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—¿Lesseps? ¿Bergier?

El sturmbannführer Walter Eicher se retrepó contra el respaldo de su sillón y enrojeció hasta detrás de las orejas.

Fuera de sí, gritó al teléfono:

—¡Sí, conozco a esos dos! Sí, trabajan para nosotros. Comunique a Marsella que retengan a los dos. Nosotros mismos iremos a buscarles.

El funcionario francés al otro lado de la línea telefónica agradeció cortésmente la información.

—No hay que darles. Heil Hitler! -Eicher clavó de golpe el auricular en la horquilla y gritó-: ¡Winter!

El ayudante entró corriendo desde el cuarto contiguo. Los dos caballeros desplegaban sus macabras actividades en el cuarto piso de una pomposa villa en la Avenida Foch de París. El hombre llamado Winter dijo: -A sus órdenes, sturmbannführer.

—¡Lesseps y ese idiota de Bergier han sido detenidos en Marsella! -gritó el hombre llamado Eicher.

—Por amor de Dios, ¿qué ha sucedido?

—No lo sabemos aún. Para desesperar. ¿Acaso trabajamos sólo con idiotas? Imagínese por un momento que Canaris se entera de todo esto. ¡Vaya alegría para él! ¡El SD explotando a la Francia no ocupada!

El Servicio de Seguridad del Reich y la organización del Abwehr de Canaris se odiaban a muerte. Y los temores del sturmbannführer estaban plenamente justificados:

—Mande usted que preparen el Mercedes negro, Winter. Nos vamos a Marsella.

—¿Hoy mismo?

—Dentro de una hora. ¡Para estar allí mañana por la mañana! ¡Hemos de sacar a esos dos imbéciles de allí antes de que hablen!

—¡A sus órdenes, sturmbannführer! -gritó Winter.

Y cerró de golpe la puerta a sus espaldas. Siempre los mismos enojos. ¡Vaya profesión más miserable! Tener que renunciar a la cita con la dulce Zouzou. Doce horas en el coche con el viejo. Sin dormir en toda la noche. ¡Para llorar!

Veinticuatro horas más tarde, celebraba Chantal Tessier en la trastienda del café Bruleur du Loup en Marsella una reunión general de su banda, una reunión que transcurrió muy movida, por no decir otra cosa.

Los contrabandistas franceses, los falsificadores de pasaportes españoles, las alegres chicas de Córcega y los conjurados y pistoleros a sueldo de Marruecos que en el local realizaban sus transacciones comerciales miraban de vez en cuando con expresión de disgusto hacia la puerta que llevaba el letrero de:

RESERVADO

Por fin se abrió la puerta y los clientes habituales del local (unos quinientos años de presidio entre todos, contando por lo bajo) vieron dirigirse a su conocido Bastián a la cabina del teléfono junto a la barra. El hombre daba la impresión de estar profundamente abatido y deprimido...

Bastián marcó el número del restaurante Chez Papa. Olive, el propietario, respondió a la llamada. Bastián se limpió el sudor de la frente, tiró nervioso de un cigarro y dijo apresuradamente:

—Soy Bastián. ¿Está aquí el hombre que me visitó ayer?

Había invitado a Thomas a esperar el fin de la reunión en Chez Papa.

—Está aquí, sí -contestó Olive-. Está jugando al póquer con mis clientes. Siempre gana.

—Dile que se ponga al aparato. Bastián tiró nuevamente del cigarro y abrió la puerta para echar el humo. Ese maldito Pierre..., en verdad que no merecía romperse tanto la cabeza por él.

Veinticuatro horas antes habían mandado llamar a los del servicio secreto y éstos se habían llevado consigo toda la bonita mercancía. Gracias a Dios, no toda. Mientras Thomas había ido a telefonear, Chantal y él habían puesto a un lado una gran cantidad de monedas de oro y billetes... Pero, ¿qué era ya eso comparado con el valor en millones que representaba todo el resto? No, era mucho mejor no pensar en ello...

—Hola, Bastián, ¿qué hay de nuevo, viejo?

Bastián se indignó por la indiferencia en la voz de Thomas.

—Pierre, soy amigo tuyo..., a pesar de todo. Por esto te doy un consejo: lárgate. Pero ahora mismo. No debes perder un solo minuto.

—¿Qué ha sucedido?

—Todo ha salido mal en el curso de la reunión. Chantal ha presentado su dimisión.

—¡Por amor de Dios!

—Ha llorado...

—Bastián, si supieras cuán penoso resulta todo esto para mí...

—No me interrumpas, estúpido. Ha dicho que te ama..., que te comprende..., y entonces una gran parte de la banda se ha ablandado...

Ah, l'amour! Vive la France!

—... Pero no todos. Se ha formado un grupo en torno a François, el cojo. Tú ya le conoces, nosotros le llamamos el Picaro.

Thomas no le conocía, pero había oído hablar de él. El Picaro era el miembro más antiguo de la banda, un hombre siempre muy violento en sus métodos y también en el trato con las mujeres.

—... El Picaro aboga por liquidarte...

—Muy amable.

—... Personalmente, no tiene nada en contra de ti, pero dice que tu influencia sobre Chantal es nefasta. Tú la ablandas...

—Vamos, vamos...

—... Dice que eres la perdición de la banda. Y dice que hemos de liquidarte para proteger a Chantal... Pierre, ¡lárgate! Cuanto antes mejor...

—Al contrario.

—¿Qué?

—Presta atención, Bastián -dijo Thomas Lieven.

Y su amigo le prestó atención, incrédulo al principio, dubitativo luego y, finalmente, conforme.

—Está bien -gruñó al final-, si lo crees prudente. Dentro de una hora, pues. Pero bajo tu responsabilidad.

Colgó el auricular y entró de nuevo en el cuarto, lleno de humo de tabaco, en donde François, el cojo, o François, el Picaro, abogaba por liquidar lo antes posible a Jean Leblanc o Pierre Hunebelle o como se llamara.

—... En interés de todos nosotros -dijo, y clavó la punta de su navaja, muy afilada y muy delgada, en el tablero de la mesa. Se volvió hacia Bastián y le gritó-: ¿Dónde has ido?

—Acabo de telefonear a Pierre -dijo éste, impasible-. Nos invita a comer a todos nosotros. En mi casa. Dentro de una hora. Dice que allí lo podremos discutir todo con mayor tranquilidad.

Chantal lanzó un grito. De pronto empezaron a hablar todos a la vez.

—¡Silencio! -gritó François.

Se hizo el silencio.

—Ese individuo tiene valor-dijo François, impresionado. Luego, sonrió malicioso-: Está bien, compañeros, vamos allí...

No sólo de caviar vive el hombre
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