/ Language: Español / Genre:prose_contemporary

La Provincia Del Hombre

Elías Canetti

No sirve de nada; uno puede cantarse coros a sí mismo, admirar a caníbales, estar doscientos años bajando por el tronco de un árbol al que antes había trepado; uno puede encerrar al mes como a un loco, en inofensivas cruzadas ir de peregrinación a Palestina con toda una quincallería en el cuerpo, escuchar a Buda, amansar a Mahoma, creer en Cristo, vigilar un capullo, pintar una flor, malograr la aparición de una fruta; uno puede también ir detrás del sol, así que éste se dobla; enseñar a los perros a maullar, a los gatos a ladrar, devolverle todos los dientes a un centenario, cosechar bosques, regar calvas, castrar vacas, ordeñar bueyes; uno puede hacerlo todo con excesiva facilidad (termina uno tan rápidamente con todo), aprender la lengua del hombre de Neanderthal, cortar los brazos de Shiva, quitar de las cabezas de Brahma los Vedas que están anticuados, vestir los Vedas desnudos; impedir que en los cielos de Dios canten los coros de ángeles, espolear a Lao-Tse; incitar a Confucio a que asesine a su padre, arrebatarle a Sócrates la copa de cicuta; quitarle de la boca la inmortalidad; uno puede…, pero no sirve de nada, no hay nada que sirva para nada, no hay qué hacer, no hay más pensamiento que éste: ¿cuándo se dejará de asesinar?

Elías Canetti

La Provincia Del Hombre

Carnet De Notas 1942-1972

Versión castellana de Eustaquio Barjau

PRELIMINAR

Este volumen contiene notas tomadas entre los años 1942 y 1972. Treinta años de una vida de consciencia son muchos años. Mi propósito ha sido hacer una selección de todo este período y ofrecérsela al lector. Independientemente de cómo fueran estos años – y jamás silencié sus aspectos terribles, que sentí como míos -, debo estar agradecido a que se me haya dado la posibilidad de vivirlos en estado de vigilia. Si una rendición de cuentas como ésta puede parecer quizá algo errático, debo decir, no obstante, que en cada frase está cerca del momento y contiene siempre la verdad de un ser humano.

De qué modo surgieron estas notas es algo que me gustaría decirlo con las palabras con las que hice preceder uno de los volúmenes anteriores. Sin embargo, como gran parte de su contenido que abarcaba el período de tiempo comprendido entre 1942 y 1960 está recogida aquí, se me puede permitir una repetición abreviada de lo que dije entonces.

El hecho de estar concentrado en una única obra, «Masa y Poder», de la que sabía que probablemente iba a reclamar mi atención algunos decenios todavía, y una especie de prohibición que impuse a todo otro trabajo sobre todo a los trabajos puramente literarios -, dieron lugar a una tensión que con el tiempo adquiría proporciones alarmantes. Era necesario una válvula de escape, y a principios de 1942 la encontré en estas notas. Su libertad y espontaneidad, la convicción de que existían sólo para sí mismas, de que no servían a ningún fin, la irresponsabilidad con la que jamás volví a leerlas ni cambié nada de ellas me salvaron de un anquilosamiento que hubiera podido ser fatal.

Poco a poco aquellas notas se iban convirtiendo en un ejercicio diario e indispensable. Me daba cuenta de que una parte importante de mi vida pasaba a ellas. De esta práctica salieron varios volúmenes, y lo que ahora presento es una pequeña parte de ellos.

A fines de 1948, después de trabajos preparatorios que habían durado mucho tiempo, empecé la redacción de Masa y Poder. Este trabajo se prolongó todavía durante muchos años, y cuando las interrupciones forzosas empezaron a suponer un peligro, me permití, de nuevo, aunque muy pocas veces, algunos trabajos literarios. Hasta el año 1959 no resolví concluir el manuscrito del libro que yo ya veía como la obra de mi vida. No es de extrañar que a las notas de estos años, que yo seguía escribiendo de un modo regular, haya pasado mucho de lo que tiene que ver con este libro.

No podía ocultar al lector la aventura del encuentro con algunas fuentes poco conocidas pero de enorme trascendencia. No sería acertado pensar aquí en «lecturas», en el sentido usual de esta palabra. Conmociones de tal fuerza que tienen al hombre en vilo semanas y hasta meses y que luego no le sueltan, por el efecto que han causado en él, son comparables a expediciones científicas a tribus desconocidas; de vez en cuanto -y no soy capaz de formularlo de un modo más suave y reposado – tienen la violencia de la revelación. Pero hay más: algunos ejemplos de encuentros con «enemigos» – es decir, de pensadores a los que uno considera pero que le están mostrando la imagen del mundo patas arriba me parecieron también suficientemente interesantes Como para figurar aquí. Mi pesquisa se ha dirigido siempre de un modo especial a aquellos que mantenían despierta en mí la capacidad de réplica.

En la cuestión que para mí es la más importante, la muerte, entre todos los pensadores no he encontrado más que oponentes. Esto puede que explique por qué mi propia opinión aparece aquí siempre con la fuerza de una fe, y que mis afirmaciones estén llenas siempre de celo y vehemencia. Las notas correspondientes a los años 1961-1972, de las cuales aparece aquí por primera vez una selección, tampoco están libres de este pensamiento.

Sin embargo, estos apuntes hacía tiempo que habían perdido su carácter de válvula de escape. Ya no estaban bajo la presión de una tarea que había gravitado pesadamente sobre mí. Si antes sin ellas me habría asfixiado sin remedio, ahora tenían su imperio propio e intocable. La idea de que tal vez, más adelante, iba a publicar algunas de ellas no perjudicaba su libertad, porque la selección no estaba hecha y sólo podía abarcar una parte mínima de ellas.

Muchos han intentado comprender su vida en su coherencia espiritual, y aquellos que lo han logrado difícilmente pueden quedar anticuados. Me gustaría que algunos anotaran también la vida en sus saltos. Parece que los saltos pertenecen más a todos; cada uno, sin especiales dificultades, puede ir a buscar aquello que le concierne. La pérdida de una unidad patente, inevitable en una empresa como ésta, apenas es de lamentar, pues la verdadera unidad de una vida es una unidad secreta, y donde actúa con más eficacia es allí donde se esconde sin proponérselo.

1942

Estaría bien, a partir de cierta edad, irse haciendo cada vez más pequeño, año tras año, e ir recorriendo hacia atrás los mismos estadios por los que antaño trepó uno con orgullo. Los honores y dignidades de la edad, con todo, deberían seguir siendo los mismos de hoy, de modo que gente muy menuda, como muchachos de seis u ocho años, serían los más sabios y los de mayor experiencia. Los reyes más viejos serían los más pequeños; sólo habría Papas muy pequeños; los obispos mirarían desde arriba a los cardenales y los cardenales al Papa. No habría ya ningún niño que quisiera llegar a ser una persona mayor. La historia perdería importancia con la edad; uno tendría la impresión de que sucesos ocurridos trescientos años antes habían tenido lugar entre seres parecidos a los insectos, y el pasado tendría, al fin, la suerte de que nadie se fijara en él.

La palabra libertad sirve para expresar una tensión muy importante, quizás la más importante de todas. Uno quiere siempre marcharse y cuando el lugar al que uno quiere ir no tiene nombre, cuando es indeterminado y no se ven en él fronteras, lo llamamos libertad.

La expresión espacial de esta tensión es el ardiente deseo de traspasar una frontera, como si ésta no existiera. Para el sentimiento mítico de los antiguos; la libertad de volar llega hasta el sol. La libertad en el tiempo es la superación de la muerte, y llegamos incluso a contentarnos con irla retrasando indefinidamente. La libertad que tiene lugar en las cosas es la disolución de los precios, y no hay nada que el derrochador ideal – que es un hombre muy libre – desee tanto como un cambio incesante en los precios, un cambio que no esté determinado por regla alguna, el indiscriminado subir y bajar de éstos, algo sobre lo que, como el tiempo, no podemos influir y que ni siquiera podemos realmente predecir. No hay ninguna libertad «para algo»; la gracia y la fortuna de la libertad es la tensión del hombre que quiere saltar sus propias barreras y que, en aras de este deseo, elige siempre las peores barreras que encuentra. Uno que quiere matar tiene que vérselas con las más temibles amenazas que acompañan a la prohibición de matar, y si estas amenazas no lo hubieran atormentado tanto, seguro que habría tomado sobre sí tensiones más afortunadas. El origen de la libertad está, sin, embargo, en la respiración. El aire era para todos, todo el mundo podía tomarlo, cualquiera que fuera este aire y quienquiera que fuera el que lo tomara, y la libertad de respirar es la única que hasta la fecha no ha sido realmente destruida.

Lo único que puede gustarnos del todo es una imagen, jamás un hombre. El origen del ángel.

En cuán poco tiempo el volar – este antiquísimo, precioso sueño del hombre – ha perdido todo su encanto, todo su sentido y su alma. Así es como se realizan los sueños, uno tras otro, hasta la muerte. ¿Puedes tener un sueño nuevo?

¡Qué inmensamente modestos son los hombres que se proponen tener una sola religión! Yo tengo muchísimas religiones, y aquella a la que las demás se subordinan se va formando únicamente a lo largo de mi vida.

Vemos cómo los pensamientos sacan sus manos del agua; pensamos que están pidiendo auxilio; qué engaño: abajo viven en perfecta paz y armonía; hagamos sólo una prueba: saquemos a uno de ellos.

El equilibrio entre saber y no saber depende de cómo uno va adquiriendo sabiduría. El no saber no puede empobrecerse con el saber. A cada respuesta – a lo lejos y aparentemente sin relación alguna con ella debe saltar una pregunta que antes dormía acurrucada. El que tiene muchas respuestas debe tener todavía más preguntas. A lo largo de toda una vida, el sabio no pasa de ser un niño y las respuestas lo único que hacen es secar el suelo y la respiración. El saber es un arma sólo para los poderosos, y no hoy nada que el sabio desprecie tanto como las armas. El sabio no se avergüenza de su deseo de amar a más hombres de los que conoce; y jamás se separará arrogantemente de aquellos sobre quienes no sabe nada.

En las mejores épocas de mi vida pienso siempre que estoy haciendo sitio, haciendo más sitio en mí; ahí quito nieve con la pala, allí levanto un trozo de cielo que se había hundido en ella; hay lagos que sobran, dejo salir el agua – los peces los salvo -; bosques que han crecido ahí, suelto en ellos manadas de monos nuevos; todo está en pleno movimiento, lo único que falta siempre es sitio; jamás pregunto para qué; jamás siento para qué; lo único que tengo que hacer es volver a hacer sitio una y otra vez, más sitio; y mientras pueda hacer esto merezco vivir.

¡Que este rostro haya llevado a esta guerra y que no lo hayamos exterminado! Y somos millones y la Tierra está llena de armas; munición habría para tres mil años, y este rostro sigue estando aquí, a lo lejos, tendido sobre nosotros, la mueca de Gorgona; y nosotros, todos, petrificados asesinando a los demás.

A lo que más nos parecemos es a los bolos. En las familias se nos coloca de pie, aproximadamente nueve. Cortitos, de madera; con los demás bolos no sabemos qué hacer. El golpe que nos va a derribar tiene la trayectoria marcada desde hace tiempo; estúpidamente estamos esperando a ver qué pasa; en el caso de que, al caer, tumbemos al máximo número de bolos que podemos tumbar, el golpe que les transmitimos es el único contacto que nos dignamos concederles en nuestra rápida existencia. Esto significa que nos vuelven a poner de pie. Pero da igual quién sea aquel a quien le ha ocurrido esto; en la nueva vida somos exactamente lo mismo, sólo que entre los nueve, en la familia, hemos cambiado de sitio; incluso esto no ocurre siempre; de madera, estúpidos, volvemos a esperar el viejo golpe.

Mi deseo más ardiente es ver cómo un ratón se come vivo a un gato. Pero tiene que estar jugando con él el tiempo suficiente.

Los días se distinguen, pero la noche tiene un solo nombre.

Tiene los ojos insensibles propios de uno a quien aman por encima de todo.

Sobre la oración. La oración es la forma de repetición más eficaz y más peligrosa. La única forma de protegerse de ella es que se vuelva mecánica, como ocurre con los curas y los mascaoraciones. No entiendo cómo los hombres pueden proponerse emplear la intimidad necesaria en cada una de las infinitas oraciones que rezan. La fuerza de todos los hombres, sumada, no sería suficiente para el blablablá de uno solo de los que han caído en este vicio.

El infantilismo de la oración: uno reza para pedir aquello que de todas maneras va a recibir, en vez de rezar para pedir lo inalcanzable. Si no hubiera más remedio que rezar, sería mejor que uno tuviera que dirigirse a muchos dioses y a dioses muy distintos. Entonces esta práctica de la metamorfosis, ineludible para rezar, redundaría en beneficio de uno.

Si esto se hiciera en serio, para una sola oración habría que estar antes semanas y semanas cogiendo ánimos.

A su Dios pueden llevárselo a la boca como si fuera pan. Pueden darle un nombre, llamarlo y explicarlo siempre que quieran. Mastican su nombre, se tragan su cuerpo. Encima luego dicen que para ellos no hay nada más grande que Dios. De muchos de los que rezan tengo la sospecha de que intentan sacarle a Dios toda clase de cosas – que, naturalmente, no van a dar a nadie más -, y que se las quieren sacar antes de que ningún otro se las saque. Lo curioso de esto es que todos quieren lo mismo, las necesidades más comunes y vulgares de la vida, y que luego, no obstante, rezan juntos. En esto se parecen a un tropel de mendigos que, como un enjambre molesto, atrevido, acometen a un extranjero.

Aunque pudiera tener fe no me sería posible rezar. La oración me parecería siempre la manera más desvergonzada de molestar a Dios, el pecado realmente más repugnante, y para cada oración pondría yo un largo tiempo de penitencia.

A veces pienso que las frases que estoy oyendo han sido pactadas para mí, por otra gente, tres mil años antes de que yo existiera. Cuanto más atentamente las escucho, tanto más envejecen.

Las intuiciones de los poetas son las aventuras olvidadas de Dios.

Sus grandes palabras, sus miradas al sol, sus besos de estrella a estrellas, sus vanidosas tormentas, sus rayos, que van dando saltos de un modo arrogante y fanfarrón; los pájaros cantarán tiernamente cuando los hombres se hayan aniquilado completamente los unos a los otros. Tendrán nostalgia de nosotros y, de entre ellos, los pájaros burlones guardarán mucho tiempo aún nuestros diálogos.

Habría que educar a los hombres, por medio de una fiesta anual, a soportar que les robaran. No debería haber nada de lo que no pudieran apoderarse los pontífices de esta fiesta, ningún objeto de valor, nada que estuviera cargado de los más sagrados recuerdos. No se podría devolver nunca nada. Las medidas de protección para evitar que estallara esta fiesta deberían estar rigurosamente prohibidas. Tampoco debería estar permitido seguir la pista de los objetos que la gente echara de menos, inquirir sobre su destino y su uso. Solamente a los hombres, tanto a los más viejos como a los más jóvenes, habría que excluirlos como objetos de robo. Tal vez de esta manera recuperarían algo del valor que las cosas les habían quitado. Las lamentaciones de más de un infortunado, después de estas saturnales, puede uno imaginárselas: pero tales lamentaciones se podrían compensar casi usando cada uno generosamente del plazo concedido por esta fiesta. La posesión perdería mucho de su carácter cuasidivino y de su eternidad. Durante el tiempo del año que quedara, el tiempo honrado, el hombre, junto con lo comprado y lo regalado, tendría que soportar en su casa también lo robado, y sólo esto, y nada más que esto, sería sacrosanto, es decir, estaría a resguardo de otros robos en la fiesta siguiente.

El hombre ha reunido la sabiduría de todos sus antepasados ¡y fijaos qué tonto es!

La demostración es la desgracia hereditaria del pensamiento.

El saber tiende a manifestarse. Guardado en secreto tiene que vengarse necesariamente.

No está en manos de Dios el poder salvar de la muerte a un solo hombre. Ahí está el carácter uno y único de Dios.

El comportamiento externo del hombre es tan equívoco que a uno le basta con manifestarse tal como es para vivir de un modo totalmente desconocido y oculto.

Una guerra ocurre siempre como si la Humanidad no hubiera llegado aún al concepto de justicia.

La Historia conserva cosas distintas de las que conservan todas las anteriores formas de tradición. Es difícil determinar qué cosas; a la Historia la vemos antes que nada como una especie de ley del talión de las masas – un proceso que hubiera quedado fijado definitivamente -, pero una venganza de todas las masas, y es justamente esto lo que la rige. La historia vela por la eternización de todas las religiones, las naciones y las clases. Pues, de entre ellas, incluso las más pacíficas le han extraído alguna vez la sangre a alguien, y la historia lo vocea con lealtad al cielo. Mucho se ha intentado hacer contra ella, pero no hay quién escape. Es la serpiente gigante que tiene atenazado al mundo. Como una especie de antiquísimo vampiro, le chupa la sangre del cerebro a cada nuevo ser. No hay quien resista el espectáculo de ver cómo en infinidad de lenguas distintas se dan exactamente las mismas órdenes. Las más abyectas formas de fe, unas creencias de las que todo el mundo debería avergonzarse, las mantiene vivas demostrando que son antiguas. Todavía no ha habido nadie que haya tenido que darle las gracias excepto unos cuantos sacerdotes miopes y éstos, sin ella, todavía serían más insignificantes. Se objetará que la historia ha llevado a la Tierra a un estadio muy cercano a la unificación, pero a qué precio; además, ¿está unificada ya la Tierra? Tengo la impresión de que antes la historia era mejor, o por lo menos más inofensiva: antes, cuando en algunas ocasiones aún se perdía. Hoy las cadenas de la letra escrita la han atado a sí misma para siempre. Ofrece a los siglos venideros los documentos más falsos, más mentirosos y más bajos. Hoy en día no hay quien pueda cerrar un trato sin que se sepa al cabo de mil años. No hay quien pueda venir al mundo sin que los demás lo noten; lo menos que se hará con él es tenerlo en cuenta en una estadística. No hay quien pueda pensar, no hay quien pueda respirar, la historia inficiona el hálito puro del hombre y hace que sus palabras le den vueltas en la cabeza. ¡Cuánta fuerza debería tener un Hércules que la asfixiara! Será más fácil vencer a la muerte que a la Historia y la única que se aprovechará de esta victoria será ésta.

La Humanidad, como todo, no podrá jamás volver a conformarse.

Se necesitan años para destruir el amor de un ser humano, pero ninguna vida será bastante larga para lamentar este crimen, que es más que un crimen.

La ley de las compensaciones en la vida psíquica: no es posible hacerle a otro nada, por muy secreto que sea, sin que a uno le ocurra lo correspondiente. Podría ser que el desquite estuviera contenido ya en la manera como actuamos.

La idea de una religión futura de la que en estos momentos no sabemos absolutamente nada, tiene algo de indescriptiblemente torturador.

Al usar sus giros y sus palabras preferidas, los hombres son literalmente inocentes. No sospechan de qué modo se están traicionando cuando, sin ton ni son, van diciendo cosas del modo más inofensivo. Piensan que cuando hablan de otras cosas están silenciando un secreto, pero he aquí que, de repente, hosco y amenazador, de las expresiones más frecuentes, surge su secreto.

El hombre más bajo: aquel a quien se le han cumplido todos sus deseos.

El mismo Dios fue quien metió la serpiente en el cuerpo de Adán y Eva, y todo dependía de que ella no le traicionara. Este animal venenoso se ha mantenido hasta hoy fiel a Dios.

La muerte de Moliére: No puede dejar la representación; los grandes papeles que él hace y el aplauso que por ello recibe de la multitud que llena el teatro suponen demasiado para él. Sus amigos le piden una y otra vez que deje la actuación, pero él rechaza estos bienintencionados consejos. El mismo día de su muerte declara que no puede quitarles su paga a los actores. En realidad, lo que a él le importa es el aplauso del público, parece que sin él no puede vivir. Lo curioso es que el día de su entierro una multitud de enemigos se agolpa ante su casa, el negativo de aquella multitud que acudía al teatro. Está formada por gente de mentalidad clerical; sin embargo, como si supieran que, de un modo misterioso, tienen que ver con aquella multitud que antes aplaudía, permiten que se les disperse echándoles dinero, es la devolución del dinero de las entradas.

Distintas lenguas que uno debería conocer: una para su madre, lengua que luego ya no vuelve a hablar nunca más; una sólo para leer y en la que nunca se atreverá a escribir; una para rezar y de la que no entiende ni una palabra; una para contar y a la que pertenece todo lo que tiene que ver con el dinero; una para escribir (pero no para escribir cartas); una para viajar, en ésta se pueden escribir cartas también.

El hecho de que haya distintas lenguas es lo más terrible del mundo. Significa que para las mismas cosas hay distintos nombres; además habría que poner en duda que se trate de las mismas cosas, Detrás de toda ciencia del lenguaje se oculta el afán de reducir las lenguas a una. La historia de la torre de Babel es la historia del segundo pecado original. Una vez hubieron perdido la inocencia y la vida eterna, los hombres, de un modo artificial, valiéndose de su ingenio, quisieron llegar hasta el cielo. Primero probaron la fruta del árbol del bien y del mal, luego aprendieron las artes de éste y subieron directo hacia el cielo. Por esto les fue arrebatado lo que todavía guardaban después del pecado original: el tener los mismos nombres. Esta acción de Dios fue la más diabólica de cuantas se hayan cometido jamás. La confusión de los nombres fue la confusión de su propia creación, y no se puede comprender para qué llegó a salvar algunas cosas del Diluvio Universal.

Si los hombres tuvieran en sus mentes la más ligera idea, el más leve y descomprometido barrunto del vivir y del trajinar en el mundo se horrorizarían de muchas de sus palabras y de sus frases como si fuesen veneno.

Siempre que uno observa con detalle a un animal tiene la sensación de que dentro hay un hombre que se está burlando de él.

Sobre el drama. Poco a poco voy viendo con claridad que en el drama he querido realizar algo que proviene de la música. He manejado constelaciones de personajes como si fueran temas. La resistencia fundamental que he notado en el momento de «desarrollar» personajes (como si fueran hombres de carne y hueso) hace pensar en el hecho de que también en la música se reparten los instrumentos. Así que uno se ha decidido por éste o por aquel instrumento, está atado a él; mientras dura la obra no puede transformarlo en otro instrumento. Algo del hermoso rigor de la música descansa en esta claridad de los instrumentos.

La reducción del personaje dramático a un animal enlaza muy bien con este modo de ver las cosas. Cada instrumento es un animal muy concreto, o por lo menos un ser particular de límites perfectamente definidos, que sólo permite que se le toque según su modo de ser propio. En el drama uno tiene el poder divino, que está muy por encima de todas las demás artes, de inventar nuevos animales, es decir, nuevos instrumentos, nuevos seres, y, de acuerdo con su ensamblamiento temático, inventar una forma que tiene siempre una plasmación distinta. De ahí que, mientras haya nuevos «animales», habrá siempre un número inagotable de formas distintas de drama. Por esto, la creación, tanto si está agotada como si ha sido superada por la velocidad del hombre, se trasladará de un modo absolutamente literal al drama.

Habría que demostrar hasta qué punto la ópera ha confundido al drama. El drama musical es la cursilería más sucia y más repulsiva que se ha inventado jamás. El drama es una forma muy particular de música y sólo en contadas ocasiones y en una medida muy escasa, tolera a la música como condimento. No hay forma de armonizar instrumentos con personajes, a no ser que éstos se conviertan en figuras alegóricas y, desde un punto de vista dramático, pierdan toda su importancia y todo su significado; son sólo animales de fábula los que allí actúan; al convertirse la música en el todo de la obra el drama pierde su importancia.

No sirve de nada; uno puede cantarse coros a sí mismo, admirar a caníbales, estar doscientos años bajando por el tronco de un árbol al que antes había trepado; uno puede encerrar al mes como a un loco, en inofensivas cruzadas ir de peregrinación a Palestina con toda una quincallería en el cuerpo, escuchar a Buda, amansar a Mahoma, creer en Cristo, vigilar un capullo, pintar una flor, malograr la aparición de una fruta; uno puede también ir detrás del sol, así que éste se dobla; enseñar a los perros a maullar, a los gatos a ladrar, devolverle todos los dientes a un centenario, cosechar bosques, regar calvas, castrar vacas, ordeñar bueyes; uno puede hacerlo todo con excesiva facilidad (termina uno tan rápidamente con todo), aprender la lengua del hombre de Neanderthal, cortar los brazos de Shiva, quitar de las cabezas de Brahma los Vedas que están anticuados, vestir los Vedas desnudos; impedir que en los cielos de Dios canten los coros de ángeles, espolear a Lao-Tse; incitar a Confucio a que asesine a su padre, arrebatarle a Sócrates la copa de cicuta; quitarle de la boca la inmortalidad; uno puede…, pero no sirve de nada, no hay nada que sirva para nada, no hay qué hacer, no hay más pensamiento que éste: ¿cuándo se dejará de asesinar?

¡Oh, un estetoscopio, un estetoscopio fino para identificar a los generales en el seno materno!

Jamás los hombres han sabido menos de sí mismos que en esta «era de la Psicología». No pueden estar quietos. Escapan de sus propias metamorfosis. No están a la espera de ellas, las anticipan; prefieren serlo todo menos lo que podrían ser. Recorren en automóvil los paisajes de su propia alma, y como sólo se detienen en los puestos de gasolina, piensan que están hechos de gasolina. Sus ingenieros no construyen otra cosa que puestos de gasolina: lo que comen huele a gasolina. Sueñan en charcos negros.

No ha e imagen más siniestra que la de la tierra abandonada, la tierra abandonada por los hombres. Uno tiende a pensar que emigran para llevarse consigo los recuerdos de la tierra. En ningún sitio debería volver a estar tan bien como aquí. Debería ser posible que con instrumentos de largo alcance pudieran seguir contemplando la tierra, pero sin poder reconocer qué es lo que ocurre realmente en ella. Comprenderían lo que han perdido, una patria inagotable, y en la falsa religión a la que tienen que atribuir esta sospecha la habrían cambiado por otra, muy tarde ya, demasiado tarde. Es de suponer que esta nueva religión sería la verdadera; si hubiera llegado a tiempo, habría salvado la tierra por los hombres.

Han aconsejado tentar a los dioses y cuantas más veces mejor, y que no se les deje en paz ni un momento. Duermen demasiado y dejan al hombre sólo en la balsa de sus hermanos moribundos.

Los muertos se alimentan de juicios; los vivos, de amor.

Ningún tonto, ni ningún fanático me va a quitar jamás el amor a todos aquellos a quienes les han ensombrecido y recortado los sueños. El hombre se convertirá aún en todas las cosas, en el hombre total. Los esclavos liberarán a los señores.

Los «asesinados», qué grandioso suena esto todavía, qué franco, qué ancho y valiente. Los «asfixiados», los «machacados», los «carbonizados», los «reventados», qué avaro suena, ¡cómo si no hubiera costado nada!

Ya no tenemos medida, para nada, desde que la vida del hombre ha dejado de ser la medida.

Un hombre se dispone contar todas las hojas del mundo. La esencia de la estadística.

Él me robó la oreja izquierda. Yo le quité el ojo derecho. Él me escondió catorce dientes. Yo le cosí los labios. Él me coció el culo. Yo le cogí el corazón y se lo puse boca abajo. Él se comió mi hígado. Yo me bebí su sangre. Guerra.

Una guerra que no se haga únicamente con armas espirituales me repugna. El contrincante muerto no da testimonio más que de su muerte.

No quiero infundir miedo alguno; no hay nada en el mundo de lo que más me avergüence. Prefiero ser despreciado a ser temido.

Se va a vivir entre los soldados: ya no quiere saber lo que ocurre; ya no quiere saber lo que hace.

En la Conferencia de Paz se decide darle a Europa la oportunidad que merece, la oportunidad que se ha ganado en una guerra dura y prolongada durante años. Desde ahora mismo debe comenzar de nuevo. Para hacer posible esto se forma una flota internacional de bombarderos que aniquilará todas las ciudades que accidentalmente sigan todavía en pie.

Dios es la mayor arrogancia del hombre; y cuando éste la haya expiado no volverá nunca a encontrar una arrogancia mayor.

Los puestos honoríficos son para los débiles mentales; es mejor vivir en el oprobio que en el honor; sobre todo, ninguna dignidad; libertad, a cualquier precio, para pensar. A uno los honores se los cuelgan como tapices en torno a los ojos y los oídos; quién hay que continúe viendo; quién hay que continúe oyendo; en los honores los sueños se asfixian y los buenos años se agostan.

Su dinero lo recoge él en su corazón, los latidos lo cuentan.

Va a volver al mundo, repleto y maravilloso, cuando ya no muera nadie y cuando los hombres hagan que sus guerras las diriman las hormigas, que son tan humanas.

El poeta es probablemente el hombre que percibe lo que fue para predecir lo que será. Por esto, en realidad no sufre, sólo recuerda; y no hace nada, porque primero tiene que predecir.

Tiene siempre algo de mal visto el alistarse en una fe que, antes que uno, han compartido ya muchísimos. Hay aquí más renuncia de la que es posible expresar con palabras humanas. La fe es una capacidad del hombre que puede ampliarse, y todo el que sea capaz de ello debería colaborar en algo a esta ampliación.

Las voces del hombre son el pan de Dios.

Es curioso cuando un oriental aparece en un inglés. Una vez que me encontré con uno de estos asombrosos ingleses, no hace mucho, pensé que era un error y que el oriental se iba a esfumar otra vez. Pero luego vi que empezaba a crecer y que se iba convirtiendo en algo casi tan importante como un Buda. A un hombre así no le queda otro remedio que creer en la trasmigración de las almas, de qué otra manera si no se las arreglaría en una situación como aquella en la que se encuentra, en Inglaterra.

Como oriental se manifiesta en lo siguiente: está tranquilo en su rincón y no permite que le digan que esta calma es pereza: a través de ella puede uno llegar a una gran sabiduría. Le gusta que las mujeres lo adoren; una nueva mujer que se cruce en su camino le impresiona, aunque conoce ya a muchas otras; una no excluye a otra, y no se recata en absoluto de mostrar su complacencia. Así que se da cuenta de que con ello no va a herir a nadie, suelta pensamientos extraños y destructivos sobre Dios, producto de su sedentarismo, pensamientos que le parecen originales aunque los ha oído en la India; para Inglaterra siguen siendo originales.

Es impreciso; confunde con facilidad nombres, fechas y lugares. Lo sabe y para él es indiferente. Las relaciones están vacías y no significan nada; lo único importante es aquello que considera que es el sentido profundo de una frase. En cambio, los ingleses están enfermos de precisión. La falta de puntualidad es el segundo de los pecados y está inmediatamente después del asesinato; al afeitarse no hay que olvidarse de un sólo pelo; los minutos que debe durar una visita están contados antes de que ésta empiece; la cerca que rodea una propiedad es sagrada; un libro consta de un número determinado de letras; nadie miente. Es fácil imaginarse de qué modo este oriental, con su marcada flema frente a toda exactitud destaca entre sus paisanos ingleses.

También su amabilidad tiene otra coloración. Alaba a todos y a cada uno de los hombres de los que se habla, sin levantar mucho la voz, pero ciertamente, con la exaltación con que lo haría un meridional. La persona más ridícula es extraordinaria, ejemplar y sublime. Al dirigirse a la gente emplea los títulos que éstos podrían desear. Pero, sin que en realidad sea irónico – carece totalmente de incisividad -, deja entrever la poca importancia que los títulos tienen. Sus ansias de paz eterna están llenas de un sentimiento de pena por el hecho de que pronto ya no va a estar: padece del corazón; y no se avergüenza de hablar de su enfermedad. La manera detallada y exhaustiva de hacerlo traiciona de un modo especial aquella pena. Le gustaría que la gente admirara su corazón enfermo, y la verdad es que es pasmoso porque sigue trabajando «de un modo creativo», escribe. De las actividades humanas, escribir es sin duda la más tranquila, la más adecuada por tanto al oriental, que, con las piernas cruzadas, en una actitud llena de dignidad, deja que esta actividad se vaya produciendo sobre una pequeña tabla, con movimientos pequeños y circulares. Si realmente siguiera estando en Inglaterra, se guardaría de mencionar el hecho de que tiene un corazón, y no digamos un corazón enfermo, y todo lo que escribe lo habría guardado pudorosamente bajo llave.

A quien hemos visto dormir, ya no le podremos odiar nunca.

El hombre está enamorado de sus armas. ¿Qué remedio tiene esto? Las armas deberían ser de tal modo que, con frecuencia y de una forma totalmente inesperada, se volvieran contra el que las usa. El miedo que provocan las armas es demasiado unilateral. No basta con que el enemigo actúe con medios iguales. El arma misma debería tener una vida antojadiza e imprevisible y los hombres deberían tener más miedo al peligro que se encuentra en su mano que al enemigo.

De todas las religiones del hombre la guerra es la más tenaz; pero también ella puede desaparecer.

Si tuvierais que batiros desnudos os resultaría más difícil la carnicería. Los asesinos uniformes.

La fe en Dios tiene algo en sí que pesa mucho: uno cree en la existencia de un ser al que no se puede matar, ni siquiera empleando toda nuestra maldad.

En la oscuridad las palabras pesan doble.

Hoy en día ya o es verdad que los monos estén más cerca del hombre que otros animales. Durante mucho tiempo puede que no nos hayamos distinguido mucho de ellos; entonces eran parientes cercanos nuestros; hoy en día, un sinnúmero de transformaciones nos han alejado tanto de ellos que no tenemos menos de pájaro que de mono.

Para comprender de qué modo hemos llegado a ser hombres, lo que, sin duda, habría que investigar en primer lugar serían las condiciones imitativas de los monos. Aquí los experimentos tendrían un sentido muy especial. Tendríamos que poner los monos mucho tiempo con animales a los que hubieran podido conocer antes, y registrar cuidadosamente de qué manera su conducta se deja influir por la de estos animales. Tendríamos que ir cambiando los animales de su entorno siguiendo un orden cada vez distinto. De vez en cuando, después de estas impresiones, que serían fuertes, deberíamos dejar a los animales abandonados totalmente a merced de sí mismos. Con muchos intentos de este tipo, el concepto vacío de imitación cobraría un cierto contenido y tal vez se llegaría a la conclusión de que lo que estaba en juego era una transformación, no únicamente una “adaptación”, y que la “adaptación” era simplemente el resultado de torpes transformaciones conseguidas sólo a medias.

En el hombre, donde mejor se pueden estudiar estos procesos es en el mito y en el drama. El sueño, en el que estuvieron siempre, ofrece mucha menos precisión y permite interpretaciones arbitrarias. El mito no sólo es más bello sino que para los fines de una investigación de este tipo es también más útil porque permanece constante. Su fluidez es una fluidez interna, no se le escapa a uno de entre las manos. Allí donde tiene lugar regresa una y otra vez de la misma manera. Es lo más estable que los hombres son capaces de producir; no hay instrumento que a lo largo de milenios haya permanecido tan idéntico a sí mismo como algunos mitos. Su carácter sagrado los protege, su representación los eterniza, y el que sea capaz de llenar al hombre con un mito ha conseguido más que el más osado de los inventores.

De todas las posibilidades que el hombre tiene de hacer un resumen de sí mismo el drama es la menos engañosa.

Siempre que a los ingleses les van mal las cosas, me entra una gran admiración por su Parlamento. Es como un alma hecha de luces y sonidos, un modelo delegado en el que, ante los ojos de todos, tiene lugar lo que de otro modo permanecería secreto. Además de la libertad de la que están hablando siempre, los hombres han conseguido aquí una libertad desconocida: la de contar en público pecados políticos y ser absueltos de ellos por una instancia terrena. Aquí existe una posibilidad de atacar a los poderosos como no se encuentra en ninguna otra parte. No por esto son menos poderosos; de sus decisiones pende realmente todo; es cierto que tienen la seguridad propia de su condición, pero no el engreimiento, porque el Parlamento les quita del todo las ganas de tenerlo. Seiscientos ambiciosos se vigilan unos a otros en el más mínimo detalle; las debilidades no pueden quedan ocultas; los aspectos positivos se toman en cuenta mientras lo son. Todo ocurre a la vista de todo el mundo. A uno le están citando continuamente. Pero, en medio del trajín diario, uno puede estar al margen y avisar de los peligros a los demás. Aquí, el profeta, con sólo que tenga suficiente paciencia, puede esperar. Aprende a expresarse de manera que el mundo le entienda. La primera condición de eficacia de las manifestaciones que se hacen aquí es su claridad. Y por muy enmarañado que esté el verdadero juego por conseguir el poder, de puertas afuera lo que hay son exigencias y empeños perfectamente delimitados.

No hay nada más curioso que este pueblo, la forma como resuelve de un modo ritual, deportivo, sus asuntos más importantes y cómo no se sale de estos modos ni aun cuando está con el agua al cuello.

La novela no debe tener prisa. Antes, incluso la prisa podía pertenecer a su esfera; ahora la ha tomado el cine. Comparada con el film, la novela apresurada se quedará siempre corta. La novela, como criatura de épocas más tranquilas, puede que aporte algo de su vieja calma a nuestro moderno apresuramiento. A mucha gente podría servirles de cámara lenta; podría incitarles a la perseverancia; podría sustituir las vacías meditaciones de sus cultos.

Tiene el ingenio de su maldad, la falta de memoria de sus años, la limitación de su sexo y la brutalidad de su profesión: un gran general.

Odio la eterna disposición para la verdad, la verdad como costumbre, la verdad por obligación. Que la verdad sea una tormenta y que, una vez ha limpiado el aire, pase. La verdad tiene que caer como un rayo, de otro modo no tiene efecto. Quien la conoce debe temerla. La verdad no debe convertirse nunca en el perro del hombre; ¡ay de aquel que la llama con un silbido! No hay que llevarla atada de una correa, no hay que llevarla en la boca. No hay que darle de comer, no hay que medirla; hay que dejarla que crezca en su terrible paz. Hasta Dios se ha ocupado de un modo demasiado confidencial de la verdad, y ha muerto asfixiado en ella.

El hombre tiene la eternidad que le dé el ocuparse de lo eterno… si no se ahoga en esta ocupación.

Los animales no sospechan que nosotros les damos nombres. O lo sospechan, y entonces es por esto por lo que nos temen.

Se muere con excesiva facilidad. Habría que morir de un modo mucho más difícil.

Un país de eternidad ilimitada: hay que andar días y días para encontrar a uno que mueva levemente el dedo meñique; por lo demás, todos están sentados alrededor mudos y como estatuas egipcias.

Los ingleses no tienen escritas sus leyes, las llevan consigo a donde quiera que vayan.

En Inglaterra las palabras enflaquecen.

Tendrá que haber judíos todavía cuando el último judío haya sido eliminado.

El peligro más grande del que el hombre debe protegerse conforme va adquiriendo mayor grado de conciencia es el rápido cambio de luz bajo el cual, cada vez más, se le manifiestan las cosas y las convicciones. Todo se hace fluido; lo más fluido se hace visible; uno no termina con nada; cada muro tiene su puerta; detrás sigue habiendo algo; las mismas flores se ofrecen en colores nuevos; la calzada, dura como el granito, se reblandece hasta convertirse en barro. Uno puede haber estado deseando durante veinte años algo muy concreto y, una vez adquirido un grado mayor de conciencia, dejar de desearlo. Lo que uno encontraba feo se desenmascara en forma de múltiples y hermosas imágenes: se esfuman después de una danza leve y centelleante. Todo se hace posible; el desagrado se debilita; el juicio sobre algo se dobla como una brizna de hierba bajo el viento; los huesos se alargan hasta adquirir cualquier longitud; un pensamiento tiene tanta sangre como uno quiere; y el hombre, que ha llegado a serlo todo, es también capaz de todo.

¡Cuántos objetos tuvo que hacer primero el hombre para poder llegar a una filosofía del materialismo!

La vivencia central de Swift es el poder. Es un Poderoso impedido. Sus ataques satíricos están en lugar de sentencias de muerte. Estas, durante su vida, le fueron negadas, han pasado a sus sátiras. De ahí que, en el más estricto sentido de la palabra, aquellas sátiras sean lo más terrible que jamás haya podido realizar un escritor.

Swift copia reinos, transforma reinos; las cortes no dejan de inquietarle. Presenta siempre de un modo sarcástico la forma cómo las cortes organizan sus Imperios: jamás se olvida de hacerlo notar al lector – es lo único que le hace notar – lo mucho mejor que él podría organizar estos Imperios.

De ahí que el Diario a Stella sea un documento único, porque, de un modo desnudo y sin maquillaje alguno, sólo con algunas pretensiones falsas muestra al hombre de espíritu que, en medio del despiadado sistema bipartidista de su tiempo, está a la espera del poder y que no puede conseguirlo porque mira con demasiado detalle los entresijos de este sistema.

Estas almas de gusano, ¿cómo van a comprender que lo importante es despreciar el dinero, aun cuando uno lo necesite?

Uno está contento de ver que los deseos de los demás se cumplen, sobre todo cuando uno mismo no ha hecho nada para ello: como si hubiera una complacencia y un oído invisibles, quién sabe dónde.

Actúa como jamás podrías volver a actuar.

El hombre de éxito únicamente oye aplausos. Para todo lo demás está sordo.

Todas las dominaciones del mundo que han tenido lugar en el pasado, todos los desprecios, opresiones, sojuzgamientos, se han concentrado en el corazón enfermo de un solo hombre, a él, lo contrario del chivo expiatorio, le ha tocado la tierra, y él la castiga por toda su historia.

Jamás he tenido noticia de un hombre que haya atacado al poder sin quererlo para sí, y en esto los moralistas religiosos son los peores.

La vida monstruosa que los perros llevan entre ellos: el más pequeño puede ir con el más grande y, en determinadas circunstancias, puede llegar a tener crías. Mucho antes que nosotros los perros viven entre monstruos y enanos que, no obstante, son sus semejantes y tienen su misma lengua.!La de cosas que pueden ocurrirles! ¡Qué parejas tan grotescamente distintas se buscan! ¡Cómo se temen, cómo se sienten atraídos por lo más maligno! Y siempre cerca de sus dioses, un silbido y la vuelta al riguroso mundo de las cargas simbólicas.

Muchas veces parece como si todo el mundo religioso que nos hemos imaginado, con demonios, enanos, espíritus, ángeles y dioses, estuviera tomado de la realidad de los perros. Ya sea porque hemos presentado nuestras múltiples formas de creer tomando como modelo a los perros, ya sea porque empezamos a ser hombres desde que tenemos perros; como sea, el caso es que leemos en ellos lo que nosotros, propiamente, somos y hacemos, y es de suponer que la mayoría de los señores están más agradecidos a este saber sordo y romo que a los dioses de los que están hablando siempre.

La música es el mejor de los consuelos por el solo hecho de no crear palabras nuevas. Incluso cuando se les pone música a unas palabras, su magia sobrepasa y borra el peligro que ellas conllevan. Pero cuando es más pura es cuando se toca para sí misma. Uno cree en ella de un modo incondicionado, porque la seguridad que infunde es una seguridad de los sentimientos. Su fluencia es más libre que todo lo que parece posible en el ser humano, y en esta libertad está la salvación. Cuanto más poblada esté la tierra y cuanto más domine la máquina en la configuración de la vida del hombre, tanto más imprescindible se va a hacer la música. Vendrá un tiempo en que sólo por ella podrá el hombre escapar a las estrechas mallas de las funciones, y el dejarla como una inmensa reserva de libertad, una reserva libre de toda influencia, va a ser la tarea más importante de la vida espiritual del futuro. La música es la verdadera historia viviente de la Humanidad, una historia de la cual, sin ella, sólo poseemos partes muertas. No es preciso que saquemos de ella nada porque ella está siempre entre nosotros, y basta con oír ingenuamente; todo lo que no sea esto es un aprender inútil.

Lo que es un tigre lo sé realmente desde que he leído el poema de Blake.

Los milagros como mezquinos restos de las viejas y pictóricas metamorfosis.

Cualquier tonto puede, siempre que le venga en gana, perturbar al espíritu más complicado.

La promesa de la inmortalidad basta para levantar una religión. La simple orden de matar basta para exterminar a tres cuartas partes de la Humanidad. ¿Qué quieren los hombres? ¿Vivir o morir? Quieren vivir y matar, y mientras quieran esto tendrán que contentarse con las distintas promesas de inmortalidad.

Algunas frases no empiezan a soltar su veneno hasta al cabo de años.

Lo que para el pobre es la esperanza, es para el rico el heredero.

No creas a nadie que esté diciendo siempre la verdad.

Éxito: el raticida de hombres, muy pocos salen con vida.

La duda se engaña más que la fe.

Cada lengua tiene su propio silencio.

De todos modos, siempre han vencido aquellos que han llevado al mundo a su vieja estructura espiritual, a la guerra. Ya puede irse a pique hasta el último: tras de sí dejan la guerra y las próximas guerras. Los judíos están otra vez en Egipto, pero los han dividido en tres grupos: a unos se les ha dejado salir; a otros los han convertido en esclavos; a los últimos los han matado. Así, de repente, todos deben repetir su viejo destino. Uno puede no hacer nada. Uno puede quejarse. Uno puede mejorar. Maldita sea la venganza, y si me matan al más querido de mis hermanos, no quiero venganza, quiero otros seres humanos. las guerras se hacen por mor de sí mismas. Mientras no reconozcamos esto, jamás será posible combatirlas realmente.

1943

Desde que hay guerra los pensamientos y las frases son más cortos, adaptados al tono de las órdenes. La gente lo que quiere es no prolongar ni continuar todo lo que ha surgido en este tiempo. Quieren dejarlo tras sí como si fueran los tiros de una ametralladora. Nadie sabe quién va a venir a su casa ni nadie sabe dónde va a estar en casa. De ahí que la gente no se instale demasiado a sus anchas en ninguna frase y que pase por todas ellas rozándolas, como si fueran hojas que bordean el camino. El periódico, «en el que todos los días viene una cosa distinta», y los partes radiofónicos son los monos del momento; cuando se advierte su presencia en un árbol ya han saltado al siguiente. El Matusalén de la guerra ya no es ningún vicio, nació ayer; una existencia normal se cuenta por horas. Debe haber ocurrido que uno ya no sabe para qué ha estado luchando el momento anterior; y algunos dicen que cientos de miles de muertos desfiguran la más clara de las metas. No siempre se encuentran ríos dispuestos a llevarse los cadáveres flotando. Los hornos crematorios rodantes llegan muchas veces con retraso. Las torres de calaveras unidas con cemento que construían los tártaros eran más recomendables; ofrecían una amplia perspectiva. Con todo, los experimentos de utilización de corazones e intestinos muertos han hecho grandes progresos; no está excluido que se dé nueva vida a los cadáveres propios sirviéndose de los de los enemigos. Entonces las guerras tendrían un sentido, un sentido profundo que hasta hoy sólo han augurado los profetas de la guerra. No se había llegado demasiado lejos en la interpretación de procesos de proporciones tan colosales; pero los números hablan por sí solos a favor de un hecho: tiene que tratarse de acontecimientos de suma importancia para la vida, pues ¿iba a ser inútil la muerte de millones de hombres? ¿Y qué decir de que los hombres vayan gustosos a la muerte, estén orgullosos de morir y de que anden a la greña por el privilegio que esto supone? Son siempre los números lo que avergüenza a los escépticos.

Al hombre no le gusta morir. En la guerra muere la gente por millones. De ahí que las guerras tengan que tener un significado especial y quizá lo que ocurre es que no hemos sabido moler adecuadamente los cadáveres del enemigo. Nos hemos reído de los cazadores de cabezas y hemos hecho burla de los caníbales. Pero dentro de estos hijos de la Naturaleza hay un meollo sano, y de la misma manera como entienden de hierbas medicinales y de venenos, seguro que saben muy bien, y en todo caso mejor que nosotros, por qué tienen que comerse precisamente a los enemigos. Una cosa no se les puede negar: son consecuentes, y el ridículo sentimentalismo de nuestra pseudo-cultura no les ha llevado a moler un corazón por el simple hecho de que es el corazón de un hombre, todo lo contrario, prefieren corazones de animales.

En la Historia se habla poco, demasiado poco, de animales.

El hombre de Neandertal piensa: siempre habrá guerras, incluso dentro de trescientos millones de años; puede contar ya hasta el millón.

Reniega de todos los que aceptan la muerta. ¿Quién te queda?

La herencia de Dios está envenenada.

El futuro que cambia a cada momento.

Un tropel de mujeres en cinta, en muy avanzado estado; a su encuentro, en dirección contraria, vienen camiones, tanques, camiones, tanques llenos de soldados armados y equipados con toda exactitud. Los coches han pasado; las mujeres, en mitad de la carretera, empiezan a cantar.

La guerra es algo tan ordenado que la gente acaba encontrándose en ella como en su casa.

Desde que están sentados en sillones y comen en mesas hacen guerras más largas.

Los muertos tienen miedo de los vivos. Los vivos, en cambio, que no lo saben, temen a los muertos.

Todas las fronteras que ha habido en la Tierra desde que hay hombres y una comisión que vigile si son o no reales: la academia de las Fronteras. Un diccionario de fronteras, corregido a cada nueva edición. Una evaluación de los gastos que comportan estas fronteras. Los héroes que han muerto por ellas y sus descendientes que les quitan la frontera debajo de sus tumbas. Muros en sitios donde no deben estar, y sitios donde habría que levantarlos en realidad, si no fuera que desde tiempo están ya en otro sitio. Los uniformes de guardias de frontera que han muerto y los desaguisados que tienen lugar en los pasos difíciles, las eternas infracciones, corrimientos y terrenos movedizos. El presuntuoso mar; los incontrolables gusanos; pájaros que van de un país a otro, propuesta de exterminio de estos pájaros.

La ciencia se ha traicionado al hacerse objeto de sí misma. Se ha convertido en religión, en religión del matar y quiere hacer creer que de las religiones tradicionales del morir a esta religión del matar ha habido un progreso. Muy pronto habrá que poner a la ciencia bajo el imperio de una fuerza más alta que, convirtiéndola en su servidora, la oprima sin destruirla. Para este sojuzgamiento de la ciencia hay que darse prisa. Está contenta con ser una religión y se apresura a exterminar a los hombres antes de que éstos tengan el valor suficiente para destronarla. De este modo, saber es realmente poder, pero un poder que se ha vuelto furioso, un poder al que se adora sin rubor; sus adoradores se contentan con pelos y escamas de él; si no pueden sacarle nada más, con las huellas de sus pies artificiales, de sus pies pesados.

Los viejos relatos de viajes van a ser algo tan precioso como las grandes obras de arte; porque la tierra desconocida era algo sagrado y jamás podrá volver a serlo.

El diablo fue una gran sinvergüenza siendo inofensivo, meciendo a los hombres en una engañosa seguridad.

Antes del hundimiento de Alemania, en este país había vendedores ambulantes que iban por las casas con retratos del Führer que se inflamaban de un modo espontáneo cuando la gente los miraba a los ojos.

Hay muchas personas sencillas que le preguntan a uno: «¿Cree usted que va a terminar pronto la guerra?», y si uno ingenuamente les contesta: «Sí, muy pronto», advierte de repente – primero no quiere uno creerlo – cómo el miedo y el horror se dibujan en sus rostros. Se avergüenzan un poco de esto y saben siempre que por motivos de humanidad deberían alegrarse. Pero la guerra les ha reportado el pan y una ganancia considerable, a algunos por primera vez en la vida; otros, al fin, después de muchos años, han recuperado este pan y estas ganancias; y así ocurre que lo único que les tortura es este sentimiento: ¡si durara un poco más!, ¡si todavía no se acabara! Pueblos enteros hasta sus estratos más bajos se han convertido en ganadores de esta guerra, con todas las reacciones con respecto al mundo que una contienda así conlleva. Si tuviera que decir qué es lo que durante esta guerra me ha estado llenando de la mayor de las desesperaciones, diría que esta experiencia cotidiana: la guerra como lo que trae el pan y la seguridad.

Los aduladores apasionados son los hombres más desgraciados del mundo. De vez en cuando les acomete un odio feroz e imprevisible contra la criatura que durante mucho tiempo han estado adulando. No son dueños de este odio; por nada del mundo pueden amasarlo; ceden a él como un tigre a su sed de sangre. Es un espectáculo sorprendente; el hombre que antes, para su víctima, no tenía otra cosa que palabras de la más ciega adoración, retira cada una de estas palabras y las convierte en una serie de dicterios igualmente exagerados. No olvida nada de lo que hubiera podido agradar al otro. En medio de su enloquecida rabia, recorre la lista entera de sus viejas melifluidades y las traduce justo a la lengua del odio.

De todo lo que contemplamos, ¿qué es lo que debe darnos ánimo sino la contemplación misma?

Ni siquiera las acciones más depravadas de los muertos hay que silenciar; hasta tal punto les interesa seguir viviendo como sea.

Es una época que se distingue por cosas nuevas y en modo alguno por pensamientos nuevos.

Lo más atrevido de la vida es el odio a la muerte, y son despreciables y desesperadas las religiones que borran este odio.

Si un consejo que yo tuviera que dar, un consejo técnico, acarreara la muerte de un solo ser humano, ya no podría arrogarme derecho alguno a la vida.

La cultura se cuece juntando todas las vanidades de aquellos que la fomentan. Es un filtro peligroso que distrae del pensamiento de la muerte. La más pura expresión de cultura es una tumba egipcia, en la que todo lo que está alrededor es inútil, cacharros, joyas, comida, imágenes, esculturas, oraciones, y el muerto, a pesar de todo, está muerto.

No es posible leer la Biblia sin indignación y sin fascinación. ¡Qué es lo que ella no hace de los hombres, seres malvados, hipócritas, déspotas, y qué es que no se hace contra ellos! La Biblia es la digna imagen del género humano, modelo de la Humanidad, un ser inmenso, a la vez visible y secreto; es la verdadera Torre de Babel, y Dios lo sabe.

El verdadero arte sería, pues, amar esto sin almacenar el odio que corresponde a este amor.

En el Humanismo, el hombre se tomó las cosas de un modo excesivamente fácil; todavía no se sabía casi nada; en el fondo, el esfuerzo más importante se dirigía a una única tradición. Pero aunque de este movimiento no quedara más que el nombre que lo designa, este movimiento sería santo; y la ciencia que hoy en día lo continúa, llevándolo mucho más lejos y sabiendo mucho más que él, su auténtica heredera, la antropología, lleva un nombre que, si bien está emparentado con aquél, sin embargo es mucho menos de fiar.

Hay libros que tenemos a nuestro lado veinte años sin leerlos, libros de los que no nos alejamos, que los llevamos de una ciudad a otra, de un país a otro, cuidadosamente empaquetados, aunque haya muy poco sitio, y que tal vez hojeamos en el momento de sacarlos de la maleta; sin embargo, nos guardamos muy bien de leer aunque sólo sea una frase completa. Luego, al cabo de veinte años, llega un momento en el que, de repente, como si estuviéramos bajo la presión de un operativo superior, no podemos hacer otra cosa que coger un libro de estos y leerlo de un tirón, de cabo a rabo: este libro actúa como una revelación. En aquel momento sabemos por qué le hemos hecho tanto caso. Tenía que estar mucho tiempo a nuestro lado; tenía que viajar; tenía que ocupar sitio; tenía que ser una carga y ahora ha llegado a la meta de su viaje; ahora levanta su velo; ahora ilumina los veinte años transcurridos en los que ha vivido mudo a nuestro lado. No hubiera podido decir tantas cosas si no hubiera estado mudo durante este tiempo, y qué imbécil se atrevería a afirmar que en el libro hubo siempre lo mismo.

Quizás la razón por la que desprecio la acción es simplemente ésta: porque deseo que todas las acciones, incluso la más insignificante, tengan un sentido universal, que proyecten su sombra de una manera muy particular y que cubran al mismo tiempo el ciclo y la tierra. Sin embargo, el hacer real del hombre se ha atomizado, y tienen que chocar violentamente unos contra otros para que se den cuenta de que cada uno de ellos hace algo. ¡Qué vacío el que hay entre ellos! ¡Qué grandes humillaciones! ¡De qué manera rugen todos! Les calientan desde fuera y cada vez rugen y se agitan con mayor violencia.

Su primer mandamiento es: actúa, lo que hagan es casi indiferente. Uno pensaría que es la mano, que se ha convertido en un ser furioso, la que les empuja de una acción a otra; y lo cierto es que los pies cuentan cada vez menos. Podríamos mandarles cortar las manos a todos a un tiempo; pero es de temer que entonces apretaran botones con la nariz, botones no menos peligrosos. Actúan y lo que hacen no es nada, y porque no es nada es malo. Bien es verdad que cuenta con una vida corta, pero para ellos ni siquiera el momento es sagrado. Por una acción entregan la vida de cualquier persona y a menudo la suya propia. Son los papagayos de los dioses y se reúnen con ellos para hablar de acciones; siempre hay una u otra que les gusta a los dioses; la que más, matar. Del ritual del sacrificio ha nacido, dicen, toda la literatura sapiencial, y de este modo la sabiduría misma sería hija de la acción. Hay muchos de ellos que creen en esto y para muchos más todavía, la guerra ha ocupado el lugar del sacrificio; la masacre es más costosa y dura más tiempo. Es muy posible que ya no haya manera de separar la acción del matar y si la Tierra no quiere sucumbir de un modo esplendoroso, los hombres deberían perder por completo la costumbre de actuar. Oh, si, al fin, con las piernas cruzadas, estuvieran sentados delante de sus casas derruidas, misteriosamente alimentados del aire que respiran y de sueños; lo único que les haría mover un dedo sería una mosca a la que ahuyentarían porque les molestaría su diligencia y su asiduidad, que les recordaría viejos tiempos superados, vergonzosos, los tiempos de los átomos y de la acción.

La Historia desprecia a aquel que la ama.

No es posible hacerse idea de hasta qué punto va a ser peligroso el mundo sin animales.

Imperios de mil años los ha habido: el de Platón, el de Aristóteles, el de Confucio.

¿Cuántas cargas puede sacarse de encima el espíritu? ¿Cuántas cosas puede olvidar de modo que no las vuelva a saber nunca más?, y ¿puede olvidar algo como si no lo hubiera sabido nunca?

Para los historiadores las guerras son como algo sagrado; a modo de tormentas benéficas o inevitables, viniendo de la esfera de lo sobrenatural, irrumpen en el curso evidente y claro del mundo.

Odio el respeto que los historiadores tienen a cualquier cosa por el solo hecho de que ha ocurrido; sus módulos falsos y elaborados a posteriori; su impotencia, caída de bruces ante cualquier forma de poder, ¡Estos cortesanos, estos aduladores, estos juristas siempre interesados! A uno le gustaría hacer trizas la historia de manera que sus girones ya no hubiera quien los encontrara; ni una colmena entera de historiadores. La historia escrita, con su impertinente costumbre de defenderlo todo, hace que la situación de por sí desesperada de la Humanidad desespere todavía más de todas las falaces tradiciones.

Todo el mundo encuentra sus armas en este arsenal; está abierto y es inagotable. Con cachivaches viejos y oxidados que se encontraban en él en pacífica convivencia, fuera, arremeten unos contra otros. Luego, los partidos, una vez han muerto, se dan la mano en señal de reconciliación y entran en la historia. Estas herramientas oxidadas las recogen luego del campo esta especie de samaritanos que son los historiadores; después las devuelven a la armería. Tienen buen cuidado de no quitar ni una sola mancha de sangre. Desde que murieron los hombres en cuyas venas circuló esta sangre, cada gota seca es sagrada.

Todo historiador tiene un arma antigua por la que siente un especial apego y a la que convierte en centro de su historia. Y he aquí que esta arma se levanta allí orgullosa como si fuera un símbolo de fecundidad cuando en realidad es un asesino frío y petrificado.

Desde hace tiempo, no mucho, los historiadores tienen puestas sus miras sobre todo en el papel. De abejas que eran se han convertido en termitas y sólo digieren celulosa. Prescinden de todos los colores de su época de abejas; ciegos, en ocultos canales, pues odian la luz, la emprenden con su viejo papel. No leen, se lo comen, y lo que luego sacan se lo comen otras termitas. En su ceguera los historiadores se han convertido, naturalmente, en videntes. No hay pasado, por repulsivo y odioso que haya sido, que no tenga algún historiador que imagine algún futuro que venga después de este pasado. Sus sermones, creen ellos, están hechos de viejas realidades; sus profecías, mucho antes de que se cumplan, están ya probadas. Además del papel les gustan también las piedras, pero éstas no las comen ni las digieren. Se limitan a ordenarlas en ruinas siempre nuevas y completan lo que falta con palabras de madera.

Juzgar a los hombres según acepten la historia o se avergüencen de ella.

Ya no se encontrarán más objetos desconocidos. Habrá que hacerlos, ¡qué pena!

Estar tan solo que uno ya no deje de ver a nadie, a nadie, a nada.

El estudio del poder, si se toma en serio, comporta los mayores riesgos. Uno acepta metas equivocadas porque, entretanto, hace tiempo que han sido alcanzadas y superadas. La generosidad y la nobleza le mueven a uno a perdonar allí donde menos debería hacerlo. Los Poderosos y los que aspiran a serlo, con todos sus disfraces, se sirven del mundo, y el mundo para ellos es lo que han encontrado. No les queda tiempo para poner nada seriamente en cuestión. Lo que un día produjo masas tiene que proporcionarles sus propias masas. De ahí que oteen la historia en busca de pastos y que se apresuren a instalarse en aquellos sitios en los que pueden hartarse. Tanto los viejos imperios como Dios, la guerra como la paz, todo se ofrece a ellos, y ellos escogen aquello que van a poder manejar mejor. En realidad no hay ninguna diferencia entre los Poderosos; cuando las guerras han durado mucho tiempo y los adversarios, por amor a su victoria, se han tenido que equiparar el uno al otro, de repente esto se ve claro. Todo es éxito y en todas partes el éxito es lo mismo. Cambiar sólo ha cambiado una cosa: el número creciente de hombres ha llevado a masas cada vez mayores. Lo que se descarga en algún sitio de la Tierra se descarga en todas partes; a ninguna aniquilación se le pueden poner fronteras ya. Sin embargo, los poderosos, con sus viejas metas, siguen viviendo en su viejo y limitado mundo. Son los auténticos provincianos y aldeanos de este tiempo; no hay nada más alejado del mundo que el realismo de gabinetes y ministros, a excepción del de los dictadores, que se tienen por más realistas todavía. En lucha contra las formas anquilosadas de la fe, los ilustrados han dejado intacta una religión, la más absurda de todas: la religión del poder. Hubo dos actitudes posibles en relación con éste: una de ellas, a la larga la más peligrosa de las dos, prefirió no hablar de ella, a la manera tradicional seguir ejerciéndolo en silencio, fortalecido como estaba por los inagotables y por desgracia inmortales modelos tomados de la Historia. La otra, muchos más agresiva, empezó glorificándose antes de entrar en acción: se declaró abiertamente como religión que venía a sustituir a las religiones moribundas del amor de las cuales se mofó con la fuerza y con el chiste. Predicó: Dios es poder, y el que pueda, su profeta.

El poder se les sube a la cabeza incluso a aquellos que no lo tienen, pero allí se esfuma más deprisa.

No puedo ser modesto; en mí hay demasiado fuego; las viejas soluciones se desmoronan; para las nuevas todavía no se ha hecho nada… Por esto voy a empezar por todas partes al mismo tiempo, como si tuviera cien años por delante. Cuando se hayan acabado los pocos años que realmente me quedan, ¿van a poder hacer algo los otros con estas ideas vagas y en bruto? No me puedo limitar: el limitarse a una sola cosa como si esto lo fuera todo, es algo demasiado despreciable. Quiero sentirlo todo en mí mismo antes de pensarlo. Necesito una larga historia para que las cosas que hay en mí se hagan mías, de mi casa, antes de que pueda mirarlas con justicia. Tienen que casarse en mí y tener hijos y nietos y por ellos voy a probarlas. ¿Cien años? ¡Cien miserables años! ¿Es esto demasiado para una intención seria?

Los de antes se ríen de mí. A ellos les basta con que sus pensamientos se muerdan bien la cola. Creen que con esto han comprendido realmente algo, y éste es el único pensamiento que tienen, ¡que, a su vez, vuelve a morderse la cola! Cuantas más veces lo hacen, tanto más acertado es, piensan, y cuando llega a alimentarse de su propio cuerpo, entonces se vuelven locos de alegría. Sin embargo yo vivo con un miedo sólo, que mis pensamientos casen demasiado pronto, y es por esto por lo que les dejo tiempo para que desenmascaren toda su falsedad o, por lo menos, para que también de piel.

Uno quisiera descomponer a cada hombre en sus animales y luego, de un modo profundo y benéfico, ponerse de cuerdo con ellos.

Nos engañamos teniendo alguna clase de esperanza para después de la guerra, Hay esperanzas particulares y éstas son legítimas: Volveremos a ver a nuestro hermano, le pediremos perdón aunque no le hayamos hecho nada, simplemente porque podríamos haberle hecho algo, y porque después de separaciones como ésta estamos firmemente decididos a ser tan sensibles y tiernos como nos sea posible. Sobre la tumba de una ciudad iremos a visitar la tumba de nuestra madre y a bendecir a esta mujer por haber muerto antes de esta guerra. Hasta tal punto actuaremos contra nuestra naturaleza más íntima. Buscaremos ciudades conocidas y encontraremos en ellas algunos seres conocidos y que todavía viven; sobre los demás correrán las más peregrinas historias. Uno podrá instalarse en mil seductores recuerdos; entre los hombres, entre los individuos humanos, habrá mucho amor. Pero las verdaderas esperanzas, las esperanzas puras, las que uno no tiene para sí mismo, aquellas cuyo cumplimiento no va a redundar en beneficio propio, las esperanzas que uno tiene guardadas para todos los demás, para los nietos que no van a ser sus nietos, para los no nacidos, de buenos y malos padres, de soldados y dulces apóstoles, como si uno fuera el patriarca secreto de todos los nietos: estas esperanzas hechas de la bondad innata de la naturaleza humana – que también la bondad es innata -, estas esperanzas que tienen el amarillo del sol hay que lamentarlas, hay que guardarlas cuidadosamente, hay que admíralas, acariciarlas y mecerlas, aunque sean inútiles, aunque con ellas se engañe uno, aunque no vayan a cumplirse ni tan sólo por un momento, pues no hay engaño más santo que éste y de nada como de él depende tanto que no nos asfixiemos del todo.

Mi aversión por los romanos, como observo con pasmo, tiene que ver con su indumentaria. Me imagino siempre a los romanos como los veíamos de niños, en los grabados. El carácter estatuario de su túnica – sobre todo que uno se los imagina sólo de pie, tumbados o luchando – es molesto. El mármol y las coronas que se ven en las pinturas que representan solemnidades tienen su parte en esto. A estos romanos les gusta perdurar y se preocupan de que su nombre sobreviva en piedra, pero ¡qué vida es ésta que quiere perdurar! Nuestro alegre ir y venir les parecería cosa de esclavos, y si, de repente, se encontraran entre nosotros, se considerarían nuestros señores naturales. Su vestimenta tiene la seguridad del mando. Expresa una dignidad absoluta, pero ninguna humanidad. Tiene mucho de la piedra; y no hay indumentaria que esté más lejos de la piel viviente del animal; es esto precisamente lo que en aquélla me parece inhumano. Los muertos pliegues son siempre como una ceremonia puntual, y cada uno de ellos es como los demás, y a todos los llevan con ligereza a dondequiera que van. ¡Cómo se alegra mi corazón cada vez que veo a un grupo de esquimales bajar de sus botes! ¡Cómo los quiero así que los veo y cómo me avergüenza ver que me separan tantas cosas de ellos y que entre ellos jamás me sentiré realmente como uno más! El romano, en cambio, se le acerca a uno frío y extraño y enseguida quiere darle alguna orden. Tiene infinidad de esclavos que se lo hacen todo, pero no para que él pueda hacer algo mejor o más complicado, sino para poder dar órdenes siempre que le venga en gana ¡Y qué órdenes! jamás se ha tramado bajo el sol una ridiculez que un romano u otro, sediento de mando, no se la haya apropiado y que por el hecho de haberla mandado llevar a cabo no la haya convertido en una ridiculez todavía mayor. ¡Pero la indumentaria! ¡La indumentaria! La indumentaria tiene parte de culpa. La orla de púrpura que indica el rango. El modo como la túnica cae hasta los pies sin que con algunas arrugas especiales, pida excusas por esta brusquedad. Todo cubierto de pliegues y de órdenes y todo se hace tan intocable. ¡El espacio que un romano necesita para tropezar! ¡Esta segura superioridad! ¡Estos derechos, este poder! ¿Para qué?

La historia de los romanos es la razón particular más importante para eternizar las guerras. Sus guerras se han convertido en el auténtico modelo del éxito. Para las culturas son el ejemplo de los imperios; para los bárbaros, el ejemplo del botín. Pero como en cada uno de nosotros se encuentran las dos cosas, cultura y barbarie, es posible que la Tierra sucumba por culpa de la herencia de los romanos.

¡Qué desgracia que la ciudad de Roma haya seguido viviendo después de que su imperio se hiciera añicos! ¡Que el Papa la haya continuado! ¡Que emperadores vanidosos pudieran llevarse el botín de sus ruinas vacías y en ellas el nombre de Roma! Roma venció al Cristianismo al convertirse ella en la Cristiandad. Cada caída de Roma, no fue más que una nueva guerra de grandes proporciones. Cada conversión a Roma, en los confines más alejados del mundo, la continuación de los pillajes de la época clásica. ¡América, descubierta para dar vida a la esclavitud! España, como provincia de Roma, la nueva señora del mundo. Luego la renovación de las razzias germánicas del siglo xx. Sólo que los módulos aumentaron hasta adquirir proporciones gigantescas; en lugar del Mediterráneo, la Tierra entera tomó parte en esta renovación, y el número de personas a las que alcanzó esta aniquilación se multiplicó por cien. De ahí que fueran precisos veinte siglos de Cristianismo para darle a la vieja y desnuda idea de Roma una túnica con que cubrir sus vergüenzas y una conciencia moral para sus momentos bajos. Hela aquí ya completa y pertrechada con todas las fuerzas del alma. ¿Quién va a destruirla? ¿Es indestructible? ¿Es exactamente su ruina lo que la Humanidad se ha conquistado con mil esfuerzos y fatigas?

Estamos agradecidos a nuestros antepasados porque no los conocemos.

En cada pensamiento lo importante es lo que éste no dice, hasta qué punto ama esto que no dice y hasta qué punto se acerca a ello sin tocarlo.

Ocurre también que algunas cosas se dicen para que no se puedan volver a decir nunca más. De esta especie son los pensamientos atrevidos; al repetirlos muere su atrevimiento. El rayo no debe caer dos veces en el mismo sitio. Su tensión es su bendición; su luz, en cambio, es sólo algo fugaz y huidizo. Allí donde surge un fuego, este fuego ya no es el rayo.

Los pensamientos que se ensamblan formando un sistema son despiadados. Van excluyendo poco a poco aquello que no dicen y luego lo dejan detrás de sí hasta que se muere de sed.

Uno desea que de todo el mundo los que menos se ocupen de la antigua Roma sean los italianos. Ellos la han sobrevivido.

El viento, lo único libre de la civilización.

Desde que tienen que saber más, los poetas se han vuelto mala gente.

Únicamente en el exilio se da uno cuenta de hasta qué punto el mundo ha sido siempre un mundo de proscritos.

Qué astucias, qué subterfugios, qué pretextos y falacias no emplearíamos sólo para que un muerto volviera a vivir.

El inglés quiere llegar a un juicio exigido por las circunstancias y no quiere hacer una lista de juicios abstractos. Para él, el pensar es una manera inmediata de ejercer el poder. El pensar por el pensar le resulta sospechoso y le repugna; para él el pensador es siempre un extraño, y sobre todo en su propia lengua. Le gusta buscarse un círculo reducido en el que sus propios pensamientos sean superiores, y en él, realmente, no tenga que someterse a nadie. El que ha puesto sus miras en muchos de estos círculos le resulta desagradable al inglés; husmea en él a un conquistador sediento de tierras y no le falta razón. Le resultan enigmáticos los hombres que no persiguen nada con su saber. Estos, si no quieren resultar ridículos en este país, prefieren mantener escondida su luz.

La esencia de la vida inglesa es la autoridad repartida y la inevitable repetición. Precisamente porque la autoridad es tan importante tiene que ocultar su omnipotencia con disfraces y tiene que meterse en frases modestas. El más mínimo abuso lo notan enseguida los demás y lo rechazan de un modo frío y decidido, aunque cortés. Las fronteras, como expresión de lo permitido, en ningún sitio son tan seguras como aquí, y en definitiva, ¿qué es una isla sino un país claramente delimitado? La repetición, sin embargo, le da a la vida de este país su infinita seguridad; los años se han ramificado hasta llegar a los más mínimos detalles de la existencia, y no es sólo en el tiempo donde volverá a ser todo como fue ya mil veces.

La tristeza ya no le inspira palabras cálidas, se ha vuelto fría y dura como la guerra. ¿Quién hay que pueda quejarse todavía? En tanques y bombarderos hay un número fijo y calculado de criaturas que aprietan botones y que saben perfectamente por qué. Lo hacen todo bien. Cada uno de ellos sabe más que el senado romano entero. Ninguno de ellos sabe nada. Algunos no sucumbirán a esto y en un tiempo inimaginablemente lejano que se llama paz les programarán de nuevo para otros trabajos.

Un sentimiento angustioso de extrañeza al leer a Aristóteles. En el primer libro de la Política, que defiende de todas las maneras posibles la esclavitud, a uno le parece estar leyendo el Matens maleficarum. Otro aire, otro clima y un orden completamente distinto. El modo como hasta nuestros días la ciencia depende de las clasificaciones de Aristóteles se le convierte a uno en una pesadilla cuando entra en contacto con la parte «anticuada» de aquellas opiniones que comportan las otras, las que todavía son válidas. Podría ser muy bien que el mismo Aristóteles – cuya autoridad tuvo la culpa del estancamiento que la ciencia natural experimentó durante la Edad Media -, así que se produjo la quiebra de su autoridad, siguiera ejerciendo su nefasta influencia de una forma nueva. Llama la atención hasta qué punto la yuxtaposición de los modernos quehaceres científicos, la frialdad que encierra esta yuxtaposición, la especialización de las distintas ramas del saber tienen mucho de aristotélico. El carácter especial de su ambición ha determinado la estructura de nuestras universidades. La investigación como fin en sí misma, tal como él la practica, no es algo realmente objetivo: para el investigador supone sólo no dejarse arrastrar por ninguna de sus empresas. Excluye el entusiasmo y la transformación del hombre. Quiere que el cuerpo no se dé cuenta de lo que hacen las puntas de los dedos. Todo lo que uno es lo es independientemente del modo como hace ciencia. Lo único que en realidad es legítimo es la curiosidad y una forma especial de disponibilidad que hace sitio a todo lo que la curiosidad almacena. El ingenioso sistema de casilleros que uno ha montado en sí mismo se llena con todo aquello que la curiosidad señala. Basta que se haya encontrado algo para que tenga que entrar allí, y en su casillero tiene que estar en silencio, como si estuviera muerto. Aristóteles es un omnívoro; le demuestra al hombre que no hay nada que no se pueda comer, basta con que sepamos meterlo en su sitio. Las cosas que se encuentran en sus colecciones, tanto si están vivas como si no lo están, son única y exclusivamente objetos y sirven para algo, aunque se pueda demostrar que son altamente dañinas.

En él, pensar es antes que nada compartimentar. Tiene un gran sentido para las clases, lugares, relaciones de parentesco, y algo así como un sistema de clases es lo que él introduce en todo lo que investiga. En sus compartimentaciones lo que le importa es la uniformidad y la pulcritud, mucho más que el hecho de que tales compartimentaciones, estén bien. Es un pensador carente de capacidad para el sueño (todo lo contrario de Platón); el desprecio que le merecen los mitos lo exhibe de un modo claro y manifiesto; incluso los poetas son para él algo útil; si no es así no los valora. Hoy en día sigue habiendo hombres que no son capaces de acercarse a un objeto sin aplicarle sus compartimentaciones, y más de uno cree que en los casilleros y en los cajones de Aristóteles las cosas aparecen con mayor claridad cuando, realmente, lo único que ocurre es que allí están más muertas.

Un pueblo no ha desaparecido del todo hasta que incluso sus enemigos no lleven un nombre distinto.

Vivir por lo menos el tiempo suficiente para conocer todas las costumbres de los hombres y todo lo que a éstos les ha ocurrido; recuperar toda la vida pasada, ya que la futura no es posible; concentrarse antes de disolverse; merecer haber nacido; pensar en las víctimas que cuesta cada respiración; no glorificar el dolor, aunque vivamos de él; guardar para nosotros únicamente aquello que no podamos dar a los demás, hasta que madure para éstos y podamos dárselo; odiar la muerte de cada uno de los hombres como si fuera la nuestra; hacer las paces alguna vez con todo, menos con la muerte.

El postulado de que cada uno debe reunir los artículos de su pensamiento y de su fe tiene algo de locura, como si cada uno tuviera que construir solo la ciudad en que vive.

¿Y cuál es el pecado original de los animales? ¿Por qué los animales padecen la muerte?

Uno empieza a amar a un país así que en él conoce bien a muchos hombres ridículos.

En la guerra los hombres se comportan como si cada uno de ellos tuviera que vengar la muerte de todos sus antepasados, y como si de éstos ninguno hubiera muerto de muerte natural.

El ciego le pide perdón a Dios.

El misterioso sistema de los prejuicios. De su consistencia, su número, su orden depende que el hombre envejezca más o menos deprisa. Dondequiera que uno tema una transformación, allí tiene un prejuicio. Sin embargo, no escapamos a la transformación: la recuperamos con gran fuerza y sólo entonces volvemos a ser libres. No ocurre que podamos estar retrasando continuamente transformaciones que debían haber tenido lugar. Estas nos lanzan en dirección contraria; pero el hombre tiene un alma elástica, y en algún momento u otro, con ímpetu y con seguridad, vuelve a caer justo sobre ellas. Muchas transformaciones están marcadas simplemente por los exorcismos de los padres; éstas son las más peligrosas. Otras llevan el odio de toda la humanidad; en éstas caen sólo unos cuantos espíritus, pocos y escogidos.

El que se transforma mucho necesita muchos prejuicios. En un hombre de gran vitalidad estos prejuicios no deben ser un estorbo; a este hombre hay que medirlo por sus vibraciones y no por aquello que le mantiene firme.

La doctrina de la evolución promete convertirse en una panacea, aun antes de que se la piense hasta sus últimas consecuencias. Es algo así como un transmigracionismo o un darwinismo pero sin que, estrictamente, comporte un giro religioso o científico; una doctrina relacionada con la Psicología y la Sociología, donde ambas disciplinas se convierten en una sola, y ello con una intensidad dramática, pues todo lo que se distribuye en generaciones de la vida o incluso en períodos geológicos se convierte en algo yuxtapuesto y a la vez posible.

A los ingleses sólo se les puede hablar de lo que uno realmente ha visto. Lo importante es la presencia; todo se desarrolla como ante un tribunal. No se pronuncia ninguna sentencia sin haber visto al acusado, una ciudad o todo un paisaje. A uno le llaman para testificar y tiene que atenerse estrictamente a la verdad, a lo que ante el tribunal se entiende por verdad. No se pleitea. La acción de influir se deja para los que son realmente profesionales. Uno quiere ser juez o, por lo menos, testigo; si no en la sentencia, uno participa de un modo directo en los acontecimientos mismos. Por lo que hace a los deseos, uno no se explaya con los extraños; como meros sueños, los deseos son despreciables. Como decisiones, no han sido llevadas a cabo; sólo los objetivos cuentan. Un deseo que no conduzca a una acción no importa lo más mínimo a nadie, uno lo guarda para sí. Las acciones, en cambio, son públicas; como están a la vista de todos, el hablar de ellas lo único que hace es perjudicarlas. Sobre ellas son los otros los que tienen que juzgar; uno no influye en la sentencia. El inglés celebra muchos juicios, pero él mismo se somete a ellos. No tiene la impresión de que, de repente, una fuerza misteriosa y despótica le ya a sojuzgar independientemente de lo que haga; para él incluso Dios es justo.

Entre vivir algo y juzgarlo hay la misma diferencia que entre respirar y morder.

No está bien que los animales sean tan baratos.

Los hombres sólo pueden salvarse unos a otros. Por esto Dios se disfraza de hombre.

Un estudio detallado y preciso de los cuentos nos enseñaría qué es lo que todavía podemos esperar en el mundo.

Aquellos a los que ya no es posible encontrar rebuscando en la historia están perdidos, y con ellos todos sus pueblos.

¡Qué es el hombre sin respeto y qué es lo que el respeto ha hecho del hombre!

La guerra divide a los hombres en dos bandos: los que son decididamente peleones y los que son decididamente pacíficos. Los unos prolongan la guerra en forma de planes de venganza; los otros, mucho antes de haberla ganado, celebran la reconciliación.

Toda mi vida no es otra cosa que un desesperado intento de superar y suprimir la división del trabajo y de pensarlo todo por mí mismo con el fin de que en una cabeza se reúna todo y vuelva a ser una sola cosa. No es saberlo todo lo que yo quiero, sino reunir lo que está hecho añicos. Es casi seguro que una empresa así no puede tener éxito. Pero la más mínima esperanza de que esto salga bien merece ya todos los esfuerzos.

Es hermoso ver a los dioses como precursores de nuestra propia inmortalidad como seres humanos. Es menos hermoso mirar al Dios único, ver cómo se apropia de todas las cosas.

Con los avances del conocimiento, los animales se irán acercando a los hombres. Luego, cuando vuelvan a estar tan cerca como lo estuvieron en los antiguos mitos, apenas habrá ya animales.

Estudiar todas las maldiciones, las más antiguas, las más alejadas, de este modo uno sabrá lo que aún tiene que venir.

¿Cantar? ¿Cantar qué? Las realidades antiguas, poderosas que están muertas. La guerra también morirá.

En la ebriedad los pueblos son como si fueran uno y el mismo pueblo.

La lectura de los grandes aforistas da la impresión de que todos ellos se han conocido muy bien.

Si a pesar de todo sigo vivo se lo debo a Goethe, como sólo a un dios puede debérsele algo. No es una de sus obras, es el clima sentimental y el cuidado y la minuciosidad de una existencia llena lo que de repente me subyugó. Da igual por dónde lo abra, puedo leer aquí unos poemas, allí unas cartas o algunas páginas de un relato; a las pocas frases se apodera de mí y me llena de una esperanza que ninguna religión puede darme. Sé muy bien qué es lo que las más de las veces actúa sobre mí. A lo largo de los años, he creído, de un modo supersticioso que la tensión de un espíritu rico, amplio y abierto tiene que expresarse en cada uno de sus momentos. Que nada podía ser pálido e indiferente; es más, que ni siquiera apaciguadoras deberían ser las cosas. Desprecié la salvación y la alegría. La revolución fue para mí una especie de modelo, y algo así como una revolución incesante, jamás satisfecha, iluminada por momentos súbitos e imprevisibles era la vida del ser humano. Me avergonzaba de tener algo; incluso para el hecho de tener libros inventé ingeniosas excusas y complicados subterfugios. Me avergonzaba del sillón en el que me sentaba para trabajar si no era suficientemente duro, y en ningún caso aquel sillón podía ser mío. Sin embargo, este modo de ser fogoso y caótico era así sólo en teoría. En realidad cada vez había más zonas del saber y del pensar que despertaban mi interés sin que yo las tragara inmediatamente, que iban tomando cuerpo sin hacer ruido e iban creciendo de año en año – como ocurre con las personas sensatas también -, zonas del saber y del pensar que yo no rechazaba como extrañas, a no ser que empezaran a hacer ruido inmediatamente; que prometían frutos para mucho más tarde y que luego, realmente, de vez en cuando los daban. De este modo, casi sin darme cuenta, fue creciendo algo así como un espíritu; pero este espíritu estaba bajo el dominio de un déspota antojadizo que ponía inquietud y violencia en todo, que hacía una política exterior tan falsa, perezosa e impulsivo que todo iba siempre al revés y que, por lo demás, era sensible al halago de cualquier gusano.

Creo que a Goethe le toca liberarme de este despotismo. Antes de leerle por segunda vez – para dar sólo este ejemplo – me había avergonzado siempre un poco de mi interés por los animales y de los conocimientos sobre ellos que poco a poco había ido adquiriendo. No me atrevía a confesarle a nadie que en estos momentos, en medio de esta guerra, las yemas de las plantas pueden fascinarme y estimularme tanto como un ser humano. Prefería leer mitos que cualquiera de los complicados productos de la Psicología moderna; y para justificar ante mí esta sed de mitos, convertía a éstos en una cuestión científica, fijaba toda mi atención en los pueblos de los que habían surgido y los ponía en conexión con la vida de estos pueblos. Pero lo único que me importaba eran los mitos mismos. Desde que leo a Goethe, todas mis empresas me parecen legítimas y naturales; no es que sean sus empresas, son otras, y es muy dudoso que puedan conducir a algún resultado concreto. Pero él me autoriza: ¡haz lo que tengas que hacer – dice -, aunque no sea nada arrebatado y ardiente, respira, observa, medita!

Uno necesita noticias sencillas, noticias escuetas que nos hablen de la vida de los hombres de nuestra misma condición, aunque sólo sea para quitarle su espina mortal al desengaño que ocasiona nuestro propio fracaso.

¡Oh animales, queridos, terribles, moribundos animales!; ¡pateáis, os comen, os digieren y os asimilan; animales de presa y despedazados entre sangre; animales huidos, reunidos, solitarios, avistados, acosados, destrozados!; ¡animales no creados, robados por Dios; expuestos a una vida de trampas, como niños expósitos!

La maldición del tener que morir debe ser transformada en bendición: que uno pueda morir cuando vivir es insoportable.

No hay que dejarse atemorizar por los melancólicos. Su enfermedad es una especie de preocupación heredada por la digestión. Se quejan como si hubieran sido devorados y estuvieran en el estómago de otro. Jonás sería más bien Jeremías. Por esto, en realidad, cuando hablan, lo que sale de su boca es lo que ellos tienen en el estómago; la voz de la presa asesinada alevosamente pinta la muerte con colores seductores. «Ven conmigo», dice, «donde yo estoy está la corrupción. ¿No ves cómo amo la corrupción?». Pero hasta la corrupción muere y el melancólico, curado de repente, sale de caza sin dificultad alguna y de un modo inesperado.

De todas las palabras de todas las lenguas que conozco, la que mayor concentración tiene es el «I» inglés.

¿No será que estás sobrevalorando las transformaciones de los otros? Hay tanta gente que lleva siempre la misma máscara y cuando queremos arrancársela, nos damos cuenta de que es su rostro.

La mayoría de los filósofos tienen una idea muy mezquina de la variabilidad de las costumbres y de las posibilidades de los hombres.

Lo más difícil será no odiarse a uno mismo, no sucumbir al odio a pesar de que todo está lleno de odio; no odiarse sin motivo, ser justo con uno mismo como con los demás.

He aquí que vives como un mendigo de los mendrugos de los griegos ¿Qué dice de esto tu orgullo? Si encuentras en ellos lo que has pensado por ti mismo, no olvides nunca que esto, de una manera u otra, ha encontrado el camino para llegar hasta ti. Es decir, que te viene de ellos. Tu espíritu es su juguete. Eres una caña en su viento. Hace tiempo que puedes conjurar las tormentas de los bárbaros: pensar, sólo puedes pensar en el viento claro, sano y vigorizante de los dioses.

Desde hace muchos años nada ha agitado y ocupado tanto mi espíritu como el pensamiento de la muerte. El fin concreto y preciso de mi vida, la meta que, de uno modo declarado y explícito, me he propuesto seriamente es conseguir la inmortalidad para los hombres. Hubo épocas en las que quise prestarle esta meta a un personaje central de una novela al que, para mí, puse el nombre de «Enemigo de la Muerte». Durante esta guerra me he dado cuenta de que las convicciones de este género, que propiamente son una religión, hay que expresarlas de un modo inmediato y sin disfraz. De este modo voy anotando todo lo que tiene que ver con la muerte de la forma como quiero comunicárselo a los demás, y al «Enemigo de la Muerte» lo he dejado completamente en segundo término. No quiero decir que la cosa vaya a quedar así; puede que en los años venideros este personaje resucite de un modo distinto a como yo me lo había imaginado antes. En la novela tenía que fracasar en su desmedida empresa; le estaba designada una muerte honrosa; debía matarle un meteoro. Es posible que lo que más me moleste hoy sea el hecho de que tenga que fracasar. No puede fracasar, no le está permitido. Pero tampoco puedo dejarle vencer mientras sigan muriendo los hombres por millones. En los dos casos acaba siendo una pura ironía lo que está pensado con amarga seriedad. Tengo que burlarme de mí mismo. Mandando cobardemente por delante a un personaje no se hace nada. En este campo del honor me está permitido caer aun cuando me arrastren como a un chucho anónimo, aunque me denigren llamándome loco furioso, aunque me eviten como a una plaga amarga, tenaz e incurable.

A cuántos les va a merecer la pena vivir aún, cuando la gente ya no muera.

No puedo ver más mapas. Los nombres de las ciudades apestan a carne quemada.

Seis personas de uniforme alrededor de una mesa, no son dioses; deciden qué ciudades van a desaparecer en una hora.

De cada bomba un trozo rebota y vuelve a los siete días de la creación.

La Biblia está hecha a la medida de la desgracia del hombre.

Uno no está nunca lo bastante triste para mejorar el mundo. Enseguida vuelve a tener hambre.

Es horrible ver de qué manera la revolución rusa desemboca en la guerra de la que salió.

Cada vez veo con mayor claridad que en Francis Bacon se da uno de aquellos poquísimos personajes, de aquellas figuras centrales, de quienes se puede aprender todo lo que uno quiere aprender de los hombres. No sólo sabe lo que se podía saber en su tiempo; continuamente está diciendo lo que piensa sobre esto que sabe, y con lo que dice persigue metas muy claras. Hay dos tipos de grandes espíritus; los abiertos y los cerrados. Él pertenecía a los últimos: ama los fines; sus intenciones son limitadas, siempre quiere algo y sabe lo que quiere. Instinto y conciencia coinciden totalmente esta clase de hombres. Lo que la gente ha llamado su enigma es el hecho de que sea tan poco enigmático. Tiene mucho en con Aristóteles, con quien se está midiendo continuamente; quiere terminar con el imperio de Aristóteles. Essex es su Alejandro. Por medio de él quiere conquistar el mundo; muchos de sus mejores años los dedica a este plan. Así se da cuenta que se está condenado al fracaso, abandona sin más. El poder en cualquiera de sus formas es lo que le interesa a Bacon. Es un hombre sistemáticamente enamorado del poder. No deja de investigar ninguno de sus escondrijos. Las coronas sólo no le bastan, por mucho que a sus ojos aparezcan como algo resplandeciente y maravilloso. Sabe hasta qué punto es posible gobernar en secreto. Lo que le fascina de un modo especial es que el hombre, después de su muerte, pueda seguir gobernando como legislador y filósofo. Las ingerencias de fuera, los milagros, los desprecia, a no ser que sean medios escogidos para gobernar a los crédulos. Para quitarles fuerza a los milagros del pasado tiene que intentar hacer él milagros. Su filosofía del experimento es un método de atacar a los milagros y robarlos.

El carácter efímero de las teorías científicas las hace despreciables, pero ¿cuán efímeras son las grandes religiones de la Humanidad comparadas con lo que les precedió?

¿Qué es lo que uno puede contar sin gran desvergüenza?

Es reconfortante ver cómo todo el mundo se prepara una tradición. Junto a lo nuevo que tira de uno por todas partes, necesitamos muchos contrapesos tomados de la Antigüedad. Acudimos a hombres y tiempos pasados como si pudiéramos cogerlos por los cuernos y luego, cuando se ponen furiosos, salimos corriendo aterrorizados. La India, decimos con gravedad y suficiencia así que hemos escapado de Buda. Egipto, decimos así que en mitad del tercer capítulo del «De Iris y Osiris» de Plutarco cerramos el libro. Sin duda es hermoso que sepamos ahora con seguridad que bajo estos nombres han vivido seres humanos de carne y hueso, y que apenas se los nombra; de ahí que corran furiosos hacia nosotros. ¡Cómo les gustaría volver a vivir! ¡Cómo andan mendigando mirando, amenazando! ¡Creen que pensamos en ellos porque les llamamos por el nombre!; ¡cómo se olvidan de lo que ellos hicieron con los antiguos! ¿No viajaron a Egipto Tales y Solón? ¿No estuvo el sabio peregrino chino en la India, en, la corte de Harsha? ¿No le robó Cortés a Moctezuna el imperio y la vida? Se encontró la cruz, pero la habían llevado ellos. Tienen que respirar, los antiguos, para que

los veamos de un modo más completo, pero en el otro mundo tienen que permanecer en las sombras. Tienen que estar dormitando a la espera de que les hagamos una seña; pero luego, deben estar en su sitio. No tienen que tener ninguna pretensión sobre sí mismos, como que no tienen sangre. Tienen que revolotear de un lado para otro, no andar pisando fuerte; los cuernos deben dejarlos en el más allá, en las sombras; no deben enseñar sus afilados dientes; deben tener miedo y componer un poema pidiendo indulgencia. Porque no hay ningún sitio vacío para ellos; su aire está consumido desde hace tiempo. Como ladrones pueden colarse en los sueños; allí es donde es posible atraparlos.

Hay una vieja seguridad en la lengua que se atreve a darse nombres. El escritor que vive en el exilio, y de un modo muy especial el dramaturgo, está seriamente debilitado en más de una dimensión. Alejado de su aire lingüístico, carece del alimento familiar de los nombres. Puede que antes no se diera cuenta en absoluto de los nombres que oía a diario; pero ellos sí se daban cuenta de él y le llamaban seguros, redondos, perfectos. Cuando planeaba sus personajes los sacaba de la seguridad de una enorme tormenta de nombres, y aunque luego pudiera utilizar uno que en la claridad de sus recuerdos ya no significara nada, una vez u otra este personaje había estado allí y se había oído llamar. Ahora, para el que ha emigrado, el recuerdo de sus nombres no está perdido, sin duda, pero ya no es un viento vivo el que se los trae; el exiliado los guarda como un tesoro muerto, y cuanto más tiempo tenga que permanecer alejado de su antiguo clima, con tanta mayor codicia acariciarán sus dedos los viejos nombres.

De ahí que al escritor que vive en el exilio, si es que no se da totalmente por vencido, lo único que le queda es una cosa: respirar el nuevo aire hasta que éste le llame a él también. Durante mucho tiempo este aire quiere hacerlo, se está preparando y no dice nada. El escritor lo nota y se siente herido; puede que cierre los oídos, entonces ya no puede llegarle ningún nombre. Lo extranjero crece y, cuando se despierta, lo que encuentra a su lado es el viejo granero que se ha secado, y sacia su hambre con granos de trigo que vienen de su juventud.

La felicidad es perder en paz la propia unidad; las conmociones del espíritu llegan, permanecen en silencio y se marchan, y cada una de las partes del cuerpo escucha para sí.

Sobre la metamorfosis. Hoy, al ir a comer, ha venido hacia mí, por la derecha, una furgoneta de las que usan las tiendas para repartir paquetes. Al volante iba una mujer, de la cual se podía ver poco más que la cabeza. En una furgoneta como éstas me traen habitualmente el petróleo para la calefacción; una muchacha muy fea, con la cara destrozada, conduce el coche y luego llena mi bidón de petróleo. El destino de esta muchacha me ha interesado siempre; apenas sé nada sobre ella. Me ha preguntado si era ella la que ahora pasaba en la furgoneta, y he mirado con toda la atención que he podido. No puedo decirlo con seguridad, pero he tenido la impresión de que de un modo muy concreto, su mirada se posaba en mí. Quizás un segundo o dos después de que hubiera pasado me he preguntado si realmente era ella. Luego he mirado a la izquierda y de repente he tenido la sensación de que yo iba conduciendo y circulaba muy deprisa al lado de las casas. Estas iban deslizándose junto a mí como si yo fuera en coche. Esta sensación ha sido tan fuerte y tan imperiosa que he empezado a reflexionar sobre ella. No hay ninguna duda de que ahí se trata simplemente de un caso concreto de lo que yo llamo metamorfosis. Mirando yo hacia ella y mirando ella hacia mí, me había convertido en la muchacha que estaba al volante, y ahora, en su furgoneta continuaba yo mi camino.

Representar la muerte como si ésta no existiera. Una comunidad en la que todo marcha de tal manera que nadie sabe nada de la muerte. En la lengua de esta gente no hay ninguna palabra para designar la muerte, y tampoco hay ninguna manera de referirse a ella conscientemente dando un rodeo. Incluso en el caso de que uno se propusiera quebrantar las leyes, y sobre todo este precepto – que no está escrito ni está formulado de palabra – y quisiera saber de la muerte, no podría hacerlo, porque para este concepto no encontraría ninguna palabra que los demás entendieran. A nadie se le entierra y a nadie se le incinera. Nadie ha visto aún un cadáver. Los hombres desaparecen, nadie sabe adónde van; un sentimiento de vergüenza les aparta de repente; como el estar solo se ve como algo pecaminoso, la gente no menciona a los ausentes. A menudo vuelven y la gente se alegra de que alguien vuelva a estar allí. El tiempo en que estuvieron separados y solos lo ven como una pesadilla de la que no están obligados a hablar. De estos viajes, las embarazadas traen niños; dan a luz solas, en casa podrían morir durante el parto. Incluso los niños muy pequeños se marchan de repente.

Un día se verá que con cada muerte los hombres se vuelven peores.

En una vida muy larga, ¿desaparecerá la muerte como solución?

Esta ternura convulsiva para con seres humanos que uno sabe que podrían morir pronto; este desprecio por todas aquellas cualidades suyas que antes considerábamos positivas o negativas; este amor gratuito hacia su vida, su cuerpo, sus ojos, su respiración. Y luego, si llegan a curarse, ¡cuánto más se les quiere!, ¡cómo se les suplica que no vuelvan a morirse!

A veces, en el momento en que acepto la muerte, pienso que el mundo se va a disolver en Nada.

Ni siquiera las consecuencias racionales de un mundo sin muerte han sido nunca pensadas hasta sus últimas consecuencias.

No es previsible aquello en que los hombres van a poder creer una vez se haya eliminado la muerte del mundo.

Todos los que mueren son mártires de una futura religión del mundo.

La dificultad de las notas personales – si es que éstas deben ser concienzudas y exactas – está en que son personales. Es justamente de lo personal de lo que queremos huir; tememos fijarlo, como si luego ya no pudiera transformarse. En realidad todo sigue transformándose de muchas maneras, basta con que, una vez anotado, lo dejemos en paz. Es la relectura lo que traza las divisiones en las calles del espíritu. Seguiremos siendo libres mientras tengamos la fuerza de voluntad de releernos las menos veces posibles. El miedo a las notas personales, no obstante, puede vencerse. Basta con hablar de uno mismo en tercera persona; «él» es menos molesto y menos voraz que «yo»; y mientras uno tenga ánimo para meter «le» al lado de otras terceras personas, «él» está expuesto a toda clase de confusiones y sólo puede ser reconocido por el escritor mismo. Con esto se corre el riesgo de que luego estas notas lleguen a manos de gente que no sepa distinguir entre las distintas terceras personas y que, de este modo, falsas interpretaciones den lugar a que sobre nosotros caiga más de una sombra que no hemos merecido. A quien le importe la verdad y la inmediatez de lo que anota, el que ame los pensamientos y las anotaciones como tales, tomará sobre sí este riesgo y guardará la primera persona para ocasiones solemnes en las cuales el hombre no puede ser más que «yo».

Es curioso: para lo que está ocurriendo hoy en día sólo la Biblia tiene fuerza suficiente y es su carácter terrible lo que consuela.

En el exilio los hombres se dan a sí mismos los títulos que corresponden a aquello que con el tiempo hubieran llegado a ser en su patria.

El profeta es, por lo que se ve, hombre que no deja que se disperse la insatisfacción que le causa todo cuanto sucede a su alrededor. Su insatisfacción le mantiene concentrado y le confiere la apasionada orientación de su existencia. La vida, para él, llega siempre después; jamás puede estar exactamente ahí. Predice las cosas para quitarles valor. Lo que sucede es ya despreciable por el solo hecho de ocurrir realmente. Hay que ver siempre al verdadero profeta en enemistad con sus predicciones. Con las cosas terribles que aún tienen que venir expresa hasta qué punto le tortura esto que ya está ahí. Sus exageraciones son el futuro. La presión bajo la que vive sólo puede soportarla porque se imagina maravillas que van a disipar el mal. Pero siempre ocurre que estas maravillas no llegan hasta mucho más tarde. También hay algo de envidioso en él. A nadie, ni tan sólo a sí mismo, le concede esta maravilla ahora. Ahora todo está mal porque todo el mundo es malo. Luego habrá sólo felicidad y gloria, en una lejanía que la envidia coloca muy lejos. Mientras tanto lo que hay son grandes y merecidas tinieblas. Es la bajeza de los hombres lo que fuerza al profeta a sus predicciones mezquinas, a sus predicciones concretas. El quiere demostrarles hasta qué punto son malos. Ellos, después de sus predicciones, quieren reafirmarse en su maldad.

Ya no hay grandes palabras. La gente, de vez en cuando, dice «Dios», simplemente para pronunciar una palabra que una vez fue grande.

La Historia devuelve a los hombres su falsa confianza.

Cuanto más precisos son los relatos que leemos sobre pueblos primitivos», con tanta mayor fuerza sentimos la necesidad de no preocuparnos por ninguna de las teorías etnológicas dominantes – o de las discutidas -, y de empezar a pensar desde el principio. Lo más importante, lo que primero nos dice algo, queda siempre fuera de las teorías. Tenemos que preocuparnos de hacer su propia selección. Cómo podemos fiarnos de las reflexiones de personas cuya fuerza no estuvo nunca en el pensamiento; cuya fantasía estuvo siempre paralizada por la precisión y la exactitud; a quienes les importa mucho más decirlo todo que decirlo con claridad; que vivían para coleccionar y, sólo de un modo secundario, para conocer; cuya mezquindad llegó hasta el desprecio, o el amor exclusivo, de lo que veían. El antiguo viajero sólo era curioso si en ello no le iba el alma… o alguna otra presa. El etnólogo moderno es metódico; lo que le han enseñado le capacita para observar, pero no para pensar de un modo creativo; se le equipa con las redes más finas y sutiles, y él es el primero en quedar atrapado en ellas. Por lo que hace al material que él aporta, nunca estaremos bastante agradecidos; merece los monumentos que antes se les levantaba a los reyes y a los presidentes. Pero los relatos de los antiguos viajeros habría que protegerlos mejor todavía que las más preciosas obras de arte. Las reflexiones, no obstante, tiene que hacérselas uno mismo. Uno no debe permitirse anticipar nada, y a las conclusiones a las que se llega después de lecturas amplias y detenidas hay que dejarles tiempo y ventilarlas con el aire de la vida. Se adelanta poco repitiendo viejas teorías. Los relatos, llenos de riqueza, en los que hoy en día realmente ya no falta nada, deben llevarnos a una contemplación tranquila y plenaria de los hombres tal como viven, siempre de un modo distinto, en las distintas partes del mundo. No debemos espigar y ensamblar detalles y cosas aisladas; su vecindad es artificial y casual. Lo que puede concebirse como un todo debemos guardarlo en nosotros hasta que se pueda contraponer a otro todo que venga después. Cuanto más se junten dentro de nosotros tanto más ricas y verdaderas serán las imágenes que vamos teniendo.

La distancia: la virtud nacional inglesa. La influencia que en la Historia ha tenido sobre el carácter de la ciencia moderna.

Temo a la Historia, su marcha libre de toda influencia, y ello por los nuevos modelos falsos que va creando todos los días.

La lucha por la Tierra tiene lugar hoy entre cuatro pueblos: los anglosajones, los alemanes, los rusos y los japoneses. Los otros fueron satélites. Francia e, Italia, que se creyeron demasiado antiguas para ser satélites, han colaborado sólo con parte de su alma. Los anglosajones llevan sobre los demás una ventaja que no es posible recuperar. De dos maneras se han hecho invencibles e imprescindibles. Primero, colonizando toda la Tierra con hombres de su raza. Por todas partes hay ingleses; y los hay no sólo en tanto que señores de otros pueblos. Luego, convirtiendo la mejor parte de un continente en asilo, y allí, en América, fundiendo a la gente más emprendedora de todos los pueblos y convirtiéndolos en una especie de anglosajones. Así es como se han asegurado las regiones y los hombres. De ahí que hoy en día existan en dos grandes formas distintas: como el viejo pueblo de señores y como una mezcla de razas, moderna y pletórica de vida. Los rusos, en cambio, tienen que establecer en el mundo su verdadero continente, una nueva fe social y unos hombres partidarios de la revolución. Es muy posible que sus verdaderas conquistas no empiecen hasta ahora. Los alemanes y los japoneses, con una incomprensible ceguera, empezaron a la manera de los viejos conquistadores y confiaron únicamente en la técnica moderna, que era tan asequible a sus enemigos como a ellos mismos. Partieron, como los romanos, de un solo punto – si tenemos en cuenta que el número de hombres es hoy en día mayor – y quisieron alcanzar en años lo que los romanos lograron en siglos. El estado de la tierra que les rodeaba, que era muy distinto al de antaño, no lo tuvieron en cuenta para nada. Les bastó con un sentimiento puramente subjetivo de superioridad, que intentaron atizar de todas las formas posibles. Les bastó con saber poco de los demás. El haberse estado midiendo durante mucho tiempo con los pacíficos judíos llevó a los alemanes a una especial fatalidad. Se tomaron tan a pecho la tarea de hacerlos sus enemigos que, poco a poco, todos los enemigos fueron tomando algo así como color de judío. De este modo, su fe en la escasa belicosidad de los ingleses y de los rusos llegó a ser para ellos un dogma catastrófico.

Hay una tensión legítima en el poeta: la proximidad del presente y la fuerza con la que él lo aparta de sí; la nostalgia del presente y la fuerza con la que vuelve a tirar de él para sí. De ahí que jamás pueda estar lo bastante cerca de él. De ahí que jamás pueda apartarlo lo bastante de sí. Todo hombre necesita una esfera legítima de opresión en la que le sea permitido despreciar y poner su orgullo por las nubes. La elección de esta esfera, que muchas veces tiene lugar muy pronto, es, probablemente, el acontecimiento más importante de una vida. Aquí es donde un educador puede realmente hacer algo; tiene que estar mucho tiempo a la expectativa, sintonizar cautelosamente con

que estar mucho tiempo a la expectativa, sintonizar cautelosamente con los sentimientos del educando y, una vez ha encontrado lo que buscaba, trazar con energía los límites de esta esfera. Lo importante son estos límites; deben ser firmes y resistir cualquier ataque; tienen que proteger al resto del hombre de los apetitos depredadores de la arrogancia. No basta con que uno se diga: soy un gran pintor. Tiene que sentir que en las otras cosas es muy poco, mucho menos que la mayoría de los otros. La esfera del orgullo, por su parte, debe ser espaciosa y estar aireada. Sus súbditos, donde mejor viven es fuera, a gran distancia unos de otros. Sólo en contadas y muy especiales ocasiones se les hará sentir que son súbditos. En realidad, lo único importante aquí es que uno lleve la bola de cristal consigo y que proteja el aire enrarecido de esta bola. En ella se respira de un modo más puro y con más paz, y uno está completamente solo. Únicamente los malhechores y los locos quieren que la esfera crezca hasta convertirse en una cárcel para todo el mundo. El hombre que tiene experiencia mantiene esta esfera de modo que pueda cogerla con la mano; y cuando, a modo de juego, la hace crecer, no olvida jamás que, antes que él se dedique a cosas más banales, esta esfera tiene que volver a encogerse hasta caber en la mano.

Para poder resistir se necesita un arsenal de nombres sobre los que no quepa duda alguna. El hombre que piensa va sacando de su tesoro un nombre tras otro, les da un mordisco y los mira al trasluz; y cuando se da cuenta del modo falso como este nombre está unido a la cosa que tiene que designar, entonces lo desprecia y lo tira como si fuera chatarra. De este modo, el arsenal de nombres indubitables se va haciendo cada vez más pequeño; el hombre se va quedando cada día más pobre. Puede quedarse en el vacío y en la miseria si no se ocupa de buscar ayuda. No es difícil encontrarla, el mundo es rico; cuántos animales, cuántas plantas, cuántas piedras hay que no ha conocido jamás. Entonces si se preocupa de ellas, a la primera impresión toma de la figura de estas cosas sus nombres, que son todavía seguros, hermosos y frescos como para el niño que aprende a hablar.

Los animales que faltan: las especies que no han aparecido porque el progreso del hombre se lo ha impedido.

El reducido número de sus ideas fundamentales constituye la esencia del filósofo, y también la obstinación y pesadez con que las repite.

¡Pensar que uno todavía tiene que pleitear por la muerte como si ésta no tuviera ya de por sí una aplastante preponderancia! Los espíritus «más profundos» tratan a la muerte como si fuera un juego de manos con cartas.

El saber sólo puede perder su carácter letal con una nueva religión que no reconozca a la muerte.

El Cristianismo es un paso atrás en relación con la fe de los antiguos egipcios. Acepta la decadencia del cuerpo e, imaginándose esta decadencia, lo hace despreciable. El embalsamiento es la verdadera gloria del muerto mientras no sea posible volver a despertarle.

Para un hombre que ronda los cuarenta, las seducciones del poder son irresistibles. No puede dejarse engañar en este punto, de lo contrario es muy fácil que se convierta en una víctima de él. Tiene que ver sus responsabilidades en su verdadera escala y luego decidirse por la más alta de todas. Si ésta se encuentra por encima y más allá de su propia vida, tiene que huir, como del diablo, del poder que le ata a situaciones reales.

La verdad es un mar de hierba que se mueve al viento; quiere que la sintamos como movimiento y que la respiremos como aire. Una roca lo es sólo para el que no la siente ni la respira; éste tiene que darse de cabeza con ella hasta abrírsela.

Para mí es mejor leer cosas sobre los pueblos primitivos que verlos. Un solo pigmeo de África me llevaría a plantearme más preguntas desconcertantes que las que permite la ciencia en los últimos cien años. Pienso la realidad de un modo despectivo por el sólo hecho de ejercer sobre mí una influencia tan enorme. Ella en modo alguno es ya aquello que los otros llaman realidad, ni algo duro ni algo idéntico a sí mismo, ni acción ni cosa; es como una selva virgen que crece ante mis ojos, y mientras crece ocurre en ella todo lo que es propio de la vida de una selva virgen. De ahí que tenga que defenderme de un exceso de realidad, de lo contrario mis selvas vírgenes me destrozan. De una forma más suave, y por esto mismo aún soportable, la gente se agencia la realidad mediante imágenes y descripciones. También ellas cobran vida en nosotros, pero tienen una forma más lenta de crecer. Son más tranquilas y están más diseminadas y andan a tientas cautelosamente buscándose unas a otras. Pasa bastante tiempo hasta que se encuentran. Pero lo que en ellas falta sobre todo, es la terrible fuerza con que la realidad salta sobre nosotros, un hermoso, resplandeciente animal de presa que devora al hombre.

Quisiera quedarme simplemente para no mezclar los muchos personajes de los que estoy hecho.

Todo aquello que uno no ha logrado hacer le parece tremendamente grande e importante.

La Naturaleza, con la teoría de la evolución, se ha vuelto más angosta. Estaría bien encontrar el momento espiritual en el que ella tuvo a un tiempo su mayor amplitud y su mayor riqueza. Aunque sólo sea como esfuerzo estrictamente genealógico, la doctrina de la evolución es sorda y mezquina porque lo relaciona todo con el hombre, que, como sea, ha conseguido dominar la Tierra. Esta doctrina, colocando al hombre en el extremo de aquel proceso, legitima las pretensiones de aquél. Le libra de cualquier tutela que puedan ejercer sobre él seres superiores. Nada ni nadie le da a entender esta doctrina; puede hoy en día tratar al hombre como él trata a los animales. El terrible error está en la expresión «el hombre»; el hombre no es ninguna unidad; lo que él ha violado lo tiene él en sí mismo. Todos los hombres lo tienen pero no en la misma medida; y de ahí que unos a otros puedan hacerse lo peor. Los hombres tienen la obstinación y la fuerza de llegar hasta el exterminio total. Pueden conseguirlo, y quizá quedarán todavía animales esclavizados cuando ya no haya hombres.

Ni siquiera la utilidad científica de la teoría de la evolución me parece que sea algo importante. Se hubieran hecho descubrimientos de mayor alcance, si se hubiera partido de la idea más generosa de que, en determinadas condiciones, cualquier animal es capaz de convertirse en cualquier otro.

Lo más peligroso de la técnica es que distrae de aquello que realmente constituye al ser humano, de aquello que éste realmente necesita.

La Etnología, la ciencia de los pueblos «primitivos», es la más melancólica de todas las ciencias. Con qué minuciosidad y precisión, con qué rigor, con qué esfuerzo se han mantenido fieles los pueblos a sus viejas instituciones, y, no obstante, se han extinguido.

Mi amigo, el poeta local. Vuelvo a estar cerca de aquel extraño producto que se llama poeta local y creo que, por fin, estoy sobre la pista de su secreto.

Mi poeta local ama lo más próximo. Sin embargo, es un error creer que las vacas o las chimeneas son lo más próximo. Hay cosas todavía más próximas, son los órganos de su cuerpo. Un proceso que le fascina, que de hora en hora le llena de renovada tensión, un proceso que le conmueve, le emociona y le entusiasma es su propia digestión. Ni siquiera los latidos de su corazón significan tanto; no tragan ni dejan huellas. La digestión es una vivencia central; en su mundo, turbio y oscuro, la digestión ocupa el lugar central que en los mundos más claros ocupa el sol. Estando como huésped en casa de otra persona, lo primero que encontrará será el retrete y luego, seguro, la cocina. Mientras el vientre se lo permite, recorre el país de cocina en cocina, de retrete en retrete. Va a pie, no toma ningún vehículo, pues se le parte el corazón de ver que casas que él no conoce pasan volando a su lado antes de haberlas husmeado en busca de sus procesos digestivos.

Ama a los campesinos porque se sientan unos al lado de otros en torno a una gran escudilla, y se las agencia para que algunos de ellos, por turno, le vayan invitando a sus casas. Cuando está con los trabajadores es socialista. Pertenece a su partido y está a favor de la elevación de su actual nivel de vida. Detesta las fábricas; en cambio, las cocinas satisfacen sus inclinaciones; con el fin de que lo que a uno le ofrecen se pueda comer, los trabajadores deberían ocupar la dirección de las empresas. En contra de una revolución hay que objetar que podría poner en peligro, durante un tiempo, el suministro de alimentos. Sin embargo, no censura a los burgueses por el hecho de que sean ricos, si le invitan a comer y te admiten con ellos en la mesa. A cambio de esto les entretiene contándoles historias de digestiones de todos sus años pasados. En tales ocasiones insiste en que él es un mendigo. Se le puede mandar dinero tranquilamente, porque en días menos festivos tiene que comprarse él mismo la carne. En las comidas no se le ofende con tal que le guste lo que se le da y se le vaya dando más. Tiene un sentido muy desarrollado de los distintos estamentos. Entiende en cuestiones intestinales de campesinos, obreros, burgueses… Desde la comida hasta los excrementos, para él lo más importante es lo que se puede tocar. Las imágenes y los sueños los desprecia; y de la ciencia tiene simpatía sólo por aquello que tiene que ver con lo que se puede transformar en comida. Es de suponer que en tiempos pretéritos, cuando en las fiestas principescas se asaban ensartados bueyes enteros, este poeta hubiera llegado a ser un fiel y honrado cantor de su príncipe, pero estas grandes ocasiones hace tiempo que han pasado y hoy en día los aristócratas hambrientos de su país son para él una indecible tortura.

Según él las amistades se expresan en invitaciones. El, por su parte, jamás invita a nadie. Juzga a los hombres única y exclusivamente por la cantidad y calidad de comida que le han dado. La palabra «escribir» tiene en su boca un acento inimitable. No suena de un modo tan decidido como «cagar» pero lo recuerda mucho. Esta palabra tiene casi algo de casto, pues en todos los poemas puede él escribir sobre aquello que le preocupa, y, de este modo, al escribir tiene que abstenerse de muchas cosas. Esta palabra tiene, sin embargo, un acento práctico pues él paga con esta moneda.

Sus exageraciones tienen una frontera clara. Llegan exactamente hasta la indigestión, no más allá.

Hay toda clase de opiniones morales; es decir, no hay nada tan inmoral que, en algún sitio u otro, no pudiera ser válido y vinculante. De ahí que, una vez nos hemos informado sobre las costumbres de todos los hombres, seguimos sin saber nada y. tenemos derecho a empezar desde el principio en nosotros mismos. Pero ninguna molestia ha sido en vano. Nos hemos vuelto más honrados y menos orgullosos. Conocemos mejor a nuestros antepasados y sentimos cuán descontentos estarían de nosotros. Pero ya no son santos; lo son sólo de una manera: no viven; y pronto en esta santidad no les llevaremos ninguna ventaja.

La más terrible de todas las frases: alguien ha muerto «a tiempo».

En el juicio Final, de cada fosa común saldrá una sola criatura ¡Y Dios tendrá que atreverse a juzgarla!

Las lágrimas de alegría de los muertos por el primero que ya no muere.

¡Todo el mundo es demasiado bueno para morir! No se puede decir. Primero deberíamos todos vivir más tiempo.

Un pensamiento demoledor: que tal vez no hay nada que saber; que todo lo falso surge sólo porque lo queremos saber.

A veces sentimos que está terminando una guerra y estamos felices como niños de que quede gente; y antes de que termine empezamos a llamarlos; ellos contestan; han tenido la misma impresión.

En la gran cantidad de sucesos contradictorios, los filósofos se hacen sitio los unos a los otros. De entre los movimientos que agitan el espíritu del hombre no hay ninguno más hermoso ni más desesperado que el deseo de que le amen a uno por sí mismo. ¿Quién es uno, entre tantos y tantos otros, para poder reclamar para sí esta preferencia? Uno quiere no ser intercambiable. Nadie debe poder sustituirle a uno. No basta con que uno sea inconfundible a los sentidos, debe serlo también desde un punto de vista espacial y espiritual. Como si la Tierra sólo tuviera un Cielo y el Cielo sólo una Tierra, reclamamos la validez de estos dos elementos y cuando tenemos uno queremos justamente ser el otro. En realidad estamos llenos de planetas, y un número incontable de cielos nos abren sus puertas.

El sistema de premios y castigos alcanza niveles sarcásticos, hasta el punto de que en el cielo y en el infierno tendremos que avergonzarnos de este sistema.

Puede que hace 120 generaciones o más haya vivido yo entre los egipcios. ¿Los admiré tanto entonces?

Lo que tiene uno que decir para que le oigan cuando uno, al fin, se calla.

Uno quisiera escribir exactamente lo necesario para que las palabras se dieran vida unas a otras y no más de lo necesario para que todavía las tomara en serio.

Conforme aumenta la madurez, se advierte una aversión por las voces aisladas de los poetas. Se busca lo anónimo, los grandes relatos de los pueblos – que existieron siempre para todo el mundo -, como la Biblia, Homero y los mitos de las razas que permanecieron en estado primitivo. Sin embargo, al otro lado del océano la gente se interesa por las debilidades más privadas y particulares Y por las miserias de aquellos que pueden hablar de ellas; y así es como volvemos a parar a los poetas-privados. Pero no es como poetas como pueden cautivarnos, es sólo como guardianes de lo más íntimo y privado; nos encantaría – más de lo que debiera ser – hacer añicos la porcelana que ellos pintan y que exponen como producto genuino.

Al hablar va colocando las palabras de un modo excesivamente tranquilo y reposado; domina siempre sus palabras; ellas jamás le empujan, jamás se mofan de él, jamás le ponen en ridículo; ¿cómo voy a fiarme de este hombre?

Estoy harto de penetrar con la mirada a los seres humanos; es tan fácil… y además no lleva a nada.

Es casi insoportable pensar cuántas cosas de las que se pueden saber no va a poder uno integrar jamás en su vida. Pero es completamente imposible llegar uno mismo a excluir este saber.

En un solo hombre podemos aprender la desgracia de todo el mundo, y mientras no le entregamos, no hay nada entregado; y mientras este hombre respira, respira el mundo.

Estás hablando siempre de animales, estás entusiasmado con ellos; pero luego ni siquiera te das cuenta de cuándo estás más cerca de la vida animal: entre estafadores y estafado.

Otra vez – es la segunda o la tercera – he estado pensando en la muerte como mi salvación. Temo que todavía pueda experimentar grandes cambios. Tal vez pronto voy a ser uno de estos que cantan alabanzas a la muerte, uno de estos que luego, en su ancianidad, imploran a la muerte. De ahí que quiera dejar aquí bien claro, de una vez por todas, que este segundo período de mi vida, en caso de que tenga lugar, no tiene validez. No quiero haber existido para luego anular aquello para lo cual existí. Que me traten como si fuera dos hombres, uno fuerte y otro débil, y que escuche. la voz del fuerte, pues el débil no va a ayudar a nadie. No quiero que las palabras del anciano anulen las del joven. Prefiero que me interrumpan. Prefiero llegar sólo a la mitad.

A la muerte la quiero grave, a la muerte la quiero terrible, y que donde más terrible sea, sea allí donde sólo hay que temer la nada.

Sería aún más difícil morir si supiéramos que vamos a seguir viviendo, pero obligados al silencio.

Todo lo que anotamos contiene todavía un ápice de esperanza, por mucho que provenga de la desesperación.

1944

La mayor tentación espiritual de mi vida, aquella contra la que tengo que librar una dura batalla es ésta: ser completamente judío. El Antiguo Testamento, por dondequiera que lo abra, me subyuga. En cada pasaje, casi, encuentro algo que se puede aplicar a mí. Me gustaría llamarme Noé o Abraham, pero incluso mí mismo nombre me llena de orgullo. Cuando corro el peligro de abismarme en la historia de José o de David, intento decirme que estos personajes me fascinan como poeta y me pregunto a qué poeta no le hubiera ocurrido lo mismo. Pero esto no es verdad; hay mucho más todavía. Porque ¿cómo es posible que volviera a encontrar en la Biblia, como algo que pertenece al pasado y en forma de lista de viejos patriarcas, mi sueño de una futura longevidad del hombre? ¿Por qué el salmista odia la muerte como sólo yo pueda odiarla? He despreciado a mis amigos siempre que he visto cómo se libraban violentamente de las tentaciones de los muchos pueblos que hay en el mundo y, de un modo ciego se volvían a hacer judíos, judíos simplemente. Qué difícil me va a ser ahora no imitarles. Los nuevos muertos, los que murieron mucho antes de que fuera su hora, le piden a uno mucho, y quién tiene corazón para decirles que no… Pero ¿no están en todas partes los nuevos muertos, en todos los bandos, en todos los pueblos? ¿Tengo que cerrarme a los rusos porque hay judíos?, ¿a los chinos porque están lejos?, ¿a los alemanes porque están endemoniados? ¿No puedo en lo sucesivo pertenecer a todos estos pueblos, tal como he hecho hasta ahora, y, a pesar de todo, ser judío?

¿Cómo debería haber sido una Biblia para detener la autoaniquilación de la Humanidad?

Me resulta cada vez más insoportable lo casual de la mayoría de las convicciones.

No hablar más; sin decir nada, poner las palabras unas al lado de otras y mirarlas.

La resistencia contra el tiempo necesita sus frases hirientes; de no ser así, no pasa de ser una resistencia sorda y desvalida. Es difícil perder para uno mismo las frases una vez las hemos encontrado, una vez se ha visto que son hirientes, una vez estén afiladas. Pero tan sólo los pensamientos, de los cuales nadie sabe nada, le mantienen a uno con vida.

Los muchos sentidos de la lectura: las letras son como hormigas y tienen su propio estado secreto.

Una frase sola es una cosa limpia. la siguiente ya le quita algo.

No es ninguna vergüenza, no es egocentrismo, está bien y es responsable que a uno justamente ahora, ya no le llene nada como no sea la idea de la inmortalidad. ¿No vemos a esta gente a los que les mandan a morir en vagones? ¿No se ríen, bromean y presumen para ayudarse unos a otros a aguantar una falsa moral? Y luego, por encima de uno, pasan volando en grupos de veinte, de treinta, de cien, bandadas de aviones cargados de bombas; cada cuarto de hora, cada dos o tres minutos; y se les ve regresar pacíficos, destellando al sol, como flores, como peces, después de haber exterminado ciudades enteras. Ya no se puede decir «Dios»; está marcado para siempre, lleva en la frente el estigma caínita de las guerras; sólo se puede pensar en una cosa, en el único salvador: ¡la inmortalidad! ¡Si fuera nuestra, si estuviera ya aquí, qué distinto sería todo! ¡Inmortalidad! ¿Quién querría asesinar aún?, ¿quién podría aún caer en el crimen si ya no hubiera nada que matar?

Las antiguas ruinas han sido rescatadas y con las nuevas se podrán establecer comparaciones.

No te dejes cegar por el resplandor de la victoria. Con victorias se soborna a alemanes, pero, ¿a ti?

El progreso tiene sus desventajas; de vez en cuando hace explosión.

De entre los juegos en los cuales los hombres se enfrentan como enemigos unos a otros, habría que determinar de un modo experimenta¡ cuáles son aquellos que contribuyen a la formación del odio y cuáles los que lo amansan.

Es curioso, y a la vez preocupante, que, después de dos mil años, la cuestión ética fundamental siga siendo la misma; lo único que ocurre es que se ha hecho más urgente, y el que hoy en día dice: amaos los unos a los otros sabe que ya no queda mucho tiempo para ello.

La lengua de mi espíritu va a seguir siendo el alemán, y ello porque soy judío. Lo que queda del país al que han arrasado de todas las maneras posibles quiero, como judío, guardarlo dentro de mí. Su destino es también el mío; pero yo llevo también en mí una parte de la herencia común de la humanidad. Quiero devolver a esta lengua lo que le debo. Quiero colaborar a que la gente tenga algo que agradecerles.

Desconfianza frente al dolor: es siempre el dolor de uno mismo.

La lentitud de las plantas es la gran ventaja que éstas tienen por encima de los animales. Las religiones de la pasividad, como el Budismo, y el Taoísmo, quieren proporcionar al hombre una existencia vegetal. Tal vez no acaban de saber bien del todo en qué consiste la peculiaridad de las virtudes que ellas recomiendan; pero la vida activa que ellos combaten es algo eminentemente animal. Las plantas no son fieras; la dimensión preparatoria o soñadora de su manera de ser está muy por encima de la dimensión voluntaria. Con todo, dentro de su esfera, tienen algunas cosas que hacen pensar en los hombres. Sus flores son su conciencia. Llegan a ella antes que la mayoría de los animales, a quienes la acción no les deja tiempo para la conciencia. Los hombres más sabios que hace tiempo que dejaron atrás su etapa activa, llevan el espíritu como una flor. Las plantas, sin embargo, florecen de muchas maneras y de forma reiterada; su espíritu es plural y parece estar libre de la terrible tiranía de la unidad, que es propia del hombre. En eso jamás podremos equipararnos a ellas. El Uno nos ha cogido y ahora vamos a tener que estar colgados de su hocico. Las obras dispersas de los artistas tienen algo de flores; sólo que la planta produce siempre lo mismo aproximadamente; los artistas de los últimos tiempos están movidos por la fiebre de la diversidad.

En la arquitectura el hombre había adquirido su condición de planta. Sus edificios le quitaban el miedo. Ahora ha conseguido llenar de miedo hasta los edificios.

Las Historias de la Literatura se leen a veces como si todos los nombres estuviesen cambiados de sitio, como si el escritor tratara de cosas muy distintas de las que está nombrando, y como si ahora pudiera uno seguir trastocándolo todo tranquilamente; las afirmaciones, en cambio, siguen siendo las mismas.

Se vive con la ingenua idea de que después habrá más sitio que el que ha habido en todo el pasado.

Pronto dejará de haber escrituras antiguas que no estén descifradas y no saldrá ninguna escritura nueva que esté por descifrar. Con esto se le habrá quitado a la escritura su carácter sagrado.

Nos convertimos en todo aquello que más hemos detestado. Las aversiones han sido malos agüeros. Nos hemos visto en un espejo cóncavo del futuro y no hemos sabido que éramos nosotros.

¿Qué hubiera ocurrido si no hubiéramos mirado este espejo? ¿No hubiéramos llegado a ser lo que somos?

Si supieras más sobre lo que tiene que ocurrir, el pasado sería aún más duro.

Hoy en día, en la medida en que reclamamos el derecho a pensar, nos movemos casi todos en la esfera de la Psicología. Pero con ello admitimos una indigencia – una indigencia más triste apenas es posible imaginarla -. Es cierto que nos hemos vuelto modestos y humildes. Hoy en día es una cuestión de higiene mental el no querer saber demasiado. Pasaron los tiempos de los pensadores que salían en busca de todo. Sus nombres han quedado; sus soluciones ya no las tomamos en serio porque no eran especialistas. Todavía se encuentran de vez en cuando espíritus ambiciosos que quieren saber, por lo menos, todo lo que se puede saber con seguridad. Pero ¿es esto lo importante? ¿Lo importante no es justamente lo contrario? Lo incierto debería ser el auténtico reino del pensar. En lo incierto es donde el espíritu debería plantear sus cuestiones; escudriñar en lo incierto; desesperar en lo incierto.

Pero las cosas nos han vencido. Al producirlas en serie – cada día más -, nos hemos acostumbrado a no tomar en serio más que aquello que tenga suficiente efectividad. Sólo vemos y oímos objetos. Tocamos objetos. Las visiones de los valientes están llenas de objetos. Todo está dispuesto para producir y destruir objetos. La Tierra, que es un objeto redondo, tiene que llegar a estar en la mano del más ambicioso; nada más. Los objetos, fabricados en serie, deben ser repartidos de un modo justo; nada más. Estas dos maneras de ver el mundo, suficientemente extremas, ofrecen una buena ocasión para destruir a la vez la vida y los objetos.

¿Dónde está el hombre que no desprecia las cosas simplemente porque quiere tenerlas? ¿Dónde está el hombre que se sorprende, que se sorprende desde lejos, que se sorprende de lo que él jamás tocará? En todo hemos puesto las manos, y luego creemos que este todo es todo. Hasta los animales han sido mejores, porque ¡qué grande y extenso era la que estaba fuera de su ámbito! Ellos no tuvieron ideas; nosotros hemos cogido las ideas. Cogido, asesinado, masticado, engullido.

Los malos poetas borran las huellas de la transformación; los buenos las enseñan.

Así que se habla de amor, una mujer se lo cree todo. La misma credulidad se la reservan los hombres para la lucha.

Hablan de instintos como si hablaran de albatros.

Pasión creciente por todas las sectas, independientemente de la religión de que provengan. Me proporciona un gran placer espiritual estudiar sus diferencias y determinar el punto en el que se han desviado de las aguas de la religión madre. Estoy convencido de que algún día conseguiré encontrar las regularidades profundas que dominan estas escisiones religiosas. Pero incluso la misma cuestión de la fe, la más grande y terrible de cuantas cuestiones nos planteamos los humanos sólo será posible contestarla a partir de sus cambios.

Tengo todas las propiedades de un hombre religioso, Pero tengo también el profundo, íntimo imperativo de escapar del coto cerrado de cualquier fe. Es posible que al estudiar las sectas esté poniendo en práctica estas dos cualidades contradictorias.

Uno quiere conocer con exactitud todo aquello por lo que los hombres estuvieron siempre dispuestos a morir.

El hermano silencioso: un hombre, a quien durante muchos años hemos visto, se ha vuelto mudo y, de repente, sale así a nuestro encuentro.

Los sueños tienen siempre algo de joven; para el que sueña son nuevos. Incluso en los casos en los que cree reconocerlos, jamás tienen el carácter de repetición y desgaste que es propio del estado de vigilia. Brillan con los colores del paraíso y en sus terrores se le bautiza a uno con los nombres más inauditos.

Aquella mujer que en una reunión reconoció que aún no había tenido nunca un sueño; y a los ojos de todos ya se había transformado en un mono.

El que va a ver a los que interpretan los sueños dilapida lo mejor que tiene y por ello merece la esclavitud en la que irremediablemente cae.

Una reunión de todos los dioses que ha habido a lo largo de la historia: lo extraños que se resultan unos a otros, sus lenguas, sus trajes; y de qué manera ellos – ¡dioses! – tienen que palparse unos a otros para entenderse.

Un egipcio se encuentra con un chino y cambia una momia por un antepasado.

No despreciar a nadie por lo que cree. Lo que tú crees no depende en absoluto de ti. Aceptar cualquier fe de un modo ingenuo y sin animadversión. De este modo, sólo de este modo, hay una ligerísima esperanza de que llegues a conocer la naturaleza de la fe.

El que no cree en Dios toma sobre sí todas las culpas contraídas con el mundo.

Pronunciando un discurso adquiere uno demasiada grandeza; finge para sí mismo las opiniones y los sentimientos más nobles. Abusa del modo caricaturesco como la habitual ordinariez del hombre se manifiesta en palabras sucias y falsas. Las religiones padecen todas de un mal: al predicador se le permite hablar mucho tiempo y además con autocomplacencia. De este modo sus palabras están cada vez más lejos y, en vez de llegar al corazón de los que le escuchan, lo que hace es echar leña al fuego de su vanidad.

1945

Aman tanto la guerra que la han metido en Alemania y aun allí no la entregan.

Cuando llegue la primavera, la tristeza de los alemanes será como un pozo sin fondo, y ya no va a ser posible distinguir entre ellos y los judíos. Hitler ha hecho a los alemanes judíos en unos pocos años, y «alemán» se ha convertido ahora en una palabra tan dolorosa como «judío».

La tierra abandonada, cargada de letras, asfixiada de conocimientos; y ni un solo oído viviente en ella que escuche qué es lo que se oye en el frío.

No se le puede hacer nada peor a un hombre que ocuparse exclusivamente de él.

En el amor, las seguridades son como un anuncio de lo contrario del amor.

En boca de algunos la palabra «alma» suena como la síntesis y el compendio de aquello que tememos y odiamos; y uno quisiera transformarse en locomotora para salir resoplando a toda prisa.

Los países, las islas, los pueblos no empiezan a ser para mí algo vivo hasta que me encuentro con un hombre que ha nacido en ellos. Pero luego la vida de estos lugares se me convierte en algo absolutamente siniestro, como si yo mismo hubiera nacido allí.

La superación del nacionalismo no está en el internacionalismo, como muchos han pensado hasta ahora; porque hablamos distintas lenguas. Está en el plurinacionalismo.

El revoltijo de voces y rostros en el que antes vivía se ha convertido para mí en algo odioso. Me gusta vivir a los hombres uno por uno. Cuando hay varios de ellos quiero tenerlos sentados de un modo ordenado, uno al lado del otro, como en el tren, y qué es lo que voy a observar primero es algo que tiene que depender de mí. El caos ya no tiene ningún atractivo. Quiero poner orden y dar forma y no perderme ya en nada. El tiempo de la entrega indiscriminada ha pasado. El caos está a favor de la guerra. A la guerra la desprecio más de lo que la odio. Las muchas personas que se mueven por el centro, de vacaciones, o, como ha ocurrido siempre, por gusto, se me antojan desertoras de la más grande de todas las causas. Están dispuestas a volver a su dócil cobardía, o voluntariamente han estado todo el tiempo sin saber nada. Únicamente fuera de los locales cerrados, por la noche, como sombras, tienen más verdad, pues son como muertos que todavía no saben que están muertos; desde las pequeñas calles laterales que llevan a Picadilly, las contemplo largo rato en una gran agitación. Se cogen unos a otros; entonces sé que debajo hay sombras femeninas. Lanzan algunos gritos, de este modo fingen tener más vida de la que les corresponde tener. ¿Antes sólo escuchaba voces? En el caos estaba mi enorme fuerza; estaba seguro de él como del mundo entero. Hoy hasta el caos ha hecho explosión. No había nada que estuviera hecho con tanta insensatez que no pudiera caer en algo que todavía fuera más insensato, y dondequiera que husmee todo está lleno del olor a fuego apagado. Tal vez hubiera sido mejor que nos hubieran asado a todos. En lo que queda, los perturbados van a volver a instalarse cómodamente. Van a hacer sus sopas en los volcanes y, contentos y alegres, van a sazonar sus alimentos con azufre. Sin embargo, para aquellos cuyo corazón estuvo abierto a esto, a lo más mínimo que ocurriera, a cada hombre, para éstos ya ningún caos volverá a ser hermoso, jamás, y con un honrado saber y un miedo vacío de esperanza, temblarán casi siempre ante aquello cuya realidad parece inimaginable.

No debemos ocuparnos inmediatamente de las cosas con demasiada profundidad. No se saca nada tratando el momento como algo que agota. Puede ser muy bien que a veces lo sea, pero él no debe saberlo. El momento vano es un momento perdido. En su inocencia está su belleza y su fuerza. Los momentos dispersos, dispersos a lo largo de los años, aquellos que valen para la contemplación de un objeto, se suman de un modo misterioso, y luego, de repente, todo adquiere unidad y profundidad.

Podemos amar apasionadamente a varios hombres a un tiempo, y con cada uno de ellos va ocurriendo todo como si él fuera el único, y no regateamos nada, ni miedo, ni afán, ni cólera, ni tristeza, y de vez en cuando el todo empieza a crecer y crecer hasta que llega a una violencia tal que, de repente, actuamos como varios hombres, cada uno con su sentido propio, pero todos a un tiempo; y lo que luego va a resultar de esto no lo sabe nadie.

Los profetas predicen lo antiguo en medio de lamentaciones.

El que los dioses mueran hace a la muerte todavía más insolente.

Los dioses, nutridos de adoración, muertos de inanición en el anonimato, recordados en los poetas, y luego – no antes – eternos.

Entre dos juicios sobre el hombre – básicos y a la vez contrapuestos – se mueve hoy en día todo lo que ocurre en el mundo:

1. Todo el mundo es aún demasiado bueno para la muerte.

2. Todo el mundo es justo lo suficientemente bueno para la muerte.

Entre estas dos opiniones no hay conciliación. Una u otra vencerá. En modo alguno está decidido cuál va a vencer.

Lo más difícil de todo: descubrir una y otra vez lo que uno, de todos modos, ya sabe.

Los psicoanalistas creen que tienen el hilo de Ariadna del laberinto al cual nos llevan. Lo que tienen son sólo los nudos con los que vuelven a atar este hilo, que se ha roto miles de veces; entre nudo y nudo no tienen nada. Laberintos los hay en número incontable; ellos creen que es siempre el mismo.

El movimiento es, sin duda alguna, un remedio para la paranoia incipiente. La intensidad de este tipo de perturbación tiene que ver con lo estético. Uno se comporta como si un lugar concreto estuviera amenazado, el lugar en el que uno está, y por nada del mundo puede uno moverse de allí. La sobrevaloración de este lugar de asentamiento resulta a menudo una verdadera ridiculez; puede ser un sitio mal escogido y carente de todo valor. Uno estaría mucho mejor y más seguro en otra parte. Pero se obliga a estar exactamente allí donde está; a defenderse en todos los puntos de este ámbito concreto; a no ceder nada de él; a recurrir a todos los medios para esta defensa, a los más desesperados y despreciables: uno se comporta, en una palabra, como un pueblo que está defendiendo su territorio. Llama la atención la semejanza que existe entre esta situación particular y la política de un Estado. La unidad de un pueblo consiste fundamentalmente en que, en determinadas circunstancias, puede actuar como un individuo que padece manía persecutoria. Tanto en un caso como en el otro lo que está en juego es un trozo de suelo, la base que necesita uno para asentar sus pies a fin de que éstos le mantengan erguido. Esta especie de enraizamiento, que puede llegar a ser tan peligroso, a menudo se salva en el momento en el que uno, de un modo rápido y enérgico, lo destruye; y, según esto, deberíamos decirnos que, justamente estas migraciones forzosas de pueblos enteros – que detestamos o lamentamos -, en circunstancias favorables, pueden llegar incluso a la curación de su paranoia patriótica.

Es esperanzador que la tierra entera se llame como cada trozo de ella.

Alemania, destruida al empezar el año como jamás un país ha sido nunca destruido. Y si es posible destruir así un país. ¿Cómo es posible que esta no vaya más allá de Alemania?

Las ciudades mueren, los hombres se meten todavía más en la tierra.

En muchas de las ciudades que hoy están destruidas estuve yo cuando se encontraban en un mejor momento, pero en muchas otras ciudades, que fueron destruidas también, no he estado; así que, hoy en día, todo el mundo tiene cosas que no podrá ver en su vida, a ningún precio, cosas que de un modo rápido, repentino, inmisericorde han dejado de ser visibles.

Las cosas mejorarán ¿Cuándo? Cuando manden los perros.

En Alemania han ocurrido todas las posibilidades históricas que aún tienen los humanos. Todo lo pretérito se ha revelado a un tiempo. De repente, lo sucesivo apareció como simultáneo. No quedó nada excluido; no quedó nada olvidado. A nuestra generación se le reservó la posibilidad de enterarse de que los mejores esfuerzos del hombre son inútiles. Lo malo, dicen los acontecimientos de Alemania, es la vida misma. La vida no olvida nada, lo repite todo, y uno no sabe ni siquiera cuándo. La vida tiene distintos humores, en esto estriban sus más grandes miedos. Pero por lo que hace al contenido, a la esencia concentrada de los siglos, no hay posibilidad alguna de influir sobre la vida; a quien la estruja demasiado le salen gotas de pus en la cara.

El hundimiento de los alemanes nos toca más de cerca de lo que queremos admitir. Son las dimensiones del engaño en que han vivido, lo gigantesco de su engaño, la inmensa ceguera de su fe desesperada lo que no nos deja en paz. Hemos detestado siempre a aquellos que han pegado con cola los trozos de esta fe repugnante, a los pocos realmente responsables cuyo espíritu pudo llegar justamente hasta ahí; pero todos los demás que no han hecho otra cosa que creer, en pocos años, con una pasión concentrada tan grande como la que los judíos lograron reunir a lo largo de siglos, que tuvieron vida y apetencias suficientes como para querer realmente un paraíso en la tierra, un dominio sobre el mundo entero, como para querer matar, en aras de este empeño, todo lo que quedara fuera de él, como para morir ellos mismos por este empeño, todo en el más breve tiempo posible; estos incontables conejillos de indias de la fe, en la flor de su vida, rebosantes de salud, sencillos, marcando el paso, condecorados para la fe, adiestrados para la fe, adiestrados como jamás lo estuvo un mahometano ¿qué son ahora realmente si su fe se viene abajo? ¿Qué queda de ellos? ¿Qué les habían preparado además de esto? ¿Qué otra vida podrían empezar ahora? ¿Qué son cuando les falta su terrible fe militar? ¿Cómo sienten su impotencia, porque para ellos no había nada más que poder? ¿En qué pueden caer aún? ¿Qué puede recogerles?

Tal vez porque entre esta guerra y la siguiente ni siquiera se nos permitirá respirar profundamente, ésta no va a llegar nunca.

Un invento que falta todavía: hacer reversibles las explosiones.

Dos tipos de personas: a unos les interesa lo estable de la vida, la posición que es posible alcanzar, como esposa, director de escuela, miembro de consejo de administración, alcalde; tienen siempre la vista fija en este punto que un día se metieron en la cabeza; incluso a los demás hombres no los pueden ver si no es rodeando este punto; y no hay más que posiciones, todo lo demás que está alrededor no cuenta y lo pasan por alto sin enterarse siquiera de que existe. El otro tipo de personas quieren libertad, sobre todo libertad frente a lo establecido. Les interesa el cambio; el salto en el que lo que está en juego no son escalones, sino aberturas. No pueden resistir ninguna puerta ni ninguna ventana y su dirección es siempre hacia afuera. Saldrían corriendo de un trono del cual, en caso de que estuvieran sentados en él, ninguno de los del primer grupo sería capaz de levantarse ni un milímetro.

La inmensa vanidad que hay en todo trato con Dios, como si alguien estuviera gritando continuamente: ¡a imagen y semejanza! ¡a imagen y semejanza!

Venimos de muchas cosas, nos movemos hacia demasiado pocas.

El grado de precisión de las noticias varía según el modo como son transmitidas. Vino un mensajero a toda prisa, su excitación se transmitió al destinatario. Había que actuar inmediatamente. La excitación se convirtió en fe en el mensaje. Una carta es algo más tranquilo, aunque sólo sea porque estuvo escondida mientras pasaba de uno a otro. Uno cree en ella pero con reserva y no se siente forzado a contestar inmediatamente actuando. El telegrama une a algunas propiedades de la carta con las del antiguo mensajero moral. Sin duda es secreto, desconocido para el que lo lleva, pero dirigido a una sola persona; es algo todavía más repentino que el mensajero; tiene algo de la muerte y por esto infunde mucho más miedo. A un telegrama se le da crédito. No hay nada más penoso que descubrir que le han engañado a uno con un telegrama.

Es hermoso decirle a alguien: te amaré siempre ¡Pero cuando luego uno de verdad lo hace!

Del hombre más insignificante es de quien más se aprende. Lo que le falta se lo debemos nosotros. Sin él no es posible valorar esta deuda. Pero ella es justamente aquello para lo cual vivimos.

Sobre lo bello. En lo bello hay algo muy conocido y familiar, pero está muy lejos; como si no hubiera podido ser nunca conocido y familiar. De ahí que lo bello sea a la vez algo estimulante y frío. Así que uno va a buscarlo, deja de ser bello. Pero tenemos que reconocerlo, si no ya no nos estimula. Lo bello tiene siempre algo de sustraído. Estuvo una vez ahí y luego, durante mucho tiempo, muy lejos; por esto el volver a verlo es algo inesperado. No permite que lo amemos, pero sentimos nostalgia de él. Los misteriosos caminos de su ausencia lo han hecho más rico que todo lo que tenemos en. nosotros.

Lo bello tiene que quedarse fuera. Hay pocos furiosos que creen ser bellos; pero incluso ellos saben que el único modo de llegar a serlo es desde fuera. La «belleza interior» es una contradicción en sí misma. Los espejos han traído más belleza al mundo; llegan a presentarnos incluso este alejamiento; mucho de la belleza más antigua puede provenir de ver las cosas reflejadas en el agua. Pero los espejos se han convertido en algo demasiado frecuente. De ahí que las más de las veces no den más que lo esperado. Son los más bastos los que creen que lo bello se contradice a sí mismo. Para el hombre puede llegar a ser bello todo aquello que durante mucho tiempo fue conocido y familiar, que fue sustraído y que luego vuelve de un modo inesperado. El difunto amado se convierte en hermoso cuando lo vemos, pero ya no sabemos que está muerto y que no podemos amarle: en el sueño.

A todo lo antiguo le es fácil ser bello porque hace tiempo que fue sepultado y desapareció. Las huellas de lo desaparecido, en forma de pátina, ayudan mucho a la belleza; no es lo antiguo en sí lo que uno valora en ellas, sino lo antiguo que, a lo largo de los siglos, no fue posible ver. La belleza quiere ser reencontrada después de largas distancias y espacios de tiempo.

La arrogancia conceptual como la más baja de las arrogancias: podría tener reunido un inmenso caudal de monedas para comprar más, pero no quiero cambiar ninguna, por avaricia.

Un chino roba en Cambridge un complejo de Edipo y luego lo introduce secretamente en China.

Las naciones deberían prestarse unas a otras sus signatarios para dos meses Y este tipo de personas tendrían que estar viajando siempre pronunciando los mismos discursos en muchas lenguas y haciendo las guerras y las paces en el coche-cama.

Los diálogos de Confucio son el primer retrato espiritual completo de un hombre; es sorprendente cuánto puede uno expresar en 500 notas; qué plenitud y qué coherencia se consigue con ellos; qué comprensible se hace, y qué incomprensiblemente grande, como si las lagunas fueran sólo pliegues de una túnica totalmente intencionados.

Después de un juego de casi veinte años, China, al fin, llegará a ser realmente una patria. Es reconfortante ver cómo en un espíritu no se pierde nada, y ¿no sería esto un motivo suficiente para vivir mucho tiempo o incluso eternamente?

En ningún sitio le parece a uno tan adecuada la palabra «civilización» como en todo lo que tiene que ver con China. la disciplina y la indisciplina, en su interacción mutua, se pueden estudiar aquí con la mayor exactitud. Lo que en el mejor de los casos puede salir de los hombres sin que por ello éstos se deshumanicen; lo que en el peor de los casos siguen siendo éstos sin que se vuelva a perder lo ganado anteriormente: tanto el cambio como la permanencia se presentan aquí de un modo totalmente singular y siguen vivos aún en nuestros días.

En los textos religiosos de los chinos se siente uno completamente en un mundo propio, como en la infancia: en ellos se habla tantas veces del cielo…

Creo que amo a los chinos también por este motivo, porque la relación entre un hermano mayor y un hermano menor la han puesto entre las cinco relaciones humanas fundamentales.

El gusano de seda es una expresión de lo chino más profunda aún que la escritura.

Una auténtica revolución china consistiría en la supresión de los puntos cardinales.

¡Cuántas buenas palabras hay! ¡Cómo, cuando se olvida de sí mismo, puede uno amansar su vanidad, sus ansias de tener siempre razón, de dominar sus mil y un espejos!

¡Oh, si yo pudiera ser el que se deja engañar por todo el mundo y lo soporta tranquilamente y no pierde lo más mínimo de sí mismo y ama a todos y, sin embargo, los ve como son y no se envanece de ello en absoluto! Hay ratos en los que los hombres que se quieren mucho se acusan unos a otros de todos los crímenes de los que sin duda no son capaces. Como si se debieran unos a otros las peores cosas y como si el que ninguno de ellos esté preparándose para poner en práctica aquello de lo que se acusan no les inspirara más que desprecio. «Me has robado», dicen, con esta súplica oculta: «¿Por qué no lo haces?» «Me has hundido». Estas palabras contienen estas otras: «¡Húndeme de una vez! «Me has asesinados. Esta frase está en lugar de una ardiente súplica: «¡Mátame, mátame!»

Tal vez de esta manera se expresa el deseo de que en el otro haya una pasión real que no se arredre ante nada, ni ante las consecuencias de un asesinato; y el verdadero sentimiento de las inmensas proporciones de un amor que hubiera echado de este mundo su propio objeto y que en este momento hubiera cobrado para siempre consciencia de este objeto.

Las frases hechas más falsas tienen un máximo atractivo mientras todavía hay gente que las emplea en serio.

Uno que no puede nunca ser neutral. En guerras que ni le van ni le vienen está en los dos bandos.

No se puede respirar, todo está lleno de victoria.

Con los terribles acontecimientos de Alemania ha cobrado la vida una nueva responsabilidad. Antes, durante la guerra, él estaba completamente solo. Lo que pensaba lo pensaba para todos; es cierto que en el futuro tendría que comparecer a juicio para dar cuenta de ello, pero a ninguno de los que vivían en su tiempo les debía explicación alguna. Les habían ocurrido demasiadas cosas, se contentaban con ráfagas de vida; respirar a pleno pulmón no les era posible; habían fracasado. En aquel tiempo todavía le parecía que pensar y escribir en esta lengua alemana no tenía ninguna significación profunda. En otra lengua hubiera encontrado lo mismo; el azar le había elegido ésta. Le era dócil; se podía servir de ella; era todavía rica y oscura; no demasiado llana para las cosas profundas en busca de las cuales iba; no era demasiado china, ni demasiado inglesa; el elemento pedagógico-moral con el que, naturalmente, tenía también que vérselas no le cerraba el paso para llegar a determinados conocimientos; es de ellos precisamente de donde fluía. La lengua, ciertamente, lo era, a su manera, todo; pero no era nada en comparación con su libertad.

Hoy, con el hundimiento de Alemania, todo esto ha cambiado para él. La gente de allí va a salir muy pronto en busca de la lengua que les han robado y deformado. El que en los tiempos de la más extrema enajenación la haya mantenido pura tendrá que abandonarla. Es cierto que sigue viviendo para todos y que tendrá que vivir siempre solo, responsable de sí mismo como instancia suprema: pero ahora les debe a los alemanes su lengua; la ha mantenido limpia, pero ahora ha de marcharse con ella, con amor y gratitud, con intereses e intereses de intereses.

Leer todas las utopías, sobre todo las antiguas, para buscar lo que la gente de entonces olvidó y abandonó, para compararlo con lo que hemos olvidado nosotros.

De los superlativos sale una fuerza destructora.

Hoy ya no es posible salvar ni siquiera los nombres de todos los dioses antiguos. Los inmortales, los inmortales, ¿cómo han podido equivocarse así sobre la vida de la Tierra?

Es difícil proponerse sólo pocas cosas. Pero justamente de eso depende lo que uno consiga hacer. Lo mucho es lo agradable, lo poco es lo bueno. Fuera todo es viento, movimiento gozoso y bienhechor. Dentro está la respiración activa y eficaz. Sólo el que lucha por respirar sabe exactamente lo que es el trabajo. Los dos tiempos de la respiración señalan la parte que está permitida. De todos los que toman aire, sólo los enfermos saben lo poco que tienen y viven para este poco.

A mí nadie me obliga a seguir viviendo. Por esto amo tanto la vida. Es verdad, los que vengan después, aquellos a quienes la muerte les estará prohibida, ya no sabrán de esta tensión, la más grande de todas, y nos envidiarán algo a lo que nosotros habríamos renunciado gustosos.

La desconfianza encierra una fuerza peligrosa: le lleva a uno a creer que puede pensar solo, juzgar solo, decidir solo. Le induce a uno a creer que está solo. Les obliga a los otros, a los que tienen que ver con uno, a humillarse, a adoptar la actitud de pecadores. Suprime las fronteras que separan lo que realmente ha sucedido de lo que podría suceder, y hace irremediablemente culpables a los sopechosos.

Haber estado en todas partes. No decir a nadie dónde se estuvo. Así se conserva el miedo de todos los lugares.

El falso extranjero: alguien se jura vivir en su propio país disfrazado de forastero hasta que le reconozcan. Muere, profundamente amargado, como forastero.

Un especialista: busca erudición sin movimiento; sus dudas deben estar orientadas de tal manera que sólo pongan en peligro unas cuantas cosas. Necesita un suelo fiable y seguro. Pero sólo unos pocos deben estar con él en este suelo. En medio de grupos pequeños se ve superior. Raras veces abandona su terreno, por miedo de que tal vez no sabría volver a él. Su poder lo ejerce a través del pequeño grupo al que pertenece. Le resulta fácil despreciarlo todo, porque nadie entiende nada de su campo y no hay nada fuera de su campo que realmente le interese. Mientras se limita a mantenerse dentro de este coto reducido, jamás estará seriamente en peligro. Su carácter único se ve realzado por su exquisitez, porque se ha buscado algo alejado, inútil, vano; quién iba a atribuirle motivos egoístas. Se encuentra a gusto si su ciencia no pasa de ser un saber muerto. Se inquieta si, de repente, ésta empieza a echar brotes; entonces sabe que ha respirado demasiado hondo y se oprime el pecho fuertemente. El motivo fundamental por el que tiene una mujer es para mantenerse en buena medida ajeno a ella. Para él la mujer es la encarnación de la irremediable tontería del mundo. Un doble necesita él, una persona hecha a su imagen y semejanza que revuelva en los mismos cachivaches que él, otro especialista al que pueda respetar como si fuera él mismo.

Los primeros tendrán que halagar a los últimos y será divertido oír lo que tendrán que rebuscar en sus cabezas.

En la eternidad todo está empezado, fragante mañana.

Agosto de 1945

La materia está rota; el sueño de la inmortalidad, hecho trizas; estábamos muy, muy cerca de hacerlo verdadero. Las estrellas que habían llegado a estar tan cerca, están perdidas ahora. Lo más cercano y lo más lejano se han convertido en una sola cosa, y bajo qué rayos. Sólo lo quieto y callado, lo lento es todavía digno de la vida. Le ha quedado poco tiempo. Breve fue el placer del vuelo. Si hubiera almas, esta nueva catástrofe las hubiera alcanzado a ellas también. De ahí que uno desee que no haya nada, pues qué hay que sea inalcanzable. La destrucción, segura de su origen divino, llega hasta el tuétano de las cosas, y el Creador, con la arcilla hace añicos su propia mano, la que daba forma a las cosas. ¡Permanencia! ¡Permanencia! ¡Indigna palabra! Los árboles eran la forma más sabia de la vida, y caen con nosotros, expoliadores del átomo.

Si sobrevivimos, lo que importará será mucho más grande. Pero la idea de que quizá no sobrevivamos es insoportable. Toda seguridad venía de lo eterno. Sin la eternidad, sin este maravilloso sentimiento de una perduración u otra, aunque no sea la de uno mismo, todo es insípido y vano.

Que no estuviéramos constantemente enardecidos por unas posibilidades cuya existencia no sospechábamos, ¡qué bendición! El paraíso estaba empezando y ahora ha llegado a su fin. Lo que más me duele es la muerte de las otras criaturas. Somos tan culpables que ahora ya casi no podemos hacer nada. Lo único que se puede hacer es dormir para no pensar en esto. El espíritu despierto se siente culpable y lo es.

La consecuencia de los descubrimientos de nuestra historia es en sí misma una tragedia. Unos cuantos cambios y todo hubiera ocurrido de otra manera. Unas cuantas décadas para esto o para aquello Y ya no nos hubiera alcanzado. Sin duda, como todo, también esta desgracia tiene sus leyes. Pero ¿a quién interesan todavía las leyes de un mundo que sin duda alguna no tiene consistencia?

No es que no veamos nada ante nosotros. Pero el futuro se ha escindido; va a ser de esta manera o de esta otra; a un lado todo el miedo, al otro toda la esperanza. Ya no se tiene el peso para decidir sobre esto; ni en uno mismo. Futuro de doble lengua, pitonisa venerada por segunda vez.

Destronamiento del sol; el último mito válido está destruido. La Tierra es ahora mayor de edad; abandonada a sí misma ¿qué va a hacer consigo misma? Hasta ahora ella era la hija indiscutible del sol, totalmente dependiente de él, invisible sin él, perdida sin él. Pero la luz está destronada; la bomba atómica se ha convertido en la medida de todas las cosas.

Lo más pequeño ha vencido. paradoja del poder. El camino que lleva a la bomba atómica es un camino filosófico: hay caminos que llevan a otras partes, caminos no menos seductores. Oh, tiempo, tiempo para encontrarlos: a lo mejor has perdido catorce años en los cuales hubiera sido posible salvar algo. De ahí que nada te distinga de aquellos que en estos mismos catorce años han estado trabajando para la destrucción.

Gratitud por la nostalgia común. Hablábamos de la vida como se habla de un muerto. Lo que se oye cantar de antes de la guerra suena como sí fuera de la Edad de Piedra. Los mismos pensamientos ya no son posibles. Pero de qué modo maravilloso se desperezan ahora las palabras. Todas las puertas se abren de repente y todo el mundo enseña lo que ha estado guardando cuidadosamente hasta hoy. Esperanza de salvación por la entrega de los últimos secretos.

Ahora ha quedado rota la última avaricia: la provisión de unos años guardados secretamente en un futuro en el que uno ya no vivirá. Desde que ya no se ahorra para la eternidad, ya no hay nada que le pueda robar a uno la pura alegría de vivir. Ya no vivir para nada, ni siquiera para la eternidad; la nueva libertad.

Las religiones lo han sabido, pero también ellas han colaborado a que esto sea así. Astrología al revés: ahora vamos a ser nosotros los que hagamos planetas y soles. La época de veda de los astros ha terminado, los hemos alcanzado.

El Arca crece ¿cuándo estará llena? Los hombres construyen y construyen, pero el suelo es más tenue que el aire. Se acabó el atrevimiento, el derroche, la mano fácil de la Humanidad. Los hombres tienen que ser prudentes si quieren seguir viviendo.

No tiene fin el pensamiento creador del hombre. En esta maldición está la única esperanza.

Las primeras palabras y las primeras imágenes de la que es propiamente mi ciudad, fueron a la vez reconfortantes y terribles. Que el Prater esté destruido, el tren de las grutas en el cual el roto de Messina pasó a ser la más profunda impresión de mi infancia; que esta vida multicolor exista sólo en mi comedia interior, en la que nadie la conoce; que de este modo yo me haya convertido en el conservador del Prater hasta que vuelva a existir, y a existir de tal forma que contenga en sí la destrucción: es ciertamente un extraño destino para una persona para quien la transformación y el juego significan la esencia del hombre.

Las almas de los muertos están en los otros, los que han quedado, y allí se van muriendo del todo, lentamente.

La fama es venal, pero sólo en el momento. A la larga es inrevisable y esto es lo único que la reconcilia con el momento.

Sea lo que fuere lo que hayas pensado sobre la muerte, ahora ya no tiene validez. De un gran salto ha alcanzado un poder de contagio como no lo tuvo jamás. Ahora es realmente todopoderosa, ahora es verdaderamente Dios.

Al solitario el «tú» le da el calor que necesita para hablar de sí mismo sin la jactancia del «yo» ni la hipócrita indiferencia del «él». Uno pone su otro yo ante sí mismo como si fuera su amigo positivo o lo negativo de él le son conocidos desde hace tiempo; sin malquerencia ni adoración uno le comunica lo que realmente sabe; pero tiene que oír también, y en esta ocasión se oye a sí mismo.

Toda obra es una violación, aunque sólo sea por su mero volumen. Hay que encontrar medios distintos y más puros de expresarse.

Hitler tendría que seguir viviendo ahora como judío.

Lo tranquilizador de la Historia es su falsedad. Es una historia sobre la Historia, pues ¡si supiéramos la verdad! El satírico que ya no puede aplicar su sátira al mundo exterior fracasa como ser moral: el destino de Gogol.

Poco a poco, el odio contra sus personajes va tomando conciencia en él en forma de odio contra sí mismo. Sea quien fuere aquel a quien él ha detestado, se ha detestado así mismo. Se ha buscado un juez severo que le amenace con el infierno. No consigue terminar las «Almas muertas» que son su propio tribunal. Las arroja al fuego, se arroja a sí mismo, y permanece en forma de ceniza.

El miedo se venga. Todo miedo que uno haya padecido se transmite a otros seres. El grado de desarrollo de un hombre se muestra en los seres a quienes transmite su miedo: si le da igual quién sea el que va a recibir este miedo; si construye casas para el miedo; si lo deja fluir libremente; si le basta con animales; si necesita hombres o sólo hombres muy especiales, que reciban este miedo de un modo concreto.

La oración como un modo de ejercitarse en los deseos.

Una meta seria de mi vida es conocer realmente a fondo todos los mitos de todos los pueblos. Pero quiero conocerlos como si hubiera creído en ellos.

Una idea torturante: que a partir de un determinado momento, la Historia dejó de ser real. Sin darse cuenta, la Humanidad entera había abandonado de repente la realidad; todo lo que desde entonces habría ocurrido no sería verdad; pero nosotros no podríamos darnos cuenta de ello. Y que ahora nuestra misión es encontrar este momento y que mientras no lo tengamos no saldremos de esta destrucción.

Todas las criaturas son antediluvianas, de antes de la atómica.

Ahora sería el momento, Dante, de un minucioso juicio universal.

Los intentos de mantener vivo el recuerdo de los hombres – en vez de mantenerlos vivos a ellos mismos – son, a pesar de todo, lo más grande que la Humanidad ha hecho hasta ahora.

Mantener vivos a los hombres con palabras ¿no es esto ya acaso como crearlos con palabras?

No me abandona la idea de un último hombre que sabe todo lo que ha ocurrido antes de él; que conoce las historias de los que se han muerto ya, en todas sus variedades, que valora estas historias, las detesta y las ama; que está lleno de ellas como quisiera estarlo yo, pero que está realmente solo y es plenamente consciente de su muerte ¿Qué hace este último hombre consigo mismo y de qué recursos echa mano para conseguir la custodia de sus preciosos conocimientos? No puedo creer que desaparezca sin dejar huella por poco que se le haya dado tiempo para orientarse. Su dolor se transformará pronto en habilidad; educará animales para que se conviertan en personas y les dará sus riquezas.

Tengo sólo 40 años, pero casi no pasa un día sin que me entere de la muerte de un hombre a quien he conocido. Con los años van a ser cada día más. la muerte se colará hasta en cada una de las horas. ¡Cómo no sucumbir al fin!

Sentimiento de culpa frente a mi padre: ahora tengo ya nueve años más de los que él llegó a tener.

¡Oh si alguien fuera capaz de sacar la amargura del pozo del futuro y tragársela él solo!, ¡entonces los demás serían felices!

Cinismo: de nadie esperar más de lo que uno mismo es.

Ha predicado tanto que ya no cree en nada ¿Hasta qué punto le es posible a uno afirmar públicamente su fe sin ponerla en peligro? Encontrar esta relación.

Los padecimientos de los judíos se convirtieron en una institución; pero ésta se ha sobrevivido a sí misma. Los hombres ya no quieren oír hablar más de ella. Con pasmo se enteran de que fue posible exterminar a los judíos; los hombres, sin quizá advertirlo ellos mismos, desprecian ahora a los judíos por otra razón. El gas se empleó en esta guerra, pero sólo contra los judíos, y ellos no pudieron hacer nada. Contra ello no pudo ni hacer nada el dinero, que antes les daba fuerza. Los degradaron hasta convertirlos en esclavos, luego en ganado, luego en sabandijas. Esta degradación se consiguió totalmente; a los otros, a los que oyeron hablar de esta degradación, les va a ser más difícil borrar sus huellas que a los judíos mismos. Todo acto de poder es un arma de doble filo; toda humillación aumenta el placer del que se envanece infligiéndole y se contagia a los que también quisieran envanecerse. La antiquísima historia de la relación de los no judíos con los judíos ha cambiado básicamente. No se les detesta menos; pero ya no se les teme. Por esto los judíos no pueden cometer un error más grande que continuar con las lamentaciones en las que fueron maestros y para las que ahora tienen más motivo que nunca.

¿Por qué ya no hay hombres buenos por obstinación?

Todo se hizo más rápido para que hubiera más tiempo. Cada vez hay menos tiempo.

La guerra ha pasado al espacio cósmico; la Tierra toma aliento antes de su final.

Sería curioso que de entre todas las formas de vida que tal vez sigue habiendo en alguna u otra parte, nosotros, en la Tierra, fuéramos los únicos que hubiéramos conocido la guerra.

Lo más peligroso de todo es la lucha con uno más débil; este fanfarrón, inútil, vacío sentimiento de superioridad que hay antes de la lucha, durante la lucha, después, este incesante: “ja, ja, ¡te podría comer vivo!” Todos los malos sentimientos podría yo sacar de esta situación en la que uno es indiscutiblemente el más fuerte, el más fuerte con mucho, y luego, aunque lo es de un modo indiscutible, se pone a discutir.

Los últimos animales le piden gracia al hombre. En este mismo momento, los hombres saltan por los aires. Los animales siguen vivos. El placer maligno de imaginar que los animales podrían sobrevivimos.

Con culpa empezó la guerra. Con culpa ha terminado. Sólo que ahora la culpa es diez mil veces más grande.

Ella desea que él lo sepa todo; pero para ella sería peligroso que él lo supiera todo. Los pocos días en que él confía realmente del todo, en ella, ella, con una palabra, le infunde una inquietud recelosa. De este modo ella puede esperar que al fin él acabe sabiéndolo todo. Ella soporta el engañarle, pero su ignorancia no la soporta: porque la presunta omnisciencia de él es lo que la da a ella fuerza para vivir, es decir, fuerza incluso para engañarle.

La más hiriente y despiadada de todas las jerarquías se encuentra en el arte. No hay nada que el arte pudiera superar. El arte se basa en la expresión de experiencias que son reales e inevitables. En el arte tiene que suceder todo aún. No basta con que uno tenga algo o esté en algún sitio. Hay que fingir, hay que hacer.

Todo saber tiene algo de puritano; da a las palabras una moral.

El mejor de los hombres no debería tener nombre.

La ventaja de los historiadores ingleses, de los científicos ingleses en general, es al mismo tiempo su gran inconveniente: es la intención de adoctrinar, una intención que apenas si hay erudito de la pluma que haya olvidado alguna vez del todo. El saber se transmite siempre como si se transmitiera a niños; las tinieblas del saber se dejan aparte; sus terribles juntas se redondean. Es esto último sobre todo lo que distingue la amable claridad de los ingleses de la claridad certera de los franceses. Así Gibbon, por su manera de ser, fue más francés. Al inglés no le gusta fijar su juventud a impresiones demasiado profundas. Prefiere protegerla con clasificaciones; prefiere prohibir que asustar. Pero luego tiende también a seguir siendo así cuando es mayor. Su civilización, una de las más fuertes, es una civilización inquebrantablemente ingenua, y quizás es por esto también por lo que para ella la figura del juez ha sido siempre algo intocable.

Me gustaría llegar a ser tolerante sin pasar por alto nada; no perseguir a nadie, aunque todos me persiguieran; ser cada vez mejor sin darme cuenta; estar cada vez más triste, pero vivir a gusto; ser cada vez más sereno y alegre, ser feliz en los otros; no ser de nadie, crecer en todos; amar lo mejor, consolar lo peor; ni siquiera odiarme ya a mí mismo.

De las mujeres no vence la que corre detrás ni la que sale corriendo; vence la que espera.

Ah, si pudiéramos mirar la vida con una caperuza, como la de Sigfrido, sobre la boca; sin decir nada, sin que de nuestra boca, que con esta caperuza habría desaparecido, hubiera nada que esperar o que temer.

Ir apuntando a lo largo de un día, de un solo día, todo aquello que uno anhela; sin explicación, sin conexión alguna, sin nada entre un pensamiento y otro, realmente sólo aquello que uno anhela. Otro día, apuntar aquello que uno teme.

Otra clase de chivos expiatorios: chivos en los que uno volvería a encontrar, aumentadas, todas sus cualidades negativas. En vez de mejorarse a sí mismo, uno emplea todas sus energías en los chivos; es inútil, el chivo no mejorará jamás. El perfeccionamiento de uno mismo, con mucho menos esfuerzo, sería una empresa que podría llegar a término y esto es precisamente lo que uno quiere evitar.

Los filósofos, unos con otros, engendran hijos, sin casarse. Sus relaciones familiares son soportables porque tienen lugar fuera de toda familia. Sus antipatías las dirigen unos contra otros en vez de dirigirlas contra una mujer. Defienden sus peculiaridades con un grado mayor de conciencia que otros hombres, con menos sentimiento de culpabilidad y con la pretensión de no enmudecer mientras existan otras personas. No permiten jamás que les contradigan, aunque ellos se ejercitan en este negocio imaginario. De entre ellos los más molestos son los que no quieren olvidar nada. Algunos se hacen los olvidadizos. Los más extraños y singulares olvidan realmente la mayoría de las cosas y luego, en la inmensa tiniebla en la que están, le resultan a uno tan queridos como estrellas.

De los pensamientos filosóficos de los griegos lo que me asusta una y otra vez es que todavía estamos totalmente cogidos en sus redes. Todo lo que queremos parece griego. Todas nuestras justificaciones suenan a griego. El hecho de que lo heredado esté disperso hace que el efecto de esta herencia tenga una eficacia mucho mayor. ¿Es así nuestro mundo hoy en día porque no hay ningún pensamiento que sea completamente nuevo, completamente original? ¿O es así porque tenemos demasiadas cosas distintas de los griegos?

La metamorfosis de Sócrates, que él mismo no quería admitir, están de repente ahí, todas, en sus discípulos: el drama póstumo de un personaje antidramático.

Los verdaderos escritores no encuentran a sus personajes hasta después de haberlos creado.

El aprender tiene que ser siempre una aventura; si no es así, ha nacido muerto. Lo que en este momento estás aprendiendo tiene que ser algo que dependa de encuentros casuales; y tiene que continuar así, de encuentro en encuentro; un aprender en transformación, un aprender gustoso.

En realidad cualquier fe me toca de cerca. Me encuentro tranquilo en cualquier fe mientras sepa que puedo salirme de ella. Sin embargo no me importa dudar. Poseo una misteriosa predisposición y facilidad para la fe; como si tuviera la misión de volver a representar todo aquello en lo que se ha creído alguna vez. La fe misma no soy capaz de tocarla. Es fuerte y natural en mí y se mueve de todas las formas posibles. Podría imaginarme que paso la vida en un refugio que alberga las fuentes, mitos, discusiones e historias de todas las formas conocidas de la fe. Allí leería, pensaría y, lentamente, iría creyendo en todo lo que existe.

Él, por sí mismo, no puede ser nunca sencillo; para ser sencillo, primero tiene que transformarse en un hombre oprimido y muy pobre; luego, por amor a éste, se vuelve sencillo.

Las épocas en las que uno se defiende con gran energía contra algo son las más importantes para el poeta. Así que éste se ha rendido, ya no es un poeta.

Me gustan todos los sistemas mientras sean claros y transparentes, como un juguete que uno tiene en la mano. Si son exhaustivos me dan miedo. Hay demasiadas cosas en el mundo que han ido a parar a donde no debieran, y ¿cómo puedo ir a buscarlas allí?

La fama quiere siempre colgarse de las estrellas porque éstas se encuentran tan lejos; la fama quiere ponerse en lugar seguro.

El hombre tiene que aprender a ser muchos hombres conscientemente y a mantenerlos todos juntos. Esta última tarea, con mucho la más difícil de las dos, le dará el carácter que él, con su propia pluralidad, pone en peligro. En lugar de tener que gobernar a los demás, tendrá que gobernar a sus propios personajes; éstos tendrán nombres, él los conocerá, podrá darles órdenes. Sus ansias de dominio ya no buscarán a otros; se verá como algo despreciable el necesitar a extraños cuando uno mismo puede ser ya tantas personas como pueda dominar.

Con unas pocas historias debería ser posible gobernar el mundo. Pero deberían ser las adecuadas; no deberíamos confundirlas nunca; y muchas otras historias, la mayoría, no deberíamos contarlas nunca. La superstición del poeta.

Yo no puedo compensarme con nada: para mí todo tiene su propio valor, su propia significación; para mí, si pudiéramos cambiar una cosa por otra, sería más fácil; jamás cambio nada; incluso cuando compro algo quiero tener la sensación de que dos personas se regalan algo, de un modo casual y simultáneo.

Lo que inventaste aterrorizado, luego se revela como verdad llana y sencilla.

¡Qué fácil decir: encontrarse a sí mismo! Cómo nos asustamos cuando esto ocurre de verdad.

En el amor queremos hacer con más intensidad lo que ya haríamos sin el amor. Este lo único que hace es llevarlo todo al grado máximo de tensión; queremos que nuestro ser envuelva del todo al otro y una de las astucias que empleamos para ello es la simulación: nos damos como si quisiéramos tomar al otro en nosotros, sin ponerle en peligro, sin hacerle nada. Debe sentirse a gusto en medio de una nube de fragante admiración y de sonora ternura, pero sin cambiar: aunque lo veneran sigue siendo el mismo, pues ¿qué hay que pueda ser más grande y magnífico que él? La cárcel que el amor, realmente, ha preparado se va viendo sólo poco a poco. Cuando aquellas nubes se disipan aparecen las paredes desnudas y todavía no ha habido nadie que las reconozca al momento.

Leer, hasta que las pestañas, de cansancio, suenen levemente.

Siempre vuelve uno a encontrar en un mito antiguo el compendio de sí mismo; hay tantos… Algunos que sirven para todo. ¿Es ésta la razón por la cual desde hace mucho tiempo en el mundo no ha ocurrido nada realmente creativo? ¿Será que nos hemos agotado en los mitos antiguos?

Lo peligroso de las prohibiciones: que uno confía en ellas, que uno no piensa en cuándo habría que cambiarlas.

En un libro de Astronomía leo esta fecha: 24 de noviembre de 1999. Una terrible conmoción.

No habrá ninguna Tierra más; esta fue la única. Con fervor sobrevivirá al tormento de su fin. ¿Protegerla? ¿Quién puede protegerla? Si hubiera uno que fuera del todo la Tierra, si su corazón fuera justamente la Tierra, podría protegerla. Entonces ella tomaría la forma de su corazón. Las ciudades, las cordilleras, los ríos ocuparían otro sitio en ella. Los hombres sabrían que la Tierra se ha convertido en un corazón perfecto y que va a latir. Es el latido que ellos esperan. Es el latido en el que tienen puestas sus esperanzas. Es el latido de la Tierra unificada.

Uno resiste tantas cosas que acaba cayendo en el error de pensar que podría resistirlo todo.

Pones tus esperanzas en cualquier signo de cualquier fe que pueda aparecer casualmente en tu camino: en un cementerio colocado en una ladera, la silueta particular de una vaca, una bola de fuego que está encima de una losa funeraria, un edificio construido de un modo inhabitual, en el humo de un tren, el movimiento involuntario de una cadera, el aniversario de nacimiento de tu madre, que ya ha muerto.

Alrededor de ti todo va cobrando una significación mayor; tu entorno se llena. Propiamente ya no es un entorno. Lo que estaba encerrado en imágenes y marcos aparece ante tus ojos y va aumentando de volumen. Ves tantas cosas en todo ello… llegas incluso a penetrarlo con la mirada; su ampliación hace que a tus ojos los seres se hagan transparentes. Tienes sitio para todo; en ti se penetran las formas más tremendas y más bellas.

Las letras de nuestro nombre tienen un terrible poder mágico, como si el mundo estuviera hecho de ellas ¿Sería pensable un mundo sin nombres?

Disputa entre dos personas ávidas de inmortalidad: el uno quiere la continuidad, el otro quiere ir volviendo después de determinados períodos de tiempo.

Una idea que me tortura: que todos los dramas hubieran tenido lugar ya y que lo único que cambiaran fueran las máscaras.

Todo espacio quiere ser conquistado con vivencias intensas; los espacios débiles son como pasadizos y sirven simplemente de enlace.

Una pasión puede ser indeciblemente hermosa, si, saliendo de la sujeción, el orden y la conciencia, vuelve a ser ciega a irreflexiva. De este modo, se salva amenazando con destruir. El que vive sin pasión no vive; el que la domina siempre vive a medias; el que sucumbe en ella es el que menos ha vivido; el que se acuerda de ella tiene futuro, y sólo tiene pasado el que la ha proscrito.

Para cada cualidad el hombre tiene una manera propia de desesperanza.

El saber no utilizado se venga. Hay algo de terriblemente intencionado y trabado en el saber. Quiere que lo utilicen, lo encaminen y lo manejen. Quiere hacerse imprescindible. Quiere convertirse en uso y costumbre. No permite que lo degraden y lo conviertan en lucientes y lejanas estrellas. Quiere dar en el blanco. Quiere matar.

Lo más siniestro todavía no ha sido pensado, representado. Un acontecimiento repulsivo, por pequeño que sea, se va convirtiendo en catástrofe si lo abordamos con toda la fuerza de un poeta, con la fuerza de un hombre que no ha vivido las cosas hasta el fondo. Lanzamos montañas de formas e interpretaciones, pero con una palabra de nada, con una palabra útil lo tendríamos dominado; los esfuerzos que hacemos no hacen más que convertirlo en algo huero y grande. Carecemos de la pequeñez y de la proporción de la que está hecha la vida de los demás. Estamos demasiado en lo grande y amplio, en el oleaje de la respiración y de las historias. Rechazamos el sortilegio que ha sido ya probado, el sortilegio que consigue lo que quiere. Queremos que el peligro crezca hasta que no haya ningún remedio contra él, y luego, desesperados, vamos aplicando inútilmente un remedio tras otro.

Esta necesidad de ser buenos cuando nos sentimos culpables; una necesidad imperiosa y ardiente que experimentamos cuando somos los únicos que conocemos nuestra culpa, cuando nadie, a cuyos pies podríamos ponerla, estaría en situación de reconocerla; cuando los demás nos tienen por buenos en lo que menos lo somos; esta necesidad diabólica, torturadora, de ser realmente buenos; como si todas las vidas, todas, dependieran sólo de nosotros, de nadie más, incluso las vidas de aquellos que no conocemos y también las de aquellos que conocemos; como si sólo hubiéramos matado y fracasado, fracasado y matado, y como si, después de haber pasado la mitad de la vida, pudiéramos seguir siendo realmente buenos.

Si estuvieras solo te partirías en dos mitades para que una diera forma a la otra.

Quiero saber de los hombres más de lo que todo el mundo, incluso los poetas, han sabido hasta hoy. Por esto tengo que abismarme en los pocos hombres que tengo, como si tuviera la obligación de hacerlos hasta en el más mínimo detalle; como si de no ser por mí no pudieran vivir; como si mi palabra fuera su respiración; mi amor, su corazón; mi espíritu, sus pensamientos. Lo misterioso de estas ataduras, que yo jamás puedo agotar del todo, me justifica.

Su cabeza, hecha de estrellas; Pero todavía no están ordenadas en constelaciones.

Como no reza, todos los días tiene que decir algo sobre los dioses, aunque sólo sea un chiste. El creyente, en estos tiempos desgarrados, no puede hallar la fe en ninguna parte y toma prestados los nombres secos de los antiguos dioses.

Hay que buscarse una moral tomando sus distintos elementos de una vida amenazada, y no hay que asustarse de ninguna consecuencia, aunque ésta sea la única que en sí es justa. Puede que lleguemos a una conclusión y a una decisión que, en la lengua habitual de los demás, suene como algo terrible y que, sin embargo, sea lo único acertado. No tiene sentido regir la propia vida por la vida y la experiencia de otros a quienes uno no ha conocido, que vivieron en otra época, en otras circunstancias y en un mundo de relaciones estructurado de otra manera. Hay que tener una conciencia rica y receptiva para llegar a una moral propia. Hay que poder tener grandes proyectos y hay que poderlos agarrar con fuerza. Hay que creer que uno ama mucho a los hombres y que los amará siempre; si no, esta moral privada se dirige contra los demás y no es más que un pretexto a favor de nuestra propia, desnuda ventaja.

Sólo es bueno odiarse de vez en cuando, no demasiado a menudo; si no, uno se encuentra con que vuelve a necesitar mucho odio contra los demás para equilibrar el odio que se tiene a sí mismo.

El disgusto que experimentamos con otra persona puede admitir grados que nos sean gratos; sólo entonces nos vemos forzados a ponernos en guardia frente a esta persona.

Saborear la impotencia, Después del poder en cada una de sus fases, que tienen una exacta correspondencia con él; a cada triunfo de antes contraponer la derrota de ahora; fortalecerse en la debilidad propia; volverse a ganar, después de haber perdido tanto.

Placer maligno ante la propia derrota; como si uno fuera dos.

A la belleza se le ha dado la posibilidad de multiplicarse; de esta forma es como muere.

Podemos vivir tantas cosas con los pocos hombres que tenemos – que siempre son los mismos -, que ya ni les conocemos ni nos conocemos, y sólo de un modo fugaz y superficial nos acordamos de que somos esto, de que son esto.

Lo útil no sería tan peligroso si no fuera útil de un modo tan fiable. Debería fallar a menudo. Debería ser siempre algo imprevisible, como un ser vivo. Debería volverse contra uno con más frecuencia y con más fuerza. En lo tocante a lo útil los hombres se han dado a sí mismos el nombre de dioses, aunque tienen que morir. El poder sobre lo útil se engaña no queriendo ver esta ridícula debilidad de los hombres. De este modo, con esta ilusión, los hombres van siendo cada vez más débiles. Lo útil prolifera, pero los hombres mueren como moscas. Si lo útil fuera útil sólo algunas veces, muy pocas, si no existiera la posibilidad de determinar con exactitud cuándo algo va a ser realmente útil y cuándo no lo va a ser, si lo útil diera saltos, si fuera arbitrario y antojadizo, nadie se hubiera convertido en esclavo suyo. Habríamos pensado más, nos habríamos preparado para más cosas, contaríamos con más cosas. Las líneas que van de la muerte a la muerte no estarían borradas; no habríamos sucumbido ciegamente a ella. La muerte no podría mofarse de nosotros en medio de nuestra seguridad, como si fuéramos animales. De este modo, lo útil y la fe en ello no nos han sacado de nuestra condición de animales; cada vez hay más y lo único que esto hace es que estemos más indefensos.

Sólo es posible estar sólo si, a cierta distancia, tiene uno hombres que le esperan. La absoluta soledad no existe. Sólo existe la terrible soledad frente a los que esperan.

La literatura como oficio es destructivo: hay que tener más miedo a las palabras.

Leonardo tuvo tantas metas porque siempre estuvo libre de ellas. Pudo llevar a cabo todas las empresas porque no había nada que le quitara nada. Su concepción del mundo coincidía con la visión óptica de éste. Para él las formas naturales pudieron ser importantes porque todavía carecían de su plena vitalidad. No llevó a cabo ninguna empresa; o mejor, lo que él llevaba a cabo, por ser él el autor, se le convertía en algo nuevo. Lo que más llama la atención de Leonardo es la condición especial de su espíritu: es el guía que conduce a nuestro ocaso. En él es posible encontrar todavía juntos los elementos de la diáspora de nuestros afanes; pero no por ello se encuentran éstos menos dispersos. Su fe en la naturaleza es fría y terrible; es una fe en una nueva forma de dominio. Las consecuencias que tendrá para los demás las ve él muy bien, pero no tiene miedo de nada. Es justamente esta falta de miedo lo que nos ha invadido a todos; la técnica es su producto. La yuxtaposición de máquina y organismo que se encuentra en Leonardo es el acontecimiento más terrible de la historia del espíritu. Hoy en día, la mayoría de las máquinas no pasan de ser dibujos de Leonardo, su juego, su Wante dominado. La anatomía del cuerpo humano, la pasión fundamental a la que él sucumbió, le permite sus pequeños juegos con máquinas. El descubrimiento de sentido en esta q en aquella parte del cuerpo le incita a los ingeniosos artilugios de su inventiva. El saber tiene todavía aquel extraño carácter germinal; se inquieta cuando se le supera, tiene miedo al sistema. Su inquietud es la de la contemplación que, simplemente, no quiere ver aquello en lo que cree; es la contemplación que no tiene miedo, una segura tranquilidad siempre dispuesta y una mirada siempre a punto. En la mente de Leonardo, el proceso de lo real se encuentra en el polo opuesto a aquello que constituye la aspiración de las religiones místicas. Estas quieren conseguir la seguridad y la paz por medio de la contemplación. A Leonardo, en cambio, esta peculiar carencia de miedo le sirve para alcanzar aquella contemplación que para él es, en cada uno de los objetos, el término y la meta de sus esfuerzos.

Ver que todas las sutilezas y todos los sistemas filosóficos que podemos concebir todavía tienen que convertirse en verdaderos; que no hay nada que haya sido ensamblado en vano, nada que haya sido pensado en vano: el mundo, una cámara de tortura de los pensadores.

En el reconocimiento está el único sosiego del espíritu. La fe en la transmigración de las almas es lo que da el mayor número posible de elementos de reconocimiento, y, por muy humillantes que puedan ser muchos de ellos, los hay todavía más que son tranquilizadores.

¡Qué jerarquía tan sorprendente la que hay entre los animales!. El hombre los ve como habiéndoles robado sus propiedades.

Las formas de fe del ser humano se componen de círculos o de líneas rectas. Progreso, dicen los fríos, los atrevidos y quieren que las cosas sean como flechas (a la muerte escapan asesinando); vuelta a lo de antes, dicen los tiernos, los tenaces, y se cargan de culpas (a la muerte, de tanto repetirla, la hacen aburrida). Luego, en la espiral, el hombre busca fundir ambas cosas en una y, con ello, adopta las dos actitudes en relación con la muerte: la actitud asesina y la repetitiva. De este modo, la muerte es mil veces más fuerte que nunca, y si alguien se opone a ella como a esta realidad única e irrepetible que ella es realmente, sobre éste caen los otros con flechas, círculos y espirales.

Sólo los que han muerto se han perdido completamente los unos a los otros.

Mi odio a la muerte presupone una conciencia incesante de ella; me maravilla que pueda vivir así.

Se dice que para muchos la muerte llega como una liberación, y es difícil encontrar a un hombre que no la haya deseado alguna vez. Ella es el símbolo supremo del fracaso: quien fracasa en lo grande se consuela pensando que todavía puede fracasar más y alarga la mano para coger aquel terrible manto oscuro que lo cubre todo de un modo uniforme. En cambio, si la muerte no existiera, sería imposible que alguien fracasara realmente en algo; probando una y otra vez podría reparar flaquezas, deficiencias y faltas. Lo ilimitado del tiempo le daría a uno un coraje ilimitado. Desde muy pronto nos inculcan la idea de que todo se acaba, aquí, por lo menos, en este mundo que conocemos. Angostura y fronteras por todas partes, y pronto una última angostura, penosa y sucia; el ensancharla no depende de uno. A esta angostura miramos todos; sea lo que fuere lo que pueda haber detrás, es inevitable; todo el mundo tiene que agacharse, da igual cuáles sean sus propósitos y sus méritos. Un alma puede ser tan grande como quiera: llega un momento, que ella misma no determina, en que la apretarán hasta asfixiarla. Quién determina este momento es cuestión de la opinión que, por casualidad, impere entonces, no es cosa de cada alma. La esclavitud de la muerte es el meollo de toda esclavitud, y si esta esclavitud no fuera reconocida nadie podría desearla para sí mismo.

En un hombre muy personal, lo impersonal se convierte en lo más atractivo, como si, dado que existen tantas cosas, hubiera recogido el mundo entero y se hubiera olvidado de sí mismo.

La belleza de las figuras de los vasos griegos radica también en el hecho de que miden y recogen un espacio vacío y lleno de misterio. La oscuridad de dentro da luz y claridad a los corros que fuera forman estas figuras. Son como las horas para el tiempo, pero ricas, distintas y articuladas. Mientras las contemplamos no podemos olvidar la oquedad que enmarcan. Las escenas que ellas representan adquieren la hondura de esta oquedad. Cada vaso es un templo con su tabernáculo, uno y virginal, del que jamás se habla pero que está contenido ya en su solo nombre y en su sola forma. Cuando más hermosas son las figuras es cuando representan una danza.

El Zeus al revés: uno que se transforma en una docena de figuras para impedirle a su mujer su amor.

Si el infierno de los sentimientos tuviera por lo menos su orden; si por lo menos estuvieran fijados los castigos y los sitios; si después de una cosa ocurriera otra; si a tal acción correspondiera tal castigo. Pero en el infierno de los sentimientos todo es indeterminado; el infierno no tiene fronteras, sus sendas son sólo aparentes; todo se encuentra en un incesante cambio, en todas las dimensiones; y, sin embargo, no es un caos, es un infierno, lleno de figuras, en el que continuamente están entrando otras nuevas y del que jamás se deja salir a ninguna de las viejas.

Qué absurdo es el camino que va de los muchos dioses al Dios único. No se llevan bien unos con otros; en lugar de intentarlo una y otra vez, como hacen los hombres, desisten y se reducen a uno; este sí se lleva bien consigo mismo.

Una y otra vez mis pensamientos se dirigen a la fe. Siento de qué modo la fe es el todo y qué poco sé yo de ella. Es la fe en sí misma y no su contenido concreto lo que me preocupa. Pero cuando, de un modo intenso y violento, siento que no me he acercado a ella, al enigma central de mi vida, al gran enigma de la solución de mi vida, entonces recurro a una fe determinada y juego con ella; imposible decir cómo esta fe me da alegría y seguridad y cómo confío en una futura solución de mi enigma.

El verdadero Quijote, un loco insuperable, sería un Quijote que, con palabras, con meras palabras, luchara contra el placer de una mujer. El placer lo encuentra ella en otros. El loco, que antes la amó y que no puede conformarse con la nueva manera de ser de ella, decide combatir con palabras. Está demasiado orgulloso de cogerla por el único sitio por donde se la puede coger realmente y de ofrecerle un placer mayor. Lo que quiere darle lo hace fluir en las palabras que encuentra para ella. Ella aprende pronto a nadar en este océano; en él se encuentra a gusto, es una criatura en su elemento; pero nada le disuade de buscar aventuras en las cuevas de la orilla. El la seduce para que se adentre más en el océano; ella nada siempre hacia la costa y luego vuelve a él. El ensancha el mar; ella inventa islas. El inunda las islas; ella aprende a sumergirse en el agua y se instala un lecho de amor en el fondo del mar. La pasión le convierte a él en Poseidón; agita las aguas y destruye el lecho. Ella encuentra peces con los que es posible hacer el amor y, con astucia, convence a sus amados para que se dejen tragar junto a ella. Entonces el loco decide poner a secar el mar de palabras. No hace ningún mar; se calla; las aguas se escapan; la mujer muere de sed; el último de los amados desaparece; la mujer muere de sed sola.

Sin palabras siempre hubiera él podido hacerlo todo.

Imaginar lo que los animales encontrarían loable en nosotros.

No hay nada más desagradable que los instintos. La amable veneración con la que unos hombres miran los instintos de los otros, los guardan, los cuidan y los admiran desde el fondo de su corazón hace pensar en la lealtad de una asociación de criminales. Es humano todo aquello que la mayoría de la gente hace a gusto la mayoría de las veces; y los pocos que quedan, que, de vez en cuando, son diferentes, éstos son seres inhumanos. Se teme o se desprecia a los que quieren ser mejores, porque de qué otra cosa podría surgir su conducta si no fuera de algo que les falta. En cambio, los que siempre están abriendo la boca con avidez o los que la tienen llena, éstos son los buenos. Ah, qué asco le da a uno esta reconocida igualdad de los instintos. Ellos son la causa y la meta; contra ellos no hay nada que valga, porque ellos son lo fuerte. ¿No era mejor cuando el hombre se avergonzaba de ellos? ¿No era mejor que el hombre disimulara en vez de alzarse abiertamente con su bajeza? Hoy a los instintos se les reconoce como si fueran dioses; el que intenta defenderse de ellos es un sacrílego; el que los llama por su nombre, éste ha hecho algo importante; el que quiere más que ellos, éste es un loco. A mí me gusta ser un loco.

Voy a tener siempre pocos hombres, así nunca tendré que consolarme de su pérdida. jamás hubiera conocido realmente el poder si no lo hubiera ejercido y si yo mismo no hubiera sido víctima del ejercicio del poder. Así, mi familiaridad con el poder es triple: lo he observado, lo he ejercido, lo he sufrido.

Justo ahora – en extraños relatos y abstrusos libros los dioses de los pueblos, que permanecieron ignorados unos de otros, entran en relación unos con otros.

Tal vez en la soledad todo sería soportable. Pero hablamos desde ella y los demás nos oyen. Si no nos oyen, hablamos más alto. Si siguen sin oírnos, gritamos. De esta manera la soledad es más bien estar con uno mismo vociferando.

Los cuadros como los positivos de las ventanas por entre las que deambulamos y vivimos. Una vuelta por las calles, y quizá hemos pasado por delante de mil ventanas. En cada una de ellas había algo que esperar y apenas si en alguna hemos visto algo. En perfiles claros, recortan un fragmento de esperanza, y en nuestro camino nos lo llevamos sin haberlos llenado. Pero en las salas de exposiciones aparecen todos de repente, los contenidos de todas las ventanas, lo que se ve mirando hacia afuera y lo que se ve mirando hacia dentro; y es curioso lo auténtico, verdadero y exacto que nos parecen entonces las escenas de habitaciones que sin duda hubiéramos visto, baldosas, mesas, sillas y hombres que están allí sentados tranquilamente haciendo algo.

El harto. Se harta antes de estar hambriento. Le da miedo pasar hambre. Le han contado historias de hombres hambrientos que le han llenado de profundo pavor. Cuando pasa por delante de hombres andrajosos, macilentos, se dirige rápidamente al restaurante caro más cercano – tal es el miedo que le entra – y allí calma sus temblorosos intestinos. Tiene una gran capacidad de compartir los sentimientos de los demás y en todo ser hambriento se ve a sí mismo. Esta capacidad suya es superior a la de la mayoría de la gente, de ahí que no pueda soportar ver a un hambriento. En general evita estas estampas de miseria, pero hay épocas en las que está tan harto que pierde la brújula y entonces tiene que ir a buscar a un hambriento en algún sitio. La idea de que haya gente con el intestino vacío le da asco. No comprende cómo puede haber hambrientos. Una conversación en la cual alguien intente explicarle los motivos por los cuales hay hambrientos termina con una comilona. Pero él tiene argumentos también ¿Por qué – se pregunta – no roban los hambrientos? ¿Por qué no se venden? ¿Por qué no falsifican cheques? ¿Por qué no asesinan? El lo haría todo por no sentir hambre, y no digamos por no estar hambriento un día entero. Sus interminables banquetes los justifica diciendo que él en caso de hambre no podría responder de sí mismo.

A los que aman los encuentra ridículos. Se burla de los que se reparten lo último que les queda. «Lo último que queda» es para él el pensamiento más terrible de todos. Cuando oye decir a alguien «el último trozo de pan», se pone a llorar irremediablemente. En sus sueños ve por las ventanas a gente comiendo. Conoce las casas por sus cocinas. Cuando va por la calle conoce dónde se encuentra la cocina en cada casa, y ¡ay de la casa que le engaña! A la gente le gusta invitarle, porque su manera de comer no se olvida. Quiere terminar su vida sin haber sentido nunca hambre; a esta alta meta lo subordina él todo. Si no tuviera dinero, lo que hace en la vida sería admirable, pero es casi seguro que tiene mucho dinero. Alguna vez invita a comer a un hambriento y le explica por qué no debe volver a tener hambre nunca más. Consigue explicar todos los males del mundo a partir del hambre. Se tiene por un hombre bueno y ejemplar. Las mesas no hay que vaciarlas nunca del todo. Conforme van desapareciendo las viandas hay que ir sirviendo otras; se procura que esté todo siempre en la más espléndida abundancia. A los hambrientos los necesita, pero a los que aman los odia. Les tendría respeto si emplearan su amor para asarse unos a otros. Pero ¿cuándo ha ocurrido esto?

El harto tiene una familia que te incita a comer y a deslindar las distintas partes de sus comidas. Cada uno se hace cargo de aquello que le corresponde, y en torno a la mesa, junto a las viandas destinadas a todos, hay pequeños pucheros y cacerolas, a modo de especias separadas, como si fueran objetos de asco. La servidumbre cambia según las comidas. Cuando aparecen unos criados determinados, con una librea determinada, él ya sabe lo qué hay para comer hoy y puede poco a poco, no de un modo repentino, irse regocijando. Hasta a veces va de compras, Las tiendas son sus burdeles; pasa mucho rato escogiendo; cuanto más grande es una tienda, menos compra en ella. Lo que más le gustaría sería poder comprar cada uno de los ingredientes de sus banquetes en una tienda especial, unos grandes almacenes de muchos pisos y con mucha gente. Habla mucho al escoger lo que va a comprar, pero todavía le gusta más que le hablen. Le gusta que le convenzan de determinadas maravillas; quiere que le traten con una amabilidad muy especial, con solicitud y amor, y en este asunto es fácil entrar subrepticiamente en su corazón. Los que le quieren le guardan bocados especialmente sabrosos. El harto no es ni hombre ni mujer. Según su humor y según le convenga, utiliza las propiedades de este o de aquel sexo. Los alimentos los besa de distintas maneras; los olores los inhala. «Déme esta o aquella silla», dice según la comida que en aquel momento le está apeteciendo. Hay comidas para las que se mete en cama, otras las toma paseando arriba y abajo. En algunos restaurantes se pone junto a la ventana y, mientras come, va observando a los que pasan, como si a través de sus ojos le entraran en el estómago. Entiende de los distintos estamentos y pueblos que hay en el mundo; de ellos han salido platos especiales; en este campo no se le escapa nada auténtico, pero prefiere legaciones de estas ciudades o de estos pueblos; no le gusta nada viajar. Desde su juventud tiene cierta inclinación por los monasterios, porque según él los monjes son muy voraces. En guerra se disgrega en varias personas y sabe apropiarse de sus raciones. Le gusta invitar a gente que traen algo. Pero a él también le gusta que le inviten. Quiere conocer siempre a gente distinta, por amor a sus cocinas. Los olores son su gloria celestial. Se enamora de un hombre delgado que coma tanto como él, por lo menos, y que, sin embargo, no engorde. Todo lo que no ha comido le preocupa: no quita la vista de los niños pequeños. Cuando berrean se los imagina en el asador, y odia a sus madres porque los cuidan.

Para el harto, los perfiles de los hombres son distintos. Una serpiente pitón hinchada de tanto comer le llena de envidia. Lamenta que sus tejidos no den más de sí y que no pueda tragar diez veces lo que pesa, que su forma, en líneas generales, siga siendo la misma y que engorde sólo poco a poco, a lo largo de semanas y meses, y no en una hora; que, de un modo tan rápido, suelte una buena parte de su peso en lugar de guardarla y cuidarla semanas y semanas. Le gusta estar entre gente que come. Luego sueña que les quita de la boca los mejores bocados y que, con argumentos astutos, les convence de que no hagan lo mismo con él. Tiene perros, porque le gustan sus dientes, y no se cansa de mirar como rompen los huesos y sacan todo lo que hay dentro. Quiere saber qué se come en el otro mundo y orienta su fe según este criterio. Lo que se dice sobre esta cuestión no es muy prometedor, de ahí que su interés por el más allá sea mínimo. Tampoco tiene simpatía alguna por las píldoras del futuro, y se considera feliz de vivir en esta época. Le preguntan si no le molesta el hambre que padecen tantos millones de hombres después de la segunda guerra mundial. Piensa un momento y luego dice con toda sinceridad: «No». Porque cuanta más gente haya que pasa hambre tanto más confirmado se siente en lo acertado de la orientación que ha dado a su vida. Desprecia a aquellos que, a pesar de todo lo que haya ocurrido, no han conseguido seguir comiendo.

Uno ama como autoconocimiento aquello que odia como acusación.

La brevedad de la vida nos hace malos. Ahora habría que probar si una posible vida más larga no nos haría igualmente malos. Tendríamos que encontrar el sistema de nuestras contradicciones, y al mismo tiempo tranquilizarnos. Viendo los barrotes de la reja habríamos conseguido ver el cielo que hay entre uno y otro.

Terrible insistencia, aferrarse a los hombres, cosas, recuerdos, costumbres, viejas metas; terrible carga a la que se están añadiendo continuamente cargas nuevas, sapo de la gravedad. Malignidad de la posesión, delirio de la fidelidad; un poco menos de todo esto; oh, un poco menos de todo esto y uno no pensaría, y uno sería bueno. Pero no cejamos, jamás soltamos nada; un dedo tras otro deberían quitarle a uno; una muela tras otra de lo absurdo que quisiéramos amar para siempre.

Todo el mundo tendría que llegar a su ascesis fundamental: la mía sería la del silencio.

La curación del celoso.

De todas las empresas difíciles de este mundo, ninguna tan difícil como la curación del celoso. Sin haber meditado antes con detenimiento sobre lo que son los celos, es difícil que podamos curarlos. Son un encogimiento de los pensamientos y del aire, como si tuviéramos que vivir en una habitación pequeña de la que no hay salida posible. De vez en cuando se abre una ventana; ella, el objeto de los celos, mira rápidamente hacia dentro, desaparece y la vuelve a cerrar. Mientras ella está deambulando libremente y a su antojo, nosotros estamos encerrados y no podemos ir a ninguna parte. Los celos surgen porque uno no puede ir a ninguna parte. Los caminos que tendríamos que recorrer con ella no han sido recorridos. De ahí que haya tantos caminos sin protección alguna; no estuvimos en ellos; son libres; allí cualquiera puede permitírselo todo. El que ha sucumbido a tantos caminos parece como hecho ex profeso para la pasión de los celos. ¿Cómo es posible estar en todas partes junto a todos los humores, junto a todos los pasos?; habría que ser un satélite, un perro verdaderamente; los perros son los que mejor lo hacen; lo único que quieren es andar siempre por los caminos de su amo. Pero a un hombre no le resulta fácil ser el perro de una mujer. Si consiente en serlo, sólo un poco, entonces ya no es él mismo; y con pequeños remedios no se le ayuda. Ahora bien, hay infelices a quienes les gusta estar en casa, entre libros y partituras; para éstos, cuya existencia se devana de un modo tranquilo, una mujer no resulta adecuada en absoluto. Porque si la tienen a su lado, una vida en silencio no es nada; si la tienen lejos, pronto acaban no sabiendo lo que hace. Los hombres que se encierran a sí mismos se ven obligados a encerrar todavía más a sus mujeres. La mujer que está encerrada lejos tiene un largo camino, y siempre llega el momento en que este camino adquiere vida. El aire tiene sus tentaciones y toma la forma de palabras de hombre.

Después de cada invitación a recorrer con él un camino a la que el hombre no corresponde, viene otro camino que ella recorre con otro hombre, y, aunque ella se harta de estos nuevos caminos, éstos son el comienzo de una nueva vida a la que ya nadie va a ser capaz de poner coto. El sitio en el que uno se encierra a sí mismo debe ser secreto para la mujer de la que uno quiere protegerse, pues si se la deja entrar, entra con sus vacilaciones y lo destruye. Pero si no se la deja entrar, no puede imaginarse en absoluto cómo es este sitio y se busca otros. La víctima de los celos lo tiene difícil en los tiempos modernos. El hombre puede llamar por teléfono y constatar en cualquier momento la culpa de la mujer ausente de modo que no quepa lugar a dudas; ni siquiera puede abrigar la esperanza de que se equivoca. Su desdicha está siempre clara, no hay escapatoria, no hay consuelo.

¿Le sirve de algo al celoso amar a muchas mujeres?, ¿repartir su amor? No, no le sirve de nada, porque su amor, si lo es, será siempre un gran amor. Una de dos: o las personas a las que él «ama» le resultan indiferentes, es decir, para él no existen realmente – y entonces le va a ser indiferente lo que hagan -; o bien ama, es decir, acepta a las personas plenamente, las toma en sí mismo: entonces, por muchas que ellas sean, cada una es un ser humano completo, y cada una, dentro de su ámbito, puede llegar a turbar al amante hasta la muerte.

Este repartiese sólo es útil en un caso: si le quita a uno la seriedad del sentimiento. Pero para esto no vale la pena vivir. Entonces, mejor estar solo, vivir del todo para uno mismo, adorar ardientemente a un dios que jamás podrá ser aprehendido. La pluralidad de seres humanos es únicamente una pluralidad de ocasiones para los celos ¿Servirá quizá de algo amas de un modo distinto? Sin la decisión sobre la vida y la muerte, sin la responsabilidad, sin el miedo por la vida del otro, que a cada momento está amenazada. Los celos donde peores son es en el corazón del hombre responsable cuyo miedo está siempre despierto; y hombres como éstos son habitualmente los que se encierran; el miedo no les deja nunca en paz. Si no hubiera muerte, hasta los celos serían soportables. Porque sabríamos que la persona que perdemos está en alguna parte y que quizás volveríamos a encontrarla, quizá vendría corriendo hacia nosotros. Pero la muerte puede querer que las cosas ocurran de otra manera. La criatura a la que uno quiere puede acabarse inmediatamente después de haberla perdido de vista; y una vez ha muerto, ¿quién la vuelve a traer? ¿Y no habríamos podido evitar quizás esta muerte que no nos fue dado vigilar? ¿Qué amor hay que sea tan breve que no piense en la muerte?; ¿qué amor hay que sea tan breve que no se proponga vencer a la muerte?

Sin muerte podríamos pensar en una manera de curar al celoso, pero esto son reflexiones ociosas. Es necesario encontrar un camino en esta vida limitada.

El aferrarse a los hombres del pasado no consigue otra cosa que hacer a éstos más astutos, convertirlos en seres mezquinos y vulgares. Para librarse de uno, aprenden a despreciar las grandes palabras, que, en realidad, sólo son grandes porque se las emplea para todos los hombres y no para cada uno de ellos. Los hombres del pasado están tan seguros de su puesto que éste les aburre. De ahí que se marchen sin más y, en su lugar, le dejen a uno espantapájaros, monigotes que tienen justo la vida necesaria para vigilarle a uno y para tenerle en sus manos. El que realmente ama – esto lo han averiguado pronto los hombres del pasado – está pendiente de la manifestación sensible de la forma amada. A éste, el viento puede darle la ilusión de movimiento y de sonidos, y él, en vez de penetrar con la mirada los andrajos del espantapájaros, se limitará a lamentarse de ellos.

No es el rostro hermoso lo que uno ama, es el rostro que uno ha destruido.

En la desconfianza, lo más siniestro es su justificación. En la vida real hay una justificación para la desconfianza, una justificación que es terrible y que, en el fondo, constituye las tres cuartas partes de la habitual sabiduría de la vida. Pensemos sólo en la institución del dinero. ¡Cómo confiamos en el dinero y con qué fanática desconfianza tenemos que protegerlo! ¡De qué modo tan evidente estamos convencidos de que todo el mundo nos lo va a quitar! ¡Cómo lo escondemos!, ¡cómo lo repartimos para asegurarlo mejor! El dinero sólo es una continua educación para la desconfianza, una educación imposible de extirpar. Las formas antiguas de la desconfianza llaman más la atención, y cuando hablamos de desconfianza pensamos sólo en ellas. Pero todo el mundo tiene que tener trato con el dinero; tanto si tiene mucho como si tiene poco, todo el mundo lo guarda, todo el mundo se lo distribuye en partes, todo el mundo lo oculta. No se puede comprar nada sin conocer el precio, y con qué estúpida obstinación está el hombre pendiente de precios. No habría precios si no hubiera desconfianza; los precios son justamente su medida.

Un adorado que, doquiera que vaya, lleva siempre consigo sus templetes.

A los inmortales tiene que permitírseles envejecer, de lo contrario jamás pueden ser realmente felices. Cada uno debe poder quedarse en la edad que le guste.

El destino de los humanos se simplifica con los nombres que estos reciben.

A veces, cuando ya no podemos resistir más el sentimiento de nuestra maldad, de nuestro mal talante, de la influencia negativa que ejerce nuestra persona, nos decimos que ya no hay nada que pueda justificarnos; y sin conocer a un Dios ante el cual tuviéramos que justificarnos, nos sentimos condenados; más condenados que si tuviéramos a este Dios; porque su sentencia estaría hecha de palabras; la nuestra, en cambio, no tiene forma, no es más que una leve lluvia de desesperación; jamás se acabarán sus gotas.

Los golpes ya no son nada excesivamente serio; los conocemos; no hay nada en ellos que merezca nuestro asombro; son simplemente una regla que se interrumpe muchas veces. Quizá, cuando llegan, uno se agacha, por una antigua costumbre, pero, en realidad, uno nos les teme. ¿Es la vejez y el fin del hombre el que éste ya no tome en serio el dolor?

Me gusta leer todo lo que tiene que ver con la Roma de la época imperial. Esta Roma fue como una ciudad moderna; se sabe mucho de ella; no está demasiado lejos de nosotros. La familiaridad con un nombre que hoy todavía está vigente y que, igual que antes, vuelve a tener vida, hace vivir en nosotros el sentimiento de aquellos tiempos antiguos. Sin duda, la indumentaria que llevaban los hombres de aquel tiempo me molesta; no me gusta pensar en ella; es lo único que a veces me la hace extraña. En cambio, las palabras de este pueblo, las relaciones entre sus gentes, sus actividades y sus juegos me parecen una creación literaria que está pensada para explicarnos a nosotros mismos y para llenarnos de esperanza. El mundo religioso de este pueblo tiene algo de nuestra moderna libertad; el sistema de partidos, del que nosotros podríamos avergonzarnos, es allí todavía más mecánico y por esto resulta instructivo. Las naciones que están más allá de sus fronteras, todavía no se han amontonado demasiado; allí se da algo así como un campo de juego, algo de lo que nosotros carecemos totalmente. Al ocuparnos del Imperio Romano, ni por un momento ignoramos el hecho de que terminara sucumbiendo: sin embargo Roma existe. De esta forma nos consolamos de peligros, mucho más graves, del ocaso que hoy en día nos amenaza, como si éste pudiera ser también un ocaso pasajero; como si para nosotros se tratara también de enemigos bárbaros que quieren desvalijarnos de objetos concretos y palpables; como si lo que estuviera en juego no fuera la descomposición de todos y cada uno de los pequeños corpúsculos de los que está hecho cada uno de nosotros.

Vivir de tal manera como si tuviéramos ante nosotros un tiempo ilimitado. Citas con seres humanos a cien años vista.

1947

Cualquier página de cualquier filosofía, da igual por donde abras el libro, nos tranquiliza: la espesa trama de una malla que fue tejida de un modo tan declaradamente al margen de la realidad; este apartar la vista del momento; este desprecio olímpico del mundo sentimental – un mundo que tampoco en los filósofos deja de tener sus marcas -; esta seguridad en una apariencia que adquiere su transparencia total en la apariencia contraria y que no por ello deja de existir; esta incesante imbricación con todos los pensamientos del pasado, de tal manera que uno que se mete en ello pensará: este tipo de esteras – exactamente este tipo – se están tejiendo desde hace varios milenios, y lo único que cambia es la muestra; ¿qué trabajo de artesanía hay que se haya conservado mejor?, ¿qué clase de alfarería se ha practicado nunca de un modo tan ininterrumpido, exactamente de la misma manera? Sea cual sea la filosofía con la que uno se ocupa; sea ésta porque es mejor o aquélla porque uno no la conoce en absoluto, en el fondo siempre es lo mismo: destacar unas pocas – contadas – palabras que se han empapado de las savias de todas las demás, y el curso minucioso que han seguido estas palabras.

Una orden según la cual el avaro debería pagarlo todo al doble de su precio.

A la avaricia se la ve como una enfermedad moral; a los que están afectados por ella se los declara oficialmente avaros y tienen que llevar un distintivo. En vez de distinguirlos por su origen, a los hombres se les distingue por sus cualidades sociales. La estrella de David de la avaricia hay que llevarla siempre puesta. Los avaros van por la calle con ella; a esto se acostumbran, a lo que no se acostumbran es al trato que reciben en las tiendas. Cuando entran el dueño debe conocer su avaricia de un modo inequívoco. Tienen que ver cómo, por el mismo artículo, los clientes que están a su lado pagan sólo la mitad de precio. No pueden refunfuñar; si lo hacen, por ley, deben pagar un suplemento. Estas rigurosas medidas contra la avaricia tienen los más peregrinos efectos. Muchos avaros se esfuerzan por convertirse en derrochadores y, sobre todo, por demostrarlo. Sus esfuerzos adquieren un carácter atlético. Cuando tiran su dinero parece como si levantasen grandes pesas de hierro que van a tirar a la cabeza de los demás. A otros, el aumento de los precios les provoca tal desesperación, que su avaricia parece estar cada vez más justificada y cada día compran menos. Estos acaban pronto deambulando como almas en pena; están en lugar de los pobres, pero son unos pobres a los que se desprecia con razón.

Una religión en la que el pecador tiene que fijar él mismo la penitencia, si no ésta no tiene efecto.

El ataque de ira del ladrón al que se lo regalan todo.

Para mí los mitos significan más que las palabras, y ésta es la diferencia fundamental que me distingue de Joyce. Pero además, yo tengo otro tipo de respeto por las palabras. Su integridad, para mí es casi sagrada. Me repugna cortarla en trozos; e incluso sus formas antiguas, aquellas que realmente fueron usadas, fluyen en mí de un modo tímido y medroso; no me gusta librarme a impías aventuras con ellas. Lo terrible que está contenido en las palabras, su corazón, no quiero arrancarlo como hacen los sacerdotes mejicanos al celebrar sacrificios; estas maneras sanguinarias me resultan odiosas. La palabra debe plasmarse sólo en personajes, debe relacionarse sólo con ellos, jamás con otras palabras. Las palabras solas, sin boca que las haya pronunciado tienen para mí algo de vertiginoso. Como escritor, vivo todavía en la época anterior a la escritura, en la época del grito.

En las lenguas extranjeras uno se ve a sí mismo mejor de lo que normalmente se ve; por eso es lo primero que aprendemos, y lo aprendemos muy deprisa, son sus insultos.

Cuando lleva tiempo sin leer, los agujeros del tamiz de su espíritu se hacen más grandes y todo pasa por ellos; y todo, incluso lo más grueso, parece que no exista. A él, la lectura le sirve para que la vida no se le escape, y si no lee nada, no vive.

Todas las expresiones despectivas que encuentro sobre la condición de poeta me satisfacen; por breves que sean como la de Pascal «Poéte et non honnete homme». Sé muy bien hasta qué punto este juicio es unilateral e injusto; lo es ya en Platón; pero algo en mí dice: «vaya, vaya, demonio de poeta…». Probablemente son las ansias de agradar, las ansias de gloria, la jactancia del poeta, lo que a mí me provoca este malestar; sin embargo, no rechazo en absoluto la gran cantidad de sus posibilidades de transformación. Una buena parte de los poetas que he conocido personalmente hasta ahora me han desagradado, por este o por aquel motivo; con todo, esto se podría explicar diciendo que a lo mejor a uno le gustaría ser el único. Sin embargo, lo que leo sobre poetas anteriores a mí casi nunca me disgusta; pueden ser miles de cosas distintas las que leo, pero siempre me conmueven; incluso Baudelaire, cuya forma de vida tiene poco atractivo, se ha convertido para mí en un ser querido desde que sé más de él. Incluso los tanteos e inseguridades del poeta con todo lo concreto tienen para mí algo de seductor. Pero lo que me conquista totalmente es la riqueza y abundancia de las fantasías que forjan con todo lo que les sucede. En relación con lo que les afecta, piensan casi siempre de un modo equivocado, sólo para poder pensar multitud de cosas distintas. ¿Dónde está en eso su gran belleza, su gran poder de fascinación ¿En la gran profusión de ilusiones o en lo equivocado de éstas? Me resulta difícil decidir. Pero lo que sé es que lo más penoso de los hombres «normales», de los hombres corrientes que encontramos todos los días, es el modo cómo, de una hora a otra, todo se va acoplando; a corta distancia, todo madura: suben al tranvía y llegan a su meta. Están empleados en una oficina y llegan realmente a su oficina. Las cosas tienen su precio y ellos lo conocen. Les gusta una mujer y se casan con ella. Tienen una calle determinada, pero para llegar a algún sitio; no como nosotros, que sólo amamos las calles que no nos han llevado a ninguna parte. Si los poetas sólo fueran «extraviados» no habría nada que decir contra ellos. Pero luego, el hecho de que estos extravíos tengan algo claramente admirado por la gente les quita a éstos la gravedad que con tanta propiedad les correspondería. Los poetas que mueren jóvenes no tienen todavía bastante experiencia en el arte de hacerse la rueda, de ahí que, lo que se sabe de ellos, sea digno de ser amado. Los otros, que se elevan hasta verse a sí mismos a vista de pájaro, van siendo cada año que pasa más repulsivos y detestables. A uno le gustaría arrancarles de la cabeza el producto de artesanía del que están tan ufanos, y de su vida los años superfluos.

A todo el mundo le han encargado velar por varias vidas y ¡ay del que no encuentra aquellas por las que tiene que velar! ¡Ay del que no sabe velar las que ha encontrado!

Oh noche, y dos luces, cuatro luces, ocho, hasta que cada una ha llevado a la otra a pensar.

Estas sintiendo siempre la muerte sin compartir ninguna de las religiones del consuelo; ¡qué proeza, qué terrible proeza!

Incluso en el caso de que hoy en día fuera ya fisiológicamente posible no morir, pudiera ser que nadie tuviera la fuerza moral para evitar su propia muerte; y esto sólo por el hecho de que hay demasiados muertos.

Libertad es todo nuevo rostro, mientras todavía no le han permitido hablarte. Libertad es cualquiera que está ante ti y que no te conoce. Libertad es el marco lleno de gente que todavía no se cierra y en el que no te asfixias. Eres libre mientras no entras en la cuenta de los otros. Eres libre allí donde no te aman. El vehículo fundamental de la falta de libertad es tu nombre. El que no lo sabe no tiene poder sobre ti. Pero muchos van a saberlo, cada vez más: mantenerte libre frente a la unión de todos estos poderes es la meta, apenas alcanzable, de tu vida.

¿Ser mejor? Aun en el caso de que uno lo consiga, en situación distinta volvería a ser como antes; de ahí que no sea verdad que ahora uno sea mejor, sólo es más astuto.

Dios sería, si hubiera Dios, el ser sin miedo: que actúa sin miedo; descansa sin miedo; crea y manda sin miedo; castiga y premia sin miedo; promete sin miedo; olvida sin miedo. Este sería Dios, éste sería un Dios inmenso, fuerte. Los otros, los pretendidos, se retuercen y sucumben al miedo. ¿Qué ventaja nos llevan?

La nostalgia que Dios tiene del mundo tal como fue antes de crearlo.

La muerte tiene una manera propia de entrar subrepticiamente en sus enemigos, de minar su voluntad de lucha, de desmoralizarlos: se presenta una y otra vez como la solución radical; recuerda que fuera de ella todavía no existe ninguna solución verdadera. El que vive con la mirada del odio fija en ella se acostumbra a ella como al único punto cero que existe. ¡Pero cómo crece este cero! ¡Cómo, de repente, confiamos en él porque ya no podemos confiar en ninguna otra cosa! Cómo nos decimos: esto es lo que nos queda cuando ya no queda nada. Ella derriba todo lo que está cerca de nosotros, y cuando ya no podemos más de dolor, dice ella sonriendo: no eres tan impotente como piensas; puedes derribarte a ti mismo también y a tu dolor contigo. La muerte nos prepara los dolores de los cuales ella luego nos puede librar. ¿Qué verdugo ha habido nunca que haya comprendido mejor su oficio?

Cuando leo algo sobre temas sagrados, me invade su recuerdo simplemente porque fueron sagrados; y mientras este recuerdo alienta en mí, estoy tranquilo. Oh, la paz que estas ideas deben haber tenido cuando no había quien las pusiera en duda; manzanas enteras, doradas, redondas y de penetrante aroma. Ando en pos de todas las cosas sagradas que hay y se me parte el corazón, porque se han ido para no volver. No encuentro nada más para después; he llamado a la muerte; la he mandado venir desnuda; ay del que ha mandado venir desnuda a la muerte. Las cosas sagradas eran sus vestiduras; mientras estuvo vestida, hasta los hombres, estos eternos asesinos, pudieron vivir tranquilos, y nada les hubiera ocurrido si no le hubieran arrancado estas vestiduras; estos saqueadores, estos bandidos no se habían hartado aún de asesinar. Yo mismo fui uno de los peores. Quise ser osado; por eso dije: «muerte, muerte y nada más» ¿Qué es la osadía? y ¡cuánto más grande no fue la precaución! Pero ahora hemos adquirido poder, por esto la hemos traído a rastras, hemos sacado a la muerte de todos los escondrijos, no hay ninguno que no conozcamos. Despreciamos el infierno; pero ¿no estaba, por lo menos, después de la muerte? ¿Qué dolor no sería mejor que nada? Osadía, oh estúpida osadía, de este modo hemos caído en las cuchillas de tu vanidad; nada, no hay nada, que no haya sido hecho trizas; y ya no hay moribundo que sepa a dónde se va.

Un Dios que mantiene en secreto su creación. «Resulta que no estaba bien».

Los pensamientos que más me desagradan son aquellos que se revelan como verdaderos, demasiado pronto. ¿Qué es lo que uno habrá dicho si al cabo de dos años se ha visto ya que tenía razón?

Las palabras que uno no encuentra cuando está ante un grupo de personas, llegan más tarde cuando uno se ha ausentado. Provienen del estado de desconcierto al que le ha llevado a uno la presencia del otro. Si no fuera por este estado no surgirían en absoluto, pero es propio de estas palabras el hecho de que no puedan aparecer de un modo inmediato. Creo que son estas palabras vehementes pero retrasadas las que constituyen la esencia del poeta.

Los gritos habran pasado; pero estoy oyendo todavía el silencio de los ahorcados.

Representar a un hombre en el que todo pasa enseguida, todas las impresiones, todas las vivencias, todas las situaciones. Un hombre en el que nada permanece. En él, el hoy, el ayer y el mañana no están unidos por nada. Le ha ocurrido todo, no le ha ocurrido nada. Su frescor. Su mortalidad llevada al extremo, hasta el punto que ni siquiera significa nada. Conoce a todo el mundo y no puede acordarse de nadie. Vive en un mundo sin hombres. No tiene miedo, pero nadie le teme a él tampoco. Su edad y sexo no están claros para nadie. No tiene ni intenciones ni planes; uno tiene la impresión de que jamás va a cogerle. No puede llegar a ser molesto. Carece de toda religión. Los momentos de los que está hecho son imprevisibles. El que le busque le encontrará siempre en un sitio distinto.

Odio a la gente que construye sistemas rápidamente, y voy a procurar que el mío no se termine nunca del todo.

¡Dónde han estado las palabras! ¡En qué bocas! ¡En qué lenguas! ¿Quién va a reconocerlas aún, quién podrá reconocerlas después de estos paseos por los infiernos, después de estos terribles abismos? Dos clases de existencia tienen las palabras: cada una de ellas se ha quedado presa alguna vez en nosotros, completamente; pero en cada una de ellas, completamente estrujados estamos nosotros. Las muchas palabras y cada una de ellas doble, torturada y torturante, víctima y victimario, compacta y vacía.

¡Que todavía nadie haya oído las palabras verdaderas, las palabras por causa de las cuales se oye; que todos escuchen, escuchen y estén esperando estas auténticas palabras! Hasta que uno las haya oído, sus oídos se convertirán en alas, y los de los demás que le sigan.

Lo más sorprendente de la desconfianza es la desconfianza frente a lo que ha ocurrido, frente al hecho. Uno puede estar recelando de las malas cualidades morales de alguien que tiene cerca, de su traición, de su doble cara, de su perfidia, sin tener una prueba contra él. Puede, de repente, oír de su propia boca lo que se temía, como una confesión en sueños, por ejemplo, de forma que no haya ni sombra de duda. Puede que salga el nombre cariñoso del amado con el que la amada le engaña. Pero así que es seguro que le engaña, a uno ya no le parece verdad. Mientras faltaban pruebas, tenía que creerlo. Así que llegó la prueba ya no pudo creerlo. Es como si la fe no existiera más que para hacer verdadero algo; como si lo que ya se nos ha hecho verdadero, ya no nos interesara; como si dejáramos escapar el aire que tenemos en el puño en el momento en que este aire se nos ha convertido en piedra.

Uno que se va haciendo inmortal milímetro a milímetro.

En el miedo hay algo que quiere oír, a cualquier precio, oír de un modo desesperado. Todo lo que se oiga está bien, lo bueno, lo malo, lo evitado, lo temido. En los casos en los que el miedo es máximo, uno, sólo por oír, oiría una orden de asesinar.

En tiempo de guerra había que callar; la vergüenza y la desesperación parecían legítimas. La guerra ha terminado y hasta ahora no conoce uno las proporciones de su propia impotencia, una impotencia que antes atribuía a la violencia y al aislamiento.

Cuando uno conoce ya a muchas personas le parece casi un sacrilegio inventar algunas más todavía.

Lo tranquilizador de la Antigüedad: que ya no es ninguna amenaza para el hombre moderno. Sus amenazas hace tiempo que han sido revisadas; ya no le cortan el aliento a nadie. Somos un instrumento musical con el que la Antigüedad puede tocar siempre; nos conoce y nos tañe bien. Hemos sido pensados por ella, sin esfuerzo, uno de sus muchos azares. Nos desprecia y ya no tiene afán de dominio.

Los días del año como un juego de cartas: podemos sacar éste o aquél, guardárnoslos, jugarlos y volverlos a barajar. Ningún día es causa del siguiente; empiezan uno al lado del otro, de un modo arbitrario, cada vez de una manera distinta. Se repiten; no obstante, los conocemos en secuencias siempre distintas. ¡Cómo podríamos actuar de una manera cada vez más inteligente con nuestros días si fueran repetibles!; ¡de qué manera los entenderíamos!; ¡de qué manera nos acercaríamos a ellos de un modo válido en sus versiones cada vez distintas! Pero, en cambio, de esta forma, con nuestra costumbre de los días que van avanzando y no se repiten, no pasamos de ser sus tristes diletantes.

Kafka carece realmente de todas las vanidades propias del escritor; jamás se envanece; no puede envanecerse. Se ve pequeño y anda a pasitos. Dondequiera que ponga el pie nota la inseguridad del suelo. Este no le sostiene a uno; mientras estamos con Kafka no hay nada que nos sostenga. De este modo renuncia al engaño y a la ilusión de los escritores. El brillo de esta ilusión que Kafka conocía tan bien, ha desaparecido de sus palabras. Tenemos que seguir sus pasitos y nos volveremos modestos. No hay nada en la literatura de los últimos tiempos que nos haga tan modestos. Reduce la ampulosidad de toda la vida. Mientras lo leemos nos volvemos buenos, pero sin estar orgullosos de ello. Los sermones enorgullecen a aquellos a quienes conmueven. Kafka renuncia al sermón. No transmite los preceptos de su padre; una extraña porfía, el más grande de sus dones, le permite interrumpir el encadenamiento de preceptos que se van transmitiendo de padres a hijos. El escapa a su imperio; lo que este imperio tiene de energía externa, de bestialidad, revienta en él. Tanto más le preocupa, en cambio, el contenido de este imperio. Para él, los preceptos se convierten en preocupaciones. De todos los escritores, es el único a quien el poder no ha contaminado lo más mínimo; no hay poder alguno, sea cual fuere su forma, que él ejerza. Ha desnudado a Dios de los últimos restos de paternalismo. Lo que queda es una malla apretada e indestructible de preocupaciones que conciernen a la vida misma y no a las pretensiones de su creador. Los otros escritores imitan a Dios y adoptan aires de creador. Kafka, que nunca quiere ser Dios, tampoco es nunca un niño. Lo que algunos encuentran terrible de él y lo que a mí también me inquieta es su permanente condición de adulto. Piensa sin mandar, pero también sin jugar.

Que Dios no sea un creador: que ante todo sea una enorme resistencia; que proteja al mundo de nosotros; que poco a poco se vaya retirando; nosotros, los hombres, seríamos más poderosos hasta poder destruir el mundo, a nosotros y a El juntos.

Conferencia de un ciego.

Un pianista ciego que está casado con una cantante y a quien yo conozco desde hace tiempo dio ayer una conferencia sobre la ceguera. Insistió en lo satisfactorio que es para él su estado. Dijo que todo el mundo era más amable con él y con su mujer; que ahí estaba la razón de la seguridad, la confianza y la jovial alegría de los ciegos. Hablaba con una mesura y una modestia que me resultaban conocidas; se me ocurrió que lo que veía en él eran rasgos generales del hombre inglés. No miraba a la derecha, no miraba a la izquierda, no miraba su alrededor – si se pudiera decir esto de él -; sus objetivos concretos, sin embargo, los tenía tan claros que parecía un inglés vidente. No era curioso; no se daba importancia; luego no se dejó influir lo más mínimo por las interrupciones de su mujer. Su reconocimiento del mundo por el que tenía que regirse -el mundo de los videntes era tan práctico y tan natural como lo es el que tiene el inglés normal con su entorno. Continuamente estaba haciendo pequeñas inclinaciones de cabeza ante los demás y les pedía excusas por faltas que apenas lo eran. Insistía en lo a gusto que se encontraba con su independencia; era tan libre como cualquier otro; se ganaba honradamente la vida y era autosuficiente.

Me gustaría dar una pintura exacta y precisa de él y de su conferencia. Pero lo que quisiera anotar hoy son algunos rasgos curiosos de la vida de los ciegos que me resultaron nuevos. Decía que para él un fuerte viento era como para los otros la niebla. Que cuando hacía viento se sentía completamente perdido y desconcertado. Los ruidos violentos le llegaban de todas partes, se fundían en uno solo y ya no tenía idea de dónde estaba. Porque al andar confiaba normalmente en un sentido certero de la proximidad de los objetos. Notaba la proximidad de una pared como la de una mesa. Decía que inmediatamente antes de llegar a ellas se paraba y que no chocaba nunca. Que esta capacidad tenía que ver de algún modo con el oído, porque dejaba de funcionar cuando estaba resfriado y, a consecuencia de ello, su oído no andaba bien.

Decía también que aventajaba a los videntes en un placer. Podía oír varios diálogos a un tiempo y de ellos podía sacar lo que le gustaba. Los videntes, que dirigen la mira a las personas con las que están hablando, por esto mismo, pensaba, no están en situación de escuchar otros diálogos que tienen lugar junto a ellos o detrás de ellos.

El humor y el carácter de la gente lo conocía por la voz. En la escuela para ciegos -decía – habían hecho este juego: juzgaban a personas desconocidas por la voz y la manera de hablar, y lo que luego podían averiguar coincidía totalmente con el juicio que habían hecho de ellas.

Decía que para las mujeres ciegas la vida no era tan fácil como para los hombres. Un vidente raras veces se decidía a: casarse con una ciega; que esto acarreaba demasiadas complicaciones.

Los gestos, a los ciegos les resultaban difíciles. Para una obra de teatro en la que tuvo un papel fue necesario enseñarle de un modo artificial todos y cada uno de los movimientos. Era increíble qué torpe había estado en esta representación. Incluso en esto veía una ventaja para los ciegos. Ahorraban energía que los otros hombres malgastaban en gestos inútiles.

Decía que ser sordo es mucho peor que ser ciego. Los sordos, por así decirlo, son ciegos en todas las direcciones. Detrás, al lado, delante. En cambio, el ciego sólo es ciego en una dirección, porque, dejando aparte su ceguera, oye por todas partes.

De los colores, decía, no podía tener ninguna idea, pero le interesaba profundamente todo lo que tenía que ver con las artes plásticas y le gustaba oír hablar de este tema. Lo que veía interiormente no era ni claro ni oscuro, era una extraña cosa intermedia que difícilmente podía describir.

Si. nadie pudiera ver, incluso los ciegos estarían perdidos. Pero como todos serían ciegos, todos estarían perdidos. No está claro cuánto tiempo podrían arreglárselas los hombres con los recuerdos de la época en que veían, si, de repente, por un accidente, se volvieran todos ciegos. Deberían guardar y transmitir cuidadosamente un tesoro de experiencias. Este tesoro iría adquiriendo poco a poco el carácter de una revelación religiosa, igual como ocurre los que profesan una fe y cuentan los milagros en los que participaron los fundadores de aquélla. Cabría pensar que el recuerdo de videntes y de cosas vistas mantendría unidos durante muchos siglos a los ciegos. Sería curioso que, de repente, uno de ellos, uno solo, volviera a ver y les contara a los demás sobre la verdad de su antigua fe.

La pregunta central de todo ética: ¿hay que decirles a los hombres hasta qué punto son malos? ¿O bien hay que dejarlos ser malos en su inocencia? Para contestar a esta pregunta habría que decidir antes si el conocimiento de su maldad le dejaría abierta al hombre la posibilidad de mejorar, o bien si este conocimiento es justo el que hace inextirpable la maldad del hombre. Porque podría ser que, una vez se le hubiera aislado y designado como tal, lo malo no pudiera hacer otra cosa que seguir siendo malo; en este caso es posible que pudiera ocultarse, pero seguiría existiendo.

Tres actitudes fundamentales del hombre que corteja a una mujer: el que se pavonea, el que promete, y el que busca una madre como quien pide limosna.

Al hombre que se ha acostumbrado a su propio pensamiento sólo hay una cosa que le pueda salvar de la desesperación: la confidencia que ha arrancado a los demás, que apunta y olvida, y luego – sólo con sorpresa – vuelve a encontrar. Porque todo lo que sigue haciendo de un modo consciente, todo aquello en que sigue pensando regularmente todos los días no hace más que aumentar, enredarle más en el mundo que te amenaza. Sólo puede seguir siendo libre si piensa inútilmente. Sus contradicciones tienen que salvarle; la multitud y variedad de éstas, su insondable carencia de sentido. Porque el hombre creativo acaba siendo la víctima de su propia exactitud; su veneno es el callejón en el que se mete; hasta la lectura se convierte para él en la continuación de sí mismo, como si las hojas que va pasando estuvieran prefiguradas en él. Una sola cosa puede ayudarle: el caos de pensamientos que él mismo ha creado; en la medida en que estos pensamientos permanezcan aislados, sin continuación; en la medida en que estén olvidados.

A los amigos los necesitamos, sobre todo, para ser más insolentes, es decir, para ser más nosotros mismos. A ellos les dedicamos nuestras fanfarronadas, nuestras arbitrariedades, nuestras vanidades; ante ellos, uno se manifiesta peor o mejor de lo que es en realidad. Ahí uno no se avergüenza de ninguna falsedad: el amigo, que nos conoce, sabe en qué medida podría llegar a ser verdad lo que decimos. Las reglas generales y las costumbres a las que normalmente hay que atenerse aburren al amigo, el cual, en los momentos serios de su vida, las sigue tan bien como nosotros mismos. Mientras está con nosotros quiere prescindir de ellas: la libertad que nos concede, nosotros se la devolvemos. Está muy satisfecho; también a él le gusta ser él mismo.

Es muy curioso pensar que entre nosotros anda gente que, día tras día, están examinando cuerpos humanos, en todos sus detalles; cuerpos feos, desnudos, deformados, de todo sexo y edad, y que nunca tienen bastante: los médicos. Mientras tanto están sentados entre nosotros, con caras inocentes, y nos hablan como los demás, y les tememos; les saludamos y les damos la mano amablemente.

Cómo me gustaría oírme alguna vez como si fuera un extraño, sin conocerme, y sólo después enterarme de que era yo.

Ver como gemelos a todos los hombres que uno conoce: cada uno tiene su dimensión de gemelo; cada uno se busca a sí mismo como si buscara a otro; como todos los hombres son distintos, cada uno busca de una manera distinta. Para la mayoría de los hombres esta búsqueda es saludable. En cambio, para aquellos que son realmente gemelos, se complica: lo que podrían buscar lo tienen ya, a modo de falso imperativo.

Inventar una nueva música en la que los sonidos contrasten con las palabras del modo más vivo posible; y que de esta manera, cambien a las palabras, las rejuvenezcan, las llenen de un nuevo sentido. Por medio de la música quitarles a las palabras su peligrosidad. Por medio de la música cargarlas de nuevo peligro. Por medio de la música hacer a las palabras odiosas, queridas. Por medio de la música hacer saltar en añicos las palabras; unirlas.

Si fuéramos mejores no necesitaríamos la música. Es la maldad de los hombres lo que les hace tan aficionados a la música. Qué pensarían de sí mismos si no tuvieran música. Un criminal sabría como consolarse si le dieran a oír la música adecuada. Mientras suena la música, todos los valores y todos los juicios son distintos; quedan superados, elevados, llenos de un nuevo contenido, cumplidos; cualquier cosa que pensemos tiene más sentido o menos; son posibles sobre todo nuevas conexiones, y bajo tales auspicios parece que éstas sean para la eternidad.

No hay ningún deseo ardiente por el que no haya que pagar algo. Sin embargo su precio más alto es el cumplimiento de este deseo.

Uno puede querer saber más y más; pero llega un punto en el que lo sabido se hace insoportable y se venga de haber encontrado demasiado.

Visitar los países como si no hubiera otros; pero visitar muchos.

Para poder vivir tenemos que ser conscientes de varias clases de injusticia; de ellas algunas tienen que estar ya cometidas y consumadas; otras, cuya posibilidad está abierta, hay que cometerlas todavía. La suma de injusticias de uno y otro tipo no debe ser ni demasiado grande ni demasiado pequeña. Un santo debe inventarse pecados falsos. Aquel que pueda decirse a sí mismo sinceramente: «no he hecho nada malo» está perdido. Porque lo malo está ahí y tiene pretensiones, y no en vano la fe en un pecado original ha llegado a tener tanto prestigio.

Lo decepcionante de las lenguas: que aparezcan como algo tan vinculante – con sus sonidos, palabras y reglas – y que uno pueda luego decir casi lo mismo de un modo completamente distinto, en otra lengua.

En la traducción lo único interesante es lo que se pierde; para encontrar esto debería uno traducir de vez en cuando.

Aún existen los innumerables países por los que uno suspira; la forma y dureza de sus montañas, las curvas de sus ríos, y sus transparentes ciudades, llenas de hombres locuaces que van muriendo en distintas épocas, no de una vez, no todos de repente; todavía puede uno confundirse en el pretendido significado de sus palabras y en el sinsentido de sus destinos. Las cosas son todavía más ricas, más variadas, más distintas que nunca; justo antes de que se conviertan en una sola cosa y lleguen a su fin.

Lo mejor es estar entre personas a las que ya no volveremos a ver; las soportamos justo en tanto en que creernos que nunca van a hacernos nada.

En una ciudad realmente hermosa a la larga no se puede vivir: le quita a uno todas las nostalgias.

No hay nada más difícil de dominar que el estudio, la pasión por el estudio sin sentido; como si uno fuera el primer hombre y tuviera que prepararle a la Humanidad futura sus conocimientos. No hay modo de acostumbrarse a la idea de que uno es mucho más el último hombre que el primero.

Hacer que algo no haya sucedido, un único suceso, un único insignificante acontecimiento, una nada casi: la historia de un hombre que quiere hacer que una nada así no haya sucedido. Sus desesperados esfuerzos, del mismo modo como otros, en una enigmática concentración, persiguen una meta determinada, algo que ellos tienen que conquistar o poseer; de este modo este hombre tiene su meta negativa: separar algo de la serie de sus vivencias y echarlo a un lado.

Pero tiene que ser algo mínimo, no una culpa; porque para las culpas se han fijado expiaciones.

Viejas amenazas, como pescado cocido, se les puede sacar las espinas.

Cuando uno ha hecho muchas palabras, acaba siendo insensible a lo mucho que éstas significan para los otros. Sólo entonces empieza la verdadera maldad del hombre-palabra.

Desde que vi un estómago humano, nueve décimas partes de un estómago humano – no hacía ni dos horas que lo habían extirpado -, todavía sé menos por qué se come. Tenía exactamente el mismo aspecto que los trozos de carne que los hombres asan en sus cocinas; incluso su tamaño era el de un filete normal. ¿Por qué lo semejante vuelve a lo semejante? ¿Por qué este rodeo? ¿Por que tiene que estar pasando continuamente carne por los intestinos de otra carne? ¿Por qué precisamente esto tiene que ser la condición de nuestra vida?

Una ciudad en la que los hombres llegan a más o menos viejos según se les ame más o menos. La aversión y el afecto se equilibran el uno al otro y el resultado es decisivo para la duración una vida.

De vez en cuando uno deja lo mejor de sí mismo en la calle, como si fuera un periódico viejo, y pasa otro, se da cuenta de que es un periódico escrito en una lengua que no es la suya, que él no puede leer, y, enfadado, lo pisa para ensuciarlo más.

Llega un punto en el que uno ya no puede vivenciar más cosas, quiere que todo lo anterior cobre su sentido inequívoco y reposado. Porque los acontecimientos y las influencias que van a venir después cambian lo anterior; no es que se pierda del todo, pero cambia tanto que pierde su carácter de algo único e irrepetible. Las transformaciones usan lo que existe; en realidad no hay nada que se transforme hacia atrás. Puede que el conocer los estadios en los cuales sólo está permitido mirar hacia atrás y hablar sea el súmum del arte poético de la vida. En realidad ocurre que uno pierde la mayoría de sus obras porque va en pos de lo siguiente. Esta hambre de inmensidad en uno mismo, de poseer un caudal de mundo viviente que seguiría existiendo aún en el caso de que ya no existiera el mundo, esta hambre es grandiosa y plenamente digna de un ser humano, pero, una vez suscitada, ya no se puede saciar, y a aquel que está acosado por ella no le queda más remedio que engañarla de vez en cuando con astucias y mecerla en el sueño.

En el silencio de la noche, cuando están durmiendo todos aquellos que él conoce bien, es un hombre mejor.

Los resucitados acusan de repente a Dios en todas las lenguas: el verdadero juicio Universal.

Uno desearía que hubiera otro mundo que estuviera totalmente intacto, un mundo del cual no sospecháramos nada; sobre el cual no tuviéramos ninguna influencia; tan desconocidos nosotros para él como él para nosotros; un mundo que ninguna leyenda nos hubiera hecho más cercano; no esperado en ninguna parte, y, sin embargo, comprensible cuando de repente acudiera en nuestra ayuda en el momento en que estuviéramos asfixiándonos y nos regalara almas nuevas junto con los ojos que nos lo hicieran visible.

No hay nada más terrible que ver morir a un enemigo; que sólo con esto no termine ya toda la enemistad del mundo es algo que no comprenderé jamás. Vemos el rostro del moribundo, pero el sitio donde le hemos hecho daño no lo vemos. Pero cómo sentimos la más pequeña herida que le hayamos causado y cómo sentimos que sin ella tal vez hubiera vivido tres momentos más; tres momentos llenos de vida.

El sentido más profundo de la ascesis es el de mantener la compasión. El que come tiene cada vez menos compasión y acaba por no tener ninguna.

Un hombre que no tuviera que comer y que no obstante medrara, que desde un punto de vista espiritual y sentimental se comportara como un hombre a pesar de no comer nunca, éste sería el experimento moral más grande que cabría imaginar y si saliera bien se podría pensar seriamente en la superación de la muerte.

Lo más tonto de todo son las quejas. Siempre estamos enfadados con alguien. Siempre hay uno u otro que se nos ha acercado demasiado. Siempre hay uno u otro que ha cometido una injusticia con nosotros. ¿Por qué esto? ¿qué significa que esto y aquello no lo consentimos? Este mezquino absurdo ronda por la cabeza, mezquino porque nos afecta a nosotros mismos y, además, sólo a la más minúscula parte de nuestra persona, la frontera siempre artificial. Con estas quejas se va llenando la vida, como si fueran máximas de sabiduría. Van en aumento como pequeños bichos, proliferan más rápidamente que los piojos. Con ellas nos dormimos, con ellas nos despertamos; la «vida de negocios» del hombre no consiste en otra cosa.

¿Cómo es posible que nos llevemos a la boca cosas trituradas, que sigamos un buen rato triturándolas y que luego, de la boca salgan palabras? ¿No sería mejor que tuviéramos una y que la boca estuviera sólo para las palabras? ¿O es que en este íntimo entrelazamiento de los sonidos los labios, los dientes, la lengua, la garganta – justo los órganos de la boca que sirven para el negocio de la alimentación -, que en este entrelazamiento se expresa el hecho de que lenguaje y comida se implican mutuamente, y que siempre va a ser así, que no podemos ser nunca más noble ni mejor de lo que somos?, ¿qué, en el fondo, bajo todos los disfraces imaginables, en realidad lo que estamos diciendo son siempre las mismas cosas horribles y sanguinarias, y que en nosotros el asco sólo se presenta cuando en la comida hay algo que no está bueno?

Luego vino uno y demostró que todos los experimentos, empezando por el primero – y justo por causa de éste -, estaban mal; que luego ellos, en sí mismos y en la secuencia que formaban, estaban bien, y que, como el único que quedó sin discutir fue el primero, no se llegó nunca a descubrir el error. De ahí que, de repente, la totalidad del mundo de la técnica quedara desenmascarado como una ficción y que la Humanidad pudiera despertar de la peor de las pesadillas.

Uno vive creyendo que todo lo que le pasa por la cabeza está envenenado y que a partir de este momento debe ser evitado para siempre. La reducción de todo lo que existe a lo desconocido será su única salvación. Para protegerse de lo desconocido inventa un método para no pensar en nada. Logra ponerlo en práctica: en torno a él el mundo vuelve a florecer.

Cada una de tus palabras, junto a ella, se transforma en una nube de mosquitos; y te maravillas de que vuelvan a ti en forma de picaduras.

Intercambios de costumbres: yo te regalo ésta, tú aquélla; de ahí tiene que salir un matrimonio.

La cursilería moral del puritano: en la más profunda y compungida de sus autoacusaciones se presenta siempre mil veces mejor de lo que en realidad es.

¿Cuántas costumbres necesita uno para moverse dentro lo desacostumbrado?

Un país en el que inmensas mujeres van de un lado para otro con sus minúsculos maridos en el bolsillo. Cuando pelean, sacan de pronto a sus maridos y se los enseñan unas a otras como si fueran dioses del terror.

El se imagina que tiene que cambiar todas las frases que haya dicho o escrito. No basta con proponerse cambiar las que son accesibles; tiene que encontrar también todas las que se han perdido; rastrearlas, cogerlas y traerlas de nuevo. No le está permitido descansar hasta que no las tenga todas. Castigo que deberán sufrir en el infierno los que tuvieron una fe falsa.

El último día del mes, con la ridícula lámpara en la mano derecha, bajo a mis ruinas y, conforme voy bajando, me digo: es inútil. ¿Qué fe hay que pueda conducirnos al fondo de la tierra? Da igual lo que hagas, tú, otro o quien sea; es inútil. ¡Oh vanidad de todos los esfuerzos!; las víctimas siguen cayendo, por miles, por millones; esta vida, que tú pretendes que es santa, no es santa para nada ni para nadie. No hay ningún poder secreto que quiera mantenerla. Tal vez tampoco hay ningún poder secreto que quiera destruirla, pero se destruye ella sola. ¿Cómo puede tener valor una vida que está basada en los intestinos? Entre las plantas puede que todo este mejor… pero ¿qué sabes tú en realidad de los tormentos de la asfixia?

¡Oh, el asco hace presa de lo que le rodea y el asco proviene de la comida. Todo está contagiado por la comida, todo sucumbe a la comida. Es hipócrita el día feliz y pacífico que algunos viven. Lo que ha sido triturado es más verdadero. Los pacíficos cubren la tierra con las hojas y con la lentitud de las plantas, pero estas mallas son débiles, e incluso en aquellos sitios en los que vencen, bajo sus mantos verdes continúa la destrucción de la carne, El poderoso se enorgullece con su inmenso estómago y el vanidoso reluce con los colores irisados de sus tripas. El arte toca para que bailen el que digiere y el que se asfixia. El arte es siempre el que mejor lo hace y su herencia será guardada como el bien más precioso. Algunos coquetean con la idea de que esto podría terminar y cuentan catástrofe tras catástrofe. Pero en el fondo la intención de este tormento es una intención eterna. La Tierra sigue siendo joven, su vida se multiplica y se idean nuevas formas de miseria, más complicadas, lacerantes o más completas. Uno le suplica a otro: ¡ayúdame, haz que esto sea peor!

La gente en la que uno confía y la gente que confía en uno, un sainete.

¡Pensar que antes de esta vida hubiera habido otra, y que la nuestra fuera incluso el descanso en el que los de aquélla se recupera!

Encontrar un corneta para todo el miedo de la Tierra, cargarlo con él y mandarlo a la selva del Universo, un cometa expiatorio.

1948

El que se odia a sí mismo. Un personaje que pronuncia un discurso furibundo contra sí mismo. No hay nada malo, no hay nada vulgar que el que se odia a sí mismo no se atribuya. Con ello suscita el amor unánime de todos. El que haya oído su discurso correrá en pos de este hombre y sucumbirá a él. Pero éste, lo único que hace es seguir despotricando cada vez más para defenderse del que le persigue. Empieza a ser como sus afirmaciones. Sus autoacusaciones se hacen verdaderas; su éxito crece. Es tan peligroso como atractivo. Su éxito le corta la respiración; ya no sabe qué hacer. En su desesperación llega un momento en que se olvida de sí mismo y deja escapar algunas buenas palabras sobre su persona. En este mismo momento le abandonan todos y está salvado.

Deus ex machina: Dios ha estado esperando y ahora sale del átomo.

Hay algo de terrible en el agotamiento de dioses.

Un imperio en el que los hombres se aman sólo a distancia, sin verse nunca. Un amante no puede saber nunca cómo es realmente su amada. Las indiscreciones en este sentido se castigan severamente como castigamos nosotros la violación. También en la vida de estos hombres hay tragedias: por ejemplo, cuando uno se entera de que conoce de algo a la mujer que ha escogido como amada. Cuando esto ocurre está tan desesperado como lo estaría entre nosotros un Edipo. Algunas veces no les es fácil a los amantes el evitarse el uno al otro. Pero ya saben que con el primer encuentro se acabó todo. No les es posible amar a una persona que conocen; son buenos observadores, y aquel con quien han hablado una vez ya no tiene secretos para ellos. A un ser así, conocido ¿cómo iban a amarle? Lo que más les gusta es pensar en países extraños cuyas costumbres no comprenden; allí aún podría haber algo que admirar. De este modo se forjan una imagen de los extranjeros y les escriben cartas incomprensibles.

Veo a muchos por todas partes: no lo notan. Por todas partes muchos notan que les veo: no les veo.

Vivir en una ciudad hasta que a uno le sea extraña.

La porcelana como la manera de repartir el miedo a la catástrofe y convertirlo en algo fino y elegante. A quien está rodeado de mucha porcelana apenas puede pasarle nada. ¡Y qué bonitos son sus mil pequeños miedos! ¡Cómo puede vigilarlos, guardarlos y cuidarlos!

Una súplica de Ananda en el momento preciso, hubiera podido prolongar la vida de Buda. Pero no dijo nada y Buda decidió entrar en el Nirvana en el plazo de tres meses. De la narración de los últimos tres meses de la vida de Buda no haya nada que me haya conmovido tanto como esta oportunidad perdida. La vida del maestro estaba en manos del discípulo. Si Ananda le hubiera, amado todavía mejor, si su amor hubiera sido más atento, Buda todavía no habría muerto. He aquí una muestra de la importancia que en el amor tiene el detalle. Es en él donde este sentimiento adquiere su sentido y salva o conserva la vida del ser amado.

En una religión como el budismo en la que se acepta la muerte, se habla de ella de todas las maneras posibles y se le dan todas las formas, se la llega a elevar al rango de sobre-muerte múltiple, no hay nada que le llegue a uno tan hondo como las conmociones de la vida – en contra de la doctrina, por así decirlo -, una llama que se enciende espontáneamente allí donde todo fuego debería estar apagado. Aquí, justamente aquí, es donde la vida tiene algo de inextinguible. Cumplidos sus ochenta años, Buda, curado de una grave enfermedad, habla de la belleza de las regiones por las cuales anduvo, las llama a todas por su nombre, con la secreta esperanza de que su discípulo le retenga en la vida. Repite su discurso por tres veces, pero el discípulo no se da cuenta de nada y la muda tristeza con la cual Buda renuncia a su vida es más elocuente que cualquier sermón.

Ser Dios y luego renunciar a serlo, como si esto no fuera nada. ¿Hemos sido objeto de una renuncia así?

De vez en cuando, toda nuestra vida pasada se nos resume en una breve serie de situaciones semejantes: aparecen hombres que han significado mucho para nosotros, se reúnen – en el mismo orden en el que estuvieron en la realidad -, se repiten y adquieren fuerza; y, de pronto, aunque por poco tiempo, están ante nosotros de un modo tan intenso que día y noche sus palabras nos están quemando. En estos momentos es cuando más odiamos nuestra vida. Porque aquellos que estuvieron más cerca de nosotros no debieron haber estado nunca en nuestra cercanía. Aquellos a quienes venerábamos no eran dignos de veneración. Aquellos a quienes encontrábamos bellos, son feos, quizás lo fueron siempre. Aquellos que nos ayudaron, ahora nos retiran envidiosos su ayuda. Aquellos a quienes nosotros ayudamos declaran que fue en contra de su voluntad. Si no inútil, todo fue, por lo menos, equivocado. Y si entonces fue así y, a pesar de todo, lo tomábamos tan en serio, ¿quién nos garantiza que ahora no siga siendo así?

El amor, en el imperio de mil años del Bosco está separado del mundo de los valores y de los precios. En lugar de perspectivas y valoraciones frías hay extraños animales y plantas; los frutos han crecido hasta adquirir proporciones gigantescas y ellos expresan el valor del amor. Cada animal, cada planta es una cosa especial. Uno no siempre quisiera saber para qué están: nota que están siempre para algo muy importante. Su aspecto externo es a veces más que su significado. El pintor se muestra superior a las palabras. Todos los sistemas mentales viven del re-llenado de unas pocas palabras, a costa de las cuales otras se han vaciado. El pintor que no se atiene a las proporciones naturales tiene en la mano un medio muy eficaz. En su obra una fresa puede llegar a ser más grande que un hombre.

Lo sorprendente del Bosco es la falta de color de los amantes. El colorido de sus animales y frutos, los fabulosos hallazgos de sus rocas y de sus fuentes cristalinas, las extrañas composiciones en las que pone a sus parejas de enamorados, los tormentos que se inventa para el infierno tienen todos ellos algo de desenfrenado, de rebosante, rico y sin pies ni cabeza, comparado con las figuras pálidas y siempre iguales de los hombres. Jamás lo masificado y uniforme del ser humano ha encontrado en el arte una expresión tan convincente. En este pintor, los hombres, así que están desnudos, se convierten en espejismos. Vestidos, tienen todos rostros distintos; desnudos son todos Adán y Eva. Verdaderos adamitas, los hombres de la tabla central se han desgajado de la primera pareja humana por germinación. Todos se aman, pero ¿dónde hay una mujer embarazada? Incluso en las penas del infierno no hay nada que tenga que ver con la preñez. El amor existe por sí mismo; expulsado del mundo de los valores y los precios, desprendido del mundo de las consecuencias. Allí se encuentra realmente el imperio milenario de Joachim de Fiore; son seres asexuados que se aman. Sus instrumentos los tienen más bien fuera de sus cuerpos, en plantas tropicales, espinos y frutos. Son lo contrario de los hindúes; en el arte de éstos cada uno de los cuerpos tiene la sensualidad de mil.

El principio del arte: volver a encontrar más de lo que se ha perdido.

A los grandes hombres únicamente podemos imaginárnoslos solos; uno en toda una generación: envidia y bajeza de los grandes, incluso en la idea que tenemos de ellos.

En ninguna lengua hay tanta arrogancia como en la inglesa. Estaría bien poder comparar y saber cómo hablaban los romanos después de algunos siglos de poder; jamás lo sabremos. Sin embargo, de entre las que hoy existen, la lengua de los ingleses es la arrogancia misma. Sus palabras están puestas en línea, unas al lado de otras, como si fueran estacas; ninguna es demasiado alta, ni demasiado baja. Las frases al igual que las estacas pueden romperse por cualquier sitio; un sentimiento genérico de seguridad y superioridad emana de ellas sin que tenga nada que ver con las cualidades y los méritos del individuo. La arrogancia sólo puede ser algo evidente, de lo contrario está mal vista; el que frente a la arrogancia general tiene la suya particular oculta aquélla, la general es mucho más importante. Las frases declarativas, en su aparente sequedad, son sentencias; la sentencia se ha comido la lengua. El respeto que se debe a los individuos y a cada una de sus frases es el respeto al juez. La pasión en el lenguaje despierta desconfianza, ¿de qué manera un lenguaje apasionado puede ser imparcial? Pero todos estos jueces están dispuestos a ponerse al nivel de los niños y a darles toda clase de explicaciones; en esto, su amabilidad no conoce límites. Aquí, el que pronuncia un veredicto tiene paciencia; en la ejecución de la sentencia no se tiene prisa. Esta puede incluso ser aplazada indefinidamete; es bastante con que se haya pronunciado. Lo que se podría decir al margen de ella tiene poca importancia; quizá es sólo un sentimiento, un estado de ánimo; algo provisional y, en todo caso, efímero. El hecho de que una lengua se inscriba en el sentimiento de superioridad de toda una casta le quita, no obstante, a aquélla toda vanidad; el brillo de privacidad y malicia del francés están totalmente ausentes aquí. En este país se habla menos mal de los otros; o, mejor dicho, lo malo que se dice podría decirlo igualmente otro, y por ello no tiene un efecto tan odioso como en otros sitios. La fría distinción y la distante nobleza que el inglés tiene en su lengua es algo inimitable; es algo que poseen todos o por lo menos, un buen número de ellos; y hay que haber vivido tiempo entre estos muchos para aprenderlo.

Mantener con fuerza unos pensamientos separados de otros. Se enredan fácilmente, como cabellos.

Los hombres, que sólo pueden respirar profundamente cuando todos están amenazados.

¿Y si fuesen siempre los peores los que quedaran?: el Darwinismo al revés.

La Prehistoria mata lo que es propiamente histórico. La Prehistoria trata de objetos amíticos; habla de ellos como si fueran productos nuestros. La separación que modernamente hacemos entre fe y producción se traslada así a un tiempo en que no tiene validez. El modo como ponemos estos objetos, uno al lado de otro, en los museos, les arrebata lo mejor del tiempo y la de paciencia que se empleó en hacerlos. Son tantas cosas y tan distintas las que están ahí apretadas unas junto a otras; el orden les quita a los objetos su historia.

¡Cuántas ciudades ve uno!, ¡Cuántos paisajes, espacios y caminos! En un sitio u otro se encuentran y forman un nuevo paraíso.

Un padre tiene la impresión de que la educación que los padres dan a los hijos les destruye. Manda a sus tres hijos a correr mundo y se disfraza para observarlos. La vida de los hijos bajo la mirada del padre a quien no ven.

Dios fue un error. Pero es difícil decidir si fue demasiado pronto o demasiado tarde.

Pensar que la ferocidad de los asirios, justamente la ferocidad sistemática de este pueblo, podría palidecer, y nosotros mismos hemos visto cómo esto ha ocurrido. Así, el centro de gravedad moral de la Tierra se ha desplazado para siempre, y los bárbaros cuyas historias leíamos aterrorizados de niños, éramos nosotros, nuestro tiempo, nuestra generación, sólo que éramos más bárbaros.

De repente, situaciones y relaciones que se habían ido tejiendo a lo largo de los años de una vida se juntan en una única escena de la realidad: lo que sucedió antes en semanas y meses se repite ahora en pocos momentos; todo le parece a uno conocido, sin que sepa bien de dónde; el cambio de ritmo y de tiempo lo aleja del conocimiento. Pero luego, cuando la escena ha terminado, de repente uno se siente aliviado y ve la terrible trama de todo aquello: en una o dos horas han pasado años por delante de uno, años que conoce perfectamente porque le han hecho mucho daño. Tal vez ésta es la única manera de librarse de lo padecido, y tal vez sea éste el origen del drama.

¡Muchas expresiones fiables de esperanza y de bondad habría que encontrar para compensar las de amargura y duda con las cuales uno ha sido tan generoso! ¿Quién hay que se atreva a pensar en la muerte sabiendo que uno no ha hecho más que aumentar la suma de amargura, aunque sea sólo con las mejores intenciones? Si no hubiéramos dicho nunca nada, por lo menos tendríamos derecho a morir. Pero queríamos que nos oyeran y gritamos a grandes voces. Ahora se trata de decir lo otro, y, no obstante, de que nos oigan, porque esto no se puede decir a gritos.

1949

Unas carreras que, todos los días, al atardecer, se interrumpen a una hora determinada. Se da una señal. Todo el mundo se queda quieto; se tumba; se duerme. Luego, por la mañana se da la señal de continuar. Todo el mundo se levanta y sale corriendo. Por la noche, nueva parada y todo el mundo se duerme allí donde está. Así, día tras día, semana tras semana, mes tras mes, año tras año. Algunos se quitan la costumbre de tumbarse por la noche y se duermen de pie. Estos llevan ventaja.

Los que están seguros sobre la tierra en putrefacción; y cómo la putrefacción poco a poco les va pasando a las piernas.

La desvergüenza del ser humano: simula que está solo.

Jonás muestra dos rasgos importantes de profeta: el miedo a este oficio, que le lleva hasta el vientre de una ballena, y la cólera de ver que sus profecías no se cumplen. Este último rasgo es lo más repulsivo y lo más peligroso de los profetas. Una vez que han profetizado lo peor, tienen que querer que ocurra. El hecho de querer tener siempre razón los hace despiadados. Las amenazas de Dios las toman más en serio que el mismo Dios. El oficio de profeta es duro: sólo lo toman por un verdadero profeta en el momento en que se cumple su predicción; de ahí que no pueda renunciar a este momento. Dios, que le arrebata su triunfo, le ha engañado; y un Profeta que habla de las cosas más terribles puede serlo todo menos ridículo. Por esto, la sensación que tienen los hombres que le rodean de que el profeta encarna a su manera los males con los que amenaza y que colabora a traerlos no es del todo injustificada; si pudieran obligarte a otra predicción, algunas cosas podrían ocurrir de otra manera; una y otra vez intentar. forzarle.

Otro rasgo chocante, aunque inhabitual, del libro de Jonás es el hecho de que hable también a los animales: tienen que hacer penitencia con los hombres, ayunando como éstos y vistiéndose de saco. Y Dios no sólo se apiada de los hombres de Nínive, cuyo número es superior a 120.000, sino también de los muchos animales.

¿Tienen los animales menos miedo porque viven sin palabras?

Me da pena que los animales no se levanten nunca contra nosotros; los pacientes animales, las vacas, las ovejas, todo este ganado que ha sido puesto en nuestras manos y que no puede escapar a ellas.

Me imagino una rebelión en un matadero; desde allí se extiende a toda la ciudad; hombres, mujeres, niños, ancianos mueren pisoteados sin compasión; los animales invaden calles y vehículos; derriban portales y puertas; en su furor llegan a invadir los pisos más altos de las casas; miles de bueyes convertidos en fieras hacen añicos los vagones del Metro, y nos desgarran ovejas a quienes se les han afilado de repente los dientes.

Me sentiría aliviado sólo con que un toro, un solo toro, pusiera en fuga de un modo lamentable a estos héroes, los toreros, y, junto con ellos, a una plaza entera ávida de sangre. Pero preferiría la revuelta de las víctimas menores, de las suaves y dulces, las ovejas, las vacas. No comprendo cómo esto no pueda ocurrir nunca; que jamás temblemos ante ellas, precisamente ante todas ellas.

¡Estos héroes! Siempre saben quién les está mirando.

No desaparece lo que comemos todos los días; canta como los hombres en el fuego.

Todo va adquiriendo de año en año más significado: el que envejece se ahogará en medio de significados.

Quemó todos sus libros y, como un ermitaño, se retiró a una biblioteca pública.

Hobbes. De entre los pensadores que no están atados por ninguna religión, sólo me impresionan aquellos que piensan con suficiente radicalidad. Hobbes es uno de ellos; en este momento, para mí es el más importante.

Sólo unos pocos de sus pensamientos me parecen acertados. Lo explica todo por medio del egoísmo, y aunque conoce la masa – la menciona a menudo -, en realidad no tiene nada que decir de ella. Pero mi tarea precisamente es mostrar cómo el egoísmo es algo compuesto; de qué modo aquello sobre lo que domina no le pertenece; surge de otros ámbitos de la naturaleza humana; de aquellos, justamente, para los cuales Hobbes es ciego.

¿Por qué me impresiona entonces su modo de presentar las cosas? ¿Por qué me gustan sus pensamientos más falsos, sólo con que estén tomados con suficiente radicalidad? Creo que en él he encontrado la raíz espiritual de aquello que más quiero combatir. Es el único pensador que conozco que no esconde el poder bajo un velo, su peso, el lugar central que ocupa en todas las actuaciones humanas; sin embargo, tampoco lo glorifica, lo deja simplemente como está.

El verdadero materialismo, el del invento y la investigación, ha empezado en su tiempo. Hobbes tiene respeto por él, sin que por ello tenga que abandonar intereses y cualidades humanas del pasado. Sabe lo que es el miedo; su cuenta lo descubre. Todos los que vinieron después, que procedían de la Mecánica y de la Geometría, no quisieron ver el miedo; de ahí que éste tuviera que volver allí donde, en la oscuridad, sin que le molestaran y sin que le dieran nombre, seguía actuando.

Este autor no minusvalora el terrible peso del Estado. Qué efecto tan lamentable tienen a su lado muchas de las especulaciones políticas de los siglos posteriores. A su lado, Rousseau parece un pobre charlatán. El primer período de la Historia Moderna, aquel que contiene ya realmente a los hombres de hoy, es el siglo XVII. Hobbes ha vivido este período de un modo consciente y reflexivo. Las graves escisiones de partidos de las que tuvo que zafarse a lo largo de una prolongada vida fueron lo suficientemente comprometedoras y peligrosas como para que le resultaran una amenaza. A otro le hubieran contagiado del todo o le hubieran roto. Supo mirarlas a la vez desde dentro y desde fuera y supo tomar distancia frente a la declarada enemistad de estos bandos hasta que su propio pensamiento hubo adquirido forma y se hubo afianzado.

Como pensador, realmente está solo. En los siglos posteriores hay pocas corrientes psicológicas que no puedan reclamarle como su predecesor. Pasó, como he dicho, mucho miedo y habló tan abiertamente de este miedo como de todo lo restante con lo que se enfrentó. Su incredulidad religiosa fue una dicha sin par; con promesas baratas no se podía hacer nada por este miedo.

Su adhesión al poder político vigente, el del rey, primero, y el de Cromwell, después, no es cosa precisamente que se le pueda reprochar: estaba convencido de lo acertado de las concentraciones de poder. Su aversión por el grito de la masa no la explicó, pero sí la señaló. A nadie se le puede pedir que lo explique todo.

Maquiavelo, a quien se le ha dado tanta importancia, es a penas la mitad, la mitad clásica, de Hobbes. Tucídides fue para éste lo que Livio fue para aquél. De religiones, Maquiavelo, que trató con cardenales, no entendió una palabra. De la experiencia de los movimientos religiosos de masas y de las guerras que tuvieron lugar en los casi cien años que separan a éste de Hobbes ya no supo aprovecharse. Desde que existe Hobbes, ocuparse de Maquiavelo tiene sólo sentido histórico.

Una idea de la importancia de Hobbes la tenía yo desde hacía tiempo. Ya antes de conocerlo con suficiente detalle era para mí un autor digno de alabanza. Ahora, después de haberme ocupado seriamente del «Leviathan», sé que voy a poner este libro en mi «Biblía mental», " colección de libros importantes – y me refiero fundamentalmente a los libros de los enemigos -. Son libros que le aguzan a uno el ingenio, no libros que le paralizan por estar ya exprimidos y agotados desde hace tiempo. A esta «Biblia» – lo sé muy bien – no pertenecerán ni la Política de Aristóteles ni el Príncipe de Maquiavelo ni el Contrato Social de Rousseau.

Mahoma es algo así como la consumación de todos los profetas: se convierte en legislador y gobernante de facto; hasta él no llegaron los profetas a tener verdadero poder; nadie antes de él ha utilizado a Dios de un modo tan consecuente y eficaz. La fe es para él obediencia. Los bienes de Dios, los premios que promete para el Más Allá, los maneja Mahoma de un modo dispendioso; le gustaría ser generoso como un rey. Se llama a sí mismo el profeta de Dios: de igual modo o mejor, se llamaría la orden de Dios.

De entre sus predecesores sólo admite a los que han hecho carrera: Abraham, Moisés, Jesús. No conoció nunca a su padre; su respeto por la propiedad ajena es el de un huérfano bien educado; ficha a una viuda rica como mujer, la cual le diviniza de todas las formas posibles.

En el templo de la Kaaba recluta a los peregrinos, profeta de extranjeros en vez de caudillo de extranjeros, y cada vez le atrae más la idea de instalarse allí; disolver la oligarquía de los coreichitas con una tiranía. Sus negociaciones con las gentes de Medina tienen desde el principio algo de político; se asegura a sí mismo por medio de alianzas y planea una guerra contra su ciudad natal.

El interés de Mahoma por las tumbas: entre las tumbas cogerá incluso la enfermedad que le llevará a la muerte. Los cadáveres le preocupan como objetos de resurrección. Para él el juicio Universal es el resumen y la concentración máximos del dominio. Todos serán juzgados y se decidirá sobre ellos para siempre. Es la mayor masa imaginable convertida en objeto de una sentencia definitiva. El montón de muertos, que es propiamente el objeto de las guerras, llega a ser tan grande que abarca la totalidad de los muertos (Mahoma prefiere decididamente las guerras a las curaciones). A partir del día del juicio, cuando ya nadie más va a morir, los muertos se convertirán en vivos, y el único fin de esta resurrección será llegar todos juntos a ponerse a las órdenes inmediatas y tajantes de Dios.

En el Islam, la orden de Dios tiene mucho de pena de muerte. En la Biblia, él «sacrifica a éste, sacrifica aquél» se refiere las más de las veces a animales; sólo de vez en cuando alcanza esta orden a un hombre, en forma de rayo fulminante. El paso del judaísmo al Islam consiste en una mayor insistencia y una mayor concentración en la orden.

Una expresión plástica de la relación que hay entre guerreros y muertos – en forma de montón, concretamente – es la que tenían los antiguos celtas. Cuando salían a la guerra, cada hombre cogía una piedra y, junto con los demás, la tiraba a un montón. Al volver de la guerra cada hombre cogía otra vez una piedra: las piedras de los caídos, que no podían hacer esto, quedaban en el montón. De esta manera, por sí solo fue surgiendo un monumento a los muertos. En esta operación de restar del número de los que han salido el número de los que vuelven se expresa con especial claridad el sentido del número de muertos: en lugar de los que han quedado en el campo de batalla o en poder del enemigo, está el monumento de piedras.

Masa e imperio del grito. Una especial función de la masa consiste en acallar los peligros con la voz, da igual que sean terremotos que enemigos. La gente se junta para gritar mas fuerte. Cuando el otro enmudece – el terremoto o el enemigo, por ejemplo -, han ganado. Es importante aquí tener en cuenta que el mar no se deja acallar a gritos. Porque aun en el caso de que una gran masa consiguiera por un momento llegar a ser más fuerte que el mar, esto no lo haría enmudecer. De ahí que el mar, siempre según los hombres que lo conocen, sigue siendo la masa más grande a la que jamás se podrá nadie equiparar realmente.

«Si por lo menos los hombres pudieran ocultar a sus parientes – pensaba el extranjero – de tal modo que la gente no supiera nunca quién es pariente de quién… Sería estupendo tener una familia secreta, para uno solo; una familia de la que nadie supiera nada, a la que únicamente se pudiera llegar con precaución porque alquien podría llegar a saberlo: padre, madre, hermanos, hermanas como amados secretos».

Palabras sin las cuales uno no pueda vivir, como amor, justicia y bondad. Uno se deja engañar por ellas y lo ve con toda claridad para creer en ellas todavía más.

El dolor más profundo lo guarda cada uno en secreto.

El peculiar movimiento del saber. Está mucho tiempo quieto, como una piedra o como uno que parece que está muerto. Luego, de repente y de un modo inesperado, adquiere un carácter vegetal. Uno lo mira casualmente: en realidad no se ha movido de sitio, pero ha crecido. Un gran momento, pero todavía no es el milagro. Porque un día uno mira a otro lado y encuentra el saber allí; sin duda antes no estaba; ha cambiado de sitio, ha saltado. Este saber que da saltos lo espera todo el mundo. Por la noche – uno está lleno de noche -, se escuchan los bufidos de los nuevos animales depredadores y en la oscuridad se ve el brillo ávido y peligroso de sus ojos.

Dios saliendo de un huevo, y el filósofo que lo ha puesto.

Lo más repugnante a mis oídos es el dialecto de la hartura.

En la niebla las formas son como palabras. Quienquiera que se me acerque en la niebla me estimula como una palabra nueva.

A él le puede concentrar una palabra.

Hay algo tan vil en torno a la sensatez que uno preferiría ser sabio en calidad de loco.

Entonces las personas eficientes estarán mal vistas y todo el que consiga algo será castigados.

Desde hace una semana estoy leyendo un libro que me inquieta profundamente: son las Memorias de un enfermo mental de Schreber, el antiguo presidente del senado; un libro que, costeado por su autor, apareció va a hacer pronto cincuenta años, en 1903, y cuya edición completa fue comprada por sus parientes, retirada del mercado y destruida, de modo que quedaron solamente unos pocos ejemplares. Uno de ellos, en circunstancias especiales, cayó en mis manos en 1939 y desde entonces estuvo en mi biblioteca. Aun sin leerlo, sentí que iba a ser importante para mí. Como ocurre con no pocos de mis libros, ha estado esperando su momento, y ahora que. estoy resumiendo mis ideas sobre la paranoia, lo he cogido y lo he leído, tres veces. No creo que jamás un paranoico internado años y años en un manicomio como tal paranoico haya presentado un sistema tan completo y tan convincente.

.¡Lo que no habré yo encontrado en él! Ejemplos concretos de algunas de las ideas que me preocupan desde hace años, por ejemplo, la indisoluble conexión entre paranoia y poder. Todo su sistema es una lucha por el poder en la que el mismo Dios es su verdadero antagonista. Schreber ha estado viviendo mucho tiempo con la idea de que él era el único superviviente del mundo; todos los demás eran almas de difuntos, y Dios en distintas encarnaciones. La idea de que uno es el único o quisiera ser el único – el único en medio de cadáveres – es decisiva para la psicología del paranoico como caso extremo del que detenta el poder. Esta conexión se me hizo clara por primera vez cuando en 1932, en Viena, asistí al proceso de Matuschka, un hombre que cometió un atentado en un tren.

Pero Schreber llevaba también en sí, en forma de locura, la ideología entera del nacionalsocialismo. Para él los alemanes son el pueblo escogido cuya existencia está amenazada por judíos, católicos y eslavos. Se suele llamar a sí mismo el «paladín» que va a salvar a Alemania de este peligro. Una tal anticipación de lo que luego ocurrió en el mundo de los «cuerdos» sería suficiente razón para ocuparse de sus Memorias. Pero Schreber ha imaginado muchas más cosas. La idea del fin del mundo lo persigue; tiene de él visiones grandiosas, que no se olvidan. Es ocioso hacer una relación de todo lo que le ocurre a este hombre; me ocupo de esto con todo detalle en capítulos destinados a Masa y poder. Pero algunos aspectos que me interesan en relación con Auto de fe sí los voy a mencionar. En el libro de Schreber se encuentra la descripción de un período de inmovilidad; recuerda el capítulo La petrificación de Auto de fe.

Ocuparse de la paranoia tiene sus peligros. A las pocas horas me acomete la torturadora impresión de que estoy encerrado, y cuanto más convincente es el sistema psicopático que estoy estudiando, tanto más crece mi miedo.

Dos cosas confluyen aquí: por un lado el carácter completo y cerrado de la locura, que hace que sea muy difícil escapar: en ningún sitio hay puertas; todo está completamente cerrado; inútil buscar algún fluido en que poder sumergirse, en cuya corriente pueda uno ser arrastrado; aunque se encontrara tendría cerradas las salidas; todo es como granito; todo es oscuro, y ¡de qué modo tan natural le cubre a uno esta dura oscuridad! En todo lo que he intentado hacer me he defendido precisamente de este enclaustramiento; mi primer pensamiento era: aberturas, espacio; mientras haya sitio no hay nada perdido. Pero aquí me encuentro con una persona para la cual locura es aquello en lo que yo más fácilmente caería; aquello que, jugando y sin esfuerzo, podría llevar a cabo. Nunca tengo tanto miedo de mí mismo como en el momento en que comprendo el carácter completo y cerrado de la locura de otro.

El segundo peligro, que es mucho mayor, consiste en que empiezo a dudar de la validez de mis propios pensamientos. Si a una locura como la paranoia – de cuyo carácter patológico nadie duda – es posible presentarla y enmarcarla de un modo tan convincente que llegue a hacer mella en alguien, ¿qué es lo que no se podría presentar en el supuesto de que uno tuviera algo de este poder paranoico? La evidencia que muchas veces siento en mí es exactamente la misma que siente el paranoico. La diferencia, sin embargo, está en que yo me desvío inmediatamente y no echo la llave a lo que me parece convincente; lo desplazo, lo quito de en medio, empiezo con una cosa completamente distinta; luego, más tarde, abordo el problema desde ángulos siempre nuevos; jamás me prescribe un método y en modo alguno un método propio; rehuyo la angostura de disciplinas establecidas saltando a otras; aprendiendo siempre cosas nuevas disuelvo aquello que ha quedado anquilosado en el ámbito de lo particular; y, sobre todo, mal que les pese a mis bienintencionados amigos, dilato mi trabajo a lo largo de años y más años, de modo que al curso de la historia se le ofrecen toda clase de oportunidades para rebatir o destruir estos descubrimientos y a su autor.

Sin embargo, a pesar de todo esto, sigue siendo verdad que no puedo vivir sin creer en estos descubrimientos. No puedo equipararlos a cualquier tipo de locura. Por esto, cuando profundizo formas extrañas y angostas de locura, me odio a mí mismo porque pongo en peligro pensamientos nuevos.

Uno sólo puede vivir una parte de este mundo; pero para ti nada cuenta como el todo: ésta es tu limitación.

Una carta de amor desde Suecia. Strindberg en los sellos.

Amor en cubos; el uno al otro se lo echan por la cabeza.

El ha puesto un desierto en el espíritu de ella. Allí florecen sus pensamientos.

¡Esta historia criminal del sultán de Delhi! Uno participa en una especie de coacción moral y lo soporta todo sin resistencia; y de repente tiene la impresión de que él mismo es un criminal; por el simple hecho de haberse prestado a esto; por no haberlo rechazado inmediatamente con energía y repugnancia. Lo peor es siempre historia, y yo no puedo escapar a ella; el hecho de que ésta, en realidad, haya sido cada vez peor me obliga a ser su anatomista; hago la disección en su cuerpo en putrefacción y me avergüenzo del oficio que he escogido.

No puedas aceptar nada más a no ser que te obligues a formularlo inmediatamente; hay demasiadas cosas y te arrastra la corriente. No vas a poder salir de este río hasta que llegues a su desembocadura. Es mejor que decidas libremente flotar en él que no que estés nadando continuamente contra corriente.

Un hombre dijo a su mujer: «llueve, tengo ganas de tener sueños agradables.» Comienzo de un relato de Surinam.

Todas las noches él iba allí. Ella le recibía amablemente. El se quedaba horas y horas. En un desierto de secretos destruidos la dejó tirada y se fue.

Tanto «gracia» como «rodilla» tienen la curvatura de la «n»*.

* N. T. Gracia: Gnade; rodilla: Knie.

Lo perdido que se encuentra en el otro que vive, resiste, le mira a uno, te habla; buscar en él tiene algo de desesperado: «¿dónde lo tienes?», le dice uno, «¿lo estás escondiendo?, ¿está ahí todavía?», y así uno inquiere y rebusca en vano y todo ha desaparecido en el fondo del mar; pero, doquiera que busques, no hay mar en el que haya podido desaparecer; y ya no hay nada importante excepto esta búsqueda; es la búsqueda de la nada en la que uno, en el otro, se ha convertido.

El Restaurador. Cruce de actor y arqueólogo. Tiene que representar el papel del pintor cuyo cuadro restaura. Al ir quitando capa tras capa cautelosamente y cuidando muy bien de no cambiar nada, al fin llega al cuadro de aquel cuyo papel está representando. Su respeto se entrevera con sus esperanzas. Pero además no está pasivo: tiene mucho en su mano. Cuanto más reconstruya lo que apenas es reconocible, tanto mayor será su éxito como arqueólogo. Esta dimensión humilde de su ser puede, de repente, cambiar y tomar el signo contrario cuando da rienda suelta a su arbitrio y presenta según sus conjeturas aquello que en realidad ya no se puede completar. Puede que, al final, confíe tanto en sí mismo que llegue a inventar cuadros enteros, pero en esto jamás dejará de estar representando un papel que ha aceptado, como la inmensa mayoría de actores que no son dramaturgos.

Las metamorfosis del restaurador están prescritas; la Historia del Arte contiene la lista completa de sus personajes; él no añade ninguno nuevo. Acepta incluso su jerarquía: en los grandes nombres es donde invierte mayor respeto.

1950

Qué daría yo por perder el hábito de observar el mundo con ojos de historiador. Es deplorable esta compartimentación del tiempo en años y, siguiendo hacia atrás, la aplicación de esta división a la vida de los animales y de las plantas, de cuando éstos todavía no estaban lastrados por nosotros. La culminación de la tiranía del hombre es el cómputo de los años; la más opresora de todas las leyendas, la de que el mundo ha sido creado para nosotros.

Cada año le hace a uno más desvergonzado.

Un país que cuelga en las ventanas a su chusma, como si fueran banderas.

Seres humanos como barcos con su repugnante carga.

La masa más terrible que podría uno imaginar sería aquella que estuviera formada sólo por conocidos.

El médico realmente distinguido que inventa una enfermedad nueva para cada uno de sus pacientes.

La avidez de algunos nombres de enfermedades: meningitis.

Liberar a la Psiquiatría de sí misma: quinientas o mil historias clínicas precisas y detalladas, y ni una palabra sobre la clasificación o la explicación de estas historias.

Se imagina de qué manera los humanos se habrían impuesto frente a un Dios maligno. Frente a él se habrían hecho buenos. Jamás habrían esperado ni pedido nada de él; habrían luchado siempre contra él. Algunos se habrían escondido ante él – pintores rupestres -; otros le habrían acosado como a una presa – cazadores audaces.

Su fe en que alguna vez conseguirán mejorar a Dios.

A lo mejor cada vez que respiras hay otro que exhala su último aliento.

La ciudad en la que nadie llora. En torno a una lágrima de hace mil años, una reliquia, construyen su catedral.

Incluso en los mejores satíricos me molesta su sensatez, la insípida levadura de la que crece la masa de sus asombrosas ocurrencias.

Un filósofo que va por la vida sin ni una sola respuesta. ¡Pero cómo pregunta!

Mujeres sobre zancos que, desde su altura, se arrojan en brazos de seres a los que han escogido sin tener la más mínima idea de quiénes son.

La Historia lo presenta todo como si no hubiera podido ocurrir de otra manera. Pero hubiera podido ocurrir de mil maneras distintas. La Historia se coloca en el bando de lo ocurrido y, por medio de un contexto fuertemente tramado, lo destaca de lo ocurrido. De entre todas las posibilidades, se apoya en una sola, la que ha sobrevivido. De ahí que la Historia dé siempre la impresión de estar a favor de lo más fuerte, es decir, de lo que realmente ha sucedido: no hubiera podido quedar en el reino de lo no ocurrido, tuvo que ocurrir.

Ranke reconoce la existencia del poder y para él las realizaciones del poder son historia. Los historiadores que no adoran el poder no pueden escribir ninguna historia política coherente. Muchos de ellos han tenido bastante con Roma, cuando hacía tiempo que Roma ya no existía. De los cuatro grandes períodos de la Historia, tal como los vio Voltaire, el último fue el de Luis XlV. Este enemigo de la historia del rey y de sus batallas no estaba menos influido por el poder que un vulgar cronista de guerra.

La peculiaridad de Ranke como historiador está en su pluralismo; es un politeísta del poder. En los siglos anteriores a él, al igual que en el suyo, hubo varias formas importantes de poder: él es el pregonero de todas ellas. En relación con las formas de poder que ya no eran importantes, España y Turquía, parece haber sentido algo así como vergüenza.

¿En qué medida se va a seguir matando cuando sea posible volver a reanimarlo todo?

Tiene tanto dinero que vienen las bombas a comerle en la mano.

Ahora ahorcar tiene ya toda la suavidad y la dulzura que tiene el pescar con caña.

Se llega a la conclusión de que no hay átomos. Sin embargo sigue habiendo bombas atómicas.

«¿Cómo es posible ser justo con uno que no tiene ni idea de lo que es la justicia?» «Es más, ¿destruye uno con ello la justicia? ¿Es tan sensible ésta?»

Para cada uno de los que amamos necesitamos un receptor de insultos y, para ahorrar personas, bastaría con que combináramos acertadamente las parejas insulto y amor.

Esta acuciante necesidad que siento de saberlo todo de todo el mundo, da igual cuándo y cómo hayan vivido; como si mi felicidad dependiera de todos y cada uno de ellos, de sus peculiaridades, de su irrepetible unicidad, del curso de su vida, y luego, además, de lo que iban a ser todos ellos juntos.

Llegar a ser una ciudad, todo un país, un continente y no conquistar nada.

Un rayo especial sólo para avaros que, de repente, se lo quite todo.

El mejor hombre no sería el que menos necesita sino aquel que más regala lo que necesita.

La obra literaria que más se merece la Tierra es aquella que la presenta como un planeta en observación.

Podría ser que estuviéramos siendo observados por varios y podría ser que éstos se disputaran la posesión de la Tierra.

Capataces de otra estrella que anduvieran por la Tierra, que le oyeran a uno y a los cuales no fuera posible hablar de ningún modo.

Pensar que el desarrollo que la técnica ha adquirido en la Tierra pudiera haber atraído sobre nosotros la atención de los extraterrestres; que desde que ha hecho explosión la primera bomba atómica nos ven como un verdadero peligro; que desde entonces están hablando de nuestra destrucción y que ésta es quizás inminente.

Entonces unos cuantos seres primitivos que quedan van a ser los únicos que no sabrán distinguir entre nosotros y los extraterrestres; que no entenderán nada de cuánto ha sucedido; los últimos terrestres ingenuos; indígenas a la vez perdidos e inocentes.

Pasmo y asco cuando los descubridores abran el primer pellejo maloliente de un ser humano. Presentación pública de un hombre comiendo, explicación de la digestión.

Suponte que en lugar de personas tuvieran unidades de luz y que para ellos todas las fronteras, incluso las fronteras entre personas, fueran algo asqueroso y repugnante; luz en lugar de grasa.

¿Y si hubieran escogido la Tierra como su cementerio?

1951

Lo que más me repele de los filósofos es el proceso de vaciamiento que tiene lugar cuando piensan. Cuanto más frecuente y más hábil es el uso que hacen de sus palabras fundamentales, tanto menos les queda del mundo que está a su alrededor. Son como bárbaros que viven en una casa alta y espaciosa llena de maravillas. Andan por allí en mangas de camisa e, impertérritos, lo van tirando todo sistemáticamente por la ventana: sillones, cuadros, platos, animales, niños, hasta que no quedan más que habitaciones completamente vacías. A veces, al final, llegan incluso a volar puertas y ventanas. Queda en pie la casa desnuda. Se hacen la ilusión de que está mejor con esta devastación.

El sabio olvida su mesa.

Del Más Allá ha quedado la nada, es su herencia más peligrosa.

Buzo incansable, te lanzas a las confusiones de los demás. ¿Puedes aprender de ellos aún? ¿Son ellas algo más que el sello de tus propias confusiones?

Un sueño es como un animal, pero un animal desconocido, y uno no ve la totalidad de sus miembros. La interpretación es una jaula, pero el sueño nunca está allí.

Una persona que siempre que te encuentra te pide algo. Hasta tal punto le pareces importante; en tan poco se tiene y tanto es lo que quiere. El personaje que encarna la acción de pedir. Para mí los hombres más enigmáticos son aquellos que lo quieren todo para sí, que necesitan mucho y que, sin embargo, no se tienen por nada.

El hombre más deplorable que he conocido era un buhonero que fue sepultado bajo un montón de palabras, que se las llevó a la boca como si fueran granos de trigo y que, rumiándolas, escribió un poema.

Los ambiciosos que andan a vueltas con el poder van buscando siempre eslóganes. Recogen lo que alguien dice en una reunión y le dan la forma de augurio. El desconocido que contesta a su pregunta les es indiferente. No tienen ninguna gana de volverlo a ver; muchas veces no saben lo que éste lleva entre manos y es posible incluso que no sepan cómo se llama. Tal vez para ellos es «un polaco» o «un psicólogos. De él no necesitan más que una palabra que, de un modo enigmático, les parece útil. Tenderán a retirarse de la reunión así que ha aparecido esta palabra; con las que siguen podría perder algo de su fuerza. Así que están solos, separan totalmente esta palabra de su autor y le están dando vueltas y más vueltas, hasta que adquiere algo de absoluto; como si viniera de una instancia superior a prestarles sus servicios.

El miedo de las estrellas que han sido vistas y anotadas por nosotros.

Toda guerra contiene las anteriores.

Roma, París y Londres estarán olvidadas. Un mar las cubrirá. No habrá nadie que entienda inglés. Algunos caballos dirán una misa por Epson. Los cementerios de Verdun iluminarán el fondo del mar.

Saber que uno no tiene poder sobre nadie puede hacerle feliz. Cuanto mayor sea la intensidad con la que hemos dominado a un ser humano, tanto mayor es esta sensación de felicidad. La libertad – cada vez lo veo más claro – es libertad de soltar, cesión de poder.

A las personas que conozco bien me gusta dejarles que me cuenten una y otra vez las mismas historias, sobre todo cuando se trata de acontecimientos centrales de su vida. Sólo soporto el trato con aquellas personas en las que estas historias suenan cada vez algo distinto. Los demás, para mí, son actores que han aprendido bien su papel; no creo en ellos.

Los ojos muy bellos son insoportables, hay que estar mirándolos siempre; uno se ahoga en sus aguas; uno se pierde y ya no vuelve a encontrar el rumbo.

Siempre te preguntan qué quieres decir cuando despotricar contra la muerte. La gente quiere de ti las baratas esperanzas que las religiones han devanado hasta la saciedad. Pero yo no sé nada. No tengo nada que decir a esto. Mi forma de ser, mi orgullo consiste en no haber halagado jamás a la muerte. Como todo el mundo, algunas veces, muy pocas, la he deseado, pero nadie ha oído nunca de mis labios una alabanza a la muerte, nadie puede decir que yo haya inclinado nunca la cerviz ante ella, que la haya aceptado o embellecido. Me parece lo más inútil y maligno que ha habido nunca, la calamidad fundamental de cuanto existe, lo incomprensible, lo que jamás ha sido resuelto, el nudo en el que, desde siempre, todo se encuentra atado y cogido y que nadie se ha atrevido a cortar.

Que muera un hombre es siempre una lástima. Nadie hubiera debido morir nunca. El peor de los crímenes no fue nunca merecedor de la muerte, y sin la aceptación de la muerte no hubiera existido jamás el peor de los crímenes.

Cabría imaginar un mundo en el que jamás haya habido asesinatos. En un mundo así, ¿cómo serían los otros crímenes?

Lo más importante lo lleva uno cuarenta o cincuenta años consigo antes de atreverse a formularlo de un modo articulado. Sólo por esto resulta imposible medir lo que se pierde con aquellos que mueren prematuramente. Todo el mundo muere prematuramente.

La conducta de los mártires no le parece despreciable a nadie, a pesar de que todo lo que hicieron lo hicieron para conseguir una vida eterna. Qué despreciables les parecerían estos mismos mártires a los seguidores del Cristianismo si lo que les hubiera interesado hubiera sido una vida eterna aquí y no en otra parte.

Incluso la idea de la transmigración de las almas parece tener más sentido que la de una permanencia en el Más Allá. Los paladines de la fe en el Más Allá no se dan cuenta de que se trata de algo a lo que ni siquiera se le da nombre: de un permanecer juntos en el Más Allá, de una masa que no se disgrega nunca. Quieren que una vez reunidos allí, no tengan que separarse más.

Cómo sería un paraíso en el que los bienaventurados no se vieran jamás, en el que cada cual existiera como una especie de eremita bienaventurado, a gran distancia de los demás, de tal manera que no le fuera posible a nadie oír la voz del otro; un paraíso de eterna soledad, sin necesidades ni molestias corporales; una cárcel sin muros, rejas ni guardianes de la que nadie pudiera escapar por ninguna parte porque no habría sitio alguno a donde ir. Allí cada uno daría sus propios discursos, cada uno sería su propio predicador, maestro, consolador, y fuera de él mismo no le oiría nadie. Una existencia beatífica a la que muchos preferirían las penas del infierno.

No puedo explicar por qué en mí se dan a la par una fina sensibilidad para todo lo malo de esta vida y una pasión siempre despierta por ella. Tal vez siento que la vida sería menos mala si no fuera arbitrariamente cortada y desgarrada. A lo mejor estoy bajo el imperio de la vieja idea de que los inquilinos fijos del paraíso son buenos. La muerte no sería tan injusta si no estuviéramos condenados a ella de antemano. A cada uno de nosotros, incluso a los peores, le queda la excusa de que nada de lo que hace se acerca a la maldad de esta condena que pesa de antemano sobre nosotros. Tenemos que ser malos porque sabemos que vamos a morir. Todavía seríamos peores si, desde el principio, supiéramos cuándo.

Las religiones son todas religiones satisfechas. ¿No hay religiones de la continua y acuciante desesperación? Me gustaría ver a uno que no mira tranquilo a los ojos de ninguna muerte, ni siquiera de la suya propia; a uno que, de este odio, ha excavado un lecho siempre lleno para el río incesante de su insatisfacción; uno que no duerme porque, mientras duerme, algunos se duermen para no despertar; que no come porque, mientras come, algunos están siendo devorados; que no ama porque, mientras está amando, algunos son desgarrados. Quisiera ver a uno que fuera solamente este sentimiento, siempre este sentimiento; uno que, mientras los otros se alegran, tiembla por sus alegrías; uno que la vacía lamentación sobre la «fugacidad» la ve con toda crudeza como castigo de la muerte, de la muerte que existe en todas partes y que sólo alienta en este castigo.

El ciego habla de los importantes a quienes conoció cuando veía y da a entender que ahora, desde que ha perdido la vista, los conoce mejor; no hay nada que oprima, oculte, coloree, desfigure y ensucie a estos seres. Rechaza cualquier recuerdo extraño de estos mismos hombres; porque no tiene nada de la pureza de su propia esfera de ciego.

Cuando se le cerraron los ojos empezó a vivir. Ya no veía nada. No chocaba con nada. Iba de uno a otro y no sabía quién era él. Ninguna de las cosas falsas que se decían provenía de nadie. Cuando se ponía triste se arrimaba a una mesa. Cuando se encolerizaba tiraba del mantel. Las mujeres resbalaban por él como el agua; él no las veía y las dejaba pasar. Su ceguera encontraba siempre la meta; ésta cambiaba de lugar y salía a su encuentro. Daba las gracias, se sentaba al piano y a las amables metas les tocaba un vals sumerio. «Antes era todo tan alegre en el mundo», decían ellas sorprendidas.

Lo más sorprendente es el crecimiento repentino de la sabiduría en un hombre que estuvo siempre con uno, en quien ésta no llamaba la atención, de quien se esperaba mucho, pero no precisamente la sabiduría. Uno creía conocerle y verle en su conjunto y resulta que en él había oculto mucho más. Este secreto caudal del ser humano es lo mejor de él; es tan secreto que no se abre a nadie, ni al más próximo ni al más alejado, a no ser que haya alcanzado la plenitud de su forma y se abra de repente, para siempre. En pos de este secreto caudal se investiga con obstinación, pero generalmente en personas que no son las adecuadas. Lo que se buscó afanosamente allí resulta que estuvo siempre aquí; el reverso de la medalla de todos los desengaños, premio, gracia.

El diálogo entre dos personas cambia sus polos; el otro ante quien durante mucho tiempo sólo podíamos estar en silencio se nos vuelve a convertir de repente en el otro.

Mesas cuadradas: la seguridad en nosotros mismos que nos infunden; como si, aliados en grupos de cuatro, estuviéramos solos.

Qué significa que estás hecha de barro, dijo Adán a Eva; y la apartó. Soy tu costilla, dijo ella, mi barro procede del tuyo. El no la creyó y mordió la manzana. Entonces supo que ella decía la verdad; la tomó en brazos y la regaló a la serpiente.

Nombres desnudos sujetos con una correa; los llevan mujeres fastuosamente vestidas: hombres falderos, corno pequineses.

Todos los consejos que él ha dado y todos los aconsejados en persona salen a escena. Actúan como él les había aconsejado, pero unos con otros, una comunidad viviente. Al final, al verlos a todos juntos, se da cuenta de lo que él quería.

El hombre que sólo mira a mujeres que le resultan especialmente desagradables, pero que las mira como si le gustaran. Su destino.

El gesto del verdadero idiota que no puede ser de otra manera me conmueve tanto como el del Todopoderoso.

Su sueño: saber todo lo que sabe y, sin embargo, no saberlo todavía.

Contando todos los amigos que tiene se encuentra a sí mismo; después de sumar, restar, multiplicar y dividir… el resultado, la suma, es, de un modo inesperado, él. ¿Los ha escogido de tal manera que el resultado no ha podido ser otro? ¿Tantos y este viejo resultado?

El mar no está nunca solo.

Cómo le gustaría estar en un mundo en el que él no existiera.

Algunas expresiones del inglés me resultan profundamente odiosas; por ejemplo, cuando de un hombre se dice: He is a failure», porque no ha llegado a ser nada especial. Y luego ¡a quién se aplica esta frase! P., que tiene muchos de estos rasgos ingleses, dijo una vez hablando de Benjamín Constant: «He was a failure». Sí, ¿quién no lo fue? ¿No ha vivido todo el mundo en vano? ¿Y no han muerto todos?

La camarera larguirucho que, moviendo los dedos, se exhorta a misma sobre unos encargos que podría olvidar. «Ahora voy», mueve la cabeza en un gesto de asentimiento y mira furtivamente hacia unos dedos que tiene estirados. Luego otros dedos corroboran aquello que le han recordado los primeros; y es completamente feliz de haber llegado a este convenio consigo misma. No son los otros los que la mandan de un lado para otro y le dan órdenes; oye una cosa y consulta tranquilamente consigo misma; es la que decide cuando un dedo replica a otro y cuida de que no peleen unos con otros. Cuando la gente se impacienta abre toda la mano y entonces uno sabe que no hay nada que hacer: los dedos, sin más, se niegan a consultar unos con otros.

Las mujeres más tontas: las que vienen a contarlo todo inmediatamente, al primero que las escucha; sin embargo, esto que cuentan todavía no ha ocurrido del todo.

El hombre que, para que lo alaben, está dispuesto a todo; lo único que hay que hacer es decirle con suficiente frecuencia lo bueno que él es. Está dispuesto a cometer un crimen para que le digan que es bueno.

Sólo lo inesperado hace feliz; pero tiene que chocar con muchas cosas esperadas y dispersarlas.

De Hobbes sigue atrayéndome todo: el coraje de su espíritu, que es el coraje de un hombre lleno de miedo; su erudición, segura y autoritaria, que con un instinto sin par, intuye qué es lo que tiene que confrontar dentro de sí mismo y qué es lo que debe abandonar como vacío y esquilmado; su contención que le permite guardar para sí, a lo largo de decenios, ideas maduras y vigorosas, y determinar por su cuenta, sin dejarse influir por nada y de un modo despiadado, el momento propicio para tales ideas; el gusto por sentirse rodeado por este anillo de enemigos – él, que es su propio partido, que, si bien hace creer a algunos que van a poder utilizarle, no obstante sabe defenderse de todo abuso y, sin buscar jamás un poder mezquino, hace exactamente aquello que sus ideas aprueban -; su firmeza al lado de un espíritu tan lleno de vitalidad y frescor; su desconfianza frente a los conceptos – ¿qué otra cosa es su «materialismo? – y también su avanzada edad. A veces me pregunto si en mi debilidad por él no jugarán un papel excesivo estos noventa y un años de vida que Hobbes alcanzó. Porque con los resultados de su pensamiento, como tal, casi nunca estoy de acuerdo; su superstición matemática no me dice nada, y justo su visión personal del poder es lo que yo quiero destruir.

Pero me fío de él; los procesos de su vida y de su pensamiento me parecen auténticos. Es el contrincante que estoy oyendo; jamás me aburre, y admiro la penetración y la fuerza de su lenguaje. La superstición conceptual de algunos filósofos posteriores a él me resulta mil veces más desagradable que su superstición matemática. Me fío de él y me fío de sus años. Deseo para mí, es cierto, tantos años como él tuvo, porque de otro modo, ¿cómo voy a conseguir la misma firmeza en mis vivencias fundamentales, el mismo examen, el mismo afianzamiento y la misma ratificación?; estas vivencias son hoy las mismas para todo el mundo; lo único que hay que hacer es darles tiempo para que le penetren a uno del todo.

Un hombre que jamás ha recibido una carta.

El infierno del ladrón es el miedo a los ladrones.

Durante toda la cena, la ancianísima señora estuvo hablando de espíritus. La cena fue larga. Intenté envidiarla por sus experiencias. ¿Por qué ningún espíritu se ha preocupado de mí todavía? Quise desviar la conversación, simplemente por llevar la contraria. Ella no cejaba. Una guía de teléfonos había sido cambiada de sitio. Encontraron una serie de zapatos sobre una cama. Todo esto me pareció pobre. Me hubiera gustado más que el espíritu hubiera revuelto nombres y direcciones en la guía telefónica, porque darle a una cosa un puntapié, nada más, es algo que yo también puedo hacer. Pero lo que literalmente me avergonzó fueron los zapatos encima de la cama. ¿Por qué no habían preferido salir de paseo todos ellos, cada uno en una dirección distinta? Escuchaba a regañadientes. El espíritu no había tenido ninguna ocurrencia especial. La ancianísima señora, que notó mi desengaño, pasó a hablar de otra cosa. Al fin la dejé; estaba cansado. Pasaron horas hasta que no caí en la cuenta de que ella misma era el espíritu. Se preparaba para su futura carrera. Explicaba sus planes.

Un nochario en el cual no hay ni una línea que haya sido escrita de día. Paralelamente, un verdadero diario en el que todo ha sido escrito de día. Mantener separados los dos durante unos cuantos, no compararlos nunca ni mezclarlos.

Su confrontación final.

1952

Cada dos o tres semanas le invaden los «Emplazados» ¡Qué callados siguen viviendo en él! ¡Qué agradecidos le están de que les deje tiempo! Saben que jamás podrá descuidarlos, que jamás podrá olvidarlos. Quieren agotar su propia existencia en él y para ello reclaman un poco de tiempo. El los aprecia a todos, a cada uno de ellos, y recuerda asombrado aquel período de su vida en el que, lleno de odio y de rabia, tiraba a sus personajes. ¿Qué es lo que le ha dado tanta ternura, incluso para estos esbozos?

Puede que uno haya conocido a tres o cuatro mil personas; nunca habla más que de seis o siete.

Algunas cosas uno las retiene simplemente porque no tienen relación con nada.

Los sucesos de Everton, en 1759, explican por qué el sermón de John Wesley y de sus desenfrenados seguidores produjo masas de moribundos, de condenados que se retuercen de miedo ante las consecuencias de su propia muerte. Al leer la descripción del «Journal», uno piensa en un campo de batalla, pero en un campo de batalla imaginado o fingido – como en una obra de teatro -, en un campo de batalla provisional, por así decirlo, que se simula para escapar al verdadero. En este sentido no hay duda de que Wesley puede compararse a un general, a uno que da órdenes y señales para empezar la batalla, pero una batalla-de-una-masa que, por sí misma, se convierte en masacre. Sin embargo, esta situación está dominada por la idea de que el espectáculo de la masacre tiene un efecto benéfico y salva del holocausto real.

Siempre que veían el cielo abierto, estaba tan lleno que sólo deseaban una cosa: encontrar sitio en él.

¿Puede uno mismo sentir todos los fanatismos? ¿No se excluyen unos a otros?

Anda husmeando tras todas las sectas; a lo mejor es un inquisidor como cualquier otro.

Historiadores en el día del juicio Final.

¿Qué horcas, qué carne, y quién es que nos asa?

La observación psiquiátrica del ser humano tiene algo de lesivo que consiste más en la clasificación de lo anormal que en su simple constatación. Ya no hay más normas reales; entre los hombres que tienen criterio y experiencia se ha llegado al convencimiento de que cada uno, todo, de una manera u otra, es anormal. El valor de esta idea está en el sentimiento de individualidad de cada hombre que tal idea fomenta: así es como uno quisiera respetar, amar y proteger a cada individuo, incluso en el caso de que su conducta no fuera ni comprensible ni previsible. Sin embargo, el psiquiatra -que crea categorías de anormalidad y a quien le incumbe primero clasificar y luego curar – al hombre que a menudo está humillado le quita además su carácter de ente individual. La víctima de este poder de agrupar a los otros no es únicamente el que es objeto de esta clasificación; también para el observador que está implicado en ella le resulta deprimente ver este poder en acción y no poder hacer nada para que sea reversible.

A partir de cierta edad, toda persona inteligente y sensata aparece como peligrosa.

Sabe siempre de antemano lo que va a venir en el periódico y por esto tiene que leerlo con la máxima atención.

Sabe provocar incluso el odio de un mosquito.

Esta historia que está hecha fundamentalmente de atrocidades diabólicas, ¿por qué me ocupo de ella, yo que no tengo nada en común con ni una sola de sus atrocidades? Torturar y matar, matar y torturar; leo esto una y otra vez de mil maneras distintas; siempre lo mismo; sin los años, que como alfileres están prendidos en todo esto, uno no podría mantenerlo a distancia.

Está esperando una palabra que le rehabilite y justifique todas sus palabras.

Voy a destruirme hasta que esté entero.

Quizá fue una suerte que años atrás no me dejara dominar nunca por mi «material»; que una y otra vez lo mantuviera a cierta distancia. De este modo cada uno de sus fragmentos tenía su efecto propio y duradero. Podía meditar sobre cosas que, de otro modo, se hubieran asfixiado unas a otras. Mucho que, de no ser así, hubiera tenido sólo una existencia breve y turbulenta en la superficie, tuvo tiempo de encontrarse y enlazarse en el recuerdo. De esta manera puedo comprender también por qué el enorme material que en los últimos meses he estado mirando no me ha llevado ni a un solo pensamiento realmente nuevo; se ha limitado a ratificarme en lo que ya había pensado y a darme nuevo ánimo, yo diría que un ánimo científico.

¡Oh frases, frases! ¿Cuándo vais a acoplaros de nuevo unas con otras y a no separamos nunca más?

Estoy rodeado de enemigos que quieren consolarme. Quieren romper mi desafío de dos maneras. Por un lado, en relación con la desahuciada para quien no puede haber salvación posible: Si tiene que ocurrir, mejor que ocurra. Por otro lado gritan. ¡Me muero, me muero! Pero yo todavía no he reconocido nunca que esto tenga que ser así, en ningún ser humano; que se me seque la lengua si alguna vez lo reconozco; prefiero disolverme en un vaho maloliente que decir sí a esto. Y que todos los demás también tienen que morir ya lo sé; me lo tomo suficientemente en serio; pero que con esto me amenacen para apoderarse de mi miedo y quitárselo al que ahora está amenazado, esto se lo censuro, esto no se lo perdonaré a nadie.

¿Es el sentimentalismo el amor por todo aquello que uno conoce bien? Se juntan tantas cosas conocidas y familiares en el curso de una vida que todo parece estar cubierto de una capa de sentimentalismo. Cuanto más conocido es algo más capas de azúcar se depositan sobre ello. Pasa mucho tiempo hasta que los sedimentos de lo conocido se endurecen del todo. Hasta la fecha no hay nadie que haya podido escapar al sentimentalismo; lo único que puede hacer es cuidar de que las regiones de lo conocido estén muy separadas unas de otras: así quedan muchas capas en medio, que son todavía dignas de asombro. Lo único peligroso es la trama de lo familiar, el continente cerrado de lo conocido. El que está instalado en él, ¿adónde puede ir todavía? ¿a qué país extranjero puede llegar aún?

Es necesario no escapar siempre a los terremotos. El dolor por lo destruido de un modo inmerecido y ciego es un dolor sin consuelo, y ninguna vida será suficientemente larga para asimilar del todo este dolor en el sedimento de lo familiar, que es lo que a uno le parece seguro.

Algunos se hacen sus propios terremotos, temperamentos atrevidos que están desgarrados por el miedo. Otros, como en el sueño, encuentran el camino que lleva a lugares amenazados, profetas que hablan en voz baja. Pero hay todavía víctimas que se aceptan en la violencia de su modo de vivir, que se marchan, se alejan, andan por el mundo hasta agotarse, hasta que la desgracia les acomete a. ellos solos; y entonces para ellos todo ha terminado de un modo absurdo y sin sentido; sin sentido, es decir, sin testigos.

¡Toda rebelión tiene que tener algo de mentira! La dinámica de la rebelión exige que uno aumente el motivo inicial de ésta. Uno está furioso, sin duda, pero qué es lo que uno no aprovecharía para atizar y justificar esta furia. Los momentos de furia sólo tienen un sentido si llegan a estar llenos, si de repente se inflama el hombre entero y todas sus reservas. El que es demasiado ambicioso o demasiado tímido para esto y no conoce esta experiencia es un ser desdichado. Todo el mundo necesita acordarse de su propio fuego; con sólo el fuego que le puedan prestar los demás nadie se dará por satisfecho.

El juego de azar en el que uno se lo juego todo es una forma de ira. Sólo que tiene un efecto distinto porque tiene lugar dentro de un ritual establecido; ira blanca, pero ira.

Algunos hombres prefieren esta forma de ira, porque el alto precio que hay que pagar simula ser un resto de sensatez. Parece como si uno quisiera tener algo muy especial; en realidad lo que ocurre es que uno quiere arriesgar algo especial y para ello necesita del fuego de la ira. La frialdad aparente corresponde a la pérdida anticipada. Uno atenta contra lo que tiene; cuanto más tiene, más violenta acaba siendo su ira; el que lo pone todo en juego es el más furioso.

Me resulta muy difícil de entender el más grande de los empeños, el de la vida. Tal vez, en esto soy demasiado curioso y ando con demasiada avidez en pos del milagro; estoy esperando continuamente lo inesperado. Para mí, cuando realmente tiene valor lo que sé, o lo que quiero, es cuando ha sido superado o discutido. En la meta de todos los caminos se esconde lo otro, del cual siento sólo que va a ser algo sorprendente. Sé para que, de repente, esto se sepa de otra manera. Quiero para que la voluntad se me desvíe. En todo hay tal riqueza de esperanzas que un final, una conclusión sea cual fuere su forma, se me hace impensable. No hay fin ninguno, pues todo va teniendo cada vez más ser. El auténtico hombre es para mí el que no reconoce ningún fin; no tiene que haber ninguno y es peligroso inventarlo.

Lo que hacen las religiones a algunos les parece útil. Es cierto, suavizan el terrible filo de la separación e infunden esperanza a los menos afectados, a los que siguen viviendo. Su pecado principal, no obstante, lo cometen con los muertos, de quienes disponen, como si tuvieran derecho a ello y supieran algo de su destino. Para mí es justa cualquier ficción que mejore las relaciones mutuas entre los vivos. Pero las afirmaciones sobre los muertos, sobre los que se han ido definitivamente me parecen frívolas e irresponsables. Aceptando algo de lo que se afirma sobre ellos, uno los abandona del todo, y ellos no pueden defenderse de ninguna forma. La indefensión de los muertos es el más incomprensible de todos los hechos. Amo demasiado a mis muertos como para colocarlos en algún sitio (encuentro ya humillante que se les aparte, se les encierre y sepulte). No sé nada de ellos, absolutamente nada, y estoy decidido a seguir amándolos en medio de todo el dolor que supone esta inseguridad.

La fotografía ha destruido el doble.

¡Oh ligereza, ligereza! ¿Se hará viejo y cada vez más ligero hasta entenderlo todo sin decirlo, amarlo todo sin quererlo, tenerlo todo sin que ellos lo noten?

Sólo por esto no puede haber ningún Creador: la tristeza por el destino de lo creado no sería imaginable ni soportable.

El estado de saciedad del vencedor, su hartura total, su satisfacción, el prolongado placer de su digestión. Algunas cosas sería mejor que no existieran, pero lo único que no debería existir nunca es un vencedor.

Pero somos vencedores, de todo hombre a quien conocemos bien y a quien sobrevivimos. Vencer es sobrevivir. ¿Cómo hay que hacer para seguir viviendo y, no obstante, no ser un vencedor?

La cuadratura moral del círculo.

Sobre lo que se requiere para los «Emplazados»: no comprendo cómo a los hombres no les preocupa mas el misterio de la duración de su vida. En el fondo, todo fatalismo tiene que ver con esta única pregunta: la duración de la vida del hombre, ¿es algo fijado de antemano o es primariamente el resultado del modo como transcurre su vida? ¿Viene uno al mundo con un determinado quantum de vida, digamos 60 años, o durante mucho tiempo este quantum es algo indeterminado, de modo que el mismo hombre, después de la misma juventud, podría llegar a los 70 o solamente a los 40? Y ¿cuándo se alcanzaría el punto en el que estaría claro dónde se encuentra el límite? El que cree lo primero es, naturalmente, un fatalista; el que no lo cree atribuye al hombre una sorprendente dosis de libertad y concede que éste tiene influencia sobre la duración de su vida. Uno vive, más o menos, como si este segundo supuesto fuera cierto y se consuela de la muerte con el primero. Quizá son necesarios los dos y hay que usarlos alternativamente para que los hombres sin coraje soporten la muerte.

La mayoría de las religiones no hacen a los hombres mejores, Pero sí más cautos. ¿Hasta qué punto esto tiene valor?

El cielo quiere que le penetren con la mirada y se lo recuerda a los hombres con los rayos.

Personas, una cada dos o tres años, en las cuales uno se resume; a quienes hay que presentarles todo lo anterior, como desde una atalaya. Personas que están en lugar de montañas, con una vista amplia y despejada, pero que ellas mismas ven tan poco como la montaña sobre la que uno ve.

1953

Todo lo relativo a los «Emplazados» es un misterio para mí. No puedo prever qué efecto va a tener ninguna escena sobre la vida misma. Temo las conexiones inmediatas como si estuviera en medio de una malla de prohibiciones estrictas que yo infringiera con cada nueva escena. Para reparar estas culpas tendría que inventar cada vez una escena distinta que equilibrara la anterior, es decir, que pesara más que ella ¿Cómo puedo saber yo si voy a conseguir este equilibrio entre las escenas?

Tal vez, hasta hoy, todos los pensamientos han sido pensados en torno a un pensamiento que está esperando a que lo piensen. Tal vez todo depende de que este pensamiento sea pensado realmente. Tal vez aún no hay ninguna seguridad de que vaya a ser pensado.

Uno que al ir a casa tiene que perderse necesariamente. Cada vez tiene que encontrar un camino distinto.

Es una paz terrible la que le entra a uno cuando a su alrededor van cayendo más y más hombres. Uno se vuelve completamente pasivo; ya no devuelve los golpes. En la guerra contra la muerte se convierte en un pacifista y pone la otra mejilla y el hombre siguiente. Esta debilidad, esta laxitud la capitalizan las religiones.

Se convierte en un asesino de masas porque una enfermedad de la que murió su ser más querido es curable al poco tiempo de la muerte de éste.

Ya no puedo leer nada sobre ningún pueblo primitivo. Yo mismo soy todo un pueblo primitivo.

Lee para conservar la razón, para seguir comprendiéndose a sí mismo. De no ser así… ¿adónde habría ido a parar, de no ser así? Los libros que tiene en la mano, que observa, abre, lee, son su lastre. Se agarra a ellos con toda la fuerza de un desdichado a quien un tornado se lo va a llevar. Sin los libros viviría, sin duda, con más intensidad, pero ¿dónde estaría? No sabría dónde está, no se orientaría. Para él los libros son brújula, memoria, calendario, geografía.

Dios como preparación de algo mucho más terrible de lo que nosotros todavía no sabemos absolutamente nada.

Transeúntes y «Eternos». Me persigue la idea de un extraño mundo en el que los hombres, a una edad determinada, se paran, cada uno a una edad distinta. He aquí que uno, con bastante prisa, llega a los 30 y no pasa de ahí. El otro llega renqueando hasta los 70 y luego se queda en los 70. Algunos andan de un lado para otro como niños de 12 años y jamás pasan de esta edad. Hay dos clases de hombres, unos están todavía en camino hacia su meta, los otros la han alcanzado. Puede que algunos niños pasen de los 12 años, pero luego hay otros a los que cabría llamar eternos doceañeros.

De los «Eternos» los hay de todas clases: niños, hombres, mujeres, ancianos. Tienen un cierto sentimiento de superioridad; a ellos ya no les puede ocurrir nada. Pierden el interés por sus años una vez que han llegado a su segundo período; ya no los cuentan y se quedan en lo que ahora son. Tienen los privilegios de su duración, se conocen unos a otros y se saludan de un modo especialmente respetuoso. Su actividad corresponde a aquello que cabría llamar su edad fundamental. Son los modelos de los otros, a los que la gente llama «Transeúntes». Cada «Transeúnte» tiene un «Eterno» como padrino y éste decide su meta.

Transeúntes y «Eternos» viven mezclados, no están separados unos de otros. El matrimonio entre ellos no está prohibido pero conlleva dificultades. Un «Eterno» puede enamorarse de una Transeúnte; entonces su amor está expuesto a todas las variaciones de ésta. Puede que la mujer tenga que pasar una serie de años hasta ascender a la clase de él; a partir de este momento ella ya no le interesará. Por el contrario, un Transeúnte puede estar poseído por el afán de amar sólo a «Eternas» y seducir mujeres de esta clase, una tras otra, hasta que, al fin, él mismo, como «Eterno», llegue al estado de reposo. Y sólo en este mundo es posible una forma de felicidad que nosotros, perecederos sin remedio, anhelamos de vez en cuando: puede ser que un «Eterno» encuentre a una «Eterna»; entonces no cambian nunca; juntos pueden seguir siendo invariables. Pueden agotar el sentimiento que tienen el uno por el otro sin que las influencias del tiempo vacíen este sentimiento. Pueden saber si realmente son el uno para el otro; ellos, pero sólo ellos, pueden probar y acreditar sus sentimientos.

Aquél para quien el amor, en este sentido supremo, sea importante podrá encontrarlo y mantenerlo. A quien le atraiga el cambio del otro, aunque él mismo, por su propia naturaleza, haya alcanzado la estabilidad, éste como «Eterno», buscará a los Transeúntes. El que quiera vivir de un modo fluido pero tenga que adorar a aquello que es palpable e igual a sí mismo, éste como Transeúnte, buscará a un «Eterno». Pero aquellos que en su propia mutabilidad sólo puedan soportar lo mudable, éstos, como Transeúntes, irán con los Transeúntes.

En este mundo cada uno podría encontrar lo que necesita para ser feliz.

Un país en el que la gente llora cuando come.

El amigo religioso piensa que a cada buena acción Dios hace nacer a un hombre y que a cada mala acción hace morir a otro.

Cree que hay ángeles que le tapan a uno los oídos en los momentos adecuados.

Imagina que le quitan a todo el mundo las promesas, como te las han quitado a ti; que nadie barrunta nada más; que para todos, en el momento de la muerte, se acabó todo; que los hombres se han convertido en terrenales del todo, aquí, en todas partes y para siempre: ¿qué cambiaría?, exactamente, ¿qué cambiaría en las relaciones entre unos y otros?

¿Serían más emprendedores o menos? ¿Más astutos? ¿Más cerrados? ¿Se limitarían a esconder sus maldades hasta el final, sabiendo muy bien que, de todos modos, se iban a quedar sin nada en un momento? ¿O bien el recuerdo que dejan aquí sustituiría del todo la vida de después de la muerte?

No creo que esto sea algo que pueda decidirse de un modo preciso, ya que en todo el mundo hay restos de creencias que juegan un papel en el momento de dar una opinión sobre este punto. Pero puedo, imaginarme que en uno de estos que carecen de fe el gusto por hacer el bien llegue a convertirse en una verdadera pasión, como si hombres de este tipo estuvieran en lugar de un poder supremo y lúcido y en lugar de todo aquello que se espera de tal poder.

«Humano». ¿No conseguirán jamás quitarle a uno la costumbre de aplicarles esta palabra? ¿Existe un hombre imperturbable?

No hay nada más aburrido que ser adorado ¿Cómo es posible que Dios lo soporte?

En Montaigne lo que muchas veces me molesta es la grasa de las citas.

El Hombre-sordina. Un hombre que pone sordina a todas las frases, deseos y acciones de los demás, hasta que consigue crearse un entorno en el que ya no hay nada que le estimule. Sus ademanes, su circunspección, la calma que emana de él. Su alegría serena y carente de miedo. Su estar libre de toda curiosidad. Aunque le pone sordina a todo, no sabe nada; va de un lado para otro como un ciego. Nota solamente aquello que puede debilitarse, y su moderada actividad se aplica solamente a ello. No va ni demasiado deprisa ni demasiado despacio; sus palabras son como notas; cada una de sus frases, unos cuantos compases de música escogida.

Consigue remitir siempre el individuo a lo general: alguien ama… como aman todos los hombres; alguien ha muerto… como todos los hombres. El contenido mental con el que opera es mínimo y en esto estriba su eficacia. No juzga ni condena, porque tal actividad es algo que atañe siempre al individuo; no culpa a nadie y jamás se asombra.

Todo lo que pueda suceder ha sucedido tantas veces que no se distingue por nada especial. Para él no hay poderosos, como tampoco hay pobres. Observa a los hombres como si fueran hojas; son tan parecidos unos a otros como aquéllas; diáfanamente amables, su destino es lento y reposado. Su caída la observamos sólo como algo común; ¿qué es ya cada una de las hojas que cae?

Jamás padece hambre; no se niega nada, y si alguna vez quiere algo con excesiva vehemencia, sin que se note se aparta de este camino y olvida lo que quería. El Hombre-sordina no tropieza nunca con ninguna desgracia. Si por casualidad está presente en alguna, no la reconoce. Si se le coge y se le obliga a decir lo que piensa sobre aquello, demuestra con una sonrisa que ha sido para bien. El que padece miseria habría sucumbido a la riqueza. A quien muere se le ha ahorrado un padecimiento largo y prolongado. El que odia está enfermo. El que ama mucho también está enfermo. Todo lo que se dice sobre viejos miedos, más aún, la Historia entera de la Humanidad es un cuento. Porque jamás los hombres hubieran podido hacer lo que la Historia les ha atribuido; incluso ahora, esto no lo hace nadie.

Sé muy bien cómo se comporta el Hombre-sordina, pero no sé que aspecto tiene.

A la gente «importante» hay que verla con dureza. Hay que ser con ellos igual como ellos son; en aquello en que son duros son «importantes». La piedad, que ellos desconocen, no puede iluminarles; les pone bajo una luz falsa. Crueles, tal como luchan unos contra otros; crueles, como descienden de sus alturas: así es como hay que vivirlos; todo lo demás es engaño.

El primer efecto de la adaptación a otro es que uno se vuelve aburrido.

La característica inequívoca de un gran libro: que al leerlo uno se avergüenza de haber escrito alguna vez una línea; no obstante, no tiene más remedio que escribir, aun en contra de su voluntad y además como si no hubiera escrito jamás una línea.

Sus letras se mecen; es como si estuvieran escritas sobre agua.

¿Será posible que la muerte de ella me haya curado de los celos? Me ha vuelto más tolerante con las personas a quienes amo. Las vigilo menos; les concedo la libertad que tienen. Pienso para mí: haced esto, haced aquello, haced lo que os venga en gana, con tal de que viváis; haced, si no hay más remedio, todo lo que queráis, molestadme, engañadme, arrinconadme, odiadme; no espero nada, no quiero nada, sólo una cosa: que viváis.

Se desgarró el corazón hasta hacerlo jirones. No era más que terciopelo.

El deudo que ha heredado 100 amigos. Está satisfecho.

Para domar fieras les sopla en la nariz. Cuando el domador dijo esto me acordé del gusto que me daba y de cómo me ponía meloso cuando me soplaban en los oídos.

Peligros del orgullo: uno se vuelve tan orgulloso que ya no se mide con nadie. Ya no confía en nadie a quien tenga miedo. Sólo se confía entre aquellos que le admiran. Ya haciendo cada vez menos cosas y al final no hace nada; así es como no pone en peligro su actitud de orgullo.

¿Cómo se aprende a entregar aquello que se domina? ¿Cómo se abre la mano sin que se nos encojan los sentimientos? ¿Cómo anhela uno lo conocido y familiar sin que este anhelo lo atraiga hacia sí? ¿Cómo se renuncia a lo que se posee sin destruirlo?

1954

Un mundo en el que nadie reconoce a nadie. La ocupación fundamental de estos hombres consistiría en convencerse los unos a los otros de que lo son.

Sólo el incrédulo tiene derecho al milagro.

¿Qué frases de las que encontramos en una colección de aforismos son las que anotamos?

En primer lugar, aquellas que nos ratifican: impresiones que las sentimos exactamente de la misma manera, que hemos pensado muchas veces, que están en contradicción con las opiniones tradicionales, que nos justifican. Hay mucho de autosuficiencia en este afán de ser ratificado por hombres importantes o por sabios. Pero puede haber más: el puro gusto de encontrarse con un espíritu realmente afín. Porque cuando muchas frases de un solo hombre coinciden con las de uno mismo, lo que es mera autosuficiencia se convierte en asombro: en una época completamente distinta, entre personas completamente distintas, alguien ha intentado comprenderse a sí mismo exactamente igual a como lo hemos hecho nosotros; ante su vista ha tenido este hombre la misma forma, el mismo perfil, el mismo destino. Seríamos felices si lo mejor que tenemos fuera equiparable a lo mejor que él tiene. Sólo un pequeño temor nos retiene de echarnos en sus brazos, en brazos del hermano mayor: el sentimiento de que en nosotros hay muchas cosas que le asustarían.

Luego hay dos tipos de frases que no se refieren a nosotros; las primeras son frases cómicas; nos divierten con una abreviatura o giro inesperados; como frases son nuevas y tienen el frescor de las palabras nuevas. Las otras despiertan a la luz una imagen que hacía tiempo que estaba preparada en nosotros y le permiten subir a la superficie.

Por su efecto, tal vez las más curiosas son las frases que nos avergüenzan. Tenemos muchas debilidades que jamás nos dan quebraderos de cabeza. Hasta tal punto son nuestras que las aceptamos como a nuestros ojos y a nuestras manos. Quizá tenemos incluso una secreta ternura por ellas; puede que nos hayan granjeado la confianza o la admiración de los demás. Y he aquí que, de repente, nos las encontramos delante de nosotros, con toda crudeza, arrancadas de los contextos de nuestra vida, como si pudieran existir en cualquier sitio. No las reconocemos inmediatamente, pero nos quedamos perplejos. Las leemos por segunda vez y nos asustamos. «¡Resulta que eres tú!», nos decimos de repente con energía, y seguimos empujando la frase como si fuera un cuchillo. Nos ruborizamos de nuestra imagen interior. llegamos a prometernos ser mejores y, aunque apenas mejoramos realmente, jamás olvidamos estas frases. Puede que nos lleguen a quitar una cierta inocencia que tal vez era atractiva. Con todo, en estos terribles cortes el hombre se inicia en su modo de ser propio. Sin ellos, éste no puede nunca ver del todo. Tienen que ser inesperadas y tienen que venir de fuera. El hombre, solo, se instala todas las cosas a su comodidad. Solo, es un mentiroso incorregible. Pues nunca se dice nada que sea realmente desagradable sin compensarlo inmediatamente con algo halagüeño. La frase que viene de fuera es eficaz porque llega de un modo inesperado: uno no tiene preparado ningún contrapeso para equilibrarla. La ayudamos con la misma fuerza con la que, en otras circunstancias, habríamos salido a su encuentro.

Hay también las frases intocables o sagradas, como las de Blake. Nos resulta penoso encontrarlas en medio de otras porque éstas pueden ser sabias, a la luz de las frases intocables aparecen como falsas e insípidas. Jamás nos atrevemos a apuntarla frase intocable. Necesitamos una hoja o un libro para ella, un lugar en el que no haya nada ni vaya a haber nunca nada. Existe un malestar inconfundible que es especialmente penoso; un estado en el que no es posible hacer nada porque uno no tiene ganas de nada; en el que abrimos un libro para volverlo a cerrar; en el que ni tan sólo podemos hablar porque cualquier otra persona nos resulta molesta, e incluso nosotros mismos nos vemos corno alguien ajeno. Es un estado en el que nos abandona todo aquello que antes acostumbraba a constituir nuestro ser: metas, costumbres, caminos, clasificaciones, confrontaciones, humores, certezas, vanidades, épocas. Dentro de nosotros hay algo que no conocemos en absoluto y que avanza tanteando de un modo oscuro y tenaz; no sospechamos en qué terminará este tantear; no lo podemos ayudar en su ciego movimiento. Siempre nos quedamos sorprendidos cuando, al final se manifiesta; no comprendemos cómo ha sido posible que hayamos ido con él, justamente con él, y exhalamos un suspiro de alivio no sin la consternación de no habernos manifestado sobre un mundo indomable que llevamos dentro y que, desde hace tiempo, preferimos.

La superstición de que en un día es posible recuperar lo que se descuidó en cien o en mil días. La podríamos llamar también la fe en el rayo o en el trueno.

En los diarios de Luis II de Baviera (que no se publicaron hasta 1952 en Liechtenstein) llama la atención la importancia que se da a algunas efemérides, especialmente a las fechas de la ejecución de Luis VI y de María Antonieta. Son los días de sus mártires; todos los santos se destacan con especial solemnidad y se utilizan como votos del ámbito más privado y particular del monarca. El futuro de Luis II está dominado por un número, el 41, el cumpleaños al que quiere llegar; todo lo que ocurre y no debe ocurrir está relacionado con él.

En la paranoia, las épocas, los períodos de tiempo fijados con exactitud, el retorno de determinados días tienen importancia capital y sirven para absorber el miedo. En el calendario, en sus efemérides inmutables, se busca una garantía para lo que tiene que venir. Cuando todo se venga abajo, como última seguridad quedará el calendario, con sus días señalados.

¡Qué sabio fue el padre de Buda! ¡Y qué vergonzosa la leyenda del primer encuentro de Buda con la vejez, la enfermedad y la muerte.

¿Hubieran ocurrido las cosas de otra manera si desde pequeño su padre hubiera tenido en casa, para él, a un viejo, a un enfermo y a un moribundo, a modo de compañeros de juegos y animalitos predilectos, como bailarinas, mujeres y músicos? Londres después de Marrakech. Está sentado en una habitación con diez mujeres, sentadas en distintas mesas, todas con la cara destapada. Ligera irritación.

Lo redondo de todo lo que ocurre en Marrakech igual que las cavidades oculares de los ciegos; nada ha terminado; nada se interrumpe del todo; lo más abrupto continúa por repetición.

El balbuceo de tu oído cuando ha oído mucho y no ha entendido nada.

Pensar que, desde que te has ido, ellos han seguido gritando todos los días; pensar que ahora, mientras tú estás sentado aquí, los ciegos están gritando: Alá, Alá, Alá.

El flotar de los ciegos, a quienes no se les interrumpe en ninguna de sus observaciones.

¿Qué es lo que ve un ciego dentro de sí?, ¿cuánto tiempo lo está viendo? ¿Cambian más raramente las cosas que ve?

¿Qué es lo que amamos tanto de las ciudades cerradas, de las ciudades que están íntegramente dentro de murallas, que no van terminando poco a poco de un modo desigual a lo largo de carreteras?

Es sobre todo la densidad; uno no puede salir por donde quiera; una y otra vez se encuentra con murallas que le vuelven a meter en la ciudad. En una ciudad con muchas callejas sin salida, como Marrakech, este fenómeno se produce repetidamente; uno se va adentrando cada vez más en ella y, de repente, se encuentra delante de la puerta de una casa y ya no puede seguir. La casa no le abre sus puertas; no hay ningún camino que lleve a su interior, ni ningún camino que pase por delante de ella; uno tiene que dar media vuelta. Los habitantes de esta casa-terminal, a pesar de que apenas hay ventanas, se conocen unos a otros justo lo suficiente como para que un forastero tenga que resultar chocante. Para los que van de paso no hay ninguna ocasión.

Aquí los forasteros son más forasteros, y los habitantes están más en su casa.

Hay personas que sienten tanto el dolor del otro que apenas sienten nada más. Sin embargo, siguen viviendo; evitan, cuando pueden el dolor propio y todavía les parece que esto que hacen está bien ¿A ver si va a resultar que son estos hombres los más listos? ¿Es posible que esta fina sensibilidad para el dolor les sirva sólo para apartarlo, de sí mismos en los momentos precisos, por medio de un mejor instinto: antenas-del-dolor?

Las lenguas fallan; las palabras que estamos empleando continuamente no cuentan. En relación con los ingleses a quienes tuve que hablar en Marruecos, debo decir que me avergonzaba el simple hecho de estar hablándoles; allí me resultaban muy extranjeros. Todavía más extranjeros me resultaban los franceses, que allí son los señores – los señores momentos antes de que los echen -. Los otros, en cambio, los que siempre han vivido allí y a quienes yo no entendería, eran para mí como yo mismo.

Se imagina a Dios contestando cortésmente y como un políglota a cada orante en su lengua.

También aquí, desde que he vuelto, no se ha borrado nada. Llega incluso a aumentar la intensidad luminosa de todo. Creo que, presentando simplemente lo que he visto, sin cambiar, inventar ni exagerar nada, puedo construir en mí algo así como una ciudad nueva en la que vuelva a florecer el libro sobre la masa que avanza a trompicones. No se trata de poner sobre el papel lo inmediato, que es en lo que ahora estoy pensando, sino solamente de una nueva fundamentación: un espacio nuevo, no agotado, en el que yo pueda estar; una nueva respiración, una ley sin nombre.

Para el amante de la invención es maravilloso volverse de repente un ser sencillo y llano, fiel al recuerdo, y prohibirse cualquier invención.

La suciedad como lo carente de valor, aquello con lo que ya no se puede hacer nada. Pero no lo desechamos enseguida, tal vez – quién sabe – existe todavía alguna posibilidad de venderlo.

Desde que he hecho este viaje, algunas palabras están tan cargadas de un nuevo significado que no me es posible pronunciarlas sin provocar en mí los mayores trastornos. Le digo a alguien algo sobre «mendigos», y al día siguiente ya no puedo escribir ni una sílaba más sobre mendigos. Leo en un libro extranjero la palabra «Marrakech» y la ciudad se esconde entre velos y ya no quiere aparecer ante mis ojos. Me resulta desagradable hablar de «judíos» porque allí los judíos fueron gente muy peculiar. En todo lo que vi hay una energía que quiere ahorrarse para descargarse luego de una manera concreta que es la única posible.

Cobarde, realmente cobarde lo es únicamente el que tiene miedo a sus recuerdos.

Toda lengua está impregnada y animada de criaturas por las que se tiene el máximo desprecio. Se habla de sapos y bichos, de serpientes, gusanos y cerdos. ¿Qué pasaría si de repente perdiéramos todas las palabras y sus correspondientes objetos dignos de desprecio?

¡Si cada uno de los hombres supiera cuántos le están observando de arriba abajo!

En Inglaterra no le alaban a uno a la cara; para esto tiene la gente perros. Para todo lo que se hace con ellos está permitida la alabanza.

Allí la gente no va nunca sola, únicamente en grupos de cuatro a ocho personas; con los cabellos de uno entrelazados con los de otro y sin que se pueda deshacer esta maraña.

Las religiones se contagian unas a otras. Así que entramos en una, la otra empieza a cobrar vida en nosotros.

Hombres a dos y a tres. Algunos, los momentos más importantes de su vida los buscan en situaciones en las que están con otra persona; otros, en situaciones en las que están con dos personas. Existen también otras constelaciones preferidas por la gente – una muy conocida es la del aislado -, pero lo que más abunda son hombres a dos y hombres a tres. Estos últimos no pueden imaginarse el amor sin que, en última instancia, tengan la vista puesta en un hijo; los primeros son los que menos soportan la idea de un hijo cuando aman. A los hombres a tres les gusta reunir forasteros y se sienten como jueces en medio de ellos; los hombres a dos separan a los desconocidos y sólo quieren juntarse con cada uno de ellos por separado. Los terciarios piensan en los padres juntos y les desespera la idea de separarlos y de dedicarse ahora a uno ahora a otro. Los binarios tienen un padre o una madre, y a uno de ellos lo descuidan o lo minusvaloran por el otro.

Teniendo a la vista estas relaciones, podríamos encontrar fácilmente la estructura de una vida y llegar a predecir acontecimientos probables.

1955

Al administrador de las palabras, quienquiera que sea: dame palabras claras, pero no quiero flores, el perfume guárdatelo. Quiero palabras que no caigan, palabras que no se marchiten. Quiero espinos y raíces y, alguna que otra vez, sólo alguna que otra vez, una hoja transparente; otras palabras no, repártelas a los ricos.

¡Cuántas cosas he olvidado que creía saber!, ¡de cuántas cosas que yo creía evidentes como la luz del sol no sé una palabra!

Puso la otra mejilla hasta que le plantaron encima una condecoración.

Ella decidió que le avisaría cuando tuviera intención de engañarle. El estaba feliz con esta confianza.

Luego ella se lo dijo tantas veces que él murió de aburrimiento.

¿Cuántas veces se puede romper con la misma persona? En la ruptura hay algo que la hace reversible. El salto hacia fuera incita al salto hacia dentro; lo que cuenta es esta fuerza que impulsa al salto; la que vuelve a unir.

Cada semana surgían nuevos personajes a los cuales todos podían dirigir sus oraciones. Entonces todo el mundo venía a gusto y todo el mundo se sentía aliviado. Se preocupaban de retirar sus personajes al final de la semana y de cambiarlos por otros. Estos tenían nombres distintos. jamás se veneraba un nombre más de una semana y jamás volvía el mismo nombre a ser objeto de veneración.

Las constelaciones fueron pensadas como consejos, pero nadie las ha entendido.

«Cuando los camellos son vendidos a un extraño, enferman, de asco, por el precio.»

Desde que entró en la técnica, toda magia se nos ha hecho tan molesta que ya ni siquiera soportamos leerla en la Kabala.

La magia es algo conseguido; se ha hecho ya toda la magia que se podía hacer. Pero no se ha conseguido nada, y por esto todo lo demás es más importante y más interesante que la magia.

Con el grueso abrigo de la bondad, va por en medio de la gente; así no tiene nunca frío. Antes que dar este abrigo prefiere desprenderse de la última camisa que le queda. A veces, horrorizado, se imagina una orden que prohibiera pasar por bueno. El sudor resbala por su frente y, como si le persiguieran, corre a encontrarse con sus víctimas que le reciben agradecidas y radiantes de felicidad. Cuando ha hecho algo por dos personas que no se conocen, se preocupa de que se conozcan. Entonces se imagina cómo estas personas se sientan juntas y hablan de él. Luego se hace contar lo que dijeron por cada uno de los interlocutores y lo compara con todo detalle. Porque no le importa lo más mínimo que le engañen; sobre lo único que no consiente que le engañen es sobre su bondad.

Cuando hace algo muy bueno es cuando se comporta de un modo más modesto; tanto más grande es el efecto. Le gusta pasar revista a toda su vida y constata que no hubo época en la que no fuera bueno. No puede ver ningún entierro sin ponerse en lugar del muerto, y tal vez llega incluso a envidiarle un poco porque todo el mundo habla bien de él. Pero se consuela imaginando lo que dirían si él fuera el muerto.

A veces toma en serio esta idea, manda difundir la noticia de su muerte. En una agencia, se suscribe a varios periódicos para que le manden puntualmente todas las esquelas. Pasa unos cuantos días felices pegando en un álbum estos recortes de prensa. Sin embargo es honrado y no oculta ninguna esquela que le parezca demasiado breve. El voluminoso tomo se lo pone como almohada en la cama y duerme sobre él. Sueña con su entierro que va a tener lugar al día siguiente, y cuando todos han terminado de cubrir su féretro, echa una paletada de bondad.

Los perros tienen una especie de insistente disposición anímica que aligera a los hombres que se secan.

En la Creación de Haydn, Dios consigue hacerlo todo, hasta la pareja humana. El pecado original es sólo algo que vendrá después. Dios es todavía inocente. El precio de las criaturas no suena a falso; ninguna se da cuenta de su desgracia. El mismo Dios aún no sabe lo que ha hecho y cree que todo está bien.

La mejor estatua de un hombre de pie sería un caballo después de que éste le hubiera derribado.

Le crece la vanidad todos los años, como si fuera una piel nueva. Se encuentra inseguro mientras, como una serpiente, sale de la piel antigua y todavía nadie ha visto la nueva.

Un nido de avispas como cerradura en la entrada de la casa de los hombres.

(Nueva Caledonia)

¿Cuántas veces tiene uno que decir lo que es hasta llegar a serlo realmente?

En la ciencia hay una «modestia» que me resulta mucho más insoportable todavía que la presunción. Los «modestos» se esconden detrás del método y convierten las divisiones y delimitaciones en el alfa y omega de la experiencia. Muchas veces es como si dijeran: «Lo importante no es lo que encontramos, sino la manera como ordenamos lo que hemos encontrado».

De vez en cuando, una nueva idea quiere mezclarse con las antiguas para recabar informes sobre sí misma; si no se muere de sed.

No he puesto sobre el papel suficientes retratos de Poderosos. ¡De cuántos de ellos no me he ocupado! Sin embargo, en vez de fijar de un modo resumido mis impresiones sobre cada uno de ellos, las más de las veces lo que he hecho es utilizarlas como una

especie de fuente de energía. Una y otra vez han atizado en mí el odio contra el poder; una y otra vez me han puesto en guardia contra mi propio poder sobre los hombres.

¿En qué medida lo que uno ha aprendido le empuja en dirección a una fe? Podría ser que, sin darse cuenta, fuera cambiando, por la fuerza de las palabras que ha asimilado; lo que al principio le pareció curioso acabó siendo obligatorio.

Está bien que uno se haya interesado siempre por un gran número de creencias que se excluyen mutuamente.

El más orgulloso de los hombres sería aquel que odia a todos los caudillos; que pasa delante sin que nadie te siga.

El hombre humilde, por el hecho de seguir, se crea a sí mismo un séquito.

Ella tiene una forma tan bella de renquear que los que van a su lado parecen lisiados.

Todas las aberturas naturales del cuerpo humano como heridas.

El ha inventado un nuevo homúnculo, la púa de mando. Es una buena palabra, pero la palabra sola no puede hacer nada, hay que ponerla en circulación y observar lo que hace.

Allí los hombres llevan una vida en la que existe un gran contraste: dos años los pasan despiertos y en una gran excitación, luego tienen que pasar diez años durmiendo sin soñar. Esto se va repitiendo a lo largo de toda su vida. Al cabo de estos diez años se convierten siempre en hombres nuevos y adquieren otro estado, y luego, apenas empiezan a acostumbrarse, se vuelven a dormir. En todas las casas hay habitaciones para familiares durmientes, pero algunos, que no quieren ser una carga para los suyos, van a monasterios del sueño, donde se pueden alquilar celdas para diez años. El que despierta se encuentra exactamente en el sitio donde estaba antes y no tiene por qué temer la extrañeza del primer momento.

Las amistades pueden siempre interrumpirse de un modo total y repentino. Si uno desaparece de la noche a la mañana, la gente ya sabe que está durmiendo. En esta sociedad la muerte no daría ningún miedo. A menudo la gente está años y años sin saber que uno ha muerto; si le coge durmiendo, simplemente se seca, como un murciélago. Aquí lo sorprendente es siempre el regreso y no la desaparición.

Está mal visto hablar de cuándo uno tiene que dormirse, y de esta manera la duración de la amistad y de cualquier tipo de relación es siempre algo inseguro. No hay nada que dure más de dos años porque nada resiste diez años de sueño. Incluso la ternura de las madres es menos intensa, y hay niños que crecen de un modo casi autónomo.

La vida de la mayoría de los hombres en definitiva consiste sólo en instrucciones que, sin sentido alguno, se dan a sí mismos o dan otros.

Se emborracha con las faltas de los demás, un borracho de la moral.

La avaricia desfigura al hombre todo su horizonte, hay que poder saltar por encima de la propia avaricia, aunque sólo sea para verla.

Un país en el que nadie se atreve a mirar al cielo, y el que sale de casa baja la cabeza.

Los hombres espirituales viven también del robo y son conscientes de ello. Pero reaccionan a este hecho de muy distintas maneras. Algunos, de un modo patético, expresan su agradecimiento a aquel a quien han robado; ponen su nombre en los cuernos de la luna y lo pronuncian tantas veces que éste, como objeto de su culto exagerado, acaba convirtiéndose en algo un tanto ridículo. Los otros, así que han robado a alguien, empiezan a tenerle rabia; no le nombran jamás; y cuando en su presencia alguien lo nombra, lo atacan con perfidia. Como le conocen íntimamente, porque son sus ladrones personales, su ataque es certero y le ocasionan un gran daño.

Las pausas del ocaso.

Dictadores retroactivos, una nueva manera de contemplar la Historia.

Hace años que no puedo librarme de la fascinación que ejercen sobre mí los estados primitivos del hombre. No sé con qué leche materna habré mamado esta inclinación. Una gran ilusión y una curiosidad todavía mayor me empujan a buscar cualquier descripción de la vida primitiva, y siempre que leo algo sobre estas cuestiones, incluso con la interpretación cautelosa y desleída de autores modernos, pienso que tengo en la mano la auténtica verdad. Entonces, en mí, todo se convierte en confianza; ya no dudo; pienso que aquí tengo lo que siempre anduve buscando infructuosamente; y cuando al cabo de los años, vuelvo a leer el mismo libro, me produce exactamente la misma impresión que la primera vez, una revelación inmutable y siempre viva. No son sólo, como a veces sospeché, los nombres de dioses y pueblos exóticos aquello cuyo hechizo no se extingue jamás. Es la ilusión de la mayor facilidad con que se ven unas formas de vida relativamente más sencillas; porque por muy complicadas que aparezcan a la luz de la investigación moderna, la fe en la auténtica sencillez de aquéllos permanece siempre despierta en uno. Con esta fe tiene que ver también el sentimiento de su lejanía y de su independencia de todo; sea lo que fuere lo que pensemos de estas formas de vida, el hecho es que parecen estar libres de los objetivos y los prejuicios del mundo de hoy. Su crueldad es menos cruel, en ella no tenemos culpa ninguna. Su belleza tiene más mérito, no descansa en la riqueza de nuestra herencia.

Lo que he aprendido de ellas es inagotable, pero a veces se me antoja como si me hubiera expuesto de un modo especial a la inmensa fuerza que irradian con el fin de demostrarme a mí mismo lo poco que soy. Me obligan a actuar menos, pues nada es creativo para aquel que las conoce, todo está ya en ellas. Independientemente de cuándo empezara, el hecho es que el ser humano empezó como poeta y desde entonces lo ha sido cada vez menos.

Medirse, sólo puede medirse uno con sus contemporáneos. El que prescinde de ellos no lo quiero hacer. Es posible que yo quiera evitar cualquier clase de competencia porque ésta podría falsear aquello que realmente me importa. Pero es probable también que me haya desviado demasiado, que haya actuado de un modo demasiado radical penetrando en un tremendo origen en el que todo el mundo desaparece.

Hacen falta muchas palabras para entusiasmarse a uno mismo; éstas tienen que llegar a la superficie de un modo rápido y hasta cierto punto tumultuoso. Así que ha subido una palabra, así que se ha puesto de pie, ya viene la siguiente a cogerla y derribarla. Las palabras son como luchadores, y en esta lucha gana siempre la última; la proximidad al origen le da a esta lucha su gran fuerza.

Pero son palabras especiales, palabras que hacen nacer la llama del entusiasmo, que contienen espacio y futuro, que albergan grandes inmensidades. Lo que, retorcido e inútil, estaba encerrado en el hombre, de repente, con enorme rapidez, se despliega en mil direcciones; en sus palabras, el hombre entra en contacto con el principio, el fin y el centro del mundo, en todas sus dimensiones.

La fuerza de los pensamientos falsos está en su extrema falsedad.

Miedo a la aristotelización de mis pensamientos; a las divisiones, definiciones y a otros juegos vacíos por el estilo.

Volver a encontrar la antigua fuerza que coge su objeto y lo contempla por primera vez. ¿Quién me la dará? ¿Los grandes enemigos, Hobbes, De Maistre, Nietzsche?

De Maistre mira a través de las reglas del juego de la sociedad humana. El horror del matadero, en el que todo se basa, está tan presente en él como en mí; pero él lo acepta, lo reconoce, y, una vez se ha decidido a reconocerlo, se convierte en el panegirista de este horror.

Respeto a De Maistre, pero me deja estupefacto ver cómo con aquello que él ha vivido – que es parecido a lo que he vivido yo – y las reflexiones que sobre ello se ha hecho – parecidas también a las mías – persiga exactamente lo contrario que yo.

Eschbach, presidente del Tribunal de Comercio de Estrasburgo, le contó a mi amiga Madeleine C. que, cuando era joven, visitó a un viejo señor de Sulz que habitaba el castillo de esta localidad. Este estaba ya algo desorientado, y en un momento dado dijo: «Dans ma jeunesse quand j'étais en Russie, j'ai tué quelqu'un en duel. Mais je ne sais plus qui c'était.»

Era Puschkin.

Los pueblos intercambian sus recuerdos, y cada uno de ellos reconoce que él fue el peor.

A un perro se le educa para que aprenda a llevar los objetos que molestan a todos los hombres.

Gérard de Nerval sería para mí un poeta sólo por el hecho de haber creído que descendía de Nerva. Todas las relaciones matemáticas, las proporciones, los destinos y las trayectorias elípticas me resultan indiferentes; todas las relaciones derivadas de nombres son para mí sugestivas y verdaderas. Mi dios es el nombre, la respiración de mi vida es la palabra. Los lugares dejan de tener interés para mí cuando palidecen sus nombres. No estuve en ninguna parte adonde no me atrajera el nombre. Me da miedo la segmentación y la explicación de los nombres, lo temo más que al crimen.

Es curioso de qué manera se aproxima uno a la verdad sólo en las palabras en las que 'ya no cree del todo. La verdad como una forma de volver a vivir palabras moribundas.

Uno tiene que poder dar, incluso sin sentido, de lo contrario olvida el dar.

El pastor loco: uno que sólo puede dormir en sitios muy peligrosos: en un canalón de desagüe, en un cañón, debajo de tigres, en una casa en llamas, durante un terremoto, en un barco que se hunde. Sus aventuras para poder dormir.

Todo lo que ha existido es posible mejorarlo. El corazón de la historiografía, oculto en sí misma.

1956

Cada año debería tener un día más que el anterior: un día distinto en el que aún no ha ocurrido nada, un día en el que no se muere nadie.

Sobre nombres de la historia:

Son sólo nombres poderosos, los otros mueren. En los nombres, pues, se puede medir la capacidad de supervivencia. Hasta hoy es la única forma real de supervivencia. ¿Pero cómo sobrevive el nombre?

La peculiar voracidad del nombre: el nombre es un caníbal. Sus víctimas se preparan de distintas maneras. Hay nombres que no echan la zarpa hasta que no mueren sus portadores; antes no tienen hambre. Hay nombres que obligan a sus portadores a devorar todo lo que cae bajo sus manos, nombres insaciables. Hay nombres que tienen temporadas de ayuno. Hay nombres que están en hibernación. Hay nombres que tienen que estar mucho tiempo escondidos para, de repente, salir a la luz con un hambre feroz – nombres altamente peligrosos.

Hay nombres que comen cada vez más, pero con un aumento regular de su dieta: nombres sólidos, nombres aburridos. El carácter racional de su higiene no les promete una larga vida.

Hay nombres que sólo se alimentan de colegas, nombres corporativos por así decirlo, y otros que sólo medran entre forasteros.

Algunos echan dientes entre forasteros y luego, la comida la encuentran entre los suyos.

Nombres que viven porque quieren vivir. Nombres que mueren porque sólo quieren vivir.

Nombres que viven porque se han abstenido de comer.

Tal vez no estaría mal del todo que muriéramos contentos, con tal de que jamás nos hubiéramos alegrado de la muerte de otro.

Desde que está muerta aparta la vista de todos los brotes.

Voces: las que tienen un efecto evidente, como si fueran siempre idénticas a sí mismas. Voces que pinchan. Voces que acarician. Voces heridas.

Mientras siga habiendo algún hombre en el mundo que no tenga ningún poder, no puedo desesperar del todo.

La fría Arqueología: las cosas, sin los hombres, no me hacen realmente feliz. Resentimiento contra las cosas que han sobrevivido a los hombres.

El objeto de la Arqueología es una forma de futuro completamente nueva. Es un futuro que avanza hacia atrás; cada nuevo paso que da hacia el pasado, cada tumba antigua que encuentra se convierte en un fragmento de nuestro futuro. Lo siempre-más-antiguo se convierte en lo que nos espera. Un descubrimiento inesperado podría cambiar nuestro destino, un destino todavía indeterminado.

Podían meter la cabeza y espiaban por un pequeño agujerito que tenían en el pecho.

Parálisis. Hay parálisis benéficas que proceden del sentimiento de la propia insuficiencia. Pero hay también parálisis terribles que provienen del sentimiento de la insuficiencia de otro al que estamos encadenados; porque somos exactamente la persona que jamás le podrá cambiar. Estar encadenado al cadáver de otro hasta que uno mismo muera.

Cada palabra que pronunciamos es falsa. Cada palabra que escribirnos es falsa. Todas las palabras son falsas. Pero ¿qué hay sin palabras?

Los pensamientos que se refieren a los muertos son intentos de reanimación. Nos importa más reanimar seres humanos que mantenerlos en vida. La manía de la reanimación es el germen de toda fe. Desde que no tenemos a los muertos, sentimos ante ellos una única e inmensa culpa: el que no consigamos hacerlos volver. En los días en que sentimos en nosotros una mayor vitalidad, en que somos más felices, esta culpa es más grande que nunca.

Una obra de teatro en la que aparecen todos los muertos que tienen que ver con uno. De entre ellos algunos vuelven a encontrarse, otros se conocen por primera vez. No hay tristeza alguna entre ellos, es tan inmensa la felicidad que tienen que salir a escena… (¿Y qué decir de la felicidad del que les hace salir a escena?)

Pero cuando los dioses se postraron de hinojos ante él, se asustó y les pidió que se levantaran. Ellos no se atrevían y querían permanecer de rodillas ante él hasta que les perdonara.

El no les perdonó. Eran demasiados los hombres a los que ellos habían sobrevivido; se habían hecho demasiado viejos y, no obstante, habían seguido siendo demasiado jóvenes. Les dejó así, de rodillas, y con un gesto violento, se volvió para otro lado.

La soledad es algo tan importante que hay que estar encontrando siempre sitios nuevos para poder disfrutar de ella. Porque en todas partes y con demasiada rapidez acaba uno sintiéndose en casa. Lo más peligroso de todo, sin embargo, es el poder que tienen todos los libros juntos.

El sol le lleva siempre a todo lo feo ¡La esperanza de que ahora, las cosas, al sol, pudieran tener otro aspecto!

Los pies, solos, serían suficientes para toda una vida, los pies de los desconocidos.

Desde que vi cómo andaba un gatopardo, el susurro de su caminar me ha invadido. Todo lo que es corporalmente bello lo experimentamos por primera vez en animales. Si no hubiera animales, ya no habría nadie que fuera bello.

El resto de la vida pasarlo únicamente en lugares completamente nuevos. Abandonar los libros. Quemar todo lo empezado. Ir a países cuyas lenguas uno jamás podrá aprender. Protegerse de toda palabra explicada. Callar, callar y respirar, respirar lo no comprendido.

No es lo aprendido lo que yo odio, lo que odio es el hecho de vivir en lo aprendido.

Ha sucumbido a los observadores. Cuando siente sus ojos sobre sí mismo se convierte en todo lo que ellos ven.

Allí los perros se aman de otra manera, corriendo.

Lo ridículo del orden es que dependa de tan pocas cosas. Un cabello – un cabello, literalmente – que esté donde no debe, puede separar el orden del desorden. Todo lo que está donde no debiera es un enemigo. Hasta lo más diminuto molesta: el hombre del orden total tendría que estar examinando con un microscopio el lugar en el que se mueve, y aún así le quedaría una cierta propensión a la inquietud. En este sentido, las mujeres tendrían que ser muy felices, porque casi siempre están poniendo orden, y siempre en el mismo sitio. Hay algo de criminal en el orden: a nada se le permite vivir en un sitio que no sea el suyo. El orden es un pequeño desierto, un desierto que se ha creado a sí mismo. Es importante que esté limitado, de este modo sus ocupantes pueden atender con toda escrupulosidad al orden. El hombre que no posee ninguno de estos imperios – desierto en el que tenga derecho a asfixiarlo todo de un modo ciego y desaforado – se siente pobre.

Como no puedo vivir sin palabras, tengo que conservar la confianza en ellas, y esto sólo puedo lograrlo si no las disfrazo. De ahí que cualquier pretensión externa que se apoye en palabras es algo que yo considero imposible. No puedo ponerlas en un papel y guardarlas en un sitio u otro. No puedo tirarlas a la cabeza de nadie ni puedo comerciar con ellas. Me repugna incluso cambiarles algo una vez las he escrito. Cualquier chismorreo sobre arte, sobre todo si lo oigo en boca de personas que se dedican a algún arte, me resulta insoportable. Siento vergüenza por ellos como por los charlatanes, sólo que éstos son más interesantes. Bien es verdad que para mí los libros son sagrados, pero esto no tiene nada que ver con la literatura, y menos con la mía. Miles y miles de libros son para mí más importantes que los pocos que he escrito. Para mí, en una dimensión física que me resulta difícil de explicar, cada libro es lo más importante. Odio la impecable belleza de la prosa cuidada. Es verdad que no pocas de las cosas importantes han sido dichas en buena prosa, pero esto podríamos decir que ha ocurrido al margen de la voluntad del que las ha escrito; porque lo que se decía era realmente bueno es por lo que la prosa acabó siendo buena; era tal el peso de la profundidad del contenido que no permitió que alguien le aplicara prematuramente su propia medida. La prosa bella que se mueve en la esfera de «lo leído» es algo así como un desfile de modelos de la lengua; continuamente se está moviendo sobre sí misma; ni siquiera puedo despreciarla.

Música, la medida de capacidad del ser humano.

Es maravilloso estudiar, es decir, meditar sobre palabras y cosas sobre las que aún no habíamos meditado nunca y asimilarlas; decirnos qué es lo que de ellas nos llama la atención; qué es lo que nos gustaría retener, anotarlas en el gran tesoro de nuestra experiencia – un tesoro carente de intenciones concretas – anotarlas de tal manera que quizá no volvamos a pensar nunca más en ellas. De este modo nos creamos el reino de nuestras propias aventuras y de nuestros propios hallazgos, y lo que dentro de este reino podamos encontrar por segunda vez tiene un carácter doble: es un hallazgo y al mismo tiempo un fragmento de nosotros mismos.

Estaba perdido en todos aquellos a los que dio buenas palabras.

En la Historia secreta de los mongoles he encontrado algo que me impresiona de un modo especial: la historia de un gran poderoso que fue feliz hasta el final, por dentro. Puede que no todo lo que allí se ha transmitido sea cierto, pero el total tiene una profunda verdad cuya existencia jamás había sospechado. Por muy peregrino que esto pueda sonar, conozco las palabras que le dijo la madre de Gengis Kan a su hijo. Percibo el olor de estas palabras. Estoy tan cerca del hijo que lo veo y lo oigo. Es enorme la diferencia que hay entre esta forma de transmisión oral y la historia escrita con la que habitualmente tenemos que contentarnos.

En esta transmisión «secreta» de los mongoles, lo que encontramos en primer lugar son todos los animales que pertenecen a la vida de este pueblo. Encontramos todos los nombres con los cuales acostumbraban a referirse a lugares y personas. Este libro nos transmite los momentos de excitación, en su excitación y en su grandeza; en lugar de meras referencias a las pasiones, encontramos las pasiones mismas. A estas historias sólo se las pueda comparar con las de la Biblia, y este paralelismo no termina aquí. El Antiguo Testamento es la historia del poder de Dios; el libro secreto de los mongoles la historia del poder de Gengis Kan. Es un poder que se ejerce sobre un grupo de tribus, y los sentimientos de tribu tienen ahí tal preponderancia que podría uno intercambiar los nombres y ya no sabría a ciencia cierta dónde se encuentra.

Es cierto que el poder de Dios empieza con la creación misma, y la historia de las exigencias de este Creador es lo que da a la Biblia su carácter único. Pero Gengis Kan no es mucho más modesto. También él, como Dios, opera con la muerte. Su trato con ella es tan generoso como el de Dios; todavía deja menos cosas en vida. Pero se distingue también por un marcado sentimiento de familia, cosa que no ocurre con Dios en cuanto que ser único.

Ahora vuelvo a estar realmente en el mundo, en el mundo de mis enemigos. Gengis Kan me ha agarrado por los pelos y me ha vuelto a poner en mi sitio. Puedo provocarlo, observarlo y pensarlo en el sitio en el que mejor se escapa, en su propia leyenda.

Esta semana he vivido en una especie de sortilegio, he estado bajo el hechizo de Gengis Kan. Durante todos estos años lo he estado rehuyendo. Lo que había leído sobre él o bien era árido y sin jugo o era superficial, y siempre lo dejaba a medias sin haber sacado ningún provecho. jamás intenté sacar de él alguna conclusión; no servía como ejemplo de nada. Luego lo volvía a encontrar en el sistema psicopatológico de Schreber, el presidente del senado, quien se sentía ser la reencarnación de Gengis Kan, entre otras reencarnaciones. Ahora ha llegado a mis manos la Historia secreta de los mongoles (una obra cuya primera traducción alemana apareció en el Tercer Reich). En un relato épico dedicado a sus sucesores, contiene la historia de Gengis Kan y del imperio mongol. Es más auténtico y más fiable que cualesquiera anales. Fluye en el tiempo, pero éste no se encuentra dividido en fragmentos.

Cuánto más leo este libro – y las últimas semanas apenas he hecho otra cosa – más me convenzo de que de esta «Historia secreta» se pueden sacar todas las leyes del poder. Esta misma impresión tuve otra vez con otro libro, la Biblia. Pero el contenido de la Biblia es muy amplio; contiene tantos elementos que luego han sido más importantes, que interpretarla como una serie de acontecimientos de poder podría parecer una deformación de esta obra. En la «Historia secreta» no hay nada más que esto. Es la historia de un poder veloz e irresistible, el poder más grande y más estable que haya existido nunca en el ámbito de una vida. Surgió en medio de hombres para quienes el dinero no podía significar nada. Este poder era visible en los movimientos de los caballos y de las flechas. Venía de un mundo anterior de cazadores y bandidos y conquistó el resto del mundo.

Desde que me he convertido en un mongol, que día y noche no pienso en otra cosa, siento muy pocas veces la necesidad de tomar notas. En estos momentos estoy leyendo además todo lo que hay sobre este mismo tema, horas y horas, y cuando dejo de leer, siento algo así como un ligero sopor.

Ya no es la fascinación que me producen los enemigos, como pensaba a veces antes, es simplemente, el esfuerzo por lo que no comprendo: la sangre de la que vivimos y que continuamente se está derramando en todas partes. Yo mismo no puedo verla; mis manos, horrorizadas y asqueadas, se han mantenido siempre lejos de la sangre. Pero ¡qué pena me dan aquellos a quienes les basta que a su alrededor todo siga el mismo camino de siempre, cuando ellos mismos se alimentan de los crímenes que los otros cometen diariamente para ellos! Dormir y aceptar esto es algo que no voy a hacer nunca. Pero intentaré estudiar todo lo que tiene que ver con este tema y, con un esfuerzo modesto, pero a la vez constante, intentaré acercarme a aquello que no va a explicar ningún destello repentino de la intuición.

La historia de los mongoles la vivo personalmente como la historia de una expansión y aunque todo lo que ha ocurrido en ella lo desapruebo y lo detesto, no obstante, se me comunica algo de esta atmósfera. El falso conquistador me incita a su vez a la conquista de mí mismo.

No tiene sentido vivir sólo rechazando. Aun en el caso de que no pudiéramos ver ni una sola acción que mereciera nuestro consentimiento, por lo menos nuestra reprobación debería ser tan enérgica Y tan enconada que ella misma se convirtiera ya en acción. El hombre no ha nacido únicamente para la defensa. De un modo u otro tiene también que atacar. De ahí que, en definitiva, lo importante sea qué es lo que atacamos.

Todos los rasgos de la dispendiosidad del segundo Chan Ogotai de los mongoles me llenan de satisfacción. Su aversión por los tesoros es tan grande que continuamente tiene que estar peleando contra los que le rodean, que le amonestan para que sea más prudente. La destrucción de los mongoles se ha convertido en él en derroche. Quiere devolverles a los hombres algo de lo que se les había quitado. Del oficio de gobernar lo que más le gusta es el reparto. Este hombre me recuerda que una de las más antiguas y más importantes formas del poder proviene de la horda de reparto. La regulación de los repartos, en muchas tribus se confiaba a un solo individuo, que aprendía a llevarla a cabo sin riesgo. Este repartía de un modo justo. Pero con ello se iba haciendo cada vez más poderoso; y al final era más importante que poseyera mucho que no que repartiera.

El poder de matar desaparece ante el poder de conjurar. ¿Qué es el más grande y más terrible de los homicidas comparado con un hombre que, con un conjuro, devuelve la vida a un solo muerto?

Qué ridículos aparecen los esfuerzos de los poderosos por escapar de la muerte y qué grandiosos los esfuerzos de los chamanes por conjurar la presencia de los muertos. Mientras creen en lo que hacen, mientras no se limitan a simularlo, son dignos de veneración.

Me resultan despreciables los sacerdotes de todas las religiones que no pueden hacer volver a los muertos. Se limitan a afianzar una frontera que nadie puede traspasar. Administran lo perdido de tal manera que siga siendo perdido. Prometen un viaje a no se sabe dónde con el fin de esconder su impotencia. Están contentos de que los muertos no vuelvan. Mantienen a los muertos al otro lado.

A menudo hay algo de angustiante y penoso en el culto funerario a otros. Un volver la espalda al mundo de los vivos; y como unos pertenece a este mundo, dedicado a otro siente como lesivo; como si para éste uno no pudiera significar nada, como si para él un ser viviente no pudiera tener ningún sentido.

Habría que tener mucho cuidado para no encerrarse a uno mismo con el muerto; hay que dejarle a la intemperie y a muchos otros brindarles una relación con el muerto. Sin ser molestos deberíamos hablar de él a la gente y no deformarlo dejándolo en el aislamiento.

Las interrupciones son buenas para aquel a quien le crecen muros por todas partes. Felices aquellos que saltan por encima de estos muros antes de que sean demasiado altos.

Es vergonzoso cómo uno, a pesar de todas las convicciones contradictorias, es más práctico que la mayoría de los hombres. De cada experiencia he aprendido tanto y de un modo tan radical que no voy a consistir más que en un conjunto de moralejas válidas, aunque espirituales.

Del Islam ya no me podré librar. Mis antepasados han vivido siglos en Turquía, y antes – quizá un período de tiempo igual – en la España musulmana. Una y otra vez me he acercado al islam, una y otra vez me he apartado de él. Hay algo en el fanatismo de esta fe que, hace años, se avenía con mi manera de ser. Mi liberación y mi realización como ser humano es algo así como una liberación de mi propio Islam. El Dios del Islam es un ser más concentrado que el Dios de los judíos. En los señores de los estados islámicos, este Dios, a modo de ejemplo, ha ejercido una influencia enorme. Lo que me tortura, lo que odio, lo que combato y lo que intento reducir a escombros lo encuentro una y otra vez, en su expresión más claramente acuñada, en los señores del Islam.

Allí se encuentra la doble generosidad, la de matar y la de regalar; la sumisión a la ley ritual; el modo como los que dominan reconocen al Poderoso, a Dios; la fuerza que éste les comunica para cometer cualquier atrocidad; el modo como anticipan el juicio Universal con infinidad de juicios particulares que le preceden. Allí se encuentra la igualdad de todos los hombres ante la fe, una igualdad cuya última consecuencia es prácticamente el derecho que los todos hombres tienen a ser matados. Allí está Dios, como asesino, que decide y manda ejecutar la muerte de cada individuo; y allí está el señor que, con la mayor ingenuidad, se afana por imitar a Dios. Allí está la orden que, de un modo claro y diáfano, exhibe siempre su carácter arcaico de sentencia de muerte; el reconocimiento religioso de todo poder que sea capaz de afirmarse – Dios lo da a quién quiere, ahora a éste, ahora a aquél – y su realización religiosa que, una y otra vez, no sirve más que para conseguir el poder.

Hay una tremenda desnudez en el dominio que se ejerce en el Islam, una religión, por otra parte, que con la ley lo viste y lo cubre todo con varios velos.

Es únicamente un dominio sobre hombres, un dominio que llega a su máximo esplendor en las grandes ciudades, en las ciudades cosmopolitas. La época del sometimiento del animal pasó hace tiempo, ya no se discute; éste es solamente víctima.

El tono de Nietzsche tiene algo del Corán. ¡Jamás se lo hubiera ¡ido imaginar!

En el fondo, para mí ahora sólo cuentan los días en los que me dedico a alguno de los libros sagrados. Del mismo modo como antes había gente que tenía que rezar todos los días, yo tengo que meditar sobre alguno u otro de los viejos temas sagrados, como si allí tuviera que encontrar el mal que alguna vez podríamos hacernos.

Pero no quiero prevenir. Tampoco quiero prever el futuro. Odio a los profetas. Quiero sólo sostener lo que somos. No creo que esto se pueda encontrar ni en argumentos ni en discusiones. Pero quiero conocer todas las afirmaciones. Lo único que me interesa son las afirmaciones. Que pueden discutirse, ya lo sé. Pero quiero tener en mí todas las afirmaciones, unas al lado de otras como si estuvieran libres de toda controversia. Ya sé que no lo están y que ya no deben estarlo para nadie. Pero mi destino, mi tarea, es mantenerlas vivas dentro de mí y meditar sobre ellas.

¿Pero quién eres tú para examinar? ¿Qué te has creído? La sola inquietud no te da derecho a examinar.

Tu única justificación es tu inconmovible odio a la muerte. Es la muerte de todos y por esto examinas por todos.

Con la idea cada vez más clara de que estamos sobre un montón de muertos – hombres y animales – de que el sentimiento que tenemos de nosotros mismos saca su verdadero alimento de la suma de aquellos a quienes hemos sobrevivido, con esta intuición rápida y expansiva difícilmente va a ser posible llegar a una solución de la que no nos avergoncemos. Es imposible volver la espalda a la vida, cuyo valor y cuya esperanza estamos sintiendo continuamente. Pero también es imposible no vivir de la muerte de otras criaturas, cuyo valor y cuya esperanza no son menores que los nuestros.

La felicidad de referirse a una lejanía de la que todas las religiones del pasado se nutren tampoco puede ser ya nuestra felicidad.

El más allá está en nosotros: una grave constatación, pero está prisionero en nosotros. Esta es la gran escisión, la insalvable escisión del hombre moderno. Porque en nosotros está también la fosa común de las criaturas.

1957

¿Respeto a la inmortalidad? ¿A quién? ¿A César, Gengis Kan, Napoleón? ¿No son los hombres más grandes y más tenaces los más terribles? ¿Y qué efecto tuvieron los ejemplos de Plutarco?

Intentas hacer lo que hay que hacer: desenmascarar lo irremediablemente criminal que tiene un cierto tipo de grandeza. Pero ¿qué tipo de grandeza contrapones a ésta que sea suficientemente peligrosa?

Porque lo criminal arriesga incluso el crimen, y la felicidad con la que escapa a él es lo que constituye también su atractivo. ¿Qué les das a los hombres que quieren tener a otros hombres muertos delante en lugar de esta, exactamente de esta, satisfacción?

Si tuviera que decir qué es lo que me resulta más siniestro de la Historia, diría que los modelos: los planes que César tenía para Persia antes de su muerte, que venían de Alejandro. La campaña de Hitler en Rusia, que quería sobrepasar la de Napoleón. En este regreso de los grandes planes hay un elemento de locura y nunca podrá ser extirpado porque la tradición histórica es inextirpable. De ahí que todo tenga que volver, por absurdo que sea. ¿Quién va a imitar a Hitler? ¿Quién a nuestros otros caudillos? ¿Qué nietos van a morir para éste o aquél epígono?

No hay ningún historiador que, por lo menos, no ponga en la cuenta de César como mérito, esto: que los franceses de hoy hablen francés ¡Como si, de no haber matado César a un millón de ellos, hubieran sido mudos!

Un mérito de las Vidas de Plutarco es que se pueden abarcar fácilmente. Tienen la extensión suficiente como para contener todos los detalles de una vida y como para que uno no se pierda en ellas. Son más completas que nuestras biografías modernas, que son mucho más largas que las Vidas, porque éstas, en los sitios adecuados, contienen incluso sueños. Los errores más notables de estos hombres adquieren mayor claridad en sus sueños; estos son inconfundibles y los resumen. Nuestra moderna interpretación de los sueños no hace más que convertir a los hombres en seres normales y corrientes. Destiñe la imagen de su tensión interior, en vez de iluminarla. En Plutarco me cautivan incluso los romanos, a los que siempre he detestado. En modo alguno puede decirse que este autor se sitúe de un modo acrítico frente a sus criaturas. Pero en su espíritu caben muchos tipos de hombres. Es generoso como en realidad sólo puede serlo un dramaturgo, que está trabajando siempre con muchos personajes y sobre todo con la diversidad que existe entre ellos. De ahí también que su efecto haya sido doble. Algunos han buscado en él modelos como en un libro de oráculos, y han orientado su vida según ellos. Otros han asimilado la cincuentena aproximada de personajes de este autor y, de este modo, han llegado a ser dramaturgos o lo han seguido siendo. Plutarco, cosa de la que yo antes no era consciente, no tiene nada de remilgado. En él ocurren cosas terribles, como en su sucesor Shakespeare. Pero lo terrible de estos autores tiene siempre algo de doloroso. Un hombre que ama a los hombres con una seguridad tan grande como él puede verlo todo y puede también anotarlo todo.

A veces pienso que mi constante dedicación a los Poderosos me está comiendo vivo. Es como el castigo persa de las cubas del que habla Plutarco, y los Poderosos son los gusanos.

¿Qué queda en mí aún? ¿Qué tengo que hacer con estas abominables criaturas? ¿Por qué tengo que hacerlo? ¿No voy a fracasar como hasta ahora ha fracasado todo el mundo? ¿Puedo meterme con el poder? ¿No voy a infundirle tal vez nuevas fuerzas con mi implacable enemistad?

Durante todo este mes he estado meditando sobre el triunfo del matar y del sobrevivir. Podría parecer que todo lo que he hecho con mi insurrección verbal, con mis bravuconadas fuera la constatación de que la muerte de los otros es algo que infunde fuerza y, por tanto, algo querido. No le des tanta importancia al hecho de que tienes que morir, parece que esté yo diciendo, antes que tú verás morir a muchos. ¡Cómo si cada muerte en particular sea quien sea el que muere, no fuera un gran crimen que hubiera que impedir por todos los medios!

El ahorcado de la turbera danesa, a quien he conocido después de dos mil años.

El sol es una especie de inspiración, por eso no debemos tenerlo siempre.

No desconfiar demasiado de las clasificaciones encontradas por nosotros mismos. Si las aplicamos durante un tiempo suficiente acaban revelando una faceta lozana de la realidad: se convierten, por así decirlo, en verdaderas y renuevan la vida.

He separado las cuatro clases de hordas que existen y luego vuelvo a encontrarlas juntas. Esta circunstancia no dice nada en contra de la clasificación en cuatro tipos, habla sólo a favor de un hecho: yo estaba lleno de algo realmente existente. Se trata sólo de una manera especial de describir lo que hay. No podemos penetrar en lo concreto de las cosas si antes no las hemos clasificado y no hemos establecido fronteras. Pero es peligroso aferrarse a estas fronteras cuando uno ha encontrado ya las cosas en pos de las que iba.

No les vas a quitar un solo centímetro a los «grandes». No les arrebatarás ni una sola de sus víctimas. Cada una de tus respiraciones las van a emplear para sí. Igual que en esta vida no has salvado a un solo hombre, tampoco después de tu muerte vas a salvar a ninguno. Quizás contagiarás a alguien el mismo afán de salvar. Esto es lo más que puedes hacer, esto es todo.

El corazón tiene que latir de modo que se le oiga a distancia.

La sensibilidad no tiene medida; por esto todas las doctrinas griegas del término medio son falsas.

U responsabilidad actual del ser humano: sin oráculo que le quite esta responsabilidad, sin divinidad que le mande de un lado para otro, sin límites en su saber, con la sola certeza de que todo aquello que le afecta está sometido a un cambio incesante y cada vez más rápido.

Las penas como armas: se tiraban las penas por la cabeza.

El estar-pensando-una-y-otra-vez lo que ya ha sido pensado muchas veces. Es el elemento conocido y familiar de personajes de la Antigüedad o de la Biblia, lo que les hace tan atractivos. Estamos siempre con ellos, y como antes que nosotros muchos estuvieron ya con ellos, cada nueva interpretación a la que les sometemos continúa, por dentro, la esencia general del mundo.

Hablar como si fuera la última frase que nos dejaran decir.

Tiene un poeta en el vientre, ¡si pudiera tenerlo en la lengua!

Hay una indestructible solemnidad en él, como si en el vientre de su madre se hubiera rezado oraciones a sí mismo.

Los herederos que uno no conoce los encuentra la suerte.

Una noche en la que todos los seres se le curvan a uno formando figuras nuevas. La mañana que sigue a esta noche.

No hay nada más maravilloso que hablar en serio a un joven. Cuando digo «en serio» quiero decir que uno está tomando a este joven en serio. Además hay que ir perdiendo seguridad en uno mismo, sin demostrárselo, y, poco a poco, hay que ir tanteando, como si fuera la primera vez, hasta llegar a las proximidades de una seguridad en la que uno pueda creer, para el joven incluso y no sólo para uno mismo.

Noches y días de miedo. Tengo la extraña sensación de que todo lo que aprendo se convierte en miedo. Después de días en los que los pensamientos vuelven a cobrar vida del todo, vienen noches de miedo. ¿Llegará alguna vez el momento en el que ya no pueda asimilar nada nuevo? ¿Ha terminado la expansión del espíritu?

Una idea terrible, pues quiero seguir y seguir.

¿Puede un enemigo enseñarte la libertad?

Recorren el mundo, vuelven, se marchan; y yo, aquí; siempre el mismo; no ha ocurrido nada; siempre preocupado con los mismos pensamientos y con los mismos hombres.

¿Qué es lo que no está bien?, ¿son ellos?, ¿soy yo?, ¿o son estos pensamientos que desde hace treinta años no me dejan? ¿Moriré de estos pensamientos?, ¿podré escapar alguna vez de ellos?.

Porque mi tendencia a caer en estos pensamientos crece; ellos mismos crecen también y se enredan unos con otros, y en su maraña me parece que está contenido el mundo entero: el mundo no conozco.

¡Oh!, sacerdote de los signos, ser inquieto, prisionero en el templo de todas las letras, tu vida toca a su fin. ¿Qué has visto? ¿Qué has temido? ¿Qué has hecho?

El latido de todos los que han muerto antes de tiempo: así, como todos ellos, late el corazón de él en la noche.

Todavía no he vivido un solo momento en el mundo sin estar dentro de este o aquel mito. Todo tenía siempre sentido, incluso la desesperación. Puede ser que de un momento a otro todo cambiara de aspecto: siempre había un sentido que seguía creciendo. Puede que ni siquiera lo haya conocido yo, él me conocía. Puede que él haya guardado silencio, luego tomó la palabra. Hablaba en una lengua extranjera, la he aprendido. Por esto a los antiguos no los he olvidado. Lo que hubiera dado por olvidar algo; no lo conseguí, todo iba teniendo cada vez más sentido. He venido al mundo en un estuche irrompible. ¿Me estaré equivocando y tomando este estuche por el mundo?

Allí los jóvenes echan al mundo a los viejos. Estos se van volviendo cada vez más jóvenes y, en un momento determinado, paren a nuevos viejos.

Detrás de un cristal el mundo es como un recuerdo, inocente e inasible. Así, me gustaría que fluyeran delante de mí todos aquellos que yo he conocido, los que han muerto y los que están lejos. No pueden hablarme, no me ven, no saben que les estoy viendo. Tal vez uno u otro lo sospeche, pero el camino desciende, se los lleva rápidamente. De este modo vienen todos, no se conocen unos a otros, pero yo sí les conozco a todos, y ninguno de los que he conocido me es antipático. Porque el cristal que los separa de mí les ha quitado, como a mí mismo, toda culpa.

Espero ansioso a aquellos que van a venir después, cuando ya no esté detrás de un cristal. Van a ser muchos, pero cada uno de ellos tendrá su valor. En medio de todos cada uno tiene su propia manera de andar.

Tal vez son los mismos que ahora yo no conozco, cuando pasan mezclados fuera entre los míos. Tal vez los haya conocido alguna vez a todos.

Al sol, los hombres parece como si merecieran vivir. Bajo la lluvia parece como si tuvieran muchos propósitos.

Cómo se imagina él la felicidad: una vida entera leyendo tranquilamente y escribiendo sin enseñarle nunca a nadie una palabra de lo escrito, sin publicar una palabra. Dejar a lápiz todo lo que ha anotado; no cambiar nada, como si lo que ha escrito no tuviera destino alguno, como el curso natural de una vida que no sirve a ningún fin que haga más angosto el mundo, pero una vida que es totalmente ella misma y que se va anotando como quien anda o respira.

En los animales a los que les abrían las entrañas buscaban el futuro. Y estaba allí porque se las abrían. Si no los hubieran abierto, el futuro habría sido otro.

No hay nada que sea concreto ni diferenciado que no me parezca lleno de sentido: como si todo lo que existe estuviera escondido en nosotros y sólo pudiéramos hacérnoslo visible dando este rodeo por lo otro.

Cabría pensar que las horas perdidas se escurren para entrar en las que vendrán después y que, de repente, miran desde ellas. ¿No podría ser que así no estuvieran perdidas?

La conciencia de sí mismos que tienen aquellos que se muestran por todos los lados.

Los hermosos momentos de la mañana, cuando todo lo personal parece insignificante y sin importancia; cuando uno siente en sí mismo el orgullo de las leyes que está buscando.

Aversión a ensamblar las cosas; lo mantienes siempre todo abierto, todo separado. En realidad sólo quieres aprender a apuntar inmediatamente lo que has comprendido. Cada día entiendes más pero te repugna sumar; como si al fin debiera ser posible, en un solo día, en unas pocas frases, decirlo todo, pero de un modo definitivo.

Deseo inextinguible de que este día tenga lugar al fin de tu vida, lo más tarde posible.

Aix: un pequeño café, justo delante de la entrada de la cárcel. Por la noche, tarde, estaba yo una vez allí. En mi mesa estaba una anciana pobre y miserable, con cara de muerta casi. Un joven, borracho, le hacía la corte; con una obstinación increíble se metía una y otra vez con ella; la invitaba a beber; la abrazaba; le hacía proposiciones; se burlaba groseramente de ella y la ponía nerviosa; y otro hombre, apenas mayor que el primero, aplaudía entusiasmado. La vieja, como si fuera de piedra, se lo dejaba hacer todo; de vez en cuando se agitaba y decía con una voz silbante: «!déjame en paz!». Pero era inútil. No había manera de quitárselo de encima. Todo ocurría delante de la cárcel; la vieja no dejaba de mirar en aquella dirección, como si tuviera allí a su marido o a su hijo.

Una ventaja de viajar a regiones nuevas es el romper lo ominoso. Los sitios nuevos no se adaptan a viejos significados. Por un tiempo uno se abre realmente. Todas las historias pasadas, la vida de uno – llena a rebosar -, que se asfixia de tener un sólo sentido, todo queda de repente atrás; como si uno los hubiera dejado bajo custodia en algún sitio; y mientras permanece en silencio, ocurre únicamente lo no interpretado: lo nuevo.

Por la noche, llegada a Orange. Noche saturada, meridional; Pero las calles están limpias y son claras; un cierto puritanismo cubriendo el elemento romano. Callejeamos hasta llegar a la puerta del teatro: el enorme muro que da a la plaza. La pequeña puerta de entrada estaba abierta; subimos las escaleras y nos encontramos arriba en una gradería. Abajo, delante del escenario, perdidos en el espacio vacío del teatro, había unos cuantos hombres que estaban discutiendo sobre los efectos de luces de una representación que debía tener lugar dentro de pocos días. Por esto, el teatro estaba iluminado, para nosotros dos, cuya presencia nadie advertía. Fui presa de un sentimiento descabellado. qué hermoso sería escribir dramas para un teatro así. Bajamos y, una vez fuera, admiramos de nuevo los grandiosos muros. A. estaba cansado y le acompañé al hotel. Las calles estaban totalmente desiertas y bastante oscuras. Nos separamos y volví sólo en dirección al centro. Era media noche, los cafés habían cerrado; no encontré una sola persona; andaba y andaba, y esperaba que apareciera una u otra forma de vida; la ciudad me gustaba tanto y el teatro era tan grande… de repente, de un modo totalmente súbito, advertí la presencia de un nutrido grupo de personas, un tropel de hombres, mujeres, niños, niños muy pequeños; iban llegando más y más, y como no comprendía de dónde podían venir a esa hora, sobre todo los niños, todo aquello me pareció una especie de engendro de mi esperanza. Pero luego llegué a una gran plaza; allí había un circo; la lona de la carpa estaba abierta; se había acabado la función, salía un río de personas. Anduve por los alrededores del circo; la ciudad entera, por familias, volvía a casa, y, retrocediendo unos pasos, me encontré de nuevo ante los enormes muros del teatro. Ahora la plaza estaba llena a rebosar de gente que volvía a casa.

De este modo la masa me había vuelto a encontrar. Aquello me conmovió profundamente. La primera ciudad del sur, el teatro romano vacío, y en el momento mismo en que, a altas horas de la noche paseaba yo por la ciudad callada y muerta, su gente que, a modo de masa, saliendo del circo, se dirigen como un río hacia mí.

¡Que uno mire atentamente la vida y pueda amarla! Tal vez tiene una ligera idea de lo poco que significa su mirada.

Una bola que es lanzada continuamente hacia arriba para molestar al cielo: la Tierra.

Una habitación en la que hay tres personas que no se conocen ni se ven nunca.

Poco a poco voy comprendiendo cuantas cosas hay aquí. No lo puedo decir de otra manera; me refiero a lo mucho que hay en el mundo y que yo debiera conocer. Me he tomado tiempo. Tal vez antes no hubiera podido comprender la mayoría de estas cosas. pero ahora podría empezar como un alumno formal. Para mí cada vez tiene más importancia aquello de lo que tengo noticia. Ya no intento contestar con gestos particulares e irrelevantes. Todo aquello que voy conociendo se queda descansando en mí, días y semanas, y se familiariza con lo que encuentra dentro de mí. Pero ahora lo importante ya no es que estos encuentros se produzcan en mí, lo importante es que tengan lugar.

Esta ternura de la que le llena a uno todo lo inútil.

El secreto resentimiento por todo aquello que uno hubiera podido conocer y no ha conocido.

Lo quejumbroso del comerciante: sus artículos se convierten en una parte sensible de su cuerpo.

Va por la calle con una gran preocupación; en cada uno de sus pasos busca una actitud vital.

El tunante. En él se dan cita los efectos de la orden y los de la transformación, y, como no ocurre en ningún otro personaje, en él se puede leer la esencia de la libertad. Empieza como cabecilla; da órdenes y éstas son obedecidas. Pero lleva la obediencia de su gente ad absurdum y se libra de ellos.

Se los sacude a todos; destruye costumbres, obediencia, su propio carro, sus instrumentos de magia, al fin, sus armas, para desembarazarse de ellos, para estar completamente solo. Así que está solo, puede hablar a todos los seres y a todas las cosas. Quiere aislarse y persigue sus propias transformaciones.

Una vez liberado de todos aquellos que le pertenecen, se pone en camino. Pero no tiene camino. Vaga de un lado para otro, sin meta, y tiene antojos. Se entretiene con partes de su cuerpo que tienen una vida propia, con su trasero, con su miembro. Se hace cortes en su propia carne. Come de sus entrañas, no sabe de dónde provienen, le gustan. Su mano derecha riñe con la izquierda.

Lo imita todo mal; en ninguna parte se orienta; no hace más que hacer preguntas equivocadas, de las que no obtiene respuesta o sólo respuestas que le confunden.

Adopta a dos niños diminutos: no para alimentarles a ellos sino para alimentarse así mismo, y los cuida tan mal que necesariamente se mueren. Toma forma de mujer, con pechos femeninos falsos; se casa con el hijo de un cabecilla y se queda embarazado varias veces. No hay cambio que él no haga ante la gente.

Engulle a animales y personas cuando tiene hambre, pero ellos le engullen también a él; es nada menos que héroe y vencedor.

En su aislamiento puede ocurrirle todo lo que puede ocurrir en la vida. Pero este mismo aislamiento hace no dé con el fin que se propone, que dé la impresión de algo absurdo y que resulte ser un personaje tan interesante.

Es el predecesor del pícaro -no hay época ni sociedad que no pueda producir su pícaro – y siempre interesará a la gente. Les divierte explicándoselo todo por inversión.

Pero sus aventuras no pueden tener nunca una trabazón. Cualquier deducción interna, cualquier conexión les daría sentido y les quitaría su valor, es decir, su libertad.

A veces le decimos a cualquiera nuestras mejores cosas, las más importantes. No tenemos por qué avergonzarnos de esto, pues no siempre estamos hablando al oído. Las palabras quieren que se las diga para que existan.

Creo que los efectos de esta nueva «luna» van a ser positivos. El nuevo satélite va a dar un impulso completamente nuevo a la rivalidad entre las potencias técnicamente activas: su competitividad abandona por primera vez la Tierra. La guerra entre ellos es cada día menos posible. Da igual quién sea el que lleva un paso de ventaja, de todas maneras el conflicto significa la aniquilación total de los dos bandos. En cambio, trasladando su ambición al espacio exterior, pueden ganar mucho prestigio ante los demás, como el que acaban de conseguir ahora los rusos. Esto origina una rivalidad que es a la vez grandiosa e infantil: grandiosa por lo que supone de ampliación del espacio en el que tiene lugar tal rivalidad; infantil porque todo apunta claramente al vacío; el ser humano, en cambio, está inmensamente lleno y de él no se sabe todavía nada.

Porque lo que se necesita para la conquista de la Luna y de los planetas es un fragmento insignificante de la memoria humana. Todo lo restante está en barbecho. Sin embargo, la sencillez de estas metas las hace comprensibles a todos. Un único sistema de dos masas podría abarcar la totalidad de la Tierra y de sus habitantes. Todo resulta tan claro como en un campo de fútbol, pero claro para todos. La inquietud de los que han perdido la primera ronda podría llevarles, en compensación, a ser los primeros en llegar a la Luna. El orgullo de los que han empezado ganando les va a dar la seguridad suficiente para no extraviarse en una guerra. Cabría pensar que las amenazas más detonantes de los últimos años no dieran lugar más que a un enorme castillo de fuegos artificiales, un espectáculo que podría verse a muchos kilómetros a la redonda de la Tierra, una diversión para los hombres y todavía ninguna maldición para las estrellas.

Cada nueva persona cuya existencia aceptamos origina un cambio en nosotros. Tal vez es el carácter inevitable de este cambio lo que presentimos y tememos, porque ocurre antes de que hayamos agotado lo que había antes de este cambio.

Ayer leí un viejo relato sobre la vocación de mago de un hombre de la tribu de los amazulu. Tenía más fuerza, más poder de convicción, más originalidad y más verdad que los más nobles testimonios personales de nuestros ascetas y místicos. Para estos negros, de lo que se trata es de que los magos vuelvan a encontrar objetos perdidos o robados; se les prueba sobre su capacidad y según ella se les toma más o menos en serio. Lo auténtico sería, pues, el sentimiento de la vocación y no parece que lo importante sea el contenido de ésta.

Le tortura que no empiece a brillar al mismo tiempo todo lo que ha sabido alguna vez.

1958

Estos filósofos de Oxford van quitando más y más capas hasta que ya no les queda nada. He aprendido mucho de ellos: ahora sé que es mejor no empezar nunca a roer.

Uno podría, naturalmente, en vez de reflexionar sobre mitos, reflexionar sobre palabras, y mientras evitara definirlas, sería posible extraer de ellas toda la sabiduría que los hombres han reunido. Pero los mitos son más divertidos porque están llenos de metamorfosis.

Su corazón es la lámpara en la noche.

Ella se ha instalado ahora en la vieja habitación de él, y ama esta habitación como si él hubiera muerto. Le pone de muy mal humor que él vaya.

«La riqueza de un hombre se medía por el número de sus libros y el de los caballos que tenía en la cuadra» (Timbuktu, hacia 1500).

Muchas veces me parece como sí todo lo que aprendo y leo fuera inventado. Lo que descubro, en cambio, es como si en realidad hubiera existido siempre.

No hay nada más enmarañado que los caminos del espíritu. El modo como un hombre aprende, si evita aplicar inmediatamente o que aprende, tiene más de aventura y de misterio que cualquier expedición científica. Porque en lo espiritual no puede uno proponerse ni calcular caminos. Sin duda que allí hay algo así como mapas aproximados, pero es infinitamente más sugestivo salir en todas direcciones, y qué sorpresa volver a encontrarse donde uno ya estaba siendo otro en aquel mismo lugar.

Cuanto más determinado es un espíritu tanto más necesita lo nuevo.

Hay una cierta homogeneidad en todas las narraciones, pero no sé en qué consiste.

Que sigas creyendo en una ley, aunque sepas que no la vas a encontrar nunca, aunque sepas que nadie la conoce.

Dudar siempre he dudado poco; cuánta fuerza y cuánta juventud tiene todavía para mí la duda.

Un hombre que, poco a poco, se va transformando en una mala conciencia. Pero se encuentra tan a gusto…

«Todavía ahora se observa estrictamente la costumbre de no sacrificar ningún animal hasta que, una vez rociado con la bebida votiva, no haya mostrado su conformidad moviendo la cabeza». Plutarco: Conversaciones en la mesa.

«En el siglo XIII, los egipcios fueron presa de un ansia de comer carne humana que se propagó a todos los estamentos, pero de un modo especial se tenía la vista puesta en los médicos. Si uno tenía hambre mandaba llamar a un médico, pero no para consultar con él sino para comérselo». (Humboldt).

«A la gente le gustaba tanto este espantoso manjar que era posible ver cómo personas ricas y dignas de todo respeto lo comían de un modo habitual, hacían de él un festín y llegaban incluso a hacer provisión de carne humana. Surgieron distintas maneras de preparar esta carne… Eran precisas toda clase de astucias para atacar a los hombres por sorpresa o para, con falsos pretextos, llevarlos a casa de uno. De los médicos que venían a mi casa, tres sucumbieron a esta suerte, y un librero que me vendía libros – un hombre viejo y muy gordo – cayó en las redes de esta gente y escapó por los pelos». (Abd-Ullatif, médico de Bagdad, en subscripción de Egipto).

Todo lo ocurrido tiene miedo a su palabra.

A él le da pena su horda de lamentación: se perdió en Inglaterra.

Si se trata de mártires, entonces todos. ¿Qué mártir vale más que otro?

Demasiados caminos en la lengua, todos trazados de antemano.

El leído. A B, no le queda tiempo para esfuerzos. No le gusta trabajar. No le gusta estudiar. Es curioso y por eso de vez en cuando lee un libro. Pero tiene que estar escrito de un modo muy sencillo, con frases sencillas, cortas, directas. No debe contener palabras rebuscadas, y por supuesto todo deben ser oraciones simples. No debe tropezar en nada, todo tiene que entrarle fácilmente, sin necesidad de reflexionar. Lo mejor sería que, con la vista, pudiera abarcar de golpe una página entera. En realidad B. está buscando páginas así. Abre un libro por alguna parte, hacia atrás, hacia delante o por la mitad, y mira una página. La página se defiende. No le gusta entregarse al primer envite. Quiere que uno esté con ella veinte o treinta segundos. Ella lo toma como modestia; él es de otra opinión. Su resistencia le molesta; da la vuelta a la página y, si todavía no está demasiado enfadado, hinca el diente en la página siguiente. Las más de las veces ocurre que se repite la misma experiencia. Esto para él es demasiado, y, con creciente indignación, deja esa parte del libro. La castiga, abriendo por otro pasaje, cien páginas más adelante o más atrás. No deja que se le imponga ninguna página y lee donde le parece. De esta manera va dando saltos por el libro de un lado para otro. Como tiene su manera de tratar los libros, no es de extrañar que se vea a sí mismo como un conocedor más experto que todos estos honrados plebeyos que leen los libros una página tras otra. Realmente, de esta manera llega a tener una idea propia de un libro. Si éste más o menos le dice algo, llega a conocer pasajes de diez o quince páginas, pasajes formados por páginas tomadas de las partes más diversas del libro y siempre en un orden insólito.

De vez en cuando tiene ánimos para salir con sus originales ideas y dejar pasmados a los que le conocen. Con un loco más de método podría llegar a conseguir reputación de espíritu voluntarioso y obstinado. Le bastaría con hacer esto con un poco más de asiduidad, coger un libro al mes, digamos. Para él, naturalmente, es demasiado, y la cosa se queda en dos o tres libros al año. Pero hay además otro obstáculo que no debe silenciarse. Carece totalmente de originalidad en el momento de seleccionar los libros. Sólo le interesan aquellos de los que todo el mundo habla. Primero tienen que haber dado su veredicto unánime todos los críticos reputados de todos los periódicos reputados; primero tiene que ocurrir que este veredicto sea tal que todo el mundo coja este libro y que todo bicho viviente sepa de él; que el nombre del autor se oiga con tanta frecuencia que en cierto modo sea de buen tono conocerlo; luego, y no antes se siente tentado a empezar a hojear.

Pero no empieza enseguida. Va a su librería, que está en la calle más elegante de Londres, donde las duquesas hacen sus compras. Conoce bien al dueño. El es uno de sus mejores clientes. De vez en cuando, el librero, por su cuenta, le manda un libro que podría, interesarle, y aunque ya lo tenga, jamás se lo devuelve. Sin embargo, y sobre todo desde que vive en el mundo del espíritu, prefiere informarse personalmente en la librería. Se hace enseñar este o aquel libro; rechaza éste o aquél con ademán aburrido, sin mirar, y luego, con gesto triunfante, pide el libro del que desde hace quince días habla todo el mundo. Dice el título de un modo aproximado, el nombre del autor no lo sabe bien; no hay que rendir excesivo culto a este tipo de celebridades de todos los días que no pueden gloriarse de generaciones de antepasados. Las más de las veces este libro estaba ya entre los que el librero le había enseñado y que él, de un modo arrogante, había rechazado. Hace falta tener tacto para que no se dé cuenta, porque sabe lo que quiere y quiere que la gente lo note.

Entonces, de un modo negligente y despreocupado, coge el libro bajo el brazo y lo echa en el asiento de su Bently. En casa, en una habitación suntuosa, enorme, en cuyas paredes cuelgan los cuadros de sus antepasados, coloca el libro sobre una gran mesa ovalada en la que, como en un escaparate, se encuentran los libros del mes anterior, los que merecieron especial favor a los ojos de los críticos. Allí está este libro, al lado de sus semejantes, y jamás hay otra cosa. Todo es nuevo y reluciente, y a alguien podría parecerle muy fuera de lugar la nueva edición de una obra antigua que, gracias a los buenos oficios de los suplementos dominicales, ha ido a parar allí. De esta forma ha conseguido poner los libros que están de moda en medio de sus antepasados. Ellos no pudieron saber lo que él tiene aquí; es lo único que en su presencia tiene él y es lo único en lo que les aventaja.

Ahora es cuando puede hacer su selección de entre las obras maestras de la vida moderna. Es capaz de entusiasmarse, pero no es amigo de alabar lo que no le gusta de verdad; porque en sus juicios pone también sinceridad y honradez. En un momento dado, coge el libro que ha adquirido. Lo hace con gran rapidez, como todo lo que hace, con el movimiento decidido de un ave de rapiña. Para empezar, los libros que tienen frases subordinadas quedan excluidos. Para esto tiene una vista de lince y no conoce compasión alguna. Pero depende también un poco del tema. Todo lo que no tenga que ver con él le parece falso. Quiere la verdad; a los autores embusteros los desenmascara rápidamente.

A veces se encuentra con autores que le penetran con la mirada. Si lo hacen de un modo ágil le impresiona. Pero al final acaba buscando una página que se le entregue al primer envite. Si el tema de esta página es él, y si la primera página que abre la capta a la primera ojeada, ya no necesita seguir leyendo. Ha descubierto una obra maestra, su obra maestra, y a partir de este momento lo dirá a todo el mundo.

Es siempre en los hombres falsos en quienes uno pone su esperanza, y si uno lo supiera, no podría seguir viviendo ni un momento más. Por fortuna van llegando continuamente otros distintos; en relación con ellos uno fue tan inocente que ni siquiera puso sus esperanzas. Así continúa la vida por caminos inesperados y sorprendentes.

No hay ningún testimonio más profundo de respeto por la humanidad que la sed de sus mitos, y cuando uno ha leído más de lo que el corazón puede soportar tiene derecho a esperar en la secreta fuerza de este alimento.

La invención del infierno es la más monstruosa de todas las invenciones, y de qué modo después de ella quepa esperar todavía algo bueno de los hombres es difícil de comprender. ¿No van a tener que estar inventando siempre infiernos?

Todo es mejor que «yo», pero ¿dónde ponerlo?

Su pesar; que todavía no se haya abierto a la más pequeña expresión de vida. Su pesar: los decenios de arrogancia.

La megalomanía del intérprete: se siente más rico que la obra; su interpretación es la medida de esta riqueza.

Se considera mejor que él mismo; le gusta tener una opinión muy buena y muy mala de sí mismo.

¿Qué significa que hay que ser mejor? ¿Más abierto? ¿Más complaciente? ¿Es mejor esto realmente? ¿Más claro? Sí, ¿Más de acuerdo consigo mismo? No demasiado. ¿Más tranquilo? No sé.

A veces he deseado poder vaciar mi cabeza de todo lo que se ha instalado en ella y empezar a pensar de nuevo, como si jamás hubiera habido allí nada. Ahora ya no tengo este deseo. Acepto a los pobladores de mi cabeza e intento llevarme bien con ellos.

Es posible que me haya convertido en habitante de una pequeña ciudad.

En un diario italiano leo la noticia de una monja que acaba de morir a la edad de cien años.

Había muerto ya una vez, cuando era una muchacha de diecisiete años; habían cerrado el ataúd con clavos, cuando su hermana se empeñó que lo abrieran de nuevo. Entonces volvió en sí y se incorporó. A raíz de este milagro tomó la decisión de hacerse monja y consagrar su vida a Dios. De este modo, después de su primera muerte vivió aún ochenta y tres años.

El hombre tiene la grandeza que tenga su miedo; puede conocerlo y aguantarlo y vivir con él sin olvidarlo jamás.

1959

En una isla del Pacífico, hace poco, en honor a una explosión atómica, han comido por última vez seres humanos.

Todo el mundo debiera verse a sí mismo comiendo.

A partir de cierta edad, la palabra de todo hombre se convierte en algo duro y que cuenta. Perdónate esta dureza.

Las preciosas frases de los locos.

Lo enflaquecido de un trabajo qué se ha prolongado a lo largo de los años. Sólo puede estar bien si se le quita la vida; entonces se pone flaco y enjuto. Cuanto más obligatorio se hace tanto más da de sí.

Cuando oigo la expresión «obra de una vida» pienso en una ascesis inhumana.

¿Otro libro?, ¿otro gran libro? ¿Mil páginas hinchadas? ¿En qué línea te pones?, ¿no es mejor todo lo que ya existe?

No te importe, todo tiene que ser pensado otra vez.

El verdadero sentimiento de fuerza cuando ningún triunfo nos hace señas.

Todos los honores desperdiciados.

El hospital de campaña en que vive, en medio de libros cubiertos de tierra y heridos de gravedad.

La laboriosidad me gusta y no me gusta, según las horas del día o de la noche. Por la noche, hasta el alba, soy un trabajador apasionado; durante el día, la misma pasión la tengo por la pereza.

Muchas cualidades las ha adquirido uno por obstinación. Luego si le aburren ya no se las quita de encima.

Todo hombre se traiciona del todo en sus clasificaciones.

De vez en cuando es importante sentirse a sí mismo como blanco de los demás; es decir, verse a sí mismo tal como le ven los que no le conocen de nada.

¡Estoy harto de que cada hombre culpe a todos los demás sólo de sus propias cualidades negativas! A veces me parece como si terminar algo se convirtiera en una especie de fin en sí mismo. Pienso en las metas que tenía cuando empecé; en el modo confiado con el que quería llevar a cabo algo real. Mientras estuve trabajando en ello, el peso de la destrucción en el mundo se multiplicó por mil. Es una destrucción contenida, pero ¿tiene esto algo que ver?

¿Y por qué esta obsesión que me impulsa a arremeter contra toda destrucción, como si me hubieran nombrado protector del mundo? ¿Qué soy yo en realidad? Un ser indefenso a quien se le van muriendo uno tras otro los seres que tiene cerca, que no puede retener en la vida aquello que más le pertenece, un naufragio total, un lastimoso grito.

¿A quién aprovecho? ¿A quién le sirvo de algo con esta inconmovible obstinación?

Nada ha quedado excepto esta obstinación. Las personas nuevas me resbalan; a uno le faltan palabras y conversaciones nuevas; lo anterior sigue todavía vivo. ¿Cuándo va a ser presa de la destrucción? No quedará nada y sin embargo yo seguiré en pie – un niño que se pone en pie por primera vez – y gritaré con todas mis fuerzas: ¡No!

Uno dice: no puedo lamentar nada. ¿Un dios? ¿Una piedra?

Sueña que desengancha su corazón de todos aquellos que se habían enconado con él: de repente lo tiene intacto en la mano.

Cada palabra que apunta le da fuerza. Da igual qué palabra sea; puede que no sea absolutamente nada; el simple hecho de apuntarla le da fuerza.

¿Por qué es tan bueno hablar con uno mismo? ¿Porque no quiere uno nada de sí mismo? ¿Porque puede ir muy lejos en el odio sin guardar resentimiento? ¿Porque es temerario sin poner en peligro a nadie? ¿Porque uno se entera de algo sobre los demás que tenía oculto en el fondo de sí mismo? ¿Porque puede atacar sin miramientos su arrogancia sin hacer de ello un espectáculo barato? ¿Porque es serio y honesto en la verdad sin vanagloriarse de ella? ¿Porque no pide ni apremia y está en pie de igualdad consigo mismo?

Cada vez más rostros que recuerdan otros rostros: la vida, llena a rebosar, intenta desenmarañarse.

Los elementos que componen el mundo que uno ama y el Todo, mal ensamblado, que uno detesta.

No hay nada más triste que ser el primero, a no ser que uno lo sea de verdad y que nunca haya habido nadie en aquel lugar.

Todo está en el falso modelo; los extravíos de los hombres se deben a que, en algún momento, toman de un modelo casual sus modelos y luego ya no se libran de ellos.

Uno piensa, y piensa, hasta que al final todo se piensa solo, y entonces ya no significa nada.

No llegar siempre hasta el final. Hay tantas cosas en medio.

Los funcionarios provocarán tormentas, como Júpiter.

Me encuentro en casa cuando, con el lápiz en la mano, escribo palabras alemanas y a mi alrededor todo el mundo habla inglés.

Ayer salió para Hamburgo el manuscrito de «Masa y Poder». En 1925, hace treinta y cuatro años, tuve la primera idea de un libro sobre la masa. Pero su verdadero germen era todavía anterior: una manifestación de trabajadores en Frankfurt con motivo de la muerte de Rathenau; yo tenía diecisiete años.

Como estoy constatando continuamente, toda mi vida de adulto ha estado ocupada por este libro; pero desde que vivo en Inglaterra, es decir, desde hace más de veinte años, aunque con trágicas interrupciones, apenas he trabajado en otra cosa.

¿Mereció la pena este esfuerzo? ¿No se me habrán escapado así muchas otras obras? ¿Cómo lo diré? Tenía que hacer lo que he hecho. Estuve bajo un imperativo que jamás comprenderé.

Hablé de este libro cuando casi no existía más que la intención de escribirlo. Lo anuncié como una obra de grandes pretensiones con el fin de atarme más a él. A pesar de que todos los que me conocían me impulsaban a terminarlo, yo no lo terminé ni una hora antes de lo que me pareció que debía ser, Durante estos años, mis mejores amigos perdieron su fe en mí; aquello duraba demasiado; yo no podía reprochárselo.

Ahora me digo que habré conseguido agarrar este siglo por el pescuezo.

La indiferencia de una decisión que uno tomó una vez, como si la hubiera tomado otro.

Con el tesoro de su tiempo, que de repente se prorroga, el hombre se eleva; pero sólo si su manera de ser le llevaba a tomarse mucho tiempo. El hecho de que su mayor riqueza se haya terminado saca de él, de repente, más de lo que era; como si en estos momentos lo hubiera regalado todo y, como un mendigo, estuviera invitado entre sus propias sobras.

1960

Estás tan seguro de lo tuyo que se podría dudar de tu inteligencia. Pero mientras el ruido no te cubra, esta seguridad no tiene por qué ser perjudicial. Lo más difícil es encontrar un agujero a través del que puedas escapar de tu obra. Te gustaría volver a estar en un mundo libre y sin reglas que no estuviera violado por ti. Todo orden es una tortura, pero el orden de uno mismo es la máxima tortura. Sabes que no todo puede estar bien, pero no permites que destruyan tu obra. Podrías intentar socavarla, pero entonces tú mismo estarías dentro todavía. Quieres estar fuera, ser libre. Podrías, como si fueras otro, escribir un terrible ataque contra ella. Pero, naturalmente, no quieres destruirla. Quieres sólo transformarte.

De Montaigne lo más bello es que no tiene nunca prisa. Incluso sentimientos y pensamientos que están llenos de impaciencia los trata despacio. El interés que tiene por sí mismo es algo inconmovible: jamás se avergüenza realmente de su persona, no es un cristiano. Para él, todo lo que contempla, sea lo que sea, es importante, pero lo inagotable de verdad es él. Hay una forma de libertad que consiste en estar con uno mismo. El es un objeto que jamás se puede perder; se tiene siempre. Esta vida que él no pierde nunca de vista transcurre con la misma lentitud que su contemplación.

El capítulo de Montaigne sobre los caníbales, que he leído hoy, ha vuelto a ganar mis simpatías por este autor. Montaigne se abre a todas las formas de vida humana, una actitud que hoy en día es general e incluso se ha elevado al rango de ciencia; sin embargo él la tiene en aquel tiempo, en una etapa que se justificaba fanáticamente a sí misma. Montaigne, en este capítulo, alaba el valor en la guerra, una virtud que en relación con el mundo que le rodeaba no debió ser muy oportuna. Cuando alaba a los brasileños por su valor, parece estar haciendo esta pregunta: «¿Somos realmente valientes nosotros? ¿Qué es nuestro valor?». El indio, como víctima en manos de sus enemigos, tiene para él los rasgos de Catón. A nadie venera tanto: no como modelo, sino como lo inalcanzable, aquello que a él le será negado siempre. Porque entre las estrellas hay algunas que nosotros hacemos bajar; otras están tan arriba que jamás podremos poner las manos en ellas.

Sin embargo, Montaigne dibuja aquí la imagen del buen salvaje que volverá a salir en Rousseau casi doscientos años más tarde. Sólo que en éste se ha convertido en una especie de modelo obligatorio, como en la Esparta de Licurgo.

El bufón de la corte, uno que posee lo mínimo junto al que lo posee todo. Actúa siempre en presencia de su señor como una forma de libertad, pero a su vez está totalmente en sus manos. El señor ve la libertad del que carece de cargas; pero, como éste le pertenece, puede tener la impresión de que la libertad también le pertenece.

Dolor con significado: cada dolor tendría un sentido perfectamente comprensible; sólo podría significar una cosa, y el remedio estaría entonces en la conducta del propio espíritu. La suspensión del dolor sería una empresa difícil y supondría siempre un mejoramiento del ser humano. En lugar de avisos, los dolores serían acicates. El ser más doliente que acertara a comportarse de un modo adecuado sería el que llegaría más lejos: su curación sería su propio invento y su propia obra.

Estás hecho solamente de estructuras. ¿Has nacido con estructuras geométricas o es que el tiempo te ha cogido y te ha obligado a meterte en sus formas irremediablemente rectilíneas? ¿Ya no conoces el gran misterio? ¿El misterio del más largo de los caminos?

Qué felicidad dejar que pensamientos que le han estado dominando a uno toda la vida se sumergieran y sólo aparecieran en sueños.

Entre los pensadores «terribles» que admiro se encuentran Hobbes y De Maistre. Admiro de éstos que puedan decir lo terrible. Sin embargo, estos autores no permiten que el miedo que les domina se convierta en un medio de autoglorificación. De ahí que mencione a estos dos, Hobbes y De Maistre: a pesar de que son muy distintos el uno del otro, tienen en común que no siempre han dejado que sus pensamientos les hagan perder la cabeza; en lo que dicen sobre su vida han sido siempre sencillos. A diferencia de ellos, hay otro tipo de pensadores que han sentido un especial placer dirigiendo su miedo contra los hombres, como si de él pudieran hacer una gloria personal. Para ellos el miedo se convierte en un látigo con el que lo mantienen todo a distancia. Admiran la «grandeza», y cuando pronuncian esta palabra están pensando en una grandeza bestial. Nietzsche es uno de éstos; su libertad contrasta lamentablemente con sus antojos de poder, antojos a los que en última instancia sucumbió. Muchas de sus frases me. repugnan profundamente, como las frases de un vulgar déspota. De Maistre ha dicho cosas más terribles, pero las ha dicho porque se dan en el mundo como instrumentos del mundo; no las ha dicho por gusto. Los pensadores que están dominados por un miedo sincero al hombre son víctimas de este miedo como todos los otros y no tratan ocultamente de emplearlo para su propio provecho. No falsean el estado del mundo; viven en él expuestos como el que más al miedo que sienten. La resistencia que sus pensamientos suscitan es sana y fecunda. Los otros adoptan una actitud a la vez peligrosa y magnífica: podríamos decir que lo que pretenden es salir del mundo y saltar sobre sí mismos. Por esto, con lo que dicen falsean la realidad hasta la médula; sus palabras sólo pueden aprovechar aquellos que se sirven de ellas para arrebatarle a la Humanidad su dignidad y su esperanza.

En sus frases sobre la guerra, De Maistre ha planteado las preguntas que hay que plantear. Esto es algo. No las ha contestado con frases piadosas. Esto es más. Sin embargo, las contestaciones que luego encuentra, aunque están pensadas de un modo original, a un hombre de nuestros días que tenga algo de experiencia le parecerán mera burla. Es difícil encontrar una incitación antibélica más eficaz, que, justamente, estas frases de De Maistre.

Es una sensación maravillosa la que sentimos cuando nos procuramos paz para pensar en medio de tanta gente. La pequeña dosis de aislamiento en que uno tiene puestas sus miras cuesta esfuerzo; no es fácil estar solo, y por esto la soledad finalmente conseguida tiene más peso. Por otra parte tampoco es posible dejar de sentir animosidad frente a los otros, que nos están limitando por todas partes. Pero no es verdadera animosidad lo que sentimos, porque tenemos intención de incluir a los demás en nuestro pensamiento, y la responsabilidad que sentimos por ellos da calor a esta animosidad y la convierte en amor.

El paranoico en forma de budista: lo que hace de Schopenhauer un ser único e irrepetible.

Burckhardt en forma de Atlas: un ciudadano de Basilea que lleva dentro de sí el mundo y lo sostiene.

Uno necesita frases infinitamente lejanas, que apenas entienda, como asidero a lo largo de los siglos.

Inventar una fe, introducirla, imponerla y luego abolirla hasta que haya desaparecido del todo de entre los hombres. Incluso uno que lograra hacer esto seguiría sin saber lo que es la fe.

Para Demócrito, en el átomo está la idea de una masa. Es curioso que la cosmología griega, que se ha revelado como la más fecunda de todas, deba su origen a la obsesión por una masa invisible formada de unidades mínimas.

Me siento cerca de Demócrito en muchas cosas; algunas de sus frases me salen del alma. Es una desgracia que en lugar de las obras completas de Aristóteles no nos hayan llegado las suyas. ¡Qué hostil me resulta el espíritu de Aristóteles! ¡Con qué repugnancia tengo que leerlo! Demócrito no fue menos polifacético; su curiosidad no tiene nada que envidiar a la de Aristóteles. Este, además es un coleccionista y tiene respeto por el poder; se le ha contagiado también la charlatanería de Sócrates. Demócrito vivió fuera de Atenas: esto fue bueno para él. Tal vez dio demasiada importancia a la probidad de aquellos que viven solos. Una ingenua autocomplacencia le mantiene de acuerdo consigo mismo, pero ésta no se proyecta coloreando ninguno de los grandes pensamientos en los que él ve algo por primera vez. Una confesión suya por la que daría todo Aristóteles: prefiere – dice – encontrar una sóla explicación que poseer el reino de Persia.

Academias cuya misión fuera suprimir de vez en cuando ciertas palabras.

Para él todas las ventanas son como si dieran al infinito. Pero si desde fuera mira por la ventana hacia dentro, a algún sitio, es como si, viniendo del infinito, se instalara en la vida.

Me interesan los hombres de carne y hueso y me interesan los personajes. Detesto los híbridos de ambas cosas.

El salto a lo universal es tan peligroso que hay que estar practicándolo siempre, y además desde el mismo sitio.

Sin libros las alegrías se pudren.

¡Qué felicidad pensar en algunas palabras y decírselas a uno mismo continuamente! No está bien que sólo palabras como «Dios» hayan llegado a este máximo grado de repetición. Los que dicen Alá, en Marrakech, me han recordado esto; ahora yo quisiera ser también servidor de muchas maravillas del lenguaje.

Ahora, cada vez más, es posible dirigir la voluntad hacia todas partes. Todas las metas parecen haberse retirado al infinito; con todo, parecen alcanzabas.

A partir del espíritu, y sólo a partir de él, se puede conseguir todo. Sin embargo, con la palabra espíritu se quiere aludir aquí a una forma aislada de actividad que cada vez necesita de menos sustratos materiales. Basta con pensar de una manera determinada, en una dirección determinada. Una propiedad de la naturaleza ascética de este pensar es su imperturbabilidad. El poder que este pensar depara es comparable con el que tenían los guías espirituales en los estados de una sola religión. Es un poder muy importante, pero le gusta mantenerse oculto y no necesita de un brillo personal inmediato.

El brillo se guarda para el momento de la aniquilación.

Para la metamorfosis creo haber encontrado una llave; la he metido en la cerradura, pero no le he dado la vuelta. La puerta está cerrada y no se puede entrar. Va a costar mucho trabajo todavía.

El orden del pensamiento en torno a cuatro o cinco palabras puede todavía tener sentido; deja algo de espacio. Lo terrible son los místicos de una palabra.

Aún en el caso de que la admire, la sutilidad de un personaje literario, como producto de este tiempo, suscita en mí contradicción: veo en este personaje una excesiva autocomplacencia. Para que el escritor le pueda dar la patada que merece tiene que haber algún sitio donde le duela.

Después de la primera guerra, para algunos escritores todavía era posible contentarse con respirar y pulir cristales. Pero hoy, después de la segunda, después de las cámaras de gas y de las bombas atómicas, el ser humano, en su estado de amenaza y humillación extremas, exige más. Hay que ir al nivel primario y elemental del ser del hombre, tal como existió siempre, y curtir las manos y el espíritu en él. Hay que tomar al hombre tal como es, duro e irredento. Pero no hay que permitirle que profane la esperanza. Sólo de la más negra de las constataciones puede emanar esta esperanza; si no es así, se convierte en una sarcástica superstición que acelera el final, cada vez más inminente.

Los relojes cada vez más graciosos, el tiempo cada vez más peligroso.

Lo más difícil es reducirse cuando uno se ha colmado tanto a sí mismo. La ilusión de este hombre, que cree que todo depende de él, es tan falsa como la autosatisfacción del que está siempre vacío. El que se ocupó de lo más terrible y al mismo tiempo de lo mejor tiene que volver a ser sencillo, como al principio. Las visiones que ha conseguido no puede utilizarlas como un bien privado, debe confiarlas a los hombres y deshacerse de ellas.

Distanciamiento de la obra sin que ésta le desagrade a uno. Leemos sin darnos cuenta de lo que leemos. Esto produce una sensación de frío como la que se tiene a la puesta del sol.

Las ciudades en las que uno ha vivido se convierten en barrios de la ciudad en la que uno muere.

Ahora vuelve a sumergirse en el mar de lo no leído y sale a la superficie rejuvenecido y resoplante; orgulloso, como si le hubiera robado el tridente a Poseidón.

La retractación de Galileo que encontramos en Brecht me ha recordado la de Fünfzig en los «Emplazados». Es una retractación para ganar tiempo, pero que no cambia en lo más mínimo el modo de pensar y sentir del que está amenazado. Fünfzig está concebido de un modo más estricto y va más lejos: no puede perder de vista lo que ha hecho con su pasión por la verdad. El Gableo de Brecht, que está concebido antes, puede comerse aún tranquilamente su asado de pato. Carece de toda una dimensión, de aquella que para los hombres de hoy es la más importante. ¿Qué derecho tengo yo a una verdad explosiva que yo solo conozco?, ¿no tengo que intentar hacerla inocua a todo precio? Justamente en mí, que soy todavía su único portador, es en quien tiene que empezar su proceso de domesticación y de difusión.

Así, la verdad tiene un doble peso. Encontrarla e imponerla es sólo una cara de este peso; la otra, infinitamente más seria, es la de la responsabilidad.

De no ser así, dando un rodeo, les devolvemos a los inquisidores la razón que habían perdido ya a medias. A Galileo no se le puede acusar porque se ha retractado; todavía no ha escrito los Discorsi. Pero se le puede acusar porque puede comerse un pato sin sospechar nada: para él el futuro es ciego.

De repente se acabó toda fe. Un sentimiento de infinita felicidad se difundió entre los hombres. Cada uno bailaba solo hasta caer redondo. A cierta distancia de los demás se volvía a levantar. El sol brillaba con más fuerza. Pero el aire era tenue. El mar se hizo incomprensible.

Las lamentaciones por los muertos intentan devolverles la vida; ésta es su pasión. Las lamentaciones deben proseguir hasta que lo consigan. Pero desisten demasiado pronto: una pasión insuficiente.

Sería posible que a aquel que se niega a matar se le impidiera al fin toda decisión libre. Y aunque se quedara petrificado del todo: no puede matar.

¡Qué miedo le dan sus propias palabras! Lo que dice tiene un poder tan grande sobre él que nunca le deja libre. Después de los primeros estadios de dolor agudo que esto que ha dicho le ha provocado, se tumba de lado y espía. Luego se levanta otra vez de un salto, se levanta seguro de un salto y se precipita sobre él como si esto se acabara de decir en aquel momento. Sus propias palabras no tienen fuerza hasta que no las ha oído. Vienen de él y sin embargo parece que vengan de un país extranjero. El se pone totalmente a merced de ellas; huir sería imposible, pero él tampoco quiere huir. A menudo se precipita entre ellas; por la derecha y por la izquierda le aplastan con gran estruendo; como más le gusta entregarse a ellas es en forma de chaparrón. No es un caos lo que provocan en él, son dolores fuertes y distintos. Lo que dicen, aunque sea muy oscuro lo comprende; de dónde vienen es para él un enigma.

Uno que halaga hasta que, para deshacerse de él, le corresponden amablemente. Sobre estas respuestas él se construye su propia reputación.

Desde casa la fama es siempre engaño. Luego, de vez en cuando ve se que detrás había algo. ¡Qué sorpresa!

En toda vida se pueden encontrar los muertos de los que uno se ha alimentado. En hombres tiernos, buenos, bastos, malos…, en todas partes hay muertos de los que se ha abusado. ¿Cómo puede soportar la vida uno que sepa esto de sí mismo? Dándoles a sus muertos la propia vida, no perdiéndola jamás y eternizándoles a ellos

Yo no soy un escritor: no puedo callar. Pero en mí callan muchos hombres que no conozco. Sus exabruptos me convierten de en vez cuando en escritor.

Todos los creyentes con los que me encuentro, basta con que lo sean de verdad, despiertan mi simpatía. La expresión ingenua y sencilla de su fe me conmueve, y cuando parece tan absurda que resulta risible, entonces es cuando más me conmueve.

Pero no pueden ser creyentes de una fe dueña del mundo de hoy. Así que detrás noto el poder de una iglesia triunfante, así que advierto que el creyente intenta cubrirse con este poder, emplearlo para amenazar y amedrentar, me entra asco y horror.

¿Es la fe lo que me conmueve o es sólo la fe derrotada?

En la tristeza se prepara siempre algo, pero no le sirve a uno de nada decírselo.

Mi tristeza no tiene nada de liberador. Porque sé muy bien, demasiado bien, que contra la muerte no he hecho absolutamente nada.

¿Ataraxia? ¿Aprender la indiferencia? ¿Allí donde uno es más vulnerable? ¡Ojalá sea esto exactamente lo que nunca se pueda aprender!

Sólo soporto los sueños como un todo virginal, como un misterio. Son algo tan extraño que uno los va comprendiendo muy lentamente. Los sueños de los otros sólo puedo entenderlos de un modo aislado. Uno los toma con cautela y repugnancia. Ay del loco que los interpreta inmediatamente; los pierde y nunca más los vuelve a tener; se marchitan antes de haber brotado.

Pero tampoco hay que ir amontonando sueños que jamás han tenido que ver los unos con los otros. Su sangre les viene de su irradiación en la realidad. Su transformación en algo verdadero y real lo es todo en el sueño, pero ésta tiene lugar de un modo distinto a como se la imaginan normalmente los intérpretes. El sueño tiene que dar vida a la realidad penetrando en ella, de todas las maneras posibles, desde ésta y desde aquella dirección, y sobre todo desde las más insospechadas. Como una bandada de pájaros, el sueño se posa aquí y allá; levanta el vuelo y da media vuelta; desaparece y apenas ha desaparecido, vuelve a oscurecer la luz del sol. Lo impalpable del sueño es lo más palpable de él; sin embargo, tiene forma, pero tiene que ganársela él mismo porque se escurre en las formas de la realidad y no se le puede dar forma desde fuera.

Son imprevisibles los daños que pueden causar los sueños interpretados. Esta destrucción permanece oculta, pero ¡cuán sensible es un sueños No se ve sangre alguna en el hacha del matarife cuando arremete contra la tela de araña, pero ¡lo que ha destruido!… y jamás vuelve a tejerse lo mismo. Muy pocos sospechan el carácter único e irrepetible de todo sueño, de qué otra manera si no podrían desnudarle y convertirlo en lugar común…

Tal vez el único que ha tratado el sueño con el respeto que merece es Klee, como lo más inviolable que tiene lugar en el ser humano.

Es difícil volver a encontrar los pasos y los sonidos de hombres inocentes después de que uno ha estado ocupado en la implacable caza de poderosos. ¡Cómo los hemos odiado y cómo nos hemos acostumbrado a este odio! ¿Y hay que volver a ser ingenuo y sencillo, dulce, complaciente? Es como si se hubiera jubilado y, después de una vida entera cazando monstruos, se pusiera a cultivar flores. El cazador no olvidará nunca lo que fue y, por lo menos en sueños, se cazará a sí mismo.

Cada palabra debe recordar que una vez fue algo que se podía coger. La redondez de las palabras: están en la mano.

Una vida que no saque de sí misma comedias y papeles es inimaginable. Hasta un idiota tiene su coquetería; hasta a un santo que no va con la gente le buscan.

Una mujer que sonríe a todo el mundo, que lleva su sonrisa a la más grande de las confusiones, que en la más gran penuria no abandona su sonrisa, que sonríe en el lecho de muerte y muere sonriendo para agradar a todos los que la vean muerta. Sonríe en el ataúd y bajo tierra.

No basta con pensar, hay que respirar también. Son peligrosos los pensadores que no han respirado lo bastante.

El que realmente supiera qué es lo que une a los hombres unos con otros estaría en situación de salvarlos de la muerte. El enigma de la vida es un enigma social. Nadie sabe nada de él.

Mística: la visión total ha ocurrido ya una vez por todas. Es siempre la misma visión. En ella no ocurre nada. No se puede retirar a sí misma.

El que quiera realmente encontrar algo nuevo debe evitar cualquier método de investigación. Puede que luego, una vez ha encontrado algo, se sienta impulsado a determinar a posteriori su método. Pero esto es una cuestión táctica, sobre todo si se trata de hacer que sus hallazgos tengan aceptación en vida. El proceso originario se distingue por una libertad y una indeterminación absolutas; y uno no puede tener la más mínima idea de la dirección de su movimiento cuando éste se produce por primera vez.

La responsabilidad está en el hombre entero y no en esta empresa particular.

Sólo puedo trabar amistad con espíritus que conocen la muerte. Sin duda me hacen feliz cuando consiguen callar sobre ella, porque yo no puedo.

Un conocimiento que no conserve nada de la ocasión de la que ha surgido carece de valor. La ocasión del que piensa revive en la del que lee. Una vieja experiencia rejuvenece de repente después de siglos. La misma estrella vuelve a lucir e ilumina los mismos ojos.

La oscuridad se sumerge en las letras que él ha escrito, y éstas adquieren otro sentido. Parece como si hubieran estado aquí mucho más tiempo, más llenas, más fuertes, penetradas desde siempre por la misma noche. Se separan unas de otras y se vuelven a juntar, seguras y amorosas, según una ley clara pero inagotable. Su miedo se ha esfumado y ya no tienen que avergonzarse de nada. Puede que algún día se sientan de esta misma manera, pero este día está lejos.

Un local en el que todos han enmudecido. Los clientes están sentados sin decir nada, solos o en grupos y toman sus bebidas. La camarera en silencio, le pone a uno una lista delante; éste señala un punto determinado, ella inclina la cabeza, le trae lo que desea y, sin decir nada, se lo pone encima de la mesa. Todos se miran unos a otros sin decir palabra. El aire de la habitación en la que no se habla se coagula. Todo es como de vidrio. Los hombres parecen más frágiles que los objetos. Se ve que las palabras les dan a los movimientos su fluidez; sin palabras todo está rígido e inmóvil. Las miradas se convierten en algo siniestro e incomprensible. Es posible que el único pensamiento sea el odio. Uno se levanta. ¿Qué va a hacer? Todo el mundo se asusta. Un niño, como si estuviera pintado, abre la boca de par en par, pero no se oye ningún grito. Los padres no dicen nada, le cogen la boca y se la cierran.

Se va la luz, se oye un tintineo. Vuelve otra vez, pero nadie se ha roto. Se paga en monedas que son cariñosas como animalitos. Un gato salta sobre la mesa y domina el local. No ha enmudecido porque siempre estuvo callado.

En este momento el lugar se anima con muertos.

1961

Habría que decirlo con pocas palabras como Lao-Tse o Heráclito; y mientras uno no pueda hacer esto, en realidad no tiene nada que decir.

El saber se cruza de brazos y se prepara para la lucha.

El saber dimitido le da asco, lo vomita. Sin embargo, ¡cómo le reduce el saber como enemigo!

Los hombres más temibles: los que lo saben y se lo creen todo.

Uno que hubiera vivido cien años, ¿podría, con todas las complicaciones de su vida, saber aún quién es?

¿Lo volvería a saber?

¿Es posible el personaje dramático del sabio?, ¿cómo debería ser? Desde el punto de vista teatral, el sabio sería el único que conoce a los demás; que nunca habla de sí mismo; que no tiene nada que decir de sí mismo; que vive oyendo, escuchando; que se hace sabio con lo que ha oído, y que antes de haber oído no sabe nada; que puede convertirse en tabula rasa para todo hombre pero que guarda todas las otras tablas escritas sin pensar en ellas.

El drama presenta transformaciones reversibles en un movimiento de vaivén, y de su alternancia surge lo que se llama tensión.

Las máscaras deben dar miedo, pero debe ser posible también que los actores se las quiten. Sin máscaras que se tomen totalmente en serio no hay drama. Pero un drama que se quede en las máscaras resulta aburrido.

Una ciudad en la que los nombres de las calles son un secreto; los policías, si se fían de uno, le dicen dónde está.

Uno asimila más de lo que sabe. Pero ¿cómo dispone de ello?

Diez cielos, uno encima del otro, y en cada uno de ellos los ángeles van siendo cada vez más elocuentes.

Un acto de violencia en memoria de la abolición de toda violencia.

El traductor penetra en una esfera conocida. Todo lo que le rodea está bien cultivado y él no está nunca solo. Se mueve como en un parque natural o por entre campos bien delimitados. Las palabras se dirigen a él como si fueran personas y le dan los buenos días. El camino está indicado y es muy difícil que se pierda. Tiene que creer lo que le dicen y no puede dudar. El traductor no tiene el don de la mirada que lo penetra todo. Sería un loco si ahí perdiera la confianza. Todas las parcelas están señaladas de antemano.

El pensador, en cambio, está rodeado de vacío. Lo aleja todo de sí hasta que en torno a él hay suficiente vacío, y luego empieza a saltar de esto a aquello. En estos saltos se hace su camino. Lo único seguro es el suelo porque anda sobre él; todo lo demás es duda.

Traducir a otra lengua pensamientos con los cuales uno ha estado trabajando más de veinte años. La insatisfación de estos pensamientos por no haber surgido en esta lengua. Su atrevimiento se apaga; se niegan a irradiar luz. Van arrastrando tras de sí lo que no les pertenece y van dejando caer por el camino lo importante. Palidecen, cambian de color. Se ven a sí mismos cobardes y cautelosos; han perdido su ángulo de incidencia original. Tenían el vuelo de aves de rapiña, ahora revolotean como murciélagos. Su carrera era la de los gatopardos, ahora se arrastran como culebras ciegas. ¡Es humillante pensar que, justamente en esta reducción, en esta moderación, en esta castración, es donde se les va a comprender mejor!

Para escapar a la solemnidad de la lectura – como si hubiera que aplicarlo todo exactamente igual como se lee -, el hombre, de vez en cuando, debe lanzarse a una maraña de libros: los que desprecia porque ya no los conoce y los que desprecia porque no los ha conocido nunca. Cuando consiga la confusión de sus prejuicios, entonces hay una esperanza para él; por fin va a tenerlo fácil.

Todo el mundo vive lo mismo; nadie debe saberlo. Identidad de los secretos. Los destinos irisan a una luz cambiante. Pero en la oscuridad todo vuelve a ser lo mismo.

Se confiesa inocente o culpable, según la fecha.

En cada generación muere solamente Uno, para asustar.

Por desconfianza a los adjetivos ha enmudecido.

El más ardiente puede permitirse la frialdad de la descripción.

La Tierra, un azul luminoso; el cielo, negro; inversión de las relaciones acostumbradas: como para nosotros la Tierra estaba amenazada por la oscuridad, nuestra confianza estaba en el cielo. Pero para aquel que está fuera, la Tierra pasa a ser lo luminoso, el cielo lo negro.

Ciegos bajo la mesa, sordomudos en los rincones, y él, como un gigante paralítico, asfixiándose en el ascensor. Una mujer va dando vueltas a la llave en el techo y arroja encima de él comida para las gallinas en vez de palabras. El abre la boca para coger aire y ésta se la llena de granos. Los ciegos gritan; los sordomudos andan a golpes unos con otros. El rompe el ascensor y se encuentra en la habitación entre un ovillo de personas. Los que ven y los que hablan le alaban al verle curado. El despierta en medio de un hormiguero.

Sueño al sol del mediodía en una ladera que domina Delfos.

Indestructible, el lugar más hermoso, más sabio del mundo. Un empleado con una escoba de palma, barre la fuente Castalia. Un profesor, con sus estudiantes, comprueba en francés la acústica del teatro. Una ninfa, apoyada en una columna del templo de Apolo, hojea una guía y pregunta en inglés americano: «Where is Delphi?»

Katonnia: por la mañana, temprano, el penitente inglés meditando junto al Euripo. Vestido de oscuro, enjuto, igual que el icono con barbas de un santo, saluda al paseante: «Good morning» y conversa con él sobre Oxford y las excelencias de la iglesia griega.

Lord Byron en la taberna, rodeado de seis coleccionistas de resina; en la puerta lateral, dos popes. Lord Byron, tartamudea e invita a todos.

Día de San Juan en la pequeña iglesia que está junto al mar. Se pasan pequeños cubos de pan. Un delfín, no lejos de los fieles – que se besan unos a otros -, salta sobre las aguas. Más allá del Euripo, a lo lejos, se ve el Parnaso.

Donde más íntimo parece el Cristianismo es allí donde desconoce a los dioses que duermen. La higuera de Katounia habla griego.

De qué modo cada fe contiene ciegamente a la anterior, no guarda relación alguna con ella y, de esta forma, la protege mejor, como si la tuviera claramente ante los ojos.

Un corazón que, roto a dentelladas, ha rodado a través de todos los siglos.

Un infierno hecho de los demonios del halago.

Las reacciones secundarias: uno está hablando siempre a quien no debe, porque la persona a la que se dirige – el anterior a aquel con quien está hablando – ya no está… No puede hablar en el momento adecuado porque no se da cuenta de lo que ha pensado hasta que ya es demasiado tarde. El personaje del secundario y a lo que da lugar su conducta.

A veces, cuando ya no puede ver nada más, le salva una hora en la niebla.

Todo lo que ha vivido fue en vano: el karma del derrochador.

Busca lo mejor porque lo busca para sí. A otros puede que con lo menos bueno les baste. Se siente como si lo hubieran puesto de vigilante y justifica su superioridad rechazando y siendo estricto. El esfuerzo que los demás dedican a sus obras lo dedica él al examen. Lo que no ha examinado por sí mismo carece de valor. Sólo puede llegar a tener valor aquello que ha pasado bajo su mirada. La mayoría de las cosas las pasa por alto; tienen que esfumarse porque él no las ha advertido.

Con un traje de inspector se da mucha importancia y va dando silbidos de advertencia ¡Hay que verle aspirando aire muy seleccionado y volviéndolo a sacar en forma de agudos pitidos!

Mirar a todos y a cada uno de los hombres como si los hubiéramos visto miles de veces y como si los viéramos por primera vez.

La víctima que, al morir, se transforma en el que la está sacrificando y, con la voz de éste, grita pidiendo socorro. (Ramayana).

El oído, no el cerebro, como sede del espíritu. (Mesopotamia).

Espíritus iluminadores y espíritus ordenadores. Heráclito y Aristóteles como casos extremos.

El espíritu iluminador tiene las características del rayo; se mueve a gran velocidad recorriendo grandes distancias. Prescinde de todo y va directo a una única realidad, que él mismo antes de iluminarla no conoce. Su primer efecto es caer violentamente sobre algo. Sin un mínimo de destrucción, sin miedo, no adquiere forma alguna a los ojos de los hombres. La sola iluminación es algo demasiado inconcreto, demasiado amorfo. El destino del nuevo conocimiento depende del lugar donde haya caído el rayo. Para éste, el hombre, en gran parte, todavía no es más que tierra intacta.

Lo iluminado se les deja como herencia a los ordenadores. Las operaciones de éstos son tan lentas como rápidas eran las de aquéllos; los ordenadores son los cartógrafos que van marcando los sitios donde han caído los rayos; de éstos no se fían; con todo lo que hacen aspiran a que no caigan más rayos.

Una ciudad en la que los distintos estamentos van por distintas calles. Los de arriba y los de abajo no se encuentran nunca. Las comunicaciones imprescindibles tienen lugar por medio de cables. Los trabajos penosos se hacen sin que nadie lo vea. Los unos miran hacia el suelo, a los lados los otros. Los de arriba se visten de Oídos, de Manos los de abajo. Un Mano que se pierde se encuentra, horrorizado, en medio de Oídos; mientras éstos están distraídos oyendo otras cosas, él ejecuta el castigo por haberse perdido y se estrangula. Los Oídos se abren para oír su último suspiro y alaban la conciencia de clase de este Mano. Los Oídos renegados mueren de hambre en medio de los Manos y yacen podridos en las calles de los de abajo.

Incluso sus perros están separados y no se atreven a mezclarse.

Autodisolución de la Historia en sus actos de venganza.

1962

Las anécdotas de los chinos con sus nombres monosílabos: todo reducido a fórmulas que para nosotros resultan inimitables. Incluso lo más ambiguo está bien; cada palabra, en su forma exacta, es como una nota; en ella resuenan muchas cosas y cuando junto con ella suenan otras notas, éstas tienen un carácter único y definido. Desde ahí hay algo que irradia sobre el resto del mundo: el mundo está más seguro pero no está cerrado. Lleno de puntos fijos, se da vida a sí mismo. Como si fuera un instrumento, toca órdenes pero no deja de ser libre. Todos y cada uno de estos caracteres son independientes los unos de los otros.

Proeza: lanzar algo al mundo sin que le arrastre a uno tras de sí.

Uno a quien todo lo aprendido se le transforma en objetos que, de todas partes, se precipitan sobre él y lo matan.

¿Quieres ser realmente de aquellos a quienes las cosas le van cada vez mejor?

Para tornarse en serio a sí mismo se pone agrio.

Pone frases como huevos, pero se olvida de incubarlas.

¿Qué has estado esperando durante cuarenta años ¿Falta de tiempo o experiencia?

«…Y de nuevo aplaza el final con aquella enigmática fe en una vida infinita» (Schonberg).

Dondequiera que alargo la mano encuentro pelos y, tirando de ellos, saco hombres. Algunos están enteros, de otros hay solo la mitad; a éstos puedo reconocerlos. Otros están destrozados y los vuelvo a tirar rápidamente. Si tuviera valor para mirarlos más tiempo, se juntarían con otros y se alzarían en torno a mí como una nueva población. Pero he perdido seguridad; lo extraño se mete de por medio, llama a la puerta y pide que le dejen entrar; se han hecho promesas y todavía hay sitio. No puedo privarle la entrada a nadie porque me siento culpable.

Con los restos humanos que uno ha guardado encerrados dentro de sí ya no hay manera de conseguir orden; tan sólo recordar o falsear.

Allí, como despedida, cada uno se pone de un salto sobre la mesa y se calla.

Su responsabilidad: que no sabe contestar a nada.

«L'homme est périssable. Il se peut; mais périssons en résistant et, si le néant nous est résérvé, ne faisonsque ce soit une justice». (Senancour, Obermann).

Toca demasiados instrumentos a la vez. Pero pensar no es componer. Al pensar hay algo que, sin miramiento alguno, es llevado al extremo.

El proceso del conocimiento consiste en primer lugar en tirarlo todo por la borda con el fin de llegar más rápida y fácilmente a la meta presentida. A. no puede tirar nada por la borda. Siempre se está arrastrando todo él consigo. No llega a ninguna parte.

Todo lo que sabe lo tiene siempre presente. Llama a todas las puertas y no entra en ningún sitio. Como ha llamado, cree que ha estado allí.

Su inteligencia bien empapelada.

Sus pensamientos en formas de nubes; ceden por todas partes; de repente uno ya no ve nada; entonces sabe que está en uno de sus pensamientos.

La dignidad de la cerilla.

Su última prenda de vestir la conservó: el labio arrugado despectivamente.

Narices descontentas puestas en fila.

Sólo la desnudez sin aplauso es desnudez.

Se abre una montaña; salen ochenta gigantescas lombrices de tierra, con alas, con silla de montar; en cada una de ellas cabalga un famoso poeta.

¿Cómo se queda uno sin su obra? Los demás andan manoseándola; ya no es la obra de uno; cambia bajo los ojos de los otros y entre sus dedos. La obra que uno ha dejado marchar es como una fiera que se ha escapado. Su antiguo guardián, pobre y exangüe, se limita a hacer sólo pequeños movimientos sin sentido. El, que ha respirado para la Tierra, respira ahora a hurtadillas para sí. El, que se sentía llevado por la Humanidad entera, anda ahora casi descalzo. Tenía botas para atravesar continentes, ahora se arrastra de aduana en aduana. Era generoso como un dios, ahora tiembla por unas cifras. Se lo llevaba todo a las alturas, ahora es un globo arrugado. Tenía el mundo entero tiernamente en su seno, ahora éste lo escupe como si fuera el hueso de una cereza.

Escriben como si la guerra hubiera sido un sueño, pero un sueño de los demás.

El miedo del año 1000. Un error, debía haber dicho 2000… si es que se llega a él.

Todos los días que se refieren a días que no llegarán nunca.

La alegría del más débil: darle algo al más fuerte.

Napoleón moribundo, horrible, como si jamás hubiera sabido nada de la muerte, como si la viviera por primera vez.

El litigante declamatorio. Refunfuña profusamente en períodos muy bien estudiados; calcula las interjecciones y se ilumina la noche.

De día duerme para no encontrarse con ningún enemigo. Signos de interrogación dan vida y ponen en duda su sueño. Cuando despierta se encuentra en medio del siguiente período y, en un orden distinto, sermonea sobre lo mismo.

Frases no le faltan, le falta materia de qué quejarse.

Quejas que preceden a la desgracia y que la hacen más densa, quejas-trueno.

Quejas que castran la desgracia, quejas-cuchillo.

Quejas que se abandonan a la desgracia, quejas-culpa y quejas compostura.

Ante los tronos de los animales, unos hombres esperaban humildemente la sentencia.

Voces que perturban al cielo.

Serpientes como indicadores de caminos.

Se consuela de su falta de éxito con la pureza.

El charlatán como legado.

Allí los muertos siguen viviendo en nubes y, en la lluvia, fecundan a las mujeres.

Allí los dioses no crecen; los hombres, en cambio, sí. Cuando han crecido tanto que ya no ven a los dioses, tienen que estrangularse unos a otros.

Allí, a modo de antepasados, tienen serpientes en su casa y mueren de sus picaduras.

El ladrido de los perros les sirve allí de oráculo. Cuando los perros enmudezcan se extinguirá su linaje.

Allí, en el mercado, chapurrean una extraña lengua y en casa se quedan petrificados.

Allí, a cada uno le gobierna un gusano que ha nacido en la casa; el gobernado cuida al gusano y le obedece.

Allí la gente actúa sólo en grupos de cien; el individuo que no se ha oído llamar nunca por el nombre no sabe nada de sí mismo y desaparece como agua en la arena.

Allí la gente se habla en voz baja unos a otros, y una palabra pronunciada en voz alta se castiga con el exilio.

Allí los vivos ayunan y dan de comer a los muertos.

Allí se instalan en árboles gigantescos que no abandonan jamás. Lejos, en el horizonte, aparecen otros árboles inalcanzables y malignos.

Filólogo inglés, especialista en lenguas antiguas, catedrático a los veinticinco años como Nietzsche, pero en Australia, aprende alemán para leer a Nietzsche, aprende las obras de este autor de memoria. De vuelta a Inglaterra, se dedicó a la caza del zorro. De Dante, a quien recita en italiano, sabe cómo se odiaban los partidos. Hace que lo elijan para el Parlamento y es trabajador y laborioso como un alemán, cosa que extraña a sus colegas. ¿Qué va a salir de esto?

De todos los pesebres echaron al rey de los moros por orden de la autoridad.

Rara avis: un emigrante que se avergüenza de su anterior opulencia.

En el campo de su amargura planta caña y vende esta sospechosa cosecha a alto precio.

La familia se coloca alrededor de ella, pegada a ella como una horda de lamentación; se apretó contra ella hasta que ésta entregó su espíritu y cantó sus últimas palabras.

John Aubrey, que vio a los hombres del siglo XVII como los ve hoy el más desgarrado de los poetas. Escribía frases breves sobre ellos, no olvidaba ni añadía nada. Escribía sobre todos aquellos de los que sabía algo. No pretendía encontrarlos ni buenos ni malos; por lo demás, predicadores sobraban. De uno de ellos no da más que una frase; sobre Hobbes, su amigo, deja en veinte páginas el retrato más íntimo de un filósofo que pueda encontrarse en la Literatura universal.

En su letra, difícil de leer, se encuentra todo de un modo desordenado; y cuando, al fin, después de siglos, fue descifrada y se publicó, John Aubrey seguía anticipándose a su tiempo; los hombres que él vio no empiezan a existir hasta nuestros días.

1963

Lo llamaré P., el pavo real práctico, y por unos momentos voy a verlo todo con sus ojos.

P. quiere demoler todos los cementerios, le quitan demasiado espacio.

P. quiere destruir todos los archivos para que nadie sepa quién vivió antes.

P. suprime la clase de Historia.

P. no sabe bien qué hay que hacer con los apellidos, mantienen despierta la idea de los padres, abuelos y otros muertos por el estilo.

P. no tiene nada contra las herencias, se trata de cosas de utilidad, pero no deben estar relacionadas con los nombres de sus antiguos dueños.

P. va más allá todavía que el filósofo chino Mo-Tse: está en contra de los entierros en general y no solamente en contra de la pompa de que van acompañados.

P. quiere la Tierra para los vivos; ¡fuera muertos! Incluso la Luna, monda y lironda, le resulta demasiado buena para ellos; pero a modo de transición podría emplearse este satélite como cementerio. Todo lo que está muerto es lanzado de vez en cuando a la Luna. La Luna como estercolero y cementerio. ¿Monumentos? ¿Para qué? Desfiguran plazas y calles. P. odia a los muertos; el lugar que ellos cogen; se extienden por todas partes.

P. tiene solamente amadas jóvenes. A los primeros signos de debilitación las echa.

P. dice: «¿Fidelidad?». La fidelidad es peligrosa, termina entre los muertos.

P. va por donde puede precedido por un buen ejemplo e inventa formas de crueldad que ponen los pelos de punta.

P. censura un periódico: así tendría que ser. Sin esquelas mortuorias, sin notas necrológicas.

P. que es muy rico, compra todas las momias y las aniquila públicamente y con sus propias manos.

P. sin embargo, no es partidario de matar, sólo es partidario de matar a los muertos.

P. escribe una nueva Biblia adaptando la antigua a lo que él considera las finalidades modernas. Se interesa también por otros libros sagrados y los expurga todos según sus concepciones.

P. se viste de manera que nunca recuerde a los muertos.

P. no se permite que en su casa haya ningún objeto cuyo origen sea conocido por los muertos.

P. destruye todas las cartas y fotografías de personas muertas en el momento mismo de morir éstas.

P. inventa un arte de olvidar que tiene gran eficacia.

P. no visita a los enfermos más que cuando ya están curados. Para los moribundos hay lugares secretos que nadie conoce o personas encargadas de cuidarse de ellos.

P. opina que nuestro trato con los animales es como debe ser. Es sólo lo que se hace con animales domésticos muertos lo que él rechaza y combate.

P. reclama una reeducación de los médicos.

Las especiales oraciones de P. Hay rasgos en Dios que él aprueba. A Cristo lo toma por un farsante.

P. anda de otra manera, como si no supiera nada de muertos.

P. está convencido de que la mirada de un muerto nos deja apestados para siempre y de que jamás vamos a curarnos de esta peste.

P. asegura que no envejecerá nunca porque hace caso omiso de los muertos.

La armonía preestablecida de la aniquilación.

Después de cada ronda los pueblos cambiaron de nombre.

No era posible seguir el ritmo de este cambio. Había siempre uno que ganaba pero no se sabía quién era.

El estaría perdido si no hubiera leído a Swift antes que a Schiller.

Los dioses que nos molestan hasta desde dentro de sus vitrinas.

Cuando los bakairi no están contentos con su jefe, abandonan el pueblo y le piden que gobierne sólo. (Von der Steinen).

Uno quiere ser mejor: lo que quiere es que sea más fácil.

Muchas emociones lamentables: no las tomes demasiado en serio, cambian; las buenas, no obstante, son siempre las mismas.

Lo más insoportable sería un Dios que fuera tal como uno lo desea.

Lo más difícil: deshacerse de una vida en la que uno ha entrado del todo. Desembarazarse de los muchos nombres que hay en ella y que no le importan a uno lo más mínimo. Sacar de los pulmones el aire que ha arrebatado, porque se ha vuelto insípido. Abrir al fin las manos que han estado agarrando lo que no debían.

¿Cuánto puede un amor lavar del otro? El engaño de la fidelidad.

Prohibiciones, sus inspiraciones.

Un hombre encuentra a otro al que no ha conocido jamás, después de haber estado buscándolo treinta años. Lo reconoce al instante. También el buscado reconoce al que lo buscaba. El furor de éste reconocimiento les obliga a matarse el uno al otro.

Siempre que ha ido demasiado lejos no ha ido tan lejos como debía.

Lo más difícil de todo, sin embargo, es perdonar a los otros lo que uno se ha censurado a sí mismo.

Un santo es alguien que ha conseguido dirigir contra sí mismo todos los tormentos morales.

El sabio, con todo, debería ser un hombre que ya no se torturara a sí mismo. Sabe que no existe nada perfecto, y le ha abandonado la pasión por lo perfecto.

El año en el que el lago se heló, el año en el que la muerte se vengó en él.

Cuando el vencido se retuerce en el suelo, ya no sabe nada y sólo quiere una cosa: el regreso de estos muertos; cuando está dispuesto a entregar a todos los vivos por esta sola cosa, entonces, y solo entonces, comprende que la muerte le ha aniquilado, y que para él sería mejor no haber nacido nunca.

Dilo a menudo; dítelo otra vez; es lo único que te aguanta. Esta repetición, esta rabiosa, incesante repetición es el tributo que la tristeza paga a la vida. En la repetición de la queja, la vida vuelve a entrar furtivamente. Los que se callan soportan demasiado… ¿o es que enmudecen antes de poder calibrar lo que están soportando?

No es un juego porque no deja nada fuera. Es un juego porque te escinde para decirse.

No te hace mejor porque tu buscas la culpa en ti, pero culpas a todo el mundo.

Negra nube, no me abandones ahora. Permanece encima de mí para que mi vejez no se vuelva insípida; permanece en mí, veneno de la aflicción; que no me olvide de los hombres que están muriendo.

Los que no están destrozados, ¿cómo lo hacen? Los impávidos, ¿de qué están hechos? Una vez todo ha terminado, ¿qué respiran? Una vez todo está en calma, ¿qué oyen? Cuando lo derribado ya no se vuelve a levantar ¿cómo andan? ¿Dónde encuentran una palabra? ¿Qué viento sopla sobre sus pestañas? ¿Quién les abre los oídos a los muertos? ¿Quién echa aliento al nombre que se ha quedado helado? Cuando se apaga el sol de los ojos, ¿dónde encuentran luz?

Uno conoce al hombre que se le ha muerto, a todos los que viven no los conoce.

Sus ojos negros que se alimentan de la muerte.

Ahora está todo oscuro, pero el recuerdo humea.

Los nudos de la existencia se encuentran allí donde uno recupera para sí a un muerto sacándolo a los ojos de los vivos. Pero uno quiere que éstos lo sepan, no se lo regala. Se es terriblemente avaro de los muertos.

Podría ser que el más desgraciado fuera el único capaz de ser feliz y esto se vería casi como algo justo…; pero luego están los muertos y parece que éstos no dicen nada sobre la cuestión.

1964

Sociedades

Una sociedad en la que los hombres pueden ser viejos o jóvenes, según quieran, y pueden estar cambiando siempre la juventud por la vejez y viceversa.

Una sociedad en la que todos los hombres duermen de pie en medio de la calle y sin que les moleste nada.

Una sociedad en la que los hombres lloran una sola vez en su continuamente, todos quieren ver lo mismo; lo ven.

Una sociedad en la que los hombres lloran una sola vez en su vida. Ahorran mucho con esto y cuando ya han llorado, no tienen ilusión por nada, se quedan extenuados, se han hecho viejos.

Una sociedad en la que le pintan a cada hombre un retrato y cada hombre le reza a su propio retrato.

Una sociedad en la que los hombres, de repente, desaparecen, pero no se sabe que están muertos, no hay muerte, no hay ninguna palabra para esta idea; los hombres están contentos.

Una sociedad en la que los hombres en vez de comer se ríen.

Una sociedad en la que nunca están más de dos hombres juntos; todo lo que no sea esto es impensable e insoportable. Cuando se acerca un tercero, los dos, asqueados, se separan.

Una sociedad en la que cada uno enseña a hablar a un animal, que luego habla por él; pero el que ha enseñado al animal enmudece.

Una sociedad formada sólo por viejos que, ciegamente, engendran hombres cada vez más viejos.

Una sociedad en la que no hay excrementos; todo se disuelve en el cuerpo. Son gentes sin sentimientos de culpabilidad, devorantes y sonrientes.

Una sociedad en la que los buenos despiden mal olor y todo el mundo los rehuye. Sin embargo se les admira desde lejos.

Una sociedad en la que nadie muere solo. Mil personas se reúnen, por propia iniciativa y son ejecutadas públicamente; ésta es su fiesta.

Una sociedad en la que cada uno sólo habla abiertamente al otro sexo; los hombres a las mujeres, las mujeres a los hombres; pero no un hombre a otro hombre, una mujer a otra mujer; en todo caso, sólo a escondidas, sin que nadie les vea.

Una sociedad en la que los niños hacen de verdugos para que los mayores no se manchen las manos de sangre.

Una sociedad en la que la gente sólo respira una vez al año.

¿Y si ocurriera que todos creyeran lo falso? ¿O si ocurriera que cada uno hiciera lo contrario de aquello en que cree?

¡Míralos, los grandes fanáticos que eran capaces de creer que con esto habían contagiado a miles y miles! ¡La doctrina cristiana del amor y la inquisición! El fundador del imperio de los alemanes que debía durar mil años: las penalidades de este imperio y su descomposición. El salvador blanco de lo aztecas bajo la figura de los españoles que los aniquilan. La segregación de los judíos como pueblo elegido y el fin de esta segregación en las cámaras de gas. La fe en el progreso: la consumación de éste en la bomba atómica.

Es como si toda fe fuera su propia maldición. ¿Habría que partir de ahí para resolver el enigma de la fe?

No puede admirar lo que le inquieta. Si todo se queda en la inquietud, ¿cómo va a salvarse él en paz?

Oh, hombre bueno, ¿a quien más quieres meter en tu saco de pordiosero?

El se siente medido, pero no conoce la medida.

Parece que Algunos sólo son capaces de amar con un gran sentimiento de culpa. Su pasión se enciende al contacto con aquello de lo que se avergüenzan; para ellos esta pasión se convierte en refugio, como les ocurre a los creyentes con Dios, una vez han pecado. Para ellos su amor es una y otra vez su purificación, pero todo su ser se asusta ante la posibilidad de un estado de pureza permanente. Quieren tener miedo y sólo aman a aquel ante quien su miedo no se extingue nunca. Cuando éste ya no les reprocha nada y no les castiga por nada, cuando han llegado a ganarle y han logrado que esté satisfecho, entonces su amor se apaga y termina todo.

Imaginar a un hombre tan bueno que Dios tendría que envidiarle.

En el amor hay poquísima compasión. Es propio del amor el que lo más pequeño cuente y que nada se olvide: estas características, que sea total y que sea minucioso y preciso, constituyen el amor. Cuando uno dice: lo quiero todo, quiere decir que lo quiere todo. Tal vez en esto solo un caníbal sería consecuente. Pero el canibalismo espiritual es más complicado. Además ocurre que ahí se trata de dos caníbales que se comen a la vez el uno al otro.

Algunas cosas las dice uno simplemente para no tener que creer demasiado en ellas.

En el purgatorio los hombres hablan mucho. Se callan en el infierno.

Me busca para decirme que su maldad ha seguido despierta y piensa que diciéndome esto me divierte. Yo le busco para decirle que su maldad no me divierte; bastante tengo con defenderme de la mía.

El miserable a quien la gente admira porque no se olvida nunca de sí mismo.

El arte consiste en no engañarse sobre algunas cosas: diminutos peñascos en el mar del autoengaño. Agarrarse a ellos para no ahogarse es lo máximo que un ser humano puede hacer.

El Budismo no me satisface porque dimite de demasiadas cosas. No da ninguna contestación a la muerte; la rodea. El Cristianismo sin embargo, ha puesto a la muerte en el centro de la vida: ¿qué otra cosa es la Cruz? No hay ninguna doctrina hindú que trate realmente de la muerte porque no se ha enfrentado a ella de un modo absoluto: la falta de valor de la vida ha descargado a la muerte.

Habría que ver todavía qué tipo de fe surge en el ser humano que vea y reconozca la monstruosidad de la muerte y que le niegue todo sentido positivo. La insobornabilidad que tal visión de la muerte presupone todavía no se ha dado nunca: el hombre es demasiado débil y se rinde antes de decidirse a empezar la lucha.

Todo lo que uno ha olvidado pide socorro a gritos en el sueño.

De los muchos que le han conocido algunos darán testimonio. De entre estos testimonios, ¿habrá uno sólo reconocible?

La ilusoria reparación por los muertos: no se puede hacer nada mejor; ellos no saben nada. De este modo cada uno sigue viviendo con deudas imprevisibles, y su carga crece hasta asfixiarle. Tal vez uno se muere de la acumulación de deudas contraídas con los muertos.

No hay ninguna relación más estrecha que la que existe entre dos personas que se encuentran la una a la otra agobiados por el tormento de estas deudas. Uno puede durante un tiempo soportar las deudas del otro, descargarle, por poco tiempo sólo; pero estos breves momentos en los que uno le pasa la carga al otro pueden incluso salvarles la vida.

Lo conocí cuando atravesaba las calles con dedos hostiles y resoplaba. Era joven todavía y le parecía que no necesitaba a nadie. La aversión que sentía por los transeúntes que empezaban a ser viejos se transmitía a su manera de avanzar; andaba, por así decirlo, a patadas. Observaba a todo el mundo porque todo el mundo le desagradaba. Amigos – esto lo sabía y era su felicidad -, no tenía ninguno. Llovía sobre todos y le humillaba que los otros sintieran sobre su piel las mismas gotas que él sentía. En las esquinas de las calles tenía hambre. Escogía la víctima mejor alimentada y, en cuanto estaba seguro de su elección, despreciativamente, la dejaba marchar. Porque de una cosa no hubiera sido capaz: de ensuciarse los dedos tocando a otro hombre. De todos modos, mentalmente, se estaba limpiando siempre las manos, y para ello los transeúntes que estaban a alguna distancia le parecían las personas adecuadas. Yo le veía a distintas horas del día, no cambiaba nunca; era inaccesible a influencias y humores. Se convirtió en una especie de adorno resoplante; cuando no estaba, las calles tenían un aspecto caótico.

1965

A él le gustaría empezar completamente desde el principio. ¿Dónde está el principio?

El que se lo imagina todo para que no ocurra nada.

La integridad del hombre consiste en que en cada momento le está permitido decirse lo que piensa.

Sus propios conocimientos le parecen sospechosos siempre que, de un modo convincente, consigue defenderlos frente a otro.

La pregunta sería qué puede uno hacer si no está dispuesto a arriesgar inmediatamente lo que ha hecho por algo mejor.

El habla en precios. Sobre este tema hay siempre algo que decir. Suben, bajan; en otros países también hay precios. Viaja mucho y habla de precios con toda exactitud. En los otros países puede hablar de los precios de aquí. Siempre encuentra gente que se interesa por sus conversaciones, y cuando no sabe la lengua se ayuda con los dedos. Señala un objeto, hace una pausa que impresiona mucho a los otros, y señala con las manos los precios de su país.

Un hombre inagotable. Es terrible cuando se calla. Pero puede uno estar seguro de que en aquel momento está memorizando una lista de precios.

Le conocí cuando él todavía era pequeño e iba a robar precios. Escapaba corriendo y no había quien le cogiera. Era un pilluelo que se colaba en todos los precios. Hacía novillos en la escuela; si no, no hubiera llegado a ser nunca nada. Hubo un tiempo en que estuvo pensando en marcharse a América. Pero pronto llegó a la conclusión de que en Europa hay más monedas y más precios. Se quedó y nunca se ha arrepentido. Las inflaciones le ayudaron; llegó a ser un hombre importante. Todos los días da su pequeño paseo por su barrio y va silbando precios por lo bajo.

A uno le gustaría decir algo de tal manera que quedara dicho de una vez por todas; incluso en el caso de que después hubiera que decir lo contrario.

Uno se pega al hombre que ama como si éste fuera el cristal del mundo.

Uno no olvida nada y así ama mucho más. Lo más difícil de perdonar son las intrusiones. Saltan sobre lo más sagrado, que es a la vez lo más susceptible: cercanía.

Cómo se necesitan las afirmaciones solemnes en el amor y cómo se las teme; como si consumieran aquello que sin ellas viviría más tiempo.

Esta enigmática tendencia a sucumbir ante la belleza que se da incluso en personas muy bastas… ¿qué otra cosa es que un resto del antiguo politeísmo? Pero no deja de ser curioso de qué modo incluso lo más feo y lo más insignificante se atreve a acercarse a lo más bello, como si le correspondiera, como si le estuviera prometido.

Es verosímil que, gracias a la mezcla de todas las culturas, existan hoy en día más hombres y más mujeres bellos que nunca. Son los restos de los dioses perdidos. Todas las aproximaciones a éstos, las más de las veces fallidas, se han conservado en los seres hermosos.

Cree que con la cursilería puede protegerse de su futuro. Hay una cursilería feliz y una cursilería desgraciada. El confía en la desgraciada.

Parece que no podemos ser inflexibles toda una vida. Parece como si algo se vengara en nosotros y nos volviéramos como todos. Pero justamente al volverse uno como todos es cuando surge la presunción del amor.

A ella le gusta tanto la carne que querría que al morir la despedazaran las aves de rapiña.

La historia de un hombre que oculta a todo el mundo la muerte de la persona más próxima a él. ¿Se avergüenza de su muerte? ¿Y cómo consigue ocultársela a todos? ¿Va a buscar la vida de ella en los que no saben nada de su muerte? ¿Dónde está ella? ¿En su casa? ¿En qué forma? El la cuida, la viste, le da de comer. Pero ella no puede abandonar la casa y él nunca sale de viaje, nunca se aleja de ella para más de unas horas.

No recibe visitas. Dice que ella no quiere ver a nadie. Que se ha vuelto extraña y que no aguanta a nadie. Pero de vez en cuando, por teléfono, habla como ella y llega a escribir todas sus cartas.

De este modo, él vive para los dos, se convierte en los dos. Se lo cuenta todo; le lee. Comenta con ella, como antes, lo que debe hacer, y de vez en cuando se enfada por la obstinación de ella. Pero al final consigue siempre arrancarle una respuesta.

Ella está muy triste porque nunca ve a nadie y él tiene que consolarla y animarla.

Con este secreto, se convierte en el hombre más extraño del mundo, el hombre que tiene que comprender a todos para que no le comprendan.

¿Quemar todas las cuentas saldadas cuando ya han cumplido su misión? ¿Y si ardes tú con ellas?

¡Qué bella sería la magnanimidad con sólo que tuviera otro nombre!

De una palabra que se ha vuelto peligrosa no se deshace uno en un momento. Primero hay que estar mucho tiempo afanándose en emplearla mal.

Lo más penoso del tratamiento psicoanalítico es la ilusión de que al paciente le están escuchando siempre. Se pasa horas y horas hablando, pero en realidad no le escuchan; es decir, le escuchan sólo en función de lo que ya se sabe antes de que abra la boca. Hubiera dado lo mismo que en cada sesión hubiera estado mudo. Si no fuera así, haría tiempo que toda la teoría psicoanalítico se habría esfumado. Pues un solo hombre a quien realmente escuchamos nos lleva a pensamientos completamente nuevos. El trabajo del psicoanalista consiste, pues, en ofrecer resistencia a su paciente, que pueda decir lo que quiera; el resultado, como si dependiera del augurio inconmovible de un oráculo, es algo conocido de antemano, anticipado. La actitud de la escucha es presunción, nada más. Las desviaciones y los cismas de esta doctrina, sin embargo, se deben a aquellos pocos momentos en los que hubo uno que se olvidó de escuchar. Estos fenómenos son de distinta forma según la magnitud de esta «infracción», y el modo de ser del «infractor».

El mismo Freud debió de haber oído mucho; de no ser así no hubiera podido equivocarse tanto ni cambiar tanto.

Asco a «las guerras divinas», «les guerres divines» de De Maistre. La utilidad de este autor estriba en el asco que provoca: lo que uno ha estado creyendo y queriendo tanto tiempo que ha terminado por parecerle insípido, al ver la convicción con la que él defiende lo contrario, se convierte otra vez en algo importante.

Es un satírico «maigré lui», como Aristóteles con su esclavitud o Nietzsche con su superhombre. Tiene la ventaja de poseer una lengua densa y en la que no obstante no cabe el malentendido. Comprendemos también lo que este autor defiende de un modo tan minucioso, como si buscara matarlo y aniquilarlo. ¿Qué es en realidad lo que constituye la «densidad» de su lengua? Ante todo, la concentrada seguridad de su fe; De Maistre sabe lo que para él es malo; sin sombra de duda; pertenece a aquellos que tienen a Dios incondicionalmente a su lado; su opinión tiene siempre el ardor de la fe, y aunque argumenta y opera con razones, para él son superfluas. Jamás escribe como un teólogo y por esto da esta impresión de modernidad; se lee siempre como si hablara basándose en experiencias de radio cósmico.

Su punto de partida es la maldad del hombre; ella es su convicción inconmovible. Sin embargo, al poder de sujetar esta maldad se lo concede todo; del verdugo hace él una especie de sacerdote.

Una peculiaridad de todos aquellos pensadores que parten de la maldad del ser humano es su enorme poder de convicción. Suenan a hombres experimentados, valientes y poseedores de la verdad. No se encaran con ella y tienen miedo de llamarla por su nombre. De que esto no es nunca el todo de la realidad no se da uno cuenta hasta más tarde; que todavía supondría más valor ver en esta verdad – sin falsearla ni embellecerla – el germen de otra verdad, posible en otras circunstancias, lo reconoce sólo aquel que todavía sabe más de la maldad, el que la tiene, la busca y la encuentra en sí mismo, un poeta.

La escisión de la horda de lamentación que se encuentra en los «Persas» de Esquilo: entre los que son suficientemente fuertes para hacer volver al muerto y los que se quejan en vano con el superviviente.

El verdadero drama empieza con Atossa, la reina viuda: su sueño es el primer mensajero de la desgracia, y hasta que no llega el verdadero mensajero este sueño lo es todo. Luego, el mensajero, en su relato, trae la verdadera imagen de la desgracia. El coro, movido por esta imagen, se convierte en horda de lamentación y en presencia de la viuda conjura al más grande de los muertos. El veredicto de éste precede a la aparición del culpable, y es como si el muerto hubiera ido a buscar al vivo, el padre al hijo, el fundador al devastador.

De ahí que los «Persas» conste de tres conjuros sucesivos: lo soñado, o lo visto, atrae a lo real. El sueño de Atossa trae al mensajero; el relato visionario del mensajero – a través de la horda de lamentación que él despierta – atrae al más noble de los muertos y, finalmente, las palabras de éste atraen al hijo vencido.

Diez o doce jóvenes casi adolescentes, alrededor de mí, en una habitación muy pequeña, en distintas mesitas en grupos muy distintos unos de otros. Forzado por ellos, sigo escribiendo tercamente, A sus miradas frías y despectivas sólo puedo oponer la curiosidad y el calor de mi edad. Quieren mi mesa; la van ocupando poco a poco; chocan con ella rítmicamente, tal vez ni siquiera para estorbar mi trabajo sino sólo para sentir su ritmo en todos los objetos, transmitirlo a todo; la mesa es uno de estos objetos y quizás yo también. Hablan sin hacer caso de mí; rugen a mis oídos. Los soporto e intento que no se note mi incomodidad.

Se admiran de mi paciencia, para la que sólo sienten desprecio. La rigidez de un cuerpo humano en el que lo único que se mueve es un lápiz es algo que les resulta incomprensible. Podría intentar cantar, pero no sería nunca su canto. Podría intentar hablar, mis palabras serían chino para ellos. En ningún caso podría significar yo nada para estos jóvenes. Mi curiosidad, que ellos tal vez notan, despierta su desprecio. De buena gana me escupirían a la cara; si uno de ellos lo hiciera, los otros le imitarían.

Me limito a soportarlos porque los escucho. No sospechan que hay cosas aisladas que escuchar; se sienten aquí como si fueran algo universal. Tienen a sus muchachas completamente pendientes de ellos. ¿Será que me gusta una de ellas? No lo sé; no sé nada. Estoy viviendo lo que yo he imaginado como horda.

1966

Animal depredador de la pena, el hombre.

Las alucinaciones se esfuman y la verdad, más terrible ocupa lugar.

Para poder iluminar las horas de la noche, de día anda entre hombres. No les pide nada. Ellos le piden mucho. Le atormentan sus rostros. Entre ellos hay algunos que le han matado a gusto. Pero esto no le molesta. Sabe que por la noche se zafará de ellos. Cuando duerman, libre de ellos, podrá respirar junto a la lámpara.

Di: fue en vano. Pero no fue en vano mientras yo no lo diga.

¿Atacar a los que tienen éxito?; no hace falta. Tienen el éxito como la corrupción en el cuerpo.

Los pensamientos más terribles los miramos tranquilamente a los ojos y de pensamientos mucho menos terribles no se nos puede consolar con nada.

Odiar a un hombre tanto tiempo como sea necesario para llegar a amarle.

Debería haber una instancia suprema que absolviera de la muerte si uno contestara honradamente a todas sus preguntas.

La fascinación que producen las serpientes. ¿Porque son sordas? ¿Porque su veneno lo tienen, por así decirlo, a la vista, en un sitio determinado? Pero también fascinan aquellas que no son venenosas. ¿Porque comen tan pocas veces? ¿porque también se aman? La historia de la serpiente que, cogida entre espinos, perdió su piel; que, en su sonrosada desnudez, culebreaba por entre los sonrientes indígenas; y el miedo del cazador que no pudo soportar esta humillación de la serpiente y la apartó.

Los animales son seres más extraños que nosotros sólo por esta razón. Porque tienen las mismas vivencias que nosotros, pero no las pueden contar. Un animal que hablara ya no sería superior a un hombre.

Un reno dispara a un hombre. «Un reno llamado Rudolf que arrastraba los trineos de tres cazadores le disparó a uno en la pierna. Rudolf quedó cogido por los cuernos en un fusil y accionó el gatillo.»

¿Cuándo aprenderán los animales a disparar? ¿Cuándo el disparar se convertirá en algo peligroso para los cazadores? ¿Cuándo robarán los animales fusiles, como los rebeldes, los esconderán y se ejercitarán en el tiro? A los cornúpetos les resulta más fácil que a los otros animales, pero con los dedos y con los dientes también se podría disparar sobre cazadores. ¿Y si en esto salieran perjudicados hombres inocentes? ¡Pero cuántos animales inocentes…!

Los nuevos descubrimientos, los verdaderos descubrimientos que se hacen con animales sólo son posibles porque nuestro orgullo como jefes supremos se ha esfumado completamente. Se llega a la conclusión de que somos más bien jefes ínfimos, es decir, el verdugo de Dios en su mundo.

Legisladores que tienen que enseñar con todo detalle lo que hacen.

«Los padres de la Iglesia Oriental aseguraban que Cristo fue más feo que cualquier otro hombre. Pues para salvar a la Humanidad había tomado sobre sí todos los pecados de Adán e incluso las imperfecciones físicas.»

Corazones como cálices en los cuales la gente bebe. Uno se los puede sacar del pecho y darlos a los otros para que beban. Uno puede darle a otro su corazón como prenda; en este caso, coge su corazón y lo mete en el pecho del otro. El que ama anda por el mundo con el corazón de otro. El que muere se lleva el corazón de otro a la tumba y su propio corazón sigue viviendo en él.

Uno y el mismo hombre sirve a muchos como sobrevivido.

Le gustan los pocos y está siempre declamando sobre los muchos.

No digas: ahí estuve yo. Di siempre: ahí no estuve nunca.

No he aparecido. Tanto ruido, tantas palabras y sigo sin haber aparecido.

Hay charlatanes ridículos. Hay también silenciosos ridículos.

Los días no contados son la felicidad de la vida, y los años contados, su razón.

El verdadero efecto de la misericordia ¿sería cambiar en error la culpa que hay en aquel de quien nos hemos apiadado?

Una profesión útil como la de médico no es bastante para proteger a un poeta de la presunción. Porque el asco ante lo vivido, que al principio es fecundo, alimenta, actuando por contraste una especie de magnificación de la persona que ha conseguido superar este asco. El poeta que ha conseguido superarlo se convierte en un fin en sí mismo.

Sólo hay pueblos escogidos: todos aquellos que aún resisten.

Montañas en forma de una línea azul de cielo a lo lejos. Tierna, inasible arrogancia.

Cantaban tan alto que se les oía desde lejos. Habían formado un corro en el sitio donde el tráfico era más intenso; veinte personas formaban un gran círculo y cantaban como un solo hombre. Algunos llevaban uniformes, otros mono de trabajo o traje de calle. Las mujeres que había en este grupo parecían hombres, pero no llevaban pantalones. Sus voces atronaban como trompetas. Cada canción tenía varias estrofas, y cuando una había terminado empezaba inmediatamente otra sin que antes se pusieran de acuerdo. Tenían todos la cara enrojecida. «¿Es el esfuerzo o es que están muy sanos?» Los transeúntes se apretaban y pasaban pegados a ellos; la mayoría tenían mucha prisa y no querían molestarles. Pero algunos se detenían y les admiraban. Contraían los labios; les hubiera gustado cantar. «Por qué no lo hacemos. Por qué no cantamos con ellos. Claro que no podemos cantar tan bien». Los coches que pasaban muy cerca evitaban tocar el claxon. Un guardia que dirigía la circulación a pocos metros de distancia cambió de sitio y consiguió dirigirla desde otro lugar. Su uniforme no era el de ellos, estaba solo. No le hubiera importado nada juntarse al grupo. Dos perros, a los que sus dueños llevaban de la correa, ladraban muy fuerte y se metían en el círculo de los que cantaban. Su dueño y su dueña les retenían con dificultad; les prohibían que ladraran.

Cada uno de los cantores llevaba un bastón blanco y en los momentos en que el júbilo del canto crecía mucho levantaban los bastones en alto como extasiados. Los agitaban en el aire, los levantaban y los entrelazaban, entusiasmados. A diferencia de lo que ocurría con el canto, este movimiento no estaba regulado, iba en todas direcciones y tropezaba torpemente en un cielo adoquinado. Luego el júbilo decaía, los bastones descendían y se colocaban modestamente sobre el suelo. Entre una canción y otra se oía por unos momentos el ladrido de los perros a los que sus dueños no conseguían calmar. Un claxon que, por olvido, había tocado, dejó de oírse inmediatamente en cuanto empezó la nueva canción. La letra la pronunciaban con tal fuerza que era difícil entenderla y sólo una palabra que se repetía con frecuencia se reconocía de un modo inmediato. Salía en cada estrofa y designaba al Ser Supremo. Poco a poco, otras palabras se iban entendiendo también. Se juntaban al tema del canto y lo vestían con colores chillones.

De los cantores, algunos tenían los ojos cerrados y no los abrían ni en los momentos de mayor tensión. Otros, que los tenían muy abiertos, miraban fijamente y de un modo inexpresivo hacia una misma dirección. Pero ninguno utilizaba los ojos como acostumbran hacerlo los cantores. Cantaban con tanta pasión porque no podían ver nada. No paraban de cantar porque no querían ir a ninguna parte. Todos eran ciegos y daban gracias a Dios; su canto versaba sobre sus pecados.

En la vida inglesa, una de las palabras que se usan para tranquilizar a otro y que más molestas resultan es «relax!». Me imagino a alguien diciéndole a Shakespeare «relax!».

El escritor, por instinto, tiende a engañar a los que ama quitándoles aquello que cree que pueden haber recibido de cualquier otro. Lo que él les da sólo debe poder dárselo él. Ellos, en cambio, aun sin saberlo, anhelan nutrirse de la vida más normal y corriente, y, en última instancia, tienen que odiarle con encono por privarles de este alimento. El no puede dejar de decirles desesperadamente una y otra vez que no se trata de esto, sino de otra cosa; y mientras es él el que decide lo que tiene que ser esta otra cosa, está contento.

No hace nada por su cuenta. Imagina lo que otros hacen y se lo hace contar.

¿Ascesis sin mal olor?, ¿qué ascesis es ésta?

El milagro de la supervivencia humana: es tanto más un milagro porque estas miserables criaturas por la noche, roncando, se traicionan a sí mismas ante las fieras. Los únicos animales salvajes que roncan como nosotros son los antropoides.

Un hombre que ya no aprende nada ¿tiene derecho a sentirse responsable todavía?

Circe, que transforma a todos los hombres en periódicos. El hombre, el animal que retiene en la mente lo que asesina.

Una vez al mes, dicen, veían salir del mar un demonio procedente del mundo de los espíritus y que tenía el aspecto de un barco lleno de luces. Cuando miré, vi, para mi sorpresa, algo así como un gran barco que parecía estar lleno de luces y antorchas. Entonces dijeron: «éste es el demonio…» (Ibn Battuta en las islas Maldivias.)

Escapó del presente de Pero Grullo y se refugió en las viejas mentiras.

Uno que envejece por determinadas palabras.

Encontrar hoy las relaciones fundamentales, como aquellas cinco de Confucio.

Construye pensamientos. Tienen que ser angulosos.

Un personaje que está hablando hasta que sueña.

Teofrasto: así, en los griegos está ya todo; incluso los personajes de las malas comedias que vendrán luego.

La Coleccionista de miradas: está muy interesada en que no se le escape ni una sola de las miradas que le dirigen, y da las gracias por cada una de ellas. Recibe muchas y las administra a lo largo de las semanas y los años. Las coloca en un banco como pequeños capitales, como capitales separados; no las mezcla jamás, sabe siempre con toda seguridad dónde puede esperar otras nuevas y, a su manera, paga intereses por ellas. Sus empresas se van extendiendo poco a poco por muchos países; hay miradas en pos de las cuales viaja. Se niega a contratar un administrador y lo hace todo sola.

Una juventud inventada que, en la vejez, se convierte en verdadera.

Un adulador que ve horrorizado cómo todos los hombres se convierten en aquello que les dice que son.

Dinero saltarín, como pulgas.

Una mujer que no consigue darle celos al hombre que ama. Cuanto más intenta confundirle, tanto más seguro está él de ella. Hace todo lo posible para afear su propia imagen ante él; a los ojos de éste, brilla cada vez con mayor pureza. Contrata a personas que le cuenten las cosas más terribles de ella. El lo oye y se ríe. Ni siquiera se indigna. Lo oye como si se tratara de otra persona.

Su inmutabilidad la atormenta más y más y, con el fin de arruinar su propia imagen, empieza a hacer cosas que le repugnan. Consulta con el peor enemigo de él, y éste le sugiere el punto en el que su amado va a ser más vulnerable. Esto hace que él se reconcilie con su enemigo. Todo lo que le lleva a ella acaba siendo hermoso y querido.

No se puede prever cómo va a terminar esta historia.

Oídos para no oír, oídos para volar, oídos para obedecer.

Helicópteros enanos que aterrizan en calvas.

El juez está sentado en el suelo; todos los demás están de pie a su alrededor; los acusados cuelgan del techo. La sentencia se dice en voz baja. Si es absolutorio, bajan al acusado del techo y lo admiten entre los que están de pie. En cambio, al condenado lo ponen al lado del juez y éste frota su mejilla con la de aquél. Luego, el juez le da un beso en los ojos que ya no va a poder abrir más: su castigo.

Volver a sacar de los nombres su emoción.

¿Para qué las inefables víctimas, la sangre de los animales, el tormento y la culpa?… ¿Para que nosotros muramos también?

Miserable el que sabe. Qué miserable tendría que ser Dios, omnisciente.

Ni a Goethe se le ahorró la agonía. Sin embargo le echan unas cuantas horas más de paz para que dé una impresión de mayor belleza, una impresión más de acuerdo con sus costumbres.

Un último deseo que va dando vueltas a la tierra y que no cambia a lo largo de los siglos.

Nubes en vez de pensamientos; toman la forma de cabezas de pensadores; el viento las arrastra y ellas se deshacen en forma de una lluvia que cae sobre países pobres en pensamientos.

Calles que sienten dolor. La gente aprende a no abusar de sus sentimientos.

Libros que pueden escoger a sus lectores y que se cierran a la mayoría de ellos.

Una familia en la que nadie conoce el nombre de nadie, una familia discreta.

La poetisa dice: he tomado de otros cada una de las líneas que he escrito. Todos aquellos de quienes he copiado me aman. Me he hecho famosa. Ha sido muy fácil. Una no debe decir nunca nada aparte lo que dice en las líneas tomadas de otros. El silencio es poderoso. ¡Cómo les halagan estas líneas a sus autores! Jamás me encuentran aburrida. Me prestan su prestigio. El que conoce la generosidad de la vanidad no yerra nunca.

Estuve también en algunos lugares. Eran lugares escogidos, como la gente de quienes yo copiaba. Todos estos lugares son mi biografía. Es necesario que no sean demasiados. Son lugares famosos; todo el mundo se acuerda fácilmente de sus nombres. Su fama ha pasado a mi nombre.

Un pensador. Empieza apartándolo todo. Díganle lo que le digan, nada es verdad. Llega uno, se presenta y dice su nombre. «¿Cómo dice?» – «Fulano de tal.» – «¿Qué quiere decir usted con eso?» – «Me llamo así.» – «¿Pero esto qué significar?»

Llega uno y dice de dónde es. «Esto no quiere decir nada.» – «He nacido allí.» – «¿De qué lo sabe?» – «Siempre lo he sabido.» – «¿Estaba usted?» – «!Tengo que haber estado allí a la fuerza!» – «¿Se acuerda?» – «No.» – «Entonces, ¿de dónde sabe que es verdad?»

Llega uno y nombra a su padre. – «¿Dónde vive?» – «Está muerto.» – «Entonces no existe.» – «Pero era mi padre.» – «Los muertos no existen, luego su padre no existe, luego no es su padre.»

Llega uno Y cuenta dónde estuvo ayer. «¿Cómo sabe usted esto?» – «Estuve allí.» – «¿Cuándo?» – «Ayer.» – «Ayer ya no existe. No hay ayer. Luego no estuvo usted en ninguna parte.»

1967

En el mundo hay más cosas que nunca de las que habría que hablar.

El que empieza desde el principio pasa por ser un espíritu orgulloso. Es sólo más desconfiado.

«Demasiadas personas», dice el que dicen que no conoce a nadie; «demasiado pocas», dice el que empieza a conocerlas.

En la Filosofía hindú, el orgullo de la liberación es una tortura. ¿Cómo un hombre que sabe de los otros se atreve a pensar en la liberación para sí mismo? Incluso en el caso de que fuera posible alcanzarla, con ello habría perdido a los otros, que serían la única liberación verdadera.

Esta gente que, sonriendo, alegan en favor de la muerte que hay un instinto de muerte. ¿Qué otra cosa han hecho con ello sino decir que la resistencia contra la muerte es, sin duda alguna, demasiado pequeña?

Dejar al hombre completamente fuera: Matemáticas. Las consecuencias.

Un cielo animado de idiotas cósmicos. Bostezos de estrellas.

Ahora aparecen como nuevos dioses aquellos que consiguen abandonar la Tierra.

Nuevos dioses deberían serlo los que no pueden morir.

Los oídos alcanzan ya a las antípodas. Cuando los dedos sean tan largos, ya nadie sabrá de quién se está enamorando locamente.

La ambición, siempre legítima, de prolongar la vida de los hombres se ha convertido en una especialidad de la que algunos se alimentan: los médicos. Estos son los que más muertes ven y se acostumbran a ello más que los demás. Con sus fracasos profesionales, su ambición lleg