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Cuerpo de Muerte

Elizabeth George

Thomas Lynley vuelve de su permiso tras la muerte de su mujer porque su equipo no se fía de la capacidad de la nueva jefe del departamento, la inspectora Isabelle Ardery, cuyo estilo a la hora de liderarlos parece molestar a todos y cada uno de los componentes del equipo. El conflicto empieza cuando se encuentra el cadáver de una mujer apuñalada en un aislado cementerio de Londres. Mientras que Lynley empieza sus pesquisas en la ciudad de Londres, sus anteriores colegas Barbara Havers y Winston Nkata siguen la pista hacia el sur de la ciudad. Allí descubrirán que las pistas se dirigen hacia el hermoso bosque llamado New Forest. Lo que no saben es que más de un oscuro secreto acecha en el bosque y que la investigación va a llevarlos a un final que es tan sorprendente como terrible.

Elizabeth George

Cuerpo de Muerte

16º Serie Lynley

¡Qué desdichado soy!

¿Quién me rescatará de este cuerpo de muerte?

Rom, 7:24

El principio

Los informes de los investigadores de la Policía que interrogaron a Michael Spargo y a su madre, antes de que se presentaran cargos contra ambos, sugieren que la mañana del décimo cumpleaños del chico comenzó muy mal. Si bien dichos informes podrían ser considerados sospechosos, teniendo en cuenta la naturaleza del crimen cometido por Michael y la fuerte animosidad que sentían hacia él tanto la Policía como los miembros de su comunidad, no se puede ignorar el hecho de que el extenso documento redactado por el asistente social que le acompañó durante los interrogatorios y el juicio posterior revela la misma información. Siempre habrá detalles que no estén disponibles para el estudioso de abusos infantiles, disfunción familiar y la psicopatología que esos abusos y esa disfuncionalidad acaban por provocar, pero los hechos relevantes no se pueden ocultar, porque serán necesariamente presenciados o experimentados de manera directa por aquellas personas que entren en contacto con estos individuos cuando manifiesten -ya sea de manera consciente o inconsciente- sus perturbaciones mentales, psicológicas y emocionales. Ese era precisamente el caso de Michael Spargo y su familia. Michael era el sexto de los nueve hijos varones de la familia. Contra dos de estos chicos (Richard y Pete, que entonces tenían dieciocho y quince años), y también contra su madre, Sue, se había dictado una ASBO [1] como consecuencia de los permanentes altercados con sus vecinos, hostigamiento a los pensionistas que ocupaban las viviendas sociales, ebriedad en público y destrucción de propiedad pública y privada. En la casa de los Spargo no había un padre presente. Cuatro años antes de que Michael celebrase su décimo cumpleaños, Donovan Spargo había abandonado a su esposa e hijos para instalarse en Portugal con una viuda quince años mayor que él. Dejó una nota de despedida y cinco libras en monedas sobre la mesa de la cocina. Desde entonces no se le había visto ni se había sabido nada de él. Tampoco asistió al juicio de Michael.

Sue Spargo, cuyas habilidades para conseguir un empleo eran mínimas y cuya educación se limitaba al fracaso en aprobar todos sus GCSE [2], reconoce sencillamente que «se entregó a la bebida» como resultado del abandono de su esposo y, en consecuencia, no pudo hacerse cargo de sus hijos a partir de ese momento. Antes de que se produjera la deserción de Donovan Spargo, la familia mantenía un aparente grado de estabilidad (como indicaban tanto los informes escolares como las pruebas testimoniales proporcionadas por los vecinos y la Policía local), pero una vez que el cabeza de familia abandonó el hogar, no pasó mucho tiempo antes de que se revelase cualquier disfunción que hubiese permanecido oculta hasta entonces a los ojos de la comunidad.

La familia vivía en Buchanan Estate, un lúgubre y sombrío conjunto de bloques grises de apartamentos de hormigón y acero y casas adosadas sin ningún atractivo en una zona de la ciudad llamada acertadamente Gallows, conocida por las peleas callejeras, los atracos, los robos violentos en los coches y los allanamientos en las casas del vecindario. El asesinato no era un hecho frecuente en esta parte de la ciudad, pero la violencia era una actividad cotidiana. Los Spargo se encontraban dentro del grupo de habitantes más afortunados. Debido al extenso número de sus miembros vivían en una de las casas adosadas, y no en uno de los altos edificios de apartamentos. En la parte posterior de la casa había un jardín y un espacio razonable de tierra en la parte delantera, aunque nadie se ocupara de plantar nada en ellos. La casa constaba de sala de estar y cocina, cuatro habitaciones y un baño. Michael compartía habitación con sus hermanos pequeños. Eran cinco en total, distribuidos en dos literas. Tres de los hermanos mayores compartían otra habitación contigua, mientras que sólo Richard, el primogénito, disponía de habitación propia. Este privilegio parecía estar relacionado con la propensión de Richard a cometer actos violentos contra sus hermanos pequeños. Sue Spargo también tenía una habitación sólo para ella. Curiosamente, durante los interrogatorios repitió en varias ocasiones que cuando alguno de los chicos caía enfermo se lo llevaba a dormir con ella y «no con ese gamberro de Richard».

El día del décimo cumpleaños de Michael, la Policía local recibió una llamada poco antes de las siete de la mañana. La violencia de una disputa familiar había aumentado hasta el extremo de preocupar a los vecinos cuando los ocupantes de la casa contigua a la vivienda de los Spargo intentaron intervenir para apaciguar los ánimos. Más tarde declararon que su intención sólo era restablecer la paz y la tranquilidad. Esta declaración contradecía la afirmación de Sue Spargo de que los vecinos atacaron a sus hijos. Sin embargo, una cuidadosa lectura de la posterior entrevista con la Policía indica que se había iniciado una pelea entre Richard y Pete Spargo en el pasillo de la planta superior de la casa cuya causa había sido la lentitud de este último en dejar libre el cuarto de baño. El posterior ataque de Richard a Pete fue brutal, ya que era más grande y fuerte que su hermano de quince años. Esta situación provocó que Doug, de dieciséis, acudiera en ayuda de Pete, una intervención que aparentemente hizo que Richard y Pete se aliaran para atacar a Doug. Para cuando Sue Spargo intervino en la refriega, los tres hermanos ya bajaban las escaleras. Cuando todo parecía indicar que ella también sufriría el ataque de Richard y Pete, su hijo de doce años, David, intentó protegerla con un cuchillo de carnicero que había cogido de la cocina, donde presuntamente se hallaba para prepararse el desayuno.

Fue en este punto cuando los vecinos decidieron intervenir, despertados por el ruido que traspasaba las paredes mal aisladas de las casas contiguas. Por desgracia, los vecinos -tres en total- acudieron a la casa de los Spargo armados con un palo de criquet, una barra de hierro para desmontar neumáticos y un martillo y, según el relato de Richard Spargo, fue la visión de estos objetos lo que le enardeció. «Iban a por la familia», fue su declaración expresa, las palabras de un muchacho que se consideraba a sí mismo como el hombre de la casa y cuya obligación era proteger a su madre y a sus hermanos pequeños.

Michael Spargo se despertó con aquel caos. «Richard y Pete estaban peleando con mamá», refiere en su declaración. «Podíamos oírlos, los pequeños y yo, pero preferimos no meternos.» Michael señala que no estaba asustado, pero cuando se le interrogó quedó claro que hizo todo lo posible por dejar a sus hermanos mayores el camino libre a fin de evitar «que me golpeasen si los miraba mal». Que no siempre fuese capaz de evitar los golpes es un hecho confirmado por sus maestras, tres de las cuales informaron a los asistentes sociales de magulladuras, arañazos, quemaduras y, al menos, un ojo a la funerala. Más allá de una única visita a la casa de los Spargo, sin embargo, en los informes no se incluye ninguna otra información. El sistema, aparentemente, estaba desbordado.

Algunos indicios sugieren que Michael perpetuó este abuso con sus hermanos más pequeños. De hecho, a partir de la información recogida, en una ocasión en la que cuatro de los chicos fueron puestos bajo la custodia del estado, a Michael se le asignó la responsabilidad de procurar que su hermano Stevie no «mojara la cama». Al carecer de recursos para saber cómo llevar a cabo esta tarea, Michael al parecer propinaba palizas de forma regular al crío de siete años, quien, a su vez, descargaba su ira en sus hermanos más pequeños.

No se sabe si Michael maltrató a alguno de sus hermanos más pequeños aquella mañana. Él sólo dice que, una vez que la Policía llegó a la casa, salió de la cama, se vistió con el uniforme del colegio y bajó a la cocina con la intención de desayunar. Sabía que era su cumpleaños, pero no esperaba que nadie se acordase de ello. «No me importaba, ¿de acuerdo?»; explicó a la Policía.

El desayuno consistía en cereales azucarados y bollos rellenos de mermelada. No había leche para añadir a los cereales -Michael señaló esta circunstancia en dos ocasiones durante las primeras entrevistas-, de modo que los comió solos, sin nada, y dejó la mayor parte de los bollos para sus hermanos pequeños. Guardó uno en el bolsillo de su anorak color mostaza (tanto el bollo relleno como el anorak se convirtieron en elementos cruciales a medida que avanzaba la investigación) y se marchó de la casa a través del jardín trasero.

Michael dijo que su intención era dirigirse directamente al colegio y, en el curso de su primera entrevista con la Policía, afirma que así fue. Esta versión no cambió hasta que no hubo leído la declaración hecha de su maestra, en la que se confirmaba su ausencia en clase; entonces Michael cambió la versión de su historia para confesar que se adentró en los huertos de cultivo, un paisaje típico en Buchanan Estate, situados detrás de la casa de los Spargo. Una vez allí, «podría haberle dicho cuatro cosas al viejo cabrón que estaba trabajando en un huerto de hortalizas» y «podría haber echado abajo a patadas la puerta de un cobertizo o algo así», donde «podría haber cogido unas tijeras de podar, sólo que no me las quedé, nunca me las quedo». El «viejo cabrón» en cuestión confirma la presencia de Michael en ese lugar a las ocho de la mañana, aunque resulta dudoso que esos pequeños cercados de cultivos despertasen algún interés en el chico, quien al parecer se dedicó unos quince minutos a «pisotearlos», según la declaración del pensionista, hasta que «le leí la cartilla. Me insultó como un pequeño gamberro y se largó de allí».

Luego, supuestamente, Michael se marchó en dirección al colegio, situado aproximadamente a un kilómetro de Buchanan Estate. Fue en algún punto de este trayecto, cuando se encontró con Reggie Arnold.

Reggie Arnold y Michael Spargo no se parecían en nada. Mientras que Michael era alto para su edad y flaco como un palillo, Reggie era bajo y grueso y mantenía la gordura propia de los bebés. Llevaba la cabeza completamente rasurada, lo que era objeto de un número considerable de bromas en el colegio (generalmente se referían a él como «ese jodido calvo»), pero, a diferencia de Michael, su ropa solía estar limpia y en buen estado. Sus profesores coinciden en que Reggie era «un buen chico pero con mal genio» y, cuando se les insistió sobre este punto, tendieron a identificar la causa de su carácter irritable con «los problemas entre su padre y su madre, y también el problema con su hermana y su hermano». A partir de estas declaraciones, probablemente sea correcto suponer que la inusual naturaleza del matrimonio Arnold, además de la minusvalía de su hermano mayor y la incapacidad mental de la hermana pequeña, hayan colocado a Reggie en una posición delicada para hacer frente a los desafíos de la vida cotidiana.

Rudy y Laura Arnold, todo sea dicho, habían tenido que afrontar una situación muy difícil. Su hijo mayor estaba confinado a una silla de ruedas a causa de una grave parálisis cerebral y su hija había sido declarada no apta para recibir la educación escolar normal. Estos dos condicionantes de la vida de los Arnold tuvieron el efecto simultáneo de concentrar prácticamente toda la atención de los padres en los dos hijos problemáticos y cargar con lo que ya era un matrimonio bastante frágil en el que Rudy y Laura se habían separado una y otra vez. Finalmente, Laura tuvo que hacerse cargo de la familia sola.

Era poco probable que Reggie, atrapado en medio de tales penosas circunstancias familiares, recibiese mucha atención de sus padres. Laura confiesa sin esfuerzo que «no hizo lo correcto con el chico», pero su padre afirma que «lo recibió en su piso cinco o seis veces», en aparente referencia al hecho de cumplir con sus obligaciones paternas durante esos periodos en los que su esposa y él vivían separados. Como es fácil imaginar, la necesidad no satisfecha de Reggie de recibir una educación normal se transformó eti intentos frecuentes de obtener la atención de los adultos. En las calles mostraba esta necesidad a través de pequeños hurtos y abusando de vez en cuando de los chicos más pequeños; en clase su conducta era mala. Este comportamiento, lamentablemente, era atribuido por sus profesores al antes mencionado «mal genio» y no al grito de ayuda que realmente era. Cuando se sentía frustrado, Reggie era propenso a lanzar su pupitre, golpearse la cabeza contra él y contra las paredes, para luego caer al suelo preso de un ataque de cólera.

El día del crimen, los informes dicen -y las imágenes de las cámaras de videovigilancia así lo confirman- que Michael Spargo y Reggie Arnold se encontraron en la tienda de la esquina próxima a la casa de los Arnold y en la ruta que seguía Michael para ir al colegio. Los dos chicos se conocían y obviamente habían jugado juntos en el pasado, si bien hasta ese momento eran desconocidos para los padres respectivos. Laura Arnold declara que había enviado a Reggie a la tienda en busca de leche y el dueño confirma que Reggie compró medio litro de leche semidesnatada. Al parecer, Reggie también robó dos barras de Mars «por diversión», según Michael.

Michael se unió a Reggie. En el camino de regreso a la casa de los Arnold, los dos chicos decidieron prolongar la diversión abriendo el cartón de leche y vertiendo su contenido en el depósito de gasolina de una Harley-Davidson, una travesura malvada presenciada por el dueño de la moto, quien les persiguió sin éxito. El hombre recordaría más tarde el anorak color mostaza que llevaba Michael Spargo y, si bien no fue capaz de identificar a ninguno de los dos chicos por su nombre, reconoció una fotografía de Reggie Arnold entre otras cuando se la enseñó la Policía.

Al llegar a su casa sin la leche que le habían enviado a comprar, Reggie le dijo a su madre -con Michael Spargo en calidad de testigo putativo- que había sido intimidado por dos chicos que le robaron el dinero con el que debía comprar la leche. «Se echó a llorar y empezó a darle uno de sus ataques -informa Laura Arnold-. Y yo le creí. ¿Qué otra cosa podía hacer?» Ésta es, sin duda, una pregunta pertinente, ya que, con su esposo ausente y considerando que intentaba cuidar sin ayuda de dos hijos discapacitados, la pérdida de un cartón de leche, no importa cuán necesario fuera aquella mañana, habría sido una cuestión de escasa importancia. Ella, no obstante, quiso saber quién era Michael Spargo, y le hizo esa pregunta a su hijo. Reggie le identificó como un «compañero del colegio» y se llevó a Michael para cumplir con la siguiente orden de su madre, que era evidentemente sacar a su hermana de la cama. Para entonces ya eran casi las ocho cuarenta y cinco y, si los chicos planeaban ir al colegio, iban a llegar tarde. Ellos sin duda lo sabían, ya que en la entrevista de Michael se detalla la discusión que Reggie mantuvo con su madre después de que ella le diera instrucciones: «Reggie comenzó a lloriquear diciendo que llegaría tarde al colegio, pero a ella no parecía importarle. Le dijo que moviera su culo hasta el piso de arriba y despertara a su hermana. También le dijo que debía rezar a Dios y agradecerle que no fuese como los otros dos», con lo que probablemente se refería a las discapacidades de sus hermanos. Este último comentario de Laura Arnold parece una frase trillada.

A pesar de la orden de su madre, Reggie no fue a buscar a su hermana. En lugar de eso, le contestó que «se fuera a tomar por aquello» (éstas son palabras de Michael, ya que Reggie parece haber sido más directo) y los dos chicos abandonaron la casa. Al llegar a la calle, vieron a Rudy Arnold, quien, durante el tiempo que ambos habían pasado en la cocina con Laura, había llegado en coche y estaba «holgazaneando como si tuviese miedo de entrar». Reggie y Rudy intercambiaron unas pocas palabras, posiblemente muy desagradables, al menos por parte de Reggie. Michael afirma que le preguntó quién era ese hombre, asumiendo que se trataba del «novio de su madre o algo así», y Reggie le dijo que ese «estúpido cabrón» era su padre y acompañó esta declaración con un pequeño acto de vandalismo: cogió una cesta para la leche del portal de un vecino, la lanzó a la calle y luego saltó sobre ella hasta destrozarla.

Según Michael, él no tomó parte en el destrozo. Su declaración sostiene que en ese momento tenía toda la intención de ir al colegio, pero que Reggie anunció que estaba «haciendo novillos» y que «se lo estaba pasando de puta madre por una vez». Fue Reggie, dice Michael, quien tuvo la idea de incluir a Ian Barker en lo que habría de suceder más tarde.

Con apenas once años, Ian Barker ya había sido calificado como «tarado, difícil, problemático, peligroso, borderline, irascible y psicópata», dependiendo del informe que uno leyera. En aquel momento, Ian era el hijo único de una madre de veinticuatro años (la identidad de su padre es desconocida hasta el día de hoy), pero se le había hecho creer que esa mujer joven era su hermana mayor. Al parecer había estado muy unido a su abuela, de quien naturalmente suponía que era su madre, pero aparentemente odiaba a la chica que creía era su hermana. Cuando tenía nueve años consideraron que ya era lo bastante mayor como para conocer la verdad. Sin embargo, Ian no se tomó muy bien aquella verdad, sobre todo porque la supo inmediatamente después de que a Tricia Barker le dijesen que abandonase la casa de su madre y se llevara a su hijo con ella. La abuela de Ian dice ahora que estaba haciendo todo lo posible «para aplicar por fin mano dura. Yo quería que ambos se quedaran -el niño y Tricia también- siempre que la chica trabajase, pero ella no quería atarse a ningún empleo y sólo quería ir de fiesta, estar con sus amigos, siempre fuera de casa. Pensé que si tenía que criar a su hijo sola, cambiaría de actitud».

Pero no lo hizo. Por cortesía del Gobierno, Tricia obtuvo un lugar donde vivir, si bien el piso era muy pequeño y se vio obligada a compartir una habitación diminuta con su hijo. No cabe duda de que fue en esa habitación donde Ian fue testigo de los encuentros sexuales de su madre con diferentes hombres y, al menos en cuatro ocasiones, con más de un hombre. Es importante señalar que Ian no se refiere habitualmente a ella como su madre y tampoco como Tricia, sino usando términos peyorativos tales como «escoria, cabrona, basura, puta y miserable». En cuanto a su abuela, jamás habla de ella.

Michael y Reggie no parece que hubieran tenido ningún problema en localizar a Ian Barker aquella mañana. No fueron a su casa -según Reggie «su madre estaba borracha la mayor parte del tiempo e insultaba a la gente que se acercaba a su puerta»-, sino que se toparon con él cuando estaba sacudiendo a un chico más pequeño de camino al colegio. Ian «había tirado la mochila del chico sobre la calzada» y estaba revolviendo su contenido para encontrar algo de valor, pero sobre todo dinero. Al no encontrar nada que quitarle al chico, «Ian le empujó violentamente contra una casa -en palabras de Michael-, y fue a por él».

Ni Reggie ni Michael intentaron detener el ataque. Reggie dice que «no era más que un poco de diversión. Vi que Ian no iba a hacerle daño», mientras que Michael sostiene que «no pude ver exactamente lo que Ian pensaba hacer», una afirmación bastante dudosa, ya que los cuatro chicos estaban a plena luz del día. No obstante, cualesquiera que hayan sido las intenciones de Ian, no pasaron de allí. Un motorista se detuvo junto a ellos y les preguntó qué estaban haciendo, y los chicos se alejaron corriendo.

Se ha sugerido que el deseo de Ian de lastimar a alguien aquel día y su frustración al no conseguirlo fueron la causa de lo que ocurrió después. De hecho, al ser interrogado en este sentido, Reggie Arnold se mostró más que dispuesto a echarle la culpa a Ian. Pero mientras que, en el pasado, la ira de Ian le había llevado a cometer actos cuya censurable naturaleza hizo que se le odiase más que a los otros dos chicos, cuando finalmente se supo la verdad, la evidencia muestra en última instancia que fue un «participante igualitario» (el entrecomillado enfático es mío) en lo que sucedió a continuación.

Junio

New Forest, Hampshire

Sólo el azar la atrajo hacia su órbita. Más tarde pensaría que si no hubiese mirado hacia abajo desde el andamio en aquel preciso momento, si hubiera llevado a Tess directamente a casa y no al bosque aquella tarde, ella tal vez no habría entrado en su vida. Pero esa idea incluía la propia sustancia de lo que se suponía que debía pensar, que era una conclusión a la que sólo llegaría una vez que ya fuese demasiado tarde.

Era media tarde y el día estaba siendo muy caluroso. Junio generalmente descargaba torrentes de lluvia, y se burlaba así de las esperanzas de verano que cualquiera pudiese alentar. Pero este año el tiempo parecía anticipar algo diferente. Los días soleados en un cielo sin nubes prometían un julio y un agosto durante los cuales la tierra se cocería, y los extensos prados en el interior del Perambulation se tornarían marrones, lo que obligaría a los ponis del New Forest a adentrarse en los bosques en busca de forraje.

Estaba en lo alto del andamio y se preparaba para subir a la parte superior del tejado donde había comenzado a colocar la paja. La paja, al ser mucho más flexible y manejable que los carrizos que formaban parte del resto de los materiales, podía doblarse para crear el reborde. Algunos consideraban aquel dibujo festoneado y entrecruzado con palos de una manera decorativa el «detalle bonito» en una techumbre de paja. Para él era exactamente lo que era: el elemento que protegía la capa superior de carrizos de las inclemencias del tiempo y el daño de las aves.

Había llegado casi al final. Se estaba impacientando. Llevaban trabajando tres meses en ese enorme proyecto y había prometido empezar otro al cabo de dos semanas. Aún había que completar el acabado y no podía dejar esa parte del trabajo en manos de su aprendiz. Cliff Coward aún no estaba preparado para usar las herramientas adecuadas en el tejado de paja. Ese trabajo era fundamental para el aspecto general del techo y exigía habilidad y un ojo correctamente entrenado. Pero no se podía confiar en Cliff para que realizara un trabajo de este nivel cuando, hasta el momento, no había conseguido concentrarse en las tareas más sencillas, como la que se suponía que debía estar cumpliendo ahora, que era llevar otros dos fardos de paja hasta allí arriba, como le había indicado. ¿Y por qué no había llevado a cabo todavía esta tarea tan sencilla?

Buscar una respuesta a esa pregunta era lo que alteraba la vida de Gordon Jossie. Se volvió desde lo alto del tejado al tiempo que gritaba: «¡Cliff! ¿Qué coño pasa contigo?», y vio debajo de él que su aprendiz ya no estaba junto a los fardos de paja, donde se suponía que debía estar, anticipándose a las necesidades del experto instalado en las alturas. En vez de eso, Cliff había ido hasta la polvorienta camioneta de Gordon, que se encontraba a unos metros de distancia. Allí estaba Tess, sentada en posición de firmes y agitando alegremente su frondosa cola mientras una mujer -una desconocida que parecía una visitante de los jardines, teniendo en cuenta el mapa que sostenía en la mano y la ropa que vestía- le acariciaba la cabeza dorada.

– ¡Eh! ¡Cliff! -gritó Gordon Jossie.

El aprendiz y la mujer alzaron la vista.

Gordon no alcanzaba a ver su rostro con claridad a causa del sombrero que llevaba la mujer, de ala ancha, hecho de paja y que exhibía un pañuelo fucsia sujeto alrededor como si fuese una banda. El mismo color se repetía en el vestido, un vestido veraniego que dejaba al descubierto los brazos bronceados y las piernas largas igualmente bronceadas. Una pulsera de oro rodeaba su muñeca. Llevaba sandalias, sujetaba un bolso de paja debajo del brazo y la correa de cuero le colgaba del hombro.

Cliff contestó:

– Lo siento, estaba ayudando a esta señora.

– Lo siento, pero estoy completamente perdida -dijo la mujer, que se echó a reír. Luego añadió-: Lo siento mucho. -Hizo un gesto con el mapa que sostenía en la mano, como si intentara explicar lo que era obvio: se había alejado de los jardines públicos hasta llegar al edificio administrativo cuyo techo él estaba reparando-. Nunca había visto a alguien cubriendo un techo con paja -concluyó, quizás con la intención de mostrarse amable.

Gordon, sin embargo, no estaba de humor para mostrarse amable. Estaba irritado y necesitaba paz y tranquilidad. No tenía tiempo para turistas.

– Intenta llegar a Monet's Pond -gritó Cliff desde abajo.

– Y yo intento colocar un puto reborde en este techo -respondió Gordon, aunque su voz apenas era audible. Hizo un gesto hacia el noroeste-. Hay un sendero junto a la fuente. La fuente con ninfas y faunos. Al llegar allí debe girar a la izquierda. Usted cogió la derecha.

– ¿Sí? -contestó la mujer-. Bueno, eso es típico…, supongo.

Permaneció allí un momento, como si pensara que la conversación no había terminado. Llevaba gafas de sol y a Gordon se le ocurrió que el efecto general que producía la mujer era el de alguien famoso, tipo Marilyn Monroe, ya que sus curvas recordaban a esa actriz; no era como esas chicas delgadas como alfileres que uno solía ver. De hecho, al principio pensó que realmente podía tratarse de alguien famoso. Vestía como tal y se comportaba del modo apropiado: su expectativa de que cualquier hombre se mostraría más que dispuesto a dejar lo que estaba haciendo para conversar ansiosamente con ella lo demostraba.

– Ahora debería encontrar el camino sin problemas -le respondió brevemente.

– Ojalá eso fuese cierto -dijo ella. Luego añadió, en lo que a él le pareció un comentario un tanto ridículo-. No habrá ningún…, bueno, no habrá caballos allí, ¿verdad?

«¿Qué demonios…?», pensó Gordon. Entonces la mujer añadió:

– Es sólo que… les tengo bastante miedo a los caballos.

– Los ponis no le harán daño -contestó él-. Se mantendrán a distancia, a menos que intente darles algo de comer.

– Oh, yo nunca haría eso. -Aguardó un momento, como si esperase que Gordon dijese algo más, algo que él no tenía ninguna intención de hacer. Finalmente, añadió-: Gracias, de todos modos.

Y eso fue todo por su parte.

La mujer se alejó en la dirección que Gordon le había indicado y, mientras caminaba, se quitó el sombrero y lo hizo balancear sosteniéndolo con las puntas de los dedos. Tenía el pelo rubio, cortado como un gorro alrededor de la cabeza y, cuando lo agitó, volvió a acomodarse en su sitio con un tenue brillo, como si tuviera vida propia y supiese que eso era lo que debía hacer. Gordon no era inmune a las mujeres, de modo que pudo comprobar que su andar era elegante. Pero no sintió ninguna conmoción en la entrepierna y tampoco en el corazón, y eso le alegró. Imperturbable ante las mujeres, así era como le gustaba sentirse.

Cliff se reunió con él en el andamio, tras llevar en la espalda dos fardos de paja.

– A Tess le ha gustado esa mujer -dijo, como si fuese una explicación de algo o, quizás, en defensa de la desconocida-. Podría ser el momento de volver a intentarlo, tío.

Gordon observaba cómo la mujer se alejaba cada vez más.

Sin embargo, no eran la atracción o la fascinación por esa mujer el motivo de que Gordon la siguiera con la mirada. La observaba para comprobar si tomaba la dirección correcta una vez llegase a la fuente de las ninfas y los faunos. No fue así. Gordon meneó la cabeza. «Es inútil», pensó. Antes de que se diese cuenta estaría en el prado donde pastoreaban las vacas, pero quizá fuese capaz de encontrar a alguien que la ayudase al llegar allí.

Cliff quería ir a tomar unas copas cuando acabara el día. Gordon no. Él no bebía. Por otra parte, nunca le había gustado la idea de intimar con sus aprendices. Además, el hecho de que Cliff tuviese sólo dieciocho años convertía a Gordon en alguien trece años mayor y, la mayor parte del tiempo, se sentía como si fuese su padre. O se sentía como «debería» sentirse un padre, supuso, ya que no tenía hijos y tampoco el deseo ni la expectativa de tenerlos algún día.

– Voy a llevar a Tess a dar un paseo -le dijo a Cliff-. Esta noche no se quedará quieta si no descarga un poco de energía.

– ¿Estás seguro, tío? -preguntó Cliff.

– Creo que conozco bien a mi perra -dijo Gordon. Sabía que no se refería a Tess, pero le convenció la forma en que su comentario sirvió para cortar de raíz la conversación. A Cliff le gustaba demasiado hablar.

Gordon le dejó en la puerta de un pub en Minstead, una aldea escondida en un pliegue del terreno que estaba formado por una iglesia, un cementerio, una tienda, el pub y un grupo de viejas cabañas hechas de arcilla y paja situadas alrededor de un pequeño prado. Éste recibía la sombra de un viejo roble; cerca de él, pastaba un poni moteado. La cola recortada del animal había crecido desde el pasado otoño, cuando lo habían marcado. El poni no levantó la cabeza cuando la camioneta se detuvo ruidosamente no muy lejos de sus patas traseras. El animal vivía desde hacía tiempo en el New Forest, y probablemente sabía que su derecho a pastar allí donde le apeteciera era anterior al derecho de la camioneta a recorrer los caminos de Hampshire.

– Hasta mañana entonces -dijo Cliff, que se marchó para reunirse con sus colegas en el pub.

Gordon le observó cuando se alejaba y, por ninguna razón especial, esperó hasta que la puerta se cerró tras él. Luego puso nuevamente en marcha la camioneta.

Se dirigió, como siempre, a Longslade Bottom. Con el tiempo había aprendido que los hábitos fijos dotaban de seguridad. Durante el fin de semana podía escoger otro lugar para adiestrar a Tess, pero al acabar el trabajo de cada día prefería elegir uno cercano a donde vivía. También le gustaba el gran espacio abierto de Longslade Bottom. Y en los momentos en que sentía la necesidad de estar solo, le agradaba el hecho de que Hinchelsea Wood ascendiera por la ladera de la colina que se alzaba justo por encima de él.

El prado se extendía desde un aparcamiento irregular. Gordon avanzó por él entre las sacudidas de la camioneta. Tess, en la parte de atrás, ladraba con excitación al anticipar las carreras que le esperaban.

En un día agradable como aquél, el suyo no era el único vehículo asomado al borde del prado: media docena de coches se alineaban como si se tratara de gatitos amamantando, frente a la extensión de terreno abierto donde, a la distancia, podía verse pastando un rebaño de ponis, cinco potrillos entre ellos. Los ponis, acostumbrados tanto a la gente como a la presencia de otros animales, permanecían tranquilos ante los ladridos de los perros que ya correteaban por el prado. Pero en cuanto Gordon los vio a unos cien metros de distancia, supo que una carrera libre por la hierba cortada al ras no era aconsejable para su perra. Tess tenía una debilidad por los ponis salvajes del Forest. A pesar de que uno de ellos la había pateado, de que otro la había mordido, y de que Gordon la había regañado duramente una y otra vez, la perra se negaba a entender que su misión en la vida no era la de perseguir a esos pequeños caballos.

Tess ya estaba ansiosa. Gemía y se relamía por anticipado ante el desafío próximo. Gordon casi podía leer su mente canina: «¡Y también hay potrillos! ¡Malvados! ¡Qué divertido!».

– Ni se te ocurra -dijo Gordon y buscó la correa dentro de la camioneta. La sujetó al collar y luego soltó a Tess.

La perra se lanzó hacia delante plena de optimismo. Cuando Gordon tiró de la correa se produjo un intenso drama mientras Tess tosía y respiraba con dificultad. Gordon pensó, no sin resignación, que era un típico atardecer de paseo con su perra.

– No tienes el cerebro que Dios te dio, ¿verdad? -le preguntó. Tess lo miró, meneó la cola y sonrió como sonríen los perros-. Eso que haces puede que haya funcionado una vez -siguió-, pero ahora no te dará resultado.

Llevó a la golden retriever hacia el noreste, decididamente lejos de los ponis y sus potrillos. Tess fue con él, pero dispuesta a cualquier forma de manipulación que pudiese intentar. Miraba repetidamente por encima del hombro y gemía, obviamente con la esperanza de que su dueño cambiara de opinión. No lo consiguió.

Longslade Bottom comprendía tres áreas: el prado donde pastaban los ponis; una zona de arbustos hacia el noroeste, donde florecían brezos negros y morados; y un cenagal central, donde unos cojines amorfos de musgo absorbían el agua en movimiento mientras las flores de los tréboles de agua crecían en estallidos blancos y rosados de rizomas que emergían de las charcas poco profundas. Un sendero que nacía en el aparcamiento llevaba a los caminantes por la ruta más segura a través del cenagal y, a lo largo de este camino, las cabezas plumosas de los juncos lanudos formaban grandes matas de hierba en la tierra turbosa.

Gordon se dirigió en esta última dirección, donde el sendero que atravesaba el cenagal los llevaría colina arriba, hasta alcanzar Hinchelsea Wood. Cuando llegasen al bosque podría soltar a la perra. Los ponis estarían fuera de su vista y, para Tess, fuera de vista significaba fuera de su mente. Poseía esa admirable cualidad: podía vivir totalmente en el presente.

El solsticio de verano no estaba lejos, de modo que el sol aún estaba alto en un cielo sin nubes, a pesar de la hora del día. Su luz destellaba contra los cuerpos iridiscentes de las libélulas y sobre el brillante plumaje de los frailecillos que levantaban el vuelo cuando Gordon y la perra pasaban junto a ellos. Una ligera brisa trasladaba la rica fragancia de la turba y la vegetación descompuesta que la había creado. Toda la atmósfera estaba viva, desde la llamada áspera de los zarapitos hasta los gritos de los dueños de los perros en el prado.

Gordon mantuvo a Tess cerca de él. Comenzaron a ascender hacia Hinchelsea Wood y dejaron atrás el prado y el cenagal. Cuando pensó en ello, Gordon decidió que, de todos modos, el bosque era la mejor opción para un paseo vespertino. En los senderos que discurrían debajo de los árboles el aire sería fresco, con las hayas y los robles que exhibían todo su follaje veraniego, y los castaños dulces, que proporcionaban un resguardo adicional. Después de un día soportando el calor, cargando carrizos y fardos de paja hasta el tejado, Gordon estaba deseando tomarse un respiro del sol.

Soltó a la perra cuando llegaron a los dos cipreses que señalaban la entrada oficial al bosque y la observó hasta que desapareció entre los árboles. Sabía que acabaría regresando. Faltaba poco para la hora de la cena y Tess no era una perra que se perdiera sus comidas.

Él también continuó andando, con la mente ocupada. Aquí, en el bosque, nombraba los árboles. Había sido un estudioso del New Forest desde que llegó por primera vez a Hampshire y, después de una década, conocía el Perambulation, su carácter y su legado mejor que la mayoría de los lugareños.

Después de haber andado un trecho decidió sentarse en el tronco de un aliso caído, no muy lejos de un bosquecillo de acebo. Aquí los rayos del sol se filtraban a través de las ramas de los árboles, moteando un terreno de consistencia esponjosa después de años de abono natural. Gordon continuó con su costumbre de nombrar los árboles a medida que los veía y luego siguió con las plantas. Pero había muy pocas, porque el bosque formaba parte de la tierra de pastoreo y era visitado por ponis, asnos y gamos. En abril y mayo los animales disfrutarían de un auténtico banquete con los tiernos brotes de los helechos, moviéndose alegremente entre éstos y las flores silvestres, los alisos jóvenes y los brotes de las nuevas zarzas. Los animales, por lo tanto, convertían en un desafío la actividad mental de Gordon. Esculpían el paisaje de manera que caminar por el bosque, a través de los árboles, era una tarea muy simple y no el reto que implicaba recorrer un sendero sorteando la maleza.

Oyó los ladridos de la perra y prestó atención. No estaba preocupado, ya que reconocía los diferentes ladridos de Tess. Este era uno alegre, el que emitía para saludar a un amigo o a un palo lanzado en Hatcher Pond. Se levantó y miró en la dirección de la que provenían los ladridos. El sonido se acercó y, mientras lo hacía, alcanzó a oír una voz que lo acompañaba, la voz de una mujer. Poco después la vio aparecer entre los árboles.

Al principio no la reconoció, ya que se había cambiado de ropa. Había sustituido el vestido de verano, el sombrero de sol y las sandalias por unos pantalones caqui y una camisa de manga corta. Aún llevaba puestas las gafas de sol -él también, ya que el día seguía siendo soleado y luminoso- pero su calzado aún era completamente inadecuado para lo que estaba haciendo. Aunque había prescindido de las sandalias, las había reemplazado por unas botas de goma de caña alta, una elección muy extraña para un paseo en pleno verano, a menos que su intención fuese caminar a través del cenagal.

– Ya me parecía que se trataba del mismo perro. Es la cosa más dulce del mundo -dijo ella.

Podría haber pensado que le había seguido a Longsdale Bottom y Hinchelsea Wood, salvo por el hecho evidente de que había llegado allí antes que él. La mujer salía del bosque; él estaba entrando. Desconfiaba de la gente, pero se negaba a mostrarse paranoico.

– Usted estaba buscando Monet's Pond.

– Lo encontré -contestó ella-. Aunque no sin acabar primero en una zona de pastoreo de vacas.

– Sí -dijo él.

La mujer ladeó la cabeza. Su pelo volvió a reflejar la luz, como lo había hecho en Boldre Gardens. Él se preguntó, estúpidamente, si se habría hecho mechas. Nunca había visto un pelo con ese brillo.

– ¿Sí? -repitió ella.

Él balbuceó al responder.

– Lo sé. Quiero decir, sí, lo sé. Pude adivinarlo. Por el camino que tomó.

– Oh, de modo que me estaba observando desde ese tejado, ¿verdad? Espero que no se haya echado a reír. Habría sido muy cruel.

– No.

– Bueno, soy un desastre leyendo mapas y no mucho mejor con las indicaciones, de modo que no es ninguna sorpresa que volviese a perderme. Al menos no me topé con ningún caballo.

Él miró a su alrededor

– Este no es un buen lugar para pasear, ¿no cree? Sobre todo si no se le dan bien los mapas y las indicaciones.

– ¿En el bosque, quiere decir? Pero no me ha faltado ayuda. -Hizo un gesto hacia el sur y él pudo ver que estaba señalando hacia la cima de una colina distante donde se alzaba un enorme roble, más allá del bosque-. Cuando entré en el bosque mantuve ese árbol siempre a la vista y a mi derecha, y ahora que se encuentra a mi izquierda estoy bastante segura de que me dirijo hacia el aparcamiento. De modo que, como puede ver, a pesar de tropezarme con ese sitio donde colocan paja en los tejados y meterme en un campo donde pastan las vacas, no estoy completamente perdida.

– Ese árbol es de Nelson -dijo él.

– ¿Qué? ¿Quiere decir que alguien es el dueño de ese árbol? ¿Se encuentra en una propiedad privada?

– No. Es tierra de la Corona. Se llama el «roble de Nelson». Se supone que lo plantó él. Lord Nelson, quiero decir.

– Ah. Entiendo.

La observó más detenidamente. Acababa de hacer una mueca con los labios, y a él se le pasó por la cabeza que quizá no supiera realmente quién era Lord Nelson. Hoy había gente de esa edad que no lo sabía. Para ayudarla sin colocarla en una situación incómoda, dijo:

– El almirante Nelson hizo construir sus barcos en los astilleros de Buckler's Hard. Más allá de Beaulieu. ¿Conoce ese lugar? ¿En el estuario? Empleaban una enorme cantidad de madera, de modo que tuvieron que comenzar a reforestar el bosque. Es probable que Nelson no plantase ningún roble con sus propias manos, pero, de todos modos, el árbol está asociado a su nombre.

– No soy de aquí -dijo ella-. Aunque me imagino que ya se ha dado cuenta de eso. -Extendió la mano-. Gina Dickens. Ninguna relación. Sé que ella es Tess -añadió con una leve inclinación de la cabeza mirando a la perra, que se había instalado alegremente junto a Gina-, pero no cómo se llama usted.

– Gordon Jossie -dijo él, y le estrechó la mano. La suavidad del tacto le recordó cuan ásperas estaban sus manos por el trabajo. Y qué sucias, considerando que se había pasado todo el día en ese tejado-. Lo había supuesto.

– ¿Qué?

– Que no era de por aquí.

– Sí. Bueno, supongo que los lugareños no se pierden tan fácilmente como yo, ¿verdad?

– No es eso. Sus pies.

Ella bajó la vista.

– ¿Qué pasa con ellos?

– Las sandalias que llevaba puestas en Boldre Gardens y ahora eso -dijo él-. ¿Por qué se ha puesto esas botas de goma? ¿Piensa meterse en la zona del pantano o algo así?

Ella volvió a hacer ese gesto con la boca. Él se preguntó si eso significaba que estaba tratando de contener la risa.

– Usted es una persona de campo, ¿verdad?, de modo que pensará que soy tonta. Es por las víboras -dijo-. He leído que hay víboras en el New Forest y no quería toparme con uno de esos bichos. Ahora se reirá de mí, ¿no es cierto?

Él no tuvo más remedio que sonreír.

– Entonces, ¿espera encontrar serpientes en el bosque? -No aguardó a que le respondiera-. Están entre los matorrales. Se quedarán allí donde haya más sol. Podría ocurrir que se topase con una de ellas en el sendero que atraviesa el cenagal, aunque es poco probable.

– Veo que tendría que haberle consultado antes de cambiarme de ropa. ¿Ha vivido siempre aquí?

– Desde hace diez años. Vine desde Winchester.

– ¡Yo también! -Ella desvió la mirada en la dirección de donde había llegado y dijo-: ¿Puedo acompañarle durante un trecho, Gordon Jossie? No conozco a nadie en este lugar y me encantaría hablar con alguien, y puesto que parece inofensivo y está acompañado de la más dulce de las perras…

Él se encogió de hombros.

– Como guste. Pero yo sólo sigo a Tess. No necesitamos seguir andando. Ella entrará en el bosque y regresará cuando esté lista…, quiero decir, si prefiere sentarse en lugar de caminar.

– Oh, sí, mejor nos sentamos. A decir verdad, ya he caminado demasiado.

Él señaló el tronco donde había estado sentado cuando ella apareció entre los árboles. Se sentaron separados por una prudente distancia, pero Tess no se alejó, como Gordon pensó que haría. En lugar de eso, la perra se acomodó junto a Gina. Suspiró y apoyó la cabeza sobre las patas.

– Usted le gusta -dijo él-. Los lugares vacíos necesitan llenarse.

– Una gran verdad.

Parecía apesadumbrada, de modo que Gordon le hizo la pregunta obvia. No era habitual que alguien de su edad se mudase al campo. Los jóvenes acostumbraban a emigrar en la dirección opuesta.

– Bueno, sí. Fue por una relación que acabó «muy» mal. -Pero lo dijo con una sonrisa-. De modo que aquí estoy. Espero poder trabajar con adolescentes embarazadas. Eso es lo que hacía en Winchester.

– ¿De verdad?

– Parece sorprendido. ¿Por qué?

– No parece mucho mayor que una adolescente.

Ella deslizó las gafas de sol por el puente de la nariz y le miró por encima de los cristales.

– ¿Está coqueteando conmigo, señor Jossie? -preguntó.

Él sintió una ráfaga de calor en el rostro.

– Lo siento. No era mi intención…

– Oh. Lástima. Pensé que quizás sí lo era. -Se colocó las gafas en la parte superior de la cabeza y le miró abiertamente. Pudo comprobar que sus ojos no eran azules ni verdes, sino de un color intermedio, indefinible e interesante-. Se está sonrojando. Nunca había hecho sonrojar antes a un hombre. Es muy dulce. ¿Se ruboriza a menudo?

Gordon sintió que la sensación de calor aumentaba. Él no «tenía» esta clase de conversaciones con las mujeres. No sabía qué hacer con ellas: las mujeres o las conversaciones.

– Le estoy incomodando. Lo siento. No era mi intención. A veces gasto bromas. Es una mala costumbre. Tal vez pueda ayudarme a romperla.

– Gastar bromas no es malo -dijo él-. Estoy más…, estoy un poco confundido. Yo, principalmente…, cubro con paja los tejados.

– ¿Todos los días?

– Más o menos.

– ¿Y para divertirse? ¿Para relajarse? ¿Para distraerse?

Él hizo un gesto con la cabeza señalando a Tess.

– Hmmm. Entiendo. -Se inclinó hacia la perra y la acarició donde más le gustaba, justo en la parte exterior de las orejas. Si la retriever hubiese sido capaz de ronronear, lo habría hecho. Gina pareció haber tomado una decisión, ya que, cuando alzó la vista, su expresión era pensativa-. ¿Le gustaría ir a tomar algo conmigo? Como ya he dicho antes, no conozco a nadie en este lugar y usted «sigue» pareciéndome alguien inofensivo, y como «yo» soy inofensiva y como tiene una perra encantadora… ¿Le gustaría?

– En realidad, no bebo.

Ella enarcó las cejas.

– ¿No ingiere ninguna clase de líquidos? Eso no es posible.

Él sonrió, a pesar de sí mismo, pero no contestó.

– Pensaba tomar una limonada -dijo ella-. Yo tampoco bebo. Mi padre… Él bebía mucho, de modo que me mantengo alejada del alcohol. Eso me convirtió en una inadaptada en el colegio, aunque en el buen sentido, creo. Siempre me gustó ser diferente de los demás.

Luego se levantó y se sacudió el polvo de los pantalones. Tess también se levantó y agitó la cola. Era evidente que la perra había aceptado la impulsiva invitación de Gina Dickens. A Gordon no le quedó más alternativa que hacer lo mismo.

No obstante, dudó un momento. Prefería mantenerse a distancia de las mujeres, pero ella no le estaba proponiendo una relación, ¿verdad? Y, por el amor de Dios, parecía bastante inofensiva. Su mirada era franca y amistosa.

– Hay un hotel en Sway -dijo él.

Gina pareció sorprendida y él se dio cuenta de cómo había sonado ese comentario. Con las orejas encendidas, dijo.

– Quiero decir que Sway está muy cerca de aquí y en el pueblo no hay ningún pub. Todo el mundo utiliza el bar del hotel. Puede acompañarme hasta allí y tomar algo conmigo.

La expresión de ella se suavizó.

– Creo que es usted un hombre realmente encantador.

– Oh, no creo que eso sea verdad.

– Lo es, de veras.

Echaron a andar. Tess caminaba delante de ellos y entonces, en un acto prodigioso que Gordon no olvidaría fácilmente, la perra esperó en el límite del bosque donde el sendero comenzaba a descender por la ladera de la colina en dirección al cenagal. Vio que Tess estaba esperando a que le sujetara la correa al collar. Ése fue el primer indicio. No era un hombre que buscase señales, pero ésta parecía indicarle lo que debía hacer a continuación.

Cuando llegaron a donde estaba Tess, él ajustó la correa en el collar y se la dio a Gina al tiempo que le preguntaba:

– ¿Qué quiso decir con ninguna relación? -Ella juntó las cejas. Gordon continuó-: Ninguna relación. Eso fue lo que añadió cuando me dijo su nombre.

Otra vez esa expresión. Era suavidad y algo más, y hacía que se mostrase cauteloso, aunque deseaba acercarse a ella.

– Charles Dickens -dijo Gina-. El escritor. No tengo ningún parentesco con él.

– Oh -dijo él-. Yo no… No leo mucho.

– ¿No? -preguntó ella mientras descendían por la ladera de la colina. Enlazó la mano a través del brazo de Gordon mientras Tess los guiaba-. Me temo que tendremos que hacer algo al respecto.

Julio

Capítulo 1

Cuando Meredith Powell se despertó y vio la fecha en el despertador digital, tomó conciencia de cuatro hechos en cuestión de segundos: ese día cumplía veintiséis años; era su día libre; era el día para el que su madre había sugerido un programa de abuela-arruina-la-aventura-de-su-única-nieta; y era la oportunidad perfecta para disculparse con su mejor y más antigua amiga por una pelea que les había impedido ser las mejores y más viejas amigas durante casi un año. Lo último se le ocurrió porque Meredith siempre compartía su cumpleaños con esta mejor y más vieja amiga. Ella y Jemima Hastings habían sido inseparables desde que tenían seis años y habían celebrado sus cumpleaños juntas desde el octavo en adelante. Meredith sabía que si hoy no arreglaba las cosas con Jemima, probablemente no lo haría nunca, y si tal cosa sucedía, una tradición que ella valoraba profundamente quedaría destruida. No quería eso. No era fácil conseguir buenos amigos.

El cómo se disculparía le llevó un poco más de tiempo. Meredith pensó en ello mientras se duchaba. Se decidió por un pastel de cumpleaños. Lo prepararía ella, lo llevaría a Ringwood y se lo entregaría a Jemima junto con su sincera disculpa y el reconocimiento de que había obrado mal. No insistiría en la disculpa y en la admisión de culpa; sin embargo, no haría mención alguna a la pareja de Jemima, que había sido la causa de la discusión. Porque sabía que sería inútil. Simplemente se tenía que enfrentar a que Jemima siempre había sido una romántica cuando se trataba de tíos, mientras que ella -Meredith- tenía la completa y absolutamente innegable experiencia de saber que los hombres eran sólo animales vestidos de humanos, que quieren a las mujeres para el sexo, la maternidad y como amas de casa. Si sólo fuesen capaces de «decirlo», en lugar de fingir que están desesperados por encontrar otra cosa, las mujeres con las que se liaban podrían elegir con mayor conocimiento acerca de cómo querían vivir sus vidas, en lugar de creer que están «enamoradas».

Meredith desdeñaba toda idea del amor. Había estado allí, había hecho eso, y el resultado era Cammie Powell: cinco años, la luz de los ojos de su madre, sin padre y con todas las probabilidades de que siguiera siendo así.

En ese momento, Cammie estaba aporreando la puerta del baño y gritando:

– ¡Mami! ¡Mammmmmmmmmmiiiiiiii! La abuela dice que hoy iremos a ver las nutrias y comeremos polos y hamburguesas. ¿Tú también vendrás? Porque también hay búhos. Dice que un día iremos al hospital de los erizos, pero que es un viaje muy largo y que para eso tengo que ser mayor. La abuela cree que te echaré de menos, eso es lo que ella dice, pero tú podrías venir con nosotras, ¿verdad? ¿Podrías hacerlo, mami? ¿Mammmmmmmmmmiiiiiiii?

Meredith sonrió. Cammie se despertaba cada mañana en la modalidad de monólogo total y, generalmente, no paraba de hablar hasta que llegaba la hora de irse otra vez a la cama. Mientras se secaba con la toalla, Meredith le preguntó:

– ¿Ya has desayunado, cariño?

– Me he olvidado -le informó Cammie. Meredith oyó un sonido áspero y supo que su hija estaba arrastrando las pantuflas-. Pero, de todos modos, la abuela dice que tienen bebés. Nutrias bebés. Dice que cuando sus mamás se mueren, o cuando se las comen, necesitan que alguien los cuide, y eso es lo que hacen en el parque. El parque de las nutrias. ¿Qué comen las nutrias, mami?

– No lo sé, Cam.

– Algo tienen que comer. Todas las cosas comen todo. O algo. ¿Mami? ¿Mammmmmmmmmmiiiiiiii?

Meredith se encogió de hombros dentro del albornoz y abrió la puerta. Cammie estaba allí, su viva imagen cuando tenía cinco años. Era demasiado alta para su edad y, como Meredith, excesivamente delgada. Era un auténtico regalo, pensó, que Cammie no se pareciera en lo más mínimo al inútil de su padre. Su padre había jurado que jamás la vería si Meredith era «una terca y sigues adelante con este embarazo, porque, por el amor de Dios, tengo una esposa, pequeña estúpida. Y dos hijos. Y tú lo sabías jodidamente bien, Meredith».

– Ahora nos daremos el abrazo de la mañana, Cammie -le dijo Meredith a su hija-. Después quiero que me esperes en la cocina. Tengo que preparar un pastel. ¿Querrás ayudarme?

– La abuela está haciendo el desayuno en la cocina.

– Espero que haya espacio para dos cocineras.

Y así fue. Mientras la madre de Meredith trabajaba en las hornallas, revolviendo los huevos y controlando el beicon, Meredith comenzó a preparar el pastel. Era un procedimiento bastante sencillo, ya que utilizó una mezcla envasada que su madre desdeñó haciendo chasquear la lengua cuando Meredith volcó el contenido dentro de un cuenco.

– Es para Jemima -le dijo Meredith.

– Es como si llevaras agua a un río -observó Janet Powell.

Bueno, por supuesto que sí, pero no podía evitarlo. Además, la intención era lo importante, no el pastel en sí. Aparte de eso, incluso trabajando desde cero con ingredientes suministrados por alguna diosa de la despensa, Meredith nunca habría podido igualar lo que Jemima era capaz de conseguir con harina, huevos y todo lo demás. De modo que, ¿para qué intentarlo? Después de todo no se trataba de un concurso. Era una amistad que necesitaba ser rescatada.

Abuela y nieta habían partido hacia su aventura con las nutrias, y el abuelo ya se había marchado a trabajar cuando Meredith acabó finalmente de cocinar el pastel. Había elegido hacerlo de chocolate con un baño también de chocolate. Le había quedado ligeramente inclinado hacia un lado y un poco hundido en el medio…, bueno, para eso estaba precisamente el baño que se le aplicaba al pastel, ¿verdad? Utilizado generosamente y con muchos toques decorativos servía para ocultar un montón de errores.

El calor que emitía el horno había elevado la temperatura en la cocina, de modo que Meredith decidió que debía ducharse otra vez antes de salir hacia Ringwood. Luego, como era su costumbre, se cubrió de los hombros a los pies con un caftán para disimular la naturaleza excesivamente delgada de su cuerpo, y llevó el pastel de chocolate al coche, donde lo depositó con mucho cuidado en el asiento del pasajero.

«Dios mío, qué calor», pensó. Aún no eran las diez y el día hervía. Había pensado que el calor se debía a que el horno había estado encendido mucho tiempo en la cocina, pero no era así. Bajó los cristales de las ventanillas, se instaló en el asiento que parecía crepitar y se puso en marcha. Tenía que sacar el pastel del coche lo antes posible, o sólo le quedaría un charco de chocolate.

El viaje a Ringwood no era demasiado largo, apenas un paseo por la A31 con el viento soplando a través de las ventanillas y su cinta de afirmación personal sonando a todo volumen. Una voz recitaba: «Yo soy y yo puedo, yo soy y yo puedo», y Meredith se concentró en este mantra. En verdad no creía que este tipo de cosas realmente funcionara, pero estaba decidida a remover cielo y tierra en pos de su carrera.

Un atasco de tráfico en la salida de Ringwood le recordó que era día de mercado. El centro de la ciudad estaría rebosante de gente, con los compradores avanzando en oleadas hacia la plaza del mercado, donde una vez por semana los pintorescos puestos se instalaban debajo de la torre neonormanda de la iglesia parroquial de San Pedro y San Pablo. Además de la gente que acudía a comprar habría turistas, ya que en esta época del año el New Forest estaba plagado de ellos, como cuervos alrededor de un animal muerto en la carretera: excursionistas, caminantes, ciclistas, fotógrafos aficionados y demás formas de entusiastas del aire libre.

Meredith echó un vistazo a su pastel de chocolate. Había sido un error colocarlo sobre el asiento y no en el suelo. El sol le daba de lleno y el baño de chocolate no estaba saliendo airoso de la experiencia.

Meredith tuvo que reconocer que su madre tenía razón: ¿en qué demonios estaba pensando, llevándole un pastel a Jemima? Bueno, ahora ya era demasiado tarde para cambiar de planes. Tal vez las dos se echarían a reír juntas cuando finalmente consiguiera llegar con el pastel a la tienda de su amiga. Era el Cupcake Queen, en Hightown Road. La propia Meredith había ayudado a que Jemima encontrase ese local desocupado.

Hightown Road era una zona variopinta, perfecta para el Cupcake Queen. A un lado de la calle, las residencias de ladrillo rojo asumían la forma de verandas que se curvaban en un agradable arco de porches abovedados, miradores y ventanas abuhardilladas con carpintería blanca que formaba sus delicados picos. El Railway Hotel, un antiguo hostal, se alzaba un poco más lejos en ese mismo lado de la calle, con plantas que se inclinaban desde tiestos de hierro forjado que colgaban encima de las ventanas y derramaban su color hacia la acera. En el otro lado de la calle, había tiendas de automóviles que ofrecían servicios desde reparación de coches hasta ventas de todoterrenos. Un salón de peluquería ocupaba unos bajos junto a una lavandería industrial. Cuando Meredith vio por primera vez, contiguo a esta última, un establecimiento vacío con un polvoriento cartel de «Se alquila» en el escaparate, había pensado de inmediato en el negocio de pasteles de Jemima, que había empezado con mucho éxito en su casa cerca de Sway, pero que por aquel entonces necesitaba expandirse.

– Jem, será genial -le había dicho entonces-. Yo puedo acercarme a la hora del almuerzo y podemos comer un bocadillo o cualquier cosa.

Por otra parte, ya era hora de hacerlo. ¿Acaso quería llevar para siempre su incipiente negocio desde la cocina de su casa? ¿No quería dar el gran salto?

– Tú puedes hacerlo, Jem. Tengo fe en ti.

Fe en lo que a los negocios se refiere, en realidad. Cuando se trataba de cuestiones personales, no tenía ninguna fe en Jemima.

No le había llevado mucho tiempo convencerla, y el hermano de Jemima había aportado parte del dinero, como Meredith sabía que haría. Pero poco después de que Jemima firmase el contrato de alquiler, Meredith y ella se habían distanciado a causa de una acalorada y francamente estúpida discusión acerca de lo que Meredith consideraba la eterna necesidad de Jemima de tener un hombre a su lado.

– Tú amarás a cualquiera que te ame. -Con esas palabras, Meredith había dado por concluida su apasionada crítica sobre la pareja más reciente de Jemima, uno más en la larga lista de hombres que habían entrado y salido de su vida-. Venga, Jem. Cualquiera que tenga ojos y medio cerebro puede ver que hay algo raro en ese tío.

No era la mejor manera de calificar a un hombre con la que tu mejor amiga afirma que está decidida a casarse. Vivir con él ya era bastante malo, en lo que a Meredith concernía. Pero atarse a él para siempre…

De modo que el insulto había sido doble, a Jemima y al hombre al que su amiga, al parecer, amaba. Por lo tanto, Meredith nunca había visto los frutos del trabajo de Jemima en cuanto al lanzamiento del Cupcake Queen.

Ahora, lamentablemente, tampoco pudo ver los frutos de ese trabajo. Cuando Meredith aparcó, cogió el pastel de chocolate -ahora más que nunca parecía como si el chocolate estuviese transpirando, y eso no podía ser una buena señal- y llevó el regalo hasta la puerta del Cupcake Queen, descubrió que la tienda estaba cerrada a cal y canto, los alféizares de las ventanas estaban cubiertos de tierra y el interior explicaba la historia de un negocio que había fracasado. Meredith alcanzó a ver un exhibidor vacío, junto con un mostrador polvoriento y una antigua estantería de pastelero que no contenía utensilios ni tampoco productos horneados. ¿Y esto era…, qué? ¿Diez meses después de haber abierto la tienda? ¿Seis meses después? ¿Ocho? Meredith no lo recordaba con exactitud, pero no le gustó nada lo que veía, y le costaba creer que el negocio de Jemima pudiera haberse hundido tan deprisa. Cuando trabajaba desde su casa contaba con un número de clientes más que razonable y, seguramente, la habrían seguido a Ringwood. ¿Qué había ocurrido?

Decidió que buscaría a la única persona que probablemente pudiese darle una explicación al respecto. Ella ya tenía su propia teoría sobre el asunto, pero quería estar preparada para cuando finalmente se encontrase con Jemima.

Meredith encontró por fin a Lexie Streener en el salón de peluquería de Jean Michel, en la calle principal. Primero fue a la casa de la adolescente, donde la madre de la chica interrumpió lo que estaba haciendo -tecleando un extenso folleto sobre la tercera bienaventuranza del Sermón de la Montaña – para exponer con aburridos detalles lo que significaba realmente estar entre los humildes. Cuando Meredith insistió, en busca de más información, la mujer reveló que Lexie estaba lavando el pelo en la peluquería de Jean Michel («No hay ningún Jean Michel -señaló con aspereza-. Eso es una mentira, algo que está en contra de la ley de Dios»).

En la peluquería de Jean Michel, Meredith tuvo que esperar a que Lexie Streener acabase de frotar enérgicamente el cuero cabelludo de una mujer corpulenta que ya había tomado cantidades más que suficientes de sol y que exhibía suficiente carne como para ilustrarlo. Meredith se preguntó si Lexie estaba planeando hacer carrera como peluquera. Esperaba que no, ya que si la propia cabeza de la chica representaba algún indicio de sus talentos en este terreno, nadie que tuviese sentido común permitiría que ella se le acercase con unas tijeras o un bote de tinte en las manos. Sus mechones eran azules, rosados y rubios. Se los había cortado hasta un largo realmente punitivo -uno pensaba de inmediato en la presencia de piojos-, o bien se habían caído, incapaces de hacer nada más después de repetidas exposiciones al teñido y la decoloración.

– Sólo me llamó un día por teléfono -dijo Lexie cuando Meredith finalmente pudo hablar con la chica. Había tenido que esperar al descanso de Lexie y le había costado una Coca-Cola, pero estaba bien si ese mínimo gasto le reportaba información-. Pensaba que estaba haciendo un buen trabajo en la tienda, pero de pronto me llama y me dice que no vaya a trabajar al día siguiente. Le pregunté si era por algo que yo había hecho, como fumarme un cigarrillo demasiado cerca de la puerta, ya sabes, o algo así, pero todo lo que me dice es: «No, no se trata de ti». De modo que creo que se trata de mi madre o de mi padre, con todo ese rollo de la Biblia, y pienso que han estado echándole un sermón o dejándole, ya sabes, esas cosas que escribe mi madre. ¿Debajo del limpiaparabrisas? Pero ella me dice: «Soy yo. No eres tú. No son ellos». Entonces me dice que lo siente y que no le pregunte nada más.

– ¿El negocio iba mal? -preguntó Meredith.

– No lo creo. Allí siempre había gente comprando cosas. Si quieres saber mi opinión, es muy raro que ella quisiera cerrar la tienda, y yo lo sabía. De modo que la llamé por teléfono una semana después de que hablara conmigo. Tal vez un poco más. No lo sé exactamente. La llamé al móvil para averiguar qué había pasado, pero sólo conseguí contactar con su buzón de voz. Le dejé un mensaje. Eso lo hice dos veces, al menos. Pero nunca me devolvió las llamadas, y cuando intenté comunicarme otra vez con ella…, el teléfono estaba… Nada. Era como si lo hubiese perdido o algo así.

– ¿La llamaste a su casa?

Lexie meneó la cabeza y se tocó un corte que estaba cicatrizando en el brazo. Era lo que hacía: autolesionarse. Meredith lo sabía porque la tía de Lexie era la dueña de la agencia de diseño gráfico donde ella trabajaba mientras esperaba para dedicarse a lo que realmente quería hacer, que era el diseño textil, y como Meredith sentía una gran admiración por la tía de Lexie y como la tía de Meredith se preocupaba por la chica y se preguntaba si no habría algo que pudiese sacarla de su casa y alejarla unas horas al día de sus padres medio chiflados…, Meredith le había sugerido a Jemima que contratase a Lexie como su primera empleada. El plan había sido que, al principio, la ayudase a instalar la tienda y luego trabajase detrás del mostrador. Jemima no podía hacerse cargo de todo y Lexie necesitaba el trabajo, y además Meredith quería ganar puntos con su jefa. Todo parecía haber salido a pedir de boca.

Pero era evidente que algo no había funcionado.

– Entonces ¿no hablaste con…, bueno, con él? ¿Ella no dijo nada acerca de lo que podría haber estado ocurriendo en su casa? ¿No la llamaste allí?

Lexie meneó la cabeza.

– Supongo que, simplemente, no me quería -contestó la chica-. En general, nadie lo hace.

De modo que no tenía más alternativa que ir a casa de Jemima. Era lo único que podía hacer. No le gustaba nada esa idea, porque sentía que le proporcionaba a su amiga una especie de ventaja sobre ella en la conversación. Pero sabía que si realmente su intención era reconciliarse, entonces tendría que hacer todo lo que hiciera falta para conseguir su propósito.

Jemima vivía con su novio entre Sway y Mount Pleasant. Allí, ella y Gordon Jossie, de alguna manera, habían conseguido lo que en Inglaterra se denomina «acceder a los derechos de un plebeyo», de modo que había tierra unida a la propiedad. En verdad no era mucha tierra, pero, aun así, media docena de hectáreas no eran una cantidad nada despreciable. En la propiedad había también algunas construcciones: una vieja cabaña de arcilla y paja, un granero y un cobertizo. Una parte de las tierras incluía antiguos prados para atender a las necesidades de los ponis de la finca durante los meses de invierno. El resto eran tierras desocupadas, llenas en su mayor parte de matorrales que, a lo lejos, dejaban paso a una zona boscosa que no formaba parte de la finca.

Las construcciones en la propiedad estaban a la sombra de un grupo de castaños dulces, todos ellos desmochados hacía tiempo, de modo que ahora sus ramas crecían por encima de la altura de la cabeza desde los restos bulbosos de aquellas primeras amputaciones que, cuando eran jóvenes, habían contribuido a salvar a los árboles de las bocas hambrientas de los animales. Eran unos castaños realmente enormes. En los meses de verano moderaban la temperatura alrededor de la casa y perfumaban el aire con una fragancia que resultaba embriagadora.

Cuando atravesó el alto seto de espino silvestre y accedió al camino particular que dibujaba una línea empedrada de guijarros entre la casa y el prado que se extendía hacia el oeste, Meredith vio que, debajo de uno de los castaños que se alzaban delante de la casa había una mesa de hierro oxidada, cuatro sillas y una mesilla rodante para el té que formaban una pintoresca zona para comer, completada con tiestos de helechos, velas sobre la mesa, cojines coloridos en las sillas y tres candelabros ornamentados. Todo ello daba al lugar el aspecto de una fotografía sacada de una revista de decoración para la casa. Aquello no era propio de Jemima en absoluto, pensó Meredith. Se preguntó en qué otras cosas habría cambiado su amiga en los meses que habían transcurrido desde la última vez que se vieron.

Un coche se detuvo cerca de la casa, justo detrás de la segunda señal de cambio. Era un Mini Cooper último modelo, rojo brillante con rayas blancas, recién lustrado, con los cromados relucientes y la capota bajada. Meredith se revolvió ligeramente en su asiento al ver el vehículo. Hizo que tomase conciencia del coche en el que había llegado, un viejo Polo que se mantenía unido de milagro con cinta para embalar, y cuyo asiento de copiloto estaba empezando a verse inundado por una especie de fango de chocolate derretido del pastel que había preparado.

En aquel momento, el pastel le pareció un regalo realmente ridículo. Tendría que haber escuchado a su madre, algo que no solía hacer. Entonces recordó que, cuando Meredith se quejaba de esa buena mujer, Jemima siempre le decía: «Al menos tú tienes una madre». Sintió, como una punzada en el corazón, la echaba de menos, de modo que reunió valor, cogió el pastel ladeado y se dirigió hacia la puerta de la casa. No hacia la puerta principal, que nunca había utilizado, sino a la puerta de atrás, la que comunicaba el cuarto de lavado con un espacio abierto entre la casa, el granero, un pequeño sendero y el prado del este.

Golpeó la puerta, pero nadie respondió. Tampoco logró respuesta alguna cuando dijo: «¿Jem? ¿Hola? ¿Dónde estás, cumpleañera?». Estaba pensando en entrar en la casa -nadie cerraba las puertas con llave en esta parte del mundo- y dejar el pastel acompañado de una nota cuando oyó que alguien decía:

– ¿Hola? ¿Puedo ayudarla? Estoy aquí.

No era Jemima. Meredith lo supo al instante por la voz sin necesidad de darse la vuelta. Pero lo hizo y fue para ver a una joven rubia que llegaba desde el granero, sacudiendo un sombrero de paja que luego se colocó en la cabeza mientras se acercaba.

– Lo siento -dijo-. Tenía problemas con los caballos. Es algo muy extraño: por alguna razón, este sombrero parece asustarlos, de modo que me lo quito cuando me acerco al prado.

Meredith pensó que tal vez esa mujer era alguien a quien Gordon y Jemima habían contratado. Por ley se les permitía tener ponis salvajes, y también debían cuidar de ellos si, por alguna razón, los animales no podían pastar libremente en el Forest. El trabajo de Gordon y el de Jemima los mantenía ocupados, así que no estaba completamente fuera de lugar que tuvieran que contratar a alguien en el caso de que se viesen obligados a mantener a los ponis dentro de la finca. Aunque… aquella mujer no parecía una moza de cuadra. Cierto, llevaba vaqueros, pero era el tipo de prenda de diseño que usan los famosos, algo que se ceñía a sus curvas. Calzaba botas, pero eran de cuero brillante y muy elegantes, no eran como las que se empleaban para meterse en el barro. Llevaba puesta una camisa de trabajo, pero con las mangas enrolladas mostrando los brazos bronceados y el cuello levantado que mostraba el rostro. Era como la «imagen» de una mujer de campo, no una auténtica mujer de campo.

– Hola -Meredith se sintió torpe y desgarbada. Las dos mujeres eran de la misma altura, pero allí se terminaban todas las semejanzas. Meredith no estaba vestida como esta visión de la-vida-en-Hampshire que se acercaba hacia ella. Con el caftán que cubría su cuerpo como una mortaja, se sentía como una jirafa-. Lo siento, creo que le he bloqueado la salida -dijo, señalando el coche con la cabeza.

– No hay problema -contestó la mujer-. No pienso ir a ninguna parte.

– ¿No…? -Meredith no había pensado que Jemima y Gordon pudieran haberse mudado de casa, pero ése parecía ser el caso-. ¿Gordon y Jemima ya no viven aquí? -preguntó.

– Gordon desde luego que sí -dijo la mujer-. Pero ¿quién es Jemima?

Al analizar todo lo que le ocurrió a John Dresser se debe comenzar por el canal. En el siglo xix, como parte del medio de transporte de mercancías de una zona a otra del Reino Unido, se construyó la sección específica del Midlands Tran-Country Canal que separaba la ciudad en dos, de modo tal que creaba una clara división entre áreas socioeconómicas. Un poco más de un kilómetro de su extensión discurre a lo largo del límite septentrional de la zona de Gallows. Como sucede con la mayoría de los canales en Gran Bretaña, un camino de sirga permite que ciclistas y peatones accedan al canal, y diferentes clases de viviendas lindan con esa vía navegable.

Uno podría albergar imágenes románticas evocadas por la palabra «canal» o por la vida en el canal, pero hay muy pocas cosas románticas en el tramo del Midlands Tran-Country Canal que fluye justo al norte de Gallows. Es una cinta de agua grasienta despoblada de patos, cisnes o cualquier otra clase de vida acuática, y tampoco hay carrizos, sauces, flores silvestres o hierbas que crezcan junto al camino de sirga. Lo que se balancea habitualmente en las orillas del canal es basura, y sus aguas desprenden un olor fétido que sugiere que hay conductos de desagüe en mal estado.

El canal ha sido utilizado durante años por los residentes de la zona de Gallows como el lugar ideal para arrojar objetos demasiado voluminosos para que se los llevasen los camiones de basura. Cuando Michael Spargo, Reggie Arnold e Ian Barker llegaron allí, a las nueve y media de la mañana aproximadamente, encontraron un carrito de la compra en el agua y comenzaron a utilizarlo como blanco al que lanzaron piedras, botellas y ladrillos encontrados en el camino de sirga. La idea de ir al canal parece haber sido de Reggie, rechazada al principio por Ian, quien acusó a los otros dos chicos de querer ir a ese lugar «para masturbarse mutuamente o hacerlo como los perros», un comentario que puede ser considerado como una aparente referencia a actos que él mismo había presenciado en el dormitorio que se veía obligado a compartir con su madre. Ian también parece haber molestado repetidamente a Michael con respecto a su ojo derecho, según la declaración de Reggie. (Los nervios de la mejilla de Michael habían resultado dañados como consecuencia del empleo de fórceps durante el parto y tenía el ojo derecho caído, y no parpadeaba de forma coordinada con su ojo izquierdo.) Pero Reggie señala que él se encargó de «poner en su sitio a Ian» y los tres chicos siguieron con sus cosas.

Como los jardines traseros de las casas están separados del camino de sirga sólo por unas cercas de madera, los chicos pudieron acceder sin problemas a las propiedades donde estas cercas estaban en mal estado. Una vez que agotaron las posibilidades que representaba el lanzamiento de diversos objetos contra el carrito de la compra, los tres decidieron vagabundear por el camino y hacer gamberradas allí donde se les presentase la ocasión: quitaron la colada recién colgada en una cuerda tendida detrás de una casa y la lanzaron al canal; en otra casa encontraron una cortadora de césped («Pero estaba oxidada», explica Michael) y también la lanzaron al agua.

Tal vez el carrito de bebé les dio la última idea. Lo encontraron junto a la puerta trasera de otra de las casas. A diferencia de la cortadora de césped, el cochecito no sólo era nuevo, sino que llevaba sujeto un globo de helio azul metalizado. En el globo podía leerse «¡Es un niño!», y los chicos se dieron cuenta de que esas palabras se referían a un recién nacido.

El carrito del bebé resultaba más difícil de transportar porque en ese lugar en concreto la cerca de madera no estaba rota. De modo que sugiere una especie de agravamiento el hecho de que dos de los chicos (Ian y Reggie, según Michael; Ian y Michael, según Reggie; Reggie y Michael, según Ian) saltaran la cerca, robaran el carrito, lo pasaran por encima de la cerca y se alejaran con él por el camino de sirga. Allí, los chicos fueron dándose empellones a lo largo de un centenar de metros antes de cansarse de este juego y lanzar el carrito al canal.

La entrevista con Michael Spargo indica que, en este punto, Ian Barker dijo: «Es una lástima que no hubiera un bebé dentro. Eso habría provocado una salpicadura genial, ¿verdad?». Ian Barker niega haber dicho tal cosa y, cuando se le preguntó, Reggie Arnold se puso histérico y comenzó a chillar: «¡No había ningún bebé! ¡Mamá, no había ningún bebé!».

Según Michael, Ian continuó hablando acerca de «qué malo sería conseguir un bebé en alguna parte». Ellos podrían, sugirió Ian, llevarlo «a ese puente que hay en West Town Road y podríamos lanzarlo de cabeza y ver cómo revienta. Habría sangre y cerebro saliendo por todas partes. Eso fue lo que dijo», informa Michael. Michael continúa insistiendo en que él se opuso totalmente a esa idea, como si supiera adónde conduce su entrevista con la Policía cuando llegan a este tema. Los chicos, finalmente, se cansan de jugar en los alrededores del canal, informa Michael. Ian Barker, dice la Policía, fue quien sugiere que «se largaran de allí» y fueran a Barriers.

Debería señalarse que ninguno de los chicos niega haber estado en Barriers aquel día, si bien los tres cambian repetidamente sus historias cuando se trata de explicar qué hicieron cuando llegaron allí.

West Town Arcade ha sido conocida como Barriers desde hace tanto tiempo que la mayoría de la gente no tiene idea de que esa galería comercial tiene en realidad otro nombre. En los primeros tiempos de su vida comercial tuvo este apelativo porque se extiende limpiamente entre el mundo desolado de Gallows y una ordenada cuadrícula de viviendas independientes y semiindependientes ocupadas por familias trabajadoras de clase media. Estas construcciones comprenden los edificios de apartamentos de Windsor, Mountbatten y Lyon.

Aunque hay cuatro entradas diferentes para acceder a la zona de Barriers, las dos que se utilizan más comúnmente son las que permiten el acceso de los residentes de Gallows y de Windsor. En estas entradas, las tiendas son indicativas de modo bastante deprimente de la clase de clientes que esperan. Por ejemplo, en la entrada de Gallows encontramos una casa de apuestas deportivas de la cadena William Hill, dos tiendas con licencia para la venta de bebidas alcohólicas, un estanco, un «todo a cien» y varios establecimientos de comida para llevar que ofrecen patatas fritas y pescado, patatas asadas y pizza. En la entrada de Windsor, por otra parte, uno puede comprar en Marks & Spencer, Boots, Russell & Bromley, Accesorize, Ryman's y en tiendas independientes que ofrecen artículos de lencería, chocolates, té y prendas de vestir. Si bien es verdad que nada impide que alguien entre por la puerta de Gallows y recorra la galería comercial para hacer sus compras donde le apetezca, la implicación es clara: si eres pobre, recibes una prestación social o perteneces a la clase trabajadora, es probable que estés interesado en gastarte los cuartos en comida con alto contenido de colesterol, tabaco, alcohol o apuestas.

Los tres chicos coinciden en que cuando llegaron a Barriers se dirigieron a la galería de vídeos que allí hay. No tenían dinero, pero eso no les impidió «conducir» el jeep en el videojuego Let's go jungle o «pilotar» el Ocean Hunter en la caza de tiburones. Cabe señalar que los videojuegos participativos sólo permitían la intervención de dos jugadores por vez. Aunque, como se ha señalado previamente, los chicos no tenían dinero, cuando simulaban jugar eran Michael y Reggie quienes manejaban los controles; dejaban a Ian fuera. Éste sostiene que no le molestó tal exclusión, y los tres chicos declararon que no les preocupaba el hecho de no tener dinero para gastar en el salón de video-juegos, pero no se puede dejar de especular que quizás el día se hubiera desarrollado de un modo diferente si los chicos hubiesen sido capaces de sublimar sus tendencias patológicas a través de la participación en algunas de las actividades violentas suministradas por los videojuegos que encontraron, pero no pudieron usar. (No es mi intención insinuar en este punto que los videojuegos pueden o debieran ocupar el lugar de la educación de los hijos; pero, como una salida para chicos con recursos limitados e incluso una deficiente percepción de su disfunción individual, podrían haber sido útiles.)

Sin embargo, lamentablemente, su permanencia en el salón de videojuegos se acabó abruptamente cuando un guardia de seguridad advirtió su presencia y les obligó a marcharse de allí. Aún estaban en horario escolar (las cámaras de videovigilancia muestran que eran las diez y media) y el guardia les dijo que llamaría a la Policía, al colegio o al encargado de buscar a los alumnos que hacen novillos si volvía a verlos en el centro comercial. Durante su entrevista con la Policía, el guardia declaró que «nunca volvió a ver a los pequeños gamberros», pero esta afirmación parece más un esfuerzo por aliviar su culpa y responsabilidad que la verdad. Los chicos no hicieron nada para ocultarse de él una vez que abandonaron el salón de videojuegos, y si él hubiese cumplido su amenaza los chicos nunca se hubiesen encontrado con el pequeño John Dresser.

John Dresser -o Johnny, como le llamó la prensa sensacionalista- tenía veintinueve meses. Era el único hijo de Alan y Donna Dresser, y los días laborables quedaba normalmente al cuidado de su abuela de cincuenta y ocho años. Caminaba perfectamente bien, pero como sucede con muchos niños pequeños era lento en el desarrollo del lenguaje. Su vocabulario consistía en «mami», «pa» y «Lolly» (el perro de la familia). No podía decir su propio nombre.

Aquel día, su abuela había viajado a Liverpool a visitar a un especialista para consultarle acerca de sus problemas de visión. Como no podía conducir, su esposo se encargó de llevarla en coche. Esta circunstancia hizo que Alan y Donna Dresser se encontrasen sin nadie que cuidase del niño, y cuando eso ocurría (como sucedía de vez en cuando) su costumbre era turnarse para cuidar de John, ya que a ninguno de los dos les resultaba fácil tomarse tiempo libre en el trabajo para ocuparse de su hijo. (En aquel momento, Donna Dresser era profesora de Química en un instituto de enseñanza secundaria, y su esposo era abogado especializado en la venta de propiedades). Según la opinión general eran unos padres excelentes, y la llegada de John a sus vidas había sido un acontecimiento muy deseado. A Donna Dresser no le había resultado fácil quedarse embarazada y, durante todo el embarazo, había tomado las máximas precauciones para asegurar el nacimiento de un niño sano. Aunque fue criticada por ser una madre trabajadora que permitió que su esposo cuidase de su hijo ese día en particular, no debería presumirse que no fuera una madre devota.

Alan Dresser llevó a su hijo a la galería comercial Barriers al mediodía. Utilizó la sillita de paseo del niño y recorrió a pie el kilómetro que separaba su casa del lugar. Los Dresser vivían en los edificios de Hountbatten, el vecindario más acomodado de los tres que rodeaban Barriers y el que se encontraba más alejado de la galería comercial. Antes de que John naciera, sus padres habían comprado allí un piso de tres habitaciones, y el día de la desaparición de John aún estaban renovando uno de los dos cuartos de baño. En su declaración a la Policía, John Dresser explica que fue a Barriers porque su esposa le había pedido que consiguiera muestras de pintura en Stanley Wallinford's, una tienda de bricolaje que estaba no muy lejos del centro comercial. También dice que quería «un poco de aire libre para el niño y para mí», un deseo razonable si se tienen en cuenta los trece días de mal tiempo que habían precedido a esta salida.

Está claro que, en algún momento mientras estaban en Stanley Wallinford's, Alan Dresser le prometió a John un festín en McDonald's. Éste parece haber sido, al menos en parte, un intento de calmar al niño, un hecho que más tarde el empleado de la tienda verificó ante la Policía, ya que John estaba inquieto, molesto en su sillita de paseo, y resultaba difícil mantenerle ocupado mientras su padre elegía las muestras de pintura y hacía algunas compras relacionadas con la renovación del baño. Para cuando Dresser llevó al pequeño John al McDonald's, el niño estaba irritable y hambriento, y el propio Dresser tenía los nervios a flor de piel. Guiar a su hijo no era algo que le resultase natural y no se abstenía de «calentarle el trasero» cuando John no se comportaba bien en público. El hecho de que, efectivamente, fuese visto fuera del McDonald's propinándole a su hijo un fuerte golpe en las nalgas provocó a la postre un retraso en la investigación una vez que John desapareció, si bien es poco probable que incluso una búsqueda inmediata del niño hubiese alterado el resultado final del día.

Aun cuando durante su interrogatorio Ian Barker afirma que no le importó quedar excluido de la participación imaginaria en los videojuegos, Michael Spargo evidentemente dio por sentado que esta exclusión del juego impulsó a Ian a «ir con el soplo al guardia de seguridad de lo que Reg y yo estábamos haciendo», una acusación que Ian negó con vehemencia. Sin embargo, aunque llamaron la atención del guardia, escaparon a su vigilancia cuando entraron en la tienda de «todo a cien».

Incluso a día de hoy, este establecimiento está lleno de artículos y ofrece de todo, desde ropa hasta té. Sus pasillos son estrechos, las estanterías son altas, los cajones metálicos son una mezcolanza de calcetines, pañuelos de cuello, guantes y bragas. Allí venden artículos con tara, falsificados, de segunda mano y mal etiquetados, y productos importados de China. Resulta imposible saber cómo se gestiona el control de las existencias, aunque el propietario parece haber perfeccionado un sistema mental que tiene en cuenta todos los artículos expuestos.

Michael, Ian y Reggie entraron en la tienda con la intención de robar, quizá como una forma de compensar el disgusto que sentían por haber sido obligados a abandonar el salón de videojuegos. Aunque la tienda contaba con dos cámaras de seguridad, ese día no estaban operativas y llevaban así al menos dos años. Este hecho era ampliamente conocido por los chicos del vecindario, quienes hacían frecuentes visitas a la tienda. Ian Barker se encontraba entre los visitantes más regulares, ya que su dueño fue capaz de nombrarlo, aunque no conocía su apellido.

Mientras estaban en la tienda, los chicos consiguieron robar un cepillo para el pelo, una bolsa de galletas de Navidad y un paquete de rotuladores, pero la facilidad con la que habían desarrollado esta actividad no satisfizo su necesidad de comportamiento antisocial, o bien el momento careció de la adecuada excitación, de modo que al marcharse de la tienda fueron a un puesto de bocadillos en el centro de la galería comercial; su propietario, un sij de cincuenta y siete años llamado Wallace Gupta, conocía bien a Reggie Arnold. La entrevista al señor Gupta -que tuvo lugar dos días después de los hechos y, en consecuencia, resulta un tanto sospechosa- indica que les dijo a los chicos que se largasen de allí inmediatamente, amenazándolos con el guardia de seguridad y siendo calificado a su vez de «paki», «cabrón», «maricón», «gilipollas» y «cabeza de toalla». Cuando los chicos se negaron a abandonar el lugar con la rapidez que deseaba, el señor Gupta cogió de debajo de la caja registradora una botella con rociador en la que guardaba lejía, la única arma que tenía para defenderse o para estimular la cooperación de los chicos. La reacción de éstos, según declaró Ian Barker con un considerable grado de orgullo, fue echarse a reír. A continuación se apropiaron de cinco bolsas de patatas fritas (una de las cuales fue encontrada más tarde en una obra en construcción de Dawkins); tal acción obligó al señor Gupta a cumplir con su amenaza. Roció a los chicos con la lejía: alcanzó a Ian Barker en la mejilla y el ojo; a Reggie Arnold, en los pantalones; y a Michael Spargo, en los pantalones y el anorak.

Aunque tanto Michael como Reggie comprendieron de inmediato que sus pantalones del colegio estaban arruinados, su reacción ante el ataque del señor Gupta contra ellos no fue, aparentemente, tan feroz como la de Ian. «Quería coger a ese paki», declaró Reggie Arnold al ser interrogado por la Policía. «Se puso como loco. Quería destrozar el quiosco, pero yo le detuve, sí señor», una afirmación no ratificada por ninguno de los actos posteriores.

Es probable, no obstante, que Ian estuviese dolorido por la lejía, y, como carecía de cualquier respuesta al dolor que fuese socialmente aceptable (no parece probable que los chicos buscasen unos lavabos públicos donde poder lavar la lejía del rostro de Ian), reaccionara culpando a Reggie y Michael de su situación.

Quizá como una forma de desviar la ira de Ian y evitar al mismo tiempo una paliza, Reggie señaló hacia Jones-Carver, la tienda de animales y de artículos para mascotas, en cuyo escaparate tres gatitos persas jugaban sobre unas plataformas cubiertas de moqueta. El relato de Reggie se vuelve confuso en este punto, cuando la Policía le preguntó qué fue lo que le atrajo hacia los gatitos. Algo más tarde acusó a Ian de sugerir el robo de uno de los pequeños felinos «para divertirse un poco». Ian negó este extremo durante el interrogatorio, pero Michael Spargo declaró que el otro chico dijo que podrían cortarle la cola al gato o «clavarlo a una madera, como a Jesús» y «él pensó que eso sería muy cruel». Naturalmente, es difícil saber a ciencia cierta quién sugirió qué en este punto, ya que a medida que las historias de los chicos les acercan a John Dresser se vuelven progresivamente menos claras.

Lo que se sabe es esto: los gatitos en cuestión no estaban fácilmente al alcance de nadie, puesto que se encontraban encerrados dentro del escaparate, debido a su valor. Pero delante del escaparate estaba Tenille Cooper, de cuatro años, que contemplaba los gatitos mientras su madre compraba comida para perros a unos metros de distancia. Tanto Reggie como Michael -que fueron entrevistados por separado y en presencia de uno de sus padres y un asistente social- coinciden en señalar que Ian Barker cogió a la pequeña Tenille de la mano y anunció: «Esto es mejor que un gato, ¿no?», con la evidente intención de marcharse con la niña. Pero su intento fue frustrado por la madre de la pequeña, Adrienne, que detuvo a los chicos y, con visible irritación, comenzó a interrogarles, preguntándoles por qué no estaban en clase, y los amenazó con llamar no sólo al guardia de seguridad, sino también al encargado de buscar a los alumnos que hacen novillos y a la Policía. Ella, por supuesto, fue fundamental en la identificación posterior de los chicos, pues seleccionó fotografías de los tres de entre sesenta fotos que le mostraron en la comisaría.

Debe añadirse que si Adrienne Cooper hubiese acudido de inmediato al guardia de seguridad es probable que John Dresser jamás hubiese llamado la atención de los chicos. Pero su fallo -si es que puede siquiera llamarse fallo, pues ¿cómo podía imaginar ella el horror que se produciría más tarde?- es insignificante comparado con el de aquellas personas que luego vieron a un John Dresser cada vez más angustiado en compañía de los tres chicos y, sin embargo, no emprendieron ninguna acción, ya fuese para alertar a la Policía o bien para quitarles al niño.

Capítulo 2

– Supongo que está enterada de lo que le ocurrió al inspector Lynley, ¿no es así? -preguntó Hillier.

Isabelle Ardery evaluó al hombre además de la pregunta antes de darle una respuesta. Estaban en el despacho de Hillier en New Scotland Yard, donde las filas de ventanas daban a los tejados de Westminster y algunas de las propiedades inmobiliarias más caras del país. Sir David Hillier estaba de pie detrás de su inmenso escritorio con aspecto pulcro y en notable buena forma para un hombre de su edad. Calculó que debía tener poco más de sesenta años.

Ante la insistencia de Hillier, ella estaba sentada, un hecho que consideró muy inteligente de su parte. Quería que sintiese su autoridad ante la eventualidad de que ella pudiese considerarse superior. Se refería a algo físico, por supuesto. Era poco probable que ella pudiese inferir que tenía alguna otra clase de ascendiente sobre el subinspector jefe de la Policía Metropolitana. Era casi siete centímetros más alta que él -incluso más si llevaba tacones-, pero allí terminaba toda su ventaja.

– ¿Se refiere a la esposa del inspector Lynley? Sí. Sé lo que le ocurrió. Yo diría que todos en el cuerpo saben lo que pasó. ¿Cómo está él? ¿Dónde está?

– Según mis informaciones, aún se encuentra en Cornualles. Pero el equipo quiere que regrese, y usted se dará cuenta de inmediato. Havers, Nkata, Hale… Todos ellos. Incluso John Stewart. Desde los detectives hasta los empleados del archivo. Todos. Los conserjes también, no tengo ninguna duda. Lynley es muy popular.

– Lo sé. Le conozco. Es todo un señor. Ésa sería la palabra, ¿no cree? «Señor».

Hillier la miró de un modo que no le gustó mucho, sugiriendo que tenía algunas ideas respecto adonde y cómo había conocido al detective inspector Thomas Lynley. Ella consideró la posibilidad de darle una explicación sobre ese asunto, pero rechazó la idea. Que el hombre pensara lo que quisiera. Ella tenía la oportunidad de conseguir el trabajo que deseaba y lo único que importaba era demostrarle que merecía ser nombrada superintendente «permanente» y no sólo «interina».

– Son profesionales, todos ellos. No convertirán su vida en una pesadilla -dijo Hillier-. Aun así, hay fuertes lazos de lealtad entre ellos. Algunas cosas tardan en morir.

Y algunas nunca mueren, pensó ella. Se preguntó si Hillier tenía intención de sentarse o si esta entrevista se llevaría a cabo en la modalidad director/alumno recalcitrante que la presente posición parecía indicar. Se preguntó asimismo si habría dado un paso en falso al aceptar sentarse, pero tenía la impresión de que Hillier había hecho un gesto inconfundible señalando una de las dos sillas colocadas delante de su escritorio, ¿o no era así?

– … no le causará ningún problema. Es un buen hombre -continuó diciendo Hillier-. Pero John Stewart es otra historia. Él sigue queriendo ocupar el puesto de superintendente, y no se lo tomó muy bien cuando no fue nombrado comisario permanente al acabar su periodo de prueba.

Isabelle volvió a concentrarse en la conversación con un respingo mental. La mención del nombre del inspector John Stewart le confirmó que Hillier había estado hablando de los otros policías que habían trabajado temporalmente en el puesto de inspector. Llegó a la conclusión de que había estado hablando de los oficiales internos. Hacer mención a aquellos que, como ella, se habían presentado a una audición -no había otra palabra para ello- de manera externa a la Policía Metropolitana no habría tenido ningún sentido, ya que era muy poco probable que se topase con alguno de ellos en uno u otro de los interminables pasillos con piso de linóleo de Tower Block o Victoria Block. El inspector John Stewart, por otra parte, sería uno de los integrantes de su equipo. Tendría que limar asperezas con él. Este no era uno de sus puntos fuertes, pero haría todo lo posible.

– Entiendo -le dijo a Hillier-. Iré con cuidado con el inspector Stewart. Iré con cuidado con todos ellos.

– Muy bien. ¿Ya se ha instalado? ¿Cómo están los niños? ¿Mellizos, verdad?

Ella hizo una mueca como uno haría normalmente cuando se menciona a «los hijos» y se obligó a pensar en ellos exactamente de ese modo, entre comillas. Las comillas los mantenían a distancia de sus emociones, en el lugar donde los necesitaba.

– Hemos decidido -dijo-, su padre y yo, que por ahora estarán mejor con él, ya que estoy aquí en periodo de prueba. Bon no está lejos de Maidstone, tiene una encantadora propiedad en el campo y, como son las vacaciones de verano, nos pareció que lo más razonable era que viviesen con su padre durante un tiempo.

– Imagino que no es fácil para usted -observó Hillier-. Los echará de menos.

– Estaré ocupada -dijo ella-. Y ya sabe cómo son los chicos. ¿A los ocho años? Necesitan supervisión y mucha. Considerando que Bob y su esposa están en casa, podrán controlarlos mucho mejor que yo, me temo. Todo irá bien.

Hizo que la situación pareciera ideal: ella trabajando duramente en Londres, mientras Bob y Sandra respiraban generosas cantidades de aire puro en el campo, todo el tiempo mimando a los chicos y alimentándolos con pasteles de pollo caseros rellenos con productos orgánicos y servidos con leche helada. Y, la verdad sea dicha, ese cuadro no estaba demasiado alejado de cómo sería probablemente la vida en la casa. Sandra era una mujer encantadora a su manera, si bien un poco demasiado relamida para el gusto de Isabelle. Ella tenía dos hijos de su anterior matrimonio, pero eso no significaba que no dispusiera de espacio en su hogar y en su corazón para los hijos de Isabelle. Porque los hijos de ésta eran también los hijos de Bob, y él era un buen padre y siempre lo había sido. Robert Ardery siempre estaba atento a todo lo que ocurría a su alrededor. Hacía las preguntas adecuadas en el momento oportuno y jamás profería una amenaza que no sonara como algo inspirado que se le acababa de ocurrir.

Hillier parecía estar leyéndole el pensamiento, o al menos lo intentaba, pero Isabelle sabía que ella era un duro rival para los esfuerzos de cualquiera que quisiera atisbar más allá del papel que representaba. Había elevado a la categoría de arte virtual el hecho de parecer tranquila, controlada y absolutamente competente, y esta fachada le había servido tan bien durante tantos años que ahora ya era una costumbre arraigada utilizar su personaje profesional como si fuese una cota de malla. Ése era el resultado de tener ambición en un mundo dominado por los hombres.

– Sí -Hillier prolongó la palabra, haciendo de ella menos una confirmación que una conjetura-. Tiene razón, por supuesto. Es bueno también que mantenga con su ex esposo una relación civilizada. Diez puntos por ello. No debe de ser fácil.

– Los dos hemos intentado conservar la cordialidad a lo largo de los años -le explicó Isabelle, nuevamente con esa, mueca en los labios-. Parecía lo mejor para los chicos. ¿Padres enfrentados? Esa situación nunca es buena para nadie.

– Me alegra oírlo, me alegra oírlo. -Hillier desvió la mirada hacia la puerta del despacho como si esperase que entrara alguien. Nadie lo hizo. Parecía intranquilo. Isabelle no consideró que fuese una mala señal. La intranquilidad podía jugar a su favor. Esa actitud sugería que Hillier no era un hombre tan dominante como él pensaba-. Supongo -dijo con el tono de voz de un hombre que da por terminada una entrevista- que le gustaría conocer a los miembros de su equipo. Ser presentada formalmente. Manos a la obra.

– Sí -afirmó ella-. Mi intención es hablar individualmente con cada uno de ellos.

– Nunca mejor que ahora -respondió Hillier con una sonrisa-. ¿Quiere que la acompañe abajo?

– Encantada. -Isabelle le sonrió a su vez y sostuvo la mirada el tiempo suficiente para ver que se sonrojaba. Hillier ya era un hombre de tez rojiza, de modo que se sonrojaba con facilidad. Ella se preguntó cómo sería cuando estaba furioso-. ¿Me permite ir un segundo al lavabo, señor…?

– Por supuesto -dijo él-. Tómese su tiempo.

En realidad era lo último que quería que hiciera. Isabelle se preguntó si lo hacía a menudo, usar frases vacías de significado. No era que importase, ya que no tenía ninguna intención de pasar mucho tiempo con ese hombre. Pero siempre resultaba útil saber cómo funcionaba la gente.

La secretaria de Hillier -una mujer de aspecto serio con cinco desafortunadas verrugas faciales que necesitaban una exploración dermatológica- le indicó a Isabelle dónde estaba el lavabo de señoras. Una vez dentro se aseguró de que no hubiera nadie más allí. Entró en el compartimiento más alejado de la puerta y se sentó en el retrete. Pero era sólo para cubrir las apariencias. Su verdadero propósito estaba dentro de su bolso.

Encontró la pequeña botella que había cogido en el avión donde la había guardado, la abrió y bebió su contenido en dos rápidos tragos. Vodka. Sí. Era justo lo que necesitaba. Esperó unos minutos hasta sentir que el alcohol surtía efecto.

Luego salió del compartimiento y fue al lavamanos, donde buscó en el bolso el cepillo y la pasta de dientes. Se cepilló a fondo, los dientes y la lengua.

Cuando acabó, ya estaba preparada para enfrentarse al mundo.

El equipo de detectives a los que supervisaría trabajaban en un espacio reducido, de modo que Isabelle se reunió primero con todos ellos. Se mostraron cautelosos y ella también. Era algo natural y no se sintió molesta por la situación. Hillier se encargó de hacer las presentaciones y luego enumeró sus antecedentes de forma cronológica: oficial de enlace con la comunidad, Robos, Antivicio, Investigación de Incendios Provocados y, en fecha más reciente, el MCIT [3]. Hillier no incluyó el tiempo que había pasado en cada uno de esos puestos. Ella avanzaba por el carril rápido y el equipo lo averiguaría calculando su edad, treinta y ocho años, aunque le gustaba pensar que parecía más joven, el resultado de haber permanecido prudentemente alejada del tabaco y el sol durante la mayor parte de su vida.

La única persona que pareció impresionada con su currículo fue la secretaria del departamento, una chica que parecía una aspirante a princesa llamada Dorothea Harriman. Isabelle se preguntó cómo una mujer joven podía tener ese aspecto con lo que debía ganar a final de mes. Pensó que Dorothea encontraba esas prendas en tiendas de beneficencia en las que se pueden descubrir tesoros atemporales si uno persevera, que tenía ojo para detectar los artículos de calidad y buscaba con suficiente dedicación.

Les dijo a los miembros del equipo que le gustaría hablar personalmente con cada uno de ellos. En su despacho, añadió. Hoy. Le gustaría saber en qué estaban trabajando actualmente, dijo, de modo que traed vuestras notas.

Fue exactamente como había esperado. El inspector Philip Hale se mostró cooperativo y profesional, con una actitud tranquila que Isabelle no podía reprocharle, con las notas preparadas: actualmente trabajaba con el CPS [4] en la preparación de un caso relacionado con el asesinato en serie de varones adolescentes. No tendría ningún problema con él. No había solicitado el puesto de comisario y parecía sentirse muy satisfecho con el lugar que ocupaba en el equipo.

El inspector John Stewart era otra cosa. Era un hombre muy nervioso, o eso parecían indicar sus uñas, mordidas, y la atención centrada sobre sus pechos quizá señalaran una forma de misoginia que Isabelle detestaba especialmente. Pero podía manejarle. Él la llamó «señora». Ella le dijo que «jefa» era suficiente. Él dejó pasar un momento antes de hacer el cambio. Isabelle dijo: «no pienso tener problemas con usted, John. ¿Usted piensa tener problemas conmigo?». Él contestó: «No, no, en absoluto, jefa». Pero ella sabía que no lo decía en serio.

Luego conoció al sargento Winston Nkata. El hombre despertó su curiosidad. Muy alto, muy negro, con una cicatriz en la cara a raíz de una pelea callejera de adolescencia, era puro Antillas pasado por el sur de Londres. Un exterior duro, pero había algo en sus ojos que sugería que el interior de ese hombre albergaba un corazón tierno que esperaba ser tocado. No le preguntó la edad, pero calculó que tendría unos veintipocos. Era uno de dos hermanos que eran las dos caras de una moneda: su hermano mayor estaba en prisión por asesinato. Eso, decidió Isabelle, convertía al sargento en un policía motivado, con algo que demostrar. Lo que le gustó.

No fue, sin embargo, el caso de la sargento Barbara Havers, la última integrante del equipo. Havers entró en el despacho con aire indolente -Isabelle decidió que no había absolutamente ninguna otra palabra para describir la forma en que se presentó la mujer-, apestando a humo de cigarrillo. Al hombro llevaba colgado un bolso del tamaño de un camión. Isabelle sabía que Havers había sido la compañera de Lynley durante varios años antes de la muerte de la esposa del inspector. Ella ya conocía a la sargento y se preguntó si Havers se acordaría.

Efectivamente.

– El asesinato Fleming -dijo Havers en cuanto estuvieron solas-. En Kent. Usted se encargó de la investigación del incendio provocado.

– Buena memoria, sargento -le dijo Isabelle-. ¿Puedo preguntarle qué les pasó a sus dientes? No los recuerdo así.

Havers se encogió de hombros.

– ¿Puedo sentarme o qué? -preguntó la sargento.

– Por favor -dijo Isabelle.

Había estado dirigiendo estas entrevistas del mismo modo que el subinspector jefe Hillier -aunque estaba sentada, no de pie, detrás de su escritorio-, pero en este caso se levantó y se acercó a una pequeña mesa de conferencias indicándole a la sargento Havers que se acercara. No quería establecer ningún vínculo con ella, pero sabía la importancia de mantener con aquella mujer una relación diferente de la que tenía con los demás miembros del equipo. Esta decisión tenía más que ver con que la sargento había sido compañera de Lynley que con el hecho de que ambas fuesen mujeres.

– ¿Sus dientes? -volvió a preguntar Isabelle.

– Me metí en una especie de conflicto -dijo Havers.

– ¿De verdad? No parece usted la clase de persona que se mete en una pelea -observó Isabelle y, aunque esto era cierto, también era verdad que Havers parecía exactamente la clase de persona que se defiende si le propinan un puñetazo, lo que aparentemente era la causa de que sus dientes delanteros presentaran ese estado, o sea, que estaban rotos de mala manera.

– Al tío no le gustó la idea de que le echara a perder el secuestro de un crío -dijo Havers-. Y dimos, él y yo. Un poco con los puños, un poco con los pies, y mi cara chocó contra el suelo. Era de piedra.

– ¿Fue el año pasado? ¿Mientras estaba de servicio? ¿Por qué no ha hecho que le arreglasen la dentadura? No ha habido problemas con la paga en la Metropolitana, ¿verdad?

– He estado pensando que los dientes rotos le dan carácter a mi rostro.

– Ah. ¿Con eso debo suponer que se opone a la odontología moderna? ¿O es que acaso tiene miedo a los dentistas, sargento?

Havers meneó la cabeza.

– Tengo miedo de convertirme en una belleza, y no me acaba de gustar la idea de rechazar a multitud de admiradores. Además, el mundo está lleno de gente con dentaduras perfectas. Me gusta ser diferente.

– ¿De verdad? -Isabelle decidió ser más directa con Havers-. Entonces eso debe explicar su forma de vestir. ¿Nadie le ha hecho nunca alguna observación sobre su ropa, sargento?

Havers cambió de posición en su asiento. Cruzó una pierna sobre la rodilla de la otra, exhibiendo -que Dios nos ayude, pensó Isabelle- una zapatilla deportiva rojo brillante de caña alta y unos centímetros de calcetín morado. A pesar del horrible calor del verano había combinado este elegante uso del color con pantalones de pana verdes y un suéter marrón. Esta última prenda estaba decorada con hilachas. La sargento tenía el aspecto de alguien que participaba en una investigación que abordara los horrores de la vida como refugiado.

– Con el debido respecto, jefa -dijo Havers aunque su tono sugería cierto resentimiento unido a sus palabras-, aparte del hecho de que el reglamento no le permite criticar mi forma de vestir, no creo que mi aspecto tenga mucho que ver con la forma en que yo…

– De acuerdo. Pero su aspecto tiene que ver con parecer una profesional -le interrumpió Isabelle-, algo que no parece en absoluto en este momento. Permítame que sea franca con usted: reglamento o no, profesional es como espero que sea el aspecto de mi equipo. Le aconsejo que se haga arreglar los dientes.

– ¿Qué, hoy? -preguntó Havers.

¿Había sonado lejanamente insolente? Isabelle entornó los ojos.

– Por favor, no se tome este asunto a la ligera, sargento -contestó-. También le aconsejo que cambie su forma de vestir por algo que sea más apropiado.

– Con el debido respeto otra vez, pero no puede pedirme…

– Es verdad. Tiene razón. Pero no se lo estoy pidiendo. Estoy aconsejando. Estoy sugiriendo. Estoy instruyendo. Todo lo cual, imagino, ya lo ha oído antes.

– No con tantas palabras.

– ¿No? Bueno, pues ahora las está escuchando. ¿Y puede decirme honestamente que el inspector Lynley nunca reparó en su aspecto general?

Havers se quedó en silencio. Isabelle podía asegurar que la mención de Lynley había dado en el clavo. Se preguntó vagamente si Havers había estado -o estaba- enamorada de ese hombre. Parecía algo descabelladamente improbable; ridículo, en realidad. Por otra parte, si los opuestos realmente se atraen, no podía haber dos personas más diferentes que Barbara Havers y Thomas Lynley, a quien Isabelle recordaba como un hombre afable, educado, de voz melosa y extremadamente bien vestido.

– ¿Sargento? ¿Acaso soy la única que…?

– Mire. No soy una persona a la que le gusta ir de compras -dijo Havers.

– Ah. Entonces permítame darle algunos consejos prácticos -dijo Isabelle-. En primer lugar, necesita una falda o unos pantalones que sean adecuados, que estén planchados y que tengan el largo apropiado. Luego una chaqueta que se pueda abotonar por delante. Después, una blusa sin arrugas, medias y un par de zapatos de charol con tacón o zapatos masculinos con cordones y bien lustrados. Esto que le digo no es precisamente neurocirugía, Barbara.

Havers se había estado contemplando el tobillo -oculto, sin embargo, por la parte superior de la zapatilla deportiva-, pero alzó la vista al oír su nombre de pila.

– ¿Dónde? -preguntó.

– ¿Dónde qué?

– ¿Dónde se supone que debo hacer esas compras?

Hizo que la palabra final sonara como si Isabelle le hubiera aconsejado que lamiera la acera.

– Selfridges -contestó Isabelle-. Debenhams. Y si para usted es un plan demasiado inquietante, puede pedirle a alguien que la acompañe. Seguro que tiene una o dos amigas que saben cómo combinar algo que resulte adecuado para llevar en el trabajo. Si no hay nadie disponible puede echarle un vistazo a alguna revista en busca de inspiración. Vogue. Elle.

Havers no parecía satisfecha, aliviada ni nada parecido a una expresión de aceptación. En cambio, su actitud era de abatimiento. Bueno, no había nada que ella pudiera hacer, pensó Isabelle. Toda la conversación podía interpretarse como sexista pero, ¡por Dios!, estaba tratando de ayudar a esa mujer. Con esa idea in mente decidió llegar hasta el fondo de la cuestión.

– Y mientras lo hace, ¿puedo sugerirle que también haga algo con su pelo?

Havers se irritó visiblemente, pero consiguió responder con voz tranquila:

– Nunca he sido capaz de hacer mucho con él.

– Entonces quizás alguien sí pueda. ¿Tiene usted alguna peluquería a la que acuda habitualmente, sargento?

Havers se llevó la mano a los mechones recortados. Su color era bastante decente. Pino sería una manera aproximada de definirlo, pensó Isabelle. Pero no parecían tener estilo alguno. Era obvio que la sargento se había encargado ella misma de cortarse el pelo. Sólo Dios sabía cómo, aunque Isabelle dedujo que la operación incluía el uso de tijeras de podar.

– Bien, ¿la tiene?

– No exactamente -dijo Havers.

– Entonces necesita encontrar una.

Havers movió los dedos de un modo que sugería que quería fumar, haciendo girar entre ellos un cigarrillo invisible.

– ¿Cuándo, entonces? -preguntó.

– ¿Cuándo qué?

– ¿Cuándo se supone que debo llevar a cabo todas sus… sugerencias?

– Ayer, por decirlo suavemente.

– ¿Ahora mismo, quiere decir?

Isabelle sonrió.

– Sargento, veo que será muy buena captando mis matices. Ahora bien -y aquí estaba el quid de la cuestión, la razón por la que Isabelle había hecho que se trasladaran a la mesa de conferencias- cuénteme: ¿qué sabe del inspector Lynley?

– No mucho. -Havers pareció y sonó inmediatamente cautelosa-. Hablé con él un par de veces, eso es todo.

– ¿Dónde está?

– No lo sé -dijo Havers-. Supongo que aún se encuentra en Cornualles. Lo último que supe de él fue que estaba caminando por la costa. Por toda la costa.

– Una buena excursión. ¿Cómo le pareció que se encontraba cuando habló con él?

Havers enarcó sus cejas sin depilar, preguntándose sin duda por la línea de interrogatorio que ahora había iniciado Isabelle.

– Como esperaría encontrar a alguien que tuvo que desconectar a su esposa de la máquina que la mantenía viva. No diría que estaba de buen humor. Creo que lo estaba llevando como podía, jefa. Eso es casi todo.

– ¿Regresará con nosotros?

– ¿Aquí? ¿A Londres? ¿A la Metropolitana? -Havers pareció considerar la situación, y también a Isabelle, mientras su mente evaluaba todas las posibilidades que pudiesen explicar por qué la nueva superintendente interina quería saber cosas del comisario interino anterior-. No quería el trabajo -dijo-. Era sólo algo temporal. No le interesan los ascensos y esas cosas. Él no es así.

A Isabelle no le gustaba que le leyeran el pensamiento. Y mucho menos que lo hiciera otra mujer. Thomas Lynley era efectivamente una de sus preocupaciones. No era reacia a que se reincorporase al equipo, pero si eso ocurría, quería que fuese con su conocimiento previo y con sus condiciones. Lo último que deseaba era que apareciera de pronto y todos le diesen la bienvenida con fervor religioso.

– Estoy preocupada por el bienestar del inspector Lynley, sargento. Si tiene noticias de él, me gustaría saberlo. Sólo saber cómo está. No lo que dice. ¿Puedo confiar en usted?

– Supongo que sí -dijo Havers-. Pero no tendré noticias de él, jefa.

Isabelle pensó que estaba mintiendo en ambas cosas.

* * *

La música hacía el viaje soportable. El calor era intenso porque si bien las ventanillas eran casi del tamaño de pantallas de cine alineadas a ambos lados del vehículo, no podían abrirse. Cada una de ellas tenía un estrecho panel de vidrio en la parte superior y todos estaban abiertos, pero no alcanzaba para mitigar lo que el sol, el clima y los cuerpos humanos inquietos provocaban dentro de ese tubo de acero rodante.

Al menos era un autobús articulado y no uno de esos de dos pisos. Cuando se detenía, se abrían las puertas delantera y trasera, y una bocanada de aire -caliente y sucio pero, aun así, aire renovado- le permitía respirar profundamente y creer que conseguiría sobrevivir al viaje. Las voces dentro de su cabeza continuaban asegurando exactamente lo contrario, diciéndole que necesitaba salir de allí y pronto, porque había trabajo que hacer, y era la poderosa obra de Dios. Pero no podía bajar del autobús, de modo que había echado mano de la música. Cuando logró que llegara a un volumen considerable a través de los auriculares, la música ahogó todos los demás sonidos, incluidas las voces.

Habría cerrado los ojos para perderse en ella: el vuelo del violonchelo y su tono plañidero. Pero tenía que vigilarla y debía estar preparado. Cuando ella hiciera un movimiento para bajar del autobús, él haría lo propio.

Llevaban viajando más de una hora. Ninguno de ellos tendría que haber estado allí. Él tenía su trabajo, igual que ella, y cuando la gente no quería hacer aquello que debía, el mundo se resentía y él tenía que curarlo. De hecho, le habían dicho que tenía que curarlo. De modo que la había seguido, con mucho cuidado, para no ser visto.

Ella había cogido un autobús y luego otro, y ahora estaba utilizando una guía de la ciudad para seguir la ruta. Aquello le confirmó que no estaba familiarizada con la zona que estaban atravesando, una parte de la ciudad que a él le resultaba muy parecida al resto de Londres. Casas de planta baja, tiendas con carteles de plástico mugrientos encima de los escaparates, grafitis que enlazaban las letras y las convertían en palabras absurdas como «chicos pollamuerta», «chaquetrinos» o «porténdulos».

Mientras recorrían la ciudad, en las aceras los turistas se transformaban en estudiantes con mochilas que se convertían en mujeres cubiertas de negro de la cabeza a los pies, con pequeñas aberturas para los ojos, en compañía de hombres cómodamente vestidos con tejanos y camisetas blancas. Y éstos se convertían en chicos africanos que jugaban corriendo en círculos debajo de los árboles en el parque. Y luego, durante un rato, bloques de pisos transformados en una escuela, y ésta, a su vez, disuelta en una colección de edificios de aspecto institucional de los que apartó la vista. Por último, la calle se estrechó; luego describió una curva para entrar en lo que parecía ser un pueblo, aunque él sabía que no era un pueblo en absoluto, sino un lugar que en otro tiempo había sido un pueblo. Era una más de la multitud de comunidades que habían sido engullidas con el paso del tiempo por la masa reptante de Londres.

La calle ascendió una pequeña colina y luego se encontraron entre las tiendas. Aquí las mujeres empujaban carritos de niño y la gente se mezclaba. Los africanos hablaban con los blancos. Los asiáticos compraban carnes halal cuyo consumo estaba permitido por el credo islámico. Pensionistas de la tercera edad bebían café turco en un establecimiento que anunciaba pasteles llegados de Francia. Era un lugar agradable. Hizo que se relajara y casi consiguió que olvidara la música.

Unos asientos por delante de él vio que ella comenzaba a moverse. Cerró el callejero después de haber doblado con cuidado la esquina de una página. No llevaba otra cosa que su bolso, y guardó la guía en su interior mientras se dirigía hacia una de las puertas. Él comprobó que estaban llegando al final de la calle principal y a las tiendas. Una verja de hierro forjado encima de un pequeño muro de ladrillo indicaba que habían llegado a un parque.

Le resultó extraño que ella hubiese hecho todo este viaje en autobús para visitar un parque, cuando había un parque -o, quizá, más exactamente un jardín- a menos de doscientos metros de su lugar de trabajo. Cierto, el día era terriblemente caluroso y debajo de los árboles estaría fresco, e incluso él buscó ese frescor después del viaje en ese horno ambulante. Pero si su objetivo había sido buscar un lugar fresco podría haber entrado en la iglesia de San Pablo, algo que acostumbraba a hacer durante la hora del almuerzo, donde leía las tablillas en las paredes o se sentaba cerca del reclinatorio de comunión para contemplar el altar y la pintura que había sobre éste. La Virgen y el Niño, ésa era la pintura. Él lo sabía y, aun así -a pesar de las voces en su cabeza-, no se consideraba un hombre religioso.

Esperó hasta el último momento para bajar del autobús. Había colocado su instrumento en el suelo, entre sus pies, y como la había estado vigilando tan estrechamente mientras ella se dirigía hacia el parque, casi olvidó recogerlo. Ése hubiera sido un error catastrófico. Como había estado tan cerca de cometer aquel fallo, se quitó los auriculares para silenciar la música. La llama viene, la llama viene, está aquí. Aquello comenzó a sonar dentro de su cabeza en el instante en que cesó la música. Invoco a las aves para que se deleiten con los caídos.

Al cabo de cuatro escalones que conducían al parque había un portón de hierro forjado abierto de par en par. Antes de subir los escalones, ella se acercó a un tablón acristalado. Detrás del cristal habían colocado un plano del lugar. Ella lo estudió, aunque sólo brevemente, como si verificase algo que ya sabía. Luego atravesó el portón y, un instante después, fue engullida por los árboles frondosos.

Apuró el paso para no perderla de vista. Echó un vistazo al tablón -senderos que discurrían de un lugar a otro, indicaciones hacia un edificio, palabras, un monumento-, pero no vio el nombre del parque, de modo que hasta que echó a andar por el camino que llevaba hacia sus profundidades no comprendió que se encontraba en un cementerio. No se parecía a ninguno que hubiera visto antes, porque hiedras y plantas trepadoras asfixiaban las lápidas y cubrían los monumentos en cuyas bases de zarzas y líquenes ofrecían flores y frutos. Hacía mucho tiempo que la gente enterrada en aquel lugar había sido olvidada, igual que el propio cementerio. Si alguna vez los nombres de los muertos habían estado grabados en las lápidas, ya esos relieves habían sido borrados por el tiempo. La invasión de la naturaleza reclamaba lo que había estado en aquel lugar mucho antes, antes de que cualquier hombre contemplase cómo enterraban a sus muertos en ese lugar.

El sitio no le gustaba, pero eso era algo que no podía evitar. Él era su guardián -¡sí, sí, comienzas a entenderlo!-, y su misión era protegerla, y eso significaba que tenía un deber que cumplir. Pero podía oír cómo se levantaba un viento que aullaba dentro de su cabeza y las palabras yo estoy a cargo de Tártaro surgieron de ese vendaval. Luego: Escucha, sólo escucha y Somos siete y Estamos a sus pies. Fue entonces cuando comenzó a andar a tientas, se colocó los auriculares y elevó el volumen al máximo hasta que sólo pudo oír el sonido del violonchelo y luego los violines.

El sendero por el que avanzaba estaba salpicado de piedras, era desparejo y polvoriento, y a lo largo de sus bordes aún reposaba la costra de hojarasca del año anterior, menos gruesa aquí que en el terreno que había debajo de los árboles que se alzaban por encima de su cabeza. Los árboles aportaban una atmósfera fresca al cementerio y perfumaban el ambiente, y pensó que si conseguía concentrarse en eso -la sensación del aire y el perfume de los brotes verdes-, las voces ya no importarían demasiado. De modo que respiró profundamente y se aflojó el cuello de la camisa. El sendero se curvaba y la vio delante de él; se había detenido para mirar un monumento.

Éste era diferente. La piedra estaba veteada por el paso del tiempo, pero, aparte de eso, estaba intacto y limpio de maleza; se alzaba orgulloso y no se habían olvidado de él. El conjunto estaba formado por un león dormido sobre un pedestal de mármol. El león era de tamaño natural, de modo que el pedestal era muy grande. Incluía inscripciones y nombres de familias, y tampoco habían permitido que el tiempo los borrase.

Vio que la mujer alzaba una mano para acariciar al animal de piedra, primero sus anchas patas y luego debajo de los ojos cerrados. Le pareció un gesto como de buena suerte, de modo que cuando ella se alejó y él pasó junto al monumento, el hombre extendió la mano para tocar el león con las puntas de los dedos.

Ella se alejó por un segundo sendero, más estrecho, que giraba hacia la derecha. Un ciclista apareció en la dirección contraria, y ella se hizo a un lado, entrando en un manto de hiedra y acedera, donde un perro se alzaba entre las alas de un ángel en actitud de oración. Un poco más adelante cedió paso a una pareja que caminaba cogida del brazo detrás de un carrito para bebés que cada uno de ellos guiaba con una mano. Dentro del carrito no había ningún niño, sino una cesta de picnic y botellas que brillaban tenuemente. Ella llegó hasta un banco alrededor del cual estaban reunidos varios hombres. Fumaban y escuchaban la música que salía de un radiocasete. La música era asiática, igual que ellos, y sonaba tan fuerte que podía oírla incluso por encima del violonchelo y los violines.

De pronto se dio cuenta de que ella era la única mujer que paseaba sola por aquel lugar. Y pensó que eso significaba peligro, y éste se intensificó cuando las cabezas de los asiáticos se volvieron para mirarla. No hicieron ningún movimiento para seguirla, pero él sabía que deseaban hacerlo. Una mujer sola significaba, o bien un ofrecimiento para un hombre, o bien una mujer que necesitaba disciplina.

Pensó que era muy imprudente acudir sola a aquel lugar. Los ángeles de piedra y los leones dormidos no la protegerían de aquello que podía rondar por el cementerio. Era pleno día en mitad del verano, pero los árboles acechaban por todas partes, la maleza era espesa, y no sería mayor problema sorprenderla, arrastrarla fuera del sendero y hacerle lo peor que pudiera hacerse.

Ella necesitaba protección en un mundo donde no la había. Se preguntó por qué parecía ignorarlo.

Un poco más adelante, el sendero se abría hacia un claro donde la hierba sin cortar -dorada por la falta de lluvia estival- había sido aplastada por los paseantes que buscaban una manera de llegar a una capilla. Era de ladrillo, con un campanario que se elevaba hacia el cielo y rosetones que marcaban ambos brazos de la cruz que formaba el edificio. Pero no se podía acceder a la capilla. Eran ruinas. Sólo al acercarse se podía apreciar que unas barras de hierro se cruzaban frente a lo que en otro tiempo había sido la puerta, que unas láminas de metal cubrían las ventanas y que allí donde debía haber vitrales entre la tracería de las ventanas circulares en cada extremo de ala cruciforme, la hiedra muerta colgaba como un triste recordatorio de lo que esperaba al final de cada vida.

Le sorprendió comprobar que la capilla no era lo que le había parecido desde una distancia tan próxima como la que marcaba el sendero; sin embargo, ella no pareció sorprendida. Se acercó a las ruinas, pero en lugar de detenerse a mirarlas, continuó su camino hasta un banco de piedra sin respaldo a través de la hierba sin cortar. Él se dio cuenta de que probablemente se volvería para sentarse allí un momento, una acción que le haría inmediatamente visible ante ella, de modo que se ocultó rápidamente en un lado del claro, donde un serafín que estaba verde por el liquen abrazaba con un solo brazo una imponente cruz. Aquello le proporcionó el escondite que buscaba, así que se agachó detrás del monumento mientras ella se sentaba en el banco de piedra. Luego abrió el bolso y sacó un libro, no la guía seguramente, ya que, a estas alturas, debía saber dónde estaba. De modo que, tal vez, debía tratarse de una novela, o de un libro de poesía, o el Libro de oración común. Comenzó a leer.

Pocos minutos más tarde, el hombre se dio cuenta de que estaba abstraída en el contenido de sus páginas. Imprudente. Ella llama a Remiel, decían las voces, por encima del sonido del violonchelo y de los violines. ¿Cómo habían llegado a ser tan poderosas?

Ella necesita un guardián, se dijo en respuesta a las voces. Ella necesitaba estar en guardia.

Puesto que era evidente que no lo estaba, él permanecería en guardia por ella. Aquél sería el deber que asumiría.

Capítulo 3

Su nombre era Gina Dickens, según descubrió Meredith, y aparentemente era la nueva pareja de Gordon Jossie, aunque en realidad no se refería a sí misma como tal. Ella no utilizó el término «nueva», pues resultó que no tenía idea de que hubiese una antigua pareja o una ex pareja, o comoquiera que uno quisiera llamar a Jemima Hastings. Tampoco utilizó la palabra «pareja» como tal, ya que no vivía exactamente en la casa, si bien «tenía esperanzas», añadió con una sonrisa. Pasaba más tiempo allí que en su propia casa, le confió, que no era más que una habitación amueblada con derecho a usar el baño y la cocina, situada en los altos del salón de té Mad Hatter. Estaba en Lyndhurst High Street, donde, francamente, el ruido de la mañana hasta la noche era realmente abrumador. Aunque, pensándolo bien, el ruido se prolongaba hasta después del anochecer, porque era verano y había numerosos hoteles, un pub, restaurantes…, y con todos los turistas que llegan en esta época del año… Se consideraba afortunada si conseguía conciliar cuatro horas de sueño cuando estaba allí. Algo que, a decir verdad, intentaba evitar.

Entraron en la casa. Meredith no tardó en comprobar que todas las cosas de Jemima habían desaparecido, al menos de la cocina, que fue hasta donde Meredith llegó, y también tan lejos como deseaba ir. Las alarmas se habían disparado dentro de su cabeza, tenía las palmas de las manos húmedas y las axilas le goteaban a ambos lados del cuerpo. Parte de esta reacción era fruto del creciente calor, pero el resto se debía a que todo estaba absolutamente mal.

Cuando habían permanecido en el exterior de la casa, la garganta de Meredith se había secado al instante hasta convertirse en un desierto.

Como si hubiese percibido esta situación, Gina Dickens la había acompañado dentro, le dijo que se sentara a la vieja mesa de roble y trajo agua de la nevera de diseño en una botella helada, exactamente la clase de cosa de la que Jemima se hubiese burlado. Gina sirvió agua para las dos en sendos vasos y dijo:

– Parece como si hubiera… No sé cómo llamarlo.

– Es nuestro cumpleaños -dijo Meredith estúpidamente.

– ¿El de Jemima y el suyo? ¿Quién es ella?

Al principio, Meredith no podía creer que Gina Dickens no supiese nada acerca de Jemima. ¿Cómo podía alguien vivir con una mujer todo el tiempo que Gordon había vivido con Jemima y, de alguna manera, ingeniárselas para ocultarle su existencia a su…? ¿Era Gina su siguiente amante? ¿O acaso era una más en la cola de sus amantes? ¿Y dónde estaba el resto de ellas? ¿Dónde estaba Jemima? Oh, Meredith había «sabido» desde el principio que Gordon Jossie no era trigo limpio.

– … en Boldre Gardens -estaba diciendo Gina-. ¿Cerca de Minstead? ¿Lo conoce? Él estaba cubriendo de paja una azotea de allí, y yo me había perdido. Tenía un mapa, pero soy una completa inútil incluso con un mapa. Espacialmente inservible. Norte, oeste, lo que sea. Ninguno de ellos significa nada para mí.

Meredith se animó. Gina le estaba contando cómo se habían conocido Gordon Jossie y ella, pero eso no le importaba. A ella le importaba Jemima Hastings.

– ¿Él nunca ha mencionado a Jemima? -preguntó-. ¿O el Cupcake Queen? ¿La tienda que ella abrió en Ringwood?

– ¿Pastelitos?

– A eso se dedica. Tenía un negocio que llevaba desde esta casa, pero creció demasiado… Pastelerías, hoteles y catering para fiestas, como cumpleaños infantiles y… ¿Nunca mencionó…?

– Me temo que no. No lo hizo.

– ¿Y qué hay de su hermano? ¿Robbie Hastings? Es un agister [5]. Todo esto… -Meredith hizo un gesto con el brazo que abarcaba toda la propiedad-. Esto forma parte de su terreno. Era parte del terreno de su padre. Y de su abuelo. Y de su bisabuelo. En su familia ha habido agisters desde hace tanto tiempo que toda esta parte del New Forest se llama en realidad los Hastings. ¿No lo sabía?

Gina meneó la cabeza. Parecía desconcertada y, ahora, un poco asustada. Apartó la silla unos centímetros de la mesa y desvió la mirada de Meredith al pastel que había traído con ella y que, ridículamente, había llevado a la casa. Al ver esto, a Meredith se le ocurrió que Gina no tenía miedo de Gordon Jossie -como tendría que haber sido-, sino de Meredith, quien estaba hablando como si estuviese loca.

– Debe de pensar que desvarío -dijo Meredith.

– No, no. Nada de eso. Es sólo que… -Las palabras de Gina eran rápidas y jadeantes, y pareció obligarse a no continuar hablando.

Ambas se quedaron en silencio. Desde fuera llegó un relincho.

– ¡Los ponis! -exclamó Meredith-. Si tienen ponis aquí, es probable que haya sido Robbie Hastings quien los trajo desde el Forest. O que lo haya arreglado con Gordon para ir a buscarlos. Pero, en cualquier caso, él habría venido en algún momento para echarles un vistazo. ¿Por qué hay ponis aquí?

Gina pareció más preocupada que antes ante el interrogatorio en el que se había convertido la conversación con Meredith. Aferró el vaso de agua con ambas manos y habló dirigiéndose a él más que a Meredith.

– Hay algo acerca de ellos… No lo sé exactamente.

– ¿Están heridos? ¿Cojos? ¿Desnutridos?

– Sí. Eso es. Gordon dijo que estaban cojos. Él los trajo del bosque… ¿hace tres semanas? Algo así. En realidad, no estoy segura. No me gustan los caballos.

– Ponis -la corrigió Meredith-. Son ponis.

– Oh, sí. Supongo. Nunca he podido ver la diferencia. -Dudó un momento, como si estuviese pensando en algo-. Él dijo…

Bebió un poco de agua, levantando el vaso con ambas manos, como si no hubiese sido capaz de llevárselo a los labios de otro modo.

– ¿Qué? ¿Qué fue lo que dijo? ¿Le dijo que…?

– Una, por supuesto, acaba «preguntando», ¿verdad? -dijo Gina-. Quiero decir, aquí tenemos a un hombre adorable que vive solo, de buen corazón, amable, apasionado cuando la pasión lo exige, ya sabe a lo que me refiero.

Meredith parpadeó. No quería saberlo.

– De modo que le pregunté cómo era que estaba solo, sin novia, ni pareja, ni esposa. «¿Nadie te echó el guante?» Esa clase de cosas. Durante la cena.

Sí, pensó Meredith. Fuera, en el jardín, sentados a la mesa de hierro forjado con las velas encendidas y los candelabros relucientes.

– ¿Y qué dijo él? -preguntó secamente.

– Que una vez había estado comprometido y que le habían herido profundamente, y que no quería hablar de ese tema. Así pues, no quise entrometerme en su vida privada. Pensé que me lo contaría cuando estuviese preparado.

– Es Jemima -dijo Meredith-. Jemima Hastings. Y ella es…

No quería ponerlo en palabras. Eso podría convertir en verdad lo que Gordon había dicho y, por lo que ella sabía, no era verdad en absoluto. Evaluó los hechos que conocía, que eran muy pocos. El Cupcake Queen estaba cerrado. Lexie Streener había hecho llamadas que nadie había devuelto. Esta casa en la campiña estaba medio ocupada por otra mujer.

– ¿Cuánto tiempo hace que se conocen Gordon y usted? -preguntó-. ¿Están liados? ¿Lo que sea?

– Nos conocimos a principios del mes pasado. En Boldre…

– Sí. En Boldre Gardens. ¿Qué hacía usted allí?

Gina pareció sorprendida. Era evidente que no esperaba esa pregunta, y aún más evidente era que no le había gustado nada.

– Estaba dando un paseo. Hace muy poco que vivo en New Forest, y me gusta explorar. -Sonrió como si quisiera quitarle hierro a lo que dijo a continuación-. ¿Sabe?, no estoy segura de por qué me hace todas estas preguntas. ¿Cree que a Jemima Hastings le ocurrió algo? ¿Que Gordon le hizo algo a ella? ¿O que yo le hice algo? ¿O que Gordon y yo hicimos algo juntos? Porque quiero que sepa que cuando llegué aquí, a esta casa en el campo, no había ningún indicio de que alguien…

Se interrumpió de pronto. Meredith vio que los ojos de Gina aún estaban fijos en ella, pero la mirada estaba desenfocada, como si estuviese viendo algo completamente distinto.

– ¿Qué? ¿Qué ocurre?

Gina bajó la mirada. Pasaron unos segundos. Los ponis volvieron a relinchar en algún lugar fuera de la casa y el gorjeo excitado de los doradillos invadió el aire, como si se advirtiesen mutuamente de la proximidad de un depredador.

– Tal vez -dijo Gina finalmente- debería venir conmigo.

Cuando Meredith finalmente encontró a Robbie Hastings, estaba en el aparcamiento en la parte trasera del Queen's Head, en Burley. Era un pequeño pueblo en el cruce de tres carreteras, dispuesto en una fila de edificios indecisos entre arcilla y paja, madera y ladrillo, todos los cuales exhibían tejados que se mostraban igualmente indecisos entre paja y pizarra. Como era verano, había vehículos por todas partes, incluidos seis autocares turísticos que habían traído visitantes, en la que probablemente sería su única experiencia en New Forest, aparte de viajar por los caminos rurales y contemplarlos cómodamente instalados en asientos mullidos y disfrutando del aire acondicionado. La experiencia consistiría en hacer fotografías de los ponis que vagaban libremente por los campos o en disfrutar de una comida cara en el pub o en uno de los pintorescos cafés, y hacer compras en las tiendas para turistas. Las tiendas eran el rasgo que definía al pueblo e incluían desde el Coven of Witches -orgullosamente el antiguo hogar de una auténtica bruja que había tenido que abandonar la región cuando su fama superó con creces su buena disposición a que invadieran su intimidad- hasta el Burley Fudge Shop, y todos los demás negocios instalados entre ambos. El Queen's Head dominaba todo este paisaje, al ser el edificio más grande del pueblo y, fuera de temporada, el lugar de reunión para todos los que vivían en la zona y que, con meridiana sensatez, evitaban acercarse tanto a él como a Burley en los meses de verano.

Meredith había telefoneado a Robbie a su casa en primer lugar, aunque sabía que probablemente no estuviese allí a esa hora del día. Como agister en activo, Robbie era el responsable del bienestar de todos los animales que vagaban libremente por la zona que tenía asignada -el área que como le había dicho a Gina Dickens se denominaba los Hastings-, y estaría en el Forest en su vehículo, o bien a caballo, asegurándose de que nadie molestase a los asnos, a los ponis, a las vacas y a alguna ocasional oveja. Porque éste era el mayor desafío al que debía enfrentarse quien trabajase en el Forest, especialmente durante los meses de verano. Era conmovedor ver a todos esos animales que no estaban restringidos por cercas, muros y setos. La gente tenía buenas intenciones, pero era congénitamente estúpida. Las personas que acudían al Forest no entendían que alimentar a un dulce y pequeño poni en verano condicionaba al animal para que pensara que alguien estaría allí, en el aparcamiento del Queen's Head, dispuesto a alimentarle también en pleno invierno.

Robbie Hastings parecía estar explicándole todo eso a un numeroso grupo de pensionistas con bermudas, zapatos acordonados y cámaras colgadas del cuello. Les había reunido junto a su Land Rover, en cuya parte trasera llevaba enganchado un remolque para caballos. A Meredith le pareció que Robbie había venido en busca de uno de los ponis del New Forest, algo que era inusual en esta época del año. Pudo ver al animal, inquieto, dentro del remolque. El hombre señalaba al animal mientras hablaba.

Meredith echó un vistazo a su pastel de chocolate cuando bajaba del coche. El baño que lo cubría se había derretido en la parte superior y comenzaba a formar un pequeño charco viscoso en la base. Varias moscas habían conseguido dar con él, pero el pastel era como una de esas plantas que comen insectos: cualquier cosa que aterrizaba sobre su superficie quedaba enlodado en esa mezcla de azúcar y cacao. Muerte por placer. El pastel estaba arruinado.

Ya no importaba. La situación estaba completamente descontrolada, y Robbie Hastings debía ser informado. Porque había sido el único padre para su hermana desde que ella tenía diez años, una posición a la que le había llevado un accidente de coche cuando tenía veinticinco años. El mismo accidente de coche que le había catapultado a la profesión que jamás pensó que conseguiría: uno de los, sólo, cinco agisters que trabajaban en el New Forest sustituyendo a su propio padre.

– … ésa es la razón por la que no debemos permitir que los ponis permanezcan en un solo lugar.

Robbie parecía estar completando sus observaciones ante un público con aspecto culpable por lo que aparentemente habían almacenado para la ocasión: manzanas, zanahorias, terrones de azúcar y cualquier cosa que pudiese atraer a un poni y que no formase parte de su alimentación natural. Cuando Robbie acabó con sus observaciones -expresadas con paciencia mientras los visitantes no dejaban de tomarle fotografías, aunque no llevaba su atuendo formal, sino que iba vestido con tejanos, camiseta y una gorra de béisbol-, saludó brevemente con la cabeza y abrió la puerta del Land Rover, dispuesto a marcharse de allí. Los turistas se alejaron hacia el pueblo y el pub, y Meredith se abrió paso entre ellos mientras llamaba a Robbie.

El hombre se volvió. Meredith se sintió como siempre en cuanto lo veía: llena de afecto, pero a la vez terriblemente apenada por el aspecto que le daban esos enormes dientes. Hacían que la boca fuese lo único que se percibía de él, y era realmente una lástima. Tenía buena planta, era fuerte y masculino, y sus ojos eran únicos: uno marrón y el otro verde, igual que los de Jemima.

Su rostro se iluminó.

– Merry Contrary [6].

– Han pasado muchos años, niña. ¿Qué estás haciendo en esta parte del mundo?

Llevaba guantes, pero se los quitó y extendió los brazos espontáneamente hacia ella, como siempre había hecho.

Meredith le abrazó. Ambos estaban acalorados y transpirados, y Robbie desprendía un olor ácido, mezcla de hombre y caballo.

– Qué día, ¿eh?

Robbie se quitó la gorra de béisbol revelando un cabello que hubiese sido grueso y ondulado si no lo llevara tan corto y pegado al cráneo. Era castaño y ya moteado de gris, algo que a Meredith le recordó su distanciamiento con Jemima. Tuvo la sensación de que la última vez que había visto el pelo de Robbie era aún completamente castaño.

– Llamé a la oficina de los guardas mayores, y me dijeron que estarías aquí -contestó ella.

Robbie se secó la frente con el antebrazo, volvió a ponerse la gorra y se la caló con fuerza.

– ¿Sí? ¿Qué hay? -Miró por encima del hombro mientras el poni se paseaba ruidosamente dentro del remolque y golpeaba contra los costados. El remolque se sacudió-. Eh, para ya -dijo al tiempo que hacía chasquear la lengua-. Sabes que no puedes quedarte aquí, en el Queen's Head, amigo. Tranquilo. Tranquilo.

– Jemima -dijo Meredith-. Es su cumpleaños.

– Así es. Y también es el tuyo. Lo que significa que tienes veintiséis años, y eso significa que yo… Dios mío, tengo cuarenta y uno. A estas alturas pensarías que habría encontrado una muchacha dispuesta a casarse con este pedazo de tío, ¿verdad?

– ¿Nadie te ha echado el lazo? -dijo Meredith-. Las mujeres de Hampshire están medio locas, Rob.

Él sonrió.

– ¿Qué me dices de ti?

– Oh, yo estoy completamente loca. Ya he tenido a mi único hombre, muchas gracias. No pienso repetir la experiencia.

Robbie volvió a sonreír.

– Maldita sea, Merry. No sabes cuántas veces he oído decir eso. ¿Para qué me has buscado, si no es para ofrecerme tu mano en matrimonio?

– Se trata de Jemima, Robbie, fui al Cupcake Queen y vi que estaba cerrado. Luego hablé con Lexie Streener y más tarde fui a su casa (la de Gordon y Jemima), y allí me encontré a una mujer, Gina Dickens. Ella no está viviendo allí ni nada por el estilo, pero está…, supongo que podríamos decir que está instalada. Y no sabe absolutamente nada acerca de Jemima.

– Entonces, ¿no has tenido noticias de ella?

– ¿De Jemima? No. -Meredith titubeó. Se sentía muy incómoda. Miró a Robbie tratando de leer su expresión-. Bueno, supongo que ella debe haberte explicado…

– ¿Lo que pasó entre vosotras dos? -preguntó-. Oh, sí. Me contó que os enfadasteis hace algún tiempo. No pensé que fuese algo permanente.

– Bueno, yo tenía que decirle que tenía mis dudas con respecto a Gordon. ¿No están los amigos para eso?

– Yo diría que sí.

– Pero todo lo que ella me respondió fue: «Robbie no tiene ninguna duda acerca de él, ¿por qué las tienes tú?».

– ¿Eso fue lo que te dijo?

– ¿Tenías dudas? ¿Igual que yo? ¿Las tenías?

– Oh, así es. Había algo en ese tío. No era exactamente que no me cayera bien, pero si Jemima iba a formar una pareja, me hubiera gustado que fuese con alguien que yo conociera bien. Y no conocía muy bien a Gordon Jossie. Pero considerando cómo se desarrollaron los acontecimientos, no tenía que haberme preocupado (lo mismo se aplica a ti), porque Jemima descubrió lo que fuera que debía descubrir cuando se lió con él, y fue lo bastante inteligente para dar por terminada la relación cuando pensó que debía hacerlo.

– ¿Qué significa eso exactamente? -Meredith cambió de posición. Se estaba cociendo bajo el sol. En este punto empezó a sentir como si todo su cuerpo se estuviese derritiendo, igual que su pobre pastel de chocolate en el coche-. Escucha, ¿podemos salir del sol? -preguntó-. ¿Podemos beber algo? ¿Tienes tiempo? Es necesario que hablemos. Creo que… Hay algo que no está bien.

Robbie miró hacia donde estaba el poni y luego a Meredith. Asintió al tiempo que decía: «Pero no en el pub». Cruzaron el aparcamiento hasta una pequeña arcada donde había puestos que vendían bebidas y bocadillos. Llevaron los suyos a la sombra de un castaño que extendía sus frondosas ramas sobre el borde del aparcamiento, donde un banco miraba hacia un prado que se abría en forma de abanico.

Un nutrido grupo de turistas estaba haciendo fotos a los ponis que pastaban con sus potrillos cerca de allí. Los animales eran especialmente llamativos, pero también muy asustadizos, lo que hacía que acercarse a ellos y a sus madres fuese más peligroso de lo habitual. Robbie observó el cuadro.

– Uno se pregunta qué diablos pretenden -dijo-. ¿Ese tío de allí? Es probable que reciba un mordisco. Y luego querrá que sacrifiquemos al poni o demandar a Dios sabe quién. No es que su pretensión le lleve a ninguna parte. Pero, aun así, hay algunas especies que necesitan ser apartadas para siempre del árbol genético.

– ¿Eso crees?

Robbie se sonrojó ligeramente ante la pregunta y luego la miró.

– Supongo que no -dijo. Luego añadió-: Se ha marchado a Londres, Merry. Un día me llamó por teléfono, hacia finales de octubre, y me dijo que se iba a Londres. Pensé que se refería a pasar el día, a comprar material o algo para la tienda. Pero me dijo: «No, no es por la tienda. Necesito tiempo para pensar. Gordon está hablando de matrimonio, y yo no estoy segura». Y allí sigue.

– ¿Estás seguro de eso? ¿Qué él le habló de matrimonio?

– Sí. ¿Por qué?

– Pero ¿qué hay del Cupcake Queen? ¿Por qué iba Jemima a abandonar su negocio?

– Sí. Es un poco extraño, ¿verdad? Intenté hablar con ella sobre eso, pero no quería saber nada. Todo lo que dijo fue que necesitaba tiempo para pensar.

– Londres. -Meredith se concentró en la palabra-. ¿Pensar en qué? ¿Boda? ¿Por qué?

– No lo dijo, Merry. Y sigue sin abrir la boca en cuanto a eso.

– ¿Hablas con ella?

– Oh, sí. Por supuesto que sí. Una vez por semana o más. Siempre me llama. Bueno, no podía ser de otro modo. Ya conoces a Jemima. Se preocupa por cómo me las arreglo sin aparecer por aquí como acostumbraba a hacerlo. De modo que se mantiene en contacto.

– Lexie me dijo que intentó llamar a Jemima. Primero le dejó mensajes y luego ya no pudo comunicarse con ella. De modo que tú hablas con ella una vez…

– Tiene un móvil nuevo -dijo Robbie-. No quería que Gordon tuviese el número. Él no dejaba de llamarla. Jemima no quiere que sepa dónde está.

– ¿Qué diablos pasó entre ellos?

– No lo sé, y ella tampoco me lo dijo. Fui allí una vez que Jemima se hubo marchado, porque ella había estado viviendo en una propiedad de la Corona… Pensé que debía hablar con Gordon.

– ¿Y…?

Robbie meneó la cabeza.

– Nada. Gordon dijo: «Tú sabes lo mismo que yo, amigo. Siento lo mismo que siempre. Son sus sentimientos los que han cambiado».

– ¿Hay alguien más?

– ¿Por parte de Jemima? -Robbie se llevó la lata de Coca-Cola a los labios y se bebió casi todo su contenido-. No había nadie cuando se marchó. Se lo pregunté. Ya conoces a Jemima. Es difícil pensar que abandonase a Gordon sin tener a alguien dispuesto a ser su novio.

– Sí, lo sé. Ese asunto de «estar sola». No puede resolverlo, ¿verdad?

– ¿Y quién la culpa? Después de lo que les pasó a nuestros padres…

Ambos se quedaron en silencio, pensando en ello, qué miedos se habían forjado en Jemima a raíz de haber perdido a sus padres cuando era una niña y cómo se habían manifestado esos miedos en su vida.

Al otro lado del prado, frente a ellos, un hombre mayor ayudado de un andador se estaba acercando demasiado a uno de los potrillos. La cabeza de su madre se alzó como un resorte, pero no había nada de lo que preocuparse. El potrillo se alejó rápidamente y la pequeña manada hizo lo propio.

Robbie suspiró.

– Tendría que haberme ahorrado las gachas de avena, para el caso que me hacen. Creo que algunas personas tienen algodón en lugar de cerebro. Mírale, Merry.

– Necesitas un megáfono.

– Necesito mi escopeta.

Robbie se levantó. Encararía a ese hombre, como era su obligación. Pero había algo más que Meredith quería que él supiera. Tal vez las cosas habían quedado explicadas en relación con Jemima, pero no todo estaba claro.

– Rob, ¿cómo llegó Jemima a Londres?

– En su coche, supongo.

Y éste era el meollo de todo el asunto. Era la respuesta que ella temía oír. Constituía un elemento accesorio y se convirtió en una alarma. Meredith la sintió como un cosquilleo en los brazos y un escalofrío -a pesar del intenso calor- que subió por su columna vertebral.

– No -dijo-. No fue así.

– ¿Qué? -Robbie se volvió para mirarla.

– Jemima no fue en su coche a Londres. -Meredith también se levantó-. Por eso he venido a verte. Su coche está en el granero de la casa de Gordon, Robbie. Gina Dickens me lo mostró. Estaba debajo de una lona, como si quisiera ocultarlo.

– Estás de broma.

– ¿Por qué iba a gastar bromas con este asunto? Ella, Gina Dickens, le preguntó a Gordon por el coche. Le dijo que era de él. Pero Gordon ni siquiera lo había conducido, y eso llevó a Gina a pensar que…

Meredith volvía a tener la garganta seca, desértica, como la había sentido durante su conversación con Gina.

Robbie tenía el ceño fruncido.

– ¿A pensar qué? ¿Qué está pasando, Merry?

– Eso es lo que quiero saber. -Rodeó con la mano el brazo musculoso de Robbie-. Porque eso no es todo, Rob.

Robbie Hastings intentó no mostrarse preocupado. Tenía obligaciones que cumplir -en este momento la más importante era el transporte del poni en el remolque-, y tenía que centrarse en su trabajo. Pero Jemima era una parte importante de sus obligaciones, a pesar de que ahora ya fuese una mujer adulta. Porque el hecho de que su hermana se hubiese convertido en adulta no había cambiado las cosas entre ellos. Él seguía siendo un referente paterno para ella, mientras que para Robbie su hermana sería siempre su hermana-hija, la niña abandonada que había perdido a sus padres después de una cena durante unas vacaciones en España: demasiado alcohol, demasiada confusión con respecto al lado de la carretera por el que debían conducir, y eso había sido todo, muertos en un instante, embestidos por un camión. Jemima no estaba con ellos, gracias a Dios. Porque si hubiese sido así, todas las personas que eran su familia habrían quedado borradas de la faz de la Tierra. Jemima, en cambio, se había quedado con él en la casa familiar y, de ese modo, su estadía allí se había convertido en permanente.

En consecuencia, incluso mientras Robbie le entregaba el poni a su dueño y mantenía una breve conversación con el hombre acerca de la enfermedad que padecía el animal -Robbie pensaba que se trataba «de cáncer, señor, y el poni tendrá que ser sacrificado, aunque quizá quiera llamar al veterinario para contar con una segunda opinión»- seguía pensando en Jemima. La había llamado por teléfono esa misma mañana al despertarse porque era su cumpleaños, y había vuelto a llamarla cuando se dirigía de regreso a Burley después de haber dejado al poni con su dueño. Pero esta segunda vez consiguió la misma respuesta que en la primera ocasión que telefoneó a Jemima: la alegre voz de su hermana en su buzón de voz.

No le había dado demasiada importancia al asunto cuando llamó la primera vez porque era temprano y supuso que Jemima habría desconectado el móvil la noche anterior, si deseaba remolonear en la cama el día de su cumpleaños. Pero, generalmente, ella le llamaba de inmediato cuando recibía un mensaje suyo, de modo que cuando dejó un segundo mensaje comenzó a preocuparse. Después de eso llamó a su lugar de trabajo, pero le dijeron que Jemima se había tomado media jornada libre el día anterior y que hoy no tenía que ir a trabajar. ¿Quería dejar algún mensaje? No quería.

Cortó la comunicación y sacudió la gastada cubierta de cuero del volante. Muy bien, se dijo, preocupaciones de Meredith aparte, era el cumpleaños de Jemima y era probable que simplemente se estuviese divirtiendo, ¿no? Recordó que hacía poco se había entusiasmado con el patinaje sobre hielo. Lecciones o algo así. De modo que podía estar fuera haciendo eso. Era muy propio de Jemima.

La verdad era que Robbie no le había contado todo a Meredith, allí, bajo el frondoso castaño en Burley. Pensó que no tenía sentido hacerlo, sobre todo porque Jemima tenía una larga historia de relaciones con hombres, y Meredith -bendita sea- no la tenía. No le había querido restregar este hecho en la cara de Meredith, ya que como resultado de la única y desastrosa relación que había logrado tener se había convertido en madre soltera. Por otra parte, Robbie respetaba a Meredith Powell por cómo se había enfrentado a la maternidad: estaba haciéndolo muy bien. Y, en cualquier caso, Jemima no había dejado a Gordon Jossie por otro hombre, de modo que esa parte de lo que Robbie le había contado a Meredith era verdad. Pero, como era previsible tratándose de Jemima, había encontrado a otro hombre muy pronto. Robbie le había ocultado esa parte. Más tarde se preguntaría si debía haberlo hecho. «Es muy especial, Rob -le había dicho con esa forma de hablar atropellada que tenía-. Oh, estoy "locamente" enamorada de él.»

Así era como se sentía siempre: locamente enamorada. No había razón para el interés, la curiosidad o la amistad cuando una podía estar locamente enamorada. Porque «locamente enamorada» equivalía a mantener alejada la soledad. Ella se había marchado a Londres para pensar, pero pensar era algo que conducía a Jemima hacia el miedo, y Dios sabía que ella prefería echar a correr antes que enfrentarse al miedo. Bueno, ¿no es lo que haría todo el mundo? ¿Acaso no lo haría él si pudiese?

Robbie ascendió el sinuoso camino de la colina que era Honey Lane, a escasa distancia de Burley. En verano era un túnel verde y exuberante, con acebo a los costados y robles y hayas que arqueaban sus copas en lo alto. El camino era de tierra apisonada -en la zona no se pavimentaba- y pasó sobre él con cuidado, haciendo todo lo posible por evitar los ocasionales baches que provocaban que la marcha fuese accidentada. Estaba a poco más de un kilómetro del pueblo, pero en esta zona uno retrocedía en el tiempo. Los árboles cobijaban los prados y, más allá de éstos, las construcciones antiguas indicaban la presencia de granjas y de pequeñas propiedades compartidas. Éstas tenían como fondo un abigarrado bosque de pinos silvestres aromáticos, avellanos y hayas que proporcionaban un hábitat para ciervos y lirones, comadrejas y musarañas. La distancia que separaba este lugar se podía cubrir caminando, pero la gente raramente lo hacía. Había rutas más fáciles y, según la experiencia de Robbie, a la gente le gustaba esa facilidad.

Al llegar a lo alto de la colina giró a la izquierda, hacia lo que hacía mucho tiempo que eran las tierras de Hastings. Éstas comprendían veinticinco hectáreas de prados y bosque, con el tejado de Burley Hill House apenas visible hacia el noreste y el pico de Castle Hill Lane detrás de él. En uno de los prados pastaban apaciblemente dos de sus caballos, encantados de no tener que soportar su peso por los caminos del New Forest en aquel caluroso día de verano.

Robbie aparcó junto al ruinoso granero y el cobertizo auxiliar tratando de no mirarlos para no tener que pensar en cuánto trabajo necesitaba su reparación. Bajó del Land Rover y cerró la puerta con fuerza. El ruido atrajo a su perro desde un costado de la casa, donde sin duda había estado durmiendo a la sombra; el animal se acercó meneando la cola y con la lengua colgando, algo completamente inusual. Ese weimaraner era normalmente un perro elegante. Pero odiaba el calor y se revolcaba en la pila de estiércol como si ello pudiese ayudarlo a escapar de él. Llevaba encima una hedionda capa en descomposición. Robbie se detuvo para sacudirse el polvo.

– Crees que eso es divertido, ¿verdad, Frank? -le preguntó al perro-. Eres todo un espectáculo. Lo sabes, ¿verdad? No debería permitir que te acercaras a la casa.

Pero allí no vivía ninguna mujer que pudiese reprenderlo o encargarse de llevar a Frank lejos de la casa. De modo que entró y el perro le siguió, Robbie no se lo impidió y agradeció su compañía. Le alcanzó al weimaraner un cazo lleno de agua fresca. Frank se tendió con evidente alegría en el suelo de la cocina.

Robbie dejó que lo hiciera y subió las escaleras. Estaba sudado y olía a caballo, después de haber transportado al poni enfermo; sin embargo, en lugar de meterse en la ducha -no tenía sentido preocuparse por eso a esta hora del día, ya que enseguida volvería a sudar y a oler mal otra vez- entró en la habitación de Jemima.

Se dijo que debía mantener la calma. No podía pensar si se ponía nervioso, y necesitaba pensar. Según su experiencia, todo tenía una explicación, y seguro que la habría para lo que Meredith Powell le había contado.

– Toda su ropa está allí, Rob. Pero no en el dormitorio. Gordon la ha guardado en cajas, y las ha llevado al desván. Gina las encontró porque, dijo, había algo que le resultó un tanto extraño (eso fue lo que me dijo) cuando él estaba hablando acerca del coche de Jemima.

– ¿Qué hizo entonces? ¿Te llevó a ver las cajas con la ropa? ¿En el desván?

– Al principio sólo me habló de ellas -dijo Meredith-. Le dije que quería verlas. Pensé que podrían llevar allí algún tiempo (desde antes de que Gordon y Jemima ocuparan la casa), de modo que las cajas podían pertenecer a otra persona. Pero no era así. Las cajas no eran viejas y había algo que reconocí al instante. Bueno, en realidad era algo mío, Jemima me lo pidió prestado un día y nunca me lo devolvió. Así pues, ¿entiendes…?

Él entendía y no entendía. Si no hubiese tenido noticias de su hermana al menos una vez por semana desde que se marchó, habría ido a Sway de inmediato decidido a encararse con Gordon Jossie. Pero había tenido noticias de Jemima, y en cada llamada le había dicho que estaba bien. «No debes preocuparte, Rob. Todo saldrá bien».

Al principio le había preguntado: «¿Qué es todo lo que saldrá bien?», y ella había esquivado la pregunta. Esa actitud le había obligado a preguntarle en más de una ocasión: «¿Gordon te ha hecho algo, pequeña?», a lo que ella siempre contestaba: «Por supuesto que no, Rob».

Robbie sabía que habría supuesto lo peor si Jemima no se hubiese mantenido en contacto con él: que Gordon la había matado y que luego la había enterrado en algún lugar de la extensa propiedad. En el Forest, en las profundidades del bosque, de modo que, si alguna vez alguien encontraba el cadáver, sería dentro de cincuenta años, cuando ya fuese demasiado tarde para que importase. De alguna manera, una profecía tácita -una creencia o un miedo- se habría cumplido con su desaparición, porque lo cierto era que a él no le gustaba Gordon

Jossie. Se lo había dicho a su hermana más de una vez, «Hay algo en ese tío, Jemima». Entonces, ella se echaba a reír y le contestaba: «Quieres decir que no es como tú».

Finalmente se había visto obligado a estar de acuerdo con Jemima. Era muy fácil aceptar y que te gustara la gente que era como tú. Con la gente que era diferente, ya era otra historia.

Cuando estuvo en el dormitorio de Jemima volvió a llamarla. Nadie respondió, igual que las dos veces anteriores. Sólo la voz grabada. Dejó un mensaje cuando le pidió que lo hiciera. Decidió conservar el tono distendido para que coincidiera con el de ella.

– Eh, cumpleañera, llámame, ¿quieres? No es que esté preocupado porque no tengo noticias tuyas. Merry Contrary ha venido a verme. Tenía un pastel para ti, querida. Se había derretido por completo por el jodido calor, pero la intención es lo que cuenta, ¿verdad? Llámame, cariño. Quiero hablarte de los potrillos.

Sintió que quería seguir un poco más, pero le estaba hablando al vacío. No quería dejarle un mensaje a su hermana. Quería hablar con su hermana.

Se acercó a la ventana del dormitorio: su alféizar, otro depositario más de aquellas cosas de las que Jemima no podía soportar desprenderse, que era prácticamente todo lo que había poseído alguna vez. Ahí estaban los ponis de plástico, apiñados unos contra otros y cubiertos de polvo. Más allá pudo ver los de carne y hueso: sus caballos pastando en el prado, con la luz del sol que arrancaba reflejos de sus pelajes bien cuidados.

El hecho de que Jemima no hubiese regresado para el nacimiento de los potrillos fue la señal que debía haberle indicado que algo no iba bien, pensó Robbie. Había sido siempre su momento favorito del año. Al igual que él, Jemima «era de New Forest». La había enviado a Winchester, al mismo colegio donde él había estudiado, pero Jemima regresó a casa cuando completó sus estudios. No quiso saber nada de la tecnología informática y se decantó por la repostería. «Este es mi lugar», dijo. Y así era.

Tal vez se había marchado a Londres no para tener tiempo para pensar, sino simplemente para tener tiempo. Quizás había decidido acabar su relación con Gordon Jossie, pero no supo cómo hacerlo. Tal vez pensó que si se marchaba durante el tiempo suficiente, Gordon encontraría a otra mujer, y ella entonces podría regresar. Pero nada de todo eso era propio de su hermana, ¿no?

«No debes preocuparte», había dicho Jemima. «No debes preocuparte, Rob».

Qué broma tan espantosa.

Capítulo 4

David Emery se consideraba a sí mismo uno de los pocos «Expertos en Cementerios de Stoke Newington», algo en lo que siempre pensaba en mayúsculas, ya que era un tío de mayúsculas. Había hecho del conocimiento del cementerio de Abney Park la Obra de su Vida (una definición en la que para él, se imponían las mayúsculas) y había tenido que pasar años vagando por el cementerio y perderse en él y negarse a que le intimidase el ambiente tétrico del lugar antes de que estuviese dispuesto a llamarse a sí mismo su «Amo». Había permanecido encerrado allí más veces de las que podía contar, pero jamás había permitido que el cierre nocturno del cementerio afectase en modo alguno a sus planes mientras estaba dentro. Si llegaba a uno de los portones y lo encontraba cerrado con cadenas contra sus deseos, no se molestaba en llamar a la Policía de Hackney para que acudiese al rescate, como le recomendaba que hiciera el cartel que había en el portón. Para él no suponía ningún problema encaramarse a los barrotes, pasar por encima del portón y dejarse caer en la calle principal de Stoke Newington o, preferiblemente, en el jardín trasero de una de las casas adosadas que bordeaban el límite noreste del cementerio.

El hecho de haberse nombrado «Amo del Parque» le permitía utilizar sus senderos y recovecos de muchas maneras, pero, sobre todo, para prácticas amatorias. Lo hacía varias veces al mes. Era bueno con las mujeres -ellas le decían a menudo que tenía ojos entrañables, fuera lo que fuera que eso significara- y puesto que Una Cosa generalmente llevaba a la Otra con las mujeres en la vida de David, la sugerencia de que diesen un paseo por el parque raramente era rechazada, especialmente teniendo en cuenta que «parque» era una palabra…, bueno, una palabra tan inofensiva comparada con «cementerio»…

Su intención era siempre echar un polvo. En realidad, «dar un paseo», «caminar» o «vagar un rato» no eran más que eufemismos para «follar», y las mujeres lo sabían, aunque fingiesen ignorarlo. Ellas siempre decían cosas como: «Oooh, Dave, este lugar me pone nerviosa, de verdad», o cosas así, pero se mostraban totalmente dispuestas a acompañarle allí una vez que les rodeaba los hombros con el brazo -tratando de alcanzar una porción de pecho con los dedos si podía- y les decía que con él estarían seguras.

De modo que entraban en el parque, directamente a través del portón principal, que era su ruta preferida, ya que allí el camino era ancho y menos inquietante que si entraban por la carretera de la iglesia de Stoke Newington. Allí uno se encontraba debajo de los árboles y en las garras de las lápidas antes de haber recorrido unas decenas de metros. En el camino principal tenía al menos la ilusión de seguridad hasta que se desviaba a derecha o izquierda por uno de los senderos más estrechos que desaparecían entre los imponentes plátanos.

Aquel día en concreto, Dave había persuadido a Josette Hendricks para que le acompañase. Con sólo quince años, Josette era un poco más joven que las chicas a las que Dave estaba acostumbrado, por no mencionar el hecho de que tenía una risita nerviosa, un rasgo del que él no se había percatado hasta que la condujo a través del primero de los estrechos senderos, pero era una chica guapa con una piel adorable, y esos deliciosos pechos nada desdeñables, en más de un sentido. De modo que cuando él preguntó: «¿Qué me dices de un paseo por el parque?», ella le contestó, con los ojos brillantes y los labios húmedos: «Oh, sí, Dave», Y allá fueron.

Él tenía en mente un pequeño recoveco, un lugar creado por un sicómoro caído detrás de una tumba y entre dos lápidas. Allí podían producirse Acontecimientos Interesantes. Pero era demasiado calculador como para dirigirse directamente a ese rincón. Comenzó con un poco de contemplación de las estatuas cogidos de mano -«Oh, ese pequeño ángel parece muy triste, ¿verdad?»-, y de allí pasó a una mano detrás del cuello, una caricia -«Dave, ¡me haces cosquillas!»-, y la clase de beso que sugería pero nada más.

Josette era un poco más lenta que la mayoría de las chicas, probablemente como resultado de su educación. A diferencia de muchas chicas de quince años, era inocente y nunca había salido con un chico -«Mamá y papá dicen que todavía no»-, y, por lo tanto, no captaba las señales tan bien como podría haber hecho. Pero él era paciente. Cuando, finalmente, ella presionó su cuerpo contra el suyo por voluntad propia, demostrando que quería más besos y más largos, él sugirió que se apartasen del sendero para «ver si hay algún lugar…, ya sabes a qué me refiero». Lo dijo acompañado de un guiño.

¿Quién coño hubiese pensado que el recoveco, su Lugar de Seducción Particular, estaría ocupado? Era un atropello, eso era, pero allí estaba. Dave escuchó los gemidos cuando Josette y él se acercaron al lugar, y esos brazos y piernas entrelazados en los matorrales eran una visión inconfundible, sobre todo porque había cuatro de cada y ninguno de ellos llevaba ropa encima. También se podía ver el culo desnudo del tío que se movía arriba y abajo frenéticamente, la cabeza vuelta hacia ellos con una mueca dibujada en el rostro… «Joder, ¿todos tenemos esa expresión?», se preguntó Dave.

Josette lanzó una de sus risitas nerviosas al verlos: era una buena señal. Cualquier otra cosa habría sugerido miedo o alguna cosa parecida. Dave suponía que la chica no era una especie de puritana estrecha, pero nunca se sabía. Retrocedió con Josette cogida de la mano y pensó adónde podía llevarla. En el cementerio había sin duda muchos recovecos y rincones ocultos, pero él quería un lugar que estuviese cerca de éste, ya que Josette estaba hirviendo.

Y entonces lo vio claro. No estaban lejos de la capilla en el centro del cementerio. No podían entrar en el edificio, pero justo a su lado -de hecho, construido dentro de él- había un refugio que podían utilizar sin problemas. Y, pensándolo bien, ofrecía paredes y un techo, y eso era mejor que el recoveco bajo el árbol.

Inclinó la cabeza hacia la pareja que estaba copulando entre los matorrales y le guiñó un ojo a Josette.

– Hmmm, no está mal, ¿eh?-dijo.

– ¡Dave! -Ella dio un pequeño respingo de falso horror-. ¡Cómo puedes decir algo así!

– ¿Y bien? -dijo él-. ¿Estás diciendo que tú no…?

– No he dicho eso -respondió la chica.

Era como una invitación. Y entonces se dirigieron hacia la capilla. Cogidos de la mano y con cierta prisa. Josette, concluyó Dave, era decididamente una flor lista para ser arrancada.

Llegaron al claro cubierto de hierba donde se alzaba la capilla.

– Por aquí, amor -musitó Dave.

La llevó detrás de la entrada de la capilla y hacia el rincón más alejado. Y, una vez allí, todos sus planes se vieron frenados en seco.

Un adolescente con un barril por trasero estaba saliendo a trompicones del nido de amor de Dave. En el rostro tenía una expresión tal que casi pasaba desapercibido que se estaba sosteniendo los pantalones, con la cremallera abierta. Atravesó el claro a la carrera y desapareció.

Al principio, David pensó que el chico se había aliviado dentro de aquel lugar. Y ese pensamiento le irritó, ya que ahora no podía esperar que Josette quisiera revolcarse en un lugar que apestaba a meados. Pero como él estaba preparado y como ella estaba preparada, y como existía la diminuta posibilidad de que ese chico no hubiera utilizado el refugio como un retrete público, Dave se encogió de hombros y apremió a Josette para que siguiera avanzando: «Es allí, amor».

Estaba tan concentrado pensando en Una Sola Cosa que casi se muere del susto cuando Josette entró en el refugio y comenzó a chillar.

* * *

– No, no, no; Barbara -dijo Hadiyyah-. No podemos ir de compras sin más. No sin un plan. Eso sería demasiado abrumador. Primero debemos confeccionar una lista, pero antes tenemos que pensar qué es lo que queremos comprar. Y para hacer eso debemos averiguar el tipo de cuerpo que tienes. Así es como se hacen estas cosas. Lo puedes ver en la tele constantemente.

Barbara Havers miró a su compañera con expresión dubitativa. Se preguntó si debería buscar consejo para comprar ropa en una cría de nueve años. Pero, aparte de Hadiyyah, sólo podía recurrir a Dorothea Harriman si pensaba tomarse seriamente el «consejo» de Isabelle Ardery, y Barbara no estaba dispuesta a depositar toda su confianza en la compasión del máximo icono del estilo de Scotland Yard. Con Dorothea al timón, el barco de las compras probablemente navegaría directamente hacia King's Road o, peor aún, Knightsbridge, donde en una tienda de moda atendida por empleadas delgadas como alfileres, con el pelo esculpido y unas uñas del mismo estilo, se vería obligada a dejar una semana de paga por un par de bragas. Al menos con Hadiyyah existía la ligera posibilidad de que lo que había que hacer pudiera hacerse en Marks & Spencer.

Pero Hadiyyah no estaba por la labor.

– Topshop -dijo-. Tenemos que ir a Topshop, Barbara. O a Jigsaw. O tal vez a H &M, pero sólo tal vez.

– No quiero parecer una pija que viste a la moda -dijo Barbara-. Tiene que ser profesional. Nada con volantes fruncidos. O lleno de púas. Nada que lleve cadenas.

Hadiyyah puso los ojos en blanco.

– Barbara -dijo-, de verdad, ¿crees que yo usaría púas y cadenas?

Su padre seguramente tendría algo que decir al respecto, pensó Barbara. Taymullah Azhar mantenía atada a su hija, con lo que no había otra alternativa que llevar una correa muy corta. Incluso ahora, en sus vacaciones de verano, no tenía permiso para corretear con los chicos de su edad. Hadiyyah estaba estudiando urdu y cocina y, cuando no estaba estudiando, la cuidaba Sheila Silver, una jubilada mayor cuyo breve periodo de gloria -contado una y otra vez- se había producido cuando había actuado como telonera para un aspirante a Cliff Richard en la Isla de Wight. La señora Silver vivía en un piso en la Casa Grande, como la llamaban, una elaborada estructura amarilla de estilo eduardiano situada en Eton Villas; Barbara vivía detrás de este edificio en la misma propiedad y en un búngalo tamaño hobbit. Hadiyyah y su padre eran vecinos, residían en la planta baja de la Casa Grande y disponían de una zona en el frente que les servía como terraza. Aquí era donde estaban Hadiyyah y Barbara en ese momento, cada una con un zumo de frutas ante sí y ambas inclinadas sobre una sección arrugada del Daily Mail que Hadiyyah, aparentemente, había estado reservando para una ocasión como ésta.

Había ido a buscar el periódico a su habitación cuando Barbara le explicó sus problemas de guardarropa. «Tengo justo lo que necesitas», había anunciado alegremente y, agitando sus largas trenzas, había desaparecido dentro del piso, para regresar poco después con el artículo en cuestión. Extendió la hoja del periódico sobre la mesa de mimbre para mostrarle una historia acerca de la ropa y los tipos de cuerpo. En una doble página aparecían varias modelos que supuestamente exhibían todas las posibilidades de complexión corporal, exceptuando la anorexia y la obesidad, por supuesto, ya que el Daily Mail no quería promover tales extremos.

Hadiyyah había informado a Barbara de que debía comenzar con el tipo de cuerpo y no podían definir exactamente el tipo de cuerpo de Barbara si ella no se cambiaba de ropa y se ponía algo que…, bueno, ¿algo que les permitiese ver con qué estaban trabajando? Le dijo a Barbara que fuese a su casa a cambiarse de ropa -«De todos modos hace un calor horrible para llevar pantalones de pana y suéter de lana», añadió servicialmente- y luego volvió a inclinarse sobre el periódico para estudiar a las modelos. Barbara obedeció y regresó, aunque Hadiyyah soltó un respingo cuando vio la camiseta y los pantalones ajustados con una cinta.

– ¿Qué? -dijo Barbara.

– Oh, está bien. No importa -le dijo Hadiyyah-. Haremos lo que podamos.

«Lo que podamos», consistió en Bárbara de pie sobre una silla -sintiéndose como una perfecta idiota- mientras Hadiyyah se alejaba unos pasos en la hierba «para tener un poco de distancia y así poder compararte con las mujeres de las fotos». Lo hizo mientras sostenía el periódico y fruncía la nariz, y alternaba la mirada entre la página y Barbara antes de anunciar: «Tipo pera, creo. De talle bajo también. ¿Puedes levantarte un poco los pantalones? ¡Barbara, tienes unos tobillos preciosos! ¿Por qué nunca los enseñas? Las chicas siempre deberían realzar sus mejores atributos».

– ¿Y cómo iba yo a…?

Hadiyyah pensó un momento.

– Tacones altos. Tienes que usar zapatos de tacones altos. ¿Tienes zapatos de tacón alto, Barbara?

– Oh, sí -dijo Barbara-. Parecen perfectos para mi trabajo. De no llevarlos, las escenas del crimen serían muy tristes.

– Te estás burlando de mí. No puedes tomártelo a broma si queremos hacer esto como corresponde. -Hadiyyah se acercó nuevamente hacia ella a través del pequeño prado llevando consigo el artículo del Daily Mail. Lo extendió otra vez sobre la mesa de mimbre y luego anunció-: Una falda acampanada. La prenda básica de todo guardarropa. La chaqueta debe tener un largo que no llame la atención sobre tus caderas, y como tu cara es redonda…

– Aún sigo trabajando para eliminar la grasa infantil -dijo Barbara.

– … el escote de la blusa debería ser moderado, no pronunciado. Verás, los escotes de las blusas deben «reflejar» el rostro. Bueno, la barbilla, en realidad. Quiero decir: toda la línea que va desde las orejas hasta la barbilla, que incluye la mandíbula.

– Ah. Entiendo.

– Queremos la falda a media rodilla y los zapatos con tirillas. Y eso es por tus preciosos tobillos.

– ¿Tirillas?

– Hmmm. Es lo que dice aquí. Y debemos contar con complementos. El error que cometen muchas mujeres consiste en que no se ponen los complementos adecuados o -lo que es peor aún- no usan ningún accesorio.

– Joder. Claro que no -dijo Barbara con entusiasmo-. ¿Qué significa eso exactamente?

Hadiyyah dobló con cuidado el periódico, pasando los dedos amorosamente sobre cada pliegue.

– Oh, pañuelos y sombreros, y cinturones y alfileres de solapa y collares, y pulseras y pendientes y bolsos de mano. Guantes también, pero eso sólo en invierno.

– Dios -dijo Barbara-. ¿No crees que se me verá un tanto exagerada con todo eso?

– No se trata de llevarlo todo a la vez. -La voz de Hadiyyah era la paciencia personificada-. De verdad, Barbara, no es algo tan difícil. Bueno, quizá sea un «poco» difícil, pero yo ayudaré. Será muy divertido.

Barbara tenía sus dudas, pero se pusieron en marcha. Primero llamaron al padre de Hadiyyah a la universidad, donde consiguieron localizarle entre una conferencia y una reunión con un estudiante de posgrado. Al principio de su relación con Taymullah Azhar y su hija, Barbara había aprendido que una no salía con Hadiyyah sin haber informado antes a su padre de todo el programa. Odiaba tener que admitir que quería llevarse a Hadiyyah con ella en una excursión para comprar ropa, de modo que se las apañó con: «Tengo que comprar algunas cosas para el trabajo, y pensé que a Hadiyyah le gustaría acompañarme. Para que le dé un poco el aire y eso. Pensaba que podíamos tomar un helado una vez que acabase con las compras».

– ¿Ha terminado sus deberes para hoy? -preguntó Azhar.

– ¿Sus deberes? -Barbara miró a Hadiyyah.

La niña asintió vigorosamente, aunque Barbara tenía sus dudas en cuanto a lo que a la cocina se refería. Hadiyyah no se había mostrado demasiado entusiasmada ante la perspectiva de estar en la cocina de alguien con el calor del verano.

– Todo correcto -respondió.

– Muy bien -dijo Azhar-. Pero no vayáis a Camden Market, Barbara.

– Ni aunque fuera el último lugar sobre la tierra, se lo aseguro -repuso.

La tienda de la cadena Topshop más cercana estaba en Oxford Street, algo que entusiasmó a Hadiyyah y horrorizó a Barbara. La meca de las compras en Londres era siempre una ondulante e ingente masa de gente cualquier día, excepto en Navidad. En pleno verano, con los colegios de vacaciones y la ciudad abarrotada de visitantes llegados de todo el mundo, era una masa ondulante de humanidad al cuadrado. Al cubo. A la décima potencia. Lo que sea. Cuando llegaron allí tardaron cuarenta minutos en encontrar un aparcamiento con espacio para el Mini de Barbara. Otros treinta se les fueron en abrirse paso hasta Topshop, apartando a la gente con los codos en la acera, como salmones que regresan a casa. Cuando finalmente llegaron a la tienda, Barbara echó un vistazo al interior y quiso salir corriendo de inmediato. El lugar estaba lleno de chicas adolescentes, sus madres, sus tías, sus abuelas, sus vecinas… Estaban hombro con hombro, formaban colas ante las cajas, se empujaban de un lado a otro, de los colgadores a los mostradores, a los expositores; gritaban a sus teléfonos móviles por encima de la música ensordecedora; se probaban joyas: pendientes en las orejas, collares en los cuellos, pulseras en las muñecas. Era la peor pesadilla de Barbara hecha realidad.

– ¿No es maravilloso? -dijo Hadiyyah, excitada-. Siempre quiero que papá me traiga aquí, pero dice que Oxford Street es una locura. Dice que nada podrá arrastrarle a Oxford Street. Dice que ni unos caballos salvajes podrían traerle aquí. Dice que Oxford Street es la versión londinense de…, no lo recuerdo, pero no es nada bueno.

El Infierno de Dante, sin duda, pensó Barbara. Algún círculo infernal donde las mujeres como ella -que odiaba las tendencias de la moda, que se mostraba indiferente ante la ropa en general y cuyo aspecto horrible dejaba en un segundo plano lo que se pusiera encima- eran arrojadas por los pecados cometidos con la moda.

– Pero me encanta -dijo Hadiyyah-. Sabía que me encantaría. Oh, lo sabía.

Entró en la tienda y Barbara no tuvo más remedio que seguirla.

Ambas pasaron noventa agotadores minutos en Topshop, donde la falta de aire acondicionado -esto era Londres, después de todo, donde la gente aún creía que sólo había «cuatro o cinco días de calor en todo el año»- y lo que parecían ser un millar de adolescentes en busca de gangas hicieron que Barbara se sintiera como si hubiese pagado definitivamente por cada pecado terrenal que hubiera cometido, más allá de los que había llevado a cabo contra la haute couture. Cuando salieron de Topshop fueron a Jigsaw, y de Jigsaw a H &M, donde repitieron la experiencia vivida en Topshop, con el añadido de niños pequeños que chillaban a sus madres pidiendo helados, caramelos, cachorros de perro, empanadillas de salchicha, patatas con pescado frito y cualquier otra cosa que les pasara por sus mentes febriles. Ante la insistencia de Hadiyyah -«¡Barbara, sólo mira el nombre de la tienda, por favor!»- continuaron hacia Accesorize y, por último, se encontraron frente a un Marks & Spencer, aunque no sin un suspiro de desaprobación por parte de Hadiyyah.

– Aquí es donde la señora Silver compra sus bragas, Barbara -dijo Hadiyyah, como si esa información pudiese conseguir que su acompañante se parase en seco allí mismo-. ¿Quieres parecerte a la señora Silver?

– En este momento me conformaría con parecerme a Dame Edna [7]. -Barbara entró en los grandes almacenes y Hadiyyah la siguió-. Gracias Dios por apiadarte de nosotras -dijo Barbara por encima del hombro-. No sólo bragas, sino también aire acondicionado.

Hasta ahora todo lo que habían conseguido era un collar en Accessorize con el que Barbara pensó que no se sentiría completamente estúpida y un montón de artículos de maquillaje comprados en Boots. El maquillaje consistía en lo que Hadiyyah le dijo que debía comprar, si bien Barbara dudaba sinceramente de que fuese a usarlo alguna vez. Había aceptado la idea del maquillaje sólo porque la niña se había mostrado absolutamente irreductible ante la sistemática negativa de Barbara a comprar cualquier cosa. Hadiyyah había revisado todos los colgadores de ropa que habían visto hasta ahora. Por lo tanto, parecía justo que ella cediera en algo y pensó que el maquillaje podía ser esa opción. De modo que llenó su canasta con base, colorete, sombra de ojos, delineador de ojos, rímel, varios colores inquietantes de lápiz de labios, cuatro clases diferentes de cepillos y un bote de polvos sueltos que se suponía «fijarían todo en su lugar», tal y como le dijo Hadiyyah. Al parecer, las compras que Hadiyyah sugería que Barbara hiciera dependían en gran medida de la observación que hacía la niña de los rituales de su madre cada mañana, que a su vez dependían en gran medida de «potes de esto y aquello… Ella siempre tiene un aspecto radiante, Barbara, espera a verla». Ver a la madre de Hadiyyah era algo que no había sucedido en los catorce meses que habían pasado desde que conoció a la pequeña y a su padre, y el eufemismo «se marchó a Canadá de vacaciones» comenzaba a adquirir un significado que le resultaba difícil seguir ignorando.

– ¿No puedo apañármelas sólo con colorete?

Hadiyyah le respondió mofándose de ella abiertamente.

– Venga ya, Barbara -se rió la cría.

En Marks & Spencer, Hadiyyah no quiso ni oír hablar de que Barbara fuese a la sección de cualquier cosa que la niña considerase «apropiada para la señora Silver… Sabes lo que quiero decir». Ella tenía en mente esa prenda básica de todo guardarropa -la antes mencionada falda acampanada- y se declaró satisfecha con el hecho de que al menos era pleno verano y las prendas de otoño acababan de llegar. Por lo tanto, los artículos en oferta aún no habían sido manoseados por innumerables «madres trabajadoras que usan esta clase de cosas, Barbara. Ahora estarán de vacaciones con sus críos, de modo que no tenemos que preocuparnos por tener que conformarnos sólo con las sobras».

– Gracias a Dios -dijo Barbara.

Se dirigió hacia unos conjuntos en verde y ciruela cuando Hadiyyah la cogió con fuerza del brazo y la llevó en otra dirección. La niña se mostró satisfecha cuando encontraron «prendas separadas, Barbara, que podemos juntar para hacer conjuntos. Oh, y mira, tienen blusas con corbata de lazo. Son muy monas, ¿no crees?».

Cogió una de las blusas para que Barbara la examinara.

La mujer no podía imaginarse llevando una blusa, y mucho menos con un voluminoso lazo en el cuello.

– No creerás que eso favorece la línea de mi barbilla, ¿verdad? ¿Qué me dices de esto? -Cogió un vestido sin mangas de una pila perfectamente doblada.

– Nada de vestidos sin mangas -dijo Hadiyyah. Volvió a dejar la blusa en el colgador-. Oh, de acuerdo. Supongo que el lazo es demasiado.

Barbara alabó al Todopoderoso por esa declaración. Comenzó a revisar las faldas. Hadiyyah hizo lo mismo. Finalmente, seleccionaron cinco sobre las que tuvieron que ponerse de acuerdo, si bien iban haciendo concesiones mutuas a cada paso del camino: Hadiyyah devolvía al colgador, sin dudarlo, cualquier falda que considerase propia de la señora Silver; mientras que Barbara temblaba ante cualquier cosa que pudiese llamar la atención.

Luego se dirigieron a los probadores, donde Hadiyyah insistió en hacer el papel de vestidor de Barbara, lo que la expuso a su ropa interior.

– Horroroso, Barbara -dijo-. Tienes que usar bragas tipo tanga.

La policía no tenía intención de pasar siquiera por el territorio de las bragas, de modo que insistió para que se concentrasen en las faldas que habían elegido. La niña se limitó a agitar la mano en un gesto que rechazaba cualquier cosa «inadecuada, Barbara». Iba poniendo diversas objeciones: que si ésta formaba arrugas alrededor de las caderas, que si aquélla se ajustaba demasiado en el trasero, que si otra tenía un aspecto un tanto desagradable, y de una cuarta dijo que era algo que ni siquiera una abuela llevaría.

Barbara estaba considerando qué castigo podría infligirle a Isabelle Ardery por la «sugerencia» que le había hecho cuando, desde las profundidades de su bolso, comenzó a sonar su teléfono móvil, las cuatro primeras notas de Peggy Sue, un tono que se había bajado alegremente de Internet.

– Buddy Holly -dijo Hadiyyah.

– Me congratula haberte enseñado algo. -Barbara sacó el móvil y comprobó el número de la persona que llamaba. Salvada por la campana, aunque puede que estuvieran siguiendo sus movimientos. Abrió el teléfono-. Jefa -dijo.

– ¿Dónde está, sargento? -preguntó Isabelle Ardery.

– De compras -contestó Barbara-. Ropa. Como usted me aconsejó.

– Dígame que no se encuentra en una tienda de beneficencia y me hará una mujer feliz -dijo Ardery.

– Sea feliz entonces.

– ¿Deseo saber adónde…?

– Probablemente no.

– ¿Y ha logrado comprar…?

– Un collar…, hasta ahora -y por temor a que la jefa protestara por la excentricidad de esa compra, añadió-: y también maquillaje. Montones de maquillaje. Me pareceré a… -torturó su cerebro en busca de una imagen apropiada- Elle Macpherson la próxima vez que nos veamos. Y en este momento estoy en un probador, donde una niña de nueve años no aprueba las bragas que llevo puestas.

– ¿Su acompañante es una niña de nueve años? -preguntó Ardery-. Sargento…

– Créame, tiene las ideas muy claras acerca de lo que debería usar, jefa, y ésa es la razón por la que hasta ahora sólo me haya comprado un collar. Creo, sin embargo, que llegaremos a un acuerdo con respecto a una falda. Llevamos horas con este asunto y creo que he logrado agotarla.

– Bien, llegue a ese acuerdo con la niña y póngase en marcha. Ha surgido algo.

– ¿Algo…?

– Tenemos un cadáver en un cementerio, sargento, y es un cadáver que no debería estar allí.

* * *

Isabelle Ardery no quería pensar en sus hijos, pero su primera visión del cementerio de Abney Park hizo que le resultase prácticamente imposible pensar en cualquier otra cosa. Estaban en esa edad en la que vivir aventuras superaba a todo lo demás, excepto a la mañana de Navidad, y el cementerio era decididamente un lugar para la aventura. La hierba crecida en exceso, con sombrías estatuas funerarias victorianas cubiertas de hiedra, con árboles caídos que proporcionaban lugares imaginarios para fuertes y escondites, con lápidas desplomadas y monumentos ruinosos… Era un lugar sacado de una novela de misterio, completado con el ocasional árbol nudoso que había sido tallado a la altura del hombro para exhibir enormes camafeos en forma de lunas, estrellas y rostros lascivos. Y se encontraba a pocos pasos de la calle principal, detrás de una verja de hierro forjado y accesible para cualquiera a través de varios portones.

El sargento Nkata había aparcado su coche en la entrada principal, donde ya estaba esperando una ambulancia. Esta entrada se encontraba en el cruce de Northwold Road y la calle principal, una zona pavimentada delante de dos edificios color crema cuyo estucado se estaba descascarillando. Éstos se alzaban a ambos lados de unos enormes portones de hierro forjado que, según supo Isabelle más tarde, permanecían abiertos normalmente durante el día, pero que ahora estaban cerrados y custodiados por un policía de la comisaría local. El agente se acercó a su coche.

Isabelle salió al calor del verano, que se desprendía en oleadas desde el pavimento. No contribuía en absoluto a aliviar el martilleo que sentía en la cabeza, un dolor en el cráneo exacerbado de inmediato por el ruido de un helicóptero de la televisión que giraba por encima de sus cabezas como un ave de rapiña.

Una multitud se había reunido frente a la puerta principal, contenida por la cinta que señalaba la escena del crimen y que se tensaba desde una farola hasta la verja del cementerio a ambos lados de la entrada. Isabelle vio entre los curiosos a varios miembros de la prensa, reconocibles por sus libretas de notas, sus grabadoras y por el hecho de que estaban siendo aleccionados por un tío que debía ser el jefe de prensa de la comisaría de Stoke Newington. El hombre había mirado por encima del hombro cuando Isabelle y Nkata bajaron del coche. Asintió ligeramente con la cabeza, igual que el agente de la Policía local. No estaban contentos. La intrusión de la Metropolitana en su parcela no es que les hiciera mucha ilusión.

«Culpad a los políticos -quería decirles Isabelle-. Culpad a la Unidad de Protección de Menores, la SO 5, y al permanente fracaso del Departamento de Personas Desaparecidas. No sólo no las encuentran, sino que son incapaces de quitar de su lista a aquellas personas que ya no están desaparecidas. Culpad también a otra tediosa declaración de prensa y la consiguiente lucha de poder entre el personal civil que dirigía el SO5 y los frustrados oficiales que exigen un jefe policial para la división, como si eso fuese a resolver sus problemas». Pero, sobre todo, debían culpar al subinspector jefe sir David Hillier y a la manera en que había decidido cubrir el puesto vacante al que ahora optaba Isabelle. Hillier no lo había dicho, pero Isabelle no era tonta: ésta era su prueba y todo el mundo lo sabía.

Le había dicho al sargento Nkata que la llevase hasta la escena del crimen. Al igual que los policías en el cementerio, él tampoco parecía contento. Era evidente que no esperaba que a un sargento detective le pidiesen que actuase como chofer, pero era lo bastante profesional para mantener sus sentimientos bajo control. Ella no había tenido muchas alternativas. Se trataba de, o bien elegir a un conductor entre los miembros del equipo, o bien tratar de encontrar el cementerio de Abney Park sin ayuda y valiéndose de una guía de la ciudad. Si la asignaban de forma permanente a su nuevo puesto, Isabelle sabía que probablemente le llevaría años familiarizarse con esa compleja masa de calles y pueblos que, a lo largo de los siglos, se habían incorporado en la monstruosa expansión de Londres.

– ¿Patólogo? -preguntó al agente una vez que hubo hecho las presentaciones y firmado la hoja donde constaban todos los que entraban en el cementerio-. ¿Fotógrafo? ¿CSI?

– Dentro. Están esperando para meterla en la bolsa. Como ordenaron.

El policía era cortés…, nada más. La radio que llevaba fijada al hombro lanzó un graznido y el agente bajó el volumen. Isabelle desvió la mirada hacia los curiosos reunidos en la acera y de ellos a los edificios que se alzaban al otro lado de la calle. Estos incluían los omnipresentes establecimientos comerciales de todas las calles principales del país, desde un local de Pizza Hut hasta un kiosco de periódicos. Todos ellos tenían viviendas en los altos y, encima de uno de los locales -una charcutería polaca- se había construido un bloque de apartamentos. En esos lugares habría que llevar a cabo incontables interrogatorios. Los policías de Stoke Newington, decidió Isabelle, deberían estar agradeciendo al Señor que la Metropolitana se hiciera cargo del caso.

Una vez que estuvieron dentro del cementerio y los guiaron a través de su laberíntico abrazo, Isabelle preguntó por las tallas que se veían en los troncos de los árboles. Su guía era un voluntario del cementerio, un jubilado de unos ochenta años que les explicó que allí no había cuidadores ni encargados de mantenimiento, sino comités formados por personas como él, miembros no asalariados de la comunidad dedicados a rescatar Abney Park de la invasión de la naturaleza. Por supuesto, el lugar nunca volvería a ser lo que había sido, explicó el hombre, pero ésa no era la cuestión. Nadie quería eso. En cambio, estaba destinado a ser una reserva natural. Podrían verse pájaros y zorros y ardillas y cosas parecidas. «El objetivo es mantener los senderos transitables y asegurarnos de que el lugar no representa ningún peligro para las personas que desean pasar un tiempo en compañía de la naturaleza. Hay que tener esa clase de cosas en una ciudad, ¿no está de acuerdo? Una evasión, ya sabe. En cuanto a esas tallas en los árboles, las hace un chico. Todos le conocemos, pero no podemos cogerle mientras lo hace. Si le cogemos, uno de nosotros se encargará de que no vuelva a hacerlo», prometió.

Isabelle lo dudó. El hombre era tan frágil como las bocas de dragón silvestre que crecían a lo largo del sendero que seguían.

El guía los llevó por senderos cada vez más estrechos en su camino hacia el corazón del cementerio. Allí donde eran más anchos, los senderos eran pedregosos, empedrados de modos tan variados que parecían representaciones de todas las eras geológicas. Donde eran estrechos, los senderos estaban cubiertos de hojas putrefactas, y el terreno era esponjoso y aromático, y desprendía el intenso olor del abono vegetal. Finalmente apareció la torre de una capilla y luego la propia capilla, una triste ruina de hierro, ladrillo y acero corrugado, su interior invadido de malezas e inaccesible por las barras de hierro de la entrada.

– Es allí -les indicó el jubilado de forma retórica. El hombre señaló un grupo de oficiales del cuerpo forense con batas blancas que se encontraban al otro lado de un prado de hierba seca. Isabelle le agradeció su ayuda y luego le dijo a Nkata:

– Busque a la persona que encontró el cadáver. Me gustaría hablar con ella.

Nkata miró hacia la capilla. Isabelle sabía que quería inspeccionar la escena del crimen. Esperaba que el sargento protestara o discutiese. No hizo ninguna de las dos cosas.

– Muy bien -repuso Nkata, y ella dejó que fuera a lo suyo. A Isabelle le agradó la respuesta del sargento. Le caía bien.

Luego se acercó a una pequeña construcción auxiliar que se alzaba contigua a la capilla, junto a la cual una bolsa para cadáveres esperaba al lado de una camilla de ambulancia volcada. El cadáver tendría que ser transportado a pulso sobre la camilla, ya que los accidentados senderos del cementerio hacían imposible que el transporte llegara hasta allí.

Los oficiales del Departamento Forense estaban dedicados a una intensa labor que incluía desde medir con cinta métrica hasta señalizar las pisadas, por inútil que resultara, teniendo en cuenta que había docenas de ellas repartidas por el lugar. Sólo una estrecha vía de acceso consistente en tablas colocadas de un extremo a otro permitía llegar al lugar donde se encontraba el cadáver de la víctima, e Isabelle se puso unos guantes de látex mientras se dirigía hacia allí.

La patóloga forense salió del edificio auxiliar. Era una mujer de mediana edad, con los dientes, la piel y la tos de una fumadora empedernida. Isabelle se presentó al tiempo que preguntaba:

– ¿Qué es eso? -preguntó mientras señalaba el pequeño edificio con la cabeza.

– No tengo ni idea -contestó la patóloga. No le dijo su nombre, e Isabelle tampoco quiso saberlo-. No hay ninguna puerta que comunique con la capilla, de modo que no puede haber sido una sacristía. ¿Quizás un cobertizo para el jardinero? -La mujer se encogió de hombros-. En realidad, no tiene importancia, ¿verdad?

Por supuesto que no tenía importancia. Lo que importaba era el cadáver, que resultó ser el de una mujer joven. Estaba medio sentada, medio tumbada, dentro del pequeño anexo, en una posición que sugería que había caído hacia atrás después de ser atacada, y que luego se había deslizado por la pared hasta el suelo. La pared estaba moteada por el paso del tiempo y, encima del cadáver, un grafito de un ojo dentro de un triángulo proclamaba: Dios es inalámbrico. El suelo era de piedra y estaba cubierto de basura. La muerte había venido a mezclarse con bolsas de patatas fritas, envolturas de bocadillos, papeles de chocolatinas y latas de Coca-Cola vacías. Había también una revista pornográfica, una muestra de basura mucho más reciente que el resto de los desperdicios, ya que era nueva y no estaba arrugada. También estaba abierta por la página donde resaltaba una brillante fotografía de la entrepierna de una mujer que fruncía los labios pintados de rojo, calzaba botas de charol, lucía una chistera y nada más.

Un lugar espantoso para encontrar la muerte, pensó Isabelle. Se agachó para examinar el cadáver. El estómago le dio un vuelco al percibir el olor que desprendía el cuerpo sin vida: un olor a carne que se pudría por efectos del calor, denso como una niebla amarilla. Gusanos recién incubados se retorcían en las fosas nasales y la boca, el rostro y el cuello -al menos en las partes donde podían verse- se habían vuelto de un rojo verdoso.

La cabeza de la joven reposaba sobre el pecho, donde se había coagulado una gran cantidad de sangre. Allí, las moscas también estaban haciendo su trabajo, y el zumbido que producían era como cables de alta tensión en ese espacio cerrado. Cuando Isabelle movió con mucho cuidado la cabeza de la mujer para dejar expuesto el cuello, una nube de moscas se alzó de una horrible herida. La carne estaba serrada y rasgada, lo que sugería el uso de un arma empuñada por un asesino inexperto.

– La arteria carótida -dijo la patóloga. Señaló las manos hinchadas del cadáver-. Parece que trató de parar la hemorragia, pero no pudo hacer mucho. Debió de desangrarse deprisa.

– ¿Cuánto cree que lleva muerta?

– Es difícil precisarlo, a causa del calor. El cuerpo está lívido y la rigidez cadavérica ha desaparecido. ¿Veinticuatro horas, quizá?

– ¿Sabemos quién es?

– No llevaba nada encima. Y tampoco hemos encontrado un bolso. Nada que sugiera quién es. Pero los ojos… le servirán de ayuda.

– ¿Los ojos? ¿Por qué? ¿Qué pasa con ellos?

– Compruébelo usted misma -dijo la patóloga-. Están nebulosos, como cabía esperar, pero aún es posible ver una parte del iris. Muy interesante, me parece a mí. Ojos así no se ven muy a menudo.

Según la declaración de Alan Dresser, confirmada más tarde por los empleados del local de comida para llevar, McDonald's estaba inusualmente lleno de gente aquel día. Puede ser que otros padres de niños pequeños también estuviesen aprovechando ese intervalo de buen tiempo para salir a dar un paseo por la mañana, pero, en cualquier caso, la mayoría de ellos parece haber coincidido en McDonald's al mismo tiempo. Dresser tenía a su hijo pequeño que no dejaba de quejarse, y él estaba, lo reconoce, ansioso por calmarle, alimentarle y ponerse en marcha para regresar a casa y acostarle a dormir la siesta. Dejó el carrito con el niño en una de las tres mesas disponibles -la segunda desde la puerta de entrada- y fue al mostrador a hacer el pedido. Aunque un análisis retrospectivo demanda un castigo para Dresser por haber dejado a su hijo desatendido durante treinta segundos, en ese momento en McDonald's había al menos diez madres y, en compañía de ellas, al menos veintidós niños. En un establecimiento público de esas características y en pleno día, ¿cómo iba a imaginar que un peligro inconcebible estaba al acecho? Efectivamente, si uno piensa en algún peligro en un lugar así, le vienen a la mente pedófilos que merodean por los alrededores en busca de oportunidades para actuar, no en tres chicos menores de doce años. Nadie de los presentes parecía peligroso. De hecho, Dresser era el único hombre adulto del lugar.

Las cintas de videovigilancia muestran a tres chicos, identificados más tarde como Michael Spargo, Ian Barker y Reggie Arnold, acercándose al local de McDonald's a las 12.51. Llevaban más de dos horas en el centro comercial. Sin duda estaban hambrientos y, si bien podrían haber mitigado el hambre con las bolsas de patatas que habían cogido del kiosco del señor Gupta, su intención parece haber sido quitarle la comida a algún cliente de McDonald's y darse a la fuga. Tanto el relato de Michael como el de Ian coinciden en este punto. En todas las entrevistas, Reggie Arnold, sin embargo, se niega a hablar de McDonald's. Ello se debe, probablemente, al hecho de que, no importa de quién fuese la idea de llevarse a John Dresser de aquel lugar, fue Reggie Arnold quien cogió al niño de la mano cuando los chicos se dirigieron hacia la salida de Barriers.

Al mirar a John Dresser, Ian, Michael y Reggie debieron ver la antítesis de ellos mismos en el pasado. En el momento de su secuestro, el niño iba vestido con un flamante peto de invierno azul oscuro, con patitos amarillos en la parte delantera. El pelo rubio estaba recién lavado y aún no se lo habían cortado, de modo que le caía alrededor de su redonda cara hasta formar la clase de rizos angelicales que se asocian con los querubines del Renacimiento. Calzaba brillantes zapatillas deportivas blancas y llevaba su juguete favorito: un pequeño perro marrón y negro con las orejas colgantes y una lengua rosa parcialmente descosida fuera de la boca, un animal relleno que más tarde fue hallado en el camino que tomaron los chicos una vez que se llevaron a John de McDonald's.

Este secuestro se llevó a cabo sin ninguna dificultad. Fue cosa de un momento y la cinta de videovigilancia que documenta la abducción de John Dresser presenta una visión escalofriante. En ella se puede ver claramente a los tres chicos entrando en McDonald's (que, en esa época, no disponía de un circuito cerrado de cámaras de vigilancia propio). Menos de un minuto después, todos salen del local. Reggie Arnold aparece primero llevando a John Dresser cogido de la mano. Cinco segundos después le siguen Ian Barker y Michael Spargo. Michael come algo de un envase en forma de cono. Parece tratarse de patatas fritas de McDonald's.

Una de las preguntas formuladas una y otra vez después de los hechos fue: ¿cómo pudo Alan Dresser no darse cuenta de que se estaban llevando a su hijo? Existen dos explicaciones para ello. Una de ellas es el ruido y la cantidad de gente que había en el local en ese momento, que ahogaba cualquier sonido que John Dresser pudo haber hecho cuando se acercaron a él los tres chicos que se lo llevaron de allí. La otra es una llamada al teléfono móvil, llamada que Dresser recibió de su oficina cuando llegó a la caja para hacer su pedido. El desafortunado tiempo que duró la conversación le mantuvo de espaldas a su hijo más de lo normal en otras circunstancias y, como hace mucha gente, Dresser bajó la cabeza y la mantuvo en esa posición mientras escuchaba y respondía a su interlocutor, probablemente para evitar distracciones que habrían dificultado aún más su concentración en un ambiente tan ruidoso. Para cuando hubo acabado su llamada telefónica, hubo pagado por la comida y hubo regresado con ella a la mesa, John no sólo había desaparecido, sino que probablemente lo había hecho hacía casi cinco minutos, tiempo más que suficiente para que le llevasen fuera de Barriers.

Al principio, Dresser no pensó que alguien había cogido a su hijo. De hecho, con el local abarrotado de gente, eso fue lo último que pasó por su cabeza. En cambio pensó que el niño -inquieto como había estado en la tienda Stanley Wallinford- había bajado del carrito, atraído quizá por alguna cosa dentro de McDonald's o por algo fuera del local de comidas, pero todavía en el interior de la galería comercial. Esos minutos fueron vitales, pero Dresser no lo consideró así. Primero, compresiblemente, buscó dentro de McDonald's antes de comenzar a preguntar a los adultos allí presentes si habían visto a John.

Uno se pregunta cómo fue posible. Es mediodía. Es un lugar público. Hay otras personas, tanto niños como adultos. Y, sin embargo, tres chicos son capaces de acercarse a un niño pequeño, cogerle de la mano y marcharse con él sin que nadie aparentemente repare en ello. ¿Cómo pudo ocurrir algo así? ¿Por qué ocurrió?

El cómo de este hecho, en mi opinión, hay que buscarlo en la edad de quienes perpetraron este crimen. El hecho de que ellos mismos fuesen niños les volvió prácticamente invisibles, porque la acción que cometieron estaba más allá de la imaginación de la gente presente en McDonald's. La gente simplemente no esperaba que la maldad llegase en el envoltorio en el que se presentó aquel día. La gente tiende a tener retratos mentales predeterminados de los secuestradores de niños, y esos retratos no incluyen a escolares.

Una vez que se hizo evidente que John no estaba en McDonald's y que nadie le había visto, Dresser amplió el campo de su búsqueda. Fue sólo después de haber inspeccionado las cuatro tiendas más próximas a McDonald's cuando Dresser buscó a los agentes de seguridad de la galería comercial y se transmitió un aviso a través del sistema de megafonía, alertando a los clientes habituales de Barriers de que estuviesen atentos a la presencia de un niño pequeño vestido con un mono azul. Dresser pasó la hora siguiente buscando a su hijo en compañía del gerente del centro comercial y el jefe del equipo de seguridad. Ninguno de ellos consideró necesario examinar las cintas de videovigilancia porque, en aquel momento, ninguno de ellos quería pensar lo impensable.

Capítulo 5

Barbara Havers tuvo que utilizar su identificación para convencer al agente de que era una policía. El hombre le había gritado: «¡Eh! El cementerio está cerrado, señora», cuando se acercó a la entrada principal, después de haber encontrado finalmente un lugar donde aparcar su decrépito Mini justo detrás de un contenedor, donde estaban rehabilitando un edificio en Church Street.

Barbara lo atribuyó a su atuendo. Hadiyyah y ella habían acordado la compra de esa prenda básica de todo guardarropa -la falda acampanada-, pero eso era todo. Después de haber devuelto a Hadiyyah a la señora Silver, Barbara se puso la falda deprisa; comprobó que era unos centímetros demasiado larga, pero decidió usarla de todos modos. Sin embargo, no hizo nada más con su aspecto, aparte de ponerse el collar que había comprado en Accessorize.

Cuando le dijo quién era, el agente de la Policía local se quedó atónito antes de recobrar la compostura y balbucear que estaban dentro. Después le ofreció la hoja de registro para que firmase.

«Qué jodidamente servicial», pensó Barbara. Volvió a guardar su identificación dentro del bolso, sacó un paquete de cigarrillos y encendió uno. Estaba a punto de solicitar amablemente un poco más de información acerca de la ubicación precisa de la escena del crimen cuando una procesión que se movía lentamente emergió de debajo de los plátanos que se alzaban a corta distancia de la verja del cementerio. Estaba formada por el equipo de la ambulancia, una patóloga con una bolsa profesional en la mano y un policía uniformado. Los hombres de la ambulancia llevaban una bolsa para cadáveres sobre una camilla metálica, que habían estado cargando como si fuese una camilla sin ruedas. Se detuvieron un momento para bajar las patas y luego continuaron hacia el portón.

Barbara se encontró con ellos justo detrás de la verja.

– ¿La superintendente Ardery? -preguntó, a lo que la patóloga señaló vagamente con la cabeza hacia el norte.

– Hay agentes uniformados en el camino.

Aquélla fue la máxima información que le dio, aunque añadió: «Ya los verá. Búsqueda de huellas». Parecía indicarle que habría suficientes policías que podrían orientarla si lo necesitaba.

Tal y como se desarrollaron los acontecimientos, no fue necesario aunque le sorprendió ser capaz de encontrar la escena del crimen, considerando que el cementerio era un auténtico laberinto. No obstante, al cabo de unos minutos, el capitel de una capilla apareció ante ella y muy pronto vio a Isabelle Ardery en compañía de un fotógrafo de la Policía. Ambos estaban inclinados sobre la pantalla de su cámara digital. Cuando Barbara se acercó a ellos, oyó que alguien la llamaba. Winston Nkata salió de un camino secundario junto a un banco de piedra cubierto de liquen; agitaba una libreta de notas de cuero en la que, Barbara lo sabía, habría apuntado observaciones bellamente legibles con su letra rabiosamente elegante.

– ¿Qué ha pasado? -preguntó.

La puso al corriente. Mientras el sargento Nkata la informaba de la situación, la voz de Isabelle Ardery los interrumpió con un «Sargento Havers», que pronunció con un tono que no indicaba bienvenida ni agrado, a pesar de sus órdenes de que Barbara debía presentarse en el cementerio a toda prisa. Nkata y la agente se volvieron y comprobaron que la superintendente se acercaba a ellos. Ardery se movía amenazadoramente, no caminaba ni paseaba. Su rostro era una máscara pétrea.

– ¿Está tratando de ser graciosa? -preguntó.

Barbara sabía que su expresión era una página en blanco.

– ¿Eh?-dijo.

Miró a Nkata. El sargento parecía estar igualmente desconcertado.

– ¿Es ésta su idea de profesionalidad? -preguntó Ardery.

– Oh. -Barbara echó un vistazo a lo que podía ver de su atuendo. Zapatillas deportivas rojas de caña alta, falda azul oscuro que colgaba unos diez centímetros por debajo de las rodillas, camiseta con la leyenda Habla con mis nudillos porque mis oídos no te escuchan y un collar de cadena, cuentas y un pendiente adornado con filigranas. Comprendió al instante cómo podía tomarse Ardery su vestimenta: como una venganza-. Lo siento, jefa. Es todo lo que pude conseguir. -Vio que, junto a ella Nkata, se llevaba la mano a la boca. Sabía que el muy cabrón estaba tratando de ocultar una sonrisa-. Es la verdad -añadió-. Usted dijo que viniese pitando, y eso fue lo que hice. No tuve tiempo de…

– Es suficiente. -Ardery la miró de arriba abajo con los ojos entornados-. Quítese el collar. Créame, sargento, no mejora en nada su aspecto.

Barbara obedeció. Nkata se apartó unos pasos. Sus hombros se agitaban ligeramente. Tosió un par de veces. Ardery le preguntó casi gritando:

– ¿Qué ha conseguido?

Nkata se volvió hacia ella.

– Los chicos que encontraron el cuerpo ya se han ido. Los policías locales los llevaron a la comisaría para que hicieran una declaración completa. Pero conseguí algo de información antes de que se marcharan. Son un chico y una chica.

Nkata recitó el resto de lo que había podido averiguar: dos adolescentes habían visto a un chico que salía del lugar del crimen; la descripción se limitaba por ahora a que «tenía un culo enorme y los pantalones bajados», pero el adolescente dijo que probablemente podría ayudar con el retrato del sospechoso. Eso era todo lo que pudieron aportar, porque, evidentemente, se dirigían al anexo de la capilla para tener relaciones sexuales y «probablemente no habrían reparado en la crucifixión aunque se hubiese producido delante de sus narices».

– Queremos tener acceso a cualquier declaración que esos chicos hagan ante la Policía local -dijo Ardery. Puso a Barbara al corriente de los detalles del crimen y llamó al fotógrafo para que les enseñase las imágenes digitales. Mientras Nkata y Barbara miraban las fotografías, Ardery añadió-: Una herida arterial. Quienquiera que lo hiciera, estaría, literalmente, cubierto de sangre.

– A menos que la sorprendieran por la espalda -señaló Barbara-. La cabeza cogida, echada hacia el agresor, el arma clavada por detrás. De ese modo tendría sangre en el brazo y en las manos, pero muy poca en el cuerpo. ¿Correcto?

– Es posible -dijo Ardery-. Pero a uno no pueden cogerle por sorpresa en el lugar donde estaba el cadáver, sargento.

Barbara podía ver el edificio auxiliar desde donde estaban.

– ¿Pudieron sorprenderla y luego arrastrarla hasta allí? -preguntó.

– No hay señales de que haya sido arrastrada.

– ¿Sabemos quién es la mujer?

Barbara alzó la vista de la pequeña pantalla con las imágenes.

– No hay ninguna identificación. Estamos realizando una búsqueda en todo el perímetro, pero si no conseguimos encontrar el arma o algo que pueda decirnos quién es la mujer, convertiremos todo el lugar en una cuadrícula y examinaremos el terreno por secciones. Quiero que usted esté al frente de esa operación…, coordinada con la Policía local. Quiero que se encargue también de una inspección casa por casa. Concéntrese primero en las terrazas que bordean el cementerio. Encárguese de eso y volveremos a reunirnos en la central.

Barbara asintió mientras Nkata decía:

– ¿Quiere que me quede a esperar el retrato del sospechoso, jefa?

– Haga eso también -le dijo Ardery a Barbara-. Quiero que se asegure de que la declaración de esos chicos llegue a Victoria Street. Y quiero ver si puede conseguir algo más de ellos.

– Yo puedo… -dijo Nkata.

– Usted me llevará en coche -le cortó Ardery.

Miró hacia el perímetro del claro donde se alzaba la capilla. Los agentes de la Policía local dirigían la búsqueda en esa zona. Avanzarían en círculos hasta que encontrasen -o no- el arma, el bolso de la víctima o cualquier otra cosa que pudiese constituir una prueba. Era un lugar de pesadilla que podía producir mucho o absolutamente nada.

Nkata estaba en silencio. Barbara vio que tensaba un músculo de la mandíbula. Finalmente, el sargento dijo:

– Con el debido respeto, jefa, ¿no quiere que un agente la lleve en el coche? ¿O incluso un voluntario?

– Si quisiera un agente o un voluntario, habría pedido uno -dijo Ardery-. ¿Tiene algún problema con el trabajo que le he asignado, sargento?

– Me parece que yo podría ser más útil…

– Como yo decida -le interrumpió Ardery-. ¿Ha quedado claro?

Nkata permaneció callado un momento. Luego dijo:

– Sí, jefa -educadamente, asintiendo.

* * *

Bella McHaggis estaba completamente empapada en sudor, pero en excelente forma. Acababa de terminar su clase de yoga con sauna -aunque «cualquier» clase de yoga se habría convertido en yoga con sauna con semejante tiempo- y se sentía poderosa y a la vez relajada. Todo gracias al señor McHaggis. Si el pobre hombre no hubiese muerto sentado en el retrete, con el miembro en la mano y la chica de la página tres [8] extendida con sus grandes pechos en el suelo delante de él, probablemente ella estaría en la misma forma física, que aquella mañana cuando descubrió que él se había marchado en busca de su recompensa eterna. Pero el hecho de ver al pobre McHaggis de esa manera había sido como una llamada a filas. Mientras que antes de la muerte de su esposo, Bella no era capaz de subir un tramo de escaleras sin perder el aliento, ahora podía hacer eso y más. Estaba particularmente orgullosa de su flexible cuerpo. Era capaz de doblarse desde la cintura y apoyar las palmas de las manos en el suelo. Podía levantar la pierna a la altura de la repisa de la chimenea. No estaba mal para una mujer de sesenta y cinco años.

Estaba en Putney High Street y se dirigía a su casa. Aún llevaba puesto su atuendo de yoga y la esterilla debajo del brazo. Pensaba en gusanos, específicamente en los gusanos del abono que vivían en una pequeña planta de compostaje de su jardín trasero. Eran una criaturas realmente asombrosas -benditas sean, comían cualquier cosa que les diese-, pero necesitaban algo de cuidado. No les gustaban los extremos: ni demasiado calor ni demasiado frío; si no, se marchaban a la gran pila de abono en el cielo. De modo que estaba calculando cuánto era demasiado calor cuando pasó junto al estanco que exhibía un anuncio de la última edición del Evening Standard.

Bella estaba acostumbrada a ver algún acontecimiento dramático reducido a tres o cuatro palabras adecuadas para que la gente entrase en el kiosco a comprar un periódico. Habitualmente, sin embargo, continuaba su camino hacia su casa en Oxford Road porque, en su opinión, en Londres había demasiados periódicos -tanto tabloides como diarios serios- y, más allá del reciclaje, estaban acabando con todos los bosques del planeta, de modo que no pensaba en contribuir a la deforestación. Pero este titular en particular hizo que se detuviese: Mujer muerta en Abney Park.

Bella no tenía idea de dónde estaba Abney Park, pero se quedó allí, parada en medio de la acera, mientras los peatones pasaban junto a ella, y se preguntó si era posible… No quería pensarlo… Odiaba la idea de que fuera posible. Pero puesto que podía serlo, entró en el kiosco y compró un ejemplar del periódico, diciéndose que al menos podría desmenuzarlo para alimentar a los gusanos, si resultaba que en esa historia no había nada interesante.

No leyó la noticia allí mismo. De hecho, como no quería parecer la clase de persona a la que se podía seducir para que comprase un periódico gracias a una táctica publicitaria, también compró unas pastillas de menta y una caja de ambientador de hierbabuena. Rechazó la bolsa de plástico que le ofrecieron para guardar estos artículos -en algún momento había que decir basta, y Bella se negaba a participar en el aumento de la suciedad y destrucción del planeta a través de las bolsas de plástico que se veían volando por las calles todos los días- y continuó su camino a casa.

Oxford Road no estaba lejos del kiosco; era una estrecha calle que discurría en forma perpendicular a Putney Road y al río. Se tardaba menos de un cuarto de hora andando desde el estudio de yoga, de modo que muy pronto Bella atravesó la puerta de entrada y sorteó los ocho cubos de basura de plástico que utilizaba para reciclar que había en su pequeño jardín delantero.

Una vez dentro de la casa se dirigió a la cocina, donde preparó una de las dos tazas de té verde que bebía cada día. Odiaba esa mezcla -imaginaba a lo que debía de saber el pis de caballo-, pero había leído numerosos artículos acerca del valor de aquella infusión. Como siempre, se tapaba la nariz y dejaba que el brebaje descendiese por su garganta. No fue hasta que hubo bebido la espantosa infusión que desplegó el periódico sobre la encimera y echó un vistazo a la primera página.

La fotografía no decía mucho. En ella se veía la entrada de un parque custodiada por un policía. Había una segunda foto, más pequeña, dentro de ésta, una toma aérea que mostraba un claro en medio de lo que parecía ser una zona boscosa. En el centro del claro, una iglesia con personas que llevaban batas blancas dispersas a su alrededor.

Bella leyó la historia que acompañaba las fotos buscando los datos relevantes: mujer joven, asesinada, aparentemente apuñalada, bien vestida, ninguna identificación…

Pasó directamente a la tercera página, donde vio un retrato, acompañado del epígrafe «persona sospechosa en busca y captura». Los retratos confeccionados por la Policía, pensó, nunca se parecían a la persona que estaban describiendo, y en este caso su aspecto era tan universal que prácticamente cualquier chico adolescente podría haber sido detenido en la calle e interrogado como consecuencia de ese dibujo: pelo oscuro cayendo sobre los ojos, cara regordeta, con una sudadera con capucha -al menos la capucha estaba bajada- a pesar del calor… Totalmente inútil en lo que a una descripción facial se refería. Ella acababa de ver a una docena de chicos con esa pinta en Putney High Street.

El artículo indicaba además que aquel individuo en particular había sido visto cuando abandonaba la escena del crimen en Abney Park. Bella buscó una vieja guía en la estantería del comedor. Localizó el lugar en Stoke Newington. Hizo una pausa. Entonces oyó que alguien abría la puerta principal y que unos pasos se dirigían hacia ella por el pasillo.

– ¿Frazer, cariño? -dijo, aunque no esperaba que le respondieran. Había decidido conocer las entradas y salidas de sus huéspedes: aquélla era la hora en que Frazer Chaplin regresaba de su trabajo matutino para refrescarse un poco y cambiarse de ropa antes de marcharse a su empleo vespertino. Le gustaba que aquel joven tuviera dos trabajos. Era esa clase de gente trabajadora a la que le gustaba alquilarle habitaciones en su casa-. ¿Tienes un momento?

Frazer llegó a la puerta del comedor cuando ella levantaba la vista de la guía. El joven enarcó una ceja -negra como su pelo, que era grueso y rizado y recordaba los árabes de España en el siglo xv, aunque el chico era irlandés- y dijo:

– Un calor sofocante, ¿eh? Todos los críos en Bayswater estaban en la pista de patinaje sobre hielo, señora McH.

– Sin duda -dijo Bella-. Echa un vistazo a esto, cariño.

Bella le llevó a la cocina y le mostró el periódico. Frazer leyó el artículo y luego la miró.

– ¿Y?

Parecía desconcertado.

– ¿Qué quieres decir con «y»? Una mujer joven, bien vestida, muerta…

Entonces Frazer pareció entenderlo y su expresión cambió.

– Oh, no, no lo creo -dijo, aunque sonaba ligeramente dubitativo-. De verdad, no puede ser, señora McH.

– ¿Por qué no?

– Porque ¿qué iba a estar haciendo ella en Stoke Newington? ¿Y en un cementerio, por el amor de Dios? -Volvió a mirar las fotografías. Miró también el retrato que había hecho la policía. Meneó la cabeza lentamente-. No. No. De verdad. Es probable que se haya marchado a alguna parte para tomarse un descanso y escapar del calor. Al mar o algo así, ¿no cree? ¿Quién podría culparla por eso?

– Lo hubiese dicho. No habría querido que nadie se preocupase. Ya lo sabes.

Frazer dejó de examinar las fotos del periódico y levantó la cabeza con una expresión de alarma en los ojos, un detalle que Bella advirtió con satisfacción. Había muy pocas cosas en la vida que aborreciera más que a alguien lento, y le adjudicó a Frazer una puntuación alta en relación con su habilidad para leer entre líneas.

– No he vuelto a romper las reglas. Quizá no sea el tío más listo del mundo, pero no soy…

– Lo sé, cariño -dijo Bella rápidamente. Dios sabía que en el fondo era un buen chico. Fácil de manejar, tal vez. Quizá se entusiasmaba demasiado cuando veía una falda. Pero, aun así, un buen chico en todo aquello que era importante-. Lo sé, lo sé. Pero, a veces, las chicas pueden ser auténticas barracudas, como has podido ver con tus propios ojos.

– No esta vez. Y no esta chica.

– Pero eras afectuoso con ella, ¿verdad?

– Como soy afectuoso con Paolo. Como soy afectuoso con usted.

– Cierto -dijo Bella, y no pudo evitar sentirse ligeramente halagada por su declaración de afecto-. Pero ser afectuoso nos da acceso a la gente, a saber lo que les ocurre en su interior. De modo que, ¿no crees que ella parecía diferente, últimamente? ¿No parecía como si hubiese algo que le preocupaba?

Frazer se frotó la barbilla con la mano mientras consideraba el asunto. Bella podía oír el sonido áspero de los pelos de la barba contra la palma. Tendría que afeitarse antes de ir a trabajar.

– No tengo mucho talento para interpretar lo que le pasa a la gente -dijo-. No como usted. -Volvió a quedarse en silencio. A Belle le gustaba esa cualidad de Frazer. No se lanzaba a dar opiniones sin fundamento, como hacían tantos jóvenes. Era un joven prudente y se tomaba su tiempo-. Podría ser (si efectivamente se trata de ella, y no estoy diciendo que lo sea, porque apenas tendría algún sentido) que haya ido allí a pensar. A un lugar tranquilo como un cementerio.

– ¿A «pensar»? -dijo Bella-. ¿Hacer todo ese viaje hasta Stoke Newington sólo para pensar? Puede pensar en cualquier parte. Puede pensar en el jardín. Puede pensar en su habitación. Puede pensar dando un paseo junto al río.

– De acuerdo. Entonces, ¿qué? -preguntó Frazer-. Suponiendo que sea ella, ¿para qué habría ido a ese lugar?

– Últimamente se había mostrado muy reservada. No era la misma de siempre. Si se trata de ella, fue a ese lugar por una buena razón.

– ¿Por ejemplo?

– Para encontrarse con alguien. Para encontrarse con alguien que la mató.

– Eso es una locura.

– Puede ser, pero pienso llamar de todos modos.

– ¿A quién?

– A la Policía, cariño. Están pidiendo información y nosotros la tenemos, tú y yo.

– ¿Qué? ¿Que hay una huésped que hace dos noches que no aparece por casa? Supongo que hay mil historias como esa por toda la ciudad.

– Puede. Pero este huésped en particular tiene un ojo marrón y el otro verde, y dudo de que puedas encontrar esa descripción en cualquier otra persona que haya desaparecido.

– Pero si se trata de ella y está muerta…

Frazer no dijo nada más. Bella alzó la vista del periódico. En su tono de voz había algo, y eso despertó las sospechas de Bella. Pero sus preocupaciones se disiparon cuando el hombre añadió: «Es una gran chica, la señora McH. Siempre se ha mostrado abierta y amable. Nunca se ha comportado como alguien que tuviera secretos. De modo que si se trata de ella, la pregunta no es tanto por qué estaba allí, sino quién en esta bendita tierra querría matarla.

– Algún loco, cariño -contestó Bella-. Tú y yo sabemos que Londres está lleno de ellos.

* * *

Debajo de él podía oír el ruido habitual: guitarras acústicas y eléctricas, muy mal tocadas. Las guitarras acústicas podían soportarse, ya que, al menos, sus acordes indecisos no eran amplificados. En cuanto a las guitarras eléctricas, tenía la sensación de que cuanto peor era el músico, más alto era el volumen del amplificador. Era como si quienquiera que fuese el alumno, él o ella disfrutasen siendo malos. O tal vez el profesor disfrutase permitiendo que el alumno fuese mediocre con el volumen al máximo, como si estuviera impartiendo una lección que no tenía nada que ver con la música. No podía imaginar por qué sucedía aquello, pero ya hacía mucho tiempo que había dejado de intentar comprender a la gente con la que vivía.

Si declarases, lo entenderías. Si te mostrases a ti mismo como quien podrías ser. Nueve órdenes pero nosotros -nosotros- somos la más elevada. Distorsiona el plan de Dios y caerás como los demás. Acaso quieres…

El chillido de un acorde sonó muy mal. Ahuyentó las voces. Fue una bendición. Necesitaba estar fuera de este lugar, como habitualmente, cuando las horas en que la tienda de abajo estaba abierta al público. Pero no había podido moverse de allí en los últimos dos días. Ése era el tiempo que le había llevado limpiar la sangre.

Tenía una habitación amueblada y había utilizado el lavamanos. Sin embargo, era muy pequeño, y estaba colocado en una esquina de la habitación. También estaba a la vista desde la ventana, de modo que había tenido que ser muy cuidadoso, porque, si bien era poco probable que alguien pudiese verle a través de las cortinas, siempre existía la posibilidad de que un soplo de brisa las apartase en el preciso momento en que él estaba estrujando el agua color cereza de la camisa, la chaqueta o incluso los pantalones. No obstante, deseaba que soplase algo de brisa, aun cuando sabía que una brisa sería peligrosa para él. Había abierto la ventana porque en la habitación hacía tanto calor que no podía respirar, y… es inútil ahora para nosotros a menos que te muestres a ti mismo…, había golpeado contra sus tímpanos. El pensar en el aire le había llevado tambaleándose hasta la ventana para abrirla de par en par. Lo había hecho por la noche, lo había hecho por la noche, y eso significaba que era capaz de establecer diferencias y nosotros no pretendemos luchar unos contra otros. Estamos destinados a luchar contra los hijos de la Oscuridad. ¿No ves acaso que…?

Se colocó los auriculares y subió el volumen. Había estado escuchando la Oda a la alegría de forma intermitente, porque sabía que era capaz de ocupar un espacio tan grande en su cerebro que no podía tener otros pensamientos que no fuesen esos sonidos, y no podía oír otras voces que no fuesen las del coro. Eso era lo que necesitaba para tranquilizarse hasta que pudiese volver a la calle.

Su ropa se había secado rápidamente gracias al intenso calor, lo que era un verdadero alivio. Eso le había permitido remojarlas una segunda y una tercera vez. Finalmente, el color del agua había pasado de carmesí brillante al rosa pálido de las flores de primavera, y aunque la camisa no volvería nunca a ser blanca, si no empleaba lejía o un lavado profesional, las manchas más obvias habían desaparecido. Y en la chaqueta y los pantalones no se veían en absoluto. Ahora sólo quedaba planchar las prendas. Había comprado una plancha, porque su aspecto era muy importante para él. No le gustaba que la gente se apartase de su camino. Quería que estuvieran cerca, quería que le escucharan y que supieran cómo era realmente. Pero eso no podría pasar si su aspecto era desaliñado, con ropa sucia que indicara pobreza y dormir al raso. Ninguna de esas cosas era exacta. Él había elegido su vida. Quería que la gente lo supiera.

… otras opciones. Aquí hay una delante de ti. La necesidad es grande. La necesidad lleva a la acción y la acción al honor.

Él lo había buscado. Honor. Sólo honor. Ella le había necesitado. Él había oído la llamada.

Sin embargo, todo había salido mal. Ella le miró y él pudo ver el reconocimiento en sus ojos, y supo que implicaba sorpresa, porque ella estaba sorprendida; pero aquella mirada también significaba bienvenida. Se había acercado y supo lo que había que hacer y, en ese momento, no había voces, ningún coro de sonidos, y no había oído nada, ni siquiera la música de los auriculares que llevaba puestos.

Y había fallado. Sangre por todas partes, en los dos, y en las manos y la garganta de ella.

Había huido de allí. Primero se escondió, y se había frotado con hojas caídas para quitarse la sangre. Se quitó la camisa e hizo una pelota con ella. Se puso la chaqueta del revés. Los pantalones estaban manchados de sangre, pero eran negros, y el negro oscurecía el rojo carmín de ella, que le había salpicado la parte delantera del cuerpo. Había tenido que regresar a casa y coger el autobús, más de un autobús. Además, no había sabido cuándo bajarse para hacer el transbordo, de modo que le había llevado horas y le habían visto, le habían mirado estúpidamente, habían murmurado sobre él, aunque nada de eso importaba porque…

… otra señal y deberías haberla leído. Hay señales a tu alrededor, pero eliges protegerte cuando estás destinado a luchar…

Era su trabajo llegar a casa y lavarse, para poder hacer lo que se había propuesto.

Nadie, se dijo, ataría cabos. En los autobuses de Londres había muchas clases diferentes de gente; nadie prestaba atención a nada. Además, aun cuando lo hubiesen hecho o le hubiesen visto, o incluso aunque hubieran hecho algún comentario o hubieran recordado lo que habían visto, no importaba. Nada importaba. Había fracasado, y tenía que vivir con ello.

Capítulo 6

A Isabelle Ardery no le gustó que el subinspector jefe Hillier se presentase en la reunión matutina que mantenía con su equipo al día siguiente. Tuvo la sensación de que la estaba vigilando, algo que no le gustaba, aunque la excusa fue que su intención sólo era decirle «bien hecho» en relación con la conferencia de prensa que ella había mantenido la tarde anterior. Quería decirle que no era tonta: entendía exactamente por qué había aparecido en el centro de coordinación para quedarse parado ahí de pie y con aires de importancia en la parte de atrás, y entendía también que el jefe de una investigación -«esto es, yo, señor»- debía escuchar cualquier cosa que el oficial de prensa aconsejara sobre la información que había que suministrar a los medios, de modo que difícilmente debían felicitarla por haber hecho su trabajo. Pero aceptó el elogio con un formal «gracias, señor» y aguardó con ansiedad a que se fuera. Le había dicho: «Me mantendrá informado, ¿verdad, superintendente interina?». «Superintendente interina.» No era necesario que le recordaran que aquélla era su audición -a falta de una palabra mejor-, pero parecía ser la intención del hombre hacer ese recordatorio siempre que se le presentaba la oportunidad. Ella le había informado de que la conferencia de prensa y la petición de que cualquier testigo que hubiera visto algo sospechoso se pusiera en contacto con ellos comenzaban a dar sus frutos. Le preguntó, además, si quería un resumen de las llamadas telefónicas diarias. Hillier la miró de un modo que le confirmó que estaba intentando entrever lo que se ocultaba detrás de esa pregunta. Declinó el ofrecimiento, pero ella mantuvo el rostro impasible. Aparentemente, dedujo que estaba siendo sincera. Le dijo: «Nos reuniremos más tarde, ¿verdad?», y eso fue todo. Luego abandonó la sala. El inspector John Stewart la observaba con una mirada llena de hostilidad, y ella procuró no hacerle caso.

Las entrevistas puerta a puerta en Stoke Newington seguían su curso. Continuaba el lento proceso de búsqueda en los terrenos del cementerio, se atendían y analizaban las llamadas telefónicas, se habían trazado mapas y diagramas. Estaban decididos a obtener algo de la conferencia de prensa, de las historias que aparecían en los telediarios y en la prensa diaria, y del retrato que había hecho la Policía a partir de los datos suministrados por los dos adolescentes que habían descubierto el cadáver en el cementerio. De modo que las cosas se desarrollaban de la manera prevista. Hasta el momento, Isabelle estaba satisfecha de su actuación.

No obstante, tenía sus dudas en cuanto al análisis post mortem. La disección de los cadáveres no era algo que fuese con ella. La visión de la sangre no le provocaba nada parecido al desmayo, pero ver una cavidad abierta en un cuerpo humano y los procedimientos empleados para extraer y pesar aquello que hasta hacía muy poco habían sido órganos vivos tendían a ponerle el estómago del revés. Por tal motivo decidió que, aquella tarde, no llevaría a nadie con ella a observar esos procedimientos. También pasó del almuerzo; prefirió vaciar uno de los tres botellines de vodka que había guardado en el bolso precisamente con este propósito.

Encontró la morgue sin problemas. Dentro la esperaba el patólogo de la jefatura de Policía. Se presentó como el doctor Willeford -«pero puede llamarme Blake…, llevémonos bien, ¿le parece?»- y le preguntó si quería una silla o un taburete por si «la exploración del cuerpo resulta ser bastante más fuerte de lo que sea capaz de soportar». Lo dijo con amabilidad, pero había algo en su sonrisa que le hizo desconfiar de él. No tenía ninguna duda de que su reacción ante la autopsia sería debidamente filtrada, ya que los largos tentáculos de Hillier llegaban incluso hasta la morgue. Prometió permanecer de pie. Le dijo a Willeford que no preveía ninguna dificultad con el procedimiento, ya que nunca había tenido problemas con las autopsias (era mentira, pero ¿cómo iba él a saberlo?). Willeford sonrió, se acarició la barbilla, la observó y luego dijo alegremente: «De acuerdo, entonces, allá vamos». Ella se acercó a la camilla de acero inoxidable y fijó la vista en el cuerpo que yacía allí, boca arriba, esperando la incisión en forma de Y, frente a la herida mortal que formaba un rayo ensangrentado en la zona derecha del cuello.

Willeford enumeró primero los detalles superficiales más notables. Le hablaba al micrófono que pendía sobre la camilla de autopsias. Lo hizo de modo coloquial, como si su intención fuese entretener a quienquiera que se encargase de la transcripción posterior de sus palabras.

– Kathy, querida -dijo en el micrófono-, esta vez tenemos frente a nosotros a una mujer. Su estado físico es bueno, no presenta tatuajes y tampoco cicatrices. Mide un metro setenta (busca tú los parámetros de referencia, cariño, a mí me da pereza) y pesa cuarenta y nueve coma ochenta y cuatro kilos. Busca aquí también los parámetros de referencia, ¿quieres, Kath? Y, por cierto, ¿cómo está tu madre, querida? ¿Está preparada, superintendente Ardery? Oh, Kath, no hablaba contigo, cariño. Tenemos a alguien nuevo aquí. Se llama Isabelle Ardery -dijo guiñándole el ojo-. Ni siquiera ha pedido una silla ante la eventualidad de que el por-si-acaso se convierta en el caso. De todos modos… -Cambió de sitio para examinar la herida en el cuello-. Tenemos la arteria carótida perforada. Muy desagradable. Te alegrarás de no haber estado aquí, aunque ese sentimiento sea el habitual, cariño. También tenemos un desgarro en la herida, muy dentado, que mide… sus buenos dieciocho centímetros. Se movió desde el cuello de la víctima a lo largo del costado del cuerpo, donde cogió una de las manos y luego la otra, disculpándose con Isabelle al pasar delante de ella y notificando a Kathy que la superintendente aún se mantenía de pie y que su color era bueno, pero que habría que verlo, ¿verdad?, una vez que abriesen el cuerpo-. No hay heridas defensivas en las manos, Kath -dijo-. No hay uñas rotas y tampoco arañazos. Hay sangre en ambas, pero deduzco que es producto de su intento de detener la hemorragia una vez que el arma fue extraída.

El doctor Willeford siguió hablando durante unos minutos y documentando todo aquello que era visible. Calculó que la edad de la mujer estaba entre los veinte y los treinta años, y luego se preparó para el siguiente paso del proceso.

Isabel estaba lista. Era evidente que él esperaba que se desmayase. Tan evidente como que ella no tenía ninguna intención de hacerlo. Descubrió que no le vendría nada mal otro trago de vodka cuando, después de la incisión y la exposición de la caja torácica, Willeford cogió unas largas tijeras para cortar a través del pecho de la víctima -el sonido del metal cortando el hueso era lo que le resultaba más repulsivo-, pero después de eso el resto fue, aunque no fácil, sí al menos más tolerable.

Después de que Willeford hubiese aportado su granito de arena, dijo:

– Querida Kath, como siempre, ha sido un placer. ¿Podrías pasarlo a máquina y enviárselo a la superintendente Ardery, querida? Y, por cierto, todavía se mantiene de pie, de modo que me atrevería a decir que es un valor seguro. ¿Recuerdas al inspector Shatter? (qué nombre tan apropiado, ¿eh?) [9]. Se cayó de cabeza dentro de la cavidad corporal aquella vez en Berwick-on-Tweed. Dios, qué escándalo. Ah, «pero para qué vivimos, si no es para dar… lo que sea que le demos a nuestros vecinos y para reírnos de ellos». Nunca puedo acordarme bien de esa cita. Adieu, querida Kath, hasta la próxima.

En ese momento, un ayudante entró en la sala para encargarse de la limpieza. Willeford se quitó la bata y los guantes, los lanzó a un cubo de basura que había en un rincón e invitó a Isabelle a «entrar en mi salón, como dijo la araña… Allí tengo algo más para usted».

Ese algo más resultó ser la información de que se habían encontrado dos pelos en las manos de la víctima, y Willeford no dudaba de que la gente del CIS no tardaría en notificarle que habían recogido un gran número de fibras de sus ropas.

– Ella estuvo bastante cerca de su asesino, ya sabe a qué me refiero -dijo Willeford con un guiño.

Isabelle se preguntó si eso significaba acoso sexual, mientras preguntaba suavemente:

– ¿Coito? ¿Violación? ¿Una pelea?

– Nada -respondió él-. Ninguna prueba. Ella fue, si se puede decir de esa manera, una participante voluntaria en lo que fuese que pasara entre ella y el dueño de esas fibras. Es probable que ésa fuese la razón de que la encontrasen en el lugar donde lo hicieron, ya que no había ninguna prueba de que la hubiesen arrastrado a ninguna parte contra su voluntad, ni magulladuras ni piel debajo de las uñas, esa clase de cosas -aclaró.

Le preguntó si había averiguado algo sobre la posición en que estaba la mujer cuando la atacaron. ¿Y sobre la hora de la muerte? ¿Cuánto tiempo era probable que hubiera vivido después del ataque? ¿Desde qué dirección se produjeron las heridas? ¿El asesino era zurdo o diestro?

En este punto, Willeford metió la mano en el bolsillo de su cazadora -la había dejado detrás de una puerta y la trajo a donde estaban sentados- y sacó una barrita energética. Tenía que mantener el nivel de azúcar en la sangre, confesó. Su metabolismo era la maldición de su vida.

Isabelle comprobó que así era. Sin su vestimenta de médico era delgado como una manguera de jardín. Con sus casi dos metros de altura, es probable que necesitara estar comiendo todo el día, algo que debía de ser muy difícil, teniendo en cuenta a qué se dedicaba.

Willeford le dijo que la presencia de los gusanos situaba el momento de la muerte entre veinticuatro y treinta y seis horas antes de que se encontrase el cuerpo, aunque considerando el intenso calor, la opción más plausible eran las veinticuatro horas. La mujer habría estado de pie cuando la atacaron y su agresor era diestro. El análisis toxicológico mostraría si había presencia de alcohol o drogas, pero eso llevaría algún tiempo, como el ADN de los pelos, ya que había «folículos unidos a ellos y ¿no es eso encantador?».

Le preguntó si creía que el asesino había estado situado delante o detrás de la joven.

– Estaba de pie delante de ella, sin ninguna duda -le contestó.

Aquello significaba, concluyó Isabelle, que tal vez conocía a su asesino.

* * *

Isabelle también acudió sola a su siguiente visita aquel día. Estudió previamente la ruta y se sintió aliviada al comprobar que el camino que debía seguir para llegar a Eaton Terrace no era complicado. Lo importante era no cometer ningún error en los alrededores de Victoria Station. Si ponía los cinco sentidos y no se dejaba alterar por el tráfico, sabía que sería capaz de abrirse camino a través de la maraña de calles sin acabar en el río o en la dirección opuesta, en el palacio de Buckingham.

Pese a todo realizó un giro equivocado al llegar a Eaton Terrace, eligiendo la izquierda en lugar de la derecha, pero reparó en su error cuando comenzó a leer los números de las casas en sus imponentes puertas. Después de cambiar de dirección, fue todo mucho más sencillo. Aun así, al llegar a su destino se quedó sentada dentro del coche durante dos minutos, considerando cómo enfocar la situación.

Finalmente decidió que lo mejor era decir la verdad, algo que, reconoció, era generalmente la mejor opción. No obstante, a fin de poder hacerlo, necesitaba algo que la ayudara, y ese algo estaba guardado en el fondo de su bolso. Le alegraba haber pensado en llevar más de un botellín de vodka para su jornada laboral.

Se bebió todo el contenido del botellín. Retuvo el último sorbo sobre la lengua durante unos segundos mientras se calentaba. Tragó el líquido y luego buscó en el bolso un chicle de frutas que fue masticando mientras se dirigía a la escalinata que había en la entrada de la casa. Al llegar al tablero de ajedrez de mármol que señalaba lo que hacía las veces de porche, escupió el chicle, aplicó un poco de brillo en los labios y se alisó las solapas de la chaqueta. Luego llamó al timbre.

Sabía que él tenía a un hombre -qué expresión confusa, pensó-. Fue ese individuo quien abrió la puerta. Se trataba de un jovencito formal, vestido con ropa de tenis, lo que no dejaba de ser una indumentaria curiosa para un criado, asistente personal, mayordomo o lo que fuese que tuviera un conde de incógnito. Porque así era como Isabelle consideraba al inspector Thomas Lynley, como un conde de incógnito. Le resultaba francamente inconcebible que alguien de su posición social eligiese una vida de policía, a menos que fuese alguna clase de situación de incógnito en la que Lynley se ocultaba del resto de su clase. Y su clase era esa gente cuyas fotografías uno veía en las primera planas de los periódicos sensacionalistas cuando se metían en problemas, o en las páginas de Hola, OK!, Tatler y otras publicaciones similares, alzando copas de champán ante los fotógrafos. Acudían a los clubes nocturnos y se quedaban hasta el amanecer, esquiaban en los Alpes -franceses, italianos o suizos, ¿qué más daba?- y viajaban a lugares como Portofino, Santorini u otras localidades mediterráneas, jónicas o egeas terminadas en vocal. Pero no trabajaban en empleos ordinarios y, si lo hacían porque necesitaban el dinero, obviamente no elegían ser policías.

– Buenas tardes -dijo el hombre vestido de tenista. Era Charlie Denton. Isabelle había hecho sus deberes.

Le mostró su credencial y se presentó.

– Señor Denton, estoy tratando de localizar al inspector. ¿Por casualidad está en casa?

Si le causó alguna sorpresa que ella conociera su identidad, Charlie Denton fue lo bastante cauto como para no demostrarlo.

– De hecho… -dijo, y la hizo pasar. Luego señaló una puerta a la derecha que llevaba a un recibidor decorado en un agradable tono verde-. Creo que está en la biblioteca -añadió.

Señaló una sencilla estancia con muebles alrededor de un hogar y le dijo que, si le apetecía, podía traerle una bebida. Ella pensó en aceptar el ofrecimiento y beber un vodka Martini puro, pero declinó la invitación al pensar que Denton se estaba refiriendo, en realidad, a una bebida más acorde con el hecho de que aún estaba de servicio.

Cuando se marchó en busca de su… (Isabelle se preguntó cuál era la palabra: ¿su amo?, ¿su patrón?, ¿su qué?), estudió la habitación. La vivienda era una casa adosada señorial y probablemente pertenecía a la familia Lynley desde hacía mucho tiempo, ya que nadie había entrado en ella para destruir los rasgos que habían formado parte de su construcción en el siglo xix. Por lo tanto, la casa conservaba aún la decoración de escayola en los techos junto con sus molduras encima, debajo y alrededor de ella. Isabelle pensó que existían innumerables términos arquitectónicos para definir todo ese trabajo artístico, pero ella no conocía ninguno, aunque era perfectamente capaz de admirarlo.

No se sentó y prefirió, en cambio, acercarse a la ventana que dominaba la calle. Había una mesa debajo del alféizar y sobre ella descansaban numerosas fotografías enmarcadas, entre las cuales destacaba una de Lynley y su esposa el día de su boda. Isabelle la cogió para estudiarla más de cerca. Era una instantánea informal y espontánea, la novia y el novio riendo y brillando en medio de una multitud de personas que les deseaban felicidad.

Ella había sido muy atractiva, observó Isabelle. No hermosa, de porcelana, clásica, parecida a una muñequita, o comoquiera que uno quisiera calificar a una mujer el día de su boda. Tampoco era una rosa inglesa, ese arquetipo de belleza clásica asociado a la fragilidad y la pureza. Había tenido el pelo oscuro, igual que sus ojos. Tenía un rostro ovalado y una sonrisa encantadora. También había sido una mujer elegantemente delgada. Pero ¿acaso no lo eran siempre?

– ¿Superintendente Ardery?

Ella se volvió con la fotografía aún en sus manos. Había esperado encontrar un rostro demacrado por la pena -tal vez un batín, una pipa en la mano y calzado con pantuflas o algo similar y ridículamente eduardiano-, pero Thomas Lynley estaba muy bronceado, el pelo casi rubio por la exposición al sol, y llevaba vaqueros y un polo con tres botones y cuello.

Había olvidado que sus ojos eran marrones. Ahora la miraban sin cuestionarla. Su voz había sonado sorprendida cuando pronunció su nombre, pero si sentía cualquier otra emoción, procuró no ocultarla.

– Sólo superintendente interina -dijo ella-. No me han concedido el cargo de forma permanente. Estoy participando en una «audición» para conseguirlo, a falta de una palabra mejor. Algo parecido a lo que hizo usted.

– Ah. -Lynley entró en la habitación. Era uno de esos hombres que siempre conseguían moverse con un aire de seguridad, transmitiendo la sensación de que encajarían en cualquier parte. Ella supuso que tenía que ver con su educación-. Había una pequeña diferencia -dijo mientras se reunía con ella junto a la mesa-. Yo no estaba participando en ninguna «audición» por el cargo, sólo estaba echando una mano. No quería ese cargo.

– Eso he oído, pero me resulta difícil de creer.

– ¿Por qué? Nunca me interesó el camino fácil.

– El camino fácil le interesa a todo el mundo, inspector.

– No si no desean esa responsabilidad y, sobre todo, no si demuestran una marcada preferencia por la artesanía en madera.

– ¿Artesanía en madera? ¿Qué artesanía en madera?

Él sonrió débilmente.

– Aquella en la que puedes desaparecer. [10]

El inspector le miró las manos, e Isabelle se dio cuenta de que aún sostenía la foto de su boda. Volvió a dejarla sobre la mesa.

– Su esposa era una mujer encantadora, Thomas. Lamento su muerte.

– Gracias -dijo él. Y luego, con una franqueza que sorprendió a Isabelle por su emoción, añadió-: Éramos completamente diferentes el uno del otro, lo que a la postre nos convirtió en almas gemelas. Yo la adoraba.

– Qué afortunado ser capaz de amar de esa manera -dijo ella.

– Sí. -Igual que había hecho Charlie Denton, le ofreció algo de beber, y ella volvió a rechazar la invitación. Lynley también le señaló los sillones, aunque en esta ocasión no alrededor del hogar. Eligió dos sillas a cada lado de un tablero de ajedrez donde había una partida en curso. Lynley miró el tablero, frunció el ceño y, después de un momento, hizo un movimiento con su caballo blanco para capturar uno de los dos alfiles negros-. Charlie sólo aparenta mostrar compasión -observó Lynley-. Eso significa que guarda algo en la manga. ¿Qué puedo hacer por usted, superintendente? Me gustaría creer que se trata de una visita social, pero estoy seguro de que no lo es.

– Se ha cometido un asesinato en Abney Park. Stoke Newington. Es un cementerio, en realidad.

– Esa mujer joven. Sí. He oído la noticia en la radio. ¿Usted está a cargo de la investigación? ¿Qué hay de malo con la Policía local?

– Hillier utilizó sus influencias. También está relacionado con una chapuza del SO5. En mi opinión, sin embargo, creo que se trata más de lo primero y menos de lo segundo. Él quiere ver cómo actúo, en comparación con usted. Y con John Stewart, llegado el caso.

– Veo que ya ha calado a Hillier.

– No es una tarea muy difícil.

– Ese hombre esconde demasiadas cosas en la manga, ¿no cree?

Lynley volvió a sonreír. Isabelle observó, no obstante, que la sonrisa era más apariencia que sentimiento. Estaba bien escudado, como supuso que lo estaría cualquiera en la misma situación. Ella no tenía ninguna razón concreta para visitarle. Lo sabía y estaba esperando a oír el motivo de esa visita.

– Me gustaría que se uniera a la investigación, Thomas -dijo.

– Estoy de baja -contestó Lynley.

– Me doy cuenta de eso. Pero espero convencerle para que se tome una baja de su baja. Al menos durante unas semanas.

– Está trabajando con el equipo con el que yo trabajaba, ¿verdad?

– Así es. Stewart, Hale, Nkata…

– ¿Barbara Havers también?

– Oh, sí. La temible sargento Havers está entre nosotros. Aparte de su deplorable concepción a la hora de vestirse, tengo la sensación de que es muy buena policía.

– Lo es. -Unió las puntas de los dedos y desvió la mirada hacia el tablero de ajedrez. Parecía calcular el siguiente movimiento de Charlie Denton, aunque Isabelle sabía muy bien que era más probable que estuviese calculando el de ella-. De modo que es evidente que no necesita mi presencia -dijo-. No como oficial de la investigación.

– ¿Acaso puede cualquier equipo de homicidios contar con suficientes oficiales investigadores?

Esa sonrisa otra vez.

– Una respuesta fácil -dijo-. Buena para la política de la Policía Metropolitana. Mala para… -Lynley se interrumpió.

– ¿Una conversación con usted? -Isabelle cambió de posición en su silla y se inclinó hacia él-. De acuerdo. Quiero que forme parte del equipo porque quiero ser capaz de pronunciar su nombre sin que un silencio reverencial descienda sobre el centro de coordinación, y éste es el camino más directo para llegar allí. Y también porque quiero tener alguna clase de relación normal con todo el mundo en la Met, y por eso deseo tanto conseguir este trabajo.

– Es bastante directa cuando está entre la espada y la pared.

– Y siempre lo seré. Con usted y con todos los demás. Antes de estar entre la espada y la pared.

– Eso será bueno y malo para usted. Bueno para el equipo que está dirigiendo, malo para su relación con Hillier. Él prefiere el guante de seda al puño de hierro. ¿Ya lo ha descubierto?

– Creo que la asociación fundamental en New Scotland Yard es entre el equipo y yo, y no entre David Hillier y yo. En cuanto al equipo, ellos quieren que usted vuelva. Le quieren como su comisario, bueno, todos excepto John Stewart, pero no debe tomárselo como una cuestión personal…

– Yo tampoco lo querría.

Lynley sonrió, de manera auténtica esta vez.

– Sí. Bien. De acuerdo. Ellos quieren que vuelva y lo único que les complacerá es saber que usted no quiere ser lo que ellos quieren que sea, y que está muy feliz con otra persona ocupando ese puesto.

– Con usted en ese puesto.

– Creo que usted y yo podemos trabajar juntos, Thomas. Creo que podemos trabajar muy bien juntos si se trata de eso.

Lynley pareció estudiarla, y ella se preguntó qué estaría leyendo en su expresión. Pasó un momento y dejó que siguiera y se propagase, pensando en el absoluto silencio que había en la casa y preguntándose si habría sido así cuando vivía su esposa. Recordó que no habían tenido hijos. Cuando ella murió llevaban casados menos de un año.

– ¿Cómo están sus hijos? -preguntó él de improviso.

Era una pregunta para desarmarla, probablemente intencionada. Ella se preguntó cómo diablos sabía que tenía dos hijos.

– Usted hablaba por el móvil un día que nos encontramos en Kent -dijo él como si ella hubiese hablado-. Su ex esposo… estaba discutiendo con él…, mencionó a los chicos.

– Están cerca de Maidstone, con su padre, casualmente.

– Ese no puede ser un arreglo satisfactorio para usted.

– No es satisfactorio ni insatisfactorio. Simplemente no tenía sentido que se trasladasen a Londres si yo no tengo idea de si este trabajo será permanente. -Después de haber dicho esto, se dio cuenta de que las palabras habían salido más tensas de lo que hubiese deseado. Intentó mejorar su efecto añadiendo-: Les echo de menos, como es natural. Pero probablemente sea mejor que pasen las vacaciones de verano con su padre en el campo y no conmigo aquí, en Londres. Allí pueden correr y jugar libremente. Aquí eso sería imposible.

– ¿Y si la nombran en este cargo con carácter permanente?

Lynley tenía una manera especial de mirar cuando formulaba una pregunta. Es probable que pudiese distinguir rápidamente la verdad de la mentira, pero en este caso en particular no había manera alguna de que fuese capaz de descubrir la razón de la mentira que ella estaba a punto de contarle.

– En ese caso, por supuesto, se reunirían conmigo en Londres. Pero no me gusta hacer movimientos prematuros. Nunca me ha parecido algo inteligente y, en este caso, sería completamente temerario.

– Como vender la piel del oso.

– Exacto -dijo ella-. De modo que ésa es otra razón, inspector…

– Habíamos quedado en «Thomas».

– Thomas -dijo ella-. De acuerdo. Estoy poniendo las cartas sobre la mesa. Quiero que participe en este caso porque deseo aumentar mis posibilidades de conseguir un puesto permanente aquí. Si trabajamos juntos, eso tranquilizaría los ánimos y pondría fin a las especulaciones al mismo tiempo, ya que demostraría una forma de cooperación que actuaría como… -Buscó el término apropiado.

Él se lo proporcionó.

– Como un respaldo para usted.

– Sí. Si trabajamos bien juntos, así será. Como ya le dije, nunca le mentiré.

– ¿Y mi parte se desarrollaría a su lado? ¿Es así como lo ve?

– Por el momento, sí. Pero eso puede cambiar. Actuaremos según las circunstancias.

Lynley permaneció callado, pero ella se dio cuenta de que estaba considerando su propuesta: confrontarla con la vida que estaba llevando actualmente, evaluar la forma en que cambiarían las cosas, y si ese cambio supondría alguna diferencia con respecto a lo que fuera que estuviese viviendo en este momento.

– Tengo que pensarlo -dijo finalmente.

– ¿Cuánto tiempo?

– ¿Tiene móvil?

– Por supuesto.

– Entonces déme el número. Le diré algo antes de que acabe el día.

La verdadera pregunta para él era qué significaba, no si lo haría. Había intentado dejar atrás el trabajo policial, pero éste le había buscado y encontrado, y probablemente seguiría encontrándole lo quisiera o no.

Una vez que Isabelle Ardery se marchó, Lynley se acercó a la ventana y la miró mientras regresaba a su coche. Era bastante alta -al menos metro ochenta, ya que él medía metro ochenta y cinco y la altura de sus ojos era prácticamente la misma-. Todo en ella gritaba «profesional», desde la ropa hecha a medida hasta los zapatos lustrados y el pelo liso color ámbar que caía y se ocultaba justo detrás de las orejas. Llevaba puestos pendientes de oro en forma, de botón, pero eran las únicas joyas que exhibía. Usaba reloj pero no anillos, y sus manos estaban bien cuidadas, con las uñas arregladas y cortadas y una piel que parecía muy suave. Era definitivamente una mezcla de masculino y femenino, como tenía que ser. Para triunfar en su mundo, ella se vería obligada continuamente a ser uno de los chicos, mientras, en el fondo, seguía siendo una de las chicas. No sería fácil.

Observó que abría el bolso al llegar al coche. Se le cayeron las llaves, las recogió y abrió la puerta. Hizo una pausa mientras buscaba algo en el bolso, pero aparentemente no pudo encontrarlo, porque lo lanzó dentro del coche. Un momento después, lo puso en marcha y se alejó.

Lynley permaneció mirando la calle durante un momento, después de que Isabelle se hubiese marchado. No había hecho aquello desde hacía mucho tiempo, ya que Helen había muerto en la calle y no había sido capaz de resignarse a mirar por temor a que la imaginación le llevase de nuevo a aquel momento. Pero ahora, al mirar por la ventana, comprobó que no era más que una calle, como cualquier otra en Belgravia. Grandes casas blancas señoriales, verjas de hierro fundido que brillaban bajo el sol, jardineras que derramaban hiedra y jazmín de estrella con un dulce perfume.

Se apartó de la ventana. Luego se dirigió a la escalera y comenzó a subirla, pero no regresó a la biblioteca, donde había estado leyendo el Financial Times. Fue hasta el dormitorio que estaba junto a la habitación que había compartido con su esposa y abrió la puerta por primera vez desde el febrero anterior, y entró.

La habitación no estaba terminada. Había una cuna que todavía estaba por montar, ya que sólo habían alcanzado a sacarla de la caja. Había seis rollos de papel apoyados contra los paneles de madera, que habían sido barnizados una vez, pero necesitaban otra capa. Una lámpara de techo nueva permanecía en su caja, y debajo de una de las ventanas había un cambiador de bebé, aunque aún carecía del acolchado adecuado. El acolchado estaba enrollado en una bolsa de Peter Jones, entre otras bolsas para compras que contenían almohadas, pañales, un sacaleches, biberones… Era realmente asombroso todas las cosas que se necesitaban para una criatura que en el momento de nacer apenas pesaría tres kilos y medio.

En la habitación faltaba el aire y hacía mucho calor, y Lynley fue hasta las ventanas y las abrió de par en par. Entró una pequeña brisa que mitigó la temperatura, y le extrañó que no hubiesen pensado en eso cuando eligieron esta habitación como cuarto para su hijo. En aquel momento era a finales de otoño, y ya comenzaba el invierno, de modo que el calor del verano había sido lo último que se les pasó por la cabeza. En cambio, ambos habían estado consumidos con el embarazo, en realidad, con lo que el embarazo conllevaba. Suponía que muchas parejas lo enfocaban de ese modo. Pasar por los aspectos complicados que llevaban al y a través del parto, y luego cambiar a la modalidad parental. Uno no podía ser padre o pensar como tal sin alguien de quien ser padre, concluyó.

– Milord.

Lynley se volvió. Charlie Denton estaba en la puerta. Sabía que a Lynley no le gustaba el empleo de su título, pero nunca habían acordado qué era lo que se suponía que Denton debía decir o hacer para llamar su atención aparte de utilizar el título de alguna manera, mascullado si era necesario o pronunciado en medio de un acceso de tos.

– ¿Sí? ¿Qué ocurre, Charlie? ¿Te vas, entonces?

Charlie meneó la cabeza.

– Ya he ido.

– ¿Y?

– Uno nunca sabe con estas cosas. Pensé que con la manera de vestir sería suficiente, pero no hubo palabras de aprobación de parte del director.

– ¿No las hubo? Maldita sea.

– Hmmm. Escuché, sin embargo, que alguien murmuraba: «tiene el tipo», pero eso fue todo. Sólo queda esperar.

– Como siempre -dijo Lynley-. ¿Cuánto tiempo tendrás que esperar?

– ¿A que me llamen? No mucho. Son anuncios, ya sabe. Son exigentes, pero no tanto.

Parecía resignado. Así era el mundo de la actuación. Abrirse paso era un microcosmos de vida en sí mismo. Deseo y transigencia. Colocarse uno mismo en una posición azarosa y sentir la bofetada del rechazo más a menudo que el abrazo del éxito. Pero este último no acaecía si no se corrían riesgos.

– Entre tanto, Charlie, mientras esperas a que te den el papel de Hamlet…

– ¿Señor? -dijo Denton.

– Necesitamos recoger esta habitación. Si preparas una jarra de Pimm's y la traes aquí, deberíamos ser capaces de acabar el trabajo antes de que termine el día.

Capítulo 7

Meredith finalmente siguió la pista de Gordon Jossie hasta Fritham. Había supuesto que aún estaría trabajando en ese edificio, en Boldre Gardens, donde Gina Dickens le había conocido, pero cuando llegó allí era obvio por el estado del tejado que ya hacía tiempo que se había marchado a otro trabajo. La paja estaba perfectamente colocada y la pieza que hacía las veces de firma de Gordon estaba en su sitio en el caballete: un elegante pavo real cuya larga cola protegía la esquina más vulnerable del caballete y caía en forma de paja esculpida un par metros desde el tejado.

Meredith masculló su decepción con un insulto -en voz apenas audible para que Cammie no pudiese oírla- y le dijo a su hija:

– Vamos hasta el estanque de los patos, ¿quieres?, parece ser que allí hay un puente verde muy bonito que lo cruza. Podremos caminar por él.

El estanque de los patos y el puente las mantuvo allí una hora, pero resultó ser un tiempo bien aprovechado. Después del paseo se detuvieron en el quiosco de refrescos y, mientras compraba un helado para Cammie y una botella de agua para ella, Meredith averiguó dónde podía encontrar a Gordon Jossie sin necesidad de llamarle por teléfono y, de ese modo, darle tiempo para que se preparase antes de verla.

Gordon estaba trabajando en el pub que había cerca de Eyeworth Pond. Se enteró de estos detalles por la chica que atendía la caja, quien aparentemente disponía de la información porque había tenidos los ojos puestos en el aprendiz de Gordon durante todo el tiempo que los dos hombres habían trabajado en Boldre Gardens. Ella, al parecer, había conseguido empezar a hacerse querer por el muchacho, a pesar de -o quizá debido a- que sus piernas estaban tan arqueadas que tenían la forma del hueso de la suerte de un pavo. Allí era donde Meredith podía encontrar a los tíos que cubrían de paja los tejados, dijo la joven, cerca de Eyeworth Pond. Entornó los ojos y le preguntó a cuál de los dos hombres buscaba. Meredith se sintió tentada de decirle que reservase la ansiedad para algo que mereciera realmente la pena. Un hombre en cualquier estado, de cualquier edad, y en cualquier forma era la última cosa que ella deseaba añadir a su vida. Pero le contestó que estaba tratando de encontrar a Gordon Jossie, así que la joven le indicó la ubicación exacta de Eyeworth Pond, justo al este de Fritham. Y, de todos modos, el pub se encontraba más cerca de Fritham que del estanque, añadió.

La perspectiva de otro estanque y de toparse con más patos hizo que resultase más fácil sacar a Cammie de los prados y las flores de Boldre Gardens, y llevarla al coche. No era en absoluto su lugar favorito, ya que odiaba las restricciones de su sillita y la falta de aire acondicionado en el vehículo, y ya hacía tiempo que disfrutaba mostrando su desagrado ante la situación. Por suerte, sin embargo, Fritham se encontraba a sólo un cuarto de hora de los jardines, justo al otro lado de la A31. Meredith condujo hasta allí con todas las ventanillas bajadas y, en lugar de su cinta de afirmación personal, puso una de las favoritas de Cammie. Su hija -¡qué sorpresa!- tenía predilección por los tenores y, de hecho, era capaz de cantar Nessuno dorma con un ardor operístico asombroso.

A Meredith no le resultó difícil encontrar el pub en cuestión. El Royal Oak era un mejunje de estilos que reflejaba los diferentes periodos que se habían sucedido en las ampliaciones del local. De tal modo, el pub combinaba arcilla y paja, entramados de madera y ladrillo, y el tejado era en parte de paja y en parte pizarra. Gordon había quitado la paja vieja hasta dejar las vigas a la vista. Cuando Meredith llegó, Gordon estaba bajando del andamio donde, debajo del roble epónimo del pub, su aprendiz estaba organizando unos manojos de carrizos. A Cammie le pareció estupendo mecerse en un columpio situado al aire libre, en un extremo de la taberna, de modo que Meredith sabía que su hija estaría entretenida mientras su mamá conversaba con Gordon.

El hombre no pareció sorprendido al verla. Meredith supuso que Gina Dickens le había informado de su visita a la casa, ¿quién podía culparla? Se preguntó si, después de haber hecho su informe, Gina también le había hablado a Gordon acerca de un coche que no era de él y de la ropa que estaba guardada en el desván de la casa. Tal vez. Se había mostrado muy nerviosa cuando Meredith le hizo una descripción detallada del lugar que Jemima Hastings había ocupado en la vida de Gordon Jossie.

Meredith no perdió el tiempo en preámbulos una vez que vio a Cammie instalada en el columpio. Se dirigió hacia Gordon Jossie y le espetó:

– Lo que me gustaría saber, Gordon, es cómo se suponía que Jemima iba a viajar a Londres sin su coche.

Aguardó a oír la respuesta, bien atenta a su expresión. Gordon miró a su aprendiz.

– Vamos a tomarnos un descanso, Cliff -dijo. No añadió nada más hasta que el joven asintió y desapareció en el interior del pub. Luego se quitó la gorra de béisbol y se enjugó el rostro y la calva con un pañuelo que sacó del bolsillo de los tejanos. Llevaba puestas las gafas de sol y no se las quitó, algo que, pensó Meredith, haría que fuese muy difícil leer su expresión. Siempre había pensado que Gordon llevaba gafas oscuras tan a menudo porque no quería que la gente viese sus ojos inquietos, pero Jemima le había dicho: «Oh, eso es una tontería», y, al parecer, creía que no había nada raro en un hombre que usaba esa clase de gafas con lluvia o con sol, a veces incluso dentro de la casa. Pero ese había sido el problema desde el principio: Meredith pensaba que había un montón de cosas acerca de Gordon Jossie que simplemente olían mal, mientras que Jemima se negaba a verlas. Después de todo, él era un hombre, un ejemplar de una subespecie entre la que Jemima había estado dando bandazos durante años como si fuese alguien controlado por una máquina de pinball.

Gordon se quitó las gafas oscuras, pero sólo el tiempo suficiente para limpiar los cristales con el pañuelo, y luego volvió a ponérselas, guardó el pañuelo en el bolsillo de los vaqueros y dijo con voz tranquila:

– ¿Qué tenías contra mí, Meredith?

– El hecho de que separases a Jemima de sus amigos.

Gordon asintió lentamente, como si estuviese asimilando las palabras de Meredith.

– De ti, quieres decir -soltó finalmente.

– De todos, Gordon. No lo negarás, ¿verdad?

– No tiene sentido negar algo absolutamente equivocado. Estúpido también, si no te importa que te lo diga. Tú dejaste de venir a casa, de modo que si hubo alguna separación fuiste tú quien la provocó. ¿Quieres hablar de por qué lo hiciste?

– De lo que quiero hablar es de por qué el coche de Jemima está en su granero. Quiero saber por qué le dijiste a esa… rubia que está en tu casa que el coche es tuyo. También quiero saber por qué la ropa de Jemima está en unas cajas en el desván y por qué no hay siquiera un vago indicio de ella en ningún lugar de la casa.

– ¿Por qué se supone que debo decirte todo eso?

– Porque si no me lo dices, o si lo haces y no quedo satisfecha con tu explicación…

Meredith dejó la amenaza pendiente. Gordon no era tonto. Sabía cuál era el resto de la frase.

No obstante, preguntó:

– ¿Qué?

Llevaba puesta una camiseta de manga larga, y del bolsillo del pecho sacó un paquete de cigarrillos. Encendió uno con un mechero de plástico. Y luego esperó la respuesta de Meredith. Gordon volvió la cabeza ligeramente para mirar detrás de ella, donde, al otro lado de la calle, frente al Royal Oak, se alzaba una vieja casa de ladrillo rojo en el borde del brezal. El propio brezal se extendía en la distancia, salpicado por el púrpura de los brezos. Más allá había un bosque. Las copas de los árboles parecían brillar bajo el calor del verano.

– Oh, sólo respóndeme -dijo Meredith-. ¿Dónde está y por qué no se llevó su coche?

Gordon volvió la cabeza nuevamente hacia ella.

– ¿Qué iba a hacer con un coche en Londres? No se lo llevó porque no lo necesitaba.

– Entonces, ¿cómo llegó a Londres?

– No tengo idea.

– Eso es absurdo. No puedes esperar que crea…

– Tren, autocar, helicóptero, ala delta, patines -la interrumpió él-. No lo sé, Meredith. Un día dijo que se marchaba, y al día siguiente se largó. Cuando llegué a casa del trabajo, ya no estaba. Supongo que cogió un taxi hasta Sway y luego el tren desde allí. ¿Y qué?

– Tú le hiciste algo. -Meredith no había pretendido acusarle, no de este modo y no tan deprisa. Pero pensar en ese coche y en las mentiras alrededor de él, y en Gina Dickens instalada en la casa mientras las pertenencias de Jemima languidecían metidas en cajas en el desván…-. ¿Verdad? -insistió-. Rob trató de comunicarse con ella por teléfono, y Jemima no le contestó… y tampoco le devuelve las llamadas y…

– Él te interesa, ¿verdad? Bueno, Rob siempre ha estado disponible y, pensándolo bien, supongo que es una jugada inteligente.

Meredith deseó golpearle. No tanto por lo ridículo del comentario, sino por el hecho de que eso era lo que Gordon pensaba, que, igual que Jemima, ella siempre estaba buscando un hombre, que de alguna manera estaba incompleta e insatisfecha, tan… tan desesperada sin un hombre que mantenía sus antenas femeninas preparadas por si algún tío disponible aparecía cerca de ella. Algo que -en relación con Rob Hastings- era completamente absurdo, ya que era quince años mayor que ella y le conocía desde que tenía ocho años.

– ¿De dónde salió esa tal Gina? -preguntó-. ¿Cuánto hace que la conoces? ¿La conociste antes de que Jemima se marchase, ¿verdad, Gordon? Ella era la razón de todo esto.

Gordon meneó la cabeza, transmitiendo de forma elocuente tanto su incredulidad como su asco. Dio una profunda calada al cigarrillo con un gesto que Meredith interpretó como airado.

– Conociste a esa tal Gina…

– Su nombre es Gina. Gina Dickens, punto. No la llames «esa tal Gina». No me gusta.

– ¿Es que acaso se supone que debe importarme que a ti no te guste? Conociste a esa persona y decidiste que preferías estar con ella y no con Jemima, ¿no es así?

– Eso es un puto disparate. Vuelvo al trabajo.

Gordon se dio la vuelta para marcharse.

Meredith alzó la voz.

– Tú la alejaste. Quizá Jemima esté en Londres ahora, pero nunca hubo una razón para que ella se marchase, excepto tú. Ella tenía aquí su propio negocio. Había contratado a Lexie Streener. Estaba tratando de que el Cupcake Queen fuese un éxito, pero a ti eso no te gustaba, ¿verdad? Le pusiste las cosas difíciles. Y, de alguna manera, utilizaste eso, o el interés de Jemima en su negocio, o las horas que estaba fuera de casa, o «lo que sea», para que ella sintiera que tenía que marcharse. Y luego trajiste a Gina… -A Meredith todo eso le parecía tan razonable, tan propio de la forma en que actuaban los hombres.

– Vuelvo al trabajo -repitió él mientras se dirigía a la escalera que daba acceso al andamiaje que se extendía a lo largo del edificio. Antes de comenzar a subir, sin embargo, se volvió hacia ella-. Para que conste, Meredith, Gina no llegó aquí, a New Forest, hasta junio. Vino de Winchester y…

– ¡De donde eres tú! Fuiste a la escuela allí. La conociste entonces.

Ella sabía que su voz sonaba como un chillido, pero no podía evitarlo. Por alguna razón que no era capaz de entender había comenzado a sentirse desesperada por saber qué estaba pasando y qué había ocurrido durante todos esos meses en los que Jemima y ella se habían distanciado.

Gordon agitó la mano a modo de despedida.

– Puedes creer lo que quieras. Pero lo que yo quiero es saber por qué me has odiado desde el principio.

– No se trata de mí.

– Todo trata de ti, y por eso me odiaste desde la primera vez que me viste. Piensa en eso antes de volver por aquí. Y deja a Gina en paz.

– Jemima es la razón…

– Jemima -dijo él con voz tranquila- ya habrá encontrado fácilmente a otro hombre. Tú lo sabes tan bien como yo. Y espero que eso también te vuelva loca.

* * *

La camioneta de Gordon Jossie no estaba a la vista cuando Robbie Hastings aparcó tras los altos setos, en el camino particular de la casa. Pero eso no le hizo cambiar de idea. Si Gordon no estaba allí, aún existía la posibilidad de que su nueva mujer sí estuviese en la casa, y Robbie quería verla tanto como deseaba hablar con Gordon. También quería echar un vistazo por los alrededores. Y quería ver el coche de Jemima con sus propios ojos, aunque Meredith nunca podía haberlo confundido con el de otra persona. Era un Fígaro, y no se ven coches así todos los días en la carretera.

No tenía ni idea de todo lo que aquello podía o no probar. Había llamado otras dos veces al móvil de Jemima, y no había obtenido respuesta. Comenzaba a sentir pánico. Jemima era una chica alocada, pero nunca ignoraría a su propio hermano.

Robbie se dirigió hacia el prado donde pastaban dos ponis. Era una época del año un tanto extraña para sacar a los animales del bosque, y se preguntó cuál sería el problema. Ambos ponis parecían encontrarse en perfectas condiciones.

Miró hacia la casa por encima del hombro. Todas las ventanas estaban abiertas, como si confiasen en que entrase la brisa, pero no parecía haber nadie dentro. Todo le venía de perlas. Meredith había dicho que el coche de Jemima estaba en el granero, de modo que dirigió allí sus pasos. Había abierto ya la puerta cuando oyó la agradable voz de una mujer que preguntaba:

– Hola. ¿Puedo ayudarle en algo?

La voz llegaba de un segundo prado, que se encontraba en el costado este del granero, al otro lado de un estrecho sendero rural lleno de baches que llevaba al brezal. Robbie vio a una mujer joven que se quitaba restos de hierbajos de las rodillas de los pantalones vaqueros. Parecía como si la hubiese vestido la diseñadora de uno de esos programas de la tele: camisa blanca almidonada y con el cuello levantado, pañuelo de cuello vaquero, sombrero de paja que le protegía el rostro de los rayos del sol. Llevaba gafas de sol, pero podía asegurar que era guapa. Más guapa que Jemima con diferencia, alta y con curvas en lugares donde otras chicas de su edad habitualmente no deseaban tenerlas.

– ¿Busca a alguien? -preguntó ella.

– A mi hermana -dijo Robbie.

– Oh -dijo ella.

Ninguna sorpresa, pensó él. Bueno, a estas alturas no tendría que mostrarse sorprendida, ¿verdad? Meredith había estado allí antes que él, y qué mujer no haría preguntas acerca de su hombre si el nombre de otra mujer surgía de manera inesperada.

– Me dijeron que su coche está en el granero -dijo Robbie.

– Claro -dijo ella-. El mío también. Espere un momento.

Se agachó para pasar a través de la cerca alambrada. Eran alambres de espino, pero llevaba guantes gruesos para mantenerlos apartados. También llevaba un mapa de alguna clase, parecía un Ordnance Survey. [11]

– Ya he terminado aquí -dijo-. El coche está allí dentro.

Así era. No estaba oculto debajo de una lona, como había dicho Meredith, sino a plena luz: era gris acorazado con el techo crema. Era un cacharro viejo y, como tal, lo habían metido en el fondo del granero. Detrás de él había otro coche, un Mini Cooper último modelo, aparentemente el de la mujer.

La chica se presentó, aunque sabía perfectamente que no podía ser otra que Gina Dickens, la sustituta de Jemima. Se había sentido bastante molesta al enterarse de que el coche no era de Gordon, sino de su antigua pareja. Había tenido algunas palabras con él por ese motivo, añadió. Y también a causa de la ropa de Jemima, que estaba guardada en unas cajas en el desván de la casa.

– Gordon me dijo que se había marchado hacía varios meses y que en todo ese tiempo no había tenido ninguna noticia de ella, que es probable que no regrese, que ellos…, bueno, no dijo exactamente que hubiesen tenido una pelea, sólo que se separaron. Dijo que era algo que se veía venir desde hacía tiempo y que había sido idea de ella, y como él esperaba seguir adelante con su vida, había metido todas sus cosas en cajas y no se había deshecho de ellas. Pensó que algún día querría recuperarlas y le pediría que se las enviase cuando… estuviese instalada en alguna parte, supongo. -Se quitó las gafas y le miró abiertamente-. Estoy hablando sin parar -dijo-. Lo siento. Es que todo esto me pone nerviosa. Me refiero a la impresión que da y todo lo demás. Su coche aquí, sus cosas metidas en unas cajas en el desván.

– ¿Usted creyó a Gordon?

Robbie deslizó la mano por el coche de Jemima. No tenía una mota de polvo y brillaba con una pátina reluciente. Ella siempre lo había cuidado muy bien. De modo que Meredith tenía razón en cuanto a esto: ¿por qué su hermana no se lo había llevado? Cierto, sería difícil tener un coche en Londres. Pero ella no habría tenido eso en cuenta. Cuando la atacaba un impulso, nunca se detenía a considerar la situación.

Gina contestó con la voz ligeramente alterada:

– Bueno, en realidad no tenía ninguna razón para no hacerlo, señor Hastings. Me refiero a creer en lo que me dijo. ¿Usted piensa de otro modo?

– Robbie -dijo él-. Mi nombre es Robbie. Puede llamarme así.

– Yo soy Gina.

– Sí. Lo sé. -Él la miró-. ¿Dónde está Gordon?

– Está trabajando cerca de Fritham. -Se frotó los brazos como si hubiese sentido un súbito escalofrío-. ¿Le gustaría entrar? -preguntó-. En la casa, quiero decir.

No tenía ningún interés en hacerlo, pero la siguió, esperando que quizá pudiera averiguar algo que mitigase su creciente preocupación. Atravesaron la zona del lavadero y de allí pasaron a la cocina. Gina dejó el mapa sobre la mesa y Robbie vio que se trataba efectivamente de un mapa de Ordnance Survey, tal y como había pensado. Ella había marcado la propiedad y había añadido al mapa una segunda hoja de papel con un dibujo hecho a lápiz. Este también mostraba la propiedad, sólo que era más grande. Gina aparentemente vio que estaba examinando el dibujo porque dijo: «Estamos…», y su voz sonó vacilante, como recelosa de compartir la información.

– Bueno, Gordon y yo estamos pensando en hacer algunos cambios por aquí.

Eso desde luego decía mucho acerca de la ausencia de Jemima. Robbie miró a Gina Dickens. Ella se había quitado el sombrero. Su cabello era puro oro. Estaba moldeado en su cabeza como una gorra ajustada, en un estilo que recordaba a los locos años veinte. Se quitó los guantes y los lanzó sobre la mesa.

– Un tiempo sorprendente -dijo-. ¿Quiere un poco de agua? ¿Sidra? ¿Una Coca-Cola? -Cuando él negó con la cabeza, Gina se acercó a la mesa y se quedó a su lado. Se aclaró la garganta. Robbie percibió que no estaba cómoda. Aquí estaba ella con el hermano de la ex amante de su amante. Era una situación «jodidamente» incómoda. Él también lo estaba-. Pensaba en que sería fantástico tener un verdadero jardín, pero no estaba muy segura de dónde hacerlo. Estaba intentando determinar dónde termina realmente la propiedad, y pensé que uno de estos mapas me serviría de ayuda, pero no fue así. De modo que decidí que tal vez en el segundo prado…, como no estamos…, como él no lo está usando. Pensé que podría cultivar un bonito jardín, un lugar adonde podría traer a mis chicas.

– ¿Tiene hijos?

– Oh, no. Trabajo con chicas adolescentes. La clase de chicas que podrían meterse en problemas si no tienen a alguien que se interese por ellas. ¿Chicas en peligro? Esperaba poder tener un lugar, en alguna parte, además de una oficina…

Su voz se apagó. Usó los dientes para estirar la parte interna del labio.

Él quería que esa mujer no le gustara, pero no podía evitarlo. No era culpa suya que Gordon Jossie hubiera decidido seguir adelante después de que Jemima le abandonara si realmente era eso lo que había pasado. Robbie miró el mapa y luego el dibujo que había hecho Gina. Vio que había trazado una cuadrícula en la zona del prado y que había numerado cada una de las casillas.

– Estaba tratando de hacerme una idea del tamaño exacto -dijo ella a modo de explicación-. De ese modo podría saber con lo que estamos…, con lo que estoy trabajando. No sé si ese prado servirá para lo que tengo en la cabeza, de modo que si no es así, entonces, ¿tal vez parte del brezal…? Por eso estoy tratando de determinar dónde acaba la propiedad, en caso de que tenga que hacer el jardín…, de que «nosotros» tengamos que hacer el jardín en otro sitio.

– Tendrá que ser así -dijo Robbie.

– ¿Qué?

– No pueden hacer el jardín en el prado.

Ella pareció sorprendida.

– ¿Por qué no?

– Gordon y Jemima -Robbie no permitiría que su hermana no formase parte de la conversación- tienen derechos comunes aquí, y los prados están destinados a los ponis, si están enfermos.

Su rostro se descompuso.

– No tenía idea… -respondió ella.

– ¿De que Gordon tuviese derechos comunes?

– Ni siquiera sé lo que significa esa expresión, sinceramente.

Rob le explicó brevemente cómo parte de la tierra dentro de los límites del Perambulation gozaba de ciertos derechos inherentes a ella -el derecho de pastoreo, el derecho de bosque, el derecho de cortar árboles o marga o turbera-, y que esta propiedad en particular tenía el derecho de pastoreo común. Eso significaba que Gordon y Jemima disponían de ponis que podían pastar libremente en el New Forest, pero con la condición de que las tierras próximas a la casa debían conservarse para los ponis en caso de que los animales tuviesen que ser retirados del bosque por alguna razón.

– ¿Gordon no le explicó nada de esto? -preguntó-. Es extraño que estuviese pensando en hacer un jardín en el prado cuando sabe que no puede hacerlo.

Ella pasó los dedos por el borde del mapa.

– En realidad, yo no le he hablado del jardín. Gordon sabe que me gustaría traer a las chicas aquí, para que puedan ver los caballos, pasear por el bosque o los cotos, hacer un picnic junto a alguno de los estanques… Pero eso ha sido todo. Pensaba que primero haría un esquema. Ya sabe…, ¿esbozar un bosquejo?

Robbie asintió.

– No es mala idea. ¿Son chicas de ciudad? ¿De Winchester o Southampton, o algo así?

– No, no. Son de Brockenhurst. Quiero decir que van a clase en Brockenhurst -a la universidad o el instituto-, pero supongo que pueden proceder de cualquier parte del New Forest.

– Es buena idea siempre que algunas de ellas no procedan de propiedades iguales a ésta -observó él-. Si fuese así, no les resultaría muy divertido, ¿no cree?

Ella frunció el ceño.

– No había pensado en eso. -Se acercó a la ventana de la cocina. Desde allí se podía ver el camino particular que se adentraba en la propiedad y el prado de la zona oeste, un poco más allá-. Toda esta tierra -dijo con un suspiro-. Es una pena no darle un buen uso.

– Depende de cómo defina «buen uso» -dijo Robbie.

Mientras hablaba echó un vistazo alrededor de la cocina. Estaba desnuda de todos aquellos objetos que habían pertenecido a Jemima: su colección de libros de cocina, sus coloridos colgantes de pared y sus caballos en miniatura, que solían estar en un estante encima de la mesa -algunos pertenecientes a aquella colección que ella había conservado en su casa familiar, la casa de él- habían desaparecido. En su lugar había ahora una docena de tarjetas postales antiguas del tipo de las que precedieron a las tarjetas de felicitación: una para Pascua, una para el Día de San Valentín, dos para Navidad, etc. No eran de Jemima.

Al verlas, Robbie pensó que Meredith Powell estaba en lo cierto en cuanto a sus sospechas. Gordon Jossie había borrado a su hermana por completo de su vida. No era algo ilógico. Pero sí lo era conservar su coche y su ropa. Tenía que hablar con Jossie. De eso no había ninguna duda.

Capítulo 8

A la mañana siguiente, Gordon permanecía en la cama completamente cubierto de sudor. Pero no tenía nada que ver con el calor del verano, ya que era temprano -apenas pasaban de las seis-, y el día aún no había empezado a calentarse. Había sufrido otra pesadilla.

Siempre se despertaba con un respingo, sin aliento, con un peso en el pecho y luego los sudores. Estos le dejaban empapado el pijama que usaba en invierno y las sábanas. Y, cuando estaba empapado en sudor, empezaba a temblar y eso despertaba a Gina, como antes lo había hecho con Jemima.

Sus reacciones, sin embargo, eran completamente diferentes. Jemima siempre quería respuestas a los porqués. ¿Por qué tenía pesadillas? ¿Por qué no hablaba con alguien de ellas? ¿Por qué no había ido al médico por esos sudores nocturnos? Podría indicar que algo no va bien. Una alteración del sueño, un problema en los pulmones, una debilidad en el corazón… Sólo Dios lo sabía. Pero cualquiera que fuese la razón, tenía que hacer algo porque eso podía matarle.

Y ésa era la forma en que Jemima pensaba siempre: gente que se moría. Era su miedo más grande. Y a Gordon no hacía falta que nadie le explicara la razón. Sus propios miedos eran diferentes, pero no menos reales que los de Jemima. Así era la vida. La gente tenía miedos. Se aprendía a hacerles frente. Él había aprendido a afrontar los suyos y no quería hablar de ellos.

Gina no le exigía que hablase acerca de todo eso. Cuando se despertaba con sudores por la mañana después de haber pasado la noche con ella -que era la mayoría, de hecho no tenía ningún sentido que siguiera conservando su habitación en Lyndhurst-, Gina se levantaba de la cama e iba al baño a buscar un paño de franela que mojaba bajo el grifo y luego regresaba a la cama para pasárselo por el cuerpo. También traía un recipiente con agua fría y, cuando el paño de franela se calentaba demasiado por el contacto con su piel, lo sumergía en el agua y volvía a aplicarlo sobre su cuerpo. En verano él no se ponía nada para meterse en la cama, de modo que no había ningún pijama empapado que quitar. Gina deslizaba el paño sobre los miembros, la cara y el pecho y, cuando él se excitaba, ella sonreía y se colocaba encima de él o hacía otras cosas igualmente placenteras. Entonces, cada pesadilla que había tenido, dormido o despierto, quedaba olvidada, y casi todos los pensamientos desaparecían de su mente. Excepto uno. Jemima.

Gina no le pedía nada. Sólo quería amarle y estar a su lado. Jemima, por otra parte, le había pedido el mundo. Al final había demandado lo imposible. Y cuando él le explicó por qué no podía darle lo que le pedía, todo se había acabado.

Antes de Jemima, él se había mantenido apartado de las mujeres. Pero cuando la conoció, vio a la chica alegre y desenfadada que ella mostraba al mundo, el espíritu juerguista, con ese espacio infantil entre sus dientes delanteros. Entonces se había dicho: «Necesito a alguien así en mi vida», pero se había equivocado. Aún no era el momento y probablemente nunca lo sería, pero aquí estaba ahora con otra mujer, tan diferente de Jemima como era humanamente posible.

No podía decir que la amaba. Sabía que debía amarla, ya que no había duda de que merecía el amor de cualquier hombre. La primera vez que entraron en aquel hotel de Sway a beber algo la tarde en que la vio en el bosque, más de un tío la había repasado con la mirada, y luego le habían mirado a él. Había sabido lo que todos ellos estaban pensando, porque uno pensaba esas cosas de Gina Dickens, no hubieran sido hombres. A Gina no parecía importarle. Ella le miró de frente, de un modo que parecía decir: «Es tuyo si lo quieres, cuando estés preparado». Y cuando él decidió que estaba preparado, porque no podía vivir como había estado viviendo en ausencia de Jemima, había aceptado su proposición. Y allí estaba ella. Y Gordon no se arrepentía en absoluto de la decisión que había tomado.

Ella lo lavó. Y todo lo demás. Y si él la tomó vigorosamente en lugar de permitirse que fuese ella quien lo hiciera, Gina no tuvo reparos. Lanzó una risa jadeante mientras la colocaba de espaldas y sus piernas se extendían para luego enlazarse alrededor de él. Encontró su boca y se abrió a él como el resto de su cuerpo. Se preguntó cómo había tenido tanta suerte y qué debería pagar por su buena fortuna.

Cuando terminaron, ambos estaban empapados. Se separaron y se echaron a reír ante el sonido de succión que producía una piel húmeda al desacoplarse de otra piel húmeda. Se ducharon juntos y ella le lavó el pelo y, cuando él volvió a excitarse, ella dijo «Santo cielo, Gordon», con la misma risa jadeante y se hizo cargo de la situación -y de él- otra vez. «Suficiente», dijo él, pero Gina respondió: «No es suficiente», y se lo demostró. Gordon sintió que se le doblaban las rodillas.

– ¿Dónde has aprendido esto, mujer? -preguntó.

– ¿A Jemima no le gustaba el sexo? -preguntó ella a su vez.

– No de este modo -contestó él, y con eso se refería a la lujuria. Para Jemima había sido seguridad. «Ámame, no me abandones.» Pero había sido ella quien se había marchado.

Eran casi las ocho cuando bajaron a la cocina a preparar el desayuno. Gina le habló de su proyecto de hacer un jardín. Él no quería un jardín con todas las complicaciones innecesarias que eso supondría para su vida, por no mencionar la colocación de sendas, la disposición de los bordes de flores, la excavación, la siembra, la construcción de cobertizos o invernaderos o lo que fuese. No quería nada de todo eso. No le había dicho nada porque le gustaba su expresión cuando hablaba de lo que el jardín significaría para ella, para ellos, y para «sus chicas», como las llamaba. Pero entonces también trajo a colación a Rob Hastings y lo que le había explicado acerca de esas tierras.

Gordon confirmó sus palabras, pero eso era todo lo que pensaba decir sobre Rob. El agister le había seguido la pista hasta el Royal Oak, como lo había hecho Meredith Powell. Como en aquella ocasión, le había dicho a Cliff que se tomara un descanso, de modo que Rob Hastings le dijera lo que fuera sin que nadie más pudiese oírlo. Para asegurarse de que así fuese, ambos se habían alejado por el sendero que llevaba a Eyeworth Pond, que no era tanto un estanque como un dique en un antiguo arroyo en cuyas aguas ahora flotaban plácidamente los patos y donde los sauces se alzaban muy juntos en las orillas, rozando el agua con sus frondosas ramas. Junto a él había un aparcamiento para vehículos de dos ruedas y, detrás, un sendero que conducía al bosque, donde el terreno estaba acolchado por décadas de hojas caídas de las hayas y los castaños.

Caminaron hasta el borde del estanque. Gordon encendió un cigarrillo y esperó. Cualquier cosa que Rob Hastings tuviera que decirle sería sobre Jemima, y él no tenía nada que decirle sobre ella, además de lo que Rob, obviamente, ya sabía.

– Ella se marchó por esa mujer -dijo Rob-, ¿verdad? La mujer que está en tu casa. Así fueron las cosas, ¿no?

– Veo que has estado hablando con Meredith.

Gordon estaba cansado de todo ese asunto.

– Pero Jemima no quiso que yo lo supiera -dijo Rob Hastings siguiendo la línea de conversación que había establecido-. No quería que supiese lo de Gina, debido a la vergüenza que le producía.

A pesar de sí mismo y de su resistencia a hablar sobre Jemima, Gordon pensó que era una teoría interesante, aunque equivocada.

– ¿Cómo lo explicarías entonces, Rob? -preguntó.

– De este modo. Ella debió de veros a los dos. Estabais en Ringwood, quizás, o incluso en Winchester o en Southampton, si Jemima había ido en busca de pedidos para el Cupcake Queen, como hacía de vez en cuando. Debió de ver algo que le dijo lo que había entre vosotros dos. Por eso te abandonó. Pero no pudo resignarse a contármelo debido a su orgullo y a la vergüenza que sentía.

– ¿Qué vergüenza?

– La de ser engañada. Debió de sentirse avergonzada sabiendo que yo le había advertido desde el primer momento que había algo en ti que no me gustaba.

Gordon dejó caer la ceniza del cigarrillo al suelo y la aplastó con la punta de la bota.

– Entonces nunca te caí bien. Lo ocultaste muy bien.

– Tuve que hacerlo cuando Jemima se lió contigo. Quería que fuese feliz, y si tú eras la persona que la hacía feliz, ¿quién era yo para decirle que había algo que no me olía bien?

– ¿Y qué era ese algo?

– Dímelo tú.

Gordon meneó la cabeza, no como un gesto de negación, sino para señalar que era inútil que intentase explicarse, ya que era improbable que Robbie Hastings creyera lo que pudiese decirle. Trató de aclarar la cuestión diciendo:

– Cuando a un tío como tú (a cualquier tío, en realidad) no le gusta alguien, cualquier cosa parece una razón suficiente para ello, Rob. ¿Sabes lo que quiero decir?

– La verdad es que no.

– Bueno, no puedo ayudarte. Jemima me abandonó, punto. Si alguien tenía a otra persona, debía de ser Jemima, porque yo no.

– ¿Quién estaba contigo antes que ella, entonces, Gor?

– Nadie -dijo Gordon-. Nunca, de hecho.

– Venga, tío. Tú tienes…, ¿qué? -Rob pareció pensar durante un momento-. ¿Treinta y un años y quieres hacerme creer que nunca habías estado con una mujer antes de conocer a mi hermana?

– Eso es exactamente lo que quiero que creas, porque es la verdad.

– Que eras virgen. Que llegaste a Jemima como una tabula rasa sin que hubieses escrito sobre ella el nombre de ninguna otra mujer, ¿es eso?

– Así es, Rob.

Gordon sabía que Robbie no creía ni una palabra de lo que le estaba diciendo.

– ¿Eres marica? -preguntó Rob-. ¿Un sacerdote católico descarriado o algo así?

Gordon le miró fijamente.

– ¿Estás seguro de que quieres seguir por este camino, Rob?

– ¿Que se supone que significa eso?

– Oh, creo que lo sabes muy bien.

El rostro de Rob enrojeció intensamente.

– Verás, ella especulaba con frecuencia acerca de ti -dijo Gordon-. Bueno, cómo no iba a hacerlo. Pensándolo bien, es un tanto inusual. Un tío de tu edad. Cuarenta y tantos, ¿verdad?

– Esto no tiene nada que ver conmigo.

– Tampoco conmigo -dijo Gordon.

Cualquier conversación en estos términos, lo sabía, avanzaría en círculos, de modo que no insistió. Lo que tenía que decirle a Robbie Hastings era lo que Robbie Hastings sin duda ya había oído por boca de Meredith Powell, incluso de la propia Jemima. Pero descubrió rápidamente que eso no contentaría al hermano de Jemima.

– Jemima se marchó, porque no quería estar conmigo -dijo Gordon-. Eso es todo. Ese es el final de este asunto. Ella tenía prisa porque siempre la tenía, y tú lo sabes jodidamente bien. Tomaba una decisión en un instante y luego actuaba. Si tenía hambre, comía. Si tenía sed, bebía. Si decidía que quería estar con otro tío, nadie iba a convencerla de lo contrario. Eso es todo.

– ¿En resumen, Gor?

– Así son las cosas.

– Pues no te creo.

– Pues no puedo hacer nada al respecto.

Sin embargo, cuando Robbie le dejó en el Royal Oak, adonde habían regresado en un silencio sólo interrumpido por el sonido de sus pasos sobre la orilla pedregosa y las llamadas de las alondras entre los matorrales, Gordon se dio cuenta de que quería que él le creyese, porque cualquier otra cosa implicaba exactamente lo que ocurrió a la mañana siguiente, cuando Gina y él se estaban despidiendo junto a la camioneta de Gordon en el camino para irse a sus respectivos trabajos.

Un Austin se detuvo justo detrás de la vieja Toyota. Del coche bajó un tío con gafas de cristales gruesos cubiertos con otros cristales oscuros. Llevaba corbata, pero se la aflojó para que colgase del cuello. Luego se quitó los cristales oscuros, como si ello le permitiese ver mejor a Gordon y Gina. Asintió intencionadamente y dijo:

– Ah.

Gordon oyó que Gina decía su nombre en un murmullo inquisitivo y le respondió:

– Espera aquí.

Había abierto la puerta de la camioneta, y ahora la cerró antes de acercarse al Austin.

– Buenos días, Gordon -dijo el hombre-. Hoy volverá a hacer un calor de la hostia, ¿no crees?

– Así es -contestó Gordon. No dijo nada más. Pronto tendría que decirle él mismo qué quería.

Y así fue. El hombre dijo con tono amable:

– Tú y yo tenemos que hablar.

* * *

Meredith Powell había llamado a su trabajo para decir que estaba enferma. Incluso se había apretado la nariz para simular un constipado de verano. No le gustaba fingir eso, y desde luego no le gustaba nada el ejemplo que le daba a Cammie, quien la miraba con ojos grandes y curiosos desde la mesa de la cocina donde había estado metiéndose cereales en la boca con una cuchara. Pero no parecía haber otra alternativa.

Meredith había llamado a la comisaría la tarde anterior, pero no había conseguido nada. La conversación se había desarrollado de modo tal que acabó sintiéndose como una perfecta idiota. ¿Qué graves sospechas y dudas podía tener? El coche de su amiga Jemima en un granero de la propiedad donde había vivido con su pareja durante dos años; la ropa de Jemima guardada en cajas en el desván de la casa; Jemima con un nuevo teléfono móvil para impedir que Gordon Jossie pudiese localizarla; el Cupcake Queen cerrado a cal y canto en Ringwood. «Nada de todo esto es propio de Jemima, ¿no lo entiende?» Apenas había impresionado al policía con el que había hablado en la comisaría de Brockenhurst, donde se había detenido. Había pedido hablar con alguien «por un asunto de extrema urgencia». La había enviado a ver a un sargento cuyo nombre no recordaba y no quería recordar, y al final de su relato el policía le había preguntado con cierta mordacidad si no podía ser, señora, ¿que aquella gente simplemente estuviese ocupándose de sus cosas sin informarle a ella de sus movimientos porque no era asunto suyo? Ella, por supuesto, había instigado ese comentario al reconocer ante el sargento que Robbie Hastings había hablado regularmente con su hermana desde su partida a Londres. Pero, aun así, no había habido ninguna razón para que el sargento la mirase como si ella fuese algo desagradable que había encontrado pegado en la suela de su zapato. Ella no era una entrometida. Era una ciudadana preocupada. ¿Y no se suponía, acaso, que una ciudadana preocupada -que paga sus impuestos- debía informar a la Policía cuando algo iba mal?

– A mí no hay nada que me suene mal -había respondido el sargento-. Una mujer se marcha, y este tío, Jossie, encuentra otra. ¿Por qué hay que investigar algo así? Es algo que está casi de moda, ya que estamos.

Ante su exclamación de «¡por Dios!», el sargento le había dicho que llevase sus problemas a la central en Lyndhurst, si no le gustaba lo que él le decía.

No iba a pasar por todo eso. Había llamado por teléfono a la central de Policía, y eso fue todo. Luego decidió tomar las riendas del asunto. Sabía que allí fuera estaba pasando algo y tenía una idea bastante buena acerca de dónde debía comenzar a cavar para encontrarlo.

Y, para conseguirlo, necesitaba a Lexie Streener. De modo que hizo la llamada a la firma de diseño gráfico donde trabajaba, habló de un maldito constipado de verano que no quería pasarle a los otros empleados y, después de ofrecer varios estornudos artificiales a fin de que Cammie no sufriese ningún daño a causa de esta breve exposición a la prevaricación de su madre, se marchó de casa en busca de Lexie Streener.

Lexie no había necesitado la más leve persuasión para tomarse el día libre del salón de peluquería, donde su futuro como la Nicky Clarke de Ringwood no estaba llegando precisamente en las alas de Mercurio. Su padre vendía café, té, panecillos y cosas por el estilo en su caravana en un área de descanso de la A336, y su madre estaba colocando octavillas de la cuarta Bienaventuranza del Sermón de la Montaña debajo de los limpiaparabrisas de los coches que esperaban a los transbordadores que zarpaban hacia la Isla de Wight desde el muelle de Lymington, donde, según ella, tenía un público cautivo que «necesitaba» oír aquello que representaba la rectitud en la actual situación por la que atravesaba el mundo. Ninguno de ellos tenía forma alguna de saber que Lexie se había largado del trabajo -de todos modos, tampoco era que a ellos les importase demasiado, se lamentó Lexie-, de modo que no fue ningún problema llamar al salón de peluquería de Jean Michel, decir con voz quejumbrosa que había estado toda la noche descompuesta después de haber comido una hamburguesa en mal estado, y luego colgar el teléfono con un «dame un minuto para arreglarme» dirigido a Meredith.

«Arreglarse» consistió en vestirse con zapatos con plataforma, leotardos con encaje, una falda muy corta -«yo de ella no me agacharía», pensó Meredith- y una blusa cuya cintura imperio recordaba a las películas de Jane Austen o a una prenda de embarazada. Aquel último era un toque agradable e indicaba que, de alguna manera, Lexie había entendido las intenciones de Meredith.

Sus propósitos eran tortuosos aunque no ilegales. Lexie tenía que representar el papel de una chica muy necesitada de una guía seria, una guía de la que su hermana mayor -o sea, Meredith- había oído hablar como parte de un programa dirigido por una mujer joven y muy agradable recién llegada de Winchester. «No puedo hacer nada con ella. Me preocupa que se aparte del buen camino si no tomamos medidas» era el argumento general. Y planeaba llevar ese argumento primero al Brockenhurst College, adonde asistían las chicas de la edad de Lexie una vez que acababan el instituto, con la esperanza de aprender allí algo que las condujera a un futuro empleo, y no al paro.

El colegio estaba a escasa distancia del pub Snake Catcher, en Lyndhurst Road. El papel de Lexie exigía que fumase y exhibiera su mal genio y que, en general, se mostrase poco colaboradora y en peligro de cualquier cosa, desde un embarazo hasta una enfermedad de transmisión sexual o una incontrolada adicción a la heroína. Aunque Meredith nunca se lo hubiese mencionado a la chica, el hecho de que su blusa de mangas cortas revelase varias cicatrices de otros tantos cortes en los brazos daba crédito a la historia que ambas tramaban.

Encontró un lugar con sombra donde dejar el coche. Lexie y ella atravesaron el asfalto calcinado en dirección a las oficinas administrativas. Allí hablaron con una secretaria angustiada que estaba tratando de satisfacer las necesidades de un grupo de estudiantes extranjeros con evidentes limitaciones en su inglés. Le preguntó a Meredith: «¿Usted quiere qué?». Y luego: «Tiene que hablar con Monica Patterson-Hughes, de Lactancia», lo que sugería que no había entendido muy bien lo que Meredith pretendía respecto a su hermana pequeña. Pero como Monica Patterson-Hughes era mejor que nadie, Lexie y ella fueron a buscarla. La encontraron en plena demostración sobre cómo se cambiaban los pañales; su auditorio: un grupo de chicas adolescentes que tenían el aspecto inconfundiblemente atento de futuras niñeras. Estaban absortas mirando una gastada muñeca repollo que la mujer utilizaba en la demostración. Era obvio que los bebés artificiales anatómicamente correctos estaban fuera del alcance de los limitados recursos de la organización.

– En la segunda parte del curso utilizamos bebés reales -informó Monica Patterson-Hughes a Meredith después de apartarse para permitir que las futuras niñeras disfrutaran de la muñeca-. Y además estamos estimulando el uso de pañales de tela otra vez. Se trata de criar bebés ecológicos. -Miró a Lexie-. ¿Quieres inscribirte, querida? Es un curso muy popular. Tenemos chicas colocadas en todo Hampshire una vez que acaban los estudios. Tendrías que reconsiderar tu aspecto (el pelo es un poco excesivo), pero con una buena guía en cuanto a vestimenta y aseo personal podrías llegar lejos. Si estás interesada, por supuesto.

Lexie parecía cabreada, sin necesidad de apuntador. Meredith llevó a Monica Patterson-Hughes aparte. No era eso, le explicó. Se trataba de algo muy diferente.

– Lexie se ha desmadrado un poco, y yo soy el adulto responsable en su vida, y me han dicho que hay un programa para chicas como Lexie, chicas que necesitan que se hagan cargo de ellas, que precisan alguien que sea un ejemplo para ellas, que demuestre interés, que actúe como una hermana mayor. Algo que yo soy obviamente: su hermana mayor, quiero decir. Pero, a veces, una auténtica hermana mayor no es alguien a quien una hermana pequeña desee escuchar, especialmente en el caso de alguien como Lexie, quien ya ha tenido algunos problemas (muchas relaciones con chicos y exceso de alcohol y cosas así) y que no quiere escuchar a alguien a quien considera francamente «una puta gorda sermoneadora». He oído hablar de un programa… -repitió con ilusión-. ¿Una mujer joven de…, creo que era de Winchester, que trata con chicas problemáticas?

Monica Patterson-Hughes frunció el ceño. Luego meneó la cabeza. No había ningún programa de esas características asociado con el colegio. Tampoco conocía a nadie que estuviese organizando esa clase de programa. Chicas en riesgo de exclusión… Bueno, generalmente se las trataba a una edad más temprana, ¿verdad? ¿Era posible que aquel programa fuese algo que correspondiese, tal vez, al Distrito de New Forest?

Lexie, metida ya sin duda en su papel, colaboró diciendo secamente que no pensaba «tener nada que ver con ningún jodido municipio de los cojones» y sacó el paquete de cigarrillos como si fuese a encender uno allí mismo. Monica Patterson-Hughes parecía absolutamente horrorizada: «Querida, aquí no puedes…». Lexie la informó de que pensaba hacer lo que le saliera «de los cojones». Meredith pensó que esto tal vez fuera pasarse un «poco» y se encargó de sacar a su «hermana pequeña» de allí a toda prisa.

Una vez que estuvieron fuera, Lexie comenzó a presumir: «Eso ha sido muy divertido, ¿no crees?», y «¿Adonde vamos ahora?», y «En el próximo lugar les hablaré de mi novio. ¿Qué te parece?».

Meredith quería decirle que sería mejor que se mostrara un poco más contenida, pero Lexie tenía muy pocas diversiones en su vida, y si esta pequeña excursión que habían emprendido tenía el potencial suficiente para proporcionarle un poco de entusiasmo en ausencia de esos padres que no la dejaban en paz con la Biblia, a ella le parecía bien. De modo que en las oficinas del municipio del distrito -que encontraron en Lyndhurst, en un grupo de edificios dispuestos en U, llamados Appletree Court- actuaron tan convincentemente que las enviaron directamente a hablar con un asistente social llamado Dominic Cheeters, quien les trajo café y bizcochos de jengibre y limón. Aquel hombre tan amable parecía tan ansioso por ayudarlas que Meredith se sintió culpable por tener que engañarlo.

Sin embargo, también en esas oficinas les dijeron que no había ningún programa destinado a las chicas en riesgo de exclusión y, definitivamente, ningún programa organizado por una tal Gina Dickens, de Winchester. Dominic, extraordinariamente servicial, se tomó incluso el trabajo de llamar por teléfono a varias de sus fuentes personales, como las llamaba. Pero el resultado fue el mismo. Nada. De modo que, a continuación, dio un paso más y llamó a la consejería de educación en Southampton para ver si podían ayudarle en esa cuestión. Para entonces, Meredith había decidido que sabía que no podrían ayudarlas, y así fue.

La misión con Lexie Streener les llevó la mayor parte del día. Pero Meredith consideró que había sido un tiempo bien empleado. Ahora disponía de una prueba irrefutable, decidió, de que Gina Dickens era una maldita mentirosa en cuanto a su vida en el New Forest. Y Meredith sabía por su experiencia personal que cuando una persona decía una mentira, ésta sólo era una entre docenas más.

* * *

Cuando estuvo solo otra vez, Gordon silbó para llamar a Tess. La perra acudió a la carrera. Había estado fuera desde primera hora de la mañana. Se había instalado en su lugar favorito con sombra, debajo de una hortensia trepadora en la parte norte de la casa. Allí Tess tenía una guarida de tierra apisonada que se conservaba húmeda incluso en los días más calurosos del verano.

Buscó el cepillo del retriever. Tess le ofreció esa mirada socarrona, meneó la cola y saltó encima de la mesita baja que él utilizaba para este propósito. Gordon acercó un taburete y comenzó por las orejas. Tess necesitaba un buen cepillado diario, de todos modos, y éste era un buen momento para hacerlo.

Quería fumar, pero no tenía cigarrillos, de modo que se aplicó vigorosamente a la tarea de cepillar a su perra. Estaba tenso de la cabeza a los pies y quería relajarse. No sabía cómo manejar esa sensación, así que se dedicó a cepillar el pelo de Tess una y otra vez.

Se habían alejado del coche en dirección al granero y, finalmente, entraron allí. Gina debía haberse preguntado por qué, pero no podía permitirse que eso importase porque Gina estaba impoluta, como un lirio que crece en una pila de excrementos, y estaba decidido a mantenerla de esa manera. De modo que la dejó en el camino de acceso de la casa con aspecto desconcertado o asustado o preocupado o ansioso, o lo que fuese que una mujer pudiese sentir cuando el hombre a quien le ha abierto su corazón parece encontrarse a merced de alguien que podía hacerle daño a él, o a los dos.

Siguió cepillando a la perra una y otra vez. Oyó que Tess lanzaba un gemido. Lo estaba haciendo con demasiada fuerza. Aflojó la presión. Cepilló a la perra.

De modo que se habían dirigido al granero y, antes de llegar allí, Gordon había tratado de aparentar que la visita de aquel desconocido estaba relacionada con la tierra. Señaló hacia diferentes lugares y pareció divertir al otro hombre, que sonrió.

– Tengo entendido que tu amiguita ha desaparecido -dijo el hombre una vez que estuvieron dentro de los frescos confines del granero-. Aunque a mí me parece -explicó, con un guiño y un gesto grosero que pretendía que pasara por sexual- que no tienes problemas en ese aspecto. Es una chica preciosa, más guapa que la otra. Muslos buenos y firmes, imagino. Fuertes también. La otra era más pequeña, ¿verdad?

– ¿Qué quieres? -le había preguntado-. Tengo mucho trabajo, y Gina también, y estás bloqueando el camino con tu coche.

– Eso complica un poco las cosas, ¿no? Yo bloqueando el camino. ¿Adonde ha ido la otra?

– ¿Qué otra?

– Ya sabes a qué me refiero, tío. Me llegó el rumor de que alguien estaba muy cabreado contigo. ¿Dónde está la otra? Confiésate aquí conmigo, Gordon. Sé que puedes hacerlo.

No tenía otra alternativa que contárselo: lo de Jemima, abandonando el New Forest sin su coche sólo Dios sabe por qué motivo, dejando la mayor parte de sus pertenencias. Si no le contaba eso, era jodidamente consciente de que llegaría a saberse de todos modos, y lo pagaría caro.

– ¿Dices que ella, simplemente, se largó? -había preguntado el hombre.

– Así es.

– ¿Por qué? ¿No se lo estabas haciendo bien Gordon? ¿Un hombre agradable, atlético como tú, un hombre con todas las partes adecuadas en los lugares adecuados?

– No sé por qué se marchó.

El otro hombre le estudió. Se quitó las gafas y las limpió con un paño especial que sacó del bolsillo.

– No me vengas con ésas -dijo, y su tono de voz ya no era el falsamente jovial que había empleado antes, sino que ahora era más bien helado, como una cuchilla que se siente helada cuando se la presiona contra la piel caliente-. No me tomes por imbécil. No me gusta que tu nombre aparezca en una conversación. Hace que me sienta muy incómodo. O sea, ¿que sigues diciendo que ella se largó y que no sabes por qué lo hizo? No me lo trago.

La preocupación de Gordon había sido que Gina entrase en el granero, que quisiera saber o ayudar, interceder o proteger, porque ésa era su naturaleza.

– Dijo que no podía soportarlo -intervino Gordon-. ¿De acuerdo? Dijo que no podía soportarlo.

– ¿Soportar qué? -Esbozó una lenta sonrisa. En ella no había ni una pizca de humor, no podía haberlo-. ¿Ella no podía soportar qué, cariño? -había repetido.

– Tú bien que lo sabes, coño -dijo casi en un susurro.

– Ah…, venga no te pongas chulo conmigo, tío. ¿Chulería? Eso no va contigo.

Capítulo 9

Finalmente, la investigación realizada casa por casa en Stoke Newington no dio ningún resultado; tampoco la búsqueda perimetral en los alrededores de la capilla ni haber cuadriculado todo el frondoso cementerio para realizar la búsqueda siguiendo ese método. Contaban con personal suficiente para hacerlo -de la comisaría local y de agentes que habían llegado desde otras zonas-, pero el resultado final fue que no obtuvieron ni testigo, ni arma, ni bolso, ni monedero ni identificación. Sólo una admirable limpieza de basura en el cementerio. Por otra parte, habían recibido cientos de llamadas y una descripción transmitida al SO5 había indicado una posible pista. A ello había contribuido la circunstancia de que el cadáver en cuestión tuviese unos ojos inusuales: uno verde y el otro marrón. Una vez que introdujeron ese dato en el ordenador, el campo de las personas desaparecidas se redujo a una.

La información decía que esa mujer había desaparecido de su vivienda en Putney. Enviaron al lugar a Barbara Havers, dos días después del descubrimiento del cadáver, a Oxford Road, que estaba equidistante de Putney High Street y Wandsworth Park. Al llegar allí aparcó ilegalmente en una zona reservada sólo para residentes, colocó a la vista una identificación policial y llamó al timbre de una casa adosada cuyo jardín delantero parecía ser el centro de reciclaje de la calle, si uno se guiaba por las latas y los recipientes de plástico. Se topó en la puerta con una mujer mayor con un corte de pelo militar, y un vello facial algo militar también. Iba vestida con ropa para hacer ejercicio y calzaba unas inmaculadas zapatillas blancas con cordones rosa y púrpura. Dijo llamarse Bella McHaggis, y se quejó de que ya era hora de que apareciera un policía de una puta vez y que aquélla era la clase de incompetencia que pagaban sus impuestos y que el puto Gobierno no puede hacer ni una sola cosa bien: porque mire el estado en que están las calles, por no hablar del metro. Y ella había llamado a la Policía hacía ya dos días y…

Bla, bla, bla, pensó Barbara. Mientras Bella McHaggis daba rienda suelta a sus sentimientos, ella echó un vistazo a la casa: suelos de madera sin alfombrar, un perchero con paraguas y abrigos. En la pared, había un documento enmarcado que anunciaba: Reglas de la casa para los inquilinos; a su lado un cartel decía: Dueña en casa.

– Con los huéspedes nunca es suficiente insistir sobre las reglas de la casa -aseguró Bella McHaggis-. Las tengo por todas partes. Las reglas, quiero decir. Es de gran ayuda.

Condujo a Barbara a un comedor. Después dejaron atrás una gran cocina y, finalmente, llegaron a una sala de estar en la parte trasera de la casa. Una vez allí, Bella McHaggis anunció que su inquilina -que se llamaba Jemima Hastings- había desaparecido, y que si el cuerpo de la mujer que habían encontrado en Abney Park tenía un ojo verde y el otro marrón… La mujer intentó leer la expresión en el rostro de Barbara.

– ¿Tiene alguna foto de esa mujer? -preguntó Barbara.

– Sí, sí, por supuesto- contestó Bella.

Dijo: «Venga por aquí», y llevó a Barbara a través de una puerta situada en el otro extremo de la sala de estar, lo que las condujo a un estrecho corredor que se extendía en dirección a la zona delantera de la casa. A un lado del pasillo se elevaba la parte trasera de una escalera, y frente a ellos, en la parte inferior, había una puerta que parecía hubieran querido ocultar. Sobre la puerta había un póster. La iluminación era escasa, pero Barbara alcanzó a ver que el póster mostraba una fotografía en blanco y negro de una mujer joven, de pelo claro que se agitaba sobre su rostro por el viento. Compartía el cuadro con tres cuartas partes de la cabeza de un león, que aparecía desenfocada detrás. El león, que era de mármol y estaba ligeramente veteado por el paso del tiempo, parecía dormir. El póster era un anuncio del Retrato del año de Cadbury y evidentemente se trataba de alguna clase de concurso. Sus ganadores participaban en una exposición en la National Portrait Gallery, en Trafalgar Square.

– ¿Es Jemima? -preguntó Bella McHaggis.

– No es propio de ella haberse marchado de ese modo, sin decírnoslo. Cuando vi la noticia en el Evening Standard, pensé que si la mujer tenía esa clase de ojos, de dos colores diferentes… -Sus palabras se extinguieron cuando Barbara se volvió hacia ella.

– Me gustaría ver su habitación -dijo Barbara.

Bella McHaggis emitió un leve sonido, algo entre un suspiro y un lamento. Barbara vio que se trataba de una persona decente.

– En realidad no estoy segura, señora McHaggis.

– Es sólo que acaban convirtiéndose en parte de la familia -dijo Bella-. La mayoría de mis huéspedes…

– ¿Así que tiene más? Tendré que hablar con ellos.

– En este momento no están aquí. Están trabajando, ¿sabe? Sólo hay dos, aparte de Jemima, quiero decir. Chicos. Unos jóvenes muy agradables.

– ¿Alguna posibilidad de que ella pudiera haber estado liada con uno de ellos?

Bella negó con la cabeza.

– Eso va contra las reglas. Me parece que no es bueno que los hombres y las mujeres que viven en mi casa se hagan compañía, al menos mientras vivan bajo el mismo techo. Al principio no tenía ninguna regla establecida con respecto a eso, cuando el señor McHaggis murió y yo comencé a tener huéspedes. Pero pensé… -Miró el póster que había en la puerta-. Pensé que las cosas se volverían innecesariamente complicadas si mis huéspedes…, digamos, que si confraternizaban… Tensiones latentes, la posibilidad de rupturas, celos, lágrimas… Peleas en la mesa del desayuno… De modo que decidí establecer esa regla.

– ¿Y cómo sabe si los huéspedes la respetan?

– Créame -dijo Bella-. Lo sé.

Barbara se preguntó si eso significaba que inspeccionaba las sábanas.

– Pero ¿supongo que Jemima conocía a los otros huéspedes?

– Por supuesto. Conocía más a Paolo, supongo. Él fue quien la trajo a esta casa. Me refiero a Paolo di Fazio. Nacido en Italia, pero nadie lo diría. No tiene nada de acento. Y tampoco…, bueno, ningún mal hábito italiano, ya sabe.

Barbara no lo sabía, pero asintió amablemente. Se preguntó cuáles podían ser esos malos hábitos italianos. ¿Poner salsa de tomate en los cereales?

– Su habitación es la que está más cerca de la de ella -siguió explicando la mujer-. Jemima trabajaba en una tienda en la zona de Covent Garden, y Paolo tiene un puesto en Jubilee Market Hall. Yo tenía una habitación disponible; quería otro huésped; esperaba que fuese una mujer. Y Paolo sabía que ella estaba buscando un alojamiento permanente.

– ¿Y qué me puede decir de su otro huésped?

– Frazer Chaplin. Vive en el apartamento del sótano.

Bella señaló la puerta donde estaba fijado el póster.

– O sea, ¿que es suyo? ¿El póster?

– No. Es sólo la entrada de su apartamento. Ella me trajo el póster, Jemima. Supongo que no la hacía muy feliz que lo hubiese puesto aquí, donde nadie puede verlo. Pero…, bueno, allí lo tiene. No había otro lugar disponible donde colocarlo.

A Barbara le parecía que había espacio más que suficiente, incluso con la gran cantidad de carteles que describían las reglas de la casa. Echó un último vistazo al póster antes de repetirle a Bella que quería ver la habitación de Jemima Hastings. Se parecía a la joven que aparecía en las fotos de la autopsia que Barbara había visto que Isabelle Ardery colgaba aquella mañana en el centro de coordinación. Pero, como siempre, resultaba increíble ver las diferencias entre alguien con vida y un cadáver.

Siguió a Bella al piso superior, donde Jemima disponía de una habitación que daba a la fachada de la casa. La habitación de Paolo se encontraba justo en la parte posterior del corredor, dijo Bella, mientras que su habitación estaba un piso aún más arriba.

Abrió la puerta de la habitación de Jemima. No estaba cerrada y tampoco había llave por dentro. Pero eso no significaba que no hubiera una llave en alguna parte de la habitación, supuso Barbara, aunque encontrarla sería un desafío digno de Hércules en los establos de Augías.

– Ella era un poco como una urraca -dijo Bella, que venía a ser como decir que Noé era un constructor de botes de remos.

Barbara jamás había visto un desorden semejante. La habitación tenía un tamaño agradable, pero contenía una enorme cantidad de objetos. Ropa tirada sobre la cama sin hacer, en el suelo y sobresaliendo de los cajones de la cómoda; revistas y periódicos y mapas y folletos de los que reparte la gente por la calle; barajas de naipes mezcladas con tarjetas comerciales y postales; montones de fotografías sujetas con bandas elásticas…

– ¿Cuánto tiempo llevaba viviendo aquí? -preguntó Barbara. Era inconcebible que una sola persona fuese capaz de acumular semejante cantidad de cosas en menos de cinco años.

– Casi siete meses -dijo Bella-. Hablé con ella acerca de esto. Me dijo que ya encontraría el momento de ordenar la habitación, pero creo…

Barbara miró a la mujer. Bella se estiraba el labio inferior con expresión pensativa.

– ¿Qué? -preguntó Barbara.

– Creo que le daba cierta sensación de bienestar. Me atrevería a decir que no podía desprenderse de nada de todo esto.

– Sí. Bueno. -Barbara suspiró-. Todo esto tendrá que ser revisado y examinado. -Sacó el teléfono móvil y lo abrió-. Voy a llamar para pedir refuerzos -le dijo a Bella.

* * *

Lynley utilizaba el coche como una excusa, porque era lo más fácil para decirse a sí mismo y, por ende, a Charlie Denton que quería estar solo. No solía decirle a Denton adonde iba, pero sabía que el joven todavía no había dejado de preocuparse acerca de su estado mental. De modo que apareció de pronto en la cocina donde Denton estaba usando sus considerables habilidades culinarias para preparar un adobo para un pescado y le dijo: «Estaré fuera un rato, Charlie. Iré un par de horas a Chelsea». Advirtió la expresión de placer que se dibujó brevemente en su rostro. Chelsea podía significar cientos de destinos diferentes, pero Denton pensó que sólo había uno que pudiese hacer que Lynley saliera de Belgravia.

– Pensaba presumir de coche nuevo -añadió Lynley.

– Deberá tener cuidado entonces. No querrá que estropee la pintura.

Lynley le prometió que haría todo lo posible por impedir semejante tragedia y se dirigió al garaje, donde guardaba el coche que finalmente había comprado para reemplazar al Bentley, que había quedado reducido a un amasijo de restos metálicos hacía cinco meses por obra y gracia de Barbara Havers. Abrió con su llave la puerta del garaje y allí estaba. La verdad era que sentía un deje de excitación de propietario al contemplar la belleza cobriza de aquel chisme. Eran sólo cuatro ruedas y un medio de transporte, pero había transporte y «transporte», y éste era indudablemente «transporte».

Tener el Healey Elliott le daba algo en qué pensar cuando estaba conduciendo, además de dar vueltas a todas aquellas cosas en las que no quería pensar. Esa había sido una de las razones por la que había comprado el coche. Uno tenía que considerar cuestiones como dónde aparcarlo y qué ruta tomar desde el punto A hasta el punto B a fin de evitar altercados con ciclistas, taxistas, conductores de autobuses y peatones que tiraban de maletas con ruedas sin prestar atención a por dónde iban. Y luego estaba la cuestión esencial de que quedara limpio, de mantenerlo bien a la vista cuando se veía obligado a aparcarlo en una zona ligeramente peligrosa, de mantener el aceite inmaculado y las bujías prácticamente esterilizadas, y las ruedas balanceadas y los neumáticos hinchados con la presión adecuada. Era, por lo tanto, un coche inglés antiguo como todos los coches ingleses antiguos. Exigía una vigilancia y un mantenimiento constantes. En resumen, era exactamente lo que necesitaba en este momento de su vida.

La distancia que separaba Belgravia de Chelsea era tan mínima que podría haber ido andando, independientemente del calor y las multitudes de compradores que llenaban King's Road. Menos de diez minutos después de haber cerrado la puerta principal de su casa, conducía a paso de tortuga por Cheyne Road, buscando algún lugar donde aparcar cerca de Lordship Place. La suerte quiso que un camión que estaba haciendo una entrega en el King's Head & Eight Bells dejase libre un lugar junto al bordillo cuando se aproximaba al pub. Caminaba ya hacia la alta construcción de ladrillo en la esquina de Lordship Place y Cheyne Walk cuando oyó una voz de mujer que le llamaba:

– ¡Tommy! ¡Hola!

La voz llegaba de la dirección del pub donde, según pudo ver, sus amigos estaban doblando la esquina desde Cheyne Walk y el Embankment de Chelsea. Probablemente venían de dar un paseo junto al río, ya que Simon Saint James llevaba a su perra en brazos -una dachshund de pelo largo que odiaba el calor tanto como los paseos- y su esposa, Deborah, caminaba a su lado, cogida de su brazo y con un par de sandalias colgando entre los dedos.

– ¿No está demasiado caliente el pavimento para tus pies descalzos? -preguntó.

– Absolutamente horrible -admitió ella alegremente-. Quería que Simon me cogiera en brazos, pero ante la disyuntiva de Peach o yo, el maldito escogió a Peach.

– El divorcio es la única respuesta -repuso Lynley. Sus amigos se acercaron y Peach, que le reconoció como un habitual, se retorció para que la bajasen al suelo y pudiese volver a dar brincos y exigir que la cogieran nuevamente en brazos. Ladró, agitó la cola y dio unos cuantos brincos más mientras Lynley estrechaba la mano de Saint James y aceptaba el impetuoso abrazo de Deborah.

– Hola, Deb -dijo con la cara contra su pelo.

– Oh, Tommy -dijo ella a modo de respuesta. Luego, retrocedió unos pasos y cogió en brazos a la perra, que continuaba retorciéndose, ladrando y exigiendo que le prestasen atención-, tienes muy buen aspecto. Es genial verte. Simon, ¿no crees que Tommy tiene muy buen aspecto?

– Casi tan bueno como el coche. -El hombre se había acercado a echarle un vistazo al Healey Elliott. Lanzó un silbido de admiración-. ¿Acaso lo has traído para regodearte? Por Dios, es una belleza. Mil novecientos cuarenta y ocho, ¿verdad?

Saint James amaba los coches antiguos; él mismo conducía un viejo MG, modificado para adaptarlo a su pierna izquierda ortopédica. Era un TD clásico, circa 1955, pero la antigüedad del Healey y su forma lo convertían en un coche raro y muy atractivo a la vista. El hombre meneó la cabeza -el pelo oscuro demasiado largo como siempre, Deborah seguramente le daba la vara todo el día para que se lo cortase- y lanzó un suspiro.

– ¿Dónde lo encontraste? -preguntó.

– En Exeter -respondió Lynley-. Lo vi anunciado. El pobre tío dedicó años de su vida a restaurarlo, pero su esposa lo consideraba un rival…

– ¿Y quién puede culparla? -apuntó Deborah deliberadamente.

– Y no le dejó en paz hasta que lo vendió.

– Una locura total -musitó Saint James.

– Sí. Bueno. Allí estaba yo con el dinero en metálico y un Healey Elliott frente a mí.

– ¿Sabes?, Deborah y yo hemos estado en Ranelagh Gardens hablando acerca de nuevas posibilidades de adopción. Veníamos de allí ahora mismo. Pero ¿quieres que te diga la verdad? Condenados bebés. Antes preferiría adoptar este coche.

Lynley se echó a reír.

– ¡Simón! -protestó Deborah.

– Los hombres somos así, amor mío. ¿Cuándo has vuelto, Tommy? Vamos dentro. Estábamos hablando con Deborah de tomar una cerveza en el jardín. ¿Nos acompañas?

– ¿Para qué, si no, es el verano? -contestó Lynley. Les siguió al interior de la casa, donde Deborah dejó a la pequeña perra en el suelo. Peach corrió a la cocina en la eterna búsqueda de comida propia de los daschshund-. Dos semanas -le dijo a Saint James.

– ¿Dos semanas? -dijo Deborah-. ¿Y no nos llamaste por teléfono? Tommy, ¿alguien más sabe que has vuelto?

– Denton no lo ha festejado a lo grande con el vecindario, si a eso te refieres -dijo Lynley con tono seco-. Pero porque yo se lo pedí. Charlie habría contratado aviones que escribiesen mensajes en el cielo, si se lo hubiera permitido.

– Debe de estar feliz de que hayas vuelto a casa. Nosotros estamos felices de que hayas regresado a casa. Estás destinado a estar en casa. -Deborah dio unas breves palmadas y llamó a su padre. Lanzó las sandalias a la base de un perchero y dijo por encima del hombro-: Le pediré a papá que nos prepare las bebidas -dijo, y siguió la misma dirección que la perra, hacia la despensa, situada en el sótano de la parte trasera de la casa.

Lynley la miró cuando se alejaba y se dio cuenta de que había perdido contacto con lo que significaba estar cerca de una mujer a la que conocía bien. Deborah no se parecía en nada a Helen, pero la igualaba en cuanto a energía y vivacidad. Ese pensamiento le produjo un dolor súbito y se quedó sin aliento durante un momento.

– Vamos fuera, ¿quieres? -dijo Saint James.

Lynley comprobó que su viejo amigo le entendía a la perfección.

– Gracias -dijo.

Encontraron un lugar debajo del cerezo ornamental donde había varios sillones de mimbre gastados alrededor de una mesa. Deborah se reunió con ellos. Llevaba una bandeja donde había colocado una jarra de Pimm's, un cubo con hielo y vasos que exhibían los indispensables trozos de pepino. Peach llegó tras ella y, a continuación, apareció Alaska, el gran gato gris de los Saint James, que inmediatamente se ocupó de escabullirse sigilosamente a lo largo del reborde de hierba en busca de roedores imaginarios.

Alrededor de ellos se oían los sonidos de Chelsea en verano: coches lejanos que se desplazaban junto a Embankment, el gorjeo de los gorriones en los árboles, gente que llamaba desde el jardín de la casa de al lado. El aire estaba impregnado del olor de una barbacoa y el sol seguía cociendo la tierra.

– He tenido una visita inesperada -dijo Lynley-. La superintendente interina Isabelle Ardery.

Les explicó brevemente lo esencial de la visita de Ardery: la petición de ella, y su indecisión.

– ¿Qué piensas hacer? Quizás haya llegado el momento de que vuelvas, Tommy.

Lynley miró más allá de sus amigos hasta las flores que crecían en el reborde de hierba en la base del viejo muro de ladrillo que señalaba el límite del jardín. Alguien -Deborah probablemente- les había prodigado un visible cuidado; seguramente, habría reciclado el agua con la que fregaban los platos. Este año tenían mejor aspecto que el anterior: estallaban llenos de vida y color.

– Pude hacer frente al cuarto del niño en Homenstown… y su ropa de campo. Y con parte del cuarto del niño aquí también. Pero no he sido capaz de enfrentarme con sus cosas aquí, en Londres. Pensé que estaría preparado cuando llegué hace dos semanas, pero parece que no es así. -Bebió un trago y miró el muro del jardín por donde trepaban las clemátides, una explosión de flores color lavanda-. Todo está aún allí, en el armario y en la cómoda. También en el baño: cosméticos, sus frascos de perfume. En el cepillo todavía quedan hebras de su pelo… Era tan oscuro, ¿sabéis?, con reflejos castaños.

– Sí -dijo Saint James.

Lynley lo percibió en la voz de Simon: el terrible pesar que Saint James no expresaría, creyendo cuando lo hacía que, por justicia, la aflicción de Lynley era infinitamente mayor. Y ello a pesar del hecho de que su amigo también había amado a Helen y, en una ocasión, había intentado casarse con ella. Dijo: «Por Dios, Simon…», pero Saint James le interrumpió.

– Tendrás que darte tiempo.

– Hazlo -dijo Deborah, y miró a ambos.

Lynley se dio cuenta de que ella también lo sabía. Y pensó en todas las maneras en las que un estúpido acto de violencia había afectado a tanta gente, tres de los cuales estaban sentados en el jardín de verano, cada uno de ellos reacio a pronunciar su nombre.

La puerta de la cocina se abrió y se dieron la vuelta para anticiparse a quienquiera que estuviese a punto de aparecer. Resultó ser el padre de Deborah, quien hacía mucho tiempo que llevaba la casa y era, a su vez, un ayudante de Saint James. Al principio, Lynley pensó que su intención era unirse a ellos, pero, en lugar de eso, Joseph Cotter le dijo a su hija:

– Más compañía, querida. ¿Me preguntaba…?

Inclinó ligeramente la cabeza hacia Lynley.

– Por favor, no deje de recibir a alguien por mi causa, Joseph -dijo Lynley.

– Me parece razonable -contestó Cotter, y luego a Deborah-. Excepto que pensé que Su Señoría quizás no querría…

– ¿Por qué? ¿Quién es? -preguntó Deborah.

– La sargento detective Havers -dijo-. No estoy seguro de qué es lo que desea, querida, pero pregunta por ti.

* * *

La última persona que Barbara esperaba encontrarse en el jardín trasero de la casa de los Saint James era a su antiguo compañero. Pero allí estaba, y sólo le llevó un segundo procesar esta información: el maravilloso coche que estaba aparcado en la calle debía de ser suyo. Tenía sentido. Él era digno del coche, y el coche era digno de él.

Lynley tenía mucho mejor aspecto que la última vez que le había visto, hacía dos meses en Cornualles. Entonces Lynley había sido un muerto viviente. Ahora se parecía más al introspectivo ambulante.

– Señor -le dijo-, ¿está de vuelta de verdad o sólo está de vuelta?

Lynley sonrió.

– Por el momento, simplemente he vuelto.

– Oh. -Estaba decepcionada y sabía que su expresión la delataba-. Bien -dijo-. Cada cosa a su tiempo. ¿Acabó su paseo en Cornualles?

– Así es -dijo él-. Sin incidentes.

Deborah le ofreció a Barbara un vaso de Pimm's que a la agente le hubiese encantado beber. Eso o echarse el líquido por la cabeza, porque el día la estaba cociendo en su propia ropa. Maldecía una y otra vez a la superintendente interina Ardery por haberle sugerido que cambiase su manera de vestir. Ésta era exactamente la clase de tiempo que requería pantalones de hilo y una camiseta muy suelta, no falda, medias y una blusa cortesía de otra excursión de compras con Hadiyyah, que esta vez concluyó mucho más deprisa, porque Hadiyyah se mostró insistente mientras que Barbara actuó, si no de manera dócil ante la insistencia de Hadiyyah, al menos sí erosionada por ella. El pequeño favor por el que Barbara estaba agradecida a Dios era que su joven amiga había elegido una blusa sin un lazo en el cuello.

– Gracias, pero estoy de servicio -le dijo a Deborah-. En realidad, es una visita oficial.

– ¿De verdad? -Deborah miró a su esposo y luego a Barbara-. Entonces, ¿busca a Simon?

– En realidad la buscaba a usted. -Había una cuarta silla junto a la mesa y Barbara se sentó. Era profundamente consciente de la mirada de Lynley sobre ella y sabía qué era lo que estaba pensando, pues le conocía muy bien-. Estoy siguiendo órdenes, más o menos. Bueno, más bien «siguiendo un importante consejo». Puede creer que, si no, no lo hubiera hecho.

– Ah. Eso me preguntaba. ¿Órdenes de quién, más o menos? -inquirió Lynley.

– La nueva aspirante al antiguo puesto de Webberly. A ella no le gustó demasiado mi aspecto. Poco profesional. Eso me dijo. Me aconsejó que hiciera algunas compras.

– Entiendo.

– Es la mujer de Maidstone. Isabelle Ardery. Ella fue la…

– La inspectora del incendio provocado.

– Veo que la recuerda. Bien hecho. En cualquier caso, fue idea de ella que debía tener un aspecto…, lo que sea. Este es mi aspecto.

– Ya veo. Perdón por preguntar, Barbara, pero ¿lleva…?

Lynley era demasiado educado para ir más allá, y Barbara lo sabía.

– ¿Maquillaje? -preguntó-. ¿Se me está corriendo? Es que con este calor y el hecho de que no tenía idea de cómo ponerme este jodido…

– Tiene un aspecto encantador, Barbara -repuso Deborah.

Sólo estaba mostrándose solidaria, lo sabía, porque ella no llevaba absolutamente nada sobre su piel pecosa. Y el pelo, a diferencia del de Barbara, consistía en gran cantidad de rizos rojos que le sentaban de maravilla incluso en su desorden habitual.

– Gracias -dijo Barbara-. Pero parezco un payaso, y todavía hay más. Aunque no entraré en detalles.

Colocó el bolso sobre el regazo y sopló hacia arriba para refrescarse el rostro. Debajo del brazo llevaba enrollado un segundo póster de la exposición Cadbury Photographic Portrait of the Year. Éste había estado fijado a la parte interna de la puerta del dormitorio de Jemima Hastings que Barbara había descubierto cuando cerró la puerta para examinar mejor la habitación. La luz de ambiente le había dado la oportunidad de estudiar tanto el retrato como la información escrita debajo. Esa información había llevado a Barbara hasta Chelsea.

– Aquí tengo algo a lo que me gustaría que le echase un vistazo -dijo, y desenrolló el póster para que Deborah lo examinara.

Deborah sonrió al ver de qué se trataba.

– ¿Así que ha ido a la Portrait Gallery a ver la exposición? -Continuó dirigiéndose a Lynley, contándole lo que se había perdido mientras estuvo ausente de Londres, un concurso fotográfico en el que su trabajo había sido aceptado como una de las seis fotografías utilizadas para promocionar la exposición resultante-. Aún está en la galería -dijo Deborah-. No gané. Había una competencia terrible. Pero fue maravilloso estar entre las sesenta fotografías elegidas para ser exhibidas, y luego ésta -señaló la fotografía con la cabeza- fue seleccionada para ser incluida en pósteres y postales vendidas en la tienda de regalos. Me sentía en las nubes, ¿verdad, Simon?

– Deborah recibió algunas llamadas telefónicas. De gente que quería ver su trabajo.

Deborah se echó a reír.

– Simon es muy generoso. Fue sólo «una» llamada telefónica de un tipo que me preguntó si estaba interesada en hacer fotos de comida para un libro de cocina que está escribiendo su esposa.

– Eso suena muy bien -apuntó Barbara-. Como cualquier cosa que incluya comida, ya sabe…

– Bien hecho, Deborah. -Lynley se inclinó hacia delante para mirar el póster-. ¿Quién es la modelo?

– Se llama Jemima Hastings -le dijo Barbara, y luego le preguntó a Deborah-. ¿Cómo la conoció?

Deborah dijo:

– Sidney…, la hermana de Simon… Yo estaba buscando una modelo para el concurso de retratos fotográficos y, al principio, pensé que Sidney sería perfecta, con todos los trabajos que hace como modelo. Y realmente lo intenté con ella, pero el resultado se veía demasiado profesional… Debe estar relacionado con la manera en la que Sidney se enfrenta a una cámara, supongo, con exhibir la ropa que lleva puesta en lugar de, simplemente, ser una persona. En cualquier caso, el resultado no me dejó satisfecha. Entonces organicé una especie de casting, con la intención de encontrar a alguien. Un día, Sidney apareció con Jemima. -Deborah frunció el ceño, obviamente atando varios cabos en un segundo-. ¿De qué se trata, Barbara? -preguntó con voz cautelosa.

– Me temo que la modelo ha sido asesinada. Este póster estaba entre sus objetos personales.

– ¿Asesinada? -repitió Deborah. Lynley y Saint James se movieron en sus sillas-. ¿Asesinada, Barbara? ¿Cuándo? ¿Dónde?

La policía se lo explicó. Los otros tres se miraron y Barbara preguntó:

– ¿Qué ocurre? ¿Sabéis algo de esto?

– Abney Park. -Deborah fue quien contestó-. Allí fue donde hice la fotografía. Allí es donde está esto. -Señaló el león veteado por la intemperie cuya cabeza llenaba el marco a la izquierda de la modelo-. Éste es uno de los monumentos conmemorativos que hay en el cementerio. Jemima nunca había estado allí antes de que tomásemos la foto. Ella nos los dijo.

– ¿Nos?

– Sidney nos acompañó. Quería estar presente durante la sesión de fotos.

– Entiendo. Bueno, ella regresó al lugar -dijo Barbara-. Jemima, quiero decir. -Añadió unos cuantos detalles, sólo los suficientes para ponerles al corriente de la situación, y luego le preguntó a Simon-. ¿Dónde está? Tendremos que hablar con ella.

– ¿Sidney? Vive en Bethnal Green, cerca de Columbia Road.

– Junto al mercado de flores -añadió Deborah tratando de ser servicial.

– Con su actual pareja -dijo Simon con tono seco-. Mamá (por no mencionar a Sid) espera que ésta sea también su pareja definitiva, pero, francamente, no parece que sea el caso.

– Bueno, a ella le gustan morenos y peligrosos -le hizo notar Deborah a su esposo.

– En la adolescencia se quedó muy impresionada por un montón de novelas románticas. Sí. Lo sé.

– Necesitaré su dirección -les dijo Barbara.

– Espero que no piense que Sid…

– Ya conocen la rutina. Seguir cada una de las pistas y todo eso. -Volvió a enrollar el póster y los miró. No había duda de que pasaba algo-. Después de haberla conocido y tras hacer la fotografía en el cementerio, ¿volvió a verla?

– Jemima vino a la inauguración de la exposición en la Portrait Gallery. Todos estaban invitados.

– ¿Pasó algo allí?

Deborah miró a su esposo como si buscase información. Él negó con la cabeza y se encogió de hombros.

– No. No que yo… -empezó ella-. Bueno, creo que ella había bebido un poco demasiado champán, pero había un hombre con ella que se encargó de que llegase a casa. Eso fue realmente todo…

– ¿Un hombre? ¿Sabe su nombre?

– No, lo he olvidado. No pensé que necesitaría… Simon, ¿tú recuerdas su nombre?

– Sólo me acuerdo de que era moreno. Y sobre todo lo recuerdo porque… -Dudó un momento, claramente reacio a completar la frase.

Barbara lo hizo por él.

– ¿Por Sidney? Antes dijo que le gustaban los morenos, ¿verdad?

* * *

Bella McHaggis nunca se había encontrado en la situación de tener que reconocer un cadáver. Por supuesto, había visto cuerpos inertes. En el caso del difunto señor McHaggis incluso había modificado el escenario donde se había producido la muerte, a fin de proteger la reputación del pobre hombre antes de llamar a urgencias. Pero nunca la habían llevado a una habitación donde la víctima de una muerte violenta yaciera cubierta con una sábana. Ahora que ya lo había hecho, estaba más que dispuesta a acometer cualquier clase de actividad que barriese aquella imagen mental de su cabeza.

Jemima Hastings -no había ninguna duda de que se trataba de Jemima- había sido colocada sobre una camilla, con el cuello vendado con varias capas de gasa como si fuese una bufanda, como si necesitara protegerse de esa habitación helada. Este detalle había hecho que Bella dedujese que a la chica le habían rajado la garganta y preguntó si era eso lo que había pasado, pero la respuesta había llegado en forma de pregunta: «¿Reconoce usted…?». Sí, sí, había contestado Bella bruscamente. Lo «supo» en el instante en que esa policía había llegado a su casa y había mirado fijamente ese póster. La policía -Bella no recordaba su nombre en ese momento- no había podido mantener la falta de expresión de su rostro, y Bella supo entonces que la chica que habían encontrado en el cementerio era la inquilina que había desaparecido de su casa.

De modo que para olvidarse de todo aquel asunto, Bella se había puesto manos a la obra. Podría haber asistido a una clase de yoga sauna, pero pensó que el trabajo era la mejor opción. Alejaría de su mente la imagen de la pobre Jemima acostada sobre esa fría camilla de acero y, al mismo tiempo, dejaría la habitación de Jemima preparada para alquilarla a otro huésped, ahora que la Policía se había llevado todos sus objetos personales. Y Bella quería otro huésped, pronto, si bien tenía que reconocer que no había tenido mucha suerte con el ramo femenino. Aun así, quería una mujer. Le gustaba la sensación de equilibrio que otra mujer le proporcionaba a la casa, aunque las mujeres eran mucho más complicadas que los hombres, y aunque se preguntara si quizás otro hombre haría que las cosas fuesen más sencillas e impediría que los hombres que ya estaban en la casa se arreglasen de esa manera. Arreglarse y pavonearse, eso era lo que hacían. Y lo hacían de un modo inconsciente, como gallos, como pavos reales, como hace cada macho de cada especie que habita en la Tierra. La calculada danza de «aquí estoy» era algo que Bella generalmente encontraba bastante divertido, pero sabía que debía considerar si no sería más fácil para todos los implicados si eliminaba de su casa esa necesidad.

Una vez que regresó de identificar el cadáver de Jemima, Bella había colgado en la ventana del comedor el cartel de Se alquila habitación y había llamado a Loot para que publicasen el anuncio. Luego había subido a la habitación de Jemima para hacer una profunda limpieza. Con las cajas y cajas y más cajas llenas de sus objetos personales ya fuera de la casa, el resto fue un trabajo que no le llevó demasiado tiempo. Pasar la aspiradora, quitar el polvo, cambiar las sábanas, aplicar un abrillantador a los muebles, una ventana hermosamente lavada -Bella se sentía especialmente orgullosa del estado de sus ventanas-, quitar las bolsas perfumadas de los cajones de la cómoda y colocar otras nuevas, quitar las cortinas para limpiarlas, apartar todos los muebles de las paredes para poder pasar la aspiradora… Nadie, pensó Bella, limpiaba una habitación como ella.

Luego se dedicó al baño. En general dejaba la limpieza de los baños a los ocupantes de las habitaciones, pero si pensaba tener pronto un nuevo huésped, parecía razonable que los cajones y los estantes de Jemima fuesen vaciados de cualquier cosa que no se hubiese llevado la Policía. No habían retirado todos los objetos que había en el baño, ya que no eran todos de Jemima, de modo que Bella se concentró en ordenar el lugar mientras lo limpiaba, que fue la razón por la que encontró -no en el cajón de Jemima, sino en el cajón superior marcado para el otro huésped- un curioso objeto que sin duda no pertenecía a ese lugar.

Era el resultado de una prueba de embarazo. Bella lo supo en el momento en que posó los ojos sobre él. Pero lo que no sabía era si el resultado era positivo o negativo, pues a su edad nunca había recurrido a esa clase de prueba. Sus hijos -que se habían marchado hacía mucho tiempo a Detroit y Buenos Aires- habían anunciado su existencia a la manera antigua de machacarle el cuerpo con náuseas matutinas casi desde el instante en el que el espermatozoide conoce al óvulo, mediante un proceso de lo más tradicional, muchas gracias, señor McHaggis. De modo que Bella, al coger del cajón el objeto de plástico delator, no estaba segura de qué era lo que mostraba el indicador. Una línea azul. ¿Eso era negativo? ¿Positivo? Tendría que averiguarlo. También tendría que averiguar qué estaba haciendo en el cajón de su otro huésped, porque seguramente él no lo había traído a casa para una cena de celebración -o, lo que era más probable, una taza de café de confrontación- con la futura madre. Si una mujer a la que se había estado beneficiando se había quedado embarazada y le había presentado la prueba, ¿por qué iba a conservarla? ¿Como recuerdo? El futuro bebé sería sin duda un recuerdo más que suficiente. No, estaba claro que esa prueba de embarazo pertenecía a Jemima. Y si no estaba entre sus objetos personales o con la basura de Jemima, había una razón para ello. Las posibilidades parecían ser muchas, pero la que Bella no quería siquiera considerar era la que confirmaba que, una vez más, dos de sus huéspedes le habían puesto una venda sobre los ojos acerca de lo que pasaba entre ellos.

Maldita sea, pensó Bella. Ella tenía unas reglas. Estaban en todas partes. Estaban firmadas, selladas e incluidas en el contrato que hacía que cada uno de sus huéspedes leyese y estampase su firma al final. ¿Acaso la gente joven estaba tan caliente que no podían dejar de entrar y salir de sus respectivas braguetas a la primera oportunidad, a pesar de que sus «reglas eran muy claras» acerca de confraternizar con otros miembros de la casa? Aparentemente sí. Aparentemente no podían. Alguien, decidió, iba a tener que escuchar cuatro cosas.

Bella estaba preparando mentalmente esa conversación cuando alguien llamó al timbre de la puerta principal. Cogió sus artículos de limpieza, se quitó los guantes de goma y bajó las escaleras. El timbre volvió a sonar. Gritó: «¡Voy!», abrió la puerta, y se encontró con una chica plantada en el porche, con una mochila a sus pies y una expresión expectante en el rostro. A Bella no le pareció inglesa y, cuando habló, su voz la delató como alguien llegado de lo que una vez había sido probablemente Checoslovaquia, pero que ahora era cualquiera de una cantidad de países con muchas sílabas, aún más consonantes y unas pocas vocales. Bella no lograba seguirles la pista y ya había desistido de hacerlo.

– ¿Tiene habitación? -preguntó la chica mientras señalaba hacia la ventana del comedor donde se exhibía el cartel de «se alquila»-. ¿Veo su anuncio allí…?

Bella estaba a punto de decir que sí, que ella tenía una habitación para alquilar, y «¿eres buena obedeciendo las reglas, señorita?», pero su atención se desvió hacia un movimiento en la acera mientras alguien sorteaba los matorrales que lograban crecer en su jardín delantero entre el montón de cubos de reciclaje. Era una mujer que se movía fuera del campo de visión, una mujer con un traje de lanilla hecho a medida, a pesar del intenso calor, con un pañuelo de vivos colores -su maldita marca de la casa, pensó Bella- doblado formando una cinta que sostenía una masa de pelo teñido anaranjado.

– ¡Tú! -le gritó Bella-. ¡Llamaré a la Policía! ¡Te han advertido de que te mantuvieras alejada de esta casa, y éste es el límite!

* * *

Más allá de que la actividad le llevase tiempo o no -y Barbara Havers sabía cuál era la alternativa en ese caso-, no pensaba visitar a la hermana de Simon Saint James con su indumentaria actual y con el rostro que amenazaba librarse del maquillaje emborronado a través de un sudor excesivo. De modo que en lugar de dirigirse desde Chelsea directamente a Bethnal Green, primero fue a su casa en Chalk Farm. Se lavó la cara, lanzó un suspiro de alivio y decidió transigir con la cantidad mínima de colorete. Luego se cambió de ropa -aleluya por los pantalones de hilo y las camisetas- y, habiendo recuperado de este modo su estado normal de desaliño, estaba preparada para enfrentarse a Sidney Saint James.

No obstante, su conversación con Sidney no tuvo lugar de inmediato. Cuando se marchaba de su minúscula vivienda, Barbara oyó que Hadiyyah la llamaba desde el arriba: «¡Hola, oh, hola, Barbara!», como si no la hubiese visto en un siglo o algo por el estilo. La niña continuó animosamente con:

– Hoy, la señora Silver me está enseñando a pulir la plata -y Barbara siguió el sonido de la voz hasta que vio a Hadiyyah asomada a una ventana del segundo piso de la Casa Grande -. Estamos usando polvo para hornear, Barbara -anunció la pequeña, que luego se volvió como si alguien dentro de la casa hubiese dicho algo, ante lo cual la niña se corrigió:

– Oh, con bicarbonato, Barbara. Por supuesto, la señora Silver no «tiene» nada de plata, de modo que estamos usando su cubertería, pero consigue que los cubiertos brillen mucho. ¿No es genial? Barbara, ¿por qué no llevas tu falda nueva?

– El día ha terminado, pequeña -dijo Barbara-. Es la hora de los pantalones cómodos.

– ¿Y piensas…? -La atención de Hadiyyah fue captada por alguien que estaba fuera del campo visual de Barbara. La niña se interrumpió y dijo-: ¡Papá! ¡Papá! ¡Hola! ¡Hola! ¿Voy para casa?

Hadiyyah sonaba más entusiasmada acerca de esta posibilidad de lo que había demostrado al ver a Barbara, lo que le dio a la agente una idea de cuánto estaba disfrutando en realidad la pequeña del aprendizaje de otras de las «habilidades del ama de casa», como las llamaba la señora Silver. Hasta este momento del verano habían hecho almidonado, habían planchado, habían quitado el polvo, habían pasado la aspiradora y eliminado el sarro de los cacharros del lavabo, y había aprendido las múltiples aplicaciones del vinagre blanco, tareas todas ellas que Hadiyyah había dominado con obediencia y que luego había comunicado a Barbara haciendo una demostración para ella, o bien para su padre. Pero la frescura de la rosa de las habilidades domésticas se había marchitado -como no podía ser de otra manera, pensó Barbara-, y aunque Hadiyyah era una niña demasiado educada como para quejarse ante una mujer mayor, ¿quién podía culparla por abrazar la idea de huir de una alegría que aumentaba cada día?

Barbara alcanzó a oír la respuesta de Taymullah Azhar, que llegaba desde la calle. Hadiyyah agitó la mano hacia ella a modo de despedida antes de desaparecer dentro de la casa, y Barbara continuó caminando por el sendero que discurría junto a un lado de la vivienda, emergiendo desde debajo de una pérgola fragante de jazmines para ver al padre de Hadiyyah, que llegaba a través del portón principal, con varias bolsas de compras colgando de una mano y su gastado maletín de cuero en la otra.

– Puliendo plata -dijo Barbara a modo de saludo-. No tenía idea de que el bicarbonato sirviese para lustrar el metal. ¿Y tú?

Azhar sonrió.

– Parece que los conocimientos domésticos de esa buena mujer son infinitos. Si yo hubiese pensado que Hadiyyah debía pasarse la vida al cuidado de una casa no podría haber encontrado un instructor mejor. Por cierto, ha aprendido a hacer unos bollos muy buenos. ¿Te lo había dicho? -Hizo un gesto con la mano que sostenía las bolsas con las compras-. ¿Cenarás con nosotros, Barbara? Hay pollo jalfrezi con arroz pilau. Y si no recuerdo mal -dijo con una sonrisa que mostró la clase de dientes blancos que hizo a Barbara jurarse que visitaría al dentista en un futuro cercano-, está entre tus platos favoritos.

Ella le dijo a su vecino que se sentía terriblemente tentada, pero que el deber la reclamaba.

– Me iba en este momento -dijo.

Ambos se giraron al oír que se abría la puerta de la vieja casa. Hadiyyah bajaba las escaleras, seguida de la señora Silver, alta y angulosa, protegida por un delantal. Sheila Silver, según había podido saber Barbara por boca de Hadiyyah, tenía un armario lleno de delantales. No eran sólo estacionales, también los había que conmemoraban fechas señaladas. Tenía delantales de Navidad, delantales de Pascua, delantales de Halloween, delantales de Año Nuevo, delantales de cumpleaños, y delantales que lo conmemoraban todo, desde la Noche de Guy Fawkes [12] hasta el desgraciado matrimonio de Carlos y Diana. Cada uno de ellos se complementaba con un turbante a juego. Barbara pensaba que esos turbantes habían sido confeccionados con paños de cocina de la señora Silver, y no tenía ninguna duda de que cuando Hadiyyah hubiese dominado la larga lista de habilidades domésticas, la confección de turbantes se encontraría entre ellas.

Mientras Hadiyyah corría hacia su padre, Barbara se despidió de ambos agitando la mano. Vio a Hadiyyah -enlazando la delgada cintura de Azhar- con la señora Silver tras ella, como si la intempestiva salida de la niña de la casa hubiese sido prematura y aún necesitara recibir más información acerca de la limpieza con bicarbonato.

Una vez estuvo dentro del coche, Barbara pensó en la hora que era y llegó a la conclusión de que sólo una creativa elección de atajos le permitiría llegar a Bethnal Green antes del anochecer. Consiguió evitar gran parte del centro de Londres y, finalmente, llegó a Bethnal Green desde Old Street. Era una zona de la ciudad que había cambiado mucho en los últimos años, cuando los profesionales jóvenes que no podían permitirse los precios de las viviendas en el centro de Londres comenzaron a trasladarse y habían formado un creciente círculo que abarcaba partes de la ciudad consideradas durante mucho tiempo como indeseables. Como consecuencia, Bethnal Green era una combinación de lo viejo y lo nuevo, donde las tiendas de artículos indios se mezclaban con centros de venta de productos informáticos. Allí, empresas étnicas como Henna Wedding estaban junto a agentes inmobiliarios que vendían propiedades a familias en expansión.

Sidney vivía en Quilter Street, una zona de casas de fachadas sencillas construidas con ladrillo de Londres. Las construcciones de dos plantas conformaban el lado sur de un triángulo en cuyo centro había un área común llamada Jesus Green. A diferencia de muchos parques pequeños en la ciudad, éste no estaba cerrado con llave y tampoco tenía rejas. Estaba rodeado de una verja de hierro forjado, un rasgo típico de las plazas de Londres, pero la verja sólo llegaba a la altura de la cintura y el portón permanecía abierto para permitir la entrada a cualquiera que deseara acceder a su amplio prado y a las pozas de sombra que creaban los frondosos árboles que se alzaban sobre él. Había niños que jugaban ruidosamente en la hierba cerca de donde Barbara había aparcado su viejo Mini. En una esquina, una familia disfrutaba de un picnic y, en otra, un guitarrista estaba entreteniendo a una joven admiradora. Era un excelente lugar para escapar del calor.

Cuando Barbara llamó a la puerta, la propia Sidney acudió a abrirla, y Barbara trató de no sentir lo que se sentía en presencia de la hermana pequeña de Saint James: un espantoso contraste. Sidney era muy alta y delgada, y poseía por naturaleza la clase de pómulos que las mujeres conseguían sometiéndose al bisturí gustosamente. Tenía el mismo pelo color carbón de su hermano y los mismos ojos que un día son grises y el otro son azules. Llevaba pantalones tres cuartos, que realzaban unas piernas que llegaban de aquí a la China, y una camiseta con las mangas cortadas y tirantes que contribuía a lucir sus brazos, asquerosamente bronceados, como el resto de su piel. Unos grandes pendientes oscilaban en sus orejas y se dispuso a quitárselos mientras decía: «Barbara. Supongo que el tráfico era una pesadilla, ¿verdad?», y la invitaba a entrar.

La casa era pequeña. Todas las ventanas estaban abiertas, aunque eso no contribuía demasiado a mitigar el calor que hacía dentro. Sidney parecía ser una de esas mujeres detestables que no transpiran, pero como Barbara no se contaba entre ellas, pudo sentir cómo el sudor le empezaba a empapar el rostro en el instante que la puerta se cerró tras ella.

– Es terrible, ¿verdad? No dejamos de quejarnos de la lluvia, y luego llega esto. Tendría que haber algún término medio, nunca lo hay. Vamos por aquí, si no le importa.

«Por aquí» resultó ser una escalera. Ascendía hacia la parte trasera de la pequeña casa, donde una puerta se abría a un jardín igualmente pequeño de donde llegaba el sonido de un fuerte martilleo. Sidney se acercó a la puerta y dijo por encima del hombro dirigiéndose a Barbara:

– Es Matt. -Y luego, en dirección al jardín, dijo-: Matt, querido, ven a conocer a Barbara Havers.

Barbara miró más allá de Sidney y vio a un hombre -corpulento, sin camisa y con el cuerpo cubierto de sudor- que llevaba un pesado martillo en la mano, aparentemente para machacar una plancha de madera contrachapada aporreándola con violentos golpes. No parecía haber ninguna razón para ello, excepto, pensó Barbara, que estuviese intentando un medio bastante ineficaz de crear un acolchado protector para el reborde de hierba reseco por el sol. Ante la llamada de Sidney, no dejó lo que estaba haciendo. En lugar de eso, miró por encima del hombro y asintió brevemente a modo de saludo. Llevaba gafas de sol, las orejas perforadas y la cabeza completamente rasurada. Como el resto del cuerpo, brillaba por el sudor.

– Magnífico, ¿no cree? -musitó Sidney.

Ésa no habría sido la palabra elegida por Barbara.

– ¿Qué está haciendo exactamente? -preguntó.

– Expulsándola.

– ¿Qué?

– ¿Hmmm? -Sidney observó al hombre con expresión apreciativa. No era particularmente guapo, pero tenía un cuerpo definido por la musculatura: un pecho muy atractivo, cintura estrecha, unos importantes músculos de la espalda y unos glúteos que hubiesen sido pellizcados en cualquier lugar del planeta-. Oh. Agresividad. La está expulsando. Odia cuando no está trabajando.

– ¿Está en el paro?

– Por Dios, no. Él se dedica a…, oh, algunas cosas para el Gobierno. Acompáñeme arriba, Barbara. ¿Le importa si hablamos en el baño? Estaba haciéndome un masaje facial. ¿Le parece bien si sigo con ello?

Barbara le dijo que por ella no había problema. Nunca había visto un masaje facial y, ahora que se encontraba en su inexorable curso de superación personal, ¿quién sabía qué consejos podía conseguir de una mujer que era modelo profesional desde los diecisiete años? Mientras seguía a Sidney escaleras arriba, le preguntó:

– ¿Qué tipo de cosas?

– ¿Matt? Es todo top secret, según él. Supongo que es un espía o algo así. No cuenta nada. Pero desaparece durante semanas o meses y, cuando regresa a casa, coge la plancha de madera contrachapada y la muele a golpes. En este momento está sin trabajo. -Miró en la dirección de los golpes y concluyó con un informal-: Matthew Jones, el hombre misterioso.

– Jones -observó Barbara-. Un nombre interesante.

– Es probable que se trate de su… tapadera, ¿eh? Eso lo hace bastante más excitante, ¿no cree?

Lo que Barbara pensaba era que compartir la casa y la cama con alguien que aporreaba madera con un enorme martillo, tenía un trabajo turbio y un nombre que podía ser verdadero o no, era parecido a jugar a la ruleta rusa con un Colt 45 oxidado, pero no dijo nada. Cada uno se las arreglaba como podía, y si el tipo que estaba abajo hacía sonar las campanas de Sidney -por no mezclar demasiadas metáforas, pensó Barbara-, ¿quién era ella para señalar que los hombres misteriosos eran a menudo hombres misteriosos por razones que no tenían nada que ver con James Bond? Sidney tenía tres hermanos que, sin ninguna duda, se estaban poniendo de su parte diciéndole todo eso a su hermana.

Siguió a Sidney al cuarto de baño, donde las esperaba una impresionante alineación de frascos y botellas. La chica comenzó por quitarse el maquillaje, explicando locuazmente el proceso.

– Primero me gusta tonificar la piel antes de exfoliarla. ¿Con qué frecuencia se exfolia usted, Barbara? -preguntó mientras continuaba su tarea.

Barbara musitaba las respuesta adecuadas, aunque tonificar sonaba como algo que uno hace en un gimnasio y exfoliar era algo que sin duda tenía que ver con la jardinería, ¿verdad? Sidney finalmente se colocó una mascarilla.

– Mi zona T es un jodido crimen -confesó.

Barbara le explicó el motivo de su visita a Benthal Green.

– Deborah me dijo que usted le presentó a Jemima Hastings.

Sidney lo reconoció. Luego añadió:

– Era por sus ojos. Yo había posado para Deborah -para el concurso de la Portrait Gallery, ¿sabe?-, pero cuando las fotos no fueron lo que ella quería, pensé en Jemima. Por sus ojos.

Barbara le preguntó cómo había conocido a esa mujer, y Sidney le dijo:

– Puros. A Matt le gustan los puros habanos (Dios, tienen un olor horrible), y había ido allí a comprarle uno. Más tarde me acordé de ella por sus ojos. Pensé que sería un rostro más que interesante para el retrato de Deborah. Así pues, regresé y le pregunté si quería y luego la llevé a que conociera a Deborah.

– ¿Regresó a dónde?

– Oh. Lo siento. A Covent Garden. A un estanco que hay en una de las entradas, A la vuelta de la esquina de Jubilee Market Hall. Venden puros habanos, tabaco para pipa, rapé, pipas, boquillas…, todos los artículos que uno asocia con fumar. Matt y yo entramos allí una tarde, por eso sabía dónde estaba y qué era lo que él había comprado. Ahora, cada vez que Matt regresa de una de sus excursiones de hombre misterioso, voy hasta allí y compro un puro de bienvenida.

«¡Puaj!», pensó Barbara. Ella también era fumadora -siempre estaba tratando de dejarlo, aunque nunca con suficiente empeño-, pero trazaba una línea ante cualquier cosa cuyo olor le recordase la mierda caliente de perro.

Sidney decía:

– En cualquier caso, a Deborah le gustó mucho el aspecto de Jemima cuando las presenté, de modo que le pidió que posara para ella. ¿Por qué? ¿La está buscando?

– Está muerta -dijo Barbara-. La asesinaron en el cementerio de Abney Park.

Los ojos de Sidney se oscurecieron. Exactamente igual que le sucedía a su hermano cuando algo le impresionaba, pensó Barbara.

– Oh, Dios. Es la mujer que apareció en el periódico, ¿verdad? He visto la noticia en el Daily Mail

Y cuando Barbara se lo confirmó, Sidney continuó hablando. Era la clase de mujer que habla de forma compulsiva -completamente diferente de Simon, cuya reserva a veces resultaba enervante- y describió con todo detalle relevante e irrelevante a Jemima Hastings y la fotografía que le había hecho Deborah Saint James.

Sidney, sin embargo, no sabía por qué Deborah había elegido el cementerio de Abney Park, ya que no era precisamente un lugar al que se pudiera llegar fácilmente, pero ya conoce a Deborah. Cuando se le mete algo en la cabeza, no tiene sentido sugerir ninguna alternativa. Había estado buscando localizaciones durante semanas antes de la sesión de fotos y había leído acerca de ese cementerio -«¿algo relacionado con la conservación?», preguntó Sidney en voz alta- y había llevado a cabo un reconocimiento inicial del lugar, donde encontró el monumento del león dormido y decidió que era exactamente lo que necesitaba como motivo de fondo para la fotografía. Resultó que Sidney había acompañado a Deborah y Jemima -«lo reconozco, estaba un poco mosqueada por el hecho de que mi foto no sirviese, ¿sabe?»-, y había observado la sesión de fotos, preguntándose por qué había fallado como sujeto de ese retrato en el que Jemima posiblemente saldría airosa.

– Como profesional, ya sabe, una necesita saber… Si estoy perdiendo mi atractivo, ¿debo ir a por todas?

Correcto, convino Barbara. Le preguntó a Sidney si ese día había visto algo en el cementerio, algo que le hubiese llamado la atención… ¿Recordaba alguna cosa? ¿Algo fuera de lo común? Por ejemplo, ¿alguien que observara la sesión de fotos?

– Bueno, sí, por supuesto, siempre había gente… Y muchos hombres, si nos referimos a eso.

Pero Sidney no podía recordar a ninguno de ellos porque había sido hacía mucho tiempo, y obviamente no había pensado que tendría que recordarlo y, Dios, era espantoso que la fotografía de Deborah pudiese haber sido el medio de… ¿Era posible que alguien hubiera seguido la pista de Jemima utilizando para ello esa foto? ¿Que diese con Jemima y la siguiera luego hasta el cementerio…? Pero ¿qué estaba haciendo ella allí? ¿Lo sabían? ¿O quizás alguien la había secuestrado y luego la había llevado al cementerio? ¿Y cómo había muerto?

– ¿Quién?

El que preguntó era Matt Jones. Había subido silenciosamente las escaleras. Barbara se preguntó cuándo había dejado de aporrear la madera contrachapada y cuánto tiempo hacía que escuchaba la conversación. Era una presencia inquietante, sudorosa, en la puerta del baño, una presencia que Barbara hubiese catalogado de amenazadora si no le hubiese resultado también curiosa. Ahora que estaba cerca, Barbara tenía la sensación de que de él emanaban tanto ira como peligro. Era como el señor Rochester, si éste hubiese tenido armamento pesado en el desván y no una esposa chiflada. [13]

– Esa chica que trabajaba en el estanco, querido. Jemima…, ¿cuál era su apellido, Barbara?

– Hastings -dijo Barbara-. Se llamaba Jemima Hastings.

– ¿Qué pasa con ella? -preguntó Matt Jones. Cruzó los brazos debajo de un par de pectorales bronceados, lampiños, impresionantes y decorados con un tatuaje que decía Mamá y que estaba rodeado por una corona de espinas. En el pecho tenía también tres cicatrices, comprobó Barbara, un fruncimiento de la piel que asemejaba el sospechoso aspecto de orificios de bala cicatrizados. ¿Quién era este tipo?

– Está muerta -le dijo Sidney a su amante-. Querido, Jemima Hastings fue asesinada.

Él se quedó callado. Luego gruñó una vez. Se apartó de la puerta y se rascó la nuca.

– ¿Qué hay de la cena? -preguntó.

Las cintas de videovigilancia de la galería comercial de West Town Road de aquel día se ven borrosas y hacen absolutamente imposible la identificación de los chicos que se llevaron a John Dresser, en el caso de que dicha identificación dependiese solamente de las cintas. De hecho, si no hubiera sido por el anorak color mostaza que llevaba Michael Spargo, cabría la posibilidad de que los secuestradores de John hubieran quedado impunes. Pero suficiente gente había visto a los tres chicos, y suficiente gente deseaba presentarse para identificarlos, de modo que las cintas actuaron como una confirmación de sus identidades.

Las cintas muestran a John Dresser alejándose voluntariamente con los chicos, como si los conociera. Cuando se acercan a la salida de la galería comercial, Ian Barker coge a John de la otra mano, y Reggie y él balancean al niño entre ambos, tal vez como promesa de futuros juegos. Mientras caminan, Michael les alcanza con unos brincos infantiles y parece ofrecerle al pequeño algunas de las patatas fritas que ha estado comiendo. Este ofrecimiento de comida a un crío que ha estado esperando ansiosamente su almuerzo parece haber sido lo que mantuvo a John Dresser contento de marcharse con ellos, al menos al principio.

Es interesante señalar que cuando los chicos abandonan Barriers, no lo hacen a través de la salida que les hubiese llevado a Gallows, es decir, por la que les resultaba más familiar. En cambio, eligen una de las salidas menos frecuentadas, como si ya hubieran planeado hacer algo con el niño y desearan permanecer visibles lo menos posible cuando se marcharan con él.

En su tercera entrevista con la Policía, Ian Barker afirma que su intención era sólo «divertirse un poco» con John Dresser, mientras que Michael Spargo dice que él no sabía «lo que los otros dos querían hacer con ese bebé», un término («bebé») que Michael emplea durante las conversaciones mantenidas con la Policía en referencia a John Dresser. Reggie Arnold, por su parte, no hablará de John Dresser hasta su cuarta entrevista. En cambio, intenta despistar haciendo repetidas referencias a Ian Barker y su propia confusión acerca de «para qué quería él a ese crío», queriendo llevar el curso de la conversación hacia sus hermanos, y asegurándole a su madre -quien estuvo presente en todas las entrevistas- que él «no robó nada, nunca, mamá.»

Michael Spargo sostiene que él quería devolver al niño a la galería comercial una vez que le llevaron fuera de Barriers. «Yo les dije que podíamos llevarle otra vez dentro, dejarle junto a la puerta o algo así, pero fueron ellos los que no quisieron hacerlo. Les dije que nos meteríamos en problemas por haberlo robado [nótese el uso despersonalizador de "robar", como si John Dresser fuese algo que hubiesen cogido de una tienda], pero ellos me llamaron gilipollas y me preguntaron si quería delatarlos».

Si esto sucedió realmente es algo que permanece poco claro, ya que ninguno de los otros dos chicos menciona a Michael teniendo dudas sobre lo que hacían. Y, más tarde, prácticamente todos los testigos -que llegaron a ser conocidos colectivamente como los Veinticinco- confirman que vieron a los tres y a John Dresser, y que los tres parecían participar activamente con el pequeño.

Teniendo en cuenta su pasado, parece razonable concluir que Ian Barker fue quien sugirió ver qué ocurriría si balanceaban a John Dresser como lo habían estado haciendo hasta ese momento, pero le dejaban caer, en lugar de permitir que se posara sin ningún daño sobre sus pies. Eso fue lo que hicieron: le soltaron en el momento más elevado del balanceo y lo proyectaron hacia delante a cierta velocidad, con el evidente y esperado efecto de que John comenzara a llorar al golpearse contra el suelo. Esta caída provocó la primera magulladura en el trasero de John y, posiblemente, el primero del, a la postre, extenso deterioro sufrido por su ropa.

Con un niño pequeño claramente angustiado en sus manos, los chicos realizaron su primer intento de calmarle ofreciéndole el panecillo con mermelada que Michael Spargo había cogido de su casa aquella mañana. Sabemos que John lo aceptó, no sólo por el exhaustivo informe del doctor Miles Neff del Ministerio del Interior, sino también por la declaración de un testigo. Fue en este punto cuando los chicos tuvieron su primer encuentro con alguien que no sólo los vio en compañía de John Dresser, sino que también los detuvo para preguntarles qué hacían con él.

Las transcripciones del juicio indican que cuando la Testigo A (los nombres de todos los testigos no serán revelados en este documento para su protección), de setenta años, vio a los chicos, John estaba lo bastante angustiado como para que ella se preocupase: «Les pregunté qué le pasaba al niño -dice ella-, y uno de ellos (creo que fue el gordo [una referencia a Reggie Arnold]) me dijo que se había caído y se había golpeado el trasero. Bueno, los niños se caen, ¿verdad? No pensé que… Me ofrecí a ayudarlos. Les ofrecí mi pañuelo para que le secaran la cara, porque estaba llorando mucho. Pero entonces el más alto de ellos [refiriéndose a Ian Barker] dijo que era su hermano pequeño y que le llevaban a casa. Les pregunté si estaban muy lejos de casa y me dijeron que no. En Tideburn, dijeron. Bueno, como el niño comenzó a comer el panecillo con mermelada que le ofrecieron, no pensé que habría más problemas.»

La mujer continúa declarando que les preguntó a los chicos por qué no estaban en la escuela. Le contestaron que ese día ya no había más clases en su escuela. Esto aparentemente tranquilizó a la Testigo A, quien les dijo que «llevasen al niño a casa entonces», porque «obviamente quería estar con su mamá».

Ella sin duda se sintió más tranquila aún con el creativo uso que hicieron los chicos de Tideburn como su supuesto lugar de residencia. Tideburn era entonces y sigue siendo hoy, un lugar seguro de clase media y clase media alta. Si ellos hubieran mencionado que su casa estaba en Gallows -con todo lo que eso suponía- su preocupación hubiese sido mucho mayor.

Se ha especulado mucho acerca del hecho de que los chicos podrían haber entregado a John Dresser a la Testigo A en ese momento, alegando que le habían encontrado vagando fuera de Barriers. De hecho, mucho se ha dicho ya que los chicos tuvieron más de una oportunidad de entregar a John Dresser a un adulto y seguir su camino. El hecho de que no lo hicieran sugiere que, en algún momento, al menos uno de ellos estaba pensando en un plan a más largo plazo. Eso, o bien que ese plan había sido discutido previamente por los tres. Si este último hubiese sido el caso, también se trata de algo que ninguno de los chicos se ha mostrado nunca dispuesto a revelar.

* * *

La Policía recibió la llamada una vez que las cintas del sistema de videovigilancia habían sido examinadas por el jefe de seguridad de Barriers. Sin embargo, para cuando los agentes llegaron para ver las cintas y organizar la búsqueda, John Dresser se encontraba aproximadamente a dos kilómetros de la galería comercial. Había cruzado dos autovías con intenso tráfico en compañía de Ian Barker, Michael Spargo y Reggie Arnold, y estaba cansado y hambriento. Aparentemente se había caído varias veces más y se había hecho un corte en la mejilla con un trozo levantado de la acera.

Su compañía comenzaba a ser fatigosa, pero aun así los chicos no entregaron a John Dresser a nadie. Según lo declarado por Michael Spargo durante su cuarta entrevista, fue Ian Barker el primero que le propinó una patada al niño cuando se cayó y fue Reggie quien le ayudó a que se levantara y comenzó a arrastrarle. En este punto, John Dresser estaba histérico, pero este hecho parece haber persuadido a las personas con las que se cruzaban a creer más firmemente en la explicación de los chicos de que estaba tratando de llevar a «mi hermano pequeño a casa». El hermano pequeño de cuál de ellos era aparentemente un detalle que se convirtió en algo cambiante, dependiendo exclusivamente de los interlocutores (los Testigos B, C, y D), y aunque Michael Spargo niega en todas las entrevistas que él haya afirmado alguna vez que John Dresser era su hermano, esta afirmación es refutada por el Testigo E, un empleado de correos que se encontró con los chicos a medio camino de la zona de obras de Dawkins.

El testimonio del testigo E lo sitúa preguntándoles a los chicos qué le pasaba al pequeño, por qué lloraba de ese modo y qué le había ocurrido en la cara: «Él dijo (el chico que llevaba el anorak amarillo) que era su hermano y que su madre estaba ocupada con su novio en casa y que ellos debían entretener al niño hasta que ella hubiese terminado. Dijeron que se habían alejado demasiado y me preguntaron si podía llevarles a casa en mi furgoneta».

Esta fue, tal vez, una petición realmente inspirada. Los chicos seguramente sabían que el Testigo E no sería capaz de acomodarlos a todos en la furgoneta.

El hombre estaba haciendo su ruta, y aunque no hubiese sido así, probablemente no había espacio suficiente dentro del vehículo. Pero el hecho de que formularan tal petición otorgó verosimilitud a su historia. El Testigo E informa que «les dije que, entonces, llevasen al pequeño directamente a casa, porque estaba llorando como nunca había visto», y él tenía tres hijos. Los chicos accedieron a hacerlo.

Es posible que sus intenciones hacia John Dresser, aunque imprecisas cuando se lo llevaron de la galería comercial, comenzaran a gestarse con la consecutiva serie de eficaces mentiras que fueron capaces de inventar acerca del pequeño, como si la fácil credulidad de los testigos hubiese estimulado el apetito de los chicos por maltratarle. Basta decir que continuaron su camino, logrando que el pequeño caminase dos kilómetros a pesar de sus protestas y sus gritos de «Mamá» y «Papá», que fueron oídos e ignorados por más de una persona.

Michael Spargo afirma que durante este periodo preguntó una y otra vez qué pensaban hacer con John Dresser: «Les dije que no podíamos llevarle a casa con nosotros. Se lo dije. Lo hice». Eso consta en la transcripción de su quinta entrevista. También declara que fue en ese punto cuando tuvo la idea de dejar a John en la comisaría: «Les dije que podíamos dejarle en la escalera de la entrada o algo así. Podíamos dejarle dentro, junto a la puerta. Dije que su madre y su padre estarían preocupados. Pensarían que le había pasado algo malo».

Ian Barker, dice Michael, afirmó que algo le había ocurrido al niño: «Estúpido gilipollas, claro que ha pasado algo». Y dice que le preguntó a Reg si creía que el niño haría mucho ruido cuando cayera al agua.

¿Estaba Ian pensando en el canal en ese momento? Es posible. Pero la verdad es que los chicos no estaban ni mucho menos cerca del Midlands Trans-Country Canal, y no serían capaces de llevar hasta allí a un exhausto John Dresser a menos que cargaran con él, algo que aparentemente no estaban dispuestos a hacer. Pero si Ian había estado albergando el deseo de infligir alguna clase de daño a John Dresser en los alrededores del canal, ahora sus intenciones se habían visto frustradas y el propio John era la razón.

* * *

La compañía de John Dresser comenzaba a volverse cada vez más difícil, y los chicos tomaron la decisión de «perder al niño en algún supermercado», según Michael Spargo, porque todo el asunto se había vuelto «terriblemente aburrido». Sin embargo, no había ningún supermercado cerca y los chicos decidieron buscar uno. Fue mientras iban de camino que Ian, según declararon Michael y Reggie en entrevistas separadas con la Policía, señaló que en una tienda podrían ser vistos e incluso identificados por las cámaras de seguridad. Añadió que él conocía un lugar mucho más seguro. Les llevó a las obras abandonadas de Dawkins.

El lugar en sí había sido una gran idea que fracasó por falta de fondos. Proyectada originalmente como tres modernos bloques de oficinas dentro de «un encantador entorno similar a un parque, con árboles, jardines, senderos y abundantes asientos al aire libre», la obra tenía por objeto inyectar dinero en la comunidad circundante a fin de estimular una economía vacilante. Pero una gestión deficiente por parte del contratista provocó que los trabajos de construcción se paralizaran antes de que se hubiese completado la primera torre.

El día en que Ian Barker llevó a sus compañeros a ese sitio, las obras llevaban paradas diecinueve meses. Estaban rodeadas por una valla de tela metálica, pero no eran inaccesibles. Aunque en la valla había carteles advirtiendo que el lugar estaba «bajo vigilancia las 24 horas» y que «intrusos y vándalos serán perseguidos con todo el peso de la ley», las constantes incursiones en la propiedad por parte de chicos y adolescentes indicaban todo lo contrario.

Era un lugar muy tentador tanto para jugar como para citas clandestinas. Había docenas de sitios donde esconderse; los montículos de tierra ofrecían rampas de lanzamiento para ciclistas con bicicletas de montaña; tablas, tuberías y caños desechados servían como armas en los juegos de guerra; los pequeños trozos de hormigón sustituían a la perfección a las bombas y las granadas de mano. Si bien se trataba de un lugar dudoso donde «perder al bebé» si la intención de los chicos era que apareciera alguien y se lo llevase a la comisaría más próxima, sí era el lugar perfecto para desplegar el resto de los horrores del día.

Capítulo 10

Thomas Lynley comenzó el proceso de endurecimiento a la mañana siguiente, cuando se detuvo junto a la caseta en New Scotland Yard. El policía de guardia se acercó sin reconocer el coche. Cuando vio a Lynley en el interior, dudó un momento antes de inclinarse hacia la ventanilla bajada y decir con voz ronca:

– Inspector. Señor. Qué alegría tenerle de regreso.

Lynley quería decirle que no estaba de regreso, pero se limitó a asentir. Fue entonces cuando entendió algo que tendría que haber entendido antes: que la gente reaccionaría ante su aparición y que él tendría que responder a esa reacción. De modo que se preparó para su siguiente encuentro. Aparcó el coche y subió a las oficinas situadas en Victoria Block, que le resultaban tan familiares como su propia casa.

Dorothea Harriman fue la primera en verle. Habían pasado cinco meses desde que se había encontrado con la secretaria del departamento, pero probablemente ni el tiempo ni las circunstancias conseguirían alterarla jamás. Ella, como siempre, estaba conjuntada a la perfección, hoy con una falda roja, una blusa de fina tela transparente y un cinturón ancho que ceñía una cintura que habría provocado un vahído a cualquier caballero Victoriano. Estaba de pie junto a un archivador de espaldas a él, y cuando se giró y le vio, sus ojos se llenaron de lágrimas, dejó una carpeta sobre su escritorio y se llevó ambas manos a la garganta.

– Oh, detective inspector Lynley -dijo-. Oh, Dios mío, qué maravilla. No hay nada mejor que verle.

Lynley pensó que no sería capaz de sobrevivir a más de un saludo como éste, de modo que respondió, como si nunca se hubiera marchado:

– Dee. Hoy tienes un gran aspecto. ¿Están…? Y señaló el despacho del comisario jefe con la cabeza. Ella le dijo que estaban todos reunidos en el centro de coordinación y ¿quería un café? ¿Té? ¿Un cruasán? ¿Una tostada? Hacía poco habían comenzado a ofrecer bollos dulces en la cantina y no había problema si…

Le dijo que estaba bien. Había desayunado. No quería que se molestara. Consiguió sonreír y se dirigió al centro de coordinación, pero podía sentir los ojos de la secretaria posados sobre él y sabía que tendría que comenzar a acostumbrarse a que la gente le evaluase, considerando lo que debían o no debían decir, inseguros de cuándo o incluso si debían mencionar el nombre de ella. Esa era, él lo sabía, la manera en que actuaba todo el mundo mientras navegaban por las aguas del pesar de otra persona.

En el centro de coordinación ocurrió casi lo mismo. Cuando abrió la puerta y entró en la habitación, el silencio estupefacto que se cernió sobre el grupo le confirmó que la superintendente interina Ardery no les había mencionado que se reuniría con ellos. Ella se encontraba junto a una serie de tableros donde se colocaban fotografías y listas con las acciones de los policías. Isabelle le vio y dijo con tono ligero:

– Ah. Thomas, buenos días. -Luego se dirigió a los demás-: Le he pedido al inspector Lynley que volviese al equipo, y espero que su regreso sea con carácter permanente. Mientras tanto, el inspector ha accedido a ayudarme a aprender los trucos que se manejan por aquí. Confío en que nadie tenga ningún problema con eso.

La manera en que lo dijo envió un mensaje muy claro: Lynley sería su subordinado y si alguien tenía algún problema con eso, ese alguien ya podía ir pidiendo que le asignaran un nuevo destino.

La mirada de Lynley los abarcó a todos, sus viejos colegas, sus viejos amigos. Ellos le dieron la bienvenida de maneras diferentes: Winston Nkata con una resplandeciente calidez en sus rasgos oscuros; Philip Hale con un guiño y una sonrisa; John Stewart con la expectación cautelosa de alguien que sabe que hay más cera que la que arde; y Barbara Havers con una expresión de desconcierto. Su rostro revelaba la pregunta que él sabía que quería hacerle: ¿por qué no se lo dijo el día anterior? No sabía cómo podía explicarlo. De todos los que estaban allí, Barbara era la más próxima a él y, por lo tanto, era la última persona con la que podía hablar con comodidad. Sería incapaz de entenderlo, y él aún no tenía las palabras para explicárselo.

Isabelle Ardery continuó con la reunión. Lynley sacó sus gafas de leer y se acercó a los tableros donde se exhibían las fotografías de la víctima, viva y muerta, incluyendo las horrorosas fotos tomadas durante la autopsia. El retrato robot de un presunto sospechoso estaba fijado cerca de unas fotos del lugar del crimen y, a continuación, pudo ver un primer plano de lo que parecía ser alguna clase de piedra grabada. Era una imagen ampliada: la piedra era rojiza y cuadrada y tenía aspecto de amuleto.

– … en el bolsillo de la víctima -estaba diciendo Ardery refiriéndose aparentemente a esta fotografía-. Parece algo perteneciente al anillo de un hombre, considerando el tamaño y la forma, y podéis ver que ha sido grabado, aunque está bastante gastado. Los forenses lo están analizando en estos momentos. En cuanto al arma, la División de Apoyo Logístico de New Scotland Yard, el SO7, nos dice que la herida sugiere un objeto capaz de perforar hasta una profundidad de veinte o veintidós centímetros. Eso es todo lo que saben. En la herida también había restos de herrumbre.

– Había mucha herrumbre en el lugar -señaló Winston Nkata-. Una vieja capilla, cerrada con barras de hierro… En ese lugar debe de haber una montaña de objetos que podrían utilizarse como arma.

– Lo que nos lleva a la posibilidad de que se tratase de un crimen no premeditado -dijo Ardery.

– No había ningún bolso con ella -dijo Philip Hale-. Ninguna identificación. Y tendría que haber tenido algo para llegar hasta Stoke Newington. Dinero, una tarjeta de autobús, algo. El asesino podría haber empezado por robarle el bolso.

– Efectivamente… De modo que tenemos que encontrar ese bolso, si llevaba uno -dijo Ardery-. Mientras tanto disponemos de dos pistas muy buenas a partir de la revista porno que alguien dejó cerca del cadáver.

Girlicious era la clase de revista que se enviaba a los puntos de venta envuelta en un plástico negro opaco debido a la naturaleza de su contenido: Ardery puso los ojos en blanco. El plástico servía para impedir que niños inocentes la hojeasen para echarle un vistazo a las numerosas partes pudendas exhibidas en sus páginas. El plástico también servía al propósito menos obvio de impedir que las huellas dactilares de otra persona que no fuese el comprador quedasen impresas en ella. Ahora disponían de un juego de huellas muy bueno para usar en la investigación, pero, aún mejor que eso, tenían un recibo de compra metido entre las páginas, como si lo hubiesen utilizado como punto. Si este recibo pertenecía al lugar donde habían comprado la revista -y probablemente así era-, entonces existía una muy buena posibilidad de que estuviesen sobre la pista del desgraciado que la había comprado.

– Ese hombre podría ser nuestro asesino, pero podría no serlo. Podría ser, podría no ser… -Ardery señaló el retrato hecho por la Policía-. Pero la revista era nueva. No lleva allí mucho tiempo. Y queremos hablar con quienquiera que la llevase a ese anexo de la capilla. De modo que…

Ardery comenzó a asignar las tareas del día. Todos ellos conocían la rutina: había que seguir el proceso. Tenían que entrevistar a todos los conocidos de Jemima Hastings: en Covent Garden, donde estaba empleada; en su alojamiento en Putney; en la Portrait Gallery, donde había estado presente durante la inauguración de la exposición en la que estaba colgado su retrato. Todos ellos necesitarían coartadas que tendrían que comprobarse. Sus pertenencias también tendrían que ser examinadas y había un montón de cajas llenas de ellas que habían sido sacadas de su habitación. Habría que llevar a cabo una búsqueda cada vez más amplia en el área próxima al cementerio para tratar de encontrar su bolso, el arma homicida o cualquier cosa relacionada con el viaje que Jemima Hastings había hecho a través de Londres hasta llegar a Stoke Newington.

Ardery acabó de asignar las tareas. La última de ellas consistió en encargar a la sargento detective Havers que buscase a una mujer llamada Yolanda, la Médium.

– ¿Yolanda la «qué»? -soltó Havers.

Ardery la ignoró. Habían recibido una llamada telefónica de Bella McHaggis, dijo, la dueña de la pensión donde vivía Jemima Hastings en Putney. Era necesario dar con el paradero de Yolanda, la Médium. Esa mujer, aparentemente, había estado acechando a Jemima -«palabras de Bella, no mías»-, de modo que era necesario que la encontrasen para interrogarla.

– ¿Confío que no tendrá problemas con eso, sargento?

Havers se encogió de hombros. Miró a Lynley. Él sabía cuál era la expectativa de Barbara. Y al parecer también Isabelle Ardery porque les anunció a todos:

– Por ahora, el inspector Lynley trabajará conmigo. Sargento Nkata, usted será el compañero de Barbara.

* * *

Isabelle Ardery le dio las llaves de su coche a Lynley. Le dijo dónde estaba aparcado, añadió que se reuniría con él abajo después de una breve visita al lavabo y luego se fue hacia allí. Al tiempo que hacía sus necesidades, vació un botellín de vodka, pero el alcohol bajó demasiado deprisa para su gusto y se alegró de haber llevado consigo el otro botellín. De modo que, mientras tiraba de la cadena, se bebió el contenido del segundo botellín. Volvió a guardar ambas botellas en el bolso. Se aseguró de que quedasen separadas, cada una envuelta en un pañuelo de papel, porque no sería buena idea ir por ahí tintineando y repicando como si fuese una prostituta medio borracha con algo que ocultar. Especialmente, pensó ella, considerando que no había más género en el lugar de donde habían salido, a menos que hiciera una parada en una tienda con permiso para vender alcohol, algo que sería muy poco probable en compañía de Thomas Lynley.

Dijo: «Usted y yo iremos a Covent Garden», y ni Lynley ni los demás habían cuestionado su decisión. Su intención era permanecer cerca de cualquier operación si conseguía finalmente el puesto de superintendente y, en lo que concernía a todos los presentes, Lynley estaba allí para ayudarla a conocer el percal. El hecho de que Lynley se encargase de llevarla por la ciudad serviría para reforzar el argumento de que contaba con su apoyo. Además quería llegar a conocer a ese hombre. Fuese él consciente o no de lo que estaba pasando, Lynley era la competencia en más de un sentido, y ella tenía precisamente la intención de desarmarle en más de un sentido.

Se acercó al lavamanos y aprovechó para alisarse el pelo y acomodarlo detrás de las orejas, sacar las gafas de sol del bolso y darse un toque de color en los labios. Luego masticó dos pastillas de menta y colocó sobre la lengua una tira de Listerine para mayor seguridad. Bajó al aparcamiento, donde encontró a Lynley esperando junto a su Toyota.

Siempre un caballero -el hombre probablemente había aprendido modales desde la cuna- le abrió la puerta del acompañante para que subiera al coche. Ella le dijo, con tono brusco, que no volviera a hacer eso, -«Esto no es una cita, inspector»- y se marcharon. Era muy buen conductor, observó. Desde Victoria Station hasta las inmediaciones de Covent Garden, Lynley sólo miró la autovía, las aceras o los espejos del Toyota, y no se molestó en darle conversación. Ningún problema para ella. Viajar en coche con su ex marido siempre había sido una tortura para Isabelle, ya que Bob tenía tendencia a creer que podía hacer varias cosas al mismo tiempo, y las tareas que emprendía cuando estaba al volante del coche consistían en echarle la bronca a sus hijos, discutir con ella, conducir y, a menudo, mantener conversaciones a través de su teléfono móvil. En innumerables ocasiones se habían saltado semáforos en rojo, habían hecho caso omiso de los pasos cebra y habían girado a la derecha hacia el tráfico que se les echaba encima. Parte del placer derivado del divorcio había sido la novedosa seguridad que significaba poder conducir el coche.

Covent Garden no se encontraba muy lejos de New Scotland Yard, pero tuvieron que enfrentarse a la congestión de tráfico en Parliament Square, que siempre era notablemente peor durante los meses de verano. Ese día, en particular, había una fuerte presencia policial en los alrededores de la plaza, ya que una gran cantidad de manifestantes se habían congregado cerca de la iglesia de Santa Margarita, y los agentes de Policía, con cazadoras de un amarillo brillante, trataban de llevarles hacia Victoria Tower Garden.

El panorama no era mucho mejor en Whitehall, donde el tráfico estaba atascado cerca de Downing Street. Pero el atasco no era consecuencia de otra protesta, sino más bien de la presencia de un montón de curiosos que pululaban junto a los portones de hierro, esperando sólo Dios sabía qué. Por lo tanto, transcurrió más de media hora entre el momento en que Lynley desvió el coche de Broadway a Victoria Street y cuando consiguió aparcar en Long Acre con la identificación policial colocada en el parabrisas.

Hacía ya mucho tiempo que Covent Garden había pasado de ser el pintoresco mercado de flores que dio fama a Eliza Doolitle para convertirse en una pesadilla comercial de la globalización desenfrenada. Desde hacía tiempo, la zona estaba dedicada en gran parte a cualquier cosa que los turistas pudieran querer comprar. Cualquier persona con sentido común que viviese en esa zona de la ciudad evitaba el lugar. Los obreros que trabajaban en el vecindario utilizaban sin duda sus pubs, restaurantes y puestos de comida, pero, aparte de eso, en sus innumerables portales los habitantes de Londres no ponían los pies, a menos que fuese para comprar algo que no se pudiese conseguir fácilmente en otra parte de la ciudad.

Ése era el caso del estanco donde, según la información de Barbara Havers, Sidney Saint James había visto por primera vez a Jemima Hastings. Encontraron el establecimiento en el extremo sur de la inmensa galería comercial y se abrieron paso hasta allí a través de lo que parecían ser artistas callejeros de todo tamaño y condición: desde individuos que posaban ingeniosamente como estatuas en Long Acre hasta magos, malabaristas sobre monociclos, dos músicos-orquesta y un dinámico practicante de air guitar (esa práctica que consiste en tocar la guitarra eléctrica con música de fondo, pero sin el instrumento en sí) que simulaba pulsar las cuerdas. Todos estos personajes competían por los donativos de los visitantes en prácticamente todos los espacios que no estaban ocupados por un kiosco, una mesa, sillas y gente apiñada comiendo helados, patatas asadas y falafel. Era exactamente la clase de lugar que hacía que uno deseara salir corriendo y gritando en busca del lugar solitario más cercano, que era probablemente la iglesia que se encontraba en el extremo suroeste de la plaza que incluía Covent Garden. Las cosas mejoraron un poco en las tiendas de Courtyard, donde la mayoría de los establecimientos eran de un nivel moderadamente elevado. Por lo tanto, las omnipresentes bandas de adolescentes y turistas calzados con zapatillas deportivas aquí brillaban por su ausencia. La calidad de los artistas callejeros también ascendía un peldaño en calidad. En el patio situado en un nivel inferior que albergaba un restaurante con sillas y mesas al aire libre, un violinista de mediana edad tocaba con el acompañamiento orquestal que emitía un radiocasete.

Un cartel donde se leía Salón de cigarros y tabacos colgaba encima del escaparate del estanco. Junto a la puerta, se encontraba la tradicional figura en madera del Highlander con su vestimenta tradicional y un tarro con rapé en las manos. Unas pizarras impresas se apoyaban contra la puerta y debajo de la ventana anunciando tabacos exclusivos y la especialidad del día, que hoy era el puro Larrañaga Petit Corona.

El interior del estanco era tan pequeño que no hubiesen entrado cinco personas con comodidad. Con un ambiente fragante debido al perfume del tabaco fresco, comprendía un único y antiguo expositor de parafernalia para pipas y puros, armarios de roble con el frontal acristalado donde se guardaban los puros bajo llave, y una pequeña habitación en la parte posterior dedicada a almacenar docenas de recipientes de vidrio llenos de tabaco y etiquetados con los nombres de diferentes aromas y sabores. El antiguo expositor también hacía las veces de mostrador principal de la tienda, con una balanza electrónica, una caja registradora, y otra pequeña vitrina con puros. Detrás de este mostrador, el empleado estaba atendiendo a una mujer que compraba puritos.

– En un momento estoy con ustedes, queridos -dijo, con la clase de voz cantarina que uno podría haber esperado de un dandi de otro siglo.

La voz, sin embargo, desmentía totalmente la edad y el aspecto del empleado del estanco. No parecía tener más de veintiún años, y si bien estaba pulcramente vestido con un ligero atuendo de verano, llevaba anillos extensores en los lóbulos de las orejas. Aparentemente, los había usado durante tanto tiempo que el tamaño de sus lóbulos ponía la piel de gallina. Durante la conversación que mantuvo a continuación con Isabelle y con Lynley, el muchacho no dejó de hurgarse los orificios con los dedos. A Isabelle esa conducta le resultó tan nauseabunda que estuvo a punto de marearse.

– Bien. ¿Sí, sí, sí? -canturreó alegremente una vez que la dienta abandonó el local con los puritos-. ¿En qué puedo ayudarles? ¿Puros habanos? ¿Puritos? ¿Tabaco? ¿Rapé? ¿Qué será?

– Conversación -dijo Isabelle-. Policía -añadió al tiempo que mostraba su identificación. Lynley hizo lo propio.

– Estoy ansioso -dijo el joven. Dijo que se llamaba J-a-y-s-o-n Druther. Su padre, informó, era el propietario de la tienda. Como lo habían sido antes su abuelo y el padre de su abuelo-. Lo que no sepamos nosotros de tabaco no merece la pena saberse. -Él acababa de iniciarse en el negocio, después de haber insistido en conseguir una licenciatura en Empresariales antes de «unirse a las filas de los que trabajan». Quería ampliar el negocio, pero su padre no era de la misma opinión-. Que el Cielo no permita que invirtamos en algo que no sea absolutamente seguro -añadió con un escalofrío dramático-. Muy bien…

Extendió las manos, que eran blancas y suaves, observó Isabelle, muy probablemente objeto de visitas semanales a la manicura, e indicó que estaba listo para cualquier cosa que quisieran de él. Lynley permanecía ligeramente detrás de ella, lo que permitió que Isabelle llevara la voz cantante. Le agradó ese gesto.

– Jemima Hastings -comenzó Isabelle-. Supongo que la conoce, ¿verdad?

– Algo. -J-a-y-s-o-n extendió la palabra separándola en «al» y «go», enfatizando la segunda sílaba. Añadió que no le importaría tener unas palabras con la querida Jemima, ya que ella era la razón de que él tuviese que trabajar «a toda clase de horas demenciales como ahora. Por cierto, ¿dónde está esa miserable monada?».

Isabelle le dijo que esa miserable monada estaba muerta.

Su boca se abrió de par en par para cerrarse un segundo después.

– Dios mío -dijo-. ¿Ha sido un accidente de circulación? ¿La atropelló un coche? Santo cielo, no habrá habido otro ataque terrorista, ¿verdad?

– Ha sido asesinada, señor Druther -dijo Lynley sin levantar la voz.

Jayson registró su acento culto y se manoseó uno de los lóbulos a modo de respuesta.

– En el cementerio de Abney Park -añadió Isabelle-. Los periódicos indicaron que se había cometido un asesinato en ese lugar. ¿Lee usted los periódicos, señor Druther?

– Dios, no -dijo-. Ni prensa amarilla ni periódicos serios y, «definitivamente», ningún informativo por radio o televisión. Prefiero mil veces vivir en las nubes. Cualquier otra cosa me produce tal estado de depresión que no puedo levantarme de la cama por las mañanas, y lo único que consigue animarme son los panecillos de jengibre que prepara mi madre. Pero si los como, soy propenso a ganar peso, la ropa no me sienta bien, tengo que comprarme ropa nueva, y… estoy seguro de que captan la idea. ¿El cementerio de Abney Park? ¿Dónde está el cementerio de Abney Park?

– Al norte de Londres.

– ¿Al norte de Londres? -Hizo que sonase como Plutón-. Dios mío. ¿Qué hacía ella allí? ¿La asaltaron? ¿La secuestraron? No le habrán… No le habrán hecho «algo», ¿no?

Isabelle pensó que tener la yugular seccionada podría interpretarse muy bien como que le habían hecho algo, aunque sabía que no era eso lo que Jayson quería decir.

– Por el momento lo dejaremos en asesinada. ¿Conocía bien a Jemima? -preguntó.

No muy bien, según se desprendió de la conversación. Al parecer, Jayson había hablado con Jemima por teléfono, pero, de hecho, sólo la había visto en un par de ocasiones, ya que no compartían el horario de trabajo y, la verdad sea dicha, ninguna otra cosa tampoco. La conocía más por esas cosas que por ella en persona. «Esas cosas» resultó ser un grupo de tarjetas postales con fotografías. Jayson las sacó de un armario pequeño que había junto a la caja registradora, quizás ocho en total. Las tarjetas mostraban la foto que Deborah Saint James había tomado de Jemima Hastings, vendidas sin duda como las otras fotografías de la colección en la tienda de regalos de la National Portrait Gallery. Alguien había escrito en cada una de ellas: «¿Ha visto a esta mujer?» con rotulador negro. En el reverso había un número de teléfono con las palabras: «Por favor, llame» escritas encima.

– Paolo las había traído para Jemima -dijo Jayson. Lo sabía porque los días que él trabajaba y Jemima no, Paolo di Fazio se detenía de todos modos en el estanco si había encontrado más tarjetas postales. Este fajo en particular lo había entregado hacía ya varios días, aunque Jemima no estaba allí para recibirlas. Jayson pensó que la chica había estado destruyéndolas a medida que llegaban, ya que en más de una ocasión había encontrado los trozos en la basura los días en que él trabajaba-. Pensé que se trataba de alguna clase de ritual fotográfico para ella -dijo.

Paolo di Fazio. Era uno de los inquilinos de la pensión. Isabelle recordaba el nombre del informe de Barbara Havers sobre la conversación que había mantenido con la dueña de la pensión donde vivía Jemima Hastings.

– ¿El señor di Fazio trabaja cerca de aquí? -preguntó ella.

– Sí. Es el hombre de las máscaras.

– ¿El hombre enmascarado? -preguntó Isabelle-. ¿Qué demonios…?

– No, no. «Enmascarado» no. Máscaras. Él crea máscaras. Tiene un puesto en el mercado. Es muy bueno. Incluso me ha hecho una a mí. Son una especie de recuerdo de…, bueno, más que un recuerdo, en realidad. Creo que tiene algo con Jemima, es eso lo que pregunta. Quiero decir, ¿por qué otra razón si no estaría entrando y saliendo de la tienda con esas tarjetas postales que ha juntado para ella?

– ¿Vino alguien más preguntando por ella…, cuando usted estaba trabajando y ella tenía los días libres? -preguntó Isabelle.

Jayson meneó la cabeza.

– Nadie -dijo-. Solo Paolo.

– ¿Qué me dice de la gente con la que se veía aquí, en el mercado?

– Oh, no los conozco, querida, si es que hay alguno. Puede haber alguien, por supuesto, pero como ya he dicho, trabajábamos en días diferentes, de modo que… -Se encogió de hombros-. Paolo se lo podría decir. Si quisiera, claro.

– ¿Por qué no iba a querer decirlo? ¿Hay algo acerca de Paolo que deberíamos saber antes de hablar con él?

– Por Dios, no. No era mi intención insinuar… Bueno, tuve efectivamente la impresión de que él la controlaba bastante estrechamente, ya sabe. Hacía preguntas acerca de ella, como usted. Si había venido alguien a buscarla a la tienda, a preguntar por ella, a reunirse con ella, a esperarla…, esa clase de cosas…

– ¿Cómo acabó trabajando aquí? -preguntó Lynley, dejando de escrutar la vitrina donde se exhibían los puros habanos.

– La agencia de empleo -dijo Jayson-. Y no puedo decirle cuál de ellas, porque ahora están todas informatizadas, de modo que podría haber llegado a nosotros desde Blackpool, que yo sepa. Pusimos el anuncio en la agencia de empleo y llegó ella. Papá la entrevistó y la contrató en el acto.

– Tendremos que hablar con él.

– ¿Con mi padre? ¿Por qué? Dios, no estarán pensando que… -Jayson se echó a reír y luego lanzó un chillido y se tapó la boca con la mano. Luego recobró la compostura con una expresión apropiadamente apenada-. Lo siento, sólo estaba imaginando a mi padre como un asesino. Supongo que quieren hablar con él, ¿verdad? ¿Para comprobar su coartada? ¿No es eso lo que hace la Policía?

– Eso hacemos, efectivamente. También necesitaremos la suya.

– ¿Mi coartada? -Jayson se llevó una mano al pecho-. No tengo idea de dónde está Ashley Park. Y, en cualquier caso, si Jemima estaba allí y era cuando tendría que haber estado trabajando, entonces yo estaba aquí.

– El nombre es Abney Park -le informó Isabelle-. En el norte de Londres. Stoke Newington, para ser exactos, señor Druther.

– Donde sea. Yo habría estado aquí. Desde las nueve y media de la mañana hasta las seis y media de la tarde. Hasta las ocho, los miércoles. ¿Era un miércoles? Porque, como ya he dicho al principio de esta conversación, no leo los periódicos y no tengo idea…

– Empiece -dijo Isabelle.

– ¿Qué?

– Los periódicos. Empiece a leer los periódicos, señor Druther. Le asombrará lo que puede leer en ellos. Ahora repítanos dónde podríamos encontrar a Paolo di Fazio.

* * *

Se preguntó si eran ángeles. Había algo en ellos que les hacía diferentes. No eran mortales. Podía verlo. La verdadera pregunta era, entonces, ¿qué clase de ángeles? ¿Querubines, tronos, dominios, principados? ¿Buenos, malos, guerreros, guardianes? ¿O incluso arcángeles, como Rafael, Miguel o Gabriel? ¿Arcángeles de quienes eruditos y teólogos aún no saben nada? ¿Ángeles de la orden más elevada, tal vez, que vienen a librar una guerra con fuerzas tan malignas que sólo una espada sostenida por la mano de una criatura de luz puede derrotarlas?

No lo sabía. No podía decirlo.

Él se había adjudicado la categoría de guardián, pero estaba equivocado. Vio que estaba destinado a ser el guerrero de Miguel, pero cuando lo vio ya era demasiado tarde.

Pero vigilar tiene poder…

Vigilar es nada. Vigilar es vigilar el mal y el mal destruye.

La destrucción destruye. La destrucción engendra más destrucción.

El aprendizaje es significado. Custodiar significa aprender.

Custodiar significa miedo.

Miedo significa odio. Miedo significa ira.

Custodiar significa amor.

Custodiar significa ocultarse.

Ocultarse significa montar guardia que significa

custodiar que significa amor. Estoy destinado a custodiar.

Tú estás destinado a matar. Los guerreros derrotan.

Tú estás llamado a la guerra. Yo te invoco.

Legiones y más legiones te invocan.

Yo protegí. Yo protejo.

Tú mataste.

Quería golpearse la cabeza, donde sonaban las voces. Hoy eran más estridentes que nunca, más que los gritos, más que la música. Él podía «ver» las voces, además de oírlas, y llenaban su visión, de modo que, finalmente, pudo distinguir las alas. Eran ángeles ocultos, pero sus alas los delataban, y le observaban y levantaban testimonio desde las alturas. Estaban alineados uno junto a otro con las bocas abiertas. Debería haber sido un canto celestial lo que tendría que haber salido de esas bocas, pero en cambio lo que llegó fue viento. Había un aullido encima de él, y detrás del viento llegaron las voces que él conocía, pero no quería escuchar, de modo que se entregó a los guerreros, a los guardianes y a su determinación de ganarle para causas tan poco apropiadas para él.

Cerró los ojos con fuerza, pero aun así los veía y los oía; aun así seguía adelante hasta que la transpiración le humedeció las mejillas, hasta que se dio cuenta de que no era transpiración sino lágrimas, y luego del «bravo» que llegaba de alguna parte, pero esta vez no de los ángeles, ya que se habían marchado, y entonces él también lo hizo. Andaba a trompicones, subiendo, abriéndose paso hacia el cementerio de la iglesia y luego hacia el silencio que no era silencio en absoluto porque no «había» silencio, no para él.

* * *

A Lynley no le molestaba el papel que estaba jugando en la investigación, algo entre chofer y criado de Isabelle Ardery. Le permitía aligerar su regreso al trabajo policial. Además, si iba a retomar su trabajo en la Policía sólo podía ser de forma gradual.

– Menudo gilipollas -dijo Ardery en relación con Jayson Druther, una vez que abandonaron el estanco.

Lynley no podía estar más de acuerdo. Le indicó el camino que debían tomar para llegar a Jubilee Market Hall a través del empedrado del área principal de Covent Garden.

En el interior de la enorme galería, el ruido era ensordecedor y llegaba de los vendedores ambulantes, de los radiocasetes instalados dentro de los puestos, de las conversaciones mantenidas a gritos y de los compradores que trataban de cerrar tratos con vendedores de cualquier cosa, desde camisetas de recuerdo hasta obras de arte. Encontraron el puesto del fabricante de máscaras después de abrirse paso a codazos arriba y abajo de tres pasillos laterales. Tenía una buena ubicación cerca de una de las entradas, lo que le convertía en el primero de los últimos puestos que uno encontraba, pero, en cualquier caso, en un puesto que uno vería inevitablemente, ya que se encontraba situado en un ángulo con nada a sus costados. También era grande, más grande que la mayoría, y ello se debía a que la fabricación de las máscaras parecía desarrollarse en su interior. Un taburete para el modelo del artista recibía la luz de una lámpara elevada y, junto a él, había una mesa con bolsas de yeso y otros numerosos recipientes. Sin embargo, lamentablemente, lo que el puesto no incluía en ese momento era la presencia del propio artista, si bien la gruesa hoja de plástico que formaba la pared posterior exhibía fotografías de las máscaras que creaba, junto con los modelos que posaban a su lado.

Un cartel colocado sobre un mostrador provisional señalaba el tiempo que el artista tardaría en regresar. Ardery le echó un vistazo y luego miró su reloj.

– Vamos a beber algo -le dijo a Lynley.

Volvieron sobre sus pasos buscando un lugar donde beber ese algo y llegaron al patio de debajo del estanco. El violinista que había estado tocando allí ya se había marchado. Daba igual, porque Ardery, aparentemente, quería conversación, además de la bebida. Tomó una copa de vino. Lynley enarcó una ceja, y ella advirtió el gesto.

– No tengo ninguna objeción a beber una copa de vino estando de servicio, inspector Lynley. Nos merecemos una después de J-a-y-s-o-n. Por favor, acompáñeme. Odio sentirme como una borracha.

– Creo que no -dijo él-. Me pasé de la raya después de la muerte de Helen.

– Ah. Sí. Me lo puedo imaginar.

Lynley pidió agua mineral, y esta vez fue ella quien enarcó una ceja.

– ¿Ni siquiera una gaseosa? ¿Siempre es tan fiel a sus principios, Thomas?

– Sólo cuando quiero impresionar.

– ¿Y quiere hacerlo?

– ¿Si quiero impresionarla? ¿No lo queremos todos? Si va a ser la jefa, entonces al resto de nosotros nos conviene comenzar a maniobrar para ocupar posiciones ventajosas, ¿no cree?

– Tengo serias dudas de que usted haya dedicado mucho tiempo a maniobrar para conseguir cualquier posición.

– ¿A diferencia de usted? Está ascendiendo deprisa.

– Eso es lo que hago. -Echó un vistazo alrededor del patio donde estaban sentados. No estaba tan concurrido como la zona encima de ellos, ya que aquí sólo estaba el bar de vinos del restaurante, situado al pie de una amplia escalera. Pero había bastante gente. Todas las mesas estaban ocupadas. Habían tenido suerte al encontrar un lugar donde sentarse-. Dios, qué masa ingente -dijo-. ¿Por qué cree que la gente acude a lugares como éste?

– Asociaciones -dijo Lynley. Isabelle se volvió hacia él. Lynley hizo girar entre los dedos un bol de cerámica que contenía terrones de azúcar mientras hablaba-. Historia, arte, literatura. La oportunidad de imaginar. Quizá volver a visitar un lugar de la infancia. Toda clase de razones.

– Pero ¿no para comprar camisetas con la leyenda Mind the gap?

– Un desafortunado subproducto del capitalismo rampante.

Ella sonrió ante el comentario.

– Puede ser moderadamente divertido.

– Eso me han dicho, en general con el énfasis en «moderadamente».

Llegaron sus bebidas. Él se percató de que Isabelle la bebía con cierta prisa. Ella, aparentemente, advirtió este detalle.

– Estoy tratando de ahogar el recuerdo de Jayson. Esos lóbulos horribles.

– Una opción estética interesante -reconoció él-. Uno se pregunta cuál será la siguiente tendencia, ahora que la mutilación corporal está de moda.

– Marcarse con un hierro al rojo, supongo. ¿Qué impresión le causó?

– ¿Aparte de los lóbulos de sus orejas? Me parece que su coartada resultará muy sencilla de confirmar. Las copias de los recibos de caja tendrán la hora impresa en ellos…

– Alguien podría haber ocupado su puesto en la tienda, Thomas.

– … y es probable que haya uno o dos clientes habituales, por no mencionar a algún otro dueño o empleado de tienda de los alrededores que podrán confirmar que Jayson estuvo aquí. No le veo capaz de rajarle la yugular a alguien, ¿usted sí?

– Debo reconocer que no. ¿Paolo di Fazio?

– O quienquiera que pudiese estar al otro lado de esas tarjetas postales. Había un número de teléfono móvil en ellas.

Isabelle buscó su bolso y sacó las tarjetas postales, Jayson se las había entregado con un «encantado de librarme de ellas, querida», cuando se las pidió.

– Hacen que las cosas se pongan interesantes -le dijo a Lynley-, lo que nos lleva a Barbara Havers.

– Hablando de cosas interesantes -observó irónicamente.

– ¿Ha sido feliz trabajando con ella?

– Sí, lo he sido, mucho.

– A pesar de su… -Ardery pareció buscar la palabra adecuada.

Él le proporcionó varias opciones.

– ¿Rebeldía? ¿Obstinado rechazo a tener en cuenta las reglas? ¿Falta de tacto? ¿Hábitos personales desconcertantes?

Ardery se llevó el vino a los labios y estudió a Lynley por encima del borde de la copa mientras bebía.

– Formaban una pareja extraña. Nadie lo hubiese esperado. Creo que sabe a qué me refiero. Sé que ella ha tenido problemas profesionales, he leído su expediente personal.

– ¿Solo el de ella?

– Por supuesto que no. He leído los expedientes de todos. También el suyo. Quiero conseguir este trabajo, Thomas. Quiero tener un equipo que funcione como una máquina bien engrasada. Si la sargento Havers resulta ser un tornillo suelto en el mecanismo, tendré que deshacerme de ella.

– ¿Es esa la razón de que le esté aconsejando un cambio?

Ella frunció el ceño.

– ¿Un cambio?

– La vestimenta de Barbara. El maquillaje. Supongo que lo siguiente será verla con la dentadura arreglada y luciendo un peinado de peluquería.

– A una mujer no le hace daño estar guapa. También aconsejaría a un hombre de mi equipo que hiciera algo con respecto a su apariencia si viniese a trabajar con la pinta de Barbara Havers. De hecho, la sargento Havers es el único miembro del equipo que viene a trabajar como si la noche anterior hubiese dormido al raso. ¿Es que nadie ha hablado antes con ella? ¿El comisario inspector Webberly? ¿Usted?

– Ella es así -dijo Lynley-. Buen cerebro y gran corazón.

– A usted le gusta.

– No puedo trabajar con gente que no me gusta, jefa.

– En las conversaciones personales soy Isabelle -dijo ella.

Sus miradas se encontraron. Él vio que sus ojos eran marrones, igual que los suyos, aunque el color no era uniforme. Estaban ricamente moteados de avellana y se le ocurrió pensar que si llevase colores diferentes a los que usaba hoy -una blusa crema debajo de una chaqueta rojiza hecha a medida- incluso habrían parecido verdes. Apartó la mirada y observó los alrededores.

– Este lugar no es muy personal, ¿no cree? -dijo.

– Creo que sabe lo que quiero decir. -Miró su reloj. Aún le quedaba media copa de vino y, antes de levantarse, acabó de beberlo-. Busquemos a Paolo di Fazio -dijo-. Ya debe de haber regresado a su puesto.

Así era. Le encontraron mientras intentaba convencer a una pareja de mediana edad de que se hicieran un par de máscaras como recuerdo del viaje que habían hecho a Londres para celebrar sus bodas de plata. Había sacado sus utensilios artísticos y los había extendido sobre el mostrador, junto con una colección de máscaras de muestra. Las máscaras estaban montadas en varillas que, a su vez, estaban fijadas sobre pequeños pedestales de madera pulida. Las máscaras, modeladas con yeso mate, eran asombrosamente fieles al natural, similares a las mascarillas mortuorias que en otras épocas se creaban a partir de los cadáveres de la gente importante.

– La forma perfecta de que recuerden esta visita a Londres -les decía di Fazio a la pareja-. Mucho más significativa que una jarra de café con el sello real, ¿verdad?

La pareja pareció dudar. Se dijeron mutuamente: «¿Debemos…?» y Di Fazio esperó su decisión. Su expresión era amable y no se alteró lo más mínimo cuando le dijeron que tendrían que pensarlo.

Cuando se hubieron marchado, Di Fazio centró su atención en Lynley y Ardery.

– Otra pareja muy apuesta -dijo-. Cada uno tiene un rostro hecho para la escultura. Vuestros hijos, imagino, deben ser tan guapos como los padres.

Lynley oyó que Ardery resoplaba, divertida. La mujer mostró su credencial y dijo:

– Superintendente Isabelle Ardery. New Scotland Yard. Él es el inspector Lynley.

A diferencia de Jayson Druther, Di Fazio supo al instante por qué estaban allí. Se quitó las gafas de montura metálica que llevaba puestas y comenzó a limpiar los cristales en la camisa.

– ¿Jemima? -dijo.

– Entonces sabe lo que le ocurrió.

Di Fazio volvió a ponerse las gafas y se pasó la mano por el pelo largo y oscuro. Era un hombre bien parecido, observó Lynley, bajo y compacto, pero con hombros y pecho que sugerían que levantaba pesas.

– Por supuesto que sé lo que le ocurrió a Jemima. Todos los sabemos -dijo con brusquedad.

– ¿Todos? Jayson Druther no tenía idea de lo que le había pasado.

– No me extraña -contestó Di Fazio-. Es un idiota.

– ¿Jemima también pensaba lo mismo de él?

– Jemima era muy buena con la gente. Nunca lo habría dicho.

– ¿Cómo se enteró usted de su muerte? -preguntó Lynley.

– Bella me lo dijo.

Luego añadió lo que había indicado el informe de Barbara Havers: él era uno de los huéspedes en la casa de Bella McHaggis en Putney. De hecho, él era la razón, dijo Paolo, de que Jemima se hubiese instalado en la casa de la señora McHaggis. Le había dicho que había una habitación disponible allí poco después de conocerla.

– ¿Cuándo fue eso? -preguntó Lynley.

– Una o dos semanas después de que ella llegase a Londres. En algún momento de noviembre pasado.

– ¿Y cómo la conoció? -preguntó Isabelle.

– En el estanco. -Les dijo que liaba sus propios cigarrillos y compraba allí el tabaco y el papel de fumar-. Habitualmente a ese imbécil, Jayson -añadió-. Pazzo uomo. Pero un día, en lugar de él, estaba Jemima.

– Usted es italiano, ¿verdad, señor di Fazio? -preguntó Lynley.

Di Fazio sacó uno de sus cigarrillos del bolsillo de la camisa -llevaba una camisa blanca impecable y unos vaqueros muy limpios- y lo colocó detrás de la oreja.

– Con un apellido como Di Fazio es una excelente deducción -dijo.

– Creo que el inspector se refería a si nació en Italia -dijo Isabelle-. Su inglés es perfecto.

– Vivo aquí desde que tenía diez años.

– Y nació en…

– En Palermo. ¿Por qué? ¿Qué tiene que ver esto con Jemima? Vine a este país legalmente, si es eso lo que les interesa, aunque no importe mucho en estos días, con todo es lío de la UE y la gente cruzando entre las fronteras cuando les apetece.

Lynley vio que Ardery indicaba un cambio de dirección en las preguntas con un ligero movimiento de los dedos sobre el mostrador.

– Tenemos entendido que recolectaba tarjetas postales de la National Portrait Gallery para Jemima. ¿Ella le pidió que lo hiciera o la idea fue suya?

– ¿Por qué tendría que haber sido idea mía?

– Tal vez usted nos lo pueda decir.

– No fue idea mía. Vi una de esas tarjetas en Leicester Square. La reconocí por la exposición que hicieron en la galería (hay una banderola en la fachada con la fotografía de Jemima, si no la han visto) y la cogí.

– ¿Dónde estaba la tarjeta?

– No lo recuerdo…, ¿cerca de la taquilla de entradas a mitad de precio? ¿Quizá cerca del Odeon? Estaba fijada con Blu-Tack y llevaba el mensaje escrito sobre ella, de modo que la cogí y se la llevé a Jemima.

– ¿Llamó usted al número de teléfono que había en el reverso de la tarjeta?

Di Fazio meneó la cabeza.

– No sabía de qué diablos se trataba ni tan siquiera qué quería ese tipo.

– «Ese tipo» -indicó Lynley-. O sea, que sabía que era un hombre quien estaba distribuyendo las tarjetas.

Fue uno de esos momentos de «te he pillado». Di Fazio -que no era tonto- lo supo al instante. Se tomó unos segundos antes de responder.

– Ella me dijo que probablemente era su pareja quien lo estaba haciendo. Su ex pareja. Un tío de Hampshire. Jemima lo sabía por el número de teléfono que había escrito en la tarjeta. Dijo que le había dejado, pero él no se lo había tomado bien, y ahora, obviamente, estaba tratando de encontrarla. Y ella no quería que lo lograse. Quería eliminar todas las tarjetas antes de que alguien que supiera dónde estaba viera alguna y llamara por teléfono a ese tío. De modo que ella las cogía… y yo también. Tantas como pudiésemos encontrar, y siempre que teníamos oportunidad de hacerlo.

– ¿Estaba liado con ella? -preguntó Lynley.

– Era amiga mía.

– Además de la amistad. ¿Estaba liado con ella o simplemente esperaba liarse con ella?

Di Fazio volvió a tomarse un momento antes de responder. Obviamente no era tonto y sabía que cualquier respuesta que diese le dejaría en una posición delicada. Siempre existía el elemento sexual a considerar entre hombres y mujeres, y lo que ese elemento sexual podía conducir como motivo para cometer un asesinato.

– ¿Señor Di Fazio? -dijo Ardery-. ¿Hay algo que no entienda de la pregunta?

– Fuimos amantes durante algún tiempo -dijo de forma un tanto tajante.

– Ah -dijo Ardery.

Paolo parecía irritado.

– Eso fue antes de que ella viniese a vivir a la casa de Bella. Tenía una habitación miserable en Charing Cross Road, encima de Keira News. Estaba pagando mucho por ese lugar.

– ¿Allí era donde usted y ella…? -Ardery dejó que él completase la idea-. ¿Cuánto tiempo hacía que la conocía cuando se convirtieron en amantes?

Él se enfadó.

– No sé qué tiene eso que ver con este asunto. -Ardery no respondió a este comentario y tampoco lo hizo Lynley. Di Fazio finalmente escupió la respuesta-. Una semana. Unos días, no lo sé.

– ¿No lo sabe? -preguntó Ardery-. Señor di Fazio, tengo la impresión de que…

– Fui a por tabaco. Ella se mostró amistosa, seductora, ya sabe cómo son esas cosas. Le pregunté si quería ir a tomar una copa después del trabajo. Fuimos a ese lugar en Long Acre…, el pub…, no sé cómo se llama. Estaba lleno de gente, de modo que tomamos unas copas en la acera con todos los demás y luego nos marchamos. Fuimos a su habitación.

– O sea, que se convirtieron en amantes el día en que se conocieron -dijo Ardery.

– Suele suceder.

– Y luego comenzaron a vivir juntos en Putney -apuntó Lynley-. Con Bella McHaggis. En su casa.

– No.

– ¿No?

– No.

Di Fazio cogió el cigarrillo que se había colocado detrás de la oreja. Dijo que si iban a seguir con la conversación -y le estaba costando muchos putos clientes, por cierto-, entonces tendrían que hacerlo fuera, donde al menos podría fumar mientras hablaban.

Ardery le dijo que le parecía muy bien salir fuera y Di Fazio recogió sus herramientas y las guardó debajo del mostrador junto con las máscaras de muestra en sus pedestales de madera. Lynley observó las herramientas -afiladas y aptas para otras actividades además de la escultura- y sabía que Ardery también lo había hecho. Ambos se miraron y siguieron a Di Fazio fuera de la galería y al aire libre.

Una vez allí, él encendió su cigarrillo liado a mano y les contó a Ardery y a Lynley el resto de la historia. Había pensado que seguirían siendo amantes, dijo, pero no había contado con que Jemima seguiría las reglas.

– Nada de sexo. Bella no lo permite.

– ¿Acaso se opone a todo tipo de actividad sexual? -preguntó Lynley.

– Al sexo entre los huéspedes de la casa -dijo di Fazio.

Él había intentado convencer a Jemima de que podían continuar como antes sin que nadie se enterase, porque Bella dormía como un tronco en el piso encima de ellos, y Frazer Chaplin -el tercer huésped- ocupaba la habitación del sótano dos pisos más abajo, de modo que tampoco sabría lo que pasaba. Ellos dos ocupaban las dos únicas habitaciones en el primer piso de la casa. No había ninguna jodida manera de que Bella pudiese descubrirlo.

– Jemima no quiso saber nada. Cuando vino a ver la habitación, Bella le dijo directamente que había echado a la última chica porque se había liado con Frazer. Una mañana la sorprendió saliendo de la habitación de éste, y allí se terminó todo. Jemima no quería que eso le pasara a ella (no es fácil encontrar un alojamiento decente), de modo que dijo que nada de sexo. Al principio fue nada de sexo en casa de Bella, y luego fue nada de sexo en ninguna parte. Ella dijo que se había convertido en un problema demasiado complicado.

– ¿Un problema demasiado complicado? -preguntó Ardery-. ¿Dónde lo hacían?

– No en público -contestó él-. Y tampoco en el cementerio de Abney Park, si eso es lo que está sugiriendo. En mi estudio. -Compartía un espacio con otros tres artistas, dijo, en un túnel del ferrocarril abandonado cerca de Clapham Junction. Al principio iban allí (Jemima y él), pero después de unas semanas, ella se cansó-. Dijo que no le gustaba engañar a la gente.

– ¿Y usted se lo creyó?

– No tenía otra opción. Me dijo que se había acabado. Ella se encargó de hacerlo.

– ¿Tal y como lo había hecho con el tipo de las tarjetas? ¿Según lo que ella le explicó?

– Algo así.

Lynley pensó que eso les proporcionaba a ambos un motivo para el asesinato.

Capítulo 11

Yolanda, la Médium, tenía un pequeño local en un mercado junto a Queensway, en Bayswater. Barbara Havers y Winston Nkata la encontraron sin demasiadas dificultades una vez que descubrieron el mercado, al que accedieron a través de una entrada no señalizada entre un diminuto kiosco de diarios, revistas y bebidas y uno de los omnipresentes negocios de venta de maletas baratas que parecían brotar en todas las esquinas de Londres. El mercado era la clase de lugar junto al que uno pasaría caminando sin verlo: una madriguera de pasadizos sólo para los habitantes del barrio, de techos bajos y orientación étnica, en la que los cafés rusos competían con las panaderías asiáticas, y las tiendas que vendían narguiles estaban junto a los kioscos donde la música africana sonaba a todo volumen.

Una pregunta formulada en el café ruso les proporcionó la información de que dentro del mercado había un lugar llamado Psychic Mews. Allí, les explicaron, trabajaba Yolanda, la Médium, y, considerando la hora del día, era probable que estuviese en el local.

Una breve caminata más y llegaron a Psychic Mews. El lugar resultó ser lo que parecía -aunque probablemente no lo fuese-, unas auténticas cocheras antiguas completadas con calles adoquinadas y edificios que tenían el aspecto de viejos establos, como todas las cocheras de Londres. A diferencia del resto, sin embargo, estaban protegidas por un techo igual que el resto del mercado. Esta circunstancia le permitía disfrutar de una apropiada atmósfera de penumbra, misterio e incluso peligro. Uno podía esperar, pensó Barbara, que Jack el Destripador, se descolgase del techo en cualquier momento.

El negocio de Yolanda era uno de los tres «santuarios psíquicos» que había en ese lugar. Su única ventana -con una cortina que aseguraba la intimidad de los clientes- mostraba un alféizar con objetos adecuados a su línea de trabajo: una mano de porcelana con la palma hacia fuera y todas las líneas identificadas, una cabeza también de porcelana donde se señalaban varias partes del cerebro, una carta astrológica y un mazo de cartas de tarot. Sólo faltaba la bola de cristal.

– ¿Crees en toda esta basura? -le preguntó Barbara a Nkata-. ¿Lees tu horóscopo en el periódico o algo por el estilo?

Winston comparó la palma de su mano con la de porcelana que reposaba en el alféizar de la ventana.

– Según esto, yo tendría que haber muerto la semana pasada -dijo, y abrió la puerta con el hombro.

Tuvo que agacharse para poder entrar. Barbara le siguió a una antesala donde ardían unos palitos de incienso y sonaba música de cítara. Contra una de las paredes, la forma del dios elefante había sido plasmada en yeso y, frente a él, colgaba un crucifijo encima de lo que parecía ser un muñeco katsina de los indios hopis. En el suelo, un enorme Buda parecía servir de tope para la puerta. Barbara llegó a la conclusión de que Yolanda cubría todas las bases espirituales.

– ¿Hay alguien aquí? -llamó.

Como respuesta apareció una mujer de detrás de una cortina de cuentas. No estaba vestida como Barbara había esperado. De alguna manera, uno pensaría que una médium estaría vestida como una gitana: pañuelos, faldas de colores y montones de collares de oro con pendientes a juego y de gran tamaño. Pero, en cambio, la mujer llevaba un traje de oficina que Isabelle Ardery habría aprobado con entusiasmo, ya que estaba confeccionado para que se adaptara a su cuerpo robusto, e incluso a los ojos no entrenados de Barbara el atuendo parecía anunciarse a sí mismo con las palabras «diseñador francés». Su única concesión al estereotipo era el pañuelo que llevaba, pero incluso este complemento estaba doblado formando una cinta que le sostenía el cabello recogido. Y, en lugar de negro, el pelo era anaranjado, un tono bastante inquietante que sugería un desafortunado encuentro con una botella de peróxido.

– ¿Es usted Yolanda? -preguntó Barbara.

La mujer, a modo de respuesta, se llevó las manos a las orejas. Cerró los ojos con fuerza.

– ¡Sí, sí, está bien! -La voz era queda y extraña. Sonaba como la voz de un hombre-. ¡Le oigo de puta madre!

– Lo siento -contestó Barbara, aunque en su opinión, ella no había levantado la voz en absoluto. Los médiums, pensó, debían de ser muy sensibles al sonido-. No pretendía…

– ¡Se lo diré a ella! Pero debe dejar de gritar. No estoy sorda, ¿sabe?

– No pensé que estuviese gritando. -Barbara sacó su identificación-. Scotland Yard -dijo.

Yolanda abrió los ojos. Ni siquiera miró en la dirección de la credencial que le enseñaba Barbara. En cambio, dijo:

– El tío grita lo suyo.

– ¿Quién?

– Él dice que es su padre. Dice que usted tiene que…

– Está muerto -dijo Barbara.

– Por supuesto que está muerto. Si no fuese así, difícilmente podría oírle. Oigo a la gente muerta.

– ¿Como lo de «En ocasiones veo muertos»?

– No se pase de lista. ¡De acuerdo! ¡De acuerdo! ¡Deje ya de gritar! Su padre…

– Mi padre no gritaba. Nunca lo hacía.

– Pues ahora lo hace, cariño. Él dice que debe llamar a su madre. Dice que la echa de menos.

Barbara lo dudaba. La última vez que había visto a su madre, la pobre mujer creía estar viendo a su antigua vecina la señora Gustafson, y el pánico resultante -en los últimos años en casa su madre había llegado a temer a la señora Gustafson, como si aquella mujer mayor se hubiese metamorfoseado en Lucifer- no se había aliviado con los múltiples intentos de Barbara, desde mostrarle su identificación hasta apelar a cualquiera de los otros residentes con los que la señora Havers vivía en una residencia de ancianos privada en Greenford. Barbara no había vuelto a visitarla desde entonces. En aquel momento le pareció que era la decisión más razonable.

– ¿Qué debo decirle? -preguntó Yolanda. Y luego, con las manos cubriéndose nuevamente los oídos-. ¿Qué? ¡Oh, por supuesto que le creo! -Y luego le dijo a Barbara-. ¿James, sí? Pero no le llamaban así, ¿verdad?

– Jimmy. -Barbara, incómoda, cambió el peso del cuerpo de un pie al otro. Miró a Winston, que también parecía estar anticipando un mensaje no deseado que alguien le enviaba desde el más allá-. Dígale que iré a visitarla. Mañana. Lo que sea.

– No debe mentirle al mundo de los espíritus.

– La semana próxima entonces.

Yolanda cerró los ojos.

– Ella dice que irá la semana próxima, James. -Y luego a Barbara-. ¿No puede arreglarlo para ir antes? Es muy insistente.

– Dígale que estoy trabajando en un caso. Él lo entenderá.

Aparentemente, lo entendió, porque una vez que Yolanda hubo transmitido este mensaje al mundo de los espíritus, lanzó un suspiro de alivio y desvió su atención hacia Winston. Tenía un aura magnífica, le dijo. Bien desarrollada, inusual, brillante y evolucionada. Fan-tás-ti-ca.

– Ya -dijo Nkata-. ¿Podemos hablar un momento, señorita…?

– Solamente Yolanda -contestó ella.

– ¿No tiene un apellido? -preguntó Barbara. Para que quedara constancia y todo eso. Porque al tratarse de un asunto de la Policía… Yolanda seguramente lo entendía, ¿eh?

– ¿Policía? Soy legal -dijo Yolanda-. Tengo licencia. Cualquier cosa que necesiten.

– Ya me lo imaginaba. No estamos aquí para investigar su vida empresarial. ¿Su nombre completo es…?

Resultó -como era de esperar- que Yolanda era un seudónimo, ya que Sharon Price no sonaba tan bien en el negocio de los médiums.

– ¿Y eso sería señora o señorita Price? -preguntó Nkata después de haber sacado su libreta de notas y con el lápiz portaminas a punto.

Era señora, confirmó ella. El señor era el conductor de uno de los taxis negros de Londres, y los hijos de la señora y el señor ya eran mayores y se habían marchado de casa.

– Están aquí por ella, ¿verdad? -preguntó Yolanda sagazmente.

– ¿Así que conocía a Jemima Hastings? -dijo Nkata.

Yolanda no advirtió el tiempo verbal de la pregunta.

– Oh, conozco a Jemima, sí. -dijo-. Pero no me refería a Jemima. Me refería a ella, esa vaca gorda de Putney. Ella los llamó, ¿no es así? ¡Qué cara tiene!

Aún estaban en la antesala y Barbara le preguntó si había algún lugar donde pudieran sentarse para mantener una conversación en condiciones. Yolanda les hizo pasar a al otro lado de la cortina de cuentas, donde tenía un espacio montado que era una combinación entre la consulta de un psicoanalista con un diván contra una pared y un salón para celebrar sesiones de espiritismo con una mesa redonda en el medio y una silla parecida a un trono situada a las doce en punto, obviamente destinada a la médium.

Yolanda se dirigió hacia allí y les indicó a Barbara y a Nkata que se sentasen a las tres y a las siete respectivamente. Esto tenía que ver con el aura de Nkata, evidentemente, y con la ausencia de aura de Barbara.

– Usted me tiene un tanto intrigada -dijo Yolanda, dirigiéndose a Barbara.

– A usted y a todo el mundo.

Barbara miró a Nkata. Él le devolvió una mirada de profunda y absolutamente falsa preocupación ante su obvia falta de aura.

– Luego me ocuparé de ti -dijo en voz baja, y Nkata reprimió una sonrisa.

– Oh, puedo ver que son dos personas incrédulas -afirmó Yolanda con su extraña voz masculina. Luego buscó algo debajo de la mesa, por lo que Barbara esperó que el mueble comenzara a levitar. Pero, en cambio, lo que hizo la médium es sacar la ostensible razón de que sus cuerdas vocales estuviesen arruinadas: un paquete de Dunhill. Encendió uno y empujó el paquete hacia Barbara, con la absoluta convicción, al parecer, de que ella era una colega en esta cuestión-. Se muere por fumar -dijo-. Adelante. Lo siento, cariño -le dijo a Winston-. Pero no debe preocuparse. Usted no se morirá por ser fumador pasivo. Eso sí, si quiere saber más tendrá que pagarme cinco libras.

– Creo que me gustaría que me sorprendieran -dijo Nkata.

– Como guste, querido. -Yolanda inhaló el humo con evidente placer y se acomodó en su trono para mantener una charla apropiada con ellos-. No quiero que ella viva en Putney -dijo-. Bueno, no se trata tanto de Putney como de «ella»… y cerca de «ella». Supongo que me refiero a que viva en su casa.

– ¿Usted no quería que Jemima viviera en la casa de la señora McHaggis?

– Correcto. -Yolanda dejó caer la ceniza al suelo, que estaba cubierto con una alfombra persa, aunque ese detalle no pareció preocuparla-. Las casas donde ha muerto alguien necesitan ser descontaminadas. Hay que quemar salvia en todas las habitaciones. No es suficiente con agitarla mientras se recorre toda la casa. Y no me refiero a la salvia que se puede comprar en el mercado. Uno no coge un paquete del estante de las hierbas secas en Sainsbury's y pone una cucharadita en un cenicero, y luego lo enciende y ya está. De ninguna jodida manera. Hay que conseguir salvia de verdad, liarla bien y prepararla para que arda. Luego se enciende y se dicen las oraciones adecuadas. Entonces se liberan los espíritus que necesitan ser liberados y el lugar queda purificado de la muerte y, sólo entonces, es saludable y adecuada para que una persona retome su vida en ese lugar.

Winston, según pudo comprobar Barbara, estaba apuntando todo lo que ella decía como si tuviese la intención de detenerse en alguna parte para conseguir los descontaminantes apropiados.

– Lo siento, señora Price, pero… -dijo Barbara.

– Yolanda, por el amor de Dios.

– De acuerdo: Yolanda. ¿Se refiere a lo que le pasó a Jemima Hastings?

Yolanda pareció desconcertada.

– Me refiero a que ella vive en una «casa de muerte». McHaggis (me pregunto si hubo alguna vez una mujer con un nombre más apropiado) [14] es viuda. Su esposo murió en esa casa.

– ¿En circunstancias sospechosas?

Yolanda carraspeó.

– Eso habrá que preguntárselo a McHaggis. Yo puedo ver la infección que rezuma a través de la ventana cada vez que paso frente a la casa. Le dije a Jemima que debía marcharse de allí. Y está bien, lo admito, tal vez fui demasiado insistente en cuanto a eso.

– ¿Y ése podría haber sido el motivo de que llamasen a la policía? -preguntó Barbara-. ¿Quién los llamó? Lo pregunto porque sabemos que a usted la advirtieron de que dejase de acosar a Jemima. Según nuestra información…

– Esa es una interpretación, ¿verdad? No hice más que expresar mi preocupación. El asunto fue a más, de modo que volví a expresarla. Tal vez he sido un poco… Oh, quizá llevé las cosas demasiado lejos, tal vez estuve acechando un poco delante de la casa, pero ¿qué se suponía que debía hacer? ¿Permitir que ella languideciera? Cada vez que la veo, eso está más encogido, y, así pues, ¿debo quedarme de brazos cruzados y dejar que suceda? ¿Sin decir nada?

– Eso está más encogido -dijo Barbara-. ¿«Eso» vendría a ser…?

– Su aura -intervino servicialmente Nkata, que ya estaba por encima de la situación.

– Sí -confirmó Yolanda-. Cuando conocí a Jemima, estaba resplandeciente. Bueno, no como usted, querido -le dijo a Nkata-, pero sí de un modo más marcado que la mayoría de la gente.

– ¿Cómo la conoció? -preguntó Barbara. Ya estaba bien de auras, decidió, ya que Winston empezaba a mostrarse decididamente satisfecho de sí mismo en este asunto.

– En la pista de patinaje sobre hielo. Bueno, no en la pista de patinaje sobre hielo propiamente. Más bien a partir de la pista de patinaje sobre hielo. Abbott fue quien nos presentó. Abbott y yo solemos tomar café de vez en cuando en el bar. Y también me encuentro con él cuando hago las compras. Él tiene un aura bastante agradable…

– De acuerdo -musitó Barbara.

– Y como sufre tanto a causa de sus esposas (bueno, me refiero a sus ex esposas), me gusta decirle que no debe preocuparse tanto. Un hombre sólo puede hacer lo que puede, ¿eh? Y si no gana suficiente dinero como para mantenerlas a todas, no tiene que ir de cabeza a la tumba por eso. Él hace lo que puede. Imparte clases, ¿verdad? Pasea perros en el parque. Da clases particulares de lectura a los críos. ¿Qué más esperan de él esas tres zorras?

– Qué más, efectivamente -dijo Barbara.

– ¿Quién sería este tío? -preguntó Winston.

Abbott Langer, aclaró Yolanda. Era instructor en el Queen's Ice & Bowl, que estaba justo un poco más arriba de la calle del mercado donde ahora se encontraban.

Resultó que Jemima Hastings había estado tomando clases de patinaje sobre hielo con Abbott. Yolanda les había encontrado a ambos tomando una taza de café después de la clase en el café ruso que había en el mismo mercado. Abbott fue quien las presentó. Yolanda se quedó admirada del aura de Jemima…

– Apuesto a que sí -masculló Barbara.

Le había hecho a Jemima unas cuantas preguntas que estimularon la conversación que, a su vez, impulsó a Yolanda a entregarle su tarjeta profesional. Y eso fue todo.

– Ella vino a verme tres o cuatro veces -dijo Yolanda.

– ¿Por qué motivo?

La médium consiguió dar una calada al cigarrillo y parecer horrorizada al mismo tiempo.

– No hablo acerca de mis clientes -dijo-. Lo que ocurre aquí dentro es confidencial.

– Necesitamos una idea general…

– Oh, no necesitan solamente eso. -Dejó escapar una fina columna de humo-. Generalmente, ella es como todos los demás. Quiere hablar acerca de un tío. Bueno, como todas. Es siempre acerca de un tío, ¿eh? ¿Lo hará él? ¿No lo hará él? ¿Lo harán ellos? ¿No lo harán ellos? ¿Debería? ¿No debería? Mi preocupación, sin embargo, es esa casa donde vive, pero ¿ha querido alguna vez oír hablar de eso? ¿Ha querido alguna vez oír hablar acerca de dónde debería estar viviendo?

– ¿Y dónde debería ser eso? -preguntó Barbara.

– No en esa casa, desde luego. Veo peligro allí. Incluso le he ofrecido un lugar conmigo y mi esposo, por un precio tirado. Tenemos dos habitaciones libres…, y ambas han sido purificadas, pero ella no ha querido dejar a McHaggis. Reconozco que quizá puedo haber sido un poco insistente en este asunto. Quizá me pasé en alguna ocasión por allí para hablarle de ello. Pero lo hice sólo porque ella necesita salir de ese lugar y ¿qué tengo que hacer yo al respecto? ¿No decir nada? ¿Dejar que sea lo que Dios quiera? ¿Esperar a que pase lo que tiene que pasar?

A Barbara se le ocurrió entonces que Yolanda no había caído en la cuenta de que Jemima estaba muerta, algo que resultaba bastante curioso, ya que era supuestamente una médium y ahí estaba la poli haciendo preguntas sobre uno de sus clientes. Por una parte, el nombre de Jemima no había sido notificado a los medios de comunicación, puesto que aún no habían localizado a nadie de su familia. Por otra parte, si Yolanda mantenía conversaciones con el padre de Barbara, ¿el espíritu de Jemima no estaría también profiriendo gritos desde el otro mundo?

Barbara miró fijamente a Nkata tomando en cuenta el asunto de su padre. ¿Acaso el muy cabrón se había encargado de encontrar a Yolanda y la había llamado previamente para proporcionarle detalles de su vida? Ella lo creía capaz de eso y de mucho más. Tendría que reírse.

– Yolanda -dijo-, antes de que sigamos adelante, creo que necesito aclararle algo: Jemima Hastings está muerta. La asesinaron hace cuatro días en el cementerio de Abney Park, en Stoke Newington.

Silencio. Y luego, como si tuviese el trasero en llamas, la médium se levantó como un rayo. Se tambaleó hacia atrás. Dejó caer el cigarrillo sobre la alfombra y lo apagó con el pie -al menos Barbara esperó que lo hubiese apagado, ya que no le gustaban los incendios- y extendió los brazos. Comenzó a gritar como si estuviese al borde de la muerte, diciendo: «¡Lo sabía! ¡Lo sabía! ¡Oh, perdonadme, Inmortales!». Y luego cayó directamente encima de la mesa con los brazos aún extendidos. Una mano tendida hacia Nkata y la otra hacia Barbara. Al no entender lo que quería, Yolanda golpeó las palmas contra la tabla de la mesa y luego volvió las manos hacia ellos.

Se suponía que debían cogerlas.

– ¡Ella está aquí, entre nosotros! -exclamó Yolanda-. Oh, dime, amado. ¿Quién? ¿Quién?

Comenzó a gemir. Jesús bendito.

Barbara miró a Winston, llena de espanto. ¿Debían de llamar a alguien y pedir ayuda? ¿Cero, sesenta y nueve? ¿Debían echarle agua? ¿Había salvia a mano en alguna parte?

– Oscuro como la noche -susurró Yolanda con una voz más ronca que antes-. Él es oscuro como la noche.

Bueno, debía serlo, pensó Barbara, aunque sólo fuese porque siempre lo eran.

– Asistido por su compañero el sol, cae encima de ella. Lo hacen juntos. Él no estaba solo. Puedo verle. Puedo verle. ¡Oh, mi amado!

Luego lanzó un grito y se desmayó. O pareció que se desmayaba.

– ¡Joder! -susurró Nkata. Miró a Barbara en busca de instrucciones.

Ella quería decirle que era él el del aura brillante, de modo que más valía que supiera qué coño hacer. Pero, en lugar de eso, se levantó. Nkata hizo lo mismo y, entre los dos, colocaron el trono de Yolanda en su sitio, la sentaron allí y le colocaron la cabeza entre las piernas.

Cuando Yolanda se recuperó, lo que sucedió con una rapidez que sugería que no se había desmayado, comenzó a gimotear acerca de McHaggis, la casa, Jemima, las preguntas de Jemima sobre… «Me ama, Yolanda, es él mi hombre, Yolanda, debería ceder y hacer lo que me pide, Yolanda». Pero aparte de gimotear «oscuro como la noche que me cubre», que a Barbara le sonaba sospechosamente a un verso conocido, no fue capaz de transmitir nada más. Sí dijo que Abbott Langer probablemente supiese algo más, porque Jemima había asistido regularmente a clases de patinaje, y él se había sentido impresionado con su devoción por el hielo.

– Es esa casa -dijo Yolanda-. Traté de advertirle acerca de esa casa.

* * *

No fue difícil encontrar a Abbott Langer. El Queen's Ice & Bowl estaba un poco más arriba de la calle, tal como había dicho la médium. Como su nombre sugería, el lugar combinaba los placeres de la bolera y del patinaje sobre hielo. También ofrecía una galería de videojuegos, un bar de comidas y un nivel de ruido garantizado para provocar migrañas en personas previamente inmunes a ellas. El ruido procedía de todas direcciones y comprendía una absoluta cacofonía de sonidos: música rock de la zona de la bolera; chillidos, pitidos, estallidos, timbres y campanillas de la galería de videojuegos; música de baile de la pista de patinaje sobre hielo; gritos y alaridos de los patinadores en la pista. La época del año era la causa de que el lugar estuviese abarrotado de niños con sus padres y adolescentes que necesitaban un lugar donde pasar el tiempo, enviarse mensajes de texto y, aparte de eso, parecer enrollados. Asimismo, debido al hielo, estar dentro del edificio era muy agradable, y eso atraía a más gente de la calle, aunque sólo fuera para bajar la temperatura corporal.

En la pista de hielo había quizá cincuenta personas, la mayoría de ellas aferradas a las barandillas de los laterales. La música -al menos lo que podía oírse de ella por encima del ruido ensordecedor- parecía destinada a estimular suaves golpes con los pies, pero no parecía dar resultado. Nadie, observó Barbara, excepto los instructores de patinaje, llevaba el ritmo. Y había tres, visibles gracias a los chalecos amarillos que llevaban. Eran los únicos capaces de patinar hacia atrás, algo que a Barbara le parecía una proeza admirable.

Winston y ella se quedaron junto a la barandilla y observaron el espectáculo durante unos minutos. Entre los patinadores había varios niños que parecían estar tomando lecciones en una zona reservada para ellos en el centro de la pista. La clase la impartía un hombre alto con el cabello en forma de casco que le asemejaba a un imitador de Elvis. Era mucho más grande que alguien a quien se asocia con un patinador sobre hielo, más de metro ochenta y con la complexión de una nevera: en absoluto gordo, pero sólido. Era difícil no advertir su presencia, no sólo debido al pelo, sino porque -a pesar de su corpulencia- era notablemente ágil con los pies. Resultó ser Abbott Langer, y se reunió enseguida con ellos a un lado de la pista cuando otro de los instructores fue a avisarle que le buscaban.

Tenía que acabar la clase que estaba impartiendo, dijo. Podían esperarle allí -«Miren esa niña vestida de rosa… Conseguirá la medalla de oro»- o en el bar de comidas.

Barbara y Winston eligieron el bar de comidas. Como ya había pasado la hora del té y ella ni siquiera había almorzado, Barbara eligió un bocadillo de jamón y ensalada con mayonesa, patatas fritas con sal y vinagre, una crepe, una barra de chocolate Kit-Kat y una Coca-Cola para bajarlo todo. Winston -¿cómo iba a sorprenderse por eso?- eligió un zumo de naranja.

Ella le miró con el ceño fruncido.

– ¿Alguien te ha hablado alguna vez de tus asquerosos hábitos personales? -le preguntó. Él negó con la cabeza.

– Sólo sobre mi aura -dijo Winston-. Esa es tu cena, ¿verdad?

– ¿Te has vuelto loco? Aún no he almorzado.

Abbott Langer se les añadió cuando Barbara estaba terminando su comida. Había colocado protecciones en las cuchillas de sus patines. Dentro de media hora tenía que dar otra clase, dijo. ¿Qué podía hacer por ellos?

– Venimos de hablar con Yolanda -dijo Barbara.

– Ella es completamente legal -dijo Abbott inmediatamente-. ¿Se trata de una referencia? ¿Pensaban utilizarla? ¿Como en la tele?

– Ah…, no -dijo Barbara.

– Nos envió a hablar con usted sobre Jemima Hastings -dijo Winston-. Está muerta, señor Langer.

– ¿Muerta? ¿Qué ha ocurrido? ¿Cuándo murió?

– Hace unos días. En Abney…

Abbott abrió los ojos como platos.

– ¿Es la mujer del cementerio? Vi la noticia en los periódicos, pero no había ningún nombre.

– No se publicará ningún nombre hasta que no hayamos contactado con su familia -dijo Nkata.

– Bueno, no puedo ayudarles con eso. No sé nada de su familia. -Apartó la vista en dirección a la pista de hielo, en uno de cuyos extremos se había producido una colisión múltiple. Los instructores se apresuraban a ayudar a los caídos-. Dios, eso es terrible, ¿verdad? -Volvió la vista hacia ellos-. Asesinada en un cementerio.

– Lo es -dijo Barbara.

– ¿Pueden decirme cómo…?

Lo sentían. No podían. Normas, trabajo policial, las reglas de la investigación. Habían acudido a la pista de hielo para recabar información sobre Jemima Hastings. ¿Cuánto tiempo hacía que la conocía? ¿La conocía bien? ¿Cómo se habían conocido?

Abbott lo pensó un momento.

– El Día de San Valentín. Lo recuerdo porque ella trajo globos para Frazer. -Vio que Nkata escribía en su libreta de notas y añadió-: Es el tío que se encarga de entregar los patines alquilados. Junto a las taquillas. Frazer Chaplin. Al principio pensé que era una especie de mensajera. ¿Saben a lo que me refiero? Una chica que hacía una entrega de globos de San Valentín de parte de la novia de Frazer. Pero resultó que ella era la nueva novia (o, al menos, era su intención), y había venido para darle una sorpresa. Nos presentaron y estuvimos hablando unos minutos. Se mostró muy entusiasmada con tomar lecciones, de modo que quedamos en encontrarnos para hablar de ello. Tuvimos que ajustamos con sus horarios, pero no fue difícil. Bueno, yo no tuve problemas para adaptarme. Tengo tres ex esposas y cuatro hijos en total, de modo que no rechazo a los clientes que pagan.

– ¿Lo hubiera hecho en otra situación? -preguntó Barbara.

– ¿Rechazarla? No, no. Bueno, quiero decir que quizá lo habría hecho si mis circunstancias hubiesen sido diferentes (debido a mis ex esposas y los niños). De todos modos, ella acudía regularmente a las clases, a su hora, y siempre pagaba. No podía quejarme porque su mente pareciera estar en otras cosas cuando venía aquí, ¿no cree?

– ¿Qué clase de cosas? ¿Lo sabe?

Parecía el tipo de hombre que estaba a punto de decir que odiaba hablar mal de los muertos, pero dijo:

– Supongo que era algo relacionado con Frazer. Creo que las lecciones eran sólo una excusa para estar cerca de él, y por eso no podía concentrarse en lo que hacía. Frazer tiene algo que atrae a las mujeres, y cuando se sienten atraídas, él, desde luego, no las rechaza, ya saben.

– En realidad, no lo sabemos -dijo Barbara. Una mentira, naturalmente, pero en aquel momento necesitaban todos los detalles que pudiesen reunir.

– De vez en cuando tiene líos -dijo Abbott con delicadeza-. No quiero que me malinterpreten, siempre va con mujeres adultas, ninguna menor ni nada por el estilo. Ellas devuelven sus patines y hablan un momento con él, le dejan una tarjeta o una nota o algo así, y…, bueno, ya sabe. Frazer sale un tiempo con una, un tiempo con otra. A veces llama a su empleo nocturno (trabaja como barman en un hotel de lujo) para decir que llegará tarde. Entonces, aprovecha y pasa unas horas con una de ellas. No es mal tío. Es sólo su manera de ser.

– ¿Y Jemima tenía idea de lo que pasaba?

– Una sospecha. Las mujeres no son estúpidas. Pero el problema para Jemima era que Frazer trabaja aquí en el primer turno, y ella sólo podía venir por las tardes o cuando tenía el día libre en el trabajo. De modo que eso le permitía a Frazer estar más o menos disponible para mujeres que querían flirtear con él… o algo más.

– ¿Cuál era la relación que mantenía usted con Jemima? -preguntó Barbara, ya que se dio cuenta de que los murmullos de Yolanda, a pesar de que quería ignorarlos, podían aplicarse muy bien a este hombre, con su mata de pelo negro «oscuro como la noche».

– ¿La mía? -preguntó con las puntas de los dedos apoyadas en el pecho-. Oh, jamás me lío con mis alumnas de patinaje. Eso no sería ético. Y, en cualquier caso, tengo tres ex esposas y…

– Cuatro hijos, sí -dijo Barbara-. Pero supongo que tener una aventura no le hace mal a nadie. Si una mujer estaba disponible y no había ningún compromiso…

El patinador se sonrojó.

– No voy a negar que era una mujer atractiva. Lo era. En un sentido nada convencional, ¿sabe?, con esos ojos que tenía. Un poco pequeña, con poca carne. Pero tenía una simpatía auténtica, no como la típica londinense. Sospecho que un tío podría haber interpretado mal esa característica si hubiera querido.

– Usted, sin embargo, no lo hizo.

– Si tres veces no consiguieron hechizarme, no estaba dispuesto a intentarlo una cuarta vez. No he tenido suerte en el matrimonio. Creo que el celibato me mantiene a salvo de una complicación amorosa.

– Pero una vez abonado el terreno, supongo que podría haber tenido a Jemima -sugirió Barbara-. Después de todo, tener una aventura no implica que tenga que casarse.

– Abono o no, yo no lo habría intentado. Es posible que hoy en día una aventura no tenga por qué acabar en boda, pero tenía la sensación de que ése no era el caso con Jemima.

– ¿Está diciendo que ella iba detrás de Frazer para casarse con él?

– Estoy diciendo que ella quería casarse, punto. Tenía la impresión de que podría haber sido Frazer, pero también podría haber sido cualquier otro tío.

* * *

A esa hora, Frazer Chaplin ya no estaba en el Queen's Ice & Bowl, pero eso no era ningún problema. El nombre no era nada común. No podía haber dos Frazer Chaplin en la ciudad. Debía de ser el mismo tipo que vivía en la casa de Bella McHaggis, le dijo Barbara a Nkata. Tenían que hablar con él.

Mientras atravesaban la ciudad, Barbara puso a Winston al corriente de las reglas establecidas por Bella McHaggis en relación con la confraternización entre los inquilinos de su casa. Si Jemima Hastings y Frazer Chaplin habían estado liados, su casera lo ignoraba, o bien había hecho la vista gorda porque tenía sus razones, algo que Barbara dudaba seriamente.

Cuando llegaron a Putney, Bella McHaggis entraba en su casa con un carrito de la compra medio lleno de periódicos. Cuando Nkata aparcó el coche, la señora McHaggis comenzó a descargar su carrito dentro de uno de los grandes cubos de plástico que tenía en el jardín delantero de la casa. Estaba aportando su granito de arena por el medioambiente, les informó cuando ambos atravesaron la entrada. Los putos vecinos no reciclaban una jodida cosa si ella no insistía e insistía con ese asunto.

Barbara emitió un adecuado murmullo de solidaridad y luego preguntó si Frazer Chaplin estaba en casa.

– Este es el sargento Nkata -añadió a modo de presentación.

– ¿Qué quieren de Frazer? -preguntó Bella-. Es con Paolo con quien deberían hablar. Lo que encontré lo encontré en su armario, no en el de Frazer.

– ¿Cómo dice? -preguntó Barbara-. Mire, ¿podemos entrar, señora McHaggis?

– Cuando haya terminado mi trabajo aquí -dijo Bella-. Algunas cosas son importantes para algunas personas, señorita.

Barbara tuvo la tentación de decirle a la mujer que el asesinato era sin duda una de esas cosas, pero, en cambio, puso los ojos en blanco en dirección a Nkata mientras Bella McHaggis volvía a su tarea de descargar los periódicos del carrito de la compra. Una vez que hubo terminado les dijo que la siguieran dentro de la casa. Acababan de cruzar la puerta -con sus listas de reglas y sus carteles acerca de la presencia de la dueña en la propiedad- cuando Bella los informó acerca de la prueba que había encontrado y exigió saber por qué no habían enviado a alguien de inmediato a recogerla.

– Llamé a ese número, sí señor. El que aparece en el Daily Mail y en el que se pide información. Pues bien, yo tenía información, ¿verdad?, y una pensaría que vendrían y harían una o dos de sus preguntas sobre ese asunto. Y pensé que vendrían corriendo.

Bella los condujo al comedor, donde la cantidad de diferentes periódicos que había extendido encima de la mesa sugería que estaba siguiendo de cerca el progreso de la investigación. Les dijo que debían sentarse y esperar allí mientras iba a buscar lo que ellos querían. Cuando Barbara le dijo que lo que ellos querían era hablar con Frazer Chaplin si estaba en casa, Bella dijo:

– Oh, no sea tan ingenua. Es un hombre, pero no es tonto, sargento. ¿Ha hecho algo con respecto a esa médium? Llamé a la Policía para hablarles de ella. La sorprendí merodeando otra vez por mi propiedad. Allí estaba, en carne y hueso.

– Hemos hablado con Yolanda -dijo Barbara.

– Gracias a Dios. -Bella pareció aplacarse en el tema de Frazer Chaplin, pero entonces su rostro se alteró mientras realizaba el salto mental desde lo que Barbara acababa de decir hasta lo que Barbara y Winston Nkata querían: tener una conversación con Frazer-. Esa jodida vaca loca. Ella les dijo alguna cosa sobre Frazer, ¿verdad? Les dijo algo que les ha traído hasta aquí para arrestarle. Bien, no pienso aceptarlo. No con Paolo y sus cinco compromisos matrimoniales, y el haber traído a Jemima aquí como huésped, y esa discusión que tuvieron. Es sólo una amiga, me dice, y ella asiente y luego ya ven lo que pasa.

– Permita que le aclare que Yolanda no nos dijo nada acerca de Frazer Chaplin -dijo Barbara-. Hemos venido a verle por otra cosa. De modo que si fuese a buscarle… Porque si él no está aquí…

– ¿Qué otra cosa? No hay… Oh, esperen aquí y se lo demostraré.

Bella abandonó el comedor. Oyeron que subía la escalera. Cuando se hubo marchado, Winston miró a Barbara.

– Me ha parecido que debería haberle dedicado un saludo marcial o algo así.

– Es todo un personaje -reconoció Barbara. Luego añadió-: ¿Has oído que corría el agua? ¿Es posible que Frazer se estuviese duchando? Su habitación está debajo de nosotros. El apartamento del sótano. No parece que Bella quiera que le veamos, ¿verdad?

– ¿Le está protegiendo? ¿Crees que Frazer le gusta?

– Coincide con lo que Abbott dijo acerca de Frazer y las mujeres.

Bella regresó y traía consigo un sobre blanco. Con el gesto triunfal de una mujer que les ha superado en su propio terreno, les dijo que echaran un vistazo a eso. «Eso» resultó ser un fino tubo de plástico con un trozo de papel que sobresalía de uno de los extremos y con una zona acanalada en el otro. En el medio había dos pequeñas ventanas, una redonda y otra cuadrada. El centro de cada de una de ellas estaba coloreado con una delgada línea azul, una horizontal y otra vertical. Barbara nunca había visto uno antes -ella apenas había estado en situación de necesitarlo-, pero sabía qué era lo que estaba mirando y, aparentemente, Winston también.

– Una prueba de embarazo -anunció Bella-. Y no estaba entre las pertenencias de Jemima. Estaba con los objetos personales de Paolo. De Paolo. Bueno, yo diría que Paolo no se estaba haciendo una prueba de embarazo a sí mismo, ¿verdad?

– Probablemente no -convino Barbara-. Pero ¿cómo sabe que es de Jemima? Porque supongo que eso es lo que está pensando, ¿verdad?

– Es obvio. Ellos compartían el cuarto de baño, y el retrete del cuarto de baño. Ella se lo dio a Paolo, o bien, lo que es más probable, él lo vio en la basura y lo cogió, y eso explica la pelea que tuvieron. Oh, él dijo que se debió a un malentendido, que Jemima había colgado su ropa interior en el baño, y ella dijo que había sido por esa típica discusión entre hombres y mujeres sobre la tabla del retrete levantada, pero le diré que tuve un presentimiento sobre ellos desde el principio. Eran dos mosquitas muertas, amigos del trabajo en Covent Garden. Dio la casualidad de que yo disponía de una habitación desocupada y, casualmente, él conocía a alguien que estaba buscando una habitación y «podría traerla, señora McHaggis. Ella parece una chica muy agradable», dice él. Y allí estaba yo, dispuesta a creerles a los dos mientras ellos se mudaban furtivamente al piso de abajo, haciéndolo como conejos a mis espaldas. Bueno, permítame que le diga ahora mismo que, si no hubiese muerto, se habría marchado de esta casa. Fuera. Terminado. A la calle.

Justo donde Yolanda la quería, pensó Barbara. Tanto mejor, pero la médium difícilmente habría entrado subrepticiamente en la casa para plantar una prueba de embarazo en el cuarto de baño ante la mínima posibilidad de que Bella McHaggis encontrase el chisme, atara cabos y la expulsara de su casa. ¿O sí?

– Tendremos eso en cuenta -dijo Barbara.

– Por supuesto que lo tendrán jodidamente en cuenta -dijo Bella-. Es un móvil alto, claro, sin ninguna duda. De tamaño natural. Justo delante de sus narices. -Se inclinó sobre la mesa, la palma apoyada en la portada del Daily Express-. Ha estado comprometido para casarse cinco veces. Cinco veces. ¿Qué nos dice eso sobre él? Bueno, les diré lo que nos dice: desesperación. Y «desesperación» implica un hombre que no se detendrá ante nada.

– ¿Y está hablando de…?

– Paolo di Fazio. ¿De quién si no?

De cualquier otro hombre, pensó Barbara, que se dio cuenta de que Winston estaba pensando exactamente lo mismo. Sí, de acuerdo, dijo, hablarían con Paolo di Fazio.

– Espero que lo hagan. Tiene un estudio en alguna parte, un lugar donde hace sus esculturas. Si quieren saber mi opinión, creo que arrastró a esa pobre chica a ese lugar y le hizo cosas horribles, y que luego se deshizo del cadáver…

Sí, sí, lo que sea. Todo esto será comprobado, le aseguró Barbara, señalando a Winston para indicar que había estado tomando nota escrupulosamente de todo lo que ella les había dicho. Hablarían con todos los huéspedes, y eso incluía a Paolo di Fazio. Ahora bien, en cuanto a Frazer Chaplin…

– ¿Por qué quiere meter a Frazer en esto? -preguntó Bella.

«Precisamente porque usted no quiere hacerlo», pensó Barbara.

– Se trata de acabar con todas las posibilidades. Es lo que hacemos.

Era una parte inherente a su trabajo. Lo llamaban «REE»: rastrear, entrevistar, eliminar.

Mientras Barbara hablaba, la puerta que llevaba al apartamento del sótano se abrió, luego se cerró y una voz agradable dijo desde abajo:

– Ya me marcho, señora McH.

Winston se levantó. Salió al corredor que conducía hacia la parte trasera de la casa y llamó:

– ¿Señor Chaplin? Soy el sargento Nkata. Nos gustaría hablar un momento con usted, por favor.

Pasó un momento. Y después:

– ¿Puedo llamar al Dukes para avisar? Me esperan en el trabajo dentro de media hora.

– No nos llevará mucho -dijo Nkata.

Frazer siguió a Nkata al comedor, lo que permitió que Barbara echara un vistazo de cerca al hombre. «Oscuro como la noche.» Otro más, pensó. No era que quisiera dar crédito a los desvaríos de Yolanda. Pero aun así… El tío era un escollo más y no se le podía dejar sin estudiar.

Aparentaba unos treinta años. La piel aceitunada mostraba marcas de viruela, pero ese detalle no distraía, y aunque su barba incipiente y oscura habría podido cubrir las cicatrices si la dejaba crecer, Frazer había sido listo al no hacerlo. Tenía aspecto de pirata y parecía ligeramente peligroso, un rasgo que, Barbara lo sabía, algunas mujeres encuentran muy atractivo.

Él la miró durante un instante y luego asintió con la cabeza. Llevaba un par de zapatos en la mano y se sentó a la mesa para calzárselos. Se ató los cordones mientras rechazaba con un «no, gracias» la taza de té que le ofrecía Bella McHaggis. Fue un ofrecimiento que, de forma deliberada, no hizo extensivo a los otros dos. Su atención hacia el hombre -le llamaba «querido»- sumado a lo que Abbott les había explicado sobre el efecto que ejercía en las mujeres provocó que Barbara quisiera sospechar de él en el acto. No era exactamente una buena manera de ejercer el oficio policial, pero sentía una aversión instantánea hacia los hombres como aquel sujeto porque tenía en el rostro una de esas expresiones inconfundibles de «yo-sé-lo-que-quieres-y-lo-tengo-aquí-en-mis-pantalones». No importaba la diferencia de edad, si él se lo estaba haciendo a Bella furtivamente, no era de extrañar que ella estuviese atontada.

Y lo estaba. Eso resultaba evidente, mucho más allá del «querido» y el «amor». Bella miraba a Frazer con una expresión cariñosa que Barbara podría haber considerado maternal, si no fuera una policía que había visto casi todas las variedades de los enredos humanos en los años que llevaba en el cuerpo.

– La señora McH me ha contado lo de Jemima -dijo Frazer-, que ella es la mujer que apareció muerta en el cementerio. Querrán saber lo que yo sé y se lo explicaré con mucho gusto. Espero que Paolo piense del mismo modo, como todos los que la conocieron. Es una chica encantadora.

– Era -dijo Barbara-. Está muerta.

– Lo siento. Era. -Su expresión era algo entre imperturbable y solemne. Barbara se preguntó si ese tío sentía realmente algo ante el hecho de que su compañera de la pensión hubiese sido asesinada. Por alguna razón, lo dudada.

– Tenemos entendido que usted no le resultaba indiferente -dijo Barbara. Winston cumplía con su papel con la libreta de notas y el lápiz, pero no perdía de vista ningún movimiento de Frazer-. Los globos del Día de San Valentín y todos los etcéteras.

– ¿Y cuáles serían esos etcéteras? Porque, tal como yo lo veo, estoy seguro de que no es ningún crimen regalar media docena de inocentes globos.

Bella McHaggis entornó los ojos ante la mención de los globos. Su mirada fue desde la Policía hasta su inquilino. Frazer dijo:

– No hay nada de qué preocuparse, señora McH. Dije que no cometería dos veces el mismo error, y le doy mi palabra de que no lo hice.

– ¿Cuál sería ese error? -preguntó Barbara.

Frazer se acomodó en su asiento. Barbara advirtió que adoptaba una postura de piernas abiertas. Uno de esos tipos a los que les gusta exhibir las joyas de la familia.

– En una ocasión tuve una pequeña aventura amorosa con una chica que vivía aquí -dijo-. Estuvo mal, lo sé, y cumplí mi penitencia. La señora McH no me echó a patadas como, por otra parte, podría haber hecho, y se lo agradezco mucho. De modo que no pensaba volver a comportarme como el hijo descarriado.

Considerando lo que Abbott les había contado de Frazer -si les había dicho la verdad-, Barbara tenía sus dudas en cuanto a la sinceridad de sus palabras en este asunto.

– Tengo entendido que tiene dos trabajos, señor Chaplin -dijo-. ¿Podría decirme dónde está empleado, además de trabajar en la pista de hielo?

– ¿Por qué? -Bella McHaggis fue quien hizo la pregunta-. ¿Qué tiene eso que ver con…?

– Es sólo una cuestión de procedimiento -le dijo Barbara.

– ¿Qué clase de procedimiento? -insistió Bella.

– No pasa nada, señora McH -dijo Frazer-. Sólo hacen su trabajo.

Frazer les dijo que trabajaba tardes y noches en el hotel Dukes, en Saint James. Era el barman; lo había sido durante los últimos tres años.

– Qué trabajador -observó Barbara-. Dos empleos.

– Estoy ahorrando -dijo-. No creo que eso sea un crimen.

– ¿Ahorrando para qué?

– ¿Por qué eso es tan importante? -preguntó Bella-. Verá…

– Todo es importante hasta que deja de serlo -dijo Barbara-. ¿Señor Chaplin?

– Emigrar -dijo.

– ¿A…?

– Auckland.

– ¿Por qué?

– Pienso abrir un pequeño hotel. Un encantador hotel-boutique, para ser más preciso.

– ¿Alguien le está ayudando a ahorrar?

Frazer frunció el ceño.

– ¿A qué se refiere?

– ¿Alguna joven, quizás, que contribuye a ese fondo para el hotel, haciendo planes, pensando que será incluida en el proyecto?

– Supongo que está hablando de Jemima.

– ¿Por qué esa conclusión tan precipitada?

– Porque si fuese de otro modo no mostraría el menor interés. -Sonrió. Luego añadió-: A menos que usted quisiera contribuir.

– No, gracias.

– Pobre de mí. Se une usted a todas las otras mujeres que permiten que junte mis ahorros sin ayuda de nadie. Y eso incluiría a Jemima. -Se palmeó los muslos en un gesto de punto final y se levantó de la silla-. Como ha dicho que esto sólo llevaría un momento, y como tengo otro trabajo que atender…

– Vete ya, cariño -dijo Bella McHaggis. Luego añadió de manera expresiva-: Si hay algún otro asunto que tratar aquí, yo me encargaré de todo.

– Gracias, señora McH -dijo Frazer, que le apretó ligeramente el hombro.

Bella pareció complacida con ese contacto. Barbara supuso que formaba parte del «efecto Frazer». Luego les dijo a ambos:

– No abandonen la ciudad. Tengo la sensación de que necesitaremos volver a hablar con ustedes.

* * *

Cuando regresaron a Victoria Street ya había comenzado la reunión informativa vespertina. Barbara se encontró buscando a Lynley cuando entró en la habitación, y luego se sintió irritada por hacerlo. Apenas se había acordado de su antiguo compañero en todo el día y quería que las cosas siguiesen así. Sin embargo, registró su presencia en un extremo de la sala.

Lynley asintió a modo de saludo, y una breve sonrisa elevó apenas las comisuras de su boca. La miró por encima de sus gafas de leer y luego volvió a concentrarse en los papeles que tenía en la mano.

Isabelle Ardery estaba de pie delante de los tableros escuchando el informe de John Stewart. A Stewart y los policías que trabajaban con él se les había encomendado la envidiable tarea de encargarse del enorme volumen de material que habían sacado de la habitación de Jemima Hastings. Por el momento, el inspector hablaba de Roma. Ardery parecía impaciente, como si esperase que apareciera algún dato sobresaliente.

No parecía que eso fuera a ocurrir inmediatamente. Stewart estaba diciendo:

– El común denominador es la invasión. Tenía planos del Museo Británico y del Museo de Londres, y las salas marcadas con un círculo corresponden a los romanos, la invasión, la ocupación, las fortalezas, todos los efectos personales que dejaron atrás. Y también compró un montón de tarjetas postales en ambos museos y un libro titulado Roman Britain.

– Pero dijiste que ella tenía también un plano de la National Gallery y de la Portrait Gallery -señaló Philip Hale. Había estado tomando notas y se refirió a ellas-. Y de la Geffrye, la Tate Modern y la Wallace Collection. Tengo la impresión de que esa mujer estaba haciendo un reconocimiento de Londres, John. Visitando lugares de interés. -Volvió a consultar sus notas-. La casa de sir John Soane, la casa de Charles Dickens, la casa de Thomas Carlyle, la Abadía de Westminster, la Torre de Londres… Tenía folletos de todos esos lugares, ¿verdad?

– Es verdad, pero si queremos encontrar una conexión…

– La conexión es que era una turista, John.

Isabelle Ardery les explicó que el SO7 les había enviado un informe, y había buenas noticias: habían sido identificadas las fibras aparecidas en su ropa. Eran una mezcla de algodón y rayón de color amarillo. No coincidían con ninguna de las prendas que llevaba la mujer, de modo que había una muy buena posibilidad de que tuvieran una conexión más con su asesino.

– ¿Amarillo? -preguntó Barbara-. Abbott Langer. El tío de la pista de patinaje sobre hielo. Lleva un chaleco amarillo. Todos los instructores lo llevan. -Les habló de las lecciones de patinaje sobre hielo que Jemima estaba tomando-. Podría ser que las fibras hubiesen quedado en su cuerpo después de una de esas lecciones.

– Entonces debemos buscar ese chaleco -dijo Ardery-. El de ese tío o el de otro de los instructores. Conseguid a alguien que haga una prueba de tejidos. También disponemos de una curiosa descripción transmitida por teléfono como resultado de toda la publicidad que ha provocado este caso. Al parecer, un hombre de aspecto bastante sucio salió del cementerio de Abney Park en el espacio de tiempo en que Jemima Hastings fue asesinada. Fue visto por una mujer mayor que esperaba el autobús justo en la entrada del cementerio de Church Street. La mujer lo recordaba porque, según dijo (y repito sus palabras) parecía como si se hubiese estado revolcando sobre las hojas, tenía el pelo muy largo y era japonés, chino, vietnamita o -tal como ella lo describió- «uno de esos tipos orientales». Llevaba pantalones negros y alguna clase de caja o algo por estilo (ella pensó que se podía tratar de un maletín), y tenía el resto de la ropa liada debajo del brazo, excepto la chaqueta, que llevaba puesta del revés. Tenemos a alguien con ella para hacer un retrato robot y, si hay suerte, conseguiremos algunos resultados una vez que lo publiquemos. ¿Sargentos Havers y Nkata…?

Nkata asintió mirando a Barbara para que fuese su compañera quien hiciera los honores. Un tío decente, pensó ella, y se preguntó cómo había llegado Winston a ser tan intuitivo y, a la vez, tan completamente despojado de ego.

Presentó su informe: Yolanda, la Médium, un resumen de la historia de Abbott Langer y las lecciones de patinaje sobre hielo, la razón de esas lecciones de patinaje sobre hielo, los globos, la prueba de embarazo -«resultó ser negativa»-, Frazer Chaplin y Paolo di Fazio. Añadió la discusión oída casualmente entre Paolo di Fazio y la víctima, el presunto estudio donde Paolo hacía sus esculturas, la conducta de Frazer con las mujeres, el posible interés no maternal de Bella McHaggis por Frazer, el segundo empleo de Frazer en el hotel Dukes y sus planes para emigrar.

– Comprobad los antecedentes de todos ellos -ordenó Isabelle cuando Barbara acabó su informe.

– Nos pondremos a ello ahora mismo -respondió Barbara.

– No -dijo Ardery-. Les quiero a los dos (usted y la sargento Nkata) en Hampshire. Philip, usted y su gente encárguense de la comprobación de antecedentes.

– ¿Hampshire? -dijo Barbara-. ¿Qué tiene que ver Hampshire…?

Ardery les puso al corriente, resumiendo lo que ellos se habían perdido durante la primera parte de la reunión informativa. El inspector Lynley y ella, dijo, habían encontrado esas cosas, y «Necesito que lleven una de éstas a Hampshire». Le entregó una tarjeta postal. Barbara vio que se trataba de una versión más pequeña de la fotografía de Jemima Hastings que ilustraba el póster de la National Portrait Gallery. En el anverso podía leerse: «¿Ha visto a esta mujer?», escrito con rotulador negro, acompañado de una flecha que indicaba que había que dar la vuelta a la tarjeta. En el reverso habían apuntado un número de teléfono, aparentemente de un móvil.

El número, le informó Ardery, pertenecía a un tío de Hampshire llamado Gordon Jossie. El sargento Nkata y ella debían viajar allí para ver qué tenía que decir el señor Jossie con respecto a este asunto.

– Será mejor que se lleven una bolsa de viaje, porque supongo que esto podría llevar más de un día -dijo.

Esto suscitó los gritos y exclamaciones habituales, comentarios de «Oohh, os vais de vacaciones», y «Coged habitaciones separadas, Winnie». Ante tal panorama, Ardery dijo con tono brusco:

– Ya está bien.

En ese preciso momento Dorothea Harriman entraba en la habitación. Llevaba un papel en la mano, un mensaje telefónico. Se lo entregó a Ardery. Ella lo leyó. Luego alzó la vista y una expresión de satisfacción se dibujó en su rostro.

– Tenemos un nombre para el primer retrato robot -anunció mientras señalaba el tablero donde estaba fijado el primer retrato robot que habían hecho gracias a la descripción de los dos adolescentes que se habían tropezado con el cadáver en el cementerio.

– Uno de los voluntarios que trabaja en el cementerio cree que se trata de un chico llamado Marlon Kay. El inspector Lynley y yo nos ocuparemos de él. En cuanto al resto de vosotros…, ya tenéis vuestras tareas asignadas. ¿Alguna pregunta? ¿No? De acuerdo entonces.

Volverían a empezar por la mañana, les dijo. Hubo varias miradas de sorpresa: ¿una tarde libre? ¿En qué estaba pensando Ardery?

Sin embargo, nadie hizo preguntas, ya que había muy pocos caballos regalados en medio de una investigación. El equipo comenzó a prepararse para abandonar la habitación. Ardery se dirigió a Lynley:

– Thomas, ¿podemos hablar en mi despacho?

Lynley asintió. Ardery abandonó el centro de coordinación. Él, sin embargo, no la siguió de inmediato. Se dirigió al tablón para echar un vistazo a las fotografías reunidas allí, y Barbara aprovechó la oportunidad para acercarse a él. Lynley había vuelto a ponerse las gafas de leer y estaba observando las fotografías aéreas y comparándolas con el diagrama dibujado de la escena del crimen.

– Antes no tuve oportunidad… -dijo Barbara a sus espaldas.

Lynley se volvió del tablón con las fotografías.

– Barbara -dijo, a modo de saludo.

Ella le miró fijamente porque quería leer su expresión, el porqué, el cómo y qué significaba todo.

– Me alegro de que haya vuelto, señor. No se lo dije antes.

– Gracias.

No añadió que era bueno para él que estuviera allí, como podía haber hecho cualquier otra persona. No era bueno estar allí, pensó ella. Sólo formaba parte de seguir adelante.

– Me preguntaba… ¿cómo se manejará ella? -dijo Barbara.

En realidad lo que quería saber era qué significaba que él hubiera regresado a la Met: qué implicaba sobre él, sobre ella, sobre Isabelle Ardery y sobre quién tenía poder e influencia y quién no tenía nada de eso.

– Es obvio. Quiere el trabajo.

– Y usted, ¿está aquí para ayudar a que lo consiga?

– Sólo me pareció que era el momento oportuno. Ella vino a verme a casa.

– De acuerdo. Bien. -Barbara se acomodó el bolso en el hombro. Quería algo más de él, pero no fue capaz de formular la pregunta correspondiente-. Es un poco diferente, eso es todo -dijo al fin-. Me marcho, entonces. Como ya he dicho, es bueno que usted…

– Barbara. -Su voz era grave. También era jodidamente amable. Sabía lo que ella estaba pensando y sintiendo, y «siempre» había sido así, algo que odiaba de ese hombre-. No tiene importancia.

– ¿Qué?

– Esto. En realidad, no tiene importancia.

Mantuvieron uno de esos momentos de duelo de miradas. Él era bueno leyendo, anticipando, entendiendo…, todas esas jodidas habilidades interpersonales que hacían de una persona un buen policía, y de otra persona el elefante metafórico que irrumpe en una cacharrería.

– De acuerdo -dijo ella.

– Sí. Gracias.

Otro momento de miradas encontradas hasta que alguien dijo:

– Tommy, ¿puedes echarle un vistazo…?

Él se volvió. Philip Hale se acercaba a ellos, y ya daba igual. Barbara aprovechó la oportunidad para volatilizarse.

Más tarde, mientras conducía hacia su casa, se preguntó si él era sincero cuando dijo que no tenía importancia. Porque el hecho era que a ella no le gustaba nada que su compañero estuviese trabajando con Isabelle Ardery, aunque no quería pensar demasiado en cuál era la razón de ese disgusto.

Capítulo 12

A la mañana siguiente, y en gran medida a causa de lo que Barbara «no» quería pensar, preparó el bolso para el viaje asegurándose de que ninguna de las prendas que escogía contaría con la aprobación de Isabelle Ardery. Era un trabajo que llevaba poco tiempo y menos necesidad de pensar. Ya había acabado cuando un golpe en la puerta le indicó que había llegado Winston Nkata. Le había sugerido sensatamente que fuesen en su coche, ya que el de ella era poco fiable y, además, acomodar su cuerpo, largo y fuerte, dentro de un viejo Mini Cooper habría significado un viaje penoso para él.

– Está abierto -dijo la mujer, y, acto seguido, encendió un cigarrillo porque necesitaba llenarse de nicotina, puesto que Nkata no permitiría que le arruinase el interior de su Vauxhall perfectamente conservado con humo de cigarrillo, por no hablar -¡qué espanto!- de una microscópica pizca de ceniza.

– Barbara Havers, sabes que tienes que dejar de fumar -anunció Hadiyyah.

Ella se giró del sofá cama donde había colocado su bolso de viaje. Vio no sólo a su pequeña vecina, sino también al padre de Hadiyyah, ambos de pie en la puerta de su minúscula vivienda: Hadiyyah con sus brazos morenos cruzados y un pie adelantado, como si estuviese a punto de empezar a dar golpecitos en el suelo como una maestra enfadada ante una alumna insolente. Azhar estaba detrás de su hija y llevaba en las manos tres cajas de plástico con comida. Las utilizó para gesticular con ellas mientras sonreía.

– Es comida de anoche, Barbara -dijo-. Hadiyyah y yo decidimos que el pollo jalfrezi que hice era uno de mis mejores intentos, y como ella se encargó de hacer los chapatis… ¿Qué tal para tu cena de hoy?

– Magnífico -dijo Barbara-. Definitivamente mejor que los trozos de boloñesa con queso cheddar sobre una tostada, que era lo que tenía planeado para cenar.

– Barbara…

La voz de Hadiyyah era piadosa, incluso al protestar por sus hábitos alimentarios.

– Aunque…

Barbara iba a explicarles que dejaría la comida en la nevera, ya que tenía que marcharse fuera durante unos días. Pero antes de que pudiese continuar con su explicación, Hadiyyah lanzó una exclamación de horror, corrió a través de la habitación y recogió de detrás del televisor algo que Barbara había lanzado allí como al descuido.

– ¿Qué has hecho con tu bonita falda acampanada? -preguntó la niña, agitándola-. Barbara, ¿por qué no la estás usando? ¿No se suponía que debías ponértela? ¿Por qué está detrás del televisor? ¡Oh, mira! Ahora está toda llena de pelusillas de lana.

Barbara dio un respingo. Intentó ganar tiempo cogiendo los recipientes de plástico de manos de Azhar para meterlos en la nevera sin permitir que padre e hija pudiesen ver el estado de su interior, que se parecía a un experimento destinado a crear una nueva forma de vida. Dio una calada al cigarrillo y lo mantuvo sujeto entre los labios mientras conseguía que esta maniobra provocara la caída de la ceniza sobre su camiseta, que le preguntaba al mundo: «¿A cuántos sapos debe besar una chica». La quitó con el dorso de la mano, creando una mancha gris, maldijo en voz baja, y se enfrentó al hecho de que tendría que responder al menos a una de las preguntas de Hadiyyah.

– Tengo que hacerle un arreglo -le dijo a la niña-. Es un poco larga, que fue lo que decidimos cuando me la probé en la tienda, ¿recuerdas? Tú dijiste que debíamos acortarla a mitad de la rodilla, y no es eso, definitivamente no es eso. Que quede colgando alrededor de mis piernas de un modo nada atractivo sí lo es.

– Pero ¿por qué está detrás del televisor? -preguntó Hadiyyah con cierta lógica-. ¿Porque tenías que hacerle un arreglo…?

– Oh. Eso. -Barbara realizó uno o dos ejercicios mentales y dijo-. Olvidaría hacerlo si guardaba la falda en el armario. Pero allí, detrás del televisor… Enciendo la tele y ¿qué es lo que veo? Esa falda, que me recuerda que necesita que la acorten.

Hadiyyah no parecía muy convencida.

– ¿Y qué me dices del maquillaje? Hoy tampoco llevas maquillaje, ¿verdad, Barbara? No puedo ayudarte con eso, ¿sabes? Yo solía observar a mamá todo el tiempo. Ella lleva maquillaje. Mamá lleva toda clase de maquillaje, ¿verdad, papá? Barbara, ¿tú sabías que mi mamá…?

– Ya está bien, khushi -le dijo Azhar a su hija.

– Pero yo sólo iba a decir…

– Barbara está ocupada, como puedes ver. Y tú y yo tenemos que asistir a una clase de urdu, ¿recuerdas? -Luego le dijo a Barbara-: Como hoy tengo sólo una clase en la universidad pensábamos invitarte a que nos acompañaras después de que Hadiyyah acabase su clase. Un viaje por el canal hasta Regent's Park para tomar un helado. Pero parece que… -Señaló el bolso de viaje de Barbara que aún estaba abierto encima del sofá cama.

– Hampshire -dijo ella, y al ver a Winston Nkata, que se acercaba a la puerta de su minúscula casa, que permanecía abierta, añadió-: y aquí está mi cita.

Nkata tuvo que agacharse para entrar y, una vez que estuvo dentro, pareció llenar todo el espacio. Al igual que ella, el sargento se había puesto algo más cómodo que su atuendo habitual. A diferencia de ella, Nkata se las arreglaba para parecer un profesional. Pero, por otra parte, su mentor en temas de vestuario había sido Thomas Lynley, y Barbara nunca podía imaginarse a Lynley con un atuendo mal conjuntado. Nkata llevaba pantalones deportivos y una camisa verde pálido. Los pantalones mostraban unas rayas planchadas que hubiesen hecho llorar de alegría a un militar. De alguna manera, había conseguido atravesar Londres en su coche sin que se formara una sola arruga en la camisa. ¿Cómo era posible algo así?

Al ver a Nkata, Hadiyyah abrió los ojos como platos y su expresión se volvió solemne. El sargento asintió levemente a modo de saludo, mirando a Azhar, y luego le dijo a su hija:

– Supongo que tú debes ser Hadiyyah.

– ¿Qué le pasó en la cara? -preguntó la niña-. Tiene una cicatriz.

– ¡Khushi! -gritó Azhar, espantado. Su rostro delataba una rápida evaluación del visitante de Barbara-. Las niñas bien educadas no…

– Una pelea con cuchillos -le explicó Nkata amablemente. Y luego le dijo a Azhar-: No pasa nada, amigo. Me lo preguntan constantemente. Es difícil no notarlo, ¿verdad, pequeña? -Se agachó para mirarla más de cerca-. Verás, uno de nosotros tenía un cuchillo y el otro llevaba una navaja. Ahora bien, la cuestión es ésta: la navaja es rápida y hace mucho daño. Pero ¿el cuchillo? Al final siempre es el que se lleva el gato al agua.

– Es sin duda un conocimiento muy importante -dijo Barbara-. Muy útil en una guerra entre bandas, Hadiyyah.

– ¿Está en una banda? -preguntó Hadiyyah mientras Nkata recuperaba su estatura completa. La niña alzó los ojos hacia él con una expresión de temor.

– Estuve -dijo él-. De allí viene esto. -Luego miró a Barbara y le preguntó-: ¿Estás lista? ¿Quieres que espere en el coche?

Barbara se preguntó por qué diablos le hacía esa pregunta y qué pensaba Nkata que conseguiría con su inmediata ausencia: ¿una despedida cariñosa entre ella y su vecino? Consideró las razones que podían haber llevado a Winston a pensar semejante cosa y luego se percató de la expresión de Azhar, que delataba un nivel de malestar que no recordaba haber visto jamás en él.

Consultó varias posibilidades sugeridas por tres recipientes de plástico con restos de comida, la lección de urdu de Hadiyyah, un viaje por el canal y la aparición de Winston Nkata en su pequeña casa, y llegó a una conclusión demasiado estúpida como para tenerla en cuenta a la luz del día. Rechazó la idea rápidamente, luego se dio cuenta de que se había referido a Winston como su cita, y eso, combinado con el hecho de que estuviese preparando un bolso de viaje, debió hacer que Azhar -tan correcto como un caballero del periodo de la Regencia – pensara que se marchaba unos días al campo en compañía de su amante alto, guapo, atlético y probablemente exquisito en todo lo necesario en la cama. La sola idea hizo que sintiera ganas de echarse a reír a carcajadas. Ella, Winston Nkata, cenas a la luz de las velas, vino, rosas, romance y un par de noches de revolcones en un hotel saturado de glicinas… Lanzó una breve risa y la disimuló tosiendo.

Presentó rápidamente a los dos hombres: «Tenemos un caso en Hampshire», dijo una vez que hubo dicho el nombre completo de Winston. Se volvió hacia el sofá cama antes de que Azhar respondiese, escuchando que Hadiyyah decía:

– ¿Usted también es policía? ¿Como Barbara, quiero decir?

– Como ella -dijo Nkata.

Barbara se colgó el bolso de viaje al hombro mientras Hadiyyah le decía a su padre:

– ¿Puede venir él también al barco del canal, papá?

– Barbara acaba de decir que deben viajar a Hampshire, khushi -dijo Azhar.

Abandonaron la casa de Barbara todos juntos y se dirigieron hacia la acera. Barbara y Winston caminaban detrás de los otros, pero ella pudo oír que Hadiyyah le preguntaba a su padre:

– Lo olvidé. Lo de Hampshire, quiero decir. Pero y ¿si no fueran allí? ¿Qué pasaría si no fueran, papá? ¿Podría venir él también con nosotros?

Barbara no escuchó la respuesta de Azhar.

* * *

Lynley condujo otra vez el coche de Isabelle. Y, nuevamente, el arreglo le pareció bien. No intentó mantener la puerta abierta para ella -no había vuelto a hacerlo desde que ella le había corregido ese gesto-, y nuevamente concentró toda su atención en la conducción. Ella había perdido la orientación acerca de la zona de Londres donde se encontraban justo al dejar atrás Clerkenwell. Mientras pasaban junto a un parque anónimo, sonó su móvil y contestó la llamada.

– Sandra quiere saber si te apetece hacernos una visita.

Era Bob, hablando sin preámbulos, como era su costumbre. Isabelle se maldijo por no haber comprobado antes el número de la persona que llamaba, aunque, conociendo a Bob, probablemente la estaría llamando desde un teléfono que ella no podría identificar de todos modos. Le encantaba hacer eso. La cautela era su arma principal.

– ¿Qué tenéis pensado? -preguntó, echando una breve mirada a Lynley, quien no le prestaba atención.

– Almuerzo el domingo. Podrías venir a Kent. A los chicos les gustaría que…

– ¿Con ellos, quieres decir? ¿Solos? ¿En el restaurante de un hotel o algo así?

– Obviamente no -dijo él-. Iba a decirte que a los chicos les gustaría que te reunieras con nosotros. Sandra preparará carne asada. Ginny y Kate tienen una fiesta de cumpleaños el domingo, de modo que…

– ¿De modo que seremos nosotros cinco, entonces?

– Bueno, sí. No puedo pedirle a Sandra que se vaya de su propia casa, ¿no crees, Isabelle?

– Un hotel sería mejor. Un restaurante. Un pub. Los chicos podrían…

– Eso no pasará. El almuerzo del domingo con nosotros es mi mejor oferta.

Ella no dijo nada. Contempló lo que pasaba por llamarse el paisaje londinense a medida que discurría junto a ellos: basura en las aceras; fachadas de tiendas descoloridas y con carteles de plástico sucios con el nombre de cada una de ellas; mujeres vestidas con sábanas negras y apenas una ranura para los ojos; tristes despliegues de frutas y verduras fuera de las verdulerías; tiendas de alquiler de vídeos; oficinas de apuestas de la cadena William Hill… ¿Dónde coño estaban?

– ¿Isabelle? ¿Estás ahí? -preguntó Bob-. ¿Te he perdido? ¿La conexión se ha…?

«Sí -pensó ella-. Eso es exactamente. La conexión se ha cortado.» Cerró el móvil. Cuando volvió a sonar un momento después, dejó que sonara hasta que el buzón de voz recogió la llamada. Almuerzo el domingo, pensó. Podía imaginarlo perfectamente: Bob presidiendo el asado, Sandra sonriendo con afectación en algún lugar cercano -aunque la verdad sea dicha, Sandra no sonreía con afectación y era una persona más que decente, por lo que Isabelle le estaba muy agradecida, dentro de lo que cabe-, los gemelos limpios, acicalados y tal vez un tanto perplejos ante esta moderna definición de familia que estaban experimentando con mamá, papá y madrastra reunidos alrededor de la mesa del comedor como si fuese algo que pasaba todos los días de la semana. Rosbif, budín de Yorkshire y col pasados de mano en mano y todos esperando a que los demás se sirvieran y que alguien, quien fuera, bendijera la mesa, porque Isabelle no sabía y no quería saber hacerlo, y «sabía jodidamente bien» que no había ninguna puta posibilidad de que participara de un almuerzo de domingo en la casa de su ex esposo, porque él no tenía buenas intenciones, pretendía castigarla o chantajearla aún más, y ella no podía enfrentarse a eso o a sus hijos.

«No quieres amenazarme. No quieres llevar esto ante un tribunal, Isabelle.»

– ¿Dónde coño estamos, Thomas? -le preguntó con cierta brusquedad-. ¿Cuánto tiempo se tarda en encontrar el camino en este jodido lugar?

Sólo una mirada. Le habían educado demasiado bien como para mencionar la llamada telefónica.

– Será capaz de encontrarlo más rápido de lo que piensa. Sólo tiene que evitar el metro.

– Soy miembro del proletariado, Thomas.

– No fue eso lo que quise decir -dijo él sencillamente-. Me refería a que el metro (el plano del metro de Londres, en realidad) no guarda ninguna relación con el trazado actual de la ciudad. Está impreso de ese modo sólo para que la gente lo entienda. Muestra las cosas situadas al norte, sur, este y oeste de cada una de ellas, cuando quizá no sea ése necesariamente el caso. De modo que, en lugar del metro, es mejor que coja el autobús. Camine. Conduzca su coche. No es tan imposible como puede parecer a simple vista. Podrá hacerse una idea antes de lo que piensa.

Ella lo dudaba. No se trataba de que una zona le pareciera exactamente igual a la siguiente. Al contrario, una zona era generalmente muy diferente de la siguiente. La dificultad residía en descubrir cómo se relacionaban entre ellas: ¿por qué un paisaje urbano representado por egregios edificios georgianos se transformaba de pronto en una zona llena de edificios de apartamentos de escasa calidad? Simplemente no tenía ningún sentido.

Cuando llegaron finalmente a Stoke Newington, no estaba preparada. Allí estaba, delante de sus ojos, reconocible por una floristería que recordaba de su viaje anterior, alojada en un edificio con el cartel Hnos. Walker Especialistas en estilográficas pintado en la pared de ladrillo entre el primero y el segundo piso. Ésta debía de ser Stoke Newington Church Street, de modo que el cementerio se encontraba un poco más adelante. Se felicitó por ser capaz de recordar tantos detalles.

– La entrada principal del cementerio está en la calle principal, a la izquierda, en la esquina.

Lynley aparcó y ambos entraron en la oficina de información situada fuera del portón. Una vez allí explicaron el motivo de su visita a una arrugada voluntaria. Isabelle le mostró el retrato robot que habían esbozado tras la llamada a New Scotland Yard. No era ella quien había hecho esa llamada -«Es probable que haya sido el señor Fluendy. Yo soy la señora Littlejohn»-, pero ella también reconoció el rostro en el retrato robot.

– Supongo que es el chico que se dedica a tallar los troncos de los árboles -dijo ella-. Espero que hayan venido aquí para arrestarle, porque hemos estado llamando a la Policía local desde que mi abuela era una niña. Vengan conmigo. Les enseñaré de qué estoy hablando.

Les indicó que salieran de la oficina de información, colgó un cartel en la puerta indicando a las inexistentes hordas de visitantes que regresaría enseguida y echó a andar hacia el cementerio. Ellos la siguieron. Los llevó hasta uno de los árboles que Isabelle había visto en su primera visita al lugar. El tronco estaba tallado con un elaborado diseño de una luna creciente y estrellas con nubes que oscurecían parte de estas últimas. La zona tallada bajaba a lo largo del tronco y había eliminado por completo la corteza. No era la clase de trabajo que alguien podría haber llevado a cabo deprisa o fácilmente. La talla medía al menos un metro veinte de alto y ocupaba quizás unos sesenta centímetros de la circunferencia del árbol. Aparte de la mutilación hecha al tronco, era realmente un trabajo muy bueno.

– Ha hecho lo mismo en todas partes -dijo la mujer-. Hemos intentado cogerle con las manos en la masa, pero vive en Listria Park y linda con la parte trasera del cementerio. Imagino que salta la pared de modo que nunca sabemos que está aquí. Es coser y cantar cuando uno es joven, ¿verdad?

Listria Park no era un parque en realidad, como Isabelle había supuesto en un principio. En cambio se trataba de una calle que comprendía una curva de edificios que, en otra época, habían sido viviendas individuales, pero ahora eran pisos con ventanas que daban al cementerio de Abney Park, y jardines que llegaban hasta sus paredes, como había descrito la señora Littlejohn. Les llevó algo de tiempo encontrar el edificio donde vivía Marlon Kay, pero, una vez que lo hicieron, descubrieron que la suerte les había sonreído, ya que el chico estaba en casa. También estaba su padre y fue la voz insustancial de este hombre la que aparentemente respondió cuando llamaron al timbre que había junto al nombre «D. W. Kay».

– ¿Sí? ¿Qué quiere? -gritó.

Isabelle le hizo una seña a Lynley, quien se encargó de responder.

– Policía Metropolitana. Estamos buscando a…

A pesar de la fallida conexión entre la calle y el apartamento, ambos pudieron oír la conmoción provocada por las palabras de Lynley: golpes de muebles, ruidos de pasos, un «¿Qué coño…? ¿Dónde crees que…? ¿Qué haces?». Y luego un zumbido abrió la puerta y entraron en el edificio.

Isabelle y Lynley ya se dirigían hacia la escalera en el momento en que un chico corpulento descendía a toda pastilla. Se lanzó sobre ellos, con los ojos desorbitados y sudando, tratando de alcanzar la puerta de la calle. Para Lynley no fue difícil detenerle. Un brazo fue suficiente. Con el otro le inmovilizó.

– ¡Suélteme! -chilló el chico-. ¡Él me matará!

Desde el piso de arriba un hombre gritaba:

– ¡Sube tu culo aquí, pequeño y jodido gamberro!

«Pequeño» no era un adjetivo que le hiciera justicia. Aunque el chico no llegaba a ser obeso, era, no obstante, un genuino ejemplo de la tendencia de la juventud moderna a la comida frita, rápida y cargada de diferentes clases de grasas y azúcares.

– ¿Marlon Kay? -preguntó Isabelle al joven que se debatía bajo la firme presión de Lynley.

– ¡Suélteme! -gritó-. Él me molerá a palos. ¡Ustedes no lo entienden!

En ese momento, D. W. Kay bajó velozmente la escalera con un palo de criquet en la mano, que agitaba furiosamente mientras gritaba:

– ¿Qué coño has hecho? ¡Será mejor que me lo digas antes de que lo hagan estos polis, o te aseguro que te machacaré la cabeza desde aquí a Gales!

Isabelle se interpuso en su camino.

– Ya está bien, señor Kay. Baje ese palo de criquet antes de que le encierre por agresión.

Quizá fue el tono de voz, pero el hombre se paró en seco ante ella respirando como un caballo de carreras derrotado y con un aliento que olía a dientes podridos hasta el cerebro. El hombre parpadeó.

– Supongo que usted es el señor Kay. ¿Y éste es Marlon? Queremos hablar con él.

Marlon gimoteaba. Se encogió ante la presencia de su padre.

– Él me dará una paliza -dijo.

– Él no hará nada de eso -le dijo Isabelle al chico-. Señor Kay, acompáñenos a su piso. No tengo intención de mantener una conversación en el pasillo.

D. H. la miró de arriba abajo -ella podía asegurar que se trataba de la clase de hombre que tenía lo que los psicólogos llaman «problemas con las mujeres»- y luego miró a Lynley. Su expresión revelaba que en lo que a él concernía, Lynley llevaba bragas con encaje si permitía que una mujer diese órdenes en su presencia. Isabelle sintió deseos de machacarle a «él hasta Gales». ¿En qué siglo pensaba que vivían?

– ¿Tengo que repetirlo? -soltó.

El hombre lanzó un gruñido, pero obedeció. Volvió a subir la escalera y ellos le siguieron, Marlon agazapado por el miedo y sujetado por Lynley. En lo alto del primer tramo de escalera había una mujer de mediana edad vestida con ropa de ciclista. Hizo una mueca que combinaba asco, aversión y repugnancia, y le dijo al señor Kay:

– Ya era hora. -Él la apartó del camino, y ella añadió, dirigiéndose a Lynley e ignorando por completo a Isabelle-: ¿Ha visto eso? ¿Ha visto eso?

Su grito de: «¿Piensan hacer algo con él, finalmente?», fue lo último que oyeron antes de que la puerta se cerrase tras ellos.

Dentro del apartamento las ventanas estaban abiertas, pero como no había ventilación cruzada, las pequeñas aberturas no conseguían mitigar la temperatura. El lugar, a diferencia de lo que Isabelle había esperado encontrar, no era una pocilga. Había una sospechosa capa blanca encima de casi todo, pero resultó ser polvo de yeso, ya que pronto se enteraron de que D. W. Kay era yesero y estaba a punto de marcharse a trabajar cuando ellos habían llamado al timbre.

Isabelle le dijo que necesitaban hablar con su hijo y le preguntó a Marlon qué edad tenía. El chico contestó que tenía dieciséis años y se encogió, como si previese que su edad fuera causa de castigo corporal. Isabelle suspiró. Debido a su edad se requería la presencia de un adulto que no fuese policía, preferiblemente la de uno de sus progenitores, lo que significaba que tendrían que interrogar al chico delante de su furioso y explosivo padre, o bien ante un asistente social.

Miró a Lynley. Su expresión le confirmó que la decisión le correspondía a ella, ya que era su superior.

– Debemos interrogar a Marlon en relación con el cementerio -le dijo al padre-. Supongo que sabe que allí se cometió un asesinato, señor Kay.

El rostro del hombre enrojeció visiblemente. Los ojos parecieron salírsele de las órbitas. Isabelle pensó que el señor Kay era un infarto masivo con patas. Continuó.

– Podemos interrogarle aquí o en la comisaría local. Si lo hacemos aquí, se le pedirá que no sólo permanezca callado, sino que también mantenga las manos lejos de este chico desde ahora hasta la eternidad. Si no lo hace, será arrestado en el acto. Una sola llamada de su hijo, de un vecino, de cualquiera, y le meteremos entre rejas. Una semana, un mes, un año, diez años. No puedo decirle qué decidirá el juez, pero sí puedo asegurarle que lo que he presenciado allí abajo es algo sobre lo que testificaré. Y supongo que sus vecinos se mostrarán encantados de hacer lo mismo. ¿He sido clara o necesita más explicaciones sobre esta cuestión?

El hombre asintió. Luego meneó la cabeza. Isabelle dedujo que estaba respondiendo a ambas preguntas y dijo:

– Muy bien. Ahora siéntese y mantenga la boca cerrada El hombre se dirigió, irritado, hacia un sofá gris que formaba parte de un triste conjunto de tres piezas de una clase que Isabelle no había visto en años, completado con flecos y borlas. Se sentó. Una nube de polvo de yeso se elevó a su alrededor. Lynley condujo a Marlon a uno de los dos sillones y luego se acercó a la ventana, donde permaneció de pie, acodado en el alféizar.

En la habitación todo estaba frente a un enorme televisor de pantalla plana donde ahora se emitía un programa de cocina, si bien el volumen había sido silenciado. Debajo del televisor había un mando a distancia. Isabelle lo cogió y apagó el aparato, una acción que, por alguna razón, hizo que Marlon volviese a gimotear. Su padre le miró y frunció los labios. Isabelle le fulminó con la mirada, tras lo que el hombre recobró la compostura. Ella asintió secamente y fue a sentarse en el otro sillón, cubierto de polvo como todo lo demás.

Le expuso a Marlon los hechos: se le había visto cuando salía de la construcción auxiliar que había junto a la capilla en ruinas dentro del cementerio. En el interior de ese lugar se había encontrado el cadáver de una mujer joven. En las proximidades del cadáver habían dejado caer una revista con las huellas dactilares de una persona. La Policía había hecho un retrato robot a partir de la información suministrada por las personas que le vieron salir de ese lugar, y si era necesario hacer una rueda de reconocimiento habría pocas dudas de que sería identificado, aunque debido a su edad probablemente utilizarían fotografías y no sería necesario que se colocara en una rueda de identificación con otras personas. ¿Quería hablar de ese asunto?

El chico comenzó a sollozar. Su padre puso los ojos en blanco, pero no dijo nada.

– ¿Marlon? -insistió Isabelle. El chico gimoteó y dijo:

– Es sólo que odio la escuela. Me maltratan. Es porque mi trasero es como… Es grande y ellos se burlan, y siempre ha sido así y yo lo odio. Así que no quiero ir. Como tengo que salir de aquí, voy allí.

– ¿Vas al cementerio en lugar de ir a la escuela?

– Sí.

– Son las vacaciones de verano -señaló Lynley.

– Estoy hablando de cuando hay clases -dijo Marlon-. Ahora voy al cementerio porque eso es lo que hago. Aquí no hay nada más y no tengo amigos.

– Entonces, ¿vas al cementerio y grabas cosas en los árboles? -preguntó Isabelle.

Marlon cambió de posición sobre su redondo trasero.

– No dije…

– ¿Tienes herramientas para tallar en madera? -preguntó Lynley.

– ¡Yo no le hice nada a esa prostituta! Estaba muerta cuando llegué allí.

– ¿De modo que entraste en ese lugar que hay junto a la capilla? -le preguntó Isabelle al chico-. ¿Admites que eres la persona que nuestros testigos vieron salir de ese lugar hace cuatro días?

El chico no lo confirmó, pero tampoco lo negó.

– ¿Qué estabas haciendo allí? -preguntó Isabelle.

– Hago esas cosas en los árboles -dijo-. No hay nada de malo en eso. Los hago más bonitos, eso es todo.

– No me refiero a qué estabas haciendo en el cementerio -aclaró Isabelle-. Me refiero a la construcción que hay junto a la capilla en ruinas. ¿Por qué entraste allí?

El chico tragó con dificultad. Este era, aparentemente, el quid de la cuestión. Miró a su padre. Su padre apartó la mirada.

Marlon dijo en un susurro:

– La revista. Era… Verá, la compré y quería echar un vistazo y…- La miró desesperadamente y también a Lynley-. Es sólo que cuando vi las fotos en la revista… de esas mujeres… Ya sabe.

– Marlon, ¿estás intentando decirme que entraste en ese lugar para masturbarte mirando fotos de mujeres desnudas? -le preguntó Isabelle sin rodeos.

El chico comenzó a sollozar en serio. Su padre dijo: «Jodido gilipollas», e Isabel le clavó la mirada.

– Ya está bien, señor Kay -dijo Lynley.

Marlon ocultó la cara entre las manos al tiempo que se pellizcaba las mejillas con los dedos.

– Yo sólo quería… Así que entré en ese lugar para (usted ya sabe para qué), pero ella estaba allí… Me asusté y salí pitando. Vi que estaba muerta, cómo no iba a verla. Había gusanos y cosas así, y tenía los ojos abiertos y había un montón de moscas… Sé que tendría que haber hecho algo, pero no podía porque yo…, porque yo… La poli me habría preguntado qué estaba haciendo allí, como me lo está preguntando usted ahora, y tendría que haberles dicho lo que estoy diciendo ahora, y él ya me odia y lo habría averiguado. No iré a la escuela. No iré. Pero ella estaba muerta cuando llegué allí. Ella estaba muerta. Lo estaba.

Probablemente estaba diciendo la verdad, pensó Isabelle, ya que no era capaz de imaginar a ese chico cometiendo un acto de violencia. Parecía el chico menos agresivo con el que se había topado nunca. Pero incluso a un chico como Marlon se le podían cruzar los cables y, de una manera u otra, tenía que ser eliminado de la lista de sospechosos.

– De acuerdo, Marlon -dijo ella-. Quiero pensar que me estás diciendo la verdad.

– ¡Es la verdad!

– Ahora, sin embargo, voy a hacerte algunas preguntas más y necesito que te tranquilices. ¿Puedes hacerlo?

Su padre resopló. Sus palabras habrían sido: «Ni por puto asomo».

Marlon lanzó una mirada de temor a su padre y luego asintió mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. Pero se las enjugó -convirtiéndolo, de alguna manera, en un gesto heroico- y se enderezó en su sillón.

Isabelle comenzó a interrogarle. ¿Tocó el cadáver? No, no lo hizo. ¿Se llevó algo de ese lugar? No, no lo hizo. ¿A qué distancia se acercó del cadáver? No lo sabía. ¿Un metro? ¿Más? Había dado un par de pasos dentro de ese lugar, pero eso fue todo, porque entonces la vio y…

– Está bien, está bien -dijo Isabelle, esperando evitar otro desencadenante de histeria-. ¿Qué pasó después?

Dejó caer la revista y echó a correr. No quería tirarla. Él ni siquiera sabía que la había tirado. Pero cuando se dio cuenta de que no la llevaba consigo estaba demasiado asustado para volver a buscarla porque «yo nunca había visto a una persona muerta. No de esa manera». Marlon continuó explicando que la mujer tenía toda la parte delantera cubierta de sangre. ¿Vio algún arma? Él ni siquiera vio dónde tenía los cortes, dijo Marlon. Sólo podía decir que, en su opinión, la habían rajado por todas partes, ya que había un montón de sangre. ¿No tendrían que rajar por todas partes a una persona para que hubiera tanta sangre?

Isabelle le reorientó desde el interior del edificio auxiliar de la capilla en ruinas hasta el exterior de éste. Cierto, había pasado al menos un día desde el asesinato cuando Marlon descubrió el cadáver, según se supo, pero cualquier persona que él hubiese visto en los alrededores -cualquier cosa- podía ser muy importante para la investigación.

Sin embargo, el chico no había visto nada. Y cuando le preguntó sobre el bolso de Jemima Hastings o cualquier otra cosa que ella pudiera haber llevado consigo, Marlon juró que no había cogido nada. Si ella llevaba un bolso, él no sabía nada de eso. Podría haber estado justo al lado del cadáver, admitió, y él ni siquiera hubiese sabido que estaba allí porque todo lo que vio fue a ella… y toda esa sangre.

– Pero tú no informaste de esto -dijo Isabelle-. El único informe que recibimos fue de esa joven pareja que te vio a ti, Marlon. ¿Por qué no dijiste nada?

– Por las tallas en los árboles -dijo-. Y la revista.

– Ah. -Destrucción de propiedad pública, posesión de revistas pornográficas, masturbación -o, al menos, intención de hacerlo- en público: éstas habían sido sus consideraciones, como lo había sido sin duda el disgusto de su padre, y el hecho de que el padre parecía propenso a expresar ese disgusto a través de un palo de criquet-. Entiendo. Bien, necesitaremos algunas cosas. ¿Cooperarás con nosotros?

El chico asintió. ¿Cooperación? Ningún problema. En absoluto.

Necesitarían una muestra de su ADN, que un hisopo frotado en el interior de la mejilla proporcionaría fácilmente. También necesitarían sus zapatos y sus huellas dactilares, que también eran muy fáciles de obtener. Y tendría que entregarles sus herramientas para tallar madera, a fin de que el forense las analizara.

– Supongo que entre ellas debes tener varios objetos afilados -dijo Isabelle-. ¿Sí? Bien, necesitamos examinarlos todos, Marlon.

Los ojos llenos de lágrimas, el gimoteo, la impaciencia y la respiración de toro del padre.

– Todo para demostrar que estás diciendo la verdad -le aseguró Isabelle al chico-. ¿Es así, Marlon? ¿Estás diciendo la verdad?

– Lo juro -dijo él-. Lo juro, lo juro, lo juro.

Isabelle quiso decirle que con una vez que lo jurase era suficiente, pero pensó que sería una pérdida de tiempo.

Mientras regresaban al coche, Isabelle le preguntó a Lynley qué pensaba.

– No es absolutamente necesario que permanezca en silencio en esta clase de situaciones -dijo.

Él la miró. Considerando el calor del día y su encuentro con los Kay, ella estaba serena, compuesta, profesional, incluso fresca bajo el sol abrasador. Con obvia sensatez -aunque no era habitual- no llevaba un traje de verano, sino un vestido sin mangas, y Lynley se dio cuenta de que servía a más de un propósito, en el sentido de que, no sólo hacía que se sintiese más cómoda, sino que también conseguía que su aspecto fuese menos intimidatorio cuando interrogaba a la gente. Gente como Marlon, pensó, un adolescente cuya confianza ella necesitaba ganarse.

– No pensé que necesitara mi…

– ¿Ayuda? -le interrumpió ella bruscamente-. No me refería a eso, Thomas.

Lynley volvió a mirarla.

– En realidad pensaba decir mi participación -dijo.

– Ah. Lo siento.

– Este asunto la irrita, entonces.

– En absoluto. -Buscó dentro del bolso y sacó unas gafas de sol. Luego suspiró y dijo-: Bueno, eso no es verdad. Estoy irritada. Pero una tiene que estarlo en nuestra clase de trabajo. No es fácil para una mujer.

– ¿Qué parte no es fácil? ¿La investigación? ¿El ascenso? ¿Recorrer los pasillos del poder en Victoria Street, a pesar de lo poco seguros que puedan ser?

– Oh, es muy fácil para usted divertirse a mi costa -dijo ella-. Pero no espero que ningún hombre tenga que toparse con la clase de cosas que una mujer debe soportar. Especialmente un hombre…

No pareció dispuesta a acabar la frase. Lynley lo hizo por ella.

– ¿Un hombre como yo?

– Bueno, efectivamente, Thomas. Es difícil que usted pueda discutir que una vida de privilegios (la casa familiar en Cornualles, Eton, Oxford…, no olvide que sé algunas cosas acerca de usted) le haya facilitado alcanzar el éxito en su trabajo. ¿Y por qué lo hace, en cualquier caso? No hay duda de que no necesita ser policía. ¿Acaso los hombres de su clase no se dedican generalmente a algo menos…- pareció buscar el término adecuado y luego se decidió-, menos en contacto con las clases bajas?

– ¿Por ejemplo?

– No lo sé. ¿Ocupar un puesto en las juntas directivas de hospitales y universidades? ¿Criar caballos de pura sangre? ¿Gestionar las propiedades (las propias, naturalmente) y recoger la renta de los granjeros que llevan gorras con visera y botas de agua?

– ¿Esos serían los que entran por la puerta de la cocina y mantienen la vista fija en el suelo? ¿Los que se quitan rápidamente las gorras en mi presencia? ¿Hacer una reverencia estirándose el flequillo en señal de respeto y todo eso?

– ¿Qué diablos es un flequillo? -preguntó ella-. Siempre me lo he preguntado. Quiero decir, está claro que se trata de pelo y está sobre la frente, pero ¿cuánto de ese pelo representa la parte «delantera» [15] y por qué nadie habría de estirárselo?

– Todo forma parte de la ceremonia de servidumbre -dijo él con tono solemne-. Parte de la rutina campesino-amo que incluye la vida de un hombre de mi clase.

Ella lo miró.

– Maldita sea, veo cómo le brillan los ojos.

– Lo siento -dijo él y sonrió.

– Hace un calor de morirse -dijo ella-. Mire, necesito beber algo fresco, Thomas. Y podríamos aprovechar el tiempo para hablar. Tiene que haber algún pub cerca de aquí.

Lynley dijo que creía que había uno, pero también quería echar un vistazo al lugar donde habían encontrado el cadáver. Habían llegado al coche de Isabelle, que estaba aparcado delante del cementerio y él le hizo la petición: ¿podía llevarle hasta la capilla donde habían encontrado el cadáver de Jemima Hastings? Incluso mientras pronunciaba estas palabras fue consciente de que estaba dando otro paso. Habían pasado cinco meses desde el asesinato de su esposa en las escaleras que había delante de su casa. En febrero incluso la sugerencia de que él pudiera desear echarle un vistazo al lugar donde alguien había muerto habría sido impensable.

Tal como supuso que haría, la superintendente le preguntó por qué quería ver ese lugar. Ardery sonaba desconfiada, como si pensara que estaba controlando su trabajo. Dijo que el lugar ya había sido inspeccionado, despejado, reabierto al público, y él le dijo que sólo era curiosidad y nada más. Había visto las fotografías; ahora quería ver el lugar.

Ella aceptó. Lynley la siguió al interior del cementerio por senderos que serpenteaban entre los árboles. Aquí estaba más fresco, con el follaje que los protegía del sol y sin aceras de cemento que enviaban el calor hacia arriba en oleadas inevitables. Él se percató de que ella era lo que en otra época se hubiese denominado «una mujer de agradable figura» mientras caminaba unos pasos por delante de él, y lo hacía del mismo modo que parecía hacer todo lo demás: con seguridad en sí misma.

Una vez que llegaron a la capilla, ella le guió hacia uno de los lados. Allí se alzaba la construcción auxiliar y, más allá, en el claro de hierba quemada por el sol continuaba el cementerio, con un banco de piedra en el borde. Había otro banco de piedra frente al primero, con tres tumbas cubiertas por hierbas sin cortar y un ruinoso mausoleo detrás de ellas.

– Inspección detallada de la escena del crimen, perímetro y una cuadrícula que produjeron una búsqueda diligente -le dijo Ardery-. No se encontró nada, excepto lo que uno esperaría en esta clase de lugar.

– ¿Y eso sería…?

– Latas de refrescos y otra colección de desperdicios, lápices, plumas, planos del parque, bolsas de patatas fritas, envolturas de chocolatinas, tarjetas electrónicas de transporte (sí, están siendo comprobadas) y suficientes condones usados que nos hacen concebir la esperanza de que un día las enfermedades de transmisión sexual podrían llegar a ser cosa del pasado… Oh, lo siento… No ha sido un comentario muy apropiado.

Él se había quedado en la entrada de la construcción auxiliar y se volvió para comprobar que un tono rojo oscuro ascendía por el cuello de Ardery.

– Ese asunto de los condones -dijo ella-. Si hubiese sido a la inversa podría interpretarse como acoso sexual. Me disculpo por el comentario.

– Ah -dijo él-. Bueno, no hay problema. Pero en el futuro estaré en guardia, de modo que vaya con cuidado, jefa.

– Isabelle -dijo ella-. Puede llamarme Isabelle.

– Estoy de servicio -dijo él-. ¿Qué se sabe de ese grafitti? -preguntó mientras señalaba la pared donde alguien había plasmado en negro la leyenda Dios es inalámbrico, además del dibujo del ojo dentro del triángulo.

– Es viejo -dijo ella-. Alguien lo dibujó mucho antes de su muerte. Y huele a masones. ¿Qué piensa?

– Lo mismo que usted.

– Bien -dijo Isabelle. Y cuando Lynley se volvió hacia ella vio que el enrojecimiento del cuello estaba desapareciendo-. Si ya ha visto suficiente, me gustaría ir a beber algo. Hay varios cafés en Stoke Newington Church Street, y supongo que también podríamos encontrar algún pub.

Abandonaron el cementerio por una ruta diferente, una que pasaba junto al monumento que Lynley reconoció como el fondo que Deborah Saint James había utilizado para su fotografía de Jemima Hastings. Se encontraba en el cruce de dos senderos: un león de mármol de tamaño natural sobre un pedestal. Se detuvo un momento y leyó la inscripción en el monumento de que todos se encontrarían otra vez alguna feliz mañana de Pascua. Ojalá fuera cierto, pensó.

Isabelle le estaba observando, pero sólo dijo: «Es por aquí, Thomas», y le guió hasta la calle.

Poco después encontraron, por ese orden, un café y un pub. Ardery eligió el pub. Una vez dentro del local, desapareció en el lavabo, diciéndole antes que pidiese una sidra para ella y añadiendo: «Por el amor de Dios, es suave, Thomas», cuando él se mostró aparentemente sorprendido por su elección, ya que estarían aún de servicio durante varias horas. Ella le dijo que no pensaba vigilar a los miembros de su equipo en cuanto a su elección de los refrescos líquidos. Si alguno quería beber una cerveza en mitad del día, no tenía ninguna objeción. Lo que importa es el trabajo, le informó, y la calidad de ese trabajo. Luego se alejó hacia el lavabo. Por su parte, él pidió la sidra -«Y que sea una pinta, por favor», había añadido ella- y una botella de agua mineral. Llevó las bebidas a una mesa situada en un rincón, luego cambió de opinión y eligió otra mesa, más apropiada, pensó, para dos colegas que estaban trabajando.

Ella demostró ser una mujer típica, al menos en cuanto a lo relativo a su desaparición en el lavabo de damas. Estuvo allí alrededor de cinco minutos y, cuando regresó, se había arreglado el pelo. Ahora lo llevaba detrás de las orejas, lo que dejaba ver sus pendientes. Eran dos piezas azul marino ribeteadas de oro. El azul marino hacía juego con el vestido. Él se preguntó por estas pequeñas muestras de vanidad en las mujeres. Helen jamás se había vestido sin más por la mañana: se ponía conjuntos completos: «Por Dios, Helen, ¿no sales sólo para comprar gasolina?». «Querido Tommy, ¡es probable que alguien me vea!»

Él parpadeó y se sirvió el agua en el vaso. Había una rodaja de lima dentro y la exprimió con fuerza.

– Gracias -dijo Ardery.

– Sólo tenían una marca -dijo él.

– No me refería a la sidra. Me refería a gracias por no haberse levantado. Supongo que es lo que hace habitualmente.

– Ah. Eso. Bueno, los buenos modales son inculcados a la fuerza desde el nacimiento, pero pensé que usted preferiría que me abstuviese de ellos en el trabajo.

– ¿Había tenido antes a una mujer como superior? -Y cuando él negó con la cabeza, añadió-; Lo está llevando bastante bien.

– Es lo que hago.

– ¿Llevar bien las cosas?

– Sí. -Cuando acabó de decirlo, sin embargo, comprendió que eso podía provocar una discusión que no deseaba tener. De modo que cambió de conversación-. ¿Y qué me dice de usted, superintendente Ardery?

– No piensa llamarme Isabelle, ¿verdad?

– No.

– ¿Por qué no? Esto es privado, Thomas. Somos colegas, usted y yo.

– Estamos de servicio.

– ¿Esa será su respuesta para todo?

Él pensó un momento en eso, en lo apropiado que era.

– Sí. Supongo que sí.

– Y debería sentirme ofendida.

– En absoluto, jefa.

Él la miró y ella le sostuvo la mirada. El momento se convirtió en un asunto entre un hombre y una mujer. Ese era siempre el riesgo cuando se mezclaban los sexos. Con Barbara Havers ese aspecto había sido algo tan impensable que resultaba casi risible. Con Isabelle Ardery, no era el caso. Él apartó la vista.

– Yo le creí -dijo ella a la ligera-. ¿Y usted? Soy consciente de que podría haber regresado al lugar del crimen para comprobar si ya habían descubierto el cadáver, pero no lo creo probable. Ese chico no parece lo bastante inteligente como para elaborar ese plan.

– ¿Se refiere a llevar la revista con él para que diese la impresión de que tenía un motivo para esconderse allí?

– A eso me refiero.

Lynley estuvo de acuerdo con ella. Marlon Kay era un asesino poco probable. La superintendente, sin embargo, había escogido un camino inteligente para abordar la situación. Antes de dejar al chico y a su airado padre, ella había hecho los arreglos necesarios para que le tomaran las huellas dactilares y le hicieran un frotis de la mucosa bucal para la muestra de ADN, y había examinado las prendas del chico. No había nada amarillo entre ellas. En cuanto a las zapatillas deportivas que había llevado puestas aquel día en el cementerio, no presentaban ningún indicio visible de sangre, pero, de todos modos, serían enviadas al departamento forense para su análisis. Durante todo aquel procedimiento, Marlon había mostrado toda su colaboración. Parecía ansioso por complacerles, al tiempo que hacía todo lo posible por demostrar que no tenía nada que ver con la muerte de Jemima Hastings.

– De modo que sólo nos queda el avistamiento de ese tío oriental… Esperemos que salga alguna cosa de eso -dijo Ardery.

– O que salga alguna cosa de ese tipo de Hampshire -dijo Lynley.

– Está eso también. ¿Cómo cree que afrontará la sargento Havers esa parte de la investigación, Thomas?

– Con su estilo habitual -contestó él.

Capítulo 13

– Esto es increíble, coño. Nunca había visto algo así.

Barbara Havers reaccionó de ese modo ante el New Forest y las manadas de ponis que corrían libremente por los prados. Había cientos de ellos -miles quizás- y pastaban dondequiera que les apeteciera hacerlo. En los vastos terrenos de pastos, los ponis comían ruidosamente las hierbas acompañados de sus potrillos. Debajo de robles y hayas añejos y vagando entre serbales y alisos blancos, los pequeños caballos se alimentaban de los brotes del monte bajo y dejaban tras ellos un suelo de hierba moteado por la luz del sol; esponjoso por la presencia de hojas en descomposición y despojado de malas hierbas, arbustos y zarzas.

Era casi imposible no sentirse fascinado por un lugar donde los ponis bebían agua en charcas y estanques, y donde las encaladas cabañas de arcilla con techumbres de paja parecían construcciones pulidas cada día. Las vistas impresionantes de las colinas exhibían un paisaje multicolor donde el verde de los helechos había comenzado a volverse marrón y el amarillo de las aulagas dejaba paso al creciente morado del brezo.

– Casi me entran ganas de largarme de Londres -dijo Barbara.

Llevaba abierta sobre el regazo la gran guía de carreteras A-Z y había hecho las funciones de copiloto para Winston Nkata durante el viaje. Se habían detenido una vez para almorzar y otra para tomar un café, y ahora se dirigían desde la A31 hacia Lyndhurst, donde se presentarían ante la Policía local cuyo territorio estaban invadiendo.

– Es agradable, sí -dijo Nkata-. Sin embargo, supongo que será un poco tranquilo para mí. Por no mencionar… -Miró a Barbara-. Siempre sería la oveja negra.

– Oh. De acuerdo. Bien -dijo Barbara, y pensó que Nkata tenía razón en ese aspecto. La zona rural no era precisamente un lugar donde encontrarían una población mixta; desde luego no una población con el historial vital de Nkata: de Brixton, vía África Occidental y el Caribe, con un ligero desvío hacia la guerra de bandas en las viviendas de protección oficial-. Es un buen lugar, sin embargo, para tomarse unas vacaciones. Presta atención cuando atravesemos el pueblo. Me parece que tenemos un sistema de circulación de dirección única.

Pudieron resolver este detalle con relativa facilidad y encontraron la comisaría de Lyndhurst justo a la salida del pueblo en Romsey Road. Un edificio de ladrillo común y corriente construido en el aburrido estilo que delataba los años sesenta, se asentaba sobre una pequeña colina, con una corona de alambrada plegable y un collar de cámaras de circuito cerrado de televisión que las señalaban como una zona fuera de límites para cualquier persona que no deseara que todos sus movimientos estuviesen controlados. Unos pocos árboles delante del edificio intentaban atenuar la deprimente atmósfera general del lugar, pero no había forma de disfrazar su naturaleza institucional.

Ambos mostraron sus identificaciones al agente especial que estaba aparentemente a cargo de la recepción, un tío joven que salió de una habitación interior cuando ellos hicieron sonar un timbre que había en el mostrador. El agente pareció interesado, aunque no abrumado, por el hecho de que dos agentes de New Scotland Yard hubiesen aparecido por allí. Barbara y Nkata le dijeron que necesitaban hablar con el comisario. El agente paseó la mirada de sus documentos de identificación a sus rostros, como si sospechara que tenían malas intenciones.

– Esperen aquí -dijo, y desapareció con sus credenciales en dirección a las entrañas de la comisaría.

Pasaron alrededor de diez minutos y después regresó, les entregó las identificaciones y les indicó que le siguiesen.

El comisario, dijo, se llamaba Zachary Whiting. Estaba en una reunión, pero la había interrumpido.

– No le ocuparemos demasiado tiempo -dijo Barbara-. Es sólo una visita de cortesía. Tenemos que ponerle en antecedentes de lo que hemos venido a hacer, para que luego no haya malentendidos.

Lyndhurst era el mando operativo central de todas las comisarías de New Forest. Estaba bajo la autoridad de un comisario jefe, quien, a su vez, debía informar a las autoridades policiales en Winchester. Un policía no deambulaba por el territorio de otro policía sin comportarse correctamente y todos los etcéteras, y para eso precisamente estaban Barbara y Winston allí. Si en esa zona ocurría algo que pudiese aplicarse a su investigación en curso, pues tanto mejor. Barbara no esperaba que ése fuera el caso, pero nunca se sabía adónde podía llevar una obligación profesional como aquélla.

El comisario jefe Zachary Whiting estaba esperándolos de pie junto a su escritorio. Detrás de las gafas, sus ojos les observaban especulativamente, lo que no era ni mucho menos una respuesta sorprendente ante una visita de dos agentes de New Scotland Yard. Cuando llegaba la Metropolitana, a menudo implicaba problemas relacionados con las investigaciones internas.

Winston asintió en dirección a Barbara, de modo que ella hizo los honores, presentándoles y luego bosquejando los detalles del caso que les había llevado hasta allí. Dijo que la víctima se llamaba Jemima Hastings. Concluyó la intervención explicando los motivos de su incursión en su territorio.

– Había un número de teléfono en una tarjeta postal relacionada con la víctima -le informó-. Hemos seguido la pista de ese número hasta un tal Gordon Jossie, que vive aquí, en Hampshire. De modo que… -No añadió el resto. El inspector jefe conocía la rutina.

– ¿Gordon Jossie? -dijo Whiting con expresión pensativa.

– ¿Le conoce? -preguntó Nkata.

Whiting se acercó al escritorio y buscó entre unos papeles de trabajo. Barbara y Winston se miraron.

– ¿Ha tenido problemas? -preguntó Barbara.

Al principio, Whiting no contestó directamente. Repitió el apellido y luego dijo:

– No, no se ha metido en problemas.

Había dudado un momento, antes de pronunciar las últimas palabras, como si Gordon Jossie se hubiese metido en alguna otra cosa.

– Pero ¿conoce a ese hombre? -preguntó Nkata.

– Sólo de nombre. -El comisario encontró lo que aparentemente estaba buscando en la pila de papeles y resultó ser un mensaje telefónico-. Recibimos una llamada sobre él. Una llamada de una chalada, si quiere mi opinión, pero fue muy insistente, de modo que me pasaron el mensaje.

– ¿Es el procedimiento habitual? -preguntó Barbara. ¿Por qué querría un comisario jefe ser informado acerca de las llamadas telefónicas, de un chalado o de cualquier otra persona?

Whiting dijo que no era un procedimiento habitual en absoluto…

– Pero en este caso la mujer no aceptaba un no por respuesta. Quería que hiciéramos algo con un tipo llamado Gordon Jossie. Le preguntaron si quería presentar una denuncia formal contra ese hombre, pero dijo que no. La mujer dijo que le parecía un hombre sospechoso -dijo Whiting.

– Es un tanto extraño que le hayan informado a usted, señor -observó Barbara.

– Normalmente no lo habrían hecho. Pero luego se recibió la llamada de una «segunda» mujer que decía prácticamente lo mismo acerca de ese sujeto, y fue entonces cuando fui informado del asunto. No dudo de que le parezca extraño, pero esto no es Londres. Es un lugar pequeño y familiar, y considero prudente saber lo que ocurre.

– ¿Cree que el tal Jossie podría estar tramando algo? -preguntó Nkata.

– No hay nada que sugiera esa posibilidad. Pero esto -Whiting señaló el mensaje telefónico apuntado en el papel- le coloca en nuestro radar.

Whiting les dijo a los agentes de Scotland Yard que eran bienvenidos para que hicieran su trabajo en su territorio, y cuando ellos le preguntaron la dirección de Jossie, el comisario les indicó cómo encontrar la propiedad del hombre, que estaba cerca del pueblo de Sway. Si necesitaban su ayuda o la de uno de sus oficiales… Había algo en la forma en que hizo el ofrecimiento. Barbara tuvo la sensación de que estaba haciendo algo más que ser amable con ellos.

Sway se encontraba fuera de las rutas por las que se viajaba habitualmente en New Forest, en la punta de un triángulo formado por ese pueblo, Lymington y New Milton. Condujeron hasta allí por caminos que se estrechaban progresivamente hasta acabar en un tramo de carretera llamado Paul's Lane, donde las casas tenían nombres, pero no números, y unos setos muy altos impedían que se las pudiese ver desde fuera.

A lo largo del camino había varias cabañas, pero sólo dos propiedades importantes. La de Jossie resultó ser una de ellas.

Aparcaron al borde del camino junto a un alto seto de espino. Echaron a andar por el camino particular, lleno de baches, y encontraron a Jossie en un prado situado al oeste de una bonita cabaña de arcilla y paja. Estaba examinando los cascos traseros de los ponis inquietos. Para protegerse del fuerte sol, el hombre llevaba gafas oscuras y una gorra de béisbol, además de una camisa de manga larga, pantalones, guantes y botas, como protección adicional.

Una joven le observaba desde fuera del prado.

– ¿Crees que ya están preparados para que les sueltes? -le preguntó.

La chica llevaba un vestido ligero que le dejaba los brazos y las piernas desnudos. A pesar del intenso calor, la mujer parecía fresca y tranquila, y llevaba la cabeza cubierta con un sombrero de paja que tenía una cinta que hacía juego con el vestido. Hadiyyah, pensó Barbara, le hubiera dado el visto bueno.

– Es una tontería tenerle miedo a los ponis -dijo Gordon.

– Estoy tratando de hacerme amiga de ellos. De verdad. -Giró la cabeza y advirtió la presencia de Barbara y Winston, incluyendo a ambos en la mirada, pero luego demorándose en Winston. Era muy atractiva, pensó Barbara. Incluso con su limitada experiencia podía darse cuenta de que esa joven estaba maquillada como una profesional. Hadiyyah, nuevamente, le hubiera dado el visto bueno.

– Hola -les dijo la mujer-. ¿Se han perdido?

Gordon Jossie alzó la vista al oírla. Observó que avanzaban por el camino particular y llegaban hasta la cerca. Era de alambre de espino tensado entre dos postes de madera. Su compañera había estado parada junto a la cerca con las manos entrelazadas sobre uno de ellos.

Jossie tenía la clase de cuerpo fuerte y delgado que a Barbara le recordó a un jugador de fútbol. Cuando se quitó la gorra y se enjugó la frente con el brazo, vio que su pelo comenzaba a ralear, pero el color jengibre le sentaba muy bien.

Barbara y Winston sacaron sus placas. Esta vez fue Winston quien habló. Cuando hubo terminado con las presentaciones, le preguntó al hombre que estaba en el prado:

– ¿Es usted Gordon Jossie?

Jossie asintió. Se acercó a la valla. Su rostro no revelaba nada. Ellos, por supuesto, no pudieron descifrar su mirada. Los cristales de las gafas eran prácticamente negros.

La mujer se identificó como Gina Dickens.

– ¿Scotland Yard? -dijo con una sonrisa-. ¿Como el inspector Lestrade? [16] -Luego se dirigió a Jossie para tomarle el pelo-. Gordon, ¿has sido un chico malo?

Cerca de allí había un portón de madera en la cerca, pero Jossie no lo utilizó. En lugar de eso, fue hasta una manguera que estaba en un soporte de aspecto nuevo y unida a un grifo fuera del prado. Quitó la manguera y la desenrolló en dirección a una alberca de piedra. Absolutamente limpia, comprobó Barbara. Era nueva como el poste de la cerca, o bien el tipo era más que un poco obsesivo en cuanto a mantener las cosas limpias y ordenadas. Esto último no parecía probable, ya que parte del prado estaba en mal estado y mostraba la hierba crecida, como si hubiese abandonado la tarea en mitad del mantenimiento de esa parte de la propiedad. Comenzó a llenar la alberca con agua.

– ¿Cuál es el problema? -preguntó por encima del hombro.

Una pregunta interesante, pensó Barbara. Directamente al problema. Pero ¿quién podía culparle? Una visita personal de la Policía Metropolitana no era una experiencia agradable.

– ¿Podríamos hablar con usted, señor Jossie? -dijo Barbara.

– Parece que ya lo estamos haciendo.

– Gordon, creo que quizá quieren decir que… -Gina dudó un momento y luego le dijo a Winston-: Tenemos una mesa y sillas debajo del árbol, en el jardín. -Señaló la parte delantera de la casa-. ¿Nos sentamos allí?

– Por mí está bien -dijo Nkata-. Un día muy caluroso, ¿verdad? -añadió, concediéndole a Gina el beneficio de su sonrisa de alto voltaje.

– Iré a buscar algo fresco para beber -contestó Gina, que se alejó hacia la casa, pero no sin antes de lanzar una mirada de perplejidad hacia Jossie.

Barbara y Nkata esperaron a Jossie para asegurarse de que cogía un camino directo desde el prado hasta el jardín delantero de la casa, sin desviarse. Cuando acabó de llenar la alberca para los ponis, volvió a dejar la manguera en el soporte de la cerca y salió a través del portón, al tiempo que se quitaba los guantes.

– Es por aquí -les dijo, como si ellos no fuesen capaces de encontrar el jardín sin su ayuda. Les llevó hasta allí, un pequeño espacio de prado reseco en esta época del año, pero que presentaba algunos parterres de flores que estaban creciendo. Vio que Barbara las estaba mirando-. Gina usa el agua de fregar. Lavamos con un detergente especial -dijo, como si quisiera explicar por qué las flores no estaban marchitas en medio de una época de prohibiciones de riego con manguera y un verano extremadamente seco.

– Muy agradable -dijo Barbara-. Yo acabo matando a la mayoría y no necesito ningún jabón especial para hacerlo.

Cuando se sentaron a la mesa fue al grano. El lugar parecía ser parte de un pequeño comedor exterior con velas, un mantel floreado y cojines en las sillas. Alguien, al parecer, tenía un talento natural para la decoración. Barbara sacó del bolso la tarjeta postal con la fotografía de Jemima Hastings. La colocó encima de la mesa delante de Gordon Jossie.

– ¿Puede decirnos algo de esta mujer, señor Jossie? -preguntó Barbara.

– ¿Por qué?

– Porque el número de su teléfono móvil -dio vuelta a la tarjeta- figura escrito aquí. Y alguien escribió «¿Ha visto a esta mujer?» en la otra cara, lo que sugiere que usted probablemente la conozca.

Barbara volvió a colocar la tarjeta boca arriba, y la deslizó hasta dejarla a escasos centímetros de la mano de Jossie. Él no la tocó.

Gina apareció por un costado de la casa llevando una bandeja que sostenía una jarra llena de un líquido rosado. En la superficie flotaban unas hojas de menta y varios cubitos de hielo. Dejó la bandeja sobre la mesa y su mirada se posó en la tarjeta postal. Luego miró a Jossie.

– ¿Gordon? ¿Es algo…? -dijo.

– Esta mujer es Jemima -dijo él bruscamente, y señaló la fotografía de la tarjeta, moviendo los dedos hacia ella.

Gina se sentó lentamente. Parecía desconcertada.

– ¿La de la tarjeta?

Jossie no contestó. Barbara no quería sacar ninguna conclusión precipitada en cuanto a su reticencia. Pensó, entre otras cosas, que su falta de respuesta podía deberse muy bien a la vergüenza. Estaba claro que Gina Dickens significaba algo para Jossie, y ella probablemente se estaría preguntando por qué le habían colocado frente a una tarjeta con la fotografía de otra mujer a la que evidentemente conocía.

Barbara esperó la respuesta. Ella y Nkata se miraron. Ambos pensaban lo mismo: «Dejemos que se columpie un poco».

– ¿Puedo? -preguntó Gina.

Cuando Barbara asintió, cogió la tarjeta. No hizo ningún comentario sobre la foto, pero su mirada incorporó la pregunta de la parte inferior de la tarjeta y le dio la vuelta para ver el número de teléfono escrito en el reverso. No dijo nada. Volvió a dejar la tarjeta en la mesa y les sirvió a cada uno de ellos un vaso de lo que fuese que contenía la jarra.

El calor pareció volverse más opresivo en el silencio. La propia Gina fue quien lo rompió.

– No tenía idea… -dijo. Se llevó los dedos a la garganta. Barbara pudo ver cómo latía allí su pulso. Le recordó la manera en que había muerto Jemima Hastings-. ¿Cuánto tiempo has estado buscándola, Gordon? -preguntó.

Jossie fijó la vista en la tarjeta con la fotografía.

– Esto fue hace meses -dijo finalmente-. Compré un montón de estas tarjetas…, no lo sé…, creo que fue en abril. Entonces no te conocía.

– ¿Quiere explicarlo? -preguntó Barbara. Nkata abrió su cuidada libreta de notas con tapas de cuero.

– ¿Ocurre algo? -preguntó Gina.

Barbara no tenía intención de suministrar más información de la necesaria en ese momento, de modo que no dijo nada. Tampoco lo hizo Winston, excepto para musitar:

– ¿Y bien…, señor Jossie?

Gordon Jossie se movió inquieto en su silla. Su historia fue breve pero directa. Jemima Hastings era su ex amante; le había abandonado después de más de dos años de relación; él había intentado encontrarla. Había visto en el Mail on Sunday el anuncio de la exposición de retratos fotográficos por pura casualidad, y aquélla -señaló la tarjeta- era la foto que se había utilizado en el anuncio publicitario para esa exposición. De modo que decidió ir a Londres. En la galería nadie supo decirle dónde podía encontrar a la modelo y no tenía idea de cómo podía ponerse en contacto con la fotógrafa. De modo que había comprado las tarjetas -cuarenta, cincuenta, sesenta…, no lo recordaba, pero tuvieron que ir a buscar más en el almacén- y las había ido dejando en cabinas telefónicas, en los escaparates de las tiendas, en cualquier lugar donde pensó que la gente las vería. Había procedido en círculos cada vez más amplios alrededor de la galería hasta que se le acabaron las tarjetas. Y después esperó.

– ¿Hubo suerte? -preguntó Barbara.

– Nadie me llamó -le dijo a Gina-. Esto fue antes de conocerte. No tiene nada que ver con nosotros. Que yo supiera, que yo sepa, nadie las vio nunca, nadie la vio nunca, ni sumó dos más dos. Fue una pérdida de tiempo y de dinero. Pero sentía que al menos debía intentarlo.

– Encontrarla, quieres decir -soltó Gina con voz serena.

– Era por el tiempo que habíamos estado juntos. Más de dos años. Sólo quería saber. No significa nada. -Jossie se volvió hacia Barbara-. ¿Dónde las consiguió?

Barbara contestó a la pregunta de Jossie con otra.

– ¿Le importaría contarnos porqué le abandonó Jemima Hastings?

– No tengo ni puta idea. Un día decidió que se había terminado y se largó. Me lo dijo, y al día siguiente desapareció.

– ¿Así como así?

– Supongo que lo había estado planeando durante semanas. Al principio la llamé. Quería saber qué coño estaba pasando. ¿Quién no lo haría en mi situación? No me lo esperaba. Pero ella nunca contestó las llamadas y nunca las devolvió. Luego cambió el número del móvil o se compró otro, o lo que sea, porque la línea dejó de dar señal. Le pregunté a su hermano acerca de eso…

– ¿Su hermano?

Nkata alzó la vista de la libreta de notas. Jossie identificó al hermano de Jemima como Robbie Hastings. Nkata lo apuntó.

– Pero él dijo que no sabía nada acerca de lo que le pasaba a su hermana. Yo no le creí (nunca le caí bien y supongo que se alegró cuando Jemima terminó con nuestra relación), pero no pude sacarle ni un detalle. Finalmente arrojé la toalla. Y entonces -añadió, con una mirada a Gina Dickens que debía ser calificada de agradecimiento- conocí a Gina el mes pasado.

– ¿Cuándo fue la última vez que vio a Jemima Hastings? -preguntó Barbara.

– La mañana del día que me dejó.

– ¿Y eso fue?

– El día después de Guy Fawkes. El año pasado. -Bebió un trago largo del líquido rosado y luego se secó los labios con el brazo-. ¿Y ahora me dirán de qué va todo esto?

– ¿Hizo algún viaje fuera de Hampshire la semana pasada?

– ¿Por qué?

– ¿Quiere contestar a la pregunta, por favor?

El rostro de Jossie se tiñó de rojo.

– Creo que no. ¿Qué coño está pasando aquí? ¿De dónde ha sacado la tarjeta? No he violado ninguna ley. Hay tarjetas en las cabinas telefónicas por todo Londres y son jodidamente más sugerentes que ésa.

– Esta tarjeta estaba entre los objetos personales de Jemima en su habitación de Londres -dijo Barbara-. Lamento decirle que está muerta. La asesinaron en Londres hace seis días. De modo que, nuevamente, le pregunto si ha hecho algún viaje fuera de Hampshire.

Barbara había oído la expresión «blanco como el papel», pero nunca había visto que ocurriese tan deprisa. Supuso que tenía que ver con la coloración natural de Gordon Jossie: su rostro se enrojecía rápidamente y parecía perder el color de la misma manera.

– Oh, Dios mío -musitó Gina Dickens. Buscó la mano de Gordon.

El movimiento de Gina hizo que él se echara hacia atrás.

– ¿Qué quiere decir con «asesinada»? -le preguntó a Barbara.

– ¿Hay más de un significado para «asesinada»? -dijo ella-. ¿Ha estado fuera de Hampshire, señor Jossie?

– ¿Dónde murió? -preguntó él, a modo de respuesta y, cuando Barbara no le contestó, se dirigió a Nkata-. ¿Dónde ocurrió? ¿Cómo? ¿Quién?

– Fue asesinada en un lugar llamado Abney Park, en el cementerio -dijo Barbara-. De modo que, otra vez, señor Jossie, tengo que preguntarle…

– Aquí -dijo él como si estuviese aturdido-. No he salido. He estado aquí. Estuve aquí.

– ¿Aquí en su casa?

– No. Por supuesto que no. He estado trabajando. Estuve…

Gordon Jossie parecía estar absolutamente aturdido. Eso, pensó Barbara, o bien estaba tratando de hacer una jugarreta mental para ganar tiempo y encontrar una coartada que no había imaginado que tendría que ofrecer. Explicó que era especialista en empajar tejados y que había estado trabajando en un encargo, que era lo que hacía cada día, excepto los fines de semana y algunos viernes por la tarde. Cuando le preguntaron si alguien podía confirmarlo, él dijo que sí, por supuesto, por el amor de Dios, tenía un aprendiz que trabajaba con él. Les dio el nombre del joven -Cliff Coward- y también su número de teléfono. Luego preguntó:

– ¿Cómo…? -Se humedeció los labios-. ¿Cómo… murió?

– Fue apuñalada, señor Jossie -explicó Barbara-. Murió desangrada antes de que alguien la encontrase.

En ese momento, Gina apretó con fuerza la mano de Jossie, pero no dijo nada. ¿Qué podía decir, teniendo en cuenta su posición?

Barbara consideró aquella última cuestión: la posición de Gina, su seguridad, o la falta de ella.

– Y usted, señorita Dickens, ¿ha estado usted fuera de Hampshire?

– No, por supuesto que no.

– ¿Y hace seis días?

– No estoy segura. ¿Seis días? Sólo he ido a Lymington. Compras…, en Lymington.

– ¿Quién puede confirmarlo?

Gina se quedó callada. Era el momento en el que se suponía que alguien decía: «¿No estará insinuando que yo tuve algo que ver con esto?», pero ninguno de ellos lo hizo. En cambio, ambos se miraron y finalmente Gina dijo:

– Supongo que nadie puede confirmarlo, excepto Gordon. Pero ¿por qué tendría que haber alguien capaz de confirmarlo?

– ¿Conserva los recibos de sus compras?

– No lo sé. Creo que no. Quiero decir, normalmente nadie lo hace. Puedo mirar, pero realmente no creo que… -Parecía asustada-. Intentaré encontrarlos -dijo-. Pero si no puedo…

– No sea estúpida. -El comentario de Jossie iba dirigido a Barbara-. ¿Qué se supone que podría haber hecho Gina? ¿Eliminar a la competencia? No hay ninguna. Habíamos terminado, Jemima y yo.

– De acuerdo -dijo Barbara. Le hizo una seña a Winston y él cerró la libreta de notas-. Bueno, ¿ahora ya está terminado, verdad, entre Jemima y usted? «Terminado» es definitivamente la palabra exacta para describirlo.

* * *

Entró en el granero. Pensó en cepillar a Tess -como acostumbraba a hacer en aquella clase de momentos-, pero la perra no acudió, a pesar de sus insistentes llamadas y silbidos. Se quedó parado estúpidamente junto a la mesa que usaba para cepillarla, sin objetivo alguno y gritando con la boca muy seca: «¡Tess, Tess! ¡Ven aquí, perrita!». No lo consiguió; al parecer los animales tenían una gran intuición, y Tess sabía perfectamente que algo no iba bien.

La que se acercó fue Gina, que, con voz serena, dijo:

– Gordon, ¿por qué no les dijiste la verdad? -Sonaba asustada, y él se maldijo por esa nota de temor que transmitía su voz.

Ella preguntaría, por supuesto. Era, después de todo, la pregunta del millón. El quería agradecerle no haberles dicho nada a los policías de Scotland Yard, porque sabía lo que debió parecerle a Gina que les mintiese.

– Fuiste a Holanda, ¿verdad? Estuviste allí, ¿verdad? ¿Ese nuevo proveedor de carrizos? ¿Ese lugar donde los cultivan? Porque los carrizos de Turquía son una basura… Fue allí donde estuviste, ¿verdad? ¿Por qué no se lo dijiste?

Él no quería mirarla. Lo había oído todo en su voz, de modo que no quería verlo también en su rostro. Pero tenía que mirarla a los ojos por la simple razón de que ella era Gina y no cualquier otra persona.

De modo que la miró. En su rostro, no vio temor, sino preocupación. Era por él. Lo sabía, y saberlo le volvía débil y desesperado.

– Sí -dijo.

– ¿Fuiste a Holanda?

– Sí.

– Entonces ¿por qué no se lo dijiste a esos policías? ¿Por qué dijiste que…? No estabas trabajando, Gordon.

– Cliff dirá que sí.

– ¿Cliff mentirá por ti?

– Si se lo pido, sí. No le gustan los polis.

– Pero ¿por qué habrías de pedírselo? ¿Por qué no decirles simplemente la verdad? ¿Gordon, ha pasado…?

Quería que Gina se acercase a él como había hecho antes, poco después de amanecer, en la cama y luego en la ducha, porque aunque era sexo y sólo sexo, significaba más que sexo, y eso era lo que él necesitaba. Qué extraño resultaba que entendiera en ese momento lo que Jemima había querido de él y de ese acto. Excitarse y dejarse llevar y alcanzar un final para eso que nunca podía terminar, porque estaba preso en su interior, y ninguna simple unión de cuerpos podía liberarlo.

Dejó el cepillo sobre la mesa. Era obvio que la perra no tenía intención de obedecerle -ni siquiera para que la cepillase-, y se sintió como un idiota por seguir esperándola.

– Geen.

– Dime la verdad.

– Si les hubiese dicho que estuve en Holanda no se habrían detenido allí.

– ¿Qué quieres decir?

– Querrían que lo demostrase.

– ¿No puedes demostrarlo? ¿Por qué no ibas a ser capaz de demostrar…? ¿No fuiste a Holanda, Gordon?

– Por supuesto que fui a Holanda. Pero tiré el billete.

– Pero hay registros. Hay toda clase de registros. Y también está el hotel. Y quienquiera que te haya visto…, el granjero…, ¿cualquiera… que cultive los carrizos? Ese hombre podrá decirles… Puedes llamar a la Policía y contarles la verdad… y eso será todo.

– Es más fácil así.

– ¿Cómo diablos puede ser más fácil pedirle a Cliff que mienta? Porque si le miente a la Policía y ellos descubren que les ha mentido…

Ahora sí parecía asustada, pero el miedo era algo con lo que él podía enfrentarse. Era algo que entendía. Se acercó a ella del mismo modo que se acercaba a los ponis en el prado, una mano extendida y la otra visible: «no hay sorpresas aquí, Gina, nada que temer».

– ¿Puedes confiar en mí en esto? -preguntó-. ¿Confías en mí?

– Por supuesto que confío en ti. ¿Por qué no habría de confiar en ti? Pero no entiendo…

Él le tocó el hombro desnudo.

– Tú estás aquí conmigo. Has estado conmigo…, ¿qué? ¿Un mes? ¿Más? ¿Acaso piensas que yo le haría daño a Jemima? ¿Viajar a Londres? ¿Encontrarla dondequiera que estuviese y apuñalarla hasta matarla? ¿Es así como me ves? ¿Como esa clase de tipo? ¿Un tío que viaja a Londres, asesina a una mujer por ninguna razón concreta, ya que ella ha desaparecido de su vida hace mucho tiempo, luego regresa a su casa y le hace el amor a esta mujer, a la mujer que está aquí, en el centro de todo su ardiente mundo? ¿Por qué? ¿Por qué?

– Deja que te mire a los ojos.

Ella estiró la mano y le quitó las gafas de sol, que él se había dejado puestas cuando entró en el granero. Las dejó encima de la mesa y luego apoyó la mano en la mejilla de Gordon. Él la miró. Ella sostuvo la mirada y él no se echó hacia atrás. Finalmente, la expresión de Gina se suavizó. Le besó en la mejilla y él cerró los ojos. Luego ella lo besó en la boca. Luego su boca se abrió y las manos bajaron hasta sus nalgas y le acercó hacia ella.

Después de un momento ella, jadeando, dijo:

– Tómame aquí mismo.

Y él lo hizo.

* * *

Encontraron a Robbie Hastings entre Vinney Ridge y Anderwood, que eran dos apeaderos en Lyndhurst Road entre Burley y la A35. Le habían localizado llamándole a su móvil al número que Gordon Jossie les había proporcionado.

– Seguramente les hablará pestes de mí -dijo Jossie ásperamente.

No había sido una tarea fácil dar con el hermano de Jemima Hastings, ya que muchas carreteras en New Forest tenían nombres apropiados, pero ninguna señal. Finalmente encontraron su paradero sólo por azar, después de haberse detenido en una cabaña donde la carretera que habían cogido describía una curva muy pronunciada, sólo para descubrir que se llamaba Anderwood Cottage. Si continuaban por esa ruta, les dijo el dueño de la cabaña, podrían encontrar a Rob Hastings en un camino que llevaba a Dames Slough Inclosure. Hastings era un agister, les dijo, y le habían llamado para hacer «el triste y habitual trabajo».

Este trabajo resultó ser el sacrificio de uno de los ponis de New Forest que había sido atropellado por un coche en la A35. El pobre animal había conseguido tambalearse a través de hectáreas de matorrales antes de desplomarse. Cuando Barbara y Nkata encontraron a Hastings acababa de poner fin a la vida del animal con un piadoso disparo de una pistola calibre 32; luego había arrastrado el cuerpo hasta el borde de la carretera. Estaba hablando por el móvil y, sentado junto a él, había un weimaraner de aspecto majestuoso. Estaba bien entrenado…, para ignorar no sólo a los intrusos, sino también al poni muerto, cuyo cadáver estaba tendido a escasa distancia del Land Rover en el que Robbie Hastings había llegado a este paraje solitario.

Nkata se apartó de la carretera tanto como fue posible. Hastings asintió levemente cuando se acercaron. Le dijeron que querían hablar con él de inmediato, y su expresión se volvió seria. No se recibían muchas llamadas de Scotland Yard en esta parte del mundo.

– Quieto, Frank -le dijo al perro, y avanzó hacia ellos-. Será mejor que se mantengan alejados del poni. No es una imagen agradable. -Les informó de que estaba esperando al New Forest Hounds. Luego añadió-: Ah. Aquí está.

Una camioneta con la caja abierta llegó por la carretera. El vehículo llevaba un remolque con laterales poco profundos donde cargarían al animal muerto. Su carne sería utilizada para alimentar a los perros, les contó Robbie Hastings mientras la camioneta se colocaba en posición. Al menos algo bueno saldría de la estupidez temeraria de conductores que pensaban que el Perambulation era su circuito de carreras personal, añadió.

Barbara y Nkata ya habían decidido que de ningún modo pensaban informar a Robbie Hastings de la muerte de su hermana en el arcén de una carretera rural. Pero también suponían que su sola presencia le pondría nervioso, y así fue. Una vez cargaron el poni en el remolque y la camioneta de New Forest Hounds hubo negociado una curva difícil para regresar a la carretera principal, Hastings se volvió hacia ellos.

– ¿Qué ha pasado? Es algo malo. No estarían aquí si fuese de otra manera.

– ¿Hay algún lugar donde podamos hablar con usted, señor Hastings? -dijo Barbara.

Hastings acarició la suave cabeza de su perro.

– Podemos hablar aquí -dijo-. No hay ningún lugar cerca de aquí donde podamos mantener una conversación privada, a menos que quieran que vayamos a Burley, y les aseguro que no querrán hacerlo, no en esta época del año.

– ¿Vive usted cerca?

– Más allá de Burley.

Se quitó la gorra de béisbol que llevaba y reveló una cabeza con el pelo cortado a cepillo. El pelo se estaba agrisando.

Hastings usó el pañuelo que llevaba anudado al cuello para enjugarse la cara. Tenía un rostro especialmente poco atractivo, con dientes grandes y salientes, y carecía prácticamente de barbilla. Sus ojos, sin embargo, eran profundamente humanos y se llenaron de lágrimas al mirarlos.

– Está muerta, ¿verdad? -dijo.

Cuando la expresión de Barbara le confirmó que así era, él lanzó un grito desgarrador y se alejó.

Barbara y Nkata se miraron. Al principio, ninguno de los dos se movió. Luego fue Nkata quien apoyó una mano sobre el hombro de Hastings y le dijo:

– Lo sentimos mucho, amigo. Es triste cuando alguien se va de esta manera.

Él mismo estaba apenado. Barbara lo sabía por la forma en que se alteraba el acento de Nkata: se volvía menos sur de Londres, más caribeño, con las «t» convertidas en «d».

– Le llevaré a su casa. La sargento nos seguirá en mi coche. Usted me indica el camino y le llevamos hasta allí. No hay necesidad de que se quede aquí ahora. ¿Me dirá cómo podemos llegar a su casa?

– Puedo conducir -dijo Hastings.

– Eso ni pensarlo, amigo.

Nkata le hizo una seña a Barbara, y ella se apresuró a abrir la puerta del acompañante del Land Rover. En el asiento había una escopeta y la pistola que Hastings había empleado para dispararle al poni. Barbara guardó las armas debajo del asiento y, entre ella y Nkata, ayudaron a Hastings a subir al vehículo. El perro los siguió: un elegante salto y Frank se instaló junto a su amo, para confortarle, tranquila y silenciosamente, de la manera en que lo hacen los perros.

Abandonaron la zona en una pequeña y triste procesión; fueron no en la dirección en la que habían llegado, sino siguiendo por el camino a través de un bosque de robles y castaños. Las grandes y frondosas copas de los árboles se arqueaban sobre el camino formando un túnel de hojas. Cuando regresaron a Lyndhurst Road, sin embargo, a uno de los lados había un amplio prado que llevaba a un enmarañado brezal. Allí pastaban libremente manadas de ponis y si querían cruzar la carretera, simplemente lo hacían.

Una vez llegaron a Burley se hizo rápidamente evidente por qué Hastings había dicho que no querrían mantener una conversación privada en ese lugar. Había montones de turistas por todas partes, y parecían seguir el ejemplo de los ponis y las vacas que vagaban a voluntad por las calles del pueblo: caminaban donde su capricho los llevaba. El sol brillante caía sobre sus hombros.

Hastings vivía más allá del pueblo. Tenía una casa al cabo de un tramo de carretera llamada Honey Lane -señalada, de hecho, con un cartel, se percató Barbara-. Cuando finalmente llegaron a la propiedad, comprobó que era similar a una granja, con prados y varias construcciones anexas. En uno de los prados había dos caballos.

La puerta que utilizaron conducía directamente a la cocina de la casa, donde Barbara se dirigió a una tetera eléctrica que descansaba boca abajo en un escurreplatos. Llenó la tetera con agua, la enchufó y dispuso jarras y saquitos de té. A veces, un trago caliente de la bebida nacional era la única manera de expresar un sentimiento de solidaridad.

Nkata sentó a Hastings junto a una vieja mesa con tablero de formica, donde el hombre se quitó la gorra y se sonó la nariz con el pañuelo, que luego apelotonó y dejó a un lado.

– Lo siento -dijo con los ojos llenos de lágrimas-. Tendría que haberme dado cuenta cuando no contestó a mis llamadas el día de su cumpleaños. Y cuando no me devolvió las llamadas inmediatamente al día siguiente. Siempre me llamaba. Antes de que pasara una hora, generalmente. Cuando no lo hizo, lo más fácil fue pensar que estaba ocupada. Liada con algo. Ya saben.

– ¿Está casado, señor Hastings?

Barbara llevó las jarras a la mesa, junto con un bote de metal abollado con azúcar que había encontrado en un estante junto a otros botes similares que contenían café y harina. Era una cocina antigua con cosas antiguas, desde los electrodomésticos hasta los objetos que había en los estantes y dentro de los armarios. Como tal, parecía una habitación que había sido amorosamente conservada, y no un lugar que había sido restaurado ingeniosamente para que diese el pego de un periodo anterior.

– Eso no es muy probable -respondió a la pregunta de Barbara. Parecía ser una resignada y penosa referencia a sus facciones poco agraciadas. Eso era triste, pensó Barbara, como una profecía autocumplida.

– Ya -dijo ella-. Bien, tendremos que hablar con todas las personas que conocían a Jemima en Hampshire. Esperamos que pueda ayudarnos con eso.

– ¿Por qué? -preguntó Hastings.

– Por la forma en que murió, señor Hastings.

En ese momento, Hastings pareció tomar conciencia súbitamente de algo que aún no había considerado, a pesar de que estaba delante de dos representantes de la Policía Metropolitana.

– Su muerte… La muerte de Jemima -dijo.

– Lamento mucho comunicarle que fue asesinada hace seis días. -Barbara añadió el resto de la historia: no cómo había muerto, sino el lugar donde se había producido. Y también en este aspecto proporcionó una descripción general, mencionando el cementerio, pero no así su ubicación y tampoco dónde estaba el lugar donde había sido hallado el cuerpo-. De modo que habrá que entrevistar a todos los que la conocían -concluyó.

– Jossie. -Hastings parecía aturdido-. Ella le abandonó. A él no le gustó. Ella dijo que Jossie no podía aceptarlo. Él no dejaba de llamarla por teléfono.

Una vez dicho esto, se cubrió los ojos con los puños y comenzó a llorar como un niño.

La tetera eléctrica se apagó y Barbara fue a buscarla. Vertió el agua caliente en las jarras. Encontró leche en la nevera. Un par de tragos de whisky habrían resultado mejor para ese pobre hombre, pero no pensaba revisar los armarios en busca de una botella, de modo que tendría que conformarse con el té, a pesar del intenso calor. Al menos el interior de la cabaña estaba fresco. Se mantenía de ese modo gracias a su construcción de gruesas paredes de arcilla y paja, cuya superficie era áspera y encalada por fuera, mientras que el interior de la cocina estaba pintado de amarillo pálido.

La presencia del weimaraner fue lo que, finalmente, consiguió serenar a Robbie Hastings. El perro había apoyado la cabeza sobre el muslo de Hastings, y el gemido largo y quedo que profirió el animal pareció animar a su amo. Robbie Hastings se enjugó las lágrimas y volvió a sonarse la nariz.

– Sí, Frank -dijo, y acarició al perro.

Bajó su cabeza y apoyó los labios sobre el animal. Cuando volvió a levantar la cabeza no miró a Barbara y tampoco a Nkata. En cambio fijó la vista en la jarra de té.

Quizá sabiendo cuáles serían sus preguntas, Hastings comenzó a hablar, lentamente al principio, luego con mayor seguridad. Junto a él, Nkata sacó su libreta de notas.

En Longslade Bottom, comenzó a relatar Hastings, había un extenso prado adonde la gente acudía regularmente para que sus perros se ejercitasen sin correa. Un día, hacía ya varios años, él había llevado a su perro a ese lugar y Jemima le había acompañado. Allí fue donde conoció a Gordon Jossie. Eso debió de haber sido hacía unos tres años.

– Era un tipo nuevo en la zona -dijo Hastings-. Había dejado de trabajar con un maestro de empajar de Itchen Abbas (un sujeto llamado Heath), y había llegado a New Forest para iniciar un negocio propio. Nunca decía mucho, pero Jemima se prendó de Jossie en el acto. Bueno, no podía ser de otra manera, porque en esa época ella estaba entredós.

Barbara frunció el ceño, preguntándose por esa expresión. Supuso que se trataba de algún extraño término propio de Hampshire.

– ¿Entredós?

– Entre dos hombres -aclaró él-. A Jemima siempre le gustó tener pareja. Desde que tenía…, no lo sé…, ¿doce o trece años? Quería tener novios. Siempre pensé que era porque nuestro padre había muerto como lo había hecho, igual que nuestra madre. En un accidente de circulación, los dos en el acto. Creo que eso hizo que pensara que debía tener a alguien que realmente le perteneciera, y de forma permanente.

– A alguien más, además de usted -dijo Nkata.

– Supongo que a Jemima le parecía que necesitaba a alguien más especial. Yo era su hermano. No significa nada que su hermano la amara, ya que se suponía que debía ser así.

Hastings acercó la taza a los labios. Un poco de té se derramó sobre la mesa. La esparció con la palma de la mano.

– ¿Era una mujer promiscua? -preguntó Barbara. Cuando Hastings la miró duramente, añadió-: Lo siento, pero debo preguntarlo. Y no importa, señor Hastings. Sólo si pudiera estar relacionado con su muerte.

Él negó con la cabeza.

– Para ella sólo se trataba de estar enamorada. En determinados momentos, se liaba con uno o dos…, pero sólo si creía que estaban locamente enamorados. «Locamente enamorados» era como ella siempre lo expresaba: «Estamos locamente enamorados el uno del otro, Rob». Una típica chica joven. Bueno…, casi.

– ¿Casi?

Barbara y Nkata preguntaron al unísono.

Hastings parecía pensativo, como si estuviese examinando a su hermana bajo una nueva luz. Luego dijo lentamente:

– Supongo que ella realmente se aferraba a los tíos. Y quizá por eso le resultase difícil que le durara un chico. Y lo mismo con los hombres. Creo que pretendía demasiado de ellos y eso, bueno…, a la larga acababa con la relación. Yo no era muy bueno para eso, pero intenté explicarle las cosas: cómo a los tíos no les gustaba que se colgaran de ellos de esa manera. Pero supongo que se sentía sola en el mundo a causa de lo de nuestros padres, aunque no estaba sola, nunca, no del modo en que ustedes piensan. Pero sentirse de esa manera…, ella tenía que combatir esa soledad. Ella deseaba… -frunció el ceño y pareció considerar cómo expresar lo que diría a continuación-. Era un poco como si quisiera meterse dentro de su piel, llegar a estar así de cerca de ellos, «ser» ellos, como si dijéramos.

– ¿Un control absoluto? -preguntó Barbara.

– Ésa no era su intención, nunca. Pero, sí, supongo que eso era lo que ocurría. Y cuando un tío quería tener su propio espacio, Jemima no podía soportarlo. Ella se colgaba más todavía. Supongo que ellos sentían que les faltaba el aire, de modo que se la quitaban de encima. Jemima lloraba un poco, luego los culpaba, por no ser lo que ella realmente quería e iba en busca de otro tío.

– Pero ¿eso no pasó con Gordon Jossie?

– ¿Lo de asfixiarle? -Negó con la cabeza-. Con él, Jemima llegó tan cerca como se lo propuso. A él parecía gustarle.

– ¿Qué pensaba usted de Jossie? -preguntó Barbara-. ¿Y del hecho de que su hermana estuviese liada con él?

– Yo quería que me cayera bien, porque la hacía feliz, tanto como una persona puede hacer feliz a otra, ya sabe. Pero en Gordon había algo que no me gustaba. No se parecía a los tíos de por aquí. Yo quería que Jemima encontrase a alguien, que sentara la cabeza, formara una familia, ya que eso era lo que deseaba, y no veía que eso pudiera pasar con él. Sin embargo, no se lo dije a Jemima. No habría supuesto ninguna diferencia que se lo dijera.

– ¿Por qué no? -preguntó Nkata.

Barbara advirtió que no había probado su té. Pero Winston nunca había sido muy devoto del té. Era más bien un hombre de cerveza, aunque no en exceso. Winston era casi tan abstemio como un monje: poco alcohol, nada de tabaco… Su cuerpo era como un templo.

– Oh, cuando ella estaba «locamente enamorada», el pacto quedaba sellado. No habría tenido ningún sentido. De todos modos, supongo que no había nada de qué preocuparse, ya que Jemima probablemente se cansaría de él como había sucedido con otros hombres. Unos meses y las cosas acabarían, y ella saldría a la búsqueda de otro hombre. Sin embargo, eso no pasó. Al poco tiempo ya estaba pasando las noches en la casa de Gordon. Luego encontraron esa propiedad en Paul's Lane, se hicieron con ella y se instalaron a vivir allí. Bueno, yo entonces no pensaba decir nada. Sólo esperaba lo mejor. Y aparentemente eso fue lo que sucedió durante algún tiempo. Jemima parecía muy feliz. Comenzó un negocio con sus pastelitos glaseados y todo eso, en Ringwood. Y él se dedicaba a su negocio de empajar tejados. Parecían estar bien juntos.

– ¿Negocio de pastelitos glaseados? -preguntó Nkata-. ¿Qué es eso?

– El Cupcake Queen. Suena loco, ¿eh? Pero la cuestión es que Jemima era muy buena en la cocina, tenía muy buena mano para la repostería. Tenía un montón de clientes que compraban sus pasteles, decorados y todo eso, para ocasiones especiales, días festivos, cumpleaños, aniversarios, reuniones, fiestas. Trabajó mucho hasta que pudo abrir una tienda en Ringwood (el Cupcake Queen), y las cosas le iban muy bien, pero luego todo quedó en la nada porque abandonó a Jossie y se marchó de aquí.

Mientras Nkata apuntaba en su libreta, Barbara dijo:

– Gordon Jossie nos dijo que no tenía idea de por qué Jemima le había abandonado.

Hastings resopló.

– Él me dijo que suponía que Jemima tenía a otro y que le había dejado por ese tío.

– ¿Y qué le dijo ella a usted?

– Que se había marchado para pensar.

– ¿Eso es todo?

– Eso es todo. Fue lo que Jemima me dijo. Que necesitaba tiempo para pensar. -Hastings se frotó la cara con la mano-. La cuestión es que, yo no creí que fuese nada malo, ¿saben?, que quisiera marcharse. Supongo que finalmente no quiso apresurar las cosas con Jossie, que quería aclararse antes de sentar la cabeza de forma permanente. Pensé que era una buena idea.

– ¿No le dijo nada más?

– Sólo que se marchaba de aquí para poder pensar. Se mantuvo en contacto conmigo de forma regular. Compró un móvil nuevo y me dijo que lo había hecho porque Gordon no dejaba de llamarla, pero en ese momento no pensé demasiado en lo que eso podía significar. Sólo que Gordon quería que volviese. Bueno, yo también quería que lo hiciera.

– ¿Sí?

– Por supuesto que sí. Ella es… Ella es toda la familia que tengo. Quería que volviera a casa.

– ¿Aquí, quiere decir? -preguntó Barbara.

– Sólo a «casa». Lo que fuera que eso significara para ella. Siempre que fuese Hampshire.

Barbara asintió y le pidió que confeccionara una lista de los amigos y conocidos de Jemima en la zona, tan completa como pudiese. También le dijo que necesitarían -lamentablemente- conocer su paradero el día que su hermana murió. Por último, le preguntaron qué sabía acerca de las actividades de Jemima en Londres. Hastings les dijo que sabía muy poco, excepto que «tenía alguien allí, un tipo del que estaba "locamente enamorada". Como de costumbre».

– ¿Le dijo su nombre?

– No quiso ni darme la inicial. Era algo absolutamente nuevo, dijo ella, esa relación, y no quería echarlo a perder. Todo lo que dijo fue que sentía que estaba tocando la luna con los dedos. Eso y «éste es el hombre». Bueno, eso ya lo había dicho antes. Siempre lo decía. De modo que no le di demasiada importancia.

– ¿Eso es todo lo que sabe? ¿Nada acerca de quién era ese tío?

Hastings pareció considerar esta última pregunta. Junto a él, Frank suspiró sonoramente. Se había recostado en el suelo, pero cada vez que Hastings se movía en la silla, el perro se levantaba de inmediato, con la atención puesta en su amo. Hastings le sonrió y le estiró suavemente una de las orejas.

– Jemima había comenzado a tomar clases de patinaje sobre hielo -dijo-. Sólo Dios sabe por qué, pero así era ella. Hay una pista de hielo que se llama Queen, o algún otro nombre «real», quizá Príncipe de Gales y… -Agitó la cabeza-. Supongo que se trataba de su instructor de patinaje. Eso sería propio de Jemima. Alguien patinando alrededor de la pista de hielo con el brazo alrededor de su cintura; ella se habría derretido por eso. Habría pensado que significaba algo importante, cuando todo lo que implicaba era que el tío la estaba sosteniendo para que no se cayera.

– ¿Así era ella? -preguntó Nkata-. ¿Interpretaba mal las cosas?

– Siempre pensaba que las cosas significaban «amor», cuando, de hecho, no tenían nada de eso -dijo Hastings.

Una vez que los policías le dejaron solo, Robbie Hastings subió a la planta superior. Quería meterse bajo la ducha para quitarse el olor a poni muerto. También quería un lugar para llorar.

De pronto comprendió lo poco que la Policía le había dicho: muerta en un cementerio en algún lugar de Londres. Eso era todo. También tomó conciencia de lo poco que él les había preguntado. No cómo había muerto ella, no dónde había muerto dentro del cementerio y ni siquiera cuándo exactamente. Tampoco quién la había encontrado. Ni qué habían averiguado hasta ahora. Y, al reconocer todo esto, se sintió profundamente avergonzado. Lloró por eso tanto como había llorado por la incalculable pérdida de su hermana pequeña. Se le ocurrió pensar que hasta ese momento, no importa dónde hubiera estado su hermana, nunca había estado completamente solo. Pero ahora su vida parecía acabada. Era incapaz de imaginar cómo haría para seguir adelante.

Sin embargo, ése era el absoluto punto final de aquello que se permitiría a sí mismo. Había muchas cosas que hacer. Salió de la ducha, se puso ropa limpia y se alejó de la casa en dirección al Land Rover. Frank saltó dentro del vehículo detrás de él y juntos viajaron hacia el oeste, hacia Ringwood. Fue un lento viaje a través de la campiña. Le dio tiempo a pensar. Pensó en Jemima y en lo que ella le había dicho en las numerosas conversaciones que habían mantenido después de que se marchara a Londres. Lo que intentaba recordar era cualquier cosa que pudiera haber indicado que se encontraba en camino hacia su muerte.

Podía haberse tratado de un asesinato fortuito, pero no lo creía. No sólo no podía siquiera comenzar a imaginar la posibilidad de que su hermana hubiera sido simplemente la víctima de alguien que la había visto y decidido que era perfecta para uno de esos escalofriantes asesinatos tan comunes en esta época, sino que también estaba la cuestión de dónde se encontraba. La Jemima que él conocía no ib