XXXI
El calvo de la cicatriz

«Ni tú ni yo ni nadie golpea

más fuerte que la vida.»

Rocky Balboa (2006)

EL BAR ESTABA EN UNA ZONA bastante céntrica, pero llamar a aquello bar era ciertamente un piropo. Tugurio se ajustaba más al caso. No tenía mucha clientela, aunque la suficiente como para que no llamásemos la atención, así que Eliot y yo lo solíamos utilizar para nuestras reuniones clandestinas. Nadie hacía preguntas, nadie parecía estar interesado en el resto y así todo era más fácil. Pedí lo de siempre. Eliot ya estaba en la barra pero me hizo un gesto y cogimos ambas bebidas y nos fuimos a una de las mesas.

—Me tienes en vilo. Dime lo que sepas.

Se pasó la mano por su pelo castaño, que llevaba aún más corto que la última vez que nos habíamos visto.

—No sé por dónde empezar.

—¿Qué tal por el principio?

—¿Quién te encargó que lo liquidases?

Había matado a varias personas últimamente. Di por hecho que se refería al puñetero calvo de la cicatriz.

—¿Tú qué crees? Tyler, ¿quién si no?

—¿No tiene nada que ver con John?

—Nada.

—¿Y sabes dónde está ahora?

Aquello se estaba volviendo demasiado críptico para mí.

—¿John o Tyler?

—Tyler. ¿Por qué metes en esto a John? ¿No me acabas de decir que no tiene nada que ver con el tema?

Los ojos grises de mi compañero se movían con rapidez de un lado a otro. No sé si era sólo por la tensión de nuestra conversación o porque esperaba que alguien llegase allí de un momento a otro y nos friese a tiros. Mi paranoia seguía en aumento.

—Y no tiene nada que ver —dije con todo el aplomo que pude—. No tengo ni idea de dónde coño está Tyler. Si lo supiese, ya le habría puesto una pistola en la sien, créeme.

Vi la sombra de una duda en su ceño fruncido. Luego dijo:

—¿Sabes quién era? El calvo de la cicatriz.

—Ya sabes que no. ¿Que me estás poniendo a prueba o qué? Mira, si no me dices de una vez lo que sabes, me largo de aquí. Tengo cosas que hacer.

—¿Cómo qué? ¿Darle el dinero al Ruso? —dijo mirando hacia mi bolsa de deporte.

—Y rescatar a Susan —añadí, desafiante, esperando una reacción que no se produjo.

—¿Rescatarla?

Se lo expliqué por encima.

—Bueno, está bien, está bien. El calvo estaba emparentado con el Ruso.

—¿Qué?

—Déjame que te lo explique.

—¿Así que es por eso? ¿Era de su familia?

—No, no lo has entendido bien. He dicho que estaban emparentados, no que se llevasen bien. Pretendía pillar cacho de sus negocios.

—¡Pero si sólo era un matón de mala muerte! ¿Y qué hay de lo de las violaciones?

—Espera, espera. —Tomó un largo trago de su bebida antes de continuar—: Era un maltratador. Tenía varias denuncias de chicas anónimas por violaciones y abusos, esa parte era cierta. Pero también tenía mujer.

—¿Quién?

—Una sobrina del Ruso.

—No me jodas.

—Sí te jodo. Y tenían dos hijos pequeños.

—¿Así que a eso se reduce todo? ¿Me está haciendo todo esto porque maté al marido trepa de su sobrina y dejé a sus hijos huérfanos de padre?

Todo aquello no tenía ni pies ni cabeza. Me sonaba a cuento chino.

—No he acabado aún.

—¡Pues ya puedes darte prisa!

—Todo lo que sé es que tu jefe y el Ruso tenían un acuerdo, que pasaba por acabar con el sobrino político de forma discreta, sin que su sobrina se enterase del tema. Un trabajo fino, sin publicidad.

—¡Me pidieron explícitamente que dejase el sello de La Fábrica!

—¿A trocear el cadáver lo llamáis así?

—Sabes que lo he hecho antes. Si quieres una confesión, te la daré, me importa un bledo ya todo. ¿Que llevas un puto micro?

Intenté abrirle la camisa. Me empujó con fuerza. No con toda la que tenía, pero aun así con la suficiente como para hacerme caer de la silla. El barman nos miró con cara rara.

Decidimos salir de aquel tugurio. La conversación empezó a subir de tono.

—¡No llevo ningún puto micro, imbécil!

Se abrió por completo la camisa. Efectivamente, no llevaba.

—¿Entonces por qué coño me recriminas a lo que me dedico? Joder, somos —bajé el tono ligeramente; por la calle pasaba una pareja, aunque iban medio borrachos— somos polis infiltrados. Tengo… tenemos que hacer cosas por encima de la legalidad. Tú lo sabes mejor que nadie.

—Yo lo único que digo —dijo ya más calmado, volviendo a abrocharse la camisa— es que has cabreado a esta gente. ¿Te han utilizado de cabeza de turco? Muy posiblemente. Esto es una guerra a tres bandas.

—¿Tres? ¿El Ruso, los de La Fábrica y quién más?

Tardó en hablar, pero cuando lo hizo, lo que dijo no me sorprendió. No demasiado.

—La policía. O parte de ella. John.

—¿Nuestro propio jefe?

—Sí.

Parecía bastante convencido. Le pregunté no obstante:

—¿Estás seguro?

—Bastante seguro.

—¿Bastante?

—Muy seguro. Tú míralo fríamente. Fue él quien te asignó esta misión.

—Yo quería infiltrarme en La Fábrica.

—Y fue él quien me dio el soplo de que irían a por ti.

—Lo que dices no tiene sentido. Si quiere joderme, ¿para qué avisarte a ti, a mi compañero, a mi mejor amigo? Tú me lo cuentas, yo lo sé y sé a qué atenerme…

—¿Dónde está?

—¿Quién?

—John.

—¿Y yo qué sé?

Dicen que los golpes que más duelen son los que menos te esperas. Supongo que lo suelen decir metafóricamente. Aquellos puñetazos tenían poco de metáfora y mucho de realidad. ¿He mencionado ya que Eliot era un tío muy fuerte?