/ Language: Español / Genre:thriller

Los Cinco Y El Tesoro De La Isla

Enid Blyton

Ana y sus hermanos Julián y Dick, van de vacaciones a casa de sus tíos Fanny y Quintín. La casa se encuentra en la hermosa bahía de Kirrin, con una isla y un viejo castillo propiedad de la familia. Allí también está su prima Jorgina, una niña de fuerte carácter a la que le gustaría ser un chico, por lo que prefiere que la llamen Jorge. Pronto los cuatro niños se hacen muy amigos y se convierten en un grupo inseparable, acompañados siempre por el perrito de Jorge, Tim. Un día, en un viejo navío, los chicos descubren el mapa de un tesoro escondido en la isla. Se disponen a encontrarlo, ¡pero no son los únicos que lo buscan! ¿Podrán conseguirlo antes de que sea demasiado tarde?

Enid Blyton

Los Cinco Y El Tesoro De La Isla

LOS CINCO

Título original: FIVE ON A TREASURE ISLAND

Traducción de Juan Ríos de la Rosa

© Enid Blyton, 1942

CAPÍTULO PRIMERO. Una gran sorpresa

– Mamá: ¿todavía no se ha decidido dónde pasaremos las vacaciones este verano? -dijo Julián-. ¿Iremos a Polseath, como siempre?

– Temo que no podrá ser -dijo su madre-. Este año está aquello lleno de veraneantes, y seguramente no habrá sitio para vosotros.

Los tres niños, que estaban desayunándose con sus padres, se miraron unos a otros, grandemente decepcionados. A ellos siempre les había gustado pasar las vacaciones en Polseath. No habían conocido playa mejor que la de allí.

– No os desaniméis -dijo papá-. Creo que he encontrado otro sitio donde también lo podréis pasar magníficamente. Pero tengo que advertiros que mamá y yo no podremos estar con vosotros este verano. ¿No os lo ha dicho ella?

– ¡No! -dijo Ana-. Oh, mamá: ¿es verdad eso? ¿No podréis pasar las vacaciones con nosotros? Siempre lo habíais hecho.

– Sí, pero este año papá quiere hacer un viaje a Escocia y yo tengo que acompañarlo -dijo mamá-. Tendréis que arreglaros vosotros solos. Como ya vais siendo mayorcitos, hemos pensado que quizás os convendría pasar este año las vacaciones por vuestra propia cuenta, sin tener que depender de nosotros. Lo que ocurre es que no sé a dónde enviaros.

– ¿Qué te parece si los mandáramos a casa de Quintín? -dijo papá, de pronto. Quintín era su hermano, el tío de los niños. Pero éstos lo habían visto sólo una vez, y no les había causado muy buena impresión. El tío tenía la virtud de amedrentarlos. Era un hombre muy alto, con el ceño perennemente fruncido. Su profesión era la ciencia, y se pasaba la mayor parte del día estudiando y escribiendo. La casa donde vivía estaba junto al mar, pero esto era lo único que los niños sabían de él.

– ¿Quintín? -dijo mamá, contrayendo los labios-. ¿Qué te ha hecho pensar en él? No creo que le guste mucho tener a su alrededor a los niños alborotándole.

– Sí; pero el otro día estuve hablando con su mujer, cosas de negocios, y saqué la impresión de que los asuntos no marchan muy bien en su casa; me refiero al aspecto económico. Me dijo Fanny que no le importaría nada tener algunos huéspedes durante cierto tiempo, porque de esa manera podría equilibrar su presupuesto. Como sabes, su casa está junto al mar. He pensado que es el sitio más apropiado para que los niños pasen allí las vacaciones. Fanny es una mujer muy agradable y simpática, y estoy seguro de que sabrá cuidar bien de ellos.

– Tienes razón -dijo mamá-. Por cierto, Fanny tiene una hija que es algo rara, ¿verdad? Creo que le gusta mucho la vida solitaria. ¿Cómo se llamaba? Déjame pensar… era un nombre muy curioso… ¡Ah, sí! ¡Jorgina! ¿Qué edad deberá de tener? Creo que once años, más o menos.

– La misma edad que yo -dijo Dick-. ¡Es fantástico tener una prima a la que nunca hemos visto! Claro que no tiene tanto de particular, si es que le gusta la vida solitaria. De todos modos, siempre tengo a Juilián y a Ana para que jueguen conmigo, si es que Jorgina no quiere saber nada de nosotros. Me pregunto si le agradará que vayamos a su casa a pasar las vacaciones.

– Sí. Tía Fanny me dijo que a Jorgina le sentaría muy bien tener un poco de compañía ahora -dijo papá-. En realidad, lo mejor que puedo hacer para salir de dudas es telefonear en seguida a tía Fanny a ver si accede a teneros en su casa este verano. Así, además de ayudarla económicamente, su hija podrá disfrutar durante las vacaciones de vuestra compañía. Y estoy seguro de que estaréis bien cuidados allí.

Los niños empezaron a sentirse agradablemente excitados. Sería delicioso ir a pasar las vacaciones a un sitio donde nunca habían estado y conocer a su extraña prima.

– La playa de allí ¿es bonita?, ¿tiene rocas y acantilados? -preguntó Ana.

– No me acuerdo muy bien -dijo papá-. Pero estoy seguro de que es un lugar bonito y muy interesante. ¡Ya veréis como os gusta! Se llama Bahía Kirrin. Tía Fanny ha vivido allí siempre y dice que no cambiaría aquello por ningún otro sitio del mundo.

– ¡Oh, papá, telefonea en seguida a tía Fanny y dile si podemos ir a pasar las vacaciones a su casa! -gritó Dick-. Estoy convencido de que es el mejor sitio a donde podemos ir. ¡Suena a cosa de aventura!

– Oh, siempre dices lo mismo de todos los sitios a donde vais a pasar las vacaciones -dijo papá, riendo-. Está bien. Ahora mismo le voy a telefonear, a ver si accede.

Los niños habían terminado el desayuno y se levantaron de la mesa, quedando a la espera, a ver qué decía su padre cuando regresara del teléfono. Fueron todos al vestíbulo y desde allí pudieron oír como hablaba su padre con tía Fanny.

– Supongo que lo pasaremos bien -dijo Julián-. Me gustaría saber cómo es Jorgina. El nombre es bonito, ¿verdad? Aunque es más propio que un chico se llame Jorge que se llame una niña Jorgina. Según he oído, ella tiene once años, total un año menos que yo y la misma edad que tú, Dick. Y un año más que tú, Ana. Ella, tan solitaria, tendrá que adaptarse a nuestro modo de ser. Y nosotros, los cuatro, pasaremos unas buenas vacaciones.

Papá volvió del teléfono diez minutos después, y los chicos, al verlo, comprendieron en seguida que todo estaba ya arreglado. Sonrió a todos.

– Ya está todo decidido -dijo-. Vuestra tía Fanny está encantada con la idea. Dice que vuestra compañía le sentará muy bien a Jorgina, que hasta ahora se ha portado como una misántropa. Y que ella procurará distraeros y que lo paséis bien. Lo único que tenéis que hacer es no molestar a tío Quintín. Tiene siempre mucho trabajo y se enfada mucho cuando le interrumpen o molestan.

– Nos portaremos muy bien. No molestaremos a tío Quintín -dijo Dick-. Lo digo de verdad. Oh, papá, sé bueno y dinos cuándo iremos allí.

– La semana que viene, si es que mamá tiene tiempo de prepararlo todo -dijo papá.

Mamá movió la cabeza.

– Sí -asintió-. Todo estará dispuesto en seguida. Los niños no necesitarán muchas cosas: total, los trajes de baño, los jerseys, los shorts y poco más. Lo mismo que los años anteriores.

– ¡Qué estupendo ponerme otra vez los shorts! -dijo Ana, bailando de contenta-. Ya estoy cansada del uniforme del colegio. Tengo enormes ganas de ir con shorts o en traje de baño y ponerme a jugar con los chicos.

– No te preocupes: pronto vas a salirte con la tuya -dijo mamá, riendo-. Preocupaos de preparar los juguetes, libros y todas las cosas que pensáis llevaros. Pero, por favor, que no sean muchas, no vayáis a llenar la casa de objetos que no sirvan para nada.

– Ana seguramente querrá llevarse sus quince muñecas, como el año pasado -dijo Dick-. ¿Te acuerdas, Ana, lo contenta que estabas con tus muñecas?

– No creas que estaba entusiasmada -dijo Ana, enrojeciendo-. Me gustan las muñecas y, sencillamente, no encontré nada mejor que llevarme, por eso las cogí todas. No veo que eso tenga nada de particular.

– Y ¿te acuerdas el año anterior, lo empeñada que te pusiste en llevarte el caballito-mecedora? -dijo Dick, echándose a reír.

Su madre le atajó.

– Por cierto que ahora me acuerdo de un muchachito llamado Dick que metió en su equipaje dos polichinelas, un osito, tres perritos, dos gatitos y un mono viejo para llevárselos todos a Polseath un verano -dijo.

Esta vez le tocó el turno a Dick de ponerse encarnado. En seguida cambió de conversación.

– Papá: ¿iremos en tren o en coche? -preguntó.

– En coche -dijo papá-. Meteremos todas las cosas en el portaequipajes. Bueno; ¿qué os parece si marcháramos el martes?

– Me viene muy bien -dijo mamá-. Acompañaremos a los niños a Bahía Kirrin, volveremos después para preparar todas nuestras cosas, y el viernes podremos ya emprender el viaje a Escocia. Sí, es una buena idea la de salir el martes.

Se decidió, por tanto, que el martes emprenderían el viaje. Los niños contaban los días con impaciencia, y Ana, cada día que pasaba lo marcaba en su calendario con una cruz. La semana parecía que no iba a acabarse nunca. Pero al final llegó el martes. Dick y Julián, que dormían en la misma habitación, se despertaron al mismo tiempo. En seguida se levantaron y se asomaron a la ventana.

– ¡Hurra! ¡Hace un día magnífico! -gritó Julián-. No sé por qué, pero a mí me parece que es muy importante que haga buen tiempo el primer día de vacaciones. Vamos a despertar a Ana.

Ana dormía en la habitación de al lado. Julián fue corriendo a su cuarto y empezó a zarandearla.

– ¡Despierta ya! ¡Es martes, y hace un sol espléndido!

Ana se despertó, incorporándose al punto, mientras miraba a Julián con expresión alegre.

– ¡Por fin! -dijo-. ¡Creía que nunca llegaría el martes! ¡Oh, qué estupendo pensar que nos vamos ya de vacaciones!

Poco después del desayuno ya estaba todo preparado para la marcha. El coche era muy grande y todos cabían en él desahogadamente. Mamá se sentó en la parte de delante, con papá, y detrás los tres niños. En el maletero habían guardado toda clase de cosas, contenidas en un pequeño baúl. Mamá estaba convencida de que no habían olvidado nada.

Mientras atravesaban Londres, el coche iba despacio. Pero cuando hubo dejado atrás la ciudad, empezó a correr más aprisa. Pronto se encontraron en pleno campo y entonces el automóvil tomó toda su velocidad. Los niños iban cantando todo el tiempo, cosa que hacían siempre que estaban contentos.

– ¿Almorzaremos pronto? -preguntó Ana, sintiéndose de pronto invadida por el hambre.

– Sí -dijo su madre-. Pero todavía no. No son más que las once. La hora de comer es a las doce y media, Ana.

– ¡Dios mío! -dijo Ana-. No creo que pueda resistir tanto tiempo sin comer.

En vista de ello, su madre les dio a todos un poco de chocolate, que consumieron entusiasmados, mientras contemplaban las colinas, los bosques y la campiña por donde pasaba el coche.

La comida campestre fue muy agradable. La hicieron en lo alto de una pequeña colina, en plena pendiente, desde donde se veía un valle inundado por el sol. Una vaca se les acercó, plantándose ante Ana, cosa que a ésta no le hizo mucha gracia; pero el animal fue ahuyentado prontamente por su padre. Los chicos comieron una enormidad y mamá dijo que no podían ya tener un té campestre: tendrían que ir a un parador del camino, porque ¡habían agotado todas las provisiones en la comida del mediodía!

– ¿A qué hora llegaremos a casa de tía Fanny? -preguntó Julián, mientras consumía el último bocadillo, con gran pena de que no quedaran más.

– Si tenemos suerte, a eso de las seis -dijo papá-. Lo mejor será que emprendamos de nuevo el viaje. Tenemos que rodar todavía un buen rato.

El coche parecía beberse los kilómetros, mientras zumbaba a lo largo del camino. Llegó por fin la hora del té y los chicos empezaron a sentirse excitados otra vez.

– Veréis qué pronto aparece el mar -dijo Dick-. Ya noto el olor. Tiene que estar muy cerca.

Tenía razón. El automóvil llegó a la cima de una colina y en seguida, a la derecha, apareció el mar esplendorosamente azul y totalmente en calma, iluminado por el sol del atardecer. Los tres niños gritaron, entusiasmados.

– ¡Ahí está!

– ¿Verdad que es maravilloso?

– ¡Oh! ¡Yo querría bañarme un ratito!

– Ya sólo nos faltan veinte minutos para llegar a Bahía Kirrin -dijo papá-. Hemos ido bastante aprisa. Pronto podréis ver la bahía. Es bastante grande y a su entrada hay una especie de isla.

Los niños seguían contemplando la costa en espera de descubrir Bahía Kirrin. De pronto Julián gritó.

– ¡Ahí está! ¡Ésa debe de ser Bahía Kirrin! Fíjate, Dick: ¿verdad que es maravillosamente azul?

– Y mira aquella isla que hay a la entrada de la bahía -dijo Dick-. ¡Cómo me gustaría visitarla!

– No me cabe la menor duda de que te gustaría -dijo mamá-. Ahora lo que tenemos que hacer es encontrar la casa de tía Fanny. Se llama "Villa Kirrin".

Pronto estuvieron en "Villa Kirrin". Era una casa construida entre las rocas que bordeaban la bahía y a todas luces se notaba que era muy antigua. No le encajaba mucho que la llamasen "Villa" porque, aunque pequeña, era una mansión más que un chalé. La fachada estaba llena de rosas y toda clase de flores inundaban alegremente el jardín.

– Ésta es "Villa Kirrin" -dijo papá, parando el coche-. Creo que la construyeron hace unos tres siglos. ¿Dónde estará Quintín? ¡Hola! ¡Aquí llega Fanny!

CAPÍTULO II. La extraña prima

Tía Fanny estaba esperando la llegada del coche. En cuanto le oyó se dirigió rápidamente al vestíbulo y abrió la vieja puerta de madera. Su aspecto impresionó favorablemente a los chicos.

– ¡Bienvenidos a Kirrin! -gritó-. ¡Saludos a todos! ¡Qué alegría poder veros! ¡Cómo habéis crecido!

Se prodigaron los besos y luego los chicos fueron introducidos en la casa. Tampoco la casa les desagradó. Sus vetustos y señoriales muebles le daban cierto aire de mansión misteriosa.

– ¿Dónde está Jorgina? -preguntó Ana, mirando en derredor, en busca de su desconocida prima.

– ¡Oh, la muy pícara! ¡Le dije que os esperara en el jardín! -dijo tía Fanny-. Debe de haberse marchado a cualquier sitio. Os advierto que al principio quizás encontréis a Jorge un poco rara. Habéis de saber que le gusta estar sola. A lo mejor los primeros días se siente molesta con vuestra presencia. Pero eso no debe preocuparos: Jorge, en poco tiempo se acostumbra a todo. Me alegro mucho por ella de que hayáis venido aquí a pasar las vacaciones. Lo que necesita son precisamente amiguitos para jugar y distraerse.

– ¿Por qué la llamas Jorge? -preguntó Ana, soprendida-. Yo creía que se llamaba Jorgina.

– Es cierto -dijo tía Fanny-. Pero es que a ella le molesta mucho ser una chica, y hay que llamarla Jorge. La muy pícara nunca contesta cuando la llamamos Jorgina.

Los chicos pensaron que Jorgina debía de tener un carácter muy singular. Estaban deseando que apareciera por allí para conocerla. Pero esto no ocurrió. El que apareció de pronto fue tío Quintín. Era un hombre de buen aspecto, pero de carácter sombrío. Tenía la frente amplia y muy ceñuda.

– ¡Hola, Quintín! -dijo papá-. ¡Cuánto tiempo sin vernos! Espero que mis chicos no te molesten demasiado en tu trabajo.

– Quintín está ahora escribiendo un libro muy complicado y difícil -dijo tía Fanny-. Para que esté cómodo mientras trabaja le he preparado una habitación aislada, en un extremo de la casa. No creo que los chicos puedan llegar a molestarlo nunca.

El tío contempló a sus sobrinos durante unos instantes y cabeceó después. Ni por un momento desapareció el ceño de su rostro, por lo que los muchachos se sintieron algo amedrentados. Menos mal que su habitación de trabajo la tenía lejos, en un extremo de la casa.

– ¿Dónde está Jorge? -preguntó con voz baja y profunda.

– Ha vuelto a marcharse -dijo tía Fanny, molesta-. Le encargué especialmente que se quedara en casa para esperar a sus primos.

– Se ve que quiere que le demos una azotaina -dijo tío Quintín.

Los chicos no acababan de entender si su tío hablaba en serio o en broma.

– Bien, muchachos, espero que lo paséis bien aquí y, por favor, sed un poco comprensivos con Jorge.

En la pequeña casita de Kirrin no había sitio para todos: papá y mamá no podían pasar allí la noche. Por ello, después de cenar apresuradamente, marcharon a un hotel de la ciudad próxima. Habían pensado en regresar a Londres inmediatamente después del desayuno, por lo que, en cuanto acabaron de cenar, se despidieron de los niños.

Jorgina no había aparecido todavía.

– Cuánto siento que no esté aquí Jorgina -dijo mamá-. Me hubiera gustado mucho saludarla y decirle que espero que se distraiga mucho jugando con Dick, Julián y Ana.

Mamá y papá se marcharon. Los chicos sintieron cierta sensación de desamparo cuando vieron el gran automóvil negro desaparecer al doblar la esquina. Pero tía Panny se los llevó en seguida para enseñarles sus respectivos dormitorios, y pronto olvidaron su tristeza. Los dos niños tenían asignado un dormitorio, en el piso más alto de la casa. Desde él se divisaba el magnífico panorama de la bahía, cosa que les agradó enormemente. Ana y Jorgina tenían destinada una habitación más pequeña, cuyas ventanas daban al pantano que había en la parte de atrás de la casa. Pero por una ventana lateral se veía también el mar y esto le gustó mucho a Ana. Era una habitación muy bonita. En una de las ventanas, unas cuantas rosas rojas se balanceaban bajo la acción del viento.

– Qué ganas tengo de conocer a Jorgina -dijo Ana a su tía-. Quiero saber cómo es.

– Pues es una muchachita muy agradable -dijo su tía-. Claro que tal vez sea un poco arisca y tenga algo de mal genio, pero es de buen corazón y muy noble y sincera. Cuando se hace amiga de alguien lo es para siempre, aunque le cuesta mucho trabajo trabar amistad con las personas. Es una pena.

Ana empezó de pronto a bostezar. Sus hermanos la miraron con gesto ceñudo: temían que sucediera lo que realmente sucedió en seguida.

– ¡Pobre Ana! ¡Qué cansada debes de estar! Será mejor que os vayáis ya a la cama todos. Tenéis que dormir muchas horas para estar mañana bien descansados y dispuestos -dijo tía Fanny.

– Ana, eres idiota -dijo Dick, furioso, cuando su tía salió de la habitación-. Sabes perfectamente que cuando empezamos a bostezar lo primero que hacen es mandarnos a la cama. Y yo tenía muchas ganas de ir un rato a la playa.

– ¡Cuánto lo siento! -dijo Ana-. No pude evitarlo. De todos modos, tú estás bostezando ahora, y tú, Julián, también.

Así era, en efecto. El largo viaje en coche al aire libre los había dejado soñolientos a más no poder. Secretamente todos anhelaban meterse en la cama cuanto antes y echarse a dormir.

– ¿Por dónde andará Jorgina? -preguntó Ana al despedirse de sus hermanos antes de acostarse-. Debe de ser una chica muy rara. No ha querido recibirnos ni ha venido a cenar y ni siquiera ha aparecido todavía por la casa. Menos mal que dormiremos juntas en la misma habitación, pero, Dios mío, a saber cuándo tendrá la intención de regresar.

Mucho antes de que Jorgina volviera, los tres chicos estaban profundamente dormidos. No pudieron oírla, por tanto, cuando ella abrió la puerta del dormitorio de Ana ni cuando se desnudaba y se lavaba los dientes. Tampoco oyeron el leve crujido de la cama al meterse en ella. Estaban demasiado cansados e ineptos para enterarse de nada, hasta que el sol, inundando sus habitaciones, no los despertase por la mañana.

Cuando Ana se despertó al día siguiente, lo primero que hizo fue preguntarse dónde se encontraba. Observó extrañada su pequeña cama y el inclinado techo de la habitación, así como las rosas rojas que se mecían suavemente en el antepecho de una ventana. De repente lo recordó todo.

"¡Estoy en Bahía Kirrin pasando las vacaciones!", se dijo a sí misma, mientras golpeaba el colchón con las piernas, en un gesto de alegría.

Entonces reparó en la otra cama. Sólo pudo ver un trozo de cabeza con cabellos rizados: lo demás estaba envuelto en las sábanas. En cuanto Ana vio que el bulto se movía algo, empezó a hablar:

– ¡Hola! ¿Eres Jorgina?

La muchachita que había en la otra cama se incorporó y observó a Ana. Tenía el pelo muy rizado y corto, casi tan corto como el de los chicos. Su tez estaba soberanamente bronceada por el sol y sus ojos azules brillaban, enmarcados por un rostro singularmente bello. Pero su boca se torcía con una mueca de descontento y en la frente podía notarse un ceño similar al de su padre.

– No -dijo-. Yo no soy Jorgina.

– ¡Oh! -dijo Ana, sorprendida-. Entonces, ¿quién eres?

– Yo soy Jorge -dijo la muchacha-. Sólo te contestaré si me llamas Jorge. Odio ser una chica. No quiero serlo. No me gusta hacer nada de lo hacen las chicas. Me gustan las cosas que hacen los chicos. Puedo trepar a los árboles mejor que cualquier muchacho y también nado como ellos. Remo mejor que lo pueda hacer un pescador de por aquí. Si quieres que te hable me has de llamar Jorge. Si no, no.

– ¡Oh! -dijo Ana, considerando lo extraordinaria que era su prima-. Muy bien. Me da igual llamarte de un modo o de otro. También Jorge es un bonito nombre. No me gusta mucho el de Jorgina. Además, tú pareces enteramente un chico.

– ¿Verdad que sí? -dijo Jorge, desarrugando el ceño durante un instante-. Mi madre está muy disgustada porque me dejo el pelo muy corto. Antes tenía una melena horrible.

Las dos niñas se miraron durante unos instantes.

– ¿No te da asco ser una chica? -preguntó Jorge.

– No, por supuesto -dijo Ana-. Me gusta llevar trajes bonitos y jugar con mis muñecas: esas cosas no las pueden hacer los chicos.

– ¡Bah! ¡Vaya fastidio tener que preocuparse por los trajes bonitos! -dijo Jorge, con voz desdeñosa-. ¡Y además, muñecas! Total: que eres una criatura. Es lo único que puedo decir.

Ana se sintió ofendida.

– Eres poco cortés -dijo-. No creas que mis hermanos vayan a formar una buena opinión de ti se te portas como si lo supieras todo. Ellos son realmente chicos, no chicos simulados, como eres tú.

– Está bien. Si les va a molestar mi trato, yo, por mi parte, no quiero conocerlos ni saber nada de ellos -dijo Jorge, saltando de la cama-. Yo no le he pedido a nadie que vinieseis a esta casa a interferirse en mi vida. Soy perfectamente feliz estando sola. Todo lo que he conseguido hasta ahora es tener la oportunidad de conocer a una niña tonta que le gustan los trajes bonitos y las muñecas, y a dos primos estúpidos.

Ana tuvo la sensación de que las vacaciones habían tenido un mal comienzo. Se puso unos shorts grises y un jersey rojo. Jorge se puso también unos shorts y un jersey masculino.

En cuanto acabaron de arreglarse llamaron los chicos a la puerta del dormitorio.

– ¿Estáis ya listas? ¿Estás ahí, Jorgina? ¡Prima Jorgina, sal, que te queremos conocer!

Jorge abrió rápidamente la puerta y salió de la habitación muy erguida. No acusó recibo en lo más mínimo de la presencia de los dos sorprendidos muchachos. Sin hacerles caso, empezó a bajar la escalera. Los otros tres se miraron unos a otros.

– No contesta nunca cuando la llaman Jorgina -explicó Ana-. Es una chica muy rara. Dice que no quiere saber nada de nosotros, que nos hemos interferido en su vida. Se ha reído de mí y se ha portado conmigo de un modo desagradable.

Julián rodeó a Ana con el brazo para consolarla. Parecía muy resentida.

– ¡Ánimo! -le dijo-. Nos tienes a nosotros, que te queremos bien. Vamos abajo a tomar el desayuno.

Los tres estaban verdaderamente hambrientos. Les llegaba del comedor un agradable olor a jamón y huevos. Bajaron rápidamente la escalera y le dieron los buenos días a su tía Fanny, que en aquel momento servía el desayuno. El tío estaba sentado a la cabecera de la mesa leyendo el periódico. Hizo a los chicos un gesto con la cabeza en señal de saludo. Éstos se sentaron a la mesa sin pronunciar palabra: no sabían si les estaría permitido hablar durante las comidas. En casa sí que los dejaban sus padres, pero tío Quintín parecía muy severo.

Jorge estaba también allí tomándose una rodaja de pan tostado con mantequilla. Miraba a sus primos muy enfurruñada.

– No te portes de un modo tan desagradable -dijo su madre-. Espero que os hayáis hecho amigos ya. Te gustará mucho jugar con ellos. Esta mañana podrías enseñar a tus primos la bahía y los sitios mejores donde bañarse.

– Yo pienso ir a pescar -dijo Jorge.

Su padre levantó rápidamente la vista del periódico.

– No irás -dijo-. Tienes que dejar los malos modos y acompañar a tus primos a la bahía. ¿Me has oído?

– Sí -dijo Jorge, frunciendo el ceño lo mismo que su padre.

– Oh, nosotros podemos muy bien ir solos a ver la bahía, si es que Jorge se quiere ir de pesca -dijo Ana al punto, pensando que sería mejor que Jorge no los acompañara, si estaba tan de mal humor.

– Jorge hará exactamente lo que le acabo de decir -dijo su padre-. Y si no, tendrá que entendérselas conmigo.

Total que, poco después de haber terminado de desayunarse, los cuatro niños estaban ya preparados para marcharse a la playa. Fueron corriendo alegremente por una senda que comunicaba la casa con la bahía. Hasta la misma Jorge dejó de fruncir el ceño cuando sintió la fuerza de los rayos del sol sobre su rostro y contempló sobre el mar los danzantes destellos de su luz.

– Puedes irte a pescar si quieres -dijo Ana cuando hubieron llegado a la playa-. No lo diremos a nadie. Has de saber que no tenemos intención de interferirnos en tu vida. Nosotros ya nos hacemos suficiente compañía: y si a ti no te gusta acompañarnos, te marchas y en paz.

– Pues a nosotros nos gustaría mucho que nos acompañaras -dijo Julián, generosamente. Él había notado, por supuesto, que Jorge era arisca y de malos modales. Pero no podía impedir el sentir cierta atracción hacia aquella extraña personita de cortos cabellos y erguida espalda, brillantes ojos azules y labios contraídos en disgustado mohín.

Jorge se le encaró.

– Pues ya ves -le dijo-. No tengo la menor intención de trabar amistad con nadie que sea primo mío o alguna estupidez por el estilo. Sólo me hago amiga de las personas que me son simpáticas.

– A nosotros nos pasa igual -dijo Julián-. Y, por supuesto, tú también puedes sernos antipática: no lo olvides.

– Oh -dijo Jorge, indiferentemente-. Desde luego que puedo seros antipática. Ahora que lo pienso, hay mucha gente que me tiene antipatía.

Ana, mientras tanto, se había dedicado a explorar la bahía. A su entrada podía distinguirse un extraño islote rocoso en cuya parte más alta había un antiguo castillo en ruinas.

– Qué isla más bonita, ¿verdad? -dijo-. Me gustaría saber cómo se llama.

– Se llama la Isla Kirrin -dijo Jorge, volviendo sus ojos azul-mar en dirección al islote-. Si me sois simpáticos os llevaré algún día a verla. Pero no puedo prometerlo. Sólo se puede ir en bote.

– Y ¿a quién pertenece la isla? -preguntó Julián.

Jorge lanzó una respuesta que los dejó desconcertados.

– Me pertenece a -dijo-. Por lo menos, algún día me pertenecerá. ¡Tendré entonces una isla y un castillo propios!

CAPÍTULO III. Una historia extraña y un nuevo amigo

Los tres hermanos miraron a Jorge grandemente sorprendidos.

– ¿Qué es lo que quieres decir? -dijo Dick-. La isla Kirrin no puede ser tuya. Estás fanfarroneando.

– No fanfarroneo -dijo Jorge-. Pregúntale a mi madre. Y si es que no pensáis creeros las cosas que os diga no os volveré a dirigir la palabra. Yo no acostumbro decir mentiras. Faltar a la verdad es cosa de cobardes, y yo no soy cobarde.

Julián se acordó entonces de que tía Fanny había dicho que Jorge era totalmente sincera, noble y leal. Se rascó la cabeza y volvió a mirarla. ¿Cómo diablos era posible que hubiese dicho la verdad?

– Por supuesto que creeremos todo lo que nos digas siempre que sea verdad -dijo-. Pero comprenderás que lo que acabas de decir es algo increíble. Realmente increíble. Los niños no suelen ser propietarios de islas, aunque sean tan minúsculas como ésa.

– No es una isla minúscula -dijo Jorge altivamente-. Además es maravillosamente bonita: Está llena de conejos domesticados. Y en la parte que no se ve hay muchos cormoranes y gaviotas de toda especie. Y el castillo es muy bueno, aunque esté en ruinas.

– Lo que dices es muy interesante -dijo Dick-. Pero, dinos: ¿cómo es posible que la isla sea de tu propiedad, Jorgina?

Jorge miró a Dick con ojos fulgurantes y no se dignó contestar.

– Perdona -dijo Dick apresuradamente-. No era mi intención llamarte Jorgina, sino Jorge.

– Contesta, Jorge, y cuéntanos cómo es posible que la isla te pertenezca -dijo Julián, rodeando con el brazo los hombros de su huraña prima.

Ella se soltó, empujándolo violentamente.

– Quieto -dijo-. Todavía no sé si acabaré siendo amiga vuestra.

– Está bien, está bien -dijo Julián armándose de paciencia-. Puedes ser enemiga de quien te parezca: a nosotros eso nos trae sin cuidado. Pero apreciamos mucho a tu madre y no queremos que piense que no nos gusta tu amistad.

– ¿Apreciáis mucho a mi madre? -dijo Jorge, dulcificando un poco la expresión de sus luminosos ojos-. Ella es muy agradable, ¿verdad? Bueno, está bien: os diré por qué el castillo de Kirrin es mío. Vamos a sentarnos en ese rincón donde nadie pueda oírnos.

Se sentaron todos en un rincón natural que las rocas formaban en la playa, apartado del tránsito de la gente. Jorge dirigió la mirada hacia la pequeña isla de la bahía.

– La cosa es como sigue -dijo-. Hace muchos años los antepasados de mi madre eran propietarios de casi todas estas tierras. Pero se arruinaron y se vieron obligados a venderlo casi todo. Sin embargo, nadie quiso comprar la isla, porque decían que tenía muy poco valor, sobre todo el castillo, que hace ya mucho tiempo que está en ruinas.

– ¡Qué raro que nadie quisiera comprar esa isla tan bonita! -dijo Dick-. Yo, si tuviera dinero, la compraría ahora mismo.

– Todo lo que nos queda de esas propiedades no son más que nuestra casa, "Villa Kirrin", una granja que hay algo más allá y la isla Kirrin -dijo Jorge-. Dice mamá que cuando yo sea mayor seré la dueña de la isla y que ya no la considera como suya, porque ha de ser para mí. Es una isla de mi exclusiva propiedad y nadie puede visitarla sin mi permiso.

Los tres chicos miraron interesados a Jorge. Creían a pies juntillas todo lo que les había contado, porque era evidente que decía la verdad. ¡Qué magnífico tener una isla propia! Verdaderamente, era como para sentirse feliz.

– ¡Oh, Jorgina, digo Jorge! -exclamó Dick-. ¡Qué suerte tienes! Debe de ser una isla estupenda. Espero que nos hagamos amigos y que pronto nos llevarás a verla. No te puedes imaginar las ganas que tengo.

– Sí que me lo imagino -dijo Jorge, contenta por el interés que había causado en sus primos-. Ya veré. Nunca he llevado a nadie allí, a pesar de que me lo han pedido muchas veces las chicas y chicos de estos alrededores. Pero no me eran simpáticos; por eso no los he llevado.

Hubo un corto silencio que los cuatro aprovecharon para volver a mirar hacia la bahía, donde se destacaba limpiamente la isla de Jorge. La marea había bajado. Parecía casi que se podía llegar hasta allí vadeando. Dick preguntó si ello era posible.

– No -dijo Jorge-. Ya os he dicho que sólo se puede ir en bote. Está más lejos de lo que parece y el agua es muy profunda. Tiene rocas y arrecifes por todo el derredor y para llegar allí remando en un bote y evitar que encalle hay que conocer bien el camino. Es bastante peligrosa la costa de esa isla. Muchos barcos se han hundido cuando intentaban pasar por entre las rocas.

– ¡Caramba! -exclamó Julián con los ojos brillantes-. Nunca he visto un barco hundido. ¿Quedan muchos por allí?

– Ahora ya no -dijo Jorge-. Los han sacado casi todos. Sólo queda uno, pero está al otro lado de la isla. Si se va remando por aquel lugar en un día de calma se puede ver desde la superficie del agua un trozo de mástil roto. Ese barco hundido es mío también.

Esta vez costaba más trabajo a los chicos creer las palabras de Jorge. Pero ella confirmó con firmes movimientos de cabeza.

– Sí -dijo-. Era un barco que perteneció a los tatarabuelos de los tatarabuelos de mis tatarabuelos o, por lo menos, a un antecesor mío muy lejano. Estaba cargado de oro, enormes barras de oro, y naufragó en la costa de la isla Kirrin.

– ¡Oooh! Y ¿qué pasó con el oro? -preguntó Ana con sus grandes ojos muy abiertos.

– Nadie lo sabe -repuso Jorge-. Supongo que lo habrán robado. Varias personas han buceado para rescatarlo, pero no lo encontraron.

– ¡Caramba, qué interesante es todo eso! -dijo Julián-. Me gustaría poder ver el barco.

– Quizá podamos verlo esta tarde cuando haya bajado más la marea -dijo Jorge-. El mar está hoy en calma y limpio. Creo que lo podremos ver.

– ¡Oh, qué maravilloso! -exclamó Ana-. ¡Con las ganas que tengo de ver a lo vivo un barco hundido!

Los demás rieron.

– Bueno; no creo que esté muy vivo -dijo Dick-. Jorge: ¿qué te parece si nos diéramos un baño?

– Primero voy a buscar a Timoteo -dijo Jorge, levantando.

– ¿Quién es Timoteo? -dijo Dick.

– ¿Podéis guardarme un secreto? -preguntó Jorge-. Es que no quiero que se enteren en casa.

– Bueno, sigue: ¿qué secreto es ese? -preguntó Julián-. Puedes decírnoslo tranquila. No somos acusicas.

– Timoteo es mi mejor amigo -dijo Jorge-, No puedo hacer, nada sin él. Pero a papá y a mamá no les gusta. Por eso lo tengo escondido en un sitio secreto. Voy a buscarlo.

Jorge echó a correr y desapareció tras las rocas. Los demás quedaron esperándola pasmados, pensando que su primita era la chica más extraña que habían conocido en su vida.

– ¿Quién diablos será Timoteo? -dijo Julián, pensativo-. A lo mejor se trata de algún muchacho pescador de por aquí cuya amistad con Jorge no agrada a sus padres.

Los chicos, sentados en la arena, contemplaban expectantes el lugar por donde había desaparecido Jorge. No tardaron en oír su clara voz procedente de detrás de las rocas.

– ¡Ven, Timoteo, ven!

Se levantaron para ver mejor cómo era Timoteo. Lo que vieron no fue precisamente un muchacho pescador, sino un enorme perro castaño, de raza mixta, que tenía un rabo absurdamente largo y unos enormes hocicos contraídos en extravagante mueca. Daba vueltas alrededor de Jorge, loco de alegría. Ella se acercó corriendo a sus primos.

– Éste es Timoteo. ¿Verdad que es perfecto?

En cuanto a perro, Timoteo distaba mucho de ser una perfección. Era de complexión un tanto deforme: tenía la cabeza demasiado grande, las orejas exageradamente puntiagudas, el rabo larguísimo y, por otra parte, era imposible adivinar a qué raza podía pertenecer. Además producía unas impresiones bastante dispares; perro risueño, alborotador, servicial y torpe, pero en conjunto tan agradable que los chicos se sintieron fascinados por él y lo adoraron desde el primer momento de verlo.

– ¡Oh, qué perro más simpático! -dijo Ana, dándole un cachetito en la húmeda nariz.

– ¡Es estupendo! -dijo Dick. Le dio a Timoteo un amistoso beso, cosa que conmovió al can, el cual se puso a dar saltos de alegría.

– ¡Cómo me gustaría tener un perro como éste! -dijo Julián, a quien le gustaban mucho los perros y siempre había querido tener uno propio-. ¡Oh, Jorge, es maravilloso! ¿No estás orgullosa de él?

La primita sonrió. La emoción y el contento hermoseaban aún más su lindo rostro. Se sentó en la arena y el perro se abalanzó sobre ella, lamiéndole la cara, los brazos y las piernas.

– Lo quiero horrores -dijo-. Me lo encontré hace un año en el pantano y lo llevé a casa. Al principio le gustó a mamá, pero cuando se hizo mayor se volvió terriblemente malo.

– ¿Por qué malo? -preguntó Ana-. ¿Qué hacía?

– Porque, aunque es un perro maravilloso, muerde todo lo que encuentra. Estropeó una alfombra nueva que mamá acababa de comprar; hizo polvo también un sombrero muy bonito que tenía; y a papá le destrozó las zapatillas e hizo trizas muchos papeles. Además ladra fuerte. A mí me gusta que ladre, pero a papá no. Dijo que iba a acabar volviéndose loco. Un día le pegó a Timoteo y yo me enfadé mucho con él.

– Y ¿no te dio una azotaina? -preguntó Ana-. Yo no me atrevería a enfadarme con tu padre: parece de muy mal genio.

Jorge se puso a contemplar la bahía. Su rostro se había vuelto otra vez huraño.

– No le di bastante motivo como para que me castigara -dijo-. Pero lo peor de todo fue cuando papá dijo que eso de tener yo un perro en casa se había acabado; mamá se puso también de su parte y dijo que había que echar al perro. Yo me pasé varios días llorando, y eso que no me gusta llorar. Los chicos no lloran, y a mí me gusta ser como ellos.

– No creas: los chicos también lloran a veces -empezó a decir Ana, mirando a Dick, quien, tres o cuatro años atrás, había sido un perfecto llorón. Dick le dio un fuerte y significativo codazo y ella no volvió a hablar más del asunto.

Jorge miró a Ana.

– Los chicos no lloran -dijo obstinadamente-. Por lo menos yo no he visto llorar a ninguno y yo me aguanto siempre que tengo ganas de llorar. Llorar es cosa de críos. A pesar de todo, cuando me dijeron que tenía que despedirme de Timoteo, no lo pude evitar. Él también lloraba.

Los chicos contemplaron respetuosamente a Timoteo. Nunca, hasta entonces, habían conocido un perro que pudiese llorar.

– ¿Quieres decir que realmente lloraba? -preguntó Ana.

– No del todo -dijo Jorge-. Es demasiado orgulloso para eso. Lo que hizo fue ponerse a aullar y aullar con mucha pena, al darse cuenta de que por causa de él tenía yo el corazón destrozado. Entonces fue cuando me di cuenta de que nunca podría separarme de él.

– Y ¿qué ocurrió entonces? -preguntó Julián.

– Fui a ver a Alfredo, un muchacho pescador que conozco -dijo Jorge-. Y le dije que si quería guardarme el perro en su casa y que a cambio le daría yo todo el dinero que me dieran a mí. Aceptó el trato y desde entonces me guarda a Timoteo. Por eso yo no tengo nunca dinero: todo me lo gasto en el perro. ¡Qué caro me resultas! ¿Verdad, Tim?

– ¡Guau! -ladró Timoteo, dando media vuelta de un formidable salto. Julián le empezó a hacer cosquillas con la mano.

– Y ¿cómo te las arreglas cuando quieres comprar dulces o helados? -preguntó Ana, gran compradora de chucherías.

– No me las arreglo de ninguna manera -repuso Jorge-. No compro nada y ya está.

Sus palabras produjeron terrible impacto en los otros chicos, que consumían en abundancia y con mucha delectación dulces, helados y cosas parecidas. Miraron fijamente a Jorge.

– Pero supongo que los chicos que juegan contigo en la playa te invitarán a veces a tomar dulces o helados, ¿verdad? -preguntó Julián.

– No les dejo -dijo Jorge-. Si yo no puedo corresponderles con nada, es justo que no les admita nada. Por eso rechazo todo lo que me ofrecen.

Se oyó a cierta distancia el tintineo de la campanilla de un vendedor de helados. Julián metió la mano en el bolsillo, sacó unas monedas, se levantó y echó a correr. Al cabo de poco estaba ya de vuelta, portador de cuatro enormes barras de chocolate helado. Dio una a Dick, otra a Ana, y la tercera se la tendió a Jorge. Ésta contempló el helado unos segundos, pero luego denegó con la cabeza.

– No, gracias -dijo-. Ya has oído lo que he dicho. Yo no tengo dinero para comprar helados. Por eso no podré nunca invitaros, y por la misma razón no debo aceptar nada de vosotros. No es justo aceptar cosas de los demás si luego no podemos corresponderles de alguna manera.

– Con nosotros es distinto -dijo Julián, intentando poner la barra de helado en la morena mano de Jorge-. Somos primos tuyos.

– No, gracias -volvió a decir Jorge-. No lo quiero, aunque reconozco que eres muy amable.

Miró serenamente a Julián con sus azules ojos. El muchacho frunció el ceño, haciendo cabalas sobre cuál sería la mejor manera de conseguir que su terca prima aceptara el helado. De pronto sonrió.

– Escucha -dijo-. Tú tienes cosas que ofrecernos a las cuales nosotros no podemos corresponder como es debido. En realidad, tienes muchas cosas de las que nos gustaría disfrutar, si tú quisieras. Deja que disfrutemos con ellas y permite que te correspondamos con helados y cosas así. ¿De acuerdo?

– ¿Qué cosas puedo yo tener que vosotros queráis? -preguntó Jorge, sorprendida.

– Tienes un perro espléndido -dijo Julián, acariciando al pardo animal de raza mixta-. Nos gustaría mucho poder jugar con él siempre que quisiéramos. Tienes una isla maravillosa. Estaríamos encantados si pudiésemos ir a verla. Tienes también un barco hundido en sus aguas. No sabes lo interesante que sería para nosotros acercarnos a los restos y verlos de cerca: con todo eso nos correspondes a nosotros espléndidamente. Todas esas cosas tuyas valen mil veces más que los helados y los dulces. Pero, si quieres, podríamos hacer un contrato para repartir bien todo y que no haya desigualdad.

Jorge miró los pardos ojos de Julián, que estaban fijos en los suyos. No pudo evitar el sentir un ramalazo de simpatía hacia su primo. Por supuesto que no entraba en sus costumbres el hacer contratos de esa naturaleza. Siempre había sido una muchachita solitaria e incomprendida, de fuerte carácter, aunque muy apasionada. Nunca había tenido amigos de verdad. Timoteo fijó su mirada en Julián y comprendió que éste estaba ofreciendo a Jorge algo realmente bueno: nada menos que una magnífica barra de chocolate helado. Se abalanzó sobre él y empezó a lamerle.

– Ya puedes verlo, Timoteo está conforme en formar parte de nuestro contrato -dijo Julián, riendo-. Estoy seguro de que le gustaría mucho tener tres nuevos amigos.

– Sí, eso creo -dijo Jorge, cambiando rápidamente de opinión y cogiendo la barra de chocolate-. Gracias, Julián. Pactaré contigo. Pero ¿verdad que no le diréis a nadie que yo tengo todavía a Timoteo?

– Claro que no -dijo Julián-. Además, no creo que tus padres se acuerden ya de él, después de tanto tiempo. ¿Qué tal el helado? ¿Te gusta?

– ¡Ooooh! ¡Nunca había probado nada tan bueno! -dijo Jorge, saboreándolo-. Está muy frío. Este año no había tomado ninguno. ¡Es sencillamente DELICIOSO!

Timoteo hacía intentos por probar el helado de su amita. Jorge arrancó un trocito y se lo dio. Luego se volvió a sus primos, sonriente.

– Sois muy agradables -dijo-. Al fin y al cabo, me alegro mucho de que hayáis venido a mi casa. Esta tarde cogeremos un bote e iremos remando a la isla para ver si conseguimos ver el barco hundido, ¿queréis?

– ¡Claro que sí! -dijeron los tres hermanos al momento. El mismo Timoteo, como si entendiera todo lo que se hablaba, empezó a mover la cola alegremente.

CAPÍTULO IV. Una tarde emocionante

Poco después estaban todos bañándose en el mar. Los chicos pudieron notar que Jorge nadaba mucho mejor que ellos. Lo hacía con fuerza y muy deprisa. Además podía mantenerse bajo el agua mucho tiempo sin respirar.

– Nadas magníficamente -dijo Julián, admirado-. Es una pena que Ana no lo haga un poco mejor. Ana, tendrás que practicar mucho y duro o nunca podrás hacerlo tan bien como nosotros.

A la hora de comer todos estaban hambrientos. Regresaron por la rocosa senda anhelando que les tuvieran preparadas a la mesa muchas cosas buenas. Su esperanza no quedó frustrada. Les sirvieron carne, empanadillas, queso y flan. Era de ver lo aprisa que dieron cuenta de todo.

– ¿Qué vais a hacer esta tarde? -preguntó la madre de Jorge.

– Jorge nos llevará en un bote a ver el barco hundido que hay al otro lado de la isla -dijo Ana. Su tía quedó muy sorprendida.

– ¿Qué dices? ¿Que Jorge os va a llevar a la isla? -dijo-. ¿Qué te ha pasado, Jorge? ¡Con la de veces que te he pedido que lleves allí a amiguitos tuyos y nunca has querido!

Jorge no dijo nada. Siguió comiendo tranquilamente su empanadilla. Durante toda la comida no había pronunciado palabra. Su padre no había aparecido por el comedor, cosa que tranquilizó a los muchachos.

– Jorge, estoy muy contenta de que te hayas avenido a hacer lo que tu padre te ordenó -siguió hablando la madre. Jorge negó con la cabeza.

– Lo haré no porque me lo hayan mandado, sino porque quiero. No llevaría a nadie a ver mi barco hundido, ni siquiera a la reina de Inglaterra, si no me fuera simpática.

Su madre se echó a reír.

– Está bien. De todos modos, bueno es que tus primos te hayan sido simpáticos -dijo-. Espero que tú les serás a ellos simpática también.

– ¡Oh, sí! -dijo Ana, vehementemente, deseosa de agradar a su extraña prima-. Jorge nos es muy simpática, y también nos ha resultado muy simpático Ti…

Estaba a punto de decir que también les había agradado mucho Timoteo, cuando sintió un fuerte puntapié en el tobillo, cosa que le hizo lanzar un gemido de dolor y saltársele las lágrimas. Jorge la miró con ojos fulgurantes.

– ¡Jorge! ¿Cómo se te ocurre dar un puntapié a Ana, precisamente mientras estaba hablando bien de ti? -le gritó su madre-. Márchate de la mesa inmediatamente. No quiero que te comportes de esa manera.

Sin pronunciar palabra, Jorge se levantó de la mesa y se marchó al jardín. Acababa en aquel momento de coger un trozo de pan y un poco de queso, pero todo lo volvió a dejar en el plato. Sus primitos la miraban consternados. Ana estaba turbadísima. ¡Qué tonta había sido, olvidando que en la casa no se podía hablar de Timoteo!

– ¡Oh, por favor, tía, dígale a Jorge que vuelva! -dijo-. Ella no tenía intención de darme un puntapié. Fue sin querer.

Pero tía Fanny estaba muy enfadada con Jorge.

– Seguid comiendo -dijo a los tres hermanos-. Jorge está ahora muy huraña. ¡Oh, queridos, qué niña más difícil tengo!

Lo que menos importaba a los tres era que Jorge estuviese huraña. Su preocupación mayor era pensar que a lo mejor desistía de la idea de llevarlos a la isla a ver los restos del barco hundido.

Terminaron de comer en silencio. Su tía fue a ver si tío Quintín quería otra empanadilla. Estaba comiendo solo en su despacho. En cuanto se marchó, Ana cogió rápidamente el pan y el queso que había dejado Jorge en su plato y se fue al jardín. Sus hermanos no la regañaron. Sabían que Ana se iba a menudo de la lengua, pero siempre procuraba luego disculparse y remediar lo mal hecho. Pensaron que era muy valiente yendo a enfrentarse con Jorge.

Jorge estaba en el jardín, echada en el suelo boca arriba al pie de un gran árbol. Ana se le acercó.

– ¡Cuánto siento haber estado a punto de meter la pata, Jorge! -dijo-. Aquí te traigo tu pan y tu queso. Te prometo que nunca más olvidaré que no se puede hablar de Timoteo en tu casa.

– ¡Estoy pensando en no llevarte a ver el barco, niña estúpida! -contestó Jorge.

Ana la escuchó, apabullada. Lo que acababa de oír era precisamente lo que más estaba temiendo.

– Bueno, no me lleves si no quieres. Pero a mis hermanos sí debes llevarlos, Jorge. Al fin y al cabo, ellos no han cometido ninguna estupidez. Pero tú me has dado un puntapié terrible: fíjate qué bulto me has hecho en el tobillo.

Jorge miró el tobillo. Luego miró a Ana a los ojos.

– Pero tú te sentirías muy desgraciada si los llevase a ellos y a ti no, ¿verdad?

– Claro que sí -asintió Ana-. Pero no quiero que por mi culpa se queden ellos sin ver el barco.

Entonces Jorge hizo algo que sorprendió a Ana. ¡Le dio un abrazo! Inmediatamente se sintió avergonzada de sí misma: estaba segura de que los chicos no hacían cosas así. Y por nada del mundo quería dejar de parecer un chico.

– Está bien -dijo ásperamente, cogiendo el pan y el queso que le había traído Ana-. Tú has estado a punto de meter la pata; yo te he dado un puntapié. Así, todo está compensado. Por supuesto que esta tarde podrás venir con nosotros.

Ana regresó a la casa para decirles a sus hermanos que ya estaba todo arreglado. Al cabo de cinco minutos los cuatro corrían alegremente camino de la playa. Había allí un bote al lado del cual esperaba un muchacho, al parecer pescador, de unos catorce años. Junto a él estaba Timoteo.

– El bote está preparado, "señorito" Jorge -dijo, con una leve sonrisa-. Timoteo también está dispuesto.

– Gracias -dijo Jorge. Indicó en seguida a sus primos que se metieran en el bote. Todos se metieron, incluido Timoteo, que movía la cola con alegría. Jorge apartó un poco el bote de la orilla y se introdujo limpiamente en él, sin ayuda de nadie. Luego empuñó los remos.

Remaba espléndidamente. El bote, como una flecha, se deslizaba a través de la azul bahía. El tiempo era espléndido y a los chicos les gustaba mucho sentir el balanceo de la embarcación. Timoteo iba en la proa. Cada vez que una ola le llegaba al nivel de la cabeza se ponía a ladrar violentamente.

Jorge lo arrastró hacia dentro y dijo:

– Si lo vierais cuando hace mal tiempo. En cuanto ve olas grandes se pone a ladrar como un loco y se enfada mucho si le salpican. Pero sabe nadar como nadie.

– ¿Verdad que ha sido una buena idea traer el perro? -dijo Ana, deseosa de borrar la mala impresión que había producido en Jorge con su desliz-. Le he cogido mucho afecto.

– ¡Guau! -ladró Timoteo con voz profunda. En seguida empezó a lamerle a Ana las orejas.

– Apostaría a que se ha enterado de lo que he dicho -dijo Ana, complacida.

– Por supuesto que sí -dijo Jorge-. Se entera al detalle de todo cuanto se habla a su alrededor.

– Estamos ya casi llegando a la isla -dijo Julián, excitado-. Es más grande de lo que parecía desde lejos. ¿Verdad que el castillo es maravilloso?

Estaban ya muy cerca de la isla. Los chicos pudieron observar lo accidentada que era la costa. Estaba plagada de arrecifes y afilados salientes rocosos. Se veía a las claras que para poder atracar era indispensable conocer muy bien el camino que el bote tenía que seguir. Hacia la mitad de la isla y sobre una pequeña colina se destacaba el ruinoso castillo. Estaba construido con grandes piedras blancas. A pesar de sus rotas bóvedas y derrumbadas murallas y torretas conservaba el aspecto de castillo poderoso y señorial. Ahora, abandonado, lo utilizaban los grajos y otras aves para hacer en él sus nidos, y servía también de refugio a las gaviotas, que en su mayor parte descansaban sobre las piedras más altas.

– Parece un castillo de leyenda -dijo Julián-. ¡Cómo me gustaría atracar allí y echarle una ojeada! ¡Sería estupendo poder pasar en la isla una o dos noches!

Jorge paró los remos. Su rostro parecía iluminado.

– ¡Ya lo creo! -dijo entusiasmada-, ¡Nunca me había parado a pensar lo interesante que sería! ¡Pasar una noche en la isla! ¡Nosotros cuatro solos! ¡Llevarnos la comida y hacernos a la idea de que vivimos en ella! ¿Verdad que sería maravilloso?

– Sí -asintió Dick, mientras contemplaba largamente la isla-. ¿Crees que tu madre nos dejaría hacerlo?

– No sé -dijo Jorge-. Tal vez sí. ¿Por qué no se lo preguntáis?

– ¿No podríamos atracar ahora? -preguntó Julián.

– Si queréis ver el barco hundido no tendremos tiempo -dijo Jorge-. A la hora del té tenemos que estar de vuelta y hay el tiempo justo para llegar al otro lado de la isla y volver.

– Yo quisiera ver el barco hundido, claro -dijo Julián, dubitativo-. Oye, déjame remar un poco, Jorge. Todo el tiempo no vas a estar remando tú.

– Puedo hacerlo perfectamente -dijo Jorge-. Aunque me gustaría descansar un poco. Si quieres, ahora, cuando pasemos por entre estas rocas, puedes coger los remos; pero me los devolverás en cuanto lleguemos al otro arrecife. ¡Esta ribera es peligrosísima!

Jorge y Julián cambiaron sus puestos en el bote. Julián remaba bien, pero no tan impetuosamente como su prima. La embarcación se deslizaba suavemente. Rodearon la isla y vieron el castillo desde la otra parte. Aparecía totalmente en ruinas.

– Siempre está azotado por el fuerte viento que viene del mar -explicó Jorge-. Aquí no hay más que montones de piedras, pero un poco más allá hay una caleta donde el mar está tranquilo: parece un puerto. Claro que para llegar allí hay que conocer bien el camino.

Poco después Jorge volvió a coger los remos. Con la firmeza de siempre alejó el bote un tanto de la isla. Luego dejó de remar y contempló desde lejos la orilla.

– ¿Cómo te las arreglas para saber cuándo pasamos por encima del barco hundido? -preguntó Julián, interesado-. Yo no sabría encontrarlo.

– ¿Ves la torrecita de aquella iglesia? -preguntó Jorge-. ¿Ves aquella colina? Pues bien: cuando la torrecita, la colina y las dos torres del castillo estén en línea recta, será señal de que hemos llegado. Hace mucho tiempo que lo comprobé.

Cuando los muchachos, poco después, vieron que la colina, la torrecita de la iglesia y las torres del castillo formaban una línea recta miraron ávidamente debajo del agua a ver si podían atisbar los restos del barco. El mar estaba tranquilo y transparente. Parecía de cristal. Timoteo se dedicó también a explorar sus profundidades con la cabeza inclinada y los ojos fijos en el líquido elemento, dando la impresión de que sabía sobradamente qué es lo que había que descubrir. Al verlo así, los chicos empezaron a reír.

– No hemos llegado todavía al sitio exacto -dijo Jorge, escudriñando, a su vez, las profundidades del mar-. El agua está tan clara que casi se puede ver el fondo, y no hay nada. Aguardad, que voy a virar a la izquierda y remar hasta un poco más allá.

– ¡Guau! -ladró Timoteo, moviendo la cola. Los chicos escudriñaron a través del agua y, por fin, vieron algo.

– ¡Es el barco! -dijo Julián, excitadísimo y a punto de caerse por la borda de tanto como se había asomado-. Veo un trozo de mástil roto. ¡Mira, Dick, mira!

Los cuatro y el perro observaron atentamente lo profundo del agua. Poco después pudieron descubrir la silueta del casco de un barco, bajo el mástil roto.

– Está inclinado sobre un costado -dijo Julián-. Pobre barco. Qué pena me da el pensar que ha tenido que ir poco a poco hundiéndose, sin poder evitarlo. Jorge, me gustaría mucho zambullirme y echarle una ojeada de cerca.

– Hazlo, si quieres -dijo Jorge-. Llevas puesto el traje de baño. Yo también me he zambullido muchas veces para verlo. Esta vez también lo haré. Mientras tanto, Dick puede cuidarse de que el bote no se aleje de aquí. Hay corrientes que pueden desviarle del camino. Dick, tú ve moviendo este remo todo el tiempo para mantener el bote en su sitio.

La primita se quitó los shorts y el jersey y Julián hizo lo mismo. Ambos llevaban puesto el traje de baño debajo de la ropa. Jorge se sumergió en el agua de una magnífica zambullida.

Los demás pudieron contemplar cómo iba hundiéndose, mientras braceaba con fuerza, a pesar de tener contenida la respiración. Al cabo de un rato reapareció en la superficie, casi sin aliento.

– Casi he llegado a tocar el barco -dijo-. Está como siempre: cubierto de algas, lapas y cosas así. ¡Lo que me hubiera gustado poder meterme dentro! Pero no puedo estar tanto tiempo sin respirar. Ve tú ahora, Julián.

Julián se zambulló a su vez: pero no era tan buen nadador como Jorge. No se pudo acercar tanto como ella al barco. Sin embargo, al abrir los ojos pudo contemplar buena parte de la cubierta. Ésta aparecía desoladoramente abandonada. A Julián no le agradó, en verdad, el triste espectáculo que ofrecía. Le producía una especie de sensación amarga y angustiosa que no se podía explicar. Sólo se sintió tranquilo cuando volvió a la superficie del agua, respiró el aire a pleno pulmón y sintió la caricia de los ardientes rayos del sol sobre sus hombros.

Subió al bote.

– Muy interesante -dijo-. ¡Caramba, cómo me gustaría poder ver el barco despacio y con toda tranquilidad y registrar la cubierta y los camarotes! ¡Entonces seguro que encontraría las cajas con las barras de oro!

– Eso es imposible -dijo Jorge-. Ya te dije que mucha gente ha registrado el barco, buceando, y nadie ha encontrado nada. ¿Qué hora es? Tendremos que darnos prisa si no queremos llegar tarde a casa.

Regresaron tan aprisa, que consiguieron llegar con sólo cinco minutos de retraso a la hora del té. Después se fueron a visitar el pantano. A la hora de acostarse estaban todos tan soñolientos que difícilmente podían mantenerse con los ojos abiertos.

– Bueno, buenas noches -dijo Ana, acomodándose bien en la cama-. Hemos pasado un día magnífico. Te estoy muy agradecida.

– Pues yo también he pasado un día magnífico -dijo Jorge precipitadamente-. Os estoy muy agradecida. Me gusta mucho que hayáis venido a pasar las vacaciones a mi casa. Lo vamos a pasar muy bien. ¿Verdad que os ha gustado el castillo y la isla?

– ¡Oh, sí! -dijo Ana.

Aquella noche Ana soñó con montones de barcos hundidos e islas misteriosas. ¿Cuándo accedería Jorge a llevarlos a visitar la suya?

CAPÍTULO V. Una visita a la isla

Tía Fanny organizó un pequeño picnic al día siguiente. Fueron a una caleta que se hallaba no muy lejos de la casa, donde pudieron bañarse y chapotear a su gusto con gran contento de sus corazones. Lo pasaron maravillosamente, pero Julián, Dick y Ana lamentaban en secreto no haber podido visitar aquel día la isla de Jorge, Eso lo preferían a todo.

Jorge estaba disgustada: pero no precisamente por que no le gustasen los picnics, sino porque no podía estar con Timoteo. Como su madre había ido con ellos a la excursión, ella tendría que pasarse un día entero sin ver a su adorado can.

– ¡Mala suerte! -dijo Julián, adivinando la causa del disgusto de su primita-. Lo que no comprendo es por qué no le dices a tu madre lo de Timoteo. Estoy seguro de que no le importará que aquel chico te lo guarde en su casa. Yo sé que a mi madre no le hubiera importado una cosa así.

– No pienso decírselo a nadie más -dijo Jorge-. En casa me riñen por todo. Reconozco que muchas veces tengo yo la culpa, pero ya estoy cansada. Fíjate que papá gana muy poco dinero con los libros que escribe, aunque él quisiera comprarnos muchas cosas que no están a su alcance. Por eso tiene tan mal carácter. Él también querría enviarme a un colegio bueno, pero el dinero no le llega. Yo, por mi parte, me alegro. No tengo ni pizca de ganas de irme a vivir a un colegio. Yo estoy bien aquí. No podría soportar separarme de Timoteo.

– Ya lo creo que te gustaría estar interna en un colegio -dijo Ana-. Nosotros estamos internos todos. Resulta muy divertido.

– No, no me gustaría -dijo Jorge, obstinadamente-. Sería terrible para mí ser una cualquiera entre las demás y pasar el día con montones de chicas riendo y alborotando a mi alrededor. Odio todo eso.

– No, no lo creas -dijo Ana-. Se pasa estupendamente. Estoy segura de que te convendría.

– Si vas a empezar a aconsejarme qué cosas me convendrían, acabaré odiándote también a ti. Papá y mamá siempre están aconsejándome cosas que me convienen -dijo Jorge, con una repentina expresión de dureza en sus ojos-; pero resulta que toda m cosas que me molestan.

– Está bien, está bien -dijo Julián, echándose a reír-. Dios mío, qué ganas me entran de ponerme a fumar cuando te veo. Creo que podría encender un cigarrillo con las chispas que saltan de tus ojos.

Esto hizo reír a Jorge, a su pesar. Era realmente imposible enfadarse con el simpático primo.

Decidieron tomarse el quinto baño del día. Al poco rato estaban chapoteando alegremente en el agua. Jorge aprovechó el tiempo para enseñar a nadar a Ana, quien lo hacía con poco estilo. Jorge se sintió muy orgullosa cuando comprobó que sus lecciones habían dado fruto y que Ana nadaba correctamente ya.

– Oh, gracias -dijo Ana, mientras avanzaba braceando con energía-. Sé que nunca lo haré tan bien como tú, pero, al menos, me gustaría saber nadar como mis hermanos.

Mientras regresaban a casa, Jorge se apartó de los demás para hablar con Julián.

– ¿Te importaría decir que vas a comprar periódicos o algo por el estilo? Así, yo aprovecharía la ocasión, con el pretexto de acompañarte, para ir a hacerle una visita a Timoteo. Debe de estar muy triste, pensando que hoy no le he ido a sacar de paseo.

– Muy bien -dijo Julián-. No necesito comprar periódicos, pero traeré helados. Dick y Ana pueden muy bien cargar con todas las cosas. Voy a pedirle permiso a tu madre.

Se acercó corriendo a su tía.

– ¿Me dejas que vaya a comprar helados? -preguntó-. No hemos tomado hoy ninguno. No tardaré mucho… ¿Puede venir conmigo Jorge?

– No creo que quiera -dijo su tía-. Pero puedes preguntárselo.

– ¡Jorge, ven conmigo! -gritó Julián, apresurando la marcha en dirección al pueblo. Jorge, con la cara radiante de contento, echó a correr tras él. En seguida lo alcanzó y se puso a su lado, sonriéndole agradecida.

– Gracias -dijo-. Ve tú a comprar los helados y yo iré a visitar a Timoteo.

Se separaron. Julián compró cuatro helados y se volvió en dirección a casa. A la salida del pueblo se paró, esperando a Jorge, a quien vio venir corriendo pocos minutos después. Tenía la cara encendida.

– Está perfectamente -dijo-. ¡No te puedes imaginar lo contento que se ha puesto al verme! ¡Por poco se me sube a la cabeza de un salto! ¡Anda, has comprado también un helado para mí! Eres muy amable, Julián. Te voy a recompensar muy pronto. ¿Qué te parece ir mañana a visitar la isla? ¡Ven! ¡Vamos a decírselo a los demás!

Poco después estaban los cuatro sentados en el jardín, saboreando los helados. Julián les contó lo que Jorge había decidido. Todos saltaron de contento. Jorge estaba satisfechísima. Hasta entonces siempre había rechazado, arrogantemente y dándose mucha importancia, todas las proposiciones que había recibido para llevar a otros a visitar su isla. Pero esta vez lo que la llenaba de contento era pensar que iba a llevar allí a sus primos.

"Siempre había creído que lo mejor de todo era estar sola. Pero ahora lo que más me gusta es ir a la isla con Julián y sus hermanos", pensó, mientras apuraba el helado que le había regalado su primo.

Tía Fanny mandó a los chicos a arreglarse para la cena. Mientras lo hacían, hablaron ávidamente de su próxima excursión a la isla. Ella los escuchaba, sonriente.

– Estoy muy contenta de que Jorge haya decidido enseñárosla -dijo-. ¿Os gustaría llevaros la comida y pasar todo el día en la isla? No vale la pena tomarse el trabajo de remar tanto rato si luego no se disfruta del lugar durante varias horas.

– ¡Oh, tía Fanny! ¡Qué maravilloso sería eso! -gritó Ana.

Jorge levantó la vista.

– ¿Vas a venir tú también, mamá? -preguntó.

– No parece que te entusiasme mucho mi compañía, al fin y al cabo -dijo su madre con tono contrito-. Ayer me di cuenta perfectamente de que te enfurruñaste cuando comprendiste que iba a ir con vosotros a la caleta. No; no os acompañaré mañana, pero estoy segura de que tus primos pensarán que eres una chica muy rara, pues nunca quieres ir a ningún sitio con tu madre.

Jorge no dijo nada. Difícilmente pronunciaba palabras cuando la estaban regañando. Los otros chicos tampoco dijeron nada. Sabían de sobra que lo que le pasaba a Jorge era que no le gustaba pasar otro día sin Timoteo y que a ella no le importaba que su madre les acompañara si no fuera por tal circunstancia.

– De todos modos, tampoco podría ir con vosotros -siguió tía Fanny-. Tengo que arreglar el jardín. Podéis consideraros seguros con Jorge. Maneja un bote igual que un hombre.

Al día siguiente, en cuanto los tres hermanos se levantaron, lo primero que hicieron fue escudriñar el cielo ávidamente. Hacía un tiempo espléndido y el sol brillaba con fuerza.

– ¿Verdad que hace un día maravilloso? -dijo Ana a Jorge mientras se levantaban-. ¡Cómo me gusta ir de excursión un día así!

– Pues, sinceramente, estoy pensando que sería mejor no ir -dijo Jorge, inesperadamente.

– ¡Oh! ¿Por qué? -gimió Ana.

– Me parece que va a haber tormenta -dijo Jorge, mirando por la ventana en dirección sudoeste.

– Pero, Jorge, ¿por qué dices eso? -preguntó Ana impacientemente-. Mira el sol. Además, apenas hay nubes en el cielo.

– El viento es malo -dijo Jorge-. Y fíjate que las olas, junto a la isla, tienen la cresta blanca. Es mala señal.

– ¡Oh, Jorge, nos vamos a llevar el disgusto mayor de nuestra vida si no vamos hoy! -dijo Ana, que difícilmente podía soportar la menor contrariedad-. Además -añadió astutamente-, si nos quedamos hoy en casa por miedo a la tormenta no podremos ver a Timoteo.

– Es verdad -dijo Jorge-. Está bien: iremos. Pero ten en cuenta que probablemente habrá tormenta. En ese caso no vayas a portarte como una criatura miedosa. Lo soportarás tranquilamente sin asustarte.

– No es que me gusten mucho las tormentas -empezó a decir Ana. Pero se calló de pronto al ver la desdeñosa mirada que le lanzaba Jorge.

Mientras se desayunaban, Jorge preguntó a su madre si se podían llevar a la isla la comida, como había prometido el día anterior.

– Sí -dijo su madre-. Tú y Ana me ayudaréis a preparar los bocadillos. Y vosotros, chicos, podéis ir al jardín a recoger unas cuantas ciruelas maduras para llevároslas como postre. Y tú, Julián, puedes ir luego al pueblo a comprar botellas de limonada, o cerveza amarga o cualquier cosa que os guste para beber.

– Traeré refrescos de jengibre -dijo Julián.

Los demás estuvieron conformes. Todos se sentían muy felices. Era algo maravilloso ir a visitar la extraña isla de Jorge. Ésta se regocijaba al pensar que iba a pasar el día con Timoteo.

Por fin empezó la excursión. Lo primero que hicieron fue ir a buscar a Timoteo. Estaba atado en el corral de la casa del pescador amigo de Jorge. Éste también se encontraba allí y, al verla, le hizo un gesto.

– Buenos días, "señorito" Jorge -dijo.

Los tres chicos no acababan de acostumbrarse a que a su prima la llamasen "señorito" Jorge.

– Timoteo anda de cabeza. No para de ladrar -siguió el muchacho-. Estoy seguro de que ha adivinado que usted iba a venir a recogerlo.

– Por supuesto que sí -dijo Jorge, desatando al can. Éste, en cuanto se vio libre, empezó a dar vueltas alborozadamente alrededor de los muchachos con el rabo casi rozando el suelo y tiesas las orejas.

– Este perro corre como un galgo: ganaría todas las carreras -dijo Julián admirativamente-. Claro que en la arena no se le puede notar mucho. ¡Tim! ¡Eh, Tim! ¡Ven aquí y dame los buenos días!

Timoteo se abalanzó de un salto sobre Julián y empezó a lamerle la oreja izquierda, más loco que nunca. Luego, cuando notó que todos emprendían el camino hacia la playa, recobró parte de su compostura y echó a correr tras Jorge. Le lamió las piernas a su amita una y otra vez. Jorge le dio un amistoso tirón de orejas.

Se metieron en el bote y Jorge empezó a apartarlo de la orilla. El pescador les gritó desde lejos, con tono preocupado:

– No estaréis mucho rato, ¿verdad? Creo que va a haber tormenta y no de las suaves.

– Ya lo sé -exclamó Jorge-. Pero seguramente estaremos de vuelta antes de que empiece. Todavía ha de tardar.

Jorge siguió remando en dirección a la isla. Timoteo iba de un extremo a otro del bote, ladrando cada vez que veía una gran ola. Los chicos observaban extasiados la isla, que cada vez se iba acercando más. Les parecía más extraña y misteriosa que el primer día.

– Jorge, ¿dónde vamos a atracar? -preguntó Julián-. No comprendo cómo te las puedes arreglar para pasar por entre estas rocas terribles. Debes de conocer muy bien el camino. A cada momento tengo miedo de que encallemos.

– Atracaremos en la caleta de que os hablé el otro día -dijo Jorge-. Para llegar allí sólo hay un camino, pero yo me lo sé de memoria. Está en un sitio muy resguardado al otro lado de la isla.

La primita remaba con gran destreza, sorteando hábilmente el intrincado laberinto de las rocas. Al doblar una de éstas vieron de pronto la caleta a la que Jorge se había referido. Era como un pequeño puerto natural, cuyas tranquilas aguas, resguardadas del viento entre las altas rocas, azotaban suavemente la orilla de la playa. El bote se deslizó quietamente a través de la caleta y se detuvo. No se notaba el menor balanceo. El agua allí parecía un espejo: ni siquiera formaba rizos.

– ¡Caramba! ¡Qué sitio más bonito! -dijo Julián, con los ojos brillantes de admiración.

Jorge lo miró. Tenía también brillantes sus claros ojos azul mar. Nunca había querido invitar a nadie a visitar la isla. Sin embargo, esta vez estaba muy contenta de haber llevado allí a sus primos.

Introdujo en la amarilla arena la proa del bote.

– ¡Estamos de verdad en la isla! -exclamó Ana, casi sin creer lo que veían sus ojos. Saltaba de contento. Timoteo la imitó dando enormes saltos. Parecía todavía más loco que al principio. Los chicos no pudieron contener la risa. Jorge arrastró el bote un buen trozo en la arena.

– ¿Por qué lo metes tanto en la arena? -preguntó Julián mientras la ayudaba-. Aunque suba la marea no creo que llegue a tanta altura.

– Ya te dije que me parecía que iba a haber tormenta -dijo Jorge-. Y cuando llegue, esta caleta se convertirá en un infierno. Supongo que no querrás que las olas se nos lleven el bote, ¿verdad?

– ¡Vamos a explorar la isla! ¡Vamos a explorar la isla! -gritó Ana, mientras trepaba alegremente por las rocas que bordeaban la caleta-. ¡Venid! ¡Venid!

Los demás fueron corriendo a reunírsele. Realmente era aquél un sitio encantador. ¡Por todas partes había conejos! Éstos lanzaban breves carreritas al ver a los chicos, pero ninguno se metía en su madriguera.

– ¡Están magníficamente domesticados! -dijo Julián, sorprendido.

– Claro: yo soy la única persona que viene a la isla. Y no me dedico a asustarlos. ¡Tim, Tim, no persigas a los conejos o te zurraré!

Timoteo miró a su amita con expresión dolorida. El can y Jorge estaban siempre de acuerdo en todo, menos cuando de conejos se trataba. Según Timoteo, los conejos no servían más que para una cosa: ¡para darles caza! Nunca pudo comprender por qué Jorge no le dejaba perseguirlos. Pero se contuvo y retrocedió con paso solemne, mientras contemplaba codiciosamente sus frustradas presas.

– Se les podría, creo, dar de comer con la mano -dijo Julián.

– No: yo lo he intentado muchas veces, pero no quieren -dijo Jorge-. Fíjate en esos pequeñitos. ¿Verdad que son una monería? ¿No están para comérselos?

– ¡Guau! -ladró Timoteo, completamente de acuerdo, dirigiendo sus pasos peligrosamente hacia los animalitos. Pero Jorge le dio un grito de aviso y el can volvió sobre sus pasos con el rabo entre las piernas.

– ¡Allí está el castillo! -dijo Julián-. ¿Vamos a explorarlo ahora? Tengo enormes ganas.

– Sí, podemos hacerlo ahora -dijo Jorge-. Fíjate: aquella bóveda medio derruida era la entrada.

Los chicos contemplaron la enorme y vieja bóveda. Tras ella aparecía una escalera de pétreos y destrozados escalones que terminaban casi en el mismo centro del castillo.

– Está rodeado por una muralla soberbia que tiene dos torres -dijo Jorge-. De una de ellas ya no queda gran cosa, como podéis ver, pero la otra no está tan derruida. En ella anidan los grajos todos los años. ¡Está llena a reventar de nidos y palitroques!

Cuando llegaron junto a la torre menos derruida, los grajos empezaron a volar dando vueltas alrededor de los chicos con fuertes gritos de "¡chak, chak, chak!" Timoteo daba brincos en el aire en la creencia de que podría atraparlos, pero los grajos lo esquivaban tan fácilmente que parecía que se estaban burlando del pobre can, dejándolo en ridículo.

– Éste es el centro del castillo -dijo Jorge, mientras cruzaban una ruinosa entrada. Desde ella podía verse como un espacioso patio con suelo de piedras entre cuyos intersticios abundaban las hierbas y toda suerte de maleza.

– Aquí es donde vivían los habitantes del castillo. Estas eran las habitaciones. Fijaos: aquélla de allí está casi intacta. Vamos a pasar por aquella puertecita y la podremos ver por dentro.

Se dirigieron en tropel a la puerta y, una vez franqueada, encontraron una pequeña y oscura habitación con las paredes, el suelo y el techo de piedra. En un rincón había una especie de chimenea. Dos estrechos ventanucos dejaban pasar unos débiles rayos de luz, dando a la habitación un aspecto legendario.

– ¡Qué lástima que esté todo tan derruido! -dijo Julián, una vez hubieron salido al aire libre-. Esta habitación parece la única que está enteramente intacta. Veo que hay otras muchas, pero a todas les falta el techo o las paredes. Sólo en la habitación donde hemos estado se podría vivir. ¿No hay ninguna escalera para ir a la parte alta del castillo?

– Desde luego -dijo Jorge-. Pero ya no tiene escalones. ¿Ves? Allí arriba puedes ver un trozo de habitación junto a la torre de los grajos. No se puede llegar a ella; yo lo he intentado varias veces y no he podido. Una vez estuve incluso a punto de romperme la nuca. Los escalones están todos desmoronados.

– ¿No hay sótano en el castillo? -preguntó Dick.

– No lo sé -dijo Jorge-. Supongo que habrá. Pero hasta ahora nadie lo ha encontrado: está toda la parte baja llena de maleza.

Ciertamente que el suelo del castillo estaba cubierto de maleza. Se veían por doquier matojos de negras bayas y genistas que cubrían las posibles aberturas y tapaban los rincones. La hierba verde abundaba también, y toda clase de plantas silvestres proliferaban por las hendiduras y grietas.

– ¡Qué sitio más bonito es éste! -exclamó Ana-, Lo encuentro perfecto.

– ¿Verdad que sí? -dijo Jorge, complacida- Yo estoy muy orgullosa de esto. Oíd: ahora iremos a visitar la otra parte de la isla, la que da al mar abierto. ¿Veis aquellas grandes rocas donde están posados unos pájaros extraños?

Los chicos miraron en la dirección que les indicaba Jorge. Pudieron ver una porción de rocas apiladas, sobre las cuales descansaban unos pájaros exóticos en posturas extravagantes.

– Son cormoranes -dijo Jorge-. Han atrapado y se han comido su buena porción de peces, y ahora están haciendo la digestión. ¡Anda! ¡Remontan el vuelo! ¡Se marchan todos! ¿Qué les pasará?

En seguida oyeron un estruendo lejano en dirección sudoeste.

– ¡Es un trueno! -dijo Jorge-. Es que se acerca la tormenta. ¡Se nos va a echar encima antes de lo que creía!

CAPÍTULO VI. Lo que hizo la tormenta

Los cuatro dirigieron la vista al mar. Habían estado tan entusiasmados explorando el viejo castillo que ninguno se había dado cuenta de que el tiempo estaba cambiando.

Se oyó otro trueno. Parecía el mugido de un perro surcando todo el espacio. Timoteo, al oírlo, lanzó un prolongado gruñido que, a su vez, parecía un trueno.

– ¡Dios mío, se nos viene encima! -dijo Jorge, alarmada-. No creo que tengamos tiempo de coger el bote y regresar. El viento es fortísimo. ¡Fijaos cómo el cielo cambia de color!

Hasta entonces el cielo había permanecido azul. Pero, ante el sobresalto de los chicos, se estaba oscureciendo a ojos vistas, y pesadas y plomizas nubes lo iban taponando poco a poco. Echaron a correr vertiginosamente. El viento producía un sonido tan lúgubre que la pobre Ana se sintió horrorizada.

– Está empezando a llover -dijo Julián, extendiendo la mano, en la que caían fuertes y espaciados goterones-. Será mejor que nos refugiemos en aquella habitación de piedra, ¿verdad, Jorge? Si no, nos vamos a mojar de lo lindo.

– Sí, está muy cerca -dijo Jorge-. ¡Fíjate qué olas más enormes! ¡Va a ser una tormenta de las más fuertes! ¡Oh, cuántos relámpagos!

Las olas iban siendo cada vez más altas. Resultaba extraño ver el cambio que se había producido en el mar en tan poco tiempo. Las olas se precipitaban en grandes masas contra las rocas, invadiendo la playa con gran estruendo.

– Siento no haber metido el bote más adentro de la arena -dijo Jorge, de pronto-. La tormenta esta me parece que va a ser de las peores. En verano ocurre con frecuencia.

Ella y Julián se separaron de los demás y fueron corriendo a la otra parte de la isla, en donde habían dejado el bote. Hicieron bien en darse prisa, porque las olas estaban ya precipitándose contra la embarcación. Los dos consiguieron arrastrarla más hacia dentro y Jorge la amarró fuertemente a un arbusto silvestre.

La lluvia había arreciado y los dos niños estaban empapados.

– Espero que los demás hayan recordado el camino que conduce a aquella habitación -dijo Jorge.

Efectivamente: cuando Julián y Jorge llegaron, ya estaban allí los otros tres, bien resguardados de la tormenta, aunque algo asustados y con cierto frío en el cuerpo. La habitación estaba muy oscura: apenas podían distinguirse con la escasa luz que entraba por los estrechos ventanucos y la pequeña puerta.

– Si pudiéramos encender un fuego para hacer más agradable la estancia… -dijo Julián mirando en derredor-. No sé si podré encontrar por aquí madera seca.

A manera de respuesta se oyó el desafinado graznido de unos cuantos grajos que volaban en grupo, huyendo de la tormenta. "¡Chak, chak, chak!"

– ¡Ya lo creo! -gritó Julián-. ¡Al pie de la torre hay montones de ramas y palitroques que traen los grajos para hacer sus nidos! Está todo lleno.

Echó a correr bajo la lluvia en dirección a la torre. Una vez allí recogió una buena cantidad de ramas secas y volvió a la habitación-refugio.

– Muy bien -dijo Jorge-. Con esta leña podremos encender un buen fuego. ¿Alguno de vosotros tiene un trozo de papel para encenderlo? Cerillas también hacen falta.

– Yo tengo cerillas -dijo Julián-. Pero me parece que no tenemos papel.

– Sí, sí -dijo Ana-. Podemos aprovechar los envoltorios de los bocadillos.

– Buena idea -dijo Jorge.

Desenvolvieron, pues, los bocadillos y pusieron los envoltorios sobre una gran piedra, después de frotarlos y secarlos. Luego se dispusieron a encender el fuego, para lo cual distribuyeron bien las ramas sobre los papeles.

Todo fue a las mil maravillas. El fuego del papel prendió rápidamente en la madera, porque las ramas estaban bien resecas. Pronto pudieron oír el agradable chisporroteo de las danzantes llamas, que empezaban a iluminar la vetusta habitación. La oscuridad reinaba fuera. Las nubes, bajas y en compactas masas, casi rozaban las torres del castillo. ¡Y cómo corrían! El fuerte viento las arrastraba en dirección nordeste, con un violento zumbido que se confundía con el bramar de las olas.

– Nunca había oído el mar rugiendo de esa manera -dijo Ana-. ¡Nunca! Realmente parece imposible que pueda sonar más fuerte.

¡Qué difícil resultaba a los chicos entenderse entre el zumbido del viento y el ensordecedor bramar de las olas, azotando la costa de la isla en todas direcciones! Tenían que hablar a voces para hacerse oír.

– ¡Vamos a comer! -gritó Dick, que estaba hambriento, según su costumbre-. ¡Es lo único que podemos hacer mientras dure la tormenta!

– Sí, no es mala idea -dijo Ana, mirando codiciosamente los bocadillos de jamón-. Será muy divertido hacer un picnic alrededor del fuego en esta habitación vieja y oscura. Los antiguos habitantes de este castillo habrán comido aquí más de una vez. ¡Cómo me gustaría poderlos ver!

– Pues yo no los veo -dijo Dick, mirando temerosamente a su alrededor, como si esperase que alguien del pasado fuese a entrar en la habitación para compartir el ágape-. Ya nos han pasado hoy bastantes cosas. No hace falta que, además, tengamos apariciones.

Todos se sintieron más animados cuando empezaron a comer y a beber. El fuego se hacía cada vez mayor, a medida que iba quemando más y más madera. Producía un calor muy confortable a pesar de ser verano, ya que la fuerte ventisca había hecho bajar bastante la temperatura.

– Podríamos ir por turno a la torre para traer más madera -dijo Jorge.

Ana se sintió sobrecogida. Hasta entonces había procurado por todos los medios disimular el miedo que la tormenta le producía, pero tener que salir del refugio y andar ella sola bajo la lluvia y los truenos era demasiado.

Tampoco parecía agradarle mucho a Timoteo la tempestad. Estaba sentado, muy pegado a Jorge, con las orejas empinadas, y lanzaba un gruñido cada vez que oía tronar. Los niños, de vez en cuando le daban trozos de sus bocadillos, que el can comía ávidamente, porque también estaba hambriento.

Cada niño había traído cuatro bocadillos.

– Yo voy a darle a Timoteo todos mis bocadillos -dijo Jorge-. No me acordé de traerle sus galletas y parece que tiene mucha hambre.

– No hagas eso -dijo Julián-. Es mejor que cada uno de nosotros le dé un bocadillo. Así, el perro podrá comerse cuatro y a nosotros nos quedarán tres para cada uno. Creo que tendremos suficiente.

– Eres muy agradable -dijo Jorge-. Timoteo, ¿verdad que todos son muy simpáticos?

Timoteo confirmó. Se puso a lamer uno por uno a los tres hermanos, con gran regocijo de éstos. Después dio media vuelta y ofreció a Julián la barriga para que le hiciera cosquillas.

Cuando acabaron de comer atizaron el fuego. A Julián le tocó el turno primero para ir por más madera. Salió de la habitación desapareciendo en la oscuridad bajo la tormenta. A mitad de camino se paró y miró a su alrededor, mientras la fuerte lluvia empapaba su desnuda cabeza. La tormenta tenía que estar encima mismo de él, porque los truenos se oían al mismo tiempo que se veían los relámpagos. Normalmente, Julián no tenía miedo a las tormentas; pero esta vez era tan fuerte, que estaba algo asustado. Era una tempestad impresionante. Los relámpagos rasgaban el cielo con pocos segundos de intervalo y los truenos eran tan horrísonos que producían la impresión de que se estaban derrumbando todas las montañas de la isla.

El mugido del mar sólo podía oírse entre trueno y trueno, pero también era horrendo. Julián, que estaba en medio del castillo, sentía las salpicaduras.

"Me gustaría ver las olas -pensó-. Si a esta distancia me salpica el agua, deben ser sencillamente enormes."

Se encaramó en lo alto de la vieja muralla que rodeaba el castillo. Desde allí pudo ver el mar abierto. Abarcó la orilla con la mirada. Quedó pasmado. ¡Qué impresionante era lo que tenía ante los ojos!

Las olas parecían enormes muros de color gris pardo. Se estrellaban contra las rocas a lo largo de toda la costa, resplandeciendo con blancos fulgores bajo el tormentoso cielo. Azotaban los contornos de la isla, revolviéndose en impresionante resaca, con tanta fuerza, que Julián podía sentir cómo el suelo de la muralla temblaba bajo sus pies. El espectáculo era espeluznante. Hubo momentos en que temió que el mar pudiese llegar, en su furia, a inundar y arrasar la pequeña isla. Pero se consoló pensando que lo que no había ocurrido nunca, no era probable que sucediera ahora. Siguió contemplando el mar hasta que, de pronto, algo extraño descubrieron sus ojos.

A través de las olas podía divisar la sombra de una gran mole, que aparecía y desaparecía a intervalos. ¿Qué podría ser aquello?

– No puede ser un barco -se dijo Julián a sí mismo, mientras el corazón empezaba a latirle apresuradamente. Observó con más atención a través de la fuerte lluvia-. Pues más parece un barco que otra cosa. No quisiera que fuese un barco. Con esta tempestad nadie que hubiera dentro se salvaría.

Siguió mirando durante un rato. La misteriosa sombra aparecía otra vez ante su vista. Luego volvió a desaparecer. Julián decidió regresar en seguida para contárselo a los demás. Echó a correr en dirección a la habitación-refugio.

– ¡Jorge! ¡Dick! ¡Acabo de ver algo raro entre las rocas desde lo alto de la muralla! Es una sombra que parece un barco, pero no debe de serlo. ¡Venid a verlo!

Los demás escucharon sorprendidos. Jorge echó precipitadamente dos trozos de leña más en el fuego para evitar que se apagara durante su ausencia y poco después todos corrían bajo la lluvia siguiendo a Julián.

La tormenta no parecía ahora tan fuerte. La lluvia había amainado. Los truenos se oían más distantes y los relámpagos eran menos frecuentes. Julián los llevó a todos hasta lo alto de la muralla, utilizando el mismo camino que la vez anterior.

Cuando llegaron arriba pudieron ver las enormes olas de color gris verdoso estrellándose contra las rocas con inusitada furia, como si quisiesen engullirse la isla entera. Ana cogió a Julián por el brazo. Estaba asustada y se sentía muy poquita cosa.

– No te asustes, Ana -dijo Julián con fuerte voz-. Ahora, antes de un minuto, vas a ver algo muy curioso.

Todos miraban atentamente la rocosa orilla. Al pronto no vieron nada de particular, porque las olas eran demasiado altas. De pronto, Jorge vio la sombra de que había hablado Julián.

– ¡Qué gracia! -gritó-. ¡Es un barco! ¡Sí que lo es! ¿Se estará hundiendo? ¡Es un barco grande, no es ningún yate ni tampoco un pesquero!

– ¡Oh, a lo mejor hay personas dentro! -gimió Ana.

Los cuatro observaron atentamente el barco y Timoteo empezó a ladrar cuando vio el oscuro bulto moviéndose de un sitio para otro entre las furiosas olas. El mar estaba arrastrando el barco hasta la orilla.

– Se va a estrellar contra esas rocas -dijo Julián de pronto-. ¡Mirad! ¡Ahora!

No bien hubo hablado se produjo un fuerte estrépito: la nave había quedado incrustada entre los afilados salientes de las peligrosas rocas de la costa sudoeste de la isla. Ahora apenas se movía ya, a pesar de que las olas, con toda su furia, continuaban precipitándose contra el barco.

– Ha encallado -dijo Julián-. Ahora ya no se puede mover. Supongo que la tempestad amainará pronto. Entonces quedará allí sujeto.

Mientras hablaba, un débil rayo de sol había aparecido por un momento entre un claro de las nubes.

– ¡Qué bien! -dijo Dick mirando al cielo-. Parece que el sol saldrá otra vez pronto. Entonces podremos calentarnos y secarnos y tal vez averigüemos algo sobre ese misterioso barco. Oh, Julián, no quisiera que hubiese nadie a bordo. Espero qué todos se hayan puesto a salvo con los botes salvavidas.

El cielo se aclaró un poco más y el viento, amainado, se había convertido en una fuerte brisa. El sol volvió a salir, esta vez durante más rato, y los chicos se sintieron muy confortados con el calor de los rayos. Todos seguían mirando al barco. La luz del sol le daba ahora de lleno.

– Hay algo extraño en todo esto -dijo Julián, despacio-. Algo terriblemente extraño. Nunca había visto un barco como éste.

Jorge no hacía más que contemplar el navío con mirada extraña. Miró luego a sus primos, quienes quedaron sorprendidos del raro fulgor de sus ojos. Estaba tan excitada, que no podía articular palabra.

– ¿Qué te pasa? -preguntó Julián, cogiéndole la mano.

– ¡Oh, Julián, ése es mi barco! -gritó Jorge con voz muy alta y excitada-. ¿No adivinas lo que ha ocurrido? ¡La tempestad lo ha sacado del fondo del mar y lo ha metido entre esas rocas! ¡Es mi barco!

Los tres hermanos comprendieron pronto que su primita tenía razón. ¡Aquél era el barco hundido de Jorge! ¿No era un barco muy extraño? ¿No era antiguo? ¿No estaba lleno de algas? ¿No tenía una silueta de otros tiempos? Aquél no era ni más ni menos que el barco hundido de Jorge al que la tormenta había arrancado de donde yacía, arrastrándolo luego contra las rocas de la orilla.

– ¡Jorge! ¡Ahora sí que podremos meternos en el barco y registrarlo bien! -gritó Julián-. ¡Lo exploraremos de punta a punta! ¡Y encontraremos las cajas con las barras de oro! ¡Oh, Jorge!

CAPÍTULO VII. De vuelta a "Villa Kirrin"

Los cuatro quedaron tan tremendamente impresionados que durante unos minutos no volvieron a pronunciar palabra. Miraban y miraban la oscura silueta del navío imaginando cosas fantásticas sobre lo que podría haber en su interior. Luego Julián cogió a Jorge por el brazo, apretándoselo nerviosamente.

– ¿No es maravilloso? -dijo-. Oh, Jorge, ¿verdad que lo que ha acontecido es fantástico?

Jorge permaneció un rato en silencio, mientras por su mente corría todo un torbellino de imaginaciones.

– Me pregunto si podré considerar el barco como mío, ahora que ha salido a la superficie -dijo-. Ahora no estoy tan segura de quién pueda tener derecho sobre él y sobre el tesoro, si es que todavía está dentro. Aunque, al fin y al cabo, cuando se hundió era propiedad de unos antepasados míos. Mientras estaba hundido no había problema: nadie se preocupaba de él. Pero ahora que ha salido a flote no sé si será tan fácil seguir siendo la dueña.

– ¡Pues no le digas a nadie que ha salido a flote! -dijo Dick.

– No seas cándido -dijo Jorge-. Cualquier pescador que atraviese la bahía en su barco lo verá y se lo dirá a todo el mundo. Esta clase de noticias corren como la pólvora.

– Pues bien: entonces lo que podemos hacer es registrarlo bien antes de que lo hagan los demás -dijo Dick, ávidamente-. Todavía no sabe nadie que ha salido a flote. Sólo lo sabemos nosotros. Podemos registrarlo en cuanto amaine un poco más el temporal.

– No podemos ir a pie hasta esas rocas, si es eso lo que propones -repuso Jorge-. En bote sí, pero no debemos arriesgarnos mientras las olas sean tan enormes. Estoy segura de que el temporal no terminará hoy. El viento es demasiado fuerte.

– ¿Y si fuésemos a explorarlo mañana por la mañana muy temprano? -preguntó Julián-. Antes de que nadie lo vea. Apuesto a que si conseguimos registrarlo los primeros, encontraremos las cajas del oro.

– No estoy muy segura -dijo Jorge-. Ya os he dicho que muchas personas han registrado el barco y no han encontrado el oro, aunque reconozco que hacerlo bajo el agua es bastante difícil. Tal vez nosotros encontremos lo que se les escapó a los demás. Oh, todo esto parece un sueño. ¡Todavía no acabo de creerme que mi barco haya salido del fondo del mar!

El sol hacía rato que lucía en el cielo y, bajo el ardor de sus rayos, la ropa de los chicos estaba ya casi seca. La piel de Timoteo desprendía vapor de agua. Al can no parecía gustarle mucho el barco, a juzgar por los profundos gruñidos que lanzaba al mirarlo.

– No seas aprensivo, Tim -dijo Jorge, acariciándolo-. Ese barco no puede hacerte daño. ¿Qué es lo que estás pensando?

– A lo mejor se cree que es una ballena -dijo Ana, riendo-. ¡Oh, Jorge! ¡Éste es el día más interesante de mi vida! ¡Oh! ¿No podríamos coger el bote ahora mismo y explorar el barco?

– No, no puede ser -dijo Jorge-. Ojalá pudiéramos. Pero es totalmente imposible, Ana. No es seguro que el barco vaya a estar todo el tiempo quieto e incrustado en las rocas. Cualquier ola grande puede sacarlo de ahí. Sería muy peligroso meterse en él ahora. Por otra parte, no tengo la menor intención de ver el bote hecho pedazos ni de que nos ahoguemos en el mar. Todo eso podría ocurrir. Es mejor que esperemos hasta mañana. Es una buena idea la de ir muy temprano. Antes de que empiece a venir gente mayor diciendo que registrar el barco es asunto de ellos.

Los chicos contemplaron anhelantes el barco durante un rato más. Luego extendieron la mirada por todo el derredor de la isla. Ésta no era, ciertamente, muy extensa, pero ofrecía un espectáculo magnífico, con su rocosa costa, sus tranquilas calas (como aquélla donde habían dejado el bote), su ruinoso castillo, y sus pájaros exóticos y huidizos conejos, que abundaban por doquier.

– ¡Cómo me gusta esto! -exclamó Ana-. ¡Cómo me gusta! Aquí nos damos cuenta perfectamente de que estamos en una isla. Hay muchas de ellas que son tan grandes que no se nota que son islas. Yo sé que Gran Bretaña es una isla; pero si lo sé es porque me lo han dicho. En cambio, aquí se ve en seguida que estamos rodeados de mar por todos sitios, porque desde un mismo lugar se pueden ver todas las orillas. ¡Cómo me gusta!

Jorge estaba radiante de contento. Ella había estado muchas veces en la isla anteriormente, pero siempre sola, salvo la compañía de Timoteo. Se había jurado no llevar allí nunca a nadie, porque sólo así le parecía totalmente suya. Sin embargo, ahora seguía pareciéndole tan suya como antes. Había llevado allí a sus primos por propia voluntad y con gran alegría de su corazón. Por primera vez empezaba Jorge a entender que el compartir las alegrías con los demás dobla el placer que éstas nos producen.

– Cuando las olas no sean tan grandes regresaremos -dijo-. Tengo el presentimiento de que va a llover otra vez y supongo que no querréis volver a mojaros. No podremos estar de vuelta antes de la hora del té, porque al bajar la marea, las corrientes serán contrarias a la dirección del bote.

Los chicos se sentían todos algo cansados de tantas emociones que les había deparado la mañana. Apenas pronunciaban palabra mientras regresaban en el bote. Iban remando por turno, pero en él no tomaba parte Ana, que no tenía bastante fuerza para remar contra corriente. Contemplaron una vez más la isla mientras se alejaban de ella. Ya no podían ver el barco, pues había encallado en la parte opuesta.

– Nos viene muy bien que el barco esté al otro lado -dijo Julián-. Nadie podrá descubrirlo. Y mañana iremos a explorarlo muy temprano, mucho antes de que ningún otro bote se haga a la mar. Nos tendremos que levantar al alba.

– Es muy temprano para vosotros -dijo Jorge-. ¿Os podréis despertar a esa hora? Yo estoy acostumbrada a levantarme al amanecer, pero supongo que vosotros no.

– Ya lo creo que nos levantaremos -dijo Julián-. Vaya, menos mal que por fin hemos llegado a la playa. Tengo los brazos entumecidos y estoy tan hambriento que me comería con gusto una despensa entera llena de manjares.

– ¡Guau, guau! -ladró Timoteo, completamente de acuerdo.

– Ahora iré un momento a dejar a Timoteo en casa de Alfredo -dijo Jorge, saltando a tierra-. Tú, Julián, puedes meter el bote en la arena. Volveré en seguida.

Poco rato después los cuatro estaban sentados a la mesa tomando el té. Tía Fanny les tenía preparadas unas pastas riquísimas y había hecho, además, especialmente para ellos, un pastel de jengibre con miel, coloreado y muy sabroso. Los chicos dieron buena cuenta de él en un momento y estuvieron concordes en afirmar que no habían probado nada tan bueno en su vida.

– ¿Lo habéis pasado bien? -preguntó tía Fanny.

– ¡Oh, sí! -dijo Ana ávidamente-. Aunque la tormenta ha sido muy fuerte. Hasta llegó a levantar…

Julián y Dick le dieron entrambos un puntapié por debajo de la mesa. Jorge intentó hacer lo mismo, pero, aunque no le faltaron las ganas, no pudo alcanzarla: estaba demasiado lejos de ella. Ana miró a los demás, irritada, mientras se le saltaban las lágrimas.

– ¿Qué es lo que pasa? -preguntó tía Fanny-. ¿Te han vuelto a dar un puntapié, Ana? Pues bien: ¡se terminó eso de pegarle a Ana por debajo de la mesa! ¡Pobre Ana! ¡Cómo te habrán lastimado! ¿Qué estabas diciendo, querida? ¿Que el mar había levantado algo?

– Llegaron a levantarse unas olas enormes -dijo Ana, mirando a los otros, desafiante. ¿No creían que ella iba a decir que la tempestad había levantado y sacado del fondo del mar el barco hundido? ¡Pues se habían equivocado! ¡Le habían dado los puntapiés sin ninguna razón!

– Siento haberte lastimado, Ana -dijo Julián-. Se me resbaló el pie.

– El mío también -dijo Dick-. Sí, tía Fanny, desde la isla se divisaba un panorama impresionante. Las olas azotaban la caleta y eran tan fuertes que tuvimos que adentrar mucho el bote en la arena para que el mar no se lo llevara.

– A mí la tormenta, no me daba miedo, realmente -dijo Ana-. De hecho, no tenía, por lo menos, tanto miedo como Ti…

Todos se dieron cuenta de que Ana iba a mencionar al perro. Se pusieron a hablar atropelladamente y en voz muy alta. Julián le dio a su hermanita otro puntapié.

– ¡Oh!… -dijo Ana.

– Los conejos parecían todos domesticados -dijo Julián, a voces.

– También hemos visto los cormoranes -dijo Dick.

Mientras éste hablaba, Jorge iba diciendo:

– Los grajos chillaban muy fuerte: hacían "chak, chak, chak" todo el tiempo.

– Vosotros sí que parecéis una manada de grajos hablando todos al mismo tiempo -dijo tía Fanny, riendo-. Bueno: ¿habéis terminado ya de comer? Será mejor que vayáis a lavaros las manos. Sí, Jorge, tenéis que tenerlas pringosas a la fuerza: os habéis tomado cada uno tres rebanadas de pastel con miel. Cuando os hayáis lavado, podéis iros a jugar sin hacer ruido a la habitación de al lado, porque con esta lluvia no es bueno que salgáis. Pero procurad no estorbar a papá, Jorge, porque ahora está muy atareado.

Los chicos fueron a lavarse las manos.

– ¡Idiota! -dijo Julián a Ana-. ¡Has estado dos veces a punto de meter la pata!

– La primera vez os equivocasteis. ¡Yo no pensaba decir nada de lo que habíais supuesto! -empezó a decir Ana, indignada.

Jorge la interrumpió.

– No disimules. ¡Has estado a punto de revelar el secreto del barco y el de Timoteo! -dijo-. ¡Hay que ver cómo se te desata la lengua siempre!

– Sí, es cierto -dijo Ana, lastimeramente-. Creo que será mejor que no vuelva a hablar nunca más durante las comidas. Es que me gusta tanto Timoteo que no puedo resistir las ganas de hablar de él.

Se fueron a la habitación de al lado a jugar. Julián cogió una pequeña mesa que había allí y la volvió del revés, produciendo un fuerte ruido.

– Jugaremos a barcos hundidos -dijo-. Esta mesa es el barco. Ahora vamos a explorarlo.

La puerta se abrió de pronto y un rostro severo y ceñudo empezó a mirar a los chicos. ¡Era tío Quintín!!

– ¿Qué significa ese ruido? -dijo-. ¡Jorge! ¿Has puesto tú esa mesa del revés?

– He sido yo -dijo Julián-. Lo siento, señor. Había olvidado completamente que estaba usted trabajando.

– ¡Como volváis a hacer ruido no os dejaré levantaros de la cama mañana! -dijo tío Quintín-. Jorgina, encárgate de que tus primos no armen escándalo.

Tío Quintín se marchó dando un portazo. Los chicos se miraron unos a otros.

– Tu padre tiene un mal genio terrible, ¿verdad? -dijo Julián-. Cuánto siento haber hecho ruido. Fue sin querer.

– Es mejor que nos dediquemos a distraernos con cosas más sosegadas -dijo Jorge-. ¡No vaya a ser que mi padre cumpla su promesa y nos prohíba mañana salir de la cama, precisamente cuando tenemos que explorar el barco!

Este pensamiento horrorizaba a todos. Ana fue a buscar una de sus muñecas para jugar con ella. Se las había arreglado para meter en el equipaje unas cuantas de su colección. Julián empezó a hojear un libro y Jorge cogió un pequeño barco de madera que estaba tallando ella misma. Dick quedó recostado en una silla mientras recordaba los excitantes acontecimientos del día. La lluvia seguía cayendo, constante. Los chicos tenían la esperanza de que a la mañana siguiente hubiera cesado.

– Mañana tendremos que levantarnos terriblemente temprano -dijo Dick, dando un bostezo-. ¿No sería mejor que nos fuésemos a la cama en seguida? Estoy muy cansado de haber remado tanto.

Normalmente, a los chicos no les gustaba nada acostarse temprano, pero los acontecimientos que iban a producirse al día siguiente les hacía pensar de diferente manera.

– El tiempo se me hace muy largo -dijo Ana, soltando la muñeca que tenía en las manos-. ¿No podríamos acostarnos ya?

– A mamá le extrañaría mucho que nos acostásemos todos después del té -dijo Jorge-. Creería que estamos enfermos. No; nos acostaremos después de cenar. Le diremos que estamos muy cansados de la excursión y de tanto remar, cosa que es verdad, y procuraremos dormir muchas horas de un tirón para estar bien dispuestos mañana por la mañana. Por supuesto que tenemos por delante una aventura de verdad. ¡Muy pocas personas habrán tenido la magnífica ocasión de registrar un barco antiguo que acaba de salir del fondo del mar!

Total, que a eso de las ocho de la noche todos se habían ido ya a la cama, ante la sorpresa de tía Fanny. Ana se durmió en seguida. Sus hermanos lo hicieron pronto también, pero Jorge se pasó buena parte de la noche pensando en su isla, su barco y, sobre todo, en su adorado Timoteo.

"Timoteo irá también -se dijo a sí misma, poco antes de dormirse-. No podemos dejar a Timoteo al margen de esta aventura. ¡Quiero que comparta con nosotros todas nuestras cosas!"

CAPITULO VIII. Explorando el barco

El primero que se despertó al día siguiente fue Julián, justo cuando el sol, bordeando el horizonte, empezaba a iluminar el cielo con sus dorados resplandores. Estuvo un momento contemplando el techo con indiferencia, pero luego se acordó de golpe de todos los acontecimientos del día anterior. Se levantó de la cama de un salto y le gritó a su hermano:

– ¡Dick! ¡Despiértate! ¡Tenemos que ir a explorar el barco! ¡Levántate ya!

Dick se despertó y miró a Julián con ojos soñolientos. En seguida se sintió invadido por un sentimiento de felicidad. Iban pronto a disfrutar de una verdadera aventura. Saltó de la cama y fue corriendo al dormitorio de las chicas. Abrió la puerta. Las dos niñas estaban todavía profundamente dormidas, sobre todo Ana, que parecía un lirón, acurrucada entre las sábanas.

Dick zarandeó a Jorge y luego le dio a Ana un palmetazo en la espalda. Ellas se despertaron sobresaltadas, y se incorporaron.

– ¡Arriba! -dijo Dick, sin gritar mucho, para que no pudieran oírle sus tíos-. Acababa de salir el sol. Hay que darse prisa.

Los ojos de Jorge brillaban mientras se estaba vistiendo. Ana brincaba de contento mientras buscaba su escueto ropaje: un par de sandalias, el traje de baño, el jersey y los shorts.

– Ahora no hagáis ruido mientras bajamos por la escalera: que nadie hable ni tosa -advirtió Julián cuando estaban ya todos reunidos.

A Ana se le escapaban a menudo gritos por cualquier fruslería, y más de una vez con ellos había puesto a la luz secretos planes de sus hermanos. Sin embargo, esta vez tuvo buen cuidado de no hacerlo. Bajaron sigilosamente por la escalera y entraron en el jardín. No hicieron ningún ruido. Con mucho cuidado cerraron tras ellos la puerta de la casa y atravesaron el jardín en dirección a la puerta de la valla. Pero como ésta hacía siempre mucho ruido al abrirse y cerrarse, los chicos optaron por saltar por encima del valladar. El sol resplandecía fulgurantemente, aun cuando todavía no se había despegado del horizonte. Producía un calor muy agradable. El cielo estaba tan límpido que Ana pensó que lo acababan de fregar.

– Parece enteramente que lo han sacado del lavadero hace poco -dijo a los otros.

Todos rieron con ganas. Ana ciertamente tenía ocurrencias muy extravagantes a veces. Pero esta vez comprendieron lo que había querido decir y estaban de acuerdo con ella. El día era tan luminoso que producía una especial sensación de alegría. Las nubes se recortaban limpiamente en el cielo azul y el mar aparecía majestuosamente en calma. Parecía increíble que el día anterior hubiera estado tan alborotado.

Jorge, después de preparar el bote, se fue a buscar a Timoteo, mientras los otros arrastraban la embarcación hasta el mar. Alfredo, el pescador, quedó muy sorprendido de ver a Jorge tan temprano. Estaba a punto de marcharse con su padre a pescar. Le hizo señas a Jorge.

– ¿Es que también vas de pesca? -le preguntó-. ¡Hay que ver la tormenta de ayer! Supongo que regresaríais antes de que empezara.

– No; se nos echó encima -dijo Jorge-. ¡Ven! ¡Tim! ¡Ven!

Timoteo estaba muy contento de ver a su amita tan de buena mañana. La acompañó haciendo cabriolas tan alborotadas a su alrededor que por poco la tira al suelo.

En cuanto vio el bote se metió en él, plantándose en la popa, con la roja lengua fuera y moviendo el rabo vertiginosamente.

– No comprendo cómo conservas todavía el rabo, Timoteo -dijo Ana-. Un día se te va a escapar si lo agitas con tanta fuerza.

Emprendieron el camino hacia la isla. Era fácil remar ahora, porque el mar estaba muy en calma. Luego la rodearon para dirigirse a la parte que no se veía desde tierra firme.

¡Allí estaba todavía el barco, aprisionado entre las escarpadas rocas! Se había quedado fijo allí, sin que las olas hubiesen conseguido arrastrarlo de nuevo.

Estaba ligeramente inclinado y el mástil, aún más destrozado que antes, había caído contra un rincón de la cubierta.

– Aquí tenemos el barco -dijo Julián, excitado-. ¡Pobre velero! Debe de estar ahora más averiado que antes de la tormenta. ¡Hay que ver el ruido que hizo cuando se estrelló contra estas rocas!

– ¿Cómo podremos meternos en él? -preguntó Ana, mirando las enormes rocas que obstruían el camino. Pero Jorge, a este respecto, no estaba nada desanimada. Conocía pulgada a pulgada toda la costa que bordeaba su pequeña isla. Siguió remando firmemente en dirección a las rocas.

Cuando hubieron llegado, los chicos contemplaron admirados el barco. Era enorme, mucho más grande de lo que parecía cuando lo vieron hundido. Estaba cubierto de escamas de peces y ristras verdoso oscuras de algas, que colgaban por todos sitios. Ofrecía un aspecto muy extraño. Tenía grandes agujeros en los costados, que se habían producido al topar contra las rocas. En cubierta también había agujeros. El viejo barco producía cierta impresión de tristeza y abandono, cosa que no le prestaba gran atractivo, pero para los chicos era la cosa más interesante que habían visto en su vida.

Se aproximaron más a las rocas, remando. La marea les favorecía. Jorge abarcó la nave con la mirada.

– Será mejor que enganchemos la borda con una cuerda -dijo-. Así podremos trepar por ella y llegar a cubierta fácilmente. ¡Julián! ¡Toma esa cuerda y echa el lazo a ese trozo de madera que sobresale allí!

Julián hizo lo que Jorge le había dicho. La cuerda cruzó rápidamente el aire y aprisionó con el lazo un saliente de cubierta. De esa manera, pudieron poner el bote en el lugar más adecuado para el abordaje. Entonces Jorge empezó a trepar por la cuerda con la misma facilidad que un mono. Era una maravilla trepando. Julián y Dick la siguieron solos, pero a Ana hubo que ayudarla. Pronto se encontraron todos sobre la inclinada cubierta. La verdina, que despedía un fuerte olor, la hacía muy resbaladiza.

– Ésta es la cubierta -dijo Jorge-. Y por ese agujero era por donde los marineros entraban y salían.

Señaló un gran agujero. Todos se dirigieron a él y observaron el interior. Aún se conservaban los restos de una escalerilla de hierro. Jorge la examinó:

– Creo que podrá aguantar nuestro peso -dijo-. Yo bajaré primero. ¿Tiene alguien una linterna? Está todo muy oscuro.

Julián había traído una linterna. Se la dio a Jorge. Todos guardaban silencio, impresionados. Tenían ante sí una ocasión única en la vida de explorar por dentro un misterioso barco del pasado. ¿Qué encontrarían en él? Jorge encendió la linterna y empezó a bajar por la escalerilla. Los demás la siguieron.

A la luz de la linterna pudieron contemplar un espectáculo extraño. El techo de la parte interna del barco era de roble y muy bajo, de tal modo que los niños tenían que ir con la cabeza gacha. Al parecer, lo que veían habían sido camarotes, pero no podían asegurarlo, dado lo húmedo, verdinoso y destrozado que estaba todo. El olor que desprendía la verdina secándose era horrible. Los chicos tenían que andar haciendo equilibrios para no resbalar a causa de la humedad del suelo. El barco, al fin y al cabo, no parecía tan grande por dentro.

A la luz de la linterna pudieron ver una cavidad en el suelo.

– Ahí debe de ser donde se guardaban las cajas con las barras de oro -dijo Julián-. Pero ahí dentro no hay ahora nada más que agua y peces.

Los chicos no pudieron meterse en la cavidad, porque había mucha agua en su interior. Dos barriles flotaban en ella, reventados y mostrando a las claras que no había nada en su interior.

– Supongo que serán barriles que usarían para guardar agua o comida -dijo Jorge-. Vamos a ver si en la otra parte del barco hay camarotes. A lo mejor vemos las literas donde dormían los marineros. ¡Fíjate en esa vieja silla de madera! ¡Es fantástico que se haya conservado después de tanto tiempo! ¡Mirad las cosas que cuelgan de esos ganchos! ¡Todo está lleno de algas, pero apostaría a que se trata de cacharros de cocina!

Todo en el barco resultaba extraño e interesante. Los chicos estaban todos ojo avizor, a la búsqueda de las cajas donde se encontraban las barras de oro. Pero, en realidad, no parecía que hubiese oro por ningún sitio.

Entraron en un camarote que era algo mayor que los demás. En un rincón había una litera sobre la cual se divisaba un cangrejo. El mobiliario era viejo y consistía apenas en una mesa de dos patas, pegada a la litera e incrustada de conchas marinas. Algunos cuadros colgaban de las paredes del camarote, festoneados de algas gris-verdosas.

– Éste debió de haber sido el camarote particular del capitán -dijo Julián-. Es el más grande de todos. Fijaos: ¿qué es eso que hay en ese rincón?

– ¡Es una taza vieja! -exclamó Ana, cogiéndola-. También hay una salsera, rota. Supongo que el capitán estaría aquí tomándose una taza de té cuando el barco se hundió.

Todo parecía muy extraño. El camarote era húmedo y maloliente y el suelo estaba muy resbaladizo. Jorge empezaba a pensar que su barco parecía mucho más atractivo cuando estaba bajo el agua que ahora que había salido a flote.

– Vámonos ya -dijo con voz ligeramente temblorosa-. No me gusta mucho esto. Desde luego, es un barco muy interesante, pero también me da un poco de miedo.

Decidieron marcharse. Julián, por última vez, iluminó todo el camarote con su linterna. Se disponía ya a apagarla y reunirse con los demás cuando vio algo que le hizo detenerse. Llamó a los otros.

– ¡Eh, aguardad! ¡Hay aquí un armario incrustado en la pared! ¡Voy a ver si dentro hay algo!

Los otros regresaron y a las indicaciones de Julián pudieron ver lo que parecía un pequeño armario cuya puerta se hallaba al nivel de la pared del camarote.

Julián dirigió en seguida la vista al ojo de la cerradura: no había llave en él.

– Dentro del armario puede haber algo interesante -dijo Julián. Intentó hacer palanca con los dedos para abrir la portezuela, pero no lo consiguió-. Está cerrado con llave -dijo-. Era de suponer.

– Tal vez no funcione muy bien la cerradura ahora -dijo Jorge, intentando a su vez abrir la pequeña puerta. Entonces sacó de su bolsillo un recio cortaplumas, lo abrió e introdujo la hoja entre la puerta del armario y la pared. Hizo fuerza con el mango, porfiadamente, hasta que por fin la cerradura cedió. Tal como había dicho, ésta se encontraba en mal estado: estropeada y mohosa. Abrió la portezuela. A la vista de los chicos apareció como una especie de estante que contenía cosas extrañas.

Había una caja de madera, hinchada por la humedad de muchos años. También había algo que parecía un libro, así como un vaso roto y dos o tres cosas más, a cuál más curiosa, pero todas tan deterioradas por la acción del mar que no podía adivinarse qué eran.

– Lo único que hay verdaderamente interesante es la caja -dijo Julián, sacándola del armario-. Aunque, de todos modos, supongo que lo que haya dentro estará estropeado o destruido por el agua. Pero nada nos impide intentar averiguarlo.

Él y Jorge emplearon todas sus fuerzas en procurar abrir la vieja tapa de madera, donde estaban grabadas las iniciales H…J. K.

– ¡Supongo que éstas serán las iniciales del nombre del capitán! -dijo Dick.

– ¡No! ¡Éstas son las iniciales de un antepasado mío! -dijo Jorge, con los ojos repentinamente brillantes-. Se llamaba Henry John Kirrin. Este barco era suyo, como sabéis. Seguramente esta caja tiene cosas muy personales de él: papeles manuscritos o diarios. ¡Oh, abrámosla en seguida!

Pero era enteramente imposible levantar la tapa con las escasas herramientas de que disponían. Pronto abandonaron el empeño y Julián cargó con la caja para llevársela al bote.

– La abriremos en casa -dijo excitadamente-. Con un martillo o cualquier otra cosa conseguiremos abrirla. ¡Oh, Jorge! ¡Esto sí que ha sido un hallazgo!

Todos los chicos tenían la sensación de que algo muy interesante habían encontrado. ¿Qué habría dentro de la caja? Se les haría muy largo el tiempo hasta llegar a casa.

Subieron a cubierta por la escalerilla de hierro. En cuanto llegaron pudieron darse cuenta de que el barco había sido descubierto ya por otras personas. Su secreto había terminado.

– ¡Cáspita! ¡La mitad de los pequeños pesqueros han descubierto ya el barco! -gritó Julián, viendo por todo el contorno pequeñas naves que osadamente se acercaban al barco de Jorge. Los pescadores contemplaban admirados el navío. En cuanto vieron a los chicos a bordo empezaron a gritar fuertemente:

– ¡Eh, los de ahí! ¿Qué barco es éste?

– ¡Es aquel que estaba hundido! -respondió Julián-. ¡La tormenta lo sacó del fondo del mar!

– No les digas nada más -dijo Jorge, frunciendo el ceño-. Este barco es mío. No tengo ganas de que empiece a registrarlo todo el mundo.

No volvieron a decir nada más. Los cuatro bajaron al bote y remaron en dirección a casa lo más aprisa que pudieron. Ya había pasado la hora del desayuno. Menuda regañina les esperaba. Hasta podría ser que el terrible padre de Jorge los enviara a la cama. Pero ¿por qué preocuparse? Habían conseguido su objetivo: explorar el barco. Habían traído una misteriosa caja en la cual, ya que no muchas, ¡podría tal vez haber una barra de oro!

La regañina que esperaban no tardó en producirse y, además, se quedaron sin probar la mitad del desayuno, porque tío Quintín dijo que los chicos que llegan tarde a casa no merecen tomar huevos ni jamón. Fue algo calamitoso para ellos.

Escondieron la caja debajo de la cama en el dormitorio de los chicos. A Timoteo lo habían dejado en casa del pescador, atado en el corral de la parte trasera. El muchacho había ido de pesca y a aquella hora estaba contemplando, maravillado, desde el barco de su padre, el extraño navío.

– Sería un bonito negocio dedicarse a llevar curiosos a ver el barco -dijo Alfredo.

Antes de que acabara el día, el barco había sido visto ya por multitud de personas desde sus canoas y queches de pesca.

Esto ponía furiosa a Jorge. Claro que no se podía hacer nada para evitarlo. Al fin y al cabo, como había dicho Julián, ¡todo el mundo tenía derecho a verlo!

CAPÍTULO IX. La caja que había en el barco

Lo primero que hicieron los chicos después de desayunarse fue, por supuesto, coger la preciosa caja y llevarla al cobertizo del jardín para tratar de abrirla. En ello tenían centrado todo su anhelo. Todos mantenían la esperanza de que en su interior hubiese un pequeño tesoro o algo parecido.

Julián buscó una herramienta. Encontró un cincel que le pareció el instrumento más adecuado para forzar la tapa de la caja. Lo intentó, pero el cincel resbalaba fácilmente. Lo sujetó bien y manipuló con más firmeza, pero la caja se resistía obstinadamente a ser abierta. Empezaron a desanimarse.

– Lo que deberías hacer -dijo Ana al final- es subir al piso más alto de la casa y echarla desde allí. Supongo que entonces no tendrá más remedio que reventar.

Los otros reflexionaron sobre la idea de Ana.

– Es muy arriesgado -dijo Julián-. Si dentro hay algo de valor, a lo mejor se rompe o se estropea.

Sin embargo, a nadie se le ocurrió una idea mejor para abrir la caja. Por tanto, Julián se decidió a llevarla al piso más alto. Entró en el ático y abrió la ventana. Los demás quedaron abajo, esperando. Julián lanzó al suelo la caja con todas sus fuerzas, desde la ventana. La caja cruzó rápidamente el aire y se estrelló contra el suelo produciendo un violento ruido. Entonces se abrió de repente la puerta de abajo, apareciendo la figura del tío Quintín tan rápida y furiosamente como sale una granada del cañón.

– ¿Qué diablos estáis haciendo? -gritó-. ¿Os estáis dedicando a tirar cosas por la ventana? ¿Qué es eso que ha caído al suelo?

Los chicos miraron la caja. Ésta, con la caída, se había abierto y mostraba lo que había en su interior: un viejo cofre de metal a prueba de agua. ¡Era seguro que su contenido no podía estar estropeado! ¡No se podía haber mojado!

Dick corrió a recogerlo.

– He dicho que qué significa eso que hay en el suelo -dijo el tío, acercándoseles.

– Pues es… es una cosa nuestra, una cosa que nos pertenece a nosotros -dijo Dick, poniéndose encarnado.

– Pues bien, ahora mismo os la voy a quitar. ¡Qué manera de hacer ruido! Dadme eso. ¿De dónde lo habéis sacado?

Nadie contestó. Tío Quintín frunció tanto el ceño que las gafas estuvieron a punto de caérsele.

– ¿De dónde lo habéis sacado? -bramó, encarándose con la pobre Ana, que era la que tenía más cerca.

– Estaba en el barco -balbució la muchachita, aterrorizada.

– ¡La habéis sacado del barco! -exclamó su tío, sorprendido-. ¿Ese viejo barco que salió a flote ayer? He oído hablar de eso. ¿Queréis decir que habéis entrado en él?

– Sí -dijo Dick. Julián reapareció angustiado. Sería demasiado terrible que su tío les quitase la caja justo cuando acababan de abrirla. ¡Pero eso fue precisamente lo que hizo!

– Bien. Esta caja puede contener algo importante -dijo, quitándosela a Dick de las manos-. Vosotros no tenéis ningún derecho a andar registrando ese barco. A lo mejor os lleváis por ahí cualquier cosa importante y la perdéis.

– Pues ese barco es mío -dijo Jorge, desafiante-. Por favor, papá, devuélvenos la caja. Acabamos de conseguir abrirla. ¡Seguramente dentro hay algo de valor, una barra de oro o algo así!

– ¡Una barra de oro! -dijo su padre, sarcásticamente-. ¡Qué criatura eres! Dentro de ese cofre tan pequeño no cabe una cosa así. Es mucho más verosímil que lo que haya dentro sean noticias de lo que ocurrió con las barras de oro. Siempre he pensado que el oro lo pusieron a buen recaudo en algún sitio antes de que se hundiera el barco a la entrada de la bahía.

– ¡Oh, papá, por favor, por favor, devuélvenos la caja! -imploró Jorge, casi a punto de llorar. De pronto comprendió que su padre tenía razón: que lo más probable era que dentro del cofre hubiera documentos donde se indicara qué había ocurrido con las barras de oro. Pero su padre, sin decir más palabras, se volvió a meter en la casa, llevándose la caja rota y abierta, con su cofrecillo impermeable a la vista de todos.

Ana rompió a llorar.

– ¡No me regañéis porque dije que la habíamos sacado del barco! -sollozó-. Por favor, no. No tenía más remedio que decírselo. Me lo había preguntado.

– Está bien, pequeña -dijo Julián, poniendo la mano en el hombro de su hermanita. Parecía furioso. Pensaba que lo que había hecho su tío, quitarles la caja de esa manera, era muy poco noble-. Esto no pienso aguantarlo. Tenemos que recuperar la caja y abrir el cofre -dijo-. Estoy seguro de que tu padre la olvidará en seguida. Ya tiene bastante trabajo con sus libros y no se va a dedicar ahora a preocuparse de ella. Aguardaré la primera oportunidad, me meteré en su despacho y me haré con la caja, ¡aunque a lo mejor me descubre y me da una paliza!

– Muy bien -dijo Jorge-. Vigilaremos para ver cuándo sale papá del despacho.

Todos se dedicaron por turno a la vigilancia, pero tío Quintín, con gran enojo de los chicos, se pasó encerrado toda la mañana. Tía Fanny estaba sorprendida de ver de vez en cuando a uno o dos de los chicos en el jardín, lo que suponía que no habían querido ir a bañarse a la playa.

– ¿Por qué no vais todos a cualquier sitio, a la playa por ejemplo? -les dijo-. ¿Es que habéis reñido?

– No -dijo Dick-. Claro que no.

Pero se guardó mucho de decir por qué estaba en el jardín quieto y sin hacer nada.

– ¿Es que tu padre nunca sale de casa? -preguntó a Jorge cuando le tocó a ésta el turno de vigilar-. No creo que eso le siente muy bien a su salud.

– Los hombres de ciencia nunca salen de casa -dijo Jorge, como si conociese al dedillo todo lo concerniente a los hombres de ciencia-. Pero sí podría ser que esta tarde durmiera un rato la siesta. A veces lo hace.

Aquella tarde Julián se apostó en el jardín. Se sentó bajo un árbol y empezó a hojear un libro. No mucho después oyó un curioso ruido que le hizo levantar la vista. ¡En seguida se dio cuenta de qué se trataba!

"¡Es que tío Quintín está roncando! -se dijo, excitado-. ¡Es eso! ¡Oh, ahora podré meterme en la casa por la puerta-ventana y rescatar la caja!"

Se acercó sigilosamente a la puerta-ventana. Estaba ligeramente abierta. Pudo ver a su tío recostado en un confortable sofá con la boca entreabierta y los ojos cerrados. ¡Estaba completamente dormido! Cada vez que inspiraba lanzaba un profundo ronquido.

"Parece que está enteramente dormido -pensó el chico-. Y ahí está la caja, justo detrás de él, en aquella mesa. Apuesto a que si me sorprende me voy a llevar una gran paliza, pero no tengo más remedio."

Se metió en la habitación. Su tío seguía roncando Se acercó sigilosamente a la mesa que había tras el y cogió la caja.

Entonces un trozo de madera de la caja rota cayo al suelo con gran estrépito. Su tío se removió en el sofá y abrió los ojos. Rápido como una centella, Julián se agazapó tras el sofá, conteniendo la respiración a duras

– ¿Qué ha sido eso? -oyó que decía su tío. Julián permaneció quieto. Luego su tío volvió a acomodarse en el sillón y a cerrar los ojos. Pronto volvieron a oírse los acompasados ronquidos.

"¡Hurra! -pensó Julián- Ya esta dormido otra vez."

Sigilosamente volvió a coger la caja y se dirigió a la puerta-ventana. Al poco estaba ya paseando tranquilamente por el jardín. No pensó en ocultar su trofeo. Su mayor ilusión era enseñárselo a los otros para que admirasen la proeza que había llevado acabo.

Fue corriendo a la playa, donde los otros estaban tomando el sol sobre la arena.

– ¡Eh! -gritó-. ¡Eh! ¡Ya la tengo! ¡Ya la tengo!

Los chicos se incorporaron rápidamente, muy contentos de ver la caja en manos de Julián. Olvidaron completamente que en la playa había muchas personas que podían verlos. Julián se dejo caer en la arena.

– Tu padre se durmió al final -le dijo a Jorge-. ¡Tim, no me muerdas el traje de baño! Fíjate, Jorge: me metí en la habitación por la puerta-ventana y cuando ya había cogido la caja se cayó un trozo de madera y el ruido despertó a tu padre.

– ¡Cáspita! -dijo Jorge-. ¿Y que paso luego?

– Me escondí detrás del sillón y estuve allí, agazapado, hasta que volvió a dormirse -dijo Julián-. Luego me escapé. Ahora vamos a ver lo que hay dentro del cofre. No creo que tu padre lo haya tocado siquiera.

Así era, en efecto. El cofrecillo estaba intacto, aunque enmohecido por la humedad de años. Y la tapa estaba tan oxidada que parecía imposible que el cofre pudiera abrirse.

Sin embargo, Jorge empezó a raspar el óxido con su cortaplumas y a poco la tapa empezó a ceder. ¡Antes de un cuarto de hora, estaba ya abierto el cofre!

Los chicos se inclinaron todos sobre él, observándolo con interés. Dentro había unos cuantos papeles viejos y una especie de libros con las cubiertas negras. Pero nada más. Nada de oro. Nada de tesoro. Todos se sintieron algo decepcionados.

– Está todo enteramente seco -dijo Julián, sorprendido-. No hay rastro de humedad. El cofrecillo ha resguardado bien lo de dentro.

Tomó el libro y lo abrió.

– Es un diario de tu antepasado donde cuenta las incidencias del viaje -dijo-. Cuesta mucho trabajo entender la escritura. Es muy pequeña y enrevesada.

Jorge cogió uno de los papeles. Era un grueso pergamino amarillento por los años. Lo desdobló y lo extendió sobre la arena. Todos lo miraron, interesados, pero nadie pudo comprender el significado de los garabatos que tenían ante los ojos.

Parecía algo así como un plano.

– Tal vez sea el plano de un sitio a donde hay que ir -dijo Julián.

De pronto, Jorge empezó a agitar nerviosamente las manos y miró a los demás con un raro brillo en los ojos. Abrió la boca, pero no pudo articular palabra.

– ¿Qué te pasa? -preguntó Julián lleno de curiosidad-. ¿Qué intentas decir? ¿Es que no te funciona la lengua?

Jorge agitó la cabeza y empezó a hablar atropelladamente.

– ¡Julián! ¿Sabes lo que es esto? ¡Es un plano del castillo Kirrin hecho antes de que se derrumbara! ¡Y explica dónde están los sótanos!

Señaló con tembloroso dedo un lugar del plano. Los demás observaron llenos de curiosidad el lugar que Jorge estaba indicando. Tenía el dedo puesto bajo una curiosa palabra escrita con antiguos caracteres de letra.

LINGOTES

– ¡Lingotes! -dijo Ana, desconcertada-. ¿Qué significa eso? Nunca había oído esa palabra.

Pero los dos chicos sí la conocían.

– ¡Lingotes! -gritó Dick-. Se trata seguramente de las barras de oro. Se llaman lingotes.

– Todas las barras de metal pueden llamarse lingotes -dijo Julián, con la cara roja de excitación-. Pero nosotros sabemos que en el barco había una carga de barras de oro. Por tanto, tiene que referirse a ellas. ¡Oh, es fantástico pensar que a lo mejor están escondidas en el castillo, Jorge! ¡Jorge! ¿Verdad que todo esto es terriblemente emocionante?

Jorge afirmó con la cabeza. Temblaba de excitación.

– Si pudiéramos encontrarlas… -susurró-. ¡Con tal que pudiéramos!

– Tenemos por delante un trabajo maravilloso: buscarlas -dijo Julián-. Claro que será terriblemente difícil hacerlo, porque el castillo está en ruinas y lleno de maleza, sobre todo por la parte baja. Pero los lingotes tienen que estar allí y nosotros acabaremos encontrándolos. ¡Qué bien suena esa palabra! ¡Lingotes! ¡Lingotes! ¡Lingotes!

La palabra "lingotes" sonaba a los chicos mucho mejor que "oro". En adelante, ninguno de ellos volvió a decir "oro". Siempre que se referían al tema decían "lingotes". Timoteo estaba desconcertado. No tenía la menor idea de por qué los chicos estaban tan excitados sin hacerle caso. Movía vertiginosamente la cola mientras intentaba en vano poder lamer tranquilamente las orejas a cada uno de ellos, pero ¡por primera vez en la vida no se habían dignado prestarle la menor atención! El can, sencillamente, no comprendía nada, por lo que, al cabo de un rato, se sentó en la arena, alicaído, con las orejas gachas y dándoles la espalda a los chicos.

– ¡Oh, pobre Timoteo, fijaos! -dijo Jorge-. No puede comprender lo que nos pasa. ¡Tim, Tim querido, todo va bien! Nadie tiene nada contra ti. ¡Oh, Tim, hemos descubierto el secreto más interesante del mundo!

Timoteo dio un salto y empezó a mover la cola, satisfecho de haberse enterado, por fin, de qué es lo que había ocurrido. Puso su enorme pata sobre el precioso plano. Los chicos empezaron a increparle.

– ¡Eh, cuidado! ¡Que lo vas a hacer trizas y tenemos que devolverlo! -dijo Julián. Luego miró a los otros, frunciendo el ceño-. ¿Qué vamos a hacer con la caja? -preguntó-. El padre de Jorge no debe darse cuenta de que se la hemos quitado, ¿verdad? Tenemos que volverla a su sitio.

– ¿No nos podíamos quedar con el mapa? -preguntó Ana-. Él no sabrá que estaba en el cofre si, como es seguro, no lo ha abierto. Las otras cosas que hay dentro no tienen importancia: total, un viejo diario y unas cuantas cartas.

– Para estar tranquilos, lo que podemos hacer es sacar una copia del plano -dijo Dick-. Así, podremos devolver la caja con todo su contenido.

Todos estuvieron de acuerdo en que Dick había tenido una buena idea. Regresaron a "Villa Kirrin" y sacaron cuidadosamente una copia del plano. Lo hicieron en el cobertizo, porque no querían que nadie pudiese descubrirlos. Era un plano muy extraño. Estaba dividido en tres partes.

– Esta parte indica el lugar donde están los sótanos -dijo Julián-. Aquí está dibujada la planta baja y este trozo representa un ala del castillo. ¡Caramba, debió de ser un castillo estupendo! Los sótanos están esparcidos por el subsuelo de toda la planta baja. Probablemente, en tiempos, los utilizarían para cosas terribles. Lo que no sé es cómo los habitantes del castillo se las arreglaban para meterse en ellos.

– Pues estudiaremos detenidamente el plano y lo averiguaremos -dijo Jorge-. Así, al pronto, parece muy difícil para nosotros descubrir la entrada, pero si vamos al castillo y desde el mismo lugar estudiamos el plano, ya veréis como al final encontramos la manera de meternos dentro de los sótanos. ¡Oh, estoy segura de que ningún chico ha tenido en perspectiva una aventura tan extraordinaria como ésta!

Julián se guardó cuidadosamente la copia del plano en el bolsillo de sus shorts. No tenía la menor intención de perderla. Era algo precioso. Luego guardó en el cofre el plano auténtico y miró hacia la casa.

– ¿Qué os parece volverla a su sitio ahora mismo? -dijo-. Quizá tu padre esté dormido todavía, Jorge.

Pero no era así. Estaba bien despierto. Por suerte, no había echado de menos la caja. Se dirigió al comedor para tomar el té con su familia. Julián aprovechó la oportunidad. Musitando una excusa se fue de la mesa y pudo fácilmente restituir la caja a su sitio, dejándola sobre la mesa que había detrás del sillón de su tío.

Cuando regresó al comedor les guiñó un ojo a los demás. Éstos comprendieron en seguida que Julián había conseguido su objetivo y se sintieron aliviados. Todos estaban atemorizados con la presencia del tío Quintín y no estaban nada entusiasmados con las cosas que éste contaba de sus pesados libros. Ana no dijo una sola palabra durante todo el tiempo. Tenía un miedo enorme a irse de la lengua y revelar algo sobre Timoteo o sobre la caja. Los otros hablaban también muy poco. Mientras tomaban el té sonó de pronto el teléfono y tía Fanny fue a contestar.

Pronto estuvo de vuelta.

– Es para ti, Quintín -dijo-. Por lo que veo, el viejo barco ese está despertando mucha curiosidad por todos sitios. Te llaman desde un periódico de Londres para preguntarte cosas acerca de él.

– Diles que estaré con ellos a las seis -dijo tío Quintín.

Los chicos se miraron unos a otros, alarmados. Esperaban que su tío no les enseñaría la caja a los periodistas. ¡El secreto del tesoro escondido dejaría de existir!

– Qué buena idea fue la de sacar una copia del plano -dijo Julián después del té-. Pero ahora estoy pensando que hubiera sido mejor no dejar el plano auténtico dentro del cofre. ¡Ahora cualquiera podrá descubrir nuestro secreto!

CAPÍTULO X. Una propuesta sorprendente

A la mañana siguiente los diarios llevaban en primera plana noticias abundantes del barco que había salido del fondo del mar. Los periodistas habían aprovechado bien lo que les contó el tío de los chicos, y algunos de ellos se proponían trasladarse a la isla y tomar fotografías del viejo castillo.

Jorge estaba furiosa.

– ¡Ese castillo es mío! -gritó frenéticamente a su madre-. Esa isla es mía. Tú dijiste que acabaría siendo mía. ¡Lo dijiste! ¡Lo dijiste!

– Ya lo sé, Jorge querida -dijo su madre-. Pero tienes que ser comprensiva. Yo no puedo impedir que quien quiera visitar la isla lo haga y tampoco tengo derecho a prohibir que saquen fotografías del castillo.

– Pero es que yo no quiero -dijo Jorge enfurruñadamente-. La isla es mía. Y el barco también. Tú siempre lo has dicho.

– Sí, claro, pero yo no podía adivinar que iba a salir a flote -dijo su madre-. Sé comprensiva, Jorge. ¿Qué le vamos a hacer si la gente quiere acercarse al barco y mirarlo? Eso no se puede impedir.

Jorge sabía que era verdad, que eso no podía impedirse, pero ello no la calmaba lo más mínimo. Los chicos estaban maravillados y sorprendidos de ver el interés que había despertado el barco rescatado de las aguas y la misma isla Kirrin. Ésta acabaría llenándose de gente curiosa que los pescadores llevarían en sus barcos. Jorge lloraba de rabia y Julián intentaba consolarla.

– ¡Escucha, Jorge! Nadie conoce todavía nuestro secreto. Esperaremos hasta que haya pasado todo este interés por la isla y el barco y entonces iremos al castillo y encontraremos los lingotes.

– Eso será si nadie los descubre antes que nosotros -dijo Jorge, enjugándose las lágrimas. Estaba furiosa consigo misma; pero lloraba y no lo podía evitar.

– ¿Por qué razón van a descubrirlo antes? Nadie sabe todavía qué es lo que hay dentro del cofre. Buscaré una oportunidad para recuperar el plano antes de que nadie pueda verlo.

Pero esa oportunidad no apareció jamás; por el contrario, sucedió algo terrible. ¡El tío Quintín vendió la caja y el cofre a un anticuario! Dos o tres días después de que se despertara el interés por el barco y la isla, salió de su despachó y se lo contó a tía Fanny y a los chicos.

– He hecho un buen negocio con ese anticuario -dijo a su mujer-. ¿Te acuerdas de aquel cofrecillo que había en la caja? Pues resulta que ese señor colecciona cosas raras como ésa y me lo ha pagado todo a muy buen precio. Realmente ha sido una ganga. ¡He ganado mucho más de lo que pensaba ganar con el libro que estoy escribiendo! En cuanto vio el viejo plano que había en el cofre y el arrugado diario me dijo que quería comprar todo el lote.

Los chicos miraron a su tío, horrorizados. ¡Había vendido el cofre! Ahora, cualquiera que examinase un poco al detalle el plano y supiese el significado de la palabra "lingotes" podía echar por tierra el secreto. Pronto aparecería en todos los periódicos la historia de las barras de oro. Los chicos no se atrevieron a decirle a su tío lo que sabían acerca del tesoro. Él estaba ahora muy satisfecho y sonriente y en su euforia les había prometido comprarles un equipo completo de pesca, pero era de carácter muy variable. Se hubiera puesto hecho una furia si se hubiese enterado de que Julián había sacado la caja del despacho aprovechando que él estaba dormido.

Un rato después estaban los chicos reunidos aparte y discutiendo a fondo el asunto, que para ellos era de lo más importante. Sopesaban la idea de contarle a tía Fanny lo de la caja, pero no se decidieron. Era un secreto maravilloso que no podía ser revelado a nadie.

– ¡Oíd! -dijo Julián, por último-. Me parece que lo mejor que podemos hacer es pedirle permiso a tía Fanny para que nos deje pasar uno o dos días en la isla, durmiendo allí, por supuesto. Eso nos dará ocasión y tiempo para explorar el castillo y ver si encontramos algo. Estoy seguro de que aún han de transcurrir unos días antes de que los curiosos empiecen a invadir la isla. Quizás encontremos el tesoro antes de que todo el mundo conozca nuestro secreto. Hay que tener en cuenta que no es seguro que el que compró el cofre adivine que aquel papel es un plano del castillo.

Las palabras de Julián consolaron a todos. Era terrible no hacer nada. Y el haber adoptado una resolución concreta los animaba en gran manera. Decidieron, por tanto, pedirle al día siguiente permiso a tía Fanny para pasar el fin de semana en el castillo. El tiempo era magnífico y a la fuerza tendrían que pasarlo bien. Se llevarían provisiones suficientes.

Cuando fueron a pedirle permiso a tía Fanny, su marido estaba con ella, risueño y muy contento. Le dio a Julián una palmadita en la espalda.

– ¡Vaya! -dijo-. ¿Venís en comisión? ¿De qué se trata?

– Queremos que tía Fanny nos dé permiso para hacer una cosa -dijo Julián cortésmente-. Tía Fanny: como el tiempo es ahora muy bueno quisiéramos que nos dejaras ir a la isla para pasar el fin de semana, o sea estar allí un día o dos. Nos gustaría una enormidad.

– Yo no tengo inconveniente. Y tú, Quintín, ¿qué opinas? -preguntó tía Fanny dirigiéndose a su marido.

– Sí ése es su deseo, pues que vayan -dijo Quintín-. Quizá sea la última vez que lo puedan hacer. Queridos: me han hecho una proposición formidable para vender la isla. Hay un señor que la quiere comprar para reconstruir el castillo, convertirlo en hotel y hacer allí una especie de balneario. ¿Qué os parece?

El tío estaba sonriente, pero los cuatro chicos lo miraban, descompuestos y horrorizados. ¿Habrían, tal vez, descubierto el secreto? ¿No sería que el comprador quería hacerse dueño del castillo porque había visto el plano y adivinado que allí se escondía un tesoro?

La impresión de todo ello produjo en Jorge una violenta reacción. Sus ojos parecían despedir llamas.

– ¡Mamá! ¡Tú no puedes vender mi isla! ¡No puedes vender mi castillo! ¡Yo no quiero!

Su padre frunció el ceño.

– No seas tonta, Jorgina -dijo-. La isla y el castillo no son realmente tuyos. Lo sabes muy bien. Son de tu madre; y ella, naturalmente, quiere aprovechar la oportunidad que se le ha presentado de venderlos a buen precio. Estamos muy necesitados de dinero. Pero cuando vendamos la isla podremos comprarte lo que tú quieras.

– ¡No quiero que me compren nada! -gritó la pobre Jorge-. ¡Prefiero mil veces tener mi isla y mi castillo! ¡Mamá, mamá! ¡Tú siempre me habías dicho que yo acabaría siendo la dueña de la isla! ¡Siempre me lo dijiste y yo te creí!

– Jorge, querida, lo que yo quería decirte era que tu podías ir allí a jugar siempre que quisieras; pero yo no sabía entonces que la isla iba a subir de valor de esa manera -dijo su madre, compungida-. Ahora las cosas son diferentes. A tu padre le han ofrecido mucho dinero, mucho más de lo que hubiéramos llegado a sospechar, y, de todas formas, ya no podemos volvernos atrás.

– O sea que tú no tenías inconveniente en regalarme la isla cuando no valía nada -dijo Jorge, pálida de rabia-. Pero en cuando te enteras de que puedes venderla a buen precio te echas atrás. Eso que haces es algo horrible. No es… no es… honorable.

– Basta ya, Jorgina -dijo su padre, irritado-. Tu madre sólo hace lo que yo le he aconsejado. Tú eres todavía muy niña. Cuando mamá te dijo eso de la isla, lo único que quería era halagarte. Y sabes muy bien que parte del dinero de la venta será para ti, y podrás tener entonces las cosas que quieras.

– ¡No pienso tocar ni un penique! -dijo Jorge-. ¡Os arrepentiréis de lo que vais a hacer!

La chica salió violentamente de la habitación. Sus primos estaban muy apenados por ella. Comprendían lo que debía de sentir. Se había tomado en serio las palabras de su madre. Julián pensó que ella no podía comprender a las personas mayores. Sus padres podían hacer con la isla lo que les pareciera bien. Tenían perfecto derecho a venderla si así lo querían. Claro que el padre de Jorge no sabía que en la isla había un tesoro escondido. Julián miró a su tío, acariciando la idea de decírselo. Pero al final decidió no hacerlo. ¡Sería formidable que ellos encontrasen el tesoro antes que nadie!

– ¿Cuándo venderás la isla, tío? -preguntó con sosiego.

– Firmaremos el contrato dentro de una semana, más o menos -fue la contestación-. Por eso, si queréis pasar un par de días allí, es menester que vayáis en seguida, porque no sé si los nuevos dueños os lo permitirán.

– Ese señor que quiere comprar la isla, ¿es el mismo que te compró el cofre? -preguntó Julián.

– Sí -dijo su tío-. Por cierto que me sorprendió un poco, porque es un señor que se dedica únicamente a comprar antigüedades. Me quedé pasmado cuando me dijo que pensaba comprar la isla y convertir el castillo en un hotel. Sin embargo, me atrevería a decir que es un buen negocio instalar un hotel en la isla. Resultará muy romántico y a la gente le gustará. Yo no soy hombre de negocios y tal vez no me atrevería a invertir mi dinero en un asunto así. Pero estoy seguro de que él sabe perfectamente lo que hace.

– Ya lo creo que sabe lo que hace -dijo Julián, cuando ya habían salido de la habitación y estaba con Dick y Ana-. Él ha visto el plano y ha tenido la misma idea que nosotros: que hay una buena cantidad de barras de oro escondidas en la isla, ¡y se ha apresurado a comprarla! ¡Veréis como no construye ningún hotel! ¡Lo único que quiere es el tesoro! ¡Habrá ofrecido una cantidad irrisoria por la compra y el pobre tío se habrá quedado tan satisfecho!

Se fue a buscar a Jorge. Ésta estaba sola en el cobertizo y tenía la cara muy pálida. Dijo que se encontraba enferma.

– Es que todo esto te ha puesto muy nerviosa -dijo Julián. Le echó el brazo por los hombros. Por primera vez en su vida Jorge no hizo nada por impedirlo. Se sintió confortada. Las lágrimas le afluían a los ojos y ella, muy irritada, intentaba afanosamente disimularlo-. ¡Escucha, Jorge! ¡Ten confianza! ¡No todo está perdido! Mañana por la mañana iremos a la isla Kirrin y ya verás como encontraremos los lingotes. Contamos con tiempo suficiente y lo pasaremos muy bien. ¿Entendido? ¡Anímate! Nosotros estamos contigo y te ayudaremos en lo que necesites. Fue una buena idea lo de sacar una copia del plano.

Jorge se sintió algo más animada. El enojo con sus padres no se le había pasado todavía, pero la perspectiva de pasar un par de días en la isla en compañía de sus primos y de Timoteo la enardecía.

– Mis padres son malos -dijo.

– No lo creas; en realidad, no lo son -dijo Julián, prudentemente-. Al fin y al cabo, si les hace falta el dinero, sería una tontería para ellos no desprenderse de una cosa que no necesitan para nada. Y, como dijo tu padre, cuando hayan vendido la isla tú podrás tener lo que se te antoje. Si yo fuera tú, ya sabría lo que tendría que pedirles.

– ¿Qué? -preguntó Jorge.

– ¡Pues Timoteo! -dijo Julián.

Esta nueva idea hizo que Jorge se sintiera de pronto tremendamente animada.

CAPÍTULO XI. En la isla Kirrin

Julián y Jorge fueron a buscar a Dick y a Ana. Éstos habían estado esperándolos nerviosamente en el jardín. Se alegraron mucho de ver juntos a los dos y corrieron a su encuentro.

Ana cogió la mano de Jorge.

– ¡Cuánto siento lo que te ha ocurrido! -dijo.

– ¡Yo también! -dijo Dick-. ¡Mala suerte, chica! Quiero decir: ¡"chico"!

Jorge forzó una sonrisa.

– Me he portado como una chica -dijo, medio avergonzada-. Pero es que me he llevado un gran disgusto.

Julián contó a los otros lo que habían planeado entre él y Jorge.

– Iremos a la isla mañana por la mañana -dijo-. Hay que hacer una lista de las cosas que necesitamos. Hagámosla ahora mismo.

Sacó del bolsillo un bloc de notas y un lápiz. Los otros lo miraron.

– Cosas de comer -dijo Dick, rápidamente-. Tendremos que llevarnos muchas provisiones si no queremos pasar hambre.

– También algo de beber -dijo Jorge-. En la isla no hay agua. Aunque estoy segura de que mucho tiempo atrás había un pozo muy profundo en el castillo, que llegaba más abajo del nivel del mar. Pero, por más que lo he intentado, nunca lo he podido encontrar.

– Comida -escribió Julián en el bloc-. Y bebidas.

Miró a los demás, añadió: palas. Apuntó la palabra.

Ana lo miró sorprendida.

– ¿Para qué necesitamos las palas? -preguntó.

– Porque seguramente tendremos que excavar la tierra una vez hayamos encontrado la entrada de los sótanos del castillo -dijo Julián.

– Cuerdas -dijo Dick-. Las necesitaremos.

– Y linternas -dijo Jorge-. Los sótanos deben de estar muy oscuros.

– ¡Oooh! -dijo Ana, sintiendo un escalofrío de emoción. No tenía la menor idea de qué podría haber dentro de los sótanos, pero todo aquello sonaba a gran aventura.

– Mantas -volvió a decir Dick-. Si hemos de dormir en aquella habitación del castillo, pasaremos frío.

Julián anotó lo de las mantas.

– Vasos también -dijo-. Y herramientas. Quizá las necesitemos. Nunca se puede saber.

Al cabo de media hora estaba preparada una larga lista de utensilios. Todos se sentían excitados. Jorge iba recuperándose a ojos vistas de su rabia y desilusión. Si se hubiera encontrado sola en esas circunstancias se hubiera sentido terriblemente deprimida al pensar en su desgracia, pero sus primos eran agradables e inteligentes y junto a ellos desaparecía pronto el abatimiento.

"A veces me parece que hubiera sido mucho más feliz si no me hubiera dedicado a llevar una vida solitaria -pensó Jorge, mientras contemplaba la cabeza de Julián, inclinada sobre el bloc de notas-. Es confortante poder compartir con otros todas las cosas, sean buenas o malas. Así las desgracias no parecen tan grandes. Se hacen más llevaderas. Quiero mucho a mis tres primos. Me son muy agradables y me gusta mucho hablar con ellos: son muy animados y siempre están contentos. Me gustaría ser como ellos. Yo tengo mal carácter y me enfado por cualquier cosa: no es extraño que mi padre me regañe tantas veces. Yo quiero mucho a mamá y ahora me doy cuenta de por qué dice que tiene una hija muy difícil. Yo no soy como mis primos. Ellos tienen un carácter abierto y simpático, que agrada a todo el mundo. Estoy muy contenta de que hayan venido a pasar las vacaciones a casa. Su carácter me contagia y me están convirtiendo poco a poco en lo que yo debería ser."

Todos estos pensamientos de Jorge la tuvieron abstraída durante un buen rato, durante el cual mantenía una expresión desusadamente seria. Julián la miró y pudo notar que sus azules ojos estaban fijos en él. Se echó a reír.

– ¡Un penique por tus pensamientos! -dijo.

– Mis pensamientos no valen ni un penique -dijo Jorge, poniéndose encarnada-. Sólo estaba pensando en lo buenos y agradables que sois y en lo que me gustaría ser como vosotros.

– Pues tú eres también una persona muy buena y agradable -dijo Julián, sorprendido-. No es culpa tuya ser hija única. Las chicas como tú, a la fuerza tienen que ser un poco raras si no se esmeran mucho en evitarlo. De todos modos, yo opino que tú eres una persona muy atractiva.

Jorge se puso más encarnada todavía, pero le había gustado lo que le había dicho Julián.

– Vamos a llevar al perro de paseo un rato -dijo-. Debe de estar preocupado pensando qué nos habrá ocurrido hoy.

Todos fueron a ver a Timoteo, que los recibió alborozadamente, ladrando con todas sus fuerzas. Ellos le contaron lo que tenían planeado para el día siguiente, al oír lo cual el can empezó a mover rápidamente la cola y a mirarlos inteligentemente con sus pardos ojos, dando a entender que se había enterado, palabra por palabra, de todo cuanto le habían dicho.

– Se ha puesto muy contento al enterarse de que va a pasar dos días con nosotros en la isla -dijo Ana.

A la mañana siguiente embarcaron en el bote con gran excitación, llevando todas sus cosas cuidadosamente empaquetadas. Julián repasó la lista en voz alta. Al parecer, no habían olvidado nada.

– ¿Y el plano? ¿Lo hemos traído? -dijo Dick de repente.

Julián movió la cabeza.

– Esta mañana me he puesto los shorts limpios. Pero, como te puedes figurar, no se me ha olvidado meter el plano en el bolsillo. ¡Aquí está!

Lo sacó del bolsillo, pero en aquel momento una ráfaga de viento se lo arrebató de las manos. Fue a parar al mar, lejos del bote y a merced de la brisa. Los cuatro gritaron espantados. ¡Iban a perder su precioso plano!

– ¡Hay que alcanzarlo rápido! -gritó Jorge, haciendo virar el bote vertiginosamente. Ninguno de los chicos podía remar tan bien como ella. Timoteo había observado con atención como el plano desaparecía volando de las manos de Julián y había comprendido muy bien por qué los chicos gritaban. Con una impresionante zambullida se metió en el agua y empezó a nadar valientemente tras el plano.

Como perro, nadaba magníficamente: era un can muy vigoroso. Al cabo de poco ya tenía el plano en la boca y nadaba en dirección al bote. Los chicos pensaron que era un perro de lo más maravilloso.

Jorge lo ayudó a reembarcar y cogió el plano. ¡Apenas había señal de que le había clavado los dientes! El can había sabido llevarlo con todo cuidado. Estaba húmedo, y los chicos lo examinaron, preocupados por si se habían borrado los dibujos. Pero Julián, al sacar la copia, había hecho los trazos firmes y gruesos, por lo que se conservaba perfectamente. Lo puso en un asiento del bote y encargó a Dick que cuidara de que no dejara de darle el sol.

– Hemos pasado un buen susto -dijo-. Menos mal que ha durado poco.

Jorge volvió a empuñar los remos y puso de nuevo proa a la isla. Timoteo, con sus frenéticas sacudidas, los había mojado a todos. Como premio a su proeza le dieron una gran galleta que el can ingirió alborozadamente.

Jorge condujo el bote entre los rocosos arrecifes, remando con gran seguridad. Los otros estaban admirados de ver con qué facilidad sorteaba las peligrosas rocas sin que ocurriera el menor contratiempo. Pensaban que era una muchachita maravillosa. Por fin llegaron a la pequeña caleta y los chicos saltaron a la arena. Arrastraron el bote muy adentro para que no se lo llevase el agua al subir la marea y en seguida empezaron a descargar las cosas.

– Llevaremos todo a aquella habitación de piedra -dijo Julián-. Allí estarán las cosas seguras y no se mojarán si llueve. Espero que nadie venga a la isla mientras estemos en ella, Jorge.

– No lo creo -dijo Jorge-. Papá dice que todavía ha de pasar una semana antes de que se firme el contrato de venta. Hasta entonces no será la isla de aquel hombre. Por lo menos será mía todavía una semana.

– Bien. No creo que necesitemos ponernos a vigilar por si viene algún extraño a la isla -dijo Julián, que había sopesado la idea de dejar a uno de guardia en la caleta para que avisase a los demás en el caso de que alguien desembarcara-. ¡Vamos ya! ¡Tú, Dick, coge las palas! Jorge y yo llevaremos la comida y las bebidas. Las otras cosas que las lleve Ana.

La comida y las bebidas estaban dentro de una gran caja. Los chicos no tenían la menor intención de pasar hambre durante su estancia en la isla. Habían traído en abundancia pan, mantequilla, galletas, jamón, fruta en conserva, ciruelas maduras, botellas de cerveza, un recipiente para hacer té, y varias cosas más. Julián llevaba la pesada caja, dando traspiés por entre las rocas. Él y Jorge hubieron de dejarla en el suelo más de una vez para descansar.

Al fin pudieron meter todas las provisiones en la pequeña habitación de piedra. Luego regresaron al bote para sacar las mantas. Extendieron éstas en el suelo de la habitación-refugio, muy contentos de pensar que iban a pasar la noche allí.

– Las chicas pueden dormir sobre estas mantas -dijo Julián-. Y nosotros sobre estas otras.

A Jorge no pareció gustarle, al pronto, que la consideraran como una chica y la pusieran a dormir con Ana. Pero a Ana le horrorizaba dormir sola. Miró a Jorge con aire suplicante, cosa que le hizo reír. No puso objeción, al final, para dormir con ella. Ana encontró que Jorge era cada vez más simpática.

– Bueno. Ahora lo que tenemos que hacer es trabajar -dijo Julián, desplegando el plano-. Estudiemos esto detenidamente, a ver si podemos averiguar dónde está la entrada que conduce a los sótanos. Acercaos todos y aplicad en ello toda vuestra inteligencia. No hay más remedio que romperse la crisma. Hay que desenmascarar al anticuario ese que quiere comprar la isla.

Todos se agruparon alrededor del plano -que estaba ya totalmente seco- observándolo con atención y seriedad. El castillo había sido algo perfecto y grandioso.

– Fijaos -dijo Julián poniendo el dedo sobre el dibujo de los sótanos-. Los sótanos son enormes: ocupan toda la planta baja. Aquí, y también aquí, hay señales que parece que representan escaleras.

– Sí -dijo Jorge-. Ya lo había notado. Si se trata de escaleras, ello demuestra que hay dos entradas. Estos escalones de aquí parece que tienen que estar en esta habitación, o muy cerca de ella, y los otros deben de arrancar de al lado de la torre de los grajos. ¿Qué crees que será esto, Julián?

Puso su dedo sobre una mancha redonda del plano que, al parecer, indicaba la presencia de un gran agujero. Este dibujo estaba en dos sitios del plano: en el de los sótanos y en el del patio del castillo.

– No puedo imaginar qué será esto -dijo Julián, aturdido-. Pero ¡calla! ¡Creo que sí! ¿Te acuerdas que una vez dijiste que estabas segura de que en el castillo había un pozo? Pues creo que se trata de eso. Debe de ser muy profundo, puesto que atraviesa los sótanos. ¿Verdad que es interesante?

Los demás estaban concordes. Se sentían contentos e intrigados. Iban por fin a descubrir algo: algo que encontrarían seguramente dentro de un día o dos.

– Bien -dijo Dick-. ¿Por dónde vamos a empezar? ¿No será mejor empezar por buscar la entrada que arranca de esta habitación? Debe de estar tras una gran piedra; si es así, la apartaremos.

Era ésta una idea muy excitante y los chicos se animaron al momento. Julián dobló el precioso plano y se lo metió en el bolsillo. Miró a su alrededor. El suelo de la pequeña habitación estaba lleno de plantas silvestres y maleza. Lo primero que había que hacer era averiguar si alguna de las piedras del suelo se movía.

– Lo mejor que podemos hacer es trabajar -dijo Julián cogiendo una pala-. Despejemos todo esto de maleza con las palas. Así, como yo lo hago ahora. Hay que quitar todas las plantas. Luego comprobaremos una por una todas las piedras del suelo para ver si alguna se mueve.

Todos cogieron sendas palas y pronto la habitación quedó envuelta en el ruido que producían las herramientas cercenando la silvestre vegetación. Las piedras del suelo se despejaban rápidamente y los chicos, animados, trabajaban con afán.

Todo ello excitaba extraordinariamente a Timoteo. El animalito no tenía la menor idea de qué era lo que estaban haciendo, pero, sin embargo, empezó a ayudarlos valientemente. Se puso a escarbar el suelo con sus cuatro patas inundando el aire de tierra y plantas.

– ¡Eh, Tim! -gritó Julián, quitando al can un montón de tierra de encima-. No hay que hacerlo con tanta fuerza. Vas a acabar con el suelo en un momento. Jorge: ¿no es una maravilla este perro, tomándose siempre las cosas con tanto interés?

Todos continuaron trabajando a fondo. ¡Qué ganas tenían de encontrar la entrada de los sótanos! Estaban fascinados con esa idea.

CAPÍTULO XII. Excitantes descubrimientos

Pronto las piedras del suelo de la pequeña habitación estuvieron despejadas de tierra y maleza. Los chicos vieron que aquéllas eran cuadradas e iguales entre sí, dispuestas unas contra otras. Escudriñaron cuidadosamente con las linternas y tantearon a ver si alguna de las piedras podía ser levantada.

– Lo lógico sería que hubiese una argolla de hierro en algún sitio -dijo Julián-. Pero aquí no hay nada de eso. Todas las piedras son iguales. Es decepcionante.

Julián intentó moverlas metiendo la pala entre las pequeñas hendiduras que había entre ellas, pero ninguna cedió. Parecía que todas estaban firmemente pegadas al suelo. Después de unas tres horas de duro trabajo, los chicos se sentaron para comer algo.

Estaban verdaderamente hambrientos y muy contentos de haber traído muchas provisiones. Mientras comían se dedicaron a discutir el problema que tenían que resolver.

– Quizá la entrada de los sótanos no esté en esta habitación -dijo Julián-. Es decepcionante, pero creo que aquí no haremos nada. Voy a examinar otra vez el plano a ver si esta vez me entero mejor de dónde está la entrada. Puede ser, por supuesto, que las mediciones no sean correctas y no nos podamos servir de ellas. Pero podemos intentarlo.

Midieron y calcularon cuidadosamente las distancias del plano para averiguar exactamente dónde se hallaba la escalera que conducía a los sótanos. Pero parecía imposible averiguar nada, porque los planos de las tres partes del castillo estaban hechos a diferentes escalas. Julián contempló el plano, desconcertado. Parecía al borde de la desesperación. ¡A lo mejor iban a tener que despejar de maleza todo el castillo! ¡Tardarían siglos!

– Mira -dijo Jorge de pronto, poniendo el dedo en la mancha del plano que suponían representaba el pozo-. La entrada de los sótanos parece que no debe de estar muy lejos del pozo. Si pudiéramos localizar el pozo, tal vez la encontraríamos por sus alrededores. En todos los planos está señalado el pozo, y éste parece hallarse hacia el medio del castillo.

– Has tenido una buena idea -dijo Julián, aprobador-. Vamos a ir al medio del castillo. El pozo, según el plano, debe de estar en el centro mismo del patio principal.

Salieron de la habitación y se dirigieron hacia el soleado patio, con cara de acontecimientos. Era algo maravilloso poderse dedicar a buscar los perdidos lingotes de oro. Estaban convencidos de que algo importante había bajo tierra. Ninguno de ellos albergaba la menor duda de que el tesoro estaba allí.

Llegaron al ruinoso patio que en tiempos fue centro del castillo. Midieron su longitud con pasos y se detuvieron a la mitad, mirando en derredor, intentando en vano descubrir algo que fuera un pozo. El suelo del patio estaba todo recubierto de verdina. Aparte de la hierba y la variada gama de plantas silvestres, el viento había llevado allí una buena cantidad de tierra. Las piedras que en tiempos habían formado el suelo del gran patio estaban la mayoría destrozadas y desniveladas y cubiertas de tierra y plantas.

– ¡Mirad! ¡Ahí hay un conejo! -dijo Dick, mirando un animalito que cruzaba despacio y tranquilo el ruinoso patio. Cerca de allí había un agujero y se introdujo en él, desapareciendo. Entonces apareció otro conejo, el cual, después de contemplar a los chicos unos momentos con gran parsimonia, desapareció a su vez. Los chicos estaban maravillados. Nunca hasta entonces habían visto conejos tan tranquilos y domesticados.

Apareció un tercer conejo. Era muy pequeño y tenía las orejas absurdamente largas y el rabito blanco, muy corto y penduleante. Éste no miró a los chicos. Se limitó a dar un juguetón salto y luego, ante el regocijo de aquéllos, se sentó sobre sus patas traseras y empezó a lavarse las enorme orejas bajando primero una y luego la otra.

Pero esto era demasiado para Timoteo. Se había aguantado hasta entonces, a la vista de los dos anteriores conejos, limitándose a dirigirles unos breves ladridos. Pero ver a este de ahora sentado tranquilamente ante sus propias narices y lavándose las orejas era algo que ningún perro podía soportar. Dio un excitado gañido y se abalanzó sobre el sorprendido conejo.

Al pronto, el conejito se quedó quieto. Hasta entonces nadie le había dado ningún susto, por lo que se limitó a contemplar con sus ojos muy abiertos aquella mole que se le venía encima. Luego, aterrorizado, emprendió la huida, sacudiendo el rabo con signo de angustia. Desapareció en seguida a través de un matojo de genista que había cerca de donde estaban los chicos. Timoteo corrió tras él, desapareciendo a su vez entre la genista.

Montones de tierra empezaron a surcar el aire. Timoteo estaba tratando de introducirse en la madriguera del conejo, y para ello había empezado a escarbar violentamente el suelo. En su excitación lanzaba profundos gruñidos sin que, al parecer, notara los gritos de Jorge, quien le conminaba a estarse quieto. ¡Estaba decidido a dar caza al conejo! Siguió escarbando locamente, mientras que la hondura que había hecho al principio se agrandaba más y más.

– ¡Tim, que te estoy llamando! ¡Deja de escarbar! -le gritó Jorge-. ¡Te he dicho mil veces que aquí no puedes perseguir a los conejos! Lo sabes muy bien. Eres malo. ¡Ven aquí en seguida!

Pero Timoteo no cejó en su empeño. Por el contrario, siguió escarbando furiosamente. Jorge se le acercó para sacarlo de allí. Pero en cuanto llegó al sitio cesó todo ruido y movimiento. Se oyó como una especie de gruñido de susto y en seguida todo quedó en silencio. Jorge removió los matojos, aturdida.

¡Timoteo había desaparecido! ¡No estaba allí! El agujero de la madriguera del conejo estaba enormemente agrandado. Pero no había rastro del can.

– ¡Julián, Timoteo se ha esfumado! -exclamó Jorge, compungida-. ¡No puede haberse metido dentro de la madriguera! ¡Es un perro muy grande!

Los chicos se agolparon sobre la entrada del hoyo, que estaba cubierta de genista. Se oyó entonces como una especie de apagado lamento que venía del interior. Julián estaba atónito.

– ¡Se ha metido en la madriguera! -dijo-. ¡Qué cosa más rara! ¡Nunca había visto que un perro pudiera meterse en la madriguera de un conejo! ¿Qué haremos para sacarlo de ahí?

– Empezaremos agrandando el agujero -dijo Jorge con voz firme. Ciertamente que estaba dispuesta a hacer todo lo que estuviera en su mano con tal de salvar a Timoteo-. No puedo soportar que estemos aquí sin hacer nada, mientras el pobre Timoteo pide auxilio.

Los matojos de plantas eran tan espesos y espinosos que impedían absolutamente el paso. Julián se alegró entonces de haber traído a la isla toda suerte de utensilios. Cogió un hacha pequeña, que le venía a las mil maravillas para deshacerse de las espinosas ramas y cortar los troncos de la espesa maleza que taponaba la madriguera.

Empezaron a trabajar con todas sus fuerzas, y a poco la maleza había ya casi desaparecido. Pero para quitarla del todo hubieron de emplear bastante tiempo porque las plantas eran muy espinosas y resistentes. Las manos de los niños estaban magulladas, pero al final consiguieron su objetivo despejando totalmente la entrada de la madriguera. Julián enfocó el interior con la linterna.

Dio un grito de sorpresa.

– ¡Ya sé lo que ha ocurrido! ¡Éste es el pozo! Los conejos tienen su madriguera en un agujero de al lado, y Timoteo, después de escarbar con todas sus fuerzas para agrandarlo, se ha caído dentro.

– ¡Oh, no! ¡Oh, no! -gritó Jorge, llena de consternación-. ¡Oh, Tim, Tim! ¿Te encuentras bien?

Un lejano lamento llegó a sus oídos. Evidentemente, Timoteo estaba por allá dentro. Los niños se miraron unos a otros.

– Sólo podemos hacer una cosa -dijo Julián-. Coger las palas y despejar la boca totalmente. Luego podemos echar una cuerda para salvar a Timoteo.

Todos se pusieren a trabajar con las palas, aunque esta vez no tenían que desplegar tanta energía como al principio. La boca del pozo estaba medio taponada por una gran piedra que probablemente había caído de la ruinosa torre. El tiempo y la maleza habían hecho lo demás.

Entre todos pudieron, al fin, levantar la piedra. Debajo de ella encontraron una tapa de madera carcomida que indudablemente sirvió en sus tiempos para cubrir la entrada del pozo. Estaba tan deteriorada que no había podido impedir la caída de Timoteo.

Julián levantó la vieja tapa y entonces los chicos pudieron mirar el interior del pozo. Era muy profundo y estaba muy oscuro. No se podía ver el fondo. Julián cogió una piedra y la echó dentro. Todos aguzaron el oído para escuchar cómo caía en el agua. Pero no oyeron nada. ¡Tal vez el pozo estaba seco o bien el agua era tan profunda que no se podía oír el impacto de la piedra!

– Debe de estar muy profunda el agua. Por eso no hemos oído la piedra -dijo Julián-. Pero ¿y Timoteo? ¿Dónde estará?

Encendió la linterna, enfocó la sima y… ¡allí estaba Timoteo!

Por lo visto, mucho tiempo atrás había caído otra gran piedra en el interior del pozo y había quedado incrustada a mitad de camino y ésta había servido de sustentación al pobre can, que miraba hacia arriba muerto de miedo. No podía comprender de ninguna manera qué es lo que había ocurrido.

Había una escalerilla de hierro sujeta al borde del pozo. ¡Jorge empezó a bajar por ella antes de que nadie pudiera impedírselo! Fue descendiendo sin preocuparle lo más mínimo el que la vieja escalera pudiera romperse. Llegó junto a Timoteo. Se lo echó al hombro, sujetándolo con una mano, y volvió a la superficie ayudándose con sólo la otra. Los otros tres tiraron de ella para ayudarla a salir. Cuando lo hubo hecho, Timoteo empezó a cabriolar a su alrededor y a lamerla, muy agradecido de lo que había hecho por él.

– Bien, Tim -dijo Dick-. No has podido cazar ningún conejo, pero a cambio nos has hecho un gran favor: ¡has descubierto el pozo! Sólo nos queda investigar un poco más y en seguida encontraremos la entrada de los sótanos.

Se pusieron con gran ímpetu a despejar de plantas y tierra el suelo de los alrededores del pozo. Arrancaron una buena cantidad de piedras que estaban incrustadas en la tierra y continuaron excavando por debajo. Estaban afanados en encontrar el auténtico suelo.

Ana encontró de pronto la entrada. Fue una casualidad. Estaba cansada y se había sentado en el suelo. Empezó a remover la tierra con las manos y de pronto sus dedos tocaron algo duro y frío. Y lo que había tocado no era ni más ni menos que una argolla de hierro. Dio un grito que hizo sobresaltarse a los otros.

– ¡Aquí hay una piedra que tiene una argolla de hierro! -gritó Ana, excitadísima. Los demás se agolparon a su alrededor. Julián manipuló con la pala unos momentos y despejó aquello de tierra y maleza hasta que la piedra quedó al descubierto. Efectivamente: tenía una argolla. Y cuando en una piedra hay una argolla es señal de que tirando de ella la piedra ha de moverse. ¡Seguramente se trataba de la piedra que tapaba la entrada de los sótanos!

Los chicos tiraron de la argolla por turno, pero la piedra no se levantaba. Entonces Julián sacó una cuerda y la ató a la argolla. Tiraron de la cuerda todos a la vez y con todas sus fuerzas. La piedra se movió algo.

– ¡Todos a una otra vez! -gritó Julián. Y otra vez tiraron.

La piedra esta vez se levantó del todo. Los chicos se precipitaron unos contra otros como fichas de "dominó" y cayeron sucesivamente al suelo. Timoteo se lanzó hacia el agujero y empezó a ladrar como un loco, como si creyese que todos los conejos del mundo estaban metidos en aquel sitio. Julián y Jorge se levantaron y se dirigieron a examinar qué había dejado la piedra al descubierto. Contemplaron el interior con los ojos brillantes de alegría. ¡Habían encontrado, por fin, la entrada de los sótanos! Casi a raíz de tierra arrancaban unos pétreos escalones, excavados en la misma roca, formando una escalera que desaparecería en la oscuridad.

– ¡Vamos adentro! -dijo Julián encendiendo la linterna-. ¡Hemos encontrado lo que queríamos! ¡Ahora, a los sótanos!

Los escalones eran resbaladizos. Timoteo bajaba el primero de todos, sin estar muy seguro de dónde ponía los pies. Julián iba detrás de él. Luego iba Jorge, después Dick y, por último, Ana. Estaban todos tremendamente emocionados. ¡No dudaban ni un momento de que iban a encontrar de un momento a otro montones de barras de oro!

Los escalones se perdían en la oscuridad. El olor era nauseabundo y Ana estaba un poco descompuesta.

– Espero que el aire de los sótanos esté más puro que el de aquí. No es nada raro que los pasadizos subterráneos huelan de esta manera. Si alguien se marea, que lo diga y volveremos a la superficie.

Pero, aunque todos estaban algo mareados, nadie dijo nada. Estaban metidos de lleno en una aventura tan excitante que no valía la pena atormentarse por pequeños detalles.

Por fin terminó la escalera. Julián pisó el último escalón y avanzó unos pasos iluminando todo el derredor con la interna. El lugar parecía fantástico y sobrenatural.

Los sótanos del castillo Kirrin eran un subterráneo excavado en las mismas rocas de que estaba formado el subsuelo. Fueran cuevas naturales o bien hechas por mano de hombre, los chicos no podían saberlo.

Lo único cierto era que aquel subterráneo era altamente sobrecogedor, oscuro y lleno de resonancias. Una vez que Julián suspiró, los ecos resonaron a través de la rocosa caverna con extraños ruidos.

– ¿Verdad que suena muy raro? -preguntó Jorge, alzando la voz. No bien lo hubo dicho, sus palabras se oyeron una y otra en vez todas direcciones. "Suena muy raro… suena muy raro… suena muy raro."

Ana cogió la mano de Dick. Estaba muy asustada. No le agradaban los ecos, al fin y al cabo. Sabía muy bien que estaban solos; pero los ecos le producían la sensación de que había por allí mucha gente escondida.

– ¿Dónde creéis que estarán los lingotes? -inquirió Dick. Al momento las cavernas repitieron la última palabra: "¡Lingotes, lingotes, lingotes!"

Julián se echó a reír y su risa se dividió en muchas risas que resonaban incluso de diferente manera. Los sótanos la devolvían multiplicada a los oídos de los muchachos. Era algo realmente extraño, porque parecían provenir de personas diferentes.

– Avancemos -dijo Julián-. Tal vez algo más allá no suenen tanto los ecos.

"Los ecos", se oyó en seguida. "Los ecos."

Se alejaron del final de la pétrea escalera y comenzaron la exploración. Los sótanos estaban excavados en el subsuelo rocoso y, al parecer, abarcaban toda la planta baja del castillo. Quizá muchos años atrás hubieran servido de morada a infelices prisioneros. Pero lo más probable era que se utilizaran para ocultar cosas de valor.

– Estoy seguro de que los lingotes están escondidos en los sótanos -dijo Julián.

Se paró y sacó el plano del bolsillo. Lo iluminó con la linterna. Pero aunque en el plano estaba escrita con toda claridad la palabra "lingotes" en la parte correspondiente a los sótanos, Julián no tenía realmente la menor idea de qué camino había que tomar para llegar hasta el tesoro.

– ¡Caramba! ¡Fijaos! ¡Según el plano, tiene que haber una puerta muy cerca de aquí! ¡Estoy seguro de que tras ella se encuentran los lingotes!

CAPÍTULO XIII. Dentro de los sótanos

Cuatro linternas apuntaron al momento en dirección a una puerta de madera próxima. Era grande y sólida y estaba tachonada con clavos de hierro. Julián, dando un grito de alegría, se acercó corriendo. Estaba convencido de que era la puerta de la caverna destinada a ocultar cosas de valor.

Pero la puerta estaba firmemente cerrada. Ni tirando ni empujando podía abrirse. Tenía una cerradura con un gran ojo, pero, por supuesto, no había en él ninguna llave. Los cuatro niños miraban la puerta, exasperados. ¡Vaya fastidio! Justamente cuando acababan de encontrar con seguridad el lugar donde estaban escondidos los lingotes, la maldita puerta no quería abrirse.

– Cogeremos el hacha -dijo Julián de pronto-. A hachazos podremos romper la cerradura.

– ¡Buena idea! -dijo Jorge, satisfecha-. ¡Vamos por ella!

Se dispusieron a regresar por el mismo camino que los había llevado hasta allí. Pero los sótanos eran tan grandes y había en ellos tantos vericuetos, que los chicos acabaron perdiéndose en sus inmensidades. De repente tropezaron con unos viejos barriles de madera y un montón de botellas vacías, en su intento de encontrar el camino que les llevara hasta la escalera de salida.

– ¡Es desesperante! -dijo Julián, al final-. No tenemos la menor idea de dónde puede estar la salida. Nos rompemos la cabeza recorriendo todas las cavernas y los pasadizos, pero no podemos sacar nada en claro: todos parecen iguales. Todos están oscuros y en todos huele mal.

– ¡A lo mejor nos tenemos que quedar aquí para siempre! -dijo Ana, desalentada.

– No seas tontina -dijo Dick, cogiéndole la mano-. Ya verás como muy pronto encontramos la salida. ¡Hola! ¿Qué es esto?

Todos se detuvieron. Habían topado con una especie de tubo hecho de ladrillos que iban de arriba abajo, enlazando el techo con el suelo. Julián lo iluminó con su linterna, estupefacto.

– ¡Ya sé lo que es! -exclamó Jorge, de pronto-. ¡Es el pozo, por supuesto! Acuérdate de que en el plano del patio estaba señalado, y también en el plano de los sótanos. Pues bien: éste es el pozo. Seguramente habrá a esta altura alguna abertura para poder sacar el agua desde aquí, lo mismo que desde la superficie.

Los chicos empezaron a buscar la abertura. La encontraron al otro lado del tubo. Era pequeña, pero lo bastante amplia como para que pudieran meter por ella los hombros y la cabeza y escudriñar. Uno a uno, los chicos se asomaron e iluminaron el interior del pozo. El agua debía de estar muy profunda, porque no se la podía ver a la luz de las linternas. Julián cogió una piedra y la lanzó dentro, pero no oyeron el choque con el agua. Miró hacia arriba y pudo ver el débil resplandor de la luz del día que se filtraba a través de un resquicio que dejaba una gran piedra incrustada en la parte interior del tubo. Era la misma piedra donde Timoteo había estado esperando a ser rescatado.

– Bien -dijo-. Éste es el pozo que indica el plano. ¿Verdad que es extraño? Ahora que lo hemos encontrado podemos estar seguros de que la salida no está lejos.

Esto los animó a todos tremendamente. Empezaron a escudriñar la oscuridad con las linternas.

Ana dio de pronto un excitado grito.

– ¡Aquí está la salida! ¡Tiene que serlo! ¡Veo un poco la luz del día!

Los chicos vieron que donde indicaba Ana había unos escalones que seguramente eran el principio de la escalera que conducía al exterior. Julián examinó los alrededores detenidamente para recordar el camino que tenían que seguir cuando regresaran. No estaba muy seguro de que pudieran volver a encontrar la puerta aquella que habían descubierto.

A poco, ya habían salido todos a la luz del sol. Era delicioso sentir la caricia de sus rayos después de tanto rato de deambular por los gélidos sótanos. Julián consultó su reloj y exclamó ruidosamente:

– ¡Son las seis y media! ¡Las seis y media! No es raro que tengamos hambre. No hemos tomado nada a la hora del té. No hemos hecho más que deambular por los sótanos.

– Bueno, no importa -dijo Dick-. Tomaremos el té y cenaremos al mismo tiempo. Tengo un apetito como si no hubiera tomado nada en un año.

– Teniendo en cuenta que tú comes como dos personas -empezó a decir Julián, indignado. Pero en seguida sonrió-. Realmente a mí me pasa lo mismo -dijo-. ¡Ea! ¡Vamos ya! Necesitamos una buena comida. Jorge: ¿qué opinas de una fuente llena de rica comida caliente y en su punto? He cogido frío después de estar tanto tiempo bajo tierra.

Resultaba muy agradable ver la hirviente caldera sobre el fuego de las secas ramas. También eran deliciosos el pan con queso, los pasteles y los dulces y los rayos del sol, que los chicos recibían mientras iban comiendo. De todo ello disfrutaron enormemente. Timoteo también comió hasta la saciedad. Al can no le gustaba mucho estar bajo tierra. Había acompañado a los demás a regañadientes y con el rabo entre las piernas. Sobre todo, los fuertes ecos lo habían asustado enormemente.

Había ladrado una vez y los ecos de su ladrido le habían producido la impresión de que aquello estaba lleno de siniestros perros ladrando lúgubremente. Sin embargo, se había negado rotundamente a mostrar miedo. Pero ahora se sentía feliz engullendo lo que los chicos le daban para comer y lamiendo las piernas de Jorge cada vez que la veía cerca.

Cuando acabaron de comer eran ya más de las ocho. El sol declinaba y el día había refrescado.

Julián miró a los demás.

– Bueno -dijo-. Yo no sé lo que pensaréis vosotros. Pero, lo que es yo, no tengo nada de ganas de volverme a meter hoy en los sótanos: no es que haya desistido de la idea de romper la cerradura con el hacha y abrir la puerta. Es que estoy cansado y no me hago a la idea de pasarme la noche allí abajo.

Los otros coincidieron con Julián, sobre todo Ana, que tenía el secreto temor de tener que meterse allá abajo otra vez por la noche. Estaba muerta de sueño. Las emociones del día la habían dejado exhausta.

– ¡Vamos, Ana! -dijo Jorge-. Vamos a acostarnos. Dormiremos juntas sobre las mantas que hemos traído, en aquella habitación del castillo. Mañana, cuando nos despertemos, ya tendremos tiempo de preocuparnos por abrir esa puerta.

Los chicos, seguidos de Timoteo, se dirigieron a la habitación-refugio del castillo. Todos se acomodaron sobre sus mantas y Timoteo se tendió junto a Jorge y Ana. Se le subió luego encima a Ana. Pesaba tanto que la niña tuvo que cogerlo por las patas y apartarlo. El can volvió a subírsele encima y ella suspiró, medio dormida ya. Timoteo agitó el rabo dando con él pequeños golpes en el tobillo de Ana. Entonces Jorge lo cogió y lo puso sobre sus piernas, donde el can se acomodó y se dispuso a dormir, lanzando el aliento sobre la piel de su amita. Ella se sentía muy feliz. Iba a pasar la noche en su isla. Estaba segura de que pronto descubrirían los lingotes. Tenía a Timoteo con ella, durmiendo. Quizás, al fin y al cabo, todas las cosas acabaran saliendo bien.

Pronto sintió que la invadía el sueño. Los chicos dormían tranquilos sabiendo que en Timoteo tenían un magnífico guardián. Pacíficamente y sin sobresaltos descansaron hasta que llegó la mañana, o sea hasta el momento en que Timoteo descubrió un conejo que estaba metiéndose en la habitación y se lanzó tras él para darle caza. Dio un tirón a la manta y Jorge se despertó. Se incorporó, restregándose los ojos.

– ¡Despertaos! -gritó a los otros-. ¡Eh, todos arriba! ¡Ya es de día! ¡Y estamos en la isla!

Todos se despertaron sintiendo al punto la emoción de recordar los acontecimientos producidos y los que todavía tenían que producirse. Lo primero que pensó Julián fue en la puerta de madera. Estaba seguro de que conseguiría abrirla con el hacha. Y ¿qué encontrarían luego?

Se desayunaron abundantemente, como en casa. Luego Julián cogió el hacha y se fue con los demás a la escalinata de entrada a los sótanos. Timoteo iba con ellos, por supuesto, moviendo la cola pero algo preocupado de pensar que iban a volver a aquel sitio tan extraño donde había tantos perros misteriosos ladrando y que no se veían por ningún sitio. ¡Pobre Timoteo! ¡No tenía la menor idea de lo que era el eco!

Se introdujeron de nuevo bajo tierra. Pero ¡ay! No lograron encontrar el pasadizo que llevaba a la gran puerta de madera. Era un gran contratiempo.

– Nos hemos vuelto a perder -dijo Jorge, desesperada-. ¡Estos sótanos son el mayor laberinto que en la vida he podido imaginar! ¡Seguro que luego cuando queramos salir no encontramos tampoco la salida!

Julián tuvo una brillante idea. Llevaba un trozo de tiza en el bolsillo y lo sacó. Retrocedió hacia el pie de la escalinata y empezó, a marcar con el yeso las toscas paredes. Luego continuó señalando todo el camino que iban recorriendo en la oscuridad. Al fin llegaron al pozo. Julián estaba muy satisfecho con la idea que había tenido.

– Ahora -dijo- siempre que vayamos al pozo podremos encontrar la salida. No hay más que seguir las señales que he dejado con la tiza. La cuestión está en averiguar qué camino hemos de seguir ahora para encontrar la puerta de madera. Emprenderemos la ruta por cualquier pasadizo y yo entre tanto iré dejando señales con el yeso. Si nos volvemos a equivocar, retrocederemos y, de paso, iremos borrando las señales hasta volver aquí. Luego intentaremos otro camino, y así siempre hasta que demos con el auténtico.

Esto era realmente una buena idea. Emprendieron un camino que resultó equivocado, por lo que regresaron al punto de partida después de haber ido borrando las señales dejadas por Julián. Entonces eligieron la dirección contraria. ¡Esta vez sí que encontraron la puerta de madera!

Allí estaba, sólida y firme, con sus rojizos y mohosos clavos. Los chicos la contemplaron con gran satisfacción. Julián levantó el hacha.

¡Crash! La fue incrustando en la madera a golpes alrededor de la cerradura. Pero la madera era muy resistente: el hacha apenas se introducía en ella un par de pulgadas. Julián volvió a golpear la puerta. El hacha dio en uno de los grandes clavos y resbaló, clavándose algo más allá de donde había apuntado Julián. Se desprendió una gran astilla, que dio en la mejilla del pobre Dick. Éste profirió un grito de dolor. Julián se volvió, sobresaltado, y lo miró. ¡A Dick le estaba sangrando la mejilla!

– Un trozo de puerta se me ha metido en la cara -dijo el pobre Dick-. Creo que es una astilla.

– ¡Caramba! -dijo Julián-. Aguarda un momento, que te la voy a sacar. ¡La tienes todavía clavada!

Pero Dick se la quitó él solo. Se le notaba que sentía un gran dolor. Empezó a ponerse pálido.

– Será mejor que te vayas un rato al aire libre -dijo Julián-. Tenemos que lavarte la herida y cortar la hemorragia de alguna manera. Ana se ha traído una venda limpia. La mojaremos y empaparemos con ella la sangre. Afortunadamente, también hemos traído agua.

– Yo iré con Dick -dijo Ana-. Tú quédate aquí con Jorge. Al fin y al cabo, a nosotros no nos necesitáis ahora.

Pero Julián prefería acompañarlos para asegurarse de que no se iban a perder. Le entregó el hacha a Jorge.

– Puedes seguir golpeando la puerta mientras estoy fuera -dijo-. Hay que trabajar mucho rato todavía para poder abrirla. Yo volveré en seguida. No te preocupes, que la salida la tenemos que encontrar, pues no hay más que seguir las señales que he dejado en las paredes.

– Conforme -dijo Jorge, cogiendo el hacha-. Pobre Dick. Cuídate de que no le pase nada.

Julián se marchó con Dick y Ana, dejando tras sí a Timoteo y a Jorge, ésta empeñada valientemente en la penosa tarea de abrir la puerta de madera. Ana empapó la venda en el agua de la cantimplora que había traído para la excursión y la aplicó a la herida de Dick con gran solicitud. Sangraba mucho, porque en las mejillas pasa así, pero la herida no era grave. La cara de Dick recuperó pronto su color y él mismo sintió ganas de volver a los sótanos.

– No. Tienes que echarte en el suelo de espaldas durante un rato -dijo Julián-. Eso se hace cuando sangra la nariz y supongo que también será bueno cuando sangra la mejilla. Lo mejor que podéis hacer es subir por estas rocas hasta la parte alta, desde donde se ve el barco, y descansar allí una hora y media. Vamos. Os acompañaré un rato. Y tú, viejo, no olvides que tienes que quedarte tendido todo el tiempo hasta que deje de salirte sangre.

Julián acompañó a sus dos hermanos hasta la parte del castillo que daba al mar abierto. Allí estaba todavía el viejo navío, metido entre las rocas. Dick se echó boca arriba en el suelo, deseando ardientemente que cuanto antes dejara de salirle sangre por la herida. ¡No quería perder ni un instante de la aventura!

Ana le cogió la mano. El accidente de su hermano la había trastornado, y, aunque ella tampoco quería perderse ningún detalle, decidió quedarse con Dick hasta que éste se sintiese mejor. Julián se sentó en el suelo junto a ellos durante un par de minutos. Luego volvió a la escalinata de los sótanos y desapareció en la oscuridad. Se guió por las señales que había dejado con la tiza y pronto llegó al lugar donde Jorge estaba afanada en acribillar la puerta con el hacha.

Había conseguido destrozar casi toda la madera alrededor de la cerradura, pero la puerta no podía abrirse. Julián cogió el hacha y comenzó de nuevo su trabajo.

Después de dar uno o dos golpes, algo ocurrió en la cerradura. Empezó la puerta a oscilar. Julián dejó el hacha en el suelo.

– Ya verás como ahora se podrá abrir la puerta -dijo excitadamente-. ¡Eh, viejo Tim! ¡Apártate! ¡Jorge, vamos a empujar!

Los dos empujaron la puerta y la cerradura emitió un ruido extraño. La puerta crujió y empezó a abrirse.

Los dos chicos la franquearon rápidamente mientras iluminaban las paredes con sus linternas.

La cueva que había tras la puerta no era nada diferente de las otras que había en los sótanos. Pero lo que contenía era muy distinto a los barriles y botellas que los chicos, habían encontrado anteriormente. Al fondo, amontonado de modo irregular, había un conglomerado de cosas que parecían ladrillos de color amarillo sucio y aspecto metálico. Julián cogió uno de ellos.

– ¡Jorge! -gritó-. ¡Éstos son los lingotes! ¡Esto es de oro! Ya sé que no lo parece, pero es oro, estoy seguro. ¡Oh, Jorge, esto vale una fortuna, y es tuyo! ¡Al fin lo hemos encontrado!

CAPÍTULO XIV. ¡Prisioneros!

Jorge no podía articular palabra. Permanecía quieta, frente al montón de lingotes. En la mano tenía uno. Le costaba trabajo creer que aquellos ladrillos fuesen realmente de oro. El corazón le latía con fuerza. ¡Qué hallazgo más maravilloso!

Timoteo empezó de pronto a ladrar furiosamente. Volvió la espalda a los chicos y asomó la nariz por la puerta. ¡Qué modo de ladrar!

– ¡Basta ya, Tim! -dijo Julián-. ¿Qué es lo que has oído? ¿Es que Dick y Ana regresan ya?

– ¡Dick! ¡Ana! ¿Sois vosotros? ¡Corred! ¡Hemos encontrado los lingotes! ¡Los hemos encontrado! ¡Venid rápido!

Timoteo dejó de ladrar y empezó a gruñir. Jorge estaba perpleja.

– ¿Qué le pasará a Tim? -preguntó-. No creo que él se ponga a gruñirles a Dick y a Ana.

El sobresalto que se llevaron al momento fue mayúsculo. Una voz de hombre resonaba a lo largo del oscuro pasadizo, produciendo multitud de ecos.

– ¿Quién está ahí?

Jorge agarró el brazo de Julián, aterrorizada. Timoteo aumentó los gruñidos. Tenía el pelo del cuello completamente erizado.

– ¡Cállate ya, Tim! -susurró Jorge, mientras apagaba la linterna. Pero Timoteo no quería a todas luces callarse. Siguió emitiendo gruñidos que parecían pequeños truenos.

Los chicos pudieron ver el débil resplandor de una linterna que iba acercándose a un recoveco del pasadizo. A poco, la luz los enfocó directamente. El hombre que llevaba la linterna se detuvo, sorprendido.

– Bien, bien, bien -se oyó que decía-. ¡Mira quién hay aquí! ¡Dos niños en los sótanos de mi castillo!

– ¿Qué dice usted? ¿Su castillo? -gritó Jorge.

– Sí, pequeña, este castillo es mío porque estoy en tratos para comprarlo -dijo la voz. Entonces se oyó otra voz que hablaba ásperamente.

– ¿Qué estáis haciendo aquí abajo? ¿Qué significa eso de gritar: ¡Dick, Ana! y de decir que habéis encontrado los lingotes?

– No contestes -susurró Julián a Jorge. Pero los ecos tomaron su voz y la aumentaron desorbitadamente a través de los pasadizos. "¡No contestes!… ¡No contestes!"

– Ah, ¿conque no quieres que conteste? -dijo el segundo hombre, acercándose a los chicos. Tim empezó a enseñarle los dientes, pero él no parecía tener miedo del perro. Se acercó a la puerta de la cueva e iluminó el interior con su linterna. Lanzó un silbido.

– ¡Jake! ¡Mira esto! -dijo-. Tenías razón. El oro está aquí. Y ¡qué fácil será llevárnoslo! Todo en lingotes. A fe que es la cosa más agradable que me ha ocurrido en la vida.

– El oro es mío -dijo Jorge, hecha una furia-. La isla y el castillo son propiedad de mi madre, y todo lo que pueda haber en ellos. Este oro lo trajo aquí y lo escondió un antepasado mío antes de que se hundiera el barco. No es de ustedes ni nunca lo será. En cuanto llegue a casa le contaré a mis padres que lo he encontrado y entonces ¡pueden estar seguros de que jamás le venderán el castitillo ni la isla! Han sido ustedes muy listos estudiando el plano que había dentro del cofre. Pero más listos hemos sido nosotros. ¡Lo hemos encontrado primero!

Los hombres escuchaban en silencio la fuerte y airada voz de Jorge. Uno de ellos se echó a reír.

– No eres más que una niña -dijo-. Supongo que no pretenderás poder estorbar nuestros designios. Vamos a comprar esta isla y todo lo que hay en ella. Y nos haremos con el oro en cuanto se haya firmado el contrato. Y, aunque por cualquier causa no pudiésemos comprar la isla, a nosotros nos da igual. Nos quedaremos con el oro de todas formas. Nada más fácil que fletar un barco, traerlo aquí y embarcar el oro con la ayuda de un bote. No te preocupes, nosotros conseguiremos nuestro propósito.

– ¡No lo conseguiréis! -dijo Jorge, acercándose a la puerta-. Ahora mismo voy a ir a mi casa a contarle a mis padres todo lo que usted acaba de decir.

– No, pequeña, no vas a ir a tu casa -dijo el primer hombre, poniendo las manos en los hombros de Jorge y empujándola duramente contra la rocosa pared-. Y, a propósito, si no quieres que me cargue a ese desagradable perro ten la bondad de decirle que se largue.

Jorge, vio, aterrorizada, que el hombre tenía un revólver en la mano. Llena de pánico, cogió a Timoteo por el collar y lo apretujó contra ella.

– Quieto, Tim. No te preocupes. Todo va bien.

Pero el can sabía sobradamente que las cosas no iban bien. Algo desagradable estaba ocurriendo. Empezó a gruñir furiosamente.

– Ahora, escúchame -dijo el hombre, después de cruzar unas breves y apresuradas palabras con su compañero-. Si te portas sensatamente, nada desagradable te ocurrirá. Pero si te empeñas en fastidiarnos lo vas a pasar muy mal. Ahora vamos a hacer lo siguiente: nos vamos a marchar en nuestra lancha motora, dejándoos bien seguros aquí. Traeremos un barco y volveremos para llevarnos el oro. Ahora que sabemos dónde está el tesoro no vale la pena gastarse dinero en comprar la isla.

– Y vas a escribir una nota a tus compañeritos que están arriba, diciéndoles que habéis encontrado el oro y que vengan aquí a comprobarlo -dijo el otro hombre-. Luego os dejaremos aquí encerrados con los lingotes: podéis entre tanto disfrutar de su vista si es que os agrada. Os dejaremos comida y bebida suficiente para pasar el tiempo hasta que volvamos. Aquí tienes una pluma. Escribe una nota a Dick y a Ana, estén donde estén, y mándale al perro que se la lleve. Venga.

– No quiero -dijo Jorge, con expresión furiosa-. No me podéis obligar a hacer una cosa así. No quiero que Dick y Ana vengan aquí, para que los hagáis prisioneros. Además no estoy dispuesta a dejar que se queden ustedes con mi tesoro. Lo hemos descubierto nosotros.

– Mataré al perro si no haces lo que te han dicho -dijo el otro hombre de pronto. Jorge sintió angustia en su corazón. Estaba aterrorizada.

– No, no -dijo desesperadamente.

– Ya te lo he dicho: si no quieres que lo mate, escribe la nota -dijo el hombre, mostrándole papel y pluma-. Venga. Yo te diré lo que tienes que escribir.

– ¡No puedo hacerlo! -sollozó Jorge-. No puedo decirles a Dick y a Ana que vengan aquí para que luego los encerréis.

– Muy bien: entonces, mato al perro -dijo el hombre, apuntando su arma hacia el pobre Timoteo. Jorge abrazó a Timoteo profiriendo un grito.

– ¡No, no! ¡Escribiré el mensaje! ¡No lo mate, no lo mate!

La muchachita cogió el papel con mano temblorosa y miró al hombre.

– Escribe esto -ordenó él-. "Queridos Dick y Ana: Hemos encontrado el tesoro. Venid cuantos antes a verlo." Y ahora firma con tu nombre.

Jorge escribió todo lo que el hombre le había dictado. Luego firmó con su nombre. Pero en vez de Jorge puso Jorgina. Ella sabía que Dick y Ana se darían cuenta en seguida de que esa firma no era suya, o bien de que algo raro estaba pasando. El hombre cogió el papel y lo metió bajo el collar de Timoteo. El perro no cesaba de gruñir, cada vez más fuerte, pero Jorge le ordenó que no mordiese a nadie.

– Ahora, mándale que vaya adonde están tus amiguitos -dijo el hombre.

– Ve adonde están Dick y Ana -ordenó Jorge-. Ve, Tim. Tienes que encontrar a Dick y a Ana. Cuando los encuentres, déjales este papel.

A Timoteo no le agradaba, en verdad, dejar a su amita: pero en la voz de Jorge había un acento de imperiosa necesidad. El can la miró por última vez y luego desapareció por el pasadizo. Se acordaba bien del camino. Subió rápidamente por los rocosos escalones de la entrada y pronto estuvo al aire libre. Al llegar al patio central del castillo se detuvo y empezó a olfatear. ¿Dónde estarían Dick y Ana?

Encontró las huellas y empezó a seguirlas, siempre con la nariz pegada al suelo. Poco después estaba ya con los dos chicos. Dick estaba ya mucho mejor y se había levantado. De su mejilla apenas salía sangre.

– Hola -dijo sorprendido al ver a Timoteo-. ¡Está aquí Timoteo! ¡Eh, hociquitos! ¿Por qué se te ha ocurrido venir a vernos? ¿Te has cansado de la oscuridad de allá bajo?

– Fíjate, Dick, lleva algo en el collar -dijo Ana, con sus perspicaces ojos fijos en el trozo de papel que el can llevaba al cuello-. Es un mensaje. Supongo que Jorge y Julián nos avisan para que volvamos a los sótanos. ¿Verdad que Timoteo sabe llevar muy bien los mensajes?

Dick cogió el papel. Lo desdobló y se puso a leerlo.

– "Queridos Dick y Ana -leyó en voz alta-. Hemos encontrado el tesoro. Venid cuanto antes a verlo. Jorgina."

– ¡Ooooh! -dijo Ana con los ojos brillantes-. ¡Lo han encontrado! ¡Oh, Dick! ¿Te encuentras ya bien? ¿Puedes volver ya a los sótanos? ¡Vamos en seguida!

Pero Dick no hizo el menor ademán de echar a andar. Se quedó examinando el mensaje, perplejo.

– ¿Qué es lo que te pasa? -preguntó Ana, impaciente.

– ¿No te parece raro que Jorge haya firmado con el nombre de Jorgina? -dijo Dick, despacio-. Ya sabes cómo odia ser una chica y llamarse con un nombre femenino. Acuérdate de que nunca contesta cuando la llamamos Jorgina. Y en este papel está la firma con el nombre que a ella no le gusta. A mí esto me parece algo raro. Me da la impresión de que se trata de un aviso para que nos enteremos de que algo no va bien.

– Oh, no seas aprensivo, Dick -dijo Ana-. ¿Por qué no va a ir todo bien? Vamos a reunirnos con ellos.

– Ana: lo que voy a hacer es echar un vistazo a la caleta para asegurarme de que nadie más ha venido a la isla -dijo Dick-. Tú espérame aquí.

Pero Ana no quería quedarse sola. Se fue tras Dick, reprochándole continuamente su excesiva preocupación por cosas que no sucedían en la realidad.

Pero cuando llegaron a la caleta pudieron ver que, además de su bote, había allí una lancha motora. ¡Alguien había desembarcado en la isla!

– Fíjate -dijo Dick en un susurro-. Además de nosotros hay alguien más en la isla. Y apuesto a que se trata de los que la quieren comprar. Apuesto a que se han enterado por el plano de que aquí hay un tesoro escondido. Y han encontrado a Jorge y a Julián y quieren que nosotros nos metamos allá abajo para estar bien seguros de que nadie los denunciará mientras se llevan el oro. Por eso han obligado a Jorge a mandarnos este mensaje. Pero ella ha hecho muy bien: ha firmado con un nombre que nunca usa para que nos demos cuenta de que algo anormal está ocurriendo. Lo que tenemos que hacer ahora es pensar en firme. ¿Qué solución hay que tomar?

CAPÍTULO XV. ¡Dick se encarga del rescate!

Dick cogió de la mano a su hermana y ambos se alelaron rápidamente de la caleta. Tenían miedo de ser vistos por los que habían arribado a la isla. El muchacho condujo a Ana hasta la habitación-refugio donde tenían todas sus cosas y se sentó con ella en un rincón.

– Apostaría a que han descubierto a Julián cuando estaba dando hachazos en la puerta -dijo Dick-. Pero lo que ocurre es que no tengo la menor idea de qué es lo mejor que se puede hacer. Si nos metemos en los sótanos nos atraparán. Hola. ¿Qué hace Timoteo? ¿Por qué se marcha?

El perro había estado hasta entonces con ellos, pero ahora de repente había salido corriendo en dirección a la entrada de los sótanos. Empezó a bajar por la escalinata y en seguida desapareció. Los chicos se intranquilizaron: hasta entonces, la presencia del perro les había proporcionado cierta seguridad, pero ahora que se había ido se sentían desasosegados.

En verdad que no sabían qué resolución tomar. Pero de pronto Ana tuvo una idea.

– ¡Ya sé lo que podemos hacer! Coger el bote y pedir ayuda en tierra firme.

– Ya había pensado en eso -dijo Dick, tristemente-. Pero sabes muy bien que nosotros no podemos llevar el bote remando hasta la playa porque no conocemos bien el camino para pasar por entre todas las rocas. El bote se hundirá. Además, no sé si tendremos bastantes energías para remar tanto rato. Oh, querida, ojalá tuviera alguna buena idea.

En realidad no necesitaban ya romperse la cabeza para decidir qué tenían que hacer. ¡Los dos intrusos se dirigían hacia ellos, dispuestos a capturarlos! Habían visto que Timoteo regresaba sin la nota y que los muchachos no iban con él. Supusieron que habían cogido el papel, pero no podían comprender por qué no habían vuelto con el perro.

Dick los oyó hablar.

Cogió a Ana por el brazo, indicándole que no se moviera. Había visto que los individuos tomaban la dirección opuesta a donde ellos estaban.

– ¡Ana! ¡Ya sé dónde nos podemos esconder! ¡Nos meteremos en el pozo, bajando por la escalerilla unos cuantos metros, y nos quedaremos allí agazapados! Estoy seguro de que a nadie se le ocurrirá mirar dentro del pozo.

A Ana no le hacía nada de gracia tener que meterse en el pozo, aun cuando sólo fuera unos pocos metros. Pero Dick estaba decidido. Cogió a su hermana por el brazo y la arrastró literalmente hasta el centro del patio. Los dos hombres habían emprendido la búsqueda en la otra parte del castillo. Tenían tiempo suficiente para meterse en el pozo sin que los vieran. Dick levantó prontamente la carcomida tapa de madera y ayudó a Ana a bajar por la escalerilla. Ella tenía mucho miedo. Luego se introdujo él, a su vez, y de la mejor manera que pudo cogió la tapa de madera y la restituyó a su sitio.

La gran piedra que había servido de sustentación a Timoteo cuando éste cayó estaba todavía allí. Dick la tanteó para ver si podía resistir mucho peso. Estaba firmemente sujeta a la pared del pozo.

– Puedes sentarte aquí si es que no quieres pasar todo el tiempo agarrada a la escalerilla -le dijo a su hermana.

Ana, temblorosa, se sentó en la piedra, temiendo que los descubrieran de un momento a otro. Los niños pudieron oír las voces que daban los dos hombres, unas veces a muy poca distancia y otras lejos. Al final empezaron a llamarlos a gritos.

– ¡Dick! ¡Ana! ¡Los otros os están esperando! ¿Dónde estáis? ¡Tenemos buenas noticias para vosotros!

– Vaya, y ¿por qué en vez de avisarnos ellos no dejan que Julián y Jorge salgan de allá abajo y vengan a avisarnos ellos mismos? -dijo Dick-. Ya te dije que había algo extraño en todo esto. ¡Qué ganas tengo de poder hablar con los otros y enterarme de una vez de qué es lo que ha ocurrido!

Los dos hombres se dirigieron al patio. Estaban malhumorados.

– ¿Dónde se habrán metido esos mastuerzos? -dijo Jake-. El bote está todavía en la caleta, o sea que no pueden haberse marchado de la isla. Deben de estar escondidos en cualquier sitio. No podemos pasarnos todo el día buscándolos.

– Lo mejor que podemos hacer es coger provisiones -dijo el otro hombre- de aquella pequeña habitación. Las hay en abundancia. Supongo que los chicos las habrán traído para su excursión a la isla. Nos llevaremos la mitad abajo para dejársela a los que hemos encerrado, y el resto servirá para los que están fuera. Luego nos llevaremos su bote para que no puedan salir de aquí.

– Muy bien -dijo Jake-. Pero no olvidemos que lo más importante es hacernos cuanto antes con el oro y asegurarnos de que los chicos quedarán aquí el tiempo suficiente para que podamos huir y ponernos a buen recaudo. No tenemos que preocuparnos por la compra de la isla. Lo único que nos interesa es el tesoro.

– Está bien, vamos -dijo su compañero-. Voy a coger las provisiones. No nos preocupemos más por los otros dos. Entre tanto, quédate tú aquí vigilando por si por casualidad se acercan.

Dick y Ana apenas se atrevían a respirar mientras estaban oyendo todo esto. ¡Qué miedo tenían de que a los hombres se les ocurriera mirar dentro del pozo! Oyeron como uno de ellos se dirigía a la habitación-refugio. Estaba claro que iba a recoger alimentos y bebida para llevárselos a los dos prisioneros que había abajo en los sótanos. El otro hombre quedó en el patio vigilando sin demasiada atención.

Después de un rato, que a los chicos les pareció una eternidad, regresó el hombre, reuniéndose con su compañero. Cuchichearon algo entre ellos y en seguida tomaron el camino de la caleta. Dick oyó como ponían en marcha la lancha motora.

– Ahora ya podemos salir sin que nos vean, Ana -dijo-. ¡Caramba! ¡Qué frío hace aquí dentro! Estaba deseando poder tomar el sol cuanto antes.

Salieron de su escondrijo y se pusieron a calentarse bajo los ardientes rayos del sol veraniego. Pudieron ver cómo se alejaba de la orilla la lancha motora.

– Bien: por lo pronto se han marchado -dijo Dick-. Y no nos han cogido nuestro bote, a pesar de que dijeron que lo harían. Si pudiéramos rescatar a Julián y a Jorge sería la solución. Como Jorge rema muy bien, ella nos podrá llevar en nuestro bote a tierra firme.

– ¿Por qué no vamos a poder rescatarlos? -gritó Ana, optimista-. Podemos meternos en los sótanos por la escalera y abrir el cerrojo de la puerta de aquella cueva, ¿verdad?

– No, no podemos -dijo Dick-. ¡Fíjate!

Ana miró donde indicaba su hermano. Pudo ver que los dos hombres habían cubierto la entrada de los sótanos con enormes piedras. Habían empleado todas sus fuerzas en la empresa. Era inútil pensar en sacarlas de allí.

– No podemos quitarlas -dijo Dick-. Ellos tienen más fuerza que nosotros y se han asegurado de que sean bastante pesadas. Y no tenemos la menor idea de dónde está la otra entrada. Sólo sabemos que está cerca de la torre.

– Intentemos encontrarla -dijo Ana, vehementemente. Se acercaron rápidamente a la torre, pero a todas luces podía notarse que, si en tiempos podía haberse entrado por allí a los sótanos, ahora era imposible. La entrada había desaparecido. El castillo, al desplomarse poco a poco, había dejado todo aquello lleno de pesadas piedras, amontonadas de tal manera, que era ilusorio pensar en apartarlas. Los niños dejaron pronto la búsqueda.

– ¡Dios mío! -dijo Dick-. ¡No puedo soportar la idea de que Julián y Jorge estén allá abajo encerrados y que nosotros no podamos hacer nada para ayudarlos! ¡Oh, Ana! ¿No se te ocurre ninguna idea?

Ana se sentó sobre una piedra y empezó a pensar intensamente. Estaba muy preocupada. De pronto sus ojos parecieron animarse y se dirigió a Dick.

– ¡Dick! Yo supongo… yo supongo que quizá pudiésemos rescatarlos si entrarnos por el pozo, ¿verdad? -preguntó-. Ya sabes que pasa por los sótanos y que en el tubo hay una abertura muy grande, por donde nos podíamos asomar y ver la luz del día. ¿Te acuerdas? Lo que hace falta es que quepamos por la rendija que deja aquella piedra que está incrustada dentro del pozo, aquella donde me senté cuando estábamos escondidos.

Dick reflexionó sobre lo que su hermana le había dicho. Rápidamente se dirigieron al pozo y se asomaron…

– Pues, sí, creo que tienes razón -dijo Dick al final-. Creo que, si nos estrujamos un poco, podremos pasar. El pozo está muy cerca de aquella cueva. Lo que no sé es hasta dónde llegará la escalerilla que hay dentro.

– Oh, Dick, intentémoslo -dijo Ana-. ¡Es nuestra única oportunidad!

– Bien: habrá que intentarlo -dijo Dick-. Pero tú no, Ana. No me gusta la idea de que te puedas caer al fondo del pozo. A lo mejor la escalerilla se interrumpe a mitad del camino: todo podría ser. Tú te quedarás aquí, y yo me las arreglaré como mejor pueda.

– Ten mucho cuidado -dijo Ana, ansiosamente-. Llévate una cuerda, no vaya a ser que la necesites de pronto y tengas que volver a subir.

– Buena idea -dijo Dick.

Fue a la habitación que les servía de refugio y cogió una de las cuerdas que habían traído. Se la arrolló a la cintura. Luego volvió con Ana.

– ¡Todo va estupendamente! -dijo con voz animada-. No te preocupes por mí, que no va a pasar nada.

Ana se había puesto algo pálida. Tenía un miedo terrible a que Dick pudiese caer al fondo del pozo. Lo observó mientras él iba bajando por la escalerilla, acercándose a la gran piedra que interrumpía el camino. Dick se contrajo todo lo que pudo para poder pasar por el hueco que dejaba la piedra, pero ello resultaba extremadamente difícil. Al final logró pasar y desde entonces Ana no lo volvió a ver. Pero sí oyó que le decía:

– La escalerilla es muy larga, Ana. No ha pasado nada. ¿Me oyes?

– ¡Sí! -gritó Ana, asomada al pozo. Pudo oír el eco de Su voz, que resultaba muy extravagante-. Ten cuidado, Dick. Espero que la escalerilla llegue hasta el fondo.

– ¡Creo que así es! -gritó Dick desde las profundidades. De pronto profirió una fuerte exclamación.

– ¡Vaya! ¡Justo ahora se termina! No sé si es que se acaba aquí o que está rota. Tendré que usar la cuerda.

Hubo un silencio mientras Dick se dedicaba a desenrollar la cuerda. Ató firmemente un cabo al travesaño que le pareció más sólido.

– ¡Ahora seguiré bajando por la cuerda! -le gritó a Ana-. No te preocupes, que todo va bien. ¡Allá voy!

A partir de entonces Ana no pudo ya enterarse de lo que Dick le decía, a causa de los enormes ecos, que deformaban enteramente la voz. Sin embargo, aunque no entendiera nada, se tranquilizaba oyéndolo. Le gritó a su hermano para ver si él podría enterarse de lo que ella le decía.

Dick siguió resbalando por la cuerda a la que estaba asido fuertemente con las manos, las rodillas y los pies. Menos mal que, en gimnasia, era uno de los primeros del colegio. No sabía si estaba llegando ya a la altura de los sótanos. Éstos parecían haberse alejado inexplicablemente. Se las arregló para encender la linterna y ponérsela entre los dientes, porque las manos las necesitaba para asirse a la cuerda. La luz iluminó las paredes del pozo. No tenía la menor idea de si estaba todavía por encima de los sótanos o ya debajo. Y, por supuesto, no pensaba de ninguna manera llegar hasta el fondo del pozo.

Le pareció que había rebasado ya el nivel de los sótanos y retrocedió, no sin esfuerzo, ascendiendo un buen trozo de la cuerda. Con gran contento notó que no se había equivocado. La abertura del pozo la tenía ahora justo delante de su cabeza. Trepó algo más y se columpió en la dirección de la abertura. Consiguió asir el borde.

Traspasar la abertura era un cometido difícil, pero, afortunadamente, Dick abultaba poco. Al final pudo poner los pies en los sótanos, con gran alivio de su corazón. ¡Por fin había llegado! Ahora no tenía más que seguir las señales dejadas por Julián con la tiza, hasta llegar a la puerta de la cueva en donde probablemente habían encerrado a Julián y a Jorge.

Iluminó las paredes con la linterna. Efectivamente, allí estaban las señales hechas con la tiza. ¡Bien! Metió la cabeza en la abertura del pozo y gritó:

– ¡Ana! ¡Ya he llegado! Ten cuidado, no vaya a ser que aquellos hombres vuelvan.

Luego empezó a seguir las señales con el corazón latiéndole apresuradamente. Al cabo de un rato llegó a la puerta de la cueva donde estaba encerrado el oro. Como había supuesto, era totalmente imposible que Julián y Jorge hubiesen podido escapar. La cueva estaba cerrada a cal y canto, con el cerrojo de la puerta bien echado. Empeñarse en abrirla a golpes o empujones hubiera sido inútil.

Los de dentro estaban nerviosos y exhaustos. No habían probado nada de la comida y bebida que el hombre les había dejado. Timoteo estaba con ellos, echado en el suelo con la cabeza entre las patas, resentido con Jorge porque no lo había dejado atacar y morder a aquellos tipos. Pero Jorge sabía que lo hubieran matado al menor intento.

– Por lo menos, Dick y Ana han tenido bastante sentido común para no acercarse por aquí y dejar que los aprisionaran a ellos también -dijo Jorge-. Seguramente han comprendido que algo había salido mal al ver que en el mensaje yo firmaba Jorgina en vez de Jorge. ¿Qué estarán haciendo ahora? Seguramente se habrán escondido en algún sitio.

Timoteo empezó a gruñir de improviso. Se acercó de un salto a la hermética puerta con la cabeza torcida. Era seguro que había oído algo.

– Espero que no sean esos dos hombres que hayan vuelto ya -dijo Jorge. En seguida fijó sus sorprendidos ojos en Timoteo, iluminándolo con su linterna. ¡Estaba moviendo alegremente el rabo!

Un fuerte golpe dado en la puerta les hizo estremecer de alegría. Lo acompañaba la animosa voz de Dick.

– ¡Eh! ¡Julián! ¡Jorge! ¿Estáis ahí?

– ¡Guauuuuu! -ladró Timoteo, entusiasmado, mientras arañaba la puerta con sus patas delanteras.

– ¡Dick, abre la puerta! -gritó Julián lleno de alborozo-. ¡Pronto! ¡Ábrela!

CAPITULO XVI. Un plan y una difícil escapada

Dick manipuló en el cerrojo exterior hasta conseguir abrir la puerta. Rápidamente se metió en la cueva y vio en el fondo a Jorge y a Julián.

– ¡Hola! -dijo-. ¿Qué se siente cuando lo rescatan a uno?

– ¡Algo maravilloso! -gritó Julián, mientras Timoteo ladraba, como un loco, dando vueltas alrededor de los chicos.

Jorge se dirigió a Dick.

– ¡Buen trabajo! -le dijo-. ¿Cómo ha ido eso?

Dick les contó a los dos su aventura en pocas palabras. Cuando les dijo que había descendido por el pozo agarrado a una cuerda, los otros no acababan de creérselo. Julián abrazó a su hermano.

– ¡Eres un hombre de una pieza! -le dijo-. ¡De una pieza! Bueno, rápido. ¿Qué haremos ahora?

– Si es que esos hombres no se han llevado nuestro bote, lo mejor será embarcar cuanto antes y regresar a tierra firme -dijo Jorge-. No me agrada el trato con individuos que llevan revólveres. ¡Vamos ya! Subiremos por el pozo y cogeremos el bote.

Fueron en seguida a la caverna donde se encontraba el ojo del pozo y, uno a uno, fueron traspasando la pequeña abertura. Se encaramaron luego por la cuerda y pronto tomaron por la escalerilla de hierro. Julián los hizo subir uno a uno, porque no confiaba en la resistencia de la escalerilla y no sabía si podría ésta soportar el peso de los tres a la vez.

Poco después estaban en la superficie abrazando a Ana y oyendo sus exclamaciones de alegría. Apenas podía contener las lágrimas.

– ¡Vamos al bote! -dijo Jorge, al cabo de un minuto-. ¡Rápido! ¡Esos hombres pueden volver en seguida!

Fueron todos corriendo a la caleta. Allí estaba la embarcación, bien adentrada, fuera del alcance de las olas. Pero la impresión que recibieron al llegar allí fue tremenda: ¡los individuos aquellos se habían llevado los remos!

– ¡Los muy ladinos! -dijo Jorge, abatida-. ¡Saben que no podemos salir de aquí sin los remos! Por eso, en vez de molestarse en remolcar el bote y sacarlo de la isla han preferido llevarse los remos. Ahora sí que llevamos las de perder. No podemos salir de aquí.

Todos se sintieron grandemente decepcionados. Estaban a punto de echarse a llorar. Hasta entonces todo había ido bien: el rescate de Julián y Jorge había sido perfecto. Pero ahora parecía que la suerte cambiaba de signo.

– Tenemos que resolver este contratiempo -dijo Julián, sentándose en un sitio desde donde se dominaba toda la extensión de la caleta, por si podía divisar algún barco que pasara cerca-. Esos individuos se han marchado. Probablemente fletaran un barco para traerlo hasta aquí, cargarlo con el oro y escapar luego. Tardarán algún tiempo en volver, porque supongo que fletar un barco no es cosa de un momento, siempre y cuando no tengan un barco de su propiedad.

– Y durante todo ese tiempo nos tendremos que quedar aquí, sin poder pedir ayuda, porque nos han robado los remos -dijo Jorge-. Y no tenemos siquiera la esperanza de que pase algún barco de pesca porque ahora no salen: la marea no es propicia. ¡Todo lo que nos queda que hacer es esperar pacientemente a que regresen esos individuos y se lleven mi oro! No podemos hacer nada.

– Sin embargo, me está dando vueltas por la cabeza un plan que podría darnos buen resultado; esperad, esperad, no me interrumpáis. Estoy pensándolo.

Los otros esperaron pacientemente mientras Julián fruncía el ceño, pensativo. Al poco rato se volvió a ellos, sonriente.

– Creo que tenemos un arduo trabajo por delante -dijo-. ¡Escuchad! Esperemos aquí pacientemente hasta que los hombres vuelvan. Y ellos ¿qué es lo que probablemente harán? Apartarán las piedras que han puesto a la puerta de los sótanos y se meterán en la escalinata. En seguida se dirigirán a la cueva donde nos encerraron, creyendo que aún estaremos allí, y se meterán en ella tan satisfechos. Pues bien: ¿qué os parece si uno de nosotros se escondiera allá abajo para, una vez dentro, encerrar allí a los dos individuos? Entonces podríamos marcharnos de la isla utilizando su lancha motora, o nuestro mismo bote, si es que ellos vuelven con los remos, y pedir luego ayuda.

Ana pensó que Julián había tenido una idea excelente. Pero Dick y Jorge no estaban tan convencidos.

– Deberíamos ir abajo y cerrar la puerta de nuevo para que crean que aún estamos dentro -dijo Jorge-. Y suponte que el que vaya a encerrar a esos hombres no lo consiga. Porque creo que habría que hacerlo todo con demasiada rapidez. Lo más probable es que atrapen al que vaya abajo para tal menester, lo encierren y suban luego a buscar a los demás.

– Creo que tienes razón -dijo Julián, reflexionando intensamente-. Pero supongamos que Dick, o quienquiera que vaya a los sótanos para llevar a cabo el plan, no logra encerrar a esos dos, y que ellos suben a la superficie para buscarnos. No tiene importancia. Mientras estén abajo podemos taponar la entrada de los sótanos con grandes piedras, lo mismo que hicieron ellos. Entonces sí que no podrán salir de allá abajo de ninguna manera.

– Sí, pero ¿y Dick? También tendrá que quedarse allí con ellos -dijo Ana, rápidamente.

– No te preocupes: subiré por el pozo -dijo Dick con vehemencia-. Yo seré el que baje a los sótanos a encerrar a ésos. Procuraré por todos los medios conseguirlo. Y si tengo que huir de ellos, nada más fácil que meterme en el pozo y llegar hasta arriba. Esos individuos no conocen esa salida. O sea que, aunque no queden encerrados en la celda, quedarán presos por todos los sótanos.

Los niños pensaron detenidamente el plan de Julián y decidieron que era lo mejor que podían hacer. Entonces Jorge propuso que lo inmediato era comer. Estaban todos muertos de hambre, ahora que la pesadilla y la emoción del rescate habían pasado ya.

Recogieron algo de comida de la habitación-refugio y se pusieron a vigilar la orilla, acechando el regreso de los dos hombres. Un par de horas después pudieron ver que se acercaba una especie de queche pesquero a motor, que producía el clásico sonido de "chug, chug, chug".

– ¡Ya están ahí! -exclamó Julián, excitado-. Ése debe de ser el barco donde piensan embarcar los lingotes. ¡Fijaos! ¡Los individuos se han metido en una lancha motora! ¡Van a desembarcar de nuevo en la isla! ¡Rápido, Dick! ¡Métete en el pozo y ve a los sótanos.

Dick echó a correr en dirección al pozo. Julián se volvió a los otros.

– Tendremos que escondernos allá, tras aquellas rocas. No es que crea que esos hombres se vayan a dedicar ahora a darnos caza, pero todo podría ser. ¡Vamos! ¡Rápido!

Se escondieron tras las rocas y pudieron ver como la lancha motora atravesaba la bahía en dirección a la caleta. Oyeron voces de hombres hablando unos con otros.

Esta vez parecía que había más de dos individuos en la embarcación. Los hombres abandonaron la caleta y empezaron a trepar por las rocas que bordeaban el castillo.

Julián se agazapó tras las rocas y se puso a vigilar los movimientos de los individuos. Estaba seguro que lo primero que harían sería apartar el montón de piedras que habían puesto a la entrada de los sótanos.

– ¡Jorge, ven! -dijo Julián con fuerte voz-. Creo que los hombres se han metido ya en los sótanos. Pongamos otra vez las piedras donde estaban para taponar la entrada. ¡Rápido!

Jorge, Julián y Ana echaron a correr en dirección al centro del castillo, procurando hacer el menor ruido posible. Pudieron ver que las piedras que taponaban la entrada de los sótanos las habían quitado. No había ni rastro de los hombres. Estaba claro que se habían metido allá abajo.

Los tres chicos emplearon todas sus energías en arrastrar las pesadas piedras hacia el agujero. Pero no tenían tanta fuerza como aquellos hombres. Las piedras más voluminosas no las podían trasladar. Taponaron la entrada con tres piedras de tamaño más reducido, con la esperanza de que, aun cuando no impidieran en absoluto la salida de aquellos hombres, por lo menos la dificultaran.

– Con tal de que Dick haya conseguido encerrarlos en aquella cueva… -dijo Julián a los otros-. Vamos a acercarnos al pozo ahora. Dick tiene que salir por allí, porque la entrada auténtica está taponada con piedras.

Todos fueron a la boca del pozo. Dick había quitado la tapa de madera y la había dejado en el suelo. Los chicos se asomaron y miraron ansiosamente el interior. ¿Qué estaría haciendo Dick? No se oía su voz ni ningún ruido a través del pozo. Difícilmente podían saber lo que estaría ocurriendo.

¡Muchas cosas estaban sucediendo allá abajo! Los dos hombres, con otro más que había desembarcado con ellos, se habían metido en los sótanos con la seguridad de encontrar, por supuesto, a Julián, Jorge y el perro todavía encerrados en la cueva con los lingotes. Pasaron por donde estaba la parte baja del pozo sin el menor atisbo de que allí había un niño escondido, dispuesto a traspasar la abertura y meterse en las cavernas en cuanto ellos hubiesen pasado.

Dick oyó sus pasos. Se deslizó por la abertura, saliendo, por fin, del pozo y escondiéndose tras el tubo sin hacer ruido. Pudo ver el resplandor de las linternas que llevaban los hombres y, con el corazón latiéndole apresuradamente, se deslizó por los viejos, malolientes y cavernosos pasadizos mientras los tres hombres se encaminaban por el que conducía a la celda de los lingotes.

– Aquí es -oyó Dick que decía uno de ellos. El que había hablado iluminó la puerta con su linterna-. El oro está ahí dentro -añadió.

Una vez dicho esto descorrió completamente el cerrojo. Dick se alegró de haberlo echado anteriormente porque, si no lo hubiera hecho, los individuos habrían adivinado que Julián y Jorge se habían escapado y no hubieran entrado en la cueva.

El hombre se introdujo en ella después de haber abierto la puerta. El otro le siguió. Dick esperó a que el tercer hombre se introdujera también. ¡Entonces no tenía más que cerrar rápidamente la puerta y echar el cerrojo!

El primer hombre iluminó la cueva con su linterna y vociferó:

– ¡Se han escapado! ¡Qué cosa más rara!

Dos de los hombres estaban ahora en la cueva y el tercero se disponía a entrar en aquel momento. En cuanto lo hizo, Dick, con rápida carrera, llegó a la puerta y la cerró. Esto produjo un ruido que los ecos repitieron a lo largo de todas las demás cavernas y pasadizos. Luego Dick empezó a echar el cerrojo con mano temblorosa. El cerrojo estaba oxidado y difícil de manipular. No era tan fácil como parecía encerrar a aquellos individuos, los cuales, por su parte, no habían permanecido ociosos.

En cuanto oyeron cerrarse la puerta dieron media vuelta. El tercer hombre, el que acababa de llegar, le dio un puntapié. Dick no había echado todavía del todo el cerrojo. Los hombres empujaron con todas sus fuerzas y, al fin, lograron abrir la puerta.

Dick quedó petrificado de horror. ¡Habían abierto la puerta! Echó a correr por el oscuro pasadizo. Los hombres encendieron sus linternas y lo iluminaron de lleno. En cuanto lo vieron se pusieron a perseguirle. Dick seguía corriendo en dirección a la caverna por donde pasaba el pozo. Afortunadamente, la abertura de éste estaba al otro lado y no podía ser iluminada por las linternas. El chico tuvo el tiempo justo de meterse por ella, un momento antes de que llegaran los hombres.

Ninguno de ellos pudo adivinar que por el pozo se podía también salir de los sótanos. Por otra parte, ninguno sabía tampoco que aquella especie de tubo era un pozo.

Temblando de la cabeza a los pies, Dick empezó a trepar por la cuerda que había dejado atada a un travesañoo de la escalera de hierro. En cuanto alcanzó la escalerilla la desató, porque temía que los hombres pudieran descubrir por dónde se había escapado y atraparlo, cosa imposible sin la cuerda.

El chico subió rápido por la escalerilla y contrajo fuertemente todo el cuerpo cuando llegó a la gran piedra que obstruía el paso. A la boca del pozo estaban los otros esperándole ansiosamente.

Por la expresión del rostro de Dick comprendieron en seguida que había fallado en su intento de dejar encerrados a aquellos individuos.

– La cosa no ha ido bien del todo -dijo Dick, jadeando-. No pude encerrarlos. Empujaron la puerta mientras yo estaba corriendo el cerrojo y se pusieron a perseguirme. A duras penas conseguí meterme en el pozo.

– ¡Ahora seguramente estarán intentando forzar la salida! -dijo Ana de pronto-. ¿Qué hacemos? ¡Nos van a atrapar a todos!

– ¡Vamos al bote! -gritó Julián-. ¡Corramos! ¡Es nuestra última oportunidad! Esos individuos conseguirán al final apartar las piedras.

Los cuatro echaron a correr en dirección a la playa. Jorge, mientras pasaban cerca de la habitación-refugio, aprovechó para entrar en ella un momento y coger un hacha. Dick estaba perplejo: no sabía para qué necesitaba Jorge el hacha. Timoteo corría con ellos, ladrando como un loco.

Llegaron a la caleta. Allí estaba el bote, pero no los remos. También estaba allí la lancha motora. Jorge se metió en ella y lanzó un grito de alegría.

– ¡Aquí están los remos! -dijo-. Cógelos, Julián. Yo tengo un trabajo que hacer aquí ahora.

Julián y Dick cogieron los remos. Luego arrastraron el bote hasta meterlo en el agua, maravillados de lo que Jorge estaba haciendo. ¡Estaba dando de hachazos al motor de la lancha!

– ¡Jorge! ¡Jorge! ¡Ven acá! ¡Los individuos esos han salido ya de los sótanos! -gritó de pronto Julián. Había visto a los tres hombres que corrían en dirección a las rocas que bordeaban la caleta. Jorge, de un salto, salió de la lancha motora y fue corriendo a reunirse con los otros. Se metió en el bote, que ya estaba en el agua, empuñó los remos y empezó a alejar la embarcación de la orilla con todas sus fuerzas.

Los tres hombres corrían ahora en dirección a la lancha motora. Al llegar pudieron notar con enorme rabia que el motor estaba destrozado. ¡Jorge se había cuidado de ello! ¡Era imposible ponerlo en marcha! Y no podían repararlo con las pocas herramientas de que disponían.

– ¡Maldita niña! -farfulló Jake, amenazando a Jorge con el puño, desde lejos-. ¡Ya verás cuando te cojamos!

– ¡Sí, ya veré! -gritó Jorge con los ojos brillantes de furia-. ¡Y ya veréis vosotros también! ¡Ahora sí que nunca podréis, comprar mi isla!

CAPÍTULO XVII. El final de la gran aventura

Los tres hombres quedaron en la orilla, observando como Jorge iba distanciando cada vez más el bote de la isla. No podían hacer nada. Su lancha motora era inservible.

– El barco pesquero que han traído aquí es demasiado grande para atracar en la caleta -dijo Jorge-. Tendrán que esperarse ahí hasta que alguien que pase en un bote pequeño quiera recogerlos. ¡Esto sí que les habrá hecho polvo!

El bote de los chicos tuvo que pasar muy cerca del enorme pesquero. Desde la cubierta, un hombre les gritó:

– ¡Eh, los de ahí! ¿Venís de la isla Kirrin?

– No contestéis -dijo Jorge-. No digáis una palabra. -Los otros se pusieron a mirar en otra dirección como si no hubieran oído nada.

– ¡Eh, vosotros! -volvió a gritar el hombre, furioso-. ¿Es que sois sordos? ¿Salís ahora de la isla?

Los chicos seguían mirando para otro sitio mientras Jorge remaba con todas sus fuerzas. El hombre del barco miró desasosegadamente hacia la isla. Estaba seguro de que aquellos niños venían de allí. Conocía al dedillo la aventura en que se habían metido sus compinches de tierra y empezaba a pensar que algo no había ido bien.

– Puede, por supuesto, echar al agua un bote y atracar en la isla para ver qué es lo que ha ocurrido -dijo Jorge-. Pero, de todos modos, no podrán llevarse muchos lingotes. Y encuentro muy difícil que se atrevan a llevarse nada, ahora que han visto que nos hemos escapado y podemos contar lo que ha ocurrido.

Julián miró en dirección al barco. Al poco rato pudo ver que estaban echando a la mar un pequeño bote.

– Tenías razón -le dijo a Jorge-. Han pensado que algo no va bien. Ahora van a reembarcar a esos tres.

El bote de los chicos llegó por fin a tierra. Saltaron todos y lo arrastraron hasta la playa. Timoteo ayudó en esta operación. Estaba siempre deseoso de participar en todas las actividades de los chicos.

– ¿Llevarás al perro a casa de Alfredo? -preguntó Dick.

Jorge negó con la cabeza.

– No -dijo-. No tenemos tiempo que perder. Ataré a Timoteo a la valla del jardín.

Se dirigieron a "Villa Kirrin" lo más aprisa que pudieron. Tía Fanny estaba ocupada en arreglar el jardín. Quedó muy sorprendido al ver llegar a los chicos con cara de acontecimientos.

– ¿Qué os ha ocurrido? -preguntó-. ¡Me habíais dicho que no volveríais hasta mañana o pasado! ¿Ha habido algún percance? ¿Qué le ha sucedido a Dick en la mejilla?

– Oh, nada de particular -dijo Dick.

Los demás empezaron a hablar todos a la vez.

– Tía Fanny, ¿dónde está tío Quintín? Tenemos algo muy importante que decirle.

– Mamá, hemos tenido una aventura de verdad.

Tía Fanny contempló preocupada a sus descompuestos sobrinos.

– ¿Qué es lo que ha ocurrido? -dijo. Entonces se acercó a la casa y gritó-: ¡Quintín! ¡Quintín! ¡Los niños quieren decirte algo muy importante!

Tío Quintín apareció, bastante malhumorado, pues estaba embebido en su trabajo en aquel momento.

– ¿Qué es lo que pasa? -preguntó.

– Tío, es algo relativo a la isla Kirrin -dijo Julián, vehementemente-. Esos hombres no la han comprado todavía, ¿verdad?

– No, pero es cosa decidida -dijo el tío-. Yo he firmado ya el contrato y ellos lo firmarán mañana. ¿A qué viene esa pregunta? ¿Qué tenéis vosotros que ver con eso?

– Tío, no deje usted que firmen mañana el contrato -dijo Julián-. ¿Sabe usted por qué querían comprar la isla y el castillo? No para construir allí un hotel o algo semejante, sino porque saben que en él hay un tesoro.

– ¿Qué disparate estás diciendo? -dijo su tío.

– ¡No es ningún disparate, papá! -gritó Jorge, indignada-. Todo lo que ha dicho Julián es verdad. El plano del castillo que había dentro del cofre que vendiste a aquel anticuario mostraba dónde están escondidos los lingotes de oro de mis tatarabuelos

El padre de Jorge parecía contrariado y molesto. Sencillamente, no creía una palabra de lo que le estaban diciendo. Pero su mujer había comprendido, al ver los rostros solemnes y serios de los cuatro chicos, que verdaderamente algo importante había ocurrido. De pronto, Ana rompió en sollozos. Había recibido aquel día demasiadas impresiones y encontraba insoportable pensar que su tío no quería creerse nada de lo que estaban contando.

– Tía Fanny, tía Fanny, todo eso es verdad -gimió-. Tío Quintín, es terrible que no quieras creernos. Oh, tía Fanny, el hombre tenía en la mano un revólver, y, ¡oh!, encerró a Julián y a Jorge en los sótanos y Dick tuvo que meterse en el pozo para rescatarlos. ¡Y Jorge les destrozó el motor de su lancha para impedir que se escaparan!

Los tíos de los chicos, al pronto, pensaron que lo que estaban oyendo no tenía pies ni cabeza, pero de pronto tío Quintín pareció convencerse de que el asunto era más importante de lo que suponía, y empezó a interesarse.

– ¡Destrozaste el motor de la lancha! -exclamó-. ¿Por qué? Venid a mi despacho. Quiero oírlo todo desde el principio hasta el final. Tengo que convencerme de que es verdad lo que decís.

Fueron al despacho de su tío. Julián y Jorge le contaron la historia completa. Tía Fanny se puso pálida, sobre todo cuando oyó lo que había hecho Dick, bajando por el pozo.

– ¡Podías haberte matado! -exclamó-. ¡Oh, Dick, qué valiente has sido!

Tío Quintín seguía escuchando con el mayor pasmo. Nunca había tenido debilidad especial por los niños. Opinaba que ellos eran alborotadores, molestos y estúpidos. Pero en cuanto oyó y se convenció de la veracidad de la historia que contaba Julián, cambió en seguida el concepto que tenía de los cuatro.

– Habéis sido muy inteligentes -dijo-. Y muy valientes también. Estoy orgulloso de todos vosotros. Me explico muy bien, Jorge, que no quisieses que vendiera la isla, puesto que sabías lo de los lingotes. Pero ¿por qué no me lo dijiste?

Los cuatro chicos quedaron mudos. No tenían ninguna buena razón que dar.

"Bueno: lo primero es que usted no hubiera querido creernos. Segundo, que usted tiene un mal genio terrible y siempre nos tiene asustados. Tercero, que no confiábamos en que hiciera usted lo más conveniente y lógico."

En realidad, le hubieran querido contestar todo eso.

– ¿Por qué no respondéis? -preguntó el tío. Su mujer contestó por ellos, con suave entonación de voz.

– Quintín, tú espantas a los niños, lo sabes bien, y yo encuentro natural que ellos no tengan confianza en ti. Pero ahora que te han confiado su secreto, es la hora de que tomes una determinación. Los niños no pueden hacer nada por ellos mismos. Deberías llamar a la policía para que oigan la historia.

– Está bien -dijo tío Quintín. Al momento se levantó y le dio a Julián una palmada en la espalda-. Os habéis portado todos muy bien -le dijo. Entonces desordenó con la mano los cortos cabellos de Jorge-. También estoy muy orgulloso de ti, Jorge -dijo-. Eres igual que un muchacho.

– ¡Oh, papá! -dijo Jorge, poniéndose encarnada de sorpresa y placer. Sonrió a su padre y éste le sonrió a ella. Los chicos se dieron cuenta de que su tío tenía una cara muy agradable cuando sonreía. El padre y la hija irradiaban simpatía y encanto en aquel momento. Pero no eran nada atractivos cuando estaban enojados o ceñudos. ¡Qué diferente cuando reían, o simplemente sonreían!

El padre de Jorge se dirigió al teléfono para avisar a la policía y consultar también con su abogado. Entre tanto, los chicos se sentaron y se pusieron a merendar, mientras contaban a su tía toda clase de detalles de su aventura. De pronto se oyó un fuerte y enojado ladrido que provenía del jardín. Jorge quedó algo cohibida.

– Ése es Timoteo -dijo, dirigiendo a su madre una ansiosa mirada-. Es que no me ha dado tiempo de dejarlo en casa de Alfredo, que me lo tiene guardado. Mamá, Timoteo fue para nosotros un gran consuelo y alivio mientras estábamos en la isla. Siento mucho que se ponga ahora a ladrar, pero es que me parece que tiene hambre.

– Pues tráetelo -dijo su madre, ante el asombro de los demás-. Él también ha sido un héroe. Le daremos buena comida.

Jorge sonrió, radiante de contento. Se marcho y fue a buscar al perro. Lo desató y éste se dirigió a la casa dando grandes saltos y moviendo su larga cola. Entró en la habitación y empezó a lamer a la madre de Jorge, con las orejas muy empinadas.

– Buen perro -dijo ella dándole cariñosos golpes-. ¡Te voy a traer cosas de comer!

Tía Fanny se dirigió a la cocina seguida por Timoteo. Julián le dijo a Jorge:

– Ya ves como tu madre es buena.

– Sí, pero todavía no ha venido papá. Ya veremos lo que dirá cuando vuelva y vea que el perro está otra vez en casa -dijo Jorge, dubitativa.

El padre de Jorge llegó en seguida. Tenía cara de acontecimientos.

– La policía se ha tomado la cosa muy en serio -dijo-. Y mi abogado también. Todos han estado de acuerdo en reconocer que los niños han sido muy inteligentes y valientes. Además, Jorge, dice mi abogado que no tengo que preocuparme: el oro que se ha encontrado en la isla es nuestro. ¿Había mucha cantidad?

– ¡Oh, papá! ¡Había lingotes a centenares! -gritó Jorge-. En enormes cantidades. ¡Oh, papá! ¿Seremos ricos ahora?

– Sí -dijo su padre-. Ahora somos ricos. Lo suficiente para que pueda comprarte a ti y a tu madre todas las cosas que desde hace muchos años quería yo que tuvieseis. Yo he trabajado por vosotras mucho hasta ahora, pero mi trabajo no es de los que producen dinero en abundancia: por eso he tenido siempre tan mal carácter. Pero a partir de ahora podréis tener todo lo que se os antoje.

– Yo me conformo con lo que tengo ahora -dijo Jorge-. Pero, papá, hay una cosa que me gustaría tener sobre todas las demás, y que a ti no te costaría dinero.

– Pues la tendrás, querida -dijo su padre, echándole el brazo sobre los hombros, con gran sorpresa de ella-. Pide lo que quieras, que, por muy caro que sea, lo tendrás.

En aquel momento se oyeron unas singulares pisadas que provenían, al parecer, del pasillo. De pronto una enorme cabeza peluda asomó por la puerta y se puso a mirar a los presentes interrogativamente. ¡Por supuesto que se trataba de la cabeza de Timoteo!

Tío Quintín lo miró, sorprendido.

– ¡Caramba! Éste es Timoteo, ¿verdad? ¡Eh, Tim!

– ¡Papá! Timoteo es la cosa que yo más quiero en el mundo -dijo Jorge, apretando el brazo de su padre-. No te puedes imaginar lo bien que se ha portado con nosotros en la isla. Tenía unas ganas enormes de atacar y morder a aquellos hombres. ¡Oh, papá, no quiero otro regalo! Sólo quiero tener a Timoteo en casa a mi disposición. Se le podría comprar una perrera para que estuviese allí todo el tiempo y durmiera. No te molestará nunca, estoy segura.

– ¡Ya lo creo! ¡Tendrás el perro! -dijo su padre.

Timoteo, al oír esto, entró de golpe en la habitación, satisfecho de que lo admitieran en la casa y demostrando además que se había enterado palabra por palabra de todo lo que se había dicho. ¡Se puso a lamerle la mano a tío Quintín! Ana pensó que era un perro muy valiente.

Pero tío Quintín había cambiado mucho. Parecía como si le hubieran quitado un gran peso de encima. Ahora era rico: Jorge podría ir a un buen colegio y su mujer podría tener todas las cosas que durante mucho tiempo él había querido regalarle y, además, podría dedicarse en adelante a sus libros, su trabajo favorito, sin tener la pesadumbre de que las ganancias que le produjeran no eran suficientes para su familia.

Miró a todos con aire de persona que se siente el más feliz de los mortales.

Jorge no cabía en sí de alegría, por lo de Timoteo. Rodeó con los brazos el cuello de su padre y le dio un fuerte abrazo, cosa que hacía mucho tiempo que no había hecho. Su padre pareció sorprendido, pero contento.

– Bueno, bueno -dijo-. Esto me gusta mucho. A ver: ¿no llega ya la policía?

Efectivamente, la policía acababa de llegar. Entraron en la habitación y tuvieron unas breves palabras con tío Quintín. Uno de ellos quedó allí para tomar nota en su bloc de las declaraciones de los niños y los demás fueron a buscar un bote para ir a la isla.

¡Los hombres no estaban allí! El bote del buque pesquero los había rescatado y ahora, tanto el bote como el barco habían desaparecido sin dejar rastro. La lancha motora estaba allí, en la caleta, con el motor inutilizado.

– Aquella jovencita tiene un fuerte carácter -dijo el inspector mirando la embarcación-. Lo ha hecho todo tan esmeradamente que les ha resultado imposible huir en la lancha. Habrá que remolcarla.

Otros policías llegaron con algunas muestras de los lingotes para enseñárselas a tío Quintín. Habían sellado la puerta de los sótanos para que nadie pudiese entrar en ellos hasta tanto el tío de los chicos no fuera allí para recoger el resto del tesoro. Todas las diligencias se llevaban a cabo a la perfección, pero, según los niños, con cierta lentitud. Ellos hubieran querido ver en seguida a los individuos aquellos capturados para llevarlos a presidio y también que los policías hubiesen traído de una vez todos los lingotes.

Estaban todos muy cansados y se alegraron mucho de que tía Fanny les dijese que aquella noche podían irse temprano a la cama. Se desnudaron, se pusieron los pijamas y decidieron cenar todos en el dormitorio de las chicas. Timoteo estaba con ellos, presto a hacerse con lo que le echaran para comer.

– Pues hemos tenido una aventura maravillosa -dijo Julián, muerto de sueño-. En cierta manera me da pena que haya terminado ya, aunque hemos pasado malos ratos, ¿verdad, Jorge? Sobre todo cuando tú y yo estábamos encerrados en aquella cueva. Fue algo terrible.

Jorge estaba radiante de contento. Saboreaba con gran satisfacción las galletas que le habían servido. Se dirigió a Julián:

– Parece mentira que al principio me molestara tanto la idea de que ibais a pasar aquí las vacaciones -dijo-. ¡Os traté muy mal! En cambio, ahora, lo que más me disgusta es pensar que tenéis que marcharos, porque es lógico que lo hagáis cuando las vacaciones se terminen. Y ahora, que me he acostumbrado a tener tres amigos y a participar con ellos en aventuras como ésta, resulta que me quedaré otra vez sola, como antes. Antes no me importaba nada. Pero ahora sé que voy a sentir mucho quedarme sola.

– Eso lo puedes evitar -dijo. Ana, de pronto-. Puedes hacer algo para que eso no suceda.

– ¿Qué puedo hacer? -dijo Jorge, sorprendida.

– Puedes pedir a tus padres que te manden interna al mismo colegio donde estamos nosotros -dijo Ana-. Es un colegio muy agradable y muy bonito. Y además, nos permiten tener con nosotros las cosas que queramos. ¡Por supuesto que podrás estar allí con Timoteo! ¡No tendrás que separarte de él!

– ¿De verdad? ¿Podré llevarlo? -dijo Jorge, con los ojos brillantes-. Entonces no me importará ir. Hasta ahora siempre había dicho que no quería meterme interna en un colegio, pero he cambiado mucho y creo que es mejor disfrutar de la compañía de otros en vez de estar siempre sola. ¡Y si, además, no me separo de Timoteo, la cosa resulta de lo más maravilloso!

– Será mejor que os vayáis ya a la cama, niños -dijo tía Fanny, apareciendo por la puerta-. Fijaos: Dick está ya medio muerto de sueño. Supongo que esta noche soñaréis cosas muy agradables, porque habéis pasado por una aventura de la que podéis estar muy orgullosos y satisfechos. Jorge: ¿no se ha metido el perro debajo de tu cama?

– Pues… sí, creo que está ahí -dijo Jorge, fingiéndose sorprendida-. ¡Por Dios, Tim! ¿Cómo se te ha ocurrido meterte debajo de mi cama?

Timoteo salió de su escondrijo y se acercó a la madre de Jorge. Miró a su acusadora con sus pardos ojos expresivamente conciliadores.

– ¿Es que quieres dormir en esta habitación esta noche? Bien, puedes hacerlo -dijo la madre de Jorge, echándose a reír.

– ¡Mamá! -dijo Jorge, emocionada-. ¡Oh, gracias, gracias! ¿Cómo has adivinado que esta noche no quería separarme de Timoteo? Tim, dormirás sobre la alfombra.

Los cuatro felices muchachos estaban poco después acomodados en sus lechos. Su maravillosa aventura había tenido un final perfecto. Tenían en perspectiva aún muchos días de apacibles vacaciones, y tío Quintín, que ahora era rico, les haría muchos regalos, como les había prometido. Jorge iba a ir interna a un colegio con Ana, y además, ¡tenía de nuevo a su querido perro en la casa! La isla y el castillo seguirían siendo suyos. ¡Todo había ido a las mil maravillas!

– Cuánto me alegro de que no hayan vendido la isla ni el castillo, Jorge -dijo Ana, empezando a dormirse-. Estoy muy contenta de que sigas siendo la dueña.

– Vosotros tres también sois dueños -dijo Jorge-. Lo soy yo y también tú, Julián y Dick. He descubierto que lo mejor de todo es compartir las cosas con los demás. Por eso mañana mismo pienso hacer una declaración, o como se llame, y decir que os regalo a cada uno una cuarta parte de la isla y del castillo. ¡De ahora en adelante, nosotros cuatro seremos los dueños!

– ¡Oh, Jorge, cómo te lo agradezco! -dijo Ana, llena de gozo-. ¡Verás qué contentos se ponen mis hermanos cuando se enteren! Yo también estoy muy conten…

Antes de que acabara de hablar, la muchachita se había dormido. Lo mismo le ocurrió a Jorge. En la otra habitación los niños dormían también, soñando con lingotes, sótanos y toda suerte de cosas excitantes.

Sólo una figura estaba despierta: ésta era Timoteo. Tenía empinada una oreja, con la cual percibía el aliento de las chicas. En cuanto vio que éstas se habían dormido del todo abandonó la alfombra donde estaba echado y se acercó a la cama de Jorge. Luego apoyó las patas delanteras sobre el colchón y oliscó a su amita.

Entonces, de un salto subió a la cama, acomodándose en ella al modo perruno. Echó un vistazo alrededor y, por fin, cerró los ojos. Los cuatro chicos estaban, por supuesto, muy contentos, pero Timoteo lo estaba más que nadie.

– ¡Oh, Tim! -murmuró Jorge, despertándose a medias al sentir el peso del can-. ¡Oh, Tim, tú no puedes entenderlo, pero si vieras lo feliz que soy! Tim, nosotros cinco volveremos a correr nuevas aventuras, ¿verdad?

¡Ya lo creo que correrían aventuras nuevas! Pero la de ahora termina aquí. Las demás son materia de otros libros.

Enid Blyton

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