y corto y el uniforme oscuro de un fisiólogo. Volví a apoyar la cabeza en la almohada.

– Hola, Mola -dije con voz ronca.

Mola se volvió y me miró muy seria.

– Hola, Kvothe -dijo con formalidad-. ¿Cómo te sientes?

Todavía estaba medio adormilado, y tuve que pensar antes de contestar.

– Espeso -dije, y añadí-: Sediento.

Mola me llevó un vaso y me ayudó a beber. Era un líquido dulce y arenoso. Tardé bastante en acabármelo, pero después volví a sentirme medianamente humano.

– ¿Qué ha pasado? -pregunté.

– Te has desmayado en la Artefactoría -me contestó Mola-. Kilvin te ha traído hasta aquí. Ha sido conmovedor, la verdad. He tenido que echarlo.

Me ruboricé de vergüenza de pensar que el corpulento maestro me había llevado en brazos por las calles de la Universidad. Yo debía de parecer una muñeca de trapo.

– ¿Me he desmayado?

– Kilvin ha explicado que estabais en una habitación muy caldeada -dijo Mola-. Y que sudabas mucho. Estabas empapado. -Señaló mi camisa y mis pantalones, doblados sobre una mesa.

– ¿Un golpe de calor? -pregunté.

Mola levantó una mano para hacerme callar.

– Ese ha sido mi primer diagnóstico -dijo-. Tras la exploración, he llegado a la conclusión de que lo que sufres es un caso agudo de caída desde una ventana la noche pasada. -Me clavó una mirada intencionada.

De pronto era muy consciente de mi persona. No por el hecho de estar prácticamente desnudo, sino por las lesiones que me había hecho al caer del tejado de El Pony de Oro. Eché un vistazo hacia la puerta y sentí alivio al ver que estaba cerrada. Mola se quedó mirándome con expresión insondable.

– ¿Me ha visto alguien más? -pregunté.

Negó con la cabeza.

– Hoy hemos tenido mucho trabajo.

– Bueno, ya es algo. -Me relajé un poco.

Mola seguía mirándome con expresión adusta.

– Esta mañana, Arwyl ha dado órdenes de informar de cualquier lesión sospechosa. No hace falta que te diga por qué. El propio Ambrose ha ofrecido una buena recompensa a quien le ayude a atrapar al ladrón que entró en sus habitaciones y robó varios objetos de valor, entre ellos un anillo que su madre le regaló en su lecho de muerte.

– Qué cabronazo -dije, indignado-. No le robé nada.

– ¿Así de fácil? -dijo Mola arqueando una ceja-. ¿No vas a desmentirlo? ¿No vas a… nada?

Solté el aire por la nariz y traté de controlar mi rabia.

– Eso sería ofender tu inteligencia. Es evidente que no me he caído por una escalera. -Inspiré hondo-. Mira, si se lo cuentas a alguien, me expulsarán. No robé nada. Podría haberme llevado lo que quisiera, pero no cogí nada.

– Entonces, ¿por qué…? -Vaciló un poco; era evidente que se sentía incómoda-. ¿Qué hacías allí?

Di un suspiro.

– ¿Me creerías si te dijera que estaba haciéndole un favor a una amiga?

Mola me miró con recelo; sus ojos verdes escudriñaban los míos.

– Bueno, últimamente te estás aficionando a eso de hacer favores.

– ¿Cómo dices? -pregunté; estaba demasiado embotado para entender lo que Mola me estaba diciendo.

– La última vez que estuviste aquí, tuve que tratarte por quemaduras e inhalación de humo después de que salvaras a Fela de un incendio.

– Ah -dije-. Eso no fue exactamente un favor. Lo habría hecho cualquiera.

Mola me miró intrigada.

– Lo dices porque lo crees de verdad, ¿no? -Sacudió un poco la cabeza; luego cogió un sujetapapeles y anotó algo en una hoja. Debía de estar rellenando su informe-. Pues yo sí lo considero un favor. Fela y yo compartíamos litera cuando llegamos a la Universidad. Aunque tú no lo creas, no es algo que muchos habrían hecho.

Llamaron a la puerta y oí la voz de Sim en el pasillo:

– ¿Podemos pasar?

Sin esperar una respuesta, abrió la puerta y entró en la habitación con Wilem, que no parecía muy convencido.

– Nos han dicho… -Sim hizo una pausa y miró a Mola-. Se pondrá bien, ¿verdad?

– Sí, se pondrá bien -confirmó Mola-. Cuando se le normalice la temperatura. -Cogió un medidor y me lo metió en la boca-. Ya sé que te va a costar, pero intenta tener la boca cerrada un minuto.

– Ah, pues así… -dijo Simmon con una sonrisa-. Nos han contado que Kilvin te llevó a un sitio secreto y te enseñó algo que hizo que te desmayaras como una nena.

Lo miré con el ceño fruncido, pero mantuve la boca cerrada.

Mola se volvió hacia Wil y Sim.

– Le dolerán las piernas, pero no tiene ninguna lesión permanente. El codo también se le curará, aunque los puntos son un desastre. Pero ¿qué hacíais en las habitaciones de Ambrose?

Wilem la miró sin inmutarse con sus ojos oscuros, haciendo gala de su estoicismo característico.

Con Sim no hubo tanta suerte.

– Kvothe necesitaba un anillo para su enamorada -soltó con voz camarina.

Mola se volvió hacia mí y me miró furiosa.

– Hay que tener cara dura para mentirme así -me espetó; había entrecerrado los ojos como un gato, y despedían chispas-. ¡Menos mal que no querías ofender mi inteligencia!

Inspiré hondo y levanté un brazo para quitarme el medidor de la boca.

– Mierda, Sim -dije con enojo-. Un día de estos tengo que enseñarte a mentir.

Sim nos miró a los dos y se puso colorado de pánico y vergüenza.

– A Kvothe le gusta una chica del otro lado del río -intentó defenderse-. Ambrose le quitó un anillo y no quería devolvérselo. Nosotros solo…

Mola lo interrumpió con un brusco ademán.

– ¿Por qué no me lo has dicho? -me preguntó con irritación-. ¡Todos sabemos cómo trata Ambrose a las mujeres!

– Por eso no te lo he dicho -expliqué-. Sonaba a mentira fácil. Y por otra parte, no es asunto tuyo, que yo sepa.

La expresión de Mola se endureció.

– Me hablas con mucha arrogancia para…

– Basta. Basta, por favor -intervino Wilem interrumpiendo nuestra discusión. Miró a Mola-. Cuando han traído a Kvothe aquí, inconsciente, ¿qué ha sido lo primero que has hecho?

– Le he examinado las pupilas para descartar conmoción cerebral -dijo Mola automáticamente-. ¿Qué demonios tiene eso que ver?

Wilem me señaló y dijo:

– Mírale los ojos ahora.

Mola lo hizo.

– Están oscuros -dijo, sorprendida-. Verde oscuro. Como una rama de pino.

– No discutas con él cuando se le ponen los ojos así de oscuros -continuó Wil-. No conseguirás nada bueno.

– Es como el ruido que hacen las serpientes de cascabel -añadió Sim.

– Mejor dicho, como el pelo erizado del lomo de un perro -le corrigió Wilem-. Te avisa de que está a punto de morder.

– Podéis iros todos directamente al infierno -intervine-. O eso, o darme un espejo para que vea de qué demonios estáis hablando. Como queráis.

Wil no me hizo ni caso.

– Nuestro amiguito Kvothe tiene mucho temperamento, pero cuando haya tenido un minutó para serenarse, se dará cuenta de la verdad. -Wilem me miró con sorna-. No está enfadado porque no hayas confiado en él, ni porque hayas hecho hablar a Sim. Está enfadado porque has descubierto la borricada de que es capaz para impresionar a una mujer. -Clavó en mí sus ojos-. ¿Se dice «borricada»?

Inspiré hondo, solté el aire y confirmé:

– Sí, se dice así.

– He escogido esa palabra porque viene de «borrico» -explicó Wil.

– Ya sabía que vosotros dos debíais de estar implicados -dijo Mola con una pizca de disculpa en la voz-. No sois más inútiles porque no os entrenáis. Y lo digo por los tres. -Se puso a uno de los lados de la cama y me examinó detenidamente la herida del codo-. A ver, ¿cuál de vosotros dos le ha cosido esto?

– Yo. -Sim hizo una mueca-. Ya sé que es una chapuza.

– Chapuza es poco -dijo Mola con desaprobación-. Se diría que intentabas coserle tu nombre en el brazo y que no parabas de equivocarte.

– Yo creo que lo hizo bastante bien -dijo Wil mirando a Mola-. Teniendo en cuenta su falta de práctica, y el hecho de que estaba ayudando a un amigo en circunstancias nada ideales.

– No he querido decir eso -se apresuró a decir Mola, ruborizándose-. Cuando trabajas aquí, se te olvida que no todo el mundo… -Se volvió hacia Sim-. Lo siento.

Sim se pasó una mano por el cabello rubio rojizo.

– Bueno, supongo que podrías compensarme -dijo esbozando una sonrisa infantil-. ¿Qué te parece mañana por la tarde? Te invito a comer. -Se quedó mirándola, expectante.

Mola puso los ojos en blanco y dio un suspiro, entre divertida y exasperada.

– De acuerdo -concedió.

– Bien, yo ya he hecho lo que tenía que hacer -dijo Wil con gravedad-. Me marcho. Odio este sitio.

– Gracias, Wil -dije.

Me dijo adiós con la mano, de pasada, y cerró la puerta.

Mola accedió a no mencionar mis sospechosas lesiones en su informe y se limitó a registrar su diagnóstico original de golpe de calor. También me quitó los puntos que me había dado Sim y volvió a limpiarme, coserme y vendarme el brazo. No fue una experiencia muy agradable, pero yo sabía que la herida se me curaría más deprisa bajo los expertos cuidados de Mola.

Por último, me aconsejó que bebiera más agua, que durmiera un poco y que en el futuro evitara realizar actividades físicas extenuantes en una habitación muy caldeada el día después de caerme desde un tejado.

Capítulo 22

Desliz

Hasta ese momento del bimestre, Elxa Dal nos había enseñado teoría de la Simpatía Experta. ¿Cuánta luz se podía producir a partir de diez taumos de calor continuo utilizando hierro? ¿Y utilizando basalto? ¿Y utilizando carne humana? Memorizábamos tablas de cifras y aprendíamos a calcular cuadrados crecientes, momento angular y degradación acrecentada.

Resumiendo: era aburridísimo.

No me malinterpretéis. Sabía que toda aquella información era fundamental. Los vínculos como los que le habíamos enseñado a Denna eran muy sencillos. Pero cuando las cosas se complicaban, un simpatista experto tenía que saber hacer cálculos bastante peliagudos.

En términos de energía, no hay mucha diferencia entre encender una vela y hacer que se derrita reduciéndose a un charco de sebo. La única diferencia está en la atención y el control. Cuando tienes la vela delante, todo resulta fácil. Solo tienes que mirar fijamente la mecha y dejar de verter calor en cuanto asoma el parpadeo de la llama. Pero si la vela está a medio kilómetro de distancia, o en otra habitación, la atención y el control son exponencialmente más difíciles de mantener.

Y a los simpatistas poco cuidadosos les esperan cosas peores que velas derretidas. La pregunta que había hecho Denna en el Eolio era de suma importancia: «¿Adónde va la energía adicional?».

Como había explicado Wil, una parte iba al aire, otra a los objetos vinculados, y el resto iba a parar al cuerpo del simpatista. El término técnico para designar ese fenómeno era «saturación táumica», pero hasta Elxa Dal solía referirse a él como un «desliz».

Aproximadamente una vez al año, algún simpatista poco cuidadoso con un Alar fuerte canalizaba suficiente calor mediante un mal vínculo para que le aumentara la temperatura corporal y acabase delirando de fiebre. Dal nos contó el caso extremo de un alumno que consiguió cocerse a sí mismo de arriba abajo.

Se lo comenté a Manet el día después de que Dal nos explicara la anécdota en clase. Esperaba que se riera un rato conmigo, pero resultó que Manet estudiaba en la Universidad cuando sucedió aquello.

– Olía a cerdo -comentó con gravedad-. Fue increíble. Lo sentí por él, por supuesto, pero no te puedes compadecer mucho de un idiota. Un pequeño desliz aquí y allá apenas se nota, pero aquel desdichado debió de pasar doscientos mil taumos en dos segundos. -Meneó la cabeza sin levantar la vista del trozo de estaño que estaba grabando-. Apestaba toda el ala de la Principalía. Aquellas habitaciones no se pudieron utilizar hasta pasado un año.

Me quedé mirándolo.

– Pero el desliz térmico es bastante habitual -continuó Manet-. En cambio, el desliz cinético… -Arqueó una ceja-. Hace veinte años, un El'the chiflado se emborrachó e intentó levantar un carro de estiércol y ponerlo en el tejado de la sala de profesores para ganar una apuesta. Se arrancó el brazo por el hombro.

Manet volvió a encorvarse sobre su trozo de estaño y grabó una runa con sumo cuidado.

– Para hacer eso hay que ser un estúpido de una categoría especial -concluyó.

Al día siguiente, presté mucha atención a cada una de las palabras de Dal.

Nos hacía practicar sin piedad. Cálculos de entropía. Gráficos que mostraban distancia de desintegración. Ecuaciones que describían las curvas entrópicas que cualquier simpatista experto debe entender a un nivel casi instintivo.

Pero Dal no era idiota. Por eso, antes de que nos aburriéramos y nos desmotivásemos, lo convirtió en una competición.

Nos hacía extraer calor de fuentes insólitas, de hierros al rojo vivo, de bloques de hielo, de nuestra propia sangre. Encender velas que estaban en habitaciones alejadas era lo más fácil. Encender una de entre una docena de velas idénticas ya era más difícil. Encender una vela que nunca habías visto y que estaba en una ubicación desconocida… era como hacer malabarismos a oscuras.

Había concursos de precisión. Concursos de astucia. Concursos de atención y control. Después de dos ciclos, yo era el alumno mejor clasificado de nuestra clase de veintitrés Re'lar. Fenton me pisaba los talones en el segundo puesto.

Quiso la suerte que el día después de mi incursión en las habitaciones de Ambrose fuera el mismo día que empezamos los duelos de Simpatía Experta. Los duelos requerían toda la sutileza y el control de nuestras competiciones anteriores, con el desafío añadido de que había otro alumno que luchaba activamente contra tu Alar.

Así que, pese a mi reciente visita a la Clínica por un golpe de calor, hice un agujero en un bloque de hielo que estaba en una habitación alejada. Pese a dos noches de escasas horas de sueño, aumenté la temperatura de medio litro de mercurio exactamente diez grados. Pese al dolor punzante de mis contusiones y al escozor de mi brazo vendado, rompí el rey de picas por la mitad dejando intactas las demás cartas de la baraja.

Todas esas cosas las hice en menos de dos minutos, pese a que Fenton luchaba contra mí con todo su Alar. Por algo acabaron llamándome Kvothe el Arcano. Mi Alar era como una hoja de acero de Ramston.

– Estoy impresionado -me dijo Dal después de la clase-. Hacía años que no tenía un alumno invicto durante tanto tiempo. ¿Volverá a apostar alguien contra ti?

– Eso fue hace mucho tiempo -dije sacudiendo la cabeza.

– El precio de la fama. -Dal sonrió; luego se puso un poco más serio-. Quería avisarte antes de anunciárselo a la clase. Seguramente el ciclo que viene empezarás a enfrentarte a tus compañeros por parejas.

– ¿Tendré que competir contra Fenton y Brey al mismo tiempo? -pregunté.

Dal negó con la cabeza.

– Empezaremos con los dos duelistas peor clasificados. Será una buena introducción a los ejercicios de trabajo de equipo que haremos más adelante. -Sonrió-. Y evitará que te duermas sobre los laureles. -Dal me miró con fijeza y la sonrisa se borró de sus labios-. ¿Te encuentras mal?

– Solo tengo un poco de frío -dije de modo poco convincente; estaba temblando-. ¿Podemos acercarnos al brasero?

Me acerqué todo lo que pude sin llegar a tocar el metal caliente, y extendí las manos sobre las brasas que resplandecían en la vasija. Al cabo de un momento se me pasó el frío y vi que Dal me observaba con curiosidad.

– Esta mañana he tenido que ir a la Clínica. He sufrido un pequeño golpe de calor -admití-. Mi cuerpo está un poco confundido. Pero ya me encuentro mejor.

– Si no te encuentras bien, no deberías venir a clase -dijo el maestro frunciendo el entrecejo-. Y mucho menos batirte en duelo. Esta clase de simpatía desgasta el cuerpo y la mente. No deberías correr el riesgo de combinarla con una enfermedad.

– Cuando he venido a clase me encontraba bien -mentí-. Lo que pasa es que mi cuerpo me está recordando que le debo una buena noche de sueño.

– Pues asegúrate de dársela -dijo con severidad, y extendió también las manos sobre las brasas-. Si te exiges demasiado, después lo pagarás. Últimamente pareces un poco cansado. Bueno, cansado no es la palabra exacta.

– ¿Reventado? -propuse.

– Sí. Reventado. -Escudriñaba mi rostro mientras se acariciaba la barba-. Tienes un don para las palabras. Supongo que esa es una de las razones por las que acabaste con Elodin.

No dije nada. Y mi silencio debió de parecerle elocuente, porque me miró con curiosidad y, fingiendo indiferencia, me preguntó:

– ¿Cómo van tus estudios con Elodin?

– Muy bien -dije eludiendo el tema.

Se quedó mirándome.

– No tan bien como esperaba -admití-. Estudiar con el maestro Elodin no es lo que yo había imaginado.

– A veces es difícil -convino Dal.

De pronto se me ocurrió preguntarle:

– ¿Usted sabe algún nombre, maestro Dal?

Asintió con solemnidad.

– ¿Cuáles? -insistí.

Se puso un poco tenso, y luego se relajó mientras giraba una y otra vez las manos sobre las brasas.

– Esa no es una pregunta muy educada -dijo sin enfado-. Bueno, no es que sea grosera, pero es de esas preguntas que no deben hacerse. Es como preguntarle a un hombre con qué frecuencia hace el amor con su esposa.

– Lo siento.

– No, no te disculpes -dijo-. No tienes por qué saberlo. Supongo que es un vestigio del pasado. De cuando teníamos más motivos para temer a nuestros colegas arcanistas. Si sabías qué nombres conocía tu enemigo, podías adivinar sus puntos fuertes y sus puntos débiles.

Nos quedamos callados un momento, calentándonos con las brasas.

– Fuego -dijo Dal-. Sé el nombre del fuego. Y otro.

– ¿Solo dos? -solté sin pensar.

– ¿Y cuántos sabes tú? -replicó Dal con leve burla-. Sí, solo dos. Pero hoy en día, saber dos nombres es mucho. Elodin dice que antes era diferente.

– ¿Cuántos sabe Elodin?

– Aunque lo supiera, estaría muy feo que te lo dijese -dijo con una nota de desaprobación-. Pero supongo que puedo afirmar que sabe unos cuantos.

– ¿Podría enseñarme algo con el nombre del fuego? -pregunté-. Si no es inapropiado, claro.

Dal vaciló un momento y luego sonrió. Miró fijamente el brasero que nos separaba, cerró los ojos y señaló el brasero apagado que había en el otro extremo de la habitación.

– Fuego. -Pronunció la palabra como si diera una orden, y en el otro brasero prendió una columna de llamas.

– ¿Fuego? -dije, perplejo-. ¿Ya está? ¿El nombre del fuego es fuego?

Elxa Dal sonrió y sacudió la cabeza.

– Eso no es lo que he dicho. Una parte de ti te ha hecho oír una palabra conocida.

– ¿Mi mente dormida lo ha traducido?

– ¿Tu mente dormida? -Me miró sin comprender.

– Así es como llama Elodin a esa parte de nosotros que sabe nombres -expliqué.

Dal encogió los hombros y se pasó una mano por la barba, corta y negra.

– Llámalo como quieras. Seguramente, el hecho de que me hayas oído decir algo es una buena señal.

– A veces no sé por qué me molesto en estudiar nominación -refunfuñé-. Habría podido encender ese brasero mediante simpatía.

– No sin una relación -objetó Dal-. Sin un vínculo, una fuente de energía…

– Aun así, no tiene mucho sentido -razoné-. En su clase aprendo cosas todos los días. Cosas útiles. En cambio, de todo el tiempo que llevo estudiando nominación no he sacado nada. ¿Sabe de qué trataba la clase de ayer de Elodin?

Dal negó con la cabeza.

– De la diferencia entre estar desnudo y estar en cueros -dije cansinamente. Dal soltó una risotada-. En serio. Antes me habría peleado por ser admitido en su clase, pero ahora solo pienso en todo el tiempo que estoy perdiendo allí, un tiempo que podría dedicar a cosas más prácticas.

– Hay cosas más prácticas que los nombres -reconoció Dal-. Pero observa. -Se concentró en el brasero que teníamos delante y se quedó como abstraído. Volvió a hablar, esa vez con un susurro, y poco a poco bajó una mano hasta colocarla a unos centímetros de las brasas.

Entonces, con expresión concentrada, Dal hundió la mano en el corazón del fuego y extendió los dedos entre las brasas ardientes como si estas solo fueran grava.

Me di cuenta de que contenía la respiración y solté el aire despacio, pues no quería desconcentrarle.

– ¿Cómo?

– Nombres -dijo Dal con firmeza, y apartó la mano del brasero. La tenía manchada de ceniza, pero ilesa-. Los nombres reflejan la verdadera comprensión de una cosa, y cuando comprendes de verdad una cosa, tienes poder sobre ella.

– Pero el fuego no es una cosa -objeté-. Solo es una reacción química exotérmica. Es… -farfullé.

Dal inspiró, y por un instante pensé que iba a darme una explicación. Pero lo que hizo fue reír y encogerse de hombros.

– Yo no tengo suficiente ingenio para explicártelo. Pregúntaselo a Elodin. Él es quien afirma entender de estos temas. Yo solo trabajo aquí.

Después de la clase de Dal, crucé el río y me fui a Imre. No encontré a Denna en la posada donde se hospedaba, así que me dirigí al Eolio pese a saber que era demasiado temprano para encontrarla allí.

Dentro solo había un puñado de personas, pero al final de la barra vi una cara conocida hablando con Stanchion. El conde Threpe me saludó con la mano, y fui hacia él.

– ¡Kvothe, amigo mío! -dijo Threpe con entusiasmo-. Hacía una eternidad que no te veía.

– Últimamente ha habido un poco de jaleo al otro lado del río -dije, y dejé el estuche de mi laúd en el suelo.

– Se nota -dijo Stanchion con franqueza mirándome de arriba abajo-. Estás pálido. Deberías comer más carne roja. O dormir más. -Señaló un taburete-. A falta de eso, te ofrezco una jarra de metheglin.

– Te lo agradezco -dije, y me senté en el taburete. Sentí un gran alivio al poder descansar las piernas doloridas.

– Si lo que necesitas es carne y sueño -dijo Threpe, obsequioso-, deberías venir a cenar a mi casa. Te prometo una comida maravillosa y una conversación tan aburrida que podrás dormirte sin temor a perderte nada interesante. -Me lanzó una mirada implorante-. Ven conmigo. Si es necesario, te lo pediré de rodillas. Solo habrá unas diez personas. Hace meses que quiero alardear de ti.

Cogí la jarra de metheglin y miré a Threpe. Llevaba una chaqueta de terciopelo azul real y unas botas de ante teñidas a juego. No podía presentarme en una cena formal en su casa vestido con ropa de viaje de segunda mano, que era la única que poseía.

Threpe no era nada ostentoso, pero era un noble en toda regla. Seguramente ni siquiera se le había ocurrido pensar que yo no tenía ropa elegante. No se lo reprochaba. La inmensa mayoría de los estudiantes de la Universidad eran, como mínimo, moderadamente ricos. Si no, ¿cómo habrían podido pagar sus matrículas?

Lo cierto era que nada me apetecía más que una buena cena y la ocasión de relacionarme con los nobles de la región. Me habría encantado bromear mientras bebíamos y reparar parte del daño que Ambrose había causado a mi reputación, y quizá despertar el interés de algún posible mecenas.

Pero sencillamente no podía pagar el precio de mi admisión en ese círculo. Un traje medianamente elegante me habría costado al menos un talento y medio, aunque lo hubiera comprado en una tienda de ropa usada. El hábito no hace al monje, pero si quieres interpretar un papel, necesitas el disfraz adecuado.

Stanchion, que estaba sentado detrás de Threpe, asintió enérgicamente con la cabeza.

– Me encantaría ir a cenar -le dije a Threpe-. Te lo prometo. En cuanto la situación se normalice un poco en la Universidad.

– Excelente -dijo Threpe con entusiasmo-. Te tomo la palabra. Nada de evasivas. Te conseguiré un mecenas, hijo mío. Uno que valga la pena. Te lo juro.

A sus espaldas, Stanchion asintió con la cabeza expresando su aprobación.

Les sonreí a los dos y di otro sorbo de metheglin. Eché un vistazo a la escalera del segundo piso.

Stanchion vio hacia dónde miraba y, apenado, dijo:

– No ha venido. De hecho, llevo un par de días sin verla.

Un grupo de personas entraron por la puerta del Eolio y gritaron algo en íllico. Stanchion los saludó con la mano y se levantó.

– El deber me llama -anunció, y fue a recibirlos.

– Hablando de mecenas -le dije a Threpe-, llevo días queriendo pedirte tu opinión sobre una cosa. -Bajé el tono de voz-. Una cosa que preferiría que quedara entre nosotros dos.

Los ojos de Threpe brillaban de curiosidad cuando se inclinó hacia delante.

Di otro sorbo de metheglin mientras ponía en orden mis ideas. La bebida me estaba afectando más deprisa de lo que había esperado. Era un efecto agradable, pues aliviaba el dolor de mis numerosas lesiones.

– Creo que conoces a la mayoría de los mecenas en potencia en un radio de ciento cincuenta kilómetros.

Threpe encogió los hombros sin molestarse en aparentar falsa modestia.

– Conozco a unos cuantos. A todos los que muestran interés. Y a los que tienen dinero.

– Tengo una amiga -dije-. Una intérprete que está empezando. Tiene un gran talento natural, pero todavía no está muy capacitada. Se le acercó una persona ofreciéndole ayuda y prometiéndole mecenazgo… -Me detuve; no sabía cómo explicar el resto.

Threpe asintió.

– Quieres saber si es una oferta legítima -dijo-. Me parece una preocupación razonable. Hay quienes creen que un mecenas tiene derecho a algo más que la música. Si quieres oír alguna historia -añadió señalando con la cabeza a Stanchion-, pregúntale por aquella vez que la duquesa Samista vino aquí de vacaciones. -Soltó una risita que fue casi un gemido y se frotó los ojos-. Que me ayuden los dioses minúsculos, aquella mujer era aterradora.

– Eso es lo que me preocupa -dije-. No sé si esa persona es de fiar.

– Puedo indagar un poco, si quieres -propuso Threpe-. ¿Cómo se llama?

– Eso es parte del problema -dije-. No sé su nombre. Y creo que ella tampoco.

– ¿Cómo no va a saber su nombre? -dijo Threpe arrugando la frente.

– Le dio un nombre -aclaré-. Pero ella no sabe si es el verdadero. Por lo visto, es muy maniático con su intimidad y le dio instrucciones muy estrictas de que no debía hablarle a nadie de él. Nunca se ven dos veces en el mismo sitio. Nunca en público. Desaparece durante meses. -Miré a Threpe-. ¿A ti qué te parece?

– Bueno, no suena muy bien -concedió Threpe con un tono cargado de desaprobación-. Es muy probable que ese individuo no sea un mecenas como es debido. Quizá intente aprovecharse de tu amiga.

– Eso mismo pienso yo -dije, apesadumbrado.

– Sin embargo -dijo Threpe-, hay mecenas que trabajan en secreto. Si encuentran a alguien con talento, lo cuidan en privado y luego… -Hizo un floreo con una mano-. Es como un truco de magia. De pronto te sacas de la manga a un músico brillante.

Threpe me sonrió con cariño.

– Yo creía que eso era lo que habían hecho contigo -confesó-. Apareciste un buen día y conseguiste tu caramillo. Pensé que alguien te había tenido escondido hasta que estuviste preparado para hacer tu gran aparición.

– No se me había ocurrido pensarlo -dije.

– A veces pasa -dijo Threpe-. Pero eso de los extraños lugares de reunión y el hecho de que tu amiga no esté segura de su nombre… -Sacudió la cabeza con el ceño fruncido-. Como mínimo, es bastante indecoroso. O ese tipo se divierte haciéndose pasar por un forajido, o es verdaderamente sospechoso.

Threpe se quedó pensando un momento, tamborileando con los dedos en la barra.

– Dile a tu amiga que tenga cuidado y que esté atenta. Es terrible que un mecenas se aproveche de una mujer. Eso es traición. Pero he conocido a hombres que se hacían pasar por mecenas para ganarse la confianza de una mujer. -Frunció la frente-. Eso es aún peor.

Estaba a medio camino de la Universidad, y el Puente de Piedra empezaba a asomar a lo lejos, cuando noté un desagradable calor y un hormigueo que me subían por el brazo. Al principio creí que era el dolor de la herida del codo, cosida ya dos veces, porque los puntos me habían escocido todo el día.

Pero en lugar de atenuarse, el calor siguió extendiéndose por mi brazo y por el lado izquierdo de mi pecho. Empecé a sudar como si de pronto me hubiera dado fiebre.

Me quité la capa para dejar que me enfriara la brisa, y empecé a desabrocharme la camisa. La brisa otoñal me ayudó, y me abaniqué con la capa. Pero el calor se hizo más intenso, casi doloroso, como si se me hubiera derramado agua hirviendo sobre el pecho.

Por suerte, aquel tramo del camino discurría junto a un arroyo que desembocaba en el cercano río Omethi. Como no se me ocurría nada mejor que hacer, me quité las botas, me descolgué el laúd del hombro y me metí en el agua.

El agua estaba muy fría y me hizo jadear y farfullar, pero me enfrió la piel abrasada. Me quedé allí, procurando no sentirme como un idiota mientras una pareja pasaba por el camino cogida de la mano e ignorándome deliberadamente.

Aquel extraño calor me recorrió todo el cuerpo, como si tuviera dentro un fuego que buscaba la forma de salir. Había empezado por el costado izquierdo, descendió por mis piernas y volvió a subir por mi brazo izquierdo. Cuando se desplazó a mi cabeza, me sumergí en el agua.

Al cabo de unos minutos se me pasó, y salí del arroyo. Temblando, me envolví en la capa, y me alegré de que no hubiera nadie en el camino. Entonces, como no podía hacer nada más, me cargué el laúd al hombro y eché a andar de nuevo hacia la Universidad, chorreando y muerto de miedo.

Capítulo 23

Principios

Sí se lo comenté a Mola -dije mientras barajaba las cartas-. Me contestó que eran todo imaginaciones mías y me echó de la Clínica.

– Ya, me lo imagino -dijo Sim con amargura.

Levanté la cabeza, sorprendido por la inusual aspereza de su voz; pero antes de que pudiera preguntarle qué pasaba, Wilem me miró y meneó la cabeza, previniéndome. Conociendo a Sim, supuse que se trataba de otro rápido y doloroso final de otra rápida y dolorosa relación.

Cerré la boca y repartí otra mano de aliento. Nos habíamos puesto a jugar para matar el tiempo, a la espera de que la sala se llenase y pudiera empezar a tocar ante mi público habitual de las noches de Abatida en Anker's.

– ¿Qué crees que te pasa? -me preguntó Wilem.

Vacilé; temía que si expresaba mis temores en voz alta se harían realidad.

– Quizá me haya expuesto a algo peligroso en la Factoría.

– ¿Como qué? -preguntó Wil.

– Alguno de los productos que utilizamos. Te atraviesan la piel y te matan de dieciocho formas lentas diferentes. -Recordé el día que se me había roto el matraz en la Factoría. Pensé en aquella gota de agente conductor que me había caído en la camisa; solo fue una gota diminuta, apenas mayor que la cabeza de un clavo. Estaba convencido de que no me había tocado la piel-. Espero que no sea eso. Pero no sé qué otra cosa podría ser.

– Quizá se trate de un efecto secundario de la plombaza -propuso Sim con gravedad-. Ambrose no es un gran alquimista. Y tengo entendido que uno de los ingredientes principales es el plomo. Si la preparó él mismo, cabe la posibilidad de que algunos principios latentes estén afectando a tu organismo. ¿Has comido o bebido algo diferente hoy?

Reflexioné.

– En el Eolio he bebido bastante metheglin -admití.

– Esa porquería pone enfermo a cualquiera -dijo Wil, tajante.

– A mí me gusta -dijo Sim-. Pero es una verdadera panacea. Lleva muchas tinturas diferentes. No contiene ningún ingrediente alquímico, pero sí nuez moscada, tomillo, clavo… toda clase de especias. Podría ser que alguna de ellas hubiera activado alguno de los principios libres latentes en tu organismo.

– Maravilloso -mascullé-. Y ¿qué tengo que hacer para remediarlo?

Sim extendió ambas manos con las palmas hacia arriba.

– Me lo temía -dije-. En fin, supongo que es menos grave que el envenenamiento con metal.

Simmon jugó con astucia y ganó cuatro bazas seguidas, y cuando terminamos esa mano, ya volvía a sonreír. Sim nunca le daba muchas vueltas a las cosas.

Wil guardó sus cartas, y yo retiré mi silla de la mesa.

– Toca esa de la vaca borracha y la mantequera -dijo Sim.

No pude evitarlo y esbocé una sonrisa.

– Quizá más tarde -dije. Cogí el estuche de mi laúd, cada vez más raído, y me dirigí al escalón de la chimenea en medio del familiar sonido de aplausos aislados. Tardé un buen rato en abrir el estuche, pues tuve que desenroscar el alambre de cobre que todavía sustituía una de las hebillas.

Toqué durante dos horas. Canté «El cazo de cobre», «La rama de lila» y «La tina de tía Emilia». El público reía, daba palmadas y me vitoreaba. Entretenido tocando las canciones, noté que iba deshaciéndome de mis preocupaciones. La música siempre ha sido el mejor remedio para mis bajones de ánimo. Mientras cantaba, hasta parecía que me dolieran menos las magulladuras.

De pronto sentí frío, como si un fuerte viento invernal descendiera por la chimenea que tenía detrás. Contuve un estremecimiento y terminé la última estrofa de «Licor de manzana», que al final había decidido tocar para hacer feliz a Sim. Cuando toqué el último acorde, el público aplaudió y, poco a poco, el murmullo de las conversaciones volvió a apoderarse del local.

Me volví y miré la chimenea, pero el fuego ardía alegremente y no había señales de corriente de aire. Bajé del escalón pensando que al andar se me pasaría el frío. Pero en cuanto di unos pasos comprendí que no iba a ser tan fácil. Tenía el frío metido en los huesos. Me volví otra vez hacia la chimenea y extendí las manos para calentármelas.

Wil y Sim aparecieron a mi lado.

– ¿Qué te pasa? -preguntó Sim-. Pareces mareado.

– Algo así -dije, y apreté las mandíbulas para que no me castañetearan los dientes-. Dile a Anker que no me encuentro bien y que esta noche tengo que acabar antes. Luego enciende una vela con este fuego y súbela a mi habitación. -Alcé la vista; ellos me miraban con seriedad-. Wil, ¿me ayudas a salir de aquí? No quiero montar una escena.

Wilem asintió y me ofreció el brazo. Me apoyé en él y me concentré en controlar los temblores mientras íbamos hacia la escalera. Nadie nos hizo mucho caso. Seguramente, parecía más borracho que otra cosa. Tenía las manos entumecidas y pesadas, y los labios congelados.

Tras subir el primer tramo de la escalera, ya no podía disimular los temblores. Todavía podía andar, pero los gruesos músculos de mis piernas se sacudían con cada paso que daba.

Wil se paró.

– Deberíamos ir a la Clínica. -Aunque hablaba con el tono de siempre, se le notaba más el acento ceáldico y empezaba a comerse palabras, una señal inequívoca de que estaba muy preocupado.

Sacudí enérgicamente la cabeza y me incliné hacia delante; sabía que Wil tendría que ayudarme a subir la escalera o dejarme caer. Me abrazó por la cintura y, prácticamente, me llevó en volandas el resto del camino.

Ya en mi pequeña habitación, me tambaleé hasta la cama y me dejé caer en ella. Wil me echó una manta sobre los hombros.

Oí pasos en el pasillo, y a continuación Sim asomó la cabeza por la puerta. Llevaba un cabo de vela y protegía la llama con la otra mano.

– Ya la tengo. Pero ¿para qué la quieres?

– Allí. -Señalé la mesilla que había junto a la cama-. ¿La has encendido en la chimenea?

– Sí -contestó Sim. Mirándome con cara de susto, añadió-: Tus labios. Se te han puesto de un color muy feo.

Arranqué una astilla de la basta madera de la mesilla y me la clavé con fuerza en el dorso de la mano. Cuando brotó la sangre, hice rodar la larga astilla sobre ella hasta empaparla bien.

– Cerrad la puerta -dije.

– Dime que no estás haciendo lo que creo que estás haciendo -dijo Sim con firmeza.

Clavé la astilla en la blanda cera de la vela, junto a la mecha encendida. La llama chisporroteó un poco, y luego envolvió la astilla. Murmuré dos vínculos, uno detrás de otro, articulando despacio con mis labios entumecidos para pronunciar las palabras con claridad.

– ¿Qué haces? -me preguntó Sim-. ¿Quieres cocinarte?

Como no le contesté, vino hacia mí decidido a quitarme la vela.

Wil lo sujetó por un brazo.

– Tiene las manos heladas -dijo con serenidad-. Está frío. Muy frío.

Sim nos miró, nervioso, y dio un paso hacia atrás.

– Pues… pues ten cuidado.

Pero yo ya no le prestaba atención. Cerré los ojos y vinculé la llama de la vela con el fuego de la chimenea del piso de abajo. Entonces, con cuidado, hice la segunda conexión entre la sangre de la astilla y la sangre de mi cuerpo. Era muy parecido a lo que había hecho con la gota de vino en el Eolio. Con la evidente salvedad de que no tenía intención de que me hirviera la sangre.

Al principio solo percibí un breve cosquilleo de calor que no era suficiente, ni mucho menos. Seguí concentrándome y noté que todo mi cuerpo se relajaba a medida que el calor se extendía por él. Mantuve los ojos cerrados y centré toda mi atención en los vínculos hasta que pude respirar hondo varias veces sin estremecerme ni temblar.

Abrí los ojos y vi a mis dos amigos observándome, expectantes. Les sonreí.

– Estoy bien.

Pero nada más decir eso, empecé a sudar. De pronto tenía demasiado calor, un calor repugnante. Rompí los dos vínculos con la misma rapidez con que apartas la mano de una estufa de hierro caliente.

Respiré hondo varias veces, me levanté y me acerqué a la ventana. La abrí y me incliné sobre el alféizar, disfrutando del frío aire otoñal que olía a hojas muertas y a lluvia que se avecina.

Hubo un largo silencio.

– Eso parecía tiritona del simpatista -comentó Simmon-. Y fuerte.

– Sí, parecía tiritona -repuse.

– ¿Crees que tu cuerpo ha perdido la capacidad de regular la temperadora? -preguntó Wilem.

– Temperatura -le corrigió Sim distraídamente.

– Eso no explicaría la quemadura que tengo en el pecho -dije.

– ¿Quemadura? -dijo Sim ladeando la cabeza.

Estaba empapado de sudor, así que me alegré de tener una excusa para desabrocharme la camisa y quitármela por la cabeza. Tenía gran parte del torso y un brazo de un rojo intenso que contrastaba con el tono claro de mi piel.

– Mola dijo que era un sarpullido, y que yo era quisquilloso como una vieja. Pero no lo tenía antes de meterme en el río.

Simmon se inclinó para examinarme.

– Sigo pensando que son principios desvinculados -opinó-. Pueden tener efectos muy extraños. El bimestre pasado, un E'lir hizo una chapuza con su factorización. Se pasó casi dos ciclos sin poder dormir y sin poder fijar la vista.

Wilem se dejó caer en una silla.

– ¿Qué hace que tengas frío, calor y luego otra vez frío? -preguntó.

– Parece un acertijo -dijo Sim esbozando una sonrisa.

– Odio los acertijos -dije, y estiré un brazo para coger mi camisa. Entonces di un grito y me llevé una mano al bíceps del brazo izquierdo. La sangre se filtró entre mis dedos.

Sim se puso en pie de un brinco y miró alrededor, frenético y sin saber qué hacer.

Sentía como si me hubieran clavado un puñal invisible.

– ¡Maldita… mierda… ennegrecida! -mascullé apretando los dientes. Aparté la mano y vi la pequeña herida redonda que había aparecido en mi brazo como por arte de magia.

Simmon estaba aterrado; tenía los ojos como platos y se tapaba la boca con ambas manos. Dijo algo, pero yo estaba demasiado ocupado concentrándome, y no le escuché. Además, me imaginaba lo que debía de estar diciendo: felonía. Claro. Era todo lo mismo: felonía. Alguien me estaba atacando.

Me sumergí en el Corazón de Piedra y reuní todo mi Alar.

Pero mi agresor oculto no perdía el tiempo. Noté un fuerte dolor en el pecho, cerca del hombro. Esa vez no se me rasgó la piel, pero vi formarse una mancha azul oscura bajo la piel.

Endurecí mi Alar, y la siguiente punzada se redujo a un pellizco. Entonces dividí rápidamente mi mente en tres partes y encargué a dos la misión de mantener el Alar que me protegía.

Entonces di un hondo suspiro.

– Ya estoy bien -dije.

Simmon se puso a reír, pero su risa acabó en un asfixiado sollozo. Todavía se tapaba la boca con las manos.

– ¿Cómo puedes decir eso? -me preguntó, horrorizado.

Me miré. La sangre seguía filtrándose entre mis dedos y corría por el dorso de mi mano y por mi brazo.

– Es la verdad -dije-. En serio, Sim.

– Pero si la felonía… -repuso él-. Nadie hace eso.

Me senté en el borde de la cama sin dejar de presionarme la herida.

– Pues creo que tenemos pruebas bastante evidentes de todo lo contrario.

Wilem volvió a sentarse.

– Estoy con Simmon. Si no lo veo, no lo creo. -Puso cara de enojo y añadió-: Los arcanistas ya no hacen eso. Es una locura. -Me miró-. ¿Por qué sonríes?

– De alivio -dije con sinceridad-. Creía que me había envenenado con cadmio o que tenía alguna enfermedad misteriosa. Pero lo único que pasa es que hay alguien que intenta matarme.

– ¿Cómo es posible? -terció Simmon-. No me refiero al aspecto ético. ¿Cómo pueden haberse hecho con sangre o pelo tuyos?

– ¿Qué hiciste con las vendas después de coserle la herida? -preguntó Wilem a Simmon.

– Las quemé -dijo Sim poniéndose a la defensiva-. No soy idiota.

Wil hizo un gesto tranquilizador.

– Solo intento descartar opciones. En la Clínica tampoco puede haber sido. Son muy escrupulosos con esas cosas.

– Tenemos que explicárselo a alguien -decidió Simmon. Se levantó y miró a Wilem-. ¿Crees que Jamison todavía estará en su despacho a estas horas de la noche?

– Sim -le interrumpí-, ¿y si esperamos un poco?

– ¿Qué? -saltó Simmon-. ¿Por qué?

– La única prueba que tengo son mis heridas -expuse-. Eso significa que querrán que me examine alguien de la Clínica. Y cuando me examinen… -Sin apartar la mano de mi brazo ensangrentado, sacudí el codo que llevaba vendado-. Tengo toda la pinta de alguien que se cayó de un tejado hace un par de días.

– Solo han pasado tres días, ¿verdad? -dijo Sim, y volvió a sentarse en la silla.

Asentí con la cabeza.

– Me expulsarían, Sim. Y Mola tendría problemas por no haber mencionado mis lesiones. El maestro Arwyl no perdona esas cosas. Vosotros dos también os veríais implicados. Y eso es algo que no pienso permitir.

Nos quedamos un rato callados. Solo se oía el lejano clamor de la concurrida taberna. Me senté en la cama.

– Supongo que no tenéis ninguna duda de quién está haciendo esto -dijo Sim.

– Ambrose -dije-. Siempre es Ambrose. Debe de haber encontrado sangre mía en un trozo de teja del tejado. Debí prever esa posibilidad.

– Pero ¿cómo ha sabido que era tuya? -preguntó Simmon.

– Porque lo odio -dije con rabia-. Claro que sabe que fui yo.

Wil meneó lentamente la cabeza.

– No. No es su estilo.

– ¿Que no es su estilo? -dijo Simmon-. Hizo que aquella mujer drogara a Kvothe con la plombaza. Eso viene a ser como envenenarlo. Y el bimestre pasado contrató a esos matones para que asaltaran a Kvothe en el callejón.

– Precisamente por eso -repuso Wilem-. Ambrose nunca le hace nada a Kvothe. Contrata a otros para que se lo hagan. Encargó a una mujer que lo drogara. Pagó a unos matones para que lo apuñalaran. Ni siquiera creo que los contratara él; debió de encargar a otro que lo organizara.

– Da lo mismo -dije-. Sabemos que él está detrás.

– No piensas con claridad -dijo Wilem mirándome con el ceño fruncido-. No digo que Ambrose no sea un capullo. Pero es un capullo listo. Pone mucho cuidado en mantenerse alejado de todo lo que hace.

– Lo que dice Wil tiene sentido -concedió Sim sin mucha convicción. Cuando te contrataron como músico fijo en La Calesa, no compró el local y te despidió. Hizo que lo comprara el yerno del barón Petre, a quien no podrían relacionar con él.

– Aquí tampoco hay conexión directa -argumenté-. Esa es la gracia de la simpatía: que es indirecta.

– Si te apuñalan en un callejón, la gente se queda intranquila -dijo Wil meneando de nuevo la cabeza-. Pero esas cosas pasan constantemente en todo el mundo. En cambio, si te caes al suelo en público y empiezas a sangrar porque alguien te está atacando mediante felonía… Eso horrorizaría a la gente. Los maestros suspenderían las clases. Los comerciantes ricos y los nobles se enterarían y se llevarían a sus hijos de la Universidad. Harían venir a los alguaciles desde Imre.

Simmon se frotó la frente y se quedó pensativo contemplando el techo. Entonces asintió, primero lentamente, y luego con más convicción.

– Tiene sentido -dijo-. Si Ambrose hubiera encontrado tu sangre, habría podido entregársela a Jamison y pedirle que averiguara quién era el ladrón. No habría necesitado que los de la Clínica buscaran a alguien con lesiones sospechosas.

– A Ambrose le gusta vengarse -comenté con gravedad-. Pudo ocultarle la sangre a Jamison. Quedársela para él.

Wilem meneaba la cabeza.

– Wil tiene razón -dijo Sim tras dar un suspiro-. No hay tantos simpatistas, y todo el mundo sabe que Ambrose te guarda rencor. Es demasiado prudente para hacer algo así. Se delataría.

– Además -intervino Wilem-, ¿cuánto tiempo hace que dura esto? Días y días. ¿De verdad crees que Ambrose podría aguantar tanto sin refregártelo por las narices? ¿Ni siquiera un poco?

– Sí, ya te entiendo -admití a regañadientes-. No es su estilo.

Yo sabía que tenía que ser Ambrose. Era algo instintivo, visceral. Y en cierto modo, aunque parezca extraño, casi quería que fuera él, porque eso haría que las cosas fueran mucho más sencillas.

Pero no basta con querer algo para que sea verdad. Inspiré hondo y me obligué a pensarlo racionalmente.

– Sería una temeridad por su parte -acepté por fin-. Y Ambrose no es de los que se ensucian las manos. -Suspiré-. Genial. Estupendo. Como si no fuera suficiente con que hubiera una persona tratando de destrozarme la vida.

– ¿Quién puede ser? -preguntó Simmon-. No todo el mundo podría hacer esa clase de cosas con un pelo, ¿no?

– Dal sí podría -dije-. O Kilvin.

– Seamos sensatos, por favor. Supongo que podemos dar por sentado que ningún maestro intenta matarte -dijo Wilem con aspereza.

– Entonces tiene que ser alguien que tenga tu sangre -dedujo Sim.

Procuré ignorar la sensación de vacío en el estómago.

– Hay una persona que tiene mi sangre -dije-. Pero no creo que haya sido ella.

Wil y Sim me miraron, e inmediatamente me arrepentí de lo que había dicho.

– Y ¿cómo es que hay alguien que tiene tu sangre? -preguntó Sim.

Titubeé, pero comprendí que a esas alturas no tenía más remedio que contárselo.

– A principios del bimestre le pedí un préstamo a Devi.

Ninguno de los dos reaccionó como yo esperaba. Es decir, ninguno de los dos reaccionó en absoluto.

– ¿Quién es Devi? -preguntó Sim.

Empecé a relajarme. Quizá no hubieran oído hablar de ella. Eso simplificaría las cosas, desde luego.

– Es una renovera que vive al otro lado del río -contesté.

– Ah, vale -dijo Simmon, tan tranquilo-. Y ¿qué es una renovera?

– ¿Te acuerdas de cuando fuimos a ver El fantasma y la pastora? -le pregunté-. Ketler era un renovero.

– Ah, un halcón de cobre -dijo Sim; su rostro se iluminó, y luego, cuando se dio cuenta de las consecuencias, volvió a ensombrecerse-. No sabía que hubiera gente de esa por aquí.

– Hay gente de esa en todas partes -dije-. Sin ella, el mundo no funcionaría.

– Un momento -dijo de pronto Wilem levantando una mano-. Dices que tu… -Hizo una pausa mientras trataba de recordar la palabra adecuada en atur-. Tu prestamista, tu gatessor, ¿se llama Devi? -Pronunció ese nombre con marcado acento ceáldico, convirtiéndolo en un «Deivi».

Asentí. Eso ya se parecía más a la reacción que yo esperaba.

– Dios -dijo entonces Simmon, aterrado-. Te refieres a Devi el Demonio, ¿verdad?

Suspiré.

– Bueno, veo que habéis oído hablar de ella.

– ¿Si hemos oído hablar de ella? -dijo Sim con voz estridente-. ¡La expulsaron durante mi primer bimestre! Aquello dejó huella.

Wilem se limitó a cerrar los ojos y menear la cabeza, como si no soportara mirar a alguien tan estúpido como yo.

– ¡La expulsaron por felonía! -exclamó Sim alzando ambas manos-. ¿Cómo se te ocurrió?

– No -le corrigió Wilem-. La expulsaron por Conducta Impropia. No encontraron pruebas de felonía.

– Dudo que haya sido ella -dije-. La verdad es que es buena persona. Simpática. Además, solo es un préstamo de seis talentos, y ni siquiera me he retrasado. No tiene ningún motivo para hacerme algo así.

Wilem me observó larga y atentamente.

– Únicamente por explorar todas las posibilidades -dijo-, ¿podrías hacerme un favor?

Asentí.

– Repasa tus últimas conversas con ella. Analízalas detenidamente y trata de recordar si hiciste o dijiste algo que pudiera ofenderla o enojarla.

Recordé nuestra última conversación y la repasé mentalmente.

– Le interesaba cierta información que no quise darle.

– ¿Le interesaba mucho? -Wilem hablaba pausadamente, con paciencia, como si hablara con un niño bobo.

– Bastante -respondí.

– «Bastante» no indica un grado de intensidad.

Suspiré.

– De acuerdo. Estaba extremadamente interesada. Lo bastante interesada para… -Me detuve.

– ¿Para? ¿De qué te has acordado? -preguntó Wilem arqueando una ceja.

Vacilé.

– Creo que también se ofreció a acostarse conmigo -dije.

Wilem asintió con calma, como si estuviera esperando una respuesta parecida.

– Y ¿cómo reaccionaste a la generosa oferta de esa joven?

– Pues… ignorándola -respondí, y noté que me ardían las mejillas.

Wilem cerró los ojos; su expresión transmitía una profunda consternación.

– Estamos mucho peor que si hubiera sido Ambrose -expuso Sim, y se sujetó la cabeza con ambas manos-. Devi no tiene que preocuparse por los maestros ni por nada de eso. ¡Decían que podía hacer un vínculo de ocho partes! ¡De ocho!

– Estaba en un apuro -dije con cierta irritación-. No tenía nada que pudiera utilizar como garantía. Reconozco que no fue una idea excelente. Cuando haya pasado todo esto, podemos organizar un simposio sobre lo estúpido que soy. Pero de momento, ¿podemos continuar? -Los miré, suplicante.

Wilem se frotó los ojos con una mano y asintió cansinamente.

Simmon hizo un esfuerzo para borrar de su cara la expresión de horror, pero tuvo muy poco éxito. Tragó saliva y dijo:

– De acuerdo. ¿Qué vamos a hacer?

– Ahora, lo que menos importa es saber quién está haciéndome esto -expuse, y, con cuidado, comprobé si había dejado de sangrarme el brazo. Sí, la hemorragia había cesado, y pude apartar la mano, ensangrentada-. Voy a tomar medidas preventivas. -Hice un ademán-. Vosotros dos, id a acostaros.

Sim se frotó la frente y rió para sí.

– Cuerpo de Dios, a veces eres insufrible. ¿Y si vuelven a atacarte?

– Ya ha pasado dos veces mientras estábamos aquí sentados -dije con soltura-. Me produce una especie de cosquilleo. -Sonreí al ver la cara que puso-. Estoy bien, Sim. En serio. Por algo soy el duelista mejor clasificado de la clase de Dal. Estoy a salvo.

– Mientras estés despierto -terció Wilem, muy serio.

Se me quedó rígida la sonrisa.

– Mientras esté despierto -repetí-. Claro.

Wilem se levantó y se sacudió la ropa aparatosamente.

– Muy bien. Aséate y toma tus medidas preventivas. -Me miró con sorna-. El joven maese Simmon y yo esperamos al duelista mejor clasificado de Dal en mi habitación esta noche, ¿de acuerdo?

Me sonrojé, avergonzado.

– Vale, sí. Os lo agradecería mucho.

Wil me hizo una reverencia exagerada, abrió la puerta y salió al pasillo.

Sim sonreía, más relajado.

– Muy bien, trato hecho. Pero antes de acudir a la cita, ponte una camisa. Estoy dispuesto a vigilar toda la noche como si fueras un bebé con cólicos, pero me niego a hacerlo si te empeñas en dormir desnudo.

Cuando Wil y Sim se marcharon, salí por la ventana y subí a los tejados. Dejé la camisa en mi habitación, pues estaba ensangrentado y no quería estropearla. Era muy tarde, y confiaba en que la oscuridad impidiera que me vieran corriendo por los tejados de la Universidad medio desnudo y manchado de sangre.

Si entiendes un poco de simpatía, es relativamente fácil protegerte de ella. Intentar quemarme o apuñalarme, o extraerme todo el calor del cuerpo hasta provocarme una hipotermia… todo eso tenía que ver con la aplicación sencilla y directa de fuerza, de modo que era fácil combatirla. Ahora que sabía qué me pasaba, estaba a salvo y podía mantenerme en guardia.

Mi nueva preocupación era que quienquiera que me estuviese atacando podía desanimarse y probar algo diferente. Como por ejemplo, detectar mi ubicación y recurrir a una agresión más prosaica, una agresión que yo no pudiera repeler mediante la fuerza de voluntad.

La felonía es algo aterrador, pero un matón con un puñal afilado puede matarte diez veces más deprisa si te sorprende en un callejón oscuro. Y sorprender a alguien con la guardia baja es facilísimo si puedes seguir cada uno de sus movimientos utilizando su sangre.

Así que me fui por los tejados. Mi plan consistía en coger un puñado de hojas secas, marcarlas con mi sangre y dejarlas rodar por la Casa del Viento. No era la primera vez que utilizaba ese truco.

Pero mientras saltaba por encima de un callejón estrecho, vi el destello de un rayo en las nubes y olí la lluvia. Se acercaba una tormenta. La lluvia apelmazaría las hojas y les impediría revolotear; además, borraría de ellas mi sangre.

Estar de pie en el tejado, sintiéndome dolorido y exhausto como si hubiera recibido una paliza, me trajo un recuerdo perturbador de los años que pasé en Tarbean. Contemplando los rayos lejanos, procuré impedir que aquella sensación me abrumara. Me obligué a recordar que ya no era el crío hambriento y desesperado de entonces.

Percibí, detrás de mí, el débil ruido de tambor de un trozo de tejado de chapa al combarse. Me puse en tensión, pero me relajé al oír la voz de Auri.

– ¿Kvothe?

Miré hacia mi derecha y vi su menuda silueta a unos tres metros. La luna se estaba ocultando tras las nubes, pero detecté una sonrisa en la voz de Auri cuando dijo:

– Te he visto correr por lo alto de las cosas.

Me di la vuelta del todo para ponerme frente a ella; me alegré de que no hubiera mucha luz. No quería ni pensar en cómo reaccionaría Auri si me veía medio desnudo y cubierto de sangre.

– Hola, Auri -dije-. Se acerca una tormenta. Esta noche no deberías subir a lo alto de las cosas.

– Tú has subido -dijo ella ladeando la cabeza.

Di un suspiro.

– Sí, pero solo…

Un rayo recorrió el cielo como una araña inmensa, iluminándolo todo durante un largo segundo. Me quedé deslumbrado.

– ¿Auri? -Temí que al verme se hubiera asustado.

Estalló otro relámpago más débil, y vi a Auri de pie, más cerca de mí. Me señaló con una sonrisa divertida en los labios.

– Pareces un Amyr -observó-. Kvothe es uno de los Ciridae.

Me miré, y al estallar el siguiente rayo, vi a qué se refería. Tenía surcos de sangre seca en el dorso de las manos, de cuando había intentado contener la hemorragia de mis heridas. Parecían los tatuajes que los Amyr utilizaban para marcar a sus miembros de rango más elevado.

La referencia de Auri me sorprendió tanto que se me olvidó lo primero que había aprendido sobre ella. Se me olvidó tener cuidado y le hice una pregunta.

– ¿Cómo sabes quiénes son los Ciridae, Auri?

No me contestó. Cuando estalló el siguiente rayo, el resplandor solo me mostró un tejado vacío y un cielo implacable.

Capítulo 24

Tintineos

Me quedé en los tejados bajo la luz parpadeante de la tormenta; el corazón me pesaba en el pecho. Quería seguir a Auri y pedirle disculpas, pero sabía que habría sido inútil. Las preguntas indebidas la hacían huir, y cuando Auri escapaba, era como un conejo que se mete en la madriguera. Había infinidad de sitios donde podría esconderse en la Subrealidad. Yo no tenía la menor posibilidad de encontrarla.

Además, tenía que ocuparme de asuntos de vital importancia. En ese mismo instante, alguien podría estar adivinando mi paradero. No tenía tiempo.

Tardé casi una hora en cruzar por los tejados. La luz parpadeante de la tormenta no facilitaba las cosas, sino que las empeoraba, pues después de cada destello me quedaba deslumbrado. Pese a todo, al final conseguí llegar cojeando al tejado de la Principalía, que era donde solía encontrarme con Auri.

Bajé por el manzano, con gran dificultad, hasta el patio cerrado. Me disponía a llamar a Auri a través de los barrotes de la rejilla por donde se accedía a la Subrealidad cuando detecté movimiento entre las sombras de los arbustos.

Escudriñé la oscuridad, pero solo distinguí una silueta imprecisa.

– ¿Auri? -pregunté en voz baja.

– No me gusta hablar de eso -dijo ella con la voz tomada de haber llorado. De todas las cosas desagradables que había vivido aquellos dos últimos días, aquella era sin duda la peor de todas.

– Lo siento mucho, Auri -me disculpé-. No volveré a preguntártelo. Te lo prometo.

Oí un pequeño sollozo proveniente de las sombras que me heló el corazón y le arrancó un trozo.

– ¿Qué hacías en lo alto de las cosas esta noche? -pregunté. Sabía que era una pregunta segura. Ya se la había hecho muchas veces.

– Estaba mirando los rayos -me contestó sorbiéndose la nariz. Y entonces dijo-: He visto uno que parecía un árbol.

– ¿Qué había en el rayo? -pregunté con dulzura.

– Ionización galvánica -respondió Auri. Tras una pausa, añadió-: Y hielo de río. Y el oscilar de las aneas.

– Ese me habría encantado verlo -dije.

– ¿Qué hacías tú en lo alto de las cosas? -Hizo una pausa y soltó una risita mezclada con hipo-. Tan desaliñado y casi desnudo.

Mi corazón empezó a deshelarse.

– Buscaba un sitio donde poner mi sangre -respondí.

– La mayoría de la gente la guarda dentro -dijo ella-. Es lo más fácil.

– Yo quiero guardar el resto dentro -expliqué-. Pero temo que alguien me esté buscando.

– Ah -dijo ella, como si lo entendiera perfectamente. Vi su sombra, ligeramente más oscura, moverse en la oscuridad, levantándose-. Deberías venir conmigo a Tintineos.

– Creo que no conozco Tintineos. ¿Me has llevado allí alguna vez?

Otro movimiento, quizá una sacudida de cabeza.

– Es privado.

Oí un ruido metálico, y luego un susurro; entonces vi una luz verde azulada que surgía de la rejilla abierta. Me metí por la abertura y me reuní con Auri en el túnel.

La luz que llevaba Auri en la mano revelaba las manchas que tenía en la cara, seguramente de haberse frotado para enjugarse las lágrimas. Era la primera vez que veía a Auri sucia. Tenía los ojos más oscuros de lo normal y la nariz roja.

Auri se sorbió la nariz y se frotó la cara cubierta de manchas.

– Estás hecho un desastre -dijo con gravedad.

Me miré las manos y el pecho, ensangrentados.

– Es verdad -admití.

Entonces Auri esbozó una sonrisa tímida pero orgullosa y, ladeando la cabeza, dijo:

– Esta vez no me he ido muy lejos.

– Me alegro -repuse-. Y lo siento mucho.

– No. -Dio una breve pero firme sacudida con la cabeza-. Tú eres mi Ciridae, y por lo tanto eres irreprochable. -Alargó un brazo y me tocó el centro del ensangrentado pecho con un dedo-. Ivare enim euge. Auri me guió por el laberinto de túneles que componían la Subrealidad. Descendimos y pasamos por Brincos y Grillito. Luego recorrimos varios pasillos serpenteantes y volvimos a descender por una escalera de caracol de piedra que yo no había visto nunca.

Olía a piedra húmeda y se oía un suave murmullo de agua. De vez en cuando se oía el sonido arenoso de cristal sobre piedra, o el nítido tintineo de cristal sobre cristal.

Tras unos cincuenta escalones, la ancha escalera de caracol desaparecía en un inmenso y turbulento estanque de aguas negras. Me pregunté hasta qué profundidad debía de llevar la escalera.

No había ni rastro de olor a podrido ni a suciedad. Era agua limpia, y vi que formaba ondas alrededor de la escalera y se extendía hasta perderse en la oscuridad, más allá de donde alcanzaba nuestra luz. Volví a oír el tintineo de cristal y vi dos botellas girando y cabeceando en la superficie, moviéndose primero en una dirección y luego en otra. Una se sumergió y no volvió a aparecer.

De un soporte de antorcha de latón clavado en la pared colgaba un saco de arpillera. Auri metió una mano en el saco y extrajo una botella enorme, con tapón de corcho, como las que se usan para embotellar la cerveza de Bredon.

Me la entregó.

– Desaparecen durante una hora. O un minuto. A veces durante días. A veces no vuelven. -Sacó otra botella del saco-. Lo mejor es lanzar como mínimo cuatro. Así, estadísticamente, siempre hay dos que están circulando.

Asentí. Arranqué una hebra de arpillera del gastado saco y la empapé con la sangre que tenía en la mano. Quité el tapón de la botella y metí la hebra dentro.

– Pelo también -dijo Auri.

Me arranqué unos pelos de la cabeza y los metí por el cuello de la botella. Entonces hundí bien el tapón de corcho y lancé la botella al agua. Se alejó flotando, describiendo círculos erráticos.

Auri me dio otra botella y repetimos el proceso. Cuando el agua arrastró la cuarta botella hacia sus remolinos, Auri asintió con la cabeza y se sacudió enérgicamente las manos.

– Ya está -dijo con inmensa satisfacción-. Qué bien. Estamos a salvo.

Horas más tarde, lavado, vendado y considerablemente menos desnudo, me dirigí a la habitación de Wilem en las Dependencias. Esa noche, y otras muchas posteriores, Wil y Sim se turnaron para velarme mientras dormía, protegiéndome con su Alar. Eran unos amigos excelentes. Esa clase de amigos con que todo el mundo sueña pero que nadie merece, y yo menos que nadie.

Capítulo 25

Adquisición indebida

Pese a lo que opinaban Wil y Simmon, yo no podía creer que Devi fuera la responsable de la felonía contra mí. Era plenamente consciente de que no entendía nada de mujeres, pero Devi siempre había sido simpática conmigo. A veces, hasta cariñosa.

Es verdad, tenía una reputación pésima. Pero yo sabía mejor que nadie lo deprisa que un puñado de rumores se podían convertir en todo un cuento de hadas.

Consideraba mucho más probable que mi agresor secreto fuera, sencillamente, un alumno amargado contrariado por mi rápido ascenso en el Arcano. La mayoría de los estudiantes tardaban años en alcanzar el rango de Re'lar, y yo lo había conseguido en menos de tres bimestres. Hasta podía ser alguien que odiara a los Edena Ruh. No sería la primera vez que me llevaba una paliza por eso.

En cierto modo, en realidad no importaba quién fuera el responsable de los ataques. Lo que necesitaba era una forma de acabar con ellos. No podía esperar que Wil y Sim me velaran el resto de mi vida.